La Moralidad del Sanedrín que Condenó a Cristo

No habiendo encontrado entre ninguno de los seis papas y obispos, desde el Vaticano II hasta el presente, un llamado a la conversión de los judíos a Cristo, sino sólo apostasía de la misión que Cristo les encomendó y cuyo ejemplo bien pudieran emular con sólo leer sobre la valentía de San Pedro en las Actas de los Apóstoles, he querido recurrir a los hebreos Hnos. Lémann, convertidos a Cristo, para mostrar una parte de buena apologética católica y una pizca del verdadero ecumenismo, bajo el título de “conclusión”. Es una lástima tener que remontarse tan atrás, al siglo XIX, para averiguar en qué consistía ser un “buen pastor” en este asunto sobre los deicidas.

Pero antes, y para demostrar la veracidad de la grave acusación que hecho en el párrafo anterior, les traigo la palabras del propio Benedicto XVI que cualquiera puede cotejar, y copio literalmente, sin cansarles en traerles las citas de Juan Pablo II, ya que inciden en lo mismo:

Benedicto XVI,dice en su obra:  Jesús de Nazaret – Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, 2011, p. 60 : “Hildegard Brem comenta así este pasaje: ‘Según Romanos 11, 25, la Iglesia no tiene que preocuparse por la conversión de los judíos, porque hay que esperar el momento establecido por Dios, ‘hasta que entren todos los pueblos’ (Ro m. 11, 25)”.

Benedicto XVI cita a Hildegard Brem (lo que significa que él lo aprueba), quien enseña que la Iglesia no debe convertir a los judíos. Benedicto XVI no contradice esta enseñanza, sino que la promueve y está de acuerdo con ella. En la siguiente página, él amplia aún más el punto, declarando que los judíos conservan su propia “misión”.

Benedicto XVI, Jesús de Nazaret – Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, 2011, p. 61: “Hemos comprobado, además, que el anuncio de un tiempo de los gentiles forma parte del núcleo del mensaje escatológico de Jesús, un tiempo durante el cual se debe llevar el Evangelio a todo el mundo y a todos los hombres: sólo después la historia puede alcanzar su meta. «Entretanto, Israel conserva su propia misión. Está en las manos de Dios, que lo salvará ‘por entero’ en el tiempo apropiado, una vez que el número de los paganos esté completo. Es obvio y nada sorprendente que no se pudiera calcular la duración histórica de este periodo”.

Según él, los judíos no necesitan convertirse porque ellos retienen su propia misión y están “en las manos de Dios”. Por supuesto, esto es una negación de Jesucristo, del Evangelio, de la fe católica, y de muchos dogmas. Es por esto también que lo vimos alentar en su “misión” al rabino jefe de Roma .

Benedicto XVI, Discurso al rabino jefe de Roma, 16 de enero de 2006: “Distinguido señor rabino jefe, recientemente se le ha encomendado la guía espiritual de la comunidad judía romana; usted ha asumido esta responsabilidad con su experiencia de estudioso y de médico, que ha compartido alegrías y sufrimientos de mucha gente. Le expreso de corazón mis mejores deseos para su misión, y le aseguro mi estima y mi amistad cordial, así como las de mis colaboradores.

Ante esto, debemos hacernos la pregunta de ¿ Cúal es la doctrina católica? ¿ La de Benedicto a la de la Iglesia durante más de 1900 años? De la respuesta pende nuestra salvación.

Veamos la doctrina católica que desautoriza Benedicto XVI:

Hechos 4, 12: “… en nombre de Jesucristo (…) pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos”.

Hechos 13, 45-46: “Pero viendo los judíos a la muchedumbre, se llenaron de envidia e insultaban y contradecían a Pablo. Mas Pablo y Bernabé respondían valientemente, diciendo: A vosotros os habíamos de hablar primero la palabra de Dios, mas puesto que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volveremos a los gentiles”.

Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, sesión 8, 22 de noviembre de 1439, ex cathedra: “Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y en que no la guardare íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre. –Ahora bien, la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad, (…) El que quiera, pues, salvarse, así ha de sentir de la Trinidad.
Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de Nuestro Señor Jesucristo (…) hijo de Dios, es Dios y hombre. (…) Ésta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse”.

Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, “Cantate Domino”, 1441, ex cathedra
“[La Santa Iglesia romana] firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia católica, no sólo los paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irán al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles (Mat. 25, 41), a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia católica”.

¿ Se ve alguna diferencia?

 

Pero vayamos al artículo

Los autores 

Los hermanos Augustín y Joseph Lémann. Eran judíos estudiosos de las Escrituras y de la tradición hebrea, convertidos luego al catolicismo y ordenados sacerdotes; estos eruditos humanistas y teólogos dedicaron su apostolado a la conversión del pueblo de Israel a la fe de Jesucristo. Siguiendo las normas de la buena apologética, buscaron en los textos hebreos las pruebas de la veracidad de Cristo como Mesías. Y demostraron, particularmente en la obra La Asamblea que condenó a Jesucristo, la comisión de innumerables violaciones al proceso judicial conforme a la ley hebrea, lo que convierte el juicio a Nuestro Señor en un proceso nulo y contrario inclusive al propio derecho hebreo de la época. Además analiza la personalidad de muchos de los miembros del Sanedrín, cuya parte traemos a la consideración de los lectores, tocando, finalmente, el tema de la responsabilidad del pueblo judío en la muerte del Redentor.

Aprobación pontificia de la obra

Queridos hijos, salud y bendición apostólica.

La respetuosa carta que Nos habéis dirigido en los primeros días de diciembre, y el obsequio de vuestro libro titulado La asamblea que condenó a Jesucristo, Nos han permitido conocer todavía más el celo ardiente que os impulsa a trabajar para convertir la nación judía a la verdad católica. Este único motivo bastaría para que vuestro envío Nos resultase agradable… pero lo que Nos ha alegrado todavía más es que tanto el tema mismo de la obra como lo que hemos leído en ella Nos ha parecido que también serían útiles a los lectores católicos, siendo su finalidad esclarecer con una luz todavía más clara una parte de la historia evangélica. Por ello, al mismo tiempo que dirigimos hacia vuestro celo una alabanza bien merecida y os agradecemos el homenaje que Nos habéis ofrecido, suplicamos con humildad al Señor que aquellos a quienes os esforzáis en ayudar más principalmente obtengan frutos abundantes de vuestros trabajos. Y puesto que, según el oráculo del profeta Oseas, los hijos de Israel permanecerán muchos días sin rey ni príncipe, sin sacrificio ni altar » (Os. 3, 4), que comiencen pronto a cumplirse esas otras palabras del mismo Profeta: “después los israelitas volverán a buscar a Yahveh, su Dios, y a David, su rey” (Os. 3, 5).

Apoyándonos en esta esperanza, como testimonio de Nuestro paternal afecto y como prenda del favor divino, os concedemos con amor la bendición apostólica.

Dado en San Pedro, Roma, el 14 de febrero de 1877, año trigésimo primero de Nuestro Pontificado.

Pío PP IX

La moralidad del Sanedrín

Así pues, los miembros del Sanedrín que juzgaron a Jesucristo eran setenta y uno. Como hemos establecido, se distribuían en tres Cámaras. Pero, sobre todo, importa conocer el nombre de esos jueces, su  procedencia, su carácter, su moralidad.

Como puede comprenderse, tal información proyectaría una gran luz sobre la célebre causa que estamos discutiendo.

Sin duda, sabemos ya cuánto valían Caifás, Anás y Pilato, las tres grandes figuras siniestras del drama de la Pasión.

Pero, ¿no sería posible también presentar ante la historia a todos los demás participantes en él?

Creemos que este trabajo no ha sido emprendido jamás. Se pensó que faltaban documentos. Es un error. Existen, y los hemos consultado; y en este siglo de revelaciones históricas, haremos salir a la mayor parte de los jueces de Jesucristo de los rincones donde se esconden.

Tres tipos de documentos nos han ayudado particularmente a descubrir la estatura moral de estos hombres: los libros evangélicos, los valiosos escritos del historiador Josefo, y los infolios inexplorados del Talmud. Van a comparecer cerca de cuarenta jueces de Jesús, y en consecuencia más de la mitad del sanedrín se reconstituirá ante nuestros ojos: una mayoría suficiente para apreciar el valor moral de todo el conjunto.

Para proceder con orden, comencemos por la cámara más importante de todas, la de los sacerdotes.

 La cámara de los sacerdotes

Decimos cámara de los sacerdotes, pero en relato evangélico esta fracción del sanedrín recibe un título más elevado: San Mateo, San Marcos y los otros evangelistas la denominan consejo de los sumos sacerdotes o consejo de los príncipes de los sacerdotes.

Ahora bien, ¿por qué los evangelistas otorgan ese nombre, más pomposo, de consejo de los sumos sacerdotes, a la cámara de los sacerdotes? ¿No se trata de un error? Nada más natural que una asamblea de sacerdotes, pero una asamblea de sumos sacerdotes, ¿no es una exageración, puesto que según la institución mosaica, en tal cargo sólo debía haber un sacerdote, y por añadidura con carácter vitalicio?

Pues bien, no, no hay error ni exageración por parte de los evangelistas. Además, los dos Talmud mismos mencionan explícitamente una asamblea de sumos sacerdotes. Pero, ¿cómo justificar esa presencia simultánea de muchos sumos sacerdotes en el sanedrín? Veamos la explicación, para vergüenza de la asamblea judía.

Desde hacía casi medio siglo se había introducido el detestable abuso consistente en nombrar y destituir arbitrariamente a los sumos sacerdotes. Mientras durante quince siglos el cargo de sumo pontífice fue, por disposición divina, hereditario en el seno de una sola familia y vitalicio, en la época de Jesucristo se había convertido en objeto de un auténtico comercio. Herodes había comenzado con esas destituciones arbitrarias, y después de convertirse Judea en provincia romana, éstas se sucedieron en Jerusalén casi anualmente: los procuradores nombraban y destituían a los  sumos sacerdotes, como más tarde los pretores hicieron y deshicieron emperadores. El Talmud refleja con dolor esa venalidad del sumo pontificado y de los sumos sacerdotes anuales. Se le ofrecía al mejor postor, porque las madres eran particularmente sensibles a la designación de sus hijos como sumos sacerdotes.

La expresión de los evangelistas -consejo de sumos sacerdotes- para denominar a la primera cámara del sanedrín, resulta pues de una rigurosa exactitud, pues en la época de Jesús se contaba alrededor de una docena de sumos sacerdotes depuestos, y todos los que habían sido honrados alguna vez con ese cargo conservaban para el resto de su vida al menos el título, y permanecían como miembros de pleno derecho de la alta asamblea. Junto a ellos, como complemento de esta primera cámara, se sentaban simples sacerdotes. Pero la mayor parte eran padres de los sumos sacerdotes. Porque, en medio de las intrigas que agitaban entonces al sacerdocio, era una costumbre que los miembros más influyentes de la cámara de sumos sacerdotes introdujesen con ellos a sus hijos o parientes.

El espíritu de casta era todopoderoso, y como lo confiesa un sabio israelita de nuestros días, Dérembourg, “algunas familias sacerdotales, aristocracia poderosa y brillante, que no tenían ningún cuidado por los intereses y la dignidad del altar, se disputaban los puestos, las influencias y las riquezas”.

En resumen, había un doble elemento en esta primera cámara: los sumos sacerdotes y los simples sacerdotes.

Presentémosles ahora con sus nombres, y revelamos también su valía moral, indicando las fuentes documentales correspondientes.

 

CAIFÁS, sumo sacerdote en ejercicio. Era de la tribu de Anás y ocupó el sumo sacerdocio once años (25-36 d.C.), durante  el tiempo de gobierno de Pilato. Presidió las deliberaciones contra Jesucristo, y el relato de la Pasión es suficiente para darle a conocer (Mt.23,6;Lc.3,2, etc.)

ANÁS, fue sumo sacerdote durante siete años bajo los gobiernos de Coponio, Ambivio y Rufo (7-11 d.C.). Este personaje era suegro de Caifás; y aunque ya no ocupaba el cargo, se le continuaban consultando todas las cuestiones graves. Puede decirse incluso que en medio de la inestabilidad del pontificado, conservaba en el fondo toda su autoridad. Durante cincuenta años el pontificado perteneció casi sin interrupción a su familia; cinco de los hijos se revistieron sucesivamente con tal dignidad. La familia se hizo llamar “la familia sacerdotal”, como si el sacerdocio se hubiera hecho hereditario. Le pertenecían también los grandes cargos del templo. El historiador Josefo refiere que Anás era considerado por los judíos como el hombre más feliz de su tiempo. Sin embargo señala que el espíritu de esta familia era altanero, osado y cruel (Lc. 3, 2;Jn, 18, 13-14;Hech. 4, 6).

ELEAZAR, sumo sacerdote durante un año bajo el poder de Valerio Grato (23-24, d.C.), era el primogénito de Anás.

JONATÁS, hijo de Anás. A la sazón simple sacerdote, y más tarde sumo sacerdote durante un año en sustitución de Caifás, cuando éste fue depuesto (tras la caída en desgracia de Pilato) por Vitelio, gobernador general de Siria, el año 37 d.C.

TEÓFILO, hijo de Anás. Entonces simple sacerdote; más tarde fue sumo sacerdote durante cinco años (38-42 d.C.) en sustitución de su hermano Jonatás, al ser éste depuesto por Vitelio.

MATÍAS, hijo de Anás. Entonces era simple sacerdote; más tarde se convirtió en sumo sacerdote  durante dos años (42-44 d.C.). Sucedió a Simón Cantero, depuesto por el rey Herodes Agripa.

ANANÍAS, hijo de Anás. Entonces era simple sacerdote; más tarde el rey Herodes Agripa le designó sumo sacerdote a la muerte del gobernador romano Porcio Festo, el año 63 d.C. Era un saduceo de gran rudeza. Por ello sólo ocupó tres meses el sumo pontificado. Fue destituído por Albino, sucesor de Porcio Festo, por lapidar arbitrariamente al apóstol Santiago (Hech. 23,2 y 24, 1).

JOAZAR, había sido sumo sacerdote durante seis años, abarcando los últimos días de Herodes el Grande y los primeros años de Arquelao (4 a.C -2 d.C.)

Era hijo de Simón Boeto, quien debió su ascenso y su fortuna a una causa bastante poco honorable, como narra el historiador Josefo: “Simón Boeto, sacerdote en Jerusalén, tenía una hija, Mariamne, considerada la judía más hermosa de su tiempo. La reputación de su belleza llegó hasta Herodes, que sintió conmoverse su corazón ante los primeros informes recibidos. Y todavía más cuando la vio. Decidió entonces casarse con ella; y como Simón Boeto no era de un rango lo bastante distinguido como para convertirle en su suegro, con el fin de poder  satisfacer su pasión quitó el cargo de sumo sacerdote a Jesús, hijo de Fabeto, y se le confirió a Simón, casándose enseguida con su hija”. Tal es, según Josefo, el origen poco sobrenatural de la vocación de Simón Boeto y de toda su familia al pontificado. Simón Boeto ya había muerto en la época  del proceso de Jesús. Pero Joazar figura en él  con sus dos hermanos, uno de los cuales había sido, como él, sumo sacerdote.

ELEAZAR, ex-sumo sacerdote, segundo hijo de Simón Boeto. Sucedió a su hermano Joazar, cuando éste fue privado del soberano sacerdocio por el rey Arquelao. Pero no disfrutó mucho tiempo de su cargo, siendo desposeído por el mismo rey algunos meses después de su ascenso, el año 2 d.C.

SIMÓN CANTERO, entonces simple sacerdote; tercer hijo de Simón Boeto. Más tarde fue nombrado sumo sacerdote durante algunos meses por el rey Herodes Agripa, el año 42 d.C. Éste mismo rey le depuso.

JOSUÉ BEN SIÉ, fue sumo sacerdote durante cinco o seis años (1-6 d.C) bajo el reinado de Arquelao quien le designó para suceder a Eleazar, segundo hijo de Simón Boeto.

ISMAEL BEN FABI, sumo sacerdote durante nueve años bajo el procurador Valerio Grato, predecesor de Poncio Pilato. Según los rabinos, pasaba por ser el hombre más apuesto de su tiempo. El lujo afeminado de este pontífice llegaba tan lejos, que se contentó con llevar una sola vez una túnica de gran valor que había encargado su madre para él, mandándola luego al guardarropa común como haría una gran dama con un vestido que no considerase digno de ella.

SIMÓN BEN CAMITA, sumo sacerdote durante un año (24-25 d.C.) bajo el procurador Valerio Grato. Este pontífice era célebre por la grandeza excesiva de su mano. El Talmud refiere de él la siguiente anécdota: la víspera de la fiesta de expiaciones sucedió que, durante una conversación con Aretas, rey de los Árabes (con cuya hija acababa de casarse Herodes Antipas), un poco de saliva saltó de la boca del rey y cayó sobre los vestidos de Simón. En cuanto el rey se fue, el sumo sacerdote no dudó en despojarse de ellos como impuros e impropios del servicio del día siguiente ¡Caridad y pureza farisaicas!

JUAN, simple sacerdote. Sólo le conocemos por los Hechos de los Apóstoles (4, 5-6): “al día siguiente (…) se congregaron sus jefes, los ancianos y los escribas de Jerusalén, entre ellos Anás, el sumo sacerdote; Caifás, Juan y Alejandro y cuantos eran del linaje archisacerdotal”.

ALEJANDRO, simple sacerdote, nombrado asimismo por los Hechos de los Apóstoles (4,6) en el texto citado. Igualmente le menciona Josefo. Refiere que más tarde fue alabarca, es decir, primer magistrado de los judíos en Alejandría. Era muy rico, y por eso el rey Herodes Agripa le pidió prestadas doscientas mil monedas de plata.

ANANÍAS BEN NEBEDAL, entonces simple sacerdote; pero más tarde fue sumo sacerdote bajo los procuradores Ventidio Cumano y Félix (48-54 d.C.) Los Hechos de los Apóstoles y Josefo también le citan. Es el pontífice que tradujo a San Pablo delante del procurador Félix: “cinco días después  bajo el sumo sacerdote Ananías con algunos ancianos y un cierto Tértulo, orador, los cuales presentaron ante el procurador acusación contra Pablo” (Hech., 24, 1)

Según la tradición judía, este sumo sacerdote era conocido sobre todo por su extrema glotonería. Lo que refiere el Talmud respecto a ella parece excesivo: trescientos terneros, otras tantas toneladas de vino, y cuarenta parejas de pichones almacenados para su sustento.

HELOQUÍAS, simple sacerdote, pero guardián del tesoro del Templo. Es probable que Judas recibiese de él las treinta monedas de plata, precio de su traición.

ESCEVAS, uno de los sacerdotes principales. Los Hechos de los Apóstoles (19, 13-14) se refieren a él a propósito de sus siete hijos dedicados a la magia.

Tales son los principales sacerdotes que componían la primera cámara del sanedrín en la época del proceso de Jesús. De los documentos que acaban de pasar ante nuestros ojos se deduce en primer lugar que muchos de esos pontífices eran personalmente muy poco honorables; y en segundo lugar, que todos los sumos sacerdotes que se sucedían anualmente en el cargo de Aarón, con menosprecio del orden establecido por Dios, no eran sino miserables usurpadores.

Conclusión: llamado a la conversión de los judíos

La finalidad era estudiar bajo un doble aspecto el sanedrín que juzgó a Jesucristo: primero en sus miembros, luego en sus actos. Ahora bien, ¿qué nos han revelado las investigaciones – que nos atrevemos a calificar de leales y escrupulosas – que hemos realizado?

En sus miembros, esta sala de lo criminal se nos ha presentado como un conjunto de hombres en su mayoría indignos de las funciones que desempeñaban: sin piedad, ni rectitud, ni moralidad. Hasta los propios historiadores de su propia nación les condenan.

En sus actos, es decir, en su forma de proceder, hemos constatado barbaridades sin nombre… ¡veintisiete irregularidades, de las cuales una sola bastaría para revocar el juicio! Hemos determinado estas irregularidades confrontándolas con el derecho penal hebraico de entonces vigente; todavía se descubrirían más si se revisase el proceso de JESÚS según el derecho, más delicado y perfecto, de los pueblos modernos.

Ningún valor moral en los jueces, ningún valor jurídico en su sentencia: ¡tal es, oh israelitas, la opinión que emitimos y que emitirá con nosotros todo espíritu sincero y toda conciencia honesta tras haber leído estas páginas!

Pues bien, permitidnos que os preguntemos: ¿no existe para todo israelita una razón de honor, una razón de justicia, que oblicua a no dar por bueno el verdadero sanedrín antes de haber examinado uno mismo normal; la prueba es el extraño procedimiento que se siguió con Él. Es evidente que descubrir una irregularidad en un proceso no supone justificar al acusado, pues puede ser efecto de la inadvertencia o del azar. Pero cuando en toda la trama de un procedimiento, cuando desde el principio hasta el final de una sesión judicial, uno ve desarrollarse y sucederse, una tras otra, veintisiete irregularidades, todas ellas graves, todas ellas escandalosas, todas ellas consentidas con terquedad, ¿no es una prueba irrefragable de que el acusado víctima de tales procedimientos era una persona especial? ¿Quién era pues este extraño acusado?

El día que entró triunfalmente en Jerusalén (cinco días antes de su proceso), los judíos venidos de lejos para asistir a las fiestas de Pascua, venidos del país de los partos, del país de los medos, de Persia, de Mesopotamia, del Ponto, de la Frigia, de todas las llanuras conocidas de Asia, de los confines de Libia, de la Cirenaica, de Creta, de Egipto, de Arabia, de Roma… esos judíos, ante el espectáculo de su triunfo y del entusiasmo popular, se preguntaron, cada uno en su lengua: “¿quién es Éste?” (Mat. 21, 10).

El espectáculo de la injusticia, oh israelitas, más aún que el del triunfo, exige hoy que os plantéis a vosotros esta cuestión. ¿Quién es Éste, contra el cual volcó el sanedrín toda justicia? ¿Quién es Éste, que sólo dulzura opuso a la violencia de sus jueces? ¿Quién es Éste, que bebió el agua amarga del Cedrón como David, y que fue vendido como José? A diecinueve siglos de distancia, una vez apagado el tumulto y extinguidas las pasiones, cualquier leal israelita puede resolver fácilmente esa cuestión con la Biblia en la mano.

En cuanto a nosotros, hermanos vuestros según la carne, hace veinte años que sabemos quién es Él; y jamás volvemos sin profunda emoción nuestros ojos y nuestros corazones hacia esa página de nuestra Biblia inspirada, que nos vais a permitir colocar ante vuestros ojos. Meditadla, ¡oh israelitas! Os revelará quien era el condenado por el sanedrín, al mismo tiempo que os hará conocer cuál debe ser, aquí abajo, el último acto del pueblo judío antes de entrar, con sus tribus y sus familias, en la tierra prometida de la Iglesia, y más tarde en la tierra prometida de la eternidad.

He aquí esta página del profeta ZACARÍAS:

“En aquel día protegerá Yahveh Jerusalén, y el más vacilante entre ellos llegará a ser a la sazón como David será la cabeza de ellos como Dios (…) Y derramaré sobre la casa de David y sobre el habitante de Jerusalén espíritu de favor y de plegarias, y contemplarán a aquel a quien traspasaron, y plañirán por él cual suele plañirán por él cual suele plañirse por el hijo único, y se hará duelo amargo por él como suele hacerse por el primogénito (…). Y plañirá la tierra, cada familia por separado: la familia de la casa de David aparte, y sus mujeres aparte; la familia de la casa de Natán aparte, y sus mujeres aparte; la familia de la casa de Levi aparte, y sus mujeres aparte; la familia de la casa de Semi aparte, y sus mujeres aparte; todos los linajes restantes, linaje por linaje aparte, y sus mujeres por separado (…) Diránle entonces: “Qué significan esas heridas en tus manos? “Porque fui herido en casa de mis amigos”, contestará (…). Él invocará mi nombre, y yo le atenderá y diré: “Tú eres mi pueblo”; y él dirá: “Yahved es mi Dios” (Zac. 12, 8-14 y 13, 6-9). (*)

Ante esta descripción, ante ese diálogo, ante esas llagas en la manos y en los pies, ¿quién de vosotros, ¡oh israelitas!, no reconocerá, si obra de buena fe y si la gracia se digna alcanzarle, el Hombre-Dios condenado por el sanedrín? Porque las Escrituras os dicen su nombre: ¡era el Mesías, el Señor! Y NUESTROS PADRES, ¡AY!, no le conocieron. Pero sus hijos le reconocerán un día; cada uno de ellos dirá: ¡Señor mío y Dios mío! Y, al reconocerle, le pedirán contemplar las llagas de sus manos y sus pies; y acercarán sus labios a esas llagas; y sobre esas llagas dejarán correr torrentes de lágrimas. Y la tierra se conmoverá ante ese espectáculo; todos los hombres llorarán con ellos, “cada familia aparte, cada linaje aparte”.

Ese día de sublime y emotivo reconocimiento, a nosotros que escribimos estas páginas no nos será dado contemplarlo en la tierra: la habremos abandonado mucho tiempo antes. Pero, desde lo alto del cielo, donde Dios, así lo esperamos, nos dará la gracia de recibirnos, nos uniremos a nuestro pueblo convertido y arrepentido. En el cielo ya no hay lágrimas; y por eso pediremos prestadas, para ofrecerlas a Dios, las lágrimas de nuestro hermanos: la casa de David, casa de Natán, casa de Levi, casa de Simi, cuando resplandezca el día de ese sollozo (“¿qué significan esas heridas en tus manos?”), ese día, ¡ah! Acordaos de los dos hijos de Israel, sacerdotes de Jesucristo, que escribieron estas páginas. Y a cambio de las horas que consagraron a este trabajo… ¡verted como homenaje algunas de vuestras lágrimas! ¡Vertedlas, en su nombre, a los pies de Aquél a quien condenó el sanedrín”.

PER CHRISTUM ET CUM CHRISTO PAX SUPER ISRAEL

¿Cuando vuelva Cristo, le reconocerán las ramas injertadas del acebuche, hoy segundovaticatinistas en maridaje con el mundo o harán como entonces hicieron las ramas cortadas del olivo? ¡ He ahí la cuestión de la que depende la salvación eterna.

¡ Jamás se había visto lo que sigue!

AYUDA EN VÍDEOS PARA APRENDER A REZAR EL BREVIARIO

A todos aquellos que tengan dificultad para rezar el Breviario Romano tradicional, le ofrecemos una ayuda mediante vídeos con los cuales podrán ir viendo con el Breviario en la mano cómo se reza un determinado Oficio.

Esperamos que con estos adiovisuales y con la actualización que cada día hacemos AQUÍ, puedan ir iniciándose en la Oración de toda la Iglesia, tal como lo rezaron durante siglos, antes de 1970.

De antemano le pedimos disculpas si no tienen los vídeos la calidad que esperan, pues no somos profesionales, y puesto que hoy es más cierto que nunca aquella sentencia de Nuestro Señor Jesucristo, vida nuestra: » la mies es mucha, pero los obreros pocos», no nos ha quedado más remedio que hacer de frailes y de cocineros, ante la pereza de tantos sacerdotes y laicos.

En lo sucesivo, si Dios quiere, iremos añadiendo otros vídeos que aún no hemos preparado, en particular la PRIMA, TERCIA, SEXTA y NONA, que, no obstante, son las más sencillas de rezar.

EJEMPLO DEL REZO DE LAUDES DE UN OFICIO FERIAL

( Es decir, no hay ninguna festividad de un santo, ni es Santa María in Sabbato)

EJEMPLO DE CÓMO SE HACE UNA CONMEMORACIÓN EN UNA FERIA DE IVª CLASE

( Es decir, un día litúrgico ferial, sin festividad alguna, pero que Propio de los Santos nos dice que hagamos una conmemoración)

EJEMPLO DE CÓMO SE REZAN LAUDES DE UNA FIESTA DE IIIª CLASE, con Conmemoración)

( Es decir, el Propio de los Santos nos dice que tal santo tiene Oficio de IIIª Clase, y que, además hagamos la conmemoración en ese día de otro u otros santos)

EJEMPLO DE CÓMO SE REZAN VÍSPERAS DE UNA FIESTA DE IIIª CLASE

( Es decir, el Propio de los Santos nos dice que tal santo tiene Oficio de IIIª Clase)

EJEMPLO DE CÓMO SE REZAN LAS COMPLETAS

NUEVO: PASCENDI DOMINII GREGIS

El papa San Pío X condenó el Modernismo teológico y toda una serie de principios relativos a la evolución dogmática católica en muchísimos documentos y alocuciones. Sin embargo, la encíclica Pascendi es, quizá, la mejor exposición de los errores y condenas , que a 117 años de su publicación, han infectado las jerarquías, congregaciones religiosas, y cenáculos de seglares.

S. Pío X instituyó comisiones para limpiar el clero de doctrinas contrarias a la fe católica, evitar la propagación del modernismo entre teólogos y que tuviera consecuencias litúrgicas, que por desgracia se impusieron más tarde, con el Concilio Vat. II, la nueva misa protestantizada y el magisterio posterior lleno de errores.

Adquirir aquí

LA P.F.N. DE JUAN PABLO 2 ESTÁ CONDENADA POR LA IGLESIA CATÓLICA

¡Bienaventuradas las vírgenes que respiráis gracia tan inmortal, como los huertos flores, los templos religión y los altares incienso sacerdotal! (San Ambrosio)

Quienes no reciben esta gracia- la virginidad- pidánla a Dios confiados, pero deben saber que pueden santificarse si cumplen con el fin del matrimonio sin subterfugios – de Dios nadie se ríe-, pues:

El Señor, además, quiere que sean engendrados los hombres no solamente para que vivan y llenen la tierra, sino muy principalmente para que sean adoradores suyos, le conozcan y le amen, y finalmente le gocen para siempre en el cielo; fin, que, por la admirable elevación del hombre, hecha por Dios al orden sobrenatural, supera a cuanto el ojo vio y el oído oyó y pudo entrar en el corazón del hombre. 

El fin primario esencial del matrimonio es la procreación y la educación de la prole; y este fin es tan necesario y tan esencial, que sin él no puede haber matrimonio válido. No puede fallar, por lo menos en la intención, pues a él se ordena el matrimonio por su naturaleza; el fin secundario, que por sí solo no cumple con el fin del matrimonio,  está al servicio del primario.

Este artículo viene a cuento de leer ciertos artículos de aquellos  que se rasgan las vestiduras por la exhortación Amoris Laetitia escrita por Bergoglio, pero no quieren reconocer que los levantiscos cardenales Walter Brandmüller, Raymond L. Burke, Joachim Meisner y Caffarra son parte de la misma herejia conciliar que ha invertido los fines del matrimonio y ha insistido en una pastoral de planificación familiar natural para burlar el fin esencial del matrimonio; seguramente tales autores, la mayoría seglares, tal error les viene como anillo al dedo para tener una práctica liberal que no chirríe con las aspiraciones del mundo y evitar la cruz ¿ Pues, en qué se diferencian  de los no creyentes y  qué anhelan distinto de los mundanos,  pues también tienen, como éstos,  su corazón puesto en en la hipoteca del piso, en las vacaciones, han introducido la televisión en sus casas para que les seduzca y piensan excesivamente en el ascenso puestos ejecutivos, y  en disfrutar de bienes materiales? ¡ Ahh, sí, se me olvidaba! Es que rezan y en eso se diferencian ¿ Dije rezan? Rectifico, pues, comenten el gravísimo pecado de communicatio in sacris yendo cada domingo a la misa nueva de los conciliares, que por sus fines es desagradable a Dios. A todos estos millones que hacen de sus propios pensamientos doctrina, les recordamos la santa doctrina de la Iglesia, y refutamos, de paso, las herejías y errores conciliares que han penetrado en la mente de casi todos los bautizados. 

Precisar los términos antes de exponer una doctrina, tesis e incluso para debatir sobre cualquier cosa, es siempre lo más adecuado; así se procedía en el medievo en los debates habidos entre las distintas posiciones teológicas y escuelas; antes de cualquier controversia pública se dedicaba el tiempo que fuera necesario para determinar el significado de las palabras que se iban a esgrimir, para que no se pudiera entender luego por un concepto sino sólo aquello que todos habían convenido. Así que así, siguiendo ese gran ejemplo, abandonado por la teología y magisterio desde Juan XXIII, procederemos  aquí.

La Planificación Familiar natural (en adelante PFN) es la industria (R.A.E. : Maña y destreza o artificio para hacer algo) hecha por los esposos de confinar voluntariamente el acto conyugal exclusivamente a los momentos en que la esposa es infecunda para evitar la concepción y conseguir una regulación de la natalidad y no para dedicarse a la oración común, sin renunciar a la sedación de la concupiscencia, sólo reprimida el resto de los días que se presumen ubérrimos.

En la definición tenemos el fin de la PFN: la regulación de la natalidad. Lo hace, el con qué, por la aplicación de la industria de los hombres (de industria hominum), es decir, con una industria nacida de  una observación más o menos rigurosa, adquirida por distintas técnicas, de los días fértiles en la mujer. El beneficio: la sedación de la concupiscencia. La voluntariedad del acto, que es ejercido durante un periodo y sólo en determinados días de infertilidad; y los sujetos del acto, los esposos, que no pueden alegar ignorancia porque requieren un entendimiento previo y en ocasiones hasta meticuloso de los días fecundos de la esposa a través de diversas mediciones. El cuánto: un periodo más o menos largo. Y mucho más, que no nos detenemos a detallar.

Estamos, pues, ante un acto humano que es sujeto susceptible de un juicio moral. En él hay plena advertencia y consentimiento.

Lo primero  y fundamental que indicamos es que el fin es el mismo que el de la Planificación Familiar Artificial (D.I.U., anticonceptivos, etc.); es decir, la regulación de la natalidad o dicho en cristiano, tener sólo los hijos que ellos quieran y no los que Dios les mande. La única diferencia se encuentra en la industria, esto es, la sexta circunstancia que Santo Tomás (1) considera para determinar la moralidad del acto: con qué.

Si el fin es el mismo, debemos, entonces, considerar cuál es el fin del matrimonio. Pero antes, tenemos que comprender qué relación tiene la finalidad de un acto determinado con la moralidad del mismo.

En esto, se consideran cinco reglas en teología moral:

1ª El fin bueno agrega una nueva bondad al acto bueno. Eje. Oír misa-objeto bueno- en reparación por los pecados- fin bueno-.

2ª Si el fin es malo, vicia por completo la bondad de un acto. Eje. Oír Misa-objeto bueno- sólo para contemplar con deseos a una mujer- fin malo-.

3ª Cuando el acto de suyo es indiferente, el fin lo convierte en bueno o en malo. Eje. Pasear frente a un banco-objeto indiferente-para preparar el próximo robo-fin malo-.

Si el fin es malo agrega una nueva malicia a un acto de suyo malo. Eje. Robar-objeto malo- para después embriagarse-fin malo-.

El fin bueno del que actúa, nunca puede convertir en buena una acción de suya mala. Eje. Dar muerte a alguien para librarlo de sus dolores o robar al rico para darlo a los pobres.

Veamos ahora cuáles son los fines del matrimonio. El dogma católico nos enseña que el fin primario del matrimonio y del acto conyugal es la procreación y educación de la prole.

C_o_a_Pio_XI.svg

Descargar encíclica Casti Connubii de Pío XI en español

El Papa Pío XI, Casti Connubii, § 17: “El fin primario del matrimonio es la procreación y educación de la prole. Lo mismo nos dice el C.I.C. : el fin primario del matrimonio consiste en la procreación y educación de la prole (2). Este fin natural además, en los matrimonios católicos, está orientado a engendrar la progenie de la Iglesia de Cristo. La naturaleza, pues, del acto conyugal tiene la finalidad de generar hijos, conciudadanos de los santos y domésticos de Dios “… estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos” (ibid. §14).

Hay que considerar, entonces, que forma parte de su naturaleza el destino primario del acto conyugal, que no es otro que la generación de la prole. Quien no oriente el acto conyugal al fin primario obra contra la naturaleza misma de la operación. El papa trae en su apoyo a San Agustín que dice: “Porque se cohabita ilícita y torpemente incluso con la esposa legítima cuando se evita la concepción de la prole. Lo cual hacía Onán, hijo de Judas, y por ello Dios lo mató”

Cierto que el matrimonio tiene otros fines secundarios, tales como el auxilio mutuo, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia. Pero estos fines secundarios están subordinados al fin primario y no se puede hacer uso lícito de aquellos sin éste.  Pío XI nos dice al respecto en Casti Connubii, § 59: “Hay, pues, tanto en el mismo matrimonio como en el uso del derecho matrimonial, fines secundarios ―verbigracia el auxilio mutuo, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia―, cuya consecución en manera alguna está vedada a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca del acto y, por ende, su subordinación al fin primario”.

Es una licencia criminosa, sigue diciendo la Casti Connubii, que se arrogan, ora porque están hastiados de los hijos, ora porque tratan de satisfacer sin cargas la voluptuosidad, y otros alegando que ni pueden guardar continencia (legítima de común acuerdo), o que a causa de la hacienda familiar o dificultades materiales no pueden aceptar más prole.  “No existe, sin embargo, razón alguna, por grave que pueda ser, capaz de hacer que lo que es intrínsecamente contrario de la naturaleza se convierta en naturalmente conveniente y decoroso”.

Contra esta doctrina segura, vienen ahora los liberales de la iglesia conciliar negando todo lo que ya está definido en la Iglesia Católica diciendo, cito literalmente un vómito cerebral típicamente modernista: “ Cuando Dios y los padres quieran concebir un hijo dentro de un matrimonio, será (¿No es lo mismo que el fundamento para uso de medios artificiales?). Que cumplan la voluntad de Dios según su libre razón, arbitrio y responsabilidad. Los cónyuges están en todo su derecho, lícito, de discernir la causa justa para el uso de medios naturales, en el caso que no consideren oportuno un hijo…..Decir otra cosa, que debe haber causa grave, que debe ser excepcional, es realmente digno de sectas protestantes  y fanáticas. O de pseudocatólicos rigoristas con resabios de jansenismo y totalitarismo sobre la conciencia moral que sería repudiado por los sabios católicos…. El hijo es un bien futuro, pero el matrimonio y los hijos presentes, son un bien presente y debe prevalecer este en el juicio moral. Dios da libertad para esto, aunque algunos rigoristas no lo entiendan”.

wswsws
Para los liberales conciliares como Wojtyla, Ratzinger, Caffarra, Mülller, Kasper, Burke… (facciones dentrto de la iglesia no católica y conciliar) sedicentes católicos, esta familia sería una granja irracional.

Habrá que preguntar a estos sofistas ¿quién determina la causa justa? Para este modernista, “de cuyo nombre prefiero no acordarme”, evidentemente no es la Iglesia, sino los cónyuges en parlamento democrático con Dios regido por las mayorías; pero acaso ¿Dios llama a los esposos por teléfono para ponerse de acuerdo con ellos? Para reír, si no fuera tan triste y gravísima la situación espiritual de los conciliares. Y, por otra parte, ¿es cada persona quién determina la causa justa o es Dios con sus mandamientos positivos y naturales? No existe, sin embargo, razón alguna, por grave que pueda ser, capaz de hacer pasar por conveniente lo que es contrario a la naturaleza. La única razón aparente de este esputo, más que razonable pensamiento, es justificar la sedación de la concupiscencia sin responsabilidad y sin freno, lo que es un camino rápido al infierno. Lo de jansenista se lo aplican a todos y ni siquiera saben, según me temo, de qué van las herejías de Jansenius. Lo digo porque es al revés; en realidad este discurso subversivo es jansenista y un verdadero manual del guerrillero contra las costumbres, como veremos de inmediato en palabras de Pío XI.

Casti Connubii se contrista de las quejas de aquellos cónyuges que, acosados por la dura necesidad económica [razón esgrimida por los defensores de la PFN], encuentran enormes dificultades para el sostenimiento de los hijos ¿Les aconseja Pío XI la PFN? No, al contrario, porque dice: “No puede surgir  dificultad alguna capaz de derogar la obligación impuesta por los mandamientos de la Ley de Dios, que prohíbe los actos por su íntima naturaleza malos. Cualesquiera que sean las circunstancias siempre les será posible a los cónyuges, robustecidos por la gracia de Dios, cumplir fielmente con su cometido y conservar en el matrimonio la castidad, limpia de esa torpe mancha, pues subsiste firme la verdad del tridentino: ‘Nadie puede hacer uso de aquella opinión temeraria y anatematizada por los santos Padres de que el cumplimiento de los preceptos de Dios es imposible para el hombre justificado. Puesto que Dios no manda imposibles, sino que mandando te exhorta no sólo a que hagas lo que puedas, sino también a que pidas lo que no puedas , y te ayuda para que puedas.. Y esta misma doctrina ha sido confirmada en la condenación de la herejía jansenista, que se atrevió a blasfemar de la bondad de Dios de esta manera. ‘ Hay algunos preceptos de Dios que los hombres justos, aun queriendo y afanándose, dadas las fuerzas actuales de las que disponen, no pueden cumplir; les falta también la gracia, con que se hagan posibles`”. De lo que resulta que jansenista es esa opinión energúmena, porque piensa que es terrorismo de conciencia tener los hijos que Dios mande, ya que no cree, como Jansenius, que Dios le auxiliará para cumplir sus preceptos. Por eso se inventan un Dios a su antojo que no refrene su voluptuosidad insaciable. Por esa causa rechazan la Doctrina de siempre de la Iglesia Católica y prefieren la ventajosa de Juan pablo II de la iglesia conciliar, con su explosiva teología del cuerpo. Y aquí el católico deberá elegir entre dos puertas, la de un verdadero papa que defiende la moral de siempre, Pío XI, puerta angosta, o la de Juan Pablo II que predica la salvación de todos, puerta amplísima y sin dificultad. El criterio de elección lo determina el mismo Cristo Jesús, vida nuestra: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y son muchos los que por ella entran. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida, y cuan pocos los que dan con ella! Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces (Mt. 7, 13-15). Curiosamente, nos manda guardarnos de los predican esa puerta ancha, que aún con vestiduras de ovejas, son los falsos profetas. Está claro, pues, quién es el falso profeta.

Logotipo-T
Mensaje juanpablista de los defensores de la PFN

Respecto a los sacerdotes, obispos, cardenales, etc. que tienen a su cargo las almas e indujeren al error a los fieles o guardaren silencio sobre la verdad, hoy la mayoría, Pío XI les dice “sepa que habrá de rendir cuenta a Dios, Juez supremo, de la traición de su ministerio, y considere que fueron dichas para él aquellas palabras de Cristo: ‘Son ciegos y guías de ciegos; y, si un ciego guía a otro ciego, los dos caen el hoyo’ ” (Ibid. 58). La misma sentencia vale para los laicos aprendices de teólogos que pululan en el ciberespacio y que con apariencias de eruditos, no sólo ellos conducen a otros al fuego eterno, sino que ellos mismos van directos a él, donde serán más atormentados.

No perdamos de vista la relación con la moralidad del acto que tienen los fines, como más arriba hemos visto. El fin de la PFN es regular, es decir,  impedir,  por el periodo en que se hace uso de ella, engendrar la progenie de la Iglesia de Cristo. En efecto, se está tratando de alcanzar un fin secundario que sólo es lícito, si está subordinado al fin primario, que es lo que se rechaza. Pero resulta que esto es una acción ilícita, según San Agustín, y torpe e intrínsecamente deshonesta, según Pío XI “… estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta.

Como dijimos: Si el fin es malo, vicia por completo la bondad de un acto. El fin en este caso es malo, porque es ilícito, obra contra la naturaleza del mismo acto cambiando la acción en torpe y deshonesta. Luego, como hay advertencia y consentimiento es pecado ¿en qué gravedad? Mortal. El mismo Papa lo dice con claridad y solemnidad, no haciendo más que repetir la tradición y las Sagradas Escrituras:

“Habiéndose, pues, algunos manifiestamente separado de la doctrina cristiana, enseñada desde el principio y transmitida en todo tiempo sin interrupción, y habiendo pretendido públicamente proclamar otra doctrina, la Iglesia católica, a quien el mismo Dios ha confiado la enseñanza y defensa de la integridad y honestidad de costumbres, colocada, en medio de esta ruina moral, para conservar inmune de tan ignominiosa mancha la castidad de la unión nupcial, en señal de su divina legación, eleva solemne su voz por Nuestros labios y una vez más promulga que cualquier uso del matrimonio, en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia y natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen, se hacen culpables de un grave pecado”.

Piuspp.xi

Papa Pío XI

El papa Pío XI está repitiendo lo que siempre ha explicado la Iglesia para determinar la moralidad del acto humano. A saber, “para que una acción sea buena, es necesario que lo sean sus tres elementos: objeto bueno, fin bueno y circunstancias buenas. Para que el acto sea malo, basta que lo sea cualesquiera de sus tres elementos (“ bonum ex integra causa, malum ex quoquenque defectu”); el bien nace de la rectitud total, el mal nace de un único defecto(3).

El papa Pío XI, por lo tanto, estaba transmitiendo la doctrina sempiterna de la Iglesia recordando la ilicitud de obrar sólo por placer. En efecto, este principio tiene muchas aplicaciones en la vida práctica; veamos el esquema de R. Sada-A Monroy en su Curso de Teología Moral, que es el mismo en todas las teologías morales normales. Las premisas son las siguientes:

  1. Dios ha querido que algunas acciones vayan acompañadas por el placer, dada su importancia para la conservación del individuo o de la especie.
  2. Por eso mismo, el placer no tiene en sí razón de fin, sino sólo de medio que facilita la práctica de los actos: “delectatio est propter operationem et non et converso” :La delectación es para la operación y no al contrario (4).
  3. Poner el deleite como fin de un acto – que es en definitiva lo que hace la PFN- implica trastocar el orden de las cosas señalado por Dios. Esa acción queda corrompida más o menos gravemente. Por tal razón nunca es lícito obrar solamente por placer. El ‘católico’ que mantenga una opinión contraria a esto debe saber que estaría defendiendo una opinión que la Iglesia ha condenado infaliblemente. Porque si invirtiendo los fines aun manteniendo el primario hay, al menos, pecado venial, según la siguiente proposición que está condenada por la Iglesia : “El acto del matrimonio, practicado por el solo placer, carece absolutamente de toda culpa y de defecto venial” (5); mucho más grave, pecado mortal, es impedir el fin primario, como bien dice Pío XI.
  4. Se puede actuar con placer, pero no siendo el deleite la realidad pretendida en sí misma. Es lícito el placer conyugal en orden a los fines del matrimonio, pero no exclusivamente por gusto; no cuando se busca como única finalidad el placer o la sedación de la concupiscencia en sí misa.
  5. Para que los actos tengan una rectitud es bueno referirlos a Dios, fin último de hombre, al menos de manera implícita (1Cor. 10,31). Si en algún acto se excluye la intención de agradar a Dios de forma explícita, es decir, no por inadvertencia, resulta pecaminoso.

El Papa no inventa una nueva doctrina, por eso dice “una vez más”; está transmitiendo lo que ha recibido sin cambiar una tilde. La PFN es una industria que busca la sedación de la concupiscencia, sin querer asumir “la carga” de los hijos. Rechaza la prole que Dios le mande, sin hacer uso de lo único legítimo: la continencia sexual de mutuo acuerdo entre los esposos en un determinado periodo o en varios para la alabanza de Dios en oración, penitencia, etc.. Antes de que los laboratorios produjesen masivamente anticonceptivos, la fábrica del hombre usó de artimañas y argucias naturales para evitar la prole. En las mismas Sagradas Escrituras está contenida esta doctrina contra la PFN:

 “Los que abrazan con tal disposición el matrimonio, que apartan de sí y de su mente a Dios, entregándose a su pasión, como el caballo y el mulo que no tienen entendimiento; ésos son sobre quienes tiene poder el demonio. Mas tú, cuando la hubieres tomado por esposa, entrando en el aposento, no llegarás a ella en tres días, y no te ocuparás en otra cosa sino en hacer oración en compañía de ella. (…) Pasada la tercera noche, te juntarás con la doncella, en el temor del Señor, llevado más bien del deseo de tener hijos, que de la concupiscencia…” (Tobías 6, 17)

Entonces Judá dijo a Onán: Llégate a la mujer de tu hermano [éste había muerto], y cumple con ella tu deber como cuñado, y levanta descendencia a tu hermano. Y Onán sabía que la descendencia no sería suya; y acontecía que cuando se llegaba a la mujer de su hermano, derramaba su semen en tierra para no dar descendencia a su hermano. Pero lo que hacía era malo ante los ojos del Señor; y también a él le quitó la vida.…(Gn 38, 8-10.

Ya hemos citado a san Agustín, veamos lo que dice San Cesáreo de Arlés: “Cada vez que él se une a su esposa sin un deseo de tener hijos (…) sin lugar a dudas que comete pecado”(6).

Los resultados de este tremendo error que sostienen en general los conciliares resulta evidente. De una parte al coincidir la maldad del fin entre los que prodigan la limitación de los nacimientos mediante la industria de la PFN y los que la procuran mediante la industria artificial de los anticonceptivos hace que cada vez más de los primeros se pasen a la práctica de los segundos. Esto está archidemostrado por numerosas encuestas, entre la que recordamos por parecernos más que suficientes sólo dos, la realizada entre los jóvenes ’católicos’ que acudieron a la JMJ de Río y la respuesta de los obispos a Roma sobre el panorama de sus diócesis, para la preparación del próximo Sínodo. El resultado de ambas es espeluznante al coincidir en que más del 90% de los católicos considera que hacer uso del matrimonio usando métodos anticonceptivos no es pecado.

Pero ¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Por una ley fácil de entender: La comodidad, o de economía de esfuerzo que dice: ante el fin que se puede conseguir de dos maneras, una ardua y otra fácil, el hombre siempre tiende a escoger la última ; el pensamiento es el siguiente: “si cada cual decide cuántos hijos ha de tener, reunidos en la Cortes con Dios, en cuyo parlamento siempre son mayoría los esposos que suman dos votos, se cometen menos errores- porque ya la PFN ha preparado las mentes de que tener los hijos que Dis manda es un error– confiados en una píldora que llevando el apunte de los ciclos y la temperatura íntima de la mujer; ergo, como la finalidad es la misma no debe haber tanta diferencia respecto a la culpa entre unos y otros medios”. Todo este inicuo pensamiento que ha arraigado en el entendimiento y la voluntad de los ‘católicos’ tiene una razón de ser, que San pablo nos explica perfectamente: “por no haber recibido el amor de la verdad que los salvaría. Por eso Dios les envía un poder engañoso, para que crean en la mentira y sean condenados cuantos, no creyendo en la verdad, se complacieron en la iniquidad. Por no haber recibido el amor de la verdad que los salvaría” (2Ts,10-12).

Todos los argumentos de los que defienden la PFN se enfocan en el acto conyugal en sí, y en efecto,  bien dicen que  no interfiere directamente con el acto conyugal, pero no viene de ahí su maldad, sino de que subordina el propósito primario del matrimonio y del acto conyugal a un fin secundario, impidiendo la consecución de fin primario voluntariamente y conscientemente.

santa.catalina.

Santa Catalina de Siena

Para concluir. Si los piadosos padres de Santa Catalina de Siena hubieran usado la PFN nunca hubiera nacido esta gran santa, ya que Catalina, quien tuvo una hermana gemela, Giovanna, quien murió poco después, es la vigésima cuarta hija de los veinticinco hijos que tuvieron sus padres. Ni San Ignacio de Loyola, que era el más pequeño de trece hijos. Quizá, ni Fátima se hubiese dado, al menos como lo conocemos, ya que Lucía era la última de siete hijos,  Francisco el octavo de nueve hijos y Jacinta la última de nueve hijos y todos “pobres de solemnidad” (causa justa según los liberales). Hay muchos más ejemplos que el lector puede encontrar, por ejemplo, leyendo la Vida de los Santos de Butler .

Qué duda cabe que hoy en día resulta ‘embarazoso’ a los pastores repetir a los matrimonios la enseñanza de San Pablo a Timoteo: [la mujer] “Se salvará por la crianza de los hijos, con tal que permaneciere con modestia en la fe, la caridad y la santidad “(1Ti 2:15 ). ¿Y cómo será esto posible, si engañadas por sus pastores, creen que se salvarán cerrando la puerta a los hijos que Dios manda y siendo, en cambio, protagonistas en las misas novus ordo? Pues “Así habla el Señor:

Hijo de hombre, yo te he puesto como centinela de la casa de Israel: cuando oigas una palabra de mi boca, tú les advertirás de mi parte. Cuando yo diga al malvado: “Vas a morir”, si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Si tú, en cambio, adviertes al malvado para que se convierta de su mala conducta, y él no se convierte, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida (Ez. 33, 7-9)”.

La Objeción de los defensores de la PFN

Los defensores de la planificación natural quieren apoyarse en la enseñanza  del mismo Papa Pío XI, en el § 59 de la Casti connubii, donde enseñó que los esposos pueden hacer uso del matrimonio en los periodos infértiles, cuando  dice: “Ni se puede decir que obren contra el orden de la naturaleza los esposos que hacen uso de su derecho siguiendo la recta razón natural, aunque por ciertas causas naturales, ya de tiempo, ya de otros defectos, no se siga de ello el nacimiento de un nuevo viviente. Hay, pues, tanto en el mismo matrimonio como en el uso del derecho matrimonial, fines secundarios ―verbigracia, el auxilio mutuo, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia―, cuya consecución en manera alguna está vedada a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca del acto y, por ende, su subordinación al fin primario.

Pío XI no está enseñando la planificación familiar natural en este párrafo, sino que los esposos pueden hacer uso legítimo de los fines secundarios siempre, incluso en los días infértiles (causas naturales), sobrevenida la edad yerma por ejemplo (de tiempo) o por el defecto radical de engendrar en uno o los dos cónyuges, operación, accidentes, etc, (otros defectos), pero siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca del acto, su subordinación al fin primario. En resumen, lo citado anteriormente no enseña la PFN, sino que anuncia el principio según el cual  los esposos pueden utilizar legítimamente  su derecho en cualquier momento. Además, en el mismo párrafo que los defensores de la PFN retuercen para justificar su práctica de control de la natalidad, el Papa Pío XI condena la PFN reafirmando la enseñanza del fin primario del matrimonio, el cual la PFN lo convierte en secundario o mejor dicho a su inexistencia. El Papa Pío XI reitera que todo uso del derecho matrimonial – incluyendo cuando la nueva vida no se puede concebir debido al tiempo de infertilidad o por razón de  defectos naturales – ¡debe mantener los fines secundarios del matrimonio subordinados al fin primario! Pio XI aniquila, así, en un mismo párrafo, los argumentos de los defensores de la PFN de una parte, confirmando su pecado, y por otra parte,  se enfrenta a  los posibles argumentos de los sectarios que niegan los fines secundarios a quienes por causas naturales, defectos, tiempo, etc.  no pueden obtener el fruto siempre querido en primer lugar, la prole. He aquí cómo habla Pedro por boca de Pío XI.

Si usted ha practica la PFN arrepiéntase y vaya al confesor, y si éste cree que no es pecado, igualmente reciba la absolución sacramental luego de confesar esa falta grave;  y más tarde, dígale que si él no predica la sana doctrina, Dios le pedirá cuentas de las almas que por su causa se pierdan y que más pesada que la de éstas, será la piedra atada a  su cuello en el día del Juicio.

 No te olvides de elogiar la virginidad en primer lugar, para que la gracia de desearla prenda en los corazones; y en segundo lugar, predicar el fin esencial del matrimonio, y sea ese el orden de tu discurso siempre, sin dudar de que a la estéril Dios la hará madre feliz de hijos por la fecundidad de la flor de la virginidad.

Sofronio

NOTAS:

(1)  Sum. Th. I-II,q. 7, a.3

(2) C.I.C. 1917,  1013 § 21

(3) Sum. Th. I-II,q. 18, a.4, ad 3

(4) C.G., 3, c.26

(5) Dz. 1159, ed. 1957

(6)La Fe de los Primeros Padres; Jungers

NUESTRA SEÑORA, CORREDENTORA DE LAS ALMAS, NEGADA POR EL C. V. II

Importancia de la cuestión

Durante el Concilio Vaticano II -el 29 de octubre de 1963 para ser exactos-, el cardenal Franz König se enfrentó al cardenal Rufino Jiao Santos, de Manila, quien quería insertar el tratamiento sistemático de la mariología en un documento aparte para dar así mayor realce al papel de María Mediadora y corredentora; König, por el contrario, deseaba que la mariología fuera tan sólo un capítulo minimalista, y que se insertara en el De Ecclésia: de ese modo no se contrariaría a los protestantes. El Concilio aprobó la tesis de König por 1114 votos contra 1097, es decir, nada más que por 17 votos de diferencia.

Entre los teólogos que se oponían a la doctrina de la corredención en el Concilio y en el periodo postconciliar hallamos algunos que habían empezado a negar con vehemencia la doctrina de la corredención desde los años treinta a los cincuenta, como, por ejemplo, Yves Congar (Bulletin de théologie, en Revue de sciences philosophiques et théologiques, nº 27, 1938, pp. 646-648), Edward Schillebeeckx (María Madre de la Redención, Catania, 1965), Karl Rahner (El principio fundamental de la teología mariana, en Revue de sciences religieuses, nº 42, 1954, pp. 508-511) y Hans Küng (Christ sein, Munich-Zurich, 1974).

Jean-Yves Lacoste es claro respecto a la actitud del Concilio en punto a la mariología:

«Aunque en la Lumen Géntium 53 se habla de María en relación con la Iglesia y tocante a su maternidad espiritual, Pablo VI quiso proclamar que María era Madre de la Iglesia, pero sin dar a su proclamación ningún valor dogmático (cf. DC, nº 61, 1964, p. 1544). Además, el Concilio Vaticano habla de mediación una sola vez, de manera marginal, en la Lumen Géntium 62, para expresar la intercesión de María. El título de Corredentora lo evita adrede el Concilio Vaticano II, y por eso se impugna dicho título después del Concilio, y con razón, a causa tanto de la ambigüedad conciliar como del rechazo protestante» (Dizionario Critico di Teología, Roma, ed. Borla-Città Nuova, 2005, pp. 811-813).

Sin embargo, la cooperación de María a la redención [1] de Cristo (corredención y dispensación de la gracia [2]) no es una cuestión baladí en la teología dogmática católica: toca el corazón mismo del dogma, esto es, la salvación del género humano [3]. En efecto, Dios era libre de redimirnos o no después del pecado de Adán (la gracia no se le debe a la naturaleza, sino que es un don gratuito de Dios) [4], y también era libre, por lo que hace al modo de efectuar tal redendención eventual, de redimirnos mediante Cristo solo, o bien por medio de Cristo junto con María, verdadera Madre suya. Por eso es menester estudiar en las dos fuentes de la revelación (Tradición y Sagrada Escritura), interpretadas por el Magisterio eclesiástico, qué fue lo que Dios estableció.

Mediación de María en general
Santo Tomás enseña que se requieren dos condiciones para que una persona pueda llamarse mediadora:

  1. Hacer de medio entre dos extremos (mediación natural, física u ontológica);
  2. Juntar ambos extremos (mediación moral) (S. Th. III, q. 26, a. 1).

En conclusión, el mediador es una persona que se interpone ontológicamente entre otras dos con su presencia física para juntarlas, o que las junta de nuevo moralmente con su acción (si estaban unidas en un primer tiempo y luego se malquistaron). Ahora bien. María posee a la perfección estas dos características: ontológicamente está en medio, entre el Creador y la criatura, al ser verdadera Madre del Verbo encarnado y auténtica criatura racional; y como verdadera Madre de Dios redentor trabajó por volver a juntar al hombre con Dios. Por eso tiene algo en común con los dos extremos, bien que sin identificarse completamente con ellos: se acerca al Creador en cuanto Madre de Dios; mientras que, por otro lado, se acerca a las criaturas por ser verdadera criatura. De aquí que convenga con los dos extremos en cierto sentido, y que en otro se distancie de ellos.

María, además de mediar ontológicamente entre Dios y el hombre, ejerce asimismo una mediación moral entre ambos: con su “fiat” a la encarnación del Verbo, el cual muriendo en la cruz, restituyó al hombre, herido por el pecado de Adán, lo que había perdido: Dios, o su gracia santificante, y lo restableció en la filiación sobrenatural de Dios al hacer que volviera a hallar la gracia divina; y todo ello a sabiendas y voluntariamente (cooperación remota o preparatoria a la redención de Cristo). María sabía, cuando respondió al arcángel Gabriel «ecce Ancílla Dómini, fiat mihi secundum verbum tuum» (Lc 1, 38), que el Redentor salvaría a la humanidad muriendo en la cruz (cooperación formal a la redención), como había sido predicho por los profetas del Antiguo Testamento y como le había dicho el propio Gabriel: «y concebirás en tu seno, y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, que significa salvado» (Lc 1, 31). De aquí que no fuera sólo Madre de Dios, sino Madre de Dios crucificado para la redención del género humano [5]. Podemos, pues, afirmar con San Beda: «La anunciación del ángel a María fue el inicio de nuestra redención» (Migne, Patrología Latina 94, 9).

Los errores de los protestantes y de los modernistas

Verdad es que Cristo constituye el único Redentor y Mediador universal de todos los hombres (Rom 5, 18; I Tim 2, 5) [6], mas Dios quiso que el Verbo se encarnara en el seno de María y nos salvara con su muerte en la cruz. Estando así las cosas, hay una mediadora secundaria y subordinada (María) cabe el mediador principal (Cristo) [7].

Jesús no sólo nos redimió mereciéndonos la gracia mediante su muerte en la cruz, sino que aplica a cada hombre la gracia suficiente para salvarse. Él es el Redentor y el Dispensador principal de toda gracia. La redención universal (en acto primero o en el ser) es el fundamento de la dispensación universal (en acto segundo o en el obrar). Otro tanto se debe decir, analógicamente, de la corredención y dispensación de toda gracia por parte de María [8]. En efecto, también María nos recobró la gracia como Corredentora, de manera subordinada a Cristo, y, además, distribuye la gracia a cada cual por voluntad de Dios. María no es sólo Dispensadora de la gracia, como pretendían algunos mariólogos minimalistas, sino que es asimismo, realmente y por voluntad de Dios, Corredentora subordinada a Cristo: María junta de nuevo a los hombres con Dios; no se limita a distribuir la gracia a todo el que la quiera recibir [9].

Hemos visto que la mediación o corredención de María no es principal o equivalente a la de Cristo (o sea, no hay dos “redentores: Cristo y María”), sino secundaria (Cristo es Dios; María, una criatura finita, aunque sea verdadera Madre de Cristo en cuanto verdadero hombre); la corredención de María no es tampoco independiente de la de Cristo, o colateral, sino subordinada a la de Cristo; no es suficiente por sí misma, sino que saca su valor de la encarnación y muerte del Verbo; no es absolutamente necesaria, sino que su necesidad es tan sólo hipotética, es decir, fue querida libremente por Dios, que habría podido elegir otro modo de redimir a la humanidad.

La mariología católica, pues, no le sustrae a Cristo el título de Mediador, Redentor y Dispensador de toda gracia para conferir dichas prerrogativas a María, como dicen erróneamente los protestantes y los modernistas. San Pablo reveló, por lo que es doctrina de fe, que «porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» (I Tim 2, 5). Jesús es el mediador principal, absoluto, independiente y suficiente por sí mismo. Pero eso no excluye -antes bien, admite implícitamente- la cooperación secundaria, subordinada, dependiente, ineficaz por sí misma y sólo hipotéticamente necesaria de María, que aceptó libremente y con conocimiento de causa hacerse Madre del Verbo encarnado y redentor.

María Corredentora

Corredentora es el título que resume en una sola palabra la mediación de María entre Dios y el hombre herido por el pecado original, es decir, su cooperación a la redención del género humano.

La voz Co-redémptrix [Corredentora] (no la cosa significada) se la encuentra en el siglo XIV por vez primera, en el Tractátus de præservatióne gloriosíssimæ Beátæ Vírginis Maríæ [Tratado sobre la preservación de la gloriosísima y Santísima Virgen María], obra de una fraile mínimo anónimo, y luego en el XV, en un himno latino transcrito en dos manuscritos de Salzburgo: “Ut, compássa Redemptóri, Co-redémptrix fíeres” (a fin de que, padeciendo junto con el Redentor, te hicieras Corredentora). Con todo, el título de Corredentora deriva de uno aún más antiguo (más antiguo en cuanto al vocablo, no respecto a la cosa significada), a saber, el de Redémptrix [Redentora], que se halla nada menos que 94 veces (noventa y cuatro), desde el siglo X hasta el año 1750, con el sentido de “Madre del Redentor”. Dicha voz, con todo, podía ser mal interpretada y dar a entender que María era el “redentor” o el obrero principal de la redención de la humanidad. De suerte que de “redentora” se pasó suavemente, en 1750, a “corredentora” o cooperadora de la redención, sobre todo cuando los teólogos de la Contrarreforma comenzaron a estudiar de manera específica, para refutar las objeciones protestantes y jansenistas, el asunto de la cooperación inmediata de María, bien que subordinada, a la redención de Cristo. No obstante, no sólo permaneció la voz “redentora” hasta bien entrado el siglo XVIII, sino que, además, seguía superando al término “corredentora”.

Fue precisamente el siglo XVIII el que hizo prevalecer el término “corredentora”. En efecto, una obra de sabor jansenista escrita por Adán Widenfeld (Mónita salutária [Advertencias saludables]) reprobaba claramente el término “corredentora”, por lo que los teólogos católicos examinaron la cuestión a fondo y, como consecuencia, el mismo título de Corredentora empezó a prevalecer sobre el de Redentora.

Por último, el título de Redentora comenzó a desaparecer en el siglo XIX, salvo raras excepciones, para dejarle el sitio al de Corredentora, que se usó asimismo en los documentos oficiales de la Santa Sede.

Redención de Cristo y Corredención mariana

Redención en general significa rescatar o recomprar una cosa que primero se poseía y luego se perdió. Por eso se rescata o se recompra pagando cierto precio.

En sentido teológico, la palabra “redención”, aplicada al género humano después del pecado original, significa que la cosa poseída y luego perdida por el género humano después del pecado de Adán es la gracia santificante, que hace participar al hombre de la vida de Dios y tiene un valor infinito [10]. Es por ello de un valor infinito el precio a pagar para recomprar o rescatar la cosa perdida. Ahora bien, la humanidad, al ser finita y creada, no podía pagar tal suma. De aquí que fuera menester la intervención de Dios para rescatar la gracia perdida en Adán por la humanidad. La Santísima Trinidad decretó libremente [11] que el Verbo se encarnara en el seno de la BVM por obra del Espíritu Santo, de manera que, en sustitución de la humanidad incapaz de pagar tal precio, pudiera ofrecer un sufrimiento de valor infinito cual verdadero Dios y ver dadero hombre.

El elemento esencial de la redención de Cristo es el pago del precio para recobrar la gracia perdida. Supuesto esto, surge la pregunta de cómo cooperó María a la redención de la humanidad obrada por Cristo.

Los teólogos católicos aprobados por la Iglesia admiten, aunque con matices diversos, la realidad de la corredención secundaria y subordinada de María, y especifican que la corredención es remota en el “fiat” de María a la encarnación del Verbo redentor y próxima en el holocausto de Cristo y en subordinación a Él: un holocausto que se inició con la encarnación y se consumó en el Calvario [12].

Otro error de los protestantes y de los modernistas

Los protestantes y los modernistas, en cambio, niegan la corredención mariana, y conceden sólo que María fue nada más que la materia a través de la cual pasó Cristo (cooperación puramente material). María, no obstante, cooperó no sólo materialmente (como seno en el que se encarnó y habitó el Verbo), sino también formalmente, o sea, consintiendo con la inteligencia y el libre albedrío en la encarnación redentora de Cristo en su seno. Además, María unió, en el curso de su vida, su querer y su padecer a los de Cristo en aras de nuestra salvación. Por eso quiso Dios que la redención del género humano se realizara, además de por los méritos de Jesucristo (redentor principal, independiente, necesario y suficiente por sí mismo), por la coopeperación inmediata o próxima de María (corredención secundaria, subordinada, insuficiente por sí misma y solo hipotéticamente necesaria). De aquí que los méritos y las satisfacciones de Jesús y María constituyeran el precio que se satisfizo para recomprar la gracia perdida por Adán. La humanidad, pues, fue redimida o recomprada por Cristo y corredimida o correcomprada por María, en el sentido ya explicado más arriba.

En conclusión, las plegarias, los sufrimientos y todas las obras buenas de María, particularmente y sobre todo en el Calvario, unidos con los de Cristo y en subordinación a ellos, tuvieron un auténtico valor corredentor así material (canal material a través del cual pasó el Verbo encarnado) como formal (consciente y libre), esto es, fueron eficaces para la redención en sí misma (u objetiva) de la humanidad, no sólo para la aplicación de la redención a los síngulos individuos (redención subjetiva o dispensación de toda gracia) [13]. Así que la cooperación de María es un elemento esencial de la redención de Cristo, no puramente accidental, de manera que sin la corredención mariana no se habría dado la redención de Cristo tal y como la quiso la Santísima Trinidad (si bien pudo Ésta haber querido otra distinta).

El plan de Dios

La corredención subordinada de María no obsta en nada a la redención principal de Cristo. La cooperación de María a la redención en sí misma (u objetiva) de Cristo es análoga a la cooperación de todo hombre a su redención subjetiva, o sea, a la recepción de la gracia en la propia alma: lejos de quitar algo a la omnipotencia de la voluntad de Dios, precisamente Éste la exige para nuestra salvación. En efecto, nuestra cooperación a la recepción de la gracia divina en nuestra alma, es decir, a nuestra redención subjetiva, es un elemento esencial de nuestra salvación, sin el cual no podremos salvarnos, mas no perjudica a la omnipotencia, la unicidad y la preeminencia de la voluntad de Dios en nuestra santificación.

Se puede decir lícitamente que Dios solo nos ha salvado, ya que nuestra cooperación, en la línea de la causalidad eficiente primera, viene de Dios; sin embargo, nosotros mismos obramos nuestra salvación junto con Cristo, porque cooperamos real, bien que subordinadamente, a la acción divina como causas segundas [14]. En conclusión, nuestra salvación es de Dios como causa eficiente primera, y de nosotros, criaturas, como causas eficientes segundas. Por poner un ejemplo, una pintura es toda del pintor como causa eficiente principal, y toda del pincel y de los colores como causa eficiente instrumental secundaria y subordinada. Así, la corredención o cooperación objetiva de María, aun siendo un elemento esencial de la redención (supuesto el plan actual de Dios), en nada obsta a la unicidad y omnipotencia de la redención obrada por Cristo, como que la corredención o cooperación de María deriva, en la línea de la causalidad eficiente, de Cristo. Así se puede decir que solamente Cristo obró nuestra redención, pero que María obró nuestra redención junto a Cristo y en subordinación a Él porque el mismo Dios lo quiso y estableció así. La redención de la humanidad sin la corredención de María no habría sido la querida y decretada por Dios.

María no fue corredentora de sí misma, sino que fue redimida por Dios, que la preservó del pecado original (redención preventiva, no liberadora); con todo, cooperó después a la redención de los demás hombres. En efecto, no se puede cooperar a la redención sin la gracia, que deriva de la redención y la presupone como ya existente. María cooperó, no a su propia redención, sino sólo a la de todos los demás hijos de Adán, siendo ella la Inmaculada Concepción, redimida por Cristo a título preventivo.

El Magisterio y la Corredentora

El Magisterio se pronunció explícitamente sobre la corredención mariana sólo a partir del siglo XIX, en particular con el gran Papa León XIII.

Pío IX se remitió a la profecía del Génesis (3, 14-15) al definir el dogma de la Inmaculada Concepción de María en la bula Ineffábilis Deus, y puso en evidencia la unión indisoluble entre María y Cristo en la lucha contra la serpiente infernal, o sea, en la redención, que es principal en Cristo y, al mismo tiempo, subordinada en María.

En efecto, la Vulgata de San Jerónimo refiere que la Mujer (es decir, María, como leen unánimemente los Padres eclesiásticos) aplasta la cabeza de la serpiente infernal con Cristo y bajo Cristo. Así, pues, María es corredentora remota, indirecta, secundaria y subordinada junto con Jesús, redentor principal y directo de la humanidad. Ahora bien, el Concilio de Trento definió, el 8 de abril de 1546 (sesión IV, EB 46), que la Vulgata, «aprobada por el largo uso de tantos siglos en la Iglesia misma, sea tenida por auténtica», es decir, por digna de fe o revestida de autoridad indiscutible, o en otras palabras, por exenta de cualquier error en materia de fe y costumbres, fuente genuina de la revelación, expresión fiel de la palabra de Dios escrita; y mandó que «nadie, por cualquier pretexto, sea osado o presuma rechazarla» [15]. Conque no se debe rechazar la doctrina de la corredención secundaria y subordinada de María, visto que se contiene en la Vulgata, que habla de la Mujer (Múlier), de su estirpe (Jesús) y de su calcañar (los cristianos), la cual aplastará la cabeza de la serpiente: «Ipsa cónteret caput tuum», “con Cristo, por Cristo y en Cristo”, como interpretan unánimemente los Padres de la Iglesia y el propio San Jerónimo (De perpétua Virginitáte Maríæ advérsus Helvídium [Sobre la perpetua Virginidad de María contra Elvidio], Patrología Latina 23, 1 883, 193-216).

León XIII enseña (encíclica Jucúnda semper, 1894) que María:

  1. Se ofreció a sí misma junto con Jesús en la presentación de su Hijo en el Templo, cuarenta días después de su nacimiento, para participar en la expiación dolorosa de Cristo en favor del género humano, esto es, para la redención.
  2. Además, en el Calvario, movida por un inmenso amor a nosotros, ofreció Ella misma a su Hijo a la justicia divina y murió espiritualmente con Él, atravesada en su espíritu por una espada de dolor, para devolvernos la vida sobrenatural de la gracia y tenernos como hijos espirituales.
  3. Tal corredención se verificó en virtud de un decreto o designio divino libre y especial (Acta Apostólicæ Sedis 27, 1894-1895, pp. 178-179).

León XIII también es quien, en la encíclica Adjutrícem pópuli (1895):

  1. Distingue la redención y la corredención objetivas, o en sí mimas (en acto primero o en el ser), de la redención y la corredención subjetivas, o aplicación de los méritos a cada alma (en acto segundo o en la acción).
  2. Enseña explícitamente la cooperación de María a la redención objetiva y subjetiva de Cristo.
  3. Explica que la cooperación de María a la redención en el ser o en sí misma (objetiva) es la razón de su cooperación a la redención en acción, o aplicación de las gracias a los hombres (subjetiva) (cf. Acta Apostólicæ Sedis 28, l894-1895, pp. 130-131).

San Pío X enseña en la encíclica Ad diem illum (1904): «Puesto que María fue asociada por Cristo a la obra de nuestra redención, mereció de congruo (por pura benevolencia divina) lo que Cristo mereció de condigno (por estricta justicia)» (Acta Apostólicæ Sedis 36, 1904, p. 453). Nótese que el Papa Sarto afirmó en este pasaje dos verdades sobre la corredención:

  1. María fue asociada por Cristo a la redención, no fue Ella la que se asoció a la dolorosa obra de Jesús de rescate de la humanidad.
  2. Gracias a tal asociación, María mereció por libre voluntad divina (de congruo) lo que Cristo mereció por derecho (de condigno). Estas dos expresiones técnicas de la teología significan con claridad que María es sólo corredentora subordinada, mientras que Cristo es el único redentor principal.

Roschini (Mariología, Milán, tres volúmenes, 1940-1942) especifica, con Lépicier (Tractátus de Beatíssima Vírgine María, Roma, 5ª edición, 1926), que María mereció de cóngruo ad mélius esse en la redención, no ad esse simplíciter, como corredentora subordinada por voluntad amorosamente gratuita de Dios.

Benedicto XV fue el primer Papa que formuló la doctrina de la corredención mariana en términos perentorios, inequívocos y definitivos (ya que, después de las encíclicas de Léon XIII y San Pío X, algunos teólogos minimalistas en mariología habían procurado rebajar el alcance de la enseñanza magisterial leonina y piana). Escribe el Papa Giacomo della Chiesa en su carta apostólica Inter sodalícia (1918) que María en el Calvario, a los pies de la cruz, «padeció tanto por designio divino que casi murió con su Hijo doliente y moribundo, y lo inmoló para aplacar la justicia divina, de manera que se puede decir, con razón, que María redimió al género humano junto con Cristo» (Acta Apostólicæ Sedis 10, 1918, pp. 181-182).

Benedicto XV enseña aquí tres cosas:

  1. Los actos de María de “conmuerte”, compasión e inmolación son la causa de la corredención mariana.
  2. Los efectos de tales actos de la corredentora fueron el aplacamiento de la justicia de Dios, ofendida por el pecado de Adán, y la salvación objetiva del género humano.
  3. El motivo de la corredención de María es la libre elección de Dios, no una necesidad natural de María, quien, por ser una criatura, no podía de suyo corredimir a la humanidad.

Pío XI fue el primer Papa que usó el término “corredentora” (aunque la cosa significada estaba ya presente así en la Sagrada Escritura como en la Tradición y el Magisterio) (cf. Mensaje radiofónico de clausura del Jubileo de la Redención Humana, del 28 de abril de 1935). El Papa Ratti dijo: «¡Oh Madre de piedad y misericordia, que como compaciente y corredentora…!» (cf. L’Osservatore Romano, 29-30 de abril de 1935, p. 1). Llama a María “Corredentora” no sólo, por haber engendrado al Redentor, sino también por su participación en la pasión (“compaciente”) del redentor principal. De aquí que los frutos de la redención de Cristo derivaran de una causa doble: de la pasión redentora primera y principal de Cristo y de la compasión corredentora segunda y subordinada de María.

Pío XII trató repetida y explícitamente de la corredención de María en tres encíclicas. El Papa Pacelli enseña, en la encíclica Mýstici Córporis Christi (1943), que María «ofreció a Jesús al Padre Eterno en el Gólgota por todos los hijos de Adán contaminados por la prevaricación de éste. Así, la que era Madre de nuestra cabeza en cuanto al cuerpo pudo llegar a ser en cuanto al espíritu, Madre espiritual de todos sus miembros» (Acta Apostólicæ Sedis 35, 1943, p. 247).

Pío XII hace comprender aún mejor, con su enseñanza, que expresan la misma cosa la corredención y la maternidad espiritual de María para con los cristianos y la Iglesia. María cooperó, en subordinación a Cristo, a la recuperación de la gracia para todos los hombres, injertándolos en el segundo Adán, su Cabeza espiritual y Cabeza de la Iglesia. Aquéllos se vuelven, por conducto de su santificación, hijos espirituales de María y Jesús. Ella es verdadera Madre física de la cabeza del Cuerpo Místico, el cual es la Iglesia, y verdadera Madre espiritual de sus miembros vivos (María Mater Christianórum) y de la misma Iglesia (María Mater Ecclésiæ). Quien no tiene a María por Madre espiritual no tiene a Dios por Padre espiritual, o sea, no se halla vivificado por la gracia, que es una participación de la vida de Dios (limitada y finita, pero real). El Papa Pacelli distingue dos fases en esta maternidad espiritual de María:

  1. La fase inicial: María verdadera Madre de Cristo, que es la cabeza de los cristianos y de la Iglesia. De aquí que la maternidad divina sea la fase inicial o la raíz de la corredención.
  2. Además, María padeciendo y cum-mórtua mýstice cum Christo [muerta místicamente con Cristo] constituye la fase final de la corredención o maternidad espiritual de María para con los que han recobrado la gracia de Dios y viven en ella.

En efecto, María concibió realmente a Cristo, no sólo como hombre verdadero, sino también como redentor del género humano; de aquí que la maternidad mariana física de Dios [por la cual engendró el cuerpo físico de Jesús) sea la base y fundamento de la maternidad espiritual de María o corredención (por la cual es Madre del cuerpo espiritual de Jesús, o sea, de los miembros vivos de Cristo y de la Iglesia). María es Madre de todos los hombres en potencia, mas llega a serlo en acto sólo respecto de los que quieren aceptar el don de la redención, que Dios ofrece a todos, pero que muchos rechazan. Así como María engendró la cabeza del Cuerpo Místico, así, y por igual manera, engendró y engendrará hasta el final de los tiempos a sus miembros vivos. Esta generación espiritual se puede subdividir en dos partes: la concepción y el parto. Pío XII presentó explícitamente a los hijos espirituales de María como miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, nacidos en el Calvario entre los desgarros del alma de María, “commórtua” junto con su cabeza, que es Cristo. Esta es la cooperación de María a la obra de la redención o corredención objetiva remota y próxima.

Pío XII enseña, en su segunda encíclica sobre la corredención (Ad cœli Regínam, 1954), que María es reina no sólo por ser Madre física de Cristo, sino, además, por ser Madre espiritual de los hombres rescatados y engendrados de nuevo a la vida sobrenatural. María fue asociada a Cristo en la obra de la redención. Ella, al reparar todas las cosas con sus méritos, es Madre y Señora de todo lo que ha sido devuelto a la gracia. De esta unión con Cristo nace el poder real por el que María es dispensadora de todas las gracias (cf. AAS 46, 1954, pp. 634-635).

Por último, Pío XII vuelve a tratar de la corredentora en la encíclica sobre el Sagrado Corazón de Jesús (Hauriétis áquas, 1956), y establece una analogía entre el culto de latría, debido al Sagrado Corazón de Jesús, y el de dulía, que se le debe al Corazón Inmaculado de María (Acta Apostólicæ Sedis 38, 1956, p. 332). Así como Dios quiso libremente asociar a María a la redención de Cristo, por lo cual nuestra salvación es fruto de los sufrimientos de Jesús y de los de María, del mismo modo, invita el Papa al pueblo cristiano a que, después de tributar al Sagrado Corazón de Jesús los homenajes de adoración que le son debidos, le preste a María los homenajes de la hiperdulía porque recibe la vida sobrenatural de Cristo y de María por voluntad de Dios.

La Sagrada Escritura y la Corredención

La redención y, por ende, la corredención del género humano se anuncia en el Antiguo Testamento. Dios pronuncia en el Génesis (3, 15) las siguientes palabras contra el diablo, quien, en forma de serpiente, había hecho pecar a Adán y Eva: «Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu raza y la su descendencia: Ella quebrantará tu cabeza, y tú andarás acechando a su calcañar».

Según los padres eclesiásticos, estas palabras figuran y predicen una lucha encarnizada entre el diablo y su estirpe (es decir, los que no quieren vivir en gracia de Dios) y el redentor nacido de una mujer, que es la corredentora, junto con sus hijos recomprados y vivificados por la vida sobrenatural. La victoria es del redentor y la corredentora, que aplastarán la cabeza de la serpiente infernal.

Se realiza en el Nuevo Testamento, al menos en tres pasajes decisivos, lo que se había profetizado en el Viejo Testamento. Dichos pasajes son casi una explicación o un comentario de Gen 3, 15. Dos son del evangelio de San Lucas y uno del evangelio de San Juan.

El primero (Lc 1, 26-38) narra que el arcángel San Gabriel fue enviado por Dios a María para obtener su libre consentimiento al plan divino que la volvería Madre del redentor. María dio su consentimiento: «ecce Ancílla Dómini, fiat mihi secundum verbum tuum» (He aquí la Esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra).

Se advierte aquí un paralelo impresionante entre los tres protagonistas de la ruina espiritual del género humano (un hombre llamado Adán, una mujer denominada Eva y un ángel caído bajo apariencia de serpiente) y los tres protagonistas de la redención de la humanidad (el nuevo Adán: Jesús; la nueva Eva: María, y el ángel bueno: Gabriel). Así como Eva, inducida por el ángel malo, había cooperado con Adán a la caída original, así también la nueva Eva coopera con el nuevo Adán después de haber aceptado la misión divina que le ha ofrecido el ángel bueno. La muerte y la vida sobrenatural le vienen al género humano de un hombre y una mujer. Los Padres y los doctores eclesiásticos interpretaron así comúnmente el pasaje del Génesis y el del evangelio de San Lucas.

Los otros dos textos evangélicos nos revelan la cooperación de María a la redención por conducto de su compasión unida y subordinada a la de Cristo.

El evangelio de San Lucas (2, 22-39) narra la escena de la presentación de Jesús en el Templo. San Simeón anuncia a María su íntima asociación a la pasión redentora de Jesús: «[Éste niño] puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para signo de contradicción; y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos». María será asociada a la pasión de Jesús con su Compasión. Simeón, no obstante la presencia de San José, se dirige exclusivamente a María para hacernos comprender que Ella, por disposición divina, había sido asociada a la pasión y redención de Cristo; el cual sufriría contradicción como se había predicho en el Génesis: sería odiado de sus enemigos. La descendencia de Cristo y María se contrapondría diametralmente a la de la de la serpiente y el sanedrín. Por último, María moriría místicamente, o en su alma, por el dolor que experimentaría al participar en la pasión del Hijo de Dios y suyo.

En el evangelio de San Juan (2, 1-11) se nos presenta a María invitada a un banquete de bodas junto con Jesús. Llega a faltar el vino. María no se turba, y sus palabras expresan tanto solicitud hacia las necesidades de los hombres, como una seguridad absoluta en la eficacia de su oración dirigida a Jesús: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). San Agustín escribe el siguiente comentario: «María, Madre de Jesús, exigía un milagro (miráculum exigébat)» (In Joánnes Evangelístæ tractátus. 8; PL 35, 1455). María ruega y Jesús satisface su deseo anticipando su misión pública aunque aún no había llegado la hora de hacer milagros [16]. En este pasaje evangélico aparece en toda su dulce fortaleza la intercesión y la cooperación de María a la obra de la redención de Cristo [17].

El evangelio de San Juan (19, 25-27) nos muestra a María en el monte Calvario, a los pies del árbol de la cruz en el instante del sacrificio del Redentor, o sea, en el momento en que alcanzaba su apogeo la oposición y la enemistad de que era Éste objeto. También aquí impresiona el paralelismo que se da entre esta escena y la del pecado original en el Génesis: en el Antiguo Testamento, un árbol de la ciencia del bien y del mal, un hombre llamado Adán y una mujer denominada Eva, los cuales, inducidos por el diablo, arruinan a la humanidad en el jardín o monte del Edén al perder la gracia santificante; en el Nuevo Testamento, un nuevo monte (el Calvario), un nuevo árbol (la cruz), un nuevo Adán (Cristo) y una nueva Eva (María), que, con la ayuda de Dios y el aborrecimiento del diablo y su descendencia (el Sanedrín), rescatan o recompran lo que se había perdido en el Edén.

San Juan vuelve sobre este paralelismo en el último libro sagrado (capítulo XII del Apocalipsis) al revelar la lucha entre el dragón y la mujer. Como se ve, la Sagrada Escritura empieza (Génesis) y termina (Apocalipsis) con la revelación de la pasión y compasión, de la redención y corredención, la cual es el corazón del dogma católico, no una devoción facultativa como querrían protestantes y modernistas.

La Tradición Patrística

Ya en el siglo II, San Justino (Diálogus cum Tryphónis, en Migne, Patrología Græca 6, 709-712), San Ireneo (Contra hæreticórum, V, 19, 375-376) y Tertuliano (De carne Christi, cap. 17, PL 6, 282), comentando el Génesis (3, 14-15) y a San Pablo (Rom 5, 17), hablan de María como de la nueva Eva opuesta a la primera porque nos hizo renacer a la vida sobrenatural perdida por el viejo Adán y recobrada por el nuevo Adán, esto es por Jesús, junto con María, “nueva Eva”.

Tal doctrina, que hallamos enseñada por Padres de directa descendencia apostólica desde los años 100-220 d. C., la propusieron de nuevo los Padres griegos y latinos: véase San Atanasio (Epístola de sýnodis, 51-52, en Patrología Græca 26, 784-785); San Efrén el Sirio, que llama a María «el precio del rescate de los pecadores prisioneros» (Ópera sýriaca, II, 607); San Basilio (Sermo in Nativitáte Dómini, 5, PG 31, 1468); San Gregorio Nacianceno (Carmína 1, 10, PG 37, 467); San Epifanio (Advérsum hæréticum Panárium, LXXIX 4, 7, PG 42, 707); San Juan Crisóstomo (Homilía in Epístolam ad Románum 13, 1, PG 60, 508-509); San Cirilo de Alejandría (Epístola I, PG 77, 13); San Cirilo de Jerusalén (Catechésis Mistagógicæ 4, 7, PG 33, 461); San León Magno (Sermo II in Nativitáte Dómini, PL 54, 199), y San Gregorio Magno (In Evangélium homilíæ I, 16, PL 76, 1135).

La corredención fue confirmada con fuerza por el mayor de los Padres latinos, San Agustín de Hipona (De virginitáte, V, 6): «María es Madre espiritual de todos los hombres que aceptan la gracia porque es Madre física de Cristo, cuyos miembros vivos y místicos son los hombres justificados». Sin embargo, siguió sin ser explicitada hasta el siglo X, cuando Juan Geómetra afirmó con claridad explícita la verdad de la cooperación redentora de María con Cristo, si bien en subordinación a Él (Joánnis Geómetræ laus in Dormitiónem Beátæ Vírginis Maríæ).

En el siglo XI se hizo cada vez más clara y explícita la doctrina enseñada por los Padres y los doctores sobre la corredención.

San Pedro Damián habló de la Pássio Christi y de la Compássio de María, (Sermo 46 in nativítáte Beátæ Vírginis Maríæ, 1, PL 144, 148 A); Eadamer de Canterbury (+ 1124) fue el primero en hablar de los méritos corredentores de María (Liber de Excelléntia Vírginis, PL 159, 573); luego San Bernardo de Claraval (+ 1153) habló de la satisfacción por parte de María de la culpa de Eva (Homilía II super “Missus est”, PL 183, 62); San Alberto Magno (Mariále, q. 29, #3; Commentárium in Matthǽum, 1, 18) y San Buenaventura de Bagnoregio alcanzaron la plena explicitación y sistematización de la doctrina referente a la corredención subordinada de María: «María nos dio a su Hijo, al que amaba más que a sí misma, y lo ofreció por nuestra salvación» (Collátio 6 de donis Spíritus Sancti, nº 17).

Santo Tomás y la Corredencion

El doctor común de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino (Summa Theológica III, q. 1, a. 3, ad 3), hace derivar todas las prerrogativas de María de la Maternidad divina [18]. La corredención la presenta el Angélico cual cooperación activa de María a la redención universal de Cristo o participación de ésta (19). Cristo es nuestra cabeza y, por eso, al merecer para Sí mereció también para nosotros, que somos sus miembros, la gracia santificante, la salvación y la vida eterna (Summa Theológica III, q. 48, a. 1). Sólo Cristo es nuestro redentor principal (Summa Theológica III, q. 48, aa. 5-6; III, q. 49, aa. 1-3). Pero el Angélico, si bien no hizo de la corredención su “caballo de batalla”, con todo, reconoció en el “fiat” de María a la encarnación del Verbo una participación en la redención, la «acción de una persona en particular, pero cuyos efectos salvíficos se derramarían sobre toda la humanidad» (III Senténtiæ, III, q. 3, a. 2, sol. 2; cf. S. Th., III, q. 30, a. 1; Quódlibet, 2, a. 2). Finalmente, alrededor de un año antes de su muerte (abril del año 1273), afirmó el Aquinate, en su Exposítio super salutatiónem angélicam (título 16), que la gracia que recibió María en cuanto Madre de Dios fue tan sobreabundante, que se derrama desde la Virgen sobre todo el género humano en pago por la salvación de todos; y concluyó diciendo: «Es el caso de Cristo y de la Santísima Virgen María».

Por desgracia, el Angélico no ahondó en el estudio de las relaciones entre la redención de Cristo y la corredención de María, mas el concepto de “compasión” lo expresó con claridad, aunque sin darle la preeminencia en su mariología, pues tal preeminencia le corresponde a la Maternidad divina, de la que derivan todos los privilegios marianos, inclusive la corredención [20]. No cabe duda, por ello, de que el mayor de los Padres eclesiásticos (San Agustín) y el máximo doctor escolástico (Santo Tomás de Aquino) enseñan la corredención mariana.

Entre los grandes nombres de los años siguientes se pueden citar los siguientes: San Antonino de Florencia (Summa Theológica, IV pars, tit. 15, cap. 20, # 14) y Dionisio el Cartujano (De dignitáte et láudibus Beátæ Vírginis Maríæ, II, 23). La corredención llegó a ser la doctrina comúnmente enseñada por los teólogos a partir del siglo XVIII.

En conclusión, la corredención de María se halla en las dos fuentes de la revelación y fue enseñada explícitamente por los Padres de la Iglesia y por el Magisterio pontificio ordinario; en consecuencia, no es sólo una verdad teológicamente cierta, sino también de fe divino-católica, bien que aún no haya sido definida solemnemente por el Magisterio extraordinario [21]. En efecto, «basta por lo común la función del Magisterio ordinario para constituir una verdad de fe divino-católica; véase el Concilio Vaticano I, sesión III, capítulo 3, DB, 1792» (P. Parente, Dizionario di teología dommatica, Roma, ed. Studium, 4ª edición, 1957, voz “Definizione dommatica”). Así pues, también respecto a la corredención de María se hallan los modernistas, igual que los luteranos, en contradicción con la Tradición católica.

La razón teológica

María estaba predestinada, por su Maternidad divina, a la función de Medianera universal entre Dios y los hombres, como lo demuestran la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio. Los mejores teólogos, generalmente de la escuela tomista (22), dan la razón teológica de ello. El Padre Réginald Garrigou-Lagrange escribe que María es medianera con subordinación a Cristo:

  1. Porque cooperó al sacrificio de la cruz (con la satisfacción o la compasión y el mérito) [23].
  2. Porque intercede continuamente por nosotros en el cielo ante su Hijo, alcanzándonos y distribuyéndonos todas las gracias que precisamos con vistas a la salvación eterna. La mediación de María es ascendente (presenta a Dios las plegarias de los hombres) y descendente (da a los hombres las gracias divinas).

María cooperó al sacrificio de la cruz y a la redención de Cristo por modo de satisfacción, de manera subordinada a Cristo, único mediador principal de la redención del género humano; es decir: reparó la justicia divina ofendida por el pecado de Adán volviéndonos a Dios propicio y amigo. Pero, ¿cómo? Ofreció a Dios en el Gólgota, con enorme dolor y grandísimo amor, la vida de su Hijo, queridísimo para ella y a quien adoraba. Y lo hizo por nosotros los hombres, hijos de Adán, privados de la vida sobrenatural.

Jesús satisfizo por nosotros de condigno a la justicia divina, o sea, en rigor de justicia, por ser Dios. María, en cambio, que no dejaba de ser una criatura, aun siendo verdadera Madre de Dios, mereció de congruo, esto es, por razón de conveniencia o por benevolencia de Dios, lo que Jesús mereció de condigno, por lo que el derecho al rescate de la humanidad se funda, en María, en el amor gratuito de Dios o in jure amicábili [en los derechos de la amistad], no en la estricta justicia, como en el caso de Jesús. María es corredentora en este sentido: porque recompró con Cristo, en Cristo y por medio de Cristo al género humano, extraviado por el pecado original.

 

Tal razón teológica la corroboró el Magisterio pontificio (cf. San Pío X, encíclica Ad diem illum, de 1904, DS 3370: «María mereció de congruo, como dicen los teólogos, lo que Cristo mereció de condigno»; cf. asimismo Benedicto XV, carta apostólica Inter sodalícia, de 1918, DS 3634, nº 4: «inmoló a su Hijo, de manera que se puede decir, con razón, que ella redimió al género humano con Cristo y bajo Cristo”).

 

Fue Santo Tomás de Aquino quien explicó la doctrina del mérito y la distinción entre el mérito de congruo y el de condigno (Summa Theológica I-II, q. 114, a. 6), y los tomistas las aplicaron a la corredención de María subordinada a la redención principal de Cristo (R. Garrigou-Lagrange, La sintesi tomistica, Brescia, ed. Queriniana, 1953, pp. 258-260; Id., La Mere du Sauveur et notre vie intérieure, París, 1941; Id., De Christo Salvatóre, Turín, 1945).

 

Efrem
NOTAS

[1] Redimir significa en general liberar a una persona pagando un rescate por ella. Por eso redentor en sentido lato es el que libera a otro de la esclavitud pagando cierto precio por su liberación. De aquí que la redención en general exija el pago de un precio para (re)comprar a alguien. La redención del género humano en sentido estricto estriba en su liberación espiritual de la esclavitud del pecado y en su reconciliación con Dios. Jesús pagó con su muer te en la cruz el precio de nuestra liberación espiritual del pecado de Adán, reconciliándonos con Dios.

[2] El tema de “María Dispensadora de todas las gracias” es tratado en un artículo aparte.

[3] Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theológica III, q. 26; G. M. Roschini, Mariología, Milán, tres volúmenes, 1940-1942; Id., La Virgen según la fe y la teología, Roma, cuatro volúmenes, 1953-1954; P. C. Landucci, María Santísima en el Evangelio, Roma, 1945; A. Piolanti, María y el Cuerpo Místico, Roma, 1957; P. Straeter, Mariología, Turín, tres volúmenes, 1952-1958; A. M. Lépicier, Tractátus de Beatíssima Vírgine María, Roma, 5ª edición, 1926; E. Campana, María en el dogma católico, Turín, 1ª edición, 1954; B. H. Merkelbach, Mariología, París, 1939; E. Zolli, De Eva a María, Roma, 1954; R. Spiazzi, La Mediadora de la reconciliación humana, Roma, 1951; B. Gherardini, La Corredentora en el misterio de Cristo y de la Iglesia, Roma, 1998; Ch. Journet, María Corredentora, Milán, 1989; R. Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador y nuestra vida interior, París, 1941; A. Capellazzi, María en el dogma católico, Siena, 1902; E. Campana, María en el dogma católico, Turín, 1943; A. Lang, Madre de Cristo, Brescia, 1933; D. Bertetto, María en el dogma católico, 2ª edición, Turín, 1956; A. Piolanti, Madre de unidad. Sobre la Maternidad espiritual de la Virgen, en Mariánum, 1949, pp. 423 y ss.; J. B. Carol, De corredemptióne Beátæ Vírginis Maríæ, Ciudad del Vaticano, 1950; S. Garofalo y G. M. Roschini, voz “María Santísima”, en Enciclopedia Católica, Ciudad del Vaticano, 1952, vol. VIII, cols. 76-118; G. M. Roschini, voz “Corredentora”, en Enciclopedia Católica, Ciudad del Vaticano, 1950, vol. IV, cols. 640-644; A. Nicolás, La Virgen María y el plan divino, París, 1880.

[4] Concilio de Cartago, DB 101 y ss.; II Concilio de Orange, DB 174 y ss.; Concilio de Trento, DB 793-843.

[5] «En quien tenemos la redención por su sangre» (Ef 1, 7); «Considerando que habéis sido rescatados (…) con la preciosa Sangre de Cristo» (I Pe 1, 18-19).

[6] Verdad divinamente revelada y definida por el Concilio de Trento, sesión V, DB 790.

[7] Cf. I. Bitremieux, Sobre la mediación universal de la Santísima Virgen María en cuanto a las gracias, Brujas, 1926.

[8] J. Bover, La doctrina de San Pablo sobre la mediación de Cristo aplicada a la mediación de María, en Mariánum, nº 4, 1942, pp. 81-90.

[9] A. Lépicier escribe: «María participó en el pago del rescate de la humanidad porque consintió libremente en la encarnación formalmente redentora de Cristo. María ofreció a Jesús en el Templo como futura víctima de reconciliación y renovó y perfeccionó tal oblación en el Calvario»” (Tractátus de Beata María Virgine, cit., p. 503.

[10] La gracia santificante es un don divino permanente, esencialmente sobrenatural, infundido gratuitamente por Dios en el alma humana. Le confiere al hombre la santidad o justificación real. San Pedro revela que vuelve a los hombres “partícipes de la divina naturaleza” (II Pe 1, 4).

[11] Habría podido elegir cualquier otro modo, incluso un mero acto de voluntad de Dios, que al ser de valor infinito podía re-comprar la gracia perdida.

[12] También entre los teólogos católicos hay teólogos plenamente ortodoxos que no son enteramente favorables a la doctrina de la corredención mariana por miedo a derogar la dignidad del único mediador y redentor, como, p. ej., M. J. Scheeben (Handbuch der Katholischen Dogmatik [Manual de Teología Católica], Friburgo, 1882); L. Billot (María Madre de la gracia, París, 1921; De Verbo Incarnáto, 4ª edición, Roma, 1904); P. Parente (Dizionario di teología dommatica, Roma, 4ª edición, 1957, voz “Corredentora”, pp. 95-96; De Verbo Incarnáto 4ª edición, Turín, 1951). Mas, cuando se hacen las debidas distinciones, la corredención de María en nada obsta a la unicidad de la redención principal de Cristo.

[13] La redención objetiva es potencial, o in fíeri, o en vías de actuación o de aplicación a los hombres, mientras que la redención subjetiva es actual o aplicada a las almas en particular y, por ende, ya completa en acto.

[14] Causa primera es solo Dios, causa segunda es toda criatura. Esta última puede dividirse en causa principal (v. gr., el pintor) y causa secundaria (el pincel).

[15] Vulgáta, que significa en latín “común, oficial, usual”, es la versión latina de la Biblia que la Iglesia usa y prescribe oficial, usual o comúnmente en la enseñanza, la predicación y la liturgia. Se debe a San Jerónimo (+ 420), el “Doctor máximo” en la interpretación de la Sagrada Escritura. La empezó en Roma, en el año 383, y la acabó en Belén, en el 406. Cf. S. Garofalo, voz “Vulgata”, en Dizionario di teologia dommatica, Roma 4ª edición, 1957, p. 440; J. M. Vosté,  Sobre la versión latina denominada “Vulgata”, Roma, 1928; Id., La Vulgata en el Concilio de Trento, en Bíblica, 1946, pp. 615-618.

[16] Cf. C. Spicq, El primer milagro de Jesús debido a su Madre, en Sacra Doctrina, nº 18, 1973, pp. 125-144; F. Spadafora, María en las bodas de Caná, en Rivista Bibbica, nº 2, 1954, pp. 220-247.

[17] S. Garofalo, Las palabras de María, Roma, 1943; Id., La Virgen en la Biblia, Milán, 1958; R. Spiazzi, La mediadora de la reconciliación humana, Roma, 1951; F. Spadafora, Diccionario bíblico, Roma, 3ª edición, 1963, voz “María Santísima”, pp. 394-398; Id., María Santísima en la Sagrada Escritura, Roma, 1936.

[18] Cf. sobre este tema el comentario a la Suma Teológica redactado por el cardenal Tomás de Vio, alias Cayetano (Commentárius in Illam partem Summæ theologíæ, q. 28, a. 2).

[19] Cf. B. H. Merkelbach, ¿Qué pensó Santo Tomás sobre la mediación de la Santísima Virgen María?, en Xenia Thomística, 1925, pp. 505-530.

[20] Cf. G. Roschini, La Mediadora universal, Roma, 1963.

[21] El “dogma” es una verdad revelada por Dios que se contiene en el Depositum Fidei: la Tradición y la Sagrada Escritura (dogma material), y que luego la propone el ministerio eclesiástico para ser creída por los fieles en cuanto tal (es decir, como verdad divinamente revelada o de fe) siendo necesaria pare la salvación (dogma formal) (Vaticano I, DB 1800). Por tanto, quien rechaza una verdad de fe definida por el Magisterio, o se niega a prestarle su asentimiento, es hereje e incurre ipso facto en la excomunión o el anatema. La “definición dogmática” es la declaración obligativa de la Iglesia sobre una verdad revelada y propuesta a los fieles como de creencia obligada. Tal definición puede hacerse ya por el Magisterio ordinario (el Papa enseñando a creer una verdad -de manera ordinaria o no solemne en “cuanto al modo”, pero obligativa en “cuanto a la sustancia”- como revelada por Dios y definida por la Iglesia), ya por el Magisterio extraordinario o solemne relativo al modo (una declaración solemne o “extraordinaria” del Papa o del Concilio). Tal definición dogmática se llama asimismo dogma formal o verdad de fe divino-católica o divino-definida. Sin embargo, no reina la unanimidad entre los teólogos: por ejemplo, Monseñor Brunero Gherardini escribe que la corredención de María es una verdad “próxima a la fe” (La Corredentora en el misterio de Cristo y de la Iglesia, Roma, 1998, p. 15). Con todo (si parva licet componére magnis [si es posible comparar las cosas pequeñas con las grandes]), como la corredención de María se halla en la Tradición y en la Sagrada Escritura y fue enseñada constantemente por el Magisterio pontificio ordinario a partir de León XIII, me parece que se puede hablar de una verdad divinamente revelada y definida por la Iglesia, aunque no de modo extraordinario, sino puramente ordinario, o sea, la corredención de María es una verdad de fe divina y católica.

[22] Cf. Summa Theológica III, qq. 27-30; los comentarios de Cayetano y de G. M. Vosté a la Suma Teológica (III, qq. 27-30); E. Hugon, Tratado teológico, vol. II, París, 5ª edición, 1927; G. Friethoff, Sobre el alma asociada a Cristo Mediador, Roma, 1936.

[23] Satisfacción en sentido teológico es un término establecido de manera exacta por San Anselmo de Aosta (Cur Deus homo? [¿Por qué el Dios hombre?]) Y luego por Sto. Tomás de Aquino (Summa Theológica III, q. 48, a. 2), y significa aplacar a Dios ofendido por la culpa con un sacrificio o una obra penosa. Cristo pagó a Dios Padre, con su muerte en la cruz, la deuda del pecado de los hombres. Enmendó así la culpa de Adán con objeto de liberar a aquéllos de la esclavitud del pecado, que los privaba de la gracia santificante.

FIESTA DE PENTECOSTÉS

Homilía de su Excia. Mons. Andrés Morello en la Fiesta de Pentecostés

Dios permite nuevamente que podamos celebrar en esta capilla la Festividad de Pentecostés.

Es una fiesta tan importante como saben Ustedes que junto con la Navidad y con la Pascua encierran una octava. La Iglesia repite durante ocho días, los ocho días siguientes, Misas en honor al Espíritu Santo como hace lo mismo después de la Navidad y después de la Pascua.

Las tres personas de la Santísima Trinidad son cercanísimas al alma de los cristianos. Son cercanísimas desde la primera bendición que se recibe en el Bautismo hasta la última que se recibe el día de la muerte. Esas tres personas son más íntimas a nuestra alma a nuestro corazón, que nosotros mismos; de alguna manera como si toda nuestra vida se pasara dentro por así decirlo rodeados por las Personas de la Santísima Trinidad y es por eso que San Pablo ha dicho en uno de sus discursos “In ipso movemur et summus” “Nosotros en Él somos y nos movemos” como si de alguna manera deambuláramos o nos moviéramos dentro de Dios.

Aún siendo tan estrecha esa cercanía que tiene la Santísima Trinidad con el alma en Gracia. Aún así nosotros a Dios lo conocemos casi nada, es algo así como querer mirar una montaña desde abajo y querer abarcarla por completo. Tanto nos supera y tan infinito es, tan grande respecto a nosotros. Por eso que también San Pablo ha dicho que nosotros contemplamos ahora a Dios “quasi in speculo” “como en un espejo”, como si viéramos apenas un reflejito de lo que Dios es y que un día, el día que lo podamos ver cara a cara lo conoceremos como somos conocidos por Él ahora, como Él nos mira desde el Cielo.

Mientras tanto, mientras estamos en esta vida, mientras no podamos contemplar a Dios cara a cara, los hombres pasamos la vida como un ciego, tanteando, tocando apenas un poquito lo que Dios es. Esto vale para todo Dios, quiero decir que esto vale para las tres Personas de la Santísima Trinidad. Nosotros a Dios Padre podemos conocerlo por la creación que vemos. ¿A qué voy? Hay una frase que siempre decimos en filosofía y que es de sentido común: “Nadie da lo que no tiene”, es decir todo aquello que nosotros contemplamos de bueno o de perfecto en la creación tiene que haberlo dado Dios. Para poder darlo tiene que haberlo tenido y tenerlo todavía. Entonces toda la belleza que encontramos en lo creado, todo el orden que encontramos allí, la armonía y aún el amor que puede haber encerrado en los corazones más grandes de los hombres de esta tierra, todo eso lo tiene Dios, lo tiene Dios Padre y lo tiene hasta el infinito.

Del Hijo de Dios conocemos más. Es como si el Evangelio nos fuera llevando de la mano, donde vemos nosotros desde su Encarnación hasta su Ascensión a los Cielos, donde vemos toda su vida, toda su Pasión, sus portentos, sus milagros, su amor hasta el extremo y es allí donde conocemos esa figura cautivante que a todos nos ha llamado la atención, su Corazón lleno de amor por nosotros.

Ahora bien, eso sabemos del Padre y eso sabemos del Hijo. Pero delante del Espíritu Santo aunque nosotros lo adoremos y aunque confesemos y le amemos como miembro de la Santísima Trinidad, aún allí nos frena nuestra propia realidad, nos frena nuestra humanidad, nuestra materia, que limita nuestro conocimiento. El Espíritu Santo no ha tomado un rostro como hizo Jesús. No vemos sus obras, como la creación material de Dios Padre, no vemos lo que Él hace, como podemos contemplar la hermosura creada por Dios o los milagros de Jesucristo. Y sin embargo el Espíritu Santo estuvo presente en todo eso, porque dice el Génesis “Spiritus Domini ferebatur super aquas” “El Espíritu de Dios planeaba sobre las aguas”. Y cuando Nuestro Señor fue bautizado en el Jordán, dice “Spiritus aparuit super eum ut columba” “Apareció sobre Él el Espíritu como una paloma”, es decir que en todas esas hermosas obras de la creación estuvo el Espíritu Santo y en toda la vida de Cristo también estuvo Él.

Cuando nosotros queremos conocer a un hombre, cuando queremos saber cómo es, miramos su figura, miramos su andar, miramos como habla, qué es lo que dice, tratamos de mirar su rostro, de conocer su mirada, sus expresiones. Lo más difícil para conocer a un hombre no es conocer el exterior sino conocer su alma, aquel misterio de saber cómo es dentro suyo, qué piensa, qué busca, qué ama, por qué lo hace, con cuánto amor lo hace.

De igual manera, ese misterio de las almas, apenas llegan a conocerlo los papás de sus hijos, los hijos de sus papás, los amigos o el confesor.

Así nos pasa a nosotros con el Espíritu Santo. Nosotros no tenemos un Sudario como tenemos del rostro de Cristo para saber cómo fue. No tenemos de Él las huellas materiales de la creación. Sólo tenemos lo que hace en las almas, lo que hace en la Iglesia, lo que hace en los sacramentos o en los Ángeles. Son todas cosas espirituales y demasiado elevadas o luminosas para nuestros ojos creados.

Digamos entonces algo que nos permita a nosotros imaginar un poco, entender un poco cómo es el Espíritu Santo.

Cuando el profeta Elías estaba encerrado en una caverna, para cobijarse, él vio pasar a Dios. Dice la Sagrada Escritura que “pasó primero un viento huracanado y allí no estaba Dios”, que “pasó un torbellino y tampoco estaba allí”, “que pasó luego una brisa suave y allí estaba Dios y el profeta pudo verlo de espaldas”; es decir apenas pudo en medio de ese milagro, el profeta, barruntar, imaginar un poquitito, entender un poco como era Dios.

A nosotros de otra manera nos pasan cosas semejantes. Las almas, a veces sienten a Dios cerca. A veces las almas se mueven a fervor, a devoción, a veces siente uno la necesidad de arrepentirse o el deseo de ser bueno o de corresponder al amor de Dios e inclusive al amor de los demás. Esos deseos grandes que siente a veces al alma, uno sabe que no nacen de uno mismo. ¿Por qué sabemos eso? Porque si no nacerían siempre. Si fueran nuestros siempre los tendríamos como tenemos la mano, y eso aparece solamente a veces en nuestras almas o en nuestros corazones. Uno siente, uno los siente como nuevos, como demasiado hondos, como demasiado llenos. Es allí donde está la acción invisible del Espíritu Santo en las almas.

Cuando San Bernardo habla de las visitas del Verbo de Dios a su alma, dice, que él conoció la llegada del Verbo de Dios por la corrección de sus faltas ocultas. Como si el Hijo de Dios al venir a su alma fuera acomodando su corazón embelleciéndolo, limpiándolo, haciéndolo cada día más bueno.

Eso que pasa privadamente en cada alma, eso pasa en toda la Iglesia, en cada Sacramento cuando la Iglesia lo confiere a las almas, en cada absolución que borra los pecados, en cada bendición que mueve los corazones, en cada comunión que hace más bueno o en el misterio de cada Misa cuando con poquitas palabras el Sacerdote hace descender Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo sobre los altares.

Ahora bien, eso ha pasado a lo largo de la historia de la iglesia durante más de dos mil años. Durante dos mil años, más, la Iglesia ha enseñado la misma Fe, la misma Moral aunque le han  matado a sus hijos por millones para impedir que ella siguiera enseñando esa Fe y esa Moral. Más aún, más la persiguieron más firme se mostró. En cada época en medio de los problemas más graves de la humanidad aparecieron santos, religiosos, religiosas, monjes, todos cantando una canción distinta a la que cantaba el mundo. Más todavía, no ha habido hilación, concatenación, unión suficiente entre unos y otros, a veces esa herencia que unos recibieron de otros casi no se vio, como pasa ahora, y la herencia sigue y sigue el deseo de ser buenos, el deseo de copiar a Cristo, el deseo de amar a Dios, de reconocer que hay un solo Dios verdadero y que es el único al que podemos adorar.

Hace ya muchos años cuando los revolucionarios en Francia mataban a los católicos durante la revolución que llamamos francesa, al llegar ellos, los republicanos, a aquel Carmelo de las hermanitas de Compeigne, se conoce la discusión que tuvo el republicano, el comisario con la Madre Priora. En esa conversación, el republicano le dice a la monja “vamos a destruir todos los Carmelos”. ¿Qué contestó la hermanita? “Cada monja, cada carmelita es un monasterio”. Pues bien, podríamos decir que por la obra del Espíritu Santo, cada cristiano es una capilla, cada monje, cada sacerdote, cada religioso es como una imagen viva de esa Fe que nosotros tenemos y que no pensamos dejar. Todo eso es fruto del Espíritu Santo y eso nos hace imaginar o comprender un poco cuánto puede el Espíritu de Dios. Es de ese Espíritu que decíamos que planeaba sobre las aguas en la creación, el que apareció sobre Nuestro Señor en el Jordán, Aquél mismo que el Ángel le dijo a la Virgen María “Te cubrirá con su sombra” y ese Espíritu Santo al cubrirla con su sombra ¿Qué fue lo que hizo? Que una criatura llegara a ser Madre de Dios. Que una Virgen siguiendo siendo virgen pudiera ser Madre  y que esa Madre siguiera siendo virgen para toda la eternidad.

Ese mismo Espíritu Santo es el que hoy apareció sobre los Apóstoles el día de Pentecostés en el Cenáculo y comenzaron a hablar. “Coeperunt loqui”. Empezaron a predicar y esa predicación de hace dos mil años no termina, no se acaba, no hay manera como el mundo pueda sofocar la voz de aquellos que siguen confesando el nombre de Dios.

Con Dios pasa como con los hombres. Cuanto más dócil es un hijo más fácil es educarlo. ¿Qué hay que hacer entonces? “Para que el mundo sepa que amo al Padre” -Son las últimas palabras del Evangelio de la Misa- “Para que el mundo sepa que amo al Padre Yo hago lo que Él me mandó”. Pues bien, para que el mundo sepa que amamos a Dios, para que el mundo sepa que creemos en el Espíritu Santo hagamos lo que Dios nos mandó. Ese es el proyecto de toda la vida cristiana y de toda la vida monástica o de la vida religiosa, hacer lo mandado, ser dóciles a Dios que Él se encargará, Él sabrá, así como hizo el mundo, sabrá cómo modelar nuestras almas para hacerlas cada día mejores.

Pidamos a María Santísima que Ella nos consiga el ser buenos alumnos de esta escuela divina. Dice una frase en la Escritura: “Et erunt omnes docibiles Dei” “Serán todos enseñables por Dios”. Eso es lo que queremos, que Dios nos enseñe, que Él vaya modelando en nuestras almas, que haga en nuestros corazones lo que Él ha soñado para nosotros y que así nosotros podamos cumplirle a Dios.

Ave María Purísima.

+ Andrés Morello

 

En la Fiesta de Pentecostés, año 2014.

CRÓNICA DE UN COMPLOT CONTRA LA IGLESIA

Crónica de un complot contra la Iglesia

Este artículo está en conexión con otro anterior titulado Viduy, teschuva y tikkun, el cual recomiendo leer a aquel lector interesado para comprender mejor la moderna estrategia de la Sinagoga contra la Iglesia.

A diferencia de otros textos magisteriales de la Iglesia, el documento del Concilio Vaticano II (en adelante CV2) conocido por la  Declaración Nostra Aetate, de 28 de octubre de 1965, nunca cita escritos de  anteriores concilios o de los papas predecesores a quien la promulgó: Pablo VI. La práctica de citar en el mismo texto o en notas marginales referencias al magisterio precedente tiene la intención de mostrar, como es bien sabido, la continuidad en la doctrina y tradición en la Iglesia. Ahora bien, en la declaración sobre los judíos  no hay ninguna reseña a algún precedente positivo, ya sea de concilios, papas, Padres o escritores eclesiásticos. Había sido, pues, promulgado un texto de compromiso que presentaba por primera vez una imagen positiva y atrevida de los pérfidos judíos, en flagrante ruptura con la doctrina de la Iglesia durante casi dos mil años.

Era un texto de compromiso luego de una terrible lucha doctrinal sin precedentes durante los años anteriores,. En esa guerra estuvieron involucrados miembros de la influyente curia y padres conciliares. No faltaron numerosos libelos para defender la teología de la salvación enseñada por la Iglesia durante dos milenios contra los intentos de asaltos e infiltraciones de la Sinagoga de Satanás a la Esposa de Cristo. En palabras de André Chouraqui: “de repente, la Iglesia, afectada por una amnesia más o menos total a lo largo de dos mil años…, reinstala así el privilegio de mayorazgo en el contexto de la familia del Pueblo de Dios. Por añadidura, la Iglesia rechaza categóricamente toda forma de proselitismo a su respecto, proscribiendo lo que antes se había admitido”. Aun considerando que Chouraqui debía haber puesto en lugar de “Iglesia” los “hombres de la Iglesia”, se entiende perfectamente que los judíos han comprendido que esos hombres de la Iglesia han proscrito la doctrina anterior y traicionan la misión que Cristo encarga a sus discípulos. La semilla de la cizaña había sido plantada y ha ido creciendo rauda. Pero ¿Cómo se llegó a esta novedosa doctrina? ¿Cómo se introdujo ese Caballo de Troya en nuestra fortaleza? Trataremos de responder a esta cuestión.

Nos limitaremos a exhibir sobre el tema lo relativo al Siglo XX, dando por sabido que el lector conoce que fueron los judíos infieles los que pidieron la muerte de Nuestro Señor Jesucristo y que su sangre cayera sobre sus cabezas y las de sus hijos. Igualmente suponemos conocido que siempre la Sinagoga ha estado detrás de todas la persecuciones contra la Iglesia; desde el martirio de San Esteban a la persecución de Nerón, pasando por la Reforma, la Revolución liberal de 1789, la Bolchevique, en la que la mayor parte de sus líderes eran judíos, hasta la de “capa y tiara” iniciada por los carbonarios en el siglo XIX y continuada por el modernismo, que triunfa en el CV2.

Al terminar la II Guerra mundial los judíos reanudan el desafío a la Iglesia para que revise la enseñanza de ésta sobre estos pérfidos.

1946. Se celebró en Oxford una conferencia bajo el auspicio de potentes organizaciones judías británicas y norteamericanas, a la que asistieron representantes de la Iglesia católica y protestantes.

1946. Sesenta participantes se reúnen en Seelisberg, Suiza, para tratar el tema del antisemitismo. Entre los católicos se encontraba el Padre Journet. Jaques Maritain estaba invitado y aunque no pudo participar envió un mensaje de aliento. El personaje central es el judío Jules Isaac.  Concluye con un acuerdo de diez puntos; sobresale el siguiente: ”los cristianos necesitan revisar diligentemente y purificar su propia lengua, pues una rutina no siempre inocente, filtró expresiones absurdas como raza deicida, o un modo más bien racista que cristiano de relatar la historia de la Pasión…” .

1948. Jules Isaac funda la Amistad Judeo-Cristiana, cuyo objeto es “la rectificación de la enseñanza cristiana. Participan muchos católicos liberales en las reuniones, difundiendo los diez puntos de la Conferencia de Seelisberg por todos los lugares.

1948. Los católicos liberales convencen a  Jules Isaac para solicitar ser recibido por Pío XII.

1949. El 16 de octubre Jules Isaac es recibido por Pío XII al que expone los diez puntos de Seelisberg. El resultado del encuentro es poco satisfactorio para Jules. Se debe esperar, mientras se va tejiendo la telaraña.

1959. Los fundadores del Centro para de Estudios de Problemas Actuales, organización ligada a la Liga Antidifamación, brazo derecho de la logia masónica judía la B´nai B’rith, se reúnen con Jules Isaac para hablar de la posibilidad de un contacto con Juan XXIII. Jules aprueba la propuesta.

Recordemos que unos meses antes Juan XXIII había hablado de la posibilidad de convocar un concilio. Igualmente que en 1923, los cardenales desaconsejaron a Pío XI una convocatoria semejante. El cardenal Billot había predicho al papa. ¿Acaso no debemos temer que el concilio sea maniobrado por los peores enemigos de la Iglesia, los modernistas, que como los informes muestran con evidencia, se preparan para aprovecharse de los Estados generales de la Iglesia (es decir un conclio; n.t)  y hacer una revolución, un nuevo 1789? (cita de Mons Mallerais). Sin embargo, un contra concilio se preparaba y debía suplantar al primero, cuando llegase la hora. La prueba de este golpe contra los esquemas iniciales del concilio son abrumadoramente abundantes en la obra El Rhin desemboca en el Tíber, de Ralp Wiltgen.

1960. Monseñor Julien aconseja a Jules Isaac que se dirija al cardenal Agustín Bea, jesuita alemán. Luego de la entrevista con el cardenal, Jules confiesa: “Encontré en él un fuerte apoyo”; “Es cierto lo que las malas lenguas decían sobre el cardenal Bea: que era un judío de corazón. Isaac logró una audiencia con Juan XXIII el 13 de junio del mismo año. En la reunión hizo entrega a Juan XXIII de un memorándum con el título: Necesidad de una reforma de la enseñanza cristiana respecto a Israel. Isaac recuerda: “Pregunté a Juan XXIII si podía abrigar alguna esperanza”, a lo que el Obispo de Roma respondió, que tenía derecho a tener algo más que esperanza, pero que no era un monarca absoluto. Tras la entrevista Juan XXIII quiso hacer saber a la Curia que esperaba del concilio una condena del antisemitismo. Desde ese momento se sucedieron muchos encuentros entre las comisiones del concilio y la Liga Antidifamación, y la masonería judía de la B´nai B´rith. Como narra Joseph Roddy en su artículo titulado Cómo los judíos cambiaron el pensamiento católico, estas asociaciones judías supieron hacer escuchar su voz en Roma frecuentemente.

Pero también trabajaba con ahínco a favor de la Sinagoga el rabino Abraham J. Hechel, que hacía treinta años ya había oído hablar del corazón judío de Bea, ahora cardenal. Reunidos los dos en Roma, conversaron sobre dos documentos preparados por el Comité Judío Norteamericano. Uno trataba sobre la imagen de los judíos en la enseñanza católica; el otro sobre los elementos antijudíos en la liturgia católica. Hechel declaró luego que esperaba del Concilio una declaración que dijera que de ningún modo se debe exhortar a los judíos a convertirse al cristianismo.

Así mismo, el Dr. Goldmann, Jefe de la Conferencia Mundial de Organizaciones Judías, hizo llegar sus anhelos a Juan XXIII, mientras la B´nai B´rith ejerció presiones para que los católicos reformasen su liturgia y suprimiesen de ella toda palabra desfavorable a los judíos.

Mucho se podría decir sobre los años de preparación del Concilio: hombres, redes, planes, amistades, enemistades; pero sigamos.

1962. Monseñor John Osterreicher y el padre Baum, “testaferros” del cardenal Bea preparan el texto sobre el judaísmo con la anuencia del Congreso Judío Mundial (CMJ), cuya declaración debía presentarse en la primera sesión del Concilio, y que exculpaba a los judíos de la acusación de deicidio. El CJM comunicó su satisfacción y envió al Dr.  Caín Y. Wardi como observador oficioso del concilio.

Pero la reacción de los países árabes no se hizo esperar ante el tratamiento de privilegio que se quería dar a los judíos. Las numerosas protestas consiguieron que la Secretaría de Estado retirara del orden del día el proyecto.

Ante esta traición a Cristo, exculpando a los judíos de deicidio, un grupo hizo llegar a 2.200 cardenales y obispos un libro de 900 páginas titulado Complot contra la Iglesia, firmado bajo el seudónimo de Maurice Pinay. El libro trataba de advertir a los Padres de que los judíos, que siempre habían intentado infiltrarse en la Iglesia para cambiar su enseñanza, estaban a punto de lograr su objetivo.

1963. Este fracaso no abatió al Card. Bea. El 31 de marzo se reunió con el máximo secreto en el hotel Plana de New York con las autoridades del Comité Judío Norteamericano, que presionaron para que los obispos cambiasen la enseñanza de la Iglesia sobre la Historia de la Salvación. El cardenal Bea refutó ante el Comité las acusaciones tradicionales de deicidio a los judíos infieles y tranquilizó a los rabinos.

La presión judía iba en aumento. Poco después se estrenó la película El Vicario de Rolf Hochhut, que lanzaba calumnias contra el papa Pío XII por sus actuaciones en la II Guerra, con la intención de influir en la asamblea conciliar

1963. Otoño. En la IIª sesión del CV2 se hizo entrega a los padres de la declaración de los judíos, como un apartado del capítulo IV sobre el ecumenismo para poder pasar más inadvertida. La declaración sobre los judíos y la cuestión de la libertad religiosa fueron debates muy acalorados; estaba en juego la renuncia de la Iglesia al monopolio de la única verdad. Los patriarcas orientales defendieron con valor la enseñanza tradicional de la Iglesia. No citamos a ninguno, porque fueron muchos, pero sobresalieron sobre los occidentales.

Así mismo otros representantes de la ortodoxia católica distribuyeron varios ejemplares de la obra Los judíos a través de la Escritura y la Tradición con el fin de alertar sobre las maniobras del enemigo.

El texto tuvo que ser retirado.

1964. Se multiplican las intervenciones judías ante Pablo VI, destacando los influyentes encuentros con él de Joseph Lichten, de la Liga Antidifamatoria de la B´nai B´rith; Zachariah Schuster y Leonard Sperry del Comité judío Norteamericano; el cardenal estadounidense Spellman; Arthur J. Golberg, juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos y el rabino Haschel. Según revelaciones de Roddy, “antes de la III sesión seis miembros del Comité Judío Norteamericano fueron recibidos por Pablo VI. El santo Padre manifestó a los visitantes su aprobación a las declaraciones del cardenal Spellmann en el sentido de la no culpabilidad de los judíos”. Más adelante revela subrayando que “ Heschel se entrevistó con pablo VI en compañía de Schuster, perorando enérgicamente sobre el deicidio y la culpabilidad y solicitando que el Pontífice ejerciera presión a fin de obtener una declaración prohibiendo a los católicos todo proselitismo respecto a los judíos”.

El 20 de noviembre los obispos y cardenales votaron sobre un esquema provisional que trataba de la posición de la Iglesia frente al judaísmo. 99 Padres votaron negativamente; 1650 afirmativamente y 242 con reserva. Las Fuerzas católicas empezaban a ceder. Los padres orientales votaron en bloque contra cualquier declaración del concilio sobre los judíos. El escrutinio final sería ya en 1965.

Una última advertencia sobre el cambio de doctrina que quería imponerse, vino de mano de León Poncins que había redactado un opúsculo titulado el Problema Judío frente al Concilio. León advierte en el escrito que hay “de parte de los Padres conciliares una ignorancia profunda de la esencia del judaísmo”. Pero el documento produjo el efecto de profundizar los argumentos contra el esquema y sustituir los párrafos que más directamente atacaban la enseñanza cristiana.

1965. Finalmente la versión definitiva, un texto de compromiso,  de Nostra Aetate se vota en la 4ª sesión del 28 de octubre.  A favor de él 2221 votos; en contra 88.

“ Las discusiones que siguieron a la toma de conciencia del CV2 fueron preparando poco a poco al mundo cristiano para asumir una nueva teología de las relaciones de la Iglesia con el judaísmo. El objetivo de las directrices del Vaticano y de los episcopados desde hace casi 50 años se encaminó a transformar la mentalidad por medio de un gran esfuerzo de ‘educación’ de los pueblos del espacio cristiano”(Michel Laurigan).

 

Este esfuerzo tiende a:

      • Recordad la perpetuidad de la primera Alianza (afirmación anatematizada).
      • Inculcar el aprecio al pueblo judío infiel, “pueblo sacerdotal” (el cual no puede salvarse, si no creen en Cristo)
      • Renunciar a la conversión de los judíos (contra Cristo, San Pablo y todos los Apóstoles).
      • Familiarizarse constantemente con la cooperación con los judíos (puro pelagianismo).
      • Preparar los caminos a la religión noáquida (despojar a Cristo de la divinidad).

Lo demás, lo que hoy sufrimos de los falsos pastores,  es el podrido fruto de haber traicionado a Cristo. Sólo recordemos unos pocos, entre miles,  nauseabundos jalones de esta gigantesca traición a modo casi telegráfico:

  • Texto herético de la Comisión de la Comisión del Episcopado Francés para las Relaciones con el Judaismo de Pascua de 1973, en el que se señala que la primera alianza no queda abrogada por la Nueva de Cristo (declaración que cae bajo anatema de la Iglesia Católica).
  • Texto titulado Reflexiones sobre la Alianza y la Misión del episcopado norteamericano de agosto del 2002, en el que concluyen que las acciones encaminadas a convertir a los judíos al cristianismo ya no son teológicamente aceptables en la Iglesia Católica (esto ya es apostasía de la Misión encomendada por el Señor).
  • Visitas sucesivas a las sinagogas de los obispos de Roma, oraciones conjuntas, peticiones de perdón a los judíos, participaciones en las liturgias talmúdicas, eliminación de las oraciones en la liturgia católica, como la de Viernes Santo…

He aquí un botón de muestra de la ruptura acaecida

PLEGARIA DEL MISAL DE SAN PÍO V DEL VIERNES SANTO

Oremos también por los pérfidos judíos, para que Dios nuestro Señor quite el velo de sus corazones, a fin de que ellos también reconozcan a Jesucristo Nuestro Señor

R. Amén.

Oh Dios todopoderoso y eterno, que no rechazas de tu misericordia a los pérfidos judíos: oye las plegarias que te dirigimos por la ceguedad de aquel pueblo, para que, reconociendo la luz de tu verdad, que es Jesucristo, salgan de sus tinieblas. Por Jesucristo Nuestro Señor

R. Amén.

PLEGARIA DE LA NUEVA MISA DEL VIERNES SANTO

Recemos por los judíos a quienes Dios habló en primer lugar: para que progresen en el amor de su Nombre y en la fidelidad a su alianza.

Una vez que la ‘Iglesia católica’ mediante ese “gran esfuerzo de educación”, siguiendo el plan judío, llegue a reformar su visión del pueblo deicida, predique sólo a un Jesucristo humano que viene a traer una moral de felicidad para todos los hombres, es decir, renuncie a confesar su divinidad, y reinterprete el misterio de la Trinidad, la ‘Iglesia Católica’ será, en palabras del judío Benamozegh, la encargada de propagar el noaquismo. El judaísmo considera que todo pueblo está obligado a observar una Ley universal. Esta Ley universal serían los siete mandamientos de Noé.

      1. Establecimiento de tribunales de justicia para que la ley gobierne la sociedad.
      2. Prohibición de la blasfemia.
      3. Prohibición de la idolatría; siendo la adoración a Cristo y a  la Trinidad considerada como idolatría.
      4. Prohibición del incesto.
      5. Prohibición del derramamiento de sangre.
      6. Prohibición del hurto.
      7. Prohibición de comer carne de algunos animales.

La nueva misión asignada a la Iglesia consistiría en evangelizar los pueblos en ese humanitarismo noáquida y propiciar su unificación. Se facilitaría la primacía romana para lograr la unidad de los cristianos, para que la iglesia católica reunificada predique una religión de la moral natural sin Cristo; por la cual sus adeptos podrían salvarse. Recuérdese que los siete mandamientos de Noé son el mínimo común de las tres religiones del libro. Los no judíos no deben de tratar de convertirse a la religión del talmud, reservada sólo a los elegidos, los judíos carnales.

Aquí, pues, en síntesis, caminamos desde la Declaración Nostra Aetate del CV2 la senda contraria a Saulo, que se convirtió en San Pablo; nuestros pastores nos llevan de vuelta de Damasco al Sumo Sacerdote para pedirle cartas para acabar con la resistencia de los verdaderos cristianos, que confiesan a un solo Señor, Jesucristo, un solo Dios cuya substancia es trinitaria. La persecución adviene sobre nosotros. Las enormes finanzas judías fruto del gravísimo pecado de la usura contra los pobres y que clama justicia al cielo, se encargan de espabilar a los pocos renuentes que aún quedan a plegarse a las intenciones de la Sinagoga de Satanás ¡Ay ciudad de las siete colinas que has permitido que sobre tu escuálida bolsa caigan las sucias y usureras manos de los judíos deicidas! Has entregado tu preciosa libertad para la salvación de las almas a tu mayor enemigo; no es distinta tu suerte de la que el  deudor tiene con su acreedor. Sólo queda una esperanza, porque Cristo jamás abandona a su Iglesia.

Sofronio

Nota:

El contenido de este artículo es un resumen modificado del texto de Michel Laurigan titulado del Mito de la sustitución a la Religión Noáquida con mezcla de sus innumerables notas.

 

CATECISMO DE LA SUMA TEOLÓGICA

Este libro es una fiel respuesta de un hijo de la Iglesia a la reiterada voluntad de los papas: desde San Pío V a Pío XII en la Humani Generis, pasando por San Pío X en la Pascendi o Benedicto XV, entre otros, hasta 1958, cuyas intenciones fueron siempre volver a la doctrina segura de Santo Tomás. En esta obra, a lo largo de sus 1492 preguntas y correspondientes respuestas, el lector no sólo podrá adquirir el concepto claro de ley injusta, de las relaciones entre dones del Espíritu Santo y virtudes, de los medios de la gracia, de las procesiones trinitarias, de las distintas ciencias en Jesucristo, o qué es la oración, entre otros muchos, sino que al paso de las páginas y mientras va meditando su contenido, la potencia de la verdad contribuirá a ordenar su inteligencia y a que comprenda que en el hombre inteligencia y voluntad deben ir de la mano, evitando todo voluntarismo y subjetivismo y que también debe ser así en la teología católica. Es realmente un tesoro que todo católico debería tener, leer y releer, meditándolo, porque contiene toda la ciencia divina y humana que un cristiano debe conocer, para saber para qué existe, para qué vive en esta tierra, a dónde va y cuál es el camino para llegar a la felicidad, en este mundo y en el otro.

Se puede adquirir aquí

INTRODUCCIÓN

            El Padre Thomás Pègues, de la orden de los Predicadores, nació en 1866 en Marcillac, Francia, y murió el 28 de abril de 1936; fue profesor en la Universidad  Pontificia de Santo Tomás de Aquino (El Angelicum) entre 1919 y 1921. Realizó una labor extraordinaria al comentar, en miles de páginas, la Suma Teológica del doctor angélico de la Fe católica, y después de haberla comentado y analizado y explicado punto por punto, nos presenta un resumen de esta misma obra en forma de catecismo, con preguntas y respuestas.

Este método suscita la atención y despierta la curiosidad intelectual del lector y después le da la respuesta a la duda que le había surgido.

Por su brevedad y su clara y hasta amena exposición, este Catecismo permitirá que se pueda conocer la Suma Teológica, sin tener que realizar el esfuerzo de leer un texto que sobrepasa unas veinte veces su extensión. Como puede fácilmente deducirse, el Catecismo de la Suma Teológica es un resumen de la obra cumbre de Santo Tomás de Aquino. La ortodoxia probada y la competencia de largos años de estudio y enseñanza de las obras del aquinate, hacían del Padre Pègues un divulgador riguroso de la teología del Ángel de las Escuelas, el doctor común de todos los católicos.

No se trata de que este libro pretenda sustituir la lectura de la Suma. Lo que pretende es evitar que las dimensiones de la obra original (veinte veces más voluminosa que el libro de Pégues) disuadan al hombre de estew siglo de su lectura. Quiere poner al alcance de cualquier inteligencia medianamente formada algunos puntos esenciales de la arquitectónica obra del Maestro de Aquino, y lo hace en forma de preguntas y respuestas, al modo de los catecismos de siempre. La vieja fórmula de los catecismos de la instrucción de la fe, verdadera escuela cristiana, es un recurso particularmente ameno y adaptado a las introducciones de materias intelectuales.

Se puede decir que, hoy más que nunca en que los contenidos de la fe son desconocidos por la inmensa mayoría de los católicos practicantes presas de errores, es urgente la difusión de obras como este Catecismo tomista;  en esta obra a lo largo de sus 1492 preguntas y correspondientes respuestas, el lector no sólo podrá adquirir el concepto claro de ley injusta, de las relaciones entre dones del Espíritu Santo y virtudes, de los medios de la gracia, de las procesiones trinitarias, de las distintas ciencias en Jesucristo,  o qué es la oración entre otros muchos, sino que al paso de las páginas y mientras va meditando su contenido, la potencia de la verdad contribuirá a ordenar su inteligencia y a que comprenda que en un ser como el hombre, inteligencia y voluntad deben ir de la mano, evitando todo voluntarismo y subjetivismo y que también debe ser así en Teología. En otras palabras, que dado que hoy vivimos en un mundo lleno de errores y hasta herejías que se proclaman desde los púlpitos, en buena parte lo debemos a haber descuidado su método y a algo que Santo Tomás tenía muy presente: que para la adquisición de la verdad se requiere también un recto uso de la voluntad, más cuando se trata de verdades arduas.

Este libro es, pues, una fiel respuesta de un hijo de la Iglesia a la voluntad de San Pío X en la Pascendi,  cuya intención se siguió hasta Pío XII en su Humani Generis de volver a la doctrina segura de Santo Tomás. Es realmente un tesoro que todo católico debería tener, leer y releer, meditándolo, porque contiene toda la ciencia divina y humana que un cristiano debe conocer, para saber para qué existe, para qué vive en esta tierra, a dónde va y cuál es el camino para llegar a la felicidad, en este mundo y en el otro.

Elogio de la Iglesia a Santo Tomás de  Aquino.

 

Seguimiento de la Doctrina tomista.

            Poco después de su muerte, los escritos de Santo Tomás eran universalmente estimados. Los dominicos naturalmente fueron los primeros en seguir al Santo. El Capítulo General de París de 1279 prometió grandes penas para todo aquel que se atreviese a hablar irreverentemente de él o de sus obras. Los capítulos de París de 1286, de Burdeos de 1287 y de Lucca de 1288, expresamente dispusieron que los frailes tenían que seguir la doctrina de Tomás, que en aquel momento no había sido canonizado (Const. Ord. Praed. N. 1130). La Universidad de París, coincidiendo con la muerte de Santo Tomás, envió una misiva oficial de pésame al capítulo general de los dominicos, diciendo que con los hermanos, la universidad expresaba su dolor por la pérdida de aquél que era como suyo propio por sus muchos títulos (texto de la carta en Vaughan). En la encíclica “Aeterni Patris”, León XIII menciona las Universidades de París, Salamanca, Alcalá, Douai, Toulouse, Lovaina, Padua, Bolonia, Nápoles, Coimbra, como “las sedes del conocimiento humano donde Tomás reinaba supremo, y donde las mentes de todos, maestros y discípulos, disfrutaban de una maravillosa armonía bajo la tutela y autoridad del Doctor Angélico”. A esta relación, podemos añadir Lima y Manila, Friburgo y Washington. Los seminarios y escuelas siguieron a las universidades. La “Summa” gradualmente sustituyó a las “Sentencias” como texto de teología. Las mentes se formaban según los principios de Santo Tomás; se convirtió en un gran maestro, ejerciendo una vasta influencia universal sobre las opiniones de los hombres y sus obras; porque incluso los que no adoptaban todas sus conclusiones, quedaban obligados a considerar sus opiniones. Se estima que se han escrito unos seis mil comentarios sobre la obra de Santo Tomás. Durante los últimos 600 años, se han publicado manuales de teología y filosofía, compuestos con la intención de impartir su enseñanza; traducciones, estudios o resúmenes (études), de partes de sus obras, y hasta hoy, su nombre se honra en todo el mundo. En cada uno de los Concilios Generales que han tenido lugar después de su muerte, Santo Tomás siempre ha ocupado un lugar de honor. En el Concilio de Lyon su obra “Contra errores Graecorum” fue utilizada con gran efecto contra los griegos. En disputas posteriores, antes y durante el Concilio de Florencia, Juan de Montenegro, el campeón de la ortodoxia Latina, encontró en Santo Tomás una fuente inagotable de argumentos irrefutables. El “Decretum pro Armenis” (Instrucción para los Armenios) emitido por la autoridad de ese concilio, está tomado casi literalmente de su tratado “De fidei articuli et septem sacramentis“. En los concilios de Lyon, Vienne, Florencia y el Vaticano, escribe León XIII (encíclica “Aeterni Patris”), “casi podríase decir que Santo Tomás participó y presidió las deliberaciones y decretos de los Padres contendiendo contra los errores de los griegos, herejes y racionalistas, con una fuerza invencible y con los más felices resultados”. Pero la mayor y más especial gloria de santo Tomás, que no comparte con ningún otro Doctor Católico, es que los Padres de Trento hicieron parte del orden del cónclave poner sobre el altar, junto al códice de las Sagradas Escrituras y los Decretos de los Sumos Pontífices, la Summa de Tomás de Aquino, para buscar consejo, razones e inspiración. Mayor influencia, nadie puede tener. Antes de concluir, debemos mencionar dos libros muy conocidos y apreciados, inspirados por y basados en los escritos de Santo Tomás. El Catecismo del Concilio de Trento, compuesto por discípulos del Doctor Angélico, es en realidad un compendio de su teología, presentada en forma apropiada para uso de los párrocos. La Divina Comedia de Dante se ha llamado “la Summa de Santo Tomás en verso”, y los comentaristas hacen derivar las divisiones y descripciones de las virtudes y los vicios del gran poeta florentino a la “Secunda Secundae”.

Aprecio de la Iglesia por Santo Tomás.

              La estima de que disfrutaba en vida no ha disminuido, sino aumentado, en el transcurso de los seis siglos transcurridos desde su muerte. El lugar que ocupa en la Iglesia lo explica el gran León XIII en la encíclica “Aeterni Patris”, en la que recomienda el estudio de la filosofía escolástica: “Es sabido que casi todos los fundadores y legisladores de órdenes religiosas ordenaron a sus frailes estudiar y hacer suyas las enseñanzas de Santo Tomás… Además de la familia Dominica, que justamente reclama como suyo a este gran maestro, los estatutos de los Benedictinos, Carmelitas, Agustinos, Jesuitas y muchos otros, dan testimonio de su acatamiento de esta ley”. Entre los “muchos otros”, Servitas, Pasionistas, Bernabitas y Sulpicianos se han dedicado de manera especial al estudio de Santo Tomás. Las principales universidades donde Santo Tomás brillaba como gran maestro han sido enumeradas más arriba. Los doctores parisinos le llamaban estrella del alba, sol luminoso, luz de la Iglesia entera. Esteban, Obispo de París, reprendiendo a aquellos que se atrevían a atacar la doctrina de aquel “excelentísimo Doctor, el bendito Tomás”, le llama “la gran luminaria de la Iglesia Católica, la joya del sacerdocio, la flor de los doctores, el lustroso espejo de la Universidad de París”. En la antigua Universidad de Lovaina, los doctores tenían que descubrirse e inclinarse cuando pronunciaban el nombre de Santo Tomás.

              “Los concilios ecuménicos, donde florecen las   flores de todo el conocimiento terrenal, siempre han procurado honrar de manera singular a Santo Tomás” (León XIII en la encíclica “Aeterni Patris”). El “Bullarium Ordinis Praedicatorum”, publicado en 1729-39, cita 38 bulas en las que 18 soberanos pontífices alabaron y recomendaron la doctrina de Santo Tomás. Estas aprobaciones las repite y renueva León XIII, que pone especial énfasis en “el destacado testimonio de Inocencio VI: Su enseñanza, por encima de todas, exceptuando sólo los cánones, posee tal elegancia en sus frases, un método en sus afirmaciones, una verdad en sus proposiciones, que aquellos que la siguen, nunca se desviarán del camino de la verdad, y el que se atreva a refutarla, siempre será sospechoso de error”. León XIII sobrepasó a sus predecesores en su admiración por Santo Tomás, y declaró que en sus obras se encuentra el remedio para los muchos males que afligen a nuestra sociedad. Las encíclicas de ese ilustre Pontífice demuestran que había estudiado las obras del Doctor Angélico. Esto es evidente en las epístolas sobre el matrimonio cristiano, la constitución cristiana de los estados, la condición de las clases trabajadoras, y el estudio de la Sagrada Escritura. El Papa san Pío X, en varias epístolas, por ejemplo en “Pascendi Dominici Gregis” (septiembre 1907), insiste en observar las recomendaciones de León XIII sobre el estudio de Santo Tomás. Intentar dar los nombres de los escritores católicos que han expresado su admiración por santo Tomás sería una tarea imposible, porque la lista incluiría a casi todos los autores de filosofía o teología desde el siglo XIII, además de cientos de autores de otros temas. En los capítulos introductorios de todo buen comentario, encontramos alabanzas y elogios. Una relación incompleta de autores que han recogido estos testimonios la da el P. Berthier.

            Santo Tomás y el pensamiento moderno

            En el Syllabus de 1864 Pío IX  condenó una afirmación que decía que los métodos y principios de los antiguos doctores escolásticos no se adaptaban a las necesidades de nuestro tiempo y al progreso científico (Denzinger-Bannwart, n. 1713). En la encíclica “Aeterni Patris”, León XIII señala los beneficios que se derivan de “una reforma práctica de la filosofía, restaurando las reconocidas enseñanzas de Santo Tomás de Aquino”. El Papa exhorta a los obispos a “restaurar la sabiduría áurea de Santo Tomás y difundirla por todas partes en defensa y para mayor belleza de la Fe Católica, para el bien de la sociedad y para el avance de todas las ciencias”. En las páginas de la Encíclica que preceden inmediatamente a esas palabras, explica por qué la enseñanza de Santo Tomás llevaría a tal deseable resultado: Santo Tomás es el gran maestro para explicar y defender la Fe, porque suya es “la sólida doctrina de los Padres y Escolásticos, que con tanta claridad y vigor demuestran los firmes fundamentos de la Fe, su origen Divino, su certera Verdad, los argumentos que la sostienen, los beneficios que ha dispensado a la humanidad, y su perfecto acuerdo con la razón de tal manera que satisface completamente las mentes abiertas a la persuasión, aunque estén indispuestas para ello”. La carrera de Santo Tomás en sí misma habría justificado a León XIII cuando aseguró a los hombres del siglo XIX que la Iglesia Católica no se oponía al recto uso de la razón. También se destacan los aspectos sociológicos de Santo Tomás: “Las enseñanzas de Santo Tomás sobre el verdadero significado de la Libertad, que ahora se está convirtiendo en libertinaje, sobre el origen Divino de toda autoridad, sobre las Leyes y su fuerza, sobre el justo y paternal gobierno de los príncipes, sobre la obediencia a las máximas autoridades, sobre la mutua caridad fraterna, en fin, sobre todos estos y otros temas, poseen una gran e invencible fuerza para conquistar y vencer aquellos principios del “nuevo orden” que hacen peligrar el pacífico orden de cosas y la seguridad pública”. Los males que afectan a la sociedad moderna han sido señalados por el Papa en la epístola “Inescrutabili” del 21 de abril de 1878, y en la que versa sobre el Socialismo, Comunismo y Nihilismo. (“Las Grandes Encíclicas de León XIII”, pp. 9 sqq.; 22 sqq.) De qué manera los principios del Doctor Angélico proveerán un remedio para estos males, se explica aquí de manera general, y de manera más particular en las epístolas sobre la constitución cristiana de los estados, la libertad humana, los principales deberes de los cristianos como ciudadanos, y sobre las condiciones de las clases trabajadoras (ibid., pp. 107, 135, 180, 208).

              Es en relación a las ciencias, que algunos dudan de la actualidad de los escritos del Santo; se refieren a las ciencias físicas y experimentales, ya que en la metafísica, los escolásticos son reconocidos maestros. León XIII llama la atención a las siguientes verdades: (a) Los Escolásticos nunca se opusieron a la investigación. Sosteniendo como principio antropológico “que la inteligencia humana es llevada al conocimiento de las cosas sin cuerpo y materia sólo mediante las cosas sensibles, entendieron bien que nada era más útil a un filósofo que la indagación diligente en los misterios de la naturaleza, y la constancia en el estudio de los fenómenos físicos” (ibid. p. 55). Este principio se llevaba a la práctica: Santo Tomás, San Alberto Magno, Roger Bacon, y otros, “prestaron gran atención al conocimiento de la naturaleza” (ibid., p. 56). (b) La investigación sola no basta a la verdadera ciencia. “Cuando se establecen los hechos, es necesario aplicarnos al estudio de los objetos corpóreos, para indagar las leyes que les gobiernan y los principios de los que surgen su orden y unidad diversa”.

 

 

¡YA ESTÁ DISPONIBLE EL BREVIARIO TRADICIONAL!

El Volumen I del Breviario Romano, en latín y español, ya se puede adquirir aquí:

VER O ADQUIRIR BREVIARIO

Sapientiae Sedei Filii presenta una nueva edición del Oficio Divino (volumen I de 1744 páginas) siguiendo las antiguas rúbricas de 1960 y que contiene:

Salterio: Laudes I, Laudes II, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Visperas I y II, y Completas de cada día de la semana. A doble columna en latín y español.

Propio del tiempo, Propio de los santos, Común de santos, Oficio de difuntos, Letanías de los santos, y Oficio de Santa María “in sabbato”. A doble columna en latín y español.

Comentarios de todos los salmos tomados de Gubianas, Scío, San Agustín, etc.

Amplio subtítulo de cada salmo.

APÉNDICES

Oficio Parvo de Santa María Virgen: Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas, y Completas (49 páginas). A doble columna en latín y español.
Martirologio Romano de Pío XII completo (207 páginas)

PRESENTACIÓN:

12, 5  x 19 x 043 cm.

1744 páginas.

Papel lustre de 40 gramos.

Tapa Vanol grabado dorado en lomo y anverso.

Cortes dorados.

6 cintas de diversos colores.