LAS 24 TESIS TOMISTAS (22ª) (2ª)

(II) LAS CINCO PRUEBAS TOMISTAS DE LA EXISTENCIA DE DIOS

La Teodicea de Santo Tomás (TESIS XXII a XXIV)

Estas demostraciones de alcance universal se fundan en la contemplación u observación razonada de cuantos seres integran este mundo, orgánicos e inorgánicos, vegetales y animales, humanos y angélicos.

Se apoya la primera en el hecho del movimiento o pasividad de las criaturas; la segunda en su actividad o causalidad; la tercera en su esencia de carácter contingente, o igualmente dispuesta para ser y no ser; la cuarta en los grados de perfección; la quinta en el orden del Universo.

Aunque todas estas pruebas juntas se completan y corroboran, cada una de por sí resulta plenamente demostrativa. Todas, a posteriori,  parten de la experiencia fundada en los datos suministrados por el mundo sensible; de los efectos nos conducen y elevan hasta la causa. (Véanse los comentadores de Santo Tomás sobre la 2ª cuestión de la Summa, y también el P. Kleutgen, La Phil. Schol., t. IV; Farges, L’Idée de Bien; Sertillanges, Les sources de la croyance en Bien; P. Garrigou-Lagrange, Bien, I. P.)

I. — Exposición de la primera prueba

El hecho más innegable de cuantos presenciamos en el mundo es el movimiento. Todas las experiencias de todos los hombres lo confirman. Ahora bien; el primer principio, o motor de todo movimiento, particular o general, necesariamente ha de ser un motor inmóvil o ser independiente y, de por sí, autor de todo los demás, a quien llamamos Dios.

El movimiento es mutación o tránsito de la potencia al acto. Las mutaciones pueden ser múltiples: unas afectan la misma substancia del ser, que nace, muere y desaparece; otras se refieren a la cantidad, capaz de aumento y disminución; otras a la calidad, que mejora o desmejora; otras al lugar, que se toma o se deja; otras a la operación, que empieza, continúa y acaba.

Ninguno de estos seres es de suyo principio adecuado o completo de su movimiento. Todo lo que se mueve es movido por otro. En esta serie de motores subordinados no es posible proceder hasta lo infinito; es preciso llegar a un primer motor inmóvil, principio esencial y primero de todo movimiento, a quien llamamos Dios.

Dilucidemos estos dos axiomas fundamentales.

Aunque en un ser compuesto pueda una parte ser movida por otra perteneciente al mismo ser, nunca es verdad que la parte o cosa movida pueda ser principio adecuado y total de su movimiento. Los órganos son movidos por el cerebro; el cerebro recibió el movimiento del ser vivo que lo engendró, y el que engendra lo ha recibido de otro.

Para Santo Tomás, la verdad de esta proposición: «Quidquid movetur ab alio movetur», «todo lo que se mueve pide un motor extraño o exterior a él», está poco menos que inmediatamente fundada en el principió de contradicción. O lo que es igual, se convierte en una proposición de inmediata evidencia. ¿Qué significa ser movido? Según el término filosófico de Aristóteles y Santo Tomás, equivale a «estar en potencia», «pati», «ser pasivo», o no ser nada en el orden de la actividad. El término «mover» es cabalmente lo contrario: es ser, es «operar», es «estar en acto». Ahora bien; el ser y el no ser, el operar y el estar pasivo, serán eternamente incompatibles o contradictorios » cuando se trata de la misma cosa y en el mismo sentido». De aquí se sigue la más absoluta imposibilidad de que una cosa que es movida, sea en el mismo sentido la cosa o el motor que mueve. Afirmar lo contrario equivale a no entender lo que dice, o negar descaradamente el principio de contradicción. Cualquiera que se fije bien en el significado de esta palabra: «movetur», «es movido», necesariamente ha de concluir: luego es movido por algo que no es él; ergo ab alio movetur.

En otros términos. Todo lo que es movido, antes de pasar de la potencia al acto carece en sí mismo de la perfección que luego el acto le comunica; luego necesita de otro que le dé tal perfección. Mal puede comunicar este otro lo que no tiene en acto; luego debe estar en acto y ser distinto del que es movido, que sólo estaba en potencia. Este axioma resulta evidente, dada la distinción radical establecida en la Ontología entre la potencia y el acto.

No menos claro y convincente resulta el segundo axioma. En toda serie de motores subordinados, el último actúa gracias a la energía que le presta el penúltimo, éste por la que recibe del anterior, y así de grado en grado hasta llegar al primero, que necesariamente ha de existir en acto antes que todos los demás.

¿Será preciso llegar al infinito en esta serie de motores finitos? Todos los motores finitos no pueden llegar al infinito, que carece de principio; son esencialmente motores movidos, son motores potenciales, y no saliendo de este orden faltaría el primer motor actual; imposible entonces el movimiento. Es preciso, pues, llegar a un primer motor que nada tenga de potencial, que sea acto puro, que sea Dios, que no necesita moverse para poner en marcha todos los motores finitos. Y no se diga que la serie de motores que mutuamente se apoyan pueda ser causa de todos los movimientos, pues ni cada motor, ni la serie de todos los motores potenciales, podrán ser jamás causa primera, como una cadena sin sostén podrá servir jamás de punto de apoyo a todos sus anillos. Si más allá de esta serie de anillos no hay una causa primera que los sostenga a todos, ninguno se sostendrá; si más allá de todos estos motores potenciales no hay un primer motor inmóvil, esencialmente actual, jamás podría darse el menor movimiento en el Universo. Existe el movimiento gracias al soberano motor que no se mueve, gracias al Acto puro y extraño a toda potencia, gracias al supremo Hacedor y Dios bendito por los siglos de los siglos.

En otra forma, quizá más accesible, podemos proponer el mismo argumento. Según un principio incontestable de mecánica moderna, ningún cuerpo en reposo puede darse a sí mismo el movimiento; ningún cuerpo en movimiento puede modificar por sí solo su propia acción de moverse. Los cálculos infalibles aplicados a toda suerte de motores y masas se fundan en esta ley de la inercia. Concebido el mundo en un estado de eterno reposo, será imposible explicar el movimiento sin la intervención de un motor distinto del mismo mundo e inmóvil por sí mismo; si lo concebimos en movimiento, como realmente está, hay que explicar porqué se modifica con periódicas alternativas de acción y de reposo, observadas por la ciencia y por el sentido común.

Fuera, más allá y más arriba del mundo, es preciso reconocer y confesar un primer Motor inmóvil, que ha producido, mueve y dirige todas las cosas.

II. — Segunda prueba

El segundo argumento, fundado en la innegable causalidad activa de las criaturas, se puede formular así: Todos los espacios del Universo conocido están llenos de causas eficientes, que no pudieron ser causas de sí mismas (nada puede ser causa antes de existir). Tales causas están de tal suerte encadenadas y subordinadas, que la una depende de la otra, o en su propio ser, como el hijo depende del padre, o en su operación, como el martillo depende de la mano. Toda causa que empieza, o pasa del no ser al ser, es preciso que tenga por primera causa una causa que nunca pudo empezar, que eternamente es el mismo ser esencial. ¿Vamos a sacar la serie de las causas del seno de la nada? Por fuerza hemos de llegar a una primera causa independiente, bastante para sí misma e infinitamente capaz de producir todas las causas: hay que llegar a la plenitud de la perfección que llamamos Dios.

Claro es que no todas las causas pueden depender unas de otras en su ser. Si la última viene de la intermedia, ésta de la precedente y así infinitamente proceden todas de las anteriores, sucederá que no hay causa alguna independiente y primera, y a falta de ésta tampoco puede haber las intermedias ni últimas. Lo que decimos del ser de la causa, con más razón todavía se aplica a la operación. Como la última depende en su operación de la intermedia, ésta de la anterior y así en serie gradual sin término, si no ponemos una primera independiente tampoco habrá operación. Siendo un hecho innegable la operación en el Universo, necesariamente hemos de poner una causa primera, improducta e independiente, con razón suficiente para obrar por sí misma y para ser causa de todas las demás operaciones.

Así como la primera prueba asciende desde los motores subordinados al motor inmóvil, esta segunda se levanta desde las causas subordinadas a una primera causa improducta, que exista por sí misma y lo explique todo. A tal causa no puede faltar perfección alguna, por ser la fuente del ser; es el verdadero Dios, de donde todo viene y a donde todo vuelve.

El gran principio fundamental de la causalidad interviene en todos estos argumentos, comunicándoles una fuerza inquebrantable.

III. — Tercera prueba

La tercera prueba que del ser contigente deduce la existencia del ser necesario, también procede de nuestra cotidiana experiencia, que por todas partes nos descubre seres imperfectos y deficientes de suyo, tanto en el ser como en el obrar. Estamos rodeados de objetos contingentes, que pueden ser y no ser, que carecen en sí mismos de razón de ser, que empiezan en la generación y acaban en la decadencia y la muerte. ¿Es posible que en los reinos del ser todo sea contingente? De ningún modo; lógicamente hay que llegar al ser necesario, que sea razón y principio de todos los otros, que se baste a sí mismo, que sea fuente de toda perfección, y verdadero Dios.

Dice Santo Tomás: «Todo lo contingente, igualmente dispuesto para ser y no ser, para existir o no, comienza, y antes de esto hubo un momento en que no existía.» Si todo es contingente, hubo un momento en que nada de lo contingente existía. Si nada fue en un momento dado, nada será hoy, ni por toda la eternidad. ¿Cómo vamos a explicar entonces la innegable realidad de los seres contingentes? Es, pues, absolutamente preciso llegar a un ser necesario, existente por sí mismo y causa de todos los demás.

En otros términos, ya que lo contingente no puede existir por sí mismo, necesita de otro que le comunique el ser. Este otro, para comunicar una realidad a los demás, debe existir antes que todos ellos, teniendo su ser como eterna propiedad necesaria por sí mismo y no derivado de otro. El proceso al infinito hemos visto antes que no cabe en lo posible.

El argumento prueba no sólo la necesidad de algo necesario en el mundo, sino de un algo tan sublime que tenga el ser por sí mismo y sea la única fuente de todo ser, perfección absoluta, Acto puro.

Si nos replican los eternos materialistas, que aunque aisladamente los seres son contingentes y limitados, el conjunto de todos resulta infinito y necesario, respondemos: Un ser contingente unido a otro, y toda la posible serie de contingentes, sólo puede arrojar la suma que permitan los sumandos. Por mucho que suméis y multipliquéis los ceros, cero resulta; la suma de todos los enanos posibles no puede producir un gigante. Jamás el efecto puede pasar una línea más allá del impulso de la causa. La serie o suma es un efecto de seres contingentes. No hallaremos aquí lo necesario antes de probar que el efecto es alguna vez superior a la causa.

Digamos, pues, que el Ser necesario de donde vienen los contingentes, distinto de éstos, es superior a éstos, razón de ser de éstos, y, al mismo tiempo, suprema razón de su propia o divina existencia. Llevar en sí mismo la razón de ser y de existir, equivale a constituirse en origen de toda perfección, independiente de todo, más allá de todo límite, sin mezcla de imperfección o potencialidad, el Acto Puro y Dios de toda Bondad.

IV. — Cuarta prueba

Fundada también en la observación o datos ciertos a posteriori, a vista de los grados de perfección existentes en los reinos del ser, arguye y demuestra la necesidad de un Ser absolutamente perfecto. No es el argumento de San Anselmo, a priori y encastillado en la región puramente ideal; también difiere de los anteriores, apoyados, el primero en el movimiento, el segundo en la operación, el tercero en la generación y corrupción de los seres contingentes. Hay en éste algo más profundo, permanente y substancial, que llega, como si dijéramos, a las entrañas del mismo ser. Parte de las graduadas perfecciones del ser observadas en las criaturas, para llegar al Ser esencialmente perfecto en todos los órdenes.

Hay en el mundo inmensa variedad de cosas dotadas de más o menos ser, de más o menos vida, de más o menos inteligencia, etc. Por lo mismo que hay aquí esparcidos tan innumerables grados de perfección, debemos llegar al que es soberano ser, soberana vida, soberana inteligencia. Lo que es soberanamente tal en un género, es la causa de todo lo demás del mismo género. Esta causa de todo ser, de toda vida, de toda inteligencia y perfección, necesariamente posee en sí mismo todas las perfecciones, la plenitud del ser, es el Acto puro y verdadero Dios.

Por los grados imperfectos llega esta prueba a la Perfección esencial; por lo múltiple subordinado sube a la Unidad suprema.

Vamos a ver en qué sentido concluye aquel axioma: «quod est máxime tale…», «lo que es máximo en tal orden es causa de todo lo demás en el mismo orden». Tal principio sólo es aplicable, en primer lugar, a un género de perfecciones que admiten grados, o capaces de más y de más y de menos. Así no podemos decir que el hombre supremo es causa de todos los hombres, pues el hombre se constituye tal por la humana naturaleza, o especie, que no admite más ni menos. Todos tienen el mismo grado específico. Tampoco nos referimos aquí a perfecciones mixtas, o que admiten en su más puro concepto algún grado de imperfección. No podemos decir que la blancura (un accidente incapaz de subsistir por su propia cuenta) en su más alto grado sea causa de todas las blancuras.

El sentido del axioma es: Todo aquello que en su más alto concepto excluye toda imperfección, v. g.: el ser, el subsistir, el vivir, el entender, el amar, etc., si a la vez es soberano, o infinito, o en grado máximo, tal perfección es siempre causa de todo lo inferior que es, vive, entiende, ama, etc. Las especies o naturalezas de las cosas, en cuanto tales, no admiten grados, son como los números: si son 20, no pueden ser 21. Mas las cosas que son perfección de suyo, o en su más alto y puro concepto, pero al mismo tiempo son imperfección por la capacidad limitada del sujeto que las recibe, éstas todas vienen de lo que es máximo en tal suerte de perfección. Su origen, en último análisis, es la perfección subsistente, aquel soberano ser, a quien conviene sin mengua, sin medida, en grado el más eminente o máximo, es tal. Así entendido concluye plenamente el profundísimo axioma: «Lo que es máximo en tal grado o género es causa de todo cuanto a tal género pertenece».

También es aquí el principio de causalidad quien nos lleva de grado en grado hasta la Fuente de toda belleza, plenitud de toda perfección, hasta el ideal realísimo que debería inflamar todo amor.

V. — Quinta prueba

Es una aplicación y complemento de la anterior, que de la multitud de seres gradualmente ordenados y más o menos perfectos nos lleva hasta la cumbre de la Perfección esencial.

El orden supone al ordenador, el orden supremo al Ordenador soberano, o lo que es igual, una primera Inteligencia y esencial Sabiduría, distinta del mundo y superior a todo lo demás, a quien adoramos con el nombre de Dios.

También aquí procedemos a posteriori. Este argumento del orden del universo suelen llamarlo cosmológico, como apoyado en la razonada observación del mundo.

Vemos en la naturaleza un orden particular, propio de cada ser que tiende a su propio fin, y un orden universal resultante del conjunto, equivalente a la armonía de todas las cosas enderezadas a un supremo fin común. Cada uno de estos dos órdenes evidencia la necesidad de un supremo ordenador, todopoderoso y perfectísimo.

Hemos notado ya en el reino mineral una tendencia interna que clasifica y sustenta cada ser conforme a un tipo tan inconfundible, que la ciencia se ve obligada a contar tantas y tales especies de cuerpos simples y tantas otras de cuerpos compuestos, cada uno con sus propiedades permanentes e irreductibles. En el mundo vegetal, ciego o necio será quien no descubra y sienta esa energía vivaz que ordena todos los elementos de la planta en bien del todo, que asegura la nutrición, el desarrollo, la floración, fecundación y perpetuidad de la especie. En los animales es tan clara y tan firme la tendencia ordenadora, tan segura la armonía y solidaridad de las partes, que basta un sola vértebra al naturalista sagaz y ejercitado para reconstruir mentalmente el organismo de tal especie animal. Las maravillas instintivas, observadas por el célebre ontomólogo H. Fabre, le obligaban a exclamar «que estaba viendo a Dios en los insectos».

¿Pues qué diremos del cuerpo humano? Es la mayor maravilla entre todas las cosas visibles de nuestro planeta; en cada una de sus partes y en el conjunto podemos descubrir y admirar verdaderos alardes de la más alta sabiduría y arte supremo. Los órganos en general, y especialmente los de los sentidos, el sistema nervioso, cerebral, raquídeo y simpático; el portentoso artificio de la circulación de la sangre, que a todas partes llega, para reparar y nutrir las células necesitadas; los glóbulos rojos vitalizadores; los blancos, siempre alerta contra la invasión de microbios enemigos…

 ¿Qué podremos pintar y decir que no resulte vacío y pálido ante la milagrosa realidad?

En todos y cada uno de los seres podemos admirar el orden universal, que canta, como los cielos, la gloria de Dios; orden dinámico, de causalidad, con que actúan e influyen los unos en los otros, conforme a sus masas y distancias, obedientes a la atracción universal; orden teológico, de finalidad, que subordina al mineral a la planta, la planta al animal, el animal al hombre. La armonía de lo portentosamente grandioso con lo prodigiosamente mínimo, que convida al éxtasis, «es tan honda — que en vano se sonda — el ojo ve un mundo — y el alma ve a Dios» (Víctor Hugo).

¿Cómo un ciego azar pudo jamás componer el gran libro de la creación?

Recordemos, para concluir, la demostración al alcance de todos y confirmada por el cálculo de probabilidades: »Suponed que halláis diez letras agrupadas formando la palabra VALLADOLID. Al verla, ni por la tela del juicio os pasa que quien las agrupó no sabía leer ni quería significar la ciudad de este nombre. Teóricamente comprendéis que no es imposible; pero es tan remota la probabilidad de que sea obra del acaso, que en la práctica la rechazáis en absoluto. Realmente, el cálculo muestra que, contra uno en contra, hay a favor de vuestro juicio 3.628,800. Por poco que se aumente el número de las letras, se pasa de los términos de la probabilidad a una certeza práctica».

Suponed que se trata aquí no de una palabra, ni de diez, sino de un libro completo, de un exquisito poema, como la Ilíada, la Eneida, la Divina Comedia. Sean cuantas se quiera entonces las fortuitas combinaciones de letras que se formen, teóricamente todavía podrá ser posible el caso, pero es cierto que jamás en los siglos de los siglos quedará reproducido uno de esos libros sin la intervención de una causa inteligente. ¿No es el orden del Universo incomparablemente más complicado que el arreglo de las letras de un libro? Si no hay poema sin poeta, ni reloj sin relojero, también el orden del mundo reclama una inteligencia separada, dotada de infinita sabiduría para concebirlo, y de infinito poder para realizarlo.

Ved cómo las cinco pruebas tomistas nos conducen al primer Motor, al primer Agente, al primero y soberano Ser, al primero y supremo Ordenador y Gobernador, Fuente de toda existencia, Bien de todo bien, cuya visión ha de ser un día nuestra suprema felicidad.

 

LAS 24 TESIS TOMISTAS (22ª) (1)

(I) LA DEMOSTRACIÓN DE LA EXISTENCIA DE DIOS

La Teodicea de Santo Tomás (TESIS XXII a XXIV)

TESIS XXII. — «Veum esse neque inmediata intuitione percipimus, neque a priori demonstramus, sed utique a posteriora, hoc est, per ea quae facta sunt, ducto argumento ab effectibus ad causam:  videlicet, a rebus quae moventur et sui motus principium adaequatum esse non possunt, ad primum motor em inmobilem: a processu rerum mundanarum e causis. Ínter se subordinatis, ad primam causam incausatam:  a corruptibilibus quae aequaliter se habent ad esse et non esse, ad esse absolutum et necessarium: ab iis quae secundum minoratas perfectiones essendi, vivendi, intelligendi, plus et minus sunt, vivunt, intelligunt, ad eum qui est máxime intelligens, máxime vivens, máxime ens: denique ab ordine universi ad intellectum qui res ordinavit, disposuit et dirigit in finem.»

«Conocemos la existencia de Dios, no por intuición inmediata, ni por demostración a priori, sino a posteriori, es decir, por las criaturas, arguyendo de los efectos a la causa; partiendo de las cosas que se mueven sin tener en sí mismas un principio suficiente de movimiento, hasta llegar al necesario primer motor inmóvil; subiendo de los efectos causados y de las causas subordinadas, a la causa sin causa, o primera; deduciendo de los seres corruptibles, indiferentes para existir o no, la absoluta necesidad de un ser absolutamente necesario; a vista de las innumerables criaturas limitadas en el ser, vivir y entender, nos persuadimos de que no pueden ser ellas ni nada semejante sin lo primero y esencial, tenemos que llegar al ser esencial e infinito, viviente e inteligente en grado supremo; por fin, el orden sublime del Universo no puede concebirse racionalmente sin un supremo Ordenador que enderece todas las cosas a su fin».

Tres tesis fundamentales resumen la teodicea tomista: en la primera se exponen los argumentos demostrativos de la existencia de Dios; la segunda se refiere a la esencia divina en sí misma; la tercera considera a Dios en sus relaciones con el mundo, en cuanto creador y Causa primera.

La primera tesis que ahora vamos a estudiar, excluyendo inexactas o falsas teorías, establece la existencia de Dios con cinco pruebas clásicas, aducidas y formuladas por Santo Tomás.

I. —   Primera teoría inaceptable

En orden al problema del conocimiento de Dios hay dos sistemas opuestos, ambos inadmisibles, como vamos a ver: para el primero la existencia de Dios es evidente, no necesita demostración; para el segundo, lejos de ser un hecho de inmediata evidencia la existencia de Dios, ni siquiera es demostrable por la razón.

Por diferentes vías se ha intentado concluir que la existencia de Dios no necesita ser comprobada por el espectáculo de las criaturas. Unos dicen que basta pronunciar conscientemente el nombre de Dios para deducir el hecho de su existencia real. Así lo afirma y trata de probar San Anselmo, seguido por los cartesianos, añadiendo que la idea de lo infinito, innata en nosotros, es infundida por el Infinito, y para esto necesariamente debe existir.

Otros, los ontologistas de varios matices, afirman que conocemos a Dios, no por demostración, sino por visión directa e intuitiva.

Tenemos que ceñirnos a muy rápidas observaciones sobre estos sistemas.

San Anselmo argumenta así: «Se entiende por Dios una entidad tan grande y tan perfecta que sea totalmente imposible concebir nada más perfecto y más grande; es así que tal ser existe, pues si no existiera podríamos concebir algo mejor; luego nos basta la idea de Dios para concluir o afirmar su existencia real».

Santo Tomás responde que no todos los hombres conciben a Dios de ese modo; pero aunque así fuera, sólo podrían llegar todos a esta conclusión: Nosotros concebimos que Dios tiene una existencia real, y si hay un Dios, necesariamente existe por sí mismo. Lo que aquí se trata de probar es si el Dios que concebimos dotado de todas las perfecciones, y por consiguiente de existencia real, existe fuera de nosotros como existe en nuestra idea.

La idea de lo infinito, replican los cartesianos, no nos puede venir de un mundo finito; sólo ella nos basta para comprender que lo infinito existe en la realidad, sin necesidad de sacar argumentos del mundo exterior para demostrar la existencia de Dios.

Para averiguar que también nuestro concepto de lo infinito nos viene de los objetos sensibles que nos rodean, basta un somero análisis. La idea de lo infinito incluye dos negaciones: la de lo infinito o limitado, que es un non plus ultra, y la de negación de lo finito, con un fondo de realidad positiva. Para concebir lo finito nos basta considerar las realidades concretas, las criaturas limitadas y contingentes; para negar lo finito sólo necesitamos poner en juego nuestra facultad mental abstractiva. La experiencia psicológica nos convence de que, lejos de poder llamar innata e infusa la idea de lo infinito, es evidente fruto de nuestra actividad mental. Lo que podrá persuadirnos de la realidad de lo infinito, no es un puro concepto a priori, sino el hecho a posteriori, ya que todo lo finito sin razón de ser ni de existir por sí mismo, pide, para existir, una previa realidad, infinita y necesaria.

Por otro lado, al tratar de la psicología tomista hemos visto ya que el objeto propio del humano entendimiento es el ente en general, vago e indeterminado, y no Dios, el Acto purísimo colocado en la cumbre de la intelectualidad.

Que la intuición inmediata de Dios, ni siquiera en un estado habitual, es esencial a la humana inteligencia, que una idea innata acerca de Dios resplandece en todas las cosas englobando todos nuestros conocimientos, ningún católico lo podrá admitir, después de la condenación directa del Ontologismo, el 18 de septiembre de 1861.

II.— Teoría opuesta a la anterior

Y perniciosa en extremo, es la sostenida por tradicionalistas, fideístas, agnósticos, pragmatistas y otros fautores del modernismo, concordes en negar la capacidad radical de la razón para conocer y demostrar la existencia de Dios.

No es preciso recordar aquí todas las declaraciones del Magisterio Supremo; nos basta fijarnos en la fórmula del juramento antimodernista, prescrito por S. S. Pío X en su Motu Proprio «Sacrorum Antistitum», 1 de septiembre de 1910. Obliga, bajo juramento, a confesar: »Deum certo cognosci adeoque demonstran etiam posse profiteor». «Declaro que la existencia de Dios puede ser conocida con certeza, y por lo mismo, puede ser demostrada». Prosigue señalando el medio de la demostración con estas palabras: «Per visibilia creationis opera, tanquam causam per effectus.» «Por las obras visibles de la creación, como la causa por los efectos».

El término profiteor, yo profeso, en lengua eclesiástica designa el acto de fe.

No es que Pío X intentara una nueva definición dogmática; únicamente declara de un modo explícito lo mismo que ya contenía el canon del C. Vaticano.

«Ser conocido con toda certeza por las obras de la creación es lo mismo que ser conocido por vía de demostración, como la causa por sus efectos». La fórmula del juramento, indicando la consecuencia, prosigue: «adeoque demonstran etiam posse, por tanto, puede demostrarse». Creemos y profesamos directamente que la existencia de Dios puede conocerse ciertamente por el espectáculo de las criaturas mediante la luz racional; confesamos indirectamente, como ineludible consecuencia, adeoque, que la divina existencia puede ser demostrada por las criaturas, como la causa por los efectos. La profesión de fe se refiere, pues, directamente a las primeras palabras: » certo cognosci per visibilia creationis opera»; e indirectamente a las segundas: «adeoque demonstran posse tanquam causam per effectus». En este gran problema de la existencia de Dios, la Iglesia condena como contrarios a la doctrina católica, los siguientes sistemas:

1º El Agnosticismo (palabra puesta de moda por Huxley hacia el 1869), según el cual de modo alguno la existencia de Dios puede ser objeto de la ciencia.

2º El Inmanentismo, que pretende ser imposible por argumentos externos la demostración de la existencia de Dios, sólo asequible a la íntima experiencia de la conciencia humana.

3º El Positivismo y demás sistemas materialistas, que, encerrados en un mundo de fenómenos sensibles, no pueden elevarse a la región de un Dios espiritual.

4º El Kantismo, al afirmar que la razón humana nada alcanza más allá de lo fenomenal y que está sujeta a insolubles antinomias con relación a Dios, se ve obligado a concluir que todos nuestros argumentos racionales en pro de la existencia de Dios son ineficaces para demostrar la divina existencia. Kant sólo admite como único argumento de algún valor probativo de la existencia de Dios, la necesidad de una ley moral. Al proponer la Iglesia argumentos a posteriori, sacados de las criaturas, es porque los tiene por suficientes; negar su eficacia es oponerse al supremo magisterio. Sin embargo, los documentos eclesiásticos no niegan ni afirman la existencia de otras pruebas. No está condenado el Kantismo por atribuir un valor demostrativo al argumento moral.

5º El Tradicionalismo. También este sistema está directamente incluido en la condenación de la Iglesia. Tres clases de tradicionalistas se conocen: los fideístas, que siguen a Huet, afirmando que la razón pura, o desprovista de fe, es radicalmente impotente para conocer cosa alguna; otros, con Bonnetty y Ventura, confiesan que la razón puede alcanzar ciertas verdades del orden sensible y físico, pero nunca elevarse hasta Dios sin el concurso de la fe, al menos de alguna fe humana; finalmente, Ubaghs y su escuela afirman que nada puede alcanzar el hombre aislado de la sociedad, depositaria de la revelación y única fuente de todos nuestros conocimientos. La primera forma de tradicionalismo se tiene por sencillamente herética; la segunda, por al menos vecina a la herejía; y la tercera, por francamente errónea.

De capital importancia resulta nuestra Tesis XXII: el ducto argumento ab effectibus ad causam, equivale a la fórmula del juramento antimodernista, tanquam causam per effectus.

III. — De qué modo llega nuestra mente al conocimiento de Dios

¿Conocemos a Dios por ideas infusas, por intuición inmediata, por un don de la gracia, o por vía de razonamiento? Los documentos citados en el párrafo anterior, sin darnos bastantes datos para una completa definición, suponen en nosotros una capacidad natural de conocer a Dios y el modo de ejercitarla para conseguir tan alto fin. Sugieren la demostración por los efectos, o mediante el conocimiento de las criaturas: A magnitudine speciei et creaturae (Sap., cap. XIII); Per ea quae facta sunt (S. Paul, y Conc. Vaticano); y por el raciocinio: Raciocinatio probare potest (Cong. del índice, 1840 y 1845).

Por otro lado, el Santo Oficio, al condenar el Ontologismo el día 18 de septiembre de 1861, muestra que no es esencial a la humana inteligencia la intuición inmediata de Dios, ni aun en estado habitual, que no vemos al Ser divino en todas las cosas, que no es una idea innata acerca de Dios la que incluye y sirve como de fondo a todos nuestros conocimientos, etc.

Finalmente, Pío X, reprobando el modernismo, afirma que, para llegar a Dios, no es medio ni la inmanencia ni el sentimiento religioso.

Hemos de mirar, pues, como doctrina indiscutible el natural poder de nuestra razón para conocer a Dios, partiendo del conocimiento de las criaturas, elevando con todo rigor lógico nuestra mente de los efectos a la causa necesaria.

No siendo imprescindible la revelación y la fe, ¿será necesaria, al menos, una especial ayuda de la gracia? Si se quiere dar a entender en la pregunta que sin la gracia nuestro poder natural de conocer a Dios es nulo, o es tal conocimiento pura vanidad y presunción, caemos en el error de Quesnel, condenado por Clemente XI, el 8 de septiembre de 1713. «Todo conocimiento de Dios, aun el puramente natural de los filósofos paganos, sólo del mismo Dios puede venir; desprovisto de la gracia nada produce sino presunción, vanidad y hasta oposición al mismo Dios, en vez de sentimientos de adoración, de gratitud y de amor». Una vez condenada esta proposición, hemos de confesar que, aun sin la gracia, podemos tener de Dios un conocimiento pleno y loable en sí mismo.

Si sólo se dice que de hecho y moralmente hablando no llegará el hombre a conocer a Dios sin la gracia, volvemos a una estrecha teoría sostenida por algunos teólogos del pasado, que si no está condenada en forma, ningún doctor católico defiende en el día y todos la tienen por radicalmente insostenible.

No está herida de muerte ni condenada a impotencia absoluta la razón; de su propio fondo, radicalmente espiritual, puede educir energías vitales, luminosos razonamientos, fundamentales demostraciones que se imponen con la invencible fuerza del principio de causalidad.

No es sólo la idea de una divinidad disfrazada y amenguada, como la pintaban los paganos; es la de un Dios verdadero y único, principio y fin de todas las cosas, a quien debe rendir pleito homenaje la humanidad, como a su Creador y Señor.

Aunque el Concilio Vaticano manda reconocer estos títulos con que designan al verdadero Dios las Escrituras, no nos obliga a creer que la razón por sus solas fuerzas debe llegar a comprender el dogma de la creación, o que Dios haya sacado las cosas de la nada.

Otros textos eclesiásticos oficiales concretan todavía más esta doctrina. En el año 1840, la Santa Sede ordenó al Abate Bautain subscribir la proposición siguiente: «El raciocinio puede probar con certeza la existencia de Dios y la infinidad de sus perfecciones».

Pocos años después, un decreto del índice hizo firmar a Bonnetty, director de los Anuales de Philos. chrétienne, una proposición parecida: «El raciocinio puede probar con certeza la existencia de Dios, la espiritualidad del alma y la libertad del hombre».

Estos documentos son más explícitos que los del Conc. Vaticano; se refieren al «raciocinio y a la demostración», mientras que el Concilio sólo dice «la razón y el conocimiento».

Pío IX, en su epístola del 11 de diciembre de 1862 al Arzobispo de Munich, expone cómo la razón humana, aunque obscurecida por la primera culpa, puede comprender, explicar y demostrar, y por lo mismo, defender por sus propios medios y recursos, ciertas verdades del orden filosófico, que, por otro lado, también son artículos de fe, como la existencia, naturaleza y atributos de Dios.

Por todo lo anterior se ve que todo ese ruido y alardes de importancia con que los modernistas, partidarios de las teorías agnósticas nos querían aturdir, ni siquiera tenían el mérito de la originalidad, pues ya de antemano habían sido señaladas y condenadas por la Iglesia tales doctrinas.

La Encíclica «Pascendi» sólo necesitó evocar las condenaciones anteriores. Pío X reprueba el agnosticismo y fenomenalismo, según los cuales, la razón, encerrada en el estrecho círculo de las cosas sensibles, nada sabe de Dios en rigor científico, ni siquiera histórico. En el fondo, es igual a todo lo anterior.

El llamado inmanentismo, sentimentalismo, pragmatismo y demás sistemas no admiten más prueba de la existencia de Dios que la necesidad de lo divino, la subconsciencia, el sentimiento y la experiencia religiosa. Acorde con el más general sentir del género humano, concluye el Papa que el exclusivo criterio del sentimiento experimental, sin otra luz y guía de razón, más bien que al conocimiento de Dios, lleva los hombres hacia el abismo panteísta. «La doctrina de la inmanencia, en sentido modernista, sostiene y profesa que todo fenómeno de conciencia brota exclusivamente del hombre en cuanto tal. Con esto se identifica al hombre con Dios; se incurre en el panteísmo».

IV. — Si puede darse ignorancia invencible de Dios

La Iglesia ha tomado de la Sagrada Escritura los documentos que hemos consignado. El libro de la Sabiduría llama insensatos, vanos, indignos de perdón, a los hombres que no conocen a Dios, pues la inmensidad y hermosura de la creación descubren suficientemente al Autor.

Notemos que el escritor sagrado no alude exclusivamente a los intelectuales; habla de todos aquellos que están privados del conocimiento de Dios: vani sunt omnes homines in quibus non subest scientia Dei. «Son inexcusables, añade San Pablo, pues el espectáculo de la creación pone de manifiesto lo que es invisible en Dios».

Tres cosas, añade el Apóstol, podemos conocer en Dios mediante las criaturas: su divinidad, su poder y su eternidad: SEMPITERNA quoque VIRTUS ejus et DIVINITAS, ita ut sint inexcusabiles.

A la vista de estos documentos, casi todos los teólogos deducen que una ignorancia completa y absoluta de Dios sólo puede caber en hombres poco menos que destituidos del uso de sus facultades mentales. Que de buena fe puedan errar acerca de los atributos divinos, v. g., la espiritualidad o inmensidad; que otros, en más o menos número, de mente infantil, no se elevan hasta la idea del Creador, no se puede negar; lo que resulta inadmisible es que la mayor parte de los hombres, en el uso normal y pleno de sus facultades, con revelación o sin ella, pueda ignorar de buena fe y perpetuamente la existencia de un Ser superior al Universo, con perfecto derecho a los homenajes o adoraciones de la humanidad. El libro de la Sabiduría dice que tales hombres no merecen perdón: «Nec Mis debet ignosci», confirmando lo mismo San Pablo: » Ita ut sint inexcusábiles».

También el Salmista condena no sólo a los intelectuales, sino a cuantos en la insensatez de su corazón exclaman: «Non est Deus», «no existe Dios». El Salmo XIII, describiendo enérgicamente las aberraciones y crímenes de la humanidad, no supone en los paganos ignorancia invencible de Dios, más bien los impropera por corrompidos y abominables, verdaderos responsables de sus actos: «Corrupti sunt et abominabiles facti sunt -. non est qui faciat bonum, non est usque ad unum».

La Iglesia no admite que pueda uno tener idea del bien y del mal sin conocer de algún modo a Dios; que se pueda pecar contra la conciencia sin pecar contra Dios. Por eso rechaza la distinción entre «el pecado filosófico, que pudiera ser grave sin ofender a Dios a quien desconoce, o en quien no piensa, y el pecado teológico, que es una libre transgresión de la ley divina». Tal es el sentido del decreto del Santo Oficio del 24 de agosto de 1690. Por consiguiente, cuantos abusando de su razón normalmente desarrollada pecan, no pueden ignorar a Dios.

No puede la divina Providencia negar a los hombres los medios indispensables para alcanzar su propio fin. ¿Y quién duda que el más indispensable de estos medios es el conocimiento de Dios? Pretender que la mayor parte de los adultos son incapaces de elevarse hasta Dios, su primer principio y último fin, equivale a proclamar el fracaso de la Providencia en orden a sus criaturas.

Los Padres de la Iglesia predican que la idea de Dios se halla al alcance de todo el mundo, racionalmente impresionado y aleccionado por el espectáculo del Universo. «El conocimiento de Dios, dice Tertuliano, es el dote primordial del alma.» «Animae a primordio conscientia Dei dos est». «La divina Providencia, añade Clemente de Alejandría, brilla ante nuestros ojos; basta mirar para descubrir sus efectos». San Crisóstomo no admite en este punto incapacidad radical para los adultos; todos pueden tener este conocimiento, pues el medio es evidente: »Tan a la vista tienen este mundo criado, que el sabio y el ignorante, el escita y el bárbaro y todos los demás, aleccionados por el espectáculo de las cosas visibles, por la belleza y orden del Universo, pueden elevarse hasta Dios».

Por esto dicen los santos doctores que la idea general de un ser supremo, aunque procede del conocimiento de las criaturas, viene a nosotros de un modo tan connatural como lo es a nuestra mente el elevarse de los efectos a las causas.

¿Podrá admitirse el gran castigo del diluvio universal, si los hombres de aquel tiempo eran adultos en la edad y niños en la razón?

La cuestión de los infieles ha sido estudiada en todos sus aspectos por los teólogos. Los apologistas de la Edad media, los del Renacimiento posteriores al gran descubrimiento de Colón, los que en el siglo XVIII y en el nuestro rebaten las objeciones de los deístas y demás filósofos similares, si no todos están conformes en la explicación del axioma: «Facienti quod est in se Deus non denegat gratiam.» «A quien hace cuanto está en su mano, Dios no le niega su gracia», todos concuerdan en la afirmación de que Dios concede a los mismos gentiles los medios y gracias, naturales y sobrenaturales, indispensables para alcanzar su salvación.

Hubo, especialmente al principio del siglo pasado, teólogos que recurrieron a la solución, realmente insostenible, de que los gentiles de buenas costumbres, sin merecer el cielo, pueden evitar el infierno, gozando de cierta bienaventuranza natural más allá del sepulcro; lo que nadie ha dicho es que los paganos sean adultos en la edad y no en la razón.

Bergier y Peller examinan la hipótesis de los salvajes embrutecidos que podrían contarse entre los idiotas y los niños; pero tal hipótesis es muy distinta del suponer que en el seno de la más refinada civilización puedan abundar los paganos mayores en la edad, mínimos en la razón e incapaces de elevar su mente al conocimiento del verdadero Dios.

A la solución de los soberanos Pontífices debemos tenernos. En varias ocasiones examinó Pío IX el problema de los infieles, declarando que: «la ley natural y sus preceptos está grabada por Dios en el corazón de todos los hombres»: «Naturalem legen ejusque praecepta in omnium cordibus a Deo inscriptam». Añade que los mismos paganos, ayudados por la luz y gracia de Dios, pueden alcanzar la vida eterna: «Pos-se, divinas lucís et gratiae operante virtute, aeternum consequi vitam.» También en su célebre alocución consistorial del 9 de diciembre de 1854 había declarado que jamás faltarían los dones de la gracia celeste a cuantos con voluntad anhelan y piden la luz: «Gratiae coelestis dona nequáquam illis defutura sunt, qui hac luce recrean sincero animo velint et postulent».

Queda, pues, bien examinado y establecido por los Papas que, en el plan de la divina Providencia, a todos los hombres, sin excepción, se les llama al orden sobrenatural, y por consiguiente, han de recibir los divinos auxilios necesarios para alcanzar ese fin, que pide, como base, el conocimiento de Dios en el orden natural, y en el sobrenatural las gracias suficientes, sin las cuales nada son ni pueden en tal orden.

Afirmar que la mayor parte de los gentiles son incapaces de conocer al verdadero Dios y su ley, es negar al Padre celestial la voluntad de salvar a innumerables hombres; es restringir la universalidad de la Redención, proclamando el fracaso de la Providencia.

Al admitir nosotros esa admirable Providencia que, con magnífica prodigalidad, atiende a todas las necesidades naturales y sobrenaturales, debemos confesar que no pueden faltar a los hombres los medios indispensables para alcanzar esa verdad primera, la primera Realidad, Vida, Belleza y Amor, la primera y suprema Felicidad.

LAS 24 TESIS TOMISTAS (21ª)

LA VOLUNTAD Y EL LIBRE ALBEDRÍO

La  Biología y la Psicología de Santo Tomás (TESIS XIII a XXI)

TESIS XXI. — «Intellectum sequitur, non praecedit voluntas, quae necessario appetit id quod sibi praesentatur tanquam bonum ex omni parte explens appetitum, sed ínter bona quae judíelo mutabili appetenda proponuntur, libere eligít. Sequitur proinde electio judicium practicum ultimum; at quod sit ultimum voluntas efficit.»

«La voluntad sigue al entendimiento, no le precede, y apetece necesariamente aquello que le presentan como un bien que sacia por completo al apetito; empero elige libremente entre aquellos otros bienes cuya apetencia depende de un juicio variable. La elección sigue, por consiguiente, al último juicio práctico, y a la voluntad toca determinar cuál sea el último».

Puntos fundamentales de esta proposición: 1º, relaciones de la voluntad con la inteligencia; 2º, necesidad en que se halla la voluntad de dirigirse hacia el bien universal; 3º, su independencia con respecto a los bienes particulares; 4º, relación de dependencia entre la elección y el último juicio práctico.

I. — La voluntad y la inteligencia

El principio dominante de esta cuestión es que la voluntad sigue a la inteligencia, pero de manera que todo ser inteligente está dotado necesariamente de voluntad, por el hecho preciso de ser inteligente.

Toda naturaleza tiene una tendencia proporcionada que nace de la forma y la acompaña siempre. Constituida y puesta en actividad por su forma específica, el ser recibe de ella su inclinación, y por eso encontramos en la creación tantas inclinaciones irreductibles cuantas formas diversas: a la forma del cristal sigue una tendencia que le mantiene en la unidad y hace reparar sus ángulos rotos, de conformidad siempre a un tipo invariable; a la forma de la planta acompaña otra inclinación que busca el bien del individuo y hace que todo conspire hacia la perfección de la planta, hacia su desarrollo, su conservación y propagación.

No habiendo aquí más de la forma natural, la tendencia que descubrimos es del mismo género y la llamamos apetito innato. En los animales que reciben la forma intencional o imagen de los seres corporales, sin perder su propia naturaleza, debe haber, además de su apetito innato, un apetito sensible procedente de la forma y del conocimiento sensible. En el hombre y el ángel, que reciben una forma intelectual distinta de su substancia, reclama también un apetito intelectual distinto de su substancia, y a ese apetito es al que llamamos voluntad. Dios, que reside en la cumbre de la inmaterialidad y de la espiritualidad, tiene una voluntad perfecta, es acto puro e idéntico a la substancia. Sin duda, pues, todo conocimiento está acompañado de un apetito proporcional, y el ser inteligente debe estar dotado de un apetito espiritual, o voluntad, por el hecho mismo de ser inteligente y de asimilarse espiritualmente los objetos.

Fuera de Dios, la voluntad no puede identificarse con la substancia, porque siendo aquélla el principio de las operaciones accidentales, tiene que reducirse a su mismo género de accidente.

Nuestra prueba fundamental demuestra que la voluntad resulta o emana de la esencia del alma por mediación del entendimiento, como el apetito nace de la forma. Dado, pues, que la voluntad procede necesariamente de la inteligencia, toda filosofía que anteponga aquélla a ésta, tiene que chocar contra la naturaleza y el sentido común.

II. — De cómo tiende la voluntad hacia el bien universal

Síguese de lo dicho, que, a causa de su procedencia intelectual, la voluntad habrá de ser iluminada por el entendimiento y tender hacia su objeto en tanto cuanto le es presentado por el mismo. Si el entendimiento le propone el bien universal, capaz de saciar todas sus inclinaciones, de colmar toda su capacidad, la voluntad queda necesariamente dominada por un objeto más grande que ella misma; y así como nuestro espíritu se adhiere necesariamente a los primeros principios evidentes y a las conclusiones que palmariamente de ellos se derivan, de idéntica manera se ha de ver arrastrada la voluntad hacia el fin último, que es el bien universal en toda su plenitud, y hacia los medios necesaria y evidentemente llevaderos a ese fin.

Hay un cúmulo de cosas que constituyen un todo indisoluble sin el cual nuestro ser humano no podría subsistir y a cuya presencia no puede permanecer indiferente la voluntad; y ésa es la razón del porqué quiere el bien para sí, la verdad para la inteligencia, para las otras facultades sus objetos propios, y la existencia y la vida para el hombre entero y completo. Querer la felicidad es querer vivir siempre.

III. — De cómo tiende a los bienes particulares

La voluntad conserva su independencia de elección respecto de aquellos bienes particulares que el entendimiento le muestra como no ligados necesariamente con el bien universal: su elección es libre, por lo mismo que es reformable el juicio del intelecto. Ya se deja ver que la prueba fundamental de la libertad es la naturaleza misma de la substancia racional. «El hombre es libre, porque es inteligente; el libre albedrío es don y privilegio del espíritu. Doquier haya espíritu, tiene que haber libertad». Y ¿de dónde proviene esa independencia sino de la elevación del alma sobre la materia? «La voluntad humana es libre, porque es una energía capaz de lograr el bien universal y absoluto; esa inmensa capacidad le viene de la inteligencia y del alma, que, a su vez, la reciben de su independencia de la materia, o si lo queréis, de su espiritualidad. Por donde espiritualidad del alma y libertad es una misma cosa. Esos dos dogmas de la razón se sostienen mutuamente en nuestro espíritu por el hilo áureo e indestructible de la sabiduría, como se sostiene en la realidad por el lazo de una vida inmortal».

A causa de su misma amplitud que le permite ver todas las fases de la realidad, la mente descubre en el objeto finito un lado agradable que puede excitar verdadera complacencia en la voluntad, y otro desagradable, que puede provocar repulsión; y juntos y a la vez, los presenta a la voluntad. Un objeto propuesto de tal suerte no puede dominar a la voluntad; por la sencilla razón de ser más pequeño que ella, hecha para lo infinito, es incapaz de colmar una capacidad inmensa. Si por un lado encuentra razón suficiente para inclinarse al objeto, por el otro le repugna; y si se decide por un lado, en medio de semejante alternativa cuyos términos no la fuerzan, es en virtud de esa independencia y holgura de la voluntad comparables a las del entendimiento y del alma.

Cuando Santo Tomás afirma que la voluntad permanece indiferente a presencia de los objetos finitos, no quiere decir que dependa de ella el experimentar o no algún placer, sino únicamente que la aceptación final o definitiva procede de la voluntad sola, porque es más grande que todos los objetos; y así, la libertad de la elección se funda en la mutabilidad del juicio, mutabili judicio proponuntur.

A propósito de la perfecta conformidad de la conciencia y el sentido común con este gran argumento del tomismo, oigamos el parecer de dos pensadores franceses: «No necesita ninguna prueba de su libre albedrío, porque lo siente, quien no tenga su alma corrompida; y no siente o se da cuenta de que ve, de que vive o que razona, más claramente que se siente capaz de deliberar o elegir». «¿Por ventura no será cierto —añade Fenelón— que ese extravagante filósofo en cuya escuela osa negar el libre albedrío, lo dará por indudable en su casa, y que será tan exigente con las personas como si hubiera sustentado durante toda su vida el dogma de la más grande libertad?» Es, pues, evidente que esa filosofía carece de unidad y que se desmiente a sí misma sin ningún pudor.

Siendo la libertad del juicio la que asegura el libre albedrío, falta por comparar la elección con el último juicio práctico, para extremar la demostración.

IV. — Análisis de la elección

La psicología de la libertad abarca una serie de actos coordinados, tanto por parte de la inteligencia como de la voluntad. Al primer acto, que es la aprehensión del espíritu, corresponde la simple volición en la parte apetitiva; y al juicio, por cuyo medio la razón propone el fin, como posible y conveniente, corresponde en la voluntad la intención del mismo fin. Hace falta luego una información detallada sobre las medidas que se han de tomar, y para eso está el consejo, encargado de descubrir laboriosamente los medios más a propósito y, después de bien ponderados, proponer los más dignos de preferencia. Al consejo del entendimiento responde el consentimiento por parte de la voluntad.

Pero ¿a quién toca resolver en última apelación cuál sea el medio que definitivamente hemos de preferir a todos los demás? Al último juicio práctico del entendimiento, cuyo acto correlativo es la elección de la voluntad. Réstanos todavía pasar a vías de ejecución: al mandato del espíritu, surge la aplicación activa de la voluntad que pone en movimiento a las diversas facultades encargadas de la aplicación pasiva, después de la cual reposa ya la voluntad en el fin realizado con la posesión del bien, conviene a saber, en el gozo, duodécimo y último acto que corona toda la serie.

Con harta razón el documento que venimos comentando insiste sobre el juicio práctico y la elección, puesto que se define la libertad, vis electiva, «la facultad de elegir». Todo el juego del libre albedrío depende de la armonía entre la elección y el juicio práctico.

Frecuentemente anda de espaldas el juicio especulativo con la conducta de la vida, pues a cada paso vemos que el hombre elige lo que la razón condena muy alto; mas una vez formulado el juicio práctico, la elección le sigue infaliblemente. Siendo el espíritu de suyo indiferente, el juicio no llega a ser práctico ni último mientras que la voluntad no empuje al espíritu a salir de su indeterminación y a decidirse efectivamente en tal o cual sentido. Por este mero hecho se obliga a seguirle, mientras dure el último juicio práctico, a menos que la hagamos incurrir en flagrante contradicción. Es esa una obligación hipotética hija de la misma elección, una ley que se impone la voluntad y que, por lo tanto, se convierte en testimonio de su independencia y garantía de su libertad. La elección permanece en firme mientras no cambie el juicio práctico; pero la voluntad puede inclinar al espíritu a otra determinación, y, revocada ésta, a otra, de manera que si el juicio práctico es en verdad el último, lo es porque así lo hace o quiere la voluntad, según los términos de nuestra tesis: at quod sit ultimum voluntas efficit.

El anterior análisis del acto libre basta para refutar la objeción de los deterministas. Sería inexplicable la elección si dijéramos que se verifica sin ninguna razón proporcionada. Por eso tenemos mucho cuidado, y han de tenerlo todos, de no confundir el motivo suficiente que determina a la voluntad con el de necesidad imperiosa, o necesitante. El único que se da de esta naturaleza, y que obliga necesaria e imperiosamente, es el fin último, el bien universal y absoluto, acerca del cual no hay lugar a elección, como lo hay sobre todos los otros bienes particulares. Entre éstos, lo mismo, se explica que la voluntad opte por cualquiera de ellos, cuando le muestran en su lado agradable una razón suficiente para conquistarla, como que los rechace de plano cuando le ponen delante su otro lado detestable. En ninguno de los dos casos obra ciegamente ni por imposición, y el aceptar a uno y rechazar a los otros es señal bien clara de que la voluntad espiritual goza de plena independencia.

Tal es la psicología de Santo Tomás en sus principios más esenciales y en sus grandes aplicaciones.

La primera parte de la Ontología nos condujo hasta hallar a Dios en el Acto puro, y la última de la Psicología nos lleva hasta la Providencia. «Si llegáramos a destruir la libertad a causa de la Providencia, o la Providencia con motivo de la libertad, no sabríamos por dónde empezar: tan necesarias son ambas dos, y tan evidentes e indudables las ideas que de ellas tenemos».

LAS 24 TESIS TOMISTAS (20ª)

NUESTRO MODO DE CONOCER

La  Biología y la Psicología de Santo Tomás (TESIS XIII a XXI)

TESIS XX. — «Pes has species airéete universália eognoscimus: singularid sensu attingimus, tum etiem intellectu per conversionem ad phantasmata; ad cognitionem vero spiritualium per analogiam as-cendimus.»

«Por medio de estas especies inteligibles conocemos directamente los universales; con los sentidos alcanzamos los singulares, y también con el entendimiento, pero en este caso volviéndonos hacia las imágenes; y nos elevamos al conocimiento de las cosas espirituales, por analogía».

Esta tesis viene a ser un comentario de las dos anteriores acerca del objeto propio del entendimiento humano y el origen de nuestras ideas, aplicables al universal, al singular y a las realidades espirituales.

I. — Conocimiento del universal

Desde el momento en que el objeto propio de nuestro entendimiento es la esencia abstraída de las condiciones materiales, y que el origen de nuestras ideas es por vía de abstracción, resulta evidente que lo que conocemos en primer término y directamente ha de ser aquello que la mente ha extraído de lo concreto y singular, esto es, el universal. En este proceso del entendimiento, lo mismo que en todo tránsito de la potencia al acto, vamos siempre de lo imperfecto a lo perfecto, de lo vago a lo preciso, de lo indeterminado a lo determinado, y por este motivo los primeros objetos que percibimos son los más generales y comunes. Así sucede también en el conocimiento sensible, según observa Santo Tomás: en el orden local, porque al ver algo en lontananza, primero nos percatamos de que es un cuerpo, luego, ya más cerca, de que es un animal, y, por último, de que es un hombre; en el orden temporal, otro tanto de lo mismo, porque en un principio sólo distinguimos al hombre de lo que no es hombre, antes de distinguir un hombre de otro, y por eso los niños muy pequeños a todos llaman papá, hasta que con el andar del tiempo acaban por no confundir a su padre con ningún otro hombre.

No se puede, pues, negar, sin chocar contra el testimonio de la experiencia, que los primeros objetos que conocemos son los más universales. Comenzamos por tener idea de lo más común e indeterminado que es el ser en general; enseguida vamos detallando, concibiendo ya al ser en sí mismo o apoyado en algo, lo que constituye un conocimiento confuso de la substancia y los accidentes; y esto no es todo, todavía precisamos más. »Parécenos que el conocimiento intelectual se desarrolla en esta forma: 1, conocimiento del ser, de algo que existe y que implica un conocimiento confuso de la substancia; 2, conocimiento confuso de los accidentes; 3, conocimiento distinto de la substancia, precisada más, porque acabamos de comprender confusamente a los accidentes; 4, conocimiento distinto de los accidentes. En la misma progresión: 1º, conocimiento confuso de la esencia, fruto de la abstracción espontánea del entendimiento agente que se ejerce sobre los datos centralizados por el sentido común; 2º, conocimiento confuso de las propiedades; 3º, conocimiento distinto de la esencia definida por el género y la diferencia, y si ello no es posible, con una definición descriptiva; 4º, conocimiento distinto de las propiedades hechas inteligibles en la medida que pueden deducirse de la diferencia específica, que es su razón de ser».

Una vez adquiridas las primeras ideas, puede el espíritu detallarlas, por su propia virtud, volverlas más claras, compararlas entre sí, unirlas por medio de la afirmación, separarlas por la negación, fecundarlas y multiplicarlas por el juicio y el raciocinio, por inducción o deducción, por vía de análisis o de síntesis.

II. — Conocimiento de los singulares 

En cuanto a los singulares, constituyen el objeto de los sentidos, por ser de su mismo orden. El objeto exterior produce en el organismo una impresión que excita al nervio sensible, propagándose por él como una ondulación, atraviesa el ganglio, sube por la médula espinal hasta el encéfalo, y allí excita el centro nervioso sensible. Sin esta excitación del cerebro y la atención indispensable por parte del sujeto, no podría verificarse la percepción. Además de los sentidos externos, el conocimiento completo del singular requiere una potencia interna que centralice las impresiones recibidas de fuera: es el sentido común. Otra que reciba en el interior las imágenes de los objetos presentes: la imaginación. Otra que guarde y conserve esas imágenes en ausencia de los objetos: la memoria. Y otra que aprehenda o estime, más bien, lo que los sentidos externos no pueden apreciar de por sí, como lo que es útil o nocivo. A esta última facultad, que llamamos la estimativa, P. Janet la define así: «La causa desconocida en virtud de la cual los animales, y aun el mismo hombre, realizan con seguridad infalible y sin educación, esa serie de movimientos necesarios para la conservación del individuo y de la especie».

Una vez más la conciencia es fiel testimonio de que nuestro entendimiento conoce los singulares, que debe compararlos entre sí y con el universal, que en derredor de ellos se mueve nuestra vida cotidiana y versa toda la moral, formando la trama de la historia humana. A pesar de todo lo cual, no pueden ser objeto directo del espíritu. «Nuestro entendimiento podría alcanzar el singular, si fuera material como los sentidos; pero desde el momento que es inmaterial, no puede tener por objeto a lo que principia en la materia. Ahora bien; el principio de individuación de las cosas materiales, las únicas que directamente se ofrecen a nuestro conocimiento, es la materia, luego nuestro conocimiento no puede dirigirse directamente a ningún ser individual y singular».

¿Cómo explicar, entonces, que el entendimiento llegue hasta conocerlo distintamente? Por una especie de conversión, reflexión o vuelta sobre las imágenes; per conversionem vel reflexionem quandam ad phantasia. La idea sacada de la imagen o del singular por el procedimiento de asbtracción, ya explicado, tiene que representar de algún modo la realidad concreta que ha sido su punto de partida; lo que expresa directamente y en primer lugar es el universal, fruto espontáneo de la abstracción, y lo que reproduce, indirectamente, es el singular del cual ha sido abstraída. El espíritu se apodera primero de lo que está representado directamente en la idea, y, enseguida, volviéndose sobre la imagen y el objeto contenido en ella, conoce el fenómeno concreto, el singular o el ser individual.

III. — Conocimiento del alma y de los objetos superiores

Al apercibirse el alma de sus operaciones, se da también cuenta de su existencia. Por esta razón, la existencia del sujeto pensante es una de las verdades imposibles de negar, por ser el objeto de la conciencia infalible. Nuestra alma, sin embargo, no tiene intuición de su esencia en el estado presente de unión, por el hecho de que, estando esa esencia unida a la materia, carece de aquella pureza necesaria para la intelección actual de sí misma. Para conocerse, pues, a fondo, tiene que enfrascarse en un análisis trabajoso y sutil: después de haber alcanzado su objeto, vuelve sobre su acto; de la naturaleza de aquél, infiere la de éste; de la naturaleza del acto, la de la facultad, y, finalmente, la de la substancia completa.

Derribada la valla del cuerpo que interceptaba los rayos del sol intelectual, el alma se verá a sí misma al desnudo y gozará, en su propia esencia, de una cierta intuición de las substancias separadas; mas, por no representar completa y exactamente a los demás seres, necesitará de ideas infusas. Podemos, pues, decir que el alma separada conocerá de muy diversas maneras: por medio de su propia esencia, y de las ideas llevadas de este mundo, y de las ideas infusas después de la muerte, sin hacer mención por ahora de la visión beatífica concedida a las almas santas.

El conocimiento que tenemos en esta vida de los objetos superiores a nosotros, espirituales o sobrenaturales, lo adquirimos por analogía. Del ángel, por ejemplo, ser incorpóreo, aunque finito, tengo tres conceptos: cuerpo, negación de corporeidad y limitación. Comienzo por abstraer del mundo que me rodea la idea de corporeidad; prosigue su obra la virtud abstractiva de mi entendimiento, y llego a la negación de corporeidad; y por último, el espectáculo de ese universo visible que se me presenta con caracteres evidentes de imperfección y contingencia, me proporciona la noción de lo limitado y finito.

Tan sólo la revelación puede darnos a conocer los objetos sobrenaturales, por campear de suyo fuera de los límites de nuestra inteligencia. Y ¿cómo se verifica esa revelación? Dios puede manifestar lo sobrenatural mediante ideas directamente infusas, como le plugo hacer por medio del alma de Nuestro Señor, de la de Adán y en ciertos casos de revelación a los santos. Pero «de ordinario, se dirige a la humanidad por medio de revelaciones corporales, vistas con los sentidos externos, o de revelaciones imaginarias, vistas con los sentidos internos. La mente ejecuta su trabajo natural de abstracción sobre esas imágenes; una luz infusa viene en ayuda y refuerzo del entendimiento, mas las ideas se forman por el procedimiento normal de la abstracción y generalización. Su naturaleza no cambia porque puedan ser esclarecidas, dispuestas y arregladas de nueva manera bajo la influencia divina; siempre serán un producto de nuestra actividad, representando las realidades sobrenaturales, no en virtud de un concepto propio, eso desde luego, sino por vía analógica, como todos los conocimientos del mundo sensible». Las nociones de naturaleza y de persona que de suyo mi espíritu tenga ya formadas, podrán entrar como elementos de esta proposición: en Dios hay una sola naturaleza y tres personas; sin embargo, si la especie inteligible puede ser natural, sobrenatural tiene que ser el verbo mental que expresa mi fe, porque es fruto y término de un acto sobrenatural, o sea, la adhesión a las verdades reveladas; y porque tiene por objeto a la verdad divina, y por motivo a la autoridad de Dios revelador y por principio a la luz infusa.

Después de haber resumido tan vigorosamente en esas tres grandes tesis la teoría del conocimiento, nuestro documento va a sacar ahora sus consecuencias en el orden afectivo y resolver, al mismo tiempo, el problema de la libertad humana.

LAS 24 TESIS TOMISTAS (19ª)

El origen de nuestras ideas

La  Biología y la Psicología de Santo Tomás (TESIS XIII a XXI)

TESIS XIX. — «Cognitionem ergo acoipimus a rébus sensibilibus. Cuín autem sensibüe non sit intelligibüe in actu, praeter intellectum formáliter intelligentem, admitiendo, est in anima virtus activa quae species intélligibiles a phantasmatibus abstrahit.»

«Recibimos, pues, nuestro conocimiento de las cosas sensibles. Mas como lo sensible no es inteligible en acto, hay que admitir en el alma, además del entendimiento formalmente inteligente, una virtud activa que abstraiga de los fantasmas las especies inteligibles».

Es un resumen del problema referente al origen de las ideas. La tesis afirma: Iº, que nuestro conocimiento parte del mundo sensible; 2º, que no bastando los sentidos para explicar el origen de nuestras ideas, hay que admitir un entendimiento agente; 3º, que las especies inteligibles se forman mediante la abstracción.

I. — El factor sensible

La presente cuestión está íntimamente ligada con la de la unión del alma con el cuerpo, de la cual viene a ser una consecuencia. Para los filósofos que niegan la transcendencia o espiritualidad del alma, nuestras ideas no tienen otra causa que los sentidos: es la teoría del materialismo, el sensualismo, el empirismo, el positivismo bajo diversas formas. Para quienes el hombre es una inteligencia servida por órganos, o, hablando más en general, los que niegan la unión substancial de los dos elementos, nuestras ideas no han tenido nada que ver con el cuerpo, bien sea porque, innatas o infusas, las hayamos recibido junto con la inteligencia, o porque ésta las haya creado de sí misma, o porque veamos todas las cosas en la esencia divina: innatismo, subjetivismo transcendental, ontologismo, etc. Finalmente, para los que enseñan que el hombre no es sólo cuerpo ni sólo alma, sino un compuesto substancial de entrambos, dicho está que la causa total de nuestras ideas no han de ser ni los sentidos por sí solos, ni tampoco el espíritu a solas, sino conjuntamente los sentidos y el espíritu: aquéllos como instrumento, y éste como factor principal. Tal es el sistema aristotélico-tomista resumido en nuestra tesis.

Hay que comenzar estableciendo que nuestro conocimiento viene de los objetos exteriores por mediación de los sentidos, cuya prueba se funda en dos hechos experimentales. Primer dato: siempre que tratamos de comprender alguna cosa, recurrimos a la formación de imágenes por vía de ensayo o a modo de ejemplos; y cuando queremos transmitir nuestros conceptos a los demás, nos valemos también de ejemplos que les sirvan de imágenes para mejor comprender la verdad propuesta. «De ahí proviene la necesidad en que se encuentra la mente de recurrir a las imágenes, con el fin de representarse las ideas más sutiles. Siempre la imagen tiene que estar como apuntalando a la idea que es objeto de la consideración intelectual. Concepto e imagen forman una pareja estrechamente unida».

Otro dato de la experiencia: cuando alguna lesión orgánica impide el ejercicio normal de la imaginación, como sucede en los casos muy frecuentes de alienación mental, o cuando se encuentra atada la memoria, por ejemplo, durante la letargía, el trabajo intelectual será suspendido.

Estos hechos experimentales nos dan pie para sacar la conclusión de que nuestros conocimientos intelectuales tienen por punto de partida al fenómeno concreto, y para establecer como ley del espíritu la necesidad de recurrir a las imágenes, puesto que de ellas le vienen las ideas. «Sin imágenes, no hay conceptos; ésa es la ley del conocimiento humano. Ley muy natural, porque lo contenido en el concepto es una abstracción de la experiencia, y si en cuanto abstracción se opone a la experiencia, no cesa de recurrir a ella hasta justificarse plenamente».

La prueba tomista se apoya, además, en la razón de ser de la unión entre el alma y el cuerpo. No cabe duda de que esta unión ha de aprovechar a la parte más noble, quiérese decir, que el cuerpo debe servir al alma para su perfeccionamiento en el ser o en la operación. Pero como el alma no necesita del cuerpo para su ser, que recibe directamente de Dios, lo necesitará únicamente para la operación, para el conocimiento que se efectúa por medio de las ideas. En definitiva, el alma tiene necesidad del cuerpo para adquirir las ideas, porque si las adquiriésemos independientemente de los sentidos, no tendría razón de ser la unión del alma con el cuerpo.

II. — La participación del espíritu

Por otra parte, no bastan por sí solos los sentidos. En los tres actos del entendimiento humano, la aprehensión, el juicio y el raciocinio, hemos señalado un punto de vista abstracto, necesario, universal, que prueba la transcendencia de nuestro espíritu, demostrando que la idea en que está contenido ese punto de vista transcendental debe tener por factor principal a una inteligencia del mismo orden.

Es claro para todo el que admite la espiritualidad del alma, que el fenómeno empírico y las imágenes sensibles son incapaces de obrar directamente sobre nuestro espíritu; a la inteligencia corresponde, más bien, obrar sobre ellos, no precisamente haciéndoles pasar desde el cerebro al espíritu, sino transformándoles por algún procedimiento que les vuelva inteligibles, lo cual supone, dotada al alma de una actividad enérgica y capaz de separar lo universal, abstraer lo concreto y cambiar lo sensible. Ahora bien; como quiera que la inteligencia humana es pasiva y dependiente de los objetos, no es ella la medida de las cosas, sino éstas las que dan la pauta a nuestro entendimiento, hasta el extremo de que nuestros conocimientos tienen que ajustarse y conformarse a su objeto para ser verdaderos. Y henos aquí forzados a distinguir en la parte intelectual de nuestra alma dos virtudes distintas: una, pasiva, que suponga ya su objeto y se adapte a él, a la que pertenece el acto cognoscitivo; y otra, activa, que eleve y transforme el objeto de la imaginación: aquélla es formalmente inteligente, porque realiza el acto del conocimiento intelectual; ésta es virtualmente inteligente, porque si no produce el acto mismo de la intelección, lo prepara, formando la idea o especie inteligible, que es el principio de ese acto; la primera se llama entendimiento posible, porque puede llegar a ser todas las cosas mediante la representación inmaterial de todos los objetos; la segunda se llama entendimiento activo o agente, porque su oficio, meramente activo, consiste en extraer el universal de las condiciones materiales en que está envuelto.

Careciendo de verdadera intuición sobre nuestro interior, nada tiene de extraño que la experiencia y la conciencia no nos den fe de la existencia de ese entendimiento agente; sin embargo, proporcionan a nuestro raciocinio un punto de apoyo, al darnos conciencia de que siempre nos estamos volviendo hacia las imágenes, aun para las concepciones más intelectuales.

Véase lo que ha llamado más la atención de los filósofos no afiliados a la Escuela.»Sin inclinarnos decididamente por ninguna de estas teorías —escribía P. Janet,— confesaremos, no obstante, que la teoría aristotélica del entendimiento agente es la que nos parece más sencilla, más conjetural y más aproximada a los hechos».

III. — Abstracción e iluminación

El oficio y tarea del entendimiento agente es abstraer e iluminar. El universal existe en los singulares, como la naturaleza humana en el individuo humano. Del mismo modo que ante la presencia de una fruta — observa Santo Tomás, — la vista se fija en el color y el gusto en el sabor, sin atender a otros detalles, así en los fenómenos imaginativos, el entendimiento no mira a otra cosa que a la esencia del objeto, en sí misma, menospreciando las condiciones particulares que reviste en el individuo. Alcanzar así la naturaleza sola, destacándola aisladamente en medio de los principios individuales que la determinan, tal es la obra del entendimiento agente. Por medio de ese acto poderoso, la naturaleza queda separada de las envolturas concretas y despojada de las condiciones singulares; ha entrado ya en el reino de lo abstracto, de lo universal, de lo ideal; la especie inteligible está formada.

Esta teoría de la abstracción merece todo elogio, cuando se la interpreta debidamente. Oigamos el testimonio de M. Vacant: »Permítaseme confesarlo. Durante muchos años no he comprendido al santo Doctor. Yo no atinaba a ver en esa abstracción más que una simple disociación de los elementos proporcionados por los sentidos. Hacíaseme imposible de explicar ese oficio atribuido a las imágenes sensibles y a la inteligencia en la formación de los conceptos; pero, después que me he dado cuenta del carácter absoluto, universal y necesario del conocimiento intelectual, me ha parecido que la enseñanza del Doctor Angélico expresaba en forma sencillísima una operación que estamos renovando sin cesar de un modo consciente».

Una vez producida la idea mediante el trabajo del entendimiento activo, se hace necesaria otra representación más perfecta, más viva, más actual: el verbo mental. La especie inteligible no es más que el objeto impreso en el alma, mientras que el verbo es el objeto hablado, expresado; por eso a la idea le damos el nombre de especie impresa, y al verbo el de especie expresa. De donde vienen a resultar cuatro cosas realmente distintas, cada vez que comprendemos algo: la facultad intelectiva; la especie impresa que representa el objeto en su estado habitual; el acto peculiar del entendimiento, y, por último, el verbo mental, término de ese acto. Ahí concluye la manifestación del objeto, al hacerse la luz. Sin embargo, la influencia del entendimiento activo llega hasta el último momento, porque, según Santo Tomás, a él toca aclarar los primeros principios con la luz de las especies inteligibles, y el entendimiento pasivo no podría conocer actualmente a su objeto sin la ayuda de aquél. «Es el entendimiento agente como un sol encendido en la cúspide de nuestra alma para verter su luz sobre las dos laderas: ilumina la vertiente que mira al mundo sensible con su acción sobre los fenómenos obscuros de la imaginación; y con su influencia en el entendimiento pasivo, llena de luz la otra vertiente que hace cara a las riberas de la eternidad».

LAS 24 TESIS TOMISTAS (18ª)

Teoría del conocimiento: El objeto del espíritu humano.

La  Biología y la Psicología de Santo Tomás (TESIS XIII a XXI)

TEORÍA DEL CONOCIMIENTO. — EL OBJETO DEL ESPÍTITU HUMANO

TESIS XVIII. — ‘‘Immaterialitatem necessario sequitur inte-llectualitas, et ita quidem ut secundum gradus elongationis a materia, sint gradus intellectualitatis. Adaequatum intellectionis objectum est communiter ipsum ens; proprium vero intellectus humani objectum in praesenti statu unionis quidditatibus ábstractis a conditionibus materialious continetur.»

«La intelectualidad sigue necesariamente a la inmaterialidad, y de tal suerte, que los grados de intelectualidad se computan por los de alejamiento de la materia. Es objeto adecuado de la intelección el ser en sí mismo y en general; mas el objeto propio del entendimiento humano, en el estado actual de unión, se circunscribe a las esencias abstraídas de las condiciones materiales».

Tres puntos esenciales toca esta proposición, referentes, el primero a las relaciones entre la inmaterialidad y la intelectualidad, el segundo al objeto adecuado de la intelección, y al objeto propio del espíritu humano, el tercero.

VI. — Conocimiento e inmaterialidad

Con profunda elegancia establece nuestra psicología que el conocimiento se halla en razón directa con la inmaterialidad. Conocer es recibir en nosotros la forma de un objeto extraño, sin perder nuestra propia forma; y así, cuando conozco un árbol, recibo en mí su representación o forma sin perder yo nada, de tal suerte que tengo a la vez mi forma humana y la forma del árbol por una asimilación vital que, lejos de perjudicar a mi espíritu, lo perfecciona y pone en actividad.

Esta asimilación requiere que el árbol se una a mí, no de una manera corporal y en su ser concreto, sino con cierta independencia de las condiciones materiales. Por ese motivo son incapaces de conocimiento aquellos seres que sólo materialmente y en presencia corporal se asimilan a los otros. La planta vive y se asimila los elementos por un maravilloso movimiento vital; pero esa asimilación llévase a cabo mediante un contacto físico y con entera dependencia de la materia. Salta, pues, a la vista la incapacidad de las plantas para el conocimiento.

El alma de las bestias se asimila el objeto exterior por medio de una representación más alambicada; y así, por ejemplo, la oveja recibe en sus facultades la forma del lobo en virtud de esa percepción que, siendo verdaderamente única y simple, le revela en el animal a un enemigo que ella ve o barrunta. He ahí un principio de independencia, aunque restringida y precaria, que constituye el primer grado del conocimiento. Mas como, por otra parte, esas percepciones y sensaciones dependen de los órganos a que están vinculadas las facultades, no hay todavía verdadera inmaterialidad, y, por lo tanto, ni intelectualidad ni conocimiento espiritual. Recuérdese que nosotros tenemos una facultad exenta de todo órgano, cuyo ser no se comunica nunca con la materia, por cima de la cual se eleva, libre de todas sus condiciones: ésta es la inmaterialidad propiamente dicha, equivalente a la intelectualidad. Sin embargo, con no caber mezcla de nuestra inteligencia con el mundo inferior, por el mero hecho de ser ella propiedad de una substancia que informa a la materia, hemos de contentarnos con pisar los umbrales de la inmaterialidad que corresponden al primer grado de intelectualidad. La facultad cognoscitiva de los ángeles es toda luz, y su substancia no se ha juntado nunca a la materia como forma corporal; pero está compuesta de potencia y acto, es decir, de esencia y existencia, de substancia y accidente; por eso gozan los ángeles del segundo grado de inmaterialidad y de intelectualidad. En Dios no hay ni composición ni multiplicidad, ni potencialidad, sino que es el Acto puro; tal es su inmaterialidad que constituye el grado supremo. De donde se sigue que Dios está en la cumbre de la intelectualidad y del conocimiento, porque se halla en la cima de la espiritualidad.

II. — Objeto adecuado y objeto propio

Las precedentes consideraciones nos ayudarán a comprender lo que añade nuestra tesis acerca del objeto adecuado y el propio.

El objeto adecuado de una facultad designa todo lo que ésta puede alcanzar, directa o indirectamente, por sí y con sus propios recursos o con los ajenos. Por ejemplo, el ojo sólo puede percibir los objetos colorados, siempre que se hallen presentes a conveniente distancia, directamente o por medio del telescopio o de cualquier otra manera; el oído sólo puede escuchar todo aquello que es sonoro y que llegue hasta él, natural o artificialmente, como en el teléfono.

Nuestra inteligencia se extiende al ser en toda su extensión, bajo la razón más universal. Testigo es la experiencia de que comenzamos por entender lo que hay de más general en las cosas, y que nuestros conocimientos particulares van determinando y detallando la inmensidad que encierra el concepto del ser: Dios y criaturas, substancia y accidentes, espiritual y material, relativo y absoluto, todo lo abarca el ser.

Ved aquí, pues, el objeto adecuado de toda intelección: «La inteligencia tiene por objeto lo real bajo su aspecto más general e indeterminado, es decir, el ser. Esta indeterminación, lejos de socavar la realidad en cuanto tal, nos la presenta en su más alto grado de actualidad y realización. Todo cuanto existe es un ser, y nada existe más que por el ser. Si el ser universal aparece despojado de todas las determinaciones de las cosas, es porque las contiene a todas en su potente virtualidad. La inteligencia se fija en él al primer golpe, por efecto de un destino original, y trata con todas las demás cosas de igual a igual bajo ese aspecto acaparador del ser, consistiendo su actividad en detallar lo que ya poseía desde su primer balbuceo».

El objeto propio es el que corresponde a la naturaleza del sujeto cognoscente y que le viene enteramente medido y proporcionado, en el mismo orden de inmaterialidad. Dios, Acto puro y sin límites, que reside en la cima de la intelectualidad, tiene por objeto propio al Acto en sí mismo, es decir, a su esencia infinita. Esas son las profundidades y abismos que el espíritu de Dios sondea eternamente; al contemplarse a sí mismo, contempla todo lo demás, viendo a las criaturas no fuera de él y en sí mismas, sino sólo en él, como taxativamente lo dicen San Agustín y Santo Tomás.

El ángel, substancia inmaterial, por no decir relación necesaria al cuerpo, tiene por objeto propio lo espiritual que no haya venido del mundo sensible. Transcendiendo absolutamente por cima de toda criatura la visión intuitiva de Dios, y no estando el espíritu angélico al mismo nivel de inmaterialidad que la esencia divina, no puede tener a ésta por su objeto propio; y al no estar destinada la substancia angélica a ningún cuerpo, debe encontrar su perfección independientemente de él; el objeto proporcionado de esas inteligencias tiene que ser la substancia separada, y sus ideas no deben llegarles de nuestro mundo, sino bajar de lo alto, infundidas por Dios en el momento de la creación.

El alma humana es, sí, espiritual, mas necesita unirse al cuerpo para desplegar toda su virtud; es forma de la materia sin las condiciones materiales. Del mismo orden ha de ser su objeto proporcionado, es decir, la esencia de las cosas materiales sin las condiciones de la materia; o en otros términos, la esencia abstraída de las condiciones singulares y concretas en las cuales hállase envuelto el universal. Por experiencia sabemos que, en este estado de vida mortal, el objeto propio de nuestro espíritu es el universal contenido en las imágenes sensibles, supuesto que a ellas hemos de recurrir para formar nuestros conceptos. «De hecho tenemos conciencia que así es. Para pensar nos servimos de las imágenes, no de vez en cuando y ocasionalmente, sino siempre y de un modo normal».

Las aplicaciones de esta tesis revisten el mayor interés, lo mismo en Teología que en Filosofía. Desde el momento en que el objeto adecuado de nuestra intelección es el ser en toda su amplitud, la visión beatífica resulta posible.

Dios en sí mismo, en su propia vida, entra de lleno en ese objeto adecuado, porque todo cuanto hay de perfección en el concepto del ser está contenido en Dios, toda la razón del ser está en Dios; y nuestro espíritu, por consiguiente, cuya capacidad se mide por la del ser, puede ser elevado sobrenaturalmente a la visión de la vida íntima de Dios.

Al abandonar este mundo, el alma separada adquiere un nuevo modo de ser semejante al de los ángeles, y podrá comprender a la manera angélica, sin necesidad de imágenes. Pero, mientras tanto, acá en esta vida, el objeto propio de nuestra inteligencia hállase envuelto en el fenómeno empírico, y las ideas tienen que venir del mundo sensible. En la siguiente tesis encontraremos la explicación de este origen.

 

LAS 24 TESIS TOMISTAS (17ª)

Las facultades del alma

La  Biología y la Psicología de Santo Tomás (TESIS XIII a XXI)

LAS FACULTADES DEL ALMA

TESIS XVII. — «Duplicis ordinis facultates, organicae et inorganicae, ex anima humana per naturalem resultantiam emanant: priores, aá quas sensus pertinet, in composito subjeetantur, posteriores in anima sola. Est igitur intellectus facultas ai órgano intrinsece independenSf.»

«Dos órdenes de facultades orgánicas e inorgánicas, emanan del alma humana por resultado natural: el sujeto de las primeras, a las que pertenece el sentido, es el compuesto, y de las segundas el alma sola. Es, pues, el entendimiento una facultad intrínsecamente independiente de los órganos».

Cinco afirmaciones fundamentales abarca esta tesis : 1º, la distinción entre el alma y sus facultades; 2º, que las facultades proceden del alma por resultado o emanación natural; 3º, la existencia de dos órdenes principales de facultades; 4º, que para los sentidos, el sujeto de las facultades es el organismo, y el alma sola para las facultades espirituales; 5º, la independencia o espiritualidad absoluta de la inteligencia.

I. — Distinción real

Las facultades o potencias del alma significan los principios próximos e inmediatos de donde procede la operación. Así, por ejemplo, cuando veo, pienso o quiero, sé muy bien que es mi alma la que obra, pero por medio de mi vista, de mi inteligencia o de mi voluntad: mi alma es el principio remoto o radical; mis sentidos, mi inteligencia, mi voluntad, son los principios inmediatos y próximos de la visión, del conocimiento y de la volición.

Lo primero que interesa al filósofo y a cualquiera que reflexione sobre su naturaleza y analice su pensamiento, es saber cómo el alma se distingue de sus sentidos, de su entendimiento y de su voluntad. La solución de este problema dependerá de los principios fundamentales de la ontología. Admitido que la potencia y el acto están en el mismo género supremo, y que los accidentes se distinguen realmente de la substancia, según queda ya explicado, resulta evidente que el alma no puede ser ni su operación, que es accidental, ni el principio inmediato que la produce. Pero si se echa por tierra esa metafísica, no hay norma eficaz que la substituya para resolver la cuestión. Han negado esa distinción los antiguos y modernos materialistas, que no admiten otra cosa que «el flujo de los hechos pasajeros»; los nominalistas de la Edad media y de nuestros tiempos; los cartesianos y todos los subjetivistas contemporáneos, que llegan a confundir el alma con el pensamiento y la volición. Con Aristóteles, en cambio, la sostuvieron y defendieron los Padres de la Iglesia, pues en tal sentido escribía San Agustín: »No llamamos espíritu a la misma alma, sino a lo que en ella hay de excelente» con lo que venía a decir : el espíritu, o la facultad intelectual, no es la esencia misma del alma, sino algo que se le añade como una perfección excelente. San Anselmo, San Buenaventura y demás grandes escolásticos, concuerdan en este punto con el Doctor Angélico. El mismo Bossuet, que parece hablar a veces como un cartesiano, defiende aquí la tesis del sentido común: »Rara me parece esa metafísica de que la substancia del alma, en el fondo, sólo sea pensamiento o volición».

La prueba tomista parte del siguiente hecho experimental: no se explicaría el conflicto y la lucha entre nuestras facultades, de que somos testigos, si se confundieran entre sí, identificándose con la esencia del alma; y termina con la aplicación de los principios ontológicos ya demostrados, según es fácil de ver. Dado que la potencia y el acto están en el mismo género supremo, las facultades o potencias de las cuales proceden actos accidentales no pueden confundirse con la substancia, sino que deben ser accidentes como la operación. Luego si es verdad que toda acción de las criaturas pertenece al género de accidente que se añade a la substancia y puede desaparecer, mientras ésta perdura, igualmente lo es que las potencias de operación o facultades se diferencian de la esencia y reducen al mismo género de accidente.

II. — Emanación de las facultades

El segundo punto de la tesis se refiere al modo con que proceden del alma las facultades. Aunque distintas de la esencia, de ella se derivan y con ella están esencialmente ligadas. No ha de entenderse este origen en un sentido material, como el río que nace de la fuente; ni como una consecuencia puramente lógica, a la manera que la conclusión viene de las premisas, sino como una consecuencia física, al modo de las propiedades que resultan de la esencia (per resultantiam o resulta-tionem, en frase de Santo Tomás y los antiguos); esto es, una emanación natural, espontánea, irresistible. La acción del Creador llega a la substancia, y por la substancia a las facultades, de suerte que éstas son concreadas en virtud del acto divino que produce el alma y la une al cuerpo. De ahí aquel axioma escolástico: Qui dat esse dat consequentia ad esse; quien da el ser, da también todo lo que necesariamente sigue al ser. Suele a menudo compararse la substancia del alma y sus facultades con el tronco de un árbol y sus ramas, respectivamente ; comparación que resulta exacta en el sentido de que obra el alma por sus facultades, como el árbol por sus ramas, pero que fallaría al forzarla demasiado; porque si el árbol produce ramas, hojas, flores y frutos, el alma, que también produce en sus múltiples acciones a modo de flores y frutos, no puede decirse con propiedad que dé algo comparable a las ramas, por la sencilla razón de que sus facultades fueron creadas al mismo tiempo que ella. Tal es el alcance de ese origen misterioso que nuestra filosofía llama una resultancia o emanación espontánea.

III. — Divisiones principales

La tesis señala, como de pasada, la gran división de las facultades en orgánicas e inorgánicas.

No es más que una aplicación de las anteriores tesis. Siendo nuestra alma una substancia singular y subsistente, es, sin embargo, forma del cuerpo; y perteneciendo a un orden enteramente espiritual, posee toda la virtualidad de las formas corporales; y unida substancialmente a la materia, no sólo no se deja dominar o absorber por ella; tiene, además, en su ápice y en su fondo íntimo una virtud superior que no admite mezcla de ningún género con el compuesto. Desde luego, pues, se comprende que el alma haya de tener dos órdenes de facultades: correspondientes al ser que comunica al organismo, las unas, y al ser que permanece siempre elevado por cima de la materia, las otras.

Esas potencias orgánicas e inorgánicas, a su vez, pueden clasificarse en diversas categorías. Teniendo sólo en cuenta las funciones o hechos psicológicos, los filósofos modernos forman tres grupos: sensibilidad, inteligencia y voluntad; o bien, el sentimiento, el pensamiento y la volición; o si no, facultades de la vida vegetativa, de la vida sensitiva y de la vida social.

Amén de otros inconvenientes que pudiera ofrecer, esta clasificación olvida el principio fundamental de que la especificación primera viene de los objetos desde cuyo punto de vista, precisamente, descubrió Santo Tomás hasta cinco géneros de potencias en el alma. Primeramente hay un objeto de muy reducida extensión, cual es el cuerpo unido al alma que se ha de nutrir, conservar, desarrollar y reproducir en otros semejantes; de ahí la razón de ser de la potencia vegetativa. Viene luego el mundo sensible, objeto mucho más extenso, aunque limitado, para cuyo alcance se nos ha dado la potencia sensitiva. Después encontramos el objeto universal, el ser mismo en toda su amplitud, al que debe corresponder una facultad del mismo orden, vastísima como él; y así es la potencia intelectiva. El alma necesita, finalmente, ponerse en relación con los objetos y tender hacia ellos: si esta tendencia es sólo de inclinación y afecto, tendremos la potencia apetitiva; mas si, por estar lejos los objetos útiles o cerca los nocivos, conviene acercarse a los unos y alejarse de los otros, por medio del movimiento local, hay una última potencia motriz, o locomotiva, encargada de asegurar la vida de relación.

He aquí los cinco géneros de facultades que ha descubierto y justificado la filosofía escolástica: la potencia vegetativa, la sensitiva, la intelectiva, la apetitiva y la locomotiva. Aun pueden subdividirse muy diversamente: así, por ejemplo, la facultad apetitiva se desdobla en apetito sensitivo y apetito racional, en razón a que su objeto puede ser reducido y sensible o universal y espiritual. Al cabo, siempre habrá que recurrir a la división fundamental de las facultades en orgánicas e inorgánicas, indicada por nuestra tesis.

IV. — Sujeto de las facultades

Añádese que el sujeto de las primeras es el compuesto u organismo animado, y el alma sola el de las segundas. Resumida así la doctrina, guarda un justo medio entre los dos extremos: porque los positivistas someten al cuerpo todas las facultades o fenómenos, y los idealistas, los espiritualistas exagerados, los nominalistas, los cartesianos, enseñan la teoría que Bossuet sintetizó en estas palabras: «La sensación es algo que se forma después de todo aquello, y en otro sujeto, es decir, no en el cuerpo, sino en el alma sola».

Nuestra psicología responde que todas las facultades radican en el alma, puesto que fluyen de ella como un resultado espontáneo y por vía de emanación natural; pero que por sí sola no podría ser el sujeto inmediato de las potencias orgánicas. Una substancia espiritual no puede recibir la impresión directa de los objetos materiales y extensos que, desde el exterior, provocan la sensación: requiere un sujeto del mismo orden que los objetos cuya influencia experimenta. Tampoco basta la materia nérvea por sí sola para dar cumplida explicación de la maravillosa unidad que supone el fenómeno sensitivo: si es representativo, percibimos sintética y unitariamente lo que es múltiple por de fuera, como en realidad de verdad es una la percepción del triángulo en mi vista o en mi imaginación; si es afectivo, concentramos en una emoción indivisible nuestros sentimientos de goce o de dolor, que pueden ser más o menos intensos, empero nunca fraccionables. Para explicar, pues, la sensación, hace falta un elemento extenso capaz de recibir las impresiones de fuera, y otro simple que sea el principio de la unidad; el organismo y el alma, respectivamente, son los dos elementos indispensables. De todo lo cual se desprende que el sujeto de la sensación, lo mismo que de los restantes fenómenos de las facultades orgánicas, es el compuesto del alma y el organismo, llámesele materia viviente u organismo animado. «A fin de cuentas, la teoría más plausible y racional parece ser la de la materia viviente. Se apoya: 1º, en el testimonio de nuestra conciencia, que percibe la sensación como un estado extensivo; 2º, en el hecho de la localización, difícil de explicar fuera de la concepción tomista».

Por el contrario, las facultades inorgánicas deben reposar en lo íntimo de la substancia, lejos de todo quebranto, precisamente porque corresponden a aquel ser superior del alma que jamás se ha mezclado con la materia. Y desligadas del cuerpo, en el estado de separación, no hay motivo para que no perseveren inalterables en su pleno ejercicio.

En cuanto a las facultades orgánicas, cuyo sujeto se desmorona en la catástrofe final, no pueden desplegarse después de la muerte. Sin embargo, el alma las conserva virtualmente y como retiradas en su interior, por ser raíz de ellas; y el día en que vuelva a reunirse con su cuerpo, sin necesidad de nueva creación ni de milagro alguno, sin ninguna dificultad las hará reflorecer en el organismo restaurado.

V. — Independencia del espíritu

Clara y manifiesta, como ilación de un corolario, viene en pos de lo expuesto la independencia intrínseca del entendimiento humano. Extrínsecamente depende del concurso indispensable de la imaginación que le representa los objetos externos; y como ésta depende del cerebro, nada tiene de extraño que el espíritu padezca indirectamente ciertas dificultades por parte del organismo. Ello viene a confirmar aquella unidad substancial del hombre de que hemos hablado en la tesis anterior; pero evitemos cualquier equívoco.

A la objeción de que el pensamiento no está libre de las condiciones temporales y que la ciencia ha inventado instrumentos para medirlo y determinar su intensidad, respondemos que lo que requiere tiempo, lo que miden los instrumentos de precisión, es el trabajo previo que deben realizar las facultades auxiliares del espíritu. La inteligencia tiene que volverse frecuentemente hacia la imaginación, para abstraer de ella su objeto; al trabajo de la imaginación va unido el de las otras facultades orgánicas, y el ejercicio de todas y cada una depende del sistema nervioso o del gran simpático. Claro es que al medir la intensidad de la actividad nerviosa, indirectamente se mide también el trabajo intelectual; pero la operación del espíritu es intrínsecamente y en sí misma del todo inmaterial, alcanza su objeto de una manera abstracta, universal, desde un punto de vista en el que por ningún concepto pueden colocarse los sentidos, según quedó explicado al analizar los tres actos del entendimiento, la aprehensión, el juicio y el raciocinio.

Concluyamos, pues, con Bossuet: «Las operaciones intelectuales no son al modo de las sensaciones anejas a los órganos corporales; y aunque el entendimiento se sirva de los sentidos y las imágenes sensibles, debido a la mutua correspondencia que debe haber entre todas las operaciones del alma, no es de este lado hacia donde se vuelve para llenarse de verdad, sino hacia la verdad eterna».

24 TESIS TOMISTAS (16ª)

El alma humana; naturaleza, origen y destino

La  Biología y la Psicología de Santo Tomás (TESIS XIII a XXI)

LA UNIÓN DEL ALMA CON EL CUERPO

TESIS XVI. — «Eadem anima rationalis ita unitur corpori ut sit ejusdem forma substantialis única, et per ipsam habet homo ut sit homo et animal et vivens et corpus et substantia et ens, Tribuit igitur anima homini omnem gradum perfectionis essentialem, insuper communicat corpori actum essendi, quo ipsa est.»

«La misma alma racional se une de tal modo al cuerpo, que es su única forma substancial, y por ella el hombre tiene el ser de hombre, y de animal, y de viviente, y de cuerpo, y de substancia, y de ser. Por consiguiente, el alma le da al hombre todo el grado esencial de perfección y, además, comunica al cuerpo el acto del ser con que ella existe».

Toda la proposición actual dice orden a la naturaleza del alma, por ser ésta esencialmente la forma del cuerpo. Comienza enunciando la doctrina católica que el alma racional es la verdadera forma substancial del cuerpo humano, e inmediatamente propone la explicación tomista: para tener el rango de forma substancial, ha de ser la forma única que confiere todos los grados esenciales de perfección.

En el Concilio de Viena, celebrado el año de 1311, la Iglesia definió que el alma racional es la forma substancial del cuerpo humano, porque esta verdad es necesaria para defender y explicar el punto dogmático de que «el Hijo de Dios tomó unidas juntamente las dos partes de nuestra naturaleza, esto es, el cuerpo humano y el alma intelectual o racional, a fin de ser verdadero hombre sin dejar de ser verdadero Dios». Por donde el Concilio vino a indicar la razón fundamental de esta enseñanza: para que dos partes no constituyan más que una sola naturaleza, tienen que unirse a la manera de materia y forma.

La explicación de las tesis VIII y IX habrá hecho comprender que la materia y la forma se unen como la potencia y el acto substanciales, en orden a constituir un solo todo, un solo supuesto, una sola esencia o naturaleza.

I. — Unidad de naturaleza y de persona en el hombre

Nuestra proposición se reduce a lo siguiente: el cuerpo y el alma se dan entre sí como la materia y la forma, porque de su unión resulta una sola persona y una sola naturaleza.

El sentido común nos dice que no hay en nosotros más de una sola persona, la cual no es ni sólo el cuerpo, ni sola el alma. «Testigo de esa verdad, el lenguaje: porque la palabra yo, en cualquiera de sus casos declinables, nos sirve para designar indistintamente la parte espiritual o la material de nuestro ser. Del mismo modo que decimos, yo pienso, yo siento, yo quiero, decimos también, yo ando, yo respiro. Lo mismo nos da decir yo sufro, que mi cuerpo sufre» (3). Así, pues, no le tenemos por un «andrajo» a este cuerpo que forma parte de nuestro yo; la persona humana no podría existir ni concebirse sin el cuerpo o sin el alma.

No es menos evidente que la naturaleza humana requiere la unión de los dos elementos. El cuerpo y el alma, separadamente y por sí solos, no constituyen la especie humana; ésta es el compuesto en que se desarrollan las potencias vegetativas y sensitivas que residen en el organismo corpóreo, y las potencias espirituales que brotan del alma racional. Si el alma y el cuerpo no se encontrasen unidos en la misma substancia, serían ajenos el uno al otro, por lo menos en la intelección, que es la operación propia del alma.

Ahora bien; aunque la intelección sea del todo espiritual, concurre a ella el cuerpo, como instrumento, subministrando el fenómeno empírico en que se apoya la abstracción; y en nuestras más elevadas especulaciones hemos de volvernos frecuentemente hacia las imágenes de los sentidos, o las representaciones de la imaginación, para buscar los ejemplos que nos ayuden a comprender lo inmaterial. La operación espiritual, a su vez, repercute en el organismo. «El trabajo intelectual acelera el corazón, aumenta la presión sanguínea en las arterias periféricas, da pie a los fenómenos de vasoconstricción periférica que alteran la normalidad del pulso, y dilata el volumen del cerebro (fenómeno de vasodilatación local). Todos los cuales fenómenos se acentúan tanto más cuanto la intensidad del trabajo sea mayor». En una palabra, la Fisiología confirma maravillosamente la doctrina católica sobre la unidad substancial del compuesto humano. «Esa inefable y misteriosa unión —añade otro sabio,— es la condición de toda unidad y de toda substancia… La unidad viviente se substancializa hasta en las profundidades inaccesibles de la organización».

II. — Documentos eclesiásticos

Una vez explicada y justificada la tesis, será conveniente que nos detengamos algo en las declaraciones de la Iglesia.

El Concilio de Viena declara «hereje a todo el que presuma afirmar, defender o sostener con pertinacia, que el alma racional o intelectual no es por sí y esencialmente la forma del cuerpo humano» ; definición que fue renovada por el V Concilio de Letrán, bajo el pontificado de León X .

Pío IX, en su Carta de 1857 dirigida al Cardenal Geissel, arzobispo de Colonia, condena con estas palabras los libros de Guenther: »Sabemos que esas obras hieren la doctrina católica acerca del hombre, el cual se compone de alma y cuerpo, pero de tal modo que el alma racional sea por sí e inmediatamente la forma del cuerpo».

Se desprende de estos documentos y conviene tener en cuenta:

1º. Que el alma, en cuanto espiritual y racional, es la forma del cuerpo, y no metafóricamente o por analogía, como se dice de la forma de los Sacramentos, sino con toda verdad, en el sentido filosófico como se entendía en la época cuando se dio la definición. Entonces se trataba, efectivamente, de explicar la unidad real de la naturaleza humana en Cristo, quien es verdaderamente hombre, como nosotros, porque las dos partes de nuestra humanidad se juntan para no formar más que una sola naturaleza.

2º. Que el alma se une de por sí al cuerpo, esto es, sin necesidad de ningún intermediario, por su misma substancia e inmediatamente, como lo explica Pío IX, per se et inmediate. Además, el Concilio de Viena intentaba rechazar el error «de los que negaban o ponían en duda que la substancia del alma racional o intelectual es verdaderamente y por sí misma la forma del cuerpo humano». En cuya consecuencia quedan descartadas la teoría de Rosmini, de que el alma se une al cuerpo por medio de un acto intelectivo que percibe la sensación fundamental; y la de los espiritistas, que han colgado al alma una envoltura o funda sumamente sutil, el perispíritu, para que la sirva de intermediario en su unión con el cuerpo, y se la lleve como sudario después de la muerte. Demasiado sabemos que el alma espiritual está libre de toda materia, por muy sutil que la supongamos, y que no necesita de intermediarios para unirse al cuerpo, pues se comunica por sí misma.

3º. Que se une esencialmente, o sea, que esta unión no es accidental, sino esencial. La expresión del Concilio puede significar, a un tiempo, que el alma es por su esencia la forma del cuerpo, y que pertenece a la esencia del cuerpo humano, en el sentido de que no sería esencialmente humano sin el alma racional.

Declaraciones tan precisas del Magisterio supremo excluyen todos aquellos sistemas que, negando la unión substancial, hacen consistir la substancia del alma en el pensamiento, como el sistema cartesiano, o en la conciencia de sus acciones, como el kantismo; o que admiten una unión que consiste en la percepción del tiempo y del pasado, como el bergsonismo: «La distinción entre el cuerpo y el espíritu no debe establecerse en función del espacio, sino del tiempo… Es necesario que el pasado sea puesto en juego, o representado, por la materia, e imaginado por el espíritu». Toda unión que se verifique en virtud de la conciencia, la memoria o de cualquier percepción, es puramente accidental.

Tal es la enseñanza católica que nos hace recordar la primera parte de la Tesis XVI.

III. — Una sola alma

En la segunda parte se halla contenida la explicación tomista: la forma verdadera, substancial e inmediata del cuerpo humano, debe de ser única y dar todos los grados esenciales de perfección. Estos grados constituyen una escala metafísica, fácil de subir o bajar : El hombre es un ser, antes que nada; este ser es substancia, esta substancia es cuerpo, este cuerpo es viviente, este viviente es animal (ser animado y sensible), este animal es racional. Luego el alma intelectual es la única forma por la que uno es hombre, y animal, y viviente, y cuerpo, y substancia, y ser.

Tan armoniosa es esta doctrina de Santo Tomás, que parece debiera imponerse de por sí sola al espíritu. No ha logrado, sin embargo, convencer a todos los escolásticos, que sólo están acordes respecto a la unidad del alma. Sabido es que Platón ponía tres almas en el hombre, y los maniqueos, dos, por lo menos, procedente la una del principio bueno, y la otra del malo. Apolinar veía en el hombre tres elementos, el cuerpo, el alma y la razón, de modo que el principio intelectual fuera distinto del alma sensitiva. En los tiempos modernos, la escuela de Montpellier, con Barthez al frente, admite dos almas, una inferior para las operaciones vegetativas, y otra intelectual para las de la inteligencia y la sensibilidad. Y Baitzer, casi en nuestros días, pretende que la vida sensitiva no procede del alma intelectual, sino de otra distinta.

La Iglesia condenó en el VIII Concilio ecuménico a los que ponen dos almas en el hombre cuya definición implica, por lo menos, que no hay dos almas intelectuales. Pero, ¿es de fe que no tenemos varias almas, una que fuera sólo racional, por ejemplo, y la otra principio de la vida inferior? No parece que la definición haya apuntado directamente a ese lado del problema; mas tampoco cabe duda respecto a la doctrina católica. Pío IX, en 1860, escribió al obispo de Breslau, contra Baitzer: «El común sentir de la Iglesia de Dios reconoce un solo principio de vida en el hombre, el alma racional, de la que el cuerpo recibe el movimiento, la vida y la sensibilidad; y a juicio de muchos de los más probados autores, tan estrechamente está ligada dicha doctrina con el dogma católico, que parece ser la única y legítima interpretación verdadera, hasta el extremo de que no se podría negarla sin error en la fe.»

La razón filosófica está de acuerdo: si hubiera en nosotros dos almas, habría dos series de vidas y de operaciones independientes, y no se podría salvar la unidad substancial, esa persona única y única esencia que hemos comprobado en el hombre.

Quiere decirse que se impone a los católicos la unidad sobre ese punto.

IV. — Una sola alma

Pero, entonces, ¿tampoco podría haber muchas formas, accidental o esencialmente subordinadas entre sí? Recordemos, a este propósito, que la escuela escotista admite una forma de corporeidad distinta del alma humana: ésta no es recibida en la materia primera, sino en el cuerpo ya dispuesto y organizado por la forma de corporeidad, al que le da el ser humano, no el ser corporal; y cuando se separa con la muerte, la primera forma sigue manteniendo al cuerpo en su ser corporal. Muchos sabios de nuestros tiempos han pensado que, además del alma racional, forma primera y principal del compuesto humano, es necesario admitir también las formas substanciales de los cuerpos químicos.

Tongiorgi, Ramiére, Botalla, Palmieri, el doctor Fredault, han enseñado la pluralidad de formas en el hombre; sin embargo, la mayoría de los escolásticos actuales siguen fieles a la teoría de Santo Tomás, tan cabalmente traducida en la presente tesis.

A ella hay que volver los ojos para mantener la unidad substancial del cuerpo humano. No es concebible que el alma se una substancial e inmediatamente al cuerpo, si éste ha recibido ya su forma substancial. Toda forma substancial confiere al propio sujeto la perfección primera, substantiva, fundamental; el alma que viniera en pos de ella, no le añadiría más que una perfección secundaria, accesoria y, por lo tanto, la unión habría de ser accidental.

Es muy cómodo el decir que la primera forma se subordina al alma a su término definitivo. La unidad de subordinación será siempre accidental, resultando imposible, por consiguiente, de salvar esa unidad que, al decir de un sabio, «se sustancializa hasta en las profundidades inaccesibles de la organización»[1] Para comprender cómo es dado al alma informar a todo el cuerpo, y explicar de pasada ciertos experimentos muy interesantes, por cierto, débese tener en consideración que hay en el organismo, sin ser de él mismo, sin pertenecer a la integridad de la naturaleza humana, numerosos elementos sólidos y líquidos destinados a purificarle o nutrirle, los cuales, al no formar parte del viviente, no se hallan informados por el alma, si bien ésta puede servirse de ellos como de instrumentos, dirigiéndolos y encauzándolos al bien común. Cuando se trate de verdaderas partes del viviente, integrantes de nuestra naturaleza, entonces habrá que admitir que están informadas por el principio radical que da precisamente la perfección específica a la naturaleza humana, es decir, por el alma racional. Esos distintos elementos se unen entre sí por medio de fibras vivientes, a veces muy delicadas, tan tenues que fácilmente pueden romperse, pero que muy presto se rehacen, de suerte que no haya quebranto en la continuidad de las diversas partes del organismo. Así, la información del alma no se ve detenida por vacíos, intervalos o interrupciones, pues se ejerce en un verdadero continuo cuyas partes, enlazadas a lo menos por alguna extremidad, reciben de una misma forma una nobleza común.

V. — El ser comunicado por el alma

No menos dignas de nuestra atención son las últimas palabras de la tesis: »además, el alma comunica al cuerpo el acto del ser con que ella existe».

El ser, en efecto, conviene de suyo al alma, como hemos visto anteriormente que convenía de por sí a la forma, y por mediación del alma al cuerpo y a todo el compuesto, en los cuales no hay un ser nuevo: el cuerpo, el compuesto y el alma, todos tienen un mismo ser.

El alma posee, sin duda alguna, un ser racional y espiritual que domina a la materia, que no está sumido en ella y que jamás se ha comunicado al cuerpo; pero esto no quita que el ser substancial del alma, en razón de forma, se comunique al compuesto y le sea propio de tal manera, que lo que se corrompe o disuelve sea el ser del compuesto. Al separarse del cuerpo, sigue el alma conservando su ser: el ser espiritual e incomunicable permanece sin alteración, lo mismo que la inteligencia y la voluntad conservan su identidad después de la muerte; el ser comunicable no es formalmente el mismo, pues no se manifiesta en acto, pero persiste, virtualmente, como en la otra vida persisten virtual-mente las potencias vegetativas y sensisitivas. Y cuando la Omnipotencia de Dios haga el milagro de la resurrección, el ser del alma volverá a difundirse por todo el organismo restaurado, y todos las facultades estarán de nuevo en acto.

Aunque rápida y somera esta exposición de las grandes tesis tomistas, nos da una idea siquiera sintética de toda la Psicología, mostrándonos nuestra naturaleza, origen y destino, y elevándonos, por decirlo así, hasta las alturas de Aquel que nos ha creado a su imagen y semejanza.

24 TESIS TOMISTAS (14ª)

(II)El principio de la vida orgánica y de la vida sensitiva

La  Biología y la Psicología de Santo Tomás (TESIS XIII a XXI)

TESIS XIV. — «Vegetalis et sensilis ordinis animae nequáquam per se subsistunt, neo per se producuntur, sen sunt tantummodo ut principium quo vivens est et vivit, et, cuín a materia se totis dependeant, corrupto composito, eo ipso per accidents corrumpuntur.»

«Las almas del orden vegetativo y del sensitivo no pueden por sí mismas, ni existir, ni ser producidas, sino que únicamente son a modo de principio que da ser y vida al viviente, de tal suerte que, por el mero hecho de corromperse el compuesto, se corrompen también ellas accidentalmente, a causa de su dependencia omnímoda de la materia».

Esta proposición resume todas las cuestiones relacionadas con la naturaleza, origen y destino de las almas inferiores.

Su naturaleza hállase debidamente señalada con precisos caracteres: no son un todo subsistente, desde el momento que dependen de la materia; y, sin embargo, tampoco son la materia misma, sino una energía que la gobierna y domina, un principio específico que da al viviente el ser y la vida.

Queda ya demostrado que el alma es un principio substancial y permanente. Aun en la planta, es una fuerza que mantiene al ser viviente en su unidad, mientras que las moléculas materiales se renuevan constantemente; una energía intrínseca, superior a todos los recursos de la Física y la Mecánica, que nunca llegarán a reproducir o imitar las más hábiles manipulaciones de nuestros laboratorios. «Está claro —observa Claudio Bernard— que la propiedad evolutiva del huevo que ha de producir un mamífero, un pájaro o un pez, no es asunto que pertenezca a la Física ni a la Química».

Por este motivo, la vida no pudo aparecer originariamente en el mundo sin la intervención de Dios, el cual produciría de modo inmediato las especies o, cuando menos, infundiría en la materia una virtud activa para evolucionar y ascender hasta las formas superiores. Jamás la vida de ningún vegetal llegará a ser producto de una acción o reacción química; siempre se ha de requerir un principio que coordine y gobierne los distintos elementos, encauzándolos al bien general de toda la planta.

Con mayor razón no cabe en los moldes de un simple automatismo el alma del animal, principio de las sensaciones conscientes, tan reales como vivas, y de las más vehementes pasiones, con frecuencia manifestadas al exterior en sus violentos efectos. El buen sentido del pueblo ha sabido siempre hacer fácil justicia de las teorías que convierten a los animales en puras máquinas, y al escribir San Agustín: «El dolor que sienten las bestias demuestra una fuerza admirable, en su género, y digna de alabanza», no hacía más que interpretar con acierto verdad tan elemental.

Sin embargo, al revés de lo que sucede con las formas subsistentes, esas almas no pueden desligarse de las condiciones de la materia. El carácter típico de lo que no depende de ella es el progreso; y el animal, que vive en domesticidad con el hombre y a la vista de sus inventos, no ha dado un paso en su perfeccionamiento, porque es incapaz de progreso. Si se puede hablar de progreso relativo a los animales, será siempre en un sentido unilateral, circunscrito a un estrecho orden de cosas, como efecto de hábitos adquiridos en idénticas circunstancias y de impresiones sentidas ante los mismos objetos. No se ocultó ese detalle a la fina observación de nuestro gran Bossuet: «Quien tan sólo vea que los animales nada han inventado de nuevo desde el principio del mundo y, por otra parte, considera tantas maneras de inventos, de artes y de máquinas con que la naturaleza humana ha cambiado la faz de la tierra, comprenderá fácilmente cómo campean de un lado la rudeza y del otro el genio «.

La naturaleza, pues, de esas almas se caracteriza por su dependencia de las condiciones de la materia, sin dejar de ser una forma simple, admirable en su género e inexplicable por las leyes fisicoquímicas o de la mecánica.

Además, según indica la tesis, las almas vegetativas y sensitivas son a la vez principio del ser y de la vida: quo vivens est et quo vivit. Lo que vale tanto como decir que es una misma realidad substantiva la que da el ser y la vida al viviente, por formar éste un todo en el que no se pueden distinguir dos principios substanciales, uno para el ser y otro para la vida. De ahí proviene aquel axioma de Aristóteles y los escolásticos: In viventibus vivere est esse, el primer principio del ser de los vivientes lo es también del vivir, sin cuyo requisito no compondrían un todo substancial.

De lo dicho se infieren fácilmente el origen y el destino de esas almas. Al no existir de por sí, no son producidas por sí mismas, sino en y por el compuesto. Tampoco son creadas de la nada, sino engendradas de la potencia de la materia. ¿Cómo se entiende esto? Dada la incapacidad de la materia, lo mismo sola que acompañada de las fuerzas químicas, para producir la vida, Dios, al crear a los primeros vivientes, les infundió la virtud de elaborar una semilla que contuviera virtualmente la vida, para que cuando dicha semilla acabara su evolución, con el andar del tiempo y según las leyes establecidas por la Providencia, el alma fuese producida o resultase necesariamente como término natural de la generación.

El destino de esas almas corre parejas con su origen; porque, dependiendo su existencia del organismo, al fallar éste con la muerte, deben ellas también desaparecer o sufrir lo que se llama en lenguaje escolástico corrupción por accidente. Absolutamente hablando, Dios podría hacerlas existir aún separadas del cuerpo, por medio de milagro, como en la Eucaristía sostiene los accidentes sin el apoyo normal de su substancia; mas no tenemos derecho a suponer tales derogaciones en la suave Providencia que gobierna a los seres según su naturaleza. Esas almas, de suyo corruptibles, perecen con sus cuerpos. Y no es que caigan en la nada, como tampoco salieron de ella: van a parar a la potencia o reserva de la materia, es decir, se disuelven las diversas energías que estaban contenidas en ese principio simple; mas la naturaleza, dotada de un poder equivalente y mediante la influencia de la vida, utiliza los elementos informados anteriormente por la primer alma y puede reproducir una forma o un alma semejante a la primera, al cabo de numerosas transformaciones.

Así se cumplirá una vez más el axioma de que «Nada se crea de nuevo, nada se pierde».

24 TESIS TOMISTAS (13ª)

(I)El principio de la vida orgánica y de la vida sensitiva

La  Biología y la Psicología de Santo Tomás (TESIS XIII a XXI)

TESIS XIII. —»Corpora dividuntur bifariam: quaedam enim sunt viventia, quaedam expertia vitae. In viventibus, ut in eodem subjecto pars movens et pars mota per se iiabeantur, forma substantialis, animae nomine designata, requirit organicam dispositionem, seu partes heterogéneas.»

«Los cuerpos se dividen en dos categorías: la de los vivientes y la de los que carecen de vida. La forma substancial de los vivientes, llamada alma, requiere cierta disposición orgánica, o sea partes heterogéneas, para que haya en el mismo sujeto una parte que mueve y otra que es movida por sí».

La teoría fundamental de la materia y la forma se aplica en este caso al problema de la vida, teniendo en cuenta que la forma substancial es el alma. Primeramente hay que considerar la vida en los cuerpos pertenecientes al reino vegetal y animal, cuyo estudio abarca la Biología mirada a vuelo en sus principios esenciales.  Viene después la Psicología propiamente dicha a ocuparse del reino humano, investigando cuanto atañe al alma racional en su naturaleza, origen y destino, y como forma del cuerpo; y establecida la distinción entre el alma y sus facultades, se detiene de un modo especial en las potencias espirituales, inteligencia y voluntad, y en aquellos problemas relacionados con el conocimiento y el libre albedrío.

I. — La verdadera noción de la vida

Nuestra tesis asienta, desde luego, la radical diferencia que separa a los cuerpos vivientes de los no vivientes, haciendo resaltar como característica en la vida de aquéllos el moverse por sí mismos, lo cual exige un complicado organismo que no sería concebible sin partes heterogéneas.

Un error ya muy antiguo, el viejo monismo, restaurado en la actualidad bajo diversas formas, entre otras, con el nombre de hilosoísmo (yle, forma; zoe, materia), pretende que toda materia sea viviente, y que sólo existe en el mundo un principio único, alma del universo, en el que todo viene a confundirse: todo es todo y todo es Dios. Aun más expresamente, si cabe, lo presenta el teosofismo contemporáneo: «Decimos nosotros que ese destello divino que anima al hombre es uno e idéntico en esencia al Espíritu universal… el Espíritu y la Materia son idénticos, según nuestras enseñanzas»

La tesis presente elimina semejantes aberraciones con sobriedad de palabra, bien apoyada en el sentido común. Este y la experiencia, efectivamente, nos han demostrado de consumo que todo no es todo, es decir, cualquier cosa no es todo. El escrupuloso análisis de las propiedades irreductibles nos induce a establecer, sin género de duda, que los cuerpos simples difieren esencialmente de los compuestos; que hay especies irreductibles e infranqueable distancia desde los cuerpos vivientes a los no vivientes.

No precisa recordar ahora las nociones elementales de Fisiología y Biología, comparando la célula con la molécula mineral y contraponiendo los varios fenómenos de la vida celular, nacimiento, desarrollo, reproducción y muerte, a los diametralmente opuestos de la materia inorgánica; basta el firme y ya requerido apoyo sobre los sencillos datos del sentido común. I)Dice el Doctor Angélico: »La vida es más aparente o visible en el animal, pues de seguida notamos que se mueve de por sí; tenémosle por vivo mientras dura ese movimiento, y le damos por muerto desde que vemos deja de moverse por sí mismo, a falta de vida».

De ahí parte la Psicología. Tan elocuente es ese indicio vital, que todo cuanto se mueve, sin causa aparente, está vivo para la creencia de los niños. El filósofo no desestima esos pormenores, antes bien los completa con sus investigaciones y sobre ellos funda el edificio de la ciencia.

Quede en firme, por consiguiente, que lo propio de la vida es moverse de por sí con un movimiento activo del cual es principio y término, a la vez, el ser viviente, puesto que su operación permanece en el mismo sujeto de donde brota. Ahora bien; el movimiento de los cuerpos inorgánicos es exclusivamente pasivo, porque la molécula material no sólo no se aprovecha para sí de esa especie de actividad interna que desarrolla, sino que va perdiendo fuerzas, y sus energías concluyen junto con su operación; todo lo contrario a la planta, que se beneficia con su propio trabajo, se perfecciona al obrar y encuéntrase vestida de flores y coronada de frutos al cabo de su operación. El movimiento vital de los animales resulta aún más intrínseco que el de las plantas, por ser la misma potencia o facultad el principio y término de la sensación, por ejemplo, de la visión o de la emoción; y mayor unidad todavía se aprecia en la vida intelectual, a causa de que un mismo acto del espíritu abraza conjuntamente todo lo que hayamos podido acopiar durante el largo proceso y múltiple trabajo de los sentidos externos e internos.

Véase el concepto que la filosofía aristotélico-tomista se ha formado de la vida: Vivir es moverse por sí mismo, mediante una operación que, partiendo del sujeto, permanece, sin embargo, en él, lo desarrolla, perfecciona y lleva a su término o, cuando menos, lo conserva en su estado de perfección. Es claro que, así, la diferencia esencial entre vivientes y no vivientes proviene de su movimiento o acción; la vida no puede ser ya el movimiento pasivo que agota al sujeto, como en el reloj cuya cuerda hay que dar, o en la pila eléctrica cuya carga ha de renovarse, ambas periódicamente, sino el movimiento activo que lo sostiene, alimenta y perfecciona. Los materialistas más exaltados se han visto precisados a confesar que, mientras el ser viviente forma su propio organismo, y se asimila los elementos extraños, y se reproduce en otros semejantes, permaneciendo siempre idéntico a sí mismo, el cuerpo bruto carece por completo de esos caracteres. Durante la vida de un organismo, «al mismo tiempo que se destruyen las moléculas, se reconstituye una cantidad mayor de moléculas idénticas; y, por el contrario, en las reacciones químicas de todos los cuerpos inorgánicos, cualesquiera que ellas sean, las moléculas preexistentes que se destruyen son substituidas por otras diferentes».

II. — El principio de la vida

A continuación indica la tesis propuesta que el principio de la vida es la forma substancial, llamada alma. Con efecto, hay que reconocer en el viviente un principio estable y permanente que mantenga al ser en su unidad, frente al continuo vaivén de fenómenos que ya comienzan, ya acaban, y a pesar de los incesantes cambios a que se hallan sometidas las moléculas. He aquí dos hechos o leyes que lo mismo consigna la común experiencia que la ciencia moderna: la unidad del ser viviente y la inestabilidad de la materia. »Cada cual sabe perfectamente —escribía P. Janet— que permanece él mismo en todos y cada uno de los momentos de su existencia. Testigos fidedignos de nuestra identidad son: el pensamiento, la memoria, la responsabilidad». Por otro lado, la actual Biología ha venido a confirmar, bañándole de luz, aquel aforismo de Cuvier: Ninguna molécula queda fija en un mismo lugar; todas entran y salen sucesivamente. ¿Cómo, pues, podría salvarse la identidad del ser viviente, sin ese principio perdurable y específico que llamamos forma substancial? Si el alma en lugar de substancia fuera un fenómeno, se desvanecería como se desvanecen todos los fenómenos; y si fuese, no uno, sino toda una serie entera de ellos, según quiere Taine, el alma entonces sólo existiría en el pensamiento; porque, en definitiva, una serie de movimientos sucesivos no tiene más existencia de la que le presta el espíritu, al llevar cuenta y relacionar esos distintos movimientos o fenómenos pasajeros. Por donde los postulados del sentido común y las comprobaciones evidentísimas de la Biología, convergen hacia una misma infalible conclusión: que no hay modo de explicar la vida sin la forma substancial que llamamos alma.

Falta por explicar la última palabra de nuestra tesis tomista, el último elemento que completa la noción de la vida. Dejando a un lado a los cuerpos brutos, por ser homogéneos, échase de ver en el campo contrario esa subordinación y jerarquía indispensables entre las diversas partes de cada viviente para que unas puedan mover y otras ser movidas: tan maravillosa estructura de partes heterogéneas que, dentro de un mismo e indivisible organismo, constituyen órganos, aparatos y sistemas, no es una simple agregación de moléculas.

El órgano significa, precisamente, una parte del organismo dotada de especial estructura con destino a una función fisiológica determinada, como es el pulmón, el corazón, el hígado, el estómago. Aparato es el conjunto de muchos órganos que conspiran a un mismo fin; así, por ejemplo, el aparato digestivo comprende la boca que recibe y mastica los alimentos, el estómago que los digiere, el intestino que los absorbe, las glándulas que segregan los líquidos necesarios para la digestión. Sistema es el conjunto de partes de la misma naturaleza que desempeñan un oficio parecido en todo el cuerpo.

En medio de esa heterogeneidad de partes reina la más estricta subordinación de unas con otras, sin la cual no podrían concurrir a un fin común, ni formar un todo completo, un solo organismo. Esa continuidad es tan severa, tan armoniosa, tan infalible, que bastábale al genio de Milne Edwards el análisis de un solo diente para deducir la naturaleza íntegra de todo el ser.

Cuando aun no se podían prever los maravillosos descubrimientos de nuestra fisiología, Aristóteles y Santo Tomás nos legaron una definición del alma que explica perfectamente los fenómenos actuales. Decían: «El alma es el acto primero del cuerpo físico-orgánico que se halla en potencia para la vida: Actus primus corporis physici organici, potentia vitam habentis». El alma es el acto primero, conviene a saber, específico y substancial, que distingue radicalmente el mundo viviente del mundo mineral; del cuerpo físico, esto es, natural, en contraposición al matemático o al artificial; y orgánico u organizado, para demostrar que las partes de. ese cuerpo son desemejantes entre sí —no homogéneas, como en los cuerpos brutos,— y que a todas ellas anima la forma substancial, o el alma, que es lo mismo. En el sentido aristotélico-tomista, la organización supone una sola alma en todo el compuesto, cuyas partes informa substancialmente con tal manera de información, que se aplica diversamente a cada parte, según su importancia y el oficio que desempeña: de un modo a la mano, de otro al cerebro, al corazón, etc., en la inteligencia de que toda el alma está íntegra en cada parte.

Los últimos términos de la definición, «de un cuerpo que tiene la vida en potencia», significan que el cuerpo no es viviente por sí mismo, sino por su alma o forma substancial; y que con todo y estar animado por ella, se encuentra todavía en potencia para el ejercicio ulterior de la vida, o sea, para las operaciones vitales. De conformidad con la doctrina fundamental anteriormente expuesta sobre la potencia y el acto, la substancia y los accidentes, el ser viviente tiene la vida en acto primero por su alma, y en acto segundo por sus operaciones, que brotan de las facultades vitales como de sus principios inmediatos, y del alma, forma substancial, como de su principio radical.

Tal es la profunda y algo compleja enseñanza contenida en la Tesis XIII, que ha de precisarse más con el estudio del alma en las plantas y en los animales.