DICTAMEN SOBRE UNA ELECION PAPAL EN LAS PRESENTES CIRCUNSTANCIAS (IIª)

ELIGENDUS EST PAPA.  IIª

por
Tomás Tello Corraliza

¿ES POSIBLE LA ELECCIÓN DE UN PAPA EN LAS ACTUALES CIRCUNSTANCIAS?  ( PARTE IIª)

En el artículo anterior – primero de la serie (ver aquí) – se trató de la necesidad urgente de la elección de un Papa y de la obligación que nos incumbe a todos los fieles en las circunstancias presentes. En adelante, sin dejar de recordar dicha necesidad y obligación, hay que encarar la posibilidad teórica y legal de la misma

Ya he dicho que, para trabajar en este asunto grave, debemos tener presente el ejemplo que nos dieron nuestros Padres en la Fe en la solución del Cisma de Occidente. ¿En qué nos deben servir, en concreto, de ejemplo y modelo, ya que, en el intento, cometieron errores de bulto, que debemos evitar a toda costa? Trataré de concretar, con la mayor claridad, que me sea posible, el comportamiento básico de los mismos, que nos debe guiar en la consecución del objetivo.

Vaya por delante el hecho de que la Iglesia aceptó asumir la solución aportada de la crisis del Cisma. La legitimidad de los Papas, a partir del que salió elegido en el Concilio de Constanza, es una verdad que, dado el consenso unánime de la Iglesia, sin ponerla en tela de juicio a lo largo de cinco siglos, constituye un hecho dogmático, ya que, de lo contrario, la Iglesia habría errado admitiendo durante cinco siglos a Pontífices ilegítimos. La infalibilidad de la Iglesia nos obliga a rechazar este presupuesto. Por tanto, con la susodicha solución – a pesar de varios puntos oscuros, que me gustaría ver esclarecidos – la Tradición sentó un precedente, que nos debe servir de guía y que no podemos, ni debemos, dejar de lado, ni subestimar.

Examinemos, pues, cuál fue la postura y actitud básica de los católicos de aquel entonces, que debe servirnos de guía y modelo. Para resolver un problema vital se precisan dos actitudes bien definidas: sentirlo y racionalizarlo. Sentir un problema sin racionalizarlo, no resolverá nada; ni, viceversa, racionalizarlo, sin sentirlo.

Cierto que la crisis tardó 39 años en resolverse; pero sintieron, los afectó profundamente, la gravedad del problema desde el primer momento. Basta leer las noticias que nos suministran los historiadores, para persuadirse del grado de interés y celo que pusieron en la solución de la gravísima crisis.

«Para explicar este sorprendente fenómeno – dice L. Pastor, como para dar cierta excusa y explicación de los desvíos, errores y disparates, en que incurrieron – basta tener en cuenta el anhelo que se había elevado a un grado de intensidad sumo para el restablecimiento de la unidad eclesiástica.» (1) Y más adelante: «Nadie pensaba en otra cosa, sino en cómo se podría salir del cisma … y los que estaban encendidos en celo por el restablecimiento de la unidad eclesiástica no llegaron a darse cuenta conscientemente…»

«Todos se daban cuenta de la audacia de este paso; pero era tan grande el dolor que sentían en sus almas por la división de la Iglesia y se hallaban tan desesperanzados después del fracaso durante treinta años de tantas tentativas de unión, que cualquier medio les parecía lícito y se persuadían que la comunidad cristiana tiene que encontrar en sí misma un remedio de tan grave enfermedad cuando los Papas, como en este caso, se muestran incapaces.» (2) 

Hoy se echa menos ese anhelo, ese celo unánime por resolver la crisis actual, más grave sin comparación que la de entonces. La Iglesia, durante el cisma, sólo se vio afectada en la nota de la Unidad que quedó oscurecida; pero, no afectó a la fe de los creyentes, ni impidió que se produjeran frutos de santidad, bajo las distintas obediencias. La Iglesia seguía siendo el Arca de salvación, aunque con el gravísimo inconveniente de querer dirigirla dos pilotos, a la vez. Pero, la Iglesia Conciliar es algo muy distinto.

La Iglesia Conciliar ha perdido las notas de la Unidad, Catolicidad – al considerarse una secta más, en pie de igualdad entre las demás religiones – la Santidad y está a punto de perder la sucesión apostólica. 

Veamos, fijándonos sólo en el óbice absoluto que esta iglesia supone para la salvación eterna de las almas redimidas con la preciosa sangre del Cordero. La iglesia conciliar – como alguien la dicho – es perfectamente mala, satánicamente mala. La iglesia conciliar, cuyo fin es la condenación eterna de las almas, se ha convertido en la Barca de Caronte, para transportar, vía directa al Averno, a las almas embarcadas en la misma. En cualquier otra falsa religión, por regla general, puede darse la absoluta buena fe, por la que cualquier humano, cumpliendo los deberes que le dicte su conciencia, puede pertenecer al alma de la Iglesia y llegar a puerto de salvación. Sólo le hace falta, como condición «sine qua non», que tenga fe explícita en «Dios Remunerador.» (Heb. 11,6).
    
Pero, en los plenamente inmersos en la Iglesia conciliar no se puede dar dicha absoluta buena fe, por ser imposible. En la iglesia conciliar se enseña positivamente que Dios, como Padre que es, no castiga a nadie, y menos en un infierno eterno. Con este, se suprime el santo temor de Dios, principio de la sabiduría. El slogan de que Dios es padre y un padre no castiga a un hijo, y menos con un castigo eterno, se acuñó hace ya muchos años. Se repite con insistencia machacona, en todos los ambientes, cultos o incultos. Conversando yo, en cierta ocasión, con un señor, me dijo con aplomo que él no temía a Dios; que a Dios no se lo debe temer. Cuando le repliqué que yo le podría aducir más de cien textos de la Sagrada Escritura, en los que se recomienda y elogia el temor del Señor, se limitó a esbozar una maligna y despectiva sonrisa escéptica.

En la iglesia conciliar, pues, se mutila, expresamente, el artículo de Fe, necesario con necesidad de medio, de que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, como nos enseña el catecismo. De ahí, mi tesis de que los adictos plenamente a la iglesia conciliar no se pueden beneficiar de la absoluta buena fe, como en otras falsas religiones, al negar explícitamente que Dios castiga a los malos.

De modo que este debería producirnos un sentir, un dolor mucho más intenso que a los católicos del tiempo del Cisma de Occidente. Sólo en el caso de la restauración plena de la Jerarquía eclesiástica, sería posible – al brillar de nuevo, la visibilidad de la Iglesia, oscurecida en la actualidad – rescatar a algunos de los embarcados en la iglesia conciliar que es la Barca de Caronte.
    
Nuestros padres en la Fe no sólo sintieron profundamente el problema, sino que, simultáneamente, desde muy temprano, procuraron racionalizarlo. Ya, desde los inicios del cisma, en 1379 y 1380, según refiere L. Pastor, se propusieron las soluciones de Langestein y de Conrado de Gelnhausen. (3) Soluciones erróneas. De acuerdo. Pero, se ve un intento para racionalizar un problema, con el fin de llegar a una solución satisfactoria.
    
Prueba contundente del interés por racionalizar el problema. La Universidad de París solicitó el dictamen de los doctos y los dictámenes llovieron. Nada menos que 10.000 dictámenes fueron recabados, según Ludovico Pastor. La Universidad de París sintetizó en tres propuestas las soluciones planteadas en tal cúmulo de dictámenes: la via cessionis, la via compromissi y la via concilii. Racionalizaron el problema y, por eso, el problema se solucionó, y la Iglesia asumió la solución como válida. No sé si habré logrado exponer con la debida claridad la actitud concreta de nuestros padres en la Fe, durante el Cisma de Occidente, que nos debe servir de modelo y guía obligados en las actuales circunstancias.

Hay que reconocer, sin embargo, en descargo nuestro, que ellos tuvieron una mayor facilidad para ponerse de acuerdo, debido a que los católicos de aquella época estaban concentrados en Europa. Esta circunstancia favoreció el contacto y el contagio de ideas y de opiniones. La diáspora en que nos encontramos, en la actualidad, los sedevacantistas, la considero un óbice, no pequeño, para trabajar, al unísono en esta tarea. Por otro lado, considero más fácil, ahora, la elaboración teórica del proyecto de solución, al contar con el esfuerzo precedente de la solución del Cisma

Lancémonos, pues, a racionalizar el problema, con toda objetividad, con absoluta buena fe, confiados en la ayuda de Dios, que no nos faltará, si hacemos todo lo que está de nuestra parte. No olvidemos lo que el Papa San Hormisdas escribió a los Obispos tarraconenses, para apoyar la elección popular de obispos: «Creemos que el juicio divino se manifiesta en la opinión del pueblo; porque Dios está donde hay consenso sencillo y sin maldad.» (4)
     
La cuestión en la siguiente:    

¿ES POSIBLE, EN LAS CIRCUNSTANCIAS, ACTUALES, LA ELECION LEGAL DE UN PAPA?

Respuesta A) No; no en posible. 
Respuesta B) Es posible. 

No cabe un «tertium quid»; pues, desde el momento en que se ponga un «pero», cae ya dentro de la respuesta A), a no ser que se refiera a la posibilidad práctica, fáctica o del cómo; pero esa es otra cuestión muy distinta. No debemos entreverar los conceptos, pues, con ello, no conseguiríamos otra cosa que embarullarlos. Deslindemos los conceptos y los campos, ateniéndonos, en cada etapa, a una cuestión bien definida, sin dejarnos arrastrar por prejuicios, por ideas preconcebidas, que nos nublan la inteligencia y no nos dejan ver la realidad presente.    

A) En este apartado, deben ser encasillados, como es obvio, todos aquellos sedicentes tradicionalistas, que rechazan la Vacancia actual de la Cátedra de Pedro. El hacer mención de los mismos es por razones que posteriormente se expondrán.

Estos tradicionalistas pueden ser clasificados en diversos estratos, como no puede ser menos, en el campo del error; ya que dos puntos sólo pueden ser unidos por una línea recta – en este caso, la Verdad -; en cambio líneas curvas se pueden trazar infinitas.
    
Los hay Conciliares – un contrasentido – que admiten plenamente el Concilio Vaticano II. Estos profesan, protestan y proclaman su fidelidad al espíritu del mismo y a sus pontífices y celebran el N.O.M. sin el menor escrúpulo. Pretenden ser considerados como tradicionalistas por el mero hecho de vestir sotana y conservar las devociones tradicionales: devoción a la Ssma. Virgen, rezo del Santo Rosario, novenas, procesiones, predicaciones, más o menos ajustadas a los cánones tradicionales, etc. Perciben la crisis, pero no en su cruda realidad ontológica, sino superficialmente, como algo pasajero y episódico. Lo achacan todo a torcida interpretación del Concilio por parte de ciertos teólogos modernistas y otros sacerdotes perversos, que desobedecen al papa. El “Santo Padre” – toda la serie de papas conciliares – no tiene culpa de nada; si acaso, algo de debilidad. Estos, como es natural, no sienten, no pueden sentir rectamente el problema.
    
A este estrato pertenece la Hermandad Sacerdotal Española de San Antonio María Claret. Son fanáticos del “Santo Padre”. No falta quien considere como santos a Roncalli y a Montini. Precisamente, hay quien se encomienda a Montini, al cual considera un gran santo y como el mayor mártir de todos los tiempos, según “revelaciones” privadas. Bueno, mejor será que cite sus palabras textuales: «Mi opinión sobre el Papa Pablo VI es claramente expresada en la fotocopia adjunta: está en el cielo e invoco su intercesión.» [En carta recibida por mí, de uno de sus miembros, de fecha 3-XII-1987.] A tales aberraciones, que me producen vergüenza ajena, puede llevar la ignorancia de la Ciencia religiosa. «Gran cosa es el saber y las letras para todo» – exclamaba Santa Teresa. (Moradas, 4, 1 y passim en todas sus obras).

Y lo malo en que el Colectivo, en cuanto tal, ha tomado una postura consciente, lo cual hace dudas de su absoluta buena fe. Su actitud quedó clara y definitivamente tomada desde el momento en que claudicaron, al volverse atrás del propósito del Colectivo, en aquella famosa carta (II-XI-1969), en que recusaban celebrar la Misa, según el N.O. porque – decían – «la herejía no puede ser jamás materia de obediencia». Pero tan brava actitud – que puesta en práctica hubiera significado «el do de pecho» de la resistencia católica – se quedó en agua de borrajas, al doblegarse servilmente a la Bestia, «a la que fue otorgado hacer la guerra a los santos y vencerlos». (Ap. 13,7). El colectivo fue engullido por la Iglesia Conciliar.
    
Tengo comprobado, bien por contactos directos o epistolares, que sus miembros están endurecidos en su postura. Toman muy a mal hablarles de la nulidad del N.O.M. o de las herejías de los “papas” conciliares. En el mejor de los casos, se limitan a darte algún consejo paternalista. Las más veces se enfurecen o no contestan a los retos para discutir dichas cuestiones. Sólo uno se prestó a la polémica. Reconoció que yo, dialécticamente, argumentaba bien; pero, no se dio por convencido. Con el paso del tiempo, se han vuelto refractarios a la luz de la verdad.
    
No obstante, tengo que manifestar que se dan algunos miembros – conozco a dos personalmente – que podrían ser rescatados; pero, por sus colegas en el sacerdocio, que son los que tienen el carisma. Un seglar, normalmente, no tiene toda la fuerza persuasiva para ello, ya que, siempre, un sacerdote, se considera, en los asuntos religiosos, superior a los laicos.
    
Por supuesto, que hablarles a tales tradicionalistas de la elección de un Papa, les sonaría a sacrílego, impío y cismático. Dicha solución no encaja, ni siquiera remotísimamente en sus esquemas mentales.
 
Un segundo estrato sería el formado por los Nantistas de Georges de Nantes (fallecido). Y se sabe que este abate francés es, asimismo, un tradicionalista «sui generis». Este ha sido un gran debelador del Vaticano II. Es su gran gloria. Pero le ha fallado la lógica. De falta de lógica le acusan, tanto los extraños como sus propios compatriotas.

G. de Nantes ataca a los papas conciliares y los acusa de herejía, cisma y escándalo; pero, el mismo tiempo, al aferrarse con actitud obstinada al «deponendus est» de Cayetano, afirma la plena infalibilidad de los mismos, así como su jurisdicción – debido a esta postura, admite como válidos y lícitos, tanto el N.O.M. como los demás nuevos ritos sacramentales -, hasta tanto no sea jurídicamente depuesto, después de condenarse el mismo, que sería, al mismo tiempo, juez y parte, «Risum teneatis?»

A los Sedeacantistas los denomina, despectivamente, integristas. Para G. de Nantes, el Sedevacantismo – doctrina que combate furibundo – es un error tremendo. Dicho sea de paso, a este Sr. Abate le tenemos que agradecer la preciosa información de que ya en 1967 había Sedevacantistas «avant la lettre».

Georges de Nantes, pues, rechazará indignadísimo, considerándola como cismática, cualquier propuesta de elección de un Papa, mientras el papa hereje conciliar permanezca en su puesto.

Llegamos el tercer estrato, los Lefebvristas. Estos rechazan el Vaticano II, en ciertos puntos, en los demás, los admiten, interpretándolo según la Tradición; rechazan, asimismo, como ilícitos el N.O.M. y los nuevos ritos sacramentales. Estos ni siquiera encaran la mera posibilidad de deposición del Santo Padre, al que, por otro lado, no dudan en tachar de Anticristo, corruptor de la Tradición, modernista o liberal, etc. Lo dejan todo en manos de Dios. Da por sentado que la Roma apóstata «la gran ramera, que corrompía la tierra con su fornicación, …» (Ap. 19,2) se convertirá y todo quedará renovado, como si nada hubiera sucedido. «Es la utopía lefebvrista que anuncia para mañana la desaparición de la Roma modernista.» (5) Es encomendar la solución a una iglesia futurible.

Por último, otro estrato que debe ser tenido en cuenta, es el Guerardista. Mons. Guerard des Lauriers (q.e.p.d.) con su desconcertante teoría incoherente de la «missio» y de la «sessio» y la absurda distinción entre Papa «materialiter» y Papa «formaliter», que comenzó a hacer públicas a partir de l979, en el «Cuaderno de Cassiciacum», ha hecho sentir consecuencias nefastas en la Resistencia católica.
He aquí algunas de las enumeradas por el Abate ZINS, el final de una exposición magistral de dichas teorías (6) en que quedan pulverizadas.:

a) Da la impresión de justificar la resistencia tradicionalista sin implicar el rechazo de J.P. II.
b) Bloquea toda solución para reemplazarlo.
c) Desvía de la justa solución.
d) Enerva, paraliza y lleva a la inercia, al aconsejar esperar la solución directamente de Dios, esperando con paciencia y en silencio.

La distinción entre Papa «materialiter» y «formaliter», además de absurda, implica tres herejías, según demuestra el mismo Abate Zins, en otro trabajo (7).

La postura de Mons. Guérard das Lauriers la expone, asimismo, muy por extenso, Eberhard HELLER, en el artículo, tercero de la serie, de su estudio sistemático, ya citado (8). Extracto lo que se refiere, en concreto, al tema que nos ocupa de la imposibilidad de elegir un Papa, en las actuales circunstancias.

Mons. Guérard das Lauriers y sus seguidores – que dicho sea de paso, consideran una afronta ser incluidos entre los Sedevacantistas – afirman que la «sessio», o sea, la  Jurisdicción jamás puede derivarse o brotar de la missio, que es la potestad de Orden. Sólo puedo originarse de su propio principio, esto es, de la «prima sedes».

Para Mons. des Lauriers, el restablecimiento de la Prima Sedes depende de la conversión de Wojtyla (Bergoglio N.T.), que dejando, de ese modo, de ser Papa «materialiter», pasaría a serlo «formaliter».

Por otro lado, son los obispos los que deben diagnosticar los errores del Papa y reprenderle respetuosamente. Si el Papa reprueba sus errores queda consolidado en la sessio. En caso contrario se declara a sí mismo hereje y, entonces, es cuando quedaría vacante la Sede Apostólica. Así recae sobre los obispos el cometido de declarar vacante la Santa Sede y convocar un Cónclave. Ahora bien, sólo son idóneos para una tal operación los obispos que participan de la sessio, o sea, los obispos residenciales. Y, como según des Lauriers, ya no hay nadie idóneo para emitir una declaración de Vacancia, dicha vacancia se prolongará irremediablemente por parte de los humanos. La Restauración de la sessio espera de una intervención directa de Cristo. Y concluye: «No nos queda más que esperar en silencio y esperanza ( Is. 30,15), esperando contra toda esperanza.» Así, pues, pasividad absoluta y esperar tiempos mejores. Esa es la solución que ofrecen los guerardianos. A estos los respondería yo con las mismas palabras que, según Ludovico Pastor, pronunciaba ante una actitud semejante, el Cardenal W. Allen: «Los tiempos mejores no se han de anhelar, sino traer».

Ni que decir tiene que, al encontrarse estos sedicentes tradicionalistas inmersos en un gran error, no deben paralizar a los Sedevacantistas en la prosecución del necesario y obligado objetivo. El consenso no puede hacerse depender de los que están en el error. De las tinieblas no puede brotar la luz. La luz debe salir de la luz, por débil que ésta sea, con tal de que no se haya extinguido. Nos separa un abismo. El error afecta a la Fe, ya que se trata de un hecho dogmático. O ellos, o nosotros, estamos, objetivamente, apartados de la Fe. Son posturas irreconciliables. Deben ser descartados, definitivamente, en este asunto. Aceptar y considerar sus puntos de vista en el tema equivaldría a confesar que no estamos seguros en nuestra postura.

Si he traído aquí a colación las tesis de las diversas categorías de tradicionalistas es, precisamente, porque los Sedevacantistas que niegan la posibilidad de la elección de un Papa se basan en los argumentos de algunas de las categorías de tradicionalistas reseñados. No son argumentos que hayan brotado de una actitud típicamente sedevacantista. En segundo lugar, porque E. HELLER aduce, en su estudio la postura de Mons. des Lauriers siquiera sea para rebatirla.

26 de Mayo de 1990, fiesta de San Felipe Neri.
sig.: Tomás Tello

(1) HISTORIA DE LOS PAPAS, T. I, Lib. I, c. 3. 
(2) HISTORIA DE LA IGLESIA CATOLICA, B A C. T. III, P. 1, cap. 8.
(3) HISTORIA DE LOS PAPAS, 1.c.
(4) Epist. 25, ML 63, 424.
(5) F. Lagenos, «L’Eglise des derniers tempos», EINSICHT, Marz. 1984.
(6) «Réfutation de la thèse guérardienne», SUB TUUM PRAESIDIUM, nº 5. Oct. 1.986. Pp 31-59.
(7) «Trois heresies de P. G. des Launiers», S T P, nº ll, l988, pp 21-23.
(8) EINSICHT, I , Abril 1986; p. 12-15.

http://www.einsicht-aktuell.de/index.php?svar=5&artikel_id=3742&searchkey=ELIGENDUS%20EST%20PAPA

Enviado por Novissima Hora

ELECCIÓN DEL SUMO PONTÍFICE

I MEDIO NECESARIO DE SALVACIÓN

  1. Necesidad de medio:

     La necesidad de medio de salvación es aquella que es tan necesaria para el fin de la consecución de la salvación que, sin ella, aunque la omisión sea sin culpa, el fin no puede ser conseguido.

     Nuestro Señor Jesucristo decretó edificar su Iglesia para la salvación de todos,(Vat. I, Pastor aethernus). Y puso a San Pedro en la Iglesia para la unidad de los obispos y fieles. Sin él, el fin de la Iglesia, no es alcanzado. Este es alcanzado por la sumisión de todos los miembros de la Iglesia al Romano Pontífice. Por esto Bonifacio VIII definió, como dogma de fe, «para toda criatura humana», como medio de salvación:«estar sumiso al Pontífice Romano». Para que la Iglesia alcance su fin salvífico es«enteramente necesario» que exista un Pontífice Romano. Sin él, no se consigue la salvación, sin la obediencia al «deber gravísimo y santísimo» (San Pio X) de elegir un papa.

  1. El Objeto de esa definición de fe es:

   a)El deber de obedecer al Magisterio del Pontífice romano  (D.S. 875 -3060).

   b)El deber de creer que, en la Iglesia, es necesario que la Sede de Pedro, «tenga perpetuos Sucesores» (D.S. 3058).

     De ese doble deber, de obedecer y de creer, se sigue el «deber gravísimo» de obedecer a la Sede de Pedro, cuando manda elegir una Cabeza visible de la Iglesia  (San Pio X – Vacante Sede Apostólica).

     Son dos deberes inseparables por el cual la Iglesia alcanza su fin salvífico (D.S. 2888). No se puede obedecer a uno y desobedecer al otro.

  1. La Iglesia tal como fue instituida por Cristo en la Tierra exige, como necesidad de medio de salvación, «sine qua non», la existencia del Pontífice Romano, sin el cual la Iglesia no mantiene la fe y forma establecida, y no alcanza el fin establecido por el Salvador: medio de salvación, único, entre los hombres.
  1. Enseña la Iglesia que ella es, por obra de su Fundador, una sociedad perfecta, esto es, que ella tiene en si y por si, todos los medios necesarios para su incolumidad y acción. Así no depende de la violencia y la astucia de sus enemigos, para ser perfecta en su obrar y lograr su fin. La Iglesia no está impedida para tener su Cabeza Visible, que gobierne y enseñe a sus miembros, a pesar de sus enemigos. Igualmente para preservar su poder de Orden, para ofrecer Sacrificios y perdonar los pecados, no depende de los pecados de los miembros infieles. El medio de salvación existe en la Iglesia. Quien niega la existencia de este medio de salvación niega que la Iglesia sea una sociedad perfecta. Niega la Iglesia.
  1.    Los que quieren impedir la existencia de una Cabeza Visible, con el poder supremo de jurisdicción; o impedir la existencia de Sacerdotes con el poder de Orden, con doctrinas que impiden un conclave; son personas enemigas de la Iglesia, con doctrinas falsas, contrarias al fin salvífico de la Iglesia y contrarias a la forma que Cristo instituyó a su Iglesia
  1.    En las vacancias de la Sede de Pedro, por la muerte natural, o por renuncia, la privación de la Cabeza visible debe ser sanada por los otros miembros de la Iglesia, con la elección de otra Cabeza visible.

     Quien niega este deber de actuar, quien afirma la imposibilidad de restaurar la existencia de una Cabeza visible en la Iglesia, sea cual sea la causa, niega que Nuestro Señor haya instituido una sociedad perfecta, capaz de mantener permanentemente su forma y fin, como fue instituida. Niega la posibilidad de existencia de la Iglesia; niega la posibilidad de existencia del único medio de salvación dejado por Cristo en la Tierra.

  1.    La necesidad absoluta del Romano Pontífice, para el fin de la salvación eterna es norma de fe: todo humano debe sumisión a él. Si él no existe, será imposible ser obediente a él.

     Pero si fuera imposible elegir un nuevo Pontífice Romano, Dios habría dado a los hombres mandamientos imposibles de ser observados. Mas esta sentencia es una sentencia contra la fe: «está prohibida, bajo anatema, por los Santos Padres», pues «Dios no manda cosas imposibles». «Él ordena hacer lo que puedas y cuando no puedas él auxilia para que puedas» (Concilio de Trento, D.S. 1536). Los que dicen esto, están fuera de la unidad de fe de la Iglesia (D.S. 1568).

II FALSAS CAUSAS DE IMPOSIBILIDAD

   Las causas alegadas de la imposibilidad son todas falsas:

   a) Falta de consenso de los hombres. Las normas del creer y del actuar en la Iglesia proceden de la Revelación divina yno del consenso de los hombres (Vaticano I, D.S. 3074). Los que «están divididos» por falta de consenso, son desobedientes al deber de creer y al deber de actuar; están separados de la unidad de la Iglesia.

   b) Deber de abstenerse de acción.Es la herejía de la pasividad condenada por el Concilio de Trento (D.S. 1554) en Molinos (D.S. 2202) en Quermel (D.S. 2403) y en Lutero (D.S. 1562). Quieren solo la fe, sin las obras; la salvación sin a observancia de los mandamientos (D.S. 1570)

   c) Guardar silencio sobre el deber de creery el deber de actuar es implícita y explícita negación de la fe, pues confesar la fe públicamente «es de necesidad para la salvación» (Rom. X, 10). (Canon 1325).

   d) Ignorancia de las personas.Toda ignorancia de los preceptos de Dios es removible por los medios de la instrucción (Canon 752) y de la gracia pedida (Tg. 1,6).Salvo cuando es pena divina.

   e) Derecho de los cardenales.El Derecho humano no impide el Derecho divino. Faltando la norma humana, el Canon 20 dice donde sacar la norma acción.

   f) Existe vacancia de hecho.Los actos hechos por los enemigos de la Iglesia no prevalecen sobre las normas del Derecho divino sobre el creer y el actuar. El hecho no es el Derecho. Eso es Positivismo, sin Dios.

   g) La Iglesia está en peligro. Si existe peligro gravísimo contra la fe, para todos los miembros de la Iglesia, en cuanto la salvación eterna, obliga a todos a socorrer a los que están en ese peligro. La omisión de socorro es un crimen.

     Las alegaciones de imposibilidad de elegir son todas falsas.

EL MISTERIO DE LA IGLESIA

Es el Misterio de la Iglesia

Es imposible que la huella de la Santísima Trinidad no esté presente en el Misterio de la Iglesia. El Padre por vía de generación intelectual engendra a Su Verbo, el Hijo, en una corriente de Caridad tan «fuerte» que, por vía de espiración recíproca entre el Padre y el Hijo, procede la Tercera Persona: el Espíritu Santo. Y esta Vida interna en el seno Trinitario fluye eternamente. Pero en las operaciones fuera (ad extra) de este Seno pleno de Vida eterna donde todo es inmutable, se manifiestan las Personas apropiándose una obra en particular. Así el Padre crea, aunque inseparablemente unido a las otras Dos Personas, pues la Esencia es Una y Única, el Hijo se encarna y el Espíritu Santo genera hijos de Dios: Ángeles y hombres para hacerlos partícipes de su misma Vida, por un puro «estallido» hacia afuera de Caridad desbordante y sobrenatural. Y crea el tiempo.

El Misterio de la Iglesia es un presente eterno en la Mente divina asociada especialmente al Hijo. Aquí ya descubrimos que la Iglesia está unida inseparablemente al decreto de predestinación del Verbo Encarnado, Primer pensamiento de la Trinidad ad extra. Todo lo que Dios ha realizado en el tiempo necesariamente estuvo presente desde toda la eternidad en sus designios. Al hacer la Creación ya estaba en Dios la intención de participar Su Vida a los hombres mediante una institución unida inseparablemente al Hijo Encarnado. Como Dios es Cabeza de Cristo (I Cor. II,3) Cristo es Cabeza de la Iglesia (Ef. V,23). Por tanto, por debajo del Misterio de la sociedad divina entre el Padre y el Hijo, hay declarado otro Misterio en el que se muestran las dos Jerarquías en la misión del Hijo: la Encarnación y la creación de la Iglesia.

Toda la Iglesia está en Él, y la lleva toda al seno de Su Padre (Sn.Jn. XVII,24). Desde la creación de la Iglesia en el tiempo, presente en la eternidad asociada al Hijo, el Padre cuando ve a Su Hijo, ve en Él a toda la Iglesia que le está inseparablemente unida a Su Sagrada Humanidad. El Verbo, luego de su Encarnación, al volver al seno del Padre no vuelve sólo, sino que con Él lleva a toda la Iglesia a Él unida. La Iglesia es un Misterio de Fe que penetra el seno Trinitario, por eso decía San Epifanio que “la Iglesia Católica es el comienzo y la razón de todas las cosas”, y cuando Ella misma declara que “fuera de Ella no hay salvación” está declarando infaliblemente que es el corolario de la Voluntad de Dios sobre los hombres. Ninguna institución humana está preñada de sobrenaturalidad, todas fenecen, solo la Iglesia llega a la eternidad.

Dice el Evangelio que Jesucristo no hace nada que no haya visto hacer al Padre, “Yo hago las obras de mi Padre”, entonces la institución de la Iglesia, tal y como la pensó y quiso que fuera, llega a las cumbres de lo perfecto. Nada hay que quitar, nada hay que agregar. Es trascendente. Nada hay superfluo. Todo o que Padre quiso que fuera, el Hijo lo hizo.

Salteándonos otras realidades nos centramos ahora en la constitución de esta Iglesia querida por el Padre, creada por el Hijo y cuya alma es el Espíritu Santo. Podríamos decir que, junto con el Hijo, “es el misterio escondido en Dios”, como dice San Pablo, porque todo el Verbo está en la Iglesia y toda la Iglesia está en el Verbo, antes, en las entrañas arcanas de la eternidad en Dios, después de la Encarnación unida a Él inseparablemente, de manera que ninguna creatura tiene poder ni capacidad de alterar lo que fue pensado y querido y realizado por el Verbo. Es un Misterio inefable que tiene su Historia en el tiempo: “Tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia”, es la Iglesia del Verbo la que quiere “edificar” sobre una base sólida y permanente, concediendo eficazmente a esta base del edificio una robustez que roza con la inmutabilidad divina. Imposible que sea derribada, tanto como que Dios dejara de ser. Pero siendo una Sociedad entre lo divino y lo humano, su constitución está afirmada en lo humano al modo divino, para que los hombres, por Ella, pudieran alcanzar a contemplar, en el Verbo y por el Verbo, la esencia divina y ser colmados de una felicidad imperdible y eterna. Por eso el Verbo Encarnado es “la Puerta”, y “no ha sido dado otro Nombre por el que podamos ser salvados”, ni existe otro “Camino” para llegar a la “Verdad” que creer en el Hijo, pues “nadie va al Padre sino por Mí” le revelará a los Apóstoles, y en una oportunidad uno de sus discípulos le pregunta “Maestro, ¿Dónde moras?”,  y de a poco, les irá revelando el Misterio Trinitario y cómo serán ellos columnas, pero a sólo uno de entre ellos lo escoge para unírselo como ”fundamento “ de lo que estaba por hacer en Su Iglesia. Pero Jesucristo no es un concepto intelectual, es un ser histórico, es una de las Personas divinas que asumiendo una naturaleza humana completa “caminó entre los hombres”, revelando a los humildes los Misterios de Dios, pero como ”vino a lo suyo y los suyos no lo recibieron” escoge hombres comunes para elevarlos a las realidades sobrenaturales y con los cuales fundará Su Iglesia, para “confundir a lo que cuenta”, y luego de Resucitado les dirá “recibiréis, sí, potestad cuando venga sobre vosotros el Espíritu Santo; y seréis mis testigos…hasta los extremos de la tierra” (Hechos I,8) , porque “quien no nace de lo Alto no puede ver el Reino de Dios”, le anticipó a Nicodemo. Y esta verdad es para todos los siglos, por eso que la Iglesia es la continuidad, como Cuerpo Místico, de la Voluntad de Dios revelada por el Verbo:  Aquel jueves Santo después de la última Cena con los Apóstoles, Jesucristo dice: “La vida eterna es que te conozcan a Ti, solo Dios verdadero, y a tu Enviado Jesucristo. Yo te he glorificado a Ti sobre la tierra DANDO ACABAMIENTO A LA OBRA QUE ME CONFIASTE PARA REALIZAR” (Sn.Jn. XVII, 3-4). Y esta “obra” es la Iglesia. Y luego de Resucitado durante el tiempo que media hasta Su Ascensión a la diestra del Padre, “los fue instruyendo” (Hechos I, 2) … Y consuma esta enseñanza anunciando que la Iglesia está asociada a la comunicación que tiene Él con el Padre.

Por esta razón la Iglesia siempre es la misma, sin sombra de alteración, porque es la “Obra” del Hijo de Dios, y así llegará hasta la consumación de los siglos. Aquello que constituye el Misterio de la Iglesia es una extensión y una comunicación de la sociedad divina y de las relaciones que existen en el Seno Trinitario. Por eso anuncia solemnemente que “las puertas del Infierno no tienen poder sobre Ella”. Nada ajeno a su esencia la puede “tocar”.

A san Juan, el Águila Visionaria, le revelará Jesucristo la Historia en el transcurso de los tiempos de la Iglesia que ha fundado, y en el Apocalipsis está representado por el primer septenario: la Siete Iglesias, y en cada una de ellas muestra de manera profética los avatares de esta “Arca” a la que los océanos de los tiempos no podrán hundir.

Le revela “las cosas que han de suceder pronto”, y este “pronto” anuncia que tiene carácter histórico, no es una metáfora ni una alegoría. La Iglesia sin desmoronarse jamás ha atravesado las edades hasta llegar a la nuestra, que San Juan la denomina “Filadelfia”, donde profetiza una “gran prueba” y habla de un “resto fiel”, “débil” , pero que permanece fiel sin corromperse con las abominaciones de la Ramera, la que eclipsa a la Esposa, pero reconocida por “católica” oficialmente, gracias al trabajo de disolvencia que ha ejercido sobre los moradores de la tierra, mediante la propaganda y el embaucamiento seductor del Falso Profeta. Es el desarrollo final del Misterio de Iniquidad cuya culminación será la aparición del Anticristo, un poseso satánico con pretensiones de recibir culto de latría. Pero antes, dice San Pablo, “antes” de la aparición del Inicuo ha de haber una Apostasía generalizada, capaz de hacer perder a los elegidos, dice Jesucristo, si le fuera dado hacerlo.

Históricamente nosotros estamos situados en este período de la Iglesia “débil”, en el que las Llaves han vuelto a Cristo, que es lo que se denomina Sede vacante. La Iglesia Católica ha necesitado replegarse para mantener la Fe, pues su Cabeza Visible no está. Pero, por más largo que sea el interregno, no se constituye en estado permanente, pues NECESITA de su Cabeza, para que Jesucristo a través de Su Vicario, la siga instruyendo, confirmando y rigiendo. La Iglesia, durante los siglos, ha elaborado Leyes y Doctrina para que los hombres de todos los tiempos pudieran saber cómo actuar en todos los tiempos. No hay nada que inventar. No hay nada que agregar a la Obra del Verbo, tan sólo aplicar esa Doctrina y esas Leyes. La misma Iglesia PUEDE proveer, como lo ha hecho siempre, de un Sumo Pontífice. Y lo DEBE hacer. Las circunstancias actuales son inéditas, pero Dios es el mismo, no cambia, y la Iglesia sigue siendo la misma, por tanto, los fieles católicos –sean Obispos, Sacerdotes y Fieles- que han permanecido en la Fe y no se han contaminado con las “abominaciones” de la Ramera son los que TIENEN que dar a la Iglesia Su Cabeza, sin más dilaciones.

Estamos abocados a ello, rogamos a Dios, para que no nos deje caer en la tentación de dormirnos en esta Pasión de la Iglesia. La fidelidad tiene prometida una corona. Nobleza obliga.

Simón del Temple

PRIMADO DE LA IGLESIA UNIVERSAL Y SU GOBIERNO

Primado o la Cabeza de la Iglesia Universal y su gobierno

El Vicario de Cristo

Por Simón del Temple

Es Jesucristo el principio de vida de la Iglesia fundada en el tiempo, pero unida desde la eternidad en el decreto de predestinación del Verbo Encarnado. Todo en Ella depende de Él y en todo lo que Ella obra, lo obra Él, y siendo, como ciertamente es, la Cabeza, tiene la autoridad como Hijo de Dios Encarnado y sus decisiones son inamovibles pues son expresión de Una Persona divina que, en cuanto Dios, no existe distinción de Esencia, por tanto, la Voluntad del Hijo es la del Padre, porque “el Padre y Yo somos uno” revela Jesucristo.

Así como la inmutabilidad es un atributo de la Esencia divina, del mismo modo, la Iglesia fundada por Él siempre es la misma, no puede cambiar porque es “Una” en esencia, del mismo modo que la Esencia divina es Una.  Por eso Jesucristo es “la Piedra” como expresa San Pablo (I Cor. 10.4), “Piedra angular” como lo llama San Pedro (I 2-6), es el fundamento donde se apoya la Iglesia como en base sólida e inamovible para todos los tiempos.

Pero en los Designios divinos no estaba que el Verbo Encarnado permaneciera visible hasta la consumación de los siglos, por eso que antes de padecer Su Pasión sienta los fundamentos de Su Iglesia, y luego de Resucitado confirma en sus cargos a San Pedro y a los Apóstoles.

Razón por la cual nos muestra que no era suficiente su Presencia invisible en la Eucaristía y en la perpetuidad del Santo Sacrificio, hacía falta un instrumento a través del cual Él mismo hablase, rigiera y confirmara. Y así como Su Sagrada Humanidad es el instrumento unido a Su Divinidad para obrar lo que obró: la fundación de la Iglesia y la Redención; de la misma manera era necesario asociarse a Él mismo un Vicario, por medio del cual hablara, rigiera y confirmara en la Iglesia. No dejó cabos sueltos. Todo fue pensado y querido desde la eternidad y realizado en el tiempo. Y “todo lo ha hecho bien” dicen los Evangelios, nada dejó librado a las circunstancias o a los vaivenes del tiempo, por eso concedió a la Iglesia un signo manifiesto y eficaz de Su Presencia. De este modo permaneciendo a la diestra del Padre preside todo lo que se hace en este Cuerpo y lo somete visiblemente a su acción, por eso esta maravilla es la institución del Primado en Su Vicario, que, ejerciendo infaliblemente Su acción en la Iglesia a través de él, ha querido que fuera Su instrumento inseparable por quien mostrara Su acción, en Su Cuerpo Visible, por una Cabeza Visible, independientemente del resto de los Apóstoles: “Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia”. Este poder conferido después de la Resurrección es el mismo de Jesucristo: cabeza, principio, fuente y soberano del Episcopado y de los cristianos todos. Las ovejas de Pedro son las ovejas de Cristo.

Jesucristo anuncia desde el principio de su vida pública este gran designio escondido en los arcanos eternos de la Mente divina: “Tú te llamarás Kefas (que quiere decir “piedra”), le da un nombre a Pedro y una prerrogativa que no convienen sino al mismo Cristo, porque “tú eres Pedro y sobre esta piedra (QUE ERES TÚ), edificaré mi Iglesia y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella” (S. Mt XVI, 18), pero la “Piedra” es Cristo, por eso lo une a El mismo como fundamento y “piedra “de Su Iglesia, de modo que no hay dos Cabezas, sino una.

La propiedad que tiene el fundamento es la de comunicar firmeza, de manera que nada en el Cuerpo Místico de Cristo reciba de otra parte la firmeza sino de la piedra donde está apoyado y que quien es piedra fundamental no reciba esa firmeza de ninguna otra “piedra” que no sea el mismo Jesucristo. Pero teniendo en claro que la firmeza del Cuerpo depende de la de la Cabeza, pues la gracia que se le otorga a Pedro: su infalible firmeza en la Fe, comunicada por él al Cuerpo, será la firmeza de todo el Cuerpo. Los Apóstoles o los Obispos sólo son confirmados por él, y sin él nada son y nada tienen, apartados de Pedro son salteadores del rebaño, son “sarmientos cortados de la Vid”, ramas muertas incapaces de transmitir la Vida divina, porque estando unido a Jesucristo Pedro es el Sumo Sacerdote. La comunión con esta Cabeza es de tal necesidad que “quien no siembra con él, desparrama” errores y herejías. Sólo a él nadie tiene el derecho de juzgar.

Vale decir que, la autoridad, la jurisdicción universal inmediata que posee el Soberano de este Cuerpo, el poder de “atar y desatar” en la tierra y en el cielo, el poder de confirmar al resto, tanto clero como fieles, no proviene de un consenso común, sino exclusivamente de Jesucristo, ya que el elegido por la Iglesia en el momento de haber aceptado el cargo de Pastor Supremo Visible de la Iglesia, es “revestido con el poder de lo Alto”, no debiendo nada a nadie sino a sólo Dios.

Ya deberíamos extraer una pequeña pero esplendente conclusión:

La Iglesia Católica tiene como fundamento sólido e inamovible la Voluntad eficaz de Jesucristo de constituir a Pedro como Cabeza asociado a Él, de modo que no hay dos cabezas sino Una: Pedro es Cristo Visible unido a Cristo Resucitado e Invisible que habla, es fundamento, gobierna y decreta por medio de Pedro. No hay dos Iglesias, no hay dos Cabezas. Por eso la Iglesia Militante no puede estar –y no lo ha estado nunca, salvo en los períodos cortos o largos de interregno a la espera de un nuevo sucesor de Pedro- sin Cabeza Visible porque estaría faltando el fundamento, la fuente de donde dimana toda autoridad, el principio de unidad, en fin, aquel que lo hace Visible a Cristo en el trono de Pedro. La vacancia en la Sede de Pedro nunca puede constituirse en estado permanente de ausencia, pues ya no sería la Iglesia de Cristo. Pedro y sus sucesores, de este modo, son NECESARIOS para que Jesucristo esté en la Iglesia, porque donde está Pedro está la Iglesia y donde está la Iglesia está Cristo.

La actual situación de vacancia por apostasía -continua y transmitida- ha hecho que los actuales jerarcas de la Ramera o secta conciliar desde Roncalli a Bergoglio, no sean otra cosa que saqueadores, mercenarios y propagadores de la abominación en los lugares santos. Razón por la cual –al separarse deliberada y pertinazmente de la Fe-, han perdido los cargos –si es que alguna vez los han tenido- y la jurisdicción sobre los fieles católicos, y son los fieles católicos, aquellos que no se han apartado de la Iglesia sobre los que recae el DEBER “sagrado y urgente” de proveer a la Iglesia un legítimo Sumo Pontífice Sucesor de San Pedro.

Porque:

Tiene en el gobierno de la Iglesia –debido a su institución de Vicario- toda la autoridad de Jesucristo sin limitación. Dice el II Concilio de Florencia: “Es el verdadero Vicario de Cristo, cabeza de toda la Iglesia” (1439).

Ratifico:

No es una Cabeza intermedia entre Jesucristo y el Episcopado. Es, con Jesucristo, por encima del Episcopado una misma Cabeza, un mismo Doctor, un mismo Legislador y un mismo Pontífice. Es Jesucristo hecho visible, hablando y obrando a la Iglesia por Su Vicario, el instrumento que se ha elegido, pues todo lo que obra y declara lo hace mediante Su Vicario, y gobierna toda la Iglesia, clero y fieles, por él. No son los Obispos quienes tienen la autoridad suprema en el Cuerpo de Cristo, esta es una prerrogativa solamente dada a Pedro y que pertenece a Pedro exclusivamente, siendo él la fuente de donde brota toda la autoridad de los Obispos, al punto que “sin Pedro son muchedumbre confusa y perturbada” (León XIII).

Sigamos

No obstante, esta prerrogativa única, el Vicario tiene sus límites, “pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo, para que, por revelación suya, manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la Fe” (Constitución Pastor aeternus).

Lo que constituye a Pedro en la Roca firme de la Iglesia es una formalidad sobrenatural inherente al cargo que ocupa, no es la santidad personal lo que lo hace indefectible en la confesión y enseñanza del Depósito que Jesucristo le ha confiado, sino la oración de Cristo como causa eficaz: “He rezado por ti para que tu Fe no desfallezca”.

Por tanto, hay que decir que el Papa en cuanto Papa no puede y le es imposible dejar a un lado esta formalidad suya propia, y esto le es tan propio e inherente que es Papa cuando cabalga, o cuando duerme, o cuando come o camina. La formalidad “papal” no es un añadido que se pueda quitar como un vestido, de manera que a veces es Papa y a veces no. Y como su Fe es indeficiente, no por méritos propios, sino, como dijimos, debido a la oración eficaz de Cristo que produce siempre este efecto, siempre es el Maestro Infalible porque es la Piedra basal del Cuerpo Místico de Cristo.

De este modo se equivocan y se apartan de la Doctrina los que sostienen que en Pedro pueda haber distinción de materia y forma al punto que pueda aparecer como un Papa desviado de la Fe: sólo sería “materialmente “Papa –lo cual contradeciría la Promesa de indefectibilidad de Cristo sobre él-  pues no teniendo la formalidad que lo constituye en Principio y Fundamento de la Fe de la Iglesia, no sería un Papa “completo”. Pero esta distinción puramente conceptual es un error filosófico que separa la materia de la forma, sosteniendo que algo puede ser y no ser al mismo tiempo. En este caso el Papa sería Papa y no Papa al mismo tiempo. Esto es una aberración racional que contradice el principio de no contradicción, y una monstruosidad teológica. Lo más grave es que como nunca podríamos saber si es verdadero o falso, la Iglesia no podría ser faro de luz siempre, sino que a veces las tinieblas podrían oscurecerla, entonces sería cierto que “el humo de Satanás entró por los resquicios de la Iglesia” como sostuvo el antipapa Montini. Y si pudiera ser así la Promesa de Cristo hubiera fallado, y Cristo no sería Dios, y Su Iglesia no sería Maestra de la Verdad, y los cristianos sin tener un Maestro Infalible no sabríamos a quién recurrir, pues este delirio cortaría la posibilidad que en la silla de Pedro se sentara un Papa formal y materialmente Papa, legítimo sucesor de San Pedro y con todas las prerrogativas inherentes a él otorgadas por Cristo sólo a él. ¿Cuándo se cortaría la cadena de “Papas-no Papas”? Nunca. Esto cierra las puertas a la elección de un verdadero Pontífice, y co-existirían siempre en un mismo Cuerpo la Esposa y la Ramera. Las consecuencias de este delirio no pueden ser más que desastrosas.

Pero al faltar el Maestro Infalible, han surgido maestrillos a granel, cada uno con su concepción de “Iglesia” como tantos maestrillos hay. Para algunos la imposibilidad de elegir un sucesor de San Pedro ha ido tan lejos que creen –en la práctica- que la autoridad suprema en la Iglesia la tiene el Cuerpo Episcopal, entonces juzgan innecesario trabajar para una elección que acabe la vacancia de la Sede, con lo cual sostienen que la Piedra donde se sustenta la Iglesia no es necesaria. El resultado lógico es que cada Uno de esos Obispos actúa como si tuviera –cada uno- las prerrogativas de Pedro. Forman parte de los “acéfalos”, es decir de los que NO QUIEREN que en la Iglesia haya un verdadero Papa a quien deban sujetarse y someter los cargos que nadie les confirió. Arguyen excusas y no subordinan sus mentes a la Fe verdadera.

Otros hay que como no hacen la distinción entre Ramera y Esposa, “reconocen” al hereje como teniendo autoridad en la Iglesia, pero como lo juzgan “hereje” o “desviado” no sujetan su “autoridad” al que creen que es Papa legítimo y se “resisten” a sus mandatos, por tanto “cojean para ambos lados” como decía el Profeta Elías de los falsos profetas. Ellos, no obstante, “reconocen” al que juzgan “desviado”, alejándose del Dogma que obliga a “no juzgar la Sede Romana”, ni de “apartarse del hereje” y se dan a ellos mismos los recursos que creen justos, según su arbitrio y parecer, para “resistir” al que sin embargo consideran con autoridad legítima. Estos además de constituir un cisma, también impiden la posibilidad que en la Iglesia Católica haya un verdadero Papa sucesor de San Pedro.

Por tanto y para finalizar, concluimos que en estos cruciales momentos en los que está en juego el honor y la gloria de Dios, el bien de la Iglesia y la salvación de las almas, se deben utilizar los medios -Doctrina y Leyes- que nunca han faltado en la Iglesia para suprimir de raíz estos males que impiden la elección de un Pastor Supremo, y que por tanto la posición que sustentamos es la única católica para hacer esta guerra a la que nos llama el Verbo de Dios, la vacancia de la Sede NO ES permanente y la Iglesia misma PUEDE Y DEBE proveer un Sumo Pontífice, declarando oficialmente a través de los clérigos y fieles católicos la vacancia y trabajar para una próxima elección, porque ya es tiempo que la Cabeza Visible de la Iglesia aglutine a las ovejas y a los corderos de Cristo en un solo rebaño.

A este combate nos comprometemos, nos vaya en ello la fama y la vida, porque creemos en Aquel que dijo que “las puertas del Infierno no prevalecerán contra la Iglesia”.

“¿A quién iremos, Señor?. Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”.

EL CARÁCTER HERÉTICO DE LA RESISTENCIA LEFEVBRISTA

El profesor Homero Johas es un destacado intelectual brasileño, doctor en filosofía, residente de Río Janeiro, que se ha especializado en estudiar los problemas que aquejan a la Iglesia de nuestro tiempo. El autor fue muy recomendado y estimado por el fallecido Arzobispo S.E. Mons. Antonio de Castro Mayer. El presente artículo fue facilitado el R. P. Manuel Martínez de la Fundación San Vicente Ferrer de México, con la gentileza de Centros de Estudios San Benito.

Los textos en negrita y subrayados son nuestros. 

«Ne innitaris prudentiac tuae». 
«Hijo mío, no te olvides de mi ley,
guarda en tu corazón mis preceptos (…) no te apoyes en tu propia inteligencia».. 
(Prov. III, 1-5.)

I – EL CAMINO PERSONAL LEFEVBRISTA

En la foto el Dr. Homero Johas, su esposa, y Monseñor Squetino, obispo absolutamente ajeno al linaje lefebvriano.

Cuando Marc Sangnier a comienzos del siglo XX resolvió «tracer son sillón», imprimir su surco en los caminos católicos «bajo apariencias brillantes y generosas, pero muchas veces carentes de claridad, de lógica y de verdad», San Pío X fue penetrando de a poco en las «tendencias inquietantes» del movimiento y viendo que «sus fundadores, jóvenes, entusiastas y llenos de confianza en sí mismos, no estaban suficientemente armados de ciencia histórica, de la sana filosofía y de robusta teología para afrontar sin peligros los difíciles problemas a los que habían sido arrastrados (…) para defenderse, en el terreno de la doctrina y de la obediencia, contra las infiltraciones liberales y protestantes» (Notre Charge Apostolique).

Hoy día, con Monseñor Lefebvre y sus seguidores parece ocurrir lo mismo. Recientemente, un sacerdote de su Fraternidad publicó once textos escogidos del prelado relativos a su doctrina sobre el papa («Roma Aeterna», Buenos Aires, № 107, diciembre de 1989).

Ellos arrojan luz sobre la naturaleza de la «resistencia» que predica y practica contra las leyes tradicionales e infalibles de la Iglesia. Se oculta la resistencia ilícita bajo el sofisma de una resistencia lícita a un papa simplemente «malo» y «errante«. Y viene envuelta «bajo la apariencia de piedad» (II Tim 3,5), de virtudes cristianas, y bajo el pretexto aparentemente laudable de cumplir el «deber de defender nuestra fe».

Sin embargo, el ejercicio de este deber es colocado bajo el mismo «proprio libero consilio» de la Libertad religiosa que el Vaticano II proclamó como un «derecho» natural del hombre.

Se hace ésta supuesta «defensa de la fe» cambiando la fe sobre la Iglesia y pervirtiendo la moral católica. Es necesario pues decir claramente un «si, si, no, no»  respecto a sus doctrinas, sin los falsos pudores del «no polemizar» ecuménico que «respeta» los errores ajenos.

Los «papas» Pablo VI y Juan Pablo II lideraron a los ecumenistas; los cardenales Alfrink y Willebrands a los carismáticos; los cardenales Anís y Lorscheider, a los «pobres» de la «Teología de la liberación» socialista. Y, finalmente, monseñor Lefebvre y dom Mayer pretendieron liderar una facción que defendería la fidelidad a la Tradición católica  y «resistiría» los desvíos doctrinales de los demás.

Pero, todos ellos obraron con una doble resistencia: una, específica, oponiendo las facciones entre sí unas a otras, y otra, común a todas ellas, contra el Magisterio tradicional doctrinario y canónico.

No se condena a esas facciones por aquello en que coinciden con el Magisterio tradicional, por las verdades que afirman, sino por sus errores, en lo que se apañan de aquél.

Una característica común a todas ellas es la verbosidad no común, pero sin mencionar ninguna cita del Magisterio tradicional en apoyo de la doctrina personal que siguen, en los puntos esenciales de su propia «resistencia» al Magisterio tradicional. Allí no apelan al «criterium fidei».

Eso era menos evidente en monseñor Lefebvre y en dom Mayer por el hecho de que despertaron la confianza hacia ellos denominándose defensores de la Tradición. Pero, al poco tiempo, esto se fue volviendo más claro a partir del hereticismo que defienden.

No los vemos que vayan a buscar ningún apoyo en la Tradición en cuanto al pretendido «derecho» y «deber» de no obedecer al Magisterio tradicional durante décadas, de reconocer como papa «válido«, a quien durante más de dos décadas predica públicamente doctrinas heréticas; ni en cuanto a una Iglesia «imperfecta» a punto de tener a herejes públicos como sus gobernantes; ni en cuanto a la moral «relativista de situación; ni en cuanto a la adquisición de la jurisdicción simplemente por el sacramento del Orden; ni en cuanto a poner en duda las normas infalibles del Derecho Público de la Iglesia.

Monseñor Lefebvre juzga «dura» e «injusta» la sumisión a las leyes de la Iglesia y dom Mayer opina que la obediencia a éstas causaría «un grave perjuicio a las almas y a la Iglesia» («La nouvelle Messe», p.277). Los Lefevbristas miran con desprecio y peyorativa depreciación a los que denominan los «obedientes«, los «ultras«, los «radicales«, los «muy lógicos», los «defensores de la ortodoxia», quienes obrarían así por «intelectualismo geométrico».

Sus opiniones sobre la permanencia de la jurisdicción en los herejes públicos ayudan sin duda a la pérdida de la fe por parte de millones de almas; pero ellos se presentan como obrando así por «el bien de las almas y de la Iglesia». Invierten la noción de bien y de mal.

Todas las herejías, directa o indirectamente, gravitan en torno a la autoridad del sucesor de Pedro. Unos no la reconocen; otros «le atribuyen indulgentemente al Pontífice romano un primado de honor (…) procedente de cierto consenso de los fieles» (Pío XI, Mortalium ánimos).

Los dos prelados pertenecen a esta segunda especie. Afirman reconocer al hereje público como papa «válido«, pero hablan de él como de un simple «orientador» de los fieles (cfr. Hirpinus), al que no es necesario obedecer cuando se discrepa con él.

Esto equivale a negar el «veré proprieque jurisdictionis primatum» (Vaticano I: D.1823; D.S.3055) y el poder de«ordenar por leyes y de coaccionar y compeler por el juicio extemo y penas salutíferas a los desviados y contumaces» (Pío VI, D. 1505; D.S.2605). Se transforma por lo tanto el primado papal en un mero poder de «inspección y dirección», doctrina condenada por el Vaticano I (D.l 831; D.S.3064).

Monseñor Lefebvre por lo tanto no se somete a la ley de la vacancia de «cualquier cargo» eclesiástico (Canon 188, n.4): «Dios no podría permitir una vacancia tan prolongada», declara contra esa ley de la Iglesia.

Ahora bien, Dios no determinó la duración de esa vacancia: ella ya ocurrió más de 260 veces en la Iglesia con duraciones variables y «magis et minus non mutat speciem». De allí que si fuese imposible una vez, todas lo serían.

esa duración es mayor hoy, sólo por esa misma «resistencia humana» a la ley de la vacancia, por parte de aquellos que tienen el deber de extinguirla y que quieren prolongarla, estableciendo a un hereje público en el papado. Sustituyen la Sede vacante temporaria y fáctica por una sede vacante doctrinaria y atingente a la naturaleza de la Iglesia, la cual se ve así pervertida. Si Dios «no podría permitir una sede vacante prolongada», ¿podría permitir el hereticismo prolongado sin que eso mudase la naturaleza de la Iglesia?

Todo hereje es cismático, no se somete a la autoridad del cargo papal: él se obedece a sí mismo y «adhiere» al papa «a la medida» de sus decisiones personales.

Establece, pues, el prelado de Ecóne otra «Iglesia» y otro régimen jurídico dentro de ella. Es fundador de la «iglesia» que establece la sede vacante perenne de derecho, al no someterse a la ley de la sede vacante temporaria de facto.

La «resistencia» de los dos prelados es por lo tanto resistencia contra la autoridad de la Iglesia tradicional y contra el derecho divino: «Quien resiste al poder, resiste a la ordenación de Dios y los que resisten ellos mismos se acarrean la condenación» (Rom. XIII,2). No basta decir exteriormente que se «resiste» al ecumenismo del Vaticano II: varias sectas también resisten a él. Tal «resistencia» no es criterio de verdad.

II – EL DERECHO Y EL DEBER DE DESOBEDIENCIA A LA CÁTEDRA DE PEDRO

II.1. El «derecho de discutir» y de «oponerse» a lo que viene de Roma

 

Los obispos heréticos lefebristas, con su heresiarca

Para un análisis más objetivo sobre las doctrinas de Monseñor Lefebvre citamos sus proposiciones de diferentes fechas sobre la sumisión al papa, según fueron dadas por los textos anteriormente indicados.

El 29 de junio de 1982 niega genéricamente que no se pueda «hacer algo que se exponga a lo que viene de Roma» y que «debamos aceptar todo lo que venga de allí».

El 5 de julio de 1982 expresa así su doctrina:

«Algunos insisten sobre el carácter de la asistencia divina al papa y que, por ella, él no se puede equivocar; luego, hay que obedecer; por consiguiente, nosotros no tenemos el derecho de discutir lo que él hace o lo que él dice. Esta es una obediencia ciega que no es conforme a la prudencia (…)».

«Hay dos principios de solución: afirmar que el papa dice herejías y por consiguicnte no es papa; es un intruso, no debemos obedecerle. O cuestionar en qué medida las promesas de Cristo de asistir al papa le dejan a él la posibilidad de realizar ciertos actos o de decir ciertas cosas que, por su propia lógica, le hacen a los fieles perder la fe. En qué medida son compatibles las promesas y la destrucción de la le por negligencia, omisión o actos equívocos».

El 17 de marzo de 1977 afirma:

«Si el papa fuese apóstata, hereje o cismático, según la opinión probable de algunos (si ella fuese verdadera) el papa no seria papa y, por, consiguiente, estariamos en la situación de sede vacante. Es una opinión. No digo que no pueda tener alguna probabilidad; pero no creo que esa sea la solución que debemos tomar y seguir».

El 16 de enero de 1979 declara:

«Decir que porque alguien ataca nuestra fe es hereje, luego ya no es más autoridad, luego sus actos no tienen ningún valor (…). Atención (…). No nos metamos en un círculo infernal del cual no sabemos salir. En esta actitud existe un verdadero peligro de cisma».

En marzo de 1986 afirma:

«Es posible que estemos en la obligación de creer que este papa no es papa. No quiero decirlo todavía de un modo solemne y formal; pero, parece que sí, a primera vista, que es imposible que un papa sea pública y formalmente herético».

En septiembre de 1982 dijo:
«La corrupción de las ideas en la Curia Romana es tal que algunos de sus miembros se arrogan derechos ilegítimos especialmente en la Secretaría de Estado».

El 29 de junio de 1982 afirma:

«¿Estamos obligados a seguir el error porque él nos venga por la vía de la autoridad? Así como no debemos seguir a padres indignos que exigen que hagamos cosas indignas, igualmente tampoco debemos obedecer a los que exigen que reneguemos de nuestra fe y abandonemos toda la Tradición. Esto está fuera de discusión».

En septiembre de 1982 declara:

«Unos dicen: los actos de Roma son tan malos que el papa no puede ser papa legítimo; es un intruso. Por lo tanto, no hay papa. Otros afirman: el papa no puede firmar decretos destructores de la fe; por lo tanto, estos actos son aceptables, se les debe sumisión.

La Fraternidad no acepta ni una ni otra de estas dos soluciones. Apoyada en la historia de la Iglesia y en la doctrina de los teólogos ella piensa que el papa puede favorecer la ruina de la Iglesia escogiendo y dejando obrar a malos colaboradores, firmando decretos que no comprometen su infalibilidad pero que causan un daño considerable a la Iglesia (…).

Nuestra desobediencia es aparente; es una obediencia verdadera a la Iglesia y al papa en cuanto sucesor de Pedro y en la medida en que él continúe manteniendo la Tradición».

II.2. La «no aceptación» de la autoridad de la Iglesia tradicional

Con estas espantosas palabras el prelado trata de ocultar, bajo las apariencias de una no obediencia a un hereje público, su propia insumisión a las leyes tradicionales del Derecho Público de la Iglesia sobre los herejes públicos, a las leyes de los delitos contra la unidad de la fe y a la ley sobre la vacancia de los cargos eclesiásticos.

El no invoca Magisterio tradicional alguno en apoyo de su doctrina; antes bien, convierte las leyes de la Iglesia en simples «opiniones» que aunque afirma que son probables, niega que sean la «solución».

Así, él ni siquiera afirma que el papa sea hereje, de acuerdo con el canon 2315: «Sea tenido como hereje», sino sólo habla de un papa en un simple «equívoco» accidental y de un papa «malo», como si el delito no fuese en materia de fe, sino en materia moral y de simples «colaboradores malos».

«Decretos» que causan «la destrucción de la fe» no son, sin embargo, simples actos contra la moral, sino contra la fe. Los delitos del «apóstata, hereje y cismático» no son de la misma naturaleza que los delitos contra la moral, contra la justicia en el ejercicio del cargo si la persona lo posee. Exigir «renegar de nuestra fe y abandonar toda la Tradición», no es un mero acto de un «padre indigno» que «exige de nosotros cosas indignas», sino un acto de un hereje o apóstata público o infiel.

Entonces, monseñor Lefebvre trata de enmascarar la naturaleza del delito papal en cuestión por «no aceptar» las leyes tradicionales sobre «herejía, apostasía y cisma». Sería «peligro de cisma» someterse a las leyes de la Iglesia sobre delitos de cisma. Aceptar la ley de la obediencia a un papa «válido», simplemente «malo»«injusto» o«indigno» sería «obediencia ciega»  y en esto tampoco acepta él al Magisterio católico.

El quiere volver «compatibles» cosas que el Magisteno de la Iglesia enseña que son incompatibles: «Un papa puede firmar decretos que causan la destrucción de la fe, la ruina de la Iglesia». Y no distingue entre un «equívoco» momentáneo y decretos que permanecen durante décadas como leyes canónicas y Magisterio doctrinario; ni vacancia, ni hereje, ni obediencia, ni régimen no nocivo ni peligroso. Él ni siquiera sabe si un papa «apóstata» deja el cargo papal. «No es la solución», dice.

Su moral erige el principio de que «el error de la autoridad no obliga», sin discriminar la naturaleza de ese «error» y quién es el juez supremo sobre su existencia. Erige el «derecho de discutir» los actos y enseñanzas de un papa válido, sin discriminar la materia del error.

Pone su obediencia «en la medida» en que él juzga los actos y enseñanzas del «juez supremo de los fieles».

Pretende el derecho de «oponerse» al papa, desligado de las enseñanzas tradicionales de Adriano II, Inocencio III, del decreto de Graciano, etc. …sobre los límites de ese derecho. Ese derecho existe (D.S. 3115) pero está restringido al «caso único» (Adriano II) de los delitos de herejía, apostasía y cisma.

Ahora bien, aquí en estos delitos monseñor Lefebvre «no acepta» las leyes de la Iglesia. Presenta un falso dilema: no acepta la vacancia porque el papa es sólo «malo»; ni acepta la obediencia al régimen de la Iglesia porque éste no puede ser nocivo ni peligroso, en ambos casos muestra su insumisión a las doctrinas católicas.

La «solución»  lefevbrista es «compatibilizar»  la asistencia divina  al papa  con la  herejía pública  y hasta con la apostasía en el papa. Es el hereticismo en grado extremo.

El cabecilla de este hereticismo en grado máximo, Mons. Lefebvre, ordenado «sacerdote» por un cardenal masón luciferino grado 31. ¿fue ordenado válidamente sacerdote por el masón Lienart? this is the question; To be, or not to be.

Después de los hechos «ecuménicos» de Juan Pablo II en Asís, monseñor Lefebvre parece vacilar en esa «compatibilización», declarando: «Parece imposible que un papa sea públicamente y formalmente herético», de donde se seguiría la conclusión: «Es posible que estemos en la obligación de creer que este papa no es papa».

Lo que era «peligro de cisma» se volvió «obligación de creer». Pero él no mira al Magisterio como la norma de los actos de los católicos, norma infalible y que jamás estará contra la «obligación de creer», porque eso iría no contra el dogma de la infalibilidad papal, sino contra el dogma de la infalibilidad de la propia Iglesia.

El quiere decidir solo: «No quiero aún decirlo de modo solemne y formal; pero, parece que sí, a primera vista…». Sin embargo, después de eso, perseveró en el error opuesto, en la insumisión, en su «la Fraternidad no acepta ni una ni otra solución». El «Non serviam» es categórico.

II.3. La insumisión a un papa «malo»

En la historia de la Iglesia, sólo los «teólogos» heréticos afirmaron ese «derecho de discutir» y de «no aceptar» la sumisión a superiores simplemente «malos» y sus leyes sobre disciplina y jurisdicción.

Todo el Derecho Público de la Iglesia se vería subvertido si se aceptase tal principio lefebvrista. Es la doctrina de Wiclef condenada por el concilio de Constanza: «El papa malo (…) no tiene poder sobre los fieles»; ante él «se debe vivir a la manera de los griegos, bajo leyes propias» (D.588-589; D.S. 1158-1159).

Se argumenta que San Roberto Belarmino predicó la resistencia y la no obediencia a un papa que tratase de destruir a la Iglesia. Ahora bien, lo que San Roberto enseña es la resistencia al mero errante accidental, en materia de fe, como San Pablo ante San Pedro. Pero no es la resistencia a las leyes tradicionales sobre un papa que cae en herejía, en un delito pertinaz en materia de fe, durante décadas.

El Santo Doctor jamás enseñó esta «resistencia» o «desobediencia». Ni tampoco podía: Cristo predicó la obediencia a los fariseos sentados en la cátedra de Moisés (S.Mt. XXIII,2-3) y San Pedro enseñó la obediencia a los superiores «malos» e «injustos»: «Servi subditi estote in omni timore dominis, non tantum bonis et modestis, sed etiam dyscolis (…) patiens iniuste» (I Pe. II,18-19).

Esta es la ley de la fe que hay que defender y no es «nuestra fe» lefebvrista que coincide con el «derecho» a la libertad religiosa del Vaticano II que pretende defender «su fe», sus «normas propias», sus «principios religiosos», su «libre criterio propio».

Santo Tomás enseña sobre las sentencias injustas: «Se debe obedecer humildemente (…) pero si [orgullosamente] se despreciase esa obediencia, se pecaría mortalmente». Y cita a San Gregorio Magno: «Sententia pastoris, sive iusta sive iniusta, timenda est» (Summa Theologica, Supplementum, 21,4,c. y Sed contra).

En este caso, pues, el «habeatur tamquam haereticus» del canon 2315 es la norma infalible de la Iglesia, a la cual un verdadero subdito de la Iglesia no tiene el «derecho» ni el «deber» de desobedecer. Obedézcase al Vaticano I imponiendo el «deber de subordinación jerárquica y de verdadera obediencia» (D.1827; D.S.3060).

Los subterfugios del prelado sobre un papa «malo» y un papa «errante» no consiguen ocultar su insumisión a estas leyes tradicionales, a esa norma vigente.

III – LA «IMPERFECCIÓN» DE LA «IGLESIA» REGIDA POR HEREJES PÚBLICOS

III.1. El nuevo nestorianismo lefebvrista

La «solución» lefebvrista para los delitos públicos en materia de fe no son las leyes tradicionales contra esos delitos, sino el cambio de credo sobre la naturaleza de la Iglesia.

He aquí su predicación: El 29 de jumo de 1982:

«Se ven las consecuencias de los que se escandalizan de la realidad, de la verdad (…), de la situación de la Iglesia. Pensábamos que la Iglesia era realmente divina, que nunca podía equivocarse, que nunca podía engañamos. En verdad es así (…) Pero ella es también humana (…)

«Sí, la Iglesia es divina, pero es también humana. Está sustentada por hombres que pueden ser pecadores, que son pecadores, y aunque participan en alguna manera de la divinidad de la Iglesia (como, por ejemplo, el papa por su infalibilidad (…), a pesar de seguir siendo hombre) siguen siendo pecadores. Salvo cuando usa el carisma de la infalibilidad, el papa puede equivocarse, puede pecar. No tenemos porqué escandalizarnos y decir al estilo de Arrio que él no es papa (…).

«O como otros que divinizaron a la Iglesia al punto de que todo en ella sería perfecto, podríamos decir: no es cuestión de hacer algo que se oponga a lo que viene de Roma porque todo en Roma es divino y debemos aceptar todo lo que venga de illí (…).

«Hoy en día algunos dicen: nada  puede ser humano en la Iglesia. También éstos se equivocan. Estos no admiten la realidad de las cosas. ¿Hasta qué punto puede llegar la imperfección de la Iglesia; hasta dónde puede llegar, diría yo, el pecado en la Iglesia, el pecado en la inteligencia, en el alma, en el corazón, en la voluntad? los hechos lo muestran (…).

«Nunca habíamos pensado que el mal y el error pudiesen penetrar en el seno e la Iglesia. Ahora vivimos esta época: no podemos cerrar los ojos. Los hechos parecen ante los ojos y no dependen de nosotros (…).

«Estamos llegando al fin. Todo el mundo caerá en la herejía. Todo el mundo caera en el error porque, como decía San Pío X, se infiltraron unos clérigos en el interior de la Iglesia, la ocuparon y difundieron sus errores gracias a los puestos claves que ocupan en la Iglesia (…).

«La Iglesia es divina y la Iglesia es humana. Sólo Dios sabe hasta qué punto las faltas de la humanidad pueden afectar – me atrevo a decir– la divinidad de la Iglesia. Es un gran misterio. Comprobados los hechos, debemos enfrentarlos. No es primera vez que ocurre una cosa así en la Historia (…).

«Es un gran misterio esta unión de la divinidad con la humanidad».

III.2. La unión de la divinidad con la humanidad

Después de 20 siglos de Iglesia, monseñor Lefebvre viene a predicar una «verdad» nueva en la cual «nunca habíamos pensado», a pesar de «no ser la primera vez que ocurre una cosa así en la historia». Y ¿cuál es esa «verdad» lefebvrista, esa «realidad» que «los hechos muestran»? ¿Que sólo «ahora», «en esta época» sabemos?

San Pablo predicó que la Iglesia es «non habentem maculam aut rugam aut aliquid huiusmodi», sino «sancta et immaculata» (Ef.V,27). Monseñor Lefebvre predica que es un «equívoco» pensar que ella es perfecta: hay «imperfección de la Iglesia» y «pecado en la Iglesia»«el error puede penetrar en el seno de la Iglesia»; es algo «equívoco» creer que ella «nunca podía equivocarse y nunca podía engañamos». Y afirma que negar esto es una herejía «al estilo de Arrio».

¿Y cuál es la «imperfección de la Iglesia»? El poder tener ella un papa pecador. Pero siempre se supo que un papa puede tener pecados morales, fallaren el ejercicio de la justicia. No es esa por lo tanto la novedad lefebvrista ni lo que la «realidad» ni «los hechos muestran»según él: ahora son los delitos de «apostasía, herejía y cisma» —ya vimos— los que son atribuibles a los papas «válidos».

Es la posibilidad de «firmar decretos que causan la ruina de la Iglesia y la destrucción de la fe». Es, como dirá después monseñor Lefebvre, la posibilidad de que haya un papa no «perfectamente católico» (dossier sobre las consagraciones) o, como escribió el padre Ceriani al publicar estos textos: el papa «puede favorecer la ruina de la Iglesia, la propagación de la herejía y hasta aceptar una fórmula no totalmente ortodoxa y seguir gozando del Pontificado».

Al «derecho de discusión» y de «oposición a lo que viene de Roma» le corresponde el derecho de heterodoxia y hasta de apostasía por parte de los miembros de la Jerarquía. Monseñor Lefebvre pasa subrepticiamente de simples «equívocos»  no intencionales y de «imperfecciones» morales al derecho de heterodoxia en el Pontífice Romano.

Pablo VI habló de la «unidad imperfecta» en la fe entre la Iglesia y las sectas heréticas. Monseñor Lefebvre habla de la «imperfección de la Iglesia», por la cual el Romano Pontífice puede, sin perder los derechos y poderes papales, dejar de profesar el credo católico.

La «verdad» del prelado francés no es pues la ley de la vacancia expresada por el Derecho Público de la Iglesia, sino el cambio del Derecho Divino y del credo católico sobre la perfección e infalibilidad de la Iglesia, una en su fe y santa. Los «errores» del papa y su herejía pública pueden incluso «afectar a la divinidad» de la Iglesia. «La época» presente nos enseña eso, esa «realidad».

Es un «equívoco», un error del pasado pensar que la Iglesia «nunca podía equivocarse y nunca podía engañamos». «Pensábamos» así en el pasado y «nunca habíamos pensado» que un papa heterodoxo pudiese seguir siendo papa. La «verdad» ahora es otra. Los errores pueden provenir de los «puestos clave» de la Iglesia, del cargo papal, de las leyes de la Iglesia.

Cuando el 27 de setiembre de 1976 monseñor Lefebvre fue suspendido «a divinis», afirmó: «La Iglesia que afirma tales errores es cismática y herética. Esta Iglesia conciliar no es católica» (cf. ROMA, №111, p.84). Pero ahora vemos que él considera como católica a la iglesia que tiene un papa hereje y cismático: cambia la naturaleza de la Iglesia católica por no someterse a las leyes católicas sobre los delitos contra la fe y sobre la vacancia.  Admite  la «iglesia» hereticista,                                                         «imperfecta». Y afirma que «no debemos escandalizamos» de esta nueva «verdad»  lefebvrista.

III.3. Atribución de delitos a la Iglesia

Además de los sofismas y eufemismos sobre el papa «errante» y «malo», mons. Lefebvre no discrimina entre delitos de «naturaleza» diferente (Pío XII: Mystici Corporis). Ni todo errante es hereje; ni todo malo es hereje, pero todo hereje es errante y malo. Y el «caso» presente, por el propio testimonio de los dos prelados es de herejía.

Los textos lefebvristas sobre un papa errante y malo tienden a excusarlo de la insumisión a las leyes de los delitos públicos contra la unidad de la fe, como si ni existiesen hoy o como si, existiendo, el orden jurídico de la Iglesia no tuviese medios de determinarlos, ya sea por el Derecho divino (Tito III,10), ya sea por el eclesiástico (Canon 2315).

De ahí que la doctrina del prelado «subvierte la constitución divina de la Iglesia» (D.1686; D.S.2886), admitiendo una Iglesia gobernada por herejes (haereticorum ductu) y unida por unidad «imperfecta» en el credo. El nombre católico se vuelve un género que agrega diferentes especies de credo, en partes iguales, en parte diferentes. Era eso lo que predicaba la «Teoría de los ramos» de los anglicanos (D.1685; D.S.2885) y lo que predicaban los pancristianos (Pío XI: Mortalium ánimos).

Entonces, la «resistencia» lefebvrista al ecumenismo herético es un mero «velo de malicia» para ocultar su admisión de herejes públicos en el gobierno de la Iglesia. Él subvierte la doctrina de la bula «Unam sanctam» de Bonifacio VIII (D. 468-469; D.S.870-875).

Pío VI enseña que la admisión lefebvrista de un régimen «nocivo y peligroso» en la Iglesia, de «decretos papales causantes de la destrucción de la fe», es una doctrina «injuriosa para la Iglesia y para el Espíritu de Dios por el cual ella se rige»; una doctrina «falsa» (D.1S78 D S 2678)

Gregorio XVI es categórico; «es completamente absurdo y altamente injurioso afirmar que sea necesaria cierta restauracion y regeneración para retornarla [a la Iglesia] a su primitiva incolumnidad (…) como si fuese posible siquiera pensar que la Iglesia está sujeta a la ignorancia o a otra cualesquiera imperfecciones».

He aquí la contradictoria a la «imperfección de la Iglesia» predicada por mons. Lefebvre. «Sería reprobable y bastante ajeno a la veneración con que deben ser recibidas las leyes de la Iglesia condenar, por una caprichosa ansia de opiniones cualesquiera, la disciplina sancionada por Ella (…) o presentarla como defectuosa e imperfecta»(Mirari Vos).

Entonces, las leyes de la Iglesia sobre delitos contra la fe y sobre la vacancia son de Derecho divino, forman parte de la constitución divina de la Iglesia y las «disposiciones legales o legalistas [que] ciertamente impiden o dificultan gravemente la salvación de las almas» no son «formalidades jurídicas y administrativas» en relación a las cuales los fieles pueden obrar «sin hacerse problemas» con ellas, como escribieron algunos padres de Campos («O ministerio sacerdotal en periodo extraordinario de grave crise»).

León Xlll repite que es «absurda» esta doctrina de una Iglesia gobernada por miembros que no son suyos (Satis cognitum). Pío XI enseña como Gregorio XVI: la Iglesia «jamás se contaminó en el decurso de los siglos ni en época alguna puede ser contaminada» (Mortalium ánimos). Eso contradice la «verdad» lefebvrista sobre lo que —según él dice— «la época» presente le enseñó. Sólo los modernistas hacen «la verdad» variable con «las épocas».

Pío XII, en la «Mystici corporis» contradice frontalmcnte la doctrina lefebvrista: en la Iglesia «no puede existir sino una fe (Ef.IV,5)««los divididos entre sí por la fe o por el gobierno, no pueden vivir en este cuerpo único, ni de su Espíritu»El pecado de herejía «por su propia naturaleza separa de la Iglesia». «Si a veces se ve algo que manifiesta la flaqueza humana en la Iglesia, esto por cierto no debe ser atribuido a su constitución jurídica (non iuridicae est eius constitutioni atribuendum)«. La Iglesia es «absque ulla macula», sin mancha alguna. «Si alguno de sus miembros peca no se puede imputar eso a una imperfección de la Iglesia (eidem vitio verti nequit. El vínculo esencial de la Iglesia  es de orden «non naturalis» sino que «sobrepasa todo orden de la naturaleza (omnem nalurac ordincm evincit)». Quien obra en la Iglesia es el propio Dios (in ea operatur).

Vemos cómo mons. Lefebvre contradice estas enseñanzas del Magisterio católico. Él no distingue entre falibilidad personal del papa a infalibilidad «ipsius Ecclesiae» (D.S.3116), atribuyendo a la propia Iglesia errores y «equívocos» del papa y no sometiéndose a la ley y a la doctrina que separa los diferentes géneros de «errores». Quiere una «Iglesia» nestoriana donde los errores personales de cada uno sean atribuidos a la Iglesia, sean «imperfecciones de la Iglesia». Siendo estas «imperfecciones» delitos contra la fe y pudiendo «influir en la divinidad» de la Iglesia, la Iglesia ya no sería más la maestra de la verdad. Es lo que Hans Küng y los modernistas pretenden.

  1. LA MORAL RELATIVISTA DE MONS. LEFEBVRE

IV.1. Juzgar conforme a las circunstancias

Para escapar al deber de «considerar como hereje» a quien no confiesa la fe de modo inequívoco cuando es urgido a hacerlo en razón de sospechas sobre su ortodoxia, mons. Lefebvre establece el «derecho de discutir» las leyes de la Iglesia y de «oponerse a lo que viene de Roma» conforme a las circunstancias. Superpone la prudencia de los gobernados a la prudencia del legislador en materia de delitos contra la fe.

Los modernistas de las márgenes del Rin enseñaron la «Situationsethik», un actualismo ético, la moral individual sin leyes universales. La enseñanza de mons. Lefebvre coincide plenamente con los postulados de esa ética.

Así, el 18 de marzo de 1977 dijo:

«Puede ser que en el futuro sojuzgue este período y que se diga que existieron afirmaciones contra la Tradición y que por lo tanto estos papas no lo fueron. Pero, por el momento, creo que sería un error seguir esta hipótesis».

El 5 de octubre de 1978 declara:

«Adopto una actitud prudencial, una prudencia que espero sea la sabiduría de Dios, don de consejo, prudencia sobrenatural. Me sitúo en este orden más que en el orden puramente teológico, puramente teórico. Pienso que Dios no sólo nos pide tener ideas claras desde el punto de vista teórico y teológico, sino también en la práctica (…); obrar con cierta sabiduría, con cierta prudencia, que puede aparecer un poco en contradicción con ciertos principios y no ser una lógica absoluta. En muchos casos, estamos obligados más que a seguir una lógica implacable, a comprenderque otros elementos entran en juego, además de la lógica pura de los principios. Existe la lógica de la caridad, de la sabiduría, de un conjunto de circunstancias que se deben tener en cuenta. Si se aplicase siempre la lógica integral, se correría el riesgo de ser muy duro, y, en cierto modo, injusto, pues en ese caso, no se considerarían suficientemente las circunstancias.

«Nos encontramos en una situación real y práctica (…). La obediencia ciega no es conforme a la prudencia (…). Los que razonan de manera muy lógica, sin considerar todos los matices que existen en la realidad, la cual no está hecha de una lógica implacable, concluyen precipitadamente que el papa no es papa (…). En la práctica, esto no tiene influencia en nuestra conducta porque rechazamos lo que va contra la fe sin saber quien es culpable (…).

«Están los que dicen: usted no es lógico; tendría que condenar esto o aquello… Mi actitud es prudencial, de sabiduría práctica»

El 16 de enero de 1979 dice:
«Pienso que existe una línea de realismo seguida por la fraternidad» 

El 8 de noviembre de 1979 dice:

«Se debe reconocer que (el papa) causó y ocasionó un seno problema de conciencia a los católicos. Sin indagar, ni conocer su culpabilidad en la destrucción le la Iglesia, no se puede dejar de reconocer que él aceleró las causas en todos los ordenes» (…). «Concluir a partir de estos hechos precisos que el papa es hereje y que por lo tanto ya no es papa, es ir un poco rápido en el razonamiento (….). Pienso que la realidad es más compleja de lo que imaginan los que razonan así. Temo que estos dejen de lado la teología moral y la ética y que razonen de modo puramente especulativo. La teología moral y la ética nos enseñan a razonar y a juzgar según un contexto de circunstancias que estamos obligados a examinar para juzgar sobre la moralidad de un acto (…). Que cada uno entre en la linea que creo que debo seguir, en conciencia, ante Dios. Creo necesarias estas precisiones para permanecer en el espíritu de la Iglesia».

IV.2. Relativismo lógico y moral

El análisis de esta doctrina muestra nuevamente el individualismo del prelado de Ecóne, sin apoyo en el Magisterio de la Iglesia. No lo cita en ningún momento. Desliga o posterga el obrar del «orden teológico, puramente teórico» de la «lógica absoluta», de la «lógica de les principios», del «razonamiento especulativo». A la manera de los agnósticos positivas y materialistas, su «línea de realismo» considera como «realidad», como «real», sólo los hechos singulares concretos, como si las verdades y leyes universales no se identificasen con las esencias reales de los seres singulares. Su «realidad no está hecha de lógica». Este es el dogma central del agnosticismo, del modernismo, del antiintelectualismo condenado por Pío IX (D.1759-1760; D.S.2959-2960).

El Derecho, en la concepción cristiana, opuesta a la de los materialistas es parte de la ética natural y la ética cristiana tiene su fundamento en la fe, en Dios, sin el cual toda ética es vana. Entonces, juzgar «a partir de los hechos», en vez de fundarse en la fe y en la razón, en la teología dogmática y en la filosofía cristiana, es fundar una«práctica» y una «ética» sin una base que trascienda las circunstancias y hechos concretos.

Afirmar que no puede concluir si el papa es papa porque no conoce todas las circunstancias y matices que rodean los «hechos del papa» es ignorar el Derecho Divino (Tito III,10; II Juan 9-10) y el de la Iglesia (cánones 2315,2314 y 188 n.4) que sólo exigen que el delito papal sea público y visible como lo es el orden jurídico de la Iglesia terrestre.

¿Y será verdadera esa afirmación lefebvrista de ignorancia? ¿No será afectada? Afirma que «no se puede dejar de reconocer que él (el papa) aceleró las causas…» de la destrucción de la fe. «Firmó decretos que causan la destrucción de la fe» en millones de almas.

Mons. Lefebvre afirma su «derecho de resistir» al papa porque enseña doctrinas contra la Tradición. Entonces, no es verdadera su excusa para no someterse a los cánones de la Iglesia. El prelado habla de «culpabilidad» y«moralidad del acto» del papa cuando lo que está en cuestión no es la culpa ni la moral en el foro interno de la conciencia papal, sino simplemente la existencia fáctica del delito de no confesión externa de la fe y de la enseñanza de una doctrina sin identidad con la Tradición, y la culpa jurídica determinada o presunta conforme al Derecho de la Iglesia. Lo que está en cuestión es el «ipso facto» y el «ipso iure» del canon 188 n.4. El conoce la existencia de los hechos, la «verdad» de esa existencia objetiva simplemente por la aplicación del principio de identidad fundamental de la lógica. Se trata de la «veritas evangelii» que San Pablo buscó en los actos de San Pedro (Gálatas II,14).

Y tan cierto es que conoce los hechos, que pretende construir una doctrina nueva en la Iglesia, la de la«imperfección de la Iglesia», la del papa «no perfectamente católico» y que adhiere, como dice un discípulo suyo, a «fórmulas no totalmente ortodoxas». Pero, mons. Lefebvre no quiere el «ipso iure» de la Iglesia contenido en los cañones sobre los delitos contra la fe y en el canon sobre la vacancia. Se opone al Derecho público de la Iglesia, reflejo del Derecho divino. Afirma que es «dura», «injusta» su aplicación y que son «radicales», o sea, intolerantes, los que se someten a aquél. Huye entonces de la ley universal hacia las circunstancias periféricas del delito contra la fe. En este punto concuerda con Dom Mayer, que escribió: «esta última cuestión no podría encontrar respuesta definitiva sino en función de las circunstancias concretas», porque la aplicación de los cánones de la iglesia, excepto en el caso —interpuesto por él en la ley— de la notoriedad fáctica del delito, «equivaldría a infligir un muy grave perjuicio a las almas y a la Iglesia en general» (La nouvelle messe, pp.280 y 277).

Entonces, los prelados se vuelven jueces del orden jurídico de la Iglesia, colocándose por encima del legislador supremo. Ahora bien, se contradicen constantemente: ¿acaso no fue el propio mons. Lefebvre quien afirmó que cualquier católico que en los años precedentes al Vaticano II afirmase las doctrinas del mismo concilio y de sus papas sería condenado como hereje? ¿Acaso los jueces de los siglos precedentes que condenaron a Hus, Wiclef, Lutero y Loisy juzgaron la culpabilidad interior de esas personas, la moralidad de sus actos ante Dios, o sólo la culpa jurídica ante el foro externo de la Iglesia? ¿Acaso esos jueces fueron intolerantes, «radicales», «ultras», «duros», «injustos» cuando condenaron a esos herejes públicos?

La ética de situación de los prelados, al exigir un examen de circunstancias, afirma que es «rápida» la conclusión de la aplicación de la ley al «caso» singular de un papa, olvidándose de que el juicio de identidad entre un concepto universal y su existencia en un hecho singular no depende del tiempo que dura el acto del intelecto, sino de la evidencia de la identidad entre uno y otro.

Son los propios prelados quienes niegan la verdad doctrinaria de la enseñanza de los papas actuales: no pueden, pues, negar la verdad de la aplicación de la ley, especialmente cuando la enseñanza de los herejes es pertinaz, continuada y constante.

El desvío doctrinal lefebvrista aparece al afirmar que es «un error por el momento» lo que admite que puede ser verdad «en el futuro». Tal afirmación es la sentencia del relativismo, del modernismo, de la sustitución de la «lógica absoluta» por la relativista.

Es falso que la teología moral católica y la ética enseñada por la filosofía cristiana:«enseñen a razonar y a juzgar según un contexto de circunstancias…». Estas ciencias enseñan a razonar y a juzgar conforme a los principios y leyes universales, absolutos, dependientes de todas las circunstancias.

Tal doctrina del prelado es la quintaesencia de la ética de situación modernista. Según ésta, «la sociedad católica de América aplicó el relativismo universal respecto a la sexualidad humana». El modernismo «adapta la doctrina a los tiempos y lugares» (D.2059; D.S. 3459). Para ella, los mártires serían tontos y los que luchan por cumplir los preceptos morales católicos serían ineptos. Todas las leyes divinas y eclesiásticas serían variables con la fluidez continua de las «situaciones concretas».

Por esta doctrina, Dom Mayer coloca la ley universal de la sede vacante bajo el juicio personal de los prelados: «Su aplicación concreta exigiría el examen de una casuística extensiva» (op. cit. p. 281). Pío VI condenó ese «examen» de la aplicabilidad de la ley de la Iglesia bajo el juicio personal, como querían los jansenistas (D. 1578, D.S. 2678).

Es falsa por lo tanto la conclusión de mons. Lefebvre de que su doctrina «en la práctica no tiene influencia en su conducta, porque rechaza lo que va contra la fe sin saber quién es culpable». Ella influye enormemente: altera la fe que hay que defender, cambia el concepto de «verdad» jurídica y moral y deforma el concepto de Iglesia. Esto es evidente.

  1. 3. El positivismo jurídico

San Roberto Belarmino refutó el error de Cayetano consistente en no distinguir entre «esse papa» y «bene esse papa». No puede ser un papa «malo» o «errante» quien no es papa. No está pues en cuestión la «moralidad» o«justicia» de los actos de un papa, como mons. Lefebvre trata de hacer creer, sino la verdad sobre la existencia del poder papal en determinado sujeto que, por su voluntad, «scienter et volenter», de modo pertinaz enseña otra fe y no confiesa el credo tradicional íntegro. No es «radical», «duro» ni «injusto» quien afirma la verdad del ser.

El prelado francés, por lo tanto, cambia el problema considerándolo como de «orden práctico» y de naturaleza moral, de «deber» y no de naturaleza lógica y ontológica. Su «deber de defender nuestra fe» es aquí un deber «a priori», anterior a las verdades de la razón y de la fe, un deber kantiano.

En ese cambio el Vaticano II colocó el «deber de buscar la verdad», sin leyes universales verdaderas que guían esa búsqueda, pero con «inquisición libre», guiada simplemente por la libertad individual. El «derecho» y el «deber» en la filosofía cristiana no vienen de los hechos ni de las circunstancias concretas.

IV.4. Condenación de esa moral por Pío XII

Pío XII enseñaba el 18 de abril de 1952: «Esta nueva ética está tan fuera de los principios católicos y de la fe que lo ve hasta un niño que sepa su catecismo». Luego, con ella los prelados, de ningún modo, cumplen «el deber de defender nuestra fe». Pió XII define la naturaleza de tal «moral»«Lo distintivo de esta moral es el no basarse en leyes universales (…) sino en circunstancias reales y concretas según las cuales la conciencia individual tiene que juzgar y escoger».

He ahí, «ipsis litteris», las palabras de los dos prelados. En esta moral «la conciencia individual no puede ser imperada por principios y leyes universales». Vimos cómo el prelado francés declara dejar de lado esos principios universales. «La fe cristiana —dice Pío XII— funda sus exigencias morales en el conocimiento de verdades esenciales [universales] y de sus relaciones».

Los predicadores de la nueva moral, como también los dos prelados, no llegan a negar las leyes universales; pero, se aproximan a eso, dislocándolas del centro de decisión «hacia los últimos confines» de la periferia. Dejan de ser«premisas de las cuales la conciencia extrae las consecuencias lógicas en cada caso singular»Sus adeptos colocan en el centro de decisión una noción vaga de «bien» y la «relación personal que nos liga a Dios»La conciencia se declara entonces «justificada» si decide cambiar la fe y no obeder a la ley: su decisión personal tiene un valor mayor que la de Dios o la de la IglesiaColoca a los individuos como productores activos de su ley y no como pasivos sumisos y obedientes a ella. Basta para esa moral la sinceridad de la gente, con cualquier fe o ley. Cada uno, según su criterio personal de valores, su grado propio de conocimientos, asume sus riesgos ante Dios, incluso si «cambia la fe», si «rechaza obedecer a la autoridad competente». He allí, «ipsis litteris», las palabras de mons. Lefebvre.

Como los lefebvristas se refieren peyorativamente a los «radicales», a los «ultra», a los «obedientes», los adeptos de la nueva moral también se refieren a los que se someten a las leyes universales como a personas de fidelidad farisaica, hipócritas y portadores de escrúpulos patológicos. Los términos depreciativos son los mismos.

Esta moral dice Pío XII— «abandona al hombre a si mismo» y «así muere la fe»«Para permanecer íntegra ante las situaciones, la fe exige a veces sacrificios y actos heroicos». ¿No es éste el caso actual? «¿Cómo la ley universal puede bastar y ser obligatoria en cada caso singular» (…) por su universalidad ella abarca intencionalmente todos los casos singulares en los cuales se verifican sus conceptos. En estos casos, muy numerosos, ella lo hace con una lógica tan concluyeme que hasta la conciencia de un simple fiel ve, inmediatamente con plena certeza, la decisión que debe tomar».

Las relaciones esenciales del cristiano con la fe y con la Iglesia, valen en cualquier época, en cualquier situación, obligan incluso con riesgo de la vida si como consecuencia de la negación, omisión o ataque a la fe resulta un daño a la fe visible y social: «todo esto está gravemente prohibido por el legislador divino. Cualquiera que sea la situación del individuo, no existe otro remedio sino obedecer».

He allí la contradictoria de la moral lefebvrista. No basta la intención recta, Dios quiere también las obras. No es lícito hacer el mal para obtener un «bien». El fin no justifica el empleo de cualquier medio. He allí la falsa doctrina del «bien de las almas» a conseguir «sin misión canónica» para predicar, celebrar y administrar los sacramentos.

Los principios de la moral allí predicada por los prelados, si fuesen verdaderos, justificarían el cambio de la moral sexual como ya lo observó Pío XII. Un sacerdote de Campos invocó al «gran canonista Capello» para decir que la ley no rige en los casos extraordinarios, sino sólo en los casos comunes, para concluir que las leyes de los delitos contra la fe no se aplicarían a  las                                   «situaciones» de hoy. Sin haber ido a consultar a Capello, decimos: un delito contra la fe no es un «caso extraordinario» en el sentido de no regulado por la ley, sino sólo en el sentido de actos numerosos contra la ley o en el sentido de que es cometido por una persona que estaba más obligada a observar la ley por ser un miembro de la jerarquía. No se trata por consiguiente sino de una confusión del sacerdote entre «caso»  regulado por la ley y  una “situación” o                                                              «circunstancia» periférica que envuelve el caso. El delito contra la fe es materia regida por las leyes de la fe y por las leyes de la Iglesia.

IV.5. Bajo las apariencias de virtudes cristianas.

No existen virtudes cristianas desligadas de la «verdad», de la «veritas evangelii». Ni San Pedro fue virtuoso cuando se apartó de ella, sino cuando la estableció. Ahora bien, mons. Lefebvre opone supuestas virtudes personales y dones sobrenaturales a las leyes divinas (Tito III,10) y de la Iglesia (cánones sobre delitos contra la fe). Así, habla de su «actitud prudencial» y opone la obediencia a las leyes de la Iglesia, que él llama de «obediencia ciega», a la virtud de la prudencia. Por ella, debería examinar todas las circunstancias y matices de los «hechos del papa» para decidirse, pero se niega a decidirse alegando que no conoce todas las circunstancias.

Ahora bien, ¿dónde aparece en la moral cristiana la prudencia personal?. ¿Contra las leyes de la Iglesia? No. Pío XII lo dice: «Donde no existen normas absolutamente obligatorias, independientes de todas las circunstancias, ahí sí, la moral católica trata del examen previo de las circunstancias del caso». Y eso mismo, para encontrar la ley universal que se debe aplicar.

Ahora bien, en el caso de los delitos contra la fe, la circunstancia exigida por la ley es que el delito sea «público». Y el Derecho de la Iglesia define lo que entiende por delito público: lo «ya divulgado» o lo que «fácilmente será divulgado». Existe por lo tanto la ley positiva que se debe aplicar, la «regla de prudencia» que es la ley de la Iglesia:«donde se encuentra una razón especial de régimen, ahí se halla una razón especial de prudencia» (Santo Tomás, Suma Teológica, II-IIac,50,l). La prudencia personal consiste allí por lo tanto en someterse a las «cosas previstas y juzgadas» por el legislador de la Iglesia, en «cumplir las cosas ya decididas» (consiliata) (S.Tomás, Suma Teol., Il-IIae, 47,9). Los subditos participan de la prudencia de los gobernantes si obedecen a sus leyes universales (Suma Teol., II-IIae.47,12). Por lo tanto, los prelados no obran contra la prudencia en relación a las decisiones de un hereje público, sino en relación a las leyes de la Iglesia contra los herejes públicos. La prudencia personal versa sobre cosas contingentes (contingentia operabilia) y no sobre cosas necesarias como la exclusión de la Iglesia por delitos contra la fe. «Leges ponere in Ecclesia est principalis actus regnativae quae est pars prudentiae» dice Santo Tomás (ibidem).

Mons. Lefebvre habla de su don de consejo. Éste forma parte de la prudencia. Pero va contra este don obrar «divertens a regulis quibus rationes prudentiae rectificantur», obrar contra las reglas por las cuales las razones de la prudencia son rectificadas; obrar «per aversionem a regulis divinis». Ese don es no divergente en cada uno, sino«común a todos los santos… para hacer lo necesario para la salvación». Y tan necesario es «ad salutem» (Rom. X,10) la confesión externa de la fe, como la sumisión al Romano Pontífice es «de necessitate salutis» (Bonifacio VIII). Ese don en vez de incluir la desobediencia a las leyes tradicionales de la Iglesia, incluye la docilidad en relación a ellas, por la cual, aquél que lo posee es «bene susceptivus disciplinae» (Santo Tomás). Entonces, el don de consejo invocado por el prelado tiene una dirección opuesta a la de la doctrina cristiana.

Mons. Lefebvre dice que la conclusión de obedecer a la ley de la vacancia es «un razonamiento rápido», «una precipitación». Ahora bien, Santo Tomás enseña que «precipitanter agit» quien no se somete a las leyes y obra «ex contemptu regulae dirigentis»«depreciando y repudiando los documentos divinos (…) en detrimento de las cosas que son de necesidad de salvación». Afirma que es «temerario» tal modo de obrar (Suma Teol. 11-11,53,3 ad 2). El Tridentino lo confirma, al enseñar que es «temeridad propia» obrar sin misión canónica, es decir, contra las decisiones disciplinarias que competen al gobierno del papa (D.960; D.S. 1769). Tal especie de prudencia carnal fue la alabada por Honorio I en el heresiarca Sergio: Honorio «alabó» su «providencia y circunspección» en no predicar la doctrina de la fe (Kirch.1057).

En vez, de someterse a las leyes de la Iglesia, mons. Lefebvre dice el 2 de diciembre de 1976: «En este período posconciliar es mejor seguir a la Providencia que precederla (…) prefiero esperar los acontecimientos». Sin duda la Providencia rige a la Iglesia; pero lo hace por medio de los jerarcas. A ellos les compete el ejercicio de la providencia humana contra los herejes, siguiendo las leyes de los legisladores de la Iglesia. Sin embargo, en 1988 el prelado «fija una fecha límite» al papa que tiene por válido y verdadero y declara que esa fecha es la «que la Providencia parece haber preparado» (Dossier) para que él obrase contra las decisiones del papa que juzga verdadero.

Es la relación directa con Dios, apartándose de la ordenación social de la Iglesia que tiene por objeto los deberes de la fe. Bajo el sofisma de no someterse a la «obediencia ciega», no se somete a las leyes tradicionales sobre delitos contra la fe.

¿Qué especie de «sabiduría» es ésa a que alude cuando la separa de la lógica racional y de los principios teológicos y que pretende una «práctica» no regida superiormente por la razón y por esos principios «teóricos» y«especulativos»«Ad prudentiam necessarium est quod homo sit bene ratiocinativus», dice el Angélico (Suma Teol. II-II, 49,5). «La rectitud de la justicia en los subditos está en la obediencia a los gobernantes» dice Santo Tomás; él es el «custos iusti».

Mons. Lefebvre, sin embargo, juzga que sería «injusto» y «duro» obedecer a las leyes de los delitos contra la fe sin un examen integral de las situaciones. Opone la «lógica de la caridad» y la «lógica de las situaciones» a la lógica racional que aplica las leyes universales a los casos singulares. Declara obrar con «cierta contradicción» en relación a los principios. Ahora bien, San Juan es el Apóstol de la caridad y ordena «no recibir» y «no saludar a quien no traiga la doctrina cristiana» (II Jn. 10).

Mons. Lefebvre lo contradice: quiere la «unión» con esa persona, quiere una «caridad» desligada de la verdad, cambiando pues la verdad por los hechos. Pío XI rechaza esa «caridad que se desvía en detrimento de la fe»La caridad se apoya en la fe íntegra, como en su fundamento; por lo tanto es necesario unir a los cristianos por la unidad de fe como en su vínculo principal» (Mortalium ánimos). No es caridad para con nadie dejar al hereje como falso pastor causando la pérdida de millones de almas.

Así, la apariencia de virtudes cristianas que mons. Lefebvre opone a la razón, a la sumisión a los principios de la fe y a las leyes del régimen de la Iglesia se asemejan a las que Inocencio III señaló en los herejes valdenses que predicaban sin misión canónica y que San Pablo indicó: «Sub specie pietatis, virtutem eius abnegantes» (II Tim. III,5). Obra bajo las apariencias de piedad, pero renegando de la verdadera virtud de piedad.

V.LA «NO CONDENACIÓN» DE LOS MODERNISTAS

V.1. La permanencia de los herejes

Mons. Lefebvre declara el 8 de noviembre de 1979:

«Un buen número de teólogos piensa que el papa puede ser hereje como doctor privado (…). Es necesario por lo tanto examinar en qué medida Pablo VI quiso empeñar su infalibilidad en diversos casos en los cuales firmó textos próximos a la herejía, si no heréticos».

«Observamos que en todos estos casos él obró más como liberal que adhiriendo a la herejía…»

«El liberalismo de Pablo VI es suficiente para explicar los desastres de su pontificado. Pío IX (…) consideraba al liberal como destructor de la Iglesia. Un papa siendo liberal ¿puede permanecer papa? La Iglesia siempre amonestó severamente a los católicos liberales. Pero no los excomulgó a todos. También aquí debemos permaneceren el espíritu de la Iglesia. Debemos rechazar el liberalismo (…) porque la Iglesia lo condenó siempre con severidad (…). Ciertamente, sufrimos por esta incoherencia continua que consiste en elogiar a todas las orientaciones liberales del Vaticano II y, al mismo tiempo, tratar de atenuar sus efectos. Esto nos debe incitar a orar, a mantener la Tradición; pero no por esto a afirmar que el papa no es papa».

En diciembre de 1988 afirma:

«Podríamos haber adoptado muchas actitudes y, de un modo especial, la de una oposición radical: el papa admite ideas modernistas y liberales, luego es herético; por lo tanto, no es papa… Se trata de una lógica demasiado simple. La realidad no es tan simple. No se puede tachar a alguien de hereje tan fácilmente…». «Él ciertamente es un mal sucesor al cual no se debe seguir porque tiene ideas liberales y modernistas».

V.2. El elogio de todas las orientaciones liberales

La «incoherencia continua» de mons. Lefebvre es afirmada por él mismo y no se puede aceptar y seguir tal «incoherencia» y «contradicción cierta» con los principios católicos y racionales. El confunde la afirmación lógica y ontológica de negar que alguien sea papa, con una «oposición radical» a quien es de facto papa. Ahora bien, en ese caso, es él quien se «opone» a la ley tradicional sobre la vacancia. Se opone al canon 2315 cuando juzga que observarlo sería «tachar a alguien de hereje muy fácilmente». «No se puede» por consiguiente obrar según esa ley de la Iglesia.

Su pertinaz indiscriminación entre hereje, errante y malo lo hace pescar en aguas turbias: condena el liberalismo, el modernismo, pero no condena a quien «tiene ideas liberales y  modernistas” y                                        «firma textos heréticos» y los mantiene persistentemente.Si istalas «ideas» y «textos» son heréticos y la persona «obra» como hereje modernista, ¿para qué es necesario «examinar» si el papa quiere «empeñar su infalibidad» y «en qué medida»? Eso equivale a admitir que si no quiere empeñar la infalibilidad, él puede ser hereje público y papa. El la admisión del hereticismo en la jerarquía verdadera.

El canon 188 n° 4 afirma que el hereje público pierde el cargo. El prelado responde: «no por eso», y pretende que la Iglesia «no excomulgó a todos» los herejes públicos, o que San Pío X no excomulgó «a todos» los modernistas. Admite por consiguiente a herejes públicos católicos, a papas herejes católicos, sujetos de poderes jurisdiccionales y de derechos en la Iglesia.

Ahora bien, el canon 87 enseña que el cristiano bautizado es «persona» en la Iglesia, con todos los derechos y deberes «nisi ad una quod attinet obstet obex ecelesiasticae communionis vinculum impediens vel lata ab Ecclesia censura».

Ahora bien, la herejía es un óbice que impide el vinculo de la comunión eclesiástica. Negar eso es afirmar la «iglesia ecuménica», de credos divergentes. Luego, no puede afirmar mons. Lefebvre que el hereje público tiene poder y«derecho» jurisdiccional en la Iglesia.

Es falso que la Iglesia «no excomulgó a todos los modernistas». San Pío X lanzó la excomunión «ipso facto» contra todos los modernistas contradictores de la encíclica «Pascendi», defensores de proposiciones condenadas por el decreto «Lamentabili»«si las opiniones que defienden son heréticas, cosa que sucede más de una vez con los enemigos de esos documentos y sobre todo cuando defienden los errores de los modernistas, es decir, la reunión de todas las herejías» (D.2114). Ahora bien, es Mons. Lefebvre mismo quien afirma las «ideas» modernistas en el papa. Luego, no puede escapar de la conclusión que San Pío X sacó: están excomulgados todos los modernistas.

Entonces, rechazar el «efecto actual» de las sentencias «ipso facto» es ir también contra la constitución «Auctorem fidei» de Pío VI que afirma ese efecto; es seguir a los jansenistas. Y es también ir contra Pío XII que, en la «Mystici corporis» enseña la separación de los herejes «por la propia naturaleza» del delito.

Él «rechaza» lo que el Magisterio enseña. Quiere con los jansenistas «someter a examen» personal el Magisterio doctrinal y canónico de la Iglesia (D.1578; D.S.2678). El canon 2315 obliga moralmente: «sea considerado como hereje…» El prelado responde: «no se puede», «no por eso» pierde el cargo, «podemos tener muchas actitudes» ante el papa modernista, pero no esa. Se «elogian todas las orientaciones liberales del Vaticano II», a pesar de que la Iglesia «siempre condenó severamente» el modernismo y el liberalismo. Nuestro deber es sólo «atenuar los efectos»de los actos de los herejes, manteniéndolos sin embargo en el gobierno de la Iglesia.

«Multitudo non excommunicatur» dice el Derecho primitivo de la Iglesia. Pero, el canon 2314 dispone: «omnes et singuli haeretici et schismatici incurrunt ipso facto cxcommunicationem». La Iglesia, no condena el trigo, sino toda la cizaña «in medio tritici». Mons. Lefebvre contradice la norma de la Iglesia: «omnes et singuli», y responde «no a todos…»

Ciertamente, la Iglesia no condenó nominalmente a todos los arríanos, luteranos… Pero condena universalmente «a todos los demás herejes» (I concilio de Constantinopla, D.223; D.S.433). San Pío X ordenó que fuesen «destituidos sin contemplación de ninguna especie» todos los rectores y profesores de seminarios que abierta u ocultamente favoreciesen el modernismo (Pascendi). Así, fueron excomulgados nominalmentc además del presbítero Alfred Loisy, profesor del Instituto Católico de París, los eclesiásticos: José Bittig, profesorde teología en Breslau; John Hehm, profesor de teología en Wurzburg; el historiador de la religión Ernesto Bonaiutti y el sacerdote José Turmel, de Rennes.

Entonces, el «espíritu de la Iglesia» que mons. Lefebvre defiende no es el «espíritu de la Iglesia» católica, sino de otra iglesia. El orden visible de la Iglesia dejaría de existir en el momento en que los herejes públicos no estuviesen fuera de la Iglesia, sino que fuesen sus jerarcas «válidos». Pío XI pregunta: «¿Acaso el objeto de la fe con el decurso de los tiempos puede volverse de tal modo oscuro e incierto que hoy sea necesario tolerar opiniones por lo menos contrarias entre sí? (…) Afirmar esto es sin duda blasfemo» (Mortalium ánimos).

  1. LA DUDA SOBRE EL MAGISTERIO TRADICIONAL 

VI.1. Todo es mera opinión

El 18 de marzo de 1977 mons. Lefebvre reduce la ley de la Iglesia a una simple opinión particular dudosa:

«Si el papa fuese apóstata, hereje o cismático, según la opinión probable de algunos teólogos (si fuese verdadera) no sería papa y estaríamos en la situación de sede vacante. Es una opinión. Yo no digo que ella no pueda tener algunos argumentos en su favor, alguna probabilidad. Pero, no creo que sea esa la solución».

El 5 de octubre de 1978 declara:

«¿Cuál debe ser nuestra actitud en relación al papa? Aunque existe entre los tradicionalistas quien tenga una tendencia más radical que la mía y que la que intento inculcarles; esto no quiere decir que yo esté absolutamente cierto en la posición que adopto (…). Si el papa enseña algo contra la fe que nos fue enseñada ¿es hereje? Yo no lo sé. Si es hereje ¿es papa? ¿Un papa puede ser hereje? El trabajo de Xavier da Silveira recoje todas las opiniones al respecto (…) No oso decidirme entre estas opiniones e hipótesis. No me siento capaz porque noconozco suficientemente las circunstancias que rodean a los hechos del papa para determinarme de manera cierta que no tenemos papa».

El 16 de enero de 1977 afirma:

«Mientras no tenga evidencia de que no es papa, tengo la presunción en favor de él. No digo que no existan argumentos que puedan presentar una cierta duda. Pero es necesario tener evidencia. Si el argumento es dudoso no existe el derecho de sacar conclusiones que tienen consecuencias enormes. No se puede partir de un principio dudoso. Prefiero partir del principio de que se debe defender a nuestra fe. Pero, de ahí a decir que porque alguien ataca nuestra fe es hereje, que ya no es autoridad, que sus actos no tienen valor… Existe en esta actitud un peligro de cisma (…). No creo poder decir que tuve que cambiar de opinión… Gracias a Dios pienso haber juzgado de tal manera que debo perseverar en esta forma de pensar, a pesar de las objeciones que me hacen (…), a pesar de los que creen tener que atacarnos personalmente en revistas… Provienen de los «ultras»; creen tener el deber de criticamos y de llamarnos liberales porque queremos conservar esta manera de pensar sobre estos problemas».

El 8 de noviembre de 1979 dice:

«El estudio muy objetivo de Xavier da Silveira (Dom Antonio de Castro Mayer) muestra que buen número de teólogos piensa que el papa puede ser hereje como doctor privado». «Basta leer el libro de Xavier da Silveira para comprobar que es una cuestión muy discutida entre los teólogos y que no es una opinión clara».

En marzo de 1986 pregunta:

«¿Qué conclusión debemos sacar dentro de algunos meses ante estos actos repetidos de comunión del papa [en Asís], con cultos de dioses falsos? Yo no lo sé. Me lo pregunto. Pero es posible que estemos en la obligación de creer que este papa no es papa…»

VI.2. Duda sobre el Magisterio Infalible

Las doctrinas de Mons. Lefebvre atañen a la noción de la Iglesia una y santa, atañen a la sumisión a las leyes del Derecho público de la Iglesia; atañen a disposiciones solemnes del concilio de Trento (D.960 y 967; D.S. 1767 y 1777) sobre la misión canónica y del Vaticano I sobre la obediencia al papa y la naturaleza del poder papal. Hieren a estos puntos del Magisterio de los cuales ningún católico puede apartarse lícitamente.

El prelado, sin embargo, intenta escapar de todo presentando dudas sobre el Magisterio, las leyes canónicas y la Tradición. Pío XII enseñó que «quaestionem liberae inter theologos disceptationis iam haberi non posse» (D.S.3885), incluso cuando un papa verdadero enseña a través de encíclicas. Existe por consiguiente una duda ilícita y fraudulenta presentada subjetivamente contra lo que objetivamente debe ser aceptado de un papa verdadero.

Los herejes levantaron y levantan dudas fraudulentas sobre todo. Se acercan a nosotros —dice Tertuliano— declarándose en duda, pero, en cuanto traban relaciones con nosotros, pasan a sustentar sus opiniones contra el Magisterio infalible. El canon 1325 n.2 define como hereje no sólo a quien niega una doctrina de fe, sino también a quien «duda» de ella. Incluso de doctrinas que no son de fe, la Iglesia enseña que deben ser «mantenidas»(tenendam) si son propuestas de modo solemne o por el Magisterio ordinario y universal.

Respecto de las leyes morales universales, vimos que Pío XII enseña que incluso «un simple fiel percibe de inmediato y con plena certeza la decisión a tomar». No es el caso del examen exhaustivo de las circunstancias, de la moral de situación: «hasta un niño que sepa su catecismo sabe que la moral de situación está fuera de la fe y de los principios católicos».

Ante esto, la «duda» lefebvrista nos parece contra la fe. No distingue entre un católico y un hereje por los criterios de la Iglesia. En el siglo XVI, salvo San Roberto Belarmino, la mayoría de los teólogos estudió la cuestión de la herejía papal de un modo superficial y accesorio. Y después el Magisterio de la Iglesia explícito bastante con el Vaticano I (exégeis de la oración de Cristo por Pedro), con las encíclicas sobre la Iglesia y las sentencias «ipso facto» y con el derecho canónico.

Xavier da Silveira [Dom Mayer] no vio nada de eso. Juzga que una de las sentencias de Belarmino «es la buena», pero la contradice y no la sigue. Ella es repetida por el canon 188 n° 4. El canon 2315 no deja ninguna duda sobre la cuestión de hecho: obliga a tener por hereje a quien no profese inequívocamente el credo, después de haber sido amonestado.

Gregorio XVI juzga «absurda» la Iglesia «imperfecta» lefebvrista, León XIII juzga «absurdo» que quien no es miembro de la Iglesia pueda presidir dentro de la Iglesia. Pero el prelado francés, con Dom Mayer, todavía se apega a las disputas del siglo XVI, a la opinión «muy objetiva» del «estudio» de Dom Mayer, en vez de someterse al Magisterio autoritalivo de la Iglesia.

Nada quedaría en pie en la Iglesia, ni en el dogma, ni en la moral, si se siguiese tal criteriología y metodología: se oponen «opiniones» a «opiniones», sin criterios de autoridad divina y eclesiástica.

El «derecho de sacar conclusiones» basado sólo en la «evidencia» personal, apartado el criterio autoritativo de la Iglesia es el método del «juicio propio» de los herejes (Tito 3,10). Es el «derecho» a la libertad religiosa donde la razón individual se eleva por encima de la autoridad que viene de Dios por medio del Magisterio tradicional. La distinción entre cristiano y hereje se torna libre, imprecisa, «ecuménica».

VII. LA IMPOSICIÓN DE LA FIDELIDAD A SI MISMO

VII.1. Yo dije, yo quiero, yo no sé…

A pesar de presentar como cosas dudosas a leyes del Derecho público de la Iglesia y a las enseñanzas solemnes de los Concilios y al Magisterio tradicional de la Iglesia, mons. Lefebvre pretende una sumisión a sí mismo, a sus opiniones y normas de acción contrarias a las de la Iglesia, contrarias a la propia razón. Dicta el pensamiento y la norma de acción de su Fraternidad y de comunidades afines.

El 8 de noviembre de 1979 afirma:

«Nuestra Fraternidad rechaza compartir estos razonamientos. Queremos permanecer unidos a Roma, al sucesor de Pedro; pero rechazamos su liberalismo por fidelidad a sus antecesores».

«No puedo permitir que se entre en una vía que desoriente completamente a los fieles…».

«Es la posición de la Fraternidad: yo quiero que todos, incluso los fieles, sepan cuál es. Que los fieles sepan que si alguno de nosotros predica que no hay papa, no predica en conformidad con lo que piensa la Fraternidad(…), con la línea que creo delante de Dios que debo seguir (…)».

El 25 de lebrero de 198G escribe:

«Dije a aquellos sacerdotes que no siguen las directivas que les dimos que ellos rompen con el espíritu de la Fraternidad; que conducen a los fieles que nosotros les confiamos a una posición que no es la nuestra: que, si existen dificultades en las comunidades, no proceden de la actitud que nosotros tenemos, sino de la que tienen ellos y que no corresponde a la de la Fraternidad: pero que es, en definitiva, una falta de fidelidad y de lealtad«

En setiembre de 1982 declara:
«Felizmente la Fraternidad no está sola. Con ella están los dominicanos y dominicanas, los capuchinos, etc…. ella continúa la Iglesia».
«La Fraternidad no es un partido, ni una secta…»

VII.2. La Fraternidad: unión cismática

Antes, mons. Lefebvre dijo: «No quiero decir que esté absolutamente cierto en la posición que adopto…».» Yo no lo sé…». «No oso decidirme entre estas opiniones». «No tengo evidencia» (5-10-1978).

Pero, levantando la duda sobre el Magisterio doctrinario y canónico, sobre la Tradición, pasa a sustentar «la posición de la Fraternidad», «el espíritu de la Fraternidad» que «rechaza» la sumisión al Magisterio: «la Fraternidad rechaza…»; él «no puede permitir» otra sentencia distinta de la suya. Usa la primera persona singular o, de modo mayestático, la primera persona del plural: yo, nosotros: «yo no puedo…», «nosotros rechazamos», «nosotros les dimos», «les confiamos», «es nuestra posición», aunque con «cierta contradicción» y con «incoherencia continua» en relación al Magisterio y «sin participar del razonamiento» aunque «muy lógico». La sumisión a las leyes de la Iglesia «desorienta a los fieles», es una mera «opinión» que, con un extraño eufemismo, «no dice que no tenga alguna probabilidad», «algún argumento a su favor» Pero, en favor de la «posición de la Fraternidad», no cita absolutamente nada que provenga del Magisterio, sino sólo su opinión opuesta al Magisterio. El da «directivas»mientras se rehusa a someterse a las normas del Derecho Público de la Iglesia. El, «sin misión canónica» y en oposición a un papa que tiene por «válido» «confía fieles a sus sacerdotes», a los que escogieron libremente«obedecerle» a él en vez de obedecer al papa. Él se aparta de la lógica y de la «teología teórica»«fija fechas» para el papa, hace «acuerdo doctrinarios» con él y libremente los rompe, quiere «fidelidad y lealtad» a sí mismo. El aún no decidió de «modo solemne» que sea «imposible que un hereje público sea papa» (lo dijo en marzo de 1986). Se ve que, en todo, el prelado quiere la sumisión a sí mismo, a su opinión «incierta», sin el menor apoyo en ningún criterio dogmático y canónico.

Las Ordenes religiosas y las Congregaciones religiosas no tienen un credo propio, están sometidas a las leyes canónicas y a los papas que las promulgan. «Los obispos pierden el derecho y el poder de gobernar si se separan conscientemente de Pedro» (León XIII, Satis Cognitum). Los «razonamientos» se rigen por la criteriologia y son universales, pero el prelado los aparta, rechaza «razonamientos muy lógicos»  y quiere seguir en la «práctica» una «prudencia» personal opuesta a la del legislador de la Iglesia. Sólo las sectas cismáticas siguen esa «unión» de la Fraternidad, más allá de la lógica, más allá de la fe, más allá de las leyes de la Iglesia, escogiendo aquello en lo que «obedecen». Es una «unión» libre, ecuménica, no bajo el régimen tradicional.

Mons. Lefebvre quiere servir a dos señores opuestos: al papa hereje y al régimen tradicional opuesto a él; quiere «unión» con la fe y con la herejía; con la Iglesia santa y con la iglesia pecadora; con la moral absoluta y con la moral relativista; con la Iglesia católica y con la iglesia no «perfectamente católica» donde se puede adherir a «fórmulas no ortodoxas» y seguir gobernando a los fieles. Quiere la «societas luci id tenebras» (II Cor. VI,14), quiere «compatibilizar» cosas incompatibles como la fe y la herejía, borrando los límites definidos entre el hereje y el cristiano católico. Contradice la Revelación en cuanto al «no fundarse en la propia prudencia» (Prov. III,5).Bajo el sofisma de no obedecer un papa hereje, no obedece a las leyes tradicionales sobre los herejes (cánones 2315,2314,188 n°4), se obedece a sí mismo y quiere ser obedecido por los «fieles» que confía a «sus» sacerdotes.

Él quiere «tracer son sillón» diría San Pío X, y «sub specie pietatis» como dijo San Pablo (II Tim. III,5).

Laus, honor et gloria Domino nostro tremendae majestatis.
A.M.D.G.V.M.

Homero JOHAS

DEL SACRAMENTO DE LA EXTREMAUNCION

87. Nociones generales.—88. Aviso en tiempo oportuno.—89. Los efectos del Sacramento, medida de la caridad.—90. Reiteración del Sacramento.— 91. El peligro de infección.—92. La muerte aparente.—93. La vida latente y el médico.—94. El médico y el sacerdote.
87. Nociones generales.
     Ni tantas ni tan graves como las que hemos estudiado respecto de los Sacramentos precedentes, son las obligaciones que tiene el médico respecto del Sacramento de la Extremaunción. Las tiene, sin embargo, y muy importantes. Servirán de premisas las siguientes nociones generales. La Extremaunción es un Sacramento instituido por Cristo Nuestro Señor para conferir la salud del alma, o también la del cuerpo, al enfermo en peligro de muerte, mediante la unción del óleo bendito y la oración del sacerdote (Concilio Tridentino, sesión XIV. Ferreres: Derecho Sacramental y Penal, números 316 y sigs., y otros autores explicando el capítulo V de la Epístola de Santiago Apóstol). Además de conferir la gracia santificante común a todos los Sacramentos: a) confiere las gracias actuales que le son propias para reforzar y vigorizar el ánimo decaído, confirmándolo en su lucha final contra los enemigos de la salvación: b)remite los pecados aún no perdonados, cuando no se puede recibir el Sacramento de la Penitencia, ni se ha hecho acto de perfecta contrición, con tal que el dolor acompañe; c)quita las reliquias del pecado, como son no sólo las penas debidas, sino también las ansiedades del ánimo, enfermedades, flojedad en el bien obrar; d) devuelve a veces la salud del cuerpo, si a la salvación del alma conviene (Sasse, S. J.: De Sacramentis, Vol. II, págs. 265 y sigs. Friburgo, 1898. Ferreres: Compendium theologiae moralis, vol. II, núm. 829. Sobre la administración a los enfermos mentales, véase número 202, infra.). Es, pues, este Sacramento, como dice el Concilio Tridentino, «el complemento, no sólo de la penitencia, sino también de toda la vida cristiana, que debe ser penitencia constante». Penitencia y lucha. Por medio de los Sacramentos nos confiere el Divino Redentor la gracia que da vida sobrenatural al alma y la conserva; y sin cesar, en cuanto de ella depende, la está fortaleciendo en esa continua diaria lucha contra las concupiscencias y demás enemigos de la salvación. La infinita misericordia no podía dejar desamparada al alma en los momentos en que está más débil y más necesitada de auxilios para vencer en el último trance, y decisivo tal vez, en que está a las puertas de la Eternidad. Estos auxilios le vienen mediante el Sacramento de la Extremaunción.
88. El aviso en tiempo oportuno.
     Para una conciencia católica bien formada ya se desprende de lo antedicho el deber del médico de avisar en tiempo oportuno a su cliente para que reciba este Sacramento. No se trata, ciertamente, de que prescriba y ordene que lo reciba. Aunque ése fuera un deber en la disciplina eclesiástica antigua —de ella nos hemos ocupado más arriba—, según la cual había obligación impuesta al médico de prescribir la confesión sacramental, no están en lo cierto Scotti-Massana (Cuestionario médico teológico, pág. 397. Traducción española. Barcelona, 1920) al hablar en este mismo sentido respecto del Sacramento de que tratamos. Si respecto del Sacramento de la Penitencia, según dijimos, el deber estricto del médico circunscríbese a hacer la advertencia del peligro, con mayor motivo es preciso, a lo más, extender a estos términos la obligación en este Sacramento. En efecto, condición precisa por ley divina de la institución es que el hombre esté constituido en peligro de muerte. No se requiere absoluta seguridad del peligro; pues para que el enfermo reciba el Sacramento lícita y válidamente, basta que con razón se presuma fundadamente que exista dicho peligro. Así interpretan comúnmente los autores el «infirmatur» del sagrado texto (Scotti-Massana, ob. cit., pág. 414. Sasse, ob. y lib. cit. Doctores Capellmann-Bergmann: Medicina pastoral, pág. 268. NOLD1N: Theologia moralisDe Sacramentis, núm. 444. Código de Derecho Canónico, can. 940). Requiérese, pues, enfermedad, y enfermedad grave, y tal que exista temor de peligro de muerte, aunque no sea inminente. Cuando este temor razonable existe, fundado en los primeros síntomas que lo autorizan, el enfermo es sujeto capaz de recibir este Sacramento y puede recibirle. A las mujeres que están de parto no se les debe, por tanto, administrar este Sacramento si los dolores son comunes y ordinarios, aunque sea el primer parto, o bien en otro parto anterior haya llegado a peligrar su vida, puesto que tal estado no constituye, de suyo, enfermedad peligrosa. Pero si el peligro existiera, y esto nadie mejor que el médico puede apreciarlo, sería procedente la administración del Sacramento; verbigracia: en caso de una hemorragia extraordinaria, una dilaceración interna, ataque de eclampsia, etc. Tampoco es lícito administrarlo antes de alguna operación arriesgada, a no ser que la enfermedad que lo exige suponga por sí misma peligro de muerte.
     Despréndese de lo dicho que cuando el estado de un enferme inspira temor serio de que pueda acabar en la muerte, y se procede por el médico a hacer la advertencia de tal peligro, a los efectos de que se prevenga con la Penitencia y el Viático a un probable desenlace fatal, el médico ya no tiene en rigor otro deber distinto que cumplir respecto del Sacramento de la Extremaunción. El recibirlo o no es cosa personal del enfermo. El procurar que los reciba es acto de caridad que obliga más directamente que al médico a los familiares y a los directores de almas. Refiriéndonos concretamente al Sacramento de la Extremaunción, no es claro el deber estricto del enfermo, como regla general, de recibirlo (Noldin, ob. cit., núm. 447).Tienen, empero, obligación de procurar que lo reciban los que tienen un título de piedad u oficio respecto del enfermo, tales como los superiores, los párrocos, los padres, los cónyuges. Puede surgir un deber para el médico en este mismo sentido, si, recibidos los Sacramentos de Penitencia y Comunión, no se administra éste de que tratamos, por ser costumbre diferirlo a momentos de mayor peligro, o por no poderle ser administrado, o por repugnancia y temor del mismo enfermo que, no obstante, desea que le sea administrado más adelante. Pues es claro que el peligro inminente nadie mejor que el hombre entendido en la ciencia médica puede advertirlo. Surge entonces el deber de caridad de hacerlo saber así al enfermo o a sus allegados, sin esperar a que la enfermedad suspenda el uso de los sentidos, pero no es un deber grave. Si el que tiene el enfermo no lo es, no puede serlo el del médico (Noldin. ob. y lib. cit.).
89. Los efectos sacramentales y la caridad.
     Con todo, gran mérito tendrá el médico que, sin pararse a tasar su obligación, la cumple al menos en defecto de otras personas más obligadas, y mucho más si éstas descansan en el propio médico, atendiendo a los efectos sacramentales, que son los que deben dar la medida de su caridad. Por ello, hemos dicho que no se debe esperar a que el enfermo esté privado del uso de los sentidos y de la razón. Es reprensible la costumbre contraria. Aunque se pueda y se deba administrar el Sacramento a los que en tal estado se encuentran, es indudable que el no molestar al enfermo es a costa de privarle de una mayor copia de fruto, en razón de la disposición personal consciente que hubiera tenido en estado de lucidez. Se le priva, además, de los auxilios de la gracia en momentos en que mayor es su necesidad cuanto la debilidad del alma es mayor para resistir a las penalidades de la enfermedad y a las influencias del enemigo perpetuo de las almas. Aún puede ser necesaria la recepción del Sacramento para quien, como llevamos dicho, no se halla dispuesto mediante la penitencia para bien morir. El que está constituido en ese estado —y harto frecuente es—, con el Sacramento de la Extremaunción puede obtener el perdón de sus culpas más fácilmente si conscientemente lo recibe. Esto, en cuanto al alma. Hay que tener en cuenta, además, la salud del cuerpo. Es, como antes hemos dicho, un efecto de la unción sacramental. Y no sólo como consecuencia de la confortación espiritual y equilibrio del alma, que redunda saludablemente en el cuerpo, sino como efecto propio, aunque secundario, y en cuanto tal subordinado y condicionado al bien del alma, que es el efecto primario del Sacramento; es decir, «si a la salud del alma conviene», usando la frase del Tridentino. Pero ese efecto en la salud corporal no se obra por modo de milagro, sino mediante una virtud sobrenatural que dispone y dirige las causas naturales y libres en orden a la salud del cuerpo. De aquí la responsabilidad en la demora de la Extremaunción para un tiempo en que la salud no puede ser un efecto de causas naturales y la gracia divina, sino de un verdadero milagro, al que Dios no se ha comprometido en la institución de este Sacramento (San Alfonso: Theologia moralis. t. II, lib. VI, trat. V, núm. 714. Prümmer: Manuale theologiae moralis. v. 3, núm. 576 y sigs. Doctor H. Bon, ob. cit., la Extremaunción. Código de Derecho Canónico, can. 940, 2).
90. Reiteración del Sacramento.
     Otro motivo de intervención médica es la reiteración del Sacramento. No puede administrarse más que una vez en la misma enfermedad durante el mismo peligro. Pero puede volverse a administrar cuando el enfermo convalece del primer peligro y cae en otro nuevo (Concilio Tridentino, sesión XIV, cap. III. Ritual Romano, Del Sacramento de la Extremaunción. Código de Derecho Canónico, can. 940, 2). ¿Quién sino el médico podrá en la mayoría de los casos determinar si se trata del mismo o de nuevo peligro? En una nueva peligrosa enfermedad, que sobreviene después de pasado el peligro de la anterior, es evidente que procede administrar otra vez la Extremaunción. Pero la nueva enfermedad requiere un diagnóstico que sólo el medico puede hacer. Mucho más difícil resulta, aun para el mismo médico, el precisar si el enfermo cierta o probablemente convaleció de un estado peligroso y recayó en otro distinto dentro de la misma enfermedad, como en la tisis y la hidropesía suele acontecer. Como en esos casos puédese reiterar el Sacramento, la prudencia aconseja que se oiga al médico. Más bien que para el profesional de la Medicina, que puede conocer la naturaleza de las enfermedades, dan para los profanos los autores moralistas normas en los casos de duda, a saber: se supone que perdura el mismo peligro si la mejoría sólo ha durado breve tiempo; verbigracia: cuatro o cinco días; por el contrario, se presupone que aquél ha cesado si el enfermo experimenta mejoría por un lapso notable de tiempo; verbigracia: un mes. No debe, empero, producir inquietud la dificultad acaso invencible en adquirir certeza. Pues en la duda, la resolución debe ser favorable a la administración reiterada del Sacramento (Benedicto XIV: De Sínodo, lib. VIII, cap. VIII. San Alfonso de Ligorio, obra cit., núm. 715. Noldin, ob. cit., núm. 448. Genicot; Theologia moralis. vol. II, número 423).
91. El peligro de infección.
     Cuestión de índole higiénica, interesante para médicos y sacerdotes, es la referente al modo de ungir con el santo óleo en tiempo de peste o en enfermedad contagiosa. La ley eclesiástica admite que, en caso de necesidad, se haga la unción mediante algún instrumento; verbigracia: un pincelito metálico o de madera (Can. 947, 4). No se puede, pues, dudar de la licitud. Pero ¿es útil ese recurso? Dice el P. Ferreres:
     «Necesidad grave puede haberla en tiempo de peste o cuando el enfermo está atacado de alguna otra enfermedad contagiosa, en el cual tiempo puede emplearse, para las unciones, un pincelito, etc., el cual debe procurarse que cada vez sea nuevo, para no infectar el óleo; o, si es el mismo, debe ponerse en el extremo un poquito de algodón en rama, que se cambia en cada unción. El mismo vaso en que se lleva el santo óleo a tales enfermos debe ser diferente del destinado a otros enfermos no contagiosos, para evitar a éstos todo peligro de infección» (Ferreres: Derecho Sacramental y Penal, núm. 340, III:Theologia moralis. vol. II, núm. 836).
     Oigamos ahora a Capellmann. Dice del uso del pincelito o instrumento similar:
     «La precaución es inútil, por ser siempre levísimo el peligro de contagio, pues aun en las enfermedades que se transmiten por mero contacto, ya el mismo óleo es un impedimento. Lo que sí podría ocurrir es que tocando el óleo varias veces con el dedo, aquél se inficionase. Mas para evitar esto basta humedecer en el óleo un pequeño mechón de seda, de modo que sirva como de instrumento para practicar todas las unciones sin introducirlo de nuevo en el óleo. Así se evitará también toda causa de contagio. Además, en todas las partes que se han de olear puede escogerse algún punto que esté libre o casi libre de llagas, pústulas, etc. En muchas enfermedades el peligro de contagio no está en el inmediato contacto de los enfermos, sino en los objetos que le rodean y en el aire del aposento…, y en tal caso de nada servirá evitar el contacto. Otra razón que nos mueve a disuadir el uso del pincel es el escándalo. Los circunstantes se admirarán y escandalizarán de seguro, no sin motivo, al ver que el pastor de almas es tan miedoso y tímido, cuando con el mismo peligro el médico toca y coge al enfermo una y otra vez, sin ningún reparo» (Doctores Capellmann-Bergmann: Medicina pastoral, pág. 265).
     Dejando a un lado la cuestión del escándalo, que pertenece por entero al moralista, y pasando por alto la comparación establecida entre el sacerdote, que tiene a mano una precaución, y el médico, para quien el contacto del enfermo es elemento indispensable, por regla general, para un acertado diagnóstico, queda como punto discutible si el contacto del dedo del sacerdote, mojado en óleo, con el cuerpo afecto de enfermedad pestilente o contagiosa, constituye un peligro para el sacerdote administrante. Reconoce Capellmann que el peligro existe por parte del mismo óleo contenido en el vaso, si en cada una de las unciones se ha de tocar con el dedo que ya ha ungido partes afectadas. No nos atrevemos siquiera a insinuar una contradicción, pues si el óleo es susceptible de infección, ¿no podrá serlo en la mano del sacerdote? Pero lo que no admite duda es que la práctica recomendada por el P. Ferreres no ha entrado en la Teología moral sin previo dictamen de los peritos en la ciencia médica.
92. La muerte aparente.
     Finalmente, la intervención médica, auxiliar del ministerio sacerdotal, no termina en el momento en que se cree ordinariamente que la muerte se produce. La existencia, pues, de un período más o menos largo de vida latente entre el momento indicado y aquel en que en realidad la muerte, esto es, la separación del alma y del cuerpo, tiene lugar, está hoy generalmente admitida (P. Ferreres: La muerte real y la muerte aparente, núms. 62 y sigs. (edición de 1930). El ilustre médico Pablo Zacchías, que, como es sabido, escribió a principios del siglo XVII, en su obra Quaestiones medico-legales, lib. IV, tít. I, q. 11, núms. 30 y siguientes, dice: 1) Existen enfermedades y accidentes que determinan un estado en el que los afectados «pueden ser tenidos completamente como muertos»; y cuenta entre aquéllas la apoplejía, el síncope y laestrangulación de útero; a la primera asemeja la epilepsia, las asfixias por el agua, por ahorcamiento, por gas carbónico y otros vapores; las sofocaciones por embriaguez, por el rayo, por golpes en el cerebro, por caídas de alto, por aspiración de mercurio, arsénico y otros medicamentos, así como por peste. «Algunos de los que fueron afectados de alguno de esos modos y fueron sofocados, alguna vez, después de dos o tres días, volvieron a la vida» 2) No es posible que uno de esos así afectados, que están privados de sentido y movimiento, sin pulso y respiración, vivan realmente sin ésta, porque «la privación de respiración es la misma muerte»«Algunos —dice— … dijeron que en aquéllos existe solamente la transpiración La opinión suya la expresa así: «Con respecto a nosotros, y a lo que nos dicen los sentidos, puede vivir un hombre sin sentido, sin movimiento, aun sin pulso y respiración, de modo que apenas, y ni aun apenas, se le pueda distinguir de quien está realmente muerto.» 3) El tiempo que puede durar la vida en esos casos, a lo más, es de tres días, monos en el sincope, que no puede pasar de veinticuatro horas, en razón de la opresión grande a que el corazón es sometido).
     Diversos hechos comprobados han puesto de manifiesto esta verdad. La razón fisiológica los explica; pues, aunque cesen las grandes funciones esenciales al sostenimiento de la vida, o sea la respiración y la circulación de la sangre, pueden persistir de un modo latente e imperceptible las propiedades funcionales de los tejidos y de los elementos orgánicos (Doctor Laborde: Bulletin de la Académie de Médecine, pág. 64 (París. 1900), citado por Ferreres, ob. cit., núm. 65. Antonelu:Medicina pastoralis. vol. II. números 994 y sigs.).
     Ahora bien: en ese lapso de tiempo, el hombre puede tener las disposiciones necesarias para recibir el Sacramento de la Extremaunción (y el de la Penitencia, y en su caso el del Bautismo).¿Cómo negar y en qué se podría fundar la negación de posibilidad de que el hombre conciba dolor de sus pecados en ese estado, en el que las facultades del alma son capaces de función? De ahí que la ley eclesiástica (can. 941) diga así: «Cuando se duda si el enfermo ha llegado al uso de la razón, si está verdaderamente en peligro de muerte, o si ha muerto, este Sacramento adminístrese bajo condición». Así como el médico echa mano de todos los recursos de la ciencia y procura salvar al enfermo de la mejor manera posible, la Iglesia, con mayor motivo, usa de cualquier probabilidad, aunque tenue, en favor de sus hijos para la salvación de sus almas.
     Dedúcese de lo dicho una doble consecuencia para el médico: una, referente a la vida tal vez latente del presunto muerto; otra, acerca de la eficacia de su intervención en orden a los Sacramentos.
93. La vida latente y el médico.
     En cuanto a la vida latente, corresponde a su misión, en primer lugar, combatir aquellas prácticas que puedan precipitar su extinción. Las escenas de dolor que en torno al supuesto cadáver se suelen desarrollar, aumentan sin duda, en el caso de vida latente, con gravamen y peligro, el estado afectivo del sujeto. También es censurable el depositar apresuradamente el cadáver fuera de la cama, en sitio donde el enfriamiento pueda acelerar la muerte real.
     «No repruebo —dice Capellmann (Medicina pastoral, pág. -161. Traducción española, edición de 1913)— que se le cierren los ojos; pero si he de manifestar que es un absurdo, del cual pueden seguirse fatales consecuencias, el cerrar la boca de los que acaban de morir con un pañuelo atado fuertemente a la cabeza. Nunca debe olvidarse que puede ocurrir que la muerte sea aparente, y con semejante costumbre se impide la respiración del que acaso volvería a la vida.»
     Por la misma razón, dice que debe velarse el cadáver durante las primeras veinticuatro horas «hasta que se presenten las señales manifiestas de muerte.» Así debe ser, en efecto. Cuanto contribuya a prolongar el estado de vida latente, aumenta las débiles posibilidades de que esa vida se reactive y las probabilidades de que la gracia de Dios descienda sobre el alma mediante los auxilios espirituales. «En todas las defunciones —dice el doctor Thomasin (Citado por Antonelli, ob. cit., núm. 1.022)— es preciso considerar las primeras doce horas como una continuación de la enfermedad.»
    Aún más, como un capítulo de la Deontología médica, debe ser tenido el deber de «tratar al cadáver para volverlo a la vida, como a un viviente para devolverle la salud» (Doctor Laborde. citado por Ferreres. op. cit., núm. 150). Varios procedimientos se han inventado y ensayado a dicho noble fin. Ninguno de cuantos parecen fallecer de accidentes repentinos debería ser enterrado sin haber sido sometido a alguno o varios, cuantos se pueda, de los procedimientos aprobados por los doctos (tracciones rítmicas de la lengua, tracciones rítmicas de los brazos, respiración artificial, masaje del corazón, inyecciones de adrenalina, etc.). «Nuestra obligación —decía el doctor Blanc (citado por Ferreres)— es no desamparar al paciente al parecer exánime por muerte súbita, sino luchar,luchar a brazo partido y sin cansarnos por una y más horas contra este sopor que puede no ser de muerte.»
 
94. El médico y el sacerdote.
     No para aquí la relación entre el médico y el sacerdote. Puede informar sobre estos dos importantes puntos, que determinan la conducta del sacerdote: a) señales que haya podido descubrir de vida latente; b) pruebas de que la muerte es real (Antonelli, ob. cit., núms. 947 y sigs. Este autor aduce diversas pruebas de muerte aparente: a) La auscultación auricular, continuada y repetida durante unos cinco minutos, b) Fricciones sobre la piel con paños ásperos, que pueden producir enrojecimiento, señal de vida, c) Estímulos de la sensibilidad mediante objetos muy calientes sobre la piel (vaso de agua, gotas de cera liquida, una llama, un hierro candente), pues las ampollas que puedan producirse son indicio de circulación de la sangre. d) Ligadura de un dedo; el color violáceo antes de quitar aquélla y la linea blanquecina que quede después son indicio de lo mismo, e) Si puesto un vidrio frío o espejo ante la boca se empaña, aunque ligeramente, de un vapor sutil, indica muerte aparente. f) Excitantes, verbigracia, alcohol, amoniaco, vinagre, éter, etc., a las narices; tabaco, agua fría, para excitar los ojos o los oídos. Estas señales no requieren de conocimientos médicos. Son vulgares. De su conjunto puede resultar una prueba moral de la muerte efectiva. Otras pruebas exigen mayores conocimientos). En el primero de los casos, la administración la Extremaunción no debe ser condicionada a la vida: «Si vives», etc., porque se supone existente. En el segundo caso, no se debe administrar el Sacramento. Claro es que, siendo tan dudosas las señales de muerte real que los autores, después de someterlas a un examen minucioso, no encuentran otra indubitable más que la putrefacción, y con muchas probabilidades la rigidez cadavérica examinada atentamente por un médico experimentado —pues la rigidez antes de la muerte invade a los atacados de espasmoasfixia, tétanos, etc.— (Dr. Icard: La mort réele, pág. 25, citado por Ferreres, op. cit., núm. 95, Dr. Capellman, pág. 355. Ya en la antigüedad se había observado que las señales de muerte eran poco seguras. El gran médicolegalista Zacchías dice: «Puede causar admiración aquello que, según refiere Celso (lib. II, Cap. IV, de su Medicina), enseñó Demócrito; es, a saber, que ni siquiera son bastante ciertas las señales de la muerte que por tales habían tenido los médicos. Ahora bien: si las señales de la muerte del hombre son de suyo dudosas puede engañarnos algunas veces y hacernos creer vivo al que está muerto, y muerto al que aun vive… Por ello, los médicos, con Galeno, recurren a ciertas experiencias para conocer si el hombre en verdad está muerto o aun conserva una centella de vida.» Como señales inciertas propone, para conocer si existe respiración, el uso del espejo o de unos hilos finísimos de algodón ante la boca, y para averiguar la circulación de la sangre y el movimiento, el que se ponga un vaso de agua sobre el pecho del enfermo. Más segura señal de muerte es la aparición de la espuma en la boca y la palidez o el color verdoso en el rostro. Y más segura aún es la muerte si, empleados recursos para hacer estornudar al enfermo, no se ha conseguido, según Valles (Philo lib. III, cap. XII) y otros. La rigidez cadavérica no es del todo clara señal. Concede valor, en cambio, al hecho de que los ojos parezcan como empañados por un velo. Pero el signo infalible es la presencia de síntomas de putrefacción. Como se ve, no se ha adelantado mucho en el descubrimiento de señales de muerte real, las que el citado Zacchías anhelaba ya en su tiempo), resultará difícil para el mismo médico certificar con absoluta certeza de la muerte real hasta que los sintomas de la descomposición se presenten. En la duda, pues, no debe abstenerse el ministro de Dios de administrar condicionalmente el Sacramento de que tratamos.
     Las reglas generales a que el sacerdote debe atenerse son las siguientes: a) en las muertes producidas por accidentes repentinos (ahogados, ahorcados, heridos por rayo o descarga eléctrica; víctimas de ataques de apoplejía, epilepsia, histeria, hemorragia, intoxicación, cólera, peste, etc.), es probable que la vida latente dura hasta que se presenta la putrefacciónb) en los que mueren de enfermedad larga, dura, por lo menos, media hora; c) más que en éstos y menos que en los primeros, dura en aquellos que, sufriendo una enfermedad larga, les sobreviene un accidente repentino que les acelera la muerte más de lo que la naturaleza de la enfermedad pedía (Ferreres, op. cit. Antonelli, ob. cit. Noldin: De Sacramentis. Sinodales del Obispado de Sigüenza, const. 333). Pero muy oportunamente hace notar el P. Ferreres:
     «Que los períodos antes señalados valen para los casos en que un médico perito, observando y auscultando atentamente, da testimonio de haber cesado todas las manifestaciones vitales perceptibles; mas si, como suele suceder, el que da testimonio del fallecimiento es persona imperita, o no se han practicado las observaciones auscultativas, tracciones, etc., dichos periodos hay que extenderlos mucho más, porque la probabilidad de error, al juzgar tales fallecimientos, es muy grande.»
 
Dr. Luis Alonso Muñoyerro
MORAL MEDICA EN LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA

SERMÓN PARA LA DOMÍNICA DE RESURRECCIÓN. SAN BERNARDO

¡CRISTO HA RESUCITADO, ALELUIA!

SERMÓN PARA LA DOMÍNICA DE RESURRECCIÓN de SAN BERNARDO

¡Bienaventurada Pascua de Resurrección!

Ha vencido el león de Judá. La sabiduría es más fuerte que el mal. Alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna suavemente el universo. Actúa con energía en favor mío, y me trata siempre con blandura. Soportó en la cruz las injurias de los judíos, encadenó en su palacio al hombre fuerte y bien armado, y redujo a la impotencia al que imperaba sobre la muerte. Judío, ¿qué fue de tu arrogancia? Zabulón, ¿dónde tienes el botín? Muerte, ¿dónde está tu victoria? El impostor está avergonzado, y el saqueador desvalijado.

Apareció un nuevo poder. La muerte, siempre victoriosa, está pasmada. ¿Qué dices ahora, judío, tú que ayer levantabas airoso tu cabeza ante la cruz? ¿Por qué lanzas tus dardos a Cristo, que es la verdadera cabeza del hombre? Cristo, dices, Rey de Israel, baja de la cruz. Lengua envenenada, palabras infames, lenguaje perverso. ¿No decías hace un momento, Caifás, que antes que perezca la nación entera conviene que muera uno por el pueblo? Como proferías una verdad, no hablabas por ti mismo, ni sabías lo que decías. Si es el Rey de Israel, que baje de la cruz.

Así opinas tú y el eterno mentiroso. El rey nunca debe descender,sino ascender. ¿No recuerdas, vieja serpiente, la humillación que recibiste al decir: tírate abajo, o te daré todo eso si te postras y me rindes homenaje? ¿Cómo olvidas tú, judío, eso que tantas veces has oído, que el Señor reinó desde el madero, y te mofas de ese rey porque aguanta en el madero? Pero es posible que no lo hayas oído, porque este mensaje no es para los judíos, sino para los gentiles: Decid a los pueblos que el Señor triunfó desde un madero.

El gobernador pagano acertó al poner sobre el madero el título de rey; y el judío, aunque lo intentó, no pudo deformar la inscripción, ni impedir a pasión del Señor y nuestra redención. Si es rey de Israel que baje, gritan aquéllos. No, precisamente porque es rey de Israel, no abandona su título real ni olvida su cetro. Lleva al hombro el principado, cantó hace tiempo Isaías. Los judíos insisten a Pilato: no dejes escrito: el rey de los judíos; pon: éste dijo que era rey de los Judíos. Pero Pilato contesta: lo escrito, escrito queda. Si Pilato mantiene su palabra escrita, ¿no va a coronar Cristo lo que comenzó? lo decidió y nos salvará.

Ellos siguen diciendo: ha salvado a otros y él no se puede salvar. Pero si descendiera de la cruz no salvaría a nadie. Si el que quiere salvarse debe perseverar hasta el fin, con mayor motivo quien desea ser el Salvador. Por eso salva a los demás, porque él mismo es la salvación y no necesita salvarse a sí mismo. Está realizando nuestra salvación, y no quiere dejar incompleto el sacrificio vespertino de la víctima propiciatoria. Intuye tus pensamientos. No esperes que te brinde la menor ocasión de arrebatarnos la perseverancia y con ella la corona. No apagará la lengua que predica, ni la que consuela a los débiles, o dice al oído de cada uno: no te retires. Y no se atreverían apedir esto si pudiéramos responderles que Cristo abandonó su puesto.

El corazón del hombre se pervierte desde la juventud. Has fracasado ajustando saetas a la cuerda, y aumentando la ansiedad de los discípulos con los insultos de los judíos. Aquéllos pierden la esperanza, y éstos insultan alevosos, pero a Cristo no le afecta ni lo uno ni lo otro. Ya le llegará el momento de alentar a los suyos y humillar a los enemigos.

Mientras tanto derrocha paciencia, manifiesta humildad, practica la obediencia y llega a la cumbre del amor. Estas son las cuatro piedras preciosas que engalanan los cuatro extremos de la cruz: en o más alto el amor, la obediencia a la derecha, la paciencia a la izquierda, y en el suelo la humildad, fundamento de las virtudes. Mira las riquezas que aportó la pasión del Señor al triunfo de la cruz: humildad frente a las blasfemias de los judíos y paciencia en los tormentos; interiormente le torturaban las lenguas, y por fuera los clavos. Pero su amor era tan inmenso que dio la vida por sus amigos, y en un gesto sublime deobediencia, reclinan o la cabeza, entregó el espíritu, obedeciendo hasta la muerte.

Estas riquezas y esta gloria quería arrebatar a la Iglesia de Cristo el que gritaba: si es rey de Israel que baje de la cruz. Quería suprimir el modelo de obediencia, el estímulo del amor, y hasta el más mínimo ejemplo de paciencia y humildad. Y aquellas tiernas palabras del Evangelio, más dulces que el panal de miel: no hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Y aquellas otras que dirige al Padre: he llevado a cabo la obra que me encargaste. O las que confía a los discípulos: aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Cuando me levanten de la tierra atraeré a todos hacia mí.

La envenenada y astuta serpiente no soporta esa otra serpiente de bronce colocada sobre el estandarte, que cura las heridas de quienes la miran. Por eso instiga a la mujer de Pilato diga a su marido: deja en paz a ese inocente, que esta noche he sufrido mucho en sueños por causa suya. Ya tenía miedo entonces. Pero mucho más ahora. El enemigo se siente impotente ante el poderío de la cruz, y quiere volverse atrás cuando ya no hay remedio: a los que antes incitó a crucificar, ahora quiere le convenzan que baje de la cruz. Y dicen: si es rey de Israel, que baje de la cruz y le creeremos.

¿Es posible una astucia más serpentina y un artificio más perverso? El Salvador había dicho: sólo me han enviado para las ovejas descarriadas de Israel, y todos sabían con qué ardor se había entregado a salvar a su pueblo. Por eso ahora el malvado quiere enmascarar las lenguas blasfemas y que digan: que baje y le creeremos. Como queriendo decir: ya no existe ningún impedimento para que baje, porque lo único que desea es que creamos en Él.

Pero ¿qué atenta o contra quién trama asechanzas este astuto? Nada menos que contra aquel a quien no lo engañará el enemigo ni los malvados lo humillarán. Las vanas promesas no afectan al que ve el interior del hombre. Ni le intimidan las ruines blasfemias, al que es la mansedumbre por excelencia. Lo que pretende esta diabólica sugerencia no es que aquéllos lleguen a creer, sino que desaparezca por completo nuestra fe pobre y vacilante. Porque si se nos dice que las obras de Dios son perfectas, ¿cómo íbamos a creer en Dios, al ver que dejaba incompleta nuestra salvación?

Escuchemos, en cambio, qué responde Cristo, usando las palabras del Profeta. Judío, ¿quieres una señal? Pues espérame el día de mi resurrección. Si quieres creer ya tienes pruebas mucho mayores que ésta. He realizado prodigios, he curado a los enfermos ayer y anteayer. Hoy debo morir. ¿No es mucho más asombroso hacer salir de los posesos a los espíritus inmundos, como tú mismo lo has visto, o que los paralíticos corran con sus camillas al hombro, que quitarme estos clavos que tú has puesto en mis pies y manos? Ha llegado el momento de sufrir, no de hacer. Y así como no habéis podido adelantar la hora de la pasión, tampoco podréis impedirla.

Mas si esta gente idólatra y perversa sigue pidiendo señales, no se les dará otra que la del profeta Jonás no del Jonás que desciende, sino del que resurge. Si el judío no a acepta, recíbala lleno de gozo el cristiano. Sí, ha vencido el león de Judá. A la voz del Padre despertó el cachorro. Rasgó las entrañas del sepulcro, el que no quiso bajar de la cruz. Nuestros enemigos Juzgarán si esto es lo más extraordinario: ellos que habían sellado la losa, y asegurado con guardias la vigilancia del sepulcro.

Esa gran losa que tanto preocupaba a las piadosas mujeres, al resucitar el Señor la corrió un ángel y se sentó encima. De este modo el cuerpo salió lleno de vida de un sepulcro bien cerrado, como había nacido del seno intacto de una Virgen, y se presentó donde estaban reunidos los discípulos con las puertas atrancadas. En cambio, hay un lugar de donde no quiso salir con las puertas cerradas: la cárcel del infierno. Rompió los cerrojos de hierro y arrancó las aldabas, para sacar tranquilamente a los suyos, a los que había rescatado del enemigo. Y con las puertas de par en par salieron los radiantes escuadrones que lavaron y blanquearon sus vestiduras con la sangre del Cordero. Sí, las blanquearon con la sangre, porque juntamente con ella, como atestigua el que lo vio, también brotó agua que emblanquece. También podemos decir que las blanquearon en la sangre, en esa sangre y leche a la vez del Cordero blanco y sonrosado del Cantar: Mi amado es blanco y sonrosado, descuella entre diez mil. Por eso el testigo de la resurrección tiene aspecto de relámpago y viste todo de blanco.

Para rechazar las falacias de los judíos le bastó salir de una tumba cerrada. Ese mismo a quien poco antes insultaban: si es rey de Israel, que baje de cruz. Habían puesto más empeño en sellar y asegurar el sepulcro, que en sujetar los clavos. Si el león de judá ha vencido en todos estos acontecimientos, y ha hecho mucho más de lo que le pedían, ¿a qué podremos comparar el milagro de la resurrección?

Se nos dice que antes habían ocurrido otras resurrecciones, o retornos a la vida. Eran preludio de ésta, la cual las aventaja por doble motivo. Aquéllos resucitaban pero volverían a morir. Cristo, en cambio, resucitado de la muerte no muere ya más, la muerte no tiene dominio sobre él. Aquéllos al volver a morir necesitaban resucitar de nuevo. En el caso de Cristo su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios, eternamente. Con razón decimos que Cristo es la primicia de los resucitados: resucitó de tal modo que no vuelve a morir es inmortal.

Existe otro motivo que hace especialmente gloriosa su resurrección. ¿Hubo jamás alguien que se resucitara a sí mismo? Es inefable que un muerto se despierte a sí mismo. Es algo único, y nadie más lo puede hacer. El profeta Eliseo resucitó a un difunto, pero era otra persona distinta de él mismo. Y hace ya muchos siglos que yace en elsepulcro, esperando que le resucite otro, porque él no puede hacerlo por sí mismo.

Ese otro es el que triunfó de la muerte en sí mismo. Por eso decimosque algunos han sido resucitados, y que Cristo ha resucitado: es el único que salió triunfante del sepulcro por su propio poder. Así, a vencido el león de Judá. ¿Cuál no será su poder, o qué no podrá hacer ahora el que está vivo y dice a su Padre: he resucitado y estoy contigo, si fue tan poderoso cuando lo tenían como un muerto más, aunque un muerto muy libre?

No quiso demorar más de tres días la resurrección para confirmar el oráculo del Profeta: en dos días nos hará revivir, y al tercer día nos resucitará. Conviene además que donde está la cabeza le acompañen los miembros. Era el día sexto de la semana cuando redimió al hombre muriendo en la cruz, el mismo día sexto en que lo había creado. Al día siguiente descansó en el sepulcro, con toda su obra terminada. Y al tercero, que ahora es el primero, apareció el hombre nuevo, vencedor de la muerte y primicia de los que duermen.

Nosotros, pues, que seguimos a nuestra cabeza, vivamos entregados a la penitencia en ese día en que fuimos creados y redimidos. Carguemos con la cruz y perseveremos en ella como él perseveró, hasta que el Espíritu nos mande descansar de nuestros trabajos. No prestemos oído a nadie que nos invite a bajar de la cruz, aunque sea de nuestra propia carne y sangre, o un espíritu. Perseveremos en la cruz y muramos en ella. Que nos descuelguen las manos de otros, no nuestra inconstancia. A nuestra cabeza lo descolgaron unos santos varones. Que envíe él ahora a sus ángeles y nos bajen a nosotros.

Mientras tanto vivamos con valentía el día de la cruz, descansemos en paz otro día en el sepulcro, aguardando dicha que esperamos, la venida de nuestro Dios, que nos resucitará a los tres días, transformando nuestro ser con su resplandor. Porque los difuntos de cuatro días, como Lázaro, huelen mal; recordemos la Escritura: Señor, ya huele mal, lleva cuatro días.

Los hijos de Adán han añadido un cuarto día, que no procede del Señor. Por eso se corrompen cometiendo execraciones, y se revuelcan en sus heces como los animales. El plan divino es de tres días: dolor, descanso y gloria. Los humanos aceptan esto, pero anteponen su día; y de ese modo retrasan la penitencia para entregarse al placer. Ese día no lo ha hecho el Señor. Tienen ya cuatro días y huelen mal.

El Santo que nació de María no hizo tal cosa: resucitó al tercer día y no conoció la corrupción. Por eso ha vencido el león de Judá. Murió como un cordero y venció como un león. Ruge el león, ¿quién no temerá? El león, el más valiente de los animales, el que no retrocede ante nadie. El león de judá. Tiemblen quienes lo rechazaron diciendo: no tenemos más rey que al César. Teman quienes decían: no queremos a éste por rey. Ha vuelto con el título real y hará morir de mala muerte a estos malvados.

Y sabemos que ha vuelto con el titulo real porque nos dice: se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra. Y su Padre añade en el salmo: pídemelo, te daré en herencia las naciones; en posesión los confines de la tierra; los gobernarás con cetro de hierro, los quebrarás como jarro de loza. El león es fuerte, no cruel; su indignación es terrible. La ira de la paloma es insoportable. Pero este León rugirá enfavor de los suyos, no en contra de ellos. Teman los extraños y salte de gozo Judá.

Regocíjense quienes le alaban y proclamen: Dios mío, ¿quién como tú? Tú eres el león de Judá y la raíz de David. David significa envidiable o de mano fuerte. El mismo dice: no se te ocultan mis deseos. Y en otro lugar: por ti conservo mi fuerza. Ha dicho Raíz de David. No es David raíz de él, sino él la raíz de David. Porque él es quien lo sostiene y no al revés. Tienes razón, David, en llamar señor tuyo a tu hijo, porque no eres tú quien sostiene a la raíz, sino que es la raíz la que te sostiene a ti. El es la raíz de tu fuerza y de tu deseo, una raíz envidiable y vigorosa. Ha vencido el león de Judá, la raíz de David él abrirá el rollo y sus siete sellos. Son palabras del Apocalipsis. Apréndanlo quienes lo ignoran, y recuérdenlo quienes lo sabían.

Escuchemos nuevamente a Juan: En la diestra del que está sentado en el trono vi un rollo sellado con siete sellos, y nadie podía abrirlo ni examinarlo. Y continúa: lloraba yo mucho porque no había nadie que fuera capaz de abrir el rollo. Entonces uno de los ancianos me dijo: no llores, ha vencido el león de la tribu de Judá, etc. Entonces vi entre el trono un cordero: estaba de pie, aunque parecía degollado. Se acercóy recibió el rollo de la diestra del que está sentado en el trono; lo abrió y hubo gozo y alegría, con acción de gracias.

Juan oyó al león, y vio el cordero. Y los ancianos aclaman: El Cordero que está degollado merece todo poderío. Sin perder la mansedumbre recibe la fortaleza: sigue siendo cordero y se convierteen león. Y me atrevo incluso a decir que él mismo es el libro que nadie podía abrir. ¿Hay alguien capaz de abrir este libro? El mismo Juan Bautista, el más grande nacido de mujer, se considera indigno. No merezco ni desatarle la correa de las sandalias. Efectivamente: la majestad vino a nosotros con unas sandalias, la divinidad se hizo carne. Teníamos la Sabiduría de Dios, pero en un rollo cerrado y sellado. Allí lo atan las correas de las sandalias, aquí lo ocultan los sellos del rollo.

¿Y cuáles son esos siete sellos? ¿No podíamos pensar en las tres facultades del alma: inteligencia, memoria y voluntad, y en los cuatro elementos del cuerpo? De este modo el Salvador participa realmentede nuestra naturaleza humana. ¿O tal vez el libro es su naturaleza humana, y debemos buscar los siete sellos?

Yo pienso en siete cosas que ocultaban por completo la presencia de la divinidad en su carne, y hacían imposible abrir el rollo y conocer la sabiduría allí encerrada. Y se me ocurre que son éstas: el matrimonio de la Madre, por el cual queda oculto el parto virginal y la concepción inmaculada, hasta el punto de que el creador del hombre pasara como hijo de un carpintero. La debilidad natural, que ora y suspira, mama y duerme, y acepta todas las demás necesidades, para encubrir de ese modo la fuerza de la divinidad. El hecho de someterse al rito de la circuncisión, como remedio del pecado y medicina contra la enfermedad; siendo así que él venía a suprimir toda dolencia y pecado. Huye también a Egipto por temor a Herodes, para que no fuera reconocido como Hijo de Dios y rey del cielo.

¿Y qué nos dicen las tentaciones en el desierto, en el alero y en el monte? Si eres Hijo de Dios, le dice, di que las piedras se conviertanen panes. O: tírate abajo. Pero Cristo no hace nada de eso, porque quiere dejar bien sellado el sello, y engañar al astuto. Y tanto se engañó que lo toma por un simple hombre bueno; de aquí que, lleva su soberbia, ya no le dijo si eres Hijo de Dios, sino te daré todo esto si te postras y me rindes homenaje. El sexto sello es la cruz, donde el rey de la majestad estuvo colgado entre dos malhechores y lo tuvieron por un criminal.

El sepulcro también selló este rollo, y ningún otro sello ató. Y ocultó tanto este asombroso misterio de amor. Con el Señor en el sepulcro únicamente había lugar para desesperarse. Por eso los discípulos decían: nosotros esperábamos. ¿Quién no iba a llorar entonces al ver el rollo tan fuertemente cerrado y nadie capaz de abrirlo?

Pero no llores, Juan; ni tú, María. Olvidad el llanto y la tristeza. Alegraos justos con el Señor; aclamadlo, los hombres sinceros. Lo merece el Cordero degollado, el León resucitado. El es el Libro que se abrirá a sí mismo. Y lo hará resucitándose a sí mismo de los muertos, resucitando por su propio poder, y siendo testigos de ello, a los tres días, sus propios enemigos. Una resurrección tan sublime y gloriosa manifiesta con evidencia que los sellos y velos eran voluntarios, no necesarios; que no procedían de su naturaleza, sino de su benevolencia.

¿Por qué sellabas, ¡oh judío!, hace unos días el sepulcro? Porque aquel seductor, estando en vida, anunció: a los tres días resucitaré. Cierto, era un seductor, pero bueno, no malvado. Lo dice el Profeta por vosotros: me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste, me violaste. Judíos: os sedujo en la pasión; y en la resurrección os forzó y os derrotó el león victorioso de Judá. Si lo hubieran descubierto no habrían crucificado al Señor glorioso. ¿Qué piensas hacer ahora? Lo anunció, y ha resucitado.

Examina atentamente los sellos del sepulcro: está de par en par. Tienes ante tus ojos el signo de Jonás, que él mismo te dio. Jonás salió del vientre del monstruo. Cristo surge de las entrañas de la tierra.Y convence mucho más que Jonás, porque se arrancó él mismo de las garras de la muerte. Los habitantes de Nínive se alzarán para carearse contra vosotros, y os condenarán: porque ellos escucharon al profeta, y vosotros habéis rechazado al Señor de los profetas.

¿No decíais: que baje de la cruz y creeremos en él? Intentabais romper el sello de la cruz y prometíais creer en él. Ya lo tenéis abierto, no roto: entrad. Si no creéis en el que ha resucitado, menos aún si hubiera bajado de la cruz. Si la cruz de Cristo os escandaliza -porque el mensaje de la cruz es un escándalo para los judíos- animaos al menos con el prodigio de la resurrección. Para nosotros la cruz es un orgullo. Para los que hemos recibido la salvación es un portento de Dios, y la plenitud de todas las virtudes. Compartid, al menos, la resurrección.

Pero resulta que aquí reside vuestro mayor escándalo, y lo que para nosotros es un olor que da vida y sólo vida, para vosotros es un olor que da muerte y sólo muerte. Inútil continuar. El hermano mayor no soporta la música y el baile, y se indigna por el ternero cebado matado en nuestro honor. Está a la puerta y se niega a entrar. Entremos nosotros, hermanos, y celebremos la fiesta, con los panes sin levadura, que son el candor y la autenticidad, porque Cristo, nuestro Cordero pascual, ya fue inmolado. Y practiquemos las virtudes que nos predica desde la cruz: la humildad y paciencia, la obediencia y el amor.

Consideremos, además, con atención, el mensaje de esta solemne festividad. Resurrección significa paso, transición. Cristo hoy no vuelve, sino que resucita; no retorna, sino que cambia de vida; ya no habita aquí, sino en otra patria. La misma Pascua que celebramos no significa retorno, sino paso. Y el nombre de Galilea, donde veremos al resucitado, quiere decir cambiar de país, y no permanecer en el mismo.

Ya veo que algunos se adelantan a mi discurso, e intuyen mis intenciones. Lo diré en dos palabras, pues no quiero hacerme pesado y quitaros la devoción que os inspira esta solemnidad. Si después de morir en la cruz, Cristo no hubiera resucitado y siguiera sometido nuevamente a nuestra existencia mortal y a las miserias de este mundo, para mí no habría cambiado de vida, sino retornado; no habría pasado a otra más perfecta, sino a la misma de antes. Pero si pasó realmente a una vida nueva nos invita también a nosotros a cambiar, nos espera en Galilea. Su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre, porque su vivir no es un vivir para la carne, sino para Dios.

¿Qué diremos a todo esto nosotros, que vaciamos del sentido de Pascua la sagrada Resurrección del Señor, porque no hacemos de ella un paso, sino un retorno? Estos días hemos llorado, y nos hemos entregado a la oración y a la compunción, a la sobriedad y abstinencia, para quedar libres y absueltos en este santo tiempo de cuaresma de las negligencias de todo el año. Hemos compartido los sufrimientos de Cristo, y nos hemos vinculado de nuevo a él por el bautismo de las lágrimas, de la penitencia y de la confesión.

Si hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a vivir todavía sujetos a él? Si hemos sentido dolor de nuestros defectos, ¿vamos a reincidir enellos? ¿Seremos tan curiosos como antes? ¿Tan charlatanes, perezosos y negligentes? ¿Tan vanidosos, sospechosos, detractores e iracundos? ¿Tornaremos a los mismos vicios que tan sinceramente hemos llorado estos días? Ya me quité la túnica, ¿cómo voy a ponérmela de nuevo? Ya me lavé los pies, ¿cómo voy a mancharlos otra vez? Hermanos, eso no es cambiar de viva. Así no veremos a Cristo, ni es ése el camino que nos lleva a la salvación de Dios. Porque como sabemos todos, quien sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios.

Los amantes del mundo y enemigos de la cruz de Cristo llevan en balde el nombre de cristianos: suspiran toda la cuaresma por el día de Pascua, para entregarse desenfrenados al placer. De este modo una triste realidad anula el gozo pascual. Nos duele la injuria que se hacea esta solemnidad, porque se hace precisamente en ella. ¡Qué pena! La resurrección del Salvador se ha convertido en el tiempo propicio de pecar, en la cita para volver a caer. Vuelven las comilonas y borracheras, la obscenidad y el libertinaje; y se da vía libre a la concupiscencia. Como si Cristo hubiera resucitado para esto, y no para rehabilitarnos.

¿Así honráis, miserables, al Cristo que aceptasteis? Antes de llegar le preparasteis hospedaje, confesando con lágrimas los pecados, mortificando el cuerpo y dando limosnas. Y ahora que ya lo tenéis convosotros entregáis a los enemigos, y le obligáis a que se marche, porque tornáis a vuestros antiguos desenfrenos. ¿Pueden mezclarsela luz y las tinieblas? ¿Tiene algo que ver Cristo con la soberbia, la avaricia, la ambición, el odio entre hermanos, la lujuria o la fornicación? ¿Merece menos el que está presente que quien va a venir? ¿Pide menos santidad vivir el espíritu de Pascua que el de Pasión? A vosotros os importa lo mismo una cosa que otra. Porque si hubierais compartido sus sufrimientos, compartiríais ahora su gloria; y si hubierais muerto con él, estaríais también resucitados.

Esta lamentable situación que impide la renovación espiritual, se debe a las costumbres seculares a la desidia. Como dice el Apóstol,ésta es la razón de que haya entre vosotros muchos enfermos y achacosos y de que hayan muerto tantos. Esta es la causa de tantas muertes como suceden por todas partes en nuestros días. Ya veis, transgresores, cómo os domina la ansiedad, no por ser transgresores, sino por aferraros a vuestro pecado y amontonar delitos. No osarrepentís, o lo hacéis con indolencia; ni evitáis los peligros de pecar, a pesar de que los conocéis por experiencia.

Como dice la Escritura: el enemigo os ha agarrotado los nervios secretos de los testículos. Mientras os comportéis así con los misterios de Cristo, no sois de Cristo, ni tendréis vida. Escuchad: si no coméis la carne y no bebéis la sangre del Hijo del hombre, no tendréis vida en vosotros. Si lo recibís indignamente, os tratáis vuestra condenación, porque no discernís el don sagrado el Señor. Rebeldes, entra dentro de vosotros, y buscad al Señor con todo vuestro ser. Odiad el mal y arrepentíos, no sólo de palabra y con la lengua, sino con espíritu y verdad.

Pero a estos hombres no les pesa haber caído: siguen en el resbaladero; ni creen estar equivocados: no se dejan guiar por nadie. Ojalá dieran muestras de auténtica compunción, huyendo de las ocasiones y alejándose del peligro. En caso contrario temed la condena de ese día, que está establecido para que muchos caigan ose levanten. Si vivís totalmente ajenos a Cristo y desligados de él, si sois camaradas de Judas, en quien entró Satanás al comer el trozo de pan, estad ciertos que os condenará.

Pero nosotros no somos quién para juzgar a los de fuera. Lo hacemos únicamente porque también nosotros estuvimos en aquel fango, del cual fuimos arrancados por pura misericordia, y nos duele ver a estos hermanos nuestros todavía sumergidos en él. Dios quiera que nosotros estemos ya totalmente santificados y libres de esa miserable y sacrílega costumbre. Y que nuestra vida espiritual no decaiga ni se debilite al llegar el tiempo de la resurrección, sino que nos esforcemos en mejorar y superarnos. El que después de los rigores de la penitencia no vuelve a los consuelos humanos, sino que vive confiado en la misericordia divina y respira el fervor y gozo del Espíritu Santo; el que ya no se angustia con el recuerdo de los pecados pasados, sino que se deleita y se inflama con el recuerdo y deseo de los premios eternos, ése es el que resucita con Cristo, el que celebra la Pascua, el que corre a Galilea.

Vosotros, hermanos, si habéis resucitado con Cristo, buscad lo de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; estad centrados arriba, no en la tierra, para que así como Cristo fuere resucitado de la muerte por el poder del Padre, así también vosotros empecéis una vida nueva. Cambiad las alegrías y consuelos humanos por la compunción y tristeza que Dios quiere, para gozar de la devoción santa y espiritual. Nos la concederá aquel que pasó de este mundo al Padre, y nos llama a Galilea para manifestarse a nosotros.

El es Dios por los siglos.

Tomado de Católicos Alerta

EL MISTERIO TRINITARIO

     La espiritualidad de nuestra coyuntura histórica presenta —a Dios gracias— un carácter descolladamente teológico.
     Contra lo rutinario, lo superficial y lo sentimental, en la vivencia de la piedad, se desea y se busca una vida interior que estribe en el dogma y a él regrese por los caminos del amor.
     Así se explica el gusto, cada vez más difundido, por los estudios y las lecturas de ascética y mística, la preferencia que las almas selectas otorgan a los libros más densos de doctrina y el ansia con que se busca en sus fuentes primeras el pensamiento de los Padres de la Iglesia y de los más altos maestros de la teología.
     «Porque ésta —nos recuerda el Padre Olazarán, S. J.— es un conjunto de tratados eslabonados entre sí y repletos de profundas verdades, capaces de convertirse en alma de una espiritualidad viviente».
     Guiada por el Espíritu, la Iglesia no sabe de modas. Si durante épocas predomina el influjo espiritual de determinados dogmas o la piedad de los fieles transita de preferencia por determinados caminos, ello se debe al soplo del Espíritu, que es el Director espiritual de la Iglesia y la va socorriendo, iluminando e impeliendo según designios superiores.
     Hoy, la piedad teológica va a nutrirse con el meollo de la espiritualidad cristiana: la Santísima Trinidad, el Misterio de Cristo, María, la Iglesia, la gracia, los sacramentos…
     Entre almas cultivadas hay propensión a vivir intensamente del jugo de tales misterios. Se nutren —diría San Jerónimo— con tuétano de león. Y es un consuelo ver la piedad tan bien apuntalada y dirigida.
     «Núcleo de la vida cristiana —escribe el Padre Olazarán— es el Misterio Trinitario. Todo se hace por y para el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Particularmente el justo ha recibido en sí el misterio de la gracia, semilla divina y participación de la vida trinitaria. Por la gracia santificante se siente hijo adoptivo de Dios y templo de la Santísima Trinidad, que en él mora atraída por el vínculo de la caridad; y por las gracias transeúntes sabe que es sujeto constantemente movido desde lo alto en virtud de las ilustraciones e inspiraciones del Espíritu Santo, que reclama amorosamente fidelidad y docilidad a su dirección. Así también, esta cooperación a las llamadas del Señor en materias difíciles de ascética o de moral, o en el monótono ejercicio del deber cotidiano, pierde mucho de su natural rudeza, por considerarlo no tanto como trabajo penoso y prolongado sino como ímpetu de un corazón de hijo que sólo aspira a servir filialmente a su Padre, dador de tan preciosos dones».
     El misterio fundamental del cristiano es el misterio de la Augusta Trinidad.
     Después de habernos hablado Dios muchas veces y de muchos modos por el ministerio de los profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo, el Verbo, figura de su substancia y esplendor de su gloria (Hebr. I, 3), venido a la tierra para predicar a los hombres el reino de Dios y manifestarles el secreto de la vida trinitaria.
     Los profetas que precedieron a Cristo insistieron, según su gracia y su misión, en ciertos atributos de Dios. Isaías pregonó su grandeza y majestad, Jeremías su justicia, Oseas su amor misericordioso. Moisés se elevó a la verdad sublime que más se aproxima al misterio del Ser inefable: Yo soy el que soy.
     Pero vino el Hijo de Dios y nos habló del Padre, y del Hijo, igual al Padre, con el que es una misma cosa, y de Dios Espíritu Santo, procedente del Padre y del Hijo.
     El Evangelio inaugura una era nueva, esencialmente trinitaria, un pueblo, un culto, un sacerdocio, una realidad nueva que con San Ambrosio podría llamarse «el reino de la Trinidad»regnum Trinitatis.
     La enseñanza de los apóstoles, prolongación de las palabras de Cristo, se sitúa bajo las luces de este dogma fundamental.
     San Pedro, en su carta primera, empieza esclareciendo el sentido profundamente trinitario de toda la economía de la salvación. Los cristianos, dice, han sido elegidos según la presciencia de Dios Padre, santificados por el Espíritu para obedecer a Jesucristo que los ha purificado con su sangre.
     En las cartas de San Pablo abundan y destellan gloriosamente los textos y pasajes reveladores del sentido trinitario de toda su portentosa construcción doctrinal.
     Pero ninguno de los evangelistas nos ha hablado como San Juan del misterio de la Trinidad, ya sea al transmitirnos las confidencias de su Maestro, ya al exponernos su propia concepción religiosa o ya, finalmente, al revelarnos la filiación eterna de Jesús, que ilumina el sentido de nuestra propia filiación divina.
     Es San Juan quien ha conservado aquellas palabras sencillas y sublimes con que Jesús reduce nuestra vida espiritual a la permanente intimidad con Dios. «Si alguno me ama, guardará mis palabras y mi Padre le amará y vendremos a El y en El fijaremos nuestra mansión.» Esta inhabitación de la Trinidad en el alma constituye la esencia de la vida interior.
     El misterio de la Trinidad subyace en el fondo de toda la poderosa y armoniosa construcción doctrinal de los Padres y Doctores de la Iglesia.
     Así lo documenta el P. Philipon, O. P., en reciente disertación publicada en Revue Thomiste, y que en parte resumimos para beneficio de nuestros lectores.
     San Gregorio Nacianceno fue un doctor excepcionalmente trinitario. En sus escritos y discursos todo proclama la Trinidad. Su alma vivía este misterio con profundidad y lo comunicaba con amor inflamado. Algún día, ansioso de soledad contemplativa, se despidió de su pueblo, exhortándolo a permanecer firme en la fe. Entonces, del medio de la muchedumbre rompió un grito: «¡Padre, si tú nos dejas, te llevas contigo a la Trinidad.» Y San Gregorio, conmovido, difirió su viaje al desierto.
     El fue defensor, predicador y poeta de la Beatísima Trinidad. El fue el que la llamó «la primera Virgen». Y en uno de sus poemas nos muestra cómo la Sabiduría Eterna viene a encarnarse en medio de los hombres para decirles: «Dirigios todos hacia la Trinidad».
     San Agustín, siempre genial, tiene ráfagas de cielo sobre este misterio, del cual compuso un tratado que empezó en la juventud y terminó en la ancianidad. Fue el misterio que dominó toda su asombrosa vida intelectual. «Nada tan difícil y expuesto como hablar de Ella —decía—, pero también nada tan fructuoso. Ella es el bien supremo que se ofrece a las mentes más depuradas. Ella es el fin de todos nuestros actos, nuestro reposo sempiterno, el gozo que nunca nos será quitado».
     En cuanto a Santo Tomás de Aquino, baste con saber que en el mundo armonioso de su doctrina, como en el Evangelio, la Trinidad es la lumbre suprema que lo explica y lo envuelve todo en claridad.
     ¿Qué decir de los místicos? El P. Guibert, en su libro sobre La Espiritualidad de la Compañía, hace notar que en las cincuenta páginas de la edición de Monumenta, dedicadas a reseñar las gracias recibidas por el santo, hay ciento setenta pasajes que se refieren a la Trinidad. El sentido trinitario domina la mística ignaciana animando su poderoso cristo-centrismo.
     Igual primacía goza en la mística carmelitana.
     Toda la espiritualidad de Santa Teresa converge hacia la séptima morada del castillo interior, en donde se consuma el matrimonio espiritual, la unión del alma con Dios. Metida en aquella morada recibe el alma una noticia admirable de este misterio. «Aquí se le comunican todas tres Personas, y la hablan y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos…»
     La doctrina mística de San Juan de la Cruz se va tornando cada vez más trinitaria a medida que el Santo Doctor se eleva hacia las más sublimes descripciones de la unión transformante.
     Santa Teresa del Niño Jesús recibió la gracia central de su vida el 9 de junio de 1895, según lo atestigua su acto de ofrenda al Amor Misericordioso, síntesis viva de su doctrina, dirigido a la Trinidad Bienaventurada.
     Finalmente, en cuanto a Sor Isabel de la Trinidad, cuantos han saboreado la delicia de su biografía y de sus escritos saben muy bien que su gracia peculiar fue el vivir con plenitud este misterio de inhabitación de la Trinidad, hasta el punto de ser el modelo incomparable de las almas que quieren también vivir en el centro de su alma, en silencio de amor, su vocación de alabanza de gloria a la Trinidad. Pero según el citado P. Philipon, el argumento mayor, el decisivo, es el de la vida cotidiana de la Iglesia, que atestigua de modo sencillo, insistente y grandioso, el carácter primordial de este misterio y su influencia continuada sobre todas las formas de su actividad espiritual: magisterio, sacerdocio, realeza.
     Su credo es fundamentalmente una profesión de fe trinitaria, y tanto la definición de los dogmas como la canonización de los santos se hacen siempre en el nombre y a la gloria de la Trinidad Santa.
     Toda la economía de los sacramentos se administra en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
     La Liturgia entera glorifica a la Trinidad con sus himnos y doxologías y en el mismo sacrificio eucarístico el sacerdote dice: Suscipe, Santa Trinitas, hanc oblationem
     Toda la actividad misionera que hoy la Iglesia despliega con universal e inspirada estrategia, tiende a congregar en la unidad a todos los hijos de Dios que andan dispersos. En definitiva, Dios creó el universo, los ángeles y los hombres y envió a su propio Hijo a fin de conducir a los elegidos a la visión de la Augusta Trinidad. La glorificación de la Trinidad es la obra esencial de la Iglesia de Cristo.
     Ya que Dios me entregó su revelación y me descubrió la misteriosa e inefable habitación de Dios en lo más hondo del alma, será toda mi permanente preocupación proceder como santo, en la seguridad y en el gozo de su amorosa presencia.
     Dichosa el alma que logre, como Sor Isabel de la Trinidad, olvidarse enteramente de sí para fijarse en la Trinidad, inmóvil y serena, cual si ya estuviese en la eternidad. Dichosa quien persevere ante la Trinidad, que dentro mora, con la fe enteramente despierta, en absoluta adoración y entregada por completo a la acción santificadora de la Santísima Trinidad.
R.P. Carlos E. Mesa, C.M.F.

LA NECESIDAD DE LA JURISDICCIÓN Y DEL ORDEN

  Por Dr. Homero Johas     

          1.- La Iglesia Católica no se rige por las opiniones de sus enemigos; por juicios humanos no subordinados al Derecho divino. 

“Dejemos que los muertos entierren a sus muertos”.

2.- «Fuera de la Iglesia no existe salvación”.

Así la Iglesia es el único medio necesario de salvación, como el Arca de Noé, única.

3.- Para la existencia de la Iglesia es necesario su gobernante: pues “Donde no existe gobernante el pueblo se dispersa” (Prov. XI, 4).

Luego, la elección de una Cabeza visible en la Iglesia es de necesidad absoluta.

4.- Siendo la Cabeza visible de la Iglesia el Sumo Pontífice, el Obispo de Roma, tiene él necesidad absoluta del Sacramento del Orden. De ahi la necesidad doble, del poder: de Jurisdicción y de Orden, en nivel supremo.

5.- El Sacerdocio es necesario, por norma divina, para el Sacrificio perene, para el perdón de los pecados; para el Bautismo; para la predicación de la feverdadera; para tener la entrada al reino de los cielos, cuyas llaves fueron dadas, primero, sólo a Pedro.

6.- Siendo de necesidad absoluta la existencia de pastores fieles para regir el rebaño de Cristo, y habiendo personas idóneas capaces del ejercicio de esteministerio, tales personas hasta podrían ser coaccionadas a aceptar este encargo, sean ellas célibes o casadas, pues las leyes humanas tienen excepciones en caso de necesidad.

  1. – Así la Iglesia no está“sin solución”;no retira el “deber de obrar”; no espera la solución sólo de Dios, sin cumplir los deberes imperados por Dios y por la Iglesia. El Quietismo pasivo es negación dolosa de cumplimiento de los deberes imperados por Dios y por la Iglesia.

ASPECTOS DE LA SECTA DE LOS ACÉFALOS

  1. NECESIDAD ABSOLUTA DE LA CABEZA VISIBLE

La Cabeza visible de la Iglesia es de necesidad de medio, sine qua non, para la existencia de la Iglesia. Porque: “Ubi non est gubernatur, populus corruet” (Prov. XI, 4). Sin la Cabeza visible la Iglesia visible desaparece; la Iglesia perpetúa ya no será perpetua.

Ella no puede ser “no visible”, “non tenens caput” (Col. II, 18-19). Así la secta de los acéfalos son destructores de la Iglesia. El Sacramento del Orden es de necesidad absoluta para el orden social de la Iglesia. Así como el Bautismo es de necesidad absoluta para a salvación individual; así también el Orden y la elección papal es para la existencia de la Iglesia, medio único de salvación social para toda la humanidad, en el orden público, visible (Rom X, 10). El Sucesor de Pedro es el Sumo Pontífice, el Obispo de Roma.

  1. LA UNIDAD EN LA HEREJÍA

El V Concilio enseña que la Iglesia condenando una doctrina falsa, condena universalmente y simultáneamente a todos los que tuvieron, tienen, o tengan idéntica doctrina falsa, en el pasado, en el presente o en lo futuro (Sentencia de los 3 Capítulos). Paulo IV reitera esto en la Bula “Cum ex Apostolatus”.

3.- NEGACIÓN DE LA FE UNIVERSAL

Escribió Santo Tomás de Aquino:

“Quien viola la ley divina, para impedir el fin que el Legislador tuvo en mente, peca mortalmente” (S.T. 1-2,96, 6).

Por otro lado la ley divina, universal y abstracta, no sería verdadera si el juicio racional verdadero no correspondiese a la realidad en el orden exterior, real, concreto.

Si lo que es posible en el orden mental no fuese posible en el orden real, sería una sentencia falsa.

Esto es lo que dicen ciertos acéfalos sobre el dogma de fe de los perpetuos Sucesores de Pedro. Dicen que no niegan el dogma en el orden abstracto; sino  que él es imposible en el orden concreto.

El dogma siempre fue posible en el pasado, en 2000 años. Siendo universal y verdadero para todos los tiempos: pasados, presentes, futuros.

Así las opiniones de esas personas levantan una sentencia herética, contra la fe universal.

El fin de la perpetuidad de los Sucesores de Pedro es la: “perpetua salud y bien de la Iglesia” enseña el Vaticano (D.S. 3056). Así la sentencia de los acéfalos tiene por fin destruir la perpetúa salud y bien de la Iglesia. Obran contra la Iglesia de Cristo.

  1. EL SOFISMA DE LOS MODERNISTA

Los sedevacantistas, pertenecientes a la secta de los acéfalos, levantan un ardid para alejar a los “perpetuos Sucesores” de San Pedro, dogma de fe universal.

Dicen que ellos son posibles en el orden teórico y abstracto; pero que son imposibles en el orden concreto y práctico.

Y tal imposibilidad se debe a que para ser posible esta elección, se requiere un acuerdo universal entre todos los católicos del mundo.

Y dicen, como tal acuerdo prácticamente no es posible, también tal elección no podría ser cumplido en el orden concreto y práctico. Pues el acuerdo no existe porque “estamos divididos”.

Tal argumentado oculta el Agnosticismo, base de la herejía modernista.

La razón humana conoce las verdades universales abstractas. Toda Ciencia racional es teórica, universal, abstracta. La Lógica tiene reglas universales, abstractas. La Ética natural y revelada tiene normas universales, abstractas. La Revelación divina enseña una fe universal, abstracta y el Magisterio de la Iglesia es universal y abstracto.

Así rechazar la Lógica y Dogma universal abstracto es rechazar la verdad racional y la fe divina y católica. Es profesar la herejía del Agnosticismo de los modernistas. Es rechazar el Magisterio universal de la Iglesia, la fe y la Moral católica.

En lugar de la verdad divina universal estas personas colocan un acuerdo o consenso humano, entre voluntades libres individuales. Cambian la monarquía de Derecho divino por la Democracia agnóstica de las voluntades individuales humanas. De ahí discurren los “derechos individuales” de las personas humanas, libres para seguir o “no seguir la verdad”. Lo universal, necesario, divino es mudado por lo individual, libre, humano. Así lo que es posible en el Derecho divino universal, se vuelve imposible por falta de un acuerdo humano entre “todos los católicos” del mundo. Los heréticos modernistas ahí se incluyen entre estos falsos católicos, aunque ya separados en la verdad racional y de la fe divina y católica.

Mons. Lefèbvre quiso mudar la “Lógica absoluta de los principios y el Dogma” por el “orden práctico”El Sr. John Daly niega a posibilidad de un“consenso universal entre todos los católicos”. Un padre niega la posibilidad de un papa “porque estamos divididos”. El Sr. A. Daniele dice que tal acuerdo es imposible. Mons. Alarcón dice lo mismo. Todos subordinan el Derecho divino a arbitrio de los hombres, a la voluntad propia.

Vimos, ya en el tiempo de Pio XII, el Santo Oficio, haciendo “concordatos”entre el Vaticano y estados no católicos para fundar, jurídicamenteel Individualismo libre en materia religiosa.

Tal doctrina viene del Agnosticismo de Kant. Aleja la “Razón Teórica” por el Agnosticismo y quiere una “Razón Práctica” del arbitrio humano. La razón humana es la misma para las verdades teóricas y prácticas. El Legislador divino es el mismo en el Dogma y en la Ética. No tenemos una Ética laica, individualista,arbitraria, rigiendo la razón y la fe.

Pio VI condenó al heresiarca Febronio, que decía que el poder papal venia del pueblo, tanto la jurisdicción como el poder de Orden (D.S. 2592). Condenó la misma doctrina en los Jansenistas del Sínodo de Pistoya (D.S. 2602-2603).

El Concilio Vaticano I condenó colocar las verdades divinas como procedentes del “consenso de las Iglesias” (D.S. 3074).

San Pio X condenó tal doctrina en la encíclica “Pascendi” y en el Decreto“Lamentabili”; Según estos herejes los dogmas de fe no deben ser considerados como normas del creer, sino como normas preceptivas del obrar (D.S. 3426).

Tal doctrina es la base del Ecumenismo, sin unidad de fe y fundado en el“consenso”, pactos y acuerdos libres (Mortalium ánimos).

Tal doctrina espuria es la base del Concilio Vaticano II, en el escrito de la“nueva iglesia”, “Lumen gentium” (n° 22 y 23), viene de acuerdos humanos de los hombres “entre sí”, sin la subordinación jerárquica al Derecho divino.

El Agnosticismo es una forma de retirar al único Dios verdadero, con normas universales racionales en el creer y en el obrar, en el orden natural y sobrenatural es de colocar el arbitrio humano como norma suprema de la verdad y del bien, según la voluntad libre de los racionalistas y ateos (D.S. 2903).

En esto convergen los lefèbvristas y mayeristas, los guerardistas y secuaces de Mons. Sanborn; los sedevacantistas acéfalos: John Daly, A. Daniele, Mons. Pivarunas, Mons. Alarcón[ Nota de Sededelasabiduria: Hay dos obispos con el mismo apellido, y no sabríamos decirle a que Alarcón se refiere el autor, pues según nuestras referencias uno de ellos parece abrazar la verdadera posición católica: el deber gravísimo de elegir un papa] y otros miembros de la secta, aunque usen los ritos de Sao Pio V. Colocan un credo humano y alejan el divino. Quieren la “unión”ecuménica de los hombres “entre sí”, sin el Derecho divino. O son ignorantes, imperitos, o dolosos, ocultando la propia malicia en cuanto substituyen el Derecho divino por el arbitrio individual humano. La norma divina católica, universal ynecesaria, no es humana, individual y libre. Dios es el Señor, no el hombre.

“Para que toda carne sepa que Yo soy el Señor, desenvainare mi espada, de modo irrevocable” (Ez. XXI, 5).

He ahí el destino de los acéfalos, sin Dios, sin el único Pastor divino. Los que reconocen el herético como «papa» y los que rechazan al Pastor supremo, según el Derecho divino, ambos están unidos, las huestes del Anticristo. Son todos ecuménicos, sin unidad en la verdadera fe.

ACEFALÍA PERENNE: APOSTASÍA

La doctrina de la acefalía perenne de la Iglesia, de la secta de los acéfaloses anti-católica porque no procede de la obediencia al Magisterio infalible y perenne de la Iglesia, cosa de necesidad para la salvación (Bonifácio VIII — D.S. 875). Ellacontradice el “deber gravísimo y santísimo” de elegir una Cabeza visible de la Iglesia enseñado por San Pio X (Vacante Sede Apostólica). Coloca el “juicio propio”(Tit III, 10-11) individual del herético contra el juicio universal infalible del Sucesor de Pedro, trascendente a los tiempos, a los actos concretos individuales, a las opiniones humanas opuestas.

          Tal sentencia de acefalía destruye la Iglesia de Cristo, medio único de salvación. De hecho dice la Revelación divina: “Donde no existe gobernante el pueblo se dispersa” (Prov. XI, 14). No hay una “religión de los ángeles no visibles”que “no tiene una Cabeza” visible, dice la Revelación (Col. II, 18). Así, sin la Cabeza visible la Iglesia se destruye. Sin el fundamento el edificio se derrumba. Sin un credo universal, perpetuo, cada uno tendrá su credo individual y libre.

          No hay en la Iglesia evolución de los dogmas según las opiniones humanas o por el consenso de los hombres. Los dogmas católicos deben conservar perpetuamente el mismo sentido (D.S. 3020) y no pueden ser libremente cambiar su sentido, como lo hizo Lutero.

          La salvación individual exige la fe universal, íntegra e inviolada (D.S. 75) dice el Símbolo de la fe.

          El “deber gravísimo y santísimo” de elegir un papa no puede ser convertido en lo contrario: deber de no elegir; sin excluir de la Iglesia a los seguidores del “non serviam” (Jer. II, 20).

          Dios no manda cosas imposibles. Esta es otra excusa de los herejes, condenada por la Iglesia (D.S. 1568) en Jansénio (D.S. 2001-2006). Así las sentencias de la secta de los acéfalos proceden de la herejía, de la apostasía, de personas opuestas a la existencia de la Iglesia de Cristo y de la autoridad divina de la Sede de Pedro.

Jesucristo no instituyó una Iglesia acéfala, sino con “perpetuos Sucesores” de Pedro. Esto es dogma de fe; no es cosa imposible.

Traducción:

R.P. Manuel Martinez Hernández

Fundación San Vicente Ferrer.

COMENTARIO DOCTRINAL ANTE LA PRESENTE SITUACIÓN

Comentario doctrinal 

Estupendo resumen de las posiciones falsamente católicas

El texto original ha sido escrito en francés, y traducido al español por Sofronio

A la Virgen María, ruina y exterminadora del demonio y de las herejías. [1] .

A San José, patrono de la Iglesia universal.

A San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia Celestial.

A San Leonardo de Noblac, patrón de los presos.

«Aunque luchar para arrancar la Tierra Santa de las manos de los gentiles es la garantía de merecer la vida eterna, se cree que es un mérito mucho mayor, si luchamos contra la impiedad de aquellos que exterminan la fe y la ruina general de la Iglesia. » Gregorio IX, Bulle Dei Filius , 21 de octubre de 1239

«Hoy en día, más que nunca, la fuerza principal de lo malo es la cobardía y la debilidad de lo bueno, y todo el nervio de la guerra de Satanás reside en la suavidad de los cristianos. Oh! Si estuviera permitido para mí, como lo hizo el profeta Zacarías en espíritu, preguntar al divino Redentor: » ¿Qué son estas heridas en medio de tus manos? La respuesta no sería dudosa: » Me infligieron en la casa de quienes me amaron, de mis amigos que no hicieron nada para defenderme y que, en cada encuentro, se convirtieron en cómplices de mis adversarios«. San Pío X, Beatificación de Juana de Arco , 13 de diciembre de 1908

«En un momento en que una guerra tan cruel se está librando contra la religión, no está permitido languidecer en una apatía vergonzosa, permanecer neutral, arruinar los derechos divinos y humanos con compromisos; Es necesario que cada uno grabe en su alma esta palabra tan clara y expresiva de Cristo: » Quien no está conmigo, está contra mí » (Mateo XII, 30). » San Pío X, carta encíclica E Communium rerum , 21 de abril de 1909

 

– Nullam Partem – 

I) El rechazo del modernismo y la secta del Concilio Vaticano (1962-1965)

              «Los modernistas persiguen con toda su malicia, toda su acritud, a los católicos que luchan vigorosamente por la Iglesia. No hay insultos que no vomiten contra ellos. (…) Si los adversarios, por su erudición y su vigor de espíritu se vuelven temibles, intentarán reducirlos a la impotencia organizando a su alrededor la conspiración del silencio. Conducta  del todo culpable, mientras, al mismo tiempo, sin fin ni medida, llenan de  elogios al que  sigue su juego.»- San Pío X, carta encíclica Pascendi dominici gregis , 8 de septiembre de 1907.

              «El modernismo no es una herejía de escuela, con la que solo deben lidiar los profesionales; es un nuevo cristianismo, que arruina los cimientos de la antigua construcción de la fe y pretende reconstruirla en un nuevo plano «. [2] .

              Expondremos aquí una lista no exhaustiva de las principales herejías de este conciliábulo:

  • 1. Sobre la constitución dogmática del lumen gentium.

Este documento enseña que los judíos y los musulmanes adoran al verdadero Dios: ¿cómo puede explicarse esto cuando los judíos y los musulmanes no creen en un Dios trinitario? ¿Cómo pueden adorar al verdadero Dios entonces? De la misma manera, este documento (§8) enseña que la Iglesia de Cristo «subsiste» (subsiste en ) en la Iglesia Católica, mientras que la enseñanza de la Iglesia Católica afirma que la Iglesia de Cristo es la Iglesia una, santa católica, apostólica y romana y, como tal, es el Cuerpo Místico de Cristo ( Mystici Corporis Christi , Humani generis ): la identidad de la Iglesia está, al menos, ausente. Además, si este documento dice que los elementos de la Iglesia de Cristo están «fuera de la esfera» de la Iglesia Católica, ¿es necesario deducir que los elementos del Cuerpo Místico de Cristo están fuera de la Iglesia Católica? Cómo explicar que según este documento «la Iglesia no rechaza nada que sea verdadero y santo» en las religiones no cristianas, mientras que muchos papas han afirmado muchas veces el dogma » Fuera de la Iglesia, no hay salvación«? (especialmente en la Bula Cantate Domino ), que brotó de la palabra de Nuestro Señor Jesucristo » Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre, sino por mí «(Jn 14: 6). ¿Dónde y cuándo juzgó la Iglesia que podría haber algo santo en las religiones paganas?

  • 2. Sobre el decreto Unitatis redintegratio§3.

¿Cómo explicar que de acuerdo con este conciliábulo que «el Espíritu de Cristo» usa los elementos de las comunidades religiosas separadas de la Iglesia Católica como «medios de salvación»? ¿Dónde y cuándo estableció la Iglesia que el Espíritu de Cristo usaba religiones falsas y otras herejías como medio de salvación? ¿No condenó el Papa Pío IX, en el Syllabus , la afirmación (proposición XVI) » En toda adoración religiosa, los hombres pueden encontrar el camino a la salvación eterna y obtener la salvación eterna «? Si, como dijo el padre Joseph Ratzinger, el texto de «Vaticano II» desempeña el papel de un contra-Syllabus en el sentido de que representa un intento de reconciliación oficial de la Iglesia con el mundo tal como  había devenido desde 1789 «, ¿a qué jugaban los padres de este falso concilio ecuménico y verdadera conspiración subversiva? ¿A qué adversario se opusieron? Hacer preguntas es responderlas.

  • 3. Para resumir, la esencia del modernismo  es no diferenciar entre el plano natural y lo sobrenatural en términos del individuo. Por lo tanto, el hombre naturalmente sería amable y el Espíritu Santo soplaría en el alma del budista, protestante, judío o musulmán, no en virtud de hombres llamados a ser miembros de la Santa Iglesia (» ordenados por un voto implícito a la Iglesia «), sino en la medida en que son miembros de una religión falsa, que ya no es realmente falsa,  por el solo hecho de que se le ha dado una religión, tienen un cierto modo de participación actual en la Iglesia de Cristo, – una pertenecia a la Iglesia en grados o círculos concéntricos- lo cual está clara y radicalmente en contra de la enseñanza entregada en la encíclica Mystici Corporis Christi del 29 de junio de 1943 del Papa Pío XII. Es obvio que el católico entiende y sabe perfectamente que este conciliábulo es perverso en su espíritu y en su letra y que sus ambigüedades son intencionadas (basta con juzgar un árbol por sus frutos) y que debe rechazarse en bloque. Los autores de estos documentos querían, al menos, inducir a error, pero no querían, para mayor efectividad en el mal, o sea, para no tener que enfrentar un rechazo franco (y luego intentar hacer tragar las serpientes,  trozo a trozo, al «refractario» de modo que «se uniesen» a la secta),  se vieron obligados a hacer declaraciones muy ambiguas que muy bien podían escucharse de manera ortodoxa, aunque ciertos pasajes eran inequívocos. Este conciliábulo, por lo tanto, pretendía destruirlo todo: liturgia católica, eclesiología y soteriología. Lo rechazamos y rechazamos todo lo que ha salido de la boca de esta secta.

» Habrá entre ustedes falsos maestros, que introducirán sigilosamente herejías perniciosas . »- 2 Pedro II, 1

  • 4. Por lo tanto, lanzamos anatema, según lo que el apóstol San Pablo dice en Gálatas I, 8, sobre los antipapas [3]»Juan XXIII» (Cardenal Angelo Giuseppe Roncalli), «Pablo VI» (Monseñor Giovanni Battista Montini), «Juan Pablo I» (Monseñor Albino Luciani), «Juan Pablo II» (Monseñor Karol Wojtyla), » Benedicto XVI «(Padre Joseph Ratzinger),» Francisco «(Sr. Jorge Mario Bergoglio [4] ) porque, según la enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo, debemos juzgar un árbol por sus frutos: la secta nacida en el Concilio Vaticano procuró enterrar a la Iglesia única, santa, católica y apostólica atacando todo lo que era esencial, pero ella olvidó que esta misma Iglesia es divina. Entonces, incluso si no nos deleitamos con los problemas morales que afectan actualmente a la secta, solo podemos ver que todas sus facetas están colapsando y eso tiene sentido porque, habiendo renunciado a la doctrina católica de la A a la Z, y especialmente a la doctrina de la naturaleza herida desde el pecado original, según la palabra de Chesterton, «quita lo sobrenatural, ni siquiera permanece natural»: la secta es una cloaca de impurezas tanto doctrinal como moralmente.
  • 5. Por eso tomamos nota de la vacante de factode jure de la Sede apostólica, adhiriéndonos a la conclusión teológica generalmente designada por el neologismo del sedevacantismo. [5] – que, como cualquier neologismo, tiene sus propios límites y no escatima equívocos – y notamos el eclipse de la Iglesia Católica – eclipse cuya infiltración y usurpación modernistas fueron los pasos requisitos previos.

– Non possumus –

              El llamado tradicionalismo católico, en particular la mayoría de los movimientos sedevacantistas, no tienen la nota de unidad por la cual se reconoce a la verdadera y única Iglesia de Cristo, la única Iglesia santa, católica y apostólica. Inventemos tantas soluciones y resultados como queramos, pero la verdad es una y solo una, como enseña la Iglesia. El tradicionalismo que se dice católico se ha convertido en un conjunto de grupos sectarios y acéfalos como los protestantes, profesando la libre interpretación del magisterio, como antes Lutero interpretó libremente la Sagrada Escritura y despreciaba la autoridad pontificia.

II) Desde la posición de «reconocer y resistir»

              No podemos adherirnos a la opinión según la cual  uno estaría obligado, por un lado, a rechazar las doctrinas heréticas y heterodoxas del «Concilio Vaticano II» y «reformas post-conciliares» y, por otro lado, a reconocer como Papas, a los hombres mencionados en el punto I, porque esta proposición es malsonante y herética, por la que sería necesario cambiar la doctrina católica relacionada con la Iglesia ( eclesiología) y modificar la doctrina católica relacionada con la obediencia, como lo hizo Marcel Lefebvre en particular y la Fraternidad Sacerdotal San Pío XX (FSSPX) que fundó, así como las organizaciones escindidas de la FSSPX, que están agrupadas y dirigidas por el Obispo Richard Williamson.

III) Desde la posición llamada por nosotros «pseudo-bellarminismo»

              No podemos adherirnos a la opinión teológica de que » el Pontífice, incluso como Pontífice, podría ser hereje y enseñar herejía e ipso facto hubiera caído del pontificado » porque esta proposición es malsonante y hoy día herética. De hecho, desde el Concilio Vaticano (ver especialmente los capítulos 2 y 4 de la constitución dogmática Pastor Aeternus ) , este asunto ya no es de libre discusión: sostener tal opinión es herético. No pretendemos atribuirlo al gran Doctor y Santo de la Iglesia Católica que fue el Cardenal San Roberto Bellarmino, sin embargo, al analizar esta posición como posibilidad discutida, en su monumental estudio De Romano Pontifice , algunos la han convertido en una regla de fe. No hemos encontrado ningún otro nombre para describirlo más que como «pseudo-bellarminismo«. En su tiempo, el Santo Doctor mismo escribió de esta opinión como que » no es propiamente herética, ya que todavía vemos a la Iglesia tolerando a quienes siguen esta opinión, pero parece bastante errónea y cercana a la herejía». Pero en su tiempo aún era un asunto libre, y hoy no, pues tras el Concilio Vaticano I es ya una herejía condenada.

  1. IV) Lallamada tesis de Cassiciacum

              No podemos adherirnos a la opinión teológica  de que uno estaría obligado, por un lado, a poder separar la materialidad de la formalidad del Papa, y por lo tanto considerar a los herejes modernistas como los verdaderos poseedores materiales del Papado. («Titulares legales del Papado «), como si un hereje pudiera retener una jurisdicción (o cualquier poder) en la Iglesia y, por otro lado, se estaría obligado a rechazar a los hombres mencionados en el punto I como «Papas materialiter sed non formaliter «: se adhieren al hecho de que «la materia tiene prioridad sobre la forma», mientras que, según la filosofía tomista, «la forma tiene prioridad sobre la materia» [ Ni la materia y la forma se pueden dar por separado, sino que se dan en el compuesto], y al mismo tiempo, aseguran, que estos papas y la jerarquía herética falsa modernista «garantiza la apostolicidad y la visibilidad de la Iglesia»; lo cual es sumamente herético, [y máxima blasfemia contra Cristo, porque al decir de estos sectarios la oración de Cristo sobre Pedro no hubiera sido eficaz] ya que para ello se debería cambiar la doctrina católica relacionada con la Iglesia (eclesiología), como particularmente se hizo ( inicialmente la ”tesis“ solo la aplicó a la persona del «Papa» …) por Mons. Michel-Louis Guérard des Lauriers y  luego se extendió a toda la jerarquía herética modernista por el Instituto Mater Boni Consilii (IMBC) y el Instituto Católico Romano (ICR).

  1. V) La posiciónllamada por nosotros «de la Iglesia que degenera-necrótica-«

              No podemos adherirnos a la opinión teológica  que sostiene que no puede haber un estado de necesidad en la Iglesia Católica que pueda dar lugar a un derecho de administración, recepción y el ejercicio de consagraciones episcopales sin un mandato explícito u ordenaciones sacerdotales, y la recepción del sacramento de la Eucaristía, y que por esta razón nunca se permite hacer lo mismo sin autorización canónica, porque tales actos violarían la constitución divina de la Iglesia; opinión malsonante y probablemente herética, porque con ella se trata de decir que «la Iglesia es necrótica» y que, por lo tanto, la Ley de Nuestro Señor Jesús Cristo que vivifica es una ley que mata, mientras que Nuestro Señor mismo enseñó: » Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10).

  1. VI) Desde la posición de solo en casa

              No podemos adherirnos al punto de vista teológico de que ya no habría realmente un Santo Sacrificio en la superficie de la Tierra, y que no habría un solo obispo legítimo (al menos implícitamente ); este punto de vista es herético, porque la Sagrada Escritura y el magisterio de la Iglesia son claros. [6] , habrá realmente el Santo Sacrificio en la faz de la Tierra hasta el fin de los tiempos.

VII) Feeneyismo

              No podemos adherirnos a la opinión teológica según la cual 1 ° » la Iglesia no tiene alma «, 2 ° » las formas extraordinarias de recepción del sacramento del bautismo que se dice» bautismo de sangre «y» bautismo » del deseo» son herejías porque sería negar el dogma» Fuera de la Iglesia, no hay salvación «o» Feeneyismo » [7] es una herejía, primero porque fue condenada por el Papa Pío XII y también porque niega las propiedades esenciales de la Iglesia, como la infalibilidad del magisterio ordinario y universal, que la Iglesia tiene un alma y la misma gracia del sacramento del bautismo puede ser administrada extraordinariamente por Dios mismo. Rechazamos el Feeneyismo liberal encarnado por el Monasterio de la Sagrada Familia de los Hermanos Dimond y el Feeneyismo radical. [8] encarnado por el Sr. Richard Ibranyi. El Papa Pío XII ya había condenado esta doctrina en su vida pero, desafortunadamente, algunos tradicionalistas, atrapados en un individualismo doctrinal y en una suerte de «patología de la pureza», por una cierta ignorancia de la teología, y quizás también al rechazar la asistencia divina de la Iglesia, se llega a afirmar que una «herejía sutil» puede permanecer durante siglos en la Iglesia sin ser discutida explícitamente.

VIII) Sobrevivencia

              No podemos adherirnos a la visión teológica de que 1 ° el Papa Pío XII sigue vivo [9] o que 2 ° el antipapa «Pablo VI» aún estaría vivo; el 1 ° es imposible (Pío XII está muerto, bajo qué condiciones no sabemos) [10] ) y el 2 ° es imposible («Pablo VI» está muerto). Con respecto a la segunda proposición, esta opinión teológica es, en cualquier caso, herética, porque necesariamente postula que la subversión que resulta del Concilio Vaticano no es el nacimiento de una nueva religión, esencialmente modernista y gnóstica, y que «Pablo VI fue un verdadero papa. Con respecto a la 1ª proposición, esta opinión teológica apunta a salvar la perpetuidad del papado al afirmar que solo se puede salvar postulando que Pío XII está vivo y que estaría escondido en algún lugar. Estas posiciones olvidan que, cada vez que muere un papa, la Iglesia no está muerta, aunque se debilita y, de acuerdo con el párrafo 50 del Capítulo III de la Constitución Vacante Apostolicae Sedis de Pio XII, » cerca del funeral del pontífice fallecido (…), después de la preparación oportuna del cónclave, los cardenales se reúnen, el día señalado, en la Basílica de San Pedro o en cualquier otro lugar, con motivo del tiempo y el lugar; la Misa del Espíritu Santo se celebra allí (…) teniendo a Dios en cuenta, se debe tomar en serio lo más rápido y con el máximo cuidado, para proporcionar la Santa Iglesia Romana un pastor universal, un pastor digno y capaz «(somos nosotros quienes subrayamos). Como veremos, ya no hay más cardenales: ¿significa esto que la Iglesia ya no puede proporcionar a la Santa Sede del Papa?

  1. IX) Acefalismo

              No podemos adherirnos a la visión teológica de los que postulan, implícita y explícitamente, que la Iglesia ya no tiene los medios para elegir un papa, porque eso niega su constitución divina, y también el hecho de que la Iglesia militante está compuesta por hombres bautizados de carne y hueso que tienen la fe católica y, por lo tanto, dicen, que la Iglesia puede gobernarse a sí misma sin un Papa y que este poder para elegir ha desaparecido; esta visión es herética, porque la Iglesia ya condenó esta doctrina husita del Papa Martín V en su Bula Inter Cunctas , la propuesta husita No. 27 condenada es la siguiente: » No hay un atisbo de evidencia de la necesidad de que haya una sola cabeza que rija a la Iglesia en lo espiritual, y que haya de hallarse y conservarse siempre con la Iglesia militante.

  1. X) Crítica de un cierto sobrenaturalismo anticonclave.

              No podemos adherirnos  a la visión teológica de exigir que Dios nos envíe milagrosamente a un Papa, entendida unívocamente, como un argumento para negar que la Iglesia militante ya no puede elegir a un Papa, lo que parece ser un cierto sobrenaturalismo anti-cónclave , donde la naturaleza exige la intervención de lo sobrenatural. Atención, no decimos que este milagro es imposible, porque es una gran verdad que nada es imposible para Dios, y la Sagrada Escritura y la historia de la Iglesia están llenas de milagros. No podemos adherirnos a tal pretensión como única solución  la «necesidad» de tal milagro, aunque es metafísicamente posible y no se desvía en sí misma de la ortodoxia católica. [11] y que tal milagro es, por lo tanto, la única posibilidad ortodoxa, [12] es decir lo menos, equivocado. Del mismo modo, al final, es poco más o menos, conscientemente o no, parecido a los seguidores de la secta del Concilio Vaticano  II, al cual dan cierta (incluso una buena parte) «legitimidad» o incluso «legalidad”; sin embargo un usurpador nunca poseerá una parte de autoridad legítima, pero a los ojos de aquellos que tienen legitimidad solo es una idea muy mediocre y, probablemente tenga una estima profunda y secreta.

  1. XI) Crítica del unionismo y divisionismo

              Escuchamos estas palabras: «unionismo» la actitud de búsqueda y de querernos unir por todos los medios entre «tradicionalistas» y (o) entre «sedevacantistas» fuera de la verdadera fe Católica,[y al margen de la divina Constitución de la Iglesia] [13] y «divisionismo», la actitud de buscar alguna disputa  entre los clérigos y los laicos, o incluso entre las diversas capillas (raras) (restantes). [14] . Cada una de estas voluntades contiene una verdad cautiva: la primera busca la unidad entre los católicos, pero entre las posiciones más contradictorias y erróneas; la segunda busca la pureza de la fe antes que la búsqueda de la unidad entre los católicos. Sin embargo, ni una ni otra actitud es correcta, ya que todo debe estar dirigido a: la unidad en la fe verdadera .

XII) Crítica hacia algunas oposiciones artificiales que hacen el juego del demonio.

§ 1. Opuesto a un anticlericalismo fácil y mezquino, que es acusar a los clérigos en general de todos los males pasados ​​y presentes, poniendo toda la responsabilidad de esta crisis presente sobre sus espaldas, lo cual es fácil, incluso si es así. Los Conclaves de 1958 (el de los días 26 y 28. [15]…) eran solo clérigos quienes actuaban. Al final, el peligro de tal espíritu es que algunos laicos terminan confundiéndose con «papas» y encuentran la fe pura solo en sí mismos, como encerrados en una especie de solipsismo.

§ 2. Se oponen a cierto espíritu de los clérigos que menosprecian y / o desprecian a los laicos, quienes, implícitamente como explícitamente, pueden acusar a tales laicos de todos los males, y todavía hoy algunos se burlan, de acuerdo con este espíritu » estos pobres laicos se ocupan de las cosas que no los atañen y son idiotas«, etc.. ¿Alguno de estos clérigos no recuerdan que ante las herejías del Concilio Vaticano, muchos laicos, han hecho un acto de fe y han luchado por la fe y los sacramentos de la fe, para proteger iglesias, capillas, etc.? 

§ 3. Como si los laicos y los clérigos, quienes deberían formar juntos un solo cuerpo orgánico, aunque distinto, fueran separados por una pared de hielo, y que algunos clérigos tuvieran un conocimiento «esotérico» (» nosotros fuimos al seminario y aprendimos» » solo nosotros podemos entender nuestra tesis » “no pienses, nosotros pensamos por  ti”  » estate con nosotros, y nunca tendrás ataques del diablo», etc.)

§ 4. En resumen, imputar «la» culpa a uno de «dos» «campos» es fácil y falso. ¿No es ya esto una reorganización incoada de las fuerzas de la gran subversión anticristiana de la cual (subversión entre jerarquía y subordinados) la revolucionaria demoníaca subversión, talmudo-masónica, supo alimentar y vampirizar las tensiones mínimas y la creencia y poner a la cabeza de la iglesia en lugar de a un verdadero vicario de Cristo, a un anticristo, «un papa según sus necesidades»? Reunir al clero contra los laicos, o reunir a los laicos contra el clero, he aquí una combinación del diablo: la Iglesia ya no sería un cuerpo orgánico basado en la Fe, la Esperanza y la Caridad, sino una especie de disociación inorgánica basada en algo distinto a las tres virtudes teológicas.

§ 5. Como también hemos visto anteriormente, todas las posiciones enumeradas son posiciones objetivamente falsas y peligrosas para la fe. Nuevamente, es inútil ir a la guerra cuando cada parte pertenece a una de estas posiciones falsas.

XIII) Desde el cónclave. [16]

              Nos adherimos al hecho de que siempre habrá obispos ortodoxos y legítimos en la Iglesia Católica, al menos implícitamente legítimos, que darán un ministerio de enseñanza, sacerdotal y pastoral dentro de un cierto perímetro, verbalmente y por escrito, porque de lo contrario, la Iglesia no siempre sería visible formalmente, una, santa, católica, apostólica e indefectible.

              Nos adherimos al hecho de que siempre habrá en la Iglesia católica los medios para que ella elija a una cabeza visible a través del cónclave; [17] no necesariamente un cónclave de cardenales, si no hay más cardenales. De hecho, si la Iglesia no puede tener un papa por un período determinado, incluso durante un periodo desde una perspectiva humana prolongado (actualmente 60 años desde la muerte de SS Pío XII), la Iglesia no puede perder el poder de darse un Papa, porque entonces ella perdería una propiedad esencial, por la cual se proporciona una Cabeza visible. De la misma manera, la ley de Nuestro Señor Jesucristo está hecha para la vida, no para la muerte. Como hemos visto, las posiciones teológicas anteriores son más o menos mortales (toda herejía es mortífera) , o «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). Pero creer que la Iglesia podría perder el poder de elegir a un papa, incluso con la crisis actual, no sería más que «lamentar los efectos sin apreciar la causa» (Casi no hay unidad en la fe, peleas, etc. pero todos parecen tener y mantener sus privilegios, su rango eclesiástico, etc. y cerramos los ojos a la solución que nuestro Señor le dio a San Pedro, el poder de las llaves.) La Iglesia es una monarquía con principios, no anarquía con gendarmes.

              Hacemos oraciones y súplicas por el regreso de un verdadero Papa al trono de San Pedro hacia la piedra angular colocada en Sión (Efesios II, 20), confesando que es imposible que la Iglesia sobreviva normalmente sin que el Vicario de Cristo tenga primacía en su seno,  «confirmando a sus hermanos» (Lucas XXII, 32), según el orden de Cristo del cual es la imagen incorruptible en la tierra [18].

              El llamado “tradicionalismo católico”, y en particular algunos de los movimientos o grupos sedevacantistas, no tienen la nota de unidad por la cual se reconoce a la verdadera y única Iglesia de Cristo, la única Iglesia santa, católica y apostólica. Inventemos las soluciones y los resultados que queramos, pero la verdad es una y solo una, como enseña la Iglesia. El llamado tradicionalismo católico, y en particular los movimientos de los estados sedevacantistas , se transformaron en un conjunto de grupos sectarios y acéfalos como los protestantes, profesando la libre interpretación del magisterio como antes Martin Lutero interpretó libremente la Sagrada Escritura y despreció la autoridad. Por lo tanto, unidos a los Obispos Católicos que permanecen entre las ruinas, por la gracia de Dios, apoyamos y proponemos que los Obispos se unan para abordar el tema de la unidad y promover un Concilio imperfecto como lo fue el Concilio de Constanza, con el fin de proveer en la silla de San Pedro, a Nuestro Pastor Supremo.

XIV) Murmuradores

              Llamamos a esta parte » Murmuradores » porque después de leer este documento, algunos dirán que actuaríamos por el Papa, que abusaríamos de un lugar que ni siquiera tenemos, que nos mezclaríamos de lo que no nos concierne, que este comentario estaría «fuera de lugar», «es maleducado», «altivo», etc. Hemos acudido al magisterio de la Iglesia para realizar este resumen doctrinal y creemos que es por caridad que hemos escrito estas líneas; lejos de nosotros, por lo tanto, cualquier mala voluntad o intención desviada, lejos de nosotros, finalmente, el deseo de «golpear a algunas cabezas turcas» «para complacernos a nosotros mismos». La cacofonía y la pluralidad de opiniones han diluido en nuestras mentes la única solución divino humano disponible para los católicos para proveer a la Santa Sede del Papa. Sin embargo, un católico no dice «yo opino» en materias no libres, sino «Creo».

  1. XV) De piedad filial.

              Nuestro primer movimiento de corazón con respecto al pasado de la lucha católica contra el Concilio Vaticano, sus pioneros, sus acciones y su trabajo contra la conciliábulo, es un movimiento de piedad filial y gratitud, porque el católico  contemporáneo no sería nada sin sus antepasados ​​a quienes deben espiritualmente, si no materialmente (capillas, vestimentas litúrgicas, libros, etc.) mucho. Pero la piedad filial no es un fervor obstinado y (o) un culto mortal a esta o aquella personalidad; el reconocimiento es aún más vívido porque está mejor iluminado, incluso si es a costa de críticas doctrinales o refutaciones basadas en la rectitud de la intención, la razón correcta, la experiencia y, finalmente, el magisterio multisecular del Iglesia.

              Por lo tanto, si rechazamos las doctrinas mencionadas anteriormente, veneramos la memoria de eclesiásticos y laicos por su lucha y su valentía ante la Hidra nacida en el Concilio Vaticano (a pesar de los errores o caminos escabrosos que recorrieron).

Oremus pro episcopi catolici .

Kyrie Eléison

 

 Anexo 1

NM

              Hoy, por lo que concierne a los obispos, debemos acudir a las fuentes:

  1. La dignidad episcopal «depende inmediatamente del poder del orden de Dios y de la Sede apostólica con respecto al poder de la jurisdicción. Pío VI, corto Deessemus, 16 de septiembre de 1788.
  2. «Los obispos, en lo que respecta a su propia diócesis, cada uno como un verdadero pastor, pastorean y gobiernan en el nombre de Cristo, el rebaño que se les ha asignado. Sin embargo, en su gobierno no son totalmente independientes, porque están sujetos a la autoridad legítima del Romano Pontífice, y si gozan del poder ordinario de jurisdicción, este poder les es comunicado de inmediato por el Soberano Pontífice. «Pío XII, Encíclica Mystici Corporisyclique 29 de junio, 1943.
  3. «El poder de jurisdicción, que se otorga directamente al Soberano Pontífice por derecho divino, los obispos lo reciben del mismo derecho, pero solo a través del sucesor de San Pedro. «Pío XII encyclique Ad Sinarum gentem7 de octubre, 1954.
  4. «La jurisdicción llega a los obispos solo a través del Soberano Pontífice. Pío XII, encíclica Ad apostolorum principis, 29 de junio de 1958.
  5. Canon 108, § 3: » De la institución divina, la jerarquía sagrada, fundada en el poder del orden, está compuesta por obispos, sacerdotes y ministros; basado en el poder de jurisdicción, incluye el pontificado supremo y el episcopado subordinado. «

              Luego, con respecto a las fuerzas involucradas:

  1. Del lado de la secta nacida del Concilio Vaticano, el poder del orden está casi extinto. [19] , debido a los nuevos ritos de ordenación de «Pablo VI», que son inválidos[20] [21] . Y luego se ha perdido el poder de jurisdicción debido a la renuncia tácita por la profesión pública de la herejía (Canon 188, §4), y más en general a la apostasía del clero.
  2. Del lado de la Iglesia católica, que se eclipsa y reduce a los fieles y ministros que continúan profesando la fe católica y practicando las leyes y los ritos de la Iglesia, el ejercicio del poder del orden de estos mismos ministros es legal debido a una suplencia de la jurisdicción. [22] (suplencia concedida únicamente si estos mismos ministros profesan la fe católica por completo y por lo tanto no se adscriben a las herejías nombradas anteriormente); y si esta misma suplencia hace legal el ejercicio del orden de los obispos hasta la coronación de los obispos,  los obispos consagrados así son obispos de la Iglesia Católica.

              No obstante, ¿tienen estos obispos el poder de jurisdicción? La respuesta es no. De hecho, la suplencia no es la colación de la jurisdicción dada a un ministro determinado. La suplencia legal o válida, en el ejercicio del poder del orden, sería ilegítima o inválida – cf. El sacramento de la penitencia, sin jurisdicción-. Es el acto del ministro, debido al poder del orden, lo que lo vuelve legítimo o válido debido a la suplencia de la jurisdicción. Donde el ministro tiene jurisdicción, donde ha habido un cotejo de jurisdicción en la persona del ministro, no hay necesidad y no puede haber cuestión de suplencia.

              Los obispos católicos actuales no tienen el poder de jurisdicción, al menos de jurisdicción ordinaria, porque ningún Papa les ha asignado una diócesis. O la jurisdicción episcopal es conferida directamente por el papa, de acuerdo con la doctrina común, o la competencia episcopal es necesariamente conferida, pero directamente por Dios, debido al nombramiento del sujeto a una diócesis dada por el papa, -para tener en cuenta esta opinión teológica-. Como resultado, ¿ha desaparecido la jurisdicción episcopal? lo que significaría que la Iglesia estaría privada de un elemento constituyente hoy … Pero eso es imposible.

  • Algunos responden que necesariamente hay por lo menos en algún lugar un obispo que ha retenido la jurisdicción conferida por un verdadero papa (y objetivamente, siendo el último papa Pío XII, potencialmente quedan solo dos obispos que habrían retenido la jurisdicción.) Algunos argumentan que este obispo es «Pablo VI», supuestamente siempre Soberano Pontífice … Vea más arriba una de las razones decisivas que se oponen a esta tesis, incluso en el caso de un G.B. Montini sobreviviente. Pero recordemos la idea de que hay al menos un obispo ordinario en algún lugar .
  • Otros responden que no es absolutamente necesario. Sin embargo, la Iglesia militante no ha perdido su cabeza, sino el vicario de su cabeza, y por lo tanto conserva el poder de la jurisdicción. El jefe de la Iglesia, y por lo tanto el jefe de esa parte de la Iglesia que es la Iglesia militante, es Cristo, que es a la vez el Sacerdote Soberano y el Padre Supremo. En la misa, y en la confección y colación de los sacramentos, es el Soberano Sacerdote quien actúa por mediación de los sacerdotes ministros. En el gobierno y en la enseñanza de la Iglesia, es Cristo quien gobierna y enseña a través de la mediación de su vicario y del episcopado subordinado. Cuando Cristo instituyó los sacramentos, los celebró. De hecho, es Cristo mismo y sin la mediación de ningún ministro que ofreció el Santo Sacrificio de la Misa en la tarde del Jueves Santo , y muy probablemente, el domingo por la noche de la Resurrección, en presencia de discípulos de Emaús.

              Ya no como sacerdote soberano, sino como pontífice soberano, Cristo puede gobernar y enseñar a su Iglesia sin la mediación de su vicario y los obispos investidos con jurisdicción ordinaria. Este gobierno y esta enseñanza no consistirán, durante este interregno, en tomar nuevas acciones, ya que, dado que Cristo no está aquí abajo, no podrá y no podrá plantear nuevos actos aquí abajo. Pero es él quien, por su autoridad soberana, mantiene la enseñanza y el gobierno de la Iglesia tal como es. «Todo lo que has atado en la tierra será atado en el cielo. Lo que es seguro es que durante este tiempo, e incluso en el caso de que debería haber y que hubiera un lugar donde al menos un obispo haya retenido la jurisdicción, la Iglesia debe haber conservado el poder de darse un papa, y por tanto obispos, según la razón de jurisdicción.

              ¿Por qué entonces nos opondremos? De hecho, si la posesión del poder de jurisdicción en la Iglesia se mantiene por el simple hecho de que Cristo, el Soberano Pontífice, es y sigue siendo el Jefe de su Iglesia (y no puede ser de otra manera), ¿por qué, pues, negar la posibilidad de darnos de nuevo a un papa, ya que Cristo es y permanece y puede dar directamente a la Iglesia un papa? Porque el Papa es el sucesor de Pedro, y porque los obispos son los sucesores de los Apóstoles. Si Cristo diera directamente un Papa y (así) a los obispos sin la mediación de sus ministros, ya no sería la sucesión de Pedro y ya no sería la sucesión de los Apóstoles: sería otra sucesión que se habría inaugurado.

              Suponiendo, entonces, que hoy puede haber ministros en la Iglesia que no poseen jurisdicción episcopal, es cierto, sin embargo, que es necesario que entre estos mismos ministros (sacerdotes y obispos, reducidos a un resto, excluidos los señalados arriba) retienen el poder de darle a la Iglesia un sucesor de Pedro. En ausencia de los cardenales, y en ausencia del clero de la diócesis de Roma (¿dónde está hoy?), Hay … obispos. Se sabe que Martín V fue elegido papa en 1417, no por los cardenales (porque hubo dudas sobre la legitimidad de los cardenales de diferentes obediencias del Gran Cisma), sino por los obispos reunidos en el Concilio de Constanza (eran siete). Por este precedente histórico, los teólogos de entonces (anteayer Cayetano, ayer Billot) consideraron que, en defecto de los cardenales, sería un concilio imperfecto, quien debería elegir al Papa.

              Lo que algunos objetan a esto, sin duda engañados por sus falsas teorías teológicas, es lo siguiente: por derecho divino, solo los obispos con poder de jurisdicción son miembros del concilio, por lo tanto, los votantes del papa. Por lo tanto, en la situación actual, serían electores los herejes públicos:  los cardenales y obispos materialiter, sed non formaliter y así obispos heréticos tendrían el poder de elegir (lo cual es contradictorio; lo que es materialiter en  relación con lo considerado no es lo mismo), por lo cual nadie podría elegir un papa …

              A lo que debemos responder  que no debemos considerar únicamente el derecho divino, sino que se debe tener en cuenta la ley eclesiástica, es decir, no solo lo que Dios ha instituido al constituir su Iglesia, sino también lo que los papas instituyeron y que no fue revocado por ellos : «Todo lo que habéis atado en la tierra será atado en el cielo; todo lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo». Lo que fue instituido por los papas y no fue revocado por ellos permanece … a pesar del interregno, que solo «congela» el status quo anterior .

              Ahora bien, el Canon 223, §2 establece que «Los obispos que son titulares, convocados al concilio, también emiten votos deliberativos, a menos que la convocatoria exprese explícitamente lo contrario. En otras palabras, el acto de convocatoria puede negar a los obispos ser parte de la misma, lo que demuestra que los obispos no son miembros del concilio por derecho divino, pero los obispos no son desafectados a menos que el acto de convocatoria lo niegue expresamente, lo que demuestra que los obispos titulares son, por supuesto, miembros del concilio. Por obispos titulares, nos referimos a los obispos católicos que no tienen jurisdicción sobre una diócesis y, por lo tanto, no poseen el poder de jurisdicción. Ellos son titulares en el sentido de que la Santa Sede les atribuyó el título de una diócesis que desapareció. Desde este punto de vista, siempre se puede argumentar que los obispos católicos actuales no son obispos titulares, en el sentido de que no se les ha dado tal título. Ciertamente. Pero si estos obispos son legítimos, es decir, si su consagración es legal , son obispos titulares, incluso sin titularidad, en el sentido de que son obispos católicos según el poder del orden, pero no lo son obispos según el poder de jurisdicción, al igual que los obispos que, además de su coronación, simplemente han recibido un título. Entonces, nuevamente, si tales obispos son legítimos,  se asimilan ni más ni menos a los obispos titulares. Son, por lo tanto, por derecho eclesiástico, miembros del concilio.

              Se puede objetar que corresponde al Papa convocar al concilio. Qué responder: El Concilio de Constanza no fue convocado por un papa. Fue convocado por Juan XXIII, el primer antipapa que uso este nombre y ordinal, y su convocatoria fue convalida in extremis por Gregorio XII, que no es más que probablemente papa; Por eso se debe admitir que el Concilio de Constanza probablemente no fue convocado por un papa, lo que no le impidió ser un concilio ecuménico, antes de la convalidación de su convocatoria por parte de Martín V, ciertamente Papa. Aunque fue, al menos, un concilio imperfecto, de acuerdo con la terminología adoptada en particular por los teólogos, fue suficientemente «perfecto» para proceder a la elección válida de Martín V, que ciertamente es Papa, el signo y la garantía de la certeza de su legitimidad como miembro pacífico y universal de la Iglesia (1417).

              Entonces: hoy, los electores del papa son los obispos que han guardado la fe y los sacramentos de la fe, y que han sido consagrados para eso. Es decir, entre los obispos tradicionalistas, algunos (que han guardado la fe y los sacramentos de la fe y que fueron consagrados a ella), de los cuales algunos de ellos probablemente estarán listos, con suerte, para retractarse de sus herejías: o bien los obispos «sedevacantistas», y tal vez los obispos lefebvristas, previa retractación de su herejía. Requisito sine qua non : cada uno debe abjurar de sus herejías.

              ¿Qué se necesita para una elección válida? Es necesario que estos obispos acuerden entre ellos reconocer tal poder, deben verificar sus poderes, y reunirse en un concilio general imperfecto, ya que si solo actuara una fracción del cuerpo episcopal, no sería posible proceder a una elección cierta para el resto católico . A la visión humana, no dejamos de lado la esperanza, -¡lo cual no deberíamos hacer! – Esto parece muy improbable en la actualidad, debido a la desunión entre estos obispos; desunión precisamente causada por la ceguera de muchos de ellos – debemos llamar gato al gato, ciego al ciego.

Nuestra Señora de la Salette,  reconciliadora de los pecadores, ruega por nosotros .

NOTAS:

[1] » Gaude, Virgo Maria, cunctas hæreses sola interemisti «, » Estén en alegría, Virgen María; Tú solo has destruido todas las herejías «.

[2En The The Encyclical and Modernist Theology , Jules Lebreton, 1908 (citado del Prólogo https://archive.org/details/lencycliqueetlat00lebr/page/n9 ) . Una de las hermanas de esta secta que emana del Concilio Vaticano no es más que la niña de «Benedicto XVI» y tres de sus predecesores, el padre Antonio Rosmini, que pertenecía, filosóficamente, a la escuela idealista italiana, que fue una gran figura del catolicismo liberal; fue condenado por leo XIII.

[3] No pretendemos utilizar aquí la definición clásica, es decir, medieval, de la palabra «antipapa». Aquí se puede entender «antipapa» en el sentido de «pseudo papa», «impostor», «intruso».

[4] El Sr. Jorge Mario Bergoglio es un laico. Como no sabemos si recibió las órdenes menores de un clérigo válido, en caso de duda, lo llamamos aquí «Sr. Jorge Mario Bergoglio». De hecho, los nuevos ritos de ordenación sacerdotal y consagración episcopal son intrínsecamente inválidos: http://www.rore-sanctifica.org/rore-sanctifica-online_tome_1.html .

[5] El dicho sedevacantismo no es ni un principio ni un sistema, es una conclusión alguna teológica, es un hecho que queremos ver desaparecer antes. A pesar de esta observación, es por esto que el término «sedevacantista» nos parece incongruente: procederemos por analogía para hacernos entender: vuelvo a la ventana y le digo a un amigo que tiene los ojos fijos en la televisión: «Está lloviendo. «. El que ve el clima en la televisión y está satisfecho con él, responde que «es imposible porque el clima pronostica el buen clima del día». Estoy mirando a De nuevo, verifico que no es el vecino de la parte superior lo que me hace una broma, que no es el riego del vecino que está mal ajustado, que mis lentes están limpios, entonces afirmo nuevamente está lloviendo, ya que el agua cae de una nube flotante en el cielo. Y mi amigo castigó: «¡Sólo eres un lluvia de lluvia! Más lluvioso? No, pero realista, ciertamente. Sedevacantista? No, pero católico, desde luego. El único calificativo que reclamamos es el de «católico romano». Con la gracia de Dios, no tenemos otra voluntad, no tenemos otra doctrina, no tenemos otra afiliación. Que así sea.

[6]No hace falta decir que estamos hablando aquí sobre el verdadero sacramento de la Eucaristía, no sobre el falso rito proveniente de la secta nacida en el concilio del Vaticano II o «sintaxis montiniana»; Del mismo modo, es evidente que esta oblación pura, como lo anunció el santo profeta Malaquías (Saulo I, 11), no puede ser pura si el Santo Sacrificio de la Misa se hace en comunión con los herejes, que Constituye un sacrilegio.

              El mismo San Pablo enseña: » Porque mientras comas este pan y bebas este cáliz, anunciarás la muerte del Señor hasta que él venga » (1 Corintios 9:26 ).

              Urbano IV, Bulle Transiturus de hoc mundo , 11 de agosto de 1264: » Ahora en la institución de este sacramento, él mismo dijo a los apóstoles:» Haced esto en memoria mía «(Lc 22,19), para que este sacramento Lo sublime y venerable es para nosotros un eminente memorial y una insignia del extraordinario amor con el que nos ha amado. Un memorial admirable, digo … en el que seguramente obtendremos ayuda para la vida y para la muerte. Este es el memorial de salvación en el cual recordamos con gratitud nuestra Redención, en la cual somos alejados del mal y consolados en el bien, y progresamos en el crecimiento de las virtudes y gracias, en las cuales en verdad progresamos desde por La presencia corporal del mismo Salvador. Otras realidades de las que recordamos, las abrazamos por la mente y la inteligencia, pero no tenemos la presencia real de ellas. Pero en esta conmemoración sacramental de Cristo, Jesucristo está presente para nosotros, ciertamente en otra forma, pero en su propia sustancia. Antes de ascender al cielo, dijo a los apóstoles y sus sucesores: «He aquí, estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20), y los consoló con la promesa de que permanecerá y También será con ellos una presencia corporal . «

              León XIII, carta encíclica Mirae Caritatis , 28 de mayo de 1902: » Por la misma fe que nos obliga a confesar y honrar a Cristo como el Autor Aine soberano de nuestra salvación que, por su sabiduría, sus leyes, sus enseñanzas, sus ejemplos y el derramamiento de su sangre ha renovado todas las cosas, también nos obliga a creerle y adorarlo así presente de verdad en la Eucaristía, donde él mismo permanece verdaderamente hasta el fin de los tiempos en medio de los hombres , y como un maestro y pastor bondadoso, un intercesor todopoderoso con su Padre, para recurrir a Él mismo y distribuirles con abundancia eterna los beneficios de su redención . «

              Lista no exhaustiva.

[7] Del nombre del sacerdote heresiarca Leonard Feeney (1897-1978), condenado por Pío XII y reconciliado con la secta nacida en el Concilio Vaticano y precisamente con «Pablo VI» en los años setenta.

[8] Radical, en el sentido de que Richard Ibranyi se remonta a la vacante de la Santa Sede a la mayoría de Inocencio II (murió en 1143), además de negar varios dogmas.

[9]https://katolikintegralny.wordpress.com/

[10] Algunas personas hablan de un asesinato, no nos pronunciamos.

[11] Y que cualquier posibilidad del cónclave, asimilada por el Enemigo al «conclavismo», es un neologismo perverso que malentiende al cónclave y hace que las personas que defienden esta solución que la Iglesia se da a sí misma para proporcionar el La Santa Sede del Papa, del tipo de «activistas super clericales que son indignantes y esotéricos», sería automáticamente excluida e incluso, en todos los sentidos, impensable e imposible: o cómo la naturaleza se niega a cooperar con lo sobrenatural, donde el hombre se niega a usar los medios que Dios y su Iglesia nos dan para elegir la vida de Cristo.

              La mentalidad pensativa anti-conclave es una actitud fariseo y herética. Entendemos a quien tiene una visión superficial del problema y que se imagina solo un cónclave «esotérico» que, ciertamente, plantea un problema real con respecto al acceso y el reconocimiento pacífico y universal de la Iglesia en particular, pero que Quien a sabiendas rechaza todo tipo de cónclave: ¡católico, no hace falta decirlo! – por lo tanto, representando la universalidad de la Iglesia, está obligado a caer en la herejía , o tener un comportamiento de fariseo, o, más comúnmente, ambos … Recordatorio: en el cónclave de Constanza, sólo había siete votantes …

[12]En general, el anticonclave reflejado termina adoptando una especie de teología apofática aplicada a la situación actual, aunque partió de la observación realista de esta crisis: la Iglesia está actualmente eclipsada. Hasta ahora, teóricamente no estarán desincronizados con lo que se acaba de escribir y refutar. Sin embargo, hablar de cónclave en la crisis actual puede parecerles al menos «sorprendentes», si no «peligrosas». Pero entonces, si este apofatismo se vuelve radical, y si no tiene la intención de reducirse al fideísmo, se condena a sí mismo a negarse a pensar, a rechazar toda inteligencia de la fe. La creencia será un mérito para no tener ninguna razón para creer, ella verá la prueba de su pureza. . La voluntad de creer será por sí misma su razón para creer, por lo que nunca será su única razón para creer, por lo que nunca será suficiente ni nunca lo suficientemente arbitraria, y tenderá mecánicamente. para alimentar su poder con su falta de razón; desde ella, podemos decir la palabra atribuida a Tertuliano: » credo quia absurdum «.

              Dicho esto, para que el «querer creer» sin razón crea que no se convierta, debido a esta ausencia de razones, para «creer que uno quiere», así en la imaginación, la voluntad de creer a ciegas debe preservar cierta en realidad, pero como esta realidad debe, como hemos visto, agotarse en su inteligibilidad, tal relación con la realidad será negativa en sí misma; Es por eso que tomará la forma de una neración práctica de la inteligibilidad de la crisis espiritual actual (eclipse de la Iglesia – una solución lógica para esto, una solución humano-divina que se incluye en el ADN de la Iglesia). : el cónclave). El universo solo será conocido como lo negativo de lo desconocido. y será pura y simplemente para dar lugar a este conocimiento negativo, que se ejercerá en la forma de una negación práctica de toda … organización, porque la organización dice inteligibilidad. ¿Y qué es el cónclave, si no un principio organizador?

Mateo 13 : 24-28: » Por lo tanto, todo hombre que escuche estas palabras que acabo de decir, y las ponga en práctica, será comparado con un sabio que construyó su casa sobre piedra. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y rabiaron contra esta casa, y no fue derribada, porque estaba fundada sobre piedra. Pero quienquiera que escuche estas palabras que yo digo, y no las ponga en práctica, será como un tonto que construyó su casa en la arena. La lluvia cayó, los torrentes vinieron, los vientos soplaron y golpearon esa casa, y fue derribada, y grande fue su ruina . «

[14]Mateo XII, 25: » Todo reino dividido contra sí mismo está devastado, y cada ciudad o casa dividida contra sí misma no puede mantenerse» . «

[15]https://novusordowatch.org/2016/10/smoke-signals-white-smoke-1958

[16]Desarrollo de esta parte en el Apéndice No. 1.

[17] Uno debe tener un verdadero espíritu de sumisión a la ley divina, que permite que la Fe y la Caridad crezcan. Si hacemos cisma, ¿qué hacen aquellos que rechazan la autoridad de los Papas, muchos de los tradicionalistas, o si pretendemos confiscar a la Iglesia para su beneficio (que es más bien un problema de los clérigos aquí), entonces estamos en la mala orientación.

              La pérdida de la autoridad papal solo podría empujar al resto de los fieles a adoptar un comportamiento individualista: el individualismo del clero con cierto «episcopalismo» si no es un «episcopopapismo» o el personaje sectario de las principales organizaciones eclesiásticas tradicionalistas, casi como sociedades de pensamiento … e individualismo de los laicos con este anticlericalismo insalubre o esta «patología de la pureza» que se encuentra entre los aficionados. La herejía Feeneyista se está desarrollando más fácilmente en nuestro tiempo, porque la mentalidad individualista de los tradicionalistas la favorece. Similarmente, aquellos que típicamente tienen comportamientos individualistas juzgando los documentos papales como los más ciertos y los más solemnes,como Unam Sanctam para algunos y todas las políticas de la Santa Sede desde el Concordato para otros, desde lo más alto de una autoridad inexistente … Así, para restaurar la verdadera paz y edificar en Cristo, el cónclave es la única solución humana . -divino, querido por Nuestro Señor Jesucristo, para perpetuar los papas.

[18] El Papa es infalible porque su fe es inquebrantable. Ver especialmente los capítulos II y IV del pastor Aeternus .

[19] » Ya que has rechazado el conocimiento, te rechazaré y te despojarán de mi sacerdocio ; Ya que has olvidado la palabra de tu Dios, yo también olvidaré a tus hijos . Oseas IV, 6

[20] De hecho, los nuevos ritos de ordenación sacerdotal y consagración episcopal son intrínsecamente inválidos : http://www.rore-sanctifica.org/rore-sanctifica-online_tome_1.html .

[21] Notamos el silencio (?) Sobre la invalidez de los nuevos ritos de ordenación sacerdotal y de consagración episcopal por ciertos flecos de «non una cum» … ¿Es porque su tesis sería aún más frágil? .?

[22] ¿Debemos decir «jurisdicción extraordinaria» (y no ordinaria)?