DE CÓMO HACER EL ACTO DE CONTRICIÓN

LA CONTRICIÓN PERFECTA

Sobre el ejercicio del amor de Dios y la perfecta contrición podemos decir con mucha mayor verdad que son “los grandes medios de salvación”.

Cada cristiano debe estar bien instruido sobre la importancia capital del acto de contrición perfecta y de caridad en razón de los inestimables beneficios que tal conocimiento puede brindarnos a la hora de la muerte y permitirnos brindarlo igualmente en el lecho de muerte a algún moribundo a quien la Providencia pudiera guiarnos. Ninguno, aun gozando de buena salud, debe olvidar esta verdad. Pero es sobre todo deseable que cada uno la custodie profundamente grabada en su corazón para las horas de enfermedad y los peligros de muerte.

El conocimiento de la contrición perfecta es más importante hoy que nunca, ya que el Sacramento de la Penitencia ha sido casi completamente borrado por los enemigos de la Iglesia, y los verdaderos confesores son cada vez menos numerosos y más difíciles de encontrar.

Donde está la contrición perfecta, allí está la caridad, y donde está la caridad, allí está la gracia santificante. Esta gracia, como enseña el Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino, no está limitada a los sacramentos, signos y causas sensibles de la gracia. Y quienquiera que muera en estado de gracia se salva, como sin duda también se pierden quienes mueren sin ella. Este artículo está destinado a aquellos que, por ignorancia de la contrición perfecta, enfrentan la desesperación del perdón a la hora de la muerte.

Es nuestro ruego que todo el que lea este artículo consiga copias del mismo para distribuirlo a toda su familia y amigos “La caridad cubre muchedumbre de pecados” (1 Pet 4, 8).

En qué consiste el acto de contrición perfecta

Lo primero que tengo que deciros del Acto de Contrición Perfecta es que lo fundamental que tenemos que hacer es arrepentirnos de nuestros pecados, porque son ofensa de Dios. No me arrepiento de mis pecados por ningún motivo humano. Sino porque cuando yo he pecado, yo he ofendido a Dios, y a mí me pesa haber ofendido a Dios. Este debe ser el motivo fundamental de mi arrepentimiento. Esto es lo básico para el Acto de Contrición. No bastan otros motivos humanos.

Ejemplos de arrepentimientos sólo por motivos humanos:

-Primero: Alguien va a una casa de prostitución, y después se arrepiente de haber ido. Pero el motivo de arrepentimiento es múltiple. Puede que se haya arrepentido de haberse ido con una prostituta porque le ha contagiado una enfermedad venérea. Cuando él se ve con esa enfermedad se arrepiente del disparate y de la locura que hizo. Esa prostituta le ha pegado una enfermedad que puede ser trágica para su mujer y para sus hijos.

Ya sabéis que los hijos de los sifilíticos nacen a veces con taras tremendas. Son la desgracia de los padres viciosos que contrajeron esas enfermedades en su vida licenciosa. Y, a lo peor, este hombre, que por ir a una casa de prostitución, ha cogido una enfermedad venérea, después se tira de los pelos, arrepentido de haberse ido por ahí.

Pero no se arrepiente de haber ofendido a Dios. Se arrepiente porque ha cogido una enfermedad venérea. Eso no es contrición. Aunque esté muy arrepentido y esté decidido a no volver. Eso no es contrición. Él se arrepiente por un motivo humano.

-Segundo ejemplo de otro motivo humano: Al salir de la casa de prostitución se encuentra con una persona conocida que sabe de dónde sale. Entonces se arrepiente de haberse metido ahí, porque sabe que eso se va a divulgar y va a perder la fama. Él, que tenía fama de hombre honrado, ahora se va a saber lo que ha hecho. Se arrepiente por la fama que va a perder. Pero no es por motivo sobrenatural. Eso no es contrición. Es motivo humano.

-Tercer ejemplo: Puede ser que se arrepienta por el dinero que le han quitado. Porque le ha costado tanto, y después comprende que ha sido un disparate haber pagado eso. Y que ese dinero, hubiera estado mejor empleado en otras cosas que en costearse un vicio y un pecado. Y se arrepiente por el dinero que ha perdido. Se arrepiente por motivo humano. Eso no es contrición.

El Acto de Contrición no te sirve, si lo dices sólo con los labios. Si lo dices sólo por rutina. Si lo dices sin fijarte en nada. Pero, si te fijas en lo que dices, y quieres aquello que significan tus palabras, tu Acto de Contrición es bueno. Porque el Acto de Contrición (Perfecto) no es cuestión de sensibilidad. Es cuestión de voluntad. Si tú quieres aquello que dices, tu Acto de Contrición es bueno.

Ahora, si no quieres aquello que dices, si tú hablas como un papagayo, si tú hablas como un gramófono, como una cinta magnetofónica -la cinta no sabe lo que dice, ni lo quiere, porque es una cinta- , entonces, no. Si tú hablas sin saber lo que dices y sin querer lo que dices, no sirve. Pero si quieres aquello que dices, aunque no lo sientas; si quieres sentir, si quieres decirlo de verdad, si quieres decirlo de corazón, aunque creas que no se conmueve tu corazón, si lo dices con sinceridad, hay Acto de Contrición. Porque el Acto de Contrición (Perfecto), repito, no es cuestión de sensibilidad. Es cuestión de voluntad. Y hace bien el Acto de Contrición todo aquel que quiere que sea verdad aquello que sus palabras expresan.

Por tanto cuando tú dices:

-Señor, yo te amo sobre todas las cosas. Y tú quieres que eso sea verdad, tú ya estás amando a Dios sobre todas las cosas.

-¡Ah, es que yo noto que mi corazón no vibra como cuando quiero a mi madre! -Ya lo sabemos

-¡Ah, es que, cuando yo quiero a mis hijos, yo siento que mi corazón vibra de amor hacia mis hijos, y yo no siento mi corazón vibrar de amor hacia Dios! -Ya lo sabemos.

Pero el que vibre tu corazón por un amor humano es lógico. El que vibre tu corazón por amor a Dios es más difícil. No digo que sea imposible. Algunos santos lo han tenido. Pero eso no lo pueden tener todos los hombres. Basta que tú quieras que sea verdad aquello que tus palabras expresan: « Señor, yo te amo sobre todas las cosas. Señor, yo quisiera que no haya nada en el mundo que lo prefiera a Ti. Tú para mí, el primero. Así lo quiero, Señor.»  Además, si lo practicas continuamente, muy probablemente Cristo Jesús, te dará el don de que al hacerlo pueda llegar a vibrar también tu corazón.

Aunque tu corazón no vibre como vibra con un amor humano. No importa. Estás amando a Dios sobre todas las cosas, porque tú deseas que tus palabras expresen en verdad lo que quieres. Como digo, no es necesario sentirlo. Basta quererlo. Querer aquello que se dice. Pero las palabras deben expresar este amor a Dios sobre todas las cosas, y este arrepentimiento de haber pecado, porque el pecado es ofensa de Dios.

Cómo se formula

Supuesto esto, la fórmula que expresa este Acto de Contrición, la fórmula corriente con la que solemos expresar nuestro Acto de Contrición es el «Señor mío Jesucristo». Ya sabéis que el «Señor mío Jesucristo», dicho de corazón, es un Acto de Contrición.

Os vamos a dar una fórmula muy condensada de Acto de Contrición. Creemos que expresa de una manera completa estas ideas fundamentales del Acto de Contrición. Puede ser así: «Dios mío, yo te amo con todo mi corazón y sobre todas las cosas. Señor, yo me arrepiento de todos mis pecados porque te ofenden a Ti, que eres tan bueno. Perdóname y ayúdame para que nunca más vuelva a ofenderte».

Si os parece muy largo, podíais decir. «Señor, perdóname que yo te amo sobre todas las cosas». O, si queréis, otro todavía más breve, en tres palabras: «Dios mío perdóname».

«Dios mío perdóname» es un Acto de Contrición perfecto. Porque en ese «mío», en ese posesivo que dice «Dios mío» están indicando amor. El posesivo «mío» es amoroso. Cuando dices «Dios mío» es porque le amas. Por eso es tan bonita esa expresión, tan española por otra parte, de «Dios mío», que la tenemos siempre en la boca: «Dios mío, esto»; «Dios mío, lo otro…» Es muy bonito, porque es una expresión de amor a Dios. Cuando dices «Dios mío, perdóname», estás pidiendo perdón a Dios porque le amas, si lo que dices quieres que sea verdad. Es acto de contrición. Si tienes tiempo, es mejor que lo expreses con más calma:

«Señor, yo te amo sobre todas las cosas, y me pesa de haberte ofendido, porque eres la bondad infinita y Tú no te mereces eso de mí.»

El acto de contrición supone propósito de enmienda y de confesarse a la brevedad.

Bien está que lo expreses con todas las palabras. Pero en un momento de apuro, en un momento de peligro, en que tienes que decirlo rápido, di por lo menos «Dios mío, perdóname», que dicho de corazón es perfecto Acto de Contrición. Más breve, imposible. Y si tú quieres que sea verdad lo que dices, estás perdonado de todos los pecados que puedas tener encima, y te salvas. Si después sales del peligro de muerte, tienes que confesarte de los pecados mortales. Pues el Acto de Contrición supone deseo de confesarse cuando sea posible (y de luchar por no volver a pecar, es decir: tener propósito de enmienda). Pero, de momento, estás perdonado. En caso de que pierdas la vida, ¡te salvas!.

Pues quiera Dios que sepáis hacer el Acto de Contrición. Que lo hagáis con frecuencia. Como os decíamos, ojalá lo hagáis todas las noches antes de acostaros, después de las tres Avemarías. Nadie debe acostarse jamás sin rezar las tres Avemarías, que son prenda de salvación eterna. Y vuestro Acto de contrición dicho de verdad, dicho de corazón (y con propósito de no volver a pecar), para poneros en gracia de Dios.

De esta manera, no sólo os ponéis en gracia todas las noches, sino que si algún día necesitáis este salvavidas del Acto de Contrición en un momento de peligro tendréis la seguridad de hacerlo todo bien.

La contrición perfecta borra todo pecado pero no permite comulgar sin previa confesión sacramental.

Creo que, con este Acto de Contrición en pocas palabras, os ayudará a que podáis enfrentaros tranquilos con la muerte, si, en ese momento trascendental, no tenéis al lado a un sacerdote que os perdone.

Pero, para que, cuando llegue la ocasión, sepáis hacer el Acto de Contrición, es necesario que lo practiquéis, tratando de hacerlo cada día. Porque, si no estáis entrenados, es difícil. Cuando llegue el momento no lo haréis, y si estáis en pecado mortal perderéis el cielo. Estad, pues, preparados en todo momento. ¿Si viajáis en un barco, no hay un ensayo para estar preparados en caso de hundimiento?  Cuanto más en el más importante de los negocios, que es el de la salvación eterna.

Lo que podéis ganar es el cielo ¿Y qué es el cielo? Oyó una vez San Francisco, breves instantes, el sonido de esa armonía angélica, y creyó que iba a morir de dulcísimo gozo… ¡Que será, pues, el oír los coros de ángeles y Santos, que, unidos, cantan las glorias divinas (Sal. 83, 5), y la voz purísima de la Virgen inmaculada que alaba a su Dios!… Como el canto del ruiseñor en el bosque excede y supera al de las demás avecillas, así la voz de María en el Cielo… En suma: habrá en la gloria cuantas delicias se puedan desear. Pero estos deleites considerados son los bienes menores del Cielo. El bien esencial de la gloria es el Bien Sumo: Dios. El premio que el Señor nos ofrece no consiste sólo en la hermosura y armonía y deleites de aquella venturosa ciudad; el premio principal es Dios mismo, es el amarle y contemplarle cara a cara (Gn. 15, 1). Dice San Agustín que si Dios dejase de ver su rostro a los condenados, el infierno se trocaría de súbito en delicioso paraíso.

Cada día, pues, haced el acto de contrición perfecta, que vuestro corazón esté bien entrenado, para no ser sorprendidos en el postrer momento.

De varios autores.

EL ESTADO RELIGIOSO

Hemos escrito una seguidilla de resumidos artículos acerca de la manifestación en la Iglesia de las perfecciones inmanentes y transeúntes de la Augusta Trinidad, siendo Ella –la Iglesia- la que hace visible en su Constitución divina, como en espejo, lo que el Verbo Encarnado ha puesto como impronta y sello, pues la Iglesia –Esposa del Cordero- es en la tierra , “el comienzo y la razón de todas las cosas” al decir de San Epifanio, “y por causa de Ella fue ordenado el mundo”, porque es como un espejo donde se reflejan las perfecciones divinas.

Así hemos visto como todo lo que hace es lo que ha visto hacer al Verbo Encarnado y es Él quien ha encauzado su acción a través de los siglos para gloria del Padre.

Hoy nos referiremos a un elemento propio de la Iglesia que tiene sus raíces en su misma esencia y que por tanto no puede dejar de estar:

El Estado Religioso es esencial en la Iglesia Católica.

Sin necesidad de hacer un análisis histórico acerca de esta realidad, diremos que siempre ha existido y no podrá dejar de existir porque es esencial en la vida de la Iglesia, pues manifiesta –en cuanto estado perfecto- aquí en la tierra lo que será la vida de los Bienaventurados en el Cielo después del Juicio y entrega del Reino de Jesucristo al Padre. De este modo la “vida apostólica” de los primeros discípulos por la que dejaron todo y siguieron a Jesús que los llamaba, constituye el primer modelo de vida religiosa perfecta tal como lo entendemos ahora.

Vemos cómo desde el inicio nomás, después de la predicación y muerte de los Apóstoles, el Espíritu Santo fue moviendo los corazones de muchos cristianos, a quienes el mundo no los atraía, a “correr al olor de los ungüentos” del Amado, y poblaron los desiertos al punto de hacerle decir a San Jerónimo que durante todo el día y la noche no cesaban los rezos y los cánticos que brotaban desde las cuevas y las rocas habitadas por anacoretas y monjes.

El mismo Espíritu Santo a lo largo de los siglos fue inspirando la diversidad de las Órdenes Religiosas como manantial donde pudieran abrevar su sed espiritual las almas que querían seguir de cerca al Cordero, haciendo profesión de vida perfecta, dejándolo todo para poseer a Cristo, impulsados por el amor sobrenatural de la Caridad, y cada Orden fue marcada por un signo que manifestaba las “inconmensurables riquezas de Cristo”, sin agotar esta Fuente infinita de perfección que es el Corazón del Verbo Encarnado y constituyéndose como en diademas de la Corona del Verbo de Dios. “Son los que siguen al Cordero donde quiera que va” como dice San Juan, y a algunos los invita al desierto como monjes viviendo en comunidad o solitarios, a otros, el mismo Espíritu, los lleva a tierras de misión a predicar el Evangelio, pero a todos teniendo el común denominador de vida perfecta, viviendo como los futuros Bienaventurados, en perfecta castidad, pues “en la resurrección no se toma mujer ni marido, sino que se es como los ángeles en el cielo”(Sn. Mt. XXIII, 30). En pobreza, porque los bienaventurados no tienen ya propiedad alguna de los bienes de este mundo destinado a perecer por el fuego. Todo lo tienen en común, y su tesoro, que es la riqueza de Dios, les pertenece a todos sin ningún tipo de partición. Y en obediencia a los designios divinos, pues en el cielo no tienen otra voluntad que la Voluntad de Dios conocida plenamente por la visión y abrazada con la total adhesión de la caridad consumada.

La inestabilidad de los tiempos y del mundo cambiante no fueron ni son obstáculos para que el Espíritu Santo siga suscitando corazones ardientes, para entregarse en brazos de la Caridad, al Corazón de Cristo, para seguirlo haciendo profesión de vida perfecta.

Esta vida no añade nada al Bautismo, pues el Bautismo entraña en sí mismo la muerte al hombre viejo para renacer como hijos de Dios adoptivos, sino que es el cumplimiento acabado de esta nueva humanidad renacida en las fuentes salvadoras del Bautismo, es hacer de la vida en Cristo, una profesión de perfección. No todos están llamados a vivir efectivamente esta vida, pero todos los cristianos sí son llamados a vivir en espíritu, la castidad, la obediencia y la pobreza a las que efectivamente solo algunos son llamados, los que tienen esta vocación especial de ser profesionales de la perfección en la Iglesia, como modelos del renunciamiento que el cristiano debe tener de sí mismo y del mundo, para vivir en Dios, desasidos de lo transitorio y perecedero.

La vocación del cristiano es un llamado a la muerte, de todo aquello que va a perecer, y los llamados a esta vida perfecta se anticipan a la muerte, dejando antes lo que irremediablemente tendrán que dejar después.

La santidad es en cierto modo idéntica con el estado religioso porque la esencia de este es la de ser profesores de la santidad, y la Iglesia, que es toda santidad –porque Dios es Santo- toda entera está llamada a este estado que se consumará cuando “la ciudad santa, la Jerusalén nueva, descienda de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su Esposo” (Apoc. XXI. 2).

Por Simón del Temple

LOS QUE TRABAJAN PARA EL ANTICRISTO

¿Quién está edificando a la Iglesia remanente?, porque es evidente que no es Cristo. Cuando El entrega el gobierno de Su Iglesia a Pedro, le dice con claridad «…y sobre esta piedra yo edificaré mi Iglesia». Fuera, ¿quién construye?, es evidente que Satanás, que se viste de ángel de luz. Quieren construirla grupos que quieren poder para el manipuleo de gentes, o quienes quieren un poder autónomo particularista, o quienes hacen alarde de construirla con el fin de inhibir las fuerzas debilitadas del resto fiel, o ya sean quienes estos sean, todos estos tienen un común denominador: Satanás.
     La Doctrina católica nos enseña que así como en el cuerpo humano hay una cabeza que rige a todos los demás miembros -pues un cuerpo sin cabeza es un cuerpo muerto-, que influye en cada uno de ellos por las emanaciones que les envía; un corazón de donde la sangre parte y a donde vuelve para purificarse y tomar calor y para partir otra vez; y un espíritu que lo anima y vivifica y que le comunica el movimiento, la hermosura y el vigor, así mismo, en el cuerpo de la Iglesia hay una cabeza que es nuestro Señor Jesucristo. El cual rige a todos Sus miembros que influye en cada uno de ellos por medio de Su gracia; un corazón que es la santa Eucaristía, de donde el amor parte y a donde vuelve para purificarse, para tomar calor y para partir de nuevo, y finalmente, un alma, que es el Espíritu Santo -que no puede estar en un cuerpo muerto sin cabeza, sin Papa-, El cual diseminándose por todas partes en tan admirable cuerpo, le comunica Su hermosura, fuerza y la vida de la gracia divina en la Tierra y en la vida eterna. Por lo tanto se dice: Cristo es cabeza de la Iglesia. El es quien dirige a la Iglesia.
     FALSISIMO. Este es un gravísimo error. La Iglesia es también un cuerpo social, visible, que vive y se desarrolla en este mundo al que Cristo no gobierna por una constante inspiración divina. Esto es lo que dicen los tontos protestantes. Sólo imáginar a un Dios dando a cada hombre en lo particular inspiraciones para obrar o para creer o interpretar, es algo estúpido. Para el gobierno de Su Iglesia en este mundo, dejó a Pedro como la cabeza visible y a sus sucesores, y a los Apóstoles y a sus sucesores para colaborar con él en ese gobierno. A Pedro le concede, no la impecabilidad, pero sí la infalibilidad. Cristo es la Piedra angular, en lugar de la cual nadie puede ponerse. Pero Cristo mismo le da a Pedro Su propio nombre haciéndolo con El una sola piedra, y obligadamente, esto significaba la infalibilidad. Una cosa trae la otra. Una cosa, obliga a la otra. Y Dios lo hace, para que los hombres sean gobernados, y para que oigan la Voz de Dios en la de Pedro o sus sucesores. Si esto no fuera así, la Iglesia sería un pandemónium sujeto a las opiniones, caprichos y pasiones de todos los hombres. Los de la ignorancia ilustrada que salen por todas partes como los termes, tendrían su paraíso.
     Santo Tomás de Aquino, en su Comentario al Evangelio de San Mateo, v. 18 del Cap. 16, dice: «…esta piedra es Cristo, y por esta unión, todos son llamados cristianos POR LO CUAL NO NOS DECIMOS CRISTIANOS SOLO POR CRISTO, SINO POR LA PIEDRA».
     También el Papa Pío XII en su Encíclica MYSTICI CORPORIS, Núm. 35, enseña:»Cristo y Su vicario, constituyen una sola cabeza».
     En CONTROVERSIARUM DE SUMMO PONTIFICE, San Roberto Belarmino escribe:»Sólo con Pedro comunica Cristo SU NOMBRE, el nombre que lo significa a El mismo, para indicar que a Pedro, LO HACE FUNDAMENTO Y CABEZA DE LA IGLESIA, CON EL».
     Corrobora esta doctrina el Papa San León en su Ep. 89 ad Vienn. prov.: «Esto dijo Cristo, expresando una asociación de INDIVISIBLE UNIDAD, lo que El mismo quiso significar diciendo: Tu eres piedra…». Y en el sermón que pronunció para conmemorar el tercer aniversario de su elevación al Sumo Pontificado, dijo: «Así como mi Padre te reveló mi divinidad, así también yo te hago notar tu excelencia, porque tu eres Pedro -no hay que olvidar que este Apóstol se llamaba Simón y Cristo le cambia su nombre a Pedro-; esto es, de la misma manera que yo soy piedra, invulnerable, yo la piedra angular, QUE DE UNA Y OTRA HAGO UNA SOLA, yo el fundamento, en lugar del cual ninguno puede ponerse, con todo, TU TAMBIEN ERES PIEDRA y para que afirmado con mi virtud, las cosas que son propias de mi poder, sean también tuyas en participación conmigo».
     Y el Papa Bonifacio VIII en UNAM SANCTAM enseña: «La «Iglesia, pues, que es una y única, tiene un solo cuerpo, UNA SOLA CABEZA Y NO DOS COMO UN MONSTRUO, ES DECIR, CRISTO Y EL VICARIO DE CRISTO, PEDRO Y SU SUCESOR, pues que dice el Señor: apacienta a mis ovejas».
     No es posible decir que la Iglesia tiene dos cabezas: Cristo y el papa, o Pedro y su sucesor. El papa, quien quiera que sea, en el tiempo que sea constituye una sola cabeza con Pedro, el cual igualmente constituye una sola cabeza con Cristo, porque la cabeza de la Iglesia es UNA SOLA.
     La Iglesia está gobernada por Cristo y por el sucesor de Pedro que forman una sola cabeza. Constituyen así la misma piedra. Si como dice Santo Tomás de Aquino nos llamamos cristianos no solamente por Cristo, sino también por la piedra, y esta adhesión a la piedra significa también adhesión y amor a los Apóstoles y a sus sucesores unidos a Pedro porque así participan de la misma infalibilidad, ¿dónde encontrarán el apoyo a su doctrina los que quieren gobernar a la Iglesia sin el papa, ateniéndose sólo a las leyes escritas, a los libros, a las propias inspiraciones, a su voluntad, a su capricho o a su propia soberbia, esperando para elegir al papa supuestas circunstancias más favorables o inspiraciones y ayudas del Cielo, cuando la lógica más tonta dicta obrar con más premura y urgencia en las grandes crisis?. Oponerse a ser gobernado por el papa, es negarse a escuchar a Jesucristo, porque la Iglesia necesita de un MAGISTERIO VIVO inspirado por el Espíritu Santo. Es recurrir a motivos fútiles o vanos para dar lugar sin duda alguna a la propia dirección, al propio capricho o a la propia soberbia. Oponerse a la reconstrucción de la Iglesia queUNICAMENTE podrá darse sobre la roca de Pedro, es oponerse a Dios.
     Por otra parte, el Concilio de Constanza que condenó los errores de Juan Hus, en la sesión XV del 6 de julio de 1415, condenó también la siguiente afirmación: «No tiene una chispa de evidencia la necesidad de que haya una sola cabeza que rija a la Iglesia en lo espiritual, que halla de hallarse y conservarse siempre en la Iglesia militante». También condenó la siguiente afirmación: «Los apóstoles y los fieles sacerdotes del Señor, gobernaron valerosamente a la Iglesia en las cosas necesarias para la salvación antes de que fuera introducido el oficio de papa; y así lo harían si por caso sumamente posible, faltara el papa hasta el día del juicio». Quienes se niegan actualmente a la elección en este momento en el que la Sede de Pedro ha sido usurpada, ¿no son unos herejes que pueden condenar hipócritamente de palabra estás doctrinas, pero que de hecho las están siguiendo al pie de la letra?.
     Nos vienen a la memoria las palabras de San Pío X que tienen un valor perpetuo para todos los miembros de la Iglesia: «Nos, queremos que vuestra mayor preocupación consista-es cosa de capital importancia- en que en todos los proyectos que tracéis para la defensa de la Iglesia, OS ESFORCEIS POR REALIZAR LA UNION MAS PERFECTA DE CORAZONES Y VOLUNTADES… Bien comprenderéis que TENEIS EL DEBER de consagraros a la defensa de vuestra Fe con todas las energías de vuestra alma Y CON TODOS VUESTROS RECURSOS; pero tened presente esta advertencia: TODOS LOS ESFUERZOS Y TODOS LOS TRABAJOS RESULTARAN INUTILES, SI PRETENDEIS RECHAZAR LOS ASALTOS DEL ENEMIGO, MANTENIENDO DESUNIDAS VUESTRAS FILAS. Rechazad, por lo tanto, todos los gérmenes de desunión, si existen entre vosotros, y procurad que la unidad de pensamiento y la unidad de la acción -qué significa la unidad en el mando-, sean tan grandes como se requiere en hombres que pelean por una misma causa, máxime cuando esta causa es de aquellas cuyo triunfo EXIGE DE TODOS el generoso sacrificio, si es necesario, DE CUALQUIER PARECER PERSONAL. Es necesario totalmente, que déis grandes ejemplos de abnegada virtud, si queréis, en la medida de vuestras posibilidades, como es VUESTRA OBLIGACION, librar a la Religión de vuestros mayoresde los peligros en los que actualmente se encuentra».
     Igualmente, el Papa Benedicto XV en su Encíclica AD BEATISSIMI, escribió: «Ante todo, como quiera que en toda sociedad de hombres, sea cualquiera el motivo por el cual se han asociado, lo primero que se requiere para el éxito de la acción común, ES LA UNION Y CONCORDIA DE LOS ANIMOS, Nos preocuparemos resueltamente que cesen las disensiones y discordias que hay entre los católicos y que no nazcan otras en lo sucesivo, de tal manera que entre los católicos no haya más que UN SOLO SENTIR Y UN SOLO OBRAR».
     ¿Seremos culpables de impedir la unidad que requieren los papas en este momento de gran urgencia?. Pero esa unidad a la cual estamos gravemente obligados, puede requerir muchos requisitos como veremos después.
     ¿No podríamos ver la actual situación reflejada en aquellas palabras de Gregorio XIV en su Bula del 21 de marzo de 1591?: «…muchos por avidez o por miedo a perder dinero, tratan ilegalmente de impedir o atrazar elecciones y promociones, directa o indirectamente, por sí mismos o por otros medios».
     Creemos que hoy, muchos han sido ofuzcados o engañados por un falso espejismo; frases brillantes de prudencias humanas difundidas por nuestros enemigos, por la falacia de la ciencia mundana tratando de las cosas del espíritu; no previeron las amargas consecuencias de lo que hoy tenemos frente a los ojos y esta lamentable actitud les ha cambiado la doctrina de algún particular con la Doctrina católica a la cual renunciaban, infinitamente sabia y paterna para entregarse al arbitrio de una doctrina humana y mundanamente prudente, indudablemente pobre y mudable. Hablaron de triunfo, cuando eran arrastrados a la derrota; de lucha cuando eran maniatados y vencidos porque Dios no estaba con ellos; hablaron de progreso cuando retrocedían; de elevación cuando se degradaban; de guardar y conservar la ortodoxia, cuando la iban perdiendo o se las arrebataban, porque ¿cómo se puede conservar la ortodoxia si no está Pedro, y porque en sí misma, la negación a elegirlo es una herejía de las obras que expulsa de la Iglesia?; de madurez cuando eran deformados por pastores y a veces por laicos soberbios e infiltrados en el rebaño; de unidad cuando no la tenían ni con el más próximo ni la podían lograr porque entre ellos mismos se encargaron de destruir la buena voluntad de quienes se les acercaron o incluso los favorecieron; y no percibían la vanidad de todo ese esfuerzo puramente humano que sustituía la Ley de Cristo por algo que pudiera igualarla, y así, como dice San Pablo en Ro. 1, 21, «se entontecieron en sus razonamientos» .
     Satanás, si no puede impedir siempre el triunfo de los ejércitos de Dios, va a tratar indudablemente de que sean menores en todo lo posible. ¿Y quiénes van a ser sus aliados?, los mismos hombres. Ellos son llenos de pasiones los que destruyen los planes de Cristo.
Pero esta misma situación se dio también en las comunidades entre los fieles. Una profunda división entre ellos y hacia los pastores pulverizó la acción eficaz que debía distinguir a los miembros de la Iglesia de Cristo. Se actuó contra toda doctrina y contra toda lógica. El particularismo los hizo su presa. Ese mal contra el cual el Papa Pío XII se quejaba y advertía. El particularismo es la preferencia excesiva que se da al interés particular, sobre el general. También se llama individualismo. Lo puede haber en la acción y en la opinión. Es terriblemente destructivo. Está basado en la soberbia, aunque se presenta como interés, Como entrega o amor a la causa común. La Iglesia remanente fue invadida por este mal como un vaho maligno de arriba a abajo.
     Si alguien, siendo un buen violinista ingresa en una orquesta, pero no está dispuestovoluntariamente a ponerse a las órdenes del director, lo que va a suceder es que emita chirridos destemplados que paran el pelo, y todo el concierto se arruina.
     Igualmente, aunque se sea un buen administrador, si no se está dispuesto a ponerse a las órdenes de un gerente, la empresa fracasa. Lo mismo que si se es un buen soldado pero no se está dispuesto a seguir fielmente las órdenes de un general y esto voluntariamente, cualquier misión ha de fracasar. Lo mismo sucede con los marineros que antes que obedecer las órdenes del capitán, incitan al motín, lo critican por todo ni lo obedecen. Ese barco no llegará a un puerto seguro. ¿Puede haber una forma más efectiva de hacer fracasar cualquier empresa, aun si todos trabajan con las mejores intenciones pero de una manera particularista?.
     La Iglesia no es distinta. Siendo una organización de hombres, necesita de un dirigente general que es el papa, y necesita de otras cabezas unidas al papa a las cuales se van sumando y obedeciendo los estratos inferiores. Esta obediencia a la jerarquía eclesiástica, fiel, delicada amorosa incluye un elemento más que es más fuerte y más recio que en otras organizaciones humanas. No se obra por la ganancia personal, sino por amor a Dios a quien se quiere dar gloria. Se renuncia entonces a todo reconocimiento personal, porque es Dios mismo el que construye la casa y así, las glorias personales se entregan con amor al Dios a quien se sirve. Obrar con particularismo en los trabajos y en los esfuerzos por la Iglesia, es nada menos que destruir el templo de Dios. Es obrar por los propios intereses porque antes que poner a los pies de los Apóstoles -como hacían los primeros cristianos- todos los recursos a fin de unificar esfuerzos, se obra paralelamente al superior construyendo otra iglesia que no es de Dios, sino del Diablo. Esta actitud expulsa el deseo de Cristo que preseptuó la unidad para Su Iglesia y es ignorar los consejos papales sabios y urgentes. San Pablo decía que la Iglesia debe ser un cuerpo con un mismo espíritu, con un solo corazón, para que así haya un solo Señor.
     El particularismo más esforzado, le arranca a Dios la dirección de Su Iglesia que ejerce por Sus representantes. El particularista le entrega a Satanás una parte de la dirección de la Iglesia de Dios pues obra al margen de la unidad que debe recaer en el jefe y comienza a obedecer el capricho particular detrás del cual siempre está el Demonio. En la Iglesia, como en cualquier organización humana, todos los trabajos y los recursos deben estar unidos a una cabeza porque así, todas las potencias serán de más provecho. Porque tendrán un elemento contra el cual no puede ni el mismo Infierno: la unidad. Donde ha fallado esto, los éxitos se han alejado o han sido muy limitados. Donde se ha dicho: si no lo doy para lo que yo quiera, no lo he de dar, se ha tenido que saborear lo amargo del fracaso.
     Cuando vino la crisis espantosa de la Iglesia, muchos se entregaron a la tarea de»salvarla». Pero obraron independientemente, y así lo hicieron pastores, comunidades o laicos separados. El caos fue completo y mundial. Una chusma de salvadores de la Iglesia, sin control ni dirección corrieron desaforados al triunfo, pero iban al fracaso más espantoso. ¡El Cielo se ha puesto en oferta!, gritaron a una y en tropel escandaloso corrieron a la defensa de la Iglesia y se empujaron y se condenaron mutuamente y la muchedumbre desordenada, se abalanzó como se entra a un mercado. Y los resultados están a la vista: desunión entre los pastores, desunión entre las comunidades, desunión entre los fieles y desunión entre esos fieles y sus pastores. Mezclados y bien ubicados entre todo este caldo heterogéneo, los criticones, los jueces de horca y cuchillo, los de la ignorancia ilustrada, los tibios o indiferentes y los marranos.
     Estamos indudablémente ante la tribulación extrema que según anunció el Señor, no ha habido otra ni la habrá.
     La historia de la Iglesia de Cristo, es una página de esplendorosos triunfos, pero también de dolor, de esfuerzo, de sufrimiento, de sangre, de sudor, de lágrimas y de martirio. El pueblo todo se entregaba a las más grandes privaciones y sacrificios para hacer posible el triunfo y la perpetuidad de la Religión de Dios en este mundo. Fueron capaces de entregarlo todo y no pocas veces también entregaron la vida. ¡Cuántos millones de mártires ignorados han pasado pero que en la Patria de Dios brillan refulgentes con una gloria inmarcesible que ya nadie les puede arrancar!. El pueblo todo, unido en un solo espíritu, hacia un solo propósito defendía al papa, a sus pastores y a Dios.
     Hoy las cosas han cambiado. El pueblo se hunde en el hedonismo -que considera que el placer es el fin de esta vida- y en la indiferencia. La crisis actual le queda grande al pueblo de nuestro tiempo, que solo tiene ojos para lo cómodo, para el lujo, para lo próspero, para el viaje, para el almacenamiento de bienes, para el figurado social, para la moda, para todo lo cual se impone grandes privaciones y sacrificios, pero nunca para la Iglesia de Dios, para lo cual se muestra eternamente remiso e indiferente. Esta es una batalla perdida indudablemente. La pierde un pueblo apóstata, tibio, que no es capaz de sacrificios, pero ni siquiera de esfuerzos que puedan arrancarle alguna comodidad.
     Avidos de pasiones, enfangados en sus pecados, no admiten corrección alguna sin ofenderse. Esta es una triste situación que está destruyendo a la Iglesia del resto fiel. Si todo esto durara más tiempo, «nadie se salvaría». Lo dijo Cristo. Pues la Iglesia puede obtener la ayuda de Dios, cuando la fe aumenta, cuando la penitencia se practica, y cuando la recepción de los Sacramentos es frecuente. Una comunidad que ora, que hace penitencia, que se acerca a la gracia de los Sacramentos, es una comunidad que prospera y que crece. Dios da el crecimiento. Cristo no hizo milagros allá donde, no encontró la fe en el pueblo. «Yo construyo mi casa» ha dicho el Señor. Y El así lo hará si encuentra en los hombres las disposiciones adecuadas. Entonces, puede decirse con toda propiedad que quienes se mantienen lejos de esas prácticas, están socavando la estabilidad de la Iglesia y son responsables de la desgracia de sus prójimos. Porque la Iglesia es un cuerpo cuyas células influyen en la salud de las otras. No se piense que los pecados particulares no han de afectar a los demás.
     Es doloroso hablar sobre estas cosas y encontrarse con ojos desvaídos e indiferentes que miran al techo y que no se sienten aludidos sino agredidos. Obtienen un rico material así para criticar, para divertirse, para la sedición, para demostrar ante los tontos, que siempre encuentran los profundos conocimientos que tienen. El pueblo remanente ¿sería capaz de los mayores sacrificios para poner en el Trono de San Pedro a un verdadero papa cuando no son capaces de conmoverse cuando oyen que muchos de sus pastores a veces no tienen ni para su sustento?. Esta es una batalla perdida. La perdió un pueblo apóstata, hedonista, indiferente, arreligioso y enfangado en toda clase de crímenes y pecados. No la perdió Dios. Las armas poderosas que proporcionó fueron tiradas al basurero. El va a ganar la guerra y a cada uno le dará lo que se merece. Que no haya duda.
     Vuela mi pensamiento hacia el resto fiel del resto fiel. Esos que han sido apretados, arrinconados por algo que los ha rebasado. Los de la soledad, los de la incomprensión, los de la tribulación. Los que ven. Los de las lágrimas y los desvelos. Los que levantan sus ojos al Cielo para clamar: ¡Ven, Señor Jesús!
Por Monseñor José F. Urbina Aznar

EL DEMONIO CON EL TRIDENTE EN LA CALDERA ARDIENTE

 PREGUNTA
¿Un buen católico está obligado a creer… que en el infierno están los demonios con un tridente y que en él hay llamas? (L. T.—Roma.) 
RESPUESTA
     Dos palabras sobre el tridente y luego pasamos al fuego, que es el tema más… candente. De intento los he reunido en el título, incluso porque riman.
     Casi me he arrepentido de haber antes desvalorizado la historia del tridente. Pero ¿sabe usted que, en cambio, es una imagen precisamente bien hallada? Ciertamente, no querréis de ningún modo preguntarme, ilustres lectores, ¡qué longitud tiene el mango y si por casualidad tiene cuatro puntas en lugar de sólo tres! Podemos prescindir de ello… En resumen; es claro que se trata de una metáfora.
     Es certísimo, sin embargo, que los condenados se encontrarán allí un día con el alma unida de nuevo al cuerpo, y el castigo recaerá sobre la una y el otro, puesto que con la una y el otro (Más exactamente con las facultades de la una y del otro con que los pecadores y, por tanto, no su alma ni su cuerpo, sino ellos. compuestos de organismo y alma, cometieron el pecado eo la tierra. Nota del traductor) cometieron el pecado en la tierra; justicia perfecta. ¿Qué imagen más adecuada para expresar la aguijada del inexhausto y penetrante dolor, como un despiadado tridente? Es más, metafóricamente hablando, la imagen se ajusta solamente al alma. El «gusano» que roe, que muerde, penetrando cada vez más y sin detenerse jamás, expresa un concepto del todo semejante:«Donde el gusano que les roe nunca muere, ni el fuego jamás se apaga» (Marcos, IX, 47; véase Isaías, 66, 24).
     Si en lugar del tridente se quisiese pensar en el garfio dilacerador de Dante, hágase también: «… y le cogió el brazo con el garfio, tanto que, desgarrando, arrancó de él un músculo» («Infierno», XXII, 71-72); o también en los filos de la tremenda espada en el noveno círculo: «Un diablo está aquí dentro que separa de allí —tan cruelmente al golpe de la espada— lanzando a cada cual de esta ralea» (XXVIII, 37-39).
     Nada hay de pueril en todo esto sino sabio esfuerzo de imaginación para ayudarnos a comprender la grandeza de un tormento que supera, en realidad, a cuanto se imagine.
     Diversa y mucho más exacta es la imagen del fuego. El cual no es una metáfora.
     Es verdad que la pena de «daño» a saber la pérdida de Dios es la mayor del infierno, pero la pena de «sentido» —para el hombre que pecó con el alma y con el cuerpo (Más exactamente, como se dijo en la nota anterior, con las facultades o potencias de estos dos componentes del hombre que no son instrumentos suyos, pero proporcionan al hombre para que le sirvan de instrumentos sus facultades propias. Nota del traductor) —no puede dejar de ser proporcionalmente enorme. Y el fuego—bastante más que la metáfora del tridente y de los garfios— indica el tormento que penetra en todo el organismo y que en lugar de atenuarse está fomentado por la masa del mismo organismo.
     Ciertamente, debe ser un fuego especial y milagroso, dado que se destina a atormentar también, es más, antes que a nadie, a los demonios que son espíritus y a las almas antes de volverse a unir al cuerpo: «Destinado para el diablo y sus ángeles» (Mateo, XXV, 41). E incluso en lo tocante al organismo tendrá el poder tremendo de atormentar sin consumir.
     Sin embargo, se debe hablar de un fuego verdadero y no metafórico, como prueban las divinas palabras de Jesús.
     Indudablemente, la reacción instintiva de nuestro entendimiento ante estas afirmaciones es de incredulidad, como siempre que se habla de un mundo no experimentado y tan diferente del modo actual de vida.
     Es una reacción psicológica comprensible, pero no razonable. Le falta toda justificación objetiva en cuanto se haya comprendido la indiscutible realidad de las enormes penas del infierno (véase la respuesta anterior, número 12).
     Es el dulce Maestro quien, precisamente porque nos ama infinitamente y quiere que las huyamos, nos las describe con un verismo impresionante y habla y vuelve a hablar del«lugar de tormentos», del «crujir de dientes», del «gusano roedor», del «fuego inextinguible».     Citaré aquí sólo algunas frases que se refieren al fuego. Comienza el Precursor, San Juan Bautista: «Todo árbol que no produce buen fruto será cortado y echado al fuego» (Mateo, III, 10); «Limpiará perfectamente su era…; mas las pajas quemarálas en unfuego inextinguible» (id., III, 12). Y oigamos a Jesús: «… será reo del fuego del infierno» (Mateo, V, 22; véanse V, 29-30; X, 28, etc.); «todo árbol que no da buen fruto será cortado y echado al fuego»(Mateo, VII, 19); «coger primero la cizaña —o sea los hijos del demonio— y haced gavillas de ella para el fuego» (id., XIII, 30); «enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y quitarán de su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran la maldad; y los arrojarán en el horno del fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes» (id., XIII, 41-42); «más te vale entrar en la vida manco o cojo, que con dos manos o dos pies ser precipitado al fuego eterno» (id., XVIII, 8); y lo repite un versículo después: «… al fuego inextinguible…, donde el gusano que les roe nunca muere, ni el fuego jamás se apaga» (Marcos, IX, 42-47).
     En la parábola del rico epulón, Jesús pone en su boca este tremendo clamor: «Envíame a Lázaro, para que, mojando la punta de su dedo en agua, me refresque la lengua, pues me abraso en estas llamas» (Lucas, XVI, 24). Y además: «Apartaos de mí, malditos: al fuegoeterno, que fue destinado para el diablo y sus ángeles» (Mateo, XXV, 41); «El que no permanece en mí, será echado fuera como el sarmiento, y se secará, y le cogerán y arrojarán al fuego y arderá» (Juan, XV, 6). San Juan, en el Apocalipsis, proclama para quien haya servido al demonio en lugar de a Dios: «Ha de ser atormentado con fuego y azufre a vista de los ángeles santos, y en la presencia del Cordero; y el humo de sus tormentos estará subiendo por los siglos de los siglos, sin que tengan descanso ninguno de día ni de noche, los que adoraron la bestia…» (Apocalipsis, XIV, 10-11); la Babilonia del pecado «será abrasada del fuego»(id., XVIII, 8); «y el humo de ella está subiendo por los siglos de los siglos» (id., XIX, 3);«entonces fue presa la bestia, y con ella el falso profeta… Estos dos fueron lanzados vivos en un estanque de fuego que arde con azufre» (id., XIX, 20); «y el diablo… fue precipitado en el estanque de fuego y azufre, donde también la bestia y el falso profeta serán atormentados dia y noche por los siglos de los siglos» (id., XX, 9-10); «el que no fue hallado escrito en el libro de la vida fue asimismo arrojado en el estanque de fuego» (id., XX, 15).
     ¿Y si fuesen —pensará alguno— expresiones sólo metafóricas? Y bien, ¿qué atenuación habría en ello? Siempre quedaría algo que atormenta de ese modo. A efectos dolorosamente… prácticos, sería lo mismo. Pero no habiendo razón para interpretar metafóricamente esa repetidísima expresión, es natural tomarla en sentido propio.
     ¡Terrible! Pero siendo palabra de Dios, infaliblemente verdadera.
     Una última observación que puede constituir la confirmación de lo irrazonable de nuestras objeciones, probando su falsa presuposición psicológica.
     ¿Cuál es el estado de ánimo del que arranca nuestra actitud desconfiada? Un estado de ánimo de superioridad, de mirada a distancia, de adecuada valoración del verdadero mal, de las penas verdaderamente dignas y de los verdaderos valores. Parece como si dijésemos: «el fuego, ¡quita allá!, ¡qué pequeñez, qué puerilidad, la pena debe ser algo mucho mayor! La privación de Dios: ¡ésa sí, es digna de Dios juez y del hombre pecador!» Pero mientras así se habla, cada uno debe confesarse a sí mismo que la repugnancia por el fuego es sensiblemente mayor que la otra, y nos parece —siempre en nuestra espontánea valoración terrena— demasiado cruel para admitirla en Dios.
     La objeción, pues, se basa toda ella en un falso estado de ánimo, en una psicología falta de sinceridad, incluso en una contradictoria psicología.
     Reconózcase en cambio sinceramente que la pena de sentido no podrá faltar en castigo de un pecado cometido también con los sentidos, y no podrá dejar de tener una intensidad proporcional a todo el nivel de la pena del infierno de la que da alguna idea —pero ciertamente, a priori, inadecuada por ser todo en ese reino inmensamente más intenso— el tormento del fuego, que conocemos en la tierra. Y añádase luego que la pena de daño será todavía mayor…
BIBLIOGRAFIA 
Bibliografía de la consulta 12. En especial: 
M. RichardNature des peines de l’enfer, DThC., V, págs. 103-13; 
P. BernardNature des peines de l’enfer, DAFG., I, págs. 1.381-9; 
A. PiolantiNatura delle pene dell’inferno, EC., VI, págs. 1.945-47.
 Pier Carlo Landucci

EL ECUMENISMO Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA

Carta del Santo Oficio

16 de septiembre de 1864

– D.B. 1685 –

Fue comunicado a la Santa Sede que algunos católicos y que hasta eclesiásticos dieron su nombre a una sociedad para buscar, como dicen, la unidad de la Cristiandad.

Erigida en Londres, en 1857 ya publicó varios artículos en revistas, firmados por católicos que aplauden la referida sociedad y aún hay eclesiásticos que la recomiendan.

En verdad cual sea la índole de esta sociedad y su fin, se entiende fácilmente, no sólo por los artículos de la revista cuyo título es The Union Review, sino también por la hoja en la cual se invita y en la cual deben inscribirse sus socios.

En la realidad, es formada y dirigida por protestantes, animada por ese espíritu que, de modo expreso profesa, a saber: que las tres comuniones cristianas, la católico-romana, la greco-cismática y la anglicana, ahora separadas y divididas, reivindican por igual el derecho al nombre católico.

Así el ingreso a ella está abierto a todos, en cualquier lugar que vivan, sean católicos, sean greco-cismáticos o anglicanos.

Pero, con la condición: que no sea lícito a nadie cuestionar sobre los capítulos de doctrina en los cuales difieren.

Y que cada uno pueda seguir tranquilamente su propia confesión religiosa.

Sin embargo, manda a todos los socios recitar oraciones y a los sacerdotes celebrar sacrificios según su intención, dado que, según se supone, todas juntas ya constituyen la Iglesia Católica y se reúnen con el fin de un día formar un sólo cuerpo…

El fundamento en el cual esta sociedad se apoya es tal que trastorna, de arriba-abajo, la Constitución divina de la Iglesia.

En efecto todo consiste en suponer que la verdadera Iglesia de Jesucristo consta en parte de la Iglesia Romana, difundida y propagada por todo el orbe, en parte del cisma de Focio y de la herejía anglicana, para las cuales, de modo igual que para la Iglesia Romana, existe un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo (Ef IV, 5).

Nada por cierto puede ser de mayor valor para un católico que arrancar la raíz de los cismas y de las divisiones entre los cristianos y que todos los cristianos sean solícitos en guardar la unidad de espíritu en el vínculo de la paz (Ef. 4,3).

Pero que los fieles de Cristo y los eclesiásticos oren por la unidad de los cristianos, guiados por los herejes, y, lo que es peor, por una intención manchada e infectada por la herejía, no puede ser tolerado de ningún modo.

La verdadera Iglesia de Jesucristo se reconoce por la autoridad divina por la cuádruple nota que afirmamos en el Símbolo de la Fe que debe ser creído.

Y cada una de estas notas de tal modo está unida con las otras que de las no puede ser separada.

De ahí que la Iglesia que se llama y que verdaderamente es la Iglesia Católica, debe brillar juntamente por la prerrogativa da unidad, de la santidad y de la Sucesión Apostólica.

Así pues la Iglesia Católica es una con unidad conspicua y perfecta en el orbe de la Tierra y en todas las naciones, con aquella unidad de la cual es principio, raíz y origen indefectible la autoridad suprema es la “más excelente principalidad” (San Irineo) de San Pedro, príncipe de los Apóstoles y de sus Sucesores en la Cátedra romana.

No existe otra Iglesia Católica fuera de la que, edificada sobre Pedro, se levanta por la unidad de fe y de Caridad con un solo cuerpo compacto (Ef. IV, 16).

Otra razón por la cual los fieles deben rechazar de modo más fuerte esta sociedad es que los que se unen a ella favorecen al Indiferentismo y causan escándalo.

COMENTARIOS

El Ecumenismo del Vaticano II, puede haber tenido su inicio histórico en esa“Unión” promovida por los herético-cismáticos anglicanos, por protestantes que quieren tener el nombre de “católicos” como hoy lo usan los jerarcas del Vaticano II y los engañados de la “nueva iglesia conciliar”. Quieren “igual derecho” de ser llamados católicos siendo heréticos y cismáticos.

No quieren que se hable de sus errores y herejías: quieren silencio sobre las diferencias del credo. Cada uno puede seguir “su propia confesión religiosa”,individual y libre. Se niega la fe universal, común a todos, venida de la autoridad divina de la Sede de Pedro. Todas las sectas “ya constituyen la Iglesia Católica”: se debe unir el Templo de Dios con los templos de Lucifer.

Esto “pervierte totalmente el concepto de verdadera religión”, dice Pió XI: “es una falsa religión cristiana’. Sin embargo, es la doctrina central del Vaticano II. Una“unidad” no de los fieles cristianos; sino de los infieles, de los herejes, una“convención” entre la luz y las tinieblas (2 Cor VI, 14-18).

La verdadera Iglesia Católica tiene unidad de fe, de santidad, de Sucesión Apostólica. Está bajo el primado del Sucesor de San Pedro. No existe otra Iglesia Católica. No es indiferente y libre confesar un credo u otro. Fuera de la Iglesia fiel no existe salvación. El primado de Pedro es la Cabeza visible de esta unidad de fe y de régimen. La obediencia al Romano Pontífice es de necesidad de salvación, definió Bonifacio VIII, y, por ende,  la urgencia de su elección es el deber sagrado urgente e ineludible de la Iglesia, y por ello quienes se separan de la unidad de la Iglesia buscando argumentos falsos para no elegir al Papa, se constituyen en enemigos de la Esposa de Cristo, formando parte del panteón ecuménico donde pretenden reclamar ser católicos todos los que no hacen lo que la Constitución divina de la Iglesia determina: la elección del Vicario de Cristo en situación de Sede Vacante del cual procede la jurisdicción de los obispos.

Quien no sea ciego, verá.

“Bienaventurados sois, cuando os maldijeren y os persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros mintiendo, por mi causa: gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa será muy grande en el reino de los cielos. Pues así también persiguieron a los profetas que, fueron antes de vosotros»(Mt. V, 11-12)

Por Dr. Homero Johas

Traducción:

P. Manuel Martinez Hernández

COETUS FIDELIUM N° 8

Agosto del 2013

DEPENDENCIA DEL EPISCOPADO

El Episcopado es de suyo y en sí mismo la coronación del Orden Sagrado, al punto que sobre él no existe ninguna otra Orden que se pueda conferir a un clérigo, no obstante, en cuanto que los Obispos son también miembros de la Iglesia, aunque eminentes, sin embargo, en cuanto tales están sujetos y dependen de la Cabeza. No existen los Obispos independientes ni en la Mente de Jesucristo ni en la práctica de la Iglesia, porque tienen como origen y fuente a Jesucristo y al Vicario de Jesucristo en la indivisible unidad de un mismo y solo Principado.

Ya desde lo dicho, nos remontamos al concepto de “procesión” en el seno de la Augusta Trinidad, que se define como “origo unius ab alio” (origen de uno por otro), y esto supone un principio, un término y una relación entre los dos. En Dios esta procesión es inmanente y únicamente pueden y son dos: la del verbo intelectual y la de amar. Esto es así porque el entender divino es la misma substancia del que entiende, y por tanto el verbo engendrado procede como subsistente en su misma naturaleza y por ello se llama “engendrado” e “Hijo”. Pero como en toda naturaleza intelectual hay solamente dos operaciones: la del entendimiento, de quien procede el verbo, y la voluntad, de quien procede el amor; y como en Dios hay estas dos operaciones, por tanto, hay solo dos procesiones: la del Hijo que procede del Padre por generación intelectual y la del Espíritu Santo que procede por vía de espiración activa, del Padre y del Hijo.

Del mismo modo en la Iglesia el Episcopado procede y tiene como origen a Jesucristo y al Papa, tiene como término a la persona de un clérigo como sujeto apto para recibirlo, y una relación de dependencia. La trama de esta relación es tan estrecha y necesaria como la que existe –para poner un ejemplo- entre las ramas de un árbol con el tronco. Si se desgaja se seca y ya no dará frutos. Por eso que en la Iglesia Católica no existen ni podrían existir Obispos independientes ni iglesias particulares separadas de la Cabeza. Esto es así porque esta dependencia, en el Episcopado, no es otra cosa que la misión misma en cuanto recibida –continua y habitual- por los Obispos. Esta “misión” (que se llama poder móvil o jurisdicción) constituye una relación duradera y permanente fuera de la cual dejan de subsistir los poderes conferidos a ella. Por eso la dependencia y la relación de origen son una sola cosa.

Así, el hecho de depender del Vicario de Cristo y Cabeza Visible de la Iglesia es para el Episcopado tener de Él el origen de la misión, lo que lleva a mostrar que los Obispos necesitan ser instituidos por Él y solo por Él.

En la actualidad al estar la Sede vacante en este período de interregno tan prolongado teniendo como causa la apostasía y el eclipsamiento de la Iglesia por la Ramera, los Obispos católicos válidos que existen, han debido aceptar el Episcopado para que no se perdiera la sucesión apostólica y con la sola finalidad de preparar el terreno para una elección papal en circunstancias extremas.

Insistimos en decir que sólo poseen el poder inmóvil otorgado por la recepción del Orden Sagrado, pero la confirmación de sus cargos, oficios y dignidades están sujetas y a la espera que el Vicario de Cristo las confirme, o no, pues este derecho le pertenece en forma soberana, exclusiva y necesaria, pues sólo el Papa es instituido inmediatamente por Dios.

Sin embargo, y según lo que veníamos exponiendo, de ninguna manera poseen el derecho de ejercer el Episcopado aisladamente ni de creer siquiera que pueden seguir adheridos al tronco sin considerar la urgencia que les compete para reunirse con los otros Obispos católicos, en similar situación, y dar a la Iglesia la NECESARIA Fuente y Principio del poder de ellos: el Papa, Cabeza Visible, porque Él ha sido constituido por Jesucristo por Cabeza y Príncipe en lugar de Sí mismo, y sólo Él ocupa el lugar de Cristo, y es el Papa el único con autoridad en esta tierra para legitimar la consagración de ellos – los Obispos- y darles la misión canónica y auténtica.

Y lo que se dice de los obispos se aplique a los presbíteros, los cuales de ninguna manera poseen el derecho de ejercer el sacerdocio aisladamente sin sujetarse al obispo – clericus vagus, cuyos sacramentos son ilícitos, según el C.I.C, salvo en grave peligro-, y a través de ellos, reunidos con otros obispos católicos, cumplan con la urgencia de elegir un Papa que les confirmará, o no, en el ejercicio de su ministerio. 

No existen razonamientos ni excusas para demorar la elección. Si perseveran en su indolencia lo único que harán será mostrar su necedad ante la Iglesia, y Dios los juzgará por negligentes.

Por Simón del Temple

EL MODO DE OBRAR JERÁRQUICO EN LA IGLESIA COMO REFLEJO DE LAS OPERACIONES DIVINAS

Partimos del principio que la autoridad pertenece al que da el ser.

Así pondremos un ejemplo: Cuando Dios crea, da todo el ser a la creatura, la esencia y la existencia, pero la operación divina no se limita al acto de crear, sino de seguir comunicando el ser continuamente en un solo acto de Voluntad Omnipotente, de modo que su dominio sobre lo creado es total, pues ningún ser puede substraerse a su acción creadora y conservadora. Por tanto, tiene pleno derecho de autoridad a tal punto que cualquier autoridad legítima proviene de Él como de fuente primaria y principal. Y así lo testifica todo el Antiguo Testamento.

Con la Encarnación del Verbo sabemos que “TODO poder le ha sido dado, en la tierra y en el Cielo”, por tanto, y aunque siempre la suprema autoridad es divina, ahora pasa a manos de Cristo: “¡Este es mi Hijo amado, escuchadle!”, porque es Señor y Maestro.

En los designios divinos no hay lugar para el azar. Todo ha sido pensado y querido eternamente en el seno Trinitario. Es fundamental tener presente esta idea todo el tiempo porque, “de lo alto es todo bien que recibimos y todo don perfecto, descendiendo del Padre de las luces, en quien no hay mudanza ni sombra de variación.” (Sant. I,17).

Estando asociada –en el mismo decreto de predestinación- desde siempre en la mente divina la fundación y constitución de la Iglesia, Jesucristo -Verbo de Dios Encarnado- va eligiendo a sus discípulos y los va preparando para ser las columnas de Su Iglesia, que proceden de Él, y de esta manera el Episcopado está asociado a la autoridad de Cristo, porque le compete -junto con Él- hacer renacer a la vida sobrenatural a los hombres en la fecundidad de la operación vivificante por la que, da a Dios, hijos por adopción.

También aquí resplandece en la Iglesia otro Misterio divino: el Misterio Trinitario de la “circumincesión”, porque las Personas divinas operan en el modo en que son, y como su poder –que es la esencia misma- es indivisible, su operación lo es también, de manera que no se puede separar a las Personas ni invertir el orden que hay en Ellas, ni hacer que la acción se divida entre Ellas ni les pertenezca por partes distintas. La operación es una entre las Personas, como una es su Esencia. Siempre están presentes Una a Otra, de forma tal que la que procede no puede subsistir separada de su principio ni dejar de estar presente del que depende por su origen, así El Padre engendra, el Hijo es engendrado y de los dos por vía de espiración procede el Espíritu Santo. En la operación del Padre está encerrada la operación del Hijo y del Espíritu Santo, “porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace” (Sn. Jn. V. 20). Y aunque se muestren “solos”, nunca en las operaciones las Personas están solas: “Quien me ve a Mí, ve al Padre”.

La Iglesia, asociada por el Hijo al Misterio Trinitario, no puede obrar de manera distinta, porque “las obras que Yo hago, no las hago de mí mismo, sino que el Padre que mora en mí, realiza las obras” (Sn. Jn. XIV. 10-12), por tanto, el poder conferido a la Iglesia es espejo del poder que hay en Dios, y es el modo de obrar jerárquico de la Iglesia.

Este poder es el poder de Dios, y como tal es indivisible, pero la comunicación a la Iglesia es efecto de un don superior de la potencia divina, es un efecto sobreañadido y en el caso de recibir obstáculo en los hombres, queda interrumpido, y como el obrar sigue al ser, faltando este poder, se pierden los otros dos: el de magisterio y el de ministerio, que son los dos elementos de este poder conferido, que es la autoridad de gobierno. A través de ellos, Cristo llama a las creaturas, no del abismo de la nada, sino de “las tinieblas y sombras de la muerte” y de la infidelidad, y los “invita a la admirable luz” (I Sn.Pe. II.9) a través de la operación, que crea una nueva creatura, por los Sacramentos, y a partir de allí, aquel que era extraño, según el orden de esta nueva vida, pasa a pertenecerle con pleno derecho.

De este modo queda patente que cualquier clérigo con autoridad: Obispo, Sacerdote o Diácono, necesariamente tiene que formar parte de la cadena de poder conferido. No puede actuar solo o desgajado del tronco jerárquico.

En la actualidad y debido a la falta de Cabeza Visible, el poder conferido está a la espera de ser confirmado, cuando quede restablecido desde la Cabeza. Por eso que ya no es aceptable la ignorancia –en los clérigos- de este principio fundamental del modo de obrar de la autoridad jerárquica.

El poder es uno e indivisible, aunque sea compartido por muchos, pero este poder no existe completo, ni el de gobierno, ni menos el de magisterio y el de ministerio, hasta tanto y cuanto no quede restablecida la autoridad jerárquica de la Iglesia desde su Cabeza. Tan solo poseen estos clérigos la validez del Orden Sacerdotal- las que son válida- a la espera que un verdadero Sumo Pontífice les confirme la autoridad en la Iglesia. Si no quieren ni procuran cuanto antes acabar con la vacancia de la Sede, su magisterio y su ministerio es puro humo, que no da gloria a Dios, y Dios les pedirá cuenta de semejante negligencia; es un sarcasmo en ellos la aplicación de la virtud de la epiqueya; de ninguna manera se ajusta a las condiciones que señala Santo Tomás de Aquino para su legítimo uso. Es duro, pero debemos decirlo y recordarle a los Obispos acéfalos que sin el Papa que los confirme son “muchedumbre confusa y perturbada” y próximos a desviarse de la Fe.

Por Simón del Temple

EL MISTERIO DE LA UNIDAD DE LA IGLESIA

La indivisible unidad de la Iglesia, pese a que por su visibilidad pareciera perderse en la multiplicidad, de ninguna manera es así, porque de suyo, el orden es la reducción de lo múltiple a la unidad.

Como en todas las obras divinas queda manifiesto el admirable orden que Dios imprimió en ellas, en la Iglesia este orden hace referencia permanente a la vida dentro del seno Trinitario. De este modo las Tres Personas, sin dejar de serlo, no se confunden unas con otras, sino que el orden hace pensar siempre en la unidad de Esencia en Dios. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. No son tres divinidades, ni tres esencias, sino que siendo una sola Esencia son también Tres Personas distintas: ni el Padre es el Hijo o el Espíritu Santo, ni el Hijo es el Padre o el Espíritu Santo, ni el Espíritu Santo es el Padre ni el Hijo. El Padre engendra eternamente al Hijo y de los Dos procede el Espíritu Santo eternamente: en la Trinidad de Personas hay una sola Esencia, es decir, en la Unidad de Esencia hay pluralidad de Personas sin mezcla ni confusión.  Y así desde toda la eternidad, Tres Personas y una sola Esencia.

Lo mismo en la Iglesia – fundada por la Segunda Persona hecha Hombre: Jesucristo- este sello divino queda manifiesto, pues la multiplicidad visible de iglesias particulares regenteadas por cada Obispo, convergen en un punto, que es la unidad: de gobierno, de culto y de doctrina. El Episcopado es anterior a que un Obispo esté a la cabeza de una iglesia particular, así la Iglesia Católica –como Institución divina- es anterior a cualquier iglesia particular, ellas proceden de Ella y Ella no depende de aquellas y las precede. De este modo la Iglesia es una e indivisible, con una indivisibilidad inviolable y esencial: no puede no ser Una. Esta propagación de la Iglesia, en iglesias particulares, no se hace por división, sino por asunción de la unidad. Cualquier iglesia particular que separe alguna de las características de la unidad: gobierno, culto o doctrina, deja de pertenecer a Jesucristo porque Jesucristo es inseparable de la Iglesia, forma con Ella una sola unidad.

Ya podemos extraer la conclusión:

Al estar actualmente la Iglesia con Sede vacante y por ello verse eclipsada la visibilidad, los intentos de propagar las iglesias particulares a cargo de algún Obispo válido, o la fundación de innumerables capillas y congregaciones por sacerdotes (muchas veces sin comunión con un Obispo), sin referencia a la unidad, son meros intentos fallidos de apostolicidad porque opacan la unidad de gobierno, aunque mantengan la unidad de culto y tal vez la de doctrina, al dilatar cada vez más el procurar dar a la Iglesia la Fuente y Principio de la triple unidad, que es el Soberano Pontífice.

Porque en la Iglesia todo refleja la unidad en el seno Trinitario; y en la Iglesia es Jesucristo –Verbo Encarnado- el principio y el vínculo de unidad que se manifiesta: en la unidad de gobierno a través de la subordinación de los miembros -clérigos y fieles- al Papa, su Cabeza Visible; en la unidad de culto a través del único Sacrificio agradable a Dios; y en la unidad de doctrina: Credo, Mandamientos, Sacramentos y Oración. Este es el orden admirable de la Iglesia Católica, en quien tiene Jesucristo su plenitud (Ef. I.23): “que todos sean uno, Padre, como nosotros somos uno” reza.

A Jesucristo no se lo puede encontrar fuera de la Iglesia Católica, y tampoco a Ella sin Él, pues conforman una unidad. Pero esta unidad queda dispersa sin las prescripciones dada por el Fundador: siempre en la multiplicidad visible debe existir la Fuente y el Principio de donde fluye la triple unidad: la Cabeza Visible y Vicario de Jesucristo, el Papa, como sello característico que marca a la Iglesia Católica como Esposa, “sin mancha ni arruga”, del Cordero, de lo contrario la “apostolicidad” se diluye –digámoslo- en la propagación de falsos pastores, y el rebaño se dispersa y se pierde.  De aquí el gravísimo deber que la Iglesia tiene de elegir un Papa, luego de más de sesenta años de sede vacante.   

Por Simón del Temple

EL APOSTOLADO SEGLAR. PÍO XII

Se suele a menudo repetir que la Iglesia, en los últimos cuatro siglos, ha sido exclusivamente «clerical», como reacción a la crisis que en el Siglo XVI, pretendía la abolición pura y simple de la jerarquía, y bajo esas premisas se insinúa que es tiempo de que la Iglesia extienda sus filas.
Tal juicio está tan lejos de la realidad, que aun desde el Santo Concilio de Trento, lo seglar comenzó a encuadrarse y a progresar en la acción apostólica. La cosa es fácil de comprender; basta recordar entre tantos, dos hechos evidentemente históricos: Las congregaciones marianas de hombres que ejercían activamente el apostolado seglar en todos los sectores de la vida pública; la admisión progresiva de la mujer en el apostolado moderno.
Y es oportuno recordar aquí, dos grandes figuras de la historia católica: María Ward, que Inglaterra católica, en sus horas más negras y sanguinarias, dio a la Iglesia; San Vicente de Paul, indudablemente uno de los más grandes fundadores y promotores de obras de caridad cristiana.
Tampoco dejaremos pasar desapercibida y sin agradecimiento, la benéfica influencia, que hasta la Revolución Francesa, unía en relaciones mutuas en el mundo católico, las dos autoridades establecidas por Dios: la Iglesia y el Estado. La intimidad de sus relaciones, sobre el terreno de la vida pública, creaba generalmente una atmósfera de espíritu cristiano, que ahorraba en buena parte, el trabajo delicado que deben soportar actualmente los sacerdotes y los seglares para asegurar la defensa y el valor práctico de la fe.
Al terminar el siglo XVIII, entró en juego un nuevo factor. De un lado la formación de los Estados Unidos del Norte —que tomaron un desarrollo extraordinariamente rápido y en donde la Iglesia creció considerablemente en vida y fuerza— y de otro lado la Revolución Francesa con sus consecuencias en Europa y Ultramar, acabó por separar la Iglesia del Estado. Sin verificarse ambos hechos al mismo tiempo y del mismo modo, el desajuste general tuvo por lógico resultado, que la Iglesia proveyera con sus propios medios, para asegurar sus acciones, el cumplimiento de sus mandatos y la defensa de sus derechos y su libertad. Esto fue el origen de innumerables movimientos católicos guiados por sacerdotes y seglares, quienes seguros de la cohesión de sus filas y de su sincera fidelidad, condujeron la masa de los creyentes a la lucha y a la victoria. ¿No es esta una iniciación y una introducción de los seglares en el apostolado?
Hay, es cierto, una multitud de tibios, irresolutos e inestables, para quienes la religión es una cosa muy vaga que no hace mella en la vida. Esta turba amorfa puede como enseña la experiencia, encontrarse de un día a otro, en la necesidad de tomar una decisión.
En cuanto a la Iglesia, ante todos tiene una triple misión que cumplir; llevar a los fervientes creyentes a la altura de las exigencias de los tiempos modernos: introducir a aquellos que titubean en el umbral; conquistar a aquellos que se han alejado de la religión y que no pueden ser abandonados a su suerte miserable.
Buen trabajo para la Iglesia, que aparte del hecho de que en conjunto se ha expandido mucho, su clero no está todavía debidamente aumentado. Ahora bien, el clero tiene ante todo, la necesidad de dedicarse al ejercicio de su ministerio sacerdotal, en el cual nadie puede substituirlo.
La aportación seglar al apostolado, es por consiguiente de una necesidad indispensable. La experiencia de la fraternidad que nace al servicio de las armas, en la prisión o en cualquier otra circunstancia guerrera, sobre todo en materia de religión, testimonia el precioso valor y la influencia eficaz y profunda de los compañeros de profesión, de condiciones y de vida. Estos y otros muchos factores debidos a circunstancias personales o de ambiente, han abierto las puertas a la colaboración de los seglares en el apostolado de la Iglesia.
Todos los fieles sin excepción, son miembros del cuerpo místico de Jesucristo. Resulta de esto, que la ley natural y aún más fuertemente la ley de Cristo, les obliga a dar ejemplo de una vida verdaderamente cristiana. «Christi bonus odor sumus Deo in iis qui salvi fiunt et in iis qui pereunt». Fragancia de Cristo somos ante Dios, entre los que se salvan y aquéllos que se pierden. Todos estamos comprometidos, especialmente hoy, a pensar durante la oración y el sacrificio, no sólo en las necesidades propias, sino también en las grandes intenciones del reino de Dios en el mundo, según el espíritu del «Pater Noster», que nos enseñó Jesucristo en persona.
¿Se puede afirmar que todos están igualmente llamados al apostolado según la estricta acepción del término? Dios no ha dado a todos la posibilidad ni la aptitudes. No se le puede exigir a la esposa, a la madre que cuida cristianamente a sus hijos y además debe salir a trabajar para ayudar al marido al sustento de los suyos. No todos son, pues, llamados a ser apóstoles.
Es muy difícil precisar los confines del campo de acción del apostolado seglar propiamente dicho. ¿Basta por ejemplo la educación impartida por una madre a su hija, o por educadoras e institutrices llenas de celo en la práctica de su profesión pedagógica; o la conducta de un médico de reputación y decididamente católico, cuya conciencia no transige nunca delante de la ley natural o divina y trabaja con toda su fuerza por la dignidad cristiana de los esposos, por los sagrados derechos de su progenitura? ¿Bastan las acciones de un hombre de Estado, en favor de una política pro alojamientos para los menos afortunados?
Muchos responderían con una respuesta negativa, no viendo en esto más que el puro y simple cumplimiento loable, pero obligatorio, de sus deberes de Estado.
Nosotros sabemos, sin embargo, el potente e insubstituible valor para el bien de las almas, de este simple cumplimiento de los deberes de Estado, de parte de millones y millones de fieles conscientes y ejemplares.
El apostolado de los seglares, en su verdadero significado, es sin duda organizado en su mayor parte por la Acción Católica y otras instituciones de actividad apostólica aprobadas por la Iglesia; pero además, hay apóstoles seglares, hombres y mujeres, que ven el bien que pueden hacer y tienen la posibilidad y el medio de hacerlo y lo hacen llevados únicamente por el deseo de atraer otras almas a la verdad y a la gracia. Nosotros pensamos en tantos seglares, que en regiones donde la Iglesia es perseguida como en los primeros siglos del cristianismo, substituyen como mejor pueden, a los sacerdotes encarcelados, arriesgando la vida, impartiendo enseñanzas sobre la doctrina instruyendo sobre la vida religiosa y el modo justo de pensar cristianamente, induciendo a frecuentar los sacramentos, especialmente la Eucaristía.
A todos estos seglares los veréis trabajando; no os preocupéis en preguntar a qué organización pertenecen, admiradlos y reconoced cordialmente el bien que hacen.
Lejos de nosotros el pensamiento de restar valor a la organización como factor de apostolado; solamente consideramos esto grandioso, sobre todo en un mundo donde los adversarios de la Iglesia la atacan con organizaciones propias. Pero no debe conducir a un exclusivismo mezquino, a aquél que el Apóstol llamaba «Explorare libertatem»: Acechar la libertad».
Es evidente que el apostolado de los seglares, está supeditado a la jerarquía eclesiástica, la cual es una institución divina. Dicho apostolado, no puede por consiguiente ser independiente. Pensar de otra manera, sería socavar la base del muro sobre el cual Cristo mismo construyó su Iglesia.
Sería también erróneo creer, que sin la jurisdicción de la diócesis, la estructura tradicional de la Iglesia, o su forma actual, coloquen el apostolado seglar en una línea paralela con el apostolado jerárquico, de manera que el mismo obispo no pueda someter el apostolado parroquial de los seglares, al párroco, Al contrario, él puede y debe establecer como regla, que las obras del apostolado de los seglares destinadas a la misma parroquia, estén siempre bajo autoridad del párroco. El obispo lo ha constituido pastor de toda la parroquia y como tal, él solo es responsable de la salvación de su grey.
Que puedan existir, por otra parte, obras de apostolado de seglares extra-parroquiales y aun extra-diocesanas —preferimos llamarlas: superparroquiales y superdiocesanas— según el bien común de la Iglesia lo requiera, es verdad y no hay necesidad de repetirlo.
Cuando nosotros comparamos el apostolado seglar, o más exactamente, el militante de la Acción Católica, a un instrumento en manos de la jerarquía, según una expresión ya común, queremos decir que los superiores eclesiásticos deben servirse de él, como el Creador se sirve de las criaturas racionales, como instrumento, como causa secundaria, «con una dulzura llena de deferencia». Se valen de ellos, conscientes de su propia responsabilidad, animándolos, sugiriendo iniciativas, acogiendo de buen grado las que ellos proponen y aprobándolas, según la oportunidad, con amplitud de criterio. En las batallas decisivas, las más felices y acertadas iniciativas parten del frente. La Historia de la Iglesia nos ofrece ejemplos numerosos.
Como máxima, en el trabajo apostólico es deseable la más intensa cordialidad entre los sacerdotes y seglares. El apostolado de los unos no es una competencia para el apostolado de los otros. En verdad la expresión «emanicipación de los seglares» oída aquí y allá repetidas veces, no nos agrada mucho. Encontramos en esta frase un sonido un tanto desagradable, y además históricamente inexacta. ¿Se trataba de niños o de menores que necesitaban ser emancipados, aquéllos a quienes aludíamos hablando del movimiento católico de los últimos ciento cincuenta años? En el reino de la gracia todos son considerados adultos, y es esto lo único que importa.
El llamamiento a los seglares para que colaboren, no se debe al debilitamiento o fracaso del clero en el cumplimiento de su deber. Que haya flaquezas individuales no extrañe, pues son miserias de la naturaleza humana y se encuentran en ambos bandos. Pero generalmente hablando, el sacerdote tiene mejores ojos para percibir los signos de los tiempos y el oído más sensible para la auscultación del corazón humano, que un seglar.
El seglar es llamado al apostolado, como colaborador del sacerdote, colaborador completamente precioso y altamente necesario a causa de la escasez de clero, muy poco numeroso para poder cumplir él solo, su propia misión.
Pío XII

LA «MISSIO» DEL SACERDOCIO CATÓLICO

El sólo título parece hacer referencia a una realidad aparentemente extrínseca del poder sacerdotal, pero es una característica tan profunda que hunde sus raíces en la inagotable fecundidad que existe en el seno de las Tres Divinas Personas, y esto lo descubrimos en el concepto de “missio” = misión, que significa “ser enviado” y por lo mismo hace entender el origen del enviado respecto a aquel que envía.

Sin haber superioridad o inferioridad de esencia en ninguna de las Tres Personas, el Padre que engendra eternamente a Su Hijo, lo envía, y ambos envían al Espíritu Santo, apropiándose cada Una de las Personas una “obra” ad extra del seno Trinitario: El Padre engendra y envía y por nadie es enviado, el Hijo es enviado y se Encarna, y el Espíritu Santo, enviado por las otras Dos Personas, se apropia la obra de la santificación de los hijos de Dios. El término de las misiones divinas siempre es temporal.

La Iglesia Católica es depositaria del poder de la “missio” conferida por el mismo Jesucristo. Ella –la Iglesia- es la manifestación en el tiempo de la vida Trinitaria. Así como el Hijo es enviado a Encarnarse, este Verbo Encarnado, funda la Iglesia y la envía; así como Él ha sido enviado por el Padre, así envía a los Apóstoles. La misión, o título, o cargo, o jurisdicción, es distinta del carácter o sello que imprime en el alma quien recibe el Orden Sagrado, que, salvo en casos particulares de excepción, o de circunstancias históricas extremas, siempre van juntos.

La Iglesia tiene autoridad, dada por Jesucristo mismo, para expandir la Gracia divina, a través del Sacerdocio, por medio de la “missio” a todos los rincones de la tierra. Con claridad se vislumbra que entra en las disposiciones jerárquicas que Jesucristo quiso darle a Su Iglesia. Y de tal modo es así que quien otorga la prerrogativa del ejercicio normal del sacerdocio siempre es el Superior jerárquico. La “missio” tiene un origen y un término. El origen es la autoridad del Papa que tiene –por su cargo- jurisdicción inmediata, ordinaria y universal sobre cada uno de los Obispos a quienes delega una porción del Rebaño de Cristo, al punto que faltando la “missio” – en épocas normales y pacíficas- el ejercicio del Orden Sagrado se torna ilícito, porque es necesario ser “enviado”.

Habiendo dicho algo sobre el fundamento de la “missio” en la Iglesia, y habiéndola distinguido del carácter sacerdotal que imprime el Orden Sagrado, se nota claramente que se trata de un poder móvil que es pasible de ser removido o quitado, todo lo contrario que con el otro, que es imborrable y eterno si se ha recibido válidamente.

Cualquier clérigo –por disposiciones penales- puede ser impedido de ejercer el Sacerdocio substrayéndole el cargo o la jurisdicción que posee hasta ese momento.

Hay casos en los que ni siquiera hace falta sentencia declaratoria para que quede anulado el ejercicio, por ejemplo, pongamos el canon 188.4 que, por el delito de incurrir en herejía, “ipso facto” pierde cualquier cargo o jurisdicción que tuviere. (se entiende siempre que haya recibido válidamente el Orden; no entran aquí los hijos «sacramentales», por ejemplo, del luciferino Lienart). La Bula de Paulo IV (“Cum Apostolatum officio”) expresa lo mismo.

Por tanto y en el caso que en la Iglesia conciliar apóstata pudiera haber –después de tantos años de apostasía de la Fe- algún clérigo válido, quedaría imposibilitado de ejercer el sacerdocio por abrazar la herejía y no apartarse del hereje.

Aunque en realidad, lo pretendido en este escrito, aclarando los dos poderes, va dirigido exclusivamente para los Obispos y Sacerdotes, que, habiendo recibido el Orden Sagrado, NO RECIBIERON la “missio” porque al estar la Sede Romana vacante y no haber un legítimo Vicario de Cristo, NO HAN RECIBIDO autoridad de Pastores, haciendo abuso de la virtud de la epiqueya, corrompiéndola, que, tratándose de un tiempo extraordinario, recibieron el Episcopado con la finalidad, no de apacentarse a sí mismos, sino de unirse al resto de los Obispos católicos válidos para declarar como Jerarquía de la Iglesia Católica, pública y formalmente la Sede vacante y proceder a desarrollar una estrategia común para elegir a la Cabeza Visible, y de esa manera, poder luego ser ellos confirmados o no en los cargos, otorgándoles –el Sumo Pontífice- la jurisdicción necesaria .

Con dolor constatamos que, al demorar este DEBER SAGRADO Y URGENTE, junto con la demora se va diluyendo cada día más el concepto de “missio” en sus mentes, y son responsables de predicar sin ser enviados, alterando el Evangelio y las disposiciones eternas concebidas en el seno Trinitario sobre la Constitución de la Iglesia.

Los llamamos a unirse entre sí para encabezar el Ejército formado en orden de batalla que pueda presentar batalla, como Cuerpo organizado y jerárquico, a la falsa Iglesia conciliar, a la Apostasía constituida en Religión idolátrica y en Cuerpo Místico del Anticristo.

La Iglesia Católica NECESITA Y QUIERE Jerarquía católica, y por eso, NECESITA Y QUIERE un Papa Católico.

Por Simón del Temple