DE CÓMO HACER EL ACTO DE CONTRICIÓN
LA CONTRICIÓN PERFECTA
Sobre el ejercicio del amor de Dios y la perfecta contrición podemos decir con mucha mayor verdad que son “los grandes medios de salvación”.
Cada cristiano debe estar bien instruido sobre la importancia capital del acto de contrición perfecta y de caridad en razón de los inestimables beneficios que tal conocimiento puede brindarnos a la hora de la muerte y permitirnos brindarlo igualmente en el lecho de muerte a algún moribundo a quien la Providencia pudiera guiarnos. Ninguno, aun gozando de buena salud, debe olvidar esta verdad. Pero es sobre todo deseable que cada uno la custodie profundamente grabada en su corazón para las horas de enfermedad y los peligros de muerte.
El conocimiento de la contrición perfecta es más importante hoy que nunca, ya que el Sacramento de la Penitencia ha sido casi completamente borrado por los enemigos de la Iglesia, y los verdaderos confesores son cada vez menos numerosos y más difíciles de encontrar.
Donde está la contrición perfecta, allí está la caridad, y donde está la caridad, allí está la gracia santificante. Esta gracia, como enseña el Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino, no está limitada a los sacramentos, signos y causas sensibles de la gracia. Y quienquiera que muera en estado de gracia se salva, como sin duda también se pierden quienes mueren sin ella. Este artículo está destinado a aquellos que, por ignorancia de la contrición perfecta, enfrentan la desesperación del perdón a la hora de la muerte.
Es nuestro ruego que todo el que lea este artículo consiga copias del mismo para distribuirlo a toda su familia y amigos “La caridad cubre muchedumbre de pecados” (1 Pet 4, 8).
En qué consiste el acto de contrición perfecta
Lo primero que tengo que deciros del Acto de Contrición Perfecta es que lo fundamental que tenemos que hacer es arrepentirnos de nuestros pecados, porque son ofensa de Dios. No me arrepiento de mis pecados por ningún motivo humano. Sino porque cuando yo he pecado, yo he ofendido a Dios, y a mí me pesa haber ofendido a Dios. Este debe ser el motivo fundamental de mi arrepentimiento. Esto es lo básico para el Acto de Contrición. No bastan otros motivos humanos.
Ejemplos de arrepentimientos sólo por motivos humanos:
-Primero: Alguien va a una casa de prostitución, y después se arrepiente de haber ido. Pero el motivo de arrepentimiento es múltiple. Puede que se haya arrepentido de haberse ido con una prostituta porque le ha contagiado una enfermedad venérea. Cuando él se ve con esa enfermedad se arrepiente del disparate y de la locura que hizo. Esa prostituta le ha pegado una enfermedad que puede ser trágica para su mujer y para sus hijos.
Ya sabéis que los hijos de los sifilíticos nacen a veces con taras tremendas. Son la desgracia de los padres viciosos que contrajeron esas enfermedades en su vida licenciosa. Y, a lo peor, este hombre, que por ir a una casa de prostitución, ha cogido una enfermedad venérea, después se tira de los pelos, arrepentido de haberse ido por ahí.
Pero no se arrepiente de haber ofendido a Dios. Se arrepiente porque ha cogido una enfermedad venérea. Eso no es contrición. Aunque esté muy arrepentido y esté decidido a no volver. Eso no es contrición. Él se arrepiente por un motivo humano.
-Segundo ejemplo de otro motivo humano: Al salir de la casa de prostitución se encuentra con una persona conocida que sabe de dónde sale. Entonces se arrepiente de haberse metido ahí, porque sabe que eso se va a divulgar y va a perder la fama. Él, que tenía fama de hombre honrado, ahora se va a saber lo que ha hecho. Se arrepiente por la fama que va a perder. Pero no es por motivo sobrenatural. Eso no es contrición. Es motivo humano.
-Tercer ejemplo: Puede ser que se arrepienta por el dinero que le han quitado. Porque le ha costado tanto, y después comprende que ha sido un disparate haber pagado eso. Y que ese dinero, hubiera estado mejor empleado en otras cosas que en costearse un vicio y un pecado. Y se arrepiente por el dinero que ha perdido. Se arrepiente por motivo humano. Eso no es contrición.
El Acto de Contrición no te sirve, si lo dices sólo con los labios. Si lo dices sólo por rutina. Si lo dices sin fijarte en nada. Pero, si te fijas en lo que dices, y quieres aquello que significan tus palabras, tu Acto de Contrición es bueno. Porque el Acto de Contrición (Perfecto) no es cuestión de sensibilidad. Es cuestión de voluntad. Si tú quieres aquello que dices, tu Acto de Contrición es bueno.
Ahora, si no quieres aquello que dices, si tú hablas como un papagayo, si tú hablas como un gramófono, como una cinta magnetofónica -la cinta no sabe lo que dice, ni lo quiere, porque es una cinta- , entonces, no. Si tú hablas sin saber lo que dices y sin querer lo que dices, no sirve. Pero si quieres aquello que dices, aunque no lo sientas; si quieres sentir, si quieres decirlo de verdad, si quieres decirlo de corazón, aunque creas que no se conmueve tu corazón, si lo dices con sinceridad, hay Acto de Contrición. Porque el Acto de Contrición (Perfecto), repito, no es cuestión de sensibilidad. Es cuestión de voluntad. Y hace bien el Acto de Contrición todo aquel que quiere que sea verdad aquello que sus palabras expresan.
Por tanto cuando tú dices:
-Señor, yo te amo sobre todas las cosas. Y tú quieres que eso sea verdad, tú ya estás amando a Dios sobre todas las cosas.
-¡Ah, es que yo noto que mi corazón no vibra como cuando quiero a mi madre! -Ya lo sabemos
-¡Ah, es que, cuando yo quiero a mis hijos, yo siento que mi corazón vibra de amor hacia mis hijos, y yo no siento mi corazón vibrar de amor hacia Dios! -Ya lo sabemos.
Pero el que vibre tu corazón por un amor humano es lógico. El que vibre tu corazón por amor a Dios es más difícil. No digo que sea imposible. Algunos santos lo han tenido. Pero eso no lo pueden tener todos los hombres. Basta que tú quieras que sea verdad aquello que tus palabras expresan: « Señor, yo te amo sobre todas las cosas. Señor, yo quisiera que no haya nada en el mundo que lo prefiera a Ti. Tú para mí, el primero. Así lo quiero, Señor.» Además, si lo practicas continuamente, muy probablemente Cristo Jesús, te dará el don de que al hacerlo pueda llegar a vibrar también tu corazón.
Aunque tu corazón no vibre como vibra con un amor humano. No importa. Estás amando a Dios sobre todas las cosas, porque tú deseas que tus palabras expresen en verdad lo que quieres. Como digo, no es necesario sentirlo. Basta quererlo. Querer aquello que se dice. Pero las palabras deben expresar este amor a Dios sobre todas las cosas, y este arrepentimiento de haber pecado, porque el pecado es ofensa de Dios.
Cómo se formula
Supuesto esto, la fórmula que expresa este Acto de Contrición, la fórmula corriente con la que solemos expresar nuestro Acto de Contrición es el «Señor mío Jesucristo». Ya sabéis que el «Señor mío Jesucristo», dicho de corazón, es un Acto de Contrición.
Os vamos a dar una fórmula muy condensada de Acto de Contrición. Creemos que expresa de una manera completa estas ideas fundamentales del Acto de Contrición. Puede ser así: «Dios mío, yo te amo con todo mi corazón y sobre todas las cosas. Señor, yo me arrepiento de todos mis pecados porque te ofenden a Ti, que eres tan bueno. Perdóname y ayúdame para que nunca más vuelva a ofenderte».
Si os parece muy largo, podíais decir. «Señor, perdóname que yo te amo sobre todas las cosas». O, si queréis, otro todavía más breve, en tres palabras: «Dios mío perdóname».
«Dios mío perdóname» es un Acto de Contrición perfecto. Porque en ese «mío», en ese posesivo que dice «Dios mío» están indicando amor. El posesivo «mío» es amoroso. Cuando dices «Dios mío» es porque le amas. Por eso es tan bonita esa expresión, tan española por otra parte, de «Dios mío», que la tenemos siempre en la boca: «Dios mío, esto»; «Dios mío, lo otro…» Es muy bonito, porque es una expresión de amor a Dios. Cuando dices «Dios mío, perdóname», estás pidiendo perdón a Dios porque le amas, si lo que dices quieres que sea verdad. Es acto de contrición. Si tienes tiempo, es mejor que lo expreses con más calma:
«Señor, yo te amo sobre todas las cosas, y me pesa de haberte ofendido, porque eres la bondad infinita y Tú no te mereces eso de mí.»
El acto de contrición supone propósito de enmienda y de confesarse a la brevedad.
Bien está que lo expreses con todas las palabras. Pero en un momento de apuro, en un momento de peligro, en que tienes que decirlo rápido, di por lo menos «Dios mío, perdóname», que dicho de corazón es perfecto Acto de Contrición. Más breve, imposible. Y si tú quieres que sea verdad lo que dices, estás perdonado de todos los pecados que puedas tener encima, y te salvas. Si después sales del peligro de muerte, tienes que confesarte de los pecados mortales. Pues el Acto de Contrición supone deseo de confesarse cuando sea posible (y de luchar por no volver a pecar, es decir: tener propósito de enmienda). Pero, de momento, estás perdonado. En caso de que pierdas la vida, ¡te salvas!.
Pues quiera Dios que sepáis hacer el Acto de Contrición. Que lo hagáis con frecuencia. Como os decíamos, ojalá lo hagáis todas las noches antes de acostaros, después de las tres Avemarías. Nadie debe acostarse jamás sin rezar las tres Avemarías, que son prenda de salvación eterna. Y vuestro Acto de contrición dicho de verdad, dicho de corazón (y con propósito de no volver a pecar), para poneros en gracia de Dios.
De esta manera, no sólo os ponéis en gracia todas las noches, sino que si algún día necesitáis este salvavidas del Acto de Contrición en un momento de peligro tendréis la seguridad de hacerlo todo bien.
La contrición perfecta borra todo pecado pero no permite comulgar sin previa confesión sacramental.
Creo que, con este Acto de Contrición en pocas palabras, os ayudará a que podáis enfrentaros tranquilos con la muerte, si, en ese momento trascendental, no tenéis al lado a un sacerdote que os perdone.
Pero, para que, cuando llegue la ocasión, sepáis hacer el Acto de Contrición, es necesario que lo practiquéis, tratando de hacerlo cada día. Porque, si no estáis entrenados, es difícil. Cuando llegue el momento no lo haréis, y si estáis en pecado mortal perderéis el cielo. Estad, pues, preparados en todo momento. ¿Si viajáis en un barco, no hay un ensayo para estar preparados en caso de hundimiento? Cuanto más en el más importante de los negocios, que es el de la salvación eterna.
Lo que podéis ganar es el cielo ¿Y qué es el cielo? Oyó una vez San Francisco, breves instantes, el sonido de esa armonía angélica, y creyó que iba a morir de dulcísimo gozo… ¡Que será, pues, el oír los coros de ángeles y Santos, que, unidos, cantan las glorias divinas (Sal. 83, 5), y la voz purísima de la Virgen inmaculada que alaba a su Dios!… Como el canto del ruiseñor en el bosque excede y supera al de las demás avecillas, así la voz de María en el Cielo… En suma: habrá en la gloria cuantas delicias se puedan desear. Pero estos deleites considerados son los bienes menores del Cielo. El bien esencial de la gloria es el Bien Sumo: Dios. El premio que el Señor nos ofrece no consiste sólo en la hermosura y armonía y deleites de aquella venturosa ciudad; el premio principal es Dios mismo, es el amarle y contemplarle cara a cara (Gn. 15, 1). Dice San Agustín que si Dios dejase de ver su rostro a los condenados, el infierno se trocaría de súbito en delicioso paraíso.
Cada día, pues, haced el acto de contrición perfecta, que vuestro corazón esté bien entrenado, para no ser sorprendidos en el postrer momento.
De varios autores.
EL ESTADO RELIGIOSO
Hemos escrito una seguidilla de resumidos artículos acerca de la manifestación en la Iglesia de las perfecciones inmanentes y transeúntes de la Augusta Trinidad, siendo Ella –la Iglesia- la que hace visible en su Constitución divina, como en espejo, lo que el Verbo Encarnado ha puesto como impronta y sello, pues la Iglesia –Esposa del Cordero- es en la tierra , “el comienzo y la razón de todas las cosas” al decir de San Epifanio, “y por causa de Ella fue ordenado el mundo”, porque es como un espejo donde se reflejan las perfecciones divinas.
Así hemos visto como todo lo que hace es lo que ha visto hacer al Verbo Encarnado y es Él quien ha encauzado su acción a través de los siglos para gloria del Padre.
Hoy nos referiremos a un elemento propio de la Iglesia que tiene sus raíces en su misma esencia y que por tanto no puede dejar de estar:
El Estado Religioso es esencial en la Iglesia Católica.
Sin necesidad de hacer un análisis histórico acerca de esta realidad, diremos que siempre ha existido y no podrá dejar de existir porque es esencial en la vida de la Iglesia, pues manifiesta –en cuanto estado perfecto- aquí en la tierra lo que será la vida de los Bienaventurados en el Cielo después del Juicio y entrega del Reino de Jesucristo al Padre. De este modo la “vida apostólica” de los primeros discípulos por la que dejaron todo y siguieron a Jesús que los llamaba, constituye el primer modelo de vida religiosa perfecta tal como lo entendemos ahora.
Vemos cómo desde el inicio nomás, después de la predicación y muerte de los Apóstoles, el Espíritu Santo fue moviendo los corazones de muchos cristianos, a quienes el mundo no los atraía, a “correr al olor de los ungüentos” del Amado, y poblaron los desiertos al punto de hacerle decir a San Jerónimo que durante todo el día y la noche no cesaban los rezos y los cánticos que brotaban desde las cuevas y las rocas habitadas por anacoretas y monjes.
El mismo Espíritu Santo a lo largo de los siglos fue inspirando la diversidad de las Órdenes Religiosas como manantial donde pudieran abrevar su sed espiritual las almas que querían seguir de cerca al Cordero, haciendo profesión de vida perfecta, dejándolo todo para poseer a Cristo, impulsados por el amor sobrenatural de la Caridad, y cada Orden fue marcada por un signo que manifestaba las “inconmensurables riquezas de Cristo”, sin agotar esta Fuente infinita de perfección que es el Corazón del Verbo Encarnado y constituyéndose como en diademas de la Corona del Verbo de Dios. “Son los que siguen al Cordero donde quiera que va” como dice San Juan, y a algunos los invita al desierto como monjes viviendo en comunidad o solitarios, a otros, el mismo Espíritu, los lleva a tierras de misión a predicar el Evangelio, pero a todos teniendo el común denominador de vida perfecta, viviendo como los futuros Bienaventurados, en perfecta castidad, pues “en la resurrección no se toma mujer ni marido, sino que se es como los ángeles en el cielo”(Sn. Mt. XXIII, 30). En pobreza, porque los bienaventurados no tienen ya propiedad alguna de los bienes de este mundo destinado a perecer por el fuego. Todo lo tienen en común, y su tesoro, que es la riqueza de Dios, les pertenece a todos sin ningún tipo de partición. Y en obediencia a los designios divinos, pues en el cielo no tienen otra voluntad que la Voluntad de Dios conocida plenamente por la visión y abrazada con la total adhesión de la caridad consumada.
La inestabilidad de los tiempos y del mundo cambiante no fueron ni son obstáculos para que el Espíritu Santo siga suscitando corazones ardientes, para entregarse en brazos de la Caridad, al Corazón de Cristo, para seguirlo haciendo profesión de vida perfecta.
Esta vida no añade nada al Bautismo, pues el Bautismo entraña en sí mismo la muerte al hombre viejo para renacer como hijos de Dios adoptivos, sino que es el cumplimiento acabado de esta nueva humanidad renacida en las fuentes salvadoras del Bautismo, es hacer de la vida en Cristo, una profesión de perfección. No todos están llamados a vivir efectivamente esta vida, pero todos los cristianos sí son llamados a vivir en espíritu, la castidad, la obediencia y la pobreza a las que efectivamente solo algunos son llamados, los que tienen esta vocación especial de ser profesionales de la perfección en la Iglesia, como modelos del renunciamiento que el cristiano debe tener de sí mismo y del mundo, para vivir en Dios, desasidos de lo transitorio y perecedero.
La vocación del cristiano es un llamado a la muerte, de todo aquello que va a perecer, y los llamados a esta vida perfecta se anticipan a la muerte, dejando antes lo que irremediablemente tendrán que dejar después.
La santidad es en cierto modo idéntica con el estado religioso porque la esencia de este es la de ser profesores de la santidad, y la Iglesia, que es toda santidad –porque Dios es Santo- toda entera está llamada a este estado que se consumará cuando “la ciudad santa, la Jerusalén nueva, descienda de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su Esposo” (Apoc. XXI. 2).
Por Simón del Temple
LOS QUE TRABAJAN PARA EL ANTICRISTO
EL DEMONIO CON EL TRIDENTE EN LA CALDERA ARDIENTE
Casi me he arrepentido de haber antes desvalorizado la historia del tridente. Pero ¿sabe usted que, en cambio, es una imagen precisamente bien hallada? Ciertamente, no querréis de ningún modo preguntarme, ilustres lectores, ¡qué longitud tiene el mango y si por casualidad tiene cuatro puntas en lugar de sólo tres! Podemos prescindir de ello… En resumen; es claro que se trata de una metáfora.
Es certísimo, sin embargo, que los condenados se encontrarán allí un día con el alma unida de nuevo al cuerpo, y el castigo recaerá sobre la una y el otro, puesto que con la una y el otro (Más exactamente con las facultades de la una y del otro con que los pecadores y, por tanto, no su alma ni su cuerpo, sino ellos. compuestos de organismo y alma, cometieron el pecado eo la tierra. Nota del traductor) cometieron el pecado en la tierra; justicia perfecta. ¿Qué imagen más adecuada para expresar la aguijada del inexhausto y penetrante dolor, como un despiadado tridente? Es más, metafóricamente hablando, la imagen se ajusta solamente al alma. El «gusano» que roe, que muerde, penetrando cada vez más y sin detenerse jamás, expresa un concepto del todo semejante:«Donde el gusano que les roe nunca muere, ni el fuego jamás se apaga» (Marcos, IX, 47; véase Isaías, 66, 24).
Si en lugar del tridente se quisiese pensar en el garfio dilacerador de Dante, hágase también: «… y le cogió el brazo con el garfio, tanto que, desgarrando, arrancó de él un músculo» («Infierno», XXII, 71-72); o también en los filos de la tremenda espada en el noveno círculo: «Un diablo está aquí dentro que separa de allí —tan cruelmente al golpe de la espada— lanzando a cada cual de esta ralea» (XXVIII, 37-39).
Nada hay de pueril en todo esto sino sabio esfuerzo de imaginación para ayudarnos a comprender la grandeza de un tormento que supera, en realidad, a cuanto se imagine.
Diversa y mucho más exacta es la imagen del fuego. El cual no es una metáfora.
Es verdad que la pena de «daño» a saber la pérdida de Dios es la mayor del infierno, pero la pena de «sentido» —para el hombre que pecó con el alma y con el cuerpo (Más exactamente, como se dijo en la nota anterior, con las facultades o potencias de estos dos componentes del hombre que no son instrumentos suyos, pero proporcionan al hombre para que le sirvan de instrumentos sus facultades propias. Nota del traductor) —no puede dejar de ser proporcionalmente enorme. Y el fuego—bastante más que la metáfora del tridente y de los garfios— indica el tormento que penetra en todo el organismo y que en lugar de atenuarse está fomentado por la masa del mismo organismo.
Ciertamente, debe ser un fuego especial y milagroso, dado que se destina a atormentar también, es más, antes que a nadie, a los demonios que son espíritus y a las almas antes de volverse a unir al cuerpo: «Destinado para el diablo y sus ángeles» (Mateo, XXV, 41). E incluso en lo tocante al organismo tendrá el poder tremendo de atormentar sin consumir.
Sin embargo, se debe hablar de un fuego verdadero y no metafórico, como prueban las divinas palabras de Jesús.
Indudablemente, la reacción instintiva de nuestro entendimiento ante estas afirmaciones es de incredulidad, como siempre que se habla de un mundo no experimentado y tan diferente del modo actual de vida.
Es una reacción psicológica comprensible, pero no razonable. Le falta toda justificación objetiva en cuanto se haya comprendido la indiscutible realidad de las enormes penas del infierno (véase la respuesta anterior, número 12).
Es el dulce Maestro quien, precisamente porque nos ama infinitamente y quiere que las huyamos, nos las describe con un verismo impresionante y habla y vuelve a hablar del«lugar de tormentos», del «crujir de dientes», del «gusano roedor», del «fuego inextinguible». Citaré aquí sólo algunas frases que se refieren al fuego. Comienza el Precursor, San Juan Bautista: «Todo árbol que no produce buen fruto será cortado y echado al fuego» (Mateo, III, 10); «Limpiará perfectamente su era…; mas las pajas quemarálas en unfuego inextinguible» (id., III, 12). Y oigamos a Jesús: «… será reo del fuego del infierno» (Mateo, V, 22; véanse V, 29-30; X, 28, etc.); «todo árbol que no da buen fruto será cortado y echado al fuego»(Mateo, VII, 19); «coger primero la cizaña —o sea los hijos del demonio— y haced gavillas de ella para el fuego» (id., XIII, 30); «enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y quitarán de su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran la maldad; y los arrojarán en el horno del fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes» (id., XIII, 41-42); «más te vale entrar en la vida manco o cojo, que con dos manos o dos pies ser precipitado al fuego eterno» (id., XVIII, 8); y lo repite un versículo después: «… al fuego inextinguible…, donde el gusano que les roe nunca muere, ni el fuego jamás se apaga» (Marcos, IX, 42-47).
En la parábola del rico epulón, Jesús pone en su boca este tremendo clamor: «Envíame a Lázaro, para que, mojando la punta de su dedo en agua, me refresque la lengua, pues me abraso en estas llamas» (Lucas, XVI, 24). Y además: «Apartaos de mí, malditos: al fuegoeterno, que fue destinado para el diablo y sus ángeles» (Mateo, XXV, 41); «El que no permanece en mí, será echado fuera como el sarmiento, y se secará, y le cogerán y arrojarán al fuego y arderá» (Juan, XV, 6). San Juan, en el Apocalipsis, proclama para quien haya servido al demonio en lugar de a Dios: «Ha de ser atormentado con fuego y azufre a vista de los ángeles santos, y en la presencia del Cordero; y el humo de sus tormentos estará subiendo por los siglos de los siglos, sin que tengan descanso ninguno de día ni de noche, los que adoraron la bestia…» (Apocalipsis, XIV, 10-11); la Babilonia del pecado «será abrasada del fuego»(id., XVIII, 8); «y el humo de ella está subiendo por los siglos de los siglos» (id., XIX, 3);«entonces fue presa la bestia, y con ella el falso profeta… Estos dos fueron lanzados vivos en un estanque de fuego que arde con azufre» (id., XIX, 20); «y el diablo… fue precipitado en el estanque de fuego y azufre, donde también la bestia y el falso profeta serán atormentados dia y noche por los siglos de los siglos» (id., XX, 9-10); «el que no fue hallado escrito en el libro de la vida fue asimismo arrojado en el estanque de fuego» (id., XX, 15).
¿Y si fuesen —pensará alguno— expresiones sólo metafóricas? Y bien, ¿qué atenuación habría en ello? Siempre quedaría algo que atormenta de ese modo. A efectos dolorosamente… prácticos, sería lo mismo. Pero no habiendo razón para interpretar metafóricamente esa repetidísima expresión, es natural tomarla en sentido propio.
¡Terrible! Pero siendo palabra de Dios, infaliblemente verdadera.
Una última observación que puede constituir la confirmación de lo irrazonable de nuestras objeciones, probando su falsa presuposición psicológica.
¿Cuál es el estado de ánimo del que arranca nuestra actitud desconfiada? Un estado de ánimo de superioridad, de mirada a distancia, de adecuada valoración del verdadero mal, de las penas verdaderamente dignas y de los verdaderos valores. Parece como si dijésemos: «el fuego, ¡quita allá!, ¡qué pequeñez, qué puerilidad, la pena debe ser algo mucho mayor! La privación de Dios: ¡ésa sí, es digna de Dios juez y del hombre pecador!» Pero mientras así se habla, cada uno debe confesarse a sí mismo que la repugnancia por el fuego es sensiblemente mayor que la otra, y nos parece —siempre en nuestra espontánea valoración terrena— demasiado cruel para admitirla en Dios.
La objeción, pues, se basa toda ella en un falso estado de ánimo, en una psicología falta de sinceridad, incluso en una contradictoria psicología.
Reconózcase en cambio sinceramente que la pena de sentido no podrá faltar en castigo de un pecado cometido también con los sentidos, y no podrá dejar de tener una intensidad proporcional a todo el nivel de la pena del infierno de la que da alguna idea —pero ciertamente, a priori, inadecuada por ser todo en ese reino inmensamente más intenso— el tormento del fuego, que conocemos en la tierra. Y añádase luego que la pena de daño será todavía mayor…
EL ECUMENISMO Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA
Carta del Santo Oficio
16 de septiembre de 1864
– D.B. 1685 –
Fue comunicado a la Santa Sede que algunos católicos y que hasta eclesiásticos dieron su nombre a una sociedad para buscar, como dicen, la unidad de la Cristiandad.
Erigida en Londres, en 1857 ya publicó varios artículos en revistas, firmados por católicos que aplauden la referida sociedad y aún hay eclesiásticos que la recomiendan.
En verdad cual sea la índole de esta sociedad y su fin, se entiende fácilmente, no sólo por los artículos de la revista cuyo título es The Union Review, sino también por la hoja en la cual se invita y en la cual deben inscribirse sus socios.
En la realidad, es formada y dirigida por protestantes, animada por ese espíritu que, de modo expreso profesa, a saber: que las tres comuniones cristianas, la católico-romana, la greco-cismática y la anglicana, ahora separadas y divididas, reivindican por igual el derecho al nombre católico.
Así el ingreso a ella está abierto a todos, en cualquier lugar que vivan, sean católicos, sean greco-cismáticos o anglicanos.
Pero, con la condición: que no sea lícito a nadie cuestionar sobre los capítulos de doctrina en los cuales difieren.
Y que cada uno pueda seguir tranquilamente su propia confesión religiosa.
Sin embargo, manda a todos los socios recitar oraciones y a los sacerdotes celebrar sacrificios según su intención, dado que, según se supone, todas juntas ya constituyen la Iglesia Católica y se reúnen con el fin de un día formar un sólo cuerpo…
El fundamento en el cual esta sociedad se apoya es tal que trastorna, de arriba-abajo, la Constitución divina de la Iglesia.
En efecto todo consiste en suponer que la verdadera Iglesia de Jesucristo consta en parte de la Iglesia Romana, difundida y propagada por todo el orbe, en parte del cisma de Focio y de la herejía anglicana, para las cuales, de modo igual que para la Iglesia Romana, existe un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo (Ef IV, 5).
Nada por cierto puede ser de mayor valor para un católico que arrancar la raíz de los cismas y de las divisiones entre los cristianos y que todos los cristianos sean solícitos en guardar la unidad de espíritu en el vínculo de la paz (Ef. 4,3).
Pero que los fieles de Cristo y los eclesiásticos oren por la unidad de los cristianos, guiados por los herejes, y, lo que es peor, por una intención manchada e infectada por la herejía, no puede ser tolerado de ningún modo.
La verdadera Iglesia de Jesucristo se reconoce por la autoridad divina por la cuádruple nota que afirmamos en el Símbolo de la Fe que debe ser creído.
Y cada una de estas notas de tal modo está unida con las otras que de las no puede ser separada.
De ahí que la Iglesia que se llama y que verdaderamente es la Iglesia Católica, debe brillar juntamente por la prerrogativa da unidad, de la santidad y de la Sucesión Apostólica.
Así pues la Iglesia Católica es una con unidad conspicua y perfecta en el orbe de la Tierra y en todas las naciones, con aquella unidad de la cual es principio, raíz y origen indefectible la autoridad suprema es la “más excelente principalidad” (San Irineo) de San Pedro, príncipe de los Apóstoles y de sus Sucesores en la Cátedra romana.
No existe otra Iglesia Católica fuera de la que, edificada sobre Pedro, se levanta por la unidad de fe y de Caridad con un solo cuerpo compacto (Ef. IV, 16).
Otra razón por la cual los fieles deben rechazar de modo más fuerte esta sociedad es que los que se unen a ella favorecen al Indiferentismo y causan escándalo.
COMENTARIOS
El Ecumenismo del Vaticano II, puede haber tenido su inicio histórico en esa“Unión” promovida por los herético-cismáticos anglicanos, por protestantes que quieren tener el nombre de “católicos” como hoy lo usan los jerarcas del Vaticano II y los engañados de la “nueva iglesia conciliar”. Quieren “igual derecho” de ser llamados católicos siendo heréticos y cismáticos.
No quieren que se hable de sus errores y herejías: quieren silencio sobre las diferencias del credo. Cada uno puede seguir “su propia confesión religiosa”,individual y libre. Se niega la fe universal, común a todos, venida de la autoridad divina de la Sede de Pedro. Todas las sectas “ya constituyen la Iglesia Católica”: se debe unir el Templo de Dios con los templos de Lucifer.
Esto “pervierte totalmente el concepto de verdadera religión”, dice Pió XI: “es una falsa religión cristiana’. Sin embargo, es la doctrina central del Vaticano II. Una“unidad” no de los fieles cristianos; sino de los infieles, de los herejes, una“convención” entre la luz y las tinieblas (2 Cor VI, 14-18).
La verdadera Iglesia Católica tiene unidad de fe, de santidad, de Sucesión Apostólica. Está bajo el primado del Sucesor de San Pedro. No existe otra Iglesia Católica. No es indiferente y libre confesar un credo u otro. Fuera de la Iglesia fiel no existe salvación. El primado de Pedro es la Cabeza visible de esta unidad de fe y de régimen. La obediencia al Romano Pontífice es de necesidad de salvación, definió Bonifacio VIII, y, por ende, la urgencia de su elección es el deber sagrado urgente e ineludible de la Iglesia, y por ello quienes se separan de la unidad de la Iglesia buscando argumentos falsos para no elegir al Papa, se constituyen en enemigos de la Esposa de Cristo, formando parte del panteón ecuménico donde pretenden reclamar ser católicos todos los que no hacen lo que la Constitución divina de la Iglesia determina: la elección del Vicario de Cristo en situación de Sede Vacante del cual procede la jurisdicción de los obispos.
Quien no sea ciego, verá.
“Bienaventurados sois, cuando os maldijeren y os persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros mintiendo, por mi causa: gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa será muy grande en el reino de los cielos. Pues así también persiguieron a los profetas que, fueron antes de vosotros»(Mt. V, 11-12)
Por Dr. Homero Johas
Traducción:
P. Manuel Martinez Hernández
COETUS FIDELIUM N° 8
Agosto del 2013
DEPENDENCIA DEL EPISCOPADO
El Episcopado es de suyo y en sí mismo la coronación del Orden Sagrado, al punto que sobre él no existe ninguna otra Orden que se pueda conferir a un clérigo, no obstante, en cuanto que los Obispos son también miembros de la Iglesia, aunque eminentes, sin embargo, en cuanto tales están sujetos y dependen de la Cabeza. No existen los Obispos independientes ni en la Mente de Jesucristo ni en la práctica de la Iglesia, porque tienen como origen y fuente a Jesucristo y al Vicario de Jesucristo en la indivisible unidad de un mismo y solo Principado.
Ya desde lo dicho, nos remontamos al concepto de “procesión” en el seno de la Augusta Trinidad, que se define como “origo unius ab alio” (origen de uno por otro), y esto supone un principio, un término y una relación entre los dos. En Dios esta procesión es inmanente y únicamente pueden y son dos: la del verbo intelectual y la de amar. Esto es así porque el entender divino es la misma substancia del que entiende, y por tanto el verbo engendrado procede como subsistente en su misma naturaleza y por ello se llama “engendrado” e “Hijo”. Pero como en toda naturaleza intelectual hay solamente dos operaciones: la del entendimiento, de quien procede el verbo, y la voluntad, de quien procede el amor; y como en Dios hay estas dos operaciones, por tanto, hay solo dos procesiones: la del Hijo que procede del Padre por generación intelectual y la del Espíritu Santo que procede por vía de espiración activa, del Padre y del Hijo.
Del mismo modo en la Iglesia el Episcopado procede y tiene como origen a Jesucristo y al Papa, tiene como término a la persona de un clérigo como sujeto apto para recibirlo, y una relación de dependencia. La trama de esta relación es tan estrecha y necesaria como la que existe –para poner un ejemplo- entre las ramas de un árbol con el tronco. Si se desgaja se seca y ya no dará frutos. Por eso que en la Iglesia Católica no existen ni podrían existir Obispos independientes ni iglesias particulares separadas de la Cabeza. Esto es así porque esta dependencia, en el Episcopado, no es otra cosa que la misión misma en cuanto recibida –continua y habitual- por los Obispos. Esta “misión” (que se llama poder móvil o jurisdicción) constituye una relación duradera y permanente fuera de la cual dejan de subsistir los poderes conferidos a ella. Por eso la dependencia y la relación de origen son una sola cosa.
Así, el hecho de depender del Vicario de Cristo y Cabeza Visible de la Iglesia es para el Episcopado tener de Él el origen de la misión, lo que lleva a mostrar que los Obispos necesitan ser instituidos por Él y solo por Él.
En la actualidad al estar la Sede vacante en este período de interregno tan prolongado teniendo como causa la apostasía y el eclipsamiento de la Iglesia por la Ramera, los Obispos católicos válidos que existen, han debido aceptar el Episcopado para que no se perdiera la sucesión apostólica y con la sola finalidad de preparar el terreno para una elección papal en circunstancias extremas.
Insistimos en decir que sólo poseen el poder inmóvil otorgado por la recepción del Orden Sagrado, pero la confirmación de sus cargos, oficios y dignidades están sujetas y a la espera que el Vicario de Cristo las confirme, o no, pues este derecho le pertenece en forma soberana, exclusiva y necesaria, pues sólo el Papa es instituido inmediatamente por Dios.
Sin embargo, y según lo que veníamos exponiendo, de ninguna manera poseen el derecho de ejercer el Episcopado aisladamente ni de creer siquiera que pueden seguir adheridos al tronco sin considerar la urgencia que les compete para reunirse con los otros Obispos católicos, en similar situación, y dar a la Iglesia la NECESARIA Fuente y Principio del poder de ellos: el Papa, Cabeza Visible, porque Él ha sido constituido por Jesucristo por Cabeza y Príncipe en lugar de Sí mismo, y sólo Él ocupa el lugar de Cristo, y es el Papa el único con autoridad en esta tierra para legitimar la consagración de ellos – los Obispos- y darles la misión canónica y auténtica.
Y lo que se dice de los obispos se aplique a los presbíteros, los cuales de ninguna manera poseen el derecho de ejercer el sacerdocio aisladamente sin sujetarse al obispo – clericus vagus, cuyos sacramentos son ilícitos, según el C.I.C, salvo en grave peligro-, y a través de ellos, reunidos con otros obispos católicos, cumplan con la urgencia de elegir un Papa que les confirmará, o no, en el ejercicio de su ministerio.
No existen razonamientos ni excusas para demorar la elección. Si perseveran en su indolencia lo único que harán será mostrar su necedad ante la Iglesia, y Dios los juzgará por negligentes.
Por Simón del Temple
EL MODO DE OBRAR JERÁRQUICO EN LA IGLESIA COMO REFLEJO DE LAS OPERACIONES DIVINAS
Partimos del principio que la autoridad pertenece al que da el ser.
Así pondremos un ejemplo: Cuando Dios crea, da todo el ser a la creatura, la esencia y la existencia, pero la operación divina no se limita al acto de crear, sino de seguir comunicando el ser continuamente en un solo acto de Voluntad Omnipotente, de modo que su dominio sobre lo creado es total, pues ningún ser puede substraerse a su acción creadora y conservadora. Por tanto, tiene pleno derecho de autoridad a tal punto que cualquier autoridad legítima proviene de Él como de fuente primaria y principal. Y así lo testifica todo el Antiguo Testamento.
Con la Encarnación del Verbo sabemos que “TODO poder le ha sido dado, en la tierra y en el Cielo”, por tanto, y aunque siempre la suprema autoridad es divina, ahora pasa a manos de Cristo: “¡Este es mi Hijo amado, escuchadle!”, porque es Señor y Maestro.
En los designios divinos no hay lugar para el azar. Todo ha sido pensado y querido eternamente en el seno Trinitario. Es fundamental tener presente esta idea todo el tiempo porque, “de lo alto es todo bien que recibimos y todo don perfecto, descendiendo del Padre de las luces, en quien no hay mudanza ni sombra de variación.” (Sant. I,17).
Estando asociada –en el mismo decreto de predestinación- desde siempre en la mente divina la fundación y constitución de la Iglesia, Jesucristo -Verbo de Dios Encarnado- va eligiendo a sus discípulos y los va preparando para ser las columnas de Su Iglesia, que proceden de Él, y de esta manera el Episcopado está asociado a la autoridad de Cristo, porque le compete -junto con Él- hacer renacer a la vida sobrenatural a los hombres en la fecundidad de la operación vivificante por la que, da a Dios, hijos por adopción.
También aquí resplandece en la Iglesia otro Misterio divino: el Misterio Trinitario de la “circumincesión”, porque las Personas divinas operan en el modo en que son, y como su poder –que es la esencia misma- es indivisible, su operación lo es también, de manera que no se puede separar a las Personas ni invertir el orden que hay en Ellas, ni hacer que la acción se divida entre Ellas ni les pertenezca por partes distintas. La operación es una entre las Personas, como una es su Esencia. Siempre están presentes Una a Otra, de forma tal que la que procede no puede subsistir separada de su principio ni dejar de estar presente del que depende por su origen, así El Padre engendra, el Hijo es engendrado y de los dos por vía de espiración procede el Espíritu Santo. En la operación del Padre está encerrada la operación del Hijo y del Espíritu Santo, “porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace” (Sn. Jn. V. 20). Y aunque se muestren “solos”, nunca en las operaciones las Personas están solas: “Quien me ve a Mí, ve al Padre”.
La Iglesia, asociada por el Hijo al Misterio Trinitario, no puede obrar de manera distinta, porque “las obras que Yo hago, no las hago de mí mismo, sino que el Padre que mora en mí, realiza las obras” (Sn. Jn. XIV. 10-12), por tanto, el poder conferido a la Iglesia es espejo del poder que hay en Dios, y es el modo de obrar jerárquico de la Iglesia.
Este poder es el poder de Dios, y como tal es indivisible, pero la comunicación a la Iglesia es efecto de un don superior de la potencia divina, es un efecto sobreañadido y en el caso de recibir obstáculo en los hombres, queda interrumpido, y como el obrar sigue al ser, faltando este poder, se pierden los otros dos: el de magisterio y el de ministerio, que son los dos elementos de este poder conferido, que es la autoridad de gobierno. A través de ellos, Cristo llama a las creaturas, no del abismo de la nada, sino de “las tinieblas y sombras de la muerte” y de la infidelidad, y los “invita a la admirable luz” (I Sn.Pe. II.9) a través de la operación, que crea una nueva creatura, por los Sacramentos, y a partir de allí, aquel que era extraño, según el orden de esta nueva vida, pasa a pertenecerle con pleno derecho.
De este modo queda patente que cualquier clérigo con autoridad: Obispo, Sacerdote o Diácono, necesariamente tiene que formar parte de la cadena de poder conferido. No puede actuar solo o desgajado del tronco jerárquico.
En la actualidad y debido a la falta de Cabeza Visible, el poder conferido está a la espera de ser confirmado, cuando quede restablecido desde la Cabeza. Por eso que ya no es aceptable la ignorancia –en los clérigos- de este principio fundamental del modo de obrar de la autoridad jerárquica.
El poder es uno e indivisible, aunque sea compartido por muchos, pero este poder no existe completo, ni el de gobierno, ni menos el de magisterio y el de ministerio, hasta tanto y cuanto no quede restablecida la autoridad jerárquica de la Iglesia desde su Cabeza. Tan solo poseen estos clérigos la validez del Orden Sacerdotal- las que son válida- a la espera que un verdadero Sumo Pontífice les confirme la autoridad en la Iglesia. Si no quieren ni procuran cuanto antes acabar con la vacancia de la Sede, su magisterio y su ministerio es puro humo, que no da gloria a Dios, y Dios les pedirá cuenta de semejante negligencia; es un sarcasmo en ellos la aplicación de la virtud de la epiqueya; de ninguna manera se ajusta a las condiciones que señala Santo Tomás de Aquino para su legítimo uso. Es duro, pero debemos decirlo y recordarle a los Obispos acéfalos que sin el Papa que los confirme son “muchedumbre confusa y perturbada” y próximos a desviarse de la Fe.
Por Simón del Temple
EL MISTERIO DE LA UNIDAD DE LA IGLESIA
La indivisible unidad de la Iglesia, pese a que por su visibilidad pareciera perderse en la multiplicidad, de ninguna manera es así, porque de suyo, el orden es la reducción de lo múltiple a la unidad.
Como en todas las obras divinas queda manifiesto el admirable orden que Dios imprimió en ellas, en la Iglesia este orden hace referencia permanente a la vida dentro del seno Trinitario. De este modo las Tres Personas, sin dejar de serlo, no se confunden unas con otras, sino que el orden hace pensar siempre en la unidad de Esencia en Dios. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. No son tres divinidades, ni tres esencias, sino que siendo una sola Esencia son también Tres Personas distintas: ni el Padre es el Hijo o el Espíritu Santo, ni el Hijo es el Padre o el Espíritu Santo, ni el Espíritu Santo es el Padre ni el Hijo. El Padre engendra eternamente al Hijo y de los Dos procede el Espíritu Santo eternamente: en la Trinidad de Personas hay una sola Esencia, es decir, en la Unidad de Esencia hay pluralidad de Personas sin mezcla ni confusión. Y así desde toda la eternidad, Tres Personas y una sola Esencia.
Lo mismo en la Iglesia – fundada por la Segunda Persona hecha Hombre: Jesucristo- este sello divino queda manifiesto, pues la multiplicidad visible de iglesias particulares regenteadas por cada Obispo, convergen en un punto, que es la unidad: de gobierno, de culto y de doctrina. El Episcopado es anterior a que un Obispo esté a la cabeza de una iglesia particular, así la Iglesia Católica –como Institución divina- es anterior a cualquier iglesia particular, ellas proceden de Ella y Ella no depende de aquellas y las precede. De este modo la Iglesia es una e indivisible, con una indivisibilidad inviolable y esencial: no puede no ser Una. Esta propagación de la Iglesia, en iglesias particulares, no se hace por división, sino por asunción de la unidad. Cualquier iglesia particular que separe alguna de las características de la unidad: gobierno, culto o doctrina, deja de pertenecer a Jesucristo porque Jesucristo es inseparable de la Iglesia, forma con Ella una sola unidad.
Ya podemos extraer la conclusión:
Al estar actualmente la Iglesia con Sede vacante y por ello verse eclipsada la visibilidad, los intentos de propagar las iglesias particulares a cargo de algún Obispo válido, o la fundación de innumerables capillas y congregaciones por sacerdotes (muchas veces sin comunión con un Obispo), sin referencia a la unidad, son meros intentos fallidos de apostolicidad porque opacan la unidad de gobierno, aunque mantengan la unidad de culto y tal vez la de doctrina, al dilatar cada vez más el procurar dar a la Iglesia la Fuente y Principio de la triple unidad, que es el Soberano Pontífice.
Porque en la Iglesia todo refleja la unidad en el seno Trinitario; y en la Iglesia es Jesucristo –Verbo Encarnado- el principio y el vínculo de unidad que se manifiesta: en la unidad de gobierno a través de la subordinación de los miembros -clérigos y fieles- al Papa, su Cabeza Visible; en la unidad de culto a través del único Sacrificio agradable a Dios; y en la unidad de doctrina: Credo, Mandamientos, Sacramentos y Oración. Este es el orden admirable de la Iglesia Católica, en quien tiene Jesucristo su plenitud (Ef. I.23): “que todos sean uno, Padre, como nosotros somos uno” reza.
A Jesucristo no se lo puede encontrar fuera de la Iglesia Católica, y tampoco a Ella sin Él, pues conforman una unidad. Pero esta unidad queda dispersa sin las prescripciones dada por el Fundador: siempre en la multiplicidad visible debe existir la Fuente y el Principio de donde fluye la triple unidad: la Cabeza Visible y Vicario de Jesucristo, el Papa, como sello característico que marca a la Iglesia Católica como Esposa, “sin mancha ni arruga”, del Cordero, de lo contrario la “apostolicidad” se diluye –digámoslo- en la propagación de falsos pastores, y el rebaño se dispersa y se pierde. De aquí el gravísimo deber que la Iglesia tiene de elegir un Papa, luego de más de sesenta años de sede vacante.
Por Simón del Temple
EL APOSTOLADO SEGLAR. PÍO XII
LA «MISSIO» DEL SACERDOCIO CATÓLICO
El sólo título parece hacer referencia a una realidad aparentemente extrínseca del poder sacerdotal, pero es una característica tan profunda que hunde sus raíces en la inagotable fecundidad que existe en el seno de las Tres Divinas Personas, y esto lo descubrimos en el concepto de “missio” = misión, que significa “ser enviado” y por lo mismo hace entender el origen del enviado respecto a aquel que envía.
Sin haber superioridad o inferioridad de esencia en ninguna de las Tres Personas, el Padre que engendra eternamente a Su Hijo, lo envía, y ambos envían al Espíritu Santo, apropiándose cada Una de las Personas una “obra” ad extra del seno Trinitario: El Padre engendra y envía y por nadie es enviado, el Hijo es enviado y se Encarna, y el Espíritu Santo, enviado por las otras Dos Personas, se apropia la obra de la santificación de los hijos de Dios. El término de las misiones divinas siempre es temporal.
La Iglesia Católica es depositaria del poder de la “missio” conferida por el mismo Jesucristo. Ella –la Iglesia- es la manifestación en el tiempo de la vida Trinitaria. Así como el Hijo es enviado a Encarnarse, este Verbo Encarnado, funda la Iglesia y la envía; así como Él ha sido enviado por el Padre, así envía a los Apóstoles. La misión, o título, o cargo, o jurisdicción, es distinta del carácter o sello que imprime en el alma quien recibe el Orden Sagrado, que, salvo en casos particulares de excepción, o de circunstancias históricas extremas, siempre van juntos.
La Iglesia tiene autoridad, dada por Jesucristo mismo, para expandir la Gracia divina, a través del Sacerdocio, por medio de la “missio” a todos los rincones de la tierra. Con claridad se vislumbra que entra en las disposiciones jerárquicas que Jesucristo quiso darle a Su Iglesia. Y de tal modo es así que quien otorga la prerrogativa del ejercicio normal del sacerdocio siempre es el Superior jerárquico. La “missio” tiene un origen y un término. El origen es la autoridad del Papa que tiene –por su cargo- jurisdicción inmediata, ordinaria y universal sobre cada uno de los Obispos a quienes delega una porción del Rebaño de Cristo, al punto que faltando la “missio” – en épocas normales y pacíficas- el ejercicio del Orden Sagrado se torna ilícito, porque es necesario ser “enviado”.
Habiendo dicho algo sobre el fundamento de la “missio” en la Iglesia, y habiéndola distinguido del carácter sacerdotal que imprime el Orden Sagrado, se nota claramente que se trata de un poder móvil que es pasible de ser removido o quitado, todo lo contrario que con el otro, que es imborrable y eterno si se ha recibido válidamente.
Cualquier clérigo –por disposiciones penales- puede ser impedido de ejercer el Sacerdocio substrayéndole el cargo o la jurisdicción que posee hasta ese momento.
Hay casos en los que ni siquiera hace falta sentencia declaratoria para que quede anulado el ejercicio, por ejemplo, pongamos el canon 188.4 que, por el delito de incurrir en herejía, “ipso facto” pierde cualquier cargo o jurisdicción que tuviere. (se entiende siempre que haya recibido válidamente el Orden; no entran aquí los hijos «sacramentales», por ejemplo, del luciferino Lienart). La Bula de Paulo IV (“Cum Apostolatum officio”) expresa lo mismo.
Por tanto y en el caso que en la Iglesia conciliar apóstata pudiera haber –después de tantos años de apostasía de la Fe- algún clérigo válido, quedaría imposibilitado de ejercer el sacerdocio por abrazar la herejía y no apartarse del hereje.
Aunque en realidad, lo pretendido en este escrito, aclarando los dos poderes, va dirigido exclusivamente para los Obispos y Sacerdotes, que, habiendo recibido el Orden Sagrado, NO RECIBIERON la “missio” porque al estar la Sede Romana vacante y no haber un legítimo Vicario de Cristo, NO HAN RECIBIDO autoridad de Pastores, haciendo abuso de la virtud de la epiqueya, corrompiéndola, que, tratándose de un tiempo extraordinario, recibieron el Episcopado con la finalidad, no de apacentarse a sí mismos, sino de unirse al resto de los Obispos católicos válidos para declarar como Jerarquía de la Iglesia Católica, pública y formalmente la Sede vacante y proceder a desarrollar una estrategia común para elegir a la Cabeza Visible, y de esa manera, poder luego ser ellos confirmados o no en los cargos, otorgándoles –el Sumo Pontífice- la jurisdicción necesaria .
Con dolor constatamos que, al demorar este DEBER SAGRADO Y URGENTE, junto con la demora se va diluyendo cada día más el concepto de “missio” en sus mentes, y son responsables de predicar sin ser enviados, alterando el Evangelio y las disposiciones eternas concebidas en el seno Trinitario sobre la Constitución de la Iglesia.
Los llamamos a unirse entre sí para encabezar el Ejército formado en orden de batalla que pueda presentar batalla, como Cuerpo organizado y jerárquico, a la falsa Iglesia conciliar, a la Apostasía constituida en Religión idolátrica y en Cuerpo Místico del Anticristo.
La Iglesia Católica NECESITA Y QUIERE Jerarquía católica, y por eso, NECESITA Y QUIERE un Papa Católico.
Por Simón del Temple
