SERMÓN DE MONS. MERARDO. IMPORTANTÍSIMA DOCTRINA DE OBLIGADA ESCUCHA

SERMÓN DE IMPRESCINDIBLE ESCUCHA O LECTURA

Monseñor Merardo Loya, hace un llamamiento en el Jueves Santo a todos los obispos, sacerdotes y fieles católicos, para la manifestación y visibilidad de las notas de la Iglesia, en especial de la unidad. Es un breve sermón expone la doctrina de la Santa Madre Iglesia tan olvidada hoy día por muchos clérigos acéfalos, y expone la grave necesidad de la elección del Vicario de Cristo en la tierra.

¡ CATÓLICO, DIVULGA ESTE SERMÓN COMO SERVICIO AL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO,

QUE HOY TAMBIÉN VIVE JUNTO A SU SEÑOR SU PASIÓN!

PSICOLOGÍA EMPÍRICA. Facultades sensibles. 3/13

Facultades sensibles

En atención a que en la Cosmología se tratará de las facultades o fuerzas locomotriz y vegetativa, así como de la voluntad en la Ética, por las relaciones que tiene con su objeto, nos limitaremos a tratar en esta sección de psicología empírica de las facultades sensitivas, tanto de conocimiento como afectivas, y del entendimiento.

De la sensibilidad en general

A) Idea o noción de la sensibilidad.

Es difícil definir filosóficamente la sensibilidad, porque pertenece a aquella clase de objetos que con mayor claridad se experimentan que se explican. Diremos, sin embargo, que la sensibilidad en general es: aquella facultad o fuerza vital, la cual nos sirve, ya para percibir los objetos materiales y sensibles singulares, ya para experimentar determinadas afecciones internas con relación y dependencia de éstas percepciones.

Como facultad o fuerza vital conviene con las demás potencias de los animales y del hombre. Como facultad limitada a objetos materiales y sensibles singulares, se distingue de las facultades puramente intelectuales, como son el entendimiento y la voluntad, cuyas funciones se extienden también a objetos espirituales y universales.

B) Clasificación de la sensibilidad.

De la definición expuesta se puede colegir que la sensibilidad debe dividirse:

1º En cognoscitiva o perceptiva, y afectiva. La sensibilidad cognoscitiva es aquella cuyo objeto primario y directo es la percepción o conocimiento de algún objeto o cualidad de [228] los cuerpos. La afectiva, por el contrario, aunque presupone el conocimiento del objeto sensible, consiste precisamente en una especie de movimiento determinado hacia el mismo. Las funciones de la vista, por ejemplo, y las de la imaginación, pertenecen a la sensibilidad cognoscitiva; porque su objeto y su efecto propio es conocer o percibir algunas cosa. El deleite, la tristeza, la ira, pertenecen a la afectiva, porque en sí mismas no son más que movimientos o afecciones determinadas del alma con respecto a alguna conocida a o aprendida de antemano.

2º La sensibilidad cognoscitiva se divide en externa, la cual comprende los cinco sentidos que llamamos externos; e interna, la cual comprende ciertos sentidos interiores destinados a conocer en los objetos materiales y sensibles ciertas cualidades, modificaciones o propiedades, que no perciben los exteriores, y cuyos órganos se hallan en lo interior del cuerpo, de donde les viene la denominación de sentidos internos.

Téngase presente que las potencias afectivas de la sensibilidad también tienen órganos determinados, porque esto es común a toda facultad sensible. Ignoramos, sin embargo, el número y sitio particular de esos órganos, y hasta se disputa entro los fisiólogos acerca del asiento general de los mismos, colocándolos unos en el cerebro, otros en la médula espinal, quien en el corazón, quien en otras vísceras del cuerpo.

Algunos dividen las sensaciones o funciones de la sensibilidad en inmanentes y representativas, llamando inmanentes a las que son simples afecciones de nuestra alma, sin relación a ningún objeto distinto de ella; y representativas a las que nos representan algo fuera de nosotros. En vez de inmanentes y representativas, también se les podrá llamar intransitivas y transitivas; porque las primeras no nos hacen pasar al objeto, y las segundas nos trasladan a él haciéndonos salir fuera de los fenómenos internos.

No hay inconveniente en admitir esta clasificación de la sensibilidad adoptada por Balmes, pero con las restricciones siguientes: 1ª que para que una sensación sea representativa, no siempre es necesario que «nos represente algo fuera de [229] nosotros»; la imaginación, por ejemplo, funciona algunas veces, sin representarnos algo fuera de nosotros, como sucede cuando nos representa las sensaciones y afecciones antes experimentadas por nosotros y en nosotros: 2ª que aun aquellas sensaciones que reciben el nombre de representativas con relación al objeto, son en realidad verdaderas acciones inmanentes; porque toda sensación se realiza y se recibe en el mismo sujeto que siente, manet intus, recipitur in subjecto ipso a quo egreditur, y por consiguiente permanece dentro del sujeto.

C) Objeto de la sensibilidad.

El objeto general de las facultades sensitivas son las cosas materiales, como singulares. Todo cuanto percibimos por las facultades de la sensibilidad, interna o externa, cognoscitiva o afectiva, siempre es alguna cosa material, o alguna modificación, propiedad, efecto o causa de algún objeto corpóreo. Igualmente todo cuanto percibimos por la sensibilidad en todas sus varias manifestaciones, siempre es alguna cosa o hecho singular. Y aquí precisamente se encuentra una de las bases racionales y científicas más sólidas para reconocer y demostrar la diferencia esencial y primitiva que separa y distingue las facultades del orden sensible de las del orden puramente intelectual, como son la inteligencia o razón y la voluntad.

Como quiera que el objeto debe estar en relación y proporción con la naturaleza de la potencia destinada a su conocimiento, fácil es inferir que los sentidos internos, como más perfectos, superiores, y, por decirlo así, más espirituales que los externos, tienen también objetos menos groseros y materiales que éstos últimos, según tendremos ocasión de observar al tratar de los primeros.

Por lo que hace a los sentidos externos, su objeto puede dividirse en propio y común. Propio se dice aquella cualidad o modificación de los cuerpos que solo puede ser percibida por uno de los cinco sentidos externos; tal sucede en el color respeto de la vista, el sabor respecto del gusto, &c.

Objeto común se dice aquella cualidad o modificación de los cuerpos que puede ser percibida por dos o más sentidos, [230] como sucede con la figura, el movimiento, la magnitud o extensión, &c., que pueden ser percibidos por la vista y el tacto, y algunos por el oído. Los Escolásticos llamaban a los objetos de la primera clase sensibile proprium, y a los de la segunda sensibile commune. También decían que la sustancia corpórea singular se puede llamar sensibile per accidens, en cuanto que los sentidos, al percibir sus objetos propios o comunes, perciben en cierto modo, y de una manera indirecta y confusa, la sustancia o cuerpo que les sirve de sujeto, puesto que perciben en cierto modo, y de una manera indirecta y confusa, la sustancia o cuerpo que les sirve de sujeto, puesto que perciben las cualidades o modificaciones sensibles, puestas o inherentes en algún cuerpo, y no como separadas de él. Tomada en este sentido la afirmación de los Escolásticos, es muy racional y conforme a la experiencia y observación psicológica, y no merece las calificaciones que le han dado algunos cartesianos y otros modernos.

D) Necesidad de las facultades sensibles.

El hombre es un ser organizado y dotado de vida, como los animales, y es además un ser inteligente. Bajo los dos conceptos le son necesarias las facultades o potencias sensitivas. Es claro que sin los sentidos, sin los cuales no podría conocer y buscar lo que es necesario, provechoso y nocivo, el hombre no podría atender convenientemente a la conservación de su vida, ni a la propagación y conservación de la especie.

Por otra parte, cualquiera que sea la naturaleza de las relaciones que existen entre los sentidos y la inteligencia, es lo cierto, porque así nos lo evidencia la experiencia y la observación, que la razón y la voluntad no se ponen en movimiento, ni desarrollan actividad, sino precediendo y acompañando el ejercicio de la sensibilidad. No es posible desconocer en principio las íntimas relaciones que existen, ya entre los sentidos externos y la imaginación, ya entre ésta y la inteligencia.

Luego es incontestable que la sensibilidad es necesaria al hombre: 1º para la satisfacción de sus necesidades físicas y animales: 2º para el ejercicio y desarrollo de sus facultades intelectuales y morales. 

«LA VIE EN ROSE»

La doctrina olvidada en Cuaresma.

Resumen: El artículo trata de una doctrina casi olvidada y hasta despreciada: La mortificación; sobre la cual es común proloquio el decir que la oración sin mortificación es ilusión………

Ni el día de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo deja de referirse a la Cruz la santa Iglesia durante  el Oficio Divino de Maitines: “Et nos, beata quos sacri Rigávit unda sánguinis, Natalis ob diem tui Hymni tribútu, sólvimus” (También nosotros, que hemos sido lavados en el río precioso de tu Sangre divina, te ofrendamos el tributo de este himno por la gracia de tu Advenimiento). Ni tampoco deja de admirar el abajamiento y mortificación del Hijo de Dios en Laudes y Vísperas: “ Faeno iacére pértulit: Praesépe non abhórruit: Et lacte módico pastus est, per quem nec ales ésurit” (Consintió ser tendido sobre el heno, no tuvo horror del pesebre, y fue alimentado con un poco de leche Aquel por quien ni las aves padecen hambre); y ya desde el siguiente día y durante la prolongación de la Natividad en la Octava, celebra el sangriento martirio de San Esteban, el martirio espiritual de San Juan, el derramamiento de sangre de los Santos Inocentes, el de Santo Tomás, obispo y mártir, y el de San Silvestre, papa mártir; no hay más que referencias a la Cruz en el calendario, objeto de la Encarnación y ninguna otra piedad que pueda contentar a los aspirantes a santitos con papos colorados hay durante la Octava de la Natividad, porque nosotros predicamos un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos; en cambio para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento de Dios y sabiduría de Dios: porque la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios más potente que los hombres”(1Cor.22)

Sin embargo,  habéis oído decir durante estos apesadumbrados meses:

Otros – dijo Bergoglio –  pensaban que para llegar a Dios tenían  que ser mortificados y austeros, han elegido el camino de la penitencia…..Y estos tampoco llegaron al Dios vivo, a Jesucristo, Dios vivo.» (1) En otro lugar nos ‘ilumina’ el ilustre inquilino de Santa Marta, diciendo: Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo”Luego se pregunta: “¿Es eso lo que está haciendo la Iglesia– desde el concilio, suponemos-?” A lo que se responde él mismo: “Sí, nuestras misiones tienen ese objetivo: individualizar las necesidades materiales e inmateriales de las personas y tratar de satisfacerlas como podamos.» (2)

¿Qué entiende el mundo cuando Bergoglio proclama la libertad de conciencia, zahiere a los que han elegido el camino de la penitencia e iguala el fin de la Iglesia al de cualquier O.N.G.? En un artículo aparecido el día 29/12/2013 en el periódico La República, el ateo Eugenio Scalfari dice lo siguiente:

[Ha habido en la Iglesia] “Novedades y continuas innovaciones sobre todos los planos: teología, liturgia, filosofía y metafísica. Pero jamás se había visto que un Papa aboliera el pecado….Esta es la revolución de Francisco y esta será examinada a fondo, especialmente después de la publicación de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, donde la abolición del pecado es la parte más inquietante de aquel recentísimo documento”. (ver original; ver  traducción)

De esta nueva teología está impregnado el sermón de Navidad de Bergoglio: casi todo en él es una invitación a los hombres, sean de la religión que sean y aún ateos, para esperar aquí en el siglo, un mundo mejor. Ante lo cual un católico debe preguntarse :¿Francisco ya no considera que la misión de la Iglesia es la salvación de muchas almas, y que ese objeto, en parte, depende de las oraciones y mortificaciones de los miembros del Cuerpo Místico dirigidas a  ese fin, con lo cual vienen a ser por gracia cooperadoras de nuestro divino Salvador?

Pero más importante es saber qué piensa la Iglesia y sus santos. Pues bien, contra esta inversión de la Misión de la Iglesia y de su inmutable doctrina responden todos los bienaventurados al unisono así:

Al P. Luis de Sant Angelo en Segovia, escribe San Juan de la Cruz: “Si en algún tiempo, hermano mío, le persuadiere alguno, sea o no prelado [sacerdote, obispo, cardenal o papa], doctrina de libertad y más alivio, no la crea ni abrace, aunque se la confirme con milagros; sino penitencia y más penitencia y desasimiento de todas las cosas; y jamás, si quiere llegar a la posesión de Cristo, le busque sin la Cruz.

Durante estas últimas décadas en las que sobreabundan los “showmaster espirituales” (3), especialidad obtenida cum laude por Jorge Mario Bergoglio, muchos dichos de San Pablo escandalizan y entre éstos sobresale Col 1,24: “Ahora me gozo en los padecimientos sufridos por vosotros, y cumplo, por mi parte, lo que faltaba a las fatigas de Cristo en mi carne, por el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia”.

Según estas palabras del Apóstol de los gentiles, los sufrimientos de Cristo en su alma y en su cuerpo durante su vida mortal no son incompletos en sí mimos, sino en la carne nuestra; porque los padecimientos de Cristo están en el “debe” de S. Pablo. En efecto, respecto al mérito infinito de Nuestro Señor nada nos es posible añadir; sólo Él podía merecer por nosotros; pero en el orden de la aplicación quiso Cristo darnos la gracia de colaborar con nuestros trabajos, fatigas, sufrimientos, vida, enfermedades, oración y muerte, a fin de constituirnos en instrumentos de sus méritos redentores para derramarlos en todo siglo y lugar.

Sufrir por, con y en Cristo es, por lo tanto, responder “sí” a su llamada a colaborar en sus mismos fines redentores.

De esta manera, todo cristiano cuando secunda la gracia cumpliendo todo aquello que Dios le pide según su estado y orden, completa las fatigas de Cristo en su misma carne.

Pero, como bien sabemos, S. Pablo no había evangelizado directamente a los colosenses; y sin embargo, está seguro de que sus padecimientos y desvelos redundarán en provecho de éstos. He aquí el fundamento apostólico de una doctrina casi olvidada y despreciada: cuanto más se configure un cristiano con los sufrimientos de su Salvador, más almas arrastrará a Él, redundando en beneficio del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia; y de tal forma, que esa gracia del sufrimiento en nuestra carne, asombrosamente, no sobreviene en tristeza sino en gozo.

Es un “misterio tremendo y que jamás se meditará bastante: que la salvación de muchos dependa de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo dirigidas a este objeto, con lo que vienen a ser cooperadores de nuestro divino Salvador… y aunque nuestro Salvador por medio de crueles sufrimientos y una acerba muerte mereció para la Iglesia un tesoro infinito de gracias, por disposición de la Divina Providencia no se nos conceden todas de una vez …y esta misma lluvia de celestiales gracias será ciertamente abundantísima si elevamos a Dios ardientes plegarias…y si domamos con mortificaciones voluntarias este cuerpo mortal negándole las cosa ilícitas, e imponiéndole las ásperas y arduas; si, en fin, aceptamos con ánimo resignado, como de las manos de Dios, los trabajos y dolores de la vida presente”.

Esta cita anterior de la Carta Encíclica Mystici Corporis, del Papa Pío XII, explica la posibilidad de una satisfacción vicaria, es decir, el que podamos satisfacer en lugar de los pecadores. Este camino angosto de las penitencias y mortificaciones lo han seguido y enseñado todos los santos de la Iglesia“Es común proloquio el decir que la oración sin mortificación es ilusión” (4). La Santa de Ávila, en los capítulos 23, 30 y 32 del “Libro de Su Vida“ nos ilustra sobre esta vía y en el 37 nos cuenta cómo después de ver las penas del infierno, tras habérselas mostrado Dios, acabó de perder el miedo a las tribulaciones, penitencias y mortificaciones de esta vida pasajera, que es un suspiro. Más aún, coincide con la misma expresión de San Pablo, diciendo gozarse en los padecimientos y sufrimientos, escribiendo la Santa de Ávila que, tras mostrarle Dios la luz de la felicidad inmensa y de la eterna gloria, todos los trabajos del mundo y asperísimas penitencias le parecían dulces y suaves.

Las almas que verdaderamente quieren disponerse a la perfección no se han de contentar con aquellas tasadas penitencias y mortificaciones que sus directores les tienen señaladas (busquen directores que no sean apocados y mundanos dice la Santa abulense). En esto: disciplinas, cilicios, vigilias, etc., no han de hacer más que lo que les dicen los sabios directores, exentos de laxitud y nada apegados al mundo; pero en otras innumerables cosas que la vida nos ofrece a cada paso, siempre debemos escoger lo que es mortificación y dejar de lado lo que es de nuestro gusto. En estas mortificaciones que parecen pequeñas, prueba Dios a sus siervos fieles, para concederles más gracias y levantarlos a cosas mayores; en renunciar a algo de nuestro gusto legítimo, en la represión de un suspiro, en callar una excusa, en sufrir una palabra desabrida, en silenciar una ocurrencia aguda que nos pareció que venía al caso, en soportar una crítica injusta cuando era otro quien la merecía; en estas y en otras muchas cosas semejantes que parecen de poca monta, damos gloria a Dios complaciendo a Cristo que nos enseñó a no seguir jamás la voluntad de la carne ni a dar gusto a nuestros apetitos legítimos, para entrar en la noche de los sentidos y en la del espíritu, sin las cuales no puede aspirarse el alma a la unión con Dios, como bien nos enseña san Juan de la Cruz. Esta es la gota continua que orada la piedra y labra el corazón humano por duro que sea.

Desengáñense las almas detenidas en los afectos de su conveniencia de alcanzar más íntimas moradas de Cristo, dice la Santa abulense,  si no están dispuestas a mortificarse para colaborar en la aplicación de los méritos infinitos de nuestro Redentor en bien de otras almas.

Hoy día, desgraciadamente, en lugar de ser la “sal de tierra” muchos pastores, movimientos eclesiales conciliares: kikos, carismáticos de distinto pelaje, institutos nuevos y vetustos, y antiguas órdenes decaídas, han dejado de predicar esta doctrina, e incluso desprecian la necesidad de la mortificación interior y exterior; del orgullo del alma y del gusto, aunque sea legítimo, y de los sentidos; ¡cuán difícil es escuchar un sermón con esta palabra de Cristo! : “El que ama su vida la pierde; y el que aborrece su vida en este mundo, la conservará para vida eterna” (Jn 12,25), (copio el importante verso de la Tischendorf interlineal griego-español, en griego: ὁ φιλῶν τὴν ψυχὴν αὐτοῦ ἀπολλύει αὐτήν, καὶ ὁ μισῶν τὴν ψυχὴν αὐτοῦ ἐν τῷ κόσμῳ τούτῳ εἰς ζωὴν αἰώνιον φυλάξει αὐτήν).

Pero cómo van estos neo movimientos conciliares y tantos descreídos sacerdotes y religiosos a aborrecer su propia vida ofreciéndola en sacrificio, si se han unido al entendimiento del vicioso heresiarca Lutero para negar que en el altar haya una Hostia o Sacrificio para la expiación de los pecados, tanto de los vivos como de los difuntos, tal como [des]catequizan a sus enceguecidos fans  ¿No explica esto el odio de los fieles y «sacerdotes» de la iglesia conciliar a la Santa Misa Católica tradicional, la cual respira Sacrificio en todas sus partes?

Hemos visto en palabras de los bienaventurados la senda estrecha pero segura para la salvación que todos los santos, siguiendo a Cristo, predicaron. Pero gocémonos, pues esta es Su promesa, cumplida en S. Pablo como hemos visto y en todos los que siguieron al Cordero :“Has de saber, hija mía, que mis caudales y tesoros están cercados de espinas; basta determinarse a soportar las primeras punzadas, para que todo se trueque en dulzuras.”( Santa Brígida, explicando sus coloquios con Cristo). San Pablo reitera la doctrina del gozo que producen las mortificaciones: “Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones” (2 Cor 7,4). A un compañero párroco que se lamentaba al Cura de Ars de lo fría que estaba su feligresía, le respondía San Juan María Vianney: “¿Habéis orado, habéis ayunado? ¿Os habéis disciplinado?”– Una vecina suya oía todas las noches los golpes de su penitencia y, asombrada y compadecida, decía : –¡Cuándo pararás! ¡Cuándo pararás!-. Tal vez la vecina del Santo cura de Ars hoy diría:“¡Cuándo pararás! no ves que se te pone la cara de pepinillo avinagrado” (5) ¡Hombre! escucha lo que Francisco dice en sus sermones y escritos :No te mortifiques, no tengas cara de pepinillo avinagrado y vive “La vie en Rose”, tal como canta la mundanal y famosa canción‘; pura inmanencia bergogliana, amigos; sigamos al Cordero, como aconseja San Juan de la Cruz al P. Luis de Sant Angelo, y no crea ni abrace doctrina de libertad y más alivio, aunque la propusiere algún prelado que habita en San Pedro; perdón, digo en Santa Marta; porque con mayor libertad y alivio imposible es llegar a la posesión de Cristo.

Termino con una historia verídica, para aplicar a órdenes e institutos decrépitos, neo movimientos postconciliares con litúrgicos guitarreos, más bien aporreadores estridentes de sufridas cuerdas que verdaderos músicos, y a los que osan, indignamente, tomar el nombre del gran mortificado San Francisco y hacer una caricatura de su mensaje para mejor engañar a los católicos; aplíquese, también, cada uno de nosotros a sí mismo para no quedar eternamente confundidos:

‘Un día, unos cofrades estaban discutiendo con el Padre Definidor General sobre los problemas de la Orden, cuando el Padre Pío, tomando una actitud extraña, se puso a gritar, fijando su mirada a lo lejos: “¿Pero qué están haciendo en Roma? ¿Qué están combinando? ¡Hasta quieren cambiar la Regla de San Francisco!» Y el Definidor le dijo: ‘Padre, estos cambios se proponen porque los jóvenes no quieren saber más nada de la tonsura, del hábito, de los pies descalzos’..”. de la mortificación, en fin.

A lo que respondió el santo: “¡Expúlsenlos fuera! ¡Expúlsenlos fuera! ¿Pero qué? ¿Ellos le hacen un favor a San Francisco tomando el hábito y siguiendo su modo de vida, o más bien es San Francisco quien les hace un gran don?”

“…Luego, se dirigió hacia su celda; se dio vuelta, y lo apun­tó con su dedo, diciéndole: «¡No nos desnaturalicemos, no nos desnaturalicemos! ¡En el juicio de Dios, San Francisco no nos reconocerá como sus hijos!»” (6)

Que el clamor del Santo Padre Pío se escuche desde donde sale el sol hasta el ocaso y que su eco resuene en Santa Marta.

“¡Expúlsenlos fuera!” He aquí, en parte, la solución. Preferible es cortar los miembros engangrenados de luteranismo que ya no creen ni en el Sacrificio propiciatorio de la Misa,- todas las ramas podridas de modernismo por grandes que sean, sacarse un ojo, más aún si ya está ciego y pretende guiar a otros ciegos, a que se pierda una sola alma-. Pero que nadie los expulse jurídicamente fuera aún, no significa que pertenezcan a la Iglesia-pues los herejes no son parte del Cuerpo místico, y los que comunican con ellos en lo sagrado luego de dos advertencias deben ser tratados como herejes, conforme al CIC de 1917-, ni nos justifica ni a mí ni a usted, amable lector, para dejar de cumplir, aquí y ahora,  lo que faltaba a las fatigas de Cristo en nuestra carne, y mortificar nuestros sentidos y espíritu.

Notas:

(1) Misa de “Santa Marta”, comentando el Evangelio se propone en la liturgia de la fiesta de San Tomás Apóstol
(2) (Entrevista brindada por Francisco al Padre Antonio Spadaro, S.J., la cual fue publicada en principio en La Civiltá Cattolica el 19 de septiembre de 2013, y en español en la Revista Razón y Fe de España)
(3) Card. Ratzinger, quien hace lo contrario de lo que predica: “Klaus Gamber: un hombre intrépido”; introducción a La Reforma de la Liturgia Romana. Madrid 1996.
(4) Desengaños misticos a las almas detenidas, o engañadas en el camino de la perfeciión. R.P. Fr Antonio Arbiol; editado por Joseph
Carrasco; Madrid 1784.
(5) Francisco elogiando,al parecer, la filosofía de la vie en rose  “algunos cristianos melancólicos tienen más cara de pepinillos en vinagre que de personas alegres que tienen una vida bella.”
(6) “Carta a los amigos de San Francisco”, del Convento San Francisco de Morgon, Francia. Revista Iesus Christus N° 64, Julio/Agosto de 1999

 

Psicología empírica. Distinción de las facultades. 2/13

Aunque todos, o la mayor parte de los filósofos, convienen sustancialmente en la clasificación de facultades o potencias del hombre que dejamos consignada, no sucede lo mismo con respecto a la distinción de las mismas, ya con relación a la esencia del alma, ya comparándolas entre sí. No solamente los panteístas, que propenden por la naturaleza de su sistema a negar la distinción real de los seres, sino la mayor parte de los filósofos modernos, sin excluir algunos de los que hacen profesión de seguir las tradiciones de la filosofía escolástico-cristiana, adoptan la antigua opinión de los nominales, negando toda distinción real entre las facultades [221] o potencias vitales del hombre que radican y proceden del alma racional (1).

{(1) «Nimirum, escribe el P. Cuevas, una eademque vis est qua anima actus cujuscumque generis exercet: facultates vero, quas ipsi tribuimus, solius mentis conceptibus secernuntur.» Pocos filósofos y teólogos de nota encontrará el P. Cuevas, lo mismo en su Orden que en las demás, que hayan sentado semejante doctrina. La facilidad con que se aparta del común sentir de los Escolásticos, sería, no obstante, disimulable, si hubiera aducido sólidas razones para adoptar esta opinión.}

Expondremos nuestra opinión sobre la materia en las siguientes tesis.

Tesis 1ª
Las potencias o facultades del alma racional se distinguen de la esencia y sustancia de ésta con distinción real.

Pruebas o razones.

1ª El alma racional, considerada en su esencia y sustancia, está siempre en acto, y es una actualidad vital, puesto que necesaria y esencialmente constituye al hombre en que se encuentra ser viviente actualmente. Luego si las potencias no se distinguieran realmente de la esencia del alma, estarían siempre en acto, o sea en actual ejercicio con respecto a lo que le corresponde por su misma esencia y sustancia, que es el hacer y constituir al ser viviente. La experiencia interna nos manifiesta que nuestras potencias o facultades vitales no siempre se hallan en actual ejercicio: luego no pueden identificarse con la sustancia del alma, que siempre está en acto de vivir, y que por sí misma constituye una actualidad vital. En términos más precisos: la vida, que envuelve esencialmente el concepto de acto, de perfección actual, es inseparable del alma racional, y no puede existir ésta en el cuerpo sin que exista aquélla. Por el contrario, la potencia operativa puede existir y existe de hecho sin que exista siempre su acto. ¿Puede negarse en buena filosofía que las facultades de [222] moverse, de engendrar, de ver, de querer, &c., existen en el hombre separadas de sus actos o funciones actuales (1)?

{(1) Toda esta razón se halla condensada en las siguientes palabras de santo Tomás: «Anima, secundum suam essentiam, est actus. Si ergo ipsa essentia animae esset immediatum operationis principium, semper habens animam, actu haberet opera vitae (las operaciones o funciones de las potencias) sicut semper habens animam, actu est vivum». Sum. Theol., 1ª p., q. 77, art. I.}

2ª La diversidad, y hasta la oposición, que existe entre las operaciones y actos vitales del hombre, exigen que el principio próximo e inmediato de esas operaciones tan diversas, y hasta en algún modo opuestas, sea distinto realmente, por más que el principio radical, primero y fundamental sea uno mismo, o sea la sustancia del alma. No es fácil, en verdad, concebir que sea uno mismo el principio inmediato del pensamiento actual, de la visión, de la generación y del movimiento local. Siendo la esencia del alma un solo principio (una sustancia simple), no puede ser principio inmediato de todas sus acciones, sino que es necesario que tenga potencias múltiples y diversas, en relación con la diversidad de sus acciones (2).

{(2) «Cum essentia animae sit unum principium, non potest esse immediatum principium omnium suarum actionum, seo oportet quod habeat plures et diversas potentias correspondentes diversitati suorum actionum.» QQ. Disp. De Ani., art. 12. 
Por eso decían los Escolásticos que el alma es principium primum et radicale de las varias acciones del hombre, y que las potencias o facultades son principium proximum et secundarium de las mismas.}

3ª La experiencia nos enseña que existen entre las potencias del alma una verdadera subordinación y una dependencia real, por razón de las cuales una potencia mueve a otra y determina sus funciones, como se observa en los actos de la voluntad y de las pasiones, los cuales son determinados y modificados por la energía de la voluntad, así como también por la percepción, las ideas y reflexiones del entendimiento, y en la facultad locomotriz, cuyos actos se hallan [223] subordinados a la voluntad. Ahora bien: si las potencias del alma se identifican realmente con ésta, no es fácil concebir ni explicar satisfactoriamente esta subordinación de las facultades vitales. Donde hay identidad, no cabe subordinación: porque una cosa no se subordina ni depende de sí misma. Quod, esse non posset, dice santo Tomás, si omnes potentiae essent ipsa animae essentia, quia, idem, secundum idem, non movet seipsum.

Corolarios

1º Por la doctrina expuesta es fácil conocer porqué y en qué sentido decían los Escolásticos que el alma es principium quod de sus operaciones; y que las potencias son principium quo de las mismas. El alma se dice principio quod, porque es la cosa de la cual emanan originariamente todas las acciones del hombre. Sin embargo, se debe tener presente que en rigor metafísico, el alma no es principio quod de las acciones, sino el hombre, porque las acciones pertenecen y se atribuyen a los supuestos, actiones sunt suppositorum, o sea a los individuos completos. Así es que el alma más bien debe apellidarse principium quo totale, porque es el principio universal, mediante el cual, o por razón del cual, quo, el individuo produce las operaciones. Las potencias deben apellidarse principium quo proximum, porque son el principio o raíz inmediata de las operaciones que el hombre pone mediante o por medio, quo, de dichas potencias.

2º Los que defienden la identidad real de las potencias con la esencia del alma, preparan en cierto modo el camino al panteísmo, dando ocasión para excluir del alma toda potencialidad y convertirla en una actualidad pura, como pretende el panteísmo psicológico y subjetivo.

Tesis 2ª
Debe admitirse distinción real entre algunas potencias del alma.

Digo algunas para indicar que se prescinde aquí de ciertas cuestiones concretas sobre algunas potencias determinadas, como si la distinción entre la voluntad y el libre albedrío, [224] entre la razón y el entendimiento, es real o de sola razón.

Pruebas

1ª Si las facultades del hombre se identifican realmente entre sí, no pueden existir la una de la otra, a no ser que digamos que una cosa puede existir y no existir al mismo tiempo; es así que el alma humana separada del cuerpo pierde la facultad de nutrición y la sensibilidad externa, perseverando en ella en entendimiento y la voluntad; luego es preciso admitir que se da distinción real entre algunas potencias del alma.

Esta razón sirve también para confirmar más y más la tesis primera. Porque si las potencias se identifican con la esencia del alma, permaneciendo ésta después de la muerte, debieran permanecer también sus potencias. La duración y el ser de una cosa lleva consigo la duración y el ser de todo aquello que se identifica realmente con aquella cosa.

Si alguno pretendiera desvirtuar la prueba aducida, diciendo que en el alma separadas permanecen las facultades de sentir y de nutrirse, bien que no pueden ejercitarse por falta de los órganos necesitados al efecto, contestaremos nosotros que ésta observación robustece la fuerza de la prueba en vez de destruirla. En efecto: lo que se desprende de semejante observación es que en el hombre o en el alma racional hay ciertas facultades que no pueden ejercerse sino con dependencia, y usando de un órgano material, y que al propio tiempo hay otra u otras que pueden ejercerse con independencia de todo órgano material. Luego estas facultades son intrínseca y realmente distintas; pues es evidente que si la una no se distingue en nada realmente de la otra, deben estar sujetas a las mismas condiciones de ser y de obrar.

2ª Nosotros no conocemos nuestra alma, ni tampoco la de los brutos sino por medio de sus operaciones o actos y facultades; y esto es tan cierto, que si suponemos un hombre que no experimente ni perciba en sí mismo ningún acto, o que no perciba operación alguna en los animales, no alcanzará idea alguna ni de la naturaleza del alma racional, ni del [225] alma de los brutos, ni menos de la distinción que existe entre las dos. Ahora bien: si la facultad de sentir y la facultad de entender o pensar, son una misma facultad, una misma entidad a parte rei, una misma realidad, será consecuencia necesaria y legítima el inferir que el que tiene la facultad de sentir tiene también la facultad de pensar, puesto que existe identidad real entre ésta y aquélla, según la opinión que venimos combatiendo. Luego los brutos que tienen la facultad de sentir, tienen también la facultad de pensar.

Por otra parte, y cualquiera que sea la solución que se intente para evitar esta deducción peligrosa, siempre resulta que los que niegan la distinción real entre las facultades, y la de éstas de la esencia o sustancia del alma, se hallan en la imposibilidad y se cierran a sí mismos el camino para establecer y demostrar la distinción real, esencial y primitiva, entre el alma de los brutos y la del hombre.

A la verdad, sin por una parte las facultades o potencias se identifican realmente con la sustancia del alma, y son una misma cosa con su esencia; si por otro lado la facultad de sentir y la de entender o pensar no se distinguen realmente entre sí, ¿qué medio de demostración nos queda para establecer sólidamente la distinción esencial y primitiva entre el alma racional y el alma de los brutos? Porque si la facultad de sentir y de pensar son una misma cosa, y esta cosa se identifica con la esencia del alma racional, donde quiera que exista la facultad de sentir, existirá también la esencia del alma racional; es así que en los brutos existe realmente la facultad de sentir; luego existe también realmente la esencia del alma racional.

Esta sola razón bastaría para establecer sólidamente tanto esta tesis como la anterior, y su fuerza sólo puede ser desvirtuada diciendo con Descartes que los brutos son meros autómatas que carecen de la facultad de sentir.

Excusado es añadir que los que niegan la distinción real de las facultades vitales en el hombre, ya entre sí, ya con respecto a la esencia del alma, echan por tierra una de las verdades más importantes y fundamentales de la filosofía cristiana, que cierra la puerta al materialismo y sensualismo. [226]

Objeciones

Obj. 1ª Admitir facultades distintas realmente de la esencia del alma, es multiplicar los entes sin necesidad: luego, &c. Prueb. el antec. Así como las facultades o potencias proceden inmediatamente del alma, lo mismo podrían proceder de ésta inmediatamente las operaciones: luego admitir facultades distintas es multiplicar los entes sin necesidad.

Resp. Negando los dos antecedentes y la paridad que se establece en el segundo. Además de las razones alegadas en las pruebas contra esta paridad, bastará tener presentes las siguientes observaciones: 1ª que no se podría señalar la razón suficiente de la diversidad de operaciones que se observa en el hombre, si todas procedieran de un mismo principio inmediato: 2ª que perteneciendo, como pertenecen, al orden de seres accidentales las operaciones o actos de las criaturas, deben proceder de un principio accidental para que haya relación y proporción entre el acto y su principio inmediato: 3ª que según la doctrina o teoría de santo Tomás, en ninguna sustancia creada las operaciones o actos nacen inmediatamente de la misma sustancia, (nulla creata substantia est inmediate operativa), pues esto es atributo propio de solo Dios, en el cual, siendo como es acto purísimo, la operación se identifica o es una misma cosa con su sustancia: in solo Deo operatio est ejus substantia. Unde Dei potentia quae est operationis principium, est ipsa Dei essentia: quod non potest esse verum, neque in anima, neque in aliqua creatura.

Obj. 2ª La pluralidad y distinción real de las potencias entre sí, destruye la simplicidad del alma; porque donde hay pluralidad y distinción real de partes no puede haber simplicidad: luego, &c.

Resp. Dist. el ant. La pluralidad y distinción real de las potencias destruye la simplicidad potencial o potestativa del alma, conc., destruye la simplicidad sustancial o de esencia, neg. La pluralidad de potencias o facultades en una sustancia, no es incompatible con la simplicidad y unidad de esencia, así como esta simplicidad y unidad de esencia y [227] sustancia no es incompatible con la pluralidad y distinción real de operaciones, pluralidad y distinción que la experiencia manifiesta en el hombre y que no es posible poner en duda.

Consolaciones a los fieles en tiempos de persecución…

Consolaciones a los fieles en tiempos de persecución o de herejía.

El padre Demaris[1], que veía a los fieles amenazados de quedarse sin sacerdotes y sin sacramentos, inflamado de  la Caridad del Buen pastor, Jesucristo,  aunque encarcelado, hizo escribir esta carta, por requerimiento de ellos y para su consuelo, que contiene una  regla de conducta  para permanecer en la fe católica; y dice:

Mis queridos hijos: Situados en medio de las vicisitudes humanas y del peligro propio del estallido de las pasiones, enviáis muestras de caridad a vuestro padre y pedís una regla de conducta. Voy a mostrárosla y a tratar de llevar a vuestras almas el consuelo que necesitáis. Jesucristo, el modelo de los cristianos, nos enseña con su conducta lo que debemos hacer en los penosos momentos en que nos hallamos. Ciertos fariseos le dijeron un día: “¡Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte”. Él les respondió: “Id y decidle a esa zorra: “He aquí que estoy expulsando demonios y haciendo curaciones hoy y mañana, y al tercer día terminaré. Pero hoy, mañana y pasado tengo que seguir; porque no cuadra que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lucas 13. 31-33).

Tembláis vosotros, mis queridos hijos. Todo lo que veis, todo lo que oís, es atemorizador. Pero consolaos: se está cumpliendo la voluntad de Dios. Vuestros días están contados, su Providencia gravita sobre vosotros. Amad a esos hombres que la humanidad presenta como bestias salvajes. Son instrumentos que el cielo utiliza para sus designios y, como un mar enfurecido, no traspasarán el límite prescrito contra las olas que oscilan, se agitan y amenazan.

El torbellino tempestuoso de la revolución que golpea a diestra y siniestra, y los ruidos que os alarman, son las amenazas de Herodes. Que ellas no os aparten de las buenas obras, que no alteren vuestra confianza y no manchen el brillo de las virtudes, que os unen a Jesucristo. El es vuestro modelo, y las amenazas de Herodes no lo desvían del curso de su destino.

Sé que corréis riesgo de prisión e incluso de muerte. Os diré pues lo que San Pedro a los primeros fieles: “Es una gracia que por consideración a Dios se soporten dolores injustamente padecidos. ¿Pues qué gloria hay en ser pacientes cuando obráis mal y os castigan? Pero si sois pacientes cuando obráis bien y padecéis, eso es gracia ante Dios. A eso fuisteis llamados, pues también Cristo padeció por vosotros, dándoos ejemplo a fin de que sigáis sus pasos. El no hizo mal ni se halló engaño alguno en su boca; injuriado, no devolvía injurias; padeció y no amenazaba, y se entregó a quien juzga injustamente” (I Pedro 2. 19-24).

Los discípulos de Jesucristo, en su fidelidad a Dios, son fieles a su patria, y plenos de sumisión y respeto hacia las autoridades. Abroquelados en sus principios, con una conciencia irreprochable, adoran la voluntad de Dios. No han de huir cobardemente de la persecución. Cuando se ama la cruz, se es audaz para abrazarla y el amor mismo nos regocija. La persecución es necesaria para nuestra íntima unión con Jesucristo. Puede desatarse a cada instante, pero no siempre tan meritoria ni tan gloriosa. Si Dios no os llama al martirio, seréis como esos ilustres confesores de quienes San Cipriano dice: “Sin que murieran a manos del verdugo, recibieron el mérito del martirio porque estaban preparados para ello”.

La conducta de San Pablo registrada en los Hechos de los Apóstoles (cap. 21) nos da este bello modelo, tomado del de Jesucristo. Camino a Jerusalén se enteró en Cesárea de que allí se expondría a la persecución. Los fieles le rogaron que la evitara, pero él se creía llamado a ser crucificado con Jesucristo, si ésa era su voluntad. Por toda respuesta les dijo: “¿Qué hacéis con lamentaros y acongojar mi corazón? Pues yo estoy dispuesto no sólo a que me apresen sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús”.

He aquí, mis queridos hijos, cuáles deben ser vuestras disposiciones. El escudo de la fe debe armarnos, la esperanza sostenernos y la caridad dirigirnos en todo. Si en todo y siempre hay que ser simples como las palomas y prudentes como las serpientes, tanto más cuando somos afligidos a causa de Jesucristo.

Os recordaré ahora una máxima de San Cipriano que, en estos momentos, debe ser la regla de vuestra fe y vuestra piedad: “No busquemos demasiado, dice este ilustre mártir, la ocasión del combate y no la evitemos demasiado. Aguardémosla de la orden de Dios y esperemos todo de su misericordia. Dios requiere de nosotros más bien una humilde confesión que un testimonio demasiado audaz”.

La humildad es toda nuestra fuerza. Esta máxima nos invita a meditar sobre la fuerza, la paciencia e incluso la alegría con que los santos sufrieron.

Ved lo que San Pablo dice: Os convenceréis de que cuando uno está animado por la fe, los males no nos afectan más que en lo exterior y no son más que un instante de combate que la victoria corona. Esta verdad consoladora sólo puede ser apreciada por el justo. Así, no os sorprendáis de que, en nuestros días, creamos lo que San Cipriano vio en los suyos, en el curso de la primera persecución: ¡que la mayor parte de los fieles corrían al combate con alegría!

Amar a Dios y no temer más que a Él es patrimonio del pequeño número de los elegidos. Este amor y este temor forma a los mártires, desapegando a los fieles del mundo y apegándolos a Dios y a su santa ley.

Para mantener este amor y temor en vuestros corazones, velad y orad, incrementad vuestras buenas obras y unid a ello las instrucciones edificantes de que los primeros fieles nos dieron ejemplo. Que los confesores de la fe sean familiares para vosotros y glorificad al Señor, al modo como lo hacían los primeros cristianos como nos lo dicen  los Hechos de los Apóstoles.

Esta práctica os será tanto más saludable cuanto más privados estéis de los ministros del Señor, que alimentaban vuestras almas con el pan de la palabra. Lloráis a esos hombres preciosos para vuestra piedad. Yo aprecio la pérdida que tuvisteis. Parecéis abandonados a vosotros mismos, pero este abandono, a los ojos de la Fe, ¿no podría seros saludable? La fe es lo que une a los fieles. Al profundizar esta verdad reconocemos que la ausencia corporal no rompe esta unión porque no rompe los vínculos de la fe, sino que más bien la aumenta al despojarla de todo lo sensible.

Como esta pérdida os priva de los sacramentos y de las consolaciones espirituales, vuestra piedad se alarma, se ve abandonada. Por legítima que sea vuestra desolación, no olvidéis que Dios es vuestro Padre y que, si permite que carezcáis de los mediadores instituidos por Él para dispensar sus misterios, no cierra por eso los canales de sus gracias y sus misericordias. Voy a exponéroslas como los únicos recursos a los que podemos recurrir para purificarnos. Leed lo que voy a escribir con las mismas intenciones que yo tuve al escribíroslo. No busquemos más que la verdad y nuestra salvación en la abnegación de nosotros mismos, en nuestro amor a Dios y en una perfecta sumisión a su voluntad.

Vosotros conocéis la eficacia de los sacramentos, sabéis la obligación a nosotros impuesta de recurrir al sacramento de la penitencia para purificarnos de nuestros pecados. Pero para aprovechar de estos canales de misericordia se necesitan ministros del Señor. ¡En la situación en que estamos, sin culto, sin altar, sin sacrificio, sin sacerdote, no vemos más que el cielo! ¡Y no tenemos mediador alguno entre los hombres!… Que este abandono no os abata. La fe nos ofrece a Jesucristo, ese mediador inmortal. Él ve nuestro corazón, oye nuestros deseos, corona nuestra fidelidad. A los ojos de su misericordia todopoderosa somos ese paralítico enfermo desde hacía treinta y ocho años (Juan, cap. 5) a quien para curarlo le dijo no que hiciera venir a alguno que lo arrojara a la piscina, sino que tomara su camilla y anduviera…

Ahora tenemos un solo talento que es nuestro corazón. Hagamos que fructifique y nuestra recompensa será igual a la que recibiríamos de haber hecho fructificar más. Dios es justo. No pide de nosotros lo imposible. Pero porque es justo pide de nosotros la fidelidad en lo que es posible. Con todo respeto por las leyes divinas y eclesiásticas que nos llaman al sacramento de la penitencia, debo deciros que hay circunstancias en que estas leyes no obligan. Es esencial para vuestra instrucción y vuestra consolación que conozcáis bien tales circunstancias, a fin de que no toméis el propio espíritu de vosotros por el de Dios.

Si en el curso de nuestra vida hubiéramos descuidado el más pequeño de los recursos que Dios y su Iglesia instituyeron para santificarnos, habríamos sido hijos ingratos; pero si se nos diera por creer que, en circunstancias extraordinarias, no podemos prescindir aun de los mayores de esos recursos, olvidaríamos e insultaríamos a la sabiduría divina que nos pone a prueba y que, queriendo que nos veamos privados de ellos, los suple con su espíritu.

Para exponeros, mis queridos hijos, una regla de conducta con exactitud, relacionaré con vuestra situación los principios de la fe y algunos ejemplos de la historia de la religión que explicitarán su sentido y os consolarán mediante la aplicación que de ellos podáis hacer.

Es verdad de fe que el primero y más necesario de los sacramentos es el bautismo: es la puerta de la salvación y de la vida eterna. Pero el deseo, el anhelo del bautismo es suficiente en ciertas circunstancias. Los catecúmenos sorprendidos por las persecuciones no lo recibieron sino en la sangre que derramaron por la religión. Hallaron la gracia de todos los sacramentos en la confesión libre de su fe y fueron incorporados a la Iglesia por el Espíritu Santo, vínculo que une todos los miembros a la cabeza.

Así se salvaron los mártires. Su sangre les sirvió de Bautismo. Así se salvaron todos los instruidos en nuestros misterios que desearon (según su fe) recibirlos. Así es la fe de la Iglesia, fundada sobre lo que San Pedro dijo: que no puede rehusarse el agua del bautismo a quienes han recibido al Espíritu Santo (Hechos, 10. 47).

Cuando uno tiene el espíritu de Jesucristo, cuando por amor a Él quedamos expuestos a la persecución, privados de toda ayuda, agobiados por las cadenas del cautiverio, cuando se nos conduce al cadalso, entonces tenemos en la Cruz todos los sacramentos. Este instrumento de nuestra redención contiene todo lo necesario para nuestra salvación.

San Ambrosio consideró santo al piadoso emperador Valentiniano, aunque murió sin el bautismo, que había deseado, sin poder recibirlo. El deseo, la voluntad es lo que nos salva. “En tal caso, dice este santo doctor de la Iglesia, quien no recibe el sacramento de la mano de los hombres, lo recibe de la mano de Dios. El que no es bautizado por los hombres, lo es por la piedad, lo es por Jesucristo”. Lo que nos dice del bautismo este gran hombre digámoslo de todos los sacramentos, de todas las ceremonias y todas las oraciones en los momentos actuales.

Quien no puede confesarse a un sacerdote, pero, teniendo todas las disposiciones necesarias para el sacramento, lo desea y tiene un anhelo firme y constante de él, oye a Jesucristo que, tocado por su fe y testigo de ella, le dice lo que una vez a la mujer pecadora: “Vete. Mucho te está perdonado porque has amado mucho” (Lucas 7. 36-48).

San León dice que el amor a la justicia contiene en sí toda la autoridad apostólica. Expresa con ello la fe de la Iglesia. Esta máxima es aplicable a todos los que, como nosotros, están privados del ministerio apostólico por la persecución que aleja o encarcela a los verdaderos ministros de Jesucristo, dignos de la fe y de la piedad de los fieles. Se aplica sobre todo si somos golpeados por la persecución. La cruz de Jesucristo no deja mácula alguna cuando se la abraza y se la sostiene como es debido. Pero aquí, en lugar de razonamientos, oigamos el lenguaje de los santos. Los confesores y mártires de África, al escribir a San Cipriano, audazmente le dijeron que volvían con una conciencia pura y límpida de los tribunales donde habían confesado el nombre de Jesucristo. No afirmaban ir a ellos con pura y límpida conciencia, sino volver de allí con ella. ¡Nada hace callar los escrúpulos como la Cruz!

Rodeados por esos extremos que son las pruebas de los Santos, si no pudiéramos confesar nuestros pecados a los sacerdotes, confesémoslos a Dios. Siento, hijos míos, vuestra delicadeza y vuestros escrúpulos. Que cesen y que aumenten vuestra fe y vuestro amor por la cruz. Decíos a vosotros mismos, y con vuestra conducta decid a todos los que os vean, lo mismo que decía San Pablo: “¿Quién me separará de la caridad de Jesucristo?” (Romanos 8.35).

San Pablo estaba entonces en la situación de vosotros y no decía que la privación de todo ministro del Señor, en la que pudiera encontrarse, podía separarlo de Jesucristo y alterar en él la caridad. Sabía que, despojado de todo socorro humano y privado de todo intermediario entre él y el cielo, encontraría en su amor, en su celo por el Evangelio y en la cruz todos los sacramentos y los medios de salud necesarios para acceder allí.

A partir de lo que acabo de decir, fácil os será ver una gran verdad, muy apropiada para consolaros y confortaros: que vuestra conducta es una verdadera confesión ante Dios y ante los hombres. Si la confesión debe preceder a la absolución, aquí vuestra conducta debe preceder a las gracias de santidad o de justicia que Dios os dispense; y es ésta una confesión pública y continua. La confesión es necesaria, dice San Agustín, porque incluye la condenación del pecado. Aquí lo condenamos tan pública y solemnemente que ella es conocida en toda la tierra. Y esta condenación, que es la causa de que no podamos acercarnos a un sacerdote, ¿no es mucho más meritoria que una acusación de pecados particular y hecha en secreto? ¿No es más satisfactoria y más edificante? La confesión secreta de nuestros pecados al sacerdote nos costaba poco. ¡Y la que hacemos hoy es sostenida por el sacrificio general de nuestros bienes, de nuestra libertad, de nuestro reposo, de nuestra reputación e incluso tal vez de nuestra vida!

La confesión al sacerdote casi no era útil más que para nosotros, mientras que la que hoy hacemos es útil para nuestros hermanos y puede servir para la Iglesia entera. Dios, por indignos que seamos, nos hace la gracia de querer servirse de nosotros para mostrar que ofender la verdad y la justicia es un crimen enorme, y nuestra voz será tanto más inteligible cuanto mayores los males y mayor la paciencia con que los suframos.

El hábito y la facilidad que teníamos para confesarnos, nos dejaba a menudo en la tibieza, mientras que hoy, privados de confesores, uno se repliega sobre sí mismo y el fervor aumenta. Consideremos esta privación como un ayuno para nuestras almas y una preparación para recibir el bautismo de la penitencia que, vivamente deseado, se convertirá en un alimento más saludable. Intentemos apartar de nuestra conducta, que es nuestra confesión ante los hombres y nuestra acusación ante Dios, todos los defectos que pudieran haberse deslizado en nuestras confesiones ordinarias; sobre todo la poca humildad interior.

Siento, hijos míos, toda la importancia de vuestra solicitud; pero cuando se confía en Dios no hay que hacerlo a medias; sería carecer de confianza el considerar que los recursos con los que Dios llama y conserva son incompletos y dejan algo que desear en el orden de la gracia. En la sabiduría, la madurez y la experiencia de los ministros del Señor encontraban consejos y prácticas eficaces para evitar el mal, hacer el bien y avanzar en la virtud. Nada de eso hace al carácter sacramental, sino a las luces particulares. Un amigo virtuoso, celoso y caritativo puede ser en esto vuestro juez y vuestro director. Las personas piadosas no iban al tribunal de Dios a buscar sólo instrucciones y luces; se abrían a personas notables por su santa vida en conversaciones familiares. Haced otro tanto. Pero que la caridad más recta reine en este comercio mutuo de vuestras almas y vuestros deseos. Dios os bendecirá y encontraréis las luces que necesitáis. Si este recurso os fuera imposible, descansad sobre las misericordias de Dios. El no os abandonará. Su espíritu hablará por sí mismo a vuestros corazones mediante inspiraciones santas que os inflamarán y dirigirán a los objetivos augustos de vuestros destinos.

Os pareceré parco en este tema. Vuestros deseos van mucho más allá, pero un poco de paciencia. El resto de mi carta responderá por completo a vuestra expectativa. No puede decirse todo a la vez, sobre todo en tema tan delicado y que exige la mayor exactitud. Continuaré hablándoos como yo me hablo a mí mismo.

Alejados de los recursos del santuario y privados de todo ejercicio del sacerdocio, no nos queda otro mediador que Jesucristo; a Él hay que recurrir para nuestras necesidades. Tenemos que desgarrar sin miramientos el velo de nuestras conciencias ante su majestad suprema y, en la indagación del bien y el mal que hiciéramos, agradecerle sus gracias, reconocernos culpables de nuestras ofensas… y rogar enseguida que nos perdone y nos indique los senderos de su voluntad santa (teniendo en el corazón el deseo sincero de hacerlo a su ministro cuando y tan pronto como podamos). He aquí, hijos míos, lo que llamo confesarse a Dios. ¡Hecha bien semejante confesión, será Dios mismo quien nos absuelva! El Evangelio es el que nos lo enseña al proponernos el ejemplo del publicano que, humillado ante Dios, se vio justificado (Lucas 18. 9-14), porque el mejor signo de la absolución es la justicia, que no puede ser apresada porque ella es la que libera. He aquí lo que debemos hacer, en el aislamiento total en que estamos. La Escritura santa nos indica aquí nuestros deberes.

Todo lo que se liga a Dios es santo. Cuando sufrimos por la verdad, nuestros sufrimientos son los de Jesucristo, que nos honra con un especial carácter de semejanza consigo y con su cruz. Esta gracia es la mayor fortuna que puede tocarle a un mortal durante su vida.

Así es como en todas las penosas situaciones que nos privan de los sacramentos, la cruz llevada cristianamente es la fuente de la remisión de nuestras faltas, tal como, llevada una vez por Jesucristo, lo fue de las faltas de todo el género humano. Dudar de esta verdad es injuriar a nuestro Salvador crucificado, es no reconocer suficientemente la virtud y el mérito de la cruz.

Los santos Padres observan que el buen ladrón fue criminal hasta la cruz, para mostrar a los fieles lo que deben esperar de esta cruz cuando la abrazan y permanecen ligados a ella por la justicia y la verdad. Jesucristo, al terminar sus sufrimientos, entró al cielo a través de la cruz. Nosotros somos sus discípulos; Él es nuestro modelo.

Suframos como Él y entraremos en la heredad que nos preparó mediante la cruz.

Pero para ser santificado por la cruz es necesario no ser para sí mismo, sino por entero para Dios. Es necesario que nuestra conducta reproduzca las virtudes de Jesucristo. No basta ahora con que, animados por su amor, reposéis sobre su pecho como San Juan. Es necesario que lo sirváis con firmeza y constancia sobre el Calvario y sobre la cruz. Allí, si al confesaros a Dios, vuestra confesión no es coronada por la imposición de manos de los sacerdotes, lo será por la imposición de las manos de Jesucristo. ¡Mirad sus manos adorables que parecen tan pesadas por naturaleza y son tan ligeras para los que lo aman!… Están tendidas sobre vosotros de la mañana a la noche para colmaros con toda suerte de bendiciones, si por propia iniciativa no las rechazáis. No existe bendición como la de Cristo crucificado cuando bendice a sus hijos sobre la cruz.

El sacramento de la penitencia es para nosotros ahora el pozo de Jacob, cuya agua es excelente y saludable. Pero el pozo es profundo. Desprovistos de todo, no podemos abrevar en él y saciarnos (Juan, cap. 4). Hay incluso guardias que impiden la entrada… He aquí el cuadro de nuestra situación. ¡Veamos la conducta de nuestros perseguidores como un castigo de nuestros pecados! Es cierto que si pudiéramos acercarnos a ese pozo con fe, encontraríamos allí a Jesucristo hablando con la samaritana. ¡Pero no nos acobardemos! Descendamos hasta el valle de Bethulia, donde encontraremos muchas fuentes no custodiadas, en que podremos saciar tranquilamente nuestra sed. ¡Que Jesucristo habite en nuestros corazones! Que su Santo Espíritu nos inflame y encontraremos en nosotros la fuente de agua viva que suplirá al pozo de Jacob. En la confesión que hacemos a Dios, Jesucristo, como soberano pontífice, hace por sí mismo de modo inefable lo que habría hecho en cualquier otro tiempo por el ministerio de sus sacerdotes. Y esta confesión tiene una ventaja que los hombres no pueden sustraernos: ¡por el contrario, es Jesucristo en nosotros quien de nosotros se ocupa continuamente! Debemos hacerla en todo tiempo, en todo lugar y en todas las situaciones posibles. Es cosa digna de admiración y de reconocimiento ver que lo que el mundo hace para alejarnos de Dios y de su Iglesia, nos acerca más a ellos.

La confesión no debe ser únicamente un remedio para todos los pecados pasados; debe preservarnos de todos los pecados por venir. ¡Si reflexionáramos seriamente sobre esta doble eficacia del sacramento de la penitencia, mucho tendríamos que humillarnos y que llorar! Y tanto más abatidos estaríamos entonces cuanto más lento haya sido nuestro avance en la virtud y más hayamos seguido siendo los mismos antes y después de nuestras confesiones.

¡Ahora podemos reparar todas esas faltas, que vienen de una confianza demasiado grande en la absolución y de no haber profundizado lo suficiente en sus llagas!… Obligada ya a gemir ante Dios, el alma fiel se ocupa en considerar todas sus deformidades propias. Allí, a los pies del Salvador y penetrada por el dolor y el arrepentimiento, se queda entonces en silencio, sin hablarle sino por sus lágrimas, como la pecadora del Evangelio, mientras ve de un lado sus miserias y del otro la bondad de Dios. Se aniquila delante de Su majestad, hasta que ésta disipe sus males con una de sus miradas. Entonces la luz divina esclarece su corazón contrito y humillado y le descubre hasta los átomos que pudieran oscurecerla. Que esta confesión a Dios sea para vosotros esa práctica cotidiana, breve pero vivaz, y hacedla cada tanto de una época a otra, como hacéis cotidianamente la del día (en vuestro examen nocturno).

El primer fruto que sacaréis de ello, además de la remisión de los pecados, será aprender a conoceros y a conocer a Dios. El segundo, presentarse siempre ante los sacerdotes, si os fuera posible, ornados con el sello de las misericordias del Señor.

Creo haberos dicho lo que debía, hijos míos, sobre vuestra conducta acerca del sacramento de la penitencia. Voy a hablaros ahora de la privación de la Eucaristía y sucesivamente de todos los temas que me comentáis en vuestra carta. La Eucaristía, el sacramento del amor, os proporcionó muchas dulzuras y ventajas cuando podíais participar de ella. Pero ahora, que de ella fuisteis privados por defender la verdad y la justicia, las ventajas que tenéis son las mismas. ¿Pues quién habría osado acercarse a esta mesa si Jesucristo no hubiera hecho de eso un precepto y si la Iglesia, que desea fortificarnos con este pan de vida, no nos hubiera invitado a comerlo mediante la voz de sus ministros que nos revestían con la toga nupcial? Pero si comparamos la obediencia por la que fuimos privados de ella con la que a ella nos conducía, será fácil juzgar los méritos respectivos.

Abraham obedece cuando inmola a su hijo y cuando no lo inmola, pero su obediencia fue mucho mayor cuando empuñó la espada que cuando la remitió a su vaina. Nosotros obedecemos al aproximarnos a la Eucaristía, pero al apartarnos de este sacrificio nos inmolamos a nosotros mismos. Alterados por la sed de la justicia y privándonos de la Sangre del Cordero, que es el único que puede saciarla, sacrificamos nuestra propia vida en la medida en que eso está en nosotros. El sacrificio de Abraham fue de un instante; un ángel detuvo la espada. El nuestro es cotidiano y se renueva todas las veces que adoramos con sumisión la mano de Dios, que nos aleja de los altares; y este sacrificio es voluntario.

Estamos ventajosamente privados de la Eucaristía al elevar el estandarte de la cruz por la causa de Jesucristo y la gloria de su Iglesia. Observad, hijos míos, que Jesucristo, después de habernos dado su cuerpo eucarístico, no opuso dificultad alguna a su muerte por nosotros. He aquí la conducta del cristiano en las persecuciones: la cruz sigue a la Eucaristía. ¡Que el amor por la Eucaristía no nos aleje pues de la cruz! Mostramos y hacemos un glorioso progreso en la gloria del Evangelio cuando salimos del cenáculo para subir al Calvario. Sí, no temo decirlo: cuando la tempestad de la malicia humana atrona contra la verdad y la justicia, es más ventajoso para los fieles sufrir por Jesucristo que participar de su cuerpo sagrado en la comunión.

Me parece oír al Salvador diciéndonos: “¡Oh, no teman ser separados de mi mesa por la confesión de mi nombre! Es esta una gracia que os hago, que significa un raro bien. Reparad con esta humillación -una privación que me glorifica- todas las comuniones que me deshonraron. Sentid esta gracia: nada podéis hacer sin mí, ¡y yo pongo entre vuestras manos un recurso para que hagáis lo que yo hice por vosotros y me devolváis generosamente lo más grande que os di! Os los di Yo: cuando de ello se os separa por ser fieles a mi servicio, devolvéis a mi verdad lo que de mi caridad recibisteis. Nada más grande tengo yo para daros y tampoco tenéis vosotros nada más grande para darme. Vuestro reconocimiento por la gracia que os hice, equipara la grandeza del don que os hice. Consolaos si no os llamo a derramar vuestra sangre como los mártires; he aquí la mía para suplirla. Cada vez que os impidan beberla, lo tomaré como si hubierais derramado la propia. Y la mía es infinitamente más preciosa…”

Es así como encontramos la Eucaristía en la misma privación de la Eucaristía. Por lo demás, ¿quién puede separarnos de Jesucristo y de su Iglesia en la comunión, cuando por la fe nos acercamos a sus altares de modo tanto más eficaz cuanto más espiritual y más alejado de los sentidos?

Esto es lo que llamo comulgar espiritualmente, uniéndose a los fieles que pueden hacerlo en los diversos lugares de la tierra. Esta comunión ya os era familiar en los tiempos en que podíais acercaros a la Santa Mesa; conocéis de ella las ventajas y el modo. Por eso no seguiré hablándoos al respecto. Voy a exponeros lo que la Santa Escritura y los Anales de la Iglesia me ofrecen como reflexiones sobre la privación de la Misa y la necesidad para los fieles de un sacrificio continuo en tiempo de persecución. Y lo haré brevemente. Prestad, hijos míos, una atención particular a los principios que recordaré. Apuntan a vuestra edificación.

Nada sucede sin la voluntad de Dios. Con un culto que nos permita asistir a Misa o privados de él, debemos someternos por igual a Su voluntad santa, ¡y, en cualquier circunstancia, ser dignos del Dios al que servimos!

El culto que debemos a Jesucristo se funda sobre la asistencia que nos da y sobre la necesidad que tenemos de su ayuda. Este culto nos señala deberes como fieles aislados, así como nos los señalaba antes para el ejercicio público de nuestra santa religión.

Como hijos de Dios, según el testimonio de San Pedro y de San Juan, participamos en el sacerdocio de Jesucristo para ofrecer plegarias y anhelos. Si no tenemos el sello del Orden sagrado para sacrificar sobre los altares visibles, no estamos empero sin hostias, porque podemos ofrecerlas en el culto de nuestro amor, sacrificando nosotros mismos a Jesucristo para su Padre sobre el altar visible de nuestros corazones. Fieles a este principio, recogeremos todas las gracias que habríamos podido recoger si hubiésemos asistido al santo sacrificio de la Misa. La caridad nos une a todos los fieles del universo que ofrecen este divino sacrificio o que asisten a él. Si el altar material o las especies sensibles nos faltan, tampoco los hay en el cielo, donde Jesucristo es ofrecido de la manera más perfecta.

Sí, hijos míos, los fieles que están sin sacerdotes, por ser, según San Pedro, sacerdotes y reyes, ofrecen sus sacrificios sin templo, sin ministros y sin nada sensible. Sólo hay necesidad de Jesucristo para ofrecerlos, mediante el sacrificio del corazón, donde la víctima debe ser consumida por el fuego del amor del Espíritu Santo. Esto significa estar unido a Jesucristo, dice San Clemente de Alejandría, por las palabras, por las acciones y por el corazón. Estamos unidos a Él por nuestras palabras cuando son verdaderas, por nuestras acciones cuando son justas y por nuestros corazones cuando la caridad los inflama. Entonces digamos la verdad, no amemos más que la verdad; así rendiremos a Dios la gloria que se le debe. Cuando somos veraces en nuestras palabras, justos en nuestras acciones, sometidos a Dios en nuestros deseos y nuestros pensamientos, hablando sólo por medio de Él, alabándolo por sus dones y humillándonos por nuestras infidelidades, ofrecemos un sacrificio agradable a Dios, que no puede sernos quitado. El sacrificio que Dios reclama es un espíritu penetrado de dolor, dice el santo rey David: tú no despreciarás, Dios mío, un corazón contrito y humillado (Salmo 50).

Resta considerar la Eucaristía como viático. Podéis quedaros sin él al morir. Debo ilustraros y preveniros contra privación tan sensible. Dios, que nos ama y nos protege, quiso darnos su cuerpo cuando la muerte se acerca, para fortificarnos en este peligroso pasaje. ¡Al lanzar vuestras miradas al porvenir, viéndoos en vuestra agonía sin víctima, sin Extremaunción y sin ninguna asistencia de parte de los ministros del Señor, os sentís en el más triste y más afligente de los abandonos!

Consolaos, hijos míos, en la confianza que le debéis a Dios. Este Padre tierno verterá sobre vosotros sus gracias, sus bendiciones y sus misericordias, en esos momentos terribles que teméis, con más abundancia que si pudierais ser asistidos por sus ministros, de los que estáis privados sólo porque vosotros mismos no quisisteis abandonarlo.

El abandono y el desamparo en que tememos encontrarnos semejan a los del Salvador sobre la cruz, cuando decía a su Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado”: ¡Ah, qué instructivas son estas palabras! Vuestras penas y desamparo, os conducen a sus gloriosos destinos, haciendo que terminéis vuestra carrera como Jesucristo terminó la suya. Jesús en los sufrimientos, en su abandono y su muerte, se mantenía en la más íntima unión con su Padre. En sus penas y su desamparo mantened la misma unión y sea vuestro último suspiro como el suyo: que se cumpla la voluntad de Dios.

Lo que dije de la privación del viático en la muerte lo diré también de la Extremaunción. Si muero entre las manos de personas que no sólo no me asisten, sino que me insultan, tanto más dichoso seré cuanta más conformidad tenga mi muerte con la de Jesucristo, ¡que fue espectáculo de oprobio para toda la tierra!… Crucificado por las manos de sus enemigos, es tratado como un delincuente, ¡y muere entre dos ladrones! Era la Sabiduría misma, pasa por un insensato; era la Verdad, pasa por un embustero y un seductor. ¡Los fariseos y los escribas triunfaron sobre Él en su presencia! ¡Finalmente se saciaron con su sangre! ¡Jesucristo murió en la infamia del suplicio más vergonzoso y en los dolores más sensibles! Cristianos, si vuestra agonía y vuestra muerte son para vuestros enemigos ocasión de insulto y de trato oprobioso, ¿cómo fue la de Jesucristo? No sé si el ángel enviado para suplir la dureza y la insensibilidad de los hombres, no lo fue para enseñarnos que en una ocasión así recibimos consolación del cielo cuando las terrenales nos faltan. No sin un designio particular de Dios fue que los apóstoles, que habrían debido consolar a Jesucristo, permanecieran en un sopor profundo.

Que el fiel no se asombre pues por encontrarse sin sacerdote en su última hora. Jesucristo reprochó a sus apóstoles porque dormían, no porque lo dejaran sin consolación, sino para enseñarnos que, si entramos en el Huerto de los Olivos, si subimos al Calvario, si expiramos solos y sin socorros humanos, Dios vela por nosotros, nos consuela y abastece todas nuestras necesidades.

Fieles que teméis las consecuencias del momento actual, mirad a Jesús. Fijaos en Él, contempladlo. Él es su modelo. Nada más tengo que deciros sobre este tema.

Después de haberlo contemplado, ¿teméis todavía la privación de las oraciones y las ceremonias que la Iglesia estableció para honrar vuestra agonía, vuestra muerte y vuestro sepulcro? Pensad que la causa por la que sufrís y morís convierte a esta privación en una nueva gloria y os da el mérito del último rasgo de semejanza posible con Jesucristo. La Providencia permitió y quiso, para nuestra instrucción, que los fariseos pusiesen guardias en el sepulcro para cuidar el cuerpo de Jesús crucificado; quiso que incluso después de la muerte su cuerpo quedara en manos de sus enemigos, para enseñarnos que por largo que sea el dominio de nuestros enemigos, debemos sufrirlo con paciencia y rogar por ellos.

San Ignacio mártir[2], que con tanto ardor ansiaba ser devorado por las bestias, ¿no prefirió tenerlas por sepulcro antes que al más bello mausoleo? Los primeros cristianos enviados a los verdugos, ¿se afligieron jamás por su agonía y por su sepultura? Ninguno se inquietó por lo que se haría con sus cuerpos. Sí, hijos míos, cuando uno se confía a Jesucristo durante la vida, se confía a Él tras la propia muerte.

Jesucristo sobre la cruz y cerca de expirar vio cómo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían alejadas. ¡Su Madre, María Magdalena y el discípulo muy amado estaban junto a la cruz en el abatimiento, el silencio y el dolor!… He aquí, hijos míos, la imagen de lo que veréis: la mayor parte de los cristianos llora a los fieles sometidos a la persecución, pero se mantienen lejos. Algunos, como la Madre de Jesús, se acercan a la víctima inocente que la iniquidad inmola.

Destaco, con san Ambrosio, que la Madre de Jesús sabía, al pie de la cruz, que su Hijo moría por la redención de los hombres y que, deseando expirar con Él para el cumplimiento de esta magna obra, no temía irritar a los judíos con su presencia ni morir con su Hijo divino. Cuando veáis, mis queridos hijos, que alguien muere en el desamparo o bajo la espada de la persecución, imitad a la madre de Jesús y no a las mujeres que lo habían seguido desde Galilea. Compenetraos de esta verdad: que el momento más glorioso y más saludable para morir se da cuando la virtud es más fuerte en nuestro corazón. ¡No debe temerse por el miembro de Jesucristo que esté sufriendo! Asistámoslo, aunque no sea más que con nuestras miradas y con nuestras lágrimas.

He aquí, hijos míos, lo que creí mi deber deciros. Lo considero suficiente para responder a vuestros reclamos y tranquilizar vuestra piedad. He planteado los principios sin entrar en ningún detalle; me parecen inútiles. Vuestras firmes reflexiones los suplirán fácilmente y vuestras conversaciones, si es que la Providencia lo permite, tendrán nuevos deseos. He de añadir, hijos míos, que no debe afligiros el asombroso espectáculo de que somos testigos. La fe no se compadece con tales terrores: el número de los elegidos siempre es muy pequeño. Sólo temed el que Dios vaya a  reprocharos vuestra poca fe y el no haber podido velar una hora con Él. Os confesaré, sin embargo, que la humanidad puede afligirse, pero al haceros esta confesión, os diré que la fe debe regocijarse.

Dios hace bien todas las cosas. Hijos míos, sostened esta afirmación: es la única digna de vosotros. Los fieles mismos la sostenían cuando el Salvador hacía curaciones milagrosas. Lo que Él hace hoy es mucho más grande. En su vida mortal curaba los cuerpos; actualmente cura las almas y completa por la tribulación el pequeño número de los elegidos.

Cualesquiera sean los designios de Dios para nosotros, adoremos la profundidad de sus juicios y pongamos en Él toda nuestra confianza. Si quiere liberarnos, el momento está cerca. Todos se levantan contra nosotros.

Nuestros amigos nos oprimen, nuestros parientes nos tratan como a extraños. Los fieles que participan de los santos misterios con nosotros son apartados con la sola mirada. No sólo temen decir que, como nosotros, son fieles a su patria, sometidos a sus leyes, pero fieles a Dios; temen decir que nos quieren y hasta que nos conocen. Si quedamos sin ayuda del lado de los hombres, henos entonces del lado de Dios que, según el profeta-rey, librará al pobre del poderoso y al débil que no tenga ayuda alguna. El universo es obra de Dios. Él lo rige y todo lo que pasa está en los designios de su Providencia. Cuando creemos que la deserción va a ser general, olvidamos que basta un poco de fe para devolver la fe a la familia de Jesucristo, como un poco de levadura hace fermentar toda la masa.

Esos acontecimientos extraordinarios, en que la multitud levanta el hacha para abatir la obra de Dios, sirven maravillosamente para manifestar Su omnipotencia.

En todos los siglos se verá lo que vio el pueblo de Dios cuando el Señor quiso, mediante Gedeón, manifestar su omnipotencia contra los madianitas (Jueces 5). Le hizo despachar casi todo su ejército. Sólo se conservaron trescientos hombres, sin armas incluso, a fin de que se reconociera visiblemente que la victoria venía de Dios. El pequeño número de soldados de Gedeón es figura del pequeño número de elegidos viviente en este siglo. Vosotros habéis visto, hijos míos, con el más doloroso asombro, cómo de la multitud de los que fueron llamados (ya que toda Francia era cristiana), la mayoría, como en el ejército de Gedeón, permaneció débil, tímida, temerosa de perder su interés temporal. Dios los devolvió. Dios sólo quiere servirse en su justicia de quienes se dan por completo a Él. No nos asombremos, pues, del gran número de quienes lo abandonan. La verdad triunfa, por pequeño que sea el número de quienes la aman y le siguen adictos. En cuanto a mí, sólo tengo un anhelo: el deseo de San Pablo. Como hijo de la Iglesia, añoro la paz de la Iglesia; como soldado de Jesucristo, añoro morir bajo sus estandartes.

Si tenéis las obras de San Cipriano, leedlas, mis queridos hijos. Hay que remontarse sobre todo a los primeros siglos de la Iglesia, para encontrar ejemplos dignos de servirnos como modelo. En los libros santos y en los de los primeros defensores de la fe es donde hay que formarse una idea precisa del objeto del martirio y de la confesión del nombre de Jesucristo. Lo que hay que confesar es la verdad y la justicia, los objetos augustos, eternos, inmutables de la fe. Es el Evangelio, pues las instrucciones humanas, cualesquiera sean, son variables y temporales. En cambio el Evangelio y la ley de Dios están ligados a la eternidad. Será meditando esta distinción como veréis claramente lo que es propio de Dios y lo que es propio de César, porque, según el ejemplo de Jesucristo, a cada uno se le debe dar con respeto, lo que le corresponde.

Todas las iglesias y todos los siglos concuerdan: no puede haber nada tan santo y tan glorioso como confesar el nombre de Jesucristo. Pero recordad, hijos míos, que, para confesarlo de modo condigno con la corona que deseamos, en los tiempos en que más se sufre es cuando hay que manifestar mayor santidad. Nada más bello que las palabras de san Cipriano cuando alaba todas las virtudes cristianas en los confesores de Jesucristo: “Observasteis siempre, les dice, el mandato de nuestro Señor con un vigor digno de vuestra firmeza. Conservasteis la simplicidad, la inocencia, la caridad, la concordia, la modestia y la humildad. Cumplieron con su ministerio con gran cuidado y exactitud. Trasuntaron diligencia para ayudar a los que tenían necesidad de ayuda, compasión por los pobres, constancia para defender la virtud, coraje para mantener la severidad de la disciplina, y, a fin de que nada faltase a los grandes ejemplos de virtud que dieron, he aquí que, mediante una confesión y los sufrimientos generosos, animaron extremadamente a sus hermanos al martirio y les señalaron el camino”.

Espero, mis queridos hijos, aunque Dios no os llame al martirio ni a una confesión dolorosa de su nombre, poder un día hablaros como Él hablaba a los confesores Celerino y Aurelio y alabaros más vuestra humildad que vuestra constancia, glorificaros más por la santidad de vuestras costumbres que por vuestras penas y heridas…

En espera de ese feliz momento, aprovechad de mis consejos y sosteneos con mi ejemplo. Dios vela sobre vosotros. Nuestra esperanza tiene fundamento; ella nos muestra o la persecución que termina o la persecución que nos corona. En la alternativa entre una u otra veo el cumplimiento de nuestro destino. Hágase la voluntad de Dios, porque cualquiera sea el modo con que nos libere, sus misericordias eternas se derraman sobre nosotros.

Termino, mis queridos hijos, abrazándoos y rogando a Dios por vosotros. Rogadle por mí y recibid mi bendición paternal, como prueba de mis afectos por vosotros, de mi fe y de mi resignación sincera de no tener otra voluntad que la de Dios.

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[*]Traducido de EINSICHT, por el Dr. Arnaldo Rossi.

[1] El padre Demaris fue sacerdote y profesor de teología en la casa de los misioneros de San José en Lyon, tuvo que exiliarse de Francia en 1803 y murió por la Fe.

[2] Padre apostólico, siglo I, que murió devorado por los leones

 

PSICOLOGÍA EMPÍRICA. Clasificación general de las facultades del hombre. 1/13

Este curso está tomado de la Filosofía elemental de Zeferino González.

La experiencia nos enseña que el hombre se halla dotado de una actividad que se manifiesta y revela por medio de potencias y funciones múltiples y diferentes entre sí. Observamos en el hombre la facultad de moverse locamente por sí mismo sin necesidad de recibir ningún impulso extraño, la facultad de nutrición, que se manifiesta con varias funciones que guardan analogía con las que observamos en los cuerpos dotados de vida vegetativa, la facultad sensitiva, que también se manifiesta por medio de variedad de funciones análogas a las de los animales, la facultad de pensar y la facultad de apetecer o de amar y de aborrecer con sus varias manifestaciones y modos.

De aquí inferían, no sin fundamento, los Escolásticos y santo Tomás, que las potencias o facultades vitales del hombre se pueden reducir a cinco géneros, que son: facultad o potencia locomotriz, vegetativa, sensitiva, apetitiva e intelectiva.

Esta clasificación de las potencias vitales, por lo mismo que es genérica, no excluye la multiplicidad y variedad específica de las mismas, y mucho menos la multiplicidad y [220] variedad de funciones y actos. Así la facultad o género vegetativo, incluye la generativa y la nutritiva, el género sensitivo incluye los sentidos externos y los internos, &c.

Si la facultad sensitiva se toma en cuanto sirve para conocer, o sea como facultad de conocimiento, excluyendo la parte apetitiva o afectiva, no habría inconveniente en reducir a cuatro los géneros de potencias vitales, comprendiendo los sentidos y el entendimiento bajo la denominación de facultad cognoscitiva.

Esta división de las potencias vitales que la experiencia y la observación nos demuestran en el hombre, se halla en completa armonía con la naturaleza de éste y con sus necesidades físicas, morales o intelectuales. Por medio de las potencias pertenecientes al género vegetativo, el hombre produce o propaga, conserva o desarrolla su ser: por medio de los sentidos conoce y procura las cosas necesarias y útiles a su conservación: por medio de la facultad locomotriz ejecuta los movimientos necesarios para evitar las cosas contrarias y entrar en posesión de las útiles: por medio del género intelectivo conoce la verdad, conocimiento que constituye su mayor perfección como ser racional; por medio del apetito se inclina y elige el bien, rechaza y aborrece el mal.

¿ES ACEPTABLE RECIBIR UN SACRAMENTO DUDOSO?

¿Es aceptable recibir un sacramento dudoso?

Cardenal Lienart: Masón de alto grado según el P. Luigi Villa- Chiessa Viva, nº 51- ,antes de recibir el episcopado, que luego dio la órdenes a Marcel lefebvre ¿ Puede tener un masón, grado 30º, luceferino, la intención de la Iglesia al confeccionar el sacramento del orden sacerdotal?

Es duro ver cómo los llamados conservadores suelen argumentar que los cambios en la Misa, y sobre todo, los cambios en la fórmula de la consagración, no han vuelto la misa de Montini inválida.  También es sorprendente comprobar como los «tradicionalistas», que habiendo ya dejado la falsa misa de Montini,  acepten sin más las misas de sacerdotes con órdenes inválidas o al menos dudosas, cuales hacen los nietos y bisnietos sacramentales del cardenal Lienart, según varias e importantes fuentes, masón luciferino grado 30, antes de recibir él mismo el «episcopado».

Ciertamente, ante la evidencia dada, deben estar de acuerdo, al menos, en que la cuestión está abierta al debate. Pero si está abierta al debate, hay duda —y sobre todo, hay duda con respecto a la forma (las palabras) de la Consagración en unos casos, y en cuanto a la intención interna de un masón luciferino grado 30, cuando «ordena presbíteros».

Bajo tales circunstancias, los católicos están obligados a abstenerse de cualquier participación en tales ritos. Escuchemos lo que dos manuales teológicos normales de antes del Concilio Vaticano Segundo tenían que decir sobre el empleo de una forma dudosa de un Sacramento:

En la dispensación de los sacramentos, como también en la consagración en la Misa, nunca se permitía adoptar un criterio de acción probable acerca de la validez y abandonar el criterio más seguro. Lo contrario fue condenado explícitamente por el Papa Inocencio XI [1670-1676]. Hacer tal cosa sería un pecado penoso contra la religión, es decir un acto de irreverencia hacia lo que Cristo Nuestro Señor ha instituido. Sería un pecado penoso contra la caridad, puesto que el destinatario probablemente sería privado de las gracias y efectos del sacramento. Sería un pecado penoso contra la justicia, puesto que el destinatario tiene derecho a los sacramentos válidos (P. Henry Davis, S.J., Moral and Pastoral Theology (Londres: Sheed and Ward, 1936), v. 2, pág. 27).

La materia y la forma deben ser ciertamente válidas [ y la intención de hacer lo que quiere la Iglesia, condición sine qua nom]. Por lo tanto uno no puede seguir un criterio probable y usar una materia o una forma dudosa, ni cuando hay intención en contra, o duda sobre cualquiera de estos principios: materia, forma e intención. Actuando de otro modo, uno comete un sacrilegio (P. Heribert Jone, Moral Theology (Westminster, MD: Newman, 1952), pág. 323).

No maravilla entonces que teólogos preconciliares como J. M. Hervé instruyan al sacerdote a no omitir nada, no agregar nada, no cambiar nada de la forma; y que los papas hayan insistido en el deber del fiel católico de denunciar al hereje masón. Tener cuidado con transmutar, corromper o interrumpir las palabras (Canónigo J. M. Hervé, Manuale Theologiae Dogmaticae (París: Berche et Pagis, 1934).

Por consiguiente, es indefendible distribuir o recibir un Sacramento cuya validez es sólo «probable». La validez debe ser cierta.

[ Nota del editor:  La razón moral es clara:  El que obra con conciencia dudosa acepta la probabilidad de la ofender de Dios y, por lo mismo, peca tanto si en el orden real y objetivo aquella acción es realmente mala como si es inocente y buena. El pecado cometido es el mismo que constituye el objeto de la duda, revestido con todas sus circunstancias especiales: mortal o venial, de esta especie o de la otra, según se le previó en la duda. ]

¿PUEDE EL PAPA CAER EN LA HEREJIA COMO DOCTOR PRIVADO? (Y 3 DE 3)

¿PUEDE EL PAPA CAER EN LA HEREJIA COMO DOCTOR PRIVADO?
     «Un papa manifiestamente hereje, dejaría de ser papa y cabeza de la Iglesia, pues automáticamente deja de ser cristiano y miembro de la Iglesia; por lo cual podría ser juzgado y castigado. Esto es según la sentencia de los antiguos Padres que enseñan que los herejes manifiestos inmediatamente pierden toda jurisdicción». Este es un texto que los partidarios de la doctrina que enseña que un papa como doctor privado puede caer en la herejía, han tomado para apuntalar su posición. El texto es de San Roberto Belarmino, OPERA OMNIA, T. I, Pág. 608, Vives, París, 1870. La deducción, parece lógica, pues como un papa no puede hablar herejía, según la definición del Concilio Vaticano I, cuando habla«ex-cathedra», entonces, como doctor privado, si cae en la herejía, queda fuera de la Iglesia y pierde el puesto. Pero vamos a demostrar que es un texto cuya interpretación está totalmente amañada.
     EN PRIMER LUGAR, la expresión «Un papa manifiestamente hereje, dejaría de ser papa y cabeza de la Iglesia, pues automáticamente deja de ser cristiano y miembro de la Iglesia», no es más que una teoría jurídica: theorein = contemplar. Solamente eso. Algo que se contempla, muy lejos de lo que las Escrituras y el Magisterio dicen. Es solamente un conocimiento especulativo jurídico, con independencia de toda aplicación. Si yo digo: si Dios dejara de existir, el universo regresaría a la nada, no estoy afirmando que Dios ha de dejar de existir en ningún momento. EN SEGUNDO LUGAR, si se analiza bien el texto, se verá cue la expresión: «Esto es según la sentencia de los antiguos Padres que enseñan que los herejes manifiestos inmediatamente pierden toda jurisdicción», de ninguna manera se refiere a la herejía de un papa, como si esos antiguos Padres apoyaran que el Papa puede caer en la herejía. Se refiere claramente a todas las sedes episcopales y otras con jurisdicción que la pierden por la herejía. Si el papa pudiera caer en una herejía, habría que aplicarle lo que sobre la jurisdicción enseñan los antiguos Padres de la Iglesia. Nada más. Ellos nunca enseñaron que el papa puede caer en la herejía, y que por lo tanto, por esto, ya no es cristiano, queda fuera de la Iglesia y pierde toda jurisdicción. Muy al contrario, los antiguos Padres defendieron a una la inerrancia del Sumo Pontífice. En otras palabras, el texto dice, que la opinión de los Padres de la Iglesia es que un hereje pierde inmediatamente la jurisdicción y que por lo tanto, si se diera el caso de un papa que cae en la herejía, esto ya lo dice San Roberto, él también perdería la jurisdicción y quedaría fuera de la Iglesia.
     El mismo San Roberto, siguiendo el Cap. 30 cuyo título es: «DE SI EL PAPA HEREJE PUEDE SER DEPUESTO», dice: «Sobre este particular, hay cinco opiniones. La primera es de Alberto Pigio, Lib. IV, Cap. 8, HIERARCH. ECCLES., donde sostiene que el papa no puede ser hereje y por lo tanto, ni ser depuesto en ningún caso… sentencia que es la probable (es decir, que se puede probar. Nota mía) y que fácilmente se puede defender como en su lugar lo demostraremos». En el T. II, Cap. VI, Pág. 88 de la misma obra, dice San Roberto:«…aceptable es, y piadosamente se puede creer que el Sumo Pontífice no puede, no solamente como Pontífice errar, sino que aún como persona particular ser hereje creyendo pertinazmente algo contrario a la Fe…», y llega a decir San Roberto: «Puede Dios ciertamente arrancar del corazón hereje la confesión de la verdadera Fe, así como en determinado momento puso unas palabras en la boca del asno de Balaam; pero sería algo violento, y no según el modo de obrar de la Providencia de Dios, que dispone todas las cosas suavemente», y añade: «…por lo que ha ocurrido, hasta ahora ninguno (se está refiriendo a los papas hasta su tiempo), ha sido hereje». Porque lo dice San Roberto, ¿pensaremos que en ciertas circunstancias puede haber un papa hereje al que Dios le arranca palabras ortodoxas contra su voluntad, como lo hizo con la burra de Balaam?. Por lo tanto, San Roberto Belarmino, nunca enseñó, pues, que el papa como doctor privado, puede caer en la herejía, aunque sí se refirió a la teoría jurídica que algunos manejan hasta con malas intenciones, y muchas veces por ignorancia.
     Igualmente, el canonista Werns al que invocan los partidarios de que el papa como doctor particular puede caer en la herejía, cita un texto del Papa Inocencio III en el que parece decir que el papa que cae en la herejía ya está juzgado. El texto es el siguiente: «Puede (un pontífice)ser juzgado por los hombres, si, por ejemplo, viene a caer en herejía, porque el que no cree, ya está juzgado». Esta es una traducción del Padre Manuel Sanjinés, S. J., que la escritora Gloria Riestra Wolf que se cree tradiciona1ista, tomó de la revista NUEVO RESUMEN, Núm. 10, de agosto de 1978. Pero añade luego Werns: «Pero los cánones que se aducen acerca de un papa hereje, o son apócrifos, o de dudoso valor». Además, en el mencionado texto del Papa Inocencio III, parece haber una diferenciación entre «Pontífice», o sea obispo, y «Sumo Pontífice», o sea Papa. Así, pues, el texto parece que se refiere a los obispos. No es raro que los escritores católicos y los catecismos se refieran a los obispos como «pontífices». Por ese motivo, se reserva el título de Sumo pontífice exclusivamente para el papa. Es decir, el mayor de los pontífices. En otro texto de Inocencio III tomado de la PATROLOGIA LATINA, leemos: «…si yo no estuviera afirmado en la Fe, ¿cómo podría asegurar a los demás en la Fe?. Lo cual, sabido es que es propio de mi cargo, como lo declara el Señor: Yo, dijo, rogué por ti, Pedro, para que no falte tu Fe, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos. Rogó y lo obtuvo porque en todo es oído en atención a El. Y por eso la Fe de la Sede Apostólica en ninguna confusión faltó jamás, sino que siempre permaneció íntegra e intacta para que persista firme el privilegio de Pedro». Hay una contradicción diametral entre los dos textos, ¿o es que el primero ha sido amañado?, esto es lo que creo. Que Inocencio III, en él se refería a los pontífices, pero no al Sumo Pontífice. Habría una enorme incongruencia si Inocencio III considerara posible que el papa como doctor privado puede ser hereje.
     En todo caso, es cierto que San Roberto Belarmino, Jaime Balmes, Cayetano, Torquemada y otros, hablaron sobre esta teoría desde que el dominico Isidoro de Isolaris mencionó por primera vez, parece, la teoría de que el papa en ciertas ocasiones puede ser«doctor privado», y así caer en la herejía, pero si no es que la mencionaron solamente como una teoría jurídica lejos de toda aplicación, entonces evidentemente se equivocaron. Y esto es claro, porque en la Iglesia el que es infalible es el papa, y no ellos. Los papas no se han equivocado, pero a veces los hombres de la Iglesia, aunque sapientísimos, han errado. San Cipriano, por ejemplo, no creía en la validez del Bautismo administrado por herejes y el gran Santo Tomás de Aquino, no creía en la Inmaculada Concepción de María que explicaba en otra forma. Ellos sí, se equivocaron como «doctores privados». San Cipriano y los 87 obispos que asistieron al Concilio de Cartago del año 256, erraron en lo relativo al Bautismo. Corrigió el error el Papa San Esteban. San Agustín también, se equivocó en su doctrina sobre las almas, al decir que Dios las sacaba todas del alma de Adán o que ya preexistían y Dios las enviaba en el momento oportuno, o que ellas venían por su propia voluntad, como leemos en DE LIBELO ARBITRIO, Cap. XX, 57 y 58. Algo parecido dicen ahora los mormones.
     En el Denz. 88, leemos que el Papa San Siricio (384-398) enseña la validez del bautismo de los herejes y recuerda que su predecesor «de venerable memoria Liberio», anuló el Concilio de Rimini.
     Los santos, los doctores, los teólogos de la Iglesia que se equivocaron, de ninguna manera hablaron contra la Doctrina católica ya conocida y definida, sino que expresaron sus opiniones en busca de la verdad cuya hora, según la Providencia de Dios, no había llegado.Aquí es necesario recordar que nuestro Señor Jesucristo promete a Su Iglesia Su asistencia hasta el final de los tiempos. El Espíritu Santo, enseñaría a Su Iglesia hacia la verdad completa, según el texto bíblico.
     Muy bien escribía Jaime Balmes en CARTA A UN ESCEPTICO, T. Pág. 1021, que «por sabio, por santo que sea un doctor de la Iglesia, su opinión no es autoridad bastante para fundar un dogma; de la doctrina de un autor a la enseñanza de la Iglesia va la misma distancia que de la doctrina de un hombre, a la enseñanza de Dios. Para los cátolicos, la autoridad de la Iglesia es infalible, porque tiene asegurada la asistencia del Espíritu Santo: a esa autoridad recurrimos con todas nuestras dudas y dificultades…». O sea el Papa.
     Por lo tanto, hay que creer con Fe divina y católica, que el papa ejerce el Primado, de manera constante, todos los días, ya sea ordinaria, o ya sea extraordinariamente, y que no deja de ser el sucesor de Pedro, Vicario de Jesucristo, no su sucesor, y que todo el tiempo, de él depende la inerrancia de la Iglesia infalible.
     Con toda razón, el Papa Sixto IV (1471-1484), un 9 de agoste de 1479 condena mediante la Bula LICET EA, la siguiente afirmación: «La Iglesia de la ciudad de Roma, puede errar». Entendido, desde luego, que el papa está en la ciudad de Roma.
LA BULA «CUM EX APOSTOLATUS OFFICIO» 
DEL PAPA PAULO IV.
     Se ha mencionado el siguiente texto del Papa Paulo IV, para apoyar la teoría de que un papa puede caer en la herejía: «Tan grave y peligrosa es la cuestión, que el mismo Romano Pontífice, que como Vicario de Dios y de nuestro Señor tiene la plena potestad en la Tierra, y a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie, si fuese encontrado desviado de la Fe, podría ser acusado. Y dado que donde surge un peligro mayor, allí más decidida debe ser la providencia para impedir que falsos profetas desvíen a las almas simples y arrastren consigo hasta la perdición a innumerables pueblos confiados a su cuidado; y para que no acontezca de ver en el Lugar Santo la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel; con la ayuda de Dios para Nuestro empeño pastoral, de capturar las zorras que intentan destruir la viña del Señor, y de rechazar a los lobos lejos del rebaño, no sea que parezcamos perros mudos que no saben ladrar, o que suframos la suerte de los malos agricultores, o que seamos comparados con un mercenario» .
     Este texto que parece apodíctico, puede ser cuestionado con lógica y buenas razones.
     PRIMERA RAZON. En la carta de San Pablo a los gálatas, Cap. I, v. 7 y siguientes, les dice: «…lo que hay es que algunos os turban y pretenden pervertir el Evangelio de Cristo. Pero aunque nosotros o un ángel del Cielo os anunciase otro Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. Os lo he dicho antes y ahora de nuevo os lo digo: Si alguno os predica otro Evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema». San Pablo está diciendo que en el Cielo hay ángeles herejes que de aparecerse uno y enseñar otro Evangelio, debe ser rechazado. ¿Es esto posible?, ¿es esto cierto?, no, no es posible. San Pablo recurre al absurdo (ad absurdum) para decir con claridad que la Doctrina enseñada por ellos, nunca puede variar. En ningún caso. ¿Usó esta figura el papa Paulo IV?. Es decir, el papa, no puede ser juzgado por nadie, y solamente puede ser juzgado en el caso de ser encontrado desviado de la Fe. Como esto no es posible, entonces el papa no puede ser juzgado nunca.
     SEGUNDA RAZON. Si un enemigo de la Iglesia logra introducirse y llegar al Sumo Pontificado, siendo un falso papa, ¿cómo lo identifica Paulo IV, sino refiriéndose al «papa»?. A los ojos de la Iglesia puede ser un verdadero papa y se le identifica como usurpador por sus herejías. Hay que quitarlo entonces, y castigarlo. Paulo IV se puede estar refiriendo solamente al lugar físico que ocupa el usurpador para señalar quien es. Puede apoyarse la doctrina siguiente en la misma Bula de Paulo IV: Un papa no puede ser juzgado por nadie, pero si es encontrado desviado de la Fe, a ese hay que quitarlo y castigarlo,porque nunca fue papa. Me parece muy violenta la expresión: «para que no acontezca de ver en el Lugar Santo la abominación de la desolación». A mi no me parece que se esté refiriendo con esto solamente a un papa que enseñe algún error, si esto pudiera ser posible. Se está refiriendo Paulo IV a algo más grande, a algo maligno. A un usurpador que venga a destruir a la Iglesia completamente y a instalar la abominación de la desolación en el lugar santo. Es decir, suprimir el Sacrificio. Llevar a la Iglesia a la Apostasía valido de su investidura. El Anticristo y sus profetas. Esto es algo más grueso que ya por alguna razón Paulo IV presiente que puede llegar, que se ha comenzado a preparar. Las supuestas herejías de Liborio, de Honorio, aun habiendo sido ciertas, no corresponden para nada al cuadro dramático y terminal que nos presenta Paulo IV: la abominación de la desolación instalada en el lugar santo. Entonces, la Bula de Paulo IV, apunta más lejos, a algo más profundo, a algo más sórdido. No me parece que esta bula enseñe que un papa, verdadero papa, caiga en la herejía, aunque sí habla de un electo que antes de su elección cae en la herejía. Además, hay que considerar que nuestro Señor Jesucristo, prometió asistir siempre a Pedro. Sobre su cabeza, estaría siempre la sombra del Espíritu Santo para que su Fe no desfallezca, para quenunca enseñara un error, pero Cristo NUNCA PROMETIO PROTEGER LA SILLA DEL PAPA DE USURPADORES. El papa verdadero, será protegido. Con él, el pueblo cristiano estará seguro. Será guiado a las fuentes de agua viva de la verdad.
     Pero subiendo un usurpador, el peligro para la Iglesia es mortal. A esto parece referirse Paulo IV. Liga estrechamente a ese supuesto papa hereje con la abominación desoladora, con la destrucción de la Iglesia anunciada por el profeta Daniel, por nuestro Señor, por el Apocalipsis. Entonces, parece que dice: un papa elegido, al cual se ha rendido la veneración del pueblo y de los cardenales, no importa el tiempo transcurrido, que es descubierto enseñando herejías, ese no es papa, puede ser juzgado; quítalo de enmedio, júzgalo, castígalo. Nunca fue papa. En otra forma, no juzgues nunca al papa. Y creo que la misma Bula, incluso, puede ser una defensa de la inerrancia del papa. Pero una protección, también, para el pueblo que en ciertas circunstancias puede enfrentar la usurpación del gobierno de la Iglesia. Dios ha de proteger al verdadero papa que nunca ha de enseñar un error. De hecho, en toda la historia de la Iglesia, no ha habido papa que lo enseñe, pero, al hombre mismo, con su esfuerzo, con su sacrificio, con su industria, es a quien corresponde proteger el trono papal de infiltraciones y de usurpadores. Si el hombre no atiende a su responsabilidad, si no participa en la lucha, si se deja engañar, arrancar la Doctrina, y como resultado de esto el trono de Pedro es tomado por asalto como sucedió durante el «pontificado» del antipapa Anacleto II, entonces es que tal vez ya ha llegado el tiempo de la Apostasía predicha por San Pablo. Entonces, la traición generalizada y la apostasía de un pueblo que se aleja de Dios, habrá determinado el día y la hora del fin del mundo. ¿Qué habrá pasado en ese momento con la verdadera Iglesia y con el verdadero papa?, ¿ha de proteger el Señor al resto fiel, uniéndolo y prorcionando los medios para que Pedro siga en medio de ellos?.
¿ES POSIBLE USURPAR LA SEDE DE PEDRO 
Y EL TRONO PAPAL?.
     Se pudiera pensar que en ciertas circunstancias de la historia, la Sede de Pedro que es la Ciudad de Roma, puede ser usurpada. Si hablamos de la ubicación física de la ciudad, es incuestionable que esto es posible, pero en realidad, la Sede de Pedro no está formada demuros, iglesias y oficinas. La Sede de Pedro por derecho divino es aquel lugar en el que esté Pedro. Debería estar en Roma, ciudad en la que no solamente San Pedro gobernó a la Iglesia y sufrió el martirio junto con San Pablo y han permanecido la inmensa mayoría de papas, pero aunque se puede hablar de que algunos papas fueron desterrados de Roma, ¿quién es capaz de desterrarlos de su propia Sede?. En este sentido serían falsas las palabras que la santísima Virgen pronunció en sus apariciones de La Salette, Francia a los videntes Melania y Máximo: «Roma perderá la Fe y se convertirá en la sede del Anticristo». Me opongo a admitir que en ningún momento la Sede del Papa pierda la Fe. Podrá perder la Fe la ciudad de Roma, antigua Sede de Pedro en el tiempo del Anticristo, pero esa ya no será la Sede de Pedro, sino que estará en el lugar mismo en que esté el Papa. Lo mismo puede decirse del Trono papal. Nadie usurpa el Trono del Papa, porque es precisamente la silla en la que el verdadero Papa se sienta. Podrá ser el Trono que está en Roma, mientras lo ocupan los verdaderos papas, pero expulsados de la ciudad, aquella no es más que una silla de madera dorada que si bien puede tener algún valor histórico y afectivo, no es de ninguna manera el Trono papal. Cuando la santísima Virgen María dice que Roma perderá la Fe, se refiere evidente a la ciudad, a los muros, a las iglesias y a las oficinas. A las «moles de piedra». En ningún momento se refiere, ni podría hacerlo, a la Sede de la Iglesia Católica, aunque esto a los ojos de los fieles de todo el mundo hará mucho daño, pues ellos seguirán viendo a esa ciudad como la capital católica, en el momento en que se haya convertido en «la gran ramera» del Apocalipsis.
     Pedro habrá cambiado su Sede y su Trono. Y la Iglesia perseguida, que la Iglesia llama«el resto fiel», se habrá escondido a los ojos del mundo. Será el momento del eclipse total. Yo veo en la Bula del Papa Paulo IV, un anuncio de estos tiempos. No una afirmación de que el papa verdadero puede caer en la herejía, sino una advertencia al pueblo para que distinga al gran usurpador, al que instalará la abominación de la desolación, aunque lo vean como un verdadero papa, y aún un papa santo, apoyado por todas las potencias mundiales, con la intención de destruir a la Iglesia. La inspiración de Dios al Papa, también puede en ciertas circunstancias ser especialísima y en el caso de la Bula de Paulo IV se dió.
     Por otro lado ¿puede armonizarse la herejía de un papa, por ejemplo, la negación de una doctrina con la siguiente frase de Paulo IV?: el dice: «Y dado que donde surge un mayor peligro, allí más decidida debe ser la providencia para impedir que falsos profetas desvien a las almas simples y arrastren consigo hasta la perdición a innumerables pueblos confiados a su cuidado…». No me parece que sea esta expresión la que describe a un verdadero papa, que quiere gobernar, que quiere servir a la Iglesia y que hasta daría la vida por Cristo, y que sin embargo, «como doctor particular» como dicen algunos puede estar errado con respecto a un punto de la Doctrina. La frase de Paulo IV, dice algo más. Se refiere a un falso profeta. Destructor, demoledor. Un falso papa, falso profeta, que arrastra al pueblo y a las naciones. ¿No nos parece ser este falso profeta introductor de la abominación de la desolación en la Iglesia el mismo Anticristo?.
¿QUE TIEMPOS PARECE ANUNCIAR, ENTONCES, 
LA BULA DEL PAPA PAULO IV?.
     A mi no me parece absolutamente que con la Bula de Paulo IV se pueda apoyar la posibilidad de que un papa verdadero caiga en la herejía. A mi me parece, repito, que más bien es una llamada de alerta al pueblo católico para descubrir a un invasor que a pesar de todas las formas exteriores favorables, puede ser descubierto en el momento en que inicie la destrucción de la Iglesia. Los pastores de la Iglesia han sido puestos por Cristo para la edificación y no para la destrucción, enseña San Pablo. Ellos no tienen ninguna autoridad si se desligan de todo aquello que desde el principio han recibido. Entonces, vale la pena reflexionar aunque someramente los tiempos a los que parece apuntar Paulo IV y en los que nos ubica su famosa Bula.
     Evidentemente, son aquellos tiempos anunciados por San Agustín en los que las huestes del Anticristo serán innumerables, dentro de la misma Iglesia, y que le harán la guerra al pueblo de los santos y por un tiempo Dios les permitirá vencer y hacer con buen éxito todo lo que quieran.
CRISTO ANUNCIO LA DESTRUCCION DE LA IGLESIA.
     Especialmente en el Evangelio de San Lucas Cap. XX leemos sobre la destrucción de Jerusalén. Dice Jesucristo: «Mas cuando viereis a Jerusalén cercada por un ejército, entonces tened por cierto que la desolación está cerca». Todos los exégetas están de acuerdo en que la destrucción de Jerusalén es figura de la destrucción de la Iglesia y del mundo. Por eso Cristo intercala esos anuncios sobre Jerusalén con los del fin. En Su sermón escatológico, toma los elementos de los últimos tiempos, de las circunstancias que lo rodean, es decir, que ve la última persecución y la destrucción de la Iglesia, al trasluz de la destrucción de Jerusalén y del templo.
     Pero surge una pregunta obligada: ¿es posible que un ejército rodee a la Iglesia estando esparcida por toda la Tierra?, ¿cómo podría suceder esto?. En la CIUDAD DE DIOS de San Agustín (20, 11) tenemos la respuesta: «Y se dice: saldrá; esto es, de los ocultos escondrijos de los odios y rencores, saldrá en público a perseguir a la Iglesia, siendo ésta, la última persecución, por acercarse ya el último final juicio, que padecerá la santa Iglesia en todo el orbe de la Tierra, es decir, la universal ciudad de Cristo, de la universal ciudad del Demonio en toda la Tierra». Luego continúa: «Y lo que dicen: Y subieron sobre la latitud de la Tierra y cercaron al ejército de los santos y la ciudad amada, no se entienden que vinieron o que habrán de venir de algún lugar determinado, como si en cierto lugar haya de estar el ejército de los santos y de la ciudad querida, pues esta no es sino la Iglesia de Cristo, que está esparcida por todo el orbe de la Tierra, y donde quiera que estuviere entonces, que está en todas las gentes, lo que significó con el nombre de la latitud de la Tierra, allí estará el ejército de los santos, allí estará la ciudad querida de Dios, allí, todos sus enemigos, porque también ellos con ella, estarán en todas las gentes, la cercarán con el rigor de aquella persecución, esto es, la arrinconarán, la apretarán y encerrarán en las angustias de la tribulación». Entonces, los dones místicos desaparecen, dice, y las gentes de oración versarán en una noche oscura, y plagará la persecución de los de dentro y de los de fuera.
     Esto es a mi modo de entender lo que ve Paulo IV, lo que teme, lo que presiente a la luz de la herejía protestante que se ha desencadenado por todas partes arrasando naciones, moviendo a las chusmas a la profanación y destrucción de iglesias, y a las finas telarañas del misterio de iniquidad que teje sus redes dentro de la misma Iglesia.
     Teme a la Apostasía, al abandono de la Fe, a la supresión del Sacrificio perpetuo, a la invalidación de los Sacramentos por la adulteración de las Formas. Teme a un Cristianismo adulterado, ensuciado, prostituido, pisoteado por los paganos, humillado, teme a la substancia idolátrica llenando los dogmas vaciados de su contenido. Teme a una humanidad sin pararrayos en medio de una estrepitosa y falsa alegría y a un aparente progreso humano que cubre la más profunda desesperación, la más intensa espectativa, la confusión, la disipación y la podrición más grande, todo lo cual no es más que la desesperación pagana.
     Y en medio de todo este pandemónium, el papa falso, el papa hereje, a quien Paulo IV quiere señalar. El de la abominación desoladora .
     El piadoso Cardenal Pie, que fue uno de los grande apóstoles del culto a Cristo Rey, pronunció una conferencia en la ciudad de Nantes en noviembre de 1859, en la que se refirió a los tiempos del fin en los siguientes términos: «No se encontrará casi la Fe en la Tierra, es decir, que habrá casi desaparecido completamente de todas las instituciones terrestres… La Iglesia, sociedad sin duda siempre visible, será reducida cada vez más, a proporciones domésticas» (Card. Pie, OBRAS, Ed. Oudin, 1873, 4a. Ed. T. 3, Pág. 522). Entonces, muchos se preguntarán inmersos en la Apostasía: ¿cómo puede estar la verdad reducida a grupos pequeños, ignorados, divididos, en contra de una inmensa mayoría que sigue a la Iglesia de Roma cuyas supuestas herejías no podemos ver por ninguna parte?, sin saber que ellos mismos forman parte del ejército del Anticristo, en el momento mismo en que la Iglesia, «…por el corto tiempo en que estuviese suelto el Demonio, no habrá Iglesia en la Tierra, o no la hallará en ella cuando le hubiesen soltado, o acabrá con ella persiguiéndola con toda clase de seducciones». Dice San Agustín. Y S. Victorino mártir anuncia: «La Iglesia, será quitada».

¿PUEDE EL PAPA COMO DOCTOR PARTICULAR CAER EN LA HEREJIA?. (2 DE 3)

CRISTO Y EL PAPA, CONSTITUYEN UNA SOLA CABEZA
     En su Encíclica de marzo de 1246, el Papa Inocencio IV (HISTOIRE DES CONCILES, V. 2, Pág. 1638, Helefe-Leclercq) dice: «Al agredir Federico II a Pedro y a sus sucesores, ha agredido a Cristo». Es muy interesante la forma en que Inocencio IV liga a la persona de Cristo, con San Pedro, primer papa, y a sus sucesores. Una agresión a los papas evidente y ciertamente es una agresión a Cristo mismo. Esta doctrina se extiende todavía más. Una agresión a los obispos y a los sacerdotes que son representantes de Cristo, es una agresión al mismo Cristo. Guárdense muy bien de esto los fieles laicos, porque agredir, despreciar, menospreciar, ignorar a los sacerdotes y sobre todo a los obispos que también son «la Voz de Dios» como enseña Santo Tomás de Aquino: «En la Iglesia, el prelado hace las veces de Dios», dice(Sum. Theo. 2-2, q. 88, a. 12), es un grave pecado que no puede quedar sin castigo.
     El Papa Pío XII (1939-1958) en su Encíclica MYSTICI CORPORIS Núm. 35, enseña:«Cristo y Su Vicario, constituyen una sola Cabeza»San Roberto Belarmino, Doctor de la Iglesia en CONTROVERSIARUM DE SUMMO PONTIFICE, escribe: «Sólo con Pedro comunica Cristo Su nombre, el nombre que lo significa a El mismo para indicar que a Pedro lo hace fundamento y cabeza de la Iglesia, con El». El Papa San León (Epístola 89, ad Vienn. prov.)enseña: «Esto lo dijo (Cristo), expresando una asociación de indivisible unidad, lo que era El mismo, quiso significarlo diciendo: Tu eres piedra…». En su sermón para conmemorar el tercer aniversario de su elevación al Sumo Pontificado, dijo: «Así como el Padre te reveló mi divinidad, así también yo te hago notar tu excelencia, porque tu eres Pedro; esto es, de la misma manera que yo soy piedra, invulnerable, yo la piedra angular, que de una y otra hago una sola, yo el fundamento en lugar del cual ninguno puede ponerse, con todo, tu también eres piedra, y para que afirmado con mi virtud, las cosas que son propias de mi poder, sean también tuyas, en participación conmigo».
     Igualmente, ratificando y aclarando esta doctrina, el Papa Bonifacio VIII en su Bula UNAM SANCTAM del 18 de noviembre de 1302, decía: «La Iglesia, pues, que es una y única, tiene un solo cuerpo, una sola cabeza y no dos como un monstruo, es decir, Cristo y el Vicario de Cristo, Pedro y su sucesor». Y es que, como dice San Juan Crisóstomo, citado por Santo Tomás de Aquino en su CATENA AUREA, «le promete (Cristo a Pedro), lo que es propio de sólo Dios». Esto es lo que no quieren aceptar los enemigos de la Iglesia y los herejes. Ni muchos católicos, pues he oído de un obispo tradicionalista, que se supone defiende la integridad de la Doctrina y de la Tradición, que «el dogma de la infalibilidad no lo ha entendido ni aceptado nunca, porque es darle a un hombre lo que sólo pertenece a Dios». Y así, evita hablar y predicar sobre el tema. Por este motivo, San Hilario, citado por San Roberto Belarmino (OPERA OMNIA, Controversiarum de Summo Pontífice, Cap. X, Pág. 492) dice: Pedro,«posee las llaves del reino de los Cielos, desde entonces, sus juicios sobre la Tierra, son celestiales» .
LOS PAPAS NO SE EQUIVOCAN.
     Si fuera posible que el papa cayera en el error, la roca sólida sobre la que Cristo edificó su Iglesia, sería inexistente. No podría hablarse de un fundamento firme e inexpugnable. La Providencia de Dios podría ponerse en duda. La divinidad de la Iglesia quedaría cuestionada. Se podría pensar lícitamente que la Iglesia ha enseñado verdades, pero también errores. La Iglesia sería una secta como una de las tantas que enseñan verdades y errores. ¿Existiría entonces la verdadera Iglesia de Cristo?.
     San Roberto Belarmino (OPERA OMNIA, T. II, Pág. 90), escribe: «…por su naturaleza (humana) (se refiere al papa), podría incurrir en herejía, mas tal cosa no puede ser si aceptamos la singular asistencia de Dios que Cristo impetro con su oración para Pedro: oro Cristo porque no fallara la Fe de él y no porque no incurriera en otros pecados». Por esto, con toda razón el Papa Benedicto XV (1914-1922), le dijo a un obispo que lo acusó de modernista: «Espero que ahora estéis seguro de nuestra ortodoxia: Nos somos infalible» (UN COMBAT POUR DIEU, Pág. 101. Daniel Rops. Fayard, París).
     El Papa León X en su Bula EXSURGE DOMINE del 15 de junio de 1520 que escribe contra los errores de Martín Lutero: «…los pontífices, nuestros predecesores, que él (Lutero)ataca con tanta violencia por sus cánones y sus constituciones, jamás han errado».
     San Roberto Belarmino cita un texto de San Agustín (Lib. de corr. et grat. Cap. 8) que dice:«Cuando rogó que no desfalleciera su Fe, rogó que tuviera en la Fe una voluntad libérrima, fortísima, invictísima, perseverantísima».
     San Alberto Magno (OPERA OMNIA, Ed. Augusto Borgnet, París, 1893/ T. XXII, Pág. 685) escribe: «Que no desfallezca tu Fe. Esta es finalmente una prueba eficaz de que la Fe de la Sede de Pedro y de su sucesor, no desfallecerá».
     También, San Francisco de Sales (LES DOCTEURS DE L’EGLISE, R. Sineux, Pág. 394-395) escribía que «La Iglesia no puede estar siempre reunida en un Concilio General, y ni uno solo hubo durante las tres primeras centurias. En las dificultades que sobrevienen diariamente, ¿a quién sería mejor recurrir, de quién podría tenerse la ley más segura, la regla más cierta, que del jefe general y Vicario de Jesucristo?. Ahora bien, todo esto no está solamente en San Pedro, sino también en sus sucesores, porque permaneciendo la causa, el efecto permanece. La Iglesia tiene siempre la necesidad de un confirmador infalible al cual nos podamos dirigir, de un fundamento que las puertas del Infierno y principalmente del error, no puedan echar abajo, y que su pastor no pueda conducir a error a sus hijos. Por lo tanto, los sucesores de San Pedro, tienen todos estos mismos privilegios, que no corresponden a la persona, sino a la dignidad y al cargo publico».
     Por eso decía Santo Tomás de Aquino (CATENA AUREA, T. I, P. 274, la. Col.): «Ved cuán grande poder tiene esta piedra sobre la que se ha edificado la Iglesia; permanecen firmes sus juicios como si fuera el mismo Dios el que los diera por ella».
     Jaime Balmes (OBRAS COMPLETAS, Bibliot. Perenne, Barcelona, 1948, T, II, Pag. 667), transcribe una carta de los obispos de Tarragona al Papa Hilario, en la que leemos: «Aun cuando no mediara necesidad alguna de la disciplina eclesiástica, debíamos nosotros acudir a aquel privilegio de vuestra Sede, con el que recibidas las llaves del reino, después de la resurrección del Salvador, la singular predicación de San Pedro proveyó a la iluminación de todos por todo el mundo, y al principado de quien hace sus veces, como que está sobre nosotros, todos debemos temerle y amarle. Por eso, nosotros, adoramos en vos al mismo Dios, a quien servís santamente y acudimos a la Fe alabada por boca apostólica, buscando instrucciones allí donde nada se manda con error, nada con presunción, sino con deliberación sacerdotal».
     También, el Papa Pelagio II (575-590) en una carta del año 585 a los obispos cismáticos de Istria les dice: «Considerad, carísimos, que la Verdad no pudo mentir, ni la Fe de Pedro podrá eternamente conmoverse o mudarse» (Denz. 246). 
ERRARON EN LA FE EL PAPA LIBERIO 
Y EL PAPA HONORIO?.
     Algunos han dicho que tanto el Papa Liberio, como el Papa Honorio, fueron herejes, pero esto es completamente falso.
     En su carta DAT MIHI PLURINUM a Venerio, obispo de Milán, del año 400, el Papa San Anastasio le dice: «Me da muchísima alegría el hecho cumplido por el amor de Cristo, por el que encendida en el culto y fervor de la divinidad, Italia, vencedora de todo el orbe, mantenía íntegra la Fe enseñada de los Apóstoles y recibida de los mayores, puesto que por este tiempo en que Constancio, de divina memoria, obtenía victorioso el orbe, no pudo esparcir sus manchas por subrepción alguna la herética facción arriana, disposición, según creemos, de la providencia de nuestro Dios, a fin de que aquella santa e inmaculada Fe no se contaminara con algún vicio de blasfemia de hombres maldicientes; aquella Fe, decimos, que había sido tratada o definida en la reunión del Concilio de Nicea, por los santos obispos, puestos ya en el descanso de los Santos. Por ella sufrieron de buena gana el destierro los que entonces se mostraron como santos obispos, esto es, Dionisio de ahí, siervo de Dios, dispuesto por las divinas enseñanzas, y, tal vez siguiendo su ejemplo, Liberio, obispo de Roma, de santa memoria, Eusebio de Verceli e Hilario de las Galias, por no citar a muchos otros que hubieran preferido ser clavados en la Cruz, antes que blasfemar de Cristo Dios, a lo que quería forzarlos la herejía arriana, o sea, llamar a Cristo Dios, Hijo de Dios, una creatura del Señor».
     Sobre el Papa Honorio, el Papa Juan IV (640-642) escribió la carta DOMINUS QUI DIXIT al Emperador Constantino en 641, en la que le explica el verdadero sentido de las palabras del Papa Honorio. En ella leemos: «Uno sólo es sin pecado, el mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús, que fue concebido y nació libre entre los muertos. Así en la economía de su santa encarnación, nunca tuvo dos voluntades contrarias, ni se opuso la voluntad de su mente la voluntad de su carne… De ahí que, sabiendo que ni al nacer ni al vivir hubo en él absolutamente ningún pecado, convenientemente decimos y con toda verdad confesamos una sola voluntad en la humanidad de su santa dispensación, y no predicamos dos contrarias, de la mente y de la carne, como se sabe que deliran algunos herejes, como si fuera puro hombre. En este sentido, pues, se ve que el ya dicho predecesor nuestro Honorio escribió al antes nombrado Patriarca Sergio que le consultó, que no se dan en el Salvador, es decir, en sus miembros, dos voluntades contrarias, pues ningún vicio contrajo de la prevaricación del primer hombre… Y es que suele suceder, que donde está la herida, allí se aplica el remedio de la medicina. Y, en efecto, también el bienaventurado Apóstol se ve que hizo esto muchas veces, adaptándose a la situación de sus oyentes; y así a veces, enseñando de la suprema naturaleza, se calla totalmente sobre la humana; otras, ampero, disputandode la dispensación humana no toca el misterio de la divinidad…Así, pues, el predicho predecesor mío decía del misterio de la encarnación de Cristo que no había en El, como en nosotros pecadores, dos voluntades contrarias de la mente y de la carne. Algunos acomodando esta doctrina a su propio sentido, han sospechado que Honorio enseñó que la divinidad y la humanidad de Aquél no tienen más que una sola voluntad, interpretación que es de todo punto contraria a la verdad».
SI EL PAPA PUDIERA ERRAR, 
CAERIA EN EL ERROR TODA LA IGLESIA.
     Esto es evidente si deducimos de las propias palabras de nuestro Señor Jesucristo. Si el papa debe «confirmar» en la Fe a sus hermanos, evidentemente de él depende la firmeza doctrinal de los demás y de toda la Iglesia. No puede entonces errar en la Fe.
     «Manifiesto es, aunque no se diga así, que ni contra Pedro ni contra la Iglesia podrán prevalecer las puertas del Infierno; porque si prevalecieran contra la piedra en la que está fundada la Iglesia, también contra la Iglesia prevalecerían». Estas son palabras de Orígenesque San Roberto Belarmino transcribe (OPERA OMNIA, Controversiarum de Summo Pontífice, T. II, Lib. IV, Cap. III, Pag. 83).
     En el T. II, Pag. 83, dice: «Porque como lo demostramos en el libro II, Cap. 13 y 14, se puede apelar respecto de la Iglesia entera al Pontífice; mas de él no se puede apelar; de modo que necesariamente la Iglesia entera erraría, si el Pontífice errara. Ahora responderán: Se puede recurrir al Concilio general. Contesto: no, porque como lo demostramos en el tratado sobre los Concilios, el Papa está sobre el Concilio; y consta que los Concilios generales suelen errar cuando carecen de la aprobación del Sumo Pontífice, como es patente con los Concilios de Efeso II, de Rímini y otros».
     «Jesucristo no dijo que fundaría una Iglesia en que los papas fueran buenos, escribeJaime Balmesen que todos cumplieran con sus deberes; lo que sí dijo es que no permitiría que esa Iglesia errase y que estaría con ellos hasta la consumación de los siglos. ¿Qué tiene, pues, que ver los vicios, ni la de los eclesiásticos, ni de lo obispos, ni de los papas, con la Doctrina que ellos enseñan?. Ellos están encargados de enseñarla; yo veo en ellos a un enviado de Jesucristo: si son viciosos, lo sentiré, me compadeceré de su flaqueza, pero esto no me autoriza a apartarme de su Doctrina. Jesucristo me dice que oiga a Sus ministros, y no me advierte que no los haya de oír cuando sean malos» (LA RELIGION DEMOSTRADA). Añade también (Pág. 924) «Me parece a mí, que si Jesucristo no hubiera establecido sobre la Tierra una autoridad viviente para enseñarnos la verdad, apartarnos del error y aclarar nuestras dudas nos habría dejado en una confusión tal, que no nos hubiera servido de mucho la luz de la verdad divina», y después: «…¿qué sería, pues, de la verdad, si no tuviéramos a la mano una regla segura y fija, por la cual pudiéramos distinguir la verdad del error?. Nosotros los católicos decimos que esa autoridad infalible es la autoridad de la Iglesia; lo decimos y lo podemos probar con las Sagradas Escrituras… y además, aún mirada la cosa a la sola luz natural, se ve que es tan conforme a la razón el que Jesucristo estableciera sobre la Tierra un maestro que pudiera enseñarnos sin peligro de error, que si así no fuera, podría decirse que nos dejó sin certeza en lo más necesario para nuestra salud, y que no acertó a fundar Su Iglesia, lo cual serla una blasfemia contra Su bondad y sabiduría».
     San Gregorio I el Grande, dice en su Epístola 37 a Eulogio: «¿Quién ignora que la Santa Iglesia fue construida sobre la solidez del Príncipe de los Apóstoles, al cual le dijo(Cristo): Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia?». San Roberto Belarmino (OPERA OMNIA, T. II, Pag. 83), comentando este texto, dice: «Por lo tanto, menos puede errar Pedro, que la propia Iglesia».
     «…como ya hemos visto, dice San Roberto, literalmente roca y fundamento de la Iglesia se dice que es Pedro como supremo jefe de la Iglesia, y por lo tanto, cualquier sucesor suyo es roca y fundamento de la Iglesia… ¿por qué al Pontífice se le llama roca, sino por razón de la duración y de la solidez?. Ciertamente por ser roca, no se romperá ni será llevada y traída por cualquier viento de doctrina, o sea, no errará en la Fe… el fundamento que sustenta el edificio que de ningún modo puede desplomarse, pues si el edificio es tal que no puede derrumbarse, ciertamente tampoco su fundamento podrá derrumbarse: en efecto, no puede entenderse cómo no se caería el edificio si se destruyera el cimiento, pues los cimientos no reciben su firmeza de la casa, sino que la casa la recibe de los cimientos, y de esta manera lo explican todos los Padres y de ahí dedujeron que Pedro y consecuentemente los demás Pontífices no pueden errar» (OPERA OMNIA, Vives, T. II, Pág. 82-83). Y más adelante:«…no siempre fue posible tener un Concilio general, como no lo fue en los primeros trescientos años por la persecución de los paganos, y sin duda esto podía haber continuado hasta el fin del mundo en la Iglesia; luego, debe haber en la Iglesia, un juez que no puede fallar». También dice: «…sin Concilio general, el Romano Pontífice ha condenado muchas herejías, como las de Pelagio, Prisciliano, Joviniano, Vigilancio y otros muchos, y toda la Iglesia de Cristo, los tuvo por verdaderos herejes… lo cual es señal de que la Iglesia entera ha pensado que el Romano Pontífice, no puede errar en casos semejantes».
     El Padre redentorista Gerardo Ma. Duque, escribió un libro sobre San Alfonso Ma. de Ligorio. Transcribe algunos pensamientos del santo. Los siguientes son interesantes: «…si se quita la autoridad suprema del Papa, se aniquila la autoridad de la Iglesia». «Después de Dios, tenemos al Papa; sin él, ¡en qué grande confusión nos hallaríamos!. El Papa es quien nos da a conocer la Voluntad de Dios y quien lleva la paz a nuestras conciencias».
     Juan de Maldonado, S. J. (1533-1582) considerado uno de los grandes exégetas modernos, en su COMENTARIO A LOS CUATRO EVANGELIOS (Evangelio de San Mateo, Pág. 593, B.A.C., 1966), escribe: «¿Quién será tan necio que piense que Cristo había de fundar la Iglesia inmortal sobre un hombre mortal que, en muriendo, habría necesariamente que dejar desplomarse el edificio?. Luego, no la fundó sobre sólo Pedro, sino sobre él y sobre todos sus sucesores, que como nunca habrán de faltar, nunca harán caer a la Iglesia».
     El Cardenal Cayetano escribe (DE COMPARATIONES AUCTORITATIS PAPAE ET CONCILII, XI, 78):«Como todas las causas principales que conciernen a la Fe deben serle presentadas (al Papa),esto es la prueba de que el Papa no puede errar en estas materias, pues si pudiera equivocarse, esta sería señal de que la Iglesia misma puede equivocarse en materia de Fe».
     En el T. XVI de Mansi, Col. 125, leemos la alocución de MonsPaulo Cullen, Arzobispo de Dublín, que pronuncio durante el Concilio Vaticano I, Cita este al Padre Moloni del siglo XVII que afirma: «… los Pontífices están puestos sobre Cristo o sobre Pedro, el cual está puesto por Cristo, de modo que si faltara la Fe del Pontífice, debería decirse que había fallado la Fe en la Iglesia».
     Y por último, copiamos lo que Mons. de Colongue escribe en DE SUPREMA ROMANI PONTIFICIS AUCTORITATE (T. I, Pág. 190, Soardi): «Esta prerrogativa (el ser Sumo Pontífice, centro de la unidad), es una prueba auténtica de las dos precedentes, a saber: ser el juez y el árbitro de todas las cuestiones doctrinales que se suscitan en el mundo cristiano, y ser siempre puro en la Fe. Todas las iglesias cristianas tienen el deber de llevar a la Santa Sede todas las novedades en materia de dogma que nazcan en su seno; y si el Trono de Pedro, que es el centro de la unidad, viniese a ser infectado con algún error, no hay duda de que su error se comunicaría a las otras iglesias que de ella derivan y que en ella fluyen. Quizá se osará adelantar aquí que estos novadores ponen una gran diferencia entre la Santa Sede y el que la ocupa; que protesten en todas sus obras, tener un gran respeto y una gran sumisión por las decisiones de ese augusto tribunal, al que ellos reconocen infalible, mientras condenan de error al que allí está sentado. Distinción abstracta e inventada por los herejes para eludir su condenación, distinción que jamás conoció San Cipriano, puesto que él sostiene que cada iglesia está en su obispo… distinción condenada también por San Pedro Damiánque le decía al Papa: Vos sois mismo la Silla apostólica, vos sois la Iglesia Romana; no es a la mole de piedra de la que está formada a la que yo recurro, sino solamente a el en quien reside toda la autoridad de esa misma Iglesia».
LA IGLESIA CATOLICA SIEMPRE FUE FIRME EN LA FE.
     La Fe invariable de Pedro, que es la roca firme sobre la que Cristo ha edificado a Su Iglesia, inexpugnable, extiende consecuentemente su firmeza y su ortodoxia a toda la Iglesia, pero particularmente a la iglesia de Roma, que es la Sede de San Pedro.
     Desde la más remota antigüedad los Doctores de la Iglesia, los Padres, los Santos, los Concilios y los Papas han enseñado con San Pablo, que la Iglesia no tiene mancha ni arruga.
     Veamos algunas citas: Santo Tomás de Aquino (IN SYMBOLORUM APOSTOLORUM SCILICET«CREDO IN DEUM» ESPOSITIO) dice: «…la Iglesia de Pedro,…siempre fue firme en la Fe, y mientras en otras partes o es nula la Fe o está mezclada con muchos errores, la Iglesia de Pedro en cambio, se robustece en la Fe y limpia está de errores…». Melchor Cano (DE ECCLESIAE ROMANAE AUCTORITATE) dice: «Si no somos demasiado necios, debemos reconocer que en la Sede Romana se encuentra la autoridad y firmeza de Pedro»San Roberto Belarmino (OPERA OMNIA, T. II, Pág. 83) escribe: «La antigua Roma desde los tiempos antiguos tiene la recta Fe, y siempre la conserva, como le corresponde el tener siempre de Dios la Fe íntegra a la ciudad que preside al orbe entero»
     El Papa Gregorio XI (1227-1241) en su carta del 26 de julio de 1232 al Patriarca de Constantinopia, le dice: «…la Iglesia Romana, cabeza y señora de todas las iglesias, puede mirarse en los espejos de la Sagrada Escritura y de los Padres, sin hallar en si, nada que no sea conforme a la unidad de la Fe y del espíritu…»
     Después del Papa Liberio, sube a la Sede de San Pedro San Dámaso I durante cuyo pontificado se efectúa un Concilio en Roma. En este se dice: «…la primera Sede, es la de la Iglesia Romana del Apóstol Pedro, la cual no tiene mancha ni arruga ni cosa alguna semejante». Este Concilio se efectuó en el año 382. El Papa Hormisdas (514-523), envía a los obispos de España el 2 de abril de 517, una fórmula de Fe, que entre otras cosas dice: «…en la Sede Apostólica, se conservó siempre la Religión Católica»
     En la carta del Papa Bonifacio II a Eulalio de Cartago (citada por Melchor Cano en DE ECCLESIAE ROMANAE AUCTORITATE, Cap. II, Pag. 415), este le dice: «En la Sede Apostólica, se ha guardado siempre sin mancha la religión católica; anatematizamos a todos aquellos que levanten la cerviz contra la Santa Iglesia Romana apostólica; y en todo seguimos a la Sede Apostólica, en la cual está la íntegra, verdadera y perfecta firmeza de la religión cristiana»
     El Papa Bonifacio VIII, envió a los obispos franceses en el mes de junio de 1302 una carta con motivo de la embestida galicana dirigida por Felipe el Hermoso. En esa carta les dice: «…todas las personas piadosas han sido contristadas por las palabras que so pretexto de consolidaciones han sido escritas en nombre de nuestra querida hija la iglesia galicana y que son una injuria para la madre sin mancha de esa iglesia…»
     El Concilio de Letrán (1518), declara que «la Santa Sede, está inmune de error» (Denz. 740 b).También el Denz. 1837, que es un texto del Concilio Vaticano I, dice: «Así, pues, este carisma de la verdad y de la Fe nunca deficiente, fue divinamente conferido a Pedro y a sus sucesores en esta Cátedra para que desempeñaran su excelso cargo para la salvación de todos; para que toda la grey de Cristo, apartada por ellos del pasto venenoso del error se alimentara con él de la doctrina celeste…». Este Concilio, al definir el dogma de la infalibilidad pontificia, que no hizo más que afirmar lo que ya se creía en todos lados, recuerda las enseñanzas del IV Concilio de Constantinopia que dice que la Sede romana «se guardó siempre sin mácula la religión católica», y también recordando las enseñanzas del Concilio de Lyon al que asistieron los griegos y del Concilio de Florencia, añade por propia cuenta, entre otras cosas: «Y ciertamente, la apostólica Doctrina de ellos (de los Apóstoles), todos los venerables Padres la han abrazado y los santos Doctores ortodoxos venerado y seguido, sabiendo plenísimamente que esta Sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de los discípulos…»
     San Bernardo de Claraval que en su tiempo defendió contra el antipapa Anacleto al verdadero papa que era Inocencio II, dice en su Epístola 190 AD INNOC.: «…en efecto, ¿a qué otra sede se le dijo alguna vez: Yo he rogado por ti para que no desfallezca tu Fe?». En su CATENA AUREA, Santo Tomás de Aquino cita un texto de San Cirilo de Jerusalén que entre otras cosas dice: «Según la promesa de Cristo, la iglesia apostólica de Pedro, permanece inmaculada de toda seducción y de todo engaño herético por encima de todos los gobernantes y obispos, y por sobre todos los príncipes de la Iglesia y de los pueblos, en sus Pontífices, y en la plenísima Fe y autoridad de Pedro». Teodoreto, que era obispo de Siria, citado por San Roberto Belarmino (OPERA OMNIA, T. II, Pág. 83) dice: «Esta Santa Sede tiene el gobernalle de los regímenes de las iglesias del orbe, porque por una parte son siempre heréticas y por otra esta permanece virgen de pestilencia».
     También, el Papa Gelasio (492-496) ensena: «La primera, es la Sede del Apóstol Pedro, la de la iglesia romana, que no tiene mancha ni arruga ni cosa semejante» (Denz. 163).  
     El Papa Nicolás I (858-867) en sus 110 respuestas a los búlgaros, dice en la 106: «La iglesia romana ha estado constantemente sin mancha y siempre ha poseído el verdadero cristianismo» (HISTORIA DE LOS CONCILIOS). De esta misma obra de Hefele-Leclercq, T. IV, Pag. 561 tomamos las siguientes palabras del Papa Juan VIII (872-882) a los búlgaros: «La iglesia de Roma, jamás ha estado manchada por el error; uniéndose a la iglesia de Constantinopla, los búlgaros corren el peligro de caer pronto o tarde en el error»«La iglesia de Roma, decía el Papa Gregorio VIIno ha errado jamás, y las Sagradas Escrituras atestiguan que no errará nunca» (HISTORIA DE LA IGLESIA; Daniel Rops, T. IV, Pág. 196).  
     El Papa Pascual II (1099-1118) dijo a los obispos reunidos en el Concilio de Letrán de 1116, un 8 de marzo: «Hermanos y señores, escuchad: esta iglesia romana, jamás ha sido herética; al contrario, ella ha vencido todas las herejías. Cristo oro por ella cuando dijo: Yo he rogado por ti Pedro, a fin de que tu Fe no desfallezca»
     El Cardenal Estanislao Hosio (15C4-1579), Obispo de Ermeland, gran polemista, escribió:«Hay gente que prefiere someter sus escritos a la censura de no sé qué maestro de Wittenberg (se refiere a Martín Lutero) y a una iglesia nacida ayer, más bien que al juicio de una Iglesia más santa y la más antigua de todas, a la que los Apóstoles Pedro y Pablo han dejado toda su Doctrina, derramado allí su sangre, y que de tal manera ha sido mirada como católica y apostólica, que jamás ha sido tachada de herejía». El Papa León IX (1049-1054), le escribe a Miguel Cerulario una carta el 8 de septiembre de 1053, en vísperas del cisma definitivo de Oriente, en la que le dice: «La Iglesia Romana, jamás ha vacilado en la Fe; sin ser igual a San Pedro, en cuanto a méritos personales, sin embargo, Nos, somos igual a él por las funciones y tenemos el derecho de ser honrados a pesar de nuestra indignidad… Si no estáis unido a la cabeza, no podéis pertenecer al cuerpo de la Iglesia»
     Por fin, termino copiando un texto de Santo Tomás de Aquino. En su comentario al Cap. 16, v. 18 de San Mateo (IN MATTHAEUM EVANGELISTAM EXPOSITIO), dice: «Especialmente la casa de Pedro que fue fundada sobre roca, no será derribada. Y así, puede ser combatida, pero no expugnada. Y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella… Y mientras las otras iglesias pueden ser censuradas por herejes, en cambio la iglesia romana, no ha sido corrompida por los herejes por estar fundada sobre roca. De ahí que en Constantinopia fueron herejes y se perdió la labor de los Apóstoles: únicamente la iglesia de Pedro permaneció inviolada, y esto no solamente es con relación a la iglesia de Pedro, sino también, a la Fe de Pedro».
NUNCA NADIE CUESTIONO EL JUICIO DE ROMA.
     El Papa Zózimo (417-418) en una carta del 21 de marzo de 418, dice que «nadie se atrevió a discutir» el juicio de la Sede Apostólica (Denz. 108), y el Papa San Bonifacio I (418-422) en su carta MANET BEATUM a Rufo y otros obispos de Macedonia, dice: «…nadie osó jamás poner las manos sobre el que es cabeza de los Apóstoles, y a cuyo juicio no es lícito poner resistencia; nadie jamás se levantó contra él, sino quien quiso hacerse reo de juicio» (Denz. 109 b, 109 c). 
ROMA Y EL PAPA SON LA MISMA COSA
     Evidentemente cuando decimos que Roma y el Papa son una sola cosa, no nos podemos referir a la ciudad física, con sus monumentos sus calles y sus habitantes. Pero como sede de la Iglesia Romana, como capital del catolicismo que enseña la verdadera Doctrina de Jesucristo, como el lugar en el que sienta Pedro para confirmar, juzgar, enseñar y edificar a la Iglesia, deja de ser en lo absoluto, si el Papa no está en la ciudad. Por este motivo, se entiende lo que dijo el Papa beato Benedicto XI cuando abandonó la ciudad de Roma obligado por las revueltas provocadas por partidos que se la disputaban: «Roma, no está ya en Roma: toda entera está, donde yo esté». Esta misma situación se dará, cuando el verdadero Papa tenga que salir de Roma, porque allá se habrá instalado el Anticristo con todos sus partidarios.
     En esta forma lo entendía San Pedro Damián. Sus palabras que antes hemos copiado las volvemos a encontrar en DICTIONNAIRE APOLOGETI QUE DE LA FOI CATHOLIQUE, D’Ales, T. III, Col. 1487. Las repetimos: «Vos sois la Iglesia Romana; no es la mole de piedra de que está formada a la que yo recurro, sino solamente a aquel en quien reside toda la autoridad de esa misma Iglesia». Y el Papa Pelagio (556-561), en una carta del año 560, escribe a un obispo: «¿Dónde creías que estaba la Iglesia, fuera de aquel en quien– y en él solo- están todas las sedes apostólicas?».
SE DEBE CREER AL MAGISTERIO ORDINARIO Y AL MAGISTERIO EXTRAORDINARIO DEL PAPA.
     Las Encíclicas de los papas, no son definiciones «ex-cathedra», pero no por esto podemos decir que pueden contener errores contra la Fe. Al contrario, el Papa Pío XII en su Encíclica HUMANI GENERIS, 10, y el Papa Pío IX en su Encíclica QUANTA CURA, enseñan que los fieles católicos deben obediencia y respeto a los documentos del magisterio ordinario. Pero además, el Concilio Vaticano I declaró: «… debe creerse con fe divina y católica todas aquellas cosas que se contienen en la Palabra de Dios escrita o tradicional, y son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, ora por solemne juicio, ora por su ordinario y universal magisterio». Ver Denz No. 1792. ¡Pero la infalibilidad de la Iglesia, depende de la infalibilidad de Pedro!, entonces si el magisterio de la Iglesia debe creerse como revelado por Dios, ya lo ejerza ordinaria, o ya extraordinariamente, no hay lugar para decir entonces que el papa solamente cuando habla«ex-cathedra» es infalible, pero fuera de eso, puede equivocarse Tendríamos que considerar que hay ocasiones en las que la Iglesia de Dios, enseña el error, o puede enseñar el error, y esta afirmación es blasfema.
     Algunos en la Iglesia han llegado a considerar que el papa como doctor privado, pudiera caer en la herejía, ¿es esto posible sin que se comprometa la inerrancia de la Iglesia?

¿PUEDE EL PAPA COMO DOCTOR PARTICULAR CAER EN LA HEREJIA? (1 de 3)

     No solamente es necesario aclarar si es posible que un papa pueda caer en la herejía, sino también si en alguna ocasión él puede ser doctor particular.
     En el capítulo XVI de San Mateo, v. 13-20, encontramos el texto siguiente: «Viniendo Jesús a los términos de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?. Ellos contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elias; otros, que Jeremías u otro de los profetas. Y El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy?. Tomando la palabra Pedro, dijo: Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Jesús, respondiendo, dijo: Bienaventurado tú, Simón Bar Joná, porque no es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los Cielos y cuanto atares en la Tierra, será atado en los Cielos, y cuanto desatares en la Tierra, será desatado en los Cielos. Entonces ordenó a sus discípulos que a nadie dijeran que El era el Mesías».
 

Monseñor Urbina Aznar, autor de este artículo.

    El comentario a estos textos de la Biblia de Nácar-Colunga, es importante: «El juicio expresado por Pedro EN NOMBRE DE LOS DOCE, no fue dictado por sentimientos humanos ni prejuicios israelitas, sino por el mismo Padre celestial, que había dado a Pedro el conocimiento de este misterio… Este texto es de suma importancia dogmática, puesto que en él se basa la superioridad jerárquica de San Pedro sobre los demás Apóstoles y la constitución monárquica de la Iglesia cristiana. Para desvirtuar la fuerza probativa de este texto, algunos autores han dudado de su autenticidad crítica; pero se da el caso que no falta en ninguno de los códices más antiguos ni en las antiguas versiones. Por lo tanto, su autenticidad crítica está sólidamente fundada. Por otra parte, las palabras de Cristo tienen un marcado sello semítico muy difícil de falsificar. Jesús pregunta a sus discípulos por la opinión que tienen de El las gentes, y la propia de ellos. En nombre de todos, llevado por su espontaneidad, responde Pedro confesando la divinidad de Cristo. El Maestro quería hacerles ver quién era, y ellos, por sus obras maravillosas y sus palabras de vida eterna le consideran de una categoría sobrehumana. Cristo dice a Pedro que semejante confesión proviene de Dios, y, por tanto, puede considerarse privilegiado; ya que ha de desempeñar una función clave en el nuevo reino que va a fundar: «Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Sabemos por Juan I, 42, que Jesús había cambiado misteriosamente el nombre de Simón en piedra (Kefas) cuando este se le presentó por primera vez. El evangelista no da explicación sobre este sorprendente cambio. Es en Mateo XVI, 18 donde se da razón de ello. Cristo al verlo por primera vez, le destinaba ya para ser el fundamento de su Iglesia, y ahora lo declara solemnemente. En la comunidad primitiva cristiana, se le llamaba Cefas, palabra aramea (Kefas) que significa piedra, aludiendo a una misión de piedra angular de la Iglesia. En efecto, Cristo declara que el edificio de su Iglesia (que en el v. 19 se identifica con el reino de los Cielos) se asentará sobre la persona de Pedro como sobre «roca»inconmovible, de tal forma que las «puertas del Infierno no prevalecerán sobre ella»; es decir, el poder del mal (la expresión «puertas» en el lenguaje bíblico es sinónima de la ciudad que la guardan, y también de los poderes judiciales de la misma, que declaraban sus sentencias a la «puerta» de la ciudad) no podrán echar abajo el edificio de la Iglesia asentada sobre la «roca» de Pedro. Cristo presenta aquí la lucha entre el reino naciente y «el poder de las tinieblas», o «Infierno» de donde salen todas las maquinaciones contra su obra… asegura (Cristo) que la Iglesia por El fundada no cederá ante los ataques del Infierno. Y con una sola metáfora, muy semítica, asigna una nueva misión a Pedro, establecido como «roca» del edificio. Será el «llavero» del «reino de los Cielos», el encargado oficial de cerrar o abrir las puertas del reino, de tal forma que«cuanto atare en la Tierra, será atado en el Cielo, y cuanto desatare en la Tierra, será desatado en el Cielo». Los verbos atar y desatar son dos metáforas clásicas de la doctrina rabínica y equivalen a prohibir y permitir. En el lenguaje técnico actual corresponderán estos dos actos a la determinación de lo lícito o ilícito en materias no determinadas por la ley divina, es decir, la potestad dé legislar y de interpretar la misma ley divina, ya que a Pedro se le sitúa como árbitro supremo y definitivo. En XVIII, 18, se confiere también a los demás Apóstoles la potestad de «atar» y «desatar»; pero aquí, enfáticamente y de un modo especial, se confiere a Pedro, lo que indica que le confiere especiales poderes para mantener los grandes principios que después se concretan históricamente en formulaciones jurídico-dogmáticas más claras. Cristo volverá a aludir a esta situación privilegiada de Pedro en Su Iglesia al nombrarle pastor de sus corderos (Juan XXI, 15-17)». Hasta aquí el comentario de la Biblia Nácar-Colunga.
     Sostengo que en el texto de San Mateo copiado antes, se encuentra implícita no solamente la institución del sumo pontificado y la infalibilidad del papa, sino la doctrina que enseña que juzgar que el papa puede ser en algún momento doctor particular y en esta forma poder caer en la herejía, es una doctrina contra la que Dios ha revelado.
     Esta doctrina, sin embargo, se explica aún más y se apuntala con otros textos bíblicos. De esos textos, podemos sacar varios argumentos sólidos.
     PRIMER ARGUMENTO. En el Evangelio de San Mateo VII habla Cristo del «varón prudente que edifica su casa sobre roca» de tal forma que cuando vienen las lluvias, los torrentes y los vientos su casa no cae por tierra, sino que permanece firme «porque estaba fundada, dice la Escritura, sobre roca». Esta metáfora de profunda enseñanza aplicable a muchas situaciones de la vida de los cristianos, anuncia evidente y propiamente la fundación de la Iglesia sobre bases firmísimas e inexpugnables. No puede concebirse que el Maestro que es el propio Dios en la fundación de la Iglesia falle. Entonces, cuando a Simón le dice: Tu eres piedra, que eso significa Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, lo está constituyendo a él solo el cimiento inexpugnable, absolutamente firme, sobre el cual ha de edificar. En el texto de San Mateo no se ve por ninguna parte que instituya los cimientos de Su Iglesia sobre el Colegio Apostólico. Lo hace sobre el Apostol Simón, a quien ha cambiado el nombre por Pedro, es decir, piedra.
     SEGUNDO ARGUMENTO. Es cierto que Cristo según leemos en el Evangelio de San Juan XVII, 17 le pide a Su Padre celestial por todos sus Apóstoles. Dice: «santifícalos en la vardad». Es evidente que El ha rogado especialmente por Sus Apóstoles y por sus sucesores, los obispos, para que puedan obtener las gracias que ellos requieren para el buen gobierno de la Iglesia que ha de fundar, pero en ningún momento se lee lo que en forma especialísima ha entregado a Pedro según registra San Lucas en su Evangelio, XXII, 31. «Simón, Simón,escribe San Lucas, Satanás os busca para ahecharos como trigo (en otras versiones de la Biblia leemos: «Satanás ha solicitado el poder de cribaros como trigo», que es lo mismo), pero yo he rogado por tí para que no desfallezca tu fe, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos». El diccionario de sinónimos dice que desfallecer es también: flaquear, debilitarse. Y el diccionario de la lengua, dice que desfallecer es «decaer perdiendo el aliento, el vigor y la fuerza». También dice: «Faltar, no existir una prenda o circunstancia en lo que debiera tenerla».
     Entonces, si entendemos bien el significado de las palabras, en Pedro, la Fe, no ha de flaquear, ni debilitarse, ni decaer, ni faltar. ¿Qué significa esto?. Cristo pidió a Su Padre que a Sus Apóstoles los «santificara» en la verdad. Solo a Pedro lo CONFIRMA en la Fe, porque no se puede entender cómo es posible que a uno que no está confirmado en la Fe, le pida: «confirma a tus hermanos». El que no tiene dinero no puede dar dinero. El que no tiene conocimientos de una materia no puede enseñar esa materia. El que no está confirmado, no puede confirmar. Entonces, Pedro confirma a sus hermanos, ¿en qué materia?, en la Fe que en él no flaqueará, ni se debilitará, ni decaerá, ni faltará. Por eso el comentario de la Biblia explicada de Torres Amat a este texto, dice: «…nadie convertirá a otro, si no es él mismo un«convertido», pues nadie puede dar lo que no tiene». Los Apóstoles y sus sucesores, los obispos, deben «santificarse en la verdad», que han de conservar con la guía segura de Pedro, quien la tiene por institución divina. Necesariamente, entonces, estarán adheridos a Pedro para conservar con él, que la tiene con seguridad.
     TERCER ARGUMENTO. No solamente nuestro Señor Jesucristo establece en Pedro la roca segura sobre la que ha edificar la Iglesia, sino que le ordena ser el pastor universal de la Iglesia. En el Evangelio de San Juan, XXI, 15 y siguientes, leemos: «Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?. Le dice El: Sí Señor, tú sabes que te amo. Le dice Jesús: Apacienta mis corderos. Vuelve a decirle por segunda vez: Simón de Juan, ¿me amas?. Le dice él: Si Señor, tu sabes que te amo. Le dice Jesús: Apacienta mis ovejas. Le dice por tercera vez: Simón de Juan, ¿me amas?. Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: ¿Me amas?, y le dijo: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Le dice Jesús: Apacienta mis ovejas». Es imposible no descubrir en estos textos la entrega formal del cayado a Pedro para que constituido en el pastor universal de la Iglesia, apacentara a los corderos y a las ovejas: obispos, sacerdotes, religiosos, fieles laicos.
     Sobre Pedro solo, entonces, recae la responsabilidad y la misión de dirigir los destinos de la Iglesia. ¿En qué forma?, infaliblemente. Es la roca inexpugnable, fuerte, infalible, sobre la que Dios mismo ha edificado Su Iglesia que no puede en ningún momento hasta el fin del mundo deformar las doctrinas predicadas por el Hijo de Dios. Si la Iglesia no estuviera adornada con la prerrogativa de la infalibilidad, su magisterio sería inseguro, intermitente y no podría ser así la Iglesia de Dios que es infalible. ¿Quién tiene esa prerrogativa?, solamente Pedro. El ha de confirmar a sus hermanos. Pero solamente en las cosas de la Fe.
     Se debe reflexionar, además, la expresión «una vez convertido, confirma a tus hermanos». Así se lee en la Biblia de Nácar-Colunga, de Torres Amat, de Scio de San Miguel y en la de Ediciones Paulinas. Solamente en la Biblia de Jerusalén y en la versión protestante de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, leemos: «una vez vuelto, confirma a tus hermanos». El diccionario de la lengua, dice que convertir es: «mutación de una cosa en otra». El diccionario de sinónimos dice que convertir es: «transformar, cambiar, mudar, trocar, transmutar». Unos dicen que esas palabras se refieren a la traición de Pedro y a su conversión. No lo creo. Cristo lo dice a Pedro y a sus sucesores. Parece más bien referirse a la ELECCION PAPAL y a la aceptación del cargo. En Pedro se opera el cambio el día de Pentecostés. En sus sucesores, el día de la elección. Luego tienen la misión de confirmar a sus hermanos. Son todos ellos la roca sobre la que la Iglesia se construye con seguridad absoluta. Porque son infalibles. Porque son una sola cabeza con Cristo. No se les promete la impecabilidad. Eso es cosa personal de cada uno de ellos, pero en la Fe no han de fallar, no en razón de los méritos de la persona, sino en razón del cargo que ocupan del que depende la estabilidad de la Iglesia y la salvación de todos.
     CUARTO ARGUMENTO. Nuestro Señor Jesucristo, no solamente elije a Pedro como la roca firme e inexpugnable sobre la que ha de edificar Su Iglesia, lo confirma en la Fe y le entrega el cayado para apacentar a Sus corderos y a Sus ovejas, lo cual implica la absoluta confianza que le tiene gracias a la prerrogativa de infalibilidad que le ha concedido, sino que claramente le anuncia que el Espíritu Santo estará en la Iglesia para enseñarla. Sobre los dos textos del Evangelio de San Juan en los que se promete la asistencia del Espíritu Santo, es conveniente hacer también algunas reflexiones. En el Cap. XV, v. 26 y siguientes de San Juan, leemos: «Cuando venga el Abogado, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y vosotros daréis también testimonio, porque desde el principio estáis conmigo». Les está prometiendo a Sus Apóstoles«el Espíritu de verdad» que es el mismo Dios, es decir, la tercera Persona de la Santísima Trinidad que no puede engañarse ni engañar. Su Iglesia, de Cristo, será infalible y estará en posesión de toda la verdad. Pero solamente a Pedro se le ha dicho: «confirma a tus hermanos». Por lo tanto, si a los Apóstoles se les promete especialmente la asistencia del Espíritu Santo, la asistencia a Pedro, es lógico, es especialísima. El debe ser infalible. En la Fe no podrá errar de forma que pueda confirmar a sus hermanos.
     Por ese motivo, San Roberto Belarmino (CONTROVERSIARUM DE SUMMO PONTIFICE, T. IV, Cap. III, Pág. 83, Ed. Vives, París, 1870), dice: «…la firmeza de los Concilios legítimos radica en el Pontífice; no en parte en el Pontífice y en parte en el Concilio… Luego, debe haber en la Iglesia aún sin Concilio general, un juez que no puede errar». Y el Cardenal Cayetano (DE COMPARATIONE AUCTORITATE PAPAE ET CONCILII, IV, Nüm. 79), escribe: Cuando el Concilio se reúne con el papa, indiscutiblemente sus declaraciones tienen un valor moral especial, pero,«jurídicamente, no tienen más valor que una definición del Papa solo. Los actos de un Concilio, no son actos de la Iglesia sino en cuanto son actos del Papa». Por lo tanto, es caer en un lamentable e intolerable error pensar que la Iglesia recibe directamente de Cristo su poder y no a través del Papa, a quien se instituyó como pastor universal, con las prerrogativas de confirmar a sus hermanos y de la infalibilidad.
     El otro texto de San Juan amerita también profundas reflexiones. En el Cap. XVI, 12 y siguientes, leemos: «Muchas cosas tengo aún que deciros, mas no podéis llevarlas ahora; pero cuando viniere Aquel, el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad completa, porque no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras». Es de Fe, que la revelación se cerró con la muerte de San Juan, el último Apóstol, pero muchas cosas de la Doctrina quedaron implícitamente contenidas en ese depósito que la Iglesia descubriría en el momento conveniente.
     Prueba de esto es que San Gregorio Magno, decía que a medida que el fin del mundo está más cercano, la ciencia de lo alto que Dios revela a los hombres, va creciendo con el tiempo. El Papa Alejandro VII (1655-1667), le escribe una carta al Rey de Polonia Segismundo, cuando este le pedía al Papa la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de María, pero el Papa le contesta: «Las causas que hasta ahora han impedido zanjar la controversia nos obligan igualmente a no acceder por el momento a vuestra petición: aún no brilla en la mente del Papa la luz del Espíritu Santo, la única que puede descubrirle a los hombres ese celestial misterio». De esto, el Rey Luis XIV decía: «Debemos creer que Dios quiere que este misterio permanezca todavía oculto». Igualmente, San Leonardo de Puerto Mauricio en su carta LXVI escribía: «…es necesario que un rayo de luz descienda de lo alto; si no se produce, es señal de que el momento escogido por la Providencia, aún no ha llegado». San Leonardo murió en el año 1751.
     Por eso dice la sagrada Escritura: «el Espíritu de verdad os guiará hacia la verdad completa». La Iglesia no inventa dogmas y doctrinas como dicen sus detractores. Descubre las verdades contenidas en el Depósito de la revelación. Tal cosa exactamente es lo que dice Cristo a Sus Apóstoles: «Muchas cosas tengo aún que deciros, mas no podéis llevarlas ahora; pero, cuando venga Aquel, el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad completa».
     No repugnan para nada las palabras con que algunas versiones de la Biblia traducen este texto. Torres Amat, dice por ejemplo: «Cuando empero venga el Espíritu de verdad, él os enseñará todas las verdades, pues no hablará de sí mismo, sino que dirá todas las cosas que habrá oído, y os prenunciará las venideras». «Prenunciará las venideras», implica necesariamente hasta el fin del mundo, «la verdad completa» y ese magisterio papal infalible que defiende intacto el depósito de la revelación, ya sea lo conocido, ya sea lo definido luego contenido implícitamente en ese depósito. Para eso está el magisterio.

     Pero no solamente próxima y directamente Cristo entrega a Pedro la suprema dirección de la Iglesia constituyéndolo la roca firme sobre la que edificaría, sino que, como la Iglesia habría de durar hasta el fin del mundo, todos los sucesores de Pedro, tendrían las mismas prerrogativas porque la Iglesia que debe enseñar la doctrina que Dios ha revelado a los hombres, sin cambios ni deformaciones, requiere de un maestro infalible asistido por el Espíritu Santo. El Concilio Vaticano I, por eso enseña: «Si alguno dijere que no es de institución divina de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal; o que el Romano Pontífice no es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado, sea anatema» (Denz. 1825). Se ha dicho que la elección de Pedro es de institución divina, pero que la elección de los papas, sucesores de Pedro, son de institución humana, y esto es falsísimo, puesto que si Cristo estaría con la Iglesia hasta el fin del mundo, y si la Iglesia debía llevar el Evangelio a todas las naciones infaliblemente, sin cambio ni alteración, y si era necesario construir el edificio sobre roca firme e inexpugnable, sería muy tonto pensar que Cristo con todas las prerrogativas que entregó a Pedro, lo hizo inmortal para dirigir a la Iglesia hasta el Anticristo. Necesariamente implícitamente se entiende los sucesores. Los sucesores de San Pedro son elegidos por los hombres que son solamente causa instrumental. El Espíritu Santo es la causa eficiente en la elección de un papa. No sucede así en el caso de las elecciones de los antipapas, en la que los hombres se han hecho la causa eficiente, por lo que, ni en los así electos está el Espíritu Santo, ni valen para ellos ninguna de las promesas que Cristo hizo a San Pedro.
PEDRO Y EL PAPA SON UNA MISMA CABEZA.
     Esto ha sido siempre enseñado por la Iglesia y creído constantemente. En el Concilio de Calcedonia, al terminarse de leer una carta a Flaviano enviada por el Papa San León I Magno, exclamaron: «Pedro ha hablado por boca de León»San Roberto Belarmino(OPERA OMNIA, T. II, Pág. 81, Vives) escribe: «Considerad a los sacerdotes que están en la Sede de Pedro…y cualquiera que veáis que le haya sucedido, es la misma piedra a la que no vencen las soberbias puertas del Infierno». En la misma obra, T. II, Pág. 81 transcribe el sermón que pronunció en el tercer aniversario de su elevación al sumo pontificado el Papa San León Magno. Entre otras cosas dice: «Cuidado especial tuvo el Señor por Pedro y pidió por la fe individual de Pedro, por cuanto mayor será la estabilidad futura de los demás no llegando a ser vencido el espíritu del Príncipe (es decir Pedro). Así es que en Pedro se asegura la fortaleza de todos; y de tal manera se ordena el auxilio de la gracia divina, que la firmeza que por Cristo se le otorgó a Pedro, se le confiere por Pedro a los demás Apóstoles».
     Cuando el Papa Alejandro III (1159-1181) le escribe al Emperador Federico (HISTOIRE DES CONCILES, Hefele-Leclercq, V. 2, Pág. 930), le dice: «Con sincera adhesión al emperador, nos extraña sobremanera que se niegue a reconocer a Nos, o más bien a San Pedro y a la Santa Iglesia Romana, y el honor que nos es debido».
     Igualmente, en una carta de San Pedro Crisólogo (405-450) Arzobispo de Rávena a Eutiques, le dice: «En la persona del Pontífice Romano sobrevive siempre el Apóstol Pedro y preside, para ofrecer a cuantos la buscan la verdad de la Fe». También dice: «…acepta dócilmente lo que escribe el bienaventurado Papa en la ciudad de Roma, porque es en él donde el bienaventurado Pedro, sobre su propia sede, sobrevive y preside a fin de asegurar a las almas leales la verdad de la Fe». Y también: «El que ose separarse de la unidad de Pedro, no tiene parte en la economía divina».
     En su TRATADO DE LA CONSIDERACION, San Bernardo de Claraval enseña: «…el Papa, no tiene igual en la Tierra, es Pedro por el poder y Cristo por la unción, campeón de la verdad, defensor de la Fe, doctor de las naciones, jefe de los cristianos, regulador del clero, pastor de los pueblos, vengador de los crímenes, terror de los malvados, gloria de los buenos, martillo de tiranos, padre de los reyes, moderador de las leyes, dispensador de los cánones, sal de la Tierra; …cuanto toca a la Fe le concierne, y en él no puede sufrir ninguna mengua la Fe, porque Cristo lo preserva de toda caída y le ordena confirmar a sus hermanos». San Bernardo dice: el Papa es «Cristo por la unción». Sobre esta doctrina regresaremos luego.
     Por lo tanto, no es necesaria la permanencia física de San Pedro hasta el fin del mundo para dirigir a la Iglesia, como tampoco era necesario que Cristo mismo permaneciera en la Iglesia, física y visiblemente hasta Su segunda venida. Sin embargo, El prometió permanecer en la Iglesia hasta el fin. Su presencia física pero no visible la tiene la Iglesia en la Eucaristía. Su presencia visible en el Sumo Pontífice que habla por El, gobierna por El, apacienta a las ovejas por El, formando con El, una sola cabeza. Entonces tenemos: Cristo, la Piedra, hace a Simón una sola piedra con El. Pedro gobierna a la Iglesia como vicario de Cristo, constituído en una sola piedra por el mismo Cristo que es la Piedra. Los papas, sucesores de Pedro, son una sola cosa «por la unción» con Cristo. Por lo tanto, los papas son infalibles y no pueden errar en la Fe.
PEDRO Y SUS SUCESORES SON VICARIOS DE CRISTO.
     El Concilio II de Lyon (1274), que es el XIV de los ecuménicos, enseña que «Pedro, no es Vicario de la Iglesia, sino que es Vicario de Cristo, jefe de la Iglesia universal, pastor supremo del rebaño de Cristo». Igualmente, el Cardenal Cayetano (DE COMPARATIONE AUCTORITATIS PAPAE ET CONCILII, XI, Nüm. 192) dice que «…después de Su resurrección, cuando no puede ni debe morir por toda la eternidad, es cuando (Cristo) instituye a Pedro a la cabeza de la Iglesia, mas no como sucesor, sino como Vicario. Ahora bien, acostumbran todos los príncipes que en vida instituyen vicarios, no conceder poder al resto del Estado sobre el vicario, sino reservarse su juicio».