PSICOLOGÍA EMPÍRICA. La Frenología. 13/13
Por la doctrina psicológica hasta aquí consignada podemos formar y emitir un juicio fundado acerca de lo que hoy se llama frenología, así como también acerca de la posibilidad y condiciones de esta doctrina considerada en sí misma.
§ I
La frenología moderna.
Observaciones preliminares.
1ª Entiendo por frenología moderna, la frenología según la exponen ordinariamente sus adeptos y defensores hoy día; la cual no es otras cosa que un sistema dinamilógico o fisiológico según el cual todas las facultades, aptitudes e inclinaciones se hallan localizadas en determinadas partes del cerebro como en sus órganos propios y especiales, de cuyo desarrollo material depende la energía mayor o menor de aquellas facultades, aptitudes e inclinaciones.
2ª De aquí infieren algunos frenólogos con Gall, que la existencia y energía relativa de todas las facultades e inclinaciones del hombre, pueden distinguirse y apreciarse por determinadas protuberancias y depresiones del cráneo. Algunos, sin embargo, opinan que esta apreciación debe fundarse, no en las protuberancias y depresiones externas, sino más bien en las internas, por medio de la inspección de la masa cerebral y de sus circunvoluciones. No falta quien hace depender las apreciaciones frenológicas de los datos suminstrados por la fisiología general del cuerpo, siendo varias y contradictorias las opiniones de los modernos frenólogos sobre esta materia, como lo son también acerca del número y naturaleza de las facultades, aptitudes y propensiones que [315] existen en el hombre, puntos acerca de los cuales apenas se hallarán dos frenólogos que convengan entre sí.
3ª En medio de esta variedad y oposición de opiniones y sistemas entre los modernos frenólogos, hay ciertas afirmaciones y doctrinas enseñadas de una manera más o menos explícita en la mayor parte de sus obras, afirmaciones y doctrinas que constituyen el fondo común y como el carácter general de la frenología moderna. Las principales son los siguientes:
a) Todas las facultades existentes en el hombre, ya sean intelectuales, ya sean morales, ya sean sensibles, se hallan sujetas a localización orgánica, es decir, residen en alguna parte determinada del cuerpo como en su órgano propio.
b) El sitio o asiento general de estos órganos especiales es el cerebro, cuyo desarrollo y cuyas circunstancias, según que se manifiestan y revelan en las protuberancias y depresiones externas y correlativas del cráneo, sirven para reconocer y apreciar la intensidad de cada facultad.
c) La fuerza y vigor de las inclinaciones morales o de las propensiones afectivas, lo mismo que la energía de las pasiones y la realización de sus actos, se hallan en relación, o mejor dicho, dependen de la magnitud y desarrollo material del órgano correspondiente, desarrollo que viene a ser la medida y como la razón suficiente de la intensidad de las inclinaciones morales, de las pasiones y de sus actos.
d) La fuerza de la pasión y la intensidad de las inclinaciones o propensiones morales consiguientes al desarrollo material del órgano respectivo, pueden ser tales que el hombre se halle necesitado a ejecutar estos o aquellos actos determinados.
e) La voluntad se halla sujeta a localización orgánica, y reside en una parte determinada del cerebro, lo mismo que las demás facultades. De aquí es que si su órgano propio se halla bastante desarrollado, podrá disponer de sus actos y de los de aquellas facultades e inclinaciones que no sean muy intensas y enérgicas, y por consiguiente poseerá la libertad con respecto a algunas operaciones. Empero si su órgano se [316] halla deprimido o poco desarrollado, su fuerza o energía será insuficiente para regir, ordenar, cohibir o suspender los actos de otras facultades e inclinaciones afectivas, y principalmente de aquellas que alcanzan cierto grado de intensidad y fuerza.
Contra la frenología que admite y profesa, o todas, o la mayor parte de las precedentes afirmaciones procede la siguiente
Tesis
La frenología moderna debe ser rechazada como contraria a la moral y religión, y también a la razón y la experiencia.
Pruébase la 1ª parte.
1º La frenología moderna es un sistema esencialmente sensualista, y que además, o echa por tierra, o por lo menos pone en peligro la espiritualidad e inmortalidad del alma humana: luego se opone a la moral y a la religión, incompatibles con las doctrinas sensualistas, y que no pueden existir ni concebirse siquiera sin la espiritualidad e inmortalidad del alma.
Prueba. el ant. Negar la existencia de una diferencia esencial, radical y primitiva entre las facultades del orden sensible y las puramente intelectuales, como son el entendimiento y la voluntad, es profesar el sensualismo y poner en peligro, o mejor dicho, echar por tierra la espiritualidad e inmortalidad del alma racional, toda vez que nosotros no tenemos intuición, ni siquiera conocimiento inmediato del alma en sí misma o en su sustancia, sino que venimos en conocimiento de su naturaleza y atributos por medio de sus actos y facultades: luego la frenología moderna que no establece diversidad esencial entre éstas, que las localiza todas y las hace depender del órgano material respectivo, que no admite, finalmente, distinción esencial entre las facultades sensibles y las puramente intelectuales, no puede librarse de la nota de doctrina sensualista, y pone en peligro la espiritualidad e inmortalidad del alma humana. Y a la verdad; si las facultades todas del hombre, lo mismo que las de los animales; si el [317] entendimiento y la voluntad son facultades localizadas y ligadas a órganos determinados, como los sentidos, y se hallan sujetas a las leyes necesarias de la materia y del desarrollo orgánico como aquellos, imposible nos será demostrar la superioridad esencial de la inteligencia sobre los sentidos, la inmaterialidad e inmortalidad del alma humana, ni siquiera su superioridad y elevación esencial sobre el alma de los brutos (1).
{(1) La legitimidad de estas deducciones y la solidez de esta demostración contra la moderna frenología, se hallan además confirmadas por doctrinas y afirmaciones evidentemente sensualistas y hasta materialistas que se observan a cada paso en los principales representantes de la misma. «L’homme, escribe Gall, ne doit pas etrê isolé des animaux, car il n’est que la continuacion de la chaine animeé.» «Les phrenologistes, añade Broussais, ont refussé d’accorder les qualités superieures á certains quadrupédes, les reservant exclusivement pour l’homme: je m’inscris formellement contre cette distinction.»}
2ª La localización frenológica o material de la voluntad, y lo que arriba dejamos consignado acerca del modo con que la moderna frenología concibe y explica la libertad, prueban claramente que la libertad humana no existe en realidad para los frenólogos, o que es una palabra vacía de sentido real y filosófico, toda veaz que la fuerza y energía de la voluntad depende del mayor o menor desarrollo de su órgano (2). Luego la frenología moderna es incompatible con la moral y la religión, las cuales presuponen como base natural y necesaria y como condición sine qua non la existencia de la libertad en el hombre.
{(2) «En el sistema frenológico, observa con razón Cerise, el hombre es una pasividad; no se mueve sino en virtud de algunos impulsos orgánicos… La voluntad humana es una palabra vacía de sentido, porque según este sistema, no debe haber en el hombre voluntad real, libre, así como no la hay en un molino de viento, en un reloj, ni en un animal, cuya condición es obedecer a las excitaciones de un organismo.»}
La 2ª parte de la tesis está fuera de duda y no necesita [318] de prueba con respecto a los que hayan leído las obras de los modernos frenólogos, en las cuales abundan las afirmaciones en abierta contradicción con las apreciaciones científicas de la psicología y de la fisiología, y sobre todo contrarias a la observación y experiencia. Los que no hayan manejado dichas obras, bastará que tengan presentes las reflexiones siguientes:
1ª Sin contar otros muchos puntos de importancia, obsérvase entre los frenólogos modernos notable discordancia y oposición, aun con respecto al número, naturaleza y órgano o sitio de las facultades y propensiones, a pesar de la importancia capital de la materia en la frenología. Gall señala 27 facultades y órganos, Spurzheim 35, 37 Broussais, y Vimont 42.
2ª Según observaciones y experimentos de Cabanis, Richerand, Flourens y otros médicos y anatomistas notables, es cosa averiguada que puede existir lesión de las circunvoluciones y partes determinadas del cerebro, sin que por esto desaparezcan las facultades y propensiones que les corresponden, según los frenólogos. Más todavía: Flourens refiere y testifica haber observado en varios animales la permanencia de las mismas facultades, después de haberles quitado partes notables anteriores y posteriores de la masa cerebral.
3ª Es sabido que en la cabeza del carnero se ha descubierto el órgano que en el cráneo del hombre señala Gall para la teosofía, o sea la religión y culto de Dios.
4ª Sabido es también que en el cráneo del sabio Laplace se halló el órgano señalado por los frenólogos para la estupidez. En cambio, estos no pudieron descubrir en el cráneo del homicida Fieschi el órgano frenológico de la destructividad.
Examinando frenológicamente el cráneo de Lacenaire, poseía los órganos de la benvolencia y de la teosofía o religión, careciendo a la vez completamente del correspondiente al robo o acquisividad (1). [319]
{(1) Fue Lacenaire un famoso ladrón, autor o cómplice de siete asesinatos seguidos de robo, y que profesaba especulativa y [319] prácticamente el ateísmo. Solía decir que «el matar sin remordimiento es en la tierra el soberano bien que tan en vano buscan los filósofos.» Revista médica,1836.}
5ª Aun en la hipótesis inadmisible de que fuera verdadera la doctrina de los frenólogos acerca de la relación y dependencia necesaria entre las facultades y las circunvoluciones y órganos cerebrales, nada se podría afirmar con certeza en orden a la existencia o intensidad de dichas facultades; constando, como consta por repetidas observaciones, que las protuberancias y depresiones externas del cráneo, no siempre responden a las internas de la masa cerebral. No es raro, además, observar íntegras y normales las facultades intelectuales y morales, en individuos cuyo cráneo presenta una configuración anormal y hasta raya en monstruosa.
Objeciones
Obj. 1ª Consta que en muchos casos las apreciaciones frenológicas fundadas sobre la inspección del cráneo, acerca de las facultades, aptitudes y pasiones de un individuo, se han hallado conformes con la realidad: luego la experiencia abona las afirmaciones y doctrina de la frenología moderna.
Resp. Aun admitida la verdad histórica de los hechos a que alude la objeción, nada se puede inferir de ellos lógicamente en favor de las pretensiones exageradas de la frenología, ni menos para echar por tierra o desvirtuar las pruebas y de experiencia contra ellas aducidas. Por de pronto, es contra toda razón y contra las nociones más elementales de la lógica, deducir una afirmación o doctrina general de algunos hechos aislados. Por otra parte, es probable que en la mayor parte de esos hechos no se tuvieran en cuenta para los juicios y apreciaciones la sola inspección del cráneo, o los datos puramente frenológicos, sino en combinación con los datos pertenecientes a la fisonomía y a la fisiología. [320] En tercer lugar, sería necesario comparar esos casos en que las apreciaciones frenológicas han resultado exactas, con aquellos en que han resultado falaces.
Por último, los hechos, datos y experimentos mencionados en las pruebas, demuestran hasta la evidencia que, aun prescindiendo de las reflexiones anteriores, la frenología moderna carece de todo derecho a las pretensiones científicas que se arroga, toda vez que considerada puramente en el terreno experimental, y abstracción hecha de su incompatibilidad con la religión y la moral, nunca puede traspasar los límites de la probabilidad y la conjetura, como veremos después.
Obj. 2ª La experiencia demuestra que dañado o destruido el cerebro en el hombre, desaparecen o se perturban las funciones de la inteligencia y de la voluntad: luego con razón suponen los frenólogos modernos que estas facultades se hallan ligadas, localizadas y sujetas a órganos corporales determinados y especiales, lo mismo que las facultades sensitivas.
Resp. Negando la consecuencia, que es tan legítima como la siguiente: «Sin la sangre el hombre no puede funcionar con el entendimiento y la voluntad: luego el entendimiento y la voluntad dependen de la sangre y funcionan por medio de ella.»
La lesión del cerebro determina, o mejor dicho, ocasiona la perturbación de las funciones intelectuales y voluntarias, no porque estas funciones se realicen por medio de órganos materiales como las sensaciones, ni porque estas facultades residan en el cerebro como en su órgano propio, sino porque en el cerebro residen los órganos propios de las facultades sensibles y principalmente de la imaginación, cuya perturbación de funciones lleva consigo ex consequenti la perturbación de las funciones puramente intelectuales; porque estas, en el presente estado de unión del alma con el cuerpo, no pueden funcionar actualmente sino a condición de funcionar previamente y simultáneamente los sentidos, y con particularidad la imaginación: previamente, excitando la actividad [321] intelectual y suministrándole materia para la abstracción de las ideas o especies que han de representar los objetos como universales, a fin de que puedan ser conocidos por la inteligencia: simultáneamente, porque la observación psicológica demuestra que, en el estado presente de unión, siempre que funciona el entendimiento funciona a la vez la imaginación, formando y presentando imágenes en relación con el objeto inteligible, siquiera este sea universal y espiritual.
En términos de escuela se puede responder distinguiendo: El entendimiento y la voluntad dependen del cerebro y de órganos materiales mediate et indirecte, conc. inmediate et directe, neg.
§ II
Posibilidad y condiciones de la verdadera frenología.
Las reflexiones consignadas en el párrafo anterior y la doctrina expuesta en los capítulos precedentes acerca de las relaciones que existen entre las facultades sensibles y las puramente intelectuales, y acerca de la dependencia de las primeras de determinados órganos o partes del cuerpo, revelan que en el fondo de la moderna frenología hay algo de verdad, y que por consiguiente es posible en principio una frenología, o sea el estudio y conocimiento de las facultades e inclinaciones del hombre por medio de la organización del cuerpo.
Para que esta frenología sea verdaderamente un estudio y conocimiento racional, debe comenzar por rechazar aquellas afirmaciones de la frenología moderna que, según hemos visto en el párrafo anterior, se hallan en contradicción con la religión, la moral y la experiencia, sujetándose después a las siguientes condiciones, que deben ser consideradas como las bases generales de toda frenología racional y cristiana.
1ª Es preciso establecer una distinción absoluta, esencial y primitiva entre las facultades del orden sensible por [322] una parte, ya sean cognoscitivas, como los sentidos externos e internos, ya sea efectivas, como las pasiones; y por otra, las facultades del orden intelectual que pueden reducirse al entendimiento y voluntad libre. Las primeras funcionan mediante órganos determinados, y residen en partes determinadas del cuerpo: así es que pueden apellidarse facultades orgánicas, al menos en cuanto residen y funcionan en partes y órganos determinados del cuerpo: las puramente intelectuales, ni residen en parte alguna determinada del cuerpo, ni funcionan por medio de órganos, debiendo en consecuencia apellidarse inorgánicas, o puramente espirituales.
2ª Deben reducirse a menor número las facultades e inclinaciones designadas por los frenólogos modernos, cuyas clasificaciones, sobre ser ocasionadas a confusión, son poco racionales y filosóficas, multiplicando indefinidamente el número de facultades, porque consideran como tales las que son funciones y manifestaciones varias de una misma facultad. La clasificación frenológica de las facultades e inclinaciones humanas debe estar en relación con la naturaleza y diversidad de actos y objetos, los cuales constituyen el elemento principal para descubrir y determinar la naturaleza y diversidad de las potencias.
3ª Aun con respecto a las facultades sensibles u orgánicas que están sujetas, por decirlo así, a observación frenológica directa, no se debe formar juicio acerca de la intensidad o energía de una facultad o inclinación por la inspección aislada de la parte del cuerpo en que reside, o por el desarrollo externo del órgano, sino que es preciso tomar en cuenta las indicaciones orgánicas correspondientes a otras facultades o propensiones, las cuales pueden neutralizar en parte la indicación de otro órgano. Además es preciso tomar en consideración las indicaciones fisionómicas, y acaso más todavía las condiciones del temperamento o complexión, las cuales pueden modificar profundamente las indicaciones frenológicas apoyadas sobre la magnitud o desarrollo de uno o más órganos. [323]
4ª De aquí es que el juicio frenológico es esencialmente complejo, y necesariamente inseguro. Complejo, porque exige el concurso y conveniente apreciación y combinación de datos craneoscópicos u organológicos, de datos fisionómicos, y de datos fisiológicos, o relativos a la complexión y organización general. Inseguro, porque además de la dificultad de combinar y apreciar convenientemente todos estos datos, es posible: 1º que el desarrollo interno y la disposición de la masa cerebral no corresponda con exactitud al desarrollo externo y a la disposición del cráneo: 2º que la intensidad y energía que corresponden a las facultades o inclinaciones frenológicamente consideradas, hayan sido modificadas, disminuidas o aumentadas, en virtud de ciertas circunstancias de clima, sociedad, educación, &c., y sobre todo en virtud de la fuerza de voluntad y de la repetición de actos contrarios.
5ª La observación frenológica, tomada en el sentido complejo indicado, puede extenderse y aplicarse a las facultades puramente intelectuales, no porque estas sean orgánicas, o funcionen por medio de órganos o partes determinadas del cuerpo, sino porque dependen y se hallan relacionadas en su ejercicio y desarrollo con las facultades y propensiones del orden sensible; de donde resulta necesariamente que las condiciones especiales de éstas y de sus órganos propios influyen indirectamente o ex consecuenti en las facultades y propensiones del orden intelectual. Aquí es donde debe buscarse la razón suficiente de la diversidad de aptitudes que se observan en los hombres con respecto a las ciencias y artes.
6ª Todo juicio frenológico, es decir, basado sobre datos suministrados por la frenología, debe sujetarse a estas dos condiciones: 1ª que no salga de los límites de la conjetura y probabilidad, sin pretender jamás una certeza absoluta, ni menos científica, al menos en el estado actual de esta clase de conocimientos: 2ª que se circunscriba a las facultades e inclinaciones en sí mismas, sin pasar al orden de los hechos; porque cualesquiera que sean la intensidad y energía de las facultades y pasiones, sus actos se hallan siempre sujetos al imperio de la voluntad y de la razón, las cuales ya con su [324] fuerza nativa, ya con la que recibir pueden de la gracia, la oración, los hábitos contrarios, &c., pueden modificar profundamente y dominar las manifestaciones y actos de las demás facultades e inclinaciones, con rarísimas excepciones relativas a algún caso concreto y circunstanciado.
Bajo las bases y condiciones expuestas, no hay inconveniente alguno en admitir la posibilidad, existencia y utilidad de la frenología, si no como verdadera ciencia, como una ampliación y perfección racional de la misma. Bajo este punto de vista pudiera definirse la Frenología: El conocimiento probable y conjetural de las facultades y propensiones del hombre, basado sobre el examen de la complexión especial del individuo, combinado con la observación de las indicaciones fisionómicas y craneoscópicas del mismo (1).
{(1) Sobre esta materia pueden leerse los capítulos 14, 15 y 16 del lib. I de los citados Estudios sobre la Filosofía de santo Tomás.}
Escolio
Aunque las pasiones, y en general las facultades afectivas de la sensibilidad, como facultades orgánicas que son, residen y funcionan en partes determinadas del cuerpo, las cuales vienen a ser como sus órganos propios, no es fácil determinar lo que constituye el órgano especial de cada facultad afectiva y de cada pasión, ni siquiera las partes en que residen, según lo demuestra la misma diversidad de opiniones sobre la materia. Algunos fisiólogos y frenólogos señalan como órgano y asiento de dichas facultades y pasiones el corazón; otros el hígado y los pulmones; quién señala la médula espinal y el cerebelo; quién las distribuye entre varias de estas vísceras. Santo Tomás parece inclinarse a que el órgano y asiento propio de las pasiones es el corazón.
LEFEBVRE: ¿ATANASIO O EUTIQUES DE NUESTROS TIEMPOS?
Eutiques fue un gran heresiarca del siglo V. Lo esencial de su punto de vista herético es la afirmación de que Cristo tiene una sola naturaleza después de la Encarnación y se la denomina indiferentemente eutiquianismo o monofisismo, negando el dogma de las dos naturalezas en Cristo: humana y divina. Si bien su posición fue una reacción a la herejía nestoriana, su respuesta no fue mejor de lo que pretendía negar, ya que repudió una herejía con otra si cabe peor. Fue degradado, excomulgado y depuesto de sus cargos y oficios y exiliado. Una carta del Papa San León (Ep. 134), escrita el 15 de abril de 454, se queja de que Eutiques esté todavía extendiendo su veneno en el exilio y le ruega a Marciano que lo traslade a algún lugar distante y solitario; después de muerto su herejía ha pervivido en las almas de muchos envenenados por su pócima mortal.
Vea el vídeo del joven profesor David Martínez-
https://youtu.be/C9tACPOduQc
PSICOLOGÍA EMPÍRICA. El entendimiento agente y el entendimiento posible. 12/13
Hablar de entendimiento agente y posible a los filósofos de nuestros días, es provocar en ellos desdeñosa sonrisa, acostumbrados como se hallan a no ver en estos nombres sino sutilezas e invenciones gratuitas de los Escolásticos. Sin embargo, los que tal hacen debieran tener presente: 1º que la teoría del entendimiento agente y posible, pertenece a Aristóteles y no a los Escolásticos, los cuales, al adoptarla, la completaron y desenvolvieron, poniéndola en relación y armonía con las enseñanzas de la filosofía cristiana: 2º que el fondo de esta teoría y lo que en ella es esencial y verdaderamente importante, debe ser admitido en realidad por todo filósofo que no sea partidario de las ideas innatas, o del sensualismo puro.
La exposición completa de esta teoría exige prolijas y multiplicadas investigaciones. Nosotros nos vemos precisados en gracia de la brevedad, a condensarlas en las siguientes reflexiones relativamente compendiosas:
§ I
Teoría del entendimiento agente.
1ª La experiencia y la observación interna demuestran claramente que nuestro espíritu percibe y conoce bajo la forma de la universalidad, y por consiguiente bajo condiciones necesarias, científicas e intelectuales, los mismos objetos que antes percibiera por medio de los sentidos bajo la forma de singularidad, y por consiguiente bajo condiciones sensibles, pasajeras y contingentes. Yo percibo primero con los sentidos y represento en mi imaginación este hombre con este color, con esta figura, con esta extensión, &c. Después prescindo de este hombre, de este color, de esta extensión, &c., y formo concepciones, juicios, raciocinios universales acerca del hombre, del color, de la extensión. [307]
2ª Luego en el espíritu humano se ha realizado una verdadera transformación objetiva, mediante la cual el objeto que antes solo era inteligible en potencia, se ha hecho inteligible en acto, es decir, se presenta y se une al entendimiento, como facultad cognoscente, despojado de las condiciones de contingencia y singularidad, y revestido de las de necesidad y universalidad, por razón de las cuales el objeto adquiere la inteligibilidad actual, o sea la capacidad y aptitud completa para ser conocido por la inteligencia como facultad superior a los sentidos.
3ª Luego si todo efecto real supone y exige una causa real y proporcionada a su naturaleza, es preciso admitir en el espíritu humano una causa, un agente, una fuerza, una actividad, o llámese como se quiera, capaz de realizar esa transformación objetiva y de presentar al entendimiento, o sea de representar como universal, lo que los sentidos y la imaginación perciben y representan como singular.
4ª Ese agente, pues, esa fuerza intelectual, esa actividad que realiza esa transformación y elevación objetiva, es lo que nosotros llamamos entendimiento agente, y lo que constituye la idea capital y el fondo de esta teoría adoptada por los Escolásticos.
Tomado el entendimiento agente en este sentido, solo puede ser rechazado lógicamente por los partidarios del sensualismo puro y de las ideas innatas. Porque la verdad es que en toda buena filosofía, los universales constituyen el objeto propio de nuestro entendimiento. La verdad científica, la verdad propiamente dicha, solo tiene lugar en las nociones e ideas universales, las cuales se hallan fuera del alcance de los sentidos. Si se tiene ahora en cuanta otro hecho no menos incontestable, a saber, que los objetos según existen en sí mismos y en los sentidos, siempre van acompañados de singularidad y consiguientemente de contingencia y mutabilidad, se verá claramente que es absolutamente necesario admitir la existencia de alguna fuerza o agente superior a la sensibilidad, fuerza que obrando sobre las representaciones sensibles de los objetos singulares, determine su tránsito y elevación [308] del orden sensible al orden inteligible, del orden no científico al orden científico, del orden contingente al orden necesario, del orden singular al orden universal.
5ª Resulta de las reflexiones que anteceden: 1ª que la facultad intelectual o sea la inteligencia humana, en cuanto que posee la virtud o fuerza de trasformar las representaciones sensibles, y de elevarlas de la representación singular del objeto a la representación universal, puede y debe llamarse con razón entendimiento agente: 2º que la misma inteligencia en cuanto que por medio de simples percepciones, de juicios, de raciocinios, reflexiones, comparaciones, análisis, &c., conoce esos objetos que se le presentan bajo la forma de universalidad, condición necesaria para la posesión de la verdad y para la constitución de la ciencia, se pude llamar entendimiento posible: 3º que tomados el entendimiento agente y el posible en el sentido indicado, con abstracción de las cuestiones relativas a la distinción entre los dos, al modo de obrar del entendimiento agente sobre las representaciones imaginarias, a la existencia y naturaleza de las especies inteligibles, con otras cuestiones análogas y secundarias, debe ser reconocida su necesidad y existencia, y por consiguiente el fondo y lo esencial de esta teoría, por toda filosofía cristiana que no admita ideas innatas.
6ª Si se nos pregunta ahora cuál es la función propia y peculiar del entendimiento agente, diremos que es abstraer de las representaciones sensibles especies o ideas que representan los objetos como universales. El fenómeno de la intelección o conocimiento intelectual no puede realizarse sin la unión previa del objeto inteligible con la potencia inteligente. Es así que el objeto, en tanto se dice y es inteligible, en cuanto reviste la forma de universalidad, toda vez que mientras se presenta bajo la forma de singularidad no traspasa el orden sensible ni se eleva sobre el conocimiento de los sentidos: luego es preciso admitir que a la intelección o conocimiento intelectual del objeto A precede, no en orden de tiempo, sino en orden o con prioridad de naturaleza, la producción y existencia de alguna forma, especie, idea, representación, o [309] llámese como se quiera, que establezca la unión necesaria entre la inteligencia y el objeto A como inteligible, o sea presentado bajo la forma de universalidad. La producción o elaboración de esas formas intelectuales, representativas del objeto como universal, constituye la función propia del entendimiento agente, considerado como distinto del posible, o si se quiere, como manifestación parcial y primera de la potencia intelectual del hombre.
Estas formas o representaciones universales de los objetos, elaboradas y abstraídas por el entendimiento agente de las representaciones sensibles existentes en la imaginación, son las mismas que los Escolásticos solían llamar especies inteligibles, porque representan los objetos como inteligibles, en el hecho mismo de representarlos como universales; y también ideas impresas, para distinguirlas de las expresas, que son las nociones o conceptos de los objetos como conocidos ya por el entendimiento.
7ª Si se quiere ahora profundizar más la materia, e investigar el origen filosófico y la razón a priori de esa fuerza poderosa que posee el entendimiento agente para abstraer y sacar de las representaciones sensibles y singulares, representaciones o ideas inteligibles y universales de los objetos, para poner en contacto y unión íntima con la inteligencia humana, fuerza espiritual e inmaterial, los objetos singulares y materiales, comunicándoles la universalidad, la inmaterialidad y consiguientemente la inteligibilidad inmediata, directa y actual, que ni por sí mismos, ni en las representaciones sensibles poseen, preciso es recurrir a la profunda teoría de santo Tomás, según la cual el entendimiento agente es una derivación y una participación del Entendimiento Divino: una semejanza de la Luz increada en la cual se contienen las razones o ideas eternas: una luz producida o impresa en el alma por el mismo Dios inmediatamente (1). [310]
{(1) «Virtus derivata a superiori intellectu.» Sum. Theol.
«Virtus quae a Supremo Intellectu participatur.» Ibid.
«Lumen intellectus agentis non causatur in anima ab aliqua alia [310] substantia separata, sed immediate a Deo.» Quaest. Dispae. De Verit.
«Quaedam participata similitudo Luminis Increati, in quo continentur rationes aeternae.» Sum. Theol.
«Quasi quaedam similitudo Increate Veritatis in nobis resultatis.» De Verit.
Estos y otros pasajes análogos revelan que el poder, la elevación y nobleza que admiramos en la inteligencia humana, se hallan muy en armonía con la concepción que acerca de su naturaleza y origen presenta la doctrina de santo Tomás. —La importancia y aplicaciones de esta profunda y vasta teoría se hallan expuestas en el libro V de nuestros Estudios sobre la filosofía de santo Tomás, especialmente en los capítulos 5º, 6º, 7º, 8º, 9º y 12º.}
He aquí el origen y la razón a priori más que suficiente de esa fuerza maravillosa que posee nuestra inteligencia de convertir en representaciones universales las representaciones singulares de la sensibilidad. Desde el momento que vemos en el entendimiento agente una participación de la inteligencia divina, una impresión de las ideas divinas y de la Verdad Increada: una luz producida inmediatamente por Dios; un reflejo o destello inmediato de la Inteligencia suprema, ninguna dificultad podemos hallar ya en conceder a nuestra alma la fuerza y el poder necesarios para formar y abstraer ideas o representaciones intelectuales de los materiales suministrados por la sensibilidad: desde ese momento nada hay que pueda impedirnos reconocer en el entendimiento agente una actividad capaz de trasformar y convertir las representaciones sensibles en representaciones inteligibles. Destello admirable e inmediato de la Inteligencia divina, a la vez que participación y derivación de la causalidad y actividad suprema, el entendimiento agente lleva en su seno el germen de las ideas divinas, razones eternas, necesarias e inmutables de las cosas como esencias inteligibles. ¿Por qué admirarnos, pues, de su fuerza prodigiosa y eficacísima en orden a la formación de las ideas o especies inteligibles, como representaciones universales a la vez que intelectuales de los objetos? Por nuestra parte creemos que se halla más en armonía con [311] las elevadas concepciones de la filosofía cristiana admitir que esta derivación de la Inteligencia divina, que esta semejanza de la Verdad increada, en razón y a causa de la nobleza de su origen y de la elevación de su naturaleza propia, se halla dotada de una energía superior a la que hallarse puede en todos los seres materiales y sensibles, de una poderosa fuerza de asimilación capaz de hacer pasar los objetos del orden material y singular al orden inmaterial y universal. Por eso sin duda la apellida también santo Tomás «una virtud o fuerza inmaterial y activa, capaz de asimilarse otras cosas haciéndolas inmateriales:» quaedam virtus immaterialis activa, potens alia similia sibi facere, scilicet, immaterialia.
§ II
El entendimiento posible.
Una vez conocida la teoría del entendimiento agente, no es difícil reconocer la naturaleza y propiedades del entendimiento posible, para lo cual bastará tener presentes las siguientes observaciones:
1ª Para los que no admitan la existencia de las ideas innatas, es indudable que el entendimiento humano, considerado en sí mismo y originariamente, no ejerce sus funciones, o lo que es lo mismo, se halla en potencia en orden al ejercicio y desenvolvimiento actual de su actividad; y que por otra parte carece por sí mismo de objetos actualmente inteligibles, o sea de ideas y representaciones que le pongan en contacto y unión con su objeto propio, que es el universal. Por esta razón y en este sentido llama santo Tomás al entendimiento del hombre pura potentia in ordine intelligibili. Y en efecto; sin ponerse en abierta contradicción con el testimonio de la conciencia, no se puede poner en duda que nuestra inteligencia se halla al principio privada de toda función actual y como adormecida, necesitando cierto grado de desarrollo por parte de los órganos del cuerpo, no menos que el ejercicio y excitación de las facultades sensibles para ponerse en acción y [312] ejercer sus funciones propias de percibir, juzgar, reflexionar, comparar, raciocinar, &c.
Tampoco puede ponerse en duda que estos actos y funciones intelectuales no pueden ejercerse, sino a condición de que los objetos a los cuales se refieren y sobre los cuales recaen, se unan y se presenten a la inteligencia en condiciones de inteligibilidad, o sea bajo la forma de universalidad, lo cual pertenece, como acabamos de ver, al entendimiento agente por medio de la abstracción y producción de las ideas impresas, o especies inteligibles.
2ª Luego al entendimiento posible, como manifestación parcial de la inteligencia humana, pertenece: 1º recibir las representaciones o ideas universales de los objetos abstraídas por el entendimiento agente de las representaciones sensibles: 2º conocer intelectualmente, es decir, percibiendo, comparando, juzgando, raciocinando, analizando, &c., estos objetos: 3º formar ideas o nociones que representan el objeto como conocido, las cuales se llaman también conceptos, noticias, palabra interior, verbum mentis, razones objetivas, y entre los Escolásticos además, ideas expresas, para distinguirlas de las impresas producidas por el entendimiento agente.
3ª Infiérese de lo dicho que el entendimiento posible, aun considerado como manifestación parcial y especial de la inteligencia o razón humana, y como distinto del entendimiento agente tiene más de facultad o potencia activa que de pasiva, puesto que si esta denominación le conviene porque necesita recibir de los sentidos por medio del entendimiento agente los objetos inteligibles, la de potencia activa le corresponde también en todo rigor, siendo, como es, principio y causa de las operaciones o funciones eminentemente activas de percibir, raciocinar, juzgar, &c. También le compete la denominación de potencia activa, en cuanto que produce las ideas o nociones que representan los objetos como conocidos y que constituyen la ciencia. En realidad, el entendimiento posible es a la vez pasivo y activo: pasivo, en cuanto que su actividad o fuerza permanece adormecida y en potencia, hasta que es excitada y fecundizada, por decirlo así, con las especies [313] o ideas abstraídas e impresas en él por el entendimiento agente: es activo, en cuanto que una vez excitado y fecundizado con la acción e influjo del entendimiento agente, percibe, juzga, raciocina y ejerce toda clase de actos acerca de los objetos, produciendo a la vez el verbum mentis, que expresa y representa los objetos como conocidos.
4ª Cuando santo Tomás y otros filósofos antiguos decían que el entendimiento posible es pura potencia, no pretendían negar que fuera una verdadera actividad o fuerza activa, y sí solo significar, que considerado en sí mismo, con precisión del entendimiento agente y originariamente, no posee ningún objeto ni idea actualmente inteligible, sino la facultad pura de entender.
Por lo demás la denominación de posible es muy exacta y filosófica, y más bien indica cierta elevación y superioridad, que imperfección: porque, en efecto, el entendimiento posible se llama posible, porque puede recibir toda clase de ideas y conocer toda clase de objetos, sean materiales o espirituales, sustancias o accidentes, naturales o sobrenaturales, finitos o infinitos, en atención a que todos se hallan incluidos en la razón universalísima de ente, la cual constituye la noción fundamental y el objeto extensivo y adecuado del entendimiento humano (1). [314]
{(1) Téngase presente que no es lo mismo entendimiento posible que entendimiento pasivo: 1º porque la denominación absoluta de pasivo excluiría del entendimiento posible la razón de verdadera potencia activa, contra lo que se ha dicho: 2º porque los antiguos solían dar el nombre de entendimiento pasivo a la estimativa del hombre, que es una facultad sensible, esencialmente diferente del entendimiento.}
LA JURISDICCIÓN SIN MANDATO ORDINARIO
PSICOLOGÍA EMPÍRICA. Objeto del entendimiento. 11/13
Ya que la naturaleza y condiciones de esta obra no nos permiten ampliar o exponer con extensión lo que acabamos de indicar acerca del objeto del entendimiento, vamos a resumir y condensar en pocas palabras nuestra teoría sobre la materia.
1º El objeto general, y como decían los Escolásticos, extensivo de nuestro entendimiento es el ente, ya porque todo cuanto conoce el entendimiento humano lo conoce bajo la razón de ser, ya principalmente porque de una manera u otra puede conocer todo lo que es ente.
2º El objeto directo, connatural, y proporcionado del entendimiento humano durante la vida presente, son las cosas sensibles o materiales, bajo la forma de universalidad. En efecto: la experiencia y la observación psicológica demuestran que el ejercicio de la sensibilidad precede, excita y acompaña al ejercicio de la inteligencia. De aquí es que las cosas sensibles y materiales son natural y necesariamente las primeras que se presentan al entendimiento, y las que le suministran materia y objeto para el desarrollo de su actividad propia. Ni se opone a esto lo que se ha dicho acerca de la prioridad de la idea de ente: la noción de ente es la primera que percibe el entendimiento, pero la percibe en los objetos sensibles y con relación a ellos, aunque después puede por medio de abstracciones y comparaciones con otros objetos considerarla en sí misma y en toda su pureza. Así, pues, en el estado de unión del alma con el cuerpo, las cosas sensibles y materiales constituyen el objeto connatural y propio del entendimiento, puesto que las primeras funciones de éste y las primeras manifestaciones de su actividad, ser refieren necesariamente a los objetos percibidos y representados por los sentidos y principalmente por la imaginación. [304]
3º La razón, por otra parte, viene en apoyo de esta doctrina, basada sobre la experiencia y la observación psicológica. El objeto propio, connatural, y, por decirlo así, específico de una inteligencia, debe estar en relación con la naturaleza de esta, para que de esta suerte haya proporción y relación armónica entre el objeto y el sujeto. Ahora bien: Dios, cuya inteligencia no solamente está separada de todo cuerpo, sino que es infinita en el orden inteligente, tiene también por objeto propio y como específico, una cosa separada de todo cuerpo, y a la vez infinita en el orden inteligible, que es su misma esencia. A la inteligencia de los ángeles, separada sí de todo cuerpo, pero finita como facultad inteligente, corresponden, como objeto primario y específico, las sustancias espirituales separadas del cuerpo, pero finitas en el orden inteligible. Finalmente, a la inteligencia que existe unida realmente a un cuerpo, pero que al mismo tiempo no solo puede existir separada del cuerpo, sino que cuando está unida funciona sin dependencia de órgano corporal determinado, le corresponde como objeto primario, connatural y específico la naturaleza sensible y material, pero bajo un punto de vista insensible e inmaterial, es decir, bajo forma de universalidad. Porque el entendimiento humano es una facultad que no funciona por medio de órgano material como los sentidos, y porque pertenece a una sustancia inmaterial, cual es el alma racional, exige que su objeto específico y connatural sean las cosas corpóreas o sensibles. Por eso dice con gráfica concisión santo Tomás: anima humana corpori unita, aspectum habet ex unione corporis ad inferiora directum.
4º Así como la unión íntima y sustancial del alma con el cuerpo determina en nuestro entendimiento esa especie de mirada y conversión permanente hacia las cosas materiales, así también puede considerarse como la razón suficiente y a priori de ese fenómeno psicológico tan notable que observamos en la imaginación, cuyas representaciones materiales y [305] sensibles acompañan siempre al entendimiento en sus funciones y actos propios.
5º Uno de los corolarios más importantes que se desprenden de la doctrina aquí consignada es que la inmaterialidad es la raíz, la razón suficiente y como la medida, no solamente de la inteligencia o poder cognoscitivo de un ser, sino también de la inteligibilidad de los objetos. Cuanto una sustancia se eleva más sobre el mundo de los cuerpos y se aparta más de las condiciones y atributos de la materia, tanto es mayor la fuerza inteligente que posee. Por esta causa, Dios, que no solo excluye todo consorcio con la materia, sino que en razón de acto purísimo, excluye toda potencialidad, la cual es inherente a todo ser material, poseen la inteligencia en sumo grado. Los ángeles, como sustancias independientes y separadas de todo cuerpo, pero sujetas a potencialidad y a multiplicidad de actos y de potencias, poseen la inteligencia y una inteligibilidad limitadas. Finalmente, el alma racional, sustancia inmaterial en sí misma, pero unible al cuerpo, del cual depende, así para constituir la naturaleza humana, como para ejercer ciertas funciones, posee el ínfimo grado en la escala de las inteligencias.
Que la inmaterialidad es también la razón suficiente y como la medida de la inteligibilidad, se reconocerá fácilmente si se tiene presente, que a proporción que los objetos se hallan más libres y elevados sobre la materia y sus condiciones, son más inteligibles por sí mismos, como se observa con respecto a Dios, las razones o ideas de ente, de causa, efecto, sustancia, verdad y otros objetos análogos, independientes en sí mismos de la materia. [306]
CONTRA EL ASACRAMENTALISMO. EL ACCESO A LOS SACRAMENTOS EN ESTADO DE EXTREMA NECESIDAD
1 La universalización del juicio sobre herejes.
1.1- No todos son herejes.
1.2- No todos eran herejes.
2- La exclusión del acceso a los Sacramentos
2.1- La exclusión de los herejes de la ley de los excomulgados.
2.2- Deformación de la dotrina de San Roberto Bellarmino.
2.3- Falsa noción de «unión» con los herejes.
3- La exclusividad del peligro de muerte física
3.1- Sólo en el fin de la vida física.
3.2- La ley de la Iglesia es peligro de muerte para el alma.
3.3- El derecho de la Iglesia es determinado por los hechos.
Así, unos llegarán a la Iglesia «hereticista», regida ordinarimente por herejes públicos, y otros llegarán a una «Iglesia» sin jerarquía y sin Sacramentos, «sin solución» dentro de las normas de la constitución divina de la Iglesia. Es el anti-sacramentalismo.
Unos vician el Canon 188 n.4; otros el Canon 2261. Basándose en las lecciones del mayor teólogo, Santo Tomás, y en la exégesis de los cánones por sus lugares paralelos, observamos aquí la noción de herético y el acceso a los Sacramentos facultados por la Iglesia a través del Canon 2205 n.2, sobre «leyes meramente eclesiásticas»ante necesidades graves para la vida del alma, sea en el ámbito social, sea individual. La presente crisis, como en la época del arrianismo, alcanza a toda la Iglesia socialmente, antes de alcanzar a cada uno individualmente. Y fue por esa necesidad social de la Iglesia, que San Eusebio de Vercelli y San Eusebio de Samosata consagraron obispos en el siglo IV, aunque aparentemente violando leyes humanas sobre jurisdicción.
1.1 – No todos son heréticos
Entonces, el análisis de la crisis actual no puede ser simplificado y generalizado, juzgando a todos los sacerdotes y obispos aunque adheridos a los errores del Vaticano II, como heréticos públicos «vitandi». Y menos aún, a los que, aún reservadamente, se resisten a ellos. Apartándose de estas doctrinas de Santo Tomás y San Agustín, se llega a una Iglesia «sin jerarquía ni solución legal» dentro de la constitución divina de la Iglesia. Eso iría contra el dogma de la perennidad de la Iglesia hasta la consumación de los siglos, y de la Iglesia de hoy como íntegramente la misma que existió en la época de los Apóstoles (Pío XI, Mortalium ánimos). Cristo no hubiera sido capaz de garantizar que las puertas del infierno no prevaleciesen contra ella.
1.2 – No todos eran heréticos
Cuestión: «El conjunto del clero romano (elector de San Dámaso) permaneció fiel».
Si se tiene por «fiel» al conjunto del clero romano, la «presunción» generalizada e infundada de que fueran heréticos todos los que estaban «una cum» Liberio, no es verdadera. Como no eran heréticos todos los que estaban «una cum» Honorio y eligieron a su sucesor Severino. Y los que eligieron a Juan IV, que hasta habló de Honorio, de «reverenda memoria». No eran cismáticos públicos los electores de Martin V. Esto demuestra que la presunción debe ser fundada.
2.1 – La exclusión de los herejes de la ley de los excomulgados.
Por este engaño y por la extensión del concepto de herejes a todos los errantes, se excluirían los fieles de todos los Sacramentos lícitos conforme al C. 2261. Así se permitiría recibir los Sacramentos de un padre que viviera públicamente en concubinato, pero no de un errante como San Pedro, o de un «tolerado» por la Iglesia.
2.2- Deformación de la Doctrina de San Roberto Belarmino
Es obvio que el texto de San Roberto no contradice al Santo Tomás, así como el Canon 184 n.4 no contradice al Canon 2261. Es necesario discernir cuando habla el texto de jurisdicción ordinaria y cuando de delegada. La objeción, pues, se contradice ella misma, al pretender excluir «toda jurisdicción» y después admitir la jurisdicción en el hereje para absolver «in extremis» (Véase 3.1).
2.3- Falsa Noción de «Unión» con los herejes
Noldin S.J. define la participación formal e ilícita en los Sacramentos: «es la que necesariamente debe ser juzgada como señal de unidad religiosa», «en la profesión religiosa», «como si no existiera diferencia esencial entre culto católico y herético» (Theol. Mor. p.3, n.37). Por lo tanto, no es unión ilícita en la fe, en el régimen, en los Sacramento lo que el Canon 2261 permite en sus «excepciones», donde el hereje hace «lo que hace la Iglesia». Esto, dice Noldin, «ex gravissima causa», puede ser lícito.
3.1- Sólo en el fin de la vida física
Luego, no es correcto afirmar que la doctrina de Santo Tomás «no deja duda alguna» sobre la opinión opuesta.
6 – Los moralistas establecen la «adecuación» negada:
c) Meyraguet, basado en san Alfonso, D’Annibale, tienen igual sentencia.
Cuestión. – a) «Peligro de muerte para el alma»:
b) «es el peligro de ser absuelto, creyéndoselo, por falta de jurisdicción del sacerdote»
se termina por todo aceptar;
A fuerza de todo aceptar,
se termina por todo justificar,»
asta el recurso más o menos regular a los heréticos, fuera del peligro de muerte».
3.3 – El Derecho está determinado por los hechos
El peligro de escándalo, si existe, debe ser evitado. Mas no al punto de sobreponerse a lo que sea de extrema necesidad para el alma, bajo el riesgo de corromper la verdad y perder el alma para evitar el escándalo de los fariseos; de colocar la ley humana sobre la divina; de determinar la verdad por los hechos. Los católicos franceses deben ser católicos romanos y no de Port-Royal.
Gloria Patris et Filio et Spiritu Sancto Reginaeque nostra.
Homero JOHAS
(1) «Principalmente si faltan otros Ministros.»
(2) «Voluntad deliberada de violar la ley.»
(3) «En cuanto a los otros.»
(4) «De ningún modo hay que considerarlos entre los herejes.»
(5) «Hasta la sentencia de la Iglesia.»
(6) «No para todos es de necesidad de salvación en el mismo grado.»
7) «Sin la intención.»
8) «Gimió todo el orbe y se admiró de ser arriano.»
9) «En perversidad herética.»
1O) «En su Iglesia pastores y doctores hasta la consumación de los siglos.»
12) «Todo es nulo.»
13) «Se refieren a la salvación del cuerpo y del alma.»
14) «A causa de la necesidad del hambre.»
15) «Para que sea salvo en el día del juicio.»
16) «El título no crea derecho.»
18) «La Iglesia acepta que cualquier sacerdote pueda absolver en el artículo de la muerte.»
20) «El Santo Oficio admite esta causa.»
22) «Os interrogo: si es lícito hacer bien o mal en sábado, salvar una vida o perderla.»
23) «También es dado por los herejes.»
25) «No recibe el fruto del sacramento, salvo que la ignorancia lo excuse.»
PSICOLOGÍA EMPÍRICA. El entendimiento por comparación a los sentidos, o superioridad del entendimiento respecto de la sensibilidad. 10/13
El problema relativo a la distinción y diferencia entre el entendimiento y las facultades sensibles es, sin duda, uno de los más trascendentales de toda la filosofía. El sensualismo, el materialismo, la inmortalidad del alma, la vida futura, la libertad humana y consiguientemente todos los problemas fundamentales de la moral y de la religión, se hallan en relación más o menos inmediata y directa con este problema psicológico.
Lo que dejamos consignado en el artículo anterior, y principalmente la doctrina expuesta en el párrafo primero, se más que suficiente para reconocer la superioridad y distancia casi infinita que existe entre el entendimiento y los sentidos, así externos como internos, y que entre la sensibilidad y la inteligencia existe una distinción absoluta, primitiva y esencial. [299] Sin embargo, la importancia capital de este problema exige mayor desenvolvimiento, con cuyo objeto estableceremos la siguiente tesis, que resume la solución propia de la filosofía cristiana.
Tesis
El entendimiento y la sensibilidad del hombre convienen o se asemejan en algo; pero son facultades o potencias absolutamente diferentes y esencialmente distintas.
Para la inteligencia de la primera parte de la tesis, conviene tener presente, que en el orden cognoscitivo, si es lícito hablar así, hay ciertos términos que son aplicables indiferentemente a los sentidos y al entendimiento, como son percibir, conocer; pues así como decimos que el alma percibe o conoce por medio del entendimiento estos o aquellos objetos, así también podemos decir que percibe o conoce los cuerpos, o sus accidentes y modificaciones por medio de los sentidos. Por el contrario, hay otros nombres pertenecientes a este orden cognoscitivo que son peculiares y propios, o del orden sensible, o del orden intelectual: ver, oír, sentir, imaginar, &c., significan funciones cognoscitivas que pertenecen exclusivamente a las facultades sensibles: juzgar, raciocinar, reflexionar, pensar, &c., expresan funciones cognoscitivas propias del orden intelectual.
Esto supuesto, es fácil reconocer que entre el entendimiento y los sentidos hay cierta analogía y como una especie de semejanza y afinidad bajo algunos puntos de vista. Por ejemplo:
a) El entendimiento y la sensibilidad convienen en que son facultades o fuerzas dadas al alma, para conocer por medio de ellas ciertos y determinados objetos.
b) Como consecuencia de esto, convienen también en las funciones comunes o generales que apellidamos percibir, conocer, por más que las percepciones y conocimientos pertenecientes al entendimiento sean muy diferentes de las percepciones sensibles.
c) Tanto en el entendimiento como en la sensibilidad, [300] primero es poder obrar que obrar actualmente, y existen originariamente en el alma como facultades, ó in actu primo, como decían los Escolásticos, antes de funcionar o de reducirse al acto segundo. Y esto tiene lugar, no solo consideradas originariamente o antes de su primer acto, sino aun después, pues no siempre entendemos, ni siempre vemos o imaginamos.
d) El entendimiento y los sentidos convienen también en que no pueden percibir ni conocer sus objetos, sino a condición de que éstos se hallen unidos de una manera u otra con la respectiva facultad cognoscente.
Demostremos ahora la segunda y principal parte de la tesis.
1º La distinción y diferencias entre las facultades se funda y se reconoce por la distinción y diferencias de sus actos y objetos propios: porque procediendo el acto de la potencia o facultad operativa como de su causa inmediata, claro es que la naturaleza del primero debe estar en relación con la naturaleza de la segunda, a no ser que queramos decir que no existe relación necesaria, ni proporción alguna entre el efecto y su causa propia e inmediata. Añádase a esto: 1º que nosotros no tenemos otro medio racional para distinguir y clasificar las facultades operativas del hombre, sino los actos y los objetos; así es que cuando afirmamos que la imaginación, por ejemplo, es una facultad distinta realmente de la voluntad, lo afirmamos porque los actos y el objeto propio de la primera, son distintos de los actos y objeto de la segunda: 2º que la operación actual o ejercicio de una facultad, no es otra cosa en realidad sino la misma facultad puesta en acto, o como decían muy bien los Escolásticos, la actualidad de la potencia; como si dijéramos, un desenvolvimiento o movimiento actual, una difusión de la potencia. Es así que el acto y el objeto del entendimiento son esencialmente distintos y diferentes de los que a los sentidos corresponden: luego son facultades completa y esencialmente diferentes.
Prueba. la men. Por parte del acto: 1º Las funciones u operaciones de los sentidos dependen de órganos determinados, [301] sin los cuales no pueden realizarse: las del entendimiento puro no es ejercen mediante órgano alguno determinado, y lo que es más, son independientes, en sí mismas, no solo de órgano particular, sino de todo el cuerpo, toda vez que el alma separada del cuerpo ejerce dichas funciones, sin las cuales ni concebirse puede la inmortalidad del alma o su vida intelectual después de la muerte del hombre.
2º La experiencia y la razón demuestran que la sensación presupone necesariamente la impresión orgánica por parte del objeto: el entendimiento funciona acerca de objetos que no producen ninguna impresión orgánica, como son los seres espirituales o inmateriales.
3º Los sentidos no perciben sus propios actos, ni pueden reflejar sobre estos actos y sobre sus principios y condiciones subjetivas: el entendimiento no solo percibe por reflexión sus actos, sino los principios y condiciones subjetivas de los mismos, como las facultades, las ideas, la abstracción, la universalidad, &c. Más todavía: el acto reflejo es un realidad una intuición inmediata del acto directo, lo cual, además de excluir toda impresión orgánica y todo órgano, separa al entendimiento de la sensibilidad por una distancia casi infinita. Existen, pues, diferencias absolutas, primitivas y esenciales entre los actos propios de la sensibilidad y los actos propios del entendimiento, o sea entre la sensación y la intelección.
Por parte del objeto. 1º El objeto de los sentidos así externos como internos, se halla circunscrito y limitado al orden material, sin que jamás les sea dado percibir objetos inmateriales o espirituales: el objeto del entendimiento se extiende, por el contrario, a toda clase de seres, ya sean materiales o espirituales, extensos o inextensos, finitos o infinitos.
2º El conocimiento sensible no se extiende nunca a la esencia misma de las cosas, y no puede pasar de ciertos accidentes, o de las cualidades, y modificaciones externas de los cuerpos: el entendimiento, aun en los mismos cuerpos que son objeto de los sentidos, percibe y conoce muchas cosas a que no alcanzan aquéllos, y en ocasiones conoce la esencia de su objeto. [302]
3º Todo objeto de la sensibilidad se halla sujeto constantemente a la condición de la singularidad: el objeto del entendimiento reviste, por el contrario, la forma de universalidad, y esto en diferentes grados y modos hasta llegar a la idea o noción universalísima de ser. Es, pues, indudable que las condiciones de objetividad inherentes a la sensibilidad y al entendimiento establecen y demuestran hasta la evidencia una distinción esencial, absoluta y primitiva entre estas dos facultades.
Corolarios.
1º Lo que constituye el carácter distintivo y como la diferencia fundamental que separa absolutamente las facultades sensibles y las del orden intelectual, es la dependencia y sujeción de las primeras a órganos corpóreos determinados; sin cuya cooperación actual no pueden funcionar. Por eso es, sin duda, que santo Tomás para indicar la diferencia fundamental entre las facultades sensibles y las puramente intelectuales, que son el entendimiento y la voluntad, dice que éstas últimas non utuntur organo corporeo, pero sí las sensibles. Bajo este punto de vista, la diferencia entre las facultades sensibles y las intelectuales, puede resumirse diciendo que las primeras son orgánicas, y las segundas inorgánicas.
2º La sensación puede denominarse corpórea y material, no en cuanto es percepción sensible de alguna cosa, ni tampoco en cuanto se concibe como una operación vital que sale del alma, sino en cuanto que incluye y presupone una impresión orgánica, o mejor, en cuanto que tomada la sensación adecuadamente, no se realiza sin algún movimiento e influjo real del órgano. En este sentido debieron hablar los Escolásticos cuando afirmaban que las facultades y funciones sensibles son materiales. [303]
CARTA VIIIª A IRÉNICO. SOBRE SEDES EPISCOPALES VACANTES
Distinción entre la potestad jerárquica de todos los obispos, y
los derechos propios de cada diocesano en su iglesia
Resumen del artículo: La Iglesia es indefectible. Hasta la venida de Nuestro Señor Jesucristo siempre habrá obispos válidos y legítimos, así como misión y sacramentos válidos y lícitos, lo cual ha de ser visible en el sucesor de San Pedro y en el episcopado jerárquico.Lo contrario sería o desconocer los divinos preceptos de la caridad: o merecer la severa reconvención del Señor contra los escribas y fariseos
Lectura conveniente a acéfalos perennes, asacramentalistas, y a los sostenedores de las heréticas posiciones de reconocer y resistir y a heréticos defensores de la herética y absurda tesis de Cassiciacum .

22. Fórmese exacto concepto de lo que es el ministerio general apostólico. No se olvide que su autoridad y su propagacion son muy particularmente sobrenaturales y divinas. 23 En qué sentido la misión divina envía ó autoriza á los obispos para todo el mundo. 24 Cómo es la caridad la fuente de la división de las diócesis, y toda eleccion de obispo es obra de la providencia de Dios. 25 Porque es necesario que la sede esté VACANTE para que sea de Dios la elección de obispo. 26 La aprobación del pueblo con la intervención de los obispos son las señales mas comunes de que el llamamiento del obispo á aquella iglesia es de Dios. 27 Estas señales se han dado de muy varias maneras; 28 porque Dios llama ó envía muchas veces á determinados países ó iglesias á algunos obispos por medios extraordinarios. 29 Entonces la misión divina los autoriza y obliga á cuidar de aquella determinada iglesia, cómo y cuando la caridad exige. 30 En orden á lo que exige la caridad que es el mandato de Dios, no tienen fuerza las limitaciones que nacen de las doctrinas y mandatos de los hombres. 31 Para que sea cierto el hecho de la vacante de un obispo vivo, no es preciso que sea privado de sus derechos por la potestad eclesiástica. 32 Hay vacantes ciertas que son revocables, y pueden proveerse con obispo ó PERMANENTE, ó solo en comisión interina. 33 Cinco cánones sardicenses sobre vacantes. 34 La autoridad episcopal es independiente de la potestad civil en la ordenación de los ministros sagrados.
22. Sobre todo para proceder con acierto en el examen de las dudas que ocurran sobre vacantes de obispados y provisión de ellos, es preciso tener bien formado un justo concepto de lo que es el ministerio episcopal ó apostólico general: como se ha verificado hasta ahora y se verificará hasta el fin del mundo su propagación ó sucesión: en qué consiste la Unidad del obispado; y como de esta Unidad dimana —14→ la división de diócesis; y la necesidad de que haya vacantes en ellas, y de que sean tan breves como se pueda. La doctrina de la Iglesia sobre estos puntos me parece bastante explicada en las Observaciones, particularmente en la II. Parte cap. 4, y en el Apénd. III. cap. 3 y 4. Aquí bastará recordar algunas de las especies mas importantes. Tengamos siempre delante de los ojos que la autoridad ó potestad del ministerio eclesiástico, es muy particularmente sobrenatural y divina: á saber en cuanto el mismo Dios, no como Autor de la naturaleza, sino como Autor de la gracia, se vale como de un instrumento de la acción sacramental ó de la imposición de las manos, para dar el mismo Señor inmediatamente al ordenado la potestad, el carácter y la misión divina correspondientes á aquel grado de ministerio que recibe con cada accion sacramental. De manera que el obispo cuando le consagran recibe del mismo Dios la plenitud del sacerdocio, ó la prodigiosa fecundidad para consagrar otros obispos, y asegurar la propagacion del apostolado hasta la segunda venida del Señor; y el presbítero ó simple sacerdote recibe del mismo Dios en su ordenacion las divinas y sobrenaturales potestades de perdonar los pecados, y de renovar la misteriosa accion de la cena del Señor en memoria del sacrificio de su muerte en cruz. Ya en el primero de los cuatro órdenes menores el ostiario recibe inmediatamente de Dios una verdadera potestad ó autoridad para procurar el buen orden, el silencio y decoro en las reuniones eclesiásticas, especialmente en las entradas y salidas de los concurrentes.
23. Además todos los ministros reciben con el sacramento del orden las potestades respectivas á su grado, no para ejercerlas con determinadas personas ó en lugares determinados, sino con todos los descendientes de Adán, y en toda la redondez del orbe terráqueo desde el ecuador hasta los puntos entre sí mas distantes de los polos. Pero siendo notoriamente imposible que algun ordenado ejerza efectivamente la potestad recibida en el orden en todos los lugares ó territorios del mundo, y mucho mas con todas las personas humanas ó en todos los tiempos: es evidente que el cargo ó deber del ministerio no se extiende á tanto. Y que cuando decimos que la misión divina del apostolado ó episcopado se extiende á todo el linaje humano y á todos los ángulos de la tierra, solo intentamos decir que el obispo debe regir la Iglesia en cualquier parte del mundo en que se halle, y debe procurar la conversión de gentiles y pecadores, y la instrucción y santificación de los fieles, sean las personas de la nación, sexo y edad de que fueren, sea el que fuere el país en que habiten; y debe hacerlo en cualquier tiempo en que Dios con su providencia infinitamente sabia le ponga en aptitud de ejercer algunos actos de su ministerio apostólico sin faltar al buen órden de la caridad.
24. Reflexiónese con cuidado lo que se dice en las Observaciones —15→ n. 263 s: 575 s: 620, y en el Apénd. III. 305 s: y me parece que no quedará la menor duda en que cuantos recibieron, reciben y recibirán del Señor hasta el fin del mundo la misión divina para el gobierno de la Iglesia, tienen con los derechos de su autoridad la obligación de usar de ella á beneficio de las almas en cualquier parte del mundo siempre que lo exija la cristiana caridad. Y como la caridad es la fuente de la común unión, y al paso que es muy activa y constantemente laboriosa, es siempre bien ordenada: de ahí se sigue que el ministerio apostólico ó el obispado es uno en todo el mundo aunque sean muchos los obispos: al modo que la Iglesia por la divina institución de JESUCRISTO es una misma en todo el mundo, aunque se halle dividida por todo el mundo en varias congregaciones particulares. Se sigue también que la división de diócesis nace de la caridad para facilitar la conversión de los gentiles y pecadores, y la instrucción y santificación de los fieles. Y se sigue en fin que los cánones que dicta el buen órden de la caridad sobre division de diócesis, no solo no son contrarios á la divina institución de la Iglesia y del obispado, sino que son muy conformes con ella. Pero sobre Unidad de obispado véase con particular atención lo que se ha copiado de S. Cipriano (Observ. n. 399 s. 466: 567 B, y Apénd. III. 202 s.), y téngase presente la distinción que hay entre la mision divina del sacramento del orden, y las varias misiones humanas (Observ. 574 á 577. Apénd. III. n. 212 s: 285 á 292).
Ahora fijemos la consideración en la energía con que S. Cipriano reconoce que la elección de los obispos ó el destino particular de un obispo al cuidado de establecer ó regir la Iglesia en cierto país ó con ciertas personas, y en ciertos tiempos, es efecto de aquella particular Providencia con que los cristianos católicos estamos muy persuadidos que Dios dirige á la gloria del nombre del Salvador, y al bien de sus escogidos, todo cuanto en cumplimiento de las leyes eternas de su providencia general sucede en los cuerpos celestiales, y en las inmensas regiones por donde circulan; é igualmente cuanto acaece en las mismas entrañas de la tierra y del mar, y en la superficie del globo terráqueo habitado por los hombres mortales. S. Cipriano califica de locura temeraria la de creer que se hace un obispo sin el juicio ó voluntad de Dios. ¿Pero con qué señales conoceremos si en alguna determinada elección de obispo ha intervenido realmente el juicio de aprobacion de Dios? Tres son las principales que señala el Santo, y con que prueba que fueron elecciones de Dios tanto la de S. Cornelio en obispo de Roma, como la suya propia para obispo de Cartago; pues en ambos casos advierte que la sede estaba desocupada ó vacante; y que la elección se hizo con el voto del pueblo y con el consentimiento de los obispos: de que colige que impugnar cualquiera de las dos elecciones es hacerse juez no ya del obispo, sino del mismo Dios; —16→ porque es impugnar la elección después del juicio de Dios (Véase Observ. n. 292 á 302).
25. Consiste pues la primera señal en que esté vacante la sede episcopal cuando se hace la eleccion de obispo. La necesidad de vacante para la legitimidad de la elección de sucesor resulta claramente de la Unidad de la Iglesia y del obispado; pues con tal unidad es imposible (como observa S. Cipriano) Uno in loco aut multos esse pastores aut plures greges. El Santo advierte que los obispos como presidentes de la Iglesia deben ser defensores zelo sos de la Unidad de ella, ut episcopatum quoque ipsum UNUM atque INDIVISUM probemus. Sobre Unidad del obispado sienta el principio: Episcopatus UNUS est cuius á singulis IN SOLIDUM pars tenetur, y ántes sobre Unidad tanto de la Iglesia como de la cátedra ú obispado de ella había sentado este otro: Exordium ab Unitate proficiscitur, et primatus Petro datur ut una CHRISTI ECCLESIA, et CATHEDRA una monstretur. De los cuales principios es muy obvia y necesaria en primer lugar esta consecuencia: En la Iglesia católica ó universal, y en la cátedra ó apostolado ó episcopado universal PEDRO como primero de los apóstoles fué el centro de la Unidad, y el sucesor de Pedro en su primacía, por ser el PRIMERO de todos los obispos ó sucesores de los apóstoles que hay en el mundo, es el centro de la Unidad tanto de la Iglesia como del obispado de todo el mundo. De los mismos principios se sigue también esta otra consecuencia. Después de la división del episcopado en distintas diócesis, el centro de la Unidad de cada iglesia diocesana, y del episcopado, cátedra, ministerio ó régimen de ella, es el UNO ó PRIMERO de los obispos ó de los sucesores de los apóstoles que se hallen en ella. El que primero fué puesto ó instituido en aquella diócesis, es el Unus ad tempus sacerdos et ad tempus judex VICE-CHRISTI. S. Cipriano en la defensa de la elección del papa S. Cornelio (Ep. 52 ad Anton.)advierte que el Santo fué elegido cum Fabiani locus et gradus cathedrae sacerdotalis vacaret; y en la defensa de su propia elección previene igualmente que fué constituido ó puesto en Cartago Episcopus in locum defuncti. Y de esta sola circunstancia concluye como cosa notoria é indudable que fuéron intrusos contra el juicio y voluntad de Dios, tanto Novaciano como Felicísimo que intentaron meterse aquel en Roma y este en Cartago, estando ocupadas las cátedras, ó no hallándose vacantes las sedes pues como dice el Santo, quisquis post unum qui solus esse debet factus est, non iam secundus ille sed nullus est (Ep. 52.) Se supone que la misma caridad, cuyo buen órden exige que regularmente sea único el Presidente, Gefe, ú Obispo particularmente encargado de cada diócesi: muchas veces exige que este cometa, encargue ó delegue todas las funciones de su ministerio, á otro obispo hasta la Presidencia de las principales; y pueden ocurrir casos extraordinarios en que en una misma iglesia se hallen dos obispos tan —17→ unidos por la caridad, que en la principal dirección ó presidencia influyan de común acuerdo igualmente uno y otro, alternando en funciones ó días según mas convenga al pasto espiritual de aquella grey. Así parece que eran dos en Antioquía los obispos al principio de la Iglesia, á lo menos mientras vivieron S. Ignacio y S. Evodio.
26. La segunda señal para conocer que una eleccion está aprobada por el juicio de Dios, es el consentimiento ó aprobación de la feligresía en general. De sí mismo dice S. Cipriano que fué elegido en tiempo de paz, populi universi suffragio, y de S. Cornelio que fué hecho obispo por el testimonio de casi todos los clérigos, por el voto de todo el pueblo que asistió, y por la junta de sacerdotes ancianos y de buenos varones. La tercera señal con que se conoce cumplidamente la aprobación del juicio de Dios, es la intervención de los obispos como intérpretes del llamamiento de Dios, y despenseros de Dios en las gracias de la ordenación del sumo sacerdocio ó de la institución para determinada iglesia diocesana. Sobre lo cual puede verse n. 171 s. del Ap. III, ó por mejor decir todo el cap. III de dicho Apéndice. Aquí será justo observar que el juicio de aprobación de Dios en la provisión de algún obispado también se conoce á veces por otras varias señales. Por ejemplo, S. Cipriano en prueba de que su elección era obra de Dios alegaba que el pueblo cristiano en cuatro años que tenía de obispo ninguna queja había dado contra él: que el pueblo idólatra muchas veces había clamado que fuese echado á las fieras como obispo ó por ser obispo; y que también los magistrados en los bandos de persecución le habían designado con el nombre de obispo.
27. De lo dicho hasta aquí resulta que las elecciones de obispos en tiempo de los apóstoles y de sus primeros discípulos pendían únicamente de Dios y de ellos mismos; pues ellos eran los que ordenaban algunos para misión ó iglesia determinada, é iban dando particulares destinos á otros, á quienes antes habían ordenado en general para compañeros y auxiliares de sus propias tareas. Pero luego que se fué verificando la division de diócesis, podemos decir que ya según el curso regular de la divina Providencia las elecciones las hacian divinum judicium, populi suffragium, coepiscoporum consensus (S. Cipr. Ep. 52 ad Anton.). Este órden de la divina Providencia le podemos llamar el general de todos tiempos y lugares, respecto de la elección de obispos de iglesias antiguas que se hacen por vacante, esto es de resultas de hallarse desocupada por faltar el predecesor. Porque en todas las de esta clase á mas de la dirección y concurso de la divina Providencia, es también y ha sido siempre necesaria la intervención ó cooperación tanto de los obispos como de los pueblos; aunque la disciplina de la Iglesia en uno y otro haya variado mucho según las circunstancias de los tiempos y de los lugares. En los primeros siglos solían ser muchos los obispos de iglesias vecinas á la vacante que concurrían en —18→ la provisión de esta, dirigiendo y aprobando la elección, y ordenando al electo; aunque solo fuese necesaria, y fuese suficiente la intervención de un obispo, tanto para juzgar de la aptitud del electo como para ordenarle, según se colige de los cánones Sardicenses, que pueden mirarse como extensión ó ilustración de los Nicenos sobre el particular. En estos la aprobación ó confirmación del electo se suponía y declaraba particularmente propia del metropolitano; y por fin desde el siglo XIV en el occidente por punto general se ha recibido del Papa. También el pueblo de la diócesis ó la feligresía ha contribuido mas ó menos y de varias maneras en la provisión de las vacantes; pero siempre ha sido necesaria su aquiescencia ó aceptación del electo, ó confirmado ó instituido. Porque como observa el papa S. Leon (Ep. XIV. c. V.) si á un pueblo cristiano se le hace tomar y tener por fuerza (invitis) á un obispo que no quiere, serán mayores los males que los bienes que ocasione su ministerio. Ya S. Cipriano había dicho antes: Cum ipsa maxime plebs habeat potestatem vel eligendi dignos sacerdotes vel indignos recusandi. Quod et ipsum videmus de divina auctoritate descendere, ut sacerdos plebe praesente sub omnium oculis deligatur, et dignus atque idoneus publico judicio ac testimonio comprobetur (Véase Tomás. Disc. P. II. Lib. II. c. I).
28. Con presencia de lo dicho sobre el orden mas común de la divina Providencia en destinar algún determinado sujeto, ó bien para que sea Apóstol de algún pueblo gentil, y forme en él una nueva iglesia de que sea el primer obispo; ó también para que sea ordenado y constituido sucesor de otro en alguna iglesia ó sede vacante: es preciso atender que también son muchos y entre sí muy varios los casos en que la divina Providencia sigue un orden extraordinario para enviar sacerdotes ó jueces que, Vice Christi, cuiden de su iglesia para algún tiempo en este ó aquel lugar, ó con estas ó aquellas personas. Pongamos algunos ejemplos. Desde luego ocurre que los mismos crueles edictos de los emperadores romanos que arrojaban de las iglesias á muchos sacerdotes enviándolos á países bárbaros al trabajo de las minas, ó á otro género de esclavitud, solían ser en el orden de la divina Providencia equivalentes á una misión divina de los obispos para sembrar la divina palabra ó predicar á CRISTO crucificado en aquellas tierras y pueblos en que no se había oído su santo nombre. Hasta después de la paz de Constantino son varios los ejemplos de semejantes misiones extraordinarias de la divina Providencia, ó para sembrar de nuevo la divina palabra en algun país, ó para destruir la herejía y reformar las costumbres de algunas determinadas iglesias católicas: bastando recordar la injustísima deposición de la sede de C. P. fulminada contra S. Juan Crisóstomo, que fué en el orden de la divina Providencia una misión extraordinaria del Santo á que extendiese la Iglesia por las regiones que corrió en su destierro, y pelease contra los —19→ errores y vicios de los pueblos en que la halló fundada.
29. Sobre todo considérese con reflexión lo que en las Observaciones n. 636, y en el Apénd. III n. 287 s. se ha propuesto sobre la iglesia que fundó en la Corea Pedro Ly, y la hipótesis de un obispo llevado por algún naufragio, ú otra extraordinaria disposición de la divina Providencia al Japon ú otro país de infieles. No creo que haya cristiano que se atreva á negar que en tales casos cualquier obispo, aunque hubiese sido consagrado para otra iglesia, con todo en fuerza de la misión divina recibida en su consagración, no solo puede lícitamente, sino que está obligado por precepto divino á ejercer todos los actos de su ministerio, como el uno y primero puesto por Dios, Vice Christi, para sacerdote y juez de aquel país; y á trabajar en la conversión de aquellos gentiles, y en la instrucción y santificación de los cristianos si hubiese algunos. Pues para pretender que el tal obispo á mas de la misión divina necesitase para ejercer allí su ministerio, de otra misión humana, á lo menos de la interpretativa del Papa, cuando no se puede, por sedevacante en Roma, fuera preciso uno de dos extremos: ó desconocer los divinos preceptos de la caridad: ó merecer la severa reconvención del Señor contra los escribas y fariseos: Irritum facitis praeceptum Dei ut traditionem vestram servetis. (Marc. VI. 9).
La mision divina recibida en la consagración episcopal, al modo que basta por sí sola para que algún obispo lo sea particular y permanente de este ó de aquel territorio, cuando la caridad lo exige, también hasta para que un obispo ejerza cualesquiera actos de su ministerio en las diócesis que tienen obispo propio y permanente, en todos los casos, tiempos y lugares en que alguna ó algunas almas necesiten de este ó de aquel auxilio, y no pueda prestársele el obispo propio ni algún delegado suyo. Repitamos que cualquier obispo consagrado que se halle presente es en aquel conjunto de circunstancias y en cada uno de tales casos, el sacerdote ó juez enviado de Dios para que Vice Christi ejerza entonces el ministerio que sea necesario ó muy conveniente. Y por lo mismo es también el mas obligado á la ley divina de la caridad en el cumplimiento de aquel cargo de la autoridad ó ministerio episcopal que entonces urge.
30. Es muy cierto, como he notado repetidas veces, que deben guardarse con cuidado las leyes ó reglas del buen órden de la caridad que limitan las facultades comunes de la autoridad episcopal con respecto al obispo de cada diócesi, y particularmente con respecto al que es sucesor de S. Pedro en la primacía del episcopado. Pero no es ménos cierto que tales reglas ó leyes eclesiásticas no obligan en aquellos casos en que se opongan al divino precepto de la caridad, que manda promover en cuanto se pueda la santificación de las almas. Por tanto aquellos que se figuran obsequio de Dios todo lo que se hace con el fin de extender el ejercicio de la potestad del sucesor de S. Pedro, y por —20→ esto inquieren, publican é inculcan las opiniones ó doctrinas de algunos sabios, las prácticas ó tradiciones, y las decretales ó reglas en que se limita la autoridad episcopal, aunque fuesen desconocidas en los seis, ocho, diez ó doce primeros siglos de la Iglesia: justo es que comparen con estas doctrinas y mandatos de los hombres los cargos ó preceptos divinos anexos al ministerio episcopal; y sobre todo que mediten mucho y expliquen bien la ley indispensable de la caridad, y el celo de la salvación de las almas que debe animar á los que son ministros del Señor, especialmente á los del primer grado de la jerarquía divina. Justo es que en el examen de los casos en que al parecer la caridad exige de un obispo algún ejercicio de su ministerio que la costumbre ó la ley general reserva al Papa ó á otro obispo, tengan mas deseos de poder dilatar los espacios ó términos de la caridad, que de estrecharlos en obsequio del mandato ó tradición de los hombres. Los que en este examen y comparación no acrediten mas celo en promover la salvación de las almas á favor de la ley divina de la caridad, y de la autoridad del ministerio apostólico general que es de institución divina, que á favor de aquellas reservas ó limitaciones generales que son leyes ó decretos de derecho humano, mucho deben temer que se sospeche de ellos que no trabajan en defensa de la Iglesia de JESUCRISTO que es divina, sino que humanam facere conantur Ecclesiam. Sobre todo temamos los sacerdotes de la ley evangélica que en el último juicio no haya de repetir el Señor contra nosotros las reconvenciones de hipocresía, avaricia y ambición que con tanta energía fulminó contra el sacerdocio de la ley mosaica poco ántes de suprimirle. Temamos el terrible cargo que ha de hacernos, si inutilizamos ó frustramos el precepto de la caridad que es por excelencia el mandato de Dios, y el carácter mas distintivo de la ley evangélica: si dejamos de atender á la doctrina de las sagradas escrituras y á las tradiciones é instituciones divinas y apostólicas; por deslumbrarnos fijando nuestra vista y nuestro afecto en nuestras propias tradiciones, que es decir en las tradiciones meramente humanas. Irritum fecistis mandatum Dei propter traditionem vestram (Mat. XV. 6. s.). Y á lo menos conozcamos que será un culto ú obsequio muy vano é inútil el que ofrezcamos á Dios con nuestro estudio y con la instrucción del prójimo, si en vez de estudiar profundamente ó escudriñar las sagradas escrituras, y las instituciones y tradiciones divinas y apostólicas en los escritos de los santos Padres y demás monumentos de la antigüedad eclesiástica, nos contentamos con saber y enseñar las doctrinas ú opiniones y las leyes, cánones ó mandatos eclesiásticos de los hombres. Sine causa colunt me docentes doctrinas et mandata hominum (Ibid.)
31 No se pierda de vista cuanto se ha dicho desde n. 22, y hagamos alguna observación sobre el hecho de la vacante, y los que le siguen hasta la completa provisión del obispado, sin confundir la certeza —21→ del hecho con la legitimidad ó legalidad de los derechos con que se hace, y con la justicia de los agentes. Ya dije n. 21 que el hecho de la vacante podrá ser cierto, tanto siendo justa y legítima como siendo criminal é ilegítima la accion ó causa de que resulta. Lo será en la muerte natural ó del cuerpo físico, tanto si el obispo muere de enfermedad ó vejez, como si muere degollado por un bandido. También en la muerte moral ó civil será igualmente cierto el hecho de la vacante, tanto si el obispo se va con buen fin como S. Narciso de Jerusalén sin noticia y con gran sentimiento de sus feligreses, como si se lo llevan esclavo los bárbaros de países desconocidos.
Algunos piensan que en las vacantes por muerte moral ó civil debe preceder á la declaracion de vacante, la deposicion del obispo por la potestad eclesiástica, esto es que esta potestad le quite sus derechos de que ella sola le puede privar. Mas esta es una equivocación muy notoria. Cuando S. Narciso se fué de su iglesia no había en ella autoridad que pudiese quitarle sus derechos de obispo jerosolimitano; pues aunque su retiro equivalga á la renuncia, ni sus feligreses ni los obispos vecinos se la admitían ni consentían. Sin embargo le eligieron sucesor, para que la cátedra ó sede episcopal no quedase desocupada ó vacante. Consta pues claramente que la vacante de una sede, cátedra ú oficio no consiste precisamente en quitarse los derechos de ocuparla á quien los tiene, sino en impedir totalmente el ejercicio de ellos; ó por mejor decir en no poder cumplir los cargos anexos á la sede, cátedra ú oficio. ¿Qué derechos quita á los que mata el salteador de caminos? Ninguno seguramente, y sin embargo con su puñal deja vacantes cuantas cátedras ó destinos tenían aquellos á quienes mata. Ni á los obispos cautivos entre bárbaros, ni á los privados del uso de los sentidos ó de la razón por enfermedad de apoplejía ó demencia, puede la potestad eclesiástica deponerlos; pero sin tal pena, ni examen ó juicio de que la merezca, se tiene muchas veces por tan cierta la vacante, que se procede á elección de sucesor. Y de paso obsérvese que estas dos últimas clases de vacantes nacen no de muerte física ó natural, ni tampoco de la voluntad de alguna de las dos potestades civil ó eclesiástica, ni de la voluntad del obispo, ó de la feligresía, como las cuatro clases antes indicadas, sino del impedimento físico en que el obispo se halla para ocupar su cátedra, y de la precisión para él inevitable de dejarla vacante.
32. La diferencia que hay entre las vacantes ciertas que provienen de muerte natural, y las que solo provienen de muerte moral ó civil, ó de impedimento físico de llenar la sede, es que las primeras siempre son irrevocables; pero todas las demás son á veces revocables. Porque tanto las que provienen de sentencia ó decreto de la potestad eclesiástica ó civil, como las que resultan de renuncia del obispo ó de resistencia de la feligresía, pueden revocarse como dependientes de —22→ deliberación de voluntad humana; y las que resultan de enfermedad ó destierro en país oculto ó distante, son igualmente revocables porque ni hay enfermedad de hombre vivo que no pueda curarse, ni desierto de país bárbaro de que no sea posible que salga algún esclavo. Cuando la muerte moral ó civil que es causa de la vacante es revocable ó puede cesar, el metropolitano ó los obispos á quienes, ó por la disciplina que esté vigente, ó por ser casos extraordinarios, toque proveer al auxilio de la diócesis vacante, deben pesar la contingencia y las esperanzas que haya sobre si la falta del obispo diocesano durará poco ó mucho. Porque de este conocimiento pende el juicio de si convendrá auxiliar á la diócesis vacante dándole un obispo permanente, según el modo mas común de instituirse los obispos en las iglesias que no le tienen: ó si podrá seguirse otra práctica que en casos extraordinarios ha seguido la Iglesia muchas veces, á saber la de constituir un obispo, ó ya consagrado, ó consagrándole á este fin, para el régimen de aquella iglesia mientras dure la ausencia del obispo anterior ó su vacante.
33. Convengamos pues en que el obispo que ha de consagrar obispo á un presbítero para llenar alguna sede cuya vacante sea dudosa, por ser incierta la muerte natural del obispo, ó sea revocable por ser vacante de muerte moral ó civil, ó de causa que pueda removerse ó cesar, debe ante todas cosas examinar, si será mejor llenar la sede con obispo permanente, ó con obispo en comision, para el tiempo que la vacante dure. Este exámen y juicio deben hacerle los obispos, cualquiera que haya sido la causa de la vacante. Bien que si es la sentencia de deposicion de un obispo por el concilio de su provincia, ó por otra potestad eclesiástica competente, el respeto á ella exige que la vacante por punto general se dé por cierta y permanente. Sin embargo son muy dignas de notarse las excepciones que hacen los cánones sardicenses: á saber que si el obispo depuesto en el concilio de su provincia exige que su causa sea revista en otro concilio, se dé cuenta al obispo de Roma como sucesor de S. Pedro, y se esté á la determinación del Padre Santo en cuanto á abrirse ó no nuevo juicio. Aun después de segundo concilio, si el obispo depuesto reclama que su causa sea vista en Roma, no se ordene otro obispo en su lugar, hasta terminada la causa en el juicio de Su Santidad (Véase Am. H. E. Lib. VII. n. 29 á 33).
Estas excepciones se hallan en los cánones sardicenses 3.º 4.º y 7.º entre los cuales están el 5.º y 6.º que tratan de elección de obispos y erección de nuevo obispado en casos dudosos ó arduos. Y es fácil observar que el concilio en todos los cinco cánones trata de consagración ó institución de obispo en iglesia determinada. Y al paso que en los dos primeros y en el último de los cinco reserva á la determinación ó juicio del Papa las dudas sobre eleccion de sucesor de un obispo —23→ depuesto: en el 5.º supone que el obispo que queda solo en una provincia está autorizado y obligado á procurar la ordenación de sucesor en cualquier sede de las vacantes en la misma provincia cuyo pueblo se lo pida; y si el tal obispo se niega, manda el concilio á los obispos de las provincias inmediatas que vayan á hacer la consagración por sí solos. También el canon 6.º supone que tanto los obispos de la provincia como los vecinos instados á suplir la omision de estos, están autorizados para ordenar obispo no solo para las ciudades que ya le tenían, sino también para alguna que no le tenga, y sea grande y tan poblada que merezca tenerle, prohibiéndoles al mismo tiempo ordenar obispo para una ciudad tan pequeña que le baste un presbítero. En el lugar citado de la H. E. n. 31 se nota con razón que los cánones sardicenses no resuelven ni declaran que el obispo depuesto pueda recurrir ó apelar al Papa, sino que lo suponen como cosa evidente. Lo que el concilio resuelve en obsequio de S. Pedro es que el recurso al Papa no solo tenga el que se llama efecto devolutivo, sino tambien el suspensivo en cuanto á la elección de sucesor. De cualquier modo los cinco cánones tanto reunidos como cada uno de por sí demuestran con la mayor evidencia que el insigne español Osio Cordubense que los propuso, y el concilio que los adoptó y mandó guardar, no pensaban que la confirmación, consagración ó deposición de los obispos y la erección de nuevos obispados perteneciesen entonces al sucesor de S. Pedro por costumbre ó canon de la Iglesia; y cuan distantes estaban de la imaginaria idea ó proyecto de hacerlas creer privativas del Papa por derecho divinoen fuerza de la institución de JESUCRISTO.
34. Cuando la potestad eclesiástica, esto es auctoritas sacra pontificum, se juzga obligada á auxiliar á una diócesi cuya sede se halle de hecho vacante, haciendo sentar en ella otro obispo ó permanente sucesor del que había, ó solo para mientras dure la ausencia de este, su principal obligacion ó cargo es el de asegurarse de la idoneidad ó aptitud del sujeto para ser obispo si ha de consagrarle, y para serlo de aquella iglesia, aunque ya esté consagrado. Sobre lo cual basta recordar lo que dice S. Pablo á Tito (cap. I.) y á Timoteo (I. c. 3). La autoridad episcopal deberá en ciertos casos tolerar en los electos ó propuestos algunos defectos que en otros tiempos y lugares no le fuera lícito tolerar; y esta tolerancia es particularmente oportuna cuando la exigen las supremas potestades civiles, como necesaria para el buen órden público ó de las costumbres públicas. La sola esperanza de que sería ménos perjudicial á una iglesia el tener una cabeza mala que estar sin cabeza, ha podido justificar á la autoridad eclesiástica que cooperó en introducir algun indigno, ó tambien legitimó con su paciencia y con su consentimiento la intrusion de un criminal, hasta en la primera cátedra que debe ser norma y modelo de las demás (antes n. 12 y 13). Pero los obispos nunca deben olvidar que en órden á la —24→ salvacion de las almas, RELIGIONIS ORDINE, su juicio es independiente de la potestad real ó civil: al modo que el juicio de esta (regalis potestas: quantum ad ordinem pertinet PUBLICAE DISCIPLINAE) es independiente de la potestad eclesiástica en sus juicios sobre las costumbres públicas y bien temporal del estado (Apénd. III. n. 282 s: 383 á 387).
Monseñor Félix Amat de Paláu y Pons (1750, +1824). Miembro supernumerario de la Real Academia de la Historia
PSICOLOGÍA EMPÍRICA. De las facultades superiores de conocimiento o sea de la inteligencia. 9/13
El alma humana, como decía san Agustín y confirma la experiencia, percibe primero por medio de los sentidos los fenómenos que nos ofrece el mundo externo, y después investiga sus causas por medio de la razón (1). Después de haber tratado de las diferentes manifestaciones de la sensibilidad en el hombre, conviene tratar de sus facultades superiores o intelectuales, que son el entendimiento y la voluntad. Aquí trataremos solamente del primero, reservando para la Moral lo perteneciente a la segunda, a causa de las relaciones íntimas que entre la voluntad y la Ética existen. [272]
{(1) «Mens humana, prius haec quae facta sunt, per sensus corporis experitur, eorumque notitiam pro infirmitatis humanae modulo capit, et deinde quaerit eorum causas.»}
De la inteligencia o entendimiento en general
§ I
Definiciones y nociones generales sobre la naturaleza y manifestaciones del entendimiento.
1ª Puede definirse el entendimiento del hombre: una facultad o fuerza vital innata, por medio de la cual el alma humana puede conocer las cosas insensibles y espirituales, y las sensibles y materiales por medio de ideas universales. Dícese fuerza vital e innata, para distinguir y separar el entendimiento de los hábitos adquiridos o infusos, naturales o sobrenaturales, como la ciencia, el lumen gloriae de los que ven a Dios, la fe teológica, los cuales, aunque perfeccionan y ensanchan la actividad intelectual, no son fuerzas vitales ni innatas del alma. Las demás palabras sirven para señalar la distinción esencial, absoluta y primitiva, y la superioridad inmensa del entendimiento con respecto a la sensibilidad; pues mientras esta sólo percibe objetos materiales y sensibles, y esto bajo la forma de singularidad, el entendimiento percibe estos mismos objetos bajo la forma de universalidad, y además extiende su acción a objetos insensibles y puramente espirituales (1). [273]
{(1) Los Escolásticos solían definir al entendimiento: facultas perceptiva veritatis, seu entis sub ratione veri. Esta definición, aunque coincide en el fondo con la nuestra, adolece de alguna oscuridad, especialmente para inteligencias tiernas, por no especificar las diferencias que separan al entendimiento de las facultades sensibles. Añádese a esto, que el percibir la verdad no conviene a todas las manifestaciones o actos del entendimiento, puesto que la verdad y falsedad de conocimientos pertenecen al juicio y no a la simple percepción.}
Esta facultad intelectual que acabamos de definir, recibe los nombres de inteligencia, entendimiento, razón, nombres que en el lenguaje ordinario se toman como sinónimos, y que nosotros también usaremos como tales. A pesar de esta sinonimia, que pudiéramos llamar vulgar, la significación filosófica de estas tres palabras no es completamente idéntica. Importa mucho conocer con exactitud la diferente significación filosófica de estos nombres, sobre la cual vamos a emitir algunas observaciones que contribuirán poderosamente para formar ideas exactas y elevadas sobre la naturaleza íntima de la facultad intelectual.
2ª Algunos toman la etimología del entendimiento, intellectus, de elegir o escoger. Aunque susceptibles en cierto sentido de esta aplicación etimológica, a nosotros nos parece más natural y filosófica la que señala santo Tomás, tomada de leer interiormente: intellectus, quasi intus legens. Denominación es ésta que corresponde al entendimiento, considerando tanto subjetivamente como objetivamente. Subjetivamente, porque el entendimiento, al conocer los objetos, los trae a sí, comunicándoles dentro del alma una existencia inteligible o intencional, como decían los Escolásticos. Objetivamente, porque su poder y acción no se limita a las cualidades y modificaciones singulares y externas de los cuerpos, como hacen los sentidos, sino que penetrando, por decirlo así, en el interior de éstos, percibe muchas propiedades, atributos y hasta la misma esencia de los objetos sensibles alguna vez, formando además ideas universales, cuyo valor objetivo no se halla sometido al poder y acción de las facultades sensibles.
3ª La inteligencia, además de la acepción usual y vulgar, según la cual se identifica con entendimiento, comprende las dos significaciones siguientes: 1ª el acto segundo, operación o ejercicio actual del entendimiento, en el sentido de que inteligencia equivale a intelección o acción de entender: 2ª el hábito o facultad de los primeros principios.
Conviene tener presente esta acepción o significación de la inteligencia, porque se usa con frecuencia en las obras de [274] filósofos y teólogos antiguos, y principalmente de los Escolásticos, para los cuales la inteligencia, en este segundo sentido, es el conjunto o colección de axiomas o verdades de evidencia inmediata que se llaman con razón primeros principios de las ciencias. Aunque estos principios no son innatos, en el sentido riguroso de la palabra, no existiendo ideas innatas en nuestra inteligencia, pueden decirse innatos virtualmente o cuasi innatos, y consiguientemente habituales, en atención a que son conocimientos facilísimos y como naturales a la inteligencia manifestaciones espontáneas, primarias, y en cierto modo inmediatas e intuitivas de la actividad intelectual.
4ª Mayor importancia científica presenta la significación de la razón, cuando no se la toma en el sentido vulgar como sinónima de entendimiento. Para proceder con la debida claridad y exactitud en esta materia, conviene tener presente: 1º que el entendimiento completo o sea, en cuanto significa la potencia inteligible adecuadamente, contiene tres operaciones o manifestaciones fundamentales, a las cuales se pueden reducir los demás actos intelectuales, a saber: la simple percepción, el juicio y el discurso o raciocinio: 2º que los juicios formados por nuestro entendimiento son de dos clases: unos inmediatos, y son aquellos que envuelven evidencia inmediata, como sucede en los primeros principios, en los cuales basta percibir el significado obvio y literal de los términos para conocer la conexión o repugnancia del predicado con el sujeto: otros son mediatos, y son aquellos en los cuales no se descubre a primera vista o por la simple percepción de los términos la conexión o repugnancia del predicado con el sujeto, sino para descubrir y reconocer esta conveniencia o repugnancia, es preciso compararlos con un tercero, lo cual se verifica por medio de la operación intelectual que llamamos raciocinio o discurso.
Con presencia de estas indicaciones y observaciones, no es difícil señalar la razón suficiente y filosófica, y el fundamento racional de la doble denominación que atribuimos a nuestra facultad intelectual. En cuanto que esta facultad ejerce las funciones de percibir simplemente los objetos, y de formar [275] juicios inmediatos, o sea conocer las verdades de evidencia inmediata, recibe la denominación de entendimiento o de inteligencia. La misma facultad, en cuanto compara y combina por medio del raciocinio varias ideas o juicios para descubrir la verdad, lo cual hace discurriendo o moviéndose de una idea a otra, de un juicio a otro, recibe con justicia el nombre de razón.
Esta sencilla teoría sobre la distinción y relaciones que entre el entendimiento y la razón existen, contiene las bases fundamentales para una teoría general y filosófica de la razón humana. Para convencerse de ello bastará poner de manifiesto algunas de las deducciones y aplicaciones científicas a que se presta. Porque; en efecto, de ella se desprende,
a) Que el entendimiento y la razón no son dos facultades o potencias distintas, sino más bien dos funciones, dos oficios, dos manifestaciones o fases de una misma facultad intelectual.
b) Esta facultad es entendimiento o inteligencia cuando entra en posesión de la verdad por simple contacto con el objeto, sin esfuerzo, y como por un movimiento tranquilo, natural y espontáneo de la actividad intelectual. Es razón, en cuanto investiga, descubre y adquiere la verdad, comparando y combinando unas ideas con otras, discurriendo de un objeto a otro, y moviéndose de una verdad conocida a otra desconocida, empleando al efecto procedimientos analíticos y sintéticos más o menos complejos y difíciles. La acción del entendimiento como entendimiento o como distinto de la razón, es la percepción quieta, espontánea y como intuitiva de la verdad: la acción del entendimiento como razón, es la percepción o adquisición de la verdad, realizada a consecuencia de un movimiento complejo objetivamente, paulatino, sucesivo y acompañado de cierto conato o esfuerzo.
c) Luego el entendimiento como entendimiento, o sea como inteligencia, es la manifestación más noble y superior de la potencia o actividad intelectual del hombre, es decir, de la que llamamos la inteligencia humana. La razón es que el modo de obrar del entendimiento, como tal o sea como distinto [276] de la razón, se acerca más al modo de obrar de Dios y de los ángeles que el modo de obrar de la razón, como tal; porque propio es de Dios conocer la verdad por medio de un acto simple e intuitivo, y propio de los ángeles conocer la verdad por medio de concepciones simples y de juicios inmediatos sin intervención de raciocinios: simpliciter et absque discursu veritatem rerum apprehedunt: que no por otra razón se les da el nombre de inteligencias y el de criaturas o sustancias intelectuales, y no el de sustancias racionales, como a las almas humanas. Podemos por lo tanto decir que la fuerza o potencia intelectual íntegra del hombre tiene cierta analogía con la potencia intelectual de Dios y de los ángeles, y consiguientemente participa por este lado del modo de obrar propio de las inteligencias superiores: empero, al propio tiempo, esta analogía y participación son imperfectas e incompletas, pues ni alcanzan a la semejanza perfecta en el modo de obrar, ni menos se extienden a todos los actos intelectuales. Los dos nombres de entendimiento o inteligencia, y de razón se hallan en relación con estos dos aspectos de la potencia inteligente que existe en el alma racional, a la cual por este motivo apellida santo Tomás con expresión tan gráfica como filosófica, «una naturaleza intelectual sombreada» u oscurecida: naturam intelectuales obumbratam (1). [277]
{(1) El fondo o sustancia de la doctrina consignada en todo este párrafo pertenece a santo Tomás, no habiendo hecho nosotros más que ilustrarla, facilitar su inteligencia y desarrollar su importancia y aplicaciones. El siguiente notable pasaje relativo a la distinción entre el entendimiento y la razón a su fundamento, servirá de ejemplo para reconocer la exactitud y profundidad de sus ideas sobre la materia que nos ocupa. «In homine est intellectus, non tamen propter hoc in ordine intellectum proprie ponitur; quia illa substantia intellectualis dicitur, cujus tota cognitio secundum intellectum est, quia omnia quae cognoscit, subito, sine inquisitione ipsi offeruntur. Non tamen ita est de cognitione animae, quia per inquisitionem et discursum ad notitiam rei venit; et ideo rationalis dicitur, quia ejus cognitio secundum terminum tantum, et secundum principium intellectualis est: secundum principium, quia prima principia [277] sine inquisitione statim cognoscit; unde habitus principiorum indemonstrabilium intellectus dicitur: secundum terminum vero, quia inquisitio rationis ad intellectum rei terminatur. Et ideo non habet intellectum ut naturam propriam, sed per quandam participationem. Ratio autem, et de Deo, et de angelis dicitur; tamen alio modo sumitur, secumdum quod omnis cognitio (según que toda potencia cognoscitiva de lo inmaterial) inmaterialis, ratio dici potest, prout ratiodividitur contra sensum et non contra intellectum.» Sentent., lib. 2º, dist. 3ª, cuest. 1ª, artículo 6º, ad. 2ª.}
d) El entendimiento como tal, o sea como manifestación superior y más noble de la potencia inteligible humana, es el principio o fundamento, y también el término de la razón. Es el principio: porque la facultad intelectual como razón, o sea como facultad raciocinante, presupone la simple percepción de los objetos, y sobre todo presupone el conocimiento de los primeros principios o verdades de evidencia inmediata que sirven de base al raciocinio, y son el principio del movimiento intelectual que apellidamos raciocinar o discurrir. Es también término: porque la proposición o verdad deducida y descubierta por medio del raciocinio, en tanto es cierta y evidente para nosotros, en cuanto vemos que tiene enlace y conexión necesaria con algún primer principio o verdad de evidencia inmediata, cuya percepción pertenece al entendimiento como tal. Luego el movimiento intelectual que constituye la razón como razón, tiene su punto de partida o principio en algún juicio inmediato, y se resuelve o termina al mismo.
e) La razón como razón, o como distinta del entendimiento, es propia y peculiar al hombre. Cuando atribuimos, pues, la razón a Dios y a los ángeles, se toma esta palabra como sinónima de entendimiento o potencia intelectual superior a las potencias cognoscitivas del orden sensible.
f) El acto propio del entendimiento, en cuanto a tal o como inteligencia, puede decirse que es la intuición, si no inmediata o propiamente dicha, al menos mediata e imperfecta. Al contrario, el acto propio de la razón es el conocimiento discursivo, [278] en atención a que, como dice santo Tomás, el entendimiento conoce por medio de una simple mirada, simplici intuitu; pero la razón conoce moviéndose de una cosa a otra: discurriendo de uno in aliud.
g) El objeto más propio y directo del entendimiento como entendimiento es el ente, porque su conocimiento se verifica por una especie de simple intuición, y por medio de un movimiento natural y espontáneo. Así es que esta idea acompaña a todo ejercicio de la actividad intelectual como una condición necesaria e inseparable, constituyendo por lo mismo la base general objetiva de todo conocimiento intelectual; pues todos nuestros conocimientos e investigaciones sobre algún objeto presuponen en éste la razón general de ser o de ente.
h) El entendimiento, pues, y la razón, no son dos facultades distintas, como pretenden Kant y algunos otros filósofos modernos; no son dos potencias, sino dos fases, dos manifestaciones, dos oficios de una misma potencia intelectual.
5ª El entendimiento humano, considerado en cuanto es una impresión de la Primera Verdad, como dice santo Tomás, impressio quaedam Veritatis Primae, o sea una participación de la divina Razón, es apellidado por san Agustín y santo Tomás razón superior. El mismo entendimiento, considerado en cuanto dice orden a los seres particulares que pueden servir de objeto y materia para sus funciones, recibe el nombre de razón inferior. En otros términos: la razón superior es el entendimiento humano, según que contiene los primeros principios o verdades de evidencia inmediata, principios connaturales y cuasi-innatos, que santo Tomás llama con mucha propiedad prima intelligibilia, los cuales sirven de regla y como de criterio primitivo par discernir y juzgar de las verdades particulares relacionadas con ellos, y que son aplicables a toda clase de ideas. La razón inferior, es el entendimiento en cuanto es capaz de conocer y descubrir la verdad en los objetos inferiores y en los seres particulares, materiales o sensibles. La razón superior considera o fija su atención principalmente en las cosas divinas, eternas y de la vida futura: la razón inferior, en las cosas humanas, temporales y [279] de la vida presente (1). La razón superior considera en las acciones del hombre sus relaciones con las leyes divina y natural, y con la vida eterna: la razón inferior considera estas mismas acciones en relación con las leyes humanas y con la felicidad de la vida presente. Fácil es reconocer, en vista de esta noción, que la razón superior y la razón inferior no son dos razones, no son dos potencias inteligentes, no son dos facultades intelectuales, sino dos fases del entendimiento humano, dos aspectos, dos oficios, dos manifestaciones de la misma potencia inteligente.
{(1) En este sentido decía san Agustín que la razón superior es quae intendit aeternis conspiciendis aut consulendis; y que la razón inferior es quae intendit temporalibus rebus.
6ª El entendimiento, en cuanto aplica su actividad con el solo o al menos con el principal fin de conocer la verdad, es llama especulativo. Y decimos al menos con el principal fin, porque no hay ningún objeto cuyo conocimiento no pueda ordenarse de alguna manera a la dirección moral de los actos. Cuando la actividad intelectual se aplica a verdades y objetos que por su naturaleza tienden o se ordenan a la dirección de las acciones humanas en el orden moral, recibe el nombre de entendimiento práctico. Claro es que estos dos entendimientos son una misma potencia, y que esta clasificación solo envuelve una distinción puramente accidental, toda vez que, como dice con razón santo Tomás, accidit alicui apprehenso (es accidental al objeto o verdad conocida por el entendimiento) per intellectum, quod ordinetur ad opus, vel non ordinetur. [280]
§ II
Opiniones de los principales filósofos acerca del entendimiento humano.
Aunque por regla general no entramos en detalles sobre opiniones, porque otra cosa no permite la naturaleza de una obra elemental y compendiosa, creemos oportuno y hasta necesario hacer una excepción con respecto a la presente materia. Y es que su importancia intrínseca, y sobre todo sus relaciones íntimas con los problemas más interesantes y fundamentales de la filosofía, exigen que se conozca a fondo esta materia y que se fije en ella la atención de una manera especial, si se quiere entrar en posesión de una teoría cristiana, verdadera y filosófica de la razón humana, evitando a la vez graves y trascendentales errores. Por otra parte, la exposición razonada de las opiniones de la filosofía sobre tan importante materia, servirá para depositar en las inteligencias de los jóvenes, gérmenes que con el tiempo lleguen tal vez a desarrollarse y a hacerse fecundos, y servirá también para ensanchar el círculo de sus ideas y agrandar los horizontes de su inteligencia.
A) Pitágoras. Oscura es y sujeta a contestaciones entre los historiadores de la Filosofía la verdadera teoría del fundador de la escuela itálica sobre la presente materia. Lo que hay de cierto es que admitía en el hombre, además de un principio vital y privado de razón, rationis expers, otro principio racional e intelectual, cuyo sitio propio es el cerebro, así como el primero reside en el corazón. Admitía, en consecuencia, en el hombre dos facultades, una que le es común con los brutos, a la que da el nombre de sentido o ánimo, sensus animus; otra peculiar al hombre, llamada mente o razón. Esta segunda, o más bien el principio del cual emana, es inmortal, así como la primera es mortal. Opinan algunos que la mente o razón de Pitágoras era la razón divina o absoluta. [281]
B) Platón. Su teoría puede reducirse a los siguientes puntos:
1º Además de la sensibilidad, destinada a percibir los sensibles singulares, existe en el hombre la inteligencia, facultad o función superior y nobilísima destinada a percibir o conocer las ideas, las cuales constituyen las esencias de las cosas. La verdad y realidad objetiva de las cosas consiste precisamente en éstas ideas, porque las existencias o seres individuales no son más que semejanzas o participaciones de las ideas.
2º Estas ideas, cuyo conocimiento es el conocimiento de la verdad y de la esencia, porque son las formas esenciales, eternas e inmutables de las cosas, son innatas y preexisten en el alma humana antes de su unión con el cuerpo: así es que lo que llamamos ciencia humana es una verdadera reminiscencia.
3º Entre la sensibilidad y la inteligencia existen otras dos facultades o funciones cognoscitivas, que son: 1ª la opinión, mediante la cual el alma percibe los objetos o seres sensibles, formando nociones concretas y particulares de las mismas, sirviéndose al efecto del análisis y de la síntesis:
2ª el pensamiento inferior, cogitatio, cuya función propia es percibir los objetos singulares y sensibles con abstracción de su singularidad y también de su materia, pero no de su extensión; de manera que a esta facultad o función pertenece el formar las nociones matemáticas, y viene a ser un medio entre la opinión, que se refiere a las cosas sensibles o materiales, y la inteligencia, que se refiere a las ideas puras y al ser absoluto.
Esta teoría de Platón se aparta de la de santo Tomás: 1º porque hace de la opinión y del pensamiento dos facultades distintas de la sensibilidad y de la inteligencia, no siendo en realidad más que dos funciones o modos de obrar de esta última, según que percibe los objetos reales bajo un grado mayor o menor de abstracción: 2º porque supone la existencia de las ideas como universales fuera del entendimiento, o sea de las esencias reales fuera de los singulares: 3º porque admite ideas innatas, y sobre todo porque admite la [282] preexistencia del alma racional antes de su unión con el cuerpo.
Tiene, sin embargo, al propio tiempo analogía con la misma bajo otros puntos de vista: 1º establece una distinción absoluta y esencial entre la sensibilidad y la inteligencia: 2º lo que Platón llama opinión y pensamiento o cogitatio, coinciden en el fondo con lo que san Agustín y santo Tomás llaman razón inferior: 3º la inteligencia de Platón es el entendimiento de santo Tomás, según que abraza la doble manifestación de entendimiento y razón.
C) Aristóteles. Sobre la sensibilidad, tanto externa como interna de conocimiento, existe otra facultad de un orden superior o puramente intelectual, que se llama entendimiento. Divídese éste en agente y posible, de los cuales el primero obrando sobre las especies o representaciones sensibles y singulares, phantasmata, recibidas por los sentidos y existentes en la imaginación, abstrae de ellas y forma representaciones inmateriales, inteligibles y universales de los objetos. Estas representaciones universales e intelectuales de los objetos sirven para que la actividad intelectual se aplique y dirija al objeto, el cual es representado y conocido por medio de ellas bajo la forma de universalidad, y este es el oficio propio del entendimiento posible.
Las funciones o actos principales del entendimiento son la aprehensión, o simple percepción, el juicio y el discurso o raciocinio (1). La opinión no es una facultad del alma distinta [283] del entendimiento, sino un estado de éste con relación al objeto: si este es contingente, o se conoce como tal, su conocimiento se llama opinión; si el objeto es conocido bajo un punto de vista necesario, su conocimiento constituye o se llama ciencia.
{(1) De aquí se deduce que para Aristóteles la razón no es una facultad distinta del entendimiento, puesto que señala como acto y manifestación propia de éste el raciocinio, del cual toma nombre la razón, como tal. Encuéntrase, sin embargo, en sus obras algunos pasajes, que tomados aisladamente y sin relación al sistema general de su doctrina, han suministrado a algunos filósofos modernos argumentos más o menos aparentes para afirmar que el filósofo de Estagira consideraba el entendimiento y la razón como dos facultades distintas. La naturaleza de esta obra no permite entrar en detalles ni discusiones sobre este punto.}
En el entendimiento no existe idea alguna, y por consiguiente nuestros conocimientos y toda nuestra ciencia son el resultado inmediato o mediato de la actividad intelectual aplicada sobre los sentidos y sus representaciones. La inducción y experiencia por un lado, y por otro los primeros principios y la deducción, son los dos medios e instrumentos fundamentales para descubrir la verdad y constituir la ciencia.
D) Plotino. La teoría de Plotino sobre el entendimiento, como también la de los demás representantes principales del neoplatonismo alejandrino, se hallaba basada sobre la doctrina de Platón, pero desarrollada y modificada sobre varios puntos. En general, la teoría de Plotino y de los neoplatónicos puede reducirse a lo siguiente:
a) Además de la sensibilidad y la opinión, existe en el hombre una facultad llamada razón, y otra que se llama inteligencia, la cual es superior a la razón, y ésta es un medio entre la inteligencia y la sensibilidad.
b) La razón percibe o conoce los objetos sensibles y también los inteligibles, pero el conocimiento de estos últimos se verifica por medio de ideas o representaciones derivadas o procedentes de la inteligencia a la razón: de aquí es que el conocimiento de los inteligibles realizado por la razón, es un conocimiento mediato y discursivo. El objeto de la inteligencia son los inteligibles puros, o sea los objetos contenidos en la misma alma, identificados con ella y dotados de una inteligibilidad inmediata. El acto propio de la inteligencia es una intuición directa e inmediata del inteligible puro; la inteligencia, su acto propio o la intuición, y el inteligible puro que les sirve de objeto, se identifican o son una misma realidad.
c) Así como la razón es iluminada en el hombre por su inteligencia, que le suministra los inteligibles no puros, o [284] revestidos de formas representativas, así ésta es iluminada a su vez por la Inteligencia Suprema, que emana o procede del Uno Absoluto: en términos más claros: la inteligencia del hombre es iluminada por Dios o la inteligencia divina, derivación o manifestación del Ente Uno y Absoluto, principio y fondo sustancial de todas las cosas para los neoplatónicos, y especialmente para Plotino, según el cual el alma y las demás existencias finitas no son más que evoluciones y formas varias del Ser Uno y Absoluto.
d) Esta influencia o iluminación de la inteligencia humana por medio de la Inteligencia Suprema, perfecciona, purifica y eleva a la primera hasta llegar al último grado, que es su unión íntima con el Uno Absoluto, o mejor dicho, hasta quedar identificada y absorbida en la Unidad absoluta, principio sustancial de todas las cosas. Esta función, por medio de la cual el alma con la inteligencia realiza su unión íntima y su absorción en el Uno, era apellidada por los neoplatónicos sobre-esencial y sobre-inteligente. A la realización de esta absorción en el Uno contribuye y coadyuva la parte moral, por medio de la energía de la voluntad, de purificaciones, actos de virtud, culto divino, mortificación de las pasiones, &c. Considerada bajo este segundo punto de vista, la inteligencia es apellidada amor, éxtasispor Plotino: Proclo, con algunos otros neoplatónicos, le dan los nombres de manía divina, iluminación, entusiasmo.
e) Todos, sin embargo, convienen en que el Uno no es ni el alma ni la inteligencia, ni el universo, ni siquiera el ente, sino que está sobre todas estas cosas, y que en virtud de su absorción en este Uno o Dios, el alma pierde su conciencia propia, y hasta todo sentimiento y pensamiento, quedando reducida a una especie de ocio o aletargamiento absoluto. Por eso sin duda decía Damascio, que el culto que se debe tributar al Uno consiste en el silencio absoluto y en la confesión de la ignorancia.
Fácil es reconocer, por lo que se acaba de indicar: 1º que la teoría neoplatónica sobre el entendimiento humano es una teoría esencialmente panteísta, y una transformación o desarrollo [285] del misticismo profesado por algunas escuelas filosóficas de la India: 2º que este misticismo de Plotino y demás neoplatónicos nada tiene de común realmente con el misticismo enseñado y profesado por Clemente Alejandrino, por el autor de las obras atribuidas a san Dionisio Aeropajita, por san Agustín, por Taulero y otros místicos cristianos, así en el orden especulativo como práctico.
Prescindiendo de otras muchas reflexiones, ninguno de esos místicos católicos reconoce, ni la existencia del Uno indeterminado y panteístico de los neoplatónicos, ni tampoco esa absorción del alma en Dios, que lleva consigo la desaparición de la conciencia propia y hasta de todo pensamiento, de toda actividad.
E) Arabes y Escolásticos. La teoría de los filósofos árabes sobre el entendimiento, se reduce por lo general a la teoría de Aristóteles modificada por unos en sentido neoplatónico y místico, y por otros en sentido materialista y panteísta, siendo notable entre los últimos el cordobés Averroes, según el cual existe un entendimiento o alma inteligente universal, de la cual procede la intelección en cada individuo, en virtud de la influencia o iluminación producida por el entendimiento universal sobre la imaginación. Esto equivale a establecer una especie de panteísmo psicológico, y negar la espiritualidad del alma humana.
Por lo que hace a las teorías de los Escolásticos, no hay necesidad de exponerlas en particular; porque coinciden, en cuanto a los puntos fundamentales, con la de santo Tomás, la cual a su vez coincide en el fondo con la que esta obra contiene. Solamente advertiremos que esas teorías de los Escolásticos, aunque conformes y análogas en los puntos capitales, ofrecen al propio tiempo notable variedad en los detalles, presentan diversidad de tendencias científicas, hallándose con frecuencia en ella ideas y observaciones que contienen, o explícitamente, o en germen, la mayor parte de aquellas teorías modernas sobre la razón que no se apartan completamente del dogma católico.
F) Espinosa. Además de la percepción sensitiva mediante [286] la cual conocemos las cosas sensibles, ya en sí mismas, ya en los signos y representaciones que la imaginación nos ofrece acerca de las mismas, existen en el hombre por una parte, la razón, cuyo oficio es formar y elaborar por vía de raciocinio las nociones o conceptos generales de las cosas: y por otra parte el entendimiento, cuyo acto o manifestación propia es la intuición o función intuitiva, por medio de la cual adquirimos el conocimiento de la esencia de las cosas por la idea «de la esencia formal de algunos atributos de Dios:» porque el entendimiento del hombre no es más que un modo del pensamiento divino y una parte del entendimiento infinito. Por consiguiente, cuando decimos que el entendimiento humano percibe esto o aquello, no decimos otra cosa sino que Dios, no en cuanto es infinito, sino en cuanto se desenvuelve por la naturaleza humana, o en cuanto constituye la esencia de la mente humana, tiene ésta o aquélla idea.
Esta teoría de Espinosa es un desenvolvimiento científico del sistema panteísta de Giordano Bruno, y una aplicación práctica de la doctrina semi-racionalista de Descartes, especialmente en orden a la noción de sustancia y a la esencia o constitutivo esencial del alma humana.
G) Leibnitz. El alma humana conviene con otras sustancias inferiores en ser una mónada simple y representativa del universo, y por consiguiente de todos los seres. Diferénciase, sin embargo, de las mismas, en que la representación de los seres en el alma humana va acompañada de apercepción. De aquí se colige que el conocimiento intelectual, como función y manifestación del entendimiento, no es otra cosa que la apercepción o conciencia gradual y sucesiva de los objetos, o mejor dicho, de las ideas contenidas implícitamente o envueltas en la misma sustancia del alma, según que ésta es una representación general del universo. El entendimiento, pues, según Leibnitz, parece no ser otra cosa sino la misma sustancia del alma en cuanto representación implícita, o schema general del mundo; su función o acción propia, es la apercepción, y cuando falta esta, como sucede en el sueño, deja de existir el pensamiento o conocimiento intelectual, pero permanece la [287] representación real y actual de los objetos, puesto que esta representación entra en la esencia misma del alma.
La teoría del filósofo alemán conduce lógicamente a los siguientes corolarios:
1º El objeto de nuestros conocimientos, o las cosas que conocemos, no son los seres reales según existen fuera de nosotros a parte rei, sino las ideas de las cosas, según que se hallan contenidas de antemano en nuestra alma. El tránsito de esta doctrina al idealismo, no puede ser más natural y fácil.
2º Las ideas que intervienen y constituyen nuestros conocimientos, son rigurosa y necesariamente innatas, y no adquiridas o recibidas del mundo externo.
3º Existe notable afinidad entre la teoría de Leibnitz y la de Platón, no solo por lo que se acaba de indicar acerca de las ideas innatas, sino también por parte de la apercepción, la cual tiene, a no dudarlo, mucha analogía con la reminiscencia del filósofo griego. Como la reminiscencia de éste servía para hacer presentes al alma las ideas y concepciones preexistentes, aunque obliteradas u ocultas en el alma, así la apercepción de Leibnitz sirve para conocer actualmente y con distinción, los objetos contenidos y representados en el alma de una manera implícita, confusa e inconsciente.
H) Mallebranche. La teoría de este filósofo, aunque envuelta en locuciones impropias y a las veces en pasajes oscuros, puede condenarse en los siguientes puntos:
a) En el hombre no existen más facultades de conocimiento que el entendimiento y la voluntad; no existen, pues, facultades sensibles distintas del entendimiento que sirvan para percibir los cuerpos o sus modificaciones y cualidades.
b) Lo que llamamos sentidos e imaginación, no son otra cosa más que «el entendimiento que percibe las cosas por los órganos de los sentidos,» {(1) «Sensus et imaginationem nihil aliud esse, praeter intellectum res percipientem per organa sensuum.»}: en cuanto percibe las cosas [288] presentes, se dice siente: en cuanto percibe los objetos ausentes, se dice que imagina.
c) La función propia y única del entendimiento es la simple percepción: el juzgar y raciocinar son funciones que pertenecen exclusivamente a la voluntad.
d) Este entendimiento se divide en puro y no puro. El objeto del segundo son las cosas sensibles: al entendimiento puro compete percibir la extensión con sus propiedades, las cosas espirituales, las nociones universales y comunes, las ideas de ente perfectísimo, y en general los pensamientos y operaciones que se realizan en la mente.
e) El entendimiento puro ve o percibe los objetos en la razón universal, inmutable, infinita y necesaria, es decir, en la razón de Dios. Esta razón universal, en la cual el hombre percibe intuitivamente los objetos que pertenecen al entendimiento puro, es la misma sabiduría divina, o sea el Verbo de Dios que se hizo carne.
Aparte de las afirmaciones completamente gratuitas y contrarias a la experiencia interna, sobre la visión o intuición inmediata de los objetos en Dios, afirmaciones que contienen el germen del panteísmo objetivo de Schelling y del ontologismo panteístico de Gioberti, la teoría de Mallebranche: 1º es contraria a la experiencia y al sentido común, al afirmar que el juicio y el raciocinio son actos de la voluntad y no del entendimiento: 2º abre ancha y fácil puerta al sensualismo, atribuyendo al entendimiento las funciones de imaginar y sentir, y apellidándole una facultad que percibe por medio de los órganos de los sentidos, percipientem per organa sensuum.
I) Cousin. No es tarea fácil exponer con exactitud el pensamiento del jefe del moderno eclecticismo, porque como verdadero ecléctico, toma de diferentes sistemas filosóficos y amalgama afirmaciones no siempre armónicas entre sí, sin contar las modificaciones sucesivas introducidas por él mismo en su doctrina. Puede decirse, sin embargo, que el fondo de su teoría sobre el entendimiento humano, se halla contenido en las siguientes proposiciones: [289]
1ª Además de la sensibilidad existen en el hombre la inteligencia y la voluntad, a la cual, o sea a la actividad voluntaria, pertenecen las funciones de atender, comparar, deducir y otras análogas {(1) No obstante, en algunos pasajes de sus obras parece que considera estas funciones como pertenecientes a la inteligencia}.
2ª La inteligencia, que con más frecuencia es llamada por Cousin razón, se divide en espontánea y refleja. La función propia de la primera es la intuición de las verdades necesarias y absolutas en la propia conciencia: a la segunda pertenece reflexionar sobre estas verdades, es decir, investigar, analizar y discutir su origen, su naturaleza, sus elementos y relaciones.
3ª La razón espontánea no es propia o peculiar a los individuos, sino común a todos, universal e impersonal. La refleja es propia de cada individuo humano.
4ª De donde infiere, que la razón espontánea e impersonal es la esencia del mismo Dios, el cual, a causa de su infinidad, se halla presente sustancialmente en nosotros, o sea el conocimiento de lo infinito, que el infinito adquiere en nosotros. En otros términos: la razón impersonal y espontánea es el mismo ser infinito o Dios, según que se conoce a sí mismo en nosotros, como ser necesario, absoluto e infinito.
Si ahora añadimos que para Cousin la razón impersonal, es illud Verbum caro factum, Dios y hombre a la vez, reconoceremos fácilmente que su teoría presenta mucha afinidad con la de Mallebranche, cuyas tendencias y gérmenes desarrolla y completa, trasformándolas en un panteísmo formal y explícito.
J) Gratry. La sensibilidad externa, el sentido íntimo y el sentido divino, constituyen las tres fuentes del conocimiento intelectual, y deben distinguirse de las facultades, las cuales son dos únicamente, es decir, el entendimiento y la voluntad. Ni los sentidos, pues, ni la conciencia o sentido íntimo, ni la [290] imaginación, son facultades capaces de percibir objetos. El entendimiento, ayudado de la voluntad, es la única facultad que produce la ciencia y conoce los objetos suministrados por las tres fuentes indicadas. La sensibilidad externa suministra al entendimiento, la materia para el conocimiento racional del mundo; el sentido íntimo, para el conocimiento del hombre; el sentido divino, para el conocimiento de Dios, que son los tres grandes objetos de la ciencia humana.
Por sentido divino entiende Gratry cierta atracción ejercida sobre el hombre por Dios como sumo bien y sumo inteligible, atracción que todos experimentamos siempre.
K) Ubaghs. La razón humana tiene un aspecto subjetivo y otro objetivo o lo que es lo mismo, puede considerarse en su subjetividad y en su objetividad. Considerada subjetivamente, es la facultad o potencia innata en el alma de adquirir toda clase de conocimientos por los medios acomodados o correspondientes a su naturaleza {(1) Congenita animi potentia acquirendi, viis naturae suae accomodatis, cognitiones omnigenas»}. La razón, tomada objetivamente, son las verdades necesarias, evidentes por sí mismas o con evidencia inmediata, y recibidas universalmente por todos los hombres {(2) «Veritates quae per se evidens, necesariae, et universim acceptae sunt»}.
Estas verdades necesarias y evidentes acompañan a nuestra razón desde su origen; pero ésta solo tiene un conocimiento confuso y vago de las mismas originariamente, hasta que excitada y puesta en movimiento la actividad intelectual por medio de la sensibilidad, de la enseñanza y de la meditación intelectual, el conocimiento confuso e implícito de aquellas verdades pasa a ser distinto y explícito.
Una vez percibidas con distinción, pero directamente, estas verdades contenidas o preexistentes en la razón, esta las somete a un conocimiento reflejo, considerándolas con más atención, comparando y raciocinando para descubrir sus [291] relaciones, su importancia científica, sus aplicaciones y deducciones.
Las verdades necesarias, evidentes y universales que constituyen la razón objetiva en el hombre, y cuya percepción directa e intuitiva constituye la función fundamental de la razón humana como facultad de conocimiento, son los mismos atributos de Dios, o sus perfecciones infinitas, o si se quiere, son el mismo Dios presente a la razón o entendimiento como luz de la misma: sunt Deus ipse menti praesens, ceu rationis lumen, sive lux mentis (1).
{(1) Esta teoría de Ubaghs, seguida más o menos exactamente por Laforet, Claessens y otros profesores de la Universidad Católica de Lovaina, encierra muchos y notabilísimos puntos de contacto con la teoría de santo Tomás, y hasta puede afirmarse que es idéntica en el fondo, como probaríamos con gusto si la naturaleza de esta obra lo permitiera. A poco que se reflexione sobre lo que dejamos expuesto, y si se compara con lo que después expondremos en orden a la teoría de Santo Tomás sobre el entendimiento humano, no será difícil reconocer que tiene grande afinidad y semejanza con la del profesor de Lovaina. Véanse nuestros Estudios sobre la filosofía de santo Tomás, lib. V, cap. 5 y siguientes.}
L) Kant.
a) Sin contar la sensibilidad, que es facultad cognoscente de un orden inferior, existen en el hombre otras dos facultades de un orden puramente inteligible, que son el entendimiento y la razón.
b) Así como la función propia de la sensibilidad es recibir y percibir las impresiones y representaciones sensibles del mundo corpóreo, y así como para la percepción de estas representaciones la sensibilidad se halla sujeta a las formas subjetivas y recibidas a prioridel espacio y del tiempo, así también las funciones propias del entendimiento son formar conceptos y juicios tomando por materia de los mismos las representaciones e intuiciones de la sensibilidad: empero estos juicios dependen y se hallan sujetos a las ideas o categorías de cantidad, cualidad, relación y modalidad, como condiciones [292] necesarias y a priori del juicio, y como formas subjetivas del entendimiento.
c) El entendimiento, pues, lo mismo que la sensibilidad, no alcanza ni llega hasta la realidad objetiva de las cosas, y consiguientemente sus juicios o afirmaciones y negaciones abrazan solamente la apariencia o representación, phaenomena, de las cosas, pero no su realidad objetiva, noumena; y esto tiene lugar con mayor razón y rigor respecto de los objetos que no están sujetos a la experiencia sensible, o sea a las intuiciones de la sensibilidad, como la existencia de Dios, la espiritualidad del alma, su simplicidad, &c.
d) La razón es la facultad que reuniendo o combinando varios juicios del entendimiento, se eleva de lo relativo y condicionado a lo absoluto e incondicionado: de manera que, en realidad, la función propia de la razón es el raciocinio, o sea el movimiento por medio del cual se resuelve lo condicionado en lo incondicionado, la conclusión en alguna premisa necesaria y absoluta.
Estas breves indicaciones bastan para reconocer que la teoría de Kant encierra notables puntos de contacto, a la vez que notables diferencias, con la teoría de santo Tomás, fenómeno que será más patente a cualquiera que haya estudiado con alguna detención las dos teorías. El filósofo alemán se acerca a santo Tomás cuando enseña: 1º Que el conocimiento humano puede y debe considerarse en su totalidad como un resultado o efecto elaborado por la sensibilidad externa, por la sensibilidad interna, por el entendimiento y por la razón.
2º Que la sensibilidad, tanto externa como interna, es la que suministra al entendimiento la materia y objetos para sus conocimientos o funciones intelectuales y científicas.
3º Que la función o manifestación propia del entendimiento es formar conceptos (simple percepción de santo Tomás) y juicios anteriores al raciocinio (juicios inmediatos de santo Tomás), lo cual constituye la función o manifestación propia de la razón.
4º Que pertenece a la razón, no solo el combinar y ordenar [293] varios juicios, sino resolverlos definitivamente en algún principio de verdad indemostrable y absoluta.
Se aparta, por el contrario, de santo Tomás, cuando enseña o supone:
1º Que la razón es una facultad distinta realmente del entendimiento.
2º Que por medio de la sensibilidad no percibimos los objetos como son en sí mismos, sino sus apariencias o representaciones sensibles y subjetivas.
3º Que las nociones de espacio y tiempo respecto de la sensibilidad, y las categorías o conceptos de cantidad, relación, &c., son formas subjetivas, es decir, innatas en el alma, o que le son dadas a priori.
4º Que la certeza del conocimiento intelectual, se halla limitada a la parte fenomenal de los seres, sin poder extenderse a su realidad objetiva.
5º Que nada podemos conocer con certeza científica acerca de los objetos que no están sujetos a la experiencia sensible o intuiciones de la sensibilidad, como la existencia de Dios, la espiritualidad del alma y otros semejantes.
Excusado es añadir que los puntos en que Kant se aparta de santo Tomás son precisamente aquellos en que su doctrina abre ancha puerta al escepticismo y al idealismo.
M) Hegel. La teoría de Kant, trasformada en panteísmo subjetivo por Fichte, y en panteísmo objetivo por Schelling, recibió su último y completo desarrollo panteístico y sistemático de mano de Hegel, cuya teoría sobre la razón humana no pude ser bien comprendida sino teniendo en cuenta su sistema panteísta, del cual tal vez nos ocuparemos en la Cosmología. Sin embargo, las siguientes proposiciones pueden suministrar alguna idea de su teoría general sobre el entendimiento.
1ª La razón funciona y se desenvuelve pasando, o mejor dicho, constituyendo tres estados fundamentales: 1º estado de indeterminación absoluta, en el cual y por razón del cual no es ni sujeto ni objeto determinadamente, sino pensamiento puro, o indeterminado: 2º estado en que principia a [294] determinarse, saliendo fuera de sí, es decir, objetivándose a sí misma, mediante lo cual produce el mundo externo, es decir, se pone a sí misma como naturaleza, para hablar el lenguaje hegeliano: 3º estado en el que se determina más y se pone como espíritu, adquiriendo conciencia de sí misma.
2ª Esta razón, que se manifiesta de estos tres modos, no es una facultad o potencia peculiar al individuo humano; es la Idea pura, en lenguaje panteísta; y en lenguaje claro y filosófico, es la razón absoluta y única, o sea la sustancia divina. Los individuos humanos y las razones individuales son modos de ser de esta sustancia única, y manifestaciones parciales de la Idea, o Razón absoluta.
3ª La vida, pues, o desenvolviendo vital y progresivo de la Idea, la cual se identifica con la razón, se realiza en tres momentos: en el primero, se contienen en ella todas las cosas, pero de una manera indeterminada o indistinta, de suerte que en este primer estado o momento, la Idea no es ni sujeto, ni objeto, ni materia, ni espíritu, ni singular, ni universal: es el Uno de los antiguos alejandrinos. En el segundo momento, la Idea sale de su indeterminación y de sí misma, conociéndose y poniéndose como naturaleza o mundo externo. En el tercer momento, vuelve a entrar en sí misma, y adquiriendo conciencia distinta de su ser, se pone o existe como espíritu, o si se quiere, se pone como Dios, el cual por lo mismo existe solamente in fieri (Deus est in fieri) durante las dos primeras evoluciones o momentos de la vida de la Idea.
4ª De aquí es que en el primer momento, la Idea es el yo puro, es decir, el ser indeterminado que incluye todas las cosas y todos los seres, sin ninguna cosa o existencia determinada; es el Uno de Plotino y de los antiguos neoplatónicos. En el segundo momento, es el no yo. En el tercer momento, es el yo consciente y determinado. En esta tercera evolución, el yo no solo se hace consciente y divino, sino que conoce y afirma que el yo puro, el no yo y el yo determinado o humano-divino, son una misma realidad, la realidad de la Idea. Este conocimiento y afirmación constituye la verdadera ciencia trascendental y absoluta. [295]
5ª Los actos fundamentales de la razón humana se hallan en relación con las tres evoluciones indicadas de la Idea. A la primera evolución corresponde la simple percepción, o sea la noción, en lenguaje hegeliano: a la segunda corresponde el juicio, y a la tercera el raciocinio, operación esencialmente sintética, mediante la cual la razón reconoce que todas las cosas, sin excluir las que parecen más diversas y hasta opuestas, como el universal y el particular, el objeto y el sujeto, la materia y el espíritu, la realidad y el pensamiento se identifican en la Idea. Bajo este punto de vista, o sea con relación a los actos u operaciones de la razón humana, la Idea es tesis en el primer momento, antítesis en el segundo, y síntesis en el tercero.
N) Jacobi y Lichtenfels. El fondo de su teoría se reduce a lo siguiente: Con los sentidos percibimos inmediatamente las cosas sensibles: con la razón, a la cual Jacobi llama también sentido interior e instinto intelectual, percibimos inmediatamente las cosas insensibles y espirituales, como la existencia de Dios, su omnipotencia, la inmortalidad del alma, la vida futura, &c. Con el entendimiento reflexionamos, formamos raciocinios y demostraciones acerca de las nociones objetivas suministradas por los sentidos y por la razón o instinto intelectual; pero esas reflexiones y demostraciones nada nos enseñan con certeza sobre la realidad objetiva de las cosas, porque recaen sobre las nociones o representaciones objetivas, que son hechos o fenómenos puramente subjetivos.
Fácil es reconocer que esta teoría, además de otros inconvenientes, establece y supone: 1º que el entendimiento y la razón son dos facultades completamente distintas: 2º que el asenso que damos a las verdades más importantes del orden religioso, metafísico y moral, es un asenso ciego, instintivo, y por lo mismo no racional ni científico: 3º que las demostraciones científicas carecen de todo valor objetivo. Esto equivale a sentar las bases y antecedentes del escepticismo más universal y absoluto.
Ñ) Gioberti. En el hombre debe distinguirse la razón [296] objetiva de la razón subjetiva. La primera es el mismo Dios, o sea el Ser Ideal-Real, el cual constituye el inteligible absoluto. La segunda es la potencia o facultad intelectual, mediante la cual percibimos el inteligible absoluto.
Esta razón subjetiva percibe primero el Ideal-Real por medio de una intuición espontánea y directa, por medio de la cual conoce que el Ente crea las existencias. A esta intuición espontánea y directa, sucede otra refleja mediante la cual conoce distintamente lo que en la primera intuición percibe confusamente: de manera que la intuición refleja viene a constituir el desenvolvimiento gradual, sucesivo y científico de la razón humana, que percibe en Dios como inteligible absoluto, los objetos finitos, o las existencias determinadas.
La razón objetiva debe decirse inmutable, infinita y absoluta, toda vez que se identifica con el Ideal-Real, o sea con el mismo Dios, al cual conviene la denominación de razón a causa de su inteligibilidad inmediata. La subjetiva es, por el contrario, mudable, finita, contingente, como lo es el alma humana, con la cual se identifica, en opinión de Gioberti. Esta razón subjetiva, en cuanto que posee la intuición directa, espontánea e inmediata, puede llamarse entendimiento; en cuanto que pone o ejerce la intuición refleja, conserva el nombre de razón.
Obsérvase en la teoría de Gioberti: 1º que encierra tendencias panteístas por parte de lo que llama Ideal-Real, o Inteligible absoluto, habida razón del modo con que expone y aplica este punto en sus obras: 2º que tiene cierta analogía con la teoría de Cousin, por parte de la doble intuición que admite en la razón humana: 3º que el fondo viene a ser una aplicación y modificación de la teoría de Mallebranche, con la cual tiene muchos puntos de contacto.
O) Rosmini.
a) La actividad o potencia intelectual en el hombre se halla fecundada desde su origen por la idea del ente posible o ideal, la cual es innata en el alma humana.
b) Esta idea del ente posible constituye la razón objetiva del hombre, la cual, en algún sentido, también puede llamarse [297] impersonal, ya porque es el principio de su desarrollo y como un objeto percibido espontáneamente por la razón, ya también porque sirve de luz objetiva, o ilumina los objetos particulares, en atención a que todo acto intelectual acerca de éstos, supone como condición necesaria y como ley universal la idea o noción del ente posible.
c) El conocimiento intelectual de la realidad de los cuerpos, de los seres particulares y de la misma alma como consciente, se verifica en cuanto que el entendimiento aplica y concreta en los objetos particulares o singulares la ideal general del ente posible. La función intelectual mediante la cual se realiza esto constituye la razón, como distinta del entendimiento, al cual, como tal, pertenece la percepción del ente bajo la forma de idealidad, o como puramente posible.
d) De donde se infiere que la función intelectual que pertenece a la razón como distinta del entendimiento, es posterior a la que corresponde a éste, la cual no es otra que la simple intuición el ente ideal o posible.
e) Aunque respecto del ente del primer acto de la inteligencia es la simple intuición o percepción, con respecto a los demás objetos el juicio precede a la percepción.
La teoría de Rosmini se aparta de la de santo Tomás: 1º en que pone como primer objeto de la inteligencia humana el ente posible y no el ente universalísimo, o sea en cuanto prescinde de las determinaciones de existente o posible: 2º en que admite esta idea del ente como innata: 3º en que afirma que la existencia y realidad objetiva de los seres es conocida por el hombre en virtud de la aplicación de la idea innata de ente: 4º en que supone que el primer acto de la inteligencia en orden a los seres u objetos fuera del ente, es el juicio y no la simple percepción.
Aparte de los puntos indicados, puede decirse que la teoría de Rosmini coincide en el fondo con la de santo Tomás, siendo notables, entre otros varios, los siguientes puntos de contacto o semejanza:
1º La noción de ente o de ser es la primera manifestación [298] de la actividad intelectual, y como la base general y el principio de su desenvolvimiento cognoscitivo.
2º Esta noción objetiva constituye una ley necesaria de la facultad intelectual, ley a la cual se halla sujeta en todas sus manifestaciones, hasta el punto de que nada percibe ni puede percibir ni conocer, sino bajo la noción o idea de ser. Bajo este punto de vista, puede decirse que la idea universalísima de ente constituye la luz y la razón objetiva en el hombre.
3º Todas las ideas intelectuales son como determinaciones, aplicaciones y derivaciones de la idea de ser, sin la cual no podemos formar nociones relativas a los seres particulares.
4º La percepción del ente pertenece al entendimiento como tal, o sea en cuanto manifestación de la facultad intelectual, distinta de la que le corresponde considerada como razón. Las funciones o actos propios de ésta presuponen como base, principio y punto de partida, las funciones del entendimiento como entendimiento.
¡ENSÉÑANOS LA PATITA!…: ESTUDIO DE LAS FUENTES Y NOTAS DE LOS TEXTOS DEL «MAGISTERIO» DE LOS ANTIPAPAS
Resumen del artículo : Estudio estadístico del «magisterio» post-conciliar a través de las fuentes que cita en sus propios documentos, donde se demuestra la clara ruptura con el tradicional Magisterio de La Iglesia y su olvido. En el análisis se han clasificado casi 3.000 citas: desde Montini hasta Bergoglio…. Si como en el famoso cuento le hubiéramos pedido al lobo que mostrara su pata por debajo de la puerta…, es decir, si nos hubiéramos fijado en que en sus textos las notas a pie de página apenas citaban el Magisterio de la Iglesia- porque no encontraban en él apoyo a sus nuevas doctrinas- quizá nos hubiéramos percatado mejor de que estas «encíclicas», que intentan fundar una nueva religión en la que no haya separación entre los hombres a causa de la Fe- ecumenismo, diálogo y cooperación con otras religiones, prohibición del «proselitismo», salvación fuera de la Iglesia, etc.- , no eran de la Madre, sino del lobo que quería devorar a los cabritillos. En fin, les dejo el estudio objetivo de las notas de todas las encíclicas tras el Concilio Vaticano II.
Muchos son los que han querido demostrar la ruptura con la Iglesia Católica que supuso el Concilio Vaticano II y el magisterio que le siguió; unos lo intentaron desde la teología sacramental, otros desde la dogmática, menos desde el derecho canónico; todos, sin embargo, han acumulado numerosas pruebas del intento y el éxito en la fundación de una nueva religión; esta nueva religión ha creado sus propios anticuerpos para destruir sistemáticamente a la verdadera contra revolución; así, ella misma creo desde la falsa resistencia de Lefebvre, hasta la de los sedevacantistas acéfalos, pasando por otras tan desviadas de la fe y la caridad, como la posición del papa materialiter, o los ensotanados de Eclesia Dei, o del motu propopio.
No obstante, y a pesar de la existencia de tantos hechos objetivos, ninguno ha convencido mayoritariamente a la masa de bautizados de que tal ruptura, evidente, suponga un abandono de la fe católica; esta dificultad de convencer a los hermanos se debe a varios factores, de los que señalo sólo dos:
a) a la gran masa de «católicos» que incumplen con el deber de conocer la fe que profesan, estando sumidos en una ignorancia sobrecogedora;
b) porque esa nueva fe proclamada por la jerarquía se apoya, en parte, en una verdad siempre católica para proclamar un nuevo ‘credo’ que ya no es católico; de ahí proviene la gran dificultad de distinguir.
Ese nuevo ‘credo’ es el humanismo; “es cierto”, diremos con este nuevo ‘magisterio’, que la promoción de la dignidad humana buscada solamente en tanto y en cuanto glorifica a Dios, es finalidad de la Iglesia católica, pero buscada en sí misma (como fin simpliciter y no como finis quo, usando la terminología del Aquinate) es finalidad del orgullo humano engañado por el diablo, latrocinio de la Gloria de Dios, de la cual se muestra celoso y probablemente, la definitiva faz del Anticristo.
La modesta aportación de este escrito no pretende manifestar la evidencia de la ruptura desde sesudas disquisiciones teológicas que otros han hecho mucho mejor, y menos, desde sutiles distinciones jurídicas en las que soy lego, sino desde un metodología más asequible a todos; puesto que hoy todo el mundo, o casi, sabe sumar y restar, mi humilde estudio se basará en algo objetivo e indiscutible: en las matemáticas y en una somera representación estadística en gráficos sencillos.
En efecto, este simple método lo he aplicado a las citas que cada encíclica añade, bien a pie de página, pero en general al final del documento.
¿Pero qué es una cita? Una cita es nota de ley, doctrina, autoridad o cualquier otro texto que se alega para prueba de lo que se dice o refiere, según el R.A.E; citar es, pues, ‘referir, anotar o mencionar los autores, textos o lugares que se alegan o discuten en lo que se dice o escribe’, ora nombrados a continuación de la cita, ora con un número que refiere al autor o texto citado al pie de la misma página o al final del documento; esta segunda modalidad es el objeto de este estudio. Bien, esta definición es simple y todo el mundo la entiende.
Entonces, puesto que las citas se pueden usar a modo de cimiento, aval, garantía sobre el que uno apoya su doctrina, pero también en el sentido adverso, es decir, como sentencia de alguien sobre la que el autor muestra su disconformidad, discrepa o rivaliza, será necesario, en primer lugar, saber en cuál de los dos sentidos se usan las citas en las encíclicas estudiadas.
El resultado podría ser que todas sean usadas como apoyo de lo que se dice; o también que todas se anotaron para expresar en lo que se disiente; pero podría ser, igualmente que unas lo fueran en un sentido y otras en el contrario, aun en el mismo texto.
Pues bien, no he encontrado ninguna cita que se haya escrito para ilustrar sobre una doctrina que ha sido condenada o para discrepar de la misma, sino que todas las referencias tienen el objetivo de fundamentar sobre ellas el texto escrito, incluso en las notas referidas a los autores laicos, incluidos los infieles, al menos en aquella parte que se trae para ilustración del lector. Es decir, tanto cuando se cita al magisterio preconciliar, como al Conciliábulo Vaticano II, así como al magisterio de los «papas» postconciliares, a rabinos o agnósticos, las menciones alegadas, no otras, son utilizadas para sostén de lo afirmado en el texto de la encíclica.
Para el presente estudio he procedido a clasificar 2.971 citas y notas de la totalidad de las encíclicas escritas desde los antipapas Pablo VI a Francisco, que hacen un total de 25 – 7 de Pablo VI con 305 notas; 14 de Juan Pablo II con 2.381 notas en total; 3 de Benedicto XVI que suman 235 menciones y una firmada por Francisco con 50 referencias al pie del documento, número dispar según la lengua de traducción, tomada de la web oficial del Vaticano, ya que algunas traducciones no están completas-. Como Juan Pablo I no llegó a publicar ninguna encíclica, no aparece en este breve análisis.
Las ediciones de las encíclicas usadas para este trabajo siempre han sido las oficiales de la Libreria Editrice Vaticana, a través de la web oficial del Vaticano.
Todas las notas se han distribuido en los siguientes rubros:
1º MAGISTERIO TRADICIONAL.
Cantidad y porcentaje que se refieren al magisterio anterior al concilio Vaticano II, bien de anteriores Concilios Ecuménicos, sean de Bulas, Cartas Apostólicas, exhortaciones, audiencias…, de Romanos Pontífices anteriores a Juan XIII.
2º MAGISTERIO MODERNO.
A.MAGISTERIO CONCILIAR
Cantidad y porcentaje que se refieren al magisterio de los textos del Vaticano II (constituciones, decretos, declaraciones y notas; discursos de apertura y clausura,…).
B. MAGISTERIO POSTCONCILIAR
Cantidad y porcentaje que se refieren al magisterio de los Romanos Pontífices a partir de la fecha de la convocatoria del citado Concilio, 25 enero 1959, y no del final del mismo; la razón de esta elección, en general 1960, es que desde el mismo discurso de su convocatoria y a medida que se iban sucediendo declaraciones sobre el evento, celebrando sesiones y aprobando constituciones, todas éstas pasaron a nutrir las fuentes del magisterio de los papas, sin que todavía se hubiera clausurado el Concilio; encontramos así varias citas al discurso de su convocatorio y al de apertura y a su espíritu de “abrir las ventanas para que penetre el aire del mundo” que ya no pertenece al magisterio tradicional.
Como el Conciliábulo supuso, para muchos, como una carta magna que abría una especie de ‘Caja de Pandora’, me pareció interesante señalar la cantidad y porcentaje, también, del magisterio postconcliar, es decir las auto referencias de los «papas» al nuevo magisterio que ellos mismos iban creando o al de sus inmediatos predecesores.
C. CITAS LAICAS
Como el magisterio iba, por una parte, desdeñando las referencias preconciliares a medida que se sucedían los «papas» y pasaban los años y, por otra, referenciándose los «papas» a sí mismos o a su inmediato sucesor, fueron apareciendo nuevas citas que ya nada tenían que ver con ningún magisterio, sino con este devenir lógico del Conciliábulo Vaticano II cuyos funestos frutos padecemos, cada vez más alejado de las fuentes de la tradición, hasta el punto que quise, también, especialmente en los dos últimos «papas», señalar la cantidad y porcentaje de citas laicas de infieles, es decir, referencias a pensadores ajenos al catolicismo.
Por último debo decir que un buen porcentaje de citas son entresacadas de teólogos, Santos Padres, doctores y cómo no, también de las Sagradas Escrituras. Sin embargo no he querido clasificar ni tener en cuenta las mismas por lo siguiente: De citar, por ejemplo, a Santo Tomás, para nada se deduce que se esté de acuerdo con lo que él quiere decir con su habitual precisión escolástica porque, o bien se pudiera referir la cita a una sentencia sacada del contexto del Santo Doctor u ocultar un desacuerdo radical con la metafísica que subyace en el Aquinate; no sería ninguna garantía de tomismo referirse, por ejemplo, a alguna conclusión del Santo Doctor de la Iglesia, incluso sobre la Eucaristía y a la vez aprobar una definición herética de la Misa en el nº 7 del capítulo II del Novus Ordo Missae, como ocurrió ya; y advertido, tuvo que corregir Pablo VI, o como se dice en ‘castizo’ borrar con el codo lo que había escrito con la mano. Respecto a las citas bíblicas ídem; éstas pueden ser usadas ora para avalar un magisterio auténtico conforme a lo manifestado siempre por la Iglesia, ora para introducir ideas propias tales como el novedoso concepto de la libertad religiosa o el herético de que todas las religiones son caminos de salvación; la experiencia nos dice que toda clase de herejes hicieron decir a los textos bíblicos lo que no expresaban, desde Arrio a Lutero hasta el día de hoy, y que hasta el mismo diablo las sabe y quiere usar a su favor, como consta en el Nuevo Testamento. Las fuentes son, pues, un testimonio más de que el concilíabulo es la carta magna de una nueva religión que ya no es la católica, y el «magisterio» posterior no es más que el equivalente a un Real Decreto que sólo hace aplicar el contenido de esa carta y desarrollar coherentemente los principios en ella expuestos para hacer visible aa todos la erección de la anti Iglesia de Cristo.
LAS FUENTES EN EL TEXTOS DEL ANTIPAPA PABLO VI
Puesto que tres de las siete encíclicas de Pablo VI fueron promulgadas antes de la clausura del Concilio Vaticano II, parecería ser lo más lógico que entre las notas y citas de sus textos sobreabundaran con mayoría aplastante las referidas al magisterio pre-conciliar. Sin embargo, ya se aprecia en él una tendencia que no hará más que ir aumentando en sus sucesores; en efecto, de casi dos milenios de magisterio pontificio sólo lo cita 49 veces, mientras que a un Concilio recién clausurado, o aun estando en la última sesión o en intercesión, ya lo refiere en 66 ocasiones; pero si a esta cantidad le sumamos las citas a sus propias encíclicas o a las de su inmediato predecesor, Juan XIII, imbuidas ya del espíritu que se manifestaría en el Concilio se alcanzan la totalidad de 92 referencias para el magisterio moderno, frente a 49 del magisterio preconciliar.
Entre el resto de notas no magisteriales, que no he querido clasificar según lo señalado más arriba, se podrán encontrar las sorprendentes referencias a Marie-Dominique Chenu, que fue apartado de la docencia tras la condena de su libro Une École de Théologie [Una Escuela de Teología] (1937), pero más tarde erigido perito del Concilio Vaticano II por Juan XXIII; a Maritain sobresaliente defensor del personalismo y de la condenada libertad religiosa; o a Henric de Lubac, que en 1950 fue apartado de la enseñanza luego de la condena del neomodernismo o nouvelle théologie, por parte de la encíclica Humani Generis de Pío XII; como todo católico debiera conocer, Pío XII imputó a la “neoteología”, uno de cuyos mayores exponentes era De Lubac después de Teilhard, los cargos de “relativismo dogmático, historicismo, indiferencia para con las esencias inmutables y abandono de la filosofía escolástica”. Mientras que para Teilhard hubo que esperar a Pablo VI y, sobre todo a Juan Pablo II, De Lubac fue rehabilitado ya por Juan XXIII, quien lo invitó al Concilio Vaticano II y lo readmitió en la docencia; y unos años más tarde Juan Pablo II canonizó su pensamiento, elevándolo a cardenal.
En resumen, se constata una inclinación a tomar como casi exclusivos de las fuentes del magisterio los textos del Concilio Vaticano II y del papa que lo convocó, si bien todavía persiste, quizá por la aun escasa producción de nuevo magisterio, una cierta referencia al magisterio preconciliar.
CUADRO I
(LAS FUENTES DEL MAGISTERIO DE PABLO VI, SEGÚN LAS NOTAS EN SUS ENCÍCLICAS)

CUADRO II
(PORCENTAJE DE LAS FUENTES DEL MAGISTERIO MODERNO Y TRADICIONAL EN PABLO VI, SEGÚN LAS NOTAS DE SUS ENCÍCLICAS).

CUADRO III
( DISTRIBUCIÓN ENTRE LAS FUENTES CONCILIARES Y MAGISTERIALES MODERNAS (DESDE EL 1960 EN PABLO VI, SEGÚN LAS NOTAS DE SUS ENCÍCLICAS)

LAS FUENTES EN LOS TEXTOS DEL ANTIPAPA JUAN PABLO II
Si con Pablo VI se manifestaba ya una tendencia a desalojar las reseñas del magisterio anterior al Concilio Vaticano II, en Juan Pablo II se confirma definitivamente esta disposición, hasta el punto de que se puede hablar ya con él de una verdadera ruptura con el magisterio anterior a 1960, dada la casi ausencia de citas a la más que milenaria enseñanza de pontífices y Concilios Ecuménicos.
Por otra parte, resulta insólito el gran número de citas referidas al nuevo magisterio postconciliar- 30 años apenas- en relación al milenario magisterio preconciliar: 578 citas y 127, respectivamente (véase cuadro IV); e incluso respecto al propio Concilio Vaticano II:578 citas y 502 respectivamente. No es irrazonable pensar que la razón se deba a la necesidad de exponer nuevas doctrinas que no están en el depósito de la Fe y que el propio Sínodo Vaticano II, sólo apuntó de una forma confusa o ambivalente; por ejemplo, toda la nueva teología de Juan Pablo II sobre la confusión entre el orden natural y la gracia, que aparece en casi todo su magisterio y, especialmente, en sus primeras tres encíclicas está referida al despliegue del embrión contenidoGaudium et Spes: «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre»; pero está idea, aunque expresada entonces con ambigüedad programada, ya está condenada en el Concilio de Éfeso y no se encuentra en ninguna parte del magisterio de la Iglesia; dado, pues, que este concepto fue parte de la predicación de Juan Pablo II, le fue necesario referirla por doquier al magisterio postconciliar escrito por él mismo en su mayor parte y que desarrollaba esa nueva y desconocida teología conciliar.
Es ésa, quizá, la razón de que Juan Pablo II sea, de entre todos los papas, el que más se cita a sí mismo; y eso de forma tan abrumadora, que a falta de un estudio psicológico sobre tan reiterada y fea actitud, parece que la causa más probable sea su demostrada persistencia en afianzar doctrinas novedosas.
Respecto a las citas no magisteriales, se encuentran entre ellas varias curiosidades liberales; por ejemplo, las reseñas a la Declaración de los Derechos Humanos; pero también insólitas ausencias que nos dejan perplejos; v.g., mientras que abundan citas de las Sagradas Escrituras en la mayor parte de su magisterio, como notas al pie de los documentos, disminuyen drásticamente en las encíclicas que abordan aspectos novedosos, hasta llegar a la inexistencia de citas bíblicas al pie en el texto de ‘Ut Unum Sint’; de seguro, cabe pensar, porque nada en las Escrituras Sagradas sostenía su tesis de fondo ecumenista: pues ningún texto bíblico da apoyo a esta moderna doctrina de empeño ecuménico; si bien, en honor de la verdad, existen citas de las Escrituras Sagradas dentro de ese escrito suyo.
Para los que, a pesar de la ínfima representación del magisterio tradicional en sus documentos, no aprecien la absoluta tendencia a la ruptura con las fuentes tradicionales(CUADRO VII), siempre según las citas, han de saber que en las poquísimas menciones a la tradición, casi siempre se añaden a las mismas algunas más modernas; por ejemplo, si se cita a Pío XII, en la misma nota se añaden una o varias referencias al C. V. II o a otras encíclicas modernas, razón por la cual se puede decir, que aun ni las pocas referencias a la Tradición son puras.
CUADRO IV
(LAS FUENTES DEL MAGISTERIO DE JUAN PABLO II, SEGÚN LAS NOTAS DE SUS ENCÍCLICAS)

CUADRO V
(PORCENTAJE DE LAS FUENTES DEL MAGISTERIO MODERNO Y TRADICIONAL EN JUAN PABLO II, SEGÚN LAS NOTAS DE SUS ENCÍCLICAS)

CUADRO VI
(DISTRIBUCIÓN ENTRE LAS FUENTES CONCILIARES Y MAGISTERIALES MODERNAS (DESDE EL 1960) EN JUAN PABLO II, SEGÚN SUS NOTAS DE SUS ENCÍCLICAS)

CUADRO VII
(EVOLUCIÓN DE TENDENCIAS EN LAS NOTAS DE SUS ENCÍCLICAS)

Apréciese la prácticamente desaparición de citas de la Tradición con Juan pablo II
LAS FUENTES EN LOS TEXTOS DEL ANTIPAPA BENEDICTO XVI
La ruptura en las citas del magisterio tradicional, formalizada en las encíclicas de Juan Pablo II, se profundiza aún más con Benedicto XVI, alcanzando sólo un insignificante 3% del conjunto de las citas de papas y concilios antes de 1960.
Es de destacar que, de la suma de citas del magisterio moderno sólo 13 se refieren al Concilio Vaticano II, mientras que 169 reseñan el magisterio postconciliar, sobre todo el de su inmediato predecesor, Juan Pablo II; pareciera, a la vista de este hecho, que aquella constitución, casi ‘superdogma’ –el Vaticano II- que fijara los principios de una revolución sin precedentes en la Iglesia, fuese ya insuficiente para el pleno desarrollo de una nueva doctrina desplegada, teológica y canónicamente por Juan Pablo II e inaugurada litúrgicamente por Pablo VI. Como para un ecumenismo condenado no había textos en la Tradición ni en las Sagradas Escrituras que sirvieran de aval, tal vez por eso, no se citan las Sagradas Escrituras en las notas al pie de sus encíclicas, si bien existen en los textos mismos, aunque escasas-v.g., sólo 36 para una larga encíclica estructurada en 6 capítulos y una conclusión, sobre un tema donde abundan los textos bíblicos: el amor y la verdad, en ‘Caritas in Veritate’- ; para proclamar la vigencia de la Antigua Alianza con los judíos que rechazan a Cristo, mucho menos se encuentra magisterio ni textos bíblicos y para una salvación universal, ni rastro de tal barbaridad existe. Ahora bien, como los textos del Vaticano II fueron de una ambigüedad premeditada, según el testimonio del modernista radical Edward Schillebeeckx, perito conciliar y consejero del cardenal Alfrin e inspirador del herético Catecismo Holandés, no es iluso pensar que a Benedicto XVI le fuera necesario acudir a un magisterio más descarriado: el de su inmediato predecesor Juan pablo II; otras razones se pueden sumar a este hecho, sin contradecirlo, la necesidad psicológica de contentar a toda una muchedumbre de ‘juanpablistas’ tocando poder y necesitados, algunos, de contener los escándalos que, como una bomba de relojería dejada por su inmediato predecesor, iban a estallar a su tiempo, para así no decepcionarlos y evitar sentir en su piel la furia de su rechazo; inquina que, posiblemente, no pudo vencer al fin, según varias interpretaciones de ‘vaticanistas’ sobre la causa cierta de su dimisión.
Si bien ya con Juan Pablo II se nota un despertar a citar autores laicos, es con Benedicto XVI cuando toman verdadera ‘carta de ciudanía’. Debería dejar perplejo a cualquier católico consciente de su fe, ver como Benedicto XVI introduce, no un en acto como doctor privado, profesor…, sino en el magisterio auténtico citas del ‘El Banquete’ de Platón; del historiador Salustio; de Juliano el Apóstata († 363) tomadas de Ep. 83: J. Bidez, L’Empereur Julien. Œuvres complètes, París 19602, I, 2a, p. 145; del luterano H. Köster: ThWNT, compañero de estudios de Rudolf Bultmann; del novelista Jean Giono; de Bacón; de Kant; de la obra ‘Negative Dialektik’ de Adorno; de Georgias de Leontini ((485 a. C.-380 a. C.) y hasta un fragmento del filósofo Heráclito.
Debido a esta última observación, hemos confeccionado el grafico sobre las fuentes modernas de manera distinta a la anterior, añadiendo a las del Concilio Vaticano II y a las postconciliares las fuentes laicas. La suma de las 3 sería con este nuevo método el 100%, sobre el cual representamos cada una de las partes en que dividimos el llamado magisterio moderno en este estudio. Siempre dejamos fuera de la contabilidad las citas antiguas y bíblicas por la razón comentada al comienzo de este breve análisis. Igualmente procederemos con las citas del Papa Francisco, dado que entre ellas y en continuidad con Benedicto XI, se introducen citas de fuentes mundanas.
CUADRO VIII
(LAS FUENTES DEL MAGISTERIO DE BENEDICTO XVI, SEGÚN LAS NOTAS DE SUS ENCÍCLICAS)

CUADRO IX
(PORCENTAJE DE LAS FUENTES DEL MAGISTERIO MODERNO Y TRADICIONAL
EN BENDICTO XVI , SEGÚN LAS NOTAS DE SUS ENCÍCLICAS)

Impresionante reducción de citas preconciliares en un Papa que era considerado favorable a la Tradición
CUADRO X
(DISTRIBUCIÓN ENTRE LAS FUENTES CONCILIARES, MAGISTERIALES MODERNAS Y LAICAS EN BENEDICTO XVI, SEGÚN SUS NOTAS DE SUS ENCÍCLICAS)

LAS FUENTES EN LOS TEXTOS DEL ANTIPAPA FRANCISCO
(Nota: a la fecha de terminar este estudio no se había publicado aún la Evangelii Gaudium, ni otros textos)
Todavía es pronto para acopiar datos sobre las citas de las encíclicas de Francisco, porque sólo ha firmado una – ‘firmar’ es un verbo distinto que ‘escribir’ y por eso no supone que quien escribe un texto sea el mismo que lo firma-, aunque a través de ella y sus pocas referencias –un total de 50-, se puede observar la continuidad en el desprecio de las citas al magisterio pre-conciliar, salvo para fundamentar su autoridad; es como si no hubiera habido casi ningún pronunciamiento de los más de 200 Romanos Pontífices desde el año 66-67 –fechas entre las que se estiman escritas las Cartas de San Pedro- hasta 1962; como si lo que cientos de Papas sentenciaron y dos decenas de Concilios Ecuménicos definieron, amén de unas cuantas docenas de concilios particulares cuyas definiciones hicieron suyas y aprobaron los papas, fueran de tan exiguo valor que justificara el más absoluto olvido de sus textos.
Se observa, igualmente, que aquella tendencia, iniciada por su inmediato predecesor, de incluir en el magisterio citas laicas, ajenas a la Iglesia, se consolida y aumenta hasta proporciones muy difíciles de justificar en la encíclica de Francisco. Así encontramos en su texto, desde una definición del existencialista judío Martin Buber, tomada del Rabino de Kock, hasta una referencia a la obra de Rousseau, ‘Emile’, pasando por una aceptable de Romano Guardini y, también una nota, inaceptable, de la obra de la segunda época de G. H. von Wright; periodo en que sus escritos caen bajo la influencia de Habermas y la escuela de Franfurk,; esta cita, por ejemplo, está sacada del libro ‘cultura y valor’, escrito por el filósofo del círculo de Viena Ludwig Wittgenstein. Lo mismo sorprende que en lugar de tomar las citas místicas de los contemplativos ortodoxos españoles o alemanes u otros santos de la Iglesia, se traigan referencias a poetas, como T. S. Eliot. Este sesgo de erudición sobre el pensamiento no católico, confirma la sospecha de que el firmante no es la misma persona que el escribiente.
CUADRO XI
(LAS FUENTES DEL MAGISTERIO DE FRANCISCO XVI, SEGÚN LAS NOTAS DE SUS TEXTOS)

CUADRO XII
(PORCENTAJE DE LAS FUENTES DEL MAGISTERIO MODERNO Y TRADICIONAL
DE FRANCISCO , SEGÚN LAS NOTAS DE SUS ENCÍCLICAS)

CUADRO XIII
(DISTRIBUCIÓN ENTRE LAS FUENTES CONCILIARES, MAGISTERIALES MODERNAS Y LAICAS EN FRANCISCO, SEGÚN SUS NOTAS DE SUS ENCÍCLICAS)

CONCLUSIÓN
Hasta aquí los números que, s.e.u.o, son incuestionables. Cualquiera, con tiempo y paciencia, llegará a los mismos resultados si sabe sumar y restar, porque la fuente es pública. Quien los negara manifestaría odio a la verdad, rechazo de la luz e irracionabilidad.
De estos resultados se infiere, sin forzar la razón, que cuanto menos hay en las encíclicas que son objeto de este modesto estudio, un menosprecio o poca estimación e indiferencia y un despego casi total del Magisterio Tradicional; puesto que a lo que se ama se nombra, así como hace el esposo hablando de su amada a sus amigos; con lo que se desprecia se muestra indiferencia con el silencio, por aquella sentencia popular que dice :’no hay mejor desprecio que no hacer aprecio’.
Pero acallar o reducir a la ínfima expresión 1893 años de magisterio (si tomamos como fuente de magisterio el Denzinger, encontramos que el primer documento del Romano Pontífice que en él aparece data de entre los años 67 a 79; desde estos años hasta 1960 nos da un periodo, aproximado, de 1893 años), que contiene el objeto material de la fe católica, sólo puede tener un fin: la proclamación de una nueva fe ¿De qué fe se trataría? Como el lector habrá supuesto, no me he limitado a ‘contar’, sino que durante unos años he tratado de meditar en los brutales cambios habidos desde el Concilio Vaticano II. Esas innegables revoluciones plasmadas en la Misa, sacramentos, Oficio Divino, catecismo, mística, ascética, derecho, monacato, devaluación de la vida contemplativa, exacerbación de la voluntad y la emoción…, cuyos podridos frutos padecemos, esconden una nueva fe, un nuevo Símbolo cuyo caldo de cultivo aún se está formando ¿Podríamos formular, al menos, parte de ese nuevo ‘símbolo’ o ‘credo’ surgido del ‘magisterio’ moderno, distinto del católico Tradicional? Creo que sí, con la ayuda de otros estudiosos, pero eso será objeto de otro trabajo, si Dios lo quiere. Sin embargo, algunos elementos de esa moderna ‘fe’, que ya no es católica, los podemos resumir en estas breves sentencias, que tratan de ser un resumen del trabajo del P. Álvaro Calderón.:
I.-La proclamación de un humanismo integral ‘católico’; donde ‘católico’ es un adjetivo más. (Dios creo por el hombre, GS,39;único al que Dios ha amado por sí mismo. GS, 24). Este humanismo hurta la Gloria de Dios; porque quien se propone un bien como fin en sí mismo, está hallando en ese bien su propia perfección, de donde se sigue que, si Dios se propusiera su gloria extrínseca como fin en sí, y no su propia e intrínseca bondad, implicaría que para Dios la creación sería una perfección agregada que lo haría mejor, cosa absurda y herética; el magisterio moderno dixit: […] Vosotros, humanistas modernos, que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferidle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros y más que nadie somos promotores del hombre, Discurso de clausura del Concilio Vaticano II.
II.- La confusión entre naturaleza y gracia; para el ‘magisterio’ moderno la gracia humaniza a hombre con el fin de llevar al hombre a ser hombre, por lo que la gracia se subordina a la naturaleza. El magisterio auténtico, sin embargo, confiesa algo contrario: la gracia perfecciona a la naturaleza para llevar al hombre a ser hijo adoptivo de Dios, por lo cual la naturaleza se subordina a la gracia. Huelga poner citas sobre este error moderno, ya que todo el magisterio de Juan Pablo II está plagado de estos textos más propios de Prometeo que de la fe católica. Tal error tiene consecuencias sobre la doctrina católica relativas a la perfección del intelecto por el magisterio para adecuarlo a la Revelación e, incluso, sobre la caridad cristiana.
III.- Las notas de la nueva iglesia y sus conceptos erróneos: 1)El Reino de Dios incoado en la tierra se identifica con la Humanidad; 2) El Reino de Dios se extiende más allá de la Iglesia visible a las almas de buena voluntad, en razón de la dignidad humana de toda persona, incorporadas quodammodo a Cristo Encarnado; 3) De allí que no sea necesario ni obligatorio ingresar a la Iglesia, que es Sacramento universal de salvación, porque el testimonio de vida de la sociedad eclesiástica es una eficaz ayuda a la humanización de los hombres; 4) La Iglesia visible continúa la presencia y acción de Cristo en orden al crecimiento del Reino-Humanidad, a manera de signo e instrumento, porque Ella misma es Sacramento. La consecuencia es, no estarían todos llamados a pertenecer a la Iglesia de Cristo.
IV.- El nacimiento de una nueva religión.
V.- La gravísima sensación que deja el magisterio conciliar y el que le sigue de que Jesucristo es imperfecto Dios: “Si un pagano acudiera a los textos del Concilio Vaticano II para hacerse una idea de quién es Jesucristo para los católicos, nos parece cierto que no vería que creemos que es Dios, sino una cierta entidad inferior. Se omite la profesión simple y clara de esta verdad fundamental, y las expresiones de uso constante hacen pensar, por una parte, en una distinción de sujetos de atribución entre Jesucristo y Dios -lo que pertenece a la herejía nestoriana- y, por otra, que el Hijo no es simpliciter Dios -lo que pertenece a la herejía arriana-. Y esta penosísima impresión no es despejada sino acentuada en el magisterio posterior al Concilio” (Prometeo, P. Rafael Harizaga).
Termino, pues, este modesto estudio escrito bajo un título que hace referencia a una de las visiones del Profeta Daniel –quien lea entienda-, con el humilde propósito de alertar a los lectores católicos sencillos y animarlos a defender la fe de siempre con San Pablo:
“Os exhorto, hermanos, que observéis a los que están causando las disensiones y los escándalos, contrarios a la enseñanza que habéis aprendido, y que os apartéis de ellos; porque los tales no sirven a nuestro Señor Cristo, sino al propio vientre, y con palabras melosas y bendiciones embaucan los corazones de los sencillos”. Rom. XVI, 17-18.
“Jamás se vence el error con el sacrificio de un derecho cualquiera de la Verdad” (San Atanasio)
16 de julio, festividad de la Virgen del Carmen.
(Sofronio)
