24 TESIS TOMISTAS (12ª)
El lugar
COSMOLOGÍA
TESIS XII. — «Eadem efficitur quantitate ut corpus circunscriptive sit in loco, et in uno tantum loco de quacumque potentia per uno modum esse possit.»
«Por virtud de la misma cantidad, el cuerpo se circunscribe o acomoda a un lugar de tal suerte que de este modo circunscriptivo ninguna potencia, de la clase que sea, puede hacer que haya otro cuerpo en el mismo lugar a la vez».
Consistiendo la esencia de la cantidad en constar de partes, cada una de las cuales ha de estar fuera de la otra, necesariamente debemos concluir que los cuerpos son impenetrables y que no caben dos en el mismo lugar. Mas esta última no es una propiedad tan esencial que no pueda suspenderse por el poder divino: el primer efecto es que una parte esté fuera de la otra; el efecto secundario consiste en que una parte esté fuera del lugar de la otra. Dios, que jamás suprime lo esencial, puede suspender milagrosamente un efecto secundario, como suspendió en el fuego la propiedad de quemar a los tres jóvenes hebreos del horno de Babilonia.
Bien puede Dios hacer que dos cuerpos estén en el mismo lugar.
La doctrina católica nos enseña que tal milagro se realizó cuando el cuerpo de Nuestro Señor salió del seno de María sin dañar la virginidad de su Madre, del sepulcro sin levantar ni romper la losa.
Lo que Dios no puede hacer, ni aun de potencia absoluta, es que dos cuerpos estén en el mismo lugar de un modo circunscriptivo. La tesis aprobada por la Sagrada Congregación es categórica; todos los tomistas abundan en el mismo sentido, contra la opinión de Escoto, Suárez, Belarmino, Franzelin. Pesch, etc.
Concretemos el sentido de nuestra proposición. La presencia en un lugar puede entenderse al modo de los cuerpos, al modo de las substancias, o de una manera mixta. El primer modo exige que el ser tenga dimensiones corpóreas y que, según éstas, se acomode a su lugar, que todo el sujeto localizado corresponde a la totalidad del lugar, y a cada parte de éste cada parte del sujeto.
El segundo modo es indivisible, a semejanza de lo espiritual. Lo propio de la substancia es estar toda entera en el todo entero, y el todo entero en cada una de las partes. Si Dios otorga a un cuerpo tal manera de existir, como es un hecho en el de Nuestro Señor en la Eucaristía, el cuerpo podrá estar en varios lugares a la vez, como el cuerpo del Salvador se halla en todas las hostias consagradas.
La presencia mixta consiste en que el cuerpo esté en un lugar según su modo natural y resida en otro al modo de la substancia, como el cuerpo de Cristo está en el cielo con presencia circunscriptiva y en el altar con presencia sacramental. «No hay contradicción, dice el Tridentino, entre los dos hechos de que nuestro Salvador continúe siempre en el cielo, sentado a la diestra del Padre, según el modo natural, y esté a la vez presente en otros muchos lugares substancialmente, o de una manera sacramental. Es éste un modo de ser que apenas podemos expresar con palabras; mas que sea posible para Dios, nos lo hace comprender la razón esclarecida por la fe, y debemos creerlo nosotros firmemente».
Lo que, según la doctrina tomista, sería verdadera contradicción, es que el mismo cuerpo estuviera en varios lugares a la vez con presencia circunscriptiva.
El modo circunscriptivo necesariamente reclama plena correspondencia y ajuste del cuerpo al lugar por sus dimensiones. Si el mismo cuerpo estuviera situado de tal modo en dos, tres o cuatro lugares a la vez, sería preciso concluir que la dimensión de uno solo equivale o se identifica con la de dos, tres y cuatro; no quedaría en pie el valor de la numeración matemática. Al llenar un cuerpo plenamente un lugar, podemos decir que agota sus dimensiones; nada le queda para ocupar un más allá.
Los milagros de la bilocación, que leemos en las vidas de varios santos, pueden explicarse diciendo que la persona persiste en su lugar natural, aunque se manifiesta en otro sitio por la mediación de un ángel que hace sus veces.
Distíngase con cuidado la bilocación de la impenetrabilidad. Esta es mero efecto secundario de la cantidad. La esencia cuantitativa consiste en que una parte sea distinta de otra; la consecuencia y secundario efecto consiste en que cada parte ocupe un lugar distinto.
La compenetración de los cuerpos es posible por milagro, pues sólo suspende el efecto secundario, las partes distintas se salvan, aunque ocupen el mismo lugar. La bilocación circunscriptiva sería contradictoria, implicaría que la dimensión de un solo lugar y cuerpo fuese la misma dimensión que la de dos o de tres.
Ahora puede verse cómo estas cinco tesis cosmológicas resumen toda la filosofía de la naturaleza. La esencia de los cuerpos es doblemente compuesta, primero de potencia y de acto, luego de materia y de forma; estos dos elementos son substanciales, aunque parciales e incompletos, resultando de su unión la naturaleza específica; la primera propiedad que acompaña a la substancia corpórea es la cantidad, que extiende la substancia en parte integrales, marca la materia y la convierte en el principio de individuación, circunscribe y acomoda los cuerpos en su respectivo lugar, de tal suerte que el mismo cuerpo no pueda estar en dos sitios a la vez.
Así se enlazan, refuerzan y completan estas proposiciones, hasta formar un cuerpo doctrinal, robusto y armonioso, capaz de resistir, como las rocas, a los embates del tiempo.
24 Tesis Tomistas (11ª)
El principio de individuación
COSMOLOGÍA
TESIS XI.— «Quantitate signata materia principium est individuationis, id est, numericae distinctionis (quae in quis spiritibus esse non potest) unius individui áb alio in eadem natura specifica.»
»La materia sellada por la cantidad es el principio de la individualización, o sea, de la distinción numérica (imposible en los espíritus), por la cual un individuo de la misma naturaleza específica se distingue de otro».
En el género humano y en todos los reinos de la naturaleza visible estamos viendo multitud de individuos de la misma especie; toda la naturaleza específica se encierra en cada individuo, y por mucho que éstos se multipliquen no rebasan la unidad de su especie: toda la humana naturaleza se halla íntegra en cada hombre; la especie de paloma o de águila se salva lo mismo en una que en una millonada de águilas o de palomas ; la del hierro es igual en una partícula que en un monte de este metal. ¿Por qué, siendo tantos los individuos, permanece única la naturaleza específica?
¿Cómo puede haber tantísimos individuos, cada cual de ellos dotado de peculiares perfecciones de la especie, sin multiplicar la especie misma? Hasta la mínima criatura, entre las innumerables que nos rodean, nos pone frente a un problema tan misterioso y difícil que el mismo genio de Bossuet estimaba por insoluble.
Es la célebre cuestión del principio de individuación, o de la distinción numérica de los individuos dentro de su misma naturaleza específica.
Siendo el individuo una substancia incomunicable a otros, substancialmente distinto de los demás, el principio de individuación debe ser a la vez principio substancial e intrínseco, principio de incomunicabilidad y principio de distinción.
No es el caso examinar aquí las diversas opiniones de Escuela. No basta decir que la esencia material está individualizada por sí misma; no hemos de confundir a Pedro con la humanidad. «Tal solución sólo a falta de otra se pudiera aceptar, pues prácticamente nada explica». Penelón se acoge a la existencia diciendo: «Si de buena fe se quiere uno fijar en la existencia actual, sin abstracción, podrá ver que ésta es precisamente la que distingue una cosa de otra. La existencia producida no es otra cosa que el ser singular, o el individuo». Mas la existencia supone la esencia individualizada, como el acto segundo supone el primero. Otros filósofos han buscado el principio de individuación en la forma susbtancial. Mas la forma confiere la entidad y grado específico esencialmente comunicable, y por lo mismo, jamás puede ser principio de incomunicabilidad.
La tesis aprobada por la Sagrada Congregación pide, a la vez, materia y cantidad. La materia sola no basta, pues siendo de suyo indeterminada e indiferente para comunicarse a distintos individuos, no puede llamarse substancial, como el principio de individuación. La fórmula tomista es: «Materia signata quantitate»; la materia separada y marcada por la cantidad, como con un sello particular y exclusivo, que convierte al sujeto en un ser individual, inalienable, incomunicable.
Lo que comunica la individuación al sujeto es el orden esencial y transcendental a tal cantidad.
Todas las indicadas condiciones se cumplen en esta teoría. Es un principio substancial, pues la materia substancial por sí misma no pierde este atributo, por decir orden a tal cantidad, tratándose, como aquí, de un orden esencial. «La capacidad de la materia con tendencia y orden a tal cantidad, no es una propiedad adventicia distinta de la materia misma; al contrario, se identifica con ella, es la materia misma que consideramos relacionada con una realidad venidera».
Es juntamente principio de incomunicabilidad y de distinción. Recordemos la naturaleza de la cantidad, explicada en la tesis anterior. Lo esencial en la cantidad es tener partes distintas, que no sean las mismas, que esté la una fuera de la otra. Así, dos partes cuantitativas son distintas en sí mismas por virtud de su propia esencia. La materia que dice orden a la cantidad B, por ejemplo, tiene que distinguirse de la ordenada a la cantidad A; la forma recibida en la materia que mira a la cantidad B será distinta de la que mira a la cantidad de A. De esta suerte, la forma, así distinta y convertida en incomunicable, dará la individuación a todo el compuesto.
Simplificando de este modo el problema, llegamos a una solución razonable. La materia saca su individuación del orden que dice a tal cantidad, distinta por esencia de tal otra cantidad; la forma saca su individuación del hecho de ser recibida en tal materia, como sellada, distinguida y aparte; el todo finalmente recibe la individuación de la forma de esta suerte individualizada.
Lo que decimos de las especies en general, puede aplicarse a la humana. «De ordinario, cada especie de cuerpos tiene sus naturales dimensiones, que nos sirven para distinguirlos, y de este volumen normal, cuyas variaciones se limitan a dos extremos aproximados, es aquí la cuestión». El orden a tales dimensiones, o a tal cantidad, confiere la individuación al cuerpo; el alma recibe su individuación del orden que dice a tal cuerpo, que hará suyo, y del alma arranca luego inmediatamente la total individuación del compuesto humano.
Siendo este orden del alma a su cuerpo transcendental e inmutable, acompaña al alma en su estado de separación; la disolución del cuerpo no lesiona la individualización del alma, y en la resurrección, cuando los dos elementos se reúnan, hallarán súbitamente su ser y su vida individual, que será para los justos de felicidad sempiterna.
Nuestra tesis nos lleva a la conclusión de que es imposible la multiplicación numérica en las substancias puramente espirituales. Los ángeles, dice Santo Tomás, carecen de elementos que les permitan multiplicar los individuos sin multiplicar la especie.
En realidad, la multiplicación de individuos, destinada a conservar la especie, no tiene razón de ser cuando ya la especie es de suyo incorruptible.
Hay, pues, tantas especies cuantos son los individuos angélicos. Esta portentosa variedad del mundo invisible hizo exclamar a Bossuet: »Contad, si podéis, las arenas del mar o las estrellas del cielo, las que veis y las que están más allá, y no habréis contado el número de los ángeles. Nada le cuesta a Dios multiplicar las cosas excelentes; precisamente lo más bello y lo mejor, eso es lo que más prodiga».
24 TESIS TOMISTAS (10ª)
La Cantidad
COSMOLOGÍA
TESIS X. — «Etsi corpoream naturam extensio in partes integrales consequitur, non tamen idem est corpori esse substantiam et esse quantum. Substantia guippe ratione sui indivisibilis est, non quidem ad modum puncti, sed ad modum ejus quod est extra ordinem diinensionis; quantitas vero quae extensionem substantiae tribuit, a substantia realiter differt, et est veri nominis aceidens.»
“Aunque la extensión en partes integrales es una consecuencia de la naturaleza corpórea, no es lo mismo en un cuerpo ser substancia que ser extensión corpórea. La substancia, en cuanto tal, es indivisible, no a la manera del punto, sino de los seres extraños al orden de la dimensión. La cantidad, origen de la extensión en la substancia, es verdadero accidente incapaz de entrar en la categoría de substancia real».
Resuelto el problema de los principios esenciales de los cuerpos, y dejando ya establecido que la substancia corpórea es un compuesto de materia y forma, vamos a estudiar ahora las propiedades consiguientes a la substancia. El primer accidente derivado de la materia, inmediatamente recibido en la materia, para ser luego sustentáculo de todos los demás accidentes, es la cantidad o extensión. Tres son las tesis relativas a la función u oficio de la cantidad y demás capitales cuestiones que con ésta se enlazan, o sean, el principio de individuación y situación de los cuerpos en un lugar.
Recuerda la tesis actual que la cantidad o extensión es necesaria consecuencia de la substancia corpórea.
No podemos negar que los cuerpos exteriores actúan sobre nuestro organismo provocando mil fenómenos de sensación. No es el alma causa única de tales actividades, que a menudo se suscitan sin poder ella remediarlo. Esa causa exterior depende del espacio, exige un contacto real entre lo activo y pasivo a través de una superficie extensa. La perpetua actividad de la naturaleza acusa la realidad de la extensión, como propiedad de la substancia corpórea. Aquí se confirma una vez más la tesis ya establecida: La experiencia y el sentido común, hemos dicho, descubren en los cuerpos un principio substancial y potencial, raíz de la cantidad y extensión, y otro principio substancial, dinámico y formal, fuente de la cualidad y demás accidentes concomitantes.
Sin embargo, dice el texto de la tesis, la cantidad no es la substancia. Ya lo había dicho Aristóteles: »La longitud, anchura y profundidad son cantidades, no la substancia».
La fe, al garantizarnos que la substancia de pan material desaparece y que los accidentes o especies persisten después de la transubstanciación, confirman invenciblemente esta doctrina[1] de la distinción real entre la cantidad y la substancia. Ya hemos advertido que el primer accidente es la cantidad, natural sostén de las cualidades y fenómenos sensibles.
La razón, ya sugerida, de tal distinción es: la cantidad únicamente suministra un ser secundario, el de extender el sujeto y hacerle divisible en partes integrantes; supone, pues, un sujeto constituido en sí mismo, o en su ser primero y fundamental. Debe haber, por consiguiente, entre la cantidad y la substancia una diferencia radical que separe la forma secundaria del primer fondo sustentador de todo el edificio de los accidentes.
La substancia en sí es indivisible, incapaz de más y de menos; la cantidad la extiende en partes, al conferirle la extensión. Santo Tomás lo expresa en dos proposiciones que son dos rayos de luz. «Sólo entendida bajo el aspecto de cantidad es divisible la substancia; prescindiendo de la cantidad es indivisible». El sentido común viene en nuestra ayuda al observar que puede crecer o menguar nuestra cantidad; pero nuestra substancia persevera la misma.
La indivisibilidad que atribuimos a la substancia no es la del punto, sino de un orden superior a todas las condiciones dimensivas. Para hacerse algún cargo de esto, conviene tener en cuenta las diferentes clases de partes señaladas por los escolásticos. Hay partes esenciales, como la esencia y la existencia; partes lógicas, como el género y la diferencia; partes dinámicas, como la inteligencia y la voluntad, partes o potencias del alma; partes integrales, que, al constituir el compuesto divisible, sujetan el cuerpo a un tamaño y a un lugar determinado.
Oficio de la cantidad es dotar a la substancia, de suyo indivisible, o perfeccionarla con esas partes integrales, extensas y mensurables. El concepto de la cantidad entraña partes distintas, que una no sea la otra, y que esté cada cual situada en su propio lugar. Al ser una distinta, y al estar fuera de la otra, naturalmente la excluye de su propio lugar, se hace impenetrable. Gracias a estas partes cuantitativas, los seres corpóreos son divisibles y mensurables.
Tenemos, pues, en esta noción las propiedades capitales de la cantidad: extensión de partes en un lugar, la impenetrabilidad, divisibilidad y orden en las proporciones sujetas a medida.
Como conclusión de todo lo dicho, podemos notar, al fin, que el concepto esencial de la cantidad es la distinción de las partes entre sí, y que las demás propiedades se reducen a efectos secundarios consiguientes. Imposible concebir una cantidad donde una parte no sea distinta de otra; mas no resulta contradicción, como veremos luego, en que dos partes distintas milagrosamente puedan ocupar el mismo lugar.
Evitando sutilezas y cuestiones discutibles de Escuela, la Sagrada Congregación resume perfectamente la filosofía de la cantidad: es un accidente distinto de la substancia, pues le añade partes y puede variar, mientras que la substancia en sí permanece inmutable e indivisible; es un accidente harto real, pues gracias a la cantidad, extensión o masa, se verifican todos los fenómenos sensibles de gravitación, atracción, nutrición y otros innumerables de tan principal importancia en la armonía de los mundos.
24 TESIS TOMISTAS (9ª)
Materia y forma
COSMOLOGÍA
TESIS IX. — «Earum partium neutra per se esse habet, neo per se producitur vel corrumpitur, neo ponitur in praedicamento, nisi reduotive ut principium substantiale.»
«Ninguna de las dos partes tiene el ser por sí sola, ni se produce ni se corrompe por sí; tampoco cabe en un predicamento si no es por reducción, en cuanto principio substancial».
Averiguada y establecida la existencia real de la materia y de la forma, vamos a estudiar sus peculiares oficios o funciones. Incompleto de por sí cada uno de estos dos elementos, ninguno de ellos puede existir y menos actuar aisladamente; se necesita su mutua unión natural para existir en el mundo de las cosas sensibles y cumplir sus destinos.
Sin duda, la materia tiene un ser, no en sí misma separadamente, sino en el compuesto; también lo tiene la forma, ya que por la forma lo recibe la materia; mas lo que es, en toda su propiedad y extensión es el compuesto, el todo resultante, único que existe y obra.
De igual modo en la generación y corrupción, lo que se engendra y lo que se destruye es el compuesto. El objeto y término de la creación primordial fue el todo subsistente; la materia y la forma fueron concreadas en el todo; desde entonces la materia es indestructible, la forma es engendrada y destruida con el compuesto del que depende para nacer y morir, como no es una alma, sino un hombre el que nace y muere. Así, es el compuesto lo que se clasifica en determinada categoría; es el cuerpo lo que entra en el género o predicamento de substancia y sus componentes; la materia y la forma se refieren a tal categoría sólo por reducción, como partes ordenadas y subordinadas al predicamento del todo.
Estas explicaciones ayudarán a comprender el célebre texto de Aristóteles: «Materia prima non est quid, nec quale, nec quantum, nec áliquid eorum quibus ens determinatur». La materia prima no es quid, es decir, substancia específica llamada quidditas, pues ésta es un todo completo, mientras que la materia es elemento parcial, potencial, indeterminado, que únicamente existe en el compuesto por razón de la forma. No es quale, el sujeto adornado de cualidades, pues éstas necesitan previamente una substancia real que han de modificar. No es quantum, o sujeto dotado de cantidad, pues la cantidad es accidente que ya supone materia o substancia material. La cantidad sobreviene a la materia y la calidad a la forma, pero ninguno de estos dos accidentes existen fuera del compuesto. Tampoco es la materia ninguna de las cosas que determinan el ser, ninguna de esas categorías de accidente que, modificando la substancia constituida, la ponen en comunicación con otras cosas, como la relación, acción y pasión. Es sólo realidad radical, parte intrínseca de una substancia real.
Y porque ella es esencialmente potencial e indeterminada, ni por milagro podrá existir jamás separada de la forma. Sería tal hipótesis una verdadera contradicción, pues todo lo que existe dotado de una esencia concreta, necesariamente se coloca en un grado específico, precisamente derivado de la forma substancial.
Tal es la realidad que constituye a un ser en su especie o jerarquía propia. Siendo el oficio del acto completar la potencia, la forma determina la materia, la suscita, o hace existir, resultando de la mutua unión intrínseca el cuerpo físico. Todo cuerpo, por consiguiente, es un necesario compuesto de materia y forma. ¿Será preciso añadir que tampoco puede existir la forma sin la materia?
No hablamos aquí de una forma espiritual, como el alma humana, que no habiendo recibido su ser de la materia, puede vivir y obrar sin su concurso; nos referimos a una forma totalmente material, como la de la planta o del animal. La hipótesis ya no es aquí tan absurda y contradictoria como la de la materia separada de la forma. La forma es un acto que Dios puede sostener con su virtud. Si es cierto que necesita de un sostén, la potencia divina puede prestarle su apoyo superior. Así como en la Eucaristía sostiene los accidentes sin la substancia, podría milagrosamente conservar una forma corruptible, v. gr., el alma de una paloma fuera de la materia, y reuniría después al cuerpo de donde fue separada.
Pero el orden natural exige que únicamente en el compuesto pueda existir la forma corruptible juntamente con la materia, pues el ser y el obrar pertenece al compuesto, no a sus elementos aislados.
Tal es la verdad de sentido común formulada en la tesis nona de la Sagrada Congregación.
24 TESIS TOMISTAS (8ª)
Materia y Forma
COSMOLOGÍA
TESIS VIII. —»Creatura ero corporalis est quoad ipsam essentiam composita potentia et actit: quae potentia et actus ordinis essentiae materiae et formae nominibus designatur.»
«La criatura corporal, en cuanto a su misma esencia, está compuesta de potencia y acto, y esta potencia y acto, del orden de la esencia, se designa con los nombres de materia y forma»[1].
Después de explicados y aplicados luego a la criatura espiritual los primeros principios de la Ontología, descendemos aquí al problema fundamental de la Cosmología, relativo a la composición de los cuerpos. Siendo en la criatura espiritual la esencia simple, no cabe en ella otra composición que la necesaria en todo ser criado, o sea, la de la existencia y accidentes, o formas secundarias adventicias, conducentes a la actuación y perfección de la substancia. En la criatura corporal, como en todas, la potencia y el acto han de estar en el mismo orden; su acto, llamado forma substancial, ha de ser aquel principio que determine y confiera la perfección específica a tal esencia, o substancia corpórea.
El Problema
También aquí debe servirnos de guía la experiencia y el sentido común, que registran y atestiguan en los cuerpos un constante dualismo y universales antinomias. Los mismos cuerpos en apariencia más inertes y pasivos, despliegan energías que en su actividad contribuyen a la fecundidad de la naturaleza y esplendor del Universo. Dentro de su múltiple división, por otro lado, conservan maravillosa unidad que resiste al torrente de todos los fenómenos y cambios. Tienen un elemento genérico común a todos los cuerpos, y otro específico o típico que los distingue y clasifica a cada uno de ellos en determinada jerarquía; un elemento pasa y se renueva sin cesar; otro subsiste vencedor de todos los fenómenos cambiantes. Es lo que se corrobora en la ley física de la conservación de la materia y de la energía, cuya cantidad resta invariable después de todos los cambios o combinaciones. La cantidad que, al parecer, se pierde en la forma del movimiento, se recobra o substituye en la de calor. De aquí los científicos axiomas de nuestros días: «El equivalente mecánico del calor», y el «nada se crea y nada se pierde». Sin embargo, la Química registra innumerables variantes en las combinaciones, como la Biología en las multiformes fases de la evolución vital.
Para explicar tal dualismo, la razón se ve obligada a concluir que necesariamente hay en los cuerpos dos principios esencialmente distintos: 1º, un principio de pasividad, de inercia, de multiplicidad, de división, principio común, genérico y permanente bajo la ola perpetua de indefinidas modificaciones; 2º, un principio de actividad y unidad característico de cada cuerpo, que lo coloca en tal especie o determinado tipo. El primero, como pasivo y determinable, es potencial y material; el segundo, como activo y específico, es dinámico y formal. Todo el problema de la constitución de los cuerpos se reduce a saber el oficio o función de estos elementos. Si uno se atiene exclusivamente al primero, cae en el exceso del atomismo; la consideración única del segundo nos lleva al más cerrado o cerril dinamismo. La doctrina de Aristóteles y de Santo Tomás, propuesta por la Congregación como segura norma directiva, respeta uno y otro elemento, estableciendo entre ellos las dos relaciones fundamentales de la potencia y el acto. He aquí el sistema escolástico de Hyle-morfismo, o sea, de la materia primera y de la forma substancial.
Podemos resumir en tres puntos la doctrina de este sistema: 1º, hay en todo cuerpo un principio substancial material y un principio substancial formal; 2º, cada uno de éstos, por sí solo, es una substancia incompleta; 3º, el principio material es en relación al principio formal, lo que es la potencia en relación al acto, al cual está esencialmente ordenada. Incluyen estos principios importantes consecuencias ineludibles. No son los cuerpos hacinamientos o agregados de substancias completas, pues cada compuesto de materia y forma tiene su propia unidad substancial; los cuerpos difieren entre sí substancialmente, como una especie difiere de otra; hay en la naturaleza cambios substanciales, es decir, corrupciones y generaciones que producen nuevas substancias en el universo.
No es posible detenerse aquí en el examen de otros sistemas, pues es amplio asunto que reclama un libro aparte. Concretémonos a unas breves consideraciones en apoyo del sistema tomista, preferido por la Iglesia, que también podemos llamar el del sentido común.
Existencia de un principio material
La experiencia y la razón acordes descubren en todos los cuerpos un principio substancial material. La actividad corpórea se verifica y explaya necesariamente en el espacio; por otra parte, vemos que los cuerpos se influyen mutuamente gracias y en proporción al contacto mediato o inmediato, de tal suerte que se corta toda comunicación e influencia cuando dejan de tocarse. Tanto el espacio como el contacto corporal presuponen y reclaman una superficie extensa. Hay que llegar, pues, a un principio fundamental, raíz de la extensión, y material, por lo tanto, pues materia y extensión son conceptos inseparables. Tal principio tiene que ser permanente, como se confirma con la ley de la gravitación o del peso, sea cualquiera el cambio, el peso permanece exacto, lo cual prueba un principio inmutable anterior a la mutación. Y como la serie de accidentes, fenómenos, cambios, movimientos y actividades en general, no han de descansar en el vacío, hay que llegar a un elemento substancial, inmutable, substrato y sostén de tan incesantes cambios.
La existencia del principio formal
Mas no basta el principio material; también reclaman la experiencia y la razón un principio substancial, formal y dinámico, para explicar la unidad, fijeza y actividad de los seres vivientes. ¿Quién no ve en el animal una íntima forma, que mantiene íntegro su ser, que dirige a un solo fin todas sus energías, que, en medio de la composición y multiplicidad del elemento material, produce fenómenos de una sensación indivisible, como la visión, la orientación del apetito, con todos los demás actos de la vida psicológica del animal?
¿Qué notáis en la planta? Una tendencia interior que rige, endereza y gobierna sus diversas partes, orientándolas todas al mayor bien del organismo. El término de su actividad permanece inmanente en la planta misma; ella es la que utiliza su trabajo; al obrar evoluciona o tiende eficazmente a su perfección, a la fecunda belleza de las flores y frutos que forman su corona. Permanece fija en su unidad específica e individual, a pesar de los elementos, sin cesar cambiantes y renovados, que utiliza en su desarrollo. Al admitir la realidad de la vida, o la distinción real entre el cuerpo vivo y el inanimado, es preciso reconocer ahí un principio substancial y específico, fuente de esa unidad, que es el llamado por los escolásticos forma substancial.
En orden a los cuerpos inorgánicos, la evidencia no es tan clara. Sin embargo, los fenómenos cristalinos, o cristalíferos, especialmente parecen una confirmación de la teoría tomista. Obedece el cristal a una misteriosa ley que de tal modo agrupa y ordena sus moléculas conforme a un tipo específico tan invariable, que si los ángulos de un cristal se rompen, infaliblemente se reparan según el tipo constante. ¿Esta energía interna no podrá llamarse el principio substancial y formal de la Escuela? Sabios de alto prestigio no se afrentan de acudir a él. «La cristalografía parece dar la razón, escribe De Lapparent, a la opinión filosófica expresada en el siglo XIII por el genio potente de Santo Tomás de Aquino».
Bien estudiadas las propiedades de todos los cuerpos, hay que llegar a dos principios irreductibles: Los mismos fenómenos de la cantidad revelan la existencia de un principio substancial formal. »Obligados nos vemos a recibir en nuestra Física algo más que los elementos cuantitativos del geómetra; hay que admitir también cualidades, hay que admitir, como cualidad primera irreductible, aquel principio en virtud del cual un cuerpo se llama cálido, luminoso, electrizado e imantado; en una palabra, renunciando a las teorías puestas de moda desde Descartes, tenemos que volver a las ideas más esenciales de la Física de Aristóteles».
A qué debemos atenernos en definitiva
Bajo esta fórmula general, que la Sagrada Congregación hizo suya, y sin descender a particulares aplicaciones no esenciales en el sistema, la doctrina tomista puede tenerse por cierta, como una conclusión del sentido común. Hay aquí tres datos definitivamente adquiridos e inquebrantables: 1º, es preciso reconocer en el cuerpo, además de la materia, de la cantidad y movimiento, un principio formal y dinámico de cualidades permanentes; 2º, la materia es indestructible: Nada se pierde; 3º, la forma no sale de la nada, sino del sujeto potencial que la contenía y recibe: Nada se crea.
La Sagrada Congregación no se refiere a mutaciones substanciales, pero la doctrina es indiscutible, al menos respecto al compuesto humano y al animal. Todo el mundo confiesa la diferencia esencial entre el ser vivo y el cadáver. Lo mismo puede decirse del orden vegetal. Los fenómenos del nacer y morir de la gigantesca encina, y los que en poco tiempo la convierten en ceniza, son cambios que llegan a la substancia misma. Doquier hay un tránsito de la vida a la muerte, o de la muerte a la vida, hay mutación substancial.
La prueba no es tan decisiva respecto a los cuerpos inorgánicos: mas las propiedades irreductibles observadas por la ciencia en el nuevo compuesto, nos autorizan a deducir aquí también un cambio substancial.
El sistema aristotélico-tomista es, además, la mejor explicación de los dogmas católicos relativos a la unión del alma con el cuerpo, de la naturaleza humana de Cristo, de la presencia real y de la transustanciación en la Eucaristía. Todo esto supone materia, forma, unión y cambio substancial.
24 TESIS TOMISTAS (7ª)
Substancia y los accidentes
ONTOLOGÍA
TESIS VII. — «Creatura spirituális est in sua essentia omni simplex. Sed remanet in ea compositio dúplex: essentiae cum esse et substantiae cum aecidentibus.»
«La criatura espiritual es plenamente simple en su esencia. Pero queda en ella una doble composición, la de la esencia con la existencia y la de la substancia con los accidentes».
He aquí, en resumen, la aplicación de los principios anteriormente establecidos. La potencia y el acto son los primeros principios intrínsecos, constitutivos de todos los seres fuera de Dios. Luego en las alturas del Universo hallamos la criatura espiritual. ¿Cómo se verifica en ésta la composición de la potencia y el acto? Está como desprendida y libre de toda materia, de todo cuerpo y elemento corpóreo. Puede seguramente mover la materia y asumir un cuerpo, pero esto únicamente como agente o principio motor de tal vehículo material, sin informar tal cuerpo ni estar limitada y condicionada por él. Por esta parte, como no es recibida, posee una especie de infinidad hacia abajo que constituye la perfecta espiritualidad de la substancia angélica.
Toda su limitación es por lo alto, de donde le viene la existencia, estando por este lado sujeta a la ley fundamental de todas las cosas creadas, esencialmente constituidas de esencia y existencia, como principios realmente distintos: tanquam principiis realiter distinctis, essentía et esse constant (Tesis III).
No es ella su último fin; no es su operación; la operación principia y acaba, mientras que la substancia perdura. Es, pues, la operación angélica un principio distinto de su esencia. Estando, además, la potencia y el acto en el mismo orden, la facultad, principio de la operación, será un accidente, como la operación misma. Tenemos, pues, en la criatura espiritual composición de la substancia con sus facultades y operaciones, que son accidentes. Ni el mismo Dios puede libertar la criatura de tal composición, como no puede libertarla de su condición creada.
Bien puede el Todo-Poderoso separar la substancia del accidente y sostenerlo así por sola su virtud divina, que supla el efecto de la causa segunda desaparecida; mas sería imposible producir una substancia desprovista de todo accidente, pues, sin poder de operación, fuera entonces árbol estéril, incapaz de todo fruto, ser mutilado, sin destino ni fin, y, sobre todo, porque jamás puede la criatura perder el accidente de relación o absoluta dependencia de Dios, inseparable de todo ser creado.
He aquí, en rápida síntesis, la Ontología de Santo Tomás, que tan limpiamente hace brillar la armonía de los mundos. En las alturas, lo hemos dicho ya, el mundo angélico, compuesto de esencia y existencia, de substancia y accidentes, mas dotado de un ser substancial indestructible e indivisible; abajo, el mundo corporal, no sólo compuesto de esencia y existencia, de substancia y accidentes, sino también corruptible en su ser substancial, por razón de sus separables componentes, llamados la materia y la forma. De esto vamos a hablar en las siguientes tesis, que resumen la Cosmología tomista.
Las anteriores proposiciones abstractas, al insistir tan aguda y profundamente en la esencial distinción entre el Creador y las criaturas, la infinita transcendencia del primero y la obligada imperfección de las segundas, suave y connaturalmente conducen el espíritu al acto de adoración a Dios.
24 TESIS TOMISTAS (6ª)
Substancia y los accidentes
ONTOLOGÍA
TESIS VI. — «Praeter absoluta acoidentia est etiam relativum, sive ad aliquid. Quamvis enim ad aliquid non signifioet secundum propriam rationem aliquid alicui inhaerens, saepe tamen causatn ín rebus habet, et ideo realem entitatem distinctam a subjecto.»
«Además de los accidentes absolutos, hay un accidente relativo, como una tendencia hacia algo. Aunque tal relación de tendencia hacia alguna cosa no signifique propiamente una cosa inherente a un sujeto, tiene a menudo su causa en las cosas, y, por lo mismo, una real entidad distinta del sujeto».
La Sagrada Congregación no se detiene en la exposición de los nueve géneros de accidentes señalados por los escolásticos, después de Aristóteles y Santo Tomás. Admitida la distinción real entre la substancia y las formas secundarias que la modifican, no se halla ya dificultad en admitir la realidad de los accidentes absolutos, como la cantidad y la cualidad, ni tampoco los que atañen al movimiento, como la acción y pasión, etcétera. Mas entre todos hay uno de tan tenue realidad, que parece esquivar todo análisis, y se define sólo por la preposición hacia, o a (ad aliquid). Es el accidente llamado relación, cuya realidad se defiende en esta tesis.
Quien se atiene a los datos del sentido común ve muy claro que no es posible la armonía del universo sin relaciones reales. La belleza y fuerza de un ejército depende de la mejor unión de los soldados entre sí y con su jefe; la armonía y orden del mundo resulta del concierto de las criaturas con sus semejantes y con Dios. » Hay, sin duda, en la creación relaciones reales: ellas son las que establecen el orden del mundo».
Fácilmente se ve que las relaciones en general no pertenecen a una especial categoría, pues representan las exigencias de todos y cada uno de los seres creados en conformidad con las imperiosas condiciones de su existencia. Por eso se llaman transcendentes. La relación aludida en la Tesis VI está constituida por la tendencia de un ser hacia otro.
Varios elementos debemos notar aquí: La realidad puesta en relación, el término a donde la relación se dirige, la relación o lazo entre el sujeto y el término, y, por fin, la causa determinante de la influencia del sujeto en el término.
La realidad puesta en relación es el sujeto; aquella a donde se dirige es el término; la razón o causa de tal relación es el fundamento; mas el tránsito y lazo entre el sujeto y el término es propiamente lo que entendemos por relación. Si es verdad que ella está en un sujeto, no es propiamente relación hasta encaminarse hacia un término. Por esto indica la tesis que la relación no se refiere a cosa alguna inherente al sujeto. «No es estar en un sujeto, dice Santo Tomás, lo que constituye la relación; es como el acto de dirigirse hacia otro ser».
La palabra de Aristóteles es tan profunda como expresiva: «Ad aliquid». El esencial constitutivo, repetimos, no es en, sino hacia.
Añade el texto de la tesis que tiene con frecuencia su causa en las cosas, y es, por lo mismo, una entidad distinta del sujeto.
Para establecer esta realidad de la relación, basta notar que en los seres de la naturaleza observamos tres cosas reales. Primeramente, un sujeto real que establece o determina el orden; luego un término real capaz y digno de responder o recibir el orden iniciado por el sujeto. En la paternidad tenemos el sujeto real, el padre, y el término real, el hijo. De aquí se sigue una reciprocidad tal, que afirmado o negado uno de los dos extremos, se afirma o se niega el otro; no hay padre sin hijo, ni hay hijo sin padre. Por último, además del sujeto y del término, hace falta un fundamento real para llegar a la relación real. Así vemos que la generación es el fundamento eficaz de la paternidad y de la filiación.
Comprendida así la relación, vemos que es una realidad distinta de la substancia, pues la realidad del fundamento es distinta de la realidad del sujeto y del término, como es claro que la generación es distinta del padre, causa, y del hijo, efecto. Existe realmente, pues, la relación predicamental »como consecuencia de la existencia del fundamento, que es el que existe propia y directamente, aunque añade a este fundamento algo real no comprendido en sus caracteres esenciales. Es, por consiguiente, algo realmente distinto».
En el ejemplo anterior, como en otros innumerables, es mutua la relación real; mas no sucede esto siempre. «Podemos también formar una relación que sea en parte real y en parte de sola razón, cuando se trata de dos extremos en que uno depende del otro, mas no al revés, o en nada se modifica por la acción o relación que quiera establecer o establezca. Así, la ciencia es relativa a un objeto, no puede existir sin objeto; mas éste en nada cambia por ser, o no, conocido por el hombre de ciencia».
Las relaciones de la criatura con Dios son reales, pues toda criatura depende esencialmente de Dios, mas por parte de Dios son únicamente de razón, puesto que Dios en nada puede depender de la criatura.
Esta metafísica de la relación, tan importante para explicar nuestros sagrados vínculos con Dios, lo mismo que la belleza y armonía del universo, es de soberana importancia en el orden sobrenatural, para conocer y explicar de algún modo el misterio de la Trinidad.
No solamente son realidades las relaciones divinas; son la vida misma de Dios, constituyen la adorable familia de las tres Personas y serán nuestra esencial delicia en la bienaventurada eternidad.
24 TESIS TOMISTAS (5ª)
Substancia y accidentes
ONTOLOGÍA
TESIS V. — «Est praeterea in omni creatura realis compositio subjecti subsistentis cum formis secundario additis, sive accidentibus: ea veré nisi esse realiter in essentia distinota redperetur, intelligi non posset.»
«Hay, además, en toda criatura, composición real de un sujeto subsistente con otras formas secundariamente añadidas, llamadas accidentes; y esta composición no se comprendería, si no fuera recibido el ser en una esencia distinta de él mismo».
Hasta aquí hemos analizado y explicado la primera composición propia de toda criatura, la de potencia y acto, de esencia y existencia. Es de notar luego que las esencias creadas pueden dividirse como en dos grandes reinos: las unas, de naturaleza precaria y dependiente, necesitan siempre una, como si dijéramos, especie de soporte o sostén; habiendo, además, otras de naturaleza más completa, que subsisten por sí mismas. De aquí la nueva división del ser en sólidas substancias y efímeros accidentes. Es, pues, la substancia una esencia capaz de existir de por sí, una realidad estable (sub-stat), que además de sostenerse, sostiene otras entidades incapaces de subsistir por su propia cuenta. Se llama también sujeto subsistente, que, sin ser sustentado por otro, sirve de base a todas las realidades que la adornan, como formas secundarias.
La experiencia interna descubre en nosotros y atestigua multitud de fenómenos, sensaciones y afectos, pensamientos y voliciones, que aparecen y desaparecen, mientras que el yo subsiste; la experiencia externa nos muestra en el Universo infinidad de modificaciones sucesivas que no tocan el fondo substancial de la piedra, la planta, el animal o el hombre. Tales datos de nuestra doble experiencia nos evidencian la realidad de la substancia persistente y su distinción de las formas accidentales que pasan. La substancia real es la substancia individual que, cuando es completa, o llega al término de su individualidad, se llama persona. Es persona aquella substancia que goza de completa individualidad o se pertenece a sí misma (es sui juris), excluyendo tres clases de comunicabilidad: 1º, la de lo general a lo particular, como la de la especie que se derrama en los individuos; 2º, la de la parte, que pertenece al todo y subsiste por él, como la mano y el brazo; la persona subsiste por sí; 3º, y sobre todo, excluye la comunicabilidad a otra cualquier persona. Mi yo no puede ser el tuyo, ni el del otro. Por muy excelente que supongamos un ser, como substancia, o como especie, jamás podrá ser persona, que no es cualquier substancia o especie, sino cabalmente la que se pertenece a sí misma, sin poder ser sustentada por otro. Es el todo autónomo, siendo y obrando siempre por propia cuenta.
El accidente real designa una forma secundariamente adherida al sujeto subsistente; es como una débil esencia o naturaleza que, para existir, necesita como un soporte donde se adhiere y descansa. Tiende esta tesis a esclarecer la distinción real entre estas fugitivas formas y el fondo substancial permanente donde reposan. Niegan esta tesis o esta distinción real: los panteístas y los materialistas, los cartesianos, los subjetivistas y la nueva filosofía representada por Bergson. Sin embargo, la distinción real enseñada por Aristóteles y Santo Tomás permanece en pie, como expresión de la experiencia y del sentido común.
¿Qué es lo que vemos dentro y fuera de nosotros? Hemos indicado ya que, en nuestra vida orgánica, sensitiva e intelectual, continuamente registramos estados nuevos, vivientes realidades que súbitamente surgen y más o menos pronto desaparecen, sin que nuestra alma sea otra por eso. La experiencia externa, que nos garantiza la realidad del movimiento en la naturaleza, nos muestra un río de cambios, o modificaciones indefinidamente renovadas, mientras que la substancia persiste en su ser. El mineral y la planta conservan su fijeza específica entre la variedad de los pasajeros fenómenos; el animal y el hombre persisten en su invariable individualidad, a pesar del vaivén de todos sus cambios vitales.
Otro argumento llamó la atención de Leibnitz. »Si en nada se distinguen los accidentes de las substancias, si la substancia es un ser pasajero como el movimiento, si sólo dura un instante sin permanecer la misma en un tiempo dado, igual que sus accidentes… ¿por qué no concluir, con Espinosa, que Dios es la única substancia y que todas las criaturas son modificaciones o accidentes?»
En el dominio de la fe, esta nuestra doctrina es indiscutible. La gracia, las virtudes infusas, los dones del Espíritu Santo, ni son la substancia del alma, ni substancia divina, ni substancia sobrenatural; son accidentes realmente distintos de la substancia; son formas agregadas a un sujeto subsistente, que es la naturaleza.
La última parte de la tesis recuerda que esta composición de substancias y accidentes presupone y confirma la distinción real entre la esencia y la existencia.
Si realmente es la esencia su propia existencia, es su acto único y definitiva perfección; pues, como hemos notado, la existencia es la actualidad suprema de toda realidad, ultima actualitas omnis formae.
¿Qué hace falta para que el ser substancial y el ser accidental entren en composición como dos actos distintos? Lo que dice Santo Tomás: que los dos sean recibidos en un sujeto común realmente distinto de uno y otro, y tal es la esencia. Así, para que la substancia difiera del accidente, es preciso que la esencia se distinga de la existencia.
24 TESIS TOMISTAS (4ª)
Esencia y existencia
ONTOLOGÍA
TESIS IV. — «Ens, quod denominatur áb esse, non univooe de Deo et creaituris dicitur, neo tamen prorsus aequivoce, sed analogiee, analogía tum attributionis tum proportionalitatis.»
«La noción de ente (o de ser) se aplica a Dios y a las criaturas, no de una manera unívoca, ni tampoco puramente equívoca, sino más bien analógica, con analogía de atribución y de proporcionalidad».
Se llaman unívocas dos o más cosas que llevan el mismo nombre, cuando en todas ellas es idéntico el significado de tal nombre. La palabra hombre es unívoca en Pedro y en Pablo; la palabra animal es unívoca en hombre y animal, cuando aludimos al género común a los dos, y no a la especie de uno y de otro.
Hay equívoco en los términos cuando se emplean en muy diverso sentido. No es lo mismo el carnero lanígero, que el signo del zodíaco, o la antigua máquina de guerra que designamos con el mismo nombre.
Hay analogía siempre que la realidad significada por el término común ni del todo sea igual, ni del todo diferente, implicando una relación de semejanza entre los objetos aludidos. El hombre es sano, el color del semblante sano, el alimento sano. Claro es que el alimento sano no significa lo mismo que el color sano, o el hombre sano; pero en los tres casos se descubre una indudable relación manifiesta. El hombre se llama sano como sujeto de salud, el color como signo, el alimento como causa.
Se dice que hay analogía de atribución cuando la realidad significada se aplica a un sujeto por su mayor o menor semejanza con otro en quien tal realidad se halla en un estado principal y supremo (Summum ana-logatum). Así la salud no se dice del pulso, ni de la medicina, sino por relación al hombre, donde se realiza en todo su sentido. Hay analogía de proporcionalidad cuando está real e intrínsecamente en los términos comparados, mas no de la misma suerte. Así la criatura tiene el ser real e intrínsecamente, mas no en el grado absoluto, propio de Dios.
Nos ceñiremos a la tesis tomista, sin entrar en controversias de escuela.
El ser no puede llamarse unívoco a Dios y a las criaturas, pues a Dios pertenece en la más absoluta plenitud, y a los demás seres en proporciones limitadas. En vano responderán que todos los seres son iguales, en cuanto opuestos a la nada, y que un solo concepto puede abrazar lo creado y lo increado. Tampoco es cierto que sean todos los seres igualmente opuestos a la nada. ¿Lo Necesario, lo Infinito, lo Perfecto, lo Inmutable, lo Eterno, no difiere realmente de lo contingente, finito, imperfecto, cambiante y temporal? ¿La substancia y el accidente, el espíritu y la materia, existen del mismo modo?[1]
Si el ser de Dios no es unívoco al de las criaturas, tampoco puede llamarse equívoco. Todo nuestro conocimiento de Dios parte de las criaturas, como de efectos que infaliblemente revelan la soberana causa. La Iglesia nos manda confesar que Dios es cognoscible mediante las obras visibles de la creación, que demuestran su existencia. «Per visioilia creationis opera tanquam causam per effectus cognosci, adeoque demonstran etiam posse profiteor». Tal demostración estriba en la necesaria conexión deducida de la analogía del ser.
Se habrá ya comprendido que se trata aquí lo mismo de una analogía de atribución, en cuanto la criatura depende de Plenitud subsistente, causa de todo ser participado, y también de alguna analogía de proporcionalidad, ya que el ser es intrínseco a la criatura como a Dios, aunque en Dios está de un modo infinitamente superior, trascendente en absoluto.
A innumerables aplicaciones se presta el principio universal enunciado en esta IV Tesis, así en el orden natural, como en el sobrenatural, que es el propiamente divino.
»Por doquier llegue a nosotros un elemento propiamente divino, la inteligencia debe elevarse mediante una proporción, cuya razón es la relación fundamental del ser condicional, expresado en nuestros habituales conceptos, con el ser incondicionado al que la aplicamos. Cuando, por ejemplo, se dice que la gracia habitual es una cualidad creada, debemos entender que lo que la cualidad creada es en el orden de las perfecciones de la substancia creada, eso proporcionalmente es la gracia habitual en el orden de las divinas perfecciones con que Dios enriquece el alma. La palabra «divina» suscita y provoca una especie de vuelo mental que nos transporta a otro mundo, a la esfera del ser y de la perfección sin límites. No se tema que tal vuelo, al parecer desmesurado y violento, llegue a romper nuestras alas. La relación de causa y efecto, entre lo divino y lo creado, es rígida y necesaria; no hay fuerza de tensión posible capaz de romperla. Más bien que un vuelo de águila, podemos decir que la relación fundamental de todas las proporciones teológicas semeja al ascensor que nos eleva y habilita para contemplar el orden de las cosas divinas, humanizándolas y acomodándolas a nuestro alcance. No temáis aplicar con toda amplitud la proporcionalidad. Jamás se ha aplicado bastante».
24 TESIS TOMISTAS (3ª)
Esencia y existencia
ONTOLOGÍA
TESIS III. —»Quapropter in absoluta ipsius esse ratione unus subsistit Deus, unus est simplicissimus; cetera cuneta quae ipsum esse partieipant, naturam habent qua esse coarctatur, ac tanquam distinctis realiter principas, essentia et esse constant.»
«Por lo tanto, en la absoluta razón del ser, en sí mismo, sólo subsiste Dios único y simplicísimo, y todas las demás cosas que participan del ser tienen una naturaleza donde el ser se halla restringido, y están constituidas o compuestas de esencia y existencia, como de principios realmente distintos».
Mera aplicación de la doctrina explicada es la tercera Tesis. Admitiendo que Dios es acto puro, es evidente que todo en él es perfección, todo ser, plenitud de la perfección y del ser, SER Subsistente. Al verse ceñido por cualquier límite, estaría sujeto a la potencia; no pudiendo tener igual, es único esencialmente; es sencillamente simple, puro y libre de toda mezcla o composición.
La primera parte de la tesis, relativa a Dios, aparece claramente demostrada. La criatura es cosa muy distinta, pues, como compuesta de potencia y acto, no es toda ella ser, o perfección. Está en ella el ser limitado y restringido; no es ella el ser subsistente, sino el recibido en un sujeto, que lo divide y amengua. Hay que distinguir en ella lo que es y aquello por qué es, lo que es se denomina esencia; aquello por lo que es en sí misma, fuera de su causa, es la existencia. Es la esencia todo lo substancial que abraza la buena definición; al definir al hombre expresamos su esencia humana.
Bien definidas las cosas, se comprende su esencia, o ser substancial; los accidentes sólo pueden definirse por su relación con el sujeto que los sostiene; tienen sólo una esencia incompleta y dependiente.
Los seres substanciales, capaces de una definición propiamente tal, tienen una verdadera esencia o realidad, hasta cierto punto independiente, que es a la vez esencia, substancia y naturaleza. La esencia es la realidad fundamental que constituye al ser en una especie, o determinada jerarquía; substancia es la misma realidad existiendo en sí misma y sirviendo de sujeto, o de base, a los accidentes; naturaleza es el mismo ser real como primera fuente de donde brota la operación espontánea. Cuando la substancia es completa, dueña de sí misma y perfectamente incomunicable, se llama supuesto, persona.
La esencia en sí indica ya perfección, y en tal sentido es acto; pero en orden a la existencia es todavía potencia no actualizada, o que necesita su última perfección. La humanidad es una especie determinada, y tal determinación específica es ya alguna perfección, algún acto; mas ese acto fundamental reclama otro que lo conduzca al estado final, en que podemos decir:
La humanidad existe. Por eso la existencia es llamada última actualidad de toda forma, de toda realidad. Nada puede venir después de la existencia; imposible añadirle una perfección que no sea existencia.
He aquí los dos principios constituyentes de todos los seres que no son Dios: la esencia, como potencia real; la existencia, como su última actualidad.
Si la potencia y el acto se distinguen en la realidad, es preciso concluir que hay una verdadera distinción real entre la esencia y la existencia.
No todos los escolásticos, sin embargo, admiten esta clase de distinción. Están conformes todos en tres puntos: Iº Que en Dios no cabe distinción real de ninguna clase, por lo mismo que es Acto puro; 2º En las criaturas hay manifiesta distinción real entre la esencia ideal abstracta y la esencia concreta y actual; 3º. Hay por lo menos una distinción de razón entre la esencia actual y la existencia. Todo el problema se reduce a averiguar si la esencia actual brota por sí misma a la realidad, de tal modo que ella sea su propio acto de existir, o lo verifica, por un acto distinto de ella, al que nosotros llamamos existencia.
Niegan la distinción real Alejandro de Ales, Durando, Escoto, los nominalistas, Suárez, Vázquez, y entre los modernos (además de Balmes y otros), Ton-giorgi, Palmieri, Francelin, Pesch. La afirman no solamente Santo Tomás y toda su escuela, sino los grandes representantes de la escolástica y especialmente, en nuestros días, Sanseverino, los Cardenales Pecci, Lorenzelli y Mercier, Mons. Farges, M. Domet de Vorges, etc., y entre los ilustres escritores de la Compañía de Jesús, la Escuela de Coimbra, el Cardenal Pallavicini, Silvestre Maure, Liberatore, Cornoldi, Sehiffini, de María, Terrien, Remer, Mattiussi, Geny, el Cardenal Billot, etc.
Al defender esta distinción, no pretendemos afirmar que la esencia y la existencia son dos realidades independientes y mutuamente separables, o producidas por Dios separadamente y unidas después; sólo queremos decir que la primera se diferencia de la segunda, como la potencia real del acto real. Únicamente aplicamos aquí la doctrina fundamental de las dos primeras tesis relativas a la potencia y al acto, principios primeros e intrínsecos de todo lo que no es acto puro, insistiendo en la composición verdadera y real de la potencia y del acto en todo ser mudable y creado.
»¿Hay, o no, un término medio entre la nada y lo actualmente existente? Tal es la cuestión. La afirmación o negación de la distinción real entre la esencia y la existencia es, en definitiva, una tesis absoluta y únicamente solidaria de la admisión o negación de la realidad de la potencia, de su realidad distinta del acto, irreductible al acto, inmanente bajo el acto».
No se vaya a creer que esto sea un problema de mera curiosidad, sin alcance práctico. «La cuestión de la distinción real entre la esencia y la existencia entraña la mayor importancia: es, en algún sentido, el punto central de toda la metafísica, y yo diría, poco menos que el sello de su ortodoxia, el único medio de resolver con exactitud todos los problemas suscitados, si no hemos de conformarnos, como es corriente en nuestros días, con examinar los hechos en la superficie, desdeñando su fondo». «Quien conozca la historia de la Metafísica —escribía el Cardenal Lorenzelli, — desde Aristóteles a Severino Boecio, y desde Avicena a Santo Tomás, y sobre todo, para quien ha leído y comprendido la Suma teológica, esta tesis es cabalmente el principio fundamental de la verdadera ciencia relativa a Dios y a las criaturas, al orden natural y sobrenatural, tal como el Doctor Angélico nos lo ha enseñado». «Sabido es que toda la primera parte de la Suma es un tratado fundamental acerca de Dios, Uno y Trino, de la creación, de los ángeles, de las almas, del hombre y del mundo. Esta, más todavía que las otras partes, se basa en un primer principio fundamental, en la verdadera identidad de la esencia y de la existencia en Dios, y la distinción real entre la esencia y existencia entre los demás seres subsistentes que no son Dios».
Esta real distinción y esta real identidad constituyen la base y sostén de todos los demás principios menos universales; dan a todas las conclusiones de ellos derivadas una solidez inquebrantable. El combatir, pues, u omitir simplemente este principio tan capital, no es ya dejar una opinión, o conclusión particular, del angélico Doctor; «es abandonar definitivamente la escuela de Santo Tomás».
Con el más justo título pudo, pues, la S. Congregación contar esta tesis fundamental entre todas las otras que claramente, plañe, contienen los puntos fundamentales del Doctor Universal.
Inútil fuera aquí un largo examen de textos, pues toda la obra del Angélico se apoya en la piedra angular de este gran principio. Como por instinto vuelve a él el Santo Doctor en sus diferentes obras. » Debe tenerse en cuenta, dice en su Comentario sobre Boecio, que si el ser y lo que es (lo que es igual, la esencia y la existencia) únicamente se diferencian según la razón en los seres simples, difieren realmente en los seres compuestos». Luego explica así su sentido: «Este ser simple es sublime y único; es Dios mismo». «Hoc autem simplex unum et sublime est, ipse Deus.» He aquí bien clara nuestra tesis: porque Dios es la simplicidad absoluta, o el acto puro, cuya esencia y existencia sólo admiten una distinción de razón; porque las criaturas todas están compuestas de potencia y acto, su esencia y existencia difieren realmente.
Insistiendo en las anteriores razones, digamos en resumen: Si la existencia de las criaturas no es distinta de su esencia actual, será un acto puro, infinito, único; no habrá, pues, distinción alguna entre la criatura y Dios. Acto puro, o sin potencia, es; no es recibido, ni puede recibir. Tal es el caso de una existencia indistinta de la esencia. ¿Dónde podrá ser recibida? ¿En la esencia? No, pues una simple distinción de razón no basta para que una realidad sea recibida en ella, y de ser posible, como esta distinción racional existe en Dios, podría decirse de Él que ya no es el acto puro, o simplicidad absoluta. ¿Qué podrá entonces recibir? Nada viene ni puede venir después; nada hay más actual que la existencia; nada puede perfeccionarla, por ser precisamente la existencia actualidad, coronamiento y término de toda actualidad o realidad. Hemos de concluir necesariamente que la existencia, que en nada real se distingue de la esencia, es acto puro, ilimitado, infinito.
—Replican así algunos: Es cierto que la existencia creada no puede ser recibida en otro; pero es recibida de otro, viene de Dios, o es producida por Dios.
—Vano subterfugio. El acto sólo se recibe en otro ad modum recipientis, en la justa medida de su límite, o imperfección; sólo puede limitarse porque es recibido en otro, o porque ha recibido otro. Por consiguiente, el acto no recibido en una potencia, o que no recibe un acto ulterior, es imposible que venga de otro, o sea producido por otro. Cabalmente porque sabemos que la existencia de las criaturas es producida, concluímos que debe ser recibida en una esencia realmente distinta de ella.
Esta doctrina de Santo Tomás evidencia la universal armonía de los seres. En la cumbre está Dios, ajeno a toda composición, pureza sin mancha, perfección subsistente. Vienen luego las criaturas espirituales, compuestas de potencia y acto, de esencia y existencia. Por último, las criaturas corpóreas.
Siguiendo la opinión contraria, no se sostiene la gradación. Si el ángel no consta de esencia y existencia, se equipara a Dios. La necesidad del principio de causalidad aparece también más evidente en la teoría tomista, como nota el Cardenal Mercier: «El ser cuya esencia no se identifica con su existencia, reclama forzosamente una causa».
La principal objeción contra nuestra tesis se reduce a esto: La esencia actual es una verdadera realidad. Es así que nada es real sino por la existencia; luego la esencia actual es la misma existencia.
—No tiene aquí presente el objetante que puede llamarse realidad no sólo el acto real, sino también la potencia informada por el acto real. Así la materia es una realidad, no por ser acto en sí misma, sino por hallarse informada por un acto que le da la actualidad. Del mismo modo la esencia actual es una realidad, no por ser ella el acto mismo, sino por hallarse como informada y bajo el imperio del acto mismo.
»Cuantos niegan la distinción real entre la esencia y la existencia, empiezan por dar por sentado, como principio indiscutible, que la esencia real de un ser sólo es real por virtud de la existencia. En lugar de partir de esta afirmación como de un axioma innegable, deberían probarla. No piensan en eso; todas sus argucias nacen de un falso supuesto, o petición de principió».
Nosotros, por el contrario, hemos establecido que la esencia actual de las criaturas no es precisamente el acto mismo de la existencia, pues de otra suerte sería necesariamente acto puro, que ni es recibido, ni puede recibir, por ser único, infinito y eterno.

