Inmaculada Concepción

EPÍSTOLA APOSTÓLICA CON CATEGORÍA DE BULA DOGMÁTICA

INEFFABILIS DEUS

DE PÍO IX  SOBRE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

8 DE DICIEMBRE DE 1854


1. María en los planes de Dios.

        El inefable Dios, cuya conducta es misericordia y verdad, cuya voluntad es omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de límite a límite con fortaleza y dispone suavemente todas las cosas, habiendo, previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano, que había de provenir de la transgresión de Adán, y habiendo decretado, con plan misterioso escondido desde la eternidad, llevar al cabo la primitiva obra de su misericordia, con plan todavía más secreto, por medio de la encarnación del Verbo, para que no pereciese el hombre impulsado a la culpa por la astucia de la diabólica maldad y para que lo que iba a caer en el primer Adán fuese restaurado más felizmente en el segundo, eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de ella, naciese, en la dichosa plenitud de los tiempos, y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios.

Y, por cierto era convenientísimo que brillase siempre adornada de los resplandores de la perfectísima santidad y que reportase un total triunfo de la antigua serpiente, enteramente inmune aun de la misma mancha de la culpa original, tan venerable Madre, a quien Dios Padre dispuso dar a su único Hijo, a quien ama como a sí mismo, engendrado como ha sido igual a sí de su corazón, de tal manera que naturalmente fuese uno y el mismo Hijo común de Dios Padre y de la Virgen, y a la que el mismo Hijo en persona determinó hacer sustancialmente su Madre y de la que el Espíritu Santo quiso e hizo que fuese concebido y naciese Aquel de quien él mismo procede.

2. Sentir de la Iglesia respecto a la concepción inmaculada.


Ahora bien, la Iglesia católica, que, de continuo enseñada por el Espíritu Santo, es columna y fundamento firme de la verdad, jamás desistió de explicar, poner de manifiesto y dar calor, de variadas e ininterrumpidas maneras y con hechos cada vez más espléndidos, a la original inocencia de la augusta Virgen, junto con su admirable santidad, y muy en consonancia con la altísima dignidad de Madre de Dios, por tenerla como doctrina recibida de lo alto y contenida en el depósito de la revelación. Pues esta doctrina, en vigor desde las más antiguas edades, íntimamente inoculada en los espíritus de los fieles, y maravillosamente propagada por el mundo católico por los cuidados afanosos de los sagrados prelados, espléndidamente la puso de relieve la Iglesia misma cuando no titubeó en proponer al público culto y veneración de los fieles la Concepción de la misma Virgen. Ahora bien, con este glorioso hecho, por cierto presentó al culto la Concepción de la misma Virgen como algo singular, maravilloso y muy distinto de los principios de los demás hombres y perfectamente santo, por no celebrar la Iglesia, sino festividades de los santos. Y por eso acostumbró a emplear en los oficios eclesiásticos y en la sagrada liturgia aún las mismísimas palabras que emplean las divinas Escrituras tratando de la Sabiduría increada y describiendo sus eternos orígenes, y aplicarla a los principios de la Virgen, los cuales habían sido predeterminados con un mismo decreto, juntamente con la encarnación de la divina Sabiduría.

Y aun cuando todas estas cosas, admitidas casi universalmente por los fieles, manifiesten con qué celo haya mantenido también la misma romana Iglesia, madre y maestra de todas las iglesias, la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Virgen, sin embargo de eso, los gloriosos hechos de esta Iglesia son muy dignos de ser uno a uno enumerados, siendo como es tan grande su dignidad y autoridad, cuanta absolutamente se debe a la que es centro de la verdad y unidad católica, en la cual sola ha sido custodiada inviolablemente la religión y de la cual todas las demás iglesias han de recibir la tradición de la fe. Así que la misma romana Iglesia no tuvo más en el corazón que profesar, propugnar, propagar y defender la Concepción Inmaculada de la Virgen, su culto y su doctrina, de las maneras más significativas.

3. Favor prestado por los papas al culto de la Inmaculada.


Muy clara y abiertamente por cierto testimonian y declaran esto tantos insignes hechos de los Romanos Pontífices, nuestros predecesores, a quienes en la persona del Príncipe de los Apóstoles encomendó el mismo Cristo Nuestro Señor el supremo cuidado y potestad de apacentar los corderos y las ovejas, de robustecer a los hermanos en la fe y de regir y gobernar la universal Iglesia. Ahora bien, nuestros predecesores se gloriaron muy mucho de establecer con su apostólica autoridad, en la romana Iglesia la fiesta de la Concepción, y darle más auge y esplendor con propio oficio y misa propia, en los que clarísimamente se afirmaba la prerrogativa de la inmunidad de la mancha hereditaria, y de promover y ampliar con toda suerte de industrias el culto ya establecido, ora con la concesión de indulgencias, ora con el permiso otorgado a las ciudades, provincias y reinos de que tomasen por patrona a la Madre de Dios bajo el título de la Inmaculada Concepción, ora con la aprobación de sodalicios, congregaciones, institutos religiosos fundados en honra de la Inmaculada Concepción, ora alabando la piedad de los fundadores de monasterios, hospitales, altares, templos bajo el título de la Inmaculada Concepción, o de los que se obligaron con voto a defender valientemente la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios. Grandísima alegría sintieron además en decretar que la, festividad de la Concepción debía considerarse por toda la Iglesia exactamente como la de la Natividad, y que debía celebrarse por la universal Iglesia con octava, y que debía ser guardada santamente por todos como las de precepto, y que había de haber capilla papal en nuestra patriarcal basílica Liberiana anualmente el día dedicado a la Concepción de la Virgen. Y deseando fomentar cada día más en las mentes de los fieles el conocimiento de la doctrina de la Concepción Inmaculada de María Madre de Dios y estimularles al culto y veneración de la misma Virgen concebida sin mancha original, gozáronse en conceder, con la mayor satisfacción posible, permiso para que públicamente se proclamase en las letanías lauretanas, y en él mismo prefacio de la misa, la Inmaculada Concepción de la Virgen, y se estableciese de esa manera con la ley misma de orar la norma de la fe. Nos, además, siguiendo fielmente las huellas de tan grandes predecesores, no sólo tuvimos por buenas y aceptamos todas las cosas piadosísima y sapientísimamente por los mismos establecidas, sino también, recordando lo determinado por Sixto IV, dimos nuestra autorización al oficio propio de la Inmaculada Concepción y de muy buen grado concedimos su uso a la universal Iglesia.

4. Débese a los papas la determinación exacta del culto de la Inmaculada


Mas, como quiera que las cosas relacionadas con el culto está intima y totalmente ligadas con su objeto, y no pueden permanecer firmes en su buen estado si éste queda envuelto en la vaguedad y ambigüedad, por eso nuestros predecesores romanos Pontífices, qué se dedicaron con todo esmero al esplendor del culto de la Concepción, pusieron también todo su empeño en esclarecer e inculcar su objeto y doctrina. Pues con plena claridad enseñaron que se trataba de festejar la concepción de la Virgen, y proscribieron, como falsa y muy lejana a la mente de la Iglesia, la opinión de los que opinaban y afirmaban que veneraba la Iglesia, no la concepción, sino la santificación. Ni creyeron que debían tratar con suavidad a los que, con el fin de echar por tierra la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen, distinguiendo entre el primero o y segundo instante y momento de la concepción, afirmaban que ciertamente se celebraba la concepción, mas no en el primer instante y momento. Pues nuestros mismos predecesores juzgaron que era su deber defender y propugnar con todo celo, como verdadero Objeto del culto, la festividad de la Concepción de la santísima Virgen, y concepción en el primer instante. De ahí las palabras verdaderamente decisivas con que Alejandro VII, nuestro predecesor, declaró la clara mente de la Iglesia, diciendo: Antigua por cierto es la piedad de los fieles cristianos para con la santísima Madre Virgen María, que sienten que su alma, en el primer instante de su creación e infusión en el cuerpo, fue preservada inmune de la mancha del pecado original, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de su hijo Jesucristo, redentor del género humano, y que, en este sentido, veneran y celebran con solemne ceremonia la fiesta de su Concepción. (Const. «Sollicitudo omnium Ecclesiarum», 8 de diciembre de 1661).

Y, ante todas cosas, fue costumbre también entre los mismos predecesores nuestros defender, con todo cuidado, celo y esfuerzo, y mantener incólume la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios. Pues no solamente no toleraron en modo alguno que se atreviese alguien a mancillar y censurar la doctrina misma, antes, pasando más adelante, clarísima y repetidamente declararon que la doctrina con la que profesamos la Inmaculada Concepción de la Virgen era y con razón se tenía por muy en armonía con el culto eclesiástico y por antigua y casi universal, y era tal que la romana Iglesia se había encargado de su fomento y defensa y que era dignísima que se le diese cabida en la sagrada liturgia misma y en las oraciones públicas

5. Los papas prohibieron la doctrina contraria.


Y, no contentos con esto, para que la doctrina misma de la Concepción Inmaculada de la Virgen permaneciese intacta, prohibieron severamente que se pudiese defender pública o privadamente la opinión contraria a esta doctrina y quisieron acabar con aquella a fuerza de múltiples golpes mortales. Esto no obstante, y a pesar de repetidas y clarísimas declaraciones, pasaron a las sanciones, para que estas no fueran vanas. Todas estas cosas comprendió el citado predecesor nuestro Alejandro VII con estas palabras:»Nos, considerando que la Santa Romana Iglesia celebra solemnemente la festividad de la Inmaculada siempre Virgen María, y que dispuso en otro tiempo un oficio especial y propio acerca de esto, conforme a la piadosa, devota, y laudable práctica que entonces emanó de Sixto IV, Nuestro Predecesor: y queriendo, a ejemplo de los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, favorecer a esta laudable piedad y devoción y fiesta, y al culto en consonancia con ella, y jamás cambiado en la Iglesia Romana después de la institución del mismo, y (queriendo), además, salvaguardar esta piedad y devoción de venerar y celebrar la Santísima Virgen preservada del pecado original, claro está, por la gracia proveniente del Espíritu Santo; y deseando conservar en la grey de Cristo la unidad del espíritu en los vínculos de la paz (Efes. 4, 3), apaciguados los choques y contiendas y, removidos los escándalos: en atención a la instancia a Nos presentada y a las preces de los mencionados Obispos con los cabildos de sus iglesias y del rey Felipe y de sus reinos; renovamos las Constituciones y decretos promulgados por los Romanos Pontífices, Nuestro Predecesores, y principalmente por Sixto IV, Pablo V y Gregorio XV en favor de la sentencia que afirma que el alma de Santa María Virgen en su creación, en la infusión del cuerpo fue obsequiada con la gracia del Espíritu Santo y preservada del pecado original y en favor también de la fiesta y culto de la Concepción de la misma Virgen Madre de Dios, prestado, según se dice, conforme a esa piadosa sentencia, y mandamos que se observe bajo las censuras y penas contenidas en las mismas Constituciones.

Y además, a todos y cada uno de los que continuaren interpretando las mencionadas Constituciones o decretos, de suerte que anulen el favor dado por éstas a dicha sentencia y fiesta o culto tributado conforme a ella, u osaren promover una disputa sobre esta misma sentencia, fiesta o culto, o hablar, predicar, tratar, disputar contra estas cosas de cualquier manera, directa o indirectamente o con cualquier pretexto, aún examinar su definibilidad, o de glosar o interpretar la Sagrada Escritura o los Santos Padres o Doctores, finalmente con cualquier pretexto u ocasión por escrito o de palabra, determinando y afirmando cosa alguna contra ellas, ora aduciendo argumentos contra ellas y dejándolos sin solución, ora discutiendo de cualquier otra manera inimaginable; fuera de las penas y censuras contenidas en las Constituciones de Sixto IV, a las cuales queremos someterles, y por las presentes les sometemos, queremos también privarlos del permiso de predicar, dar lecciones públicas, o de enseñar, y de interpretar, y de voz activa y pasiva en cualesquiera elecciones por el hecho de comportarse de ese modo y sin otra declaración alguna en las penas de inhabilidad perpetua para predicar y dar lecciones públicas, enseñar e interpretar; y que no pueden ser absueltos o dispensados de estas cosas sino por Nos mismo o por Nuestros Sucesores los Romanos Pontífices; y queremos asimismo que sean sometidos, y por las presentes sometemos a los mismos a otras penas infligibles, renovando las Constituciones o decretos de Paulo V y de Gregorio XV, arriba mencionados.

Prohibimos, bajo las penas y censuras contenidas en el Índice de los libros prohibidos, los libros en los cuales se pone en duda la mencionada sentencia, fiesta o culto conforme a ella, o se escribe o lee algo contra esas cosas de la manera que sea, como arriba queda dicho, o se contienen frase, sermones, tratados y disputas contra las mismas, editados después del decreto de Paulo V arriba citado, o que se editaren de la manera que sea en lo porvenir por expresamente prohibidos, ipso facto y sin más declaración.»

6. Sentir unánime de los doctos obispos y religiosos.


Mas todos saben con qué celo tan grande fue expuesta, afirmada y defendida esta doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios por las esclarecidísimas familias religiosas y por las más concurridas academias teológicas y por los aventajadísimos doctores en la ciencia de las cosas divinas. Todos, asimismo, saben con qué solicitud tan grande hayan abierta y públicamente profesado los obispos, aun en las mismas asambleas eclesiásticas, que la santísima Madre de Dios, la Virgen María, en previsión de los merecimientos de Cristo Señor Redentor, nunca estuvo sometida al pecado, sino que fue totalmente preservada de la mancha original, y, de consiguiente, redimida de más sublime manera.

7. El concilio de Trento y la tradición,


Ahora bien, a estas cosas se añade un hecho verdaderamente de peso y sumamente extraordinario, conviene a saber: que también el concilio Tridentino mismo, al promulgar el decreto dogmático del pecado original, por el cual estableció y definió, conforme a los testimonios de las sagradas Escrituras y de los Santos Padres y de los recomendabilísimos concilios, que los hombres nacen manchados por la culpa original, sin embargo, solemnemente declaró que no era su intención incluir a la santa e Inmaculada Virgen Madre de Dios en el decreto mismo y en una definición tan amplia. Pues con esta declaración suficientemente insinuaron los Padres tridentinos, dadas las circunstancias de las cosas y de los tiempos, que la misma santísima Virgen había sido librada de la mancha original, y hasta clarísimamente dieron a entender que no podía aducirse fundadamente argumento alguno de las divinas letras, de la tradición, de la autoridad de los Padres que se opusiera en manera alguna a tan grande prerrogativa de la Virgen.

Y, en realidad de verdad, ilustres monumentos de la venerada antigüedad de la Iglesia oriental y occidental vigorosísimamente testifican que esta doctrina de la Concepción Inmaculada de la santísima, Virgen, tan espléndidamente explicada, declarada, confirmada cada vez más por el gravísimo sentir, magisterio, estudio, ciencia y sabiduría de la Iglesia, y tan maravillosamente propagada entre todos los pueblos y naciones del orbe católico, existió siempre en la misma Iglesia como recibida de los antepasados y distinguida con el sello de doctrina revelada.

Pues la Iglesia de Cristo, diligente custodia y defensora de los dogmas a ella confiados, jamás cambia en ellos nada, ni disminuye, ni añade, antes, tratando fiel y sabiamente con todos sus recursos las verdades que la antigüedad ha esbozado y la fe de los Padres ha sembrado, de tal manera trabaja por limarlas y pulirlas, que los antiguos dogmas de la celestial doctrina reciban claridad, luz, precisión, sin que pierdan, sin embargo, su plenitud, su integridad, su índole propia, y se desarrollen tan sólo según su naturaleza; es decir el mismo dogma, en el mismo sentido y parecer.

8. Sentir de los Santos Padres y de los escritores eclesiásticos.


Y por cierto, los Padres y escritores de la Iglesia, adoctrinados por las divinas enseñanzas, no tuvieron tanto en el corazón, en los libros compuestos para explicar las Escrituras, defender los dogmas, y enseñar a los fieles, como el predicar y ensalzar de muchas y maravillosas maneras, y a porfía, la altísima santidad de la Virgen, su dignidad, y su inmunidad de toda mancha de pecado, y su gloriosa victoria del terrible enemigo del humano linaje.



9. El Protoevangelio.


Por lo cual, al glosar las palabras con las que Dios, vaticinando en los principios del mundo los remedios de su piedad dispuestos para la reparación de los mortales, aplastó la osadía de la engañosa serpiente levantó maravillosamente la esperanza de nuestro linaje, diciendo: Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; enseñaron que, con este divino oráculo, fue de antemano designado clara y patentemente el misericordioso Redentor del humano linaje, es decir, el unigénito Hijo de Dios Cristo Jesús, y designada la santísima Madre, la Virgen María, y al mismo tiempo brillantemente puestas de relieve las mismísimas enemistades de entrambos contra el diablo. Por lo cual, así como Cristo, mediador de Dios y de los hombres, asumida la naturaleza humana, borrando la escritura del decreto que nos era contrario, lo clavó triunfante en la cruz, así la santísima Virgen, unida a Él con apretadísimo e indisoluble vínculo hostigando con Él y por Él eternamente a la venenosa serpiente, y de la misma triunfando en toda la línea, trituró su cabeza con el pie inmaculado.

10. Figuras bíblicas de María.


Este eximio y sin par triunfo de la Virgen, y excelentísima inocencia, pureza, santidad y su integridad de toda mancha de pecado e inefable abundancia y grandeza de todas las gracias, virtudes y privilegios, viéronla los mismos Padres ya en el arca de Noé que, providencialmente construida, salió totalmente salva e incólume del común naufragio de todo el mundo; ya en aquella escala que vio Jacob que llegaba de la tierra al cielo y por cuyas gradas subían y bajaban los ángeles de Dios y en cuya cima se apoyaba el mismo Señor; ya en la zarza aquélla que contempló Moisés arder de todas partes y entré el chisporroteo de las llamas no se consumía o se gastaba lo más mínimo, sino que hermosamente reverdecía y florecía; ora en aquella torre inexpugnable al enemigo, de la cual cuelgan mil escudos y toda suerte de armas de los fuertes; ora en aquel huerto cerrado que no logran violar ni abrir fraudes y trampas algunas; ora en aquella resplandeciente ciudad de Dios, cuyos fundamentos se asientan en los montes santos a veces en aquel augustísimo templo de Dios que, aureolado de resplandores divinos, está lleno, de la gloria de Dios; a veces en otras verdaderamente innumerables figuras de la misma clase, con las que los Padres enseñaron que había sido vaticinada claramente la excelsa dignidad de la Madre de Dios, y su incontaminada inocencia, y su santidad, jamás sujeta a mancha alguna.

11. Los profetas.


Para describir este mismo como compendio de divinos dones y la integridad original de la Virgen, de la que nació Jesús, los mismos [Padres], sirviéndose de las palabras de los profetas, no festejaron a la misma augusta Virgen de otra manera que como a paloma pura, y a Jerusalén santa, y a trono excelso de Dios, y a arca de santificación, y a casa que se construyó la eterna Sabiduría, y a la Reina aquella que, rebosando felicidad y apoyada en su Amado, salió de la boca del Altísimo absolutamente perfecta, hermosa y queridísima de Dios y siempre libre de toda mancha.

12. El Ave María y el Magnificat.


Mas atentamente considerando los mismos Padres y escritores de la Iglesia que la santísima Virgen había sido llamada llena de gracia, por mandato y en nombre del mismo Dios, por el Gabriel cuando éste le anunció la altísima dignidad de Madre de Dios, enseñaron que, con ese singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era sede de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del divino Espíritu; más aún, que era como tesoro casi infinito de los mismos, y abismo inagotable, de suerte que, jamás sujeta a la maldición y partícipe, juntamente con su Hijo, de la perpetua bendición, mereció oír de Isabel, inspirada por el divino Espíritu: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.

De ahí se deriva su sentir no menos claro. que unánime, según el cual la gloriosísima Virgen, en quien hizo cosas grandes el Poderoso, brilló con tal abundancia de todos los dones celestiales, con tal plenitud de gracia y con tal inocencia, que resultó como un inefable milagro de Dios, más aún, como el milagro cumbre de todos los milagros y digna Madre de Dios, y allegándose a Dios mismo, según se lo permitía la condición de criatura, lo más cerca posible, fue superior a toda alabanza humana y angélica.

13. Paralelo entre María y Eva


Y, de consiguiente, para defender la original inocencia y santidad de la Madre de Dios, no sólo la compararon muy frecuentemente con Eva todavía virgen, todavía inocente, todavía incorrupta y todavía no engaña a por as mortíferas asechanzas de la insidiosísima serpiente, sino también la antepusieron a ella con maravillosa variedad de palabras y pensamientos. Pues Eva, miserablemente complaciente con la serpiente, cayó de la original inocencia y se convirtió en su esclava; mas la santísima Virgen aumentando de continuo el don original, sin prestar jamás atención a la serpiente, arruinó hasta los cimientos su poderosa fuerza con la virtud recibida de lo alto.

14. Expresiones de alabanza


Por lo cual jamás dejaron de llamar a la Madre de Dios o lirio entre espinas, o tierra absolutamente intacta, virginal, sin mancha , inmaculada, siempre bendita, y libre de toda mancha de pecado, de la cual se formó el nuevo Adán; o paraíso intachable, vistosísimo, amenísimo de inocencia, de inmortalidad y de delicias, por Dios mismo plantado y defendido de toda intriga de la venenosa serpiente; o árbol inmarchitable, que jamás carcomió el gusano del pecado; o fuente siempre limpia y sellada por la virtud del Espíritu Santo; o divinísimo templo o tesoro de inmortalidad, o la única y sola hija no de la muerte, sino de la vida, germen no de la ira, sino de la gracia, que, por singular providencia de Dios, floreció siempre vigoroso de una raíz corrompida y dañada, fuera de las leyes comúnmente establecidas. Mas, como si éstas cosas, aunque muy gloriosas, no fuesen suficientes, declararon, con propias y precisas expresiones, que, al tratar de pecados, no se había de hacer la más mínima mención de la santa Virgen María, a la cual se concedió más gracia para triunfar totalmente del pecado; profesaron además que la gloriosísima Virgen fue reparadora de los padres, vivificadora de los descendientes, elegida desde la eternidad, preparada para sí por el Altísimo, vaticinada por Dios cuando dijo a la serpiente: Pondré enemistades entre ti y la mujer, que ciertamente trituró la venenosa cabeza de la misma serpiente, y por eso afirmaron que la misma santísima Virgen fue por gracia limpia de toda mancha de pecado y libre de toda mácula de cuerpo, alma y entendimiento, y que siempre estuvo con Dios, y unida con Él con eterna alianza, y que nunca estuvo en las tinieblas, sino en la luz, y, de consiguiente, que fue aptísima morada para Cristo, no por disposición corporal, sino por la gracia original.

A éstos hay que añadir los gloriosísimos dichos con los que, hablando de la concepción de la Virgen, atestiguaron que la naturaleza cedió su puesto a la gracia, paróse trémula y no osó avanzar; pues la Virgen Madre de Dios no había de ser concebida de Ana antes que la gracia diese su fruto: porque convenía, a la verdad, que fuese concebida la primogénita de la que había de ser concebido el primogénito de toda criatura.

15. ¡¡Inmaculada!!


Atestiguaron que la carne de la Virgen tomada de Adán no recibió las manchas de Adán, y, de consiguiente, que la Virgen Santísima es el tabernáculo creado por el mismo Dios, formado por el Espíritu Santo, y que es verdaderamente de púrpura, que el nuevo Beseleel elaboró con variadas labores de oro, y que Ella es, y con razón se la celebra, como la primera y exclusiva obra de Dios, y como la que salió ilesa de los igníferos dardos del maligno, y como la que hermosa por naturaleza y totalmente inocente, apareció al mundo como aurora brillantísima en su Concepción Inmaculada. Pues no caía bien que aquel objeto de elección fuese atacado, de la universal miseria, pues, diferenciándose inmensamente de los demás, participó de la naturaleza, no de la culpa; más aún, muy mucho convenía que como el unigénito tuvo Padre en el cielo, a quien los serafines ensalzan por Santísimo, tuviese también en la tierra Madre que no hubiera jamás sufrido mengua en el brillo de su santidad.

Y por cierto, esta doctrina había penetrado en las mentes y corazones de los antepasados de tal manera, que prevaleció entre ellos la singular y maravillosísima manera de hablar con la que frecuentísimamente se dirigieron a la Madre de Dios llamándola inmaculada, y bajo todos los conceptos inmaculada, inocente e inocentísima, sin mancha y bajo todos los aspectos, inmaculada, santa y muy ajena a toda mancha, toda pura, toda sin mancha, y como el ideal de pureza e inocencia, más hermosa que la hermosura, mas ataviada que el mismo ornato, mas santa que la santidad, y sola santa, y purísima en el alma y en el cuerpo, que superó toda integridad y virginidad, y sola convertida totalmente en domicilio de todas las gracias del Espíritu Santo, y que, la excepción de sólo Dios, resultó superior a todos, y por naturaleza más hermosa y vistosa y santa que los mismos querubines y serafines y que toda la muchedumbre de los ángeles, y cuya perfección no pueden, en modo alguno, glorificar dignamente ni las lenguas de los ángeles ni las de los hombres. Y nadie desconoce que este modo de hablar fue trasplantado como espontáneamente, a la santísima liturgia y a los oficios eclesiásticos, y que nos encontramos a cada paso con él y que lo llena todo, pues en ellos se invoca y proclama a la Madre de Dios como única paloma de intachable hermosura, como rosa siempre fresca, y en todos los aspectos purísima, y siempre inmaculada y siempre santa, y es celebrada como la inocencia, que nunca sufrió menoscabo, y, como segunda Eva, que dio a luz al Emmanuel.

16. Universal consentimiento y peticiones de la definición dogmática.


No es, pues, de maravillar que los pastores de la misma Iglesia y los pueblos fieles se hayan gloriado de profesar con tanta piedad, religión y amor la doctrina de la Concepción Inmaculada de la Virgen Madre de Dios, según el juicio de los Padres, contenida en las divinas Escrituras, confiada a la posteridad con testimonios gravísimos de los mismos, puesta de relieve y cantada por tan gloriosos monumentos de la veneranda antigüedad, y expuesta y defendida por el sentir soberano y respetabilísima autoridad de la Iglesia, de tal modo que a los mismos no les era cosa más dulce, nada más querido, que agasajar, venerar, invocar y hablar en todas partes con encendidísimo afecto a la Virgen Madre de Dios, concebida sin mancha original. Por lo cual, ya desde los remotos tiempos, los prelados, los eclesiásticos, las Ordenes religiosas, y aun los mismos emperadores y reyes, suplicaron ahincadamente a esta Sede Apostólica que fuese definida como dogma de fe católica la Inmaculada Concepción de la santísima Madre de Dios. Y estas peticiones se repitieron también en estos nuestros tiempos, y fueron muy principalmente presentadas a Gregorio XVI, nuestro predecesor, de grato recuerdo, y a Nos mismo, ya por los obispos, ya por el clero secular, ya por las familias religiosas, y por los príncipes soberanos y por los fieles pueblos. Nos, pues, teniendo perfecto conocimiento de todas estas cosas, con singular gozo de nuestra alma y pesándolas seriamente, tan pronto como, por un misterioso plan de la divina Providencia, fuimos elevados, aunque sin merecerlo, a esta sublime Cátedra de Pedro para hacernos cargo del gobierno de la universal Iglesia, no tuvimos, ciertamente, tanto en el, corazón, conforme a nuestra grandísima veneración, piedad y amor para con la santísima Madre de Dios, la Virgen María, ya desde la tierna infancia sentidos, como llevar al cabo todas aquellas cosas que todavía deseaba la Iglesia, conviene a saber: dar mayor incremento al honor de la santísima Virgen y poner en mejor luz sus prerrogativas.

17. Labor preparatoria.

        Mas queriendo extremar la prudencia, formamos una congregación, de NN. VV. HH. de los cardenales de la S.R.I., distinguidos por su piedad, don de consejo y ciencia de las cosas divinas, y escogimos a teólogos eximios, tanto el clero secular como regular, para que considerasen escrupulosamente todo lo referente a la Inmaculada Concepción de la Virgen y nos expusiesen su propio parecer. Mas aunque, a juzgar por las peticiones recibidas, nos era plenamente conocido el sentir decisivo de muchísimos prelados acerca de la definición de la Concepción Inmaculada de la Virgen, sin embargo, escribimos el 2 de febrero de 1849 en Cayeta una carta encíclica, a todos los venerables hermanos del orbe católico, los obispos, con el fin de que, después de orar a Dios, nos manifestasen también a Nos por escrito cuál era la piedad y devoción de sus fieles para con la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, y qué sentían mayormente los obispos mismos acerca de la definición o qué deseaban para poder dar nuestro soberano fallo de la manera más solemne posible.

No fue para Nos consuelo exiguo la llegada de las respuestas de los venerables hermanos. Pues los mismos, respondiéndonos con una increíble complacencia, alegría y fervor, no sólo reafirmaron la piedad y sentir propio y de su clero y pueblo respecto de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen, sino también todos a una ardientemente nos pidieron que definiésemos la Inmaculada Concepción de la Virgen con nuestro supremo y autoritativo fallo. Y, entre tanto, no nos sentimos ciertamente inundados de menor gozo cuando nuestros venerables hermanos los cardenales de la S.R.I., que formaban la mencionada congregación especial, y los teólogos dichos elegidos por Nos, después de un diligente examen de la cuestión, nos pidieron con igual entusiasta fervor la definición de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios.

Después de estas cosas, siguiendo las gloriosas huellas de nuestros predecesores, y deseando proceder con omnímoda rectitud, convocamos y celebramos consistorio, en el cual dirigimos la palabra a nuestros venerables hermanos los cardenales de la santa romana Iglesia, y con sumo consuelo de nuestra alma les oímos pedirnos que tuviésemos a bien definir el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios.

Así, pues, extraordinariamente confiados en el Señor de que ha llegado el tiempo oportuno de definir la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios la Virgen María, que maravillosamente esclarecen y declaran las divinas Escrituras, la venerable tradición, el perpetuó sentir de la Iglesia, el ansia unánime y singular de los católicos prelados y fieles, los famosos hechos y constituciones de nuestros predecesores; consideradas todas las cosas con suma diligencia, y dirigidas a Dios constantes y fervorosas oraciones, hemos juzgado que Nos, no debíamos, ya titubear en sancionar o definir con nuestro fallo soberano la Inmaculada Concepción de la Virgen, y de este modo complacer a los piadosísimos deseos del orbe católico, y a nuestra piedad con la misma santísima Virgen, y juntamente glorificar y más y más en ella a su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, pues redunda en el Hijo el honor y alabanza dirigidos a la Madre.

18. Definición.


Por lo cual, después de ofrecer sin interrupción a Dios Padre, por medio de su Hijo, con humildad y penitencia, nuestras privadas oraciones y las públicas de la Iglesia, para que se dignase dirigir y afianzar nuestra mente con la virtud del Espíritu Santo, implorando el auxilio de toda corte celestial, e invocando con gemidos el Espíritu paráclito, e inspirándonoslo él mismo, para honra de la santa e individua Trinidad, para gloria y prez de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra: declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano. Por lo cual, si algunos presumieren sentir en su corazón contra los que Nos hemos definido, que Dios no lo permita, tengan entendido y sepan además que se condenan por su propia sentencia, que han naufragado en la fe, y que se han separado de la unidad de la Iglesia, y que además, si osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho.

19. Sentimientos de esperanza y exhortación final.


Nuestra boca está llena de gozo y nuestra lengua de júbilo, y damos humildísimas y grandísimas gracias a nuestro Señor Jesucristo, y siempre se las daremos, por habernos concedido aun sin merecerlo, el singular beneficio de ofrendar y decretar este honor, esta gloria y alabanza a su santísima Madre. Mas sentimos firmísima esperanza y confianza absoluta de que la misma santísima Virgen, que toda hermosa e inmaculada trituró la venenosa cabeza de la cruelísima serpiente, y trajo la salud al mundo, y que gloria de los profetas y apóstoles, y honra de los mártires, y alegría y corona de todos los santos, y que refugio segurísimo de todos los que peligran, y fidelísima auxiliadora y poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su unigénito Hijo, y gloriosísima gloria y ornato de la Iglesia santo, y firmísimo baluarte destruyó siempre todas las herejías, y libró siempre de las mayores calamidades de todas clases a los pueblos fieles y naciones, y a Nos mismo nos sacó de tantos amenazadores peligros; hará con su valiosísimo patrocinio que la santa Madre católica Iglesia, removidas todas las dificultades, y vencidos todos los errores, en todos los pueblos, en todas partes, tenga vida cada vez más floreciente y vigorosa y reine de mar a mar y del río hasta los términos de la tierra, y disfrute de toda paz, tranquilidad y libertad, para que consigan los reos el perdón, los enfermos el remedio, los pusilánimes la fuerza, los afligidos el consuelo, los que peligran la ayuda oportuna, y despejada la oscuridad de la mente, vuelvan al camino de la verdad y de la justicia los desviados y se forme un solo redil y un solo pastor.

Escuchen estas nuestras palabras todos nuestros queridísimos hijos de la católica Iglesia, y continúen, con fervor cada vez más encendido de piedad, religión y amor, venerando, invocando, orando a la santísima Madre de Dios, la Virgen María, concebida sin mancha de pecado original, y acudan con toda confianza a esta dulcísima Madre de misericordia y gracia en todos los peligros, angustias, necesidades, y en todas las situaciones oscuras y tremendas de la vida. Pues nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si ella nos guía, patrocina, favorece, protege, pues tiene para con nosotros un corazón maternal, y ocupada en los negocios de nuestra salvación, se preocupa de todo el linaje humano, constituida por el Señor Reina del cielo y de la tierra y colocada por encima de todos los coros de los ángeles y coros de los santos, situada a la derecha de su unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, alcanza con sus valiosísimos ruegos maternales y encuentra lo que busca, y no puede, quedar decepcionada.

Finalmente, para que llegué al conocimiento de la universal Iglesia esta nuestra definición de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María, queremos que, como perpetuo recuerdo, queden estas nuestras letra apostólicas; y mandamos que a sus copias o ejemplares aún impresos, firmados por algún notario público y resguardados por el sello de alguna persona eclesiástica constituida en dignidad, den todos, exactamente el mismo crédito que darían a éstas, si les fuesen presentadas y mostradas.

A nadie, pues, le sea permitido quebrantar esta, página de nuestra declaración, manifestación, y definición, y oponerse a ella y hacer la guerra con osadía temeraria. Mas si alguien presumiese intentar hacerlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios y de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

Dado el 8 de diciembre de 1854. Pío IX.

Pascendi Dominici Gregis

PASCENDI DOMINICI GREGIS

DE SAN PÍO X

SOBRE LAS DOCTRINAS DE LOS MODERNISTAS

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Datos Bibliográficos
Título: Carta Encíclica Pascendi Dominici Gregis
Autor(es): San Pío X
Fecha: 8 de septiembre de 1907
Ciudad: El Vaticano
www.vatican.va

PASCENDI DOMINICI

Carta encíclica del sumo pontífice Pío X sobre las doctrinas de los modernistas

INTRODUCCIÓN

Al oficio de apacentar la grey del Señor que nos ha sido confiada de lo alto, Jesucristo señaló como primer deber el de guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe, tanto frente a las novedades profanas del lenguaje como a las contradicciones de una falsa ciencia. No ha existido época alguna en la que no haya sido necesaria a la grey cristiana esa vigilancia de su Pastor supremo; porque jamás han faltado, suscitados por el enemigo del género humano, «hombres de lenguaje perverso» (Ac 20,30), «decidores de novedades y seductores» (Tt 1,10), «sujetos al error y que arrastran al error» (2Tm 3,13).

Gravedad de los errores modernistas

1 Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.

Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aun más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre.

2 Tales hombres se extrañan de verse colocados por Nos entre los enemigos de la Iglesia. Pero no se extrañará de ello nadie que, prescindiendo de las intenciones, reservadas al juicio de Dios, conozca sus doctrinas y su manera de hablar y obrar. Son seguramente enemigos de la Iglesia, y no se apartará de lo verdadero quien dijere que ésta no los ha tenido peores. Porque, en efecto, como ya hemos dicho, ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días, el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper. Y mientras persiguen por mil caminos su nefasto designio, su táctica es la más insidiosa y pérfida. Amalgamando en sus personas al racionalista y al católico, lo hacen con habilidad tan refinada, que fácilmente sorprenden a los incautos. Por otra parte, por su gran temeridad, no hay linaje de consecuencias que les haga retroceder o, más bien, que no sostengan con obstinación y audacia. Juntan a esto, y es lo más a propósito para engañar, una vida llena de actividad, constancia y ardor singulares hacia todo género de estudios, aspirando a granjearse la estimación publica por sus costumbres, con frecuencia intachables. Por fin, y esto parece quitar toda esperanza de remedio, sus doctrinas les han pervertido el alma de tal suerte, que desprecian toda autoridad y no soportan corrección alguna; y atrincherándose en una conciencia mentirosa, nada omiten para que se atribuya a celo sincero de la verdad lo que solo es obra de la tenacidad y del orgullo.

A la verdad, Nos habíamos esperado que algún día volverían sobre si, y por esa razón habíamos empleado con ellos, primero, la dulzura como con hijos, después la severidad y, por último, aunque muy contra nuestra voluntad, las reprensiones públicas. Pero no ignoráis, venerables hermanos, la esterilidad de nuestros esfuerzos: inclinaron un momento la cabeza para erguirla en seguida con mayor orgullo. Ahora bien: si solo se tratara de ellos, podríamos Nos tal vez disimular; pero se trata de la religión católica y de su seguridad. Basta, pues, de silencio; prolongarlo seria un crimen. Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad.

3 Y como una táctica de los modernistas (así se les llama vulgarmente, y con mucha razón), táctica, a la verdad, la más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes; ante todo, importa presentar en este lugar esas mismas doctrinas en un conjunto, y hacer ver el enlace lógico que las une entre sí, reservándonos indicar después las causas de los errores y prescribir los remedios más adecuados para cortar el mal.

I. EXPOSICION DE LAS DOCTRINAS MODERNISTAS

Para mayor claridad en materia tan compleja, preciso es advertir ante todo que cada modernista presenta y reúne en si mismo variedad de personajes, mezclando, por decirlo así, al filosofo, al creyente, al apologista, al reformador; personajes todos que conviene distinguir singularmente si se quiere conocer a fondo su sistema y penetrar en los principios y consecuencias de sus doctrinas.

4 Comencemos ya por el filosofo. Los modernistas establecen, como base de su filosofía religiosa, la doctrina comúnmente llamada agnosticismo. La razón humana, encerrada rigurosamente en el circulo de los fenómenos, es decir, de las cosas que aparecen, y tales ni más ni menos como aparecen, no posee facultad ni derecho de franquear los limites de aquéllas. Por lo tanto, es incapaz de elevarse hasta Dios, ni aun para conocer su existencia, de algún modo, por medio de las criaturas: tal es su doctrina. De donde infieren dos cosas: que Dios no puede ser objeto directo de la ciencia; y, por lo que a la historia pertenece, que Dios de ningún modo puede ser sujeto de la historia.

Después de esto, ¿que será de la teología natural, de los motivos de credibilidad, de la revelación externa? No es difícil comprenderlo. Suprimen pura y simplemente todo esto para reservarlo al intelectualismo, sistema que, según ellos, excita compasiva sonrisa y está sepultado hace largo tiempo.

Nada les detiene, ni aun las condenaciones de la Iglesia contra errores tan monstruosos. Porque el concilio Vaticano decreto lo que sigue: «Si alguno dijere que la luz natural de la razón humana es incapaz de conocer con certeza, por medio de las cosas creadas, el único y verdadera Dios, nuestro Creador y Señor, sea excomulgado»(4). Igualmente: «Si alguno dijere no ser posible o conveniente que el hombre sea instruido, mediante la revelación divina, sobre Dios y sobre el culto a él debido, sea excomulgado»(5). Y por ultimo: «Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos exteriores, y que, en consecuencia, solo por la experiencia individual o por una inspiración privada deben ser movidos los hombres a la fe, sea excomulgado»(6).

(4. De revelat. can.l.
(5. Ibid., can.2.
(6. De fide can.2.

Ahora, de qué manera los modernistas pasan del agnosticismo, que no es sino ignorancia, al ateísmo científico e histórico, cuyo carácter total es, por lo contrario, la negación; y, en consecuencia, por qué derecho de raciocinio, desde ignorar si Dios ha intervenido en la historia del género humano hacen el transito a explicar esa misma historia con independencia de Dios, de quien se juzga que no ha tenido, en efecto, parte en el proceso histórico de la humanidad, conózcalo quien pueda. Y es indudable que los modernistas tienen como ya establecida y fija una cosa, a saber: que la ciencia debe ser atea, y lo mismo la historia; en la esfera de una y otra no admiten sino fenómenos: Dios y lo divino quedan desterrados.

Pronto veremos las consecuencias de doctrina tan absurda fluyen con respecto a la sagrada persona del Salvador, a los misterios de su vida y muerte, de su resurrección y ascensión gloriosa.

5 Agnosticismo este que no es sino el aspecto negativo de la doctrina de los modernistas; el positivo está constituido por la llamada inmanencia vital.

El transito del uno al otro es como sigue: natural o sobrenatural, la religión, como todo hecho, exige una explicación. Pues bien: una vez repudiada la teología natural y cerrado, en consecuencia, todo acceso a la revelación al desechar los motivos de credibilidad; más aun, abolida por completo toda revelación externa, resulta claro que no puede buscarse fuera del hombre la explicación apetecida, y debe hallarse en lo interior del hombre; pero como la religión es una forma de la vida, la explicación ha de hallarse exclusivamente en la vida misma del hombre. Por tal procedimiento se llega a establecer el principio de la inmanencia religiosa. En efecto, todo fenómeno vital -y ya queda dicho que tal es la religión- reconoce por primer estimulante cierto impulso o indigencia, y por primera manifestación, ese movimiento del corazón que llamamos sentimiento. Por esta razón, siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento intimo engendrado por la indigencia de lo divino. Por otra parte, como esa indigencia de lo divino no se siente sino en conjuntos determinados y favorables, no puede pertenecer de suyo a la esfera de la conciencia; al principio yace sepultada bajo la conciencia, o, para emplear un vocablo tomado de la filosofía moderna, en la subconsciencia, donde también su raíz permanece escondida e inaccesible.

¿Quiere ahora saberse en qué forma esa indigencia de lo divino, cuando el hombre llegue a sentirla, logra por fin convertirse en religión? Responden los modernistas: la ciencia y la historia están encerradas entre dos limites: uno exterior, el mundo visible; otro interior, la conciencia. Llegadas a uno de éstos, imposible es que pasen adelante la ciencia y la historia; mas allá esta lo incognoscible. Frente ya a este incognoscible, tanto al que esta fuera del hombre, mas allá de la naturaleza visible, como al que está en el hombre mismo, en las profundidades de la subconsciencia, la indigencia de lo divino, sin juicio alguno previo (lo cual es puro fideísmo) suscita en el alma, naturalmente inclinada a la religión, cierto sentimiento especial, que tiene por distintivo el envolver en sí mismo la propia realidad de Dios, bajo el doble concepto de objeto y de causa intima del sentimiento, y el unir en cierta manera al hombre con Dios. A este sentimiento llaman fe los modernistas: tal es para ellos el principio de la religión.

6 Pero no se detiene aquí la filosofía o, por mejor decir, el delirio modernista. Pues en ese sentimiento los modernistas no solo encuentran la fe, sino que con la fe y en la misma fe, según ellos la entienden, afirman que se verifica la revelación. Y, en efecto, ¿qué más puede pedirse para la revelación? ¿No es ya una revelación, o al menos un principio de ella, ese sentimiento que aparece en la conciencia, y Dios mismo, que en ese preciso sentimiento religioso se manifiesta al alma aunque todavía de un modo confuso? Pero, añaden aun: desde el momento en que Dios es a un tiempo causa y objeto de la fe, tenemos ya que aquella revelación versa sobre Dios y procede de Dios; luego tiene a Dios como revelador y como revelado. De aquí, venerables hermanos, aquella afirmación tan absurda de los modernistas de que toda religión es a la vez natural y sobrenatural, según los diversos puntos de vista. De aquí la indistinta significación de conciencia y revelación. De aquí, por fin, la ley que erige a la conciencia religiosa en regla universal, totalmente igual a la revelación, y a la que todos deben someterse, hasta la autoridad suprema de la Iglesia, ya la doctrinal, ya la preceptiva en lo sagrado y en lo disciplinar.

7 Sin embargo, en todo este proceso, de donde, en sentir de los modernistas, se originan la fe y la revelación, a una cosa ha de atenderse con sumo cuidado, por su importancia no pequeña, vistas las consecuencias histórico-criticas que de allí, según ellos, se derivan.

Porque lo incognoscible, de que hablan, no se presenta a la fe como algo aislado o singular, sino, por lo contrario, con intima dependencia de algún fenómeno, que, aunque pertenece al campo de la ciencia y de la historia, de algún modo sale fuera de sus límites; ya sea ese fenómeno un hecho de la naturaleza, que envuelve en si algún misterio, ya un hombre singular cuya naturaleza, acciones y palabras no pueden explicarse por las leyes comunes de la historia. En este caso, la fe, atraída por lo incognoscible, que se presenta junto con el fenómeno, abarca a éste todo entero y le comunica, en cierto modo, su propia vida. Síguense dos consecuencias. En primer lugar, se produce cierta transfiguración del fenómeno, esto es, en cuanto es levantado por la fe sobre sus propias condiciones, con lo cual queda hecho materia más apta para recibir la forma de lo divino, que la fe ha de dar; en segundo lugar, una como desfiguración -llámese así- del fenómeno, pues la fe le atribuye lo que en realidad no tiene, al haberle sustraído a las condiciones de lugar y tiempo; lo que acontece, sobre todo, cuando se trata de fenómenos del tiempo pasado, y tanto más cuanto más antiguos fueren. De ambas cosas sacan, a su vez, los modernistas, dos leyes, que, juntas con la tercera sacada del agnosticismo, forman las bases de la critica histórica. Un ejemplo lo aclarara: lo tomamos de la persona de Cristo. En la persona de Cristo, dicen, la ciencia y la historia ven solo un hombre. Por lo tanto, en virtud de la primera ley, sacada del agnosticismo, es preciso borrar de su historia cuanto presente carácter divino. Por la segunda ley, la persona histórica de Cristo fue transfigurada por la fe; es necesario, pues, quitarle cuanto la levanta sobre las condiciones históricas. Finalmente, por la tercera, la misma persona de Cristo fue desfigurada por la fe; luego se ha de prescindir en ella de las palabras, actos y todo cuanto, en fin, no corresponda a su naturaleza, estado, educación, lugar y tiempo en que vivió.
Extraña manera, sin duda, de raciocinar; pero tal es la critica modernista.

8 En consecuencia, el sentimiento religioso, que brota por vital inmanencia de los senos de la subconsciencia, es el germen de toda religión y la razón asimismo de todo cuanto en cada una haya habido o habrá. Oscuro y casi informe en un principio, tal sentimiento, poco a poco y bajo el influjo oculto de aquel arcano principio que lo produjo, se robusteció a la par del progreso de la vida humana, de la que es -ya lo dijimos- una de sus formas. Tenemos así explicado el origen de toda religión, aun de la sobrenatural: no son sino aquel puro desarrollo del sentimiento religioso. Y nadie piense que la católica quedara exceptuada: queda al nivel de las demás en todo. Tuvo su origen en la conciencia de Cristo, varón de privilegiadísima naturaleza, cual jamás hubo ni habrá, en virtud del desarrollo de la inmanencia vital, y no de otra manera.

¡Estupor causa oír tan gran atrevimiento en hacer tales afirmaciones, tamaña blasfemia! ¡Y, sin embargo, venerables hermanos, no son los incrédulos solo los que tan atrevidamente hablan así; católicos hay, más aun, muchos entre los sacerdotes, que claramente publican tales cosas y tales delirios presumen restaurar la Iglesia! No se trata ya del antiguo error que ponía en la naturaleza humana cierto derecho al orden sobrenatural. Se ha ido mucho mas adelante, a saber: hasta afirmar que nuestra santísima religión, lo mismo en Cristo que en nosotros, es un fruto propio y espontaneo de la naturaleza. Nada, en verdad, mas propio para destruir todo el orden sobrenatural.

Por lo tanto, el concilio Vaticano, con perfecto derecho, decreto: «Si alguno dijere que el hombre no puede ser elevado por Dios a un conocimiento y perfección que supere a la naturaleza, sino que puede y debe finalmente llegar por sí mismo, mediante un continuo progreso, a la posesión de toda verdad y de todo bien, sea excomulgado» (7).

(7. De revelat. can.3.

9 No hemos visto hasta aquí, venerables hermanos, que den cabida alguna a la inteligencia; pero, según la doctrina de los modernistas, tiene también su parte en el acto de fe, y así conviene notar de qué modo.

En aquel sentimiento, dicen, del que repetidas veces hemos hablado, porque es sentimiento y no conocimiento, Dios, ciertamente, se presenta al hombre; pero, como es sentimiento y no conocimiento, se presenta tan confusa e implicadamente que apenas o de ningún modo se distingue del sujeto que cree. Es preciso, pues, que el sentimiento se ilumine con alguna luz para que así Dios resalte y se distinga. Esto pertenece a la inteligencia, cuyo oficio propio es el pensar y analizar, y que sirve al hombre para traducir, primero en representaciones y después en palabras, los fenómenos vitales que en él se producen. De aquí la expresión tan vulgar ya entre los modernistas: «el hombre religioso debe pensar su fe».

La inteligencia, pues, superponiéndose a tal sentimiento, se inclina hacia él, y trabaja sobre él como un pintor que, en un cuadro viejo, vuelve a señalar y a hacer que resalten las líneas del antiguo dibujo: casi de este modo lo explica uno de los maestros modernistas. En este proceso la mente obra de dos modos: primero, con un acto natural y espontaneo traduce las cosas en una aserción simple y vulgar; después, refleja y profundamente, o como dicen, elaborando el pensamiento, interpreta lo pensado con sentencias secundarias, derivadas de aquella primera formula tan sencilla, pero ya mas limadas y más precisas. Estas formulas secundarias, una vez sancionadas por el magisterio supremo de la Iglesia, formaran el dogma.

10 Ya hemos llegado en la doctrina modernista a uno de los puntos principales, al origen y naturaleza del dogma. Este, según ellos, tiene su origen en aquellas primitivas formulas simples que son necesarias en cierto modo a la fe, porque la revelación, para existir, supone en la conciencia alguna noticia manifiesta de Dios. Mas parecen afirmar que el dogma mismo esta contenido propiamente en las formulas secundarias.

Para entender su naturaleza es preciso, ante todo, inquirir qué relación existe entre las formulas religiosas y el sentimiento religioso del ánimo. No será difícil descubrirlo si se tiene en cuenta que el fin de tales formulas no es otro que proporcionar al creyente el modo de darse razón de su fe. Por lo tanto, son intermedias entre el creyente y su fe: con relación a la fe, son signos inadecuados de su objeto, vulgarmente llamados símbolos; con relación al creyente, son meros instrumentos. Mas no se sigue en modo alguno que pueda deducirse que encierren una verdad absoluta; pues, como símbolos, son imágenes de la verdad, y, por lo tanto, han de acomodarse al sentimiento religioso, en cuanto éste se refiere al hombre; como instrumentos, son vehículos de la verdad y, en consecuencia, tendrán que acomodarse, a su vez, al hombre en cuanto se relaciona con el sentimiento religioso. Mas el objeto del sentimiento religioso, por hallarse contenido en lo absoluto, tiene infinitos aspectos, que pueden aparecer sucesivamente, ora uno, ora otro. A su vez, el hombre, al creer, puede estar en condiciones que pueden ser muy diversas. Por lo tanto, las formulas que llamamos dogma se hallaran expuestas a las mismas vicisitudes, y, por consiguiente, sujetas a mutación. Así queda expedito el camino hacia la evolución intima del dogma.
¡Cumulo, en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión!

11 No solo puede desenvolverse y cambiar el dogma, sino que debe; tal es la tesis fundamental de los modernistas, que, por otra parte, fluye de sus principios.

Pues tienen por una doctrina de las mas capitales en su sistema y que infieren del principio de la inmanencia vital, que las formulas religiosas, para que sean verdaderamente religiosas, y no meras especulaciones del entendimiento, han de ser vitales y han de vivir la vida misma del sentimiento religioso. Ello no se ha de entender como si esas formulas, sobre todo si son puramente imaginativas, hayan sido inventadas para reemplazar al sentimiento religioso, pues su origen, número y, hasta cierto punto, su calidad misma, importan muy poco; lo que importa es que el sentimiento religioso, después de haberlas modificado convenientemente, si lo necesitan, se las asimile vitalmente. Es tanto como decir que es preciso que el corazón acepte y sancione la formula primitiva y que asimismo sea dirigido el trabajo del corazón, con que se engendran las formulas secundarias. De donde proviene que dichas formulas, para que sean vitales, deben ser y quedar asimiladas al creyente y a su fe. Y cuando, por cualquier motivo, cese esta adaptación, pierden su contenido primitivo, y no habrá otro remedio que cambiarlas.

Dado el carácter tan precario e inestable de las formulas dogmaticas se comprende bien que los modernistas las menosprecien y tengan por cosa de risa; mientras, por lo contrario, nada nombran y enlazan sino el sentimiento religioso, la vida religiosa. Por eso censuran audazmente a la Iglesia como si equivocara el camino, porque no distingue en modo alguno entre la significación material de las formulas y el impulso religioso y moral, y porque adhiriéndose, tan tenaz como estérilmente, a formulas desprovistas de contenido, es ella la que permite que la misma religión se arruine.

Ciegos, ciertamente, y conductores de ciegos, que, inflados con el soberbio nombre de ciencia, llevan su locura hasta pervertir el eterno concepto de la verdad, a la par que la genuina naturaleza del sentimiento religioso: para ello han fabricado un sistema «en el cual, bajo el impulso de un amor audaz y desenfrenado de novedades, no buscan donde ciertamente se halla la verdad y, despreciando las santas y apostólicas tradiciones, abrazan otras doctrinas vanas, fútiles, inciertas y no aprobadas por la Iglesia, sobre las cuales -hombres bonísimos- pretenden fundar y afirmar la misma verdad (8). Tal es, venerables hermanos, el modernista como filosofo.

(8. Gregorio XVI, enc. Singulari Nos, 25 junio 1834.
12 Si, pasando al creyente, se desea saber en qué se distingue, en el mismo modernista, el creyente del filosofo, es necesario advertir una cosa, y es que el filosofo admite, si, la realidad de lo divino como objeto de la fe; pero esta realidad no la encuentra sino en el alma misma del creyente, en cuanto es objeto de su sentimiento y de su afirmación: por lo tanto, no sale del mundo de los fenómenos. Si aquella realidad existe en si fuera del sentimiento y de la afirmación dichos, es cosa que el filosofo pasa por alto y desprecia. Para el modernista creyente, por lo contrario, es firme y cierto que la realidad de lo divino existe en sí misma con entera independencia del creyente. Y si se pregunta en qué se apoya, finalmente, esta certeza del creyente, responden los modernistas: en la experiencia singular de cada hombre.

13 Con cuya afirmación, mientras se separan de los racionalistas, caen en la opinión de los protestantes y seudomisticos.

Véase, pues, su explicación. En el sentimiento religioso se descubre una cierta intuición del corazón; merced a la cual, y sin necesidad de medio alguno, alcanza el hombre la realidad de Dios, y tal persuasión de la existencia de Dios y de su acción, dentro y fuera del ser humano, que supera con mucho a toda persuasión científica. Lo cual es una verdadera experiencia, y superior a cualquiera otra racional; y si alguno, como acaece con los racionalistas, la niega, es simplemente, dicen, porque rehúsa colocarse en las condiciones morales requeridas para que aquélla se produzca. Y tal experiencia es la que hace verdadera y propiamente creyente al que la ha conseguido.

¡Cuanto dista todo esto de los principios católicos! Semejantes quimeras las vimos ya reprobadas por el concilio Vaticano.

Como franquean la puerta del ateísmo, una vez admitidas juntamente con los otros errores mencionados, lo diremos más adelante. Desde luego, es bueno advertir que de esta doctrina de la experiencia, unida a la otra del simbolismo, se infiere la verdad de toda religión, sin exceptuar el paganismo. Pues qué, ¿no se encuentran en todas las religiones experiencias de este género? Muchos lo afirman. Luego ¿con qué derecho los modernistas negaran la verdad de la experiencia que afirma el turco, y atribuirán solo a los católicos las experiencias verdaderas? Aunque, cierto, no las niegan; más aun, los unos veladamente y los otros sin rebozo, tienen por verdaderas todas las religiones. Y es manifiesto que no pueden opinar de otra suerte, pues establecidos sus principios, ¿por qué causa argüirían de falsedad a una religión cualquiera? No por otra, ciertamente, que por la falsedad del sentimiento religioso o de la formula brotada del entendimiento. Mas el sentimiento religioso es siempre y en todas partes el mismo, aunque en ocasiones tal vez menos perfecto; cuanto a la fórmula del entendimiento, lo único que se exige para su verdad es que responda al sentimiento religioso y al hombre creyente, cualquiera que sea la capacidad de su ingenio. Todo lo más que en esta oposición de religiones podrían acaso defender los modernistas es que la católica, por tener más vida, posee más verdad, y que es más digna del nombre cristiano porque responde con mayor plenitud a los orígenes del cristianismo.

Nadie, puestas las precedentes premisas, considerara absurda ninguna de estas conclusiones. Lo que produce profundo estupor es que católicos, que sacerdotes a quienes horrorizan, según Nos queremos pensar, tales monstruosidades, se conduzcan, sin embargo, como si de lleno las aprobasen; pues tales son las alabanzas que prodigan a los mantenedores de esos errores, tales los honores que públicamente les tributan, que hacen creer fácilmente que lo que pretenden honrar no son las personas, merecedoras acaso de alguna consideración, sino mas bien los errores que a las claras profesan y que se empeñan con todas veras en esparcir entre el vulgo.

14 Otro punto hay en esta cuestión de doctrina en abierta contradicción con la verdad católica.

Pues el principio de la experiencia se aplica también a la tradición sostenida hasta aquí por la Iglesia, destruyéndola completamente. A la verdad, por tradición entienden los modernistas cierta comunicación de alguna experiencia original que se hace a otros mediante la predicación y en virtud de la formula intelectual; a la cual formula atribuyen, además de su fuerza representativa, como dicen, cierto poder sugestivo que se ejerce, ora en el creyente mismo para despertar en él el sentimiento religioso, tal vez dormido, y restaurar la experiencia que alguna vez tuvo; ora sobre los que no creen aun, para crear por vez primera en ellos el sentimiento religioso y producir la experiencia. Así es como la experiencia religiosa se va propagando extensamente por los pueblos; no solo por la predicación en los existentes, mas aun en los venideros, tanto por libros cuanto por la transmisión oral de unos a otros.

Pero esta comunicación de experiencias a veces se arraiga y reflorece; a veces envejece al punto y muere. El que reflorezca es para los modernistas un argumento de verdad, ya que toman indistintamente la verdad y la vida. De lo cual colegiremos de nuevo que todas las religiones existentes son verdaderas, pues de otro modo no vivirían.

15 Con lo expuesto hasta aquí, venerables hermanos, tenemos bastante y sobrado para formarnos cabal idea de las relaciones que establecen los modernistas entre la fe y la ciencia, bajo la cual comprenden también la historia.

Ante todo, se ha de asentar que la materia de una está fuera de la materia de la otra y separada de ella. Pues la fe versa únicamente sobre un objeto que la ciencia declara serle incognoscible; de aquí un campo completamente diverso: la ciencia trata de los fenómenos, en los que no hay lugar para la fe; ésta, por lo contrario, se ocupa enteramente de lo divino, que la ciencia desconoce por completo. De donde se saca en conclusión que no hay conflictos posibles entre la ciencia y la fe; porque si cada una se encierra en su esfera, nunca podrán encontrarse ni, por lo tanto, contradecirse.

Si tal vez se objeta a eso que hay en la naturaleza visible ciertas cosas que incumben también a la fe, como la vida humana de Jesucristo, ellos lo negaran. Pues aunque esas cosas se cuenten entre los fenómenos, mas en cuanto las penetra la vida de la fe, y en la manera arriba dicha, la fe las transfigura y desfigura, son arrancadas del mundo sensible y convertidas en materia del orden divino. Así, al que todavía preguntase mas, si Jesucristo ha obrado verdaderos milagros y verdaderamente profetizado lo futuro; si verdaderamente resucito y subió a los cielos: no, contestara la ciencia agnóstica; si, dirá la fe. Aquí, con todo, no hay contradicción alguna: la negación es del filosofo, que habla a los filósofos y que no mira a Jesucristo sino según la realidad histórica; la afirmación es del creyente, que se dirige a creyentes y que considera la vida de Jesucristo como vivida de nuevo por la fe y en la fe.

16 A pesar de eso, se engañaría muy mucho el que creyese que podía opinar que la fe y la ciencia por ninguna razón se subordinan la una a la otra; de la ciencia si se podría juzgar de ese modo recta y verdaderamente; mas no de la fe, que, no solo por una, sino por tres razones está sometida a la ciencia. Pues, en primer lugar, conviene notar que todo cuanto incluye cualquier hecho religioso, quitada su realidad divina y la experiencia que de ella tiene el creyente, todo lo demás, y principalmente las formulas religiosas, no sale de la esfera de los fenómenos, y por eso cae bajo el dominio de la ciencia. Séale licito al creyente, si le agrada, salir del mundo; pero, no obstante, mientras en él viva, jamás escapara, quiéralo o no, de las leyes, observación y fallos de la ciencia y de la historia.

Además, aunque se ha dicho que Dios es objeto de sola la fe, esto se entiende tratándose de la realidad divina y no de la idea de Dios. Esta se halla sujeta a la ciencia, la cual, filosofando en el orden que se dice lógico, se eleva también a todo lo que es absoluto e ideal. Por lo tanto, la filosofía o la ciencia tienen el derecho de investigar sobre la idea de Dios, de dirigirla en su desenvolvimiento y librarla de todo lo extraño que pueda mezclarse; de aquí el axioma de los modernistas: «la evolución religiosa ha de ajustarse a la moral y a la intelectual»; esto es, como ha dicho uno de sus maestros, «ha de subordinarse a ellas».

Añádase, en fin, que el hombre no sufre en si la dualidad; por lo cual el creyente experimenta una interna necesidad que le obliga a armonizar la fe con la ciencia, de modo que no disienta de la idea general que la ciencia da de este mundo universo. De lo que se concluye que la ciencia es totalmente independiente de la fe; pero que ésta, por el contrario, aunque se pregone como extraña a la ciencia, debe sometérsele.

Todo lo cual, venerables hermanos, es enteramente contrario a lo que Pio IX, nuestro predecesor, ensenaba cuando dijo: «Es propio de la filosofía, en lo que atañe a la religión, no dominar, sino servir; no prescribir lo que se ha de creer, sino abrazarlo con racional homenaje; no escudriñar la profundidad de los misterios de Dios, sino reverenciarlos pía y humildemente» (9). Los modernistas invierten sencillamente los términos: a los cuales, por consiguiente, puede aplicarse lo que ya Gregorio IX, también predecesor nuestro, escribía de ciertos teólogos de su tiempo: «Algunos entre vosotros, hinchados como odres por el espíritu de la vanidad, se empeñan en traspasar con profanas novedades los términos que fijaron los Padres, inclinando la inteligencia de las paginas sagradas… a la doctrina de la filosofía racional, no fiara algún provecho de los oyentes, sino para ostentación de la ciencia… Estos mismos, seducidos por varias y extrañas doctrinas, hacen de la cabeza cola, y fuerzan a la reina a servir a la esclava»(10).

(9. Brev. ad ep. Wratislav., 13 jun. 1857.
(10. Ep. ad Magistros Theolog. Paris, non. iul. 1223.

17 Y todo esto, en verdad, se hará mas patente al que considera la conducta de los modernistas, que se acomoda totalmente a sus enseñanzas. Pues muchos de sus escritos y dichos parecen contrarios, de suerte que cualquiera fácilmente reputaría a sus autores como dudosos e inseguros. Pero lo hacen de propósito y con toda consideración, por el principio que sostienen sobre la separación mutua de la fe y de la ciencia. De aquí que tropecemos en sus libros con cosas que los católicos aprueban completamente; mientras que en la siguiente pagina hay otras que se dirían dictadas por un racionalista. Por consiguiente, cuando escriben de historia no hacen mención de la divinidad de Cristo; pero predicando en los templos la confiesan firmísimamente. Del mismo modo, en las explicaciones de historia no hablan de concilios ni Padres; mas, si enseñan el catecismo, citan honrosamente a unos y otros. De aquí que distingan también la exégesis teológica y pastoral de la científica e histórica.

Igualmente, apoyándose en el principio de que la ciencia de ningún modo depende de la fe, al disertar acerca de la filosofía, historia y critica, muestran de mil maneras su desprecio de los maestros católicos, Santos Padres, concilios ecuménicos y Magisterio eclesiástico, sin horrorizarse de seguir las huellas de Lutero (11); y si de ello se les reprende, quéjense de que se les quita la libertad.

Confesando, en fin, que la fe ha de subordinarse a la ciencia, a menudo y abiertamente censuran a la Iglesia, porque tercamente se niega a someter y acomodar sus dogmas a las opiniones filosóficas; por lo tanto, desterrada con este fin la teología antigua, pretenden introducir otra nueva que obedezca a los delirios de los filósofos.

(11. Prop. 29 damn. a Leone X, Bulla Exsurge Domine, 16 maii 1520: «Hasenos abierto el camino de enervar la autoridad de los concilios, contradecir libremente sus hechos, juzgar sus decretos y confesar confiadamente lo que parezca verdadero, ya lo apruebe, ya lo repruebe cualquier concilio».
a) La fe

18 Aquí ya, venerables hermanos, se nos abre la puerta para examinar a los modernistas en el campo teológico. Mas, porque es materia muy escabrosa, la reduciremos a pocas palabras.

Se trata, pues, de conciliar la fe con la ciencia, y eso de tal suerte que la una se sujete a la otra. En este género, el teólogo modernista usa de los mismos principios que, según vimos, usaba el filosofo, y los adapta al creyente; a saber: los principios de la inmanencia y el simbolismo. Simplicísimo es el procedimiento. El filosofo afirma: el principio de la fe es inmanente; el creyente añade: ese principio es Dios; concluye el teólogo: luego Dios es inmanente en el hombre. He aquí la inmanencia teológica. De la misma suerte es cierto para el filosofo que las representaciones del objeto de la fe son solo simbólicas; para el creyente lo es igualmente que el objeto de la fe es Dios en sí: el teólogo, por tanto, infiere: las representaciones de la realidad divina son simbólicas. He aquí el simbolismo teológico.

Errores, en verdad grandísimos; y cuan perniciosos sean ambos, se descubrirá al verse sus consecuencias. Pues, comenzando desde luego por el simbolismo, como los símbolos son tales respecto del objeto, a la vez que instrumentos respecto del creyente, ha de precaverse éste ante todo, dicen, de adherirse más de lo conveniente a la formula, en cuanto formula, usando de ella únicamente para unirse a la verdad absoluta, que la formula descubre y encubre juntamente, empeñándose luego en expresarlas, pero sin conseguirlo jamás. A esto añaden, además, que semejantes formulas debe emplearlas el creyente en cuanto le ayuden, pues se le han dado para su comodidad y no como impedimento; eso sí, respetando el honor que, según la consideración social, se debe a las formulas que ya el magisterio publico juzgo idóneas para expresar la conciencia común y en tanto que el mismo magisterio no hubiese declarado otra cosa distinta.

Qué opinan realmente los modernistas sobre la inmanencia, difícil es decirlo: no todos sienten una misma cosa. Unos la ponen en que Dios, por su acción, esta mas íntimamente presente al hombre que éste a sí mismo; lo cual nada tiene de reprensible si se entendiera rectamente. Otros, en que la acción de Dios es una misma cosa con la acción de la naturaleza, como la de la causa primera con la de la segunda; lo cual, en verdad, destruye el orden sobrenatural. Por último, hay quienes la explican de suerte que den sospecha de significación panteísta, lo cual concuerda mejor con el resto de su doctrina.

19 A este postulado de la inmanencia se junta otro que podemos llamar de permanencia divina: difieren entre sí, casi del mismo modo que difiere la experiencia privada de la experiencia transmitida por tradición. Aclarémoslo con un ejemplo sacado de la Iglesia y de los sacramentos. La Iglesia, dicen, y los sacramentos no se ha de creer, en modo alguno, que fueran instituidos por Cristo. Lo prohíbe el agnosticismo, que en Cristo no reconoce sino a un hombre, cuya conciencia religiosa se formo, como en los otros hombres, poco a poco; lo prohíbe la ley de inmanencia, que rechaza las que ellos llaman externas aplicaciones; lo prohíbe también la ley de la evolución, que pide, a fin de que los gérmenes se desarrollen, determinado tiempo y cierta serie de circunstancias consecutivas; finalmente, lo prohíbe la historia, que ensena como fue en realidad el verdadero curso de los hechos. Sin embargo, debe mantenerse que la Iglesia y los sacramentos fueron instituidos mediatamente por Cristo. Pero ¿de qué modo? Todas las conciencias cristianas estaban en cierta manera incluidas virtualmente, como la planta en la semilla, en la ciencia de Cristo. Y como los gérmenes viven la vida de la simiente, así hay que decir que todos los cristianos viven la vida de Cristo. Mas la vida de Cristo, según la fe, es divina: luego también la vida de los cristianos. Si, pues, esta vida, en el transcurso de las edades, dio principio a la Iglesia y a los sacramentos, con toda razón se dirá que semejante principio proviene de Cristo y es divino. Así, cabalmente concluyen que son divinas las Sagradas Escrituras y divinos los dogmas.

A esto, poco más o menos, se reduce, en realidad, la teología de los modernistas: pequeño caudal, sin duda, pero sobreabundante si se mantiene que la ciencia debe ser siempre y en todo obedecida.

Cada uno vera por si fácilmente la aplicación de esta doctrina a todo lo demás que hemos de decir.

b) El dogma

20 Hasta aquí hemos tratado del origen y naturaleza de la fe. Pero, siendo muchos los brotes de la fe, principalmente la Iglesia, el dogma, el culto, los libros que llamamos santos, conviene examinar qué enseñan los modernistas sobre estos puntos. Y comenzando por el dogma, cual sea su origen y naturaleza, arriba lo indicamos. Surge aquél de cierto impulso o necesidad, en cuya virtud el creyente trabaja sobre sus pensamientos propios, para así ilustrar mejor su conciencia y la de los otros. Todo este trabajo consiste en penetrar y pulir la primitiva formula de la mente, no en sí misma, según el desenvolvimiento lógico, sino según las circunstancias o, como ellos dicen con menos propiedad, vitalmente. Y así sucede que, en torno a aquélla, se forman poco a poco, como ya insinuamos, otras formulas secundarias; las cuales, reunidas después en un cuerpo y en un edificio doctrinal, así que son sancionadas por el magisterio público, puesto que responden a la conciencia común, se denominan dogma. A éste se han de contraponer cuidadosamente las especulaciones de los teólogos, que, aunque no vivan la vida de los dogmas, no se han de considerar del todo inútiles, ya para conciliar la religión con la ciencia y quitar su oposición, ya para ilustrar extrínsecamente y defender la misma religión; y acaso también podrán ser útiles para allanar el camino a algún nuevo dogma futuro.

En lo que mira al culto sagrado, poco habría que decir a no comprenderse bajo este título los sacramentos, sobre los cuales defienden los modernistas gravísimos errores. El culto, según enseñan, brota de un doble impulso o necesidad; porque en su sistema, como hemos visto, todo se engendra, según ellos aseguran, en virtud de impulsos íntimos o necesidades. Una de ellas es para dar a la religión algo de sensible; la otra a fin de manifestarla; lo que no puede en ningún modo hacerse sin cierta forma sensible y actos santificantes, que se han llamado sacramentos. Estos, para los modernistas, son puros símbolos o signos; aunque no destituidos de fuerza. Para explicar dicha fuerza, se valen del ejemplo de ciertas palabras que vulgarmente se dice haber hecho fortuna, pues tienen la virtud de propagar ciertas nociones poderosas e impresionan de modo extraordinario los ánimos superiores. Como esas palabras se ordenan a tales nociones, así los sacramentos se ordenan al sentimiento religioso: nada más. Hablarían con mayor claridad si afirmasen que los sacramentos se instituyeron únicamente para alimentar la fe; pero eso ya lo condeno el concilio de Trento (12): «Si alguno dijere que estos sacramentos no fueron instituidos sino solo para alimentar la fe, sea excomulgado».

(12. Sess. 7. De sacramentis in genere can. 5.
c) Los libros sagrados

21 Algo hemos indicado ya sobre la naturaleza y origen de los libros sagrados. Conforme al pensar de los modernistas, podría no definirlos rectamente como una colección de experiencias, no de las que estén al alcance de cualquiera, sino de las extraordinarias e insignes, que suceden en toda religión.

Eso cabalmente enseñan los modernistas sobre nuestros libros, así del Antiguo como del Nuevo Testamento. En sus opiniones, sin embargo, advierten astutamente que, aunque la experiencia pertenezca al tiempo presente, no obsta para que tome la materia de lo pasado y aun de lo futuro, en cuanto el creyente, o por el recuerdo de nuevo vive lo pasado a manera de lo presente, o por anticipación hace lo propio con lo futuro. Lo que explica cómo pueden computarse entre los libros sagrados los históricos y apocalípticos. Así, pues, en esos libros Dios habla en verdad por medio del creyente; mas, según quiere la teología de los modernistas, solo por la inmanencia y permanencia vital.

Se preguntara: ¿qué dicen, entonces, de la inspiración? Esta, contestan, no se distingue sino, acaso, por el grado de vehemencia, del impulso que siente el creyente de manifestar su fe de palabra o por escrito. Algo parecido tenemos en la inspiración poética; por lo que dijo uno: «Dios está en nosotros: al agitarnos El, nos enardecemos». Así es como se debe afirmar que Dios es el origen de la inspiración de los Sagrados Libros.

Añaden, además, los modernistas que nada absolutamente hay en dichos libros que carezca de semejante inspiración. En cuya afirmación podría uno creerlos más ortodoxos que a otros modernos que restringen algo la inspiración, como, por ejemplo, cuando excluyen de ellas las citas que se llaman tacitas. Mero juego de palabras, simples apariencias. Pues si juzgamos la Biblia según el agnosticismo, a saber: como una obra humana compuesta por los hombres para los hombres, aunque se dé al teólogo el derecho de llamarla divina por inmanencia, ¿como, en fin, podrá restringirse la inspiración? Aseguran, si, los modernistas la inspiración universal de los libros sagrados, pero en el sentido católico no admiten ninguna.
d) La Iglesia

22 Más abundante materia de hablar ofrece cuanto la escuela modernista fantasea acerca de la Iglesia.

Ante todo, suponen que debe su origen a una doble necesidad: una, que existe en cualquier creyente, y principalmente en el que ha logrado alguna primitiva y singular experiencia para comunicar a otros su fe; otra, después que la fe ya se ha hecho común entre muchos, está en la colectividad, y tiende a reunirse en sociedad para conservar, aumentar y propagar el bien común. ¿Qué viene a ser, pues, la Iglesia? Fruto de la conciencia colectiva o de la unión de las ciencias particulares, las cuales, en virtud de la permanencia vital, dependen de su primer creyente, esto es, de Cristo, si se trata de los católicos.

Ahora bien: cualquier sociedad necesita de una autoridad rectora que tenga por oficio encaminar a todos los socios a un fin común y conservar prudentemente los elementos de cohesión, que en una sociedad religiosa consisten en la doctrina y culto. De aquí surge, en la Iglesia católica, una tripe autoridad: disciplinar, dogmatica, litúrgica.

La naturaleza de esta autoridad se ha de colegir de su origen: y de su naturaleza se deducen los derechos y obligaciones. En las pasadas edades fue un error común pensar que la autoridad venia de fuera a la Iglesia, esto es, inmediatamente de Dios; y por eso, con razón, se la consideraba como autocrática. Pero tal creencia ahora ya esta envejecida. Y así como se dice que la Iglesia nace de la colectividad de las conciencias, por igual manera la autoridad procede vitalmente de la misma Iglesia. La autoridad, pues, lo mismo que la Iglesia, brota de la conciencia religiosa, a la que, por lo tanto, está sujeta: y, si desprecia esa sujeción, obra tiránicamente. Vivimos ahora en una época en que el sentimiento de la libertad ha alcanzado su mayor altura. En el orden civil, la conciencia pública introdujo el régimen popular. Pero la conciencia del hombre es una sola, como la vida. Luego si no se quiere excitar y fomentar la guerra intestina en las conciencias humanas, tiene la autoridad eclesiástica el deber de usar las formas democráticas, tanto más cuanto que, si no las usa, le amenaza la destrucción. Loco, en verdad, seria quien pensara que en el ansia de la libertad que hoy florece pudiera hacerse alguna vez cierto retroceso. Estrechada y acorralada por la violencia, estallara con más fuerza, y lo arrastrara todo -Iglesia y religión- juntamente.

Así discurren los modernistas, quienes se entregan, por lo tanto, de lleno a buscar los medios para conciliar la autoridad de la Iglesia con la libertad de los creyentes.

23 Pero no solo dentro del recinto doméstico tiene la Iglesia gentes con quienes conviene que se entienda amistosamente: también las tiene fuera. No es ella la única que habita en el mundo; hay asimismo otras sociedades a las que no puede negar el trato y comunicación. Cuales, pues, sean sus derechos, cuales sus deberes en orden a las sociedades civiles es preciso determinar; pero ello tan solo con arreglo a la naturaleza de la Iglesia, según los modernistas nos la han descrito.

En lo cual se rigen por las mismas reglas que para la ciencia y la fe mencionamos. Allí se hablaba de objetos, aquí de fines. Y así como por razón del objeto, según vimos, son la fe y la ciencia extrañas entre sí, de idéntica suerte lo son el Estado y la Iglesia por sus fines: es temporal el de aquél, espiritual el de ésta. Fue ciertamente licito en otra época subordinar lo temporal a lo espiritual y hablar de cuestiones mixtas, en las que la Iglesia intervenía cual reina y señora, porque se creía que la Iglesia había sido fundada inmediatamente por Dios, como autor del orden sobrenatural. Pero todo esto ya esta rechazado por filósofos e historiadores. Luego el Estado se debe separar de la Iglesia; como el católico del ciudadano. Por lo cual, todo católico, al ser también ciudadano, tiene el derecho y la obligación, sin cuidarse de la autoridad de la Iglesia, pospuestos los deseos, consejos y preceptos de ésta, y aun despreciadas sus reprensiones, de hacer lo que juzgue más conveniente para utilidad de la patria. Señalar bajo cualquier pretexto al ciudadano el modo de obrar es un abuso del poder eclesiástico que con todo esfuerzo debe rechazarse.

Las teorías de donde estos errores manan, venerables hermanos, son ciertamente las que solemnemente condeno nuestro predecesor Pio VI en su constitución apostólica Auctorem fidei (13).

(13. Prop. 2: «La proposición que dice que la potestad ha sido dada por Dios a la Iglesia para comunicarla a los Pastores, que son sus ministros, en orden a la salvación de las almas; entendida de modo que de la comunidad de los fieles se deriva en los Pastores el poder del ministerio y régimen eclesiástico, es herética». Prop. 3: «Además, la que afirma que el Pontífice Romano es cabeza ministerial, explicada de suerte que el Romano Pontífice, no de Cristo en la persona de San Pedro, sino de la Iglesia reciba la potestad de ministerio que, como sucesor de Pedro, verdadero Vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia, posee en la universal Iglesia, es herética».
24 Mas no le satisface a la escuela de los modernistas que el Estado sea separado de la Iglesia. Así como la fe, en los elementos -que llaman- fenoménicos, debe subordinarse a la ciencia, así en los negocios temporales la Iglesia debe someterse al Estado. Tal vez no lo digan abiertamente, pero por la fuerza del raciocinio se ven obligados a admitirlo. En efecto, admitido que en las cosas temporales solo el Estado puede poner mano, si acaece que algún creyente, no contento con los actos interiores de religión, ejecuta otros exteriores, como la administración y recepción de sacramentos, éstos caerán necesariamente bajo el dominio del Estado. Entonces, ¿que será de la autoridad eclesiástica? Como ésta no se ejercita sino por actos externos, quedara plenamente sujeta al Estado. Muchos protestantes liberales, por la evidencia de esta conclusión, suprimen todo culto externo sagrado, y aun también toda sociedad externa religiosa, y tratan de introducir la religión que llaman individual.

Y si hasta ese punto no llegan claramente los modernistas, piden entre tanto, por lo menos, que la Iglesia, de su voluntad, se dirija adonde ellos la empujan y que se ajuste a las formas civiles. Esto por lo que atañe a la autoridad disciplinar.

Porque muchísimo peor y más pernicioso es lo que opinan sobre la autoridad doctrinal y dogmatica. Sobre el magisterio de la Iglesia, he aquí como discurren. La sociedad religiosa no puede verdaderamente ser una si no es una la conciencia de los socios y una la formula de que se valgan. Ambas unidas exigen una especie de inteligencia universal a la que incumba encontrar y determinar la formula que mejor corresponda a la conciencia común, y a aquella inteligencia le pertenece también toda la necesaria autoridad para imponer a la comunidad la fórmula establecida. Y en esa unión como fusión, tanto de la inteligencia que elige la formula cuanto de la potestad que la impone, colocan los modernistas el concepto del magisterio eclesiástico. Como, en resumidas cuentas, el magisterio nace de las conciencias individuales y para bien de las mismas conciencias se le ha impuesto el cargo público, siguese forzosamente que depende de las mismas conciencias y que, por lo tanto, debe someterse a las formas populares. Es, por lo tanto, no uso, sino un abuso de la potestad que se concedió para utilidad prohibir a las conciencias individuales manifestar clara y abiertamente los impulsos que sienten, y cerrar el camino a la critica impidiéndole llevar el dogma a sus necesarias evoluciones.

De igual manera, en el uso mismo de la potestad, se ha de guardar moderación y templanza. Condenar y proscribir un libro cualquiera, sin conocimiento del autor, sin admitirle ni explicación ni discusión alguna, es en verdad algo que raya en tiranía.

Por lo cual se ha de buscar aquí un camino intermedio que deje a salvo los derechos todos de la autoridad y de la libertad. Mientras tanto, el católico debe conducirse de modo que en público se muestre muy obediente a la autoridad, sin que por ello cese de seguir las inspiraciones de su propia personalidad.

En general, he aquí lo que imponen a la Iglesia: como el fin único de la potestad eclesiástica se refiere solo a cosas espirituales, se ha de desterrar todo aparato externo y la excesiva magnificencia con que ella se presenta ante quienes la contemplan. En lo que seguramente no se fijan es en que, si la religión pertenece a las almas, no se restringe, sin embargo, solo a las almas, y que el honor tributado a la autoridad recae en Cristo, que la fundo.
e) La evolución

25 Para terminar toda esta materia sobre la fe y sus «variantes gérmenes» resta, venerables hermanos, oír, en último lugar, las doctrinas de los modernistas acerca del desenvolvimiento de entrambas cosas.

Hay aquí un principio general: en toda religión que viva, nada existe que no sea variable y que, por lo tanto, no deba variarse. De donde pasan a lo que en su doctrina es casi lo capital, a saber: la evolución. Si, pues, no queremos que el dogma, la Iglesia, el culto sagrado, los libros que como santos reverenciamos y aun la misma fe languidezcan con el frio de la muerte, deben sujetarse a las leyes de la evolución. No sorprenderá esto si se tiene en cuenta lo que sobre cada una de esas cosas enseñan los modernistas. Porque, puesta la ley de la evolución, hallamos descrita por ellos mismos la forma de la evolución. Y en primer lugar, en cuanto a la fe. La primitiva forma de la fe, dicen, fue rudimentaria y común para todos los hombres, porque brotaba de la misma naturaleza y vida humana. Hizola progresar la evolución vital, no por la agregación externa de nuevas formas, sino por una creciente penetración del sentimiento religioso en la conciencia. Aquel progreso se realizo de dos modos: en primer lugar, negativamente, anulando todo elemento extraño, como, por ejemplo, el que provenía de familia o nación; después, positivamente, merced al perfeccionamiento intelectual y moral del hombre; con ello, la noción de lo divino se hizo más amplia y más clara, y el sentimiento religioso resulto más elevado. Las mismas causas que trajimos antes para explicar el origen de la fe hay que asignar a su progreso. A lo que hay que añadir ciertos hombres extraordinarios (que nosotros llamamos profetas, entre los cuales el mas excelente fue Cristo), ya porque en su vida y palabras manifestaron algo de misterioso que la fe atribuía a la divinidad, ya porque lograron nuevas experiencias, nunca antes vistas, que respondían a la exigencia religiosa de cada época.

Mas la evolución del dogma se origina principalmente de que hay que vencer los impedimentos de la fe, sojuzgar a los enemigos y refutar las contradicciones. Júntese a esto cierto esfuerzo perpetuo para penetrar mejor todo cuanto en los arcanos de la fe se contiene. Así, omitiendo otros ejemplos, sucedió con Cristo: aquello más o menos divino que en él admitía la fe fue creciendo insensiblemente y por grados hasta que, finalmente, se le tuvo por Dios.

En la evolución del culto, el factor principal es la necesidad de acomodarse a las costumbres y tradiciones populares, y también la de disfrutar el valor que ciertos actos han recibido de la costumbre.

En fin, la Iglesia encuentra la exigencia de su evolución en que tiene necesidad de adaptarse a las circunstancias históricas y a las formas públicamente ya existentes del régimen civil.

Así es como los modernistas hablan de cada cosa en particular.

Aquí, empero, antes de seguir adelante, queremos que se advierta bien esta doctrina de las necesidades o indigencias (o sea, en lenguaje vulgar, dei bisogni, como ellos la llaman mas expresivamente), pues ella es como la base y fundamento no solo de cuanto ya hemos visto, sino también del famoso método que ellos denominan histórico.

26 Insistiendo aun en la doctrina de la evolución, debe además advertirse que, si bien las indigencias o necesidades impulsan a la evolución, si la evolución fuese regulada no más que por ellas, traspasando fácilmente los fines de la tradición y arrancada, por lo tanto, de su primitivo principio vital, se encaminara más bien a la ruina que al progreso. Por lo que, ahondando más en la mente de los modernistas, diremos que la evolución proviene del encuentro opuesto de dos fuerzas, de las que una estimula el progreso mientras la otra pugna por la conservación.

La fuerza conservadora reside vigorosa en la Iglesia y se contiene en la tradición. Represéntala la autoridad religiosa, y eso tanto por derecho, pues es propio de la autoridad defender la tradición, como de hecho, puesto que, al hallarse fuera de las contingencias de la vida, pocos o ningún estimulo siente que la induzcan al progreso. Al contrario, en las conciencias de los individuos se oculta y se agita una fuerza que impulsa al progreso, que responde a interiores necesidades y que se oculta y se agita sobre todo en las conciencias de los particulares, especialmente de aquellos que están, como dicen, en contacto más particular e intimo con la vida. Observad aquí, venerables hermanos, como yergue su cabeza aquella doctrina tan perniciosa que furtivamente introduce en la Iglesia a los laicos como elementos de progreso.

Ahora bien: de una especie de mutuo convenio y pacto entre la fuerza conservadora y la progresista, esto es, entre la autoridad y la conciencia de los particulares, nacen el progreso y los cambios. Pues las conciencias privadas, o por lo menos algunas de ellas, obran sobre la conciencia colectiva; ésta, a su vez, sobre las autoridades, obligándolas a pactar y someterse a lo ya pactado.

Fácil es ahora comprender por qué los modernistas se admiran tanto cuando comprenden que se les reprende o castiga. Lo que se les achaca como culpa, lo tienen ellos como un deber de conciencia.

Nadie mejor que ellos comprende las necesidades de las conciencias, pues la penetran más íntimamente que la autoridad eclesiástica. En cierto modo, reúnen en sí mismos aquellas necesidades, y por eso se sienten obligados a hablar y escribir públicamente. Castíguelos, si gusta, la autoridad; ellos se apoyan en la conciencia del deber, y por intima experiencia saben que se les debe alabanzas y no reprensiones. Ya se les alcanza que ni el progreso se hace sin luchas ni hay luchas sin víctimas: sean ellos, pues, las victimas, a ejemplo de los profetas y Cristo. Ni porque se les trate mal odian a la autoridad; confiesan voluntariamente que ella cumple su deber. Solo se quejan de que no se les oiga, porque así se retrasa el «progreso» de las almas; llegara, no obstante, la hora de destruir esas tardanzas, pues las leyes de la evolución pueden refrenarse, pero no del todo aniquilarse. Continúan ellos por el camino emprendido; lo continúan, aun después de reprendidos y condenados, encubriendo su increíble audacia con la máscara de una aparente humildad. Doblan fingidamente sus cervices, pero con sus hechos y con sus planes prosiguen más atrevidos lo que emprendieron. Y obran así a ciencia y conciencia, ora porque creen que la autoridad debe ser estimulada y no destruida, ora porque les es necesario continuar en la Iglesia, a fin de cambiar insensiblemente la conciencia colectiva. Pero, al afirmar eso, no caen en la cuenta de que reconocen que disiente de ellos la conciencia colectiva, y que, por lo tanto, no tienen derecho alguno de ir proclamándose intérpretes de la misma.

27 Así, pues, venerables hermanos, según la doctrina y maquinaciones de los modernistas, nada hay estable, nada inmutable en la Iglesia. En la cual sentencia les precedieron aquellos de quienes nuestro predecesor Pio IX ya escribía: «Esos enemigos de la revelación divina, prodigando estupendas alabanzas al progreso humano, quieren, con temeraria y sacrílega osadía, introducirlo en la religión católica, como si la religión fuese obra de los hombres y no de Dios, o algún invento filosófico que con trazas humanas pueda perfeccionarse» (14).

Cuanto a la revelación, sobre todo, y a los dogmas, nada se halla de nuevo en la doctrina de los modernistas, pues es la misma reprobada ya en el Syllabus, de Pio IX, y enunciada así: «La revelación divina es imperfecta, y por lo mismo sujeta a progreso continuo e indefinido que corresponda al progreso de la razón humana»(15), y con mas solemnidad en el concilio Vaticano, por estas palabras: «Ni, pues, la doctrina de la fe que Dios ha revelado se propuso como un invento filosófico para que la perfeccionasen los ingenios humanos, sino como un deposito divino se entrego a la Esposa de Cristo, a fin de que la custodiara fielmente e infaliblemente la declarase. De aquí que se han de retener también los dogmas sagrados en el sentido perpetuo que una vez declaro la Santa Madre Iglesia, ni jamás hay que apartarse de él con color y nombre de más alta inteligencia»(16); con esto, sin duda, el desarrollo de nuestros conocimientos, aun acerca de la fe, lejos de impedirse, antes se facilita y promueve. Por ello, el mismo concilio Vaticano prosigue diciendo: «Crezca, pues, y progrese mucho e incesantemente la inteligencia, ciencia, sabiduría, tanto de los particulares como de todos, tanto de un solo hombre como de toda la Iglesia, al compas de las edades y de los siglos; pero solo en su género, esto es, en el mismo dogma, en el mismo sentido y en la misma sentencia»(17).

(14. Enc. Qui pluribus, 8 nov. 1846
(15. Syll. pr.5.
(16. Const. Dei Filius c.4.
(17. L. c.
28 Después que, entre los partidarios del modernismo, hemos examinado al filosofo, al creyente, al teólogo, resta que igualmente examinemos al historiador, al crítico, al apologista y al reformador.

Algunos de entre los modernistas, que se dedican a escribir historia, se muestran en gran manera solícitos por que no se les tenga como filósofos; y aun alardean de no saber cosa alguna de filosofía. Astucia soberana: no sea que alguien piense que están llenos de prejuicios filosóficos y que no son, por consiguiente, como afirman, enteramente objetivos. Es, sin embargo, cierto que toda su historia y critica respira pura filosofía, y sus conclusiones se derivan, mediante ajustados raciocinios, de los principios filosóficos que defienden, lo cual fácilmente entenderá quien reflexione sobre ello.

Los tres primeros canones de dichos historiadores o críticos son aquellos principios mismos que hemos atribuido arriba a los filósofos; es a saber: el agnosticismo, el principio de la transfiguración de las cosas por la fe, y el otro, que nos pareció podía llamarse de la desfiguración. Vamos a ver las conclusiones de cada uno de ellos.

Según el agnosticismo, la historia, no de otro modo que la ciencia, versa únicamente sobre fenómenos. Luego, así Dios como cualquier intervención divina en lo humano, se han de relegar a la fe, como pertenecientes tan solo a ella.

Por lo tanto, si se encuentra algo que conste de dos elementos, uno divino y otro humano -como sucede con Cristo, la Iglesia, los sacramentos y muchas otras cosas de ese género-, de tal modo se ha de dividir y separar, que lo humano vaya a la historia, lo divino a la fe. De aquí la conocida división, que hacen los modernistas, del Cristo histórico y el Cristo de la fe; de la Iglesia de la historia, y la de la fe; de los sacramentos de la historia, y los de la fe; y otras muchas a este tenor.

Después, el mismo elemento humano que, según vemos, el historiador reclama para sí tal cual aparece en los monumentos, ha de reconocerse que ha sido realzado por la fe mediante la transfiguración mas allá de las condiciones históricas. Y así conviene de nuevo distinguir las adiciones hechas por la fe, para referirlas a la fe misma y a la historia de la fe; así, tratándose de Cristo, todo lo que sobrepase a la condición humana, ya natural, según ensena la psicología, ya la correspondiente al lugar y edad en que vivió.

Además, en virtud del tercer principio filosófico, han de pasarse también como por un tamiz las cosas que no salen de la esfera histórica; y eliminan y cargan a la fe igualmente todo aquello que, según su criterio, no se incluye en la lógica de los hechos, como dicen, o no se acomoda a las personas. Pretenden, por ejemplo, que Cristo no dijo nada que pudiera sobrepasar a la inteligencia del vulgo que le escuchaba. Por ello borran de su historia real y remiten a la fe cuantas alegorías aparecen en sus discursos. Se preguntara, tal vez, ¿según qué ley se hace esta separación? Se hace en virtud del carácter del hombre, de su condición social, de su educación, del conjunto de circunstancias en que se desarrolla cualquier hecho; en una palabra: si no nos equivocamos, según una norma que al fin y al cabo viene a parar en meramente subjetiva. Esto es, se esfuerzan en identificarse ellos con la persona misma de Cristo, como revistiéndose de ella; y le atribuyen lo que ellos hubieran hecho en circunstancias semejantes a las suyas.

Así, pues, para terminar, a priori y en virtud de ciertos principios filosóficos -que sostienen, pero que aseguran no saber-, afirman que en la historia que llaman real Cristo no es Dios ni ejecuto nada divino; como hombre, empero, realizo y dijo lo que ellos, refiriéndose a los tiempos en que floreció, le dan derecho de hacer o decir.
29 Así como de la filosofía recibe sus conclusiones la historia, así la crítica de la historia. Pues el crítico, siguiendo los datos que le ofrece el historiador, divide los documentos en dos partes: lo que queda después de la triple partición, ya dicha, lo refieren a la historia real; lo demás, a la historia de la fe o interna. Distinguen con cuidado estas dos historias, y adviértase bien como oponen la historia de la fe a la historia real en cuanto real. De donde se sigue que, como ya dijimos, hay dos Cristos: uno, el real, y otro, el que nunca existió de verdad y que solo pertenece a la fe; el uno, que vivió en determinado lugar y época, y el otro, que solo se encuentra en las piadosas especulaciones de la fe. Tal, por ejemplo, es el Cristo que presenta el evangelio de San Juan, libro que no es, en todo su contenido, sino una mera especulación.

No termina con esto el dominio de la filosofía sobre la historia. Divididos, según indicamos, los documentos en dos partes, de nuevo interviene el filosofo con su dogma de la inmanencia vital, y hace saber que cuanto se contiene en la historia de la Iglesia se ha de explicar por la emanación vital. Y como la causa o condición de cualquier emanación vital se ha de colocar en cierta necesidad o indigencia, se deduce que el hecho se ha de concebir después de la necesidad y que, históricamente, es aquél posterior a ésta.

¿Qué hace, en ese caso, el historiador? Examinando de nuevo los documentos, ya los que se hallan en los Sagrados Libros, ya los sacados de dondequiera, teje con ellos un catalogo de las singulares necesidades que, perteneciendo ora al dogma, ora al culto sagrado, o bien a otras cosas, se verificaron sucesivamente en la Iglesia. Una vez terminado el catalogo, lo entrega al crítico. Y éste pone mano en los documentos destinados a la historia de la fe, y los distribuye de edad en edad, de forma que cada uno responda al catalogo, guiado siempre por aquel principio de que la necesidad precede al hecho y el hecho a la narración. Puede alguna vez acaecer que ciertas partes de la Biblia, como las epístolas, sean el mismo hecho creado por la necesidad. Sea de esto lo que quiera, hay una regla fija, y es que la fecha de un documento cualquiera se ha de determinar solamente según la fecha en que cada necesidad surgió en la Iglesia.

Hay que distinguir, además, entre el comienzo de cualquier hecho y su desarrollo; pues lo que puede nacer en un día no se desenvuelve sino con el transcurso del tiempo. Por eso debe el crítico dividir los documentos, ya distribuidos, según hemos dicho, por edades, en dos partes -separando los que pertenecen al origen de la cosa y los que pertenecen a su desarrollo-, y luego de nuevo volverá a ordenarlos según los diversos tiempos.

30 En este punto entra de nuevo en escena el filosofo, y manda al historiador que ordene sus estudios conforme a lo que prescriben los preceptos y leyes de la evolución. El historiador vuelve a escudriñar los documentos, a investigar sutilmente las circunstancias y condiciones de la Iglesia en cada época, su fuerza conservadora, sus necesidades internas y externas que la impulsaron al progreso, los impedimentos que sobrevinieron; en una palabra: todo cuanto contribuya a precisar de qué manera se cumplieron las leyes de la evolución. Finalmente, y como consecuencia de este trabajo, puede ya trazar a grandes rasgos la historia de la evolución. Viene en ayuda el crítico, y ya adopta los restantes documentos. Ya corre la pluma, ya sale la historia concluida.

Ahora preguntamos: ¿a quién se ha de atribuir esta historia? ¿Al historiador o al crítico? A ninguno de ellos, ciertamente, sino al filosofo. Allí todo es obra de apriorismo, y de un apriorismo que rebosa en herejías. Causan verdaderamente lastima estos hombres, de los que el Apóstol diría: «Desvaneciéronse en sus pensamientos…, pues, jactándose de ser sabios, han resultado necios» (Rm 1,21-22); pero ya llegan a molestar, cuando ellos acusan a la Iglesia por mezclar y barajar los documentos en forma tal que hablen en su favor. Achacan, a saber, a la Iglesia aquello mismo de que abiertamente les acusa su propia conciencia.

31 De esta distribución y ordenación -por edades- de los documentos necesariamente se sigue que ya no pueden atribuirse los Libros Sagrados a los autores a quienes realmente se atribuyen. Por esa causa, los modernistas no vacilan a cada paso en asegurar que esos mismos libros, y en especial el Pentateuco y los tres primeros evangelios, de una breve narración que en sus principios eran, fueron poco a poco creciendo con nuevas adiciones e interpolaciones, hechas a modo de interpretación, ya teológica, ya alegórica, o simplemente intercaladas tan solo para unir entre si las diversas partes.

Y para decirlo con mas brevedad y claridad: es necesario admitir la evolución vital de los Libros Sagrados, que nace del desenvolvimiento de la fe y es siempre paralela a ella.

Añaden, además, que las huellas de esa evolución son tan manifiestas, que casi se puede escribir su historia. Y aun la escriben en realidad con tal desenfado, que pudiera creerse que ellos mismos han visto a cada uno de los escritores que en las diversas edades trabajaron en la amplificación de los Libros Sagrados.

Y, para confirmarlo, se valen de la critica que denominan textual, y se empeñan en persuadir que este o aquel otro hecho o dicho no está en su lugar, y traen otras razones por el estilo. Parece en verdad que se han formado como ciertos modelos de narración o discursos, y por ellos concluyen con toda certeza sobre lo que se encuentra como en su lugar propio y qué es lo que está en lugar indebido.

Por este camino, quiénes puedan ser aptos para fallar, aprécielo el que quiera. Sin embargo, quien los oiga hablar de sus trabajos sobre los Libros Sagrados, en los que es dado descubrir tantas incongruencias, creería que casi ningún hombre antes de ellos los ha hojeado, y que ni una muchedumbre casi infinita de doctores, muy superiores a ellos en ingenio, erudición y santidad de vida, los ha escudriñado en todos sus sentidos. En verdad que estos sapientísimos doctores tan lejos estuvieron de censurar en nada las Sagradas Escrituras, que cuanto más íntimamente las estudiaban mayores gracias daban a Dios porque así se digno hablar a los hombres. Pero ¡ay, que nuestros doctores no estudiaron los Libros Sagrados con los auxilios con que los estudian los modernistas! Esto es, no tuvieron por maestra y guía a una filosofía que reconoce su origen en la negación de Dios ni se erigieron a sí mismos como norma de criterio.

32 Nos parece que ya está claro cuál es el método de los modernistas en la cuestión histórica. Precede el filosofo; sigue el historiador; luego ya, de momento, vienen la crítica interna y la critica textual. Y porque es propio de la primera causa comunicar su virtud a las que la siguen, es evidente que semejante critica no es una crítica cualquiera, sino que con razón se la llama agnóstica, inmanentista, evolucionista; de donde se colige que el que la profesa y usa, profesa los errores implícitos de ella y contradice a la doctrina católica.

Siendo esto así, podría sorprender en gran manera que entre católicos prevaleciera este linaje de crítica. Pero esto se explica por una doble causa: la alianza, en primer lugar, que une estrechamente a los historiadores y críticos de este jaez, por encima de la variedad de patria o de la diferencia de religión; además, la grandísima audacia con que todos unánimemente elogian y atribuyen al progreso científico lo que cualquiera de ellos profiere y con que todos arremeten contra el que quiere examinar por si el nuevo portento, y acusan de ignorancia al que lo niega mientras aplauden al que lo abraza y defiende. Y así se alucinan muchos que, si considerasen mejor el asunto, se horrorizarían.

A favor, pues, del poderoso dominio de los que yerran y del incauto asentimiento de ánimos ligeros se ha creado una como corrompida atmosfera que todo lo penetra, difundiendo su pestilencia.

33 Pasemos al apologista. También éste, entre los modernistas, depende del filosofo por dos razones: indirectamente, ante todo, al tomar por materia la historia escrita según la norma, como ya vimos, del filosofo; directamente, luego, al recibir de él sus dogmas y sus juicios. De aquí la afirmación, corriente en la escuela modernista, que la nueva apología debe dirimir las controversias de religión por medio de investigaciones históricas y psicológicas. Por lo cual los apologistas modernistas emprenden su trabajo avisando a los racionalistas que ellos defienden la religión, no con los Libros Sagrados o con historias usadas vulgarmente en la Iglesia, y que estén escritas por el método antiguo, sino con la historia real, compuesta según las normas y métodos modernos. Y eso lo dicen no cual si arguyesen ad hominem, sino porque creen en realidad que solo tal historia ofrece la verdad. De asegurar su sinceridad al escribir no se cuidan; son ya conocidos entre los racionalistas y alabados también como soldados que militan bajo una misma bandera; y de esas alabanzas, que el verdadero católico rechazaría, se congratulan ellos y las oponen a las reprensiones de la Iglesia.

Pero veamos ya como uno de ellos compone la apología. El fin que se propone alcanzar es éste: llevar al hombre, que todavía carece de fe, a que logre acerca de la religión católica aquella experiencia que es, conforme a los principios de los modernistas, el único fundamento de la fe. Dos caminos se ofrecen para esto: uno objetivo, subjetivo el otro. El primero brota del agnosticismo y tiende a demostrar que hay en la religión, principalmente en la católica, tal virtud vital, que persuade a cualquier psicólogo y lo mismo a todo historiador de sano juicio, que es menester que en su historia se oculte algo desconocido. A este fin urge probar que la actual religión católica es absolutamente la misma que Cristo fundo, o sea, no otra cosa que el progresivo desarrollo del germen introducido por Cristo. Luego, en primer lugar, debemos señalar qué germen sea ése; y ellos pretenden significarlo. mediante la fórmula siguiente: Cristo anuncio que en breve se establecería el advenimiento del reino de Dios, del que él sería el Mesías, esto es, su autor y su organizador, ejecutor, por divina ordenación. Tras esto se ha de mostrar como dicho germen, siempre inmanente en la religión católica y permanente, insensiblemente y según la historia, se desenvolvió y adapto a las circunstancias sucesivas, tomando de éstas para sí vitalmente cuanto le era útil en las formas doctrinales, culturales, eclesiásticas, y venciendo al mismo tiempo los impedimentos, si alguno salía al paso, desbaratando a los enemigos y sobreviviendo a todo género de persecuciones y luchas. Después que todo esto, impedimentos, adversarios, persecuciones, luchas, lo mismo que la vida, fecundidad de la Iglesia y otras cosas a ese tenor, se mostraren tales que, aunque en la historia misma de la Iglesia aparezcan incólumes las leyes de la evolución, no basten con todo para explicar plenamente la misma historia; entonces se presentara delante y se ofrecerá espontáneamente lo incognito. Así hablan ellos. Mas en todo este raciocinio no advierten una cosa: que aquella determinación del germen primitivo únicamente se debe al apriorismo del filosofo agnóstico y evolucionista, y que la definición que dan del mismo germen es gratuita y creada según conviene a sus propósitos.

34 Estos nuevos apologistas, al paso que trabajan por afirmar y persuadir la religión católica con las argumentaciones referidas, aceptan y conceden de buena gana que hay en ella muchas cosas que pueden ofender a los ánimos. Y aun llegan a decir públicamente, con cierta delectación mal disimulada, que también en materia dogmatica se hallan errores y contradicciones, aunque añadiendo que no solo admiten excusa, sino que se produjeron justa y legítimamente: afirmación que no puede menos de excitar el asombro. Así también, según ellos, hay en los Libros Sagrados muchas cosas científica o históricamente viciadas de error; pero dicen que allí no se trata de ciencia o de historia, sino solo de la religión y las costumbres. Las ciencias y la historia son allí a manera de una envoltura, con la que se cubren las experiencias religiosas y morales para difundirlas más fácilmente entre el vulgo; el cual, como no las entendería de otra suerte, no sacaría utilidad, sino daño de otra ciencia o historia más perfecta. Por lo demás, agregan, los Libros Sagrados, como por su naturaleza son religiosos, necesariamente viven una vida; mas su vida tiene también su verdad y su lógica, distintas ciertamente de la verdad y lógica racional, y hasta de un orden enteramente diverso, es a saber: la verdad de la adaptación y proporción, así al medio (como ellos dicen) en que se desarrolla la vida como al fin por el que se vive. Finalmente, llegan hasta afirmar, sin ninguna atenuación, que todo cuanto se explica por la vida es verdadero y legitimo.

35 Nosotros, ciertamente, venerables hermanos, para quienes la verdad no es más que una, y que consideramos que los Libros Sagrados, como «escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor» (19), aseguramos que todo aquello es lo mismo que atribuir a Dios una mentira de utilidad u oficiosa, y aseveramos con las palabras de San Agustín: «Una vez admitida en tan alta autoridad alguna mentira oficiosa, no quedara ya ni la mas pequeña parte de aquellos libros que, si a alguien le parece o difícil para las costumbres o increíble para la fe, no se refiera por esa misma perniciosisima regla al propósito o a la condescendencia del autor que miente» (20). De donde se seguirá, como añade. el mismo santo Doctor, «que en aquéllas (es a saber, en las Escrituras) cada cual creerá lo que quiera y dejara de creer lo que no quiera». Pero los apologistas modernistas, audaces, aun van mas allá. Conceden, además, que en los Sagrados Libros ocurren a veces, para probar alguna doctrina, raciocinios que no se rigen por ningún fundamento racional, cuales son los que se apoyan en las profecías; pero los defienden también como ciertos artificios oratorios que están legitimados por la vida. ¿Qué más? Conceden y aun afirman que el mismo Cristo erro manifiestamente al indicar el tiempo del advenimiento del reino de Dios, lo cual, dicen, no debe maravillar a nadie, pues también El estaba sujeto a las leyes de la vida.

¿Qué suerte puede caber después de esto a los dogmas de la Iglesia? Estos se hallan llenos de claras contradicciones; pero, fuera de que la lógica vital las admite, no contradicen a la verdad simbólica, como quiera que se trata en ellas del Infinito, el cual tiene infinitos aspectos. Finalmente, todas estas cosas las aprueban y defienden, de suerte que no dudan en declarar que no se puede atribuir al Infinito honor más excelso que el afirmar de El cosas contradictorias.

Mas, cuando ya se ha legitimado la contradicción, ¿qué habrá que no pueda legitimarse?

(19. Conc. Vat. I, De revelat. c.2.
(20. Ep. 28,3.

36 Por otra parte, el que todavía no cree no solo puede disponerse a la fe con argumentos objetivos, sino también con los subjetivos. Para ello los apologistas modernistas se vuelven a la doctrina de la inmanencia. En efecto, se empeñan en persuadir al hombre de que en él mismo, y en lo más profundo de su naturaleza y de su vida, se ocultan el deseo y la exigencia de alguna religión, y no de una religión cualquiera, sino precisamente la católica; pues ésta, dicen, la reclama absolutamente el pleno desarrollo de la vida.

En este lugar conviene que de nuevo Nos lamentemos grandemente, pues entre los católicos no faltan algunos que, si bien rechazan la doctrina de la inmanencia como doctrina; la emplean, no obstante, para una finalidad apologética; y esto lo hacen tan sin cautela, que parecen admitir en la naturaleza humana no solo una capacidad y conveniencia para el orden sobrenatural -lo cual los apologistas católicos lo demostraron siempre, añadiendo las oportunas salvedades–, sino una verdadera y auténtica exigencia.

Mas, para decir verdad, esta exigencia de la religión católica la introducen solo aquellos modernistas que quieren pasar por más moderados, pues los que llamaríamos integrales pretenden demostrar como en el hombre, que todavía no cree, está latente el mismo germen que hubo en la conciencia de Cristo, y que él transmitió a los hombres.

Así, pues, venerables hermanos, reconocemos que el método apologético de los modernistas, que sumariamente dejamos descrito, se ajusta por completo a sus doctrinas; método ciertamente lleno de errores, como las doctrinas mismas; apto no para edificar, sino para destruir; no para hacer católicos, sino para arrastrar a los mismos católicos a la herejía y aun a la destrucción total de cualquier religión.

37 Queda, finalmente, ya hablar sobre el modernista en cuanto reformador. Ya cuanto hasta aquí hemos dicho manifiesta de cuan vehemente afán de novedades se hallan animados tales hombres; y dicho afán se extiende por completo a todo cuanto es cristiano. Quieren que se renueve la filosofía, principalmente en los seminarios: de suerte que, relegada la escolástica a la historia de la filosofía, como uno de tantos sistemas ya envejecidos, se ensene a los alumnos la filosofía moderna, la única verdadera y la única que corresponde a nuestros tiempos.

Para renovar la teología quieren que la llamada racional tome por fundamento la filosofía moderna, y exigen principalmente que la teología positiva tenga como fundamento la historia de los dogmas. Reclaman también que la historia se escriba y ensene conforme a su método y a las modernas prescripciones.

Ordenan que los dogmas y su evolución deben ponerse en armonía con la ciencia y la historia.

Por lo que se refiere a la catequesis, solicitan que en los libros para el catecismo no se consignen otros dogmas sino los que hubieren sido reformados y que estén acomodados al alcance del vulgo.

Acerca del sagrado culto, dicen que hay que disminuir las devociones exteriores y prohibir su aumento; por más que otros, más inclinados al simbolismo, se muestran en ello mas indulgentes en esta materia.

Andan clamando que el régimen de la Iglesia se ha de reformar en todos sus aspectos, pero principalmente en el disciplinar y dogmatico, y, por lo tanto, que se ha de armonizar interior y exteriormente con lo que llaman conciencia moderna, que íntegramente tiende a la democracia; por lo cual, se debe conceder al clero inferior y a los mismos laicos cierta intervención en el gobierno y se ha de repartir la autoridad, demasiado concentrada y centralizada.

Las Congregaciones romanas deben asimismo reformarse, y principalmente las llamadas del Santo Oficio y del Índice.

Pretenden asimismo que se debe variar la influencia del gobierno eclesiástico en los negocios políticos y sociales, de suerte que, al separarse de los ordenamientos civiles, sin embargo, se adapte a ellos para imbuirlos con su espíritu.

En la parte moral hacen suya aquella sentencia de los americanistas: que las virtudes activas han de ser antepuestas a las pasivas, y que deben practicarse aquéllas con preferencia a éstas.

Piden que el clero se forme de suerte que presente su antigua humildad y pobreza, pero que en sus ideas y actuación se adapte a los postulados del modernismo.

Hay, por fin, algunos que, ateniéndose de buen grado a sus maestros protestantes, desean que se suprima en el sacerdocio el celibato sagrado.

¿Qué queda, pues, intacto en la Iglesia que no deba ser reformado por ellos y conforme a sus opiniones?
38 En toda esta exposición de la doctrina de los modernistas, venerables hermanos, pensara por ventura alguno que nos hemos detenido demasiado; pero era de todo punto necesario, ya para que ellos no nos acusaran, como suelen, de ignorar sus cosas; ya para que sea manifiesto que, cuando tratamos del modernismo, no hablamos de doctrinas vagas y sin ningún vinculo de unión entre sí, sino como de un cuerpo definido y compacto, en el cual si se admite una cosa de él, se siguen las demás por necesaria consecuencia. Por eso hemos procedido de un modo casi didáctico, sin rehusar algunas veces los vocablos barbaros de que usan los modernistas.

Y ahora, abarcando con una sola mirada la totalidad del sistema, ninguno se maravillara si lo definimos afirmando que es un conjunto de todas las herejías. Pues, en verdad, si alguien se hubiera propuesto reunir en uno el jugo y como la esencia de cuantos errores existieron contra la fe, nunca podría obtenerlo mas perfectamente de lo que han hecho los modernistas. Pero han ido tan lejos que no solo han destruido la religión católica, sino, como ya hemos indicado, absolutamente toda religión. Por ello les aplauden tanto los racionalistas; y entre éstos, los más sinceros y los más libres reconocen que han logrado, entre los modernistas, sus mejores y más eficaces auxiliares.

39 Pero volvamos un momento, venerables hermanos, a aquella tan perniciosa doctrina del agnosticismo. Según ella, no existe camino alguno intelectual que conduzca al hombre hacia Dios; pero el sentimiento y la acción del alma misma le deparan otro mejor. Sumo absurdo, que todos ven. Pues el sentimiento del ánimo responde a la impresión de las cosas que nos proponen el entendimiento o los sentidos externos. Suprimid el entendimiento, y el hombre se irá tras los sentidos exteriores con inclinación mayor aun que la que ya le arrastra. Un nuevo absurdo: pues todas las fantasías acerca del sentimiento religioso no destruirán el sentido común; y este sentido común nos ensena que cualquier perturbación o conmoción del ánimo no solo no nos sirve de ayuda para investigar la verdad, sino más bien de obstáculo. Hablamos de la verdad en sí; esa otra verdad subjetiva, fruto del sentimiento interno y de la acción, si es útil para formar juegos de palabras, de nada sirve al hombre, al cual interesa principalmente saber si fuera de él hay o no un Dios en cuyas manos debe un día caer.

Para obra tan grande le señalan, como auxiliar, la experiencia. Y ¿qué añadiría ésta a aquel sentimiento del ánimo? Nada absolutamente; y si tan solo una cierta vehemencia, a la que luego resulta proporcional la firmeza y la convicción sobre la realidad del objeto. Pero, ni aun con estas dos cosas, el sentimiento deja de ser sentimiento, ni le cambian su propia naturaleza siempre expuesta al engaño, si no se rige por el entendimiento; aun le confirman y le ayudan en tal carácter, porque el sentimiento, cuanto más intenso sea, mas sentimiento será.

En materia de sentimiento religioso y de la experiencia religiosa en él contenida (y de ello estamos tratando ahora), sabéis bien, venerables hermanos, cuanta prudencia es necesaria y al propio tiempo cuanta doctrina para regir a la misma prudencia. Lo sabéis por el trato de las almas, principalmente de algunas de aquellas en las cuales domina el sentimiento; lo sabéis por la lectura de las obras de ascética: obras que los modernistas menosprecian, pero que ofrecen una doctrina mucho mas solida y una sutil sagacidad mucho más fina que las que ellos se atribuyen a sí mismos.
40 Nos parece, en efecto, una locura, o, por lo menos, extremada imprudencia, tener por verdaderas, sin ninguna investigación, experiencias intimas del género de las que propalan los modernistas. Y si es tan grande la fuerza y la firmeza de estas experiencias, ¿por qué, dicho sea de paso, no se atribuye alguna semejante a la experiencia que aseguran tener muchos millares de católicos acerca de lo errado del camino por donde los modernistas andan? Por ventura ¿solo ésta seria falsa y engañosa? Mas la inmensa mayoría de los hombres profesan y profesaron siempre firmemente que no se logra jamás el conocimiento y la experiencia sin ninguna guía ni luz de la razón. Solo resta otra vez, pues, recaer en el ateísmo y en la negación de toda religión.

Ni tienen por qué prometerse los modernistas mejores resultados de la doctrina del simbolismo que profesan: pues si, como dicen, cualesquiera elementos intelectuales no son otra cosa sino símbolos de Dios, ¿por qué no será también un símbolo el mismo nombre de Dios o el de la personalidad divina? Pero si es así, podría llegarse a dudar de la divina personalidad; y entonces ya queda abierto el camino que conduce al panteísmo.

Al mismo término, es a saber, a un puro y descarnado panteísmo, conduce aquella otra teoría de la inmanencia divina, pues preguntamos: aquella inmanencia, ¿distingue a Dios del hombre, o no? Si lo distingue, ¿en qué se diferencia entonces de la doctrina católica, o por qué rechazan la doctrina de la revelación externa? Mas si no lo distingue, ya tenemos el panteísmo. Pero esta inmanencia de los modernistas pretende y admite que todo fenómeno de conciencia procede del hombre en cuanto hombre; luego entonces, por legitimo raciocinio, se deduce de ahí que Dios es una misma cosa con el hombre, de donde se sigue el panteísmo.

Finalmente, la distinción que proclaman entre la ciencia y la fe no permite otra consecuencia, pues ponen el objeto de la ciencia en la realidad de lo cognoscible, y el de la fe, por lo contrario, en la de lo incognoscible. Pero la razón de que algo sea incognoscible no es otra que la total falta de proporción entre la materia de que se trata y el entendimiento; pero este defecto de proporción nunca podría suprimirse, ni aun en la doctrina de los modernistas; luego lo incognoscible lo será siempre, tanto para el creyente como para el filosofo. Luego si existe alguna religión, será la de una realidad incognoscible. Y, entonces, no vemos por qué dicha realidad no podría ser aun la misma alma del mundo, según algunos racionalistas afirman.

Pero, por ahora, baste lo dicho para mostrar claramente por cuantos caminos el modernismo conduce al ateísmo y a suprimir toda religión. El primer paso lo dio el protestantismo; el segundo corresponde al modernismo; muy pronto hará su aparición el ateísmo.

II. CAUSAS Y REMEDIOS

41 Para un conocimiento más profundo del modernismo, así como para mejor buscar remedios a mal tan grande, conviene ahora, venerables hermanos, escudriñar algún tanto las causas de donde este mal recibe su origen y alimento.

La causa próxima e inmediata es, sin duda, la perversión de la inteligencia. Se le añaden, como remotas, estas dos: la curiosidad y el orgullo. La curiosidad, si no se modera prudentemente, basta por sí sola para explicar cualesquier errores.

Con razón escribió Gregorio XVI, predecesor nuestro (21): «Es muy deplorable hasta qué punto vayan a parar los delirios de la razón humana cuando uno está sediento de novedades y, contra el aviso del Apóstol, se esfuerza por saber más de lo que conviene saber, imaginando, con excesiva confianza en sí mismo, que se debe buscar la verdad fuera de la Iglesia católica, en la cual se halla sin el mas mínimo sedimento de error».

Pero mucho mayor fuerza tiene para obcecar el ánimo, e inducirle al error, el orgullo, que, hallándose como en su propia casa en la doctrina del modernismo, saca de ella toda clase de pábulo y se reviste de todas las formas. Por orgullo conciben de si tan atrevida confianza, que vienen a tenerse y proponerse a sí mismos como norma de todos los demás. Por orgullo se glorían vanisimamente, como si fueran los únicos poseedores de la ciencia, y dicen, altaneros e infatuados: «No somos como los demás hombres»; y para no ser comparados con los demás, abrazan y suenan todo género de novedades, por muy absurdas que sean. Por orgullo desechan toda sujeción y pretenden que la autoridad se acomode con la libertad. Por orgullo, olvidándose de sí mismos, discurren solamente acerca de la reforma de los demás, sin tener reverencia alguna a los superiores ni aun a la potestad suprema. En verdad, no hay camino más corto y expedito para el modernismo que el orgullo. ¡Si algún católico, sea laico o sacerdote, olvidado del precepto de la vida cristiana, que nos manda negarnos a nosotros mismos si queremos seguir a Cristo, no destierra de su corazón el orgullo, ciertamente se hallara dispuesto como el que más a abrazar los errores de los modernistas!

Por lo cual, venerables hermanos, conviene tengáis como primera obligación vuestra resistir a hombres tan orgullosos, ocupándolos en los oficios más oscuros e insignificantes, para que sean tanto más humillados cuanto más alto pretendan elevarse, y para que, colocados en lugar inferior, tengan menos facultad para dañar. Además, ya vosotros mismos personalmente, ya por los rectores de los seminarios, examinad diligentemente a los alumnos del sagrado clero, y si hallarais alguno de espíritu soberbio, alejadlo con la mayor energía del sacerdocio: ¡ojala se hubiese hecho esto siempre con la vigilancia y constancia que era menester!

(21. Enc. Singulari Nos.
42 Y si de las causas morales pasamos a las que proceden de la inteligencia, se nos ofrece primero y principalmente la ignorancia.

En verdad que todos los modernistas, sin excepción, quieren ser y pasar por doctores en la Iglesia, y aunque con palabras grandilocuentes subliman la escolástica, no abrazaron la primera deslumbrados por sus aparatosos artificios, sino porque su completa ignorancia de la segunda les privo del instrumento necesario para suprimir la confusión en las ideas y para refutar los sofismas. Y del consorcio de la falsa filosofía con la fe ha nacido el sistema de ellos, inficionado por tantos y tan grandes errores.
Táctica modernista

En cuya propagación, ¡ojala gastaran memos empeño y solicitud! Pero es tanta su actividad, tan incansable su trabajo, que da verdadera tristeza ver como se consumen, con intención de arruinar la Iglesia, tantas fuerzas que, bien empleadas, hubieran podido serle de gran provecho. De dos artes se valen para engañar los ánimos: procuran primero allanar los obstáculos que se oponen, y buscan luego con sumo cuidado, aprovechándolo con tanto trabajo como constancia, cuanto les puede servir.

Tres son principalmente las cosas que tienen por contrarias a sus conatos: el método escolástico de filosofar, la autoridad de los Padres y la tradición, el magisterio eclesiástico. Contra ellas dirigen sus más violentos ataques. Por esto ridiculizan generalmente y desprecian la filosofía y teología escolástica, y ya hagan esto por ignorancia o por miedo, o, lo que es más cierto, por ambas razones, es cosa averiguada que el deseo de novedades va siempre unido con el odio del método escolástico, y no hay otro más claro indicio de que uno empiece a inclinarse a la doctrina del modernismo que comenzar a aborrecer el método escolástico. Recuerden los modernistas y sus partidarios la condenación con que Pio IX estimo que debía reprobarse la opinión de los que dicen (22): «El método y los principios con los cuales los antiguos doctores escolásticos cultivaron la teología no corresponden a las necesidades de nuestro tiempo ni al progreso de la ciencia. Por lo que toca a la tradición, se esfuerzan astutamente en pervertir su naturaleza y su importancia, a fin de destruir su peso y autoridad».

Pero, esto no obstante, los católicos veneraran siempre la autoridad del concilio II de Nicea, que condeno «a aquellos que osan…, conformándose con los criminales herejes, despreciar las tradiciones eclesiásticas e inventar cualquier novedad…, o excogitar torcida o astutamente para desmoronar algo de las legitimas tradiciones de la Iglesia católica». Estará en pie la profesión del concilio IV Constantinopolitano: «Así, pues, profesamos conservar y guardar las reglas que la santa, católica y apostólica Iglesia ha recibido, así de los santos y celebérrimos apóstoles como de los concilios ortodoxos, tanto universales como particulares, como también de cualquier Padre inspirado por Dios y maestro de la Iglesia». Por lo cual, los Pontífices Romanos Pio IV y Pio IX decretaron que en la profesión de la fe se añadiera también lo siguiente: «Admito y abrazo firmísimamente las tradiciones apostólicas y eclesiásticas y las demás observancias y constituciones de la misma Iglesia».

Ni mas respetuosamente que sobre la tradición sienten los modernistas sobre los santísimos Padres de la Iglesia, a los cuales, con suma temeridad, proponen públicamente, como muy dignos de toda veneración, pero como sumamente ignorantes de la crítica y de la historia: si no fuera por la época en que vivieron, serian inexcusables.

(22. Syll. pr.13.
43 Finalmente, ponen su empeño todo en menoscabar y debilitar la autoridad del mismo ministerio eclesiástico, ya pervirtiendo sacrílegamente su origen, naturaleza y derechos, ya repitiendo con libertad las calumnias de los adversarios contra ella. Cuadra, pues, bien al clan de los modernistas lo que tan apenado escribió nuestro predecesor:

«Para hacer despreciable y odiosa a la mística Esposa de Cristo, que es verdadera luz, los hijos de las tinieblas acostumbraron a atacarla en público con absurdas calumnias, y llamarla, cambiando la fuerza y razón de los nombres y de las cosas, amiga de la oscuridad, fautora de la ignorancia y enemiga de la luz y progreso de las ciencias.» (23)

Por ello, venerables hermanos, no es de maravillar que los modernistas ataquen con extremada malevolencia y rencor a los varones católicos que luchan valerosamente por la Iglesia. No hay ningún género de injuria con que no los hieran; y a cada paso les acusan de ignorancia y de terquedad. Cuando temen la erudición y fuerza de sus adversarios, procuran quitarles la eficacia oponiéndoles la conjuración del silencio. Manera de proceder contra los católicos tanto más odiosa cuanto que, al propio tiempo, levantan sin ninguna moderación, con perpetuas alabanzas, a todos cuantos con ellos consienten; los libros de éstos, llenos por todas partes de novedades, recibenlos con gran admiración y aplauso; cuanto con mayor audacia destruye uno lo antiguo, rehúsa la tradición y el magisterio eclesiástico, tanto más sabio lo van pregonando. Finalmente, ¡cosa que pone horror a todos los buenos!, si la Iglesia condena a alguno de ellos, no solo se aúnan para alabarle en público y por todos medios, sino que llegan a tributarle casi la veneración de mártir de la verdad.

Con todo este estrépito, así de alabanzas como de vituperios, conmovidos y perturbados los entendimientos de los jóvenes, por una parte para no ser tenidos por ignorantes, por otra para pasar por sabios, a la par que estimulados interiormente por la curiosidad y la soberbia, acontece con frecuencia que se dan por vencidos y se entregan al modernismo.

(23. Motu pr. Ut mysticam, 11 mart. 1891.
44 Pero esto pertenece ya a los artificios con que los modernistas expenden sus mercancías. Pues ¿qué no maquinan a trueque de aumentar el número de sus secuaces? En los seminarios y universidades andan a la caza de las cátedras, que convierten poco a poco en cátedras de pestilencia. Aunque sea veladamente, inculcan sus doctrinas predicándolas en los pulpitos de las iglesias; con mayor claridad las publican en sus reuniones y las introducen y realzan en las instituciones sociales. Con su nombre o seudónimos publican libros, periódicos, revistas. Un mismo escritor usa varios nombres para así engañar a los incautos con la fingida muchedumbre de autores. En una palabra: en la acción, en las palabras, en la imprenta, no dejan nada por intentar, de suerte que parecen poseídos de frenesí.

Y todo esto, ¿con qué resultado? ¡Lloramos que un gran número de jóvenes, que fueron ciertamente de gran esperanza y hubieran trabajado provechosamente en beneficio de la Iglesia, se hayan apartado del recto camino! Nos son causa de dolor muchos más que, aun cuando no hayan llegado a tal extremo, como inficionados por un aire corrompido, se acostumbraron a pensar, hablar y escribir con mayor laxitud de lo que a católicos conviene. Están entre los seglares; también entre los sacerdotes, y no faltan donde menos eran de esperarse: en las mismas órdenes religiosas. Tratan los estudios bíblicos conforme a las reglas de los modernistas. Escriben historias donde, so pretexto de aclarar la verdad, sacan a luz con suma diligencia y con cierta manifiesta fruición todo cuanto parece arrojar alguna macula sobre la Iglesia. Movidos por cierto apriorismo, usan todos los medios para destruir las sagradas tradiciones populares; desprecian las sagradas reliquias celebradas por su antigüedad. En resumen, arrástralos el vano deseo de que el mundo hable de ellos, lo cual piensan no lograr si dicen solamente las cosas que siempre y por todos se dijeron. Y entre tanto, tal vez estén convencidos de que prestan un servicio a Dios y a la Iglesia; pero, en realidad, perjudican gravísimamente, no solo con su labor, sino por la intención que los guía y porque prestan auxilio utilísimo a las empresas de los modernistas.
Remedios eficaces

45 Nuestro predecesor, de feliz recuerdo, León XIII, procuro oponerse enérgicamente, de palabra y por obra, a este ejército de tan grandes errores que encubierta y descubiertamente nos acomete. Pero los modernistas, como ya hemos visto, no se intimidan fácilmente con tales armas, y simulando sumo respeto o humildad, han torcido hacia sus opiniones las palabras del Pontífice Romano y han aplicado a otros cualesquiera sus actos; así, el daño se ha hecho de día en día más poderoso.

Por ello, venerables hermanos, hemos resuelto sin más demora acudir a los más eficaces remedios. Os rogamos encarecidamente que no sufráis que en tan graves negocios se eche de menos en lo mas mínimo vuestra vigilancia, diligencia y fortaleza; y lo que os pedimos, y de vosotros esperamos, lo pedimos también y lo esperamos de los demás pastores de almas, de los educadores y maestros de la juventud clerical, y muy especialmente de los maestros superiores de las familias religiosas.

46 I. En primer lugar, pues, por lo que toca a los estudios, queremos, y definitivamente mandamos, que la filosofía escolástica se ponga por fundamento de los estudios sagrados.

A la verdad, «si hay alguna cosa tratada por los escolásticos con demasiada sutileza o ensenada inconsideradamente, si hay algo menos concorde con las doctrinas comprobadas de los tiempos modernos, o finalmente, que de ningún modo se puede aprobar, de ninguna manera esta en nuestro ánimo proponerlo para que sea seguido en nuestro tiempo» (24).

Lo principal que es preciso notar es que, cuando prescribimos que se siga la filosofía escolástica, entendemos principalmente la que enseno Santo Tomas de Aquino, acerca de la cual, cuanto decreto nuestro predecesor queremos que siga vigente y, en cuanto fuere menester, lo restablecemos y confirmamos, mandando que por todos sea exactamente observado. A los obispos pertenecerá estimular y exigir, si en alguna parte se hubiese descuidado en los seminarios, que se observe en adelante, y lo mismo mandamos a los superiores de las órdenes religiosas. Y a los maestros les exhortamos a que tengan fijamente presente que el apartarse del Doctor de Aquino, en especial en las cuestiones metafísicas, nunca dejara de ser de gran perjuicio.

(24. León XIII, Enc. Aeterni Patris.
47 Colocado ya así este cimiento de la filosofía, constrúyase con gran diligencia el edificio teológico.

Promoved, venerables hermanos, con todas vuestras fuerzas el estudio de la teología, para que los clérigos salgan de los seminarios llenos de una gran estima y amor a ella y que la tengan siempre por su estudio favorito. Pues «en la grande abundancia y número de disciplinas que se ofrecen al entendimiento codicioso de la verdad, a nadie se le oculta que la sagrada teología reclama para sí el lugar primero; tanto que fue sentencia antigua de los sabios que a las demás artes y ciencias les pertenecía la obligación de servirla y prestarle, su obsequio como criadas» (25).

A esto añadimos que también nos parecen dignos de alabanza algunos que, sin menoscabo de la reverencia debida a la Tradición, a los Padres y al Magisterio eclesiástico, se esfuerzan por ilustrar la teología positiva con las luces tomadas de la verdadera historia, conforme al juicio prudente y a las normas católicas (lo cual no se puede decir igualmente de todos). Cierto, hay que tener ahora mas cuenta que antiguamente de la teología positiva; pero hagamos esto de modo que no sufra detrimento la escolástica, y reprendamos a los que de tal manera alaban la teología positiva, que parecen con ello despreciar la escolástica, a los cuales hemos de considerar como fautores de los modernistas.

(25. León XIII, Litt. ap. In magna, 10 dic. 1889.
48 Sobre las disciplinas profanas, baste recordar lo que sapientísimamente dijo nuestro predecesor (26): «Trabajad animosamente en el estudio de las cosas naturales, en el cual los inventos ingeniosos y los útiles atrevimientos de nuestra época, así como los admiran con razón los contemporáneos, así los venideros los celebraran con perenne aprobación y alabanzas». Pero hagamos esto sin daño de los estudios sagrados, lo cual avisa nuestro mismo predecesor, continuando con estas gravísimas palabras (27): «La causa de los cuales errores, quien diligentemente la investigare, hallara que consiste principalmente en que en estos nuestros tiempos, cuanto mayor es el fervor con que se cultivan las ciencias naturales, tanto más han decaído las disciplinas mas graves y elevadas, de las que algunas casi yacen olvidadas de los hombres; otras se tratan con negligencia y superficialmente y (cosa verdaderamente indigna) empanando el esplendor de su primera dignidad, se vician con doctrinas perversas y con las más audaces opiniones». Mandamos, pues, que los estudios de las ciencias naturales se conformen a esta regla en los sagrados seminarios.

(26. Alloc. 7 mar 1880.
(27. L. c.

50 III- También es deber de los obispos cuidar que los escritos de los modernistas o que saben a modernismo o lo promueven, si han sido publicados, no sean leídos; y, si no lo hubieren sido, no se publiquen.

No se permita tampoco a los adolescentes de los seminarios, ni a los alumnos de 1as universidades, cualesquier libros, periódicos y revistas de este género, pues no les harían menos daño que los contrarios a las buenas costumbres; antes bien, les dañarían mas por cuanto atacan los principios mismos de la vida cristiana.

Ni hay que formar otro juicio de los escritos de algunos católicos, hombres, por lo demás, sin mala intención; pero que, ignorantes de la ciencia teológica y empapados en la filosofía moderna, se esfuerzan por concordar ésta con la fe, pretendiendo, como dicen, promover la fe por este camino. Tales escritos, que se leen sin temor, precisamente por el buen nombre y opinión de sus autores, tienen mayor peligro para inducir paulatinamente al modernismo.

Y, en general, venerables hermanos, para poner orden en tan grave materia, procurad enérgicamente que cualesquier libros de perniciosa lectura que anden en la diócesis de cada uno de vosotros, sean desterrados, usando para ello aun de la solemne prohibición. Pues, por más que la Sede Apostólica emplee todo su esfuerzo para quitar de en medio semejantes escritos, ha crecido ya tanto su número, que apenas hay fuerzas capaces de catalogarlos todos; de donde resulta que algunas veces venga la medicina demasiado tarde, cuando el mal ha arraigado por la demasiada dilación. Queremos, pues, que los prelados de la Iglesia, depuesto todo temor, y sin dar oídos a la prudencia de la carne ni a los clamores de los malos, desempeñen cada uno su cometido, con suavidad, pero constantemente, acordándose de lo que en la constitución apostólica Officiorum prescribió León XIII: «Los ordinarios, aun como delegados de la Sede Apostólica, procuren proscribir y quitar de manos de los fieles los libros y otros escritos nocivos publicados o extendidos en la diócesis» (29), con las cuales palabras, si por una parte se concede el derecho, por otra se impone el deber. Ni piense alguno haber cumplido con esta parte de su oficio con delatarnos algún que otro libro, mientras se consiente que otros muchos se esparzan y divulguen por todas partes.

Ni se os debe poner delante, venerables hermanos, que el autor de algún libro haya obtenido en otra diócesis la facultad que llaman ordinariamente Imprimatur; ya porque puede ser falsa, ya porque se pudo dar con negligencia o por demasiada benignidad, o por demasiada confianza puesta en el autor; cosa esta ultima que quizá ocurra alguna vez en las órdenes religiosas. Añádase que, así como no a todos convienen los mismos manjares, así los libros que son indiferentes en un lugar, pueden, en otro, por el conjunto de las circunstancias, ser perjudiciales; si, pues, el obispo, oída la opinión de personas prudentes, juzgare que debe prohibir algunos de estos libros en su diócesis, le damos facultad espontáneamente y aun le encomendamos esta obligación. Hágase en verdad del modo más suave, limitando la prohibición al clero, si esto bastare; y quedando en pie la obligación de los libreros católicos de no exponer para la venta los libros prohibidos por el obispo.

Y ya que hablamos de los libreros, vigilen los obispos, no sea que por codicia del lucro comercien con malas mercancías. Ciertamente, en los catálogos de algunos se anuncian en gran número los libros de los modernistas, y no con pequeños elogios. Si, pues, tales libreros se niegan a obedecer, los obispos, después de haberles avisado, no vacilen en privarles del título de libreros católicos, y mucho mas del de episcopales, si lo tienen, y delatarlos a la Sede Apostólica si están condecorados con el titulo pontificio.

Finalmente, recordamos a todos lo que se contiene en la mencionada constitución apostólica Officiorum, articulo 26: «Todos los que han obtenido facultad apostólica de leer y retener libros prohibidos, no pueden, por eso solo, leer y retener cualesquier libros o periódicos prohibidos por los ordinarios del lugar, salvo en el caso de que en el indulto apostólico se les hubiere dado expresamente la facultad de leer y retener libros condenados por quienquiera que sea».

(29. Ibid., 30 (1897) 39.
51 IV. Pero tampoco basta impedir la venta y lectura de los malos libros, sino que es menester evitar su publicación; por lo cual, los obispos deben conceder con suma severidad la licencia para imprimirlos.

Mas porque, conforme a la constitución Officiorum, son muy numerosas las publicaciones que solicitan el permiso del ordinario, y el obispo no puede por sí mismo enterarse de todas, en algunas diócesis se nombran, para hacer este reconocimiento, censores ex officio en suficiente número. Esta institución de censores nos merece los mayores elogios, y no solo exhortamos, sino que absolutamente prescribimos que se extienda a todas las diócesis. En todas las curias episcopales haya, pues, censores de oficio que reconozcan las cosas que se han de publicar: elíjanse de ambos cleros, sean recomendables por su edad, erudición y prudencia, y tales que sigan una vía media y segura en el aprobar y reprobar doctrinas. Encomiéndese a éstos el reconocimiento de los escritos que, según los artículos 41 y 42 de la mencionada constitución, necesiten licencia para publicarse. El censor dará su sentencia por escrito; y, si fuere favorable, el obispo otorgara la licencia de publicarse, con la palabra Imprimatur, a la cual se deberá anteponer la formula Nihil obstat, añadiendo el nombre del censor.

En la curia romana institúyanse censores de oficio, no de otra suerte que en todas las demás, los cuales designara el Maestro del Sacro Palacio Apostólico, oído antes el Cardenal-Vicario del Pontífice in Urbe, y con la anuencia y aprobación del mismo Sumo Pontífice. El propio Maestro tendrá a su cargo señalar los censores que deban reconocer cada escrito, y darán la facultad, así él como el Cardenal-Vicario del Pontífice, o el Prelado que hiciere sus veces, presupuesta la formula de aprobación del censor, como arriba decimos, y añadido el nombre del mismo censor.

Solo en circunstancias extraordinarias y muy raras, al prudente arbitrio del obispo, se podrá omitir la mención del censor. Los autores no lo conocerán nunca, hasta que hubiere declarado la sentencia favorable, a fin de que no se cause a los censores alguna molestia, ya mientras reconocen los escritos, ya en el caso de que no aprobaran su publicación.

Nunca se elijan censores de las órdenes religiosas sin oír antes en secreto la opinión del superior de la provincia o, cuando se tratare de Roma, del superior general; el cual dará testimonio, bajo la responsabilidad de su cargo, acerca de las costumbres, ciencia e integridad de doctrina del elegido.

Recordamos a los superiores religiosos la gravísima obligación que les incumbe de no permitir nunca que se publique escrito alguno por sus súbditos sin que medie la licencia suya y la del ordinario.

Finalmente, mandamos y declaramos que el titulo de censor, de que alguno estuviera adornado, nada vale ni jamás puede servir para dar fuerza a sus propias opiniones privadas.

52 Dichas estas cosas en general, mandamos especialmente que se guarde con diligencia lo que en el art. 42 de la constitución Officiorum se decreta con estas palabras: «Se prohíbe a los individuos del clero secular tomar la dirección de diarios u hojas periódicas sin previa licencia de su ordinario». Y si algunos usaren malamente de esta licencia, después de avisados sean privados de ella.

Por lo que toca a los sacerdotes que se llaman corresponsales o colaboradores, como acaece con frecuencia que publiquen en los periódicos o revistas escritos inficionados con la mancha del modernismo, vigílenles bien los obispos; y si faltaren, avísenles y hasta prohíbanles seguir escribiendo. Amonestamos muy seriamente a los superiores religiosos para que hagan lo mismo; y si obraren con alguna negligencia, provean los ordinarios como delegados del Sumo Pontífice.

Los periódicos y revistas escritos por católicos tengan, en cuanto fuere posible, censor señalado; el cual deberá leer oportunamente todas las hojas o fascículos, luego de publicados; y si hallare algo peligrosamente expresado, imponga una rápida retractación. Y los obispos tendrán esta misma facultad, aun contra el juicio favorable del censor.

53 V. Más arriba hemos hecho mención de los congresos y publicas asambleas, por ser reuniones donde los modernistas procuran defender públicamente y propagar sus opiniones.

Los obispos no permitirán en lo sucesivo que se celebren asambleas de sacerdotes sino rarísima vez; y si las permitieren, sea bajo condición de que no se trate en ellas de cosas tocantes a los obispos o a la Sede Apostólica; que nada se proponga o reclame que induzca usurpación de la sagrada potestad, y que no se hable en ninguna manera de cosa alguna que tenga sabor de modernismo, presbiterianismo o laicismo.

A estos congresos, cada uno de los cuales deberá autorizarse por escrito y en tiempo oportuno, no podrán concurrir sacerdotes de otras diócesis sin Letras comendaticias del propio obispo.

Y todos los sacerdotes tengan muy fijo en el ánimo lo que recomendó León XIII con estas gravísimas palabras (30): «Consideren los sacerdotes como cosa intangible la autoridad de sus prelados, teniendo por cierto que el ministerio sacerdotal, si no se ejercitare conforme al magisterio de los obispos, no será ni santo, ni muy útil, ni honroso».

(30. Enc. Nobilissima Gallorum, 10 febr. 1884.
54 VI. Pero ¿de qué aprovechara, venerables hermanos, que Nos expidamos mandatos y preceptos si no se observaren puntual y firmemente? Lo cual, para que felizmente suceda, conforme a nuestros deseos, nos ha parecido conveniente extender a todas las diócesis lo que hace muchos años decretaron prudentísimamente para las suyas los obispos de Umbría (31): «Para expulsar -decían- los errores ya esparcidos y para impedir que se divulguen mas o que salgan todavía maestros de impiedad que perpetúen los perniciosos efectos que de aquella divulgación procedieron, el Santo Sínodo, siguiendo las huellas de San Carlos Borromeo, decreta que en cada diócesis se instituya un Consejo de varones probados de uno y otro clero, al cual pertenezca vigilar qué nuevos errores y con qué artificios se introduzcan o diseminen, y avisar de ello al obispo, para que, tomado consejo, ponga remedio con que este daño pueda sofocarse en su mismo principio, para que no se esparza mas y mas, con detrimento de las almas, o, lo que es peor, crezca de día en día y se confirme».

Mandamos, pues, que este Consejo, que queremos se llame de Vigilancia, sea establecido cuanto antes en cada diócesis, y los varones que a él se llamen podrán elegirse del mismo o parecido modo al que fijamos arriba respecto de los censores. En meses alternos y en día prefijado se reunirán con el obispo y quedaran obligados a guardar secreto acerca de lo que allí se tratare o dispusiere.

Por razón de su oficio tendrán las siguientes incumbencias: investigaran con vigilancia los indicios y huellas de modernismo, así en los libros como en las cátedras; prescribiran prudentemente, pero con prontitud y eficacia, lo que conduzca a la incolumidad del clero y de la juventud.

Eviten la novedad de los vocablos, recordando los avisos de León XIII (32): «No puede aprobarse en los escritos de los católicos aquel modo de hablar que, siguiendo las malas novedades, parece ridiculizar la piedad de los fieles y anda proclamando un nuevo orden de vida cristiana, nuevos preceptos de la Iglesia, nuevas aspiraciones del espíritu moderno, nueva vocación social del clero, nueva civilización cristiana y otras muchas cosas por este estilo». Tales modos de hablar no se toleren ni en los libros ni en las lecciones.

No descuiden aquellos libros en que se trata de algunas piadosas tradiciones locales o sagradas reliquias; ni permitan que tales cuestiones se traten en los periódicos o revistas destinados al fomento de la piedad, ni con palabras que huelan a desprecio o escarnio, ni con sentencia definitiva; principalmente, si, como suele acaecer, las cosas que se afirman no salen de los limites de la probabilidad o estriban en opiniones preconcebidas.

(31. Act. Consess. Ep. Umbriae, nov. 1849, tit.2 a.6.
(32. Instr. S. C. NN. EE. EE., 27 en. 1902.
55 Acerca de las sagradas reliquias, obsérvese lo siguiente: Si los obispos, a quienes únicamente compete esta facultad, supieren de cierto que alguna reliquia es supuesta, retírenla del culto de los fieles. Si las «auténticas» de alguna reliquia hubiesen perecido, ya por las revoluciones civiles, ya por cualquier otro caso fortuito, no se proponga a la publica veneración sino después de haber sido convenientemente reconocida por el obispo. El argumento de la prescripción o de la presunción fundada solo valdrá cuando el culto tenga la recomendación de la antigüedad, conforme a lo decretado en 1896 por la Sagrada Congregación de Indulgencias y Sagradas Reliquias, al siguiente tenor: «Las reliquias antiguas deben conservarse en la veneración que han tenido hasta ahora, a no ser que, en algún caso particular, haya argumento cierto de ser falsas o supuestas».

Cuando se tratare de formar juicio acerca de las piadosas tradiciones, conviene recordar que la Iglesia usa en esta materia de prudencia tan grande que no permite que tales tradiciones se refieran por escrito sino con gran cautela y hecha la declaración previa ordenada por Urbano VIII, y aunque esto se haga como se debe, la Iglesia no asegura, con todo, la verdad del hecho; se limita a no prohibir creer al presente, salvo que falten humanos argumentos de credibilidad. Enteramente lo mismo decretaba hace treinta años la Sagrada Congregación de Ritos (33): «Tales apariciones o revelaciones no han sido aprobadas ni reprobadas por la Sede Apostólica, la cual permite solo que se crean piamente, con mera fe humana, según la tradición que dicen existir, confirmada con idóneos documentos, testimonios y monumentos». Quien siguiere esta regla estará libre de todo temor, pues la devoción de cualquier aparición, en cuanto mira al hecho mismo y se llama relativa, contiene siempre implícita la condición de la verdad del hecho; mas, en cuanto es absoluta, se funda siempre en la verdad, por cuanto se dirige a la misma persona de los Santos a quienes honramos. Lo propio debe afirmarse de las reliquias.

Encomendamos, finalmente, al mencionado Consejo de Vigilancia que ponga los ojos asidua y diligentemente, así en las instituciones sociales como en cualesquier escritos de materias sociales, para que no se esconda en ellos algo de modernismo, sino que concuerden con los preceptos de los Pontífices Romanos.

(33. Decr. 2 mayo 1877.
56 VII. Para que estos mandatos no caigan en olvido, queremos y mandamos que los obispos de cada diócesis, pasado un año después de la publicación de las presentes Letras, y en adelante cada tres anos, den cuenta a la Sede Apostólica, con Relación diligente y jurada, de las cosas que en esta nuestra epístola se ordenan; asimismo, de las doctrinas que dominan en el clero y, principalmente, en los seminarios y en los demás institutos católicos, sin exceptuar a los exentos de la autoridad de los ordinarios. Lo mismo mandamos a los superiores generales de las órdenes religiosas por lo que a sus súbditos se refiere.

CONCLUSION

Estas cosas, venerables hermanos, hemos creído deberos escribir para procurar la salud de todo creyente. Los adversarios de la Iglesia abusaran ciertamente de ellas para refrescar la antigua calumnia que nos designa como enemigos de la sabiduría y del progreso de la humanidad. Mas para oponer algo nuevo a estas acusaciones, que refuta con perpetuos argumentos la historia de la religión cristiana, tenemos designio de promover con todas nuestras fuerzas una Institución particular, en la cual, con ayuda de todos los católicos insignes por la fama de su sabiduría, se fomenten todas las ciencias y todo género de erudición, teniendo por guía y maestra la verdad católica. Plegue a Dios que podamos realizar felizmente este propósito con el auxilio de todos los que aman sinceramente a la Iglesia de Cristo. Pero de esto os hablaremos en otra ocasión.

Entre tanto, venerables hermanos, para vosotros, en cuyo celo y diligencia tenemos puesta la mayor confianza, con toda nuestra alma pedimos la abundancia de luz muy soberana que, en medio de los peligros tan grandes para las almas a causa de los errores que de doquier nos invaden, os ilumine en cuanto os incumbe hacer y para que os entreguéis con enérgica fortaleza a cumplir lo que entendiereis. Asistaos con su virtud Jesucristo, autor y consumador de nuestra fe; y con su auxilio e intercesión asistaos la Virgen Inmaculada, destructora de todas las herejías, mientras Nos, en prenda de nuestra caridad y del divino consuelo en la adversidad, de todo corazón os damos, a vosotros y a vuestro clero y fieles, nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 8 de septiembre de 1907, año quinto de nuestro pontificado.

Lamentabili

Decreto
LAMENTABILI SINE EXITU

DE
SAN PÍO X

SOBRE LOS ERRORES DEL
“MODERNISMO”

Decreto del Santo Oficio sobre los errores del modernismo, aprobado por el Papa Pío X (3 de julio de 1907)

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Datos Bibliográficos
Título: Decreto Lamentabili sine exitu
Autor(es): San Pío X
Fecha: 10 de Septiembre de 1907
Ciudad: El Vaticano
www.vatican.va

Datos Generales del Módulo
Versión: 1.0
Denominación: Católica
Compilador: Equipo Internacional e-Sword, Javier Oros
Fuente: www.multimedios.org/docs/d000249
Última Revisión: 19 de Abril de 2010

Autoridad doctrinal y disciplinar de la Iglesia

[Los errores condenados]:

1. La ley eclesiástica, que prescribe someter a la previa censura los libros referentes a las divinas Escrituras, no se extiende a los que cultivan la crítica o exégesis científica de los libros del Antiguo y Nuevo Testamento.

2. La interpretación de los Libros Sagrados hecha por la Iglesia no es ciertamente despreciable, pero está sometida al más exacto juicio y corrección de los exegetas.

3. De los juicios y censuras eclesiásticas contra la exégesis libre y más elevada, puede colegirse que la fe propuesta por la Iglesia contradice a la historia, y que los dogmas católicos no pueden realmente conciliarse con los más verídicos orígenes de la religión cristiana.

4. El magisterio de la Iglesia no puede determinar el sentido genuino de las Sagradas Escrituras, ni siquiera por medio de definiciones dogmáticas.

5. Como en el depósito de la fe se contienen solamente las verdades reveladas, bajo ningún concepto corresponde a la Iglesia juzgar sobre las afirmaciones de las ciencias humanas.

6. En la definición de las verdades, la Iglesia discente y la docente colaboran de tal modo que a la Iglesia docente no le corresponde sino sancionar las opiniones comunes de la discente.

7. La Iglesia, al proscribir errores, no puede exigir de los fieles que acepten, con un sentimiento interno, los juicios por ella pronunciados.

Sagrada Escritura

8. Hay que juzgar inmunes de toda culpa a quienes no estiman en nada las condenaciones promulgadas por la Sagrada Congregación del Indice y demás Sagradas Congregaciones Romanas.

9. Los que creen que Dios es verdaderamente autor de la Sagrada Escritura dan prueba de una simplicidad o ignorancia excesivas.

10. La inspiración de los libros del Antiguo Testamento consiste en que los escritores israelitas transmitieron las doctrinas religiosas bajo un aspecto peculiar poco conocido o ignorado por los paganos.

11. La inspiración divina no se extiende a toda la Sagrada Escritura de tal modo que preserve de todo error a todas y cada una de sus partes.

12. El exégeta, si quiere dedicarse con provecho a los estudios bíblicos, debe apartar, ante todo, cualquiera preconcebida opinión sobre el origen sobrenatural de la Sagrada Escritura e interpretarla no de otro modo que los demás documentos puramente humanos.

13. Fueron los mismos evangelistas y los cristianos de la segunda y tercera generación quienes elaboraron artificiosamente las parábolas del Evangelio; y así explicaron los exiguos frutos de la predicación de Cristo entre los judíos.

14. En muchas narraciones, los Evangelistas contaron no tanto lo que es verdad, cuanto lo que juzgaron más provechoso para sus lectores, aunque fuera falso.

15. Los Evangelios fueron aumentados con continuas adiciones y correcciones hasta que se llegó a un canon definitivo y constituido; en ellos, por ende, no quedó sino un tenue e incierto vestigio de la doctrina de Cristo.

16. Las narraciones de San Juan no son propiamente historia, sino una contemplación mística del Evangelio; los discursos contenidos en su Evangelio son meditaciones teológicas sobre el misterio de la salvación, destituidas de verdad histórica.

17. El cuarto Evangelio exageró los milagros, no sólo para que apareciesen más extraordinarios, sino también para que resultasen más a propósito a fin de simbolizar la obra y la gloria del Verbo Encarnado.

18. Juan ciertamente reivindica para sí el carácter de testigo de Cristo; pero en realidad no es sino testigo de la vida cristiana, o de la vida de Cristo en la Iglesia, al terminar el primer siglo.

19. Los exegetas heterodoxos han interpretado el verdadero sentido de las Escrituras con más fidelidad que los exegetas católicos.

Revelación y dogma

20. La revelación no pudo ser otra cosa que la conciencia adquirida por el hombre de su relación para con Dios.

21. La revelación, que constituye el objeto de la fe católica, no quedó completa con los Apóstoles.

22. Los dogmas que la Iglesia presenta como revelados no son verdades descendidas del Cielo, sino una cierta interpretación de hechos religiosos que la inteligencia humana ha logrado mediante un laborioso esfuerzo.

23. Entre los hechos que narra la Sagrada Escritura y los dogmas de la Iglesia que se fundan en aquéllos puede existir y de hecho existe tal oposición que el crítico puede rechazar como falsos los hechos que la Iglesia cree muy verdaderos y ciertos.

24. No se ha de condenar al exegeta que sienta premisas, de las cuales se sigue que los dogmas son históricamente falsos o dudosos, con tal que directamente no niegue los dogmas mismos.

25. El asentimiento de la fe se funda, en último término, en una suma de probabilidades.

26. Los dogmas de la fe se han de retener solamente según el sentido práctico, esto es, como norma preceptiva del obrar, pero no como norma del creer.

Jesucristo

27. La divinidad de Jesucristo no se prueba por los Evangelios; sino que es un dogma que la conciencia cristiana derivó de la noción del Mesías.

28. Jesús, cuando ejercía su ministerio, no hablaba con el fin de enseñar que El era el Mesías, ni sus milagros tendían a demostrarlo.

29. Puede concederse que el Cristo, que presenta la historia, es muy inferior al Cristo que es objeto de la fe.

30. En todos los textos evangélicos el nombre de Hijo de Dios equivale solamente al nombre de Mesías; pero de ningún modo significa que Cristo sea verdadero y natural Hijo de Dios.

31. La doctrina sobre Cristo, que nos enseñan Pablo, Juan y los Concilios de Nicea, de Éfeso y Calcedonia, no es la que Jesús enseñó, sino la que sobre Jesús concibió la conciencia cristiana.

32. El sentido natural de los textos evangélicos es inconciliable con lo que nuestros teólogos enseñan sobre la conciencia y ciencia infalible de Jesucristo.

33. Para todo el que no se guía por opiniones preconcebidas es evidente que o Jesús enseña un error al hablar sobre el próximo advenimiento del Mesías, o que la mayor parte de su doctrina, contenida en los Evangelios sinópticos, carece de autenticidad.

34. El crítico no puede atribuir a Cristo ciencia ilimitada, sino en una hipótesis inconcebible históricamente y que repugna con el sentido moral, a saber: que Cristo, como hombre, tenía la ciencia de Dios y que, sin embargo, no quiso comunicar ni a sus discípulos ni a la posteridad el conocimiento de tantas cosas.

35. Cristo no siempre tuvo conciencia de su dignidad mesiánica.

36. La resurrección del Salvador no es propiamente un hecho de orden histórico, sino un hecho de orden puramente sobrenatural, ni demostrado ni demostrable, que la conciencia cristiana derivó poco a poco de otros hechos.

37. La fe en la resurrección de Cristo, en su origen, se refería no tanto al hecho mismo de la resurrección cuanto a la vida inmortal de Cristo junto a Dios.

38. La doctrina de la muerte expiatoria de Cristo no es evangélica, sino solamente paulina.

Sacramentos

39. Las opiniones sobre el origen de los sacramentos, en que estaban imbuidos los Padres de Trento y que influyeron sin duda en sus cánones dogmáticos, están muy alejadas de las que con razón dominan ahora entre los historiadores del cristianismo.

40. Los sacramentos tuvieron su origen en la interpretación que los Apóstoles y sus sucesores, aleccionados y movidos por circunstancias y acontecimientos, dieron a una cierta idea e intención de Cristo.

41. Los sacramentos no tienen otra finalidad que recordar al espíritu del hombre la presencia siempre benéfica del Creador.

42. La comunidad cristiana introdujo la necesidad del bautismo, al adoptarlo como un rito necesario y ligarle las obligaciones de la profesión cristiana.

43. La práctica de conferir el bautismo a los niños fue una evolución disciplinar, siendo una de las causas por que este sacramento se dividió en dos, a saber: Bautismo y Penitencia.

44. Nada prueba que el rito del sacramento de la Confirmación fuera empleado por los Apóstoles; y la distinción formal de los dos sacramentos, Bautismo y Confirmación, no pertenece a la historia del cristianismo primitivo.

45. No todo lo que narra Pablo sobre la institución de la Eucaristía (1 Cor. 11, 23-25), se ha de entender históricamente.

46. En la Iglesia primitiva no existió la idea sobre el pecador cristiano reconciliado por la autoridad de la Iglesia; ésta no se habituó sino muy lentamente a semejante concepto; es más, aun después de ser reconocida como una institución de la Iglesia, no se llamaba sacramento, porque se la consideraba como un sacramento infamante.

47. Las palabras del Señor: Recibid el Espíritu Santo; a los que perdonareis los pecados les son perdonados, y a los que se los retuviereis les son retenidos (Juan, 20, 22. 23), de ningún modo se refieren al sacramento de la Penitencia, aunque así les plugo afirmarlo a los Padres de Trento.

48. Santiago, en su carta (5, 14. 15) no intentó promulgar sacramento alguno de Cristo, sino recomendar una práctica piadosa; y si en esta práctica ve tal vez un medio de gracia, no lo entiende con el rigor con que lo tomaron los teólogos que establecieron la noción y el número de los sacramentos.

49. Al tomar la cena cristiana poco a poco el carácter de una acción litúrgica, los que acostumbraban presidir la cena adquirieron carácter sacerdotal.

50. Los ancianos, a quienes, en las asambleas cristianas, correspondía el oficio de vigilar, fueron instituidos por los Apóstoles como presbíteros u obispos para atender a la organización necesaria de las crecientes comunidades, pero no propiamente para perpetuar la misión y potestad apostólica.

51. El matrimonio no pudo convertirse en sacramento de la Nueva Ley, en la Iglesia, hasta muy tarde, pues para que el matrimonio fuese tenido como sacramento, era necesario que la doctrina teológica sobre la gracia y los sacramentos alcanzase su pleno desarrollo.

Iglesia

52. Ajeno fue a la mente de Cristo constituir la Iglesia como sociedad destinada, sobre la tierra, a durar por una larga serie de siglos; antes bien, en la mente de Cristo, el fin del mundo y el reino del Cielo estaban ya para llegar.

53. La constitución orgánica de la Iglesia no es inmutable; antes bien, la sociedad cristiana, lo mismo que la sociedad humana, está sometida a una perpetua evolución.

54. Los dogmas, los sacramentos y la jerarquía, tanto en su noción como en su realidad, no son sino interpretaciones y evoluciones de la inteligencia cristiana, que desarrollaron y perfeccionaron, con aumentos exteriores, el pequeño germen oculto en el Evangelio.

55. Simón Pedro ni siquiera sospechó jamás que Cristo le hubiese encomendado el primado en la Iglesia.

56. La Iglesia romana llegó a ser la cabeza de todas las Iglesias, no por ordenación de la divina Providencia, sino por circunstancias meramente políticas.

57. La Iglesia se muestra enemiga del progreso de las ciencias naturales y teológicas.

58. La verdad no es más inmutable que el hombre mismo, puesto que evoluciona con él, en él y por él.

59. Cristo no enseñó un determinado cuerpo de doctrina, aplicable a todos los tiempos y a todos los hombres; más bien inició un cierto movimiento religioso adaptado o que pueda adaptarse a los diversos tiempos y lugares.

60. La doctrina cristiana, en su principio, fue judaica; pero por sucesivas evoluciones se hizo primero paulina, luego juanea, y finalmente helénica y universal.

61. Se puede decir sin paradoja que ningún capítulo de la Escritura, desde el primero del Génesis hasta el último del Apocalipsis, contiene doctrina totalmente idéntica a la que enseña la Iglesia sobre el mismo punto; y, por ende, ningún capítulo de la Escritura tiene el mismo sentido para el crítico que para el teólogo.

62. Los principales artículos del Símbolo de los Apóstoles no tenían para los cristianos de los primeros tiempos la misma significación que tienen para los cristianos de nuestro tiempo.

63. La Iglesia se muestra incapaz de defender eficazmente la moral evangélica, porque obstinadamente se apega a doctrinas inmutables que no pueden conciliarse con el progreso moderno.

Evolucionismo

64. El progreso de las ciencias exige que se reformen los conceptos de la doctrina cristiana sobre Dios, sobre la creación, sobre la revelación, sobre la persona del Verbo Encarnado y sobre la Redención.

65. El catolicismo actual no puede conciliarse con la verdadera ciencia, si no se transforma en un cristianismo no dogmático, es decir, en protestantismo amplio y liberal.

Arrianismo

Arrianismo

Herejía que surgió en el siglo IV, y negaba la Divinidad de Jesucristo.

DOCTRINA

Es la primera entre las disputas doctrinarias que perturbaron a los cristianos después que Constantino el Grande hubo reconocido a la Iglesia en 313 d.C., y origen de muchas otras durante tres siglos, el arrianismo ocupa un gran lugar en la historia eclesiástica (Aunque es una herejía antigua, también es una forma moderna de incredulidad renacida y por tanto parecerá extraña a los ojos piadosos modernos). Pero comprenderemos mejor su significado si la calificamos como un intento Oriental de racionalizar el credo despojándolo del misterio en lo concerniente a la relación de Cristo con Dios. En el Nuevo Testamento y en la enseñanza de la Iglesia, Jesús de Nazaret aparece como el Hijo de Dios. Tomó este nombre para sí mismo (Mateo 11,27; Juan 10,36), mientras que el Cuarto Evangelio declara que Él es el Verbo el Logos, quien al principio estaba con Dios y era Dios, por quien fueron hechas todas las cosas. San Pablo establece una doctrina similar en sus indudablemente genuinas Epístolas a los EfesiosColosenses y FilipensesIgnacio las reitera en sus Cartas, y explica la observación de Plinio al mencionar que los cristianos cantan en sus asambleas un himno a Cristo como Dios.

Pero la pregunta de cómo estaba el Hijo relacionado al Padre (Él mismo reconocido totalmente como la Suprema Deidad), dio lugar, entre los años 60 y 200 d.C., a una cantidad de sistemas teosóficos, llamados generalmente gnosticismo, cuyos autores fueron BasílidesValentinoTatiano y otros especuladores griegos. Aunque todos ellos visitaron Roma, no tuvieron seguidores en Occidente, el que permaneció libre de controversias de una naturaleza abstracta, y fue fiel al credo de su bautismo. Los centros intelectuales eran principalmente Alejandría y Antioquíaegipcios y sirios, y la especulación se llevó a cabo en griego. La Iglesia Romana sostuvo firmemente la tradición. Bajo esas circunstancias, cuando las escuelas gnósticas habían muerto con sus “conjugaciones” de los poderes Divinos, y “emanaciones” del Dios Supremo irreconocible (el “Profundo” y el “Silencio”) toda especulación se convirtió en la forma de una pregunta tocante a la “semejanza” del Hijo con Su Padre y la “identidad” de Su Esencia.

Los católicos han afirmado siempre que Cristo fue verdaderamente el Hijo y verdaderamente Dios. Ellos le rinden culto con honores divinos; nunca consentirían en separarlo, en idea o realidad, del Padre, cuya Palabra, Razón, Mente, Él era, y en Cuyo Corazón Él mora desde la eternidad. Pero los términos técnicos de la doctrina no estaban completamente definidos; y aún en griego palabras como esencia (ousia), sustancia (hypostasis), naturaleza (phisis), persona (hiposopon) conllevaban una variedad de significados extraídos de las sectas de filósofos pre-cristianos, lo que no podía sino implicar malos entendidos hasta que fueran aclaradas. La adaptación del vocabulario empleado por Platón y Aristóteles a la verdad cristiana fue cuestión de tiempo; no podía hacerse en un día; y cuando fue realizado para el griego tuvo que ser emprendido para el latín, el cual no se prestaba fácilmente para necesarias aunque sutiles diferencias. Era inevitable que surgieran las disputas aún entre los ortodoxos que profesaban todos una misma fe. Y los racionalistas tomarían ventaja de todas estas discusiones para sustituir el antiguo credo por sus propias invenciones.

La tendencia que todos tomaron fue ésta: negar que en ningún verdadero sentido Dios podía tener un Hijo; como concisamente lo expresó Mahoma más tarde, “Dios no engendra, ni es engendrado” (Corán, 112). Hemos aprendido a llamar a esa negación unitarismo. Fue el alcance esencial de la oposición arriana a lo que los cristianos habían siempre creído. Pero el arriano, aunque no venía directamente del gnóstico, seguía una línea argumental y enseñaba una visión que las especulaciones del gnóstico habían hecho familiar. Describía al Hijo como segundo, o Dios inferior, ubicado entre medio de la Primera Causa y las criaturas; como Él mismo creado de la nada, aún como creando todas las otras cosas; como existente antes de los mundos de las edades; y como ataviado con todas las perfecciones divinas excepto aquella que era su sustento y fundamento. Sólo Dios era sin principio, no creado; el Hijo era creado, y alguna vez no había existido, pues todo lo que tiene origen debe comenzar a ser.

Tal es la genuina doctrina de Arrio. Usando términos griegos, niega que el Hijo es de una sola esencia, naturaleza o sustancia con Dios; Él no es consubstancial (homoousion) con el Padre, y por lo tanto no es como Él, o igual en dignidad, o coeterno, o dentro de la esfera real de Deidad. El Logos que exalta San Juan es un atributo, Razón, perteneciente a la Divina naturaleza, no una persona distinta de otra, y por lo tanto es un Hijo meramente en figura retórica. Estas consecuencias siguen el principio que Arrio mantiene en su carta a Eusebio de Nicomedia, que el Hijo “no es parte del Ingénito”. De ahí que los sectarios arrianos que razonaban lógicamente eran llamados eunomianos: decían que el Hijo era “distinto” del Padre. Y definían a Dios como simplemente el Increado. Ellos son asimismo calificados como los exucontianos (ex ouk onton), porque sostenían que el Hijo había sido creado de la nada.

Pero una opinión tan distinta a la tradición encontró poco apoyo; requería suavizarla o paliarla, aún a costa de la lógica; y la escuela que suplantó al arrianismo desde el comienzo afirmó la semejanza, ya sea sin adjuntos, o en todas las cosas, o en sustancia, del Hijo al Padre, mientras continuaban negando Su co-igual dignidad y co-eterna existencia. Estos hombres de la vía media, eran llamados semiarrianos. Se aproximaban, en estricto razonamiento, al extremo herético; pero muchos de ellos sostenían la fe ortodoxa, aunque inconsistentemente; sus dificultades rondaban sobre el idioma o el prejuicio local, y en no pequeño número se sometieron a la larga, a la enseñanza católica. Los semiarrianos intentaron por años inventar un acuerdo entre opiniones irreconciliables, y sus cambiantes credos, concilios tumultuosos y mundanas divisas nos dicen cuan mezclada y moteada era la multitud reunida bajo su bandera. El punto que debe recordarse es que, mientras que afirmaban que la Palabra de Dios era eterna, lo imaginaban a Él como habiéndose convertido en el Hijo para crear los mundos y redimir la humanidad.

Entre los escritores ante-nicenos, puede detectarse una cierta ambigüedad de expresión, excepto la escuela de Alejandría, en lo tocante a este ultimo encabezado de doctrina. Mientras los maestros católicos sostenían la “monarchia”, es decir, que existe un solo Dios; y la Santísima Trinidad, que este Único Absoluto existía en tres diferentes subsistencias; y la “Circumincession”, que Padre, Verbo, y Espíritu no podían ser separados uno de otro, en acto o pensamiento; sin embargo se dejó una abertura para la discusión relativa al término “Hijo”, y el período de su “generación” (gennesis). Se cita especialmente a cinco padres ante nicenos: AtenágorasTatianoTeófilo de AntioquíaSan Hipólito y Novaciano, cuyo lenguaje parece involucrar una noción peculiar de la Filiación, como si Ella no se convirtiera en ser o no se perfeccionara, hasta los albores de la creación. A estos pueden agregárseles Tertuliano y Metodio. El cardenal Newman sostuvo que su opinión, que se encuentra claramente en Tertuliano, del Hijo existiendo después de la Palabra, está conectada como un antecedente con el arrianismo. Petavio interpreta las mismas expresiones en un sentido reprensible; pero el obispoanglicano Bull los defiende como ortodoxos, no sin dificultad. Aún si es metafórico, tal lenguaje podría albergar a injustos disputadores; pero no somos responsables por los deslices de los maestros que fallan en percibir todas las consecuencias de las verdades doctrinarias realmente sostenidas por ellos.

Roma y Alejandría se mantuvieron distantes de estos dudosos teorizantes. El mismo Orígenes, cuyas imprudentes especulaciones fueron cargadas con la culpa de arrianismo, y que empleó términos como “el segundo Dios” respecto al Logos, que nunca fueron adoptados por la Iglesia—este mismo Orígenes enseñó la eterna Filiación del Verbo, y no era un semiarriano. Para él el Logos, el Hijo, y Jesús de Nazaret eran una Persona Divina eterna, engendrado del Padre, y, de esta forma, “subordinado” a la fuente de su ser. Él proviene de Dios como la Palabra creativa, y por tanto es un Agente ministerial, o, desde un punto de vista diferente, es el Primer-nacido de la creación. San Dionisio de Alejandría (260) fue incluso denunciado en Roma por llamar al Hijo como una obra o criatura de Dios; pero se explicó ante el Papa sobre principios ortodoxos, y confesó el Credo Homoousiano.

HISTORIA

Pablo de Samosata, quien fue contemporáneo con Dionisio, y obispo de Antioquía, puede ser juzgado el verdadero antecesor de aquellas herejías que relegaban a Cristo mas allá de la esfera Divina, sea cuales fueren los epítetos de deidad que le concedieran a Él. El hombre Jesús, dice Pablo, fue distinto del Logos, y, en el posterior lenguaje de Milton, por mérito fue hecho el Hijo de Dios. El Supremo es uno en Persona y en Esencia. Tres concilios efectuados en Antioquía (264-268 ó 269) condenaron y excomulgaron al samosateno. Pero estos Padres no aceptarían la fórmula Homoousion, temiendo que fuera tomada como significando una sustancia material o abstracta, de acuerdo con la costumbre de las filosofías paganas. Asociado con Pablo, y separado por años de la comunión católica, encontramos al bien conocido Luciano, quien editó la Versión de los Setenta y se convirtió al final en mártir. La escuela de Antioquía obtuvo su inspiración de este hombre sabio. Eusebio de Cesarea, el historiador, Eusebio de Nicomedia y Arrio mismo, todos cayeron bajo la influencia de Luciano. Por tanto, no debemos mirar a Egipto y sus enseñanzas místicas, sino a Siria, donde floreció Aristóteles con su lógica y su tendencia al racionalismo, para ver el hogar de una aberración que, de haber finalmente triunfado, se hubiera anticipado al Islam, reduciendo al Hijo Eterno a la categoría de profeta, y deshaciendo así la revelación cristiana.

Arrio, un libio por descendencia, se crió en Antioquía y fue compañero de escuela de Eusebio, luego obispo de Nicomedia, tomó parte (306) del oscuro cisma meleciano, fue hecho presbítero de la iglesia llamada “Baucalis”, en Alejandría, y se opuso a los sabelianos, comprometidos ellos mismos a una visión de la Trinidad que negaba toda real distinción en el Supremo. San Epifanio describe al hereje como alto, grave y persuasivo; no se ha sostenido ninguna calumnia sobre su carácter moral; pero hay alguna posibilidad de que diferencias personales hayan llevado a su disputa con el patriarca Alejandro a quien, en sínodo público, acusó de enseñar que el Hijo era idéntico al Padre (319). Las circunstancias reales de esta disputa son oscuras; pero Alejandro condenó a Arrio en una gran asamblea, y este último encontró un refugio con Eusebio, el historiador de la Iglesia, en Cesarea. Motivos políticos o partidarios amargaron el conflicto. Muchos obispos de Asia Menor y Siria tomaron la defensa de su “compañero Lucianista”, como no dudaba en llamarse a sí mismo Arrio. Sínodos en Palestina y Bitinia se opusieron a los sínodos en Egipto.

Durante varios años la disputa fue furiosa; pero cuando, por su derrota a Licinio (324), Constantino el Grande se convirtió en amo del mundo romano, se determinó a la restauración del orden eclesiástico en el Oriente, como en Occidente ya había emprendido la supresión de los donatistas en el Concilio de Arles. Arrio, en una carta al prelado nicomedio, había rechazado la fe católica. Pero Constantino, aleccionado por este hombre de mente mundana, envió de Nicomedia a Alejandro una carta famosa, en la cual trató la controversia como una disputa vana acerca de palabras y agrandada por la bendición de la paz. El emperador, deberíamos recordarlo, era solamente un catecúmeno, imperfectamente familiarizado con el griego, mucho más incompetente en teología, y aún así ambicioso de ejercer sobre la Iglesia Católica un dominio parecido al que, como Pontifex Maximus, ejercía sobre el culto pagano. De esta concepción bizantina (llamada en términos modernos como erastianismo) debemos derivar las calamidades que durante muchos siglos marcaron el desarrollo del dogma cristiano.

Alejandro no podía ceder en un tema de tan vital importancia. Arrio y sus seguidores no se rendirían. Por lo tanto, se reunió un concilio en Nicea, Bitinia, el que ha sido siempre considerado como el primero ecuménico, y que sesionó desde mediados de junio de 325. (Ver Primer Concilio de Nicea). Comúnmente se dice que presidió Hosio de Córdoba. El Papa Silvestre, estuvo representado por sus legados y asistieron 318 Padres, casi todos de Oriente. Desafortunadamente, las actas del concilio no se han conservado. El emperador, que estuvo presente, prestó una religiosa deferencia a una reunión que desplegaba la autoridad de la doctrina cristiana de un modo tan notable. Desde un principio fue evidente que Arrio no contaba con un gran número de favorecedores entre los obisposAlejandro fue acompañado por su joven diácono, el siempre memorable San Atanasio quien se involucró en una discusión con el propio hereje, y desde ese momento se convirtió en el líder de los católicos durante casi cincuenta años. Los Padres apelaron a la tradición contra los innovadores, y fueron apasionadamente ortodoxos; mientras tanto se recibió una carta de Eusebio de Nicomedia, declarando abiertamente que él nunca admitiría que Cristo era una sola sustancia con Dios. Esta confesión sugirió unos medios de discriminación entre los verdaderos creyentes y todos aquellos que, bajo ese pretexto, no sostenían la fe recibida.

Eusebio de Cesarea escribió un credo en nombre del partido de los arrianos en el cual se le atribuía a Nuestro Señor todo término de honor y dignidad, excepto la unidad de la sustancia. Claramente, entonces, ninguna otra prueba salvo Homoousion probaría una coincidencia para las sutiles ambigüedades de lenguaje que, como siempre, fueron agudamente adoptadas por los disidentes del pensamiento de la Iglesia. Se había descubierto una fórmula que serviría como comprobación, aunque no simple de encontrar en las Escrituras, sin embargo resumía la doctrina de San JuanSan Pablo y el propio Cristo, “Yo y el Padre somos uno”. La herejía, como destaca San Ambrosio, había provisto desde su propia vaina el arma para cortar su cabeza. La “consubstancialidad” fue aceptada, solamente trece obispos disintieron, y rápidamente se redujeron a siete. Hosio redactó las declaraciones conciliares, a las que fueron anexados anatemas contra aquellos que afirmaran que el Hijo alguna vez no había existido, o que no existía antes de ser engendrado, o que Él había sido hecho de la nada, o que Él era de una substancia o esencia diferente del Padre, o era creado o variable. Todos los obispos hicieron esta declaración excepto seis, de los cuales cuatro a la larga se retractaron. Eusebio de Nicomedia retiró su oposición a los términos de Nicea, pero no firmaría la condena de Arrio. El emperador, que consideraba la herejía como rebelión, propuso las alternativas de suscripción o destierro; y, en el terreno político, el Obispo de Nicomedia fue exiliado poco después del concilio, involucrando a Arrio en su ruina. El heresiarca y sus seguidores soportaron su sentencia en Iliria.

Pero estos incidentes, que podría parecer que cerraría el capítulo, probaron el comienzo de conflictos, y llevaron a los más complicados procedimientos de los que hayamos leído en el siglo IV. Mientras el credo arriano manifiesto era defendido por pocos, aquellos prelados políticos alineados con Eusebio llevaban a cabo una doble lucha contra el término “consustancial”, y su campeón San Atanasio. Éste, el mas grande de los Padres Orientales había sucedido a Alejandro en el patriarcado egipcio (326). No tenía más que treinta años de edad; pero sus escritos publicados, anteriores al Concilio, desplegaban, en pensamiento y precisión, una maestría de los asuntos involucrados que ningún maestro católico podía sobrepasar. Su vida inmaculada, temperamento considerado y lealtad a sus amigos lo hacían difícil de atacar por ningún lado. Pero las artimañas de Eusebio, quien en 328 recobró el favor de Constantino, estaban secundadas por las intrigas asiáticas, y comenzó un período de reacción arriana.San Eustacio de Antioquía fue depuesto bajo el cargo de sabelianismo (331), y el emperador envió su mandato de que Atanasio debía recibir de regreso a Arrio a la comunión. El santo se rehusó firmemente. En 325 el heresiarca fue absuelto por dos concilios, en Tiro y en Jerusalén, el primero de los cuales depuso a Atanasio basado en falsos y vergonzosos fundamentos de mala conducta personal. Fue exiliado a Tréveris y su estadía de dieciocho meses en esos lugares cimentó más estrechamente a Alejandría con Roma y el Occidente católico.

Mientras tanto, Constanza, la hermana del emperador, había recomendado a Arrio, a quien consideraba un hombre injuriado, a la indulgencia de Constantino. Sus palabras de moribunda lo afectaron, llamó al libio, le extrajo una solemne adhesión a la fe de Nicea, y ordenó a Alejandro, obispo de la Ciudad Imperial, darle la Comunión en su propia iglesia (336). Arrio triunfó abiertamente; pero mientras andaba pavoneándose, la tarde anterior al día en que iba a tener lugar este acontecimiento, murió de un repentino desorden, al que los católicos no puedieron dejar de atribuir a un juicio de los cielos, debido a las oraciones de los obispos. Su muerte, sin embargo, no detuvo la plaga. Constantino entonces no favoreció más que a los arrianos; fue bautizado en sus últimos momentos por el artero prelado de Nicomedia; y legó a sus tres hijos (337) un imperio desgarrado por disensiones a las que su ignorancia y debilidad habían agravado.

Constancio, quien nominalmente gobernaba el Oriente, era un títere de su emperatriz y de los ministros del palacio. Obedeció a la facción de Eusebio; su director espiritual, Valente, obispo de Mursa, hizo lo que estuvo a su alcance para infectar Italia y el Occidente con dogmas arrianos. El término “igual en sustancia”, Homoousion, que había sido empleado meramente para librarse de la fórmula Nicena, se convirtió en consigna. Pero tantos como catorce concilios, realizados entre 341 y 360, en los cuales encontraron expresión todos los matices de los subterfugios herejes, fueron testigos de la necesidad y eficacia de la piedra de toque católica que todos rechazaban.

Alrededor de 340, una reunión alejandrina había defendido a su arzobispo en una epístola al Papa San Julio I. A la muerte de Constantino, y por la influencia del hijo y homónimo de ese emperador, había sido restaurado a su pueblo. Pero el joven príncipe falleció, y en 341 el famoso Concilio de Antioquía de la Dedicación degradó a Atanasio por segunda vez, quien ahora buscó refugio en Roma, donde pasó tres años. Gibbon cita y adopta “una juiciosa observación” de Wetstein que merece ser recordada siempre. Desde el siglo IV en adelante, destaca el erudito alemán, cuando las Iglesias Orientales estaban casi igualmente divididas en elocuencia y habilidad entre los sectores contendientes, el partido que buscaba ganar, hizo su aparición en el Vaticano, cultivó la majestad papal, conquistó y estableció el credo ortodoxo con la ayuda de los obispos latinos. Por lo tanto, es por eso que Atanasio fue a Roma. Un extranjero, Gregorio, usurpó su lugar. El concilio romano proclamó su inocencia.

En 343, Constancio, quien reinaba sobre el Occidente desde Iliria hasta Bretaña, convocó a los obispos a reunirse en Sárdica en Pannonia. Noventa y cuatro prelados latinos y setenta griegos u orientales comenzaron los debates; pero no pudieron llegar a término y los asiáticos se retiraron, y realizaron una sesión separada y hostil en Filipópolis en Tracia. Se ha dicho justamente que el Concilio de Sárdica revela los primeros síntomas de la discordia que, mas adelante, produjo el triste cisma de Oriente y Occidente. Pero para los latinos esta reunión, que permitió las apelaciones al Papa Julio, o a la Iglesia Romana, pareció un epílogo que completó la legislación nicena, y a estos efectos fue citado por el Papa San Inocencio I en su correspondencia con los obispos de África.

Habiendo vencido sobre Constancio, quien aceptó su causa cálidamente, el invencible Atanasio recibió tres cartas de su semiarriano y oriental soberano, en las que le ordenaba y, a la larga le suplicaba que regresara a Alejandría (349). Los obispos facciosos, Ursacio y Valente, retiraron sus cargos contra él en manos del Papa Julio; y mientras viajaba al hogar, a través de Tracia, Asia Menor y Siria, la multitud de prelados de la corte le hicieron servil homenaje; estos hombres giraban con cada viento. Algunos, como Eusebio de Cesarea, sostenían una doctrina platonizante a la que no renunciarían, auque declinaron la blasfemia arriana. Pero muchos eran oportunistas, indiferentes al dogma. Y un nuevo partido había surgido, los estrictos y píos Homoousianos, ni amigos de Atanasio, ni dispuestos a suscribir los términos de Nicea, pero aún así lentamente desplazándose más cerca del verdadero credo y finalmente aceptándolo. Estos buenos hombres jugaron su parte en los siguientes concilios.

Sin embargo, cuando murió Constancio (350), y su semiarriano hermano fue dejado supremo, la persecución a Atanasio se redobló en violencia. Mediante una serie de intrigas los obispos Occidentales fueron persuadidos a removerlo a Arles, MilánRimini. Fue con relación a este último concilio (vea Concilio de Rimini) (359) que San Jerónimo escribió, “el mundo entero gimió y se maravilló de encontrarse arriano”. Pues los obispos latinos fueron conducidos mediante amenazas y triquiñuelas a firmar concesiones que en ningún momento representaban sus genuinas opiniones. Los concilios fueron tan frecuentes que sus fechas son todavía materia de controversia. Asuntos personales enmascaraban la importancia dogmática de la lucha que se había desarrollado por treinta años. El Papa del momento, Liberio, valiente al principio, indudablemente ortodoxo, pero arrancado de su sede y exiliado a la lóbrega soledad de Tracia, firmó un credo, en tono semiarriano (compilado principalmente de uno de Sirmium), abandonó a Atanasio, pero tomó una postura contra la así llamada “Homoeana” fórmula de Rimini.

El nuevo partido estaba liderado por Acacio de Cesarea, un eclesiástico aspirante que sostenía que él, y no San Cirilo de Jerusalén, era metropolitano sobre Palestina. Los acacianos, una especie de protestantes, no emplearían términos que no fuesen encontrados en las Escrituras, y por tanto evadían firmar la “Consubstancialidad”. Un más extremo conjunto, los “eunomianos”, seguidores de Aecio y dirigidos por Eunomio, sostuvieron reuniones en Antioquía y Sirmiun, declararon al Hijo como “distinto” del Padre, y se hicieron poderosos en la corte en los últimos años de Constancio. Jorge de Capadocia persiguió a los católicos alejandrinos. Atanasio se retiró al desierto entre los solitarios. Hosio había sido obligado mediante torturas a suscribir el credo de moda. Cuando murió el vacilante emperador (361), Julián, conocido como el Apóstata, sufrió lo mismo para volver a sus hogares a quienes habían sido exiliados debido a la religión. Una importante reunión, presidida por Atanasio en 362, en Alejandría, unió a los ortodoxos semiarrianos con él mismo y el Occidente. Cuatro años después cincuenta y nueve prelados macedonios, es decir, hasta entonces anti nicenos, se sometieron al Papa Liberio. Pero el Emperador Valente, un feroz hereje, todavía ponía devastación a la Iglesia.

Sin embargo, la larga batalla estaba entonces tornándose decididamente a favor de la tradición católica. Obispos occidentales, como San Hilario de Poitiers y San Eusebio de Vercelli, desterrados al Asia por sostener la fe nicena, estaban actuando al unísono con San Basilio el Grande, los dos San Gregorio (San Gregorio de Nisa y San Gregorio Nacianceno, y los reconciliados semiarrianos. Como movimiento intelectual la herejía había perdido su fuerza. Teodosio I, un español y católico, gobernaba todo el Imperio. Atanasio murió en 373; pero su causa triunfó en Constantinopla, arriana por largo tiempo, primero por la prédica de San Gregorio Nacianceno, luego en el Segundo Concilio General (381), cuya apertura presidió Melecio de Antioquía. Este santo varón había sido apartado de los paladines nicenos durante el largo cisma; pero hizo la paz con Atanasio, y entonces, en compañía de San Cirilo de Jerusalén, representó una influencia moderada que ganó el momento. No aparecieron diputados del Occidente. Melecio murió casi inmediatamente. San Gregorio Nacianceno, quien tomó su lugar, muy pronto renunció. San Gregorio de Nisa redactó un credo encarnando al de Nicea, pero no es el que es recita en la Misa, este último se dice que se debe a San Epifanio y la Iglesia de Jerusalén. El Concilio se convirtió en ecuménico mediante la aceptación del Papa y de los siempre ortodoxos occidentales. Desde este momento el arrianismo en todas sus formas perdió su lugar dentro del Imperio.

Su desarrollo entre los bárbaros fue más político que doctrinal. Ulfilas (311-388), quien tradujo las Escrituras al maeso-gótico, enseñó una teología acaciana a los ostrogodos del Danubio; reinos arrianos surgieron en España, África, Italia. Los gépidas, hérulos, vándalos, alanos y lombardos recibieron un sistema que eran tan poco capaces de comprender como de defender, y los obispos católicos, los monjes, la espada de Clodoveo y la acción del papado, terminaron esto a comienzos del siglo VIII. Nunca ha sido revivido en la forma que tomó bajo Arrio, Eusebio de Cesarea y Eunomio. Individuos, entre los que están Milton y Sir Isaac Newton, fueron quizás contaminados con el mismo. Pero la tendencia sociniana de la que salieron las doctrinas unitarias no le debe nada a la escuela de Antioquía o a los concilios opuestos a Nicea. Tampoco ha quedado ningún líder arriano con un carácter de proporciones heroicas en la historia. En toda la historia no hubo sino un solo héroe—el impertérrito San Atanasio—cuya mente fue igual a los problemas, como su gran espíritu lo fue a las vicisitudes, una cuestión sobre la que el futuro del cristianismo dependió.
Fuente: Barry, William. «Arianism.» The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01707c.htm

 

Puntos de doctrina y acción.

PUNTOS DE DOCTRINA Y DE ACCIÓN

Estimados Mons. Williamson, Mons. Faure; estimados padres:

Hace poco decíamos sobre los problemas que tenemos en la así llamada “Resistencia”. Hay tantos distintos pareceres, y en temas tan importantes, que nuestra acción se vuelve desordenada y caótica por no tener principios claros de doctrina ni de acción..

Decíamos: La Verdad debe regir nuestras acciones y no al revés. Debemos ser claros ante nosotros mismos y ante nuestros fieles, sin ambigüedades ni palabras o discursos confusos, sino –quiera Dios- con La Verdad, y con la claridad que ella tiene y que ella transmite.

A veces da la impresión de que subyace una especie de “hagamos y después veamos”: La acción primero, la acción por la acción: Voluntarismo. Y, al final de cuentas, estamos haciendo en muchos puntos lo mismo que Mons. Fellay: “A iguales causas, se seguirán iguales efectos”. Podemos decir: La Fraternidad San Pío X será destruida; y los padres que hemos reaccionado (La Resistencia) también. Quiera Dios que esto sea un presagio equivocado. “Los problemas ya son tantos que la única actitud «constructiva» no está en negarlos ni excusarlos, sino en solucionarlos. Tal vez son las últimas oportunidades que la Providencia nos da para ello… Nuestros compañeros de la FSSPX (sacerdotes, hermanos) no vienen con nosotros, “no dan el paso”, porque ellos ven los problemas que tenemos y entonces no se les presenta ni razonable ni sensato venir hacia nosotros. No sé si se puede decir que tal vez esto también ocurra con los benedictinos de Bellaigue o con los capuchinos de Morgon… Tengo la impresión, con todas estas cosas, de que Mons. Fellay se muere de risa de nosotros”.

Para solucionar todo esto:

El Padre Ortiz ya tomó la iniciativa de enviar un proyecto de puntos de doctrina y de acción a los cuales poder adherir.

Hoy tenemos la facilidad del internet para recibir y discutir estas cosas a pesar de las distancias (Asia, Europa, USA, Hispanoamérica). Esto nos da tiempo para pensar bien las cosas. Y nos evita el riesgo de reunirnos unos pocos días en algún lugar, con mucho gasto de tiempo y de dinero, y que no lleguemos a lo que buscamos. Haciéndolo con el internet, podemos tomarnos la tranquilidad de pensar bien las cosas y terminar haciendo una “Declaración de Principios”, para claridad ante nosotros mismos, para claridad ante nuestros cofrades que aún no deciden romper con Mons. Fellay, y para claridad ante los fieles.

El Padre Ortiz prevé en su correo, por supuesto, sobre las correcciones que se pueden hacer a su texto. Por eso enviamos aquí, por nuestra parte, este otro proyecto, pues –con respeto hacia el padre- estimamos que algunos puntos deben ser considerados de otra manera.

Nuestro proyecto, más que principios, contiene “CONSIDERACIONES”, y por esto es más extenso.

Una futura “Declaración de Principios”, la cual –entre todos-deberíamos hacer más adelante, evidentemente tendría que ser un texto mucho más breve y resumido (tal vez en una sola página).

En nuestro texto, casi siempre habrá una pequeña introducción o explicación, y se propondrá una “posible” (sólo “posible”) consideración a sostener o adherir, y en base a la cual –más adelante- se podrá extraer o expresar un principio de la futura “Declaración”.

Sin más, saludamos a todos cordialmente. En María Santísima. Padre F. Altamira (viernes 25 de septiembre de 2015; Témporas).

CONSIDERACIONES PARA EXTRAER PRINCIPIOS DE DOCTRINA Y ACCIÓN

1 Una falsa “Nueva Religión” y una falsa “Nueva Iglesia”.

2 La Visibilidad de la Iglesia Católica.

3 El Concilio Vaticano II no es, de ninguna manera, Magisterio Católico. 3 bis) El nuevo Código de Derecho Canónico.

4 Los sacramentos modernos y la misa moderna.

4 bis) Obispos “modernos” y sacerdotes “modernos”.

5 El tema de “Ir a Roma”.

6 Hacer un Acuerdo, buscar un status jurídico “normal” en la Iglesia (Conciliar).

7 Nuestro accionar se basa en el estado de necesidad y en la jurisdicción de suplencia.

7 bis) Tribunales Canónicos (las causas de matrimonio).

8 Temas varios:

a) Guardar silencio;

b) El Motu proprio de Benedicto XVI;

c) El supuesto levantamiento de las “excomuniones”;

d) Canonizaciones y santos modernos;

e) Las apariciones y revelaciones “modernas”;

f) Naciones y gobiernos actuales.

9 “Operación supervivencia”: La consagración de nuevos obispos.

9 bis) La necesidad de que haya una o varias congregaciones o sociedades.

10) El caso de Francisco.

«Los sacerdotes de la FSSPX que hemos reaccionado contra lo que está haciendo Mons. Fellay y “su grupo” queremos manifestar, para claridad ante nosotros, ante nuestros compañeros en el sacerdocio, y ante la feligresía católica, las siguientes “CONSIDERACIONES”:»

1 Una falsa “Nueva Religión” y una falsa “Nueva Iglesia”

*Algunas consideraciones en este punto:

«En virtud del Concilio Vaticano II, basados en él, y en los documentos y acciones que se han sucedido hasta el día de hoy, máxime con Francisco, los hombres de la “Iglesia Conciliar” han creado una Nueva Religión y una Nueva Iglesia. Eso que ellos han creado ya no es más el Catolicismo, ya no es más la Iglesia Católica. Francisco, sobre todo en su última encíclica “Laudato si”, ha vuelto a hacer –siguiendo a Benedicto XVI- un fuerte llamado para que se forme el Gobierno Mundial y ha dado lo que parece mayores lineamientos de esta Nueva (falsa) Religión. Frente a todo esto, hacemos nuestras nuevamente las palabras de Monseñor Lefebvre al respecto:

Esta nueva religión NO ES LA RELIGIÓN CATÓLICA; es estéril, incapaz de santificar la sociedad y la familia” (Itinerario Espiritual, Prólogo, 29 de enero de 1990).

-“Yo soy quien los interrogaría, para decirles: ¿A qué iglesia pertenecen ustedes?¿A qué iglesia nos referimos, quisiera saber si nos referimos a la

Iglesia Católica o a otra iglesia, a UNA CONTRA-IGLESIA, a UNA FALSIFICACIÓN DE LA IGLESIA? YO CREO SINCERAMENTE QUE SE

TRATA DE UNA FALSIFICACIÓN DE LA IGLESIA Y YA NO LA IGLESIA CATÓLICA. ¿Por qué? Porque ellos ya no enseñan la Fe Católica. Ya no defienden la Fe Católica. Y no solamente no enseñan la Fe Católica ni la defienden, sino que ENSEÑAN OTRA COSA. ELLOS HAN CONVERTIDO A LA IGLESIA EN OTRA COSA QUE NO ES LA IGLESIA CATÓLICA. Ya no es la Iglesia Católica. (…)” (palabras de Mons. Lefebvre, dadas el 8 de junio de 1978).

-“Se terminó. ELLOS YA NO SON DE NUESTRA RELIGIÓN. Se terminó,

“Pienso que podemos hablar de descristianización y que estas personas que ocupan Roma hoy son anticristos. He dicho anticristos, como lo describe San Juan en su primera Carta: “ya el Anticristo hace estragos en nuestro tiempo”. El Anticristo, los anticristos, ellos lo son, es absolutamente cierto Verdaderamente nosotros tratamos con una increíble mafia, ligada ciertamente con la masonería. (…) ELLOS NO ESTÁN YA DENTRO DE LA IGLESIA CATÓLICA” (extractos de una conferencia en el Retiro sacerdotal de Ecône, el 14 de septiembre de 1987).

La iglesia que afirma semejantes errores, es a la vez cismática y herética. Esta Iglesia Conciliar NO ES, POR LO TANTO, CATÓLICA. En la medida en que el papa, los obispos, sacerdotes o fieles se adhieran a esta nueva Iglesia, ellos se separan de la Iglesia Católica. (…) El pedido de Su Excelencia Mons. Benelli es, por lo tanto, esclarecedor: sumisión a la Iglesia del Vaticano II, a la iglesia cismática” (algunas reflexiones respecto de la “suspensio a divinis”, 29 de julio de 1976).

-“La Iglesia Conciliar, estando extendida universalmente, difunde errores contrarios a la Fe Católica, y en razón de estos errores ha corrompido las fuentes de la gracia que son el Santo Sacrificio de la Misa y los Sacramentos. Esta FALSA Iglesia está en ruptura cada vez más profunda con la Iglesia Católica(carta a Mons. De Castro Mayer, 4 de diciembre de 1990).

“Nosotros nos veremos cada vez más obligados a actuar considerando esta nueva Iglesia Conciliar como no siendo ya católica” (carta a Jean Madiran, 29 de enero de 1986).»

2) La Visibilidad de la Iglesia Católica:

*Algunas consideraciones en este punto:

«Por lo mismo que acabamos de decir en el punto uno, y siendo que la Iglesia Católica se reconoce por “las cuatro notas”, o señales, que siempre ha dado para su visibilidad (una, santa, católica y apostólica), manifestamos que esta nueva falsa iglesia, “la Iglesia Conciliar”, no posee más estas cuatro notas. ¿Dónde está entonces la Iglesia Católica? La Iglesia Católica se encuentra y se encontrará en cualquier católico que guarde las cuatro notas, esté donde esté (Dios sabe sobre ellos). ¿Qué tan reducida puede verse dicha visibilidad? No se pueden dar aquí reglas fijas, simplemente recordamos que muchos han dicho que “los finales serán semejantes a los comienzos”. Cuando la Iglesia sale del costado abierto de Nuestro Señor en la Cruz, Ella estaba constituida por algo más de una o dos decenas de almas fieles. En el momento en que se manifiesta la plenitud del Espíritu Santo, el día de Pentecostés, eran algo más de cien. Con la prédica de San Pedro se convierten tres mil almas. La Iglesia para entonces ni siquiera estaba diseminada por todo el mundo sino sólo en esa pequeña región del planeta. Y, sin embargo, había Iglesia Católica, y por lo tanto estaban las cuatro notas. ¿Cuántos serán hoy en día los católicos que guardan las notas? Suponemos que algunas decenas de miles, difícil saberlo con exactitud: Dios es quien sabe quiénes son y su número. ¿Qué ocurre con los que están en la Nueva Iglesia? “Objetivamente” están equivocados y están en algo que no es la Iglesia Católica; pero en cuanto a la culpa, el buen Dios también sabe quiénes están de buena fe en falsa Iglesia Conciliar (i.e. sin culpa). ¿Puede haber verdaderos católicos allí, católicos que guarden las cuatro notas A PESAR DE la falsa Iglesia Conciliar? Tal vez sí (nosotros no lo sabemos); en definitiva, ésta es otra respuesta difícil de dar; Dios es el que sabe quiénes son y DÓNDE ESTÁN. Por otro lado, con estas consideraciones no queremos afirmar que los que están en la falsa Iglesia se condenen (todos sabemos que ése es otro tema y que depende de la culpa; de igual

manera, “los tradicionalistas” no tenemos bajo ningún aspecto asegurada nuestra salvación). Nosotros simplemente expresamos que un católico debe tener y mantener las cuatro notas de la Iglesia.

Sobre este punto de la visibilidad de la Iglesia, también hacemos nuestras las palabras de Mons. Lefebvre:

“¿Dónde está la Iglesia visible? La Iglesia visible se reconoce por las señales que siempre ha dado para su visibilidad: Es UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA. (…) Queda claro que somos nosotros quienes conservamos LA UNIDAD DE LA FE, que desapareció en la iglesia oficial.

  • Si hay aún una VISIBILIDAD de la Iglesia hoy, es gracias a ustedes.

ESTAS SEÑALES NO SE ENCUENTRAN YA EN LOS OTROS. (…) NO SOMOS

NOSOTROS, SINO LOS MODERNISTAS QUIENES SALEN DE LA IGLESIA… ES EQUIVOCARSE, ASIMILAR1 “la iglesia oficial” A LA IGLESIA VISIBLE.

  • ¿Salir, por lo tanto, de “la iglesia oficial”? En cierta medida, sí, obviamente…” (Revista “FIDELITER” Nº 66, noviembre-diciembre 1988).

-“Es increíble que se pueda hablar de IGLESIA VISIBLE en la relación a “la iglesia conciliar”, Y EN OPOSICIÓN A LA IGLESIA CATÓLICA, que nosotros intentamos representar y seguir. (…) SOMOS NOSOTROS QUIENES

TENEMOS LAS NOTAS DE “LA IGLESIA VISIBLE”: la unidad, la catolicidad, la apostolicidad, la santidad. ES ESO LO QUE CONSTITUYE LA IGLESIA VISIBLE. (…) Obviamente estamos en contra de la iglesia “conciliar, que es prácticamente cismática, incluso si no lo aceptan. En la práctica es una iglesia virtualmente excomulgada, PORQUE ES UNA IGLESIA MODERNISTA” (Revista “FIDELITER” Nº 70, julio-agosto de 1989).»

 

3) El Concilio Vaticano II no es, de ninguna manera, Magisterio Católico:

*Algunas consideraciones en este punto:

«Sobre el Concilio Vaticano II, manifestamos que el mismo no es Magisterio Católico, ni puede ser así considerado de ninguna manera. Dicho concilio es más bien “un magno conciliábulo”, como tantos que han habido en la Historia de la Iglesia. Rechazamos totalmente este concilio, jamás será utilizado por nosotros, ni siquiera en los textos o párrafos que no contradicen la doctrina católica. Declaramos su nulidad total y absoluta. Rechazamos enérgicamente todas las manifestaciones de Mons. Fellay y de los padres que lo secundan en el sentido de afirmar o querer afirmar que dicho Concilio es Magisterio Católico, o que se debe hacer “hermenéutica” católica del mismo (sea la famosa “hermenéutica de la continuidad”, o cualquier otra que se pudiera inventar). Rechazamos también muy enérgicamente la más que desafortunada expresión –ya famosa- de Mons. Fellay de que es bueno o aceptamos el Concilio en un 95 %. Asimismo, contra los dichos o conceptos de Mons. Fellay y otros padres (v.gr. el P. Bouchacourt, etc), se aclara que lo malo no es “el espíritu del Concilio”, sino el Concilio Vaticano II mismo, el Concilio en sí (como un todo), y también en sus textos, tanto en general y como en particular. Lo mismo debemos decir de todo el llamado “magisterio post Conciliar”: Lo rechazamos total y absolutamente por ser hijo de la letra y del espíritu de Vaticano II, y manifestamos claramente que el mismo no es Magisterio Católico, ni puede ser así considerado. Hacemos un rechazo en especial de la última “encíclica” de Francisco, “Laudato si”, por los innumerables errores que contiene, por hacer un llamado explícito y con fuerza para que se dé el Gobierno Mundial, y por los numerosísimo textos alusivos a antiguos conceptos católicos que Francisco redefine en post de una mayor explicitación de la Nueva Religión Mundial que han creado».

3 bis) El nuevo Código de Derecho Canónico:

*Algunas consideraciones en este punto:

«Puesto que el nuevo Código de Derecho Canónico, mandado a confeccionar por Juan Pablo II, adopta e introduce en sus cánones y en su espíritu los principios de esta nueva falsa religión y, como el mismo Juan Pablo II lo dice explícitamente, adopta en sus cánones los principios y textos del Concilio Vaticano II: Manifestamos que no consideramos al mismo como ley de la Iglesia y que negamos su legitimidad. Jamás utilizaremos ni nos valdremos del mismo. En nuestro apostolado y vida de católicos sólo utilizaremos y nos referiremos el antiguo código de 1917, cuyo mentor fue nuestro santo patrono, el Papa San Pío X».

4) Los sacramentos modernos y la misa moderna:

*Algunas consideraciones en este punto:

«Sobre los sacramentos modernos, dado los numerosos y variados motivos que implican –en el menor de los casos- “riesgo de invalidez” (salvo bautismo y matrimonio, con las debidas condiciones), y dado que todos éstos han sido creados bajo la letra y el espíritu del Concilio Vaticano II: Manifestamos que jamás aconsejaremos valerse positivamente de dichos sacramentos, y que todos ellos son “ilegítimos”. La legitimidad que sobre ellos defiende Mons. Fellay es inaceptable. Mención especial merece “el episcopado moderno” con todos los riesgos de invalidez que comporta y con las gravísimas consecuencias que se siguen de ello. En cuanto a la misa moderna, no sólo por sus riesgos de invalidez, sino porque se trata de un rito no católico, de un rito modernista, ecuménico y protestantizado, jamás será dicha por ninguno de nosotros y jamás aconsejaremos positivamente la asistencia a dicha misa (no obstante la aplicación, por analogía, de los principios católicos para la asistencia “pasiva” a ritos de los no católicos). También es importante aclarar que esta misa moderna, contra lo que dice Mons. Fellay, carece de legitimidad».

4 bis) Obispos “modernos” y sacerdotes “modernos”:

*Algunas consideraciones en este punto:

«Consideramos gravemente dudosas, con graves riesgos de invalidez, las nuevas ordenaciones episcopales y sacerdotales modernas. Por consecuencia, las personas que han sido ordenadas con los nuevos ritos necesitan ser re-ordenadas bajo condición según el rito tradicional católico, antes de permitir su apostolado entre nosotros (Misa, Sacramentos, etc.), y asegurarnos de que posean la verdadera doctrina católica (por la predicación, por la Confesión, por las enseñanzas que den, etc). Por otro lado, sin perder de vista la Caridad pero siendo realistas, con mayor razón en consideración a la experiencia de todos estos años, cuando un sacerdote “moderno” se acerque a nosotros deberemos ser cuidadosos en no introducirlo a vivir inmediatamente en nuestras casas, en saber sobre la vida personal y conducta del mismo, y en analizar si será capaz de adaptarse a nuestro orden y tipo de vida; para ello deberemos poner un período de prueba que no sea tan breve, como muchas veces se hizo en el pasado y con tristes consecuencias.»

5) El tema de “Ir a Roma”:

*Algunas consideraciones en este punto:

«Puesto que se trata de la falsa Roma y ya no la Roma Católica, puesto que son ellos quienes han dejado el Catolicismo y deben volver a él, puesto que la triste experiencia de estos más de cuarenta años de crisis ha demostrado hasta el cansancio lo inútil y más que peligroso que es ir a esa (falsa) Roma, puesto que ya son más de diez congregaciones similares a la nuestra las que han sido destruidas bajo esta excusa de “ir a

Roma”, puesto que la misma FSSPX está a punto de terminar de ser destruida por el mismo motivo: Manifestamos que ya no iremos más a esa falsa Roma liberal, modernista y “anticristo” (como la llamaba Mons. Lefebvre). Quedaremos a la espera, si esto es posible, de que ellos vuelvan al Catolicismo (de dónde nunca se deberían haber ido). Hacemos nuestras también aquí las palabras de nuestro fundador:

TODO SACERDOTE que quiere permanecer católico TIENE EL ESTRICTO DEBER DE SEPARARSE DE ESTA IGLESIA CONCILIAR, mientras ella no recupere la Tradición del Magisterio de la Iglesia y de la Fe Católica” (Itinerario espiritual, Cap. III; nota: el prólogo está firmado el 29 de enero de 1990).»

6) Hacer un Acuerdo, buscar un status jurídico “normal” en la Iglesia (Conciliar):

*Algunas consideraciones en este punto:

«Manifestamos claramente que jamás intentaremos hacer un acuerdo de ningún tipo con la falsa Roma, ni con Francisco, etc. Esto vale en igual sentido para otras expresiones iguales o similares: Jamás buscaremos un status jurídico “normal” en la Iglesia Conciliar, etc. El principio que adoptamos aquí es el que nos legara nuestro fundador, Mons. Marcel Lefebvre: No habrá ningún acuerdo hasta que Roma no se convierta, hasta que la falsa Roma no vuelva al Catolicismo, si esto es posible. Pensamos que Dios Nuestro Señor Jesucristo puede ciertamente estar cerca, y con su Vuelta Gloriosa y su Parusía, será Él sin duda quien arreglará todas estas cosas. Si la Iglesia Conciliar con Francisco volvieran al Catolicismo, nuestro supuesto problema no tendría razón de ser, y automáticamente tendríamos un status oficial. Mientras tanto vale para nosotros y para todo nuestro accionar, la jurisdicción de suplencia (ut infra)».

7 Nuestro accionar se basa en el estado de necesidad y en la jurisdicción de suplencia:

*Algunas consideraciones en este punto:

«El estado calamitoso en que se encuentran los católicos del mundo entero luego del Concilio Vaticano II, y tras ya casi cincuenta años de crisis y de un Modernismo destructor, pone no sólo a la Iglesia sino a la humanidad entera, en un gigantesco estado de necesidad. Este estado de necesidad justifica todo nuestro accionar según los principios teológicos en general y según los principios de la jurisdicción de suplencia para HACER TODO AQUELLO QUE SEA NECESARIO PARA LA SALUS ANIMARUM (que es la primera ley de la Iglesia Católica). Citamos a modo de ejemplo: Administrar todos los sacramentos, celebrar la Santa Misa, abrir nuevas capillas y misiones, fundar Congregaciones religiosas o similares, fundar monasterios, consagrar nuevos obispos, ordenar sacerdotes, predicar, etc.»

7 bis) Tribunales Canónicos (las causas de matrimonio):

*Algunas consideraciones en este punto:

«Por el mismo estado de necesidad y según la suplencia de jurisdicción, así como la FSSPX (siguiendo el consejo de Mons. Lefebvre) se vio en la necesidad de erigir Tribunales Canónicos para juzgar las causas matrimoniales ante las posibles nulidades y para otros motivos, así también se prevé la necesidad de erigir eventualmente esos mismos tribunales entre nosotros. No podemos dejar a nuestros fieles en manos de los jueces modernistas, máxime si consideramos toda esta política de Francisco de simplificaciones de los procesos para facilitar las declaraciones de nulidad matrimonial, etc. A este respecto, es claro que nosotros seguiremos el antiguo régimen utilizado por la Iglesia, cuya regla 

fue un mínimo de dos instancias o juzgamientos para dichas causas.»

8) Temas varios:

*Algunas consideraciones en este punto:

«Tocaremos aquí brevemente distintos temas:

A/ Guardar silencio: Con la gracia de Dios, jamás guardaremos silencio, ni dejaremos de denunciar las enseñanzas y acciones de Francisco, ni de cualquier otro de los actuales jerarcas y sacerdotes que siguen destruyendo el Catolicismo. Debemos aquí denunciar el silencio vergonzoso que está llevando Mons. Fellay y los sacerdotes que lo secundan, según todo indica: en pos de obtener su famosa “estampilla”.

 B/ El Motu proprio de Benedicto XVI: Sostendremos públicamente que el mismo es malo al dar “legitimidad” a la misa moderna como rito “ordinario” de la Iglesia Católica. Los supuestos permisos, manifestaciones o libertades en pro de lo que el documento llama “rito extraordinario” (la verdadera Misa Católica) no cambian la calificación que hemos de tener sobre este documento, ni el rechazo de los principios y las expresiones sobre estos dos “ritos”.

C/ El supuesto levantamiento de las “excomuniones” hecho por Benedicto XVI: No aceptamos tampoco dicho documento y lo rechazamos, toda vez que da por válidas y justas las sanciones de excomunión padecidas, las cuales –como siempre hemos enseñado- son injustas y por lo tanto inválidas desde su raíz.

 D/ Canonizaciones y santos modernos: No aceptaremos “las canonizaciones modernas” por todos los problemas derivados del

Concilio Vaticano II, por un nuevo y falso concepto de santidad, y por los nuevos procesos de canonización que han sido creados. A modo de ejemplo, no aceptamos la canonización de: “San” Juan Pablo II, “San” Juan XIII, “Santa” Faustina Kowalska, “Santa” Teresa de Calcuta, “San” Escriva de Balaguer, el “Beato” Paulo VI, etc. Por los problemas expresados, aplicaremos estos principios incluso respecto de sacerdotes ejemplares que pueden –de hecho- haber llegado a la santidad, y así evitaremos expresarnos como “San” Pío de Pietrelcina, “San” Maximiliano Kolbe, “San” Ezequiel Moreno y Díaz, etc.

E/ Las apariciones y revelaciones “modernas”: No seguiremos, por principio, las mismas ni aconsejaremos a nuestros fieles a favor de ellas. Siendo conscientes, además, de que hoy existe un inmenso

“Aparicionismo”, trataremos de mantener alejados a nuestros fieles de todo este mundo, en especial de tantos mensajes y apariciones que se manejan por el internet. Ponemos, a modo de ejemplo, las siguientes apariciones “modernas” que hemos de evitar: Akita, Valtorta, Garabandal, las revelaciones de Jesús de la Misericordia a Sor Faustina y la respectiva devoción, etc, etc. Empujaremos a nuestros fieles a considerar sólo las apariciones aprobadas antes del Concilio Vaticano II.

F/Naciones y gobiernos actuales: Evitaremos, por principio, el apoyo a naciones u hombres políticos modernos (v.gr. Rusia y Putin; Obama; etc).»

9) “Operación supervivencia”: La consagración de nuevos obispos:

 

*Algunas consideraciones en este punto:

 

«El estado de necesidad de las almas justificó plenamente la consagración de cuatro obispos por parte de Mons. Lefebvre en el año 1988. Desde entonces hemos recorrido más de veinticinco años con un agravamiento inaudito de la crisis que se padecía entonces y que seguimos padeciendo hoy. Los motivos que justificaron en ese momento el acto de Mons. Lefebvre se ven varias veces multiplicados en la actualidad. Ya fue consagrado Mons. Faure. Pero para que la Fe Católica sea preservada, se salve, y se desarrolle en algún grado, se muestra con bastante evidencia la necesidad de que haya otros obispos más. Con nuevas consagraciones episcopales se podrá tal vez ver algún aumento del verdadero 

Catolicismo, y algún desarrollo (sin trabas) de la así llamada Resistencia: Podemos decir que no se puede ni se debeTENER LA COSA ATADAen manos de sólo uno o dos, los cuales -por lo mismo- limitan el accionar. En otro aspecto de cosas, se muestra conveniente, por cuestiones prácticas y sin que esto implique dar una jurisdicción “ordinaria”, que haya una distribución de obispos al menos por cada una de las grandes regiones del planeta; a modo de ejemplo: Dos para el Asia (incluyendo la zona de Australia); dos para Europa; uno para América del Norte; otro para Hispanoamérica; otro para el África. Estrictamente hablando, estos obispos gozarían de independencia entre sí, pero estarían unidos por la Fe y por la Caridad. A tal punto no gozarían de jurisdicción “ordinaria”, que los fieles de cualquier lugar podrían recurrir indistintamente a cualquiera de ellos para pedir los sacramentos, etc, sin perjuicio de que cada uno de ellos desempeñe una labor habitual en cada una de esas regiones nombradas. Por otro lado, esto permitiría un cierto resguardo para que no ocurra lo mismo que aconteció con Mons. Fellay: Ante una excesiva centralización, y al estar todo (o casi todo) en manos de uno solo, “al caer éste, todo se cayó”. En nuestro caso, si cayera uno o varios de estos obispos, siempre quedaría –esperemos- la posibilidad de recurrir a otro que, con la gracia de Dios, aún se mantenga fiel. En estos temas, también hacemos nuestras las palabras de nuestro fundador:

 

UNA SOLA COSA ES NECESARIA PARA LA CONTINUACIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA: OBISPOS PLENAMENTE CATÓLICOS, QUE NO HAGAN NINGÚN COMPROMISO CON EL ERROR, que establezcan seminarios católicos, donde los jóvenes aspirantes se alimenten con la leche de la verdadera doctrina, pongan a Nuestro Señor Jesucristo en el centro de sus inteligencias, de sus voluntades, de sus corazones, se unan a Nuestro Señor por medio de una fe viva, una caridad profunda, una devoción sin límites, y pidan como San Pablo que se rece por ellos, para que avancen en la ciencia y en la sabiduría del “Mysterium Christi”, en el que descubrirán todos los tesoros divinos; OBISPOS CATÓLICOS, QUE SE

 

PREPAREN A PREDICAR A JESUCRISTO, Y A JESUCRISTO CRUCIFICADO, OPPORTUNE ET IMPORTUNE” (Itinerario Espiritual, Prólogo, 29 de enero de 1990).

 

 

Si el Espíritu Santo permite que redacte estas consideraciones espirituales antes de entrar, si Dios quiere, en el seno de la Bienaventurada Trinidad, me habrá permitido realizar EL SUEÑO QUE

 

ME HIZO ENTREVER UN DÍA en la Catedral de Dakar: frente a la degradación progresiva del ideal sacerdotal, TRANSMITIR EN TODA SU PUREZA DOCTRINAL Y EN TODA SU CARIDAD MISIONERA, EL SACERDOCIO CATÓLICO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, tal como lo transmitió a sus apóstoles, y tal como la Iglesia Romana lo transmitió hasta mediados del siglo veinte” (Itinerario Espiritual, Prefacio, 8 de diciembre de 1989).

 

(29 de agosto de 1987, Carta a los futuros cuatro obispos) “Queridos amigos: Puesto que la Sede de Pedro y los puestos de autoridad de

 

Roma están ocupados por anticristos, la destrucción del Reinado de Nuestro Señor prosigue rápidamente dentro mismo de su Cuerpo Místico en esta tierra, especialmente por la corrupción de la Santa Misa

 

  • La corrupción de la Santa Misa ha provocado la corrupción del sacerdocio y la decadencia universal de la Fe en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. (…) *esta lucha+ nos ha valido la persecución de la

 

Roma anticristo. Puesto que esta Roma, modernista y liberal, prosigue su obra destructora del Reinado de Nuestro Señor, como lo prueban Asís y la confirmación de las tesis liberales del Vaticano II sobre la libertad religiosa, ME VEO OBLIGADO POR LA DIVINA PROVIDENCIA A TRANSMITIR LA GRACIA DEL EPISCOPADO CATÓLICO que yo he recibido, con el fin de que la Iglesia y el sacerdocio católico sigan subsistiendo, para la gloria de Dios y para la salvación de las almas. (…)

 

sean mi consuelo en Cristo Jesús, MANTÉNGANSE FIRMES EN LA FE, en el verdadero sacrificio de la Misa y en el verdadero sacerdocio de Nuestro Señor, POR EL TRIUNFO Y LA GLORIA DE JESÚS en el cielo y en 

la tierra, por la salvación de las almas y por la salvación de mi alma”.»

 

 

9 bis) La necesidad de que haya una o

 

varias congregaciones o sociedades:

 

*Algunas consideraciones en este punto:

 

«Mucho se ha discutido sobre las posibilidades o no, sobre las conveniencias o no, de que haya nuevamente una gran congregación o sociedad (a modo de lo que ha sido la FSSPX), o de que haya varias sociedades más pequeñas. Nos parece que la solución es esta última. De hecho ya estamos funcionando un poco así: Cada uno, en el país donde la Providencia lo ha colocado, se ha organizado con una cierta cantidad de fieles. Por otro lado, en forma similar a lo dicho sobre los obispos, es mejor que haya muchas posibilidades de sociedades y no una única “magna” sociedad: Esto permite, para el caso de que alguna o algunas de ellas caigan, que los fieles católicos puedan recurrir a los padres o congregaciones que todavía se mantengan de pie (que esos fieles tengan “un plan b”, “un plan c”, etc, etc).»

 

 

10) El caso de Francisco:

 

*Aclaración: Hemos querido dejar intencionalmente este tema para el final, por ser un tema espinoso, y porque algunos compañeros ya no desean nombrar a Francisco en “el Una cum” de la Misa o en otras ceremonias, y ellos tienen fundamentos para ello. Para evitar “conjeturas” decimos: En nuestro caso personal, nosotros sí rezamos, pero lo hacemos “bajo condición”, pues somos conscientes de que el hecho de la sedevacancia se puede dar, y por ello, tanto Francisco, como los anteriores, pueden no ser Papas. Las consideraciones que proponemos aquí son las siguientes:

 

«En cuanto a los Papas Conciliares en general, y a Francisco en particular: Aplicamos la presunción aconsejada por Mons. Lefebvre, pero somos conscientes de que existe la posibilidad de que no sean Papas (por herejía, por cisma, etc). La presunción mencionada no es una solución sobre las dudas que hay sobre la autoridad de ellos en general ni la de Francisco en particular, sino tan sólo una salida o solución “práctica”, ya que el problema de fondo sigue allí.

 

En la actualidad, ante las evidentes brutalidades y hasta herejías de Francisco, las cuales se dan casi a diario, y que continuamente siguen destruyendo nuestra Fe Católica, parece todos deberíamos –al menos-rezar bajo condiciónel Una cum” de la Misa, o menciones similares en otras ceremonias.

 

Sobre “el Una cum”, mucho se ha discutido sobre el sentido de dicha expresión. Lo cierto es que uno de los posibles sentidos (“juntamente con”) establece una unión con Francisco, la cual no puede admitirse si se consideran sus herejías. Parecería que esto llama, con mayor razón, a la necesidad de rezar bajo condición.

 

Distintos compañeros, por todos estos problemas, ya no quieren nombrar a Francisco y nos parece que esto es atendible. Como recientemente dijo uno de los padres, tal vez se podría aplicar aquí, como una solución a esta situación, la opinión del Cardenal Cayetano citada por el Padre Gaudron, en el “Catecismo Católico de la Crisis de la Iglesia” (que es un catecismo de la FSSPX):

 

Si alguien, por un motivo razonable, tiene por sospechosa la persona del Papa y rechaza su presencia e incluso su jurisdicción, NO COMETE DELITO DE CISMA, NI NINGÚN OTRO, a condición de que esté dispuesto a aceptar al Papa si él no fuera sospechoso. Va de suyo, que se tiene el derecho de evitar lo que es perjudicial y de prevenir los peligros…” (Tommaso de Vio cardinal Cajetan O.P., Commentarium in II-

II, 39,1. Cité dans: Abbé Matthias Gaudron FSSPX, Catéchisme catholique de la crise dans l’Église, mai 2008).

 

Alrededor de estos temas, entra LA CUESTIÓN DEL SEDEVACANTISMO. Creo que como están las cosas hoy en la Iglesia, y con mayor razón bajo el gobierno de Francisco, no se debe “cargar las tintas” contra el Sedevacantismo,  y  en  todo  caso  se  debe  distinguir  entre:  a)  Un Sedevacantismo “visceral”, que quiere hacer un dogma o casi un dogma de su tesis, y quien no la acepta es un hereje (o casi). Y: b) Un Sedevacantismo “teológico”, que considera, basado en la teología, la posibilidad fáctica de que ya estemos frente a la sedevacancia, pero sin considerar herejes a quienes no piensan así. Creo que esta segunda

 

opción es atendible y es legítima.

 

Además tenemos la experiencia de años anteriores. No olvidemos que el mismo amigo y compañero de lucha de Mons. Lefebvre, me refiero a Mons. de Castro Mayer, era sedevacantista, y podían trabajar juntos sin problema, y de hecho así lo hicieron hasta el final. Según entiendo, también lo era el P. Coache, y trabajó todos sus años con nosotros en la FSSPX hasta su muerte. En Argentina, el Padre Raúl Sánchez Abelenda, quien muchos de nosotros hemos conocido, era sedevacantista, y trabajó sin problema con nosotros hasta su muerte, incluso rezaba todos los domingos una de las Misas en nuestro Priorato de Buenos Aires hasta que murió.

 

Si uno excluye hasta la hipótesis sedevacantista, uno cae en un error intelectual, pues no se puede decir que «no existe la posibilidad teológica y fáctica” de que esto se dé, basta saber lo que enseñan los teólogos (algunos de ellos santos) sobre el tema.

 

 

Por último, por todo lo que envuelve este tema y por los problemas de estos “Papas Conciliares”, también parece no debemos hablar, insistir o darles una supuesta “legitimidad” a ellos.»

 

 

Nota  Final  Esjatológica:

 

Por todo lo que venimos diciendo, y ante la realidad que nos toca vivir, no podemos dejar de tener una visión esjatológica, una visión apocalíptica, pero santa y católicamente considerada: Porque la espera de Nuestro Rey y su manifestación gloriosa es “nuestra bienaventurada esperanza” (como dice la Sagrada Escritura).

 

Frente a esta tremenda Apostasía del mundo y de la Iglesia (o mejor “de los hombres de Iglesia”), realmente todo indica que estamos transitando los momentos finales. ¿Cuánto faltará exactamente? Nadie sabe “ni el día ni la hora”, pero sí tenemos las señales para saber sobre la proximidad del Señor.

 

La complejidad y cúmulo de problemas que tiene la Iglesia y el mundo no pueden ser arreglados por mano humana. Solamente Dios Nuestro Señor Jesucristo, con su Venida Gloriosa y su Parusía, solucionará todo esto y pondrá orden a este estado de cosas. Su ya próxima Venida será nuestro triunfo, el triunfo de todos los católicos, pero si logramos ser hasta el finalsus hijos fieles”, si mantenemos hasta el final la Fe Católica y la Caridad: “Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿acaso encontrará Fe sobre la tierra?” (San Lucas 18,8); “puesto que abundará la iniquidad, se enfriará la Caridad de muchos (San Mateo 24,12).

 

Esta realidad, ¿nos exime de luchar, nos permite cruzarnos de brazos para esperar?

 

Por supuesto que no. Cuando venga Nuestro Señor, hasta el último momento, Él nos debe encontrar con las armas en las manos y en la trinchera, salvando almas y salvando nuestras almas, por lo mucho o poco que podamos hacer. Nos parecen, al respecto, muy hermosas las

palabras del Padre Leonardo Castellani en su poesía “No hago nada”:

 

No hago nada

Corazón, tente en pie sin doblegarte

 

de la injusta opresión a la insolencia;

aunque estoy loco, tengo yo mi arte: «Nam furor saepe fit laesa patientia».

 

Luchando sin más armas que mi triste corazón

contra el mal peor que existe

 

¿no hago yo nada?

Lucho, sangro y no caigo al suelo.

 

No hago mucho,

pero hago más de lo que puedo…

 

Centinela aterido,

 

no dejo sospechar que estoy herido,

ni dejo conocer que tengo miedo…

 

Herido, helado, aguanto la bandera; no deserto la inhóspita trinchera.

 

Y aunque sé que la muerte me ha podido, estoy de pie y estoy ante ella erguido, marcando el SOS de la brega a un auxilio que no me llegará

sino un momento tarde, si es que llega,

 

y que muerto de pie me encontrará…

 

La otra mitad la hará sobre mi tumba otro infeliz, después que yo sucumba…

¡Corazón!, ¡tu mitad se ha hecho ya!

 

Sólo nos resta pedir a Nuestra Señora, María Santísima, con la luna bajo sus pies y con una corona de doce estrellas, que Ella nos asista y nos permita llegar “fieles y santos” hasta el final, al encuentro de Nuestro Rey y de Nuestra Reina, para todo su reino. Quieran Ellos darnos este deseo. A.M.D.G.

 

¿Dónde está hoy la Iglesia católica?

ÁNEXO AL SERMÓN  ¿DÓNDE ESTÁ HOY LA IGLESIA CATÓLICA?

Antes de que escuches el sermón arriba citado sobre tan importantísimo tema quisiera dejar bien sentado lo que sigue.

Cada persona, cada uno de nosotros, no somos meros espectadores de lo que cada día va sucediendo. ¡No! Somos también protagonistas, y a veces tenemos que involucrarnos y tomar decisiones, como en este caso, de las que va a depender nuestra eterna salvación o condenación. Si por comodidad o cobardía no damos el paso que sabemos tenemos que dar: ¡Pobres de nosotros!

¡Está todo tan claro, tan diáfano, tan evidente!

La evidencia no necesita argumentos para poder ser demostrada. Por ejemplo: “Es de día.” No hace falta explicar y demostrar que es de día. Se abren los ojos, se ve la luz del sol que lo inunda todo… y se acepta lo evidente: ¡Es de día! Si alguien ante algo tan manifiesto dijera que no es de día, sino de noche, solamente podría ser por locura o por maldad para así no tener que aceptar algo que le obligaría a cambiar el rumbo de su vida.

Por eso, ante la gran evidencia de todo lo relacionado con el Vaticano II, con los papas herejes del Vaticano II que han fundado la iglesia-secta conciliar que no tiene nada en común con la Iglesia Católica fundada por Nuestro Señor Jesucristo, y que hoy gracias al heresiarca por antonomasia apellidado Bergoglio, nos lo hace ver aún muchísimo más claro, no hace falta explicar ni querer demostrar lo que es tan evidente, ya  que como acabamos de apuntar, la evidencia no necesita argumentos para demostrarse.

Además, si aún quedan personas que todavía necesitan datos, pruebas sobre todo lo ocurrido y lo que está ocurriendo en lo que fue la Iglesia Católica y que hoy no lo es; gracias al esfuerzo y buen hacer de muchas personas, hay miles de extraordinarios artículos que dan luz sobre estos temas.

Por eso no voy a incluir en este escrito ni una palabra ni una acción dicha o hecha por Francisco o por sus antecesores, ni sobre la génesis y evolución del Vaticano II. Lo que sí quiero decir es que son tantos miles y miles las barbaridades, herejías y blasfemias que se han llevado a cabo en la iglesia conciliar desde la muerte de Pío XII, que si se escribieran, en hipérbole y no tan en hipérbole digo, que no cabrían esos libros ni en la Biblioteca Nacional.

¡El que tenga oídos para oír, que oiga!

¡El que tenga ojos para ver, que vea!

Es todo tan evidente, está todo tan claro, que a partir de ahora me voy a ocupar muy poco en denunciar las palabras y hechos del heresiarca-Anticristo Francisco, o de cualquier personaje de la falsa iglesia. Hay páginas que esto lo hacen muy bien y gracias a esos lugares muchas personas han podido abrir los ojos y han visto con evidencia que es de día.

La iglesia que nació en el Vaticano II y que hoy preside Bergoglio, está al mismo nivel e incluso aún más por debajo, que cualquier secta hereje, como podrían ser los luteranos o anglicanos… y la verdad es que a mí no me interesa nada si los anglicanos hacen “obispas” o escriben un libro.

Lo ocurrido en la iglesia conciliar, marea, asquea y da nauseas.
Se puede aplicar el famoso terceto de la Epístola Moral a Fabio:

… Que el corazón entero y generoso

al caso adverso inclinará la frente

antes que la rodilla al poderoso.

Recuerden que si juntarse a la iglesia anglicana te hace anglicano, y si a la luterana, luterano… juntarse con la iglesia que preside el heresiarca, idólatra y amoral Francisco, te hace hereje, idólatra y amoral…   ¡ES EVIDENTE¡

Y dicho lo dicho mi preocupación se va a centrar en ayudar con todo mi empeño por medio de escritos, charlas y sermones… a salvar el alma. Único y principal negocio de nuestra vida: SALVARNOS.

Ánimo, sabemos que el enemigo es poderoso, pero a todo aquel que sinceramente busca la verdad, no por intereses, y quiere servir a Dios honestamente cumpliendo sus Mandamientos, tiene a su lado Una que es más poderosa: La Santísima Virgen María, a la que pedimos nos salve de la  abominación reinante.

Os bendice:

Padre Ramiro Ribas

28 Febrero 2016

 

CUM EX APOSTOLATUS OFFICIO

CUM EX APOSTOLATUS OFFICIO
Bilingüe: español-latín
PAULUS EPISCOPUS,

Servus Servorum Dei

PABLO, OBISPO

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS

Ad perpetuam rei memoriam Para perpetua memoria del asunto
 

EXORDIO

 

Dado que por nuestro oficio apostólico, divinamente confiado a Nos aunque sin mérito alguno de nuestra parte, Nos compete un cuidado sin  límite del rebaño del Señor; y que por consecuencia, a manera del Pastor que vela, en beneficio de la fiel custodia de su grey y de su saludable conducción, estamos obligados a una asidua vigilancia y a procurar con particular atención que sean excluidos del rebaño de Cristo  aquellos que en estos tiempos, ya sea por el predominio de sus pecados o por confiar con excesiva licencia en su propia capacidad, se levantan contra la disciplina de la verdadera Fe de un modo realmente perverso, y trastornan con recursos malévolos y totalmente inadecuados la inteligencia de las Sagradas Escrituras, con el propósito de escindir la unidad de la Iglesia Católica y la túnica inconsútil del Señor, y para que no prosigan con la  con la enseñanza del error, los que desprecian ser discípulos de la Verdad. Cum ex apostolatus officio Nobis, meritis licet imparibus, divinitus credito, cura Dominici gregis Nobis immineat generalis, et exinde teneamur pro fideli illius custodia, et salubri directione, more vigilis Pastoris, assidue vigilare, et attentius providere, ut qui hac aetate, peccatis exigentibus, propriae prudentiae innitentes scientius, et perniciosius solito contra orthodoxae fidei disciplinam insurgunt, et superstitiosis, ac fictitiis adinventionibus sacrarum Scripturarum intelligentiam pervertentes, Catholicae Ecclesiae unitatem et inconsutilem Domini tunicam scindere moliuntur, ab ovili Christi repellantur, nec magisterium erroris continuent, qui discipuli veritatis esse contemnunt.

 

 

1. MÁS ALTO ESTÁ EL DESVIADO DE LA FE,

 MÁS GRAVE ES EL PELIGRO

 

Considerando la gravedad particular de esta situación y sus peligros al punto que ell mismo Romano Pontífice, que como Vicario de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo  tiene la plena potestad en la tierra, y a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie, si fuese encontrado desviado de la Fe, podría ser acusado. y dado que donde surge un peligro mayor, allí más decidida debe ser la providencia para impedir que falsos profetas y otros personajes que detentan jurisdicciones seculares no tiendan lamentables lazos a las almas simples y arrastren consigo hasta la perdición innumerables pueblos confiados a su cuidado y a su gobierno  en las cosas espirituales o en las temporales; y para que no acontezca algún día  que veamos en el Lugar Santo la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel; con la ayuda de Dios para Nuestro empeño pastoral, no sea que parezcamos perros mudos, ni mercenarios, o dañados los malos vinicultores, anhelamos capturar las zorras que tientan desolar la Viña del Señor y rechazar los lobos lejos del rebaño. Nos considerantes rem huiusmodi adeo gravem, et periculosam esse, ut Romanus Pontifex, qui DEI, et Domini Nostri IESU CHRISTI vices gerit in terris, et super gentes, et regna plenitudinem obtinet potestatis, omnesque iudicat, a nemine in hoc saeculo iudicandus, possit, si deprehendatur a fide devius, redargui, et quod ubi maius intenditur periculum, ibi est plenius, et diligentius consulendum, ne pseudoprophetae, aut alii etiam saecularem iurisdictionem habentes, simplicium animas miserabiliter illaqueent, innumerabilesque populos eorum in spiritualibus, aut temporalibus curae, et regimini commissos, secum in perditionem, et damnationis interitum trahant, nec aliquando contingat Nos abominationem desolationis, quae dicta est a Daniele Propheta, in loco sancto videre, cupientes, quantum cum Deo possumus, pro nostro munere Pastorali vulpes vineam Domini demoliri satagentes capere, et lupos ab ovilibus arcere, ne canes muti videamur nequeuntes latrare, et perdamur cum malis agricolis, ac mercenario comparemur.
 

2. CONFIRMACIÓN DE TODA PROVIDENCIA

 ANTERIOR CONTRA TODOS LOS DESVIADOS

 

Después de madura deliberación con los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, hermanos nuestros, con el consejo y el unánime asentimiento de todos ellos, con Nuestra Autoridad Apostólica, aprobamos y renovamos todas y cada una de las sentencias, censuras y castigos de excomunión, suspensión, interdicción y privación, u otras, de cualquier modo adoptadas y promulgadas contra los herejes y cismáticos, por los Pontífices Romanos, nuestros Predecesores, o en nombre de ellos, incluso las disposiciones informales, o de los Sacros Concilios admitidos por la Iglesia, o decretos y estatutos de los Santos Padres, o Cánones Sagrados, o por Constituciones y Resoluciones Apostólicas. Y queremos y decretamos que dichas sentencias, censuras y castigos, sean observadas perpetuamente y sean restituidas a su prístina vigencia si estuvieran en desuso, y deben permanecer con todo su vigor. Y queremos y decretamos que todos aquellos que hasta ahora hubiesen sido encontrados, o hubiesen confesado, o fuesen convictos de haberse desviado de la Fe Católica, o de haber incurrido en alguna herejía o cisma, o de haberlos suscitado o cometido; o bien los que en el futuro se apartaran de la Fe (lo que Dios se digne impedir según su clemencia y su bondad para con todos), o incurrieran  en herejía, o cisma, o los suscitaren o cometieran; o bien los que hubieren de ser sorprendidos de haber caído, incurrido, suscitado o cometido, o lo confiesen, o lo admitan, de cualquier grado, condición y preminencia, incluso Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, o de cualquier otra dignidad eclesiástica superior; o bien Cardenales, o Legados perpetuos o temporales de la Sede Apostólica, con cualquier destino; o los que sobresalgan por cualquier autoridad o dignidad temporal, de conde, barón, marqués, duque, rey, emperador, en fin queremos y decretamos que cualquiera de ellos incurra en las antedichas sentencias, censuras y castigos.  Habita super his cum venerabilibus fratribus nostris S. R. E. Cardinalibus deliberatione matura, de eorum consilio, et unanimi assensu omnes, et singulas excommunicationis, suspensionis, et interdicti, ac privationis, et quasvis alias sententias, censuras, et poenas a quibusvis Romanis Pontificibus Praedecessoribus nostris, aut pro talibus habitis, etiam per eorum literas extravagantes, seu sacris Conciliis ab Ecclesia Dei receptis, vel Sanctorum Patrum decretis, et statutis, aut sacris Canonibus, ac Constitutionibus, et Ordinationibus Apostolicis contra haereticos, aut schismaticos quomodolibet latas, et promulgatas, Apostolica auctoritate approbamus, et innovamus, ac perpetuo observari, et in viridi observantia, si forsan in ea non sint, reponi, et esse debere, necnon quoscumque, qui hactenus a fide Catholica deviasse, aut in aliquam haeresim incidisse, seu schisma incurrisse, aut excitasse, seu commisisse comprehensi, aut confessi, vel convicti fuerint, seu (quod Deus pro sua clementia, et in omnes bonitate avertere dignetur) in posterum deviabunt, seu in haeresim incident, aut schisma incurrent, vel excitabunt, seu committent, et deviasse, seu incidisse, aut incurrisse, vel excitasse, seu commisisse deprehendentur, aut confitebuntur, seu convincentur, cuiuscumque status, gradus, ordinis, conditionis, et praeminentiae existant, etiamsi Episcopali, Archiepiscopali, Patriarchali, Primatiali, aut alia maiori dignitate Ecclesiastica, seu Cardinalatus honore, et Apostolicae Sedis ubivis locorum, tam perpetuae quam temporalis Legationis munere, vel mundana etiam Comitali, Baronali, Marchionali, Ducali, Regia, et Imperiali auctoritate, seu excellentia praefulgeant, et eorum quemlibet sententias, censuras, poenas praedictas incurrere volumus atque decernimus.
 

3. PRIVACIÓN IPSO FACTO DE TODO OFICIO

 ECLESIÁSTICO POR HEREJÍA O CISMA

 

Considerando que los que no se abstienen de obrar mal por amor de la virtud deben ser reprimidos por temor de los castigos, y que Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, o de cualquier otra dignidad eclesiástica superior; o bien Cardenales, Legados, condes, barones, marqueses, duques, reyes, emperadores, que deben enseñar a los demás y servirles de buen ejemplo, a fin de que perseveren en la Fe Católica, con su prevaricación pecan más gravemente que los otros, pues que no sólo se pierden ellos, sino que también arrastran consigo hasta la perdición los pueblos que les fueran confiados; por la misma deliberación y asentimiento de los Cardenales, con esta Nuestra Constitución, válida a perpetuidad, contra tan gran crimen -que no puede haber otro mayor ni más pernicioso en la Iglesia de Dios– en la plenitud de Nuestra Potestad Apostólica, sancionamos, establecemos, decretamos y definimos, que por las sentencias, censuras y castigos mencionados (que permanecen en su vigor y eficacia y que producen su efecto), todos y cada uno  de los Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, o de cualquier otra dignidad eclesiástica superior; o bien Cardenales, Legados, condes, barones, marqueses, duques, reyes, emperadores, que hasta ahora  (tal como  se aclara precedentemente) hubiesen sido sorprendidos, o hubiesen confesado, o fuesen convictos de haberse desviado (de la Fe católica), o de haber caído en herejía, o de haber incurrido en cisma, o de haberlos suscitado o cometido; o también los que en el futuro se apartaran de la Fe católica, o cayeran en herejía, o incurrieran en cisma, o los provocaren, o los cometieren, o los que hubiesen de ser sorprendidos o confesaran o admitieren haberse desviado de la Fe Católica, o haber caído en herejía, o haber incurrido en cisma, o haberlos provocado o cometido, dado que en esto resultan mucho más culpables que los demás, fuera de las sentencias, censuras y castigos, enumerados, (que permanecen en su vigor y eficacia y que producen sus efectos), todos y cada uno de los Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, o de cualquier otra dignidad eclesiástica superior; o bien Cardenales, Legados, condes, barones, marqueses, duques, reyes, emperadores, quedarán privados también por esa misma causa, sin necesidad de ninguna instrucción de derecho o de hecho, de sus jerarquías, y de sus iglesias catedrales, incluso metropolitanas, patriarcales y primadas; del título de Cardenal, y de la dignidad de cualquier clase de Legación, y además de toda voz activa y pasiva, de toda autoridad, de los monasterios, beneficios y funciones eclesiásticas, con cualquier Orden que fuere, que hayan obtenido por cualquier concesión y dispensación Apostólica, ya sea como titulares, o como encargados o administradores, y en las cuales, sea directamente o de alguna otra manera hubieran tenido algún derecho, o las hubieren adquirido de cualquier otro modo; quedarán así mismo privados de cualquier beneficio, renta o producido, reservados o asignados a ellos. Y del mismo modo serán privados completamente, y en cada caso, de sus condados, baronías, marquesado, ducado, reino e imperio, y en forma perpetua, y de modo absoluto. Y por otro lado siendo del todo contrarios e incapacitados para tales funciones, serán tenidos además como relapsos y exonerados en todo y para todo, incluso si antes hubiesen abjurado públicamente en juicio tales herejías. Y no podrán ser restituidos, repuestos, reintegrados o rehabilitados, en ningún momento, a la prístina dignidad que tuvieron, a sus Iglesias Catedrales, metropolitanas, patriarcales, primadas; al cardenalato, o a cualquier otra dignidad, mayor o menor, o a su voz activa o pasiva, a su autoridad, monasterio, beneficio, o condado, baronía, marquesado, ducado, reino o imperio, antes bien habrán de quedar al arbitrio de aquella potestad que tenga la debida intención de castigarlos, a menos que teniendo en cuenta en ellos aquellos signos de verdadero arrepentimiento y aquellos frutos de una congruente penitencia, por benignidad de la misma Sede Apostólica o por clemencia hubieren de ser relegados en algún monasterio, o en algún otro lugar dotado de un carácter disciplinario para hacer allí perpetua penitencia con el pan del dolor y el agua de la compunción. Y así serán tenidos por todos, de cualquier dignidad, grado, orden, o condición que sea, e incluso, arzobispo, patriarca, primado, cardenal, o de cualquier autoridad temporal, conde, barón, marqués, duque, rey o emperador, o de cualquier otra jerarquía, y así serán tratados y estimados, y además evitados como relapsos y exonerados, de tal modo que habrán de estar excluidos de todo consuelo humanitario.  Et nihilominus considerantes dignum esse, ut qui virtutis amore a malis non abstinent, metu poenarum ab illis deterreantur, et quod Episcopi, Archiepiscopi, Patriarchae, Primates, Cardinales, Legati, Comites, Barones, Marchiones, Duces, Reges, et Imperatores, qui alios docere, et illis bono exemplo, ut in fide Catholica contineantur, esse debent, praevaricando gravius ceteris peccant, cum non solum seipsos perdant, verum etiam alios innumerabiles populos eorum curae, et regimini creditos, seu alias eis subditos, secum in perditionem, et puteum interitus trahant, de similibus consilio, et assensu, hac nostra in perpetuum valitura constitutione, in odium tanti criminis, quo nullum in Ecclesia Dei maius, aut perniciosius esse potest, de Apostolicae potestatis plenitudine sancimus, statuimus, decernimus, et definimus, quod sententiis, censuris, et poenis praedictis in suo robore, et efficacia remanentibus, ac effectum suum sortientibus, omnes, et singuli Episcopi, Archiepiscopi, Patriarchae, Primates, Cardinales, Legati, Comites, Barones, Marchiones, Duces, Reges, et Imperatores, qui hactenus, ut praefertur, deviasse, aut in haeresim incidisse, seu schisma incurrisse, excitasse, vel commisisse deprehensi, aut confessi, vel convicti fuerint, et in posterum deviabunt, aut in haeresim incident, seu schisma incurrent, vel excitabunt, aut committent, et deviasse, seu in haeresim incidisse, vel schisma incurrisse, aut excitasse, seu commisisse deprehendentur, aut confitebuntur, seu convincentur, cum in hoc inexcusabiliores ceteris reddantur, ultra sententias, censuras, et poenas praedictas, sint etiam eo ipso, absque aliquo iuris, aut facti ministerio, suis Ordinibus, et Cathedralibus etiam Metropolitan. Patriarchalibus, et Primatialibus Ecclesiis, ac Cardinalatus honore, et cuiusvis Legationis munere, necnon voce activa, et passiva, omnique auctoritate, ac Monasteriis, beneficiis, et officiis Ecclesiasticis, cum cura, et sine cura, saecularibus, et quorumvis Ordinum regularibus, quae ex quibusvis concessionibus, et dispensationibus Apostolicis in titulum, commendam, et administrationem, aut alias quomodolibet obtinuerint, et in quibus, vel ad quae ius aliquod habuerint, necnon quibusvis fructibus, redditibus, et proventibus annuis super similibus fructibus, redditibus, et proventibus eis reservatis, et assignatis, Comitatibus quoque, Baroniis, Marchionatibus, Ducatibus, Regnis, et Imperio penitus, et in totum, perpetuo privati, et ad illa de cetero inhabiles, et incapaces, habeanturque pro relapsis, et subversis in omnibus, et per omnia, perinde ac si prius haeresim huiusmodi in iudicio publice abiurassent, nec ullo umquam tempore ad eorum pristinum statum, aut Cathedrales, Metropolitanas, Patriarchales, et Primatiales Ecclesias, seu Cardinalatus, vel alium honorem, aut quamvis aliam maiorem, vel minorem dignitatem, seu vocem activam, vel passivam, aut auctoritatem, seu Monasteria, et beneficia, vel Comitatus, Baronias, Marchionatus, Ducatus, Regna, et Imperium restitui, reponi, reintegrari, aut rehabilitari possint, quinimmo saecularis relinquantur arbitrio potestatis animadversione debita puniendi, nisi apparentibus in eis verae poenitentiae indiciis, et condignae poenitentiae fructibus, ex ipsius Sedis benignitate, et clementia in aliquo Monasterio, aut alio Regulari loco ad peragendum perpetuam in pane doloris, et aquae moestitiae poenitentiam retrudendi fuerint. Quodque pro talibus ab omnibus cuiuscumque status, gradus, ordinis, conditionis, et praeeminentiae existentibus, ac quacumque etiam Episcopali, Archiepiscopali, Patriarchali, et Primatiali, aut alia maiori Ecclesiastica dignitate, et etiam Cardinalatus honore, seu mundana, etiam Comitali, Baronali, Marchionali, Ducali, Regia, et Imperiali auctoritate, excellentia pollentibus haberi, tractari, et reputari, et ut tales evitari, omnique humanitatis solatio destitui debeant.
 

4. PRONTA SOLUCIÓN DE LAS VACANCIAS

DE LOS OFICIOS ECLESIÁSTICOS

 

Quienes pretenden tener un derecho de patronazgo, o de nombrar personas idóneas para las Sedes Eclesiásticas vacantes por estas cesantías, a fin de que tales cargos, después de haber sido librados de la servidumbre de los heréticos, no estén expuestos a los inconvenientes de una larga vacancia mas sean otorgados a personas capaces de dirigir los pueblos por las vías de la justicia, están obligados a presentar al Romano Pontífice los nombres de tales personas idóneas, dentro del tiempo fijado por derecho, de otra manera, transcurrido el tiempo previsto, la disponibilidad de tales Sedes retorna al Pontífice Romano.

 

 

Et qui iuspatronatus, aut nominandi personas idoneas ad Cathedrales, etiam Metropolitanas, et Patriarchales, ac Primatiales Ecclesias, seu Monasteria, vel alia beneficia Ecclesiastica per privationem huiusmodi vacantia habere praetenderint, ne illa diutinae vacationis exponantur incommodis, sed de servitute haereticorum erepta personis concedantur idoneis, quae illarum populos in semitas iustitiae fideliter dirigant, teneantur ad Ecclesias, Monasteria, et beneficia huiusmodi alias personas idoneas infra tempus a iure, vel ex eorum concordatis, seu compactatis cum dicta Sede initis statutum, Nobis seu pro tempore existenti Romano Pontifici praesentare, alioquin tempore huiusmodi elapso plena, et libera Ecclesiarum, Monasteriorum, et beneficiorum praedictorum dispositio ad Nos, et Romanum Pontificem praedictum eo ipso pleno iure devolvatur.
 

5. EXCOMUNIÓN IPSO FACTO PARA LOS QUE FAVOREZCAN A HEREJES O CISMÁTICOS

 

Incurren en excomunión ipso facto todos los que conscientemente osen acoger, defender o favorecer a los desviados o les den crédito, o divulguen sus doctrinas; sean considerados infames, y no sean admitidos a funciones públicas o privadas, ni en los Consejos o Sínodos, ni en los Concilios Generales o Provinciales, ni en el Cónclave de Cardenales, o en cualquiera reunión de fieles o en cualquier otra elección. Serán también intestables y no podrán participar de ninguna sucesión hereditaria, y nadie estará además obligado a responderles acerca de ningún asunto. Si tuviese alguno la condición de juez, sus sentencias carecerán de toda validez, y no se podrá someter a ninguna otra causa a su audiencia; o si fuera abogado, su patrocinio será tenido por nulo, y si fuese escribano sus papeles carecerán por completo de eficacia y vigor. Además los clérigos  serán privados también por la misma razón, de todas y cada una de sus iglesias, incluso catedrales, metropolitanas, patriarcales y primadas; de sus dignidades, monasterios, beneficios y oficios eclesiásticos incluso como ya se dijo, cualquiera sea el grado y el modo de su obtención. Tanto Clérigos como laicos, incluso los que obtuvieren normalmente y que estuvieren investidos de las dignidades mencionadas, serán privados sin más trámite de sus reinos, ducados, dominios, feudos y de todos los bienes temporales que poseyeran, Sus reinos, ducados, dominios, feudos y bienes serán propiedad pública, y como bienes públicos habrán de producir un efecto de derecho, en propiedad de aquellos que los ocupen por primera vez, siempre que estos estuvieren bajo nuestra obediencia, O de nuestros sucesores los Romanos Pontífices, elegidos canónicamente), en la sinceridad de la Fe y en unión con la Santa Iglesia Romana. Et insuper qui ipsos sic deprehensos, aut confessos, vel convictos scienter quomodolibet receptare, vel defendere, aut eis favere, vel credere, seu eorum dogmata dogmatizare praesumpserint, sententiam excommunicationis eo ipso incurrant, efficianturque infames, nec voce, persona, scriptis, vel nuncio, aut procuratore aliquo ad publica, seu privata officia, aut consilia, seu Synodum, vel Concilium generale, vel provinciale, nec conclave Cardinalium, aut aliquam fidelium congregationem, seu electionem alicuius, aut testimonium perhibendum admittantur, nec admitti possint. Sint etiam intestabiles, nec ad haereditatis successionem accedant, nullus praeterea cogatur eis super aliquo negotio respondere. Quod si forsan Iudices extiterint, eorum sententiae nullam obtineant firmitatem, nec aliquae causae ad eorum audientiam deducantur, et si fuerint Advocati, eorum patrocinium nullatenus recipiatur, si vero Tabelliones extiterint, instrumenta confecta per eos nullius sint penitus roboris, vel momenti. Et insuper clerici omnibus, et singulis Ecclesiis, etiam Cathedralibus, Metropolitan. Patriarchalibus, et Primatialibus, ac dignitatibus, Monasteriis, beneficiis, et officiis Ecclesiasticis, etiam, ut praefertur, qualificatis per eos quomodolibet obtentis, et tam ipsi, quam laici, etiam, ut praemittitur qualificati, et dignitatibus praedictis praediti quibuscumque Regnis, Ducatibus, Dominiis, Feudis, et bonis temporalibus per eos possessis privati existant eo ipso, Regnaque, Ducatus, Dominia, Feuda, et bona huiusmodi publicentur, et publica sint, efficianturque iuris, et proprietatis eorum, qui illa primo occupaverint, si in sinceritate fidei, et unitate S. R. E. ac sub nostra, et successorum nostrorum Romanorum Pontificum canonice intrantium obedientia fuerint.
 

6. NULIDAD DE TODAS LAS PROMOCIONES

 O  ELEVACIONES DE DESVIADOS EN LA FE

 

Agregamos que si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía. o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto; y de ningún modo puede considerarse  que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos. Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes, y no será posible considerar que se ha otorgado o se otorga alguna facultad de administrar en las cosas temporales o espirituales a los que son promovidos, en tales circunstancias, a la dignidad de obispo, arzobispo, patriarca o primado, o a los que han asumido la función de Cardenales, o de Pontífice Romano, sino que por el contrario todos y cada uno de los pronunciamientos, hechos, actos y resoluciones y sus consecuentes efectos carecen de fuerza, y no otorgan ninguna validez, y ningún derecho a nadie. Adiicientes quod si ullo umquam tempore apparuerit aliquem Episcopum, etiam pro Archiepiscopo, seu Patriarcha, vel Primate se gerentem, aut praedictae Romanae Ecclesiae Cardinalem, etiam ut praefertur, Legatum, seu etiam Romanum Pontificem ante eius promotionem, vel in Cardinalem, seu Romanum Pontificem assumptionem a fide Catholica deviasse, aut in aliquam haeresim incidisse, promotio, seu assumptio de eo etiam in concordia, et de unanimi omnium Cardinalium assensu facta, nulla, irrita, et inanis existat, nec per susceptionem muneris, consecrationis, aut subsecutam regiminis, et administrationis possessionem, seu quasi, vel ipsius Romani Pontificis inthronizationem, aut adorationem, seu ei praestitam ab omnibus obedientiam, et cuiusvis temporis in praemissis cursum, convaluisse dici, aut convalescere possit, nec pro legitima in aliqua sui parte habeatur, nullamque talibus in Episcopos, seu Archiepiscopos, vel Patriarchas aut Primates promotis, seu in Cardinales, vel Romanum Pontificem assumptis, in spiritualibus, vel temporalibus administrandi facultatem tribuisse, aut tribuere censeatur, sed omnia, et singula per eos quomodolibet dicta, facta, gesta, et administrata, ac inde secuta quaecumque viribus careant, et nullam prorsus firmitatem, nec ius alicui tribuant, sintque ipsi sic promoti, et assumpti, eo ipso absque aliqua desuper facienda declaratione, omni dignitate, loco, honore, titulo, auctoritate, officio, et potestate privati, liceatque omnibus, et singulis sic promotis, et assumptis, si a fide antea non deviassent, nec haeretici fuissent, neque schisma incurrissent, aut excitassent, vel commisissent.
 

7. LOS FIELES NO DEBEN OBEDECER

SINO EVITAR A LOS DESVIADOS EN LA FE

 

Y en consecuencia, los que así hubiesen sido promovidos y hubiesen asumido sus funciones, por esa misma razón y sin necesidad de hacer ninguna declaración ulterior, están privados de toda dignidad, lugar, honor, título, autoridad, función y poder; y séales lícito en consecuencia a todas y cada una de las personas subordinadas a los así promovidos y asumidos, si no se hubiesen apartado antes de la Fe, ni hubiesen sido heréticos, ni hubiesen incurrido en cisma, o lo hubiesen suscitado o cometido, tanto a los clérigos seculares y regulare, lo mismo que a los laicos; y a los Cardenales, incluso a los que hubiesen participado en la elección de ese Pontífice Romano, que con anterioridad se apartó de la Fe, y era o herético o cismático, o que hubieren consentido con él otros pormenores y le hubiesen prestado obediencia, y se hubiesen arrodillado ante él; a los jefes, prefectos, capitanes, oficiales, incluso de nuestra materna Urbe y de todo el Estado Pontificio; asimismo a los que por acatamiento o juramento, o caución se hubiesen obligado y comprometido con los que en esas condiciones fueron promovidos o asumieron sus funciones, (séales lícito) sustraerse en cualquier momento e impunemente a la obediencia y devoción de quienes fueron así promovidos o entraron en funciones, y evitarlos como si fuesen hechiceros, paganos, publicanos o heresiarcas, lo que no obsta que estas mismas personas hayan de prestar sin embargo estricta fidelidad y obediencia a los futuros obispos, arzobispos, patriarcas, primados, cardenales o al Romano Pontífice, canónicamente electo. Y además para mayor confusión de esos mismos así promovidos y asumidos, si pretendieren prolongar su gobierno y administración, contra los mismos así promovidos y asumidos (séales lícito) requerir el auxilio del brazo secular, y no por eso los que se sustraen de ese modo a la fidelidad y obediencia para con los promovidos y titulares, ya dichos, estarán sometidos al rigor de algún castigo o censura, como sí lo exigen por el contrario los que cortan la túnica del Señor. Subditis personis, tam clericis saecularibus, et regularibus, quam etiam laicis, necnon Cardinalibus, etiam qui electioni ipsius Pontificis antea a fide devii, aut haeretici, seu schismatici interfuerint, seu alias consenserint, et ei obedientiam praestiterint, eumque adoraverint, ac Castellanis, Praefectis, Capitaneis, et Officialibus etiam Almae Urbis nostrae, et totius Status Ecclesiastici, etiam eisdem sic promotis, vel assumptis homagio, seu iuramento, vel cautione obligatis, et obnoxiis, ab ipsorum sic promotorum, vel assumptorum obedientia, et devotione impune quandocumque cedere, eosque ut magos, ethnicos, publicanos, et haeresiarchas evitare, eisdem subditis personis fidelitati, et obedientiae futurorum Episcoporum, Archiepiscoporum, Patriarcharum, Primatum, Cardinalium, et Romani Pontificis canonice intrantis nihilominus adstrictis remanentibus, et ad maiorem ipsorum sic promotorum, et assumptorum, si eorum regimen, et administrationem continuare voluerint, confusionem, contra eosdem sic promotos, et assumptos, auxilium brachii saecularis implorare, nec propterea ab ipsorum sic promotorum, et assumptorum fidelitate, et obedientia, praemissorum occasione recedentes, tamquam tunicae Domini scissores aliquarum censurarum, seu poenarum ultioni subiaceant.
 

8. VALIDEZ DE LOS DOCUMENTOS ANTIGUOS Y

DEROGACIÓN DE TODOS LOS DE LOS HEREJES

 

No tienen ningún efecto para estas disposiciones las Constituciones y Ordenanzas Apostólicas, así como los privilegios y letras apostólicas, dirigidas a obispos, arzobispos, patriarcas, primados y cardenales, ni cualquier otra resolución, de cualquier tenor y forma, y con cualquier cláusula, ni los decretos, también los de motu propio y de ciencia cierta del Romano Pontífice, o concedidos en razón de la plenitud de la potestad apostólica, o promulgados en consistorios, o de cualquier otra manera; ni tampoco los aprobados en reiteradas ocasiones, o renovados e incluidos en un cuerpo de derecho, o como capítulos de cónclave, o confirmados por juramento, o por confirmación apostólica, o por cualquier otro modo de confirmación, incluso los jurados por Nosotros mismos. Considerando pues esas resoluciones de modo expreso y teniéndolas como insertadas, palabra por palabra, incluso aquellas que hubieran de perdurar por otras disposiciones, y en fin todas la demás que se opongan, por esta vez y de un modo absolutamente especial, derogamos expresamente sus cláusulas dispositivas.

 

 

 Non obstantibus constitutionibus, et ordinationibus Apostolicis, necnon privilegiis, indultis, et literis Apostolicis eisdem Episcopis, Archiepiscopis, Patriarchis, Primatibus, et Cardinalibus, ac quibusvis aliis sub quibuscumque tenoribus, et formis, ac cum quibusvis clausulis, et decretis, etiam Motu proprio, et ex certa scientia, ac de Apostolicae potestatis plenitudine, seu etiam consistorialiter, aut alias quomodolicet concessis, et etiam iteratis vicibus approbatis, et innovatis, ac etiam in corpore iuris clausis, necnon quibusvis capitulis conclavis, etiam iuramento, aut confirmatione Apostolica, vel quavis firmitate alia roboratis, et per nos ipsos iuratis. Quibus omnibus eorum tenores praesentibus pro expressis, ac de verbo ad verbum insertis habentes, illis alias in suo robore permansuris, hac vice dumtaxat specialiter, et expresse derogamus, ceterisque contrariis quibuscumque.
 

9. DECRETO DE PUBLICACIÓN SOLEMNE

 

A fin de que lleguen noticias ciertas de las presentes letras a quienes interesa, queremos que ellas, o una copia (refrendada por un notario público, con el sello de alguna persona dotada de dignidad eclesiástica) sean publicadas y fijadas en la Basílica del Príncipe de los Apóstoles, y en las puertas de la Cancillería apostólica, y en el extremo de la Plaza de Flora por alguno de nuestros oficiales; y que es suficiente la orden de fijar en esos sitios la copia mencionada, y que dicha fijación o publicación, o la orden de exhibir la copia antedicha, debe ser tenida con carácter de solemne y legítima, y que no se requiere ni se debe esperar otra publicación.  Ut autem praesentes literae ad omnium quorum interest notitiam deducantur, volumus eas, seu earum transumptum (cui manu notarii publici subscripto, et sigillo alicuius personae in dignitate ecclesiastica constitutae munito, plenam fidem adhiberi debere decernimus) in Basilicae Principis Apostolorum de Urbe, et Cancellariae Apostolicae valuis, atque in acie Campi Florae per aliquos ex cursoribus nostris publicari, et affigi, earumque copiam inibi affixam dimitti, publicationemque affixionem, et copiae affixae dimissionem huiusmodi sufficere, et pro solemni, et legitima haberi, nec aliam publicationem requiri, aut expectari debere.
 

10. ILICITUD DE LAS ACCIONES CONTRARIAS

Y SANCIÓN DIVINA

 

Por lo tanto, a hombre alguno sea lícito infringir esta página de Nuestra Aprobación, Innovación, Sanción, Estatuto, Derogación, Voluntades, Decretos, o por temeraria osadía, contradecirlos. Pero si alguien pretendiese intentarlo, sepa que habrá de incurrir en la indignación de Dios Omnipotente y en la de sus santos Apóstoles Pedro y Pablo. Nulli ergo omnino hominum liceat hanc paginam nostrae approbationis, innovationis, sanctionis, statuti, derogationis, voluntatum, decretorum infringere, vel ei ausu temerario contraire. Si quis autem hoc attentare praesumpserit, indignationem Omnipotentis Dei, ac beatorum Petri, et Pauli Apostolorum eius se noverit incursurum.
Dado en Roma, junto a San Pedro, en el año de la Encarnación del Señor 1559, XVº anterior a las calendas de Marzo, año 4º de nuestro Pontificado el 15 de febrero de 1559. Pablo IV.
 Kal. Martii, Pontificatus nostri anno 4. † Ego Paulus Catholicae Ecclesiae Episcopus. SS. BULLARIUM ROMANUM. TOMUS PRIMUS. ROMAE, Ex Typographia Reverendae Camerae Apostolicae. MDCXXXVIII (1638). SUPERIORUM PERMISSU, pp. 602-604. CODICIS IURIS CANONICI FONTES. CURA Em.mi PETRI Card. GASPARRI EDITI. VOLUMEN I. CONCILIA GENERALIA – ROMANI PONTIFICES USQUE AD ANNUM 1745. N. 1-364. ROMAE. Typis Polyglottis Vaticanis MCMXXXVI (1936), n. 94, pp. 163-166.

Notae: (*) Confirmatur haec constitutio a Pio V in eius bulla Inter multiplices.

 

 

24 Tesis tomistas (15ª)

EL ALMA HUMANA: SU NATURALEZA, ORIGEN Y DESTINO

TESIS XV. —» Contra, per se subsista anima humana, quae, quum subjecto sufficienter disposito potest infundí, a Deo creatur, et sua natura incorruptibilis est atque immortalis.»

«Por el contrario, el alma humana subsiste por sí misma, es creada por Dios en el momento que puede ser infundida en el sujeto suficientemente dispuesto, y por su naturaleza es incorruptible e inmortal»[1].

Cuatro afirmaciones capitales encierra esta proposición : 1º, el alma humana es subsistente o espiritual; 2º, Dios la crea; 3º, esa creación se realiza en el mismo instante de ser infundida en el cuerpo suficientemente dispuesto; 4º, el alma es incorruptible e inmortal por naturaleza.No intentamos exponer detalladamente todas esas doctrinas, para lo que se requeriría un verdadero tratado, sino presentar sus fundamentos inquebrantables.

I. — Espiritualidad del alma

El principio, siempre de actualidad, en que se funda Santo Tomás para probar que el alma es espiritual, es la misma espiritualidad de la operación y de su objeto. Porque no satisfecha nuestra alma con alcanzar objetos del todo inmateriales, como lo universal, lo infinito, lo eterno, considera también de manera abstracta e ideal los objetos materiales que percibe, y los contempla desde puntos de vista enteramente desconocidos para los sentidos. Así, al ver un efecto sensible, deduce la idea de causa; de la operación, infiere la naturaleza del agente, y corrige, además, el yerro de los sentidos, enderezando con su raciocinio el bastón que los ojos ven doblado en el agua, etc.

Pero donde soberanamente descuella esa independencia de las condiciones materiales, es en los tres actos del entendimiento humano.

La simple aprehensión se verifica por medio de un concepto enteramente abstracto que representa las cosas, en su misma esencia, independientes del tiempo y del espacio, como los universales, las especies y los géneros.

En el juicio hay un punto de vista más abstracto, y es la relación necesaria que une al predicado con el sujeto, de la cual nacen esos juicios absolutos, irreformables, analíticos, a priori. De más perfecta independencia goza todavía el raciocinio, porque la consecuencia, o el paso lógico de las premisas a la conclusión, sobrepuja a la mirada de los sentidos, entrando de lleno en el orden puramente inmaterial.

Finalmente, un alma que por aferrarse a lo invisible expone su cuerpo a los padecimientos, tiene que ser necesariamente espiritual como los objetos en que se deleita. Es el argumento de Bossuet: «He notado en mí una fuerza superior al cuerpo con la que puedo ponerle en trance de ruina inevitable, a pesar del dolor y la violencia que sufro con ello»[2].

Ningún espíritu leal y sincero puede eludir la fuerza decisiva de estos argumentos. La espiritualidad del alma es una verdad natural que la razón a solas puede demostrar. Por este motivo, la Sagrada Congregación del índice expidió un decreto el 11 de junio de 1895, que aprobó Pío IX el día 15 del mismo mes y año, obligando a M. Bonetty a subscribir esta proposición: «Se pueden probar CON CERTEZA, por medio del raciocinio, la existencia de Dios, LA ESPIRITUALIDAD DEL ALMA y la libertad del hombre»[3].

II. — Origen del alma por vía de creación

Una vez admitida la espiritualidad del alma, resulta obvio que no pueda explicarse su origen de otra manera que por vía de creación[4].

La hipótesis de que fuera una partícula de la substancia divina, repugna a la espiritualidad del alma e injuria a la simplicidad de Dios. Decir que procede de un germen corporal, es caer en grosero materialismo; pensar que nace de un germen espiritual, es pervertir la noción de substancia espiritual, que ni consta de partes, ni está sujeta a tales evoluciones; pretender que la engendre el alma de los padres, a la manera que una llama enciende otra llama, es también destruir la simplicidad del espíritu, porque la llama se divide al comunicarse, evidentemente.

Frohschammer, en el siglo pasado, se imaginó que el alma era creada por los padres, sirviendo como instrumentos de Dios y con una virtud recibida de Él, sin parar mientes en que la creación, privilegio incomunicable del Omnipotente, no se compadece con ningún instrumento. Su obra quedó prohibida por un decreto del índice, el 5 de mayo de 1857.

Más absurda aún es la teoría de Eosmini: el alma, que antes era sensitiva, se transforma y llega a ser racional, intelectual, subsistente e inmortal, cuando se le aparece la idea del ser. Tal evolución destruye el concepto de substancia indivisible, espiritual e incorruptible. Esos y otros desvaríos, por el estilo, fueron condenados por el Santo Oficio, el 14 de diciembre de 1887[5].

La filosofía tomista nos proporciona un argumento tan sencillo como demostrativo. Siendo el alma subsistente, tiene que existir de por sí y ser producida por sí misma, de la nada, no de un sujeto preexistente, porque en este caso implicaría partes, sería divisible y estaría sometida a cambios. Es así que sólo a Dios pertenece sacar las cosas de la nada. Luego el alma humana es creada directamente por Dios.

Hasta ahora la Iglesia sólo ha manifestado su opinión ; y si no ha definido explícitamente que el alma es sacada de la nada, lo cree como una de tantas verdades tocantes al dogma. «Creo y pregono — dejó consignado León XIII en su profesión de fe — que el alma no es parte de Dios, sino sacada de la nada, y que, sin el bautismo, es reo de pecado original… Tal es la fe que la Santa Sede Apostólica Romana cree de corazón para la justicia y confiesa de palabra para la salvación»[6]. Negar, pues, el origen del alma por vía de creación, sería un ataque a la doctrina católica y temeridad gravemente culpable.

III. — Cuándo es creada el alma

Añade nuestra tesis que el momento de la creación del alma es el mismo de su infusión en el cuerpo, una vez que éste se halla convenientemente dispuesto. Pueden aquí presentarse dos cuestiones: la de si es creada el alma antes de unirse al cuerpo, y si se une al cuerpo en el instante de su concepción.

La Iglesia dio el golpe de gracia a los sostenedores de la primera en sentido afirmativo, al combatir vigorosamente y condenar el error de los platónicos, de Plotino y los origenistas, según el cual las almas, después de haber llevado una existencia anterior, irían siendo encerradas en cuerpos más o menos nobles, a proporción de sus merecimientos o pecados[7].

En el pontificado de León X, el V Concilio de Letrán declaró que el alma humana se multiplica individualmente según la multitud de los cuerpos: «Pro corporum quibus infunditur multitudine singulariter multiplicalilis et multiplicata et multiplicanda sit»[8]. Sin llegar a una definición, da a entender el Concilio que el alma es multiplicada o creada individualmente en el momento de infundirse al cuerpo.

San Bernardo lo había dicho también: »Sed creando immittitur te immittendo creatur. Al ser creada es infundida, y al ser infundida es creada»[9].

La razón de Santo Tomás[10], aunque muy sencilla en la apariencia, tiene meollo de profunda filosofía: lo que es preternatural no debe existir antes de lo que es natural; porque lo que Dios produce por sí mismo ha de ser en su estado normal. Ahora bien; el estado de separación no es el normal del alma humana, por ser ésta esencialmente forma del cuerpo. Su estado natural es el de unión al cuerpo. De donde se sigue que el estado de unión ha de preceder al de separación; y que si el alma puede vivir todavía después de haber estado unida al cuerpo, no puede, sin embargo, haber existido antes de la unión con él[11].

¿Cuándo comienza dicha unión? Al estar el cuerpo suficientemente dispuesto. A Santo Tomás y a los antiguos no les parecía que se verificase en el instante de la concepción: primero informaría al embrión un alma vegetativa, y luego otra sensitiva, con la tarea de preparar el camino al alma humana, por decirlo así, como sirvientes de una reina, para que cuando viniese a informar al organismo lo hallase digno de ella.

Va generalizándose más y más la opinión de los modernos[12], que niegan el supuesto y, por ende, la consecuencia de los antiguos, ya que estando vivo el embrión y dotado desde el principio de una organización suficiente, según hoy día parece, no hay motivo para que el alma no intervenga también desde el primer instante en la construcción, de cierto modo, o formación de aquel cuerpo que ha de asociar a su propio ser y a su vida.

Sin entrar a fondo en esta disputa, bástenos decir con la Sagrada Congregación: el alma interviene cuando el sujeto se halla suficientemente dispuesto, quum subjecto sufficienter disposito potest infundí.

IV.—Pruebas de la inmortalidad

El último punto de la tesis señala que el alma es incorruptible e inmortal, no por milagro o favor gratuito, como habría sido inmortal el cuerpo del primer hombre de no haber perdido el estado de inocencia, sino por naturaleza y en virtud de sus principios constitutivos.

Los argumentos que establecen la inmortalidad del alma, prueban de rechazo su inmortalidad por naturaleza, haciéndola evidente y palmaria.

Muy contados escolásticos pretendieron con Escoto que la inmortalidad del alma es una verdad de fe y no puede demostrarse por la razón a solas. En nuestros tiempos[13], sin que hubiera ya lugar a duda, muchos escritores católicos han sacado a debate la opinión de Escoto, que Melchor Cano[14] censuró severamente, y de la cual escribió Báñez: «Es un error decir que la inmortalidad del alma no es demostrable por la razón natural»[15].

Tan persuasivo es el argumento sacado de la necesidad de una sanción para después de la vida presente, que J. J. Rousseau se vio obligado a escribir aquella conocidísima frase suya: »Aunque no tuviera otras pruebas sobre la inmortalidad del alma que el triunfo del malvado y la opresión del inocente, esto sólo me impediría ponerla en duda. Tan estridente disonancia en la armonía universal, me empujaría a buscarle una solución, y me diría: Para nosotros no acaba todo con la vida; todo entra en orden con la muerte.» Sabido es, asimismo, que el general Du Barrail exclamó un día en la tribuna de la Cámara de Diputados: «¡Si quitáis a los soldados la fe en la otra vida, no tenéis derecho a exigirles el sacrificio de su existencia!»

Otro tanto puede decirse de la prueba basada en la finalidad. »Si todo acaba con el último suspiro, el hombre es un ser frustrado por naturaleza; y tanto más lo será, cuanto más se acerque a la madurez de sus años. No es racional creer en una antinomia tan profunda ; no se puede admitir que esa finalidad tan visible en todas las especies inferiores, venga a detenerse bruscamente al llegar al más alto grado de la vida, y allí falle para siempre. Si el amor que constituye el fondo de las almas clama por la existencia del Absoluto, es señal de que existe como fin nuestro, y no de cualquier manera; de que es el principio que nos mueve y el término hacia donde tendemos; de que nuestro ser está pendiente por completo de su ser. «Hay algo en nosotros que no muere[16] y cuya vida es el mismo Dios»[17].

No es menos demostrativo el argumento sacado del objeto. El alma tiene que estar al nivel de su objeto, y como éste es eterno, eterno ha de ser ella. Lo mismo que expresa Bossuet con tanto vigor: »Nacida el alma para contemplar esas verdades, y al mismo Dios que encierra toda verdad, ahí halla su razón de conformidad con lo eterno»[18].

Esta verdad es un corolario de la espiritualidad ya demostrada. Espiritual = inmortal por su naturaleza. Porque, la substancia espiritual, ¿qué cosa es? La que no depende del cuerpo, ni en su ser, ni en su operación específica. Y ¿qué es una substancia inmortal por naturaleza? La que es independiente del cuerpo en su ser y en su operación, de tal suerte que pueda existir y obrar sin él. Existe, por tanto, una ecuación perfecta entre espiritual e inmortal por naturaleza; y si la razón puede demostrar la espiritualidad del alma, como ya se explicó, por el mismo hecho queda demostrada su inmortalidad por naturaleza. Pero, dirá alguien: y ¿quién demuestra que el alma no pueda renunciar a su inmortalidad, o que Dios no se la quitará algún día?

Ya está demostrado. Es evidente que el alma no puede despojarse de lo que constituye su naturaleza, como es evidente que el mismo poder se requiere para aniquilar que para crear, esto es, un poder infinito que haga pasar a la criatura del ser a la nada y de la nada al ser. Por consiguiente, sólo Dios podría aniquilar. Mas Dios, que ha constituido la naturaleza, enseña el Angélico Doctor, no priva jamás a los seres de lo que les es natural[19], y, por tanto, jamás quitará al alma la inmortalidad, que le corresponde por su misma naturaleza.

La Iglesia siempre ha mirado con el mayor interés esta cuestión, y prueba de ello es que la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares hizo subscribir al abate Bautain un Formulario, comprometiéndose «a no volver a enseñar que la razón a solas es incapaz de demostrar la espiritualidad y la INMORTALIDAD del alma[20].

[1] Entre los numerosos lugares donde Santo TOMÁS sustenta estas doctrinas, bastará citar: Sum. Theol., I. P., q. 75, a. 2; q. 90; q. 118; y QQ. disp., de Anima, a. 14; de Potentia, q. 3, a. 2; II Cont. Gent., ce. 83 y sigs.

[2] BOSSUET, Connaissance de Dieu et de soi-méme, c. IV, n. 11. — Sobre este asunto de la espiritualidad del alma, véase al P. COCONNIER, Ame humaine, y al Card. MERCIEB, Psicología; CL. PIAT, La destines de l’homme.

[3] » Batiocinatio Dei existentiam, ANIMAS SPISITUA-LITATEM, hominis libertatem, CÜM CEKTITÜDINE probare potest». DENZINGER, 1650.

[4] Vid. P. COCONNIER, Ame humaine, c. VII.

[5] Cf. DENZINGER, 1911.

[6] «Animam non esse partem Dei, SED EX NIUILO CSEATAM… et absque baptismate originali peccato obnoxiam, credo et praedico. Hanc fidem Sancta Komana et Apostólica Sedes corde credit ad justitiam et ore confitetur ad sulutem». MANSI, XIX, 662, B. ss.

[7] Sobre el asunto, léase a San AGUSTÍN, De Libero Arbitrio, lib. II, c. xx y c. xxl; De Qivit., lib. X, e. xxxi; P. L., XXXII, 1299, sigs., y XLI, 311, sigs.

[8] DENZINGER, 738.

[9] San BERNARDO, Serm. II, De Nativ. Domini, n. 60; P. L., CLXXXII, 122.

[10] I. P., q. 90, a. 4, y q. 108, a. 3.

[11] Santo TOMÁS expone y refuta largamente los errores contrarios, II Cont. Gent., e. 83 y 84.

[12] Cf. ANTONELLI, Medicina Pastoralis, a. XIX.

[13] Véanse, a este propósito, los artículos del abate BER-NIES y de CL. PIAT en la Sev-ue du Clergé francais, 1903.

[14] Melchor CANO, De Locis Theologicis, lib. XII, c. XIV.

[15] «Dicere animae immortalitatem non esse demonstrabilem per rationem naturalem, erroneum est». BÁÑEZ, Com-ment. in I. P., q. 75, a. 6.

[16] BOSSUET, Sermón sur la mort, Caréme du Louvre, edit. Lebarq, t. IV, p. 17.

[17] PIAT, La destinée de l’homme, p. 193. — Véase también a Henri HUGON, Y a-t’il un Dieu? Y a-t’il survie de l’ame aprés la mort? París, Tequi.

[18] BOSSUET, Connaissance de Dieu et de soi-méme, 1. V, n. XIV.

[19] «Deus, qui est institutor naturae, non suitrahit rebus quod est proprium naturis earum». Santo TOMÁS, II Cont. Gent., c. 55; Cf. Santo TOMÁS, I. P., 104, a. 4.

[20] Cf. DE REGNY, L’abe Bautain, pág. 336-338.

24 TESIS TOMISTAS: El ORIGEN DE LAS TESIS

Estoy convencido de que una de las causas de la actual crisis religiosa ha sido el abandono del sentido común, es decir, del realismo moderado de Santo Tomás de Aquino.Toda  una jerarquía eclesiástica, en masa, ha dado la espalda a la filosofía y teología del Doctor Angélico desde, incluso, mucho antes del Concilio. Tengo la certeza de que, más que nunca, es necesario volver hoy a enseñar y a estudiar los principia et pronuntiata maiora doctrinae S. Thomae, como lo prescribió San Pío X cuando se dio cuenta de la gravedad de la situación que provocaba en la mente del clero el modernismo. Si ya entonces era necesario, hoy, tras el personalismo existencialista Wojtyliano, el devenir hegeliano ratzingeriano y el epicurismo indeferentista de Bergoglio es muy urgente e imperativo volver a los principia maiora de San Tomás. Y no me refiero sólo a los errados conciliares, que son pasto del más craso y herético pensamiento liberal y sin arreglo mental posible- salvo extraordinarias gracias derramadas por Nuestro Señor-, sino, por desgracia, entre la mayoría del clero “tradicionalista” (FSSPX, resistencia, sedevacantistas, ora conclavistas, ora defensores de la tesis del papa materialiter, ora  absolutos), cuya formación es, salvo algunas excepciones, muy deficiente; lo que explica la abundancia de tanta estupidez y exageración por su incapacidad para distinguir la substancia de lo accidental, y para sostener un discurso que determine el terreno de lo análogo y  de lo unívoco; todo lo cual es muy lamentable.

Las 24 tesis tomistas, según el papa Bendicto XV, exigen, si no el asentimiento interior, al menos que fuesen propuestas como la doctrina preferida de la iglesia.

Traemos a nuestros lectores, pues, las 24 tesis que el papa Benedicto XV encargó compilar al P. E. Hügon,  y que éste escribió en francés, hoy traducidas al español, con el fin de interesar a todos los lectores de la necesidad de volver a Santo Tomás, alejándose, incluso, de la escolástica que no ha sido fiel al doctor Angélico.

He preferido hacer entregas cortas dado que es un material más destinado a estudiarse y meditarse. Así, podrá alcanzar una elemental cultura tomista guiado por un maestro seguro, recomendado por Benedicto XV: P. Hügon; y todo ello expurgado de los errores ontológicos de los jesuitas como  Suárez, Molina,..especialmente en la tesis sobre la Potencia y Acto, que es fundamental en Santo Tomás, de la cual se apartan  aquéllos y tantos otros; una de la causas remotas, según mi modesto entender, de la devastación filosófica contemporánea.

Contra tanto teólogo averroista moderno, adoradores de las ciencias , que todo lo basan en la razón, Santo Tomás va a demostrar que la razón no puede probar nada contra la fe. En contra de los neoagustianianos poco fieles al espíritu del maestro, Santo Tomás hará la distinción entre razón y Fe, pero lejos de separlas, las unirá. Contra los fideístas- aparicionistas, sectarios, pentecostalistas… – mostrará que la filosofía puede establecer de un modo racional los preambula fidei. Contra el ignorantismo concebirá a la teología, además de enderezada a la piedad, a la edificación personal, etc., como un cuerpo doctrinal que tenga valor universal, como una verdadera ciencia de las verdades de la fe. Contra los racionalistas mostrará Santo Tomás que la razón debe estar al servicio de las verdades de la fe. Contra tanto “católico” perplejo por los avances científicos, siempre dispuestos de forma rauda a dejar de creer en las verdades reveladas y a poner en cuestión casi todo, mostrará que la fe infusa, por consiguiente, es no sólo muy superior a las ciencias y a la más alta filosofía, sino también a la más sabia teología, la cual nunca será otra cosa sino su comentario explicativo y deductivo. Contra los rutinarios papólatras y/o circunspectos siempre pendientes de lo “oficial” y que procuran en cada ocasión que se presenta  no moverse para no salirse de la foto, pseudo intelectuales blogueros, caóticos informadores del devenir curialesco, tibios, línea media y acuerdistas e irenistas revestidos de aparentes sesudas meditaciones, mostrará el Angélico Doctor que, “lejos de disminuir en lo que fuere la elevación de la fe cristiana por su concepción de la teología, Santo Tomás dice que la enseñanza de la Teología debe proceder de la plenitud de la contemplación, es decir, de la fe infusa, no sólo vivificada por la caridad, sino también esclarecida por los dones de ciencia, de entendimiento y de sabiduría, que tornan la fe más penetrante y sabrosa”.

En sus luchas doctrinales, enderezadas por completo a la defensa de la fe, se ha mostrado humilde, paciente, magnánimo, audaz, ordenado y nunca caótico, siempre prudente -pero nunca tibio ni equidistante- ” Siempre que quería estudiar, llevar a cabo una disputa solemne, enseñar, escribir o dictar, comenzaba por retirarse al  lugar secreto de la oración y oraba derramando lágrimas, al fin de alcanzar la inteligencia de los misterios divinos. Salía de allí con la luz que el señor le daba”, dice su biógrafo Guillermo Tocco.

Volved, pues a Santo Tomás.

Dicho esto, ¡calle yo de una vez y que hable el maestro, Doctor Angélico!

ORIGEN DE LAS VEINTICUATRO TESIS TOMISTAS.

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Recuérdese que S. S. Pío X con su Motu proprio del 29 de junio de 1914 prescribió que en todos los cursos de filosofía fuesen enseñados los principia et pronuntiata maiora doctrinae  S. Thomae y que en los centros de estudios teológicos la Suma teológica fuese el libro de texto.

1. El origen de las veinticuatro tesis

S. Pío X quería remediar un estado de cosas que el cardenal Villeneuve ha caracterizado de la siguiente manera en la “Revue de l’Université d’Ottawa“, oct.-dic. de 1936 (hemos citado poco ha una parte de este texto):

“No pocos autores, después de León XIII, han procurado no tanto ponerse de acuerdo con Santo Tomás, como ponerlo a él de acuerdo con su propia enseñanza. Por eso se ha querido deducir de los escritos del Doctor común las consecuencias más opuestas. De ahí se originaba una increíble confusión sobre su doctrina, que acababa por parecer a los estudiantes como un conjunto de contradicciones. Con esta manera de proceder no se podía inferir mayor injuria a aquel del cual ha escrito León XIII: «La razón apenas si parece que pueda elevarse a mayor altura.»

“Y así algunos han llegado a decir que todos los puntos sobre los cuales los filósofos católicos no están de perfecto acuerdo, son dudosos. Por último, han concluido algunos, para atribuir a Santo Tomás la gloria de no ser contradecido por nadie, que era preciso limitar su doctrina a aquello en lo cual estuviesen de acuerdo todos los pensadores católicos. Lo cual se reduce  poco más o menos a lo que ha sido definido por la Iglesia y que se debe sostener para guardar la fe… Pero reducir así la doctrina tomista a un conjunto amorfo y sin vértebras lógicas de verdades triviales, de postulados no analizados, no organizados por la razón, equivale a cultivar un tradicionalismo opaco, sin substancia y sin vida, y acabar, si no de una manera teórica y consciente, por lo menos en la práctica, en un fideísmo vivido in actu exercito. De ahí el escaso interés y vigilancia, la poca reacción que provocan las tesis más inverosímiles, en todo caso las más antitomistas por su misma naturaleza.

“Cuando el criterio de la verdad estriba prácticamente y de hecho en el número de autores citados en pro y en contra, esto en el campo en que la razón puede y debe llegar a la evidencia intrínseca mediante el recurso a los primeros principios, estamos ante la atrofia de la razón, ante su embotamiento, ante su abdicación. El hombre acaba por ello por dispensarse de la mirada del espíritu; todos los asertos permanecen en el mismo plano, el de una persuasión neutra, que proviene de la voz pública . . . Podrá adjudicarse esta abdicación a una laudable humildad; de hecho engendra el esceptimismo filosófico de unos, el escepticismo vivido de los más en los ambientes en que reina un misticismo de sensibilidad y una vana piedad.”

De ahí se derivan dudas hasta sobre el valor de las pruebas clásicas de la existencia de Dios, especialmente sobre el principio quidquid movetur ab alio movetur, y sobre la imposibilidad de llegar hasta lo infinito en la serie de causas actual y necesariamente subordinadas; lo que equivale a poner en duda el valor de las “cinco vías” de Santo Tomás.

S. S Pío X se dio cuenta de la gravedad de la situación y por eso prescribió el 29 de junio de 1914 que se enseñasen los principia et pronuntiata maiora doctrinae S. Thomae.

¿Pero, cuáles eran estos pronuntiata maiora, si era preciso no contentarse con algunas verdades triviales de sentido común, que permiten, a cada cual interpretar según su propio sentir la doctrina del Doctor Común?

Algunos tomistas, profesores en diversos Institutos, propusieron entonces a la S. Congregación de Estudios veinticuatro tesis fundamentales. La S. Congregación las examinó, las sometió al Santo Padre y respondió que contenían los principios y los grandes puntos de la doctrina del Santo Doctor (cf. Acta Apost. Sedis, VI, 383 ss.).

Luego en febrero de 1916, después de dos reuniones plenarias, la S. Congregación de Estudios decidió que la Suma teológica debe ser el libro de texto en cuanto a la parte escolástica y que las veinticuatro tesis deben ser propuestas como reglas seguras de dirección intelectual: Proponantur veluti tutae normae directivae. S. S. Benedicto XV confirmó esta decisión que fue hecha pública el 7 de marzo de 1916.

En 1917 el Código de derecho canónico fue aprobado y promulgado por Benedicto XV, y en él se dice (can. 1366, § 2 ) : Philosophiae rationalis ac theologiae studia et alumnorum in his disciplinis institutionem professores omnino pertractent ad Angelici Doctoris rationem, dóctrinam et principia, eaque sánete teneant. El método, los principios y la doctrina de Santo Tomás deben ser seguidos religiosamente. Entre las fuentes que indica, el Código señala el decreto de la S. Congregación aprobando por las veinticuatro tesis como pronuntiata maiora doctrinae sancti Thornae.

S. S. Benedicto XV tuvo ocasión en numerosas oportunidades de expresar su pensamiento sobre este punto, recomendó por ejemplo al P. E. Hugon, O. P., en una audiencia especial, que escribiese en francés un libro  sobre las veinticuatro tesis, y, como refiere este último (Las venticuatro tesis tomistas, Bs As 1940; libro que seguiremos para exponer las 24 tesis a nuestro lectores de una forma muy clara), le dijo que si no pretendía imponer estas veinticuatro tesis al asentimiento interior, exigía que fuesen propuestas como la doctrina preferida de la Iglesia.

Ya el P. Guido Mattiussi, S. J., había publicado en 1917 una obra italiana de capital importancia: Le XXIV Tesi della Filosofía di S. Tommaso d’Aquino approvate dalla Sacra Congreg. degli Studi, Roma. Esta obra ha sido traducida al francés.

Se ha sabido desde entonces que estas veinticuatro tesis habían sido redactadas por dos tomistas de gran valor que las habían enseñado durante toda su vida comparándolas con las tesis contrarias. Han sido ordenadas admirablemente, de tal modo que todas dependen de la primera que enuncia el mismo fundamento de la síntesis tomista: la distinción real de la potencia y del acto.

LA SÍNTESIS TOMISTA P. Reginald Garrigou-Lagarnge, O.P.

Seguiremos pues la recomendada obra siguiente:

Rdo. P. Eduardo Hügon, O. P.

Maestro en Teología

Profesor de Dogma en el Colegio Pontifical “Angélico”, de Roma

Miembro de la Academia Romana de Sto. Tomás de Aquino

Principios de Filosofía

Las Veinticuatro
Tesis Tomistas

Carta de su Santidad Benedicto XV

A nuestro Querido hijo Eduardo Hugon, religioso Dominicano, doctor y profesor de Teología en el Colegio Angélico de Roma.

BENEDICTO XV, PAPA

QUERIDO HIJO: SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA.

Santa y saludable obligación impuesta a las escuelas católicas, donde se forma en la ciencia de la Filosofía y de la Teología la juventud del santuario, es la de tomar por maestro supremo a Santo Tomás de Aquino. Cuanto en este asunto quedó establecido con tanta sabiduría por nuestros predecesores, en particular por León XIII y Pío X, de feliz memoria, inviolablemente debe mantenerse y observarse.

También Nos tenemos por oportunísima la obra, digámoslo así, de hacer salir del recinto de la Escuela al Doctor Angélico; la de ponerlo en condiciones de irradiar al exterior, de lanzar la casi divina luz de su genio sobre cuantos aspiran a profundizar nuestra religión. Cierto que los modernistas no se habrían alejado tanto de la fe, extraviados por tan diversas opiniones, de no haber descuidado los principios y la doctrina de Santo Tomás.

Por eso ha sido excelente vuestro plan de explicar, bajo la guía de tal maestro, las verdades de nuestra fe y nuestros más augustos misterios, para especial utilidad de los seglares, empleando un estilo adaptado a las inteligencias que no han tenido ocasión de iniciarse en los estudios y métodos peculiares de las escuelas.

Celebramos que vuestros libros, donde habéis abarcado poco menos que todo el conjunto de la Teología, obtengan, según la estimación de jueces competentes, pleno éxito por su mérito especial, que consiste, por un lado, en la luminosa explicación y defensa de los dogmas de la salvación, y por otro en los piadosos sentimientos de religión que suscitan. No habiendo otra verdadera piedad que la que brota y se extiende después de alimentarse de algún modo en la raíz misma de la sana Teología, excelencia propia de los libros teológicos es encender en sus lectores el amor de la piedad. Gratísimo Nos resulta el poder tributaros este elogio, con el mayor deseo de que vuestro trabajo resulte de utilidad a un gran número de almas.

Para vos, querido Hijo, además de los frutos abundantes de vuestra obra, esperad de Dios una recompensa muy abundante.

En prenda de estos favores y como testimonio de nuestra paternal benevolencia, os otorgamos muy afectuosamente la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, en San Pedro, a 5 de mayo de 1916, año segundo de nuestro Pontificado.

BENEDICTO XV, PAPA.

LEER LAS TESIS

24 TESIS TOMISTAS. Aplicación 3

24 TESIS TOMISTAS. Aplicación: Refutación del teosofismo

COSMOLOGÍA

La Cosmología de Santo Tomás, resumida en las cinco últimas tesis, demuestra que no es el mundo ese infinito, en el cual todo sería el todo, sino un conjunto armónico de muy diversas substancias. Hay multiplicidad en el universo, porque hay potencia y acto, materia y forma, hay cantidad que extiende la substancia en mil y mil partes distintas.

Estas doctrinas tomistas sobre el hylemorfismo son perentoria refutación del panteísmo bajo todas sus formas.

Para completar nuestro asunto, queremos aplicar estos principios a la refutación de los más recientes errores; diremos algunas palabras acerca del teosofismo, que la Iglesia acaba de condenar.

En reunión plenaria de los EE. Cardenales e Inquisidores Generales en asuntos de fe y costumbres, el día 19 de julio de 1919, fue propuesta esta cuestión: «Si las doctrinas, llamadas teosóficas, pueden conci-liarse con la católica, y si es lícito a los fieles inscribirse en las sociedades teosóficas, asistir a sus reuniones, leer sus libros, revistas o escritos en general.» Los EE. Cardenales, asesorados por los Consultores, mandaron responder: Negativo. Al día siguiente, en la acostumbrada audiencia del Papa al Asesor del S. Oficio, S. S. Benedicto XV aprueba la decisión, con orden de que se publique.

Para mostrar el alcance de este decreto, recordaremos a grandes rasgos las doctrinas del teosofismo, confrontándolas con las católicas.

El título en sí es harto inofensivo. Teosofía quiere significar sabiduría divina, conocimiento superior de las cosas de Dios; teósofo pudiera llamarse al discípulo o iniciado en tan alto saber. En tal sentido, no pocos escritores eclesiásticos alabaron la Teosofía y al teósofo, como son de alabar los nombres de Teología y de teólogo.

El título es aquí lo de menos. Así como los antiguos gnósticos abusaron de la palabra gnosis, o ciencia, los fundadores del teosofismo entienden por teosofía, o sabiduría divina, un conocimiento antiguo, universal y oculto, que tiende a confundir a Dios con el hombre y el mundo. Aunque este sistema se haya ofrecido y se ofrezca disfrazado con innumerables formas, pueden todas éstas reducirse a la forma fundamental del panteísmo.

Mad. Blavatski, noble rusa de gran ardor militante, fue, con el norteamericano coronel Olcott, la fundadora y principal propagandista de la sociedad teosófica; el secretario era Leadbeater, perseguido en estos últimos años por un asunto de moralidad. Hoy es presidenta de la sociedad Mad. Annie Besant, alta dignataria de la masonería mixta y harto célebre por sus escritos y conferencias teosóficas.

Hay otra corriente de las mismas ideas fundamentales, vigorosamente desarrolladas bajo la dirección del alemán Rodolfo Steiner.

Ante todo, el teosofismo ataca la doctrina fundamental del verdadero Dios personal y creador de todas las cosas. «Nosotros rechazamos la idea de un Dios personal, o extracósmico. Afirmamos y probamos que el Dios de la Teología es un conjunto de contradicciones, una imposibilidad lógica. Por esto nos resistimos a reconocerlo». El Dios de la Teosofía se confunde con el mundo; más todavía, el espíritu y la materia constituyen un solo ser. »Según nuestras enseñanzas, el Espíritu y la Materia son cosa idéntica; el Espíritu contiene a la Materia en estado latente, y la Materia es Espíritu cristalizado, como el vapor enfriado se convierte en hielo».

Huelga decir que en tal sistema el dogma de la Trinidad se desvanece; no hay para el teósofo más Trinidad que la manifestación intelectual y gnóstica de la Unidad impersonal e infinita.

Niegan rotundamente el dogma de la creación ex nihilo, pues todo está en todo; Dios, el alma y el universo son uno con la unidad absoluta, la esencia divina incognoscible. «Creemos, no en una creación, sino en consecutivas manifestaciones del Universo, pasando del plano subjetivo al objetivo del ser, con regulares intervalos o períodos cíclicos de inmensa duración».

Contra nuestras doctrinas católicas de la libertad, de los actos humanos, de la moralidad, del último fin, oponen la substancia universal, que, pasando a través de innumerables formas, se convierte en hombre, en ángel y en Dios. «La humanidad es una sola substancia o esencia, única, infinita, increada y eterna». «Esta substancia evolucionando, llega a ser todo, llega a ser ella misma, por una especie de maravilloso retorno.» «Tal es el poder misterioso de la evolución, de la omnipotente, omnipresente y hasta omnisciente potencia creadora».

Nada puede llamarse sobrenatural o gratuito; todo en el Todo Universal es debido a la Naturaleza.

Los mandamientos de Dios y de la Iglesia, la oración y los actos religiosos, no tienen razón de ser; no necesita elevarse sobre sí misma el alma; le basta con replegarse interiormente en ese gran Todo, que osan llamar nuestro Padre en los cielos.

En orden a la Encarnación del Divino Salvador, sólo acierta a proferir blasfemias, llamando a Dios encarnado «antropomorfo», o la sombra gigantesca del hombre, sin reproducir siquiera lo mejor que el hombre tiene. Distingue, además, el Cristo universal del Cristo singular. El Cristo universal puede considerarse, o en su estado de involución, y es entonces el Verbo o Logos, encarnado y de algún modo inmolado por su inmersión en el Universo; o bien en estado de evolución, elevándose de grado en grado hasta alcanzar el matrimonio en espíritu con lo Absoluto.

El Cristo singular o histórico es un gran sabio o perfecto teósofo, semejante a Manú, Zoroastro, Buda, etc., mas de ningún modo un verdadero Dios Personal. El dogma de la Redención, que supone y repara un pecado original, carece de sentido, pues el género humano, substancia divina y eterna, en lo íntimo de su ser, es impecable e infalible, y también porque las acciones de un puro hombre, como llaman al Cristo de la historia, carecen de valor infinito necesario para satisfacer por la culpa.

Queda, pues, destruida de un golpe en su raíz, toda la economía sobrenatural de la gracia y de los sacramentos, que en los dogmas de la Encarnación y de la Redención se fundan.

Niega también el Teosofismo todas nuestras verdades de novissimis, muerte, juicio, infierno y gloria, haciendo consistir toda la sanción y expiación de nuestras culpas en una serie de transmigraciones o encarnaciones sin número, en otros tantos cuerpos renovados.

A tantos ensueños y aberraciones nos basta oponer la definición del IV Concilio de Letrán: «El Juez supremo dará a cada uno según su merecido, tanto a los réprobos como a los predestinados, todos los cuales han de resucitar con el mismo cuerpo que ahora tienen (cum suis propriis resurgent corporibus QUAE NUNC gestant), para recibir, conforme a sus buenas o malas obras, los unos el castigo eterno con el diablo, los otros la gloria eterna con Cristo.

Era, por consiguiente, muy justo e indispensable que el Santo Oficio, tribunal supremo y guardián nato de la doctrina y de la moral, condenara tales errores, prohibiendo a los católicos entrar en las sociedades, asistir a las reuniones y leer los escritos teosóficos.

Tales aberraciones no tendrán fácil cabida entre los buenos tomistas que han comprendido a fondo la triple composición de la criatura corpórea, composición de potencia y acto, de materia y de forma, de substancia y accidentes. De todo esto necesariamente resulta la radical distinción en géneros, especies e individuos, unos en la especie, distintos cada uno de por sí por su principio de individuación, que es la materia tal, sellada por tal cantidad (materia signata quantitate).

Firme la mente en los anteriores datos y principios fundamentales, fácilmente descubre el absurdo del panteísmo en todas sus formas, que, al identificar las substancias, admite necesariamente la consubstancialidad de Dios con todas las cosas del Universo. Notemos especialmente la oposición radical entre el panteísmo y el dogma de la encarnación. Si la persona divina uniera a sí misma hipostáticamente todas las substancias humanas y aun las de todo el Universo, no iría tan allá como el panteísmo; la substancia divina jamás se confundiría con todas estas substancias; no habría jamás consubstancialidad de Dios y del mundo.

Ved cómo estas tesis, a primera vista meras sutilezas sin transcendencia, que se relacionan con la composición de las substancias creadas y con el principio de individuación, nos llevan a la glorificación del Acto Puro, verdadero Dios personal.

Las próximas tesis describen la Biología y la Psicología de Santo Tomas.