TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO

TEOLOGÍA DEL APOSTOLADO SEGÚN SAN VICENTE FERRER
Vicente Ferrer es un apóstol. La definición teológica de apóstol, según nuestro Santo, será su más acabada definición. El carácter apostólico rige la vida y la obra de nuestro taumaturgo, el cual ha pasado a la posteridad personificado con esta formalidad especifica.
El apóstol es el producto del teólogo-sabio. La teología es su elemento genérico en la definición, y la sabiduría su elemento específico. Ambos conceptos corresponden adecuadamente a otra expresión vicentina que los esclarece un poco más: «Claridad de ciencia y santidad de vida». Sabiduría y santidad. Pero sabiduría teológica. El conocimiento de Dios —teología— sin el sabor de la devoción, propio de la sabiduría, no pasará de la categoría de ciencia, por más teología que sea. Y la sabiduría, o sea el conocimiento sápido de Dios, si no tiene la base científica, es decir, un conocimiento por las causas, no será teología. Por lo mismo, no será verdadero apóstol ni el teólogo con gran bagaje científico, pero sin la santidad, sin el conocimiento sápido; ni el sabio, el que tiene el conocimiento sápido, como puede ser cualquier fiel, que no posea la ciencia teológica. El apóstol será el resultado del maridaje perfecto entre la ciencia sápida y clara que descenderá al corazón y fructificará en una vida santa: ciencia sápida y santa vida.
Esta comunión entre la ciencia y la sabiduría tiene como acto propio, como propiedad esencial, sin la cual no se concibe, el desbordarse a los demás. «El teólogo debe esforzarse por conocer a Dios, y conociéndolo, amarlo —sabiduría teológica— y después hacer que los demás lo conozcan y lo amen, mediante la predicación y la enseñanza». Es, ni más ni menos, la función de la caridad integral, que ama a Dios por mismo y al prójimo por Dios; y si ama al prójimo por y para Dios, ha de darle a conocer y a amar al mismo Dios.
El teólogo-sabio, definido por su función específica, es el predicador. La plenitud contemplativa de lo divino, habida por el don de sabiduría, se desbordará para llevar a los demás al conocimiento y al amor de Dios. Y esta predicación revestirá caracteres muy singulares, como la de los apóstoles, los cuales marcharon por el mundo, de ciudad en ciudad, predicando el evangelio a todas las gentes (sabiduría apostólica). Esta peregrinación conllevará pruebas de fidelidad y amor de Dios hasta el sacrificio cruento o incruento, hasta el heroísmo (sabiduría angélica y heroica).
En esta segunda parte examinaremos por separado los elementos constitutivos del predicador considerado en sí mismo y visto a través de sus funciones; en términos de la Escuela diríamos: el predicador en acto primero y en acto segundo.
La predicación tiene que proceder de la abundancia de la contemplación. Esto supone un estado de vida mixta, en la que no pueden disgregarse sus dos elementos esenciales: contemplación y acción. Esta vida mixta es más completa que la sola contemplativa o la sola activa. San Vicente la encarna en la Orden de Predicadores, su propia Orden.
El primer elemento para la formación del predicador, que será siempre igual al apóstol, es el estudio, la contemplación. Es la sabiduría, la ciencia sápida. San Vicente utiliza estos dos términos, estudio y contemplación, indistintamente.
El segundo elemento es la santidad, la virtud, la sabiduría que deriva al corazón y fructifica en obras buenas. Estudiaremos estos dos elementos en sendos apartados.
Por último, el predicador en acto segundo, la predicación. Esta actuación debe ejecutar el mandamiento de Cristo a sus apóstoles: «Id por todo el mundo, predicando el evangelio a toda creatura».
Con estas notas características tiene diseñada San Vicente la figura del varón espiritual, del predicador, tal como él lo quería y tal como era él, sin saberlo. Así consta en el Proceso de canonización, del que espigaremos breves testimonios que cerrarán nuestra síntesis doctrinal sobre la teología vicentina del predicador. Una vez más, veremos que su pensamiento es la clave de su vida.
I.- Estados de vida
Tres grados o diferencias tiene en este mundo la práctica del servicio divino, según los diversos estados en que viven los hombres. Estos tres grados son tres caminos distintos por los que se llega a la bienaventuranza. La sagrada Escritura los enumera y los canoniza, y San Agustín los resume en esta frase lapidaria: «Hay tres géneros de vida: activa, ociosa y compuesta de ambas» (De Civitate Dei, 1, 19, C. 19). Vida activa, contemplativa y mixta. Los tres estados son buenos, pero entre ellos existe jerarquización.
San Vicente, basándose en esta frase agustiniana, describe los caracteres y la valoración teológica de cada una de estas tres formas o estados de perfección.
 1. Vida activa
Buen filósofo, nuestro Santo busca definir la vida activa por sus cuatro causas, para que su definición resulte completa, según los cánones de la buena lógica. Causa eficiente: Dios y nuestro libre albedrío; causa material: las obras de misericordia para con el prójimo; causa formal: es la que da la perfección; causa final: Dios. Se trata de Dios como fin de todas las cosas, fin sobrenatural al que deben ordenarse todas las obras de misericordia. Y de esta ordenación les vendrá la perfección, porque en las cosas morales la bondad o malicia viene del fin. Ordenación que, procedente del amor de Dios y no de vanagloria, será la verdadera causa formal. En las obras de misericordia, corporales o espirituales, se sirve más a Dios que al prójimo, ya que la única razón de ellas es Dios (Sermo in festo sancti Gregorii Papae).
Entre los dos géneros de obras de misericordia, son más valiosas las que se refieren al bien espiritual del prójimo, porque el alma es más noble que el cuerpo. De este modo, predicar la palabra de Dios, dar buenos consejos, corregir con dulzura y caridad a los que yerran, consolar al triste, soportar pacientemente las impertinencias…, perdonar las injurias a los enemigos por amor de Dios, orar por el prójimo, etc., obras de misericordia espirituales, exceden en mérito y en valor a las corporales, siempre que se dé paridad de circunstancias.
La predicación es, para San Vicente, una obra de misericordia para con el alma del prójimo, y corresponde a la vida activa. Tendremos ocasión de ver completo el catálogo de las obras de misericordia, espirituales y corporales, que ejerce el predicador.
Esta vida activa agrada a Dios, pues por ella consigue el hombre la bienaventuranza… Porque a quienes trabajan sirviendo a Dios en la vida activa, les corresponderá la quietud en la mesa del paraíso, que es la contemplación de la esencia divina.
2. Vida contemplativa
La vida contemplativa constituye el segundo grado del servicio que se hace por Dios en este mundo. Es más perfecta que la activa, y consiste en ocuparse sólo de Dios o de cosas espirituales ordenadas directamente a Dios. Lo material y lo formal en este nuevo género de vida dice orden directo a Dios. Así, por ejemplo, orar devotamente, con fervor de espíritu, de día y de noche; pensar en la gloria del paraíso; leer libros espirituales, a fin de penetrar más y más en el conocimiento de Dios; oír misa y sermones; pensar en la justicia divina reflejada en las penas del infierno; saborear la Providencia divina que tan armónicamente rige el mundo… Es el oficio que deseaba David, cuando decía: «Siervo tuyo soy; dame entendimiento, Señor, para conocer tus mandamientos» (Ps. 118, 125). Esto es, explica el autor, para contemplar, pues la contemplación es un acto del entendimiento (Sermo in festo sancti Gregorii Papae).
Es de mayor perfección que la vida activa, porque el premio que Dios concede al contemplativo es mayor que el que otorga al activo. El Santo encuentra una confirmación humana de esta doctrina pensando en lo que acontece en la corte de los soberanos. Aunque el activo haga más servicios materiales, con todo, tiene más mérito y es más honorífico servir de compañero o privado de la persona del rey o del papa. Los contemplativos sirven a Cristo como privados; los activos le sirven a más distancia. La Escritura así lo indica de modo alegórico, poniendo en boca de la Iglesia las siguientes palabras, dirigidas a Cristo: «Bienaventurados tus varones, que están siempre ante ti y escuchan tu sabiduría» (3 Reg. X, 8). «Bienaventurados tus varones», es decir, los virtuosos, los que poseen la virtud de una buena vida; los viciosos no pueden ser contemplativos… Y habla también de «los que están siempre ante ti», por la contemplación. Hay que notar que dice «siempre», y esto porque la vida activa termina con la muerte, mientras que la contemplativa continúa y se crece después de ella (Sermo in festo sancti Gregorii Papae).
Es la vida que canonizó el Señor hablando de Santa María Magdalena, embelesada a los pies del Maestro, mientras Marta se afanaba por el servicio material del Huésped divino (Sermo 2 in festo Assumptionis B. M. V.) Es la vida que hacía la Virgen después que Jesucristo subió a los cielos.
Con todo, hay que tener en cuenta que la vida activa será el primer peldaño para ascender a la quietud de la contemplación (Sermo in festo sancti Gregorii Papae). Y, a su vez, la contemplativa, más perfecta que la activa, será la última disposición para llegar a la vida mixta o prelativa, que es la más perfecta.
3. Vida mixta o prelativa
Es la más perfecta de las tres, porque armoniza y une en si la perfección de las otras dos. Porque es más perfecto arder e iluminar que hacer cualquier cosa de las dos por separado, como diría Santo Tomás. Porque asi como en el hombre el cuerpo es bueno y el alma es mejor, pero lo óptimo es el compuesto, el hombre, así también es buena la vida activa, y mejor la contemplativa; pero la óptima es la prelativa o mixta, dice San Vicente (Sermo in festo sancti Gregorii Papae).
Glosando unas palabras de San Gregorio, concluye nuestro Santo que el acto propio de esta vida mixta es la predicación, porque en ella se dan las obras de misericordia como una efusión de la contemplación. Dice San Gregorio, hablando del prelado: «El prelado sea el primero en la acción, y suspendido en la contemplación por encima de todos» (San Gregorius De cura past.). «El primero en la acción, pues la obra de la vida prelativa es la predicación, porque en ella se cumplen las obras de misericordia: los hambrientos se sacian con la palabra de Dios; los tristes beben la consolación; los desnudos se visten de virtudes; los enfermos por el pecado son visitados» (Sermo in festo sancti Gregorii Papae). He aquí hermanadas íntimamente las notas especificas de las dos vidas antes descritas: obras de misericordia, espirituales y corporales, tan divinizadas, que trascienden todo lo humano y no pueden proceder sino del ardor de la más alta contemplación, de la unión más íntima con Dios.
Esta vida mixta la encarna en la Orden de Predicadores. En ella veremos las excelencias prácticas de la vida prelativa comparada con las demás.
4. La Orden de Predicadores
Nuestro autor contempla las excelencias de su Orden en un hermoso sermón predicado en la fiesta de Santo Domingo. La idea del predicador, teólogo-sabio, quedará personificada en el fundador de los predicadores, y será el ideal que propone al joven religioso a quien dirige su Tratado de la vida espiritual. En las páginas del mismo y en los sermones en que toca el tema de las formas de vida religiosa se advierte un sabor netamente dominicano, de robusta espiritualidad, rector y orientador de las almas a través del prisma del ideal de la Orden. ¡Con qué acentos tan cariñosos hablará de la misión del Patriarca de los Predicadores! Es que San Vicente había asimilado fielmente el espíritu de Domingo en su vida santa y apostólica. Llevaba el hábito de su Orden, modesto, pobre, raído, recortado por los devotos impetuosos que lograban alcanzarle, y rivalizaba en las observancias con el novicio más fervoroso. En la síntesis doctrinal de la Orden como estado de perfección plasmará su propia vida.
La Orden de Predicadores —nos dice—, fundada por Santo Domingo, consta esencialmente de la práctica de los tres votos religiosos —comunes a todas las Ordenes— y de la profesión de predicar, como de su elemento especifico. Predicación en sentido amplio, como la entienden las Constituciones de la Orden, como la entiende y practica fray Vicente.
Es la vida más semejante al estado de Cristo en la tierra y a la vida de los apóstoles. El religioso predicador debe practicar esta vida mixta predicando el evangelio a todos los pueblos, sin establecerse en un lugar, en el que funde privilegios y busque familiaridades que impedirán el vuelo del espíritu.
En sus elementos esenciales la vida mixta que practica el predicador es la misma de Cristo, es la religión que fundó el mismo Cristo (Sermo in festo Sancti Patris Dominici). Es algo nuevo por lo que a las ceremonias se refiere, en cuanto a sus manifestaciones externas. Vestimos capa negra y hábito blanco —dice—; los actos comunes están regulados de modo especial, pero lo esencial es idéntico a lo que los apóstoles practicaron.
Ciertas Ordenes religiosas están dedicadas exclusivamente a la vida activa. Tales son las Ordenes militares de San Juan, Montesa y Calatrava. Otras se dedican sólo a la vida contemplativa. Pero la Orden de Santo Domingo está consagrada a estas dos formas de vida: a la acción y a la contemplación. De tal modo que es más activa que las activas, y más contemplativa que las mismas contemplativas. «Activa, pues todos sus miembros luchan y combaten contra los demonios, a los cuales molesta la predicación, pues por ella se convierten las almas y se revisten de virtudes; se visita a los enfermos, que son los pecadores, y se practican las demás obras de caridad, además, contemplativa, pues si los monjes blancos y negro contemplan en la misa y en sus horas canónicas, mucho mas se contempla en esta religión, ya que, además de contemplar en la misa y en las horas canónicas, se contempla para la predicación que se ha de hacer al pueblo».
Cierto religioso vió en espíritu penetrar en el cielo a Santo Domingo, a la misma hora en que expiraba, coronado con corona dorada y entre dos escaleras, sostenidas por Cristo y por la Virgen. En esta visión ve nuestro Santo el espíritu de su Orden: «¿Por qué hubo dos escaleras en esta visión? ¿No bastaba una sola? Esto lo hizo el Señor para insinuar que la religión de los Predicadores envía a sus frailes no sólo por la escalera de la vida contemplativa, sino también por la de 1a vida activa. Los Celestinos y otros parecidos lo hacen por la escalera de la contemplación; los de las Ordenes militares de San Juan, de Santiago, San Jorge y los frailes de la Merced, suben al cielo por la otra escalera, por la vida activa. Los frailes Predicadores, fundados por Santo Domingo, suben por las dos: por la contemplativa, estudiando; y por la activa, predicando».
El predicador, en general, y el religioso de la Orden de Predicadores con mayor razón, deben practicar estas dos formas de vida, entrelazadas de tal modo que la acción sea una efusión de la contemplación. La contemplación tiene dos fases: estudio y oración. El estudio del predicador será, como veremos inmediatamente, una oración, la oración teológica; y la oración se convertirá en un estudio, en un esfuerzo para llegar al conocimiento profundo de los misterios divinos, cuya vivencia sera el mejor conocimiento. La predicación será el desarrollo normal y espontáneo de la contemplación del apóstol, que marchara por el mundo, predicando el evangelio a toda creatura.
Nos encontramos de nuevo con las dos notas esenciales de la sabiduría teológica, bases de la predicación. Hemos apuntado que para nuestro autor la sabiduría teológica está constituida por la efusión en predicación de sus dos notas esenciales: claridad de ciencia y santidad de vida. Nos vamos a detener ahora a explicitar la espléndida virtualidad de estos tres conceptos: estudio, santidad y predicación. Con ello habremos logrado la imagen fiel del teólogo-sabio, del predicador, según la mente de Vicente Ferrer.

TRATADO CONSOLATORIO EN LAS TENTACIONES CONTRA LA FE

De San Vicente Ferrer O. P.
INTRODUCCION
     El Tratado consolatorio en las tentaciones contra 1a fe sigue en muchas ediciones al Tratado de la vida espiritual, con el que no tiene ninguna relación interna, aunque lo complementa admirablemente. Es un código bellísimo, de perfecto esquema y trabazón lógica, en el que se enumeran con brevedad los frutos que reportan las tentaciones que Dios permite en sus siervos contra el fundamento de la vida espiritual, que es la fe. Su brevedad no es obstáculo para su profundidad. Inútil querer averiguar las ediciones que ha tenido.
     La tradición entera reconoce la paternidad vicentina sobre este opúsculo, que se conservaba con sus caracteres antiguos, escrito parte en membrana, parte en papel, en la Cartuja de Scala Dei. San Vicente visitó este glorioso cenobio, y, durante su hospedaje, cierto monje, atormentado por tentaciones contra la fe, le pediría consejo y ayuda. Tal vez fuera llevado allí por un discípulo de nuestro Santo, al cual le unía estrecha amistad, Pedro Queralt, cartujo del mismo monasterio. El padre Antist, cuya edición reproducimos a través del padre Fages da testimonio de ello.
     La doctrina que San Vicente expone en este tratadito es un compendio espiritual del tratado de la fe de Santo Tomás, deteniéndose especialmente en la firmeza de la misma. Esta firmeza y seguridad de la fe en medio de la tentación, es el fundamento de toda consolación.
     Una fuente de inspiración para la redacción de la obra presente fué el libro de un dominico francés, coetáneo de Santo Tomás, titulado: Summa aurea de virtutibus et vitiis. El Santo cita en el epílogo del tratado la obra de Perault, transcribiendo la frase inicial.
Tres son los agentes que integran la escena en las tentaciones contra la fe: Dios, que permite; el hombre, que resiste; y el demonio, que ataca.
     Por parte de Dios, la fe se robustece pensando en su omnipotencia, en su verdad, que es la verdad primera, incapaz de engañarse ni de engañar, y en su bondad, la bondad por esencia, la bondad suma, que se difunde como a su infinitud le conviene.
     Por parte del fiel, es de gran consuelo la tentación contra la fe, porque: a) purifica algún pecado oculto de presunción; b) esta prueba engendra la firmeza; c) las tentaciones son índice de gran robustez espiritual.
     Y por parte del enemigo, la fe tentada cobra un nuevo timbre de gloria: a) porque, siendo el fundamento de la vida espiritual, no puede arrancarla el demonio, aunque, sabedor de ello, su intención es muy otra: sumir en tristeza y melancolía al tentado; b) porque la alegría con que se soporta es un reto al enemigo, al que se deja en ridículo; c) porque intentando el demonio fabricar cadenas para atar a los fieles, les fabrica coronas de plata y oro. En esto es un excelente orfebre.
     Por esta consideración triple se librará el siervo de Cristo de sus escrupulosas tentaciones. El maestro Vicente, como sus discípulos cariñosamente le llamaban, ha pulsado los distintos resortes, dogmáticos y psicológicos, para robustecer la fe que ataca el demonio. Puede quedar tranquilo, porque sus consejos magistrales operarán la paz y el equilibrio interior, que producirán la máxima consolación en los suyos y en la posteridad que tenga ocasión de meditar este enjundioso tratadito.
TRATADO CONSOLATORIO 
EN LAS TENTACIONES CONTRA LA FE 
Prólogo
     Nueve consoladores remedios se me ocurren ahora contra las tentaciones o pensamientos escrupulosos que surgen en la mente de los devotos contra la profundidad de la fe cristiana: tres por parte del Rey que preside; otros tres consoladores por parte del siervo que resiste; y tres por parte del enemigo atacante, por los que la fe es glorificada.
I. Remedios consoladores por parte de Dios
     Por parte de Jesucristo, Dios y hombre, Rey nuestro, lo primero por lo que la fe católica se afirma en el corazón del hombre es el poder infinito. Porque Dios es omnipotente, por encima de cuanto puedan decir, pensar o entender los hombres. Dice el apóstol: Poderoso es para obrar copiosamente más de lo que pedimos o pensamos, en virtud del poder que actúa en nosotros (Eph. III, 20). Y así, cuando se presenta algún pensamiento escrupuloso acerca de un admirable misterio de la fe, inmediatamente ha de refugiarse en la omnipotencia divina. Se lee en San Lucas (I, 37), que cuando la bienaventurada Virgen inquirió con solicitud del ángel cómo siendo virgen podría concebir y dar a luz, inmediatamente fué tranquilizada por la consideración de la omnipotencia divina: Para Dios nada es imposible. Del mismo modo, el siervo de Cristo, cuando se le presente la tentación de lo admirable de la fe, opóngale la omnipotencia divina, diciendo: Para Dios nada es imposible.
     Lo segundo es la verdad infalible: Dios, verdad primera, ni puede engañarse ni puede engañar. A este propósito dice Ricardo de San Víctor, en su libro De Trinitate«Por tanto, siendo así que la misma Verdad de Dios encarnada, Cristo Señor nuestro, nos enseñó por sí mismo el misterio de la fe cristiana, tenemos ciertamente una garantía de seguridad consoladora en lo referente a los documentos de la fe, de tal modo que de ninguna manera podemos errar en ellos, a no ser que seamos engañados por Aquel que no puede engañar ni ser engañado». Y San Agustín dice: «A fin de que el hombre caminara confiadamente hacia la verdad, la misma Verdad, el Hijo de Dios, revestido de humanidad, estableció y robusteció la fe».
     Por lo cual, el cristiano fidelísimo oponga a las tentaciones que le sobrevengan contra la fe las verdades segurísimas de la divina Escritura, a ejemplo de Cristo, quien ahuyentó al tentador, no por el poder, sino por sabiduría, aduciendo la autoridad de la divina Escritura, como se lee en San Mateo (IV, 1-11). A cada impulso de la tentación, puede decir con el salmista: La verdad del Señor permanece eternamente (Ps. CXVI, 2).
     Lo tercero es la consideración de la bondad incomprehensible. Siendo así que Dios es bueno, no sólo en sí mismo, y mejor que todo lo demás, sino que es el óptimo en absoluto, ya que es la misma esencia de la bondad, a Él le pertenece hacer las obras de la redención no sólo bien, sino de modo óptimo, ya que, según Dionisio, al óptimo le pertenece obrar óptimamente. Por tanto, muy convenientemente Dios se encarnó para la obra de nuestra redención, pues por esta unión la naturaleza humana fué elevada al óptimo ser, al divino. Convenientemente también, conservó intacta a la Virgen Madre, pues por esta gracia la Virgen fué encumbrada al grado óptimo de castidad. Convenientemente, Dios-hombre padeció y murió por nosotros, pues por ello se concede, con plena justicia, la vida eterna al género humano. Muy convenientemente entregó su cuerpo por comida y su sangre como bebida, ya que por esto el hombre es alimentado con el mejor manjar de la vida espiritual. Y lo mismo en los demás misterios de nuestra fe.
     Por tanto, contra las imaginaciones escrupulosas en materia de fe, cuando piensa el hombre por qué se realizó de tal manera y no de otra el misterio de la redención humana, el siervo de Cristo debe fortificarse con aquello que se dice de la obra de la creación: Vió Dios todas las cosas que había creado, y eran muy buenas (Gen. I, 31).
II. Consuelos por parte del fiel
     Por parte del siervo de Dios que sufre las tentaciones acerca de la fe, lo primero que debe consolarle es que por estas tentaciones se purifica de la culpa. Porque a veces permite Dios que el hombre sea atacado con tentaciones contra la fe, como pena de algún pecado pretérito de presunción. Según los sagrados doctores, San Pedro, singularmente entre los demás apóstoles, fué atacado con tentaciones contra la fe, porque presumió sobre los demás de modo especial. Por tanto, el devoto siervo de Cristo, asi como sufre con paciencia, es más, con alegría, las penalidades y aflicciones corporales, con la esperanza de alcanzar el perdón, así también paciente y alegremente debe aguantar, firme en la fe, las trabajosas y penosísimas pruebas del espíritu en la fe, para enmendarse y corregirse del pecado de soberbia, que desagrada mucho al Señor. A este propósito se dice: Ahora tenéis que entristeceros un poco en las diversas tentaciones, para que vuestra fe, probada, sea más preciosa que el oro, acrisolado por el fuego (I Petr. I, 6-7).
     En segundo lugar, por estas tentaciones el hombre se fortifica en la fe. Porque la verdadera fe del cristiano crece mucho con las tentaciones y se robustece en la tribulación. Leemos que cuando los apóstoles pidieron al Señor: Auméntanos la fe, inmediatamente el Señor, señalando la norma de conducta, dijo: Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este sicomoro: Desarráigate y trasplántate en el mar, y os obedecerá (Lc. XVII, 5-6). Según San Gregorio, en los Morales, el Señor comparó la fe al grano de mostaza porque, así como el grano de mostaza cuando es enterrado descubre su vigor y crece, así la verdadera fe del cristiano se perfecciona y robustece cuando por la piedra de las tentaciones se machaca importunamente.
     El siervo de Cristo, fiel y devoto, debe gozarse en el Señor cuando, firme en la fe, es atribulado en la misma con tentaciones. Por eso dice Santiago: Tened, hermanos míos, por sumo gozo veros rodeados de diversas tentaciones, considerando que la prueba de vuestra fe engendra la paciencia. La paciencia ha de tener su obra perfecta, para que seáis perfectos y cumplidos, sin faltar en nada (Sant. I, 2-4).
     Lo tercero es que en estas tentaciones se ennoblece la vida. Pues si las personas espirituales son tentadas en este mundo por divina permisión, según su fuerza y posibilidades, según dice el apóstol (I Cor., X, 13), supone una gran robustez de la virtud espiritual y de la nobleza de espíritu en el hombre, el ser expuesto a grandes tentaciones, como son las tentaciones contra la fe.
     Gran materia de gozo y de consolación tienen los fieles de Cristo, viéndose, a ejemplo de los más nobles santos, firmes en la fe, ser onerados con tentaciones contra la fe. Según esto, dice el apóstol: Dando gracias a Dios Padre, que nos ha hecho dignos de participar de la herencia de los santos en el reino de la luz (esto es, la luz de la fe), que nos libró del poder de las tinieblas (de la infidelidad) (Col., I, 12-13).
III. Consuelos por parte del enemigo 
     La verdadera fe cobra un timbre de gloria por parte del enemigo que asalta.
     Primeramente, porque el enemigo no puede arrancarla. La fe es, según San Agustín, el fundamento del edificio espiritual en el hombre. Por tanto, aunque una pequeña prueba en este espiritual fundamento haga estremecer de miedo al varón espiritual, sin embargo, es muy rara la ruina en la fe, por cuanto el fundamento es lo último que se destruye en el edificio. De aquí que, según los teólogos, aunque por cualquier pecado mortal se pierdan las virtudes infusas, con todo, permanecen la fe y la esperanza. Incluso en los demonios y condenados, destruidas y aniquiladas todas las demás virtudes, sólo la fe permanece inconmovible.
     A propósito de esta frase de San Vicente, y para su recta interpretación. puede verse Santo Tomás de Aquino, Summa, 2-2. q. 5, a. 2. Los demonios tienen fe, una fe coaccionada, en cierto modo, por la evidencia de las señales que la garantizan, y no porque su voluntad se ordene al bien. La perspicacia natural de su entendimiento les obliga a creer. No quiere decir San Vicente que la fe en los demonios sea un don de la gracia, y, por tanto, por excluir este concepto de sobrenaturalidad, no puede llamarse ni siquiera fe informe. Porque la fe informe inclina a creer con cierto afecto hacia el bien, Y los demonios no tienen de ningún modo este afecto. Es una fe natural, no infusa, y solamente .puede .llamarse teológica en el sentido de que tiene a Dios por objeto material y formal terminativo. De ningún modo tiene el motivo formal quo o luz especificante de la virtud sobrenatural infusa de la fe teologal     
     Por eso frecuentemente la intención del demonio que tienta en la fe al siervo de Cristo no es lanzarlo en el abismo de la infidelidad, sino que, por el temor y tristeza de ánimo, pierda la dulzura del espíritu y la devoción en la oración y que, dejando el deseo de la contemplación, se embarace en los negocios y ocupaciones del siglo, como aconteció a muchos, según se lee en las Vidas de los Padres. Contra lo cual se dice: El que milita para complacer a quien le alistó como soldado, no se embaraza en los negocios del siglo (Col. II, 4).
     Tenga sumo cuidado el siervo de Cristo, no sea que, abrumado por el tedio o por la molestia de estas tentaciones, se entregue, como remedio, a acciones indebidas o superfluas, posponiendo los ejercicios espirituales. Antes por el contrario, siempre que se sienta atacado en el fundamento de la fe, firme en el propósito de su espíritu, diga con el apóstol: Nadie puede colocar otro fundamento que el puesto, que es Cristo Jesús (I Cor. III, 11); esto es, según la Glosa, la fe de Cristo. Es de notar el comentario de San Agustín sobre estas palabras en el libro De la fe y de las obras«La fe cristiana, que obra por el amor, si se asienta como fundamento, a nadie deja perecer».
     En segundo lugar, la fe se sublima con vigor y alegría contra el enemigo. Por lo mismo que es raro que desfallezca el siervo de Cristo en la fe, por eso se han de afrontar estas tentaciones con más firmeza y contento.
     De aquí que la magnanimidad y alegría en estas tentaciones son medios muy oportunos para vencer al enemigo, según se lee en las Vidas de los Padres, de cómo instruía San Antonio a sus discípulos. Ya que, como se dijo, la intención principal del enemigo en esta clase de tentaciones es inducir a tristeza al siervo de Cristo, por temor, y cambiar la dulzura de la vida espiritual en amargura, por lo mismo ha de sentirse vencido, en gran parte, cuando el siervo de Cristo afronta estas tentaciones con alegría y grandeza de ánimo. Por eso me parece muy buen consejo que, cuando el maligno cese en procurar estas tentaciones, fatigado por la fuerza de la fe, entonces el siervo de Cristo lo provoque de nuevo a irrisión, diciendo con San Vicente: «Levántate, miserable, y emborráchate con todo tu espíritu de maldad, y verás que, por la ayuda divina, puedo mucho más en mis tormentos, que tú atormentarme puedes».
     Tercero: el mismo enemigo es torpemente defraudado por la fe. Queriendo el enemigo antiguo quitar al siervo de Cristo el mérito de la vida espiritual mediante estas tentaciones, le fabrica, contra su voluntad, una excelente corona de gloria. El mismo diablo, como herrero, pone el hierro de la tentación en el horno del corazón, a fin de fraguar una cadena para los devotos. Mas cuando el vigor de la fe resiste a sus tentaciones, por disposición providencial, el hierro de la tentación se convierte en oro de consuelos y méritos, y la cadena de los pies en corona para la sien. Y el diablo, sin querer, se convierte en platero.
     San Agustín, en el libro De la ciudad de Dios, dice: «Los demonios nos son útiles para muchas cosas, pues cuando nos tientan fabrican coronas». Se lee en las Vidas de los Padres que se le reveló a un anciano que un discípulo suyo había lucrado siete hermosísimas coronas para el cielo durante una noche, porque habiendo sido fatigado siete veces por el sueño, no quiso dormir. Pues mucho más cualquier devoto siervo de Cristo lucrará coronas para el cielo si soporta con firmeza las fatigas de las tentaciones contra la fe. Dice Santiago: Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque, cuando sea probado, recibirá la corona de la vida, que Dios prometió a los que le aman (Sant. I, 12). Entonces podrá decir con el Apóstol: He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he conservado mi fe. Ya me está preparada la corona de justicia, que me otorgará aquel día el Señor, justo juez (II Tim. IV, 7-8).
     Además de estos remedios y ayudas espirituales en las tentaciones contra la fe, hay otras tres ayudas generales: continua lectura, devota oración y divina consolación.
     Una lectura muy útil para nuestro propósito es el libro que se titula Suma de las virtudes, que comienza así: Porque es nuestro deber procurar las cosas útiles…, etc.
     La oración apropiada para esto es repetir con frecuencia aquel salmo: ¿Hasta cuándo, Señor, te olvidarás de mí? (Ps. XII, 1).
     La consolación espiritual es infundida liberalmente por Dios en todos aquellos que se refugian en Él. Pues el Señor es: Padre de. las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones (II Cor. I, 3-4). Amén.

SÍ, PADRE, PORQUE TE PLUGO

SERMÓN DE SAN VICENTE FERRER EN LA FIESTA DE SAN MATÍAS APÓSTOL

 1. La solemnidad y el oficio que hoy celebra la Iglesia se refiere al glorioso apóstol San Matías. De él hablaremos nosotros, y de su vida santísima podremos sacar buena información e instrucción. Saludemos a la Virgen María: Ave María.
     2. El tema propuesto, según el sentido que quiero darle, necesita explicación teológica, y por ella entraré en la materia que quiero exponer. Según la santa y verdadera teología, todas las cosas de este mundo, naturales, artificiales, meritorias, tienen una causa principal: el beneplácito de la voluntad divina. Pues aunque la filosofía asigne otras causas, todas ellas son instrumentales e intermedias y como dispositivas; la última es la voluntad de Dios.
     Si se pregunta: ¿Por qué se hizo esto? ¿Cuál fué su causa? Siempre hay que responder: La voluntad de Dios; se hizo porque Dios así lo quiso. Podemos confirmar esta proposición con el ejemplo del reloj. La causa del movimiento en el reloj se reduce finalmente al relojero. Lo mismo en las cosas naturales, artificiales, voluntarias o meritorias. Si preguntamos por la causa del viento, responderá el filósofo: Porque la tierra emite vapores que no pueden elevarse, por impedírselo el campo de acción de otro planeta, etc. Y si seguimos preguntando: ¿Por qué ese planeta tiene tal fuerza?, habrá que responder siempre en último término que porque Dios se la dió. Y si seguimos preguntando: ¿Por qué se la dió?, tendremos que responder: Porque le plugo. Si preguntamos de nuevo la razón de por qué le plugo, llegamos a una cuestión necia. Platón manda callar cuando se llega a este punto.
     3. Cuando se pregunta por la causa del hambre en un lugar, responde el filósofo: Porque no han sembrado y, por tanto, no han recogido. Y ¿por qué no se ha recogido? Porque la tierra estaba seca, por no llover. ¿Por qué no llovió? Porque los vapores no se elevaban a lo alto y no podían condensarse en forma de lluvia. El filósofo no puede encontrar otra causa. Pero podemos seguir preguntando: ¿Por qué no se elevó el vapor y se condensó después? Porque Dios no le dió esa virtud. Y no se la dió porque no quiso. Esta es la última razón; las demás no sacian.
     Lo mismo tratándose de las mortandades y enfermedades: no han de atribuirse a las causas segundas e instrumentales, sino a la voluntad divina. Otro tanto ocurre en las causas artificiales: un notario que quiere escribir una página elegantemente necesita muchas cosas: pluma, cortaplumas, regla, tinta…; pero la escritura elegante no se atribuye a la pluma ni a los otros instrumentos, sino al notario, que es la causa principal. Un arca artísticamente fabricada no se atribuye al martillo o al escoplo, sino al ebanista. Lo mismo una fuente de plata. Y así todas las cosas de este mundo. La sola voluntad de Dios es la causa de todo lo que se hace en el mundo, excepto el pecado, que no es obra suya.
     4. También en las obras voluntarias. Si buscamos la causa de por qué David u otro cualquiera fueron santos, no nos satisface la respuesta que dice: porque llevó una vida buena y evitó los pecados y nada hizo contra la voluntad de Dios. La respuesta que satisface es la siguiente: fue santo porque Dios lo quiso. Y si seguimos preguntando: ¿Por qué lo quiso Dios?, entonces nos enfrentamos con una pregunta necia, pues nada hay más allá del sumo grado. Por eso dice David: Y me puso en seguro (en el seguro de la santidad y buena vida), salvándome, porqué se agradó de mí (Ps. XVII, 20). Y lo mismo se dice en el libro II de los Reyes: Porque se agradó de mí (2 Reg. 22, 20).
     Por esta razón los santos padres todo lo atribuían a Dios. En esto nadie puede errar, y se hace gran honor a Dios. Tenemos un ejemplo estupendo en Job, varón riquísimo, quien en un solo día perdió quinientos pares de bueyes y otros tantos asnos, pues los sábeos le robaron y querían matar a sus vigilantes, que se defendían. Tenía siete mil cabezas de ovejas y tres mil camellos, todo lo cual le fué robado el mismo día. Tenía siete hijos y tres hijas, y el mismo día, mientras comían, se movió un viento huracanado que derribó la casa en que estaban y mató a todos. Cuando los nuncios llegáron a Job, ¿sabéis lo que les dijo? Lo siguiente: ¿Los enemigos, el fuego y el viento han hecho todas estas cosas? No, no se preocupó de las causas segundas, que son instrumentos, sino que todo lo atribuyó a Dios: El Señor me lo dió y el Señor me lo quitó. Se ha cumplido todo según el beneplácito del Señor (Iob 1, 21).
     Cuando Jacob fue interrogado por su hermano Esaú: ¿Quiénes son éstos que traes contigo?, Jacob le contestó: Son los hijos que Dios ha dado a tu siervo (Gen. XXXIII, 5).
     5. Está claro, pues, que todo lo que ocurre en el mundo, en las obras naturales, artificiales o voluntarias, tiene como causa principal a Dios, excepto la culpa del pecado, en el que el acto proviene de Dios y la culpa del pecador. Dice el maestro de las Sentencias (I, d.45), citando a San Agustín (III De Trin., c.4), que basta al cristiano saber y confesar que la voluntad divina es la causa de todas las cosas y obras de este mundo.
     Por tanto, si buscamos la causa de la santidad de Matías no la encontraremos en las oraciones, ayunos o penitencias, porque todas estas cosas son causas instrumentales y dispositivas; la causa principal fue el beneplácito de la divina voluntad. Por eso dice Jesucristo al Padre: Si, Padre [es santo Matías], porque te plugo. Está claro el tema.
     6. Encuentro cuatro grados en la santidad del apóstol Matías: santidad laical, santidad clerical, santidad pontifical, santidad de mártir.
     Si preguntamos por qué tuvo estos cuatro grados de santidad, responde el tema: porque así plugo a Dios.
     7. En primer lugar, San Matías tuvo la santidad laical. que consiste en guardar estrictamente los preceptos de Dios con el propósito de no hacer nada contra la voluntad divina, aunque fuera para conquistar el mundo. ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt. XVI, 26). Poco gana quien pierde el alma. Cuando el hombre escoge vivir según el beneplácito divino y no según su propia inclinación, esto es, cuando su carne dice a Dios: Vos, Señor, habéis dispuesto lo contrario a mi mala inclinación, y yo quiero humillarme, sirviendo vuestros preceptos (y recorre de este modo todos los pecados, según convenga), entonces tiene la santidad laical. Dice la Escritura: Santifícaos y sed santos, porque yo. vuestro Señor. Dios, soy santo. Si preguntamos: ¿Cómo nos santificaremos? Guardad mis preceptos y practicadlosYo, el Señor, soy quien os santifica (Lev. XX, 7-8). De esta manera adquirió San Matías la santidad laical. Antes de ser apóstol, siendo seglar, se regía según los mandatos de Dios y no seguía su propia inclinación.
     8. Narra la historia que Matías fue oriundo de la ciudad de Belén y de la tribu de Judá. Ya sabéis que las tribus eran doce y que la principal era la de Judá, de la que nació Cristo. De ella nació también Matías. Era, pues, de noble ascendencia; sus padres eran ricos en dinero y en costumbres y pusieron gran diligencia en la educación de su hijo Matías. Habéis de saber que los niños se pierden o se conservan en su niñez. Dice la historia que los padres de Matías lo dedicaron desde sus primeros años al aprendizaje de la ley divina. Digamos cómo su padre le llamaba a su presencia y le decía: Hijo mió, has de saber que Dios nos dió preceptos y ordenaciones, a cuyo tenor hemos de vivir, y no según nuestra inclinación; por tanto, no digas mentiras. No jures, si no es en caso de necesidad, esto es, cuando se trate de un juicio o de una utilidad, y entonces di siempre la verdad; jurar por otros motivos es pecado. No difames a nadie, no digas cosas malas de tu prójimo; no disputes con nadie, ni a nadie hagas injuria. No robes nunca, ni retengas cualquier cosa que encontrares; no pidas venganza de las injurias. Ora a tu Dios, ve al templo y escucha en silencio el oficio.
     9. Ahí tenéis un ejemplo para educación de vuestros hijos. Grande es la condenación de los padres que no cuidan de la instrucción espiritual de sus hijos. ¿Queréis saber que pecado cometen? El mismo que si un padre no quisiera proveer a sus hijos pequeños de pan y vestido, y murieran por ello de hambre. ¿No sería gran crueldad y pecado? Pues es mayor el pecado cuando no se preocupan de atenderlos en lo que al alma se refiere, pues el alma es más noble que el cuerpo. Porque, ¿qué es el cuerpo sino un saco de estiércol, manjar de gusanos, que se corrompe cuando muere? No así el alma. Dice San Juan: El espíritu es el que vivifica; la carne para nada aprovecha (lo. VI, 64). Si es un pecado tan grave no cuidar de los hijos pequeños, ¿qué clase de pecado será descuidar la educación del alma, especialmente cuando son pequeños, que pueden torcerse como los tiernos árboles? Los mayores no pueden enderezarse o torcerse; si se tuercen serán castigados con la horca en el infierno. Por eso dice la Escritura a los padres: Vosotros, padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina y enseñanza del Señor (Eph. VI, 4).
     10. En segundo lugar, San Matías tuvo la santidad clerical, que consiste, como dice Zacarías, padre del Bautista, que fue sacerdote, en que, libres del poder de los enemigos, le sirvamos en santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días (Lc. 1, 74-75). Tres son los enemigos principales de todos los cristianos y, en especial, de los clérigos: el diablo, la carne y el mundo. El diablo atrapa con sus manos. La mano del diablo es un juego de dados: con este juego el diablo prende a los que juegan; después a los que consienten en el juego, a los que miran, a los que echan los dados, a los que prestan el dinero, la casa en donde se juega y, por último, a los rectores de la ciudad que permiten el juego. Todos son capturados por la mano del diablo en el juego. Por tanto, huid, y podréis decir con Tobías: He conservado mi alma limpia de toda concupiscencia. Nunca me he mezclado con los que juegan ni con aquellos que llevan una vida liviana (Tob. III, 16-17). Maldito quien juega con los clérigos, a los que está prohibido jugar: «El obispo o presbítero, diácono, subdiácono, que se entregan a la ebriedad o al juego, o no pase adelante en su estado, o sea castigado» (Decr., d.35, cap. Episcopus).
     11. El segundo enemigo es la carne, cuya mano caza muchas almas: a todas las que desean deleites fuera del matrimonio. Dios no permite el placer carnal sino entre el esposo y la esposa y en la debida forma. Si alguien de vosotros se queja de que su mujer es vieja o está enferma o le ha abandonado, le diré que viva castamente, porque esta es una carga del matrimonio. Los clérigos deben vivir castamente, por el voto que las órdenes llevan anejo.
     El tercer enemigo es el mundo, cuya mano para cazar es la usura en los legos y la simonía en los clérigos. Caza con esta mano, en primer lugar, a todos los que se dedican a la usura; en segundo lugar, a los notarios. El perjuro es infame. Y cuando alguien se constituye en notario jura no recibir contratos ilícitos. En tercer término, a los testigos que favorecen al usurero. Cuarto, a la mujer del mismo, si con el lucro de la usura se compra vanidades. Quinto, a los hijos que reciben la herencia y a las hijas que reciben dote, pues debieran advertir al padre usurero que les diera dote simple o herencia sencilla. Sexto, a los familiares que se benefician de la usura. Séptimo, a los descendientes de sus hijos, que debieran restituir y no lo hacen.
     Los clérigos deben guardarse muy especialmente de la simonía. Dicen algunos que los clérigos, los religiosos y las viudas pueden hacer usura. Esto es un error craso. Si el mismo Papa prestara usurariamente, estaría condenado.
     La santidad clerical consiste en que estén libres de la mano de los enemigos: del diablo, de la carne y del mundo.
     12. San Matías poseyó esta santidad. Siendo santo en su estado laical, escuchó la predicación de Cristo y vió los milagros que le acreditaban como el Mesías prometido en la ley. ¡Oh!, dijo San Matías; es necesario cambiar de estado y ascender. Y en seguida se unió a la comitiva de Jesús. Cristo hizo de él uno de los setenta y dos discípulos. La razón por la que Cristo eligió setenta y dos discípulos es la siguiente: porque después del diluvio el mundo se dividió en setenta y dos partes y lenguas (Gen. XI, 1 ss.). Cristo, venido para la conversión del mundo entero, eligió setenta y dos discípulos que fueron sus sacerdotes. De los cuales dice San Lucas: Designó Jesús a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos, delante de sí. a toda ciudad y lugar adonde Él había de venir (Lc. X, 1). Cuando Cristo envió a Matías a predicar la penitencia (esta es la materia sobre la que predicaba), respondió: Señor, no me creerán. Y Cristo le dijo: Te doy poder para hacer milagros y curar enfermos. (Expliqúese esto prácticamente.)
     Esta fue su santidad clerical, libre de la mano de los enemigos: del diablo, de la carne y del mundo. Y fue así, porque así te plugo, Padre. Por tanto, nosotros, los eclesiásticos, hemos de asemejarnos a él, venciendo al diablo, subyugando la carne y despreciando el mundo y las cosas mundanas.
     13. En tercer lugar, tuvo la santidad pontifical, que consiste en ser apóstol de Cristo. Así como los discípulos eran sacerdotes, los apóstoles eran obispos. La santidad episcopal consiste en lo siguiente: Es preciso que el obispo sea inculpable, como administrador de Dios; no soberbio, ni iracundo, ni dado al vino, ni pendenciero, ni codicioso de torpes gananciassino hospitalario, benigno, modesto, justo, santo y continente (Tit., 7-8). ¿Quién es éste y le alabaremos? (Eccli. XXXI, 9).
     Esta santidad informó a San Matías. Después de vivir en la santidad clerical, y después que Cristo subió a los cielos y envió el Espíritu Santo, el primer Papa después de Cristo, San Pedro, convocó un gran concilio (eran en conjunto unos ciento veinte hombres: Act. 1, 15), exponiendo que el número de los apóstoles había disminuido por la muerte de Judas. Y dijo: Hermanos, era preciso que se cumpliese la Escritura, que por boca de David había predicho el Espíritu Santo acerca de Judas, que fué guía de los que prendieron a Jesús, y era contado entre nosotros, habiendo tenido parte en este ministerio (Act. 1, 16-17).
     14. Nárrese cómo en dicho concilio algunos defendían que se eligiera para ocupar el lugar de Judas a José, llamado el Justo por su santidad, el cual era consanguíneo de Cristo y sobrino de la Virgen María, allí presente, e hijo de María Cleofás. Ésta tuvo cuatro hijos, a saber: Santiago el Menor, Simón, Judas (que eran ya apóstoles) y José el Justo. Otros optaban por San Matías, distinguido por su santidad y por su ciencia. Y los presentaron a ambos en medio de todos. Los apóstoles oraban puestos de rodillas y pronunciaron esta oración: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra a cuál de estos dos escoges para ocupar el lugar de este ministerio y el apostolado del que prevaricó Judas para irse a su lugar. Echaron suertes sobre ellos y recayó la suerte sobre Matías (Act. I, 24-25). Dice San Dionisio, explicando este modo de suerte, que fué un rayo de fuego descendido del cielo, que se fué a posar sobre la cabeza de Matías. Esta £ué su elección.
     16. Por último, digo que San Matías estuvo dotado de la santidad de mártir, de la cual dice la Iglesia: «Estos son los santos que despreciaron las amenazas de los hombres por amor de Dios. Los santos mártires se gozan con los ángeles en el reino de los cielos». La santidad de mártir consiste en derramar la propia sangre en defensa de la virtud, de la santidad y del honor de Dios, como hizo San Matías.
     Después de la ascensión de Cristo, los apóstoles se dividieron el mundo para evangelizarlo. Pedro marchó a Antioquía, Andrés a Acaya, Juan al Asia, Santiago a España, Bartolomé y Tomás a la India. Y Matías predicaba en Judea, porque era de noble ascendencia y por ello le reverenciaban los judíos, y porque reconocían su sabiduría, dándole crédito y convirtiéndose muchos. Por esta razón el sumo sacerdote quiso matarlo. Mas, para que no se dijera que lo mataba por envidia, quiso disputar con él sobre el misterio de la Trinidad.
     18. Como no le pudieron vencer por la discusión, intentaron vencerle de otra manera. Y antes que nada le dieron a beber unas hierbas venenosas, que tenían la virtud de dejar ciego. Haciendo sobre ellas la señal de la cruz, las tomó y no le produjeron efecto nocivo; es más, iluminó a ciento cincuenta ciegos con dichas hierbas, pronunciando sobre ellas el nombre de Jesús. Después lo arrastraron por tierra y lo crucificaron. Pero como no moría, le lapidaron, aunque tampoco murió en este tormento. Por fin, llegó un verdugo con un hacha y le dió un golpe en la cabeza. Con ello entregó su espíritu a la gloria.

Visto en la Fundación San Vicente Ferrer

LA LIBERTAD EN EL ACTO MORAL

Muchas dudas tienen algunas almas sobre la libertad de algunos de sus actos, según mi corta experiencia como sacerdote católico, ya que no cesan de exponerme cuestiones por cualquier medio; con lo cual no son pocos los que tienen en confuso la gravedad o levedad de sus pecados, o sí existe o no parvedad de materia en ciertos casos. Al objeto de intentar ayudarlas, en cuanto se puede, dado que cada persona y acto es singular y corresponde al confesor con licencia explícita del obispo para presidir el tribunal de la penitencia el juicio correspondiente, escribimos solo algunos principios generales- no queremos ser exhaustivos- en los que están de acuerdo la mayoría de los autores de teología moral antes del conciliábulo Vaticano II, excluyendo las opiniones minoritarias.

TEMA: El ámbito de la libertad en las decisiones libres.

La responsabilidad se extiende aún a aquello que no cae bajo su intención ni como medio ni como fin.

Ejemplo. Un bebedor sabe que de ordinario profiere blasfemias, riñas, en estado de embriaguez. Si antes de embriagarse afirma:  “ahora solo quiero beber”, es responsable de todos los deslices que siguen, porque puso libremente la causa y previó su realización, al menos de forma general.

TEMA. Disminución y perturbación de la libertad. 

La violencia puramente exterior y física puede suprimir la libertad para producir un acto exterior; más no la libertad de la decisión interna.

Ejemplo. En la violación de una muchacha, puede gracias a la firmeza de su voluntad, conservar la castidad evitando toda palabra y acción que la manche. Lo que exteriormente se hace con ella no es por parte suya una acción propiamente humana, por lo que no es acción suya ni imputable. Lo será si la resistencia interior no ha sido completa y decidida o si ha faltado la resistencia exterior, necesaria y posible según las circunstancias.

TEMA. Libertad y el miedo.

El miedo que procede puramente del exterior puede disminuir o suprimir la voluntad sólo en la medida en que perturba el equilibrio interior del alma. Hay circunstancias en que la violencia exterior y la amenaza desconciertan a una persona que ya no es dueña de sus actos internos ni de sus acciones.

El temor que precede a la decisión no disminuye, de por sí, ni la libertad ni la responsabilidad.

Ejemplo. Puede ser que un temor grande suprima momentáneamente la libertad, pero también puede ser que no impida la culpa, porque la voluntad no se opuso al temor cuando nacía, es decir, cuando alma aun no estaba perturbada y podía resistirla.

La diferencia entre temor y angustia es que en aquél se conoce la causa, y en ésta no.

Peca el que por temor de una desventaja temporal o de algún castigo quebranta un precepto obligatorio.  Más si el temor llega a la angustia, la culpa queda disminuida o anulada.

Respecto a una ley positiva, el temor de un gran perjuicio que no esté ya en proporción con la observancia de la ley, exime de ella, pues tales leyes no obligan en tales condiciones.

Lo que se dice del temor, vale para otras pasiones: tristeza, alegría, ira.

TEMA. La libertad y la concupiscencia desordenada. 

La concupiscencia libremente consentida por la voluntad robustece la acción voluntaria.

1.Los movimientos de las pasiones y de la concupiscencia que se adelantan a la decisión libre de la voluntad están exentos de culpa moral. Sin desconocer que el movimiento de una mala concupiscencia es, a veces, consecuencia de una culpa precedente voluntaria (primo primi).

2.Los movimientos desordenados  imperfectamente advertidos  o imperfectamente consentidos, son a lo sumo, pecados veniales, pues el pecado mortal requiere un acto perfecto dela voluntad.

3.Sólo cuando los actos de la mala concupiscencia y de las pasiones desordenadas proceden de la voluntad libre y pleno consentimiento, constituyen pecados graves, siempre que se trate de un grave desorden.

Tema. Libertad e ignorancia.

Cuando el espíritu no percibe de ningún modo el valor moral de la ley no puede hablarse de pecado.

Muchas veces, sin embargo, la inadvertencia o la ignorancia deben atribuirse a la libre voluntad.

Ejemplo. Un médico o sacerdote que descuida gravemente poner al día su formación no puede excusarse en la ignorancia, si comete algún desacierto.

El descuido gravemente culpable es la ignorancia grave o supina. La ignorancia buscada con propósito deliberado, se llama afectada. Esta última, en lugar de disminuir la responsabilidad, la aumenta.

Tema. Libertad y costumbre arraigada.

Una mala costumbre, como consecuencia de un hábito formado por decisiones precedentes, arrastra siempre su malicia, mientras no se anule radicalmente, al menos por una franca reprobación.

Ejemplo. Mientras el blasfemo habituado no se arrepienta en ninguna forma de la profanación del nombre de Dios, y no se esfuerce por vencer la costumbre, imprime un carácter de especial malicia a cada acto, porque no ha puesto la voluntad de luchar contra ese defecto. Pero si se arrepintiere y se decide a luchar contra él, las blasfemias, que a pesar de su buen propósito se le pudieran escapar, no entrañan ya pecado grave (esta opinión no es compartida por todos los moralistas, aunque sí por la mayoría), excepto que las pronuncie con total advertencia y consentimiento, en cuyo caso sería pecado grave, son causa de una indolencia punible en este combate todavía necesario.

Tema. Perturbación de la libertad por el hipnotismo y narcóticos.

Quien se somete a hipnosis renuncia, a sabiendas, al uso de la libertad, y las acciones durante la sesión entrañan responsabilidad moral.

El uso frecuente de narcóticos degenera en toxicomanía, y el enfermo pierde más o menos la libertad, primero respecto al uso de las drogas; y al perder la libertad en este aspecto renuncia su pérdida en todos los demás; los efectos morales serán culpables si se previeron de alguna forma.

Tema. Libertad y sugestión, especialmente de masas.

1.Constituye un deber grave oponerse a las fuerzas de sugestión del mal, ya por una lucha activa desenmascarándolo, ya por lo menos huyendo de su influencia. Ejemplo. Contraer amistad o matrimonio con una persona inmoral o descreída que goza de gran influjo sugestivo, significa para un carácter débil un notable abandono de su libertad moral.

2.Uno de los mayores peligros hoy es la sugestión de las masa que puede apoderarse de una colectividad, disminuyendo la libertad moral de sus miembros, aún de los formados.

Otra plaga es dejarse dominar por el “qué dirán”. El crecimiento de la libertad moral puede delinearse precisamente como una liberación de esta fuerza falaz de la masa anónima.

3.La recuperación de la independencia moral exige huir de la masa y repudiar su adocenado dispositivo espiritual; esta fuerza de la masa no se puede contrarrestrar sin la ayuda de una comunidad, La Iglesia, comunidad de fe y de amor.

Tema. Libertad y enfermedades mentales.

1.La enajenación o idiotez completa excluye toda responsabilidad moral. Los que les atienden han de impedir que éstos ejecuten algo malo, y mientras haya esperanza médica, proporcionarles la curación.

Los parientes, que teniendo medios, no proporcionan la curación médica, siempre que hay esperanza, pecan gravemente contra la caridad y la piedad.

2. Los psicópatas se distinguen de los idiotas en que el núcleo de su personalidad no ha sido alcanzado aún por la dolencia mental, de manera que todavía tienen conciencia de la aberración de sus ideas e impulso o, al menos, pueden ser traídos por otros a este conocimiento.

P. José Vicente

SAN PAULINO DE NOLA, OBISPO [22 DE JUNIO]

SAN PAULINO DE NOLA, 
Obispo
(353-431)
22 de junio
¡¡ RUEGA POR NOSOTROS !!

Una granja opulenta a orillas del Garona, un cristianismo incoloro y difuso, una universidad floreciente y decadente a la vez: tal es el medio geográfico, religioso e intelectual en que se desarrolla la juventud de este amable rapsoda de Cristo. Meropio Poncio Anicio Paulino pertenecía a una de las más ilustres familias de Roma. Su padre, después de ejercer las funciones de prefecto del pretorio en las Gallas, había fijado su residencia en los alrededores de Burdeos. Y allí creció el hijo entre los fuertes muros de la villa paterna, que era a la vez centro agrícola, taller y residencia señorial; que empezaba ya a erizarse de torres y a tomar el aspecto de un castillo; que se animaba con el murmullo de una tropa innumerable de esclavos, libertos, colonos, clientes y locatarios. En los patios y los jardines se veían estatuas de dioses y héroes de la mitología helénica, pero el Dios de la casa era Cristo, desde que, medio siglo antes, aquellos aristócratas habían abandonado la religión de sus antepasados. Pero era aquél un cristianismo que se armonizaba perfectamente con una dulce tolerancia; un espiritualismo clásico que miraba con repugnancia el celo indiscreto y la virtud excesiva, y en el cual, paganos y cristianos se encontraban sin choques ni estridencias. Paulino se dejó llevar dulcemente de ese ideal risueño, en que todos los extremismos están templados por el sentido del gusto, por la filosofía del equilibrio y la mesura, y por el arte del buen parecer. Todo aquello, muy conforme con las tendencias de una sociedad que, en vísperas de morir, saboreaba el placer de la vida, estaba también de acuerdo con su naturaleza sensible y delicada.

Este ambiente es el que se respiraba en la vida de Hebromago y en las escuelas de la ciudad cercana, Burdeos. El rey en ellas era el profesor Ausonio, retórico y poeta, de quien se ha podido dudar si era un bautizado o uno de aquellos espiritualistas del paganismo que veían en las fábulas de la mitología simples símbolos y personificaciones de los atributos de Dios. Este hombre frívolo y superficial, que gozaba jugando con las palabras, sin llegar jamás al fondo de las cosas; que si había dado su nombre, como parece, a la nueva religión, estaba, por sus gustos y afinidades espirituales, unido estrechamente al pasado, fue el maestro, el guía, el consejero del joven patricio. Toda su gloria la puso en la formación de aquel discípulo, brillante y dócil, en quien veía despuntar sus mismas cualidades. Paulino empezaba a distinguirse en la poesía y en la elocuencia. En sus primeros ensayos se nos revela como un versificador ágil, ingenioso y diestro para tratar con gracia y agudeza temas sin importancia. El sentimiento poético del maestro no conocía mayores exigencias. Al mismo tiempo, Paulino estudiaba la jurisprudencia, que ningún romano de alta alcurnia podía desconocer. Como San Agustín, aprendió el griego, pero sin llegar a ser un verdadero helenista. Movido ya por aquella inquietud que debía llevarle a tomar resoluciones definitivas, se apasionaba también por los estudios filosóficos, penetrando primero en el mundo de las ideas platónicas, que eran en Burdeos la enseñanza oficial, y recorriendo luego, uno tras otro, todos los sistemas, sin que ninguno llegase a satisfacerle; con el estudio de la filosofía junta el de las ciencias naturales, hacia las cuales se inclinaban su curiosidad de sabio y su naturaleza de artista.

Tal es la adolescencia de aquel ilustre heredero de una regia fortuna; años fáciles y venturosos, alegrados por los éxitos y los aplausos, iluminados por el encanto de la amistad, sostenidos por el afecto de los maestros y la admiración de los condiscípulos. De piedad. Paulino aún no sabe nada. Ni piensa siquiera en recibir el bautismo. Toda su vida está orientada hacia el mundo, hacia los triunfos de las letras y las esperanzas de la política. A los veinte años, hereda un patrimonio inmenso: granjas, bosques, minas, esclavos, vías y ciudades enteras, derramadas por las provincias de Italia y las Galias. Se presenta en Roma, donde ya es considerado como uno de los más grandes personajes del Imperio; entra a formar parte del cuerpo del Senado, se distingue entre sus compañeros por su elocuencia, por su fastuosidad y por su talento práctico; y, nombrado cónsul en 378, consigue realizar el sueño de todos los grandes patricios de Roma.

San Paulino de NolaEl consulado había perdido ya toda su importancia efectiva; pero Roma, ciudad de la tradición, seguía adornando la sombra con una pompa incomparable. Paulino conoció la embriaguez de aquel cortejo triunfal, que antaño se reservaba únicamente para los generales vencedores. Vistió la púrpura consular; recibió los dípticos de marfil donde estaba esculpido su retrato y grabado su nombre; recibió los saludos estruendosos de la multitud en un amanecer primaveral: atravesó las calles engalanadas de la ciudad sobre un carro de chapas de oro, que arrastraban blancos corceles, rodeado de los 600 senadores, precedido por los lictores con sus hachas adornadas de cintas rojas, seguido de sus criados, que avanzaban sembrando las calles de monedas de oro; de los colegios de artesanos, que se agrupaban en torno de sus banderas; del grupo de los magistrados, envueltos en sus níveas togas; de las facciones del circo, que se distinguían por sus brillantes colores, y de un público inmenso, que le aclamaba frenético y le aplaudía y llenaba el carro triunfal de rosas, de siemprevivas y de ramos de mirto y de laurel. Así, hasta el Capitolio. A la puerta del templo de Júpiter, Paulino recibió la silla curul, pero no quiso sacrificar al dios, ni consultar las observaciones de los augures. Entró en posesión de sus funciones; las inauguró con la más dulce de sus prerrogativas: la liberación de esclavos; y, habiéndose dirigido al circo, tomó asiento en el estrado consular, agitó un lienzo de seda, y así dio a entender que comenzaban los juegos.

Aquel consulado dejó en el pueblo de Roma una impresión de magnificencia que duraba aún cuando, tres lustros más tarde, el ilustre patricio volvía a atravesar el Foro con el bastón de peregrino en la mano y a la espalda el manto de la humildad. Sólo Paulino parece haber quedado descontento. Lo mismo que los sistemas filosóficos, las dignidades más ambicionadas dejaban su alma insatisfecha. Cuando, al dejar las fasces consulares, recibe el gobierno de la provincia de Campania, su único anhelo es descansar, meditar, entrar dentro de sí mismo. No quiere residir en Capua, capital de su provincia, sino en Nola, pequeña ciudad que formaba parte de su patrimonio familiar. Y es que en Nola estaba el sepulcro del mártir San Félix, cuya leyenda le atrae, cuyos milagros le impresionan vivamente. Allí empieza a encenderse su devoción; allí, como él mismo dice, germina en su alma la primera simiente de las cosas divinas. «A las puertas de aquella iglesia—dirá más tarde—sentí que mi alma se volvía hacia la fe y que una luz nueva abría mi corazón al amor de Cristo.» Al abandonar su gobierno, «sin que la espada de la autoridad se hubiera tenido ron sangre de humanas cabezas», quiso sellar la nueva orientación de su vida con una ceremonia extraña. Cuenta Suetonio que Nerón consagró a Júpiter Capitolino su barba, encerrada en una caja de oro con engastes de perlas. Siguiendo este rito de origen pagano, Paulino hizo a San Félix la ofrenda de su primera barba.

Aquello era sólo el principio de una conversión. El joven patricio no piensa aún en dejar el mundo, y menos en recibir el bautismo. Al volver a su tierra, se encuentra en España a una joven de gran familia y rara virtud, y hace de ella su mujer. La figura de esta ilustre matrona, cuyo nombre fue inmortalizado muchos siglos después por la mística de ávila, nos recuerda uno de esos retratos antiguos que el tiempo ha llegado a borrar y oscurecer, pero que aún nos ofrecen algunos rasgos nobles y graciosos, reveladores de un alma privilegiada. Una esposa buena y dulce es ya una de las obras maestras salidas de la mano del Criador. Y esta obra maestra era Teresa, la compañera de Paulino; pero en ella había algo más todavía: su puesto estaba entre ese grupo selecto de almas grandes, sin desfallecimiento, altivas en la humildad, generosas sin ostentación, que realizan el tipo perfecto del ideal cristiano. Paulino encontraba en ella un modelo de vida cristiana, y al mismo tiempo toda la gracia y la ternura de la esposa más amante. «Extranjero —dice Paulino, hablando con Dios—, llegué; guiado por Ti, al país de los íberos; allí tomé una esposa según las leyes humanas; ganaste dos vidas al mismo tiempo; te aprovechaste del yugo de la carne para poner en salvo a dos almas, compensando con los méritos de la una las dudas e inquietudes de la otra.»

Tal era la nueva influencia que se cruzaba en la vida del opulento consular. Las dudas desaparecieron, los recuerdos paganos empezaron a desvanecerse en la lejanía, y el bautismo vino a consagrar aquella evolución lenta y casi imperceptible. Sin embargo, ni Paulino ni Teresa se acuerdan todavía del sacrificio supremo. Ella dirige la casa, dulce, grave y austera; él llena sus días con la administración de sus bienes, las relaciones de sociedad, las arengas del foro y el ejercicio de los cargos públicos. Una oración poética, que compone por este tiempo, nos descubre la discreción excesiva de su ideal: vivir felizmente y sin reproche, no despertar ni sentir la envidia, ser accesible a los desgraciados, gozar del cariño fiel de su esposa y de las delicias de la amistad, tener una mesa bien abastecida y conseguir el paraíso sin sacudidas ni estremecimientos. Por esta época conoció Paulino a San Martín de Tours. El apóstol de la Galia le recibió bondadosamente, le distinguió con su amor, y habiendo visto sus ojos enfermos, se los ungió con aceite y se los curó. Más íntimo parece haber sido el trato con San Ambrosio. «Al venerable Ambrosio—decía Paulino más tarde—yo le considero como mi padre espiritual, puesto que él me ha instruido en los misterios de la fe, y su consejo me ayuda todavía a cumplir con los deberes del sacerdocio.» Todo parecía conjurarse para acercar aquel corazón al ideal evangélico, cuando vino el golpe definitivo: la intervención de la familia en la política revuelta de aquel tiempo; la muerte violenta de su hermano, y para él la perspectiva de la misma suerte. La espada estaba ya suspendida sobre su cabeza, y se hablaba de confiscar sus bienes. «¡Oh Padre celeste!—dirá luego—. Tú arrancaste mi vida al suplicio, y al fisco mis riquezas. Tú me reservaste con ellas para el Cristo mi Señor. Entonces toda mi vida cambió; por la fe dejé el mundo, mi patria, mi hogar y huí a una tierra lejana; con el precio de todas las riquezas compré el derecho de llevar mi cruz; con todos mis bienes de la tierra pagué la esperanza del Cielo, porque la esperanza y la fe valen más que todos los bienes de la carne.»

San Paulino de Nola, pastor de la IglesiaEsto era en 390. Los dos esposos pasan los Pirineos y se establecen en España, no sobre las rocas escarpadas de Calahorra, ni bajo los peñascos imponentes de Bílbilis, como decía Ausonio, sino al abrigo de quintas deliciosas, situadas en las cercanías de Barcelona y Zaragoza. Si no son todavía unos ascetas, caminan poco a poco hacia la existencia monacal. Paulino, ahora estudia los libros santos, se entrega con insistencia a la oración, parafrasea los salmos de David en armoniosos hexámetros y compone sentidos poemas de inspiración cristiana. El advenimiento de un hijo al hogar parece alejarle un momento del camino emprendido; pero el niño muere al poco tiempo de nacer, y sus padres le entierran en Compluto, junto a las reliquias de los niños mártires Justo y Pastor. «Largo tiempo—canta el poeta—le hablamos deseado, pero se apresuró a marchar a las moradas celestes. En otro tiempo yo fui pecador; tal vez esta pequeña gota de mi sangre sea mi luz.» Iban a dar el último paso. Desde entonces Paulino y Teresa se miraron como dos hermanos, dieron el último adiós al mundo y empezaron a desprenderse de sus riquezas. San Jerónimo, a quien habían consultado, les respondía: «No dudéis un momento: romped el cable que sujeta la barca a la orilla, no perdáis tiempo en desatarle.» San Paulino había preguntado, además, qué ocupaciones serían convenientes para su nueva vida, pues había resuelto renunciar a las letras profanas, y, por otra parte, el estudio de la Biblia se le presentaba lleno de dificultades. Como era de esperar, el solitario de Belén le aconseja el trabajo intelectual. «La santidad en la ignorancia—decía—sólo es útil para sí misma; edifica la Iglesia de Dios; pero puede también perjudicarla, puesto que no sabe defenderla.» Y empezó la venta de tierras, la manumisión de esclavos, las donaciones a las iglesias, las limosnas, las liberalidades, las recompensas inverosímiles. «Paulino—escribe un contemporáneo—abrió sus graneros a todos los que venían a él, y venían de las últimas regiones del Imperio. Sacó a muchos de la prisión, dio libertad a muchos cautivos y pagó las deudas a muchas personas que gemían en la cárcel.» Así quedaron despedazados sus reinos —como decía Ausonio—; así alcanzó la verdadera riqueza, según su propia expresión, «porque, aunque poseyese el mundo entero—añadía—, ¿es que todo ello valdría algo comparado con el Señor Jesús?» En el gran mundo se le trató de loco, de necio, de cobarde; sus parientes se reían de él, y sus amigos le abandonaron: «Se diría que tienen vergüenza de conocerme—decía él mismo—; los que antes me adulaban son ahora mis perseguidores.» Hay uno, sin embargo, que no puede olvidarle: es el viejo maestro. Ausonio no comprende nada de todas aquellas cosas, que él considera como hazañas de un demente. No obstante, se acuerda de su discípulo, «prisionero de los celtíberos», le escribe largos poemas y le invita a volver a su patria para cantar juntos a las musas y recordar los años pasados. Ni sus versos ni sus cartas logran romper el .silencio; pero él no se desalienta: vuelve a escribir, manejando nuevos argumentos y prorrumpiendo en los gemidos desgarradores de la amistad despreciada. «Los mismos enemigos—dice—se saludan cuando van a matarse; nada mudo hay en la Naturaleza. No necesitas decirme muchas cosas: Buenos días y adiós; un saludo, un deseo de felicidad en el papel.» La culpa era de los correos. Cuatro años tardaron las tres primeras cartas del profesor Aquitano en llegar a su destino. Paulino se llenó de alegría al recibirlas, pero no pudo aceptar la invitación de su maestro: «¡Oh padre! —le decía—, ¿por qué me mandas que me acuerde de las musas, a las cuales he renunciado para siempre? Dios no sufre rivales, y están cerrados para Apolo los corazones consagrados a Cristo.» Reconoce que todo en su vida pasada se lo debe a su maestro; los estudios, las dignidades, el saber, la gloria de la palabra, de la toga y del nombre; pero eso le importa ya muy poco: «Toda mi angustia ahora, todo mi afán, es librarme de mis pecados antes de la muerte. Con el pensamiento de este día, las fibras de mi corazón se estremecen de terror; mi alma tiembla en la previsión del porvenir y gime al verse encadenada a un cuerpo miserable y de no poder levantarse con ala ligera al encuentro del Rey. Mi temor y mi tormento es que el último día no me sorprenda dormido en las tinieblas, ocupado en cosas estériles y derrochando mi vida en inútiles cuidados, a fin de aguardar la muerte terrible con un corazón tranquilo. Si esto te parece bien, felicita a tu amigo de su magnífica esperanza; si lo repruebas, me basta ser aprobado por Cristo.»

Al despojarse de sus bienes, Paulino sólo tenía un pensamiento: retirarse a Nola para hacer vida ascética junto al sepulcro de San Félix. Mas he aquí que en 392, asistiendo en Barcelona a las funciones de Navidad, el pueblo se arrojó sobre él, le arrastró hasta el altar y obligó al obispo a que le ordenasen ( 90 años después del Concilio de Elvira, que Duchesne,  sitúa la fecha   de éste entre el 300 a 303) . Paulino se resistía, pero hubo de contentarse con imponer una condición: que no se le obligase a adscribirse a ninguna Iglesia. Era una ordenación anticanónica; las leyes de la Iglesia empezaban a condenar estos piadosos tumultos; aunque hay que reconocer que el pueblo tenía un instinto maravilloso para escoger sus sacerdotes: San Agustín, San Ambrosio, San Basilio y San Gregorio de Nacianzo habían subido de esta manera a las órdenes sagradas. Poco canónica era también aquella libertad que Paulino reclamaba, pero el santo mártir de Campania le atraía invenciblemente. Dos años más tarde tomaba el camino de Italia juntamente con su mujer, que ahora era su hermana. En Roma su paso despertó curiosidad y contradicción. El pueblo aclamó en hábito de monje al cónsul que años antes había conducido al Capitolio. Pero entre una porción del clero y la aristocracia, su presencia fue recibida con sarcasmos y desprecios. Hasta el Pontífice Siricio, «hombre simple, que juzgaba a los otros según su propia condición», se mantuvo con él en una actitud de reserva y desconfianza. En cambio, el grupo de ascetas que había dirigido San Jerónimo le recibió con entusiasmo y admiración, y desde Milán le llegaban las felicitaciones amistosas de San Ambrosio. «¿Qué dirán los senadores cuando sepan estas cosas?—había dicho ya antes el gran obispo—. ¡Un hombre de su nacimiento, de su familia, de su carácter, de su elocuencia, abandonar el Senado! ¡Interrumpir la sucesión de su casa! Eso no se puede tolerar. Los hombres que se rapan los cabellos y las cejas al ser iniciados en los misterios de Isis, rasgan indignados sus vestidos si alguno, por el celo de la religión de Cristo, cambia la toga por la túnica monacal. ¿No es triste ver tanta consideración por la mentira y tanto desdén por la verdad?»

Paulino se apresuró a refugiarse en su retiro de Nola. Allí va a pasar el resto de su vida, bajo la claridad del cielo napolitano, entre una Naturaleza riente, poblada de limoneros y geranios gigantes, perfumada por hálitos de jardines y viñedos, animada por sinfonías de cantos y colores, y enriquecida por el tesoro de un cuerpo santo, en torno del cual se multiplican los milagros y las bendiciones del Cielo. Vive como un monje, y su vida sigue siendo la misma, cuando en 409 los habitantes de Nola ponen sobre sus hombros el peso del episcopado. Algunos amigos le acompañan, y allí está también Teresa, su mujer. Come pan y legumbres en escudillas de madera; su cocinero es un asceta venido de Aquitania, más rico en virtudes que en habilidades profesionales; su vestido, un cilicio de pelos de camello, regalo de un antiguo condiscípulo suyo, Sulpicio Severo, que ahora es monje en un monasterio de San Martín. «Haces muy bien—le contestaba Paulino—en enviar a un pecador como yo un vestido semejante. Cuando esté prosternado en la presencia divina, la aspereza de este tejido servirá para recordarme que debo estremecerme de horror con el pensamiento de mis pecados; que la contrición debe desgarrar mi alma al mismo tiempo que el cilicio atormenta y crucifica mi carne.» Su morada es un hospital que ha hecho construir junto a la iglesia. Vive con sus amigos en el piso superior; debajo tiene a los pobres, a los enfermos y a los peregrinos. Él les visita, les consuela, les lava los pies, les lleva la comida, les hace olvidar el sufrimiento con su bondadosa solicitud, y en estos oficios de caridad se pasa una buena parte del día. A medianoche, la pequeña comunidad se reúne en la iglesia para rezar maitines. Después Paulino reza, estudia las Sagradas Escrituras, cultiva un pequeño trozo de tierra, que llama «jardín de San Félix»; medita, combate a los pelagianos y escribe sus bellas cartas en prosa y verso. Sus corresponsales son San Delfín de Burdeos, Sulpicio Severo, San Ambrosio, San Jerónimo, Alipio y San Agustín. Cada año abandona una vez su retiro para celebrar la fiesta de San Pedro en Roma. Hijo de patricios, Paulino conserva el gusto del arte y de la suntuosidad. Su vida es sencilla y pobre, pero todas las magnificencias le parecen pocas para su mártir: amplía su templo, construye junto a él otras dos basílicas, las rodea de pórticos, las llena de alhajas preciosas, las adorna de pinturas y las decora de versos.

La poesía sigue siendo para él una ocupación, un arma y un juego. Pero ya no vuelve a acordarse del Helicón ni del coro sagrado de las musas. Canta la vida de San Félix, relata los milagros que se obran en su sepulcro, describe las multitudes pintorescas y ruidosas de los peregrinos, celebra las dulzuras de la vida interior y exhala sus temores, sus ansiedades, sus esperanzas y sus más íntimas preocupaciones. Su estro se remonta a veces hasta las alturas del orden teológico, y se detiene complacido en la pintura de las maravillas celestes. No es propiamente un lírico, pero no es raro encontrar en sus composiciones acentos de un alto lirismo. Algunos de sus relatos milagrosos anuncian el estilo de los fabliaux, como ciertas escenas dialogadas de Prudencio hacen pensar en los misterios de la Edad Media. Paulino posee las dos cualidades, al parecer contradictorias, del observador y el moralista humorístico: la simpatía en la ironía. Se deleita contemplando a los paisanos sencillos y ruidosos que rezan, lloran, amenazan y negocian cerca del sepulcro de San Félix, y al mismo tiempo se ríe bondadosamente de sus maneras pintorescas. Hasta se siente conmovido ante los ladrones, a causa de la gloria que su arrepentimiento y confesión añaden al santo. Tiene el sentido de lo popular y goza en la familiaridad con las cosas humildes de la Naturaleza y del campo. Sabe trazar con pocas palabras siluetas inolvidables, animar sus figuras, comunicarlas una fisonomía propia con un arte que ha heredado de los grandes historiadores latinos. Sabe crear; se inspira en el corazón más que en el espíritu; ama lo que canta, y hace del canto una íntima efusión. En cuanto al mundo exterior, su concepto poético es enteramente nuevo: nada de vaguedad ni de sentimentalismo panteísta; ni la criatura se confunde con el Criador, ni puede prescindir de Él, y en este contraste se encuentra su mayor grandeza. Es el concepto cristiano de las cosas y de la vida. Del clasicismo pagano sólo quedan las formas: ritmos, reminiscencias, giros, frases consagradas. Peca por exceso de facilidad; es poco preciso, y él mismo reconoce que su pluma es demasiado prolija y abundante. Sin embargo su humildad le hace presentarnos sus poemas, «más bien como señales de su pereza y su imprudencia que como fruto de un espíritu iluminado por las claridades del Cielo y cultivado por el estudio de las ciencias humanas». San Jerónimo era más justo cuando, después de alabar su facilidad, la naturalidad de su palabra y la pureza de su estilo, le decía: «Si consigues un conocimiento más profundo de la Escritura y te decides a dar la última mano a tus obras, no tendremos nada más bello, más sabio, más suave y más elegante.» Y añadía: «Como brillaste en el Senado, debes brillar también en la Iglesia. No puedo sufrir en ti nada mediocre; lo quiero todo perfecto, impecable.» Sin duda, Jerónimo hallaba deleite en aquellos deliciosos poemas, pero quería algo más preciso, más fuerte, más saturado de ciencia bíblica.

San Paulino de Nola, bondadosoPero más que sus versos, lo que llevaba el nombre de Paulino por todo el mundo romano era su conversión, su vida ascética, su celo y su caridad. «¿Qué provincia, qué desierto—preguntaba un discípulo suyo—no debe algún beneficio a Paulino? ¿Quién salió triste de su presencia? ¿Quién cayó, sin que su mano piadosa le ayudase a levantarse? Fue bueno para todos, y a nadie despreció jamás; alentaba a los tímidos, calmaba a los violentos, edificaba a unos con sus palabras y a otros con sus acciones. Era caritativo y portador de la paz; mendigaba para hacer ricos a los demás; servía a los pobres y trabajaba por la salvación de los poderosos. En su tribunal nunca se olvidaba de la misericordia. No quiso pertenecer a esa clase de obispos que inspiran el miedo a las gentes, sino que trabajó por hacerse amar de todos. Por eso todos querían verle y hablarle, y los que no podían contemplarle con sus ojos, querían al menos gozar de su trato por medio de sus cartas, siempre dulces y amables, y de sus versos llenos de encanto y suavidad.» Su amigo Sulpicio Severo quiso poner su retrato al lado del de San Martín, en una iglesia que acababa de levantar, y encargó a un pintor que reprodujese su figura. Asustado del proyecto, Paulino le escribía: «La humildad te ha vuelto loco. ¿Qué figura es la que quieres? Sin duda, la del hombre espiritual; pues bien: me avergonzaría de dejarme pintar como soy, y no quisiera que me representasen como no soy. Odio lo que soy y amo lo que no soy.» Severo despreció estos escrúpulos, y consiguió el retrato; pero Paulino se vengó enviándole unos versos, que debía poner debajo de las dos imágenes. La malignidad no hubiera podido imaginar una sátira más picante: «Vosotros los que entráis para purificar a la vez vuestras almas y vuestros cuerpos, mirad aquí los dos caminos abiertos a la santidad: Martín os ofrece el modelo de la vida perfecta; Paulino os enseña cómo se consigue el perdón. Pecadores, aquí tenéis vuestro retrato; justos, contemplad el espejo de la justicia.»

Siempre bondadoso, Paulino, al ver que se le acercaba la muerte, admitió en el seno de la Iglesia a todos aquellos que había tenido que excluir por motivos de disciplina. Después, dice un testigo de vista, sintiendo que volvía a Dios, pidió que celebrasen los divinos misterios junto a su lecho. Todos pudimos verle inundado de un espíritu angélico y divino. De repente, preguntó en alta voz: «¿Dónde están mis hermanos?» Creyeron que se refería a dos obispos que le asistían; pero él continuó: «Quiero hablar de mis hermanos Jenaro y Martín, que conversaban ahora conmigo y me dijeron que no tardarían en volver.» Alguien le recordó que debía cuarenta monedas para los pobres, y él sonrió, diciendo: «No te inquietes por eso; ya llega el que nos trae ese dinero.» Poco después entró en la habitación un sacerdote con un saquito de oro. A medianoche se levantó a maitines, como los demás días, y volvió a acostarse de nuevo. Repentinamente, una sacudida conmovió la celda en que agonizaba. Todos en torno suyo caían instintivamente de rodillas; él, entre tanto, levantaba los ojos, extendía los brazos y cantaba lentamente: «He preparado una lámpara para mi Cristo.» Y la última nota fue su postrer suspiro. «Hemos presenciado—dice su biógrafo— la muerte de un justo; la hemos presenciado con lágrimas y sollozos, y al mismo tiempo con alegría; hemos visto a los hombres lamentándose por la pérdida del más bondadoso de todos los sacerdotes; y hemos oído a los judíos y a los paganos que decían entre sollozos: «También nosotros hemos perdido un padre; también nosotros hemos perdido un protector.»

SAN PAULINO DE NOLA. POR A. BUTLER

c. 353 – †: 431 – país: Italia

hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, S.I., y otras fuentes.

Elogio: San Paulino, obispo, que, recibido el bautismo en Burdeos, renunció a la dignidad consular y, de noble y rico, se hizo pobre y humilde por Cristo. Habiéndose trasladado a Nola, cerca del sepulcro de san Félix, presbítero, para seguir el ejemplo de su conducta, practicó una forma de vida ascética con su mujer y sus compañeros. Ordenado obispo, se distinguió por su erudición y santidad, por acoger a los peregrinos y por ayudar a los desvalidos.

Refieren a este santoSan Amando de BurdeosSan Delfín de BurdeosSan Euquerio de LyonSan Exuperio de ToulouseSan Félix de NolaSan Martín de ToursSanta Melania la JovenSan Pammaquio

Oración: Señor, Dios nuestro, tú has querido enaltecer a tu obispo san Paulino de Nola por su celo pastoral y su amor a la pobreza; concede a cuantos celebramos hoy sus méritos imitar los ejemplos de su vida de caridad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

San Paulino, cuyo nombre completo era Poncio Meropio Anicio Paulino, fue uno de los hombres más notables de su época, a quien elogian, en términos de afectuoso aprecio o de admiración, san Martín, san Sulpicio Severo, san Ambrosio, san Agustín, san Jerónimo, san Euquerio, san Gregorio de Tours, Apollinario, Cassiodoro y otros antiguos escritores. Su padre, prefecto en las Galias, poseía tierras en Italia, Aquitania y España. Paulino vino al mundo cerca de Burdeos. Desde pequeño tuvo como maestro de poesía y retórica al famoso poeta Ausonio. Guiado por tan magnífico tutor, el muchacho colmó las grandes esperanzas que habían sido puestas en él y, cuando era todavía muy joven, se hizo notar y aplaudir en la tribuna. «Todos -dice san Jerónimo- admiraban la pureza y elegancia de su dicción, la delicadeza y generosidad de sus sentimientos, la fuerza y dulzura de su estilo y la vivacidad de su imaginación».

Se le confiaron numerosos cargos públicos y, si bien no sabemos cuáles fueron, hay razones para suponer que desempeñó un alto puesto en Campania y también fue prefecto en el Nuevo Epiro. Sus deberes, cualquiera que fuesen, le mantenían en constante actividad, en viajes continuos y largos y, en el curso de su vida pública, hizo muchos amigos en Italia, las Galias y España. Se casó con una dama española llamada Terasia y, al cabo de algunos años, se retiró a sus propiedades de Aquitania para descansar y cultivar su espíritu con la lectura. Fue entonces cuando entabló relaciones con san Delfino, obispo de Burdeos, quien posteriormente convirtió y bautizó a Paulino y a su hermano. Después de su conversión, alrededor del año 390, se fue a vivir con su esposa en las tierras que poseía en España, donde nació su primer hijo, luego de varios años de espera; pero aquella criatura murió a los ocho días de nacido. Desde aquel momento, Paulino y su esposa resolvieron llevar una vida más apegada a la doctrina cristiana, con la práctica de la austeridad y la caridad y, sin más trámites, comenzaron a disponer de una parte considerable de sus muchos bienes para beneficio de los pobres. Aquella prodigalidad tuvo un resultado que, al parecer, fue una sorpresa para el matrimonio, sobre todo para Paulino. El día de Navidad, alrededor del año 393, como respuesta a una espontánea, repentina e insistente petición del pueblo, el obispo de Barcelona confirió a Paulino, en su catedral, las órdenes sacerdotales, a pesar de que ni siquiera había llegado a ser un diácono.  El caso de conferir las órdenes sagradas por aclamación popular, tiene otros ejemplos: aparte del bien conocido caso de la elevación de san Ambrosio a la sede episcopal, San Agustín, San Agustín,  San Basilio y San Gregorio de Nacianzo habían subido de esta manera a las órdenes sagradas; tenemos un incidente similar que ocurrió al esposo de santa Melania la Joven (Melania y Piniano, no sólo eran contemporáneos, sino amigos personales de san Paulino y, lo mismo que él, se habían desprendido de grandes sumas de dinero para distribuirlas en limosnas).

Pero si los ciudadanos habían abrigado la esperanza de retener con ellos a Paulino, quedaron desengañados. Ya desde antes habían resuelto establecerse en Nola, una población pequeña cerca de Nápoles, donde también tenía propiedades. Tan pronto como dio a conocer sus intenciones y trató de vender sus posesiones en Aquitania, como lo había hecho con las propiedades de Terasia en España, surgieron las objeciones de los amigos y las oposiciones de los parientes. Pero no se dejó arredrar por ello y llevó a cabo sus propósitos: se trasladó a Italia, donde san Ambrosio y otros amigos le recibieron cordialmente. En cambio, en Roma tuvo una fría recepción por parte del papa san Siricio y sus clérigos, los cuales, probablemente, se hallaban resentidos por el carácter anticanónico de su ordenación. Sin embargo, su sucesor el Papa san Anastasio, dirigió una carta a los obispos de Campania en la que elogiaba a Paulino . Había quedado conmovido por la virtud de este hijo de patricios que, pudiendo convertirse en una de las grandes figuras del Senado, había dado la espalda a su carrera política para llevar una vida heroica junto a su esposa; el grupo de ascetas que había dirigido San Jerónimo le recibió con entusiasmo y admiración, y desde Milán le llegaban las felicitaciones amistosas de San Ambrosio. La amistad con San Agustín está referenciada por varias cartas que se conservan. Estos fueron los reconocimientos que recibió de antemano por parte de sus santos amigos. Por lo tanto, la permanencia de Paulino en Roma fue muy breve y partió hacia Nola con su esposa. Ahí estableció su residencia en una gran casa de dos pisos, fuera de los muros de la ciudad, no lejos del lugar donde se veneraba la tumba de san Félix. A pesar de sus cuantiosos donativos, aún conservaba bastantes propiedades en Italia y una fortuna considerable.

Pero de todo esto se desprendió también, poco a poco, en obras de caridad y en el patrocinio de proyectos que favoreciesen a la religión y a la Iglesia. Construyó una iglesia en la población de Fondi, dotó a Nola del acueducto que tanto necesitaba y socorrió a un ejército de pobres, deudores, vagabundos, mendigos y enfermos, muchos de los cuales, vivían prácticamente en el piso bajo de su casa. Paulino, con algunos amigos, ocupaba la planta alta donde todos llevaban una existencia dedicada a la oración y la penitencia, muy semejante a la monástica. Se supone que Terasia era el ama de llaves que atendía a todos los moradores de aquel establecimiento. Contigua a él, había una casa más pequeña, con jardín, que servía para hospedar a los visitantes. Entre los que gozaron de aquella hospitalidad, se pueden mencionar a santa Melania la Vieja y al obispo misionero san Niceto de Remesiana, quien estuvo ahí en dos ocasiones. Es muy notable el relato que se conserva en la biografía de Melania, la Joven, donde describe su llegada a Nola con su esposo y otros fieles cristianos. Cuando san Paulino fijó ahí su residencia, había ya tres pequeñas basílicas y una capilla, en torno a la tumba de san Félix, el que fuera presbítero del lugar; Paulino agregó una iglesia más, cuyos muros hizo adornar con mosaicos, el propio santo escribió, en verso, una descripción del edificio y sus ornamentos. Tres de aquellas iglesias compartían la puerta de entrada y, seguramente estaban comunicadas por el interior, de manera semejante a como se comunicaban las siete antiguas basílicas que forman la iglesia de San Esteban, en Bolonia. Cada año, en ocasión de la fiesta de San Félix, Paulino le rendía lo que él llamaba un tributo de su servicio voluntario, en la forma de un poema. Catorce o quince de esas obras se conservan todavía.

A la muerte del obispo de Nola, alrededor del año 409, san Paulino fue señalado, naturalmente, como el único indicado para ocupar el puesto vacante y, en consecuencia, se hizo cargo de la sede episcopal hasta su muerte. Fuera del dato de que gobernó con gran sabiduría y liberalidad, no tenemos otras informaciones que ilustren su carrera como pastor de almas. Una vez al año, en ocasión de la fiesta de San Pedro y San Pablo, iba de visita a Roma; pero de otra manera, nunca abandonaba Nola. En cambio, gustaba de escribir cartas y, por correspondencia, sostenía sus relaciones con todos sus amigos y con los más destacados hombres de la Iglesia en su época, especialmente con san Jerónimo y san Agustín; a este último le consultaba a menudo sobre diversas cuestiones, incluso la aclaración de ciertos pasajes oscuros de la Biblia. Precisamente, para responder a una solicitud de Paulino, escribió San Agustín su libro «Del cuidado a los muertos», en el que declara que las pompas fúnebres y otros honores ostentosos, sólo sirven de consuelo a los deudos y no al difunto. San Paulino vivió hasta el año 431, y los últimos momentos de su existencia quedaron descritos en la carta de un testigo, llamado Uranio. Tres días antes de expirar fue visitado por dos obispos, Símaco y Acindino, con los cuales celebró los divinos misterios, sin alzarse del lecho. Después se le acercó el sacerdote Postumiano para advertirle que se debían cuarenta monedas de plata por la compra de ropas para los pobres. El santo moribundo repuso, con una sonrisa que, sin duda, alguien iba a pagar la deuda de los pobres y, casi inmediatamente, llegó un mensajero portador de un donativo de cincuenta monedas de plata. El último día, a la hora de vísperas, cuando se encendían las lámparas en la iglesia, el obispo rompió su prolongado silencio y, al tiempo que levantaba una mano, musitó estas palabras: «Ya tengo preparada una lámpara para mi Cristo». Pocas horas más tarde, los que le velaban sintieron un estremecimiento bajo sus pies, como el de un ligero terremoto y, en aquel momento, san Paulino entregó su alma a Dios. Fue sepultado en la iglesia que había construido en honor de san Félix. Poco después, sus reliquias fueron trasladadas a Roma, pero, posteriormente, en 1909, fueron devueltas a Nola, por orden del santo papa Pío X.

De los escritos de san Paulino, que parecen haber sido muy numerosos, se conservan treinta y dos poemas, cincuenta y un cartas y unos cuantos fragmentos. Se le considera como el mejor poeta cristiano de su época, después de Prudencio. Su epitalamio para Julián, obispo de Ia y Eclanum, es uno de los poemas cristianos más antiguos que se conocen. No existe una biografía propiamente dicha de san Paulino, escrita en tiempos antiguos, pero en cambio contamos con la carta de Uranio para describir su muerte y con una breve nota de san Gregorio de Tours. Además, en la correspondencia del mismo Paulino y en las referencias de sus contemporáneos, encontramos una cantidad considerable de material biográfico.

Ése fue el material que se utilizó en el Acta Sanctorum, junio, vol. V. Otra fuente de información que llegó a conocerse en tiempos relativamente recientes, es la Vida de Melania la Joven, en textos griegos y latinos, Santa Melania Giuniore (1905). Las biografías modernas mejores son las de A. Buse, F. Lagrange y A. Baudrillart. N.ETF: La «Patrología» de Quasten-Di Bernardino, BAC 422, tomo III, pág 351ss. 

Fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI, y otras.

DIOS ESCRIBE DERECHO EN RENGLONES TORCIDOS

La Historia de la Iglesia nos enseña cómo, en circunstancias en que no se puede aplicar el derecho positivo eclesiástico, humano al fin, la Esposa Inmaculada de Cristo nunca pierde la competencia de elegir un Papa en Sede Vacante, para cumplir siempre y sin excepción con el derecho divino, a saber, que al frente de la Iglesia siempre debe haber un legítimo sucesor de San Pedro por ser una sociedad perfecta, para lo cual la Iglesia no se ha ceñido siempre a las leyes eclesiásticas que no son de mandato divino, sino sólo decretos legítimos humanos, como veremos en el siguiente hecho histórico.Hay que recordar, especialmente a los que manejan el CIC como los protestantes la Biblia, que El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado, o ¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey en un hoyo en día de reposo – sábado para los judíos, o los días de precepto para los católicos-, y no lo saca inmediatamente?, nos dijo nuestro Señor. Pues bien, esa postura farisea que nuestro Señor denuncia es la de muchos acéfalos que alegan que no se puede elegir un papa por x, y, z motivos, por ejemplo, que en sede vacante nada se innova como dice su santidad Pío XII. Pero ¿acaso pudo querer Pío XII la muerte de la Iglesia, o sea, descabezar a la Iglesia por los siglos de los siglos? ¿ Pudo pensar temerariamente Pío XII en una intervención divina para elegir un Papa, sin el cual la Iglesia pereciera? No; eso es imposible en un legítimo Papa.  Pío XII no quiso que la Iglesia se extinguiera – no quería que, si en día domingo a algún católico se le caía lo más querido a un pozo, su hijo, dejara que éste se ahogase, alegando que en día de precepto no se puede trabajar-; Pío XII dictó una ley eclesiástica y humana para tiempos ordinarios – al mismo fin, la Iglesia ha venido dictando más de 20 leyes distintas, por tanto mudables, a través de la Historia-, no para las épocas en las que  no hubiera cardenales de la Iglesia por un atentado terrorista masivo, por ejemplo, o como ocurre  en el presente, que no los hay porque todos los cardenales han abrazado las herejías conciliares y están, ipso facto, fuera de la Iglesia. Para algunos, nos da tristeza comprobarlo, Jesucristo habló en vano y desoyen las palabras de Nuestro Señor que deberían golpear su duros corazones y sus oscuras conciencias; están encadenados a cuestiones leguleyas mudables, y los árboles les impiden ver el bosque, constituyéndose, lo sepan o no, en enemigos de la Ley divina.

Al fin de ayudar a las almas de buena fe, extractamos un texto de la Enciclopedia Católica sobre la solución del Cisma de Occidente, en el cual la cristiandad estaba dividida en tres obediencias ( es decir, había tres pretendientes que se proclamaban papas legítimos). Creemos que la Enciclopedia Católica por nadie puede ser considerada como modernista, al contrario, es fuente frecuente del mundillo tradicionalista. Al texto sólo hemos añadido los títulos de los párrafos y algunos paréntesis con el fin de dar más luz sobre la situación que se vivió para el que desconoce la historia, y de ayudar a los entendimientos que aman la verdad para que puedan extraer las conclusiones al momento presente en el que llevamos más de sesenta y un años sin papa, situación que algunos pretenden prolongar indefinidamente ¿Se imagina usted, si seguimos a estos ciegos, 200 años sin Papa o 500 años? ¿ En qué nos diferenciaríamos, en la práctica, de los ortodoxos cismáticos? El resultado inevitables será que las sectas de los clerigus vagus y acéfalos se habrán multiplicado por miles, porque ya hay en el presente unas cuántas cada una con una teología moral distinta entre sí, cada cual con un puñado de herejías y errores ,y ya existen, en España al menos, hasta algunos de estos ilegítimos clérigos anunciando la fecha, a sus fieles, del segundo advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo, con mes, día y año, al igual que hacen en la secta de los Testigos de Jehová. Del principio de no querer la unidad para la elección de un Papa, surgirán miles de sectas tradis con distintos credos. Así como hay en el presente más de 33.000 congregaciones separadas entre sí de los herederos de la reforma luterana, no serán menos entre los que se proclaman a sí mismos católicos, pasados unos años, si no se quiere elegir a un Papa que es el único que manifiesta la visibilidad de la Iglesia, el principio de unidad de ésta, y el único que tiene potestad de Nuestro Señor Jesucristo para confirmar a sus hermanos. Mantengámonos, pues, unidos a aquellos obispos, sacerdotes y fieles que hacen todo lo que está en sus manos para elegir a ese principio de unidad y fundamento de visibilidad que es el legítimo sucesor de San Pedro.

Porque, de lo contrario, díganme ustedes cuál de las iglesias siguientes capillas es la Iglesia católica ¿la de Williamson enfrentada con la FSSPX, la del P. Altamira enfrentado con Williamson, la de Méramo enfrentado con todo lo que respira, la de mons. Pivarunas pelaado con Sanborn y otros, la de French enfrentado con Mons. Shart, la de Ramiro Ribas que no quiere sujetarse a ningún obispo, la de Ceriani, ayer una cum con wojtila y Ratzinger hoy diciendo lo contrario, la del Palmar aceptando a Montini y enfrentados entre sí sus obispos, la de Ramolla enfrentado con mons. Petko (RPI) y otros, la del Patriarcado católico bizantino, enfrentados entre sí, y que canoniza al hreje Juan Hus anatematizado por la Iglesia en el siglo XV y reconoce la inválida misa de Montini, o la sociedad de San Luis Rey de Francia en desavenencia con el herético instituto Mater Boni Consili, o éstos en división con Morello, etc., etc.? ¿ Cuál, cuál, cuál, por favor? Díganlo -porque urge para la salvación de las almas sedientas-; ¿cuál de estas congregaciones es la Iglesia verdadera?, porque a todas ellas les falta, para empezar, la nota esencial de la unidad por la que se distingue la Iglesia verdadera de Cristo: la católica; y peor aún, no quieren elegir un Papa del cual proviene el principio visible de unidad y de jurisdicción, y de ningún otro más; cualquier observador apreciará que en muchas de ellas son evidentes las desviaciones doctrinales y desacuerdos mutuos sobre doctrina y disciplina; el diablo, pues, se goza en ellas. En ninguna de ellas puede estar la Iglesia Católica, fuera de la cual no hay salvación; cada una es una simulación de la Iglesia verdadera de Nuestro Señor Jesucristo. Y si no tienen la nota de unidad, no pueden ser la Iglesia de Cristo, vida nuestra. Y no digamos de la falta de la nota de la catolicidad, ya que son capillas generalmente cerradas a sus propias convicciones, pareceres, obsesiones, y sentimientos. La unidad, amigos lectores, creemos con fe católica, que sólo puede venir del legítimo sucesor de San Pedro y la visibilidad de la Iglesia sólo puede provenir de él, porque donde está Pedro está la Iglesia. No cabe, pues, otro deber más grave y urgente para todos los miembros de la Iglesia, clérigos, religiosos y seglares, que el de proponer la unidad para el sólo fin primario de convocar un cónclave, ya que no hay cardenales con fe católica, o un concilio para elegir un Papa, al que Cristo le dará la autoridad.

Sepan los seglares laicos que es su deber grave hablar con sus pastores para que se dispongan, si quieren, a construir esa unidad con el único fin primario de elegir un Papa; y si sus pastores no desean proceder a este objeto, tienen la obligación moral ante Dios de abandonar sus capillas y no sostener económicamente a tales pastores, enemigos de la Esposa Inmaculada de Cristo, y forjadores de sectas, y ello porque su rechazo es signo inequívoco de que esa capilla, fraternidad, sociedad, congregación, etc.,  no es la Iglesia católica; porque no posee ninguna de las notas de la Iglesia Católica, fuera de la cual no hay salvación; estarían simplemente en una secta más cuyos responsables usan bonetes, roquetes y exteriormente huelen a incienso. La obligación es gravísima, la misma que la que tiene un fiel de salir de la secta conciliar, falsa iglesia; ni más ni menos.

En este texto el lector podrá comprobar cómo la Iglesia usó del voto de naciones para elegir a un Papa en una de las más graves crisis en la Iglesia, con preponderancia sobre los cardenales; cómo participaron en la elección laicos, párrocos, y no faltó quien propuso que participaran profesores seglares; podrá observar también cómo la iglesia romana apenas tuvo participación en aquellos momentos críticos y sobre todo podrá tener conciencia del debate entre los componentes del concilio que se preguntaban ¿Qué es primero, la elección del Papa, o la reforma de la Iglesia? Resolvieron acertadamente atender primero a la elección del Papa, porque sólo el papa puede reformar legítimamente la Iglesia y acabar con los abusos y herejías, que tanto ayer como hoy, pululan entre sectas acéfalas; por desgracia, son muchos hoy los pretenden observar el orden inverso al correcto. Sobre estas cuestiones y más, podrá ilustrarle este extracto de la Enciclopedia Católica. He aquí, pues, el texto medítelo bien el que tenga amor a la verdad:

El concilio de Constanza se inauguró solemnemente el 5 de noviembre (de 1914) en la Catedral de Constanza, donde se celebraron todas las sesiones públicas. La primera se efectuó el 16 de noviembre bajo la presidencia de Juan XXIII (elegido a la muerte de Alejandro V, que a su vez había sido elegido por el Sinodo de Pistoya, produciendo así un intento fallido de resolver el cisma  ahora con tres reclamantes al Papado; la Iglesia no le reconoció como Papa legítimo) y por un momento se consideró una continuación del Concilio de Pisa y a Juan XXIII como el único Papa legítimo.

POCOS OBISPOS, PERO MUCHOS LAICOS ACERTARON CON UNA SOLUCIÓN VÁLIDA

Sin embargo, pronto fue palmario que muchos miembros de la nueva asamblea (comparativamente pocos obispos, muchos doctores en teología y derecho canónico y civil, procuradores de obispos, diputados de las universidades, capítulos de las catedrales, prebostes etc., agentes y representantes de los príncipes etc.) favorecían fuertemente la abdicación voluntaria de los tres Papas. Ésta era también la idea del emperador Segismundo, presente desde la víspera de Navidad de 1414, y destinado a ejercer una profunda y continua influencia a lo largo del concilio en su papel de protector imperial de la Iglesia. Especialmente los diputados franceses urgían esta solución de la intolerable crisis, liderados por Pierre d’Ailly (cardenal y obispo de Cambrai), Guillermo Fillastre (cardenal y obispo de San Marco), y Jean de Charlier de Gerson, canciller de la Universidad de París, representante del rey francés, y conocido, junto con d´Ailly, como “el alma del concilio”. Los muchos obispos italianos que habían acompañado a Juan XXIII apoyaban su legitimidad, pero fueron pronto anulados por los nuevos métodos de discusión y votación.

A principios de enero de 1415 aparecieron los enviados de Benedicto XIII, pero sólo para proponer una reunión personal en Niza entre su Papa y el emperador. A finales de mes, Gregorio XII (Angelo Corrario) ofreció, por medio de sus representantes, renunciar con la condición de que los otros Papas hicieran lo mismo. Pero la ejecución de este proyecto, el cual sería el principal objetivo del concilio, se fue posponiendo por razones que veremos más adelante. El emperador Segismundo y los miembros no italianos comenzaron a ejercer presión sobre Juan XXIII. Su resistencia se quebró por fin con la resolución de los miembros de votar por “naciones” y no por personas. La legalidad de esta medida, una imitación de las “naciones” de la universidad, era más que cuestionable, pero durante febrero de 1415 se llevó a término y de ahí en adelante se aceptó en la práctica, aunque nunca fuera autorizada por ningún decreto formal del concilio (Finke, Forschungen, 31-33) y contando con la oposición de d’Ailly y Fillastre, que querían una ampliación considerable del cuerpo electoral por la inclusión de profesores (doctores) de teología, párrocos, etc. y no deseaban que se abandonase el voto individual tradicional. D’Aily estaba dispuesto a comprometerse en un voto según las provincias eclesiásticas.

EL VOTO POR NACIONES COMPUESTO POR DIPUTADOS,

ECLESIÁSTICOS Y LAICOS

El voto por naciones era en gran medida el trabajo de miembros ingleses, alemanes y franceses y los italianos no resistieron mucho, de manera que sobre esta base, el trabajo del concilio se organizó y ejecutó de la siguiente manera: se nombraba varios diputados eclesiásticos y laicos por cada una de las cuatro naciones representadas en el concilio, es decir, Alemania (con la que se contaba a los pocos miembros de Polonia, Hungría, Dinamarca y Escandinavia), Inglaterra, Francia e Italia, para representar a la membresía total de la nación presente en Constanza. Estos diputados nacionales se reunían por separado con un presidente elegido por ellos, pero que se cambiaba cada mes. Sus decisiones se alcanzaban por mayoría y eran entonces comunicadas a la congregación general de las cuatro naciones en la que el voto de la mayoría (tres) era decisivo. Parece que también había (Finke, Forschungen, 36-37) un importante comité general nombrado por las naciones para preparar los temas de discusión de las naciones individuales y para actuar, en general, como intermediario.

LOS CARDENALES VOTAN COMO DIPUTADOS DE SUS RESPECTIVAS NACIONES, Y NO COMO CARDENALES INDIVIDUALMENTE

En la séptima sesión (2 de mayo de 1415) se privó a los cardenales del derecho a votar separadamente; de ahí en adelante sólo podían votar como otros diputados individuales en sus respectivas naciones.

LA IGLESIA ROMANA SIN REPRESENTACIÓN COMO TAL

Por consiguiente, la Iglesia Romana no estuvo representada como tal, mientras que la pequeña nación inglesa (20 diputados, 3 obispos) tenía la misma influencia que toda la representación italiana, que como individuos eran cerca de la mitad del concilio. Las decisiones de las congregaciones generales se presentaban en las sesiones públicas donde eran promulgadas, unánimemente, como decretos conciliares.

Mientras se tomaban estas medidas, Juan XXIII se volvía cada día más desconfiado del concilio. Sin embargo, y en parte por un ataque violento anónimo, de origen italiano, sobre su vida y carácter prometió bajo juramento (2 de marzo de 1415) resignar. Pero el 20 de marzo, huyó en secreto de Constanza y se refugió en Schaffhausen en tierras de su amigo Federico, duque de Austria-Tirol. Este acto llenó de consternación al concilio, pues amenazaba tanto su existencia como su autoridad. Sin embargo, el emperador Segismundo mantuvo reunida la dubitante asamblea.

El resto de marzo, y los meses de abril y mayo se consumieron en un trágico conflicto del concilio con Juan XXIII. No retiró su renuncia, pero puso condiciones que el concilio rechazó; llamó de Constanza a varios cardenales y miembros de la Curia, que, sin embargo, pronto fueron obligados a volver; presentó un alegato de falta de libertad; se quejó ante el rey de Francia respecto al método de la votación, así de cómo lo trataron el concilio y el emperador; y finalmente huyó de Schaffhausen a Lauenburg, dando razones al concilio para temer tanto su huída del alcance imperial o la retirada de los representantes italianos. El Papa volvió a huir enseguida, esta vez a Friburgo de Brisgovia y desde ahí a Breisach am Rhine, aunque pronto fue obligado a volver a Friburgo desde donde fue llevado (17 de mayo) por los diputados a las cercanías de Constanza, donde fue mantenido prisionero, mientras el concilio procedía a juzgarle. Había agotado todos los medios de resistencia y estaba moralmente derrotado. Renuente a sufrir la ordalía del inminente juicio, renunció al derecho de defensa y se entregó a la misericordia del concilio. Ya había sido suspendido en la décima sesión (14 de mayo) y en la décimo segunda sesión fue depuesto (29 de marzo 1415), no por herejía sino por notoria simonía, incitación al cisma y vida escandalosa. Dos días más tarde ratificó bajo juramento la acción del concilio y fue condenado a prisión indefinida bajo la custodia del emperador. Estuvo detenido sucesivamente en los castillos de Gottlieben, Heidelberg y Mannheim, pero eventualmente fue liberado, con la ayuda de Martín V, después de pagar un enorme rescate. En 1419 murió en Florencia siendo cardenal-obispo de Tusculum .

DEL CONCILIO ASAMBLEA CIVIL AL CONCILIO CONVOCADO POR EL PAPA

La prometida renuncia del Papa Gregorio XII estaba ahora en orden y se realizó con la dignidad esperada del Papa normalmente considerado por los historiadores católicos como ocupante legítimo de la cátedra de San Pedro, aunque en este momento su obediencia se había casi desvanecido, y estaba confinada a Rímini y unas pocas diócesis alemanas. A través de su protector y plenipotenciario, Carlo Malatesta, Señor de Rímini, puso como condiciones que el concilio volviera a ser convocado por él mismo y que en la sesión en que se aceptara su renuncia no estuviese presidida ni por Baldassare Cossa (Juan XXIII) ni por ninguno de sus representantes. El concilio aceptó dichas condiciones. Por lo tanto, la sesión decimocuarta (4 de julio de 1415) tuvo como presidente al emperador Segismundo, por lo que pareció, como querían los seguidores de Gregorio, que hasta ese momento el concilio era una asamblea convocada por la autoridad civil. El famoso dominico cardenal Dominici (Giovanni Dominici), amigo y consejero de Gregorio XII, y desde el 19 de diciembre de 1414 representante papal en Constanza, convocó de nuevo el concilio a nombre del Papa y autorizó sus actos futuros. Se proclamó entonces la reunión de ambas obediencias (Gregorio XII y Juan XXIII), tras lo cual el cardenal-obispo de Ostia (Viviers) asumió la presidencia y Malatesta pronunció, en nombre de Gregorio, la abdicación de éste a todos los derechos al papado. Gregorio confirmó estos hechos en la decimoséptima sesión (14 de julio) y fue confirmado como cardenal-obispo de Porto, Decano del Sacro Colegio y legado perpetuo en Ancona, posición en la que murió (18 de octubre de 1417) en Recanati, a sus noventa años en olor de santidad. Desde la décimo cuarta sesión, en la que él convocó el concilio, muchos lo consideran, al igual que George Phillips (Kirchenrecht, I, 256), un concilio general legítimo.

Quedaba por obtener la renuncia de Benedicto XIII (Pedro de Luna). Para este propósito, y porque él insistía en tratos personales de él mismo con el emperador Segismundo y diputados del concilio se trasladaron a Perpignan, entonces territorio español, para conferenciar con él, pero el obstinado anciano, a pesar de su pretendida voluntad de renunciar, no cedió (septiembre a octubre de 1415) en sus persistentes reclamos, los que había defendido en medio de tantas vicisitudes. Sin embargo, pronto lo abandonaron sus seguidores de Aragón, Castilla y Navarra, hasta ahí sus principales defensores. Por el tratado de Narbona (13 de diciembre de 1415) se comprometieron a cooperar con el Concilio de Constanza para la deposición de Benedicto y la elección de un nuevo Papa. San Vicente Ferrer, hasta entonces el principal apoyo de Benedicto, además de su confesor, le abandonó como perjuro. El concilio confirmó los artículos de Narbona (4 de febrero de 1416), cuya ejecución inmediata se retrasó, entre otras razones, porque Benedicto huyó (13 de noviembre de 1415) de la fortaleza de Perpignan a la roca inaccesible de Pañiscola, en la costa cerca de Valencia, donde murió en 1423, manteniendo hasta el fin su buen derecho. (Recordar que era el único cardenal legítimo, ya que todos los incuestionables cardenales habían ido falleciendo; sin embargo, como afirma San Vicente Ferrer el bien de la Iglesia, la única obediencia a un Papa,  estaba por encima de su derecho).

Varias causas impedían la comparecencia de los diputados españoles al concilio. Finalmente llegaron a Constanza para la vigésimo primera sesión (15 de octubre de 1416) y en adelante fueron contados como la quinta nación (Fromme, Die spanische Nation und das Konzil von Konstanz, Münster, 1896). Los siguientes ocho meses transcurrieron mayormente en complicados procedimientos canónicos destinados a obligar la abdicación o justificar la deposición de Benedicto XIII. Mientras éste había excomulgado solemnemente a sus anteriores seguidores reales y con una valentía digna de mejor causa mantenía que la Santa Iglesia, el Arca de Noé, estaba ahora en el piso desgastado por las olas de Peñiscola y en el pequeño grupo de unos pocos más miles de almas que aún aceptaban su ensombrecida autoridad, y no en Constanza. Finalmente fue depuesto en la sesión trigésimo séptima (26 de julio de 1417) como culpable de perjurio, cismático y hereje; nunca se hizo nada contra su vida privada ni su carácter sacerdotal, como en el caso de Juan XXIII. El Cisma de Occidente llegaba así a su fin, después de casi cuarenta años de vida desastrosa, un Papa (Gregorio XII) había abdicado voluntariamente, otro (Juan XXIII) había sido suspendido y luego depuesto, pero se había sometido en forma canónica; el tercero (Benedicto XIII) fue separado del cuerpo de la Iglesia, “un Papa sin una Iglesia, un pastor sin rebaño” (Hergenröther-Kirsch). Se había llegado a una situación tal, que cualquiera de los tres pretendientes que fuera el legítimo sucesor de San Pedro, reinaba en toda la Iglesia universal una incertidumbre e intolerable confusión, de manera que los sabios y santos y almas rectas, se hallaban en las tres obediencias. Sobre el principio de que un Papa dudoso no es un Papa, la Sede Apostólica aparecía como realmente vacante, y bajo esas circunstancias no podía volver a ser ocupada de otra manera que por la acción de un concilio general.

Las irregularidades canónicas del concilio parecen menos culpables cuando a esta vacante práctica del pontificado añadimos el disgusto universal y desánimo por la continuación del llamado cisma, a pesar de todos los esfuerzos imaginables para restaurar la unidad de primacía a la Iglesia, el temor justificado a nuevas complicaciones, el peligro inmediato de la doctrina y disciplina católicas entre el naufragio temporal de la autoridad tradicional de la Sede Apostólica y el rápido crecimiento de falsas enseñanzas ( al igual que en el presente entre los sedevacantistas acéfalos) igualmente ruinosas para el Estado e Iglesia.

IMPOSIBILIDAD DE LA ELECCIÓN POR LOS CARDENALES. Elección de Martín V

Bajo esas circunstancias, era imposible la forma usual de elección papal por los cardenales solos , aunque solo sea por el fuerte sentimiento hostil de la mayoría del concilio, que los hacía responsables no sólo de los errores del cisma( al igual, en el presente todos los cardenales son herejes por aceptar el concilíabulo Vaticano II y responsables de colaborar en la fundación de una iglesia conciliar cismática de la Católica), sino también de muchos abusos administrativos de la Curia Romana (ver abajo), cuya inmediata corrección parecía a muchos un asunto de no menor importancia, por decir lo menos, que la elección del Papa. Este objetivo no fue obscurecido por las disensiones menores, por ejemplo, el rango legítimo de la nación española, el número de votos de los aragoneses y castellanos, respectivamente, los derechos de los ingleses de constituir una nación etc.…

UNA IGLESIA SIN CABEZA ES UNA MONSTRUOSIDAD

Las naciones española, francesa e italiana deseaban una inmediata elección papal, ya que una Iglesia sin cabeza era una monstruosidad, como dijo d’Ailly. ( sentencia aplicable hoy a la posición acéfala y a la práctica de clerigus vagus)

ORDEN DE PRIORIDADES: PRIMERO LA ELECCIÓN DEL PAPA,

LUEGO LA REFORMA DE LA IGLESIA. NO AL REVÉS

Los ingleses se mantuvieron firmes, bajo la dirección del obispo Roberto de Salisbury en que había que llevar a cabo imperativamente las reformas de la administración papal y de la curia. El emperador Segismundo también sobresalía entre los alemanes por esa misma razón y estaba dispuesto a tomar medidas violentas a favor de sus intereses. Pero Roberto de Salisbury murió y curiosamente fue gracias a otro obispo inglés, Henry de Winchester, pariente cercano del rey de Inglaterra, que estaba de camino hacia Palestina, quien logró que la disputa de prioridades se inclinase hacia la elección Papal, pero con la seguridad, entre otros puntos, de que el nuevo Papa comenzaría inmediatamente la reforma de los abusos.

LOS REPRESENTANTES DE LAS NACIONES TENÍAN MAYORÍA

Finalmente, en la cuadragésima sesión (30 de octubre) se discutió la forma de la nueva elección papal. El concilio decretó que para esta ocasión a los 23 cardenales se debía añadir treinta diputados del concilio (seis por cada nación) constituyendo un cuerpo de 53 electores (Por decreto Ad laudem del 30 de octubre que preveía una asamblea electoral compuesta de veintidós cardenales presentes de las tres anteriores obediencias- y de seis representantes por cada una de las cinco naciones, por lo que los cardenales estaban en minoría). El mismo decreto preveía que el elegido tenía que obtener la mayoría de dos tercios de los votos de cada nación además de los dos tercios de los votos de los cardenales.

La cuadragésimo primera sesión (8 de noviembre) suministró los detalles de la elección y para ello hizo que se leyera la bula del Papa Clemente VI (6 de diciembre de 1351). Aquella tarde, los electores se reunieron en cónclave y tres días después eligieron Papa al cardenal romano Odo Colonna que tomó el nombre de Martín V. Como era sólo subdiácono, fue ordenado sucesivamente diácono, sacerdote y obispo. (Fromme, «Die Wahl Martins V.», en «Röm. Quartalschrift», 1896). Su coronación se efectuó el 21 de noviembre de 1417. El clausuró solemnemente el concilio en su cuadragésima quinta sesión (22 abril de 1418), tras lo cual, declinando las invitaciones a Aviñón o a alguna ciudad alemana, volvió a Italia y, tras una corta estancia en Florencia, entró a Roma (28 de septiembre de 1420), y estableció su residencia en el Vaticano, devolviendo así a la Sede de Pedro sus antiguos derechos y prestigio en toda la cristiandad.

REFORMA DE LA VIDA Y DEL GOBIERNO ECLESIÁSTICOS

HECHA POR EL PAPA ELEGIDO

Mucho antes del Concilio de Constanza existía una ardiente demanda por una reforma de las condiciones eclesiásticas, la cual fue creada por varias causas, a saber: la larga ausencia de los Papas de Roma en el siglo XIV, que acarreó la ruina del antiguo Patrimonio de San Pedro; los muchos y graves abusos conectados directa o indirectamente con la administración de los Papas franceses en Aviñón; los desórdenes civiles generales de ese tiempo (Guerra de los Cien Años, los Condottieri etc.), entre otras. Los escritos de los teólogos y canonistas y las declaraciones de varios santos populares (Santa Brígida de Suecia, Santa Catalina de Siena) son suficientes para mostrar lo bien justificada que estaba esa exigencia universal (Rocquain). En las mentes de muchos miembros del concilio esta reforma, como ya hemos visto, era de igual importancia que la terminación del cisma y para algunos, especialmente para los alemanes, parecía que ensombrecía hasta la necesidad de una cabeza para la Iglesia. Argüían que era precisamente la administración del Papa y los cardenales la que más necesitaba una reforma y ahora que ambos estaban muy débiles y por primera vez en su historia habían sentido el dominio de los teólogos y canonistas, les parecía el momento psicológico para incluir esas reformas entre las leyes eclesiásticas comunes, de donde no se pudieran eliminar fácilmente.

Desde julio de 1415 había habido una comisión de reforma de 35 miembros; se había nombrado otra nueva de 25 después de la entrada de la nación española en octubre de 1416. Durante todo este tiempo se habían presentado muchos memoriales al concilio respecto a todos los abusos imaginables. En las congregaciones y sesiones generales con frecuencia se expresaban amargos reproches sobre estos temas. La igualdad académica de muchos de sus miembros, la condición de postración de la dirección eclesiástica, la peculiar libertad de discusión en las reuniones de la “nación” y otras causas hicieron de este concilio un foro único para la discusión de todos los puntos y métodos de reforma. Ciertamente que se hubiera logrado más si los eruditos y los celosos predicadores hubieran sido capaces de llegar a algún grado de unanimidad respecto a la importancia y orden que las reformas requerían, y si hubiera habido un mayor deseo de reforma individual y menos pasión en la denuncia de los pasados abusos de las administraciones de los Papas y de la curia.

Los alemanes (Avisamenta nationis germanicæ) y los ingleses deseaban ardientemente la reforma de la Curia Romana de manera que un nuevo Papa santo y justo encontrara que se le había desbrozado el camino ante él. Los alemanes aseguraban que durante 150 años los Papas habían dejado de gobernar con la justicia que les había caracterizado durante doce siglos. Los cardenales, decían, habían amado demasiado las riquezas y habían descuidado los sínodos eclesiásticos. Según ellos, éstas eran las verdaderas causas de la corrupción del clero, de la decadencia de buenos estudios, de la ruina de las iglesias y abadías. En el Concilio de Pisa se habían prometido reformas, pero ¿qué había pasado con esas promesas? De hecho, sin embargo, las reformas que se pedía a gritos era la devolución a los obispos de su antigua libertad en la colación de beneficios, y una notable disminución de las varias cuotas y tributos que se pagaban a Roma de las propiedades eclesiásticas e ingresos de las varias naciones, que por varias razones habían ido creciendo en número y cantidad durante el siglo anterior y no siempre eran injustificadas o poco equitativas. Ya hemos visto fue muy en contra de su voluntad que los alemanes concordaron en la elección papal antes de recibir completa satisfacción sobre las reformas antedichas.

El día después de su coronación Martín V nombró una (tercera) comisión de reforma ( nótese que la legítima reforma es implementada por el Martín V, después de haber aceptado la elección y coronado, y no antes, como pretenden algunos galicanos en la actualidad) , pero sus miembros no mostraron más unanimidad que sus predecesores en el mismo puesto. El nuevo Papa declaró que estaba dispuesto a aceptar cualquier proposición que se acordara unánimemente. Eventualmente, después de muchas discusiones y varias sugerencias, se acordaron siete puntos en la cuadragésima tercera sesión (21 de marzo de 1418), Se suprimieron todas las excepciones concedidas durante el sínodo y en el futuro se concederían con dificultad; las uniones e incorporaciones de beneficios debían disminuir; el Papa renunció a los ingresos de los beneficios vacantes; se prohibió toda simonía, así como la costumbre de dispensar de la obligación de toma de órdenes a las personas que disfrutaban de beneficios; se restringió notablemente el derecho papal de imponer diezmos al clero e Iglesias; los eclesiásticos debían usar los hábitos de sus órdenes (Mansi, Conc., XXVII, 1114-77). Otras reformas se dejaron a la iniciativa de cada nación que proveían para ellas por concordatos especiales, término que se dice se empleó aquí por primera vez. El Concordato Alemán (que incluía Polonia, Hungría y Escandinavia) y el de Francia, España e Italia era válido por cinco años; el Concordato Inglés era indefinido (para detalles vea Mansi, op. cit., XXVII, 1189 ss., y Hübler, Die Konstanzer Reform und die Konkordate von 1418, Leipzig, 1867). Se fijó en veinticuatro el número de cardenales y se tomarían proporcionalmente de las grandes naciones. También se regularon estrictamente las reservas papales, anualidades, in commendam, indulgencias, etc. Sin embargo en el consistorio papal (10 de marzo de 1418) Martín V rechazó cualquier derecho de apelación de la Sede Apostólica a un concilio futuro y afirmó la suprema autoridad del romano pontífice como Vicario de Cristo en la tierra en todos los asuntos de fe católica (Nulli fas est a supremo judice, videlicet Apostolicâ sede seu Rom. Pontif. Jesu Christi vicario in terris appellare aut illius judicium in causis fidei, quæ tamquam majores ad ipsum et sedem Apostolicam deferendæ sunt, declinare, Mansi, Conc., XXVIII, 200).

Von Funk ha mostrado (op. cit., 489 ss.), que la frecuentemente mencionada confirmación de los decretos de Constanza por Martín V, en la última sesión del concilio (omnia et singula determinata et decreta in materiis fldei per præsens concilium conciliariter et non aliter nec alio modo) debe ser entendida sólo de un caso específico (Falkenberg, ver abajo), y no de cualquier parte notable de, y mucho menos de todos, los decretos de Constanza. Es cierto que en la Bula «Inter Cunctas», (22 de febrero de 1418), a propósito de los seguidores de John Wycliff y de Jan Hus, pide una aprobación formal de los decretos de Constanza in favorem fidet a salutem animarum, pero estas palabras se entienden fácilmente de la acción del concilio contra los antedichos herejes y sus esfuerzos por reinstalar un jefe a la cabeza de la Iglesia. En particular, los famosos cinco artículos de la quinta sesión que establecen la supremacía del concilio, nunca recibieron ninguna confirmación papal (Hergenröther-Kirsch, II, 862, and Baudrillart, in Dict. de théol. cath., II, 1219-23). 

Sin embargo el concilio de Constanza es a menudo considerado como el Decimosexto Concilio General; como se dijo antes, algunos lo reconocen como tal después de la décimo cuarta sesión (convocado de nuevo por el Papa Gregorio XII); otros (Salembier), luego de la trigésimo quinta sesión (llegada de la nación española); Hefele solamente en las últimas sesiones (42da a 45ta) bajo Martín V. Ninguna aprobación papal pretendía confirmar sus actas anti-papales. Así el Papa Eugenio IV (22 de julio de 1446) aprobó el concilio con la debida reserva respecto a los derechos, dignidad y supremacía de la Sede Apostólica (absque tamen præjudicio juris dignitatis et præeminentiæ Sedis Apostolicæ). Vea Bouix, «De Papa, ubi et de concilio oecumenico» (París, 1869), y Salembier (abajo), 313-23.

(Algunos temerarios  a golpe luterano de decretos humanos mudables  niegan lo que Santa Teresa de Ávila afirma, que Dios escribe en renglones torcidos, a saber, que Dios se vale en su Providencia no de leguleyos, como en estos hechos verídicos de la Historia de la Iglesia, en los que se actuó no conformándose a la ley eclesiástica humana, imposible de cumplir en aquellas circunstancia, sino al mandato divino: Tiene que haber papas a perpetuidad. Se comprobará también que aquellos fieles católicos se negaron a tentar a Dios pidiendo que San Pedro o alguien del cielo eligiese un papa, y les evitara a ellos, de esa forma, cumplir con su deber, porque escrito está: No tentarás al Señor, tu Dios.)

Sofronio.

REFUTACIÓN A LA HEREJÍA DE LA ACEFALIA PERENNE DE JHON DALY

Por el Dr. Homero Johas

INTRODUCCIÓN

1.– Después del Concilio de Calcedonia, en 451, que definió en Cristo dos naturalezas, la humana y la divina, vagaron por el Oriente, principalmente en Alejandría, los herejes monofisitas, seguidores de Eutiques, Severo, Juliano y Temístio. Confesaban sólo la naturaleza divina, invisible, de Cristo y negaban la naturaleza humana visible. Apartándose de la Sede Romana, de San León I y de sus Sucesores, fueron llamados acéfalos, sin cabeza.

2.- Actualmente, siguiendo a los herejes luteranos y jansenistas y del Vaticano II, resurgen nuevos acéfalos, que quieren una Iglesia unida sólo “en espíritu”, “neumática”, “en consciencia”, interior, sin una Cabeza visible, fiel, en la Iglesia, con unidad de fe y de gobierno. Quieren una “acefalía perenne” en la Iglesia, se apartan definitivamente de la Cabeza visible fiel de la Iglesia, de la unidad de fe y de régimen. Cada uno con “su Fe” y “normas propias”“obedece sólo a sí mismo”, será independiente y autónomo, con la libertad y la igualdad religiosa ecuménica, mundial.

El Concilio Vaticano II profesa ese Individualismo libre, igualitario y ese “ecumenismo”.

3. Ciertos obispos, aparentemente opuestos al Vaticano II; que se dicen “tradicionalistas” o “sedevacantistas”, profesan esa misma acefalía perenne, fundada en una igualdad y libertad individual. Uno reconoce a los papas heréticos, otro no los reconoce; pero ambos no quieren someterse a una Cabeza visible monárquica, sino a la independencia y autonomía individual en la fe y en el gobierno. Colocan los ritos de San Pio V al frente para aparentar “tradicionalismo” en cuanto prevarican en otros artículos del credo, principalmente este: “Creo en la Iglesia una”. La unidad de Fe y de gobierno es el punto central violado por todos ellos.

Paulo IV definió en la Bula “Cum ex apostolatus” la nulidad del poder de jurisdicción ordinaria de un papa herético. Pues bien: Mons. Marcel Lefèbvre y Dom Mayer se apartan de esa definición de fe. Mons. Guerard des Lauriers también, reconoce la elección de esos “papas” y los considera “verdaderos papas” en razón de actos materiales positivos. Y Mons. Sanborn lo sigue.

Por otro lado Mons. Pivarunas y Mons. Alarcón se apartan de la elección de la Cabeza visible en la Iglesia, principio visible y fundamento perpetuo de la unidad de fe y de gobierno. Desde hace algunas décadas son elevados diversos argumentos espurios  en favor de la acefalía perenne o prolongada, o milenaria. Desde de 1980 vimos padres defendiendo esa acefalía, como el lefebvrista Pe. Coache. Después los legos, Srs. Gwynne, John Daly, Arai Daniele, Michael Davies… Y todos se dicen “católicos” y quieren ser tenidos por tales. Parecen un grupo de masones pertinaces. Mons. Lefebvre expulsó de su grupo a quien defendiese la vacancia. Los seguidores de dom. Mayer ya se unieron al “papa”hereje. Mons. Pivarunas y Mons. Alarcón luchan contra la extinción de la vacancia. Y jóvenes salidos de la Renovación carismática deambulan ora siguiendo a uno, ora a otros. Pero, todos unidos rechazan el Magisterio universal y perenne de la Iglesia.

4. En década de 1990, en la revista “Roma” de Buenos Aires, del valeroso católico Dr. Roberto Gorostiaga, iniciamos la lucha contra el “Hereticismo” de los “Padres de Campos” y de “Mons. Lefèbvre”. Contra la simulación del ex-lefebvrista Mons. Guerard des Lauriers. Contra el “Antisacramentalismo” del Sr. Zins. Contra “La herejía de la acefalia perene” del Sr. John Daly (Roma, n° 125; diciembre de 1992).

En esa época el valeroso católico da España, Prof. Tomás Tello, escribía el excelente artículo: “La cuestión clave” (Roma, n° 122, pascua de 1992), contra los “sedevacantistas” acéfalos.

Con el Dr. Roberto Gorostiaga al frente, un puñado de obispos y legos fieles, de varios países, eligió, el 29/Jun./1994, en Asís, Italia, al papa Lino II, sacerdote de África del Sur. No quería ser electo. Después quiso permanecer oculto. Años después, en 2007, renunció.

5. Pero la lucha continua. La Iglesia es perenne. Los dogmas y preceptos divinos son perennes. Muchos de los luchadores de la época ya fallecieron. Quedan solo algunos. Otros aparecerán. Actualmente la lucha de nuevo se acentúa contra las fuerzas ocultas; las mismas que lucharon contra el Prof. Tomás Tello; contra el Dr. Gorostiaga; contra Mons. López Gastón y contra mí.

No tienen un sólo argumento teológico en favor de sus nuevas doctrinas. Todos están contra el Magisterio de la Iglesia. Y eso es señal evidente del origen tenebroso de sus doctrinas. Repiten:

Un papa no es necesario

Elegir es imposible.

No existe consenso sobre esto

Es contra la fe. Es cisma.

Es obra de Satán.

Ya existen decenas de papas.

Estas fuerzas ocultas compatibilizan fe y herejía. Ponen opiniones de “teólogos” sobre los dogmas de fe y preceptos de la Iglesia. Varían la fe según las circunstancias.

6. Quien conoce la Historia de la Iglesia sabe que la Sede de Pedro es el blanco principal de la lucha de los enemigos de la Iglesia.

Cristo dio el poder supremo de la Iglesia al único Pastor, en régimen monárquico, uniendo a todos en un único rebaño, con una sola fe. Los enemigos de la Iglesia quieren lo opuesto: la libertad de fe; la pluralidad de voluntades individuales, de “iglesias”, de gobiernos democráticos.

7. No es nuestro objetivo hacer la Historia de las luchas contra el Vaticano II. Queremos repetir solo lo que dijimos en 1992 en el artículo: “La herejía de la vacancia perenne”. Ahí refutamos la Carta del Sr. John Daly, del 7/Nov./1990, publicada por su: “Britons Catholic Library”“The prospect of a papal election”.“A Summary of our position”.

Profundizamos nuestras respuestas ahí dadas. La “our position” de este Señor es la de los luteranos y jansenistas; la del “juicio propio” de los herejes, la del “libre-examen” de Lutero, a pesar de querer pasar por “católico”. Como el Vaticano II se funda en el hombre y no en Dios: “en lo que quieren los hombres de nuestra época” (Vaticano II), con libertad, autonomía, independencia, sin obediencia a Dios y al Vicario de Cristo. Cada uno con “fe propia”, “normas propias”, “rebaño propio”, “iglesia propia”.

Todos saben, o deben saber, que la Iglesia Católica “es una”; con una sola fe; un sólo rebaño; un sólo Pastor; un sólo y único Dios verdadero, Señor absoluto de todo y de todos. Ella no está “dividida en partes”, no viene del “consenso de los católicos”, de la libertad del hombre; de la igualdad entre Dios verdadero y los falsos. Ella viene de la verdad universal y no do Agnosticismo que finge que no existe la verdad universal.

Veamos los textos del Sr. John Daly.

I. EL HOMBRE SUPERIOR A DIOS

Escribe John Daly: “Dios debe respetar la ley de la elección papal por los Cardenales. No puede cambiarla porque prometió ligar en los Cielos lo que Pedro ligase en la Tierra. Dios está auto-ligado”.

 1. Tal sentencia es inepta: el papa, ser humano, está subordinado a la autoridad divina de Cristo; no Cristo subordinado al poder de unir humano, dado por Él mismo al papa.

Con la aprobación de Pio IX el Episcopado alemán expuso los límites del poder papal: “El papa está subordinado al Derecho divino, a las cosas que fueron dispuestas por Dios a su Iglesia. No puede cambiar la Constitución divina de la Iglesia. Pues en las cosas esenciales se funda en la ordenación divina, inmune a toda disposición humana arbitraria” (D.S. 3114).

2. San Pedro estaba subordinado a Cristo, no Cristo a San Pedro. Los Apóstoles estaban subordinados al primado de San Pedro; no San Pedro al consenso de los Apóstoles. San Pedro no fue un “monarca absoluto” (D.S. 3114).

3. El papa no puede predicar “doctrina nueva” fuera del depósito de la fe divina (D.S. 3070); ni doctrina “contraria” a ya enseñada como verdadera (D.S. 1441). No puede cambiar el “sentido perpetuo” del ya enseñado como verdad por la Iglesia (D.S. 3020). No puede tornar libres los mandamientos (D.S. 1569); No puede abrogar el Derecho divino natural o positivo (Canon 6, 6).

 4. La Ley de elección papal por los Cardenales es de naturaleza meramente humana. Cristo no dejo ley electoral. Tales leyes humanas varían con los siglos: fueron electores sucesivamente los fieles a Roma; el clero romano, los cardenales romanos, cardenales de otras naciones.

5. Las leyes meramente humanas tienen implícitas las excepciones para los casos de necesidad. Están subordinadas a las leyes divinas; no pueden impedir las necesidades superiores del Derecho divino. Cuando el Derecho humano no puede ser aplicado, el Canon 20 enumera otras fuentes por las cuales la norma del obrar puede y debe ser retirada.

6. Una de ellas es la de ver lo que ha hecho la Iglesia en casos semejantes, como en el caso del Gran Cisma de Occidente: papas cismáticos fueron excomulgados; papa dudoso renunció. Los electores fueron los representantes de las naciones católicas. La Iglesia aceptó como legítima esa elección, aun en contra de la voluntad de los opositores.

7. Otras fuentes son los principios generales de Derecho y las sentencias comunes de los teólogos católicos fieles. Estos legitiman la elección por toda la Iglesia: Vitória, Cajetanus, Billot, Bellarmino… Argumentan:

No puede existir la vacancia perpetua en la Sede que debe durar perpetuamente. El poder de elegir, faltando los de los niveles superiores, desciende a los niveles inferiores. La autoridad social visible debe existir en toda sociedad humana, por ser el principio y vínculo de unidad de forma y del fin social.

8. Dios no prometió a Pedro y ni le dio el poder divino para ligar al propio Dios; para colocar al hombre sobre Dios. Ligar a Dios por el poder humano es la voluntad de Lucifer y de los enemigos de Dios y de la Iglesia. De los racionalistas que quieren sólo leyes humanas, sin Dios (D.S. 2903). De los que quieren “abrogar” las leyes divinas. El papa podría abrogar los dogmas de fe y los mandamientos divinos.

9. Por lo tanto tal sentencia es de suma inepcia.

10. Tal sentencia absurda fue afirmada por los racionalistas del Concilio Vaticano II: “Dios tiene en cuenta la dignidad de la persona humana criada por Él, que debe conducirse por su criterio y gozar de la libertad” (D.H. 11,2). Quitó la subordinación jerárquica del hombre a Dios.

II. LA DESTRUCCIÓN DEL DERECHO DIVINO

Escribió el Sr. Jonh Daly: “Por la autoridad de los teólogos reconoce que, en abstracto, se equivocó”. Pero añade: “tal sentencia no es evidente, porque, no es imposible que, desapareciendo el último Cardenal, perezca el derecho de elegir un papa”.

1. Tal sentencia insiste en poner el Derecho humano sobre el Derecho divino. El Modernismo agnóstico pone la autoridad de los teólogos sobre el Derecho divino. Los racionalistas absolutos quieren que el hombre, sin Dios, decida lo que lo bueno o malo (D.S. 2903). El Sr. Xavier da Silveira, pretende que la cuestión del papa herético sea resuelta no por la autoridad divina, sino por un “acuerdo entre los teólogos”. Fue seguido por Dom Mayer y Mons. Lefebvre. San Pio X condenó tal sentencia en el Decreto “Lamentabili”. El Vaticano II propone que los dogmas de fe proceden del consenso de los obispos entre sí, sin subordinación jerárquica al derecho Divino (Lumen gentium, 22).

 2. La Iglesia perpetua por voluntad y obra de Cristo; la perpetuidad de los Sucesores de Pedro, es dogma de fe (D.S. 3058), ahí estaría destruida por ley humana papal, por el acto singular concreto que surge de la voluntad de los seres humanos. Los Cardenales pasando de la fe a la herejía, al cisma, a la apostasía, destruirían la Cabeza visible de la Iglesia, el fundamento perpetuo de la unidad de fe y de la unidad de gobierno y de comunión entre todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo. El arbitrio de los enemigos de la Iglesia destruiría la Iglesia. Los hombres destruirían el medio único de salvación que Cristo instituyo para durar hasta el fin de los tiempos. El Derecho vendría de los hechos materiales, como en el positivismo ateo (D.S. 2959).

3. Lo que sería “error” en el orden abstracto y teórico de la fe; sería verdad en el orden concreto de las leyes del obrar. Lo que “es posible” en el orden del creer, “no es posible” en el orden del obrar. El deber de creer sería contradictorio al deber de obrar. El mismo Legislador y Maestro divino habría dado a los hombres “deberes” contradictorios. Por un lado el deber de seguir la verdad divina; y por otro lado el deber de seguir la voluntad humana. Serian dos “derechos” opuestos, como en el Agnosticismo de la Masonería. De un lado Dios, del otro lado el hombre prevaleciendo sobre Dios, sin Dios, contra Dios, mudando la verdad divina universal por los actos contingentes humanos. La opinión del Sr. Daly destruye la Iglesia de Cristo: sin el fundamento el edificio se derrumba.

III. CONTINÚA EL DERECHO HUMANO CONTRA DIOS

Escribe el Sr. John Daly: “Si todos los Cardenales murieran, los derechos de los Cardenales no pasarían a los obispos: poder de predicar, crismar, reservar la Eucaristía en cualquier diócesis”.

1. Esta es la prueba del Sr. Daly para afirmar que el derecho de elegir un papa pereció. Es la permanencia Derecho humano impidiendo el Derecho divino; mudando la doctrina de la perpetuidad de la Iglesia con su fundamento humano visible de la unidad. Se vuelve el Derecho divino variable con los actos contingentes humanos provocados por los enemigos de Cristo.

Los límites de las diócesis son fijados por el Derecho humano de la Sede de Pedro. Los derechos de los Cardenales son fijados por el Derecho humano.

2. Además, el poder de Orden, al contrario del poder de jurisdicción, permanece en los herejes y la licitud de su ejercicio es fijada por Derecho humano. Así la Iglesia fijó las excepciones relativas a la ilicitud de ese ejercicio. Están en el Canon 2261: la existencia de “justa causa” cuando el excomulgado es “tolerado”, y de “extrema necesidad”, o en caso de muerte cuando el excomulgado es evitable.

3. Por lo tanto, los casos citados nada tiene que ver con el primado de jurisdicción de la Cabeza visible de la Iglesia. Sin esta no existirían estas leyes humanas.

Así, esta sentencia del Sr. John Daly muestra o impericia o dolo.

IV. DEPENDENCIA DEL CONSENSO HUMANO

Escribe el Sr. John Daly: “La elección papal es posible en el orden teórico, pero no es posible en el orden práctico; porque depende del consenso de todos los católicos del mundo para tener validez. Pero esto es imposible; no existe ni entre los teólogos: uno dice que el elector es el clero romano; otro, un Concilio; otro, otros obispos. Otro dice que en el Concilio de Constanza no existió el Derecho supletorio porque Gregorio XII dio poder electoral al Concilio”.

 1. Si la elección papal es posible en el orden teórico del Derecho divino, el deber de creer en los “perpetuos Sucesores” de Pedro (D.S. 3058), la norma concreta del obrar, en la práctica, es también precepto divino, precepto del Legislador divino que debe ser obedecido (D.S. 3071). Los mandamientos de Dios no son de libre elección (D.S. 1569). El hombre no está solo obligado a creer, sino también está obligado a obedecer los mandamientos “Si alguien dice que los preceptos de Dios, al hombre justificado y constituido en gracia son imposibles de ser observados, sea anatema” (D.S. 1568). Tal doctrina es la de los luteranos y de los jansenistas (D.S. 2001-2006). No estamos obligados sólo a creer; sino también a observar los mandamientos. Tal observancia es condición de salvación (D.S. 1570). Tal sentencia es temeraria, prohibida por los Santos Padres bajo anatema. “Dios ordena que hagas lo que puedes y que pidas lo que no puedas y Él te auxilia para que puedas” (Concilio de Trento; D.S. 1536). Amar a Dios y al prójimo; creer en los artículos de fe, también serían imposibles sin la gracia (S.T. 2-2,2-5, ad 1). Dios da la Sabiduría a quien la pide (Tg. 1,5).

     2. La doctrina teórica y el mandamiento práctico, son cosas de Derecho divino que no proceden “ex consensu Ecclesiae” (Concilio Vaticano 1, D.S. 3074). Tal doctrina es la de los Jansenistas (D.S. 2602-2603). Es la del Ecumenismo (Mortalium ânimos). Es la del Modernismo (D.S. 3426). Es la de Mons. Lefebvre. Es la del Sr. Xavier da Silveira y Dom. Mayer. Ella substituyó a Dios por el hombre. Es la de los racionalistas absolutos (D.S. 2903). Por eso los lefebvristas reconocen el poder al hereje, por su libre arbitrio, contra la norma de la Iglesia expresada por Paulo IV (Cum ex apostolatus). Por aquí se ve la igualdad fundamental entre sedevacantistas acéfalos y lefèbvristas, ambos fundados en el consenso humano, en el libre arbitrio individual, contra la autoridad divina de la Sede de Pedro.

3. La Sede de Pedro debe ser obedecida no sólo en materia de fe y de costumbres, sino también en materia de disciplina y gobierno (D.S. 2678). Si la materia electoral, fuera de Derecho divino, las otras normas son de Derecho humano en el Canon 20 refiere donde encontrarlas. Y el Canon 5, de la Vacante Sede Apostólica, de San Pio X, dispone que en casos urgentes, que no se pueden posponer, el propio Colegio de los electores puede dar el remedio oportuno.

Esto tiene dos aspectos: los electores deben ser verdaderamente católicos y no “católicos” modernistas, herejes, opositores a la norma divina de la elección. Ellos pueden decidir sobre materia electoral: pero “con excepción del propio acto de la elección” (Canon 4). Lo que es de Derecho divino no cae bajo el derecho humano, bajo el arbitrio y consenso de los hombres (D.S. 3074). El “negocio urgente” primero es el de la propia elección por Derecho divino. Los demás de Derecho humano, están subordinados a este. Y los electores no tienen ningún poder de jurisdicción ordinaria papal (Canon 1). No pueden usurparlo. Si lo hacen, el acto es nulo.

 4. Por lo tanto, el argumento del Sr. Daly es nulo; proviene de los herejes. Quiere subordinar el Derecho divino al hombre.

5. Si Gregorio XII, uno de los papas dudosos, en el Gran Cisma de Occidente, si él dio o no poder de jurisdicción para el Concilio de Constanza elegir un papa, es también cuestión dudosa. No es la opinión de algún teólogo que decide en este caso concreto y ni en cuanto a la norma del Canon 20, establecida por la Iglesia con poder divino. La validez de la elección estaba asegurada por la Iglesia, en cuanto al electo por  el Concilio de Constanza; y por el Canon 20. Así los argumentos del Sr. John Daly son falsos y son de los herejes de la peor especie.

V. SENTENCIA SUMAMENTE HERÉTICA

Escribe el Sr. John Daly: “No es esencial y de absoluta necesidad en la Iglesia la existencia de un papa. Él es solo muy útil, como un brazo. Su falta es solo inconveniente.

     Si un papa fuera de necesidad absoluta, la Iglesia dejaría de existir en las vacancias, porque: “Más y menos no cambia la especie”.

     Luego la vacancia milenaria o perpetua es posible”.

1. Es de necesidad absoluta y esencial la existencia de un papa porque Cristo quiso que la Iglesia fuera visible y perpetua; que la Cabeza, principio de la unidad de la Iglesia, fuera visible y perpetua. Existe anatema, del Concilio Vaticano I, para quien niegue esta necesidad de la Cabeza visible (D.S. 3055), “Ecclesiae militantis visivel caput” y para quien niegue la perpetuidad de esta Cabeza visible, por Derecho divino; que San Pedro tenga en el primado sobre toda la Iglesia: “perpetuos Sucesores” (D.S. 3058). Para el fin de la “perpetua salud y del perenne bien de la Iglesia”, en “todos los siglos”, el Sucesor de Pedro es: “príncipe de los Apóstoles; cabeza y columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica” (D.S. 3056). Cristo quiso la jerarquía de pastores y de doctores en la Iglesia: “Hasta la consumación de los siglos” (D.S. 3050). Él es el “principio perpetuo de la unidad, y el fundamento visible” (D.S. 3051), de la unidad de fe y de Caridad, o de comunión. Esto “para que sea perenne la obra salutífera de la Redención” (D.S. 3050), por voluntad de Cristo.

Por lo tanto, está fuera de la unidad de fe y de gobierno quién niega esta “necesidad absoluta” y “esencial”. Tal persona quita la visibilidad y perpetuidad de la Iglesia; destruye la “sociedad perfecta” que es la obra de Cristo. Un Cuerpo vivo puede vivir sin un brazo; o sin una pierna; pero no sin la Cabeza. Así tal sentencia es la de los herejes enemigos de la Iglesia.

El Derecho divino muestra la necesidad absoluta, divina, de la Cabeza visible perpetua: “Donde no existe gobernante, el pueblo se dispersa” (Prov. XI, 8).

2. La duración mayor o menor de la existencia de un ser humano, siendo el tiempo una forma accidental, no cambia la naturaleza de ese ser que es material y temporal. Por esto los papas mueren en cuanto son seres temporales. Por eso la Iglesia, como obra divina de Cristo, con el poder espiritual de la Sede de Pedro, no muere con la muerte de cada uno de los papas. Ella tiene doble naturaleza. Ella tiene como fin la salvación de todos los seres humanos, hasta el fin de la existencia de todos los seres humanos. Ella es perpetua, no temporal. Es visible, no invisible. Son los herejes protestantes y jansenistas que quieren y quisieran una Iglesia de unidad invisible, neumática, solo en espíritu. Igual que el Vaticano II,  Ecuménica, sin un verdadero papa. El Vaticano II es acéfalo en cuanto no tiene un papa verdadero. Así el silogismo del Sr. Daly pasa de lo temporal de los papas en cuanto su naturaleza mortal, a la perennidad de la Iglesia en cuanto es obra divina perpetua, trascendente a los tiempos y a las opiniones humanas.

San Pablo condena como “obra de la carne”, la “religión de los ángeles no visibles”, de los que “no tienen una cabeza” (Col. II, 18-99).

3. La privación de la Cabeza visible humana por cierto tiempo no altera la naturaleza divina de la Iglesia y no altera el precepto y deber de la existencia de una Cabeza visible. No altera la forma y el fin de la Iglesia visible. Pero la vacancia prolongada tiene efectos nocivos si es por décadas, siglos o milenios: pierde la visibilidad del vínculo de unidad primero: y se acerca a los enemigos de la sociedad católica. Un barco sin timón ni piloto, por corto tiempo, no pierde la ruta del fin predeterminado; pero por largo tiempo, décadas, siglos, milenios o de modo perenne, pierde la forma y el fin. Una enfermedad por un día no tiene los efectos de una enfermedad por décadas o de modo perenne. La forma humana material requiere la forma visible y viva de la Cabeza que es el principio de la unidad de la Iglesia. “Creo en una Iglesia” dice el credo católico. “Omne ens est unum”, dice la Ontología. La esencia y existencia no existen separados. Así la Iglesia es humana y divina; es visible e invisible.

Por lo tanto, los mandamientos de Dios no son libres (D.S. 1569); no son imposibles (D.S. 1536); deben ser obedecidos (D.S. 1571); son condiciones de salvación (D.S. 1570). Así la Cabeza visible es esencial (D.S. 3055); y es, por obra divina, perpetua (D.S. 3058). Así la sentencia del Sr. John Daly y de sus seguidores es herética. Quieren la destrucción de la Iglesia Perpetua.

VI. LA LIBRE EXEGESIS DEL APOCALIPSIS

Escribe el Sr. John Daly: “La venida del Anticristo es un acto cierto. Zins demostró, de modo triunfal, que durante su tiempo, no existirá papa. Así sea por falta de consenso del católico o por la venida del Anticristo: no existirá papa.

     Por lo tanto, es conclusión cierta: La vacancia es definitiva; un papa no es necesario; la elección es absurda; él no será electo.

     Debido a que Dios intervendrá. El tiempo es corto. Henoch y Elias dirán quién es obispo católico; les darán jurisdicción y les enseñaran como elegir papa”.

1. La profecía habla de la venida del Anticristo. Pero el Anticristo no prevalecerá sobre la Iglesia de Cristo. Lucifer no prevalecerá en nada sobre los dogmas de fe y preceptos divinos: “quien persevere hasta el fin este será salvo”(Mt. XXIV, 15). Por lo tanto, los enemigos de Cristo “no prevalecerán” sobre el deber de creer que San Pedro debe tener perpetuos Sucesores hasta el fin de los tiempos y los fieles deben perseverar en el deber de creer y de obrar. Pero deber de creer, enseña León XIII: “Sea cual sea la violencia y habilidad de los enemigos de Cristo, visibles o invisibles, estando fundada sobre Pedro, nunca podrá la Iglesia sucumbir o desfallecer en lo que sea” (Satis cognitum). Por lo tanto, mucho menos en su “Cabeza visible” y “fundamento perpetuo”, cosa esencial y de necesidad absoluta en la Iglesia que, por obra de Cristo, es visible y perpetua. Así a la venida del Anticristo, en nada prevalecerá sobre el reino de Cristo, sobre el credo: “fundamento firme y único sobre lo cual no prevalecerán las puertas del Infierno” (Trento, D.S. 1500). Él puede prevalecer sobre personas singulares, enseña León XIII, no sobre la Iglesia, en cuanto tal, en cuanto obra divina (Satis cognitum), con Constitución divina, perfecta, visible y perpetua, “que tiene en sí y por si todos los medios necesarios para su incolumidad y acción” (León XIII – Immortale Dei).

2. Por lo tanto es ineptitud, estulticia, doctrina anti-católica afirmar que: “Zins demostró, de modo triunfal, que durante el reino del anticristo, no existirá papa”. La Iglesia es perenne. La Cabeza visible de la Iglesia es perpetua. Esto es dogma de fe. Los preceptos del Derecho divino deben ser obedecidos. No están bajo la libre interpretación de este o de aquel seglar o clérigo, en contradicción a la Tradición, al primado de Pedro, al Magisterio dogmático y canónico de la Iglesia. Quien está contra este Magisterio está fuera de la unidad de la Iglesia. La palabra divina de Cristo se refiere a la perpetuidad de la Iglesia, de la Cabeza visible y de la Jerarquía. Sin el primado perenne no existe la Iglesia perenne.

3. Por lo tanto hay dos razones falsas en esta sentencia: el libre-examen de las Escrituras contra los dogmas de fe y la falsa “falta de consenso de los fieles”en aquello que pertenece a la unidad de fe y de gobierno. Quien dice esto defiende la “falsa religión cristiana” del Ecumenismo, y la libertad y la igualdad religiosa (Pio XI, Mortalium ânimos). La “certeza” en la Iglesia procede de la infalibilidad del Magisterio universal de la Sede de Pedro y no de las opiniones de los Señores Zins; John Daly, Arai Daniele; Gwynne; Michael Davies, Abbé Coache; etc…

Por lo tanto esa “conclusión cierta” es una opinión subversiva de herejes, invirtiendo la luz y las tinieblas; Cristo y Belial; queriendo controlar el obrar de Dios.

4. Así las conclusiones sobre Elias y Henoch son fantasía del libre-examen luterano sobre “obispo católico”, “jurisdicción papal”, “elección papal”. Los herejes sueñan, inventan ficciones, mienten como la Masonería y el Padre de la mentira.

5. Si la venida del Anticristo arrastró millones de personas, como estaba profetizado por Cristo (Mt. XXIV) y San Pablo (2 Tess. III, 1-11); si esto llevo tiempo para que los fieles discernieran entre la Iglesia modernista y la verdadera Iglesia Católica; hoy esta simulación ya es bien clara a los fieles que “aman la verdad”. La Bestia del Apocalipsis ya fue identificada. El deber de obrar y el deber de creer permanecen, inmutables, hasta el fin de los tiempos. “Quien persevere hasta el fin será salvo” (Mt. XXIV, 15) “Sal del medio de ella pueblo mío; para que no participes de su delito y no recibas su pena” (Ap XVIII, 4). “Sal de medio de ella…, dice el Señor” (2 Cor VI, 17).

VII. LA IGLESIA DE LA UNION INVISIBLE

Escribe el Sr. John Daly: “Según Zins no existirá papa en el reino del Anticristo. Por esto no dudamos en negar el deber de elegir un papa.

Ordenó Cristo a San Pedro, en el Huerto, guardar la espada; podría pedir legiones de ángeles al Padre. Esto tiene aplicación ahora.

     El deber de los fieles es la santificación personal.

     Elección papal es maniobra de Satán, falta de fe, cisma, exacerba divisiones; acto criminal, inútil, sacrílego, no llegar al fin, acto de auto-confianza, de orgullo, de salvador auto-designado, impide la satisfacción, pierde el alma”.

La herejía de uno, lleva a la herejía a otro. Un ciego guía a otro ciego, caminan ambos al abismo, camino contrario al del Magisterio de la Sede de Pedro. ¿Quién nombró a estos dos como maestros contra el Magisterio de la Iglesia? Los acéfalos siguen a hombres y no el camino de los Apóstoles y de la Iglesia. San Pablo dice anatema sobre quien así obra (Cal I, 8-9). Es el camino de Lutero y de todos los herejes.

1. En el Huerto de los Olivos San Pedro aun no era Pastor de los pastores, Cabeza visible de la Iglesia. La espada material que ahí fue mandada guardar no es la espada espiritual de la Sede de Pedro contra los errores y herejías; del ministro de Dios contra los malos (Rom XII, 1-7). San Pablo ordena la obediencia a las autoridades superiores bajo pena de condenación eterna. Cristo refuerza este deber de sumisión: “Quien a ustedes obedece a Mi me obedece” (Lc X, 16).

Sobre la “legión de ángeles invisibles”, ellos no sustituyen la Cabeza humana visible de la Iglesia. Una Iglesia unida sólo con “vínculos invisibles” es lo querido por los herejes protestantes y jansenistas, opuesta a la unidad de fe y de gobierno que proceden de la Cabeza visible. Es doctrina condenada por Pio VI (D.S. 2615). El Sr. John Daly sigue en todo el camino de los herejes.

El “no dudar” en negar un dogma de fe y el deber imperado por precepto divino es una declaración pública y firme de herejía, cisma y apostasía. La intención y la voluntad de cisma aquí son claras. Él “no duda” en seguir a Lutero y Jansenio, a Lamennais y Loisy; al Vaticano II; no duda en subvertir la ordenación de la Iglesia. Es la pertinacia en el error.

2. El Sr. John Daly sigue aquí la inversión profetizada por Isaías, camino de todos los herejes: “dicen que el mal es un bien y que el bien es un mal; ponen la luz como si fuera tinieblas y las tinieblas como si fueran la luz” (Is. V, 20).

La obra de Cristo se convirtió en “maniobra de Satán” y la obra de Satán, se convirtió en deber de los católicos. La herejía se convirtió en fe y la fe se convirtió en herejía. La unidad de gobierno bajo un papa fiel se convirtió en cisma; y el cisma de la separación en relación a una Cabeza visible fiel se convirtió en unidad en la “nueva-iglesia” ecuménica. La obediencia preceptuada por el Derecho divino (Rom XIII, 1-2) y la Iglesia (D.S. 3060), se convirtió en “acto criminal”; el acto “subversivo” condenado por San Pablo (Tit III, 10-11) se convirtió en acto debido de satisfacción. El acto de la elección papal que preserva la forma y el fin de la Iglesia, se convirtió en acto de vacancia perenne que quita la forma y el fin divino de la Iglesia. El medio necesario de salvación se volvió medio de perdición.

La obediencia a Dios se tornó en acto de orgullo, de salvador auto-designado. La sumisión que santifica se volvió acto que impide la santificación. El medio de salvación, se volvió medio de perdición del alma.

De este acervo de sentencias subversivas se mide la pertinacia en la herejía y en el cisma.

VIII. SUBVERSIÓN AL DEBER DE OBEDIENCIA

Escribe el Sr. John Daly: “No prohíbe Dios hacer lo que está a nuestro alcance. Pero, en la actual crisis, el deber no es el de obrar, sino abstención práctica de acción, hasta que exista acción del propio Dios.

     Actualmente, el deber único es de la oración. Sin duda es el de rechazar terminar la actual crisis por una iniciativa propia. Ella no puede ser resuelta en el orden natural.

     Ella fue profetizada por Dios por un fin específico y sin que sea conseguido este fin específico ella no terminará. El deber es el de no frustrar, por un cónclave, el plan de Dios. Esta es la prudencia de Noé. Este es el sentido de la no aprobación del uso de la espada por Pedro”.

1. Los preceptos divinos no son solo cosas “prohibidas”. Son cosas obligatorias que deben ser hechas. Los luteranos enseñaron que los mandamientos de Dios eran cosas: “ni preceptuadas, ni prohibidas”, sino indiferentes y libres. Por eso fueron condenados por el Concilio de Trento (D.S. 1569). Dios es un Legislador que debe ser obedecido (D.S. 1571). “Los que aman a Cristo observan sus mandamientos” (Jô XIV, 23). Por lo tanto, ahí está implícita la herejía de la libertad religiosa, que contradice el precepto imperativo divino. (D.S. 1537).

2. Ahí se hace libre-examen de la orden de Cristo en el Huerto de los Olivos para subvertir dogmas de fe y preceptos de Derecho divino. San Pedro ahí aun no era Cabeza visible de la Iglesia; elegir un papa no es usar la espada contra los enemigos externos de la Iglesia; es tener el vínculo visible de la unidad entre los propios miembros de la Iglesia de Cristo. Los ángeles invisibles no son la Cabeza visible de la Iglesia. San Pablo cuando escribió la Carta a los Colosenses (II, 18-19), contra los “non tenens caput”, ya conocía lo que Cristo dijera en el Huerto de los Olivos. No compete al Sr. Daly, o Zins, substituir el Derecho divino y el Magisterio de la Iglesia.

3. Es estulticia del libre-examen luterano afirmar que la herejía del Quietismo de Molinos y de Quesnel es la “prudencia de Noé”, que trabajó intensamente, durante años, para la construcción del Arca salvadora. Tal “prudencia” es la de Mons. Lefèbvre, la “prudencia propia” (Prov. III, 1-5), contra los preceptos de la Iglesia, condenada por Paulo IV en los herejes (Cum ex apostolatus).

4. La acción de los enemigos de la Iglesia, visibles o invisibles, enseña León XIII, en nada prevalece en el deber de creer y en el deber de obrar de los miembros de la Iglesia, sumisos al Pontífice Romano (D.S. 3060).

Ahí se muda el deber de obrar por lo opuesto: deber de no obrar; se elimina la acción humana de los miembros de la Iglesia y se quiere sólo la acción divina. Dios dio precepto a los hombres y quiere ser obedecido (D.S. 1 571). Tal oposición retira de la Iglesia la unidad visible y perpetua de fe y de régimen, por la cual se identifica cual es la única verdadera Iglesia de Cristo. Ella cambia el credo: “Creo en una Iglesia”. Ella divide las ovejas sin un único Pastor.

5. Tal pasividad es condenada por el Concilio de Trento: “nihil omnino agere et passive se habere” (D.S. 1554). El precepto de la oración no elimina el precepto de la acción.

La Iglesia condenó el Quietismo de Molinos: “Querer obrar activamente es ofender a Dios que quiere ser el único agente” (D.S. 2202).

Condenó la misma herejía en Quesnel: ”Mandas en vano, Señor, si no das lo que preceptúas” (D.S. 2403).

6. Someterse al precepto divino, realizando la acción mandada por Dios, no es “iniciativa propia”, de “salvador auto-designado”.

Precepto de orden sobrenatural de la Iglesia no es acción de orden natural.

7. La acción de los malos, tolerada por Dios, es obra del “hombre del pecado en el templo de Dios”, “operación del error”, “operación de Satanás” (2 Tess. II, 1-11), no es el “plan de Dios”. Se produce más allá de la intención de Dios y contra ella, por intención de los malos, de los seguidores de Satanás. Un cónclave es obligación de los fieles a la Iglesia de Cristo de la cual ellos son miembros. Este no lo quieren los infieles, seguidores de Satanás. Dios no quiere que el mal acontezca; pero permite que los malos lo practiquen. Ellos serán condenados por esto. Pero su acción no prevalece sobre el deber de creer y sobre el precepto de obrar dado por Dios a los fieles al movimiento del Arca de la salvación cuyo timón esta guiado por el Sucesor fiel de Pedro.

IX. LA NEGACIÓN DEL PRIMADO DE PEDRO

Escribe el Sr. John Daly: “La crisis actual es un castigo de Dios. En esos casos Dios deja a los hombres sin un suporte natural. Obra Dios por sí mismo o por sus santos. No obra por iniciativa propia de salvador auto-designado, por medio puramente humano, por recursos naturales humanos, de orden temporal. Dios redujo el número de los hombres de Gedeon”.

1. Tal sentencia es libre-examen de la Revelación divina contra el dogma de fe enseñado e imperado como norma obligatoria del Magisterio de la Iglesia. Se coloca el “juicio proprio” libre del herético (Tit III, 10-11), contra el Derecho divino mandando la unidad de régimen de la Iglesia y la conservación inmutable de los sentidos de los dogmas de la Iglesia (D.S. 3020). La verdad divina variaría en los “casos” individuales concretos; con las opiniones humanas. Esto es la doctrina del Ecumenismo, del Modernismo.

 2. Aquí no se distingue entre bien y mal; entre castigado por Dios y honrado por Dios. Sólo quien practica el mal debe temer los castigos de Dios, porque no es sin razón que el ministro de Dios lleva la espada para la venganza contra los malos. Mas, San Pablo ordena la “necesidad de obediencia” a los ministros de Dios (Rom XIII, 1-7). Pero este texto predica lo opuesto: no obediencia a los mandamientos de Dios y de la Iglesia: no obedecer a la obligación de elegir un Sucesor visible de Pedro.

 3. Es falso que Dios: “deja el hombre sin soporte material” cuando la Iglesia predica la necesidad perpetua de la Cabeza visible del Sucesor de Pedro. “Es gran y pernicioso error, enseña León XIII, querer en la Iglesia sólo la naturaleza visible, o sólo la invisible”: “La Iglesia es una por la unión de las dos naturalezas”. No es monofisita, ni nestoriana. El autor de esta sentencia sigue en la Iglesia lo que los monofisitas juzgaban sobre Cristo.

4. El autor quiere en la Iglesia doctrinas y leyes divinas variables para “casos”singulares procedentes de la malicia de los enemigos acatólicos: cuando exista el papa, y para cuando no exista el Papa. ¿Dónde vio él esto en los 2000 años de Historia? No fue sino hasta el Arrianismo, el Monofisismo, el Luteranismo, el Jansenismo, el Liberalismo, el Modernismo.

5. Lo que pertenece al orden sobrenatural de la Iglesia no se cambia por lo que pertenece al orden natural; no está subordinado a un Sobrenaturalismo invisible o a un Naturalismo que retira la Cabeza visible de la Iglesia. Cristo es Señor de toda criatura humana, del orden natural y del orden sobrenatural; es un Pastor eterno, de un reino perpetuo, visible e invisible, hasta el fin de los tiempos (D.S. 3058). Por lo tanto, tal sentencia es herética: retira la naturaleza visible y perpetua de la Iglesia; la obediencia al Romano Pontífice (D.S. 3060).

6. Si Dios obra a través de los Santos; obra a través de seres humanos y no obra sólo por sí mismo. Y los herejes no eran hombres santos, sino “ladrones y salteadores” (Jo X, 1). “Iniciativa propia” es la de los que levantan el “juicio propio” libre (Tit III, 10-11), contra el Magisterio de la Iglesia; ellos son “auto-designados”, tienen “acción de grupo” en los infieles.

7. “Son incompatibles con la Iglesia de Cristo; un sólo cuerpo y sólo un alma. Una parte sin la otra no constituye un hombre. Para la verdadera Iglesia es necesaria, de modo absoluto, la unión de las dos partes. La Iglesia de Cristo no es semejante a un cadáver” (León XIII, Satis cognitum). Un cuerpo sin Cabeza es un cadáver.

8. Si Dios redujo el número de los hombres de Gedeón, estos hombres eran hombres; tenían una Cabeza visible gobernándolos; lucharon y no se quedaron pasivos y sin acción. Luego, el Libre-examen del autor es un fracaso. Dios tolera la acción de los malos, a veces, para castigo de ellos mismos. Pero no quiere la acción mala de ellos; no cambia sus doctrinas y preceptos divinos por la acción de los malos.

X. LA IGLESIA SIN SOLUCIÓN, MODELO JAPONÉS

De la secta de los acéfalos procede también la Iglesia “Sin solución”, “sin sacramentos lícitos” del Sr. Zins, iglesia “modelo japonés”, esto es, de los tiempos posteriores a San Francisco Xavier en Japón.

Juzgan como el hereje Baio, condenado por la Iglesia en defensa de la doctrina opuesta al estado de necesidad: “El hombre peca en aquello que hace por necesidad” (D.S. 1967). La Iglesia enseña con Santo Tomás que lo que no es lícito, en tiempos normales, por Derecho humano, en casos de extrema necesidad (como el actual) se torna lícito. El Canon 2261, 3 se refiere a los Sacramentos en casos de extrema necesidad. El Bautismo, la Penitencia y el Orden Sacerdotal están entre estos Sacramentos. La elección de un Papa, por normas supletorias de las normas, en casos de necesidad, es considerada por el Canon 20.

Por lo tanto el anticonclavismo y o antisacramentialismo se completan para afirmar una Iglesia de Cristo, obra divina perfecta, como una “iglesia sin solución”. Niegan la perfección divina de la Iglesia. Juzgan que la obra de los enemigos de la Iglesia prevaleció sobre la obra de Cristo. Tales personas, por ignorancia, o por mala fe, o por dolo, herejía y cisma piensan que destruirán ellos la Iglesia de Cristo, trazando nuevos caminos unidos a los de la “iglesia conciliar”, juzgando, como el Sr. A. Daniele, que un papa futuro vendrá de los cardenales de la Iglesia conciliar. Hasta entonces, la insubordinación al deber de Derecho divino, con urgencia se debe retirar.

CONCLUSIÓN

Existe hoy un puñado de miembros de la secta herético-cismático de los acéfalos. Parece que ella comenzó hace treinta años con el lefebvrista Abbé Coache y el Sr. Zins en Francia. Pasó a los anglicanos Sr. Gwynne, Sr. John Daly, Sr. Michael Davies y al brasileño de Portugal Sr. A. Danielle. Pasó a Mons. Pivarunas en los Estados Unidos y a Mons. Alarcon en Bolivia y otros, dispersos en los Estados Unidos, México y Argentina.

También pertenecen a la secta de los acéfalos los seguidores de Mons. Lefebvre, Dom Mayer, Mons. Guerard des Lauriers e Mons. Sanborn, porque el papa herético que ellos validan, siendo nulo, no extingue la vacancia de la Sede de Pedro. Son cripto-acéfalos, sin obediencia al Sucesor de Pedro sea fiel, sea infiel.

Todos estos rechazan la unidad de gobierno necesaria en la Iglesia por Derecho divino. Todos se alejan de la unidad de fe, de la obediencia necesaria de todos a la autoridad divina del verdadero Sucesor de Pedro (D.S. 3060), cosa de necesidad de salvación (D.S. 875). Se apartan de la unidad de comunión con la Cabeza visible y con los miembros fieles a ella obedientes, cosas pertinentes a la noción de cisma y credo: “Creo en Una Iglesia”, mutilando el dogma esencial retirando su integridad (D.S. 75). No es lícito disminuir o aumentar o cambiar nada en el Derecho divino conforme al tiempo y opiniones libres humanas (Ap. XXII, 19; D.S. 3020).

Tal secta de los acéfalos quiere aparentar ser “tradicionalista” porque conserva los ritos de San Pio V y porque aparenta rechazar las herejías del Vaticano II. Sin embargo, junto con él, defiende el libre-examen de la Revelación divina y altera la forma del gobierno de la Iglesia, monárquica de Derecho divino.

“Donde este el Cuerpo, ahí se reunirán las águilas” (Mt. XXIV, 28).

Laus Deo nostro

Coetus Fidelium

N° 8 agosto 2013

Traducción: Fundación San Vicente Ferrer

LA ESCALERA EN EL ÁRBOL EQUIVOCADO

Aunque no tenemos muchos lectores, queremos disculparnos ante ellos por haber tenido esta web sin actividad durante 28 días. La razón ha sido que carecíamos de internet hasta el pasado día 25, debido a que hemos trasladado nuestra sede a un sitio rural, que se está convirtiendo en un convento-seminario y casa de ejercicios espirituales. Reanudamos hoy nuestra actividad en la web, gracias a Dios, con un tema de actualidad: la elección del hereje Viganò como falso papa por el Patriarcado “Católico” Bizantino.

Había una vez un grupo de hombres que llevaban 61 días hambrientos perdidos en un páramo en el que había dos árboles; el primero era más alto y tenía unas pocas frutas, mientras que del segundo pendían numerosas frutas rebosantes de color con una apariencia muy apetitosa. Los dos árboles eran muy altos, con un largo tronco desprovistos de ramas, por lo que les era imposible esquilar hasta éstas sin una escalera. Discutieron las alternativas posibles y dieron con las dos siguientes: La primera esperar hasta que las frutas se desprendieran de los pedúnculos y cayeran al suelo, con lo cual podrían saciar con facilidad la flaqueza que sentían en sus estómagos. La segunda fabricar una escalera y subir a ellos. Luego de reflexionar cuál de las dos sería más apropiada prefirieron la primera, pero luego de pasar mucho tiempo, al ver que nada caía de los árboles, mientras el hambre aumentaba hasta hacer peligrar sus propias vidas, probaron con la segunda. Buscaron ramas y lianas para fabricar la escalera por todos lados, y luego de concluir su tosca fabricación y casi agotados  la pusieron sobre el árbol más bajo y que ofrecía frutas más atrayentes, deslumbrados por sus colores. Pero he aquí que al alcanzar la primera fruta comprobaron que sólo tenía brillo la parte que ellos observaban, y que la otra mitad estaba llena de gusanos; la fruta estaba enteramente podrida, aunque osaron comer de algunas pocas. Probaron con otras del mismo árbol y el resultado fue el mismo: no había ninguna fruta comestible, de manera que si trataban de saciar su hambre con ella morirían sin duda.

Bajaron, pues, del árbol y trataron de subir al otro algo más alto, pero teniendo necesidad de una escalera más larga para alcanzar sus frutos, y necesitando para ello de más tiempo para alargar la que habían ya fabricado, les sobrevino en esa tarea la muerte por inanición y por infección de la fruta podrida.

El modo de saciar el hambre acuciante fue correcto, pero..¡ Pusieron la escalera en el árbol equivocado¡, y esto último les causó la muerte.

Este cuento ilustra sobre el recientemente conocido acto por el que el Patriarcado “Católico” Bizantino ha elegido como “papa” al “Arzobispo” Carlo Maria Viganò.

Ciertamente no sólo el patriarcado tiene hambre de que haya un Papa en la Iglesia, sino que también algunos en la Iglesia Católica de rito latino  tenemos un inmenso anhelo de que se elija un Papa, porque una sociedad perfecta como la Iglesia no puede carecer de Cabeza ya que es indefectible.

Sin embargo, habiendo elegido los obispos del patriarcado el camino correcto, o sea, elegir un Papa cuando la Sede de Pedro está vacante, pusieron la escalera en el árbol equivocado eligiendo a un hereje; fueron a buscar la fruta de moda, la más deslumbrante del momento. Porque por muy loable que sea el esfuerzo de Carlo Maria Viganò por denunciar la corrupción que haya en la secta conciliar, no deja él mismo de ser tan hereje como Bergoglio, Wojtila, Ratzinger o Montini ¿Acaso no ha secundado él mismo las herejías del Conciliábulo Vaticano II? ¿Acaso no ha suscrito él mismo todos los errores y doctrinas heterodoxas proclamadas por el “magisterio” postconciliar? ¿No es verdad que también Viganò celebra la “misa” novus ordo inválida que tanto ofende a Dios? ¿Es incierto que el mismo Viganò participa en actos ecuménicos con infieles, tal como han hecho los falsos papas últimos? ¿No se vé que hasta en sus propios argumentos para denunciar a los hermanos de su secta usa del Código de Derecho Canónico falso aprobado por Wojtyla en 1983? ¿Estamos tan ciegos que no se aprecia que en sus amarillistas manifiestos arguye con frases del magisterio herético?

Aplaudimos haber hecho lo correcto, condenamos haber elegido a un hereje. Elogiamos haber usado la escalera- elegir al Papa en tiempo de Sede vacante- reprobamos haberla colocado en el árbol de frutos envenenados- elegir a un hereje-. ¡Una verdadera lástima! Nos parece aquel dicho de la fábula de Esopo que tanto se ha vulgarizado hasta en nuestro día, con el nombre del Parto de los Montes.

 No cabe duda, a tenor de la Bula Cum ex Apostolatus Officio del Papa Paulo IV, que esta elección hecha por el Patriarcado católico Bizantino en la persona de Viganò es inválida y nula de pleno derecho, no por el acto en sí, sino por el sujeto elegido.

No podíamos esperar otra cosa de ese Patriarcado Bizantino, porque aunque tengan toda la razón en los anatemas lanzados contra Bergoglio, sobre ellos mismos penden varios anatemas; diremos sólo dos: el primero por haber rehabilitado al hereje condenado por la Iglesia Católica, Juan Hus (+1415), un precedente de la reforma luterana; y no sólo lo rehabilitararon, sino que también, llenos de un osadía cuasi diabólica, lo “canonizaron”. El segundo es porque este Patriarcado reconoce como válida la nueva “misa” protestante del Novus Ordo, que ha hecho que tantos católicos hayan perdido la fe.

Condenamos, pues, haber probado la fruta llena de gusanos, rehabilitando y canonizando a Juan Hus y reconociendo la validez de una “misa” que ofende a Nuestro Señor Jesucristo. Condenamos haberse desviado del magisterio de la Iglesia eligiendo a un hereje de titulares de portadas.

No obstante, aprobamos no haberse quedado esperando a que la fruta cayera del árbol, luego de más de 61 años de hambre desde la muerte del último papa católico: Pío XII. En eso no quisieron seguir la suerte de otros que esperan temerariamente un milagro del cielo, para que Cristo, La Virgen María, San Pedro o un Arcángel hagan lo que ellos se niegan a hacer cumpliendo con su obligación de elegir un Papa. En esa espera, a que el Señor les saque las castañas del fuego, están muchos obispos, sacerdotes y fieles sedevacantistas. Pobre de ellos, ya decía San Juan Crisóstomo que era muy improbable la salvación de un obispo; por esa razón San Alfonso María de Ligorio se negaba rotundamente a ser consagrado obispo. ¿Acaso, no tienen temor del juicio de Dios?

El diablo anda suelto como león rugiendo buscando a quién devorar. Y no podemos dudar de que muchos han caído ya en sus garras, porque sea conscientemente o de forma atolondrada, de forma rauda, no son pocos los que se han prestado a ser sus instrumentos, tratando de ridiculizar la única posición verdaderamente católica: el conclavismo, a tenor de lo sucedido en el Patriarcado Bizantino “católico”. Apresuradamente algunos han prestado sus plumas para servir a los fines del diablo, tratando de generar la decepción en las almas católicas cuyo sensus fidei les dice infaliblemente que la Iglesia no puede estar sin cabeza visible permanentemente. Y qué más quiere el diablo  que los que tienen un peso en la opinión de los fieles, blogueros varios, secunden su plan para que no se elija un legítimo Papa en la Iglesia Católica, escribiendo insensateces e incluso anunciando en la práctica que la Esposa Inmaculada de Cristo está totalmente desprovista de los medios ordinarios de la gracia: los sacramentos. ¿Pero ya no creen que Cristo es fiel, y su Esposa Inmaculada, y que su desposorio jamás terminará?  ¿Ya no creen que la Iglesia es una sociedad perfecta, y que para ello es estrictamente necesario la elección de un Papa? ¿Ya no creen que la Iglesia es santa porque, en otras razones, posee los medios de santificación: los sacramentos?

El diablo encuentra a quién devorar y nos asombramos que entre sus dientes se encuentren hoy ya aquellas columnas de las que jamás sospechábamos que sucumbieran. ¿Por qué cayeron los pilares de la tradición que tanto nos enseñaron? Hemos meditado mucho sobre ello, y sólo se nos ocurre una explicación: Pusieron sus esperanzas en triunfos terrenos de la Iglesia, y en ocasiones en los suyos propios, y no en la Cruz. Si durante los años de su vida, algunos ya octogenarios,  sólo hubiesen esperado en esta tierra la cruz, las burlas, ser ridiculizados, el fracaso total aparente, muy probablemente jamás se habrían decepcionado, ni sucumbido ante el enemigo infernal. No es probable que quien al Señor pide la cruz se sienta abatido si esta sobreviene, ni es fácil imaginar que sea presa de Lucifer. Quién quiere la Cruz no se escandaliza, y sobrevenida ésta la abraza y pone su mira propia de dicha completa y para la Iglesia en el cielo, y nunca en el siglo.

En definitiva, tratar de confundir a las almas equiparando esta elección del Patriarcado “católico” Bizantino, con la única y verdadera posición católica conocida como conclavista, es un intento vano de Satán e inútil, aunque no dudamos, a tenor de lo leído, que arranque a Cristo algunas almas despistadas por leer lo que no deben, por beber en fuentes contaminadas, por comer de fruta envenenada, por asistir a celebraciones de clérigos tradicionalistas herejes, cismáticos y acéfalos,  o por temerariamente esperar que la fruta caiga sola del cielo sin cumplir su deber.

Satanás odia al Vicario de Cristo en la tierra, del cual viene la autoridad a la Iglesia, siendo el signo eficaz de la unidad, por lo que no cejará de impedir que se elija un legítimo Papa. Contemos con ello para no caer en tentación, y roguemos cada día al Esposo que convierta los corazones de los obispos, sacerdotes y fieles para que se unan para elegir al dulce Pedro en la tierra a quien Dios dará la autoridad.

Sofronio

MANDAMIENTOS SÉPTIMO Y OCTAVO. INTERÉS Y USURA. LA MENTIRA. RESTRICCIÓN MENTAL. EL FIN NO JUSTIFICA LOS MEDIOS

La Biblia, los Padres primitivos y la Iglesia católica condenaron hasta hace poco el interés como injusto e inmoral. Ahora la Iglesia no lo condena; ¿a qué obedece ese cambio de táctica? Además, al condenar la Iglesia al interés en el Concilio de Viena (1311), ¿no «maldijo el desarrollo material de la civilización», como dijo Lecky?
El Antiguo Testamento condenó el interés o la usura como una mera regulación económica, muy conforme a las circunstancias de la época (Ex. XXII, 25; Lev. XXV, 35; Deut. XXIII, 19). Y esto aparecerá más claro si recordamos que el Antiguo Testamento prohibía la usura entre los judíos, pero no entre un judío y un gentil. El Nuevo Testamento no menciona para nada esta cuestión. En el pasaje de San Lucas (VI, 34-35), Nuestro Señor no habla de intereses pecuniarios, como creyeron falsamente algunos teólogos, sino que exhorta a los ricos a que den limosna sin esperar nada en retorno por parte del pobre. 
En cuanto a los Padres de la Iglesia, hay que decir que no se propusieron dictaminar ni legislar sobre el interés, sino condenar con palabras de fuego la usura y rapacidad de muchos prestamistas ricos que robaban inicuamente a los pobres y necesitados.
Finalmente, los Concilios y teólogos de la Edad Media condenaban el interés por la sencilla razón de que entonces el dinero no era más que un medio de intercambio por artículos de consumo y la medida del valor de las cosas. Prestar a uno dinero y exigirle dinero por el uso de aquel dinero equivalía entonces a dar al dinero un valor doblado; por eso se condonaba la práctica. Pero hoy día las circunstancias han cambiado. Hoy el dinero se ha convertido en un medio de producción como la tierra y los edificios. Como esto ha sido admitido por todo el mundo, ya no puede estar en vigor la ley antigua sobre la usura. Por eso no condena la Iglesia el interés. Lo que sí condena y condenará es el abuso del interés, pues éste no debe ser excesivo, sino razonable. 
El dicho de Lecky no es más que una de tantas calumnias contra la Iglesia. ¿Qué obstáculos puso el Concilio de Viena para el empleo del capital? Entonces se negociaba de manera muy diversa, y contra aquellos modos de negociación nunca tuvo nada la Iglesia, fuera de recomendar, como ha hecho siempre, la caridad y la equidad.
Entonces el comercio se desarrollaba por sus vías normales con la aprobación de la Iglesia. La prohibición del interés no puso obstáculo alguno al comercio, tal como entonces se estilaba. Los mercaderes pedían dinero prestado por sus tráficos y recompensaban luego a los que se lo habían prestado, por el riesgo que habían corrido de perderlo. Esa era la costumbre y nunca la condenó la Iglesia. Ahora la costumbre es otra; tampoco la condena la Iglesia. Se trata de costumbres variables, y la Iglesia se acomoda a ellas siempre que no se toque a los preceptos divinos. La Iglesia condenaba antiguamente el interés para salir por el pobre, a quien estrujaban prestamistas avaros y sin entrañas. Aun hoy día el Estado la imita en eso cuando vota leyes regulando las operaciones bancarias. 
¿No es lícito mentir en algunos casos, como dijo Lutero? De hecho, todos decimos mentiras a los niños, a los enfermos y a los que no tienen derecho a conocer la verdad.
La mentira es intrínsecamente mala; por tanto, nunca es lícito mentir. Entendemos por mentira una palabra o una sentencia que aparentemente muestra lo que uno cree o siente, pero que en la mente del que la profiere representa todo lo contrario. 
Según Santo Tomás, toda mentira es pecado, mayor o menor, según las circunstancias. Y da la razón de esto: «Porque como las palabras son el signo natural del pensamiento, sigúese que es contra la naturaleza significar con ellas lo que uno no tiene en la mente» (2, 2, q. 100, a. 3). Por consiguiente, no mienten sólo los que intentan engañar a otros, sino también los que dicen lo contrario de lo que entienden ser verdadero. El deseo de engañar pertenece a la perfección de la mentira, como enseña el mismo Santo Tomás. 
La mentira está condenada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. El octavo mandamiento dice: «No levantarás falso testimonio contra tu prójimo» (Ex XX, 16; Deut V, 20; Mat XIX, 18). El Antiguo Testamento dice repetidas veces que Dios odia a la mentira y que castiga al mentiroso (Prov. VI, 17, XII, 22; salmo V, 7). Jesucristo atribuyó la mentira al demonio, quie es el padre de las mentiras (Juan VIII, 44), y retó a los judíos a que le convenciesen a El de pecado alguno contra la verdad (VIII 21, 46). San Pablo y Santigo previenen a los cristianos contra la mentira (Ef. V, 25; Sant. III, 14) y en el Apocalipsis leemos que los mentirosos empedernidos se condenarán para siempre (XXI, 8, XXII, 16). 
Lutero aconsejó al landgrave Felipe de Hesse que negase que vivía casado con dos mujeres, para que ninguno le imitase y así no se propagase la poligamia. Este proceder de Lutero es un borrón más en su vida peregrina y no se lo perdonan ni sus mismos seguidores. Además, creyó que era lícito mentir para esparcir más fácilmente su doctrina. Por desgracia, aún corren entre la plebe muchas de sus mentiras. Dijo una vez: «¿Qué mal se va a seguir de que un individuo diga una mentira, por gorda que sea, si lo hace por un fin bueno, por ejemplo, por el bien de las Iglesias cristianas?» (Grisar, Lutero, 1, 15). Este apóstata no se acobardaba ante la mentira. Mandó que se quitase del canon de la misa todo lo que sugiriese la idea de sacrificio, pero mandó al mismo tiempo que se conservase la elevación con ciertas ceremonias para engañar más fácilmente a la plebe. 
Aquí vemos que la famosa teoría de que el fin justifica los medios no es jesuítica, sino luterana. No mentimos formalmente cuando informamos a los niños sobre cosas que ellos no están aún capacitados para entender, y las revestimos con un ropaje que dice muy bien con su mentalidad, como cuando les decimos que los Reyes Magos traen dulces y juguetes, y cuando los entretenemos al amor de la lumbre contándoles cuentos de hadas, que sólo existen en la imaginación. Dígase lo mismo de las buenas noticias que se dan a los enfermos del peligro cuando se teme que la noticia de la muerte que se acerca les puede agravar la enfermedad. Sin embargo, hay que distinguir en esto. Si por nuestras mentiras el enfermo se va al otro mundo sin recibir los sacramentos, pecamos mortalmente. Recuerdo que una vez visité a un enfermo que se hallaba en estado gravísimo. El médico y los parientes le tenían engañado diciéndole que se levantaría en unos días, y, como consecuencia de estas mentiras, rehusaba confesarse. Le desengañé diciéndole que se moriría antes de la medianoche, y al punto se confesó. Aunque los parientes tenían buena intención, pudieron haber sido la causa de que el enfermo se hubiera condenado para siempre. Dios es santo porque es veraz. La veracidad de Dios es parte de su santidad. Por eso, Dios no puede dejar de ser veraz sin dejar de ser santo. Los hombres debemos imitar las perfecciones de nuestro Hacedor. Nuestra santidad corre pareja con nuestra veracidad. Cuando mentimos, ennegrecemos el atributo de nuestra santidad. Y ésta es la razón primaria e intrínseca de que la mentira nunca sea lícita. 
Los católicos, por un lado, condenan la mentira; pero, por otro, la admiten, al admitir como cosa licita la restricción mental. ¿Qué me dice usted a esto? 
Para no dar palos al aire, vamos a fijar bien los términos y las nociones. Entendemos por restricción mental un acto de la mente en virtud del cual determinamos, al hablar, el sentido natural que aparentan tener nuestras palabras. Allá en la mente restringimos el significado natural de las palabras. Si yo, por ejemplo, respondo a una pregunta de modo que, ya sea por el uso del país, o por la costumbre social, o por otros indicios, mis palabras son susceptibles de doble sentido, no hago más que usar una restricción mental amplia que siempre es lícita. Pero si respondo de modo que mi interlocutor no puede ver indicio alguno de que estoy usando de una restricción mental, entonces la restricción mental no es más que una mentira redonda. Esta distinción es muy importante, y no siempre la entienden todos, especialmente los no católicos. Valgan algunos ejemplos para aclararla. Un conocido mío viene a mi casa y me pide dinero. Repite la visita con el mismo fin, y luego descubro que no tiene intención de pagármelo. Cuando vuelve por tercera vez, oye que la sirvienta le dice que no estoy en casa. Ahora bien: o es tonto de capirote, o entiende de sobra que no estoy en casa para recibirle a él. Lo mismo: asedian los periodistas al presidente del Consejo de Ministros, que viene de firmar un tratado comercial con Francia, y le preguntan: «¿Qué hay del tratado comercial con Francia?» El presidente responde: «Señores, es la primera noticia que tengo.» Es que el jefe del Gobierno no está obligado a echar a los cuatro vientos los secretos de su política. Ya los descubrirá en la Cámara, o se los harán descubrir. Pero no mintió a los periodistas. 
Finalmente, pueden preguntar a un sacerdote—como de hecho ha ocurrido— porqué le dijo el penitente X en el confesonario. El sacerdote responde que no sabe nada. Todo el mundo sabe que los confesores están obligados a guardar inviolablemente el sigilo sacramental. No miente, pues, el sacerdote cuando dice que no sabe lo que le dijo el penitente. El mismo Jesucristo nos dio un buen ejemplo de restricción mental cuando dijo que el Hijo de Dios no sabía la fecha del Juicio final (Mar. XIII, 32). No lo sabía con ciencia comunicable, pero en rigor lo sabía, como aseguraron todos los Padres en sus controversias con los arríanos apolinaristas, nestorianos, monofisitas, etc.
La teología moral divide los secretos en tres clases:  
, secreto natural, que se relaciona con nuestra vida privada y con los pecados ocultos del prójimo. 
, secreto confiado, que abarca todo aquello que se nos comunica bajo la condición de que hemos de guardarlo secreto; 
, secreto profesional, que comprende los hechos y dichos que han llegado a conocimiento de los sacerdotes, abogados, médicos y otros funcionarios públicos en el ejercicio de su profesión. 
En general, estamos obligados a guardar fidelísimamente estos tres secretos. Cuando una persona impertinente nos pregunta sobre estos secretos, podemos lícitamente hacer una restricción mental y decir que no sabemos nada. El secreto de confesión no admite excepción alguna. Obliga siempre aunque cueste la vida al confesor.
Los otros secretos admiten excepciones. El secreto natural, y lo mismo el confiado, deja de serlo cuando la legítima autoridad pregunta oficialmente para salvar a un tercero inocente o a la comunidad en general. Aun el secreto profesional pierde su fuerza obligatoria cuando de guardarlo se seguiría un mal mucho mayor.
Así, por ejemplo, un médico que sabe privadamente que un niño de un internado tiene una enfermedad seria contagiosa, digamos viruelas, está obligado a dar cuenta a la autoridad competente para que le separen y no contagie a los demás niños. Lo mismo: si sabe que un joven sifilítico intenta casarse sin hacer saber a la futura esposa el estado en que se encuentra, está obligado a avisarla él mismo para que se prevenga y vea si la conviene aceptar la mano.
Todo esto es claro y de sentido común; tanto, que, al querer explicarlo, se corre el peligro de embrollarlo más. Diremos, para terminar, que la restricción mental es lícita cuando se nos aprieta con preguntas capciosas sobre materias que, por justas y graves razones, debemos guardar secretas. Pero a nadie le es lícito abusar de estas restricciones. El 2 de marzo de 1679, el Papa Inocencio XI condenó semejantes abusos. 
¿No es cierto que los jesuítas defienden que el fin justifica los medios?
No, señor, no es cierto. Los jesuítas, como todos los moralistas católicos, defienden que para conseguir un fin bueno es lícito poner un medio bueno, o, por lo menos, indiferente; pero jamás han dicho que se puede hacer un mal para conseguir un bien. Para que una acción sea buena, es menester que todas sus partes constitutivas sean buenas, a saber: el fin, los medios y las circunstancias de lugar, tiempo y demás. Basta que una de estas fuentes de moralidad sea mala, para que toda la acción sea asimismo mala. Así, por ejemplo, si doy una limosna a un pobre por caridad (una acción buena), o doy un concierto de piano en un teatro (acción indiferente) para fines benéficos, en ambas acciones uso medios buenos e indiferentes para conseguir un fin bueno. El fin aquí justifica los medios. Pero si doy dinero a un político para que me consiga un puesto de honor en el Ayuntamiento; o, a semejanza de aquellos famosos bandoleros andaluces, robo a los ricos para favorecer a los pobres, el buen fin que yo me propongo no justifica los medios de que me valgo.
Finalmente, si doy dinero para fines benéficos con el único fin de que mi nombre salga en, el periódico y todos alaben mi conducta, esta circunstancia me roba todo el mérito sobrenatural, como lo afirmó categóricamente Jesucristo (Mat. VI, 1, 2). Se trata, pues, de una de tantas calumnias contra los jesuítas. Y esto es evidente, porque ni Pascal, ni Dollinger, ni tantos otros enemigos acérrimos de los jesuítas les echaron jamás en cara semejante acusación; ni ha logrado nadie encontrar en un libro escrito por jesuítas la proposición «el fin justifica los medios»
En 1852, el Padre Roh, de la Compañía de Jesús, ofreció 1.000 florines al que encontrase semejante proposición en los libros de los jesuítas, y el diputado alemán Dasbach ofreció, en 1903, una suma doble con el mismo objeto. El jesuíta apóstata Hoensbroech aceptó el reto, escribió un libro para demostrar que la acusación era legítima, se presentó a los tribunales por el dinero de la apuesta, Los tribunales fallaron contra Hoensbroech, ya que en los pasajes aducidos por el ex jesuíta no se contenía esta sentencia: «El fin justifica los medios, tanto formal como materialmente.» Los que defendieron que el fin justifica los medios fueron Lutero y sus amigos Melacton y Bucero, que permitieron al landgrave Felipe vivir casado con dos mujeres, aparentemente para que Felipe no cayese en adulterio, pero realmente para que aquel príncipe licencioso permaneciese en el luteranismo. Luego Lutero le dijo que lo guardase secreto para evitar escándalo, y que si le preguntaban qué mujer era aquélla (Margarita de Sala, con quien se casó viviendo aún la primera mujer), respondiese que era su querida. Para Lutero, una mentira, si se decía con buenos fines, no era mala.
Me he encontrado más de una vez con médicos que acusan a los católicos de defender este principio inmoral, y ellos lo ponen en práctica todos los días, porque no vacilan en matar a una criatura antes que nazca, para salvar la vida de la madre, ni se paran a pensar las razones que los mueven a hacer una operación de ovariotomía. Y es eso, que los criminales ven la paja en el ojo ajeno, y no ven la viga que llevan atravesada en los suyos. 
¿No es cierto que la Iglesia permite a los católicos decir mentiras a los protestantes? Además, el Concilio de Constanza decretó expresamente que «ninguno está obligado a cumplir lo prometido a un hereje». En virtud de este principio, se violó el salvoconducto dado a Huss por el Concilio.
La Iglesia católica defiende y sostiene que la mentira es un mal intrínseco, y no permite a los católicos que mientan bajo ningún pretexto. Decir, pues, que permite a los católicos decir mentiras a los protestantes, es una de tantas calumnias, refutada ya hasta la saciedad. La han venido refutando, entre otros: Lezmacio (1544), Copo (1581), Campion (1608), Rosweidt (1608), Sweert (1611), Becano (1612) y Márquez (1645).
Huss salió de Praga sin salvoconducto de ningún género, como él mismo lo confesó nada menos que en tres cartas. El emperador Segismundo le concedió una escolta de bohemios nobles que le acompañasen y defendiesen hasta el Concilio. El 18 de octubre, el emperador le envió desde Espira un salvoconducto escrito que llegó a Constanza diez días más tarde, antes que Huss fuese arrestado. Tanto el emperador como los nobles bohemios consideraron este arresto como una violación del salvoconducto, y protestaron, aunque en vano, ante los Padres del Concilio. Ninguno creía entonces que el salvoconducto del emperador daba a Huss derecho a volver a Praga si el Concilio le condenaba. Por fortuna, se conservan cartas del emperador, del rey de Aragón, de los nobles bohemios y aun del mismo Huss, en las que se afirma que el salvoconducto defendía al portador en su jornada contra toda violencia ilegal, pero que no le libraba de las consecuencias de la justicia. Aunque Huss afirmó en dos cartas que el emperador había prometido de palabra «llevarle a Bohemia sano y salvo», sin embargo, la afirmación no pasó de ser gratuita, y o mintió, o entendió mal las palabras del emperador. Además, el emperador no tenía autoridad para cumplir semejante promesa, como afirma Palacky. 
BIBLIOGRAFIA.
Apostolado de la PrensaEl séptimo, no hurtar. 
AubideLos manantiales de la difamación jesuítica. 
Domínguezla mentira en los niños. 
FerreresLa justicia, el derecho y los contratos. 
GonzálezUnas apostillas al libro de René Fulop. 
LópezLa lucha contra la usura.

LA INTENCIÓN DEL RECEPTOR DEL SACRAMENTO

Texto del P. Bernard Häring, tomado de su Teología Sacramental en la obra «La Ley de Cristo», Bibioteca Herder. Lo escrito entre [ ] es nuestro.

«No es necesario demostrar que para que para el encuentro personal con Dios es necesaria la intención, o sea la voluntad de encontrarse realmente con Dios en el sacramento, o lo que es lo mismo, abrirle la puerta a Cristo que viene en el sacramento. 

Pero hay que parar mientes en la índole especial de este encuentro personal en el sacramento; de otro modo podrían inferirse conclusiones falsas acerca del carácter personal de esta comunión de palabra y respuesta.

El niño que aún no ha llegado al uso de rezón no puede tener intención, pero tampoco puede ofrecer ningún obstáculo: Cristo puede alcanzarlo con su acción salvadora. La intención la hace la Santa Iglesia, su madre, y en dependencia de ella, los padres que representan al niño.

Pero el que ya tiene uso de razón debe abrirse voluntariamente a Cristo por la intención de recibir el sacramento. Para ello se requiere algún conocimiento de lo que significa y aceptarlo en dicho sentido. El que, por ejemplo, quisiera someterse al rito exterior, pero sin la voluntad de encontrarse con Cristo en el sacramento, o dicho de otra manera, el que no quisiera con ello recibir nada de la Iglesia de Cristo ni obligarse a nada, éste no tendría la intención necesaria para una recepción del sacramento válida.

No es generalmente necesario que la intención sea formada o renovada interiormente en el mismo momento en que se realiza el acto exterior; basta que perdure la intención anteriormente formada.

Tratándose de sacramentos por los que se toma un estado o deberes especiales (orden y matrimonio) se requiere una intención bien clara y expresa y no revocada [Parece evidente que el cardenal Lienard, a tenor de las pruebas habidas, siendo Caballero Kadosk, grado treinta de la masonería, grado luciferino en el que se exterioriza odio al Papado y se jura lealtad a Satanás bajo el nombre de Batemop, no pudo tener intención interna clara y expresa de abrir la puerta de su alma a Cristo en el sacramento, no siendo suficiente el rito exterior para recibir la gracia de la plenitud sacerdotal: el episcopado; por lo que no es locura ninguna, sino sensatez del que tiene temor de Dios, pensar que si no era obispo, no pudo ordenar sacerdote a Lefebvre; la conclusión que parece cierta o más probable es que Lefebvre nunca fue obispo porque  la plenitud del orden, el episcopado,  no se da por salto, siendo necesario para recibir el episcopado haber recibido antes el orden sacerdotal; por lo que existe duda positiva y grave sobre la validez de las órdenes de todos los «sacerdotes»- sin exclusión de ninguno por mucho que griten y pequen en sus sermones youtoberos-, que provienen del linaje de Lefbvre; todos los teólogos de nota que hemos consultado coinciden en la necesidad de esa intención interna, casi imposible en el «cardenal» Lienard que juró, según testimonios de profesionales creíbles y hombres de honor, servir a Satanás; de ahí, probablemente, tanta pertinaz herejía entre ellos negando el magisterio ordinario de los papas legítimos y tanto pecado incluso público, hasta en sus sermones según se ve en los postcast que nos llegan, a la vez que tanta satánica soberbia en los  «sacerdotes» lefebvrianos, dado que a alguno ni le da vergüenza decir que ha superado al Doctor Común de la Iglesia, creyendo el único y más grande de los teólogos,  sabiendo como es público, que ni tiene un título de doctor tan siquiera, ni aún de licenciado; traen, pues, con ellos, la averiada teología galicana de la Reja o de Econe, y la grave duda positiva sobre la validez de sus órdenes, y su engreimiento; pero la teología moral es clara y plantea una grandísima duda sobre la validez de sus sacramentos. A los católicos no les está permitido, pues, recibir sacramentos dudosos; y eso bajo pena de pecado grave. No se da gloria a Dios acudiendo a recibir sus «sacramentos», al contrario, se ofende a la Santísima Trinidad cada vez que se hace.]

Para el bautismo la intención no ha de ser tan expresa, aunque si más clara que para la extremaunción, pues con el bautismo se abraza la condición de cristiano, con todos sus derechos y obligaciones. Por eso el bautismo de adultos exige la intención de hacerse cristiano. 

El acto explícito  de conformarse en todo con la voluntad de Dios y de aceptar su divina acción- lo que equivale al bautismo de deseo- podría incluir la intención suficiente para recibir válidamente el bautismo, aún cuando no se hubiere pensado en él de un modo expreso.

Los actos del penitente entran de manera especial como materia del sacramento de la Penitencia; por lo mismo es necesario que la intención de recibirlo se exteriorice de alguna manera. Pero téngase en cuenta que en este punto la controversia teológica no ha llegado aún a poner en claro todas las cosas.

Para la Extremaunción bastan las buenas disposiciones cristianas, en las que se incluyen la voluntad de morir cristianamente, o sea la de recibir el sacramento. Pero, dado el carácter personal de los sacramentos, es muy de desear que el cristiano, mientras goza de buena salud, exprese su deseo de recibirlos convenientemente. Esto es lo que hace en realidad el buen cristiano cuando, siguiendo los consejos de la Iglesia, pide una buena muerte y no una muerte «imprevista». En cambio, el que pide, con poco cristiano deseo, una muerte repentina y que venga sin que se sientan sus pasos, no parece tener la intención de recibir los últimos sacramentos.»

P. Bernard Häring