LA CRISIS DE LAS ÓRDENES RELIGIOSAS-MASCULINAS- (1)

La crisis de las Órdenes Religiosas -ellos- (I)

L o s   f r u t o s   g é l i d o s  

d e l   C o n c i l i o   V a t i c a n o   II

 ‘c o n t r a  f a c t u m  n o n  v a l e t  a r g u m e n t u m’

La crisis de las órdenes religiosas [masculinas]

( En la portada, foto del predicador «papal», el franciscano P. Cantalamesa siendo bendecido por los evangélicos heréticos)

Muchos ‘profesionales’ del ruido pastoral y ‘showmaster espirituales’ , tal como acertadamente fueron descritos por otro  ‘showmaster espiritual’, al observar su creatividad litúrgica y tendencia endémica a expandir las ansias de protagonismo en la misa protestantizada (“fabricada al gusto de las modas del momento”,, se aprestaron a celebrar los 50 años de la apertura un Concilio, por el cual, desde el cual y tras el cual se ha producido una crisis de vocaciones religiosas y de abandonos sin precedentes en la historia de la Iglesia, lo que indica que si no reconocen las causas de esta grave situación en la doctrina emanada de esa misma asamblea o conciliábulo, celebrada entre 1962 a 1965,como demostraremos con los números objetivos, mal podrán aplicar sanos remedios. De nada sirve para curar una infección un analgésico; más se requiere de un antibiótico que de paracetamol. Y son millones los que piden más sales de frutas, cantando no sé qué milagros vocacionales surgidos de esa Asamblea General, en vez de introducir el bisturí en el duodeno canceroso y extirpar el tumor.

Veamos las cifras de las órdenes religiosas e institutos masculinos primero ( 47 en total),  para luego entrar en un segundo artículo, Dios mediante, en el análisis de los datos de las femeninas (132 órdenes, institutos y congregaciones) y finalmente, si Dios quiere, analizar las causas de tal hundimiento en un tercer artículo, en el que iremos exponiendo  las soluciones divinas de las que fueron instrumentos los verdaderos reformadores, cómo San Bernardo, Santa Teresa, San Francisco, etc., que actuaron exactamente en la dirección contraria a lo que se ha hecho tras el conciliábulo, con buenos frutos en calidad y cantidad.

Las cifras se refieren a datos publicados por el propio Anuario de la Santa Sede hasta el año 2014. Cualquier observador sabe que desde entonces hasta hoy las deserciones, sequía de vocaciones, y crisis, no han hecho más que ir en aumento; con lo cual bien se puede aplicar a estas cifras un 25% más La crisis no para; ¿ Hasta cuándo Señor?, pregunta el profeta Jeremías, a lo que responde la Santísima Trinidad «hasta que quede un tocón» ( tocón es lo que queda de un árbol aserradas todas las ramas, pequeñas y grandes, cercenado el tronco, del cual sólo quedan unos pocos centímetros)

HERENCIA RECIBIDA Y LEGADO DEJADO POR JUAN PABLO II A LA IGLESIA

Los datos son de los Anuarios Pontificios de los años:

 
1.974
1987
2001
2.008
%
Dominicos

8.086

6.769

6.371

6.044

-25%

Superior de los Benedictos ¡Le aburre el Greoriano, y le gusta más el rock!
AÑO
1.974
1987
2001
2.008
%
Franciscanos

23.301

20.037

17.335

15.256

-35

Franciscanos juanpablistas, Ratzinguianos, y Bergoglianos  y los hijos de San Francisco
AÑO
1.974
1987
2001
2.008
%
Mercedarios

963

780

736

726

-25%

Mercedarios Descalzos

127

88

64

51

-60%

Siervos de María o Servitas

1.642

1.139

981

883

-46%

Hnos. de S. Juan de Dios

2.020

1.630

1.432

1.291

-36%

Mínimos

276

199

186

195

-29%

Orden Teutónico

150

84

84

85

-43%

Barnabitas

506

472

394

375

-26%

Jesuitas

30.860

26.617

21.490

19.216

-38%

Carmelitas

2.371

2.039

2.096

1942

-18%

Neo carmelitas tras el concilio V2 confiando en sus habilidades versus carmelitas confiando en la gracia

ESTUDIO EN DETALLE DE LA EVOLUCIÓN ANUAL DE LOS JESUITAS 

En 1965, al concluir el Concilio Vaticano I,I eran 36.038 sacerdotes (nº máximo alcanzado) con lo que desde el Concilio hasta el año 2.008  habían perdido casi el 50% de los sacerdotes. En el 2014 no llegan a 17.000, con una pérdida de sacerdotes en torno a un 53% desde el Concilio. Pero, además, la edad media de los actuales jesuitas es altísima, con lo cual irán bajando el número de efectivos, por naturales defunciones. Por otra parte, siguen aplicando las mismas recetas equivocadas, es decir, las nuevas doctrinas erráticas del Concilio Vaticano II, cuyo efecto hará que no lleguen nuevos candidatos; como se ha demostrado durante 50 años.(1)

Jesuita que niega la virginidad de la Virgen María antes, en y después del parto

PERIODO PABLO VI- PREPÓSITO GRAL. PADRE ARRUPE

 

AÑO
Nº SACERDOTES
VARIACIÓN
%
1.965

36.038

 

 
1.966

35.929

-109

-0,30%

1.967

35.573

-356

-1 ,00%

1.968

34.762

-811

-2,33%

1.969

33.828

-934

-2,76%

1.970

32.898

-930

-2,76%

1.971

31.661

-1.237

-2,83%

1.972

30.860

-801

-3,91 %

1.973

30.030

-830

-2,60%

1.974

29.436

-594

-2,76%

1.975

29.856

420

-2,02%

1.976

28.378

-1.458

1 ,41 %

1.977

28.020

-358

-5,21 %

TOTAL PERIODO PABLO VI                    
-8.018
-22,25%

PERIODO  JUAN PABLO II

PREPÓSITOS PADRES ARRUPE Y P. KOLVENBACH

AÑO
Nº SACERDOTES
VARIACIÓN
%
1.978

27.731

-289

-1,04%

1.979

27.348

-383

-1,40%

1.980

27.053

-295

-1 ,09%

1.981

26.622

-431

-1,62%

1.982

26.298

-324

-1,23%

1.983

25.952

-346

-1,33%

A partir de 1 983 el nuevo Prepósito General de los Jesuitas es el P. Kolvenbach

1.984

25.724

-228

-0,89 %

1.985

25.549

-175

-0,68%

 

 

 

 

2.001

21.490

-4059

-18,89%

 

 

 

 

2.005

19.564

-1.926

-8,96 %

PERIODO JUAN PABLO II                    
-8.456
-30,18%

PERIODO BENEDICTO XVI

AÑO
Nº SACERDOTES
VARIACIÓN
%
2.008

19.216

-348

-1,78%

2.013(2)

 16. 900

-2.316

-12,05%

PERIODO BENEDICTO XVI                    
-2.664
-13,61%
Observación a los datos de los Jesuitas: Según estos datos, ni Pablo VI, ni Juan Pablo II lograron parar la sangría de sacerdotes. Es un mito juanpablista que Wojtyła lograra poner en su sitio a los jesuitas. Durante todo el pontificado de Pablo VI se perdieron tras el ‘bombazo’ del Concilio 8.018 sacerdotes jesuitas, a tasas anuales que casi llegaron al 4% en 1971 y a más del 5% en 1976, debido, en parte,  a las secularizaciones. Luego, ya con Juan Pablo II e impedidas las secularización masivas,  las pérdidas se estabilizaron con una disminución anual ligeramente superior al 1%, terminado su pontificado con el record de haber perdido el mayor número de sacerdotes jesuitas en toda la historia de la Compañía: 8456 sacerdotes menos. Lo que indicaba el gran calado de la crisis iniciada por el Concilio y  enquistada por la persistencia en predicar sus errores del papa polaco.
AÑO
1.974
1987
2001
2.008
%
Escolapios

1.917

1.584

1.492

1.405

-27%

Doctrinarios

96

115

78

89

-7%

Pasionistas

3.568

2.855

2.391

2.229

-38%

Redentoristas

7.540

6.474

5.773

5.601

-26%

Congr. Sagrados C.C.

1.825

1.395

1.055

905

-50%

Maristas (Sdad. de María)

2.216

1.811

1.360

1.149

-48%

 
AÑO
1.974
1987
2001
2.008
%
Congr. Espíritu Santo

4.441

3.604

3.006

3.011

-23%

Cía de María (Monfortinos)

1.683

1.263

1.049

978

-42%

Mis Obl de María Inmac.

6.029

5.731

4.831

4.548

-25%

Clérigos de San Viator

1.447

1.060

747

608

-58%

Soc. de María (Marianistas)

2.827

1.935

1.575

1.414

-50%

Rosminianos

438

408

333

313

-29%

Asuncionistas

1.506

1.190

949

887

-41%

Estigmatinos

452

416

429

428

-5%

Sacramentinos

1.338

1.133

978

909

-32%

Salesianos

20.423

17.233

17.192

16.389

-20%

Dehonianos

2.870

2.646

2.389

2.333

-19%

Misioneros de Marianhill

576

425

386

394

-32%

Ms  SS. CC. de Jesús y María

152

133

124

132

-13%

Sociedad de San Pablo

1.213

1.149

1.124

1.054

-13%

Coops Parroq de Cristo Rey

¿?

70

71

63

-10%

Hnos de las Esc. Cristianas

14.517

9.177

6.669

5.483

-62%

AÑO

1.974

1987

2001

2.008

%

Lazaristas

5.1 97

3.854

4.11 4

3.978

23%

Sulpicianos

650

473

353

315

52%

Padres Blancos

3.604

2.761

2.11 5

1 .788

50%

Terc. Capuchinos de Ntra. Sra. de los Dolores

551

399

434

398

28%

Sagrado Corazón de Jesús de Betharram

411

378

374

394

4%

Camaldulenses

88

85

58

57

35%

Benedictinos

1 0.81 9

9.357

7.926

7.640

29%

Cartujos

457

393

365

328

28%

Trapenses

3.357

2.834

2.346

2.1 62

36%

Jerónimos

33

29

1 8

1 4

58%

Capuchinos

1 3.606

11 .953

11 .303

11 .1 66

18%

Agustinos

3.847

3.374

2.888

2.795

27%

Agustinos Recoletos

1 .252

1 .370

1 .256

1 .1 68

7%

 

RESUMEN DE DATOS
»Pérdida de religiosos de 1 974 a 2008 (fechas de los anuarios)  59.789   

    37%

»Previsible pérdida de 2008 a 2011 a una tasa de sólo 0,5% anual (3)  

 

(La tasa es mayor, pero seremos conservadores en los nºs). Total 5 años
 

2%

     
»Previsible pérdida de 1 965 (final del Concilio) a 1 974 fecha  

 

del primer anuario (un total de 9 años)  

12%

     
TOTAL PÉRDIDA MEDIA ESTIMADA DE LAS ÓRDENES MASCULINAS
 
 
DESDE EL «CONCILIO»AL 2013
 
51%

Considerese, además, lo siguiente:

En 1965 la población mundial era de 3.334.874.000 y en el 2008 de 6.671.679.03 y hoy más de 7.000 millones. Es decir, en el mismo tiempo en que se ha doblado la población mundial, se han reducido a la mitad el número de religiosos. La edad media de los actuales es muy alta y además, se ha renunciado a la Evangelización en aras de prestar servicios sociales. El proselitismo está perseguido y denostado por la misma jerarquía de la iglesia conciliar, la cual ha renunciado a él expresamente respecto a los judíos y musulmanes. Ahora bien, prosélito según el Diccionario de la R.A.E., es la persona incorporada a una religión y según el mismo diccionario, proselitismo es hacer prosélitos, es decir, incorporar a personas a una religión; en este caso a la única verdadera: la Católica. Entonces, salvo que el que escribe sea un tonto, veo que lo que manda la jerarquía tras el «Concilio» Vaticano II y la praxis más común es lo contrario, no ya de lo que decían los anteriores papas y Concilios, sino lo opuesto al mandato del mismo Jesucristo, vida nuestra. Así están las cosas, para el que ame la verdad. He aquí un ejemplo paradigmático de esta masiva traición  a Cristo tras el «Concilio».

La larga vida de un “religioso” “misionero”:

Un verdadero espejo de la crisis causada por el Concilio V. II

Silvano Sabatinimisionero de la Consolata que se comprometió durante 40 años con los indígenas de la Amazonia brasileña, tiene mucho que contar sobre el sentido de la Misión de la iglesia conciliar, con todas sus tensiones, contradicciones y complejidades.

La agencia Adista presenta el increíble testimonio de este misionero de la Consolata, que dedicó su vida a las poblaciones indígenas y ahora cuenta su experiencia con un ensayo titulado “El sacerdote antropólogo. Entre los indígenas de la Amazonia”(Ediesse, Roma 2011); escrito en colaboración con la antropóloga Silvia Zaccaria.

En el libro se habla mucho del «desastre cultural» provocado por la orientación asimilacionista de los misioneros poco iluminados, que ha complicado mucho la acción de los grupos de los misioneros de Catrimani (en medio de la selva tropical brasileña), que se centra en la elaboración de un«proyecto político-teológico de emancipación», mediante la defensa de la “maloca”, la casa común, «como lugar histórico-social, pero también mítico-teológico de la realidad indígena», la total aceptación del mito y de su valor objetivo, al que Sabatini se ha sumado con toda su fe y su inteligencia humana.

Este proyecto tiene una visión herética de la evangelización que se expresa de forma única:

«No bautizamos a ningún yanomami –declara Sabatini– porque estábamos convencidos de queno tenía sentido bautizar a la persona fuera de la comunidad y que es la cultura la que debe ser evangelizada: el hombre tiene derecho a tener su cultura y debe encontrar en ella la forma para expresarse cristianamente. Bautizar fuera de la comunidad habría significado crear en el bautismo una doble personalidad». Motivo por el que, cuenta Zaccaria, «Sabatini respondía a aquel monseñor ansioso por saber cuántos yanomami había bautizadopor gracia del Buen Dios, NINGUNO.

Ante este testimonio anti cristiano de un religioso impulsado por el ‘espíritu’ del Vaticano II nos quedamos sin palabras ¿Se extrañan todavía de que algunos alcen el grito al cielo para denunciar la casi absoluta paralización de la Misión ad gentes tras el Concilio? ¿ Alguno piensa que Cristo va a nutrir a las órdenes religiosas que se niegan a cumplir su mandato de predicar y bautizar ? No hace falta ser profeta para saber que, si no se vuelve a la Santa Tradición de la Iglesia seguirá agrandándose la crisis.

 

He aquí, pues, el resumen del «Concilio» Vaticano II, y del magisterio errático

de Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, y Francisco.

NOTAS
(1)Fuente Principal para los jesuitas: Anuarios de la Santa Sede publicados por Ricardo de la Cierva en “Jesuitas, Iglesia y marxismo 1 965-1 985″, Plaza y Janes. A partir de 1985 se han usado otras fuentes,siempre referidas al Anuario. Para el 2013 se han utilizado declaraciones.
(2) Al no haberse publicado aún los Anuarios, se han usado declaraciones confiables.
(3) Respecto al periodo 1965-1974 no disponemos de los datos de todas las órdenes, pero sí tenemos los datos de los Jesuitas que disminuyeron a una tasa anual media superior al 2% e incluso llegaron en 1971 casi al 4%; este periodo fue el más salvaje respecto al abandono de sacerdotes, por lo que se hizo famosa la frase ‘colgó la sotana’. Para llegar a la conclusión del 13% general, hemos tomado de media para esos 9 años un porcentaje anual algo más conservador que en el caso de los jesuitas, reduciéndolo al 1,5%

Ontología 8: Propiedades del ente. La unidad.

Propiedades generales del ente

Res, aliquid, unum, verum, bonum; he aquí las cinco propiedades generales que los Escolásticos señalaban en el ente. Todas ellas, no solamente no se distinguen realmente del ente, sino que son simplemente aspectos y puntos de vista varios con que nuestro entendimiento concibe los seres. Por eso se llaman propiedades transcendentales, porque identificadas como están en el ente, se encuentran y tienen lugar en todas las cosas y en todos los géneros y grados de ser.

Las tres primeras se refieren al ente considerado en sí mismo, el cual se denomina algo, aliquid, en cuanto está dividido de los otros: cosa, res, en cuanto incluye alguna esencia; porque así como una cosa, dice santo Tomás, se denomina ente por razón del ser o existencia, así se denomina res por razón de la esencia; uno, unum, en cuanto contiene indivisión por sí mismo o no está dividido en sí mismo.

La verdad y la bondad corresponden al ente por comparación [39] y en relación de un ser a otro. El ente como cognoscible o concebible por el entendimiento, se dice verdadero, verum; como acto o capaz de ser apetecido por la voluntad, se denomina bueno, bonum.

No ofreciendo dificultad ni importancia especial las propiedades o denominaciones de res y aliquid, trataremos de la unidad, la verdad y la bondad, propiedades transcendentales, del ser que ofrecen mayor importancia filosófica.

La unidad, la identidad y la distinción.

Reduciremos a los siguientes puntos el análisis de estas nociones ontológicas:

1º La unidad, como propiedad transcendental, puede decirse que es la indivisión del ente en muchos entes del mismo género. La unidad, pues, incluye por una parte, una entidad positiva, ens, y por otro lado, la negación de la división, indivisum. Pero esta indivisión que constituye la unidad transcendental, excluye la división en muchos seres iguales al que tiene la unidad, y no la división en seres pertenecientes a diferente orden; y por eso en la definición se ponen las palabras en muchos entes del mismo género. Así, por ejemplo, Pedro, aunque se pude dividir en alma y cuerpo, o en cabeza, tronco, brazos, &c., no se puede dividir en muchos Pedros o individuos humanos, y en esta indivisión consiste su unidad transcendental.

2º De aquí se infieren dos cosas: 1ª que la unidad transcendental de un ser no es incompatible con la composición real del mismo; puesto que aunque algún ser, v. gr., el hombre, una planta, sean compuestos de partes múltiples y varias, esto no quita que se diga con verdad que hay un hombre, una planta: 2ª que la unidad transcendental se identifica con la unidad numérica o individual del ser; porque todo ente que es uno con unidad transcendental, es también uno con unidad numérica o individual, la cual envuelve la indivisión [40] del ser en sí, y su consiguiente división de los demás seres que no son él.

De aquí se colige que el mismo ser, por ejemplo, el hombre, se puede decir uno: 1º con unidad transcendental, en cuanto incluye indivisión en sí mismo, o sea la indivisión en plura ejusdem generis: 2º con unidad numérica, en cuanto está dividido de los demás seres individuales o singulares: 3º con unidad cuantitativa, en cuanto tiene aptitud o capacidad para ser principio y elemento de un número de hombres, o sea parte de una multitud del mismo género.

3º En conformidad con la doctrina expuesta, podemos distinguir dos especies de unidad, una que llamaremos unidad de simplicidad, y otra que llamaremos unidad de composición. La primera incluye la indivisión absoluta y perfecta del ser, de manera que éste, además de excluir la división en muchos seres del mismo género, excluye también la divisibilidad en seres de diferente género, y también toda distinción de partes. Así es, que esta unidad de simplicidad sólo conviene a Dios, acto puro que excluye toda composición y distinción de partes. La segunda conviene a todo ser que incluye partes realmente distintas; de donde se infiere que a todo ser o naturaleza creada sólo le conviene la unidad de composición, ya por razón de la distinción real entre la esencia y la existencia, en la hipótesis de la verdad de esta opinión, ya por razón de la distinción entre la sustancia y los accidentes, la cual tiene lugar hasta en los seres más simples por su naturaleza, como los ángeles y el alma racional.

Esta unidad de composición se puede llamar metafísica, si las partes del ser, aunque distintas realmente, son inseparables, como la esencia y la existencia en las sustancias finitas; o por el contrario, se llamará física, si las partes, además de distintas, son separables, como el cuerpo y el alma en el hombre: se llamará moral, la que se refiere a un ser cuyas partes sólo se unen moralmente, de manera que en realidad, no solo son distintas, sino que están separadas de hecho, como una familia, un ejército. Finalmente, la unidad, que sólo conviene a la cosa en virtud del modo con que [41] nuestro entendimiento la concibe, como la unidad específica o genérica, se llamará unidad lógica.

4º Hay también unidad per se, y unidad per accidens. Decimos que el ser es unum per se, cuando está constituido por una sustancia que es una esencia completa y específica en su género, bien sea sustancia simple, como los ángeles, bien sea sustancia compuesta, como el hombre, o el animal. Por el contrario, unum per accidens se dice, o bien del ser significado y expresado por un término que abraza una esencia sustancial en cuanto modificada por un accidente extraño a la misma, como filósofo, que significa la esencia sustancial del hombre con la filosofía; o bien, con más propiedad, del ser que es divisible y que envuelve pluralidad de partes separadas y existentes por sí mismas, como una familia, un ejército: en éste último sentido, la unidad per ancedens coincide con la de composición moral.

5º Con la unidad tiene afinidad y se halla relacionada la identidad, la cual puede definirse: la conveniencia de una cosa consigo misma. De manera que la identidad es la misma unidad de la cosa, en cuanto que nuestro entendimiento por medio del poder y fuerza de abstracción que posee, concibe algún ser bajo un doble punto de vista, y como si dijéramos, en dos momentos.

De aquí las locuciones y proposiciones que expresan ésta identidad, como cuando decimos: Pedro es idéntico consigo: este hombre es el mismo que vino ayer, &c.

Luego la identidad es susceptible de las mismas divisiones que la unidad, cuya naturaleza y condiciones sigue. Conviene, sin embargo, tener presentes las siguientes divisiones o clases de identidad.

a) Identidad física y moral.

La primera tiene lugar cuando la sustancia de una cosa permanece la misma según su realidad física, o sin experimentar ninguna mutación, aumento o disminución en la sustancia, como sucede en los ángeles y el alma racional. La segunda, cuando hay alguna mutación en la misma sustancia, pero permaneciendo la misma, o bien, según la opinión [42] vulgar, fundada en la permanencia de la forma externa, como cuando un edificio se renueva por partes; o bien porque las partes que se suceden se hallan sometidas y subordinadas a una forma sustancial interna que determina el ser sustancial y específico de la cosa, como sucede en el hombre que permanece el mismo, porque las partes del cuerpo que se renuevan sucesivamente son informadas por una misma alma que les comunica el ser humano, como forma interna, esencial y sustancial del hombre. La primera, puede también apellidarse identidad material, y la segunda, identidad formal.

b) Hay también la identidad genérica, específica y numérica, de las cuales se habló ya en la lógica.

c) Identidad real y de razón.

La primera existe entre las cosas que a parte rei se identifican, pero que nosotros concebimos, representamos y expresamos por medio de conceptos y términos diferentes, como la animalidad y racionalidad, las cuales, según existen en el hombre, son una misma entidad, pero corresponden a dos conceptos diferentes en nuestro entendimiento. La segunda se verifica entre dos cosas, de las cuales la una, ni existe, ni se puede concebir sin la otra: y así diremos que hay identidad de razón entre el hombre y el animal racional.

d) Identidad adecuada e inadecuada. Pedro tiene identidad adecuada o perfecta consigo mismo, porque es identidad que abraza todo el ser y todo lo que en sí contiene.

El número cinco tiene identidad inadecuada o incompleta con el número tres, que se incluye en él, y con la unidad, que es su principio. En general, puede decirse que el todo tiene identidad inadecuada con sus partes.

6º Así como la pluralidad se opone a la unidad, así a la identidad se opone la distinción, a la cual, en consecuencia, pueden acomodarse las divisiones atribuidas a la identidad. Conviene, no obstante, tener presentes las siguientes:

a) La distinción real, es la que conviene a las cosas independientemente y con anterioridad a la concepción de nuestro entendimiento. Distinción de razón o mental, la que sólo les conviene en virtud de nuestra concepción o de la facultad [43] que tiene nuestro entendimiento de concebir y representarse una misma realidad bajo diferentes puntos de vista parciales, como cuando distinguimos con el entendimiento en la esencia del hombre la animalidad y la racionalidad, o concebimos en Dios la sabiduría como distinta de la omnipotencia.

b) Si ésta distinción de razón tiene fundamento en la cosa o entidad real a causa de su perfección relativa o absoluta, por razón de la cual incluye virtualmente la perfección de otros seres inferiores, como sucede en los ejemplos puestos, se llama distinción rationis ratiocinatae, y también distinción virtual. Si carece de este fundamento real por parte del objeto, se llama rationis ratiocinantis o pure mentalis, como la distinción entre hombre y animal racional.

c) La distinción real, si se refiere a dos o más sustancias, se denomina sustancial; y además completa o incompleta, según que estas sustancias son esencias completas y específicas, o no. La distinción entre una sustancia y un accidente, como entre el hombre y la ciencia que posee, o entre dos accidentes, como entre el movimiento y la ciencia, se llama accidental. Si la distinción se refiere a una sustancia o accidente con respecto a algún modo de ser de los mismos, se llamará modal, como la distinción entre la esencia y la subsistencia, entre el movimiento y su velocidad.

d) Cuando la distinción entre dos cosas abraza, además de la numérica, la específica, suele llamarse diversidad: en este sentido decimos que Pedro y un caballo son diversos, pero que Pedro y Pablo son simplemente distintos.

e) Se deduce de lo dicho que la distinción numérica o individual, no es incompatible con la identidad específica o genérica, y por consiguiente, esencial: así, aunque Pedro y Pablo son distintos individualmente, pueden decirse idénticos esencialmente, en cuanto que tienen la misma esencia específica. [44]

Escolio

La cuestión relativa al origen propio de la unidad numérica, o sea al principio de individuación, es una de las más difíciles y controvertidas en la metafísica. Santo Tomás señala como principio de individuación en las sustancias materiales, la materia en cuanto afectada y determinada por la extensión, materia signata quantitate, o sea la materia en cuanto modificada por las dimensiones que le corresponden, habida razón de la forma sustancial que recibe. Esta opinión no carece de sólido fundamento; porque la individuación, como identificada con la naturaleza del individuo, debe traer su origen de alguno de sus principios esenciales, que son la materia y la forma sustancial. A la forma le pertenece ser y es realmente principio de la unidad y distinción específica, y no de la numérica: luego ésta última solo puede proceder, como de primer origen, de la materia. Empero la materia por sí misma es indiferente y potencial para todas las determinaciones, y por consiguiente, no incluye ex se pisa ninguna distinción ni individuación. Mas si consideramos que esta materia, al recibir una forma sustancial determinada, recibe por razón de ésta una cantidad y dimensiones determinadas, para cuya recepción estaba preparada, a las cuales decía orden, y las mismas que exigía en virtud de las disposiciones y modificaciones previas introducidas en la materia antes de recibir la nueva forma, tendremos el principio de la individuación de la nueva sustancia en la materia signata quantitate de santo Tomás.

La dificultad del problema ha dado origen, por lo demás, a multitud de soluciones entre los Escolásticos, buscando y señalando unos el origen de la unidad numérica en la existencia actual, otros en la esencia, estos en la heceidad, aquellos en la causa eficiente, y algunos, finalmente, en la colección de los accidentes que modifican el individuo. [45]

Toda esta filosofía es fundamento de la Suma Teológica de Santo Tomás, que puede encontrar resumida, en tan sólo 338 páginas en el Catecismo de la Suma Teológica  que puede adquirir aquí mismo.

El Bautismo de Deseo: Ad Versus Dimond [ismo]

Neomovimientos: Dimond [ismo]

Era mi intención escribir sobre el movimiento modernista denominado Comunidad de San Egidio. Sin embargo me ha parecido más urgente hacerlo sobre otro curioso neomovimiento friquitradiiniciado por los hermanos, de sangre, más conocidos como los Hermanos Dimond, sedicentes benedictinos. La urgencia viene dada porque son mucho más peligrosos para los fieles lectores de Tradición Digital bastante ajenos, en general, a las herejías postconciliares, pero que pueden sucumbir más fácilmente, sin embargo, a otras provenientes de comunidades de apariencia tradicionalista y rigorista. Porque si para evitar una herejía se cae en otra, igualmente  sitúa al que peca contra la Fe fuera de la Iglesia, donde no hay salvación.

Desde el donatista Lucila hasta Jansenio, pasando por el Luciferanio Vicencio, el adopcionista Elipando, cátaros y albigenses, alumbrados y quietistas y mil sectas milagreras más que trataron inútilmente de desgarrar la Túnica Inconsútil de Cristo, jamás han cesado de intentar lo imposible; por el flanco de la Tradición, también surge el peligro de estos hermanos que tratan de dividir la posición de resistencia al modernismo y destrozar la Tradición.

Los hermanos Dimond niegan la infalibilidad del Magisterio Ordinario de la Iglesia, proclamada en la Constitución Dogmática Filius Dei e interpretan el Magisterio Extraordinario de ésta, según su propia opinión vehemente, por lo que son herejes formales, públicos y notorios: Del Doctor Angélico, San Agustín, San Ambrosio, San Belarmino o de San Alfonso María de Ligorio, no aceptan su doctrina sobre el bautismo de deseo y de sangre, ni la misma enseñanza sostenida por el Concilio de Trento, el Catecismo Romano (de Trento), el Catecismo de San Pío X, ni las declaraciones al efecto de los papas Pí IX, o Pío XII, entre otros. Para estos hermanos de sangre, todo los citados antes cayeron en herejía, si bien material, por enseñar que por el bautismo de sangre y deseo se consigue la justificación, si resulta imposible el de agua.

peter-michael-dimond

Por desgracia algunas familias tradicionales, sobre todo donatistas aunque no  sepan en qué consiste esa herejía, están cayendo en sus fauces a través de internet. La apariencia de purismo doctrinal superficial de estos hermanos conduce a sus lectores más fanáticos y puritanos a la castración de la Fe católica en sus almas creyendo, insensatamente, que son mejores seguidores de Cristo; se parecen en eso al gran erudito Orígenes que, obstinado en la literalidad de las palabras, en lugar de atender al Magisterio, se castró a sí mismo aquellas partes que le parecieron más propicias al pecado, por la concupiscencia de la carne, para al final de su vida castrar la Fe católica terminando sus días abrazado a una aberrante herejía. Había entendido las palabras del Señor: hay quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos, a su propio modo y manera, ajeno al sentir de la Iglesia. Se anticipó unos cuantos siglos al «libre examen» de la Escritura del maldito Lutero.

¿Pero qué sabemos de estos hermanos: Peter y Michael Dimond?  Su inicial líder fue un “visionario”, Joseph Natale, quien entre otras locuras y cosas estúpidas profetizó el fin del mundo para el año 1999 (…). Refundaron  un monasterio apocalíptico originalmente del “profeta” Joseph Natale, supuestamente benedictino – es dudoso que hiciera los votos y muchos aseguran que era un simple seglar- cuyos miembros hasta hace poco suman…. dos: ellos mismos. Han tenido una larga batalla ante la justicia en USA y finalmente un alto Tribunal, no de la Iglesia, sino civil,  de la nación que lidera la apostasía de la Tierra, los Estados Unidos de América,  ha sentenciado en su favor diciendo que, en efecto, “son benedictinos”, sicut dixit Sodoma. Está sub judice aún, si en estos meses no se ha resuelto,  la sentencia sobre una demanda contra ellos por desfalco de un millón seiscientos mil dólares.

De aquellas monjas del monasterio jansenista de Port Royal se decía que “eran puras como ángeles pero más soberbias que demonios” ¿No se podría decir lo mismo de quien piensa que San Agustín, Santo Tomás de Aquino o San Ambrosio eran herejes materiales y que el catecismo de Trento y el de San Pío X contienen herejías, como hacen los hermanos Dimond?

Los Dimond son famosos por su posición “ultra-sedevacantista” y critican con severidad a la FSSPX, y con justicia. Pero al mismo tiempo, cabe preguntarse ¿de dónde obtiene Peter Dimond los sacramentos? Recibe los Sacramentos de la Iglesia conciliar del Rito Bizantino -según testimonios que nos parecen fidedignos- a la que él mismo declara herética y cismática (¡eso es coherencia, sí señor!); y además, pecado grave de communicatio in sacris. Una de las más graves contradicciones de los Dimond es su contemporización con el clero conciliar del rito bizantino en Nueva York; comunidad plagada de marranos y azkenasis “conservadores”, destacando  entre ellos la mundialista María Livanos, sospechosa (no se sabe con certeza) del saqueo de los archivos de  P. Malachi Martin. De ellos se puede decir en su favor -lo cortés no quita lo valiente- que son laboriosos en recopilación, amanuenses selectivos y llenos de celo. Pero en su contra, tienen el que son grandes artistas para esconder lo que los contradice; y que, a su vez, usan de la libre interpretación protestante de las Sagradas Escrituras y del Magisterio de la Iglesia, para seducir a incautos que no han aprendido el catecismo de San Pío X.

Me ha parecido al efecto de exponer la verdadera doctrina del Bautismo no escribir, sino publicar algo escrito por otros y en este caso, por el padre Basilio Méramo que no es nada sospechoso de ser un secundovaticanista y en el que se  refuta la herejía de estos hermanos de sangre. Les dejo con su texto al efecto:

SOBRE EL DOGMA DE FE “EXTRA ECCLESIAM NULLA SALUS”

Y EL BAUTISMO DE DESEO Y DE SANGRE

«Uno de los problemas del hereje, es no sentir y pensar según la Iglesia y tomar una parte de su doctrina, desarmonizándola del resto y convirtiéndola cual tumor cancerígeno, en contra del resto del organismo.

Los dogmas y verdades de la Iglesia, no solo hay que aceptarlos, sino que se deben interpretar según el sentido exclusivo de la Iglesia y no del criterio particular; por eso la Iglesia es maestra infalible única y exclusiva de la verdad revelada.

El hereje siempre vulnera de algún modo este principio, y este es el caso de los hermanos Dimond, que retoman la herejía del Padre Feeney que los lleva, a raíz de una mala interpretación rigorista del dogma de la Iglesia: Extra Ecclesiam nulla salus, a negar el bautismo tanto de deseo (bautismo flaminis) como el de sangre o martirio (bautismo sanguinis); para únicamente aceptar el bautismo de agua (fluminis) como único medio de salvación,

Ante la actual herejía modernista, a partir del atípico Concilio Vaticano II, o mejor, Conciliábulo no infalible y por lo mismo desnaturalizado en su esencia, se cree y afirma la salvación de todos o que todos se salvan. Ante esta herejía, los hermanos Dimond entre otros, pretenden combatirla afirmando el dogma Extra Ecclesiam nulla salus, de una manera rigorista, que fue condenada en época de Pío XII y llegan al extremo de negar el bautismo tanto de deseo como el del martirio.

¿Quién derramó agua para bautizar a Dimas?

Por eso tenemos que decir con la Iglesia que siempre ha enseñado: “Admito y abrazo firmísimamente las tradiciones de los Apóstoles y de la Iglesia y las restantes observancias y constituciones de la misma Iglesia. Adhiero igualmente la Sagrada Escritura, conforme al sentido que sostuvo y sostiene la santa madre Iglesia, a quien compete juzgar el verdadero sentido e interpretación de las Sagradas Escrituras, ni jamás la tomaré e interpretaré sino conforme al sentir unánime de los Padres”. (Dz. 995).

Como lo dice el decreto del Santo Oficio, el Padre Feeney al interpretar de una manera rigorista que deforma el dogma de fe Extra Ecclesiam nulla salus, haciendo alusión a la Encíclica Mystici Corporis,reprueba tanto a los que niegan la salvación eterna a todos los que están unidos (incorporados) a la Iglesia por el deseo implícito, como a los que falsamente afirman que todos los hombres pueden ser salvados por igual en cualquier religión. Tenemos, así, dos errores extremos que están condenados; y ese es el problema de los hermanos Dimond, que en su sedevacantismo visceral, extremo, dogmático, categórico, apriorístico y dialéctico, no tengan mejor fundamento, que el apoyarse y retomar la herejía del P. Feeney, interpretando mal el dogma: Extra Ecclesiam nulla salus (Fuera de la Iglesia no hay salvación), al punto de llegar a negar el bautismo tanto de deseo como de sangre. Bástenos para ver semejante error conocer lo que la Iglesia dice y enseña sobre el asunto.

El Papa Pablo III (1534-1549), en el Concilio de Trento, afirma refiriéndose a la justificación del impío o paso del estado de pecado en el que se nace al estado de gracia: “Paso, ciertamente, que después de la promulgación del Evangelio, no puede darse sin el lavatorio de la regeneración [Can. 5 sobre el baut.] o su deseo, conforme está escrito: Si uno no hubiere renacido del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios [Ioh, 3, 5]“. (Dz. 796).

El Catecismo Romano en una de las notas sobre el bautismo se lee: “El Concilio Tridentino en la sesión VII, de bautismo, canon 5, dice: ‘Si alguno dijere que es potestativo recibir el bautismo, es a saber, que no es necesario para la salvación, sea anatema’ (D 861).

Coinciden los teólogos comúnmente en señalar que el bautismo es necesario con aquella necesidad que llaman de medio, es decir, que el bautismo tiene razón de medio para la salvación, de tal manera que, omitido aún sin culpa, nadie puede salvarse.

Sin embargo, esta necesidad de medio del sacramento del bautismo, no es absoluta, sino hipotética, por lo cual en los casos extraordinarios Dios provee con otros remedios, que inmediatamente veremos, aunque en los casos ordinarios es de todo punto necesario para salvarse recibir el bautismo.

Para estos casos extraordinarios -en aquellos solamente en que resulta imposible recibir el bautismo de agua- la misericordia divina ha dispuesto dos remedios: el voto del bautismo y el martirio, que por semejanza en los efectos con el bautismo de agua, se llama también bautismo: de deseo y de sangre, respectivamente.

Por voto de bautismo se entiende el deseo de recibirlo. Para que haya martirio se requiere: a) un tormento capaz de causar la muerte, aunque luego ésta no se siga por una gracia especial de Dios; b) infligido al paciente en odio a la fe o virtudes cristianas; c) que sea pacientemente tolerado.

Uno y otro justifican, pues ambos incluyen de algún modo la caridad perfecta, que sabemos justifica.

Ni el bautismo de deseo ni el de sangre producen, sin embargo, todos los efectos que se derivan del bautismo de agua. Son efectos comunes a los tres: el perdón de los pecados mortales, la infusión de la gracia, la filiación divina con el derecho a la vida eterna.

En cambio, ni el bautismo de deseo ni el martirio, imprimen carácter, ni hacen al que lo recibe miembro de la Iglesia. De aquí que, si más tarde hubiera posibilidad de recibir el bautismo de agua, existiría la obligación de recibirle, y mientras no se reciba, tampoco se le pueden administrar los demás sacramentos.

El bautismo de deseo, además, no siempre perdona todos los pecados veniales ni la pena temporal.

Finalmente, para que el bautismo de deseo justifique se requiere necesariamente la caridad perfecta, es decir, la contrición, aunque, como es natural, no se requiera en sumo grado. En el martirio es suficiente la atrición”. (Catecismo Romano, ed. BAC, Madrid 1956, nota 55, p. 376-377).

En el mismo Catecismo Romano, también se dice en otra nota que comenta y aclara sobre el tema: “Es de fe, por positiva institución divina, es decir, porque Dios así lo ha querido (aunque podría haber ordenado otra cosa), que fuera dela Iglesia no hay posibilidad de salvación.

Los teólogos, al explicar esta necesidad de pertenecer a la Iglesia para salvarse, la llaman de medio, es decir, que, aún preterida o ignorada la Iglesia inculpablemente, no puede conseguirse la salvación sin ella.

No obstante, esa necesidad de medio no es absoluta (‘in re’ que dicen los teólogos), de modo que el pertenecer a la Iglesia, no pueda ser sustituido por otra cosa, sino disyuntiva (‘in re vel in voto’), o lo que es lo mismo, que tiene suplencia. En otras palabras: cuando ese medio (la Iglesia) no puede alcanzarse realmente en sí mismo, puede suplirse por algo (el acto de caridad, por ejemplo, el martirio…) que entrañe el deseo de emplear ese medio como único para conseguir el fin: en nuestro caso, la Iglesia, con relación a la salvación. Ese deseo lo llaman los teólogos voto, que puede ser explícito, como acto expreso de la voluntad, e implícito, como incluido otro acto de caridad, martirio… etc., o simplemente en el deseo aún confuso, supuesta la base de la buena fe, de recurrir a ese medio necesario, si se conociera.

Ése es el caso, tan problemático en Teología, de los infieles llamados negativos: los que, sin culpa por su parte, desconocen la revelación, la Iglesia… En todo caso, siempre es cierto que, si de hecho se condenaran, habrá sido por culpa propia. Porque, supuesta la voluntad salvífica de Dios y la universalidad de la redención, Dios no puede menos de proporcionar los medios necesarios para salvarse al que pone lo que está de su parte, siguiendo los dictámenes dela recta razón, reflejo siempre de la ley natural (‘facienti quod est in se, Deus non denegat gratiam’, en términos teológicos). Y aunque se tratara de una persona que habita en la selva o entre brutos animales, con tal que observara la ley natural, dice Santo Tomás ‘que Dios le revelaría, por alguna inspiración interior, todo lo que es necesario para creer, o le enviaría algún predicador de la fe, como hizo a Cornelio enviándole a Pedro’ (S. Thom., De verit., q.14 a.11 ad 1)”. (Ibídem, nota 181, p. 235-236).

También el Papa Pío IX (1846-1878) en el mismo sentido dice: “Es menester recordar y reprender nuevamente el gravísimo error en que míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica, puedan llegar a la eterna salvación. Lo que ciertamente se opone en sumo grado a la doctrina católica. Notoria cosa es a Nos y a vosotros que aquellos que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de todos y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan vida honesta y recta, pueden conseguir la vida eterna, por la operación de la virtud de la luz divina y de la gracia; pues Dios, que manifiestamente ve, escudriña y sabe la mente, ánimo, pensamientos y costumbres de todos, no consiente en modo alguno, según su suma bondad y clemencia, que nadie sea castigado con eternos suplicios, sino es reo de culpa voluntaria. Pero bien conocido es también el dogma católico, a saber, que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Católica, y que los contumaces contra la autoridad y definiciones de la misma Iglesia, y los pertinazmente divididos de la unidad de la misma Iglesia y del Romano Pontífice, sucesor de Pedro, ‘a quien fue encomendada por el Salvador la guarda de la viña’, no pueden alcanzar la eterna salvación”. (Dz. 1677). Habiendo dicho anteriormente lo mismo: “En efecto, por la fe debe sostenerse que fuera de la Iglesia Apostólica Romana nadie puede salvarse; que ésta es la única arca de salvación; que quien en ella no hubiere entrado perecerá en el diluvio. Sin embargo, también hay que tener por cierto que quienes sufren ignorancia de la verdadera religión, si aquella es invencible, no son ante los ojos del Señor reos por ello de culpa alguna”. (Dz. 1647).

El Papa Inocencio II (1130-1143) en respuesta al Obispo de Cremona, sobre el caso de un presbítero no bautizado que murió, dice: “Respondemos así a tu pregunta: el presbítero que, como por tu carta me indicaste, concluyó su día último sin el agua del bautismo, puesto que perseveró en la fe de la santa madre Iglesia, y en la confesión del nombre de Cristo, afirmamos sin duda ninguna (por la autoridad de los Santos Padres Agustín y Ambrosio), que quedó libre del pecado original y alcanzó el gozo de la vida eterna”. (Dz. 388).

El Papa Inocencio III (1198-1216) asevera con relación al bautismo de fuego (flaminis, caridad) o de deseo: “Nos has comunicado que cierto judío, puesto en el artículo de la muerte, como se hallara solo entre judíos, se inmergió a sí mismo en el agua diciendo: ‘Yo me bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén’. Respondemos que teniendo que haber diferencia entre el bautizante y el bautizado, como evidentemente se colige de las palabras del Señor: Id, bautizad a todas las naciones en el nombre etc. [cf. Mt. 28, 19], el judío en cuestión tiene que ser bautizado de nuevo por otro, para mostrar que uno es el bautizado y otro el que bautiza… Aunque si hubiera muerto inmediatamente, hubiera volado al instante a la patria celeste por la fe en el sacramento, aunque no por el sacramento de la fe”. (Dz. 413). Ante esto que más se puede replicar sin ser hereje.

Es por esto que el Derecho Canónico de 1917 dice en el canon 737 § 1: “El bautismo, fuerza y fundamento de los Sacramentos, y cuya recepción de hecho o por lo menos con el deseo es necesaria a todos para salvarse, sólo se confiere válidamente por la ablución hecha con agua verdadera y natural, acompañada de la forma verbal prescrita”.

Queda claro que no hace falta negar el bautismo de deseo ni el de sangre, para rechazar la herejía de los modernistas y de su falsa libertad religiosa, según la cual afirman que cualquiera se puede salvar en cualquier religión, siguiendo los dictámenes de su conciencia, lo cual ha sido condenado: “Para que, con cuanto esfuerzo podáis, arrojéis de la mente de los hombres aquella a par impía y funesta opinión de que en cualquier religión es posible hallar el camino de la eterna salvación”. Dz. 1646). Tal como afirma el Papa Pío IX.

El Papa Gregorio XVI (1831-1846) decía: “Y de esta de todo punto pestífera fuente del indiferentismo, mana aquella sentencia absurda y errónea, o más bien, aquel delirio, de que la libertad de conciencia ha de ser afirmada y reivindicada para cada uno”. (Dz. 1613).
Tal y cual hoy se piensa y cree gracias al herético e ilegítimo Concilio Vaticano II, la Carta Magna de la Apostasía Universal cual nunca sea visto ni jamás se verá.

Y Pío IX citando a Gregorio XVI, dice: “Partiendo de esta idea, totalmente falsa, del régimen social, no temen favorecer la errónea opinión, sobremanera perniciosa a la Iglesia Católica y a la salvación de las almas, calificada de ‘deliro’ por nuestro antecesor Gregorio XVI, de feliz memoria, de que ‘la libertad de conciencia y de cultos es derecho propio de cada hombre, que debe ser proclamado y asegurado por la ley en toda sociedad bien constituida, y que los ciudadanos tienen derecho a una omnímoda libertad, que no debe ser coartada por ninguna autoridad eclesiástica o civil, por el que puedan manifestar y declarar a cara descubierta y públicamente cualesquiera conceptos suyos, de palabra, o por escrito o de cualquier otra forma’. Mas al aceptar esta temeraria afirmación no piensan ni consideran que están proclamando una libertad de perdición…”. (Dz. 1690).

Hoy todos los que se dicen ser católicos piensan como algo muy natural y justo lo que ha sido condenado por la Iglesia de siempre, tal como se puede ver en las siguientes proposiciones que fueron condenadas y que hoy todos las aceptan.

Hermanos Dimond

“Todo hombre es libre de abrazar y profesar la religión que guiado por la luz de la razón tuviere por verdadera”. (Dz. 1715). Proposición condenada por Pío IX.

“Los hombres pueden encontrar en el culto de cualquier religión camino de la salvación eterna y alcanzar la eterna salvación”. (Dz.1716).

Proposición igualmente condenada, lo mismo que la siguiente.

“Por lo menos deben tenerse fundadas esperanzas acerca de la eterna salvación de todos aquellos que no se hallan de modo alguno en la verdadera Iglesia de Cristo”. (Dz. 1717).

No olvidemos la regla de oro expresada por Santo Tomás de Aquino: “A la divina Providencia pertenece que se provea a cada uno lo necesario para la salvación, con tal que de parte de ellos no se impida. (De Ver. q.14 a.11 ad. 1) o también: “Dios no nos falla en aquello que nos es necesario. (De Ver. q.14 a.11 ad. 2).

La doctrina sobre el bautismo queda reflejada en esto que dice el Doctor Común: “Nunca los hombres se pudieron salvar, aún antes del advenimiento de Cristo, si no se hacían miembros de Cristo”. (S. Th. III q.68 a.1 ad 1).

“Antes de Cristo, los hombres se incorporaban a Cristo por la fe en su advenimiento futuro”. (S. Th. III q.68 a.1 ad.1).

“Por consiguiente el bautismo pertenece a la santificación visible, vemos que sin el sacramento del bautismo alguien puede conseguir la salvación por la santificación invisible”. (S. Th. III q. 68 a.2 sed contra).

“Y por esto, aunque el mismo sacramento del bautismo no haya sido siempre necesario para salvarse, sin embargo la fe, de la cual el bautismo es sacramento, siempre fue necesaria”. (S. Th. III q.68 a.1 ad 1).

“La remisión de los pecados de algunos se conseguía antes del bautismo según se tenía el bautismo de deseo, sea explícito o implícito; y sin embargo cuando se recibía realmente el bautismo, se producía la remisión plena en cuanto a la liberación de toda la pena”. (S. Th. III q.69 a.4 ad.2). Claro que como siempre el hereje no es tomista desconociendo a Santo Tomás de quién se valió el Concilio de Trento.

Hay que advertir para no caer en la herejía del naturalismo, mal interpretando los textos en los cuales se habla de un deseo implícito como el que tiene buena voluntad y cumple con la ley natural, pensando que uno se salvaría por el cumplimiento de dicha ley natural, sin la fe y sin la gracia; esto sería un grave error y herejía a las que el mundo de hoy es muy propenso. Para salvarse siempre se requiere la fe y la gracia, y la fe católica en Dios uno y trino que es lo que especifica a la religión de la Iglesia Católica.

Lo que se quiere decir, es que Dios, al que cumple la ley natural y tiene, así, buena voluntad, lo ilumina con la luz dela fe de su gracia; y no que se salva por la ley natural sin la fe y sin la gracia, pues el justo vive de la fe y sin fe es imposible agradar a Dios. Por eso el Concilio de Trento dice: “Mas cuando el Apóstol dice que el hombre se justifica por la fe [Can. 9] y gratuitamente [Rom. 3, 22-24],estas palabras han de ser entendidas en aquel sentido que mantuvo y expresó el sentir unánime de la Iglesia Católica, a saber, que se dice somos justificados por la fe, porque ‘la fe es el principio de la humana salvación’, el fundamento y raíz de toda justificación; sin ella, es imposible agradar a Dios[Hebr. 11,6] y llegar al consorcio de sus hijos; y se dice que somos justificados gratuitamente, porque nada de aquello que precede a la justificación, sea la fe, sean las obras, merece la gracia misma de la justificación; porque si es gracia, ya no es por las obras; de otro modo (como dice el mismo Apóstol) la gracia ya no es gracia [Rom. 11,16]“. (Dz. 801).

Por esto Santo Tomás con gran claridad y profundidad, pudo afirmar que con el primer acto racional y libre que el hombre ejerce cuando tiene uso de razón, si se ordena al fin último, Dios le da la gracia y se le borra el pecado original poniéndose en estado de gracia y si no, se pone en estado de condenación: “Y si alguno se ordena a sí mismo al debido fin por la gracia conseguirá la remisión del pecado original. Si por el contrario no se ordena a sí mismo al debido fin, según en aquella edad es capaz de discreción, peca mortalmente, no haciendo lo que en sí es”. (S. Th. I II q.89, a.6).

Lo mismo es afirmado en este otro texto: “Cuando se comienza a ser adulto, si hace lo que en sí es, se le dará la gracia por la cual será inmune del pecado original, si no lo hace, será reo de pecado de omisión. Pues cada cual está obligado a evitar el pecado, y esto no lo puede hacer si no se determina a sí mismo hacia el fin debido; cada uno está obligado cuando llega al uso pleno de razón, a convertirse a Dios y constituirlo en su fin, y por esto se dispone la gracia”. (De Ver. q.28 a.3 ad.4).

Esta misma doctrina la podemos ver en: II Sent. dist.42, q.1, a.5, ad 7; De Malo q.5, a.2, ad 8; De Malo q.7, a.10, ad 8 y De Ver. q.24, a.12, ad 2.

Y debe quedarnos claro que Dios al dar la gracia, infunde la fe, porque la gracia no puede existir sin la fe. Por eso es un error de muchos teólogos y predicadores que dicen que para salvarse los que están en el error invencible, sin culpa y con buena voluntad siguiendo la ley natural, se salvan si creen en un Dios remunerador. Lamento mucho, pero esto si se mira bien, es una supina herejía, porque la fe es en el Dios Uno y Trino y en el Verbo Encarnado, y no en un simple Dios remunerador conocido por la luz de la razón y del puro orden natural.

Por eso Santo Tomás decía que siempre se creyó, tanto en la época del Antiguo como del Nuevo Testamento, en los misterios de la Santísima Trinidad y la Encarnación y por eso es una misma la fe específica y formal, esencial, sustancial y sobrenaturalmente hablando. Así Santo Tomás dice: “Pero antes del pecado y después, fue necesario a los mayores tener la fe explícita en la Trinidad”. (De Ver. q.14, a.11), y por mayores entiende Santo Tomás, los Patriarcas, los Profetas y todo aquel que tenía en el Antiguo Testamento la misión de enseñar y guiar al pueblo elegido.

Así mismo después del pecado hasta el tiempo de gracia, los mayores debían tener la fe explícita en el Redentor, los menores implícitamente o en la fe de los Patriarcas y los Profetas, o en la divina providencia. En el tiempo de la gracia, los mayores y menores, de la Trinidad y del Redentor, tenían que tener la fe explícita; sin embargo, todo lo creíble acerca de la Trinidad o del Redentor, no tenían los menores explícitamente que creerlo, sino solo los mayores. Los menores sin embargo tenían que creer explícitamente los artículos generales, como Dios es trino y uno, el Hijo de Dios se encarnó, murió y resucitó, y las otras cosas que del mismo modo la Iglesia festeja”. (De Ver. q.14, a.11).

Por eso es la misma fe trinitaria, la de Abraham, Isaac y Jacob y la nuestra, y por eso Moisés deseó ver su día como lo dice Nuestro Señor mismo, lástima que estas cosas no han sido suficientemente conocidas y vistas por los teólogos para enseñárselo común y corrientemente a los fieles.

La Iglesia, además, se pronunció sobre el asunto del significado del dogma fuera de la Iglesia no hay salvación y del bautismo de deseo (voto) con la excomunión fulminada por el Papa Pio XII en 1953 y el decreto del Santo Oficio del 8 de Agosto de 1949 dice: “Ahora bien, entre las cosas que la Iglesia siempre ha predicado y nunca dejará de predicar, está contenida la declaración infalible por la cual nos enseña que no hay salvación fuera de la Iglesia. Sin embargo, este dogma debe ser entendido en ese sentido en el que la Iglesia misma lo entiende. Porque no fue a los juicios privados que nuestro Salvador dio una explicación a aquellas cosas que están contenidas en el depósito de la fe, sino a la autoridad magisterial de la Iglesia. (…) Por lo tanto, que uno puede obtener la salvación eterna, que no siempre es necesario que se le incorpore a la Iglesia en realidad como miembro, pero es necesario que por lo menos esté unido a Ella por el deseo y el anhelo. Sin embargo, este deseo no siempre tiene que ser explícito, como es en los catecúmenos, puesto que si una persona está en la ignorancia invencible, Dios acepta también un deseo implícito, así llamado porque está incluido en esa disposición buena del alma, por la cual una persona desea que su voluntad sea conforme a la voluntad de Dios. Estas cosas fueron claramente enseñadas en la carta dogmática emitida por el Sumo Pontífice, el Papa Pío XII, el 29 de junio de 1943, en Mystici Corporis. En esta carta, el Soberano Pontífice distingue claramente entre los que están incorporados en la Iglesia como miembros, y los que están unidos a la Iglesia sólo por el deseo. (…) Con estas sabias palabras que reprueba tanto a los que excluyen de la salvación eterna a todos los que están unidos a la Iglesia sólo por el deseo implícito, y los que falsamente afirman que los hombres pueden salvarse igualmente en todas las religiones”.

Posteriormente el Papa Pío XII excomulga al Padre Feeney por el decreto del 13 de febrero de 1953 en el que dice: “…suspendido a divinis por desobediencia grave a la autoridad eclesiástica y no temiendo a pesar de las repetidas advertencias y amenazas en incurrir en excomunión ipso facto, los eminentes Padres encargados de salvaguardar los asuntos de la fe y moral, en su sesión plenaria celebrada el miércoles 4 de febrero de 1953, lo declara excomulgado a todos los efectos de la ley. El jueves 12 de febrero de 1953, nuestro Santo Padre Pío XII, por la Divina Providencia Papa, aprobó y confirmó el decreto de los eminentes Padres, y ordenó que se convirtiera en un asunto de derecho”. Este decreto de excomunión del P. Feeney fue publicado en las Actas de la Sede Apostólica el 16 de febrero de 1953.

Queda claro el sentido de la Iglesia sobre el dogma de fe: Fuera de la Iglesia no hay salvación, y que si es negado el bautismo tanto de deseo como de sangre se incurre en una herejía.»

 

Muchísimos más argumentos textuales del Magisterio y de las Sagradas Escrituras y ejemplos bíblicos se pueden usar para esclarecer aún más la verdadera e infalible enseñanza de la Iglesia en contra de la herejía de los Hnos. Dimond. A poco que piense el lector, muchos le vendrán  a la cabeza de forma rauda; esperamos verlos expuestos en los comentarios, para defensa de la Vera Fe.

Seguirá.

Ontología 7: Principios de conocimiento del ente.

Principios de conocimiento del ente

El examinar los principios de conocimiento como fundamentos y criterios de la certeza, y en sus diferentes relaciones especiales con la ciencia, pertenece a la lógica. La ontología o metafísica los examina únicamente bajo un punto de vista general, es decir, investiga si existe y cuál sea el primer principio de la ciencia; o en otros términos, si existe alguna verdad primaria que pueda considerarse como la base general de los conocimientos científicos.

Para la conveniente solución de este problema conviene tener presente:

1º Que los juicios y proposiciones pueden contener y expresar, o una verdad singular, como esta proposición: ahora llueve: o una verdad universal analítica, lo cual sucede cuando el predicado está contenido en la noción o idea del sujeto, v. gr. el cuerpo es sustancia: o una verdad universal sintética, cuando el predicado no está contenido en la idea del sujeto, como en esta proposición: algunos cuerpos son fluidos, en la cual, si atribuimos con verdad el predicado al sujeto, no es en fuerza del análisis de éste, sino en virtud de la experiencia que nos revela esta conveniencia.

2º Cuando se pregunta si existe algún primer principio del conocimiento, la cuestión puede tener tres sentidos: 1º si existe algún principio transcendental de la verdad, o sea si existe alguna verdad primaria y universal en la cual se hallen contenidas y de la cual deriven todas las demás verdades: 2º si existe algún primer principio de demostración científica, o sea si hay algún primer principio que además de ser per se notissimum, sea de tal naturaleza, que por medio de él pueda ser reducido a la verdad directa o indirectamente el que niegue las demás verdades: 3º si existe alguna verdad primitiva con prioridad de suposición; es decir, si hay algún juicio que se halle como embebido e incluido implícitamente en los [35] demás juicios del entendimiento, y que, por consiguiente, se presupone naturalmente a ellos.

A la luz de estas observaciones podemos ya resolver la cuestión propuesta en los siguientes términos:

A) Para todos los que no profesen el panteísmo y el ontologismo, es indudable que no existe para nosotros en esta vida un primer principio de conocimiento, si se habla en el primer sentido. Solamente Dios puede apellidarse con rigurosa razón principio transcendental de la ciencia, toda vez que sólo Dios es la verdad primera, universal, absoluta e infinita, y que sólo Dios, como ser puro, perfectísimo, ilimitado, contiene todos los grados del ser, o mejor dicho, la realidad y perfección de los seres actuales y posibles, ens realissimum, y por consiguiente, todas las verdades. Luego siendo innegable, por otro lado, que nosotros no poseemos la intuición ni un conocimiento perfecto de Dios en esta vida, es evidente que no existe para nosotros (quoad nos) el primer principio transcendental de la ciencia.

B) Por lo que hace al primer principio, tanto de demostración, como de presuposición, no puede ponerse en duda que existe y que tiene lugar en lo que llamamos principio de contradicción: es imposible que una cosa sea y no sea al mismo tiempo.

a) Primer principio de demostración; porque la misma experiencia nos enseña que este principio es el último a que podemos llegar, siempre que se trata de resolver o analizar un raciocinio o una demostración científica, sin que sea posible pasar de él cuando se trata de resolver un raciocinio en sus elementos y principios, ni presentar un principio-base de un raciocinio, que sea anterior o superior a él. Por otra parte, la misma experiencia nos enseña también que por medio del principio de contradicción, una vez admitidos podemos reducir a la verdad y a la razón por medio de demostraciones directas o indirectas, al que niega alguna otra verdad, especialmente si es verdad universal y perteneciente al orden científico. Porque debe tenerse presente que el primer principio de demostración se refiere a las verdades más o menos [36] universales, ya sean analíticas, ya sintéticas, que son las que constituyen la ciencia y las únicas susceptibles de demostración científica propiamente dicha.

Y esta observación es suficiente para reconocer que el principio de Descartes, cogito, ergo sum, no puede ni debe ser reconocido como primer principio de demostración; pues, aparte de otras razones y consideraciones, siendo, como es, un juicio singular y una verdad contingente, no puede servir de base propia para los raciocinios científicos, ni para las verdades universales que constituyen la ciencia. Las verdades singulares, como expresión de hechos contingentes, se perciben, pero no se demuestran. Por esta misma razón, al resolver o analizar un raciocinio o una demostración, no llegamos al cogito de Descartes, sino al principio de contradicción, que es la base natural y lógica de todo raciocinio perteneciente al orden científico.

b) Si, como acabamos de ver, el principio de contradicción es el último que se encuentra al resolver un raciocinio en sus principios, claro es que este principio se halla incluido explícitamente y como embebido en las varias proposiciones y juicios que constituyen el raciocinio, y por consiguiente, le corresponde también la razón de primer principio de presuposición.

Por otra parte, ésta es una deducción tan lógica como inmediata de su misma constitución o naturaleza íntima. En efecto; toda vez que los elementos del principio de contradicción son las ideas de ser o ente y de no ser, es consiguiente y necesario que siendo la idea de ente la idea primitiva, fundamental y anterior a todas las demás, también sea primitivo, fundamental y anterior a los demás, el principio sobre ella basado. Luego así como la idea de ente o ser es anterior naturalmente a todas las demás, y éstas, como determinaciones y contradicciones de la idea universalísima de ente, la contienen en sí, puesto que primero es ser, que ser tal cosa; así también es necesario y natural, que en todos los demás juicios del entendimiento se halle contenido implícitamente y embebido el juicio expresado por el principio de contradicción. [37] Por eso dice con mucha razón santo Tomás: «Aquello que primeramente se aprende o percibe por nuestro entendimiento es el ente, cuyo concepto se incluye en todas las cosas que alguno percibe. Y por eso, el primer principio indemostrable es que no se puede afirmar y negar al mismo tiempo, el cual se funda sobre la razón (concepto o idea) de ser y de no ser, y sobre este principio se fundan todos los demás (1).»

{(1) «Illud quod primo cadit in aprehensione est ens, cujus intelectus includitur in omnibus quae quis aprehendit. Et ideo, primum principium indemonstrabile est, quod non est simul affirmare et negare, quod fundatur supra rationem entis; et super hoc principio omnia alia fundantur.»}

Suelen objetar algunos que la razón de primer principio de presuposición corresponde al principio de Descartes, más bien que al principio de contradicción; porque todo juicio formado por el hombre, sin excluir el expresado por el principio de contradicción, presupone necesariamente el pensamiento y la existencia del hombre que forma el juicio.

Los que ésta objeción presentan, revelan haber meditado muy poco sobre la naturaleza de los dos principios indicados, porque de lo contrario habrían echado de ver que los juicios formados por el entendimiento presuponen e incluyen el principio cartesiano, no porque la verdad de aquéllos dependa ni tenga conexión necesaria con la verdad de éste, sino porque en razón de actos subjetivos, presuponen el pensamiento y la existencia del sujeto, como actos y fenómenos subjetivos anteriores naturalmente al acto o fenómeno subjetivo del juicio. En otros términos: el juicio, como acto subjetivo, presupone e incluye el principio cartesiano en cuanto éste expresa un hecho de conciencia; pero el juicio, considerado como juicio, es decir, como expresivo de una verdad universal y científica, no presupone el principio cartesiano, sino que es independiente de él; al contrario de lo que sucede con el principio de contradicción, el cual se presupone y se incluye en los [38] juicios de nuestro entendimiento, como juicios, o sea como actos que significan y expresan una verdad científica. Si digo: el hombre es racional, este juicio, en cuanto procede de mi entendimiento, y como hecho subjetivo, presupone el pensamiento como hecho anterior en orden de naturaleza, según que el acto de juzgar presupone e incluye el acto de pensar; pero no presupone el pensamiento en cuanto expresa la verdad, pues ya sea que yo piense o que no piense, la proposición será verdadera. Por el contrario, el principio de contradicción se halla incluido en dicho juicio, como condición necesaria de la verdad que contiene; toda vez que en tanto es verdadero, y tengo por tal ese juicio, en cuanto juzgo que es imposible que una cosa sea hombre sin ser racional, porque sería y no sería al mismo tiempo.

Toda esta filosofía es fundamento de la Suma Teológica de Santo Tomás, que puede encontrar resumida, en tan sólo 338 páginas en el Catecismo de la Suma Teológica  que puede adquirir aquí mismo.

Ontología 6: Principios del ente. El supuesto y la subsistencia.

El supuesto y la subsistencia.

Las nociones fundamentales acerca de esta materia, pueden reducirse a los siguientes puntos:

1º Así como la existencia actúa, perfecciona y determina las cosas en cuanto entes o en la línea de ser, así la subsistencia actúa, perfecciona y determina las cosas en cuanto sustancias, y en el orden sustancial. De aquí es que los términos subsistencia, subsistir, supuesto, persona, sólo convienen [31] y se atribuyen a las naturalezas o cosas que son sustancias y no a los accidentes, por más que a estos les convenga el ser o existir. Luego el existir y el subsistir, o la existencia y la subsistencia, son dos actualidades o perfecciones reales que no deben confundirse ni identificarse.

2º La subsistencia, pues, será un modo o actualidad sustancial que perfecciona y completa la sustancia, haciendo que exista y pueda obrar sin dependencia ni comunicación con otro ser; modus substantialis, vel actualitas qua substantia redditur completa, ita ut fiat sui juris quoad esse et operari.Colíjese de esta definición:

a) que el oficio y efecto propio de la subsistencia es hacer que la sustancia, como sustancia, sea no sólo singular o individuo, lo cual le comunica la existencia como condición inseparable de la singularidad, sino que sea completa, es decir, que exista en sí misma y por sí misma, de tal manera que no necesite unirse ni comunicarse a otra cosa para producir las operaciones de que es capaz, atendida su naturaleza: substantia possidet seipsam quoad esse et operari.

b) Que no es lo mismo sustancia singular o individual que supuesto o sustancia subsistente, como se observa en las partes de unas sustancia completa, y hasta en sustancias que pueden existir por sí mismas. El brazo, o la cabeza de Pedro son sustancias y sustancias singulares, y sin embargo no tienen verdadera subsistencia ni se pueden llamar supuestos o personas. Hasta el alma racional, a pesar de su facultad de existir separada del cuerpo, no tiene subsistencia completa, ni se pude llamar persona perfecta, ya porque es una partede la naturaleza humana, ya principalmente porque puede y exige comunicarse al cuerpo para producir todas las funciones y manifestaciones de su actividad propia, que le corresponden o de que es capaz, atendida su naturaleza, lo cual vale tanto como decir, que no se posee a sí misma completamente quoad esse, y mucho menos quoad operari.

3º De todo lo hasta aquí expuesto, se colige que es muy probable la opinión de santo Tomás y de la mayor parte de [32] los Escolásticos, cuando afirman que la subsistencia se distingue realmente de la esencia o naturaleza sustancial en que ella y por ella subsiste. Para convencerse de ello bastará tener presentes las indicaciones siguientes:

a) Podemos concebir una esencia sustancial, concreta y singularizada, por ejemplo, la naturaleza humana de Pedro, concibiéndola al propio tiempo como comunicable o capaz de comunicarse, de existir y de recibirse en otro ser, del cual reciba la posesión de sí misma quoad esse et operari: cosa que no solo podemos concebir, sino que se ha realizado en la Encarnación del Verbo, el cual tomó una naturaleza humana singularizada o individual, pero no tomó su subsistencia propia o sea la personalidad humana, según la doctrina católica. De donde se infiere que, en la naturaleza humana que tiene Pedro, hay alguna realidad, es decir, la subsistencia o personalidad humana, la cual no se halla en la naturaleza humana que tiene Jesucristo.

b) Añádase a esto, que todas las razones alegadas en favor de la distinción real entre la esencia y la existencia, militan a fortiori en favor de la subsistencia; porque mientras la existencia es inseparable de la esencia, permaneciendo ésta in rerum natura, vemos por el contrario que pueden existir y existen a parte rei esencias sustanciales sin subsistencia, como se ve en los ejemplos puestos de las partes sustanciales y del alma racional.

4º Luego la subsistencia consiste en una realidad o entidad positiva, y no en la mera negación o carencia de comunicación y unión con otro ser, como opinaron algunos Escolásticos (1), opinión que hace más difícil la idea y concepción en la Encarnación del Verbo. Cualquiera que sea, sin embargo, [33] la opinión que se adopte sobre la materia, siempre resulta que lo que llamamos supuesto, viene a ser como un concreto de la naturaleza o esencia sustancial y de la subsistencia. Cuando ésta naturaleza o sustancia está dotada de entendimiento, el supuesto recibe la denominación de persona: y así, aunque toda persona es supuesto no todo supuesto es persona.

{(1) Sabido es que Escoto y su escuela, Enrique de Gante, Durando y en general, los partidarios del nominalismo, adoptaron esta opinión, y consiguientemente negaban la distinción real entre la esencia y la subsistencia como entidad o realidad positiva.}

Escolio

Con esta materia tiene relación la errónea opinión de Locke, cuando enseña que la personalidad del hombre, o al menos, la identidad personal del individuo, depende de la conciencia actual que acompaña al pensamiento (1). Esto vale tanto como decir: 1º que los niños, antes del uso de la razón, no son personas humanas o carecen de identidad personal: 2º que también carecen de identidad personal ciertos dementes, y los que durante un sueño profundo no tienen conciencia de las cosas pasadas: y 3º en general, que la identidad personal está sujeta a aumento y disminución, como lo está la conciencia y memoria de las cosas pasadas. [34]

{(1) «Puisque la conscience accompagne toujours la pensée, et que c’est lá ce qui fait que chacun est ce qu’il nomme soimême, et par où il se distingue de toute autre chose pensante, c’est aussi en cela seul que consiste l’identité personnelle, ou ce que fait qu’un être raisonnable est toujours le même: et aussi loin que cette conscience peut s’etendre sur les actions ou les pensées dejá pasées, aussi loin s’etend l’identité de cette personne.» Essai Phil., lib. II, cap. 27.}

Toda esta filosofía es fundamento de la Suma Teológica de Santo Tomás, que puede encontrar resumida, en tan sólo 338 páginas en el Catecismo de la Suma Teológica  que puede adquirir aquí mismo.

ELOGIO DE LA VIRGINIDAD [1]

HERALDOS DE LA VIRGINIDAD EN EL SIGLO I

Según el derecho anterior al Código de 1914, cualquiera de los cónyuges tenía derecho a no prestarse a consumar el matrimonio hasta pasados dos meses desde su celebración.  Se concedía esto con el fin de que tanto el hombre como la mujer pudieran entrar en Religión y guardar virginidad perpetuamente, lo que implicaba la disolución del matrimonio rato en el momento en que se hacían votos solemnes. El Canon 1111 del C.I.C abrogó este derecho antiquísimo que la Iglesia concedía para que ambos pudieran elegir un estado más perfecto.

No obstante, si bien ya no se puede aplicar a los que ya han contraído matrimonio, no por eso deja de ser muy importante que aquellos que piensan en contraer matrimonio en una época que que la motivación única es el «sentimiento» -colocado hoy como un dios, y elevado por encima de la voluntad del único Dios-, mediten sobre la virginidad, y luego decidan bien preparados.

Es nuestra humilde pretensión con esta serie de artículos ofrecer un verdadero cursillo prematrimonial. Aquí no les será enseñado nada sobre el uso de los métodos naturales de planificación familiar- condenados todos por Casti Connubii del Papa Pío XI-. Tampoco se les hablará de «buenismo» natural sin mérito sobrenatural alguno. Ni por supuesto de las «razones del corazón». Menos aún de ciertas contorsiones corporales permitidas o no en el tálamo, de las que nos da vergüenza hablar. Tampoco espere el lector que defendamos el matrimonio liberal, con iguales sueños de comodidad y éxito material y profesional que los paganos.

No, aquí leerá sobre otro discurso, esta vez católico. No encontrará nada de un discurso juanpablista – quien dedicó las audiencias de los miércoles durante décadas a «enseñar» sobre la «teología del cuerpo» ¡¡¡¡Ay, ay!!!; ni mucho menos podrá leer el alegato juanpablista que trató contra viento y marea de igualar el estado matrimonial al de la virginidad, engañando a millones de católicos a quienes enseñó una teología absolutamente diferente a la de la Iglesia Católica. Es por eso que, con la Iglesia Católica, única Iglesia de Cristo, creemos lo que el Concilio de Trento profesó y anatematizó así:

El Concilio de Trento entronizaba definitivamente en el áureo  alcazar de sus dogmas la siguiente proposición:

«Si alguno dijere que el estado del matrimonio debe anteponerse al estado de la virginidad o del celibato y que no es mejor o más glorioso permanecer en virginidad o celibato que contraer matrimonio, sea anatema»

Querido lector, si usted piensa diferente al Concilio de Trento, le sugiero que no siga leyendo estos artículos, y se evitará graves ardores de estómago y amarguras, más si persistiera en su propio pensamiento ha de saber que no es el suyo el de la Iglesia Católica.

Pero, si usted está de acuerdo con ese anatema, reciba mi felicitación, porque en eso conserva la de de la Iglesia. Y si tiene tiempo siga leyendo el precioso artículo sobre la virginidad, esperando que , si Dios quiere, no sea el último que dediquemos a elogia esta virtud.

De lo que hablaremos, pues, aquí, es de  alejarnos del nuevo ídolo del enamoramiento- éfimero- que los católicos han llevado junto a los paganos a los altares. Escribiremos de la corona prometida a las vírgenes, a los mártires, y los doctores de la verdad; corona que ningún otro bienaventurado recibirá, como explica Santo Tomás de Aquino. De las enormes dificultades que el estado del matrimonio tiene para perfeccionarse espiritualmente, e incluso para alcanzar la Salud eterna. Porque, como dice el Apóstol, el casado anda afanoso por obtener las cosas de este mundo y por dar gusto a su mujer; su corazón se halla dividido. Del mismo modo, la mujer no casada, y la que es virgen, piensa sólo en las cosas del Señor, a fin de ser santa en el cuerpo y en el alma, mientras que la casada se ocupa en las cosas del mundo y en el modo de agradar a su marido. Esto os digo para provecho vuestro… Por tanto, quien casa a su hija hace bien; pero quien la conserva virgen hace mejor. 

Es nuestra fe, que quien se casa hace bien, más quien elige la virginidad hace mejor.

Piensa, joven,  que el matrimonio es indisoluble; por eso, ven y lee sobre este «cursillo prematrimonial»

cuyas palabras no escucharás a tu párrroco ni obispo.

¡ Y luego decide en la libertad que Cristo te ha dado!

 

1. Predicación apostólica.

2. San Pablo, comentador de la fórmula
evangélica de la virginidad.

3. Virginidad y matrimonio.

4. La consideración de las molestias del matrimonio : triple razón de este proceder.

5. San Juan y la visión celeste de la virginidad

Predicación apostólica

 La virginidad estaba promulgada; se imponía el propagarla. Y así fue en efecto; el celo de los doce apóstoles dispersó bien pronto por los cuatro ámbitos del mundo, con energías de huracán, aquella ligera nubecilla de fragancias celestiales que se había elevado del corazón del Dios Virgen como de un místico incensario. Dada la antigüedad de las fechas y, sobre todo, el interés absorbente de la persona misma del Salvador en aquellos tiempos, nada tiene de extraño que los documentos encierren silenciosos sus descarnados labios de pergamino respecto a la existencia de esta predicación apostólica.

Los hechos, sin embargo, nos la atestiguan. Las nuevas cristiandades que fueron surgiendo al paso de los apóstoles por el desierto del paganismo, cual otros tantos oasis de lozana vegetación, presentaron bien pronto abundantes ejemplares de pureza: prueba inequívoca de que los portadores del Evangelio esparcían la semilla de virginidad recibida de manos del Maestro.

Ni sólo la difundían entre las exhortaciones de sus catequesis, sino que la presentaban como en modelo en sus mismos cuerpos, ungidos con la virtud de la continencia, al menos desde que, transformados por el Espíritu Santo, iniciaron sus peregrinaciones apostólicas de evangelización. Por el triple testimonio de los sinópticos sabemos que fué casado San Pedro. Nos consta de la virginidad de San Juan, el discípulo amado, por una tradición históricamente irrecusable. Las propias afirmaciones de San Pablo no dejan lugar a duda sobre el estado de perfecta castidad, que observó durante toda su vida Fuera de estos tres hechos ciertos, no hay datos suficientemente críticos para precisar el estado de vida de los restantes apóstoles antes del llamamiento divino, y los testimonios de los escritores más antiguos a este respecto son vacilantes e indecisos ‘.

En todo caso, los dos apóstoles de cuya virginidad nos consta con certeza fueron los paladines más ardientes en la exaltación de esta virtud. Recordemos la primera Epístola a los Corintios y el Apocalipsis, textos oficiales de las enseñanzas con que ambos mensajeros de Cristo propagaron esta idea, conservando cada uno los delineamentos del propio espíritu, tan característico y personal. Es un doble cuadro que se complementa como la muerte y la resurrección, como la espada de combate y el trofeo de la victoria.

En San Pablo es el alma combatiente del asceta con temple de guerrero para quien el mundo es el campo dé una batalla ingente entre la carne y el espíritu, y cuyos luchadores más audaces son precisamente los que combaten en torno al lábaro de la virginidad; es el descriptor psicólogo y colorista de las humillaciones de la lujuria y las elevaciones de la pureza; es el conocedor experto del corazón humano trabajosamente oprimido bajo las cargas de la concupiscencia, y del corazón humano libre y desembarazado para volar en alas de la incorrupción angélica.

En San Juan, por el contrario, es la intuición sobrehumana de la pureza emanando de Dios para infundirse eh el hombre y transformarlo con sus reflejos en algo inmaterial; es la sublimidad mística de un alma cuya vista, sutilizada por el amor, rasga las nubes, traspasa los cielos y allí, muy cerca del Cordero, cuyo corazón había oído latir en la última cena, contempla a los vírgenes orlados con especial aureola de gloria, oye los himnos entonados por sus labios sin mancilla y siente los flujos y reflujos de comunicación sobrenatural que van de sus pechos al de Dios Hombre, inundando toda la escena en un gozo inexpresable por palabras terrenas. Bajo este enfoque penetraremos mejor en las palabras de ambos apóstoles de la virginidad.

San Pablo, comentador de la fórmula evangélica de la virginidad

La ocasión para desarrollar el tema se le ofreció a San Pablo de donde tal vez menos podía esperarla, de la ciudad de Corinto. Con sólo un siglo de existencia desde su reconstrucción por Julio César, era la más populosa y la más rica de la Grecia, pero también la más corrompida en sus costumbres. Seis años escasos hacía que se formara su primera comunidad cristiana, y ya en este tiempo se había distinguido por la caída en la impureza de algunos de sus miembros, por las disensiones e inquietudes de otros y por la desorientación en materias morales de la mayoría de ellos.

Entre las consultas que el año 58 se dirigían a San Pablo sobre el uso de los manjares consagrados a los ídolos, el tocado de las mujeres durante los oficios divinos, la organización de los ágapes que precedían a la Eucaristía y otras varias, figuraba en lugar preeminente la relativa al matrimonio y a la virginidad. Los corintios estaban intranquilos, dudando si una vez bautizados les era permitido continuar en el uso del matrimonio. A estos temores responde San Pablo adoctrinándoles sobre la licitud de aquel estado y los fines perseguidos por su medio, sobre todo, en orden a apaciguar la concupiscencia. Probablemente los consultantes habían dado un paso más mostrándose indecisos acerca de si podrían permitir a sus hijas aún solteras contraer matrimonio una vez bautizadas.

Era la oportunidad esperada por el Apóstol para exponer la doctrina de la virginidad. Después de asentar con nitidez suma la doctrina sobre el matrimonio, pasa casi insensiblemente al tema de la continencia y de la virginidad:

«… Todo lo dicho es más bien condescendiendo con vuestra debilidad, no como quien intenta imponer el matrimonio. Pues por mi parte quisiera que todos os conservaseis como yo; pero en esta materia cada uno tiene su propio don de Dios, quiénes de una manera, quiénes de otra. Asi que advierto a los célibes y a las viudas: más conveniente les es permanecer como yo; aun cuando si no tienen el don de la continencia, cásense; porque más vale casarse que arder en llamas de concupiscencia… Por lo que respecta a las vírgenes no he recibido precepto obligatorio del Señor; pero os ofrezco el consejo como consiliario fiel por su misericordia. Tengo por cosa preferible permacer en tal estado a causa de las tribulaciones y molestias presentes… El tiempo es breve; resta, pues, que los que tienen mujer vivan como si no la tuviesen…, porque la escena de este mundo pasa. Quisiera que vivieseis sin inquietudes. Quien vive sin mujer está solicito tan sólo por las cosas del Señor y por el modo de agradar a Dios; al contrario, el casado anda afanoso por obtener las cosas de este mundo y por dar gusto a su mujer; su corazón se halla dividido. Del mismo modo, la mujer no casada, y la que es virgen, piensa sólo en las cosas del Señor, a fin de ser santa en el cuerpo y en el alma, mientras que la casada se ocupa en las cosas del mundo y en el modo de agradar a su marido. Esto os digo para provecho vuestro… Por tanto, quien casa a su hija hace bien; pero quien la conserva virgen hace mejor… Y en esto pienso tener la inspiración del Espíritu Santo como los demás apóstoles .»

Estas palabras, tan pletóricas de sentido, no eran en realidad sino un eco de la voz del Salvador. Al explicar cómo la virginidad es un estado permanente, Cristo había dicho: Hay quienes son inhábiles…; y el discípulo repite aquella nota contraponiendo al estado inmutable del matrimonio el estado inmutable por una resolución firme concebida en su corazón. Al describir los caracteres de completa libertad y de esfuerzo intrépido propios del continente perfecto, había hablado Cristo de aquellos a quienes se les concede de lo alto…, de quienes se inhabilitan a si mismos…, de los que son capaces de seguir tal doctrina…, frases que el Apóstol glosaba, recalcando que cada uno tiene su propio don…; que los que no tengan el don de continencia, cásense, porque más vale casarse que abrasarse…; que acerca de la virginidad no ha recibido precepto obligatorio del Señor…, y que, finalmente, se dirige a quienes pueden decidirse, no constreñidos por la necesidad, sino dueños de su libre albedrio…

Sin embargo, donde aplica el Apóstol de las gentes un análisis más concienzudo a la sentencia de Cristo es en el misterio de su motivación ; por el reino de los cielos. Para San Pablo, en este capítulo, el reino de los cielos es el premio de la gloria, que contemplan ya próxima los ojos de nuestra esperanza, y a cuya luz aparece la brevedad del tiempo invitándonos a usar del mundo como si no lo usásemos: porque el tiempo es breve. El reino de los cielos es la paz y serenidad del alma espiritual exenta de las solicitudes de esta vida y libre de las agitaciones y vórtices causados por las bajas pasiones de la carne: quisiera que vivieseis sin inquietudes. El reino de los cielos es la voluntad del Padre Eterno, que irradia sobre sus criaturas escogidas rayos purificadores de santidad con que logren éstas elevarse por encima de la simple naturaleza humana hasta revestirse de la semejanza de su Dios: para ser santas en el cuerpo y en el alma. El reino de los cielos es el atractivo del Señor que reclama para sí el corazón entero, cual lo pueden ofrendar solamente los vírgenes, libres de los negocios del mundo y de las exigencias de sus cónyuges: por dar gusto a su mujer, se halla dividido. El reino de los cielos es la unión de amor, místico con la Divinidad, incoada ya en la tierra por los que, viviendo vida virginal, obtienen en su proceso evolutivo de espiritualización la gracia de comunicarse con Dios sin inercias ni trabas enojosas: para unirnos a Dios sin distracciones. Cinco aspectos del reino de los cielos, cuya fascinación sobrenatural habían de arrastrar tras sí las almas de contextura más fina y delicada.

Antes de doblar la página del Apóstol sobre la virginidad, hiere nuestra atención una doble ráfaga que a primera vista aparece como un rayo de luz y un rayo de sombra, con la particularidad de que ambos seguirán enfilando fijos y persistentes los tratados de la pureza a través de los siglos antiguos.

Virginidad y matrimonio

Un rayo de luz cuyo esplendor transmitiría ya para siempre clara esta afirmación: bueno y honesto es el matrimonio, pero la continencia, y sobre todo la virginidad, es un estado más perfecto^. Raudales de claridad en los ojos de los primitivos escritores ascetas. Una mirada hacia el pasado, y caerían en la cuenta de que nuestros primeros padres habían conservado su virginidad durante su vida en el paraíso y habían iniciado el matrimonio sólo después de hallarse ya inclinados bajo el peso del pecado. Una mirada hacia el futuro, y traducirían su visión con esta frase jeronimiana : *’El matrimonio puebla la tierra,  la virginidad el cielo» . A lo largo de toda la edad patrística, el postulado sobrenatural de la supremacía de la continencia perfecta habría de mantenerse inalterable, pero abrillantándose con más fulgor al pasar de unos autores a otros

Al cerrarse esta gloriosa era de la literatura cristiana a principios del siglo VIII, recogía asi San Adelmo, el primer escritor de la Inglaterra convertida, la doctrina de los siglos precedentes: «La virginidad es oro, la continencia plata, el matrimonio cobre; la virginidad es opulencia, la continencia medianía, el matrimonio pobreza; la virginidad es paz, la continencia rescate, el matrimonio cautiverio; la virginidad es sol, la continencia luna, el matrimonio tinieblas; la virginidad es día, la continencia aurora, el matrimonio noche; la virginidad es reina, la continencia señora, el matrimonio esclava; la virginidad es patria, la continencia puerto seguro, el matrimonio océano proceloso; la virginidad es hombre vivo, la continencia ser exánime, el matrimonio cuerpo muerto; la virginidad es púrpura, la continencia paño restaurado, el matrimonio lana basta. Todos habitan en el palacio regio; pero hay gran diversidad entre la honra del que se sienta en la carroza, la servidumbre del que la conduce y la vileza del que arrastra las mulas caminando delante de ellas, aun cuando todos ellos militen bajo la suprema dirección del mismo emperador»

Otros ocho siglos más tarde, el Concilio de Trento entronizaba definitivamente en el áureo  alcazar de sus dogmas la siguiente proposición: «Si alguno dijere que el estado del matrimonio debe anteponerse al estado de la virginidad o del celibato y que no es mejor o más glorioso permanecer en virginidad o celibato que contraer matrimonio, sea anatema». Era el rayo de luz de San Pablo, que, atravesando los siglos, venía a proyectarse en la pantalla del código doctrinal cristiano para enseñanza de toda la humanidad.

La consideración de las molestias del matrimonio:

triple razón de este proceder

Pero junto a este rayo de luz se destaca otra ráfaga, que a juicio de una impresión superficial pudiera reputarse como sombra. Es sorprendente la insistencia con que San Pablo recarga una y otra vez las tintas negras del matrimonio mostrando sus molestias y pesadumbres. ¿Es que pretende el Apóstol, como pudiera pensar un lector frivolo, impulsar a las almas cristianas hacia la virginidad como refugio egoísta a que acogerse contra las desazones inherentes al matrimonio? A través de este prisma, el gran consejo evangélico degeneraría en una receta utilitarista de vida práctica. Desde luego que en la mente de quien desentraña con tanta fuerza la motivación referente al reino de los cielos no cabe la conjetura de fines mezquinamente interesados.

Que en la Epístola a los Corintios aparecen recalcadas deliberadamente las molestias del matrimonio es un hecho palpable. San Pablo alude sin rebozo a las ventajas de la virgen, libre de las inquietudes acarreadas por la vida familiar en este mundo (v. 26) ; le advierte que puede casarse, si así lo quiere, pero que se prepare en tal caso a sufrir las aflicciones de la carne (v. 28) ; le recuerda los sinsabores que lleva consigo la continua solicitud por agradar al marido y al siglo (v. 34) ; y termina acentuando la idea de que toda esta servidumbre durará tanto cuanto el matrimonio mismo dure (v. 39).

Si queremos penetrar en el mecanismo complejo de esta actuación paulina respecto a la virginidad, es menester ante todo enfocarla a través de las intuiciones de aquel espíritu genial, que supo fundir en una síntesis jamás superada las perspectivas divinas de la gracia con un conocimiento profundo del corazón humano, y las aspiraciones más espiritualistas de la revelación con la experiencia más práctica de los resortes de un siglo corrompido.

San Pablo intentaba provocar en las almas un movimiento ascensional hacia Dios, pero sabía muy bien que, a diferencia del ave, que vuela sostenida por sus alas, el hombre para dar el salto hacia lo infinito necesita primero hacer pie fuertemente en la tierra y afianzarse sobre ella. He aquí el secreto psicológico del Apóstol. Quiere que las almas se eleven hacia las alturas de la pureza impulsadas únicamente por el motivo sobrenatural del reino de los cielos; pero sabe que es tanto el peso del cuerpo corruptible que fácilmente queda pegado en el lodo de la tierra, cuando va a dar el salto, si no se desbroza antes el suelo que le sostiene. En orden a este fin puramente negativo; de evitar que la virgen quede enredada entre los alicientes de unos placeres exagerados por la fantasía, pone San Pablo gráficamente ante sus ojos las cargas que acompañan al matrimonio Existía un triple impedimento que podía agarrotar las energías espirituales de una virgen romana y cuya superación exigía un concepto integral del matrimonio, con sus molestias y pesadumbres. En primer lugar, la aspereza misma de la lucha, cuyas dificultades tanto Jesucristo como San Pablo se complacían en reconocer, al verse obligada a combatir contra la furia dé la concupiscencia y las embestidas infernales, no durante un breve plazo de tiempo, sino a lo largo de una vida más o menos prolongada. Tengamos en cuenta que la formulación del propósito virginal era el clarinazo anunciador de un combate que no se podría ya suspender ni remitir en un solo punto, como tan bellamente había de exponer más tarde San Juan Crisóstomo:

Al atleta que, dejados ya los vestidos y ungido el cuerpo, desciende al combate, cuando se cubre ya con el polvo del estadio, nadie le diría: «Retírate y huye de tu competidor», sino que una de dos: tiene que terminar o coronado o vencido y lleno de vergüenza. En los juegos y palestras donde la lucha es con familiares y amigos, como si fueran adversarios, dueño es cada cual de pelear o no; pero el que se ha comprometido, y reunidos ya los espectadores, presente el árbitro del certamen y ocupando los concurrentes sus puestos, es introducido y enfrentado con su adversario, ese tal queda sin derecho para retirarse por la ley misma del certamen. Así a la virgen: mientras delibera sobre contraer o no matrimonio, le es lícito casarse; pero una vez que ha elegido virginidad y dado su nombre para combatir en la arena, cuando resuenan los aplausos de los concurrentes, teniendo por espectadores desde el cielo a los ángeles y a Cristo por árbitro del combate, enfurecido el diablo y rechinando los dientes, enlazado y cogido por medio el enemigo, ¿ quién se atrevería a lanzarse a la arena y gritarle: «Huye del adversario, déjate de trabajos, no vengas con él a las manos, no le derribes ni armes zancadillas, sino cédele la victoria?»»

Para la virgen era imposible la retirada, y, sin embargo, habían de sonar en sus oídos las voces de la carne, que
le propondrían el matrimonio como un refugio en medio de lo más encarnizado de la lucha. He ahí por qué el Apóstol no creía impropio de su exhortación pastoral apagar algún tanto el acento seductor de esas voces con el recuerdo de las penalidades contenidas en la vida conyugal.

Otro motivo inducía al Apóstol a seguir este proceder de rasgos al parecer humanos. Se trataba de salvar los obstáculos que habían de ofrecerse en el momento mismo de formular el propósito de virginidad. Iba a sumirse aquella joven en un género de vida desconocido para la sociedad liviana en que se había educado; la sola noticia de  tal propósito levantaría torbellinos de injurias y desprecios a su alrededor; sentiría la impresión de que el mundo se derrumbaba en torno suyo, sin encontrar punto de apoyo ; bajo sus mismos pies se resquebrajaba su propia posición social, y mientras, casi cegada por el polvo de tantos escombros, no veía en su porvenir sino obscuridades de lucha y abnegación, llegaban a sus oídos aquellos coros de estímulos tan fascinadores que habían de hacer estremecerse en medio de sus maceraciones al mismo San Jerónimo, cuando, reducido a un informe conjunto de piel y huesos en los desiertos de Calcis, los viese girar en su imaginación ante su gruta. con todo el colorismo de la lascivia.

La atmósfera que rodeaba a las jóvenes de los tiempos imperiales estaba tan saturada de sueños sensualistas, que era forzoso neutralizarla con dosis de amarga realidad, si se les quería ofrecer una visión imparcial de la vida. En tales coyunturas, no sólo era honesto, sino casi obligatorio, proponer el antídoto que despejase las alucinaciones producidas por la morfina del sensualismo. Y sólo así, ante un panorama objetivo de la existencia humana en la tierra con las arideces que acompañan a los atractivos del matrimonio, podría la virgen apreciar el verdadero sentido de la vida de pureza que se abría ante su vista.

Existía aún un tercer motivo, quizás más poderoso, que obligaba al Apóstol a evocar aquellos recuerdos ingratos del matrimonio. Esta vez sus palabras buscaban no tanto el corazón de la joven cuanto la voluntad de sus padres. Debía darse por descontado, en la mayoría de los casos, su veto intransigente ante una tal elección, que frustraba sus esperanzas y desconcertaba el sistema ideológico que, como fieles romanos, habían heredado con sus tradiciones ancestrales.

Su resistencia sería implacable, y a favor de ella militaba todo el poder de la patria potestad. La situación jurídica del hijo de familia, y sobre todo de la hija, no difería mucho de la propia de un esclavo, por lo que a los derechos paternos tocaba, ai empezar los fastos del Imperio. Hubo que esperar a los tiempos de Adriano para que se condenase con el destierro a un padre que, en virtud de sus derechos tradicionales, del ius vitae necisque, había dado muerte a su hijo; y no fué sino bajo la dominación de Diocleciano, en el siglo IV, cuando se restringió al pater famlias la potestad de vender a sus hijos como otra cualquier mercancía. ¿Qué podría esperar una hija de familia respecto a la libertad para escoger su estado futuro, cuando todavía en el siglo II Aulo Gelio, siguiendo una sentencia que juzgaba prudente y mesurada, escribía que el padre debe ser obedecido cuando ordena que se tome mujer 15 ; y en el siglo III podía comentar el jurisconsulto Ulpiano las leyes en el sentido de que bastaba el consentimiento de los padres para el matrimonio de los hijos sujetos a la patria potestad?

Cual inteligente estratega, comprendió San Pablo que era la voluntad del padre la que había, ante todo, que conquistar, empresa tanto más difícil de ordinario cuanto que, indiferente a los anhelos de santidad que agitaban el corazón de su hija, trazaba sus planes con el pulso firme y calculador de quien esboza únicamente felicidades terrenas. No había otro medio de victoria sino atacarle en sus mismas trincheras, haciéndole prever reproducido en la vida de su hija el camino doloroso que tal vez había él ya recorrido con sus propios pasos. Ahora sé comprende por qué en esta exhortación cambia el Apóstol la ruta de sus frases, dirigiéndolas indistintamente a la hija o al padre con inesperados trastrueques de sujeto.

Se ha hecho notar desde muy antiguo el carácter especial que muestra esta página de San Pablo, donde se mezclan tan íntimamente lo divino y lo humano; donde alternan la claridad apodíctica de los principios con cierta timidez de exposición, entreverándose los consejos acerca de la perfecta pureza y los comentarios sobre el matrimonio, para que el recuerdo de éste mitigue en los pusilánimes el temor que la propuesta neta de la virginidad pudiera producir; donde, finalmente, muchas de las grandes ventajas de la continencia no tanto se declaran cuanto se dejan entrever con leves alusiones y en visión indirecta al proponerse las obligaciones de la vida conyugal. Toda esta prudencia era menester tratándose de aquellos corintios, a quienes poco antes había justamente calificado de carnales y seguidores de criterios humanos.

Por este mismo cauce, inaugurado en la Epístola a los Corintios, había de fluir durante los cuatro primeros siglos la tinta en los escritos sobre la virginidad. El triple motivo que había guiado la pluma del Apóstol en su atención al elemento terreno, seguiría actuando con más o menos fuerza por largo tiempo, y sus sucesores en el ejercicio pastoral no desaprovecharían aquella lección de prudencia humana, característica de las iniciativas divinas.

San Cipriano recordaría a las vírgenes en una de sus exhortaciones más sentidas las molestias corporales ocasionadas por los hijos y la sujeción debida al marido, de que ellas se ven exentas i\ San Ambrosio no se olvidaría en ninguno de sus tratados de enumerar más o menos detenidamente, no sólo los dolores físicos y las cadenas de servidumbre que arrastra la mujer casada, sino sobre todo las preocupaciones morales, que la hacen estar solícita a la continua, víctima de mil impertinencias para no desagradar a su marido con un exterior menos atrayente

San Agustín consagraría asimismo un capítulo en su tratado sobre la virginidad a conmemorar las aflicciones que no sólo por parte del cuerpo, sino sobre todo por parte del alma, agitada por los celos o preocupada con la muerte de hijos y marido, agitan a la infeliz esposa Y todavía al declinar el siglo VI se oiría en España la voz de San Leandro, que seguiría mencionando en la Regla a su hermana Florentina las muchas tribulaciones y tristezas que lleva consigo el matrimonio.

Fué, sin embargo, en Oriente, tal vez por la mayor proximidad a Corinto, que había oído por vez primera aquellas
advertencias, donde con más exuberancia se desarroliaron estos conceptos. ¡Con qué sentida exclamación de
nostalgia por los bienes, para él ya perdidos, en su calidad de casado, se explayaba hacia el año 370 San Gregorio
Niseno, a lo largo de un extenso capitulo, al recordar las angustias de los esposos, que en la misma complacencia
con que mutuamente se aman o aman a sus hijos experimentan los temores de la muerte amenazadora, las intranquilidades de las ausencias prolongadas, las penas por los hijos muertos y las inquietudes por los que viven. A su lectura se recibe la impresión, como él mismo dice, del que oye disertar a un médico sobre las innumerables enfermedades que en todas coyunturas y bajo infinitas formas acechan la debilidad del cuerpo humano, impotente para esquivarlas todas y víctima de alguna de ellas más o menos tarde

Poco después llevaría a su apogeo estas sugerencias San Juan Crisóstomo, que había de consagrar a las molestias propias del matrimonio casi una tercera parte de su  tratado sobre la virginidad. Difícilmente se hallarán en los anales de la literatura universal descripciones más realistas de las agonías de un marido o una mujer celosa, ni cuadros más vivos del martirio producido por un cónyuge de carácter violento, ni análisis más profundos del corazón egoísta y cruel de la mujer casada en segundas nupcias, ni observaciones más psicológicas sobre las humillaciones acarreadas por un matrimonio de fortuna desigual, ni enumeración más acabada de los sobresaltos por el porvenir de los hijos o el marido, que necesariamente han de seguir como triste cortejo a todo matrimonio . Son pinturas capaces de acreditar cualquier museo de bellas letras.

Pudiéramos sintetizar todos estos fragmentos de luces y sombras en que se quebró como en mil reflejos el primer rayo iniciador de San Pablo en aquella breve contraposición indicada por San Jerónimo: Quédese él matrimonio para aquellos que han de comer el pan con el sudor de su frente, y cuyo suelo producirá zarzas y espinas; a la virgen se concede como habitación el paraíso.

Dirigiéndose a sociedades en que todavía los paganos eran numerosos y el ambiente sensual de las tradiciones patrias no había acabado de purificarse por el fuego del amor cristiano, era menester empezar por semejantes descripciones, aun cuando en la mente de sus autores estuvieran muy lejos de ser ellas los motivos impulsores de la virginidad. Todos suscribían en una u otra forma las palabras con que San Agustín cerraba su exposición de las molestias del matrimonio para empezar la de los verdaderos estímulos de la pureza: «Probemos ahora—decía—con testimonios claros de la Sagrada Escritura, según nuestra corta memoria nos los pueda proporcionar, que la castidad perpetua ha de abrazarse no por las ventajas de la vida presente, sino por la grandeza de la futura, que se nos promete en el reino de los cielos» . El camino había quedado expedito, y el alma podría ya bogar impulsada amorosamente por auras de origen puramente divino. Estas no eran diversas de las que habían acariciado las páginas de San Pablo.

San Juan y la visión celeste de la virginidad

 Pero el Apóstol de las gentes había dibujado tan sólo el cuadro de la virginidad militante; era preciso mostrar también el de la virginidad triunfante. Y así se hizo. El sublime vidente de Patmos lo intuyó trazado sobre el firmamento con rasgos de luz en una de sus visiones apocalípticas. En ella nos describe la corona de gloria y prerrogativas singulares que nimban la figura de los continentes. Los vírgenes, según San Juan, forman la corte divinamente fastuosa que circunda, cual marco de apoteosis, la majestad del Redentor, sentado a la diestra del Padre. Ellos modulan al son de sus cítaras un cántico de singular belleza y armonía tan nueva que nadie en el cielo logra aprenderlo ni es capaz de entonarlo, En sus frentes aparecen grabados, cual emblema de su particular nobleza, los nombres del Señor de la gloria y de su Eterno Padre, que los coronan a modo de diadema. Sólo ellos gozan del privilegio de seguir al Cordero adondequiera que va, deleitándose de continuo con su presencia y escalando tras él las cimas más elevadas de la bienaventuranza, donde las auras del amor virginal, amor de los amores, se complacen en acariciar lirios con sus ráfagas. Resaltan, en fin, con tanto relieve en la concepción divina del universo, que, según la Escritura, fueron rescatados de la corrupción, como primicias escogidas entre los hombres, para ser ofrendadas a la victima del Calvario una vez consumado su sacrificio.

La mirada de San Juan se había posado sobre la virginidad en su glorificación celeste, y al querer describirla había empleado una pluma arrancada sin duda a un ángel purísimo. Con ella trazó las líneas que completan la doctrina de la pureza en el Nuevo Testamento, y al morir la dejó en herencia a los escritores posteriores de la virginidad, que habían de utilizarla en sus paráfrasis de aquellas escenas celestiales.

En la mente de todos los Santos Padres era claro, a la luz del Apocalipsis, que la virginidad había de tener una gloria accidental propia y exclusiva. Más tarde se la designaría con el nombre de aureola virginal, gozo peculiar y característico concedido a los continentes por su triunfo sobre la carne, como, en su género, lo tendrían la prudencia de los doctores, victoriosos de las insidias diabólicas, y la fortaleza de los mártires, dominadores de los asaltos del mundo . «Es cierto—diría San Agustín—que dentro de aquella inmortalidad común a todos los bienaventurados han de tener un privilegio grande, no poseído por los demás, quienes viviendo en carne tienen ya algo no propio de la carne»

Las descripciones que a este propósito nos legaría la literatura patrística, comentando el pasaje de San Juan, son fascinadoras. Las vaporosas y deslumbrantes siluetas de las vírgenes aparecen ya, como estrellas de primera magnitud, en torno al solio regio en el momento mismo de la resurrección universal: «En lo alto de los cielos, ¡oh vírgenes!, se deja oír el sonido de una voz que despierta a los muertos; debemos apresurarnos, dice, a ir todas hacia el oriente, al encuentro del Esposo, revestidas de nuestras blancas túnicas y con las lámparas en la mano. Despertaos y avanzad antes de que el Rey franquee la puerta» . Como primicias rescatadas, según había dicho San Juan, de la corrupción humana, serán las primeras en ser recibidas triunfalmente en el cielo: escena captada por el mismo Eterno Padre, como dote incorrupción, valiosísimas coronas, riquezas inmensas, al par que triunfo por siglos sin fin, coronada con espléndidas e inmarcesibles flores de sabiduría. Bajo la mirada de Cristo, preparado a distribuir sus premios, dirijo danzas celestiales ante el divino Rey, que ni conoce fin ni tuvo principio».

Nadie, sin embargo, había de interpretar con delicadeza más sublime que San Agustín este pasaje, en que el Apóstol señala el privilegio de las vírgenes de acompañar, cual corte escogida, al Cordero inmaculado dondequiera que se halle. Vió, a no dudarlo, la escena en una de sus contemplaciones de genio, y se extiende en su descripción a lo largo de tres capítulos, sin acertar a separar de ella su mente. Se percibe una unción especial en la punta de su pluma cuando narra cómo van acompañando a Cristo a través de los valles y praderas del cielo los pobres de espíritu, los misericordiosos, los que lloraron en este mundo, los que padecieron hambre y sed de justicia y cuantos, casados o continentes, supieron seguirle en la tierra por los caminos de sus preceptos y consejos evangélicos. Pero llega un momento en que el Señor se dirige a la conquista de nuevos horizontes, caminando por la senda de la virginidad; es el punto en que se ven obligados a detener su pie los casados. ¿Y adónde juzgamos que va este divino Cordero?, se pregunta el Obispo de Hipona. A donde nadie sino vosotras se atreve o puede seguirle. ¿Adónde juzgamos, pues, que va? ¿A qué bosques? ¿A qué prados? Tengo para mí que se dirige allá donde los pastos son gozos, pero no gozos vanos, ni placeres insulsos y mentirosos de este siglo, ni tampoco gozos cuales serán los que tengan en el reino de los cielos los que no fueron vírgenes, sino gozos muy diferentes: gozos de vírgenes de Cristo, en Cristo, con Cristo, tras Cristo, por Cristo y mediante Cristo. El gozo propio de las vírgenes será diverso del gozo de los otros santos que no fueron continentes, aunque sean de Cristo; para ellos hay otros, pero como éstos, para ninguno. Allá es a donde habéis de ir. Seguid al Cordero, porque la carne del Cordero es virgen. Conservó en su propia persona, siendo ya de edad adulta, lo que no quiso quitar a su castísima Madre al tiempo de su encarnación y natividad

Al cerrarse la visión, parece quedan todavía titilando en la retina los últimos rayos de un ideal que se esfuma en las lontananzas del empíreo.

Doble página del Nuevo Testamento trazada por San Pablo y San Juan, que, perpetuándose a través de sus comentaristas, llevaría a la humanidad una de las mayores revoluciones que en la corrupción de la carne puede obrar la fuerza del espíritu.

Ontología 5: principios del ente: La esencia y la existencia.

La esencia y la existencia.

Hemos dicho antes que concebimos el ente como un concreto, en el cual la esencia es como el sujeto, y el ser o existencia es como la forma que se recibe en este sujeto. Cuando definimos el ente en común id quod habet vel potest habere esse, el id quod habet vel potest habere, significa y representa la esencia, y el esse el acto de existir. De aquí se infiere que estos dos conceptos son los elementos primordiales del ente, considerado en toda su abstracción y universalidad, y que la realidad objetiva que les corresponde se encuentra en todas las cosas. Esto indica, por otra parte, la importancia científica de estos conceptos, que vamos a analizar con la brevedad que exige un compendio elemental.

1º La esencia, como concepto simple y transcendental por su naturaleza, no es susceptible de definición rigurosa, sino de aclaraciones basadas sobre relaciones y puntos de vista diversos que nuestro entendimiento concibe en ella. Así decimos, por ejemplo, que la esencia es «aquello mediante lo cual, o por razón de lo cual, una cosa es o se constituye tal ser y no otro»: id quo res constituitur in determinatio entis genere: id quo res est id quod est, et non aliud; como la humanidad o la esencia humana es aquello por medio de lo cual se constituye el hombre, como ser determinado y distinto de los otros seres: o en otros términos, es la razón interna, primitiva y necesaria del ser y realidad que posee el hombre, distinguiéndole y separándole de todos los otros seres.

Por parte de su relación con la existencia, la esencia [23] puede definirse: «aquella cosa cuyo acto es el ser o existir»: id cujus actus est esse. Con relación a nuestro entendimiento: id sine quo res intelligi nequit; y también: id quo respondetur ad quaestionem quid est, aquello con que respondemos a la cuestión, ¿qué es tal o tal cosa? Con relación a los predicados, propiedades y accidentes que se le pueden atribuir: «aquello que es y se concibe como lo primario en la cosa y como raíz o razón suficiente de los demás predicados»: id quod est aut concipitur primum in re, et est radix caeterorum quae rei conveniunt.

2º Cuando definimos, no la esencia en general, sino las esencias determinadas de los seres, si las partes expresadas por la definición son partes lógicas que no se distinguen realmente prout existunt in re definita, la esencia definida se llama metafísica, como cuando se dice que la esencia del hombre consta de animalidad y racionalidad. Si por el contrario, la explicación y designación de la esencia se verifica por medio de partes físicas, es decir, que sean distintas realmente entre sí, según existen a parte rei en la cosa definida, como sucede cuando decimos que la esencia o naturaleza humana consta de alma racional y cuerpo, entonces la esencia definida se dice física.

Sin embargo, estas dos denominaciones, en la actualidad, se aplican más bien a significar y expresar los dos modos con que concebir podemos las esencias de las cosas. La esencia de una cosa, concebida o considerada con abstracción de su existencia actual, es la esencia metafísica: la misma esencia, considerada como existente o ejerciendo el acto de existir, es lo que ordinariamente se llama hoy esencia física, y en este sentido tomaremos aquí estas palabras.

3º En toda esencia nuestro entendimiento distingue y concibe, además de las determinaciones esenciales, otras secundarias que corresponden a realidades o aspectos de la realidad, las cuales, aunque no entran en el concepto de la esencia de la cosa, tienen íntima y necesaria conexión con la misma, y por esta razón son apellidadas propiedades, atributos, y con alguna frecuencia entre los antiguos, pasiones de la [24] esencia. Algunos llaman física a la esencia, en cuanto acompañada y perfeccionada por estas propiedades y también por las modificaciones puramente accidentales; reservando la denominación de metafísica para los conceptos o determinaciones pura y rigurosamente esenciales.

4º Estas propiedades y accidentes, junto con las acciones y manifestaciones sensibles a que dan origen, sirven de medio al entendimiento humano para llegar al conocimiento más o menos completo de las esencias de las cosas. Por lo mismo que no tenemos intuición ni percepción inmediata de estas esencias, es muy reducido el número de las que conocemos de una manera exacta y completa. Por otra razón dice también santo Tomás, que nos vemos obligados a designar las diferencias esenciales por medio de nombres que expresan las diferencias accidentales; pues las verdaderas diferencias esenciales de las cosas nos son con frecuencia desconocidas, y por lo mismo no tenemos nombres propios para expresarlas. Esto, sin embargo, no habla con los panteístas, y en especial con los hegelianos, que tienen el privilegio de la intuición transcendental, por medio de la cual conocen todas las esencias, y poseen la verdad absoluta, y crean o ponen la ciencia universal.

5º Toda vez que la esencia metafísica de una cosa prescinde de la existencia actual, y sólo incluye el conjunto de los predicados o determinaciones primitivas que constituyen el ser íntimo de la cosa y la distinguen de los demás seres, es preciso admitir que las esencias metafísicas de las cosas son inmutables absolutamente. Así es que cualquiera mutación que se suponga en ellas destruye su concepto. Si de la esencia del hombre quitamos la animalidad, o la racionalidad, o la sustancia, ya no será esencia del hombre, sino otra cosa. Por eso santo Tomás compara las esencias a los números, en los cuales la adición o sustracción de la unidad basta para cambiar la especie (1). [25]

{(1) «Si aliquid addatur vel substrahatur alicui numero, etiamsi sit minimum, non erit idem numerus secundum speciem, minimum enim in numeris est unitas, quae si addatur ternario, surgit [25] quaternarius… Et similiter est in definitionibus (las cuales contienen y expresan las esencias de las cosas definidas); quia quocumque addito vel ablato, est alia definitio, et alia natura speciei.»}

Sabido es que Descartes enseñó que las esencias metafísicas de las cosas están sujetas a mutabilidad, y que dependen de la libre voluntad de Dios, lo cual vale tanto como decir, que depende de la libre voluntad de Dios hacer que el vicio sea bueno y la virtud mala, que el hombre sea irracional y la piedra posea la racionalidad. Este es uno de los grandes descubrimientos del padre de la filosofía moderna, en su afán modesto de dar al género humano una nueva filosofía, y de prescindir de cuanto había enseñado la filosofía cristiana.

6º La cuestión más difícil en esta materia, es la que se refiere a la distinción real entre la esencia y la existencia en los seres creados o finitos. Los Escolásticos, que agitaron con calor este problema, no concuerdan en su solución, defendiendo unos y negando otros la distinción real entre estos dos elementos del ente actual finito. Y digo actual, porque la cuestión se refiere a la esencia actuada por la existencia, es decir, si la esencia humana que tiene Pedro, por ejemplo, se distingue realmente de la existencia con que existe ahora o actualmente.

Por lo que hace a la resolución del problema, tenemos por más probable la opinión de santo Tomás, que admite la distinción real entre la esencia y la existencia en los seres creados.

No es posible en un compendio elemental presentar, ni menos desarrollar las varias pruebas y raciocinios con que santo Tomás establece esta conclusión, a la que considera como una de las afirmaciones más fundamentales de la filosofía cristiana. Nos contentaremos con indicar solamente las siguientes reflexiones:

1ª El concepto propio de la existencia implica la actuación del ser o de la naturaleza en la cual se halla, y por consiguiente la esencia, como esencia, solo incluye y significa el [26] conjunto de determinaciones o predicados esenciales, los cuales no se identifican, ni son la misma cosa que su actuación, o sea la posición de los mismos fuera de sus causas y de la nada; pues esto se realiza o verifica por medio de la existencia o acto de existir que la causa comunica a la esencia, y que ésta no tiene por sí misma, ni de sí misma.

2ª Si el ser o existencia actual no se distingue realmente de la esencia, se seguirá que los ángeles tienen una simplicidad igual a la de Dios, o infinita; porque excluyendo, como excluyen, toda composición de materia y forma, y siendo formas simples por su naturaleza en razón de sustancias, excluyen toda composición en la línea y orden de sustancias. Luego si excluyen también la composición de esencia y existencia, poseerán la simplicidad completa y absoluta en su esencia propia, o sea en lo que constituye su ser sustancial. Luego, o hay que atribuir a los ángeles lo que es atributo de Dios, o hay que admitir en ellos, y a fortiori, en las sustancias inferiores, la esencia y la existencia se distingue realmente.

3ª La realidad o perfección que conviene y se predica de una cosa determinada, porque ha sido producida y puesta en ella por alguna causa eficiente, o como dice santo Tomás, la realidad que conviene a la cosa y se predica de ella porque advenit ab aliquo principio extrinseco, es distinta sin duda, de aquella realidad o perfección que conviene a la cosa por razón de su misma esencia, la cual es la causa formal e interna de esta realidad, y no causa eficiente y externa: es así que la existencia actual conviene realmente a las cosas de las cuales se predica con verdad, con relación y dependencia de la causa o causas que comunicaron la existencia a la cosa, y principalmente de Dios, que es la causa propia del ser, como ser actual; y por el contrario, las realidades o predicados esenciales convienen a la cosa por razón de su misma esencia, la cual es inmutable y no depende de las causas finitas, ni siquiera de la voluntad de Dios, en cuanto a la conveniencia y predicación verdadera de las indicadas perfecciones: luego la realidad significada por la existencia actual, cuando [27] ésta se predica de alguna cosa, por ejemplo, de Pedro, es distinta de la realidad significada por la esencia, o sea por la palabra con que ésta o alguna de sus partes es expresada y predicada.

Un ejemplo aclarará la importancia y valor de este raciocinio. Cuando digo: Pedro es racional, la esencia de Pedro es la causa formal y la razón suficiente interna, porque esta realidad o perfección real que llamamos racionalidad le conviene, de manera que podemos decir con verdad que esta racionalidad conviene a Pedro, porque tiene esta esencia humana. Empero, cuando digo: Pedro existe actualmente, la esencia o humanidad que está en Pedro, no es la causa formal, ni la razón suficiente de la conveniencia del predicado, puesto que sería falso el decir que el existir actualmente conviene a Pedro, porque le conviene la esencia humana, sino que le conviene y se verifica la afirmación, porque recibió la existencia de alguna causa eficiente, y por consiguiente externa. Cuando afirmo del aire de esta habitación, que es cuerpo, y que es cálido, las realidades significadas por los predicados son distintas, porque el primero conviene al aire por razón de su esencia, al paso que el segundo le conviene por razón de alguna causa externa que produce el calor en él. Una cosa análoga sucede con la esencia y la existencia de una cosa creada, y digo análoga, porque no hay identidad o semejanza perfecta, en atención a que el calor es un accidente separable del aire sin que éste deje de existir, al paso que la existencia no puede separarse de la esencia sin que ésta deje de existir, toda vez que este acto le conviene y lo recibe precisamente de la existencia. Mas esta disparidad no impide la semejanza o paridad fundamental en cuanto a la raíz y razón suficiente de la conveniencia y verificación de los dos predicados (1). Y [28] téngase presente, que la esencia y la existencia no deben concebirse como dos partes integrales de la cosa, ni menos como dos entidades completas, independientes y separables; pues la existencia, más bien que parte, es un modo de la esencia actuada: así es que podemos decir que la existencia se distingue de la esencia, no tamquam res a re, sino tamquam modus a re, a la manera que el movimiento se distingue de la cosa que se mueve.

{(1) Esta última razón puede considerarse como una aplicación general del raciocinio con que santo Tomás prueba que, aun en los ángeles, la existencia se distingue de la esencia, y por consiguiente con mayor razón en las sustancias compuestas y materiales. He aquí [28] sus palabras, tomadas del opúsculo De Ente et Essentia: «Omne autem quod convenit alicui, vel est causatum ex principiis naturae suae, ut risibile in homine, vel advenit ab aliquo principio extrinseco, sicut lumen in aere ex influentia solis. Non autem potest esse, quod ipsum esse sit causatum ab ipsa forma (essentia) vel quidditate rei, sicut a causa eficiente; quia sic aliqua res esset causa sui ipsius, et aliqua res seipsam in esse produceret, quod est impossibile: ergo oportet, quod omnis talis res, cujus esse est aliud a natura sua, habeat esse ab alio. Et quia omne quod est per aliud, reducitur ad id quod es per se, sicut ad causam primam; ideo oportet quod sit aliqua res, quae sit causa essendi (existendi) omnibus rebus, eo quod ipsa est esse tantum; alias iretur in infinitum in causis, cum omnis res quae non est esse tantum, habeat causam sui esse, ut dictum est. Patet ergo, quod intelligentia est forma (seu essentia), et esse, et quod esse habeat a Primo Esse, quod est esse tantum: et hoc est Prima Causa, quae est Deus.
Omne autem quod recipit aliquid ab alio, est in potentia respectu illius, et hoc quod receptum est in eo, est actus ejus: ergo oportet quod ipsa forma vel quidditas, quae est intelligentia (angelus), sit in potentia respectu esse, quod a Deo recipit, et illud esse receptum est per modum actus; et ita invenitur actus et potentia in intelligentia, non tamen forma et materia.»}

Objeciones

Obj. 1ª Suelen objetar algunos contra esta distinción: «desde el instante que concebimos la esencia de una cosa fuera de la nada, y por consiguiente que se pone fuera de sus causas, concebimos que existe la esencia real y física, sin necesidad de concebir ninguna otra cosa: luego la esencia real no existe en virtud de alguna cosa realmente distinta, y por [29] consiguiente no se distingue realmente de la existencia.»

Resp. Apenas concebimos que los hombres pensadores y de talento incontestable (1), propongan semejante objeción. Decir que desde el momento que concebimos la esencia de alguna cosa como puesta fuera de la nada y de sus causas, la concebimos como real y existente, sin necesidad de ninguna otra cosa, equivale a decir, que desde el momento que concebimos la esencia de alguna cosa como existente la concebimos como real y existente sin necesidad de ninguna otra cosa, puesto que es a todas luces evidente que la existencia actual, real y física de una cosa, no es más que su posición fuera de sus causas y de la nada, y en tanto se dice que una cosa tiene existencia, en cuanto y según que ha sido puesta fuera de la nada y de las causas que la contenían virtualmente. Nos parece, pues, que el descubrimiento de los objetantes es por demás extraño, y que la objeción fundada sobre semejante base no es más que una vulgar y verdadera petición de principio.

{(1) La hemos visto en la filosofía del P. Cuevas, y en el fondo coincide con la objeción que presenta Balmes, cuando dice que la esencia del hombre abstraída de su existencia queda reducida a la nada.}

Obj. 2ª Algo más fundada y filosófica es la objeción de Suárez, que se reduce a lo siguiente: la esencia actual de Pedro v. gr. considerada con precisión de la existencia, es solamente la potencia de la cosa, o si se quiere, la potencia de Pedro; es así que la potencia de una cosa, en sí misma, no es alguna entidad y se identifica con la nada, de manera que sólo en Dios tiene alguna realidad: luego no es admisible la distinción real entre la esencia y la existencia.

Resp. La fuerza aparente de esta objeción y de otras análogas que proponerse suelen en esta materia, no tiene otro fundamento que la inexactitud de ideas, y la confusión de la potencia objetiva con la potencia subjetiva de las cosas. [30] Bastará por lo tanto tener presente, que una esencia puede ser considerada: 1º en cuanto incluye la mera posibilidad absoluta, o en cuanto puede recibir la existencia que no tiene; y ésta es la que se llama potencia objetiva de la cosa, la cual, en este estado, no tiene realidad en sí misma, y sí únicamente en las ideas divinas: 2º en cuanto existe actualmente, es decir, cuando la consideramos realizada, o sea una entidad que posee una existencia propia, real externa, por decirlo así. De la esencia considerada del primer modo, se verifica lo que dice la objeción, es decir, que es nada en sí misma, porque es mera posibilidad o potencia objetiva de la cosa. Mas considerada del segundo modo, la esencia es una verdadera entidad actuada y puesta fuera de las causas por medio de la existencia, la cual se compara a aquella como el acto a la potencia subjetiva, en la cual se recibe, a la manera que cuando Pedro se mueve, su sustancia se distingue realmente del movimiento, y se compara a éste como el sujeto a la forma, y por consiguiente como la potencia propia, real y subjetiva, al acto que perfecciona y determina aquella potencia subjetiva. En pocas palabras: entre el acto de existir o la existencia actual, y la esencia de la cosa como posible, que es su potencia objetiva, media la potencia subjetiva, es decir, la entidad positiva que constituye la esencia de la cosa que existe, aunque el existir le viene por medio de la existencia.

Toda esta filosofía es fundamento de la Suma Teológica de Santo Tomás, que puede encontrar resumida, en tan sólo 338 páginas en el Catecismo de la Suma Teológica  que puede adquirir aquí mismo.

Ontología 4: Principios del ente: El acto y la potencia.

Principios del ente

La investigación metafísica de los principios, abraza los principios que en el orden ontológico se consideran como elementos del ente, y también los que en el mismo orden sirven de luz y de base primaria para llegar a su conocimiento. Así es que los primeros pueden apellidarse principios de composición metafísica del ente, principia compositionis: los segundos, principios metafísicos o superiores para el conocimiento del ser, principia cognitionis. [19]

 

El acto y la potencia.

Observaciones previas.

1ª Entre los principios o elementos primordiales de los seres, según el modo con que son percibidos por nuestro entendimiento, deben enumerarse el acto y la potencia, cuyo conocimiento, por más que haya sido eliminado de la filosofía moderna, es de la mayor importancia metafísica.

Por acto, en general, entendemos alguna realidad que completa y perfecciona alguna cosa que es o era capaz de esta perfección. De aquí es que todo acto, en cuanto acto, envuelve la idea de perfección, y, al contrario, la potencia, como tal, lleva consigo el concepto de imperfección: porque cualquiera cosa, considerada en cuanto puede recibir o tener una realidad o actualidad, es menos perfecta que cuando es considerada con el acto o realidad. Luego la potencia puede definirse en general: la aptitud o capacidad para recibir o tener alguna realidad.La capacidad de perder o ser privada de algún acto o realidad actual, se llama potencia impropiamente, en cuanto concebimos la privación de una realidad ad modum rei, y por comparación con la realidad a que se refiere.

2ª De las nociones expuestas se deduce: 1º que Dios, realidad pura y perfección absoluta, excluye toda potencia, como excluye toda imperfección en razón de acto puro y de ser perfectísimo: 2º que todo acto creado o existente en las criaturas, es acto impuro o mezclado con potencia.

Y aquí conviene tener presente, que un acto puede decirse mezclado de potencia en dos sentidos: 1º porque y en cuanto que es acto o determinación de alguna potencia, como el acto de entender es determinación y actualidad de la potencia intelectual: 2º porque y en cuanto una cosa que es perfección, y por consiguiente acto de algún ser, está ella en potencia para ser actuada y perfeccionada por otra realidad: así la ciencia adquirida es acto respecto del hombre y [20] respecto de la facultad intelectual a quienes completa, actúa y perfecciona; pero ella, a su vez, es actuada por el acto científico, o sea cuando se aplica y reduce el acto segundo. Luego una misma cosa recibirá las denominaciones de acto y de potencia, según sean los términos de comparación.

En conformidad y relación con las observaciones que anteceden, el acto y la potencia pueden dividirse:

a) En acto primero, que es aquel que no presupone otra realidad actuante o determinante, como la forma sustancial, que determina el ser sustancial y específico de la cosa; y acto segundo, que es aquel que presupone otra realidad determinante o actuante, como la intelección actual presupone el entendimiento, y también el alma racional que es acto primero respecto del cuerpo o materia: en general, toda forma o modificación accidental, es acto segundo, porque presupone la forma sustancial y la esencia.

b) El acto se llama subsistente, si es una realidad que puede existir sin unión o comunicación con la materia, como los ángeles y el alma humana; a diferencia y en contraposición a los actos o formas que no pueden existir sino en unión con la materia que determinan y actúan, como sucede al alma de los brutos, las cuales, por lo mismo, se denominan actos no subsistentes.

c) Hay también actos que se llaman sustanciales, porque son realidades o perfecciones que pertenecen a las sustancias y no a los accidentes: así la subsistencia actúa y perfecciona a la sustancia singular, la forma sustancial a la materia prima, y la existencia presupone y actúa la esencia.

d) La potencia se divide en objetiva y subjetiva. La primera es la mera no repugnancia de una cosa, y coincide, por consiguiente, con la posibilidad absoluta o intrínseca del ente: la segunda es la aptitud de una cosa real y positiva para recibir algo, sin que sea necesario que este algo sea posterior en orden de tiempo y duración a la cosa en la cual se recibe, actuándola, determinándola y perfeccionándola.

e) Esta potencia subjetiva o receptiva, si se refiere a algún acto o realidad, cuya producción no exceda las fuerzas de la [21] naturaleza, se llama natural; si se refiere a efectos o actos que sólo pueden realizarse y recibirse en la cosa o sujeto, por medio de una fuerza sobrenatural, se llama potencia obedencial.

De las nociones y divisiones que se acaban de exponer, se infiere:

1º Que todo ser creado consta o está compuesto de acto y de potencia. Todo ser creado está sujeto a mutabilidad real, siendo atributo propio de Dios, como acto puro, la inmutabilidad perfecta: luego toda criatura consta necesariamente de acto y de potencia, puesto que en tanto se dice que una cosa se muda, en cuanto adquiere algo que no tenía, o pierde algo que tenía, y por consiguiente, en cuanto recibe o pierde una realidad o acto que no tenía, pero que podía tener o perder.

2º En las criaturas existe realmente la potencia pasiva obedencial. Para los católicos que saben que Dios infunde en nuestra alma la gracia y las virtudes sobrenaturales, y por consiguiente, que el alma puede recibirlas y ser perfeccionada y actuada por ellas, la afirmación es absolutamente innegable.

Para los que rechacen o prescindan de la doctrina católica, he aquí en pocas palabras el fundamento de la aserción. La potencia obedencial no es otra cosa más que la capacidad o no repugnancia en un ser, para recibir alguna perfección o realidad que no puede ser producida por las causas finitas o naturales; capacidad que es preciso admitir desde el momento que se admite la existencia y la omnipotencia de Dios. Porque Dios, como ser superior a toda naturaleza, y como ser dotado de poder infinito, puede sin duda producir en las sustancias y naturalezas creadas algún efecto, mutación, o realidad, que no pueden producir las causas finitas; es así que la producción de estos efectos en la sustancia creada supone en ésta la receptividad de los mismos: luego es necesario admitir en las criaturas la potencia pasiva o receptiva que hemos llamado obedencial.

Ni se infiere de esto, para desvanecer de paso la objeción que pudiera presentarse, que en las criaturas existe algo [22] sobrenatural; porque la potencia obedencial no es una realidad o entidad distinta de la misma naturaleza creada, sino que en su misma esencia en cuanto sujeta a la omnipotencia de Dios, sujeción que nada real añade ni quita a su ser propio, como basada sobre la relación transcendental que el ser finito dice al ser infinito y la criatura al Creador.

Toda esta filosofía es fundamento de la Suma Teológica de Santo Tomás, que puede encontrar resumida, en tan sólo 338 páginas en el Catecismo de la Suma Teológica  que puede adquirir aquí mismo.

¿ Por qué existe el mal?

LA PROVIDENCIA DE DIOS, EL MAL Y EL SUFRIMIENTO

Este artículo es un resumen casi literal de las cuestiones contenidas en la Suma Teológica, I, q. 48, y 49;  en la 48  Santo Tomás responde a las siguientes 6 cuestiones:

  1. El mal, ¿es o no es alguna naturaleza?
  2. El mal, ¿se encuentra o no se encuentra en las cosas?
  3. El bien, ¿es o no es sujeto del mal?
  4. El mal, ¿corrompe o no corrompe totalmente al bien?
  5. División del mal entre pena y culpa.
  6. ¿Dónde hay más razón de mal: en la culpa o en la pena

Un Compendio de la Suma Teológica resumido en 338 páginas, una estupenda visión de conjunto de toda la  doctrina del Aquinate la puede encontrar en el Catecismo de la Suma Teológica que puede encontrar aquí mismo.

En la cuestión 49, responde a las siguientes tres preguntas:

  1. El bien, ¿puede o no puede ser causa del mal?
  2. El sumo bien, Dios, ¿es o no es causa del mal?
  3. ¿Hay o no hay algún sumo mal que sea la primera causa de todos los males?

Para luego continuar  analizaando la diversificación entre la criatura espiritual y la corporal. En primer lugar, lo referente a la criatura puramente espiritual y que en la Escritura Sagrada es llamada ángel. Segundo, lo referente a la criatura puramente corporal. Tercero, lo referente a la criatura compuesta a partir de lo corporal y de lo espiritual, que es el hombre, todo lo cual está resumido en el Catecismo de la suma Teología, que ha hace fácilmente comprensible.

 

pd20

EL MAL

Uno de los problemas más angustiosos que puede plantearse la pobre inteligencia humana en torno a la providencia y gobierno de Dios sobre todas sus criaturas, es la existencia del mal en el mundo, en su doble aspecto físico y moral.

Es un hecho indiscutible que en el mundo existe el mal moral: toda clase de crímenes y desórdenes.

Existe también el mal físico: toda clase de dolores y sufrimientos.

El mal moral recibe el nombre de mal de culpa (malum culpæ); y al mal físico se le denomina mal de pena o de castigo (malum pœnæ).

¿Cómo se explica la existencia de ambos males en el mundo, si todo está regido y gobernado por la Providencia de Dios? ¿Cómo puede compaginarse la bondad de Dios con los desórdenes y penalidades que afligen a la humanidad, salida de sus manos creadoras?

Santo Tomás trató expresamente varias veces el problema del mal, señalando su naturaleza y sus causas. En sus obras se encuentra la más alta filosofía del mal que la razón humana, iluminada por la fe, ha sabido presentar hasta hoy.

Naturaleza del mal

El mal es una privación, o sea, la ausencia de una cualidad o perfección en un ser que debería naturalmente poseerla.

Que el hombre no tenga alas para volar no es ningún mal; es una simple negación de una cualidad que la naturaleza humana no reclama en modo alguno; pero que un hombre sea ciego o no tenga ojos es un verdadero mal físico, puesto que el hombre debe naturalmente tener ojos para ver.

El mal es, pues, una negación privativa en el seno de una substancia que le sirve de soporte.

Relaciones entre el bien y el mal

No podría existir el mal sin la existencia de alguna substancia en el seno de la cual pueda establecerse la privación.

Ahora bien, esa substancia a la que puede afectar el mal es un ser y, por tanto, un bien.

Por consiguiente, el sujeto del mal, o sea, su verdadero y único soporte, es el bien.

Pero no el bien opuesto o contrario al mal (ya que dos contrarios —blanco y negro— no caben en un mismo sujeto), sino otro bien. El sujeto de la ceguera no es la visión —de la cual es ella privación—, sino el hombre o animal ciego.

El mal no puede destruir totalmente el bien.

La disminución de la aptitud para el bien no es cuantitativa o por vía de substracción (como si le fueran quitando al pecador cantidades de humildad a medida que comete pecados de orgullo), sino por vía de atenuación o remisión, como corresponde a las cualidades; o sea, que se trata de una disminución de la intensidad o energía para la práctica de la virtud contraria a ese pecado.

Pero nunca puede suprimirse del todo, porque siempre queda en el alma la capacidad radical para el bien: el pecador más envilecido conserva todavía en su alma la capacidad de convertirse en un santo bajo la acción de la gracia de Dios.

Por consiguiente, la relación que se establece entre el mal y el sujeto que le sirve de soporte jamás puede ser tal que llegue a consumir o destruir totalmente el bien; de lo contrario, el mal se consumiría y destruiría a sí mismo al faltarle el sujeto donde radicar.

El mal absoluto (o sea, sin un sujeto bueno donde resida) no existe ni puede existir: se destruiría por completo a sí mismo.

Causa del mal

Es necesario afirmar que todo mal ha de tener alguna causa.

Ahora bien: la causa del mal no puede ser más que el bien; porque el hecho de ser causa no puede convenirle más que al bien: nada puede ser causa más que en la medida en que existe; y todo lo que existe, en tanto que existe es ser y es forzosamente un bien.

Que el bien sea, en primer lugar, causa del mal a modo de causa material se deduce del hecho de que el bien es el sujeto del mal.

En cuanto a causa formal, el mal no la tiene, porque consiste precisamente en la privación de una forma.

Tampoco tiene causa final, porque el mal es privación del orden al fin debido.

En cuanto a la causa eficiente la tiene ciertamente el mal, pero no directa, sino indirectamente: el bien causa indirectamente el mal al causar un bien al que se adhiere un mal, sea por deficiencia de la causa principal, sea por defecto del instrumento que utiliza, sea por indisposición de la materia sobre la que actúa.

De todo esto se infiere que el mal sólo indirecta y accidentalmente tiene causa y que, de este modo, la causa del mal es el bien.

Finalidad del mal

El mal no puede ser jamás objeto directo de la intención de ningún agente, por muy malo y perverso que éste sea. Porque nadie quiere ni puede querer más que lo que le apetece, y todo lo apetecible tiene razón de bien (real o aparente), a lo cual se opone el mal.

El agente puede equivocarse apeteciendo una cosa que a él le parezca un bien, aunque en realidad sea un mal; pero jamás podrá apetecer el mal en cuanto mal: el objeto propio de la voluntad es el bien y, por lo mismo, le es absolutamente imposible querer alguna cosa bajo la razón de mal.

Sin embargo, el mal puede ser objeto indirecto de la intención.

Por ejemplo, cuando el capitán de un barco ordena arrojar las mercancías al mar para aligerar el peso de la nave y salvarla en medio de una tempestad, quiere y busca directamente un bien, que es salvar la nave y la vida de los marineros; y quiere también, pero indirectamente (o sea permitiéndolo, obligado por la necesidad) el mal de la pérdida de las mercancías.

1

División del mal

El mal puede afectar al orden físico o al orden moral.

En el orden físico puede acontecer de dos modos:

a) por falta de la debida integridad en el ser a quien afecta (v.gr. la falta de piernas o de brazos en un hombre)

b) por defecto de la operación que realiza ese ser:

b’- ya sea porque carece en absoluto de ella (v.gr. la parálisis total en un hombre que debería andar)

b’’- ya sea porque no tiene el orden y modo debidos (v.gr., la cojera en el cojo).

En el orden moral, o sea el relativo a las acciones voluntarias de las criaturas racionales y libres, el mal se divide en:

a) mal de culpa, que se produce cuando a la acción voluntaria le falta la debida ordenación al fin señalado por la naturaleza o por el mismo Dios (lo que ocurre en cualquier clase de pecado).

b) mal de pena, que es el castigo impuesto directamente por Dios al pecador, o a través de la naturaleza caída por el pecado de origen.

Por donde aparece claro que Dios es el autor del mal de pena (que es un verdadero bien, puesto que restituye el orden de la justicia conculcada), pero de ninguna manera es autor del mal moral, que constituye, precisamente, el desorden del pecado.

El pecado o mal de culpa

La única causa intrínseca o subjetiva del pecado es la voluntad defectible del pecador que lo comete.

El pecado consiste en una acción voluntaria desordenada. Esa acción, en cuanto voluntaria, procede simplemente de la voluntad; y, en cuanto desordenada, procede de la voluntad defectible, que al obrar no se ha sujetado a la regla del bien o de la moralidad.

La causa del pecado o mal moral no debe buscarse, pues, fuera del propio agente, o sea fuera de la propia voluntad insubordinada contra su regla, la recta razón.

Dios no es en modo alguno causa del mal moral, ni directa ni indirectamente.

Es cierto que Dios concurre físicamente a la acción pecaminosa del pecador, pero únicamente en cuanto acción, pues en este sentido la acción es buena y no podría producirse en modo alguno por la causa segunda sin la previa moción y concurso de Dios como Causa primera.

Pero de ningún modo procede de Dios el defecto de la acción (que es en lo que consiste formalmente el pecado), ya que esto proviene única y exclusivamente de la defectibilidad del libre albedrío humano, que puede inclinarse hacia un bien aparente tomándolo equivocadamente como un bien real.

Exactamente como ocurre con la cojera de un cojo, que no procede de la fuerza motriz de su organismo (que es una cosa buena y movida por Dios como causa primera), sino del defecto de su rodilla, sobre el que nada tiene que ver la fuerza impulsora del movimiento.

Objeción: Dios no tiene nada que ver con el defecto existente en el libre albedrio de la criatura y no le alcanza, por lo mismo, absolutamente en nada la responsabilidad del pecado, a pesar de concurrir físicamente a la acción que lo producirá; pero, dado que Dios conoce todas las cosas de antemano y previendo con toda certeza que, si mueve a la acción al pecador, estando su voluntad inclinada al mal en un momento determinado, se producirá de hecho el pecado, ¿por qué le mueve o empuja a la acción? ¿Por qué no se abstiene de intervenir como causa primera, impidiendo con ello la acción, es cierto, pero impidiendo también el pecado?

Respuesta: Dios nos ha creado completamente libres. Y únicamente respetando nuestra libertad, tanto cuando se inclina al bien real como cuando se inclina, con tremenda equivocación, al bien aparente, puede justificarse el mérito de las buenas obras y la responsabilidad subjetiva del pecado.

El mérito consiste en hacer voluntariamente el bien pudiendo hacer el mal; y el pecado consiste en hacer voluntariamente el mal pudiendo hacer el bien.

Dios no quiere el mal moral, el pecado, ni en sí mismo ni como un medio para un fin.

Pero lo permite, es decir, no lo impide, porque ha dado libertad al hombre y porque puede hacer que del pecado surjan efectos buenos (revelación de su justicia y misericordia, prueba moral de los buenos, castigo de los malos mediante sus propios pecados o de los otros).

2

Objeción: ¿Por qué Dios ha dado la libertad, pues sabía que habría de ser mal empleada?

Respuesta: Mediante la libertad, la criatura participa de la soberanía divina. Dios ha querido dar al hombre este don, sabiendo que el hombre abusaría de él para su propia desgracia y desventura.

El abuso de la libertad para pecar no pertenece necesariamente al uso de la libertad.

Los Bienaventurados en el Cielo no pueden pecar y viven, no obstante, en un estado de libertad incomparablemente más perfecta que la de la tierra.

Objeción: ¿Por qué ha creado Dios al hombre en un estado de imperfección y no en un estado de perfección?

Respuesta: El estado de perfección relativa, reservado a la Bienaventuranza eterna, debe ser adquirido mediante el mérito; y allí cabe el demérito.

El castigo del pecado o mal de pena

La razón de ser de la pena es una especie de vindicta justa y necesaria que toma el orden perturbado por el pecado contra el desorden, que es la esencia misma de la culpa.

De donde se sigue que toda culpa entraña necesaria y fatalmente la obligación de sufrir una pena.

Todo lo que está contenido bajo un determinado orden forma una especie de todo con relación al principio de ese orden. Por tanto, todo lo que se levanta contra un orden deberá ser reprimido por este mismo orden y por el principio de ese orden.

Siendo el pecado un acto desordenado, es manifiesto que cualquiera que peca obra contra un orden.

Es preciso, pues, que sea reprimido por ese orden contra el cual pecó.

Esta represión constituye precisamente la pena o castigo del mismo.

3

Como el pecado consiste en una operación desordenada procedente de un agente voluntario, el sujeto de la pena no será la operación mala en sí misma, sino el sujeto de esa operación voluntaria, o sea, el pecador.

Por eso dice Santo Tomás: La culpa es el mal de la acción; la pena es el mal del agente.

Aunque la operación no sea el sujeto de la pena, la represión o castigo deberá, sin embargo, alcanzarla.

Por eso la naturaleza de la pena consiste en la substracción de los bienes necesarios para la buena operación: bienes del alma, bienes del cuerpo, bienes exteriores.

La causa de la pena es el principio del orden violado, o sea, aquel que impone el fin y el orden de la operación al fin.

Ahora bien, la voluntad humana se encuentra contenida bajo tres órdenes:

a) El orden de la recta razón.

b) El orden de los que gobiernan exteriormente.

c) El orden universal del gobierno divino.

Cada uno de estos órdenes es perturbado por el pecado, porque todo aquel que peca obra contra la razón, contra la ley humana y contra la ley divina.

Se hace, pues, acreedor de una triple pena:

a) una, por parte de sí mismo, que es el remordimiento de su propia conciencia;

b) otra, por parte de los hombres, cuyo orden conculcó;

c) y otra, en fin, por parte de Dios, por haberse apartado de su ley suprema.

Pero, así como la culpa es, en definitiva, la insubordinación de la operación ante el principio supremo que impone el fin último a la misma, así también la causa de la pena es, en definitiva, Dios, primer principio y último fin del orden violado.

El pecado, pues, no es directamente la causa de la pena, pero lo es en el sentido de disposición.

Hay una cosa que el pecado causa directamente, y es el constituir al hombre en sujeto digno de la pena.

Siendo la causa subjetiva del pecado la voluntad defectible, la pena deberá afectar a esa misma voluntad.

Efectivamente, es de esencia de la pena que sea contraria a la voluntad; tiene por efecto contrariar la voluntad del pecador.

La culpa se distingue de la pena en que la primera es voluntaria y la segunda contra la voluntad del que la mereció.

Todos los males que caigan sobre el pecador en castigo de su culpa, aunque no recaigan directamente sobre su voluntad misma, no le afectan sino en función de su voluntad.

Esta oposición o contrariedad puede ser:

− o a la voluntad actual,

− o a la voluntad simplemente habitual,

− o a la inclinación natural de la voluntad.

Por eso puede ocurrir que el pecador no se dé cuenta en un momento dado, de que está siendo castigado por su pecado por no oponerse el castigo a la voluntad actual, sino sólo a la habitual o a la simple inclinación natural de la voluntad.

Nada queda impune en el orden moral perturbado por el pecado, aunque no se dé cuenta de ello el pecador.

La finalidad de la pena consiste en la reparación.

El acto del pecado constituye al hombre reo de pena en cuanto que constituye una transgresión del orden de la justicia divina; orden al que el hombre no puede volver sino por la reparación de la pena, que vuelve a su fiel la balanza de la divina justicia desequilibrada por el pecado.

4

El que se ha permitido voluntariamente un placer o una satisfacción desordenada, es muy justo que sufra, según el orden de la justicia divina, de grado o por fuerza, algún dolor o pena contraria a su voluntad.

La finalidad de la pena consiste, pues, esencialmente, en compensar por esta contrariedad involuntaria la voluntaria contrariedad con que el agente se hizo culpable ante el principio ordenador, revolviéndose contra él y contra el fin legítimamente impuesto por él.

Existen otros fines accesorios o secundarios de la pena, tales como el restablecimiento del orden de la justicia violada por el pecado; la curación de las potencias del alma, que la culpa precedente había desordenado; la reparación del escándalo causado a los demás por el pecado, etc.

Autenticidad de los Evangelios. San mateo. Argumento interno (Art. 3 de 9)

ARGUMENTO INTERNO DE AUTENTICIDAD

SACADO DE LA OBRA

Vistos los argumentos extrínsecos a favor de la autenticidad del Evangelio de San Mateo, el examen interno del contenido y estilo propios del primer Evangelio nos confirma la verdad de su autoría y nos ofrece los siguientes datos:

1. El autor es un judío de Palestina que conoce muy bien su geografía y las autoridades que la gobiernan:

a) Conoce muy bien, y apenas explica, dándolos por sabidos, los datos geográficos de regiones (Decápolis, el desierto de Judá, la tierra de Zabulón y Neftalí, etc.), de ciudades (Cesarea de Filipos, Betsaida, Corozaín, Nazaret, etc.) o de localizaciones toponímicas (Getsemaní, Calvario, etc.).
b) Cita con naturalidad los nombres de las diversas autoridades contemporáneas: Herodes Magno, Arquelao, Herodes Antipas, Caifás, Pilato, etcétera, a pesar de que para el año 70 se había trastocado todo aquel panorama político.

2. Emplea alusiones espontáneas a los usos de los judíos, que supone familiares a sus oyentes.

a. Le es muy familiar la religión judía con sus tradiciones acerca de la observancia minuciosa del sábado (12,1-13), de las prescripciones acerca del ayuno (9,14-17), de la obligación de evitar el trato con los publicanos (9,10-13), de las lociones necesarias para no caer en impureza legal y de las formas de oblaciones al templo (15,1-20), del origen del dinero que debía meterse en las cajas del templo (27,6), de las clases de juramento (23,16-22), etc.
b. Está muy al tanto del ambiente en que se desenvuelven los representantes de la ley y del sacerdocio, distinguiendo diligentemente a los fariseos y herodianos (22,15s), a los saduceos (22,23s) y hace notar los principales defectos de cada uno, v.gr., la ostentación vanidosa de las filacterias (23,5) o la hipocresía de los fariseos (23,13-33), etc.
c. Asimismo da por supuestas las costumbres referentes a las bodas (25,1-13), las leyes judiciales y diversas clases de juicios: tribunal, sanedrín, gehenna (5,21), etc.
d. Su estilo abunda en locuciones netamente hebreas, como el uso de «Reino de los cielos» en vez de Reino de Dios, nombre evitado escrupulosamente por los judíos. En Mt aparece 32 veces la primera frase, frente a sólo cuatro veces en que emplea la segunda, siendo así que en Mc y Lc no se halla nunca aquel modismo) contándose 15 y 32 veces la locución de «Reino de Dios». Asimismo son frecuentes ciertos giros específicamente hebreos, como la «consumación del siglo», las puertas del Hades o el Scheol para indicar el poder del infierno, o expresiones puramente nacionales como generación adúltera (12,39; 16,4), «prosélito» (23,15), «hijo de la gehena», «ciudad santa» por Jerusalén 27,53), etc.

3. El autores un judío de las primeras generaciones.

1. Desde luego, es anterior al año 70, en que acaeció la destrucción de Jerusalén, ya que al narrar las predicciones del Señor sobre la ruina de la ciudad santa y el fin del mundo los datos aparecen confusamente mezclados, defecto inconcebible en quien hubiera conocido la destrucción realizada por Tito (c.24).

2. Recuerda varias frases de Jesús que no hubieran tenido sentido ni oportunidad una vez dispersos los apóstoles y llevada a cabo la gran evangelización de los gentiles, v.gr., «No he venido a abrogar la ley (judía) o los profetas, sino a consumarla. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse una jota o una tilde de la ley» (5,1 7s). Aun cuando declara sin ambages que todos los gentiles están llamados al cristianismo y deben ser bautizados (28,18), no deja de consignar la preferencia de los judíos a través de aquellas palabras de Jesús a la cananea referentes a la misión personal del Señor: «No he venido sino para las ovejas extraviadas del pueblo de Israel» (15,24), o las dirigidas a los discípulos en su primera misión por Galilea: «No toméis el camino de los gentiles ni entréis en las ciudades de los samaritanos» (10,5). En su nomenclatura todavía aparecen los gentiles como pecadores (5,7; 6.7; 10,548,17, etc.), al paso que los judíos son los «hijos del Reino» (8,12), y Jesús es el que «ha de salvar a su pueblo» (1,21).

4. Su autor parece ser un publicano.

a) Es significativa la propiedad de pala bra cuando habla de los tributos, censos o monedas en comparación de los otros evangelistas, que usan voces más generales. En el pago del tributo es el único que emplea la voz didracma (17,24) y el nombre propio de estatera (17,27). Así como tiene especial cuidado en consignar la palabra técnica de «moneda del censo» (20,19).
b) No debe pasarse por alto que en la vocación del publicano para el apostolado es el único evangelista que se atreve a poner el nombre de Mateo, en vez de Leví, usado por los demás, deseosos de evitarle la infamia inherente a tal cargo en Palestina y dentro de la segunda cuaterna de los apóstoles en el primer evangelio, el último lugar es ocupado por Mateo, a diferencia del orden establecido por los otros evangelistas.

En conclusión, el análisis intrínseco del primer evangelio está indicando un autor plenamente judío, perteneciente a la primera generación de discípulos del Señor, familiar a los oficios tributarios.Sólo San Mateo responde a estas características.

Lengua, destinatarios y fecha del primer evangelio.

1. La lengua empleada por el primer evangelista en su escrito está claramente atestiguada por Eusebio, Orígenes, Panteno, Ireneo y Papías en los testimonios antes citados, todos los cuales afirman unánimes que fue la hebrea. Sin duda el sentido de esta palabra se refiere al dialecto arameo hablado en Palestina en los tiempos apostólicos. El hebreo, en su significación estricta, era lengua muerta desde hacía varios siglos y su empleo hubiera hechos inútiles para el pueblo los escritos evangélicos. La misma expresión de «lengua hebrea» emplean los Hechos al narrar el idioma usado por San Pablo para hablar a la plebe en Jerusalén (Act 21,40). Más tarde fue traducido al griego, según indicaremos al tratar de la cuestión sinóptica.
2. Tampoco puede suscitarse duda razonable sobre los destinatarios inmediatos del primer evangelio, que fueron los judíos convertidos al cristianismo. Esto lo pregonan claramente las voces de la tradición anteriormente escuchadas en los testimonios sobre su autenticidad, lo comprueba la lengua aramea en que fue escrito y lo refrendan varias de las características ya indicadas, como el uso de locuciones específicamente nacionales, v.gr., «el lugar santo» = templo (24,15), «pecadores» = paganos, etc., así como la falta de traducción en las palabras aramaicas empleadas: raká (5,22), beelzeboul (50,25), korbanás (27,6), etc. 34, y la omisión de explicaciones oportunas y aun necesarias al hacer referencias a usos o doctrinas judíos (cf. 9,20; I4 1 I 15,2; 215.24.27; 27,62, etc.). Más difícil es precisar las diversas traducciones griegas, que, según Papías, se intentaron (n.370), y en qué circunstancias se hizo la que al fin fue aceptada por la comunidad como norma canónica.
3. Respecto a la fecha, tenemos algunos jalones que nos la precisan dentro de ciertos límites. Las citas que de este evangelio encontramos en el siglo I nos obligan a poner su composición antes del año 95. El sermón escatológico del c.24, con sus datos confusamente entremezclados, señalan una fecha en que aún no había tenido lugar la destrucción de Jerusalén, es decir, en un tiempo anterior al año 70. A esto debemos añadir el dato precioso de que nuestro primer evangelio fue compuesto para instrucción de los judíos convertidos y como continuación de las catequesis de San Mateo cuando éste se hallaba a punto de abandonar Jerusalén, como dice Eusebio (n.365).

¿Qué fecha podemos señalar para la partida de Mateo en busca de nuevos campos paganos que evangelizar? No tenemos datos fijos, aun cuando en los primeros siglos se dio una tradición bastante persistente sobre un mandato de Jesús a los apóstoles de que permaneciesen en Jerusalén doce años. En el Kerigma de Pedro se lee: «Después de doce años (habla Jesús a los apóstoles), dispersaos por el mundo para que nadie pueda decir «no hemos oído (el evangelio) » . No debe tomarse, sin duda, muy a la letra el número de doce, que nos conduciría al año 42, pero sí es un indicio que viene a coincidir con otros datos ciertos, cuales son la ausencia de Mateo el año 49, fecha del concilio de Jerusalén. Nos consta por el doble testimonio de San Pablo en su carta a los Gálatas (2,9), que declara no haber encontrado en Jerusalén sino a Santiago, Pedro y Juan, y por la narración del concilio hecha por San Lucas, en que tampoco se advierte su asistencia. Podemos, pues, colocar la fecha de composición del primer evangelio entre los años 42 y 49 de nuestra era.

Enjuiciamiento de las razones opuestas a la fecha anterior.

San Ireneo afirma que San Mateo escribió su evangelio mientras Pedro y Pablo fundaban la Iglesia de Roma. Esto nos obligaría a colocar la composición del evangelio después del año 6o. Es cierto que el texto de San Ireneo ha dado origen a múltiples interpretaciones. Razonable es, entre otras, la de que San Pedro fue a Roma por primera vez hacia el año 44. Si bien San Pablo no estaba en esa fecha allí, pudo San Ireneo juntar en su testimonio a los dos apóstoles sin precisar más, como hace en otros textos.

El lenguaje del evangelio de San Mateo no da la impresión de ser una traducción, como se manifiesta en múltiples detalles estilísticos y lingüísticos. Creemos que la respuesta más adecuada a este no reparo es la de que cuando hablamos de un original arameo y una traducción griega, contamos con la posibilidad de una «adaptación», no de una mera traducción, con tal que se mantenga el principio de que esta reelaboración, en lo esencial, es conforme al original (cf. DB 405).

Si Papías fuese la fuente única de las noticias referentes al original arameo de San Mateo, resultaría este dato menos seguro. Con todo, no dejaría de tener su valor, pero puede añadirse que tampoco es cierto que todos los otros testimonios se reduzcan al Papías; el de Panteno, por lo menos, ofrece notas propias.

Vistos; pues los argumentos extrínsecos e internos de la obra en favor de la autenticidad del Evangelio según San Mateo, así como de la existencia de su orginal en arameo y de la fecha más que probable de su escritura: 42 a 49 de nuestra era, vamos a estudiar en lo sucesivo, si Dios quiere, la autenticidad del Evangelio según San Marcos.