LA ELECCIÓN DEL PAPA MARTÍN V

“El Concilio de Constanza” 

(Enciclopedia Católica, ed.1949)

Elección de Martín V

¿Sólo los cardenales pueden elegir al Papa? Veamos cómo no es así. La Iglesia aceptó la validez de la elección de Martín V, con cuya elección se cerró el llamado Cisma de Occidente.

                   Octubre de 1417…Bajo esas circunstancias (el “Gran Cisma de Occidente), era imposible la forma usual de elección papal por los cardenales solos aunque solo sea por el fuerte sentimiento hostil de la mayoría del concilio, que los hacía responsables no sólo de los errores del cisma, sino también de muchos abusos administrativos de la Curia Romana (ver abajo), cuya inmediata corrección parecía a muchos un asunto de no menor importancia, por decir lo menos, que la elección del Papa. Este objetivo no fue obscurecido por las disensiones menores, por ejemplo, el rango legítimo de la nación española, el número de votos de los aragoneses y castellanos, respectivamente, los derechos de los ingleses de constituir una nación etc.… Las naciones española, francesa e italiana deseaban una inmediata elección papal, YA QUE UNA IGLESIA SIN CABEZA ERA UNA MONSTRUOSIDAD, como dijo d’Ailly. Los ingleses se mantuvieron firmes, bajo la dirección del obispo Roberto de Salisbury en que había que llevar a cabo imperativamente las reformas de la administración papal y de la curia. El emperador Segismundo también sobresalía entre los alemanes por esa misma razón y estaba dispuesto a tomar medidas violentas a favor de sus intereses. Pero Roberto de Salisbury murió y curiosamente fue gracias a otro obispo inglés, Henry de Winchester, pariente cercano del rey de Inglaterra, que estaba de camino hacia Palestina, quien logró que la disputa de prioridades se inclinase hacia la elección Papal, pero con la seguridad, entre otros puntos, de que el nuevo Papa comenzaría inmediatamente la reforma de los abusos; y que esas reformas serían proclamadas por el concilio, cosa en la que todas las naciones estuvieron de acuerdo, y que la manera de la inminente elección Papal fuera dejada en manos de una comisión especial. Entre los cinco decretos reformatorios aprobados inmediatamente por el concilio en su sesión trigésimo novena (9 de octubre de 1417) estaba el famoso “Frequens” que mandaba que se celebrara un concilio general cada diez años; sin embargo, los dos siguientes debían ser convocados por el Papa cada cinco y siete años después y el primero de ellos en Pavía.

       Finalmente, en la cuadragésima sesión (30 de octubre) se discutió la forma de la nueva elección papal. El concilio decretó que para esta ocasión a los 23 cardenales se debía añadir treinta diputados del concilio (seis por cada nación) constituyendo un cuerpo de 53 electores, [cuya mayoría (30) representaba al poder secular, sin ninguno de ellos ser cardenal]. Otro decreto de esta sesión se refería a la inmediata y seria atención del nuevo Papa a 18 puntos que trataban de la reformatio in capite et Curia Romana. La cuadragésimo primera sesión (8 de noviembre) suministró los detalles de la elección y para ello hizo que se leyera la bula del Papa Clemente VI (6 de diciembre de 1351). Aquella tarde, los electores se reunieron en cónclave y tres días después eligieron Papa al cardenal romano Odo Colonna que tomó el nombre de Martín V. Como era sólo subdiácono, fue ordenado sucesivamente diácono, sacerdote y obispo. (Fromme, “Die Wahl Martins V.”, en “Röm. Quartalschrift”, 1896). Su coronación se efectuó el 21 de noviembre de 1417. El clausuró solemnemente el concilio en su cuadragésima quinta sesión (22 abril de 1418), tras lo cual, declinando las invitaciones a Aviñón o a alguna ciudad alemana, volvió a Italia y, tras una corta estancia en Florencia, entró a Roma (28 de septiembre de 1420), y estableció su residencia en el Vaticano, devolviendo así a la Sede de Pedro sus antiguos derechos y prestigio en toda la cristiandad.

LA HUMILDAD

Estudio Bíblico de Cornelio A Lapide. Es un profundo estudio sobre la virtud de la Humildad, virtud fundamental para cimentar el edificio espiritual. Como es extenso, puede se leído de a poco y a la vez ser reflexionado.

¿QUÉ ES HUannunciation1.jpgMILDAD?

Humildad viene de las palabras latinas “humi alitus”, alimentado por tierra o echado por tierra. La verdadera humildad no es más que el exacto conocimiento de Dios y de uno mismo. Por esto San Agustín decía incesantemente a Dios: “Que os conozca, Señor, y me conozca” (Soliloq., c. 1.)

La verdadera humildad consiste en no enorgullecerse de nada, en no murmurar de nada, no ser ingrato, ni arrebatado, sino dar gracias a Dios en todos los actos de su providencia, y alabarle en su justicia como en su bondad.

“Conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos son dos cosas que constituyen la más alta sabiduría práctica”, dice San Agustín (Soliloq., c. 1.)

San Francisco de Asís decía: “Señor, ¿qué sois vos, y qué soy yo? Vos sois el abismo de la sabiduría, del ser y de todo bien; yo soy el abismo de la locura, el último de los pecadores, y todo mal”. (S. Bonav., in ejus vita.)

LA HUMILDAD ES NECESARIA

Oigamos a Jesucristo: “En verdad os lo digo; si no cambiáis y no os volvéis como pequeños niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt. 18, 3)

Los niños no son ambiciosos, sino sencillos, inocentes, cándidos; y así debemos ser. Es preciso ser humilde por la virtud, como el niño lo es por la edad. Es menester ser pequeño por humildad, como el niño lo es por su estatura. Jesucristo nos manda ser semejantes a los niños, no en ligereza y en imprudencia, sino en sencillez y en humildad.

Dice San Crisóstomo: “Aunque practiquéis ya la oración o el ayuno, ya la misericordia o la pureza, o cualquier otra virtud sin humildad, todo se perderá y será inútil” (Homil. XV. in Matth.).

San Agustín dice: “Si me preguntáis cuál es el camino que conduce al conocimiento de la verdad, qué cosa es la más esencial en la religión y disciplina de Jesucristo, os responderé: “Lo primero es la humildad, lo segundo es la humildad, y lo tercero es la humildad”. Y cada vez que me hagáis la misma pregunta, os daré la misma respuesta”. (Epist. LVI)

El Abate Isaías: “Así como la tierra no puede dar frutos sin simiente ni agua, nadie puede tampoco hallar en sí el arrepentimiento sin tener la humildad”. (In ejus vita.)

Y San Gregorio: “El que reune las virtudes sin humildad, obra como si arrojase polvo a los vientos” (Lib. 34. Moral.)

Añadiendo el gran Doctor: “La señal más cierta de una reprobación inevitable es el orgullo; pero la humildad es la señal más fija de predilección” (Idem., c. 18)

Dice San Pedro: “Revestíos de humildad, porque Dios resiste a los soberbios, y da su gracia a los humildes” (I Ped. 5, 5)

Dice el Salmista: “Antes de ser humilde era pecador” (Salmo 18, 67). Y agrega: “Desde lo alto de su trono, el Señor mira a los humildes, y rechaza lejos de sí los votos de los soberbios” (Salmo 137, 6)

“Todo lo que hagamos se pierde si no lo conservamos cuidadosamente en la humildad”, dice San Gregorio (Lib. Moral.)

San Agustín comenta: “Jesucristo, que era la misma humildad, ha matado el orgullo; nos ha trazado el camino por la humildad; porque con el orgullo estábamos separados de Dios, y sólo con aquella virtud podíamos volver a su seno” (Serm. 49)

Dice Judith: “Humillemos nuestras almas, y sirvamos a Dios con espíritu de humildad” (Jud. 8, 16)

“Un pecador que se humilla, vale más que un justo orgulloso”, dice San Agustín (Serm. 49)

Y añade: “La serpiente sabe que, perdidos por el orgullo, sólo podemos volver a Dios por la humildad” (In Psal. 137)

San Bernardo: “Es preciso que nos juzguemos humildemente a nosotros mismos para ascender a virtud, a fin de que no suceda que creyéndonos más de lo que somos, caigamos más abajo todavía. Sin el mérito e la humildad, jamás se obtienen mayores méritos” (Serm. 34. in Cant.)

San Agustín: “Solamente con la humildad nos acercamos a la grandeza de Dios; el humilde se le acerca, y el soberbio se le aleja”. (Sentent. 88)

“Todo el que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado”, dice Jesucristo (Lc. 14, 11). Ninguna sentencia es más verdadera, y ninguna se observa menos en la práctica.

Por eso dice San Bernardo: “¡Qué grande error! ¡Qué grande ilusión la de los hijos de Adán! Cuanto más grandes sois, cuanto más elevados, más debéis humillaros en todo”. (Serm. 34 in Cant.)

Dice San Gregorio: “El vestido de las virtudes es la humildad; si se lo quitáis, desaparecerán todas” (Lib. Moral.)

Dice San León: “Es preciso que los que han de ser coherederos de la gloria de Jesucristo, sean partícipes de su humildad” (Serm. de Nativ.)

San Agustín: “Quisiéramos ser ensalzados antes de humillarnos. Empecemos por humillarnos, nosotros que queremos ser ensalzados” (Sentent. 88)

Escuchemos a San Bernardo: “La virginidad es laudable, pero la humildad es más necesaria. Aquella es aconsejada, y ésta es prescrita. Se os invita a que guardéis la primera; y se os obliga a la segunda. Podéis salvaros sin virginidad, pero no sin humildad. La humildad que deplora la virginidad perdida, es agradable a Dios; pero sin humildad, me atrevo a decir que la virginidad de María no habría sido del agrado del Hijo de Dios” (Homil. super Missus est.)

EJEMPLO DE JESUCRISTO

“Jesucristo estaba subordinado a María y a José” (Cf. Lc 2, 51). Sobre estas palabras exclama San Bernardo: “¿Quién es el que estaba subordinado?, ¿a quiénes se subordina? ¡Un Dios, que obedece no solamente a María, sino también a José! Que un Dios se subordine a una mujer, es una humildad sin ejemplo. Avergüénzate, orgullosa ceniza; un Dios se humilla, y tú te ensalzas!” (Homil. super Missus est.)

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”, dice Jesucristo (Mt. 11, 29)

Dice el gran apóstol a los filipenses: “Tened vosotros los sentimientos que tenía Jesucristo, quien, revestido con la Divinidad e igual a Dios, se anodadó a sí mismo, tomando la forma de esclavo; hecho a semejanza de los hombres, se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y a la muerte de la cruz” (Fil. 2, 7-8)

Dice San León: “Toda la enseñanza de la sabiduría cristiana no consiste en la abundancia de las palabras, ni en el arte de raciocinar, ni en la alabanza y la gloria; sino en una humildad verdadera y voluntaria, en la humildad que Nuestro Señor eligió y enseñó con energía desde el seno de su madre hasta el suplicio de la cruz” (Ad Diascorum.)

Dice Jesucristo por medio del Salmista: “Yo soy un gusano de tierra, y no un hombre; soy el oprobio de los mortales y la hez de la plebe” (Salmo 21, 7)

Mirad al gran Dios: quiso nacer en un establo; llevó una vida humilde y oscura durante treinta años. Pasó su vida entera en la mayor pobreza. Él mismo dice: “Las raposas tienen sus madrigueras, y las aves del cielo sus nidos; mas el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar su cabeza” (Mt. 8, 20). ¡Y muere como impostor, como un malvado entre dos ladrones! ¡Qué humildad tan profunda y sublime!

Dice San Agustín: “Para que el hombre no se desdeñase de humillarse, Dios se ha aniquilado, a fin de que el orgullo del género humano quedase abatido, y el hombre no mirase como indigno el seguir las huellas del mismo Dios” (In Psalm. 33)

San Basilio: “El alma no hace progresos en la virtud más que por la humildad. El conocimiento de la piedad es el conocimiento de la humildad. Cuando el hombre sabe humillarse, sabe imitar a Jesucristo” (Homil. in Psalm)

EJEMPLO DE LOS SANTOS

“No soy más que polvo y ceniza”, dice el gran patriarca Abrahan. (Gn. 18, 27)

Moisés, tan grande y constituido en tanta dignidad, fue profundamente humilde. Todos los profetas practicaron la humildad.

La bienaventurada Virgen, elegida por Dios desde la eternidad para ser madre de Dios, y saludada por el ángel con profundo respeto como llena de gracia, y debiendo dar a luz al prometido Mesías se declara, en su sublime humildad, siempre criada del Señor. “He aquí la esclava del Señor” (Lc. 1, 38)

Jesucristo dice de San Juan Bautista: “Nadie entre los hijos de las mujeres ha sido más grande que Juan Bautista” (Mt. 11, 11). Y le llama “lámpara clara y luciente” (Jn. 5, 35). Juan Bautista, a quien Jesucristo da el nombre de Elías y de profeta, haciéndole superior a los profetas (cf. Mt. 11, 9); Juan Bautista, elegido por Dios para ser precursor; Juan Bautista, santificado en el seno de su madre por la presencia del Verbo encarnado; Juan Bautista, tan grande y tan elevado, es el más humilde de los hombres; se llama simplemente “una voz que clama en el desierto” (Mt. 3, 3). Dice aquel gran santo: “No soy digno de desatar los cordones del calzado del Salvador” (Lc. 3, 16)

Ved la humildad del Publicano. En el templo se mantiene alejado del santuario, ni siquiera se atreve a levantar los ojos al cielo, y se da golpes en el pecho diciendo: “Dios mío, tened lástima de mí, que soy un pecador”. (Lc. 18, 13)

Ved la humildad del Centurión. Jesús quiere ir a su casa para sanar a su sirviente; y el Centurión le contesta: “No soy digno, Señor, de que entréis en mi casa; pero decid tan sólo una palabra, y mi sirviente quedará bueno” (Mt 8, 8)

Ved la humildad de Pedro: “Apartaos de mí, Señor, pues soy un hombre pecador” (Lc. 5, 8)

Ved a Magdalena a los pies de Jesucristo.

Y ¿qué diremos de la humildad del gran Apóstol, de aquel a quien Jesucristo había elegido como un vaso de honor para ser doctor de las gentes y llevar el nombre y la fe del verdadero Dios al universo entero? “Nada soy”, dice (2 Cor. 12, 11). Dice: “Soy el más pequeño de los Apóstoles, e indigno de ser llamado Apóstol” (1 Cor. 15, 9). “No soy más que un aborto” (1 Cor. 15, 8)

Todos los Santos han sido modelos de humildad.

Así como las capas terrestres ocultan los veneros de oro, el mar las perlas, y la tierra las raíces y la savia de los árboles, la virtud de los humildes y de los Santos está escondida en el mundo ora por la Providencia, ora por ellos mismos.

Cuanto más iluminados por Dios y elevados en perfección son los hombres prudentes y los Santos, tanto más reconocen que Dios es todo, ellos no son nada; y por esto se humillan y se aniquilan.

CUANTO MÁS ELEVADOS SEAMOS, MÁS DEBEMOS HUMILLARNOS

“Cuanto más grande seas, más debes humillarte en todo”, dice el Eclesiástico (3, 20) Las razones que legitiman este precepto son muchas:

1.º La grandeza enorgullece ordinariamente a los hombres.

2.º La verdadera grandeza es la humildad; sólo la humildad eleva, y solamente la magnanimidad está en la humildad. Sólo la humildad desprecia en un gran corazón el incienso y las pequeñas y vanas sombras de los honores del mundo, porque ve que no hay verdadero honor más que en la virtud, y que no hay honor sólido y digno de desearse más que en la gloria eterna.

3.º La escuela de Jesucristo es la escuela de la humildad; en esta escuela se aprende la humildad y la caridad.

San Gregorio da también otra razón: “Cuando aumentan los dones aumenta también la cuenta que hemos de dar; y así cada uno según su empleo y su posición, debe procurar humillarse y servir a Dios con tanto más celo, cuanto más terrible y estrecha cuenta ha de dar de Dios” (Hom. 7 in Evang.)

El Eclesiástico da la quinta razón. Después de haber dicho: “Cuanto más grande seas, más debes humillarte en todo”, añade: “Y hallarás gracia ante Dios” (Eclesiástico 3, 20). Así, para ser más grande ante Dios, que es el único que sabe estimar y pesar la grandeza, y para ser más grandes en su gracia, hemos de serlo más en la humildad.

Dice San Isidoro: “Acordaos que sois polvo y ceniza, podredumbre y gusanos; y aunque seais en alguna posición elevada, si vuestra humildad no está al nivel de vuestra altura, perdéis enteramente cuanto sois. ¿Estáis acaso a mayor elevación que el primer ángel? ¿Sois más ilustre en la tierra que Lúcifer en el cielo, quien por su orgullo cayó de su sublime grandeza a la más profunda miseria? (De conflictu vitiorum et virtutum.)

Dice San Efrén: “Cuando os veis en la cima de las virtudes, tenéis entonces necesidad de una humildad suma, a fin de que, siendo sólidos y perfectos los cimientos, que son la humildad, sea fuerte el edificio construido encima; entonces vuestras virtudes y méritos tendrán una gran firmeza” (De Vita spirit. núm. 86)

La sexta razón que nos obliga a humillarnos a medida que nos elevamos, es que tan sólo allí reside la perfección así de la humildad como de las demás virtudes.

El Eclesiástico nos da la séptima de las razones. Vedla: “Sólo el poder de Dios es grande y honrado por los humildes” (3, 21). Humillaos pues profundamente, y recibiréis de Dios mucha abundancia de gracias; porque Dios es muy honrado por la humildad, le place esta virtud, y le alegra infinitamente; y Dios honra a los que le honran y les colma de gracias. Es evidente la razón: Siendo Dios la suprema grandeza, la criatura le debe tributar la suprema humildad. Dios ama la humildad porque ama la verdad, y la humildad no es más que la verdad, puesto que no es más que el conocimiento de Dios y de nosotros mismos, en tanto que el orgullo es la ignorancia completa de estas dos grandes verdades, compendio de todas las verdades posibles.

MOTIVOS QUE OBLIGAN A HUMILLARNOS

1.º ¿Qué somos por la sustancia?

2.º ¿Qué por la extensión y medida de nuestro ser?

3.º ¿Qué por la calidad?

4.º ¿Qué somos por nuestro origen? Hijos del pecador Adán, y nosotros también pecadores

5.º ¿Qué somos por la acción?

6.º ¿Qué por la debilidad?

7.º ¿Donde estamos? En la tierra, entre el cielo y el infierno.

8.º ¿Desde cuándo existimos? ¿Cuánto hemos vivido? ¿Cuándo moriremos?

9.º ¿Cuál es nuestra posición? De pie ahora, inclinados o caídos mañana, y tal vez dentro de un instante.

10.º ¿Cuáles son nuestras costumbres? ¿cómo vivimos?

Dice San Bernardo: “¿Qué hemos sido? ¿Qué somos? ¿Qué seremos? ¿Qué hemos sido? La vil nada. ¿Qué somos? Un vaso de ignominia. ¿Qué seremos? Pasto de los gusanos” (Lib. Consid.)

Escuchemos a Job: “He dicho a la corrupción: “Eres mi padre”; y a los gusanos: “Sois mi madre y mis hermanos”” (Job 17, 14)

San Agustín: “Oh hombre, si considerases toda la asquerosidad que tu cuerpo contiene y arroja, comprenderías que es la cloaca más vil” (In Psalm.)

“Tu humillación está en ti”, dice el profeta Miqueas (4, 14)

Dice el Salmista: “Mi ser, Señor, está delante de vos como la nada; sí, todo hombre vivo en la tierra no es más que vanidad” (Salmo 38, 6). “Mi ignominia está todo el día en mi presencia, y la confusión cubre mi rostro” (Salmo 43, 16)

Dice Isaías: “Baja, siéntate en el polvo, siéntate en la tierra” (Isaías 42, 1)

¡Qué mayor motivo para humillarnos que el no poder hacer nada bueno por nosotros mismos! Y Jesucristo nos lo afirma: “Sin Mí, nada podéis hacer”, dice (Jn. 15, 5)

Dice San Pablo a los Gálatas: “Si alguien cree ser algo, sin ser nada, se engaña a sí mismo” (Gál. 6, 3)

San Jerónimo: “El que sepa que es ceniza, y que pronto quedará reducido a polvo, no puede nunca ser orgulloso; y el que considere la brevedad del tiempo y la longitud de la eternidad, y se ocupe siempre con el pensamiento de la muerte y de la nada de su ser, será necesariamente humilde”. (Lib. super Matth.)

Dice San Agustín: “No hay pecado cometido por hombre, que no pueda cometer cualquier hombre, si su Criador le abandona” (De Caritate.)

¡Qué motivo de humillación!

“¿Quién es el hombre que puede decir: Mi corazón está puro, inocente y estoy exento de pecado?”, dicen los Proverbios (20, 9)

Aunque haya justos y corazones puros, no deben sin embargo gloriarse de ello ni hacerlo motivo de vanidad, ya porque esta pereza no es obra suya, sino de Dios, ya porque el que es perfecto hoy, puede mañana ser un gran pecador y un réprobo; puede caer por su fragilidad natural, como lo han hecho y lo hacen tantos otros. Podemos decir otro tanto de la incertidumbre del estado de gracia, según aquellas palabras de la Escritura: “El hombre ignora si es digno de amor y de odio” (Eclasiástico 9, 1). Nadie, en efecto, por más santo que sea, sabe de un modo cierto que es justo, a no mediar una revelación especial, es decir, que no puede saber si está en el feliz estado de la gracia santificante y en la amistad de Dios. ¡Qué motivo para temblar y humillarnos!

Dice San Crisóstomo: “Aunque cierto hombre sea justo, y sea mil veces justo, y hasta llegado a la cumbre de la justicia, de modo que pueda hallarse exento de pecado, no puede estar exento de alguna mancha; porque, por más santo que sea, es hombre. ¿Quién puede creerse sin mancha? ¿Quién puede asegurar que se halla sin pecado? Por esto se nos manda a decir en la oración: Perdonadnos nuestras culpas; a fin de que por el hábito de la oración estemos advertidos de que nos hallamos expuestos al mal por el foco del pecado y por los resultados de la concupiscencia”. (In Orat. Dom.)

“No hay hombre justo en la tierra que obre bien y no peque”, dice el Eclesiastés (7, 21)

Humillaos ante Dios, haceos inferiores a los ángeles, a los hombres y a todas las criaturas hasta del infierno”. San Francisco de Borja se hace inferior a Judas, y aún a los demonios, y hasta a Lucifer. (In ejus vita.) Haced lo propio. Y ¿por qué? Porque habéis pecado más veces y más tiempo que ellos. San Vicente Ferrer dice con mucha energía que “el que quiere huir de las redes y de las tentaciones del demonio, debe juzgarse a sí mismo como un cuerpo muerto lleno de gusanos, que despide mal olor; como un cadáver cuya vista horroriza, y a cuyo lado contenemos el olfato, porque su olor infecta, y volvemos el rostro con disgusto”.

Es preciso que me mire y me trate siempre de igual manera a mí mismo; porque toda mi vida está manchada, todo soy corrupción, y mi cuerpo, y mi alma, y mi corazón, y todo lo mío está lleno de podredumbre, de ignominia repugnante, y es una vergonzosa sentina de pecados y de iniquidades; y lo que es más abyecto y horrible, es que siento volver en mí con más fuerza esta corrupción vil y peligrosa. (Tract. de vita spirit.)

Dionisio el Chartreux dice que “tenemos mil motivos de humillarnos, considerando principalmente:

1.º, nuestros pecados cometidos;

2.º nuestra propia fragilidad;

3.º la imperfección de nuestra naturaleza;

4.º nuestras manchas y miserias corporales;

5.º comparándonos con los Santos y elegidos;

6.º viendo que nada tenemos por nosotros mismos y nada nos pertenece;

7.º considerando los juicios de Dios;

8.º considerando su divina majestad;

9.º pesando el castigo del orgullo

San Bernardo pone en los labios de Dios estas palabras: “¡Oh hombre! si te vieses, te disgustaría tu aspecto, y me gustarías; pero, porque no lo ves, estás prendado de ti, y me desagradas. Tiempo vendrá en que no podrá gustarme a mí, ni te satisfarás a ti mismo; a mí no me gustarás, porque has pecado, y te disgustarás de ti mismo, porque arderás eternamente” (Serm. in Psal.)

Dice San Gregorio: “El que se conoce perfectamente, se desprecia; porque el orgullo nace de la ceguedad y de la ignorancia de uno mismo” (Lib. moral.)

DIVERSOS GRADOS DE HUMILDAD

El primer grado de la humildad es conocernos, y conocer nuestra nada; el segundo es sufrir con valor el desprecio que recibimos, de cualquier persona que venga; el tercero es que nos alegremos de ello.

San Anselmo hace consistir la humildad en el desprecio propio. Indica siete grados de humildad:

1.º Reconocer que somos despreciables.

2.º Lamentar esta degradación.

3.º Confesar que somos despreciables.

4.º Persuadir de ello a los demás.

5.º Sufrir con paciencia que nos lo digan.

6.º Sufrir con espíritu tranquilo que así nos traten.

7.º Tenerlo por agradable, desearlo y quererlo. (Lib. de simil, c. C.)

He aquí otros grados señalados a la humildad:

1.º Humillarnos ante nuestros superiores.

2.º Humillarnos delante de nuestros semejantes.

3.º Humillarnos con nuestros inferiores.

Los doce grados que San Benito señala a la humildad en la regla que ha trazado, son los siguientes:

1.º El temor del Señor.

2.º La resignación.

3.º La obediencia.

4.º La práctica de esta obediencia hasta en lo más penoso.

5.º Descubrir nuestros defectos, y darnos directamente a conocer a nuestros superiores.

6.º Creernos indignos de toda consideración y de todo bien.

7.º Persuadirnos sinceramente de que somos inferiores a los demás.

8.º (Para religiosos) Seguir el ejemplo de la comunidad, y no singularizarse nunca.

9.º Guardar silencio hasta que se nos pregunte.

10.º No dejarse arrastrar a la risa y a la disipación.

11.º Hablar con modestia, hablar poco, y no decir más que cosas razonable.

12.º Practicar la humildad exterior e interiormente.

SEÑALES DE LA HUMILDAD

Casiano indica como señales de la humildad:

1.º La mortificación.

2.º El conocimiento que damos de nosotros a nuestros superiores.

3.º Todo lo hacemos según la decisión del superior.

4.º La obediencia y la mansedumbre en todo.

5.º No hacer daño a los demás, y sufrir el que recibamos.

6.º No hacer nada fuera del ejemplo y de la regla.

7.º Estar contentos con los oficios viles, y creernos sirvientes inútiles.

8.º Creernos inferiores a todos.

9.º Reprimir nuestra lengua y hablar con modestia.

10.º Huir de las alegrías ruidosas (Lib. IV. institut. renunt., c. XXXIX)

El mismo autor da también las siguientes señales:

1.º No querer alabanzas

2.º Ser sencillos en las costumbres.

3.º Ignorar de buena gana el bien que los demás digan de nosotros, temiendo que al conocerlo lo perdamos.

4.º Abrigar humildes sentimientos sobre nuestra pobre persona, aún cuando los demás digan otra cosa.

5.º Reconocer siempre que los demás tienen más ventaja que nosotros.

6.º Acusarnos a nosotros mismos.

7.º No excusarnos, y recibir de buen grado la corrección.

8.º Ignorar nuestras virtudes.

9.º Despreciar lo que es humano y de la tierra.

10.º Orar por nuestros perseguidores y hacerles favor.

EXCELENCIAS, RIQUEZAS Y VENTAJAS DE LA HUMILDAD

1.º La humildad sale victoriosa del infierno y de las tentaciones.

San Macario oyó un día que el demonio le decía: “Macario, mucho me violentas; deseo dañarte, y no puedo. Ayunas y velas sin cesar; yo hago siempre lo propio; pero tú me aventajas en una cosa. Y preguntándole Macario en qué, respondió: “Tu humildad es la que tan sólo triunfa de mí” (In Vit. Patr. Lib. VII. c. XIII)

“Toda la victoria del Salvador, que venció al demonio y el mundo, fue concebida en la humildad y terminada por la humildad”, dice San León (Lib. II. de Consid.)

La humildad abate toda la fuerza del enemigo. “El humilde es el primero en acusarse y condenarse”, dicen los Proverbios (18, 17) Así es que quita al demonio todo medio de atacar, de acusar y de vencer.

2.º La humildad eleva.

“El que se humilla será ensalzado”, dice Jesucristo (Lc. 14, 11)

Dice San Pablo: “Jesucristo se ha aniquilado, por cuya razón Dios le ha ensalzado, dándole un nombre superior a todos los nombres; a fin de que al pronunciarse la palabra Jesús, se doblen todas las rodillas en el cielo, en la tierra y en los infiernos” (Filip. 2, 9-10)

San Bernardo: “La humildad en los honores es el honor del mismo honor, y la dignidad de la dignidad. Toda indignidad es digna de este nombre si tiene orgullo. Si nos hallamos constituidos sobre los demás, seamos sus iguales por medio de la humildad. Si mandamos, sepamos someternos. ¿Por qué hemos de enorgullecernos sin causa? El Señor es infinitamente grande; pero no debemos tratar de imitarle en esto. Su grandeza es laudable, pero no imitable. Humillaos, y seréis grandes, seréis dueños de Dios. Solamente la humildad eleva, ella solamente da la vida. Es el verdadero camino, no hay otro fuera de ella. El que ande de otra suerte, ha de caer, pero no subir” (Serm. 36. In Cant.)

María se humilla, y en el momento en que se dice humilde sierva del Señor, se encarna el Verbo Eterno en sus castas entrañas. La humildad la eleva al único y sublime puesto de Madre de Dios.

Dice San Bernardo: “María ha llegado a ser justamente señora del universo por haberse presentado como sierva de todos” (Serm. in Apoc.)

El humilde se considera como el más indigno de todos, aunque viva más dignamente que los otros, y creyéndose el último de todos, es indudablemente el primero. La verdadera grandeza del alma es la humildad, con la que el hombre se cubre, a ejemplo del Verbo encarnado, que ocultó su divina grandeza bajo el velo de la sagrada humildad. el hombre verdaderamente humilde ignora su grandeza.

La humildad es el árbol de la vida, que crece siempre y llega a grandísima altura. Cuanto más se rebaja el hombre, tanto más sube; así como el árbol crece a medida que bajan sus raíces y se ocultan más en la tierra. El orgullo que sube hasta el cielo, baja hasta el infierno, y la humildad que baja hasta el infierno, se eleva hasta los cielos. Esto enseñan los Santos Padres.

Dice San Bernardo: “Cuanto más humildes seais, más os seguirá el acrecentamiento de la gloria. Bajad para subir; humillaos para ser ensalzados, a fin de que, ensalzados, no os veais humillados. La humildad ignora lo que es caer, pero sabe lo que es subir” (De modo bene vivendi. c. 39)

“Dios sigue de cerca a los orgullosos para vengarse”, dice Séneca (In Hercule) Y Dios, remunerador de los humildes, está ante estos para guiarlos, elevarlos y coronarlos.

“La humildad eleva al más alto grado”, dice San Cipriano (Serm. ad Martyr.)

“Sed pequeños a vuestros propios ojos, para que seáis grandes a los ojos de Dios”, dice San Agustín (Serm. 213. de Temp.)

Dice el Real Profeta: “Dios levanta al pobre, al humilde del polvo, y al indigente de su muladar, para hacer que se sienten entre los príncipes del pueblo en medio de sus elegidos” (Salmo 112, 7-8)

Ved a José: sus hermanos le hicieron padecer toda clase de persecuciones y ultrajes, y le rebajaron hasta venderle como esclavo (Gn. 37, 28); pero Dios le elevó, haciéndolo como dios de Faraón y de todo el Egipto; y sus orgullosos hermanos se vieron obligados, para no morir de hambre y obtener su gracia, a postrarse a sus pies. Al respecto, dice San Gregorio: “Sus hermanos le vendieron para no honrarle; y él fue honrado y enaltecido porque le vendieron” (In Gen.) José vendido así, y así tratado, parecía miserable y digno de compasión, según el juicio de sus hermanos y del mundo; pero no lo era, pues por aquel hecho Dios empezó a glorificarle y a deprimir a sus hermanos. Porque Dios empieza, en efecto, a elevar cuando humilla, y cuando más quiera ensalzar, más deprime. Así hizo con José, y principalmente con Jesucristo.

El orgulloso Amán, tan elevado, quiso perder al humilde Mardoqueo; pero aquel Mardoqueo fue más elevado que Amán, y Amán fue atado al patíbulo levantado para Mardoqueo. ¡Cuántos ejemplos parecidos podríamos citar!

El carro triunfal de la virtud y de la gloria es la adversidad y el desprecio.

Dice Samuel a Saul: “Cuando eras pequeño a tus ojos, ¿no fuiste erigido en jefe de las tribus de Israel, y no te consagró el Señor como rey?” (I Rey 6, 17). Ved el fruto de la humildad.

Dice el rey David: “Ante el Señor que me ha elegido, mandándome ser rey de su pueblo en Israel, apareceré más pequeño de lo que he sido, y seré humilde a mis ojos, apareciendo así más glorioso” (2 Samuel 6, 22)

Dice San Crisóstomo: “David confiesa que ha sido pastor y hombre de labranza, y después de haber llegado a ser noble y grande, siente y confiesa que ha salido del polvo, y por no haber olvidado lo que ha sido, es mantenido en la grandeza de la dignidad real” (In lib. II Reg.)

Dice San Agustín: “¿Queréis ser grandes? Comenzad por ser humildes. ¿Pensáis en levantar un gran edificio? Debéis principiar por la humildad, que es su cimiento” (In Evang. Matth., Serm. X)

Por causa del orgullo cayó del Cielo la admirable naturaleza de los Ángeles; y por la humildad del hijo de Dios sube al Cielo la fragilidad de la naturaleza humana. Cuanto más desciende y se rebaja el corazón con profunda humildad, más se eleva. La humildad es pues el principio de la exaltación, de la grandeza y de la gloria.

“La gloria va precedida de la humildad”, dicen los Proverbios (15, 33)

Dice San Gregorio Nacianceno: “El esplendor y la gloria acompañan a la humildad” (Orat. III)

San Agustín: “Cuanto más nos humillemos, es decir, cuantas más bajas ideas tengamos de nosotros mismos, más grandes seremos en presencia de Dios. Por el contrario, cuanto más elevado aparecerá el orgullo entre los hombres, más pequeño y abyecto le juzgará Dios. Humillaos pues para ser ensalzados, no sea que, elevados por el orgullo, seais humillados. Porque el que es pobre a sus ojos, es del agrado de Dios; el que se desprecia, es estimado de Dios. Tened una profunda humildad en vuestra elevación; esta elevación no será honrosa para vosotros sino en tanto que seáis humildes”. (Serm. 213)

San Cirilo: “Creedme el que se cree grande, se hace abyecto, como el que se cree sabio, se vuelve loco. Allí donde se halla una profunda humildad, está la dignidad suprema; y cuando os despreciáis soberanamente, vuestra dignidad llega a ser casi infinita. Juzgándonos indignos de las grandezas, la humildad nos hace repentinamente dignos de la mansión celestial y eterna” (Catech. III)

San Ambrosio: “El que desee seguir las huellas de la Divinidad, siga el camino de la humildad, y el que quiera ser más ensalzado que su hermano en el cielo, debe precederle en humildad en la tierra, aventajándole por el respeto hacia sus deberes, a fin de vencerle en santidad” (Offic.)

El camino el cielo es la humildad y las humillaciones, así como el camino de la ruina y de la condenación es el orgullo.

“La gloria recibirá al humilde de espíritu”, dicen los Proverbios (29, 23). Así como el águila alimenta a sus pequeñuelos, los recibe, los levanta en el aire, y allí los mantiene y sostiene para que no caigan, la gracia celestial recibe a los humildes, los levanta, los sostiene en su elevación, los fortifica y les impide caer.

Cuanto más grande y elevado es el hombre humilde, más trata de empequeñecerse. la humildad es madre del verdadero honor, y el humilde es, en efecto, honrado de Dios, de los ángeles y de los hombres; y no recibe un sólo honor, sino todos los honores, ya temporales, ya espirituales, ya eternos.

A medida que el humilde multiplica sus actos de humildad, aumenta y multiplica su gloria; porque nada es tan glorioso y admirable como considerarse pequeño, haciendo las cosas más grandes. en esto estriba la verdadera gloria; y así cumplimos aquellas palabras de Jesucristo: “Cuando hayais hecho lo que se os mande, decid: “Somos servidores inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc. 17, 10)

Dice San Efren: “¿Deseáis ser grandes? Sed los últimos de todos. ¿Deseáis una buena reputación? Haced vuestras obras en la humildad y mansedumbre” (Tract. de Timore Dei)

Y Séneca: “¿Queréis tener muchos honores? Os entregaré un grande imperio: Regíos a vosotros mismos, y aprended a gobernaros” (In Prov.)

Dice San Agustín: “Dios habita los lugares más altos, y hace, de los que levanta, un cielo para sí. ¿Quién es santo sino el humilde? Dios da la vida a los humildes: los humildes son el cielo” (Serm. XXII)

San Gregorio: “San Juan Bautista no quiere tomar el nombre de Jesucristo, y llega a ser miembro suyo, y dedicándose a reconocer humildemente su debilidad, merece el mayor de lso encumbramientos” (Lib, Moral.)

3.º Sólo el humilde es capaz de cosas grandes.

“Nada es imposible, ni siquiera difícil a los humildes”, dice San León (Serm. de Quadrag.) El humilde, desconfiando de sí mismo, todo lo hace en Dios, y Dios le ayuda. Siempre consulta a Dios, y Dios le guía. Atribuyéndolo todo a Dios, Dios le bendice en todo; y entonces todo lo puede. Dice como Pedro: “Echaré, Señor, la red sobre vuestra palabra” (Lc. 5, 5)

El orgulloso descansa sobre un brazo de carne; quedan fallidas sus esperanzas, no puede sostenerse, y cae: el humilde no se apoya más que en el poderoso brazo de Dios, está firme, resiste, emprende y concluye.

El gusano de seda hace un trabajo precioso; pero se oculta, y no puede verse más que su hermosa casita. Consideraos como gusanos; ocultaos, y haced que no se vean vuestras obras. Es lo que aconsejaba y hacía el Real Profeta: “No soy un hombre, sino un gusano” (Salmo 21, 7)

¿Quién ha hecho cosas más grandes que Moisés, Judas Macabeo, los Apóstoles y Santos de todos los tiempos? Pues no hacían nada por sí mismos; obraban siempre por Dios y en Dios. Los orgullosos no producen más que ruinas; los humildes son los que hacen obras duraderas y heroicas.

4.º La humildad de María todo lo repara.

“Dios mira la humildad de su sierva” (Lc. 1, 48)

San Agustín: “El favor divino que la naturaleza humana había perdido por el orgullo de nuestros primeros padres, volvió a recobrarlo María por la humildad” (Serm. 12)

San Bernardo: “Dios mira a María, y da su gracia” (Serm. super “Missus est”)

San Agustín exclama: “¡Oh verdadera humildad, humildad que engendra un Dios a los hombres, da vida a los mortales, renueva los cielos, purifica el mundo, abre el cielo, y libra las almas de los hombres” (Serm. 12)

“¿A quién miraré yo, dice el Señor, sino al pobre y al corazón contrito?” (Isaías 66, 2)

San Bernardo comenta: “Así pues, si María no hubiese sido humilde, el Espíritu Santo no habría bajado a ella, ni la habría fecundizado. Dios miró más la humildad de su sierva, que su virginidad; y aunque agradó por su virginidad, concibió sin embargo por su humildad; y aquella misma humildad hizo que su virginidad fuese del agrado de Dios” (Homil. 1 super Missus est)

5.º La humildad es el fundamento, el sostén y el acrecentamiento de las virtudes.

Dice San Basilio: ” La humildad es el tesoro más seguro de todas las virtudes, su raíz y su fundamento” (In Constit. monasterii, c. XVII.)

Y San Crisóstomo: “Así como el orgullo es el manantial de todos los males, la humildad es el origen de todas las virtudes” (Homil. XV in Matth.)

Casiano dice: “La humildad es señora de todas las virtudes, y es el más sólido cimiento del edificio celestial” (Collat. XV, c. VII.)

“La humildad es el arsenal que encierra todas las virtudes”, dice San Basilio (Ad monit. ad filium spirit.)

Dice Santa Paulina: “Nada sea para vosotros más precioso que la humildad; nada debe pareceros más amable; esta virtud es la principal conservadora, y como la custodiadora de todas las virtudes” (Epist. 14. ad Celant.)

San Bernardo: “La humildad es la que guarda el pudor, y es también madre de la paciencia” (Epist.); y San León: “Ella sola es la escuela de la sabiduría cristiana” (Epist. ad Diascorum.)

“Todos los dones de Dios y todas las virtudes mueren sin la humildad”, dice San Gregorio (Moral.)

6.º La humildad es la virtud que al momento encuentra a Dios, y más se acerca a él.

“Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros”, dice el apóstol Santiago (4, 8). ¿Preguntais cuál es el camino más corto para acercarnos a Dios? Humillaros.

Dice San Agustín: “Ved, hermanos míos, un gran milagro: Dios está muy alto, y si queréis subir hasta Él, huye de vosotros; pero si os humillaos, baja hasta vosotros” (Serm. II. de Ascens.) Lo mismo dice el Rey Profeta: “Desde lo alto de su trono mira el Señor a los humildes, y rechaza lejos de sí los votos de los soberbios” (Salmo 137, 6). Añade: “El hombre subirá sobre su corazón orgulloso, y Dios se elevará todavía más arriba” (Salmo 63, 7-8)

San Agustín: “En las cosas visibles hemos de subir mucho para ver mejor; pero para acercarnos a Dios y verle, no hemos de elevarnos, sino bajar” (Serm. 2. de Ascens.)

Un pecador humilde encuentra más pronto a Dios que un justo soberbio. Con los pasos de la humildad subimos hasta la cumbre del cielo. Aprendamos pues a ser; sólo así nos acercaremos a Dios.

Oigamos a Isaías: “He aquí lo que dice el Altísimo, el muy sublime, aquel cuyo palacio es la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: “Habito más allá de los cielos, y oigo los suspiros del corazón humilde; vivifico a los espíritus humildes” (Isaías 57, 15) Notad aquí la admirable grandeza de Dios, y su magnificencia en la maravillosa combinación con que une los dos extremos; pues une la suprema elevación con el supremo abatimiento, el cielo y el humilde; Él, que está elevado hasta el infinito, se une a la suprema nada que se humilla. Habita en el corazón humilde como habita en el cielo, porque se hace un cielo del corazón humilde. Así eleva Dios a los humildes hasta el cielo, hasta la eternidad. Elevados así, ¿cómo no han de hallar a Dios, puesto que está en ellos, y ellos en Él?

7.º La humildad es la destrucción del pecado.

San Egidio, discípulo de San Francisco, dice admirablemente: “La humildad es como el rayo, que a la verdad hiere, pero desaparece; así la humildad hiere y destruye todo pecado, y hace que el hombre se considere como la nada a sus propios ojos” (In ejus vita.)

El humilde es casi impecable, porque desconfía constantemente de sí mismo, y sólo confía en Dios. Vela, teme, huye y ruega.

Todos los pecados del corazón humilde quedan perdonados y borrados, según aquellas palabras del Salmista: “Señor, no os acordéis de nuestras iniquidades pasadas, y apresúrense a prevenirnos vuestras misericordias, porque hemos sido muy humillados” (Salmo 78, 8). “No despreciaréis, Dios mío, un corazón contrito y humillado” (Salmo 50, 19)

Dice San Agustín: “Dios olvida nuestros pecados cuando los reconocemos y humildemente los confesamos” (Lib. Confess.) El hombre cae en el pecado por orgullo, y se levanta por humildad. Jamás un corazón humilde ha quedado en el pecado; jamás rehusa Dios el perdón al humilde.

8.º La humildad hace ángeles de los demonios.

San Anselmo dice: El orgullo de los ángeles hizo demonios; y la humildad, por el contrario, convierte en ángeles a los mismos demonios” (Lib. de Similit.)

San Gregorio: “Por medio de la humildad los hombres ocupan el lugar de los ángeles que se hicieron apóstatas por el orgullo” (Homil in Evang.)

El mayor de los pecadores se convierte en ángel humillándose. Véase a David, al Publicano, a Pablo, a Magdalena, a Agustín, etc. Todos estos grandes pecadores llegaron a ser grandes Santos por la humildad. Dios perdonaría hasta a los demonios que están en el infierno si pudiesen y quisiesen humillarse.

9.º La humildad es el sacrificio más agradable a Dios.

“La humildad es el mayor y más excelente de todos los sacrificios”, dice San Crisóstomo (Homil. II. in Psalm. 50). En efecto: la humildad es el sacrificio del corazón, del alma, del espíritu, de la voluntad, del cuerpo, del hombre todo.

10.º La humildad ilumina y hace conocer la verdad.

San Bernardo: “En la profunda humildad es donde radica el conocimiento de la verdad” (Epist.)

Dios no se revela más que a los humildes. Jesucristo, dirigiéndose a su Padre, dice: “Os doy gracias, oh Padre mío, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes (es decir, a los orgullosos), y haberla revelado a los pequeños (a los humildes)” (Mt. 11, 25)

Si los herejes están en el error y fuera de la verdad, es porque son orgullosos. La ausencia de la humildad del espíritu y del corazón es la mayor de las desgracias para el hombre, y el mayor castigo de Dios. Un espíritu humilde no necesita más que la fe para ver y conocer todas las verdades esenciales a la salvación; mientras que el orgulloso no quiere más que su razón. Y como Dios se ha retirado de su espíritu, la razón está oscurecida y alterada, ya que el hombre no es más que un insensato.

11.º La humildad da la verdadera libertad.

Dice el Rey Profeta: “Me he humillado y Dios me ha dado la libertad”. (Salmo 114, 6)

“El que se humilla, el que confiesa su dependencia, merece la libertad de la gracia” (Homil. II. in Psalm. 50)

La humildad queda victoriosa de los movimientos de la ira; es superior a las ofensas y a toda clase de dificultades; queda siempre victoriosa de los demonios, del mundo, de la carne, de todos los pecados, de todos los obstáculos, y abre el camino y la puerta del cielo. ¿Dónde una libertad más bella y preciosa que la que nos proporciona la humildad?

12.º La humildad da la verdadera sabiduría.

“En todas partes donde habita el orgullo está cerca la confusión; pero la sabiduría habita con los humildes”, dicen los Proverbios (11, 2)

“La humildad merece ser guiada por la luz de Dios, y la luz de Dios es la recompensa de la humildad”, dice San Agustín (CIV. in Joann.)

13.º La humildad da la paz.

“Aprended de Mí, pues que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso vuestras almas”, dice Jesucristo (Mt. 11, 29). La hija de la humildad es la paz del corazón. El humilde está en paz con Dios, con el prójimo y consigo mismo.

14.º La humildad alcanza la gracia.

“Dios da su gracia a los humildes”, dice Santiago (4, 6). “La gracia del Espíritu Santo no puede habitar en el que no es humilde”, dice San Agustín (CIV. in Joann.) Así pues, la gracia del Espíritu Santo habita en un corazón humilde. Ninguna gracia niega Dios a la humildad.

15.º Siempre es oída la oración del humilde.

Dice David: “Dios oye la oración del humilde, y nunca la desatiende. Graben en su memoria las generaciones esta consoladora verdad” (Salmo 101, 18-19)

Y Judith: “Señor, siempre os ha sido agradable la oración de los humildes, y de los misericordiosos” (Jud. 9, 16)

“Oíd mi oración, Señor, porque estoy profundamente humillado” (Salmo 141, 7)

16.º La humildad asegura al hombre lo que es necesario a la vida, y hasta le asegura la abundancia.

“Los valles se cubren de mieses”, dice el Salmista (64, 14). Los valles representan a los humildes. Añade el Salmista: “Ya veis, Señor, fuentes en los valles; sus aguas corren al través de las montañas” (103, 10)

17.º La humillación es un bien precioso.

“¡Qué ventajoso es para mí, y qué bueno, Señor, el que me hayáis humillado!”, dice el Real Profeta (Salmo 118, 71) Las humillaciones nos hacen reconcentrar, hacen volver al hombre a sus extravíos, le abren los ojos, le desprenden de los bienes, de los honores y de los placeres del mundo, le hacen conocer la nada del cuerpo y de todas las criaturas, y le inclinan a no unirse más que a Dios, que es el único rico, grande, bueno, soberanamente amable y digno de admiración y de alabanza.

18.º La humildad satisface toda justicia.

Con la humildad pagamos cuanto debemos a Dios; porque el hombre humilde se somete a Dios por espíritu de religión, y hace cuanto Dios le exige. Satisface sus deudas con el prójimo con una atención y una caridad sinceras; pues el hombre humilde es siempre caritativo, dispuesto a prestar servicios, a socorrer, a ayudar y a consolar. Ved a las humildes hijas de la caridad en los hospicios. El hombre humilde satisface también las deudas que tiene consigo mismo, sujetando el cuerpo al alma con la continencia, y sometiendo el espíritu a Dios.

19.º La humildad place infinitamente a Dios.

Dice San Luis, obispo de Tolosa: “Nada es tan agradable a Dios como una vida llena de méritos y acompañada de una grande humildad; porque somos tanto ma´s agradables a Dios, cuanto más nos despreciamos a nosotros mismos por Él” (In ejus vita.)

Los humildes son los predilectos, los favoritos de Dios.

20.º La verdadera dicha está en la humildad.

“Bienaventurados los pobres de espíritu”, dice Jesucristo, es decir, los humildes (Mat. 5, 3) Dice San Agustín: “Con mucha razón entendemos por pobres de espíritu a los humildes, porque su espíritu no está hinchado de orgullo. (In haec verba.)

El principio de la gracia, de la gloria, del reino celestial, es la humildad; y es muy cierto que la verdadera dicha sólo se halla en la gracia y en la gloria celestial.

Dice San Nilo: “¡Bienaventurado aquel cuya vida es muy ensalzada, y cuyo espíritu es muy humilde!” (In vitis Patrum.)

Dice San Jerónimo al hablar de Santa Paula: “Huyendo de la gloria, merecía la gloria”. Y María dice: “Habiendo el Señor puesto su consideración en la humildad de su sierva, todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc. 1, 48)

“Señor, nos hemos alegrado en los días que escogisteis para humillarnos” (Salmo 89, 15)

“Llenos de humildad esperamos el consuelo del Señor”, dice Judith (8, 20)

Dice San Efrén: “La humildad es una gran felicidad y una gran gloria; no tiene caída ni ruina” (Serm.)

Y Séneca: “Si queréis ser felices, pensad primero en despreciaros a vosotros mismos, y desead ser despreciados por los demás” (Prov.)

Dios consuela, llena de alegría y vivifica a los humildes.

21.º La verdadera perfección está en la humildad.

La virtud de la humildad es el árbol de vida que crece y se eleva siempre.

Cuanto más llena está la espiga, más se inclina al suelo; cuanto más cargado de frutas está el árbol, más ceden sus ramas. Lo mismo sucede con el humilde.

22.º La humildad asegura la salvación.

Dice el Real Profeta: “Señor, salvaréis al pueblo humilde” (Salmo 17, 28) “Dios salvará a los espíritus humildes” (Psalm. 33, 19)

Y ¿cómo no ha de salvarse el humilde, siendo la humildad de Jesucristo y de María causa de nuestra salvación?

San Crisóstomo dice: “La humildad ha hecho entrar al buen ladrón al paraíso antes que a los Apóstoles” (In Luc., c. XIX.)

San Optato dice también: “Los pecados con humildad valen más que la inocencia con orgullo” (Lib. II contra Donat.)

La humildad ha venido del Cielo, y a él conduce.

¿QUÉ HEMOS DE HACER PARA SER HUMILDES?

“Hemos de ser aún más humildes de corazón y de espíritu que de palabra; es preciso que nuestra conciencia nos halle humildes, y que estemos convencidos de que nada somos, nada sabemos y nada comprendemos”, dice San Anselmo (Lib. de Similit.)

“Sed amantes de vivir ignorados y de ser tenidos por nada”, dice La Imitación de Cristo (Lib. I, c. II.)

Hemos de tener los humildes sentimientos de Salomón y decir con él: “Soy el más insensato de todos los hombres, y la sabiduría no está conmigo” (Prov. 30, 2). El Espíritu Santo quiere enseñarnos con estas palabras que la verdadera sabiduría consiste principalmente en el conocimiento de nosotros mismos, de nuestra miseria y locura, y en tenernos en poco.

Trabajar como San Agustín para conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, es el verdadero medio de comprender la humildad y practicarla.

Aprendamos a hacer actos de humildad por el orden siguiente:

Acto 1.º Despreciarnos a nosotros mismos.

Acto 2.º No creernos buenos para nada.

Acto 3.º No querer ser estimados.

Acto 4.º Querer ser considerados como viles y despreciables.

Acto 5.º Sentir tener educación.

Acto 6.º Rebajarse siempre más que los otros.

Acto 7.º Estar resignados a todo.

Acto 8.º Someternos por Dios a todos los hombres.

Acto 9.º Abrazar lo más humillante.

 

Hay otro orden relativo a los actos de humildad:

1.º No decir nada para ser alabados.

2.º No alegrarnos de las alabanzas.

3.º No hacer nada por respetos humanos.

4.º No disculparnos a nosotros mismos.

5.º Ahuyentar los pensamientos vanos.

6.º Considerar a todo el mundo como superior a nosotros.

7.º Recibir bien todas las humillaciones.

Fuente.

EL DAÑO QUE HACEN LAS MADRES INSIPIENTES Y NECIAS

El daño que hacen algunas madres insipientes y necias

El texto también se puede aplicar a los padres necios, que también los hay, aún cuando tienen esposas prudentes.

La unión perfecta del marido y la mujer es convenientísima para todo lo bueno, y mas principalmente para la cristiana educación y buena crianza de sus hijos y de sus hijas; porque si en este punto principal se discordan, se siguen graves inconvenientes, y se cumple a la letra la sentencia del Espíritu Santo, que dice, que si uno edifica y otro destruye, no se sacará sino dolor y pesadumbre (Eccl., XXXIV, 28).
Con las dos lumbreras mayores del cielo, que son el sol y la luna, gobierna Dios a todo el mundo, y con el marido y la mujer, bien concertados, se ha de gobernar discretamente la casa; y así como el sol y la luna se eclipsan cuando se miran con aspectos encontrados, y todas las plantas se desmedran con los malos efectos del eclipse; así también toda la casa se contrista, y se siguen malísimos efectos en mirándose con discordia el marido y la mujer; porque los hijos no pueden ser bien educados estando con discordia y pesadumbre sus padres.
Para asistencia del marido crió Dios a la mujer, diciendo le daba quien le ayudase, y le fuese su semejante: Facíamus ei adjutorium simile sibi (Gen., II, 18). 
Pero si la mujer inconsiderada se hace contrária a su marido para la buena crianza de sus hijos, no solo no le servirá de asistencia, sino de mucha molestia, ni le será su semejante, sino su mayor y mas pernicioso contrario, obrando en todo contra la divina voluntad, y contra el fin principal para que Dios la crió. Suponemos lo que debe ser cierto, y es, que el padre diligente ha de criar a sus hijos con la rectitud y severidad que ya dejámos dicho en los capítulos antecedentes; porque si fuese lo contrário, que el hombre ignominioso es el descuidado en corregir a sus hijos, y darles cristiana educación, y la mujer es la verdaderamente cuidadosa de que sus hijos y sus hijas se crien con la rectitud justificada que Dios manda; en este caso, cuanto mal decimos de las madres, que se oponen a la buena crianza de sus hijos, se entenderá de los padres descuidados; y las dignas alabanzas recaerán sobre las madres diligentes.
Lo regular no es esto, sino que los padres corrigen como deben a sus hijos, y las madres (que los aman desordenadamente) los defienden, y a un golpe leve que les dan, levantan las voces, como leonas desaforadas, conturban la casa, desconsuelan al marido, y desprecian al maestro; y sus hijos infelices, por su mala madre, se crian sin la educación debida, y se hacen como brutos insipientes, que no tienen entendimiento sino para hacer mal.
Así fué la maldita Atalía, de quien dice la divina Escritura, que impelió a su hijo infeliz para que fuese malo y cometiese muchas impiedades; pero no tardó en llegar la justa venganza de Dios omnipotente, que confundió a la maldita madre, y acabó también con el hijo mal criado.
Así se cumplió el profético proverbio de Salomon, el cual dice, que la corrección y la vara dan a los hijos sabiduría (Prov., XXIX, l5); pero el hijo que se deja criar vicioso a su voluntad, confunde a su madre, y esto es en pena de su pecado, si su madre impidió la justificada corrección de su hijo. Quien tal hace, que tal pague.
No la sucedió así a la madre dichosa del santo Job, el cual dice en el sagrado texto, que sacó del vientre de su madre la misericordia, y después fué creciendo con los años, tomando el mayor vuelo desde su infancia: laudable juventud, en la cual los buenos padres les dan con la virtud el mejor ser a sus hijos, que es el ser virtuosos y santos.
En otro proverbio de Salomon se dice, que el hijo necio y estulto es la ruina de mi padre, y dolor intimo de la madre que le engendro, porque se hallan inconsolables los padres con la necedad notoria del hijo que sustentan. Y siendo tan grande dolor de la madre la estulticia ignominiosa de su hijo, vean las señoras como se oponen a la corrección y buena crianza de sus hijos, siendo cierto que después han de tener una continua afrenta con ellos.
En otro misterioso proverbio del mismo Sabio se dice, que la justificación y buenos procederes del hijo son alegría de su padre; y que el mismo hijo, condecorado con la sabiduría, será consolacion y alegría de su madre que le engendró. Y no parece quieren este digno consuelo aquellas bárbaras mujeres, que por no tener un poco de paciencia, y reprimir su amor de fieras, quieren que sus hijos se crien para necios, embarazando que el padre los corrija, y que el maestro los castigue, como lo merecen sus travesuras.
Por esto se dice maldito el fruto del vientre coinquinado de la injusta madre, que ni guarda los mandatos del Señor, ni quiere que en sus hijos se cumpla la divina voluntad (Deut., XXVIII, 18); solo desea que sus hijos se crien con regalo, salgan como salieren, y que nadie les toque un pelo de la cabeza.
No quieren semejantes mujeres insipientes ser alabadas en sus hijos justificados, como lo fué la digna madre del insigne obispo san Timoteo, discípulo estimado del apóstol san Pablo, el cual dice en una de sus cartas, que la gran fe y devocion de su santo discípulo, primero se habia visto en su virtuosa madre, que crió bien a su hijo, para que fuese tan graude santo (II Tim., I, 5).
El profeta Oséas dice, que la gloria de los hijos de Efrain les vino del vientre, y la ignominia de los espurios les proviene de su pecaminosa generación. Consideren las madres lo que sus virtudes ó vicios influyen en sus hijos, y no quieran poner mácula cu su gloria, estorbando con su amor desordenado el feliz progreso que pueden tener sus hijos con la enseñanza de sus maestros, que sin castigarles sus descuidos y travesuras, no los podrán hacer personas.
Para que sus hijos nazcan a la vida mortal, padecen sus madres tan atroces dolores, que las ponen a punto de morir, y todo lo llevan bien por la vida natural del hijo, como lo dice el santo evangelio (Joan.,XVI, 21). ¡Con cuánta mas razón han de sufrir, que su padre y maestro le den al hijo un leve castigo, que no le matará, para hacerle sabio y discreto, y darle un ser tan noble y estimable, que llene de gloria y prosperidad humana, y destierre la ignorancia con que nació por la original culpa!
Las indignas madres clamaban y decían: Ventrem meum doleo, ventrem meum doleo, según lo escribe el santo profeta Jeremías. Y con mayor sentimiento clamarán cuando vean que han de dar estrecha cuenta a Dios nuestro Señor de lo que embazaron con sus impertinencias la buena crianza y educación de sus hijos, que fueron infelices por tener tan malas madres, y que ya no tiene remedio, porque el tiempo estimable de la enmienda se les ha pasado.
Escarmiénten las señoras en aquella madre desventurada, que con mucho amor le daba dineros a su hijo para su perdición eterna, pues dicela divina Escritura, que con aquellos dineros que su mala madre le daba, lo que hizo fué comprarse un ídolo para condenar su alma, y así empleaba en graves ofensas de su verdadero Dios y Señor los dineros superabundantes que su maldita madre le ofrecía (Judic., XVII, 3).
Día vendrá, infelices madres, y día fuerte y terrible, en que digan las que tuvieron hijos, que ojalá no los hubieran tenido (Luc., XXIII, 29); y juzgarán por dichosas a las que fueron estériles, como el Señor se lo anunció. Esto ha de llegar infaliblemente, y no conviene aumentar leña para el fuego del infierno. Si las duele a las madres el castigo justo del hijo, adviertan y consideren, que es para su mayor bien; y tengan siquiera paciencia, ya que no tienen valentía cristiana de corazón generoso para darle al maestro las gracias.
Mejor es no tener hijos, que tenerlos malos, y criarlos para condenarse. Mejor es, dice un santo profeta, tener el vientre sin hijos, y los pechos áridos y secos, que tener hijos indómitos y contumaces, que ellos se condenen, y condenen a sus padres, porque no los corrigieron y castigaron en el tiempo oportuno. (Oseae, IX, 14 et seq.)
El apóstol san Pablo hace mención de la profecía de Isaías, que dice: alégrate, mujer estéril, que no tienes hijos. Da mil gracias a Dios de que te deja libre. Celebra tu felicidad con saltos de placer y voces de alegría que lleguen al cielo; porque te libra el Señor de un tan grande cargo de conciencia (Gal., IV, 27; Isai., liv, 1). Muchas almas se condenarán por los pecados de sus hijos, que no se condenarían por sus pecados propíos.
La mayor lástima es, que no reparan las malas madres en estos graves pecados, de impedir con su nimio amor la buena crianza de mis hijos, ni hacen mención de la pesadumbre grande de su infeliz marido, ni del desprecio y desconsuelo del maestro, ni de la tribulacion de su casa, y se pasan a comulgar, como si fuesen unas santas. No hay quien las entienda, ni ellas se entienden a sí mismas, porque esta es materia gravísima; pero se la tragan como agua dulce.
Una pobre madre no tuvo corazon para ver morir a su hijo, dice la sagrada Escritura (Gen., XXI, 16); y estas malas madres, de las cuales hablamos, ven que se pierden sus hijos, y nada sienten, ó por decirlo con mas propiedad, sienten que les embaracen su perdición, oponiéndose como frenéticas a los que los corrigen y los castigan para su deseado aprovechamiento, y para el bien espiritual de sus almas, y aun para su prosperidad temporal y estimación de sus personas.
En el sagrado libro de la Sabiduría se dice, que si tus hijos han de ser malditos, mejor seria no tenerlos. Mejor la seria a la señora impaciente no tener hijos, que verlos malogrados, despreciados por incultos, reputados por necios, relajados por vinosos, rebeldes por mal criados, desatentos por contumaces, y perdidos por sus feos vicios y torpes pecados. Estas son las fatales consecuencias que comunmente se siguen de la mala crianza de los hijos.
El Señor dice en su santo evangelio, que quien mas ama a sus hijos que a su divina Majestad, no es digno de hacerle compañía en su gloria (Matth., X, 37). Vean las señoras madres, que embarazan con su terrible condicion la buena crianza de sus hijos, qué camino llevan para el cielo, obrando tan expresamente contra la divina voluntad, y dando a entender, que aman mas a sus hijosque a su Dios, el cual les manda que los corrijan y castiguen, para que no se condenen.
El Espíritu Santo dice, que si tienes hijos, los enseñes, y les hagas inclinar la cabeza desde sus primeros años (Eccli., VII, 25). Las tales madres, locas de amor desordenado de sus hijos, no quieren que les toquen un pelo de la cabeza, ni que los contristen. ¡Véase cómo estas malas mujeres cumplen la voluntad de Dios, y el mandato del Espíritu Santo! Y sobre esto pleitos y pesares, que es un horror; y vámonos a la iglesia, y comulguemos con frecuencia, sin enmienda alguna. Es un escándalo pernicioso lo que sobre esto pasa.
En otra parte de la divina Escritura dice un proverbio de Salomon, que del niño no se aparte la disciplina, y que el padre esté cierto y no tema, y se asegure que su hijo no se morirá porque le pegue y le amague con la vara (Prov., XIII, 13). Si la madre perdida con el amor excesivo de su hijo oye disciplina, y oye vara, ya tenemos la molestia doble. Allí es el gritar, el rugir como una leona de los montes de África; allí es el topar con todas, y atropellarlo todo, y hablar desconciertos contra su marido, y contra el pobre maestro, como una mujer delirante que pierde el juicio.
Es una plaga insanable lo que sobre esto sucede en algunas casas desgraciadas. A mi me llegó en cierto lugar un caballero honrado, de buena naturaleza, con tan amargos desconsuelos sobre el trabajo imponderable que padecia con su mujer en esta materia, que apénas hallé remedió para templar su justo dolor, porque ya presentía el santo varón la desventura fatal que habían de padecer sus pobres hijos por su mala madre, y que se habia de llegar el dolor del alma que les anuncia el Espíritu Santo a los padres por la mala crianza de sus hijos (Eccli., XXX, 12). No digo el fin desgraciado que tuvieron los de la tal casa, porque no se discurra mas de lo que conviene.
Lo que debe notarse mucho es, que la buena crianza de los hijos, aunque obliga a los padres y a las madres, estas son las que mas hacen en la ejecución, ó para bien, ó para mal, porque están mas frecuentemente con ellos, y deben considerar lo que dice el Espíritu Santo, que mas vale un hijo bueno, que mil hijos impíos y malos, y mas vale morir sin hijos, que dejarlos mal criados (Eccli., XLVI, 3).
Atiendan las señoras a aquellas insignes matronas que ha tenido la Iglesia de Dios, y las dejaron glorioso ejemplo para la buena crianza de sus hijos. La célebre santidad del admirable san Luis de Francia, honroso crédito de la Venerable Orden Serafica, se atribuye en mucha parte a la cristiana educación con que le crio su virtuosa madre la grande reina española doña Blanca (In Vita S. Lud. Regis).
A san Edmundo de Inglaterra le hizo virtuoso desde niño su santa madre, que desde aquella primera edad le enseñaba a guardar discreto silencio, a tomar una moderada disciplina, a compadecerse de los pobres de Cristo Señor Nuestro, y le ejercitaba en muchas devociones, como se refiere en su prodigiosa vida.
Al insigne San Andres Corsino le ganó para su Dios su venerable madre, que con animo varonil y celo cristiano, supó reprender sus travesuras, y castigar sus vicios de la juventud con raro ejemplo del mundo. (Ecclce. in of).
Del grande san Elzeario se refiere en su vida por digno, fundamento de su rara santidad, que habiéndole ofrecido Dios su virtuosa madre desde su nacimiento, le pedia repetidas veces al Señor la santa matrona, que si su hijo habia de ser rebelde a sus divinos mandamientos, le quitara la vida antes de perder la gracia del sagrado bautismo, la pagó Dios esta oferta meritoria de tal manera, que le llenó de bendiciones del cielo, como se experimentó bien en el progreso maravilloso de su pasmosa vida.
El gran doctor de la Iglesia san Agustín a su santa madre debió toda su felicidad, como se dice en sus lecciones eclesiásticas, intitulándola la Iglesia con el glorioso nombre de dos veces madre de su hijo Agustino: Monica, dupliciter mater. Tenia constante y ansioso corazon de azotar a su hijo cuando faltaba a la escuela, como el mismo santo lo refiere (In Of. S. Monicae, S. Aug. lib. í, Conf., cap. 9).
Así han de criar las madres a sus hijos, y no apadrinarle: ni defenderles sus travesuras, y embarazar su buena crianza turbando su casa, y desconsolando a su marido, y despreciando con injurias al maestro, porque justificadamente lo corrige y le castiga con moderación a su hijo. Con estas leves mortificaciones se evitarán muchos displaceres en le restante de sus vidas, como lo advierte el Espíritu Santo (Eccli. XXX).
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

LOQUELA TUA MANIFESTUM TE FACIT

TU MANERA DE HABLAR TE DESCUBRE

     Pedro, mezclado con los soldados en el patio de la casa de Caifas, ocultaba ser discípulo de Jesús.

     Pero su manera de hablar lo descubrió.
     Así, la manera de hablar descubre a muchos.
     La boca habla de lo que hay en el corazón.
     Si el corazón está lleno de odios, de rencores…, odio, rencor respiraran las palabras.
     Si el corazón está podrido…, podredumbre respirara la boca.
     Mis palabras, mis conversaciones, descubren lo que soy.
     Y aunque hipócritamente tratara de ocultarlo, sin quererlo yo, las palabras me harían traición.
     ¿Y he reflexionado alguna vez en la influencia que pueden tener mis palabras?…
     Las palabras tienen alas. 
     Salidas de los labios, imposibles volverlas a recoger.
     Y se clavan como saetas en los corazones de quienes las escuchan.
     ¡Cuantos al reflexionar sobre el origen de su perdición, lo encontraran en una palabra, en aquella primera mala conversación, escuchada primero con disgusto…, después con curiosidad…, luego con atención y con placer!…
     Y esas palabras y esas conversaciones siguieron resonando allá en lo interior…, y levantaron tempestades…, y vino el naufragio.
     El naufragio de la inocencia.
     El naufragio de la gracia…
     ¿No es esta la historia de muchos jóvenes perdidos?
     ¿habré sido yo con mis palabras la causa de alguna de estas catástrofes?…
     
     ¡Hay de aquel por quien viniere el escándalo!
     Mejor fuera que le ataran una piedra al cuello y le arrojaran en lo profundo del mar.
     Si quiero que mis palabras sean siempre puras -¿y como no he de quererlo?-, tengo que velar constantemente por la pureza de mi corazón.
     Por los frutos se conoce el árbol.
     Por las palabras se conoce el corazón.

CARTA DE UNA ERMITAÑA DE BUENOS AIRES.

S.E.R.

Mons. Juan José SQUETINO

S                  /                       D     

De mi mayor consideración:

     Habiendo tomado conocimiento de la muy justa carta enviada por S.E.R. a todos los obispos que reconocen la vacancia de la Sede Apostólica, quiero expresarle por este medio mi agradecimiento y humilde apoyo a tan noble iniciativa.

     Soy una pobre ermitaña argentina, a la que el Señor despertó a la realidad tremenda que vivimos en la Iglesia, justo antes de su Parusía. Vengo a ser, casi, la obrera “de la última media hora”: hace exactamente tres años que se me concedió la gracia (durísima) de conocer en profundidad el real significado del Vaticano II y la acción de los “Papas” conciliares hasta el actual, que considero el más peligroso…

     Me he criado en la Fe junto a quienes yo consideraba como sacerdotes serios; muchos de ellos habían conocido al P. Meinvielle y se decían discípulos del P. Castellani. Pero he aquí que, luego de bastantes años y por una luz especial del Señor, he llegado a darme cuenta de que me habían envuelto en las brumas de las tesis del Cassiciacum y de Meinvielle, como si fueran dogma de fe, e impedían el acceso a otra perspectiva tachándolas de herejía, cisma y todo lo que S.E.R. ya conoce muy bien.

     Inmenso alivio recibí al darme cuenta de que las mencionadas tesis no eran más que eso: TESIS, elaboradas ante la falta de reacción de quienes tenían autoridad para ello durante el ruinoso Concilio y el post-concilio. Pero, al ponerme a estudiar los textos de las encíclicas anteriores (guiada por un libro del Pbro. Dr. Luigi Villa, recientemente fallecido), vine a descubrir que esas tesis no tenían, en realidad, razón de ser, dado que la Iglesia ya había previsto, enseñado y legislado lo necesario para aplicar en casos de usurpación de oficios eclesiásticos, incluida la Sede petrina. No hay más que seguir fielmente lo enseñado y mandado por los Papas anteriores (en realidad, por el Evangelio y las cartas de los Apóstoles…) para resolver este aparente galimatías, porque no lo es: está todo enseñado previamente.

     Continuar insistiendo con malabarismos mentales cuando hay Magisterio y normativa clara de la Iglesia, es una necedad.

     Por supuesto que se puede comprender la falta de reacción de quienes tenían autoridad en ese momento del Concilio y después: de sólo leer lo ocurrido, yo no salgo de mi asombro; cuánto más deben haber experimentado quienes vivieron los hechos… Un verdadero shock.

     Desde hace un tiempo se levantan voces pidiendo una reacción como es debido, sea del campo conciliar, reclamando definiciones solemnes con anatemas correspondientes para terminar con los errores, o del campo de quienes reconocen la usurpación, para que

 “se reúnan, depongan sus celos personales, unifiquen sus posturas bajo el signo de lo ya declarado y decretado por la Iglesia, formen un frente común, procuren que sea públicamente divulgado por todo el mundo, de modo que todos los católicos aprisionados dentro del pulpo conciliar se enteren de la situación de sede vacante(o usurpada, como dicen otros), y se pueda al fin, reunir esas condiciones necesarias para la elección, que hoy en día no se dan…” en el decir de un allegado, de mucho más profundo conocimiento que yo de la situación.

     Por ello le ruego que no deje llamar a las conciencias de sus hermanos obispos, e incluso creo yo que es necesario tomar contacto con quienes son aún obispos y sacerdotes válidos en el campo conciliar: en todos Ustedes existe el poder de orden, tienen el deber delante de Dios de intentar dar una solución a este desastre, que ya no puede mantenerse en el tiempo. No es lícito quedarse cruzados de brazos con el verdadero descaro, de parte de muchos, de “esperar una intervención directa del Señor” que solucionará la situación. Es esto una terrible falta de respeto hacia el Señor o cosa peor, porque OMITEN obrar según la OBLIGACIÓN QUE TIENEN para con el Señor y para con las almas…

     Cuántos cristianos están en grandísimo peligro porque NO TIENEN LA FE VERDADERA, al no habérseles dicho la verdad de lo ocurrido y pensar que no son tan graves las consecuencias del CVII, porque los sacerdotes conocidos (si es que son válidos) hacen alguna pequeña intervención quirúrgica en esos textos y en las obras y dichos de estos Papas conciliares de manera de hacerles decir lo que no dicen, para que “coincida” con la enseñanza anterior y dejar a los pobres fieles con la tranquilidad de que todo sigue más o menos igual…

     Terminarán todos en el infierno, los curas primero, por cómplices…

     En fin, no se desanime y siga adelante.

     Yo vivo en plena Capital Federal: si puedo servirle en algo, cuente conmigo. Aunque el Señor viniera dentro de cinco minutos, no podemos dejar de hacer lo que es nuestra obligación.

     Sírvase, de paso, indicarme si hay en Buenos Aires alguno de sus sacerdotes que celebre la santa Misa: yo no tengo cerca más que un pobre sacerdote de 80 años miembro de una congregación religiosa progresista que, aunque resiste a los desvaríos de su congregación, celebra la misa del Novus Ordo como si fuera una maravilla y no es capaz de ver que el problema viene de Roma…como tantos otros…

Encomiéndome a su oración en la santa Misa, lo saluda en el Señor

«Una ermitaña»

Leer la IIª Carta de Monseñor Suetino a los obispos sedevacantistas

LA FECUNDACIÓN ARTIFICIAL

Desde hace muchos siglos —pero sobre todo en nuestra época— se manifiesta el continuo progreso de la medicina. Progreso en verdad muy complejo; cuyo objeto concierne las ramas más variadas de la teoría y de la práctica; progreso en el estudio del cuerpo y del organismo, en todas las ciencias físicas, químicas, naturales; en el conocimiento de los remedios y su propiedad y los modos de utilizarlos; progreso en la aplicación de la terapéutica no solamente de la fisiología, sino de la psicología, de las acciones y reacciones recíprocas de lo físico y de lo moral.
Solícito para no descuidar nada de las ventajas de tal progreso, el médico está siempre a la caza de todos los medios capaces de curar, o al menos, de aliviar los males y los sufrimientos humanos. El cirujano, estudia para hacer menos dolorosas las operaciones necesarias; el ginecólogo, trata de atenuar el dolor del parto, sin poner en peligro la salud de la madre y del niño, sin correr el peligro de ofender los tiernos sentimientos maternales hacia el neonato. Si el espíritu de humanidad elemental, el amor innato por los semejantes, estimula y guía a todo médico consciente en las investigaciones, ¿qué cosa no hará el médico cristiano, empujado por la divina caridad a prodigarse sin reparo al cuidado y al bien de aquellos que con justa razón y a la luz de la fe, considera sus hermanos? Indudablemente él goza de los inmensos progresos alcanzados, de los resultados obtenidos por sus predecesores, y continuados actualmente por sus colegas a los cuales se siente ligado por la continuidad de una magnífica tradición, y a la cual se siente legítimamente orgulloso de poder contribuir. Sin embargo, nunca se considera satisfecho: siempre ve adelante las nuevas etapas que hay que recorrer, nuevas conquistas que hay que obtener. Y por esto se aplica en ello con pasión, como médico dedicado al alivio de la humanidad y de cada uno de los individuos. Como científico al cual los descubrimientos que se siguen los unos a los otros, le hacen adoptar con entusiasmo (el gusto de conocer); como creyente y cristiano que en las maravillas que descubre, en los nuevos horizontes que se aperciben en lontananza, sabe ver la grandeza y la potencia del Creador, la bondad inagotable del padre que después de haber dado al organismo viviente tantos medios para desarrollarse, defenderse, curar espontáneamente en la mayoría de los casos, le hace encontrar en la inerte naturaleza o en la viviente, mineral, vegetal, animal, los remedios a los males del cuerpo.
El médico no correspondería completamente al ideal de su vocación, si aprovechando los más recientes progresos de la ciencia y del arte médico, en el ejercicio de su profesión, siguiese solamente su propia inteligencia y habilidad, sin poner también —diremos sobre todo— su corazón de hombre, y su solicitud de cristiano. Él no actúa, «in anima vili». Sin duda obra directamente sobre los cuerpos, pero sobre cuerpos vivificados por un alma inmortal, espiritual, y en virtud del vínculo misterioso pero indisoluble entre lo físico y lo moral, no obra con eficacia sobre el cuerpo si a la vez no actúa sobre el espíritu.
Y ya sea que se ocupe del cuerpo o del compuesto humano en su unidad, el médico cristiano deberá siempre defenderse de la atracción de la técnica, de las tentaciones para obrar con su propia ciencia y pericia, con fines diferentes al cuidado de los pacientes que le son confiados. Gracias a Dios que no tenga que defenderse de otra tentación —criminales decir, de servirse de los dones por Dios escondidos en la naturaleza para fines innobles, para presiones inconfesables y para atentados inhumanos. Sin embargo, no es necesario ir muy lejos o salir mucho del camino, para encontrar testimonios concretos de estos deplorables abusos. Una cosa es por ejemplo la desintegración del átomo y la producción de la energía atómica: otra cosa es su uso destructor que huye de cualquier control. Una cosa es el progreso técnico de la aviación moderna y otra cosa el ataque en masa de escuadrones de bombarderos, cuando hay la posibilidad de limitar la acción a objetivos militares y estratégicos. Una cosa, sobre todo, la búsqueda respetuosa que revela la belleza de Dios en el espejo de sus obras; su poder en las fuerzas de la naturaleza; otra cosa la deificación de esta naturaleza y de estas fuerzas materiales, con la negación de su autor.
¿Qué hace, por el contrario, el médico con su vocación? Se ampara de esta fuerza misma, de estas propiedades de la naturaleza para procurar con ellas la curación, la salud, el vigor, y aun, cosa mucho más preciosa, para preservar de las enfermedades, del contagio o la epidemia. En sus manos la fuerza alarmante de la radiactividad se halla aprisionada, pronta a curar males rebeldes; las propiedades de los venenos más virulentos, sirven para preparar remedios eficaces; aun mejor, los gérmenes de las infecciones más peligrosas, son usados de diferentes maneras en la sueroterapia, en las vacunas.
La moral natural y cristiana, por último, conserva en dondequiera sus propios derechos imprescindibles, y de ellos, no por consideraciones de sensibilidad, de filosofía materialística, naturalística, se derivan los principios esenciales de la deontología médica: dignidad del cuerpo humano, preferencia del alma sobre el cuerpo, fraternidad entre todos los hombres, soberano dominio de Dios, sobre la vida y sobre el destino. Un importante problema que requiere no menos urgentemente que los otros, la luz de la doctrina moral católica, es aquel relativo a la fecundación artificial. No podemos dejar pasar esta ocasión sin indicar brevemente, a grandes rasgos el juicio moral que se impone en tal materia.
1) La práctica de esta fecundación artificial, cuando se trata del hombre, no puede ser considerada, ni exclusiva ni principalmente desde el punto de vista biológico y médico, descuidando el punto de vista moral y de derecho.
2) La fecundación artificial, fuera del matrimonio, debe condenarse como esencialmente inmoral.
La ley natural y la ley divina positiva, establecen que la procreación de una nueva vida no puede ser fruto más que del matrimonio. Sólo el matrimonio salvaguarda la dignidad de los esposos (principalmente de la mujer en este caso), y su bien personal. Esto sólo en cuanto se refiere al bien y a la educación del niño.
Se deduce de la condenación de una fecundación artificial fuera de la unión conyugal, que no se admite ninguna divergencia de opinión entre católicos. El niño concebido en tales condiciones, sería de hecho ilegítimo.
3) La fecundación artificial producida en el matrimonio con un elemento activo de un tercero, es igualmente inmoral y por consiguiente debe condenarse sin apelación.
Sólo los esposos tienen un derecho recíproco sobre su cuerpo para generar una nueva vida; derecho exclusivo, no cedible, inalienable. Y esto debe ser en consideración al niño. A cualquiera que da la vida a un pequeño ser, la naturaleza le impone, por la misma fuerza del vínculo, el deber de conservarlo y educarlo. Pero, entre el esposo legítimo y el niño fruto del elemento activo de un tercero (aun con el consentimiento del esposo), no existe ningún vínculo de origen, ningún vínculo moral y jurídico de procreación conyugal.
4) En cuanto a la validez de la fecundación artificial en el matrimonio basta, por el momento, recordar estos principios del derecho natural; el simple hecho que el resultado que se desea es alcanzado con este medio, no justifica el uso del medio; ni el deseo de los esposos en sí completamente legítimo, de tener un niño, basta para probar la legitimidad de recurrir a la fecundación artificial, que satisfaría este deseo.
Sería pues erróneo pensar que la posibilidad de recurrir a este medio, pudiese hacer válido el matrimonio entre personas incapaces de contraerlo a causa del ‘impedimentum impotentiae».
Por otra parte, es superfluo observar que el elemento activo, no puede ser nunca procurado legítimamente, con actos contra la naturaleza.
Aunque no se puede excluir a priori, métodos nuevos por la sola razón de su novedad, sin embargo, por lo que concierne a la fecundación artificial, no solamente es necesario ser cauto, sino excluirla absolutamente. Al decir esto, no se proscribe necesariamente el uso de algunos medios artificiales, destinados solamente ya sea para facilitar el acto natural, o sea para procurar la obtención del fin del acto natural, cumplido debidamente.
No se olvide nunca, que solamente la procreación de una nueva vida según la voluntad y el designio del Creador, lleva consigo, en un grado admirable de perfección, la obtención de los fines propuestos. Esta procreación, está al mismo tiempo conforme con la naturaleza corporal y espiritual, con la dignidad de los esposos, con el desarrollo sano y normal del niño. (1)

S.S. Pío XII

1 Discurso a los Médicos, 29 de septiembre de 1949. (Traducido del francés). 

Y EL VERBO SE HIZO CARNE

Jesucristo es la Sabiduría encarnada. Aquella Palabra con que el Padre se habla a Sí mismo en la eternidad, habló a los hombres en el tiempo. Aquella Palabra que es idea substancial e imagen perfectísima del Padre apareció entre los hombres, llena de gracia y de verdad.
     He aquí un pensamiento que agobia. El Verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros. Y el Unigénito del Padre fue el Unigénito de María y el Primogénito de los hombres. Y la Majestad tomó arreos de esclavitud y servidumbre. Formam servi accipiens.
     Era la Luz, procedente del Padre de las luces.
     Era la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
     Pero los hombres, ciegos, no lo comprendieron. Amaron su noche larga, con fiebres y pesadillas de pecado. Nació el hombre para la luz; pero es el enemigo dela Luz. Y violó la ley natural, deshecho las enseñanzas de los profetas, desaprovechó aquellas lumbrecitas de verdad que chispearon en las doctrinas de la filosofía pagana.
     Ahora el Padre, mi Padre de los cielos, envía su luz. Y el mundo, encuadrado en malignidad, no lo conoció. Y los suyos no lo recibieron.
     Ni los suyos de entonces, ni los de ahora. Suyos son los cristianos, los que llevan su nombre. Pero ¡Qué caricaturas y deformaciones de la imagen de Cristo!
     ¡Tampoco hoy te conoce ni te recibe el  mundo! Y así anda el mundo. ¡Si en sus gobiernos y asambleas predominaran los que son tuyos de verdad!
     Cuenta San Agustín que los filósofos platónicos quedaban sobrecogidos por aquel profundo, luminoso, nuevo pensamiento de San Juan: in principio erat Verbum. Hasta quisieron esculpirlo en mármol para que destellara entre los pensamientos en que cifró su pensar hondo la filosofía griega.
     Pero al llegar a las palabras: Y el Verbo se hizo carne, se detenían escandalizados. El Verbo, de quien se da idea tan valiente, ¿humanarse y nacer de mujer, vivir entre hombres, ocultarse en Palestina, morir en cruz? y rechazaron, soberbios, lo que habían columbrado con su sabiduría.
     «Quantum propinquabant intelligentia, tantum superbia recesserunt». Yo, Señor, lo creo y lo confieso. Y lo repito, doblando mi rodilla. Y bendigo la hora de tu santa encarnación.
     Aquí la exclamación trémula y unciosa del clásico Luis de Granada: «si no tuviera la torpeza del hombre necesidad de estos estímulos para bien vivir, mejor fuera adorar en silencio la alteza de este misterio que borrarlo con la rudeza de nuestra lengua…»
     Veamos, guiados por la mente soberana de Bossuet, la altura en donde vive el Verbo, los escalones que baja, el abismo a que se humilla.
     Su altura es inaccesible. Es aquel santuario arcano, aquel misterio que ciega con la viveza de su resplandor, aquel trono del anciano de días. En el principio era Dios, y el Verbo estaba con Dios. Y el Verbo era igual al Padre y al Espíritu. Inmenso, eterno, incomprensible. Su sabiduría, su santidad, su poder, ni podían crecer no ser más de lo que es. Todas las cosas fueron hechas por Él. y en Él estaba la vida. Vuela, alma mía, y abísmate…
     Los escalones… Pero veamos ahora cómo la soberana grandeza desciende a la infinita bajeza.
     1° Se hace hombre, esto es, inferior a sus ángeles. Toma una naturaleza menos noble, en que hay de animal. Hacerse ángel hubiera sido humildad. Y se hizo hombre. Et homo factus est!
     «¿De dónde viene, me pregunto con el padre Faber, esa predilección por la raza humana? ¿De dónde esa preferencia sobre la naturaleza angélica? Quizás para abrazar de ese modo todas las creaciones bajo su imperio, reunirlas en un perfecto conjunto, así las más elevadas como las más humildes, y acercarlas en la unidad de Dios…»
     «Ninguna cosa hay -dice San Bernardo- más alta que Dios, y ninguna más baja que el cieno de que el hombre fue formado. Mas con tanta humildad descendió Dios al cieno, y con tanta dignidad subió el cieno a Dios, que todo lo que hizo Dios  se diga que lo hizo el cieno, y todo lo que sufrió el cieno se diga que lo padeció Dios» (P. Granada)
     2° Pero no basta. Mi salvador baja un segundo escalón. Se hizo semejante a los pecadores. Lo dice San Pablo: forma servi accipiens… En efecto: no toma la naturaleza humana, sana, incorruptible, inmortal, sino en el desdichado estado a que lo redujo la caída. Expuesta al dolor, a la muerte… Dios inmortal, impasible, fuerte, poderoso, es ahora mortal, varón de dolores, desecho de la plebe.
     Tomó las apariencias del esclavo. Y los que lo veían decían: es el hijo del carpintero. Por algo usa San Pablo una palabra encarecida: exinanivit, Se anonado a sí mismo…
     3° Aun más: Puer natus est nobis. Pudo tomar un cuerpo formado. Y, sin embargo, prefirió hacerse hombre, hermano nuestro, siguiendo el proceso de los niños que nacen de mujer. ¡Que bien lo canta la Iglesia en el himno del Te Deum: non horruisti virginis uterum…! Y el P. Granada pondera: no parece haberse humillado tanto en la cruz…
     Este misterio de la Encarnación le pone alas al ingenio humano, pero le pone trabas a su lenguaje. Es un misterio para ser adorado y paladeado en silencio, como fue silenciosa la estancia de la Sabiduría en el seno de la Madre…
     Pero digamos con  palabras balbucientes, que fue misterio de amor y de humildad inaudita…
     ¡Así amó Dios al mundo! No es, como en la creación, un salir de sí para producir seres que se le asemejen. Es que viene en persona a ocupar su puesto en su creación.
     Sale de su eternidad para entrar en nuestro tiempo. Nació, vivió, padeció, murió.
     Sale de su inmensidad para hacerse pequeñito. Hombre, niño, Hostia… Nobis natus, nobis datus…
     Sale de su opulencia para hacerse pobre. Por nosotros, dice San Pablo, egenus factus est. Para que fuésemos ricos se hizo indigente… Y fue obrero e hijo de artesano. Faber et fabri filius…
     Sale de su gloria para vestirse de nuestra miseria y hacerse varón de dolores. Y se ofreció porque quiso. Oblatus est quia ipse voluit! Porque nos amó hasta el exceso… Como nos lo recuerda la liturgia del día de la circuncisión.
     Propter nimian caritatem suam qua dilexit nos Deus

EL SACRIFICIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA

El Sacrificio de Cristo y de la Iglesia

( Artículo muy útil para todos, y especialmente para muchos «tradicionalistas» despistados a quienes les dan gato por liebre)

Es doctrina católica que la Santa Misa no es solamente el Sacrificio de Cristo, sino también el de la Iglesia (Denz.938). La Santa Misa es ESENCIALMENTE el Sacrificio de la Iglesia.

El Santo Sacrificio de la Misa es el mismo que aquel por el cual Jesucristo se ofrece sobre la Cruz, en razón de identidad de la Víctima ofrecida. Esta Víctima en el altar no es solamente el cuerpo natural de Jesucristo inmolado sobre la Cruz, es también verdaderamente su Cuerpo Místico. La Iglesia forma con Cristo sobre el altar un solo cuerpo y un solo sacramento, y por consecuencia una sola oblación.

Víctima del Sacrificio, Cristo eterno, es también el verdadero sacerdote del Sacrificio eucarístico. De aquí la eficacia de este sacrificio, aunque sea ofrecido por sacerdotes indignos.

Naturaleza de este Sacrificio Eucarístico.

La Santa Misa, conforme con la Tradición, es una oblación (Denz 938/39). Lo que caracteriza la celebración de la eucaristía como un Sacrificio es la oblación, y Jesucristo sigue siendo el Sumo Sacerdote de esta oblación (Denz 430). Es la verdad tradicional reconocida por todos. Pero no se ofrece de la misma manera en el altar como se ofreció en la Última Cena y en el Calvario, allí se ofreció a Sí mismo, solo, en una inmolación sangrante y redentora; en el altar Él se ofrece, pero por medio de la Iglesia (Denz. 940). Por eso la Santa Misa es esencialmente el Sacrificio de la Iglesia.

Según la doctrina tradicional magistralmente expuesta por San Agustín, sistematizada por Pedro Lombardo y Santo Tomás, puesta en relieve más poderosamente por Duns Scotto (el franciscano de la Inmaculada), la Santa Misa aparece cada vez más netamente como la oblación hecha por la Iglesia bajo el mandato y el poder de Cristo, Víctima inmolada en el Calvario, y ofrecida de nuevo sobre el altar en unión con todos los miembros del Cuerpo Místico.

La Santa Misa es un Sacrificio porque es una oblación; es un Sacrificio idéntico al del Calvario porque en el altar la Iglesia se apropia la Víctima propia del Calvario para ofrecerla representando y renovando la inmolación ya hecha. Esta única oblación, en cuanto tal, no es renovada por Jesucristo sobre el altar, sino por la Iglesia, su Cuerpo Místico.

Por la multiplicidad de estas oblaciones subordinadas a la única oblación de Cristo, la Iglesia, bajo el mandato y el poder de Cristo eterno sacerdote, se apropia activamente la Víctima del Calvario para ofrecerla y aplicarse los frutos sobreabundantes de su Redención. Por tanto, la Santa Misa es esencialmente el acto sacerdotal, dependiente, subordinado sin duda, pero efectivo, de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo.

El Oferente principal: Jesucristo, Sumo Sacerdote

La oblación de Jesucristo en la eucaristía es hecha primeramente por Él mismo, sacerdote principal, no solamente porque ha instituido el Sacrificio y dado a los suyos el poder y el mandato de ofrecerlo después de Él, sino porque Él se ofrece hoy, en la Santa Misa, de una manera personal y actual. (Dz. 424, 430, 940).

El sacerdote visible, ministro de Cristo.

Sin embargo, y aunque Sacerdote principal, Jesucristo, en razón de su estado glorioso en el Cielo, no puede, por Él mismo, ofrecer visiblemente el sacrificio eucarístico. Necesita servirse del ministerio de los sacerdotes católicos lícita y válidamente ordenados. Así, el sacerdote celebrando bajo las condiciones de licitud, es a la vez ministro de Jesucristo y representante de la Iglesia. Como ministro de Jesucristo actúa en virtud de un poder subordinado e instrumental, que, por la consagración del pan y del vino, alcanza la substancia misma del Sacrificio: este poder lo tiene por su carácter sacerdotal y ninguna causa humana le puede impedir usar de él válidamente. Aún separado de la Iglesia, ese sacerdote conserva, a pesar de todo, el poder de ofrecer, in persona Christi, un verdadero Sacrificio.

Como representante de la Iglesia, el sacerdote católico no alcanza la substancia del Sacrificio, sino la parte accidental que ahí le alcanza al Cuerpo Místico unido a Su Cabeza.

Hay algunos que dicen que el cismático no consagra el Cuerpo de Cristo, pero esta afirmación no tiene relación con el Cuerpo natural del Salvador, que es realmente consagrado –siempre y cuando se observe escrupulosamente el rito católico-pero lo que no puede hacer el cismático es consagrar su Cuerpo Místico integral: Cabeza y miembros, sólo consagra la Cabeza –en virtud del poder inmóvil que le confiere una ordenación válidamente realizada- pero un cuerpo sin miembros es una monstruosidad, por lo tanto el cismático no puede producir la unidad de Cristo con su Cuerpo Místico. Fuera de la Iglesia no se puede unir a Cristo con la Iglesia. Va de suyo que cualquier sacerdote que de una manera culpable se ha separado de la Iglesia –Cuerpo Místico de Cristo- no podrá representar a la Iglesia en la oblación del Sacrificio.

“El sacerdote habla en las oraciones de la Misa en nombre de la Iglesia en cuya unidad está, pero en la consagración del Sacramento habla en nombre de Cristo (in persona Christi) cuyas veces hace por la potestad del Orden. Por tanto, si el separado de la unidad de la Iglesia reza la Misa, consagra el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo, porque no ha perdido el poder del Orden (aunque al hacerlo peca gravemente cometiendo sacrilegio), pero por estar separado de la unidad de la Iglesia sus oraciones no tienen eficacia” (Suma Theol. III q. 82 a. 7 ad 3m).

Pongamos un ejemplo: una persona le pide a un sacerdote cismático que rece una misa por una intención particular, sea cual sea, pero, dado que ese sacerdote es cismático y está fuera de la Iglesia, de ningún modo puede representar en la oblación de la Iglesia al Cuerpo Místico, y aunque realmente pueda consagrar, es lo único que hace, porque Dios no oye sus oraciones porque no son las de la Iglesia. Consagra por el poder recibido, pero todas sus oraciones, aún dentro de la misa, son ineficaces, es lo mismo que nada. Aquí hay obligación por justicia de la devolución del estipendio, si lo hubiere.

Cabe hacer la aclaración que lo dicho vale únicamente para aquellos separados de la Iglesia que conservan el rito tradicional y hayan recibido el Sacramento del Orden Sagrado válidamente. Para los herejes y cismáticos modernistas de la secta conciliar no se aplica porque no consagran de ninguna manera el Sacramento, por defecto de forma e intención, y en algunos casos hasta por defecto de materia. No interesa la unción, la seriedad e incluso el uso del latín, porque de suyo el NOM (Novus Ordo Missae) es inválido. Además, los ordenados y consagrados con los nuevos ritos del Sacramento del Orden, son inválidos de toda invalidez.

Dicho esto, no se ve –además- cómo pueda la Iglesia ofrecer su Sacrificio, “la oblación pura” (Dz. 939), en unión con quienes están separados de Ella, es decir con los herejes y cismáticos. Es algo abominable para los ojos de Dios. ¿Cómo podría la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, ofrecer su Sacrificio teniendo como representante a una Cabeza herética? Es contradictorio. Ni siquiera rezando la verdadera Misa codificada por San Pio V, pues un hereje está fuera del Cuerpo Místico, ostente el cargo que ostente, pues por herejía se pierde el cargo y la jurisdicción. (Canon 188.4) Hay ineptitud para las cosas sagradas que tengan relación con el Único y verdadero Dios, y con el Único y verdadero Sacrificio de Jesucristo. “Nihil est”.

O, esa no es la Iglesia Católica, o, ese no es su Sacrificio, o, ni es la Iglesia Católica y no tiene Sacrificio. Otras opciones no hay. El verdadero Sacrificio de Jesucristo es el Sacrifico de la Iglesia Católica. (Dz. 940). “Pues una sola es la Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual nadie absolutamente se salva, y en Ella el mismo Sacerdote Jesucristo es Sacrificio” (Dz. 430).

Conclusión

Se desprende de lo dicho que el valor y la eficacia de la Santa Misa está en dependencia de la dignidad de los méritos y de la santidad de la Iglesia verdadera y única. El valor impetratorio de la Iglesia, a través del Santo Sacrificio, será más favorablemente grato a Dios cuando su santidad, que se compone de la santidad de sus miembros, (al margen de la santidad esencial de la Iglesia como institución divina), sea más perfecta.

De tal manera que es necesario pedir sin cesar que Dios purifique nuestros corazones “ut Ecclesiae tuae preces, que tibi gratae sunt, pia munera deferentes, fiant expiatis mentibus gratiores” (para que las oraciones de tu Iglesia para Ti tan gratas, lo sean aún más por estos piadosos dones que presentamos, estando purificadas nuestras almas. (secreta, feria V, post. IV dom. de Cuaresma).

Por esta razón en la Didajé o Doctrina de los Apóstoles, se lee:

“Reuníos el día domingo (o día del Señor), partid el pan, y dad gracias después de haber hecho confesión de vuestros pecados, a fin que vuestro sacrificio sea puro” (nro. XIV,1). (En los primeros tiempos, los catecúmenos no podían participar del Sacrificio y eran obligados a retirarse antes del Ofertorio).

Por tanto, como dice el Apocalípsis: “el que sea santo, santifíquese más”.

Por Simón del Temple

INHABITACIÓN DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD EN EL JUSTO

Misterio de la Inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del justo 

Ante todo, hay que aclarar que la partícula “in” no significa en este caso negación, sino “estar dentro”. Dicho esto, veamos cómo es posible que la augusta Trinidad, es decir, el mismo Dios, Uno en esencia y Trino en Personas, pueda hallarse en un alma creada.

Motivo

La predicación de San Juan Bautista era: “Convertíos porque está cerca el Reino de Dios”. Y Nuestro Señor Jesucristo hablaba con Nicodemo acerca de la necesidad de “nacer de nuevo”.

Pues bien notamos que la preocupación de las almas fieles que perseveran en la Fe, mayormente está cifrada en tratar de poseer las armas apologéticas para combatir la Apostasía, pero en general e indirectamente descuidando el “convertíos” del Bautista. Trataremos la manera que la Santísima Trinidad se hace presente en el alma del justo y cómo el cambio o conversión es imprescindible para ello. En definitiva, esto es lo “único necesario” ya que la vida del hombre sobre la tierra no es otra cosa que preparación para la eternidad.

Podríamos decir que las armas del soldado, sin la contemplación, sin la unión del alma con Dios a través del Verbo Encarnado, solas, hacen ruido por más elaboradas que sean. El apostolado es consecuencia de la contemplación y efecto es “contemplata aliis tradere”, es decir, llevar y entregar a los otros lo que la propia alma ha contemplado en la oración de unión con Dios. No es exagerado decir que la acción apostólica o incluso el estudio de la Doctrina, sin la contemplación, va secando los caudales del alma.

No obstante, esta ascensión interior hacia donde tiene “morada” la augusta Trinidad, tiene grados y conlleva un ejercicio de desarrollo que se llama “Ascética” en el que es el alma quien lleva la delantera; y otro, en el que el alma es “movida” a través de las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo, que se llama “Mística”. La distinción es de predominancia, pero siempre van entrelazadas hasta llegar al último grado de oración de unión transformante donde el alma es desposada místicamente.

Desarrollo de la doctrina teológica sobre la inhabitación

Es el Verbo Encarnado, que asumió una naturaleza humana completa cuya Persona es Divina  -por lo que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre- quien nos va a revelar este gran misterio de nuestra Fe, al cual tenemos acceso para entenderlo y creerlo por ser una verdad Revelada, porque supera las luces naturales de la razón humana; no la aplasta sino que la supera y eleva sobrenaturalmente para hacerla capaz de penetrar, sin desviarse –por las luces de la Fe-, tanto en este como en todos los Misterios revelados por Dios, quien no puede engañarse ni engañarnos.

Pues bien, Jesucristo dice: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos nuestra morada” (San Juan XIV, 23).

Aquí podemos hacer un breve paréntesis trasladándonos a nuestra época presente representada por la carta a la Iglesia de Filadelfia, en la cual podemos ver que Jesucristo no le reprocha nada, simplemente le avisa lo que sucederá, porque “a pesar de tu debilidad has GUARDADO MI PALABRA…” que es la misma expresión que vimos en San Juan en el versículo anterior. Por tanto, para nuestro provecho haremos una breve reflexión: 

Dice San Juan en su I Carta IV,16: “Dios es Caridad, y el que vive en caridad permanece en Dios y Dios en él”.  El efecto de “vivir en caridad” es “guardar Su Palabra”, porque “si alguno ama al mundo –o las cosas que hay en el mundo- el amor del Padre no está en él…Y el mundo, con su concupiscencia pasa, mas el que hace la voluntad de Dios (“guarda Su Palabra”) permanece para siempre. (I Sn. Juan II,15) Lo cual es el premio a los vencedores de las Bestias del Apocalipsis: el Falso Profeta y el Anticristo. Vencer significa no haber doblado las rodillas reconociéndolos, ni haber recibido su “marca”, a través del ejercicio “de la paciencia mía” “guardando firmemente lo que tienes” (ver Iglesia de Filadelfia III, 7-13).

“Permanecer para siempre” es lo mismo que ser constituido “en columna en el templo de Dios, del cual no saldrá más”. Sabemos que la Fe obra por la Caridad, y que la Fe sin obras es Fe muerta, por tanto, a los cristianos de este período lo que se les pide es demostrar la Fe “guardando Su Palabra”, y que, en consecuencia, la Iglesia de Filadelfia, el pequeño resto fiel, se manifiesta ejercitando la verdadera Caridad hacia Dios y hacia el prójimo. “Filadelfia” significa “amor de hermanos” y manifiesta el trabajo de rescate de los engañados por la Ramera y los esfuerzos o “dolores de parto” hasta dar a luz al Vicario de Cristo, pues la Esposa del Cordero está con Sede vacante, eclipsada por la Ramera Apóstata. Esto nos lleva de la mano para decir que será exclusivamente a través de este ejercicio de la Caridad sobrenatural entre los cristianos del resto fiel, lo que hará posible que el Sucesor de San Pedro sea constituido como Cabeza del Cuerpo Místico por Dios mismo, luego de su elección por la Iglesia. Esto se llevará a cabo por el cumplimiento del mandato de Jesucristo en la Última Cena: “Mi mandamiento es que os améis unos a otros, como Yo os he amado” (Sn. Juan XV,12) (Se recomienda leer todo el discurso que hace Nuestro Señor).

Finalizado el PARÉNTESIS, entraremos de lleno en tema.

Vamos a explicar la proximidad del Reino de Dios en el orden del SER. Y puede darse de dos modos: por naturaleza o por Gracia.

+ Por “NATURALEZA” es lo que en Teología se denomina “presencia de inmensidad”, así, Dios está presente en todas las cosas como Causa Primera y Eficiente, es decir, como Creador que da y conserva el ser: como Uno en esencia.

Esto lo expresa bellamente San Juan de la Cruz en su “Cántico espiritual”, canción 4 y 5:

“¡Oh, bosques y espesuras plantadas por la mano del Amado! Oh, prados de verduras por flores esmaltados, decid si por vosotros ha pasado.

Mil gracias derramando pasó por esos sotos con presura, y, yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de su hermosura.”

La presencia de inmensidad es uno de los atributos más impresionantes de Dios, en virtud de la cual está realmente presente en todas las cosas, de una triple manera: por esencia, por presencia y por potencia. Expliquemos:

*Por ESENCIA: en cuanto que Dios está dando el ser a cuanto existe. De este modo está presente en una piedra, en una flor, en el firmamento, en un animal, en un pagano, en un cristiano en pecado mortal, y en los demonios. Si Dios quitara su acción conservadora –que es como una creación continua- todo volvería a la nada.

Consecuencia: Al cometer un pecado, es decir, una falta voluntaria contra la Ley de Dios, se está utilizando el ser –que en ese mismo momento se está dando- para ofenderlo.

*Por PRESENCIA: Todo está presente a los ojos de Dios, nada escapa a su mirada, escrudiña hasta el fondo de los corazones.

Consecuencia: Al hacer un pecado, sea de día, de noche, en la oscuridad o a pleno sol, siempre se está en la presencia de Dios.

*Por POTENCIA: en cuanto que todas las cosas están sometidas a su poder. Con un acto de voluntad las creó, y con otro, podría aniquilarlas. Consecuencia: estamos pendientes de Dios como de un hilo.

Explicitación de lo dicho:

La acción creadora de Dios produce en todas las cosas una semejanza de su bondad y de sus perfecciones infinitas, aunque siempre dentro del orden natural, por esta razón se sigue en las creaturas una relación real de dependencia a Dios como causa, intrínsecamente presente, de su ser. Pero como Dios es causa de todas las cosas por razón de su esencia, y no por razón de Personas divinas, de ahí que, según esta presencia de inmensidad, esta Dios en todas las creaturas como Uno en esencia y no como Trino en Personas. Es decir, que la relación que tiene Dios con cualquier creatura creada –en el mero orden natural- no es ni con el Padre, ni con el Hijo, ni con el Espíritu Santo, sino solamente con Dios en cuanto causa dadora y conservadora del ser.

No es una relación amorosa ni necesariamente conocida, sino tan sólo una relación real de dependencia.

+ Por “GRACIA”: En la creatura racional, que es el segundo modo de presencia, en el que Dios puede comenzar a estar presente de un modo nuevo y especial. Se llama presencia de INHABITACIÓN: Por la Gracia Santificante Dios comienza a estar en el alma como PADRE, ESPOSO Y AMIGO.

Este cambio no se realiza en Dios, sino en la creatura: es la razón por la que San Juan Bautista, Nuestro Señor, y luego los Apóstoles y la Iglesia predican el “ARREPENTÍOS”.

Explicitación

Dios ya se halla presente en el alma humana como Uno en esencia, pero por un misterio de su infinita Misericordia hace que el alma pueda relacionarse con Él de un nuevo modo DISTINTO, NUEVO y REAL, a través de las operaciones de conocimiento y amor de la Gracia Santificante con cada una de las Personas Divinas.

Elevada el alma humana al orden sobrenatural, se sigue en la creatura una relación real a Dios, tal como es en Sí mismo substancialmente: Uno en esencia y Trino en Personas; y a esta relación responde en Dios otra, en virtud de la cual, las Divinas Personas, están realmente y substancialmente presentes a ella. En Dios no se efectúa ningún movimiento ni cambio: Dios es Acto puro, Perfecto y Eterno. El cambio se realiza en el alma por la Gracia. Y a través de las operaciones de la Gracia, el alma humana se relaciona con el mismo Dios según su substancia:

*por la operación de CONOCIMIENTO el entendimiento se adhiere por la virtud teologal de la FE a la Verdad Primera, es decir, a la Suma Verdad, actuando los Dones del Espíritu Santo especialmente los de Entendimiento y Ciencia.

*por la operación de AMOR la voluntad se adhiere por las virtudes teologales de la ESPERANZA y de la CARIDAD a la Suma Bondad, actuando especialmente los Dones del Espíritu Santo de Sabiduría y Piedad que hacen que el alma guste EXPERIMENTALMENTE de Dios.

Esto mismo es lo que expresa Nuestro Señor lo que dice en XIV,23 (que citamos al principio).

De esta manera, por el nuevo modo de presencia, Dios Trino es en el alma objeto de conocimiento, amor y fruición sobrenatural. Esta presencia de “INHABITACIÓN” es real y substancial y no es ni necesario ni imprescindible que se sienta sensiblemente. Para comunicarse con las Divinas Personas es suficiente la actividad superior del alma elevada al orden sobrenatural por la GRACIA, es decir que son necesarias y suficientes las operaciones de la Gracia a través de la Fe, la Esperanza, y la Caridad. (Ver el capítulo 6 de “La noche activa del espíritu” de la Subida al Monte Carmelo, de San Juan de la Cruz).

Las virtudes infusas, los Dones y las Bienaventuranzas y la respuesta del alma.

De qué manera la Gracia nos hace partícipes del Ser divino?

Haremos un análisis, distinguiendo la participación del alma. La dividiremos en cuatro puntos, pero tan sólo con la finalidad de hacer inteligible esta realidad.

*Participación física.

Nos confiere y pone una realidad divina en el alma, no de orden puramente cognoscitivo o moral, sino FISICO, por la que podemos tender CONNATURALMENTE a Dios en el orden estrictamente SOBRENATURAL.

*participación formal.

El alma participa de la naturaleza divina, no en el sentido en el que participan de ella las creaturas irracionales, que son semejantes a Dios como simples VESTIGIOS suyos, por la mera posesión del ser o de la existencia; ni como las creaturas racionales en el plano puramente natural, que las hace IMAGINES de Dios Creador por tener el entendimiento y la voluntad. La participación formal es en cuanto que nos infunde una verdadera participación en la naturaleza divina, precisamente en cuanto divina, en virtud de la cual ingresamos en la familia de Dios como verdaderos hijos de Dios e imagines vivas.

*Participación análoga.

Porque la Gracia no nos comunica la naturaleza misma de Dios en toda su plenitud unívoca (como el Padre la comunica eternamente al Hijo y ambos al Espíritu Santo) sino en cierta medida y proporción que establece en nosotros una verdadera filiación. ADOPCIÓN no natural, pero intrínseca, que supera infinitamente el esquema puramente exterior y jurídico de las adopciones humanas.

*Participación accidental.

Se debe hacer una distinción: La Gracia Santificante nos da verdaderamente un ser divino, como dice Santo Tomás, puesto que nos deifica y nos da un ser substancial o esencial, y no accidental, ya que nos transforma hasta en lo más hondo, haciéndonos ser realmente –y no sólo parecer- SEMEJANTES a Dios, como hijos suyos de verdad y no de puro nombre. Es verdadera vida divina: Gratia Dei, vita aeterna, y la vida es algo substancial y esencial; y así la infusión de una nueva manera de vida nos eleva en el mismo orden del ser, y no puramente en el de obrar.

Si la Gracia puede llamarse “accidental” con respecto al hombre en cuanto tal –porque puede unírsele y quitársele sin que él deje de ser lo que es-, con respecto al buen cristiano, al “homo divinus” es tan esencial que sin ella queda muerto, pues ella es lo que lo hace hijo de Dios y miembro vivo de Jesucristo. Por tanto, no puede ser un mero accidente, porque los accidentes, aunque nos hagan aparentar muy distintos, nos dejan sin embargo el mismo ser y por eso pueden variar en un mismo sujeto. Entonces debemos decir que, la vida de la gracia pertenece necesariamente al orden substancial, y tiene por propiedades la caridad y demás virtudes y hábitos que siempre la acompañan y con ella desaparecen. Estas propiedades que de ella brotan vienen a constituir las potencias operativas de la misma gracia. Por lo mismo que es algo substancial y eleva en el orden del ser, se recibe en la misma esencia o substancia del alma para transelevarla, no en sus potencias: en estas sólo se reciben las virtudes y energías operativas que las corroboran y transforman, ordenándolas al fin sobrenatural y haciéndolas capaces de obras divinas.

Hasta aquí podemos extraer unas conclusiones:

La Gracia:

*Nos hace verdaderamente hijos adoptivos de Dios al darnos una participación física y formal, aunque análoga y accidental de Su propia naturaleza divina. La transmisión de la propia naturaleza es indispensable para ser Padre. Lo dice expresamente la Escritura: “Mirad qué amor nos ha mostrado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios. Y lo somos…” (I Sn. Juan III,1). “…recibisteis el espíritu de filiación, en virtud del cual clamamos: ¡Abba! Padre…somos hijos de Dios, y si hijos también herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo…” (Romanos VIII, 15-17).

* No es tan sólo la remisión de los pecados, sino también la santificación y renovación interior del hombre…por lo que el hombre, de injusto se hace justo, y de enemigo, amigo. (Cfr. Denz. 799).

*El obrar sigue al ser, y sin ser sobrenatural no hay mérito para la vida eterna.

*Fuera de la unión hipostática o personal (la Encarnación del Verbo), no cabe imaginar una unión más íntima y entrañable con Dios que la de la Gracia y la Gloria.

Por tanto, cuando el alma está más sujeta a lo sensible, está menos dispuesta a la unión y debe por tanto purificarse. La Gracia nos da la facultad de poseer y gozar a las divinas Personas porque nos eleva a un orden superior, el sobrenatural, y para ello nos capacita con todo un organismo sobrenatural: las virtudes infusas, los dones del Espíritu Santo y las Bienaventuranzas.

Veamos.

*¿Qué son las Virtudes infusas? Son hábitos operativos infundidos por Dios en el alma, en las potencias (entendimiento y voluntad) para disponerlas a actuar según la razón iluminada por la FE.

Las Teologales: Fe, Esperanza y Caridad.

Las Cardinales: Templanza, Prudencia, Fortaleza, Justicia, y todas sus derivadas.

*¿Qué son los Dones del Espíritu Santo? Son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las mociones del propio Espíritu Santo al modo divino o sobrehumano.

Son siete: Sabiduría, Entendimiento, Ciencia, Consejo, Piedad, Fortaleza y Temor de Dios.

*¿Qué son las Bienaventuranzas? No son hábitos sino actos que proceden de las Virtudes y los Dones, pero como son actos muy perfectos, se atribuyen a los dones más que a las virtudes.

Son ocho: Pobreza, Llanto, Pureza de corazón, Hambre y Sed de justicia, Mansedumbre, Misericordia, Paz, Paciencia en los sufrimientos.

En el ejercicio de las Bienaventuranzas se encuentra el CORONAMIENTO –aquí abajo- de la vida cristiana.

Dijimos que el cambio no se realiza en Dios, que es inmutable, sino en la creatura, y lo que prepara y dispone para ello es el “arrepentíos”, el cual es parte integral de la virtud de la penitencia, y como tal la podemos considerar de dos modos:

*internamente, y consiste en el dolor y arrepentimiento de los pecados.

*externamente, y consiste en la manifestación de ese dolor cambiando de vida y castigando los pecados. Y esto de tres modos:

-en el comer y beber

-en el dormir

-en el dolor sensible de la carne

La penitencia en estas cosas se hace quitando de lo conveniente. Cuando solo se quita lo superfluo no es penitencia sino mortificación. En lo posible se recomienda la discreción y consejo de un sacerdote. 

Por tanto, la virtud de la penitencia impulsa al renunciamiento, ¿a qué?

Al “hombre viejo” que habla San Pablo con sus vicios y concupiscencias, que sintetizadas son tres principales y son como resumen de todas las otras:

-orgullo

-riquezas y honores mundanos

-deleites de la carne

El día de nuestro Bautismo hicimos renuncia de ellas, y debemos tenerlas presente para renovarlas, ¿de qué modo?

Hay tres virtudes morales que compendian todo el espíritu del Evangelio:

-contra el orgullo y el Demonio, la obediencia

-contra el mundo, la riqueza y los honores, la pobreza

-contra los deleites de la carne, la castidad

Estas virtudes no son para una élite, sino para ser ejercitadas, en cierta medida de acuerdo al estado de cada uno, por todos los bautizados. Resumen el espíritu del Evangelio porque están estrechamente unidas a las Virtudes Teologales, que purifican, iluminan y perfeccionan al alma.

-Por la Fe, que purifica, creemos en Dios y a todo lo que Él ha revelado y por eso obedecemos sus mandatos.

-Por la Esperanza, que ilumina, esperamos y deseamos los bienes del Cielo, y por eso voluntariamente nos hacemos pobres de las cosas de esta tierra, algunos en afecto, otros en efecto.

-Por la Caridad, que perfecciona, nos abrazamos en el amor a Jesucristo, y por eso renunciamos a los placeres ilícitos, por la castidad.

Siempre hay que tener presente que este tesoro de la Gracia hay que acrecentarlo con el ejercicio, y sabiendo que es muy frágil y con una falta voluntaria, en materia grave, se pierde junto con todo el organismo sobrenatural que la acompaña. Dios no manda cosas imposibles, y cuando manda algo, da la gracia para que se pueda hacer.

 Por Simón del Temple

LLAMADO URGENTE A LA UNIDAD DE LA IGLESIA

Comentario de actualidad: Han pasado más de treinta años desde aquella voz profética de un obispo verdaderamente católico; su voz no se ha extinguido, pero los oídos de muchos se han obturado, y el corazón de los mismos se ha endurecido como pedernal. De ahí tantas sectas; cada día más; cada sacerdote es el papa de sus capillas, formando una nueva iglesia sectaria, que ya no es la Iglesia Católica, sino la del «padre» fulano o mengano, donde no hay salvación por más apariencia de piedad que se finja, ya que fuera de la Iglesia no hay salvación, y esos cismáticos jefes de capillas que no quieren sujetarse a ninguna autoridad son la perdición de las almas.

Por Mons. José Ramón López Gastón

Mons. López Gastón

     Con la natural angustia de un católico sincero, que sufre en estos momentos terribles de la “gran apostasía”, cuando “en el lugar santo” reina “la abominación de la desolación”, todos nosotros, obispos, sacerdotes, religiosos y seglares, que, por un designio inescrutable de Dios, conservamos la fe, y que, por medio del Santo Sacrificio de la Misa y de los Sacramentos, cuidamos de mantener en nuestras almas la gracia de Dios, tenemos ante Dios y ante la Santa Iglesia, una gravísima obligación que, inclusive, compromete la salvación de nuestras almas.

     Si a pesar de nuestra indignidad, el Señor nos escogió, no es para que enterremos el tesoro que recibimos, sino para hacerlo producir ciento por uno.

     Ya el Dr. Homero Johas, en su magistral artículo sobre La herejía de la acefalia perene”, expuso a todos, los ángulos de la situación en la cual nosotros nos encontramos y ofreció la solución del problema para que se cumplan las promesas de Cristo sobre la perennidad de la Iglesia y del Supremo Pontificado, indicándonos, con argumentos fundados en insignes teólogos que: “si deben existir Sucesores de Pedro”, hasta el fin de los tiempos, también, por la Lógica natural, hasta la segunda venida de Cristo, deben existir “electores”.

     Solamente nos resta conseguir, dentro de la mayor brevedad posible, la unidad fundada en la Fe y en la Caridad.

     Sin estos dos pilares sólidos, todo cuanto queramos nosotros construir, será como la casa construida sobre la arena, la cual, al primer soplar del viento, caerá.

     Durante treinta años, escritores sabios y piadosos, nos expusieron los males que la Santa Iglesia sufre; como doctores que examinan a un moribundo y hacen, de su enfermedad, un diagnóstico detallado.

     Sin embargo muchos no se atreven a usar los remedios para alcanzar su cura.

     En vez de hacerlo, se ocupan solamente de su pequeño huerto; negándose a cooperar con los otros clérigos, o seglares; buscándoles todos los defectos, calumniándolos y hasta, a veces, llevándolos ante tribunales para reclamarles cosas materiales.

     ¿Que nos interesa?

     ¿Nuestro orgullo? ¿Nuestra ambición?

     ¿La perpetuidad de una Iglesia “católico episcopal”, que, a pesar de la Santa Misa y de los Sacramentos, no será nunca la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana?

     Lo más que conseguimos fue la unión de dos o tres obispos; dado queinventaron toda especie de extrañas teorías para evitar la actuación lógica que nos pide nuestra fe.

     Llegó el momento de no disfrazarnos de nuestros propios intereses; de olvidar prejuicios y fariseísmos, de que nos perdonemos mutuamente; y de obrar sin precipitarse y sin demoras.

     Me dirijo a todos los católicos de buena voluntad; clérigos y seglares, y suplico de rodillas a todos el esfuerzo para unirnos, para salvar la Iglesia y restaurar la Jerarquía eclesiástica, incluyéndose al Pontificado Supremo.

     Si lo hacemos, que Dios no lo premie.

     Si no lo hacemos, que Dios nos juzgue!

(Publicado en la revista “Roma”, de Buenos Aires, n° 127, año de 1993).

COMENTARIOS

     Después de 20 años de este llamado a la unidad de la Iglesia, los que entonces luchaban contra ella, como cierto seglar de Portugal, son los mismos que hasta hoy, perseveran actuando y predicando contra el “deber gravísimo y santísimo” de restablecer la Cabeza visible suprema de la Iglesia. No quieren un sólo rebaño y un sólo Pastor. No quieren la Iglesia fundada “sobre Pedro”, como Cristo la instituyó. Veinte años pasaron y expulsaron de su medio a aquellos que defienden la obediencia debida al deber mandado por la Sede de Pedro. Son cismáticos en la división; son herejes con doctrinas opuestas al dogma de Fe. Sin Pedro el dogma de fe seria falso.

Dr. Homero Johas

COETUS FIDELIUM N° 10

Marzo del 2014

Traducción:

R.P. Manuel Martínez Hernández FSVF