LOS CAMBIOS LITÚRGICOS DE PÍO XII ATACADOS POR NEOGALICANOS TRADICIONALISTAS

Los modernistas, en su intento de destruir la liturgia Católica, gradual y astutamente introdujeron la “Misa Nueva”, también llamada “Novus Ordo”, los nuevos sacramentos y los cambios litúrgicos que resultaron del Vaticano II. Como consecuencia de eso los católicos se volvieron reacios hacia el cambio litúrgico. Desafortunadamente algunos tradicionalistas han ido más allá, hasta rechazar los legítimos cambios introducidos por el Papa Pio XII, el cual ellos lo consideran como Papa legítimo.

Ellos sostienen erróneamente que algunas de estos cambios, incluso la Semana Santa Reformada, fueros los primeros pasos hacia el Novus Ordo, debido al envolvimiento de Monseñor Annibale Bugnini, además a causa de unos retoques hechos por otros Modernistas. Estas almas fuertemente porfiadas no rechazan completamente  todos los cambios; ellos recogen y eligen lo que van a aceptar y lo que van a rechazar. Por ejemplo, ellos observan la reforma que hizo el Papa sobre el ayuno eucarístico y el permiso para decir Misas vespertinas. ¿Quién les dio la autoridad para determinar lo que hay que seguir respecto a los ritos litúrgicos, a los decretos y a las rubricas?

El Papa Pio XII promulgó varios cambios litúrgicos, entre otros están los siguientes:

1) Por muchos siglos la Iglesia Católica requirió que las personas estuviesen en ayunas desde la medianoche sin comer ni beber nada, incluso agua, antes de la recepción de la Comunión. En 1950 el Papa Pio XII cambió las leyes del ayuno para una hora para las bebidas no alcohólicas y tres horas para comidas y bebidas alcohólicas. Se puede tomar agua y se pude tomas medicamentos a cualquier hora antes de recibir la Sagrada Eucaristía. El resultado de esas mudanzas viene a ser que los católicos pueden recibir a Nuestro Señor en la Santa Comunión más frecuentemente. Los sacerdotes americanos que a menudo rezan varias Misas o Misas vespertinas en el Domingo apreciaron estos cambios.

2) Su Santidad permitió la celebración de la Misa a la tarde y a la noche — un cambio muy notable en comparación con la observancia anterior.

3) En 1955 él simplificó las rúbricas del Breviario Romano y del Misal cambiando la clase de algunas fiestas y descartando algunas octavas y vigilias. Él implemento al Breviario las reformas el Papa San Pio X hizo para el Breviario Monástico.

4) En 1955 el Papa Pio XII aprobó la Nueva Semana Santa, en la cual se restauró algunas de las ceremonias que fueron alteradas a través de los años. Además él la hizo más fácil para concurrencia de los trabajadores en las ceremonias del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la Vigilia Pascual volviéndolas a su tiempo original y apropiado. En los tiempos apostólicos la Iglesia Católica celebraba la liturgia del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la Vigilia Pascual “en las mismas horas del día en que aquellos sagrados misterios ocurrieron. Así, la institución de la eucaristía tuvo lugar en el atardecer del Jueves Santo, la Pasión y la Crucifixión tuvieron lugar en las horas después del mediodía del Viernes Santo y la Vigilia Pascual ocurrió en la noche del Sábado Santo, terminando a la mañana del día de Pascua con el jubilo de la Resurrección de Nuestro Señor.”

“Durante el Medio Evo… [la Iglesia], a causa de varias razones pertinentes, comenzó a hacer en horas más tempranas las performances litúrgicas en aquellos días, luego hacia el final de aquel periodo todos esos servicios litúrgicos han sido transferidos a la mañana. Esto no tuvo ligar sin detrimento del significado litúrgico y confusión entre las narraciones Evangélicas y la ceremonias litúrgicas adjuntas a ellas” (Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, pp. 1-2, 16 de Noviembre, 1955).

Los servicios litúrgicos solemnes del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la Vigilia Pascual eran llevados a cabo a la mañana en Iglesias casi vacías porque pocos podían atender a ellas. Colegiales tenían que suplantar a los hombres en la ceremonia del lavado de los pies en el Jueves Santo porque estos tenían que trabajar. Debido a la restauración de la semana Santa hecha por el Papa Pio XII las Iglesia ahora están llenas y los fieles vienen en gran número para asistir las ceremonias y recibir la Santa Comunión.

En 1951 el Papa Pio XII restauró la Vigilia Pascual para la noche, su propio tiempo:

“Por siglos la Iglesia ha visto la incongruidad de la celebración de la Vigilia Pascual — un servicio cuyo textos [v.gr. el alleluia] y simbolismos [v.gr. Lumen Christi] obviamente se inclinan hacia las horas de la noche — en tempranas horas de la mañana del Sábado Santo cuando ciertamente Cristo no había surgido todavía. Que esto no ha sido siempre así está probado históricamente fuera de toda duda. (John Miller, C.S.C, “The History and Spirit of Holy Week”, The American Ecclesiastical Review, p.235.)

El Papa Pio XII redujo el número de las lecciones recitadas de doce para cuatro, volviendo a la práctica de San Gregorio Magno. El Papa ordenó que el ayuno de la Cuaresma concluyese a la medianoche del Sábado Santo en lugar de a la tarde para que completase los 40 días de ayuno, y no 39 días de ayuno. Esta ley disciplinaria asegura que el Sábado Santo retenga su carácter de tristeza por la muerte de Nuestro Redentor que yace en el Santo Sepulcro.

5) En 1954 el Papa Pio XII hizo una revisión del Oficio Divino, omitiendo varias oraciones, como el Padre Nuestro, el Ave-María y el Credo antes de las horas, las preces en Laudes y Vísperas con algunas excepciones, el largo Credo Atanasiano, a excepción del día de la Santísima Trinidad, etc. De acuerdo con la Sagrada Congregación de Ritos, el objetivo propuesto de estas modificaciones era “para reducir la gran complejidad de las rubricas a una forma más sencilla”.

El Papa San Pio X ya había introducido algunos de esos cambios en el Breviario Monástico. A través de la influencia de los Benedictinos, el Papa Pio XII las extendió para todo el clero. Por la simplificación de las rubricas y la disminución de las oraciones, el Breviario pasó a ser más fácil para que los sacerdotes llevasen a cabo fiel y devotamente su obligación de recitar todos los días el Oficio Divino. El clero recibió de muy buena gana estos sabios cambios.

El Papa Pio XII aprobó y promulgó oficialmente estos cambios. Bugnini no tenía autoridad para promulgar nada. Referirse a la Nueva Semana Santa como si fuera la liturgia de Bugnini es cosa poco ingeniosa y hasta deshonesta intelectualmente hablando. Cualquier que sea el rol que haya tomado, eso no obscurece el hecho de que varios cardinales y liturgistas ortodoxos tuvieron envolvimiento en los preparativos de estos cambios.

La Sagrada Congregación de Ritos fue establecida para dirigir la liturgia de la Iglesia Latina. Por Iglesia Latina se entiende aquella parte de la Iglesia Católica, de lejos la mayor, que usa el latín en sus ceremonias. El Papa Pio XII estableció una comisión “para examinar la cuestión de la restauración del Ordo de la Semana Santa y proponer una solución. Obtenida la respuesta, Su Santidad decretó, como la seriedad del asunto demandaba, que la cuestión en su totalidad fuese sujeta a un especial examen hecho por los Cardenales de la Sagrada Congregación de Ritos.”

[Cuando los Cardenales se reunieron en el Vaticano en 1950,] “ellos consideraron a fondo el asunto y votaron unánimemente que el Ordo de la Semana Santa restaurada fuera aprobada y prescrita, sujetos a la aprobación del Santo Padre. Acto continuo, habiendo sido detalladamente reportada al Santo Padre por el… Cardenal Prefecto, Su Santidad se dignó a aprobar lo que los Cardenales habían decidido. Entonces, por especial mandato del mismo Papa Pio XII, la Sagrada Congregación de Ritos declaró lo siguiente… [dando directivas específicas, incluso:] Aquellos que siguen el Rito Romano están obligados… a seguir el Ordo de la Semana Santa Reformada, expuesto en la edición oficial del Vaticano” (Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, pp. 1-2, 16 de Noviembre de 1955).

De acuerdo con el Papa Pio XII, la reformas litúrgicas que él promulgó fueron “un signo de la disposición providencial de Dios en la moción del Espíritu Santo a la Iglesia para los tiempos presentes” (The Assisi Papers, Procedentes del Primer Congreso Internacional de liturgia pastoral, Asís-Roma, 18 al 22 Septiembre, 1956, p. 224). Cristo dijo a San Pedro y a todos sus sucesores legales, “Aquel que os oye, a mi me oye.” (Lucas 10:16). El tema en cuestión es la obediencia a la legítima autoridad suprema de la Iglesia Católica. Un verdadero Papa aprobó estos cambios. Debemos aceptar estos cambios como legales y dignos de seguimiento salvo que podamos probar que el Papa Pio XII no fue un verdadero Papa.

El que diga que el Papa Pio XII no aprobó la Semana Santa Restaurada, lo dice sin fundamento. Es ridículo decir que el Papa Pio XII no tenía idea de que la Sagrada Congregación de Ritos y todo el mundo Católico estaban haciendo respecto a la Semana Santa. ¿No es este el mismo argumento que algunos usan para defender a los “papas” posconciliares — que desde la muerte del Papa Pio XII, los “Vicarios de Cristo” no han tenido idea de lo que pasaba en la Iglesia Católica? El argumento que dice que él era ya anciano o tenía cualquier otra discapacidad para regir la Iglesia es también completamente absurdo por lo claro de sus últimas encíclicas, directivas y discursos en el mismo año de su fallecimiento.

El Papa Pio VI estigmatizó como “al menos errónea” la hipótesis “de que la Iglesia podría establecer una disciplina que fuera peligrosa, prejudicial, conducente a la superstición o al materialismo.” (Dz. 1578). En la sección 22, canon 7, el concilio de Trento condenó a cualquiera que diga que las ceremonias de la Iglesia son un estimulo a la impiedad más que a la piedad.

Los cambios introducidos por el Papa Pio XII son legales, santos y conducentes a la santificación y salvación de las almas. La Iglesia Católica ha enseñado consistentemente que un Papa válido no puede promulgar una ceremonia o ley litúrgica que sea prejudicial a la fe y a la piedad y que desagrada a Dios. En tales decisiones el Papa es protegido por la infalibilidad.

Los teólogos enseñan que las leyes disciplinarias universales y los cambios litúrgicos son objetos secundarios de la infalibilidad. Esto está claramente explicado por Monseñor Van Noort: “El bien conocido axioma, Lex orandi est lex credendi (la ley de la oración es la ley de la creencia), es una especial aplicación de la doctrina de la infalibilidad de la Iglesia en materias disciplinares. Este axioma dice en efecto que la formula de la oración aprobada para el uso público de la Iglesia universal no puede contener errores contra la fe y moral” (Christ’s Church — La Iglesia de Cristo — p.116).

Los cambios litúrgicos del Papa Pio XII — la institución de la festividad de San José Obrero, la restauración de la Semana Santa, las leyes para el ayuno Eucarístico, etc. — no son pecaminosas. Se alguno dijere que ellas son heréticas o pecaminosas, éste estaría acusando la autoridad doctrinal infalible de la Iglesia de prácticas sacrílegas y errores doctrinales que corrompen la fe, comprometen sus doctrinas y perjudica a las almas. Tal acusación negaría que Cristo proteja a Su Iglesia y sagrada liturgia de ella del mal y del error.

El Papa Pio XII prohibió sin excepciones, en un leguaje más preciso, a los sacerdotes de usar la liturgia antigua. Él condenó también el anticuarismo (arqueologismo), es decir, la práctica de volver a las observancias litúrgicas primitivas por la no conformidad con las rubricas concurrentes y con las leyes eclesiásticas, que en tal ocasión sería implícita la no actividad del Espíritu Santo en la conducción de la Iglesia. Ni siempre lo más antiguo es mejor, especialmente cuando desafía las órdenes de un verdadero Papa.

El motivo por el cual nosotros seguimos los cambios litúrgicos del Papa Pio XII es la autoridad infalible de la Iglesia de enseñar. Los cambios fueron autorizados por un Vicario de Cristo infalible y fueron promulgados oficialmente para remplazar los antiguos ritos y leyes existentes. Ya que el Papa Pio XII era un Papa verdadero, debemos obedecer sus órdenes respecto a la sagrada liturgia. La obediencia es lo más seguro, lo más consistente y la regla de ortodoxia.

Por otro lado, aquellos que aceptan a Pio XII como un verdadero Papa mientras rehúsan aceptar sus decretos litúrgicos, demuestran rebeldía y desobediencia. Recogiendo y eligiendo lo que ellos quieren, ellos se ponen a sí mismos como la suprema autoridad de la Iglesia Católica. Ellos se adjudican el derecho de juzgar al Papa, cerniendo lo que él enseña y decidiendo lo que van a obedecer y lo que van a rechazar. Recoger y escoger lo que se va obedecer y lo que se va a rechazar es un error. Es un sello de rebelión  negar obediencia al verdadero vicario de Cristo; rebelión en materia de obediencia a la legítima autoridad es siempre un peligro para la Fe.

El Galicanismo fue una herejía contra la jurisdicción papal, que tendía a limitar los poderes del Papa. Comenzó al principio del siglo XV y se desparramó por toda la Europa [especialmente en Francia, cuyo exponente actual es el lefebvrismo]. Acto continuo, muchos europeos perdieron su virtud de obediencia al Papa. En 1682 el clero francés formuló los Cuatro Artículos que se hicieron obligatorios para todas las escuelas y para todos los maestros de teología. Los cuatro artículos estatuyeron que el juicio papal carece de valor sin el consentimiento de la Iglesia. Los Papas Alejandro VIII y Pio VI y el Concilio Vaticano condenaron el Galicanismo. Tristemente, el espíritu del Galicanismo prevalece hoy día [y no sólo en el lefebvrismo, sino en varios obispos y sacerdotes sedevantistas].

Aquellos que rechazan los cambios litúrgicos del Papa Pio XII son incoherentes. Si ellos aceptan a Pio XII como papa, deben reservar su propia opinión acerca de la liturgia de él, echar a un rincón sus gustos y disgustos litúrgicos y simplemente obedecerlo. La mentalidad católica es obedecer a los superiores legales en todo, excepto en el pecado.

(…)

Concluiremos con un discurso del Papa San Pio X a los sacerdotes de la Unión apostólica:

“Cuando uno ama al Papa, uno no se queda a debatir sobre lo que él aconseja o manda, no pregunta hasta donde se extiende el riguroso deber de obedecer y no marca los límites de esta obligación. Cuando uno ama al Papa, uno no objeta que él no ha hablado con toda claridad, como si él fuera obligado a repetir su voluntad en el oído de cada uno lo que muy a menudo expresa no sólo viva voce, sino también por cartas y otros documentos públicos; uno no pone en duda sus órdenes so pretexto — fácilmente usado por cualquiera que no quiera obedecer — de que ellas no emanan de él, sino de sus legados; uno no limita el espacio en el cual podemos y debemos ejecutar su voluntad; uno no se opone a la autoridad del Papa porque otras personas, letradas quizás, difieren de la opinión del Papa. Además, no obstante su gran conocimiento, su santificación está en espera, porque no puede haber santidad donde hay discordancia con el Papa.” (AAS 1912, p. 695)

Acordarnos hemos de que todo esto incumbe al legítimo y válido Papa elegido; esto no se aplica a un hereje o un “papa” electo inválidamente — un falso papa.

Padre Dominic Radecki

SYLLABUS: ERRORES CONDENADOS DE NUESTRO TIEMPO

l cardenal Antoneli por mandato de su Santidad remitió a todos los obispos católicos del mundo este documento“Syllabus complectens praecipuos nostrae aetatis” ( ASS 3 (1867) 168SS; AP 3,70ISS; expresando en una carta adjunta el deseo del Papa del modo siguiente: «Nuestro Santísimo Señor el Sumo Pontífice Pío IX, sumamente preocupado por la salvación de las almas y por la sana doctrina, no ha cesado, desde el principio de su pontificado, de proscribir y condenar las principales teorías erróneas de esta desgraciada época nuestra por medio de sus encíclicas, alocuciones consistoriales y otras cartas apostólicas ya publicadas. y como puede haber sucedido que todos estos documentos pontificios no hayan llegado a conocimiento de cada uno de los ordinarios, querido el Sumo Pontífice que se redacte y se envíe a todos los obispos del orbe católico un catálogo de los indicados errores, para que el episcopado pueda tener a la vista todas, las erróneas doctrinas que han sido reprobadas y condenadas por el Sumo Pontífice».

Índice de los principales errores de nuestro siglo

Syllabus complectens praecipuos errores nostrae aetatis

Errores ya notados en las Alocuciones Consistoriales y otras Letras

Apostólicas de Nuestro Santísimo Padre Pío IX

I. Panteísmo, Naturalismo y Racionalismo absoluto

1.No existe ningún Ser divino, supremo, sapientísimo, providentísimo, distinto de este universo, y Dios no es más que la naturaleza misma de las cosas, sujeto por lo tanto a mudanzas, y Dios realmente se hace en el hombre y en el mundo, y todas las cosas son Dios, y tienen la misma idéntica sustancia que Dios; y Dios es una sola y misma cosa con el mundo, y de aquí que sean también una sola y misma cosa el espíritu y la materia, la necesidad y la libertad, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

2. Dios no ejerce ninguna manera de acción sobre los hombres ni sobre el mundo.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

3. La razón humana es el único juez de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal, con absoluta independencia de Dios; es la ley de sí misma, y le bastan sus solas fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

4.Todas las verdades religiosas dimanan de la fuerza nativa de la razón humana; por donde la razón es la norma primera por medio de la cual puede y debe el hombre alcanzar todas las verdades, de cualquier especie que estas sean.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
(Encíclica Singulari quidem, 17 Marzo 1856)
(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

5. La revelación divina es imperfecta, y está por consiguiente sujeta a un progreso continuo e indefinido correspondiente al progreso de la razón humana.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

6. La fe de Cristo se opone a la humana razón; y la revelación divina no solamente no aprovecha nada, pero también daña a la perfección del hombre.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

7. Las profecías y los milagros expuestos y narrados en la Sagrada Escritura son ficciones poéticas, y los misterios de la fe cristiana resultado de investigaciones filosóficas; y en los libros del antiguo y del nuevo Testamento se encierran mitos; y el mismo Jesucristo es una invención de esta especie.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

II. Racionalismo moderado

8. Equiparándose la razón humana a la misma religión, síguese que la ciencias teológicas deben de ser tratadas exactamente lo mismo que las filosóficas.

(Alocución Singulari quadam perfusi, 9 diciembre 1854

9. Todos los dogmas de la religión cristiana sin distinción alguna son objeto del saber natural, o sea de la filosofía, y la razón humana históricamente sólo cultivada puede llegar con sus solas fuerzas y principios a la verdadera ciencia de todos los dogmas, aun los más recónditos, con tal que hayan sido propuestos a la misma razón.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Gravissimas, 11 diciembre 1863)
(Carta al mismo Tuas libenter, 21 diciembre 1863)

10. Siendo una cosa el filósofo y otra cosa distinta la filosofía, aquel tiene el derecho y la obligación de someterse a la autoridad que él mismo ha probado ser la verdadera; pero la filosofía no puede ni debe someterse a ninguna autoridad.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Gravissimas, 11 diciembre 1863)
(Carta al mismo Tuas libenter, 21 diciembre 1863)

11. La Iglesia no sólo debe corregir jamas a la filosofía, pero también debe tolerar sus errores y dejar que ella se corrija a sí propia.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Gravissimas, 11 diciembre 1863)

12. Los decretos de la Sede apostólica y de las Congregaciones romanas impiden el libre progreso de la ciencia.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Tuas libenter, 21 diciembre 1863)

13. El método y los principios con que los antiguos doctores escolásticos cultivaron la Teología, no están de ningún modo en armonía con las necesidades de nuestros tiempos ni con el progreso de las ciencias.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Tuas libenter, 21 diciembre 1863)

14. La filosofía debe tratarse sin mirar a la sobrenatural revelación.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Tuas libenter, 21 diciembre 1863)

N.B. Con el sistema del racionalismo están unidos en gran parte los errores de Antonio Günter, condenados en la carta al Cardenal Arzobispo de Colonia Eximiam tuam de 15 de junio de 1847, y en la carta al Obispo de Breslau Dolore haud mediocri, 30 de abril de 1860.

III. Indiferentismo. Latitudinarismo

15. Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera.

(Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851)
(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

16. En el culto de cualquiera religión pueden los hombres hallar el camino de la salud eterna y conseguir la eterna salvación.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
(Alocución Ubi primum, 17 diciembre 1847)
Encíclica Singulari quidem, 17 Marzo 1856)

17. Es bien por lo menos esperar la eterna salvación de todos aquellos que no están en la verdadera Iglesia de Cristo.

(Alocución Singulari quadam, 9 diciembre 1854)
(Encíclica Quanto conficiamur 17 agosto 1863)

18. El protestantismo no es más que una forma diversa de la misma verdadera Religión cristiana, en la cual, lo mismo que en la Iglesia, es posible agradar a Dios.

(Encíclica Noscitis et Nobiscum 8 diciembre 1849)

IV. Socialismo, Comunismo, Sociedades secretas, Sociedades bíblicas, Sociedades clérico-liberales

Tales pestilencias han sido muchas veces y con gravísimas sentencias reprobadas en la Encíclica Qui pluribus,9 de noviembre de 1846; en la Alocución Quibus quantisque, 20 de abril de 1849; en la Encíclica Noscitis et Nobiscum, 8 de diciembre de 1849; en la Alocución Singulari quadam, 9 de diciembre de 1854; en la EncíclicaQuanto conficiamur maerore, 10 de agosto de 1863.

V. Errores acerca de la Iglesia y sus derechos

19. La Iglesia no es una verdadera y perfecta sociedad, completamente libre, ni está provista de sus propios y constantes derechos que le confirió su divino fundador, antes bien corresponde a la potestad civil definir cuales sean los derechos de la Iglesia y los límites dentro de los cuales pueda ejercitarlos.

(Alocución Singulari quadam, 9 diciembre 1854)
(Alocución Multis gravibusque, 17 diciembre 1860)
(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

20. La potestad eclesiástica no debe ejercer su autoridad sin la venia y consentimiento del gobierno civil.

(Alocución Meminit unusquisque, 30 septiembre 1861)

21. La Iglesia carece de la potestad de definir dogmáticamente que la Religión de la Iglesia católica sea únicamente la verdadera Religión.

(Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851)

22. La obligación de los maestros y de los escritores católicos se refiere sólo a aquellas materias que por el juicio infalible de la Iglesia son propuestas a todos como dogma de fe para que todos los crean.

(Carta al Arzobispo de Frisinga Tuas libenter, 21 diciembre 1863)

23. Los Romanos Pontífices y los Concilios ecuménicos se salieron de los límites de su potestad, usurparon los derechos de los Príncipes, y aun erraron también en definir las cosas tocantes a la fe y a las costumbres.

(Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851)

24. La Iglesia no tiene la potestad de emplear la fuerza, ni potestad ninguna temporal directa ni indirecta.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

25. Fuera de la potestad inherente al Episcopado, hay otra temporal, concedida a los Obispos expresa o tácitamente por el poder civil, el cual puede por consiguiente revocarla cuando sea de su agrado.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

26. La Iglesia no tiene derecho nativo legítimo de adquirir y poseer.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)
(Encíclica Incredibile, 17 septiembre 1863)

27. Los sagrados ministros de la Iglesia y el Romano Pontífice deben ser enteramente excluidos de todo cuidado y dominio de cosas temporales.

(Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862)

28. No es lícito a los Obispos, sin licencia del Gobierno, ni siquiera promulgar las Letras apostólicas.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

29. Deben ser tenidas por írritas las gracias otorgadas por el Romano Pontífice cuando no han sido impetradas por medio del Gobierno.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

30. La inmunidad de la Iglesia y de las personas eclesiásticas trae su origen del derecho civil.

(Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851)

31. El fuero eclesiástico en las causas temporales de los clérigos, ahora sean estas civiles, ahora criminales, debe ser completamente abolido aun sin necesidad de consultar a la Sede Apostólica, y a pesar de sus reclamaciones.

(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)
(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

32. La inmunidad personal, en virtud de la cual los clérigos están libres de quintas y de los ejercicios de la milicia, puede ser abrogada sin violar en ninguna manera el derecho natural ni la equidad; antes el progreso civil reclama esta abrogación, singularmente en las sociedades constituidas según la forma de más libre gobierno.

(Carta al Obispo de Monreale Singularis Nobisque, 27 septiembre 1864)

33. No pertenece únicamente a la potestad de jurisdicción eclesiástica dirigir en virtud de un derecho propio y nativo la enseñanza de la Teología.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

34. La doctrina de los que comparan al Romano Pontífice a un Príncipe libre que ejercita su acción en toda la Iglesia, es doctrina que prevaleció en la edad media.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

35. Nada impide que por sentencia de algún Concilio general, o por obra de todos los pueblos, el sumo Pontificado sea trasladado del Obispo romano y de Roma a otro Obispo y a otra ciudad.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

36. La definición de un Concilio nacional no puede someterse a ningún examen, y la administración civil puede tomarla como norma irreformable de su conducta.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

37.  Pueden ser instituidas Iglesias nacionales no sujetas a la autoridad del Romano Pontífice, y enteramente separadas.

(Alocución Multis gravibusque, 17 diciembre 1860)
(Alocución Jamdudum cernimus, 18 marzo 1861)

38. La conducta excesivamente arbitraria de los Romanos Pontífices contribuyó a la división de la Iglesia en oriental y occidental.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

VI. Errores tocantes a la sociedad civil considerada en sí misma o en sus relaciones con la Iglesia

39. El Estado, como origen y fuente de todos los derechos, goza de cierto derecho completamente ilimitado.

(Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862)

40. La doctrina de la Iglesia católica es contraria al bien y a los intereses de la sociedad humana.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
(Alocución Quibus quantisque, 20 abril 1849)

41. Corresponde a la potestad civil, aunque la ejercite un Señor infiel, la potestad indirecta negativa sobre las cosas sagradas; y de aquí no sólo el derecho que dicen del Exequatur, sino el derecho que llaman de apelación ab abusu.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

42. En caso de colisión entre las leyes de una y otra potestad debe prevalecer el derecho civil.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

43. La potestad secular tiene el derecho de rescindir, declarar nulos y anular sin consentimiento de la Sede Apostólica y aun contra sus mismas reclamaciones los tratados solemnes (por nombre Concordatos) concluidos con la Sede Apostólica en orden al uso de los derechos concernientes a la inmunidad eclesiástica.

(Alocución In consistoriali, 1º noviembre 1850)
(Alocución Multis gravibusque, 17 diciembre 1860)

44. La autoridad civil puede inmiscuirse en las cosas que tocan a la Religión, costumbres y régimen espiritual; y así puede juzgar de las instrucciones que los Pastores de la Iglesia suelen dar para dirigir las conciencias, según lo pide su mismo cargo, y puede asimismo hacer reglamentos para la administración de los sacramentos, y sobre las disposiciones necesarias para recibirlos.

(Alocución In consistoriali, 1º noviembre 1850)
(Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862)

45. Todo el régimen de las escuelas públicas, en donde se forma la juventud de algún estado cristiano, a excepción en algunos puntos de los seminarios episcopales, puede y debe ser de la atribución de la autoridad civil; y de tal manera puede y debe ser de ella, que en ninguna otra autoridad se reconozca el derecho de inmiscuirse en la disciplina de las escuelas, en el régimen de los estudios, en la colación de los grados, ni en la elección y aprobación de los maestros.

(Alocución In consistoriali, 1º noviembre 1850)
(Alocución Quibus luctuosissimis, 5 septiembre 1851)

46.  Aun en los mismos seminarios del clero depende de la autoridad civil el orden de los estudios.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

47. La óptima constitución de la sociedad civil exige que las escuelas populares, concurridas de los niños de cualquiera clase del pueblo, y en general los institutos públicos, destinados a la enseñanza de las letras y a otros estudios superiores, y a la educación de la juventud, estén exentos de toda autoridad, acción moderadora e ingerencia de la Iglesia, y que se sometan al pleno arbitrio de la autoridad civil y política, al gusto de los gobernantes, y según la norma de las opiniones corrientes del siglo.

(Carta al Arzobispo de Friburgo Quum non sine, 14 julio 1864)

48. Los católicos pueden aprobar aquella forma de educar a la juventud, que esté separada, disociada de la fe católica y de la potestad de la Iglesia, y mire solamente a la ciencia de las cosas naturales, y de un modo exclusivo, o por lo menos primario, los fines de la vida civil y terrena.

(Carta al Arzobispo de Friburgo Quum non sine, 14 julio 1864)

49. La autoridad civil puede impedir a los Obispos y a los pueblos fieles la libre y mutua comunicación con el Romano Pontífice.

(Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862)

50. La autoridad secular tiene por sí el derecho de presentar los Obispos, y puede exigirles que comiencen a administrar la diócesis antes que reciban de la Santa Sede la institución canónica y las letras apostólicas.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

51. Más aún, el Gobierno laical tiene el derecho de deponer a los Obispos del ejercicio del ministerio pastoral, y no está obligado a obedecer al Romano Pontífice en las cosas tocantes a la institución de los Obispados y de los Obispos.

(Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851)
(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)

52. El Gobierno puede, usando de su derecho, variar la edad prescrita por la Iglesia para la profesión religiosa, tanto de las mujeres como de los hombres, e intimar a las comunidades religiosas que no admitan a nadie a los votos solemnes sin su permiso.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

53. Deben abrogarse las leyes que pertenecen a la defensa del estado de las comunidades religiosas, y de sus derechos y obligaciones; y aun el Gobierno civil puede venir en auxilio de todos los que quieran dejar la manera de vida religiosa que hubiesen comenzado, y romper sus votos solemnes; y puede igualmente extinguir completamente las mismas comunidades religiosas, como asimismo las Iglesias colegiatas y los beneficios simples, aun los de derecho de patronato, y sujetar y reivindicar sus bienes y rentas a la administración y arbitrio de la potestad civil.

(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)
(Alocución Probe memineritis, 22 enero 1855)
(Alocución Cum saepe, 26 julio 1855)

54. Los Reyes y los Príncipes no sólo están exentos de la jurisdicción de la Iglesia, pero también son superiores a la Iglesia en dirimir las cuestiones de jurisdicción.

(Letras Apostólicas Multiplices inter, 10 junio 1851)

55. Es bien que la Iglesia sea separada del Estado y el Estado de la Iglesia.

(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)

VII. Errores acerca de la moral natural y cristiana

56. Las leyes de las costumbres no necesitan de la sanción divina, y de ningún modo es preciso que las leyes humanas se conformen con el derecho natural, o reciban de Dios su fuerza de obligar.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

57. La ciencia de las cosas filosóficas y de las costumbres puede y debe declinar o desviarse de la autoridad divina y eclesiástica.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

58. El derecho consiste en el hecho material; y todos los deberes de los hombres son un nombre vano, y todos los hechos humanos tienen fuerza de derecho.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

59. No se deben de reconocer más fuerzas que las que están puestas en la materia, y toda disciplina y honestidad de costumbres debe colocarse en acumular y aumentar por cualquier medio las riquezas y en satisfacer las pasiones.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)
(Encíclica Quanto conficiamur, 10 agosto 1863)

60. La autoridad no es otra cosa que la suma del número y de las fuerzas materiales.

(Alocución Maxima quidem, 9 junio 1862)

61. La afortunada injusticia del hecho no trae ningún detrimento a la santidad del derecho.

(Alocución Jamdudum cernimus 18 marzo 1861)

62. Es razón proclamar y observar el principio que llamamos de no intervención.

(Alocución Novos et ante, 28 septiembre 1860)

63. Negar la obediencia a los Príncipes legítimos, y lo que es más, rebelarse contra ellos, es cosa lícita.

(Encíclica Qui pluribus, 9 noviembre 1846)
Alocución Quisque vestrum, 4 octubre 1847)
(Encíclica Noscitis et Nobiscum, 8 diciembre 1849)
(Letras Apostólicas Cum catholica, 26 marzo 1860)

64. Así la violación de cualquier santísimo juramento, como cualquiera otra acción criminal e infame, no solamente no es de reprobar, pero también es razón reputarla por enteramente lícita, y alabarla sumamente cuando se hace por amor a la patria.

(Alocución Quibus quantisque, 20 abril 1849)

  • VIII. Errores sobre el matrimonio cristiano

65. No se puede en ninguna manera sufrir se diga que Cristo haya elevado el matrimonio a la dignidad de sacramento.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

66. El sacramento del matrimonio no es sino una cosa accesoria al contrato y separable de este, y el mismo sacramento consiste en la sola bendición nupcial.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

67. El vínculo del matrimonio no es indisoluble por derecho natural, y en varios casos puede sancionarse por la autoridad civil el divorcio propiamente dicho.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)
(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)

68. La Iglesia no tiene la potestad de introducir impedimentos dirimentes del matrimonio, sino a la autoridad civil compete esta facultad, por la cual deben ser quitados los impedimentos existentes.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

69. La Iglesia comenzó en los siglos posteriores a introducir los impedimentos dirimentes, no por derecho propio, sino usando el que había recibido de la potestad civil.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

70. Los cánones tridentinos en que se impone excomunión a los que se atrevan a negar a la Iglesia la facultad de establecer los impedimentos dirimentes, o no son dogmáticos o han de entenderse de esta potestad recibida.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

71. La forma del Concilio Tridentino no obliga bajo pena de nulidad en aquellos lugares donde la ley civil prescriba otra forma y quiera que sea válido el matrimonio celebrado en esta nueva forma.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

72. Bonifacio VIII fue el primero que aseguró que el voto de castidad emitido en la ordenación hace nulo el matrimonio.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

73. Por virtud de contrato meramente civil puede tener lugar entre los cristianos el verdadero matrimonio; y es falso que, o el contrato de matrimonio entre los cristianos es siempre sacramento, o que el contrato es nulo si se excluye el sacramento.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)
(Carta de S.S. Pío IX al Rey de Cerdeña, 9 septiembre 1852)
(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)
(Alocución Multis gravibusque, 17 diciembre 1860)

74. Las causas matrimoniales y los esponsales por su naturaleza pertenecen al fuero civil.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)
(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)

N.B. Aquí se pueden dar por puestos los otros dos errores de la abolición del celibato de los clérigos, y de la preferencia del estado de matrimonio al estado de virginidad. Ambos han sido condenados, el primero de ellos en la Epístola Encíclica Qui pluribus, 9 de noviembre de 1846, y el segundo en las Letras ApostólicasMultiplices inter, 10 de junio de 1851.

IX. Errores acerca del principado civil del Romano Pontífice

75. En punto a la compatibilidad del reino espiritual con el temporal disputan entre sí los hijos de la cristiana y católica Iglesia.

(Letras Apostólicas Ad Apostolicae, 22 agosto 1851)

76. La abolición del civil imperio, que la Sede Apostólica posee, ayudaría muchísimo a la libertad y a la prosperidad de la Iglesia.

(Alocución Quibus quantisque, 20 abril 1849)

N.B. Además de estos errores explícitamente notados, muchos otros son implícitamente reprobados, en virtud de la doctrina propuesta y afirmada que todos los católicos tienen obligación de tener firmísimamente. La cual doctrina se enseña patentemente en la Alocución Quibus quantisque, 20 de abril de 1849; en la Alocución Si semper antea, 20 de mayo de 1850; en las Letras Apostólicas Cum catholica Ecclesia, 26 de marzo de 1860; en la Alocución Novos, 28 de septiembre de 1860; en la Alocución Jamdudum, 18 de marzo de 1861; en la Alocución Maxima quidem, 9 de junio de 1862.

X. Errores relativos al liberalismo de nuestros días

77. En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos.

(Alocución Nemo vestrum, 26 julio 1855)

78. De aquí que laudablemente se ha establecido por la ley en algunos países católicos, que a los extranjeros que vayan allí, les sea lícito tener público ejercicio del culto propio de cada uno.

(Alocución Acerbissimum, 27 septiembre 1852)

79. Es sin duda falso que la libertad civil de cualquiera culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo.

(Alocución Nunquam fore, 15 diciembre 1856)

80. El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización.

(Alocución Jamdudum, 18 marzo 1861)

Por mandato de su Santidad Pío IX

LA INMORTALIDAD DEL ALMA

LA INMORTALIDAD DEL ALMA

SAN AGUSTÍN, OBISPO DE HIPONA

Contiene este libro el conjunto de razones sobre la inmortalidad del alma, así como la solución de las dificultades que se presentan.

I

Primera razón por la cual el alma es inmortal: porque es sujeto de la  ciencia que es eterna.

  1. Si la ciencia existe en alguna parte, y no puede existir sino en un ser que vive, y existe siempre; y si cualquier ser en el que algo siempre existe, debe existir siempre: siempre vive el ser en el que se encuentra la ciencia. Si nosotros somos los que razonamos, es decir, nuestra alma; si ésta no puede razonar con rectitud sin la ciencia y si no puede subsistir el alma sin la ciencia, excepto el caso en que el alma esté privada de ciencia, existe la ciencia en el alma del hombre. La ciencia existe en alguna parte, porque existe y todo lo que existe no puede no existir en parte alguna. Además la ciencia no puede existir sino en un ser que vive. Porque ningún ser que no vive puede aprender algo; y no puede existir la ciencia en aquel ser que no puede aprender nada. Asimismo, la ciencia existe siempre. En efecto, lo que existe y existe de modo inmutable es necesario que exista siempre. Ahora bien, nadie niega la existencia de la ciencia. En efecto, quienquiera que admita que no se puede hacer que una línea trazada por el centro de un círculo no sea la más larga de todas las que no se tracen por el dicho centro, y que esto es objeto propio de alguna ciencia, afirma que existe una ciencia inmutable. Además nada en lo que algo existe siempre, puede no existir siempre. Efectivamente, ningún ser que existe siempre permite que sea sustraído alguna vez el sujeto en el que existe siempre. Desde luego cuando razonamos, esto lo hace nuestra alma. En efecto, no razona sino el que entiende: mas ni el cuerpo entiende, ni el alma con el auxilio del cuerpo, porque cuando quiere entender se aparta del cuerpo. Aquello que es entendido existe siempre del mismo modo; y nada propio del cuerpo existe siempre de la misma manera, luego el cuerpo no puede ayudar al alma que se esfuerza por entender, le basta con no serle obstáculo. Asimismo nadie sin ciencia razona con rectitud. Pues el recto raciocinio es el pensamiento que tiende de lo cierto al descubrimiento de lo incierto, y nada cierto hay en el alma que ésta lo ignore. Mas todo lo que el alma sabe, lo posee en sí misma, y no abraza cosa alguna con su conocimiento sino en cuanto pertenece a una ciencia. En efecto, la ciencia es el conocimiento de cualesquiera cosas. Por consiguiente, el alma humana vive siempre.

II

Segunda razón por la cual el alma es inmortal: porque es sujeto de la razón que es inmutable.

  1. La razón ciertamente o es el alma o existe en el alma. Mas nuestra razón es mejor que nuestro cuerpo; nuestro cuerpo es una substancia, y es mejor ser substancia que no ser nada, luego nuestra razón es algo. Además cualquier armonía propia del cuerpo que exista, es necesario que exista de modo inseparable en el sujeto cuerpo, y no se crea que en esa armonía puede existir alguna otra cosa que de igual manera no exista con necesidad en ese sujeto cuerpo, en el que también esta misma armonía existe no menos inseparablemente. Pero el cuerpo humano es mudable, y la razón inmutable. En efecto, es mudable todo lo que no existe siempre del mismo modo. Y siempre es de la misma manera que dos y cuatro sumen seis. Además siempre es del mismo modo que dos y dos sumen cuatro; mas esto no lo tiene el dos porque el dos no es cuatro. Pero esta relación es inmutable, por consiguiente, es razón. Ahora bien, de ningún modo no puede padecer el cambio, habiéndose mudado el sujeto, lo que existe inseparablemente en él. Luego, no es el alma la armonía del cuerpo, y no puede sobrevenir la muerte a cosas inmutables. En consecuencia el alma vive siempre ya sea ella misma la razón ya sea que la razón exista en ella de modo inseparable.

III

La substancia viva y el alma, que no es susceptible de cambio, aún siendo de algún modo capaz de cambiar, es inmortal.

  1. Hay un poder propio de la permanencia y toda permanencia es inmutable, y todo poder puede hacer algo, ni cuando no hace nada deja de ser un poder. Además toda acción consiste en recibir un movimiento o en causarlo. Luego, o no todo lo que recibe el movimiento, o ciertamente no todo lo que lo causa es mudable. Pero todo lo que es movido por otro y no se mueve a sí mismo es algo mortal. Y nada mortal es inmutable.

De ahí se puede concluir con certeza y sin alternativa alguna que no todo lo que causa movimiento se cambia. Mas no hay movimiento posible sin una sustancia: toda sustancia vive o no vive, pero todo lo que no vive carece de alma y sin alma no existe acción alguna. Luego, aquel ser que causa el movimiento sin perder su inmutabilidad es necesariamente una sustancia viviente. Esta sustancia pone el cuerpo en movimiento a través de todos los grados. En consecuencia, no todo lo que mueve el cuerpo es mudable.

Pero si el cuerpo no se mueve sino según el tiempo y en esto consiste el moverse más despacio y más rápidamente, síguese que existe, pues algo que mueve en el tiempo, y sin embargo no se cambia.

Ahora bien, todo lo que mueve el cuerpo en el tiempo, aunque tienda a un único fin, sin embargo no puede realizarlo todo a la vez, ni puede tampoco evitar de hacer muchas cosas: en efecto no puede hacer, – ya se trate de cualquier agente – que sea perfectamente uno lo que puede dividirse en partes, o de lo contrario se daría un cuerpo sin partes o un tiempo sin intervalo de pausas; ni tampoco que pueda pronunciarse la sílaba más corta de la que no se oiga entonces el fin, cuando ya no se oye el comienzo. Luego, lo que se comporta así exige la previsión para que pueda llevarse a cabo y la memoria para que pueda ser aprehendido en la medida posible. La previsión es para las cosas que serán, la memoria para aquellas que pasaron. Pero el propósito de obrar es propio del tiempo presente, a través del cual lo futuro pasa a ser pretérito; y no se puede esperar sin ninguna memoria el fin del movimiento de un cuerpo que ha sido iniciado. En efecto, ¿cómo se podría esperar el fin de un movimiento si no se recuerda que ha comenzado, o ni siquiera que tal movimiento existe? Además, el propósito de llevar a cabo algo, que es presente, no puede existir sin que se tenga en vista la obtención del fin que es futuro: no existe nada que todavía no existe, o que ya no existe. Puede, por consiguiente, haber en una acción algo que pertenece a aquellas cosas que aún no son y, simultáneamente, puede haber muchas cosas en el agente, aún cuando no puede llevar a término muchas a la vez. Luego, puede haber también en el que mueve, cosas que no se pueden encontrar en el que es movido. Pero las cosas que no pueden existir simultáneamente en el tiempo y que sin embargo pasan del futuro al pasado, están necesariamente sometidas al cambio.

  1. De aquí concluimos en seguida que puede haber algún ser que, causando el movimiento en las cosas mudables, no se cambia. En efecto, ¿quién podría dudar de la legitimidad de la conclusión toda vez que no varía el propósito del agente de llevar al término que se propone el cuerpo que pone en movimiento, cuando este cuerpo del que algo se hace, cambia a cada instante por este mismo movimiento, y puesto que aquel propósito de obrar, que permanece inmutable como es evidente, no sólo mueve los brazos del obrero, sino también la madera o la piedra que están sujetos al artífice? Pero no del hecho que el alma cause el movimiento y produzca los cambios en el cuerpo y que ella se proponga estos cambios se está en derecho de pensar que también el alma cambia y que por esto está sujeta a la muerte. Ella, pues, puede unir en este su propósito el recuerdo del pasado y la previsión del futuro, cosas que no pueden darse sin la vida. Aunque la muerte no puede acaecer sin el cambio y ningún cambio sin el movimiento, sin embargo no todo cambio produce la muerte ni todo movimiento realiza un cambio. En efecto, es lícito decir que nuestro propio cuerpo en cada una de sus acciones recibe un gran número de movimientos y que evidentemente cambia por la edad: con todo no se puede decir que ya ha muerto, esto es, que está sin vida. Luego también permítasenos concluir que el alma tampoco es privada de la vida, aunque tal vez por el movimiento le acaezca algún cambio.

IV

El arte y los principios de las matemáticas son inmutables y no pueden existir sino en un alma que vive.

  1. Entonces si algo permanece inmutable en el alma, y esto a su vez no puede subsistir sin vida, también es necesario que una vida permanezca sempiterna en el alma. Esto sucede precisamente de manera que si se da lo primero, necesariamente también debe darse lo segundo; pero lo primero es cierto. En efecto, dejando de lado otras cosas, ¿quién se atrevería a afirmar que la relación de los números es mudable o que todo arte no está constituido por esta relación? o ¿que el arte no está en el artífice, aun cuando no lo ejerza? o ¿que su existencia no puede darse en el alma, o que puede existir en donde no hay vida? o ¿que lo que es inmutable puede alguna vez no existir? o ¿que una cosa es el arte y otra la relación?

Aunque, pues, se diga que un solo arte es como un conjunto de relaciones, con todo se puede decir también de un modo certísimo y entender el arte como una única relación. Pero, ya sea esto, ya sea aquello, no menos se sigue que el arte es inmutable, que no sólo existe en el alma del artífice como es evidente, sino también que no existe en ninguna otra parte a no ser en el alma y esto de una manera inseparable. Puesto que si el arte se pudiera separar del alma, o bien existiría fuera del alma, o bien no existiría en ninguna parte, o pasaría continuamente de alma en alma. Pero como, por otra parte, la sede del arte necesariamente debe ser un ser con vida,, así también la vida con la razón es exclusivamente propia del alma. En fin, lo que existe debe existir e n alguna parte, y lo que es inmutable no puede dejar de existir en ningún momento. Si, por el contrario, el arte pasa de alma en alma, dejando ésta para habitar en aquélla, nadie enseñaría un arte sino perdiéndolo, y también nadie se haría hábil en un arte a no ser o por el olvido del que lo enseria o por su muerte.

Si, pues, estas cosas son absurdísimas y del todo falsas, como efectivamente lo son, el alma humana necesariamente es inmortal.

  1. Pero si sucede que el arte unas veces existe en el alma y otras no, como bien lo prueban el olvido y la ignorancia, la contextura de este argumento no aporta ninguna prueba en favor de la inmortalidad del alma, a menos que se niegue lo anterior del siguiente modo: o hay algo en el alma que no está en el pensamiento actual, o en un alma instruida no se encuentra el arte de la música cuando ésta piensa en la geometría únicamente. Esto último es falso, luego lo primero es verdadero. Pero el alma no siente que posee algo, sino lo que le, haya venido al pensamiento. Por consiguiente puede haber en el alma algo que ella misma no sienta que existe en ella. Mas por cuanto tiempo sea esto no interesa; porque si el alma se hallare ocupada en otras cosas por más tiempo del que puede fácilmente volver su intención sobre sus pensamientos anteriores, se produce lo que se llama el olvido o la ignorancia. Pero cuando razonamos con nosotros mismos o cuando otra persona nos ha interrogado de una manera conveniente sobre cualquiera de las artes liberales, las cosas que descubrimos no las encontramos en otra parte sino en nuestra propia alma; y no es lo mismo descubrir que hacer o crear; porque de lo contrario el alma con un descubrimiento temporal crearía cosas eternas, puesto que ella a menudo encuentra en sí cosas eternas. En efecto, ¿qué tan eterno como la razón del círculo, o qué otra cosa propia de artes semejantes se puede concebir que alguna vez ha podido o que podrá no existir? Queda, pues, claro que el alma humana es inmortal y que subsisten en sus secretos todas las verdaderas razones de las cosas, aunque, sea por ignorancia, sea por olvido parezca o que no las posee o que las ha perdido.

V

El alma no está así sujeta’ al cambio de modo que deje de existir.

  1. Mas veamos ahora hasta dónde se pueda admitir el cambio que experimenta el alma. Si, en efecto, existiendo el arte en un sujeto, este sujeto es el alma, y si no puede experimentar cambio alguno el sujeto sin que también lo experimente lo que existe en el sujeto, ¿cómo podemos establecer que son inmutables el arte y la razón, si se prueba que está sujeta al cambio el alma en la que existen? ¿Qué cambio, pues, puede haber mayor que el que se suele realizar en los contrarios, y quién niega que el alma, dejando de lado otros casos, es unas veces necia, otras, por el contrario, sabia? Entonces consideremos primero de cuántos modos se puede admitir este cambio que se predica del alma. De estos modos de cambiar el alma, según opino, solamente nos son más evidentes y más claros dos en cuanto al género, pero se pueden enumerar muchos en cuanto a la especie. En efecto, se dice que el alma cambia o según las pasiones del cuerpo, o según las suyas propias. Según las pasiones del cuerpo: el cambio se realiza en el alma por las edades, las enfermedades, los dolores, los malestares, las ofensas, los goces; según las suyas propias: por el desear, el alegrarse, el temer, el enojarse, el estudiar, el aprender.

  1. Todos estos cambios si no constituyen un argumento necesario de que el alma muera, los mismos en nada realmente han de ser temidos por sí, considerados separadamente; pero hay que examinar si no se oponen a nuestra doctrina, por la que establecimos que, habiéndose mudado el sujeto, de modo necesario experimenta cambio todo lo que existe en él. Pero la verdad es que no se oponen. Aquello se afirma según este cambio del sujeto por el cual éste es forzado cambiar absolutamente de nombre. Puesto que si la cera pasa de algún modo del color blanco al negro, y si de la forma cuadrada pasa a la redonda, y de blanda se vuelve dura y de caliente llega a ser fría, no por eso es menos cera; ahora bien, estas cosas existen en un sujeto, y este sujeto es la cera. Pero la cera permanece ni más ni menos cera, aun cuando aquellas cosas experimenten el cambio. Síguese que puede hacerse un cierto cambio de aquellas cosas que existen en el sujeto y, sin embargo que este mismo sujeto según su esencia y su nombre no se cambie.

Con todo, si de aquellas cosas que existen en el sujeto, se hiciese un cambio tan profundo, de modo que aquel sujeto, que se suponía subyacer ya de ninguna manera se pudiese llamar tal, como por ejemplo cuando por el calor del fuego la cera se dispersa en el aire y experimenta tal cambio que claramente hace entender que ha sido cambiado el sujeto, que era cera y que ahora ya no es cera; de ningún modo se juzgaría con alguna razón que queda algo de aquellas cosas que existían en aquel sujeto porque hasta ahora era su sujeto.

  1. Por lo tanto, si el alma es el sujeto, como dijimos más arriba, en el que existe la razón de una manera inseparable y con aquella necesidad también con que se demuestra que existe en un sujeto, si el alma no puede existir sino viva, si en ella la razón no puede existir sin la vida, y si la razón es inmortal, el alma, es inmortal.

Por cierto, la razón no podría permanecer al margen de todo cambio no existiendo de ninguna manera su propio sujeto. Esto sucedería si le sobreviniera al alma un cambio tan profundo que la hiciera dejar de ser alma, esto es, la obligara a morir. Mas ninguno de aquellos cambios, que se realizan ya sea por medio del cuerpo ya sea por medio del alma misma (no obstante ser un problema de no poca importancia, de si algunos de estos cambios son realizados por ella misma, esto es, que ella misma sea la causa de ellos), puede obrar de modo de hacer que el alma deje de ser alma. Luego, ya no han de ser temidos estos cambios, no sólo en sí mismos, sino también para nuestros razonamientos.

VI

La razón que es inmutable, ya exista en el alma, ya con el alma, ya el alma exista en la razón, no se puede separar de la misma e idéntica alma.

  1. Por consiguiente, veo que nos debemos aplicar con todas las fuerzas del raciocinar para saber qué es la razón y de cuántas maneras se puede definir a fin de que aparezca evidente la inmortalidad del alma según todas sus modalidades.

La razón es la visión del alma con la cual ésta por sí misma y no por medio del cuerpo intuye la verdad; o bien es la contemplación de la verdad no realizada por medio del cuerpo, o bien es la verdad misma que es contemplada.

Nadie puede dudar que la razón en el primer caso subsiste en el alma; con respecto al segundo y tercero se puede investigar; con todo, en el segundo caso tampoco puede subsistir sin el alma. En cuanto al tercero se presenta un grave problema: si aquella verdad, que el alma intuye sin el auxilio del cuerpo, exista por sí misma y no exista en el alma, o si podría existir sin el alma. Pero de cualquier modo que sea, no podrá el alma por sí misma contemplar la verdad si no tuviese con ella alguna unión. Puesto que todo lo que contemplamos o aprehendemos con el pensamiento, lo aprehendemos o con el sentido o con el entendimiento. Pero aquello que es captado por el sentido es también sentido como existiendo fuera de nosotros y como contenido en el espacio, por lo cual se afirma que no puede ser percibido realmente. Por el contrario, lo que es entendido, es entendido no como puesto en otra parte, sino como el alma misma que entiende, puesto que es entendido al mismo tiempo como no contenido en el espacio.

  1. Por lo cual, esta unión del alma que intuye y de su verdad que es intuida o es tal que el sujeto es el alma y la verdad aquella existe en el alma, o, por el contrario, es la verdad el sujeto y el alma existe en ella, o ambas, verdad y alma, son sustancias.

De estos tres casos si es cierto el primero, tan inmortal es el alma como la razón, según la exposición hecha más arriba: que la razón no puede existir sino en un sujeto vivo.

La misma necesidad se encuentra en el segundo caso. Porque si aquella verdad, que se llama razón, nada tiene que esté sujeto al cambio, como es evidente, nada tampoco puede mudarse de lo que existe en ella como en su sujeto.

Por consiguiente, toda la discusión se reduce a lo tercero. Puesto que si el alma es sustancia, y la razón a la que se une es también sustancia, no sería absurdo que alguien hubiera podido pensar que podría suceder que, perdurando la razón, el alma dejara de existir. Pero es evidente que mientras el alma no se separe de la razón y esté unida a ella, necesariamente perdura y vive. Y bien, ¿con qué fuerza, en última instancia, puede ser separada? ¿Acaso con una fuerza corporal cuyo poder no sólo es más débil sino también su origen inferior y su naturaleza bastante distinta? Imposible. Entonces, ¿tal vez con una fuerza psíquica? Pero también esto, ¿de qué manera? ¿Hay quizá alguna otra alma más poderosa, cualquiera que sea, que no puede contemplar la razón sino separando de ella a otra? Sin embargo, dado que todas las almas están en contemplación de la razón, a ninguna le puede faltar; y, no habiendo nada más poderoso que la razón misma, que es lo más inmutable, de ninguna manera habrá un alma que aún no esté unida a la razón más poderosa que el alma que le está unida.

Queda todavía otra posibilidad: o que la razón la separe de sí misma, o que el alma misma se separe voluntariamente de la razón. Ahora bien, nada hay de mala voluntad en la naturaleza de la razón para que no se entregue al alma a fin de que la disfrute. Además, cuanto más plenamente la razón existe, tanto más hace que cuanto se le una, exista, y precisamente es esto todo lo contrario de la muerte. Mas no sería demasiado absurdo que alguien dijera que el alma se puede separar de la razón voluntariamente, concedido que pueda darse alguna separación entre sí de las cosas que no están en el espacio. Esto ciertamente se puede objetar contra todo lo anterior, a lo que hemos alegado otras objeciones.

¿Qué pues? ¿Acaso ya no se ha de concluir que el alma es inmortal? O ¿quizá, si no se puede separar, puede todavía extinguirse? Porque si aquella fuerza de la razón afecta al alma por su misma unión, que efectivamente no puede dejar de afectarla, de tal manera seguramente la afecta que le otorga el existir. En efecto, la razón misma existe por sobre todo y en ella es donde también se entiende la máxima inmutabilidad. Y así al alma, a la que afecta de sí, la obliga en algún modo a existir. Por consiguiente, el alma no se puede extinguir, a no ser que hubiera sido separada de la razón. Mas no se puede separar como arriba lo hemos demostrado. Luego no puede perecer.

VII 

El alma no perece ni aún cuando flor su esencia tienda al menoscabo.

  1. Pero esta separación de la razón por la que sobreviene al alma la necedad, no puede darse sin un menoscabo del alma; si, en efecto, es más que el alma esté dirigida y adherida a la razón, por eso, porque está adherida a un ser inmutable que es la verdad, que no sólo existe por sobre todas las cosas, sino también antes que todas, cuando de ella ha sido separada posee en menor grado esa misma existencia, lo que es menoscabarse. Ahora bien, todo menoscabo tiende a la nada, y no se puede concebir ninguna muerte más propiamente que cuando esto, que era algo, se hace nada. Por lo cual, tender a la nada es tender a la muerte. Porqué la muerte no caiga en el alma en la que cae el menoscabo, apenas es posible decirlo. Aquí concedemos todo lo demás, pero negamos que necesariamente se siga la muerte para lo que tiende a la nada, esto es, que efectivamente llegue a la nada. Esto se puede observar también en el cuerpo. Porque, puesto que todo cuerpo es una parte del mundo sensible y por eso cuanto más grande es y más lugar ocupa, tanto más se acerca al todo, y cuanto más se comporta así tanto más plenamente existe. En efecto, el todo es más que la parte. Por lo cual también es necesario que sea menos cuando se reduce. Luego, cuando se reduce, experimenta un menoscabo. Ahora bien, se reduce cuando de él se quita algo cortando. De aquí resulta que por esa sustracción tienda a la nada. Con todo, ninguna sustracción lo lleva ala nada; porque toda parte que queda es cuerpo y cualquiera sea su tamaño, ocupa un lugar de cualquier dimensión. Esto no podría suceder, si no tuviese partes en las que siempre de idéntico modo se dividiera. Luego, se puede reducir un cuerpo al infinito dividiéndolo infinitivamente, y por eso, puede sufrir un menoscabo y tender a la nada, aunque jamás pueda llegar. Todo esto también se puede afirmar y entender del espacio mismo y de cualquier intervalo. Porque no sólo quitando de esos intervalos limitados, v. gr., una mitad, sino también de lo que resta siempre la mitad, el intervalo se reduce y progresa hacia el fin, al que sin embargo de ningún modo llega. ! Cuánto menos se ha de temer esto del alma! Puesto que el alma es ciertamente mejor y más vivaz que el cuerpo, por medio de la cual éste recibe la vida.

VIII

Como al cuerpo no se le puede quitar aquello por lo que es cuerpo, así tampoco al alma aquello por lo que es alma

  1. Porque si lo que hace que exista un cuerpo no consiste en su masa, sino por el contrario en su forma, -aserción que se prueba con argumento irrebatible- tanto más plenamente existe el cuerpo, cuanto más bello y hermoso; y tanto menos, cuanto más feo y deforme; este menoscabo no proviene como aquél del que ya hemos hablado bastante de una reducción de la masa, sino del menoscabo que sobreviene a su forma. Hemos de examinar y discutir este asunto con todo el cuidado posible, a fin de que no vaya alguien a afirmar que el alma puede perecer a causa de un tal menoscabo como se podría creer, por ejemplo, que, mientras el alma está en la locura y se encuentra así privada en cierta medida de su forma, esta privación pueda ser aumentada en tanto que la despoje enteramente de toda su forma y por ese menoscabo la reduzca a la nada y la obligue necesariamente a morir. Por eso, si llegamos a demostrar que el cuerpo mismo no puede incurrir en una privación tal que también lo despoje de aquella forma por la que es cuerpo, de derecho quizá habremos demostrado que mucho menos el alma puede ser privada de lo que le es esencial como alma. Porque, a la verdad, nadie que se haya examinado interiormente bien, dejará de confesar que cualquier alma se ha de considerar superior a cualquier cuerpo.

  1. Establezcamos, pues, como principio de nuestro razonamiento que ningún ser se hace o se engendra a sí mismo; de lo contrario existiría antes de existir: puesto que si esto es falso, aquello es verdadero. Digamos aún más, que lo que no ha sido hecho o nacido y sin embargo existe, es necesariamente eterno. Quien quiera que acuerde a algún cuerpo esta naturaleza y excelencia cae ciertamente en un grave error. Pero, ¿para qué vamos a discutir? En ese caso, con mucha mayor razón estamos obligados a otorgar esa excelencia al alma. Y así, si algún cuerpo es eterno, toda alma es eterna porque cualquier alma se ha de anteponer a cualquier cuerpo, y lo que es eterno a lo que no lo es. Sin embargo, si como es cierto, el cuerpo ha sido creado, lo ha sido por un creador, que no puede ser inferior a él; pues no habría sido capaz para darle que obrara cualquier cosa sea aquello que hiciera. EL creador tampoco puede ser igual a lo creado; porque es conveniente que el creador tenga para ejecutar la obra algo superior a lo que crea. Porque se puede decir sin absurdo de aquel que engendra que él es de la misma naturaleza que aquello que es engendrado por él. Luego todo cuerpo ha sido creado por una fuerza y por una naturaleza más poderosa y mejor, no en verdad corpórea. Porque si un cuerpo ha sido creado por otro cuerpo, no pudo haber sido creado todo cuerpo. De lo más verdadero, pues, es lo que establecimos al comienzo de esta disensión: que ningún ser puede hacerse por si mismo. Mas esta fuerza y esta naturaleza incorpórea, hacedora de todo cuerpo, lo mantiene todo entero por su potencia siempre presente; no lo creó y se apartó de él y creado no lo abandonó. Esta sustancia que realmente no es cuerpo y que no se mueve s localmente, por así decirlo, de modo que pueda separarse de aquella sustancia a la que le corresponde el espacio, y aquella fuerza creadora no puede estar exenta de no cuidar lo que ha sido creado por ella, ni de permitir que carezca de la forma por la que existe todo en la medida en que existe. En efecto, lo que no existe por sí, si es abandonado por aquel ser por el cual existe, seguramente dejará de existir; y no podemos decir que el cuerpo cuando fue creado ha recibido esto: que ya pudiese ser suficiente por sí mismo, aún si fuese abandonado por el creador.

  1. Con todo, si es así, con mayor razón el alma, que es a ojos vista superior al cuerpo, tendría esta autosuficiencia. Y así, si el alma puede existir por sí misma, de inmediato se prueba que es inmortal. En efecto, todo cuanto existe de tal modo necesariamente es incorruptible y por eso no puede perecer, porque nada deja su propio ser. Pero la mutabilidad del cuerpo salta a la vista, como suficientemente lo demuestra el universal movimiento del mismo universo corpóreo. De ahí que a los que observan con atención, en cuanto puede ser observada la naturaleza, se les revela que con una ordenada mutabilidad es imitado lo que es inmutable. Mas lo que existe por sí, tampoco tiene necesidad de movimiento alguno, teniendo toda la plenitud para sí en su propia existencia, porque todo movimiento es hacia otro ser del que carece el ser que se mueve.

Luego está presente al universo corpóreo una forma de naturaleza superior, renovando y manteniendo las cosas que creó: por eso, aquella mutabilidad no le quita al cuerpo el ser cuerpo, sino que lo hace pasar de forma en forma con un movimiento ordenadísimo. En efecto, no permite que ninguna de sus partes vuelva a la nada, abrazándolo todo entero aquella fuerza creadora con su poder que no se esfuerza ni permanece inactivo, dando el ser a todo lo que por ella existe, en la medida en que existe.

Por lo tanto, nadie debe haber tan desviado de la razón, para quien o no sea cierto que el alma es mejor que el cuerpo, o, concedido esto, juzgue que al cuerpo no le pueda acaecer que no sea cuerpo, pero sí al alma que no sea alma. Si esto no sucede y si no puede existir el alma sin que viva, verdaderamente el alma no muere nunca.

IX

El alma esencialmente es vida; luego no puede carecer de ella.

  1. Si alguien objeta que esa muerte por la que sucede que algo que fue no sea nada, no ha de ser temida por el alma, sino aquella otra por la cual llamamos cosas muertas a las que carecen de vida, tenga presente que ninguna cosa carece de su propio ser. Ahora bien, el alma es una especie de vida, por la cual todo lo que está animado, vive; mas todo lo que no está animado y que puede ser animado, se concibe como muerto, esto es, como privado de vida. Luego el alma no puede morir. Porque si pudiese carecer de vida no sería alma, sino algo animado; si esto es absurdo, mucho menos ha de temerse para el alma esta clase de muerte; puesto que, por cierto, no se la ha de temer para la vida. Porque justamente si muere el alma, entonces cuando la abandona aquella vida, esa misma vida que abandona a está, se la concibe mucho mejor como alma, de modo que ya no sea el alma algo que puede ser abandonado por la vida, sino aquella misma vida que es la que abandona. Todo cuanto, pues, ha sido abandonado por la vida se llama muerto, y lo muerto se concibe como dejado por el alma; mas esta vida, que abandona a los seres que mueren, porque ella misma es el alma, no puede dejar su propio ser. Luego el alma no puede morir.

X

EL alma no es la organización del cuerpo.

  1. ¿No será quizá que debamos concebir la vida como una cierta organización del cuerpo, como algunos han pensado? Estos, seguramente nunca hubieran creído esto, si alejando y purificando su propia alma del trato con los cuerpos, hubiesen podido ver aquellas cosas que existen realmente y perduran inmutables. ¿Quién, pues, examinándose bien no ha experimentado que entendió algo tanto más profundamente, cuanto mes pudo apartar y retirar la atención de la mente de los sentidos del cuerpo? Por cierto esto no se podría realizar si el alma fuese la organización del cuerpo. En efecto, una cosa que no tuviese una naturaleza propia ni existiese como sustancia, sino que existiese inseparablemente en el cuerpo como en su sujeto, de la misma manera que el color y la figura, de ningún modo se podría esforzar por apartarse del propio cuerpo para captar los inteligibles; y en cuanto pudiese hacerlo, en tanto podría intuirlos, y por esa visión hacerse mejor y más perfecta. En realidad, de ninguna manera la figura o el color o también la misma organización del cuerpo, que es una mezcla real de aquellas cuatro naturalezas por las que subsiste el cuerpo mismo, se pueden apartar de éste en el que existen inseparablemente como en su sujeto. A esto añadimos que los inteligibles, que el alma entiende cuando se aparta del cuerpo, no son ciertamente seres corpóreos y, sin embargo, existen y existen con la máxima plenitud porque siempre se poseen a sí mismos de idéntico modo. En efecto, nada más absurdo se puede afirmar que aquello que vemos con los ojos existe y lo que contemplamos con la inteligencia no existe, siendo propio de un insensato dudar que la inteligencia es incomparablemente superior a los ojos. Ahora bien, estas cosas que se entienden como poseyéndose a sí mismas siempre de idéntico modo, cuando las intuye el alma demuestra bastante que ella les está unida de una manera admirable y asimismo incorporal, esto es, no espacialmente.

Puesto que o estas verdades existen en el alma o ésta existe en ellas. Sea cualquiera de los dos casos, o exista el uno en el otro como en su sujeto, o bien el uno y el otro existan como sustancias. Pero si se admite lo primero, el alma no existe en el sujeto cuerpo como el color y la figura, porque ella misma o existe como sustancia o existe en un sujeto que es otra sustancia que no es cuerpo. Ahora bien: si lo segundo es verdad, el alma no existe en el sujeto cuerpo como el color porque es sustancia. Por el contrario, la organización del cuerpo existe en el sujeto cuerpo como el color; en consecuencia, el alma no es la organización del cuerpo, sino que la vida es el alma; y puesto que ningún ser deja su propio ser y puesto que lo que la vida abandona muere, luego el alma no puede morir.

XI

Siendo la verdad causa del alma, no por eso perece a causa del error contrario a la verdad.

  1. Finalmente, pues, si de nuevo se ha de temer algo, se ha de temer esto: que el alma perezca por deficiencia cuando es privada de su forma de existir. Aunque juzgo que sobre este asunto se ha dicho bastante, y que ha sido demostrado con argumento cierto cuán imposible es esto; sin embargo se debe también atender a esto: que no hay otra causa de este temor sino porque se ha de confesar que el alma necia está en una especie de deficiencia y que el alma sabia está en una esencia más cierta y más plena. Pero si el alma cuando intuye la verdad es entonces sapientísima de lo que nadie duda-, verdad que existe siempre de idéntico modo y a la que se adhiere inseparablemente unida por un amor divino; y si todas aquellas cosas que existen no importa cómo, existen por esta esencia, que existe suma y supremamente, el alma en la medida en que existe o existe por aquélla o existe por sí misma. Pero si existiese por sí misma, siendo la causa de su propia existencia y como nunca abandonaría su propio ser, jamás perecería, como ya lo expusimos más arriba. Mas si, por el contrario, el alma recibe la existencia de aquella esencia, es necesario buscar diligentemente qué cosa puede serle contraria que le pueda quitar al alma la existencia que le otorga aquélla. ¿Cuál es, pues, este ser? ¿Es acaso el error, porque aquélla es la verdad? ¡Cuánto puede dañar al alma el error es evidente y claro! ¿Quizá puede más que engañarla? Pero nadie que no viva se engaña. Por consiguiente, el error no puede destruir el alma. Porque, si el error, que es contrario a la verdad, no puede arrancarle al alma la existencia que le otorgó la verdad (en tan altísimo grado la verdad es invencible), ¿qué otro ser se encontrará que arranque al alma aquello por lo que es alma?

Nada en realidad: porque nada hay más poderoso que un contrario para arrebatar aquello que ha sido hecho por su contrario.

XII

Nada hay contrario a la verdad, por la que el alma es lo que es, en la medida ere que la verdad misma es.

  1. Mas si así buscamos lo contrario a la verdad, no en cuanto es verdad, sino en cuanto existe suma y supremamente, aunque esto mismo lo es en tanto en cuanto es verdad, ya que la llamamos verdad porque por ella son verdaderas todas las cosas en la medida en que existen, y en tanto existen en cuanto son verdaderas; sin embargo, porque se me presente esto tan evidente, de ningún modo eludiré el problema. En efecto, si ninguna esencia en cuanto es esencia tiene algo contrario, mucho menos tiene contrario aquella primera esencia, que se llama verdad, en cuanto es esencia. Lo primero es verdadero; efectivamente toda esencia no es esencia por otra cosa sino porque es. El ser no tiene como contrario sino el no ser, por lo cual nada hay contrario a la esencia. Luego de ningún modo cosa alguna puede ser contraria a aquella sustancia que es absolutamente suprema y primera. De parte de la cual si el alma posee aquello mismo por lo que ella es, -porque esto que el alma no lo tiene de sí misma, no lo puede tener de otra parte sino de aquel ser que por esto mismo es más perfecto que el alma- no hay ser por cuya causa lo pierda, porque no hay ningún ser contrario a ese ser por el que lo tiene; y por eso, no deja de existir. La sabiduría empero, porque la tiene por conversión hacia aquello de lo que procede, la puede perder por separación. Porque la separación es contraria a la conversión. Pero aquel ser que participa de aquél al que ninguna cosa es contraria, no tiene ninguna posibilidad por la que pueda perderlo. En consecuencia el alma no puede perecer.

XIII

El alma no se puede transformar en cuerpo.

  1. Aquí quizá nazca algún otro problema: a ver si así como el alma no puede perecer tampoco se pueda transformar en una esencia inferior. En efecto, puede parecerle a cualquiera, y no sin razón, que por esta argumentación se ha demostrado que el alma no puede llegar a la nada, pero que tal vez se pueda transformar en cuerpo.

Si lo que antes era alma se hubiese hecho cuerpo, no por cierto dejaría de existir del todo. Pero esto no puede suceder, a menos que o el alma misma lo quiera o sea forzada por otro a serlo. Sin embargo, no se sigue de inmediato que el alma pueda ser cuerpo ya sea que ella misma lo haya querido, ya sea que haya sido forzada a serlo. Lo lógico es que, si lo es, lo quiera así o sea forzada a ello; pero no se sigue que si lo quiere o es obligada lo sea realmente.

Ahora bien, el alma nunca querrá ser cuerpo. Porque todo su impulso hacia el cuerpo es o para cuidarlo o para vivificarlo o para que se organice de un cierto modo, o para cuidarlo de alguna manera. Ahora bien, nada de esto puede hacer si no es superior al cuerpo. Pero si es cuerpo, en realidad no será superior al cuerpo. Por consiguiente, el alma no querrá ser cuerpo. Y no hay argumento alguno más cierto sobre este asunto que cuando el alma se interroga de esto a sí misma. De esta manera, pues, el alma comprueba fácilmente que no tiene ningún impulso si no es o para hacer, o saber, o sentir algo, o tan sólo para vivir en cuanto esto depende de ella.

  1. Pero si el alma es forzada a ser cuerpo, ¿por quién pues lo podrá ser? Por un ser, que ciertamente sea más poderoso. Luego no puede serlo por el mismo cuerpo; pues de ninguna manera se puede dar un cuerpo mas poderoso que un alma. Por otra parte, un alma más poderosa no podría forzar hacia algo, si no es a aquel ser que está sujeto a su poder; ni en modo alguno un alma está sujeta al poder de otra, si no por sus pasiones. Luego esa alma no puede forzar a otra más que cuanto se lo permiten las pasiones de ésta a la que fuerza. Pero hemos dicho que el alma no puede tener deseo de ser cuerpo. También es evidente que el alma no llega a ninguna satisfacción de su deseo cuando pierde todo deseo; ahora bien, cuando se hace cuerpo lo pierde, luego el alma no puede ser forzada a hacerse cuerpo por otro ser que no tiene facultad para obligar sino en cuanto se lo permiten las pasiones de su sometida. Finalmente, toda alma que tiene a otra en su poder, necesariamente quiere más tener bajo su poder a ésta que no un cuerpo, y la quiere atender con bondad o mandar con malicia. Por eso no querrá que se convierta en cuerpo.

  1. En fin, esta alma que fuerza o bien es un ser animado o bien carece de cuerpo. Pero si carece de cuerpo, no existe en este mundo, y si es así es sumamente buena y no puede desearle otra tan torpe trasmutación. Mas si es un ser animado, o también es un ser animado aquélla a la que fuerza o no lo es. Pero si no lo es, para nada puede ser forzada por otra. En efecto, no hay alma más poderosa que la que existe en grado máximo. Mas si existe en un cuerpo, asimismo es forzada por medio de un cuerpo por otra que existe en un cuerpo, a cualquier cosa que sea forzada. Mas, ¿quién puede dudar que de ningún modo se puede hacer una tan grande trasmutación en el alma por medio de un cuerpo? Sería posible, pues, esto, si el cuerpo fuese más poderoso que el alma; aunque cualquiera sea aquello a lo que el alma es forzada por el cuerpo, justamente lo es no por medio de un cuerpo, sino por medio de sus pasiones, acerca de las cuales ya se ha dicho bastante. Ahora bien, lo que es superior al alma racional, según unánime afirmación, es Dios. ÉL por cierto cuida del alma y por eso el alma no puede ser forzada por ÉL a transformarse en cuerpo.

XIV

La fuerza del alma no la puede menoscabar ni el sueño ni ninguna afección semejante del cuerpo.

  1. Si, pues, el alma no consiente transformarse en cuerpo ni por propia voluntad ni forzada por otro, ¿de dónde puede consentirlo? ¿Quizá porque muchas veces, a pesar nuestro, nos oprime el sueño, se ha de temer que por alguna deficiencia así, pueda ser convertida el alma en cuerpo? ¡ Cómo si realmente porque nuestros miembros se marchitan por el sueño, por eso de algún modo el alma se pudiera hacer más débil! Tan sólo no siente las cosas sensibles, porque cualquier cosa sea la que produce el sueño, es propia del cuerpo y opera en el cuerpo; porque tal cambio está ordenado según la naturaleza para el descanso del cuerpo de los trabajos; sin embargo, este cambio no quita al alma la capacidad de sentir o de entender. Porque no sólo tiene de inmediato presentes las imágenes de las cosas sensibles con tan grande expresión de semejanza, que no es posible en ese mismo tiempo distinguirlas de aquellas cosas de las que son imágenes; sino también, si entiende algo, eso mismo es igualmente verdadero para cuando duerme como para cuando está en vigilia. En efecto, si durante el sueño, por ejemplo, a uno le hubiese parecido haber disputado y haber seguido en la disputa razones verdaderas, habrá aprendido algo; y ya despierto también esas mismas razones permanecen en él inmutables, aunque se compruebe que son falsas las demás cosas, como ser el lugar en el que se realizara la disputa, la persona con la que se disputara, y las palabras mismas en cuanto al sonido con las que se creía discutir, y otras cosas por el estilo, que también se sienten y realizan con los mismos sentidos cuando despiertos y, sin embargo pasan y nunca obtienen la presencia estable de las verdaderas razones.

De lo cual se concluye que por tal cambio de estado en el cuerpo, cual es el sueño, no se puede menguar la vida propia del alma, sino sólo el uso que la misma tiene del cuerpo.

XV

Nuevo argumento que prueba que el alma no puede transformarse en cuerpo.

  1. Por último, si la unión del alma y del cuerpo no es local aunque el cuerpo ocupe un lugar, el alma recibe antes que el cuerpo, y no sólo antes sino más que el cuerpo, la impresión de estas razones sublimes y eternas cuya existencia es inmutable y que ciertamente no están contenidas en el espacio. En efecto, tanto antes el alma es impresionada por estas verdades cuanto les es más cercana, y por la misma razón tanto más, cuanto superior al cuerpo; ni esta cercanía es acercamiento de lugar, sino de orden de naturaleza. Pues en virtud de este orden se entiende que aquella suprema esencia por medio del alma otorga al cuerpo la forma, por la cual éste es en la medida en que es. El cuerpo subsiste a causa del atina y por ella misma es animado, ya sea universalmente como el mundo, ya sea particularmente como cada uno de los vivientes dentro del mundo. Por lo cual era lógico que el alma se hiciera cuerpo por el alma y que en absoluto pudiera ser de otra manera. Mas como esto no sucede, permaneciendo por cierto el alma en aquello que la constituye alma, el cuerpo subsiste por ésta que le otorga la forma y sin que ella la pierde. El alma, pues, no se puede convertir en cuerpo. Si, en efecto, el alma no comunicara al cuerpo la forma que ella recibe del Supremo Bien, el cuerpo no existiría por medio de ella, y si no existiese por medio de ella, o no existiría en absoluto, o él recibiría tan inmediatamente su forma como el alma; pero el cuerpo no sólo existe, sino también si recibiese tan inmediatamente la existencia como el alma, sería de la misma naturaleza que el alma: pues esto interesa; puesto que si el alma es superior al cuerpo es porque ella recibe su forma más inmediatamente que el cuerpo. Ahora bien, el cuerpo la recibiría de una manera también tan inmediata, si no la recibiese por medio del alma: puesto que, no habiendo ningún intermediario, seguramente recibiría su forma tan inmediatamente. No se encuentra nada que esté entre la Suprema Vida, Sabiduría y Verdad inmutable, y el último ser que es vivificado, esto es el cuerpo, a no ser el alma que lo vivifica. Si el alma trasmite al cuerpo la forma, para que sea cuerpo en la medida en que es cuerpo, por cierto dándole la forma ella no la pierde. Ahora bien, la perdería si se transformara en cuerpo. El alma, pues, no se puede convertir en cuerpo ni por su propia potencia, porque el cuerpo no subsiste sino en cuanto ella subsiste como alma; ni tampoco puede llegar a ser cuerpo por la potencia de otra alma, porque el cuerpo no se hace sino por transmisión de la forma por medio del alma, y el alma no se transformaría en cuerpo sino perdiendo su forma, si este cambio fuese posible.

XVI

Tampoco el alma racional puede transformarse en alma irracional. El alma está toda entera en el cuerpo todo entero y en cada una de sus partes.

25.-Se puede decir del alma o de la vida irracional también esto: que el alma racional tampoco puede transformarse en alma irracional. En efecto, el alma irracional si no fuese de un orden inferior a aquel del alma racional, recibiría de manera igual el ser y le sería idéntica. Así pues, siguiendo el orden natural, los seres más poderosos trasmiten a los seres más débiles la forma que ellos han recibido de la Esencia Suprema; y cuando la trasmiten ellos no la pierden. Estos seres más débiles existen, en la medida en que existen, porque la forma por la que existen les es trasmitida por seres más poderosos, que por lo mismo que son más poderosos son también más excelentes. Ahora bien, esta excelencia no les ha sido otorgada como potencia de una masa más grande sobre masas más pequeñas, sino que estas naturalezas más poderosas son más excelentes por una misma forma sin tener volumen alguno en el espacio. En este orden el alma es más poderosa y más noble que el cuerpo; y, puesto que el cuerpo subsiste por el alma, como lo hemos dicho, ella no se puede transformar de ningún modo en cuerpo. En efecto, el cuerpo no existe sino recibiendo la forma por intermedio del alma. Ahora bien, para que el alma pudiera llegar a ser cuerpo, sería necesario no que recibiese una forma nueva sino que perdiera la suya propia; por eso, pues, no puede convertirse en cuerpo a no ser que quizá esté encerrada en el espacio y se la una localmente al cuerpo. Porque si ello fuese así, podría ser que una masa más grande pudiese hacer tomar al alma, aunque más excelente, su naturaleza inferior, como se ve que un viento mayor extiende una llama menor. Pero ello no es así. En realidad toda masa que ocupa un lugar, no existe toda entera en cada una de sus partes, sino en la totalidad. Por lo cual, una de sus partes está en un lugar y otra en otro. El alma, por el contrario, no está sólo presente en toda la masa del cuerpo que anima, sino que también está presente al mismo tiempo toda entera en cada una de sus partes más pequeñas. En efecto, ella siente toda entera la impresión que recibe una parte del cuerpo, y, sin embargo, no la siente en el cuerpo todo entero. Así cuando el pie sufre, el ojo mira, la lengua habla y las manos se allegan. Ahora bien, esto no sucedería si lo que del alma hay, no estuviese en aquellas partes, y si no sintiera el dolor del pie herido; ni podría sentir lo que ha pasado en ese miembro si está ausente. Porque, en fin no es creíble que ello suceda por medio de algún mensajero que anuncia lo que no siente, porque la impresión que se da no recorre la continuidad de la masa del cuerpo, para advertir de su presencia a las demás partes del alma que existen en distintos lugares; sino que el alma toda siente lo que pasa en esa parte del pie y lo siente sólo allí donde sucede. Luego el alma que siente toda entera al mismo tiempo en cada una de las partes del cuerpo, está presente toda entera al mismo tiempo en cada una de esas partes. Sin embargo, no está presente toda entera como la blancura u otra cualidad por el estilo que está toda entera en cada parte del cuerpo. Porque si el cuerpo experimenta en una parte una alteración de la blancura, esta alteración puede no afectar en nada la blancura que está en otra parte. Por lo cual, es evidente que esta blancura está disgregada en partes de acuerdo a la disgregación de partes de la masa. Mas que así no sucede en el alma se demuestra por la sensación de la que acabamos de hablar.

 

CARTA DE SATANÁS

Te vi ayer cuando comenzabas tus tareas diarias. Te levantaste sin siquiera orar a tu Dios, en todo el día no hiciste nada de oración. De hecho ni recordaste bendecir tus alimentos, menos aún dedicaste un tiempo de oración mental para estar unido con mi enemigo, Jesucristo; me gustan tus disculpas: estás muy cansado del trabajo, afanado en tu plan que te llevará a acompañarme por toda la eternidad. Eres muy desagradecido con tu Dios, y eso me gusta de ti.

También me agradaba la enorme flojera que demuestras siempre en lo que se refiere a tu crecimiento cristiano. Rara vez lees la Biblia y cuando lo haces estás cansado. Oras muy poco y muchas veces sólo recitas palabras que no meditas. Por cualquier pretexto – cansancio, trabajo, pereza- llegas tarde o faltas a tus reuniones de formación de catequesis, por lo que sigues siendo un ignorante camino de mi eterna compañía.

¡Qué decir de tu tacañería al cooperar en la evangelización o diezmo! Todo eso es útil para mi. No puedo describirte como me alegra que en todo este tiempo en que dices que estás siguiendo a tu Dios, no hayas cambiado tu manera de comportarte. Tantos años y sigues como al principio, crees que no tienes nada que cambiar… me encantas. Te hablan de la verdad, y no escuchas porque prefieres siempre tu parecer, y al que te da de comer espiritualmente le muerdes la mano ¡casi eres como yo!

Recuerda que tú y yo hemos pasado muchos años juntos y aún te detesto. Es mas te odio porque odio a tu Padre. Solamente te estoy usando para molestarlo. El me echó del cielo y yo voy a utilizarte mientras pueda para vengarme de El, para que tú tampoco alcances jamás ver su gloria.

Mira ignorante, Dios te ama y tiene grandes planes preparados para ti, pero tú eres tan idiota que me has cedido tu existencia y yo voy a hacer que vivas un verdadero infierno en vida, incluso con los que debían quererte y respetarte. Así estaremos juntos doblemente y esto realmente va a dolerle a tu Dios. Con tu cooperación voy a mostrar quien es realmente él que gobierna tu vida. Con todos los momentos rendidos que nos hemos pasado

Hemos disfrutado juntos muchas películas vanas, y hasta XXX, y ¡qué decir de las veces que hemos ido a los «espectáculos artísticos en vivo!» Aquel día de tu debilidad con aquella personita simpática, qué bien nos la pasamos. Pero más me agrada que no te arrepientes, sino que reconozcas que eras joven y tenías derecho a gozar la vida, no hay duda: eres de los míos.  

Disfruto mucho los chistes colorados que dices y que escuchas, tú te ríes por lo gracioso de ellos, yo me río de ver a un hijo de Dios participando en eso. El hecho es que ambos la pasamos bien.  

La música vulgar y de doble sentido que escuchas me encanta. ¿Cómo sabes cuales son los grupos que me gusta escuchar?

También disfruto mucho cuando difamas y calumnias y de que eres amigo de saber para difamar y que así te revelas contra tu Dios. Oh, esa locuela tuya, siempre preguntando lo qué no debe, siempre cuchicheando de los otros, te llevará a acompañarme eternamente, y aunque te odio, eso me alegra.

Me siento feliz cuando te veo bailando y haciendo ese tipo de movimientos que tanto fascinan, ¡cómo lo disfruto! Ciertamente cuando vas y te diviertes sanamente, me desilusionas, pero no hay problema siempre habrá otra oportunidad.

Hay veces que me haces servicios increíbles cuando das malos ejemplos a los niños o cuando les permites que se desvíen de su inocencia, por medio de la televisión, internet o cosas por el estilo. Son tan perceptivos que fácilmente imitan lo que ven. Te lo agradezco mucho, porque tú mismo, sin necesidad de que yo trabaje, los perviertes hasta el fondo de su corazón; y aunque luego te quejes de que ya no practican el culto a tu Dios y que, incluso han perdido la Fe en Jesucristo, yo lo apunto en mi libreta como un gol a favor mío.

Lo que mas me agrada es que rara vez tengo que tentarte, casi siempre caes por tu cuenta. Tu buscas los momentos propicios, tu te expones a situaciones peligrosas, tu buscas mis ambientes, tú te guías por pastores falsos, tú mismo ordenas tu vida al igual que cualquier otra criatura atea, pues por lo que te afanas y trabajas en nada se diferencia de los míos; si tuvieras algo de seso cambiarais de ambiente y compañías recurrirías a los sacramentos válidos y dejarías los sacrílegos sobre los cuales tantas veces te han advertido y entregarías realmente tu vida al que dices llamar «tu Dios» y así vivirías el resto de tus años bajo la guía del Espíritu Santo.

No acostumbro enviar este tipo de mensajes, pero eres tan conformista espiritualmente, mientras te amparas en tu ignorancia en lo que te conviene, que no creo que vayas a cambiar nunca. No me malentiendas aún te odio y no me interesas en lo más mínimo. Si te busco es porque me agrada como tu manera de comportarte hace quedar en ridículo a Jesucristo.

Tu enemigo que te odia,

Satanás.

P.D. Si realmente me amas no muestres esta carta a nadie.

REGLA DE SAN PACOMIO

INTRODUCCIÓN

Teniendo en cuenta los peligros inherentes a la vida solitaria y las ventajas que se derivan de una vida asociada, Pacomio (por el 292-347), después de una experiencia personal de vida eremítica, dio forma al cenobitismo, asentado en la convivencia, en la disposición a compartir los bienes, en la oración en común, en la observancia de la misma regla, en el trabajo manual y en la obediencia absoluta al abad. Fundó entonces su primera comunidad en Tabennisi, en el alto Egipto, el año 323, y su hermana María fundó las primeras comunidades de mujeres o Conventos.


Así surgieron grandes monasterios de hasta más de mil monjes rígidamente organizados.  La nostalgia por la primitiva Iglesia, donde “todos eran de un solo corazón y una sola alma, y lo tenían todo en común” (Hechos 4,32ss), los inspiraba.  Algunos cultivaban pequeños huertos, la mayoría se sustentaba tejiendo cestas y esteras que luego vendían a cambio de un poco de pan y aceite. Mientras tejían un cesto con juncos y paja, recitaban un salmo, elevaban una plegaria o memorizaban una porción del Evangelio. Su dieta era frugal, un poco de pan, queso, aceite, legumbres y fruta.  Sus posesiones no eran más que el rasón necesario, los instrumentos de oración y lectura y una estera para dormir. Unos a otros se enseñaban de memoria libros enteros de la Biblia y dichos de los Padres antiguos, que llamaban “joyas de sabiduría”. A pesar de que todos participaban del trabajo manual, nadie se consideraba superior a nadie. La norma fundamental era el servicio mutuo, de tal modo que aun los superiores, a pesar de la obediencia que debían recibir, estaban obligados a servir a los demás.


En poco más de veinte años las fundaciones pacomianas, dirigidas por una Regla de 194 artículos, comprendían 9 conventos de varones y 2 de mujeres. La experiencia innovadora de Pacomio, aunque animada de moderación y prudencia, no se veía libre de los peligros inherentes a unas comunidades numéricamente cada vez más elevadas.


El propio Pacomio, que era el abad o archimandrita, daba ejemplo ocupándose de las labores más humildes.  Aquella vida del desierto no se acoplaba bien con la nueva jerarquía eclesiástica, cuyos obispos residían en palacios y gozaban del favor del gobierno.  Muchos pensaron que lo peor que le podía pasar a un monje era ser ordenado obispo, pero siempre había comunidades cristianas que pedían se les enviara algún monje para dirigirlas, por eso a veces un obispo iba al desierto y se llevaba a algún monje para ordenarlo.  Hubo incluso monjes a los que hubo que atar a la silla para ordenarlos.  Desgraciadamente, también hubo monjes orgullosos que pensaron que sus vidas mostraban un nivel de santidad más elevado que el de los eclesiásticos, y que eran ellos y no los obispos, quienes habían de decidir en qué consistía la ortodoxia.  Como muchos de estos monjes eran rudos e iletrados,  fácilmente se convirtieron en peones fáciles de manipular por otros.  


Fue Basilio (por el 330-379) el que, basándose en las experiencias monásticas precedentes, aportó varias correcciones a las formas cenobíticas ya en acto. Impuso la convivencia comunitaria según un tipo de relaciones amistosas, convencido de que sólo la vida cenobítica garantizaba el ejercicio de la caridad. “… La vida en común está en conformidad con la que llevaban los santos que nos recuerdan los Hechos de los Apóstoles: “los fieles se mantenían unidos y lo tenían todo en común”.


Los Padres del Desierto realizaron en el alma del mundo pagano una especie de exorcismo global, válido de una vez por todas. El movimiento en adelante, fue menos de rechazo que de transfiguración.  El monacato cerró su ciclo histórico, pero la espiritualidad del desierto avanza entre las formas cambiantes de la sociedad mediante nuevos testigos

  • Prefacio de San Jerónimo
  • Prescripciones de nuestro Padre Pacomio. Hombre de Dios que Fundó la Vida Cenobítica en sus orígenes por Orden de Dios
  • Prescripciones e Instituciones de nuestro Padre Pacomio, Hombre de Dios, que Funda desde sus orígenes la Santa Comunidad de Vida, según el Mandato de Dios
  • Prescripciones y Sentencias también de nuestro Padre Pacomio
  • Prescripciones y Leyes de nuestro Padre Pacomio concernientes a las seis Oraciones de la tarde y a la Sinaxis de seis Oraciones que se celebra en cada casa

 

Prefacio de San Jeronimo

Por afilada y centelleante que sea una espada, terminará por cubrirse de herrumbre y perder el esplendor de su belleza si permanece durante mucho tiempo en la vaina. Es por esto que, cuando me encontraba afligido por la muerte de la santa y venerable Paula (en esto no obraba yo en contraposición con el precepto del Apóstol, antes bien, aspiraba ardientemente que fuera consolado el gran número de aquellos a quienes su muerte había privado de sostén), acepté recibir los libros que me enviaba el hombre de Dios, el sacerdote Silvano. El mismo los había recibido de Alejandría con el fin de dármelos para traducir. Ya que, según me dijo, en los monasterios de la Tebaida y en el monasterio de Métanoia (este es el monasterio de Canope, cuyo nombre ha sido felizmente reemplazado por un término que significa «conversión»), viven muchos latinos que ignoran el copto y el griego, lenguas en las que han sido escritas las Reglas de Pacomio, Teodoro y Orsisio. Estos hombres son los que pusieron los cimientos de los «Coenobia» en la Tebaida y en Egipto, según la orden de Dios y de un ángel enviado por El con este designio.

Después de haber guardado un largo silencio durante el cual tascaba mi dolor, fui urgido a ponerme a trabajar por el sacerdote Leoncio y otros hermanos enviados a mí para eso. Así, después de hacer venir a un secretario, dicté en nuestra lengua las reglas que habían sido traducidas del copto al griego. Hice esto por obedecer no diré a las súplicas sino a las órdenes de estos grandes hombres, como también para romper mi prolongado silencio bajo auspicios favorables; como decían ellos: yo volvía a mis antiguos trabajos y también procuraba una satisfacción al alma de esta santa mujer que no había cesado de arder en el amor por la vida monástica y de meditar sobre la tierra lo que debía contemplar en el cielo; además, la venerable virgen de Cristo, su hija Eustoquia, tendría de dónde suministrar reglas de conducta a sus hermanas, y nuestros hermanos seguirían los ejemplos de los monjes egipcios, quiero decir de Tabennesis .

Estos monjes tienen en cada monasterio padres, ecónomos, hebdomadarios, oficiales subalternos y jefes de familia, que son los prepósitos. Cada casa reúne alrededor de cuarenta hermanos que deben obedecer a su prepósito. Según el número de hermanos, un monasterio cuenta con treinta o cuarenta casas que están unidas en tribus o grupos de tres o cuatro. Los que viven en estos grupos van juntos al trabajo y se suceden por rotación en el servicio semanal.

El que entró primero al monasterio, ocupa también el primer lugar al sentarse, caminar, salmodiar, comer y recibir la comunión en la iglesia. No es la edad de los hermanos la que se tiene en cuenta sino la fecha de su profesión.

En sus celdas no tienen más que una estera y los objetos siguientes: dos túnicas (especie de vestido egipcio sin mangas) y una tercera ya usada que usan para dormir o trabajar, un manto de lino, una piel de cabra a la que llaman melota, dos cogullas, un pequeño cinto de lino, calzado y un bastón como compañero de viaje.

Los enfermos son restablecidos gracias a cuidados admirables y comidas copiosas. Los que se hallan en buena salud se benefician de una abstinencia más severa; ayunan dos veces por semana, los miércoles y viernes, salvo durante el tiempo que va de Pascua a Pentecostés. Los demás días, los que lo desean comen después de la hora sexta y a la tarde se vuelve a poner la mesa a causa de los que trabajan, de los ancianos, de los niños y del intensísimo calor. Algunos comen poco la segunda vez, otros se contentan con una sola comida: el almuerzo o la cena. Algunos toman sólo un poco de pan y salen del refectorio. Todos comen al mismo tiempo. Cuando alguno no quiere ir a la mesa, recibe en su celda solamente pan, agua y sal, todos los días o día por medio según lo desee.

Los hermanos que practican un mismo arte son congregados en una casa bajo la autoridad de un prepósito. Por ejemplo: los que tejen el lino son reunidos en un grupo, los que hacen las esteras constituyen una sola familia. Lo mismo pasa con los sastres, los que fabrican las carretas, los obreros, los zapateros; estos grupos están gobernados cada uno por su prepósito, y cada semana dan cuenta de sus trabajos al padre del monasterio .

Los padres de todos los monasterios tienen un solo jefe que habita en el monasterio de Pbow .En pascua, todos, excepto aquellos cuya presencia es indispensable en sus monasterios, se reúnen en torno a él, de modo que casi cincuenta mil hombres celebran juntos la fiesta de la Pasión del Señor.

En el mes de Mesorí , es decir, en agosto, a ejemplo de la remisión del año jubilar (Lev 25) hay días en que a todos les son perdonados los pecados y en los que se reconcilian los que han tenido cualquier altercado. Luego se designan los jefes, los ecónomos, los prepósitos, los oficiales subalternos de los diferentes monasterios según sus necesidades.

Los de la Tebaida dicen todavía que Pacomio, Cornelio y Syro (este último vive aún y según cuentan tiene más de 110 años), aprendieron de boca de un ángel un lenguaje misterioso que les permite escribirse y comunicarse con la ayuda de un alfabeto espiritual, insinuando bajo ciertos signos y símbolos, sentidos escondidos. Hemos traducido a nuestra lengua estas cartas, que también han sido leídas entre los monjes coptos y griegos, y cuando encontramos esos mismos signos (del alfabeto místico) los hemos copiado.

Hemos imitado la simplicidad de la lengua copta movidos por el cuidado de dar una interpretación fiel, no fuera que una traducción pedante hiciera concebir una idea falsa de esos hombres apostólicos, completamente impregnados de la gracia del Espíritu. En cuanto a las otras cosas que están contenidas en sus tratados, no he querido exponerlas para que aquellos a los que deleite el amor de la santa «Koinonía» las aprendan en sus autores y beban en la fuente misma en lugar de hacerlo en los arroyos que de ella nacen.

Prescripciones de nuestro Padre Pacomio. Hombre de Dios que Fundó la Vida Cenobítica en sus origenes por Orden de Dios

Aquí comienzan los preceptos

El que viene por primera vez a la sinaxis de los santos, será introducido por el portero como se acostumbra, el cual lo acompañará desde la puerta del monasterio y lo hará tomar asiento en la asamblea de los hermanos; no le será permitido cambiar de lugar, ni modificar su rango; esperará que el oikiakos, es decir: el prepósito de la casa, lo instale en el puesto que le conviene ocupar.

Se sentará con todo decoro y modestia, poniendo debajo suyo la parte inferior de su piel de cabra que se ata sobre el hombro, y cerrando cuidadosamente su vestido, es decir la túnica de lino sin mangas, de manera que tenga las rodillas cubiertas.

Cuando se oiga la voz de la trompeta que llama a la sinaxis, en el mismo momento saldrán de la celda, meditando un pasaje de las Escrituras hasta llegar a la puerta del lugar de la sinaxis.

Cuando vayan a la iglesia para tomar el lugar en el que deben estar sentados o de pie, tendrán cuidado de no aplastar los juncos remojados y preparados para el tejido de las cuerdas, no sea que la negligencia de uno ocasione algún daño, aunque fuera mínimo, al monasterio.

A la noche, cuando se haga oír la señal, no te demores junto al fuego que se enciende habitualmente para calentar el cuerpo y defenderse del frío.

No permanezcas sentado sin hacer nada durante la sinaxis, por el contrario: prepara con mano vigilante los juncos que servirán para trenzar las cuerdas de las esteras. Sin embargo, evita que llegue al agotamiento el que tiene un cuerpo débil, a ese tal se le otorgará el permiso de interrumpir de tiempo en tiempo su tarea.

Cuando aquel que ocupa el primer lugar haya golpeado las manos, recitando de memoria algún pasaje de las Escrituras, para dar la señal del fin de la oración, ninguno tardará en levantarse, por el contrario: todos se levantarán al mismo tiempo.

Nadie observe a otro hermano que estuviere trenzando una cuerda o rezando; que sus ojos estén atentamente puestos sobre su propio trabajo.

He aquí los preceptos de vida que los ancianos nos han transmitido. Si ocurre que durante la salmodia, las oraciones o las lecturas, alguno habla o se ríe, desatará al instante su faja e irá a ponerse delante del altar con la cabeza inclinada y los brazos caídos. Después que el padre del monasterio lo haya reprendido allí, repetirá esta misma penitencia en el refectorio, cuando estén reunidos todos los hermanos.

Cuando durante el día haya resonado la trompeta para la sinaxis, el que llegase después de la primera oración será corregido por el superior con una reprimenda y permanecerá de pie en el refectorio.

Pero, durante la noche, ya que (a esas horas) se concede más a la debilidad del cuerpo, el que llegase después de las tres primeras oraciones, será corregido de la misma manera en la iglesia y en el refectorio.

Cuando los hermanos estén orando durante la sinaxis, nadie saldrá sin orden de los ancianos, o sin haber pedido y obtenido el permiso de salir para las necesidades naturales.

Nadie distribuirá los juncos que sirven para trenzar las cuerdas, a no ser el que está de servicio durante la semana. Si estuviera impedido de hacerlo por causa de un trabajo justificado, se esperará las órdenes del superior.

Para el servicio de la semana en cada casa, no se escogerá a los que tienen los primeros lugares y recitan pasajes de la Escritura en la asamblea de todos los hermanos. Se elegirá por orden a los hermanos que están sentados y se ponen de pie, los que fueren capaces de repetir de memoria lo que se les haya encomendado.

Si un hebdomadario se olvida o vacila al recitar algo, recibirá la corrección que merecen la negligencia y el olvido.

Ningún hebdomadario estará ausente el domingo, y cuando se hace la oblación, porque debe ocupar el lugar del cantor para responder al que salmodia. Esto concierne al menos a los que pertenecen a la casa que está de servicio de gran semana . Porque hay en cada casa un servicio de pequeña semana asegurado por un número menor de hermanos. Si este número debiera aumentarse, el jefe de la casa de gran semana llamará a otros hermanos del mismo grupo al que pertenece su casa. Pero sin orden suya nadie que pertenezca a otra casa del mismo grupo salmodiará. Y le está absolutamente vedado a un hermano de una casa el participar en el servicio de otra casa, a menos que pertenezca al mismo grupo, o tribu, que la suya. Se llama tribu al grupo de tres o cuatro casas (este número varía) según el número de hermanos y la importancia del monasterio, lo que podríamos llamar familias o clanes de una misma nación.

Ninguno recibirá el permiso de salmodiar los domingos o durante la sinaxis en que debe ofrecerse la oblación, excepto el jefe de la casa y los ancianos del monasterio a quienes por alguna causa les competa esta función.

Si un anciano se equivoca cuando salmodia, es decir: cuando lee el salterio, se someterá al punto, delante del altar, al rito de la penitencia y de la reprimenda.

El que sin permiso del superior abandonara la sinaxis u ofreciera la oblación, será reprendido al instante.

Por la mañana, en cada casa, después de concluida la oración, no volverán los hermanos inmediatamente a sus celdas. Primero tendrán un coloquio sobre lo que les fue expuesto por los prepósitos en las conferencias y luego retornarán a sus habitaciones.

Los que gobiernan las casas darán tres conferencias por semana; en estas conferencias los hermanos al sentarse o pararse, ocuparán sus respectivos lugares, según el orden de las casas y de los individuos.

Si alguno que está sentado se duerme en el transcurso de la conferencia del prepósito de la casa o del padre del monasterio, se le obligará a levantarse inmediatamente y permanecerá de pie hasta que haya recibido la orden de volver a tomar asiento.

Cuando haya sonado la señal de reunirse para escuchar los preceptos de los ancianos, nadie permanecerá (donde se hallaba) y no atizarán más el fuego, hasta el fin de la conferencia. El que omitiera uno de estos preceptos será sometido a la corrección ya mencionada.

El que está de servicio durante la semana no podrá dar a nadie las cuerdas o cualquier otro objeto sin que medie la orden del padre del monasterio. Sin ella ni siquiera podrá dar la señal de reunirse para la sinaxis del mediodía o la de las seis oraciones de la tarde.

Después de la oración de la mañana, el oficial de semana a quien se le ha confiado el trabajo, preguntará al padre del monasterio sobre todas las cosas que juzgue necesario y sobre el momento en que los hermanos deberán ir a trabajar a los campos; y, según la orden que haya recibido, recorrerá cada casa y enseñará a cada uno lo que debe hacer.

Si alguien pide un libro para leer, lo recibirá. Pero a fin de semana lo devolverá a su lugar por causa de los hermanos que se suceden en el servicio.

Si trenzan esteras, el hebdomadario preguntará a la tarde a los jefes de cada casa cuál es la cantidad de juncos necesarios en su casa; según la respuesta remojará la cantidad de juncos necesaria, para distribuirlos a la mañana siguiente a cada uno por su orden. Si en el transcurso de la mañana se da cuenta que van a necesitar más, los remojará y los llevará a cada casa, hasta que suene la señal de la comida.

El jefe de la casa que termina la semana y el que lo releva, como también el padre del monasterio, tendrán cuidado de fijarse en lo que se haya omitido o descuidado del trabajo. También harán sacudir las esteras que se extienden de ordinario sobre el piso de la iglesia y contarán las cuerdas que cada semana se trencen. Escribirán el resultado sobre tablillas que conservarán hasta el momento de la reunión anual, en el curso de la cual hay rendición de cuentas y donde se da la absolución general de las faltas.

Al volver de la sinaxis, los hermanos, que van saliendo de a uno, para ir a sus celdas o al refectorio, meditarán cualquier pasaje de las Escrituras y nadie tendrá la cabeza cubierta cuando medite.

Y cuando hayan llegado al refectorio, se sentarán por orden en los lugares que les han sido fijados y se cubrirán la cabeza.

Cuando un anciano te mande cambiarte de mesa, no le resistirás en lo más mínimo. No tendrás la osadía de servirte antes que tu jefe de casa. No observarás a los que comen.

Cada uno de los prepósitos enseñará a los miembros de su casa cómo deben tomar sus alimentos, con disciplina y modestia. Si alguno habla o se ríe durante las comidas, hará penitencia y será reprendido al instante en su mismo lugar. Se pondrá de pie y permanecerá parado hasta que se levante alguno de los otros hermanos que están comiendo.

Si alguien llegara tarde a la mesa, fuera del caso en que una orden del superior hubiera motivado tal retraso, hará la misma penitencia o volverá a su casa sin probar bocado.

Si en la mesa se tiene necesidad de alguna cosa, nadie tendrá el atrevimiento de hablar; antes bien, mediante un sonido hará señal a los que sirven.

Si te levantas de la mesa, no hablarás al regresar, hasta que hayas vuelto a tu lugar .

Los que sirven no comerán ninguna otra cosa que lo que haya sido preparado para todos los hermanos en general y no se permitirá que se aderecen platos diferentes.

El que toca para llamar a los hermanos al refectorio, meditará mientras lo hace.

Aquel que, a las puertas del refectorio, distribuye el postre a los hermanos que salen de la mesa, meditará cualquier pasaje de la Escritura mientras cumple su oficio.

El que recibe el postre que se da, no lo pondrá en su cogulla sino en su piel (de cabra) y no lo comerá antes de haber llegado a su casa. El que distribuye el postre a los hermanos recibirá su porción de manos de su prepósito, lo que harán también los otros servidores, quienes lo recibirán de otro sin nada arrogarse por propia voluntad. Lo que hayan recibido deberá bastarle para tres días. Si al cabo de estos tres días les sobrara algún alimento, lo llevarán de vuelta al jefe de la casa que lo reintegrará a la despensa, donde quedará hasta que, mezclado con otros, sea distribuido a todos los hermanos.

Nadie dará a uno más que a otro.

Si se trata de los débiles, el prepósito irá a ver a los servidores de los enfermos y recibirá de ellos lo que les sea necesario.

Si el enfermo es uno de los servidores de mesa, no tendrá permiso para entrar en la cocina o en la despensa con el fin de retirar cualquier cosa. Serán los otros servidores los que le darán lo que vean que necesita. No le estará permitido el cocinar para sí lo que desee, sino que los prepósitos recibirán de los otros sirvientes lo que ellos juzguen que le es necesario.

Nadie entrará a la enfermería sin estar enfermo. El que cayere enfermo será conducido por el prepósito de su casa a la enfermería. Si necesita un manto o una túnica u otras cosas como vestidos o comida, será el prepósito quien las recibirá de manos de los servidores y las dará de inmediato al enfermo.

Un enfermo no podrá entrar en el lugar de los que comen, ni consumir lo que desee, sin haber sido conducido allí para comer por el servidor encargado de este oficio. No le estará permitido llevar a su celda nada de lo que haya recibido en la enfermería, ni siquiera una fruta.

Los que cocinan servirán cada uno por turno a los que están a la mesa.

Ninguno recibirá vino o caldo fuera de la enfermería.

Si alguno de los que son enviados de viaje cae enfermo en el camino o sobre un barco y tiene necesidad o desea tomar caldo de pescado u otras cosas que se comen habitualmente en el monasterio, no comerá con los otros hermanos sino aparte, y los que sirven le darán con abundancia, para que ese hermano enfermo no sea contristado en nada.

Nadie osará visitar a un enfermo sin permiso del superior. Ni aún alguno de sus parientes o de sus hermanos podrá servirlo sin orden del prepósito.

Si alguno trasgrede o descuida alguna de estas prescripciones, será corregido con la reprimenda habitual.

Si alguno se presenta a la puerta del monasterio con la voluntad de renunciar al mundo y ser contado entre los hermanos, no tendrá la libertad de entrar. Se comenzará por informar al padre del monasterio. El candidato permanecerá algunos días en el exterior, delante de la puerta. Se le enseñará el Padrenuestro y los salmos que pueda aprender. El suministrará cuidadosamente las pruebas de lo que motiva su voluntad (de ingresar). No sea que haya cometido alguna mala acción y que, turbado por el miedo, haya huido sin demora hacia el monasterio; o que sea esclavo de alguien. Esto permitirá discernir si será capaz de renunciar a sus parientes y menospreciar las riquezas. Si da satisfacción a todas estas exigencias, se le enseñará entonces todas las otras disciplinas del monasterio, lo que deberá cumplir y aquello que deberá aceptar, ya sea en la sinaxis que reúne a todos los hermanos, en la casa o dónde fuera enviado o en el refectorio. Así instruido y consumado en toda obra buena, podrá estar con los hermanos. Entonces será despojado de sus vestidos del siglo y revestido con el hábito de los monjes. Después será confiado al portero que, en el momento de la oración, lo llevará a la presencia de todos los hermanos y lo hará tomar asiento en el lugar que se le haya asignado. Los vestidos que trajo consigo serán recibidos por los encargados de este oficio, guardados en la ropería y a disposición del padre del monasterio.

Nadie que viva en el monasterio podrá recibir a alguien en el refectorio; pero le enviará al portero de la hospedería para que sea recibido por los que están encargados de ese oficio.

Cuando lleguen personas a la puerta del monasterio, si se trata de clérigos o de monjes, serán recibidos con muestras del más grande honor. Se les lavará los pies, según el precepto evangélico (Jn 13) y se los conducirá a la hospedería donde se les suministrará todo lo que conviene al uso de monjes. Si, en el momento de la oración o de la sinaxis, desearan participar en la reunión de los hermanos, si pertenecen a la misma fe, el portero o el servidor de la hospedería lo advertirá al padre del monasterio; seguidamente podrán ser conducidos a la oración.

Si son seglares, enfermos o personas más frágiles (1 P 3,17), nos referimos a las mujeres, los que se presentan a la puerta, se los recibirá en lugares diferentes, según su sexo y las directivas del prepósito. Sobre todo las mujeres serán tratadas con mayor respeto, atención y temor de Dios. Se les dará alojamiento totalmente separado de los hombres, a fin de no suscitar malos propósitos. Y aún si llegaran por la tarde, estaría mal el despedirlas. En este caso se las recibirá en el alojamiento separado y cerrado de que hemos hablado, con toda la disciplina y todas las precauciones requeridas para que la multitud de los hermanos se puedan ocupar libremente en sus trabajos y no se dé motivo para que nadie sea denigrado.

Si alguno se presenta a la puerta del monasterio, pidiendo ver a su hermano o a un pariente, el portero avisará al padre del monasterio, éste llamará al jefe de la casa y le preguntará si el hermano pertenece a ella, y, con su permiso, el hermano recibirá para esta circunstancia un compañero seguro y lo enviará a ver a su hermano o pariente. Si por casualidad éste le ha llevado algunos alimentos de los que está permitido comer en el monasterio, no podrá recibirlos directamente sino que llamará al portero que recibirá el regalo. Si se trata de cosas para comer con pan, no se darán a aquel a quien son ofrecidas, sino que serán para la enfermería. Pero si se tratara de golosinas o frutas, se las dará el portero para que pueda comerlas y el resto lo llevará a la enfermería. El portero no podrá comer nada de lo que se ha recibido. Retribuirá al donante con coles, panes o un poco de legumbres.

Aquel a quien hayan regalado los alimentos de que hemos hablado, los que son traídos por parientes o allegados y que se comen con pan, será llevado por su prepósito a la enfermería y allí comerá de ellos una sola vez. Lo que quede estará a disposición del servidor de los enfermos, pero no para sus necesidades personales.

Cuando avisen que está enfermo uno de los parientes o allegados de los hermanos que allí viven, el portero avisará primero al padre del monasterio. Este llamará al prepósito de la casa a que pertenece el hermano, lo interrogará, y juntos pensarán en un hombre de confianza y observancia a toda prueba y lo enviarán con el hermano a visitar al enfermo. (Para el viaje) llevarán la cantidad de víveres que haya dispuesto el jefe de la casa. Si la necesidad los obliga a permanecer más tiempo (de lo previsto) fuera del monasterio y a comer con sus padres y parientes, no consentirán en ello, antes bien, irán a una iglesia o monasterio de la misma fe. Si los parientes o conocidos les preparan u ofrecen alimentos, no los aceptarán o comerán a menos que sean los mismos que se comen habitualmente en el monasterio. No probarán salmuera, ni vino, ni otra cosa fuera de las que están habituados a comer en el monasterio. Cuando hayan aceptado alguna cosa de sus parientes, comerán sólo lo suficiente para el viaje, el resto lo darán a su jefe de casa que lo llevará a la enfermería.

Si muere el padre o el hermano de alguno, este no podrá asistir a las exequias a menos que el padre del monasterio se lo permita.

Nadie será enviado solo para tratar un asunto fuera del monasterio, sino que se le dará un compañero.

Y al regresar al monasterio, si encuentran delante de la puerta a alguno que pide ver a alguien del monasterio conocido suyo, no se permitirán ir en su busca, comunicárselo o llamarlo. Y no podrán contar nada en el monasterio de lo que hayan hecho o visto en el exterior.

Cuando se dé la señal de salir a trabajar, el jefe de la casa marchará delante de los hermanos y ninguno se quedará en el monasterio sin que el padre del monasterio se lo haya prescripto. Los que salen para el trabajo no preguntarán a dónde van.

Cuando se reúnan todas las casas, el jefe de la primera marchará delante de todos y los demás según el orden de las casas y de los individuos. No hablarán, sino que cada uno meditará luego algún pasaje de la Escritura. Si ocurre que alguien, al encontrarse con los hermanos desea hablar a uno, se adelantará el portero del monasterio que está encargado de ese oficio y le responderá. De él se servirán como intermediario. Si no estuviera allí el portero, el jefe de la casa o algún otro que haya recibido orden para ello, responderá a los que se encuentren con los hermanos.

Durante el trabajo los hermanos no proferirán ninguna palabra mundana; meditarán en las cosas santas o, al menos, guardarán silencio.

Que nadie tome consigo su manto de lino para ir al trabajo, a menos que el superior se lo haya permitido. En principio, nadie vestirá su manto cuando anda por el monasterio después de la sinaxis.

Nadie se sentará durante el trabajo sin orden del superior.

Si los que guían a los hermanos por el camino tienen necesidad de enviar a alguien para un negocio cualquiera, no lo podrán hacer sin orden del prepósito. Y si el mismo que conduce a los hermanos se ve constreñido a ir a algún sitio, confiará sus obligaciones al que, según el orden viene después de él.

Si los hermanos enviados a trabajar en el exterior del monasterio deben comer fuera de él, un semanero los acompañará para darles los alimentos que no necesitan cocción y para distribuirles el agua, como se hace en el monasterio.

Nadie podrá levantarse para sacar y beber agua.

Al volver al monasterio (de sus trabajos) lo harán en el orden que les corresponde a cada uno por su rango. Y al retornar a sus casas, los hermanos devolverán los útiles, y su calzado al segundo después del jefe de la casa. Por la tarde éste los llevará a una celda separada donde los guardará.

Al terminar la semana, todos los útiles serán llevados y ordenados en una sola casa para que los que toman su turno de semana sepan lo que suministrarán a cada casa.

Ningún monje lavará las túnicas y todo lo que compone su ajuar en otro día que no sea el domingo, excepto los marinos y los panaderos.

No se irá a lavar la ropa si no ha sido dada la orden para todos; seguirán a su prepósito; el lavado se realizará en silencio y ordenadamente.

Al lavar la ropa, nadie remangará sus vestidos más de lo permitido. Terminado el lavado todos regresarán al mismo tiempo. Si alguno está ausente o en el monasterio, dará aviso a su prepósito que enviará con él a otro hermano; una vez que haya lavado sus vestidos, volverá a su casa.

Los hermanos recogerán las túnicas a la tarde cuando ya estén secas, y las darán al segundo (es decir, al que sigue en orden al prepósito), quien las remitirá a la ropería. Pero si no están secas, se las tenderá al sol al día siguiente hasta que lo estén. No se las dejará expuestas al rayo del sol más tarde de la tercera hora. Después de haberlas recogido se las ablandará ligeramente. No serán guardadas por los hermanos en sus celdas, las entregarán para que estén ordenadas en la ropería hasta el sábado.

Nadie tomará legumbres del jardín; las recibirán de manos del jardinero.

Nadie recogerá por propia iniciativa las hojas de palmera que sirven para trenzar las cestas; salvo el encargado de las palmeras.

Que nadie coma uvas o espigas que no estén todavía maduras, esto por el cuidado de conservar el buen orden en todas las cosas. Y en general, que nadie coma en privado lo que encuentra en los campos o en los huertos, antes de que los productos sean presentados a todos los hermanos juntos.

El que cocina no comerá antes que los hermanos.

El que tiene a su cuidado las palmeras, no comerá de sus frutos antes que los hayan gustado los hermanos.

Los que hayan recibido la orden de cosechar los frutos de las palmeras, recibirán, cada uno de su prepósito, en el lugar mismo del trabajo, algunos frutos para comer, y cuando hayan vuelto al monasterio, recibirán su parte como los demás.

Si encuentran frutos caídos de los árboles no tendrán el descaro de comerlos, y los que encuentren en el camino los colocarán al pie de los árboles. El que distribuye los frutos a los trabajadores no podrá comer de ellos. Los llevará al ecónomo que le dará su parte en el momento de la distribución a los demás hermanos.

Nadie almacenará comida en su celda, salvo lo que haya recibido del ecónomo.

Con respecto a los panecillos que los jefes de casa reciben para darlos a los que no quieren comer en el refectorio común con los hermanos, porque se entregan a una abstinencia más austera, cuidarán los prepósitos de dárselos sin hacer acepción de personas, ni aún con los que parten de viaje. No los colocarán en un lugar común porque entonces cada uno podría servirse cuanto quisiere. Los darán a cada hermano en su celda, respetando el orden y la periodicidad con que quieren comer. Con estos panes, los hermanos no comerán otra cosa que sal.

Los alimentos se cocinarán solamente en el monasterio y en la cocina. Si los hermanos salen al exterior, es decir, si van a trabajar en los campos, recibirán legumbres sazonadas con sal y vinagre. En verano estas legumbres serán preparadas en cantidad abundante para que sea suficiente (alimento) en los prolongados trabajos.

Nadie tendrá en su casa o en su celda otra cosa que lo que prescribe en general la regla del monasterio. Por lo tanto, los hermanos no tendrán ni túnica de lana, ni manto, ni una piel más suave – la del cordero que todavía no haya sido esquilado -, ni dinero, ni almohadas de pluma para la cabeza, ni otros efectos. No tendrán sino lo que el padre del monasterio distribuye a los jefes de casa, es decir, dos túnicas, más otra gastada por el uso, un manto suficientemente amplio como para envolver el cuello y la espalda, una piel de cabra que se prenda al costado, calzado, dos cogullas, y un bastón. Todo lo que encuentren además de esto lo suprimirán sin protestar.

Nadie tendrá a su uso particular una pincita para quitar de sus pies las espinas que se clave al caminar. Ella está reservada a los jefes de casa y a sus segundos; se la enganchará en la ventana sobre la que se colocan los libros.

Si alguno pasa de una casa a otra, no podrá llevar consigo sino lo que más arriba dijimos.

Nadie podrá ir a los campos, circular por el monasterio o pasearse fuera de su recinto sin haber pedido y obtenido el permiso del jefe de la casa.

Es necesario cuidar que nadie lleve y traiga cuentos de una casa a otra, o de un monasterio a otro, o del monasterio a los campos, o de los campos al monasterio.

Si un hermano está de viaje, por tierra o por barco, o trabaja en el exterior, no contará en el monasterio lo que haya visto hacer fuera de él.

Dormirán siempre sobre la banqueta recibida para el caso, ya sea en la celda, sobre las terrazas (donde se reposa de noche para evitar los grandes calores), o en los campos.

Cuando se hayan instalado para dormir no hablarán con nadie. Si después de estar acostados se despiertan durante la noche y tienen sed, si es día de ayuno no se permitirá beber.

Fuera de la estera no se extenderá absolutamente nada sobre la banqueta.

Está prohibido entrar en la celda del vecino sin haber golpeado primero a la puerta.

No irán a comer sin haber sido convocados por la señal general. No se circulará por el monasterio antes de que se haya dado la señal.

Que nadie camine por el monasterio para ir a la sinaxis o al refectorio, sin su cogulla y su piel de cabra.

No se podrá ir a la tarde a untarse y suavizarse las manos después del trabajo sin la compañía de un hermano. Nadie ungirá su cuerpo enteramente, salvo en caso de enfermedad; ni se bañará o lavará completamente con agua sin estar manifiestamente enfermo.

Nadie podrá bañar o ungir a un hermano sin haber recibido orden para ello.

Que nadie hable a su hermano en la oscuridad.

Que nadie duerma con otro hermano sobre la misma estera.

Que nadie retenga la mano de otro.

Cuando los hermanos estén de pie, caminando, o sentados, habrá siempre entre ellos la distancia de un codo.

Nadie se permitirá sacar una espina del pie a otro, excepto el jefe de la casa, su segundo, o aquel que haya recibido tal orden.

Nadie se cortará el cabello sin orden del superior.

No estará permitido intercambiarse las cosas que recibieron del prepósito. Que no se acepte algo mejor a cambio de algo menos bueno. E inversamente, que no se dé algo mejor a cambio de algo menos bueno. En lo que concierne a los vestidos y los hábitos, no se procurarán nada que sea más nuevo que lo que poseen los otros hermanos, por motivo de elegancia.

Todas las pieles serán ajustadas y se prenderán en la espalda. Todas las cogullas de los hermanos llevarán la marca del monasterio y la de su casa.

Que nadie deje su libro abierto al ir a la iglesia o al refectorio.

Los libros que a la tarde se vuelven a colocar bajo la ventana, es decir, en el hueco del muro, estarán bajo la responsabilidad del segundo, que los contará y guardará según la costumbre.

Nadie irá a la sinaxis o al refectorio calzado o cubierto con su manto de lino, ya sea en el monasterio o en los campos.

El que dejare su ropa expuesta al sol más allá de la hora sexta en que los hermanos son llamados al refectorio, será reprendido por su negligencia. Y si alguno quebranta por desprecio una de las reglas mencionadas, será corregido con un castigo proporcional.

Nadie se permitirá ungir su calzado u ocuparse de cualquier objeto, a no ser el jefe de la casa y el que haya recibido la carga de esta tarea.

Si un hermano se ha hecho daño o se ha herido, pero no tiene necesidad de guardar cama, si camina con dificultad y necesita algo – una prenda, un manto, u otra cosa que le pueda ser útil -, su jefe de casa irá a los encargados de la ropería y tomará lo necesario.

Cuando el hermano se haya curado devolverá sin demora lo recibido.

Nadie recibirá nada de otro hermano sin orden del prepósito.

Nadie dormirá en una celda cerrada con llave, ni tendrá una celda en la que pueda encerrarse con cerrojo, a menos que el padre del monasterio haya dado ese permiso a un hermano en razón de su edad o de sus enfermedades.

Que nadie vaya a la granja sin haber sido enviado, salvo los pastores, los boyeros o los cultivadores.

Que dos hermanos no monten juntos a un asno en pelo, ni se sienten sobre el pértigo de un carro.

Si alguien monta un asno sin estar enfermo, se apeará de él delante de la puerta del monasterio, luego marchará delante de su asno teniendo las riendas en la mano.

Sólo los prepósitos irán a los diferentes talleres para recibir allí lo que les es necesario. No podrán ir después de la hora sexta, en que los hermanos son llamados al refectorio, a menos que haya necesidad urgente; en este caso, se enviará un semanero al padre del monasterio para advertírselo y darle a conocer lo que urge.

En general, sin orden del superior, nadie se permitirá entrar en la celda de otro hermano.

Nadie reciba nada en préstamo, ni aún de su hermano según la carne.

Que nadie coma cosa alguna dentro de su celda, ni siquiera una fruta habitual u otros alimentos del mismo género, sin el permiso de su prepósito.

Si el jefe de una casa está de viaje, otro prepósito, perteneciente a la misma nación y a la misma tribu, llevará la carga del que se va. Usará de sus poderes y se ocupará de todo con solicitud. En cuanto a la catequesis de los dos días de ayuno, dará una en su casa, y la otra en la casa de aquel a quien reemplaza.

Hablemos ahora de los panaderos. Cuando viertan el agua en la harina y cuando amasen la pasta, nadie hablará a su vecino. Por la mañana, cuando transporten los panes sobre las planchas al horno y a los fogones, guardarán el mismo silencio y cantarán salmos o pasajes de la Escritura hasta que hayan acabado su trabajo. Si tienen necesidad de alguna cosa, no hablar n, sino que harán una señal a los que pueden suministrarles aquello de que tienen necesidad.

Cuando se dé a los hermanos la señal de amasar la pasta, nadie permanecerá en el lugar donde se cocinan los panes. Fuera de aquellos que bastan para la cocción y que han recibido orden de hacerla, nadie permanecerá en el lugar donde se hornea.

En lo que concierne a los barcos, la norma a seguir es la misma.

Sin orden del padre del monasterio nadie soltará una embarcación de la orilla, ni tan sólo un botecito. Que nadie duerma en la sentina ni en cualquier otro lugar dentro de la barca; los hermanos reposarán sobre el puente. Y nadie tolerará que los seglares duerman con los hermanos en la embarcación.

No navegarán con ellos las mujeres, a menos que el padre del monasterio lo haya permitido.

Nadie se permitirá encender fuego en su casa sin que puedan hacerlo todos.

Tanto el que llegare tarde, después de la primera de las seis oraciones de la tarde, como el que hubiere cuchicheado con su vecino o reído a escondidas, hará penitencia según la forma establecida, durante el resto de las oraciones.

Cuando los hermanos estén sentados en sus casas, no les estará permitido decir palabras mundanas. Y si el prepósito enseña alguna palabra de la Escritura, la repetirán entre ellos cada uno a su turno, y se aprovecharán de lo que cada uno haya aprendido y retenido de memoria.

Cuando estén aprendiendo cualquier cosa de memoria, nadie trabajar , ni sacará agua, ni trenzará cuerdas, hasta que el prepósito haya dado orden para ello.

Nadie tomará por sí mismo los juncos puestos a remojar por los trabajadores, si el servidor de semana no se los da.

El que rompiera un vaso de arcilla o hubiera remojado tres veces los juncos, hará penitencia durante las seis oraciones de la tarde.

Después de las seis oraciones, cuando todos se separan para ir a dormir, nadie podrá salir de su celda, salvo en caso de necesidad.

Cuando un hermano se haya dormido en el Señor, la comunidad de los hermanos lo acompañará. Nadie permanecerá en el monasterio sin orden del superior. Nadie salmodiará si no se lo han mandado. Nadie agregará otro salmo al que acabó de recitar, sin el consentimiento del superior.

En caso de duelo, no se salmodiará de a dos; no se llevará el manto de lino.

Que nunca se abstenga un hermano de responder al que salmodia, sino que todos los hermanos estarán concordes en una misma postura y en una sola voz.

El que se encuentre enfermo durante un entierro, será sostenido por un servidor.

En general, a cualquier lado que los hermanos sean enviados, irán con ellos uno de los servidores de semana para asistir a los enfermos, en el caso de que el mal los sorprenda de viaje o en los campos.

Que nadie marche delante del prepósito y del conductor de los hermanos.

Que nadie se aparte de su fila. Si alguno pierde alguna cosa será castigado públicamente delante del altar; si lo que perdió formaba parte de su ajuar, estará tres semanas sin recibir lo que extravió, pero a la cuarta semana, después de haber hecho penitencia, recibirá un efecto semejante al que perdió.

El que encuentre cualquier objeto, lo suspenderá durante tres días delante del lugar donde los hermanos celebran la sinaxis, para que el que lo reconozca como de su uso pueda tomarlo.

Los jefes de las casas bastarán para reprender y exhortar sobre las materias que hemos indicado y establecido. Pero si se encontraren delante de una falta que no hubiéramos previsto, la referirán al padre del monasterio.

El padre del monasterio es el único que podrá juzgar del asunto; y será su decisión la que regirá todos los casos nuevos. (Traducción conjetural.)

Todo castigo se cumplirá así: los que sufran una corrección estarán sin cinto y permanecerán de pie durante la gran sinaxis y en el refectorio.

El que haya abandonado la comunidad de los hermanos y luego haya regresado, no volverá a su lugar, después de haber hecho penitencia, sin orden del superior.

Lo mismo establecemos para el jefe de la casa y el ecónomo: si una noche salen a dormir fuera, lejos de los hermanos, pero se arrepienten y vuelven a la asamblea de ellos, no les estará permitido ni entrar en sus casas, ni ocupar sus lugares sin que medie orden del superior.

Que los hermanos sean seriamente constreñidos a repasar entre ellos todas las enseñanzas que hayan escuchado en la reunión común, sobre todo en los días de ayuno en que sus prepósitos dan la catequesis.

Al recién llegado al monasterio se le enseñará primeramente lo que debe observar; luego, cuando después de esta primera instrucción haya aceptado todo, se le indicará que aprenda veinte salmos, o dos espístolas del Apóstol, o una parte de otro libro de la Escritura.

Si es analfabeto, irá, a la primera, a la tercera y a la sexta hora, a encontrarse con aquel que puede enseñarle y que fue designado para ello. Se mantendrá de pie delante de él y aprenderá con la más grande atención y gratitud. Seguidamente se le escribirá las letras y las sílabas, los verbos y los sustantivos, y se le forzará a leer aunque rehúse hacerlo.

En general, nadie en el monasterio quedará sin aprender a leer y sin retener en su memoria algo de las Escrituras, como mínimo el Nuevo Testamento y el Salterio.

Que nadie encuentre pretextos para no ir a la sinaxis, a la salmodia o a la oración.

No dejarán pasar el tiempo de la oración y de la salmodia cuando, por cualquier asunto, se hallen nevegando o en el monasterio, en los campos o de camino.

Hablemos finalmente del monasterio de vírgenes.

Que nadie vaya a visitarlas, a menos que tenga allí a su madre, a una hermana, a una hija, parientes o primas o a la madre de sus hijos.

Si es necesario que aquellos que no han renunciado al mundo ni ingresado al monasterio vean a las vírgenes, necesidad ésta causada por la muerte del padre (a cuya herencia ellas tienen derecho), o bien por otro motivo incontestable, se enviará con los visitantes a un hombre de edad y de virtud probada. Juntos las verán y regresarán.

Por tanto, que nadie vaya a ver a las vírgenes, excepto aquellos de que hemos hablado más arriba. Y cuando vayan a visitarlas, lo harán saber primeramente al padre del monasterio, éste los enviará a los ancianos que han recibido el ministerio de las vírgenes. Los ancianos irán con ellos a visitar a las vírgenes que tienen necesidad de ver, con toda la disciplina que exige el temor de Dios. Cuando las vean no hablarán de cosas seculares.

Cualquiera que quebrante una de estas disposiciones, hará penitencia pública sin demora alguna, en razón de su negligencia y menosprecio, para poder entrar en posesión del reino de los cielos.

Fin de la primera parte

Prescripciones e Instituciones de nuestro Padre Pacomio, Hombre de Dios, que Funda desde sus origenes la Santa Comunidad de Vida, según el Mandato de Dios

Cómo se debe celebrar la sinaxis y reunir a los hermanos para escuchar la palabra de Dios, según los preceptos de los ancianos y la doctrina de las Sagradas Escrituras.

Los hermanos deben ser liberados de los errores de sus almas y glorificar a Dios en la luz de los vivientes (sal 55). Es necesario que sepan cómo deben vivir en la casa de Dios, sin caídas ni escándalos. No debe embriagarlos ninguna pasión, por el contrario, han de permanecer en las normas de la verdad, fieles a las tradiciones de los apóstoles y de los profetas. Observen las reglas de las solemnidades, tomando por modelo de la casa de Dios la sociedad de los apóstoles y de los profetas, celebrando los ayunos y las oraciones habituales. En efecto, los que desempeñan bien el servicio siguen la regla de la Escrituras.

He aquí el servicio que deben prestar los ministros de la Iglesia.

Congreguen a los hermanos a la hora de la oración, y hagan todo lo que las reglas prevén. De este modo, no darán ninguna ocasión de recriminación y no permitirán a nadie que se comporte de manera contraria al ceremonial.

Si se les pide un libro, lo darán.

Si, a la tarde, alguno llega de afuera y no se presenta para recibir el trabajo que deberá hacer al día siguiente, que se lo asignen por la mañana.

Cuando se termine la tarea asignada se advertirá al superior y seguidamente se hará lo que determine.

Cuide el ecónomo de que no se pierda ningún objeto en el monasterio, en ninguno de los oficios que ejercen los hermanos. Si se pierde o se destruye algo por negligencia, el padre del monasterio reprenderá al responsable de ese servicio, quien a su vez, reprenderá a aquel que perdió el objeto en cuestión, pero esto solamente por voluntad y determinación del superior, porque sin su orden, nadie tendrá la potestad de reprender a un hermano.

Si se encuentra un vestido expuesto al sol durante tres días, el que tiene a su uso esa prenda será reprendido, hará penitencia pública en la sinaxis y permanecerá de pie en el refectorio.

(…) Si alguien pierde una piel de cabra, o calzado, o un cinto, u otro efecto, será reprendido.

Si alguno tomó un objeto que no está a su uso, se lo pondrán sobre la espalda, hará penitencia públicamente en la sinaxis y permanecerá de pie en el refectorio.

Si se encuentra a alguno que está haciendo cualquier cosa con murmuración o se opone a la orden del superior, será reprendido según la medida de su pecado.

Si se constata que un hermano miente u odia a alguien, o se comprueba que es desobediente, que se entrega a las chanzas más de lo conveniente, que es perezoso, que tiene palabras duras o el hábito de murmurar de sus hermanos o de los extraños – cosas todas absolutamente contrarias a la regla de las Escrituras y a la disciplina monástica -, el padre del monasterio lo juzgará y castigará según la gravedad y la índole del pecado que ha cometido.

Cuando se haya perdido un objeto en el camino, en los campos o en el monasterio, el jefe de la casa será responsable de la falta y sometido a reprimenda si durante tres días no lo advirtió al padre del monasterio. Hará pública penitencia según la forma establecida.

Si un hermano huye y su prepósito no avisa al padre del monasterio sino después de tres horas, se considerará al prepósito como culpable de su pérdida, a menos que lo encuentre. Este será el castigo que sufrirá el que haya perdido a uno de los hermanos de su casa: durante tres días hará penitencia públicamente. Pero si previno al padre del monasterio en cuanto se fugó el hermano, no será responsable de ello.

Si un prepósito, habiendo constatado una falta en su casa, no amonestó al culpable y no se lo advirtió al padre del monasterio, será sometido él mismo a la reprimenda prevista.

Por la tarde, en cada casa se rezarán las seis oraciones y los seis salmos, según el rito de la gran sinaxis que todos los hermanos celebran en común.

Los prepósitos darán dos conferencias cada semana.

Que nadie en la casa haga cosa alguna sin orden del prepósito.

Si todos los hermanos de una misma casa constatan que su prepósito es muy negligente, que reprende a los hermanos con dureza, excediendo la medida observada en el monasterio, lo dirán al padre del monasterio que lo reprenderá.

En principio, el prepósito no hará sino lo que el padre del monasterio ha ordenado, sobre todo en el dominio de las innovaciones, porque, para los asuntos habituales, se atendrá a las reglas del monasterio.

Que el prepósito no se embriague (Ef 5,18).

Que no se siente en los lugares más humildes, cerca de donde se ponen los útiles del monasterio.

Que no rompa los vínculos que Dios creó en el cielo para que sean respetados sobre la tierra.

Que no esté lúgubre en la fiesta del Señor que salva.

Que domine su carne según la norma de los santos (Rom 8,13).

Que no se lo encuentre en los asientos más honorables, como es habitual entre los gentiles (Lc 14,8).

Que su fe sea sin doblez.

Que no siga los pensamientos de su corazón sino la ley de Dios.

Que no se oponga a las autoridades superiores con espíritu orgulloso (Rom 13,2).

No se encolerice ni se impaciente con los que son más débiles.

Que no traspase los límites (Det 27,17).

Que no alimente en su espíritu pensamientos dolosos.

Que no descuide el pecado de su alma.

Que no se deje vencer por la lujuria de la carne (Gal 5,19).

Que no camine en la desidia.

Que no se apresure a pronunciar palabras ociosas (Mt 12,36).

Que no ponga lazos a los pies del ciego (Lev 19,14).

Que no enseñe a su alma la voluptuosidad.

Que no se deje disipar por la risa de los tontos o por las chanzas.

Que no deje que se adueñen de su corazón los que profieren palabras lisonjeras y almibaradas.

Que no se deje ganar por regalos (ex 23,8).

Que no se deje seducir por la palabra de los niños.

Que no se aflija en la prueba (2 Cor 4,8).

Que no tema la muerte, sino a Dios (Mt 10,28).

Que el temor de un peligro inminente no le haga pecar.

Que no abandone la verdadera luz por un poco de comida.

Que no sea vacilante ni indeciso en sus acciones.

Que no sea versátil en su lenguaje; que sus decisiones sean firmes y fundadas; que sea justo, circunspecto, que juzgue según la verdad sin buscar su gloria, que se muestre delante de Dios y de los hombres tal como es, alejado de todo fraude.

Que no ignore la conducta de los santos y no sea como ciego ante la ciencia de ellos.

Que a nadie dañe por orgullo.

Que no se deje arrastrar por la concupiscencia de los ojos.

Que no lo domine el ardor de los vicios.

Que nunca siga de largo ante la verdad.

Que odie la injusticia.

Que no haga acepción de personas en sus juicios, por causa de los regalos que le pudieren dar.

Que no condene por orgullo a un inocente.

Que no se divierta con los niños.

Que no abandone la verdad bajo el imperio del temor.

Que no coma el pan que haya obtenido por engaño.

Que no codicie la tierra ajena.

Que no ejerza presión sobre un alma para despojar a otras.

Que no mire por encima del hombro al que tiene necesidad de misericordia.

Que no dé falso testimonio, seducido por la ganancia (Ex 20,16).

Que no mienta por orgullo.

Que no sostenga nada que sea contrario a la verdad por exaltación de su corazón.

Que no abandone la justicia por cansancio, que no pierda su alma por respeto humano.

Que no fije su atención en los manjares de una mesa suntuosa (Eclo 40,29).

Que no desee hermosos vestidos.

Que no descuide el consultar a los ancianos para poder discernir siempre sus pensamientos.

Que no se embriague con vino, que junte la humildad con la verdad.

Que cuando juzgue siga los preceptos de los ancianos y la ley de Dios, predicada en el mundo entero.

Si el jefe de casa viola uno de estos preceptos, se usará con él la medida que él usó (Mt 7,2) y será retribuido según sus obras, porque cometió adulterio con el leño y con la piedra (Jn 3,9), porque el fulgor del oro y el brillo de la plata lo hicieron abandonar su deber de administrar justicia, y el deseo de una ganancia temporal lo hizo caer en la trampa de los impíos.

Que a tal hombre le alcance el castigo de Helí y de su descendencia (Samuel 4,8), la maldición que Doeg (Sal 51) imploró contra David; que lleve el signo con el que fue marcado Caín (Gén 4,15), que tenga por sepultura lo que es digna de un asno, como dice Jeremías (22,19), que por perdición merezca la de los pecadores a los que, abriéndose, tragó la tierra; que se quiebre como cántaro en la fuente de aguas (Ecle 12,6), que sea golpeado como las arenas de la costa batidas por la olas salobres, que se parta como el cetro dominador del que habla Isaías (14,5) y que quede ciego, obligado a tantear las paredes con la mano (Is 59,10).

Que todas estas calamidades le sobrevengan si no observa la verdad en sus juicios y obra con iniquidad en todo aquello que constituye la carga que recibió.

Fin de la segunda parte

Prescripciones y Sentencias también de nuestro Padre Pacomio

La plenitud de la ley es la caridad; para nosotros que sabemos en qué tiempos vivimos, es la hora de arrancarnos del sueño; la salud está mucho más cerca de nosotros que cuando comenzamos a creer. La noche está avanzada, el día, próximo, despojémonos de las obras de las tinieblas (Rom 13,10-20) que son las discusiones, las murmuraciones, los odios y la soberbia que infla el corazón (Gal 5,20).

Si un hermano, rápido para difamar y decir lo que no es verdad es sorprendido en flagrante delito, se lo advertirá dos veces. Si rehúsa con menosprecio escuchar las observaciones, será separado de la comunidad de los hermanos durante siete días y no tendrá más comida que pan y agua hasta que se comprometa formalmente a abandonar su vicio y lo pruebe (por su conducta), entonces se lo perdonará.

Si un hermano colérico y violento se enoja a menudo sin motivo y por cosas sin importancia alguna, será reprendido seis veces. A la séptima se le mandará levantarse del lugar en que se sienta y se lo instalará entre los últimos. Así aprenderá a purificarse de este desorden del alma. Cuando pueda presentar tres testigos seguros que prometan en su nombre que no volverá a hacer nada parecido, recobrará su puesto. Pero si persevera en el vicio, que permanezca entre los últimos. Entonces habrá perdido su rango anterior.

Aquel que desee imputar algo falso a otro para oprimir a un inocente, recibirá tres advertencias, después será considerado culpable de pecado, ya esté entre los más encumbrados o entre los más humildes.

El que tenga el detestable vicio de engañar a sus hermanos con la palabra y de pervertir a las almas simples, será advertido tres veces; si da pruebas de menosprecio, obstinándose y perseverando en la dureza de su corazón, se lo pondrá aparte fuera del monasterio y se lo vapuleará con varas delante de la puerta. Después se le llevará por comida, tan sólo pan y agua, hasta que se purifique de sus manchas.

Si un hermano tiene el hábito de murmurar o de lamentarse, con el pretexto de que está agobiado bajo el peso de una pesada carga, se le mostrará hasta cinco veces que murmura sin razón y se le hará ver claramente la realidad. Si después de esto desobedece, y si se trata de un adulto, se lo considerará enfermo y se lo instalará en la enfermería, allí comerá como un desocupado hasta que vuelva a la realidad.

Pero si sus lamentos son justificados y ha sido oprimido con maldad por un superior, éste, que lo ha inducido a pecar, será sometido al mismo castigo.

Si alguno es desobediente, porfiado, contradictor o mentiroso, si es un adulto, será advertido diez veces que se deshaga de sus vicios. Si no quiere escuchar, será reprendido según las reglas del monasterio. Pero si cae en sus pecados por la falta de otro y si esto es debidamente comprobado, el culpable será el que fue causa del pecado de su hermano.

Si un hermano está aficionado a reír o a jugar libremente con los niños; si mantiene amistad con los más jóvenes, será advertido tres veces que debe romper esos lazos y recordar el decoro y el temor de Dios. Si no abandona tal comportamiento, se lo corregirá como merece, con el más severo castigo.

Los que menosprecian los preceptos de los ancianos y las reglas del monasterio (que han sido establecidas por orden de Dios), y los que hacen poco caso de los avisos de los ancianos, serán castigados según la forma establecida hasta que se corrijan.

Si el que juzga respecto de todos los pecados, abandona la verdad con perversidad de espíritu o por negligencia, veinte, diez o aún cinco hombres santos y temerosos de Dios, acreditados por el testimonio de todos los hermanos, se sentarán para juzgarlo y lo degradarán; le asignarán el último lugar hasta que se enmiende.

El que inquieta el corazón de los hermanos y tiene palabra pronta para sembrar discordias y querellas, será advertido diez veces, si no se enmienda será castigado según la regla del monasterio hasta que se corrija.

Si un superior o un prepósito, viendo a uno de sus hermanos en la prueba, rehúsa buscar la causa y lo menosprecia, los jueces susodichos pondrán en claro el asunto entre el hermano y el prepósito. Si descubren que el hermano ha sido oprimido por la negligencia o la soberbia del prepósito y que éste toma sus decisiones no según la verdad sino según las personas, lo degradarán de su rango por no haber tenido en cuenta la verdad sino las personas y por haberse hecho esclavo de la vileza de su corazón antes que del juicio de Dios.

Si alguien prometió guardar las reglas del monasterio, comenzó a practicarlas y después las abandonó para volver enseguida a ellas, arrepentido, pretextando que la debilidad de su cuerpo le impidió cumplir lo que había prometido, se lo colocará entre los hermanos enfermos, hasta que cumpla lo que prometió, después de haber hecho penitencia.

Si, en la casa, los niños se entregan a los juegos y a la ociosidad sin que los castigos puedan corregirlos, el prepósito mismo deberá amonestarlos y castigarlos durante treinta días. Si constata que perseveran en sus malas disposiciones y descubre en ellos algún pecado pero no previene al padre del monasterio, él mismo, en su lugar, será sometido a un castigo proporcional al pecado que descubrió.

El que juzga injustamente será castigado por los otros a causa de su injusticia.

Si uno, dos o tres hermanos han sido escandalizados por alguna cosa y dejan su casa pero vuelven después en seguida, se indagará qué los ha escandalizado y cuando se haya descubierto al culpable se lo corregirá según las reglas del monasterio.

El que se hace cómplice de los que pecan y defiende a un hermano que ha cometido cualquier falta, será maldecido por Dios y por los hombres y castigado con una corrección severísima. Si se ha dejado sorprender por ignorancia sin pensar que obraba de veras de ese modo, será perdonado.

En principio, todos los que pecan por ignorancia obtendrán fácilmente el perdón, pero el que peca con conocimiento de causa será sometido a un castigo proporcional a su acción.

Fin de la tercera parte

Prescripciones y Leyes de nuestro Padre Pacomio concernientes a las seis Oraciones de la tarde y a la Sinaxis de seis Oraciones que se celebra en cada casa

El jefe de la casa y su segundo deberán tejer veinticinco brazadas de hojas de palmera para que todos los demás ajusten sus trabajos sobre sus ejemplos. Si ellos están ausentes en ese momento, el que los reemplace se aplicará a cumplir esta medida de trabajo.

Que los hermanos vayan a la sinaxis después de haber sido convocados; antes de la señal, nadie saldrá de su celda. Si alguno trasgrede estas prescripciones recibirá la reprimenda habitual.

Que no se fuerce a los hermanos a trabajar más; que una tarea justamente medida estimule a todos en el trabajo; y la paz y la concordia reine entre ellos; que se sometan de buen grado a los superiores ya estén sentados, caminando o de pie en sus lugares y, juntos, rivalicen en la humildad.

En presencia de cualquier pecado los padres de los monasterios podrán y deberán reprenderlo y fijar la corrección que merezca.

El jefe de la casa y su segundo solamente tendrán el derecho de obligar a los hermanos a someterse a la penitencia (por los pecados particulares), en la sinaxis de la casa, y en la gran sinaxis, es decir la que celebran todos los hermanos.

Si un prepósito ha partido de viaje, su segundo ocupará su lugar para recibir las penitencias de los hermanos como para todo lo que es necesario en la casa.

Si en ausencia del prepósito y de su segundo alguno va a otra casa, a lo de un hermano de otra casa, para pedir que se le preste un libro o cualquier otro objeto, y si tal cosa se prueba, será reprendido según la regla del monasterio.

El que quiera vivir sin tacha y sin menosprecio en la casa que se le ha asignado, deberá observar delante de Dios todo lo prescrito.

Cuando el jefe de la casa esté ocupado, el segundo proveerá a todo lo que es necesario en el monasterio y en los campos.

La alegría suprema es celebrar las seis oraciones de la tarde sobre el modelo de la gran sinaxis que reúne a todos los hermanos al mismo tiempo; se la celebra con tanta facilidad que los hermanos no encuentran en ello nada penoso ni experimentan ningún disgusto.

Si alguno ha soportado el calor y llega del exterior en el momento en que los otros hermanos celebran las oraciones, no será obligado a asistir si su estado no se lo permite.

Cuando los jefes de casa instruyan a los hermanos sobre la manera de llevar la santa vida (en la comunidad), nadie se abstendrá de asistir sin tener una razón muy grave.

Los ancianos que son mandados al exterior con los hermanos tendrán, durante el tiempo que pasen fuera, los poderes de los prepósitos y determinarán todas las cosas por propia iniciativa. Darán la catequesis a los hermanos todos los días fijados, y si sucede que nace alguna rivalidad entre ellos, les competirá a los ancianos escuchar y juzgar sobre el asunto; reprenderán al culpable de la falta y al recibir sus órdenes los hermanos se darán al punto la paz, de todo corazón.

Si uno de los hermanos experimenta rencor contra su jefe de casa, o el mismo prepósito tiene alguna queja contra un hermano, aquellos hermanos de observancia y fe sólidas deberán escucharlos y juzgar sobre sus asuntos; si el padre del monasterio está ausente y si ha salido por poco tiempo, lo esperar n, pero si ven que su ausencia se prolonga por más tiempo, entonces oirán al prepósito y al hermano, por temor de que una larga espera del fallo sea causa de un más profundo rencor. Que el prepósito y el hermano, como quienes los escuchan, obren en todo según el temor de Dios y no den ocasión a la discordia.

A propósito de los vestidos. Si alguno tiene más ropa de lo que la regla autoriza, la remitirá al que la guarda en la ropería sin esperar la advertencia del superior y no podrá entrar para pedirla porque esas prendas estarán a disposición del prepósito y de su segundo.

Fin de la cuarta y última parte.

NI EXCUSAS NI MILAGROS

La negación de la realidad solo conduce a esconder la cabeza y a inventarse un mundo de ideas y fábulas para justificar una determinada manera de ser y de actuar en consecuencia, forzando a la voluntad a querer como bien la ficción que le presenta el entendimiento como verdadero.

Trasladando esto al mundo “tradicionalista” encontramos una fauna grotesca que para tapar la conciencia ante el deber que impone la situación general de Apostasía institucionalizada como canal religioso perverso e idólatra, aluden mil excusas, falsas en mayor o menor medida según sean presentadas con visos rebuscados de una “doctrina” personal y a veces opuesta a la de los otros, para no tomar el “toro por las astas” y acabar de una vez con más de medio siglo de “agachadas”: expresión que significa encogerse de hombros para esquivar la responsabilidad que representa cumplir con el deber.

Así encontramos Obispos y Sacerdotes que cuando se les pregunta cómo es posible que no encuentren los medios para solucionar la actual falta de Cabeza en la Iglesia siempre responden diciendo que: o que están trabajando en ello, o que el Papa no es necesario, o que Enoc y Elías van a elegir al Papa, o que Dios va a hacer el milagro, o que será la Parusía de Nuestro Señor que ponga fin a esta catástrofe, o que no hay que preocuparse porque la Iglesia salió vencedora en todas las crisis, etc., etc.  Y así acallan sus conciencias…y continúan en una indolencia que causa espanto.

Pero, ¿Qué dice Jesucristo a sus Apóstoles? “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, pero vosotros sois mis amigos, porque todo lo que oí de mi Padre, os lo he dado a conocer”; razón por la cual a los fariseos les decía: “El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; por eso no la escucháis vosotros, porque no sois de Dios”. “Vosotros no conocéis ni a Mí ni a mi Padre” (ver todo el cap. VIII de San Juan), “pues sabía Yo que eres duro, que tu cerviz es de nervios de hierro y tu frente de bronce”, les había anunciado por medio de Isaías (XLVIII, 4), y por esa causa no concedía milagros a los fariseos que se los pedían, porque los pedían para tentarlo.

Y ahora es lo mismo, andan diciendo los que no quieren someter sus cabezas a la Doctrina entera de la Iglesia, que esperan un milagro para creer que Dios los confirmará en su falsa esperanza, como si no les bastara el Magisterio y las Leyes de la Iglesia, y vuelven a tentar a Jesucristo pidiendo milagros por la ceguera de sus mentes y la dureza de sus corazones. Y en lugar de favorecer la realización de un Cónclave como está dispuesto, lo impiden. Ahora el combate tiene otro frente, porque la Apostasía se está tragando –como Saturno a sus hijos- a algunos de los que debieran resistirla.

¡No necesitamos milagros!!! Los milagros son para los infieles.

Pidiendo milagros están testimoniando tácitamente que se han apartado de la Fe. Jesucristo todavía insiste y les dice a estos. “Bienaventurados los que crean sin ver”, declarándoles que no han llegado al conocimiento que los rectos de corazón tienen, y que cuando se quiere sujetar la Doctrina a los propios modos de pensar, se llega a las ridiculeces, a poner excusas a la invitación del Señor a edificar Su Casa, aún en contra de lo que a Dios agrada, de las prescripciones y leyes de la Iglesia, y no prestar un asentimiento total a la Fe. Así, nada hay peor que entregar las cosas espirituales a hombres que aún provocan “emulaciones y disensiones, como hombres carnales” (I Cor. II,3). Por eso Dios no les hará ningún milagro. En vano esperan en sus corazones de piedra. Necesitan convertirse y Dios les dará la luz, la que ilumina a los hombres de buena voluntad.

Señores Obispos y Sacerdotes a ustedes los exhortamos y les pedimos, desde la humildad de nuestra propia bajeza, a despreciar sus propios criterios, que no son los de la Iglesia, en esta situación tan extrema de condenación eterna, en la que voluntariamente se han puesto, si es que no sacuden de sus mentes y de sus corazones la complacencia que tienen en las equivocadas decisiones que han tomado de abstenerse de actuar como verdaderos Obispos Católicos para dar a la Iglesia al Papa.

En lugar de milagros, lo que hará Dios, será quitarlos del medio para que no obstaculicen Sus Designios.

¿Han perdido el temor de Dios?

Por Simón del Temple

REVISTA SACRIFICIUM Nº 3. AGOSTO 2019

SACRIFICIUM Nº 3

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ÍNDICE:

San Hermenegildo

 pag. 2

Falsos Místicos

 pag. 4

Contrición Perfecta

 pag. 10

La Virginidad

 pag. 16
Catecismo para Tradicionalistas Desorientados  pag. 27

La Corredención de la Virgen María

 pag. 32

Posición Insostenible

 pag. 52

Calendario Litúrgico

 pàg. 54

Comunicaciones

En este número 3º de la revista los artículos tienen una relación diáfana entre ellos, que es la siguiente: Por una parte se describen los cambios habidos, hasta el punto de que la nueva iglesia surgida del Vaticano IIª sostiene doctrinas condenadas por la Iglesia; lo cual puede comprobarlo en la tercera parte del Catecismo para Tradicionalistas Desorientados, al igual que en las anteriores. La actitud del católico ante los sacramentos falsos de la iglesia conciliar, y ante los falsos sacerdotes tradicionalistas, en general con órdenes inválidas, o ante los que confeccionan sacramentos ilícitos por ser herejes, la ejemplificamos en el artículo San Hermenegido, quien prefirió el martirio antes de comulgar de manos de un obispo hereje.

Mas la Iglesia Católica reducida a un resto ha de tener la nota de la visibilidad, la cual se da en la elección del sucesor de San Pedro; por lo que la Iglesia tiene el “gravísimo deber cuando la Sede de Pedro está vacante, de elegir un Papa”, al que Dios le dará la autoridad. Pero hay no pocos obispos y sacerdotes que se niegan a cumplir con ese grave deber de la elección del Vicario de Cristo, lo que les convierte a ellos en auténticos clericus vagus, sin sujeción ninguna, y  en la práctica, en “papas” cada cual de sus capillas, en las que esparcen sus propios errores, a veces muy graves,  en moral o sobre las Sagradas Escrituras o el dogma; sobre esta posición acéfala y no católica se escribe en el artículo Posición Insostenible.

La necesaria reconstrucción de la jerarquía, y de los lazos de caridad entre sus miembros y, en última estancia a la elección del Papa, lo encomendamos a la Virgen María, Madre de la Iglesia, por lo que es necesario conocer su verdadera devoción, razón por la que escribimos sobre La Corredención de la Virgen María, en cuyo corazón queremos ser esclavos de Jesucristo, por lo que es necesario guiarse por sana doctrina y dejar a los Falsos Místicos, escribiendo sobre la Virginidad a emular de la V. María.

DE LOS QUE PIDEN MILAGROS PARA LA ELECCIÓN DEL PAPA

Veamos cómo esto es una necedad presuntuosa.

 En efecto, dice el Evangelio (Sn. Jn. II, 24-25) que “Jesús no se fiaba de ellos”. ¿Por qué? “Porque a todos los conocía”, esto significa que conocer lo que hay en el corazón de los hombres, solamente es propio de Quien los ha creado, pues dice la Escritura (I Reyes VIII, 39) “Tú solo conoces los corazones”, por eso en II a Timoteo II, 19 se lee “conoce el Señor a los que son suyos”.

Por esta razón Nuestro Señor ni se fiaba de los fariseos ni les hacía milagros, porque no eran rectos de corazón, porque pedían milagros no para salir de su incredulidad, sino para confirmarse en su perversidad. Como está escrito: “quedarán avergonzados…y confundidos…porque no habrá respuesta de Dios” (Miqueas III, 7).

De la misma manera que los fariseos, son los que hoy ostentan cargos en la Iglesia sin que ningún Papa se los concediera pues “nadie se toma este honor sino el que es llamado por Dios” (Hebreos, V, 4) y confirmado por Pedro, y en lugar de someter sus mentes a la Doctrina de la Iglesia para la elección de un Papa, piden milagros para acabar con lo que a ellos les compete como deber, pero “quedarán avergonzados y confundidos”.

Se escudan en su falsa piedad para no cumplir con la obligación “urgente y sagrada”, entonces presuntuosamente se presentan ante los fieles católicos como Obispos del Cordero, y piden que Dios mismo les quite la responsabilidad que asumieron cuando aceptaron quitarla ellos, implorando milagros que Dios no hará, pues sería confirmarlos en una petición equivocada. Pero “no habrá respuesta de Dios”.

Habría que temer que, debido a su falta de prontitud en cumplir su deber, Dios, en lugar de milagros, haya comenzado a retirarse tal como se lee en Oseas V, 6: “…no Lo hallarán porque Él se ha retirado de ellos”, y hacer con ellos lo que dice San Pablo, que les envía un espíritu de error (cfr. II Tes.), y queden petrificados en su indolencia e incredulidad, no sea que Dios ya “haya derramado un espíritu de letargo y les ha cerrado los ojos” (cfr. Isaías XXIX, 10).

El Fariseísmo ha condenado a Jesucristo creyendo, ciegamente (“he venido para que los que crean que ven, no vean”), que eran justos y rectos cuando se fueron convirtiendo en malos pastores para el rebaño. Lo mismo ahora, en lugar de poner la “Piedra” para reconstruir la Jerarquía Católica, se complacen en añadiduras poniendo remiendos que estropean cada vez más la visibilidad de la Esposa, sin quitar la causa del problema sino agregando rupturas y desgajes entre los fieles católicos. Y “no entienden, cada uno sigue su propio camino; cada cual va tras su propio interés, hasta el último” (Isaías LVI, 11).

La elección de un Papa no tiene como causa inmediata un milagro de Dios, sino que depende de la acción de las causas segundas –los Obispos en este caso- y Dios dará las gracias necesarias y convenientes para tal acto.

Creer que lo hará un milagro de Dios, sólo es una ilusión y una negligencia digna de reprensión, por eso dice el Evangelio que Jesucristo “no se fiaba de ellos”, porque quieren el fin sin poner los medios adecuados para alcanzarlo. Se quedan a mitad de camino.

Los fieles católicos les recordamos que el Cuerpo Místico NECESITA la Cabeza y también a ellos para que unidos con sus pares decidan el modo y el momento para una elección, “rechazando las discusiones necias e indisciplinadas” (II Tim.).

Esperamos con grandes deseos que no persistan en sus devaneos “místicos” y abracen de una buena vez la verdad, porque las raíces de sus emprendimientos no son profundas sino superficiales, pues han puesto en ellas otro cimiento que el que ya puso Jesucristo y la Roca caerá sobre ellos y los pulverizará al tiempo que dirán “nosotros hemos predicado en Tu Nombre Señor”, pero el Verbo de Dios les dirá “¿Quiénes son estos que Yo no he enviado ni les he dado orden alguna (Jeremías XXIII, 32)?”.

Por Simón el Temple

ANÁLISIS CATÓLICO DE LOS PROTOCOLOS DE LOS SABIOS DE SION

Contenido de la investigación.

1º La ley de la historia.

2º Satanás, el pecado y el odio a Dios Nuestro Señor.

3º La sinagoga de Satanás.

4º El talmud de los judíos.

5º Enseñanzas del Talmud.

6º ¿Qué son los Protocolos de los sabios de Sión?

7º Análisis católico de los Protocolos de los Sabios de Sión. 

8º Los Protocolos completos de los sabios de Sión. 

9º El Santo Rosario de la Santísima Virgen María.

1.- La ley de la historia.

El fundamento de la ley de la historia, los hechos de los hombres, todos los acontecimientos humanos están relacionados entre la ciudad de Dios y la ciudad de Satanás: ‘Inimicitias ponam inter te et mulierem’

“Enemistades pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: ella quebrantará tu cabeza, tu pondrás asechanzas a su calcañar.” Génesis III, 15.

Hoy se establece en el mundo entero una estructura social para la ciudad de Satanás.

2.- Satanás, el pecado y el odio a Dios Nuestro Señor.

Satanás es el padre y maestro de la mentira, del engaño, de la simulación, [Evangelio de San Juan VIII, 37.] porque vive en el odio contra Dios Nuestro Señor; un alma que se entrega al pecado lentamente va creciendo en su alma un odio contra el Autor de su vida que lo creo para el bien, en consecuencia, el pecado forma un odio contra quien se revela, haciéndose esclavo de Satanás por el pecado mortal, hasta llegar a confundirse o parecer una misma cosa: el hombre entregado al pecado y las obras de Satanás: “El diablo puede considerar al pecador como ser semejante a él y como obra suya.” Michael Schmaus, Teología Dogmática, tomo II, página 274.

Las obras de pecado están originadas en Satanás, a través de personas esclavizadas en diversos grados a la serpiente antigua, es evidente la obra de las legislaciones anticristianas, los sistemas de finanzas fundados en la usura, el sistema oficial de educación contra Dios, la destrucción de los fundamentos de la fe católica por los mismos ‘hombres de iglesia’, la espantosa abominación en el lugar santo y la eliminación casi universal del Sacrificio perpetuo, hasta el grado de apreciar una apostasía casi general.

«El diablo odia a Dios, vive en el odio a Dios, o sea odia la Bondad en persona. Por eso no puede amar nada ni a nadie. El diablo, al odiar al hombre odia en él a Dios. El diablo combate el Reino de Dios, el poderío de Dios, incondicionalmente. No hay solamente un poder impersonal malo; existe también un ser personal cuyas intenciones son radicalmente malas y que quiere el mal por amor del mal.» Michael Schmaus, Teología Dogmática, tomo II, página 274.

3.- La sinagoga de Satanás.

El nombre de Sinagoga de Satanás aparece en las Sagradas Escrituras en varias ocasiones:  “Sé tú tribulación, y tu pobreza, más rico eres: y eres blasfemado por aquellos, que dicen que son judíos, y no lo son, mas son sinagoga de Satanás.” Apocalipsis de San Juan II, 9.

La sinagoga que es la institución más importante del judaísmo, quedó convertida en la sinagoga de Satanás con la muerte de Nuestro Señor Jesucristo por los judíos, quién en vida los llamo hijos del diablo: “Vos ex patre diabolo estis”.

“Vosotros sois hijos del diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre: él fue homicida desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él: cuando habla mentira, de suyo habla, porque es mentiroso, y padre de la mentira.” Evangelio de San Juan VIII, 44.

“Y guardaos de los hombres. Porque os harán comparecer en sus audiencias, y os azotarán en sus sinagogas: Y seréis llevados ante los gobernadores, y los reyes por causa de mí, en testimonio a ellos, y a los gentiles.” Evangelio de San Mateo X, 17.

“Los judíos no cristianos odiarán más y más a los cristianos a quienes tendrán por renegados de su Dios y de su Patria. En todo el imperio las sinagogas serán centros de odio y de persecución.” Historia de la Iglesia Católica, Daniel Olmedo, SJ, Editorial Porrúa.

4. El talmud de los judíos.

Los judíos que permanecieron en el odio a Dios Nuestro Señor, elaboraron un libro llamado: «talmud» el cual contiene blasfemias contra Nuestro Señor Jesucristo, por lo cuál los Sumos Pontífices han obrado enérgicamente contra el pueblo judío a lo largo de la historia:

“Desde el siglo XII, los judíos debían habitar separados de los cristianos en un barrio de los suburbios, que se decía en España judería y en otras naciones ghetto. Para que la distinción fuera más clara y consiguientemente se pudiesen evitar con más facilidad el trato mutuo y los noviazgos entre personas de una y otra religión, se les obligaba, máxime desde el Concilio IV de Letrán, a llevar en el traje un distintivo, consistente en un gorro puntiagudo y una franja amarilla o roja cosida al vestido. Prohibíaseles el cohabitar con mujeres cristianas en calidad de mancebas (el matrimonio era nulo) o como criadas o vender esclavos cristianos y el forzar a nadie a la circuncisión. No podían desempeñar cargos oficiales, si bien esta ley fue violada frecuentemente por voluntad de los mismos reyes. Lo mismo se diga de la prohibición que tenían los cristianos de consultar a los médicos o cirujanos judíos, a no ser en caso de necesidad. El culto judaico no podía celebrarse en público, ni era lícito construir nuevas sinagogas donde no las hubiese, pero sí restaurar las existentes. (Los Sumos Pontífices) Gregorio IX y Honorio IV mandaron recoger los libros del Talmud, por el odio que respira y las horrendas calumnias que contiene contra Cristo y el cristianismo.” Historia de la Iglesia Católica, Llorca, Villoslada, Laboa; BAC, 1959, Tomo II, Parte II, Cap. XIV, página 737.

“Que ni siquiera los judíos se atrevan a jugar o comer o mantener familiaridad con los cristianos”. Papa Paulo IV, “Cum nimis absurdum”, 1555.

“Nosotros amonestamos a su Alteza, para que cese de tolerar que los judíos gobiernen sobre los cristianos y ejerzan autoridad sobre ellos. Ya que permitir que los cristianos estén subordinados a los judíos y estén sujetos a su arbitrio, es lo mismo que oprimir a la Iglesia de Dios y exaltar a la Sinagoga de Satanás. Desear agradar a los enemigos de Cristo, significa ultrajar a Cristo mismo.” Papa Gregorio VII al rey Alfonso VI de Castilla en el año 1080.

«Nuestros modos de vida y los de los judíos son extremadamente diferentes, y los judíos pervertirán fácilmente a las almas de las gentes sencillas a su superstición e incredulidad si tales gentes están viviendo en continua e íntima conversación con ellos.» Papa Alejandro III, decretal: ‘Ad hoec.’

“Nos, que anhelamos con todo Nuestro corazón la salvación de las almas, os concedemos plena autoridad por las presentes cartas para desterrar a los judíos…” Papa Inocencio IV a San Luis Rey de Francia.

5.- Enseñanzas del Talmud.

“Los judíos nunca deben cesar de exterminar a los Goim –cristianos-; no les debe dejar nunca en paz…” “A los cristianos se les debe matar sin misericordia” Aboda Zarah (26b) Talmud.

“Los judíos no deben escatimar ningún esfuerzo en combatir a los tiranos que los mantienen en este Cuarto Cautiverio a fin de ser libres. Deben combatir a los cristianos con astucia y nada debe hacer para evitar que les suceda algún mal: sus enfermos no deben ser atendidos, no se debe ayudar a las mujeres cristianas en el momento del parto, ni tampoco deber ser salvados cuando estén en peligro de muerte” Zohar (1, 160) Talmud.

“La vida de un Goim y todos sus poderes físicos pertenecen a un judío” A Rohl. Die Polem., p.20.

“Se les debe matar aún a los mejores Goim” Aboda Zarah (26b) Talmud.

6.- ¿Qué son los Protocolos de los sabios de Sión?

Cito textualmente la definición del Cardenal de la Santa Iglesia Católica, José María Caro Rodríguez: 

“Esos protocolos contienen un plan propuesto por los judíos, o por un ponente, como se dice, para realizar el ideal de la dominación universal sobre todo el mundo, bajo un gobierno judío, mediante la corrupción de costumbres, el empobrecimiento de los pueblos en favor de los judíos y las continuas agitaciones y el continuo descontento que harían que los pueblos se entregarán en brazos de los judíos para salvarse de la anarquía y de la miseria”. José María Caro Rodríguez, Cardenal Arzobispo de Santiago de Chile, ‘El misterio de la masonería’, No. 136.Los Protocolos de los sabios de Sion. 

Los protocolos es el plan judío para dominar al mundo cristiano, desde luego los primeros que niegan tal hecho son los autores de la obra.

7.- Análisis católico de los Protocolos de los Sabios de Sión.

Los Protocolos es una obra intelectual que embona perfectamente en los frutos de Satanás, es el resultado maduro de los enemigos de Dios Nuestro Señor.

«El diablo odia a Dios, vive en el odio a Dios, o sea odia la Bondad en persona. Por eso no puede amar nada ni a nadie. El diablo, al odiar al hombre odia en él a Dios. El diablo combate el Reino de Dios, el poderío de Dios, incondicionalmente. No hay solamente un poder impersonal malo; existe también un ser personal cuyas intenciones son radicalmente malas y que quiere el mal por amor del mal.» Michael Schmaus, Teología Dogmática, tomo II, página 274. 

Los Protocolos es una obra de muchos años de trabajo, de la mentira, el engaño, la simulación, del robo; pues ocupa grandísimas cantidades de dinero para la consumación de la destrucción de la civilización Cristiana.

“¿De dónde viene su lucha contra nosotros? Porque el diablo, convertido en recipiente de toda maldad, adquirió también la enfermedad de la envidia y envidiaba nuestro honor. No pudo tolerar nuestra vida dichosa en el paraíso, sedujo al hombre mediante intrigas y engaños, se sirvió para seducirle de la pasión que él mismo tenía, a saber, querer ser igual a Dios, mostró a los hombres el árbol y le prometió que comiendo del fruto sería igual a Dios.”San Basilio, sermón XV, sección 8. 

Quien estudie los Protocolos, advierte que son producto de una mente brillante, enferma de odio a Dios Nuestro Señor, a la Santa Iglesia y a la salvación eterna de las almas; lo mismo se predica de la obra de la Sinagoga de Satanás, del Talmud y de la historia en general del pueblo judío que por odio y envidia en palabras de Santo Tomás de Aquino asesinó al Nuestro Señor Jesucristo: “No obstante, podemos decir también que se afirma que conocieron al verdadero Hijo de Dios porque tenían signos evidentes de ello, a lo que no quisieron asentir a causa del odio y de la envidia, de modo que reconociesen que él era el Hijo de Dios.” Santo Tomás, ‘Suma Teológica’ III, C. 47 a. 5.

LOS PROTOCOLOS TIENEN LA MARCA DE SATANÁS, “NON SERVIAM” ES UN RETO A DIOS NUESTRO SEÑOR, ES EL DESEO DE SATANÁS DE OCUPAR EL LUGAR DE DIOS, DE SER ADORADO COMO DIOS, EL MISMO DESEO QUE LO PRECIPITO EN EL INFIERNO: “El ángel que atrevido se rebeló y con orgullosa cerviz se sublevó contra el Señor todopoderoso, anhelando, como dice el Profeta, un puesto por encima de las nubes, fue castigado en correspondencia a su locura. Fué condenado a ser tinieblas en lugar de luz, es decir –y para expresarme con más precisión-, se convirtió a sí mismo en tinieblas. Los demás ángeles conservaron su dignidad y siguieron disfrutando de la paz y la quietud, ante todo, pues la Santa Trinidad les había otorgado unidad e iluminación.” San Gregorio Nacianceno, oración VI, sección 12; BKV I, 202. 

En su pecado está su debilidad, el problema de Satanás, admirable en la elaboración de sus planes con el perverso plan de destruir la obra de Dios Nuestro Señor, en la cuál se adhiere perfectamente los Protocolos de los Sabios de Sión, tienen sentenciada su ruina, muerte y condenación en l reto contra Dios, en su rebeldía, en su soberbia de pretender ocupar el lugar de Dios, por lo cual todo católico debe star tranquilo y dedicarse a amar y servir a Dios Nuestro señor, pues los planes de Satanás tendrán victorias parciales, pero al final, triunfara el Inmaculado Corazón de María. 

Así como se predica de aquel célebre barco “Titanic”, inaugurado el 10 de abril de 1912, el cual era magnifico, asombroso, maravilloso; pero tenia una debilidad manifestada en la leyenda que animaba el espíritu de tal obra: “ESTE BARCO NI DIOS LO PUEDE UNDIR”, ahí estuvo su desgracia, en retar el Santo Nombre de Dios, ese fue el mismo problema de Satanás en la creación, es el mismo espíritu de los Protocolos de los sabios de Sión, dice en el protocolo XXIV:   “La verdadera fuerza no hace pactos con ningún derecho de Dios”.

8.-  Los Protocolos completos de los sabios de Sión. 

Se componen de veinticuatro Protocolos, los cuales transcribo literalmente.

Protocolo I

“Dejando a un lado frases bonitas, hablaremos únicamente del significado de cada pensamiento; mediante cooperaciones y deducciones arrojaremos la luz sobre los hechos circunstanciales. Lo que voy a hacer, pues, es formular nuestro sistema desde dos puntos de vista: el nuevo y el de los Goyim. Debe tenerse presente que los hombres con malos instintos son más numerosos que aquéllos que los poseen buenos, y por consiguiente los mejores resultados para su gobierno se obtienen con la violencia y el terror, y no con discusiones académicas. Todo hombre aspira al poder; cada uno de ellos se convertiría en dictador, si pudiese, y son muy escasos los que no dispuestos a sacrificar el bienestar general en su propio beneficio.O (a sacrificar el beneficio propio por el bienestar general)

¿Qué es lo que ha contenido a estos animales de presa llamados hombres? ¿Qué les ha servido de huía hasta hoy? En los inicios de la sociedad estructurada estaban sometidos a la fuerza brutal y ciega, y más tarde a la Ley, que es la misma fuerza, pero enmascarada. Deduzco de ello que, por ley de Naturaleza, el Derecho se basa en la Fuerza.

La libertad política es una idea, pero no un hecho. Es preciso saber aplicar esta idea cuando hace falta atraer, con un cebo idealista, las fuerzas populares a nuestro partido, si éste ha decidido derribar un partido gubernamental. Esta tarea se vuelve más fácil cuando el adversario se halla debilitado por la idea de la libertad o del liberalismo, pues con tal de mantener tal idea, abdicará de una parte importante de su poder. Aquí es, precisamente, donde subyace el triunfo de nuestra teoría: las riendas del gobierno, al ser abandonadas, son inmediatamente asidas por una nueva mano, pues la fuerza ciega del populacho no puede existir sin jefe ni un solo día, y el nuevo poder no hace más que reemplazar al antiguo, ya debilitado por su liberalismo.

En nuestros tiempos es el poder del Oro el que ha reemplazado al de los gobernantes liberales. Hubo un tiempo en que imperaba la Fe. Pero hoy día impera el dominio del Oro, es decir, el nuestro.

La idea de la Libertad es de imposible realización porque nadie sabe usarla con moderación. Basta con permitir que el pueblo se autogobierno por un cierto tiempo para que se convierta en una muchedumbre desorganizada. Estallan entonces conflictos interiores que pronto degeneran en guerras sociales en las que se consumen los Estados reduciéndose su potencia a cenizas. Que un Estado se agote a consecuencia de sus desordenes intestinos, o que las guerras civiles le entreguen inerme en brazos de sus enemigos exteriores, en cualquiera de los casos ya puede considerarse como irremisiblemente perdido: ha caído de nuestras manos.

El despotismo del Capital, que está enteramente en nuestras manos, ofrece una posibilidad de salvación al Estado, a la cual se ve obligado a asirse para no sumergirse en el abismo.

Si una mente liberal pretendiese que tales argumentos son inmorales yo le preguntaría: si un Estado tiene dos enemigos y con relación al enemigo exterior se le permite usar toda clase de tretas sin que sean consideradas inmorales, tales como, por ejemplo, guardar en secreto los planes de ataque y defensa, atacar de noche o con fuerzas superiores en número, ¿por qué estos mismos medios han de considerarse inmorales cuando se emplean contra nuestro peor enemigo, el ataque de nuestro bienestar y de la estructura de nuestra sociedad? ¿Es que, acaso, es posible a una mente lógica, guiar a las multitudes mediante consejos y argumentos razonables, cuando cualquier objeción o contradicción insensata puede serles planteada por cualquiera, con el beneplácito de las masas, cuyos poderes de razonamientos son superficiales? Las masas son guiadas únicamente por pequeñas pasiones, estúpidas creencias, costumbres, tradiciones y teorías sentimentales, lo que provoca disensiones partidistas e impide toda posibilidad de acuerdo, incluso basándose en argumentos perfectamente razonables. Toda resolución de una masa traerá como resultado cualquier solución ridícula que sembrará en la administración la semilla de la anarquía.

La política no tiene nada en común con la moral. Si un gobernante se deja guiar por la moral no es político hábil y, por consiguiente, su poderío no es estable. Quien quiera gobernar deberá recurrir a la astucia y a la hipocresía. Las grandes cualidades nacionales, como la franqueza y la honradez son vicios en política y destronan a los gobernantes con más efectividad y seguridad que el peor enemigo. Esas cualidades deben de ser los atributos de los gobiernos Goyim, pero nosotros no debemos, en modo algunos guiarnos por ellas.

Nuestro derecho se fundamenta en la fuerza. La palabra derecho es una abstracción que carece de significado. Y si acaso significa algo es lo siguiente: ‘Dadme lo que yo quiero y tendré la prueba de que soy más fuerte que vosotros’. ¿Dónde empieza? ¿Dónde acaba? ¿En qué consiste? ¿Para qué sirve?

En aquellos estados donde los poderes públicos están mal organizados, y las leyes y los gobernantes al estar su autoridad cercenada por el liberalismo y sus falsas ventajas, considero que tenemos el derecho de atacar, en virtud del derecho del más fuerte, y destruir el régimen, sus instituciones y sus leyes, para luego reconstruir todas las instituciones a nuestra conveniencia y convertirnos en los amos de aquellos que ‘voluntariamente’ nos entreguen el poder, después de haber renunciado a su liberalismo.

Nuestro poder, en la presente situación vacilante de todas las formas de gobierno será invencible, porque permanecerá invisible hasta que haya alcanzado un grado de potencia tal que ninguna fuerza ni ninguna astucia puedan minarlo.

Del mal temporal al que nos ha convenido recurrir, surgirán las ventajas de un gobierno indestructible que restablecerá el curso regular de la maquinaria de la vida nacional, en la actualidad destrozada por el liberalismo. El resultado justifica los medios empleados. Ocupémonos, pues, no de lo que es bueno y moral, sino de lo que es útil y necesario. Tenemos a la vista nuestro plan; nuestra línea de conducta está clara y no podemos desviarnos de ella sin riesgo de poner en peligro la obra de varios siglos.

Con objeto de elaborar un plan de acción satisfactorio, es necesario tener en cuenta la granujería, la versatilidad, la inestabilidad de las masas, su incapacidad para comprender y respetar las condiciones de su propia vida y bienestar. Debe comprenderse que las masas son ciegas, insensibles e irracionales y siempre a la merced de cualquier sugerencia, venga de donde venga. Un ciego no puede guiar a los ciegos sin llevarlos al abismo; por consiguiente, gentes salidas de las masas no pueden guiarlas, aunque se tratara de genios, no iniciados en política, sin exponerse a conducir a toda la nación a la ruina.

Sólo hombres preparados desde su infancia son capaces de comprender el sentido de las palabras utilizadas en el diccionario político. Un pueblo entregado a sí mismo, es decir, a los aventureros que surgen de su propia entraña, elabora su propia ruina con las querellas de partidos, que surgen de la sed de poder y de honores, y por los desórdenes por ellos engendrados. ¿Pueden las masas populares razonar con calma y digerir los asuntos de Estado prescindiendo de ridículos intereses personales? ¿Es que acaso pueden defenderse contra sus enemigos exteriores? Evidentemente no, pues un plan fragmentado en tantas partes como cerebros componen la multitud, pierde su homogeneidad y se hace ininteligible y de imposible ejecución. Un plan vasto y claro sólo puede ser elaborado por un dictador despótico, que coordine todas las piezas del mecanismo de la maquina gubernamental. De ello debe deducirse que es preferible que el poder esté concentrado en las manos de un solo individuo responsable. Sin un despotismo absoluto no hay lugar para la civilización, pues ésta no es creada por las masas sino por sus jefes, sean estos quienes fueren. La multitud es como un salvaje y muestra su salvajismo a la primera oportunidad que se le presenta. En el momento en que la multitud se apodera de la libertad, inmediatamente la transforma en anarquía, que es el colmo de la barbarie.

Contemplad a esos animales alcoholizados, embrutecidos por la bebida, el uso inmoderado de la cual es propiciado por la libertad. Nosotros no debemos seguir ese camino. Los pueblos de los Goyim están embrutecidos por el alcohol; su juventud ha sido idiotizada por el clasicismo y la inmoralidad precoz, a donde ha sido inducida por nuestros agentes especiales… tutores, criados, amas de llaves, empleados en las casas de los ricos; por nuestras mujeres en los lugares de disipación frecuentados por los Goyim. Entre estas debo contar a las llamadas ‘damas de sociedad’, seguidoras voluntarias de las otras en la corrupción y el lujo.

Nuestro lema es: fuerza e hipocresía. Sólo la fuerza tiene vigencia en asuntos políticos, sobre todo si se disimula en los talentos esenciales para un estadista. La violencia debe ser el principio, y la astucia y la hipocresía la regla para cualquier gobierno que no desee perder su poder en beneficio de un nuevo poder. Este es el único medio de que disponemos para alcanzar nuestro fin; por tal motivo no debemos titubear en el empleo de la corrupción, el fraude y la traición cuando nos sean útiles para alcanzar nuestros fines. En política es preciso saber apoderarse de la propiedad de los demás, con objeto de alcanzar su sumisión y el poder. Nuestro estado, mediante conquistas pacíficas y cuando sea necesario, violentas, procederá a remplazar los horrores de la guerra por ejecuciones espectaculares y eficaces, que mantendrán el terror, que nos traerá la sumisión ciega de los Goyim. Una severidad no tamizada por la piedad es el mayor factor de fuerza para el Estado; es de nuestro mayor interés seguir constantemente este programa de fuerza e hipocresía. Toda doctrina basada sobre el cálculo es invencible; solo así triunfaremos y esclavizaremos a todos los gobiernos bajo nuestro Súper-Gobierno. Bastará con que se sepa que somos despiadados para que toda desobediencia cese.

Desde los antiguos tiempos nosotros fuimos los primeros en gritar entre las masas las palabras ‘Libertad, Igualdad, Fraternidad’, repetidas desde entonces por loros estúpidos que se tragaron el anzuelo, lo cual permitió que otros se aprovecharan y desposeyeran al pueblo de su prosperidad y de la verdadera libertad individual, antes tan bien protegida contra la presión de la multitud. Los supuestos hombres inteligentes de los Goyim, los intelectuales, no supieron utilizar esas palabras fuera de su abstracción: no se dieron cuenta de la contradicción entre su significado y la realidad; no notaron que en la naturaleza no hay igualdad y no puede haber libertad, que la misma naturaleza ha establecido la desigualdad de mentes, caracteres y capacidades tan inmutablemente como ha establecido la subordinación a sus leyes; nunca se detuvieron a pensar que la multitud es algo ciego, que los advenedizos elegidos de entre ella son tan ciegos como la propia multitud; que el entendimiento en política, aunque sea un loco, puede gobernar, mientras que el no entendido, aunque fuere un genio, no puede; los Goyim no prestaron atención a ninguna de estas cosas. Y no obstante fue sobre este principio donde se basó el gobierno dinástico: el padre transmitía al hijo sus conocimientos sobre los asuntos políticos de modo que nadie más pudiera conocerlos aparte de los miembros de la dinastía y no se produjeran filtraciones. Con el paso del tiempo esta costumbre se fue perdiendo y ello ayudo al triunfo de nuestra causa. En todos los rincones de la Tierra, las palabras ‘libertad, igualdad, fraternidad’ atrajeron a nuestros rangos, gracias a nuestros ciegos agentes, a verdaderas legiones que enarbolaron esas banderas con entusiasmo. Pero esas palabras no fueron más que gusanos que devoraron el bienestar de los Goyim, acabando con la paz, la tranquilidad, la solidaridad y destruyendo los fundamentos de todos los estados Goyim. Como veréis más tarde, esto nos ayudó en nuestro triunfo: nos dio la carta maestra de destruir los privilegios; en otras palabras, de terminar con la aristocracia de los Goyim, esa clase que constituía la única defensa de los pueblos Goyim contra nosotros. Sobre las ruinas de la aristocracia natural y genealógica de los Goyim hemos instaurado la aristocracia de nuestra clase educada, conducida por la aristocracia del dinero. Las cualificaciones para esa aristocracia las hemos basado en la riqueza y en el conocimiento, controlados ambos por nuestros Sabios.

Nuestro triunfo fue hecho posible por el hecho de que, en nuestras relaciones con los hombres que nos eran indispensables, pulsamos siempre las más sensibles cuerdas da la naturaleza humana: el dinero, la rapacidad, la insaciabilidad del hombre por los bienes materiales. Y cada una de esas debilidades, tomada por separado, es capaz de paralizar toda iniciativa personal, poniendo la voluntad de los hombres a disposición de aquellos que compraron sus actividades. La noción abstracta de la libertad nos ha permitido persuadir a las masas de todos los países de que sus gobiernos no son más que los criados de sus propietarios del país, que son sus masas, y que se puede cambiar de criados como se cambia de un par de guantes usados. Esta posibilidad de reemplazar a los representantes del pueblo los ha puesto en nuestras manos y, en la práctica, nos ha concedido el poder de nombrarlos y distinguirlos a nuestro antojo.”

Protocolo II:

La Prensa valida las teorías que el pueblo debe creer.

“Es indispensable para la realización de nuestros propósitos que las guerras, en tanto en cuanto sea posible no produzcan ganancias territoriales: las guerras deben ser llevadas al campo económico, donde las naciones no dejaran de notar, en la ayuda que les prestemos, la fuerza de nuestro predominio y este estado de cosas podrá a ambos bandos a la merced de nuestra ‘agentur’, que posee millones de ojos vigilantes y que no conoce ninguna limitación de poder. Nuestros derechos internacionales barrerán entonces a los derechos nacionales y dominarán y gobernarán a las naciones precisamente de la misma manera que el derecho civil de los estados regula las relaciones de sus sujetos entre ellos.

Los gobernantes que haremos elegir entre las personas capaces de obedecernos servilmente, no serán individuos especializados en el arte de gobernar y así se convertirán fácilmente en peones de nuestro juego, en manos de hombres de inteligencia y genio, que serán sus consejeros, especialistas entrenados desde la juventud en el conocimiento de los problemas mundiales. Como sabéis bien, estos especialistas nuestros obtienen las informaciones que precisan a través de nuestros planes políticos, de las lecciones de la historia y de la observación de los acontecimientos. Los Goyim no se dejan guiar por el uso práctico de la observación histórica desprovista de prejuicios, sino por rutinas teóricas apartadas de la realidad. Por lo tanto, no debemos ocuparnos de ellos. Dejémosles divertirse hasta que llegue su hora, o vivir en la esperanza de nuevas formas de pasatiempos, o recordando glorias pasadas.

Dejemos que los gobiernes interpreten su papel de acuerdo con los dictados de la ciencia, es decir, de la teoría. Por tal motivo y a través de nuestra prensa, creamos un clima de total confianza en esas teorías. Los intelectuales de los Goyim, muy orgullosos de sus conocimientos y sin ninguna comprobación lógica de los mismos, llevaran a la práctica toda la información que vayan obteniendo de la ciencia, que los especialistas de nuestra Agentiur les han presentado astutamente con el propósito de educar sus mentes en el sentido deseado por nosotros. No supongáis por un momento, que esas aseveraciones son palabras vacías: pensad cuidadosamente en el éxito que hemos logrado que tuvieran el Darwinismo, el Marxismo y el Nietzscheísmo. Para nosotros judíos, en cualquier caso, es muy fácil observar el efecto desintegrador que esas directrices han tenido en las mentes de los Goyim.

Para nosotros es indispensable tener en cuanta los pensamientos, caracteres y tendencias de las naciones con objeto de evitar errores políticos y administrativos. El triunfo de nuestro sistema, cuya mecánica deberá acoplarse al temperamento de los pueblos que hallaremos en nuestro camino, no se producirá si la aplicación práctica del mismo no se basa en una recopilación de las lecciones del pasado a la luz del presente.

En las manos de los estados de hoy hay una gran fuerza que crea los movimientos de pensamiento del pueblo y ésta es la prensa. El papel jugado por la prensa es presentar incesantemente demandas que se suponen indispensables; vocear las quejas del pueblo; expresar y crear descontento. Es en la prensa donde el triunfo de la libertad de expresión se encarna. Pero los estados Goyim no han sabido usar esa fuerza que ha caído en nuestras manos. A través de la prensa hemos logrado la posibilidad de influenciar mientras permanecíamos en la sombra; gracias a la prensa hemos conseguido apoderarnos del oro, aunque ello nos haya costado océanos de sangre y lágrimas. Pero ese sacrificio ha sido provechoso. Cada víctima de nuestro bando vale, a los ojos de Dios, más que mil Goyim.

Protocolo III

Enfrentar a todas las fuerzas una contra otra.

Hoy, puedo afirmaros que nos acercamos a nuestro objetivo. Ya no queda demasiado por hacer, y el camino recorrido está a punto de cerrar el ciclo de la serpiente simbólica, que simboliza a nuestro pueblo. Cuando se cierre el anillo, todos los estados de Europa se encontrarán encerrados y agarrotados.

Muy pronto se derrumbará la balanza de las constituciones modernas, porque en el momento de su montaje hemos trucado el mecanismo, de manera que los platillos, inclinándose incesantemente de un lado a otro, acabaran por desgastar el astil. Los Goyim se imaginaban haberlas ideado ellos, sólidamente, y esperaban que siempre acabarían por recobrar su equilibrio. Pero los pivotes –los soberanos en sus tronos- son arrastrados por sus representantes, que cometen locuras, dominados por su poder irresponsable y descontrolado. Este poder, sin embargo, no se lo deben más que al terror que existe en los palacios. Como no tienen posibilidad de comunicarse con su pueblo, los reyes ya no son capaces de entenderse con él, y así fortalecerse mutuamente contra los que buscan el poder. Hemos creado un vacío entre el poder y la fuerza ciega del pueblo, quedando, aisladamente, tan impotentes, como un ciego sin bastón.

Con objeto de incitar a hacer mal uso del poder a quienes lo buscan, hemos enfrentado a todas las fuerzas una contra otra, desarrollando sus tendencias liberales hacia la independencia. Hemos provocado toda suerte de iniciativas en este sentido; hemos armado a los partidos unos contra otros y hemos hecho de la autoridad la diana de todas las ambiciones. Hemos hecho de los estados circos para gladiadores donde se enfrentan una multitud de supuestas soluciones… Un poco más y los desórdenes y la bancarrota serán universales.

Incansables charlatanes han convertido las sesiones parlamentarias y las reuniones administrativas en torneos oratorios. Periodistas audaces y panfletarios sin escrúpulos zahieren diariamente al personal de la Administración. Los abusos del poder pondrán el toque final para la ruina de todas las instituciones y todo estallará bajo los golpes de unas masas enloquecidas.

Las gentes están más encadenadas por la pobreza que nunca lo estuvieron por la esclavitud y la servidumbre; de ésta podían, eventualmente, librarse, de la pobreza, nunca. Los derechos que hemos concedido a las masas en nuestras Constituciones son totalmente ficticios y no son en realidad, tales derechos. Esos sedicientes ‘derechos populares’ solo pueden existir en teoría, pero nunca en la práctica. Que puede importarle al proletario, encorvado bajo el peso de su trabajo, que los charlatanes profesionales hayan conseguido el derecho a perorar o los periodistas licencia para escribir toda clase de estupideces junto a asuntos serios, si no sacan de la Constitución más provecho que el de recoger las migajas que caen de nuestra mesa, que les dejamos tomar para que, a cambio, vote nuestras leyes y elija nuestros agentes… Los derechos republicanos, para un pobre no son más que una amarga ironía, pues la obligación del trabajo cotidiano les impide obtener de ellos ventaja alguna, mientras, por otra parte, les arrebatan la garantía de un trabajo fijo y seguro, obligándoles a depender tanto de las huelgas organizadas por los camaradas como de los cierres decretados por los patrones.

El pueblo, bajo nuestra dirección, ha aniquilado a la aristocracia que constituía su mejor escudo, su apoyo y que, en su propio interés, había cubierto sus necesidades. Hogaño, con la destrucción de la aristocracia, el pueblo ha caído bajo el yugo de despiadados granujas y de advenedizos que se enriquecen a su costa.

Nosotros aparecemos en escena como los redentores de los trabajadores, para liberarse de esa opresión, cuando les proponemos ingresar en los rangos de nuestros ejércitos –socialistas, anarquistas, comunistas- a los que siempre apoyaremos de acuerdo con una supuesta regla de hermandad (de la solidaridad de todos los humanistas) de nuestra Masonería social. La aristocracia, que estaba directamente interesada en el trabajo de los obreros, deseaba que éstos estuvieran bien alimentados, sanos y fuertes. A nosotros nos interesa justamente lo contrario: la disminución, la muerte de los mejores entre los Goyim. 

Nuestra fuerza se basa en la escasez crónica de alimentos, la debilidad física de los obreros, o, al menos, su estado de inferioridad con respecto a las otras clases, porque ello implica que se convertirán en esclavos de nuestra voluntad y no encontraran apoyo en ninguna parte. El hambre, o la inferioridad engendra el derecho del Capital de gobernar al obrero de una manera más absoluta que nunca pudo hacerlo la aristocracia a través de la autoridad legal que les había sido concedida por los reyes.

Con la carestía, la envidia y el odio que todo ello engendra, manipularemos a las masas y las utilizaremos para barrer a las fuerzas que pudieran oponérsenos. Y cuando llegue la hora, el futuro Soberano del Mundo será ayudado por esas mismas masas que ignoran lo que hacen.

Los Goyim han perdido la capacidad de reflexionar sin la ayuda de nuestros especialistas.Por tal motivo no comprenden ni comprenderán cuando se establezca nuestro gobierno, que nos será necesario poner en lugar destacado en las escuelas, la más importante de todas las ciencias: la de la organización de la vida humana y de las condiciones sociales. Es necesario que todos sepan que, debido a la diferencia en los objetivos de las actividades humanas, no podrán existir ninguna igualdad. El verdadero conocimiento de la estructura de la sociedad, en cuyos secretos no admitiremos a los Goyim, demostrará a todos los hombres que las posiciones de cierta responsabilidad deberán ser reservadas a un cierto circulo. Cualquier confusión en esta materia sería fuente de males, debidos a la ausencia de relación entre la educación recibida y la tarea adjudicada a cada hombre por la Naturaleza. Tras aleccionar debidamente al pueblo éste se someterá voluntariamente a la Autoridad y aceptará el lugar que le reserve el Estado. En el presente estado de cosas, la gente, en su ignorancia, creyendo todo lo que ve improviso, odia a todo lo que parece estar por encima suyo.

Ese odio aumentará aún con los efectos de una crisis económica, que paralizará los cambios y llevará a la industria al caos. Crearemos, mediante los métodos subterráneos que están a nuestro alcance, y con la ayuda del oro, que está totalmente en nuestras manos, una crisis económica mundial, con lo que lograremos que la chusma se arroje simultáneamente a las calles de todos los países civilizados. Esa chusma estará encantada de poder derramar la sangre de los que, en la simplicidad de su ignorancia, ella ha envidiado desde la cuna y cuyas propiedades sueña arrastrar. A los nuestros la chusma no los tocará, porque el momento de la revolución lo sabremos nosotros anticipadamente y, lógicamente, tomaremos las medidas necesarias para proteger a los nuestros.

Hemos hecho creer a los Goyim que el Liberalismo les conducirá al reino de la Razón.Nuestro despotismo será de tal naturaleza que estará siempre en situación de desbaratar toda rebelión y de suprimir violentamente las ideas liberales en nuestras instituciones.

Cuando se aperciba el populacho de que, en nombre de la Libertad, les hemos concedido toda suerte de derechos, entonces se creerá que es el amo y tratará de aprovecharse del Poder. Pero, naturalmente, el ciego populacho irá tropezando en infinidad de obstáculos y entonces, desengañados, no queriendo volver al antiguo régimen, depositaran todo su poder a nuestros pies. Acordaos de la Revolución Francesa, que nosotros llamamos ‘La Gran Revolución’; los secretos de su preparación nos son bien conocidos porque todo fue, enteramente, nuestra obra.

Desde entonces hemos conducido a los pueblos, de desencanto en desencanto, hasta que, al fin, renuncien a todo a favor del Rey-Déspota, nacido de la sangre de Sion, que nosotros estamos preparando para el mundo.

Actualmente, somos una fuerza internacional, somos invencibles, pues si un Estado nos ataca, otros nos apoyan. La bajeza sin límites de los pueblos Goyim, rastrera ante la fuerza, sin piedad para la debilidad y sin indulgencia para los crímenes, rehusando someterse a un régimen justo pero paciente hasta el martirio ante la violencia de un Despotismo audaz, he aquí las cualidades que nos ayudan a mantener nuestra invulnerabilidad. Los Goyim aguantan en sus primeros ministros –los actuales dictadores, dirigidos por nosotros- abusos por el más pequeño de los cuales habrían decapitado a veinte reyes. ¿Cuál es la explicación de este fenómeno, esta curiosa inconsecuencia de las masas de los pueblos en su actitud hacia lo que parecen ser acontecimientos parecidos? Se explica por el hecho de que esos dictadores, a su vez aconsejados por nuestros agentes, les persuaden de que los perjuicios ocasionados al Estado son convenientes para alcanzar una felicidad internacional, una fraternidad de los pueblos y la solidaridad y la igualdad de los pueblos y de sus derechos. Naturalmente no se les dice que esa unificación sólo se lograra bajo nuestro dominio soberano, bajo nuestro gobierno internacional.

Y he aquí que el pueblo condena a los jueces y absuelve a los culpables, cada vez más persuadido de que puede hacer lo que le plazca. Debido a ese estado de cosas, el pueblo destruye toda clase de estabilidad y crea el desorden en todas partes.

La palabra ‘libertad’ enfrenta a la Humanidad con todas las autoridades, incluso con Dios y la Naturaleza. Por esta razón, cuando alcancemos el poder absoluto, deberemos borrar esa palabra del vocabulario humano, por no ser más que el símbolo de la fuerza bruta que transforma a la multitud en fieras ebrias de sangre. Aunque también es verdad que una vez emborrachadas de sangre, esas fuerzas se adormecen y entonces pueden ser fácilmente encadenadas, pero si no se les da sangre, no duermen y continúan peleando.

Protocolo IV

Toda república pasa por diversas etapas pasa por diversas etapas. La primera es la de los primeros días de enloquecida rabia de la ciega multitud, que se agita encarnizadamente a derecha e izquierda: la segunda es la demagogia de la que surge la anarquía y conduce inevitablemente al despotismo… no al despotismo legal y a la descubierta, y, por consiguiente responsable, sino a un despotismo oculto, pero desconocido, en manos de una u otra organización secreta, cuyos actos son tanto más cínicos cuanto más trabaja entre bastidores, servidos por todas clases de agentes cuyo cambio se hace sin ruido, lo cual repercute en un beneficio para nuestra potencia oculta, pues así se evita la necesidad de tener que recompensar prolongados servicios. ¿Quién o que podrá destronar un poder invisible? Porque esto es precisamente nuestro gobierno. 

La Masonería gentil inconscientemente nos sirve de careta que nos oculta a nosotros y a nuestros objetivos, pero el plan de acción de nuestro poder, continuará siendo para la gente un misterio insoluble.

Pero incluso la Libertad puede ser inofensiva y tener un lugar en la economía del estado, sin daño para el bienestar de los pueblos, si se basa en la fe de Dios, en la hermandad de toda la humanidad, sin relacionarse con la concepción de igualdad, que es negativa según las leyes de la naturaleza, que han establecido unos principios de subordinación. Con una tal fe, un pueblo podría ser gobernada por los sacerdotes de una parroquia, y viviría contento y feliz bajo la guía de sus pastores espirituales, sometiéndose a las leyes de Dios en la tierra. Tal es la razón por la cual nos es indispensable minar todas las creencias, arrancar de las mentes de los Goyim el mismo principio de Dios y de espiritualidad, y reemplazarlo por cálculos aritméticos y necesidades materiales.

Con objeto de que no les quede a los Goyim tiempo para pensar, sus mentes deberán ser orientadas hacia la industria y al comercio. Así, todas las naciones se lanzarán en persecución de la ganancia y en esa carrera no advertirán a su común enemigo. Pero con objeto de que la libertad desintegre de una vez las comunidades de los Goyim y las arruine, debemos colocar a la industria sobre una base especulativa: el resultado será que lo que la industria arranque de la tierra pasara a ser objeto de especulación e irá a parar, finalmente, en nuestras manos.

La intensa lucha por la supremacía y las especulaciones continuas en la vida económica han creado unas sociedades desilusionadas, frías y sin corazón. Tales comunidades generaran una fuerte aversión hacia la verdadera política y hacia la religión. Su única guía será el beneficio, es decir, el Oro, al que tributarán un auténtico culto, a causa de los goces materiales que pueden procurar. Entonces, cuando llegue el momento, y no para alcanzar el bien, ni siquiera para alcanzar riquezas, sino tan solo para satisfacer su odio hacia los privilegiados, las clases más bajas de los Goyim seguirán a nuestros líderes en la lucha contra los que nos disputan el poder, los intelectuales Goyim.

Protocolo IV

¿Qué clase de gobierno administrativo puede darse a las sociedades en las cuales la corrupción ha penetrado por doquier, donde las riquezas no se obtienen más que a través de astutos engaños bordeando la estafa; donde reinan las costumbres licenciosas; donde la moralidad sólo se observa por temor al castigo penal y no por principios voluntariamente aceptados, donde los sentimientos religiosos y patrióticos son substituidos por convicciones cosmopolitas? ¿Qué otra forma de gobierno puede darse a esas sociedades sino la clase de despotismo de que voy a hablaros? Vamos a crear una forma de gobierno intensamente centralizada, con objeto de reunir en nuestras manos todas las fuerzas sociales. Reglamentaremos mecánicamente todos los actos de la vida política de nuestros súbditos con nuevas leyes. Esas leyes abolirán, una tras otra, todas las indulgencias y libertades, todos los privilegios que han sido permitidos por los legisladores Goyim, y nuestro reinado se distinguirá por un despotismo de tan magníficas proporciones que se encontrará en todo momento y lugar en posición de aplastar a cualquier Goy que se atreva a desafiarnos de palabra o por escrito.

Nos dirán que tal despotismo como el que estoy describiendo no está de acuerdo con el progreso de nuestros días, pero yo iré demostrándoos lo contrario. En los tiempos en que los pueblos consideran a los reyes en sus tronos como una pura manifestación de la voluntad de Dios, se sometían sin protestar a la autoridad de los monarcas; pero desde el día en que insinuamos en sus mentes el concepto de sus propios derechos, comenzaron a considerar a sus soberanos, como simples mortales; el pueblo dejó de considerar divina la Unción Sagrada, y al arrebatarle igualmente su fe en Dios, la fuerza del Poder quedo en arroyo de las calles y tornóse propiedad pública, apoderándonos nosotros de ella. 

Por otra parte, el arte de gobernar a masas e individuos mediante teorías y grandes frases inteligentemente manipuladas, con reglas de vida en común y toda clase de trucos de los que los Goyim no comprenden nada, es un arte peculiar de nuestros especialistas. Acostumbrados al análisis, a la observación, a las sutilezas del cálculo, no podemos tener rivales, como tampoco los tenemos en la elaboración de planes políticos y de solidaridad. En este aspecto, solo los Jesuitas podrían haberse comparado a nosotros, pero hemos conseguido desacreditarlos a los ojos de los ignorantes mientras nosotros permanecemos en la sombra. En todo caso, tal vez sea indiferente al mundo quien, en su supremo soberano, o el Jefe del Catolicismo, o nuestro Déspota de la sangre de Sion. Pero para nosotros, el Pueblo Elegido, este asunto no nos es, ciertamente, indiferente.

Durante algún tiempo, una coalición universal de los Goyim hubiera podido acabar con nuestro poder: pero estamos protegidos de este peligro por las discordias tan profundamente enraizadas entre ellos, que no logran extirpar. Nosotros hemos hecho que se enfrentaran los unos a los otros, por motivos nacionales, religiosos y raciales, y esos enfrentamientos han ido aumentado en el curso de los últimos veinte siglos. Esta es la razón por la cual, si un Estado se dedicara a combatirnos no recibirá ayuda alguna, porque cada potencial aliado suyo estará convencido que participar en una coalición contra nosotros le resultara desventajoso. Somos demasiado fuertes; no se puede prescindir de nosotros. Las naciones no pueden hacer el menor pacto sin que nosotros participemos secretamente en el mismo.

“Per me reges regnant”. Por mí reinan los reyes. Y fue dicho por los profetas que nosotros fuimos elegidos por el mismo Dios para gobernar toda la tierra. Dios nos dotó del genio suficiente para ser dignos de nuestra tarea. Si hubiera genios en el campo opuesto deberían luchar contra nosotros, pero aun así ese eventual genio se encontraría con una situación de hecho que traería como consecuencia una guerra sin piedad como el mundo todavía no ha visto ninguna. Además, ese genio aparecería ya demasiado tarde. Todas las ruedas de la maquinaria del Estado se mueven por la fuerza del motor, que está en nuestras manos, y tal motor de la maquinaria del estado es el oro. La ciencia de la economía Política inventada por nuestros sabios se ha dedicado durante muchísimos años a concederle un prestigio mayestático al Capital.

Si el Capital debe funcionar sin trabas, debe tener la libertad para establecer un monopolio en la industria y el comercio: esto ya está llevando a cabo por una mano invisible en todas las regiones del Globo. Esto le dará fuerza política a los que dominen la industria a través del Capital, y ello les permitirá oprimir al pueblo.

Hoy es más importante desarmar moralmente a los pueblos que llevarlos a la guerra: más importante utilizar en nuestro beneficio las pasiones que traerán llamas que calmarlas:  más importante capturar e interpretar las ideas de los demás para nuestra ventaja que erradicarlos. EL OBJETO PRINCIPAL DE NUESTRO DIRECTORIO CONSISTE EN LO SIGUIENTE: REBAJAR EL NIVEL DE LA MENTALIDAD DEL PÚBLICO MEDIANTE LA CRÍTICA; APARTARLA DE LA SERIA REFLEXIÓN; DISTRAER LAS FUERZAS DE LA MENTE EN UNA ABSURDA LUCHA DE VACÍA ELOCUENCIA.

En todas las épocas, los pueblos, y también los individuos, han tendido a aceptar las palabras como hechos, pues generalmente les basta con las apariencias y muy raramente comprueban si las promesas que se les han hecho han sido cumplidas. Por tal motivo, estableceremos instituciones de pura fachada, que constituirán prueba elocuente de su contribución al progreso. Nosotros asumiremos la fisonomía de todos los partidos, de todas las tendencias y presentamos gran cantidad de oradores que hablarán tanto que acabarán con la paciencia de sus oyentes, serán causa de odio hacia la oratoria y a nuestros oradores terminarán dándoles la razón para no escucharles y terminar cuanto antes.

Con objeto de adueñarse de la opinión pública, es preciso desconcertarla, y expresar en todas partes tantas opiniones contradictorias que los Goyim no iniciados se pierdan en su laberinto y acaben por pensar que más vale no tener ninguna clase de opiniones en asuntos políticos, que el público no es capaz de entender, porque sólo pueden comprenderlos los jefes que guían a la gente. Este es el primer secreto.

El segundo requisito para el éxito de nuestro dominio se basa en lo siguiente:MULTIPLICAR HASTA TAL PUNTO LOS DEFECTOS, COSTUMBRES, PASIONES, CONDICIONES DE VIDA CIVIL, QUE LLEGUE A SER IMPOSIBLE PARA CUALQUIERA COMPRENDER QUIEN ES EN MEDIO DEL CAOS, de tal manera que las gentes no puedan llegarse a entender unas con otras. Esta medida, además, nos servirá a nosotros para sembrar discordias en todos los partidos, para dislocar a todas las fuerzas colectivas que aún rehusan someterse a nosotros y para desanimar a toda iniciativa personal que puedan resultarnos molestas. 

Nada hay más peligroso para nosotros que la iniciativa personal: si se trata de un genio, tal iniciativa genial puede llegar a ser más peligrosa para nosotros que millones de individuos entre los que hemos sembrado la disensión. 

Debemos dirigir la educación de las comunidades Goyim de manera que cuando se encuentren ante una tarea que requiera iniciativa individual, bajen los brazos desalentados por la impotencia. La tensión resultante de la libertad de acción zapa las fuerzas cuando tropieza con la libertad de otros.

Todo esto, en última instancia, servirá para los Goyim, totalmente decepcionados, se vean obligados a ofrecernos un poder internacional de tal naturaleza que, por su estructura, nos permitirá, sin violencias y gradualmente, absorber todas las fuerzas estatales del mundo y formar un Súper-Gobierno. En el lugar de los gobernantes de hoy colocaremos un títere que será llamado algo así como el Súper-Gobierno de la Administración Mundial. Sus tentáculos llegaran a todas partes como tenazas y su organización será de tan colosales dimensiones que nadie podrá impedir que someta a las naciones del Mundo.

Protocolo VI

Pronto vamos a empezar a establecer enormes monopolios, almacenando colosales riquezas, de las que dependerán las más grandes fortunas de los Goyim, que se desvanecerán con el crédito de los Estados el día que seguirá al hundimiento político… Ustedes, caballeros aquí presentes, que son economistas, piensen en el significado de esta combinación.

De todas las maneras posibles debemos engrandecer nuestro Super-Gobierno, presentándolo como el protector y el benefactor de todos aquellos que voluntariamente se someten a nosotros.

La aristocracia de los Goyim, como fuerza política, ha muerto; no vale la pena de que nos ocupemos de ella; pero al ser propietarios de tierras, pueden sernos perjudiciales, porque sus recursos les hacen auto-suficientes. Por consiguiente, es esencial para nosotros, privarles de sus tierras a cualquier precio. Ese objetivo se alcanzará más fácilmente aumentando las cargas sobre la propiedad rural; ahogando a las tierras en impuestos. Esas medidas controlaran a los propietarios rurales manteniéndolos en un estado de humilde e incondicional sumisión.

Los aristócratas de los Goyim, siendo hereditariamente incapaces de contentarse con poco, se arruinarán rápidamente y nos malvenderán sus tierras.

Al mismo tiempo, debemos patrocinar intensamente el comercio y la industria, pero, sobre todo, la especulación, que debe servir de contrapeso a la industria: la ausencia de industria especulativa multiplicaría el capital en manos privados y restauraría la agricultura, al liberar a la tierra de la deuda hipotecaria con los bancos rurales.

LO QUE NOSOTROS QUEREMOS, ES QUE LA INDUSTRIA EXTRAIGA DE LA TIERRA TANTO EL TRABAJO COMO EL CAPITAL Y, MEDIANTE LA ESPECULACIÓN, TRANSFERIR A NUESTRAS MANOS TODO EL DINERO DEL MUNDO Y, POR VÍA DE CONSECUENCIA, ARROJAR A LOS GOYIM A LOS RANGOS DEL PROLETARIADO. Entonces los Goyim se inclinarán ante nosotros, aunque sólo fuera para obtener el derecho a existir.

Para completar la ruina de la industria de los Goyim traeremos, como ayuda a la especulación, el lujo que hemos desarrollado entre ellos; esa glotona exigencia de lujo que se lo está tragando todo. Para atender a los gastos de ese lujo haremos subir los salarios de los obreros y, al mismo tiempo, provocaremos el alza en los artículos de primera necesidad de la vida diaria, alegando que procede de la decadencia de la agricultura y la ganadería; continuaremos minando astuta y profundamente las fuentes de la producción, acostumbrado a los trabajadores a la anarquía y a la ebriedad y, por otra parte, iremos tomando todas las medidas que podamos para extirpar de la faz de la Tierra a todos los Goyim de valor intelectual.

Con el objeto de que el verdadero significado de las cosas no aparezca a los ojos de los Goyim antes de tiempo lo enmascaremos con el ardiente deseo de servir a las clases laboriosas y con los grandes principios de la Economía Política de los que nuestros teorizantes economistas están llevando a cabo una enérgica propaganda.

Protocolo VII

La intensificación de los armamentos, el aumento de las fuerzas de la policía… son elementos esenciales para la realización de los mencionados planes.

Lo que debemos de conseguir es que, en todos los estados del mundo, sólo haya, además de nosotros, las masas del proletariado, unos cuantos millonarios devotos de nuestros intereses, policías y soldados.

En toda Europa, y aprovechando nuestras relaciones con otros Continentes, debemos crear toda clase de discordias y hostilidad. Con ello obtendremos un doble beneficio. 

EN PRIMER LUGAR, mantendremos nuestro control, sobre todos los países, porque saben muy bien que tenemos el poder de crear, cuando queramos, toda clase de desórdenes, y también de restaurar el orden a nuestra conveniencia. Todos estos países están acostumbrados a ver en nosotros una fuerza de coerción. 

EN SEGUNDO LUGAR, mediante nuestras intrigas en la policía mundial, hemos conseguido embrollar todos los hilos que ligaban entre sí a los diferentes estados, con tratados económicos y prestamos financieros. Para alcanzar este fin debemos usar mucha astucia y obsequios en las negociaciones y tratos, pero, en lo que se ha convenido en llamar “lenguaje oficial” debemos siempre adoptar un aire conciliador y honrado. De esta manera, los pueblos y los gobiernos de los Goyim, a los que hemos acostumbrado a no percibir las cosas más que según las apariencias que nosotros presentamos ante sus ojos, continuaran aceptándonos como los benefactores y salvadores del género humano.

Debemos estar en una posición que nos permita responder inmediatamente a cualquier acto de oposición que se desate contra nosotros haciendo estallar una guerra con los vecinos de ese país que se haya atrevido a oponerse a nosotros; pero si esos vecinos también se aventurasen a hacer frente, entonces nuestra resistencia deberá consistir en organizar una guerra mundial.

El primer factor del éxito, en Política, es el secreto de sus realizaciones: la palabra no debiera ir de acuerdo con los actos de un diplomático.

Debemos obligar a los gobiernos de los Goyim a actuar en el sentido de nuestro plan, tan ampliamente concebido, y cada vez más cerca de su consumación, presionándoles a través de lo que nosotros representamos como la “opinión pública”, predispuesta secretamente por nosotros por medio de las más grandes de todas las fuerzas: la Prensa, la cual, aparte de algunas excepciones insignificantes, se encuentra enteramente en nuestras manos.

En pocas palabras, CON OBJETO DE MANTENER A LOS GOBIERNOS DE LOS GOYIM EN JAQUE, MOSTRAREMOS NUESTRA FUERZA EN UNO DE ELLOS POR MEDIO DEL TERRORISMO, CRÍMENES Y VIOLENCIAS, y en caso de que se revelaran contra nosotros, responderíamos con las armas de América, de China o del Japón.

Protocolo VIII

Debemos proveernos de las mismas armas que nuestros oponentes puedan emplear contra nosotros. Deberemos recurrir a las más sutiles formas de expresión y a los fragmentos más complejos del vocabulario legal para los casos en que debiéramos pronunciar juicios o sentencias susceptibles de aparecer como demasiado osadas o injustas, pues importa que tales sentencias sean expresadas de manera que parezcan encarnar los más elevados principios.

Nuestro directorio se rodeará de todas las fuerzas de la civilización en medio de la cual tendrá que actuar. Se rodeará de publicista, de juristas, de técnicos administrativos, de diplomáticos y, finalmente, de personas especialmente preparadas en nuestras escuelas especiales. Esas personas estarán iniciadas en todos los secretos de la estructura social; conocerán todos los idiomas que puedan hablarse con alfabetos y palabras políticas; estarán familiarizados con las interioridades de la naturaleza humana,y con las diferentes cuerdas que será preciso pulsar. Esas cuerdas a que me refiero son las diferentes tendencias, vicios y cualidades, particularidades, clases y condiciones de Goyim. No hace falta decir que los aplicados asistentes de la administración, a que me estoy refiriendo, no serán reclutados entre los Goyim, que acostumbran a realizar su trabajo administrativo sin preocuparse de pensar para qué sirve ni para que se necesita. Los administrativos de los Goyim firman papeles sin leerlos y sirven, ya por motivos mercenarios, ya por ambición. Rodearemos a nuestro gobierno de todo un mundo de economistas. Esa es la razón por la cual la ciencia económica constituye el sujeto principal de la enseñanza que se da a los judíos. Alrededor nuestro, en efecto, habrá una verdadera constelación de banqueros, industriales, capitalistas y, sobre todo, de millonarios, porque, en última instancia, todo se reducirá a una cuestión de cifras.

Durante algún tiempo, y mientras son peligrosos confiar cargos responsables y visibles en nuestros Estados a nuestros hermanos judíos, los pondremos en las manos de hombres cuyo pasado y cuya reputación sean tales que entre ellos y el pueblo exista un abismo; personas que, en caso de desobediencia a nuestras instituciones, puedan ser a encauzamientos judiciales, o simplemente exiliados, a causa de sus pasados abusos. De este modo, se verán obligados a defender nuestros intereses hasta el final, como si se tratara de los suyos propios.

Protocolo IX

Al aplicar nuestros principios debemos prestar especial atención al carácter de los pueblos en cuyos países vivimos y actuamos: una aplicación general e idéntica de ellos no puede tener éxito hasta que las gentes hayan sido reeducadas según nuestro modelo. Pero si llevamos a cabo su aplicación cuidadosamente, con precaución, veréis que no pasará una década sin que el carácter más sólido haya cambiado y que nuevas gentes sean añadidas a los rasgos de los que ya han sido sometidos por nosotros.

Las palabras de los liberales, que, en realidad, no son más que nuestros slogans masónicos, “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, cuando obtengamos plenamente el poder, se trocaran en palabras que dejaran de ser un slogan, para convertirse simplemente en una expresión de idealismo, tales como, por ejemplo: “el derecho a la libertad”, “el deber de la igualdad”, “el ideal de la fraternidad”. Así nos expresaremos y, de tal manera, asiremos al toro por los cuernos… “De facto” ya hemos barrido a toda clase de poder, excepto el nuestro, aun cuando “de jure” todavía queden muchos de ellos con una apariencia de vigilantes.

Actualmente, si algunos gobiernos elevan la voz contra nosotros, no es más que por puro formulismo, a nuestra discreción y a nuestra instigación, porque SU ANTISEMITISMO NOS ES NECESARIO para conservar el control sobre nuestros hermanos inferiores. No insistiré más sobre este tema, cuyo sujeto ha sido ya objeto de numerosos debates entre nosotros.

No hay obstáculos que puedan limitar nuestras actividades. Nuestro Súper-Gobierno no subsiste en condiciones extra-legales que son descritas en la terminología aceptada con la palabra enérgica y prepotente de Dictadura. Estoy en condiciones de afirmaros con toda claridad que, en el momento oportuno, nosotros, los legisladores, sentenciaremos y ejecutaremos; castigaremos e indultaremos; somos como el jefe de todas nuestras tropas de liberales, cabalgando a la cabeza de ellas.Gobernamos con la fuerza de nuestra voluntad, porque en nuestras manos están las riendas de un poder que fue poderoso, y ahora controlamos nosotros. Y ESAS ARMAS SON LA AMBICIÓN ILIMITADA, LA ARDIENTE CODICIA, LA DESPIADADA VENGANZA, EL ODIO Y LA MALICIA.

DE NOSOTROS DEPENDE EL TERRORISMO TOTAL. Tenemos a nuestro servicio personas de todas las opiniones, de todas las doctrinas, restauradores monárquicos, demagogos, socialistas, comunistas y soñadores utópicos de todas clases. Los hemos embridado a todos para que lleven a cabo su trabajo: cada uno por su lado hace labor de zapa y destruye los últimos residuos de autoridad y lo que aún se mantiene en pie. 

Todos los Estados de los Goyim se sienten abrumados por nuestras maniobras: anhelan la tranquilidad y están prestos a cualquier sacrificio en pro de la paz: pero no les concederemos esa paz hasta que ardientemente reconozcan a nuestro Supe-Gobierno Internacional y se sometan a él.

Los pueblos se agitan, y gritan que es necesario resolver la cuestión social mediante acuerdos internacionales. Pero la división entre los propios partidos los ha puesto a todos en nuestras manos, porque para llevar a cabo una lucha de partidos hace falta dinero y somos nosotros los que tenemos todo el dinero.

Nosotros podríamos temer una unión de los gobernantes clarividentes de los Goyim con la fuerza ciega de sus masas, pero ya hemos tomado todas las medidas necesarias para prevenir tal eventualidad: entre ambas fuerzas hemos elevado un sólido muro de reciprocar hostilidad. De esta manera, la ciega fuerza del pueblo continuara siendo nuestro sostén y nosotros, y solo nosotros, les daremos sus jefes y, por supuesto, continuaran actuando, sin saberlo, en el sentido que conviene a nuestros intereses.

Con objeto de no aniquilar prematuramente las instituciones de los Goyim, nos hemos apoderado, prudente y experimentadamente, de los resortes que gobiernan su mecanismo. Tales resortes funcionaban, antaño, de una manera estricta, pero justa, y ahora las iremos reemplazando con la caótica licencia del Liberalismo. Hemos ido tomando en nuestras manos la administración de la ley, los sistemas electorales, la Prensa, la libertad de las personas, y, sobre todo, la instrucción y la educación, que son las piedras angulares de la existencia libre. 

HEMOS IDIOTIZADO, EMBRUTECIENDO Y CORROMPIDO A LA JUVENTUD DE LOS GOYIM, INCULCÁNDOLES PRINCIPIOS Y TEORÍAS QUE NOS CONSTA QUE SON FALSAS, A PESAR DE SER NOSOTROS MISMOS QUIENES SE LAS HEMOS INCULCADO.

Por encima de las leyes existentes, sin modificarlas esencialmente, pero DEFORMÁNDOLAS MEDIANTE INTERPRETACIONES CONTRADICTORIAS, hemos edificado algo grandioso por los resultados que nos ha dado. Estos resultados se han manifestado, primeramente, en el hecho de que la interpretación enmascara las leyes;en segundo lugar, en ocultarles enteramente a los ojos de los gobernantes, incapaces de descubrir cómo aplicar códigos tan confusos. Este es el origen de la teoría del arbitraje.

Tal vez diréis que los Goyim se levantaran contra nosotros, con las armas en la mano, si llegan a sospechar lo que estamos tramando, prematuramente; pero en Occidente disponemos, en reserva, de un medio tan sobrecogedoramente terrorífico que les someterá de nuevo nuestro poder: los ferrocarriles metropolitanos, esos corredores subterráneos que, muy pronto cruzaran el subsuelo de todas las capitales, a las que nosotros podremos hacer volar, con todas sus organizaciones y archivos.

Protocolo X

Hoy, voy a empezar con una repetición de lo que ya he dicho antes, y os ruego que tengáis presente que tanto los gobiernos como los pueblos se contentan, en lo político, con las apariencias externas. Y, ¿cómo podrían ellos, ciertamente, percibir el sentido oculto de las cosas cuando sus líderes dedican lo mejor de sus energías a divertirse? Para nuestra política es de mayor importancia tener bien presente este punto; nos ayudara cuando nos ocupemos de la división de poderes, de la libertad de expresión, de prensa, de religión, de la ley de asociaciones, de igualdad ante la ley, de la inviolabilidad de la Propiedad, de la libertad de domicilio, de los impuestos (y la idea de los impuestos ocultos), y de la irretroactividad de las leyes. Todos esos sujetos son tan importantes que no deben ser tratados abiertamente ante el público. No se deben enumerar nuestros proyectos ante él. El motivo de este silencio se basa en el hecho de que, manteniendo esos principios bajo secreto, conservamos nuestra libertad de acción, lo que nos permite, cuando llegue el caso, excluir esto o aquello, sin que se den cuenta; en cambio, si los hubiésemos expuesto estaríamos obligados a aceptarlos sin reservas.

Las masas sienten una especial reverencia y respeto por aquellos que encarnan la fuerza, y aceptan sus actos de violencia con la admirable respuesta: “Si, ciertamente, es una canallada; es una canallada, pero ¡que hábil! Es una trampa, si quieres llamarlo así. Pero ¡que bien lo ha hecho! ¡con que astucia! ¡con que impúdica audacia…”

Nosotros contamos con ir atrayendo paulatinamente a todas las naciones a la tarea de erección de la nueva estructura fundamental, cuyo plan ha sido creado por nosotros. Por tal razón, antes que nada, nos es indispensable estar preparados y asegurarnos el concurso de agentes Goyim que nos vayan abriendo camino. Cuando hayamos dado nuestro golpe de Estado, diremos a cada pueblo: “Todo iba muy mal para vosotros; estáis destrozados por los sufrimientos. Estamos suprimiendo las causas de vuestros tormentos: nacionalidades, fronteras, diversidad de monedas. Naturalmente, no estáis obligaos a creernos, pero, antes de deciros, examinad primeramente lo que os proponemos” …Entonces el populacho nos exaltará y nos llevará a hombros, en un unánime impulso de confianza y esperanza.

Para llegar a este fin debemos llegar a implantar el voto de todos, sin ninguna distinción de clases ni de calificaciones, con objeto de obtener una mayoría absoluta, que costaría más de obtener si sólo votaron las clases educadas y propietarias.

De esta manera, inculcando en la mente de todos un sentido exagerado de su propia importancia, destruiremos los lazos familiares entre los Goyim, así como los valores masas, dirigidas por nosotros, no dejarán que se revelen sus talentos, ya que irán adquiriendo la costumbre de no escucharnos más que a nosotros, que pagamos por su obediencia y atención. De este modo se creará una fuerza enorme, pero ciega, que no podrá moverse en ningún sentido sin la tutela de nuestros agentes, colocados al frente de la multitud por nosotros mismos. El populacho se someterá a ese régimen porque instintivamente comprenderá que de esas gentes dependen su sustento, sus gratificaciones, y toda clase de ventajas.

El plan de nuestro gobierno debe residir en un solo cerebro; si se admitiera su fraccionamiento en diversos espíritus no se alcanzaría su consolidación.Solo nuestro Soberano debe conocerlo; sus administradores deben, sin discutirlas, ejecutar la parte que le sean comunicadas cuando sea preciso. Esto tiene por objeto no molestar a su concepción genial y a la armonía del conjunto y, sobre todo, a la importancia práctica de la parte secreta de cada uno de sus puntos. 

Si una obra tal debiera ser discutida o transformada por múltiples opiniones y sometida a la aprobación de los votos incorporaría los defectos de todas las concepciones erróneas que no hubieran penetrado totalmente la profundidad y armonía del Plan. Es preciso que nuestros planes sean concebidos de manera pujante y lógica; por tal motivo no podemos hacerlos públicos y hacer partícipe de esta obra genial a grupos demasiado numerosos de los nuestros. Mientras no haya llegado la época de nuestro dominio abierto y manifiesto, no modificaremos totalmente las instituciones existentes: nos limitaremos a modificar sus bases económicas y, por consiguiente, todo el conjunto de su funcionamiento, orientándolo hacia el camino trazado por nuestros planes.

Más o menos, en todos los países existen las mismas instituciones, con nombres diferentes: cuerpos representativos, ministerios, el senado, el Consejo de Estado, y los cuerpos legislativo y ejecutivo. No necesito explicaros el mecanismo de las relaciones de estas instituciones entre ellas, pues ya lo conocéis sobradamente bien, pero os haré notar que cada una de ellas cumple una función gubernamental importante; pero daros cuenta de que califico de “importante” a la función, no a la institución. Las instituciones se han repartido todas las funciones gubernamentales: administrativa, legislativa, ejecutiva, de donde se deduce que deben operar tal como hacen los órganos del cuerpo humano. Si dañamos una parte de la maquinaria del Estado, el Estado enferma, como un cuerpo humano, y… muere.

Cuando INTRODUJIMOS EN EL ÓRGANO ESTATAL EL VENENO DEL LIBERALISMO toda su complejidad política experimentó un cambio. Los Estados han sido, todos ellos, atacados por una enfermedad mortal: envenenamiento de sangre. Todo lo que queda es esperar el final de su agonía. EL LIBERALISMO PRODUJO ESTADOS CONSTITUCIONALES QUE HAN REMPLAZADO A LAS AUTOCRACIAS, que son precisamente la única forma de gobierno sana para los Goyim. Y UNA CONSTITUCIÓN, COMO SABÉIS MUY BIEN, NO ES MÁS QUE UNA ESCUELA DE DISCORDIAS, de desavenencias, de querellas, de peleas estériles, de tendencias, de partidos, y de todo lo que sirve para debilitar la actividad de los Estados. LOS ESCAÑOS PARLAMENTARIOS, NO MENOS QUE LA PRENSA, HAN CONDENADO A LOS GOBERNANTES A LA INACCIÓN Y A LA IMPOTENCIA. POR TAL MOTIVO SE CONVIRTIERON EN INÚTILES Y, EN MUCHOS PAÍSES, DETERMINÓ SU CAÍDA. Fue entonces cuando la era de las repúblicas se hizo posible y nosotros reemplazamos al representante de la nación por su propia caricatura: un Presidente de la República, extraído de la multitud, de en medio de nuestras criaturas, de nuestros esclavos. Tal fue la primera mina colocada por nosotros bajo los Estados de los pueblos Goyim.

En un próximo futuro estableceremos la responsabilidad de los presidentes… Entonces, ya no tendremos necesidad de preocuparnos al aplicar nuestro plan, pues los presidentes, nuestros muñecos particulares, tendrán toda la responsabilidad de ello.Esta responsabilidad clareará las filas de los sedientos de poder, y así nacerá la confusión en el país que no podrá encontrar presidentes, exceptuando los que les propongamos nosotros… Con objeto de que nuestro esquema produzca estos resultados organizaremos las elecciones de manera que las ganen presidentes que tengan, en su pasado, alguna obscura,sucia tara, algún “Panamá”. Con tales taras en su pasado, serán fieles ejecutores de nuestros designios, al temer por la publica revelación de tales taras y al estar interesados en conservar las ventajas y los privilegios inherentes a su cargo.

La Cámara de Diputados tendrá que elegir, proteger y defender a los presidentes, pero le arrebataremos el derecho de proponer nuevas leyes y de modificarlas, porque ese derecho será concedido por nosotros al Presidente responsable, una marioneta en nuestras manos.Naturalmente, LA AUTORIDAD DEL PRESIDENTE RESPONSABLE, SE CONVERTIRÁ ENTONCES EN EL BLANCO DE TODOS LOS ATAQUES, pero, para que se pueda defender, le concederemos el derecho de apelar directamente a la decisión del pueblo, por encima de las cabezas de sus representantes, es decir, el derecho a dirigirse a nuestro ciego esclavo: la multitud. Aparte de esto, concederemos al Presidente, el derecho de declarar la guerra; lo justificaremos con el hecho de que el Presidente, al ser el jefe supremo de todos los ejércitos del país, debe disponer de ellos a su discreción para la defensa de la constitución republicana, cuya protección incumbe, al ser él mismo su representante responsable.

Se retirará a las Cámaras el derecho de interpelación, o, por lo menos, se reducirá al mínimo. Se reducirá a algunos meses la duración de las sesiones parlamentarias permanentes. Además, el Presidente tendrá el derecho de disolver las Cámaras cuando considere que son ingobernables. El Presidente de la República interpretará a nuestro gusto aquellas leyes existentes que puedan ser interpretadas de diversas maneras. Podrá también anularlas en caso de necesidad. Propondrá a menudo leyes provisionales y modificaciones a la Constitución, justificando tales medidas con la excusa del interés del estado. Con estos medios anularemos, poco a poco lo que se oponga a nuestros designios y, cuando llegue la hora de reemplazar los sistemas de gobierno que hemos instaurado con mero afán de transicional por nuestro poder autócrata, acabaremos con todas las constituciones.

El reconocimiento de nuestro Soberano autócrata puede también llegar antes de la destrucción definitiva de las Constituciones. Este reconocimiento puede llevarse a cabo en el momento que los pueblos, exasperados por el desorden y la bancarrota moral de sus gobernantes, exclamen: “Fuera toda esa gente, y dadnos un rey sobre la tierra, que nos una a todos y aniquile las causas de discordias: fronteras, nacionalidades, religiones, deudas del estado; un rey que nos de la paz que no somos capaces de encontrar entre nuestros gobernantes y representantes.

PERO SI LES DAMOS A LAS NACIONES DEL MUNDO LA OPORTUNIDAD DE RESPIRAR POR UN MOMENTO, ENTONCES NUESTRO PLAN FRACASARÁ.

Protocolo XI

El Consejo de Estado legitimará la autoridad del gobierno: vendrá a ser algo así como la parte más visible del Cuerpo Legislativo, que podríamos denominar el comité editorial de las leyes y decretos del Jefe.

He aquí, pues, el programa de la nueva Constitución que estableceremos transitoriamente mientras llega el Reino de nuestro Soberano: estableceremos las leyes, el derecho y la Justicia, 1º en la forma de propuestas al Cuerpo legislativo, 2º mediante decretos del Presidente bajo la forma de reglas generales, de órdenes del senado y de resoluciones del Consejo de Estado bajo la forma de órdenes ministeriales, 3º en el momento que consideremos oportuno, bajo la forma de un golpe de Estado.

Habiendo establecido aproximadamente l modo de operar nos ocuparemos de los detalles del plan, lo que es necesario hacer para efectuar, en el sentido de nuestra Revolución, el cambio de mecanismo en la maquinaria gubernamental. Aclararemos la cuestión que se refiere a la libertad de prensa, derecho de asociación, libertad de conciencia, principio del voto y muchos más que deberán desaparecer para siempre de la memoria humana, o sufrir un cambio radical, desde el mismo día de la promulgación de nuestra nueva Constitución, cuando advenga el Soberano Internacional. Será en ese preciso momento, cuando de un solo golpe, podremos dar a conocer todos nuestros decretos y aplicar con dureza, pues toda modificación posterior sería peligrosa por las siguientes razones: se exasperaría al pueblo si las modificaciones posteriores se llevaba a cabo con dureza, y si se operaba sin dureza, el pueblo diría que habíamos reconocido nuestro error y ello destruiría el prestigio de infalibilidad de nuestra autoridad, e incluso podría decirse que nos habíamos alarmado y nos habíamos visto obligados a hacer una demostración de fuerza; todos estos casos serían igualmente comprometedores para el prestigio de la nueva Constitución. 

Lo que nosotros queremos es que, desde el primer momento, mientras los pueblos del mundo estén atontados por el hecho consumado de la Revolución, y aun bajo los efectos del terror y la incertidumbre, reconozcan de una vez por todas, que somos tan fuertes, tan inexpugnables y nuestro poder tan invencible, que en ningún caso contaremos con ellos ni tomaremos en consideración sus protestas o sus opiniones, y que reprimiremos sus manifestaciones en todo tiempo y lugar si es preciso. Que comprendan que nos hemos apoderado del Poder Absoluto y que no lo compartiremos con nadie… Entonces, paralizados por el miedo y el terror cerraran voluntariamente sus ojos a todo, y esperaran a ver cuál es el resultado final de todos. Los Goyim son como un rebaño de borregos y nosotros somos sus lobos. Y, ¿sabéis que sucede cuando los lobos penetran en el rebaño? Cierran los ojos. Nosotros les forzaremos a hacer lo mismo a los Goyim. Y aún hay otra razón por la cual cerraran sus ojos: porque les prometeremos restituirles todas sus libertades que les hemos arrebatado “provisionalmente”, tan pronto como hayamos domado a los partidos y derrotado a los enemigos de la paz. Y no hará falta decirles cuanto tiempo tendrán que esperar para que les devolvamos sus libertades.

¿POR QUÉ HEMOS INVENTADO ESTA POLÍTICA Y LA HEMOS INFILTRADO EN LAS MENTES DE LOS GOYIM SIN PERMITIRLES COMPRENDER SU SENTIDO INTIMO? ¿QUÉ, EN EFECTO, NOS HA IMPULSADO A ADOPTAR UNA TAL LÍNEA DE CONDUCTA, SIN EL HECHO DE QUE, AL SER UNA TRIBU DISEMINADA, NOSOTROS NO PODÍAMOS CONSEGUIR NUESTRO OBJETIVO POR MEDIOS DIRECTOS, SINO SOLAMENTE POR MEDIOS INDIRECTOS? TAL FUE LA CAUSA REAL DE LA ORGANIZACIÓN DE LA MASONERÍA SECRETA, DE LA QUE LOS GOYIM NO SABEN NADA NI SOSPECHAN CUALES PUEDEN SER SUS OBJETIVOS. ESTE REBAÑO DE GOYIM ES ATRAÍDO POR NOSOTROS A ESTE APARATOSO EJÉRCITO DE LAS LOGIAS MASÓNICAS, CON OBJETO DE QUE, SIN DARSE ELLOS MISMO CUENTA, ARROJEN POLVO A LOS OJOS DE SUS MISMOS COMPATRIOTAS.

Dios nos ha dado a nosotros, su Pueblo Escogido, el beneficio de la dispersión, y esto, que aparece a los ojos de muchos como una debilidad, se ha convertido, por el contrario, en nuestra fuerza, y nos ha dado la soberanía sobre el mundo. En la actualidad, ya no nos queda más que trabajar en el afianzamiento de nuestras posiciones para colocar nuestro Trono sobre una base sólida y segura.

Protocolo XII

La palabra “libertad” que puede ser interpretada de diversas maneras, es definida por nosotros del siguiente modo: Libertad es el derecho de hacer lo que la ley permite. Esta interpretación de la palabra nos será útil en el momento oportuno, porque todas las libertades se hallarán, así, en nuestras manos, toda vez que las leyes abolirán o decretarán sólo lo que a nosotros nos convenga de acuerdo con el programa que os estoy exponiendo.

En cuanto a la Prensa, actuaremos de la siguiente manera: como solo sirve para excitar violentamente las pasiones que favorecen nuestros planes y el egoísmo de los partidos; como es a menudo vacua, injusta y embustera y la mayoría no comprende a quien sirve en realidad,nosotros la amordazaremos a toda clase de publicaciones porque: ¿de qué nos serviría librarnos de los ataques de la prensa periódica si seguíamos siendo blanco de los ataques de panfletos y libros? Actuaremos de manera que la publicidad de la prensa, que tan cara nos cuesta ahora, debido a la necesidad de censurarla, se convierta en un fraude lucrativo para nuestro Estado. Con este objeto estableceremos un impuesto especial sobre la prensa y exigiremos una fianza a los editores e impresores, para cubrirnos contra toda clase de ataques por parte de alguna publicación que intentará escapar a nuestro control, esa fianza servirá para garantizar el pago de las multas. Estas multas desanimaran a nuestros eventuales adversarios, y alegaremos el pretexto de que toda publicación que existe los espíritus merece ser multada. Cabe la posibilidad de que los diarios de los partidos no se preocupen demasiado de la pérdida de dinero, pero, en tal caso, ordenaremos que nadie se permita atacar impunemente nuestra infalibilidad gubernamental, y por esa razón, o por serles posibles demostrar que sus ataques están fundamentados, dado que a nosotros no corresponde decidir que es una prueba y que no lo es, nosotros suprimiremos sin piedad a los periódicos recalcitrantes.

Es preciso que tengáis en cuenta que entre los órganos periodístico que nos ataquen habrá muchos controlados por nosotros, pero tendrán como misión atacar o criticar puntos que nosotros habremos decidido alterar. Y eso servirá para que se pueda decir que, pese a todo, existe la libertad de expresión, y que nuestro poder no la reprimirá jamás.

Ninguna información podrá llegar a las masas sin pasar por nuestro control; esto lo hemos logrado ya casi totalmente, puesto que todas las noticias son recogidas por un pequeño número de agencias que las centralizan; tales agencias, creadas por nosotros, no publicaran más lo que nosotros permitiremos. El que desee hacerse editor, periodista, impresor o bibliotecario deberá proveerse de un diploma autorizándole para el ejercicio de esas profesiones; dicho diploma, en caso de desobediencia a nuestras órdenes, le será retirado. Merced a tales medidas, la mente humana se convertirá en un instrumento de nuestro gobierno, instrumento que impedirá al espíritu del pueblo perderse en fantasía y tonterías sobre las bendiciones del progreso.

No creo que ni uno solo entre nosotros ignore que esas fantasmagóricas bendiciones del progreso provienen de mentes locas que conciben relaciones anárquicas de los hombres entre sí y con respecto a la autoridad, porque el progreso, o, mejor, la idea del progreso, ha introducido el concepto de toda clase de emancipaciones, pero no ha conseguido establecer los límites… Todos los sedicentes liberales son unos anarquistas, si no de hecho, por lo menos en su mente. Cada uno de ellos parte a la caza de espectros de libertad, y acaba en la licencia, es decir, en la anarquía de la protesta por el mero hecho de protestar.

Pasemos ahora a la prensa periódica. Impondremos impuesto a todo lo que se imprima, a razón de tanto por página, y este impuesto especial quedará garantizado por las fianzas que exigiremos. Los folletos de menos de treinta paginas pagarán el doble. Los reduciremos a la categoría de panfletos con lo que obtendremos una doble ventaja: por una parte rebajaremos su número –beneficioso para nosotros por tratarse de la peor clase de veneno- y por otra parte obligaremos a los editores a producir densos volúmenes, lo que hará que sean menos leídos, al ser más caros. PERO LO QUE NOSOTROS HAGAMOS PUBLICAR PARA INFLUENCIAR A LAS MENTES DE LOS GOYIM EN LA DIRECCIÓN DESEADA POR NOSOTROS RESULTARÁ BARATO Y SERÁ VORAZMENTE LEÍDO. Nuestros impuestos limitarán la producción literaria y las multas pondrán a los escritorios bajo nuestro control. Y si hay alguno que desee escribir algo en contra nuestra no encontrara a nadie deseoso de publicar sus escritos. Si es necesario, conseguiremos que antes de publicar algo, los editores deberán solicitar un permiso de la autoridad. Así conoceremos de antemano lo que se pueda tramar en contra nuestra y lo contrarrestaremos anticipando nuestras explicaciones y argumentos sobre el sujeto en cuestión. La literatura y el periodismo son dos de las más poderosas fuerzas educativas, y por tal motivo nuestro gobierno se convertirá en propietario de la mayoría de los periódicos. Esto neutralizará la perniciosa influencia de la prensa privada y nos pondrá en posición de una TREMENDA INFLUENCIA SOBRE LA MENTE DE LA GENTE. Si damos permiso para la eclosión de diez periódicos, nosotros crearemos treinta, y siempre en la misma proporción. Pero esto, de ningún modo debe ser sospechado por el público. Por tal razón, todos los periódicos, que controlemos serán, en apariencia, de las más opuestas tendencias y opiniones, lo que hará que se acerquen a nosotros los más confiados oponentes a nuestro régimen, con lo cual caerán en la trampa y dejarán de ser peligrosos.

En primera fila estarán órganos periodísticos de carácter oficial, Velarán siempre por nuestros intereses y su salvaguarda y por ello su influencia será relativamente pequeña.

En segunda fila, estarán los órganos semioficiosos, cuya tarea consistirá en atraer a los tibios e indiferentes.

En tercera fila, organizaremos a nuestra propia oposición, que combatirá diversos aspectos de nuestra política y, al menos uno de tales periódicos, se colocará en las antípodas de nuestras ideas. Nuestros enemigos auténticos aceptaran esa oposición simulada y entonces nos mostraran sus cartas.

Todos nuestros periódicos abarcarán las más diversas tendencias: aristocráticos, republicanos, revolucionarios, incluso anárquicos, mientras, naturalmente, dejemos existir a la Constitución. Como el ídolo indio Visnú, tendrá cien manos, y cada una de ellas apuntará con su dedo índice al lugar preciso de la opinión pública, es decir, allí donde nos convenga en un momento dado. Cuando nosotros queramos esas manos dirigirán a la opinión pública hacia donde nosotros deseemos, pues la gente excitada fácilmente pierde toda facultad de juicio y es presa de la sugestión. Esos estúpidos que creen que están repitiendo la opinión de un periódico de su propia tendencia en realidad no harán más que repetir nuestra opinión que nosotros deseemos poner en sus bocas. En la vana creencia de que están siguiendo al órgano de su partido, de hecho seguirán a la bandera que nosotros hemos izado para ellos.

Con objeto de dirigir adecuadamente a nuestro ejército de la Prensa, organizaremos nuestros clubs periodísticos, en los cuales se llevarán a cabo reuniones de “unificación de criterios” en las cuales nuestros agentes impartirán consignas y directrices a los periodistas y autores. Mediante discusiones y controversias, pero SIEMPRE EN UN PLAN MUY SUPERFICIAL, SIN TOCAR A LA ESENCIA DE LOS PROBLEMAS, NUESTROS AGENTES DIRIGIRÁN LA ATENCIÓN SOBRE LOS PROBLEMAS QUE NOS INTERESAN, Y LOS HARÁN ENFOCAR DESDE EL PUNTO DE VISTA QUE NOS CONVIENE.

Los ataques que nosotros permitiremos que nos haga la prensa servirán, además, para que nuestros sujetos estén convencidos de la existencia de una completa libertad de expresión,y entonces nuestros agentes podrán afirmar que todos los que se opongan a nuestra Constitución no son más que vacuos charlatanes, toda vez que son incapaces de encontrar objeciones substantivas para nuestras órdenes. Estos métodos de actuación, imperceptibles al público, pero absolutamente seguros, nos harán ganar la confianza del público. Así, según nos convenga, podremos excitar o calmar los espíritus de la gente en cuestiones de alta política, persuadirlos o confundirlos, imprimiendo ahora verdad, ahora mentiras, hechos o contradicciones. Además, podremos aplastar a nuestros adversarios porque, por las razones que acabamos de exponer, carecerán de órganos para exponer su pensamiento. Sean sus razones justas o injustas, nosotros con nuestro control de la prensa, siempre diremos la última palabra, lo que es esencial ante la opinión de las masas.

Tomemos como ejemplo, la prensa francesa, en la cual se revela como en ninguna otra la solidaridad masónica al obedecer las consignas que se les dan: todos los órganos de la prensa se apoyan mutuamente en el secreto profesional; ningún periodista revelará sus fuentes informativas porque ya nos hemos ocupado en que LOS PERIODISTAS QUE LLEGUEN A LA CUMBRE TENGAN EN SU PASADO ALGÚN HECHO DELICTIVO O VERGONZOSO QUE OCULTAR. Si se van de la lengua, ya nos ocuparemos de que tales hechos se hagan públicos. Mientras que consigamos que se respete esa entelequia del llamado “secreto profesional” el prestigio de los periodistas de élite atraerá a la mayoría de las gentes del país y la muchedumbre con entusiasmo.

Nuestros cálculos se extienden especialmente hasta las provincias. Nos es indispensable suscitar allí esperanzas e impulsos contra la capital, y en la capital lo presentaremos como deseos independentistas de las provincias. Naturalmente, la fuente de todo el malestar será siempre la misma… Nosotros. Lo que a nosotros nos conviene es que, mientras no alcancemos la plenitud del poder, las capitales se sientan atosigadas por los sentimientos de las provincias de la nación, es decir, de una mayoría organizada por nuestra “Agentur”. Es preciso que en el momento psicológico las capitales no puedan oponerse al hecho consumado por la simple razón –si no se dispone de otra mejor- de que ha sido aceptado por la opinión pública de la mayoría de las provincias.

Cuando llegue el periódico en el que alcancemos nuestra absoluta soberanía no permitiremos que aparezca en la prensa ninguna noticia referente a actos de indignidad pública o delitos comunes; es imprescindible que las gentes de los países que aún no dominamos crean que el nuevo régimen ha satisfecho a todo el mundo hasta el punto de que incluso la delincuencia ha desaparecido. Los casos de criminalidad no serán conocidos más que por aquellos que han resultado ser las víctimas de los mismos y por los ocasionales testigos, y por nadie más.

Protocolo XIII

La necesidad del pan cotidiano impondrá silencio a los Goyim y les forzará a ser nuestros humildes servidores. Algunos Goyim, agentes nuestros discutirán, en nuestra prensa, y bajos nuestras directrices, los hechos que nosotros no juzguemos adecuados para ser discutidos en la prensa oficial. Mientras tanto, nosotros tomaremos las medidas que consideremos oportunas y luego las presentaremos al público como un hecho consumado… Nadie se atreverá a pedir la abrogación de un decreto ya promulgado, toda vez que será presentado como un progreso. Por otra parte, nuestra prensa desviará la atención del público hacia nuevas cuestiones (¿acaso no hemos acostumbrado al público a buscar siempre las novedades?) Estos nuevos problemas absorberán la mente de los dirigentes, de esos ingenuos políticos, que no son capaces de darse cuenta de que no tienen ni la más remota idea del fondo de las cuestiones de que se ocupan. Los problemas políticos son incomprensibles para todos, excepto para nosotros, sus creadores y guías desde tiempo inmemorial.

Os daréis cuenta de que al dominar la opinión de la muchedumbre facilitaremos el trabajo de nuestra maquinaria; fijaos en que damos la impresión de que buscamos LA APROBACIÓN DE ALGUNAS PALABRAS Y FRASES, PERO NO DE HECHOS. Constantemente hacemos declaraciones públicas en el sentido de que no nos guía más interés que el de servir al pueblo.

Para distraer al pueblo e impedir que las gentes se entreguen demasiado a un trabajo político o cerebral, ahora estamos empezando a suscitar nuevo tipo de problemas,concretamente los que llamamos problemas de política industrial. En este aspecto ¡DEJÉMOSLES DISCUTIR TONTAMENTE!

LAS MASAS DEBEN PERMANECER INACTIVAS Y ATONTADAS, y es imprescindible que no se den cuenta de lo que estamos tramando. Para ello, las distraeremos con toda clase de juegos, deportes, pasiones, casas de placer. Muy pronto empezaremos a través de nuestra prensa. A pronunciar concursos y competencias de tipo artísticos y también deportivo. De este modo desviaremos definitivamente de su atención aquellos temas que a nosotros nos interese mantener como un coto cerrado nuestro.

Habiendo perdido gradualmente el uso de reflejar y, con mayor razón, de forjar sus propias opiniones, las gentes empezaran a hablar de la misma manera que nosotros les habremos sugerido,porque sólo nosotros estaremos en posición de ofrecerles nuevas orientaciones del pensamiento… naturalmente, esto lo lograremos con la colaboración de personas que no puedan ser sospechosas de solidaridad con nosotros.

El papel jugado por los liberales, soñadores utópicos, se terminará cundo alcancemos el poder. Entonces, continuaran rindiéndonos buenos servicios. Por consiguiente, continuaremos orientando a sus mentes hacia toda clase de vanos conceptos y fantásticas teorías, nuevas, y en apariencia progresivas: ¿acaso no hemos hecho perder la cabeza a todos mediante el uso de la idea del progreso? ¿acaso no son los Goyim bastante estúpidos para no darse cuenta de que la Verdad es una y que, como tal verdad, no puede progresar? ¿acaso no es el progreso una simple tentativa de progresar materialmente, en lo inmediato, lo cual es un alejamiento de la verdad que, repetimos, sólo es una? La falsa idea del progreso solo sirve para obscurecer la verdad, de manera que nadie sea capaz de conocerla, excepto nosotros, los elegidos de Dios, sus guardianes.

Cuando lleguemos al poder, nuestros oradores expondrán los graves problemas que han puesto a la humanidad cabeza abajo, con objeto de que los pueblos comprendan que no les queda más remedio que aceptar nuestro beneficio despótico. ¿Quién de vosotros sospechará que los pueblos Goyim fueron manipulados por nosotros de acuerdo con un plan político que solo unos cuanto de entre ellos fueron capaces de sospechar en el transcurso de muchos siglos?

Protocolo XIV

Cuando alcancemos el poder absoluto no será deseable que persista otra religión que la nuestra, la cual no adora más que UN Dios al cual está ligado nuestro destino en nuestra calidad de pueblo elegido y, a través nuestro, el Destino de los otros pueblos del mundo. DEBEMOS, POR CONSIGUIENTE, BARRER TODAS LAS DEMÁS CREENCIAS RELIGIOSAS. Si esto trae como consecuencia la multiplicación de los ateos, no nos perjudicarán, antes, al contrario, servirán de ejemplo para las futuras generaciones a las cuales nosotros predicaremos la religión de Moisés, la cual tanto nos ha ayudado a someter, mediante su sistema tan profundamente elaborado, a todos los pueblos de la tierra.

Entonces, a la menor oportunidad, publicaremos artículos en los que estableceremos comparaciones entre nuestro benéfico gobierno y el de las épocas pasadas. Pondremos bien de relieve los errores de los precedentes gobiernos de los Goyim, y en seguida presentaremos a la atención de las masas la tranquilidad de que gozan con nuestro gobierno; CREAREMOS ENTRE ELLOS TAL ODIO A SU PASADOque les obligaremos a preferir la paz en la esclavitud a la libertad que les martirizó durante siglos mientras eran explotados por una serie de aventureros ignorantes de lo que hacían. Los Goyim estarán tan hartos de los cambios de régimen y de gobiernos –cambios que habremos provocado nosotros mismos al minar sus instituciones gubernamentales- que prefieran aceptar cualquier cosa que les propongamos, directamente o a través de nuestro Agentur, antes que volver a caer en los tormentos de antaño.

Al mismo tiempo no dejaremos de enfatizar los errores históricos de los gobiernos Goyim que han atormentado durante siglos a la humanidad, por la falta de comprensión de los que constituye la felicidad de los hombres, con su persecución de esquemas de fantásticas bendiciones sociales, y sin darse cuenta de que tales esquemas sólo servían para empeorar las cosas. La fuerza de nuestros principios y métodos radicará en el hecho de que los presentaremos como un espléndido contraste con el cadavérico y compuesto régimen.NUESTROS FILÓSOFOS DISCUTIRÁN TODOS LOS DEFECTOS DE LAS DIVERSAS CREENCIAS DE LOS GOYIM. Pero ninguno discutirá jamás nuestras propias creencias que, por otra parte, sólo serán totalmente conocidas por nosotros mismos, que no traicionaremos nuestros secretos.

En países considerados progresivos y adelantados, hemos promocionado una literatura y un arte insensatos y una sucia y abominable pornografía. Una vez conquistado el poder, continuaremos favoreciendo su existencia, durante un corto lapso de tiempo, suprimiéndolos gradualmente después, a fin de que tales abominaciones queden como el recuerdo de lo que fueron los últimos gobiernos de los Goyim, en contraste con lo que procede de las alturas de nuestras cimas. Nuestros sabios, previamente preparados para ser líderes de los Goyim les inculcaran las nuevas formas de pensamiento y de conocimiento, tal como ha sido concebido por nosotros.

Protocolo XV

Cuando por fin, definitivamente, alcancemos el poder mediante una serie de golpes de Estado preparados en todas partes, prácticamente al mismo tiempo, después de que la inutilidad de todas las formas de gobierno actualmente existentes hayan sido totalmente aceptada (y esto no sucederá en poco tiempo, pues tal vez aún necesitemos un siglo entero), nos ocuparemos de asegurar de que los complots ya no sean posibles. A ese propósito golpearemos sin piedad a todos aquellos que se atrevan a hacernos frente. 

TODA CLASE DE NUEVA INSTITUCIÓN PARECIDA A UNA SOCIEDAD SECRETA SERÁ DESHECHA Y SUS MIEMBROS CONDENADOS A MUERTE; las que existen en la actualidad, nos son conocidas, nos sirven y nos han servido, serán desmanteladas y sus miembros mandados al exilio, a tierras muy alejadas de Europa. Así procederemos con esos masones que saben demasiado; y los que, por alguna razón especial, conservan sus puestos, vivirán en constante temor al exilio o a algo peor. Promulgaremos una ley ordenando el exilio, lejos de Europa, de todos los antiguos miembros de sociedades secretas.

EN LAS SOCIEDADES GOYIM EN LAS QUE HEMOS ENRAIZADO FUERTEMENTE LA PLANTA DE LA DISCORDIA Y DE LA PROTESTA, la única manera de restaurar el orden es el uso directo de la fuerza prescindiendo de toda piedad: no debemos ocuparnos de las víctimas, sus sufrimientos servirán para asegurar el futuro. La principal garantía de la estabilidad del poder es la aureola que sólo se puede obtener con la mayestática inflexibilidad de la fuerza, que se muestre inviolable, indiscutible y acompañada de un poder místico, es decir, la elección de Dios. Tal fue, hasta tiempos muy recientes, la autocracia rusa, nuestra única enemiga peligrosa, por lo bien que nos conocen, sin contar con el papado. Tened presente el ejemplo histórico de Italia, cuando se hallaban inundada de sangre; no toco un pelo de la cabeza del tirano Sila, aunque fue éste quien hizo derramar esa sangre. Sila llegó a la apoteosis a los ojos del pueblo romano, a pesar de su crueldad y sus injusticias, pero su intrépido regreso al poder le proporciono la aureola de la inviolabilidad. El populacho nunca se atreve a levantarse contra el tirano que le hipnotiza con su rudeza y audacia.

No obstante, mientras llega el tiempo de nuestra toma del poder absoluto, crearemos y multiplicaremos en todos los países del mundo las logias masónicas, atrayendo a ellas a todos los que son susceptibles de convertirse en personajes importantes, ya que tales logias serán nuestras principales fuentes de información y de influencia sobre personajes públicos. Todas esas logias, sin saberlo los propios afiliados a las mismas, estarán sujetas a una sola administración central, conocidas únicamente por nosotros y desconocida por los demás. Esa administración central será la sede de nuestros propios sabios. Cada logia tendrá su representante aparente, que deberá servir de biombo a los sabios, de los cuales él recibirá consignas y programas que deberá servir ciegamente, previamente seleccionados por nosotros en todos los estratos de la sociedad.

De este modo, los complots más secretos nos serán anticipadamente conocidos y podremos guiarlos a nuestra guisa desde el primer día. Entre los miembros de tales logias se contarán casi todos los miembros importantes de las policías nacionales e internacionales, pues la policía puede, con el pretexto de reprimir una insurrección, tomar medidas contra los que se insubordinen contra nosotros, enmascarar nuestras actividades y crear motivos de descontento, etc.

La clase de gente que ingresa en las sociedades secretas es sobre todo vividores, y también utopistas que desean tener la oportunidad de expresar sus ideas, aunque sea ante auditorios muy restringidos. Sólo busca aplausos y desde luego se los procuraremos, porque nos conviene habituarles a las agradables sensaciones del éxito. Y la razón por la cual les concederemos esos éxitos fáciles estribará en alagar su vanidad, lo cual insensiblemente les predispone a escuchar fácilmente nuestras sugerencias sin darse cuenta de que tales ideas no son suyas, pues la sensación de su propia infalibilidad que les hemos hecho aceptar con nuestros plausos les hará creer que es materialmente imposible que tales ideas no son suyas exclusivamente… No os podéis imaginar hasta qué grado de frustración podemos arrastrar a los ingenuos Goyim por el simple hecho de regatearles unos aplausos y hasta qué punto se mostrarán sumisos ante la perspectiva de recuperar los aplausos anteriores. Cuanto más menosprecien los nuestros el éxito externo, o condición de que pueda llevar a cabo sus planes, tanto más están dispuestos los Goyim a sacrificar cualquier plan en pro de su éxito personal. Esa psicología suya nos facilita la tarea de dirigirlos en el sentido que deseamos. ESOS APARENTES TIGRES NO SON MÁS QUE ALMAS DE CORDERO CON LAS CABEZAS LLENAS DE AÍRE. Los hemos hecho cabalgar sobre una escoba, al hacerles creer que pueden sustituir la individualidad humana con las ideas simbólicas del colectivismo… Se puede dar por seguro que los Goyim no comprenden que esta idea del Colectivismo, que les hemos sugerido, se opone a la ley principal de la naturaleza que, desde el principio de los tiempos engendra a cada ser diferente de los otros, con objeto de proporcionar a cada uno de ellos su propia individualidad.

SI HEMOS CONSEGUIDO SUMERGIRLES EN UN POZO DE ESTUPIDEZ TAN PROFUNDA, ¿NO DEMUESTRA ELLO QUE EL CEREBRO DE LOS GOYIM SE HALLA EN UN GRADO DE DESARROLLO MUY INFERIOR AL NUESTRO? PUES ESTO ES, PRINCIPALMENTE, LO QUE GARANTIZA NUESTRO ÉXTO.

¡Cuan clarividentes eran nuestros sabios de antaño cuando los planes de esclavitud de los Goyim y nos aconsejaban no tener ningún tipo de piedad, recomendándonos no tener en cuenta el número de víctimas sacrificadas para la consecución de nuestros fines!En efecto, no hemos contado las víctimas de los rebaños Goyim, y aunque alguno de los nuestros también han caído en esa lucha secular, les hemos dado una posición en la tierra que nunca hubieran podido soñar. Y esto es lo que ha preservado a nuestra nacionalidad de la destrucción.

La muerte es el inevitable destino de todos nosotros: es preferible acelerarla para todos aquellos que obstaculizan nuestra obra que para nuestros hermanos que son sus artífices. Por esa razón ejecutamos a los masones, cuando nos conviene, de manera que nadie, excepto la fraternidad, puede albergar sospechas; ni las propias víctimas, siquiera…TODOS MUEREN, CUANDO CONVIENE, Y APARENTEMENTE A CAUSA DE ENFERMEDAD… Sabiendo esto, ni siquiera la Fraternidad se atreve a protestar. Con tales métodos hemos extirpado de los medios masónicos la raíz misma de toda protesta contra nuestras disposiciones. Mientras predicamos a los Goyim el Liberalismo, mantenemos a nuestro propio pueblo y a nuestros agentes en un estado de indiscutible sumisión.

Bajo nuestra influencia la ejecución de las leyes de los Goyim ha sido reducida a un mínimo. El prestigio de la ley ha sido minado por las interpretaciones Liberales introducidas en su esfera. En los asuntos más importantes y fundamentales los jueces deciden de acuerdo con nuestros dictados y a la luz de nuestros intereses, a través de la utilización de personas insospechadas, aunque a nuestro servicio. También podemos influenciar la voluntad de los jueces mediante la opinión pública modelada por los periódicos, o por otros medios… Incluso los senadores y la Alta Administración aceptan nuestros consejos. LA EMBRUTECIDA MENTE DE LOS GOYIM ES INCAPAZ DE ANÁLISIS Y DE OBSERVACIÓN Y AÚN MÁS DE DETERMINAR LAS CONSECUENCIASDE UNA DECISIÓN.

En esta diferencia de capacidad de pensamiento entre los Goyim y nosotros puede discernir claramente el sello de nuestra posición como pueblo elegido y de nuestra superior posición de la escala de la humanidad, en contraposición con la mente embrutecida de los Goyim. Sus ojos están abiertos, pero no ven nada ante ellos (excepto tal vez cosas materiales). De todo esto se deduce claramente que la misma Naturaleza nos ha destinado a nosotros para conducir y gobernar el mundo.

Cuando llegue el momento de nuestro gobierno reconocido, a la luz del día, modificaremos todas las legislaturas; TODAS NUESTRAS LEYES SERÁN BREVES, CLARAS, ESTABLES, SIN DAR PIE A NINGUNA CLASE DE INTERPRETACIONES, DE MANERA QUE TODOS PUEDAN COMPRENDERLAS PERFECTAMENTE. La característica principal de nuestras leyes serán la obligación de someterse incondicionalmente a las órdenes de la autoridad. Controlaremos celosamente todas las ordenes de la autoridad. Controlaremos celosamente todos los actos de la administración de la que depende el perfecto perfeccionamiento de la maquinaria del Estado; ni un solo caso de ineficacia será dejado sin castigo ejemplar. Disimulación de culpabilidad, fallos de funcionarios… todo eso desaparecerá cuando aparezcan los primeros ejemplos de castigo severo. La aureola de nuestro poder exige un castigo adecuado, es decir, cruel, por el menor desliz. El castigado, aun cuando su castigo sea excesivo con relación a sus culpas, quedara como un soldado que cae en el campo de batalla administrativo en el interés de la Autoridad, de los Principios y de la Ley, que no permiten a nadie el menor desmayo. Nuestros jueces sabrán también que si se permite la menor debilidad con locas clemencias están violando la Ley de la justicia, instituida para la edificación ejemplar de los hombres mediante castigos, y no para la exhibición de las cualidades espirituales de los jueces. Tales cualidades pueden exhibirse en la vida privada, pero no en la plaza pública, cuál es la base educacional dela vida humana.

Nuestros magistrados no podrán ejercer pasados los cincuenta y cinco años de edad, en primer lugar porque los viejos se aferran más obstinadamente a opiniones preconcebidas y son menos capaces de someterse a las nuevas directrices, y en segundo lugar, porque tal medida nos permitirá una mayor elasticidad en los cambios de personal, que quedara así más fuertemente sometida a nuestra obediencia: el que desee conservar su puesto deberá obedecer ciegamente para merecerlo. Nuestros jueces serán elegidos entre aquellos que comprendan perfectamente que su deber consiste en castigar y en aplicar las leyes, y no soñar sobre los generosos beneficios del Liberalismo a expensas del esquema educacional del Estado, tal como hacen los Goyim en la actualidad. Este sistema de reclutamiento y traslado inopinado de los funcionarios de justicia servirá también para romper la solidaridad profesional entre colegas y les ligará colectivamente a los intereses de nuestro gobierno, el cual decidirá sobre su suerte sin consultarles para nada. La nueva generación de jueces será entrenada en el principio de la inmutabilidad del orden establecido por nosotros en nuestro Estado colectivo, y en la necesidad de castigar sin piedad todo abuso contra esta orden.

Actualmente los jueces de los Goyim encuentran atenuantes para toda clase de delitos, porque no comprenden verdaderamente cuál es su misión, porque los gobernantes presentes tampoco se han preocupado de inculcarles que su obligación es cumplir la ley y no perderse en consideraciones generosas. Igual que el animal envía a crías en busca de presas, los gobernantes Goyim confían a sus súbditos cargos lucrativos sin preocuparse de explicarles con que objeto tales cargos fueron creador.

Esta es la razón por la cual sus gobiernos están siendo ARRUINADOS POR LOS ACTOS DE SU PROPIA ADMINISTRACIÓN.Y puedo asegurar que, debido a nuestra presión en ese sentido, las locuras generosas de la Administración Goyim se multiplicaran hasta extremos inconcebibles. Extraigamos, entre tanto, del ejemplo de los resultados de esa conducta, otra lección importante para nuestro régimen.

Esta lección consiste en que, cuando suene la hora de nuestro gobierno, extirparemos el liberalismo, y los liberales, de todos los cargos importantes, y aún los menos importantes, de los que dependa la educación de nuestros súbditos para la organización del régimen social que hemos previsto, y que deberá ser inmutable. Tales cargos serán concedidos a los nuestros, que habrán sido preparados especialmente para ello; eventualmente, algunos Goyim inmersos en nuestro engranaje estatal podrán ocupar cargos de relativa importancia, aunque siempre sujetos a vigilancia. A la posible objeción de que la jubilación de los viejos funcionarios costará mucho dinero al tesoro público, contestaré diciendo que, en primer lugar, se les concederá otro tipo de trabajo u ocupación privada, y, en segundo lugar que, como todo el dinero del mundo será concentrado en nuestras manos, según explicaré en otra sesión, el problema de los gastos no deberá nunca preocupar a nuestro gobierno.

Nuestro absolutismo será lógico en todas las cosas y, por consiguiente, nuestra suprema voluntad en cada uno de sus decretos será respetada e incuestionablemente cumplida: ignorará todas las murmuraciones, los descontentos de todas las clases y destruirá hasta la raíz toda clase de manifestaciones de los mismos en actos, mediante castigos inmediatos de carácter ejemplar. Aboliremos el derecho de Casación, pues si un juez modificara la sentencia de otro, se pondría en duda la infalibilidad de nuestro Gobierno y nuestra Administración, lo cual no podemos en modo alguno permitir. Solamente en casos muy especiales toleraremos la modificación de una sentencia, y no por motivos de “derecho”, sino de eficacia política, y entonces el castigo que se impondrá al juez que incumplió su deber será ejemplar, público y notorio.

Nuestro gobierno tendrá tendrá la apariencia de un tutelaje paternal y patriarcal. Nuestra propia nación y sus sujetos verán en su persona un padre todopoderoso que se ocupa de todas sus necesidades, de todos sus actos, de todas sus relaciones entre sí y con él mismo. Los Goyim quedarán tan perfectamente imbuidos de la idea de que les es imposible dispersarse de su tutela y su dirección si desea vivir en paz y tranquilidad, que reconocieran la autocracia de nuestro Jefe con una devoción bordeando la apoteosis, especialmente cundo se den cuenta de que aquellos que nosotros colocamos como gobernantes intermedios obedecen ciegamente sus dictados. Estarán contentos – y, si es preciso, les obligaremos a estarlo- de que hayamos programado y regulado sus vidas, tal como hacen los padres inteligentes que desean mantener a sus hijos en la causa del deber y la sumisión filial. Pues la verdad es que todos los pueblos del mundo, en lo que se refiere a los secretos del buen gobierno están –y han estado siempre a través de los tiempos- en el mismo nivel que los niños pequeños, e igual puede decirse de sus gobiernos, a los que nosotros manipulamos a nuestro antojo desde hace mucho tiempo. Como podéis observar, yo baso nuestro despotismo en el derecho y en el deber: el derecho a obligar al cumplimiento del deber es una obligación directa de un gobierno que se comporta como un padre para sus súbditos. Tiene el derecho del fuerte que debe de utilizar para dirigir a la Humanidad hacia ese orden definido por la naturaleza como la sumisión. Todo en el mundo se halla en un estado de sumisión, sino al hombre, entonces a las circunstancias de su propio carácter interno; en todos los casos, a lo que es más fuerte que él. Así pues, nosotros seremos ese ‘más fuerte’ para bien del mundo.

Cuando el Rey de Israel coloque sobre su cerviz la corona ofrecida por Europa, se convertirá en el patriarca del mundo. El indispensable número de víctimas sacrificadas para acelerar su advenimiento no llegará jamás a alcanzar el número de victimas inmoladas en el curso de los siglos por las manías de magnificencias y las rivalidades entre los estados Goyim. Nuestro Rey estará en constante comunicación con las gentes, a las que dirigirá discursos que harán llegar su voz, al mismo tiempo a todos los hombres del mundo.”

Protocolo XVI

Sobre la educación

“Con objeto de destruir todas las fuerzas colectivas excepto la nuestra, comenzaremos por emascular a las universidades, que son los primeros escalones hacia el colectivismo. Reduciremos a su personal en un nuevo espíritu. Sus directores y profesores serán educados mediante detallados programas secretos de acción, del cual no podrán alejarse en lo más mínimo. Serán nombrados de acuerdo con nuestros cuidadosos métodos selectivos y dependerán enteramente del gobierno.

Nos ocuparemos de suprimir de los programas estudiantiles la enseñanza del Derecho de Estado, así como todo lo que se relacione con la verdadera política. Estas materias se enseñarán a unas cuantas docenas de personas, escogidas entre las más inteligentes y capacitadas de los iniciados de nuestra ‘Agentur’. Ya no saldrán de las universidades estos jóvenes barbilampiños, fabricantes de constituciones, que gustan de mezclarse en problemas políticos de los que ni sus propios padres comprenden nada.

El estudio mal dirigido, de los asuntos llamados políticos, no sirve más que para formar soñadores utopistas y ciudadanos mediocres, como vosotros mismos podéis juzgar por el resultado obtenido en las universidades, con el tipo de enseñanza general que se da allí a los Goyim. Debimos introducir en su enseñanza todos esos falsos principios que tan brillantemente han destruido su orden. Pero tan pronto como nosotros alcancemos el poder suprimiremos de la enseñanza todo asunto perturbador y convertiremos a la juventud Goyim en un rebaño de muchachos obedientes a nuestra autoridad, amante de sus gobernantes como custodios de la paz y la tranquilidad. Reemplazaremos el estudio de los clásicos y de la historia antigua –que contiene, desde nuestro punto de vista, más ejemplos malos que buenos- por los estudios de los problemas de la hora presente y del futuro. Borraremos de la memoria de los hombres todos los hechos de los siglos pasados, cuyo recuerdo sea desfavorable a nuestros intereses, y sólo permitiremos que subsista lo que describe los errores de los gobiernos de los Goyim, exagerándolos cuando nos convenga. El estudio de la vida práctica, de la obligación de mantener el orden, de las relaciones entre gentes y razas, serán puestos a la cabeza de nuestro programa educativo cuando alcancemos el poder, así como la necesidad de evitar los malos ejemplos de los egoísmos nacionales, y otras escuelas pedagógicas. Este programa será elaborado según un plan especial para cada profesión, y nunca deberá transformarse en un plan general de instrucción para todos igual. Este tratamiento de la cuestión reviste particular importancia.

Cada clase de ciudadanos deberá ser educada según un programa rigurosamente limitado, y relacionado con su situación y la naturaleza del trabajo de cada individuo. Ya sabéis como a terminado la experiencia realizada por los Goyim, siguiendo nuestras directrices, de querer infringir el orden divino y dar a todos la igualdad de derechos o la distribución a su albedrio de tales derechos, pecado que no puede quedar impune. Con objeto de que el gobernante esté firmemente asentado en la mente y en los corazones de los súbditos es necesario que durante su reino se tenga al populacho al corriente de sus acciones y que se le recuerde constantemente, sin reposo, el carácter bienhechor de todas y cada una de las acciones del gobierno, hechas pensando en su bien y en el de toda la humanidad.

Aboliremos toda clase de enseñanza libre. Toda la enseñanza se hallará centralizada en las firmes manos del gobierno de nuestros sabios. Pero para dar una apariencia de libertad, habrá conferencias, en lugares públicos, a las que asistirán los alumnos y sus propios familiares, si lo desean, -y pondremos los medios coercitivos necesarios para que lo deseen- con objeto de intercambiar ideas con los profesores, sobre cuestiones de relaciones humanas, sobre las represalias provocadas por inconscientes contrarrevolucionarios y sobre los reglamentos que debe regular las relaciones y, finalmente, sobre la filosofía de las nuevas teorías, aun no explicadas al mundo. Estas teorías serán elevadas por nosotros a la categoría de dogma de fe, como una etapa de transición hacia nuestra fe. Ya os haré, más adelante, la exposición de las bases de estas teorías cuando os haya hecho conocer totalmente nuestro programa para el futuro.

En pocas palabras, sabiendo por la experiencia de muchos siglos que la gente vive y se guía por ideas, que tales ideas son adoptadas por la gente sólo mediante la educación proporcionada con igual éxito por todas las edades del crecimiento, aunque, naturalmente, con métodos variados, confiscaremos para nuestro propio uso los últimos restos de independencia del pensamiento que, durante muchos años hemos orientado hacia ideas y sujetos útiles a nuestros propósitos. El sistema de embridar el pensamiento ya funciona en el método llamado de la enseñanza visual que conseguirá que los Goyim sean incapaces de reflexionar y los convertirá en obedientes animales que tendrán que esperar que una cosa les sea mostrada ante sus ojos para formarse una idea de la misma.

En Francia uno de nuestros mejores agentes, Bourgeois, ya ha anunciado la implantación de un nuevo programa de enseñanza visual.

Protocolo XVII

Sobre los abogados, Sobre la Iglesia, Sobre la corrupción del poder.

La práctica de la abogacía produce hombres crueles, fríos, obstinados y sin principios que, en todos los casos, adoptan puntos de vista estrictamente formalistas. Tienen el inveterado habito de ocuparse de los asuntos solamente desde la referencia del interés para la defensa de los intereses propios o de sus clientes, no importándoles nada el bien social que pueda derivarse del resultado. Generalmente no rehusan encargarse de ninguna defensa, y luchan por la absolución del acusado a toda costa, cavilando sobre las más mínimas argucias de la jurisprudencia, con lo cual no hace más que desmoralizar a la justicia. Por tal razón, limitaremos el campo de acción de esta profesión, poniendo a los abogados al mismo nivel que los jueces y otros funcionarios públicos. Ni los abogados ni los jueces tendrán derecho a comunicarse privadamente con los litigantes, y solo tendrán acceso a los expedientes cuando estos les hayan sido asignados por el tribunal; sólo podrán basarse, para ejercer su derecho de defensa, en los expedientes facilitados por la administración. Sus honorarios se fijarán sin tener en cuenta el éxito o fracaso de su defensa. Así, se convertirán en meros funcionarios al servicio de la Administración y no de sus clientes o litigantes, pudiendo incluso oponerse a éstos y convertirse en asistentes de la acusación, es decir, del Fiscal. Esto agilizará los procesos legales, y al mismo tiempo se terminará con la actual corrupción jurídica, que ya nos será necesaria.

Día a día decrece su influencia en los pueblos del mundo. La libertad de conciencia ha sido proclamada en todas partes, de manera que actualmente estamos ya muy cerca de la total destrucción de las iglesias cristianas. Por lo que se refiere a las otras religiones, tendremos aún menos dificultades en tratar con ellas, pero ahora será prematuro hablar de ello. Pondremos al clericalismo y a los clericales en unos marcos tan estrechos que conseguiremos que su influencia decrezca una más rápidamente de lo que creció.

Cuando llegue finalmente el tiempo de destruir la corte papal, el dedo de una mano invisible dirigirá a las naciones contra esa corte. Cuando, no obstante, esas naciones estén a punto de consumar esa obra, nosotros daremos un paso al frente como sus defensores presentándolo como un acto que tiende a evitar el excesivo derramamiento de sangre. Con esta estratagema penetraremos hasta lo más profundo de la Iglesia y nos aseguraremos de que ya no pueda volver a levantarse más hasta que nosotros nos hayamos apoderado en nuestro beneficio de toda su fuerza. El Rey de los Judíos será el verdadero Papa del Universo, el patriarca de una iglesia internacional.

Pero entretanto, mientras reeducamos a la juventud en nuevas religiones tradicionales, y luego en la nuestra, no atacaremos abiertamente a las iglesias existentes, sino que lucharemos contra ellas mediante criticismos calculados para causar cismas…

En general, pues, nuestra Prensa contemporánea continuará criticando los asuntos de Estado, las religiones, las incapacidades de los Goyim, empleando siempre, para ello, las expresiones más procaces con objeto de rebajar su prestigio del modo que sólo puede ser practicado por el genio de nuestra privilegiada tribu…

Nuestro reino será una apología de la divinidad Visnú, en la cual se encuentra su personificación… en cada una de nuestras cien manos se hallarán los resortes de la maquinaria de la vida social. Lo sabremos todo sin la ayuda de la policía oficial, la cual, en esa esfera de sus derechos que nosotros elaboraremos para uso de los Goyim, impide a los gobiernos conocer la verdad. En nuestro programa una tercera parte de nuestros súbditos tendrá al resto bajo observación. El oficio de espía y de denunciador de los abusos no es considerado por nosotros vergonzoso, sino honorable, pero las denuncias infundadas serán cruelmente castigadas, con objeto de que no se produzcan abusos en la tarea de denunciar.

Nuestros agentes serán reclutados tanto entre los más altos como entre los más bajos de la Sociedad, entre la clase administrativa que pasa su tiempo en diversiones, entre editores, impresiones y publicistas, libreros y traficantes de libros, empleados de oficina, vendedores, trabajadores, criados, etc. Este cuerpo, que no poseerá ningún derecho y no tendrá poderes para actuar por su cuenta y no será más que una policía extraoficial, pero sin poder, sólo servirá para observar e informar. La comprobación de sus informes y los subsiguientes arrestos dependerá de un grupo responsable de asuntos policiales, mientras que el acto concreto del arresto será llevado a cabo por la gendarmería y la policía municipal. Cualquier persona que no denuncie algo que haya visto u oído referente a asuntos de Estado será acusado y encadenada por encubrimiento si se demuestra, a nuestros ojos, que es culpable de ese delito.

Igual que sucede en nuestros días, en que nuestros hermanos están obligados, bajo su propio riesgo, a denunciar a los apostatas de su propia familia que hayan hecho algo que se oponga a los designios del Kahal, de la misma manera, en nuestro reino mundial, será obligatorio para todos nuestros súbditos observar el deber del servicio al Estado en ese sentido.

Tal organización extirpará los abusos de autoridad, de fuerza, de cohecho, todo lo que, de hecho, nosotros, con nuestros consejos y nuestras teorías, presentándolos como los “sobre-humanos” Derechos del hombre, hemos introducido en las costumbres de los Goyim…

Pero, ¿de qué otra manera íbamos a lograr, si no, el aumento de las causas predisponiendo a su mala administración?… ENTRE TALES MÉTODOS, UNO DE LOS MÁS IMPORTANTES CONSISTE EN COLOCAR COMO AGENTES DE LA RESTAURACIÓN DEL ORDEN A INDIVIDUOS QUE SEAN CAPACES, POR SU ACTIVIDAD DESTRUCTORA, DE CONTAMINAR A LOS DEMÁS, REVELÁNDOLES Y DESARROLLÁNDOLES SUS TENDENCIAS CORROMPIDAS, INDUCIÉNDOLOS AL ABUSO DE PODER O LA COMPRA DESVERGONZADA DE LAS CONCIENCIAS. En resumen: allí donde no hayamos obtenido el poder absoluto, incitaremos entre el alto funcionariado el desarrollo de sus peores inclinaciones: obstinado orgullo, irresponsable ejercicio de la autoridad y, por encima de todo, venalidades (deshonestidades).

Protocolo XVIII

Sobre la desestabilidad del poder, Sobre cómo mantener el poder.

Cuando nos sea necesario reforzar las estrictas medidas de defensa secreta (el veneno más fatal que pueda atacar el prestigio de la autoridad), provocaremos una simulación de desórdenes o alguna manifestación de descontento, el cual será expresado por oradores hábiles a los que seguirán los corderos del rebaño humano. Esto nos dará pretexto para registros domiciliarios llevados a cabo por la policía y, estando ésta a nuestro servicio, nos desembarazaremos por su conducto de nuestros adversarios, dando como razón que ellos se habían sometido a la sugestión de agentes provocadores.

Como la mayoría de los conspiradores actúan por amor al arte del misterio y de la habladuría, no los tocaremos mientras no se metan con nosotros; hasta entonces nos limitaremos a introducir en su seno elementos delatores… No se debe olvidar que el prestigio de los gobiernos disminuye cuando exponen a los ojos del público los atentados tramados contra ellos; la constatación de conspiraciones frecuentes puede inducir a creer que el poder estaba en el error o que es débil o injusto. Vosotros ya sabéis que hemos destruido el prestigio de los soberanos Goyim mediante frecuentes atentados contra sus vidas, llevados a cabo por nuestros agentes, los corderos ciegos de nuestro rebaño, que son fácilmente impulsados por unas cuantas frases liberales a cometer esos crímenes. Lo único que ha hecho falta ha sido dar a esas frases un colorido político. Hemos obligado a los gobernantes a reconocer su debilidad ostensiblemente de policías especiales, como es el caso de la Okhrana, quebrantando así su prestigio.

Nuestro soberano será secretamente protegido por nuestros agentes, aunque ante el público parecerá que su protección es insignificante, porque jamás permitiremos ni siquiera el pensamiento de que alguien pueda conspirar o atentar contra él ni de que se sospeche que alguien pueda estar descontento. Si permitiéramos que tal idea prevaleciera, tal como han hecho y están haciendo los Goyim, estaríamos firmando, ipso facto, una sentencia de muerte, sino de nuestro soberano, sí, por los menos, de su dinastía, y a muy corto plazo.

Según apariencias estrictamente observadas, nuestro soberano soló empleará su poder para el beneficio de su nación y en interés de sus súbditos y, de ningún modo, en su propio provecho o en el de su dinastía. Por consiguiente, al cuidar escrupulosamente esa escenografía, sus mismos súbditos le respetarán y protegerán su poder, que venerarán, al saber que la salvación del Estado está unida a la vigencia de tal poder, del que dependerá el orden público. Si se vigila abiertamente al soberano se admite la debilidad de su fuerza.

Nuestro soberano estará siempre abiertamente en medio de su pueblo, rodeado de una multitud de curiosos, hombres y mujeres, que se colocaran siempre en las primeras filas, cerca de él, manteniendo el orden en las otras filas y no dando la impresión de hacerlo más que para hacer que se respete el orden, para dar ejemplo de disciplina y exigirla en derredor suyo. Si apareciere un peticionario, ellos le ayudaran a entregar su petición, especialmente, al soberano, pero, tomando el pretexto de impedir que se importune al público, tomará la petición en sus manos para hacerla llegar, en presencia del peticionario, al soberano. Esto es imprescindible para que los súbditos estén convencidos de que existe un control efectivo de los asuntos, ejercido por el soberano, personalmente. La aureola del poder requiere, para subsistir, que el populacho pueda decir: ‘¡Sí el soberano supiera esto!’ o bien ‘El soberano lo sabrá’.

Con el establecimiento de una policía secreta oficial, el místico prestigio de la autoridad se desvanece: ante tal tipo de vigilancia, un terrorista no necesita más que de un poco de audacia, que todo hombre cree poseer, para sentirse superior a tal vigilancia y capaz de vencerla; de tal modo que toma conciencia de su propia fuerza y no tiene más que asechar el momento más favorable para atentar contra la autoridad… A los Goyim les hemos predicado precisamente tal tipo de defensa y bien se ve ahora los resultados que han obtenido y están obteniendo con sus guardias oficiales.

CUANDO NOSOTROS GOBERNEMOS ABIERTAMENTE, LOS CRIMINALES SERÁN DETENIDOS CUANDO EXISTA SOBRE ELLOS LA MENOR SOSPECHA; NO SE PUEDE PERMITIR QUE POR MIEDO A UN POSIBLE ERROR SE CONCEDA LA OPORTUNIDAD DE ESCAPAR A PERSONAS SOSPECHOSAS DE CRIMEN O NEGLIGENCIA políticos, pues en tales asuntos seremos literalmente despiadados. Sí, en casos excepcionales, se puede admitir una reconsideración de este principio en simples crímenes o delitos, no se admitirá ninguna excusa cuando se trate de personas que se ocupen de asuntos en los cuales nadie, exceptuando el gobierno, puede comprender nada… Y aun no todos los gobiernos comprenden la verdadera política.

Protocolo XIX

Sobre los conductores de la política.

Si, por una parte, no permitiéramos que ningún particular se ocupe de política, por otra parte, si alentaremos toda clase de proyectos y proposiciones, así como de peticiones al gobierno para que mejore las condiciones de vida del pueblo: esto nos servirá para revelarnos los defectos y fantasías de nuestros súbditos, a las que responderemos dándoles satisfacción cuando ello no entrañe ningún peligro para nosotros, o rechazándolas en caso contrario, demostrándoles de paso cuan equivocados están.

Una vez tengamos el poder, la sedición será para nosotros tan poco peligrosa como el ladrido de un perrillo faldero contra un elefante. Para un gobierno bien organizado, no solo desde el punto de vista político, sino social, esos ladridos no representan peligro alguno, pues tales perrillos son inconscientes sobre una verdadera fuerza e importancia. Pero no deberemos negligir dar, de vez en cuando, un buen ejemplo, para mostrar la verdadera importancia del perrillo, y del elefante, de manera que el perrillo cesará de ladrar y menear el rabo en el momento en que sus ojos se fijen en los del elefante.

Con objeto de destruir el prestigio de heroísmo que se les concede a los delitos políticos, los juzgaremos públicamente cargando a los reos con acusaciones de robo, asesinato y cualquier clase de crimen abominable y perverso, cuanto más desagradable, mejor. Entonces la opinión publica ya no será capaz de establecer diferencias entre los delitos políticos y los vergonzosos delitos comunes, cubriendo a unos y otros con el mismo desprecio.

Nos hemos esforzado en impedir a los Goyim que utilicen este sistema de lucha contra las revueltas. Por esta razón, y especialmente a través de la prensa, nos las arreglaremos para reclamar, en nuestro reino, el castigo de los sediciosos y lograr que estos no sólo acepten su justo castigo, sino que incluso lo reclamen. Tal sistema aumentará el número de los liberales y pondrá a millares de agentes Goyim a nuestro servicio.

Protocolo XX

Sobre los impuestos del Estado, Sobre las crisis económicas, Sobre el patrón oro.

Hoy vamos a ocuparnos del programa financiero, que he dejado para el final de mi informe por ser el más difícil, la coronación y el punto decisivo de nuestros planes. Antes de abordar el tema os recordaré que ya he aludido al mismo anteriormente, y vuelvo a repetir que la culminación de nuestros actos se resolverán por una cuestión de cifras.

Cuando alcancemos el poder, en nuestro reino, nuestro gobierno autocrático evitará, partiendo de un principio de auto-preservación, cargar sensiblemente a la masa de nuestro pueblo con impuestos, recordando que interpreta el papel de padre y protector. Pero como la organización del Estado es cara, es preciso obtener los fondos requeridos para ello. Por consiguiente, se elaborará con particular atención la cuestión del equilibrio en esta materia. En nuestro gobierno, disfrutará de la ficción legal de que todo, absolutamente todo, en el Estado le pertenece a él (lo cual puede ser fácilmente en práctica); estará capacitado y tendrá poderes para confiscar toda clase de dinero y riquezas. También regulará la circulación del dinero en el Estado. De esto se deduce que la fiscalidad se nutra de un impuesto progresivo sobre la propiedad. De esta manera, el pueblo contribuirá también a los gastos del Estado, y la carga que incumbirá a cada uno será, en todo caso, proporcional a los bienes que posea. Los ricos deben darse cuenta de que es su deber poner una parte de lo que les es superfluo a la disposición del Estado, toda vez que éste les garantiza la posesión de sus propiedades y los derechos adquiridos con beneficios honrados. Repito, beneficios honrados, pues el control de la propiedad terminará con el robo basado en fundamentos legales, que anteriormente hubimos patrocinado.

Esta reforma social debe hacerse desde arriba, pues el tiempo ya está maduro para ello, y constituye la principal garantía de la paz.

Las compras, ventas, recepciones de dinero o haciendas quedaran sujetas a un impuesto progresivo del timbre. Cualquier transferencia de propiedad, se trate o no de dinero, sin evidencia de pago de este impuesto, será considerada ilegal y el primer propietario deberá pagar al Estado una multa más intereses a contar desde el primer día de la venta. Todos los reconocimientos de transacciones deberán ser remitidos, semanalmente, a la oficina del registro de la propiedad local, con especificación del nombre, apellido y dirección del antiguo y del nuevo detentador de la propiedad. Este método se empleará para toda transacción de una mínima importancia. Incluso los objetos de primera necesidad serán gravados de un timbre ordinario de valor fijo. Imaginad cuan tremendamente onerosa será esa carga sin que la gente apenas se dé cuenta de ella y cuantas veces multiplicará la renta del Estado.

La hacienda pública deberá mantener una reserva de un importe determinado, y todo lo que exceda esa reserva volverá a ser puesto en circulación, en la forma de las obras públicas. La iniciativa de esa clase de trabajos, procediendo de las fuentes estatales ligará sólidamente a la clase trabajadora con los intereses del estado y con los que gobiernen, es decir, los nuestros. DE ESAS SUMAS, SE RESERVARÁ UNA PARTE PARA PREMIAR LA INVENTIVA Y LA ADHESIÓN DE LOS TRABAJADORES DE NUESTRO REINO.

De ningún modo se permitirá que duerma suma alguna, innecesariamente, en las cajas del Estado, pues el dinero existe para que circule, y todo estancamiento del mismo es perjudicial para el buen funcionamiento de la maquinaria estatal, a la cual sirve de lubricante; un estancamiento del lubricante puede alterar la buena marcha del mecanismo.

Al haber substituido con obligaciones una parte de la moneda en circulación, se ha producido ya, este estancamiento… y las consecuencias a la vista están. Se instituirá un tribunal de cuentas, gracias al cual el Estado sabrá en todo momento la situación de ingresos y gastos públicos.

Sólo habrá uno que no tendrá interés en robar al Estado, y ese no es otro que su dueño, el rey. Y este es el motivo por el cual su control personal evitará la posibilidad de las corrupciones y las extravagancias.

Suprimiremos las recepciones protocolarias y otras exigencias de la etiqueta, que absorben inútilmente tanto tiempo valioso de los gobernantes, con objeto de que estos tengan tiempo tanto para su ocio personal como para ocuparse de los más serios asuntos del Estado. ESTO LES SERÍA IMPOSIBLE CON LOS CUIDADOS DE LA ETIQUETA, CUYAS EXIGENCIAS TRANSFORMAN A LOS SOBERANOS ACTUALES EN VERDADEROS MANIQUÍS. Nuestro soberano no será rodeado por una caterva de favoritos y cortesanos que arraciman en su derredor por amor al fasto, y que piensan más en sus propios intereses que en los intereses generales de nuestro Estado.

Las crisis económicas de los Goyim las hemos ocasionado nosotros mismos, simplemente al retirar el dinero de la circulación. Se han acumulado enormes capitales por el procedimiento que consiste en sustraerlos a los Estado, que han tenido entonces que contraer empréstitos con nosotros. Las finanzas públicas se han empeñado locamente con el pago de los intereses de estos empréstitos, y los Estado han quedado virtualmente reducidos a la esclavitud por nuestro capital… La concentración de la industria en manos de los capitalistas, despojando a los pequeños propietarios, ha arrebatado todas las fuerzas del pueblo, en primer lugar, y, luego, como consecuencia de ello, de los Estados…

La presente emisión de dinero, en general, no se corresponde con las necesidades per cápita, y no puede, por consiguiente, satisfacer todas las necesidades de los trabajadores. La emisión de dinero debiera realizarse de acuerdo con el crecimiento de la población y, por tanto, también los niños debieran ser contados como consumidores de dinero desde el día de su nacimiento. La emisión de dinero es una cuestión fundamental para todo el mundo.

VOSOTROS SABÉIS QUE EL PATRÓN-ORO HA SIDO LA RUINA DE TODOS LOS ESTADOS QUE LO HAN ADAPTADO, POR NO HABER SIDO CAPAZ DE SATISFACER LA DEMANDA DE DINERO, SOBRE TODO DESDE QUE HICIMOS TODO LO QUE ESTUVO EN NUESTRAS MANOS PARA RETIRARLO DE LA CIRCULACIÓN EN CUANTO NOS FUE POSIBLE. CUANDO NOSOTROS GOBERNEMOS EL PATRÓN QUE CONTARÁ ES EL DEL COSTO DEL TRABAJO DEL HOMBRE, SE CUENTE EN PAPEL O EN MADERA. Regularemos la emisión del dinero de acuerdo con la demografía, aumentándolo con el incremento de los nacimientos y reduciéndolo cuando se produzcan decesos.

Con objeto de que no haya demoras en el pago del dinero del Estado, el importe y los plazos de tales pagos serán fijados por decreto de nuestro Gobierno; esto terminará con la posibilidad de que un Ministerio proteja a una institución en detrimento de otras.

Los presupuestos de ingresos y gastos el Estado se harán simultáneamente, de manera que el alejamiento no obscurezca la realidad. Las reformas que nosotros proyectamos en las instituciones financieras y en los principios económicos de los Goyim. Haremos ver que su desorden financiero les ha llevado a no tener, siquiera, un presupuesto fijo. Establecen un presupuesto ordinario que crece de año en año por los siguientes motivos: Establecen un presupuesto ordinario, según podéis ver, apenas es suficiente para un semestre; se vota un presupuesto suplemento que es absorbido al cabo de tres meses y luego se hace, aún, otro presupuesto complementario, o de liquidación. Como el presupuesto de un año es valorado según el del año anterior, el aumento alcanza la 50% anual y el presupuesto es pronto triplicado. Con tales procedimientos, admitidos por la negligencia de los Estados Goyim, sus cajas fueron pronto vaciadas. El período de los empréstitos que vino después comió los restos, y luego siguió la bancarrota para todos los Estados.

Comprenderéis que tal sistema de gestión financiera, inspirada por nosotros a los Goyim no podría convenirnos al alcanzar nosotros el Poder.

Todo empréstito prueba la debilidad de los Estados y una incapacidad para comprender sus derechos. Los empréstitos penden como una espada de Damocles sobre las cabezas de los gobernadores que, en vez de emitir ellos mismos el dinero que necesitan, o pedírselo a sus propios súbditos con un impuesto temporal, se dirigen a nuestros banqueros tendiendo la mano como pordioseros. Los empréstitos exteriores son como sanguijuelas que no se despegaran del organismo estatal mas que cuando el Estado caiga exhausto o se desembarace de ellas. Pero los gobernantes Goyin no se desembarazarán de ellas; al contrario, persisten acogiendo más y más sanguijuelas de manera que terminan pereciendo a causa de la sangría que a sí mismo se imponen.

¿Qué es de hecho, y en sustancia, un empréstito, especialmente un empréstito exterior? Un empréstito es una emisión de letras de cambio del gobierno, con la obligación de pagar interés determinado por el capital que le es confiado. Si el empréstito es al cinco por ciento, al cabo de veinte años el Estado habrá desembolsado inútilmente intereses iguales al doble de lo tomado en préstamo; en cuarenta años habrá pagado el doble, en sesenta, el triple… y mientras tanto, la deuda continuará siendo una deuda impagable.

Según estos cálculos, resulta evidente que con el sistema del impuesto general el gobierno extraerá a sus desgraciados contribuyentes hasta sus últimos céntimos para pagar los intereses debidos a los capitalistas extranjeros de los cuales han tomado dinero prestado, en lugar de obtener dentro del país las sumas que necesita, sin pagar intereses, que son como un tributo perpetuo.

Mientras los emprésitos fueron internos, los Goyim nos hicieron más que desplazar el dinero de los bolsillos de sus súbditos pobres al de los ricos. Pero a partir del momento en que nosotros logramos a los hombres necesarios para que se recurriese a los emprésitos exteriores, todas las riquezas de los estados afluyeron a nuestro cofres, y todos los Goyim empezaron, sin sospecharlo siquiera, a pagarnos tributo.

La superficialidad de los soberanos Goyim en lo que se refiere a los asuntos de Estado, la venalidad de sus ministros o la falta de comprensión de sus dirigentes en cuestiones financieras han convertido a sus pueblos en esclavos nuestros, al obligarlos a contraer unas deudas que no podrán pagar jamás, lo que traerá como consecuencia que todas las cuestiones financieras sean puestas bajo nuestra dirección, considerada como científica. Así, los pueblos Goyim han quedado endeudados con nosotros hasta unas cifras imposibles de pagar. Todo esto nos ha costado muchos esfuerzos, mucho dinero y mucho tiempo.

No permitiremos la escasez de dinero, cuando alcancemos el Poder, y por consiguiente no habrá bonos del Estado, excepto en series de un interés del uno por ciento, para cubrir gastos, de manera que no habrá interés que pagar a sanguijuelas que chupan toda la fuerza del Estado. Ese derecho será concedido en exclusiva a nuestras compañías industriales que no tengan problemas de pago, mientras que el Estado no ganará nada en tales transacciones, pues el Estado para gastar, y no para hacer de comerciante.

Los valores industriales serán comprados por nuestro Gobierno, que no será como los actuales gobiernos Goyim, que pagan un tributo, en forma de interés, por los empréstitos, sino que se convertirá en un prestamista de dinero. Esta medida impedirá la estagnación del dinero, los beneficios parasitarios y la holgazanería, todo lo cual nos es útil mientras  los Goyim sean independientes, pero nos será indeseable cuando ellos se encuentren bajo nuestro dominio.

En cambio nosotros hemos sabido presentar el asunto de los empréstitos de manera tal, que han llegado a creer que era totalmente beneficioso para ellos. Esto prueba la absoluta superioridad de nuestro espíritu y el hecho de que nosotros somos el pueblo escogido de Dios.

Nuestros métodos de contabilidad, que han sido elaborados en el transcurso de los siglos mientras los Goyim creían gobernar, se distinguen por su claridad y su precisión, lo mismo que nuestros métodos financieros, y una vez tengamos el poder se demostrará su eficacia. Los impondremos de tal modo de manera que ni el Soberano ni el más modesto funcionario podrá sustraer la menor suma de su destino o darle un empleo diferente de aquel que haya sido decidido en nuestro plan. Y sin un plan bien definido es imposible gobernar, incluso los héroes y los semidioses que hayamos creado, que se hayan atrevido a aventurarse por caminos que no sean los trazados por nuestra Dirección, perecerán.

Los dirigentes de los Goyim, a los que antaño aconsejábamos se distrajeran de las ocupaciones del Estado mediante recepciones protocolarias y diversiones, observancias rígidas de la etiqueta, torneos y juegos, no eran mas que los biombos para disimular intrigas de nuestro dominio. Los proyectos y los informes de su camarilla de favoritos eran redactados por nuestros agentes, que siempre conseguían apaciguar sus limitados espíritus, prometiéndoles, para más adelante, economías y mejoras… ¿Qué economías? ¿De dónde? ¿De nuevos impuestos?… esas lógicas preguntas no fueron nunca formuladas por los que leían los informes y proyectos que nosotros preparábamos para sus validos y favoritos.

Sabéis muy bien hasta dónde les ha conducido tal insuficiencia y desidia, a qué desorganización financiera han ido, a pasar de la asombrosa capacidad industriosa de sus pueblos.

Protocolo XXI

Sobre los empréstitos internos, Sobre las Bolsas de Valores, Sobre la quiebra económica de los gobiernos.

Con respecto a lo que os dije la última reunión, voy a añadir ahora una detallada explicación sobre los empréstitos internos. No diré nada más sobre los empréstitos exteriores, que nos han alimentado con el dinero de los Goyim. Pero en nuestro estado Mundial no habrá más empréstitos exteriores, por no haber países vecinos a quien prestar dinero.

Nos hemos aprovechado de la venalidad de los administradores y de la indolencia de los soberanos Goyim para ingresar en nuestros cofres sumas dobles, triples y aún más, de las que les hemos adelantado, y de las cuales, en realidad, ellos no tenían necesidad alguna. De manera que voy a ocuparme de los empréstitos nacionales.

Cuando anuncia la emisión de un empréstito, el gobierno abre una suscripción para la compra pública de títulos que no son otra cosa más que sus propias letras de cambio. Para hacerlas accesibles a todos, se les fija un precio muy bajo. Además, los primeros suscriptores se benefician de un descuento sobre el precio nominal de los títulos. El día siguiente se hace correr el rumor de que quedan muy pocos títulos a la venta, pues las gentes se los disputan. En pocos días se anuncia que las cajas del Tesoro Público desbordan de dinero y que el Estado no sabe literalmente qué hacer con tanto dinero. (¿Por qué, pues, se ha aceptado tanto?) el total de las suscripciones, se afirma, sobrepasan en mucho las cifras del empréstito requerido, en eso radica el efecto que se buscaba; es como si se dijese a la gente: “¡Ved de qué confianza gozan las letras de cambio del gobierno!”

Pero cuando se han terminado de interpretar la comedia emerge el hecho de que una deuda, una extremadamente pesada deuda, ha sido creada. Para el pago del interés se hace necesario recurrir a nuevos empréstitos, que no sirven más que para incrementar la deuda. Y cuando llegan los plazos de vencimiento son necesarios nuevos impuestos para pagar, no el principal del empréstito, sino solamente los intereses del mismo. Esos impuestos son una deuda para cubrir otra deuda.

Llega después el momento de las conversiones, que no hacen más que disminuir la tasa del interés sin extinguir sus deudas, y además no pueden hacerse sin el consentimiento de los prestamistas; al anunciar una conversión se propone devolver el dinero a los que no acepten la conversión propuesta. Si todos exigiesen el reembolso de su dinero, el gobierno se encontraría cogido en su propia trampa, que él había preparado para atrapar a los demás, y se hallaría en la situación de un deudor insolvente. Felizmente, los sujetos de los gobiernos de los Goyim, ignorantes en materia financieras, siempre han preferido las pérdidas en los cambios y la disminución de las tazas de interés a la preocupación de buscar nuevas inversiones, y así han facilitado muchas veces a sus gobiernos la posibilidad de colmar déficits que se elevan a muchos millones. Pero hoy, con los empréstitos exteriores, no se pueden realizar semejantes trampas, porque los Goyim saben muy bien que si ellos anunciasen una conversión, nosotros exigiríamos el rembolso íntegro de nuestros capitales.

La bancarrota que seguirá demostraría mejor que nada a los pueblos que no existe ningún lazo de intereses comunes que unan a los mismos con sus gobiernos. Mientras tanto, nosotros hemos aprovechado la ignorancia de los Goyim en asuntos financieros para dominarlos completamente, aún cuando todavía no se den cuenta de ello.

Cuando ascendamos abiertamente al Trono del mundo, todos estos expedientes financieros, y otros similares, desaparecerán completamente sin dejar rastro, y también serán destruidas las Bolsas de Valores, ya que no podremos permitir que el prestigio de nuestro poder se vea amenazado por las variaciones de los precios de nuestros valores, los cuales serán fijados por nuestras leyes, sin variación posible, sin permitir que suban o que bajen. El alza lleva consigo la baja. También suprimiremos las sociedades anónimas, que tan útiles nos han sido en nuestra lucha secular contra los Goyim, por que, naturalmente, no podremos permitir en nuestro Estado.

Reemplazaremos las Bolsas por inmensas instituciones estatales de crédito oficial, cuya misión consistirá en justipreciar los valores industriales según las instituciones gubernamentales. Estas instituciones tendrán poderes para hacer lo que les venga en gana: lanzar quinientos millones en valores industriales en el mercado, en un solo día, o comprarlos el día siguiente. De hecho, toda la vida económica estará absolutamente en nuestras manos, Podéis, así, imaginaros fácilmente cuán inmenso será el poder que esto nos procurará…

Protocolo XXII

Sobre el poder del oro, Sobre la libertad y la dignidad verdadera, Sobre no hacer pactos con los derechos de Dios.

En todo lo que os he venido diciendo hasta ahora he buscado la mejor manera de describiros el secreto de los acontecimientos pasados y presentes; todos proceden de nuestra organización para formar el torrente de los sucesos del futuro. Os he mostrado igualmente el secreto de nuestras relaciones con los Goyim y de las operaciones financieras. Pero sobre todo queda aún algo por recalcar: En nuestras manos se concentra el mayor de los poderes del presente: el oro. En dos días podemos disponer de nuestras cajas de cualquier cantidad que necesitemos.

¿Hace falta, todavía, después de lo que acabo de deciros, demostrar que nuestro gobierno está predestinado por el mismo Dios a gobernar el mundo? ¿Es posible que con todo el oro acumulado durante tantos siglos podamos hacer triunfar nuestra verdadera causa para el bien, es decir, para la restauración del orden bajo nuestro gobierno? Todo acabará por volver al orden, pero no sin una cierta violencia; pero nosotros podremos inmediatamente demostrar que somos los bienhechores que hemos dado al torturado mundo el verdadero bienestar y la libertad perdida. Esta libertad será protegida contra todo atentado, a condición de que las leyes establecidas por nosotros sean ciegamente observadas. Dejaremos muy claro que la libertad en la disipación y en el derecho a una licencia sin límites, como tampoco la dignidad y la fuerza del hombre en el derecho para cada uno a promulgar principios destructivos en la naturaleza de la libertad de conciencia, la igualdad y demás quimeras. 

La libertad de la persona no consiste de ningún modo en el derecho de agitarse y agitar a los demás mediante discursos abominables ante multitudes desordenadas, sino que la verdadera libertad consiste en la inviolabilidad de la persona que honorablemente y estrictamente observa todas las leyes de la vida en común, y que la dignidad humana reside en la concepción de sus derechos y de sus limites y que esta dignidad exige el respeto al prójimo, a fin de merecer el del prójimo para con uno mismo, prohibiéndonos, así, sueños fantásticos sobre un egoísta individualismo.

Nuestra autoridad será gloriosa porque será todo poderosa. Gobernará y guiará sin ponerse a remolque de adiestradores y de oradores, tristes charlatanes a sueldo que debitan palabras sin sentido que ellos llaman grandes principios y que no son nada más, para hablar con honradez, que utopías… Nuestra autoridad será la coronación del orden, y en eso reside toda la felicidad del hombre. La aureola de esta autoridad inspira un místico doblar de rodillas ante ella y reverente miedo a todos los pueblos. La verdadera fuerza no hace pactos con ningún derecho de Dios: nadie osará aproximarse a ella con la intención de arrebatarle el menor átomo de su autoridad.

Protocolo XXIII

Sobre inculcar lecciones de humildad para que obedezcan los Goyim, Sobre las cualidades del poder.

Para que los pueblos Goyim se acostumbren a la obediencia, es necesario inculcarles lecciones de humildad y, por consiguiente, reducir la producción de artículos de lujo. Iremos suprimiendo la industria independiente al minar el capital privado de los fabricantes. De este modo mejoraremos la moral pública que tanto ha degenerado con la emulación que nosotros mismos hemos provocado en la esfera del lujo.

Tomaremos medidas contra el desempleo, pues el paro es lo más peligroso que puede haber para un gobierno. Cuando tengamos el poder totalmente en nuestras manos el paro dejará de sernos útil y en ese momento lo prohibiremos totalmente. Además, con la excusa de dar trabajo a todos, conseguiremos que el nivel de salario sea bajo. Esto obligará a la gente a preocuparse exclusivamente de la subsistencia cotidiana.

La ebriedad será prohibida a los funcionarios de nuestro gobierno como un crimen contra la humanidad, pues el hombre se convierte en un bruto bajo la influencia del alcohol.

Repito que los hombres no se someten ciegamente más que a un poder firme, organizado, rudo y enteramente independiente de ellos; un poder que será para ellos como una cadena, pero que les haremos aceptar como una defensa y un apoyo seguro contra los azotes sociales… ¿Qué les importa a ellos que su soberano tenga o no tenga un alma angélica? Ellos saben que sus atributos se resumen en el atributo del poder y la autoridad.

El Poder Supremo que substituirá a todos los poderes actualmente existentes, que todavía se sostienen en las sociedades desmoralizadas por nosotros –sociedades que incluso han llegado a negar la existencia de Dios- esparciendo por doquier la semilla de la anarquía, acabará de una vez con ese desorden. Por consiguiente, deberá acabar con las decadentes sociedades existentes, ahogándolas en sangre.

Nuestro Soberano, el Escogido de Jehová, será escogido por nuestros Sabios para demoler las insensatas fuerzas que se guían por el instinto y no por la razón, por la brutalidad, y no por la humanidad. Estas fuerzas, conducidas por nosotros, triunfaron en sus manifestaciones de robo y de toda clase de violencia bajo la mascara de los principios de Libertad y de los Derechos. Sirvieron para destruir todas las formas de orden social con objeto de que se erigiera sobre sus ruinas el trono del Rey de los Judíos; será necesario barrerlos, acabar con ellos sin que quede rastro.

Entonces nosotros podremos decirles a los pueblos del mundo: dad las gracias a Dios y doblad la rodilla ante el que lleva sobre su frente el sello de la predestinación, hacia la cual el mismo Dios ha guiado su estrella a través de los siglos, a fin de que nadie más que él pueda librarnos de todos los males.

Protocolo XXIV

Sobre la perduración en el poder.

Voy a empezar a ocuparme de la cuestión de los medios a emplear para que la dinastía de nuestro Rey David pueda durar hasta el fin de los tiempos.

Nuestro procedimiento consistirá en la aplicación de los mismos principios que han asegurado a nuestros Sabios la dirección de todos los asuntos mundiales; es decir, la dirección del pensamiento de toda la raza humana y la orientación de toda la política social.

Ciertos miembros de la familia de David prepararán a los reyes y a sus herederos, seleccionándolos, no por el derecho de herencia, sino por el de sus capacidades. Serán iniciados en los más misteriosos secretos de la Política, es decir, en nuestros planes de gobierno, tomando todas las precauciones para que ningún otro que no sea ellos los puedan conocer. La tarea de gobernar no puede ser confiada a los no iniciados en dichos misterios del arte político y en el de ponerlos en práctica sin que nadie penetre su objetivo.

Sólo a estas personas se les iniciará en la aplicación práctica de dichos planes, mediante la comparación de la experiencia adquirida en el curso de los siglos, por la observancia de los movimientos político-económicos de las ciencias sociales y por las conclusiones extraídas de esta observación; solamente ellos conocerán el verdadero espíritu de las leyes establecidas por la misma Naturaleza para regular las mutuas relaciones de los hombres.

Los sucesores directos de los Soberanos serán a menudo descartados si, durante su educación, se percibe que son frívolos o demasiado sensibles, o muestran alguna otra tendencia susceptible de dañar su poder o de hacerles incapaces de gobernar y de ser, incluso, un peligro para el prestigio de la corona.

Solo los que sean incondicionalmente capaces de un gobierno firme, incluso cruel, y directo, recibirán las riendas del poder de manos de nuestros Sabios.

En caso de enfermedad, o de pérdida de energía, o de cualquier otra forma de incapacidades, nuestro Soberano deberá pasar las riendas del Gobierno a manos nuevas y más capaces…

Los planes de acción del momento actual, y con mayor razón los del porvenir, serán desconocidos incluso de los hombres que se consideren los próximos consejeros de nuestro Soberano; sólo él, con sus Maestros, sus Iniciadores, conocerán el Porvenir.

Todos verán al Soberano Maestro por sí mismo, por su inquebrantable voluntad; será como la personificación del destino, ejerciendo su control sobre sí mismo y sobre la humanidad. Nadie sabrá qué objetivos desea alcanzar el Soberano y, por consiguiente, nadie se atreverá a obstaculizar un camino desconocido.

Es evidentemente indispensable que la inteligencia del Soberano esté a la altura de la majestad del plan gubernamental; por eso no subirá al trino más que después de haber sido sometido por nuestros Sabios a una prueba intelectual.

Para que el populacho pueda conocer y amar a su rey es necesario que éste hable a las masas en las plazas públicas, porque no hay más que este medio para consolidar la unión entre estas dos potencias del mundo, que nosotros habíamos separado la una de la otra por el terror, porque nos ha sido preciso erigirnos entre ellas, a fin de influenciar la orientación de cada una de ellas aisladamente.

El Rey de los Judíos no debe estar a merced de sus pasiones, y especialmente de la sensualidad; no permitirá en modo alguno que le dominen instintos animales que debilitarían sus facultades mentales. La sensualidad, más que cualquier otra pasión, desorganiza las capacidades de la mente y de la claridad de los puntos de vista; distrae los pensamientos encaminándolos hacia lo peor y lo más brutal de la actividad humana.

La columna de la Humanidad, en la persona del Supremo Señor del Mundo, salido de la Santa Raza de David, debe renunciar a todas las pasiones por el bien de su sagrado Pueblo.

Nuestro Jefe Supremo debe ser una ejemplar irreprochabilidad.

Firmado por los representantes de Sión, del Grado 33.

9.- El Santo Rosario de la Santísima Virgen María.

Ocupe su tiempo en amar y servir a Dios Nuestro Señor, en vivir en gracia de Dios, en cumplir la santa ley de Dios en cualquier momento y circunstancia de la vida; recuerde, donde hay pecado hay problemas, el pecado es la puerta de Satanás. 

Especialmente le aconsejo estudiar la obra de San Luis María G. de Montfort: ‘La verdadera devoción’ para que se ocupe en practicar la devoción verdadera a la Santísima Virgen María, aplicada a rezar el Santo Rosario cada día con atención, de rodillas, ante un altar domestico de la bendita Madre de Dios.

«Aún cuando os hallaseis en el borde del abismo o tuvieseis ya un pie en el infierno; aunque hubieseis vendido vuestra alma al diablo; aun cuando fueseis un hereje endurecido y obstinado como un demonio, tarde o temprano os convertiréis y os salvaréis, con tal que (lo repito, y notad las palabras y los términos de mi consejo) recéis devotamente todos los días el Santo Rosario hasta la muerte, para conocer la verdad y obtener la contrición y el perdón de vuestros pecados.» San Luis María G. de Montfort, El secreto del Rosario.

Dios le bendiga.

LIENART. SACERDOTE DEL «BUEN PRINCIPIO HEMARFRODITA, SACRIFICADOR DE LUCIFER»

Del libro de Monseñor Leon Meurin: «Simbolismo de la Masonería», tomamos la descripción detallada del rito escocés del grado 30, a la que nuestro «amigo» belga, Lienart,  ya había sido elevado en 1924, 5 años antes de que se llamará “obispo”. La lectura obviamente no es simple ni fácil, debido a las numerosas citas de carácter kabbalístico, esotérico, iniciático, pero … en cualquier caso, hay una idea comprensible para toda la «materia». (El libro se puede descargar aquí)

GRADO 30. La Tercera Sephiralt. La inteligencia.— EL GRAN ELEGIDO, Caballero Kadoscb, Iniciado Perfecto, CABALLERO DEL AGUILA BLANCA Y NEGRA.

Después de su moralización, o más bien desmoralización satánica, resta aún al hombre judaizado y satanizado ser recibido en los grados más misteriosos que la Sinagoga de Satán ha querido abrir a los Goint, las «langostas» de la generación de hiel. Aquí nos será más difícil hallar el hilo cabalístico que hasta ahora nos ha guiado, porque no se nos revela con la misma claridad que en los grados anteriores.

El grado 30 que corresponde a la Sephirath inteligencia debe tener relación con los grados 8 y 19, igualmente calcados del 3 de tos Sephiroth Superiores.

En el grado 8 vemos el triángulo invertido con las tres letras Ja, Je, Ji, ‘que se hace admirar al neófito, invitándole «a combatir la intelectualidad por orden» es decir, la Sanla Fe. En el grado se 19 refiere la historia del asalto del ejército de Eblis contra la Jerusalén Celeste. En el grado 30 se libra abiertamente la batalla contra el Adonai de la Biblia, es decir, el Dios de los cristianos. El hombre judaico-politico formado ,ya moralmente por el segundo trío  kabalistico es ahora armado contra Dios.

Absorto en las revelaciones que se le hacen sobre la Orden caída de los Templarios y sobre la venganza terrible que la Masoneria se ha impuesto a causa de la supresión de esta Orden, el candidato apenas tiene tiempo para reflexionar sobre la importancia de tu parte de ceremonial que se practica en la Cámara Blanca.

El Gran Maestre le hace oir desde lejos, que, «nadie puede esperar ser introducido en el Aerópago de los Caballeros Radosch, sin haber ofrecido sacrificios al objeto dé su culto». El cortesano  de la Majestad infernal, tras haberse sometido a Lucifer y haber adorado de rodillas su imagen, recibe en el grado 30 orden de adorarle y de ofrecerle arrodillado el sacrificio del incienso perfumado. En El «Santuario de los Kadosch, o Cámara Blanca, iluminado por una luz azulada y macabra de espíritu divino, se ve por encima del altar un inmenso triángulo invertido de cuyo vértice hállase suspendida un águila de tamaño natural, bicéfala, mitad blanca y mitad negra, que tiene las alas desplegada y una espada en las garras. El gran sacrificador está sólo en la Cámara, sentado ante el altar y pregunta al introductor: «Caballero Hermano mío ¿a quién conduces?» —es un caballero Gran Escocés de San Andrés de Escocia, que ya posee todas las virtudes de un sabio y desea entrar en el Templo de la Sabiduría. El Sacrificador dice: «Mortal, prostérnate!». El Gran introductor hace tomar al candidato incienso, verterlo sobre el fuego y arrodillarse. El gran Sacrificador pronuncia entonces la siguiente plegaria dirigida a Lucifer: «¡Oh Sabiduría todopoderosa (Schaddai) objeto de nuestras adoraciones; es a tí a quien en este momento invocamos, causa y soberano del universo, razón eterna, luz del espíritu, ley del corazón, ¡cuan augusto y sacro es tu culto sublime!

Otra vez se hace verter incienso al candidato en el vaso de los sacrificios. El sacrificador dice: Levántate y prosigue tu camino

El hombre judaizado queda incorporado así a los sacerdotes sacrificadores de Lucifer. Está santificado, se ha convertido en Kadosch, santo. Como tal tiene derecho a cometer incluso asesinatos en honor del Gran Arquitecto del Universo y de su Iglesia masónica.

En un gabinete decorado en negro, y después de haberle vendado los ojos, se le hace hundir su puñal en el corazón de lo que se le asegura que es un traidor a la Orden. Es un cordero amordazado, al que se ha afeitado el costado izquierdo. El candidato debe tocarle para percibir los latidos del corazón antes de herir.

Como no está enterado de esta sustitución de un hombre por un animal comete, no material pero si fundamentalmente, un asesinato.

Después de esta prueba sangrienta, el aspirante es conducido al Senado, consejo político de los Kadosch en la cuarta Cámara, también allí se halla por encima del altar el triángulo invertido del que cuelga el águila blanca y negra, que aquí lleva un torno al cuello una cinta blanca y negra también, con una triple cruz patriarcal que corresponde a la triple tiara de los Papas. A Occidente hay, sobre una pirámide un mausoleo que contiene una urna funeraria (la de Jacques Molay), una corona (la de Felipe el Hermoso) y una tiara (la de Clemente V); pero ya no están loscráneos.

Es inútil describir la ceremonia política  que concierne a «Tacques Molay, que no hay necesidad de elucidar.

La escala misteriosa vuelve, y el candidato es obligado a subirla por un lado y descender por el otro. Las explicaciones banales que se le dan de las palabras hebreas y de los nombres de ciencias inscritos en los siete peldaños de cada lado, si el retejador no diese una variante cuyo último fin es una blasfemia y una venganza sangrienta . La verdadera significación de la escala misteriosa de siete peldaños., que por su forma recuerda la delta o triángulo, no es en absoluto, como dice Ragón, de un lado la moral y del otro la ciencia que se ayudan entre sí , sino que se halla en lo que Clavel cuenta en su historia de la Masonería, donde cita el cuento árabe que tiene por título «Historia de Habib y de Doratilgoasi: el Caballero levanta por fin un gran velo, tras el cual se encuentran los siete mares y las siete islas que debe atravesar antes de alcanzar,Medinacilbalor, la Ciudad de Cristal, la Tebas o la Jerusalén mística. Estas islas (los siete islas afortunadas de Luciano, los siete grados de la escala del Magismo, las siete estaciones planetarias, situadas en la ruta de las almas que vuelven de este mundo de miserias a la luz estérea de Ormazd, su patria verdadera se distinguen por el nombre de los siete colores, y como nunca han variado las insignias blancas para el grado primero, la primera isla que debe conquistar Habib es la isla blanca. Pero antes de conseguirlo era preciso que sufriese la prueba de los elementos. Si el héroe permanece inquebrantable, se debe al concurso de la espada del rey filósofo y. a -la palabra sagrada grabada en ella-. La misma escala se halla en los misterios de Mithra. Para representar la purificación sucesiva de las almas mediante su paso a través de los astros, «se hacía tomar al aspirante una especie de escala, en cuya longitud había siete puertas y en lo alto una octava. La primera puerta era de plomo y se le atribuía a Saturno; la segunda, de estaño, a Venus; la tercera, de bronce, a Júpiter; la cuarta, de hierro, a Mercurio; la quinta, de un metal mezclado, a Marte; la sexta, de plata, a la Luna, y la séptima, de oro, al Sol. La octava era la del cielo de las estrellas fijas, sede de la luz increada y meta final de las almas».

Pero es también en la kabala donde hay que buscar el origen de esta escala misteriosa de siete peldaños. Según su doctrina, el espíritu humano surge de la Sabiduría. El alma viene de la Sephirah Belleza del espíritu animal de la base. «El alma toma con dolor el camino de la tierra y viene a descender entre nosotros» El alma está iluminada por la luz del espíritu del quedepende enteramente. Después de la muerte no tiene reposo; las puertas del Eden no se le abren antes de que el espirita se haya remontado hacia su fuente, el Anciano de los ancianos para llenarse de él durante la eternidad, porque siempre el espíritu vuelve hacia su fuente» «El alma no deja la tierra hasta que la reina haya venido unirse a ella para conducirla al palacio del rey donde morará eternamente».

Ahora bien, al descender de la sabiduría, el espíritu debe pasar por la Inteligencia, los tres Sephiroth morales y los tres físicos; y, al subir, debe pasar por los mismos siete Sephiroth para volver al Eden. Este es el origen de la escala misteriosa que el candidato debe subir para llegar al grado 31, a la Sephirah sabiduría.

La Kabala judía explica casi todos los misterios del paganismo y del magismo.

En la tumba de «San Jaime» (Molay) el candidato pronuncia aún cuatro votos, pero antes de eso se le ordena que tome la corona y la tiara del Papa y la aplaste con los pies. Se denota con este acto que la venganza de la Orden no debe recaer en las personas de Clemente V y Felipe «el bello», muertos hace siglos, sino sobre «aquellos a quienes corresponda por derecho», es decir, a sus sucesores en el oficio pontifical N, en la dignidad real. «¿Qué han aplastado tus pies?» « —Coronas reales y tiaras papeles»

Según los votos, el candidato es consagrado kadosch, iniciado perfecto, caballero del águila Blanca y Negra, lo que significa sacerdote del «Buen Principio Hermafrodita, sacrificador de Lucifer».

«—,Por qué somos Kadosch? —Para combatir a ultranza y sin  cesar toda injusticia y toda opresión, ya procedan de: Dios, del rey o del pueblo». «—-¿En virtud de qué derecho? —Mischtar, del gobierno (de la Orden).»

«—¿Qué es un Kadosch perfecto? —Aquel que ha prestado un juramento irrevocable de mantener, cueste lo que cueste, los principios de la Orden; de defender, cueste lo que cueste, la causa de la Verdad y de la Humanidad contra toda autoridad usurpada, abusiva o irregular, sea política, militar o religiosa, y castigar sin piedad a los traidores a la Orden».

El colmo del odio satánico contra Dios queda claramente expresado con el gasto simbólico de los Kadosch, cuando en su banquete, para beber el sexto brindis, se hunde el puñal en el vaso de vino rojo; mientras que caen las gotas que figuran sangre, exclaman todos a la vez: Deus santus, nokem, «Dios santo, vengador».

Después de haber bebido se da una puñalada en dirección al cielo exclamando: Mekam, Aclonai, «Venganza, Adonai». ¡Venganza  contra tí, Dios de los cristianos, venganza por todo el daño infringido a Lucifer!

Para el séptimo brindis se trae un ponche llameante, se extinguen. las antorchas, y al siniestro resplandor de las llamas azuladas del espíritu de vino, los sacerdotes de Satán blanden el puñal contra el cielo, cantan su cántico de Kadosch y repiten su invocación a Lucifer: «Dios Santo, vengador» y su desafío a Dios; Venganza Adonai.Se vuelve el puñal a su sitio y el Gran Maestro dice; Phaga-Khof, «él todo lo ha aniquilado»; los ayudantes responden: Plureas-Khol, «todo lo ha devastado». Y así termina el siniestro banquete del Aerópago.

He aquí, como vemos que :«Los Reyes de la tierra se han sublevado, y los Príncipes se han unido contra el Señor y contra su Cristo, diciendo: ¡Rompamos sus ligaduras y rechacemos lejos de nosotros su yugo! Aquel que habita en los cielos se reirá de ellos, y el Señor se burlará» .

Recapitulando este grado para hallar en él la Sephirah de la inteligencia, vemos al candidato, escribir y firmar en la Cámara negra la petición de ser admitido para más altos conocimientos, no obstante su íntima persuasión de encontrarse ya en una esfera sobrenatural y diabólica. En esta súplica hallamos un nuevo pacto por el cual se compromete, con pleno conocimiento, a ir más lejospor el camino escabroso. Le seguimos hasta la cueva del sepulcro, donde. comete, con conocimiento de causa, un asesinato simbólico en las cabezas del Papa y del Rey.

En la Cámara Azul entra en el «Templo de la Sabiduría», y de rodillas ofrece su sacrificio al Angel de Luz, y en esta Cámara se decreta que el aspirante debe «sufrir su suerte». ¿Qué suerte es esta? La comisión, si no material, formal de un auténtico asesinato.

En la Cámara Roja, por fin, sube la escala misteriosa de siete escalones. El número siete que tan frecuentemente encontramos en este grado, y en todas las ocasiones que se trata de espíritus malignos, nos recuerda los siete Daevas de los zoroastrianos, de quienes ya hemos hablado. Los iniciados en la magia, entre los persas, suben una escala misteriosa de siete escalones dobles. Se supone que el candidato asciende los siete coros de demonios; como con motivo de su admisión en la corte de Lucifer, se incorpora a los silfos ya las querubines,

Haría falta todo un libro sobre las siete esteras de los espíritus.

Nos bastará aquí con comprobar el progreso hecho por el candidato en su identificación con el Angel de la Luz. Ha recibido el don de la inteligencia; ha comprendido el interior de la Corte que se la abriera en el grado 27.

Fin de la cita

El caballero kadosh, por lo tanto, es un hombre que, con un solemne e irrevocable juramento, ofrece incienso a Satanás, glorifica con las invocaciones de lucifer, comete un asesinato ritual, formal o material, sube la escalera de siete pasos, según un ritual gnóstico de la magia pagana, pisotea la corona y el símbolo de la Tiara del papado, jura odio contra Dios y la religión cristiana, brinda con una daga hacia el cielo gritando «Deus sanctus, nokem», es decir: ¡el dios santo [lucifer] venganza! «y» Adonai , nokem «:» Vendetta Adonai «! El cardenal A. Lienart, en 1924, fue consagrado «kadosh knight», 30 ° grado de Francmasonería, «lucifer sacrificer», «perfecto iniciado», «caballero águila negra y blanca», que significa: «sacerdote del bien». príncipe hermafrodita «! Un buen gol, no lo dudes!

Es obvio que resulta imposible que un caballero Kadock pueda tener intención la intención que requiere la Iglesia para recibir el episcopado, que es la plenitud del sacerdocio, porque su intención es esencialmente contraria, según León XIII. De lo que se deduce que él no era obispo y por ende no pudo ordenar válidamente de sacerdote a nadie. Luego, no es objetiva la opinión de los que defienden que Lefebvre fue ordenado sacerdote por Lienart.; es tan sólo una opinión prejuiciosa e interesada que, sin embargo, no les disculpa ante su conciencia ni ante Dios  estar recibiendo falsos sacramentos. Si Linart no fue obispo, no pude ordenar validamente a Lefevre. Y como para ser consagrado obispo es condición haber sido ordenado sacerdote, Lefebvre no pudo ser consagrado obispo, por lo que sus «ordenaciones» fueron todas inválidas: Ante la certeza moral de que Lienart era caballero Kadosk antes de ser llamado obispo, todo católico está obligado a no recibir los sacramentos de manos de los lefebvristas, y aún si, no habiendo llegado a la certeza moral, permanece en la duda.

La certeza moral de la pertenencia de Lienart a la masonería, grado 30, se puede obtener aquí, y en otros lugares.