IIª CARTA DE SATANÁS. TE TENGO BIEN ENCADENADO
Te vi ayer cuando comenzabas tus tareas diarias. Te levantaste sin siquiera orar a tu Dios, en todo el día no hiciste nada de oración. De hecho ni recordaste bendecir tus alimentos, menos aún dedicaste un tiempo de oración mental para estar unido con mi enemigo, Jesucristo; me gustan tus disculpas: estás muy cansado del trabajo, de ver y escribir en internet, de ver tu programa favorito de televisión, afanado en tu plan que te llevará a acompañarme por toda la eternidad. Eres muy desagradecido con tu Dios, y eso me gusta de ti.
También me agradaba la enorme flojera que demuestras siempre en lo que se refiere a tu crecimiento cristiano. Rara vez lees la Biblia y cuando lo haces estás cansado. Oras muy poco y muchas veces sólo recitas palabras que no meditas. Por cualquier pretexto – cansancio, trabajo, pereza- llegas tarde o faltas a tus reuniones de formación de catequesis, por lo que sigues siendo un ignorante camino de mi eterna compañía.
¡Qué decir de tu tacañería al cooperar en la evangelización o diezmo! Todo eso es útil para mi. No puedo describirte como me alegra que en todo este tiempo en que dices que estás siguiendo a tu Dios, no hayas cambiado tu manera de comportarte. Tantos años y sigues como al principio, crees que no tienes nada que cambiar… me encantas. Te hablan de la verdad, y no escuchas porque prefieres siempre tu parecer, y al que te da de comer espiritualmente le muerdes la mano ¡casi eres como yo!
Recuerda que tú y yo hemos pasado muchos años juntos y aún te detesto. Es mas te odio porque odio a tu Padre. Solamente te estoy usando para molestarlo. El me echó del cielo y yo voy a utilizarte mientras pueda para vengarme de El, para que tú tampoco alcances jamás ver su gloria.
Mira ignorante, Dios te ama y tiene grandes planes preparados para ti, pero tú eres tan idiota que me has cedido tu existencia y yo voy a hacer que vivas un verdadero infierno en vida, incluso con los que debían quererte y respetarte, de los cuales ya he conseguido que algunos de tu propia carne ni te respeten ni te amen. Así estaremos juntos doblemente y esto realmente va a dolerle a tu Dios. Con tu cooperación voy a mostrar quien es realmente el que gobierna tu vida. Con todos los momentos rendidos que nos hemos pasado; ¿recuerdas cuando abandonaste la practica religiosa y cómo, cuando tú creías que habías vuelto a la Iglesia, en realidad volviste a la secta conciliar; o cuando te advirtieron la invalidez de las confesiones del sacerdote que te atendía? ¡Cuántos buenos momentos hemos pasado juntos y aún los disfrutamos!
Hemos disfrutado juntos muchas películas vanas, y si no recuerdo más hasta alguna casi XXX, y ¡qué decir de las veces que hemos ido a los «espectáculos artísticos en vivo!» Aquel día de tu debilidad con aquella personita simpática, qué bien nos la pasamos. Pero más me agrada que no te arrepientes, sino que reconozcas que eras joven y tenías derecho a gozar la vida, no hay duda: eres de los míos.
Disfruto mucho los chistes colorados que dices y que escuchas, tú te ríes por lo gracioso de ellos, yo me río de ver a un hijo de Dios participando en eso. El hecho es que ambos la pasamos bien.
La música vulgar y de doble sentido que escuchas me encanta. ¿Cómo sabes cuales son los grupos que me gusta escuchar?
También disfruto mucho cuando difamas y calumnias y de que eres amigo de saber para difamar y que así te revelas contra tu Dios. Oh, esa locuela tuya, siempre preguntando lo qué no debe, siempre cuchicheando de los otros, te llevará a acompañarme eternamente, y aunque te odio, eso me alegra.
Me sentía feliz cuando te veía bailando y haciendo ese tipo de movimientos que tanto fascinan, ¡cómo lo disfrutaba! Ciertamente cuando vas y te diviertes sanamente, me desilusionas, pero no hay problema siempre habrá otra oportunidad; porque aunque lo hagas inocentemente, siempre te pierde la locuela de tu lengua; siempre quieres saber para imaginar, criticar, difamar; eres listo, de los míos, «tiras la piedra y escondes la mano»; has aprendido bien mi arte.
Hay veces que me haces servicios increíbles cuando das malos ejemplos a tus niños o cuando les permites que se desvíen de su inocencia, por medio de la televisión, internet o cosas por el estilo; han salido tan parecidos a mí, sin tener que hacer yo ningún esfuerzo. Son tan perceptivos que fácilmente imitan lo que ven. Te lo agradezco mucho, porque tú mismo, sin necesidad de que yo trabaje, los perviertes hasta el fondo de su corazón; y aunque luego te quejes de que ya no practican el culto a tu Dios y que, incluso han perdido la Fe en Jesucristo, o que son modernistas o conciliares yo lo apunto en mi libreta como un gol a favor mío.
Lo que mas me agrada es que rara vez tengo que tentarte, casi siempre caes por tu cuenta. Siempre estás dispuesto a difamar a otros, usando el tiempo de hablar con Dios para calumniar a los que quieren ser santos. ¡Y qué calumnias! Ni a mi se me hubieran ocurrido; Y eso inmediatamente antes de comulgar a tu Dios, o nada más terminar de hacerlo, en tu casa y de manos de falsos sacerdotes o de ilícitos sacramentos, que da lo mismo, porque igualmente es pecado mortal. A ti no te importa ese pecado, pues siempre tienes una excusa: te felicito, pues están conmigo y no con Cristo . Eso me agrada porque tú mismo haces mi trabajo más eficaz que yo mismo, tratando con tus mentiras y detracciones de llevarlos a la desesperación o al menos que no me contradigan tanto a mí que soy el rey de este mundo. Yo sólo puedo odiarte, pero te aseguro que si pudiera algún día amar, tu serías el objeto preferido de mi afecto. Ten por seguro que te reservaré uno de los más profundos y pestilentes lugares del infierno. Ya está preparado, ya que con toda dignidad puedes sentirte orgulloso de llamarte soldado, no de Cristo, sino de Lucifer. Es muy buena la idea del anonimato o de llamarte soldado de Cristo; pues así se confunden más las almas y se pierden con mayor facilidad.
Tu buscas los momentos propicios, tú te expones a situaciones peligrosas, pecas con la boca y con tu carne y además, tú buscas mis ambientes, tú te guías por pastores falsos, y hasta tú mismo eres ante los otros pastor de Cristo – cuánto odio este nombre-, su sacerdote, pero tú y yo sabemos que me sirves sólo a mí, que tú ya tienes reservado un lugar privilegiado en el infierno; dirás que puedes aún arrepentirte, pero sabes que te engañas porque según tus mismas palabras dirigidas a otros, no hay perdón de algunos de tus pecados sino hay antes restitución; y ésta restitución cada vez se hace más grande; eres, pues, ya mío; tú mismo ordenas tu vida al igual que cualquier otra criatura atea, pues por lo que te afanas y trabajas recorriendo los caminos, en nada se diferencia de los míos; si tuvieras algo de seso cambiarais de ambiente y compañías recurrirías a los sacramentos válidos y dejarías los sacrílegos sobre los cuales tantas veces te han advertido y entregarías realmente tu vida al que dices llamar «tu Dios» y a Esa, que es mi mayor enemiga- No quiere nombrar el nombre de la Virgen María- y así vivirías el resto de tus años bajo la guía del Espíritu Santo. Sé que rezas a Esa y mandas que la recen; lo último me molesta; que tú la reces de nada te sirve, pues Ella jamás escucha a los que no quieren arrepentirse, y tú no quieres hacer un acto de contrición y reparar tanto daño como has hecho con tu lengua y escritos; hijo de Satanás- ¿no te molesta que te llame así, verdad? porque así es, ya que haces a la perfección muchas de mis obras.
No acostumbro enviar este tipo de mensajes, pero eres tan conformista espiritualmente, mientras te amparas en tu ignorancia en lo que te conviene, que no creo que vayas a cambiar nunca. No me malentiendas aún te odio y no me interesas en lo más mínimo. Si te busco es porque me agrada como tu manera de comportarte hace quedar en ridículo a Jesucristo.
Tu enemigo que te odia, y que te tiene muy bien encadenado
Satanás.
P.D. Si realmente me amas no muestres esta carta a nadie.
SOBRE LA ENVIDIA. POR SANTO TOMÁS DE AQUINO
Sum. Theo. II-II. Cuestión 36. La envidia
(Otro grave pecado muy abundante en el mundo tradicionalista- acéfalo)
¡El que tenga oídos, que oiga!
Corresponde a continuación tratar el tema de la envidia. Sobre ella se formulan cuatro preguntas:
Objeciones: 1. ¿Qué es la envidia? 2. ¿Es pecado? 3. ¿Es pecado mortal? 4. Si es pecado capital, y sobre sus hijas.
ARTíCULO 1 ¿Es tristeza la envidia?
Objeciones por las que parece que la envidia no es tristeza:
Objeciones: 1. La tristeza tiene por objeto el mal; la envidia, en cambio, el bien. Así 10 afirma San Gregorio en V Moral. hablando del envidioso: Sacia su alma recomida con la pena, atormentada por la felicidad ajena. La envidia, pues, no es tristeza.
2. La semejanza no es causa de tristeza, sino, más bien, de alegría; es, en cambio, causa de envidia, ya que, según el Filósofo en II Rhet.: Envidiarán a quienes son sus semejantes en el linaje, en el parentesco, en la estatura, en el vestido, en la reputación. Luego la envidia no es tristeza.
3. La tristeza proviene de algún defecto, y por eso los más propensos a la tristeza son quienes padecen algún gran defecto, como ha quedado expuesto al tratar de las pasiones (I-II 47,3). Ahora bien, son envidiosos los faltos de algo, los ansiosos de honores y los que se consideran sabios, según el Filósofo en 11 Rhet. En consecuencia, la envidia no es tristeza.
4. La tristeza se opone al placer. Ahora bien, una misma causa no puede tener efectos contrarios. Por tanto, dado que el recuerdo de los bienes poseídos es causa de alegría, según hemos expuesto (I-II 32,3), no puede serlo de tristeza, ya que, según el Filósofo en II Rhet., algunos envidian a quienes poseen o han poseído lo que a ellos mismos les venía bien o lo que también alguna vez habían poseído. Luego la envidia no es tristeza.
Contra esto: está el testimonio del Damasceno en el libro II, que considera la envidia como una especie de tristeza, afirmando que la envidia es tristeza del bien ajeno.
Respondo: El objeto de la tristeza es el mal personal. Pero sucede que el bien ajeno se considera como mal propio, y en este sentido puede haber tristeza del bien ajeno. Esto ocurre de dos maneras. La primera, cuando alguien se entristece del bien ajeno que le pone en peligro de sufrir algún daño; es el caso de quien se entristece por el encumbramiento de su enemigo, porque teme que le perjudique. Este tipo de tristeza no es envidia, sino más bien efecto del temor, como dice el Filósofo en II Rhet. Segunda: el bien de otro se considera como mal personal porque aminora la propia gloria o excelencia. De esta manera siente la envidia tristeza del bien ajeno, y por eso principalmente envidian los hombres aquellos bienes que reportan gloria y con los que los hombres desean ser honrados y tener fama, como enseña el Filósofo en II Rhet.
A las objeciones:
Soluciones: 1. No hay inconveniente en que lo que es bueno para uno sea considerado malo para otro. Bajo este aspecto puede darse tristeza sobre el bien, como hemos expuesto.
2. Dado que la envidia nos viene de la gloria de otro, porque aminora la que cada uno para sí desea, se sigue de ello que solamente se tenga envidia de aquellos con los que el hombre quiere o igualarse o aventajarles en su gloria.
Esto no se plantea respecto de quienes están a mucha distancia de uno. Nadie, en efecto, si no es un demente, pretende igualarse ni aventajar en gloria a quienes son muy superiores a él; por ejemplo, el plebeyo respecto del rey ni el rey respecto del plebeyo, a quien tanto sobrepuja. De ahí que el hombre no tenga envidia de quienes están muy distantes de él por el lugar, el tiempo o la situación; la tiene, en cambio, de quienes se encuentran cerca y con quienes se esfuerza por igualarse o aventajar. Ciertamente, sobresalir ellos en gloria cede en perjuicio de nuestros intereses, y por eso se origina la tristeza. La semejanza, en cambio, causa alegría en cuanto concuerda con la voluntad.
3. Nadie pone empeño en conseguir lo que está muy por encima de él. De ahí que, cuando alguien logra sobresalir en ello, no le envidia. Pero si la diferencia es poca, le parece que puede conseguirlo. Por eso, si fracasa en su intento, por el exceso de gloria del otro se entristece, y ésa es la razón por la que, quienes ambicionan honores, son más envidiosos. Los son igualmente los pusilánimes, porque todo lo planean a lo grande, y con el menor bien conseguido por otros se consideran ellos enormemente defraudados. Por eso leemos en Jb 5,2: Al apocado le mata la envidia. Y San Gregorio, por su parte, escribe en V Moral.: No podemos envidiar sino a quienes tenemos por mejores que nosotros en algo.
4. El recuerdo de los bienes pasados, en cuanto fueron poseídos, causan alegría; pero en cuanto se han perdido, tristeza; envidia en cuanto los tienen otros, porque eso parece que cercena la propia gloria. Así, dice el Filósofo en II Rhet. que los viejos envidian a los jóvenes, y los que perdieron mucho por conseguir algo, a los que lo consiguieron con pocos gastos, pues se duelen de la pérdida de sus bienes y de que otros los hayan conseguido.
ARTíCULO 2 ¿Es pecado la envidia?
Objeciones por las que parece que la envidia no es pecado:
Objeciones: 1. En la carta que escribe San Jerónimo a Laeta, De Instruct. Filiae, le indica que tenga compañeras con las que aprenda, a quienes envidie, cuyas alabanzas la desgarren. Ahora bien, a nadie se le debe incitar a pecar. Luego la envidia no es pecado.
2. La envidia es tristeza del bien ajeno, como escribe el Damasceno. Ahora bien, esto resulta a veces laudable, según vemos en Pr 29,2: Cuando los malos dominan, gime el pueblo. Por tanto, la envidia no siempre es pecado.
3. La envidia provoca celo, y cierto celo es bueno, según el Ps 68,10: El celo de tu casa me consume. La envidia, pues, no es siempre pecado.
4. Finalmente, la pena se distingue de la culpa. Ahora bien, la envidia es cierta pena, como expone San Gregorio en V Moral.: Cuando la podredumbre de la envidia ha corrompido el corazón embrutecido, el exterior mismo indica qué clase de locura agita gravemente el ánimo, pues el color se cambia en amarillo, los ojos se abajan, la mente arde, los miembros quedan fríos, en el pensamiento brota la rabia y los dientes crujen. La envidia, pues, no es pecado.
Contra esto: está el testimonio del Apóstol en Ga 5,26: No os hagáis codiciosos de vanagloria, provocándoos y envidiándoos unos a otros.
Respondo: Según queda expuesto, la envidia es tristeza del bien ajeno. Ahora bien, esta tristeza puede originarse de cuatro modos. Primero, cuando uno se duele del bien de otro porque teme daño para sí mismo o incluso para otros.
Este tipo de tristeza no es envidia, como hemos expuesto, y hasta puede darse sin pecado. Por eso escribe San Gregorio en XXII Moral.: Suele acaecer a veces que, sin perder la caridad, no solamente nos alegre la ruina del enemigo, sino que también, sin culpa de envidia, nos contriste su gloria, ya que tanto creemos que con su caída se elevan justamente otros como tememos que por su promoción sean injustamente oprimidos muchos.
En segundo lugar, se puede tener tristeza del bien ajeno no por que él posea el bien, sino porque el bien que tiene nos falte a nosotros. Esto propiamente es celo, como escribe el Filósofo en II Rhet. Y si este celo versa sobre bienes honestos, es laudable, según la expresión del Apóstol en 1Co 14,1: Envidiad lo espiritual. Pero si recae sobre bienes temporales, puede darse con y sin pecado.
Hay un tercer modo de entristecerse uno por el bien de otro, es decir, cuando éste no es digno del bien que le cae en suerte. Este tipo de tristeza no puede recaer, en realidad, sobre bienes honestos, que mejoran a quien los recibe; antes bien, como escribe el Filósofo en II Rhef., recae sobre riquezas y sobre cosas que pueden caer en suerte a dignos e indignos. Este tipo de tristeza, según el mismo Filósofo, se llama némesis, y atañe a las buenas costumbres.
Pero esto lo decía porque consideraba los bienes temporales en sí mismos, en cuanto pueden parecer grandes a quienes no prestan atención a los bienes eternos. Pero, según la enseñanza de la fe, los bienes temporales que reciben quienes son indignos de ellos les son concedidos, por justa ordenación de Dios, o para su corrección o para su condenación. Por eso, tales bienes no son, por así decirlo, de ningún valor en comparación con los bienes futuros reservados para los buenos. Por eso esta clase de tristeza está prohibida en la Escritura, según las palabras del Ps 36,1: No te impacientes con los malvados, no envidies a los que hacen el mal, y en otro lugar, o sea, en el Ps 72,2-3: Estaban ya desligándose mis pies, porque miré con envidia a los impíos viendo la prosperidad de los malvados.
Finalmente, puede darse tristeza del bien ajeno cuando el prójimo tiene más bienes que nosotros. Esta es propiamente la envidia, y ésta es siempre mala, como afirma el Filósofo en II Rhet., porque se duele de lo que debería alegrarse, es decir, del bien del prójimo.
A las objeciones:
Soluciones: 1. Ahí se toma la envidia por el celo que debe impulsarnos a aprovechar con los mejores.
2. Esa objeción procede de la tristeza de los bienes ajenos en el primer sentido.
3. La envidia difiere del celo, como hemos dicho. Por eso puede haber un celo bueno; la envidia, en cambio, siempre es mala.
4. No hay inconveniente en que algún pecado, por razón de algún adjunto, sea penal, como ya dijimos al tratar de los pecados (I-II 87,2).
ARTíCULO 3 ¿Es pecado mortal la envidia?
Objeciones por las que parece que la envidia no es pecado mortal:
Objeciones: 1. La envidia, en efecto, es tristeza, y, como tal, una pasión del apetito sensitivo. Ahora bien, el pecado mortal no se da en la sensualidad, sino sólo en la razón, como prueba San Agustín en XII De Trin. Luego la envidia no es pecado mortal.
2. Los niños no pueden cometer pecado mortal. Mas puede darse en ellos la envidia a tenor de las palabras de San Agustín en I Confess.: Yo he visto y he tenido la experiencia de un niño celoso. Todavía no hablaba, y miraba pálido con semblante amargo a su hermano de leche. La envidia, pues, no es pecado mortal.
3. Todo pecado mortal es contrario de alguna virtud. Ahora bien, la envidia no es contraria a virtud alguna, sino a la némesis, que es cierta pasión, como demuestra el Filósofo en II Rhet. La envidia, en consecuencia, no es pecado mortal.
Contra esto: está el testimonio de Jb 5,2: La envidia mata al insensato. Ahora bien, nada sino el pecado mortal mata espiritualmente. Luego la envidia es pecado mortal.
Respondo: La envidia, por su género propio, es pecado mortal, ya que el género del pecado se valora por su objeto. Ahora bien, la envidia, por razón de su objeto, es contraria a la caridad, que da la vida espiritual del alma, según leemos en 1Jn 3,14: Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. La caridad, en efecto, como la envidia, tiene por objeto el bien del prójimo, pero se mueve en sentido contrario, ya que la caridad goza con el bien del prójimo; la envidia, empero, se entristece, como ya hemos comentado (a. 1 et 2). Resulta, pues, evidente que la envidia, por su propio género, es pecado mortal. Sin embargo, como hemos expuesto (II-II 35,0I-II 72 a.5 ad 1), en todo pecado mortal se dan ciertos movimientos imperfectos radicados en la sensualidad que son pecado venial; así, en el género de adulterio, el primer movimiento de la concupiscencia, y en el homicidio, el primer movimiento de la ira. De ahí que también en la envidia se dan a veces, algunos primeros movimientos, incluso en los varones perfectos, que son pecados veniales.
A las objeciones:
Soluciones: 1. El impulso de la ira, en cuanto pasión de la sensualidad, es algo imperfecto en el género de los actos humanos, cuyo principio es la razón. De ahí que esa envidia no sea pecado mortal. La misma razón hay que aplicar al caso de la envidia de los niños, que no tienen uso de razón.
2. En la primera se responde a la segunda.
3. La envidia, según el Filósofo en II Rbet. I se opone tanto a la némesis como a la misericordia, aunque de manera distinta. En efecto, a la misericordia se opone de manera directa, por contrariar al objeto principal, ya que el envidioso se entristece en realidad del bien del prójimo; el misericordioso, en cambio, de su mal. Por eso no son misericordiosos los envidiosos, según el mismo Filósofo, ni a la inversa. Por parte de aquel de cuyo bien siente tristeza el envidioso, la envidia se opone a la némesis. El nemesético, en efecto, se entristece de quienes obran indignamente, a tenor de estas palabras del Ps 72,3: Miré con envidia a los impíos viendo la prosperidad de los malvados; el envidioso, en cambio, se entristece del bien de quienes son dignos de él. Resulta, pues, evidente que la contrariedad primera es más directa que la segunda. Ahora bien, la misericordia es cierta virtud y el efecto propio de la caridad. Luego la envidia se opone a la misericordia y a la caridad.
ARTíCULO 4 ¿Es pecado capital la envidia?
Objeciones por las que parece que la envidia no es pecado capital:
Objeciones: 1. Los pecados capitales se distinguen de sus hijas. Ahora bien, la envidia es hija de la vanagloria, según escribe el Filósofo en II Rhet.: Los que aman honores y gloria son más envidiosos. Luego la envidia no es pecado capital.
2. Los pecados capitales parecen de menor gravedad que los que nacen de ellos, según las palabras de San Gregorio en XXXI Moral.: Los primeros vicios se adentran en el alma engañada, como apoyados en alguna razón; los siguientes, en cambio, al arrastrarla a toda locura, la confunden como con clamor bestial. Pues bien, la envidia parece pecado gravísimo, según escribe también San Gregorio en V Moral.: Aunque por todo vicio que se perpetra se inocula en el corazón humano todo el virus del antiguo enemigo, sin embargo, en esta maldad la serpiente remueve sus entrañas y vomita la peste que imprime la malicia. Luego la envidia no es vicio capital.
3. Además, parece que San Gregorio asigna impropiamente las hijas de la envidia al decir en XXXI Moral.: De la envidia nace el odio, la murmuración, la detracción, la alegría en la adversidad del prójimo y la aflicción por su prosperidad. En efecto, la satisfacción de ver al prójimo en dificultades y la decepción de verle prosperar parecen identificarse con la envidia. No es, pues, menester considerarlas como hijas de ella.
Contra esto: está el peso de la autoridad de San Gregorio en XXXI Moral., que considera a la envidia como pecado capital asignándole las hijas indicadas.
Respondo: La envidia es tristeza del bien del prójimo, como la acidia lo es del bien espiritual divino. Ahora bien, hemos demostrado (II-II 35,4) que la acidia era pecado capital, porque impulsa al hombre a obrar para huir de la tristeza o para satisfacerla. Luego por la misma razón es pecado capital la envidia.
A las objeciones:
Soluciones: 1. En expresión de San Gregorio en XXXI Moral.: Los pecados capitales están unidos con tan estrecho parentesco, que uno procede de otro. El linaje principal de la soberbia es la vanagloria, que, al corromper el alma oprimida, al momento engendra la envidia, ya que, deseando el poderío de su vano nombre, se acobarda porque otro lo puede alcanzar. Como se ve, no es contrario al concepto de pecado capital que uno nazca de otro, sino el hecho de no tener algún motivo principal para producir muchas clases de pecados. No obstante, quizás por nacer tan a las claras la envidia de la vanagloria, no la tienen por pecado capital ni San Isidoro en el libro De Summa Bono ni Casiano en el libro De Instit. coenob.
2. De esas palabras no se deduce que sea la envidia el mayor de los pecados, sino que, cuando el diablo susurra la envidia, excita al hombre en lo que guarda principalmente en su corazón, ya que, como allí mismo se añade, por envidia del diablo entró la muerte en el mundo.
Hay, sin embargo, un tipo de envidia considerado entre los pecados gravísimos, y es la envidia de la gracia del hermano, en el sentido de que alguno se duele incluso del aumento de la gracia de Dios, y no sólo del bien del prójimo. Por eso se considera como pecado contra el Espíritu Santo, ya que con ese tipo de envidia el hombre tiene de algún modo envidia al Espíritu Santo, que es glorificado en sus obras.
3. El número de las hijas de la envidia pueden enumerarse de la manera siguiente: en el proceso de la envidia hay un principio, un medio y un fin. Al principio, en efecto, hay un esfuerzo por disminuir la gloria ajena, bien sea ocultamente, y esto da lugar a la murmuración, bien sea a las claras, y esto produce la difamación. Luego quien tiene el proyecto de disminuir la gloria ajena, o puede lograrlo, y entonces se da la alegría en la adversidad, o no puede, y en ese caso se produce la aflicción en la prosperidad. El final se remata con el odio, pues así como el bien deleitable causa el amor, la tristeza causa el odio, según hemos demostrado (II-II 34,6). Ahora bien, la aflicción en la prosperidad del prójimo, en cierto modo, se identifica con la envidia, como es el caso de que la prosperidad que da lugar a la tristeza, constituye precisamente la gloria que tiene el prójimo. Pero en otro sentido es hija de la envidia, y es el caso de que esa prosperidad la tiene el prójimo a despecho de los esfuerzos del envidioso para impedirlo. Mas la satisfacción de ver al prójimo en dificultad no se identifica directamente con la envidia, sino que se sigue de ella, ya que de la tristeza provocada por el bien del prójimo, es decir, la envidia, se sigue la satisfacción de ver el mal que le ha ocurrido.
DEL PECADO DE LA MURMURACIÓN
De la murmuración
Comprobando con gran pena los graves pecados de murmuración, calumnia, libelo famoso, detracción, que el mundo tradicionalista se gloría de profesar, en especial en estos días, en muchos blog de internet, emails, y comentarios, mostrando la falta absoluta de temor de Dios por pecados tan graves, queremos ayudar a nuestros lectores con la verdadera moral católica al respecto, por si en sus capillas no se la enseñan o por si sus confesores son laxos a este respecto: muy común entre los tradis. La doctrina está fundamentada en el Doctor Común, Santo Tomás de Aquino, en el cual no hay error alguno, como señaló el Vicario de Cristo, León XIII.
«Las prostitutas os precederán en el reino de los cielos»
P. ¿Qué es murmuración? R. Que es: Denigratio injusta alienae famae per occulta verba. La última partícula denota la distinción que hay entre la detracción y la contumelia; pues ésta se comete a la presencia, y aquélla en ausencia del ofendido, y si alguna vez aun la murmuración se hace a la presencia del sujeto, añadiendo a ella la contumelia, es esto per accidens. La murmuración es de su naturaleza culpa grave, como opuesta a la caridad. Puede ser de dos maneras, esto es; material y formal. Ésta se hace con intento de infamar al prójimo, y aquélla sin este ánimo; y así en la formal siempre hay culpa, y la material puede verificarse sin ella. La calumnia, afín a las detracciones es: Falsi criminis vel defectus impositio. Por esto es el peor modo de murmurar, como nota S. Tom. q. 73, art. 1 y 2.
P. ¿Por cuántos modos se comete la murmuración? R. Que por los ocho que se contienen en estos versos: «Imponens, augens, manifestans, in mala vertens. Qui negat, aut reticet, minuit, laudat ve remisse.»
Por los cuatro primeros se ofende directamente la fama del prójimo, y sólo indirectamente por los posteriores. Puede, pues, cometerse la murmuración, o imponiendo al prójimo delito falso, y entonces será calumnia; o aumentando y agravando los verdaderos; o descubriendo los ocultos, o echan a parte mala sus acciones indiferentes, o negando el bien que hizo; o callándolo maliciosamente; o disminuyéndolo; o finalmente alabándolo con frialdad. Son de una misma especie todas las murmuraciones, aunque unas más graves que otras. Cuando pueden variar el juicio del Confesor deben manifestarse en la confesión. El calumniador siempre está precisado a retratarse, si quiere salvarse. [ !Atención, el alma del calumniador, está en el camino de la perdición eterna, si no restituye, cosa que e dificílísima, porque la calumnia se difund una vez salida del corazón, por la boca o la escritura y es ya imposible pararla!]
P. ¿Es culpa grave murmurar en cosa grave de los difuntos, y con obligación de restituirles la fama? R. Que lo es, aunque no tan grave como el murmurar de los vivos, porque la fama persevera aun después de la muerte; y así el que injustamente la quitó a los difuntos debe restituírsela; y esto es verdad aunque el ofendido sea pagano, o condenado; pues también estos tienen derecho a la fama adquirida con sus virtudes morales. Los historiadores sólo pueden referir, y aun deben lo que juzguen conveniente a la utilidad común y disciplina.
P. ¿Qué es libelo famoso? R. Que libelo famoso es: Signum vel Scriptura, in qua continetur alterius infamia secreta, vel non omnino publica, ut publica fiat, aut in pleniorem notitiam statim, vel paulatim deveniat. Es, pues, libelo famoso, cualquier carta, escritura, cédula, o pasquín anónimo, que contenga la infamia del prójimo. El Juez o Prelado no le debe dar crédito alguno, sí hacer pesquisa del autor para castigarlo. Pecan gravemente los que lo encuentran, si reconociéndolo por tal, no lo rompen, o queman.
P. ¿Peca gravemente el que forma el libelo famoso con obligación de restituir? R. Que peca gravemente contra justicia, si fuese gravemente infamatorio, y está obligado a restituir, no sólo la fama, retratándose públicamente, sino también los daños que por él se hayan seguido. El que lee el libelo famoso peca gravemente, a lo menos contra caridad, así como el que oye la murmuración; y así como éste debe repeler al murmurador, así aquél deberá despedazar el libelo o quemarlo. Por el derecho civil hay impuesta pena capital contra los autores del libelo famoso, y el canónico dispone sean excomulgados. Alej. IV en su Bula que empieza: Ex alto: impone excomunión reservada al Papa contra los que escriben o dan a luz libelos famosos contra el estado de las cuatro Religiones mendicantes, como lo dice Ferraris Verbo libellus famosus num. 30.
P. ¿De dónde se ha de colegir la gravedad o levedad de la murmuración? R. Que se debe colegir, no precisamente de la gravedad del delito que se impone o manifiesta, sino de la gravedad de la infamia que por ello se sigue al prójimo. Si ella fuere leve, lo será también la murmuración, aunque sea de delito grave; y al contrario será la murmuración culpa grave, aunque sea de delito leve, si la infamia que de ella se sigue, fuere grave. Por esta causa el decir de un sujeto grave y religioso, que es un mentiroso, será culpa grave y el decir de un joven cortesano, o de otro caballero de poca edad, que son vanos, lascivos, y quimeristas, no será pecado mortal. Deben, pues, examinarse las circunstancias del que murmura, de quién se murmura, delante de quiénes, y de la infamia que se sigue, para inferir, si la murmuración es grave o leve.
P. ¿Decir de alguno que es un soberbio, un iracundo, o cosa semejante, es culpa grave? R. Que si esto se dice de una persona de notable virtud, o de tal opinión que quede su fama gravemente ofendida, será culpa grave, y no habiendo estas circunstancias, sólo será culpa venial; porque los dichos vicios siguen a nuestra naturaleza corrompida por el pecado de nuestros primeros padres. Decir de un religioso en su ausencia, que mintió alguna otra vez, no es pecado grave; porque por esto no se ofende gravemente a su fama. Murmurar de otro en confuso, y sin declarar ningún [634] delito en particular, como diciendo: Aquel debe callar donde yo estoy: bien sabe que yo le conozco, u otras expresiones semejantes, es pecado mortal, que impone obligación de restituir; porque con semejantes locuciones confusas y como preñadas, acaso se concibe alguna cosa peor, que si se propalase algún grave delito. Deben, no obstante, advertirse las circunstancias; porque si tales expresiones recaen sobre cosas leves, y se reciben en este sentido, no serán culpa grave.
Propalar los defectos naturales del prójimo, sean del cuerpo o del ánimo; como decir de él que es indocto, ciego, o feo, regularmente no es culpa grave; pero pudiera serlo proferidos a la presencia del sujeto, según las circunstancias. Lo mismo ha de decirse de los defectos de nacimiento, acerca de cuya manifestación se debe proceder con cautela, especialmente donde están ocultos, y tanto más pueden ruborizar y entristecer al sujeto. Por eso el decir de una persona honesta, en especial si está constituida en dignidad, que es ilegítima, espuria, o de bajo linaje, donde se ignora, es culpa grave, porque su manifestación ofende gravemente su estimación.
P. ¿El manifestar un delito verdadero oculto a una u otra persona grave bajo de secreto, es culpa grave, y que imponga obligación de restituir? R. Que lo es; porque realmente se infama gravemente el prójimo con la dicha manifestación; pues más se estima la fama respecto de un sujeto grave, que el estar bien opinado entre muchos plebeyos y rústicos; y aunque en el dicho caso no se corrompa la fama en todo, se corrompe en parte, como dice Santo Tomás 2. 2. q. 73. art. 1. ad. 2.
Si la dicha manifestación se hiciese para tomar consejo, o atender , a que se le diese el auxilio necesario para reparar la injuria recibida en oculto, es según todos lícita. Lo mismo afirman muchos, cuando se ejecuta para mitigar la pena, especialmente cuando se teme, el que la padece grave perjuicio de encubrirla; lo que creemos pie dictum, no interviniendo dañada intención, por ser duro y nocivo a la salud verse uno ligado, y sin libertad para poder manifestar a un amigo de satisfacción su pena, y tristeza. [635]
Referir, que ha oído delitos de tal sujeto, bien que él no les da crédito, dejando la verdad en su punto o apud autores, es pecado, y grave, si los delitos lo fueren, y por consiguiente nace de esta murmuración obligación a restituir. Mas si el que lo refiere añade, haberlo oído de personas de poca fe, o de enemigos del infamado, y por lo mismo, que no lo cree, sino que los tiene por supuestos, se excusaría de grave pecado, a no ser el delito muy enorme; como herejía, traición, sodomía, o semejantes; porque acerca de ellos, aun sola la sospecha ofende gravemente la fama. Es también culpa grave infamar al que ya está infamado, cuando es imponiéndole, o manifestando de él nuevos crímenes de diverso género; porque en hacerlo se aumenta notablemente el detrimento de su fama. Siendo el delito que se refiere del mismo género, o muy semejante a los anteriores, no será culpa grave manifestarlo; porque entonces poco o nada se aumenta la infamia.
P. ¿Es culpa grave de murmuración referir el delito que en un lugar es público, en otro donde se ignora? Antes de responder a esta pregunta se ha de notar la distinción que hay entre lo notorio, manifiesto, y público. Lo notorio puede ser facto, o iure. Será facto, cuando el delito se comete a la presencia de muchos; como en la plaza pública. Será iure cuando lo fuere por pública sentencia del juez, o por la confesión del reo, o deposición de los testigos, antes de la sentencia. En el primer caso es notorio iure simpliciter, y en el segundo lo es secundum quid. Manifiesto es aquello que se hace delante de dos o tres, y estos lo manifiestan a otros. Si lo callan se llama probable. Lo público o famoso es aquello, cuya fama llega con suficientes indicios a la noticia de muchos; de manera que lo sepan la mayor parte del pueblo o ciudad, o que sea manifiesto a la mayor parte de una congregación, comunidad, o colegio. Supuesto esto.
R. 1. Que el hablar de los defectos ocultos, a la presencia de los que los saben, es un acto indiferente, que puede ser bueno o malo según las circunstancias y fines con que se haga. R. 2. Que el contar un delito público donde ya lo es, aun a los que lo ignoran, no es culpa grave; por ser per accidens el que no lo sepan algunos; por lo que, o se denigra la fama, o es muy poco. Lo mismo debe decirse del que refiere los delitos, que son públicos en un lugar, en otro donde no lo son, si atentas las circunstancias, se cree llegará pronto a él la noticia.
R. 3. Que el referir en cualquier parte los delitos que son públicos por pública sentencia del juez, no es culpa grave; porque el reo de ellos ya perdió el derecho a su fama. Mas si sólo fueren públicos secundum quid; esto es, por deposición de los testigos, o confesión del reo antes de la sentencia, será culpa grave propalarlos en otra parte, a no ser notorios con notoriedad de hecho; porque aun no está perdida la fama, ni el reo está privado de ella por sentencia. Lo que hemos dicho que los delitos públicos en un parte pueden referirse en otra donde se ignoran; se ha de entender aun en el caso, que en el primer lugar se hayan divulgado injustamente; porque siempre se verifica que el reo perdió la fama, y el derecho a ella.
R. 4. Que los delitos públicos por sentencia pronunciada, no en público, sino en alguna parte secreta, o en el tribunal de la santa Inquisición, no se pueden publicar fuera, sin pecado grave de injusticia, cuando se dio la sentencia sólo a la presencia de algunas personas graves; pues para impedir el que se publiquen más, se procede con toda aquella cautela.
P. ¿Si el infamado vive después honestamente, de modo que recupere su fama, será grave culpa referir sus delitos pasados a los que los ignoraban? R. Que si ya estaban del todo olvidados, será grave pecado de injusticia renovar otra vez su memoria; porque en este caso la fama volvió a su primer estado. Lo contrario se ha de decir cuando aún dura la memoria de ellos; porque entonces no estaba borrada la infamia.
P. ¿Se excusa alguna vez del pecado de detracción la manifestacion del delito oculto del prójimo? R. Que se excusará, cuando se manifiesta por necesidad u otro honesto fin; o cuando así conviene al bien común o al particular grave del mismo que lo manifiesta, o de otro inocente. Será pues lícita esta manifestación para la enmienda del delincuente, denunciándolo al Juez, padre, o Prelado, guardando el orden de la corrección fraterna. Es también lícito descubrir al homicida, pudiendo probarse, para librarse a sí mismo, o a otro inocente, a quien se le imputa, como también descubrir al ladrón para que se guarden de él los que no saben lo es.
P. ¿Puede usarse de la noticia injustamente adquirida, como abriendo las cartas, o de otros modos, para impedir el mal propio o ajeno? R. Que sí; porque aunque la noticia se haya logrado por modo injusto, su uso para el dicho efecto es bueno. Sólo sería esto ilícito cuando el daño que se teme fuese leve, y el que se ha de seguir de la manifestación fuese grave. Mas bastará, que el que se atiende a evitar con esta, sea absolutamente grave, aun cuando lo sea más el que se ha de seguir de hacerla.
P. ¿Es lícito manifestar la ignorancia del médico, abogado, o teólogo, o la de otros artífices? R. Que si ejercen sus oficios con perjuicio de otros, se ha de descubrir su impericia en favor de los inocentes. Propalar la ignorancia ajena, sin haber causa para ello, es ilícito. Decir de un excelente Predicador que no es propio lo que predica; o que lo luce con lo ajeno, apenas puede librarse de culpa grave; a no decirse a presencia de los que lo saben. Es lícito descubrir los defectos de aquellos, que quieren tomar algún estado, cuando se oponen a él, y a sus leyes; porque su admisión le es perjudicial. Tratar a uno de escrupuloso puede ser culpa grave; como si esto se dijese de un sujeto circunspecto, docto, y de sano consejo, a quien los mundanos y libertinos dan por despreciio este título. No será culpa alguna, si se quiere con ello significar, como muchas veces sucede, que el sujeto es reparado y timorato.
P. ¿Peca gravemente el que oye murmurar? R. Que si el que oye es Prelado o Superior del infamado, lo más probable es, que peca contra justicia, y está obligado a restituirle la fama en defecto del murmurador; porque por oficio está obligado a mirar por la fama de su súbdito infamado. Respecto del súbdito que murmura, aunque esté obligado más estrechamente que otros a corregirlo, así por la caridad, como por la justicia legal, no delinque en no hacerlo contra la justicia conmutativa, aunque lo oiga. Si quien oye murmurar es persona privada inferior o igual al que murmura, y ni se complace en la murmuración, ni incita a ella, pecará venialmente, pero rara vez mortalmente, si no le resiste por temor, vergüenza, o negligencia. Sto. Tomás 2. 2., q. 73, art. 4.
El que mueve a otro a murmurar, con sus preguntas, o de otro cualquiera modo, peca contra justicia respecto del difamado, y contra caridad respecto del difamante, por inducirlo al pecado. Pero si ni le induce, ni le fomenta, sino que solamente se complace en oírle murmurar, solamente pecará contra caridad por no resistirle; porque a todos nos obliga la caridad, a lo menos sub veniali, a resistir al murmurador, pudiendo hacerlo. Es verdad, que si el que lo oye no supiese, si es, o no público lo que dice, o si es inferior, o tiene otra causa justa para callar, no estaría entonces gravemente obligado a impedir la murmuración; pero esto no quita que sea culpa grave contra caridad no impedirla, cuando el que la oye puede hacerlo fácilmente, y sabe que es verdadera murmuración grave.
[ Compendio moral salmaticense · Pamplona 1805, tomo 1, páginas 631-638 ]
INMACULADO CORAZÓN DE LA B. VIRGEN MARÍA: IIº Y IIIº NOCTURNOS DE MAITINES
Las siguientes lecciones están tomadas del volumen de Maitines del Breviario Romano, según las rúbricas Divino Afflatu, en latín-castellano, de la edición que puede adquirirse aquí.
NOCTURNO II
LECCIÓN IV. Sermón de San Bernardino de Siena. Sermón 9 sobre la Visitación.
¿Será posible que un hombre, con su boca impía, pueda decir algo acerca de la verdadera Madre del Dios Hombre, si no es a raíz de la Revelación? Más aún si se piensa que el Padre la ha predestinado a ser Virgen, el Hijo la eligió como Madre y el Espíritu Santo la predispuso a ser el hogar de cada gracia. Y yo, un hombrecillo, ¿con qué palabras puedo expresar los sentimientos del corazón de la Virgen, si ni siquiera el lenguaje de un ángel es suficiente para describirlos? El Señor dijo: «Un hombre bueno saca un tesoro del cofre de su corazón». ¿Y quién puede pensar que es más adecuado hablar del corazón de la Virgen, si no es la Virgen misma, la que mereció convertirse en la Madre de Dios y que recibió al mismo Dios en su corazón y en su vientre durante nueve meses? ¿Y qué tesoro más apropiado que el amor divino en sí mismo, que inflamó el corazón de la Virgen cual horno?
LECCIÓN V
De este corazón, como de un horno de amor divino, la Virgen hizo fluir buenas palabras, es decir, palabras inflamadas de amor. Como de una ánfora llena de buen vino, no puede salir más que buen vino; y como un horno incandescente no puede salir más que calor intenso, de la Madre de Cristo no puede salir ninguna palabra que no estuviera llena de amor y ardor divino. La mujer sabia usa palabras bellas y sensibles: por lo tanto, leemos que la bendita Madre de Cristo pronunció en siete momentos diferentes, siete palabras llenas de significado y eficacia: esto también significa que estaba llena de los siete dones del Espíritu Santo. Ella habló dos veces con el ángel, dos con Isabel, dos con su Hijo (una en el templo y la otra durante la boda), una vez con los sirvientes. Y en estas ocasiones siempre habló con modestia: se debe excluir el caso en el que elogió y agradeció a Dios, cuando prolongó su discurso diciendo: «Mi alma magnifica al Señor». En este caso, habló no con los hombres, sino con Dios. Estas siete palabras fueron pronunciadas según un orden y mostraban las siete formas de proceder y actuar del amor. Eran como siete llamas de su corazón ardiente.
LECCIÓN VI. De documentos eclesiásticos.
El culto litúrgico con el cual el Corazón Inmaculado de la Virgen María recibe el honor, y que muchos hombres y mujeres santos fueron preparando el camino de la misma Sede Apostólica, fue aprobado por primera vez a principios del siglo XIX, cuando Pío VII instituyó la fiesta del Corazón Inmaculado de la Virgen, para ser celebrada santa y piadosamente por aquellas diócesis y familias religiosas que lo habían solicitado; luego Pío IX agregó su Oficio y Misa. Después el Sumo Pontífice Pío XII, aceptando amablemente el celo ardiente y el deseo, ya desde el siglo XVII y la mayor implantación, para conseguir que la fiesta se celebrara con mayor solemnidad ya que se había hecho común en toda la Iglesia, en 1942, cuando una guerra atroz se extendía por todo el mundo, teniendo compasión por las infinitas miserias de los pueblos, por su piedad y confianza en la Madre celestial, consagró solemnemente el género humano a su Corazón benignísimo y estableció que la fiesta se celebrara para siempre y en todas partes en honor a su Corazón Inmaculado con Misa y Oficio propios.
NOCTURNO III
LECCIÓN VII. Santo Evangelio según San Juan 19, 25-27
En aquel tiempo: Estaba junto a la Cruz de Jesús, su Madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Y lo que sigue.
Homilía de San Roberto Belarmino. De la séptima palabra de Cristo en la Cruz, cap. 12.
El deber de cuidar a la Virgen Madre era un yugo muy suave para San Juan, impuesto por el Señor. ¿Quién no habría vivido voluntariamente junto a esa Madre, que portó al Verbo Encarnado durante nueve meses y vivió con Él durante treinta años completos? ¿Quién no envidia al amado de Jesús, porque, ausente el Hijo de Dios, obtuvo la presencia de la Madre de Dios? Sin embargo, también podemos recibir con nuestras oraciones de Aquél que se encarnó por nosotros y fue crucificado por nuestro amor, la gracia que Él nos dice: He ahí a tu Madre; y nos señala diciendo a su Madre: Aquí tienes a tu hijo.
LECCIÓN VIII
El Señor no es tacaño con las gracias, si nos acercamos a su trono de gracia con fe y confianza y no con engaño, sino con amor verdadero y sincero. Él, que quería que fuéramos coherederos del reino del Padre, no desdeñará a los coherederos con el amor de su Madre. Tampoco la muy benevolente Virgen se verá exacerbada por la multitud de hijos, teniendo un corazón tan grande y un ardiente deseo de que nadie perezca de aquellos que el Hijo redimió con tan preciosa sangre. Por lo tanto, vayamos con confianza al trono de la gracia de Cristo, y suplicantes y no sin lágrimas para pedir que cada uno le diga a su Madre: He ahí a tu hijo; y cada uno le diga: He aquí a tu madre.
LECCIÓN IX
¿Qué ventaja tiene al estar protegido por esta Madre? ¿Quién puede arrancarnos de sus pechos? ¿De qué dificultades nos librará si confiamos en la ayuda de la Madre de Dios? No somos los primeros en disfrutar de estas ventajas: ya otros, antes que nosotros, estaban sujetos al mecenazgo especial y materno de esta Virgen, y nadie se fue decepcionado o triste, y todos se fueron felices y tranquilos de la protección de esta Madre. Estaba escrito sobre ella: Te aplastará la cabeza. Los que confían en Ella pisarán seguros serpientes y basiliscos, y aplastarán leones y dragones. Tampoco parece que pueda perecer de quien Jesús le dijo a la Virgen: «He aquí a tu hijo», siempre que no esté sordo a las palabras de Jesús que le dice: «He ahí a tu madre».
EL MISTERIO DE INIQUIDAD Y LA ESPERANZA
Editado por Sapientiæ Sedei Filii
Parte I: generalidades
Prólogo
“El misterio de la iniquidad”, escribe el Apóstol San Pablo, “ya está obrando ciertamente, sólo hay el que ahora detiene hasta que aparezca de en medio” (2.Tesalonicenses II. 7). Cuando la fe haya desaparecido casi totalmente, cuando la apostasía general haya arribado, entonces se manifestará el Anticristo.
Según San Pablo, el Anticristo “se sentará en el Templo de Dios” (2.Tesalonicenses II. 4). Comentando este pasaje paulino, San Agustín enseña que el Anticristo será un hombre individual, pero que se puede igualmente aplicar el mote “Anticristo”, en sentido figurado, a una sociedad anticristiana entera. Este Anticristo colectivo, que debe preparar la vía al Anticristo individual, se sentará “in templo Dei”. La expresión “in templo Dei” es susceptible de ser interpretada de una manera literal o de una manera figurada:
- En sentido literal, será un hombre que entrará en el Templo para hacerse adorar como un ser
- En sentido figurado, será una sociedad apóstata, una falsa iglesia que usurpará el lugar de la verdadera Iglesia. Será una sociedad de apóstatas erigida en “Templo de Dios”, una pandilla de infiltrados que pretenderán representar la Iglesia de Cristo. Luego, el Anticristo será (o ya es) una secta herética que procurará representar la Iglesia Católica.
Las palabras del Apóstol serían luego una exhortación a los fieles a permanecer firmes en la fe “hasta que esto se manifieste saliendo de en medio”, es decir, hasta que el misterio de iniquidad que está momentáneamente oculto surja del medio de la Iglesia” (Ciudad de Dios, libro XX, c. 19).
San Pedro el Venerable comenta este pasaje: “Cristo ha permitido esto: que el Anticristo, cabeza de todos los cismáticos, se sentará en el templo de Dios, que los suyos (los cristianos) serán exiliados, y que quienes no son los suyos ocuparán un día la Sede de Pedro (Sanctus Petrus Venerabilis: De miraculis libri duo, libro II, c. 16).
El Apóstol San Juan, en su visión del porvenir inspirada por Dios, vio una bestia, símbolo de la Contraiglesia, que llegaba a eclipsar a la verdadera Iglesia en el fin de los tiempos. “Yo vi todavía elevarse de la tierra otra bestia, que tenía dos cuernos parecidos a los del cordero, pero hablaba como el dragón” (Apocalipsis XIII, 11).
San Cesáreo, obispo de Arles (c. 470-542/543), comenta este pasaje: “Y ella tenía dos cuernos como los del cordero”, es decir los dos Testamentos como imagen del cordero, que es la Iglesia. “Y ella hablaba como el dragón”. Ella que, cristiana solamente por el nombre, presenta el cordero para expandir secretamente los venenos del dragón, es la iglesia hereje; en efecto, ella no imitaría la semejanza del cordero, si hablara abiertamente, finge mientras tanto el espíritu cristiano, con el fin de confundir más seguramente a los imprudentes; es por esto que el Señor ha dicho: “Desconfiad de los falsos Profetas” (Mateo VII, 15)” (San Cesáreo de Arles: Exposición sobre el Apocalipsis).
Introducción
León XIII (encíclica Inimica vis, 8 de diciembre de 1892), pone en guardia al episcopado de Italia. “Los sectarios masones buscan por promesas seducir al clero inferior. ¿Con qué fin?… Lo que ellos quieren es ganar dulcemente a su causa a los ministros de las cosas sagradas, y después, una vez atrapados en las ideas nuevas, hacer revueltas contra la autoridad legítima”.
Al morir León XIII en 1903, los católicos se salvaron de tener por Papa, en lugar de Giuseppe Sarto (San Pío X), al cardenal masón Rampolla, secretario de Estado de León XIII. Concentró la mayoría de los votos, pero fue vetado por el Emperador austrohúngaro. A pesar de este fracaso puntual, el plan masónico funcionó demasiado bien. Algunos decenios después, el sobrino del cardenal luciferino había formado, o continuado, un círculo de conspiración que contaba con la membrecía de Giovanni Battista Montini, futuro antipapa Pablo VI.
El Papa San Pío X denuncia las infiltraciones masónicas en Sillon (movimiento de la juventud cristiana francesa).
En los años veinte, no solo el bajo clero y la juventud, sino también una parte notable del alto clero militaban ya bajo la bandera de la Revolución. Luego del consistorio secreto del 23 de mayo de 1923, Pío XI interrogó a una treintena de cardenales de la Curia sobre la oportunidad de convocar un concilio ecuménico. El cardenal Boggiani estima que una parte considerable del clero y de los obispos estaba imbuida de las ideas modernistas. El cardenal Billot expresa su temor de ver el concilio “manipulado” por “los peores enemigos de la Iglesia: los modernistas, que se aprestan ya, como indicios ciertos lo muestran, a hacer la Revolución en la Iglesia, un nuevo 1789”. A la muerte de Pío XII, el sueño de la masonería se realiza: una “Revolución en tiara y en capa”. Angelo Roncalli (que se había hecho iniciar en una sociedad secreta en Turquía en 1935, después afiliado a una logia masónica en París) toma el nombre de “Juan XXIII” y convoca el Vaticano II, que trastorna enteramente la religión.
Los partidarios del cambio se llaman “conciliares” (del “conciliábulo” Vaticano II); los opositores, “católicos” (en razón de su adhesión al catolicismo).
Desde 1958, Roma toma la contramarcha de lo que el Papado ha enseñado siempre. Algunas personas hacen entonces el silogismo siguiente: Todas las veces que no define solemnemente ex cathedra un dogma, un Papa puede errar. Por lo cual no hay obligación de obedecerle, cada vez que él enseña u ordena alguna cosa contraria a la fe. Los hombres en el poder en Roma desde el año 1958 profieren herejías, pero no ex cathedra. Luego, esos hombres son Papas.
Otras personas establecen un silogismo diferente: la enseñanza ex cathedra es vehiculizada no solamente por el modo “extraordinario” (definiciones solemnes), sino también por el modo “ordinario” (escritos de todos los días). Un Papa no se equivoca en ningún momento en el dominio de la fe, porque está sin cesar asistido por el Espíritu Santo, conforme a la promesa formal de Cristo (Juan XIV, 15-17). ¿Esta defección no sería el signo de que los hombres que gobiernan el Vaticano desde 1958 no son verdaderos Papas, sino usurpadores, ocupantes ilegítimos de la Sede de San Pedro?
Estas formas de visualizar el problema son lógicas las dos. Solamente un silogismo puede ser lógico siendo falso. Pues todo depende de las premisas de las cuales se extrae una conclusión. Si una premisa es falsa, se arriba por razonamiento en sí mismo lógico, a una conclusión falsa. Antes de comenzar a razonar en buena lógica, es indispensable asegurarse que las bases sobre las cuales se apoya el razonamiento corresponden a la realidad.
A fin de no razonar en el vacío hemos emprendido una vasta investigación teológica, histórica y canónica. Hemos reunido informaciones y documentos, con el fin de dar una base muy sólida a este estudio, expuesto a continuación.
Parte II: investigación teológica: la infalibilidad pontificia
“La Iglesia es infalible en su Magisterio ordinario, que es ejercido cotidianamente principalmente por el Papa, y por los obispos unidos a él, que por esta razón son como él, infalibles de la infalibilidad de la Iglesia, por el Espíritu Santo todos los días”.
Pregunta: ¿A quién pertenece el cada día en que Dios hace:
- declarar las verdades implícitamente contenidas en la Revelación?
- definir las verdades explícitas?
- defender las verdades atacadas?
Respuesta: Al Papa, sea en concilio, sea fuera de concilio. El Papa es, en efecto, “el Pastor de los pastores y el Doctor de los doctores” (Monseñor d’Avanzo, relator de la Diputación para la fe del concilio Vaticano, 1870).
¿Puede ocurrir que un Papa se desvíe de la fe?
Desde la definición del dogma de la infalibilidad pontificia en 1870, los católicos creen que un Papa no puede equivocarse cuando enseña solemnemente una verdad de fe, pero las opiniones son diversas en cuanto a su enseñanza ordinaria. Un Papa infalible en las definiciones solemnes, ¿puede caer en la herejía en sus enseñanzas cotidianas? ¿O bien la asistencia del Espíritu Santo hace que su fe no pueda fallar en ningún momento de su pontificado?
En la duda, “es necesario atenerse a lo que ha sido creído en todas partes y por todos en los tiempos antiguos, pues la antigüedad no puede ser seducida por la novedad” (Commonitorium, San Vicente de Lerins, 434). Que el Papa pueda errar en la fe es una tesis aparecida en la época moderna bajo el impulso de corrientes heréticas. Los teólogos católicos se dejaron ganar por las ideas nuevas y sostuvieron que un Papa podía errar. Luego, esta novedad es, por el hecho mismo de ser nueva, no conforme a la doctrina católica tradicional. Esta doctrina tradicional se encuentra en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, los padres de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino y los escritos de los Papas mismos.
Precisemos que no se debe confundir infalibilidad con impecabilidad.
Los doctores de la Sinagoga antigua fueron ciertamente corruptos, pero, no obstante, infalibles. Tanto como hubo en el Antiguo Testamento prefiguraciones de Cristo, hubo una prefiguración de la infalibilidad papal. La cátedra de San Pedro es, en efecto, prefigurada por la cátedra de Moisés.
La cátedra de Moisés de la antigua Sinagoga era infalible. Cuando una cuestión relevante de la religión o de la moral era disputada o no suficientemente clara, los judíos debían someter sus diferendos o sus dudas al veredicto de la cátedra de Moisés. Era un tribunal que zanjaba con una autoridad soberana e infalible las cuestiones religiosas o morales. Los escribas y fariseos sentados en la cátedra de Moisés interpretaban la Ley, y esto sin ninguna posibilidad de error.
“Entonces Jesús habló a las muchedumbres y a sus discípulos y les dijo: “Los escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés. Todo lo que ellos os mandaren, hacedlo y guardadlo; pero no hagáis como ellos porque dicen y no hacen. Pues ellos dicen bien lo que se debe hacer, pero no lo hacen” (Mateo XXIII, 2-3).
Comentario de San Juan Crisóstomo (Homilía 71, citada por Santo Tomás de Aquino en su Cadena de oro): “A fin de que nadie pueda excusar su negligencia para las buenas obras por los vicios de aquél que enseña, el Salvador destruyó ese pretexto ordenando: “Haced todo lo que ellos os digan”… porque no es por su propia doctrina que ellos enseñan, sino las verdades divinas con las cuales Dios ha compuesto la Ley que ha dado por Moisés”.
Comentario de San Agustín (De la doctrina cristiana, IV, 27): “Lo verdadero y lo justo pueden ser predicados con un corazón perverso e hipócrita. Esta cátedra entonces, que no era de ellos sino de Moisés, los forzaba a enseñar el bien, aun cuando ellos no lo hacían. Ellos seguían así sus propias máximas en su conducta; pero una cátedra que les era extraña, no les permitía enseñarlas… Son numerosos aquellos que buscan la justificación de sus desórdenes en la conducta de quienes son propuestos para instruirlos, diciéndose interiormente y a veces aun gritando en público: “¿Por qué me ordenas lo que tú mismo no haces?” Ellos desprecian a la vez la palabra de Dios y el predicador que la predica”.
Así lo enseñan igualmente San Francisco de Sales (1576 – 1622) y San Bernardo, que llama al Papa otro “Moisés en autoridad”.
Bajo el Antiguo Testamento, el que rehusaba obedecer al gran sacerdote debía ser ejecutado. “Irás a los sacerdotes, hijos de Leví y al juez que hubiere entonces y los consultarás; y ellos te resolverán el caso conforme a derecho. Haz según la sentencia que te anuncien. Pon cuidado en hacer conforme a todo lo que te enseñaren. No te apartes de la sentencia que te hayan manifestado, ni a la derecha ni a la izquierda. Quien dejándose llevar por la soberbia no escuchare al sacerdote establecido, a ese tal será quitada la vida” (Deuteronomio XVII, 12).
Jesucristo mismo ordena: “Aquél que rehúse escuchar a la Iglesia debe ser considerado como un pagano y un publicano” (Mateo XVIII, 17).
Si Dios nos obliga a escuchar el Magisterio con confianza y sumisión, es porque la Iglesia Romana está al abrigo del error. “Jesucristo ha instituido en la Iglesia un Magisterio viviente, auténtico y, además, perpetuo… Y ha querido y muy severamente ordenado que las enseñanzas doctrinales de ese Magisterio fueran recibidas como las suyas propias… Si (la enseñanza de la Iglesia) pudiera de alguna manera ser falsa, se seguiría lo que es evidentemente absurdo: que Dios mismo sería el autor del error de los hombres” (León XIII, Encíclica Satis Cognitum, 29 de junio de 1896).
Nuestro Señor hizo una promesa solemne a San Pedro: “Simón, Simón, mira que Satán os ha reclamado para zarandearos como se hace con el trigo. Pero yo he rogado por ti a fin de que tu fe no desfallezca. Y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lucas, XXII, 32). San Pedro recibió así la promesa formal de que él no podría jamás perder la fe. Esta firmeza inalterable era vital para la supervivencia de la Iglesia, pues Pedro iba a ser establecido doctor de toda la Iglesia, encargado de confirmar la fe de sus hermanos y de disipar los eventuales errores que pudieran surgir en el porvenir.
En otra ocasión, el Salvador dijo a San Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo, XVI, 18). Allí nuevamente, el Hijo de Dios asegura a Pedro que su fe sería a toda prueba, porque la asimila a la estabilidad inmutable de una piedra.
Según estos dos textos, un Papa es siempre infalible. Pues si un Pontífice desviara de la fe aunque fuera un breve minuto en privado, Cristo habría mentido. Por otra parte, es truncar el texto decir que esta promesa no se extiende más que a las definiciones solemnes, y no a la vida de todos los días. Si fuera así, Jesús lo habría precisado, Él que no pronuncia ninguna palabra al azar y pesa cada una de ellas. ¡Ningún teólogo o exégeta tiene el derecho de establecer por su propio criterio una restricción mental a la palabra del Hijo de Dios!
Que el Papa (así como el episcopado) sea asistido cotidianamente por el Espíritu Santo surge todavía con más nitidez de otra promesa de Nuestro Señor: “Id y enseñad a todas las naciones. Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos” (Mateo, XXVIII. 19-20).
La Iglesia docente (Papa más obispos) goza de una asistencia permanente del Espíritu Santo. “Si vosotros me amáis, observaréis mis mandamientos, y Yo rogaré al Padre y Él os dará otro Defensor para que permanezca eternamente con vosotros. Es el Espíritu de Verdad” (Juan XIV, 15-17).
San Ireneo de Lyon (circa 130-208) prescribía a los fieles alinear su fe con la del Pontífice Romano, porque éste transmitía intacta la tradición venida de los Apóstoles.
San Cipriano (circa 200 – 258) defendía la autoridad e infalibilidad pontificia en su célebre tratado Sobre la unidad de la Iglesia.
San Atanasio (295-373) se sirvió de una carta de un Papa para luchar contra los herejes arrianos. En una carta a Félix, escribía esta frase memorable: “La Iglesia Romana conserva siempre la verdadera doctrina sobre Dios”.
San Efrén (300-373), gran Doctor de la Iglesia siríaca, alaba la magnificencia de la enseñanza pontifical continuamente asistida por el Espíritu Santo.
San Basilio (329–379) tiene la convicción, al igual que sus contemporáneos, aun en Oriente, que el obispo de Roma posee el poder de juzgar soberanamente por sí mismo las cuestiones doctrinales.
San Gregorio Nacianceno (c.330-390) alaba la indefectibilidad de la fe romana en un poema.
San Gregorio de Niza (muerto en 394), hermano de San Basilio, afirma: “La Iglesia de Dios tiene su solidez en Pedro, pues es éste quien, a partir de la prerrogativa que le ha sido acordada por el Señor, es la piedra firme y muy sólida sobre la cual el Salvador ha construido la Iglesia” (Laudat. 2 in St Stephan).
San Epifanio (315-403) interpreta que era imposible que la Iglesia Romana fuera vencida por las puertas del infierno, es decir, por las herejías, porque ella estaba apoyada sobre la fe sólida de Pedro junto a quien se encontraba la buena respuesta a todas las cuestiones doctrinales.
San Ambrosio (340-397): “Allí donde está Pedro, está la Iglesia. Allí donde está la Iglesia no está la muerte, sino la vida eterna” (Ennarratio in Psalmun XL).
San Juan Crisóstomo (340-407): “San Pedro ha sido así llamado, en razón de su virtud. Dios ha como depositado en este nombre una prueba de la firmeza del Apóstol en la fe” (Cuarta Homilía sobre los cambios de nombres).
Según San Jerónimo (347-420), los fieles podían con toda seguridad seguir las enseñanzas pontificias, pues la cátedra de San Pedro guardaba incorruptiblemente la herencia de la fe.
San Agustín se pronuncia categóricamente a favor de la infalibilidad permanente del Pontífice Romano.
San Cirilo de Alejandría (380-444), en su Comentario sobre Lucas XXII, 32 explica que la expresión “confirma a tus hermanos” significaba que Pedro era el maestro y el sostén de aquellos que venían a Cristo por la fe. “Después de esta promesa (Tu es Petrus…), la Iglesia Apostólica no contrae ninguna mácula de todas las seducciones de la herejía (San Cirilo, in: Santo Tomás de Aquino: Cadena de oro sobre Mateo XVI, 18).
San Fulgencio de Ruspe (467-533) constata: “Lo que la Iglesia Romana tiene y enseña, el universo entero lo cree sin hesitación con ella” (De incarnatione et gratia Christi, c. 11).
San Bernardo (1090-1153) fue el último de los padres de la Iglesia: “Los ataques dirigidos contra la fe deben ser reparados precisamente por aquél cuya fe no puede tener defecto. Es la prerrogativa de esa Sede” (De error Abaelardi).
Ningún Padre habla de la posibilidad (aun puramente teórica) de que un Papa pueda errar en un solo instante.
En 1564, el Papa Pío IV instaura una obligación para todo el clero de jurar obediencia a una profesión de fe, que decía, entre otras definiciones: “Yo interpretaré siempre las escrituras según el consenso unánime de los Padres”.
Santo Tomás de Aquino (1225-1274) es el más grande de todos los doctores de la Iglesia. Él es partidario de la infalibilidad absoluta y permanente del soberano Pontífice. Apoyándose sobre Lucas XXII, 32, el Doctor Común enseña que la Iglesia no puede errar, porque el Papa no puede errar.
Comenta el Salmo XXXIX, 10, “Yo he anunciado tu justicia en la gran asamblea”: es decir, en la Iglesia Católica, que es grande por su poder y firmeza: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo XVI, 18) (Santo Tomás: Comentarios sobre los salmos). Esta firmeza, la Iglesia la debe en primer lugar a la fe sin falla del Pontífice Romano como es explicado en uno de los Opúsculos del santo doctor: la Iglesia es Una, Santa, Católica y “Firme”.
“Cuarto, ella es firme. Una casa es firme 1) cuando sus fundaciones son sólidas”. La verdadera fundación de la Iglesia es Cristo (1. Corintios III, 2) y los doce Apóstoles (Apocalipsis XXI, 14). Para sugerir la firmeza, Pedro es llamado la roca. 2) “La firmeza de una casa se manifiesta también cuando no puede ser derribada por una sacudida”. La Iglesia no ha podido ser derribada ni por los perseguidores, ni por las seducciones del mundo, ni por los herejes. Según Mateo, XVI, 18, las “puertas del infierno” (los herejes) pueden triunfar sobre tal o cual iglesia local, pero no contra la Iglesia de Roma donde reside el Papa. “Es por esta razón que solamente la Iglesia de Pedro permanecerá siempre firme en la fe. Y mientras que en otra parte la fe no está completa, o bien mezclada con muchos errores, la Iglesia de Pedro, ella, es fuerte en la fe y pura de todo error, lo que no es sorprendente, visto que el Señor dijo a Pedro: Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca” (Santo Tomás, Opuscula, opúsculo intitulado Expositio symboli apostolorum, pasaje relativo al artículo “yo creo en la Iglesia Católica” del Símbolo de los Apóstoles).
San Jerónimo: “Es necesario atenerse a la sentencia del Papa a quien pertenece el pronunciarse en materia de fe, mucho más que a la opinión de todos los sabios” (Quaestiones quodlibetales, q. 9 a 16).
San Lucio, Papa y mártir (253–254), enseña: “La Iglesia Romana, Santa y Apostólica es madre de todas las iglesias, y está constatado que jamás se ha alejado del sendero de la tradición apostólica, conforme a esta promesa que el Señor mismo le ha hecho, diciendo: “Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca” (Carta a los obispos de Galia y de España, n. 6).
San Inocencio I (401 – 417) asimila la Iglesia de la ciudad de Roma a una fuente pura de toda mancilla herética, que vivificando las iglesias locales, “como las aguas que surgen de su fuente original y que fluyen en todas las regiones del mundo por arroyos puros venidos de la fuente no contaminada” (Carta In requirendis, 7 de enero de 417, dirigida a los obispos del concilio de Cartago).
San Sixto III (432 – 440) dice que San Pedro “ha recibido una fe pura y completa, una fe que no está sujeta a ninguna controversia”.
San León I el Grande (440 – 461) dejaba entender que San Pedro vivía y enseñaba por la boca de sus sucesores.
San Gelasio I (492 – 496): “Pedro brilla en esta capital (Roma) por el sublime poder de su doctrina, y tuvo el honor de derramar aquí gloriosamente su sangre. Es aquí que él reposa para siempre, y que asegura a esta Sede bendita por él de no ser jamás vencida por las puertas del infierno” (Decretal 14 titulada Responsione ad Graecos).
San Hormidas (514 – 523) redacta una profesión de fe el 11 de agosto de 515, que fue aceptada por toda la Iglesia, y retomada en los concilios de Constantinopla IV y Vaticano I: “La religión católica siempre ha sido guardada sin mancha en la Sede Apostólica”.
San Agatón (678 – 681) redacta un texto capital en este mismo sentido que fue leído y aprobado por el cuarto concilio ecuménico.
San León IX (1049 – 1054): “Cristo ha confirmado los corazones de los hermanos en la fe de Pedro, que hasta ahora no ha fallado y que hasta el fin no fallará”.
Pío IX (1846 – 1878) afirma en su elevación al soberano pontificado (Discurso de su exaltación) que “un Papa no podría jamás (nunquam) desviar de la fe”. La Iglesia Romana “ha guardado siempre íntegra e inviolable la fe recibida de Cristo Señor, y la ha enseñado fielmente”. Misma palabra en la carta In suprema Petri de 6 de enero de 1848: jamás. Como en la encíclica Nostis et noviscum de 8 de diciembre de 1849: jamás.
León XIII (1878–1903) reafirma la antigua creencia en su encíclica Satis cognitum de 1896: jamás un Pontífice Romano se ha desviado de la fe.
San Pío X (1903 – 1914) enseña: “El primero y el más grande criterio de la fe, la regla suprema e inquebrantable de la ortodoxia es la obediencia al Magisterio siempre viviente e infalible de la Iglesia establecida por Cristo, “la columna y el sostén de la verdad” (1Timoteo III, 15).
San Pablo dice: “Fides ex auditu –La fe viene no por los ojos sino por los oídos–”, por el Magisterio viviente de la Iglesia, sociedad visible compuesta por maestros y por discípulos. Jesucristo mismo ha prescripto a sus discípulos escuchar las lecciones de los maestros y ha dicho a los maestros: “Id y enseñad a todas las naciones. El Espíritu de Verdad os enseñará toda verdad. He aquí que Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos” (San Pío X: Alocución Con vera soddisfazione a los estudiantes católicos, 10 de mayo de 1909). “Los hijos fieles del Papa son aquéllos que obedecen a su palabra y le siguen en todo, no aquéllos que estudian los medios de eludir sus órdenes” (Alocución a los nuevos cardenales, 27 de mayo de 1914).
Conclusión: Los evangelistas y los representantes de la Tradición (Padres, Santo Tomás, Papas y concilios) claman unánimemente que el Pontífice Romano no puede en ningún momento fallar en la fe.
¿Puede ocurrir que un legítimo papa enseñe un error en la FE?
Si el Papa tiene una fe siempre pura, no se ve cómo él podría enseñar un error en la fe. A este argumento de razón confirma la voz del Magisterio.
El Concilio Ecuménico de Vaticano I publica dos textos sobre la infalibilidad: Dei Filius y Pastor aeternus.
Los padres del Vaticano I afirman categóricamente la infalibilidad cotidiana de San Pedro y de su Iglesia. Por la bula Aeterni Patri de 3 de julio de 1868, Pío IX convoca a un Concilio Ecuménico y exhorta al mundo católico a tener confianza en la Iglesia. “Para que ella procediera siempre con un orden y una rectitud infalibles, el Divino Salvador le prometió que estaría con ella hasta la consumación de los siglos”.
La enseñanza de Pío IX fue retomada y desarrollada por los padres del Concilio en su constitución dogmática Dei Filius de 26 de abril de 1870.
“Deben ser creídas, de fe divina y católica, todas las cosas que son contenidas en la palabra de Dios, sea escritas, sea transmitidas por tradición, y que la Iglesia, sea por un juicio solemne, sea por el Magisterio ordinario y universal, propone como siendo divinamente revelada” (Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, 26 de abril de 1870, Ch. 3 titulado “de fide”). Así pues, la enseñanza infalible de la Iglesia puede revestir dos formas: una definición solemne con gran pompa (bula, concilio) o un documento de aspecto exterior modesto (alocución, encíclica).
Monseñor Simor, relator de la Diputación de la fe presenta el esquema de este texto a los padres del Vaticano: “Este parágrafo es dirigido contra aquéllos que pretenden que se está obligado a creer únicamente lo que ha sido definido por un concilio, y que no se está obligado a creer igualmente lo que la Iglesia docente dispersada predica y enseña con acuerdo unánime como divinamente revelado” (Jean Michel Alfred Vacant: Estudio sobre las constituciones del concilio Vaticano según las actas del concilio, Paris y Lyon, 1895, 1. II. p. 89).
Según otro relator de la Diputación de la fe, Monseñor Martin, este parágrafo enseña que el Magisterio ordinario es tan infalible como el Magisterio extraordinario: “Es necesario creer todas las cosas que Dios ha revelado y nos propone creer, por intermedio de la Iglesia, y esto, cualquiera que sea el modo de expresión que ella eligiera (quo modo cumque). Por esta doctrina es excluido el error de aquéllos que quieren que sea necesario solamente creer de fe divina los artículos de fe formalmente definidos, y que en consecuencia, se esfuerzan en reducir casi al mínimo la suma de verdades a creer” (Ibídem, p. 372).
“Jesucristo, a punto de retornar a su Padre Celestial, prometió estar con su Iglesia militante sobre la tierra todos los días, hasta la consumación de los siglos. Por lo tanto no ha dejado en ningún tiempo (nullo unquam tempore) de sostener a su esposa bien amada, de asistirla en su enseñanza, de bendecir sus obras y de socorrerla en los peligros” (Vaticano I: Dei Filius, Prólogo).
Esta infalibilidad cotidiana, atribuida al conjunto de la Iglesia en Dei Filius deriva de la infalibilidad cotidiana del Papa solo. Los obispos del mundo entero no se equivocan en absoluto en su Magisterio ordinario de todos los días, porque se apoyan sobre la fe indefectible del Pontífice Romano. La Iglesia es infalible, porque ella reposa sobre la roca indestructible de la fe de Pedro. Es lo que surge claramente de la constitución dogmática Pastor aeternus, publicada el 18 de julio de 1870 por Pío IX con la aprobación de los padres del Vaticano.
“Este carisma de verdad y de fe por siempre indefectible ha sido acordado por Dios a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra. Es por esto, ligándonos fielmente a la tradición recibida desde el origen de la fe cristiana definimos como un dogma revelado por Dios:
El Pontífice Romano, cuando habla ex cathedra, es decir, cuando, desempeñando su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define, en virtud de su suprema autoridad apostólica, que una doctrina sobre la fe o las costumbres debe ser cumplida por toda la Iglesia, goza, por la asistencia divina a él prometida en la persona de San Pedro, de esta infalibilidad que el divino Redentor ha querido que fuera provista su Iglesia, cuando ella defina doctrina sobre la fe y las costumbres. En consecuencia, estas definiciones del Pontífice Romano son irreformables por ellas mismas y no en virtud del consentimiento de la Iglesia. Si alguno, lo que Dios no quiera, tuviera la presunción de contradecir esta definición, que sea anatema” (Pastor aeternus, ch. 4).
Pío XII se yergue contra las personas que bajo pretexto de que el Papa no enseñaría solemnemente, creen que tales escritos pueden contener opiniones contestables. Luego, las encíclicas y otros actos corrientes del “Magisterio ordinario”, dice Pío XII, son la voz de Cristo. Y como Cristo no miente jamás, estos textos son por la fuerza de las cosas siempre infalibles. La infalibilidad es permanente, de ninguna manera limitada a las definiciones solemnes puntuales.
El Papa León XIII manda a los católicos creer todo lo que enseña el Papa, nueva prueba de la infalibilidad permanente del soberano Pontífice.
“El Magisterio de la Iglesia, el cual, siguiendo el plan divino, ha sido establecido aquí abajo para que las verdades reveladas subsistan perpetuamente y que sean transmitidas fácilmente y seguramente al conocimiento de los hombres, se ejerce cada día por el Pontífice Romano y por los obispos” (Pío XI: Encíclica Mortalium animos, enero 6 de 1928).
Conclusión: La enseñanza del Papa será siempre irreprochable. Es simple de probar, comparando los prólogos de dos textos de Vaticano I:
- La Iglesia enseña la verdad todos los días (prólogo de Dei Filius).
- Esta infalibilidad cotidiana de la Iglesia docente reposa sobre la fe indestructible del Papa (prólogo de Pastor aeternus).
- Luego el Papa predica la verdad todos los días así como los obispos en comunión con él. Esta conclusión es corroborada por otros documentos de Vaticano I.
Según el concilio Vaticano I un Papa no enseñará jamás un error en la fe.
¿Un Papa puede caer en herejía en tanto que “doctor privado”?
Algunos teólogos sostienen que un Papa puede caer en la herejía en tanto que doctor privado. Pero la expresión “doctor privado” es absurda en sí misma. Un Papa es, en efecto, un doctor público en todos los instantes de su pontificado: si publica una encíclica o si hace una alocución, actúa siempre públicamente. Si hace el oficio de doctor enseñando, esta enseñanza, al ser recibida por un amplio público, no puede ser privada. Cuando enseña, el Papa deja inmediatamente la esfera de su vida privada. El término de “doctor privado” es un contrasentido.
La tesis del Papa hereje en tanto que doctor privado es una novedad, luego falsedad, aparecida en la época moderna. Del siglo I al XVI, estrictamente ningún escritor católico de lengua latina ha empleado la expresión “doctor privado”. Hemos efectuado una investigación filológica sobre la casi totalidad de los textos de autores latinos cristianos hasta el siglo XV, concilios y Papas, y obras completas de santo Tomás de Aquino. La tesis del Papa doctor privado hereje no se apoya sobre ningún Padre de la Iglesia, ningún Papa, ningún concilio, ninguna línea de Santo Tomás de Aquino y ningún caso histórico auténtico.
Ciertos pseudoteólogos invocan sin razón la autoridad del doctor de la Iglesia San Roberto Belarmino, que habría, según ellos, hablado de “doctor privado hereje”. Ahora bien, jamás este escritor ha empleado el término de “docteur privatus”. Él habla únicamente de “particularem personam”, lo que puede traducirse por “simple particular”. Y además, cuando habla de ello, demuestra que el Papa no se desviará jamás de la fe, aun como simple particular.
Según Pío IX y los padres de Vaticano I, el Papa es siempre puro de todo error doctrinal y su fe es eternamente indefectible. Esto significa que la tesis del “Papa doctor privado hereje” es un error en la fe.
¿La historia eclesiástica conoce casos en los que un Pontífice haya sostenido una herejía?
La tesis de la infalibilidad permanente del Papa está sólidamente establecida por argumentos de razón y de autoridad. Por lo demás, esta tesis es confirmada por los hechos: jamás ningún Papa se ha desviado de la fe.
Que los Papas hayan errado en la fe es una fábula calumniosa inventada en el siglo XVI por un grupo de historiadores protestantes llamados Centurarios de Magdeburgo. Sus mentiras fueron retomadas por los galicanos, después por los antiinfalibilistas del siglo XIX.
De 1868 a 1870 tuvo lugar una verdadera batalla periodística sobre los “casos históricos” de Papas que habrían fallado en la fe. Los antiinfalibilistas ingleses, franceses y alemanes atacaron en primer lugar al Papa Honorio I. El Papa Pío IX deplora la campaña de prensa desencadenada por los antiinfalibilistas.
Comencemos pues por una acusación que concierne al primer Papa, San Pedro mismo. ¿No fue San Pedro amonestado por San Pablo por haber puesto en peligro la sana doctrina? (Gálatas II, 11).
Desde el comienzo del cristianismo, ciertos falsos hermanos intentaron judaizar la Iglesia. “Falsos hermanos se habían introducido por sorpresa en la Iglesia, y se habían deslizado furtivamente entre nosotros, para observar la libertad que tenemos en Jesucristo, y para reducirnos a servidumbre”, sujetándonos de nuevo al yugo de las prescripciones legales judaicas (Gálatas II, 4). Estos falsos hermanos exigieron a los paganos convertidos al cristianismo que observaran también las prescripciones de la ley del Antiguo Testamento. En el concilio de Jerusalén, San Pedro dijo que no era necesario obligar a los paganos a esta observancia. Los participantes del concilio se ajustaron a la opinión del primer Papa (Hechos de los Apóstoles XV, 1 – 29; Gálatas II, 1 – 6).
En Jerusalén, los cristianos de origen judío observaban todavía las prescripciones legales, mientras que en Antioquía, los cristianos de origen judío las habían ya abandonado.
Con el fin de respetar la sensibilidad de la comunidad cristiana de Jerusalén, destaca San Juan Crisóstomo, “Pedro no osaba decir claramente y abiertamente a sus discípulos que era necesario abolirlas enteramente. Temía, en efecto, que si trataba de suprimir prematuramente estos hábitos, destruiría al mismo tiempo la fe de Cristo, pues el espíritu de los judíos, desde mucho tiempo imbuido de los prejuicios de su ley, no estaba preparado para entender tales consejos. Por eso San Pedro les dejaba seguir las tradiciones judaicas” (San Juan Crisóstomo: Comentario sobre la epístola a los Gálatas).
“Mientras Pedro vivía así, llegaron algunos judíos enviados por Santiago, es decir desde Jerusalén, los que habiendo permanecido siempre en esa ciudad y sin haber conocido jamás otras costumbres, conservaban los prejuicios judaicos y guardaban mucho sus prácticas. Pedro, al ver luego esos discípulos que venían de dejar a Santiago y Jerusalén, y que no estaban todavía confirmados en la fe, temió que si sufrían un escándalo rechazarían la fe. Cambia nuevamente de conducta, y cesando de vivir a la manera de los gentiles, volvió a su primera condescendencia y observa las prescripciones relativas a la alimentación” (San Juan Crisóstomo: Homilía sobre este texto: “yo le he resistido en cara”).
Sin embargo, cuando se dio cuenta, gracias a la reprimenda de San Pablo, que su actitud condescendiente respecto a los judíos arribados de Jerusalén peligraba de volverse contra la fe, San Pedro cambia inmediata y definitivamente de actitud.
El reproche de San Pablo era justificado, aunque la conducta de San Pedro estaba inspirada por un motivo noble, pues había judaizado únicamente para evitar escandalizar a los judíos llegados de Jerusalén. San Pedro actuó así por caridad, y no porque se hubiera desviado de la fe él mismo.
Escribe Santo Tomás de Aquino: “Actuaba así, porque temía a aquellos que venían de entre los circuncisos (Gálatas II, 12), es decir los judíos, si se quiere no por un temor humano o mundano, sino por un temor inspirado por la caridad, es decir, para que no fuesen escandalizados, dice la Glosa. Pedro deviene por esta conducta como judío con los judíos, fingiendo, con ellos que eran débiles, pensar como ellos. Sin embargo, este temor de su parte era opuesto al orden, porque no se debe jamás abandonar la verdad por temor al escándalo” (Santo Tomás: Comentario sobre todas las epístolas de San Pablo; lección 3 sobre el capítulo II de la epístola a los Gálatas).
En el siglo III, el escritor eclesiástico Tertuliano comenta: San Pedro cometió allí “un error de procedimiento y no de doctrina” (De la prescripción contra los herejes, cap. 23).
Y San Jerónimo: “Él se retiraba y se separaba temiendo los reproches de los circuncisos. Temía que los judíos, de los cuales era el Apóstol, se alejaran de la fe de Cristo con ocasión de los gentiles; imitador del buen pastor, temía perder el rebaño confiado a sus cuidados” (Carta dirigida a San Agustín en 404).
Ciertos escritores pretenden que el Papa San Liberio (352–366) habría tomado el partido de los herejes arrianos y excomulgado al obispo católico San Atanasio. Esta acusación es totalmente injusta, pues San Liberio se distingue, al contrario, por su lucha contra el arrianismo, lo que le valió ser exiliado de Roma por el emperador arriano. Lejos de excomulgar a Atanasio, por el contrario, le defendió de sus adversarios.
El ataque contra Liberio tiene tan poco sustento que un antiinfalibilista de primer rango como Monseñor Bossuet en 1684 recibió el encargo de Luis XIV de componer la Defensa de la declaración de la Iglesia de Francia, la apología a la herejía galicana. Después de haber hecho y rehecho veinte veces el capítulo sobre Liberio, terminó por suprimirlo totalmente, porque no probaba lo que él quería.
Los arrianos falsearon escritos de San Atanasio, de San Jerónimo, de San Hilario y de San Liberio mismo (análisis detallado en Constant, t. I, p. 294–349). Que San Liberio haya caído en la herejía arriana y que haya excomulgado a Atanasio es una invención forjada por los falsarios arrianos. La historia de los arrianos presenta una colección de falsificaciones de todos los grados: insertan subrepticiamente una letra en una palabra para alterar el sentido, tachan firmas, agregan secretamente artículos a decisiones tomadas en público, inventan cartas.
San Liberio condena los conciliábulos herejes de Tiro, de Arlés, de Milán y de Rímini. En 359, el emperador arriano Constancio convoca al conciliábulo de Rímini, pero se guarda bien de invitar a San Liberio, Atanasio y a los cincuenta obispos exiliados de Egipto.
San Jerónimo comenta los efectos del conciliábulo de Rímini por una frase célebre: “El universo gime y se sorprende de ser arriano”. Solo San Liberio tuvo el mérito de enderezar la situación: anula el conciliábulo de Rímini y anima a los obispos signatarios a rechazar la interpretación herética: “Los términos “hypostase” y “consubstancial” son como un fuerte inexpugnable, que desafiará siempre los esfuerzos de los arrianos. Es en vano que en Rímini hayan tenido la habilidad de reunir a los obispos para obligarlos por ardides o amenazas a condenar las palabras insertadas prudentemente en el Símbolo; este artificio no ha servido de nada. Nos, recibimos a nuestra comunión a los obispos engañados en Rímini, con tal que renuncien públicamente a sus errores y condenen a Arrio” (In: Constant, t. I, pp. 401 – 403).
Es entristecedor leer, bajo ciertas plumas, que San Liberio habría sido arriano. Él tuvo el inmenso mérito de salvar, él solo, el universo católico entero.
Para el antiguo historiador Teodoreto (Historia eclesiástica, libro II, c. 37), San Liberio fue verdaderamente “el ilustre y victorioso atleta de la verdad”.
Ciertos escritores pretenden que el Papa Honorio I (625–638) habría sido anatematizado por el VI concilio ecuménico (680–681) por haber seguido a los herejes monotelitas.
Que este Papa había sido monotelita es una desinformación forjada en todas sus piezas por los monotelitas mismos, con el fin de prevalerse de la autoridad de un Papa para dar más crédito a su herejía. Los monotelitas fueron convictos de calumnia por San Máximo el confesor, contemporáneo de Honorio, por el antiguo secretario del Papa difunto y por el Papa Juan IV, segundo sucesor de Honorio. Algunos decenios después, los griegos falsificaron las actas del VI concilio ecuménico, agregando subrepticiamente a Honorio en la lista de los herejes monotelitas anatematizados. Pero dos siglos más tarde, el VIII concilio ecuménico, realizado en Constantinopla, condena a aquéllos que “esparcían rumores injuriosos contra la Santa Sede” y ordena: “Que nadie redacte ni componga escritos y discursos contra el muy santo Papa de la antigua Roma, bajo pretexto de pretendidas faltas que habría cometido”. Además, todos los clérigos de Oriente y de Occidente firmaron una profesión de fe, según la cual jamás ningún Papa había cesado de servir a la santa doctrina.
El asunto de Honorio parecía cerrado; pero seis siglos más tarde, los centurarios de Magdeburgo, un grupo de historiadores protestantes, retomaron esta vieja fábula. Pronto fueron secundados por los galicanos, evidentemente al acecho de todo lo que permitiera abrir una brecha en la infalibilidad de Roma, con la cual estaban en guerra por servilismo respecto al rey de Francia.
Los apologistas católicos respondieron. El brillante teólogo e historiador Pighius defendió a los Papas contra sus calumniadores en su Hierarchiae ecclesiasticae assertio (Colonia, 1538). Durante un coloquio entre sabios alemanes en Ratisbona en 1541, Pighius fue violentamente atacado por uno de sus cofrades, que blandiendo triunfalmente el caso de Honorio intimó a Pighius a retractarse, a falta de lo cual no podría ganar su salvación. Pighius no se deja desconcertar: fija un plazo de tres días para que cada uno de los adversarios aporte documentos para probar su tesis. Pasado el plazo prescripto, Pighius presenta a sus colegas un voluminoso expediente atiborrado de documentos que justificaban a Honorio. El adversario de Pighius llegó con las manos vacías.
Después, el sabio cardenal Baronius, de quien León XIII admiraba la “increíble erudición” en su breve Saepenumero considerantes, sin olvidar al Doctor de la Iglesia San Roberto Belarmino, cuyo tratado De Romano Pontifice figura en la bibliografía científica de los padres de Vaticano I mencionados más adelante, demostraron la impostura de los pseudocientíficos protestantes.
La controversia se transforma en verdadera batalla periodística en el momento de la convocatoria del concilio Vaticano, que debía definir la infalibilidad. La Iglesia zanja a favor de la inocencia, recomendando la lectura de ciertos historiadores favorables a Honorio, e incluyendo en el Índex ciertos libros escritos por pseudohistoriadores opuestos a Honorio.
Sin embargo, escritores actuales, deseosos de defender cueste lo que cueste la legitimidad de los pontificados de Roncalli, Montini, Luciani y Wojtyła, se sirven constantemente de la causa de Honorio para afirmar que un Papa puede caer en la herejía y aún así permanecer Papa. Vehiculizan una calumnia atroz, forjada por herejes antiguos, luego relanzada por herejes modernos, contra aquél a quien San Máximo llamaba “el divino Honorio”.
Anastasio el Bibliotecario: “Si queremos acumular todo lo que podemos recoger para la defensa de Honorio, el papel nos faltará antes que el discurso”. Anastasio el Bibliotecario (800-879) vivió en Roma donde trabajaba para los Papas. Era su archivista y traductor. Célebre por su conocimiento del griego, tradujo las actas de los concilios. Comparó las actas originales de los concilios conservadas en Roma con las copias hechas por los griegos en Constantinopla y descubrió que los griegos eran falsarios. Nuestra conclusión será la de Anastasio el Bibliotecario: Honorio ha sido “acusado calumniosamente” por falsarios.
El Papa Juan XXII (1316-1334) habría enseñado una herejía sobre la visión beatífica durante años y se habría retractado sólo en su lecho de muerte. Se reprocha a Juan XXII haber predicado que las almas de los justos, separadas de sus cuerpos, no verán la esencia y las personas divinas más que después de la resurrección general; y que en la espera, no gozarán más que de la vista de la humanidad santa del Salvador.
En verdad, este Papa creía exactamente lo opuesto de la opinión que se le reprochaba. He aquí su profesión de fe: “Nos, declaramos como sigue el pensamiento que es y que era el nuestro: Nos, creemos que las almas purificadas separadas de los cuerpos son reunidas en el cielo y que, siguiendo la ley común, ellas ven a Dios y a la esencia divina cara a cara” (Juan XXII: bula Ne super his, diciembre 3 de 1334, redactada poco antes de su muerte). La expresión “que es y que era” prueba que él creyó esto durante toda su vida.
Este Papa fue un defensor intrépido de la fe, pues refuta sin descanso a los herejes de diversos países, sin temor de hacerse de los peores enemigos. Entre ellos figuraba el monarca bávaro Luis IV, que había puesto en Roma un antipapa. El monarca fue excomulgado por Juan XXII. Los cismáticos de Baviera se vengaron entonces de forma innoble: atribuyeron al Papa propósitos que él jamás había tenido y difundieron por todas partes que habría desviado de la fe. Esto llevó al rey de Francia, Felipe VI de Valois, a ordenar una investigación. Los teólogos de La Sorbona, mandados por el rey, examinaron este asunto con el más grande cuidado. Concluyeron en la inocencia de Juan XXII.
Los herejes de todas las épocas han acusado a muchos otros Papas. Antes que nosotros, el sabio y santo cardenal Belarmino ha rehabilitado, él solo, una cuarentena de acusados, de los cuales el trigésimo sexto fue el Papa Juan XXII.
La historia eclesiástica no conoce ningún caso en el que un Papa hubiera errado en la fe o hubiera enseñado un error. Escritores falsarios arrianos, monotelitas, cismáticos griegos, protestantes, galicanos, febronianos y antiinfalibilistas han acusado a los Papas, porque ellos odiaban al Papado que los anatematizaba. Es de ellos que el Papa León XIII decía: “El arte del historiador parece ser una conspiración contra la verdad”.
Resumen: La historia eclesiástica no conoce ningún caso en el que un Papa hubiera desviado de la fe o hubiera enseñado una herejía.
Las corrientes herejes en el origen de la negación de la infalibilidad papal
Que el Papa pueda errar en la fe es una tesis aparecida en la época moderna, nacida en las corrientes heréticas, sobre todo el galicanismo y el protestantismo.
Todos los santos canonizados eran favorables a la infalibilidad papal.
Por razones políticas, Luis IV de Baviera (1287-1347) quiso usurpar la autoridad del Papado. La ambiciosa monarquía se apoyó sobre teólogos serviles de su entorno, que, por sus escritos, trataron de minar la autoridad del Papa.
Uno de estos filósofos-cortesanos, Marsilio de Padua, pretendía que el Papa era falible. Ahora bien, su tesis fue condenada como herética por la facultad de teología de París en 1330.
El “galicanismo” transfiere el poder doctrinal y administrativo del Papa al rey. Esta herejía nació bajo el rey de Francia Felipe IV el Hermoso (1268-1314).
En el siglo XVII, Luis XIV quiso expoliar al Papa de un ingreso y, para justificarse, hizo redactar por el clero francés la declaración de 1682, que negaba la infalibilidad del Papa. Esta declaración hacía depender del consentimiento de la Iglesia universal, reunida en concilio, el valor irreformable de los juicios doctrinales del Papa. Surge así el conciliarismo, herejía basada sobre una falsificación de escritura; y tesis oficial de los doctores galicanos en 1682.
Por servilismo con respecto al rey, prácticamente todos los obispos de Francia, más de una centena, firmaron, salvo tres defensores de la fe intrépidos. Luis XIV despreciaba secretamente a los obispos-cortesanos y admiraba la firmeza de los tres prelados que habían osado resistirle. Dijo con un toque de humor: “Tengo tres obispos en mi reino”.
La declaración del clero galicano fue casada y anulada por Inocencio XI en el breve Paterna caritatis, de 11 de abril de 1682, y por su sucesor Alejandro VIII en la constitución Inter multíplices de agosto 4 de 1690.
Otros adversarios de la infalibilidad del Papa son los husitas. El concilio de Constanza (15º sesión, julio 6 de 1415, confirmada por Martín V el 22 de febrero de 1418) condena muchas proposiciones de Juan Hus, quien fue quemado el día mismo de la sesión.
La proposición de Pedro de Osma: “Ecclesiae urbis Romae errare potest”: la Iglesia de la ciudad de Roma puede errar, fue censurada el 15 de diciembre de 1476 por el vicario capitular de Zaragoza, y el 24 de mayo de 1478 por una comisión de teólogos presidida por el arzobispo de Toledo. El Papa Sixto IV confirma su sentencia por una definición ex cathedra. La Iglesia ha comprometido su infalibilidad (juicio ex cathedra del Pontífice Romano) para certificar esto: pretender que un Papa puede equivocarse es una herejía.
Contrariamente a lo que pretenden los editores modernos del Denzinger, el Papa ha claramente mencionado la proposición de Pedro de Osma relativa a la inerrancia de la Iglesia. Más aún, ha juzgado tan enorme, grave y perniciosa esta proposición, que ha juzgado bien no indicar el contenido. La difusión de la herejía de Pedro de Osma en el curso de los siglos posteriores tuvo por efecto guerras de religión espantosas comenzadas por los protestantes y la apostasía de naciones enteras. Fue necesario convocar un concilio ecuménico expreso (Vaticano I) contra esta herejía.
Y en nuestro días, se cuenta con los dedos de la mano a los católicos que creen sin hesitar que la proposición “La Iglesia de la ciudad de Roma puede errar” es una herejía condenada ex cathedra.
Los pensadores hostiles a la infalibilidad del Papado fueron pronto secundados por nuevos aliados. El siglo XVI engendra a los protestantes.
Los historiadores protestantes atacaron la infalibilidad papal, pretendiendo que tal o cual Papa habría hecho naufragio en la fe. Lamentablemente, algunos teólogos católicos, en lugar de hacer investigaciones científicas, que les habrían probado la inepcia de las invenciones protestantes, creyeron más hábil esquivar el golpe, inventando en todas sus partes una distinción aberrante entre el “doctor privado” falible y el “doctor público” infalible. Según ellos, Honorio I habría desviado solamente en tanto que “doctor privado”. Esta forma torpe de defender la infalibilidad tuvo un efecto nefasto, pues ella acredita, en los medios católicos, la opinión de que un Papa podía errar en la fe. Felizmente, hubo un San Roberto Belarmino y el concilio Vaticano para pulverizar esta opinión herética.
En el siglo XVII, los jansenistas prosiguieron una lucha sorda y obstinada contra Roma. Decenas de obras jansenistas que predicaban la insubordinación contra el Papa y el llamado (de allí el nombre de “apelantes”) al futuro concilio contra el Papa, fueron puestos en el Índex.
Los jansenistas y galicanos redactaron la Constitución civil del clero (1790), que derribaba la jerarquía eclesiástica y precipitaba a Francia en el cisma.
Iustinus Febronio (seudónimo de Nikolaus von Hontheim, obispo auxiliar de Tréveris, 1701-1790) da nacimiento a la secta de los “febronianos”. Según él, el Papa no sería infalible, pues Cristo habría conferido la infalibilidad solamente al concilio ecuménico, al cual el Papa estaría completamente subordinado.
Además, si un Papa se opone a los decretos de un concilio nacional y separa a un reino de su comunión, es necesario, según Febronio, proveer a esta Iglesia nacional de un “jefe extraordinario y temporario”: el rey o el emperador.
Esta proposición sedujo a José II (1741-1790), emperador francmasón del santo imperio romano germánico, deseoso de erigirse en jefe de la Iglesia austríaca. Las doctrinas de Febronio fueron puestas en práctica por el emperador no sólo en las provincias austríacas, sino también en Toscana, donde su hermano Leopoldo era gran duque. A la introducción del febronianismo en Toscana ayudó el obispo Escipión Ricci, que devino tristemente célebre por el famoso sínodo hereje que presidió en su villa episcopal de Pistoya en 1786.
El siglo XVIII produjo a los francmasones y los racionalistas, evidentemente hostiles a toda infalibilidad:
Pío IX, en el siglo XIX, convoca a un concilio en el Vaticano: “Como en este tiempo no faltan hombres que contestan la autoridad, Nos hemos juzgado absolutamente necesario afirmar solemnemente la prerrogativa de la infalibilidad, que el Hijo Único de Dios ha dignado unir a la función pastoral suprema”.
La francmasonería replica convocando un Anticoncilio en Nápoles, el 8 de diciembre de 1869, es decir exactamente el día de la apertura del concilio Vaticano en Roma. La invitación fue concebida así: “A los librepensadores de todas las naciones. ¡Post tenebras lux!”
El gran maestre de la francmasonería francesa aporta su sostén oficial. Los delegados franceses presentes durante el Anticoncilio hicieron una declaración final escandalosa:
“Considerando que la idea de Dios es el sostén de todo despotismo y de toda iniquidad; considerando que la religión católica es la más completa y la más terrible personificación de esta idea; los librepensadores de París asumen la obligación de emplearse a abolir pronta y radicalmente el catolicismo, y a solicitar su aniquilación, con todos los medios compatibles con la justicia, comprendido el medio de la fuerza revolucionaria, la cual es la aplicación a la sociedad del derecho de legítima defensa (Ibídem, col. 1258-1259).
Entre los padres conciliares, había obispos opuestos a la infalibilidad. Formaban un verdadero clan, teniendo por jefe a Monseñor Dupanloup y el apoyo de los carbonarios, francmasones italianos que llegarían a despojar al Papa de su soberanía temporal, y Napoleón III, también carbonario. Viendo que los padres conciliares iban a definir la infalibilidad papal, la masonería quiso interrumpir el concilio suscitando una guerra militar contra Pío IX. El Papa, conociendo este designio, hizo acelerar el proceso y la infalibilidad fue votada in extremis, con un día de anticipación. Votación de Pastor aeternus el 18 de julio de 1870; declaración de guerra de Francia a Prusia el día siguiente (19 de julio); evacuación de Roma por los Franceses, con lo cual termina la protección militar el 5 de agosto, lo que permitió a los “patriotas” italianos tomar la Ciudad Eterna el 20 de septiembre y expulsar al Papa Pío IX de su Estado.
Después de la definición del dogma de la infalibilidad papal el 18 de julio de 1870, ciertos antiinfalibilistas se obstinaron en su error y formaron la secta de los “veterocatólicos”. Muchas de sus obras fueron puestas en el Índex.
En los siglos XIX y XX, los herejes llamados “modernistas” buscaron minar la Iglesia desde el interior, permaneciendo en sus plazas sin romper abiertamente con el Papa. Pío IX, León XIII o San Pío X los condenaron en muchas oportunidades. Los modernistas esquivaron los golpes:
- Primeramente, alterando el sentido de las encíclicas (una censura mutaba en una aprobación, un documento general se convertía en un escrito para la Iglesia de Italia sola).
- En segundo lugar buscando clasificar los escritos antimodernistas de los Papas en la categoría “falible”, con el fin de minimizar la
Se hace hábito así establecer la ecuación errónea: solemne igual a infalible; ordinario igual a falible.
Resumen: aquéllos que piensan que un Papa puede errar marchan sobre las huellas de los herejes antiguos: galicanos, husitas, protestantes, jansenistas, francmasones, veterocatólicos y modernistas.
Parte iii: investigación histórica. Infiltraciones antiguas y modernas
Se llama antipapa a toda persona que ha tomado el nombre de Papa y ha ejercido o pretendido ejercer las funciones sin fundamento canónico. El antipapa puede ser, sea un Papa elegido de forma no canónica, sea un competidor designado en condiciones dudosas ante un Papa regularmente elegido, sea también un intruso que se afirma por la fuerza en el pontificado.
Un antipapa no es un verdadero Papa, sino un usurpador elegido irregularmente y, en consecuencia, no reconocido por la Iglesia Romana. Es un impostor sin autoridad ni asistencia del Espíritu Santo.
En el tomo I de las Actas de San Pío X (Bonne Presse, París), se encuentra la lista cronológica oficial (Annuario pontifico) de los Papas y antipapas, lista que hemos completado con informaciones suministradas por Guérin (Les conciles généraux et particuliers, Bar-le-Duc, 1872) y Rohrbacher (Histoire universelle de l’Eglise catholique). A partir de esto, hemos establecido una estadística sobre diecinueve siglos de Papado, con exclusión del siglo XX.
Sobre un total de 300, el 100%, había allí:
- 244 Papas legítimos, el 81%.
- 56 impostores, el 19%, de los cuales 45 antipapas (15%) y 11 Papas dudosos (4%). Entiéndase como Papa dudoso al caso en que existan dos o aun tres pretendientes a la tiara, pero no se sabe cuál es el Papa legítimo (en el gran cisma de Occidente de 1378-1417, en que los “Papas dudosos” de Aviñón, de Pisa y de Roma se hacían mutuamente competencia). La máxima reza: Papa dubius, Papa nullus; un Papa dudoso es un Papa
Entre los pretendientes a la tiara, un hombre sobre cinco era ilegítimo o dudoso. Sobre diecinueve siglos (100%), la Iglesia ha conocido 12 siglos (63%) con antipapas o Papas dudosos y 7 siglos (37%) sin antipapas ni Papas dudosos. Los siglos con antipapas son mayoría.
Mientras que un verdadero soberano Pontífice está asegurado de jamás desviar de la fe, no es así para un falso Papa. Por eso, no es sorprendente ver nueve falsos Papas no solamente cismáticos, sino aun herejes.
Una regla de discernimiento simple: un hombre que enuncia errores en la fe no puede ser Papa, sino que es seguramente un impostor.
Ha habido épocas en que la Iglesia se encontraba frente a impostores, que se erigían en “papas”. La situación actual tiene algunas trazas de parecido con los tiempos de San Bernardo, en que la Sede de Pedro estaba ocupada por un usurpador marrano. Pero las dos situaciones no son idénticas: había en oposición al antipapa Anacleto II, un Papa legítimo (Inocencio II), más el brazo secular todavía católico. Hoy, por el contrario, los herejes instalados en la Sede de Pedro reinan como maestros sin adversarios: no son “antipapas” en el sentido estricto del término, porque no han sido elegidos contra un Papa legítimo. Se debería mejor designarlos por otro término tradicional, como invasor o usurpador.
Amadeo de Saboya fue un usurpador que tomó el pseudónimo de Félix V. El concilio de Ferrara-Florencia (1438-1445) llama a este usurpador no Félix V, sino “Amadeo anticristo” (Amadeus antichristus). Así, designaremos a los usurpadores actuales no por sus pseudónimos, sino por su nombre verdadero: Ángelo Roncalli, en lugar de “Juan XXIII”; Giovanni Battista Montini, en lugar de “Paulo VI”; Albino Luciani, en lugar de “Juan Pablo I”; y Karol Wojtyła, en lugar de “Juan Pablo II”. Para ellos no emplearemos jamás el título de “Papa”, “Santo Padre”, “sucesor de Pedro” o “sucesores de Pío XII”, lógicamente.
Los clérigos de la iglesia conciliar, al no ser católicos, no son ni “obispos del lugar” ni “cardenales de la Iglesia Romana”. Por esto es necesario designarlos únicamente por su nombre patronímico, por ejemplo “Honoré”, en lugar de “Monseñor Honoré”, o “Ratzinger”, en lugar de “cardenal Ratzinger”.
Resumen: Un Papa no enseñará jamás un error en la fe, pero la historia de la Iglesia conoce decenas de antipapas, de los cuales muchos eran herejes.
Una centena de conciliábulos
Sólo el Pontífice Romano tiene el derecho de convocar y confirmar un concilio general. Ahora bien, Vaticano II no ha sido convocado por un Pontífice Romano, sino por un usurpador (Roncalli) y ha sido confirmado por otro usurpador (Montini). Por esto es ilícito atribuir a la reunión del Vaticano II el título de concilio y aún menos “sacrosanctum concilium”. Debe ser llamado “conciliábulo Vaticano” (prescindiendo hasta de la numeración con el ordinal “segundo”, puesto que ha sido el único conciliábulo celebrado en el Vaticano, de la misma forma que ha habido solo un concilio Vaticano, el de 1869-1870. N. del E.). Un conciliábulo es una asamblea ilegítima, cuyos actos son nulos y sin valor.
Un concilio con el Papa está al abrigo del error; un concilio sin Papa puede equivocarse, y ha ocurrido efectivamente en el curso de la historia eclesiástica que de obispos reunidos en concilio sin Papa salen herejías. Por ejemplo, el conciliábulo de Rímini (359), el concilio de Basilea (1441-1443), la asamblea del clero galicano (1682), el sínodo de Pistoya (1786), bajo el Directorio, el conciliábulo nacional francés de 1797 caen en numerosos errores.
Compulsando la colección de los concilios editada por Paul Guérin, se encuentran 1138 concilios católicos, más 96 conciliábulos.
Entre los concilios católicos, dos concilios ecuménicos no han sido aprobados íntegramente por el Papa reinante. El canon 28 del concilio de Calcedonia, que atribuye una importancia exagerada al obispo de Constantinopla, y un canon del concilio de Constanza que pretende que el concilio es superior al Papa, no han sido reconocidos.
El episcopado reunido en concilio nacional, o aun los obispos y cardenales del mundo entero reunidos en concilio general, pueden errar en la fe. El único que impide caer en el error a un concilio es el Papa.
Jamás se ha visto que un concilio llamado ecuménico o general, aprobado por un Papa, sea herético.
Resumen: Un concilio es infalible con el Papa, pero sujeto al error sin el Papa; existe una centena de conciliábulos que han errado.
Vaticano II: ¿concilio infalible o conciliábulo falible?
Vaticano II es el triunfo de una corriente herética, llamada “católicos liberales” en el siglo XIX y después “modernistas” en el siglo XX. Las enseñanzas de Vaticano II son contrarias a la fe. Quien quiera adhiera a él, se separa de la Iglesia Católica. Se puede establecer el razonamiento siguiente:
- 1. Un concilio general es infalible (Vaticano I: Dei Filius, c. 3), a condición de que sea confirmado por el Pontífice Romano (Codex iuris canonici de 1917, canon 227).
- 2. Ahora bien Vaticano II fue un concilio general. Pero se equivoca.
- 3. Luego, el hombre que confirma Vaticano II no fue un Pontífice Romano.
Así pues, Montini no era Papa y Vaticano II no era un concilio sino un conciliábulo, es decir una asamblea herética cuyos actos son nulos.
Un concilio con el Papa está al abrigo del error. Si Vaticano II se equivoca, es porque Montini no era Papa. Este razonamiento simple y claro debería bastar.
Ciertos pensadores intentan, por lo tanto, evitar la conclusión de este razonamiento que prueba que Montini es un impostor. Ellos proceden así:
- 1. Recusan el dogma de la infalibilidad de los concilios generales (imitando así a Martín Lutero).
- 2. Dicen, además, que Vaticano II no habría puesto en juego la infalibilidad. Según ellos, esta asamblea habría tenido “un carácter pastoral, pero no dogmático”. En consecuencia, no habría ninguna decisión infalible.
- 3. Su conclusión: como Vaticano II no habría comprometido su infalibilidad, no se podría probar que Montini no era Papa. Luego, sería Papa.
Es verdad que Montini habla del supuesto carácter pastoral de Vaticano II, aunque Wojtyła le atribuye un carácter doctrinal.
Muchos textos conciliares son constituciones pastorales. Pero existen igualmente dos textos conciliares que llevan justamente el título de “constitución dogmática”: Lumen Gentium y Dei Verbum. ¿Cómo las “constituciones dogmáticas” podrían provenir de un conciliábulo sedicente no dogmático?
Además, en Dignitatis humanae figuran palabras que indican un carácter dogmático, tales como doctrina, verdad, palabra de Dios o Revelación divina. Vaticano II fue pastoral y dogmático a la vez, pues el dogma, según la acepción corriente del término, son las verdades de la fe a creer, extraídas de la revelación. Ahora bien, en Vaticano II, la libertad de cultos y de prensa fue presentada como estando contenida en la Escritura Santa, luego como siendo de fe divina.
Al fin de Dignitatis humanae, Montini aprueba todo el texto, haciendo jugar su autoridad suprema de (sedicente) Vicario de Cristo: “Todo el conjunto y cada uno de los puntos que han sido decretados en esta declaración han complacido a los Padres. Y Nos, por el poder apostólico a Nos confiado por Cristo, en unión con los venerables Padres, los aprobamos en el Espíritu Santo, los decretamos, los establecemos y ordenamos que esto que ha sido establecido en concilio sea promulgado para gloria de Dios. Roma, en San Pedro, el 7 de diciembre de 1965. Yo, Paulo, obispo de la Iglesia Católica”.
Montini impone a los fieles aceptar todos los textos conciliares. Alocución del 12 de enero de 1966: “El concilio ha atribuido a sus enseñanzas la autoridad del Magisterio supremo ordinario, el cual es tan manifiestamente auténtico que debe ser acogido por todos los fieles según las normas que les ha asignado el concilio, tenida cuenta la naturaleza y el fin de cada documento”.
Ahora bien, el vocabulario empleado en Dignitatis humanae indica bien que la libertad religiosa es un “elemento relativo a la fe y a las costumbres” (§ 10). “Luego, es plenamente conforme al carácter propio de la fe que en materia religiosa sea excluida toda especie de coacción”.
Y otro texto conciliar debe ser considerado como relativo a la fe: el decreto sobre el ecumenismo Unitatis reditegratio.
Por definición, todo concilio forma parte del Magisterio solemne. Y aun si se adoptara el punto de vista erróneo de Montini, clasificando Vaticano II en la categoría del Magisterio ordinario universal, la infalibilidad estaría igualmente comprometida (Vaticano I: Dei Filius, c. 3).
Este conciliábulo completo tiene “un valor particular de obligación” (Wojtyła, septiembre 1 de 1980). Este conciliábulo es, para los conciliares, “el Concilio” por excelencia. Tiene, a sus ojos, una infalibilidad y un valor de obligación que sobrepasa por mucho a todos los otros concilios.
Contradicciones entre Vaticano ii y la doctrina católica
Los libros malvados fueron combatidos desde siempre, la libertad de prensa aborrecida desde siempre, San Pablo mismo anima a los cristianos convertidos a quemar públicamente sus libros de brujerías (Hechos de los Apóstoles XIX, 19).
En el palacio de los Papas en Aviñón es anunciado un decreto pontificio del tiempo de Benedicto XIV: los editores culpables de imprimir escritos de los herejes protestantes debían sufrir nada menos que la pena de muerte.
“Es necesario luchar con coraje, tanto como la cosa lo demande, y exterminar con todo rigor el flagelo de tantos libros funestos; jamás se hará desaparecer la materia del error, si los criminales elementos de la corrupción no perecen consumidos por las llamas” (Clemente XIII: encíclica Christianae reipublicae Salus, 25 de noviembre de 1766).
“Esta licencia de pensar, de decir, de escribir y aun de hacer imprimir impunemente todo lo que pueda sugerir la imaginación más desarreglada” es “un derecho monstruoso” (Pío VI: breve Quod aliquantum, marzo 10 de 1791).
La libertad de prensa es una “libertad execrable para la cual no se tendrá jamás suficiente horror” (Gregorio XVI: Mirari vos, agosto 15 de 1830).
La condena de la libertad de prensa forma parte del Magisterio pontificio ordinario. Ahora bien, esta enseñanza es infalible, a partir de San Pío X (juramento antimodernista): “Yo, N., abrazo y recibo firmemente todas y cada una de las verdades que la Iglesia, por su Magisterio infalible, ha definido, afirmado y declarado, principalmente los textos de doctrina que son directamente dirigidos contra los errores de este tiempo”.
Pero Vaticano II se rebela contra esta enseñanza infalible: “Los grupos religiosos tienen también el derecho de no ser impedidos de enseñar y manifestar su fe públicamente, de viva voz y por escrito” (Dignitatis humanae, § 4).
Igualmente, la libertad de cultos, calificada de “desastrosa y por siempre deplorable herejía” por Pío VII (carta apostólica Post tam diuturnas, abril 29 de 1814), fue presentada como una verdad de fe por Vaticano II.
Uno de los redactores de Dignitatis humanae, el Padre Congar, escribió que la libertad religiosa estaba contenida en la Revelación. Él mismo admite que era una mentira: “A demanda del Papa, yo colaboré en los últimos parágrafos de la declaración sobre la libertad religiosa: se trataba de demostrar que el tema de la libertad religiosa aparecía ya en la Escritura, pero no está allí” (In Éric Vatré: A la droite du Père, París 1994, p. 118) ¡Qué confesión! ¡Declarar que una doctrina es revelada, mientras se sabe pertinentemente que eso es falso! Los obispos del conciliábulo que han aprobado este texto, entre ellos Montini, son impostores.
“La libertad religiosa demanda que los grupos religiosos no sean impedidos de manifestar libremente la eficacia singular de su doctrina para organizar la sociedad y vivificar toda la actividad humana” (Dignitatis humanae, § 4).
Decreto sobre el ecumenismo titulado Unitatis redintegratio, aprobado igualmente “en el Espíritu Santo” por Montini, el 21 de noviembre de 1964: “Justificados por la fe recibida en el bautismo, incorporados a Cristo, ellos llevan con justo título el nombre de cristianos, y con todo derecho son reconocidos por los hijos de la Iglesia Católica como hermanos en el Señor” (Unitatis redintegratio, § 3). Pasaje curioso e inaudito: ¿los adeptos de las diversas sectas herejes o cismáticas son de ahora en más considerados como teniendo la fe?
Vaticano II obliga a creer como verdad de fe divina (“se debe reconocer”) que el protestantismo conduce a la salud. La infalibilidad es comprometida claramente.
Mas Pío IX ha enseñado ex cathedra lo contrario: “Es también muy conocido este dogma católico: que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Católica, y que no pueden obtener la salud eterna aquéllos que se muestran rebeldes a la autoridad y a las definiciones de la Iglesia, así como quienes se han separado voluntariamente de la unidad de la Iglesia y del Pontífice Romano, sucesor de Pedro, a quien ha sido confiado por el Salvador la guarda de la viña” (Pío IX: carta Quanto conjiciamus, agosto 10 de 1863).
El concilio de Sens, realizado en 1528, enseña: “El luteranismo es una exhalación de la serpiente infernal”. “Nos conjuramos al rey de señalar el celo del cual está lleno por la religión cristiana, alejando a todos los herejes de las tierras de su obediencia, exterminando esta peste pública, conservando en la fe esta monarquía”, y prohibimos las asambleas de los herejes.
Los católicos deberían ir hasta el fin de las exigencias de la Verdad y respetar toda la Tradición, incluida la sentencia de León X de condena de la vigésimo novena proposición de Lutero. Si es prohibido impugnar un concilio ecuménico legítimo, no quedan más que dos soluciones canónicamente correctas: sea aceptar religiosamente Vaticano II, don del Espíritu Santo a la Iglesia; sea verificar si este concilio ha sido realmente ecuménico o no. Pero no se podría jugar a dos puntas, aceptar que este conciliábulo figura oficialmente entre los concilios ecuménicos y a un mismo tiempo ignorarlo, en actitud luterana.
Algunos piensan que Montini ha perdido el pontificado al firmar Dignitatis humanae. Nosotros pensamos más bien que jamás lo ha poseído desde el comienzo, pues, si hubiera sido elegido legítimamente Papa, el carisma de la infalibilidad justamente lo habría preservado de caer en la herejía. Si jamás ha sido Papa desde el comienzo, esto significa que su elección debió ser inválida.
Resumen: Vaticano II, en principio infalible, yerra, porque le faltaba un elemento constitutivo esencial: un Papa.
¿Wojtyła era católico?
La doctrina de Wojtyła es heteróclita: por un lado, enuncia herejías dogmáticas; por el otro, defiende la moral. ¿Por qué?
Wojtyła quiere federar las religiones monoteístas. Wojtyła disuelve los dogmas del cristianismo pero mantiene la moral: judíos, cristianos y musulmanes, todos tenemos el mismo dios único; somos todos hijos de Abraham; todos estamos por el orden moral. ¡Y ya está! ¡Los conservadores, asegurados por los discursos moralizadores de Wojtyła, se regocijan y olvidan abrir a su respecto una investigación canónica por el crimen de herejía! Según ellos, Wojtyła dice también buenas cosas. Es por esto que le acuerdan lo que llaman “una fe residual” (sic). Esto quiere decir que el alma de Wojtyła es en mayor parte hereje pero le queda todavía un pequeño residuo de fe católica. “Si no, él no sería Papa” (sic). Los partidarios de esta teoría inaudita insinúan, de alguna manera, que un ser humano puede tener dos almas, una mala y una buena, lo que es una herejía anatematizada por el octavo concilio ecuménico, canon 11. La expresión “fe residual” o la teoría del rincón católico en el seno del alma hereje evita decir claramente que Wojtyła no tiene la fe, luego, que no es católico totalmente, luego, fuera de la Iglesia, luego, él no es católico.
La fe consiste en creer todo. Aquél que niega aunque sea una sola verdad del catolicismo, no tendría la fe. Igualmente no habría una “fe residual”. “Tal es la naturaleza de la fe que nada es más imposible que creer una cosa y rechazar otra. Aquél que, aun sobre un solo punto, rehúsa dar su asentimiento a las verdades divinamente reveladas, muy realmente abdica toda la fe, porque rehúsa someterse a Dios en tanto que Él es la soberana verdad y el motivo propio de la fe” (León XIII: encíclica Satis cognitum, junio 29 de 1896).
Wojtyła enuncia herejías. Que él enuncie paralelamente verdades sobre la moral no lo excusa absolutamente. Bien al contrario: esto no hace más que agravar su caso.
¡El doble juego es lo propio de los peores enemigos de la fe: los modernistas! “Al oírlos, al leerlos, se estaría tentado de creer que caen en contradicción con ellos mismos, que son oscilantes e inciertos. Lejos de ello: todo es pensado, todo es querido por ellos. Tal página de su obra podría ser firmada por un católico, dad vuelta la página, creeréis leer un racionalista” (San Pío X: encíclica Pascendi, setiembre 8 de 1907).
Si Wojtyła dijera exclusivamente malas cosas, no pasaría ante los “conservadores”. Para pasar es necesario que induzca a error.
La misma táctica fue ya empleada por Montini durante el conciliábulo. Cuando los obispos conservadores protestaron contra un pasaje herético, Montini hizo agregar un pasaje ortodoxo que decía exactamente lo contrario. Asegurados, los conservadores votaron Dignitatis humanae.
¿Wojtyła ha aprobado ex cathedra herejías?
Ciertos pensadores, obligados y forzados a admitir la evidencia de que Wojtyła profesa herejías, ensayan, no obstante, salvar la situación pretendiendo que él sería Papa a pesar de su herejía. He aquí su razonamiento: el habría “solamente” desviado en tanto que simple particular, pero no como doctor enseñando ex cathedra.
Este razonamiento se basa sobre un análisis incorrecto de la situación. Pues Wojtyła ha comprometido por lo menos una vez su autoridad de doctor ex cathedra para imponer herejías. Ha aprobado ex cathedra el Catecismo de la Iglesia Católica. Este catecismo contiene muchas herejías: evolucionismo, abandono del Filioque, derecho a la insurrección, libertad religiosa, deicidio.
Escuchemos la enseñanza de la Iglesia Católica referida al deicidio. “Ellos afilaron sus lenguas como una espada” (Salmos LXIII). “Pilatos ha pronunciado contra Jesús la sentencia, ha ordenado que fuera crucificado, y lo ha como inmolado él mismo; pero sois vosotros, oh judíos, quienes lo habéis realmente matado. ¿Cómo le habéis dado muerte? Por la espada de vuestra lengua, pues vosotros habéis afilado vuestras lenguas. ¿Y cuándo lo habéis golpeado si no cuando habéis gritado “Crucificadle, crucificadle”?” (Maitines del Viernes Santo, sexta lección, extraída del Tratado de los salmos (Salmo LXIII de San Agustín).
Que los judíos hayan demandado la crucifixión de Jesús surge del pasaje de San Mateo (Mateo XXVII, 22-25), del relato de San Marcos (XV, 11- 14), de San Lucas (XXIII, 18-23) y de San Juan (XIX, 6-15). En el evangelio según San Juan, se encuentran no solamente los mismos gritos (¡crucifícale!) sino también un diálogo muy instructivo entre Jesús y Pilatos. Hablando a Pilatos, Nuestro Señor mismo define claramente el grado de responsabilidad de los judíos y de Pilatos: “Aquél que me ha librado a ti ha cometido un más grande pecado” que tú que me condenas por debilidad (Juan XIX, 11).
Mostremos ahora la contradicción: Los conciliarios niegan que los judíos sean deicidas (Nostra aetate § 4). La lección litúrgica del Viernes Santo, que afirma expresamente que los judíos son los instigadores de la crucifixión de Jesús, fue suprimida. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 597) niega explícitamente que los judíos sean responsables del deicidio: “No se puede atribuir la responsabilidad al conjunto de los judíos de Jerusalén”.
Los autores de este catecismo contradicen la Santa Escritura: indican muchas referencias bíblicas, pero enseñan exactamente lo inverso de lo que es claramente afirmado en dichos textos bíblicos.
El Espíritu Santo dice por la boca de San Pedro: “Oh israelitas, vosotros lo habéis crucificado”. Además, la Iglesia ha definido que los judíos son deicidas (maitines del Viernes Santo, sexta lección).
Los redactores del CIC, así como Wojtyła que lo ha aprobado, son, pues, herejes. Y Wojtyła ha aprobado este catecismo pseudocatólico no simplemente como “simple particular”, sino como “doctor que habla ex cathedra”: “El Catecismo de la Iglesia Católica que yo he aprobado el 25 de junio último y cuya publicación ordeno hoy en virtud de la autoridad apostólica es una exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas o esclarecidas por la Escritura Santa, la Tradición apostólica y el Magisterio eclesiástico. Yo lo reconozco como una norma segura para la enseñanza de la fe. La aprobación y la publicación del CIC constituyen un servicio que el sucesor de Pedro quiere dar a la Santa Iglesia Católica: aquél de sostener y de confirmar la fe de todos los discípulos del Señor Jesús (cf. Lucas XXII). Yo demando pues a los pastores de la Iglesia y a los fieles recibir este catecismo que les es dado con el fin de servir de texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina católica”. Los términos empleados comprometen la infalibilidad: como “sucesor de Pedro”, en virtud de su “autoridad apostólica”, Wojtyła “demanda” a “todos” los fieles recibir este catecismo como una “norma segura” de la fe católica.
Wojtyła ha aprobado ex cathedra un catecismo hereje. En consecuencia, ¿cómo podría ser el Vicario de Cristo?
Wojtyła niega muchos artículos del Credo. A continuación, una lista no exhaustiva de los errores en la fe cometidos por Wojtyła, presentados siguiendo el orden adoptado por el Credo de Nicea-Constantinopla.
Creo en Dios Padre Todopoderoso
Errores sobre el poder político
Wojtyła enseña tres errores sobre el poder político. Primero pervierte la noción de bien común; luego contradice a San Pablo sobre la obediencia debida al gobierno; y finalmente predica la libertad religiosa, que es una herejía.
Primera herejía: el poder no viene de Dios sino del pueblo, repite Wojtyła en numerosas alocuciones a favor de la democracia moderna nacida en 1789.
Segunda herejía: la Revolución armada contra el gobierno está autorizada.
Nota bene: Wojtyła autoriza la revuelta no porque la religión cristiana sea atacada, sino porque los principios impíos de 1789 no son aplicados.
Wojtyła propaga incansablemente usque ad nauseam la libertad religiosa. Y estima que las oraciones de los adeptos de otras religiones, dirigidas a sus fetiches o manitús, son más eficaces que un Ave María. Durante la reunión de Asís el 26 de octubre de 1986, en efecto, ningún Ave María fue dicho. ¡Por el contrario, una estatua de Buda fue puesta sobre el altar católico e incensada!
En octubre de 1988, en Estrasburgo, Wojtyła dijo, conversando con jóvenes: “Ahora que voy a ser el representante de la religión universal”. Esta religión universal no tendrá dogmas, salvo el del culto del hombre.
Creo en Dios Creador de todas las cosas
Evolucionismo
Dios creó a los animales “cada uno según su especie” (Génesis I, 24). La evolución de las especies es contraria a la Revelación y es científicamente falsa.
La Biblia no consta de ningún error histórico o científico, como lo ha declarado el Papa León XIII (Providentissimus Deus, noviembre 18 de 1893).
El evolucionismo es una herejía, además de una inepcia y una estafa desde el punto de vista científico. Sin embargo es exaltada en el CIC en el n. 283.
Este giro de la Iglesia, este renegar del creacionismo hizo mucho ruido en la prensa al publicarse el CIC. ¡Qué ganga que Wojtyła volara en socorro de los evolucionistas, cuyas elucubraciones estaban volviéndose indefendibles desde el punto de vista estrictamente científico!
Creo en un solo Señor, Jesucristo
Cristo Rey destronado por el hombre rey
Jesús dijo a Pilatos: “Yo soy rey”. El Papa San Gregorio Magno enseña: “Los magos reconocieron en Jesús la triple calidad de Dios, de hombre y de rey: ofrecieron al rey el oro, a Dios el incienso, al hombre la mirra. Ahora bien, hay algunos herejes que creen que Jesús es Dios, que creen igualmente que Jesús es hombre, pero que rehúsan absolutamente a creer que su reino se extiende por todas partes”.
Wojtyła es uno de estos “algunos herejes” denunciados por San Gregorio. Porque él ha destronado a Cristo Rey a favor del hombre rey: “No es la soberanía sobre el hombre, es la soberanía para el hombre” (Wojtyła: Mensaje de Navidad 1980). En su homilía del Domingo de Ramos de 1981 enunció esta blasfemia: “Jesús de Nazaret acepta nuestra liturgia como ha aceptado espontáneamente el comportamiento de la muchedumbre de Jerusalén, porque quiere que de esta manera se manifieste la verdad mesiánica sobre el reino, que no quiere decir dominación sobre los pueblos, sino que revela la realeza del hombre”.
Pilatos dijo, mostrando a Jesús a la turba: “he aquí el hombre”. Wojtyła aplica esto de forma blasfematoria a todo hombre: “Yo quiero decir en alta voz aquí, en París, en la sede de la Unesco, con respeto y admiración: “He aquí al hombre”. La educación consiste en que el hombre sea cada vez más hombre” (Documentation catholique, junio 15 de 1980). Que el hombre sea cada vez más cristiano y virtuoso es el fin de la educación católica. ¡Que sea cada vez más hombre es un fin digno de los francmasones anticlericales!
Creo en el Hijo Único de Dios
Jesús no es el mesías
El 24 de junio de 1985, la comisión pontificia para las relaciones con el judaísmo publica las “Notas para una presentación correcta de los judíos y del judaísmo en la predicación y la catequesis de la Iglesia Católica” (In: Documentation catholique de julio 21 de 1985, pp. 733-738). Ellas constatan que el “pueblo de Dios” (¡judíos y cristianos!) estaba dividido respecto al Mesías: para unos había que esperar el “retorno” del Mesías ya venido una vez (punto de vista cristiano); para los otros, había que esperar la “venida” del Mesías no venido todavía (punto de vista judaico). Entre estas dos opciones, la comisión eligió la de los judíos. Luego, la comisión considera que Jesús no es el Mesías. Esto parece increíble pero está escrito con todas las letras: “El pueblo de Dios de la Antigua y la Nueva Alianza tiende hacia fines análogos: la venida o el retorno del Mesías, aun si es a partir de dos puntos de vista diferentes. Judíos y cristianos deben preparar el mundo para la venida del Mesías obrando en conjunto”. ¡Wojtyła aprobó calurosamente estas notas el 28 de octubre de 1985!
Creo que el Hijo es consubstancial al Padre
De la misma naturaleza según Arrio y la iglesia conciliar
Según el Credo del concilio de Nicea (325), el Hijo es “consubstancial” (de la misma substancia) que el Padre. Los arrianos negaron este dogma e intentaron reemplazarlo por “de la misma naturaleza” que el Padre. En 359, el Papa San Liberio excomulga a todos los que rehusaran el término “consubstancial”: “Los términos “hipóstasis” y “consubstancial” son como un fuerte inexpugnable, que desafiará siempre los esfuerzos de los arrianos” (In: Constant, t. II, p. 401-403).
Se creía al arrianismo muerto y enterrado, pero ha retornado. Los misales de lengua francesa de la nueva misa violentan la traducción del Credo, reemplazando el término “consubstantialem” por “de la misma naturaleza”.
Creo que nació de Santa María Virgen
Ataque contra el dogma de la Inmaculada Concepción
Según la doctrina católica, la bienaventurada Virgen María ha aplastado la cabeza de la serpiente.
Wojtyła enseña una herejía: “hemos tenido ya la ocasión de recordar precedentemente que esta versión “Ella te aplastará la cabeza” no corresponde al texto hebreo, en el cual no es la mujer sino más bien su descendencia, su descendiente, que debe aplastar la cabeza de la serpiente. Este texto atribuye luego, no a María sino a su Hijo la victoria sobre Satán” (Wojtyła, in Osservatore Romano, mayo 30 de 1996).
El concilio de Trento decretó que la traducción latina hecha por San Jerónimo (la Vulgata) es la versión “auténtica”, oficial de la Biblia. Ahora bien, según la Vulgata y también según los exégetas católicos, es la mujer quien aplasta la cabeza de la serpiente. Así lo ha comprendido la Tradición católica, y así lo ha definido ex cathedra el Papa Pío IX, cuando proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción.
Creo que descendió a los infiernos
Herejía de Abelardo y de Calvino
Según la doctrina cristiana bimilenaria, Jesús murió, descendió a los infiernos (o sea al limbo, pero no al infierno), resucita y después asciende al cielo.
Según el hereje Abelardo, combatido por San Bernardo, Nuestro Señor descendió a los infiernos, no con su alma sino “en potencia solamente”. Wojtyła retoma la herejía abelardiana, en su discurso a la audiencia general del 11 de enero de 1989.
El heresiarca genovés Calvino, él también, pretendía que el descenso a los infiernos sería un descenso imaginario (Calvino: Institution de la religión chrestienne, 1536, libro II, c. XVI, § 10-12).
Creo que subió a los cielos
Ficción metafórica
En cuanto a la ascensión, se trata, según Wojtyła, de “una representación metafórica”. Dicho de otra manera: la ascensión no es más que una imagen, una ficción poética. El relato de la ascensión, es, según Wojtyła, “una frase condensada en pocos días por los textos que intentan hacer una presentación accesible a quien está habituado a razonar y a hablar por metáforas temporales y
espaciales”.
Creo que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos
Herejía de Zanino de Solcia ampliada por Wojtyła
Proposición condenada: “Todos los cristianos serán salvados” (Error de Zanino de Solcia condenada por el Papa Pío II: carta Cum Sicut, 1459).
La Iglesia conciliar va todavía más lejos que Zanino de Solcia: no solamente todos los cristianos, sino también todos los hombres sin excepción son salvos. “Por su encarnación, el Hijo de Dios es de alguna manera unido él mismo a todo hombre” (Declaración conciliar Gaudium et Spes, § 22, retomada en CIC, n. 521). Luego, o bien Jesús arde en unión con los condenados, o bien todos los hombres se salvan. Cualquiera que sea la opción elegida, es herejía.
Creo en el Espíritu Santo
Tres pecados wojtylianos contra el Espíritu Santo
Abandono del Filioque
El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (Filioque). Los griegos cismáticos (llamados sin razón “ortodoxos”) niegan este dogma, al igual que Focio y el obispo de Constantinopla Miguel Cerulario, que desencadena en 1054 el cisma oriental.
En lugar de distinguir entre católicos que reconocen el Filioque y herejes griegos que niegan este dogma, Wojtyła transforma a los cismáticos y herejes griegos en “cristianos orientales”.
Los griegos niegan un artículo de fe y Wojtyła se alinea con ellos.
La obstinación en el paganismo presentada como fruto del Espíritu Santo
Wojtyła retoma ciertas herejías antiguas y crea nuevas. La obstinación en el paganismo sería ni más ni menos que el fruto del Espíritu Santo:
“El Espíritu Santo está misteriosamente presente en las religiones y culturas no cristianas” (Alocución de marzo 26 de 1982). Esto es evidentemente falso por ser opuesto a las Sagradas Escrituras: “Todos los dioses de las naciones paganas son demonios” (Salmo XCV, 5).
Wojtyła: “La firmeza de la creencia de aquéllos que profesan las religiones no cristianas proviene del Espíritu de Verdad” (Redemptor hominis, 1979).
Ruina de la teología sobre los Sacramentos
En otra encíclica (Dominum et vivificantem, mayo 18 de 1986), Wojtyła afirma la pretendida habitación del Espíritu Santo “en el corazón de cada hombre”. El Espíritu Santo “es dado a los hombres. Y de la superabundancia de este Don increado, cada hombre recibe en su corazón el don creado particular por el cual los hombres devienen participantes de la naturaleza divina. Así, la vida humana es penetrada por la vida divina”. Wojtyła destruye la teología católica, en lo que concierne a los sacramentos, fuente de la gracia, pues si todo el mundo tiene al Espíritu Santo, ¿para qué hacerse bautizar o ir a confesarse?
Creo en la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica
La religión a la carta
Wojtyła, con vistas a federar todas las religiones, revaloriza las religiones no católicas: luteranismo, islam, animismo, budismo e hinduismo y judaísmo.
Luteranismo
Los luteranos son herejes y golpeados por muchos anatemas por el concilio de Trento. Para justificar sus elucubraciones, Lutero falsifica la Biblia. Agrega una palabra a una frase de San Pablo (“la fe salva”) y suprime la epístola de Santiago, a causa de la frase “la fe sin obras es muerta”. Lutero tuvo charlas de sobremesa groseras sobre la sexualidad de Nuestro Señor; se “casa” con una religiosa, se embriaga a menudo y terminó por colgarse después de una orgía. Confiesa en sus escritos que sabía del diablo su doctrina sobre la misa.
Lutero exclamaba: “¡Cuando la misa sea derribada, pienso que habremos derribado el Papado! Todo se desplomará cuando se desplome su misa sacrílega y abominable”. Deseo satisfecho: seis pastores protestantes dan las consignas a la comisión litúrgica de Montini, que fabrica una “nueva misa” luterano-conciliar.
“Vengo a ustedes, hacia la herencia espiritual de Martín Lutero, vengo como peregrino” (encuentro de Wojtyła con el Consejo de la iglesia evangélica, el 17 de noviembre de 1980). “Este diálogo encuentra su fundamento sólido, según los textos evangélicos luteranos, en lo que nos une aún después de la separación: a saber la palabra de la Escritura, las confesiones de la fe, los concilios de la Iglesia antigua” (Mensaje de Wojtyła a Willebrands en ocasión del 500 aniversario del nacimiento de Lutero; Documentation catholique, diciembre 4 de 1983). Wojtyła tiene entonces la misma “confesión de la fe” que los luteranos, que son herejes.
Islam
“Es Dios único, Dios el implorado. Él no ha engendrado, ni ha sido engendrado” (sura musulmana, pronunciada el 26 de octubre en Asís). “Quien cree en la Trinidad es impuro al mismo título que el excremento y la orina” (artículo 2 de la ley musulmana).
“Los musulmanes son nuestros hermanos en la fe en el Dios único” (Wojtyła a los musulmanes, París, mayo 31 de 1980). En mayo de 1985, Wojtyła, dirigiéndose a los musulmanes de Bélgica, habla de “nuestros libros santos respectivos”. El 14 de mayo de 1999 besa el Corán. El 21 de marzo de 2000, ora así: “Que San Juan Bautista proteja al Islam” (Osservatore romano, del 28 de marzo de 2000).
Animismo
“Huid de la idolatría. Lo que se sacrifica, es a los demonios que se sacrifica. Ahora bien, yo no quiero que vosotros entréis en comunión con los demonios. Vosotros no podéis beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios. ¿O querríamos nosotros provocar los celos del Señor? ¿Seríamos nosotros más fuertes que él?” (1. Corintios X, 14-22).
Según l’Osservatore romano (agosto 11 de 1985), Wojtyła ha participado en el culto de falsas divinidades en el “bosque sagrado” en el lago Togo.
En las islas Fidji, bebe el kawa (brebaje mágico, preparado por los brujos, que contiene una droga).
Budismo e Hinduismo
En India, el 2 de febrero de 1986, una sacerdotisa de Shiva señala a Wojtyła sobre la frente con el signo del tilac (fotografía en La Croix). El 5 de febrero, en Madrás, India, se le entrega una caña de azúcar trenzada en forma de lingam (falo), ofrenda hindú al dios carnal. Un hombre le impone las vibhuti (cenizas “sagradas”, hechas de bosta de vaca).
“La colaboración entre todas las religiones es necesaria a la causa de la humanidad. Hoy como hinduistas, sikhs, budistas, jainistas, parsis y cristianos, estamos reunidos para proclamar la verdad sobre el hombre. Las discriminaciones basadas en la raza, el color, el credo, el sexo o el origen étnico, son radicalmente incompatibles con la dignidad humana” (Wojtyła, 1986).
Wojtyła, como peregrino descalzo a la tumba de Gandhi, anima a los católicos a meditar los textos del paganismo de la India, tenerlos cual libros santos, para tener éxito allí donde dos mil años de cristianismo habrían fracasado. Gandhi era francmasón y, por añadidura, fue iniciado en teosofía.
“Que me sea permitido dirigir un saludo particular a los miembros de la tradición budista cuando se preparan a celebrar las festividades del nacimiento de Buda. Pueda su alegría ser total y su júbilo completo” (Seúl, mayo 6 de 1984).
Judaísmo
El 12 de marzo de 2000, Ratzinger, el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (dicasterio doctrinal que suplantó al Santo Oficio), inaugura de manera bien extraña una ceremonia de penitencia: enciende un candelabro de siete brazos, que es el símbolo por excelencia del judaísmo. En el curso de la ceremonia, el antipapa Wojtyła hizo un pedido de perdón inaudito: “Dios de nuestros padres, tú has elegido a Abraham y su descendencia para que tu nombre sea llevado a las naciones: nosotros estamos profundamente entristecidos por el comportamiento de aquéllos que, en el curso de la historia, les han hecho sufrir, a ellos que son tus hijos, y pidiéndote perdón, nosotros queremos comprometernos a vivir una fraternidad auténtica con el pueblo de la alianza”.
Los judíos se consideran, ellos, como “hijos de la alianza”. Por contrario, los cristianos hablan siempre de la “antigua alianza”. El hecho de que Wojtyła emplee la expresión “pueblo de la alianza” y no “pueblo de la antigua alianza” se explica sin duda por sus orígenes familiares. Tras su elección, Tribune juive rebela que su madre era judía. También Montini era de padre y madre judíos.
El 26 de marzo de 2000, Wojtyła se presentó al pie del muro de los lamentos, último vestigio del Templo de Salomón en Jerusalén, lugar principal del judaísmo. Según una costumbre exclusivamente judía, introdujo una pequeña esquela en una ranura del muro con su pedido de perdón a los judíos.
Parte IV: investigación canónica. La visibilidad de la Iglesia
“La elección y a consagración del futuro Pontífice Romano deben ser hechas conforme a la justicia y a las leyes canónicas” (San Yves de Chartres, Decretos).
“La elección y la consagración del futuro Pontífice Romano deben ser hechas conforme a la justicia y a las leyes canónicas” (Graciano: Decreto, 1140).
“Después de la elección canónicamente hecha…” (San Pío X: constitución Vacante Sede Apostólica, 1904).
“Después de la elección canónicamente hecha…” (Pío XII: constitución Vacantis Apostolicae Sedis, 1945).
“Son elegibles todos aquéllos que, de derecho divino o eclesiástico, no están excluidos. Son excluidas las mujeres, los niños, los dementes, los no bautizados, los herejes y los cismáticos” (Raoul Naz: Tratado de derecho canónico, París 1954, t. II, p. 375, retomado por el Diccionario de teología católica, “elección”).
La cláusula de catolicidad que rige los cónclaves es una ley de derecho divino. Nuestro Señor ha dado el ejemplo: antes de poner a San Pedro a la cabeza de la Iglesia, le ha demandado hacer su profesión de fe. No es sino después de haberse asegurado de la ortodoxia del “papable” que Cristo lo designa como piedra fundamental de la Iglesia. “Y para ti”, le dice Él, “¿quién soy Yo?” Simón Pedro tomó la palabra: “Tú eres el Cristo”, dijo él “¡el Hijo de Dios vivo!” Entonces Jesús le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y Yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo XVI, 15-18).
Que la cláusula de catolicidad de los candidatos a la tiara sea una ley de derecho divino fue puesto en valor por el jesuita español Francisco Suárez, (1548-1617), célebre como filósofo, teólogo y jurista. Después de haber demostrado, basándose en pasajes de la Escritura, que la fe es el fundamento de la Iglesia, Suárez escribió: “Por esto, si la fe es el fundamento de la Iglesia, ella es también el fundamento del pontificado y del orden jerárquico de la Iglesia. Esto es confirmado por el hecho de que tal es la razón que se da para explicar por qué Cristo había demandado a San Pedro una profesión de fe antes de prometerle el Papado (Mateo XVI, 13-20)” (Francisco Suárez: De fide, disputatio X, sección VI, n. 2, in: Opera Omnia, París, 1858 t. XII, p. 316).
En la época paleocristiana, los padres de la Iglesia son unánimes al respecto de la incompatibilidad radical entre la herejía y el soberano pontificado.
En la Edad Media la vía seguida por los católicos fue la siguiente: no deponer un Papa, sino impugnar la validez de la elección de un antipapa intruso.
La misma observación es hecha en el Diccionario de teología católica (artículo “deposición”): cuando se privaba a los antipapas cismáticos de su oficio, no se les deponía del pontificado, sino, matiz importante, se les quitaba un pontificado que jamás habían poseído desde el comienzo. Los concilios que los han golpeado no han hecho más que examinar su derecho a la tiara. No son los Papas los juzgados, sino la elección y el acto de los electores.
Los no católicos son “irregulares”, lo que los excluye no solamente del soberano pontificado sino de la clericatura simplemente. “Las irregularidades son defectos contrarios a las reglas canónicas, por los cuales se es alejado de las órdenes o de sus funciones” (Louis Thomassin: Antigua y nueva disciplina de la Iglesia, Bar-le-Duc 1864-1867, t. VII, p. 564). Los defectos se dividen en:
- Irregularidades ex defectu (defecto corporal: epilepsia, debilidad mental).
- Irregularidades ex delicto (delito: herejía, homicidio, aborto, bigamia).
El derecho eclesiástico en vigor hasta San Pío X golpeaba de irregularidad a los apóstatas y los herejes (canon Qui in aliquo, dístico 51 y canon Qui bis, de consecratione, dístico 4). Esta disposición fue retomada por San Pío X en su nuevo Código de Derecho Canónico: “Son irregulares ex delicto: los herejes, los apóstatas de la fe y los cismáticos” (Codex iuris canonici, 1917, canon p 85, 1).
Que los no católicos sean irregulares es un principio constante de la legislación eclesiástica bimilenaria. Quien no es católico no puede ser ni padre, ni obispo, ni Papa. Esta regla es absoluta y no sufre ninguna excepción. Citemos algunos documentos legislativos a este respecto.
El Papa San Clemente I, que conoció personalmente a San Pedro, puso por escrito las reglas de la Iglesia Católica en sus Constitutions apostoliques.
Los Statuta Ecclesiae Antiqua, de mediados o fines del siglo V, prescriben un examen de la fe antes de la consagración episcopal.
El obispo San Yves de Chartres (1040-1116) participa en la elaboración del derecho canónico.Tiene una vasta colección de leyes titulada Decretos. Cita allí una ley del Papa San León IV (siglo IX) en este mismo sentido.
Graciano recopiló las leyes dispersas y las reunió en una colección jurídica conocida bajo el nombre de Decreto (1140), que fue autoridad desde el siglo XII. En el siglo XVI, el Papa Gregorio XIII ordena una publicación oficial a nombre de la Iglesia: “Graciano (Dist. LXXXI) rehúsa la entrada de la clericatura a los herejes y apóstatas. Tanto como son todavía irregulares” (Thomassin, t. III. 591).
Santo Tomás de Aquino, que cita a menudo las leyes reunidas por Graciano, enseña: “Aquéllos que son irregulares en virtud del derecho de la Iglesia no están autorizados a elevarse a las órdenes sagradas” (Suma teológica, II-II, q. 187, a. 1; cf. también II-II, q. 185, a. 2).
El célebre concilio ecuménico reunido en Trento de 1545 a 1563, prescribía un examen de la ortodoxia de los candidatos al sacerdocio.
La disciplina bimilenaria se reencuentra en el pontifical romano. Según este venerable libro, en uso desde tiempos inmemoriales, es necesario examinar la rectitud doctrinal de los candidatos al episcopado antes de su consagración.
El no católico no podrá en ningún caso ser admitido a la clericatura. La Iglesia es extremadamente severa y desconfía aun de los herejes convertidos: “Aquéllos que, dejando la herejía o el cisma, vienen a la Iglesia Católica, no son admitidos a la clericatura” (San Agustín: De unice Baptismo, c. 12).
Desde el comienzo del cristianismo hasta nuestros días, en efecto, aún los herejes convertidos al catolicismo son irregulares. Uno de los primeros concilios, el de Elvira en España (h. 300-303) había declarado esta irregularidad con un aire tan afirmativo y severo, que es un indicio que esa irregularidad era muy antigua.
San Inocencio I (401-417): “La ley de nuestra Iglesia Católica es imponer las manos y acordar solamente la comunión laica (no admitir en los rangos del clero) a los bautizados que vienen a nosotros después de haber dejado a los herejes y no elegir alguno de entre ellos para conferirle los honores de la clericatura”.
Si ya los antiguos herejes convertidos al catolicismo son, por principio, no admitidos al sacerdocio, se comprenderá fácilmente que los herejes que persisten en su herejía no podrán, en ningún caso y bajo ningún pretexto, ser admitidos a la clericatura, y menos aún al soberano pontificado.
Esta Enseñanza tradicional fue codificada jurídicamente en el siglo XVI por el Papa Paulo IV, que redacta un texto legislativo para evitar que un cardenal sospechado de herejía pueda hacerse elegir Papa: La constitución apostólica bajo forma de bula Cum ex apostolatus estipula en el § 6, que un hombre que haya desviado de la fe no podría en ningún caso devenir Pontífice, aunque todos los cardenales estuvieran de acuerdo, aunque los católicos del mundo entero le prestaran alegre obediencia durante decenios. Todos los actos y decisiones de un tal falso Pontífice serían jurídicamente nulos y sin valor, y esto ipso facto, sin que haga falta otra declaración de parte de la Iglesia.
La constitución apostólica de Paulo IV es una definición dogmática solemne ex cathedra, que reúne las cuatro condiciones de la infalibilidad fijadas por el primer concilio Vaticano. Su decisión, irreformable por ella misma, permanecerá en vigor hasta el fin de los tiempos.
Dicha bula tiene un innegable valor jurídico en nuestros días todavía, porque fue tomada en su totalidad en el Código de Derecho Canónico de 1917. Este código fue elaborado por una comisión pontificia presidida por San Pío X. Fue promulgado por el Papa Benedicto XV por medio de la constitución apostólica Providentissima, mayo 27 de 1917.
La bula de Paulo IV habría sido abrogada, se oye decir a veces. Que se cite el Papa que habría explícitamente abrogado esta bula. Hasta este día, nadie ha podido encontrar un documento así. Esta bula figura oficialmente en el código de leyes de la Iglesia Católica. Luego, no ha sido abrogada. Todo lo contrario, nadie en el mundo podría abrogar la cláusula de catolicidad, pues esta es una ley de derecho divino y todavía más, un dogma definido ex cáthedra.
En 1945, el Papa Pío XII publica un nuevo reglamento sobre el cónclave: la constitución Vacantis Apostolicae Sedis. Confirma allí que las leyes enunciadas en el derecho canónico deben ser observadas, puesto que presupone que el pretendiente haya sido elegido conforme al derecho eclesiástico antes de ceñir la tiara.
Una cuestión falta resolver todavía. Pío XII ha especificado claramente que aun la excomunión de un elegido no podía invalidar la elección. “Ningún cardenal puede de ninguna manera ser excluido de la elección activa y pasiva del soberano Pontífice bajo el pretexto o por el motivo de no importa qué excomunión, suspensión, interdicción u otro impedimento eclesiástico.
¿Por qué haber levantado toda excomunión? Es imposible que el Papa haya podido pensar en los herejes, pues los clérigos no católicos son destituidos automáticamente de su cargo (canon 188) y no tienen el derecho de votar (canon 167). Es porque Pío XII piensa solamente en los cardenales excomulgados por un delito distinto a la herejía. Se puede, en efecto, ser no-hereje, pero excomulgado: tráfico de falsas reliquias (2326), violación de la clausura monástica (2342), usurpación de los bienes de la Iglesia (2345), aborto (2350), etc.
Por el contrario, un hombre no católico permanece inelegible. Pues tiene ante él un doble obstáculo por su excomunión y su no catolicidad.
Resumamos: los no católicos son inelegibles por una quíntuple razón:
- Existe una ley divina, o sea, enraizada en la Escritura. Según la Escritura, ningún no católico puede ser (Mateo XVI, 15) o permanecer (Tito III, 10-11 y 2. Juan 10-11) jefe de los católicos. Una ley de derecho divino obliga independientemente del derecho eclesiástico (canon 6, n. 6).
- Los no católicos son excluidos de la clericatura y de los oficios eclesiásticos no solo por la Escritura, sino también por la Tradición (Santos Cipriano, Agustín, Tomás, etc).
- La cláusula de catolicidad ha sido definida ex cathedra por un Pontífice Romano (Paulo IV, 1559). Según Vaticano I (Pastor aeternus, c. 4) una tal definición es “irreformable por ella misma, y no en virtud del consentimiento de la Iglesia; si alguno tuviera la temeridad de pretender lo contrario “sea anatema”.
- El texto de Paulo IV es citado explícitamente en el Codex iuris canonici en quince lugares
- El reglamento que rige los cónclaves redactado por Pío XII en 1945 estipula que la elección debe ser “canónicamente hecha” (según el derecho canónico) para ser válida
Roncalli, Montini, Luciani y Wojtyła ¿han desviado de la fe antes de ser electos?
Con el fin de luchar contra los herejes modernos, llamados modernistas, el Papa San Pío X instaura todo un programa de lucha: supervisión de los seminarios, censura de los libros y periódicos, consejos diocesanos de vigilancia, juramento antimodernista.
Los modernistas, después del deceso de este santo Papa, expandieron el rumor de que sus prescripciones contra el modernismo no tendrían ningún valor, porque no habrían sido incluidos en el nuevo Código de Derecho Canónico de 1917 por su sucesor Benedicto XV. El nuevo Papa desbarata la maniobra desleal de los modernistas, publicando una aclaración:
“Las prescripciones susodichas (de Pascendi y de Sacrorum antistitum), habiendo sido dadas a causa de las serpientes contenidas en los errores modernistas, son, por su naturaleza, temporarias y transitorias y no han podido ser, por esta razón, integradas en el Código de Derecho Canónico. Por otra parte, sin embargo, en tanto que el virus del modernismo no haya cesado totalmente de existir, ellas deberán guardar su plena fuerza (de ley), hasta que la Sede Apostólica decida otra cosa” (decreto del Santo Oficio sobre los consejos de vigilancia y el juramento antimodernista, aprobado y confirmado por el Papa Benedicto XV “en virtud de su autoridad suprema”, dado en Roma el 22 de marzo de 1918, in: Acta Apostolicae Sedis, Roma 1918, p. 136).
San Pío X obliga a todos los clérigos a recitar el juramento antimodernista antes de poder ser clérigo, o también antes de acceder a una cátedra de enseñanza o a un oficio eclesiástico: “Yo, N…, abrazo y recibo firmemente todas y cada una de las verdades que han sido definidas, afirmadas y declaradas por el Magisterio infalible de la Iglesia, principalmente los textos de doctrina que son directamente opuestos a los errores de estos tiempos”. Todo padre es entonces supuesto de estar al corriente de los escritos pontificios dirigidos contra el liberalismo: Mirari vos, el Syllabus, y tantos otros documentos hoy puestos bajo el celemín. Entre otros, el futuro clérigo debe todavía jurar: “yo me someto también, con la reverencia debida, y adhiero con todo mi corazón a todas las condenas, declaraciones, prescripciones que se encuentran en la encíclica Pascendi y en el decreto Lamentabili”. Todo padre conoce supuestamente estos dos escritos antimodernistas del santo Papa Pío X.
Roncalli, Montini, Luciani y Wojtyła no han podido sustraerse a esta obligación de prestar el juramento antimodernista. Y conocían todos los textos pontificios antiliberales y antimodernistas. Es con pleno conocimiento de causa como ellos desobedecieron voluntariamente y gravemente al Magisterio de la Iglesia Católica, por todas las reformas emprendidas una vez arribados al poder, y también por su doctrina liberal y modernista, predicada desde lo alto de la cátedra de San Pedro, devenida en una cátedra de pestilencia.
¡Montini tuvo aun la desfachatez, en 1967, de suprimir el juramento!
Según San Pío X (Pascendi), los modernistas son “los peores enemigos de la Iglesia”, el modernismo es “la cloaca colectora de todas las herejías” (Motu proprio Prestancia, noviembre 18 de 1907).
Roncalli, Montini, Luciani y Wojtyła chapotean hasta el cuello en esta cloaca máxima que es el modernismo. Su programa de demolición de la Iglesia Católica es hereje desde la A a la Z. Visto que han dado el juramento antimodernista, es absolutamente cierto que conocían la doctrina católica. Su pertinacia es así probada. Luego son incontestablemente herejes formales. En tanto que perjuros que han violado su juramento antimodernista, deberían haber sido llevados ante el Santo Oficio de la Inquisición de la perversidad hereje, conforme a las directivas de San Pío X. Que ningún clérigo haya tenido la idea o el coraje de denunciarlos al Santo Oficio es parte del “misterio de iniquidad”.
Es suficiente ahondar un poco en la biografía de estos perjuros para descubrir que ya habían desviado de la fe antes de su elección al falso soberano pontificado. La ley de Paulo IV, retomada por San Pío V, San Pío X y Pío XII, les es aplicable con seguridad.
Aplicación de la ley a Angelo Roncalli
Desde el comienzo del siglo XX hubo adeptos del falso ecumenismo, destacando Dom Lambert Beauduin. Pío XI condena esta tentativa con su encíclica Mortalium animos en 1928. Por desgracia, a pesar de esta censura y de sucesivos exilios, Dom Lambert Beauduin continuará trabajando en la sombra. Desde 1924, Dom Lambert Beauduin había liado una amistad fiel con Monseñor Roncalli, que había pasado a la diplomacia después de haber perdido “a causa de su modernismo”, su cátedra de enseñanza en el Ateneo de Letrán.
Roncalli fue iniciado en una secta gnóstica en Turquía en 1935 (Pier Capri: Las profecías del Papa Juan XXIII, Roma 1976; traducción francesa París 1976 y 1978). Entra en la francmasonería cuando era nuncio en París, información proporcionada por el padre Mouraux en su revista Bonum certamen; el padre Mouraux tenía un parroquiano, cuyo hermano estaba inscripto en la misma logia que Roncalli.
Cuatro años antes del deceso de Pío XII, Roncalli recibió del poder oculto el anuncio de que sería Papa, así como las instrucciones para gobernar la Iglesia según las miras de las logias, y especialmente convocando un concilio.
Una vez inválidamente elegido, Roncalli alaba la declaración universal de los derechos del hombre y remite un ejemplar de su encíclica Pacem in terris a la ONU, en signo de solidaridad. Toma así la contracorriente del Papado, barriendo con sus pocas líneas doscientos años de puestas en guardia pontificias contra los principios de la Revolución. Cuando la ONU adoptó la Declaración universal de los derechos del hombre (1948), el Vaticano había protestado (Osservatore romano, octubre 15 de 1948). Pero Roncalli vino, y la francmasonería se sentó sobre la Sede de Pedro. El colmo del misterio de iniquidad llegó cuando este francmasón fue “beatificado” el 3 de septiembre de 2000.
Aplicación de la ley a Giovanni Battista Montini
En 1976, el príncipe rumano Pablo Scortesco, miembro de la Guardia Noble Vaticana, de regreso de Roma a París, reveló que poseía la prueba formal de que Montini era masón. Fue asesinado esa semana y sus papeles desaparecieron.
Winckler reveló que el sobrino de Rampolla había formado una camarilla de cardenales que “esperaba tener éxito con Montini allí donde Rampolla había fracasado” y que Montini era un agente de la judería. Winckler tuvo éxito en infiltrar este grupo de traidores porque se lo tomaba, equivocadamente, por un marrano, según testimonio en Latour, Loubier y Alexandre: ¿Qui occupe la Siège de Pierre?, Villegenon 1984, pp. 61- 62).
Montini hizo suya la teología panteísta de Teilhard de Chardin, teología puesta en el Índex bajo Pío XII. Montini, antes de su elevación inválida al falso pontificado, tuvo singulares declaraciones durante un discurso en Turín: “¿No llegará un día en que el hombre moderno, en la medida que sus estudios científicos progresarán y descubrirán las leyes y realidades ocultas tras el rostro mudo de la materia, tenderá su oído hacia la voz maravillosa del espíritu que palpita en ella? ¿No será ésa la religión de mañana? Einstein mismo, entrevió la espontaneidad de una religión del universo. ¿O no será esa, tal vez mi religión hoy?” (Documentation catholique, 1960, pp. 764-765). Esto es herejía panteísta, vulgarizada en los años 1950 por Pierre Teilhard de Chardin. Montini deja así entrever que el panteísmo evolucionista era ya su religión personal.
El amigo y el maestro de pensamiento de Montini era el filósofo hereje Jacques Maritain, muerto en 1973. Se llama a Maritain el padre de la libertad religiosa de Vaticano II. Ha sido condenado con anticipación, por ejemplo, por León XIII (encíclica Longinqua oceani, enero 6 de 1895).
Aplicación de la ley a Albino Luciani
Luciani era partidario de la píldora anticonceptiva, aun después de la publicación de Humanae vitae de Montini. Combatía la misa de San Pío V en su diócesis. Hacía apología de la libertad religiosa, defendía la nueva misa, y se hacía el Apóstol del pluralismo, del ecumenismo, del diálogo: a estas tres ideas las calificaba de “palabras las más sagradas”.
Desde su elevación como antipapa de la secta modernista, recomienda a los educadores las obras del francmasón italiano Carducci, autor de un tristemente célebre Himno a Satán. En 1910, Monseñor Delassus (La conjuración anticristiana) se compadecía que algunos educadores católicos se hubiesen dejado seducir por los escritos de Carducci; en 1978, los educadores católicos vieron que se les proponían esos mismos escritos como modelo a seguir. El discurso de Luciani, publicado en l’Osservatore romano, crea un escándalo. Algunos se preguntaban si no sería francmasón él mismo.
Aplicación de la ley a Karol Wojtyła
Cuando Wojtyła arriba a Nancy, el alcalde, que era francmasón, lo recibió distinguiendo en él la cualidad de francmasón (testimonio del padre Mouraux).
El joven Wojtyła fue influenciado por la teosofía. En Wadowice, conoce a Mieczyslav Kotlarczyk, escenógrafo y teórico de teatro, y fue iniciado en una dramaturgia esotérica. Kotlarczyk era un apasionado del ocultismo.
Al momento de Vaticano II, Wojtyła se hizo Apóstol de la ideología de las logias, lo que le valió ser aplaudido por la francmasonería. “Es necesario aceptar el peligro del error. No se adopta la verdad sin tener una cierta experiencia del error. Es necesario hablar del derecho de buscar y de errar. Reclamo la libertad para conquistar la verdad” (tercera sesión del conciliábulo Vaticano II, en: Bulletin du Grand Orient de France, n. 48; noviembre/diciembre de 1964).
Cuando estaba encargado del arzobispado de Cracovia, Wojtyła reside por un tiempo dos veces en Taizé. Invita al hermano Roger a predicar ante 200.000 trabajadores de las minas (Le Monde, octubre 7 de 1986). En Kroscienko, da testimonio de su benevolencia por el movimiento “Oasis”, el “Taizé polaco” (Témoignage Chretien, mayo 28 de 1979). Devenido antipapa, se dirigió a Taizé en octubre de 1986: “Se pasa por Taizé como se pasa cerca de un manantial”.
Durante el retiro que Wojtyła predica ante Montini y sus colaboradores en 1976, bajo el título de El signo de contradicción, definía así la “función real” que Jesús reivindica ante Pilatos: “La función real, munus regale, no es en principio el derecho de ejercer la autoridad sobre los otros, sino de revelar la realeza del hombre. Esta realeza está inscripta en la naturaleza humana, en la estructura de la persona” (Karol Wojtyła: El signo de contradicción, París 1979, p. 176). En resumen, todos los hombres son reyes ¡salvo Jesús!
En 1969 Karol Wojtyła publica en polaco un libro herético, que fue enseguida traducido al francés: Personne y acte.
Para Wojtyła, el fin sobre la tierra y la felicidad consisten en la realización de sí mismo: “completarse, realizarse a sí mismo y ser feliz, es casi la misma cosa”.
Dios está casi ausente de esta obra, o solamente al margen. El paraíso nada le interesa al autor. El hombre puede pasarse sin Dios su Creador, porque él se entiende como un creador, pues “el hombre se crea por el acto”.
Esta concepción wojtyliana del hombre se inscribe perfectamente en una corriente filosófica moderna que tiene por nombre “existencialismo”. El existencialismo fue condenado notablemente por Pío XII (encíclica Humani generis, agosto 12 de 1950).
En 1972, Wojtyła publica un vademécum de Vaticano II a la intención de los fieles polacos, traducido al francés en 1981: Aux sources du renouveau. Allí niega un artículo de la fe católica, el de la unidad de la Iglesia. Veamos antes la sana doctrina: “La Iglesia está constituida en la unidad por su misma naturaleza. Ella es una, aunque las herejías intenten desgarrarla en muchas sectas” (San Clemente de Alejandría: Stromates VII, 17). La unidad existe en la Iglesia Católica. Los herejes y cismáticos deben regresar a la unidad existente, convirtiéndose al catolicismo.
Según Wojtyła, por el contrario, la unidad de la Iglesia ha sido perdida. Católicos, “hermanos separados” (herejes protestantes) y “ortodoxos” (cismáticos y herejes griegos) deben reconstruir juntos una unidad que no existe más. “La Iglesia está actualmente dividida por los hombres”, pero “los hombres, con el socorro de la gracia y a pesar de las divisiones antiguas, conseguirán un día esta unidad que es la de la Iglesia en el pensamiento y en la voluntad de Cristo: por una humilde plegaria, debemos pues pedir perdón a Dios y a los hermanos separados, tal como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. (Vaticano II: Unitatis redintegratio, § 7)” (Karol Wojtyła Aux sources du renouveau, París, 1981, p. 261). Los católicos serían igualmente culpables de cisma, porque deberían pedir perdón a Dios por haber pecado contra la unidad.
Continúa la misma tónica después de su elección inválida:
El 12 de marzo de 2000, ante el mundo entero, Wojtyła pide perdón por todos los pecados de la Iglesia Católica, entre los cuales el de ser responsable de la pérdida de la unidad.
El día de su ordenación, Karol Wojtyła, tanto como Roncalli, Montini y Luciani, pronunció el juramento antimodernista, impuesto por San Pío X a todos los sacerdotes. Ahora bien, este juramento fue un perjurio, pues en verdad, Wojtyła tenía una concepción diametralmente opuesta de la fe, que confía a su amigo Frossard: “No he considerado jamás a mi fe como “tradicional”.
La fe es un don de Dios, gracias a la cual nos adherimos firmemente a las verdades del catecismo. Ahora bien, Wojtyła, como buen francmasón, rehúsa lo que llama desdeñosamente las “verdades hechas”.
Los teólogos más escandalosos son no solamente colmados de elogios por Wojtyła, sino a veces elevados por él al falso “cardenalato” modernista, como Henri de Lubac, Y. Danielou, Y. Congar (muchas veces exiliado por Pío XII en razón de su herejía), H. Küng (niega todos los dogmas), R. Lombardi, Karl Rahner (cree que cada hombre es Dios, niega el pecado original, transubstanciación y el infierno), Balthasar (pretende que el infierno está vacío), Cámara (estima que el marxismo es legítimo), Maritain (cree en una amnistía final obtenida por Satán).
Wojtyła, cuya tesis doctoral sobre La posibilidad de fundar una ética cristiana sobre la base filosófica de Max Scheler ha sido criticada por sus examinadores, se refiere constantemente a los filósofos Kierkegaard, Husserl y Scheler, filósofos existencialistas. Para ellos los Evangelios no son históricos, sino un testimonio de la Iglesia. Los dogmas son relativos y cambiantes. La Redención es solo la victoria sobre la injusticia, el racismo, el fascismo. Cristo no es más que un hombre ejemplar. Los sacramentos son solo símbolos, etc.
La Iglesia ya ha zanjado la “cuestión del Papa”, pues ha establecido una ley írrita, según la cual la elección de un no católico es automáticamente golpeada de nulidad, porque el § 6 de la ley eclesiástica Cum ex apostolatus hace inválidas “por el hecho mismo, sin que haga falta ninguna otra declaración ulterior” las elecciones de Roncalli, Montini, Luciani y Wojtyła.
Se trata de lo que los canonistas llaman una “nullitas latae sententiae plenisima”, es decir de un acto electivo nulo de pleno derecho, sin ninguna intervención posterior de parte de cualquier tribunal eclesiástico. Según el Diccionario de derecho canónico (artículo “nulidades”) “la nullitas latae sententiae plenisima lleva al acto a la nulidad, tanto en fuero interno como en fuero externo, en la ausencia de toda sentencia judicial”. Este diccionario precisa que no importa cuál simple particular, (aun un laico) está habilitado a constatar esta nulidad y a actuar en consecuencia.
Resumen: visto que Roncalli, Montini, Luciani y Wojtyła han desviado de la fe antes del cónclave, su elección es inválida en virtud de la ley divina y de la legislación eclesiástica en vigor.
¿La Sede Pontificia puede subsistir temporalmente sin Papa?
Desde la muerte de Pío XII no hay Papa. Este hecho no es incompatible con la noción de “visibilidad” de la Iglesia, pues la Sede Pontificia y la Iglesia Católica pueden subsistir temporalmente sin Papa. La Iglesia visible es unas veces dotada de Papa, otras veces privada de Papa. La vacancia de la Sede Apostólica es un fenómeno totalmente normal, y que ha tenido lugar más de 250 veces en la historia de la Iglesia. A cada muerte de Papa, la Sede Apostólica permanece vacante durante algunos meses, y hasta durante algunos años. Si la vacancia de la Sede Apostólica fuera contraria a la visibilidad de la Iglesia, ésta habría desaparecido y resucitado más de 250 veces desde su fundación. ¿Quién podría sostener parecido absurdo?
La Iglesia Católica y la Sede Apostólica son personas morales (canon 100). Una persona moral de derecho eclesiástico es de naturaleza perpetua (canon 102). Siendo de naturaleza perpetua, la Iglesia Católica no puede desaparecer, aunque fuera privada de Papa.
San Pío X previó la eventualidad de una vacancia de la Sede, y ha dado un reglamento completo para regir esta situación (constitución Vacante Sede Apostolica, diciembre 25 de 1904) y un canon expreso para esta circunstancia. También ha previsto que la Sede Apostólica pueda ser ocupada por un usurpador.
Otro santo Papa que se preocupó de la vacancia de la Sede Apostólica fue San Pío V. Él ha reglado esta eventualidad en el plano litúrgico. En el misal de altar, está ordenado que en caso de vacancia de la Sede Apostólica, el celebrante debe omitir la mención del Papa en el canon de la misa
Dom Guéranger en El año litúrgico tiene palabras consoladoras para los cristianos que viven en período de vacancia de la Santa Sede.
Lucius Lector (El cónclave, París s.d., publicado bajo León XIII) escribió no menos de 784 páginas sobre las leyes y ceremonias que rigen los cónclaves y la vacancia de la Sede Apostólica. V. Martin escribió un libro sobre la vacancia (Les cardinaux et la curie. Tribunaux et offices, la vacance du Sede apostolique, París, 1930). Charles Pichon publicó Le pape, le conclave, l’election et les cardinaux (París 1955). Si estos libros han sido escritos, es una prueba que la existencia de una vacancia de la Santa Sede es teológicamente posible.
La vida de la Iglesia visible continúa, aun mientras está privada de Papa. Ha habido aun consagración de obispos durante la vacancia de la Sede Apostólica. Y el Papa Pulo IV precisa que esta vacancia puede durar mucho tiempo. Si un usurpador fuera elegido ilegítimamente, la Sede estaría vacante, “y cualquiera que fuera la duración de esta situación” (Cum ex apostolatus, § 6).
Que la privación de Papa dure años, aun decenios, es seguramente deplorable, pero de ninguna manera imposible. Vacancia (25 de octubre de 304 – 27 de mayo de 308) entre San Marcelino y San Marcelo I: tres años y siete meses. Vacancia (29 de noviembre de 1268 – 1 de septiembre de 1271) entre Clemente IV y San Gregorio X: dos años y nueve meses. Vacancia (1 de abril de 1292 – 5 de julio de 1294) entre Nicolás IV y San Celestino V: dos años y nueve meses. Papas dudosos (luego nulos) durante el gran cisma de Occidente (1378 – 1417): treinta y nueve años (si se agrega todavía la línea cismática de los antipapas del conciliábulo de Basilea, se arriba a setenta años).
La vacancia de la cátedra de San Pedro está prevista por la legislación eclesiástica. No interrumpe la vida de la Iglesia ni es incompatible con la noción de “visibilidad” de la Iglesia Católica, que comporta cuatro notas características.
Las cuatro notas de la Iglesia visible
Profundicemos ahora en las cuatro notas o rasgos característicos de la Iglesia visible (unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad) con la ayuda del Catecismo romano. Este catecismo hace autoridad, porque ha sido redactado por una comisión de padres del concilio de Trento, y aprobado por el Papa San Pío V.
La nota de unidad
“No hay más que un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios IV, 4). “No hay más que una sola fe que todos deben guardar y profesar públicamente” (Catecismo romano).
Los 2221 obispos que votaron, el 28 de octubre de 1965, la declaración Nostra aetate de Vaticano II, cayeron por este hecho directamente bajo un anatema del concilio Vaticano I.
Conciliábulo de Vaticano II: declaración Nostra aetate (1965): “El budismo enseña una vía por la cual los hombres podrán adquirir el estado de liberación perfecta, alcanzar la iluminación suprema por sus propios esfuerzos”.
Concilio Vaticano I (1870): De revelatione, canon 3 (citado en Pascendi): “3. Si alguno dijere que el ser humano no puede ser divinamente elevado a un conocimiento y perfección que supere lo natural, sino que puede y debe finalmente alcanzar por sí mismo, en continuo progreso, la posesión de toda verdad y de todo bien: sea anatema”.
Se podrían multiplicar los ejemplos de divergencia entre la fe católica y la creencia conciliar. A este respecto, Romano Amerio ha escrito un libro de más de 600 páginas (Iota unum), y hay por lo menos una cincuentena de temas que ha dejado de lado.
La Iglesia conciliar no profesa la misma fe que la Iglesia Católica. Luego, le falta la nota de unidad.
La nota de santidad
“La Iglesia es santa porque sólo ella posee el culto del sacrificio legítimo y el saludable uso de los sacramentos, los instrumentos eficaces de la gracia divina por los cuales Dios nos comunica la santidad” (Catecismo romano).
Montini hizo elaborar una nueva misa por el francmasón Bugnini y seis pastores protestantes.
Todos los rituales y todos los sacramentos han sido cambiados. El rito ha sido cambiado en todas partes, la materia y la forma a veces.
En vista de estas informaciones sucintas, se puede afirmar que la Iglesia conciliar no tiene un “sacrificio legítimo” y que los otros sacramentos, por la mayor parte dudosos o inválidos, no contribuyen a la santificación. Es porque le falta la nota de santidad.
La nota de catolicidad
“Todos los fieles que han existido desde Adán hasta hoy, todos los que existirán en tanto el mundo sea mundo, que profesen la verdadera fe, pertenecen a esta misma Iglesia establecida sobre los Apóstoles y los Profetas” (Catecismo romano). “Católica” quiere decir “universal”. La fe “católica” es “universal” en el tiempo y en el espacio, es lo que ha sido creído por todos, en todas partes y en todo tiempo, como decía San Vicente de Lerins (Commonitorium, 434).
Un examen rápido (nuestra investigación) o numerosos y voluminosos estudios (publicados por católicos desde los años sesenta) prueban sobreabundantemente que la creencia profesada por la iglesia conciliar no tiene nada de “católica”, porque está en contradicción con lo que ha sido creído y enseñado durante dos mil años de catolicismo, aun desde hace seis mil años, pues la Iglesia comenzó con Adán, como lo dice el Catecismo romano y como lo explica el padre Barbier (Les trésors de Cornelius a Lapide, París, 1856).
Aparte de los estudios católicos, se pueden también citar los testimonios de los mismos conciliares, que se jactan de no ser más católicos.
Según el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (otrora Santo Oficio), el texto conciliar Gaudium et spes “juega un rol de contra-syllabus en la medida que representa una tentativa para una reconciliación oficial de la Iglesia con el mundo tal como ha devenido después de 1789” (Ratzinger: Les Principes de la théologie catholique, traducción francesa 1985, p. 426). ¡Los conciliares reniegan pues de la enseñanza ex cathedra del Syllabus de Pío IX! Es una apostasía. Como la iglesia conciliar no es católica, le falta la nota de catolicidad.
La nota de apostolicidad
La doctrina de la Iglesia no es una doctrina nueva, que recién comienza a aparecer, sino que es la misma que ha sido enseñada por los Apóstoles, y que ha sido esparcida por ellos en toda la tierra. Es por esto que los padres del concilio de Nicea, inspirados por Dios, queriendo hacernos comprender cuál era la Iglesia Católica, han agregado en el Credo la palabra “apostólica” (Catecismo romano).
Los Apóstoles quemaron los malos libros (Hechos de los Apóstoles XIX, 19) y Montini suprime el Índex y alaba la libertad de prensa.
El Apóstol San Pablo prohibía sacrificar a los ídolos (1. Corintios X, 14-22) y Wojtyła lo hizo en África y en India.
El Apóstol San Pedro acusa a los judíos de deicidio (Hechos de los Apóstoles II, 23) y Vaticano II (Nostra aetate, § 4) lo niega.
Los Apóstoles y los discípulos de Nuestro Señor expulsaban los demonios; la secta conciliar ha suprimido los exorcismos del bautismo, el exorcismo sobre los Santos Óleos del Jueves Santo, la sal exorcizada, el pequeño exorcismo de León XIII recitado al final de la misa, la orden de los exorcistas (Montini suprimió la orden de los exorcistas el 15 de agosto de 1972, acordando en su lugar a los obispos la facultad de mantener un exorcista si le parecía bien). El 29 de septiembre de 1985 (Documentation catholique, 1986, p. 197), la Congregación para la Doctrina de la Fe ha prohibido formalmente recitar a cualquiera el pequeño o el gran exorcismo de León XIII. Las plegarias de los agonizantes han sido expurgadas: toda mención del demonio, adversario temible de la última hora, ha sido suprimida allí. Las completas de los benedictinos han sido amputadas de la bella lección del Apóstol San Pedro: “Hermanos, sed sobrios y vigilantes, pues vuestro adversario el diablo, rugiendo tal como un león, ronda alrededor de vosotros buscando a quién devorar; Vosotros le resistiréis permaneciendo fuertes en la fe” (1. Pedro V, 8).
Los dirigentes conciliares han abatido así todas las defensas sobrenaturales contra las fuerzas infernales. Esto es diametralmente contrario a las enseñanzas del Apóstol San Pedro y del Apóstol San Pablo, según el cual tenemos que luchar contra las potencias infernales esparcidas en los aires (Efesios VI, 10-17).
La iglesia conciliar es diferente a la establecida por los Apóstoles. Esto significa que le falta la nota de apostolicidad.
La iglesia conciliar no posee ninguna de las cuatro notas de la Iglesia visible
La iglesia conciliar no posee las notas de unidad, de santidad, de catolicidad y de apostolicidad, que son las marcas de la Iglesia visible. En consecuencia, la iglesia conciliar no es la Iglesia visible.
He aquí el texto integral (traducido del latín) de una declaración valiente de un arzobispo de la Iglesia Romana:
Declaración
En nuestros días, ¿bajo qué aspecto nos aparece la Iglesia Católica? En Roma reina el “Papa” Juan Pablo II, rodeado por el colegio de cardenales, así como un gran número de obispos y prelados. Fuera de Roma, la Iglesia Católica parece floreciente con sus obispos y sus padres. Los católicos son numerosísimos. Cada día, la misa es celebrada en tantas iglesias, y el día del Señor, las iglesias acogen muchos fieles para oír la misa y recibir la santa comunión.
Pero a los ojos de Dios, ¿cuál es el aspecto de la Iglesia hoy? Esas misas, cotidianas y dominicales, a las que asisten los fieles, ¿agradan a Dios? ¡En absoluto! Pues esta misa es idéntica para católicos y protestantes. Por esta razón, no es agradable a Dios y es inválida. La única misa agradable a Dios es la Misa de San Pío V que celebra un pequeño número de sacerdotes y obispos, de los cuales formo parte.
Es por esto que, en la medida de lo posible, abriré un seminario para los candidatos a un sacerdocio agradable a Dios.
Y aparte de esta “misa” que desagrada a Dios, hay numerosos elementos que Dios rechaza como, por ejemplo, en la ordenación de los sacerdotes, en la consagración de los obispos, en el sacramento de la confirmación y en el de la extremaunción. Además estos “padres” profesan:
- el modernismo
- un falso ecumenismo
- la adoración del hombre
- la libertad de abrazar no importa qué religión
- no quieren ni condenar las herejías ni dejar afuera a los
He aquí por qué, en mi calidad de obispo de la Iglesia Católica Romana, yo juzgo que la Sede de la Iglesia Católica en Roma está vacante, y que es mi deber, en tanto que obispo, emprender todo lo necesario para que perdure la Iglesia Católica Romana en vista de la salud eterna de las almas.
Adjunto a mi declaración el título de algunos documentos muy esclarecedores:
- San Pío V: bula Quo primum.
- Concilio de Trento, vigesimosegunda sesión.
- Pío VII: breve Adorabile eucharistiae y concilio de Florencia: Decreto para los Armenios; Decreto para los
- San Pío V: Missale romanum: “Los defectos durante la celebración de la misa”: “Los defectos de la forma”.
- Pío VI: constitución Auctorem fidei; San Pío X: decreto Lamentabili y encíclica Pascendi.
- Concilio de Florencia: Decreto para los jacobitas; Pío IX: encíclica Quanta cura; Bonifacio VIII: bula Unam sanctam.
- Codex iuris canonici, canon
- Paulo IV: bula Cum ex apostolatus; Codex iuris canonici, canon 188, 4.
- Pontificale romanum: “De la consagración de los elegidos al episcopado”: “Forma del juramento” y “examen”.
En Múnich, 25 de febrero de 1982 Pierre Martin Ngô-dinh-Thuc, Arzobispo.
Monseñor Ngô-Dinh-Thuc (1887-1984) era doctor en teología, derecho canónico, filosofía y licenciado en letras. Con el fin de hacer perdurar el sacerdocio, consagró obispos.
Visto todo lo anterior, podemos concluir que Roncalli, Montini, Luciani y Wojtyła no forman parte de la Iglesia visible, sino de una secta no católica. Quien no forma parte del cuerpo místico de Cristo, de ninguna manera puede ser el Vicario de Cristo. “No puede ser la cabeza de la Iglesia aquél que no es miembro” (San Roberto Belarmino: De romano pontifice, libro II, ch. 30).
Demostración en tres tiempos que estos hombres no son Papas:
- 1. “Sería absurdo decir que aquél que está fuera de la Iglesia pueda presidirla” (León XIII: encíclica Satis cognitum, junio 21 de 1896).
- 2. “Sólo son realmente a contar como miembros de la Iglesia aquéllos que han recibido el bautismo de regeneración y profesan la verdadera fe” (Pío XII: encíclica Mystici corporis, junio 29 de 1943).
- 3. Roncalli (Juan XXIII), Montini (Pablo VI), Luciani (J. Pablo I), Wojtyła (Juan Pablo II), Ratzinger (Benedicto XVI) y Bergoglio (Francisco I) no profesan la verdadera fe.
Antendiendo a lo anterior, se puede concluir que quien no profesa la verdadera fe no es un miembro del cuerpo de la Iglesia y no podría, pues, ser su jefe supremo.
Resumen: La iglesia dicha “conciliar”, al no poseer las cuatro notas características de la verdadera Iglesia, es una secta, una falsificación de Iglesia. Roncalli, Montini, Luciani y Wojtyła, Ratzinger y Bergoglio presiden una secta herética; ellos no son Papas de la Iglesia Católica.
Parte v: conclusión general
Cuando el cónclave termina, un cardenal anuncia una “gran alegría” al pueblo: “¡Habemus Papam!” Desde la muerte de Pío XII, una pregunta atormenta muchas conciencias: ¿Habemus Papam?
Nuestro Señor no podría de ninguna manera permitir la apostasía general sin previamente haber dejado todos los argumentos para discernirla y para mantenerse alejado de ella. Igualmente, la “cuestión del Papa” debería ser ya reglada previamente, por el Papado mismo, inspirado y regido por el Espíritu Santo.
La invalidez de los cónclaves
La clave para comprender la crisis actual de la Iglesia Romana es la invalidez de los cónclaves. Los hombres arribados al poder desde la muerte de Pío XII habían abandonado la fe antes de los cónclaves. Su elevación al pontificado fue por consecuencia inválida. Esta constatación tiene por fundamentos:
- La constitución apostólica Cum ex apostolatus de Paulo IV, fechada el 15 de febrero de 1559, retomada quince veces en el Código de Derecho Canónico de 1917, y especialmente en el canon
- La exclusión de los francmasones de los oficios eclesiásticos en el canon 2336.
- La rectitud doctrinal exigida de los obispos y cardenales (cánones 232, 343 y 1406).
- La noción de “irregularidad”, que excluye a los no católicos del sacerdocio, del episcopado y del soberano pontificado: cánones 985 y 991, más la alocución del 5 de octubre de 1957 del Papa Pío
La abominación de la desolación en el lugar santo
“Se puede entender por “abominación de la desolación” el dogma perverso, cuando lo hayamos visto establecido en el lugar santo, es decir, en la Iglesia, y presentarse como Dios, deberemos huir de la villa hacia las montañas”; es decir, retirarnos de esta falsa iglesia herética (San Jerónimo, in: Lección de maitines del Breviario Romano, domingo 24 después de Pentecostés).
Según Pablo IV, la instalación de un no católico sobre la cátedra de San Pedro constituye “la abominación de la desolación”, anunciada por el Profeta Daniel y también por Nuestro Señor mismo (Mateo XXIV, 15). Esta interpretación de las Santas Escrituras hecha por Paulo IV concuerda con la enseñanza del Padre y Doctor de la Iglesia San Bernardo.
Que los usurpadores, una vez elegidos inválidamente, difundan sus herejías desde lo alto de la cátedra de San Pedro y he aquí que nace “la iglesia herética” predicha por San Cesáreo de Arlés para el fin de los tiempos. Esta “iglesia hereje”, dice San Cesáreo, eclipsará a la verdadera Iglesia.
Una vida de hombre no bastaría para recopilar las innumerables blasfemias y herejías proferidas por la secta conciliar, sea por el pseudocura de campaña, por el sedicente obispo del lugar, o por el heresiarca supremo de Roma, “lobo disfrazado de oveja” (Mateo VII, 15).
Roncalli, Montini, Luciani y, sobre todo, Wojtyła han, en efecto, establecido un record histórico acumulando una cantidad hasta ahora nunca vista en la historia de la Iglesia de enormidades, de blasfemias, de traiciones, de atentados y de injurias contra la Santa Iglesia. Fenómeno asombroso es que encuentren una oposición tan blandengue de parte de los católicos. El nervio de guerra de los malvados es la blandura de los buenos, como decía el Papa San Pío X.
Apología de la Iglesia Romana
Creer que estos hombres son impostores no es simplemente una opinión teológica defendible, sino más exactamente una evidencia de fe, apuntalada por innumerables pruebas concordantes: Evangelios, Padres y Doctores de la Iglesia, Doctor Angélico, Papas, Concilios, Historia Eclesiástica, Hagiografía, Derecho Canónico, Liturgia, Catecismo. Más el Credo de Nicea-Constantinopla.
Esta concordancia maravillosa prueba que el admirable Magisterio de la Santa Iglesia Romana está inspirado por el Paráclito, conforme a las promesas del Divino Maestro: “Y yo rogaré al Padre y Él os dará otro Intercesor que quede siempre con vosotros, el Espíritu de Verdad” (Juan XIV, 15-17).
Este Magisterio de la Iglesia Romana es admirable. El Apóstol San Pablo ya alababa la fe sin falla de la Iglesia de la villa de Roma, al comienzo de su Epístola a los Romanos justamente. “¡Vuestra fe es célebre en el mundo entero!” Y en el curso de los siglos siguientes, la fe de la Iglesia de Roma ha gozado de la misma celebridad.
El Apóstol San Pedro (2. Pedro III, 3), el Apóstol San Pablo (1. Timoteo IV, 1-2) y el Apóstol San Judas (Epístola católica, 17-19) nos advierten que “en los últimos tiempos” muchos hombres abandonarán la fe para seguir “doctrinas diabólicas, enseñadas por impostores hipócritas”. Ahora bien, la impostura consiste en “engañar por falsas apariencias”, y notablemente “buscando hacerse pasar por lo que no se es”. Esta definición nos parece del todo adecuada para explicar la crisis actual de la Iglesia.
La virtud de la esperanza
Como es imposible que Jesucristo abandone a su Iglesia, Él moverá los corazones endurecidos de los fieles, que habiendo ya recibido la luz de que la Sede de San Pedro está siendo usurpada por antipapas que niegan la fe católica, cumplan con el gravísimo deber de elegir al Vicario de Cristo, según exhortación vehemente de San Pío X y Pío XII (puesto que todos los “cardenales” han abrazado las herejías del Concilio Vaticano II y han perdido el oficio, según el canon 188 del C.I.C.), al cual Dios le dará la autoridad sobre la Iglesia- la autoridad proviene de Dios no de los electores- y será el signo de unidad y el que se encontrará especialmente la visibilidad de la Iglesia. Recemos para que, en primer lugar, los obispos y sacerdotes acepten la luz divina que les impone este deber con el que han de cumplir, si no quieren dar cuenta a Dios de su omisión en su juicio particular. En esta promesa de nuestro Señor Jesucristo, está puesta nuestra esperanza de que la Iglesia, aunque reducida a un resto fiel, será restaurada antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo- fecha que nadie puede predecir-. Queda, pues, a los fieles católicos, promover la elección de un Papa, porque «La elección del Papa es el acto más sublime, el más sagrado, el más venerable que pueda realizarse sobre el mundo», escribió hace ciento cincuenta años Cayetano Moroni. Será el vicario de Cristo el signo visible de la unidad; sin él las divisiones, herejías y abusos entre el clero y fieles «tradicionalistas» se multiplicarán sin cesar, constituyendo un escándalo para los sencillos y humildes de corazón.
Resumen del libro Misterio de iniquidad que puede adquisirse impreso aquí.
DIOS EXISTE Y NOS HA DE JUZGAR
Dios Existe
Existe un Dios supremo y eterno, creador y conservador del universo.
- ¿Cuál es la verdad primera que ningún hombre debe ignorar?
La existencia de Dios, es decir, de un ser eterno, necesario e infinitamente perfecto, Creador de cielos y tierra, absoluto Señor de todas las cosas a las que Él gobierna con su Providencia. Esta es la verdad fundamental sobre la que descansa el edificio augusto de la religión, de la moral, de la familia y de todo el orden social.
Si no hay Dios, la religión es completamente inútil.
La moral carece de base si Dios, en virtud de su santidad, no establece una diferencia entre el bien y el mal; si con su autoridad suprema no hace obligatorias las normas de esa moral, y si con su perfecta justicia no premia el bien y castiga el mal.
Es imposible concebir la familia y la sociedad sin leyes, sin deberes, sin las virtudes de la caridad, etc.; y todas estas virtudes, si Dios no existiera, serían puras quimeras.
- ¿Podemos estar seguros de la existencia de Dios?
Sí, tan seguros podemos estar de que Dios existe como de que existe el sol. Es verdad que a Dios no lo vemos con los ojos corporales, porque es un espíritu puro; pero son tantas las pruebas que nos demuestran, sin lugar a dudas, su existencia, que sería necesario haber perdido por completo la inteligencia para afirmar que Dios no existe.
No puede la mente humana comprender la naturaleza íntima de Dios ni los misterios de la vida divina; pero sí puede establecer con plena certeza el hecho de su existencia y conocer algunas de sus perfecciones. A Dios no lo podemos ver, ciertamente, con los ojos del cuerpo, pero sí podemos contemplar sus obras. Así como por vista de un cuadro deducimos la existencia del pintor, cuya es la obra -puesto que la existencia del efecto supone la existencia de la causa que lo produjo-, así también podemos remontarnos de los seres creados al Creador, causa primera de todo cuanto existe. Esto es lo que afirma el Concilio Vaticano I: “Con la luz natural de la razón humana puede ser conocido con certeza, por medio de las causas creadas, el Dios único y verdadero, Creador y Señor nuestro”.
Orden de nuestra exposición:
- Principales pruebas de la existencia de Dios.
- Falsos sistemas inventados por los impíos para explicar el origen del mundo. Su refutación.
III. Bondades recibidas de Dios y efectos de su Providencia.
- Pruebas de la existencia de Dios.
- ¿Cuáles son las pruebas principales de la existencia de Dios?
Podemos citar siete que nuestra razón nos dicta, y que se fundan:
1º En la existencia del universo;
2º En el movimiento, orden y vida de los seres creados;
3º En la existencia del hombre, dotado de inteligencia y libertad;
4º En la existencia de la ley moral;
5º En el consentimiento universal del género humano;
6º En los hechos ciertos de la Historia;
7º En la necesidad de un ser eterno.
Estas pruebas pueden agruparse en tres categorías: físicas, morales y metafísicas.
Son pruebas físicas las que se fundan en la existencia, orden y vida de los seres creados (1ª y 2ª).
Son pruebas morales las que tienen por base el testimonio de nuestra conciencia, del género humano y los hechos conocidos de la historia (3ª a 6ª).
Como prueba metafísica -ya que éstas son menos asequibles para las inteligencias comunes- daremos solamente la que se funda en la necesidad de un ser eterno (7ª).
Todas estas pruebas tienen un fundamento común, que es un postulado o principio inconcluso, que todo el mundo admite: No hay efecto sin causa. Cualquiera de ellas, tomada aisladamente, demuestra plenamente la existencia de Dios; pero consideradas en conjunto constituyen una demostración irrebatible, capaz de convencer al incrédulo más obstinado.
I.1. La existencia del universo.
- ¿Cómo se demuestra, por la existencia del universo, la existencia de Dios?
La razón nos dice que no hay efecto sin causa. Vemos un edificio, un cuadro, una estatua; al punto se nos ocurre la idea de un constructor, de un pintor, de un escultor que hayan hecho esas obras. Del mismo modo, al contemplar el cielo, la tierra y todo cuanto existe, pensamos que todo ello debe tener alguna causa; y a esa causa primera del mundo le llamamos Dios. Luego, por la existencia del universo podemos demostrar la existencia de Dios.
En efecto:
1º El universo no ha podido hacerse a sí mismo.
2º No es fruto de la casualidad.
3º No ha existido siempre.
Luego, debe su existencia a un Ser Supremo y distinto de él.
1º El universo no ha podido hacerse a sí mismo porque lo que no existe no puede obrar; y consiguientemente, no puede darse la existencia. El ser que no existe es nada; y la nada, nada produce.
2º El universo no es fruto de la casualidad, porque la casualidad es una palabra que el hombre ha inventado para ocultar su ignorancia y para explicar los hechos cuyas causas desconoce.
3º El universo no ha existido siempre. Así lo reconocen a una todas las ciencias. La geología, o ciencia de la Tierra; la astronomía, o ciencia de los astros; la biología, o ciencia de la vida, etc., todas sostienen que el mundo tuvo que tener un principio. “Nada hay eterno sobre la Tierra -dijo un sabio- y cuanto se contiene en las entrañas de los astros, o en su superficie, ha tenido principio y debe tener algún fin”.
Tres caracteres señala la Filosofía al ser eterno: es necesario, inmutable e infinito. Ahora bien:
1º El mundo es material, y el ser material no puede ser necesario. Ninguna de sus partes existe necesariamente, pues se puede prescindir perfectamente de ésta o aquélla. ¿Qué importa, verbigracia, un río o una montaña más o menos?… Luego, si ninguna de las partes es de por sí necesaria, tampoco será necesario el todo.
2º El mundo no es inmutable. Si contemplamos la naturaleza material que nos rodea, vemos que en ella todo nace, todo perece, todo se renueva: las plantas, los animales, el hombre…
3º El mundo no es infinito, pues siempre es posible suponer un mundo más hermoso y más perfecto que el que existe. Por consiguiente, tampoco es eterno, porque la eternidad -que es una perfección infinita- sólo puede hallarse en un ser infinito.
Si, pues, el mundo no ha existido siempre, es una obra que supone un obrero, de la misma manera que el reloj supone un relojero; la casa, un albañil; el cuadro, un pintor; la estatua, un escultor.
Conclusión. La existencia del universo demuestra la existencia de un Ser supremo, causa primera de todos los seres. Ese ser supremo es Dios.
Narración. Durante la revolución de 1793 decía el impío Carrier a un campesino de Nantes:
-Pronto vamos a convertir en ruinas vuestros campanarios y vuestras escuelas.
-Es muy posible -respondió el campesino-, pero nos dejaréis las estrellas; y mientras ellas existan, serán como un alfabeto del buen Dios, en el que nuestros hijos podrán deletrear su augusto nombre.
No se precisan largos discursos para demostrar que Dios existe. Basta abrir los ojos y contemplar las maravillas del mundo exterior.
I.2. Movimiento, orden y vida de los seres creados.
- ¿Puede demostrarse la existencia de Dios por el movimiento de los seres creados?
Sí, porque no hay movimiento sin motor, es decir, sin alguna causa que lo produzca. Ahora bien, cuanto existe en el mundo obedece a algún movimiento que tiene que ser producido por algún motor. Y como no es posible que exista realmente una serie infinita de motores, dependientes el uno del otro, preciso es que lleguemos a un primer motor, eterno y necesario, causa primera del movimiento de todos los demás. A ese primer motor le llamamos Dios.
1º Sostiene la Mecánica, que es una parte de la Física, que la materia no puede moverse por sí sola. Una estatua no puede abandonar su pedestal; una máquina no puede moverse sin una fuerza motriz; un cuerpo en reposo no puede por sí mismo ponerse en movimiento. Tal es el llamado principio de inercia. Luego, para producir un movimiento es necesario un motor.
2º Ahora bien, la Tierra, el Sol, la Luna, las estrellas recorren continuamente órbitas inmensas sin chocar jamás unas con otras. La Tierra es una esfera colosal de 40.000 kilómetros de circunferencia que realiza, según afirman los astrónomos, una rotación completa sobre sí misma cada 24 horas, moviéndose los puntos situados sobre el ecuador con una velocidad de 28 kilómetros por minuto. En un año da una vuelta completa alrededor del Sol, marchando a una velocidad de unos 30 kilómetros por segundo. Todos los demás planetas realizan movimientos análogos. Y si miramos a nuestra Tierra, vemos que en ella todo es movimiento: los vientos, los ríos, las mareas, la germinación de las plantas…
3º Todo movimiento supone un motor; y como no se puede suponer una serie infinita de motores que se comuniquen el movimiento unos a otros, puesto que tan imposible es un número concreto infinito como un bastón sin extremos, hemos de llegar necesariamente a un primer ser que comunique el movimiento sin haberlo recibido. Hemos de llegar a un primer motor que no sea movido. Ahora bien, este primer ser, esta primera causa del movimiento es Dios, a quien justamente podemos llamar el primer motor del universo.
Digno de admiración fue, sin duda, el genio de Newton, que descubrió las leyes de los movimientos estelares; pero, ¿qué inteligencia fue necesaria para crear y aplicar esas leyes, lanzando a los espacios esos innumerables y veloces mundos que con tanta regularidad y armonía recorren el universo?
Decía Napoleón al general Bertrand, en la roca de Santa Elena: “Mis victorias os han hecho creer en mi genio; el universo me hace creer en Dios… ¿Qué es la más acertada maniobra militar, comparada con el movimiento de las estrellas?”
- ¿Prueba la existencia de Dios el orden que reina en el mundo?
Sí; todo lo que se hace con orden, supone una inteligencia ordenadora; y cuanto más grandiosa es la obra y más perfecto el orden, tanto mayor y más poderosa es esa inteligencia.
Ahora bien, en todo el universo y en sus menores detalles existe un orden sorprendente. Luego, podemos deducir que existe un supremo ordenador y una suprema inteligencia, a quien llamamos Dios.
1º No se da efecto sin causa, ni orden sin una inteligencia ordenadora. Arrojad sobre el suelo un montón de letras mezcladas. ¿Por ventura podrán producir un libro, si no hay una inteligencia que las ordene? De ninguna manera. Reunid en una caja todas las piezas de un reloj; ¿acaso llegarán a colocarse por sí solas en el sitio que les corresponde para iniciar el movimiento y marcar las horas? ¡Jamás!
2º El orden que reina en el universo es perfecto; a cada cosa corresponde un lugar. El día sucede a la noche, y ésta a aquél; las estaciones se suceden unas a otras. La Tierra, los cielos, las estrellas, los diversos elementos del universo, todo se encadena, todo concurre a la armonía maravillosa del conjunto [1]. La consecuencia es ésta: ese orden tan admirable supone un ordenador.
Pero dirá alguno: este orden del mundo, sus combinaciones tan complicadas, esta armonía que admiramos son efectos de la casualidad. Nada más absurdo y falto de razón. La casualidad no es más que una palabra, hija de la ignorancia, con que se pretende explicar aquello cuya causa se desconoce.
Nadie se atreve ya, hoy día, a atribuir el orden del cosmos a la casualidad; pero se suele recurrir con frecuencia a las fuerzas o leyes naturales. Indudablemente existen leyes admirables que rigen el mundo visible, como la de la atracción, la de la gravedad, la fuerza centrífuga, etc., sobradamente conocidas y demostradas. Pero, precisamente, la existencia de esas leyes supone la existencia de Dios, pues no hay ley si no existe legislador. ¿Quién las dirige? La materia es, de suyo, inerte; luego, existe un ser distinto que la mueva. La materia es ciega; luego, existe un ser inteligente que la guíe, ya que todo marcha en un orden perfecto.
Prescindiendo de estas razones, basta explicar rectamente los términos para deshacer el equívoco. Si por naturaleza se entiende un ser real, viviente, personal, que dirige y gobierna todas las cosas, entonces es Dios. Sería entonces cuestión de nombre, pues, de hecho, equivaldría a admitir su existencia. Pero si por naturaleza se entiende un ser imaginario, un ente de razón, algo irreal e inexistente, entonces es lo mismo que la casualidad, y no por cambiar de palabra se evitará el caer en el mismo absurdo.
Resumiendo: todo efecto debe tener una causa proporcionada; el orden y la armonía suponen un ser inteligente; el mundo supone la existencia de Dios.
Para Newton, el mejor argumento para demostrar la existencia de Dios era el orden del universo; por eso repetía las palabras de Platón: “Vosotros deducís que yo tengo un alma inteligente porque observáis orden en mis palabras y acciones; concluid, pues, contemplando el orden que reina en el universo, que existe también un ser soberanamente inteligente, que existe un Dios”.
El mismo Voltaire no pudo resistir a la fuerza de este argumento. Afirmaba que era preciso haber perdido por completo el juicio para no deducir de la existencia del mundo la existencia de Dios, a la manera que, a la vista de un reloj, deducimos la existencia de un relojero. Discutíase un día en su presencia sobre la existencia de un Dios; y él, señalando con el dedo a un reloj de pared que en la habitación había, exclamó:
“¡Cuanto más reflexiono, menos puedo comprender cómo podría marchar ese reloj si no lo hubiera construido un relojero!”.
- ¿Podemos deducir la existencia de Dios por la contemplación de los seres vivientes?
Sí; la razón, la ciencia y la experiencia nos obligan a admitir un Creador de todos los seres vivientes diseminados sobre la Tierra. Y como ese Creador no puede ser sino Dios, síguese que de la existencia de los seres vivientes podemos concluir la existencia de Dios.
En efecto:
Las ciencias físicas y naturales nos enseñan que en un tiempo no hubo ningún ser viviente sobre la tierra. ¿De dónde proviene, entonces, la vida que ahora existe en ella: la vida de las plantas, la vida de los animales, la vida del hombre?
La razón nos dicta que no ya la vida intelectiva del hombre, ni la vida sensitiva de los animales, ni siquiera la vida vegetativa de las plantas pudo haber brotado de la materia. ¿Razón? Porque nadie da lo que no tiene; y como la materia carece de vida, tampoco pudo darla.
Los ateos no saben qué responder a este dilema. O bien la vida ha nacido espontáneamente sobre la Tierra, fruto de la materia por generación espontánea; o bien hay que admitir una causa distinta del mundo, que fecunda a la materia y hace germinar en ella la vida. Ahora bien, después de los experimentos concluyentes de Pasteur, ya no hay sabios verdaderos que se atrevan a defender la hipótesis de la generación espontánea; la ciencia verdadera establece que nunca nace un ser viviente si no existe un germen vital, semilla, huevo o renuevo, proveniente de otro ser viviente de la misma especie.
¿Y cuál es el origen del primer ser viviente en cada una de las especies? Remontad cuanto queráis de generación en generación; siempre llegaréis a un primer creador de todos los seres vivientes, causa primera de todas las cosas, que es Dios. Es éste el argumento del huevo y la gallina; pero no por ser viejo, deja de preocupar seriamente a los ateos.
Narración. En una casa de familia cristiana, dos de las hijas, después de la comida, leían ambas, junto a una ventana, la Historia Sagrada.
Se acercó un joven, y en tono burlón les dijo:
-¡Cómo! ¿Ustedes leen la Historia Sagrada? ¿No saben que no existe Dios?
Si está Ud. tan seguro -respondió la más joven-, contéstenos a esta pregunta, ya que tanto sabe: ¿Qué existió primero, el huevo o la gallina?
-¡El huevo!
-¿Y de dónde salió ese primer huevo?
-¡Oh, me equivoqué, primero fue la gallina!
-Entonces, ¿de dónde salió la primera gallina?
-La primera gallina… la primera gallina… ¿La primera gallina?
-Sí, la primera gallina. ¿De dónde vino?
-¡Qué gallina, ni qué gallina! Ya me están hartando con tantas gallinas.
-Diga más bien, señor sabelotodo, que no sabe Ud. la respuesta, y reconozca que sin Dios es imposible explicar tanto la existencia del huevo como de la gallina.
Nuestro buen hombre se retiró corrido, repitiéndose por lo bajo ¿Qué habrá sido primero?
- Todos los seres del universo, ¿prueban la existencia de Dios?
Sí; cuantos seres existen en el universo son otras tantas pruebas de la existencia de Dios, porque todos ellos son el efecto de una causa que les ha dado el ser, de un Dios que los ha creado a todos.
Muy bien conocen los sabios los elementos que integran cada uno de esos seres; y, sin embargo, no son capaces de producir uno solo; no pueden crear ni una hoja de árbol, ni una brizna de hierba.
Preguntaba Lamartine a un picapedrero de S. Pont: ¿Cómo podéis conocer la existencia de Dios, si jamás habéis asistido a la escuela, ni a la doctrina, ni os han enseñado nada en vuestra niñez, ni habéis leído ninguno de los libros que tratan de Dios?
Respondiole el picapedrero: ¡Ah, señor! Mi madre, en primer lugar, me lo ha dicho muchas veces; además, cuando fui mayor, conocí a muchas almas buenas que me llevaron a las casas de oración, donde se reúnen para adorarle y servirle en común, y escuchar las palabras que ha revelado a los santos para enseñanza de todos los hombres. Pero aun cuando mi madre nunca me hubiese dicho nada de Él, y aun cuando nunca hubiera asistido al catecismo que enseñan en las parroquias, ¿no existe otro catecismo en todo lo que nos rodea, que habla muy alto a los ojos del alma, aun de los más ignorantes? ¿Por ventura se precisa conocer el alfabeto para leer el nombre de Dios? ¿Acaso su idea no penetra en nuestro espíritu con nuestra primera reflexión, en nuestro corazón con su primer latido? Ignoro qué opinarán los demás hombres, señor, pero en cuanto a mí, no podría ver, no digo una estrella, pero ni una hormiga, ni una hoja, ni un grano de arena, sin decirle: ¿Quién es el que te ha creado?
Lamartine replicó: Dios, os responderéis vos mismo.
-Así es, señor – añadió el picapedrero-, esas cosas no pudieron hacerse por sí mismas porque, antes de hacer algo, es necesario existir; y si existían no podían hacerse de nuevo. Así es como yo me explico que Dios ha creado todas las cosas. Vos conoceréis otras maneras más científicas para daros razón de ello. -No -repuso Lamartine-; todas las maneras de expresarlo coinciden con la vuestra. Pueden emplearse más palabras, pero no con más exactitud.
I.3. La existencia del hombre, inteligente y libre.
- ¿Podemos demostrar particularmente la existencia de Dios por la existencia del hombre?
Sí; por la existencia del hombre, inteligente y libre, llegamos a deducir la existencia de Dios, pues no hay efecto sin causa capaz de producirlo.
Un ser que piensa, reflexiona, raciocina y quiere, no puede provenir sino de una causa inteligente y creadora; y como esa causa inteligente y creadora es Dios, síguese que la existencia del hombre demuestra la existencia de Dios. Podemos decir, por consiguiente: yo pienso, luego existo, luego existe Dios.
Es un hecho indubitable que no he existido siempre, que los años y días de mi vida pueden contarse; si, pues, he comenzado a existir en un momento dado, ¿quién me ha dado la vida?
¿Por ventura he sido yo mismo? ¿Fueron acaso mis padres? ¿Algún ser visible de la creación? ¿Fue un espíritu creador?
1º No he sido yo mismo. Antes de existir, yo nada era, no tenía ser; y lo que no existe, no produce nada.
2º Ni fueron sólo mis padres los que me dieron la vida. El verdadero autor de una obra puede repararla cuando se deteriora, o rehacerla cuando se destruye. Ahora bien, mis padres no pueden sanarme cuando estoy enfermo, ni resucitarme después de muerto. Si solamente mis padres fuesen los autores de mi vida, ¡qué perfecciones no tendría yo! ¿Qué padre, qué madre, no trataría de hacer a sus hijos en todo perfectos?
Hay, además, otra razón. Mi alma, que es una substancia simple y espiritual, no puede proceder de mis padres. No de su cuerpo, pues entonces sería material; no de su alma, porque el alma es invisible; ni, por último, de su poder creador, pues ningún ser creado puede crear.
3º No debo mi existencia a ningún ser visible de la creación. El ser humano tiene entendimiento y voluntad, es decir, es inteligente y libre. Por consiguiente, es superior a todos los seres irracionales. Un mineral no puede producir un vegetal; un vegetal no puede producir un animal; ni un animal, un hombre.
4º Debo, por consiguiente, mi ser a un Espíritu Creador. ¿De dónde ha sacado mi
alma? No la sacó de la materia, pues entonces sería material. Tampoco la sacó de otro espíritu, porque el espíritu que es simple, no puede dividirse. Luego, necesariamente la sacó de la nada, es decir, la creó. Y como el único que puede crear es Dios, es decir, el único que puede dar la existencia con un simple acto de su voluntad, síguese que por la existencia del hombre queda demostrada la existencia de Dios.
I.4. La existencia de la ley moral.
- ¿Prueba la existencia de Dios el hecho de la ley moral?
Sí; la existencia de la ley moral prueba irrefutablemente que Dios existe.
Existe, en efecto, una ley moral absoluta, universal, inmutable, que manda hacer el bien, prohíbe el mal y domina en la conciencia de todos los hombres. El que obedece esta ley siente la satisfacción del deber cumplido; el que la desobedece, es víctima del remordimiento.
Ahora bien, como no hay efecto sin causa, ni ley sin legislador, de la ley moral llegamos a deducir la existencia de Dios.
Él es el Legislador supremo que nos impone el deber ineludible de practicar el bien y evitar el mal; el testigo de todas nuestras acciones; el juez inapelable que premia o castiga, con la tranquilidad o los remordimientos de conciencia.
Nuestra conciencia nos dicta:
1º que entre el bien y el mal existe una diferencia esencial;
2º que debemos practicar el bien y evitar el mal;
3º que todo acto malo merece castigo, como toda obra buena es digna de premio;
4º que esa misma conciencia se alegra y se aprueba a sí misma cuando procede bien, y se reprueba y condena cuando obra mal.
Luego existe en nosotros una ley moral, naturalmente impresa y grabada en nuestra conciencia.
¿Cuál es el origen de esa ley? Evidentemente debe haber un legislador que lo haya promulgado, así como no hay efecto sin causa. Esa ley moral es inmutable en sus principios, independiente de nuestra voluntad, obligatoria para todo el hombre, y no puede tener otro autor que un ser soberano y supremo, que no es otro que Dios.
Además de lo dicho, se ha de tener presente que, si no existe legislador, la ley moral no puede tener sanción alguna; puede ser quebrantada impunemente. Luego, una de dos: o es Dios el autor de esa ley, y entonces existe; o la ley moral es una quimera, y en ese caso no existe diferencia entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio, la justicia y la iniquidad, y la sociedad es imposible.
El sentimiento íntimo manifiesta a todo hombre la existencia de Dios. Por natural instinto, principalmente en los momentos de ansiedad o de peligro, se nos escapa este grito ¡Dios mío!… Es el grito de la naturaleza. “El más popular de todos los seres es Dios -dijo Lacordaire-. El pobre lo llama, el moribundo lo invoca, el pecador le teme, el hombre bueno le bendice. No hay lugar, momento, circunstancia, sentimiento en que Dios no se halle y sea nombrado. La cólera cree no haber alcanzado su expresión suprema, sino después de haber maldecido este Nombre adorable; y la blasfemia es asimismo el homenaje de una fe que se rebela al olvidarse de sí misma”. Nadie blasfema de lo que no existe. La ira de los impíos, como las bendiciones de los buenos, testimonia la existencia de Dios.
I.5. La creencia universal del género humano.
- El consentimiento de todos los pueblos ¿prueba la existencia de Dios?
Sí; la creencia de todos los pueblos es una prueba evidente de la existencia de Dios.
Todos los pueblos, cultos o bárbaros, en todas las zonas y en todos los tiempos, han admitido la existencia de un Ser supremo. Ahora bien, como es imposible que todos se hayan equivocado acerca de una verdad tan trascendental y tan contraria a las pasiones, debemos exclamar con la humanidad entera: ¡Creo en Dios!
Es indudable que los pueblos se han equivocado acerca de la naturaleza de Dios; unos han adorado a las piedras y a los animales, otros al sol. Muchos han atribuido a sus ídolos sus propias cualidades, buenas o malas; pero todos han reconocido la existencia de una divinidad a la que han tributado culto. Así lo demuestran los templos, los altares, los sacrificios, cuyos rastros se encuentran por doquier, tanto entre los pueblos antiguos como entre los modernos.
“Echad una mirada sobre la superficie de la tierra -decía Plutarco, historiador de la antigüedad- y hallaréis ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados, pueblos sin casas, sin moneda; pero nadie ha visto jamás un pueblo sin Dios, sin sacerdotes, sin ritos, sin sacrificios”.
El gran sabio Quatrefages escribió: “Yo he buscado el ateísmo o la falta de creencia en Dios entre las razas humanas, desde las más inferiores hasta las más elevadas. El ateísmo no existe en ninguna parte, y todos los pueblos de la tierra, los salvajes de América como los negros de África creen en la existencia de Dios”.
Ahora bien, el consentimiento unánime de todos los hombres sobre un punto tan importante es necesariamente la expresión de la verdad. Porque, ¿cuál sería la causa de ese consentimiento? ¿Los sacerdotes? Al contrario, el origen del sacerdocio está en esa creencia de que existe un Dios, pues si el género humano no hubiera estado convencido de esa verdad, nadie habría soñado en consagrarse a su servicio, y los pueblos jamás habrían elegido hombres para el culto.
¿Podrían ser la causa de tal creencia las pasiones? Las pasiones tienden más bien a borrar la idea de Dios, que las contraría y condena.
¿Los prejuicios? Un prejuicio no se extiende a todos los tiempos, a todos los pueblos, a todos los hombres; tarde o temprano lo disipan la ciencia y el sentido común.
¿La ignorancia? Los más grandes sabios han sido siempre los más fervorosos creyentes en Dios.
¿La política de los gobernantes? Ningún príncipe ha decretado la existencia de Dios, antes al contrario, todos han querido confirmar sus leyes con la autoridad divina. Esto es una prueba de que dicha autoridad era admitida por sus súbditos.
La creencia de todos los pueblos sólo puede tener su origen en Dios mismo, que se ha dado a conocer, desde el principio del mundo, a nuestros primeros padres; o en el espectáculo del universo, que demuestra la existencia de Dios, como un reloj demuestra la existencia de un relojero.
Frente a la humanidad entera, ¿qué pueden representar algunos ateos que se atreven a contradecir? El sentido común los ha refutado; la causa está fallada. Es menester carecer de razón para creer tenerla contra todo el mundo. Antes que suponer que todo el mundo se equivoca, hay que creer que todo el mundo tiene razón.
Narración. En una reunión bastante numerosa, un incrédulo se expresó en contra de la existencia de Dios; y viendo que todo el mundo guardaba silencio, añadió:
-Jamás habría creído ser el único que no cree en Dios, entre tantas personas inteligentes.
-Os equivocáis, señor -replicó la dueña de la casa-; no sois el único; mis caballos, mi perro y mi gato comparten con vos ese honor; sólo que esos buenos animales tienen el talento de no gloriarse de ello.
- 6. Los hechos ciertos de la historia, ¿prueban la existencia de Dios?
Sí; porque un ser puede manifestarse de tres maneras: puede mostrarse, hablar y obrar. Ahora bien, Dios se mostró a nuestros primeros padres en el Edén, a Moisés en el Sinaí… Habló a los patriarcas y a los profetas. Hizo sentir su acción en el curso de los siglos; y los milagros del Antiguo y del Nuevo Testamento, comprobados por la historia, son hechos que demuestran la acción y la existencia de Dios.
Hay dos maneras de conocer la verdad:
1º descubrirla uno mismo;
2º recibirla de otro.
El hombre sabe o cree. Sabe cuando alcanza la verdad con las solas facultades de su alma, la inteligencia, la razón, la conciencia, el sentido íntimo, los órganos del cuerpo; cree cuando se adhiere al testimonio de otros.
El medio más fácil para conocer a Dios es el testimonio de la historia. La Biblia, considerada como un simple libro histórico, está revestida de todos los caracteres de la veracidad exigidos por la conciencia. Por más que los racionalistas clamen, es tan imposible poner en duda los hechos históricos de la Biblia como lo es negar las victorias de Alejandro Magno o de Napoleón.
Ahora bien, según la Biblia, Dios se mostró de varios modos. Habló a nuestros primeros padres, a Noé, a los patriarcas, a los profetas… Pero es evidente que para mostrarse y hablar es necesario existir. Las milagrosas obras sensibles que ningún agente creado puede hacer por sí mismo, no son más que las obras de Dios. Por consiguiente, los milagros que nos cuenta la Biblia son otras tantas pruebas de la existencia de Dios…
1.7. ¿Cómo se prueba la existencia de Dios por la necesidad de un ser eterno?
Existe algo en el mundo; ahora bien, si no existiera un ser eterno, nada podría existir; luego, existe un ser eterno. Es así que este ser eterno es Dios; luego, Dios existe.
1º Que existe algo es evidente.
2º Si desde toda la eternidad no hubiera existido nada, nada existiría tampoco ahora. Los seres no podrían darse a sí mismos la existencia, puesto que no existían. No podían recibirla de la nada, porque la nada es nada y no produce nada. Por consiguiente, era menester que existiera un primer ser, eterno, para dar la existencia los otros.
3º Este ser eterno es Dios. El ser eterno, por el hecho de existir desde toda la eternidad, posee un atributo, una perfección infinita: la eternidad, que es una duración sin principio ni fin. Pero, como los atributos de un ser no pueden ser superiores a su naturaleza, a su esencia, del mismo modo que el brazo del hombre no puede ser más grande que el hombre mismo, se sigue de aquí que el ser eterno, por el hecho de poseer un atributo infinito, posee también una naturaleza, una esencia infinita; luego, es infinito en toda clase de perfecciones. Lo que es infinito bajo un aspecto lo es bajo todos. Es así que el ser infinito es Dios. Luego, Dios existe.
4º Puesto que este ser eterno ha existido siempre, no ha podido recibir la existencia por medio de otro: estaba solo. Tampoco se la ha podido dar a sí mismo, porque nadie se puede crear a sí mismo; luego, es necesario que este primer ser exista por la necesidad de su propia naturaleza; es el ser que nosotros llamamos necesario. Dios es el ser necesario, que existe porque le es esencial la existencia, como le es esencial al círculo el ser redondo y al triángulo tener tres ángulos.
- ¿Podemos comprender a un ser eterno y necesario?
No; no podemos comprender su naturaleza, porque es infinito y, por consiguiente, está por encima de todo entendimiento finito. Tan imposible es comprenderle, como imposible es encerrar en la cavidad de la mano la inmensidad del mar. Sin embargo, nosotros estamos seguros de la necesidad de su existencia.
Como ya hemos visto, un ser no puede existir sino por sí mismo o producido por otros; no hay término medio entre estas dos maneras de existir. Ahora bien, los seres que pueblan el universo no pueden existir por sí mismos, porque existir por sí mismo es existir necesariamente y desde toda la eternidad. Pero, ¿quién no ve que sería absurdo suponer que todos los seres del universo existen necesariamente?
Fuera de esto, no es posible que todos los seres sean producidos, porque si todos fueran producidos, no se hallaría ninguno que les diera la existencia, y entonces ninguno existiría. Luego, existe un ser que no ha recibido la existencia de otro, que la tiene por sí mismo, que es necesario, eterno; y este ser eterno y necesario es aquel a quien todo el mundo llama Dios.
N.B. Se puede presentar el mismo argumento en una forma más científica, de la siguiente manera.
- ¿Puede probarse la existencia de Dios por la existencia de un Ser necesario?
Sí; se puede probar de una manera científica la existencia de Dios con este sencillo argumento:
- a) Existe un ser necesario; b) este ser necesario es Dios; luego, Dios existe.
- Existe un ser necesario.
1º Que existe algo es evidente, y los mismos ateos no lo niegan. Nosotros existimos…
2º Un ser no puede existir sin una razón suficiente de su existencia. Este principio es de una evidencia tal, que el probarlo, además de ser ridículo, sería inútil, ya que nadie lo discute.
3º La razón suficiente de la existencia puede ser de dos clases: o la naturaleza propia del mismo ser, o una causa externa. Luego, todo ser existe o por virtud de su propia naturaleza, por sí mismo, o es producido por otro. Este principio también es evidente, pues no hay otra manera posible de existir.
4º El ser que existe por sí mismo en virtud de su propia naturaleza, existe necesariamente, no puede menos que existir; y puesto que la existencia forma parte de la naturaleza de dicho ser, no puede carecer de ella. Es evidente que un ser no puede menos que tener su naturaleza, su esencia, lo que le hace ser lo que es.
Por tanto, si la existencia forma parte de su naturaleza, existe necesariamente, y, por lo mismo, se llama el Ser necesario.
Al contrario, el ser que debe su existencia a una causa extraña no existe sino dependientemente de esta causa, en cuanto que ha sido producido por ella. Podría no existir, y por eso se le llama ente contingente o producido por otro.
5º No es posible que todos los seres sean contingentes o producidos. Y, a la verdad, el ente producido no existe por su sola naturaleza. No existiría jamás si no fuera llamado a la existencia por una causa extraña a él. Luego, si todos los seres fueran producidos, no habría ninguno que les hubiera dado la existencia. Por consiguiente, si no hubiera un Ser necesario, nada existiría. Es así que existe algo; luego, existe también un Ser necesario.
- El ser necesario es Dios.
He aquí los caracteres principales del Ser necesario:
1º El Ser necesario es infinitamente perfecto.
El Ser necesario, por mero hecho de existir en virtud de su propia naturaleza, posee todas las perfecciones posibles y en grado eminente; tiene la plenitud del ser, y el ser comprende todas las perfecciones: es, pues, infinitamente perfecto.
De la misma suerte que un círculo posee esencialmente la redondez perfecta, así el Ser necesario posee esencialmente la existencia perfecta, la plenitud del ser; y habría contradicción en decir el Ser necesario no es infinito, como la habría en decir que el círculo no es redondo. Luego, el Ser necesario posee todas las perfecciones, y en grado tal que excluyen toda medida, todo límite.
2º No hay más que un solo Ser necesario.
El Ser necesario es infinito; y dos infinitos no pueden existir al mismo tiempo. Si son distintos, no son infinitos ni perfectos, porque ninguno de los dos posee lo que pertenece al otro. Si no son distintos, no forman más que un solo ser.
3º El Ser necesario es eterno.
Si no hubiera existido siempre, o si tuviera que dejar de existir, evidentemente no existiría en virtud de su propia naturaleza. Puesto que existe por sí mismo, no puede tener ni principio ni fin ni sucesión.
4º El Ser necesario es inmutable.
El Ser necesario no puede mudarse, porque nunca cambia su razón de ser y la causa de su existencia, que es su naturaleza misma. Por otra parte, mudarse es adquirir o perder algo, mientras que el Ser perfecto no puede adquirir nada, porque posee todas las perfecciones; y no puede perder nada, porque entonces dejaría de ser perfecto. Es, pues, inmutable.
5º El Ser necesario es un espíritu.
Un espíritu es un ser inteligente, capaz de pensar, de entender y de querer; un ser que no puede ser visto ni tocado con los sentidos corporales. Todos los hombres han distinguido naturalmente la substancia viva, activa, inteligente, de la substancia muerta, pasiva, incapaz de moverse. A la primera la llamaron espíritu, y a la segunda, cuerpo o materia.
El Ser necesario es un espíritu esencialmente distinto de la materia. Y, en verdad, si fuera corporal, sería limitado en su ser como todos los cuerpos. Si fuera material, sería divisible y no sería infinito. Tampoco sería infinitamente perfecto, porque la materia no puede ser el principio de la inteligencia y de la vida, que son grandes perfecciones. Luego, el Ser necesario es una substancia espiritual, absolutamente simple.
Pero como estos caracteres del Ser necesario son idénticamente los mismos que los atributos de Dios, debemos concluir que el Ser necesario es aquél a quien todo el mundo llama Dios, y que Dios existe.
N.B. Con este argumento se prueba científicamente la existencia de Dios, a la manera como se demuestra un teorema de geometría.
Narración. Cierto joven que acababa de salir de una escuela moderna, se permitió en una reunión de amigos negar la existencia de Dios. Un notario tomó la palabra. -Veamos, amigo mío -dijo-; el universo existe. ¿Quién lo ha creado? ¿El hombre? Evidentemente, no. ¿Se ha creado a sí mismo? Tampoco una casa, por modesta que sea, no se construye sola; se requiere un obrero que reúna los materiales y los coloque ordenadamente.
-Permitidme -replicó el joven-; los seres que componen el mundo se han dado la existencia los unos a los otros.
-Muy bien -insistió el notario-; suponed una larga cadena vertical que llegue de la tierra al cielo y cuyos últimos eslabones se pierdan entre las nubes. Pregunto: ¿quién sostiene esa cadena y de dónde cuelga? ¿Creéis que bastaría contestar que el primero de los eslabones, empezando desde abajo, cuelga del segundo, el segundo del tercero, y así sucesivamente, remontándose hasta las nubes? ¿Creéis que, una vez llegados allá, se podrá admitir que la extremidad superior cuelga de las nubes sin que nadie la sostenga? Evidentemente, no. Es menester un primer eslabón fijo en alguna parte que sostenga los demás. De la misma suerte, hay que remontarse, necesariamente, a un primer Ser necesario que subsista por sí mismo, que posea en sí el principio de su existencia y pueda darla a los otros sin haberla recibido de nadie.
-Pero -replicó a su vez el joven-, si suponéis un número infinito de anillos, la dificultad desaparece.
-Amigo mío -dijo el notario-, ya se ve que estáis muy versado en matemáticas; ¿ignoráis que el número infinito es imposible? Donde hay serie hay número; se puede decir el primero, el segundo…, donde hay número, hay principio, un punto de partida, un primer término, que es la unidad. Así, diez supone nueve, etc.; dos supone uno. Las series de los seres tienen, pues, un principio, no son eternas.
Y aunque por imposible os remontarais a lo infinito, sería siempre necesario llegar a un primer Ser subsistente por sí mismo, porque una infinidad de seres producidos es tan capaz de producirse a sí misma como el último de los efectos. Multiplicad ceros hasta lo infinito, y no tendréis nunca valor alguno; infinitos ceros no valen más que un solo cero. Multiplicad ciegos hasta lo infinito, y no tendréis uno solo que vea. Las antorchas apagadas nunca darán luz, por numerosas que la supongáis. Si ningún ser existe en virtud de su propia naturaleza, si ninguno tiene por sí mismo el principio de su existencia, ningún ser puede existir. Ahora bien, el ser que tiene en sí mismo, en su naturaleza, la razón de su existencia, es el Ser necesario, aquel a quien todo el mundo llama Dios. Luego hay un Dios, ya que algo existe en este mundo.
El pobre joven, avergonzado, no tuvo qué replicar.
Enseñanza de la Iglesia: Catecismo.
Capítulo primero. El hombre es capaz de Dios.
- El deseo de Dios (27-49).
El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador (GS 19, 1).
De múltiples maneras, en su historia y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso. Dios creó, de un solo principio, todo el linaje humano para que habitase sobre toda la faz de la tierra y determinó con exactitud el tiempo y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen a Dios, para ver si a tientas le buscaban y le hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17, 26-28).
Pero esta unión íntima y vital con Dios (GS 19, 1) puede ser olvidada, desconocida e incluso rechazada explícitamente por el hombre. Tales actitudes pueden tener orígenes muy diversos (cf GS 19-21): la rebelión contra el mal en el mundo, la ignorancia o la indiferencia religiosas, los afanes del mundo y de las riquezas (cf Mt 13, 22), el mal ejemplo de los creyentes, las corrientes de pensamiento hostiles a la religión, y finalmente esa actitud del hombre pecador que, por miedo, se oculta de Dios (cf Gn 3, 8-10) y huye ante su llamada (cf Jon 1, 3).
Se alegre el corazón de los que buscan a Dios (Sal 105, 3). Si el hombre puede olvidar o rechazar a Dios, Dios no cesa de llamar a todo hombre a buscarle para que viva y encuentre la dicha. Pero esta búsqueda exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, un corazón recto, y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios. Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza; grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti (S. Agustín, conf. 1, 1, 1).
- Las vías de acceso al conocimiento de Dios.
Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas vías para acceder al conocimiento de Dios. Se las llama también pruebas de la existencia de Dios, no en el sentido de las pruebas propias de las ciencias naturales, sino en el sentido de argumentos convergentes y convincentes que permiten llegar a verdaderas certezas. Estas vías para acercarse a Dios tienen como punto de partida la creación, el mundo material y la persona humana.
El mundo. A partir del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede conocer a Dios como origen y fin del universo. S. Pablo afirma refiriéndose a los paganos: Lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto. Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras, su poder eterno y su divinidad (Rm 1, 19-20; cf Hch 14, 15.17; 17, 27-28; Sb 13, 1-9). Y S. Agustín interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire que se dilata y se difunde, interroga a la belleza del cielo… interroga a todas estas realidades. Todas te responden: Ve, nosotras somos bellas. Su belleza es una profesión (confessio). Estas bellezas sujetas a cambio, ¿quién las ha hecho sino la Suma Belleza (Pulcher), no sujeta a cambio? (serm. 241, 2).
El hombre. Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En estas aperturas, percibe signos de su alma espiritual. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia (GS 18, 1; cf 14, 2), su alma, no puede tener origen más que en Dios.
El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin. Así, por estas diversas vías, el hombre puede acceder al conocimiento de la existencia de una realidad que es la causa primera y el fin último de todo, y que todos llaman Dios (S. Tomás de A., s. th. 1, 2, 3).
Las facultades del hombre lo hacen capaz de conocer la existencia de un Dios personal. Pero para que el hombre pueda entrar en su intimidad, Dios ha querido revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe esa revelación. Sin embargo, las pruebas de la existencia de Dios pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la fe no se opone a la razón humana.
III. El conocimiento de Dios según la Iglesia.
La santa Iglesia, nuestra madre, nos enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas (Cc. Vaticano I DS 3004; cf 3026; Cc. Vaticano II, DV 6). Sin esta capacidad, el hombre no podría acoger la revelación de Dios. El hombre tiene esta capacidad porque ha sido creado a imagen de Dios (cf Gn 1, 26).
Sin embargo, en las condiciones históricas en que se encuentra, el hombre experimenta muchas dificultades para conocer a Dios con la sola luz de su razón. A pesar de que la razón humana, hablando simplemente, pueda verdaderamente, por sus fuerzas y su luz naturales, llegar a un conocimiento verdadero y cierto de un Dios personal, que protege y gobierna el mundo por su providencia, así como de una ley natural puesta por el Creador en nuestras almas, sin embargo, hay muchos obstáculos que impiden a esta misma razón usar eficazmente y con fruto su poder natural; porque las verdades que se refieren a Dios y a los hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles y cuando deben traducirse en actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y renuncie a sí mismo. El espíritu humano, para adquirir semejantes verdades, padece dificultad por parte de los sentidos y de la imaginación, así como de los malos deseos nacidos del pecado original. De ahí procede que en semejantes materias los hombres se persuadan fácilmente de la falsedad o al menos de la incertidumbre de las cosas que no quisieran que fuesen verdaderas (Pío XII, enc. Humani generis DS 3875).
Por esto el hombre necesita ser iluminado por la revelación de Dios, no solamente acerca de lo que supera su entendimiento, sino también sobre las verdades religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la razón, a fin de que puedan ser, en el estado actual del género humano, conocidas de todos sin dificultad, con una certeza firme y sin mezcla de error (ibíd., DS 3876; cf Cc. Vaticano I DS 3005; DV 6; S. Tomás de A., s. th. 1, 1, 1).
- ¿Cómo hablar de Dios?
Al defender la capacidad de la razón humana para conocer a Dios, la Iglesia expresa su confianza en la posibilidad de hablar de Dios a todos los hombres y con todos los hombres. Esta convicción está en la base de su diálogo con las otras religiones, con la filosofía y las ciencias, y también con los no creyentes y los ateos.
Puesto que nuestro conocimiento de Dios es limitado, nuestro lenguaje sobre Dios lo es también. No podemos nombrar a Dios sino a partir de las criaturas, y según nuestro modo humano limitado de conocer y de pensar.
Todas las criaturas poseen una cierta semejanza con Dios, muy especialmente el hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Las múltiples perfecciones de las criaturas (su verdad, su bondad, su belleza) reflejan, por tanto, la perfección infinita de Dios. Por ello, podemos nombrar a Dios a partir de las perfecciones de sus criaturas, pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor (Sb 13, 5).
Dios trasciende toda criatura. Es preciso, pues, purificar sin cesar nuestro lenguaje de todo lo que tiene de limitado, de expresión por medio de imágenes, de imperfecto, para no confundir al Dios inefable, incomprensible, invisible, inalcanzable (Anáfora de la Liturgia de San Juan Crisóstomo) con nuestras representaciones humanas. Nuestras palabras humanas quedan siempre más acá del Misterio de Dios.
Al hablar así de Dios, nuestro lenguaje se expresa ciertamente de modo humano, pero capta realmente a Dios mismo, sin poder, no obstante, expresarlo en su infinita simplicidad. Es preciso recordar, en efecto, que entre el Creador y la criatura no se puede señalar una semejanza tal que la diferencia entre ellos no sea mayor todavía (Cc. Letrán IV DS 806), y que nosotros no podemos captar de Dios lo que Él es, sino solamente lo que no es y cómo los otros seres se sitúan con relación a Él (S. Tomás de A., s. gent. 1, 30).
Resumen:
El hombre es por naturaleza y por vocación un ser religioso. Viniendo de Dios y yendo hacia Dios, el hombre no vive una vida plenamente humana si no vive libremente su vínculo con Dios.
El hombre está hecho para vivir en comunión con Dios, en quien encuentra su dicha. Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, no habrá ya para mí penas ni pruebas, y mi vida, toda llena de ti, será plena (S. Agustín, conf. 10, 28, 39).
Cuando el hombre escucha el mensaje de las criaturas y la voz de su conciencia, entonces puede alcanzar la certeza de la existencia de Dios, causa y fin de todo.
La Iglesia enseña que el Dios único y verdadero, nuestro Creador y Señor, puede ser conocido con certeza por sus obras, gracias a la luz natural de la razón humana (cf Cc. Vaticano I DS 3026).
Nosotros podemos realmente nombrar a Dios partiendo de las múltiples perfecciones de las criaturas, semejanzas del Dios infinitamente perfecto, aunque nuestro lenguaje limitado no agote su misterio.
Sin el Creador la criatura se diluye (GS 36). He aquí por qué los creyentes saben que son impulsados por el amor de Cristo a llevar la luz del Dios vivo a los que no le conocen o le rechazan.
- Refutación del ateísmo.
Materialismo – Panteísmo – Positivismo – Darwinismo.
- ¿Puede explicarse, prescindiendo de Dios, el origen del mundo y de los seres que lo componen?
No, es imposible. Todos los sistemas inventados para explicar el origen de los seres, el movimiento y el orden que reinan en el mundo, la vida de las plantas y de los animales, la vida intelectual del hombre son absurdos, imposibles. Es necesario recurrir a Dios todopoderoso, creador del mundo y de todo lo existente. Hemos de decir con la Iglesia: “Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra”.
Es fácil afirmar: Dios no existe; basta ser un necio. Dixit insipiens. Pero no termina todo en este aserto; hay que explicar el mundo, el mundo existe… Cabe deslumbrar con las palabras rimbombantes de inmanencia, períodos atómicos, gases en combustión, cantidades puras, etc., pero estas palabras nada explican.
Las pruebas de la existencia de Dios refutan el ateísmo; quédanos por demostrar lo absurdo de los sistemas imaginados para explicar 1º, la existencia de la materia; 2º, la organización del mundo; 3º, el origen de los seres vivientes. Estos sistemas pueden reducirse a cuatro: 1º, el materialismo; 2º, el panteísmo; 3º, el positivismo, y 4º, el transformismo o darwinismo.
Materialismo.
- ¿Qué es el materialismo?
El materialismo es el grosero error que no admite más que una cosa: la materia, cuyos átomos, primitivamente separados, se han reunido y han formado el mundo. Según este sistema, la materia es eterna y existe por sí sola, con sus fuerzas y sus leyes. Semejante sistema es imposible; y es baldón de nuestra época haber renovado estos errores paganos.
Los incrédulos modernos, al negar a Dios, no pueden librarse de admitir las perfecciones que este Nombre augusto representa. Las atribuyen a la materia, cuya existencia única proclaman haciendo de ella un ídolo. Dicen que es necesaria, eterna, increada y creadora del orden y de la vida.
Pero, nada más falso ni más imposible.
1º El Ser necesario no puede menos que existir; y es evidentísimo que la materia podría no existir. ¿Cuál es el ser, tomado individualmente, que sea necesario en este mundo? ¿Qué importan una piedra, un árbol, una montaña más o menos? Lo que es verdadero hablando de las diversas partes, es necesariamente verdadero hablando del todo; luego, la materia no es el Ser necesario.
2º El Ser necesario es infinito. ¿Puede decirse, por ventura, que la materia es infinita? Toda la materia ¿no es limitada? La materia no posee ni vida ni inteligencia; no es, pues, infinitamente perfecta; luego, la materia no es el Ser necesario.
3º El Ser necesario es inmutable; y al contrario, la materia está sometida a toda clase de mudanzas; las combinaciones físicas y químicas modifican diariamente su forma y manera de ser. Luego, una vez más, la materia no puede ser necesaria.
El ateo es, en realidad, digno de lástima por los absurdos que está obligado a admitir. Y así:
- a) Admite una materia, por naturaleza propia soberanamente imperfecta, y que, sin embargo, tendría una perfección infinita, la eternidad.
- b) Admite una materia absolutamente inerte, que se daría a sí misma un movimiento que no tiene.
- c) Admite una materia desprovista de inteligencia y que produce obras maestras de inteligencia, como lo es la organización del universo, ese reloj inmenso y complicado que no se rompe, que no se detiene, que no se gasta, que no se descompone nunca.
- d) Admite una materia que no tiene vida y que produce seres vivientes como la planta, el animal, el hombre.
- e) Admite una materia que no piensa, que no raciocina, que no es libre, y que produce seres capaces de pensar, de raciocinar, de querer libremente, como el hombre.
Los impíos modernos capitaneados por Renán han renovado el sistema de Epicuro. Suponen un número infinito de átomos que se mueven en el vacío. Un día, estos átomos se encontraron por casualidad, se unieron y formaron masas de las que resultaron tierra, sol, luna, estrellas, es decir, el mundo.
Su sistema es pueril y absurdo. Suponen átomos innumerables, mas no dice de dónde salen. Los suponen en movimiento, pero se olvidan de decir quién los mueve. Suponen que su encuentro fortuito ha producido el mundo, pero no dicen quién es el autor del orden admirable que reina en el mundo.
Estos incrédulos fundan su sistema sobre tres imposibles:
1º Es imposible que existan átomos sin un creador;
2º Es imposible que los átomos se muevan sin un motor;
3º Es imposible que el encuentro de los átomos haya producido el orden sin un ordenador inteligente.
Se necesita un Dios para crear estos famosos átomos, un Dios para ponerlos en movimiento, un Dios para formar esos globos admirables que ruedan sobre nuestras cabezas con orden y armonía sublimes.
Lo que se dice de los átomos puede aplicarse igualmente a las substancias gaseosas o líquidas, a la materia primera que ha servido para construir el mundo.
Panteísmo.
- ¿Qué es el panteísmo?
El panteísmo es un error monstruoso que no admite un Dios personal distinto del mundo; Dios sería el conjunto de todos los seres del universo. Este sistema no es más que un ateísmo hipócrita; repugna y es desastroso en sus consecuencias.
El segundo sistema inventado para explicar el mundo prescindiendo de Dios se llama panteísmo. Esta palabra significa que todo es Dios. Se presenta bajo formas muy diversas, pero su dogma constitutivo consiste en admitir una sola substancia, de la cual los seres visibles no son sino modificaciones o evoluciones. Es el Dios-naturaleza, el Dios-fuerza, el Grande-Todo; es la identidad de Dios y del universo. Se puede decir del panteísmo lo que decía Bossuet del paganismo: Todo es Dios, excepto Dios mismo.
“Según este ridículo sistema, usted es dios y yo soy dios. Un macho cabrío y un toro que rumia son nuestros hermanos en divinidad. Pero, ¿qué digo? Una berza, un nabo, una cebolla son dioses como nosotros. El hongo que usted recoge por la mañana es un dios que brotó durante la noche. Cuando una zorra atrapa una gallina, es un dios que atrapa a otro dios. Cuando un lobo devora un cordero, es un dios que se devora a sí mismo. El cardo y el asno que lo come son el mismo dios. Si yo corto a un hombre el cuello, ejecuto una acción divina… Ya ve usted cuán razonable es todo esto y, sobre todo, cuán moral. Con este sistema no hay más crímenes. El robo, el asesinato, el parricidio son caprichos de un dios… ¿Puede imaginarse nada más absurdo?… ¡Parece cosa de sueño ver a hombres que se dicen filósofos escribir y enseñar semejantes estupideces!”[2].
1º El panteísmo destruye la idea de Dios; porque Dios es inmutable, infinito, perfecto y necesario, y no puede, por tanto, ser variable, finito, limitado, imperfecto como la materia. Es un ateísmo hipócrita.
2º Admite efectos sin causa; porque si Dios es un ser personal distinto del mundo, no hay seres necesarios, puesto que el Ser necesario es único, y entonces, ¿dónde está la causa que ha producido el universo?…
3º Es contrario al sentido íntimo (o conciencia). Yo siento (o yo sé), sin que haya lugar a dudas, que yo soy yo, y no otro.
4º Contradice los enunciados de la razón, que descubre en Dios y en el mundo, atributos contradictorios.
5º El panteísmo es una verdadera locura, pero una locura criminal, porque abre la puerta a los vicios y aniquila la virtud, porque destruye toda idea de legislador, de ley, de conciencia, de deber, de castigo y de recompensa.
N.B. Hay dos formas principales de panteísmo: el naturalista, que es un materialismo disfrazado, y el panteísmo idealista del judío holandés Espinosa y de Hegel, popularizados en Francia por Renán, Taine y Wacherot.
Positivismo.
- ¿Qué es el positivismo?
El positivismo es un sistema que no admite nada real y positivo si no es materia; no reconoce sino lo que se puede comprobar con la experiencia, y considera como hipotético todo lo que no cae bajo el dominio de los sentidos: Dios, alma, vida futura. Este sistema degradante no es sino un materialismo hipócrita.
El positivismo es el último progreso de la razón humana, el último término de las evoluciones científicas. Los positivistas reconocen por jefe a Comte y por maestros a Littré, Renán, Robinet… No quieren buscar la causa primera de los seres, declarándola desconocida, y pretenden que no hay que tratar de ella… Según ellos, “nada hay real y positivo más que la materia, las fuerzas que le son propias y las leyes que de ella dimanan. Todo lo que no se halla en los hechos es inaccesible a la razón; los hechos, y sólo los hechos analizados y coordinados; lo demás es quimera. Lo infinito no es más que un ideal, y, por consiguiente, no hay Dios. Dios es una ficción o, a lo sumo, una hipótesis hoy completamente inútil. No hay alma espiritual. La idea, el pensamiento no son sino productos, secreciones del cerebro. En una palabra, una sola cosa existe, y ésta es la materia”.
Tal es el resumen de la doctrina positivista: la negación de Dios y del alma espiritual; la moral independiente o la moral sin Dios, que no tiene más principio ni más regla de conducta que el sentimiento del honor. Este sistema abyecto se reduce a una forma disfrazada del ateísmo; es un materialismo hipócrita.
La refutación de este grosero error se halla en las diversas pruebas que hemos presentado de la existencia de Dios. Estos pretendidos sabios se limitan a negar, sin probar nada. Pero se necesita algo más que una simple negación para destruir nuestras pruebas. Negar a Dios no es suprimir su existencia. Después de miles de años, el mundo cree en Dios, y tiene derecho a reírse de esas negaciones gratuitas. Por más que el ciego niegue la existencia del sol, el sol no dejará de iluminar.
Los positivistas rechazan la ley del sentido común y de la razón, que obliga a admitir una causa productora de los fenómenos que nosotros vemos. Más allá de esta bóveda estrellada, dice Pasteur, ¿qué hay? Otros cielos estrellados. Sea. ¿Y más allá?… El espíritu humano, impulsado por una fuerza invencible, no cesará de preguntarse: ¿Qué hay más allá? Hay que llegar a lo infinito, y sólo Dios es infinito.
Hay que llegar hasta el Ser necesario, pues, conforme hemos visto, no todos los seres pueden ser producidos; y no hay más que un solo Ser necesario, y este Ser necesario es el mismo Dios.
Generaciones espontáneas. – Transformismo o darwinismo.
- ¿Cuáles son las hipótesis imaginadas por los incrédulos para explicar, con exclusión de Dios, el origen de los seres vivientes?
Han ideado la hipótesis de la generación espontánea y la del transformismo o darwinismo. Estos dos sistemas, que adquirieron gran celebridad, son contrarios a las experiencias científicas; llegan a suponer efectos sin causa, y, por lo mismo, la ciencia y el sentido común los condenen y rechazan.
1º Algunos naturalistas, para prescindir de Dios, atribuyen el origen de los seres vivientes a las generaciones espontáneas. Así se llama el nacimiento de un ser vivo sin un germen anterior, por el solo juego de las fuerzas inherentes a la materia.
2º Llámase transformismo el sistema según el cual los seres vivientes más perfectos derivan de otros menos perfectos por una serie indefinida desde el ser más rudimentario hasta el hombre. De acuerdo con este sistema, los impíos pretenden que el hombre desciende del mono. El inglés Darwin, particularmente, se ha dedicado a explicar estas transformaciones sucesivas mediante dos agentes que llama selección natural y lucha por la existencia. Darwin ha dado al transformismo su nombre, y así se llama también darwinismo.
Estos dos sistemas, la generación espontánea y el transformismo, dejan siempre sin solución la cuestión de saber quién ha creado los primeros seres y quién les ha dado su energía vital…
Después de los experimentos de Pasteur y otros sabios, el sistema de las generaciones espontáneas ha quedado definitivamente refutado. El aire y el agua están llenos de gérmenes, para cuyo desarrollo sólo se requiere un medio propicio. Destruidos estos gérmenes, no hay más que una ley: no existen, si no son producidos por otros seres vivos de la misma especie.
El darwinismo tiene por base fundamental la transformación de las especies. Pues bien, si hay algo bien comprobado es que las especies son fijas, y no se transforman. Es posible perfeccionar las razas, pero las especies no se mudan; son y quedan eternamente distintas. Producir una especie nueva, decía Leibnitz, es un salto que jamás da la naturaleza; lo mismo afirman los sabios naturalistas. Luego tal sistema está en flagrante contradicción con las leyes de la naturaleza.
Estos enunciados, resultados de la experiencia y de la ciencia, están confirmados también por la historia y por la geología. Cuando se examinan las especies animales y vegetales recogidas en las tumbas egipcias y en los yacimientos fósiles, se las encuentra absolutamente iguales a las que viven en nuestros días. Las semillas encontradas en esas mismas tumbas no han dejado de producir vegetales idénticos a los nuestros.
Este sistema es contrario a la razón; admite efectos sin causa, ¡y qué efectos! Todo el mundo viviente. La razón por la cual una causa puede producir su efecto es porque lo contiene de alguna manera. ¿Cómo dar lo que no se tiene? Es imposible.
Pero una cosa se puede contener en otra, de tres maneras: a) Formalmente con todo su ser; así, un trozo de mármol está contenido en la cantera. b) Eminentemente, es decir, de una manera superior; así, la autoridad soberana contiene la de un prefecto, de un gobernador de provincia. c) Virtualmente, en germen, y es la manera como todos los seres vivientes están contenidos en el germen que los produce.
Pues bien, estos seres vivientes no están contenidos de ningún modo en la materia bruta; por lo tanto, existirían sin causa.
Además, ninguna causa puede producir un efecto o un ser de especie superior a ella, porque este grado superior de ser no tendría como tal, una causa positiva. Ahora bien, los seres vivientes son de naturaleza superior a la materia bruta; luego estos seres vivientes no pueden proceder de ella, porque serían efectos sin causa.
Por las mismas razones, los seres vivientes superiores no pueden proceder de los inferiores. Así, el hombre no puede proceder del mono; sería un efecto sin causa. “Ningún ser -dice Santo Tomás- puede obrar más allá de su especie, teniendo en cuenta que la causa debe ser más poderosa que el efecto y que el efecto no puede ser más noble que la causa”.
En resumen, el sentido común nos dice: no se puede dar lo que no se tiene; si no se tiene dinero, no se puede dar dinero. Ahora bien, la materia no tiene movimiento, no tiene vida, no tiene inteligencia; luego, no puede dar ni movimiento, ni vida, ni inteligencia. Pero en el universo hay movimiento, hay seres vivos, hay seres inteligentes; luego, existe fuera del mundo un Ser superior que ha dado al mundo el movimiento, la vida, la inteligencia. Este Ser es Dios.
Conclusión. Para explicar el origen del mundo, se ha de admitir el dogma de la creación. Crear es sacar de la nada; crear es producir seres por un simple acto de voluntad. Dios, por un simple acto de voluntad omnipotente, ha creado el mundo.
La creación no repugna por lo que respecta a la criatura, la cual es posible sin ser necesaria; puede, pues, empezar a existir; y, en efecto, nosotros vemos muchísimas cosas que nacen y empiezan…
La creación no repugna por lo que respecta a Dios, porque su poder es infinito; puede, pues, producir todo efecto que no repugne.
El dogma de la creación se impone. No queda fuera de ella otro medio para explicar el origen de los seres que forman el universo.
El mundo es finito, limitado, sujeto a mudanzas, y, por lo tanto, no puede ser el ente necesario. Luego ha sido producido por otro. No puede ser una emanación de la substancia divina, porque el Ente divino es absolutamente simple, indivisible, inmutable. No queda otro recurso para explicar su existencia que decir que ha sido creado por la omnipotencia de Dios. Aquí, la razón, como la fe, se ven obligadas a exclamar: ¡Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra!
Consecuencias funestas del ateísmo.
- ¿Cuáles son las funestas consecuencias del ateísmo?
El ateísmo conduce a las más funestas consecuencias:
1º Quita al hombre todo consuelo en las miserias de la vida.
2º Destruye la moral y entrega al hombre a sus perversas pasiones.
3º Hace imposible la sociedad.
1º El ateísmo quita al hombre todo consuelo. El corazón del hombre necesita de Dios cuando el dolor le hiere. Junto a un féretro, al borde de una tumba hay un solo consuelo eficaz. Suprimid a Dios, ¿y qué consuelo ofreceréis al hombre que llora la pérdida de una madre, de una esposa, de hijos tiernamente amados? Para ser ateos es menester no tener corazón.
¿Qué serían, sin Dios, los pobres, los enfermos, los débiles, los desheredados de la vida? Dios es el amigo de los que no tienen amigos, el refugio de los perseguidos, el vengador de los calumniados, el tesoro de los indigentes. Sin Dios, el mundo sería un infierno para las tres cuartas partes de la humanidad.
Si Dios no existe, ¿de qué sirve nacer para trabajar, penar, sufrir durante cuarenta o sesenta años, languidecer algunos meses en una cama de hospital y después morir y convertirse en pasto de gusanos? ¿Qué nos dan los crueles sofistas que dicen que Dios no existe? La embriaguez y la crápula: esto es lo que nos proponen en lugar del cielo. ¡Miserables!…
¿No es mejor mirar al cielo y decir a Dios: “Padre, no os olvidéis de vuestros hijos que trabajan, que sufren y esperan vuestro reino”?…
2º El ateísmo destruye la moral. Si no hay Dios, ninguna autoridad soberana impone el deber, ninguna justicia infinita recompensa a los buenos y castiga a los malos como conviene; el hombre sin deberes, libre del temor del castigo y sin esperanza de recompensa, no tiene por qué no dar rienda suelta a sus pasiones. Se destruye toda moral.
Una moral es esencialmente una regla de vida que obliga a un ser libre, prescribiéndole ciertos actos y prohibiéndole otros. Esta regla, obligatoria como toda ley, supone un legislador que la dicte, un juez que la aplique, un remunerador que recompense a los que la observan y castigue a los que la violan. Si falta Dios, no hay ni legislador, ni juez, ni remunerador de la virtud, ni castigador del vicio; el hombre queda entregado a sí mismo y a sus torcidas inclinaciones. La ley moral sin sanción carece de autoridad y será despreciada siempre que demande esfuerzos penosos y sacrificios.
Se nos dirá: ¿Y la conciencia?…
Si la conciencia, que manda o prohíbe, no es el eco de la voz de Dios, ahogaremos sus gritos y no la obedeceremos. La conciencia nada significa si no habla en nombre de un superior. Si Dios no existe, yo desafío a todo el mundo a que se me muestre una ley que me obligue en conciencia. ¿Quién me impide satisfacer todas mis pasiones? ¿Con qué derecho viene un hombre a imponerme su voluntad?… Dios es el principio de donde dimanan todos los derechos y todos los deberes. Sin Dios, un niño será, con el tiempo, un mal hijo, un mal padre, un mal esposo, un mal ciudadano, el primero de los impíos, el último de los hombres. Será un joven sin buenas costumbres, un hombre maduro sin conciencia, un viejo sin remordimientos, un moribundo sin esperanza.
3º Si no hay Dios, la sociedad es imposible. Una sociedad no puede subsistir si no existen la autoridad que impone las leyes, la obediencia que las cumple, y las virtudes sociales.
Ahora bien, faltando la creencia en Dios, los gobernantes de los pueblos no tienen espíritu de justicia, se convierten en tiranos, y en el poder no buscan más que el modo de satisfacer sus pasiones. Los súbditos pierden el respeto a la autoridad, el espíritu de sumisión a las leyes, y no tienen más aspiración que el placer, ni más freno que el temor, ni más regla de conducta que la utilidad o el capricho. Una sociedad de ateos sería ingobernable.
Si no admitimos a Dios, no se conciben virtudes sociales, ni justicia, ni caridad, ni espíritu de sacrificio, ni patriotismo.
Si la justicia no es impuesta por Dios, nadie la practicará. Dos comerciantes ajustan una cuenta. -¿Quiere usted un recibo? -Entre gente honrada no es menester; Dios nos ve, y esto basta. -¿Usted cree en Dios? -Yo sí, ¿y usted? –Yo, no. -Entonces, déme usted pronto un recibo…
Para vivir en sociedad hay que consagrarse al bien general, a veces hasta con el sacrificio de la propia vida. Soldado obscuro, colocado como centinela en los puestos avanzados, y sorprendido por el enemigo, si doy la señal de alarma, caeré hecho pedazos; la conciencia me intima que dé la señal y muera. Si Dios ha de recompensar mi abnegación, yo acepto la muerte. Pero si Dios no existe, ¿puedo yo sacrificar mi vida, único bien que poseo, sin tener ninguna esperanza?… Hay que morir por la patria, se dice; pero, ¿qué me importa la patria, si Dios no existe?…
Donde no existe la creencia en Dios, no solamente no hay virtudes sociales, sino que, por el contrario, se multiplican todos los crímenes, y los hombres no son más que animales salvajes que se devoran unos a otros. Pero, objetaréis: ¿Y la cárcel, y la policía?… De cada cien asesinatos apenas diez son descubiertos; un noventa por ciento de crímenes queda oculto e impune. Si no hay un Dios a quien rendir cuentas, basta evitar la policía, o comprarla. Tal sociedad sería bien pronto un matadero.
Todas las sociedades, dese el origen del mundo hasta ahora, han reposado sobre tres verdades fundamentales: la existencia de Dios, la del alma y la de la vida futura. Removed estas tres bases morales, y arrojaréis las sociedades al abismo de las revoluciones y las condenaréis a la muerte.
Los horrores y las matanzas de la Revolución del 1893 y de la Comune de París en 1871 no eran más que el ateísmo puesto en práctica. Ni que hablar de la primera y segunda guerra. El socialismo, que quiere destruir la sociedad hasta en sus cimientos, es el fruto natural del ateísmo; los mismos positivistas lo declaran en sus libros y revistas. Por consiguiente, se necesita para fundamento, y fundamento estable, de las sociedades humanas un Dios todopoderoso, bueno, justo, creador de todas las cosas y gobernador del mundo material por medio de leyes físicas, y de los hombres por medio de leyes morales. Todo descansa sobre esta base.
- ¿Hay realmente ateos?
Se llaman ateos aquellos que niegan la existencia de Dios. Se clasifican en tres categorías. Los ateos prácticos, que se portan como si Dios no existiera. Los ateos de corazón, que querrían que Dios no existiera, a fin de poder entregarse libremente a sus pasiones. Los ateos de espíritu, aquellos que, engañados por sofismas, creen que no hay Dios.
Hay, por desgracia, un número demasiado crecido de ateos prácticos que viven sin Dios, y no le rinden homenaje alguno.
Hay también, para vergüenza del género humano, ateos de corazón, que desean que no haya Dios, que así se atreven a decirlo y a escribirlo en sus libros y en los periódicos, porque temen a un Dios que castiga el mal.
Pero no existen verdaderos ateos que nieguen a sangre fría y con convicción la existencia de Dios. Solamente el corazón del insensato es el que desea que Dios no exista. Dijo el necio en su corazón, no en su inteligencia: ¡Dios no existe!
Las principales causas productoras del ateísmo son: 1º, el orgullo que obscurece la razón; 2º, la corrupción del corazón, al que molesta y espanta la existencia de Dios. Un día le dijeron a un hombre de ingenio: ¿cuál es la causa de que haya ateos? La cosa es muy fácil de explicar, contestó; para hacer un civet [3], tomad una liebre, dice la cocinera perfecta; para hacer un individuo que niegue la existencia de Dios, tomad una conciencia y manchadla con tantos crímenes que no pueda ya contemplarse a sí misma sin exclamar: “¡Ay de mí, si Dios existe!” Ahí tenéis el secreto del ateísmo.
Los que no creen o aparentan no creer en Dios son, por regla general, pobres ignorantes que no han estudiado nunca la religión; o gente malvada, orgullosa, ladrones, libertinos, interesados en que Dios no exista para que no los castigue según lo merecen. Dios es una pesadilla de los malhechores, mucho más odiosa que la policía, y su existencia se niega para andar con mayor libertad… “Yo quisiera ver -dice La Bruyère- a un hombre sobrio, moderado, casto y justo, negando la existencia de Dios; ese hombre, por lo menos, hablaría sin interés; pero un individuo así no se encuentra”. “Tened a vuestras almas en estado de desear que Dios exista, y no dudaréis de Él” (J. J. Rousseau).
Objetos del ateísmo.
Todos los argumentos que presentan los falsos sabios para librarse de Dios, y particularmente para no hacer lo que Él manda, se reducen a los dos siguientes: 1º A Dios no se lo ve. 2º No se le comprende.
1º Yo no creo sino en lo que veo. Pero a Dios no lo he visto. Luego, Dios no existe.
Respuesta. Se les podría preguntar: ¿Han visto ustedes Asia, África, Oceanía? ¿Han visto ustedes a Napoleón o a Carlos V? ¿Han visto al obrero que construyó el reloj que usan? ¿Ven el aire que respiran y que los hace vivir? ¿El fluido eléctrico que pasa rápido como el relámpago por el hilo telegráfico para transmitir el pensamiento hasta los últimos rincones del mundo? ¿Ven la fuerza que en la pólvora o en la dinamita hace pedazos las rocas más grandes? ¡Cuántas cosas admiten ustedes sin verlas, sólo porque ven sus efectos!
Pues bien, nosotros, por nuestra parte, creemos en Dios porque vemos en el mundo los efectos de un poder y de una sabiduría infinitos. Es cierto que a Dios no se le puede ver con los ojos del cuerpo, porque es un puro espíritu que no se puede ver, ni tocar, ni percibir con los sentidos. Pero ¿acaso no tiene el hombre diferentes medios para conocer lo que existe?
¿No existe la inteligencia, que ve la verdad con evidencia, sea que se manifieste al espíritu como la luz se manifiesta al ojo, sea que resulte de una demostración o raciocinio? Los que sólo quieren creer lo que ven, rebajan la dignidad del hombre y se colocan en un plano inferior al de los brutos. ¿Os atreveríais a negar la luz porque no la podéis percibir mediante el oído? ¿Puede un ciego negar la existencia del sol porque no lo ve? Pues de la misma manera, si no se ve a Dios con los ojos del cuerpo, se le ve con la razón, se le conoce por sus obras.
Un misionero preguntaba a un árabe del desierto: “¿Por qué crees en Dios? Cuando yo percibo -respondió él- huellas de pasos en la arena, me digo: alguien ha pasado por aquí. De la misma manera, cuando veo las maravillas de la naturaleza, me digo: una gran inteligencia ha pasado por aquí, y esta inteligencia infinita es Dios”.
Uno de los más célebres naturalistas, Linneo, decía: “En medio de las maravillas del mundo he visto la sombra de un Dios eterno, inmenso, todopoderoso, soberanamente inteligente, y me he prosternado para adorarle”.
Narración. Hace poco tiempo vivía un viejo que no tenía menos de cien años; y este anciano, que había estudiado durante toda su vida, era uno de los hombres más sabios de Francia y del mundo entero. Se llamaba Chevreul.
Un día que había hecho oración en público, un joven atolondrado de veinte años le dijo: “Usted, pues, ¿cree en Dios? ¿Le ha visto usted?”
“Claro que sí, joven, yo he visto a Dios, no en Sí mismo porque es un puro espíritu, pero sí en sus obras. Sí; yo he visto su omnipotencia en la magnitud de los astros y en su rápido movimiento. Yo he visto su inteligencia y sabiduría infinita en el orden admirable que reina en el universo. Yo he visto su bondad infinita en los innumerables favores de que me ha colmado. Y usted, joven, ¿no ha visto todo eso? ¿No ve usted al pintor divino en el magnífico cuadro de la creación? ¿No ve usted al mecánico celestial en esta admirable máquina del mundo? ¿No ve usted al artista en su obra? Joven, es usted muy digno de lástima; está usted ciego”.
El joven, confundido, bajó la cabeza y se alejó.
2º Los incrédulos dicen también: Yo no puedo creer en lo que no comprendo; y como no comprendo a Dios, no existe.
“¿Cree usted en la tortilla?, decía, en 1846, el P. Lacordaire a un burgués incrédulo. Seguramente. ¿Y comprende usted cómo el mismo fuego que hace derretir la mantequilla endurece los huevos? El burgués no supo qué responder. ¡Cuántas cosas hay que admitir sin comprenderlas! ¿Cómo la misma tierra, sin color ni sabor, produce flores y frutos de matices y sabores tan variados? ¿Cómo el grano de trigo se transforma en tallo, y luego en espiga de 30, 40, 50 gramos? ¿Cómo el pan se convierte en nuestra carne y en nuestra sangre? ¿Qué es la luz, el vapor, la electricidad?… ¿Qué es el cuerpo? ¿Qué es el alma? ¿Qué es la vida? ¡Misterio! Todo es misterio en torno nuestro, y a cada instante debemos inclinar nuestra pobre razón ante muchas cosas que nos vemos forzados a admitir.
Es indudable que nosotros no podemos comprender a Dios, porque comprender es contener, y nuestro espíritu es demasiado pequeño, demasiado limitado para contener a Dios que no tiene límites. Para comprender lo infinito es menester una inteligencia infinita; si el hombre pudiera comprender a Dios, Dios no sería Dios, porque no sería infinito. Pero nosotros podemos concebir a Dios, es decir, tener un conocimiento suficiente de su ser, de sus atributos y especialmente de su existencia.
Dios es, aquí abajo, lo que hay de más claro y más obscuro al mismo tiempo; de más claro en su existencia, de más obscuro en su naturaleza. Es visible en sus obras, que son a manera de otros tantos espejos donde se reflejan sus perfecciones adorables; y está oculto a causa de las sombras que envuelven su grandeza infinita; es el sol oculto detrás de una nube. Pero se rasgará el velo que nos oculta la divinidad, y, semejante al crepúsculo que anuncia el sol, el tiempo presente no es más que la aurora del día entero.
Narración. El célebre orador Combalot predicaba un día en Lyon. Acababa de exponer a su encantado auditorio las pruebas de la existencia de Dios; y, en una conclusión enérgica, había atacado al audaz sacrilegio de aquellos desgraciados que padecen la locura de rebelarse contra su Creador.
El padre, agitado, sudando a mares, baja del púlpito. Al llegar a los últimos escalones, se detiene, se golpea la frente y vuelve a subir como si fuera a empezar un nuevo sermón. No fue muy largo.
Lionenses, -dijo- desde vuestra ciudad se distingue el monte Blanco. Pues bien, ¡las ratas no se lo comerán!…
El público quedó maravillado y convencido. En efecto, sería cosa eminentemente ridícula una conspiración de ratas que juraran arrasar el monte Blanco. Pero no lo será nunca tanto como ese puñado de ateos que atacan a Dios y que se han prometido destruirlo. ¡Pobres ratas, que quieren arrasar una montaña, millones de veces más grande que el monte Blanco de los Alpes!
Todo de un Dios anuncia la eternal existencia; a Dios no se lo puede comprender ni ignorar. La voz del universo prueba su omnipotencia, la voz de nuestras almas nos le manda adorar.
III. Dios es el Creador, Conservador y Señor de todas las cosas. Él lo gobierna todo con su Providencia.
La vista del universo nos ha mostrado la existencia de una causa primera, de un Dios, Ser necesario, eterno, infinito, dotado de todas las perfecciones posibles. Este mismo espectáculo nos muestra también lo que es Dios en relación a nosotros. Dios es el Creador de todas las cosas y su soberano Señor. Él lo conserva y gobierna todo con su Providencia.
- ¿Por qué se llama a Dios Creador del cielo y de la tierra?
Porque Dios ha sacado de la nada el cielo, la tierra, los ángeles, los hombres y todo lo que existe.
Crear es hacer algo de la nada por el solo acto de la voluntad. Sólo Dios es creador; la creación exige una potencia infinita, porque de la nada al ser hay una distancia infinita que sólo Dios puede salvar. Aunque los hombres reunieran todos sus esfuerzos, no serían capaces de crear un grano de arena.
- ¿Por qué ha creado Dios el mundo?
Dios ha creado el mundo para su propia gloria, único fin verdaderamente digno de sus actos; y también para satisfacer su bondad comunicando a los seres creados la vida y felicidad de que Él es principio.
Dios no podía crear sino para su gloria. Él debe ser el único fin de todas las cosas, por la razón de su único principio. Dios no podía trabajar para otro, porque Él existía solo desde toda la eternidad. Aparte de esto, ningún obrero trabaja sino para su propia utilidad. Si trabaja para otro, es porque espera ser remunerado. Dios, comunicando el ser, cuya fuente y plenitud posee, no podía proponerse otra cosa que grabar en sus criaturas la imagen de sus perfecciones, manifestarse a ellas, ser reconocido, adorado, glorificado por ellas como un padre es bendecido, amado, alabado por sus hijos.
- ¿Cómo procuran la gloria de Dios las criaturas inanimadas o sin inteligencia?
Manifestando a los hombres el poder, la sabiduría y la bondad de su Creador. Estas criaturas existen para el hombre, y el hombre para Dios.
Contemplando las magnificencias del universo, el hombre aprende a conocer las perfecciones divinas que brillan en todas partes, y se siente obligado a rendir pleno homenaje al Autor de todas las cosas, no sólo en su propio nombre, sino en nombre también de todos los seres inanimados o privados de razón, de los cuales él se ve hecho rey, y cuyo intérprete y mediador debe ser necesariamente. Así, las criaturas materiales bendicen y adoran a su Creador, no por sí mismas, sino mediante el hombre, que, como pontífice de la naturaleza entera, ofrece un homenaje a la divinidad.
- ¿Dios es el Dueño o Señor de todas las cosas?
Sí; Dios es el Dueño de todas las cosas, porque Él las ha creado y las conserva.
Si el obrero es dueño de su obra, con mayor razón Dios es el Señor del universo, porque Él lo ha hecho, no solamente dándole forma como el artista a su obra, sino comunicando el ser a su materia, a su substancia. Y no es esto todo, sino que Dios lo conserva; de suerte que si por un solo instante dejara de sostenerlo, inmediatamente el mundo volvería a la nada.
El dominio de Dios es universal, porque todo lo que existe le debe el ser y la conservación. Es absoluto, y nadie puede resistir a su poder soberano. Es necesario, es decir, que Dios no puede abdicar de él, porque nada es independiente de Dios. Por consiguiente, si el hombre es libre, no es independiente. Puede negar a Dios su obediencia, pero a pesar de su rebeldía, queda sujeto a este deber.
- ¿El mundo necesita de Dios para seguir existiendo?
Sí; el mundo, que vino de la nada por la voluntad de Dios, no existe sino por la misma voluntad. Es necesario que Dios conserve los seres de una manera directa y positiva por una especie de creación continuada.
Fue necesario que Dios sacara de la nada al mundo para que existiera. También es necesario que lo conserve para que no vuelva a la nada. Para que un ser contingente o producido sea conservado en todos los momentos de su existencia, necesita del mismo poder y de la misma acción que se necesitó para que fuera producido, porque no contiene en sí mismo el poder de existir. Si la acción de Dios se detiene, el ente cae en la nada.
Imaginaos un objeto sostenido por la mano; si la mano se retira, el objeto cae. Mirad un arroyuelo, alimentado por una fuente; si la fuente se ciega, el arroyuelo se seca. Estas dos imágenes representan la situación de las cosas contingentes, sacadas de la nada por la mano divina; y porque existen han recibido de Dios la existencia por el acto creador. El mundo dura porque Dios lo hace durar; si Dios suspendiera su acción, el mundo se aniquilaría.
Dios, que conserva sus criaturas, concurre también a la acción de éstas de una manera positiva e inmediata. Y no es que Él obre en lugar de ellas, sino que les da la facultad de obrar y las ayuda a ejercer esa facultad. Es lo que se llama concurso divino; las causas segundas obran siempre sometidas a la influencia de la causa primera.
- ¿Gobierna Dios el mundo?
Sí; Dios gobierna el mundo con una sabiduría y poder infinitos. Gobierna el mundo material y el mundo espiritual; la actual sociedad civil y la sociedad religiosa; las naciones, la familia, los individuos; Él dirige todos los acontecimientos, y nada sucede sin su orden o permiso. Este gobierno que Dios ejerce sobre el mundo se llama Providencia.
Dios, después de haber creado el mundo, no lo deja entregado a sí mismo; no solamente lo conserva, sino que lo gobierna con su Providencia. Dios gobierna a todas las cosas, es decir, las dirige a su fin propio, y no sucede nada en el mundo sin su orden o sin su permiso.
El fin de las criaturas es el objeto para el cual Dios las ha creado; es la función a la cual el Creador las destina. Dios provee a todos los seres de los medios necesarios para alcanzar este fin, para desempeñar sus funciones.
- ¿Por qué decimos que nada sucede sin orden o sin permiso de Dios?
Porque hay cosas que Dios quiere y ordena positivamente, y otras que sólo permite. Dios quiere todo aquello que resulta de las leyes establecidas por Él; pero el pecado sólo lo permite. Él no lo autoriza, pero lo tolera por respeto a la libertad de que ha dotado al hombre.
- ¿Qué es la Providencia divina?
En su acepción más amplia, la Providencia es el cuidado que Dios tiene de todas sus criaturas.
En sentido estricto, la Providencia es la acción llena de sabiduría y de bondad por la cual Dios guía a cada criatura al fin particular que le ha señalado, y a todas a un fin general, que es su propia glorificación.
La palabra Providencia significa prever y proveer; es una operación divina por la cual Dios prevé el fin de todas sus creaturas y las provee de los medios necesarios para alcanzarlo. Dios dirige así todas las cosas a la realización de sus eternos designios.
- ¿Cómo probamos la existencia de la divina Providencia?
Dios no sería infinitamente sabio, poderoso, bueno y justo, si no velara por todas sus criaturas, particularmente por el hombre. Negar la Providencia es negar a Dios.
La historia enseña que todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, han creído en la Providencia; es, pues, su existencia una verdad de sentido común.
Fuera de eso, la negación de la Providencia implica las mismas funestas consecuencias que el ateísmo.
La idea de Dios, bien comprendida, demuestra la absoluta necesidad de la Providencia. Dios es infinitamente sabio, luego ha debido, al llamar cada cosa a la existencia, señalarle un fin especial y proporcionarle todos los medios para alcanzarlo; infinitamente inteligente, conoce todas las necesidades de sus criaturas; infinitamente poderoso, tiene todos los medios para auxiliarlas; infinitamente bueno, las ama como a hijos, y es imposible que no se cuide de su perfección y de su felicidad; infinitamente justo, debe premiarlas y castigarlas según sus propios méritos.
Negar estos atributos es negar a Dios.
El orden y la armonía que reinan en el universo son una prueba de la divina Providencia; si Dios no gobierna el mundo, reinarían en él, mucho tiempo atrás, la confusión y el caos. El orden que brilla en él proclama que el Ordenador no abandona su obra, así como la marcha segura del tren nos advierte que el maquinista está siempre en su puesto.
Todos los pueblos de la tierra han admitido la Providencia: los sacrificios y las oraciones son una prueba concluyente. Estos actos de recurrir a Dios en las calamidades no tendrían razón de ser si no se creyera en la intervención divina en las cosas humanas.
La sabiduría popular ha concretado en dos proverbios su fe en la Providencia: El hombre se agita y Dios lo lleva. El hombre propone y Dios dispone.
Esa es la verdad. Hablar de casualidad es una necedad. Nada marcha solo, porque nada se ha hecho solo. Nada sucede casualmente, porque nada sucede sin la voluntad de aquel que lo ha hecho todo.
Atribuirlo todo al azar o a las leyes de la naturaleza, pretender que Dios no cuida de nosotros es lo mismo que negar la existencia del verdadero Dios. Las consecuencias de esta negación serían tan demoledoras de toda la sociedad humana como las del ateísmo.
- ¿Cómo gobierna Dios el mundo con su Providencia?
Dios ordinariamente no obra sino tras el velo de las causas segundas, es decir, de leyes por Él establecidas. Él rige los seres privados de razón por medio de leyes físicas e inflexibles que jamás deroga sin especiales razones, aunque deban resultar algunos desórdenes parciales. Dios dirige a los hombres, seres racionales y libres, por medio de leyes morales; les impone la obligación o el deber de observalas, pero no los fuerza a ello, por respeto a su voluntad libre.
Los seres privados de razón alcanzan su fin particular, necesariamente, y por eso mismo su fin general, que es la glorificación de Dios. De acuerdo con las leyes que Dios ha establecido y que Él dirige, cada día el sol nos alumbra; la tierra nos sostiene, el fuego calienta, el agua nos refresca; toda criatura, todo elemento se mantiene y obra según reglas constantes, cuyo autor y guardián es Dios mismo.
Él ha dictado a los hombres leyes morales, cuya observancia debe llevarlos a su fin particular, que es la salvación, y al fin general de la creación, que es la glorificación de Dios. El hombre, haga lo que haga, procura siempre la gloria de Dios, pero no siempre consigue su salvación; porque Dios le deja en libertad, lo mismo para el bien que para el mal. Dios da a todos los hombres los medios necesarios para alcanzar su fin; y ellos tienen la culpa si no lo consiguen. Dios subordina las cosas del tiempo a las de la eternidad; por ejemplo, si el justo no es recompensado en este mundo, lo será en el otro.
- ¿No es indigno de Dios cuidar de todos los seres, aun los más ínfimos?
No; si Dios ha creído ser digno de Él crearlos, ¿por qué ha de ser indigno de Él velar por ellos? Precisamente porque el sol es muy grande y está muy alto, sus rayos llevan a todas partes la luz y la vida. Porque Dios es infinitamente grande, no hay chico ni grande en su presencia. Hay criaturas que Él ha hecho por un acto de bondad de su corazón, y que Él conserva, sostiene y alimenta como un padre y como una madre.
Él a los pajarillos alimenta. Y su bondad la creación sustenta.
Dios lo ha hecho todo; nada se substrae a su poder; es necesario asimismo que nada deje de estar sometido a su sabiduría, a su ciencia, a su Providencia. Todos los cabellos de nuestra cabeza están contados, y no cae ni uno siquiera sin la voluntad del Padre celestial. La Providencia de Dios nada deja fuera de sus cálculos sapientísimos e infalibles. “Donde la sabiduría es infinita no queda lugar para la casualidad”.
Forman falsa idea de Dios los que se figuran que el cuidado que tiene de las creaturas le causa cansancio, como se lo causaría al hombre. Dios lo gobierna y dirige todo sin esfuerzo y por un mismo y solo acto de su voluntad soberana; a la manera que el sol por una sola y única radiación ilumina el universo y esparce por todas partes el calor y la vida.
- Si Dios cuida de nosotros, ¿por qué hay diferencia de condiciones? ¿Por qué hay ricos y pobres?
La desigualdad de condiciones proviene necesariamente de la desigualdad de las aptitudes, de las cualidades físicas, intelectuales y morales de los hombres. Dios no debe a cada uno de nosotros más que los medios necesarios para conseguir nuestro fin, y no está obligado a dar a todos los mismos dones de fuerza, de inteligencia, etc.
Fuera de eso, esta desigualdad concurre a la armonía del universo y se convierte en fuente de las más hermosas virtudes y en lazo de unión entre los hombres.
1º La desigualdad de condiciones es debida frecuentemente al hombre, más que a Dios mismo. Es el resultado de la actividad de los unos y de la negligencia de los otros. Si tal hombre es más rico que usted, ¿no es, acaso, porque tiene más orden, más economía, mayor amor al trabajo? Y si usted es pobre, ¿no se debe, tal vez, a que es usted perezoso o pródigo?
2º La desigualdad de condiciones brinda la oportunidad de practicar la caridad. Es hermoso ver al rico despojarse de sus bienes para socorrer al pobre; como lo es ver al pobre soportar las privaciones con paciencia y resignación a la voluntad de Dios… He aquí por qué esta desigualdad concurre a la armonía del universo; ella aproxima el rico al pobre, el débil al poderoso, y, por las hermosas virtudes de la caridad, bondad y gratitud, establece entre ellos los dulces lazos de la verdadera fraternidad.
3º Por último, es la otra vida la que restablecerá el equilibrio. Los últimos, es decir, los pobres serán los primeros, porque con sus penas y sufrimientos habrán adquirido mayores méritos.
- Si Dios cuida de nosotros, ¿por qué hay padecimientos en este mundo?
Los sufrimientos provienen, frecuentemente, de nuestras propias faltas. Tendríamos menos que padecer si fuéramos más moderados en nuestros deseos, más razonables en nuestros proyectos, más sobrios y templados en nuestra vida.
Dios permite el dolor, ya para hacernos expiar nuestros pecados, ya para probar nuestra fidelidad, así en la desgracia como en la dicha; ya, finalmente, para desasirnos de este mundo de destierro y obligarnos a considerar el cielo como nuestra verdadera patria.
1º Los males del cuerpo son, generalmente, debidos a las culpas del hombre. ¡Cuántas enfermedades son el resultado de la sensualidad y de la intemperancia! Son una expiación que la naturaleza impone a los que infringen las leyes.
2º Hay otros males que son consecuencia de leyes generales establecidas por Dios para gobierno del mundo; un hombre cae en el fuego, se quema. ¿Está Dios obligado a hacer un milagro para impedir este accidente?…
3º Por último, los males físicos pueden venirnos también directamente de Dios, sea como castigos por faltas cometidas, sea como pruebas para hacernos adquirir méritos; sea como medios de que Dios se sirve para convertirnos y despegarnos de los bienes terrenos.
¡Cuántos hombres se perderían, embriagados por los placeres! Dios los detiene por la prueba, por la ruina, por las desgracias. El sufrimiento es para ellos lo que los azotes para el niño. Con el dolor se convierten. Nada aproxima tanto el hombre a Dios como el sufrimiento.
- Si Dios cuida de nosotros, ¿por qué existe el mal moral o el pecado?
Porque Dios no es la causa. Al contario, lo detesta y castiga; pero lo permite para dejar al hombre el uso de su libre albedrío y para sacar bien del mal.
Dios no es la causa del mal moral. Dios nos dio la libertad, lo cual es un bien; el pecado es el abuso de nuestra libertad, y en eso consiste el mal.
Indudablemente Dios tendría un medio radical para impedir el mal, y sería quitarnos la libertad; pero entonces ya no habría mérito. Ahora bien, hay más gloria para Dios en tener criaturas que le sirvan voluntariamente, que en tener máquinas dirigidas por una fuerza irresistible. “Para impedir que el hombre sea un malvado, ¿será preciso reducirlo al instinto y convertirlo en bestia?” No; Dios lo ha hecho libre, a fin de que fuera bueno y feliz.
Además, Dios permite el mal para sacar un bien mayor; así ha permitido el pecado original, para repararlo con la Encarnación; ha permitido la malicia de los judíos contra nuestro Señor Jesucristo, para salvar el mundo; permite las persecuciones, para hacer brillar el heroísmo de los mártires… El mundo se vería privado de grandes bienes si el mal no existiera.
- ¿En qué consiste el bien que Dios saca del pecado?
Consiste: 1º, en que lo hace servir a la ejecución de los destinos de su Providencia; 2º, en que hace brillar su bondad, atrayéndose nuevamente al pecador, o su misericordia, perdonándolo cuando se arrepiente, o su justicia, castigando sus crímenes; 3º, en que el pecador cuando se convierte, repara los ultrajes hechos a Dios con su penitencia y humillación voluntarias, y, a veces, haciéndose más virtuoso y afirmándose más en el bien.
- La prosperidad de los malos y las pruebas de los justos, ¿no deponen contra la Providencia?
No; porque no es cierto que todos los malos prosperen y todos los justos sufran tribulaciones; los bienes y los males de este mundo son, en general, comunes a todos los hombres.
Además, no hay en el mundo hombre tan malo que no haga alguna obra buena durante su vida; y Dios se la recompensa dándole la prosperidad aquí abajo, reservándose castigar sus pecados en el infierno. Del mismo modo, no hay hombre tan justo que no cometa algunas faltas. Dios se las hace expiar en la tierra, reservándose premiar sus virtudes en el cielo.
Hay pecadores que vienen en prosperidad, porque Dios quiere atraérselos por la gratitud, o premiarles aquí en la tierra el poco bien que han hecho, si deben después ser condenados eternamente. A veces, sin embargo, Dios castiga aun aquí, y de una manera ejemplar, a los escandalosos y a los perseguidores de la Iglesia.
También hay justos en la prosperidad, según los hechos atestiguan; pero no se ven libres de sufrimientos, porque los sufrimientos y las pruebas de esta vida están destinados
1º A despegar a los justos de todos los falsos bienes de la tierra;
2º A hacerlos entrar en sí mismos, para mejorarlos y perfeccionarlos;
3º A hacerles granjear más méritos y, por consiguiente, mayor felicidad eterna;
4º A hacerlos más semejantes a Jesucristo, modelo de los escogidos;
5º A hacerlos expiar sus pecados en este mundo, donde las deudas con la justicia divina se pagan de una manera mucho menos penosa que en el purgatorio.
Fuera de eso, el justo es, ordinariamente, más feliz que el malvado, porque goza de la paz del alma, mientras que el malvado es presa de sus remordimientos y de sus pasiones tiránicas.
Se dice muchas veces ¿Por qué Dios no castiga inmediatamente a los malos? Dios es paciente, porque es eterno; porque quiere dar lugar al arrepentimiento; porque si castigara siempre el vicio aquí en este mundo, y aquí también recompensara la virtud, el hombre no practicaría el bien sino por interés. Finalmente, nosotros no conocemos el plan divino, y debemos creer que Dios tiene buenas razones para proceder como procede.
- ¿Cuáles son nuestros deberes para con la divina Providencia?
1º Adorar con humildad, en todo, las disposiciones de la divina Providencia.
2º Dar gracias a Dios por los bienes concedidos y valernos de ellos para nuestra salvación.
3º Recibir con alegría, o por lo menos con paciencia, los males que nos envía, convencidos de que, viviendo de tan buen Padre, deben ser para nuestro bien.
4º Ponernos en sus manos con confianza y entrega absoluta de nosotros mismos, según esta regla de los santos Cada cual debe obrar y trabajar como si todo tuviera que esperarlo de sí mismo, y cuando haya hecho todo lo que estaba de su parte, no esperar nada de su trabajo, sino esperarlo todo de Dios.
Objeción. ¿Qué he hecho yo a Dios para que me mande tantos males?…
Casi siempre Dios podría reduciros al silencio, poniendo ante vuestros ojos atemorizados la larga serie de pecados que sólo la indiferencia religiosa oculta a vuestras miradas, y los dolores eternos del infierno a que esas faltas son acreedoras.
Dios podría siempre contestaros recordándoos las terribles penas del purgatorio, destinadas a hacer expiar los pecados veniales. Las penas de la presente vida son bien poca cosa comparadas con las expiaciones de la futura.
¿Qué habéis hecho a Dios? Preguntáis. ¿Acaso los mártires y los santos que han sufrido tanto le habían hecho algo? Sus sufrimientos no eran para ellos un castigo, sino una prueba; y porque salieron victoriosos de esas pruebas Dios los ha coronado con corona inmortal en el cielo.
Dios no ha hecho el dolor, que fue introducido en la tierra por el pecado, causa de todos los males que se sufren en esta vida o en la otra. Pero Dios saca bien del mal, y se vale del sufrimiento para salvarnos. El sufrimiento sirve para convertirnos, para hacernos expiar nuestros pecados, para hacernos adquirir méritos.
Notas:
[1] Léase a este propósito el hermoso tratado de Fenelón sobre la existencia de Dios.
[2] Maunoury, Veladas de Otoño.
[3] Salsa hecha con carne de liebre.
LA HEREJÍA DE HONORIO: UNA GRAVÍSIMA CALUMNIA LEFEBVRIANA
Los Lefebrvianos, siguiendo al hereje Le Floch, profesor de Lefebvre, iluminados por el anti infalibista Jacques Bossuet, que por servilismo hacia el rey galicano Luis XIV, revivió la falsedad, ya condenada por la Iglesia, de que el Papa Honorio I habría sido condenado por un Concilio Ecuménico, son los más entusiastas difusores de la calumnia contra el Papa Honorio I. Nada más lejos de la verdad, ya que esta infamia que sale de sus bocas y plumas guiadas por el diablo es manifiestamente contraria a la veracidad de los hechos, e interesada para justificar su posición herética y sus capillas cismáticas, pesebres de donde comen. Todo ello para sostener y no enmendar su posición blasfema y herodoxa de que un Papa puede ser hereje y, a su vez, conservar su Oficio.
Sin duda el lefebvrismo imprime carácter, como comprobamos por desgracia, en los semiprivacionistas ( absurda teoría filosófica antitomista del papa materialiter non formaliter) y los múltiples secuaces de espíritu independiente, clericus vagus, cuasi papas, aduladores del Eutiques de nuestro tiempo, Lefebvre, salidos de su hornada.
Veamos la verdad, tal cual ocurrió, y como los herejes de todos los tiempos, hasta el presente, urdieron esa falsa y blasfema creencia para justificar su desobediencia al dulce Vicario de Cristo en la tierra.
«…los pontífices, nuestros predecesores, que él –Lutero; Bossuet, Lefebvre, y los que han seguido esta opinión y la seguirán para su desgracia espiritual- ataca con tanta violencia por sus cánones y sus constituciones, jamás han errado». ( Papa León X en su Bula EXSURGE DOMINE del 15 de junio de 1520)
La biografía oficial de Honorio, insertada en el Liber pontificalis, alaba a este Papa por sus numerosas buenas obras, y notablemente por haber hecho erudito al clero (Multa bona fecit. Hic erudivit clerum, in: Liber pontificalis, edición anotada por Louis Duchesne y los alumnos de la Escuela de Roma, París 1955, 1. J, p. 323). Jonas de Bobbio, que había visto al Papa en Roma, hizo de él un retrato muy ventajoso: “Venerable, sagaz, de buen consejo, dulce, humilde. Brillante por su doctrina (doctrina clarens)” (Bobbio: Vie de saint Bertulfe, cap. 6). Este elogio concuerda bien con el epitafio de Honorio: “Su nombre es grande en honor, es sagaz, grande en mérito, de una potencia divina en canto sagrado, poderoso por su doctrina (doctrina potens)” (In: Liber pontificalis, nota explicativa 19).
Tuvo un santo celo por la doctrina, puesto que reprocha a los obispos españoles su tibieza en materia de fe. El obispo de Zaragoza, Braulio, hablando en nombre de los obispos reunidos en el cuarto concilio de Toledo (638), intenta justificarse, y después concluye con un cumplido: “Las dos partes del universo, a saber el Oriente y el Occidente, advertidas por tu voz, comprendieron que la ayuda residía en tu divina presidencia y que era necesario unirse para demoler la perfidia de los malvados” (Braulio de Zaragoza: Epistolario, 129, in: Georg Kreuzer: Die Honoriusfrage im Mittelalter und in der Neuzeit (colección “Papste und Papsttum”, t. VIII), tesis de doctorado, Stuttgart 1975, p. 19). Según el universitario especialista Kreuzer, Braulio hizo allí una alusión a la lucha valiente de Honorio contra el monotelismo.
La herejía “monotelita” pretende que Nuestro Señor no tendría más que “una voluntad”, mientras que en verdad, tiene dos: la divina y la humana. Pero en la época de Honorio, la iglesia no tenía todavía zanjada esta cuestión, y los teólogos disputaban a este respecto. Además, los teólogos disputaban todavía sobre una segunda cuestión:
¿Cristo tiene una o dos voluntades humanas? Luego, tres opiniones:
- Cristo tiene una voluntad divina más una voluntad humana buena, lo que es teológicamente correcto.
- Cristo tiene solamente una voluntad, o sea, la herejía
- Cristo tiene una voluntad humana buena (espíritu) más una voluntad humana viciosa (carne), proposición que es teológicamente herética.
Situación enredada, de donde el peligro de quid pro quo, lo que ocurre efectivamente. Pues el obispo Sergio de Constantinopla interroga al Papa Honorio I sobre la opinión c). El Papa dijo que la opinión c) era falsa y adhirió a la opinión a). Además, ordenó a todos abstenerse de disputar sobre la cuestión. Ahora bien, los monotelitas pretendieron enseguida que el Papa habría aprobado la opinión b). De donde la fábula de “Honorio monotelita”.
En lugar de atacar la herejía por medio del anatema y excomunión, Honorio ordenó simplemente a los teólogos abstenerse de disputar sobre la cuestión. En su letra scripta fraternitatis (634) dirigida al obispo Sergio de Constantinopla, el Papa Honorio I demanda guardar silencio, evitar las disputas vanas, caras a los sofistas: “Que Jesucristo sea el mismo que opera las cosas divinas y las cosas humanas, las Escrituras lo muestran claramente. Pero saber si, a causa de las obras de la divinidad y de la humanidad, se debe decir o entender una operación o dos, es lo que no nos debe importar, y lo dejamos a los gramáticos, que tienen costumbre de vender a los niños las palabras que ellos han inventado (Jesucristo tiene dos naturalezas). Nosotros debemos rechazar esas palabras nuevas que escandalizan a las Iglesias, de miedo que los simples, chocados de los términos de dos operaciones, nos crean nestorianos, o que nos crean eutiquianos, si no reconocemos en Jesucristo más que una sola operación. Para no avivar el fuego de las disputas apenas adormecidas, confesamos con simplicidad que el mismo Jesucristo opera en la naturaleza divina y en la naturaleza humana. Es mejor dejar gritar contra nosotros a los vanos espulgadores de las naturalezas, los ampulosos filósofos con voz de ranas, que dejar en ayunas al pobre pueblo. Nos exhortamos, en consecuencia, a evitar la expresión nueva de una o de dos operaciones, y de predicar con nosotros, en la fe ortodoxa y en la unidad católica, un solo Jesucristo operando en las dos naturalezas y lo que es de la divinidad y lo que es de la humanidad” (In: Rohrbacher, t. IV, p. 390).
El Papa imponía entonces el silencio sobre la cuestión de las voluntades de Cristo. Esta actitud, guiada por la preocupación de evitar vanas disputas, no es en el fondo mala en sí misma. Siglos después, los franciscanos y los dominicos disputaban entre ellos por saber si las gotas de sangre perdidas por Jesús durante su camino de cruz permanecían, sí o no, en unión hipostática con Nuestro Señor. El Papa reinante no zanja la cuestión, pero prohíbe a los teólogos librarse a este género de especulaciones ociosas (Pío II: bula Ineffabilis, agosto 1 de 1464). Igualmente, el quinto concilio de Letrán (II sesión, enero 14 de 1516) impone el silencio, prohibiendo a cualquiera pretender determinar la fecha del fin del mundo.
Se propone ahora la cuestión: ¿Honorio era caído en la herejía? La respuesta es no. ¿Cuál era la cuestión en los debates teológicos?
Desde el pecado original, los hombres tienen dos voluntades humanas contradictorias, la del espíritu y la de la carne. Nuestro Señor, que ha tomado nuestra naturaleza salvo el pecado, ha tomado solamente la voluntad humana no viciada por el pecado original (ha tomado la del espíritu mas no la de la carne). Además, siendo Dios, Nuestro Señor tiene igualmente una voluntad divina. Tiene luego dos voluntades, una humana, otra divina.
Los monotelitas sostenían equivocadamente que Nuestro Señor no tenía más que una sola voluntad (negación de las dos voluntades divina y humana).
El obispo de Constantinopla, Sergio, escribió a Honorio, demandando que algunos afirmaban que había en Nuestro Señor dos voluntades contrarias. Enseñando largamente y en detalle que Cristo tomó una voluntad humana y no dos, Honorio afirma brevemente, solamente de pasada, pues el objeto de la demanda de Sergio era las dos voluntades humanas opuestas, que Cristo tiene también una voluntad divina.
Así pues, la enseñanza del Papa Honorio I era irreprochable: creía y enseñaba que Cristo no tenía dos voluntades humanas contrarias, sino una sola, y que había, además, una voluntad divina.
Primeras supercherías (640-649) contra Honorio, desenmascaradas por los contemporáneos del Papa difunto
Honorio respondió entonces que en Nuestro Señor no había dos voluntades humanas opuestas (espíritu y carne). ¡Por un quid pro quo, algunas personas pretendieron entonces que el Papa habría negado la existencia de dos voluntades humana y divina!
Tres años después del deceso de Honorio, su secretario, conociendo el abuso que algunos monotelitas comenzaban a hacer en Oriente de la correspondencia de su antiguo maestro, escribió al emperador Constantino: “Cuando hablamos de una sola voluntad en el Señor, no teníamos en vista su doble naturaleza, sino solamente su humanidad. Habiendo sostenido Sergio, en efecto, que había en Jesucristo dos voluntades contrarias, nosotros dijimos que no se podía reconocer en Él esas dos voluntades, a saber la de la carne y la del espíritu, como nosotros mismos las tenemos desde el pecado” (In: Monseñor de Ségur: El soberano Pontífice in: Oeuvres complètes, París 1874, t. III, p. 269).
El Papa Juan IV, segundo sucesor de Honorio, atestigua la misma cosa en una epístola tanto más destacable como que la había dictado al mismo padre que había sido secretario de Honorio. Juan IV se lamentaba igualmente de un quid pro quo. “Mi predecesor susodicho decía pues, en su enseñanza sobre el misterio de la encarnación de Cristo, que no ha existido en él, como en nosotros pecadores, dos voluntades contrarias, del espíritu y de la carne. Lo que algunos han trastornado en su propia concepción, y han pensado que él habría enseñado una sola voluntad de su divinidad y de su humanidad, lo que es totalmente contrario a la verdad” (Juan IV: carta Dominus qui dixit al emperador Constantino III, primavera de 641).
Un santo canonizado, el abad Máximo el Confesor, defendió vigorosamente la memoria del Papa contra la tentativa de recuperación de los monotelitas. “Se debe reír, o por mejor decir, se debe llorar a la vista de estos desgraciados (obispos Sergio y Pirro) que osan citar pretendidas decisiones favorables al impío Ekthesis (libelo monotelita de Sergio, aprobado por el emperador en 638), intentar ubicar en sus filas al gran Honorio, y adornarse a los ojos del mundo con la autoridad de un hombre eminente en la causa de la religión. ¿Quién pues ha podido inspirar tanta audacia a estos falsarios? ¡Qué hombre piadoso y ortodoxo, qué obispo, qué Iglesia no los ha conjurado a abandonar la herejía! ¡Pero sobre todo qué no ha hecho el divino Honorio!” (In: Ségur, p. 269).
Este célebre santo, que sería más tarde martirizado por los monotelitas, analiza los escritos de Honorio y llega a la conclusión de que el Papa había reconocido en Cristo dos voluntades, la voluntad divina y la voluntad humana no corrompida. Añade que la tentativa de recuperación fraudulenta del nombre de Honorio para la causa monotelita, hecha por los herejes griegos, había provocado la indignación del clero de Roma. “El excelente abad Anastasio, al regreso de Roma, nos ha referido que había hablado a los padres más considerados de todas las grandes iglesias de la cuestión de la carta escrita por ellos a Sergio y que les había preguntado: “¿Cómo debía comprenderse la expresión: una voluntad en Cristo, contenida en esta carta?” Anastasio encuentra que esta cuestión les afligía y que estaban prestos a defender a Honorio. Anastasio habla también al abad Juan Simponio, que había, por orden de Honorio, redactado esta carta en latín. La opinión de este cura fue: “Quod nullo modo mentionem in ea per numerum fecerit unios omnimodae voluntatis”, es decir que en su carta Honorio no había sostenido jamás que no se debía contar más que una sola voluntad en Cristo, y esta opinión le había sido atribuida por aquéllos que habían traducido la carta al griego. No se debía negar en Cristo la voluntad humana en general, sino solamente la existencia de la voluntad corrompida por el pecado” (San Máximo: Tomus dirigido al padre Marinos, 640/641, in: Charles Joseph Hefele: Histoire des conciles d’après les documents originaux, París 1909, 1. III. p. 382).
Georg Kreuzer (Die Honoriusfrage im Mittelalter und in der Neuzeit, Papste und Papsttum, t. VIII, tesis de doctorado, Stuttgart 1975) ha editado un texto griego de la carta de Honorio. Precisa que este texto tiene no menos de cuarenta variantes con referencia a otras versiones griegas de este mismo texto.
Contraste impactante entre el original latino diotelita y traducción griega monotelita: la palabra latina “discrete” (de manera distinta) es traducida por el término griego que significa exactamente lo contrario: αδταιρετωζ (sin distinción). Honorio escribió: Cristo “ha operado lo que es humano por la carne asumida de manera inefable y única y completada por la divinidad de manera distinta”. El falsificador griego traduce: Cristo “ha operado lo que es humano por la carne asumida de manera inefable y única y completada por la divinidad sin distinción” (original latino, copia griega infiel y traducción francesa de estos dos textos en Heinrich Denzinger: Symboles et définitions de la foi catholique, París 1996, p. 176). ¿Quién es más creíble: el secretario del Papa que ha escrito el original en latín en Roma, o los copistas de Constantinopla que han traducido mal la carta al griego?
San Máximo puso por escrito un diálogo que tuvo en 645 en Cartago con el monotelita Pirro, que había sucedido al obispo de Constantinopla Sergio, pero que había sido depuesto por el crimen de herejía y exiliado en África. Tras el diálogo con San Máximo, Pirro abjura de sus errores, pero recae más tarde, lo que le valió un anatema por parte del Papa. Este diálogo es muy instructivo, porque muestra cómo los monotelitas maniobraron fraudulentamente para ampararse en la autoridad de Honorio, que estaría, decían, de su parte.
Pirro: “Qué tienes tú que contestar sobre Honorio, pues ha enseñado claramente a mi predecesor que no había más que una sola voluntad en Cristo”.
Máximo: “¿A quién se debe preguntar el sentido de las proposiciones de Honorio, al que ha redactado la carta o bien a los de Constantinopla, que refieren los hechos desnaturalizándolos según los deseos de sus corazones?”
Pirro: “Evidentemente al que la ha redactado”.
Máximo: “Ése vive todavía y ha ilustrado a Occidente con sus virtudes y también con sus definiciones en materia de fe, conformes a la piedad (el antiguo secretario de Honorio había sido elegido Papa bajo el nombre de Teodoro I (642 – 649) al momento (645) en que Máximo escribía su diálogo con Pirro). Ahora bien, he aquí lo que escribía al difunto emperador Constantino: “Nos hemos afirmado que hay una sola voluntad en el Señor, no la de la divinidad y de la humanidad, sino únicamente la de la humanidad; pues habiéndonos escrito Sergio que algunos afirmaban dos voluntades opuestas en Cristo, nos hemos respondido que Cristo no tenía dos voluntades opuestas, carne y espíritu, sino una sola voluntad que caracteriza naturalmente su humanidad. La prueba es que él ha hecho mención de miembros y de carne, cosas que no es lícito de referir a la divinidad”. ¿Pero por qué Honorio no ha hablado de la divinidad? Porque se ha limitado a responder a la demanda de Sergio y además Nos nos atenemos a la costumbre de la Escritura, que habla tanto de la divinidad sola, como de la humanidad sola. En el mismo sentido de evitar la división de la persona de Cristo, Honorio evita hablar de una o de dos operaciones, pero afirma que Cristo actúa de muchas maneras” (San Máximo: Diálogo con Pirro).
Juan IV (640 – 642) tuvo un sínodo romano en 640. Allí condena del monotelismo, pero mantiene silencio sobre Honorio.
Poco tiempo después del deceso de Honorio, las Iglesias de África y las Iglesias de Oriente afirmaron la infalibilidad pontificia en dos cartas al Papa San Teodoro I, tercer sucesor de Honorio (In: Dom Prosper Guéranger: La monarchie pontificale, París y Le Mans 1869, p. 172 – 175). Entonces Honorio no podía haber errado.
Por petición de los obispos africanos, San Teodoro I publica una carta sinodal, demandando a Pablo, obispo de Constantinopla, sucesor de Pirro que había sido depuesto una segunda vez, abandonar la doctrina monotelita. Pablo respondió que no reconocía más que una sola voluntad (monotelismo) y tuvo el atrevimiento de invocar la autoridad de Honorio a favor de su herejía. San Teodoro I evidentemente no da ningún crédito a esta nueva tentativa de enrolamiento del Papa difunto en la causa del monotelismo. Anatematiza a Pablo, pero no a Honorio. Este hecho es referido por el Papa Martín I (649 – 653) durante el concilio de Letrán (In: Jean Dominique Mansi: Sacrorum Conciliorum nova et amplissima Collectio, Florencia 1764 – 1765, reedición París 1901, reedición Graz 1960, t. X, p. 878) y por el autor de la Vita Theodori (In: Liber pontificalis).
El concilio de Letrán habido en Roma en 649, reunió 105 obispos en su mayoría italianos, pero también griegos. Allí fue mencionado el nombre de Honorio. Durante el concilio, en efecto, el Papa Martín I hizo leer una carta del obispo monotelita Pablo de Constantinopla al Papa San Teodoro I. En esta carta, Pablo pretendía apoyarse sobre Sergio de Constantinopla y Honorio de Roma. En efecto, Pablo escribía: “Pero todos los piadosos doctores y predicadores han retenido en su espíritu de esta manera una voluntad (herejía monotelita, una sola voluntad en Cristo). De esto tenemos testimonios: con este hecho están de acuerdo Sergio y Honorio de pía memoria, que decoran la Sede sacerdotal suprema, uno de la nueva Roma (Constantinopla), el otro la de la antigua Roma; así pues tenemos esto (la doctrina monotelita) de ellos” (In Mansi: Sacrorum Conciliorum nova et amplissima Collection, T. X, col. 1026). Esta carta señalaba claramente a Honorio como monotelita. Ahora bien, el concilio anatematizó a Pablo y Sergio, pero no a Honorio, lo que indica que los padres de Letrán tenían por absolutamente infundada la ecuación de Honorio monotelita. Durante la quinta sesión el 31 de octubre de 649, canon 18, se anatematiza a los jefes de la secta monotelita: Teodoro de Farán, Ciro de Alejandría, Sergio de Constantinopla y sus sucesores Pirro y Pablo, pero en absoluto Honorio I.
Nadie soñaba con condenar a este Papa de santa memoria, todo lo contrario. Durante este mismo concilio de Letrán, el obispo Esteban de Dor hizo un testimonio de la más alta importancia. San Sofronio, obispo fallecido en 638, adversario principal del monotelita Sergio, mientras vivía el Papa, había sido puesto al corriente de la carta de Honorio que exigía a Sergio guardar silencio. Como Sergio continuaba soltando sus herejías, San Sofronio dijo entonces a Esteban que fuera de Jerusalén a Roma para informar al Papa. “Marcha desde la salida del sol hasta el anochecer, hasta que arribes a la Sede Apostólica, donde se encuentra el fundamento de la doctrina ortodoxa, y no ceses de develar a los hombres santos que se encuentran allá abajo las maquinaciones de los herejes, hasta que la nueva herejía sea completamente aniquilada” (In: Gerhard Schneemann: Studien über die Honorius-Frage, Friburgo 1864, p. 20). Este testimonio constituye una prueba formal de la ortodoxia de Honorio y del clero romano.
El sínodo reunido en Roma por el Papa santo Agatón no condena a Honorio. San Agatón tuvo aun la prudencia de redactar expresamente dos cartas para suprimir toda posibilidad de acusación contra el Papa difunto. “Se cree con razón que el Papa Agatón ha hecho esta declaración para quitar toda sospecha de error de parte de Honorio” (San Alfonso: Dissertation sur l’autorité du pape, artículo 1, §3, in: Oeuvres complètes, 1887, reeditado en Bélgica en 1975, t. IX, p. 330). Sabiendo que se iba a realizar un concilio ecuménico en Constantinopla, y que los monotelitas de esta ciudad habían intentado ya en dos oportunidades servirse del nombre de Honorio (cf.supra), el Papa estableció una suerte de “certificado de ortodoxia” para todos los Papas que habían reinado hasta él. La autenticidad de estas dos cartas no es discutida por ningún historiador, mientras que muchos historiadores sostienen que las actas del sexto concilio ecuménico de Constantinopla están interpoladas. En la duda, es necesario atenerse a estas dos cartas de Agatón, cuya autenticidad fue verificada y certificada por los mismos participantes del concilio.
La autenticidad de la carta de Agatón al emperador fue certificada durante la cuarta sesión; su contenido fue aprobado por los obispos durante la decimoctava sesión. Esta carta fue “escrita por Dios, y por Agatón Pedro ha hablado”. Es entonces esta carta la que debe servir como guía.
El Papa exhorta al emperador a guardar la fe “definida por los santos y apostólicos predecesores y los cinco concilios ecuménicos”. Esta fe, nosotros la “recibimos por la tradición de los Apóstoles y de los Pontífices apostólicos”, es decir, por los Papas. Enseguida, Agatón expone la sana doctrina (refutación del monotelismo) y agrega: “He aquí la profesión verdadera e inmaculada de la religión cristiana, que no es inventada por la malicia humana, sino que el Espíritu Santo enseña por la boca de los Pontífices Romanos”, uno de ellos Honorio. Agatón, sabiendo que Teodoro y Macario, y antes que ellos Pirro y Pablo, habían invocado el nombre de Honorio a favor de la causa monotelita, tomó la delantera y declara inocente por anticipación al Papa Honorio:
“Bajo la presidencia de San Pedro, esta Iglesia Apostólica que es la suya jamás se ha alejado de la vía de verdad, para entrar en cualquier partido de error. Desde siempre, la Iglesia Católica de Cristo toda entera y los sínodos universales han abrazado fielmente su autoridad y la han seguido en todas las cosas, como siendo la del príncipe de todos los Apóstoles. Todos los padres venerables se han conformado a esta doctrina apostólica. Es esta la doctrina que han venerado los santos doctores ortodoxos, y que los herejes han perseguido con sus acusaciones y rechazado con todo su odio. Por la gracia de Dios Todopoderoso, no se podrá jamás demostrar que esta Iglesia haya desviado del sendero de la tradición apostólica, ni que haya sucumbido, corrompiéndose, ante las novedades heréticas, sino que gracias al príncipe de los Apóstoles, ella permanece inmaculada, según la divina promesa del Señor (sigue la cita de Lucas XXII, 32)”. Cristo “prometió que la fe de Pedro no desfallecería en absoluto; lo exhorta a confirmar a sus hermanos, lo que los pontífices apostólicos, mis predecesores, hicieron siempre intrépidamente”. Mis predecesores “no descuidaron jamás exhortar a los herejes, y de advertirlos con súplicas que abandonasen los errores dogmáticos de la herejía, o, al menos, que se callaran”, y no creasen así un cisma enseñando una voluntad y una operación de Nuestro Señor Jesucristo.
Agatón hizo allí una alusión clara a Honorio, que había demandado a Sergio que se callara. Después prosigue: “Desgraciado de mí si descuidara predicar la verdad que éstos, mis predecesores, entre los cuales Honorio, predicaron sinceramente. Desgraciado de mí, si yo sepultara la verdad por mi silencio” (Agatón: carta Consideranti mihi al emperador, 27 de marzo de 680, in: Mansi, t. XI, col. 234 ss.). Como se ve, no se puede reprochar a Honorio de haber guardado silencio, pues Agatón dice que todos sus predecesores sin excepción predicaron la verdad y reprendieron a los herejes. ¿Se vio jamás mejor certificado de buena conducta? Advertencia: este certificado de buena conducta fue puesto por las nubes por los padres del concilio: “Por Agatón Pedro ha hablado”. En consecuencia, ¿cómo habrían podido condenar un Papa por el crimen de herejía?
La falsificación de las actas del sexto concilio ecuménico (680-681)
Sin embargo, consultando ciertas obras históricas, se lee que Honorio habría sido anatematizado por el sexto concilio ecuménico. ¿Cómo explicar esta contradicción entre los elogios del Papa Agatón y las actas del concilio? Es que las actas del Concilio fueron falsificadas por los griegos.
Los griegos falsificaron a menudo las actas de los concilios. “Agregar o quitar a las actas de los concilios son empresas ordinarias para los griegos”, decía Anastasio el bibliotecario (In: Ségur, p. 271). Anastasio el bibliotecario (800-879) vivió en Roma. Era archivista de los Papas y traductor célebre por su conocimiento del griego.
San Roberto Belarmino escribió: “Si pues los griegos corrompieron el III, IV, V y VII sínodo, ¿es extraordinario que hayan corrompido igualmente el VI?” (De romano pontifice, libro IV, cap. 11).
Los griegos eran mal vistos por Roma a causa de sus fraudes múltiples. Los Papas se quejaban bastante a menudo. El Papa San Nicolás I da una autorización basada sobre un documento que había recibido de Grecia, pero precisa: “visto que este documento no sea falsificado según la costumbre de los griegos (non falsata more Graecorom)” (carta al emperador Michel). El Papa San León I el Grande (carta Puritatem fidei, marzo 10 de 454) se lamenta, porque algunos habían falsificado su carta a Flaviano. Después de haber cambiado algunos verbos y sílabas, los falsificadores sostenían que el Papa León habría caído en la herejía de Nestorio. Una desventura similar habría de llegarle al Papa Honorio. Pues desde las primeras sesiones del sexto concilio, se descubrió la presencia de falsarios entre los participantes.
Desde el comienzo de la primera sesión, los legados pontificios declararon que desde hacía 46 años, el monotelismo era enseñado por los obispos de Constantinopla Sergio, Pablo, Pirro y Pedro, así como por Ciro patriarca de Alejandría y Teodoro obispo de Farán. Ninguna mención de Honorio. A pesar de los esfuerzos de la Sede Apostólica, ellos permanecían aferrados al error con pertinacia.
El Patriarca de Antioquía, Macario, replica que los monotelitas tenían su doctrina de los concilios, de los padres de la Iglesia “y además también de Honorio, que fue Papa de la antigua Roma” (In: Mansi, t. XI, col. 213). El concilio examina entonces las piezas producidas por Macario. Se lee un pasaje del concilio de Éfeso, que contenía una cita de San Cirilo de Alejandría. Esta cita no era monotelita (como lo pretendía Macario), sino diotelita. Durante la tercera sesión, se leyeron las actas del quinto concilio ecuménico: una carta del obispo de Constantinopla Menas, que contenía la fórmula “una voluntas”, pareció sospechosa a los legados. Se compara el texto producido por Macario con los originales de los archivos imperiales, y se comprueba entonces que Macario había añadido la carta de Menas en las actas del quinto concilio. Durante la séptima sesión, se descubrió que Macario había fabricado igualmente otra falsificación, a saber una carta del Papa Vigilio que definía (él decía) “una operación” de Cristo. En la novena sesión, se comparan las citas patrísticas producidas por Macario con los ejemplares auténticos guardados por el patriarcado y se prueba que Macario había falsificado los escritos de los Padres. El obispo de Antioquía se obstina y se aferra a sus (pretendidas) autoridades (Concilios, Padres, Honorio). Fue entonces anatematizado y depuesto por crimen de falsificación de escritos.
En la oncena sesión, se leyó un escrito anterior de Macario, según el cual Honorio habría ya sido condenado en razón de su monotelismo. Esto era una mentira tan evidente que no fue tomado en serio por nadie.
Hay todo el derecho de creer que el conjunto de las actas del sexto concilio haya sido alterada por un falsificador. He aquí algunas pruebas.
- La carta de Agatón. En su carta al emperador, leída en la cuarta sesión, el Papa San Agatón había condenado por sus nombres a siete herejes monotelitas (In: Mansi, t. XI, col. 274-275). Durante la decimotercera sesión, los padres del concilio escribieron (pretendidamente) al Papa Agatón: “Nos hemos excluido del rebaño del Señor a aquellos que han errado en la fe, o, para hablar con David, los hemos muerto con anatemas, según la sentencia pronunciada anteriormente en tus santas cartas contra Teodoro de Farán, Sergio, Honorio, Ciro, Pablo, Pirro y Pedro” (In: Mansi, t. XI, col. 683). Los padres del concilio, o mejor, el copista que falsifica la declaración de los Padres, son aquí tomados en flagrante delito de mentira: han reemplazado el nombre de uno de los condenados por el de Honorio. Comparemos las dos
- Lista auténtica, leída en la cuarta sesión, del Papa San Agatón: “1. Teodosio el hereje de Alejandría, 2. Ciro de Alejandría, 3. Teodoro obispo de Farán, 4. Sergio de Constantinopla, 5. Pirro, Patriarca de Constantinopla, 6. Pablo también, su sucesor, 7. Pedro, su sucesor”.
- Falsa lista de la pretendida decimotercera sesión cuyo autor es el copista falsificador: “1. Honorio, 2. Ciro, Teodoro, obispo de Farán, 4. Sergio, 5. Pirro, 6. Pablo, 7. Pedro”.
- El nombre del hereje Teodosio de Alejandría es borrado y reemplazado por el de Honorio. Esto constituye una prueba indubitable de que las actas del concilio fueron
- La actitud del Emperador. En la carta imperial que confirma el concilio, el Emperador retoma el anatema que castigaba a los herejes monotelitas siguientes: “Designamos como tales herejes a Teodoro antiguo obispo de Farán, Sergio antiguo obispo de esta villa imperial (Constantinopla) protegida por Dios. Con ellos era de la misma opinión y de la misma impiedad Honorio, antiguamente Papa de la antigua Roma, que era hereje como ellos, estaba de acuerdo con ellos y afirmaba la herejía; y Ciro obispo de Alejandría, y similarmente Pirro, Pedro y Pablo” (In: Mansi, 1. XI, col 710-711).
- Ahora bien, muy curiosamente, este mismo emperador, en dos cartas dirigidas al Papa León II para informarle de los resultados del concilio, no hizo ninguna mención de la condenación de Honorio, como lo señala un historiador perspicaz. “Otra prueba de que las actas han sido falsificadas y que el texto original no llevaba en absoluto la condenación ni el nombre de Honorio, es que el emperador no dudaba de Se habría cuidado mucho de mantenerlo en secreto; por eso escribió a San León II, sucesor de San Agatón, y al concilio romano según las verdaderas actas de las sesiones, en las cuales siempre había participado. Igualmente, no hay una sola palabra sobre Honorio en estas dos cartas”, (Édouard Dumont: Pruebas de la falsificación de las actas del VI Concilio contra Honorio in Annales de Philosophie chrétienne, París 1853, p. 417). Si verdaderamente el concilio hubiera anatematizado a un Papa, el Emperador no habría dejado de señalar un acontecimiento tan sensacional a León II. Pero no hizo nada. Su silencio prueba que no hubo condenación de Honorio.
- Hay gato encerrado. Intrigados por la reflexión de Édouard Dumont, investigamos estas dos cartas del emperador a León II.
- Extracto de la primera carta: La ley antigua es salida del Monte Sion; la cumbre de la perfección doctrinal se encuentra sobre el Monte Apostólico en Roma” (In Mansi, t. XI, col. 715). En términos muy poéticos, el emperador hace allí un magnífico cumplido al
- “Gloria a Dios, que ha hecho cosas gloriosas y ha conservado la fe íntegra entre nosotros. De ninguna manera podría llegar, y Dios ha predicho que esto no ocurriría jamás, que las puertas del infierno (es decir los embustes de la herejía) puedan prevalecer contra esta piedra sobre la cual ha fundado la Iglesia” (In: Mansi, t. XI, col. 718). El emperador manifiesta así en forma que no puede ser más explícita que jamás una herejía podrá prevalecer contra un
- Extracto de la segunda carta, dirigida al sínodo romano: “Estamos impresionados de admiración por la relación de Agatón que es la voz misma de Pedro” (In: Mansi, t. XI, col. 722). Ahora bien, Agatón, es necesario recordarlo, había afirmado no menos de cuatro veces en su carta al Emperador que ningún Papa había
- Notable contraste: por una parte, el Emperador alaba al Papado (“cumbre de la perfección doctrinal”, “piedra” inaccesible a la herejía); ¿por la otra habría anatematizado a un Papa “hereje” tanto como los monotelitas, “de acuerdo con ellos” y que habría “afirmado la herejía”? ¿No es una buena prueba suplementaria de que las actas del concilio fueron adulteradas?
- La biografía de Agatón es una fuente de informaciones independiente de las actas falsificadas del concilio. Según esta biografía, los padres, los legados y el Emperador quitaron de los dípticos de la iglesia de Santa Sofía en Constantinopla los nombres de “Ciro, Sergio, Pirro, Pablo y Pedro”, en razón de su herejía (Liber pontificalis, vida de Agatón, II, p. 354). Se habrá advertido: ninguna mención de Honorio.
- Una carta ficticia de Honorio. Durante la decimotercera sesión, se leyeron dos cartas de Honorio a Sergio, lo que es una impostura. Pues Honorio había escrito solamente una carta, no dos. Da fe de esto el testimonio del secretario del Papa difunto, que habla de una respuesta a Sergio. La segunda carta es redactada por “Sericus”, mientras que el secretario de Honorio se llamaba “Juan”. Resumen de una tesis de doctorado especializado: “El testimonio de los escritores contemporáneos nos permite pues mirar a la segunda carta como enteramente imaginada y a la primera como falsificada” (Padre Benjamin Marcellin Constant: Étude historique sur les lettres d’Honorius (tesis de doctorado defendida en Lyon), París 1877, p. 57). La primera carta (Scripta fraternitatis, 634), ha sido mal traducida al griego (cf. supra nuestra muestra latín-griego-francés); la segunda carta (Scripta dilectissimi, 634) es inauténtica (Cf. también el artículo de Silva Tarouca en Gregorianum, n. 12, 1931, p. 44-46).
- El extraño silencio de los legados y del Papa Agatón. Honorio fue (supuestamente) acusado en la duodécima sesión, y luego anatematizado a partir de la decimotercera sesión. “Hasta la duodécima sesión del sexto concilio ecuménico, los legados pontificios habían tomado la palabra frecuentemente. Su comportamiento parece entonces muy extraño después de la duodécima sesión. Cuando fueron leídas las dos cartas de Honorio, no se les oyó una sola palabra para defenderlo. Aceptaron en silencio la condena de Honorio I y confirmaron sin contradicción el anatema pronunciado en su contra” (Kreuzer, 97-100).
- En el Liber pontificalis se encuentran las biografías oficiales de los Papas. Ahora bien, en la biografía de Agatón no se hace ninguna mención de la condena de Honorio. Erich Caspar (Geschichte des Papsttums, Tubinga 1930-1933, t. II, p. 609) intenta explicar la ausencia de la condena de Honorio I en la Vita Agathonis pretendiendo que los legados pontificios habrían cesado, a partir de marzo/abril de 681, de enviar reportes a Roma en razón del “mal aspecto” tomado por el concilio. Pero esta hipótesis es desmentida por el contenido de la Vita misma, que habla todavía de asuntos que pueden haber tenido lugar solamente después del 26 de abril (momento de la decimoquinta sesión). (Cf. Duchesne: Liber pontificalis, I. p. 356, nota explicativa 13).
- Reflexionemos un poco: si Agatón hubiera realmente recibido una noticia tan sensacional, inaudita en la historia de la Iglesia y en contradicción flagrante con la carta que acababa de escribir para certificar la ortodoxia de los Papas, ciertamente habría reaccionado. Pero en la Vita Agathonis no figura ninguna mención de la condena de Honorio, lo que indica que ella es puramente ficticia. Igualmente, los legados, si realmente se hubiera intentado anatematizar a Honorio, seguramente habrían hecho sus comentarios. Su mutismo repentino y anormal indica que un copista inserta el anatema contra Honorio, pero se olvida de inventar igualmente algunos discursos de los legados, que habrían vuelto plausible la cosa. “Pero suponed que el nombre de Honorio no haya sido en absoluto mezclado en todo esto, el silencio de los legados se concibe muy fácilmente. Evidentemente no habrían tenido nada que decir en este caso” (Dumont: “El sexto concilio y el Papa Honorio”, in: Annales de philosophie chrétienne, París 1853, p. 58).
- Cartas falsas de León II. Agatón falleció el 10 de enero de 681 y fue reemplazado hacia fin de año por León II (681-683). El obispo de Constantinopla, Teodoro, fabrica entonces dos cartas ficticias del Papa León II, que habría (supuestamente) confirmado el anatema contra Honorio (numerosas pruebas de la falsificación en Dumont, p. 418-419 y en Caesar Baronius: Annales Ecclesiastici, Anvers. 1600, anno 683). Teodoro acredita así entre los griegos la fábula del anatema contra Honorio. Esta fábula llega a los oídos de Roma. Dos siglos después, Roma venga solemnemente la memoria ultrajada de
Fraudes de los griegos contra Honorio definitivamente condenados por la Iglesia
El concilio de Roma: Durante el concilio de Roma del año 869, el Papa Adriano II hizo una alocución y declara: “Leemos que el Pontífice Romano ha juzgado a los prelados de todas las Iglesias; pero no leemos que él haya sido juzgado por ninguno de ellos” (citado por León XIII: encíclica Satis cognitum, junio 29 de 1896). Y sin embargo, los griegos afirmaban que Honorio había sido juzgado. ¿Cómo explicar esta divergencia entre la afirmación del Papa Adriano II y la de los griegos?
Es Anastasio el Bibliotecario quien va a dar la respuesta. Escribía al Papa Juan VIII que las actas del séptimo concilio ecuménico guardadas por los griegos estaban adulteradas, porque contenían notablemente elementos apócrifos del sexto concilio. “Debe destacarse que en ese concilio se encuentran muchos cánones y decisiones de los Apóstoles y del sexto concilio, cuya interpretación entre nosotros no es ni conocida, ni recibida” (Anastasio: Prefacio de su traducción del séptimo concilio, in: Dumont, p. 434). Así pues, los Orientales creían en la condena de Honorio, sobre la fe de actas falsificadas, mientras que los Occidentales, en posesión de las actas auténticas, tenían a Honorio en gran honor.
Esta divergencia entre Oriente y Occidente en la causa de Honorio es corroborada por la omisión de los griegos, o la mención de los romanos, de Honorio en los dípticos después del sexto concilio. En Constantinopla, el nombre de Honorio era borrado de los dípticos bajo Justiniano II, quien luego fue asesinado por el usurpador Bardano, discípulo del monotelita Macario. El monotelita Bardano hizo restablecer a Sergio y Honorio en los dípticos. Pero al cabo de dos años, fue derrocado a su vez por el nuevo emperador Anastasio II, que elimina de nuevo a Sergio y Honorio de los dípticos (testimonio de un contemporáneo griego, el diácono Agatón de Constantinopla: Epílogo, 714, in: Dumont, p. 420). En Roma, por el contrario, el nombre de Honorio no fue jamás borrado de los dípticos (testimonio de Anastasio el bibliotecario, que vivía en Roma en el siglo IX, in Baronius, anno 681).
Esta cuestión de los dípticos tiene su importancia. Pues ser mencionado en los dípticos es una prueba de ortodoxia. “Yo prometo no recitar durante los santos misterios los nombres de aquéllos que se han separado de la comunión de la Iglesia Católica” (San Hormisdas: Libellus fidei, agosto 11 de 515). Dado que Honorio continuaba figurando en los dípticos en Roma, esto indica que jamás fue suprimido de la comunión de la Iglesia Católica. Dicho de otra manera: jamás la Iglesia de Roma ratificó la pretendida condena de Honorio, inventada por el falsario griego Teodoro, y retomada por el cismático griego Focio. 157
El séptimo concilio ecuménico: Durante la séptima sesión del octavo concilio ecuménico (Constantinopla IV), el Papa Adriano II constata que los griegos, pero no los Papas, decían que Honorio era anatema. Adriano II dijo que juzgar a un Papa era una cosa totalmente contraria al derecho canónico. “Es ésa una presunción intolerable que no se puede atender. ¿Quién de entre vosotros, yo lo pregunto, ha oído jamás cosa parecida, o quién jamás ha encontrado en alguna parte mención de una tan temeraria enormidad? Nos hemos leído que el Pontífice Romano se ha pronunciado sobre los jefes de todas las Iglesias, Nos no hemos leído que sobre él nadie se haya pronunciado. Porque bien que se haya dicho anatema a Honorio, después de su muerte, por los Orientales, falta saber que había sido acusado de herejía, por cuya causa solamente es lícito a los inferiores resistir a la impulsión de los superiores, y rechazar sus malvados sentimientos. Pero aun entonces no habría sido permitido a quienquiera ese celo de los patriarcas y de otros obispos de emitir ninguna sentencia a su respecto, si previamente el Pontífice de la misma primera Sede no hubiera intervenido precedentemente por la autoridad de su consentimiento” (In: Mansi, t. XVI, col. 126). Adriano II dijo bien Honorio acusado por los orientales, pero estableció igualmente que no se encuentra ninguna aprobación pontificia de parecido acto. Esto confirma que los ejemplares de las actas del sexto concilio en poder de los griegos han sido alteradas por falsificadores. “Los manuscritos hechos en Roma son mucho más verídicos que los fabricados por los griegos, porque entre nosotros, no se practican ni los artificios ni las imposturas” (San Gregorio el Grande: Carta 6 a Narsem).
Adriano II con el fin de mostrar que nadie tiene el derecho de anatematizar a un Papa, evoca enseguida el caso del Papa Símaco que había sido acusado calumniosamente de muchos crímenes. “El rey de Italia, Teodorico, queriendo atacar al Papa Símaco hasta obtener su condenación en justicia” convoca a numerosos clérigos de su reino y les dice que muchos crímenes horribles habían sido cometidos por Símaco. Les ordena reunirse en sínodo y “constatar esto por un juicio”. Los prelados se reunieron por deferencia hacia el rey. Pero sabían que el primado del Papa no permitía que fuera “sometido al juicio de sus inferiores”. ¿Qué hacer? ¿Juzgar a un Papa en violación del derecho, o bien incurrir en la cólera del rey rehusando erigirse en juez? “Al fin, estos prelados verdaderamente venerables, cuando vieron que no podían, sin autorización pontificia, alzar la mano contra el Papa, y cualesquiera que fueran los actos del Papa Símaco denunciados, reservaron todo al juicio de Dios” (In: Mansi, t. XVI, col. 126).
Siempre en vista de demostrar que es ilícito acusar y juzgar un Papa, Adriano II cita en ejemplo la actitud de Juan, obispo de Antioquía. Este prelado había anatematizado a un obispo, pero había prohibido atacar al Papa. Juan no había hesitado en anatematizar al hereje Cirilo, obispo de Alejandría; y sin embargo, este mismo Juan escribió en una carta al Papa San Celestino I, aprobada por el concilio de Éfeso en su tercera sesión, que era ilícito juzgar a la Sede de Roma, venerable por la antigüedad de su autoridad. “Si se diera licencia a aquéllos que quieren maltratar por injurias a las Sedes más antiguas y de emitir sentencias contrariamente a las leyes y cánones contra ellas, cuando no se tiene ningún poder contra estas Sedes. Los asuntos de la Iglesia irán hasta la confusión extrema” (In: Mansi, t. XVI, col. 126).
El discurso de Adriano II hizo su efecto. Los padres del concilio redactaron, en efecto, un canon expreso contra ciertos griegos, entre los cuales Focio, que había atacado a Honorio y pretendido deponer al Papa legítimo Nicolás I, que pretendían criticar, aun juzgar a los Papas. La Iglesia Católica no ha aceptado jamás una tal insolencia. La pretendida condena de Honorio fue expresamente criticada por Adriano II y los padres del octavo concilio:
“La palabra de Dios, que Cristo ha dicho a los santos Apóstoles y a sus discípulos “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe” (Mateo X, 40) y “quien a vosotros desprecia me desprecia” (Lucas X, 16), creemos que ha sido dirigida también a todos los que, después de ellos y a su ejemplo, son devenidos soberanos Pontífices. Que nadie redacte ni componga escritos y discursos contra el muy santo Papa de la antigua Roma, bajo pretexto de pretendidas faltas que él habría cometido; lo que ha hecho recientemente Focio, y Dióscoro antes que él. Cualquiera que tenga la audacia de injuriar por escrito o sin escrito la Sede del príncipe de los Apóstoles, Pedro, será condenado como ellos. Si un concilio universal es reunido y se eleva alguna incertidumbre y controversia respecto a la Santa Iglesia de Roma, es menester que con veneración y debida reverencia se investigue y se reciba solución de la cuestión propuesta, o sacar provecho o aprovechar, pero no dar temeraria sentencia contra los Sumos Pontífices de la antigua Roma” (Octavo concilio ecuménico (867), canon 21).
El Papa Adriano II impone a todos los clérigos de Oriente y Occidente la firma de la profesión de fe del Papa San Hormisdas. Honorio tuvo también su “certificado de ortodoxia”, pues esta profesión de fe dice que la promesa de Cristo “es verificada en los hechos; pues la religión católica ha sido siempre guardada sin tacha en la Sede Apostólica”.
¿Qué piensan los padres del Vaticano de la pretendida condenación de Honorio durante el sexto concilio ecuménico? Esto puede deducirse de una alusión discreta, pero firme. En el capítulo cuarto de Pastor aeternus, los padres del Vaticano escriben que “esta Sede de Pedro permaneció pura de todo error” y reenvían, en nota, a esto: “cf. la carta del Papa San Agatón al emperador aprobada por el sexto concilio ecuménico”. En los esquemas preparatorios de Pastor aeternus, extractos de esta carta eran citados; en el esquema definitivo, solamente la referencia en pie de página. Según los padres del Vaticano, se debe retener del sexto concilio ecuménico no una ficticia condena de Honorio, sino la carta auténtica del Papa reinante, que certificaba que todos los Papas eran ortodoxos y lucharon contra las herejías. Además, citan el formulario de Hormisdas-Adriano II (cf. supra) y dicen expresamente: “Nuestros predecesores han trabajado infatigablemente en la propagación de la doctrina salutífera de Cristo entre todos los pueblos de la tierra y han velado con cuidado igual para la conservación auténtica y pura, allí donde había sido recibida”.
Las obras históricas que tratan a Honorio de hereje son prohibidas por la Iglesia
Monseñor Jacques Bossuet, por servilismo hacia el rey galicano Luis XIV, escribió un panfleto pseudocientífico contra la infalibilidad. Aborda largamente el caso de Honorio en esta Defensio declarationis conventos cleri Gallicani anni 1682 (1730, libro VII, cap. 21-29). Honorio habría aprobado la herejía de Sergio y habría sido condenado en el sexto concilio por haber precipitado a la Iglesia en el error. El Papa reinante evalúa poner este libro en el Índex, pero se abstiene por razones políticas (no indisponer a Luis XIV). En una carta al inquisidor general de España, fechada el 13 de julio de 1748, Benedicto XIV desaprueba este libro y expresa: “Desde el tiempo de Clemente XII, nuestro predecesor de feliz memoria, se analiza proscribir esta obra, y se ha concluido por no hacerlo, no solamente a causa de la reputación del autor, que ha rendido servicios eminentes a la religión bajo tantos otros jefes, sino porque se tenía temor fundado de excitar por esto nuevos trastornos”.
Según otras obras de historiadores protestantes, galicanos y jansenistas, Honorio habría sido hereje. Es interesante notar que fueron puestos en el Índex 2929. La Santa Iglesia da así a entender que la teoría “Honorio hereje” es una tesis ilícita.
Decir que Honorio habría sido condenado por crimen de herejía es una aserción científicamente falsa. Decir que habría sido “solamente” anatematizado por su negligencia en combatir la herejía es una aserción igualmente falsa. Según el testimonio de los contemporáneos, que estaban bien ubicados para saberlo, este Papa “poderoso por su doctrina” (epitafio) combatió vigorosamente el monotelismo (testimonio de los obispos españoles), se esforzó por traer al buen camino al monotelita Sergio (testimonio de San Máximo).
Resumen: Honorio I fue un Papa “brillante por su doctrina”, que combatió vigorosamente la herejía monotelita. La Iglesia ha definido dogmáticamente en el concilio Vaticano (1869-1870) que todos los Papas sin excepción han sido ortodoxos y ha puesto en el Índex los libros pseudohistóricos que pretenden lo contrario.
CONCILIO ECUMÉNICO FERRARA-FLORENCIA
17 º Concilio Ecuménico
De Ferrara – Florencia. 1438-1442.
Papa Eugenio IV. Por la reconciliación de griegos y latinos.
Se celebró en Roma los dos últimos años. Estudio la Reforma de la Iglesia y un nuevo intento de reconciliación con los griegos de Constantinopla. Estos entraron en efecto en el seno de la Iglesia con los armenios, los jacobitas, los mesopotamios, los caldeos y los maronitas.
Este concilio fue en varias etapas y sedes diferentes lo que ocasionó situaciones tirantes. Fundamentalmente trató de la unión con Roma de diferentes Iglesias Orientales Autónomas y para unificar criterios.
Declaraciones sobre la procesión del Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo, la Eucaristía y los Novísimos (para los griegos);Decreto sobre los Sacramentos (para los armenios); – Sobre la Trinidad y la Encarnación (para los jacobitas).
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Magisterio del C.E. de Florencia |
XVII ecuménico (unión con los griegos, armenios y jacobitas)
Decreto para los griegos
[De la Bula Laeteniur coeli, de 6 de julio de 1439]

[De la procesión del Espíritu Santo.] En el nombre de la Santa Trinidad, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, con aprobación de este Concilio universal de Florencia, definimos que por todos los cristianos sea creída y recibida esta verdad de fe y así todos profesen que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo, v del Padre juntamente y el Hijo tiene su esencia y su ser subsistente, y de uno y otro procede eternamente como de un solo principio, y por única espiración; a par que declaramos que lo que los santos Doctores y Padres dicen que el Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo, tiende a esta inteligencia, para significar por ello que también el Hijo es, según los griegos, causa y, según los latinos, principio de la subsistencia del Espíritu Santo, como también el Padre. Y puesto que todo lo que es del Padre, el Padre mismo se lo dio a su Hijo unigénito al engendrarle, fuera de ser Padre, el mismo precede el Hijo al Espíritu Santo, lo tiene el mismo Hijo eternamente también del mismo Padre, de quien es también eternamente engendrado. Definimos además que la adición de las palabras Filioque (=y del Hijo), fue lícita y razonablemente puesta en el Símbolo, en gracia de declarar la verdad y por necesidad entonces urgente.
Asimismo que el cuerpo de Cristo se consagra verdaderamente en pan de trigo ázimo o fermentado y en uno u otro deben los sacerdotes consagrar el cuerpo del Señor, cada uno según la costumbre de su Iglesia, oriental u occidental.
[Sobre los novísimos.] Asimismo, si los verdaderos penitentes salieren de este mundo antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y omitido, sus almas son purgadas con penas purificatorias después de la muerte, y para ser aliviadas de esas penas, les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, tales como el sacrificio de la misa, oraciones y limosnas, y otros oficios de piedad, que los fieles acostumbran practicar por los otros fieles, según las instituciones de la Iglesia. Y que las almas de aquellos que después de recibir el bautismo, no incurrieron absolutamente en mancha alguna de pecado, y también aquellas que, después de contraer mancha de pecado, la han purgado, o mientras vivían en sus cuerpos o después que salieron de ellos, según arriba se ha dicho, son inmediatamente recibidas en el cielo y ven claramente a Dios mismo, trino y uno, tal como es, unos sin embargo con más perfección que otros, conforme a la diversidad de los merecimientos. Pero las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo el original, bajan inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si bien con penas diferentes [v. 464].
Asimismo definimos que la santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos, y que al mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fue entregada por nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, como se contiene hasta en las actas de los Concilios ecuménicos y en los sagrados cánones.
Decreto para los armenios
[De la Bula Exultate Deo, de 22 de noviembre de 1439]
Para la más fácil doctrina de los mismos armenios, tanto presentes como por venir, reducimos a esta brevísima fórmula la verdad sobre los sacramentos de la Iglesia. Siete son los sacramentos de la Nueva Ley, a saber, bautismo, confirmación, Eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio, que mucho difieren de los sacramentos de la Antigua Ley. Éstos, en efecto, no producían la gracia, sino que sólo figuraban la que había de darse por medio de la pasión de Cristo; pero los nuestros no sólo contienen la gracia, sino que la confieren a los que dignamente los reciben. De éstos, los cinco primeros están ordenados a la perfección espiritual de cada hombre en si mismo, y los dos últimos al régimen y multiplicación de toda la Iglesia. Por el bautismo, en efecto, se renace espiritualmente; por la confirmación aumentamos en gracia y somos fortalecidos en la fe; y, una vez nacidos y fortalecidos, somos alimentados por el manjar divino de la Eucaristía. Y si por el pecado contraemos una enfermedad del alma, por la penitencia somos espiritualmente sanados; y espiritualmente también y corporalmente, según conviene al alma, por medio de la extremaunción. Por el orden, empero, la Iglesia se gobierna y multiplica espiritualmente, y por el matrimonio se aumenta corporalmente. Todos estos sacramentos se realizan por tres elementos: de las cosas, como materia; de las palabras, como forma, y de la persona del ministro que confiere el sacramento con intención de hacer lo que hace la Iglesia. Si uno de ellos falta, no se realiza el sacramento. Entre estos sacramentos, hay tres: bautismo, confirmación y orden, que imprimen carácter en el alma, esto es, cierta señal indeleble que la distingue de las demás. De ahí que no se repiten en la misma persona. Mas los cuatro restantes no imprimen carácter y admiten la reiteración.
El primer lugar entre los sacramentos lo ocupa el santo bautismo, que es la puerta de la vida espiritual, pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte en todos, si no renacemos por el agua y el Espíritu, como dice la Verdad, no podemos entrar en el reino de los cielos [cf. Ioh. 3, 5]. La materia de este sacramento es el agua verdadera y natural, y lo mismo da que sea caliente o fría. Y la forma es: Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. No negamos, sin embargo, que también se realiza verdadero bautismo por las palabras: Es bautizado este siervo de Cristo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; o: Es bautizado por mis manos fulano en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Porque, siendo la santa Trinidad la causa principal por la que tiene virtud el bautismo, y la instrumental el ministro que da externamente el sacramento, si se expresa el acto que se ejerce por el mismo ministro, con la invocación de la santa Trinidad, se realiza el sacramento. El ministro de este sacramento es el sacerdote, a quien de oficio compete bautizar. Pero, en caso de necesidad, no sólo puede bautizar el sacerdote o el diácono, sino también un laico y una mujer y hasta un pagano y hereje, con tal de que guarde la forma de la Iglesia y tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia. El efecto de este sacramento es la remisión de toda culpa original y actual, y también de toda la pena que por la culpa misma se debe. Por eso no ha de imponerse a los bautizados satisfacción alguna por los pecados pasados, sino que, si mueren antes de cometer alguna culpa, llegan inmediatamente al reino de los cielos y a la visión de Dios.
El segundo sacramento es la confirmación, cuya materia es el crisma, compuesto de aceite que significa el brillo de la conciencia, y de bálsamo, que significa el buen olor de la buena fama, bendecido por el obispo. La forma es.: Te signo con el signo de la cruz y confirmo con el crisma de la salud, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. El ministro ordinario es el obispo. Y aunque el simple sacerdote puede administrar las demás unciones, ésta no debe conferirla más que el obispo, porque sólo de los Apóstoles cuyas veces hacen los obisposse lee que daban el Espíritu Santo por la imposición de las manos, como lo pone de manifiesto el pasaje de los Hechos de los Apóstoles: Como oyeran dicelos Apóstoles, que estaban en Jerusalén, que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan. Llegados que fueron, oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo, pues todavía no había venido sobre ninguno de ellos, sino que estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces imponían las manos sobre ellos y recibían el Espíritu Santo [Act. 8, 14 ss]. Ahora bien, en lugar de aquella imposición de las manos, se da en la Iglesia la confirmación. Sin embargo, se lee que alguna vez, por dispensa de la Sede Apostólica, con causa razonable y muy urgente, un simple sacerdote ha administrado este sacramento de la confirmación con crisma consagrado por el obispo. El efecto de este sacramento es que en él se da el Espíritu Santo para fortalecer, como les fue dado a los Apóstoles el día de Pentecostés, para que el cristiano confiese valerosamente el nombre de Cristo. Por eso, el confirmando es ungido en la frente, donde está el asiento de la vergüenza, para que no se avergüence de confesar el nombre de Cristo y señaladamente su cruz que es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles [cf. 1 Cor. 1, 23], según el Apóstol; por eso es señalado con la señal de la cruz.
El tercer sacramento es el de la Eucaristía, cuya materia es el pan de trigo y el vino de vid, al que antes de la consagración debe añadirse una cantidad muy módica de agua. Ahora bien, el agua se mezcla porque, según los testimonios de los Padres y Doctores de la Iglesia, aducidos antes en la disputación, se cree que el Señor mismo instituyó este sacramento en vino mezclado de agua; luego, porque así conviene para la representación de la pasión del Señor. Dice, en efecto, el bienaventurado Papa Alejandro, quinto sucesor del bienaventurado Pedro: «En las oblaciones de los misterios que se ofrecen al Señor dentro de la celebración de la Misa deben ofrecerse en sacrificio solamente pan y vino mezclado con agua. Porque no debe ofrecerse para el cáliz del Señor, ni vino solo ni agua sola, sino uno y otra mezclados, puesto que uno y otra, esto es, sangre y agua, se lee haber brotado del costado de Cristo». Ya también, porque conviene para significar el efecto de este sacramento, que es la unión del pueblo cristiano con Cristo. El agua, efectivamente, significa al pueblo, según el paso del Apocalipsis: Las aguas muchas… son los pueblos muchos [Apoc. 17, 15].
Y el Papa Julio, segundo después del bienaventurado Silvestre, dice: «El cáliz de] Señor, según precepto de los cánones, ha de ofrecerse con mezcla de vino y agua, porque vemos que en el agua se entiende el pueblo y en el vino se manifiesta la sangre de Cristo. Luego cuándo en el cáliz se mezcla el agua y el vino, el pueblo se une con Cristo y la plebe de los creyentes se junta y estrecha con Aquel en quien cree». Como quiera, pues, que tanto la Santa Iglesia Romana, que fue enseñada por los beatísimos Apóstoles Pedro y Pablo, como las demás Iglesias de latinos y griegos en que brillaron todas las lumbreras de la santidad y la doctrina, así lo han observado desde el principio de la Iglesia naciente y todavía la guardan, muy inconveniente parece que cualquier región discrepe de esta universal y razonable observancia. Decretamos, pues, que también los mismos armenios se conformen con todo el orbe cristiano y que sus sacerdotes, en la oblación del cáliz, mezclen al vino, como se ha dicho, un poquito de agua. La forma de este sacramento son las palabras con que el Salvador consagró este sacramento, pues el sacerdote consagra este sacramento hablando en persona de Cristo. Porque en virtud de las mismas palabras, se convierten la sustancia del pan en el cuerpo y la sustancia del vino en la sangre de Cristo; de modo, sin embargo, que todo Cristo se contiene bajo la especie de pan y todo bajo la especie de vino. También bajo cualquier parte de la hostia consagrada y del vino consagrado, hecha la separación, está Cristo entero. El efecto que este sacramento obra en el alma del que dignamente lo recibe, es la unión del hombre con Cristo. Y como por la gracia se incorpora el hombre a Cristo y se une a sus miembros, es consiguiente que por este sacramento se aumente la gracia en los que dignamente lo reciben; y todo el efecto que la comida y bebida material obran en cuanto a la vida corporal, sustentando, aumentando, reparando y deleitando, este sacramento lo obra en cuanto a la vida espiritual: En él, como dice el Papa Urbano, recordamos agradecidos la memoria de nuestro Salvador, somos retraidos de lo malo, confortados en lo bueno, y aprovechamos en el crecimiento de las virtudes y de las gracias.
El cuarto sacramento es la penitencia, cuya cuasi-materia son los actos del penitente, que se distinguen en tres partes. La primera es la contrición del corazón, a la que toca dolerse del pecado cometido con propósito de no pecar en adelante. La segunda es la confesión oral, a la que pertenece que el pecador confiese a su sacerdote íntegramente todos los pecados de que tuviere memoria. La tercera es la satisfacción por los pecados, según el arbitrio del sacerdote; satisfacción que se hace principalmente por medio de la oración, el ayuno y la limosna. La forma de este sacramento son las palabras de la absolución que profiere el sacerdote cuando dice: Yo te absuelvo, etc.; y el ministro de este sacramento es el sacerdote que tiene autoridad de absolver, ordinaria o por comisión de su superior. El efecto de este sacramento es la absolución de los pecados.
El quinto sacramento es la extremaunción, cuya materia es el aceite de oliva, bendecido por el obispo. Este sacramento no debe darse más que al enfermo, de cuya muerte se teme, y ha de ser ungido en estos lugares: en los ojos, a causa de la vista; en las orejas, por el oído; en las narices, por el olfato; en la boca, por el gusto o la locución; en la manos, por el tacto; en los pies por el paso; en los riñones, por la delectación que allí reside. La forma de este sacramento es ésta: Por esta santa unción y por su piadosísima misericordia, el Señor te perdone cuanto por la vista, etc. Y de modo semejante en los demás miembros. El ministro de este sacramento es el sacerdote. El efecto es la salud del alma y, en cuanto convenga, también la del mismo cuerpo. De este sacramento dice el bienaventurado Santiago Apóstol: ¿Está enfermo alguien entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor; y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará y, si estuviere en pecados, se le perdonarán [Iac. 5, 14].
El sexto sacramento es el del orden, cuya materia es aquello por cuya entrega se confiere el orden: así el presbiterado se da por la entrega del cáliz con vino y de la patena con pan; el diaconado por la entrega del libro de los Evangelios; el subdiaconado por la entrega del cáliz vacío y de la patena vacía sobrepuesta, y semejantemente de las otras órdenes por la asignación de las cosas pertenecientes a su ministerio. La forma del sacerdocio es: «Recibe la potestad de ofrecer el sacrificio en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Y así de las formas de las otras órdenes, tal como se contiene ampliamente en el Pontifical romano. El ministro ordinario de este sacramento es el obispo. El efecto es el aumento de la gracia, para que sea ministro idóneo.
El séptimo sacramento es el del matrimonio, que es signo de la unión de Cristo y la Iglesia, según el Apóstol que dice: Este sacramento es grande; pero entendido en Cristo y en la Iglesia [Eph. 5, 82]. La causa eficiente del matrimonio regularmente es el mutuo consentimiento expresado por palabras de presente. Ahora bien, triple bien se asigna al matrimonio. El primero es la prole que ha de recibirse y educarse para el culto de Dios. El segundo es la fidelidad que cada cónyuge ha de guardar al otro. El tercero es la indivisibilidad del matrimonio, porque significa la ir divisible unión de Cristo y la Iglesia. Y aunque por motivo de fornicación sea licito hacer separación del lecho; no lo es, sin embargo, contraer otro matrimonio, como quiera que el vinculo del matrimonio legítimamente contraído, es perpetuo.
Decreto para los jacobitas
[De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441, (fecha florentina) ó 1442 (actual)]
La sacrosanta Iglesia Romana, fundada por la palabra del Señor y Salvador nuestro, firmemente cree, profesa y predica a un solo verdadero Dios omnipotente, inmutable y eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, uno en esencia y trino en personas: el Padre ingénito, el Hijo engendrado del Padre, el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. Que el Padre no es el Hijo o el Espíritu Santo; el Hijo no es el Padre o el Espíritu Santo; el Espíritu Santo no es el Padre o el Hijo; sino que el Padre es solamente Padre, y el Hijo solamente Hijo, y el Espíritu Santo solamente Espíritu Santo. Solo el Padre engendró de su sustancia al Hijo, el Hijo solo del Padre solo fue engendrado, el Espíritu Santo solo procede juntamente del Padre y del Hijo. Estas tres personas son un solo Dios, y no tres dioses; porque las tres tienen una sola sustancia, una sola esencia, una sola naturaleza, una sola divinidad, una sola inmensidad, una eternidad, y todo es uno, donde no obsta la oposición de relación.
Por razón de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo. Ninguno precede a otro en eternidad, o le excede en grandeza, o le sobrepuja en potestad. Eterno, en efecto, y sin comienzo es que el Hijo exista del Padre; y eterno y sin comienzo es que el Espíritu Santo proceda del Padre y del Hijo. El Padre, cuanto es o tiene, no lo tiene de otro, sino de si mismo; y es principio sin principio. El Hijo, cuanto es o tiene, lo tiene del Padre, y es principio de principio. El Espíritu Santo, cuanto es o tiene, lo tiene juntamente del Padre y del Hijo. Mas el Padre y el Hijo no son dos principios del Espíritu Santo, sino un solo principio: Como el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de la creación, sino un solo principio.
A cuantos, consiguientemente, sienten de modo diverso y contrario, los condena, reprueba y anatematiza, y proclama que son ajenos al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. De ahí condena a Sabelio, que confunde las personas y suprime totalmente la distinción real de las mismas. Condena a los arrianos, eunomianos y macedonianos, que dicen que sólo el Padre es Dios verdadero y ponen al Hijo y al Espíritu Santo en el orden de las criaturas. Condena también a cualesquiera otros que pongan grados o desigualdad en la Trinidad.
Firmísimamente cree, profesa y predica que el solo Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles; el cual, en el momento que quiso, creó por su bondad todas las criaturas, lo mismo las espirituales que las corporales; buenas, ciertamente, por haber sido hechas por el sumo bien, pero mudables, porque fueron hechas de la nada; y afirma que no hay naturaleza alguna del mal, porque toda naturaleza, en cuanto es naturaleza, es buena. Profesa que uno solo y mismo Dios es autor del Antiguo y Nuevo Testamento, es decir, de la ley, de los profetas y del Evangelio, porque por inspiración del mismo Espíritu Santo han hablado los Santos de uno y otro Testamento. Los libros que ella recibe y venera, se contienen en los siguientes títulos [Siguen los libros del Canon; cf. 784; EB 32].
Además, anatematiza la insania de los maniqueos, que pusieron dos primeros principios, uno de lo visible, otro de lo invisible, y dijeron ser uno el Dios del Nuevo Testamento y otro el del Antiguo.
Firmemente cree, profesa y predica que una persona de la Trinidad, verdadero Dios, Hijo de Dios, engendrado del Padre, consustancial y coeterno con el Padre, en la plenitud del tiempo que dispuso la alteza inescrutable del divino consejo, por la salvación del género humano, tomó del seno inmaculado de María Virgen la verdadera e integra naturaleza del hombre y se la unió consigo en unidad de persona con tan intima unidad, que cuanto allí hay de Dios, no está separado del hombre; y cuanto hay de hombre, no está dividido de la divinidad; y es un solo y mismo indiviso, permaneciendo una y otra naturaleza en sus propiedades, Dios y hombre, Hijo de Dios e Hijo del hombre, igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad, inmortal y eterno por la naturaleza divina, pasible y temporal por la condición de la humanidad asumida.
Firmemente cree, profesa y predica que el Hijo de Dios en la humanidad que asumió de la Virgen nació verdaderamente, sufrió verdaderamente, murió y fue sepultado verdaderamente, resucitó verdaderamente de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre y ha de venir al fin de los siglos para juzgar a los vivos y a los muertos.
Anatematiza, empero, detesta y condena toda herejía que sienta lo contrario. Y en primer lugar, condena a Ebión, Cerinto, Marcián, Pablo de Samosata, Fotino, y cuantos de modo semejante blasfeman, quienes no pudiendo entender la unión personal de la humanidad con el Verbo, negaron que nuestro Señor Jesucristo sea verdadero Dios, confesándole por puro hombre que, por participación mayor de la gracia divina, que había recibido, por merecimiento de su vida más santa, se llamaría hombre divino. Anatematiza también a Maniqueo con sus secuaces, que con sus sueños de que el Hijo de Dios no había asumido cuerpo verdadero, sino fantástico, destruyeron completamente la verdad de la humanidad en Cristo; así como a Valentín, que afirma que el Hijo de Dios nada tomó de la Virgen Madre, sino que asumió un cuerpo celeste y pasó por el seno de la Virgen, como el agua fluye y corre por un acueducto. A Arrio también que, afirmando que el cuerpo tomado de la Virgen careció de alma, quiso que la divinidad ocupara el lugar del alma. También a Apolinar quien, entendiendo que, si se niega en Cristo el alma que informe al cuerpo, no hay en Él verdadera humanidad, puso sólo el alma sensitiva, pero la divinidad del Verbo hizo las veces de alma racional. Anatematiza también a Teodoro de Mopsuesta y a Nestorio, que afirman que la humanidad se unió al Hijo de Dios por gracia, y que por eso hay dos personas en Cristo, como confiesan haber dos naturalezas, por no ser capaces de entender que la unión de la humanidad con el Verbo fue hipostática, y por eso negaron que recibiera la subsistencia del Verbo. Porque, según esta blasfemia, el Verbo no se hizo carne, sino que el Verbo, por gracia, habitó en la carne; esto es, que el Hijo de Dios no se hizo hombre, sino que más bien el Hijo de Dios habitó en el hombre.
Anatematiza también, execra y condena al archimandrita Eutiques, quien, entendiendo que, según la blasfemia de Nestorio, quedaba excluida la verdad de la encarnación, y que era menester, por ende, de tal modo estuviera unida la humanidad al Verbo de Dios que hubiera una sola y la misma persona de la divinidad y de la humanidad, y no pudiendo entender cómo se dé la unidad de persona subsistiendo la pluralidad de naturalezas; como puso una sola persona de la divinidad y de la humanidad en Cristo, así afirmó que no hay más que una sola naturaleza, queriendo que antes de la unión hubiera dualidad de naturalezas, pero en la asunción pasó a una sola naturaleza, concediendo con máxima blasfemia e impiedad o que la humanidad se convirtió en la divinidad o la divinidad en la humanidad. Anatematiza también, execra y condena a Macario de Antioquía, y a todos los que a su semejanza sienten, quien, si bien sintió con verdad acerca de la dualidad de naturalezas y unidad de personas; erró, sin embargo, enormemente acerca de las operaciones de Cristo, diciendo que en Cristo fue una sola la operación y voluntad de una y otra naturaleza. A todos éstos con sus herejías, los anatematiza la sacrosanta Iglesia Romana, afirmando que en Cristo hay dos voluntades y dos operaciones.
Firmemente cree, profesa y enseña que nadie concebido de hombre y de mujer fue jamás librado del dominio del diablo sino por merecimiento del que es mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Señor nuestro; quien, concebido sin pecado, nacido y muerto al borrar nuestros pecados, Él solo por su muerte derribó al enemigo del género humano y abrió la entrada del reino celeste, que el primer hombre por su propio pecado con toda su sucesión había perdido; y a quien de antemano todas las instituciones sagradas, sacrificios, sacramentos y ceremonias del Antiguo Testamento señalaron como al que un día había de venir.
Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituídas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, v empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento. Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales su esperanza después de la pasión, y se someta a ellas, como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no pudiera salvarnos sin ellas. No niega, sin embargo, que desde la pasión de Cristo hasta la promulgación del Evangelio, no pudiesen guardarse, a condición, sin embargo, de que no se creyesen en modo alguno necesarias para la salvación; pero después de promulgado el Evangelio, afirma que, sin pérdida de la salvación eterna, no pueden guardarse. Denuncia consiguientemente como ajenos a la fe de Cristo a todos los que, después de aquel tiempo, observan la circuncisión y el sábado y guardan las demás prescripciones legales y que en modo alguno pueden ser partícipes de la salvación eterna, a no ser que un día se arrepientan de esos errores. Manda, pues, absolutamente a todos los que se glorían del nombre cristiano que han de cesar de la circuncisión en cualquier tiempo, antes o después del bautismo, porque ora se ponga en ella la esperanza, ora no, no puede en absoluto observarse sin pérdida de la salvación eterna. En cuanto a los niños advierte que, por razón del peligro de muerte, que con frecuencia puede acontecerles, como quiera que no puede socorrérseles con otro remedio que con el bautismo, por el que son librados del dominio del diablo y adoptados por hijos de Dios, no ha de diferirse el sagrado bautismo por espacio de cuarenta o de ochenta días o por otro tiempo según la observancia de algunos, sino que ha de conferírseles tan pronto como pueda hacerse cómodamente; de modo, sin embargo, que si el peligro de muerte es inminente han de ser bautizados sin dilación alguna, aun por un laico o mujer, si falta sacerdote, en la forma de la Iglesia, según más ampliamente se contiene en el decreto para los armenios [v. 696].
Firmemente cree, profesa y predica que toda criatura de Dios es buena y nada ha de rechazarse de cuanto se toma con la acción de gracias [1 Tim. 4, 4], porque según la palabra del Señor, no lo que entra en la boca mancha al hombre [Mt. 15, ll], y que aquella distinción de la Ley Mosaica entre manjares limpios e inmundos pertenece a un ceremonial que ha pasado y perdido su eficacia al surgir el Evangelio. Dice también que aquella prohibición de los Apóstoles, de abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre y de lo ahogado [Act. 15, 29], fue conveniente para aquel tiempo en que iba surgiendo la única Iglesia de entre judíos y gentiles que vivían antes con diversas ceremonias y costumbres, a fin de que junto con los judíos observaran también los gentiles algo en común y, a par que se daba ocasión para reunirse en un solo culto de Dios y en una sola fe, se quitara toda materia de disensión; porque a los judíos, por su antigua costumbre, la sangre y lo ahogado les parecían cosas abominables, y por la comida de lo inmolado podían pensar que los gentiles volverían a la idolatría. Mas cuando tanto se propagó la religión cristiana que ya no aparecía en ella ningún judío carnal, sino que todos, al pasar a la Iglesia, convenían en los mismos ritos y ceremonias del Evangelio, creyendo que todo es limpio para los limpios [Tit. 1, 15]; al cesar la causa de aquella prohibición apostólica, cesó también su efecto. Así, pues, proclama que no ha de condenarse especie alguna de alimento que la sociedad humana admita; ni ha de hacer nadie, varón o mujer, distinción alguna entre los animales, cualquiera que sea el género de muerte con que mueran, si bien para salud del cuerpo, para ejercicio de la virtud, por disciplina regular y eclesiástica, puedan y deban dejarse muchos que no están negados, porque, según el Apóstol, todo es licito, pero no todo es conveniente [1 Cor. 6, 12; 10, 22].
Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse participe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles [Mt. 25, 41], a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica.
[Siguen los Concilios ecuménicos recibidos por la Iglesia Romana y los Decretos para los griegos y armenios.]
Mas como en el antes citado Decreto para los armenios
no fue explicada la forma de las palabras de que la Iglesia Romana, fundada en la autoridad y doctrina de los Apóstoles, acostumbró a usar siempre en la consagración del cuerpo y de la sangre del Señor, hemos creído conveniente insertarla en el presente. En la consagración del cuerpo, usa de esta forma de palabras: Este es mi cuerpo; y en la de la sangre: Porque éste es el cáliz de mi sangre, del nuevo y eterno testamento, misterio de fe, que por vosotros y por muchos será derramada en remisión de los pecados. En cuanto al pan de trigo en que se consagra el sacramento, nada absolutamente importa que se haya cocido el mismo día o antes; porque mientras permanezca la sustancia del pan, en modo alguno ha de dudarse que, después de las citadas palabras de la consagración del cuerpo pronunciadas por el sacerdote con intención de consagrar, inmediatamente se transustancia en el verdadero cuerpo de Cristo.
Los decretos para los sirios, caldeos y maronitas, nada nuevo contienen.
LA POSICIÓN CONCLAVISTA: LA ÚNICA CATÓLICA
“COETUS FIDELIUM” (Dr. Homero Johas)
“La Iglesia es la congregación de los fieles” (Santo Tomás)

Las herejías generalizadas actuales son de dos clases:
- A) El Ecumenismo del Concilio Vaticano II, elimina la unidad de fe divina y católica, principio de fe divina y católica, principio firme y único de toda la Iglesia (Trento, D.S. 1500). El Magisterio de Pío XI, en “Mortalium animos”, ya repelió tal secta como: “falsa religión cristiana”. Toleran un primado papal, honoris causa, por Derecho meramente humano, no divino. Herético.
- B) ElAnti-conclavismo. Un puñado de obispos, sacerdotes, laicos; con una decena de falsos argumentos ya refutados, se niegan a cumplir el deber gravísimo de extinguir la vacancia del cargo papal. Quieren permanecer acéfalos, como los herejes monofisitas después del Concilio de Calcedonia, con los cuales Sergio hizo acuerdo ecuménico, con el apoyo del Papa Honorio I.
No quieren el primado de jurisdicción del Sucesor de Pedro, dogma de fe. Dicen: “No es necesario”, “falta la profesión de fe en retorno de un Papa fiel”, “falta un Pontífice que transmita el poder a los obispos.
Las dos herejías convergen para la destrucción de la fe universal divina, de modo especial, del primado monárquico del Sucesor de Pedro. Apartan al Pastor supremo de los otros pastores y de las ovejas. Apartan a los dos fundamentos de la Iglesia, la unidad de fe de la unidad de régimen. Quieren o las herejías, o una Iglesia acéfala, “sin solución”.
PRINCIPIOS GENERALES DEL DERECHO.
San Pío X, en la Constitución “Vacante Sede Apostolica” mostró el “deber gravísimo y santísimo de elegir un Sucesor de Pedro, en la vacancia”: Ese deber de obrar no viene del Derecho humano; viene de la esencia y naturaleza de la Iglesia instituida por Cristo. Él se funda en el dogma de fe: la Iglesia de Cristo, por naturaleza, por voluntad de Cristo debe tener “perpetuos sucesores de Pedro en el primado sobre la Iglesia, en la fe y en el régimen.” (D.S. 3058)
La norma de creer no está subordinada a la norma del obrar; por el contrario: es la norma del obrar la que está subordinada a la norma de creer. El Derecho y la Ética cristiana deban ser conformes con las verdades de la Dogmática de la Iglesia y no se aparta a la Dogmática para colocar al frente de todo una Ética, sin fundamento en la verdad lógica natural y en la verdad revelada divina, sobrenatural (Syllabus, D.S. 2956).
Los agnósticos quieren desligar las normas del obrar de las normas del creer (D.S. 3426); colocan la Ética desligada de la Dogmática; la Razón Práctica separada de la Razón Teórica; de donde niegan la verdad absoluta.
Donde quien conscientemente y pertinazmente niega el “deber de obrar”, de elegir el Sucesor de Pedro, en realidad niega también el deber de creer en el dogma de fe definido por el Vaticano I.“Agere sequitur esse”, el obrar sigue al ser, dice la ontología, “La voluntad no precede, sino sigue al intelecto” dice la filosofía tomista aprobada por San Pío X (D.S.3621).
Quien niega ese “deber de obrar” niega también el dogma de fe, porque, sin e
l medio necesario para la existencia de los “perpetuos sucesores” de Pedro, se sigue que el dogma es falso. Es lo que quieren los herejes modernistas y los acéfalos (D.S. 3424).
LEYES DE LA IGLESIA SOBRE LA ELECCIÓN PAPAL.
Las leyes de la Iglesia, sea en el Código de Derecho Canónico, sea en la Constitución “Vacante Sede Apostolica”, en todas sus cosas principales se fundan en el Derecho Divino.
Donde ni todo en esas leyes es de Derecho humano y ni todo es de Derecho divino.
Y la parte de la “Vacante Sede Apostólica” que trata de los electores “Cardenales”, es de Derecho humano; no existía en los comienzos
León XIII repite en la encíclica “Diuturnum illud” lo que Cristo hace, siguiendo los que ya hiciera Dios en el tiempo de Samuel: concedió al pueblo elegido que escogiese la persona humana que recibiría de El el poder divino, o “jus regis” (Sam.8,9). El pueblo elige la persona; pero el poder y el“derecho del rey” vendrá de Dios (Rom. 13, 1-2); “de lo alto” (Jn. 19, 11).
Donde si el Derecho humano no puede ser cumplido en un caso no previsto por el Legislador humano, compete a toda la sociedad de fieles, fundada directamente por Cristo, el derecho, el poder o el deber de elegir el Sucesor de Pedro.
Eso pertenece a la esencia y naturaleza de toda sociedad humana, enseñó León XIII en varias encíclicas: Diuturnum illud, Immortale Dei, Humanum genus, Satis cognitum.
Y la Iglesia de Cristo es, principalmente, por esencia, un “coetus fidelium”, un grupo de fieles, con idéntica fe divina y católica. Y San Nicolás I enseña que, “la fe es universal, común a todos, clérigos y laicos…”(D.S.639). Donde, en la unidad de fe no se distinguen los clérigos de los laicos.
Y ese “colegio de fieles” en cuanto tal “nullam onmino potestatem aut jurisdictionem habeat”.Donde sería “nullo y vacío” que él ejerciera un poder jurisdiccional que no tiene (Vacante Sede Apostólica, Cap.I, cn.I). Y eso se dice allí sobre el Colegio de electores, obispos, cardenales. Así, con mayor razón, sobre el colegio de los fieles, donde entran todos los fieles laicos.
Así, en el colegio electoral de los fieles, los obispos no preceden a los fieles ni por el poder de jurisdicción, ni por la igualdad de la fe universal.
La razón de esto es porque el poder papal es exclusivo de Pedro, dado “uni Simoni Petro” (D.S. 3053); monárquico. Si pasase a los obispos y Cardenales sería colegiado, conciliar, lo que es una herejía, el Conciliarismo. El Papa sería entonces “Cabeza del poder supremo colegiado”, subordinado al colegio de los obispos y no superior a todos los obispos, “separados o unidos” entre sí (D.S. 3309); siendo todos “subordinados al Papa y obedeciendo él” (D.S.3308).
Para ser elector en una sociedad, el miembro de esa sociedad no necesita tener el poder de la persona que, después de elegida, recibirá de Dios, de modo “inmediato y directo” (D.S.3055) el poder divino.
De allí la estulticia de un acéfalo, fundando toda su inepta argumentación en el decir: “Falta un Pontífice que transmita el poder a los obispos”. Es querer un Pontífice en la vacancia, que, por definición, está privada de la existencia de un Pontífice.
No se muda la fe en cada circunstancia, pero las normas meramente humanas pueden tener excepciones en caso de necesidad. (Cn. 2261,3)
En el siglo XVI diversos teólogos erraron en eso; pero en la Iglesia de Cristo no seguimos a los hombres, cuando se oponen al Magisterio de la fe de la Sede San Pedro.
Donde en las leyes de la Constitución “Vacante Sede Apostolica”, sobre los cardenales, actualmente no existentes, siendo leyes humanas, no se aplican. El estado de necesidad, por sí mismo, va contra la ley, si no, no sería estado de necesidad.
Pero existen en la misma Constitución normas fundadas en la fe que no pueden ser cambiadas. En ese caso está el primado monárquico y exclusivo de San Pedro (D.S. 3055) y la doctrina sobre las leyes humanas en caso de necesidad.
El C.D.C. también trata de la elección (Can.160); mas separa la elección de la Cabeza visible suprema de la Iglesia de otras elecciones internas en la jerarquía de jurisdicción de la Iglesia; fuera de la vacancia; donde los fieles laicos no participan; mas donde los infieles, “heréticos y cismáticos” son excluídos (Can. 167, 4; 167,2). Siendo la Iglesia por definición primaria “Coetus fidelium”, están excluidos de la elección papal todo género de heréticos, conforme consta en la Bula “Cum ex apostolatus” de Pablo IV, en el V Concilio y en el D.C. y en otros lugares.
LA ELECCIÓN DE MARTÍN V
En la época del Gran Cisma existía una duda sobre quién era el único Papa válido, cuando existía tres con sus respectivas “obediencias”. El concilio de Constanza incidió en la herejía conciliarista y fue condenado por Eugenio IV. Pero condenó a Benedicto XIII, Pedro de Luna “como cismático y herético, desviado de la fe y violador pertinaz del artículo de la fe”: “Unam Sanctam”, en 1417. La violación de la unidad de fe tenía por objeto principal la violación de la unidad de régimen.
Hoy la violación es doble, en las dos unidades, en la fe con la libertad e igualdad religiosa, Ecumenismo, poder supremo colegiado, misa del pueblo. Y por otro lado, o validando al Papa herético, contra la Bula de Pablo IV; o negando el deber de extinguir la vacancia, contra esa misma bula y la Constitución de San Pío X, que enfatiza el “deber gravísimo” de obrar, conforme con el deber de creer.
El caso actual es mil veces más grave que el de la elección hecha en Constanza.
Lo que debe ser notado del concilio de Constanza, es que los votos fueron “non per capita singulorum sed per conciliares nationes”.
Eso significa que apartados los tres Papas entre los cuales existía la separación cismática, el derecho de elegir pasó para el Concilio de los obispos, mas existió allí una norma humana que excluía a los obispos conciliares en cuanto obispos y adoptaba el criterio de nacionalidad, que, evidentemente no fue una norma de Derecho divino.
El caso de necesidad existía, no se aplicó el criterio del pueblo o clero romano; de cardenales diáconos, o presbíteros u obispos en cuanto obispos.
Y la elección de Martín V fue aceptada como válida por la Iglesia.
Eso después está en el Canon 5 del cap. I de la “Vacante Sede Apostolica”:
“En caso de materia urgente, que por el voto de la mayor parte de los Cardenales, no pueda ser diferido para otro tiempo, el sacro colegio, según la sentencia de la mayor parte, puede y debe disponer sobre el remedio oportuno.»
Es el caso de necesidad donde exista apenas ley humana que no puede ser aplicada. El colegio de los fieles hoy substituye al colegio de los cardenales, encargo de mero derecho humano.
SENTENCIA DE LOS DOCTORES DE LA IGLESIA
No parece que exista en la materia una “sentencia común y constante de los Doctores”, como indica el Cn. 20 del C.D.C. La sentencia común y constante que existe es la del MAGISTERIO DE LA SEDE DE PEDRO, a quien compete oír, según el Derecho divino.
Los teólogos que se citarán más abajo, colocan “la Iglesia” como siendo quien debe elegir al nuevo Pontífice. Pero, en vez de colocar “colegio de los fieles” (clérigos y laicos) unidos en la unidad de fe, algunos colocan a los obispos, o al Concilio como debiendo ser el elector.
Entretanto, en el siglo XVI, tales doctores no podían mirar la “Vacante Sede Apostolica” de San Pío X, ni al Concilio Vaticano I, sobre Pío IX; cuando tuvieran otros errores, como sobre el Papa “deponendus”, la extensión de la infalibilidad en la persona del Papa, la ignorancia de la fe “Fides Papae”, del “Liber Diurnus Romanorum Ponfificum”.
Vamos por partes.
- Cardenal Tomás Cayetano de Vio
“De Comparatione auctoritatis Papae et Concilii” con la “Apologia ejusdem tractatus”.
-“Estando vacante la Sede puede la Iglesia elegir al Papa; o por los Cardenales o por sí misma.” (De Comparatione)
-“En caso de no ser aplicables las normas, recaería sobre la Iglesia, por devolución, la tarea de suplir a las mismas.” (Apología, c.XIII)
-“Por excepción, de forma supletiva, este poder compete a la Iglesia y al Concilio. Cuando por inexistencia de los cardenales electores, cuando porque son inciertos, o cuando la propia elección es incierta, como ocurrió en la época del Gran Cisma.” (De Comparatione, c.XIII; XXVIII)
- Francisco de Vitoria O.P
De Potestate Ecclesiae
“Aún que nada hubiese determinado San Pedro, una vez muerto, tiene la Iglesia el poder para substituirlo y nombrar un Sucesor (…). No quedaría otro medio sino una elección por la Iglesia. Si faltasen todos los Cardenales, por calamidad, peste, guerra, no se debe dudar de que podría la Iglesia proveer al Sumo Pontífice para sí. La principal causa es: porque, de otra forma, en la Sede que debe durar perpetuamente existiría perpetuamente la vacancia.”
“Debe la elección ser provista por toda la Iglesia; no por una Iglesia particular. Ese poder es común y dice respeto a toda la Iglesia; luego por toda la Iglesia debe ser provisto”, “no es necesario, en el Derecho, que los electores tengan autoridad para lo que elegirán.” (De Potest. Rec.2)
- Cardenal Luis Billot
De Ecclesia Christi
“Sin dificultad se debe admitir que el poder electoral pasaría a un Concilio General. Porque, en tal caso la Ley Natural prescribe que el poder atribuido a un Superior desciende para el poder inmediato inferior, porque es indispensable para la supervivencia de la sociedad y para evitar las tribulaciones de una necesidad extrema.”
- Bellarmino
Controversiae; De Clericis, 1.1, c e d.
Análisis de las sentencias
Indica allí Vitoria la causa, de Derecho divino, por la cual es necesario realizar la elección papal: “La Iglesia debe durar perpetuamente”. Luego, no puede existir una vacancia perpetua. Y el Concilio Vaticano completa ese argumento, de modo explícito, sobre los Sucesores de Pedro: es dogma de fe, Pedro tendrá “perpetuos Sucesores”. Entonces, el deber de elegir está fundado en el deber de creer, en la fe divina y católica.
Donde en la falta de cardenales –norma de Derecho humano- Cayetano, Vitoria y Billot enseñan el deber de elegir al Papa. E indican la causa: la Iglesia es una sociedad perfecta.
León XIII complementa esto: “Es imposible imaginar una sociedad perfecta no gobernada por un poder soberano”. “Donde debió Cristo colocar al frente de la Iglesia una Cabeza a la cual toda la multitud de los cristianos fuese sumisa y obediente”.
Y de allí: “porque la Iglesia es una sociedad divinamente constituida, requiere, por Derecho divino, la unidad de gobierno, que dirige y comprende la unidad de comunión.” (Satis cognitum, 24)
Se sigue la necesidad absoluta de la elección papal, por obligación del Derecho divino; por la perpetuidad de la Iglesia y de la Sede de Pedro.
Los tres teólogos enseñan eso y fueron confirmados por el Concilio Vaticano y por León XIII: La Iglesia, como sociedad perfecta puede y debe, necesita por su esencia como sociedad, elegir al Papa.
Cayetano dice: “o por los cardenales, o por sí misma.”
Vitoria dice: “Eso pertenece a toda la Iglesia”, “porque ese poder es común y respecta a toda la Iglesia; luego debe ser provisto por toda la Iglesia.”
Billot dice: “Porque él es indispensable para la sobrevivencia de la sociedad.”
Y esto viene del Derecho divino: “Donde no existe el gobernante, el pueblo se dispersa.” (Prov. 11,4)
De allí que los acéfalos actuales, obispos, presbíteros o laicos, luchan contra el Derecho divino interpretado por la autoridad divina de la Sede de Pedro y expuesto por los teólogos católicos
Esto repele la estulticia de los acéfalos que dicen que “falta” un principio que conceda autoridad a los electores, como si la cualidad de miembro fiel de la sociedad no confiriese ya a todos el derecho y el deber de elegir la Cabeza visible de la sociedad. ¿En cuál Estado del mundo, los electores necesitan tener autoridad del gobernante para elegir al gobernante que, no existiendo, necesita ser electo?
Entretanto, en cuanto al ejercicio de ese deber y de ese derecho:
Cayetano dice que el “compete a la Iglesia y al Concilio”. Y Billot dice que compete “a un Concilio general”. Y da la causa “porque la Ley Natural, en tal caso, prescribe que el poder atribuído a un Superior desciende al poder inmediato inferior”.
Pero, en la ley sobrenatural de la Iglesia no es así. Cristo dio el poder divino Supremo, en la Iglesia: “solamente a Pedro” (Jn. 21,15), enseña el Concilio Vaticano (D.S.3054). “Nada fue concedido a los obispos, sin Pedro”, enseña León XIII (Satis cognitum). Inocencio III enesña: “non tamen alii sine ipso” (D.S. 775).
Donde sería contra el Derecho divino transformar el Derecho divino monárquico de San Pedro, en la vacancia, en poder colegiado. Sería Conciliarismo. Eso es la herejía del Vaticano II; junto con la doctrina herética del Concilio de Constanza y de Basilea.
Contra eso enseña San Pío X, en la Vacante Sede Apostolica, la doctrina católica: aún siendo el colegio de Cardenales, obispos, por Derecho humano; el no tiene ningún poder supremo, que pertenece exclusivamente al Sucesor de Pedro: “nullam omnino potestatem aut jurisdictionem habeat” (canon I). Todo lo que el hiciera, como si tuviese ese poder “es nulo”. Santo Tomás también lo dice: “nihil actum est” (S.T. 2-2, 39-3)
De donde, mismo si un Papa designase todos los obispos, y solo a ellos, como sus electores, en la vacancia, eso sería mero Derecho humano y sin transferencia del poder supremo monárquico, para el poder episcopal colegiado .
Esto todavía supondría que todos esos obispos fuesen fieles y no heréticos. Y, en el caso presente, los obispos ecuménicos de la “nueva iglesia” son heréticos, y los obispos acéfalos, que no quieren la elección papal también son heréticos. Por lo tanto ese poder pasa a “toda la Iglesia”; a todos los miembros de la sociedad divinamente constituida, al “coetus fidelium”, con la fe universal, común a clérigos y laicos, y que pertenece enteramente a todos los cristianos. (San Nicolás, D.S. 639)
Ante este caso de necesidad, la Constitución Vacante Sede Apostólica establece la norma que debe ser seguida:
“En caso de materia urgente, que, por el voto de la mayor parte (de los electores) no podría ser diferido para otro tiempo, el sagrado colegio, igualmente según la sentencia de la mayor parte, puede y debe disponer sobre el remedio oportuno” (Canon 5)
Es el caso actual. La ley electoral está ahí expresa nítidamente, para el caso de necesidad actual.
Por tal ley, los pocos católicos fieles, no acéfalos, no anti-conclavistas, no ecuménicos; tienen el deber de reunirse –clérigos y laicos- como se hizo en Asís el 23 de junio de 1994, y decidir como obrar.
Pueden interpretar la ley “salvo en lo que se refiere a la propia elección” (C.4). El Derecho divino impera la existencia de la elección, pero el Derecho humano será decidido por los propios miembros fieles, públicos y notorios de la Iglesia. Los infieles no juzgan la Sede de Pedro; los fieles no son juzgados por los infieles.
En este caso, los miembros fieles de la sociedad divinamente constituida tiene el deber y el poder de ejercer actos necesarios para elegir la Cabeza suprema visible. Sin dar cuenta a los infieles, heréticos, cismáticos, excitadores de cismas, sospechosos de herejías, favorecedores de los herejes, según la Bula de Pablo IV.
Nunca una elección papal fue hecha por un Concilio General, de obispos en cuanto obispos, por Derecho divino. Ni en Constanza, donde el criterio fue el de cierto número de obispos por naciones, que no es de Derecho divino, ni de un precedente Sucesor de Pedro, sino que fue decisión de los electores presentes. El poder papal monárquico, no desciende a los obispos, con un poder supremo colegiado. El colegio de los fieles y de los miembros de la Iglesia, públicos y notorios. “La Iglesia en su estado de viadora, es la congregación de los fieles.” Enseña Sto. Tomás (S.T. 3,8,4, ad 2)
Reunir a los fieles no es imposible. Si todos no son conocidos; si todos no fueran convocados para la elección, si muchos no pudieran comparecer, como en los inicios de la Iglesia, donde todos tenían verdadera unión perfecta entre sí, no solo en la fe, sino también en el amor mutuo sobrenatural, eso nunca invalidó las elecciones de los primeros Sucesores de Pedro. El pueblo y el clero romano, era mera parte de los miembros de la Iglesia. Como eso era cosa de mero Derecho humano, puede ser mudado. Mas la unión en la fe universal y en la caridad perfecta, supera todos los cismas. Que los cismáticos, de todas las especies, permanezcan con sus cismas, fuera de la Iglesia “una y santa”.
Convocamos a aquellos que son pública y notoriamente fieles y según los cánones de la “Vacante Sede Apostolica” y a las doctrinas mencionadas, a poner remedio urgente y oportuno.
Para el ejercicio del poder de Orden válido, la “Iglesia suple”. Pero para tener poder de jurisdicción ordinario, la Iglesia no suple, en cuanto que es un poder monárquico, divino, individual, del Sucesor de Pedro. No obstante, la propia Iglesia,por la “congregación de los fieles”, en casos de necesidad urgente, que no puede ser diferido para después de la elección papal: “puede y debe”, por los miembros de la misma congregación de fieles, “proveer remedio oportuno”.
Es lo que el Magisterio y los teólogos trataron sobre el poder de la sociedad perfecta, divino-humana.
“En su estado viador, la Iglesia es la congregación de los fieles.” Sto. Tomás.
Congregación no ecuménica, más unida en “una fides.” (Ef. 4,5)
Dr. Homero Johas.
3 VÍDEOS DE LAS MIL Y UNA FORMAS DE ELEGIR UN PAPA
Dada la excesiva extensión del artículo «Las 1000 y una formas de elegir a un Papa» que destruye absolutamente las excusas de los acéfalos, el Profesor David Martínez ha querido resumirlo en tres breves vídeos cortos de 13 minutos cada uno, a fin de ayudar a todos para que cesen de una vez los falsos argumentos carentes de base histórica y teológica que dicen que es imposible la elección de un Papa en las actuales circunstancias. Tras esta exhaustiva investigación histórica, que recomendamos leer a todos, queda medianamente claro que la única posición católica en la actualidad es la de aquellos obispos, sacerdotes, religiosos y fieles que están haciendo todo lo posible para que mediante la unidad de los obispos pueda darse, con la ayuda de Dios, un cónclave que legítimamente elija a un Papa, el cual dada su aceptación, será revestido de la autoridad por Dios – la autoridad no viene de los electores-, y al que todos los fieles han de quedar sometidos como súbditos del Vicario de Cristo, si quieren salvarse. El resto de posiciones son todas más o menos gravemente heterodoxas, es decir, no católicas. Los hechos históricos del estudio son irrebatibles CONTRA FACTUM NON VALET ARGUMENTUM galicanos.
VIDEO I
VIDEO 2
VIDEO 3
