CANONIZACIONES DE PAPAS POR FRANCISCO
En ésta conferencia, grabada el 27 de Abril 2014 en el día mismo de las «canonizaciones» de Juan Pablo II y Juan XXIII, junto a hechos ampliamente conocidos, el teólogo Rui nos revela otros mucho menos conocidos acerca de Roncalli y Wojtyla, que muestran la imposibilidad de que sean papas, y mucho menos aún, santos.
Entre lo más sobresaliente que se puede descubrir es la traducción de frases increíbles contenidas en el libro de Wojtyla, siendo ya obispo, que fue publicado en inglés en 1979.
Recomendamos vivamente oír esta amena conferencia que en nuestros días, al cabo de tres años, en mayo de 2017, no ha perdido su actualidad
LAS MONEDAS SON ESTÉRILES
Sobre los pecados que claman al cielo o las monedas son estériles

“¿Qué diferencia hay entre poseer mediante un robo, horadando la pared, y poseer ilícitamente lo que la usura toma a los necesitados?” “Ninguna”, contesta a su propia pregunta S. Gregorio Niceno. En aquel entonces los pastores defendían al tesoro de la Iglesia, los pobres, de los usureros sobre los que recaían gravísimas penitencias, sin que estuviesen exentos de la obligación de restituir, si querían recibir el perdón de tan grave falta.
En el presente, cobrar un precio por el dinero prestado es el fundamento del sistema financiero que todos sufren y casi nadie cuestiona; ni siquiera la existencia de muchedumbres necesitadas de acudir a préstamos de consumo con tasas de interés que oscilan entre 25%, y el 3500 % TAE (no es ninguna errata, amable lector; vea), parecen conmover el duro corazón de quienes más responsabilidad tienen de proteger a la grey de Cristo.
Una sola vez nos muestra el Evangelio la santa ira de Nuestro Señor: cuando hizo un látigo para expulsar a los cambistas del templo. Porque acudían los pobres a ellos y como no tenían con qué comprar “recibían, pues, como interés garbanzos tostados, pasas de uvas, y manzanas de diversas clases. Por lo tanto, como los cambistas no podían recibir usura en metálico, la recibían en especie. Y así, lo que no se podía exigir en dinero lo exigían en estas cosas que después reducían a dinero. Casi esto mismo dijo Ezequiel en estas palabras: ‘No recibiréis usura ni superabundancia alguna’ (Eze_18:17). Bajo este aspecto, el Señor vio que su casa se había convertido en casa de negociación o de hurto. Y movido entonces por el ardor de su espíritu arrojó del templo a una multitud de gente”. (Catena Aurea, Comentario de San Jerónimo a Mat. 21-10-6).
“El hombre debe evitar el celo que pueda dañar a otros y no debe exigir del que carece de riquezas aumentos de oro ni de plata, porque exigiría un fruto de metales, que son estériles; por lo que sigue: ‘Y dad prestado, sin esperar por eso nada’ “, (Comentario de S. Gregorio Niceno a Lc 6, 32-36).
La usura siempre ha sido un gravísimo pecado que exige la restitución para ser perdonado y con dicha calificación permanecerá a perpetuidad. Es cierto, sin embargo, que el desgraciado Concilio Vaticano II guardó absoluto silencio sobre esta grave culpa; pero si bien esto es evidente, no tenía obligación un evento de esta naturaleza de abordar esta cuestión, entre otras miles posibles. No obstante, habiendo tenido gran ocasión de hacerlo en el capítulo III de la Constitución Gaudium et Spes, en la que predomina el lenguaje anfibológico y el error sobre el derecho a la huelga, inversiones y política monetaria, desigualdades sociales, etc., eligió el mutismo: el gran silencio que clama al cielo. Nada sobre este pecado se dice en el Catecismo de la Iglesia Católica, tanto en la edición de 1983 como en la de 1997; ni nada se lee en el magisterio de los últimos cinco papas. Discreción más sorprendente aún, si cabe, cuando hoy en día son víctimas de este execrable mal millones de personas, católicas o no; condenadas a una deuda de por vida. Menos que un vergonzoso rubor no puede un católico dejar de sentir, cuando constata que esta jerarquía conciliar a la que se le llena la boca de palabrería sobre la Iglesia de los pobres, como si la Esposa de Cristo no hubiera sido la Iglesia de los pobres en el pasado, deja de predicar sobre el pecado de lo yermo, la usura; esterilidad que es común a otro pecado que clama al cielo: la homosexualidad, sobre la cual cae un tupido velo, mientras la ciudad de las siete colinas se infecta, cual cloaca abyecta, de pervertidos sodomitas. Discursos, pues, de sacamuelas ambulantes que confirman el refrán “dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”.
Santos obispos, doctores, mártires y confesores, papas y hasta vírgenes de la Iglesia Católica, Madre y Maestra, han mantenido durante siglos la verdad sobre la usura, aunque sobre este pecado haya caído desde 1962 un pusilánime silencio y el discurso dominante haya tornado en populismo. Con sabiduría se alejó siempre la Iglesia de posiciones extremistas; en este sentido y por una parte, defiende la verdad contra los que manifiestan que es ilegítimo cualquier tipo de interés, cayendo en el error por su rigorismo, pero por otra, también contra los que defienden que el interés pactado es siempre legítimo; yerro éste propio del liberalismo, ideología que sostenida en sí misma es pecado, como bien concluye Felix Sardà i Salvany en su más conocida obra, ‘El Liberalismo es Pecado’. Estos mismos liberales, que hoy conforman numéricamente la mayoría de ‘católicos’ que nutren los neo movimientos eclesiales, junto con la mayoría de pastores y obispos, arguyen en defensa de su pérfida posición en general, al menos en la práctica, que la doctrina sobre la usura era canónica, disciplinaria y por lo tanto mudable. Niegan así que sea doctrina cierta y segura de la Iglesia, fundada en la Ley natural; y hacen caso omiso de los múltiples pronunciamientos magisteriales, por cuya razón son heterodoxos de facto: “Si alguno cayere en el error de pretender afirmar pertinazmente que ejercer las usuras no es pecado, decretamos que sea castigado como hereje” (Denz 479).
Afirman otros que a partir del Renacimiento ha ocurrido una ruptura con el pasado en dicha doctrina, sin distinguir, de esta manera, lo que en ella es sustancial de lo que es accidental: las distintas formas de la economía dominantes de cada época. Tal vez sea esta doctrina sobre la usura uno de los ejemplos más claros de desarrollo moral homogéneo en el mismo sentido de siempre, sin abandonar los principios esenciales.
¿Pero, en qué consiste, en esencia, el pecado de usura? Es el beneficio que el prestamista obtiene de un préstamo de mutuo, por el sólo título de préstamo. Pues es doctrina católica que el prestamista sólo tiene derecho a recuperar otro tanto de la misma especie y calidad (la misma cantidad de dinero prestado, la misma medida y calidad de pan, de aceite, etc.); todo exceso sobre lo estrictamente prestado, de forma que el prestamista quede indemne, es usura.
En sentido estricto, define la injusticia de la usura Santo Tomás, de la siguiente manera: “Recibir interés por un préstamo monetario es injusto en sí mismo, porque implica la venta de lo que no existe, por lo que manifiestamente se produce una desigualdad que es contraria a la justicia” [ ]“Comete una injusticia el que presta vino o trigo y exige dos pagos: uno, la restitución equivalente de la cosa, y otro, el precio de su uso, de donde el nombre de usura” [ ] “el uso propio o principal del dinero es su consumo o inversión, puesto que se gasta en las transacciones. Por consiguiente, es en sí ilícito percibir un precio por el dinero prestado, que es lo que se denomina usura” (ST II-II, q.78, a.1).
La doctrina del Aquinate la expresa la Iglesia así: “El género de pecado llamado usura, y que tiene su propio lugar y asiento en el contrato de mutuo (El contrato de muto es aquél en el que el prestamista entrega al prestatario dinero u otra cosa consumible, por ejemplo aceite, sal, pan,..; existen también otros contratos distintos del mutuo, v.g., el societario, en el cual sí tiene el inversor derecho legítimo al beneficio, y aunque también se puede dar la usura en él, se distingue del mutuo; si lo prestado no es consumible, por ejemplo un terreno, una casa, herramientas, puede el dueño conservar la propiedad y ceder su uso , bien por comodato: gratuito, alquiler, mediante una renta, etc.), consiste en que uno, fundado en la sola razón del mutuo, que por naturaleza exige que se devuelva nada más que lo que recibió, pretenda que se le dé más que lo recibido, y, por tanto, presume que se le debe, sin otra razón que el mutuo, un lucro sobre la cantidad dada. Todo lucro, pues, de esta índole que exceda de la cantidad dada es ilícito y usurario. (Benedicto XIV; Vix perninit; 1745)”
Léase con atención, tanto lo que dice Santo Tomás, como el magisterio de la Iglesia y entiéndase bien la esencia del pecado de usura, que consiste en cobrar un precio añadido a lo prestado, sea en concepto de interés, comisión, honorarios, uso, etc., por el mismo título de mutuo; así podremos distinguir mejor lo que es accidental. Todo lo cual no implica que no pueda haber otros títulos distintos que el mutuo, que puedan ser legítimos. Es decir, cualquier legitimidad de un precio añadido a lo prestado debe fundamentarse en un título o concepto distinto al mutuo, siempre que a su vez sean estos también ortodoxos, pues de lo contrario también serían usurarios.

No obstante lo dicho sobre la esencia de la usura, debe tenerse en cuenta que en la Edad Media y primera parte de la Moderna, apenas hubo procesos inflacionarios y los que hubo fueron excepcionales; pero a partir del siglo XIX se imprimieron billetes masivamente, ya no respaldados por las reservas en metales preciosos de los bancos; dicha multiplicación de papel produjo grandes procesos inflacionarios, cuyas consecuencias fueron la elevación considerable de precios.
Pues bien, ante esta nueva situación casi perennemente inflacionaria, la doctrina católica no dejó por eso de guardar lo substancial de la definición del pecado de usura, el de aquel que “fundado en la sola razón del mutuo, que por naturaleza exige que se devuelva nada más que lo que recibió, pretenda que se le dé más que lo recibido”; pero ante el reto de una nueva economía que planteaba cuestiones nuevas y accidentales, las tomó en consideración sin mudar la esencia; porque así como siempre reconoció que el prestamista tiene derecho a ser indemne sólo por el título del mutuo, (es decir a que le sea devuelto lo mismo que prestó, sin interés, comisión o precio añadido); también vino a reconocer que para medir con exactitud la cantidad realmente prestada en la nueva economía, especialmente inflacionaria, debían considerarse nuevos conceptos que antes, por su insignificancia, eran casi despreciables.
Cuatro, pues, podrían ser los conceptos que en una economía contemporánea habrá de tenerse en cuenta para medir lo realmente devuelto, de manera que sea estrictamente igual o equivalente a lo prestado. De ahí que aparezcan estos nuevos epígrafes para cumplir en sentido estricto con la justicia conmutativa, es decir, que el prestamista quede indemne, sin que pueda cobrar precio por prestar:
La inflación es el más evidente de estos novedosos accidentes o conceptos. El dinero es una representación de los bienes. Obvio resulta, que si un prestamista presta 100 en una economía con una inflación anual del 1%, si transcurrido el año se le devolviesen esos mismos 100, sólo con ellos podría adquirir dicho prestador bienes equivalentes a 99, luego no es indemne totalmente. Por lo cual, para que sea igual lo prestado a lo devuelto parece legítimo que por el título de inflación, no por el de mutuo porque eso sería usura, se tenga en cuenta la tasa inflacionaria. No cabe duda que de ninguna manera puede decirse que la doctrina ha variado al considerar la legitimidad de un aspecto nuevo y casi inexistente en el medievo, como éste.
El stipedium laboris bien pudiera ser el segundo título. Esto es, la compensación por todos los gastos en que incurre el prestamista, por ejemplo los Montes de Piedad; costo reconocido desde antiguo, incluso antes de su existencia. Respecto a este título dice la Bula Inter multiciples, Concilio V de Letrán, 1515: “ A propósito de los Montes de Piedad instituidos,…para preservar a los pobres de los usureros y prestarles dinero a cambio de prenda o empeño.. en los que en razón de sus gastos e indemnidad, únicamente para los gastos de [mantener] sus empleados y de las demás formas que se refieren a la conservación, conforme se manifiesta sólo en razón de su indemnidad, se cobra algún interés moderado además del capital, sin ningún lucro por parte de los montes [no hay, pues interés lucrativo por el mutuo], no presentan apariencia alguna de mal ni ofrecen incentivo para pecar….antes bien ese préstamo es meritorio y debe ser alabado y aprobado y en modo alguno ser tenido por usurario”. Luego, la compensación de gastos para organizar los préstamos, más en Montes de Piedad, cuyo fin era proteger a los pobres de los usureros, es un título legítimo, extrínseco al contrato de muto. Nada tiene que ver con la voracidad del liberalismo, ni con la usura, puesto que para ser indemne en su totalidad, requiere el prestador que la restitución real sea igual a lo prestado, a la que se añaden estos costos con justo concepto, sin los cuales no podrían ayudar a los pobres a salir de manos de los avaros, fin de tan beneméritas instituciones católicas.
Pareciera aceptable y como legítimo también, por ser adventicio al mutuo, otro título por los costes derivados de la complejidad jurídica y contable de la sociedad moderna: necesidad de expertos que acomoden contratos a la legislación, sin los cuales no es posible una relación contractual entre las complejas y múltiples normativas económicas-jurídicas contemporáneas.

El cuarto título extrínseco al mutuo es mucho más discutible y es sospechoso de usura en ciertas condiciones. Lucrum cessans. Una regla especial debe tenerse en cuenta siguiendo a Santo Tomás:“vale menos poseer algo virtualmente que tenerlo en acto, porque el que está en vías de alcanzar algo lo posee sólo virtualmente o en potencia” (ST. II-II q 62 a.4). En tomismo castizo se dice “Más vale pájaro en mano que ciento volando”. Por lo tanto, si fuera legítimo compensar el lucro cesante del prestamista, doctrina discutida, lo sería porque la moderación del interés vendría determinado por una supuesta ganancia legítima que se considerase ‘segura’” (‘La Etíca Económica y la Usura’). Mas como tal ganancia es en potencia y esa seguridad nunca es total y absolutamente cierta-porque tal certeza sobre el mañana no existe en ningún asunto humano, ni siquiera en la conservación de la vida-, cabe sólo la posibilidad, aún con duda, de un muy moderado interés en su caso, y por este concepto, no en razón del mutuo.
La razón que se esgrime es: Puesto que el dinero que tenía antaño, ahora vale menos, porque la cantidad de bienes se ha incrementado o se previó incremento, se tenía derecho a contabilizar ese lucro cesante; o dicho de otra manera, como el valor del dinero está parcial e inciertamente determinado por bienes potenciales, pero cuya actualización y oferta de los mismos es previsible, la cantidad que ahora poseo, para seguir teniendo el mismo valor actual en el futuro, de manera que con ella pueda, entonces, adquirir los mismos bienes que en el pasado, necesita ser incrementada en un porcentaje. Pero, por otra parte, según la doctrina de Santo Tomás que es la misma de la Iglesia, no es justo compensar el lucro cesante del prestamista en igualdad estricta, sino en una medida inferior porque su posesión es virtual y exenta de absoluta certeza, y sólo probable; es decir, habiendo temor de lo contrario. En resumen, si el interés por el título de lucro cesante es muy moderado en un ciclo estable, puede ser legítimo para establecer la equivalencia de lo restituido con lo prestado; pero si el interés es literal, es decir, conforme a los tipos seguros actuales, sin tener en cuenta que se trata de la medición de una posesión virtual, sería ilegítimo, en mi modesta opinión fundamentada en la ontología cristiana que dice:
El imaginado lucro cesante es potencia, es decir, una capacidad de algo para tener una realidad y por lo tanto menos perfecta de cuando recibe esa realidad; que mi entendimiento tenga potencia intelectual no conlleva, automáticamente, el acto de entender ¡Observen cuántos asnos con dos piernas hay! Pero también, aunque impropiamente, se puede decir potencia cuando concebimos la privación de una realidad ad modum rei, y por comparación a la realidad a la que se refiere; aplicado al asunto que nos concierne, se ha comprobado históricamente cómo con un billete de 5.000 marcos alemanes con el que se adquirían muchos bienes, no se podía más tarde comprar un económico mechero.
En otro género, si bien de ordinario pudiera exigirse legítimamente un moderado interés por lucro cesante, es necesario al entendimiento distinguir en razón de la justicia en primer lugar, pues en algunos casos puede ser ilegítimo; pues “ no todo afán de aliviar las miserias debe confiarse exclusivamente a la caridad ‘cual si la caridad estuviera en el deber de encubrir una violación de la justicia, no sólo tolerada, sino sancionada a veces por los legisladores” (Pío XI, Quadragesimo anno, 4); y en otros es ilegitimo, por la Ley de la Caridad que todo lo debe imperar; en efecto: “tratándose de pobres de solemnidad, hay obligación de ayudarles con la limosna enteramente gratuita. Pero si tienen esperanza de mejorar la fortuna y necesitan para ello de algún préstamo, la caridad obliga a ayudarles con esa ayuda extraordinaria […] dándoles toda clase de facilidades para la devolución de lo prestado o el pago de su valor. Es una excelente obra de caridad de gran mérito ante Dios (Royo Marín, Teología Moral I, 675).
Otros títulos extrínsecos al mutuo arguyen algunos moralistas, si bien no se ponen de acuerdo, tales como el daño que emerge o el riesgo del capital.
De esto se deduce que, quien sostiene que la Iglesia ha cambiado la doctrina, o ignora la misma o engaña en este asunto. La doctrina de la Iglesia no ha variado lo más mínimo en la cuestión de la usura ni puede hacerlo, sino que a través del desarrollo homogéneo de la misma ha ido afrontando lo accidental manteniendo su esencia; a saber, la ilegitimidad de cobrar intereses en contrato de mutuo, de manera que lo prestado sea igual o equivalente a lo devuelto. Es más bien la infección liberal que padece el ‘magisterio’ postconciliar, junto con las prácticas y nuevas teorías morales para dominar las conciencias de los miembros de los neomovimientos conciliares poderosos, influyentes, exitosos y expertos tesoreros en la captación de fondos del sistema financiero actual usurario para sostener sus mediáticas obras, cuyas formas no han recibido ninguna sanción de Roma, lo que induce a pensar erróneamente que la doctrina de la Iglesia haya mudado.
OBJECIONES. La más repetida objeción a lo expuesto se puede resumir así: “De mantener la doctrina tradicional de la Iglesia sobre la esencia del pecado de usura nadie prestaría y no habría crecimiento económico”. Tres breves explicaciones serán suficientes, según creo, para evacuar el escolio.
1º.- El supuesto objetor olvida que el contrato de mutuo, que tiene como objeto el préstamo de lo inmediatamente consumible, no es el único. Existen, v.g., los contratos societarios en los que el prestador-inversor tiene legítimo derecho a ser compensado de los beneficios de la sociedad en razón proporcional a lo desembolsado; de comodato; de arrendamiento; de comercio, depósito, etc. Las reglas contra la usura existen también en estos contratos para que sean legítimos;pero como no es objeto de este artículo más que la usura en contrato de mutuo, sea suficiente decir, a modo de ejemplo, que la doctrina cristiana señala legitimidad cuando el prestador-inversor en el contrato societario, además de la posible participación del beneficio, acepta la minoración de lo prestado en caso de pérdida; práctica de la que hoy se inhiben la mayoría de los prestamistas, exigiendo intereses aún si hay quiebra inocente. Se concluye pues, que el prestador tiene legitimidad para cobrar precio distinto por lo prestado en otros contratos, luego habría quien prestaría, por lo que el desarrollo económico no se paralizaría.
2º.- El supuesto objetor olvida también cuál es el papel de la autoridad secular en la doctrina cristiana; quizá sea debido a que ese papel ha dejado de ejercerse y de predicarse desde el último concilio, evento que impulsa la desconfesionalización de las naciones y la negación de la realeza social de Cristo. Como el fin del Estado es el bien común temporal, por lo que la política debe de estar en función del bien, de lo que se deduce que el desarrollo económico no es la meta de la política, sino un mero medio, corresponde a la autoridad temporal, incluso, el monopolio de un servicio público necesario que la iniciativa privada no pueda atender o lo atienda con grave daño para el bien común; y se fuere estrictamente urgente, como es el caso según veremos, ejercer una función subsidiaria consistente en ayudar a las partes de la sociedad sin, por ello, suplantarlas, como, por ejemplo, en el presente tema. De ahí que pueda legítimamente el Estado, no sólo favorecer y fomentar aquellas loables prácticas de los Montes de Piedad, sino también convertirse subsidiariamente en institución financiera para los contratos de mutuo. De lo que se concluye que con una autoridad temporal en un estado cristiano, habría quien ejerciese el oficio de prestador, lo que traería crecimiento económico.

3º.- El sistema actual de crédito consiste en crear dinero fraccionario basado en deuda, en una relación ordinaria de 9:1; es decir, por cada unidad de depósito efectivo en el banco, éste puede conceder nueve unidades de crédito a terceros; por lo tanto, cada vez que el banco concede un préstamo crea dinero; fíjese bien que ese nuevo dinero es, en realidad, sólo deuda; las monedas son estériles y no paren monedas. Es verdad que el banco central de cada país crea dinero, pero la mayor parte del dinero lo creael sistema bancario con cada préstamo basado en la promesa de devolverlo. Dicho de otra forma, ni el dinero está limitado por la cantidad de reservas en metales preciosos, ni por los bienes reales, sino por la deuda global que necesita crecer incesantemente ¿Se ha hecho alguna vez la pregunta de cómo puede ser posible que todos los estados, gobiernos y personas puedan estar endeudados a la vez? Le acabo de señalar, querido objetor, la explicación. Puesto que sólo Dios crea de la nada, no puedo decir que el dinero sea creado de la nada, porque existe, en este caso, una reserva inicial; minúscula y embrionaria, eso sí, pero ‘criatura primera’ al fin y al cabo; así, de esta forma puede, y de hecho así sucede, estar cobrando un banquero intereses de préstamos por 100.000€, cuando sólo tiene en depósito para respaldar esa cantidad 1.111€. Lo demás es deuda. Si “Recibir interés por un préstamo monetario es injusto en sí mismo, porque implica la venta de lo que no existe, por lo que manifiestamente se produce una desigualdad que es contraria a la justicia”, según nos dice San Tomás, el sistema de cobrar intereses creado de dinero inexistente, basados en la formalizaciones de deuda fraccionaria, es doblemente injusto.; somos, pues, esclavos de un sistema que está obligado a aumentar indefinidamente la deuda no sólo para conservarse, sino para crecer; el sistema no es de ayer y empeora cada día: nuestros abuelos estaban menos endeudados que nuestros padres y nosotros más que éstos y menos que nuestro hijos; la casi totalidad de nuestras energías están ocupadas en este servilismo que exige una fe ciega, sin la cual el ídolo se desploma. Es un espejismo que la esterilidad del averno dé a luz una criatura bella, pues no existe en aquél ni la verdad, porque es un inmenso engaño, ni el bien, pues no sólo excluye a los más pobres, sino también porque somete la voluntad a un fin esencialmente injusto.
Ea, pues, que el dinero actual no está garantizado ni por billetes con respaldo metálico ni con bienes reales; es tan sólo deuda basada en una fe fiduciaria absoluta; la fe que se debe a Dios la consuman y agotan los siervos de este siglo ante el dinero.
Pero le cabe al Estado regular el sistema fraccionario a ratios más moderadas; por ejemplo, 2:1, como antaño, o mejor simplemente eliminarlo; ergo, si con relaciones ponderadas entre reserva y deuda, hubo créditos en el pasado, se concluye que igualmente pudiera ser ahora. Para lograr tan buen fin, será necesario condenar toda la doctrina del Concilio V. II y del magisterio posterior contraria a la absoluta separación del Estado y la Iglesia, dos sociedades perfectas (*), según el propio fin de cada cual, llamadas a la colaboración, para que la Iglesia, sal de la tierra, determine los principios morales de la sociedad e influya en los futuros príncipes de ésta; príncipes que no podrán salir jamás del seno de la Iglesia, si la jerarquía conciliar no vuelve a predicar la verdadera doctrina católica y peor aún, si le da igual si son educados por judíos, musulmanes o ateos , sicut dixit Francisco.
Hay, pues, tres formas de luchar contra el idólatra liberalismo, el socialismo y el comunismo ateo materialista: la primera inútil; consiste en la demagogia; a la vez que hacen gestos publicitarios, se calla la verdad y se eliminan los obstáculos que frenan la injusticia: estado confesional, concordatos, etc.; tal es el‘bergoglionismo’ reinante heredero del conciliábulo. La segunda imperfecta; se denuncia el mal fruto pero no se predica la verdad y se renuncia a aplicar el bien, quizá por desesperanza o peor, por falsa obediencia; la tercera perfecta, simultánea a la denuncia del mal predica la verdad cristiana y trata de aplicar la justicia, en la medida y ámbitos que se pueda, es decir, predica todo el tesoro olvidado de la doctrina moral y social de la tradición de la Iglesia. Las fotos visionadas en primeras páginas de los periódicos para los demagogos; para los cristianos sea colmada nuestra dicha, no aquí, sino con otra visión: la beatífica de la esencia de Dios.
Para establecer lo injusto del interés se apoyó la tradición en Lc 6,34; Ex 22,25;Deut 23,20s;Ez 18.8.13 ; el II Concilio Lateranense declaró infames de derecho a los cristianos que recibiesen interés, prohibiendo darles sepultura eclesiástica, si antes no hacían por ello penitencia (Dz 365); y el Derecho Canónico de 1917 declara, todavía, en el c. 1543 que es ilícito el interés por el sólo título de mutuo. Luego llegó el lío: concilio, nuevo Derecho Canónico, nuevo Catecismo, nueva Misa, nuevos Ritos de los Sacramentos.., y con los cambios se fue olvidando la doctrina católica antojándose más beneficiosa la calvinista, fuente del capitalismo más salvaje según Max Weber. Sirva el presente artículo, que no pretende sentenciar ex cáthedra, para una meditación sobre las causas de tal abandono y para alzar la voz desde los púlpitos sobre uno de los pecados que clama al cielo.

(*) En filosofía del derecho se distinguen dos clases de sociedades: perfecta, aquella cuyo fin es el bien del hombre, supremo en su género y que cuenta con los medios suficientes para conseguirlo o por lo menos, tiene derecho a exigirlo; e imperfecta, si carece de alguna de estas cualidades. En el orden natural el Estado es sociedad perfecta y toda otra sociedad, familiar, comercial, artística.., son imperfectas, dentro del Estado y subordinadas a él. No se debe confundir sociedad perfecta e imperfecta con sociedadcompleta e incompleta; pues se llama completa aquella sociedad que procura directamente el bien total del hombre, el espiritual y el temporal; mientras que se llama incompleta sólo si tiende a uno de esos dos bienes; v.g.: la familia es sociedad completa aunque imperfecta; el estado es sociedad perfecta pero incompleta.
Sofronio
Brumas del «aparicionismo» y luz de la Fe

Y ¿qué decir de estos cristianos que, valiéndose de las visiones de esas famosas almas privilegiadas, están mejor informados sobre la Pasión del Señor de lo que lo están los mismos Evangelistas? Un autor [Michel Servant, N. del E.] nos colmaba hace poco de volantes de devoción sobre los dolores secretos de Nuestro Señor.

Así pues, a las generaciones intermedias entre la que conoció la ruina de Jerusalén y la que verá el fin del mundo, el Señor hizo una doble revelación: al mismo tiempo que anunciaba los desbordes de la iniquidad y los castigos prodigiosos, nos garantizaba la permanencia de las fuentes del coraje y del consuelo.
“¿Qué os diré ahora, a vosotros, hijos de Francia, que gemís bajo el peso de la persecución? El pueblo que hizo la alianza con Dios en las fuentes bautismales de Reims se arrepentirá y volverá a su primera vocación… Las faltas no permanecerán impunes, pero la hija de tantos méritos, de tantos suspiros y de tantas lágrimas, no perecerá jamás. Un día vendrá, y esperamos que no esté lejos, en que Francia, como Saulo en el camino de Damasco, será envuelta por una luz celeste y oirá una Voz que le repetirá: «Hija mía, ¿por qué me persigues?» Y a su respuesta: «¿Quién sois Vos, Señor?», la Voz responderá: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Dura cosa es para ti dar coces contra el aguijón, pues en tu obstinación te arruinas a ti misma». Y ella, temblando y atónita, dirá: «Señor, ¿qué queréis que haga?» Y Él: «Levántate, lávate de las manchas que te han desfigurado, despierta en tu seno los sentimientos medio adormecidos y el pacto de nuestra alianza, y ve, Hija primogénita de la Iglesia, nación predestinada, vaso de elección, ve, como en el pasado, a llevar mi Nombre ante todos los pueblos y todos los reyes de la tierra».” (*).
1º Nacimiento y vocación, 1914-1933
Roger Calmel había nacido el 11 de mayo de 1914 en la granja familiar de Sauveterre-la-Lémance. Sus padres, admirables cristianos, educaron a sus cuatro hijos en el culto del bien y de la verdad, de lo bello y de lo justo, conjugando la sabiduría campesina de la tierra con la sabiduría superior de la Cruz, y creando en el hogar un clima de fervor, alegría y sensatez.
En este clima despertó la vocación del joven Roger Calmel, que en 1926 entró en el seminario menor de Agen. Allí se entregó al estudio con ardor y aplicación, al decir de sus antiguos condiscípulos. A la vez que estudiaba, sentía deseos de una unión más íntima con el Señor, como lo prueba el «contrato de amor» que hizo con su «buena Madre», la Virgen Inmaculada, en 1930, a la edad de 15 años, después de revestir la sotana:
Te consagro mi corazón, mi cuerpo y mi alma; te confío mi vocación, mis intereses en el tiempo y en la eternidad. […] Dame cada día tu santa y materna bendición hasta el último día, en que tu Corazón Inmaculado me presentará en el cielo al Corazón de Jesús, para amaros y bendeciros sin fin.
En 1933 sus superiores lo mandaron al Instituto católico de Toulouse, recientemente fundado, para que siguiera allí sus estudios. En años en que se aceleraba la infiltración del liberalismo y del modernismo en la Iglesia, el joven seminarista se entregó a una contemplación más profunda y sabrosa de los misterios divinos, tomando como guía al Doctor Angélico, al que se mostró fiel hasta el fin de sus días.
2º En la milicia de Santo Domingo, 1936-1946
No era sólo su admiración por el pensamiento de Santo Tomás de Aquino lo que lo incitó a pedir en 1936 su admisión en la Orden de los Hermanos Predicadores, sino también la consonancia de dicha vocación con su sentido del sacerdocio y su amor por la verdad, verdad contemplada en la oración y en el estudio, y comunicada a las almas por la predicación: Contemplari et contemplata aliis tradere. Revestido ya de la blanca librea de Santo Domingo, el joven novicio fue enviado al convento de estudios de la Provincia de Toulouse. Allí pudo beber en su fuente el espíritu propio de su Orden, y dejarse formar por el ideal de Santo Domingo, en quien admiraba a un hombre de oración y a un sacerdote de Dios.
Este hombre extraordinario –diría de él– tenía en grado excepcional el amor de Jesucristo, el sentimiento de la necesidad de la Iglesia en el siglo XIII, el sentimiento del valor de las almas y del peligro de la condenación eterna a que las exponía la peste de la herejía: «Quid fient peccatores?» («¿Qué será de los pecadores?»)
Con estas disposiciones hizo su primera profesión el 1 de noviembre de 1937, su profesión solemne el 1 de noviembre de 1940, y recibió la ordenación sacerdotal el 29 de marzo de 1941, sábado de Sitientes. Ahora bien, con motivo de su ordenación, entró providencialmente en relación con las Dominicas enseñantes del Santo Nombre de Jesús, especialmente con la priora de la comunidad de Toulon, la Madre Hélène Jamet, que de buena gana había aceptado recibir al recién ordenado y a su familia para la comida que siguió a la ceremonia. No sospechaba la Madre el papel que el joven dominico jugaría en la Congregación, desde 1945 a 1975, ni los lazos sobrenaturales que lo unirían con las Hermanas.
A finales de 1941 fue enviado a Toulouse y luego a Marsella, para encargarse de la predicación oral en parroquias y escuelas, retiros y peregrinaciones, y en la predicación escrita por su colaboración a dos revistas, la Vie dominicaine y la Revue thomiste.
3º Con las Dominicas del Santo Nombre de Jesús, 1946-1956
En 1946 el Padre Calmel volvió a Toulouse. Como el convento de los Padres estaba cerca de la Casa madre de las Hermanas del Santo Nombre de Jesús, el Padre fue requerido para prestar su ministerio sacerdotal a las Hermanas y novicias, y a las alumnas de que se encargaban. No tardó allí en manifestarse como guía experimentado en los caminos de la unión con Dios. También por ese tiempo (1951-1952) trabajó con la Madre Hélène Jamet, entonces Priora general, en la reforma de las Constituciones de su Congregación, en orden a unificar la vida de las Hermanas como religiosas dominicas docentes, y adaptarla a su misión de «madres de las almas, consagradas al Señor para una misión de educadoras cristianas».
El nuevo texto de las Constituciones, concluido en noviembre de 1952, recibió en agosto de 1953 la aprobación de la Sagrada Congregación de los Religiosos. Con todo, en 1954 el Padre recibió de sus superiores la prohibición de proseguir este apostolado fructuoso, al que ya se consideraba demasiado tradicional, siendo entonces apartado de las Dominicas; luego, en 1956, fue enviado a España, donde aprovechó su exilio para meditar la doctrina y vida de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, y para descubrir los conventos dominicos de España, entonces florecientes.
4º Hijo de la Iglesia en tiempo de prueba, 1957-1974
En 1957 volvió a Francia, siendo asignado a diversos lugares, y desgastándose en todas partes sin contar, clarividente de los peligros de estos años de crisis política, social, moral y espiritual.
En efecto, el Concilio Vaticano II, convocado por el Papa Juan XXIII en 1962, no tardaría en dejar sentir sus efectos desastrosos y a imponer su espíritu revolucionario.
Lo primero que le echaría en cara el Padre Calmel sería el lenguaje ambiguo adoptado en sus documentos, «las expresiones vagas, viscosas o huidizas, que pueden ser interpretadas en todos los sentidos, y a las que cada cual hace decir lo que quiere», y que producían en él reacciones de perplejidad, indignación y dolor. Por eso, su principal arma, en consonancia con el espíritu de la Iglesia, sería la de un lenguaje claro y sin ambigüedades, en referencia a las definiciones infalibles e irreformables del Magisterio.
De ahí también su labor de predicador infatigable por la pluma, convirtiéndose en asiduo colaborador de la revista «Itineraires» desde 1958 hasta 1975, y publicando numerosos libros doctrinales, entre los que sobresalen «Teología de la Historia», «Breve Apología por la Iglesia de siempre», «Los Misterios del Reino de la Gracia», y «Las Grandezas de Jesucristo».
Lo mismo sucedía con los ritos de la liturgia y las fórmulas de los sacramentos, que para su eficacia y validez deben traducir con exactitud y precisión la intención de la Iglesia. Ahora bien, en 1969, por la Constitución apostólica Missale Romanum, el papa Pablo VI imponía un Novus Ordo Missæ, una misa polivalente, «cuyo vicio radical –declaraba en 1970– es haber introducido en la celebración de la misa el sistema de ritos y formularios facultativos, imprecisos muy a menudo, que dan credenciales de legalidad a la celebración tanto de la misa verdadera como del “memorial” herético».
Contra esta impostura su respuesta no se hizo esperar: fue su «Declaración», protesta de fidelidad absoluta a la misa de su ordenación, escrita el 27 de noviembre de 1969, tres días antes de la entrada en vigor del Novus Ordo.
Deseoso de esclarecer, fortalecer y reconfortar a las almas desamparadas ante los avances del laicismo, las ambigüedades doctrinales, la decadencia de las costumbres, las revoluciones litúrgicas, el abandono de los pastores, no dudó en acudir a su llamamiento.
Cierto número de seglares –decía–, en las tinieblas presentes, no se resigna a verse engañado; se dan cuenta de que el demonio quiere amarrar y demoler a la Iglesia, y están decididos a combatir; pero no encuentran ningún sacerdote que haya sorteado la corriente progresista, o al menos que tenga el valor y la fortaleza de enfrentarla. Cuando descubren a uno, se sienten reconfortados y dispuestos a escucharlo. –Y concluía con llaneza y sencillez–: Creo que soy uno de estos sacerdotes. Por eso trataré de no defraudar sus esperanzas.
Con delicadeza y paciencia invencible, con firmeza y bondad a la vez, alentaba, amonestaba, bendecía, aconsejaba. Con gran realismo preconizaba la constitución de pequeños bastiones de cristiandad: comunidades, escuelas, familias, publicaciones, que deberían convertirse en otros tantos bastiones de santidad. Este mismo realismo le hacía aspirar con todos sus votos a la intervención pública de un obispo que reconfortase a los católicos perplejos: Monseñor Lefebvre, con quien el Padre se encontró por primera vez en Toulon el 15 de agosto de 1970.
La firmeza de sus posturas le valió numerosos sufrimientos: además de las pruebas debidas a la fragilidad de su salud, tuvo que soportar numerosas condenas y sanciones de parte de ciertas autoridades romanas, desconfianzas o incomprensiones dentro de su querida Orden, y lo que él llamaba una «relegación sociológica». Y ¿qué decir de su dolor ante la traición de los pastores y de las almas consagradas, el abandono de sus hermanos de armas, el estado de necesidad de los fieles? Todas estas pruebas, sin embargo, lo ayudaron a crecer en el amor y en el silencio. Pues su combate no tenía nada de violento. No se trataba de luchar por el gusto de la lucha, ni para defender posturas personales, sino de defender la verdad y los derechos de Dios.
Rezad –decía a los fieles–. Que la oración os mantenga estables en el amor infinito de Dios, y os haga comulgar de tal modo a él, que podáis saborear la paz, más allá de toda discusión. […] Sólo la oración nos reconforta y pacifica, a la vez que nos incita a dar nuestra vida, cada cual en su lugar y en la forma en que Dios determine, por el bien de los elegidos. Sólo la oración nos hace permanecer, en silencio y amor, en las llagas gloriosas de Jesús Crucificado.
5º Iluminar y desaparecer en la luz, 1974-1975
Con el permiso de sus superiores, el Padre Calmel vivió los últimos meses de su vida terrena en Saint-Pré (Brignoles) –actualmente Casa madre de una rama tradicional de las Hermanas del Santo Nombre de Jesús, a la que pertenecen las Dominicas de Anisacate y de La Reja, Argentina–, adonde por ese entonces dichas Hermanas habían trasladado la escuela Santo Domingo de Toulon. El Padre Calmel las había alentado a permanecer fieles a la misa y a la liturgia tradicional, al estado religioso dominico y a la concepción tomista de la escuela, siendo para ellas hasta el fin un guía luminoso y seguro.
Dejó esta vida el 3 de mayo de 1975, día en que la Iglesia celebraba la Invención de la Santa Cruz, y fue enterrado en el cementerio de las Hermanas dos días más tarde, el 5 de mayo de 1975, fiesta de San Pío V.
Quería, según él mismo había dicho, iluminar y desaparecer en la luz. Voló a la patria totalmente absorto en la verdad, belleza y simplicidad de Dios, y fascinado por su luz. Pero la luz que nos dejó aún sigue brillando.
¿Obediencia o sacrificios?
El dilema de muchos católicos «tradicionalistas»: ¿ Debo ir a la misa nueva, si no tengo la Misa católica.
Hace dos semanas, mientras estaba avanzando en la lectura de la Biblia, me topé con un pasaje que, desde niño me impresionó:
1Sam 15:22 Pero Samuel repuso: “¿No quiere mejor Yahvé la obediencia a sus mandatos que no los holocaustos y las víctimas? Mejor es la obediencia que las víctimas. Y mejor escuchar que ofrecer el sebo de los carneros.
Todavía recuerdo el efecto que me produjo a los doce años: Dios prefiere mil veces que obedezcamos los mandamientos antes que asistamos a Misa. O mejor dicho ¿De qué vale ir a Misa todos los domingos si violo los mandamientos? ¿De qué me sirve dar limosna, servir como acólito o lo que fuera, si en realidad estoy desobedeciendo a Dios?
Claro que cuando leí este pasaje, yo era un mozalbete que militaba entusiasmado en las filas de la Iglesia Conciliar, y también recuerdo que estaba preparándome para recibir la “confirmación” en el Novus Ordo. Curiosamente, como modernista (ignorante, recuerden que yo tenía doce años) sabía de la existencia de los mandamientos, de las leyes del Señor, y que esas leyes estaban por encima de todo el sistema de sacrificios que Dios había instaurado y dado a Moisés para el pueblo de Israel. Pero, como reza el dicho: “texto sin contexto es un pretexto”. Vayamos al pasaje completo de Samuel. ¿De qué se habla? Saúl es el rey de Israel, fue elegido por Dios mismo para conducir al pueblo. Saúl era “pequeño” entre los “pequeños”, es decir, su familia era de las menos importantes de la tribu más pequeña, pero Dios lo hizo grande y él fue grande, mientras anduvo en los caminos del Señor.
Veamos el texto completo:
1Sa 15:9 Pero Saúl y el pueblo dejaron con vida a Agag y las mejores ovejas y los mejores bueyes, los más gordos y cebados, y los corderos, no dándolos al anatema, y destruyendo solamente lo malo y sin valor.
1Sa 15:10 Yahvé dirigió a Samuel su palabra, diciendo:
1Sa 15:11 “Estoy arrepentido de haber hecho rey a Saúl, pues se aparta de mí y no hace lo que digo.” Samuel se entristeció y estuvo clamando a Yahvé toda la noche;»
1Sa 15:12 y levantándose de mañana para ir al encuentro de Saúl, supo que había ido al Carmelo, donde se había alzado un monumento, y de vuelta, pasando más allá, había bajado a Gálgala.
1Sa 15:13 Dirigióse, pues, a donde estaba Saúl, y le dijo Saúl: “Bendito seas de Yahvé. He cumplido la orden de Yahvé.”
1Sa 15:14 Samuel le contestó: “¿Qué es entonces ese balar de ovejas que llega a mis oídos y ese mugir de bueyes que oigo?”
1Sa 15:15 Saúl respondió: “Los han traído de Amalee, pues el pueblo ha reservado las mejores ovejas y los mejores bueyes para los sacrificios de Yahvé, tu Dios; el resto ha sido dado al anatema.”
Detengámonos un minuto. En primer lugar llama la atención el sentimiento que expresa Dios al profeta Samuel: el arrepentimiento. ¡Qué dolor tan grande debió sentir Yavêh, el Señor, para decir semejantes palabras! Si vamos por ejemplo a Génesis 6: 6 encontramos que dice “Y se arrepintió [Yavêh] de haber hecho hombre en la tierra, y le doliéndose grandemente en su corazón”. Veamos que el autor va dejando algunas muestras del carácter que había desarrollado Saúl: se erigió monumentos, suponía que su juicio era más favorable y que él podía torcer la voluntad de Dios. Al igual que el hombre en el Paraíso, desobedeció y lleno de soberbia quiso ser igual a Dios. Dios ordenó que todo fuera destruído, pero el se guardó una parte bajo el pretexto de ofrecerlo en sacrificio. ¿No nos recuerda esto al pecado de Ananías y su esposa? Vayamos por un momento a Hechos 5: 1-4.
Hch 5:1 Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira, su mujer, vendió una posesión
Hch 5:2 y retuvo una parte del precio, siendo sabedora de ello también la mujer, y llevó el resto a depositarlo a los pies de los apóstoles.
Hch 5:3 Díjole Pedro: Ananías, ¿por qué se ha apoderado Satanás de tu corazón, moviéndote a engañar al Espíritu Santo, reteniendo una parte del precio del campo?
Hch 5:4 ¿Acaso sin venderlo no lo tenías para ti, y vendido no quedaba a tu disposición el precio? ¿Por qué has hecho tal cosa? No has mentido a los hombres, sino a Dios.
¿A quién mintió Saúl cuando se encontró con el profeta Samuel? No a éste, sino a Dios. Sigamos ahora con el texto de Samuel:
1Sa 15:16 Samuel dijo entonces a Saúl: “Basta; voy a darte a conocer lo que Yahvé me ha dicho esta noche.” Saúl le dijo: “Habla.”
1Sa 15:17 Samuel dijo: “¿No es verdad que, hallándote tú pequeño a tus propios ojos, has venido a ser el jefe de las tribus de Israel y te ha ungido Yahvé rey sobre Israel?
1Sa 15:18 Yahvé te dio una misión, diciéndote: Ve y da al anatema a esos pecadores de Amalee y combátelos hasta exterminarlos.
1Sa 15:19 ¿Por qué no has obedecido al mandato de Yahvé y te has echado sobre el botín, haciendo mal a los ojos de Yahvé?”
1Sa 15:20 Saúl contestó a Samuel: “Yo he obedecido el mandato de Yahvé y he seguido el camino que me ordenó Yahvé: he destruido a los amalecitas y he traído a Agag, rey de Amalee.
1Sa 15:21 El pueblo ha tomado del botín esas ovejas y esos bueyes, como primicias de lo dado al anatema, para sacrificarlos a Yahvé, su Dios, en Gálgala.”
Veamos como miente Saúl: siendo increpado y puesto ante la evidencia, niega que él desobedeció, y culpa al pueblo y luego justifica esta acción diciendo que tenía como fin, algo noble: agradar a Dios. Veamos otros ejemplos en la Escritura de un comportamiento semejante:
El primero lo encontramos en Caín, quien dio el sacrificio que él quería y no el que Dios le había ordenado. Cuando vio que la ofrenda de Abel fue aceptada, se llenó de ira y lo mató.
El segundo lo encontramos en el relato del becerro de oro:
Éxo 32:4 Él [Aarón] los recibió [anillos y zarcillos de oro] de sus manos, hizo un molde, y en él un becerro fundido, y ellos dijeron: “Israel, ahí tienes a tu dios, el que te ha sacado de la tierra de Egipto.”
Éxo 32:5 Al ver eso Aarón, alzó un altar ante la imagen y clamó: “Mañana habrá fiesta en honor de Yahvé.”
Éxo 32:6 Al día siguiente, levantándose de mañana, ofrecieron holocaustos y sacrificios eucarísticos, y el pueblo se sentó luego a comer y a beber, y se levantaron después para danzar.
Éxo 32:7 Yahvé dijo entonces a Moisés: “Ve, baja, que tu pueblo, el que tú has sacado de la tierra de Egipto, ha prevaricado.
Es muy interesante ver que el texto hebreo utiliza el vocablo Elohim. Lo que hizo Aarón no fue, a la vista del pueblo “hacer dioses falsos”, sino hacer una imagen del Dios que los había sacado de Egipto. Los sacrificios y la fiesta no se hicieron en nombre de Isis, Horus u Osiris, los dioses egipcios, sino de Yavêh y podemos ver que realizaron un culto que Dios no quería, que Dios no había autorizado, y al Señor no le importaron las “buenas intenciones” de Aarón ni del pueblo, sino que lo llamó, directamente “prevaricación”. Ahora ¿Qué le contestó Samuel a Saúl?
1Sa 15:22 Pero Samuel repuso: “¿No quiere mejor Yahvé la obediencia a sus mandatos que no los holocaustos y las víctimas? Mejor es la obediencia que las víctimas. Y mejor escuchar que ofrecer el sebo de los carneros.
1Sa 15:23 Tan pecado es la rebelión como la superstición, y la resistencia como la idolatría. Pues que tú has rechazado el mandato de Yahvé, él te rechaza también a ti como rey.”
Desobedecer a Dios es revelarse contra Dios, y quien rechaza a Dios, por Dios es rechazado.
Este pasaje es uno de los más ignorados en la historia reciente de la Iglesia. Hoy en día, millares de católicos realizan todo tipo de malabares con tal de tener la “Misa” sin importar el ministro que la rece, sin importar si pertenece o no a la Iglesia Católica y mucho menos, sin importar cómo consiguió esas ordenes sagradas que lo convierten en un ministro ordenado. Lo que importa es tener “La Misa”. Yo me pregunto “Estos católicos que tanto hacen depender su fe de la Misa ¿No estarán inviertiendo la ecuación? ¿No caen en el peligro de poner antes el sacrificio que la obediencia? ¿Le simporta realmente quién celebra la Misa y en que condiciones? ¿Les interesa realmente si el que la celebra es o no un sacerdote? No, no les importa. Y basta llevar sus argumentos al extremo para ver que son ridículos. Por ejemplo, una persona me escribió diciendo que Dios podía suplir todo defecto de intención o del ministro durante la consagración episcopal por la necesidad de los fieles. Yo me pregunto ¿Entonces por qué la Iglesia declaró inválidas las ordenes anglicanas? ¿Acaso Dios desamparó a miles de campesinos británicos ignorantes, pero no a un puñadito de tradicionalistas modernos? ¿Por qué la Iglesia declaró inválidas las ordenes de la Iglesia Etíope en el pasado, aún cuando estas provenían de la Iglesia Copta, cuya validez jamás se negó? ¿Es que Dios desamparó a los pobres etíopes? ¿No les tuvo misericordia a ellos y a los coptos sí, tan herejes como los segundos?
¿Cómo sigue el relato de Samuel? Veamos:
1Sa 15:24 Dijo entonces Saúl a Samuel: “He pecado traspasando el mandamiento de Yahvé y tus palabras; temí al pueblo y le escuché. Perdona, pues, te ruego, mi pecado,»
1Sa 15:25 y vuélvete conmigo para adorar a Yahvé.”
1Sa 15:26 Samuel le contestó: “No me volveré contigo, porque tú rechazaste el mandato de Yahvé, y Yahvé te rechaza a ti para que no reines en Israel.”
1Sa 15:27 Volvióse Samuel para irse, pero Saúl le cogió por la orla del manto, que se rompió;»
1Sa 15:28 y le dijo Samuel: “Hoy ha roto Yahvé de sobre ti el reino para entregárselo a otro mejor que tú;»
1Sa 15:29 y el Esplendor de Israel no se doblegará, no se arrepentirá, pues no es un hombre para que se arrepienta.”
1Sa 15:30 Saúl dijo: “He pecado; pero hónrame ahora, te lo ruego, en presencia de los ancianos de mi pueblo y en presencia de Israel, y ven conmigo a adorar a Yahvé, tu Dios.”
El texto nos muestra la dureza del corazón de Saúl: no estaba arrepentido, estaba más interesado en quedar bien ante los ojos del pueblo, de los ancianos de Israel, que reconciliarse con Dios. Peor también vemos algo más: el sacrificio que iba a ofrecer Saúl era «válido», cumplía con los requisitos… pero Dios no lo aceptaría porque iba en contra de sus mandamientos.
Hoy en día vemos lo mismo: muchísimos católicos que se dicen tradicionalistas asisten a una Misa Tridentina los domingos sin importarles si el “sacerdote” es sacerdote, si el sacerdote “robó” las ordenes haciendose ordenar por un cismático o un hereje, si el sacerdote mismo está en cisma o en herejía, con tal de tener el culto barroco al que redujo la fe de Cristo. Lo que importa es la apariencia: parece católico, parece tridentino, parece latino, parece conservador y antimodernista… pero en realidad es farisaico, en realidad es muy modernista, porque se trata de una fe atada al sentimentalismo y a la cronología, no a la Revelación ni a la obediencia.
Hoy en día, muchísimas personas, bajo el pretexto de tener la Misa han llegado a hacer depender toda la fe, toda su fe de los sacramentos.
¿El sacerdote que los celebra tiene ordenes dudosas? No importa, porque un sacramento es un sacramento.
¿El sacerdote que dice la Misa no tiene las mínimas competencias intelectuales? No importa, porque un sacramento es un sacramento.
¿El sacerdote ha violado en reiteradas oportunidades el secreto de confesión? No importa, porque puede decir la Misa y un sacramento es un sacramento.
¿El sacerdote fue ordenado, bien por un obispo que desciende de la Iglesia Palmariana, la Iglesia Brasileña o los Veterocatólicos? ¡No importa! Mientras se vista como sacerdote y balbuceé algunas palabras en latín, es “la Misa” y es mejor eso que nada.
Podemos ser cristianos o podemos ser como los fariseos. Si somos católicos que creemos que la Sede de Pedro está usurpada, si creemos que el Concilio Vaticano II es la Gran Apostasía predicha en las escrituras (II Tes 2: 3-4) entonces no podemos decir: “¡lo que importa es la Misa!” porque el signo, lo que caracterizará a la Iglesia en los últimos días es la paciencia de los Santos… ¿Y qué es eso? (Apoc 14: 12):
Aquí está la paciencia de los santos, aquellos que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús.
Raúl de Miguel
Vídeos del IIº SEMINARIO DE LITURGIA Y DOCTRINA CATÓLICA
El pasado domingo in albis concluyó con muchos frutos y con una Misa cantada «no una cum» el IIº Seminario de Liturgia y Doctrina Católica en el cual intervinieron tres ponentes: dos sacerdotes y un seglar, todos ellos con una exposición de los diversos temas que se trataron: La Misa católica tradicional frente a la misa nueva inválida o al menos ilícita fabricada por Pablo VI; las modificaciones substanciales al Breviario tradicional suplantado por la Liturgia de las Horas, cuyo contenido y manera de rezarlo rompe con una tradición bimilenaria; y la doctrina de la creación ex nihilo a la luz de la Humani Generis.
En el seno del seminario se presentó una edición del Breviario Tradicional bilingüe latín español, esfuerzo de la Pía Unión Sapientiae Sedei Filii que ha logrado, por primera vez en la historia, esta edición tan demandada por los católicos de habla española.
Iremos poniendo aquí el contenido de las conferencias a medida que nos vayan siendo entregadas, una vez se hayan editado.
PRIMERA CONFERENCIA DEL PADRE FERNANDO ALTAMIRA: MISA VERSUS NOVUS ORDO I
( En preparación)
SEGUNDA CONFERENCIA DEL PADRE FERNANDO ALTAMIRA: MISA VERSUS NOVUS ORDO II
1ªPARTE
2ª PARTE
3ª PARTE
CONFERENCIA DEL PADRE RAMIRO RIBAS:
OFICIO DIVINO TRADICIONAL VERSUS LITURGIA DE LAS HORAS
CONFERENCIA DEL DOCTOR MILENKO BERNADIC:
DOCTRINA DE LA CREACIÓN EN LA HUMANI GENERIS
1ª PARTE
2ª PARTE
23/4/2021, VIERNES DE LA II SEMANA DE PASCUA. PRIMERAS VÍSPERAS DE SANTA MARÍA EN SÁBADO.
![]() | DÓNDE TOMARLO | PÁGINA | DÓNDE TOMARLO | PÁGINA |
|---|---|---|---|---|
| Antífonas | SALTERIO DEL VIERNES | 455 | SALTERIO DEL VIERNES | 526 |
| Salmos | SALTERIO DEL VIERNES | 455 Y SS. | SALTERIO DEL VIERNES | 526 Y SS. |
| Capítulo | SALTERIO DEL VIERNES | 465 Y S. | OFICIO PARVO | 1101 |
| Himno | SALTERIO DEL VIERNES | 466 | OFICIO PARVO | 1101 Y S. |
| Versículo | SALTERIO DEL VIERNES | 466 | OFICIO PARVO | 1102 |
| Antífona | PROPIO DEL TIEMPO | T243 | OFICIO PARVO | 1102 |
| Oración | PROPIO DEL TIEMPO | T243 | OFICIO PARVO | 1103 |
| CONMEMORACIÓN | SAN JORGE | 726 | NO |
Papas Vivientes
La proximidad de las Fiestas Navideñas y las tareas habituales no permitieron la composición de estas líneas hasta hoy. Cuando uno llega a una cierta edad ya no lee todo lo que puede leerse ni desea escuchar todo lo que se dice sea porque muchas cosas se repiten, sea porque son errores, sea porque ya se escucharon o se leyeron. Hay sin embargo una salvedad cuando el que habla o el que escribe hace el mal a otros e inclusive a otros que confían en él.
Trataremos de hacer un comentario al número 385 de la carta “Los Comentarios Eleison” de Mons. Richard Williamson del día 29 de noviembre del 2014 en su edición en francés.
Nosotros conocemos bien a Mons. Williamson porque fue nuestro profesor de Dogma en el Seminario de Ecône en Suiza y segundo Vicerrector del mismo cuando nosotros éramos seminaristas allí. Muchos admiraban entonces en el Seminario su capacidad intelectual y su conocimiento de la Suma Teológica si bien no era un eclesiástico formado en alguna famosa Universidad Romana sino en el mismo Seminario de Ecône, al menos en lo que a Teología concierne.
Han pasado los años y muchas cosas con los años. En aquella época, (en realidad unos pocos años después), atacaba él a la misa nueva (sic. El caso “Cantoni”) y en él buscaban refugio los seminaristas que, entonces, ya eran sede vacantes o más firmes que otros. Con los años pasaron, sin duda, muchas cosas y ahora su Excelencia dedica sus desvelos a atacar a los Sacerdotes sede vacantes, quizás, más que a los modernistas.
Dirán Ustedes que nosotros queremos defender nuestra posición contra la de su Excelencia, no es el caso; queremos simplemente mostrar que sus argumentos carecen de validez y de verdad y que, procediendo de un hombre inteligente no dejan de ser extraños. O su Excelencia ya no recuerda lo que estudió, entonces debemos temer que los años ya han hecho su obra devastadora en él, o ya no podemos creer en su recta intención porque si el argumento se fuerza, y no lo hizo la senilidad, entonces lo hizo la voluntad.
Descolla el artículo citando al papa Pío XII (24 de enero de 1949) “Si, por acaso un día -Nos lo decimos por pura hipótesis- la Roma material llegara a derrumbarse; si por acaso esta Basílica Vaticana, símbolo de la única invencible y victoriosa Iglesia Católica, debiera enterrar bajo sus ruinas sus tesoros históricos y las tumbas sagradas que encierra, aún entonces la Iglesia no por eso estaría abatida ni fisurada. La promesa de Cristo a Pedro permanecería siempre verdadera, el papado duraría siempre, como también la Iglesia, una e indestructible, fundada sobre el Papa que viviera en ese momento”. Mons. Williamson aplica esto al papado en su aspecto doctrinal (de eso ni cabe duda porque lo usa como argumento contra aquellos que no aceptan a los papas conciliares de Vaticano II en adelante). Si nosotros leemos con atención el texto de Pío XII no se refiere en absoluto a lo dogmático, ni siquiera a la moralidad de los pontífices, sinó a “la Roma material… a la Basílica Vaticana, símbolo… de la Iglesia Católica… si ella debiera enterrar en sus ruinas los tesoros históricos y las tumbas sagradas que encierra…” Es fácil deducir a qué se refiere el Papa quien pocos años antes asistió al bombardeo de Roma durante la Segunda Guerra Mundial. Dice claramente el gran Papa Pío XII que aunque se destruyera esa Basílica Vaticana “el Papado debería durar siempre”.
En el segundo párrafo Mons. Williamson dice“estas palabras (de Pío XII) corresponden a la doctrina clásica de la Iglesia” y de inmediato las aplica al papado como tal, no a la Roma material como lo hacía su Santidad Pío XII. ¿Vale la inferencia de tal manera? Puedo decir que cuando Pío XII hablaba de una potencial ruina arquitectónica y edilicia, con toda la simbología que tenga, ¿Se refería a la ruina dogmática de los últimos pontífices y que por lo mismo la Iglesia estaría incólume en ellos? No parece posible.
El tercer párrafo del comentario de Mons. Williamson atribuye a la decadencia de la civilización cristiana la corrupción de los “Papas vivientes”: “Es fácil ver cómo la decadencia de la civilización cristiana, desde su apogeo en la edad media, condujo a la presente corrupción de los papas vivientes. Es fácil ver cómo Dios pudo haber permitido esta espantosa corrupción para castigar esta espantosa decadencia. Lo que es más difícil ver es como la Iglesia puede todavía vivir cuando los papas vivientes, sobre los cuales está fundada, están convencidos que el liberalismo- la guerra contra Dios- es católico. Según las propias palabras de Nuestro Señor, [Un árbol bueno no puede dar malos frutos, ni un árbol malo frutos buenos] (S. Mt. VII, 18)”.
Si la corrupción de los “papas vivientes” es fruto de la decadencia de la civilización cristiana habría, dicha corrupción, debido manifestarse en todos los Papas, al menos de manera progresiva ¿Cómo podríamos aplicar la afirmación de su Excelencia a estos Papas: Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Pio XI y su Santidad Pío XII? ¿Hubo en algunos de ellos siquiera una atisbo de corrupción o de liberalismo? No parece posible afirmarlo.
En el tercer párrafo, al final, su Excia. citaba el Evangelio de San Mateo (VII vs. 17-18; S. Lc. VI, 43) en donde Nuestro Señor habla del árbol bueno y del árbol malo y de los frutos de ambos. “Según las propias palabras de Nuestro Señor [Un árbol bueno no puede dar malos frutos, ni un árbol malo frutos buenos]… Pero un árbol a medias bueno y a medias malo puede producir frutos mitad buenos y mitad malos. Por supuesto que tomada en su totalidad una mezcla de bueno y malo es mala, pero esto no significa que tomada parte por parte, las partes buenas de la mezcla sean tan malas como las partes malas”.
La Verdad Encarnada dirá:
Árbol bueno, frutos buenos, no malos.
Árbol malo, frutos malos, no buenos.
Por sus frutos los conoceréis (S. Mt. VII, 20; XII, 33)
Su Excia. Introducirá un
Nuevo tipo de árboles:
un árbol a medias bueno:
frutos buenos y frutos malos por sus frutos no podréis conocerlos.
un árbol medias malo:
frutos buenos y frutos malos por sus frutos no podréis conocerlos.
Ya bastante haber hecho distinciones, entre los árboles, mejores que las que hizo Nuestro Señor quien creó todos los árboles.
Aún así, séanos permitido decir que la distinción hecha por su Excia., no sólo es atrevida, por corregir a Nuestro Señor, sino que es errónea y concluye falsamente porque pasa de la moralidad a la entidad, de lo moral que es conducta a lo entitativo que es algo invariable y que no puede cambiar; que entonces confunde lo accidental con lo substancial. Que el valor de suplencia de los términos “suppositio” en lógica, es distinto en las diversas premisas y que por lo tanto no puede concluir bien.
“Ahora bien ningún hombre viviente de la Iglesia, ni ningún otro hombre viviente, es completamente bueno ni completamente malo. Todos somos una mezcla fluctuante hasta el día de nuestra muerte. Entonces ¿Pudo alguna vez haber habido un Papa viviente cuyos frutos fueran completamente malos? La respuesta no puede ser más que no. En cuyo caso la Iglesia católica pudo haber vivido a medias durante estos últimos 50 años por los frutos de la mitad buena de los papas conciliares, con una vida a medias permitida por Dios para purificar su Iglesia, pero de la cual no permitiría nunca que ella llegara a matar a su Iglesia”. (Cuarto párrafo).
Valgan algunas distinciones.
Un árbol, como todo ser creado por Dios, es lo que es.
El manzano da manzanas y el espino espinas. Si quiero comer buscaré el árbol que da frutos comestibles. Si una manzana está picada o deforme será accidental al manzano, lo cierto es que él no dará espinas.
Todo hombre viviente de la Iglesia será siempre capaz de la Gracia, de la Redención y de la Salvación; si su conducta no es buena o, si es inclusive muy mala, siempre será hombre, siempre capaz de la Gracia, de la Redención y de la Salvación. Vale lo dicho para San Dimas (el buen ladrón) y para tantos otros.
Apliquemos esto al Papa.
Una cosa es el orden ontológico, el de las esencias, el de las naturalezas (sic. para el árbol frutal ser árbol frutal), otra cosa es el orden de la salvación moral en el cual, alguien, sin dejar de ser lo que es se porta mal, como San Dimas antes de convertirse.
Preguntémonos por el Papa.
Ontológicamente (en su ser) el Papa es una persona como nosotros.
Persona que ha recibido una Gracia permanente y estable (no imperdible ya que puede perderla, por ejemplo, por renunciar como San Celestino) que lo constituye Vicario de Nuestro Señor en la Tierra y, en esto, ocupa el lugar de San Pedro en la Iglesia.
¿Para qué fue constituido San Pedro Vicario de Jesucristo en la Iglesia?
“Tu aliquando conversus confirma fratres tuos” “Tu una vez convertido confirma a tus hermanos” (S. Lc. XXII, 32). Lo propio y específico del Papa es confirmar en la Fe. Ya que la Iglesia es una sociedad sobrenatural ordenada a la salvación de los hombres. Por eso dirá su Santidad León XIII en la Encíclica Satis Cognitum: “Así pues, es propio de Pedro sostener a la Iglesia y guardarla unida y firme no con lazo soluble” (No. 40, Encíclicas Pontificias, Editorial Guadalupe T. II, pág. 554; 72. 38-40).
Esto es lo que nunca puede faltar al árbol papal, es su fruto primordial y específico. Si el árbol que vemos no confirma en la Fe sino que destruye la Fe, entonces estamos delante de otro árbol, ya que sobremanera para este vale que lo conozcamos por los frutos.
Puede, sí, tener frutos deformes en lo que tiene de hombre, podría tener pasiones en desorden, ambición, cólera, o lo que se quiera que no afecta a la naturaleza del pontificado, no algo que fuera opuesto a la naturaleza misma del pontificado.
Es Papa porque es Vicario de Jesucristo
Y por eso es Sucesor de San Pedro —-) Para confirmar en la Fe.
Si el “árbol” papal diera malos frutos teológicos, dogmáticos, morales en cuanto a no enseñar qué es bueno y qué es malo o enseñarlo al revés entonces esos frutos malos no podrían proceder más que de un árbol malo, luego, no de un Papa quien, esencialmente debe confirmar en la Fe.
El fruto propio de un árbol sigue a su naturaleza propia.
La enseñanza dogmática, moral, litúrgica, escriturística de un Pontífice sigue a su nota esencial:
—-)Confirmar en la Fe, no podría nunca destruir, dividir, ablandar la Fe de los creyentes. Hasta Vaticano II nunca sucedió.
En el anteúltimo párrafo (4to.), hacia el fin del mismo, dice su Excia.: “En cuyo caso la Iglesia Católica puede haber vivido a medias durante estos últimos 50 años por los frutos de la mitad buena de los Papas Conciliares, con una media vida permitida por Dios para purificar su Iglesia, pero de la cual Él no permitiría nunca que llegue a matar a su Iglesia”.
Vale la pena ponerse de pié para aplaudir tamaño argumento jamás enunciado en veintiún siglos de vida católica: La Santa Iglesia habría vivido 50 años gracias a la “mitad buena” de los papas “buenos a medias” y se habría purificado, con el permiso divino, gracias a la “mitad mala” de los papas “malos a medias” ¡Hurra!.
Realmente no sabemos si su Excia. subestima a sus lectores o, como estos “Papas a medias buenos y malos” convencidos de “que el liberalismo es católico” (3er. Párrafo hacia el fin), él también está convencido de que quienes lo leen son alumnos de alguna escuela especial para niños disminuidos.
La Iglesia se purifica por las persecuciones, los martirios, la lucha contra la herejía, los grandes movimientos de conversión fomentados, en momentos cruciales, por los Santos Fundadores de las Órdenes Religiosas. Pero ¿Desde cuándo se purifica por las herejías enseñadas en su seno mismo por Obispos, Cardenales y hasta “Papas”; por ordenaciones inciertas; por hombres como Ratzinger para quienes “la formulación de los Sacramentos de la tardía edad media es una caricatura de los Sacramentos”, para quien “Jesucristo pudo revelar porque Dios se lo reveló” (¿Entonces quién era Jesucristo?) (Confrontar Teoría de los Principios Teológicos, HERDER, 1986); por otros como Juan Pablo II para quien “la constancia en la fe de los paganos es un fruto del Espíritu Santo”; por las nulidades matrimoniales “por incompatibilidad psicológica”; por las absoluciones masivas; por la comunión a los no católicos o a los que no están en estado de Gracia?
Nadie purifica con algo sucio, más aún, inmundo. Pedro es quien debe purificar, ordenar, señalar y condenar el error y los peligros morales, confirmar en la Fe. Es la mano segura de la cual se toma el católico para pasar entre los errores y los peligros y los ataques. No puede él herir de muerte a aquél que se aferra a él para salvarse. Eso no se llama purificación sinó iniquidad.
¿Cuál es nuestra ganancia señalando estos errores?
Pues un Obispo está puesto en la Iglesia para enseñar la verdad y cuidar a las almas, para gritar “lobo” al lobo cuando fuere un peligro a las ovejas.
-¿Cree Usted que su Excia. Es un lobo?
No digo lo que creemos, lo que decimos es que si aúlla no es cordero ni pastor y que enseñar lo que no es correcto, inferir sin motivo, forzar el argumento de una autoridad, cambiar las distinciones de Nuestro Señor Jesucristo, no es de aquél que enseña la verdad sinó de quien confunde. No buscamos los Fieles ni los Sacerdotes de nadie, los Fieles y los Sacerdotes son de Dios; pero no es justo que Fieles y Sacerdotes de buena voluntad (aunque no todos) sigan el aullido creyendo que es balido.
Si su Excia. dice verdad, pruébela bien. Si dice error, no diga que es Verdad. Saque la conclusión de los argumentos, no estire los argumentos para que sirvan a la conclusión preconcebida. ¿Por qué el sede vacante tiene sólo frutos malos y “Benedicto XVI aspiraba a la Tradición”;“Aún el Papa Francisco cree seguramente conducir a los hombres a Dios cuando rebaja a Dios al nivel de los hombres”? (Último párrafo, al comienzo).
Algunas gentes buenas siguen a su Excia. Confiados en la aureola de firmeza y de tomismo que tenía en Ecône. Ya pasó mucho tiempo desde aquello y con el tiempo muchas cosas. Juzguemos los argumentos por su forma y su contenido, las conclusiones por su justeza, los árboles por su fruto si aún es valedero el argumento de Nuestro Señor Jesucristo.
Ave María Purísima.
+ Mons. Andrés Morello.
Patagonia Argentina
31 de diciembre 2014.
El LIBERALISMO ES UNA HEREJÍA
BASILIO MÉRAMO
El Liberalismo es una Herejía. Camino hacia la Apostasía
Santa Fe de Bogotá, Junio 27 de 1996 Día de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro
10° Aniversario de Ordenación
4ta. Impresión – Diciembre 2000 Santa Fe de Bogotá
Índice.
Contenido
Índice………………………………………………………………………………………………………………………………………………. 2
Introducción……………………………………………………………………………………………………………………………………… 3
Liberalismo ¿Qué es? Análisis.………………………………………………………………………………………………………………. 4
Liberalismo ¿Qué es? Síntesis……………………………………………………………………………………………………………….. 6
El Liberalismo es una herejía…………………………………………………………………………………………………………………. 7
El Liberalismo está condenado…………………………………………………………………………………………………………….. 10
Condenación del Liberalismo………………………………………………………………………………………………………………. 12
Catolicismo Liberal…………………………………………………………………………………………………………………………….. 15
Combate e Intransigencia Antiliberal…………………………………………………………………………………………………….. 17
Algunas Aclaraciones…………………………………………………………………………………………………………………………. 20
Condenaciones de los Papas……………………………………………………………………………………………………………….. 21
Recapitulación………………………………………………………………………………………………………………………………….. 26
Conclusión………………………………………………………………………………………………………………………………………. 27
Introducción
Podrá sorprender que califiquemos al liberalismo de herejía pues lo más común y difundido en los medios tradicionales es calificarlo de error, de pecado, de incongruencia, etc., pero es muy raro que se lo designe como una verdadera herejía y por lo tanto condenada por la Iglesia como tal.
De aquí la necesidad de señalar que el liberalismo no es un simple error de carácter filosófico sino que es además en el orden teológico una herejía que sintetiza otros errores y herejías como el naturalismo, el racionalismo, el secularismo y el laicismo, como veremos.
Es así que el liberalismo no es una simple incoherencia, inconsecuencia o error; es un grave y descomunal error en materia de fe, es un error contra el dogma católico y por eso es una herejía condenada por la Iglesia.
Aunque se hable de distinciones dentro del liberalismo es esencialmente uno y está condenado en todos sus grados.
El liberalismo es uno solo, las distinciones sirven para captar más su extensión pero es radicalmente uno, como un pulpo con muchos tentáculos, característico de la multiplicidad del error, mientras que la verdad es una, una sola es la posición vertical.
Al hablar de liberalismo en Colombia no nos circunscribimos al campo político (partidista o de partido) sino que nos remitimos al orden filosófico y teológico.
Claro está que en un inicio en Colombia la corriente política en favor de los ideales revolucionarios de la Revolución Francesa (revolución judeo-masónica) se abanderaron bajo el partido liberal, mientras la corriente política que favorecía la tradición y la Iglesia se agrupó en torno al partido conservador. Esto después del distanciamiento y decantación filosófica y teológica del partido conservador, que tuvo su origen en la división que hubo dentro del partido liberal, pero que hoy tanto el uno como el otro coinciden nuevamente en su concepción liberal. Y lo que hay es una pugna partidista al servicio del provecho personal tanto de liberales como de conservadores, haciendo de la política una lucha entre clanes políticos que no tienen que ver con la polis (ciudad): el Bien Común del pueblo y de la Nación. Tan es así que la peor de las mafias en Colombia es la política, que hace de tan noble arte y función el más vil e ineficaz instrumento de desorden y corrupción, por convertir el Gobierno (de la polis o ciudad) en medio de enriquecimiento y poder personal, lejos de su finalidad que es dirigir a los gobernados hacia su fin. La política en Colombia es el mayor y más grande de los negocios; convertidos en un comercio de riqueza y poder, de aquí su mal, en vez de procurar el Bien Común del País.
Este ensayo no tiene nada que ver con la disputa política y menos con la mala política que destruye el país en aras del beneficio personal y en detrimento del bien común, en el cual está el objeto específico de la Justicia.
De aquí la gran injusticia que azota a Colombia. Y si de política habláramos no lo haríamos sino para hablar de la Política Católica, es decir del gobierno de los pueblos y de las Naciones según la ley del Evangelio, sin entrar en divisiones e intereses partidistas que como partidos están divididos en vez de estar unidos en la consecución del Bien Común de todos y de cada uno.
Quede claro entonces que al hacer referencia al Liberalismo estamos lejos de las implicaciones políticas que hoy puede tener en Colombia. Nos situamos sólo en el terreno filosófico y teológico que esta noción o concepto de Liberalismo implica.
Liberalismo ¿Qué es? Análisis
El liberalismo está considerado como «el error más grave y más nocivo de los tiempos modernos» según indica Monseñor Lefebvre en el prefacio de su libro «Le Destronaron» (Ed. Fundación San Pío X, Buenos Aires, 1987, p. 7.), siguiendo la misma línea del Padre Enrique Ramiére que escribió el excelente libro:1 «Las Doctrinas de Roma acerca del Liberalismo en sus relaciones con el Dogma cristiano y las necesidades de las sociedades modernas» (Barcelona 1884) y del padre Félix Sardá y Salvany en su obra «El Liberalismo es Pecado». (Barcelona 1960).
El P. Ramière, cuyo libro fue altamente elogiado por el Papa Pío IX, señala en el capítulo primero: «La cuestión del liberalismo afecta a los más graves intereses y a los más fundamentales dogmas del cristianismo». Advirtiendo en qué plano se sitúa (centra) el combate: «El problema capital del presente siglo es el de las relaciones de la Iglesia con las sociedades modernas. ¿Estas sociedades son o no independientes, en el orden moral, de toda autoridad sobrenatural?». (Las Doctrinas… p.5).
Y más adelante se refiere al «gran combate que la Iglesia sostiene hace un siglo». (Ibíd. p. 20).
El P. Sardá y Salvany dice: «Hay, pues, en el mundo actual una cierta cosa que se llama Liberalismo, y hay a su vez otra cierta cosa que se llama Antiliberalismo. Es, pues, como muy acertadamente se ha dicho, palabra de división, pues tiene perfectamente dividido al mundo en dos campos opuestos». (El Liberalismo… p.1).
Y tal como hace ver Mons. Lefebvre, el liberalismo lleva a la Iglesia hacia la apostasía, pues: «una vez que penetró en la Iglesia el veneno del liberalismo la conduce a la apostasía por natural consecuencia». (Le Destronaron… p. 11).
¿Qué es entonces el Liberalismo para ser tan grave mal y tan nefasto y abominable error contra la fe y el dogma católicos, causa de la actual crisis de la Iglesia? Pues como afirma Mons. Lefebvre: «No se puede, en efecto, ni comprender la crisis actual de la Iglesia, ni conocer la verdadera cara de los personajes de la Roma actual, ni, en consecuencia, captar cuál es la actitud que se debe tomar frente a los hechos, si no se buscan las causas, si no se remonta el curso histórico, si no se descubre la fuente primera en ese liberalismo condenado por los papas de los dos últimos siglos». (Ibíd. p. 15).
El liberalismo es una rebelión o revolución que ataca tanto el orden natural como el orden sobrenatural, tal como en síntesis señala Mons. Lefebvre: «Después de haber explicado que el liberalismo es una rebelión del hombre contra el orden natural concebido por el Creador, que culmina con la ciudad individualista, igualitaria y centralizadora, me queda por mostraros cómo el liberalismo ataca también al orden sobrenatural, al plan de la redención, es decir, en definitiva, cómo el liberalismo tiene por fin destruir el reinado de Nuestro Señor Jesucristo, tanto sobre el individuo como sobre la sociedad». (Ibíd. p. 31).
Así, siguiendo al Padre Roussel en su libro «Liberalismo y Catolicismo» aparecido en 1926, Mons. Lefebvre cita: «El liberal es un fanático de la independencia, la proclama hasta el absurdo en todos los ámbitos». (Ibíd. p. 25).
De tal modo, tenemos que el liberalismo en el orden natural proclama la independencia y libertad, tanto: de la inteligencia en relación a la verdad, de lo verdadero y del bien en relación al ser, generando el subjetivismo y
1 Nota: Título del origen en francés: «Les Doctrines Romaines sur le liberalisme envisageés dans les rapports avec le Dogme Chretien et avec les besoins des societés modernes».
el relativismo; de la voluntad respecto a la inteligencia, produciendo el voluntarismo absolutista; como de la conciencia respecto a ley moral, originando la libertad de conciencia y de cultos (libertad religiosa); de los sentimientos a la razón, causando el romanticismo; del cuerpo respecto del alma, dando lugar a la animalidad proyectada en la pura sexualidad, del presente respecto al pasado, dando origen al progresismo y al rechazo de la tradición; del individuo respecto a la sociedad, dando principio al individualismo anárquico que no respeta ninguna jerarquía, ni principio de autoridad, tenemos así al hombre como sujeto absoluto de derechos.
Pero la cosa no para aquí, por si fuera poco sino que prosigue y penetra en el orden sobrenatural, en el campo de la fe y del dogma: «Frente al orden sobrenatural, el liberalismo proclama dos nuevas independencias: La independencia de la razón y de la ciencia con respecto a la fe: es el racionalismo, para el cual, la razón, juez soberano y medida de lo verdadero, se basta a sí mismo y rechaza toda dominación extraña. Es lo que se llama racionalismo». (Ibíd. p. 31).
En definitiva como afirma Mons. Lefebvre:« El liberalismo es la revolución en todos los dominios, es la revolución radical». (Ibíd. p. 38).
Sí, el liberalismo es la Revolución radical porque proclama la independencia del hombre, de la familia y del Estado, en relación a Dios, a Jesucristo, a la Iglesia Católica. Es el naturalismo, el laicismo, el latitudinarismo (o indiferentismo), es la apostasía oficial de los pueblos y de las Naciones de los gentiles que rechazan la realeza social de Jesucristo, y desconocen (impugnan) la autoridad divina de la Iglesia.
¿Por qué? Porque la Revolución es el odio a Dios y a todo lo que es de Dios; es en definitiva el odio satánico de los ángeles caídos a Dios y a toda su obra o creación.
Mons. Lefebvre cita algunas líneas que escribió Mons. Gaume sobre la Revolución y que le parecen caracterizar perfectamente al liberalismo: «Si arrancando su máscara, le preguntáis (a la Revolución): ¿Quién eres tú? ella os dirá: ‘Yo no soy lo que se cree. Muchos hablan de mí y pocos me conocen. No soy, ni el carbonarismo… ni el motín… ni el cambio de la monarquía en república, ni la substitución de una dinastía por otra, ni la turbación momentánea del orden público. No soy ni los aullidos de los jacobinos, ni los furores de la Montaña, ni el combate de las barricadas, ni el pillaje, ni el incendio, ni la ley agraria, ni la guillotina, ni los ahogamientos. No soy ni Marat, ni Robespierre, ni Babeuf, ni Mazzini, ni Kossuth. Esos hombres son mis hijos, pero no yo. Esas son mis obras, pero no yo. Esos hombres y esas cosas son hechos pasajeros y yo soy un estado permanente. Soy el odio de todo orden que no haya sido establecido por el hombre y en el cual él no sea a la vez rey y Dios. Soy la proclamación de los derechos del hombre sin importar los derechos de Dios. Soy la fundación del estado religioso y social en la voluntad del hombre en lugar de la voluntad de Dios. Soy Dios destronado y el hombre en su lugar; he aquí por qué me llamo Revolución, es decir subversión…». (Ibíd. p. 39).
De aquí que: «El ideal acariciado del liberalismo es que el Estado, la familia y el individuo sacudan toda obediencia a su Iglesia Santa, y se declaren completamente independientes». Tal como dijo San Ezequiel Moreno Díaz. (Carlos Valderrama A., Un Capítulo de las Relaciones entre el Estado y la Iglesia en Colombia, Publicaciones del Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1986, p. 400).
«El liberalismo (como dice el P. Sardá y Salvany) es el dogma de la independencia absoluta de la razón individual y social a la ley de Dios». (El Liberalismo… p. 11).
Liberalismo ¿Qué es? Síntesis
He aquí la cuestión central, capital, de donde se derivan todas sus consecuencias. Como dice el P. Ramiére:
«La doctrina liberal es, pues, en realidad la negación de la soberanía social de Jesucristo». (Las Doctrinas…p. 19). Y como él mismo advierte muchos ni se percatan de ello: «Nosotros mismos hemos tenido ocasión de convencernos más de una vez de que la mayor parte ni siquiera sospechan que sus teorías les llevan hasta a la negación de este dogma». (Ibíd. p. 19).
Sí, el liberalismo es en síntesis la negación del Dogma Católico de la Soberanía social de Jesucristo, soberanía o realeza de Cristo Rey. Esta es la herejía liberal, la herejía del liberalismo, aunque muchos ni lo sospechen. Aquí radica en definitiva el meollo de la cuestión, de aquí se derivan todas las conclusiones. Aquí está el debate y la lucha de la hora presente que presagia el advenimiento del Anticristo y por lo mismo su carácter satánico.
La soberanía social de Jesucristo es un dogma de fe católica, que fue pública y oficialmente impugnado con la Revolución Francesa (Revolución en realidad judeo-masónica-liberal), y por lo mismo condenada por la Iglesia desde el principio.
Como advierte el P. Ramière el liberalismo está en oposición directa contra el dogma católico, sobre el cual no cabe discusión, sobre el cual no se puede transigir, proclamando que: «defenderemos la soberanía social del Hombre-Dios con tanta firmeza, como lo hicieron los cristianos de los primeros siglos en la confesión de su divinidad». (Ibíd. p. 21).
He aquí la explicación que el P. Ramière da: «Mas el liberalismo no es tan sólo contrario a la religión de Jesucristo por su origen y por sus consecuencias casi inevitables; lo es también por su esencia. Además de proporcionar a los enemigos de la Iglesia armas para destruirla, la ataca por sí mismo en sus más fundamentales dogmas. Basta, en efecto, examinar esta doctrina en su principio, para comprender que niega los derechos soberanos de Jesucristo, declarando las sociedades temporales independientes de su imperio. Según este principio, la sociedad civil es puramente terrena y no tiene en manera alguna que ocuparse, ni directa ni indirectamente, en los derechos de la verdad ni de los intereses eternos; su único y supremo fin es la felicidad temporal de sus miembros, y la razón su única guía». (Ibíd. p. 17-18).
El P. Sardá y Salvany dice a su vez acerca del Liberalismo: «En el orden de las ideas el Liberalismo es un conjunto de lo que se llaman principios liberales, con las consecuencias lógicas que de ellos se derivan. Principios liberales son: la absoluta soberanía del individuo con entera independencia de Dios y de su autoridad; soberanía de la sociedad con absoluta independencia de lo que nazca de ella misma, soberanía nacional, es decir, el derecho del pueblo para legislar y gobernar con absoluta independencia de todo criterio que no sea el de su propia voluntad, expresada por el sufragio primero y por la mayoría parlamentaria después; libertad de pensamiento sin limitación alguna en política, en moral o en Religión; libertad de imprenta, así mismo absoluta o insuficientemente limitada; libertad de asociación con iguales anchuras. Estos son los llamados principios liberales en su más crudo radicalismo». (El Liberalismo p.3).
Y señala el P. Sardá y Salvany que el Racionalismo es el fondo común de los principios liberales: «El Fondo común de ellos es el racionalismo individual, el racionalismo político y el racionalismo social. Derívanse de ellos la libertad de cultos más o menos restringida; la supremacía del Estado en sus relaciones con la Iglesia; la enseñanza laica o independiente sin ningún lazo con la Religión; el matrimonio legalizado y sancionado por la intervención única del Estado: su última palabra, la que todo lo abarca y sintetiza, es la palabra secularización, es decir, la no intervención de la Religión en actos de la vida pública, verdadero ateísmo social, que es la última consecuencia del Liberalismo». (Ibíd. p. 3)
Queda así bien claro lo que es el liberalismo: Una verdadera herejía, y no un simple error, sino una síntesis de errores, una herejía universal y radical como afirma el P. Sardá y Salvany y por eso es un pecado, un pecado contra la fe. «En el orden de las doctrinas el liberalismo es una herejía universal y radical, porque las comprende a todas…». (Ibíd. p. 5). El naturalismo y el racionalismo son las dos características básicas de la herejía liberal y su nexo con el protestantismo que es de origen liberal.
El liberalismo como dice en resumen Mons. Nicolás Casas y Conde de la Orden de Agustinos Recoletos, obispo de Adrianópolis y Vicario Apostólico de Casanare (Colombia): «Consiste propia y verdaderamente en negar a Dios su dominio sobre el hombre, o en no querer sufrirlo, puesto que en esa mala disposición del ánimo a rechazar el dominio o soberanía de Dios, sea por negarlo, sea por no querer sufrirlo, se condensa y se completa el vicio capital del liberalismo, es decir, su mayor y más principal malicia». (Enseñanzas de la Iglesia sobre El Liberalismo, Madrid, 1902, p. 27).
Queda claro que el liberalismo rechaza o no quiere admitir el soberano y absoluto dominio de Dios sobre todo lo creado como lo expresa Mons. Casas y Conde: «Rebelión, pues, y rebelión manifiesta del hombre contra el dominio, soberanía o autoridad de Dios, es pura y simplemente en su esencia, el liberalismo, como nos lo dice el Papa». (Ibíd. p. 28), haciendo alusión a la Encíclica Libertas de León XIII.
El Liberalismo es una herejía
Sí. El liberalismo es una herejía, un verdadero pecado contra la fe, de aquí el título del libro P. Sardá y Salvany: «El liberalismo es pecado», lo cual dejó consignado Mons. Ezequiel Moreno en su testamento del 6 de octubre de 1905 en Pasto: «Confieso, una vez más, que el liberalismo es pecado, enemigo fatal de la Iglesia y reinado de Jesucristo, y ruina de los pueblos y naciones y, queriendo enseñar esto, aún después de muerto, deseo que en el salón donde se exponga mi cadáver, y aún en el templo durante las exequias se ponga a la vista de todos un cartel grande que diga, ‘El liberalismo es pecado. Se hace constar esto para satisfacer un deseo del difunto obispo’». (Un Capítulo… p. 68).
Así muestra el santo obispo de Pasto (Colombia) que el Liberalismo es un pecado de herejía, ni más, ni menos. El P. Sardá y Salvany así lo dice y afirma también: «El liberalismo es pecado, ya se le considere en el orden de las doctrinas, ya en el orden de los hechos. En el orden de las doctrinas es pecado grave contra la fe, porque el conjunto de las doctrinas suyas es herejía, aunque no lo sea tal vez en alguna que otra de sus afirmaciones o negaciones aisladas». (El Liberalismo… p.4)
El liberalismo es herejía práctica y doctrinal que moldea la civilización moderna como insiste lúcidamente el
- Sardá y Salvany: «El liberalismo es, como hemos dicho, herejía práctica tanto como herejía doctrinal, y aquel carácter suyo explica muchísimo de los fenómenos que ofrece este maldito error, en su actual desarrollo dentro la sociedad moderna». (Ibíd. p. 124).
El liberalismo es una herejía porque niega el Dogma de Fe que afirma la Soberanía o realeza social de Cristo Rey.
Veamos este dogma de la Fe católica que el P. Ramière precisa así: «La Soberanía Social de Jesucristo: he aquí el terreno que debe reunir a todos los verdaderos católicos por más divididos que puedan hallarse en las cuestiones políticas. Para todo hombre que no ha renunciado a su título de cristiano, es esta la única solución del gran problema de las sociedades modernas». (Las Doctrinas… p.7).
Ahora bien, ¿Qué se debe entender exactamente? cuando se habla de la soberanía social de Jesucristo, el
- Ramière lo dice: «con estas palabras: La Soberanía Social de Jesucristo, entendemos el derecho que posee el Hombre Dios y que posee con El, la Iglesia, que le representa acá en la tierra, de ejercer su divina autoridad en el orden moral sobre las sociedades, así como sobre los individuos, y la obligación que semejante derecho impone a las sociedades de reconocer la autoridad de Jesucristo y de la Iglesia en su existencia y en su acción colectiva, de la misma manera que debe ser reconocida por los individuos en su fuero interno y en su conducta privada». (Ibíd. p. 7).
Por esto no hay posibilidad ninguna de conciliación entre la Doctrina Católica y el Liberalismo, así señala el
- Ramière categóricamente: « ¿Débese en consecuencia renunciar a toda esperanza de conciliación? Decididamente, puesto que se trata de doctrinas». (Ibíd. p.6).
Si se trata de doctrinas irreconciliables, por eso San Ezequiel Moreno tituló sus dos opúsculos: «O con Jesucristo o contra Jesucristo» el uno; «O catolicismo o Liberalismo, no es posible la conciliación», el otro, títulos altamente significativos para que no quedara duda alguna, de la oposición esencial entre el Catolicismo y el Liberalismo, entre la Iglesia y la Contraiglesia, entre Cristo y el Anticristo, pues los que no están con Jesucristo están contra Jesucristo y por lo mismo están quiéranlo o no con el Anticristo que ha de venir cuando la apostasía general acontezca y el obstáculo que le detiene desaparezca. Hay dos bandos y dos reinos, el reino de Jesucristo y el reino del Anticristo.
El liberalismo es una herejía contra el Reino de Cristo y como tal ha sido condenado por la Iglesia. El liberalismo niega la Soberanía Social de Jesucristo, niega la realeza Social de Cristo Rey, niega en consecuencia los derechos y las prerrogativas de su Iglesia: el Derecho Público de la Iglesia. Por esto el gran combate que sostiene hoy la Iglesia, aparentemente derrotada se libra en el campo social, diciendo así el P, Ramière hace un siglo: «En el gran combate que la Iglesia sostiene hace un siglo, en el terreno social, figura el dogma en primer término…». (Ibíd. p. 20).
Por eso no hay tregua ni descanso contra el error, contra el liberalismo, pues ataca el dogma. Dogma que presenta en los siguiente términos el P. Ramière: «He aquí cómo formulamos nuestra tesis: ‘Es un dogma de Fe que Jesucristo posee una autoridad soberana sobre las sociedades civiles, lo propio que sobre los individuos de que se componen; y por consiguiente, las sociedades, en su existencia y en su acción colectiva, lo propio que los individuos en su conducta privada, están obligados a someterse a Jesucristo y a obedecer sus leyes’». (Ibíd. p. 31).
Y para salirle al paso a cualquiera que dude de este dogma de fe católica, el P. Ramière explica: «Cierto que esta verdad formulada en los términos que dejamos establecidos, no se encuentra en ningún decreto de concilio ni en ninguna definición pontificia; más semejante circunstancia no es obstáculo para que dejemos de afirmarla con toda seguridad, como artículo de fe, claramente consignado en la Escritura, y constantemente admitido sin réplica por la Iglesia». (Ibíd. p. 31).
Esto quiere decir que es un dogma de Fe del Magisterio Ordinario Universal infalible de la Iglesia Católica, y que se trata de la soberanía espiritual del Hombre-Dios sobre las sociedades, deducida de su divinidad misma: «No cabe, pues, término medio: ó debe negarse la dignidad de Jesucristo, o es preciso admitir que aún en cuanto hombre, es el rey de todo lo que existe, así de las sociedades civiles como de las familias y de los individuos. Sólo Él es árbitro para encerrar en determinados límites el ejercicio de su autoridad, más la autoridad en sí misma no puede limitarla, so pena de abdicar de su divinidad». (Ibíd. p. 33).
Así también Mons. Lefebvre afirma: «Pese al riesgo de repetir lo dicho, vuelvo sobre el tema de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo, ese dogma de fe católica, que nadie puede poner en duda sin ser hereje, si,
¡Perfectamente hereje!». (Le Destronaron, p. 101.)
La realeza social de Nuestro Señor Jesucristo es como explica Mons. Lefebvre: «El último principio que resume supremamente todo el derecho público de la Iglesia, es una verdad de fe: Jesucristo, Verdadero Dios y verdadero hombre, Rey de Reyes y Señor de los señores, debe reinar sobre las sociedades no menos que sobre los individuos; la Redención de las almas se prolonga necesariamente en la sumisión de los Estados y de sus leyes al yugo suave y liviano de la ley de Cristo». (Ibíd. p. 99).
El liberalismo es pecado, pecado contra la Fe, pecado de herejía que es en definitiva la razón del título del célebre libro del P. Sardá y Salvany: «Por donde cabe decir que el liberalismo, en el orden de las ideas, es un error absoluto, y en el orden de los hechos, es el absoluto desorden. Y por ambos conceptos es pecado, ‘ex genere suo’, gravísimo; es pecado mortal. (…) Ahora bien, excepción del odio formal contra Dios y de la desesperación absoluta, que rarísimas veces se cometen por la criatura, como no sea en el infierno, los pecados más graves de todos son los pecados contra la fe. La razón es evidente. La fe es el fundamento de todo el orden sobrenatural; el pecado en cuanto ataca a cualquiera de los puntos de este orden sobrenatural; es pues, pecado máximo el que ataca el fundamento máximo de dicho orden. (…) Pero es mayor todavía cuando el pecado contra la Fe no es simplemente carencia culpable de esta virtud y conocimiento, sino que es negación y combate formal contra dogmas expresamente definidos por la revelación divina. Entonces el pecado contra la fe, de suyo gravísimo, adquiere una gravedad mayor, que constituye herejía.(…) De consiguiente (salvo los casos de buena fe, de ignorancia y de indeliberación), ser liberal es más pecado que ser blasfemo, ladrón, adúltero u homicida, o cualquiera otra cosa de las que prohíbe la ley de Dios y castiga su justicia infinita, (…) la herejía y las obras heréticas son los peores pecados de todos; y por tanto el liberalismo y los actos liberales son, ‘ex genere suo’, el mal sobre todo mal». (El Liberalismo… p. 6-7-8).
El P. Castellani también afirma que el liberalismo es una herejía diciendo con precisión: «El liberalismo es una peligrosa herejía moderna que proclama la libertad y toma su nombre de ella. La libertad es un gran bien que, como todos los grandes bienes, sólo Dios puede dar; y el liberalismo lo busca fuera de Dios; y de ese modo sólo llega a falsificaciones de la libertad». (Cristo ¿Vuelve o no Vuelve?, ed. Dictio, Buenos Aires, 1976, p. 163).
Muestra además el P. Castellani cómo el liberalismo se opone a Cristo Rey: «El mundo moderno se ha olvidado bastante de que Cristo es Rey, cosa que ha recibido de su Padre; por lo cual se instituyó poco ha la festividad de Cristo Rey, contra la herejía del liberalismo». (El Apokalypsis, ed. Paulinas Buenos Aires, 1963, p. 52).
Queda así claro por qué el liberalismo es una herejía. Y esto incluido también el catolicismo liberal como asevera el P. Castellani al referirse a las tres ramas del Apocalipsis, que son tres herejías: «El comunismo no es un partido; el comunismo es una herejía. Es una de las tres ranas expelidas por la boca del diablo en los últimos tiempos, que no son otros que los nuestros. Las otras dos ranas – herejías palabreras que repiten siempre la misma canturria y se han convertido en guías de los reyes, es decir, en poderes políticos – son el catolicismo liberal y el modernismo». (Cristo… p. 204).
«…las Tres Ranas son tres herejías: nominatim, el liberalismo, el comunismo y el modernismo o naturalismo religioso». (El Apokalypsis p. 97).
El P. Julio Meinvielle relacionando el liberalismo con el naturalismo dice al respecto: « El error “naturalista” que también se llama “racionalismo” o “filosofismo” es la herejía peculiar y distintiva del mundo moderno. Proclama la suficiencia de la humana naturaleza para alcanzar su felicidad. En el fondo constituye la esencia misma de todas las herejías. (…) La independencia o emancipación de la razón, de ahí la terrible herejía del racionalismo o naturalismo que engendra luego los errores sociales del laicismo, liberalismo, socialismo y comunismo». (De Lamennais a Maritain, e d. Theoria, Buenos Aires, 1967, p. 111 – 112
– 113). Y más adelante evocando al gran Cardenal Pie señala: «El célebre Cardenal Pie, que fue a mediados del siglo XIX el gran luchador de los Derechos divinos de la Iglesia contra la herejía del naturalismo y del liberalismo y que había de ser una de las mayores lumbreras del Concilio Vaticano, siendo Vicario General de Chartres en 1848, expone los principios justos sobre este punto». (Ibíd. p. 128 – 129). Con lo cual queda más que clara la herejía liberal.
El Liberalismo está condenado
El Liberalismo ha sido condenado por la Iglesia por ser una herejía contra la Soberanía Social de Cristo Rey. El liberalismo ha sido condenado por los Papas de los dos últimos siglos como señala Mons. Lefebvre (cfr. Le Destronaron… p. 15).
«Lo hemos dicho ya (dice el P. Ramière): «el liberalismo que la Iglesia ha condenado y cuya condenación por consiguiente vamos a justificar, es el que invade la esfera de los intereses religiosos; el que tiende a separar la Iglesia del Estado, y el que ve en esta separación el ideal de las relaciones que, en lo sucesivo, deben establecerse entre la sociedad espiritual y la temporal». (Las Doctrinas… p. 9).
Al respecto de la condenación del liberalismo dice también San Ezequiel Moreno: «Que el liberalismo es pecado, no es dudoso, es cierto; que es un error contra la Fe tampoco es dudoso, sino cierto; que está condenado por la Iglesia, consta de un modo evidente por el Syllabus y por multitud de documentos pontificios. Sobre este punto, pues, no cabe ya libertad de pensar, sino que hay que pensar como piensa y enseña la iglesia, so pena de faltar a la Fe, y hacerse reo de pecado y de condenación eterna». (Un Capítulo… p. 443).
Ante la condenación del Liberalismo por la Iglesia no cabe distingos o matices, pues, el Liberalismo, como señala el Santo obispo Mons. Ezequiel Moreno, está condenado en todos sus grados y formas, siendo esencialmente uno: «El liberalismo está condenado por nuestra Santa Madre la Iglesia en todas sus formas y grados, y todo el que se precie de buen católico debe también condenarlo de la misma manera, y rechazar hasta el nombre de liberal». (Ibíd. p. 405).
El liberalismo está condenado en cualquiera de sus tres formas: «Tres formas principales señala el mismo León XIII en su encíclica Libertas. La primera es la que rechaza absolutamente el Supremo Señorío de Dios en el hombre y en la sociedad, y por esto se llama este liberalismo radical. La segunda, es la que confiesa que hay que obedecer los mandatos conocidos por la razón natural, más no los que Dios quiera imponer por otra vía, o sea por lo sobrenatural de su Iglesia. Se llama este liberalismo naturista. La tercera forma o clase de liberalismo la describe León XIII con estas palabras: Algo más moderados son pero no más consecuentes consigo mismo los (liberales) que dicen que, en efecto, se han de regir según las leyes divinas, la vida y las costumbres de los particulares, pero no las del Estado, porque en las cosas públicas es permitido apartarse de los preceptos de Dios, y no tenerlo en cuenta al establecer las leyes. De donde sale aquella perniciosa consecuencia que es necesario separar la Iglesia del Estado. Absurdo que no es difícil conocer, por ser cosa absurdísima, que el ciudadano respete a la iglesia, y el Estado no la respete. (Encíclica Libertas). (…) Además de estas tres formas de liberalismo, hay otras menos principales y variadas, según la mayor o menor atenuación que hacen de los principios racionalistas, y la aplicación más o menos acentuada de esos mismos principios a la política o gobierno de los pueblos. Todas, sin embargo, están condenadas por la Iglesia y deben abominarse, porque uno mismo es el criterio racionalista de todas ellas, que proclama la independencia del hombre de la autoridad de Dios, aunque unos piden más independencia y otros menos». (Ibíd. p. 401- 402).
Y aclara el Santo Obispo de Pasto haciendo la siguiente advertencia: «Cuando en alguna parte de esta obrita hemos empleado frases como la siguiente: ‘Liberales que profesan el liberalismo condenado por la Iglesia’ no es porque admitamos dos liberalismo, uno condenado y otro no, uno malo y otro bueno. Nos hemos expresado así, para acomodarnos al modo de hablar del autor de la carta, y rebatir sus errores. Sólo admitimos un liberalismo, malo, pésimo y condenado por nuestra Santa Madre La Iglesia’». (Ibíd. p. 427).
El liberalismo es uno solo doctrinalmente aunque en la práctica dada la diversidad e incongruencia de los hombres hay una gran variedad, pues como hace ver con gran perspicacia y agudeza el P. Sardá y Salvany:
«Ante todo conviene hacer notar que el liberalismo es uno, es decir, constituye un organismo de errores perfecta y lógicamente encadenados, motivo por el cual se llama sistema. En efecto, partiéndose en el principio fundamental de que el hombre y la sociedad son perfectamente autónomos o libres con absoluta independencia de todo otro criterio natural o sobrenatural que no sea el suyo propio, síguese por una perfecta ilación de consecuencias todo lo que en nombre de él proclama la demagogia más avanzada.(…) Mas a pesar de esta unidad lógica del sistema, los hombres no son lógicos siempre, y esto produce dentro de aquella unidad la más asombrosa variedad o gradación de tintas. Las doctrinas se derivan necesariamente y por su propia virtud unas de otras; pero los hombres al aplicarlas son por lo común ilógicos e inconsecuentes. Los hombres, llevando hasta sus últimas consecuencias sus principios, serían todos santos cuando sus principios fuesen buenos, y serían todos demonios del infierno cuando sus principios fuesen malos. La inconsecuencia es la que hace de los hombres buenos y malos, buenos a medias y malos no rematados. (…) Quedamos, pues, curioso lector, en que el liberalismo es uno solo; pero liberales los hay, como sucede con el mal vino, de diferente color y sabor». (El Liberalismo… p. 8-9-10).
Y la razón por la cual la Iglesia ha condenado la herejía del Liberalismo, la expone de la siguiente forma el P. Sardá y Salvany: «En el orden de las doctrinas el Liberalismo es herejía. Herejía es toda doctrina que niega con negación formal y pertinaz un dogma de la fe cristiana. El Liberalismo doctrina los niega primero todos en general, cuando afirma o supone la independencia absoluta de la razón individual en el individuo, y de la razón social o criterio público en la sociedad. Decimos afirma o supone, porque a veces en las consecuencias secundarias no se afirma el principio liberal, pero se le da por supuesto y admite. Niega la jurisprudencia absoluta de Cristo Dios sobre los individuos y las sociedades, y en consecuencia la jurisprudencia delegada que sobre todos y cada uno de los fieles, de cualquier condición y dignidad que sean, recibió de Dios la cabeza visible de la iglesia. Niega la necesidad de la divina revelación, la obligación que tiene el hombre de admitirla, si quiere alcanzar su último fin. Niega el motivo formal de la fe, esto es, la autoridad de Dios que revela, admitiendo de la doctrina revelada sólo aquellas verdades que alcanza su corto entendimiento. Niega el magisterio infalible de la Iglesia y del Papa, y en consecuencia todas las doctrinas por ellos definidas y enseñadas. Y después de esta negación general en globo, niega cada uno de los dogmas, particularmente o en concreto, a medida que, según las circunstancias, los encuentra opuestos a su criterio racionalista. Así niega la fe del Bautismo cuando admite o supone la igualdad de todos los cultos; niega la santidad del matrimonio cuando sienta la doctrina del llamado matrimonio civil; niega la infalibilidad del Pontífice Romano cuando rehúsa admitir como ley sus oficiales mandatos y enseñanzas, sujetándolos a su pase o exequátur, no como en su principio para asegurarse de la autenticidad, sino para juzgar del contenido». (Ibíd. p.5).
Por todo esto el liberalismo ha sido condenado, por si fuera poco. El liberalismo es el Naturalismo y el Racionalismo maquillado.
Condenación del Liberalismo
El liberalismo ha sido condenado por el Magisterio Infalible de la Iglesia. Esto queda, además consignado por lo que dicen y afirman el P. Ramière, el P. Sardá y Salvany y San Ezequiel Moreno en sus escritos. Veamos algunos de ellos.
«Tal es la teoría que sirve de base a las libertades que la Iglesia no ha cesado de condenar en principio, bien que de hecho haya podido tolerarlas en sociedades que han dejado de ser católicas. Pio IX ha expresado con toda claridad esta teoría en la Encíclica Quanta cura, cuando condena a aquellos que se atreven a enseñar ‘que la perfección de los gobiernos y el progreso civil exigen absolutamente que la sociedad sea constituida y gobernada sin tener en cuenta la religión, como si no existiera, o cuando menos sin establecer diferencia alguna entre la verdadera religión y las falsas. Además, que contra la doctrina de la Sagrada Escritura de la Iglesia y de los Santos Padres, no temen afirmar que el mejor gobierno es aquel en que no se reconoce en el poder la obligación de reprimir, por medio de la sanción penal, a los violadores de la religión católica, a menos que la tranquilidad pública lo reclame’. Esta doctrina que Pío IX califica de impía y absurda, sería la misma verdad si la soberanía de Jesucristo fuese completamente extraña a la esfera de acción en que se mueve la sociedad. Pero si el Hijo de Dios al hacerse hombre y al fundar su Iglesia para continuar su obra sobre la tierra, ha pretendido abrir así para las sociedades como para los individuos que las componen la única vía de perfección y de salvación, es evidente que sin hacerse culpable de una verdadera apostasía, no puede erigirse en principio la completa independencia de las sociedades civiles respecto de ella. En su virtud, pues, debe renunciarse a encomiar como preciosas conquistas aquellas libertades que Pio IX con Gregorio XVI, designa con el nombre de delirio, es a saber: la libertad absoluta del pensamiento de prensa y de culto». (Las Doctrina… p. 18).
Nótese bien que quedan condenadas la Libertad Religiosa y la Libertad de cultos de la cual también dice Mons. Ezequiel Moreno: « ¿Cómo calificar eso de que ‘sin libertad de conciencia el hombre pierde su carácter de ser moral? ¡Qué error tan craso en el terreno filosófico, y que herejía tan fenomenal en el campo de la teología!». (Un Capítulo… p. 455), y que hoy son proclamados con insistencia a partir del Concilio Vaticano II, que fue un Concilio Liberal. Liberalismo que lleva a la Apostasía, pues como el P. Ramière dice en el texto que acabamos de citar: «es evidente que sin hacerse culpable de una verdadera apostasía, no puede erigirse en principio la completa independencia de las sociedades civiles respecto de ella (la Iglesia)».
Apostasía que Mons. Lefebvre también señaló del siguiente modo: «La libertad Religiosa es la apostasía legal de la sociedad: recordadlo bien; pues es eso lo que respondo a Roma, cada vez que quieren obligarme a aceptar globalmente el Concilio o especialmente la declaración sobre la libertad religiosa. Rechaza firmar ese acto conciliar el 7 de diciembre de 1965, y ahora, veinte años más tarde, las razones para no hacerlo no han hecho más que aumentar. ¡No se firma una apostasía!». (Le Destronaron… p. 75).
Así solo pueden hablar los santos pues se requiere verdadera santidad para no dejarse arrollar por la gran mayoría de la corriente liberal con el peso de todo un Concilio. Eso es una obra de gigantes y Mons. Lefebvre ha sido así el émulo de San Atanasio en pleno siglo XX, siglo de Apostasía, sí, de la Gran Apostasía, de la Gran Apostasía de las Naciones de los Gentiles. Lo cual señaló Mons. Lefebvre: «En cuanto a la emancipación progresiva de la humanidad, la Fe Católica le da su verdadero nombre: la apostasía de las naciones». (Le Destronaron… p. 125).
En otra parte Mons. Lefebvre habla de apostasía latente: « ¡Las confusiones mantenidas revelan la apostasía latente!». (Ibíd. 208). Y esto gracias al Concilio Vaticano II, de puertas abiertas al mundo moderno clara y decididamente anticristiano.
El P. Sardá y Salvany habla de la condenación explícita del liberalismo por el Papa Gregorio XVI «Pues bien; en lo más recio de la lucha, con ocasión de los primeros errores de Lamennais, publicó Gregorio XVI su Encíclica Mirari vos, condenación explícita del Liberalismo, cual en aquella ocasión se entendía y predicaba y practicaba por los gobiernos constitucionales. Mas, avanzando los tiempos y creciendo con ellos la avasalladora corriente de estas ideas funestas, y hasta tomando bajo el influjo de extraviados talentos la máscara de Catolicismo, deparó Dios a su Iglesia el Pontífice Pío IX, el cual con toda razón pasará a la historia con el dictado de azote del Liberalismo. El error liberal en todas sus fases y matices ha sido desenmascarado por este Papa. Para que más autoridad tuviesen sus palabras en este asunto, dispuso la Providencia que saliese la repetida condenación del Liberalismo de labios de un Pontífice, el cual desde el principio se empeñaron en presentar como suyo los liberales. Después de él no le queda ya a este error subterfugio alguno a que acogerse. Los repetidos Breves y Alocuciones de Pío IX le han mostrado al pueblo cristiano tal cual es, y el Syllabus acabó de poner a su condenación el último sello». (El Liberalismo… p.20).
Conviene hacer dos observaciones, la una que Pío IX desde su primera encíclica, como hace ver Mons. Lefebvre se mostró antiliberal: «Se ha dicho a veces del Papa Pío IX que durante los primeros años de su reino se había mostrado liberal y que después con la experiencia del ejercicio del pontificado, había sido por el contrario muy firme y se había mostrado un combatiente admirable, sobre todo evidentemente en el momento de publicar su encíclica Quanta cura y el famoso Syllabus, que ha suscitado el horror de todos los progresistas y los liberales de esta época. Ahora bien, esto no es verdad. Es una especie de leyenda que ha corrido, pero es falsa. El Papa pío IX no ha sido jamás un liberal. Desde su primera encíclica se mostró un hombre de fe, combativo y tradicional». (C’est moi, l’accusé, qui devrais vous juger. ed. Fideliter, 1994, p. 42).
La otra, que el Syllabus es, como acabamos de ver según el P. Sardá y Salvany, el último sello de las condenaciones del Liberalismo por Pío IX.
Hay quienes discuten si el Syllabus es una condenación infalible, y personalmente creo que se debe a la fuerte presión del Liberalismo que debilita poco a poco el dique más sólido. El P. Sardá nos dice que es una condenación y que es el sello de todas las anteriores, luego no cabe duda que goza de la infalibilidad Pontificia, siendo el apéndice o colofón de la Encíclica Quanta cura, que es infalible.2 Mons. Lefebvre también habla de la infalibilidad de la encíclica Quanta cura: «Pío IX habiendo pues expuesto los errores, concluye, no sin haber evocado el hecho de que hablaba en virtud de su cargo apostólico. Se ha discutido mucho para saber si esta encíclica lleva el sello de la infalibilidad, está claro que, para presentar su Syllabus el Papa ha hecho recurso no solamente a su autoridad apostólica, sino que ha empleado los términos utilizados por los papas cuando quieren proclamar infaliblemente una doctrina». (C’est moi, l’accusé, qui devrais vous juger, ed, Fideliter, 1994, p. 218).
Además, el Syllabus implica por lo menos la infalibilidad de todos los documentos del Magisterio Infalible de la Iglesia que contiene.
El P. Sardá y Salvany titula el capítulo XI de su obra así: «De la última y más solemne condenación del Liberalismo por medio del Syllabus». Hablar de solemne condenación es hablar de Magisterio Solemne o Extraordinario a menos que la palabra solemne no tenga su significado de solemnidad magisterial y sea una pura pomposidad literal, lo cual en materia de condenación de errores y herejías sería un puro absurdo y un contrasentido. Cuando se habla de condenación solemne se habla de Magisterio infalible.
2 Palabras de Pío IX que atestiguan la infalibilidad de la encíclica Quanta cura: «Por consiguiente, todas y cada una de las diversas opiniones y doctrinas erróneas que van señaladas detalladamente en la presente encíclica, Nos con nuestra autoridad apostólica las reprobamos, proscribimos y condenamos; y queremos y mandamos que todos los hijos de la Iglesia católica las tengan por reprobadas, proscritas y condenadas.» (Doctrina Pontificia tomo II B.A.C. Madrid, 1958, p. 13)
De todos modos la doctrina contenida en el Syllabus es infalible (por lo menos) por el Magisterio Infalible de la Iglesia sobre el cual se apoya el Syllabus. Mons. Lefebvre asevera que «el Syllabus ha sido confirmado por los obispos, por los papas y como lo hemos visto, por León XIII en su encíclica Inmortale Dei». (Ibíd. p. 206)
Una condenación confirmada por los obispos y más aún por los papas goza de la infalibilidad del Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia. Lo cual hace del Syllabus una doctrina del Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia y por tanto la infalibilidad.
Además León XIII en su encíclica Inmortale Dei expresa refiriéndose a los errores que él denuncia en ella: «Estas doctrinas que hasta aquí van expuestas, contrarias a la razón y de suma trascendencia para el bienestar de la sociedad, no dejaron de condenarlas Nuestro Predecesores los Romanos Pontífices, penetrados como estaban de las obligaciones impuestas por su ministerio apostólico. Así Gregorio XVI, en la encíclica Mirari vos, del 15 de agosto de 1832, condenó con gravísimas palabras lo que entonces se iba divulgando; esto es, el indiferentismo religioso, la libertad de cultos, de conciencia, de imprenta y el derecho de rebelión.(…) De manera semejante, Pío IX, cuando se le ofreció la ocasión, condenó muchas de las falsas opiniones que habían empezado a prevalecer, reuniéndolas después todas juntas, a fin de que en tanto diluvio de errores supiesen los católicos a qué atenerse sin peligro de equivocarse.»3 Con lo cual la infalibilidad del Syllabus queda manifiesta ya sea por las condenaciones anteriores que retoma, incluso Quanta Cura, sea además por sí mismo como documento del Magisterio ex cathedra del Papa solo gozando de la infalibilidad que recubre a Quanta cura junto con su anexo o resumen publicados conjuntamente.
Haciendo alusión a las condenaciones que hiciera tantas veces Pío IX en Breves y Alocuciones, el P. Sardá y Salvany comenta previendo la argucia liberal y dando confirmación sobre el valor doctrinal infalible del Syllabus: «Sin embargo, podía con cierta apariencia de razón el Liberalismo recusar la autoridad de estas declaraciones pontificias, por haber sido todas ellas dadas en documentos de carácter meramente privado. La herejía es siempre tenaz y cavilosa, y se agarra a cualquier pretexto o excusa para eludir la condenación. Necesitábase, pues, un documento oficial, público, solemne de carácter general, universalmente promulgado, y por tanto definitivo. La Iglesia no podía negar a la ansiedad de sus hijos esta formal y decisiva palabra de su soberano magisterio. Y la dio, y fue el Syllabus de 8 de Diciembre de 1864. (…) El Syllabus es un catálogo oficial de los principales errores contemporáneos, en forma de proposiciones concretas, tales como se encuentran en los autores más conocidos que los propagaron. En ellos se encuentran, pues en detalle todos los que constituyen el dogmatismo liberal. Aunque en una sola de sus proposiciones se nombra al Liberalismo, lo cierto es que la mayor parte de los errores allí sacados a la picota son errores liberales, y por tanto de la condenación separada de cada uno resulta la condenación total del sistema». (El Liberalismo… p. 23 – 24).
El Santo Obispo de Pasto en su famoso opúsculo ya mencionado «O con Jesucristo o contra Jesucristo», es del mismo parecer respecto al Syllabus afirmando que es una condenación solemne, al igual que el P. Sardá y Salvany: «La última proposición condenada en el Syllabus dice lo siguiente: El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el Progreso, con el liberalismo, y la civilización moderna.’ condenada esa proposición como errónea, resulta verdadera la contraria, o sea que el Romano Pontífice ni puede ni debe reconciliarse ni transigir con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna. El catolicismo, pues, del que el Papa es jefe y cabeza, no puede reconciliarse con el liberalismo, son incompatibles. Esta condenación solemne es ya suficiente prueba para todo católico…». (Un Capítulo… p. 416-417).
Una condenación solemne, una vez más hace referencia al Magisterio Extraordinario, ya sea de la iglesia toda, ya sea del Papa solo. La solemnidad se refiere en la Iglesia, en lo que atañe al magisterio, al carácter
extraordinario que este tiene cuando se pronuncia sobre una doctrina de modo infalible.
Tan es así, que el gran teólogo Marín-Solá O.P. distingue entre: «Magisterio Ordinario Universal y Magisterio Solemne de la Iglesia» como dos magisterios igualmente infalibles. (La Evolución Homogénea del Dogma Católico, Ed. B.A.C., Madrid, 1963, p. 257). Lo cual es eco de la distinción que hace el Código de Derecho Canónico (1917) en el artículo 1323: «Hay que creer con Fe divina y católica todo lo que se contiene en la palabra de Dios escrita o en la tradición divina y que la Iglesia por definición solemne o por su magisterio ordinario y universal propone como divinamente revelado».
Nadie puede poner en duda que el liberalismo ha sido formalmente condenado como un error que contradice el Dogma y que por lo mismo es una herejía, pues como deja asentado muy en claro el P. Sardá y Salvany en estos términos: «Sí, el Liberalismo en todos sus grados y aspectos ha sido formalmente condenado. Así que, además de las razones de malicia intrínseca que lo hacen malo y criminal, tiene para todo fiel católico la suprema y definitiva declaración de la Iglesia, que como a tal le ha juzgado y anatematizado». (El Liberalismo… p. 19).
Catolicismo Liberal
El catolicismo liberal es una de las formas del Liberalismo dentro del ámbito de los fieles, pues como Mons. Lefebvre señala: «Reconciliar la Iglesia con la Revolución, tal es la empresa de los liberales que se dicen católicos.» (Le Destronaron… p. 111); y muestra a su vez la contradicción citando al Cardenal Billot : «…el título de ‘católico liberal’, en sí mismo, es una contradicción en los términos, una incoherencia, puesto que ‘católico’ supone sujeción al orden de las cosas humanas y divino, mientras que ‘liberal’ significa precisamente emancipación de este orden, rebelión contra Nuestro Señor Jesucristo». (Le Destronaron… p. 112-113).
Mucho antes San Ezequiel Moreno había señalado la contradicción del liberalismo católico: hay que convenir, por consiguiente, en que existe un catolicismo liberal, por más que catolicismo y liberalismo sean cosas opuestas, y no sea posible la unión entre ambas. (Un Capítulo… p. 403).
El catolicismo liberal es una traición y una verdadera apostasía como bien lo muestra Mons. Lefebvre: «Ya veis, pues, que en el catolicismo liberal (utilizó el término con repugnancia, porque es una blasfemia), hay una traición de los principios que niega en los hechos, una apostasía práctica de la Fe en el Reino Social de Nuestro Señor Jesucristo. Se puede decir a justo título: ‘el liberalismo es pecado’, hablando del liberalismo católico». (Ibíd. p. 113).
El P. Ramière a su vez señala las tres líneas o corrientes en que se dividen los hombres en torno a los principios doctrinales: «No nos apartamos, pues, demasiado del lenguaje que está en uso, y seremos ciertamente comprendidos por todos nuestros lectores, si decimos que en el gran debate doctrinal que se agita entre los católicos hay una derecha, una izquierda y un tercer partido; o para emplear una nomenclatura más característica conservadores, reformadores e innovadores, o sea católicos puros, liberales que se dicen católicos, y católicos liberales». (Las Doctrinas… p.2). Y finaliza su obra con estas palabras que deben grabársenos con letras de oro: «Si creéis con la Iglesia Católica que la única verdadera dicha del hombre está en Dios y en Jesucristo, cesad de preconizar un sistema social que está basado en la negación práctica de Jesucristo y de Dios. Sed enteramente católicos o enteramente liberales, y procurad que no llegue más a nuestros oídos la manifiesta contradicción encerrada en estas discordantes palabras: Católicos liberales». (Ibíd. p. 178).
El P. Sardá y Salvany dice al respecto: «Por eso es Catolicismo liberal, o mejor, Catolicismo falso, gran parte del catolicismo que se usa hoy entre ciertas personas. No es catolicismo, es mero Naturalismo, es Racionalismo puro; es Paganismo con lenguaje y formas católicas, si se nos permite la expresión». (El Liberalismo… p. 15).
El fondo común católico liberal y del liberalismo es el mismo, o sea el Naturalismo, el Racionalismo, típicos del Protestantismo, que es liberalismo puro. Es el mismo P. Sardá y Salvany quien lo señala: «Si bien se considera, la íntima esencia del Liberalismo llamado católico, por otro nombre llamado comúnmente catolicismo liberal, consiste probablemente, tan sólo en un falso concepto del acto de fe. Parece, según dan razón de la suya los católicos-liberales, que hacen estribar todo motivo de su fe, no en la autoridad de Dios veraz e infalible, que se ha dignado revelarnos el camino único que nos ha de conducir a la bienaventuranza sobrenatural, sino en la libre apreciación de su juicio individual que le dicta al hombre ser mejor esta creencia que otra cualquiera. No quieren reconocer el magisterio de la Iglesia, como único autorizado por Dios para proponer a los fieles la doctrina revelada y determinar su sentido genuino, sino que, haciéndose ellos jueces de la doctrina, admiten de ella lo que bien les parece, reservándose el derecho de creer lo contrario, siempre que aparentes razones parezcan probarles ser hoy falso lo que ayer creyeron como verdadero». (Ibíd. p. 12- 13). Aquí están pintados los católicos liberales de ayer y de hoy con el agravante de que están constituidos en miembros de la alta jerarquía de la Iglesia.
Pero continuaremos con la descripción: «Por lo demás se llaman católicos, porque creen firmemente que el catolicismo es la única verdadera revelación del Hijo de Dios; pero se llaman católicos liberales o católicos libres, porque juzgan que esta creencia suya no les debe ser impuesta a ellos ni a nadie por otro motivo superior que el de su libre apreciación. De suerte que, sin sentirlo ellos mismos, encuéntranse los tales con que el diablo les ha substituido arteramente el principio sobrenatural de la fe por el principio naturalista del libre examen. Con lo cual aunque juzgan tener fe de las verdades cristianas, no tienen tal fe de ellas, sino simple humana convicción, lo cual es esencialmente distinto, Síguese de ahí que juzgan su inteligencia libre de creer o de no creer, y juzgan asimismo libre la de todos los demás. Es la incredulidad, pues, no ven un vicio, o enfermedad, o ceguera voluntaria del entendimiento, y más aún del corazón, sino un acto lícito de la jurisdicción interna de cada uno, tan dueño en eso de creer, como en lo de no admitir creencia alguna. Por lo cual es muy ajustado a este principio el horror a toda presión moral o física que venga por fuera a castigar o prevenir la herejía, y de ahí su horror a las legislaciones civiles francamente católicas». (Ibíd. p. 13).
Es asombroso ver cuán certeras y profunda son estas palabras que revelan el carácter católico liberal. Su identificación con el espíritu protestante del libre examen naturalista y racionalista. Queda reflejado el principio liberal de Libertad Religiosa (libertad de conciencia y de cultos), que el Vaticano II enseña como portavoz del liberalismo dentro de la Iglesia. Queda manifiesto el espíritu liberal en su alergia y horror a toda coacción, haciendo un principio fundamental, tal como Mons. Lefebvre indica: « El liberalismo, os he dicho, hace de la libertad de acción, definida en el capítulo precedente como exención de toda coacción, un absoluto, un fin en sí. Dejaré al cardenal Billot el cuidado de analizar y refutar esta pretensión fundamental de los liberales. “El principio fundamental del liberalismo, escribe, es la libertad de toda coacción, sea cual sea, no sólo de aquella que se ejerce por violencia y que únicamente alcanza los actos externos, sino también de la coacción que proviene del temor de las leyes y de las penas, de las dependencias y de las necesidades sociales, en una palabra, de los lazos de cualquier tipo que impiden al hombre actuar según su inclinación natural”». (Le Destronaron… p. 47).
Para los liberales católicos es un deber el tolerantismo o sea la tolerancia erigida en un derecho, el respeto al error. Es el P. Sarda y Salvany quien así lo deja ver y que es lo típico del liberalismo protestante: «De ahí el respeto sumo con que entienden deben ser tratadas siempre las convicciones ajenas, aún las más opuestas a la verdad revelada; pues para ellos son tan sagradas cuando son erróneas como cuando son verdaderas ya que todas nacen de un mismo sagrado principio de libertad intelectual. Con lo cual se erige en dogma lo que se llama tolerancia, y se dicta para la polémica católica contra los herejes un nuevo código de leyes, que nunca conocieron en la antigüedad los grandes polemistas del catolicismo, siendo esencialmente naturalista el concepto primario de la fe, síguese de eso que ha de ser naturalista todo el desarrollo de ella en el individuo y en la sociedad». (El Liberalismo… p. 13-14).
El catolicismo liberal y el liberalismo a secas son la gran peste de nuestros tiempos, y lo decía San Ezequiel Moreno: «La gran peste liberal nos irá inficionando a todos, si no miramos el error y la herejía con la aversión que deben mirarse, y si no procuramos combatirlos con tanta más valentía cuanto mayor es el daño que puedan hacer, por la influencia que ejerce y el prestigio que goza la persona que los enseña y propaga». (Un Capítulo… p. 455). Obsérvese bien que el Santo obispo califica al liberalismo no solo de error sino también de herejía. «Los católicos liberales son más perjudiciales y terribles que los de la Commune, según el gran pontífice Pío Nono». (Ibíd. p. 450).
«…ya hemos visto, y probado queda, que está condenado el catolicismo-liberal, y condenados los católicos- liberales…». (Ibíd. p. 407).
Igualmente Mons. Lefebvre no deja de insistir que el liberalismo católico está condenado: «El P. Roussell reunió en su libro (Liberalismo y Catolicismo, 1926) toda una serie de declaraciones del Papa Pío IX que condenan la tentativa católica-liberal de casar a la Iglesia con la Revolución.». (Le Destronaron. p. 121).
Combate e Intransigencia Antiliberal
El combate y la intransigencia doctrinal contra el error y la herejía liberal, peste de nuestra época, donde faltan los espíritus fuertes y clarividentes que denuncien y ataquen el error con energía y vigor, sin ambages, ni titubeos, sin miedo ni concesión, no es facultativo, es un deber.
Hay que combatir, pues de lo contrario el mal nos hará sucumbir, pues como advierte San Ezequiel:
«Muchos, muchísimos han tragado ya el veneno sin sentirlo, y escriben a lo liberal; y hablan a lo liberal, y obran a lo liberal, habiendo figurado antes en el campo de las ideas sanas». (Un Capítulo… p. 424).
El error y la herejía liberal hay que combatirlos con vigor: «…todos estamos en el deber de defender nuestra fe de la manera lícita que cada uno pueda, y de luchar contra el liberalismo, impedir su propagación y acabar, si es posible, con sus doctrinas y sus obras». (Ibíd. p. 424).
El Santo Obispo incita a la santa intransigencia hoy combatida y proscrita: «La intransigencia doctrinal es principio fundamental de la Iglesia, porque donde quiera que la verdad es manifiesta, excluye en absoluto a su contrario, que es el error. Y como la verdad es íntegra, absoluta, no consiente ni la menor transacción ni tolerancia. Por eso entre catolicismo, que es verdad, y entre liberalismo, que es error, no cabe conciliación, ni es posible el famoso puente que salve el abismo que los separa». (Ibíd. p. 456).
Así hablan los santos sin titubeos ni componendas con el mal y el error: «El primer intransigente que se presenta sin ser rigorista es Nuestro Señor Jesucristo (…) Después se han presentado en todos los siglos, y en todas las épocas, hombres dotados de sublime y hermosa intransigencia, que han sostenido la Fe en toda su integridad y la moral cristiana en toda su pureza. Los papas han sido los más intransigentes, y aún hoy sale de su boca, el enérgico, famoso e intransigente Non Possumus, siempre que se les habla de conciliación y transigencia con los enemigos de Dios y de la Santa Sede». (Ibíd. p. 436-437).
Hoy desgraciadamente no podemos decir lo mismo de Juan Pablo II que hace todo lo contrario de sus predecesores, hasta Pío XII inclusive.
El neutralismo queda igualmente excluido para el católico: «Ese estado neutral, ese puesto medio en que quieren permanecer algunos católicos es una ilusión, una quimera, un engaño completo, porque jamás ha existido, ni existirá. Así lo declaró formalmente Jesucristo en su Evangelio cuando dijo: “El que no está conmigo está contra mí”. Algunos han querido oponer a esa sentencia, esta otra que se lee en San Lucas: “El que no está contra vosotros, por vosotros es”: Cornelio Alápide y todos los expositores dicen que no hay oposición entre esas dos sentencias, porque la última debe entenderse así: El que en nada está contra vosotros, está por vosotros. Eso no se verifica en el neutral en religión, y por eso resulta siempre, que el que no está con Jesucristo, está contra El». (Ibíd. p. 414).
Aún más, como hace ver San Ezequiel Moreno citando a Donoso Cortés «Toda cuestión política entraña en si otra cuestión metafísica y religiosa». (Ibíd. p. 401).
La neutralidad religiosa es un invento de la Masonería Liberal, no existía, siempre ha sido la religión la que divide y une a los hombres, por eso Jesucristo dijo que era piedra (signo) de contradicción.
La religión siempre fue la base de la cultura y de la civilización, solo el ateísmo moderno y el liberalismo judeo-masónico protestante lo niegan hoy. El P. Ramière muestra como la religión es la base de toda sociedad: «Así en el mundo bárbaro como en el civilizado, todos los hombres habían estado siempre de acuerdo en buscar la garantía de las instituciones sociales en creencias religiosas… jamás se ha fundado Estado alguno sin que le sirviera de base la religión». (Las Doctrinas… p. 13).
Es hora de decir con San Ezequiel, contra los liberales católicos y toda la mentalidad liberal del pacifismo, la tolerancia y la neutralidad: «Basta: esos neutrales están juzgados por Jesucristo con esta sentencia que dio contra ellos: “Quien no está conmigo, está contra mí”». (Un Capítulo… p. 416). Pues: «La verdad, en efecto (dice el P. Ramière), tiene un enemigo más mortal que el error; es la indiferencia». (Las Doctrinas… p. 16).
La caridad que abunda en la boca de los liberales como la baba, no es caridad ninguna pues «La caridad que tanto predica el liberalismo o sus sectarios, sólo es tolerancia absurda y criminal, que nunca tendremos, si Dios no nos deja de su mano». (Ibíd. p. 426).
La línea de conducta de los que aman la verdad como muy bien lo resume el P. Ramière es la siguiente: «El programa, pues, de los católicos puros puede resumirse en cuatro principios: conservación enérgica de la doctrina tradicional; repudio igualmente enérgico de los errores modernos; aceptación basada en la confianza, de los hechos que la providencia ha permitido; y empleo resuelto, encaminado a dicho propósito, de los verdaderos progresos materiales que las sociedades modernas han realizado». (Las Doctrinas… p. 3).
La Revolución liberal de fue condenada con sus principios nos dice San Ezequiel. «…la declaración de los derechos del hombre fue condenada por Pío VI cuando apareció en Francia en la revolución. (…) Están, pues, condenados los principios inventados por la revolución del siglo pasado, base y fundamento del derecho nuevo. Jamás ha tenido, ni tendrá la Iglesia otra cosa que condenaciones para los principios del 89, para las ideas modernas, para el derecho nuevo, basado en aquellos funestos derechos del hombre». (Un Capítulo… p. 399).
Los famosos derechos del hombre producto del liberalismo, están así condenados, como acabamos de ver, los cuales son el fundamento del derecho nuevo contrario al derecho cristiano y al derecho natural.
De estos derechos del hombre salidos de la Revolución Liberal el Santo Obispo de Pasto manifiesta su fuente racionalista y por lo mismo contraria a la doctrina de la Iglesia: «La Iglesia Católica enseña, y los autores católicos defienden, que la Declaración de los derechos del hombre nació como de fuente del racionalismo; que éste propuso aquellos derechos en teoría, y la revolución los puso en práctica, aplicándolos a la política, al gobierno de los pueblos. León XIII en su encíclica «Inmortale Dei» dice lo siguiente: Pero las dañosas y deplorables novedades del siglo XVI, habiendo primeramente trastornado las cosas de la Religión cristiana, por natural consecuencia, vinieron a trastornar la filosofía y por esta todo el orden de la sociedad civil. De aquí como de fuente se derivaron aquellos modernos principios de libertad desenfrenada, inventados en la gran revolución del siglo pasado, y propuestos como base y fundamento de un derecho nuevo, jamás conocido, y que disiente en muchas de sus partes no solamente del derecho cristiano, sino también del natural». (Ibíd. p. 399).
Esta revolución es la que hoy triunfa desde dentro de la Iglesia misma gracias al Concilio Vaticano II donde imperó el liberalismo herético y apóstata que hoy destruye la Iglesia y sus fundamentos.
Que afirmemos que el Concilio Vaticano II fue un Concilio Liberal y que fue la Revolución de 1789 en la Iglesia, es una afirmación que hizo el cardenal Suenens, tal como declara Mons. Lefebvre: « “El Concilio es 1789 en la Iglesia” declaró el cardenal Suenens. “El problema del Concilio fue asimilar los valores de 2 siglos de cultura liberal”, dice el cardenal Ratzinger… El Concilio, dice abiertamente Joseph Ratzinger, ha sido un “contra syllabus” al efectuar esta conciliación de la Iglesia con el liberalismo…». (Le Destronaron… p. 10).
Si el Liberalismo es herejía, si es un pecado contra la fe, ¿Qué es entonces un Concilio como el Vaticano II, que es la Revolución Francesa dentro de la Iglesia? Ni más ni menos que un Concilio Revolucionario, Liberal y herético. Y hoy sufrimos las consecuencias, y lo que falta. No nos asombremos pues como señala Mons. Lefebvre al interrogarse: ¿Qué fue en efecto, esencialmente la Revolución del 89? Fue el naturalismo y el subjetivismo del protestantismo, reducidos a normas jurídicas e impuestas a una sociedad todavía católica. De allí la proclamación de los derechos del hombre sin Dios, de allí la exaltación de la subjetividad de cada uno a expensas de la verdad objetiva, de allí el poner en el mismo nivel todas las creencias religiosas ante el Derecho, de allí, en fin, la organización de la sociedad sin Dios, fuera de Nuestro Señor Jesucristo. Una sola palabra designa esta teoría monstruosa: el LIBERALISMO». (Ibíd. p. 10).
Y esto no es más que la herejía y la apostasía en definitiva, pues como indica el P. Ramière al hablar de la libertad de perdición del Liberalismo: «Investir tamañas iniquidades de la majestad del derecho y coronarlas con la aureola del progreso, es evidentemente proclamar la proscripción del Hombre-Dios y fundar sobre el anticristianismo todo el edificio de la sociedad moderna». (Las Doctrinas… p. 19).
Por esto ha dicho muy acertadamente Mons. Lefebvre: «Le Destronaron», refiriéndose a Jesucristo Rey en su libro que además lleva por subtítulo: «Del liberalismo a la Apostasía, la tragedia conciliar».
No olvidemos la gran advertencia que hace el P. Sardá y Salvany respecto al clero y por lo mismo a la Jerarquía de la Iglesia a todos sus niveles: «El clérigo apóstata es el primer factor que busca el diablo para esta su obra de rebelión. Necesita presentarla en algún modo autorizada a los ojos de los incautos, y para eso nada le sirve tanto como el refrendo de algún ministerio de la Iglesia. Y como, por desgracia, nunca faltan en ella clérigos corrompidos en sus costumbres, camino el más común de la herejía; o ciegos de soberbia, causa también muy usual de todo error, de ahí que nunca le han faltado a este apóstoles y fautores eclesiásticos, cualquiera que haya sido la forma con que se ha presentado en la sociedad cristiana». (El Liberalismo… p. 80).
Sabias palabras que revelan la triste realidad de la corrupción espiritual que lleva a la apostasía. Hoy es un hecho evidente y manifiesto que la alta jerarquía de la Iglesia Católica está ocupada por ministros liberales. Liberalismo que lleva actualmente a la apostasía.
Tal como se pregunta el P. Sardá y Salvany: « ¿Puede haber también ministros de la Iglesia manchados del Liberalismo? Sí, amigo lector, sí, puede haber también por desdicha ministros de la Iglesia liberales, y los hay de esta secta fieros, y los hay mansos y los hay únicamente resabiados. Exactamente como sucede entre los seglares». (Ibíd. p. 79-80). Esta es la verdad por dura que sea admitirla, pero es así. La realidad y la verdad de los hechos no se discuten.
No nos asombremos entonces que estemos en plena herejía gracias al liberalismo, pues no nos cansaremos de repetirlo mil y una veces; el liberalismo es una herejía y ha sido condenada como tal por la Iglesia.
Por esto mismo el P. Castellani, con su acostumbrada genialidad, afirma: «Acertó el Cardenal Newman cuando llamó a la nueva Teología “Cristianismo Liberal”, pues antes que una doctrina económica o política, el Liberalismo es una herejía, y cuando ella contamina al clero, promueve una teología que aparenta purificar la fe de mitos, pero en realidad reduce el cristianismo a mitología…». (Psicología Humana, Ed. Jauja, Mendoza – Argentina, 1997, p. 312).
Algunas Aclaraciones
Conviene hacer algunas aclaraciones u observaciones respecto de lo que no es el Liberalismo para evitar algunos obstáculos que hacen perder la esencia herética del mismo, confundiendo o asociando el Liberalismo a cosas que no son el Liberalismo o a aspectos meramente accidentales.
En primer lugar el Liberalismo no es una forma de gobierno aclara San Ezequiel: «Los verdaderos católicos no confunden ni pueden confundir el liberalismo con forma alguna de gobierno, después que el Romano Pontífice en su encíclica Inmortale Dei ha dicho y enseñado lo siguiente: «Entre las varias formas de gobierno ninguna hay que sea en sí misma reprensible, como que nada contiene que repugne a la doctrina católica… La Iglesia, pues, como se ve, acepta todas las formas de gobierno, pero no confunde a ninguna con el liberalismo político, porque éste es algo más que forma, y se distingue perfectamente de ella. El republicanismo es una forma, nada más que forma; el liberalismo político es otra cosa, que no es forma, puesto que puede hallarse unido con todas las formas, y también puede no hallarse en ninguna». (Un Capítulo… p. 397).
El P. Sardá y Salvany, en el capítulo que titula «De algo que pareciendo Liberalismo no lo es, y de algo que lo es aunque no lo parezca», dice: «En primer lugar; no son ex se Liberalismo las dos formas políticas de cualquier clase que sean, por democráticas o populares que se las suponga. Cada cosa es lo que es. Las formas son formas, y nada más. Una república unitaria o federal, democrática, aristocrática o mixta; un Gobierno representativo o mixto, con más o menos atribuciones del poder Real, o con el máximum o mínimum de rey que se quiera hacer entrar en la mixtura; la monarquía absoluta o templada, hereditaria o electiva, nada de esto tiene que ver ex se (repárese bien este ex se) con el Liberalismo. Tales Gobiernos pueden ser perfecta e íntegramente católicos. Como acepten sobre su propia soberanía la de Dios y reconozcan haberla recibido de Él,4 y se sujetan en su ejercicio al criterio inviolable de la Ley cristiana, y den por indiscutible en sus parlamentos todo lo definido, y reconozcan como base del derecho público la supremacía moral de la Iglesia y el absoluto derecho suyo en todo lo que es de su competencia; tales Gobiernos son verdaderamente católicos y nada les puede echar en cara el más exigente ultramontanismo,
4 Nota: Toda autoridad viene de Dios y tiene en El su origen y principio, por esto la tan cacareada Soberanía del pueblo fuente de toda autoridad de la democracia moderna es una herejía liberal
porque son verdaderamente ultramontanos». (El Liberalismo… p. 25-26).
Puesto que lo que hace realmente católico a los gobiernos es si se basan sus Leyes y Política en los principios de la doctrina católica: «Un Gobierno de cualquier forma que sea, es católico si basa su constitución y legislación y política en principios católicos, es liberal si basa su Constitución, su legislación y su política en principios racionalistas. No en que legisle el rey en la monarquía, o en que legisle el pueblo en la república, o en que legislen ambos en formas mixtas, está la esencial naturaleza de una legislación o Constitución; sino en que se haga o no se haga todo bajo el sello inmutable de la fe y conforme a lo que manda a los Estados como a los individuos la ley cristiana». (Ibíd. p. 26).
De aquí que un gobierno verdaderamente católico no requiere de concordatos con la Iglesia sino que reconoce de pleno derecho la ley del Evangelio sin más.
«Hay en cambio –continua el P. Sardá y Salvany– alguna cosa que, no pareciéndose al Liberalismo, efectivamente lo es. Suponed una monarquía absoluta, como la de Rusia, o como la de Turquía, si os parece mejor; o suponed un Gobierno de los llamados conservadores de hoy, el más conservador que os sea doble imaginar, y suponed que tal monarquía absoluta o tal gobierno conservador tengan establecida su Constitución y basada su legislación, no sobre principios de derecho católico, ni sobre la indiscutibilidad de la fe, no sobre la rigurosa observancia del respeto a los derechos de la Iglesia, sino sobre el principio, o de la voluntad libre del rey o de la voluntad libre de la mayoría conservadora… Tal monarquía y Gobierno conservador son perfectamente liberales y anticatólicos». (Ibíd. p. 27).
Para «evitar el equívoco que es lo que más favorece el error», como asevera el P. Sarda y Salvany, añade la siguiente explicación sumamente importante: «Hemos dicho que no son ex se liberales las formas democráticas o populares, puras o mixtas, y creemos haberlo suficientemente probado. Sin embargo, esto que especulativamente hablando, o sea en abstracto, es una verdad; no lo es tanto in praxi, o sea en el orden de los hechos. En efecto; a pesar de que consideradas en sí mismas, no son liberales tales formas de gobierno; lo son en nuestro siglo dado que la revolución moderna, que no es otra que el Liberalismo en acción, no nos las presenta más que basadas en sus erróneas doctrinas». (Ibíd. p. 28).
Condenaciones de los Papas
El Liberalismo tiene casi 2 siglos de condenaciones encima de sus espaldas por los Papas.
EL Liberalismo lo condenaron desde Pío VI a Pío XII, es decir todos los Papas desde la eclosión de la Revolución Francesa hasta antes de la aparición del Concilio Vaticano II. El Liberalismo está condenado en todos los errores, que esgrime como tentáculos de un mismo cuerpo.
Tenemos que León XIII fue uno de los que condenó el Liberalismo de modo más terminante y explícito, como afirma el ilustre catedrático de Salamanca Enrique Gil Robles: «Más terminante aún y explícita es la encíclica Libertas, de 20 de Junio de 1888, en la cual el Soberano Pontífice condena, sin distinción de grados y especies, el liberalismo con estas palabras: “pero hay ya muchos imitadores de Lucifer, cuyo es aquel nefando grito No serviré, que con nombre de libertad defienden una licencia absurda. Tales son los hombres de ese sistema tan extendido y poderoso, que, tomando nombre de libertad, se llaman a sí mismos liberales”». (Tratado de Derecho Político, ed. Afrodisio Aguado S.A. Madrid, 1961, p. 179).
A León XIII, como advierte Gil Robles, «se deben las que pudiéramos llamar encíclicas íntegras y sistemáticas contra el liberalismo, ésto es, que le consideran y abarcan en su conjunto y según el orden lógico de las verdades contrarias a este error y de las negaciones heréticas que encierra». (Ibíd. p. 179).
El Liberalismo está condenado como Liberalismo, Revolución, libertad de conciencia, libertad de culto, libertad de prensa, libertad de opinión, libertades modernas, derecho nuevo, separación Iglesia-Estado, pues es el mismo error según diversos aspectos o facetas.
He aquí las sucesivas condenaciones de los Papas:
Pío VI (1775 – 1799). Alocución al Consistorio 9/3/1789:
«Los decretos dictados por los Estados generales de la nación francesa atacan y sacuden la Religión; usurpan los derechos de la Sede Apostólica… uno de los primeros decretos de la Asamblea asegura a cada individuo la libertad de pensamiento y de manifestarlo públicamente, incluso en materia religiosa, con impunidad, y declara que ningún hombre puede ser obligado por leyes a las que no haya adherido».
Carta Quod Aliquantum 10/3/1791:
«A pesar de los principios generalmente reconocidos por la Iglesia, la Asamblea Nacional se ha atribuido el poder espiritual, habiendo hecho tanto nuevos reglamentos contrarios al dogma y a la disciplina. Pero esta conducta no asombrará a quienes observen que el efecto obligado de la constitución decretada por la Asamblea es destruir la religión católica… Es desde este punto de vista que se establece, como un derecho del hombre en la sociedad, esa libertad absoluta que asegura no solamente el derecho de no ser molestado por sus opiniones religiosa, sino también la licencia de pensar, decir, escribir, y aún hacer imprimir impunemente en materia de religión todo lo que pueda surgir de la imaginación más inmoral; derecho monstruoso que parece a pesar de todo agradar a la asamblea de la igualdad y la libertad natural de todos los hombres».
Encíclica Adeo nota 23/4/1791:
«Es inútil hablar aquí en detalle de todas las deliberaciones que se realizaron en la Asamblea del Condado. Nos es suficiente recordar: 1) los 17 artículos sobre los derechos del hombre que son una repetición fiel a la declaración hecha por la Asamblea Nacional de Francia de esos mismos derechos, tan contrarios a la religión y a la sociedad y que la Asamblea del Condado adoptó para hacer la base de su nueva constitución».
Alocución al Consistorio 17/6/1793:
«Se había decretado que cada uno sería libre de ejercer la religión que eligiera, como si todas las religiones condujesen igualmente a la salvación terrenal, y sin embargo sólo la religión católica era proscrita».
Pío VII (1800.1823). Carta apostólica Post tam diuturnas 29/4/1814:
«Un nuevo motivo de pena que nos aflige aún más vivamente y que, reconocemos, nos atormenta, nos agobia y colma de angustia es el artículo 22 de la constitución. En él no sólo se permite la libertad de cultos y de conciencia, para servirnos de los mismos términos, sino que se promete apoyo y protección a esa libertad y además a los ministros de esos supuestos cultos. Por cierto no hay necesidad de tantas explicaciones… para haceros saber con claridad la herida mortal que se infringe a la religión católica en Francia con este artículo. A causa del establecimiento de la libertad de cultos sin distinción alguna, se confunde la verdad con el error y se coloca en la misma línea de las sectas herejes y aún de la perfidia judaica a la Esposa santa e inmaculada de Cristo, la iglesia, sin la cual no existe la salvación. En otras palabras, prometiendo favor y apoyo a las sectas herejes y a sus ministros, se tolera y favorece no sólo a las personas, sino también a sus errores. Esta es, implícitamente, la desastrosa y por siempre deplorable herejía que San Agustín menciona en estos términos: “Ella afirma que todos los herejes están en la buena senda y dicen la verdad, absurdo tan monstruoso que no puedo creer que una secta lo profese realmente”».
Gregorio XVI (1831-1846). Encíclica Mirari vos 15/8/1832:
«De esa cenagosa fuente de indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones… ¡Y qué peor muerte para el alma que la libertad del error! decía San Agustín… agitados por torpe deseo de desenfrenada libertad, no se proponen otra cosa que quebrar y aún aniquilar todos los derechos de los príncipes, mientras en realidad no tratan sino de esclavizar al pueblo con el mismo señuelo de la libertad».
Encíclica Singulari nos 25/6/1834:
«Nos hemos definido en Nuestras Cartas so dichas: la sumisión debida al poder; el deplorable contagio del indiferentismo del cual hay que preservar al pueblo; la barrera a oponer a la licencia desenfrenada de las opiniones y de la palabra; en fin la condenación de la libertad absoluta de conciencia…».
Pío IX (1846-1878). Encíclica Quanta cura 8/12/1864:
«Y con esta idea de derecho público, absolutamente falsa, no dudan en favorecer a aquella opinión errónea tan fatal para la Iglesia Católica y para la salud de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro predecesor, de feliz memoria, locura, esto es, que “la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas, ideas con la máxima publicidad – ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera-, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma”».
Syllabus 8/12/1864 (apéndice de Quanta Cura) Condenación de los siguientes errores:
Proposición 15: «Todo hombre es libre para abrazar y profesar aquella religión que, guiado por la luz de la razón, juzgará ser verdadera».
Proposición 16: «Pueden los hombres encontrar el camino de la eterna salvación y conseguir esta salvación eterna en el ejercicio de cualquier religión».
Proposición 17: «A lo menos se debe esperar bien sobre la salvación eterna de todos los que no se hallan en la verdadera Iglesia de Jesucristo».
Proposición 18: «El protestantismo no es sino una forma diversa de la misma verdadera religión cristiana; y lo mismo se puede agradar a Dios en él que en la Iglesia Católica».
Proposición 55: «Hay que separar a la Iglesia del Estado; y al Estado de la Iglesia».
Proposición 77: «No conviene ya, en nuestra época, que la religión Católica se mantenga como la única religión del Estado, excluidos cualesquiera otros cultos».
Proposición 78: «Por ello, laudablemente en algunos países católicos se ha establecido por ley que sea lícito, a quienes van a ellos, tener en público el ejercicio del culto de cada uno».
Proposición 79: «Es totalmente falso que la libertad civil para cualquier culto, e igualmente la amplia facultad a todo concedida de manifestar clara y públicamente cualquier opinión y cualquier pensamiento conduzcan a corromper más fácilmente las costumbres y los espíritus de los pueblos, y a difundir la peste del indiferentismo».
Proposición 80 y última: «El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y avenirse a una transacción con el liberalismo y con la civilización moderna».
Alocución 18/6/1871:
«El ateísmo en las leyes, el indiferentismo en materia de religión, estas máximas perniciosas que llaman católicos-liberales, he ahí, sí, he ahí, las verdaderas causas de la ruina de los Estados, y son ellas las que han precipitado a Francia. Creedme, el mal que os señalo es más terrible todavía que la Revolución, que la
Comuna misma. Siempre he condenado el liberalismo católico y lo condenaré cuarenta veces todavía si es necesario».
León XIII (1878-1093). Encíclica Quod Apostolici Muneris 28/12/1878:
«Pero después que aquellos que se gloriaban con el nombre de filósofos atribuyeron al hombre cierta desenfrenada libertad, y se empezó a formar y sancionar un derecho nuevo, como dicen, contra la ley natural y divina, el Papa Pío VI, de feliz memoria, mostró al punto la perversa índole y falsedad de aquellas doctrinas en públicos documentos…».
Encíclica Diuturnum illud 29/6/1881:
«De aquella herejía [Reforma] nacieron, en el siglo pasado, la falsa filosofía y aquel derecho que llaman nuevo, la soberanía popular y aquella desenfrenada licencia, que muchísimos piensan ser la única libertad».
Encíclica Inmortale Dei 1/11/1885:
«…que cada cual es de tal manera independiente, que por ningún concepto debe estar sometido a la autoridad de otro; que puede pensar libremente lo que quiera y obrar lo que se le antoje acerca de cualquier cosa; en fin que nadie tiene derecho de mandar sobre los demás… que el Estado no se creará obligado hacia Dios por ninguna clase de deber; que no profesara públicamente ninguna religión, ni deberá buscar cuál es, entre tantas, la única verdadera, ni antepondrá una cualquiera a las demás, ni favorecerá a una principalmente, sino que concederá a todas ellas igualdad de derechos, con tal que el régimen del Estado no reciba de ellas ninguna clase de perjuicios. De lo cual se sigue también dejar al arbitrio de los particulares todo cuanto se refiere a religión, permitiendo que cada uno siga la que prefiera, o ninguna, si no aprueba ninguna. De ahí la libertad de conciencia, la libertad de cultos, la libertad de pensamiento y la libertad de imprenta».
Encíclica Libertas praestantissimum 20/6/1888:
«…hay ya muchos imitadores de lucifer, cuyo es aquel nefando grito: No serviré, que con nombre de libertad defienden una licencia absurda. Tales son los partidarios de ese sistema tan extendido y poderoso, que tomando su nombre de la libertad ha dado en llamarse liberalismo».
«…la que llaman libertad de cultos, en tan gran manera contraria a la virtud de religión».
« También se pregona con gran ardor la llamada libertad de conciencia…».
«Y en lo tocante a la tolerancia, causa extrañeza cuanto distan de la prudencia y equidad de la Iglesia los que profesan el liberalismo… se pasan de todo límite, terminando por condenar los mismos derechos al mal y a lo falso que al bien y a lo verdadero. Y porque la iglesia… ha rechazado y niega que sea lícito semejante género de tolerancia, tan licencioso y tan perverso, el liberalismo la acusa de intolerancia y dureza, sin darse cuenta de que censura precisamente lo que en ella es digno de la mayor alabanza. Pero en medio de tanta ostentación de tolerancia, es una frecuente realidad que son duros contra todo lo que es católico y rehúsan a cada paso toda libertad a la Iglesia quienes tanta profusión conceden la ilimitada libertad a los demás».
«Resumimos, pues, con sus corolarios todo nuestro discurso. El hombre, por necesidad de su naturaleza se encuentra en una verdadera dependencia de Dios, en su ser como en su obrar; por lo tanto no puede concebirse la libertad humana, sino entendiéndola dependiente de Dios y de su divina voluntad. Negar a Dios este dominio o no querer sufrirlo no es propio del hombre libre, sino del que abusa de la libertad para rebelarse; precisamente en tal disposición de ánimo consiste el vicio capital del Liberalismo. El cual toma muchas formas, pues la voluntad puede, en grado y modos diversos, sustraerse a la dependencia de Dios, y a quien participe de su autoridad».
«El rechazar, así en la vida pública como en la privada absolutamente, el sumo señorío de Dios, si ciertamente es la perversión total de la libertad, es también la peor forma de un liberalismo reprobable: y a éste precisamente se aplica todo cuanto hasta aquí dijimos del liberalismo en general».
San Pío X (1903-1914). Alocución al Consistorio 21/2/1936:
«La ofensa infligida hace un tiempo a la Iglesia y a nosotros es tan grave y violenta que no podemos pasarla por alto y aun queriendo callar, no podríamos hacerlo sin faltar a nuestro deber. (…) Se trata, venerables hermanos, de separar violentamente el Estado de la iglesia. Por lo tanto, tal como está, tiende al desprecio del Dios eterno y altísimo desde que afirma que ningún culto le es debido por el Estado. Ahora bien, Dios no es sólo el Señor y Dueño de los hombres considerados como individuos sino también de las naciones y los estados; es necesario entonces que esas naciones y quienes las gobiernan lo reconozcan, respeten y veneren públicamente».
Encíclica Vehementer nos 11/2/1906:
«Que sea necesario separar al Estado de la Iglesia es una tesis absolutamente falsa y sumamente nociva. Porque, en primer lugar, al apoyarse en el principio fundamental de que el Estado no debe cuidar para nada de la religión, infiere una gran injuria a Dios… Ya que en materia de culto a Dios es necesario no solamente el culto privado, sino también el culto público. En segundo lugar, la tesis de que hablamos constituye una verdadera negación del orden sobrenatural, porque limita la acción del Estado a la prosperidad pública de esta vida mortal».
Decreto Lamentabili sane exito 3/7/1907:
Proposición 65 condenada: «El catolicismo actual no puede conciliarse con la verdadera ciencia, si no se transforma en un cristianismo no dogmático, esto es, en un protestantismo amplio y liberal».
Carta Notre Charge apostolique 25/8/1910:
«Nuestro cargo apostólico nos obliga a vigilar por la pureza de la Fe y por la integridad de la disciplina católica; a preservar a los fieles de los peligros del error y del mal, sobre todo cuando el error y el mal les son presentados con un lenguaje atrayente… Tales han sido en otro tiempo las doctrinas de los llamados filósofos del siglo XVIII, las de la revolución y las del liberalismo, tantas veces condenadas; tales son también hoy día las teorías de Le Sillón».
Benedicto XV (1914- 1922). Carta Anno iam exeunte 7/3/1917:
«Desde los tres primeros siglos y orígenes de la Iglesia, en el curso de los cuales la sangre de los cristianos fecundó la tierra entera, puede decirse que jamás corrió la Iglesia un peligro mayor que el que se manifestó hacia fines del siglo XVIII. Es entonces cuando una filosofía delirante, prolongación de la herejía y apostasía de los Innovadores, adquirió sobre los espíritus un poder universal de seducción y provocó una confusión total, con el determinado propósito de arruinar los fundamentos cristianos de la sociedad, no sólo en Francia sino poco a poco en todas las naciones».
«Así como se hizo profesión de fe renegar públicamente de la autoridad de la Iglesia, se cesó de tener a la religión como guardiana y salvaguarda del derecho, el deber y el orden en la ciudad, se consideró que el origen del poder estaba en el pueblo y no en Dios; pretendiendo que entre los hombres la igualdad de naturaleza implica la igualdad de derechos; que el argumento del placer definía lo que estaba permitido, exceptuando lo que prohibía la ley; que nada tenía fuerza de ley si no emanaba de una decisión masiva; y lo que supera todo, autorizaba el uso de la libertad de pensamiento en materia religiosa y así mismo de publicar sin restricciones bajo el pretexto de que no se dañaba a nadie».
Pío XI (1922 – 1939). Encíclica Quas primas 11/12/1925:
«Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficaz a la peste que hoy infecciona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes, se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después poco a poco la Religión Cristiana fue igualada con las demás religiones falsas, y rebajada indecorosamente al nivel de éstas».
Pío XII (1939 – 1958). Sermón Vigilia de Navidad Negli ultimi 24/12/1945:
«Un viejo liberalismo quiso crear, sin la Iglesia y contra la Iglesia, la unidad mediante la cultura laica y un humanismo secularizado. Aquí y allá, como fruto de su acción disolvente y, al mismo tiempo, como enemigo suyo, le sucedió el totalitarismo».
Recapitulación
Queda así probada la constante condenación del Liberalismo por el Magisterio de la iglesia, durante casi dos siglos, hasta el desastroso Concilio Vaticano II que vino a dar la espalda a la tradición de la Iglesia, dando cabida al liberalismo dentro de la Iglesia. Hoy sufrimos las consecuencias sin darnos cuenta del mal, ni combatirlo con eficiencia. Si no se especifica una enfermedad no se le puede dosificar el remedio en la dosis específica para matar el mal. Si el liberalismo no se combate en su esencia herética, como una herejía, son paños de agua tibia todo lo que digamos contra el mal, pero sin darle el golpe mortal.
El Liberalismo es la materia prima, la base, de todos los errores modernos: Protestantismo, Sillonismo, Progresismo, Socialismo, Comunismo tal como afirma Mons. Lefebvre5
El Liberalismo es el Naturalismo, el Racionalismo, el Laicismo, el Modernismo.
El Liberalismo es el fundamento del Modernismo, y el Modernismo es, tal como lo define San Pío X en la encíclica Pascendi, el conjunto de todas las herejías; luego el Liberalismo es el fundamento de todas las herejías. Así se explica el interrogante que el P. Ramière formula en los siguiente términos dando una visión profunda de lo que el Liberalismo implica: «¿No es cierto, en efecto, que todas las doctrinas erróneas, por más diferentes y opuestas que sean entre sí, el ateísmo, el deísmo, el racionalismo, el protestantismo, el indiferentismo más desdeñoso y el más ardiente fanatismo, se reúnen hoy día, bajo la bandera de liberalismo, en un inmenso ejército para proclamar la prescripción de los derechos de Jesucristo, y negar su soberanía social? ¿No es verdad que este error tiene, aún en los mismos creyentes un poder de seducción incomparablemente mayor que todos los demás errores?». (Las Doctrinas… p. 40).
El Liberalismo engendra a su vez el Modernismo: «Liberalismo, el cual a su vez engendró por un lado el modernismo y por otro el comunismo». (Cristo… p. 172), modernismo que es como muy bien dice el
- Castellani un naturalismo religioso y que será precisamente la religión idolátrica del Anticristo, la falsa religión de un cristianismo adulterado: «He insistido en este libro sobre el “naturalismo religioso”, o “modernismo” como religión del Anticristo, por ser lo que yo he estudiado, y lo que SE VE; esto no quiere decir excluir o no conocer otros elementos del “ ejército del Anticristo”: como la magia y el satanismo (indicados en el Apokalypsis con el nombre de “ brujos” los cuales a la segunda fiera tienen por capitán) no menos que la Masonería y la conspiración judaico-financiera, tan denunciada hoy día». (El Apokalypsis… p. 340).
El Liberalismo con su libertad de culto (y de conciencia) proclama la apostasía legal de la sociedad. Lo dice el Papa León XIII en su carta E giunto del 19/7/1889 al emperador de Brasil: «Nosotros hemos demostrado cuan errónea es la doctrina de aquellos que bajo el nombre seductor de libertad de culto, proclaman la apostasía legal de la sociedad, apartándola así de su autor divino». Por esto el liberalismo que inspira la libertad religiosa, como afirma Mons. Lefebvre en su libro Le Destronaron (p. 199), nos conduce a la Apostasía. La Gran Apostasía anunciada por las Sagradas Escrituras para el fin de los tiempos, para los tiempos apocalípticos que tendrán lugar antes de la Parusía y nos trae el Reino del Anticristo, Reino de falsa paz y prosperidad, falso Reino y efímero.
El Liberalismo nos lleva a la Apostasía de las naciones de los gentiles, que estamos palpando, y que pocos advierten con claridad. Lo cual advirtió Mons. Lefebvre con gran valor y entereza de espíritu: «“Del liberalismo a la apostasía”; tal es entonces el tema de estos capítulos. Ciertamente, ¡Vivir en un tiempo de apostasía no tiene en sí nada de agradable!». (Ibíd. p. 11).
Conclusión
El Liberalismo está condenado por la Iglesia, es un pecado contra la Fe. El liberalismo es una herejía que niega la Soberanía Social de Jesucristo o Realeza de Cristo Rey sobre las Naciones.
El Liberalismo niega así, el reino social de Cristo, la sumisión de las Naciones a Cristo Rey y a su Iglesia, niega la Realeza Social de Cristo. ¡Qué mas herejía que ésta! El que no lo ve no es católico.
5 Nota: cfr. «C’est moi l’accusé qui devrais vous juger» p. XXI
La consecuencia del Liberalismo, o su fruto, es destronar a Cristo Rey. Y esto es la Apostasía universal de las Naciones de los Gentiles.
Es la Gran Apostasía anunciada, profetizada por las Escrituras para el fin de los tiempos, para los tiempos apocalípticos antes de la segunda venida de Cristo Rey en Gloria y Majestad o su Parusía. Antes de lo cual tendrá lugar un falso reino, de un falso Cristo o Anticristo que será destruido con la Parusía o Presencia del Señor.
El Liberalismo está en medio de la lucha titánica entre Cristo y Satanás, ente la Iglesia y la Contra-iglesia o Sinagoga de Satanás, entre el Catolicismo y el Judaísmo, entre la Tradición y la Revolución, o si se quiere entre Integrismo y Liberalismo.
El Liberalismo entroniza la Revolución, esto es el antiguo y permanente Non Serviam (No serviré) de satanás y demás ángeles apóstatas, destronando (no aceptando) a Cristo Rey y a su reino. El liberalismo en su consumación es la Apostasía pura y simplemente, y el reino del Anticristo será su coronación y culmen.
El Liberalismo propicia en consecuencia el Nuevo Orden Mundial, una renovación (revolución) total por el fuego del odio a Cristo Rey, tal como puede leerse en las siglas que la Masonería utiliza profanando a aquellas de la Cruz: INRI es decir que en vez de significar Jesús Nazarenus Rex Iudeorum (Jesús Nazareno Rey de los Judíos) significan por la Masonería Igne Natura Renovatur Integra (Por el fuego la naturaleza se renovara íntegramente) o lo que en otros términos podemos llamar la Nueva Era del Anticristo hoy por doquier preconizada.
El Liberalismo engendra el comunismo y el modernismo, el Modernismo que es un naturalismo religioso que será la falsa religión del cristianismo adulterado al servicio del Anticristo.
El Liberalismo al negar la soberanía social de Jesucristo, niega en consecuencia su derecho y los de su Iglesia y proclama los derechos del hombre, los falsos derechos del hombre moderno. Niega los derechos de Dios y proclama los derechos del hombre.
El Liberalismo niega y socava el fundamento de toda cultura y verdadera civilización al destruir la única y verdadera religión: La Católica Apostólica Romana.
Nos vemos obligados por la fuerza misma de las cosas y de los hechos no sólo a hacer una conclusión general y teórica sino también a hacer una conclusión práctica, pues si comparamos la doctrina de la Iglesia y de los Papas hasta Pío XII inclusive, con la que hoy después del Concilio Vaticano se enseña, sobre todo con el respaldo del actual Pontífice Juan pablo II, nos vemos en la triste situación de comprobar una escisión, un verdadero cisma, entre estas dos enseñanza, la una tradicional y católica, la otra modernista y liberal, y entre ambas no hay conciliación posible.
Hay una clara y profunda oposición entre el Magisterio de la Iglesia y lo enseñado hoy por la Jerarquía oficial de la Iglesia y del mismo jefe máximo Juan Pablo II. Hay una escisión doctrinal que comporta un verdadero cisma, cosa jamás vista en la Iglesia, pues los enemigos de la Iglesia no están fuera como antes sino dentro de la misma Iglesia investidos de su autoridad. Esto nos hace pensar en lo que decía San Pío X en la encíclica Pascendi, palabras con las cuales queremos terminar el presente trabajo en honor a nuestro Santo Patrono: «Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la Cruz de Cristo, los cuales con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la iglesia y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de Nuestros deberes… Lo que sobre todo exige de nosotros que rompamos sin dilación el silencio, es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricadores de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados. Hablamos, venerables Hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en Filosofía y Teología, e impregnados, por el contrario, hasta la médula de los huesos, de venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios de catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo… ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde afuera, sino desde dentro; en nuestros días el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado la segur, no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma, esto es, a la fe y a sus fibras más profundas… no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper… Basta, pues, de silencio, prolongarlo sería un crimen. Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad». Esto es lo que pretendemos nada más. Pues qué se puede esperar de un Concilio Liberal como lo fue Vaticano II, y de Papas liberales como lo fue Pablo VI, (quien firmó todos los documentos aprobándolos) y lo es hoy Juan Pablo II. Del Liberalismo sólo se puede esperar la Herejía, y el engendro de la Apostasía, que debe ocurrir antes de la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo en Gloria y Majestad.
Que la Santísima Virgen María quien Ella sola venció todas las herejías, nos proteja y nos conduzca al reino de Cristo, preservándonos del Liberalismo que no es sólo un error ni una incoherencia, sino que es un pecado contra la fe, es una herejía condenada por la Iglesia, y que por lo tanto hay que combatirlo como tal, pues el liberalismo es una herejía, contra la soberanía Social de Jesucristo.
MONS. EZEQUIEL MORENO (1848 – 1906)
Obispo de Pasto – Colombia
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Los fariseos se rasgan las vestiduras ante la nueva anáfora.
La antigua Biblia Vulgata decía que el número de los necios es infinito (Ece 1:15) , y así fue como lo tradujo San Jerónimo. En las modernas versiones, realizadas a partir de la mitad del siglo XX, el texto aparece muy modificado ¡Cómo no! . En la versión de la Neovulgata, después de la revisión ordenada por el conciliábulo Vaticano II, se lee algo muy diferente: Quod es curvum, rectum fieri non potest; et, quod deficiens est, numerari non potest, que algunos traducen como que lo torcido no se puede enderezar, y la nada no se puede enumerar. Traducción que queda ya un poco lejos del original de San Jrónimo. La pléyade de exegetas modernistas nos darán una multitud de explicaciones sobre los recientes estudios bíblicos, etc., a los cuales nosotros —simples mortales y católicos— no vamos a prestar oídos. De todas formas, podemos quedarnos tranquilos, en cuanto que la afirmación bíblica es tan obvia que el propio sentido común no hace más que confirmar esta verdad de las Sagradas Escrituras. Porque efectivamente, cualquiera puede comprobar fácilmente que el número de los tontos es infinito. He aquí una de las frases de un necio que representa a cientos de millones:
«Así que los pobres católicos, los de Juan Pablo II y Benedicto XVI, los católicos enamorados del Concilio Vaticano II en continuidad con la tradición, los católicos eucarísticos y marianos comienzan inexorablemente a llorar lo que queda del esplendor católico, observando detrás de las ventanas de la Madre Iglesia en su lenta agonía.» ( Padre Alejandro Minutella).
Pero qué es lo que pretende este necio. Él defiende el “auténtico” y herético Conciliábulo Vaticano II del que considera que de alguna forma ha sido manipulado, tergiversado, llevado a otras aguas. Él también defiende el Novus Ordo Missae (“bien celebrado”, claro está), rito bastardo en el que se ha modificado la forma de la consagración para hacerse equivalente a la misa de Lutero y de Cramer, aniquilando el rito más que milenario de la Iglesia católica.
Este necio se rasga la vestiduras como buen fariseo porque se va a innovar un nuevo rito dirigido por Bergoglio, es decir, un nuevo cambio de la misa bastarda aprobada por Montini. Al parecer este cambio recurrirá a la Anáfora de Addai y Mari, Una anáfora asiria – de los nestorianos – que en su día dieron por válida Wojtyla- Juan Pablo II- y el Cardenal Ratzinger, en común parecer con el Cardenal Kasper. Se olvidan estos necios que derraman ceniza sobre sus cabezas, que la responsabilidad es también y sobre de aquellos que veneran: Juan Pablo II y Bendicto XVI.
Resumiendo, afirma Kasper (y aprueban herréticamente Juan Pablo II y Ratzinger) que:
- En efecto, la anáfora de Addai y Mari carece de la “Narrativa de la Institución”.
- Está en la continuidad con la Última Cena. ( de nuevo la herejía de llamar al santo sacrifico cena)
- Nunca fue oficialmente negada su validez, ni en el Occidente ni en el Este.
- Se recuerda la validez de las órdenes de los cismáticos (no utilizando esta palabra), recordando el texto conciliar de Unitatis Redintegratio ( que es un texto herético del conciliábulo Vaticano II, que niega el dogma de que fuera de la Iglesia no hay salvación).
- Las palabras están realmente presentes en la forma eucológica (eucología: conjunto de elementos oracionales de una celebración), “integrada en sucesivas oraciones de acción de gracias e intercesión” ( Es decir, que la forma del sacramento que expresa la gracia está dispersa, esto no es, no existe para la confección del sacramento ).
Así pues, el toque de trompeta de Minutella llamando a la resistencia, no tiene sentido: “Tomemos posiciones antes de que cambien la misa.“ ¡ Necio, no te das cuenta que el cambio ya lo hizo Montini, alias Pablo VI ! ¿ No eres consciente que tanto tú, como los que están en tu posición celebran y asisnte cada día a una misa que ya no es católica?
¡Ciego que pretendes guiar a ciegos! ¿ Cómo no ves que todo estaba ya hecho y preparado. Los montes removidos por Montini- Pablo VI-, la tierra pisada- por Wojtyla, Juan Pablo II-, la gravilla fina bien esparcida por Ratzinguer- Benedicto XVI- y que a Bergoglio -Francisco- sólo le tocaba echar el asfalto. Francisco sí que está en plena comunión de trayectoria con el CVII y posconcilio, con la misa novus ordo. Restaba sólo poner la puntilla, rematar; las banderillas, la puya y el estoque, y el descabello ya se lo dieron a la bravura a los que tú y cientos de millones de necios pretendeis seguir.
El número de los tontos es infinito. ¿Por qué tendrían que corregir a San Jerónimo, observando a tantos como tú, Padre Alejandro Minutella?
No os habéis enterado de que los herejes de todas épocas han usado la liturgia para introducir sus errores. Así ocurrió con el cambio de la misa al fabricar el rito Novus Ordo Missae.
ADIVINANZA
¿Cual de las tres misas siguientes es la católica? (Respuesta al final)



ASÍ PROCEDIERON LOS PROTESTANTES E IMITARON LOS CONCILIARES
Por eso el Papa León XIII advierte en la Encíclica Apostólicæ curæ sobre esta práctica que tuvo su furor en la Revolución protestante:
“Siendo plenamente conscientes de la necesaria conexión entre fe y culto, entre “la ley de la creencia y la ley de la oración”, so pretexto de retornar a una forma más primitiva, ellos corrompieron el Orden Litúrgico en muchas formas para adaptarse a los errores de los novadores”.
Los fundadores del protestantismo tenían inmenso odio a la Misa Católica, considerándola el peor de los pecados. De hecho, el maldito Martín Lutero decía:
“Yo declaro que todos los prostíbulos, los homicidios, los robos, los asesinos y los adúlteros son menos malvados que esa abominación que es la misa papista”.
Y más aún:
“Cuando la misa sea destruida, pienso que habríamos derribado con ella todo el papismo. De hecho, el papismo se apoya en la misa como en una roca, todo entero con sus monasterios, obispados, colegios, altares, ministerios y doctrinas, en una palabra con todo su vientre. Todo esto se derrumbará necesariamente cuando sea derribada su misa sacrílega y abominable”. (Martín Lutero, Libelo contra Enrique VIII)
Mas como no podía destruir la “Papisten Messe” de un solo golpe, la modificó y expurgó poco a poco para hacerla más accesible al pueblo, eliminando el Ofertorio, los Altares y la Consagración, porque como dijera en el párrafo siguiente,
“Sin embargo, para conseguir este fin con éxito y sin peligro, será necesario preservar algunas de las ceremonias de la misa antigua para los de mente débil, quienes se escandalizarían con un cambio muy rápido”.
Por eso surgió la Fórmula Missæ et communiónis pro ecclésia Vuittembergénsi, cuyos elementos fueron
Introito
Kyrie eléison
Glória in Excélsis Deo
Colecta
Epístola
Gradual
Aleluya (incluso en Cuaresma y el Viernes Santo)
Secuencia
Evangelio (las velas e incensación son opcionales)
Credo Niceno
Sermón
Prefacio
Oración Eucarística
Sanctus (mientras se dice Benedíctus qui venit, se elevan el pan y el vino)
Oración Dominical
Pax
Agnus Dei (en ese momento comulgaba primero el pastor y luego los fieles, unos y otros con las dos especies)
Colecta
Benedicámus Dómino
Bendición
Salvo el sermón (y algunos himnos compuestos por Lutero), toda la Fórmula Missæ era en latín; y la elevación se conservó por causa de los perplejos. Dos años después, el 29 de Octubre de 1525 implementó la Deutsche Messe und Ordnung des Gottesdiensts, totalmente en alemán y cantada:
Un cántico espiritual o un salmo
Kyrie eléison (tres veces)
Colecta (de cara al altar)
Epístola (de cara a los fieles)
Un himno en alemán (por el coro)
Evangelio (de cara a los fieles)
Credo
Sermón (sobre el Evangelio)
Paráfrasis de la Oración dominical
Exhortación a los que van a comulgar
Consagración del Pan
Elevación del Cuerpo de Cristo
Distribución del Cuerpo de Cristo
Sanctus parafraseado (o el himno “Gott sei Gelobet” de Michael Weisse; o el himno “Jesus Christus unser Heiland”, de Lutero)
Consagración del Vino
Distribución de la Sangre de Cristo
Sanctus o Agnus Dei (remplazable por los himnos “Gott sei Gelobet” o “Jesus Christus unser Heiland”)
Colecta de Acción de gracias
Bendición aarónica (Números 6, 24-26)
Y sobre la Presencia real, Lutero rescató la teoría del hereje Berengario de Tours, la Consubstanciación (aunque Lutero -y algunos de sus seguidores aún hoy- prefería el término “Unión Sacramental”), con la particularidad que en el pan está el Cuerpo de Cristo y en el vino Su Sangre (por ello se le conoce a esta tesis como Empanación). Esto en respuesta a la afirmación de Andrés Carlostadio, Ecolampadio y Ulrico Zwinglio y sus seguidores, que consideraban al pan y al vino como meros símbolos de la presencia de Cristo en la congregación (Zwinglio además negaba la existencia de los Sacramentos, de ahí que a los zwinglianos se les llame sacramentarios), quienes le respondieron a su vez que más lógica era la doctrina papista que la de él.
Años después, Calvino sostuvo que si se recibía al Cuerpo y la Sangre de Cristo era porque en San Juan 6, 52 está escrito así, mas esa recepción se da era “por la fe del creyente” y la Presencia era dentro del servicio religioso (doctrina sostenida en el anglicano Libro de Oración Común, pero abandonada por los calvinistas años después de morir su fundador). Y en cuanto a la doctrina de Lutero sobre el particular, hoy cuenta con muy pocos seguidores, pues la creencia generalizada es similar a la de los anglicanos (aunque en algunas congregaciones del ámbito de la Hochkirchliche o Alta Iglesia luterana, se practica la reserva de las especies eucarísticas).
Frente a los errores de unos y otros herejes, Pablo III convocó el Santo y Dogmático Concilio de Trento en 1545, en el cual se definió y ratificó el dogma de la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Hostia Consagrada y el Cáliz luego de pronunciarse las palabras consecratorias por el Sacerdote en el Santo Sacrificio de la Misa, quedando solamente los accidentes (lo perceptible por los sentidos) del pan y el vino (cambio llamado TRANSUBSTANCIACIÓN), y que para recibirlo dignamente en el Santo Sacrificio de la Misa hay que examinarse mediante el Sacramento de la Confesión. Frente a la mutilación de Lutero, San Pío V codificó en 1571 el Santo Sacrificio de la Misa mediante la Bula Quo Primum Témpore, y San Pío X restableció su dignidad mediante Divíno Afflátu en 1911.
Pero hoy los errores de Lutero y sus secuaces son ley, puesto que el Misal Montini-Bugniniano fue promulgado en 1969 (aunque se implementó como tal dos años después). Antes de eso, la Misa Romana Tradicional había comenzado a ser adulterada por la Reforma de la Semana Santa en 1955 y el Rito Roncalliano de 1962; pero es a partir de la Constitución Sacrosánctum Concílium (aprobada con casi unanimidad: 2147 votos a favor y sólo 4 en contra). Todos esos cambios, que no tuvieron casi resistencia de parte de la gran mayoría de clérigos y laicos, tanto por los pocos -casi nulos- conocimientos que tenían de la Teología Dogmática como por la falsa obediencia y el ambicionar honores de los hombres y no de Dios, conllevaron a la obra final: la Misa Novus Ordo, que es en todo semejante al rito anglicano, y según dijera su arquitecto, Aníbal Bugnini, el deseo que tenía con ésta era
“eliminar cada piedra que pudiese tornarse cuando menos una sombra de posibilidad de obstáculo o de desagrado a los hermanos separados”. (Aníbal Bugnini, en L’Osservatore Romano, 11 de Marzo de 1965)
De hecho, la Nueva Misa tiene muchas similaridades con el “Servicio de Comunión” promulgado con el Libro de Oración Común del herético Tomás Cranmer el 9 de Junio de 1549, y reformado en 1552 y 1662. Si comparamos a este con la Misa Novus Ordo promulgado en 1969 por Montini, encontraremos muchas similaridades perturbadoras (quien quiera profundizar sobre el tema, le recomendamos el estudio hecho por el P. Noel Barbara para la revista bimestral Fortes in Fide, vol. I Nro. 4, año 1975, disponible en inglés en http://www.the-pope.com/fif1-4.html):
El Libro de Oración Común de Cranmer sustituyó el latín por el Inglés, con el pretexto de que el latín era ininteligible para los fieles (así también hizo Martín Lutero). Pablo VI sustituyó el latín por la lengua vernácula alegando el mismo motivo de comprensibilidad, lo que se realizó apoyándose en el Concilio, diciendo que el nuevo rito está dotado de un nuevo vigor para adaptarse a las necesidades y circunstancias de nuestros días.
El Libro de Oración Común adoptó el término “Cena del Señor”, o simplemente el “Servicio de Comunión” para referirse a su culto dominical. Después de la reforma litúrgica de Pablo VI, ya no se hablaba de la Santa Misa o del Sacrificio de la Misa, pues fue reemplazado por “la Eucaristía”, “Cena del Señor” o “Celebración”.
Las oraciones al pie del altar fueron suprimidas en el Servicio de la Comunión Anglicana. En el Novus Ordo también se eliminaron estas oraciones.
En el servicio anglicano se daba mayor importancia a las lecturas de la Escritura, con sus explicaciones y comentarios. De la misma manera, la Nueva Misa se extiende en gran medida con la “Liturgia de la Palabra” y da entrada a los laicos en el “servicio”.
En el ofertorio del pan y del vino, Cranmer suprimió las oraciones que dejaban en claro que las ofrendas iban a convertirse en el verdadero Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, lo que él llamó “herejía muy terrible” de la Iglesia Católica. Para él, la presencia sacramental de Cristo era simplemente figurativa y, por lo tanto, era erróneo hablar de una renovación del Santo Sacrificio de Cristo en el Altar. En la Nueva Misa, todas las oraciones y rúbricas que expresan que el Pan y el Vino van a transubstanciarse en el Cuerpo y Sangre de Cristo fueron eliminadas.
También se suprimió la deposición de la Hostia por el sacerdote en el corporal (que sugiere la realidad del Cuerpo de Cristo), después de hecha sobre ella la señal de la cruz (recordatorio de la inmolación) con la súplica al Espíritu Santo para que se realice la renovación del Sacrificio de la Cruz (es decir el Veni Sanctifícator). Así estas supresiones evocan el espíritu de Lutero, que igualmente negó el carácter sacrificial de la Misa.
Por otra parte, las oraciones mantenidas por Cranmer –el Prefacio, Sanctus y Benedíctus qui venit– también fueron retenidas en la Nueva Misa.
Cranmer eliminó las oraciones que invocaban a la Virgen y los santos en el Canon. También eliminó las oraciones que precedieron a la Consagración, en las que el sacerdote pide a Dios que bendiga, acepte y santifique las ofrendas para que “sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Tu Amadísimo Hijo Jesucristo Nuestro Señor”. Una vez más, esta supresión se hizo para negar la doctrina de la transubstanciación y el carácter sacrificial de la Misa, que los protestantes siempre han rechazado. Cranmer dijo: “el fin último de esta doctrina del Anticristo [la de la transubstanciación] es la mayor idolatría que jamás se haya concebido en este mundo” (D.A. Scales, Thomas Cranmer’s ‘True and Catholick Doctrine of the Sacrament’ Churchman 104/2, 1990). Lutero también predicó su rechazo de la misma, indicando que la tarea del sacerdote de ofrecer el sacrificio de la misa era “una perversión, porque Cristo se había ofrecido a sí mismo una vez y para siempre” (Martin Brecht, Martin Luther: Shaping and Defining the Reformation, 1521-1532, Fortress Press, 1990, pp. 28-30).
Como su nombre indica, el “Canon” (del griego κανών = modelo, regla) era la parte invariable de la Misa considerada intocable. De ahí que la reforma de Pablo VI se llevó a cabo con cautela. Como se explicó antes, en la Nueva Misa se introdujeron cuatro nuevas plegarias eucarísticas. La primera simula el Canon Romano con algunos cambios de menor importancia; las otras tres tienen nuevos cambios y omisiones sustanciales, eliminando el concepto tradicional de la oblación de acuerdo con las palabras de Cranmer y Lutero. ¿Debería sorprendernos eso cuando recordamos que seis ministros protestantes ayudaron a elaborar la Nueva Misa?
Finalmente, llegamos a la Consagración. La cuestión de dejar de lado las palabras “Mystérium Fídei” de la fórmula y colocarla a posterióri (en la misa Novus Ordo, dice el presbítero hispanohablante: “Este es el sacramento de nuestra fe”, a lo que se responde con esta aclamación un tanto banal: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”) para consagrar el vino en la Sangre Divina de Cristo es un rechazo total a la doctrina definida en los santos y dogmáticos Concilios de Florencia y de Trento, de que estas dos palabras son parte integrante de la Forma del Santo Sacrificio de la Misa. En este caso también la Nueva Misa está siguiendo los pasos de Cranmer: eliminar el carácter sacrificial de la Misa para convertirla en una cena común y corriente.
En cuanto a las oraciones eucarísticas, en el Libro de Oración Común, hallamos esta fórmula en la oración Post-Sanctus.
“Heare us (O merciful father) we besech thee; and with thy holy spirite and worde, vouchsafe to bles✠se and sancti✠fie these thy gyftes, and creatures of bread and wyne, that they maie be unto us the bodye and bloude of thy moste derely beloved sonne Jesus Christe”. (Tomás Cranmer, Libro de Oración Común. Londres, 1549)
TRADUCCIÓN
“Escúchanos, oh Padre misericordioso, te suplicamos; y con tu Santo Espíritu y Palabra, concede ben✠decir y santi✠ficar estos tus dones y creaturas de pan y vino, para que puedan ser para nosotros el cuerpo y la sangre de tu muy amado Hijo Jesucristo”.
Cranmer tenía como propósito de esta redacción el refutar la doctrina papista de la transubstanciación, apelando a la nueva enseñanza luterana de que Nuestro Señor estaba sólo “espiritualmente presente” en la Eucaristía, que según él “era la doctrina verdadera y católica” expresada en la liturgia (D. A. Scales, op. cit., p. 1). Pero en una deriva más protestante, la oración fue variada en 1552 hasta llegar a la versión actual:
“Suplicámoste humildemente, oh Padre Misericordioso, que nos oigas, y concedas que recibiendo estas tus producciones de pan y vino, segun la santa institucion de tu Hijo nuestro Salvador Jesucristo, en memoria de su pasion y muerte, seamos partícipes de su benditísimo Cuerpo y Sangre”. (Libro de la Oración Común, edición de 1662 -traducción española-. Sociedad para propagar los conocimientos cristianos, Londres, 1864).
Uno sólo puede preguntarse -sobre la intención de los redactores de la nueva misa- por qué se sigue a los protestantes con tanto cuidado en la elaboración de la Nueva Misa. Lo expresado por Cranmer es casi palabra por palabra lo que encontramos en la Nueva Misa de Pablo VI, en la Plegaria Eucarística II:
Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad; por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y ✠ Sangre de Jesucristo, nuestro Señor.
o la Plegaria Eucarística III, que nos retrotrae a la versión de 1549
Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que se conviertan en el Cuerpo y ✠ la Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, Jque nos mandó celebrar estos misterios.
Sin duda, para estos “reformadores” también, el “verdadero sacrificio de la Nueva Alianza” no es más que un mero “memorial conmemorativo”.
La mayoría de las oraciones de la misa tradicional fueron eliminadas o drásticamente alteradas:
Unde et mémores, Dómine.
Súpplices te rogámus, omnípotens Deus.
Nobis quoque peccatóribus.
Líbera nos, quǽsumus, Dómine.
Agnus Dei.
Dómine Jesu Christi, Fili Dei vivi.
Percéptio Córporis tui.
El Confíteor y la Absolución antes de la Comunión de los fieles.
Las Antífona de la Comunión y la oración Postcomunión.
Placeat tibi, sancta Trínitas.
El último Evangelio y las oraciones leoninas.
La antífona Trium puerórum y las oraciones de acción de gracias después de la Misa.
En síntesis, los cambios que se han dado en ocasión y a causa del Vaticano II tanto en la Ley de Oración y Creencia, como en la disposición de los templos, permiten deducir que tienen más en común el Novus Ordo con el rito eduardiano que no con la Misa Romana Tradicional (ni mucho menos con los ritos pre-Trento, como fatuamente dicen algunos). Por ello no es de asombrarse que Francisco Bergoglio dijese el 26 de Febrero de 2017 en la iglesia anglicana de All Saints de la otrora Alma Urbe romana: “Cuando la gente no puede ir el domingo a la celebración católica va a la anglicana, y los anglicanos van a la católica, porque no quieren pasar el domingo sin una celebración”.
Respuesta a la adivinanza: Ninguna de las tres. La número 1 es anglicana; la número 2 es la misa nueva de la iglesia conciliar, rito fabricado por Pablo VI la número 3 es luterana.


