24 TESIS TOMISTAS (2ª)
Potencia y acto 2/2
ONTOLOGÍA
TESIS II. — «Actus, utpote perfectio, non, Kmitatur nisi per potentiam, quae est capacitas perfectionis. Proináe in quo ordine actus est purus, in eodem non nisi illimitatus et unicus existit; ubi vero est finitus et multiplex, in veram incidit cum potentia compositionem.»
«El acto, por lo mismo que es perfección, no está limitado sino por la potencia, que es una capacidad de perfección. Por consiguiente, en el orden en que el acto es puro, no puede ser sino universal y único; por el lado en que es finito y múltiple, entra en verdadera composición con la potencia».
Las explicaciones de la primera Tesis evidencian la verdad de esta segunda. El acto, en cuanto tal, sólo significa perfección; el límite, por el contrario, equivale a imperfección, privación o falta de algo. Por aquella línea, o aspecto, en que un ser es acto, es sólo perfección. Si tal ser aparece limitado, no es por causa del acto, pues la perfección no engendra imperfección; es por razón de otra causa que lo limita; es por razón de algo que no es pura perfección, sino simple capacidad para adquirirla, o, lo que es igual, potencia. Cuando el ser es acto puro y en toda su plenitud, todo él es perfección, es ilimitado, infinito.
Ahora bien; el ser infinito necesariamente ha de ser único. Si hubiera dos infinitos realmente distintos, algo real tendría el uno para poderse distinguir del otro, y esta realidad diferencial evidentemente sería una perfección, que no se hallaría en el segundo. Quien carece de una sola perfección no puede llamarse la plenitud del ser; está limitado y sujeto a la potencia; no puede concebirse ya como acto puro y perfecto. La misma hipótesis del acto puro se convierte en aire, al dejar de ser ilimitado y único. Es, pues, en todo rigor, evidente el axioma: «In quo ordine actus est punís, in eodem non nisi illimitatus et unicus existit.» «En el orden en que el acto es puro, no puede menos de ser ilimitado y único.»
Así como el límite viene de la potencia, que es de suyo restricción e imperfección, la multiplicidad sólo puede venir del elemento potencial. Por el mero hecho de multiplicarse una perfección, se divide y limita; no es perfección absoluta y completa, por lo mismo que es recibida en un sujeto que la restringe, o acomoda, a su imperfecta capacidad. No puede haber multiplicación de actos, de perfecciones, o de formas, sino en la medida o proporción justa con los sujetos que la reciben. La humanidad sería única si no hubiera sujetos o individuos humanos que la multiplicaran. Tales sujetos son cabalmente la capacidad receptiva, que hemos llamado potencia.
Doquier hallamos un acto finito y múltiple, estamos en presencia de un acto recibido y de una capacidad que lo restringe y divide al comunicarse; hallamos la composición real de la potencia y del acto. Por eso la segunda parte del axioma aparece no menos evidente que la primera: «Ubi vero est finitus ac multiplex, in veram incidit cum potentia compositionem.» «Cuando el acto es finito y múltiple, es porque entra en verdadera composición con la potencia.»
Por todas partes nos penetra y rodea lo múltiple y finito; tales realidades tangibles nos sirven de escabel para remontarnos del efecto a la causa del movimiento al Motor Inmóvil, de lo finito a lo Infinito, de lo múltiple a lo Uno, que llamamos DIOS.
Todo esto se verá más claro al exponer en su lugar las cinco pruebas tomistas de la existencia de Dios.
Lo dicho basta para insinuar la fecundidad de estos principios universales, los más radicales de la metafísica, que nos suministran la más profunda distinción entre Dios y las criaturas, como ahora vamos a ver en la tercera Tesis.
24 Tesis Tomistas (1ª)
Potencia y acto 1/2
ONTOLOGÍA
TESIS I. — «Potentia et actus ita dividunt ens, ut quidquid est, vel sit aotus purus, vel ex potentia et actu tanquam primis et intrinsecis principüs necessario coalesca».
» La potencia y el acto dividen el ser de tal suerte que todo cuanto es, o bien es acto puro, o bien es acto necesariamente compuesto de potencia y acto, como principios primeros e intrínsecos».
Estas nociones o ideas, las más universales de la filosofía, se apoyan en la experiencia y en el sentido común.
De todas las cosas que vemos en el mundo, unas pueden ser y no son; otras han pasado, o pasan, del poder al ser. Lo que puede ser está en potencia; lo que ha pasado del poder al ser es, o está en acto. El recién nacido es filósofo en potencia; el buen profesor de metafísica es filósofo en acto; el mármol es estatua en potencia; el cincel del artista ha sacado del bloque potencial la figura actual, o en acto.
La potencia y el acto se definen y explican por sus mutuas relaciones. La potencia es como una capacidad, un bosquejo, un comienzo; el acto es el complemento. La potencia es todo aquello que reclama desarrollo y perfección; el acto es la perfección que se le da.
Según la definición de Aristóteles, «es potencia el principio de obrar o de recibir».
Tal principio designa, no una mera posibilidad o pura no repugnancia a existir, sino una capacidad real en un sujeto real. La pura posibilidad se llama potencia lógica u objetiva; la capacidad real es una potencia subjetiva. El fuego es un principio de obrar, causante del calor; el agua es un principio de recibir, o receptivo del calor del fuego. La potencia de obrar es activa; la potencia de recibir, pasiva. La una y la otra es real y principio del acto; la primera, principio de donde el acto emana; la segunda, principio en donde el acto se recibe. La segunda es imperfecta, pues el recibir presupone defecto de lo que ahora le viene; la primera es de suyo perfección, pues el obrar y dar el acto es señal inequívoca de tenerlo. De aquí el axioma de Santo Tomás: » Según que algo está en acto es perfecto, y según es perfecto es principio activo.» «Unum-quodque secundum quod est actu est perfectum, et secundum hoc est principium activum alicujus». La segunda es, por consiguiente, potencia; la primera ya es un acto causante de la operación o del efecto; por esto la segunda repugna a Dios, mas no la primera.
A esta última se refiere especialmente esta primera Tesis.
El que recibe está falto de una perfección; pasa de un estado a otro al recibirla; cambia, por lo mismo. De ahí se sigue que la potencia es el principio del cambio, de la mutación o movimiento, pues cambiar es moverse un ser de un estado a otro. Y puesto que nadie puede dar a sí mismo, ni a otro, lo que no tiene, debe el sujeto recibir esta mutación de otro principio, que, para hacerlo pasar a la nueva condición, debe estar por sí mismo en acto y ser distinto del ser o sujeto movido.
La idea de potencia fácilmente nos trae la de móvil, o vehículo, y la de acto sugiere la de motor.
Cabalmente la realidad del movimiento no nos permite creer que la potencia y el acto sean ilusorios antojos de la mente. La antigua Escuela de Elea niega la realidad de la potencia pasiva, y en nuestros días los partidarios de F. Herbart y los idealistas exagerados parecen confundirla con la pura posibilidad; pero los hechos son hechos. Ahí están los cielos y la tierra, las maravillas de la mecánica, para proclamar, con la realidad del movimiento, la realidad y verdad de la potencia y del acto.
No eran agua el oxígeno y el hidrógeno antes de unirse, ni tampoco el agua salió de la nada, sino de la potencia real de estos dos elementos combinables. El grano no es la planta, pero la planta real del verdadero grano brota; no es el embrión el niño, ni el niño el héroe que acaba de ganar la batalla. Para llegar al fin fue preciso un tránsito real de un estado a otro. Había primero en el embrión, luego en el niño, una capacidad o potencia real para evolucionar y llegar a la cumbre del heroísmo; pero hubo necesidad, para tal tránsito, de una actividad, energía o fuerza real, que es lo que llamamos acto.
Negar, pues, la realidad de la potencia y del acto, es negar la realidad de la vida, del progreso de la humanidad, negar la experiencia, el Universo y el sentido común.
Paulatinamente vamos comprendiendo el alcance del axioma formulado en la primera Tesis aprobada por la S. Congregación: «La potencia y el acto dividen el ser de tal modo que, cuanto es, o es acto puro, o es acto necesariamente compuesto de potencia y acto, como principios primeros e intrínsecos».
Acto puro quiere decir extraño o incompatible con toda mezcla. De dos modos puede estar mezclado, o ser de algún modo impuro el acto: primero, cuando se recibe en una potencia, como el alma en el cuerpo, la voluntad en el alma y la virtud en la voluntad; segundo, cuando es modificado y perfeccionado por un acto ulterior, como la naturaleza angélica, que, aunque no se recibe en un cuerpo, recibe el ser, las facultades y operaciones, y, por lo mismo y en el sentido en que recibe estas perfecciones, está en potencia; no es acto puro. Es, por lo mismo, acto puro el que no es recibido ni tiene limitación por abajo, o por parte del recipiente, ni cosa, o perfección alguna puede recibir tampoco de lo alto. Nada puede adquirir ni perder; no caben en él partes, divisiones ni cambios. Por lo mismo que es acto, es perfección absoluta y pura; excluye todo extraño elemento, es por sí mismo y en toda su plenitud, inmutable y perfecto.
Su augusto nombre es el que espontáneamente pronuncia toda alma naturalmente cristiana: Es el DIOS bendito por los siglos de los siglos.
Fuera de Dios, todo es mixto, mudable, capaz de ganar y perder; hay en todo un elemento potencial, indefinidamente perfectible por el acto. Son, por lo mismo, la potencia y el acto los primeros elementos necesarios y constitutivos de todo ser mudable; imposible concebir otros más universales ni más intrínsecos al sujeto. Con razón se les llama: primis atque intrinsecis principiis; los principios primeros e intrínsecos.
Tal es la primera y más radical división del ser: la potencia como género, el principio determinable; el acto como diferencia, el principio determinante.
Añade Santo Tomás que la potencia y el acto dividen, además, todo género de ser: omne ens et omne genus entis. Quiere esto decir que la composición de potencia y acto es común a todas las categorías, a la substancia como al accidente, de tal modo que el ser substancial está necesariamente compuesto de potencia substancial y de acto substancial, y el ser accidental es también un necesario compuesto de potencia accidental y de acto accidental. Siendo la potencia como el principio o bosquejo, y el acto como el término o complemento, mutuamente se deben adaptar y ajustar hasta unirse estrechamente en la formación de un solo todo. Imposible la adaptación perteneciendo ambos a un orden diferente: una potencia substancial, sólo por un acto digno de ella, o substancial, puede ser complementada. Por otro lado, una potencia meramente accidental tampoco puede ser sujeto receptivo de un acto substancial: habría contradicción in terminis.
Tal es el alcance del axioma, tomista: «Potentia et actus sunt in eodem genere.»
Tal principio se presta a innumerables aplicaciones. Así la materia prima, potencia substancial, llega al complemento de su ser mediante la forma, que es un acto substancial; nuestras facultades, potencias accidentales, se completan por los actos accidentales, llamados operaciones. Este principio nos suministra el argumento decisivo para demostrar la distinción real entre el alma y sus facultades; puesto que el acto (o sea la operación) es accidental, hay que concluir que la potencia de donde nace inmediatamente no puede ser substancial. Si la substancia creada no opera directa e inmediatamente por sí misma, obrará mediante los accidentes facultativos realmente distintos de ella. Ya examinaremos esta cuestión al llegar a la Tesis XVII; ahora nos basta con adelantar esta aplicación del gran principio.
Vamos a ver ahora en la segunda Tesis, cómo el acto por sí mismo es infinito, y que tanto la multiplicidad como el límite vienen de la potencia.
Veinticuatro Tesis Tomistas (Prólogo)
Razón de este libro:
En justo homenaje al Doctor Angélico y Universal, con motivo del VI Centenario de su elevación a los altares celebrado en 1923 en todo el orbe católico, nada más oportuno que divulgar más y más sus heroicas virtudes, singulares méritos e inmaculada doctrina.
Como verá el atento lector, todas las páginas de este librito se orientan, cual certera brújula, hacia esa radiante estrella de la santidad y sabiduría del glorioso Doctor.
En la primera sección reproducimos la hermosísima Encíclica Aeterni Patris del gran Pontífice León XIII, espléndido y sin igual panegírico del Ángel de las Escuelas, inmortal monumento de sabiduría, erigido de mano maestra por el supremo Jerarca de la Iglesia docente. Completan y adornan, corroboran y aplican los principios de esta gran Encíclica otros documentos pontificios de Pío X, Benedicto XV y, por último, de Su Santidad Pío XI que, con el fausto motivo de ese Centenario, proclama al Angélico con el sin igual título de Doctor Universal.
La segunda sección es una breve, pero lúcida y jugosa exposición de los más fundamentales principios del Aquinatense, reconocidos y recomendados oficialmente como auténticos por la Sagrada Congregación y por la Santidad de Benedicto XV, formulados en Veinticuatro Tesis comprensivas de los principales puntos o partes de la Filosofía (Ontología, Cosmología, Psicología y Teodicea).
Para empezar a conocer al gran Santo, y, sobre todo, para iniciarse en los secretos y fundamentales principios de su tan excelsa como segura y autorizada doctrina, no es fácil que pueda hallar a mano el amante de la verdad, especialmente el profesor y el estudiante católico, un libro manual más adecuado que el que hoy ponemos a su disposición.
Tan singular método, lucidez y serenidad resplandece en este comentario del P. Hugon a las Veinticuatro Tesis, tan sin aires de polémica y en sentido objetivo y extraño a toda pasión e interés de bandería está escrito, que ni el más vidrioso y quebradizo, sean cualesquiera sus opiniones y prevenciones de escuela, puede hallar aquí el más leve motivo de justa querella.
Sin estímulo de ambición ni de lucro, sin más móvil que el cumplimiento de una sagrada obligación, ahora tan grata, de secundar de algún modo la tan explícita voluntad de la Iglesia, la Provincia Bética Dominicana se complace en seleccionar estos documentos en forma de ramillete manual que ofrece a los estudiantes y estudiosos, profesores y discípulos, seminaristas, centros y asociaciones de estudiantes católicos, etcétera, en una palabra, a cuantos interesan estas doctrinas del Angélico, miradas y recomendadas por la Iglesia con tan simpática y singular predilección.
Este libro ofrecido al costo, puesto al alcance de todos, esperamos redunde en algún servicio de tan buena causa, en mejor ilustración de los estudiosos, en gloria del gran Doctor, en mayor bien de las inteligencias y de las almas ávidas de la Verdad.
Que los más autorizados o mayores en ilustración, dignidad y gobierno, que los más despiertos y sinceros amantes del incremento y pureza de la doctrina se dignen recibirlo con benevolencia, lo recomienden y propaguen entre sus subordinados y amigos y que todo finalmente ceda en mayor esplendor de la santa Iglesia y de su Doctor Universal, en triunfo de la verdad, en verdadera luz y perenne bien de las almas.
PRÓLOGO
Sabido es que, por su Motu Proprio del 29 de junio de 1914, el Sumo Pontífice Pío X ordenó que en todas las Escuelas de Filosofía fueran enseñados y sustentados religiosamente los Principios y Puntos principales de la doctrina de Santo Tomás de Aquino, PRINCIPIA ET PRONUNCIATA MAJORA, y que, además, en los Centros de estudios teológicos, la Suma de Santo Tomás había de ser precisamente el libro de texto.
Poco después, varios Maestros de diferentes Institutos propusieron a la Sagrada Congregación de Estudios cierto número de tesis, habitualmente enseñadas y defendidas por ellos, formuladas como expresiones de los más importantes principios del Santo Doctor, sobre todo en el orden metafísico.
Examinadas cuidadosamente por la Sagrada Congregación tales tesis, y sometidas luego al soberano juicio del Santo Padre, se respondió a los proponentes, por orden de Su Santidad, que tales proposiciones incluyen y reflejan claramente los principios y puntos principales de la doctrina del Santo Doctor.
No hay duda, pues, que las Veinticuatro Tesis, aprobadas en el sentido propuesto, expresan con exactitud los principia et pronunciata majora que el Motu Proprio ordena seguir religiosamente.
Muerto Pío X, se suscitaron dudas, que fueron elevadas a la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades. Después de dos reuniones plenarias en febrero de 1916, con asistencia del Cardenal Mercier, presente a la sazón en Roma en plena guerra, con motivo de los graves trastornos de su país, la Sagrada Congregación decidió, o confirmó, que la Suma teológica debe ser el libro de texto para la parte escolástica, y que las Veinticuatro Tesis deben proponerse como reglas de dirección completamente seguras, proponantur veluti tutae normae directivae. Benedicto XV, en audiencia dada al Secretario de la Sagrada Congregación, día 25 de febrero de 1916, confirma con su autoridad suprema la decisión de los Cardenales, que fue promulgada a la Iglesia Universal en la fiesta de Santo Tomás, 7 de marzo de 1916.
Finalmente, en el 1917 aparece oficialmente promulgado y aprobado por S. S. Benedicto XV el Código de derecho canónico, que no contiene consejos, sino leyes. Como ley se impone a los profesores la obligación de enseñar a los alumnos de filosofía racional y de teología acomodándose al método, la doctrina y los principios del Doctor angélico, que han de seguir religiosamente. » Philosophiae rationalis ac Theologiae studia et alumnorum in his disciplinis institutionen professores omnino pertractent ad angelici Doctoris rationem, doctrinam atque principia, eaque sánete teneant». Bien claros aparecen los tres puntos: el método, rationem; la doctrina en sí, doctrinam; los principios que han de guiar a maestros y discípulos, principia. El ea sánete teneant, «síganse religiosamente», no puede llamarse un buen consejo, sino verdadero mandato.
Entre las varias fuentes de este canon, señala el Código el decreto de la S. Congregación aprobando las Veinticuatro Tesis como pronunciata majora de Santo Tomás. Bien podemos, según esto, considerar las Veinticuatro Tesis como fórmulas auténticas, así de la doctrina, como de los principios que tanto el Código como Pío X mandan seguir religiosamente.
El mismo Benedicto XV, durante una audiencia particular que se dignó otorgarme, me animó a comentar estas tesis, haciéndolas resaltar y brillar en su verdad objetiva. Si bien no intentaba imponerlas al asentimiento interior, quería fueran propuestas como la doctrina preferida por la Iglesia; tal era la expresión que repetía con marcada complacencia.
También el actual Pontífice Pío XI, uno de los primeros Doctores de la Academia romana de Santo Tomás de Aquino, en su juventud, se ha dignado estimular muy expresivamente estos estudios.
Correspondiendo a estos deseos de los Sumos Pontífices, emprendí la tarea de comentar breve y substancialmente, una por una, las Veinticuatro Tesis, esquivando toda polémica, procurando exponer la doctrina con serena calma, claridad y precisión.
En realidad, el conjunto de estas proposiciones compendia toda la filosofía. Comenzando en las alturas de la Ontología, para descender a los problemas de la Filosofía natural, explicando luego en breve la doctrina psicológica, se levanta finalmente hasta Dios, primer Ser y primer Motor.
Nuestro estudio, como por grados, irá poniendo a la vista:
- La Ontología de Santo Tomás, Tesis I-VII.
- Cosmología de Santo Tomás, Tesis VIII – XII.
- Biología y Psicología de Santo Tomás, Tesis XII – XXI.
- Teodicea de Santo Tomás, Tesis XXII – XXIV.
Ceñidos a lo substancial, sin rebasar el cuadro de las tesis, en ocasiones, para evidenciar la armonía de las doctrinas tomistas, hacemos diversas aplicaciones al orden sobrenatural y añadimos algunos complementos teológicos relativos a la Teodicea, para que no carezca el tratado de Dios de la debida amplitud.
Este modesto trabajo, deseado por varios señores Obispos y miembros del Sagrado Colegio, esperamos resulte de utilidad, no sólo para los estudiantes eclesiásticos, sino también para cuantos desean iniciarse en esta filosofía, siempre viviente, Philosophia perennis, tan continuamente recomendada por la Iglesia (*).
Puede también servir de preparación e introducción a nuestros tratados teológicos sobre los Misterios, editados por la Librería P. Téqui, tan benévolamente recibidos por el público católico.
NUEVO CATECISMO: CAMINO SEGURO PARA LA UNIÓN MÍSTICA CON DIOS
Esta obra prepara para entrar en la noche del espíritu, sin la cual es imposible al alma la unión con Dios, y que es más oscura aún que la de los sentidos; porque en ella las potencias del alma están ocupadas enteramente por las virtudes teologales: la inteligencia no tiene ya más conocimiento que el de la Fe teologal, ni la memoria más recuerdo que los bienes celestiales descubiertos por la Esperanza, ni la voluntad más amor que el de Dios. Trata, en fin, de todas las percepciones naturales y sobrenaturales en el entendimiento y que pueden recibirse en los sentidos, sean o no de carácter sobrenatural: REVELACIONES, VISIONES, LOCUCIONES, SENTIMIENTOS, PALABRAS, OLORES, GUSTOS, y enseña la manera de comportarse el alma ante estos fenómenos para llegar más raudamente a la unión con Dios, o al menos, no retardar esa unión.
Tiene la ventaja de estar organizada en forma de catecismo: pregunta-respuesta-230 cuestiones-; por lo que facilita la comprensión y consultarlo por donde uno lo estime más conveniente. Además se añade una larga introducción donde se expone la doctrina de la Santa Madre Iglesia para determinar, pues sólo a ella le compete, si una revelación es falsa o verdadera, y en caso de aprobación, qué es exactamente lo que se aprueba. Se añaden casos históricos en los que San Juan de Cruz descubrió falsas místicas que habían logrado engañar, incluso al papa, y varios casos tomados de la Historia de los Heterodoxos Españoles de Menéndez Pelayo, en los que se narra con todo lujo de detalles algunos ejemplos de cenáculos de iluminados de los siglos XVI y XVII.
Es un catecismo, pues, fundamental para las almas que quieren ir directamente a la unión con Dios por un camino seguro y sin riesgo de sectarismos, errores o herejías, con textos del Doctor estático aprobados por la santa Iglesia católica, la cual proclama doctor de la Iglesia a San Juan de la Cruz por esta teología mística rigurosamente católica.
VIRGINITAS: POST PARTUM (1)
Hemos querido evidenciar la unanimidad de la Iglesia desde sus mismos orígenes sobre el dogma de la Virginidad Perpetua de la Virgen María. En una primera parte tratamos de la Virginitas in partu, a la que dedicamos tres artículos (Iº, IIº y IIIº) para refutar las herejías actuales de los teólogos sedicentes católicos y de los lobos con cayado y mitra. Son muchos: Cardenal Gerard Ludwig Müller,Padre John Meier, Karl Rahner, Leonardo Boff, P. Mitterer, P.Alfonso Llano, S.J, Giuseppe Barbaglio (1934-2007), biblista católico …,etc. En general estos áspides niegan, en primer lugar, la virginitas in corporis. Sin embargo, existen también otras obras muy divulgadas, ocultas bajo el manto de una falsa piedad y ‘revelación privada’, que sin negar la virginitas in corporis, escandalizan con la herejía según la cual ni Jesús ni la Virgen María poseían la virginitas sensus. La obra más famosa que contiene semejante blasfemia la hemos denunciado también: el Poema del Hombre Dios de la ‘mística’ Valtorta; por ser peligrosísima para la fe católica de los verdaderos devotos de la Virgen María.
Queremos rebatir, en esta segunda parte, todas las herejías contra la virginitas post partum de la Madre de Dios; es conveniente y urge; en efecto, porque ni los historiadores cercanos a la vida de la Sagrada Familia, como el contemporáneo judío de la secta farisea, Flavio Josefo (37-110), ni otros escritores un poco más tardíos, como el pretor y quindecinviro responsable del culto, Tácito (55-120), o el flamen Divi Augusti (sacerdote del culto al Emperador), Plinio el Joven (61-112),o el historiador romano Suetonio (70-126), jamás mencionaron que Jesús tuviera hermanos carnales. Ninguna de estos escritores era cristiano; en efecto, no hay ninguna fuente histórica externa que afirme la existencia de hermanos carnales de Jesús. Los Santos Padres, apologetas, mártires y confesores…, en fin, toda la Iglesia de forma unánime creyó desde el principio en la virginitas post partum de María. Ni los mayores heresiarcas, como Lutero, Calvino y Zwinglio se atrevieron a negar ese aspecto del Dogma de la Perpetua Virginidad de María.
No fue hasta muy tardíamente cuando los teólogos luteranos, calvinistas, anglicanos, etc., a través de una exégesis liberal y racionalista, movidos por su inquina contra la devoción mariana de los católicos, pusieron un especial énfasis en atacar los títulos dogmáticos con los que está adornada la Madre de Dios. La vaca sagrada del protestantismo y el bombón de los modernistas católicos, Karl Bart, reformado, con su teología dialéctica (1886-1968); el luterano Josep Bornkamm; Maurice Goguel, racionalista reformado…, son sólo unos ejemplos del protestantismo cuya exégesis naturalista contaminó a los católicos a través del ecumenismo, al precio de negar la verdad estos últimos; de tal manera que estos teólogos, sedicentes católicos, terminaron por aceptar la herejía de aquellos, negando la virginitas post partum de María, y la esparcieron por los seminarios. Hoy son una plaga.
Abordaremos, pues, este artículo refutando cada herejía y su error exegético, y lo plantearemos como respuestas a objeciones previas.
Objeciones al Dogma de la virginitas post partum:
Primera objeción de carácter lingüístico: “Las conveniencias doctrinales para defender la Virginidad Perpetua de María han hecho de los hermanos de Jesús, parientes en contra de los documentos” (Joseph Bornkamm; teólogo luterano).
Contra esta herejía y craso error exegético la Iglesia defiende el dogma con muchísimos argumentos, los cuales podemos resumir en tres tipos:
A. {Argumentos filológicos}
Estos herejes se amparan en un error filológico para proclamar su impío eructo. Sabemos que, al menos, tres de los Evangelios fueron escritos originariamente en hebreo o arameo y más tarde traducidos al griego. En ellos abundan los semitismos.
La palabra “hermanos” en arameo es “aja” y en hebreo “aj”; tanto una como otra se tradujeron al griego como “adelphos”. Ahora bien, en las Sagradas Escrituras la palabra “aj” puede tener varias significaciones, además de hermano de sangre, porque en esa lengua no hay un término para describir a los hijos de una misma madre y/o padre. Veamos algunos ejemplos, entre muchos:
I.-“aj” traducido por “adelphos” significando parientes familiares de tercer grado, cuarto grado..: primo, sobrino, tío, etc.
Ejemplo 1º: “Dijo, pues, Abram a Lot: «Ea, no haya disputas entre nosotros ni entre mis pastores y tus pastores, pues somos hermanos.” (Génesis 13,8)
Aquí vemos a Abraham llamando a Lot hermano, cuando realmente Abraham es su tío. He aquí la prueba de que era su tío: “Estos, son los descendientes de Téraj: Téraj engendró a Abram, a Najor y a Harán. Harán engendró a Lot.” (Génesis 11,27)
Ejemplo 2º: Labán dijo a Jacob :“dixit ei num quia frater meus es gratis servies mihi dic quid mercedis accipias” (Gén 29:15) – Labán dijo a Jacob: El que seas mi hermano no es razón para que me sirvas de balde; dime qué salario quieres-.
Labán llama a Jacob su hermano a pesar de ser su tío.
Ejemplo 3º: “El hermano y la madre de Rebeca dijeron: «Que se quede la chica con nosotros unos días, por ejemplo diez. Luego se irá.» as él les dijo: «No me demoréis. Puesto que Yahveh ha dado éxito a mi viaje, dejadme salir para que vaya donde mi señor.» ellos dijeron: «Llamemos a la joven y preguntémosle su opinión.» Llamaron, pues, a Rebeca, y le dijeron: «¿Qué? ¿te vas con este hombre?» «Me voy», contestó ella. Entonces despidieron a su hermana Rebeca con su nodriza, y al siervo de Abraham y a sus hombres. Y bendijeron a Rebeca, y le decían: «¡Oh hermana nuestra, que llegues a convertirte en millares de miríadas, y conquiste tu descendencia la puerta de sus enemigos!»” (Génesis 24,55-60).
La madre de Rebeca, junto al hijo de aquella llama a su propia hija, hermana.
II.- “aj” traducido por “adelphos” significando la pertenencia a la misma tribu, pueblo.
Ejemplo: “En aquellos días, cuando Moisés ya fue mayor, fue a visitar a sus hermanos, y comprobó sus penosos trabajos; vio también cómo un egipcio golpeaba a un hebreo, a uno de sus hermanos”. (Éxodo 2,11)
Las Sagradas Escrituras nos narran cómo Moisés vio que golpeaban a un hebreo, y por ser de su mismo pueblo el Éxodo dice que es uno de sus hermanos, cuando no existía ningún lazo de consanguinidad.
III.-“aj” traducido por “adelphos” significando un lazo espiritual.
Ejemplo : “¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.” Marcos 3,33-35
En el pasaje anterior a Cristo le hacen referencia de sus ‘hermanos’ (que le esperan a fuera), y Él hace el contraste con sus hermanos espirituales, nótese que no implica que aquéllos sean hermanos hijos de su misma madre, porque también podrían ser parientes, según el primer significado, o del mismo pueblo según el segundo.
IV.- .-“aj” traducido por “adelphos” significando hermanastro; no implicando hijo de la misma madre.
Ejemplo 1: “En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene” (Lucas 3,1).
Filipo era hijo de Herodes el Grande y Cleopatra de Jerusalén, mientras que Herodes era hijo de Herodes el grande y Maltace (su cuarta esposa). Esta genealogía es de Flavio Josefo.
Ejemplo 2: “No descubrirás la desnudez de tu hermana, hija de tu padre o hija de tu madre, nacida en casa o fuera de ella.” (Levítico 18,9.
Ejemplo 3: “Maldito quien se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre. – Y todo el pueblo dirá: Amén” (Deuteronomio 27,22).
Más pruebas de que la palabra “hermanos” por sí sola no implica hijos de una misma madre la tenemos en varios pasajes del antiguo testamento, como en estos dos últimos ejemplos.
Visto lo anterior, respondemos a esta primera objeción lingüística:
No existía en el hebreo antiguo una expresión para distinguir al hermano del primo o pariente. Todavía hoy, en pleno siglo XXI, sigue sin existir en el hebreo moderno una palabra para describir ese vínculo de hermanos con comunes padres. Para poder distinguir entre un “hermano” o “pariente” es necesario acudir a expresiones tales como “hijo de la misma madre (o padre); v.g.: “fulano y mengano son hijos de Zutana”, indicaría con claridad que ambos son hermanos por parte de madre (Zutana) aunque tampoco sabríamos si compartían el mismo padre y si, por lo tanto, sólo fuesen hermanastros.
Tampoco “el árabe moderno, como el hebreo, tiene un término para discernir entre hermanos y primos, al igual que ocurre en África en todas las culturas tradicionales” (1)
Esta diversidad de uso de la palabra hermano se debe, como hemos dicho, a que en arameo y hebreo (las lenguas maternas de Jesús y sus discípulos) no existía un equivalente para primo, primo segundo y otros grados de parentesco; por esa razón solía usarse la palabra “aja“, es decir, hermano; porque es evidente que es más fácil decir “hermano”, que “el hijo de la hermana de mi padre”, por ejemplo.
Sin embargo, en griego si existía un término para “primo” o “pariente”: “anepsios”; no obstante la palabra “adelphos” (hermano en griego) es la más frecuentemente utilizada con un significado más extenso que el de hermano carnal debido a la fuerte influencia del lenguaje arameo y del hebreo en la Escritura. En efecto, la traducción griega de la Biblia, llamada de los Setenta (LXX) o Septuaginta, del siglo II antes de Cristo, cuidadosamente elaborada para el servicio de la populosa e influyente diáspora judía helenizada, desarrolla un griego de fuerte componente hebraico. Y en ésta, sólo utiliza la palabra “anepsios”,dos veces: Números 36,11 y Tobías 7,2; como hemos visto en los ejemplos citados, entre muchísimos habidos, se transcriben los vínculos mediante la palabra “adelphos” (hermano en un sentido amplísimo). Los traductores de la versión griega de los LXX no dudaron en transcribir “aj” o “ajá” por “adelfos” aún en los casos en que el parentesco no provenía de la filiación de padres comunes, o de una misma madre o padre.
Demostremos lo dicho presentando algunos textos en griego, latín y español, más otro en hebreo como muestra de decenas de ellos habidos en la Biblia con la palabra “aja” para describir un lazo que no es sanguíneo.
ESPAÑOL: “Abrán dijo a Lot: No haya pleitos entre nosotros ni entre nuestros pastores, que somos hermanos. (Gén 13:8)
LATÍN:” dixit ergo Abram ad Loth ne quaeso sit iurgium inter me et te et inter pastores meos et pastores tuos fratres enim sumus (Gén 13:8).
ESPAÑOL: “Labán dijo a Jacob: El que seas mi hermano no es razón para que me sirvas de balde; dime qué salario quieres”. (Gén 29:15)
LATÍN: “dixit ei num quia frater meus es gratis servies mihi dic quid mercedis accipias” (Gén 29:15)
ESPAÑOL: “David reunió también a los hijos de Aarón y a los levitas: De los hijos de Queat: a Uriel, el jefe, y a sus hermanos, ciento veinte. (1 Crónicas 15,4-5)
LATÍN: “necnon et filios Aaron et Levitas de filiis Caath Urihel princeps fuit et fratres eius centum viginti”. (1Cr 15:4-5)
En fin, lo que es obvio para las culturas orientales que hablan árabe o las más antiguas de África, que aún hoy carecen de un término propio para describir el lazo de los hijos de los mismos padres, es dificultoso a estos soberbios porque no aman la verdad.
Confiteor Deo omnipoténti, Beátae Maríae sermper virginis..reza la Iglesia al pie del Altar al comenzar cada día el Santo Sacrificio de la Misa, haciendo evidente el adagio Lex orandi lex credendi y quien no comparta esa fe, como muchos conciliares segundovaticanistas coleguillas de los protestantes liberales, está fuera de la Iglesia; ha salido fuera del único Arca de salvación.
Dios mediante, continuaremos con la cuestión filológica en una segunda parte, para luego abordar otros argumentos teológicos y exegéticos.
Notas
(1) Victorio Messori. Cf. Tierra Santa, pag. 18; nº 12-2013
Virginitas: in partu (3)
Entre tantos numerosos villanos escogemos, como muestra vale un botón, a un jesuita; ejemplar digno de exhibición en un zoo y paradigma de los religiosos que, tras el Sínodo Universal Vaticano II, han perdido totalmente el norte: la inmensa mayoría. El energúmeno es nada menos que Director del Centro de Bioética Cenalbe, de la Pontificia Universidad Javierana; el Padre Alfonso Llano, que así se llama este vil hijo descarriado de San Ignacio, escribe en una columna sobre la tercera parte de la obra ‘Jesús de Nazaret’: La Infancia de Jesús, de Ratzinger, diciendo:
“Para que se entienda la posición del Papa en este volumen tercero, conviene tener en cuenta que en teología hay dos maneras complementarias de acceder a Jesús: una vía descendente, que es la que sigue el Papa, y siguieron los cuatro primeros concilios, que se apoya en san Juan I,14: “El Verbo se hizo hombre”, vía que hace énfasis en la divinidad de Jesús, como lo hace el Papa, y la otra vía que es ascendente, que fue la histórica, que comienza con el hombre Jesús y termina con su exaltación como Hijo de Dios, según la cual María tuvo una familia numerosa.Resumiendo: el lector de esta obra de Ratzinger se va a encontrar con la afirmación de la virginidad de María. Dado que el Papa sigue en esta obra la vía descendente, hace énfasis en su divinidad, que da pie a la virginidad teológica de María (Mt 1,26) y silencia su humanidad, cuyo origen no es virginal (Mt 13,53 y ss.). En otras palabras: María engendra al Hijo de Dios virginalmente, en sentido teológico, sin la intervención de José, tal como lo relata Mateo 1,26, por obra y gracia del Espíritu Santo. En cambio, como madre del hombre Jesús, igual a nosotros, lo engendra con un acto de amor con su legítimo esposo, José, del cual tuvo cuatro hijos varones y varias mujeres (Mt 13,53 y ss.)“.

Tres cuestiones es obligado señalar. La primera: Que el motín a proa, popa, babor y estribor en la Barca de Pedro se debe a que, quien lleva el timón o bien conduce al acantilado –consciente o ignorante, no zanjo- o bien es parte principal de la rebelión a bordo contra el único Dueño y Señor de la Barca, Cristo. Puesto que si los textos de Benedicto XVI sobre el dogma de la Virginidad en el parto de la Madre de Dios se pueden interpretar-dada su acostumbrada anfibología- según la explicación del simiesco P. Alfonso Llano, S.J., Ratzinger formó parte de la rebelión. Pero si los textos que escribió el actual papa emérito resultan imposibles de interpretar en el sentido que dice el jesuita, Ratzinger tenía la obligación de haber refutado y censurado a este ejemplar típico de la situación desastrosa de la que antaño fuera la honorable Compañía de Jesús. Y tal obligación le venía impuesta por tres razones; primera porque tenía el deber de confirmar a sus hermanos en la verdadera fe y censurar al hereje, y por no poderse separar con facilidad al escritor y teólogo Ratzinger de Benedicto XVI; segunda porque este suboficial no era el simple encargado de los grumetes que friegan el suelo de los dormitorios, sino un ‘pez gordo’ a cargo de la intendencia ‘intelectual’ en la infecta Pontificia ‘Javierana’, con muchas más probabilidades de causar mayor daño que otros; y tercero, porque, incluso, como doctor privado, tan cómodo en su prurito de profesor según parecía, no debería haber permitido que se vulgarizase y se pervirtiese su obra. Ergo, o formaba entente con los amotinados o conducía al acantilado consciente o inconscientemente; cada cual es bastante mayor para formar su opinión al respecto.
Segunda cuestión. La herejía del jesuita de la Pontificia Universidad Javierana respecto a la Virginidad en el parto de la Madre de Dios –de la Virginidad después del parto nos ocuparemos en el siguiente artículo, si Dios quiere- parece nueva porque está rodeada de un aparato pseudo teológico, es decir, desde la unilateral perspectiva metafórica soteriológica, propia del modernismo en este ámbito de la teología, que hace caso omiso de lo histórico o lo silencia cuando le conviene a sus prejuicios o, al contrario, ignora su divinidad si ello les favorece; es decir, niegan la confluencia en la verdad de la Virginitas in partu de María que existe tanto en la vía descendente como en la ascendente; las separan como si fueran irreconciliables cuando, en verdad, sólo son dos formas de nuestro limitado entendimiento de explicar un único hecho: La Virginidad perpetua de la Virgen María; la no confluencia como pretende el P. Alfonso Llano es simplemente un fraude; además de una flatulencia herética. Esta treta ya le hemos visto en otras partes del artículo. Pero con toda certeza su herejía es de las más viejas y groseras entre todas las usadas contra este dogma; casi de las primeras; su origen proviene de los argumentos usados por los pérfidos judíos, que atacaban por entonces a los cristianos, acusándolos de creer en los antiguos mitos paganos de los griegos, en especial sobre la ficción del nacimiento Perseo. Nada menos que el apologista San Justino (+ 165), apoyándose en las Sagradas Escrituras, salió a rebatir las blasfemias de los deicidas, mostrando con claridad la esencial diferencia entre el alumbramiento virginal de Cristo y las descripciones lujuriosas de los engendros paganos de sus corrompidos dioses, concebidos en medio de bacanales en los que se describen todos los vicios de los hombres y que envidiaban sus imaginados ídolos; falsos dioses incestuosos, parricidas, fornicadores de bestias salvajes, y cualquier otra perversión que la imaginación desbordada y alocada de los paganos producía. En suma, pide este mal hijo de San Ignacio que reconozcamos aquello que a principio del S. II ya solicitaban los hijos y nietos de los judíos que mataron a Cristo. Para el Padre Alfonso Llano la virginidad perpetua de María es “un punto que parecía ya superado” en la Iglesia Católica, sicut dixit.
El P. Alfonso Llano, lo sepa o no, se lo comunique Bergoglio, con el cual comparte Cía., o prefiera éste sumarse al motín o continuar llevando a la Barca contra el acantilado, está excomulgado de la Iglesia Católica, ipso facto. Dogma de fe: “Si alguno no confiesa según los santos padres que la santa y siempre virgen e inmaculada María es en sentido propio y según verdad madre de Dios, en cuanto que propia y verdaderamente al fin de los siglos concibió por obra del Espíritu Santo sin semen y dio a luz sin corrupción permaneciendo también después del parto su indisoluble virginidad, al mismo Dios Verbo, nacido del Padre antes de todos los siglos sea anatema” (Canon III del concilio Lateranense).
Tercera cuestión, como coralario. Para llegar al punto de negar la Virginitas ante partum, que es un dato explícitamente Revelado en las Sagradas Escrituras, el jesuita ha tenido que defeccionar absolutamente de la fe católica. Consta en los Evangelios los siguientes hechos: 1) Jesús es realmente “engendrado” (Mt 1,20; Lc 1,35); la forma pasiva oculta el sujeto para manifestar el carácter trascendente del origen paterno de Cristo; 2) no es José el que engendra a Jesús: esto se excluye con mucha insistencia (Mt 1,16.18-25, Lc 1,31. 34-35, 3,24); 3). María es el único origen humano de Jesús, en cuanto virgen que se convierte en madre (Mt 1,16-25; Lc 1,27.35). Y así lo creyó unánimemente toda la Tradición desde el principio, constituyéndose en dogma de fe de manera que, quien lo negare, como este ejemplar de la actual estirpe jesuítica, es anatema. Este vómito apestoso de tan influyente cargo de la ‘Javierna” no sería posible si antes no hubiera caído en otra herejía ¿en cuál? En negar la historicidad de los relatos de la infancia de Jesús en S. Mateo y S. Lucas tildándolos de narraciones tardías y espurias, luego incorporadas a los Evangelios. Niega, pues, el jesuita la inerrancia e infalibilidad de la Biblia que en el Concilio Vaticano I (D 1809) se definió solemnemente; consta dogmática y explícitamente la inspiración de la Sagrada Escritura, e implícitamente que la inerrancia y la infalibilidad se extienden a las materias de fe y de costumbres, y a las partes al menos de mayor importancia. A este seguidor de las teorías del sacerdote apóstata Loysi, más le hubiera valido seguir estudiando para enterarse de que hoy se ha debilitado y desprestigiado la absurda y herética teoría que declaraba tardíos los evangelios de la infancia, porque éstos, en efecto, presentan con seguridad un carácter arcaico, judío y paleocristiano innegable según los exegetas serios, incluidos los no católicos.
Pero todas estas herejías aparentemente novedosas son rancias, mohosas y además vetustas; nada tienen de originales. Hagamos, pues, un breve repaso de los ataques al dogma de la Virginitas in partu de la Madre de Dios para demostrarlo.
Durante el siglo II y III hay tres corrientes heréticas contra el dogma:
La de los judeo-cristianos ebionitas. Niegan la divinidad de Jesús. Lo poco que se sabe de ellos es por Orígenes:
“Hay algunos de ellos quienes aceptan a Jesús y debido a eso, ellos se consideran como cristianos (1). Sin embargo, ellos rigen sus vidas de acuerdo a las leyes judías, igual que las multitudes judías. Existen dos sectas de los ebionitas. Una de esas sectas reconoce junto con nosotros que Cristo nació de una virgen. La otra secta niega esto y afirma que Él fue engendrado como cualquier otro ser humano” (2)
La lógica consecuencia de su falsa creencia sería suprimir la narración de la infancia de Jesús en los Evangelios; actitud que hoy se traduce, como hemos visto, en negar la inerrancia de las sagradas Escrituras con la proclamación del sofisma de ser narraciones tardías los relatos sobre la infancia de Jesús. Pues hete aquí que la existencia de los herejes ebionitas desde finales del siglo I al siglo III atestigua, sin lugar a dudas, que los relatos evangélicos sobre la infancia de Jesús eran contemporáneos al resto del texto evangélico; de lo contrario los ebionitas no tendrían que haberse esforzado en tratar de expurgarlos de los Evangelios. He aquí, dicho sea de paso, como Dios saca bien- la prueba de antigüedad e inspiración de los relatos de la infancia de Jesús- del mal- la herejía de los ebionitas-.
La de los gnósticos y docetas; éstos se fueron al infierno por el otro extremo. Partiendo del falso supuesto de que la materia es mala, niegan la realidad de la humanidad de Jesús. Así, p.e., Valentín considera a María un camino pero no una madre; dirá: “pasó a través de María como el agua por un canal”, es decir, sin tomar nada de ella; considera el parto como virginal pero vacío de contenido. El gnóstico Marción niega más radicalmente que Jesús fuera engendrado por María y suprime, también, los dos primeros capítulos del Evangelio de Lucas.
Los paganos, de los cuales se hace portavoz el filósofo Celso, impugnan mordazmente la concepción virginal, porque consideran inconveniente que Dios se encarne en el seno de una mujer.
Contra gnósticos y docetas se alzan, entre otros, S. Ignacio-Antioquía-S (+ h. 110), el cual insiste en la realidad de la descendencia de Cristo de María (y no a través de María, como decían los gnósticos): “nacido verdaderamente de una virgen” dice, porque está convencido de que la virginidad de María forma parte importante del plan salvífico de Dios. Nótese la antigüedad de sus escritos, por el año de su muerte, para resaltar más cómo los capítulos 1 y 2 de San Lucas no pueden considerarse relatos tardíos, ya que los gnósticos, primera y peligrosísima secta organizada importante, suprimía tales capítulos. Ergo tales capítulos ya existían en los tiempos en que aún vivía algún Apóstol; con seguridad San Juan.
“San Policarpo, discípulo de San Juan evangelista, dice a Marción que lo abordaba un día, preguntándole: “¿Nos reconoces?”, a lo cual respondió respondió el santo: “Te reconozco como el primogénito de Satán”. (3). San Policarpo proclama la Virginidad de María, la cual debió escucharla predicar a su maestro San juan, a quien fue confiada la Madre de Cristo en el Calvario por el mismo Señor.
San Ireneo, educado en Esmirna; fue discípulo de la San Policarpo, obispo de aquella ciudad, quién a su vez fue discípulo del Apóstol San Juan. En el año 177 era presbítero en Lyon y poco después ocupó la sede episcopal de dicha ciudad. Contra ebionitas y gnósticos es aún más explícito sobre la Virginitas in partu, y aplica a María la profecía de Isaías: “Antes de que llegaran los dolores del parto dio a luz a un niño” y en otra aseveración: “El Hijo de Dios se convierte en hijo del hombre, que, en cuanto puro, puramente abrió el seno puro….” Su doctrina no puede venir nada más que de San Juan a través de su discípulo San Policarpo.
Orígenes: “La dignidad de María, que consiste en haberse conservado en virginidad hasta el fin, a fin de que el cuerpo destinado a servir a la Palabra… no conociese relación sexual alguna con hombre, desde el momento que había descendido sobre ella el Espíritu Santo”.
Pero contra ebionitas, gnósticos, docetas y paganos se levanta, sobre todo el sentido de los fieles, que luego los teólogos irán confirmando, y que nos ha quedado a través de relatos y la iconografía; “la figura de la comadrona que certifica la condición virginal de María se conserva aún en los mosaicos de Santa María la Mayor en Roma”. Los testimonios literarios del siglo II y III son abundantísimos; desde el Proto Evangelio de Santiago a las Odas de Salomón; en aquél se dice que supera la prueba de las aguas amargas, su parto es virginal, como lo comprueban la comadrona y Salomé (s. II); en la Odas se dice “que concibió y dio a luz al Hijo sin dolor… y no pidió una comadrona para dar a luz”.
A partir del siglo IV la unanimidad sobre la Virginitas in partu en el sentido de acontecimiento milagroso es absoluta. No obstante vuelven a surgir cuatro herejías encabezadas por Helvidio, Joviniano y un judío, y cierta secta de capadocia; el primero negaba la virginidad después del parto y por ende, en el parto que, de por sí, requiere una fe en algo más maravilloso; el segundo, si bien reconocía la concepción virginal y después del parto, negaba que María hubiera permanecido Virgen durante el parto. El judío, cabeza de secta seguramente heredera de los ebionitas, no reconocía ninguna virginidad; la secta de los capadocios consideraba que la virginidad (de María) era necesaria para el cumplimiento del servicio previsto por el plan de salvación y que cuanto sucedió después no era esencial para el concepto de misterio.
Contra Joviniano y sus seguidores, Barciano y Sarmacio, ex monjes que habían renegado de su voto de virginidad, – reténgase este dato, que se repetirá casi inevitablemente en todos los que niegan la Virginidad de María- y contra Helvidio, Bonoso y el judío se alzaron los campeones de la fe San Jerónimo, San Agustín y San Ambrosio. San Agustín dirá: “concibió virgen, dio a luz virgen y permaneció virgen” y afirmará su virginidad fisiológica: “Si en el momento del parto de Cristo la integridad corporal de María se hubiese visto lesionada, él no habría nacido de la Virgen, y falsamente (¡cosa inconcebible!) confesaría la Iglesia que él ha nacido de la virgen María”. San Idelfonso de Toledo escribirá una obra refutando a Joviniano, Helvidio y un judío, como siempre hacen (4), titulada “De virginitate perpetua sanctae Mariae”, en el que señala: “Virgen antes de la venida del Hijo, virgen después de la generación del Hijo, virgen en el nacimiento del Hijo, virgen después de nacido el Hijo” .
Igualmente iban confirmando el significado del dogma de la perpetua virginidad de María, innumerables concilios provinciales y universales, que salían a proclamar la verdad católica y a condenar la herejías.
Contra una opinión, difundida en Alemania, según la cual el nacimiento de Cristo habría procedido no del seno, sino de los oídos como una luz, el monje Ratramno (+ h. 875) toma posición en favor del parto virginal, pero es mal entendido por otros hermanos que piensan que aquél afirma el parto por vía natural. En realidad Ratramno creía en la virginitas in partu y sólo trataba de privar de fundamento a la explicación mítico-pagana de un nacimiento de Cristo de la cabeza, de los óidos o del costado de María. Contra este grupo de hermanos se alza Pascasio Radberto (+ h. 865) quien escribe la obra “De partu Virginis”, donde combate la idea de que el nacimiento de Cristo sea igual al de los otros hombres: “la bienaventurada Virgen llena de gracia no sintió dolor ni experimentó la corrupción del seno”, puesto que su parto no fue común, sino inefable.
Finalmente, sólo queda un disidente aunque no herético, Durando. No niega la virginidad durante el parto, sino su explicación por vía de la Omnipotencia divina, exponiendo el misterio por la dote de sutileza que poseen los cuerpos resucitados. La teoría de Durando será combatida por Medina, Vázquez y Suárez, y nunca más salió a la luz.
El ámbito protestante en el siglo XVI. Es bien sabido que Lutero, Zwinglio y Calvino fueron enérgicos defensores de la perpetua virginidad de María. Pero no así otros reformadores de primera hora, como Bucer, Pedro Mártir, Beza…, para los cuales el parto de María fue común y su seno abierto por Jesús (y, para Beza, en seguida reconstituido). Otros, como el anabaptista Lucas Stenberger, afirman que María tuvo hijos de José. Todavía en la confesión de fe de los calvinistas del siglo XVII sigue venciendo la doctrina de Calvino sobre la de los otros protestantes, afirmando que “Jesús nació de La Virgen María y que permaneció Virgen antes y después del parto” (5).
No fue hasta la época de la Ilustración en que los herederos de los heresiarcas protestantes, imbuidos del naturalismo racionalista, generan una exégesis protestante liberal que penetró en las más de treinta mil sectas surgidas de la Reforma bajo el argumento de la libre interpretación de la Biblia, proclamada por Lutero y los demás cabecillas cismáticos. Así, por escoger una muestra que ejemplifique la postura casi común de los herejes herederos de la mal llamada Reforma, tenemos al luterano Joseph BornKamm que expone su doctrina herética de esta forma: “Solamente conveniencias doctrinales católicas (u ortodoxas), no los documentos de los que disponemos, han hecho de estos hermanos hermanastros o primos, para defender la virginidad perpetua de María” (6). Tal herejía y error exegético ha ido contagiando a la mayoría de los ‘profesores’ católicos con responsabilidades en la formación de seminaristas que un día llegarían a la plenitud del sacerdocio (obispos) y a estudiantes de la diversas especialidades de la ciencia teológica que hoy ocupan cargos eclesiales de relevancia. Estos esbirros de la exégesis del protestantismo liberal, con cuyos representantes comparten encuentros ecuménicos, son incondicionales del racionalismo y el naturalismo y así “amalgamando en sus personas al racionalista y al católico, lo hacen con habilidad tan refinada, que fácilmente sorprenden a los incautos”(7)
En resumen: las herejías modernas de popa, representadas en este artículo por el impío John P. Meier, tienen sus fuentes en Helvidio. Las herejías actuales de proa, entre cuyos exponentes más conocidos hemos seleccionado a Gerard Ludwig Müller y a Karl Rahner se pueden rastrear en Joviniano. Las herejías contemporáneas señaladas a babor a través del apóstata Leonado Boff tienen su antecedente en una mezcla de los gnósticos y judíos. Los errores señalados en estribor, cuyo más conocido teólogo es Mitterer se nutren, de una parte, de las herejías del gnóstico Valentín. Las arengas en las bodegas, descritas por espécimen blasfemo Padre Alfonso Llano, beben de las fuentes del judío y de sus ancestros los ebionitas y de los paganos. Casi todas las posiciones, excepto las dos más groseras: la de babor y la de las bodegas repiten, de forma más sofisticada, los mismos argumentos de los capadocios; y todas ellas, sin excepción de ninguna clase, aplican el error exegético del liberalismo protestante, es decir la creencia de que nada hay válido sino no es racional-racionalismo- y la creencia de que hay que rechazar, en principio, todo aquello que tenga pretensiones de sobrenatural-naturalismo. ¡nihil novum sub sole!
Cabría preguntarse sobre la razón de que esta impía herejía surja hoy con tanta fuerza en tantas mentes del catolicismo conciliar; impensable entre los católicos de hace cien años.
Aceptar el misterio no ha sido nunca fácil; ni éste ni ningún otro. Las controversias de los primeros siglos acerca de la cristología documentan la dificultad de la lógica natural para aceptar y concretar el significado exacto de los datos de la Revelación bíblica. Pero mientras que en tiempo de S. Ignacio-Antioquía-S (+ h. 110) los fieles no toleraban la idea de que María hubiese dejado de ser virgen, a la luz de la Tradición y viviendo aún algunos de los que conocieron a Cristo, “los contemporáneos —observa L. Scheffczyk— podríamos, según la sensibilidad del tiempo, soportarlo con relativa facilidad” e incluso incentivarlo para la justificación de nuestros delitos sexuales.
La actual revolución erótico-cultural se muestra muy recelosa, si no contraria, a la virginidad de María; para justificar sus pasiones prefiere pensar, en contra de la Revelación, que ese misterio es increíble y argumentan que ni está históricamente probada, ni es teológicamente necesaria, ni es vitalmente significativa la virginidad ni la pureza, sino más bien un contravalor en el mundo moderno. Sospechan, algunos de forma difusa o intuitiva, que la virginidad de María encubre una cultura maniquea- ya vimos como los maniqueos, por otras razones, tampoco creían en la virginidad de María, como los actuales herejes- de rechazo a la libertad sexual y corporal, hoy ensalzada hasta como principio humano supremo y religioso- cuyos efectos perniciosos se evidencian en los profilácticos que los jóvenes (que se dicen) ‘católicos’ dejan esparcidos en las jornadas mundiales de la juventud, inventadas por Juan Pablo II, fautor de la peligrosa ‘teología del cuerpo’. Argumentan que la sexualidad es, sino el único, el más importante factor de sociabilidad e incluso ¡mediación de salvación!; consecuencia extraída por los sedicentes teólogos de las catequesis sobre la sexualidad, peligrosamente dictadas por Karol Józef Wojtyla, con frecuencia semanal y durante años; compárese la denominada ‘teología del cuerpo’ de Wojtyła con la claridad y rigurosa ortodoxia católica de los discursos de Pío XII a los recién casados y se entenderá dónde radica el problema; es decir, la razón de la fe en la Virginidad perpetua de María antaño y la causa de la herejía tras el Concilio Vaticano II. Porque, en efecto, imaginan argumentos para seguir pecando y pariendo novedades teológicas para justificar sus transgresiones, desobedeciendo a Dios en sus mandamientos, sin querer dejar de llamarse católicos. Para esta contemporánea abominación, la Virginidad perpetua de la Virgen María les estorba y mucho; la ven como el estandarte del ejecito que combate su impureza. Al sintetizar los resultados de la investigación bíblica y de la tradición eclesial, estos neo helvidianos y jovinianianos ponderan la revolución sexual de nuestro tiempo para no mostrarles a los sedientos de agua viva la verdad proclamada de forma infalible por la Iglesia, respondiendo de forma ortodoxa para salir victoriosos sobre el pecado, y enseñándoles la historicidad y el verdadero significado del magnífico dogma de la Virginidad de María. Desde esta óptica, los ‘profesores’ de nuestro tiempo prefieren negar el dogma o tratar de la virginidad de María en su fundamento soteriológico-metafórico abusando de lo anfibológico. Parece que hoy la virginidad de María no interesa ni siquiera a los cristianos, mientras no comprendan que es un signo y un mensaje también para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. En resumen, la razón de negar el dogma de la virginidad de la Madre de Dios está en las Sagradas Escrituras: “Porque todo el que obra mal, aborrece la luz, y no viene a la luz para que tus obras no sean reprendidas” (Jn 3:20).
- Concluimos con un resumen y selección de conceptos de un estupendo tratado de mariología (8), que nos clarificará la importancia de confesar este dogma:
Centrada cristológicamente la virginidad perpetua de María se encuadra en la trama de la vida actual como elemento de elevación de las costumbres y de la moral humana, muchísimo más fecundo y eficaz que tantas figuras aparentemente liberadoras pero, en realidad, fútiles o ilusorias.
La certeza dogmática de que goza y el significado cristológico-eclesial que se le reconoce, hacen de la virginidad perpetua de María un punto nodal de la cristología y de la eclesiología; un “misterio que hay que proclamar muy alto”, según la expresión de San Ignacio de Antioquía.
De la larga historia de la reflexión eclesial sobre la virginidad de María surgen algunas consecuencias, a las que es preciso prestar atención: 1) se trata de un “misterio” que no coincide con la lógica humana y con las exigencias de las diversas culturas; los ataques que ha sufrido a lo largo de los siglos muestran la dificultad de la mente humana para aceptarlo; 2) se trata de un dato transmitido por la Escritura, acogido por las iglesias en todas partes y desarrollado en coherencia con el misterio de Cristo y la lógica interna de la vida de María; negarlo sería hacer retroceder la cristología y la mariología a estadios regresivos ignorando el influjo del Espíritu Santo en la Iglesia para el conocimiento profundo de la verdad; no aceptarlo como verdad Revelada excluye de la única Iglesia de Cristo, la Católica, fuera de la cual no hay salvación 3) como las otras épocas, también nuestro tiempo está llamado a profundizar la comprensión del misterio a fin de hacerlo más significativo para los hombres y mujeres de nuestra generación.
Terminamos esta sección con una hermosa confesión de fe sobre la Virginitas in partu:
“Al cumplirse el tiempo, siente que sale éste que a ella había venido y, alegre, con el plácido desarrollo de su nacimiento, ve al que nace de otra manera de la que antes supo que venía. Ve a Dios vestido con la verdad de su carne, y se da cuenta de que su integridad virginal no ha perdido en brillo ni en recato, sino que más bien ha crecido” (9).
Notas.
(1) Sabemos hoy que sólo lo aceptaban como profeta. Algunos los identifican con los nazarenos de la secta de los fariseos. Philip Schaff, “History of the Christian Church” p. 431, Hendrickson 2006 [3ª impresión]
(2) David Bercott, “A Dictionary of Early Christian Beliefs” p.225, Hendrickson 1998
(3) Revista Roma N° 104 – Junio de 1978.
(4) Historia de los Heterodoxos Españoles. Marcelino Menéndez Pelayo.
(5) Revista Tierra Santa nº 12(825) noviembre-diciembre 2013; pag. 17
(6) Ibídem.
(7) Carta Encíclica Pascendi de San pío X.
(8) S. DE FIORES DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 2016-2034
(9) San Idelfonso de Toledo. “De virginitate perpetua sanctae Mariae”
Virginitas: in partu (2)
En la primera parte de este artículo hemos querido denunciar las herejías contra la virginitas in partu de la Madre de Dios provenientes de dos lugares teológicos en la Barca y que hemos denominado popa y proa. Desde ésta destacábamos las tesis anfibológicas, uno de cuyos exponentes fue Karl Rahner, y otras más explícitamente heréticas, cuyo paladín más conocido es Gerard Ludwig Müller, actual Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe; el cual niega la integridad corporal de María. En Aquélla señalábamos a uno de los autores más influyente en los estudios bíblicos del orbe católico hoy en día, el sacerdote John P. Meier, quien sostiene la inutilidad de este dogma por considerar que la virginidad no fue perpetua por la posterior fecundidad de la Virgen María. Seguramente como reacción a tales exabruptos surgieron obras que, a su vez, sin negar la Virginitas in partu, cayeron en el tremendo error de negar en la Inmaculada una Virginitas in sensu, es decir, la inmunidad de todo movimiento desordenado del apetito sensual. El error de esta reacción consiste en describir en una supuesta revelación privada que la Virgen María tenía el fomes peccati, cuando en realidad la verdad católica es que ni Cristo ni la Virgen lo tenían; Jesucristo por ser Hijo de Dios y Santa María Virgen por el privilegio de su Inmaculada Concepción llamada a ser Madre de Dios; la obra más divulgada que contiene tal barbaridad es el Poema del Hombre Dios de Valtorta, en las ediciones traducidas a la lengua española de 1976 y 1989, al menos.
No acaban aquí las maquinaciones humanas disfrazas de piedad contra este espléndido dogma. Veamos ahora que arguyen los herejes a Babor. En este lugar de la Nave hay otros teólogos de cierto renombre, como Boff, Leonardo. (1), para quien la virginidad en el parto es una verdad dogmática secundaria, es decir, menor o carente de importancia, y su determinación biológica —la integridad corporal y la ausencia de dolor— no pertenecería a la fe, sino a su representación histórica; es decir, a una forma temporal no verdadera y ya superada de expresar un espíritu de fervor. Por tanto, dice Boff, esta creencia ha adoptado diversas soluciones a lo largo del tiempo: desde una postura «tradicional» de aceptación de un parto singular y maravilloso, hasta reconocer, según los avances de la Biología y de la Filosofía personalista, que el parto ordinario no afecta lo más mínimo a la virginidad.
Este apóstata al servicio del Nuevo Orden Mundial y que actualmente vive con su barragana en concubinato público y cuantos se regocijan en sus blasfemias, formula dos grandes herejías. La primera la comete en esa distinción que va directamente contra la Fe teologal, según la cual cabría distinguir dogmas de primera y de segunda; distinción que, dicho sea de paso, les es necesaria mantener a todos aquellos que defienden y practican el tan condenado ecumenismo conciliar para lograr su fin: la ‘unidad’ con las falsas iglesias cristianas. Puesto que todas aquellas sectas nacidas de la reforma protestante no creen en la virginitas in partu de María, estos sedicentes católicos nos vienen a contar que, en realidad, los dogmas marianos y especialmente éste, no son tan importantes; sobre todo si negándolo, silenciándolo o rebajándolo, se consigue un fruto que piensan ellos que es mucho mayor: la unidad: Mas la unidad que traiciona la fe no es la de Cristo sino la que desea Satanás: La unión con las falsas religiones.
Porque estas dos herejías son tan comunes hoy entre los católicos – creo que en la mayoría- debido a la mala costumbre de practicar el ecumenismo anatematizado por la Santa Iglesia, o a contemplarlo indolentes, merece la pena detenerse un poco a refutarlas con energía.
A la primera. Hay que decir, siguiendo al seguro Aquinate que el asentimiento de fe divina tiene su última resolución, como motivo formal, en la sola autoridad de Dios que revela, sobrenaturalmente percibida y a la vez, razón formal de creer y verdad creída. El hecho de la revelación y autoridad de Dios es a la vez, motivo de creer en la autoridad de Dios que revela y en las verdades por él reveladas. La revelación, pues, en sentido estricto, es la manifestación que Dios hace de sí mismo y de los misterios sobrenaturales a las criaturas mediante la participación infusa de la luz divina Denominamos Mediata a aquella revelación pública, que el Señor ha hecho al mundo ydepositado en su Iglesia. De lo que se deduce con facilidad que quien niega una parte de la revelación pública destruye toda la fe, porque niega el motivo formal que es la autoridad de Dios, el cual ni engaña ni puede engañarse. Decir, por ejemplo, yo creo en esto revelado, pero en aquello otro revelado no creo, es equivalente a decir creo que Dios dice la verdad en esto pero miente en aquello; ergo destruido el objeto formal ya no hay fe teologal, sino sólo convicción humana.
Ahora bien, el objeto material de la fe divina-católica es todo aquello que ha sido revelado por Dios y espropuesto por la Iglesia Católica, mediante su magisterio ordinario o solemne, para ser creído por todos; tal es el caso de la virginitas in partu de Santa María siempre Virgen. En efecto, la verdad primera que es objeto material de la fe, Dios mismo, es una, pura y simple; imposible de dividir puesto que en Dios no hay corrupción. Sin embargo, debido al modo limitado de nuestro conocer humano, aquella verdad primera, purísima y simplísima no es conocida por nosotros más que por disgregaciones de proposiciones. El conjunto total forma, pues, los muchos enunciados o artículos de fe; tal como la virginitas in partu de la Madre de Dios. Los principios con aquellas verdades primarias que tienen más dificultad de creerse en cuanto misterios están en el Símbolo. El conjunto de estas verdades constituyen el objeto inmediato o adecuado de la fe, en las cuales y mediante las cuales asentimos a la Verdad divina.
Las verdades reveladas en tanto y cuanto está sometidas todas al motivo formal- la autoridad de Dios que revela – son todas del mismo grado; no hay ninguna de la cual se pueda prescindir para quien tiene obligación de conocerla y confesarla; caso de este heresiarca que hemos tomado como muestra. Es así y lo repetimos una y mil veces, porque quien niega una verdad de fe divina rechaza la Revelación misma y destruye la fe, pues quien elige creer a Dios en todo, excepto en tan sólo una cosa, está diciendo que su propia opinión es la verdadera en ese asunto frente a la verdad de Dios, por lo que niega el testimonio y la veracidad del mismo Dios, el motivo formal de la fe.
En realidad, para Leonardo Boff, -y con él la inmensa mayoría de los neo movimientos conciliares, sacerdotes y obispos- la fe ya no es católica, sino que para estos sectarios la fe consistiría en una experiencia, traducida en fórmulas conceptuales, las cuales constituirían la revelación. Por lo que dichas fórmulas o dogmas no tienen un valor objetivo, puesto que la experiencia puede variar y por lo tanto, también evolucionarían los conceptos y fórmulas en el tiempo. Exactamente esto es el concepto de ‘fe’ ya condenado que se denomina modernismo: El compendio de todas las herejías; el mal que esclaviza el alma de los ‘católicos’ de nuestro tiempo.
A la segunda. Es dogma de fe proclamado por la Iglesia la integridad virginal de la Madre de Dios como hemos demostrado en la primera parte de este artículo con suficiente evidencia; la cual no puede excluir de ninguna manera la biológica, que es el significado más evidente y primero. Ni el más bruto de los hombres, salvo que sea un malvado o un tonto, diría de una mujer que es virgen si aquella puerta íntima de la biología femenina ha sido traspasada, aunque ni con su espíritu ni sus sentidos, participara o consintiera. La demostración más obvia es la ‘prueba de sangre’ que desde tiempos inmemoriales se practicaba en antiquísimas culturas y que aún pervive hoy en día en bastantes pueblos. Según esa ancestral costumbre, si no había sangre en el lienzo de la noche nupcial no había virginidad. Lo que indica con toda claridad, que para todos los hombres de todas las épocas el primer significado de la virginidad está relacionado estrictamente con lo biológico, por pertenecer al ámbito externo y comprobable y sobre lo cual cabe demostración en cualquier mujer. Lo que el modernismo usa aquí es la táctica diabólica de transmutar el verdadero significado de las palabras. Para este sumatorio herético, la virginidad es una especie de metáfora o una idealización cultural de cambiantes significados. Esto es impío y grave y formalmente herético; y porque la sostiene Boff y muchísimos otros, y no enmiendan, se debe decir alto y claro que todos estos no tienen la fe católica, aunque lleven solideo y mitra.
Pero el motín se originó en aparente pacífico estribor con la tesis del sacerdote austriaco Mitterer (2), publicada en 1952, que de una manera, quizás, más subrepticia que lo visto hasta ahora, y a causa de abandonar la doctrina de Santo Tomás sobre la virginidad dio pábulo con sus falsas tesis a los argumentos heréticos y revisionistas de toda una tripulación soliviantada y a cuyo frente se situaban oficiales y hasta almirantes. A lo que seguiría la total rebelión jacobina de los grumetes en las bodegas del Barco, sacerdotes y religiosos docentes, que convirtieron aquellas sedicentes razones científicas, que consideraban los adelantos biológicos para fabricar teología, en consignas malsonantes y blasfemas propias de los apóstatas. De esta revolución en la bodega diremos algo más más abajo.
Para Santo Tomás, que sigue a San Agustín y San Ambrosio el elemento material accidental del acto moral de la virginidad es la integridad de la carne inmune a la experiencia venérea. Mitterer piensa que Santo Tomás está en un error ya que el elemento material de la perfecta maternidad lo constituyen las funciones biológicas propias de la maternidad, puesto que los avances biológicos posibilitarían la conservación del himen en un supuesto embarazo sin coito. Pertenecen, pues, para este profesor austriaco, al elemento material de una maternidad perfecta y plena una serie de fenómenos sensibles a lo largo de toda la gestación y que en el momento del alumbramiento son: la lesión y dilatación de las vías del parto, los dolores y la ruptura del himen. Un resumen de su tesis sería el siguiente:«todos estos procesos, con los dolores concomitantes, están en relación mucho más íntima con la perfecta maternidad corporal que la inviolabilidad del himen con la plena virginidad somática, porque van necesariamente unidos con la maternidad generativa». Por tanto, sigue afirmando este autor, la perfecta maternidad de María exige que el Hijo divino abra desde el interior el claustro materno (3).
El sacerdote austriaco especialista en ciencias naturales escupía para arriba y su misma baba le caería encima. En efecto, queriendo corregir a la teología con las ciencias, ocurrió que pasado el tiempo- Mitterer escribía a comienzos de los años cincuenta del pasado siglo- y mejorados los conocimientos experimentales, vino a ocurrir que aquella adorable ciencia en que ponía su fe le vino a dar una tremenda coz. Porque si la esencia de la maternidad fuesen los dolores, la dilatación de las vías, etc., habría que concluir que las muchas madres a las que se les practican cesáreas antes de dilatación hoy en día, por diversas causas, no gozarían de la maternidad. En efecto, no es constitutivo esencial de la maternidad todos los fenómenos sensitivos que acompañan ordinariamente al alumbramiento. Así pagan los falsos dioses. Por haber abandonado las distinciones del Aquinate respecto a lo accidental, formal y perfectivo de la virtud de la Virginidad, cayó Mitterer en el error de negar las concreciones de la virginidad de la Madre de Dios :inviolabilidad, integridad corporal, impasibilidad; y afirmarla sólo en un sentido general; es decir, vació de contenido propio al dogma sostenido por toda la Iglesia desde los santos padres, para ofrecer una hermosa cáscara de nuez, pero vacía.
Su trabajo en el campo católico, hoy casi olvidado, dio ‘el pistoletazo de salida’ a un ejército de revisionistas del dogma de la virginidad de María en el parto, algunos de los cuales y sus herejías ya hemos repasado. Todos ellos tienen en común: 1) Un desconocimiento de la patrística o una selección sesgada de algunos textos; 2) La negación de la autenticidad de los relatos de la infancia de Jesús; 3) La negación de que haya datos escriturísticos de la virginidad de María en el momento del parto; 4) El encubrimiento de la realidad concreta de la virginitas in partu por abstracción; es decir, no queda claro en ellos que su significado personalista alegórico- salvífico sea el mismo que el de la Iglesia; 5) La reducción a dogma de importancia menor e incluso prescindible la virginitas in partu. En la práctica todos los heterodoxos usan de estos cinco argumentos; si bien el fundamento herético preponderante es distinto en cada uno, como hemos visto.
Sobre los cinco pilares sobre arena donde fundamentan su herejía hemos ido diciendo un poco, excepto del tercero, que los desviados, cual buenos seguidores del principio de la sola scriptura, expresan más o menos así, toda vez que, para ellos, la única fuente de la Revelación es la Biblia: “no consta en la Biblia ningún dato que acredite la virginidad de María en el momento del parto”. Merece la pena, por ser esta apología bastante desconocida, refutar esto con verdaderos exegetas. Seguiré para ello un texto publicado por la UNAV (4).
“El conocido biblista de la Potterie rechaza la afirmación de la ausencia de textos bíblicos sobre el parto de Cristo. Estudia con profundidad desde el punto de vista filológico y teológico dos textos neotestamentarios: Jn 1, 13-14 y Lc 1 , 34-35.
Basándose en las investigaciones de Hofrichter , el P. de la Potterie ahonda en la dimensión mariológica de Jn 1, 13-14 y saca las siguientes conclusiones:
1) Existen argumentos suficientes para sostener como texto auténtico la variante singular. Supuesta como correcta la lectura singular, el versículo Jn 1, 13 —«el cual no ha nacido de las sangres, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino que fue engendrado de Dios»— tiene claras connotaciones cristológicas y mariológicas.
2) El plural “sangres” (haimaton) se utilizaba en la tradición judía para indicar la pérdida de sangre que acompañaba a todo alumbramiento de mujer. Así, pues, S. Juan en su prólogo está proponiendo, no sólo la concepción virginal de Cristo —«ni de la voluntad de la carne, ni del querer de hombre, sino que fue engendrado de Dios»—, sino el parto virginal, porque la negación —«no de las sangres»— significa que cuando aconteció el parto, no hubo derramamiento de sangre en la madre.
3) Por tanto, a pesar de que, desde una perspectiva mariana, el Prólogo del Evangelio de S. Juan no muestra ningún relato histórico ni de la concepción ni del nacimiento de Jesús, se advierte que el evangelista comunica a los lectores, que el Logos, o sea el Hijo unigénito del Padre, asume una naturaleza humana mediante una concepción y un parto virginales.
Este autor también plantea una relectura del versículo Lc 1, 35b. En efecto, propone cuatro lecturas distintas para este versículo: a) «El Santo que nacerá, será llamado Hijo de Dios»; b) «lo que nacerá santo, será llamado Hijo de Dios»; c) «lo que nacerá, será santo y llamado Hijo de Dios»; d) «lo que nacerá, será llamado Santo, Hijo de Dios». De todas estas variantes de la Potterie se inclina por la b), porque es la más conforme a la economía del texto de S. Lucas. En esta interpretación el adjetivo santo califica al nacimiento. El nacer santo implica la ausencia de contaminación y, más en concreto de la contaminación de la efusión de sangre que hacía impura a la mujer. Por tanto, cuando el ángel dice que nacerá santo está indicando que el parto será virginal, o sea, con perfecta integridad corporal.
El profesor de Escritura de la Facultad Marianum, Arístides Serra , concuerda substancialmente con la exégesis que el prof. de la Potterie hace de los dos versículos indicados. Incluso abre nuevas líneas de investigación al sugerir una relación entre Lc 1, 35 y Lc 2, 23 (todo varón primogénito será llamado santo para el Señor), donde santo (Act 3, 14) o santo de Dios (Lc 4, 34) es un atributo referido a Jesús en cuanto Mesías.
Como complemento este exegeta investiga en la literatura intertestamentaria judía (Apocalipsis de Baruc, contemporáneo a los escritos joaneos, y las enseñanzas rabínicas) y advierte que esta literatura elabora una doctrina similar: «uno de los fenómenos que habrían de caracterizar la era del Mesías sería precisamente el del parto inmune de sufrimientos físicos» , porque «el tiempo del Mesías marcará el fin de la corrupción y el comienzo de la incorruptibilidad», y entonces «las mujeres ya no sufrirán durante el embarazo y desaparecerá la angustia cuando tenga que dar a luz el fruto de su seno» .
Cuando la literatura judía trata —dentro de la era mesiánica— de los hechos de la incorrupción corporal y de la ausencia de dolor en el parto, no los considera como un capricho de la naturaleza, sino que tienen un valor de signo, ya que remiten a un orden de cosas más profundo y a la vez empujan hacia las realidades significadas: «es acreditada la palabra profética del Señor (Flavio J.); es destruido el reino de la corrupción (Apocalipsis de Baruc); es revelada la exención de las mujeres justas respecto al castigo de Eva (R. Judá b. Zebina); se anuncia, como prenda figurativa, la redención del mal que se difundirá sobre la mujer Israel, es decir, sobre el pueblo de Dios (R. Josué b. Leví y R. Berekiah)» .
De la misma forma en la primera tradición eclesial la primera venida de Cristo desde el seno materno era signo y preludio de su venida desde el seno del sepulcro en el momento de su Resurrección. En efecto: permanecieron intactos los sellos de su tumba. Los supuestos bíblicos en los que, según este autor, se encuentra fundada la conexión de estos dos eventos es la perícopa de la adoración de los pastores y su analogía con el relato de la sepultura y resurrección de Jesús , porque «si Cristo salió del sepulcro de aquella manera para entrar en la gloria (cf. Lc 24, 26), entonces he aquí el problema: ¿de qué modo salió del seno de su madre para instalarse entre nosotros? A partir de aquel día comenzó la cuestión mariana en lo que se refiere al misterio virginal de la madre de Cristo».
De aquí que para el prof. Serra «la protología del nacimiento indoloro de Cristo es, pues, signo de la esjatología del segundo nacimiento, el de su resurrección, y de cuantos le hayan acogido por la fe». Por tanto, la integridad corporal de María y la ausencia de dolor en el parto es «la custodia en que se muestra esta esperanza esjatológica. Es el principio que preludia el fin».”
No sería apropiado a este modesto artículo, ya de por sí extenso, inundarlo de citas de la Sagrada Escritura, de los santos Padres o del Magisterio de la Iglesia, pero sea suficiente la siguiente para constatar acreditado en el Arca de la Nueva Alianza, La virgen María, aquella figura del Antiguo Testamento.
“Me volvió después hacia el pórtico exterior del santuario, que miraba a oriente. Estaba cerrado. Y Yahveh me dijo: Este pórtico permanecerá cerrado. No se le abrirá, y nadie pasará por él, porque por él ha pasado Yahveh, el Dios de Israel. Quedará, pues, cerrado.” (Ezequiel 44,1-2).
Dios quiso que un simple pórtico exterior del santuario permaneciera cerrado: “estaba cerrado” dice; porque por él había pasado el Señor; en efecto, si en aquella figura quiso positivamente imponer su voluntad, mucho más hará, ya no con la figura, sino con la realidad, Iuana Coelis; porque si en el Antiguo Testamento reveló su Ley para que la puerta se mantuviera cerrada por la obediencia de los hombres, en la Nueva y Eterna Alianza por un decreto eterno quiso que ni se abriera ni se cerrara, obrando tal misterio no por manos de humanos custodios como en el antiguo santuario, sino con su omnímodo poder divino; de manera tal, que Él sólo obró el milagro de mantener intacta la Puerta de la Virgo virginis y únicamente mandó a los hombres que obedientemente lo creyeran.
No me he olvidado amable lector de los grumetes amotinados en la bodega del Barco; pero como este artículo ha superado la extensión debida, escribiré sobre ellos, Dios mediante, en la próxima entrega.
Sancta Virgo vírginum, ora pro nobis
Sofronio
Notas
(1) El rostro materno de Dios, Madrid 1980. FERNÁNDEZ, D., Virgo in partu. Cuestión marginal reincidente, Mar 58 (1996) 200. Cf. Unav (2) [1] Mitterer, A., Dogme und Biologie der heiligen Familie nach dem Weltbild des hl. Thomas von Aquin und der Gegenwart, Viena 1952. Cf.Unav (3) Ibidem. Unav (4) Teología Dogmática. Juan Luis Bastero. UnavVirginitas in partu (1)
Ya nos advertía San Jerónimo que “Hablar impropiamente es el origen de las herejías. Por eso, con los herejes no debemos tener ni siquiera en común el lenguaje, para no favorecer sus errores” y en esto no hacía más que ser fiel a lo mandado por San Pablo: “Os exhorto, hermanos, que observéis a los que están causando las disensiones y los escándalos, contrarios a la enseñanza que habéis aprendido, y que os apartéis de ellos; porque los tales no sirven a nuestro Señor Cristo, sino al propio vientre, y con palabras melosas y bendiciones embaucan los corazones de los sencillos”(Rom. XVI, 17-18).
Imagínese un saludable, magnífico y vigoroso cuerpo que se quisiera matar. Hay varias formas de acometer ese fin. Intentarlo desde fuera de forma rauda y de frente tiene graves inconvenientes, pues con facilidad será vencido por sus fornidos miembros; si por la espalda se hiciese desde el exterior y no se acertase al primer golpe o fuera descubierto, el aprendiz de matador ya se puede dar por bien muerto. Como de una y otra forma lo intentaron sus ancestros y fracasaron y según dicen la venganza se sirve fría, se intentará en el presente de nuevo, pero desde dentro. Exhalarán ciertas bacterias para producir la lepra aquí y allá, no de golpe ‘sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas’ (1); y puesto que tal infección tarda en manifestarse hasta 20 años, difícil será saber con certeza dónde se adquirió, pues, probablemente y para entonces, los propaladores estén bien fenecidos y huelan pese a su caros embalsamientos. Al paso del tiempo unos órganos primero y después otros, se irán pudriendo y paralizando a tal punto que la necrosis de las vísceras y tejidos sólo admita, como única solución, la amputación, para que no se pudra el resto del Cuerpo; místico.
Desde la época post apostólica la perpetua Virginidad de María ha sido una de las doctrinas marianas más atacadas, y más controvertidas por parte de los herejes, cuyas cabezas, hoy en día, no están tonsuradas, sino que se cubren con capelos y birretas, mitras y solideos; tampoco se tapan, desde décadas ha, con bonetes, aunque suelen usar otros cubre calvas más académicos. No son herejes al estilo de Joviniano (2), ni van de frente, sino que desde dentro y con apariencia de piadosita santidad de carrillos colorados van exhalando la bacteria de Hansen un poco acá y otro poco allá, matando, eso sí, miembro a miembro.
Desde antaño por los dos flancos se arremetió contra este dogma entre los sectarios: unos, los menos, negaban la concepción virginal; otros, los más, creyendo ésta una verdad revelada, no admitían la perpetua virginidad porque afirmaban que Jesús tuvo hermanos. Pero en esta época confusa, se han venido a sumar a aquellos impíos cismáticos que, si agredían, lo hacían desde el exterior, otros mucho más mezquinos, cuyas abominaciones las vienen perpetrando desde dentro y desde el prestigio que otorga la cátedra o la jurisdicción; bien es verdad que sus eructos gozan de la fama por pasar por anfibológicos (Figura que consiste en emplear adrede voces o cláusulas de doble sentido) y sibilinos; ahí radica su mayor peligro.
Vamos a ocuparnos, pues, en esta primera entrega del presente artículo de la cuestión dogmática ‘María Virgen durante el parto’, virgo in partu; y en una segunda parte, si Dios quiere, de la ‘virginidad de María después del parto’, post partum. Dejamos sin tratar, de momento, la virginidad de María en el instante de la concepción del Verbo, ante partum, por estimar que si alguien pusiera reparos en eso, no parece que fuera lector de este sitio, sino algún ordinario blasfemo despistado; aunque haremos alguna reseña colateral a este ámbito del dogma, dado que también la necrosis ha inficionado el cerebro de algunos teólogos sedicentes católicos, ya en los estertores de la agonía.
Creo interesante reseñar, primero, que las posiciones heréticas de los teólogos y prelados católicos son, en general, bastantes recientes. En segundo lugar cabe señalar que la necrosis de su fe en este fenomenal dogma mariano debe su etiología al contacto mantenido con los herejes protestantes que practican una exégesis racionalista desde mitad del siglo XVIII y cuya metodología teológica prescinde del dato revelado. Prácticamente todo el protestantismo liberal niega este aspecto del dogma, a pesar de que tanto Lutero, como Calvino y Zwinglio, sus próceres heresiarcas, defendieron esta verdad de fe. La vomitiva algarabía ecuménica de los católicos con los heterodoxos imbuidos de los errores y prejuicios de su ‘vaca sagrada’, Karl Barth (1886-1968), no ha conseguido sanar las póstulas de los falsarios; al contrario, éstos transmitieron la bacteria de la lepra a los que parecían rectos. El resultado es que ahora hay ‘locos y villanos’ (3) tanto fuera como dentro y estando éstos además, por cierto, bien encumbrados. En este fenomenal cambalache parece que, en efecto, la única solución posible que resta es llevar a los que se dicen de los ‘nuestros’, y de una vez por todas, al lazareto o destruirán la fe católica de los sencillos de corazón: el disminuido pusillus grex echado al desierto.
Desde dentro de la Barca, pues, esparcen la lepra, es decir, siembran la cizaña; de distinta especie en popa que en proa; quiero decir con distintos argumentos ‘teológicos’; e igualmente, también, es diferente el enfoque a estribor que a babor. Veamos cada herejía según su especie irracional y sus más conspicuos representantes, así como alguna reacción poco acertada a tales tropelías.
A POPA. Unos niegan la virginidad en el parto porque al considerar las fuentes históricas meramente como tales, es decir, prescindiendo de los datos de la fe, consideran como más probable que Jesús tuviera hermanos. Al negar, pues, la virginidad después del parto de María, ven innecesario e inútil sostener aquella otra parte del dogma que asegura que María fue Virgo in partu, porque aunque lo fuera, según ellos concluyen, la virginidad ya no podría ser perpetua; luego se preguntan estos blasfemos ¿si no lo fue más tarde, para qué sostener aquella otra parte más incomprensible del dogma que aparenta ser mucho más maravillosa? El sacerdote sedicente católico, John P. Meier, profesor de Nuevo Testamento en la Universidad católica de América en Washington y en la Universidad Notre Dame de Indiana, ex presidente de la Asociación Bíblica Católica y uno de los autores más influyente en los estudios bíblicos del orbe católico hoy en día, es el más sobresaliente entre todos los heresiarcas que defienden esta conclusión aborrecible, en su voluminosa obra traducida a varios idiomas (4). Más como parte de negar la Virginidad después del parto para concluir que huelga afirmarla en el parto, desbrozaremos estas calumnias en la parte dedicada a afirmar el aspecto dogmático virgo post partum contra todos los ‘católicos’ que niegan esa verdad(Sic.).
A PROA. En este lado de la nave que corta las aguas solía situarse antaño el capitán rodeado de sus primeros oficiales; toda bacteria expelida en tan significado sitio la inhalan los demás, a la par que la nave va cortando los vientos. Aquí los herejes prefieren más el disimulo; pueden fundamentar su pus desde cualquier texto sagrado pero, en general, suelen decir que, de acuerdo a los textos de S. Lucas, se puede deducir que al santo Evangelista no le parecía que causara un especial deshonor a la virginidad de María la apertura de su seno materno. Y usando de argumentos extraídos de su mente imbuida de la ‘sola scriptura’ protestante, continúan diciendo que, puesto que el parto virginal no consta en la Escritura, no puede resolverse mediante la exégesis bíblica, sino desde un tratamiento teológico-simbólico-especulativo. Fíjense que no dicen “se deduce”, sino “se puede deducir”, con lo cual ni afirman ni niegan; solamente lanzan la sospecha, usando de las propias maneras del diablo, para que los ignorantes traguen la bacteria satánica, y ellos se vean libres de la excomunión que, según toda la tradición merece cualquier sentencia con sabor herético, como esta. Hay demasiados leprosos en proa que dicen auxiliar al contradictorio timonel de la Barca, Bergoglio. El más insigne es, precisamente, aquél que más debería defender la salud de los ocupantes, Gerard Ludwig Müller, actual Prefecto de la C. de la Doctrina de la Fe. Pero observemos que en él la herejía es clara; se pasó de la raya o de copas ¡vaya usted a saber!; es decir, desbordó lo anfibológico: Veamos las bacterias pululando en su medio: su hediondo aliento:
Por consiguiente, el contenido del enunciado de fe no se refiere a detalles somáticos fisiológicos y empíricamente verificables. Descubre, más bien, en el nacimiento de Cristo los signos anticipados de la salvación escatológica del tiempo final mesiánico, ya iniciado con Jesús…(….) Más allá y por encima de la errónea interpretación del dualismo gnóstico de la virginitas in partu entendida como negación de la realidad de la humanidad de Jesús esta doctrina eclesial debe ser entendida en el sentido de la realidad de la Encarnación. No se trata, pues, de singularidades fisiológicas del alumbramiento (por ejemplo, que no se abriera el canal del parto, o que no se rompiera el himen ni se produjeran los dolores propios de las parturientas), sino de la influencia salvadora y redentora de la gracia del Redentor sobre la naturaleza humana, que había sido “vulnerada” por el pecado original (5).
El obispo Müller repite, sin disimulos, los errores de Joviniano (s. IV), que sostuvo la concepción virginal de María; pero no así la virginidad en el parto, pues María habría perdido la misma ya que dio a luz a su Hijo según el modo ordinario de la naturaleza. Joviniano, según tradición histórica, luego de haber vivido algún tiempo en un monasterio de Milán, acabó preso de los placeres sensuales; fue denostado por San Jerónimo, quien le apodó el Epicuro de los cristianos. Lo que confirma las Sagradas Escrituras “Por no haber recibido el amor a la Verdad que los salvaría. Por eso Dios les envía un poder engañoso, para que crean en la mentira y sean condenados cuantos, no creyendo en la verdad, se complacieron en la iniquidad” (2Ts 2.11-12; Nac. Col.).
Müller niega, pues, el dogma de la perpetua virginidad de María dándole un significado distinto, esjatólogico, al verdaderamente proclamado en el dogma; se separa de la fe de la Iglesia sin la cual nadie puede salvarse. Porque, de una parte, sabemos que el dogma de la virginidad in partu de María, pertenece al depósito de la fe y, según la doctrina tradicional, supone una integridad corporal que conlleva la inviolabilidad del sello virginal -de lo contrario no habría integridad; porque el antónimo de ‘íntegro’ es ‘parcial’ referido a lo físico y ‘corrupto’ referente a lo moral- y la impasibilidad. Cambiar el significado de las palabras es una táctica preferida de los herejes; es por eso que San Jerónimo exhortaba a no tener común con ellos ni siquiera el lenguaje. He aquí algunas definiciones dogmáticas:
“De parte de Dios, Padre-Hijo-Espíritu Santo, con la autoridad apostólica, corregimos a los que tal vez afirmen que Jesucristo no fue concebido de la beatísima siempre Virgen María, por obra del Espíritu Santo, sino como los demás hombres… o que la misma beatísima Virgen María, no es Madre de Dios ni permaneció siempre en perfecta integridad virginal… antes del parto, en el parto y perpetuamente después del parto…” (6).
“Si alguno no confiesa, de acuerdo con los Santos Padres, propiamente y según verdad por Madre de Dios a la santa y siempre Virgen María, como quiera que concibió en los últimos tiempos sin semen por obra del Espíritu Santo al mismo Dios Verbo propia y verdaderamente, que antes de todos los siglos nació de Dios Padre, e incorruptiblemente le engendró,permaneciendo ella, aun después del parto, en su virginidad indisoluble, sea condenado” (7).
Cualquiera que niegue uno de los tres aspectos a los que se extiende la integridad de la virginidad de María es un hereje. Comprende, pues, la virginidad: la virginitas mentis, es decir, la perpetua virginidad de su espíritu; la virginitas sensus, es decir, la inmunidad de todo movimiento desordenado del apetito sensual; y la virginitas corporis, es decir, la integridad corporal o inviolabilidad del sello virginal e impasibilidad.
El dogma católico se refiere ante todo a la integridad de la naturaleza humana de María: cuerpo y alma. Es de fe divina y católica (al menos implícitamente) definida (8), entender la naturaleza como un ser substancial indiviso en sí, el cual es el principio de obrar y de padecer o soportar. Es decir, de la unidad del cuerpo y del alma resulta una sola naturaleza, esto es, un sólo ser substancial. Si, en efecto, la integridad está referida al ser substancial de María, no puede entenderse la virginidad sino como mentis, corporis y sensus, y no una especie de metáfora teológica del Misterio de la Encarnación entroncada con el Porvenir como señala Müller en su herética ‘Dogmática’. Resumamos: Por una parte, el hoy brazo derecho de Francisco, principal defensor de la Fe después del Papa, negó en su obra, explícitamente, la virginidad corporal en el parto; y por otra, guardó silencio absoluto sobre la virginidad del espíritu y sobre la carencia de movimientos desordenados, ya que la Virgen María careció del fomes peccati.
Otros teólogos, cuyas enseñanzas han influido notablemente a generar la grave crisis que atraviesa la iglesia, pertenecen también a esta especie herética cuyas bacterias se dispensan en proa; v.g. las vaca más sagrada en los seminarios postconciliares: Karl Rahner, cuyas herejías han infectado la oficialidad de la Nave…Para Rahner el parto o nacimiento debe considerarse no desde un punto de vista exclusivamenteanatómico-biológico, sino como un acto humano-personal que, en la forma en que es experimentado, afirma la totalidad de la persona que lo realiza (10). He aquí el tipo de lenguaje anfibológico; evita el anatema usando el adverbio ‘exclusivamente’ para de inmediato poner el énfasis en la experiencia personal, ardid de la Nueva Teología, consiguiendo que la mente del lector rebaje la importancia del sello corporal. Quiten ese adverbio, lo cual quise facilitarles habiéndolo tachado y vuelvan a leer la frase sin él; verán con absoluta nitidez lo que pretende decir. No en vano, este enemigo de los dogmas del catolicismo, llamado ‘la mente del Concilio Vaticano II’, ‘el constructor de la Iglesia del porvenir’ y ‘el primero de los teólogos’, mantenía durante la celebración del Concilio V. II, un ‘affaire amoroso’ con la escritora Luise Riser, ex mujer del músico Kart Orff, a quien escribió 1800 cartas de amor, hasta 5 por día, en las cuales se dirigía a ella con frases como: ‘mimosita’, ‘rizada’, ‘pescadito mío’, ‘mi querido pez’, ‘no comas mucho de lo contrario engordarás y después no me gustarás más’, ‘me asusta que me ames con tanta pasión’. No sé si Karl Rahner sabía que su Luise estaba ligada en cuerpo y alma a otro importante abad benedictino modernista, de Baviera, M.A” (11).
No piense el lector que se trata de un argumento ad hominem lo dicho sobre este teólogo. No. Más bien su ‘affaire’ ilustra mejor que sus propias palabras lo que él mismo dice sobre la virginidad de la Madre de Dios. La herejía en la casi totalidad de los heterodoxos no es más que un intento de justificación de los desórdenes habidos en sus almas que, en general, se somatizan bajo el vientre. Con lo que se vuelve a confirmar la veracidad de las Sagradas Escrituras “Por no haber recibido el amor a la Verdad que los salvaría. Por eso Dios les envía un poder engañoso, para que crean en la mentira y sean condenados cuantos, no creyendo en la verdad, se complacieron en la iniquidad” (2Ts 2.11-12; Nac. Col.). Véase, al mismo objeto y para mayor demostración, al incontinente Lutero, al adúltero Enrique VIII o la vida epicúrea de Joviniano, por ejemplo. ¿Quiere el lector saber qué significa esta Nueva Teología sobre la virginidad del contestatario del celibato sacerdotal, inventor del concepto de ‘cristiano anónimo’ para extender la salvación, de facto, a todos? Nada, salvo un intento desesperado de cubrir su propia desnudez. Desgraciadamente, su falsa doctrina ha sido la fuente en la que han bebido los actuales sacerdotes y obispos; o al menos la inmensa mayoría.
Un excurso al hilo de la redacción. Son muchos los que tildando de hereje a Müller por este asunto, y hacen muy bien, no dejan de inspirarse, en vez de en el Magisterio infalible de la Iglesia, en los santos Padres o en los santos Doctores de la Iglesia,…, en escritos de falsos videntes plagados de herejías. Se supone una reacción bien intencionada, en la mayoría de los casos, a estos 50 años de desprecio a los dogmas marianos; pero escogen una forma errónea, que no ayuda mucho a comprender la verdadera hermosura de la Madre de Dios, sino a confundir aún más.
Sólo voy a citar uno de esos mamotretos devorados insaciablemente por los perpetuos requirentes de pruebas y mensajes del cielo. Me baso para ello en la edición de 1976 en castellano de la obra enciclopédica de las ‘revelaciones privadas’ a Valtorta, que no he leído, pero me fío del criterio profundamente católico de quien sí lo ha hecho y ha ido construyendo un aparato crítico ortodoxo; El editor de dicha obra es un señor llamado Emilio Pisani, que a través del “Centro Editorial Valtortiano” y en compañía de Fray Escobar, el traductor al español de la obra, nos facilita esta ‘nueva revelación’. Hay que observar que dicha obra estuvo en el Índice hasta que éste desapareció, luego del Concilio V. II, según muchos lo afirman; lo cual en tiempos de Pío XII era muy serio y con prohibición de leer salvo a estudiosos y para rebatirla; otros, defendiendo la obra, aseguran que nunca estuvo aquélla en el Índice; sin embargo, si así fuera, igualmente hubiera evadido la ley eclesiástica, pues, por entonces, estaba prohibida tal publicación sin la censura pertinente, al menos de algún Obispo; censura que nunca existió; puesto que no consta ni tan sólo un ‘Nihil Obstat’, y por supuesto ningún ‘Imprimatur’. Y también hay que señalar que ninguna de las ediciones posteriores a la supresión del Índice, luego del Concilio, lleve algún tipo de censura eclesiástica que guíe al católico sobre sí la obra es o no ortodoxa; por lo menos hasta la castellana de 1989. Veamos sólo un par de ejemplos de crasa herejía e impiedad, entre varias más que existen en la obra- y no sólo contra la Virgen- referidas a la Stª Madre de Dios. Dice en el Poema del Hombre Dios:
“María Su Madre sufrió el tormento de asaltos periódicos de tentaciones desde el viernes de la crucifixión hasta el alba del domingo”. Que “la atacó con una terrible tentación, tentación en la carne de María…” (pag.600).
Pone en boca de la Santísima Virgen: “Satanás se preocupó ante todo de arrastrarme a la impureza… La tentativa de Satanás se enderezó con este objetivo para vencerme” (pág. 285)
Como todo católico debe saber, no sólo es herejía decir que María tuvo tentaciones de la carne o de impureza, sino que además es impío. Niega la integridad de la virginidad de María; en este caso lavirginitas sensus, es decir, la inmunidad de todo movimiento desordenado del apetito sensual. La Virgen María careció del fomes paccati, es decir, por su Inmaculada Concepción ordenada a la Maternidad divina,no tenía inclinación al pecado, la cual es consecuencia del pecado original que los demás heredamos y sigue persistiendo aún después del bautismo; excepto Cristo por ser Hijo de Dios y como hemos dicho, Aquélla que estaba ordenada desde toda la eternidad a concebir virginalmente al Verbo de Dios en su seno, todos los demás hombre padecemos el fomes peccati. (9).

Bien diferente son otras revelaciones privadas, que aunque no es obligatorio en absoluto creerlas, en nada contradicen el Dogma católico: vg., las de la beata Ana Catalina Emmerick. No niego el piadoso alimento de la obra de Valtorta en las almas católicas; pero, a menudo, muchas están poco formadas y tragan gato por liebre montuna. Se asemeja esta obra a los evangelios apócrifos; la mayoría se escribieron con el buen fin, qué duda cabe, de saciar la demanda de curiosidad y piedad de los primeros cristianos, pero la Santa Madre Iglesia tuvo que expurgarlos debido a las desviadas doctrinas gnósticas que en ellos se contenían, por el bien de las almas, no admitiéndolos en el Canon de las sagradas Escrituras. Porque la piedad que va contra la Verdad es falsa. Una sola herejía en un escrito es suficiente al verdadero católico para rechazarla como revelada. Con más razón si hay varias, como es el caso.
Pero retomemos el hilo del artículo. La Iglesia en muchos concilios, sínodos en Oriente y Occidente, múltiples declaraciones papales y a través de los Santos Padres han dejado claro que se trata de una verdad revelada, un dogma de fe que debe ser creído por todos los católicos. Este dogma en nada contradice a la Escritura, ni tampoco al constante magisterio a lo largo de la historia de la Iglesia; no es invento, sino que es una vetusta doctrina que se encuentra presente en la Iglesia desde sus orígenes y que los modernistas niegan.
Desde el principio se creyó en la Virginidad Perpetua de la Madre de Dios. Podemos encontrar la antigüedad de esta fe en el discípulo de San Juan Evangelista y probablemente de san Pablo, San Ignacio de Antioquía (+107); en El Proto Evangelio de Santiago (hacia el año 150 d.C), Tertuliano (155-220 d.C.), Orígenes (185-202 d.C), S. Clemente de Alejandría (150-215 d.C), S. Efren el Sirio (306-373 d.C); S. Gregorio de Nisa (331 – 394 d.C), S.Epifanio (310 – 403 d.C), S. Basilio (329 – 379 d.C), S. Agustín de Hipona (354-430), S. Jerónimo (340 – 420 d.C), S. Atanasio (276-373), S. Gregorio Nacianceno (329-389), S. Zenón (+380), S. Cirilo de Jerusalén (315-386),), S. Ambrosio (340-397);etc.,etc., y unánimemente en todos los Padres posteriores al siglo IV.
Lo que los teólogos modernistas se niegan a entender es “que no se trata de una maternidad ordinaria, sino de una Maternidad que necesariamente, dentro de un orden teológico, tenía que ser virginal. «Se trata de una virginidad ordenada ante partum a no tener más Padre que a la primera Persona trinitaria; ordenadain partu a la imitación más perfecta de la eterna generación del Hijo y ordenada post partum a guardar intacto el perfume de la consagración del Espíritu Santo» (12) ; se trata de la Maternidad divina que, por ser tal, ha exigido una maternidad humana de tipo excepcional o, mejor, única y singular”(13). Doctrina difícil de entender para quienes la proclamación de santidad es algo tan ordinario que, sin usar de la infalibilidad, tratan de ‘elevar a los altares’ a los que carecen de virtudes heroicas e incluso favorecieron la herejía con actos, palabras y escritos.
Tras estudiar los innumerables testimonios patrísticos sobre este hecho, se comprueba la casi total unanimidad desde el principio en la afirmación de un parto prodigioso, de tal forma que se puede hablar de una tradición dogmática y de una realidad que pertenece al depósito de la fe.
He aquí un apretado resumen de las conclusiones de Laurentin en su exhaustivo estudio patrístico (14).
a) En esta materia la Tradición se presenta como un bloque compacto de una densidad y de una homogeneidad raras tanto en el Oriente como en el Occidente.
b) La diversidad de formas de presentar esta verdad ponen de relieve la semejanza de todas las doctrinas: son como distintas perspectivas ligeramente coloreadas de un estereoscopio.
c) Todos los géneros literarios están representados y en especial aquellos que ofrecen más garantías.
d) A partir del siglo V diversos textos pontificios (algunos de primer orden) han asumido la doctrina afirmada por la tradición y condenado las opiniones contrarias o contradictorias.
e) La virginidad en el parto es para la Tradición un prodigio, un milagro que exige en nosotros un acto de fe. Los Padres multiplican los argumentos y las analogías para facilitarnos este acto de fe.
f) Los dos aspectos del milagro: la integridad corporal y la ausencia del dolor no están deducidos uno del otro, sino elaborados de datos dogmáticos diferentes: «están reintegrados en la fórmula virgo in partu y no deducidos de esta fórmula.
A la vista de lo hasta aquí expuesto, podemos ir anticipando alguna conclusión. Los heterodoxos cometen el error de distinguir entre un la virginidad en general —que para ellos es lo definido— y las concreciones de la virginidad —inviolabilidad, integridad corporal, impasibilidad— que, aunque afirmadas unánimemente por la tradición, según estos sectarios no pertenecerían a la fe y serían incompatibles con la verdadera maternidad. He aquí el exabrupto de los incrédulos.
Seguiremos en el próximo artículo, Dios mediante, denunciando los argumentos que los herejes expelen a estribor y a babor contra la virginitas in partu, aunque provengan de las más mitradas cabezas ¡Que San Elías nos auxilie en el profético ‘degüello’¡ Sub tuum praeesidium confugimus Sancta Dei Genetrix.
Sofronio
NOTAS (1) Pascendi. San Pío X (2) Hereje del siglo IV que negaba la virginidad en el parto de la Madre de Dios, pero no la concepción virginal. (3) De ‘locos y villanos’ trataba Lutero a los pocos, que por entonces negaban este dogma de fe. (4) Jesus: a Marginal jew. John P. Meier. Cf. Tierra Santa nº 12 (825) pag. 16. (5) Gerard Ludwig Müller. “Dogmática. Teoría y práctica de la teología”, editada por la compañía Herder en 1998 pag.499, 501. (6) Declaración del Dogma.- Constitución apostólica del 7 de Agosto de 1.555 (7) concilio de Letrán, el Papa Martín I estableció el dogma de la Virginidad perpetua de María (año 649 d.C):503 Can. 3. (8) D 148, 429, 480 (9) Teología del Dogma Católico, J. de Abarzuza, O.F.M., págs. 737-38 (10) K., Virginitas in partu, en Escritos de Teología, t. IV, Madrid 1964. FORTE, B., Maria, la donna icona del Mistero, Cinisello Balsamo 1989. La traducción castellana es María, la mujer icono del Misterio, Salamanca 1993. GARCÍA PAREDES, J. C. R., Mariología, Madrid 1995. (11) Chiessa Viva. Año XL. Nº 430. Septiembre 2010. Pag 26. (12) Alonso, J. M., Mariología y Biología, o.c., p. 217 (13) La virginitas in partu en la reflexión teológica del siglo xx (14) Laurentin, R., Le mystere de la naissance virginale, o.c. Fernández, D., Maternidad perfecta y virginidad integral de María, o.c. Aldama, J. A. de, El problema teológico de la virginidad en el parto, en AA. VV. Studia Mediaevalia et Mariologica. P. Carolo Balic septuagesimum explenti annum dicata, Roma 1971, pp. 497-514. Gherardini, B., La Madre. Maria in una sintesi storico-teologica, Frigento 1989, pp. 93-133. Ponce Cuéllar, M., María, Madre del Redentor y Madre de la Iglesia, Badajoz 1995, pp. 264-274.NUEVA EDICIÓN. BREVIARIUM ROMANUM LATÍN-ESPAÑOL
Se presenta una edición impresa, limitada, del Breviarium Romanum Latín-Español
Sapientiae Sedei Filii presenta una nueva edición del Oficio Divino (volumen 1) siguiendo las rúbricas de 1960 y que contiene:
Laudes I.
Laudes II.
Prima.
Tercia.
Sexta.
Nona.
Visperas I y II
Completas.
Propio del tiempo.
Salterio
Propio de los santos.
Común de santos.
Oficio de difuntos.
Letanías de los santos.
Oficio de Santa María “in sabbato”
Oficio Parvo de Santa María Virgen.
Martirologio Romano de Pío XII completo.
Todos los salmos están comentados con notas de San Agustín, Scio, Straubinger, Gubianas y otros además de amplios subtítulos que resumen cada salmo. Contiene además una amplia introducción a modo de guía de uso del breviario. Una justificación de las razones de fe para abandonar la Liturgia de la Horas y volver al Oficio Divino Tradicional. Y un indice de salmos, himnos, festividades, y general de la obra. Cada domingo está ilustrado con imágenes del Propio del tiempo y en cada día del salterio.
[Nota] Textos latinos según la Editio Typica Vaticana, 1914. Textos en español según la traducción bíblica de Torres Amat, tomada de Gubianas, 1936, o de la Comisión mixta Celam- España, 1968, anteriores a la malograda Liturgia de las Horas.
La presentación del primer volumen se hará oficialmente en el seno del IIº Seminario de Liturgia y Doctrina, que se celebra en Madrid el 21 al 23 de abril del 2017. Más información aquí.
Para hacer un pedido puede usar el siguiente formulario, el precio es de 75 € (gastos de envío incluidos para España).
El segundo volumen se encuentra en preparación y contiene los Maitines completos latín-español, según las mismas rúbricas, más un apéndice con las ricas lecciones hagiográficas y patrísticas de Divino Afflatu que se suprimieron en 1960, para que quien lo desee pueda hacer todas las lecciones, tal como en la época de San Pío X.
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Una nueva iniciativa para dar a conocer la Liturgia Tradicional
La Unión Pía Sapientiae Sedei Filii organiza un seminario para dar a conocer y promover la Liturgia Tradicional, dejada de lado tras el Concilio Vaticano II.
Conferencia por Sapientiae Sedei Filii: Misa de siempre o Misa de Pablo VI ¿Cuál elegir? Muchedumbres son las que no acuden al Santo Sacrificio de la Misa según el Rito Romano Tradicional y cuyo Canon substancialmente se remonta a los orígenes de los Apóstoles, debido a una carencia de conocimientos sobre una teología sacramental relativa al verdadero destinatario, los fines, el carácter sacrificial junto a su naturaleza sacramental, y su debida distinción en la Misa. El objetivo de esta conferencia, pues, es ilustrar el entendimiento sobre el único tesoro, el Rito Tradicional, que conserva inviolada la doctrina del Concilio Ecuménico de Trento sobre el carácter sacrificial de la Santa Misa, la fe en el dogma de la transustanciación, y el carácter especial del sacerdote que actúa «in persona Christi»; doctrinas, las tres, diluidas, cuando no desaparecidas, en el nuevo rito.
Conferencia, por el P. Fernando Altamira:
Las Ofensivas contra la Misa. Los sietes ataques principales contra la fe en el fin propiciatorio del la Misa especificados en el Ofertorio y el Canon de la Misa clásica: 1º Al sagrado ara o altar: son distintos fines los de una mesa, a los de un altar. 2º Al Sacrificio y significación de una Víctima, y una verdadera Inmolación; 3º A la Transustanciación y presencia real; supresiones que facilitan la pérdida de la fe en la presencia verdadera del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, -producida por un Sacrificio sacramental- con los añadidos que tienden a lograr esa pérdida de fe. 4º Al Ofertorio; su cambio por una presentación de dones, mediante una oración judía, que no anticipa el Sacrificio que vendrá detrás, de donde se concluye su supresión. 5º A la centralidad de Dios y al exigido culto latréutico. 6º Al Misterio de la fe compendiado en la Misa. 7º A la participación interna del alma, que se sustituye por la colaboración externa y asamblearia.
5:30: Conferencia por el P. Ramiro Ribas:: Las Modificaciones del Breviario Romano Tradicional : La plenitud del milenario Oficio Divino. Las mutilaciones y censuras: 1º Supresión de salmos. 2º Censura de estrofas en los salmos. 3º Supresión de lecturas hagiográficas. 4º Eliminación de la Hora Prima. 5º Reducción significativa de los tiempos de oración. 6º Cambio de la recitación del salterio semanalmente, a mensualmente por primera vez en 2.000 años. 7º Introducción de novedosas lecciones y poetas modernos.
Conferencia por D. Milenko Bernadic :La Importancia de la «Humani Generis» y de la doctrina tradicional de la creación: La necesidad, ante la crisis de fe en estos momentos, de mantener la doctrina tradicional de la creación del Concilio Lateranense IV, Concilio Ecuménico Vaticano I y la Encíclica «Humani Generis», de valor en alza, reforzada por los avances científicos contemporáneos, ajenos a los prejuicios pseudocientíficos de antaño.
Misa tradicional los tres días.
Rezo del Breviario tradicional.
Presentación del Breviario tradicional latín-español.

