UN CLERO SIN MISIÓN CANÓNICA E ILEGÍTIMO
UN CLERO SIN MISIÓN CANÓNICA, Y LA FIDELIDAD A LA TRADICIÓN CATÓLICA
CÓDIGO DE 1917. CANON 111: Todo clérigo debe estar adscrito a una diócesis o a alguna religión, de tal manera que no se admiten en manera alguna clérigos vagos. De lo que se deduce que en la actual situación de sedevacancia, sólo los clérigos que están dispuestos a sujetarse a los obispos, y a promover la elección del Papa, del cual proviene toda jurisdicción, y sujetarse al mismo una vez elegido pueden aplicar la epiqueya y conferir sacramentos legítimamente, mientras que el resto se consideran clérigos vagos, de los cuales un católico no puede recibir los sacramentos, salvo en grave peligro.
[ la herejía de reconocer y resistir y sus ordenados]
INTRODUCCION: PRIMEROS INDICIOS
Finalmente, tenemos el «Dossier spécial» publicado en Ecóne después del «acuerdo» de Mons. Lefebvre con la «Santa Sede» y después de las consagraciones. Las doctrinas subyacentes en los textos terminaron de revelar y aumentar las sospechas de heterodoxia en esos escritos. La publicación «Sí Sí, No No», hoy dirigida por la Fraternidad San Pío X, en su número 19 (año XIV, 15-11-88) corona este grupo de escritos que, de un modo no exhaustivo, es capaz de proporcionarnos un panorama sobre las doctrinas de estos «fieles» a la Tradición.
En razón de esta doctrina, Mons. Lefebvre afirma: «Nunca quisimos romper relaciones con la Roma conciliar. ..» (19-6-88). Estamos unidos «en la realidad y en el espíritu» (30-5-88). Lo que antes parecía excesiva prudencia en el obrar se reveló en este caso como oposición al Magisterio tradicional.
El Sermón sobre las Consagraciones de Dom Gérard, pronunciado en 1987, muestra que las consagraciones de Ecóne no son un eventual acto de desobediencia, sino que tienen por base una doctrina sobre la jurisdicción. Lo mismo se evidencia en el folleto de los»Padres de Campos», publicado ya en 1983.
A. La jurisdicción por el sacramento del Orden
Ahora bien, ¿qué dice el Concilio de Trento? «Anatematiza» a quien recibiere como»legítimos ministros de la palabra y de los Sacramentos a los no ordenados legítimamente(rite) por la autoridad eclesiástica y canónica y que no fueron enviados (nec missi sunt) (D.S. 1777).Afirma que no son «ministros de la Iglesia», «ministros de la palabra y de los Sacramentos», sino «ladrones y salteadores que no entraron por la puerta» quienes por «temeridad propia»ejercen esos ministerios (D.S. 1769). Estamos, pues, ante otra excomunión del Magisterio tradicional, solemne, definido.
B. El «derecho propio» de los sacerdotes
Después de esta identidad de los «fieles» a la Tradición con protestantes y jansenistas, sería innecesario citar al Padre Severino González, sj: «En la ordenación sacerdotal no se confiere ninguna jurisdicción». «Es esa una sentencia falsa a la que se oponen los demás teólogos». «El Tridentino enseña abiertamente (D. 903) que el sacerdote no obtiene súbditos por la sola ordenación» (Sacrae Theologiae Summa, BAC, t. IV, 1951, pp. 513-515).
C. La ordenación para toda la Iglesia universal
De ese texto concluyen los Padres de Campos:
¿Pueden sacerdotes fieles a la Tradición ir a buscar en esas fuentes polutas el origen de su poder jurisdiccional?
D. El derecho independiente y contrario a la jerarquía
La nueva doctrina pretende dar origen a la jurisdicción de una «iglesia» «non tenens caput». Pero en esto también se contradicen al afirmar la «jurisdicción válida» en el Pontífice herético. Desobedecen doblemente: al Derecho tradicional y al herético. Y al juzgar a ambos «cosa secundaria», apelan al «vínculo directo» con Dios, pentecostalmente.
E. un clero «sin misión canónica»
Se opone, en consecuencia, a la fe la doctrina contra la obediencia, en la forma predicada en los textos ya citados.
Y ahora, Mons. Lefebvre rechazó el «Acuerdo» doctrinario, no por razones doctrinarias, sino por fechas, números, intenciones subjetivas.
Y ahora surge otra tercera fuente: «iure divino», «sin misión canónica». Sólo que, como vimos, Trento excomulga a los «non missi» (D.S. 1777).
En una palabra: necesidad no es «estado de necesidad» y existen medios «de necesidad de salvación»: la sumisión al régimen tradicional de la Iglesia.
En esta nueva doctrina, la «adhesión» libre del «buen cristiano» (!) ocupa el lugar del juicio «sumiso» al del Sucesor de Pedro y al juicio de Dios.
Ahora bien, la paternidad natural es inamisible, mientras que el papado es amisible por herejía, por «renuncia tácita» o explícita. Por consiguiente, es ir contra el Magisterio de la Iglesia el suponer que el poder de jurisdicción papal no puede perderse como no se puede perder la paternidad natural. Esto contradice, además, la propia doctrina de Dom Mayer, quien afirma la pérdida del cargo «en función de las circunstancias» y que defiende que»puede haber pertinacia en un pecado de herejía cometido por simple debilidad» (o.c., p. 272, n. 2). Por ello, un «padre de Campos» me dijo una vez que «la noción de cisma me parece confusa».
Es necesario obedecer al «Nolite iugum ducere cum infidelibus» (2 Cor. VI, 14; cfr. 14-18).
CARTA A UN TRAPENSE: SOBRE LOS NEO MOVIMIENTOS «ECLESIALES»
“…nuestras formas de apostolado [el autor, Petit de Murat, op, se está refiriendo a las obras de «apostolado» tras el conciliábulo Vaticano II, a las que se deberían añadir algunas de un poco antes, como la obra del Marqués de Peralta: Escriba de Balaguer; obra más bien de la Sinagoga], adolecen de una debilidad e ineficacia intrínsecas. La agitación es mucha. Se multiplica la diversidad de actividades e instituciones hasta la fatiga. Los Sacerdotes y los Religiosos se dividen y subdividen intentando atender un cúmulo de empresas que se sobreponen, ahogándose las unas a las otras. Los fieles abnegados, los verdaderamente militantes, sufren la paradoja de que su propia acción les seca el espíritu a causa de la compleja organización de reuniones y actos que han de atender. Cada día trae consigo una nueva táctica y proyecto de «apostolado«.
Hasta las jovenzuelas que no han cumplido los primeros pasos en la mortificación de los vicios y el desarrollo de las virtudes pretenden servir a Cristo más en los otros que en ellas mismas.
Este estado de cosas encuentra su origen en un mal anterior más lamentable aún: la confusión que reina en tanto clero, ya secular, ya religioso. Allí donde se reúnen cinco sacerdotes se entrechocan tres opiniones distintas; muchos de ellos sostienen teorías de bajos sincretismos con los enemigos de la Santa Iglesia: otros, tornadizos como las antenas impresionadas por cualquier onda, viven a la pesca de «los nuevos métodos» cambiantes y frívolos como las modas. La angustia por la escasez de los frutos, los mueve, no a podar para obtenerlos luego por un verdadero acercamiento a Cristo, sino a multiplicar con desazón las actividades, la hojarasca de los «apostolados» superficiales que se alejan más y más de la Fuente y trotan servilmente a la par de los métodos de propaganda del mundo.
Esta experiencia está tocando su propio fondo; vemos en el seno de toda esa actividad un casi vado de Jesús. Ese mar de palabras, conferencias, de «sistemas celulares» y «equipos especializados» están cargados de disputas, de opiniones y actitudes individuales, más que de nuestro Señor y sus Misterios.
¡Ah, cuánta verdad es aquella de que «cuando el hombre habla, Dios calla; cuando el hombre calla, Dios habla»!
Al fin al de cuentas se ve que el Señor es muy soberano y si bien su misericordia lo llevó a encarnarse, fur para transfigurarnos en El y «sentarnos entre los príncipes de su pueblo», no para quedarse tirado para siempre en el estiércol del pesebre.
En una palabra, el activismo actual ha logrado el resultado que menos esperaba, es decir, manifestar a las claras que padece una impotencia intrínseca para lograr la conversión de las almas.La actividad apostólica cuando no emana de una sazonada contemplación de Cristo y sus Misterios, cuando quiere nutrirse a si misma o, cuanto más, en sustitutos anodinos de la vida monástica (hoy se enseña con suma frecuencia a los fieles que pueden llegar a la unión con Dios apurando Misas frecuentes; con la Comunión entre ómnibus y oficina, media hora de meditación diaria y un director espiritual) no tarda en derivar hacia una vacía agitación, y más que convertir, aumenta la confusión y el desconcierto pues no poniendo los medios y las disposiciones suficientes para una purificación a fondo, la que permite que la gracia santificante corra de verdad desde el alma hacia toda potencia y acción, el Espíritu Santo no obra más que de manera exigua en medio de muchos detritus individuales y mundanos.
La experiencia muestra -y es hora de convencerse de ello- que el activismo obtiene para la Iglesia sólo la agregación de afiliados como lo podría hacer un partido político o una sociedad cualquiera. ¿Cómo se puede enseñar un cambio total de mente y costumbres, si no se ha concebido ni vivido la decisión que pesa en la voluntad redentora del Señor de obtener con el derramamiento de su Sangre, no simpatizantes ni adeptos, sino absolutamente el odre nuevo para el vino nuevo, la criatura nueva, transfigurada en hijo de Dios por la renovación completa, no por una agregación de costumbres «católicas» a las antiguas costumbres?
El activismo confía en una doctrina rota por la mitad: todo él se funda en el «ex opere operato» de los Sacramentos de la Nueva Ley. Es verdad; pero ese aserto se completa con el otro término de la relación sacramental -el hombre- acerca de cuya índole el Señor insiste hasta el cansancio en sus parábolas, donde enseña que la gracia opera a modo de semilla y que ella germinará cumpliendo su poder regenerante y transfigurante según las disposiciones más o menos favorables que le ofrezca esta tierra que somos.El Bautismo, los Sacramentos, necesitan de un clima, de un encelado amor y cuidados para desarrollarse. La vida monástica es la única que los da cabales, tal como el Don de Dios los merece. La respuesta del monje es la exacta, posible al hombre, frente al requerimiento de un Dios hecho Hombre por nosotros. ¿Qué menos se puede hacer ante semejante Visitación y Oportunidad que apartarse de todo para convertirse en una intensa receptividad de ese Dios, de su Luz y su Voluntad; abrazarse a los medios, los más adecuados a la consumación de tal unión? El monje es el que dentro de la Iglesia ha escogido los «simpliciter» sobrenaturales; aquellos que emanan de manera directa de la pura fe. No son de necesidad de medio, pero sí, los convenientes en grado óptimo al máximo desarrollo de los Sacramentos imprescindibles. Toda acción – la gracia sacramental en nuestro caso- supone un sujeto pasivo que la recibe y el efecto será tanto más perfecto cuanto mejor dispuesto se encuentre dicho sujeto para esa acción.
Las otras Ordenes y Congregaciones disponen de los mismos medios, pero los disminuyen en menor o mayor grado -algunas llegan a suprimir uno u otro- para combinarlos con fines temporales que ya no son por sí mismos propiamente santificantes sino santificables. Se podían permitir esa atenuación presupuesta la base de un monacato vigoroso que cultivara la parte de María para toda la Iglesia. En cambio, el inconsciente orgullo de muchos, las inadvertidas infiltraciones de las tendencias contrarias que medran en el mundo, acentuaron de día en día en medio de las fuerzas católicas de ataque y conquista, la confianza en la acción humana; la actitud y porción de María, la del grano de trigo que se sepulta en el silencio y la adoración para llevar fruto resultó, entonces, anacrónica e ingenua. De esa manera la actividad apostólica quedó sin raíces o poco menos.
El que sostuviere lo contrario no haría con ello otra cosa que despreciar a la santísima Virgen, Madre de Dios y nuestra, ya que la vida monástica es la prolongación de la suya, sobre la tierra. Además, causa espanto ver cómo podemos enceguecernos los que nos creemos hijos de la Luz, y perder entendimiento los que somos doctores en el Israel de Dios. Pues el texto de San Lucas en el Cap. X, verso 38 al 42 es muy conocido y recitado a cada instante. Entonces ¿cómo pudimos desarrollar tanto lo que allí el Señor Jesús reprochó a Marta y descuidar o despreciar lo que el mismo Señor alabó y prefirió en María?
LA PASIÓN DEL SEÑOR. SERMÓN DE LAS VII PALABRAS
Fr. Antonio Royo Martín O. P. ADQUIRIR EN FOLLETO
LA PASIÓN DEL SEÑOR
O Las Siete Palabras de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz
ÍNDICE
- Al lector …Página 3
- Introducción…Página 4
- Primera palabra: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»…Página 9
- Segunda palabra: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso»… Página 16
- Tercera palabra: «Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu Madre»… Página 26
- Cuarta palabra: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?… Página 34
- Quinta palabra: «Tengo sed»… Página 41
- Sexta palabra: «Todo se ha consumado; todo está cumplido»…Página 47
- Séptima palabra: «Señor, en tus manos en comiendo mi espíritu»… Página 52
AL LECTOR
Las páginas siguientes contienen el texto íntegro del sermón de las Siete Palabras -recogido en cinta magnetofónica- que pronunció el autor en la Iglesia Parroquial de San José, de Madrid, en la noche del Viernes Santo. 30 de marzo de 1956, y que fue retransmitido por Radio Nacional de España en conexión con otras emisoras españolas.
Solamente se han introducido ligeros retoques de forma, para adaptarlo a una publicación escrita; pero conservando íntegramente el contenido doctrinal y hasta el estilo intuitivo y directo del género oratorio moderno. Se ha respetado incluso alguna alusión circunstancial, que era de palpitante actualidad en el momento de pronunciar el sermón.
LAS SIETE PALABRAS INTRODUCCIÓN
¡Viernes Santo!..,¡Sermón de las Siete Palabras.,.!
En tal día como hoy, el más grande de los oradores sagrados que ha conocido España, fray Luis de Granada, subió al pulpito para explicar al pueblo cristiano los dolores inefables del Redentor del mundo clavado en la cruz. Comenzó su discurso con estas palabras:
«Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan». Y no dijo más. Una emoción indescriptible se apoderó de todo su ser; sintió que la voz se le anudaba en la garganta, estalló en un sollozo inmenso… y con el rostro bañado en lágrimas hubo de bajarse del pulpito sin acertar a decir una sola palabra más.
Ningún otro sermón de cuantos pronunció en su vida causó, sin embargo, una impresión tan profunda en su auditorio. Todos rompieron a llorar, y, golpeando sus pechos, pidieron a Dios, a gritos, el perdón de sus pecados.
No exageraron. ¡No exageraron! porque es preciso tener el corazón muy duro o muy amortiguada la fe para no conmoverse profundamente ante el solo anuncio del sermón de los dolores que Nuestro Señor Jesucristo padeció por nosotros en la cruz.
¡Viernes Santo! ¡Sermón de las Siete Palabras!…
Contemplemos rápidamente, en sintética mirada retrospectiva, los acontecimientos que precedieron a la crucifixión.
Jerusalén. Jueves Santo de la primera Pascua cristiana. Alrededor de las siete de la tarde, Jesucristo, que había amado apasionadamente a los suyos, en la víspera de su muerte los amó hasta el fin, hasta no poder más: «Hijitos míos: un nuevo mandamiento os doy. Que os améis los unos a los otros como yo os he amado»* Y volviéndose loco de amor cogió un trozo de pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad y comed, porque esto es mi Cuerpo». Y en seguida: «Bebed todos de este cáliz: porque esta es mi Sangre que será derramada por la salvación del mundo». Y cuando San Juan, aquel jovencito que se sentía amado por su Maestro con particular predilección, hubo tomado aquel bocado divino y aplicado sus labios sedientos al cáliz de vida eterna, sintió que sus fuerzas desfallecían por momentos y reclinó suavemente su cabeza sobre el pecho de su divino Maestro para descansar en Él su éxtasis de amor…
Ha terminado la Cena. Salen a la calle. La luz plateada de la luna el Jueves Santo coincide siempre con el plenilunio del mes de Nisán— ilumina suavemente las callejuelas de Jerusalén, Pasan junto al templo. Descienden por el camino escalonado hasta el torrente Cedrón, cruzan el puentecito y llegan a la entrada del huerto de Getsemaní, Jesucristo recomienda a sus apóstoles que permanezcan en oración a la entrada del huerto.
Y tomando aparte a Pedro, Santiago y Juan se interna entre los olivos al mismo tiempo que exclama: «¡Me muero de tristeza, siento una tristeza mortal!».
Y arrancándose todavía de los tres como a la distancia de un tiro de piedra, cae de rodillas.
Y primera, segunda y tercera oración: «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que Yo lo beba, hágase tu voluntad». Y cuando primera, segunda y tercera vez escucha en el fondo de su alma la orden terminante de su Padre que le manda subir a la cruz, Jesucristo se desploma ensangrentado: «Vínole un sudor como de gotas de sangre que corrían hasta el suelo…».
Instantes después se presenta Judas acompañado de una turba de soldados: «Amigo, ¿a qué has venido? ¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?».
Y Pedro desenvaina su espada y Cristo le impide defenderle…
Y atadas las manos, como a un vulgar malhechor, es conducido a empujones hasta el palacio del Sumo Pontífice Caifás, no sin antes comparecer un momento ante su suegro Anas, que le había precedido en la suprema magistratura de la Sinagoga.
Y comienza la burda parodia del proceso religioso: «Este ha dicho que puede destruir el templo y reconstruirlo en tres días». No concuerdan los testimonios. La situación se hace embarazosa…
De pronto el Sumo Pontífice toma una resolución definitiva. Poniéndose majestuosamente de pie, con toda la pompa y solemnidad que correspondía al Jefe supremo del Sanedrín, interroga autoritativamente al detenido: «Por el Dios vivo te conjuro que nos digas de una vez claramente si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios». Y Jesucristo le responde sin vacilar: «Tú lo has dicho: Yo soy. Y os digo, además, que un día veréis al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad».
«¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos de nuevos testimonios?
¿Qué os parece?». «¡Reo es de muerte!». Y a empujones y bofetadas le encierran en un calabozo hasta la mañana siguiente en que le presentarán al Procurador romano para exigirle la sentencia capital que merece como blasfemo.
Mientras tanto, Pedro niega tres veces a su Maestro, acobardado ante una mujerzuela y un grupo de soldados que se calienta junto al fuego…
¿Dónde pasó la noche del Jueves Santo Judas el traidor? No lo dice el Evangelio. Pero sin duda que no pudo conciliar el sueño un solo instante. Corroída su conciencia por los remordimientos, al apuntar el día se presentó en el templo ante los príncipes de los sacerdotes. Le quemaban el alma aquellas treinta monedas que eran el precio de su vil traición. «¡Devolvedme al Justo! He entregado sangre inocente». Y al instante, la carcajada sarcástica de los sanedritas; «¿Y a nosotros qué? ¡Allá te las hayas! ¡Vete de aquí, miserable! No queremos nada contigo».
Y fue y se ahorcó.
¡Cuántos Judas hoy como ayer! Después de la traición, el desprecio, la desesperación y el suicidio: «que el traidor no es menester — siendo la traición pasada».
Ha ido amaneciendo lentamente. A primera hora de la mañana Jesucristo es conducido, maniatado, ante el Procurador romano, Y lanzan ante él la primera calumnia:
«Aquí tienes a un agitador que perturba a la nación y prohíbe pagar los tributos al César, constituyéndose en Mesías y rey de los judíos». Le interroga Pilatos. Nada malo descubre en ÉL Los sanedritas insisten enfurecidos: «¡Desde Galilea hasta Judea tiene revolucionado a todo el pueblo!».
Ha sonado una palabra nueva: Galilea, Pilatos pregunta si aquel hombre es galileo. Y al conocer que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envía al instante, gozoso de encontrar un medio de desembarazarse de aquel asunto tan desagradable.
Pero Jesucristo, que ha respondido lleno de serena dignidad a las
preguntas del Procurador romano, no se digna abrir los labios divinos ante el infame Herodes, que, entre otros crímenes repugnantes que pesaban sobre su conciencia, había mandado degollar a Juan el Bautista en una noche de crápula, de orgía y de pecado. Y cubierto de una vestidura blanca, en calidad de loco, Herodes devuelve el preso a Pilatos, reconciliándose con él, pues estaban disgustados entre sí.
El Procurador romano le interroga de nuevo. Recibe un mensaje de su mujer recomendándole que no se meta con aquel justo, pues ha padecido mucho en sueños por causa de él. Pero la chusma sigue gritando, azuzada por los jefes de la Sinagoga.
Ya no sabe qué hacer. De pronto se le ocurre una idea luminosa: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o Jesús llamado Cristo?». Y el representante de Roma escucha estupefacto el griterío del pueblo:
«¡Suelta a Barrabás!». «¿Pues qué he de hacer con Jesús, el titulado rey de los judíos?». «¡¡Crucifícale, crucifícale!!…».
Pilatos hace todavía un esfuerzo supremo para salvarle, a costa de una medida injusta y brutal: «Le castigaré y le pondré después en libertad». ¡Le declara inocente y ordena castigarle!…
Y viene el tormento espantoso de la flagelación. No emplearon con Él la verga —que era el azote más suave reservado a los ciudadanos romanos—, sino el horrible flagelo formado con largas tiras de cuero, llenas de bolitas de plomo y huesos de animales. Y Cristo, desnudo, atadas sus manos a una columna muy baja para que presentara cómodamente a los verdugos su espalda encorvada, recibe aquella tremenda tempestad de azotes… Carne amoratada, que se vuelve muy pronto rojiza; la piel que salta hecha pedazos y la divina víctima que queda cubierta de sangre… ¡Tenía que expiar en su carne purísima la lujuria desenfrenada de toda la humanidad pecadora!…
Pero era preciso llevar hasta el colmo la burla y el escarnio, ¡Van a coronarle Rey de los judíos! Y las espinas rasgan su cabeza, no en forma circular o de guirnalda, sino a modo de casco, capacete o celada que la cubría y atormentaba por entero. Y la vestidura regia, y el cetro de caña en las manos, y las burlas y blasfemias del populacho. ..
Jesucristo quedó hecho una lástima. Inspiraba compasión. Al contemplarle Pilatos en aquella forma lo presenta al pueblo para ver si le queda todavía un poco de corazón: «¡Ecce homo!».
Y la chusma asalvajada, como una fiera instigada por la fusta del domador, lanza de nuevo, más estentóreo que nunca, el grito de su reprobación definitiva: ¡ ¡ Crucifícale, crucifícale!!…
¡Pobre pueblo judío! Cinco días antes, el domingo de Ramos, había aclamado frenéticamente a Cristo en su entrada triunfal en Jerusalén:
«¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!». Y ahora reclama a gritos su muerte. La historia se repite todavía. El populacho grita siempre ¡viva! o ¡muera! al dictado caprichoso de los jefes que le manejan y engañan.
Y Pilatos, el político cobarde, símbolo de la debilidad en el ejercicio de un poder que no era digno de administrar, se lavó las manos en vez de lavarse la conciencia y entregó a la ferocidad de los judíos al divino preso para ser crucificado.
«Y llevando sobre sus hombros su propia cruz, salió hacia la colina del Calvario».
Mientras tanto, en un rincón de Jerusalén ocurría una escena impresionante. San Juan, el discípulo amado, lo había presenciado todo. Y cuando oyó la sentencia final y vio a su divino Maestro cargado con la cruz, se creyó en el deber de comunicárselo a la Madre de Jesús. Y corrió hacia Ella. No se daba cuenta de que estaba siendo en aquellos momentos instrumento de la voluntad del Padre.
María tenía que presenciar la crucifixión de su divino Hijo en calidad de Corredentora de la humanidad. Y San Juan, en medio de un sollozo inmenso, le da la terrible noticia: «¡Señora!… ¡condenado a muerte!». Debió lanzar María un grito desgarrador y acompañada del discípulo virgen se echó a la calle en busca de su divino Hijo. Y, de pronto, al doblar de una esquina.,. ¡Oh Virgen de los Dolores, qué caro te costamos!… Renuncio» señores, a describir la escena.
Y Jesucristo se cae con la cruz a cuestas. Se ve claramente que no podrá llegar al Calvario. Un hombre que regresa del campo es requerido para que le ayude. «¿Yo?, ¿por qué?, ¿qué tengo yo que ver con éste?». Y como se resiste a cumplir la orden, le agarran por el cuello y…: «¡Coge la cruz, si no quieres que te clavemos en ella a ti también!». Y a pesar de cogerla a regañadientes, Jesucristo le mira agradecido. Y se lo pagará espléndidamente. Aquel hombre —dice San Marcos— era Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, dos excelentes cristianos de la Iglesia primitiva que aparecen en las epístolas de San Pablo, Un momento de vergüenza y de dolor llevando la cruz del Maestro… ¡y la fe cristiana y la felicidad eterna de toda su familia! Espléndida recompensa la de Jesucristo, a los que le ayudan a llevar su cruz.
Han llegado a la cumbre del Calvario. Jesucristo tiene que pasar por la inmensa vergüenza de la desnudez total. ¡Tenía que reparar la inmensa desvergüenza de los que, llamándose cristianos, se desnudan sin rubor en las playas y en las calles de nuestras ciudades! Le ofrecen un calmante para atontarle: vino mirrado con hiel.
Jesucristo, fino y agradecido, lo prueba un poquito, pero no quiere beberlo. Lo dice expresamente el Evangelio. Quiere apurar hasta las heces el cáliz del dolor.
«¡Échate sobre el madero!», le dicen brutalmente los soldados. Y, obediente hasta la muerte, Jesucristo se tiende con los brazos extendidos sobre la cruz, Y al instante el primer clavo, de un golpe seco, cose su mano derecha al madero de nuestra redención.
Señores: en la Iglesia de Santa Cruz de Jerusalén, en Roma, se conserva uno de los clavos auténticos de la cruz de Nuestro Señor. Es imposible contemplarlo sin un estremecimiento de horror. No es un clavo liso, pulimentado; es un clavo de forja, cuadrilátero, desigual, con aristas y rugosidades. Estremece pensar el desgarro que aquel clavo debió causar en la carne divina de Jesús.
Debió retorcerse de dolor la divina Víctima (¿Te dolió mucho, Señor? ¡Yo te clavé ese clavo con mis pecados!). Pero los soldados continuaron su tarea impertérritos. Unos cuantos golpes más… y las manos y los pies quedan fuertemente sujetas al madero.
¡Arriba la cruz, para que todo el mundo la contemple! Y al dejarla caer de golpe sobre el agujero preparado de antemano para recibirla, debió lanzar un gemido de dolor, que sólo María recogió en su corazón y que se perdió en un clamoreo de blasfemias y de burlas.
¡Ya está levantado sobre el mundo el primer Crucifijo! ¡Ya está la augusta Víctima en lo alto de la cruz!
¡Cristianos! Caigamos de rodillas ante Él, golpeemos nuestro pecho y dispongámonos a oír su sublime, su divino, su maravilloso sermón de las Siete Palabras.
PRIMERA PALABRA
«PADRE, PERDÓNALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN» (LC. 23, 34)
| A |
cababan de levantar en alto a Jesucristo clavado en la cruz. Y precisamente entonces: cuando se levantó aquel clamoreo de blasfemias y de insultos; cuando los silbidos del pueblo se mezclaron con las risotadas de los escribas y fariseos; cuando saboreando su triunfo lanzaron sus enemigos su reto definitivo:
«¿Pues no eres tú el Hijo de Dios? Ahora tienes la ocasión de demostrárnoslo. ¡Baja de la cruz y entonces creeremos en ti y caeremos de rodillas a tus pies!» Y dirigiéndose a la chusma añadirían sin duda: «¿Veis cómo teníamos razón? ¡Veis cómo no era más que un hechicero y embaucador?»
Y precisamente entonces: cuando Jesucristo hubiera podido ordenar a la tierra que se abriera y hundir para siempre en el infierno a aquellos energúmenos, precisamente entonces, «Jesús decía:
« Padre, perdónalos que no saben lo que hacen».
Decía. Así leemos en el Evangelio de San Lucas, único que recoge esta primera palabra de Cristo en la cruz. «Iesus autem dicebat…». No lo dijo una sola vez. Lo repitió varias veces: decía.
«¡Padre»!
¡Qué palabra en boca de un hijo moribundo! ¿Os acordáis? Cuando vuestro hijo se moría en la flor de su juventud; cuando mirándoos con ternura con aquellos ojos lánguidos y casi inexpresivos os dijo por última vez; «¡Padre, madre!…» ¡Cómo se os clavó en el alma esta palabra!
Al reo condenado a muerte no se le niega nada en la última hora. A un hijo que va a morir… ¿qué se le podrá negar?
Jesucristo quiere conmover a su Eterno Padre. Y dirigiéndose a Él le dice con inefable ternura:
«Padre, perdónalos».
Jesucristo les reconoce culpables. Si no lo fueron no pediría perdón por ellos.
El mundo no conocía el perdón. «Sé implacable con tus enemigos», decían los romanos. El perdón era una cobardía: «Ojo por ojo y diente por diente». Era la ley del talión que todo el mundo practicaba.
Y sin embargo el perdón es el amor en su máxima tensión. Es fácil amar; es heroico perdonar.
Pero hay un heroísmo superior todavía al mismo perdón. Escuchad.
«Que no saben lo que hacen».
Jesucristo: eres la verdad eterna. Se lo dijiste anoche a tus discípulos: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Eres la verdad infinita y eterna. Tenemos que creer lo que nos dices. Pero ¡qué difícil de entender nos resulta. Señor, lo que acabas de decir!
¿Que no saben lo que hacen? ¡Pero si en aquella mañana de primavera, cuando te presentaste delante de Juan el Bautista y te bautizó en el río Jordán se abrieron los cielos sobre ti y apareció el Espíritu Santo en forma de paloma y el pueblo entero oyó la voz augusta de tu Eterno Padre, que decía: «Este es mi Hijo muy amado en el que tengo puestas todas mis complacencias. Escuchadle». ¿Que no saben lo que hacen? ¡Pero si te han visto caminar sobre el mar como sobre una alfombra azul festoneada de espumas!
¿Que no saben lo que hacen? ¡Pero si fueron cinco mil hombres, sin contar las mujeres ni los niños, los que alimentaste en el desierto con unos pocos panes y peces que se multiplicaban milagrosamente entre tus manos! ? ¿Que no saben lo que hacen? ¡Pero si hasta tus discípulos se estremecieron de espanto cuando te pusiste de pie en la barca, azotada por furiosa tempestad e increpando al viento y a las olas pronunciaste una sola palabra: ¡Calla!,., y al instante el mar alborotado se transformó en un lago tranquilo, suavemente acariciado por la brisa! ¿Que no saben lo que hacen? ¡Pero si en todas las aldeas y ciudades de Galilea, de Samaria y de Judea has devuelto la vista a los ciegos y el oído a los sordos y el movimiento a los paralíticos, delante de todo el pueblo que te aclamaba y quería proclamarte rey! ¿Que no saben ]o que hacen?
¡Pero si en medio de ellos están aquellos diez leprosos —carne cancerosa, bacilo de Hansen…— y una sola palabra tuya: «¡Quiero, sed limpios!» bastó para transformar su carne podrida en la fresca y sonrosada de un niño que acaba de nacer!
¿Que no saben lo que hacen? ¡Pero si la muerte te devolvía sin resistencia sus presas! ¡Si te han visto resucitar a la hija de Jairo, todavía en su lecho de muerte, y al hijo de la viuda de Naím cuando le llevaban al cementerio! Y hace unos pocos días, a cinco kilómetros de Jerusalén, te acercaste al sepulcro de tu amigo Lázaro, que llevaba cuatro días enterrado y putrefacto. Y no invocando a Dios, sino con tu propia y exclusiva autoridad, le diste la orden soberana: «Lázaro, yo te lo mando, ¡sal fuera!», y como un muchacho obediente cuando se le da una orden, inmediatamente el cadáver corrompido se presenta delante de todos lleno de salud y de vida. ¡Y lo vieron los judíos, y lo vieron igualmente los príncipes de los sacerdotes, de tal manera que pensaron quitar también la vida a Lázaro, porque muchos creían en Ti por haberle resucitado de entre los muertos! ¿Cómo dices ahora que no saben lo que hacen? ¡Señor! Eres la suprema Verdad, tenemos que creer lo que nos dices, pero esto nos resulta muy difícil de entender. ¡Vaya si sabían lo que hacían! ¡Vaya si sabían lo que hacían!…
Anoche tuviste la osadía y el atrevimiento inaudito de decirle al príncipe de los sacerdotes que eras el Hijo de Dios; pero mucho antes habías tenido la osadía y el atrevimiento infinitamente mayor de demostrarlo plenamente. Eres el Hijo de Dios: lo habías demostrado hasta la evidencia. ¿Cómo dices, Señor, que no saben lo que hacen?
Y sin embargo, tienes razón. Señor. En realidad, en el fondo, no sabían lo que hacían aquellos desgraciados. No sabían lo que hacían, como no lo sabemos tampoco nosotros.
Porque tened en cuenta que Nuestro Señor Jesucristo, con su ciencia infinita, ciencia de Dios para la cual no hay futuros, ni pretéritos, sino un presente siempre actual, delante de la cruz nos tuvo presente a cada uno de nosotros. Con tanto lujo de detalles, con tanta precisión en los matices como si no tuviese delante más que a uno solo de nosotros.
Y el Señor levantó su mirada al cielo y pidió perdón no sólo por aquellos escribas y fariseos, sino por cada uno de nosotros en particular: uno por uno, en particular. Teología, no afirmaciones gratuitas, señores, teología; con su ciencia infinita Jesucristo, en lo alto de la era, nos tuvo presentes a cada uno de nosotros en particular.
Pensó sin duda alguna en mí y pensó concretamente en ti cuando repetía muchas veces, según el Evangelio: «Padre, perdónalos que no saben lo que hacen».
No sabemos lo que hacemos, efectivamente.
¡Muchacho que me escuchas! Cuando te decides a pecar a costa del tesoro infinito de la gracia santificante; de esa gracia de Dios que es el precio de tu entrada en el cielo, el billete indispensable para entrar en la gloria; de esa gracia santificante que según el príncipe de la teología católica, Santo Tomás de Aquino, en su más ínfima participación vale más y es infinitamente superior a toda la creación entera, incluyendo a los mismos ángeles; cuando haces entrega de ese tesoro divino, infinito, por un momento de sucio y bestial placer: ¡no sabes lo que haces!
Y tú, muchacha: la que te presentas elegantísimamente desnuda en aquella fiesta de noche. La que eres saludada y aclamada como reina de la fiesta en aquel ambiente de pecado,., y ríes y gozas y te sientes feliz… ¡pobrecita!; ¡no sabes lo que haces!
Y aquel padre de familia que pisotea las leyes del matrimonio y tasa a su capricho la natalidad, que no se preocupa de la educación de sus hijos, que se dedica solamente a sus negocios lícitos o ilícitos: ¡no sabe lo que hace!
Y tantos y tantos otros como pudiéramos recordar recorriendo cada uno de los pecados en particular; cuando pecando nos apartamos de la ley de Dios, en realidad tenía razón Nuestro Señor Jesucristo: no sabemos lo que hacemos:
¿Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!
Jesucristo no solamente perdona, no solamente olvida, lo que ya sería heroico; Jesucristo excusa y esto ya es el colmo del amor y del perdón. Busca una circunstancia atenuante, como hubiera buscado hasta una eximente total si pudiera encontrarla entre sus verdugos.
No pudo encontrarla puesto que pide perdón, y para el que es del todo inocente no se pide perdón. Les reconoció culpables, Pero ya que no podía encontrar la eximente total, al menos ofrece a su Eterno Padre una circunstancia atenuante: porque no saben lo que hacen.
Lección soberana dada por Nuestro Señor Jesucristo en lo alto de la cruz. Lección del perdón. Lección dura. A muchísima gente le resulta duro el sexto mandamiento, el séptimo, la honradez, la justicia social, etc., etc. ¡Ah!, pero sobre todo, ¡qué duro resulta perdonar!
Cuando se ha metido en lo hondo del corazón el odio y el espíritu de venganza; cuando en virtud de aquel pleito, de aquella herencia, de aquella discusión acalorada… la familia queda destrozada y el padre ya no se habla con el hijo, y los hermanos no se hablan entre sí… ¡por unas miserables pesetas que se estrellarán un poco más tarde sobre la losa del sepulcro!… Cuando se les ha metido el odio y el rencor en el alma, ¡qué difícil perdonar!… Por eso Nuestro Señor Jesucristo nos lo recordó en la cruz.
La doctrina del Evangelio, señores. Cristianismo íntegro. La doctrina del Evangelio.
¡Cuántas veces lo repitió Jesucristo a lo largo de su predicación! Enseñó la necesidad imprescindible de perdonar si queremos obtener para nosotros el perdón de Dios:
«Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen y calumnian, devolved a todos, bien por mal. Porque si sólo amáis a vuestros amigos, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen eso también los publícanos? Y si solamente saludáis a vuestros hermanos y amigos, ¿qué tiene eso de particular? Los mismos paganos lo hacen. Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».
«Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia».
«Con la misma medida que midiereis a los demás seréis vosotros medidos». «Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Así como nosotros perdonamos… de la misma manera, ¡estás leyendo tu sentencia de condenación, tú que rezas el Padrenuestro sin querer perdonar!)»
«Señor, ¿hasta cuántas veces tengo que perdonar?, ¿hasta siete veces. No. Sino hasta setenta veces siete», o sea, siempre que tu hermano te ofendiere, sin tope ni límite alguno.
«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».
Esta es la doctrina de Jesucristo: clara, terminante, ineludible ¡Maravillosa doctrina que el mundo no estaba acostumbrado a oír!
¡Qué bien la entendieron, qué bien la llevaron a la práctica los grandes discípulos del Crucificado! Un San Esteban, el protomártir, que cuando le estaban apedreando ve que se le abren los cielos y lanza aquella sublime exclamación imitando al divino Maestro:
«Señor, no les tengas en cuenta este pecado».
Y después de San Esteban, tantos y tantos millones de mártires como han dado testimonio de Cristo perdonando de todo corazón a sus verdugos.
Como aquel sacerdote de la gloriosa Cruzada Nacional, que cuando estaban a punto dé fusilarle,, dijo; «Esperad un momento, esperad un momento nada más. Concededme esta dicha suprema de poderos bendecir. Os bendigo con toda mi alma. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»,
Como una Santa Juana de Chantal, que perdonó de tal manera al que mató a su marido, que llegó a ser madrina de bautismo de uno de sus hijos; acción heroica que estremeció al mismo San Francisco de Sales.
Como el hijo de Luis XVI, el rey católico de Francia, cuando cayó en manos de sus verdugos. Cuando el carnicero Simón le estaba atormentando y le decía con sádico sarcasmo: «Dime, muchacho, dime: si llegases algún día a ocupar el trono de Francia, tú que eres el príncipe heredero, y me tuvieses en tus manos, ¿qué me harías, qué me harías si me tuvieses en tus manos?». Y aquel muchacho, educado cristianamente por sus padres, le contestó sin vacilar: «Te perdonaría de todo corazón».
¡Ese es el perdón cristiano! ¡Esa es la palabra y el ejemplo de Cristo!
¡Qué bien lo saben imitar los verdaderos discípulos de un Dios que en la cruz clavados tiene ya por los pecados de todos los pecadores ¡de tanto abrirlos de amores los brazos descoyuntados!,..
Hay que perdonar. Es muy duro, pero fíjate bien, tú que odias, tú que te niegas a perdonar. Viernes Santo. Escuchando las Siete Palabras de Nuestro Señor Jesucristo clavado en la cruz, la ley soberana del perdón. Tú que tienes un odio en el corazón. Tú que no quieres perdonar, fíjate bien. Mira, si esa persona que te ha ofendido a ti injustamente (voy a suponer que tienes tú toda la razón del mundo), si esa persona que te ha ofendido se arrepiente de su pecado y le pide perdón a Dios, se salvará aunque tú no le quieras perdonar. Le puede importar muy poco que tú le perdones o le dejes de perdonar. En cambio tú, que no le quieres perdonar (fíjate bien, no te eches tierra en los ojos para no ver estas cosas tan claras, fíjate bien), ¡te vas a condenar para toda la eternidad!
De manera que tratando de vengarte de tu enemigo, no te das cuenta de que en realidad te estás clavando una puñalada en tu propio corazón. ¡Quieres vengarte de tu enemigo y en realidad te estás vengando de ti! El sé puede reír de tu ira e indignación. Si le pide perdón a Dios, va al cielo. En cambio si tú no le perdonas vas al infierno para toda la eternidad. ¿Cómo no ves que estás haciendo un mal negocio, que eres verdugo de ti mismo? Si no quieres perdonar, fíjate bien, no soy yo, es Cristo quien lo dice: «Con la misma medida con que midiereis a los demás, seréis medidos vosotros».
Si la muerte te sorprende con ese rencor en el alma, no te quepa la menor duda, ni te hagas ilusiones: descenderás al infierno para toda la eternidad. ¡Pobrecito que me escuchas!, en la tarde del Viernes Santo ¿no te decidirás a salvar tu alma perdonando de corazón a tu enemigo… volviendo a hacer las paces con tu familia destrozada?
«Es que no lo merecen por la villanía de su ofensa».
¡Y qué más da que no lo merezcan! Lo merece Cristo y lo merece también la salvación de tu propia alma, que se pierde sin remedio si te obstinas en tu negativa de perdón.
Parábola maravillosa de Nuestro Señor Jesucristo, señores.
El reino de los cielos es semejante a un rey que quiso tomar cuentas a sus siervos. Al comenzar a tomarlas se le presentó uno que le debía diez mil talentos (una fortuna colosal: más de sesenta millones de pesetas), pero como no tenía con qué pagar, mandó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y saldar la deuda. Entonces el siervo, cayendo de hinojos, dijo: Señor, dame espera y te lo pagaré todo. Compadecido el señor del siervo aquel le despidió, condonándole la deuda. En saliendo de allí, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien denarios (cien miserables pesetillas), y agarrándole le sofocaba diciéndole: Paga lo que debes. De hinojos le suplicaba su compañero, diciendo: Dame espera y te pagaré. Pero él se negó, y le hizo encerrar en la prisión hasta que pagara la deuda. Viendo esto sus compañeros, les desagradó mucho, y fueron a contar a su señor todo lo que pasaba.
Entonces hízole llamar el señor, y le dijo: Mal siervo, te condoné yo toda tu deuda, porque me lo suplicaste. ¿No era, pues, de ley que tuvieses tú piedad de tu compañero, como la tuve yo de ti? E irritado, le entregó a los torturadores hasta que pagase toda la deuda. Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonaré cada uno a su hermano de todo corazón».
Es Jesucristo, señores, la Verdad Eterna, quien pronunció esta parábola. ¿No quieres perdonar? ¡Pues te condenas!, no te hagas ilusiones: te vas al infierno para toda la eternidad. Te lo recuerda la primera palabra de Jesucristo en la cruz.
¿Dices que te han ofendido demasiado? Escúchame: ¿Han llegado a clavarte en una cruz? ¿Están chorreando sangre tus manos y tus pies? Pues cuando clavado en la cruz, cuando chorreando sangre sus manos y sus pies, cuando las burlas y las blasfemias „ precisamente entonces es cuando Jesucristo Nuestro Señor decía con inefable dulzura: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».
No tienes excusa. Si después de este sublime ejemplo de Jesucristo compareces delante de Dios con ese odio, te pierdes para toda la eternidad, ¡Ten valor! No por él, si no quieres; no por ese enemigo tuyo, sino por Cristo, por amor al divino Crucificado, por compasión hacia tu pobre alma que se va a perder por toda la eternidad. En esta noche de Viernes Santo, al pie de un crucifijo, ten el valor de decir:
¡Señor, voy a perdonar con toda mi alma! Voy a tomar la iniciativa de ofrecer el perdón aunque yo sea el ofendido.
Y si tu enemigo no te quiere perdonar, tú ya has cumplido, ya has hecho de tu parte lo que Cristo te exige para darte su perdón. Pero dile de verdad a Cristo que quieres perdonar de todo corazón a tu enemigo» hoy a los pies de un crucifijo, en esta noche del Viernes Santo.
Y si no tienes el valor de llegar hasta el supremo heroísmo de Nuestro Señor Jesucristo pronunciando su fórmula, que no solamente perdona, que no solamente olvida, sino que incluso excusa al culpable, al menos pronuncia esta otra que es absolutamente indispensable para obtener la salvación eterna de tu alma: «¡Padre, perdónalos aunque sepan lo que hacen!».
SEGUNDA PALABRA
«HOY ESTARAS CONMIGO EN EL PARAÍSO»
(LUC. 23, 43)
| A |
ún resonaba dulcemente en lo alto de la colina del Calvario el eco del perdón de Jesús cuando ocurrió otra escena de inmensa emoción y llena de fecundas enseñanzas para nuestra vida cristiana. Dice el Evangelio que a la derecha y a la izquierda de Jesucristo fueron crucificados dos ladrones. Dos facinerosos: el que luego resultó el buen ladrón, que era precisamente el que estaba a la derecha de Jesucristo, y el que resultó el mal ladrón, que era precisamente el que estaba a la izquierda del Señor.
Tal vez no les correspondía aquel día ser crucificados. Estaban condenados a muerte, pero seguramente hubieran sido ajusticiados después de los días solemnes de la Pascua de los judíos. Pero acaso para dar más brillantez al espectáculo de la crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo fueron crucificados juntamente con Él, uno a su derecha y otro a su izquierda.
Al principio quizá comenzaron a blasfemar los dos ladrones; así lo insinúan San Mateo y San Marcos. San Lucas parece dar a entender que solamente uno de ellos comenzó a blasfemar del Señor. Sea de ello lo que fuere, al menos el ladrón que tenía a la izquierda comenzó a increpar a Jesucristo, repitiendo lo que estaba oyendo a los escribas y fariseos, a los jefes de la Sinagoga: «¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz, sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros, y entonces creeremos en ti».
Jesucristo escuchó en silencio esas blasfemias. Estaba crucificado escasamente a dos metros de distancia. Acaso dirigió una suave mirada, llena de amor y misericordia hacia aquel desgraciado, volviendo la cabeza hacia la izquierda, y… calló. Tal vez —es muy probable— repitió, para él solo, la palabra de perdón que acababa de pronunciar; porque ya os he dicho antes que el Evangelio emplea la expresión decía, lo cual quiere decir que la iba repitiendo, la dijo muchas veces, Y acaso una de las veces, levantando sus ojos al cielo, dijo; «Padre, perdónale, porque no sabe lo que hace ni lo que dice».
En realidad, no tenía él toda la culpa. Lo estaba oyendo a sus jefes en aquellos mismos momentos. No tenía él toda la culpa. Siempre el inductor es más culpable que el ejecutor material de un crimen.
El otro ladrón, el colocado a la derecha, tal vez al principio comenzó a blasfemar también, como insinúan San Mateo y San Marcos; aunque San Lucas afirma que fue solamente el de la izquierda. Lo cierto es que al contemplar el heroísmo sublime de Nuestro Señor Jesucristo, al escuchar el eco dulcísimo de su palabra de amor y de perdón, al ver de qué manera recibía aquella tempestad de insultos y de risotadas y blasfemias… con aquella paz y aquella mansedumbre, y aquella humildad tan profunda… y, sobre todo, bajo el influjo de la gracia de Dios, que se iba insinuando poco a poco en su corazón para irlo reblandeciendo y en su inteligencia para iluminarla, se verificó en el buen ladrón una profunda transformación psicológica. Y de pronto, en medio de aquella espantosa tortura, devorado ya por la fiebre —a los ajusticiados les subía en seguida la temperatura a treinta y nueve o cuarenta grados—, haciendo un esfuerzo para volverse hacia su compañero y encontrándose con la mirada de Jesucristo en el centro, atravesó la cruz del Señor para poner sus ojos en su compañero, y le dijo: «¿Ni siquiera a la hora de la muerte temes a Dios?».
Se siente apóstol y quiere conquistar el alma de su compañero. Quiere también que arrodille su alma ante Cristo: «¿Ni siquiera a la hora de la muerte temes a Dios? Tú y yo estamos muy bien crucificados, porque hemos sido unos criminales, pero este que está en medio de los dos nada malo ha hecho, éste es inocente».
Confesión humilde de sus culpas. Se reconoce culpable: «Tú y yo somos criminales, estamos muy bien crucificados, pero éste es inocente».
¡Qué maravillas obra la gracia de Dios cuando cae de lleno sobre un corazón que no le pone obstáculos! ¡Dios mío! Y esto no es más que el preludio de una obra de arte, el pórtico de una maravillosa catedral.
Vamos a penetrar en el santuario. Sigamos escuchando al buen ladrón.
Acaba de hablar con su compañero. Ha querido enternecerle, ha querido comunicarle sus propios pensamientos; pero en la mirada llena de odio de aquel malvado, en su gesto torvo, en su manifiesta obstinación, comprendió que estaba perdiendo el tiempo. Y dirigiéndose a Nuestro Señor Jesucristo le dice sencillamente:
«Señor…».
¡Pobrecito ladrón!, estás delirando, no sabes lo que dices; cuarenta grados de fiebre, estás delirando. ¿Señor un ajusticiado desnudo, abandonado de todos, colgado de una cruz y escarnecido de la plebe y de los jefes? ¡Pobrecito, estás delirando, no sabes lo que dices!
Pero el ladrón continúa impertérrito:
«Acuérdate de mí…».
¡Qué soberana invocación! ¡ Qué plegaria!: «Acuérdate de mí». No le pide un lugar en su reino, no le pide un trono; no cree merecerlo. Él sabe que no lo merece: es un criminal. Simplemente le dice:
«Acuérdate de mí». Un recuerdo nada más. ¡Qué bien había comprendido el Corazón de Cristo!, ¡qué de cosas le había revelado la gracia de Dios en unos instantes!, ¡qué maravilla de la gracia!
«Señor, acuérdate de mí». Imitando a los grandes santos, las
disposiciones de las almas perfectísimas, que nunca piden a Dios nada concreto, sino que cumpla en ellas su divina voluntad.
Alargando su mano de mendigo y pordiosero dice sencillamente:
«Señor, acuérdate de mí».
Cuando Lázaro, el amigo íntimo de Jesucristo, estaba gravemente enfermo y sus hermanas envían un recado al divino Maestro ausente, y le dicen: «Señor, el que amas está enfermo», no le dicen que vaya a curarle, no le dicen que vaya a hacer el milagro. Simplemente le dan la noticia con una confianza Inmensa: «El que amas está enfermo». ¡Conocían a fondo el Corazón del divino Maestro! Si El se entera que nuestro hermano está enfermo, Él le curará. ¡Con qué sencillez y confianza se lo dicen!
Sin embargo, esto no debe maravillarnos demasiado, porque las hermanas de Lázaro, Marta y María, conocían a fondo el Corazón del divino Maestro. Pero que un ladrón, cargado de crímenes monstruosos, a la hora de la muerte se inunde su alma de una claridad tan grande que de un salto se coloque en las disposiciones más perfectas de las almas santas, de los amigos íntimos de Jesús, y que le diga: «¡Señor, acuérdate de mí!», no te pido nada más que un recuerdo, todo lo demás corre por tu cuenta… ¡es sencillamente sublime!
Y todavía añade: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
A tu reino, fijaos bien. ¡Pobrecito! No cabe duda, está delirando, no sabe lo que dice: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Y no lo dice dudando: sí llegas a tu reino; no dice eso, sino: cuando llegues a tu reino. Está seguro de que llegará; y está seguro de que su reino no es de este mundo, puesto que aquel ajusticiado que tiene a su izquierda ha de morir dentro de unos instantes. Sabe muy bien que su reino no es de este mundo. ¿Quién se lo ha dicho? ¿Quién se lo ha revelado? ¡Qué maravilla de la gracia! Una inundación de luz en !a inteligencia, una inundación de gracia en su corazón. Y en aquel instante —vuelvo a repetir— se planta de un salto en las disposiciones de las almas más perfectas, de los amigos íntimos de Jesús: «Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Y Jesucristo, que no respondía a las blasfemias y a los insultos más que para perdonarlos; Jesucristo, que calló cuando el mal ladrón le estaba insultando; Jesucristo, desde lo alto de la cruz, contestó en el acto al buen ladrón y le contestó divinamente, a lo Dios. Le pedía un recuerdo y le dice: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Hoy mismo, esta misma tarde, antes de que el sol se ponga.
¡Señores! Estas palabras, según San Agustín, constituían un verdadero juramento. La palabra de Jesús se tenía que cumplir. El cielo y la tierra pasarán, pero las palabras del Hijo del hombre no pasarán jamás. Aquella misma tarde se cumplieron en el buen ladrón.
Santo Tomás de Aquino, príncipe de la teología católica, dice que aquella tarde comunicó Cristo al buen ladrón la visión beatífica. No tuvo que esperar en el limbo o seno de Abraham a que se realizara la redención del mundo, como los Patriarcas y Profetas del Antiguo Testamento; porque, como explica Santo Tomás, aquella misma tarde comunicó Cristo la visión beatífica a todos los justos del Antiguo Testamento que estaban esperando la redención.
«Hoy, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». Y una vida de crímenes, una vida de excesos, una vida de pecados monstruosos, desembocó en el cielo sin purgatorio alguno. Su humildad, su fervor, su arrepentimiento, su fe en el divino Maestro, los tormentos de la crucifixión, equivalieron a las pruebas purificadoras y aquella misma tarde ¡la visión beatífica!
Señores» ¿quién podrá explicar el amor y la misericordia de Jesucristo, Redentor de la humanidad? Basta decir: ¡perdón! para que en el acto se nos cierren las puertas del infierno y se nos abran de par en par las puertas de la gloria.
Señores: en la vida del gran apóstol medieval San Vicente Ferrer, se lee una anécdota verdaderamente conmovedora y emocionante: después de uno de aquellos sermones tan encendidos que brotaban de los labios del gran apóstol valenciano, se le acercó un pecador que llevaba muchos años sin confesarse. Se confesó con un arrepentimiento vivísimo. El santo estaba profundamente conmovido. Tan conmovido, que a pesar de que su penitente había llevado una vida tan desastrada, entregada de lleno a toda clase de crímenes y pecados, le puso una penitencia muy pequeña; porque gran teólogo como era San Vicente Ferrer, formado en los libros de Santo Tomás de Aquino, sabía que lo único que interesa en el momento de confesar un pecado es el arrepentimiento vivísimo, la profunda humildad con que le pedimos perdón a Dios. Y le vio tan arrepentido que le puso una muy ligera penitencia. Pero entonces aquel gran pecador, que esperaba una penitencia gravísima, porque creía qué la merecía, al ver que le ponía una tan ligera e insignificante, se echó a llorar a los pies de San Vicente Ferrer y le dijo: «¡No!, esa penitencia no la puedo aceptar. Tiene que ser mucho mayor, muchísimo mayor, como merecen mis pecados». Entonces San Vicente Ferrer, dándose cuenta de que el pobre pecador estaba mucho más arrepentido de lo que él pensaba, lejos de aumentarle la penitencia se la rebajó la mitad. Y fue tal el arrepentimiento, fue tal la emoción que se apoderó de aquel hombre al ver de qué manera tan benigna le acogía y abrazaba el ministro y representante de Jesucristo, fue tan profundo su dolor de contrición, que cayó muerto a los pies de San Vicente Ferrer. Y el gran santo, en visión intelectual, vio el alma de aquel pecador que entraba inmediatamente en el cielo sin pasar por el purgatorio. Se había cumplido también al pie de la letra la sublime palabra de Jesucristo: «Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso».
Señores, ¡qué maravillosa la segunda palabra de Jesucristo en la cruz! ¡Qué libro de meditación, qué de cosas nos dice!
Por de pronto, fijémonos en la escena.
Tres cruces en lo alto del Calvario: el inocente en el centro, el penitente a la derecha, el obstinado a la izquierda.
Tres cruces. Reflejo, símbolo de toda la humanidad caída, de todos los hombres sin excepción.
Todos tenemos que sufrir, todos tenemos que llevar una cruz: por las buenas o por las malas. Porque todos somos pecadores; y el dolor, la cruz, es el castigo del pecado. Os lo explicaré más detenidamente al comentar la cuarta palabra de Cristo en la cruz.
Todos somos pecadores, todos tenemos que sufrir, por las buenas o por las malas. ¡Qué poquitos pueden sufrir en plan de inocentes! Con inocencia total y perfecta, solamente Jesucristo Nuestro Señor y la Santísima Virgen Nuestra Señora, la Corredentora del mundo, la Reina y Soberana de los mártires. Ellos no tenían nada que sufrir por sus pecados personales, puesto que no tenían absolutamente ninguno; pero habían querido representar, voluntariamente, a todos los pecadores del mundo y tuvieron que padecer aquel espantoso martirio. Padecieron en plan de inocentes, para salvar al mundo entero.
Otros tienen que padecer en plan de penitentes. ¡Bendita penitencia! Aquella María Magdalena, mujer tan bella como depravada, pero que se hace después, por la penitencia, una santa de primera categoría. Aquel Pedro que la noche del Jueves Santo negó tres veces al divino Maestro, pero que después se le formaron dos surcos en las mejillas de tanto llorar aquel pecado. Aquel Agustín, este Dimas el buen ladrón, y tantos y tantos pecadores…
San Pedro de Alcántara se apareció después de muerto a Santa Teresa de Jesús, que le había conocido en vida, y le dijo resplandeciente de luz: «¡Bendita penitencia que me ha granjeado una gloria tan grande!». Se lo dijo a Santa Teresa resplandeciente de luz.
Pero hay también la cruz de los obstinados. Tienen que sufrir también —es inevitable—> pero sufren en medio del paroxismo de su rabia y desesperación. Sufrirán, mal que les pese, porque son pecadores y más pecadores que nadie, ya que pecan con protervia y obstinación. Tendrán que llevar la cruz. Con rabia y desesperación, con blasfemias e injurias contra el cielo. Lo que quieran, pero tendrán que llevar la cruz en este mundo y tendrán que descender después por toda la eternidad al infierno. ¡Qué terrible panorama!
Las tres cruces del Calvario: el inocente, el penitente y el obstinado satánico.
Todos tenemos que sufrir, señores, pero estamos a tiempo de escoger nuestra propia cruz.
No podremos escoger la cruz de la inocencia, pero a nuestra disposición está la cruz de la penitencia, que desemboca en el cielo. Pero quiero detenerme en otro aspecto que desde el punto de vista teológico es más impresionante todavía que el que acabo de destacar. Porque en esta segunda palabra de Jesucristo en la cruz se nos aclara el tremendo misterio de nuestra eterna predestinación.
Es dogma de fe católica: Dios quiere que todos los hombres se salven. Y lo quiere con esa seriedad que hay en la cara de Cristo crucificado. Si alguno dijere que Dios desea positivamente la condenación de un solo hombre predestinándole al infierno haga lo que haga, tanto si es bueno como si es malo, sepa que está diciendo una blasfemia, una verdadera herejía condenada por la Iglesia. Dios quiere que todos los hombres se salven. Y lo quiere, vuelvo a repetir, con esa seriedad que hay en la cara de Cristo crucificado. ¡Ah!, pero ha puesto en nuestras manos nuestra libertad. A todos los hombres del mundo, incluso al último salvaje que no ha recibido la visita del misionero, ni ha oído hablar jamás de Jesucristo, le toca Dios el corazón, le ilumina la inteligencia y le da las gracias suficientes, suficientísimas, para salvarse si él quiere.
¡Pero tiene que querer!
Porque Dios Nuestro Señor ha puesto en nuestras manos nuestra propia libertad, y tiene un respeto terrible, verdaderamente imponente, a nuestra propia libertad. ¡Respeta nuestra libertad! No quiere nuestra salvación a empujones, no quiere llevarnos al cielo a la fuerza. Está dispuesto a recibirnos a todos con los brazos abiertos, tan abiertos que los tiene clavados en la cruz para recibir y acoger a todos los pecadores. Basta una sola palabra: «¡Perdóname, Señor!», para que nos perdone en el acto. Por Él no quedará. Dios quiere la salvación de todo el género humano, absolutamente de todos.
Pero quiere que queramos, quiere que cooperemos. Y si no pronunciamos esa palabra de arrepentimiento, rechazando con verdadero dolor de corazón nuestros propios pecados, estamos perdidos para toda la eternidad. Cristo lo sentirá mucho, mejor dicho lo sintió mucho cuando estaba clavado en la cruz. Te estuvo viendo, pecador, cómo te alejabas de Él protervo y obstinado. ¡Cómo lloraba, cómo pedía perdón por ti! Pero tropezaba con el decreto inexorable del Eterno Padre: el respeto a la libertad humana. Él que quiere salvarse se salva, pero el que se empeñe en condenarse se condena. Contra la voluntad de Dios, pero precisamente porque Dios ha dejado en nuestras manos el libre albedrío y tiene un respeto aterrador, terrible, a nuestra propia libertad. El que quiere salvarse se salva, pero el que se empeña en condenarse se condena.
¡Cuántos Gestas, cuántos Dimas en el mundo de hoy y a todo lo largo de los siglos de la Historia!
Cuántos Gestas que están oyendo, mejor dicho, que no están oyendo este sermón de las Siete Palabras; porque cuando esta noche han puesto la radio buscando música de baile, al ver que las emisoras españolas, que tienen un sentido católico tradicional, están trasmitiendo sermones o los Oficios litúrgicos de Semana Santa, han sincronizado con una radio extranjera y han organizado un baile y ríen a carcajada limpia. No están oyendo el sermón, pero aunque lo oyeran sería igual, porque tienen el corazón endurecido y sólo les serviría de motivo de burla y escarnio de los misterios más augustos de nuestra fe. ¡Qué carcajadas lanzarían! «¡Qué cosas dicen los cristianos!… ¡Dios!… Dios, si existiera, no se preocuparía de nosotros; pero es que además no existe, ni existe tampoco el infierno. Me río de todo eso!».
¡Desgraciado!, no sabes lo que dices. ¿Acaso porque lances tu carcajada volteriana dejará el infierno de existir? Si tú dices ¡no!, pero Dios dice ¡sí!, será ¡sí! para toda la eternidad.
«Es que yo no creo».
¡Y eso qué importa! Las cosas de Dios son como Dios ha querido que sean, no como se te antojen a ti. Vuelvo a repetírtelo, quiero que mis palabras se te claven en el alma: si tú dices ¡no!, pero Dios dice ¡sí!, será ¡sí! para toda la eternidad.
Un alma grande, señores, un alma muy de Dios, que murió hace unos años en olor de santidad y cuyo proceso de beatificación ha sido ya incoado, dejó escrito en sus apuntes íntimos que Dios Nuestro Señor le hizo ver en repetidas ocasiones el infierno y oír el grito de horror que lanza un alma cuando cae para siempre en él. En el momento en que un alma se precipita en el infierno lanza un grito espantoso: «¡Maldición!… ¡ Horror!… ¡ Era verdad!… ¡Me equivoqué!.,. ¡ Para siempre!…» Lo oyó muchas veces esa alma santa: está incoado su proceso de beatificación.
¿No lo crees? ¿Te ríes? ¡Pobre de ti! Esa carcajada sarcástica tendrá una resonancia trágica para toda la eternidad en el infierno. ¡Sigue ahora gozando, sigue ahora riendo! ¡Pobre de ti!… ¡La que te espera para toda la eternidad!… Eres Gestas, el protervo, el obstinado. Estás viendo en estos días tantos ejemplos salvadores, respiras el ambiente cristiano que te rodea por todas partes, oyes las campanas de las Iglesias, ves a la gente que sale de las funciones litúrgicas, contemplas las procesiones de Semana Santa, acaso lias oído un fragmento del sermón… pero tienes el alma dura: eres Gestas, y te revuelves en medio de tu rabia y de tu desesperación contra ese Dios que te prohíbe tantas cosas que tienes metidas en el alma: tantas pasiones, tantas injusticias, tantos atropellos…, ¡eres Gestas! y no te quieres someter. Has oído el perdón de Cristo, sabes muy bien, como lo supo aquel infeliz, que basta una sola palabra de arrepentimiento para obtener plenísimamente el perdón de Jesucristo; y sin embargo, te vuelves enfurecido contra Él y rechazas su perdón y prefieres morir impenitente.
Es, señores, el misterio insondable de la libertad humana. ¡Cuántas cosas vio el mal ladrón desde lo alto de su cruz! Escuchó aquella palabra sublime de Nuestro Señor Jesucristo: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Vio dé qué manera perdonaba a su compañero toda una vida de crímenes ante una sola expresión de dolor. Un poquito más tarde vio cómo saltaba la roca del Calvario, en medio de aquel espantoso terremoto. Vio las tinieblas, y de qué manera se golpeaba el corazón el Centurión: «¡Verdaderamente Este era el Hijo de Dios!»; y a pesar de todo ello permanece obstinado y rebelde. ¡Es el misterio insondable, señores, de la libertad humana, luchando, forcejeando contra la misericordia de Dios! ¡Cuántos Gestas se agitan todavía sobre el mundo de hoy!
Pero también —y esta es la contrapartida infinitamente
consoladora— ¡cuántos Dimas, cuántos buenos ladrones que han sabido arrepentirse a tiempo! Después de tantas injusticias, después de haber robado tantas cosas, han sabido robar también a la infinita misericordia de Dios el cielo para toda la eternidad.
¡Cuántos Dimas a través de la Historia, cuántos pecadores que se han vuelto a Dios y han encontrado a la vez la alegría en su corazón!
En mi vida de misionero ¡cuántas veces se me han acercado los pecadores después de una misión: «¡Padre, padre, qué alegría, qué felicidad!», y me han bañado con sus lágrimas mis manos consagradas de sacerdote de Cristo al encontrar el perdón de Dios. ¡Qué alegría se apodera de ellos! ¡Cuántos Dimas, cuántos buenos ladrones que volvían a la casa del Padre, cuántos arrepentidos!
Tú, pobre pecador que me escuchas, tú podrías ser también uno de ellos.
«Pero, Padre, yo he pecado demasiado. ¡Tengo la conciencia cargada con tantos crímenes! ¡He pisoteado todos los mandamientos de la Ley de Dios!».
¡Calla! ¡Cállate, que el pecado más grave que has cometido en toda tu vida es precisamente este que estás cometiendo en estos momentos al decir: «Soy demasiado pecador; Dios ya no me puede perdonar». ¡Calla!, que ese es el más grave de todos los pecados que se pueden cometer.
Óyeme bien: tú, el que has sido un criminal, el que has pisoteado todos los mandamientos de la Ley de Dios, sin dejarte uno solo por activa y por pasiva, y con circunstancias agravantes de verdadero refinamiento; tú que llevas tantos años de crimen y de pecado, óyeme bien. Si te decides a volver a Dios no tendrás que emprender una larga caminata: basta un sollozo inmenso que estalle en tu corazón al decir ¡perdóname, Señor, perdóname! Basta eso. Al instante Cristo Nuestro Señor te perdonará: «Pronto, el vestido de boda como al hijo pródigo, arrancadle esos harapos, quitadle las alpargatas sucias, ponedle el anillo en el dedo y matad el mejor ternero cebado que tengamos en nuestro establo; porque es preciso celebrar un gran banquete, ya que este pobre hijo mío estaba muerto y ha resucitado, le había perdido y le he vuelto a encontrar». ¡Tú puedes ser un santo en la Iglesia de Dios Nuestro Señor!
¡Ah, señores, cuándo comprenderemos el amor y la misericordia infinita de Dios! ¡Cuándo entenderemos el Corazón de Cristo, su infinita compasión y misericordia para con los pobres pecadores! Señores: si Judas, aquel infame traidor que cometió el pecado más horrendo que registra la historia de la humanidad entregando con un beso de traición al Redentor del mundo; el pecador número uno de toda la humanidad, que a pesar de convivir tanto tiempo con Él no llegó a comprender el Corazón del divino Maestro; si Judas, digo, se hubiera arrepentido de su pecado y se presenta en la colina del Calvario, y cayendo de rodillas delante de la cruz de Cristo lanza este grito desgarrador: «¡Perdóname, Señor!», Jesucristo no hubiera pronunciado en la cruz siete palabras, sino ocho. Y la octava palabra, la que hubiese pronunciado sobre Judas el traidor, hubiera sido ésta:
«Tú serás columna de mi Iglesia, al lado de Pedro y de Juan». Y hoy veneraríamos en nuestros altares al Apóstol San Judas, el que entregó a Nuestro Señor.
¡Pecador que me escuchas! Estás a tiempo todavía, ¡estás a tiempo todavía! Aunque tengas la conciencia cargada con todos los crímenes imaginables, si le dices de verdad a Jesucristo: «Señor, perdóname». Cristo te dirá; «Hoy, hoy mismo, al caer de la tarde, al atardecer de tu vida —porque dice la Sagrada Escritura, señores, que mil años son ante Dios como el día de ayer que ya pasó, ¡como un solo día mil años!, de manera que los setenta u ochenta que tenemos que vivir en este mundo son como unos instantes—, hoy, hoy mismo, al atardecer de tu vida, estarás conmigo en el paraíso».
TERCERA PALABRA
«MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO…,
AHÍ TIENES A TU MADRE» (JN. 19, 26 27)
| N |
o es una escena sentimental inventada por algún poeta cristiano para conmover a los hombres. No se trata del guión cinematográfico de una terrible tragedia. Lo dice expresamente el Evangelio: «Stabat iuxta crucem Iesu Mater eius»: «Estaba junto a la cruz de Jesús, su Madre». Lo dice expresamente el Evangelio.
¡Pobrecita! Lo ha contemplado todo. Ha visto cómo desnudaban a su divino Hijo. Ha sentido en su carne virginal el dolor profundo del divino Mártir cuando le taladraban las manos y los pies para coserlos al madero de la cruz- Ha escuchado su primera y segunda palabras llenas de perdón, de amor y de misericordia. Ve que se está muriendo de sed en medio de espantosos tormentos.
Cuando matan a un corderuelo, apartan a la pobre ovejita para que no lo contemple, María tiene que estar allí. ¡Tiene que estar allí!
Estaba predestinado por Dios.
¡Qué maravillosa antítesis o paralelismo antitético: Adán-Eva, Cristo-María! Adán nos perdió a todos con la complicidad de Eva, Cristo nos salvó a todos, iba a decir, con lá complicidad de la Santísima Virgen María. Tenía que ser la Corredentora de la humanidad y lo fue. Por eso permaneció de pie en lo alto de la colina del Calvario, junto a la cruz de Jesús. Martirio inefable.
Absolutamente indescriptible.
¡Pobrecita! ¡¡Cómo hubiera querido abrazarse a la cruz, para socorrer a su divino Hijo! Pero la apartaron brutalmente. No la dejaron acercar.
En nuestro Museo del Prado hay un cuadro magnífico que representa a San Bernardo indeciso, vacilante. No sabe qué hacer. Tiene delante un gran Crucifijo y a la Virgen Santísima de los Dolores contemplándole. El artista ha sabido recoger genialmente el instante en que San Bernardo no sabe donde mirar, si a Cristo o a la Virgen, a la Virgen o a Cristo.
Son dos estrofas de una única sinfonía. Son dos episodios de un mismo drama, del drama redentor. La Santísima Virgen María, la Corredentora de la humanidad, contemplando el martirio inefable de Nuestro Señor, mezclando las lágrimas virginales de sus ojos purísimos a las gotas de sangre que iban corriendo desde lo alto de la cruz. Son dos aspectos de un mismo y gigantesco drama.
La Virgen María es nuestra Corredentora. Nos salvó juntamente con Nuestro Señor Jesucristo. Pero ¡a precio de qué dolor!
El martirio de la Santísima Virgen María es incomparablemente más trágico que el sacrificio que se le pidió al Patriarca Abraham cuando Dios le ordenó inmolar a su hijo Isaac. Porque el Patriarca Abraham era el padre, no la madre; y porque el sacrificio que se le pidió fue solamente intencional: no llegó a consumarse. En el Calvario no es el padre, sino la Madre, y el sacrificio se está consumando trágicamente. Y no de un golpe, sino gota a gota. ¡Martirio inefable!
«Oh, vosotros los que cruzáis por los caminos de la vida, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor».
No pudo abrazarse a la cruz de Jesús. Estaba prohibido terminantemente acercarse a la cruz de los ajusticiados, y la soldadesca seguramente apartaría con un gesto brutal a la Santísima Virgen si en algún momento quiso intentarlo. Pero estaba cerquita, y Jesús podía dirigirle la palabra sin levantar demasiado la voz.
Imaginemos la escena, señores. Sería mejor que callásemos, que rompiésemos a llorar, que nos pusiéramos de rodillas… Pero yo tengo que reproducir la escena en la forma que pueda, con mi palabra torpe y vacilante.
Jesús estaría contemplando desde lo alto de la cruz, a través de sus ojos cargados de sangre, a la Virgen María, imagen viviente del dolor en su máxima expresión. Allí estaba la Corredentora del mundo. ¡Cómo se aumentarían los dolores internos de Jesucristo viendo sufrir a su Madre santísima de manera tan espantosa! Pero Él tenía que permitir aquello. Tenía que permitirlo, porque estaba decretado por Dios: una primera pareja, Adán y Eva, perdieron al mundo; una segunda pareja. Cristo y María, tenían que salvarlo.
Tenían que estar allí los dos, y El, obediente a la voluntad de su Eterno Padre, consentía en el martirio de su Madre santísima; y la Santísima Virgen María tenía que consentir y aceptar el martirio de Jesús, su Hijo inocente, para salvarnos a nosotros, los hijos de traición.
Pero Jesús la tenía muy cerquita, la miraba con inefable dulzura.
¡Cómo sería la última mirada que Nuestro Señor Jesucristo dirigió a su Madre queridísima! Cosas inefables, señores. Para caer de rodillas. Para callar. ¡Cómo la miraría!
Y le dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo…», Y fijándose en Juan, el discípulo amado: «Ahí tienes a tu Madre».
Esta fue la tercera palabra, la tercera frase que pronunció Nuestro Señor Jesucristo en la cruz, vamos a explicarla un poco.
El sentido literal, material, tal como suenan las palabras, era sencillamente éste: un buen hijo que está cumpliendo el cuarto mandamiento de la Ley de Dios, que nos manda honrar al padre y a la madre. Sabía que iba a morir dentro de breves momentos, San José había muerto ya. La Santísima Virgen María no tenía a nadie en este mundo. Quedaba completamente sola. Y pensando en su Madre, pensando en el porvenir humano de su Madre, cumpliendo maravillosamente el cuarto mandamiento de la Ley de Dios, pensando en Ella como buen Hijo, exclama: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
¿Por qué le dice «mujer» y no «madre»?.,. Ah, señores, qué maravilloso episodio. El Evangelio es divino, no sobra ni falta una sola palabra. ¿Por qué dijo mujer y no madre?
Dos son las interpretaciones principales que se pueden dar, y las dos son maravillosas.
En primer lugar, para no atormentarla más. ¡Madres que me escucháis, las que habéis perdido a un hijo en la flor de su juventud!
¿Recordáis? Cuando se os moría por momentos, cuando con los ojos moribundos os dijo por última vez: «¡Madre!», ¿os acordáis? ¡Cómo se os grabó en el alma aquella palabra, qué espina tan aguda! La tenéis todavía clavada en el corazón. La palabra «madre» en un hijo moribundo es como una puñalada, como una saeta que se clava en el corazón. Y Jesucristo, para no hacerla padecer más, para no atormentarla más con esa palabra tan dulce, tan tierna, tan delicada, para no destrozarle todavía más aquel corazón sangrante, renuncia a la dulzura de llamarla «Madre», y le dice: «¡Mujer!».
Pero, además, Cristo pronunció esa palabra para darnos a entender a todos que Ella era la «mujer».
En la mañana del Viernes Santo, Poncio Pilato. Procurador romano, sin saber lo que decía, pero cumpliendo los designios de Dios, señaló a Jesucristo: «Ecce homo»: ahí tenéis al hombre. ¡AI Hombre! Al prototipo de la humanidad noble, elevada, santa, sobrenatural. ¡Ahí tenéis al hombre; al prototipo del hombre!
Y Nuestro Señor Jesucristo, desde lo alto de la cruz, replica: ¡Ahí tenéis a la mujer! Al prototipo, al ideal más sublime de la mujer.
María era la mujer predestinada, la mujer por excelencia, anunciada ya en las primeras páginas del Génesis, el primer libro de la Sagrada Escritura. Al relatar la escena del paraíso terrenal, cuando Dios se dirige indignado a la serpiente infernal, que había seducido a nuestros primeros padres, le dice: «Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. El linaje de la mujer aplastará tu cabeza y tú le pondrás asechanzas a su calcañal».
Era María la mujer anunciada en el libro del Génesis, en la aurora del mundo, en el primer día de la humanidad. ¡Ahí tenéis a la mujer!
«¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!». Juan será tu hijo. Él se encargará de tu sustento. Yo me voy a mi Padre, pero no te dejaré huérfana en el mundo. Juan se encargará de ti.
Y dirigiéndose con inefable ternura a Juan:
«Hijo, ahí tienes a tu Madre». Era como decirle: ¡Cuídamela bien…, cuídamela bien…, es mi Madre y también la tuya!
«¡Hijo, ahí tienes a tu Madre!».
¡Cómo la recibiría San Juan! Aquel joven apóstol, que ya la adoraba por ser la Madre de Jesús, cuando se sintió dueño de aquel tesoro que le había dejado en testamento su divino Maestro, ¡cómo la recibiría junto a su corazón de hijo! ¡Qué perla! ¡Qué joya le dejó Nuestro Señor en testamento al evangelista San Juan, a su discípulo amado, al discípulo virgen! La Madre Virgen, para el discípulo virgen. La pureza encomendada a la pureza.
¡Cómo recibiría San Juan a la Santísima Virgen María, cómo se la llevaría a su casa, con qué cariño la trataría! ¡Cómo la mimaría, con una ternura más que filial!
Son cosas inefables… En el cielo lo veremos todo, a mí no me cabe la menor duda. Porque si el pobre hombre, con su inteligencia tan limitada, ha sabido inventar una cosa tan magnífica como el cine sonoro, en tecnicolor y en relieve, que recoge maravillosamente la realidad y al cabo de un siglo se la puede volver a contemplar como si estuviera actualmente delante de nosotros, ¡qué cine sonoro, en tecnicolor y en relieve tendrán los ángeles en el cielo! Lo habrán recogido todo. ¡El cine, la película de Nuestro Señor Jesucristo, histórica, la misma, auténtica, la contemplaremos en el cielo!
Pero ¿qué digo? ¿Qué necesidad tendremos de cine cuando sabemos por la teología católica que la esencia divina es como una pantalla cinematográfica en la que se refleja todo cuanto sucede en el mundo, en el presente, en el pretérito y en el futuro? Allí, en los resplandores de la visión beatífica contemplaremos estas escenas sublimes y entonces caeremos de rodillas adorando estas cosas que ahora apenas podemos balbucir con nuestro torpe lenguaje humano.
¡Como se la llevaría San Juan a su casa, cómo trataría a la Santísima Virgen Nuestra Señora!
Pero fijaos bien, este no es más que el primer sentido: el sentido literal, el sentido inmediato, podríamos decir, de esas palabras de Jesús. Pero todos los exégetas y teólogos católicos están perfectamente de acuerdo con los Santos Padres al decir que en estas palabras hay que ver, además de este sentido literal, un sentido típico, un sentido plenior, como decimos en exégesis católica. El sentido pleno de esta palabra tiene un alcance mucho más grande.
Un alcance universal, ecuménico, nos abarca absolutamente a todos.Todos los Santos Padres y expositores sagrados están perfectamente de acuerdo en decirnos que San Juan era en aquel momento el representante de toda la humanidad. Nos estaba representando a todos y a cada uno de nosotros. Y por eso, cuando Cristo Nuestro Señor dijo a San Juan: «¡Ahí tienes a tu Madre!», nos lo dijo a todos y a cada uno de nosotros en particular.
No es que Jesucristo en aquel momento constituyera Madre nuestra a la Virgen María. No, Jesucristo no constituyó a la Virgen Santísima Madre nuestra en la cumbre del Calvario. Ya lo era desde la casita de Nazaret. Porque la razón de ser de la maternidad espiritual de la Santísima Virgen María sobre nosotros no es el hecho de ser la Corredentora del mundo, sino el hecho de ser la Madre de Dios, la Madre del Verbo Encarnado. Ella es la Madre de la Cabeza del Cuerpo Místico. Está revelado por Dios, consta expresamente en la Sagrada Escritura. Cristo es la Cabeza de un Cuerpo Místico y todos nosotros somos sus miembros. Y como Ella es Madre de este organismo viviente, como la cabeza no puede ser arrancada y separada de los miembros, desde el momento en que es Madre física según la naturaleza de la Cabeza, tiene que ser también forzosamente Madre espiritual de todos los miembros que están espiritualmente unidos a esa Cabeza.
De manera que la maternidad de la Santísima Virgen María sobre todos nosotros arranca del hecho colosal de ser la Madre de Jesús. Si no fuera la Madre de Cristo-Cabeza, no sería la Madre de los miembros, que somos nosotros. Pero como es la Madre de la Cabeza, tiene que ser también la Madre de todos los miembros.
Madre física de la Cabeza y Madre espiritual de todos sus miembros porque somos efectivamente los miembros espirituales de Cristo.
¡Maravillosa teología! Jesucristo, en la cumbre del Calvario, no hizo más que promulgar solemnemente ante la faz del mundo la maternidad espiritual de María sobre nosotros. Pero no la hizo entonces Madre nuestra. Ya lo era desde la casita de Nazaret, o si queréis desde el portal de Belén, cuando alumbró al Hijo de Dios encarnado, y fue de una manera completa y total la auténtica Madre de Dios. Desde entonces es nuestra Madre espiritual. Aquí, en el Calvario, lo proclama solemnemente Cristo para que no olvidáramos nunca que es la Madre del dolor, la Madre Corredentora de todos los hijos de los hombres.
La Santísima Virgen María es nuestra Madre, Madre queridísima de todos nosotros.
¡Qué modelo de Madre la Santísima Virgen María!
Modelo de Madre para Jesús, su divino Hijo,. Yo me imagino muchas veces en mis ratos de recogimiento y meditación en mi celda monacal de San Esteban de Salamanca las escenas invernales que tuvieron lugar en la casita de Nazaret, cuando la Santísima Virgen María, nuestra dulcísima Madre, se reuniría junto al fuego con San José y el Niño Jesús. ¡Cuántas cosas se dirían! Una noche en la casita de Nazaret, ¡qué escena de cielo! Los ángeles estarían pendientes de aquel espectáculo divino. ¿Qué le diría la Virgen Santísima al Niño Jesús? ¿Qué le diría a Ella su Hijo Jesús a medida que se iba haciendo mayorcito, adolescente? ¿Cómo sería Nuestro Señor Jesucristo a los 18 años, a los 20 años? Sólo la Virgen gozó en silencio de su divino tesoro. La divinidad asomaba por sus divinos ojos y sólo María y José lo sabían, ¡Qué de cosas le diría Jesús a la Santísima Virgen para formar cada vez más, para modelar a su gusto el Corazón purísimo de la Reina y Soberana de los ángeles!
¡Misterios inefables, de que fue mudo testigo la casita de Nazaret! Y a su vez ¡qué de cosas le diría la Santísima Virgen al Niño Jesús cuando le besaba sus manecitas, cuando en el horizonte lejano entreveía ya la silueta trágica de la cruz!
La Santísima Virgen fue una mártir toda su vida. Pero, modelo incomparable de madres, supo respetar la voluntad de Dios sobre su Hijo. La predestinación de Cristo era la de ser el Redentor de la humanidad; y la Santísima Virgen María aceptó esta terrible predestinación y subió Ella misma a la cumbre del Calvario sin pronunciar una sola palabra de queja. No interpuso su corazón de Madre para impedir los dolores al divino Crucificado. Tenía que ser así. Lo había dispuesto Dios y María lo aceptó con inefable resignación.
¡Padres que me escucháis! Cuando Dios Nuestro Señor, en un alarde de infinita bondad y misericordia ponga sus ojos divinos sobre vuestra casa y escoja a vuestro hijo para sacerdote, o a vuestra hija para religiosa; cuando llame a vuestros hijos con esta, vocación soberana, la más alta que puede darse en este mundo, para escalar cumbres del sacerdocio católico, o ser esposa de Jesucristo en un convento de clausura o de vida activa, ¡padres que me escucháis!, respetad los designios de Dios. Y lejos de oponeros a su vocación, lo que sería un espantoso pecado, un verdadero crimen que clamaría venganza al cielo, caed de rodillas y dadle gracias a Dios por esta inefable misericordia que ha tenido sobre vosotros. Un hijo sacerdote, una hija religiosa, es lo más grande que puede ocurrirle a una familia cristiana. Respetad la vocación de vuestros hijos y caed de rodillas ante Dios en señal de gratitud y de amor.
Y respetad también los designios inescrutables del cielo cuando se lleve a vuestros hijos en la flor de su juventud. Una muerte temprana, ¡cómo llega al corazón de una madre! Cuando la muerte le arranca al hijo querido en la primavera de su vida, ¡qué inmenso dolor!… Pero, son misterios de Dios, señores. Hemos de caer de rodillas ante los misterios de Dios.
Esta misma mañana, sin ir más lejos, los periódicos de España han publicado una noticia que ha llegado al corazón de todos los españoles. Un jovencito español, en cuyas venas circulaba sangre real, ha visto tronchados sus quince abriles por un trágico accidente que le arrebató la vida momentos después de recibir la Sagrada Comunión en los Oficios del Jueves Santo. Yo me inclino con respeto ante su cadáver y, sobre todo, ante el corazón destrozado de su madre. Y aprovechando este milagro que tengo delante, la Radio Nacional de España, que lleva mi palabra a todos los rincones de la península, ruego a alguno de los miembros de la colonia española reunida en Estoril en torno a esa augusta familia entroncada con los destinos de España, les haga saber —para que les sirva de consuelo y lenitivo en su dolor— que en estos momentos tienen a su lado las oraciones, el respeto, el cariño y la simpatía de todos los buenos españoles.
Y vosotros todos, padres que me escucháis, los que habéis perdido un hijo en la flor de su juventud, ¡caed de rodillas ante Jesucristo crucificado y ante la Virgen María de los Dolores y unid vuestro dolor al suyo, santificándolo, elevándolo al plano sobrenatural!
Adorad los designios de Dios,
Una anécdota final y termino. Fue en la gran guerra europea, la de 1914 a 1918. En un pequeño pueblecito francés, Góurcelette, se había dado una batalla campal. El campo quedó cubierto de cadáveres de los soldados de una compañía canadiense que luchó junto a los aliados. Los enteraron allí mismo, abriendo una zanja.
Terminada la guerra, el párroco de aquella pequeña localidad recibió una carta firmada por las madres de aquellos soldados canadienses que estaban allí enterrados. Poco más o menos la carta decía lo siguiente: «Reverendo Sr. Cura: Somos las madres de los soldados canadienses que están enterrados junto a ese pueblecito. Los encomendamos a vuestras oraciones y a las señoras de Acción Católica» que por ser madres como nosotras comprenderán nuestro dolor. Solamente os pedimos una cosa, Sr. Cura: que arranquéis de los trigales que crecen sobre sus tumbas un manojo de espigas y nos las enviéis a nosotras.
Aquí las volveremos a sembrar, las reproduciremos todos los años; y con la harina que nos den, fabricaremos nosotras mismas el pan para la Eucaristía. De esta manera, cuando recibamos la Sagrada Comunión, recibiremos, a la vez, el sacrificio de nuestro Dios y el sacrificio de nuestros hijos. —Las madres de los soldados canadienses».
¡Qué hermosa, qué sublime manera de santificar el dolor!
¡Oh vosotros todos los que sufrís, arrodillaos a los pies de la Virgen de los Dolores! Esta tercera palabra de Jesús en la cruz nos recuerda que la Virgen es nuestra Madre. ¡Somos hijos de María, de la Reina y Soberana de los mártires! Unid vuestro dolor al dolor de la Virgen Santísima. Y, aunque sea a través del cristal de vuestras lágrimas, contemplad el cielo, invocad a la Virgen, y Ella calmará vuestro dolor.
Quiero daros a todos una consigna de vida eterna: ¡Rezad el Santo Rosario! Plegaria bellísima del hogar cristiano, del castizo hogar español. Que por desgracia vamos perdiendo las costumbres típicas del hogar español. Hay que restaurar la devoción del Rosario en familia. Una familia que todas las noches invoca a la Santísima Virgen y le dice cincuenta veces: «Ruega por nosotros pecadores, ahora…», ahora que tanto lo necesitamos, en medio de nuestras tribulaciones y de nuestras amarguras, de los asaltos del mundo, del demonio y de la carne, «¡ruega por nosotros ahora!», pero, sobre todo, «en la hora de la muerte», esa familia, digo, es imposible que se pierda. No se trata de la afirmación gratuita de un dominico exaltado, lleno de entusiasmo porque el Rosario arrancó del corazón de Santo Domingo de Guzmán. No se trata de eso. Se trata de la teología católica, que nos asegura que la gracia de la perseverancia final está vinculada infaliblemente a la oración perseverante. ¡Os lo aseguro terminantemente! Si rezáis el Rosario todos los días pidiéndole a la Virgen Santísima la gracia de la perseverancia final, si se la pedís cincuenta veces cada día en las Avemarías del Rosario, os aseguro terminantemente, no en nombre de la Orden dominicana, sino en nombre de la teología católica, que tenéis una garantía casi infalible de eterna salvación. La gracia de la perseverancia final está vinculada a la oración confiada, humilde y perseverante, y todas estas condiciones las realiza maravillosamente el Rosario. En honor de la Santísima Virgen Nuestra Señora, en este día del Viernes Santo, cuando Cristo en lo alto de la cruz nos acaba de recordar que es nuestra Madre queridísima, vamos a formular un propósito inquebrantable. ¡Españoles todos que me escucháis a través de estos micrófonos de Radio Nacional de España! ¡Todos de rodillas a los pies de Cristo crucificado! Y con todo el fervor y entusiasmo de nuestros corazones digámosle de verdad: para honrarte. Señor, en este día del Viernes Santo en que tanto padeciste por nosotros, te prometemos solemnemente que en nuestro hogar se rezará todos los días el Santo Rosario en honor de tu bendita Madre María, que es también la Madre queridísima de nuestro corazón.
CUARTA PALABRA
«DIOS MIÓ, DIOS MIÓ,
POR QUE ME HAS ABANDONADO»
(MT. 27, 46)
| C |
erca de la hora de nona, o sea, cerca de las tres de la tarde. Nuestro Señor Jesucristo pronunció la cuarta palabra desde lo alto de la cruz. Las cuatro últimas palabras las pronunció en pocos instantes, en contados minutos, muy cerca ya de las tres, a punto de morir.
Dice el Evangelio que a partir de la hora de sexta, o sea, desde las doce de la mañana, cuando crucificaron a Jesús, densas tinieblas que se iban haciendo por momentos más espesas envolvieron la cumbre del Calvario, Diríase que el sol se ocultaba horrorizado para no presenciar el espantoso crimen del deicidio. Era también —si lo queremos ver así— un símbolo y una figura de la ceguera del corazón de aquellos judíos. Y Jesucristo Nuestro Señor, cerca ya de la hora de nona, lanzó este grito desgarrador: «Dios mío. Dios mío, por qué me has abandonado». Expresión que señala el momento culminante del martirio de Nuestro Señor en la cruz y que señala también uno de los arcanos más inescrutables del misterio de nuestra redención,
¿Qué significan esas palabras?
Tres son las principales soluciones desde el punto de vista teológico. PRIMERA SOLUCIÓN. Es muy fácil y muy sencilla. Jesucristo Nuestro Señor comenzó a recitar en voz alta él salmo 21, que empieza precisamente con estas palabras: «Dios mío. Dios mío, por qué me has abandonado», y continuó después recitando todo el salmo en voz baja.
La inmensa mayoría de los judíos sabían el salterio completo de memoria. Y en ese salmo, que es netamente mesiánico, el profeta, muchos siglos antes de que ocurriese la escena del Calvario, describe maravillosamente, como en una película anticipada, todo lo que estaba ocurriendo entonces.
En ese salmo se anuncian proféticamente los tormentos de Cristo clavado en la cruz:
«Todos los que pasan delante de mí se burlan y mueven sus cabezas y dicen: ¡Sálvele Dios, sálvele Yahvé, pues dice que le es grato..,»
«Soy un gusano y no un hombre, soy el deshecho de la plebe, me desprecian todos».
«Abren sus -bocas contra mí, cual león rapaz y rugiente».
«Tengo mi lengua pegada al paladar, me rodea una turba de facinerosos».
«Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos».
«Se han repartido mis vestiduras y echan suertes sobre mi
túnica».
Señores, todo eso se estaba cumpliendo entonces al pie de la letra, en lo alto del Calvario. Todo estaba maravillosamente anunciado en el salmo mesiánico. Y Nuestro Señor Jesucristo, con infinita delicadeza, después de haber afirmado delante del pueblo y de los jefes de la Sinagoga que era Hijo de Dios, ahora en lo alto de la cruz va recitando lentamente el salmo 21 para decirles una vez más a los judíos: «¿Pero no veis que se está cumpliendo al pie de la letra todo lo que dice el salino de mí? Y fue recorriendo poco a poco todo el salmo mesiánico para que cayeran en la cuenta de que era Él el Redentor, el Mesías anunciado por los Profetas.
Una solución sencillísima que explica perfectamente el sentido misterioso de esas palabras.
Pero hay otra segunda todavía.
SEGUNDA SOLUCIÓN. Santo Tomás de Aquino, el príncipe de la Teología católica, en ese maravilloso alcázar de la Teología que se llama la Suma Teológica, da una explicación también sencillísima, naturalísima, con sólo añadir una palabra a esa expresión misteriosa de Nuestro Señor en la cruz.
El sentido, según Santo Tomás de Aquino, sería el siguiente: «Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has abandonado en manos de mis enemigos?, ¿por qué has permitido que me claven en la cruz?» Nada más. No hay más misterios.
Y esto no lo diría Cristo en son de queja, sino sólo para que nosotros cayéramos en la cuenta de los sufrimientos inefables que estaba padeciendo en la cruz. Porque sería una espantosa blasfemia, una herejía monstruosa decir que Nuestro Señor Jesucristo, que tenía en sus manos el poder de Dios, hizo un milagro para no sufrir sus propios tormentos, y estaba representando una comedia y una farsa en lo alto de la cruz. Esto sería una espantosa y satánica blasfemia.
Nuestro Señor Jesucristo sufrió con una sinceridad enorme. Hizo milagros inmensos para socorrer las necesidades de los demás, pero jamás hizo un solo milagro en beneficio propio. Estaba sufriendo un tormento espantoso y una terrible tortura; y en prueba de ello y para que no nos cupiere la menor duda, lanzó esta dolorosa exclamación:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has entregado en manos de mis verdugos que me atormenta de esta manera?».
Este sería el sentido, según Santo Tomás de Aquino. TERCERA SOLUCIÓN. Pero hay otra tercera solución, profundamente teológica, que voy a exponer a continuación. No sabemos cuál de las tres soluciones es la verdadera. Cualquiera de las tres podría serlo, ya que todas ellas resuelven perfectamente el problema. Pero acaso la más profunda, la de más envergadura teológica, es la tercera que os voy a explicar.
Es dogma de fe católica, como todos sabemos, que Nuestro Señor Jesucristo quiso salir, voluntariamente, fiador y responsable ante su Eterno Padre por todos los pecados del mundo.
El fiador, cuando da su firma como garantía de una persona de quien sale responsable no debe nada a nadie. Pero si aquel a quien respalda con su firma resulta insolvente, tiene que pagar la deuda ajena. Tiene que pagarla él, porque ha salido fiador, ha dado su firma.
Este es el caso de Nuestro Señor Jesucristo. La humanidad era insolvente ante la justicia infinita de Dios. Habíamos cometido un crimen de lesa majestad divina. Y, al menos en razón de la distancia infinita que hay de nosotros a Dios, no podíamos rellenar aquel abismo insondable que el pecado había abierto entre Dios y los hombres. La humanidad entera, puesta de rodillas, era insuficiente para salvar aquel abismo. Éramos insolventes. No podíamos rescatarnos a nosotros mismos de las garras del infierno. Pero Nuestro Señor Jesucristo, al juntar bajo una sola personalidad divina las dos naturalezas, divina y humana, en cuanto hombre podía representarnos a todos nosotros, y en cuanto Dios sus actos tenían un valor infinito. Únicamente Él podía rellenar aquel abismo insondable con una superabundancia infinita.
Cristo salió voluntariamente fiador de la humanidad caída. Y el Eterno Padre, viendo a su divino Hijo, que personalmente era la inocencia misma y la santidad infinita, pero que quiso revestirse voluntariamente de la lepra y los harapos del hombre pecador, descargó sobre Él el peso infinito de su justicia vindicativa. Y, no en cuanto Hijo de Dios, porque esto sería contradictorio —Dios no puede abandonar a Dios—; ni siquiera en cuanto hombre, ya que la humanidad de Cristo está hipostáticamente unida a la divinidad del Verbo formando una sola persona con Él, y, aún en cuanto hombre. Cristo posee una santidad infinita; si no única y exclusivamente en cuanto representante de toda la humanidad pecadora, en cuanto revestido de la lepra de todos nuestros pecados, la justicia infinita se descargó con fiero ímpetu sobre Él y le hizo experimentar el espantoso desamparo que merecía, no Cristo, sino toda la humanidadpecadora. Y entonces fue cuando lanzó aquel grito desgarrador:
«¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!».
Fijaos bien. No dice Padre mío, como dijo en la primera palabra y como dirá inmediatamente después en la séptima. No dice «Padre», sino «Dios mío». No habla ahora en plan de hijo. Ahora habla en plan de pecador, de representante de todos los pecadores del mundo. Y por eso no emplea el dulce nombre de Padre, sino una expresión llena de respeto y adoración: «Dios mío».
Ahí tenéis la tercera solución, profundamente teológica, de esta misteriosa palabra»
¡Pecador que me escuchas! Esta cuarta palabra de Jesucristo en la cruz encierra profundas enseñanzas para todos los que somos pecadores.
Reflexionemos unos instantes. En todo pecado pueden distinguirse dos aspectos: lo que llamamos en teología conversión a las criaturas, es decir, el abrazarse con un placer ilícito, prohibido por Dios; y lo que llamamos la aversión a Dios, el separarse de Dios voluntariamente, al conculcar a sabiendas su divina Ley.
Dos aspectos: un placer prohibido, que es lo que busca el pecador alucinado, al creer atolondradamente que encontrará en él la felicidad que ansia; y este apartarse de Dios, que es una consecuencia inevitable de esa tremenda equivocación.
Jesucristo tuvo que expiar en lo alto de la cruz estos dos aspectos del pecado. Y por los placeres ilícitos que se han permitido y se permitirán los hombres contra la Ley de Dios, tuvo que experimentar dolores inefables, infinitamente superiores a todos los que han sufrido en este mundo los hombres más desgraciados. El que más ha sufrido en este mundo fue, sin duda alguna, Nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios sabe hacer maravillosamente las cosas y cuando intenta algún fin sabe disponer los mejores medios para conseguir ese fin. Y como dispuso que Nuestro Señor Jesucristo redimiese al mundo desde lo alto de la cruz, le dotó de una sensibilidad exquisita para el dolor, incomparablemente más aguda que la de todos los hijos de los hombres. De manera que Nuestro Señor Jesucristo, para expiar los placeres de los hombres, tuvo que sufrir dolores inefables, tormentos de los cuales no podemos nosotros formarnos la menor idea.
Pero además tenía que expiar también la aversión a Dios, segundo y principal aspecto del pecado. El pecador, al pecar, se separa, esto es, abandona voluntariamente a Dios. Es muy justo y equitativo que cuando suene la hora de la justicia estricta. Dios se separe o abandone al pecador. He ahí el espantoso tormento que tuvo que sufrir Jesucristo en cuanto representante de toda la humanidad pecadora.
¡Pecador que me escuchas! Cuando te entregas al pecado ¡cómo ríes, cómo gozas, cómo te diviertes, con qué refinamiento saboreas aquel placer pecaminoso! Pero no te das cuenta de que te has apartado de Dios, de que te has quedado huérfano, de que te acabas de jugar un tesoro rigurosamente infinito. ¡Ah!, si te arrepientes de todo corazón en seguida, todavía estás a tiempo de obtener el perdón de Dios; pero si la muerte te sorprende en medio de tus orgías y placeres…¡la que te espera para toda la eternidad!
Señores, en una ciudad no muy grande de España —me lo contaba hace poco un médico que tuvo que intervenir personalmente en este asunto— han ocurrido recientemente dos casos de fallecimiento repentino, instantáneo, por rotura del ventrículo del corazón, en una casa de mala nota, en el momento mismo de entregarse al pecado.
Aquellos infelices se disponían a gozar de espaldas a Dios y…¡cadáver! Dos casos: rotura de ventrículo del corazón, muerte instantánea. ¡Desgraciados! Saborearon un momento de placer en este mundo y descendieron inmediatamente al infierno para sufrir allí el castigo de los dos aspectos del pecado: separación de Dios y tormentos espantosos para toda la eternidad. Importa muy poco, señores, la carcajada del incrédulo:
«¡Yo no creo en el infierno!».
¡Qué más da que no creas! Si tú no crees en el infierno pero el infierno existe, ¿dejará de existir, acaso, porque tú te empeñes en decir que no? Fíjate bien: es Cristo, que es la suma Verdad, es Cristo que está pronunciando el sermón de las Siete Palabras quien nos ha dicho catorce veces en el Evangelio que el infierno existe y hay en él un fuego cuya verdadera naturaleza todavía no han podido precisar los teólogos, pero se trata ciertamente de un fuego real, no metafórico, ni simbólico. No es una idea, no es una semejanza imaginativa que se forma en la inteligencia o imaginación del condenado. Es un fuego real, un tormento físico que atormenta ya desde ahora las almas de los condenados de una manera misteriosa y atormentará también sus cuerpos después de la resurrección de la carne.
«¡No lo creo!».
¡Qué más da! A pesar de tus burlas existe el infierno y en castigo de los placeres de los pecados cometidos en este mundo hay allí un fuego real, no metafórico, que atormentará a los condenados para toda la eternidad.
Pero esto, en fin de cuentas, sería lo de menos. Lo verdaderamente espantoso del infierno no es el primer aspecto, sino el segundo; es el desamparo de Dios, es aquel grito horrísono que lanzan las almas cuando caen en el infierno: «¡Maldición! ¡Me he equivocado!
¡Separado de Dios para toda la eternidad!».
Ya oigo otra vez la carcajada del incrédulo: «¡Ah! ¿De manera que lo peor en el infierno es estar separado de Dios? Pues entonces ya no tengo inconveniente en condenarme; porque en este mundo he prescindido de Dios y no me ha hecho falta para nada, absolutamente para nada. Tampoco me hará falta en el infierno».
¡Desgraciado! No sabes lo que dices. Mira: te gusta la belleza, ¿verdad? Por eso pecas tanto, sobre todo cuando se te presenta en forma de mujer….
¿Te gusta el dinero, verdad? Por eso robas tanto, porque hay muchas maneras de robar sin que nadie se dé cuenta y sin perder la fama de hombre honrado.
Te gustaría el aplauso, la gloria, que hablasen de ti los periódicos, salir en la pantalla cinematográfica como hombre famoso, como una figura mundial, ¿no es verdad?
Pues óyeme: a la hora de la muerte, cuando pierdas de vista las cosas de este mundo y ante los ojos atónitos de tu alma aparezcan los panoramas infinitos del más allá, contemplarás delante de ti un mar inmenso, sin fondo ni riberas. Y verás clarísimamente que allí está concentrado, en grado supremo e infinito, todo cuanto hay de belleza y de gloria y de riqueza, y de placer y de honores y de aplausos…
Todo cuanto podría saciarte plenamente, exhaustivamente, el corazón. Y cuando con una sed de perro rabioso trates de arrojarte a aquel estanque de placeres, a aquel océano de alegrías inenarrables que te harían infinitamente feliz, sentirás una mano vigorosa que te lo impide, al mismo tiempo que te dice: «¡Apártate de Mí, maldito!
¡Al fuego eterno!». Y entonces lanzarás un grito horrísono: «¡Dios mío. Dios mío, por qué me has abandonado!». Pero entonces, por desgracia, será ya demasiado tarde.
Fíjate bien, infeliz. Ahora te basta caer de rodillas como el buen ladrón y decirle: ¡Señor, perdóname! Pero como la muerte te sorprenda en tu soberbia y obstinación, si te mueres aferrado a tu pecado, aunque hayas sido el hombre más famoso del mundo —es inútil que te rías— ¡descenderás al infierno para toda la eternidad!
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Gracias, Jesús mío. Gracias por haber pronunciado esa palabra. Gracias por haber padecido por mí ese tormento espantoso de tu desamparo. Si no lo hubieras sufrido tú, si tú no hubieras sentido el desamparo de tu Eterno Padre, hubiera tenido que sentirlo yo eternamente en el infierno. ¡Muchas gracias, Jesús mío! Te agradezco en el alma esta cuarta palabra. Has querido sufrir tú este desamparo para que no quede yo desamparado para toda la eternidad.
Y ahora, a los pies de este maravilloso crucifijo, de esta escultura de Alonso de Mena que está representando precisamente la cuarta palabra; en esta Iglesia parroquial de San José, de Madrid, ante el Santísimo Cristo del Desamparo, en el que un gran artista español ha sabido plasmar una maravillosa expresión de dolor, te suplico, Jesús mío, para mí y para todos mis oyentes, que no nos desampares durante la vida, y sobre todo a la hora de la muerte. ¡No nos desampares a la hora de la muerte! Olvídate, Señor, de mis pecados, Y en virtud de la amargura infinita de tu desamparo… ¡Señor!… a la hora de mi muerte llámame y mándame ir a Ti para que con tus ángeles y santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén.
QUINTA PALABRA «TENGO SED» (JN. 19, 26)
| M |
omentos después de pronunciar el divino Mártir del Calvario su cuarta palabra, desgarradora, abrió de nuevo sus labios divinos para decir: «Tengo sed».
Era muy natural. Cuando se pierde la sangre —¡qué bien lo saben los soldados que caen en el campo de batalla!—, cuando se pierde sangre se experimenta en seguida el tormento de la sed. El agua, que forma parte de la célula en proporción del sesenta al setenta por ciento, cuando se pierde sangre pasa por osmosis al torrente circulatorio para hidratar el plasma sanguíneo. Esto produce, naturalmente, la deshidratación de los tejidos y en seguida se experimenta el fenómeno cenestésico de la sed. Tienen mucha sed los heridos al perder la sangre.
Era muy natural que Jesucristo tuviera una sed ardiente. Sed de agua, sed fisiológica. El sudor de sangre en Getsemaní, las terribles torturas y la pérdida de sangre de la flagelación, de la coronación de espinas, de la cruz a cuestas y de la crucifixión. En lo alto de la cruz iba perdiendo gota a gota la sangre divina de sus venas.
Probablemente hacia las tres de la tarde, tanto Nuestro Señor Jesucristo como los dos ladrones que estaban crucificados, el uno a su derecha y el otro a su izquierda, tenían cuarenta grados de fiebre. Sed ardiente, ¡Un poquito de agua, tengo sed!
¡Pobre Jesús! Nadie le socorrerá. Tendrá que morir de sed. No tendrá una cariñosa monjita enfermera que le refresque los labios ardientes en aquellos últimos momentos.
Delante de Él tenía a la Virgen Santísima, pero la pobrecita no podía hacer absolutamente nada.
Al pajarillo no le falta nunca un charquito de agua donde apagar su sed. Hasta la florecilla en primavera, por la mañana, recibe la caricia fresca de una gotita de rocío. Pero Nuestro Señor Jesucristo, el Creador del mundo, el que había creado aquellos ríos del paraíso terrenal, el que mandó a Moisés herir con su vara una roca de la que brotó una fuente de agua clara y cristalina, no tendrá ni una sola gota de agua donde apagar su ardiente sed. ¡Se morirá de sed!
Uno de aquellos soldados, al escuchar esta palabra, mojó una esponja en el jarro de posea —era la bebida que tenían ellos para refrescarse: un poco de agua mezclada con vinagre, nada más— y la acercó con su lanza a la boca del divino Mártir debió aumentarle todavía más su sed. Pero lo gustó un poquito, con finura, con agradecimiento…
Jesucristo tenía una sed inmensa de agua natural. Pero Él, el divino Mártir, el divino Paciente, que no se quejó absolutamente de nada en medio de aquellos tormentos inefables de la flagelación, de la coronación de espinas y de la crucifixión; Jesucristo, que no abrió sus labios para musitar una sola queja, no se hubiera quejado tampoco de la sed material si no hubiera querido decirnos algo misterioso si detrás de ese sentido literal no hubiera un sentido figurado, un sentido alegórico, para decirnos algo más alto y más sublime todavía, con ser tan santa y adorable la sed material de Nuestro Señor Jesucristo.
Toda la tradición católica está de acuerdo en decirnos que, además de la sed material, tenía una sed espiritual verdaderamente devoradora. Nuestro Señor Jesucristo, en esta palabra, alargando su mano de mendigo, nos pedía un poquito de amor, un poquito de correspondencia a su infinita generosidad. En esta palabra se nos presenta como divino mendigo del amor del pobre corazón humano. Jesucristo, desde lo alto de la cruz, estaba contemplando el panorama de toda la humanidad. En virtud de su ciencia divina, para Él no había pretérito ni futuro, sino un presente siempre actual. Con su ciencia divina nos tenía presentes a todos, a cada uno en particular. Y veía claramente las almas consoladoras de su divino Corazón, las que apagarían su sed ardiente, las que se entregarían a Él como almas víctimas para que pudiera triturarlas, para que pudiera destrozarlas y de esa manera asociarlas al misterio redentor y salvarle muchas almas.
¡Cuántas monjitas de clausura, cuántas almas grandes entregadas totalmente a Dios y sufriendo con la sonrisa en los labios persecuciones, calumnias, enfermedades, maledicencias, incomprensiones de todas clases, dolores y tormentos inefables! Son las almas víctimas, las almas consoladoras del Corazón de Cristo.
Veía a Teresa de Jesús en éxtasis, a Santa Catalina de Sena con las llagas en los pies, en las manos y en el corazón. Veía a San Pablo con aquel ímpetu apostólico que arrolló al mundo entero. Veía a todos los apóstoles a través de todos los siglos. Veía a las almas consoladoras de su Corazón, las que le daban un poquito de agua y le consolaban en su amargura. Pero veía también a tantos millones de almas seducidas por el mundo, el demonio y la carne corriendo desenfrenadamente tras los placeres de este mundo, charquitos sucios de aguas pestilentes que no sacian el corazón humano sino que le aumentan más y más su hambre devoradora de felicidad,
¡Pobres hombres! El hombre es un sediento de felicidad. Cristo veía a todos los hombres del mundo que han sido, son y serán hasta el fin de los siglos. Nos veía individualmente a todos.
Y a pesar de las diferencias de raza, clima, época y educación, en todos veía un denominador común, un fondo común en nuestras almas: un hambre y una sed devoradora de felicidad.
El hombre es un sediento de felicidad. ¡Nos la ha puesto el mismo Dios en el corazón! Somos sedientos de felicidad, Pero ¡cuánta gente, en qué proporción tan aterradora, equivoca el camino y va a beber esa felicidad en los charcos sucios del mundo, del demonio y de la carne!
Y lejos de apagarla sienten que les quema las entrañas una sed inextinguible, cada vez más devoradora.
Pecador que me escuchas. ¡Pobrecito! ¿Pero no lo sabes por experiencia? Aquella noche el barrio chino, cuando lanzabas aquellas carcajaditas de enano en medio de aquella orgía, parecía que eras feliz, parecía que eras dichoso, parecía que habías encontrado la suprema felicidad. ¡Pobrecito! Y después encontraste que aquello era un charco sucio, que no te llenó el corazón. El corazón lo tenías vacío y después se te llenó de remordimientos, y ¡pobre de ti si no llegaste a sentir los remordimientos!
¡Pobre hombre sediento de felicidad! Buscando siempre apagar la sed que te devora y no lográndolo casi nunca, porque casi siempre equivocas el verdadero camino que conduce a ella.
Los verdaderos amantes del Corazón de Jesús: ¡esos sí que aciertan! Van a buscar el agua de la felicidad en la fuente limpia y cristalina de donde brota, que es el Corazón de Cristo: ¡éstos sí que aciertan!
Porque solamente en Dios está la verdadera felicidad, y esto lo enseña la simple filosofía, señores. Es una tesis de ética, de filosofía natural, de moral natural: puede demostrarse como dos y dos son cuatro. Porque el hombre no quiere ser feliz una temporada, no se resigna a serlo por un plazo más o menos largo; quiere ser feliz para siempre; y no de una manera relativa y hasta cierto punto, sino de una manera total y sanativa. ¡Ah!, ¿de manera que aspira en su corazón a una felicidad total, saciativa y para siempre? Pues esto es imposible encontrarlo en las criaturas, que son de suyo imperfectas, limitadas y caducas; esto solamente se encuentra en Dios. Y no en el tiempo, sino en la eternidad. Lo enseña hasta la simple filosofía.
Pero la inmensa mayoría de los hombres no lo entienden y corren con desenfreno detrás del mundo, del demonio y de la carne.
¡Pobrecitos! No saben lo que hacen. Han equivocado el camino, Son sedientos de Dios, sin saberlo ni sospecharlo.
Venid a Jesucristo todos los sedientos de felicidad. Venid a aquél que dijo un día, paseando en el pórtico del templo de Jerusalén; «Si alguien tiene sed, venga a Mí y beba». Venid a aquél que en una mañana de primavera, cuando, sudoroso y cansado por el largo caminar se sentó sobre el brocal del pozo de Jacob, le dijo a la mujer samaritana: « Mujer, dame de beber». Y cuando la mujer le dice:
«¿Pero cómo tú siendo judío me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana? ¿No sabes que entre samaritanos y judíos no hay trato alguno?» Cristo le responde: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide a ti agua para beber, tú se la pedirías a Él y Él te daría un agua limpia y cristalina que salta hasta la vida eterna».
¡Pobre hombre sediento de felicidad! Ven a Jesucristo, que Él te dará ese agua limpia que tú buscas, hasta la plena saciedad de tu corazón.
¡No serás feliz en otra parte, es inútil que lo intentes!
Tú, el marido infiel que a espaldas de tu legítima mujer le tienes puesto un piso a aquella mujer infame, ¡no eres feliz, ni lo serás nunca hasta que rompas con esa amistad criminal! El remordimiento te corroe las entrañas… ¡No eres feliz!…
Y lo mismo tengo que decirle a cualquiera que pretenda ser dichoso lejos de Cristo por los caminos del pecado. ¡No serás feliz!
Venid a Cristo todos los sedientos de felicidad.
¡Ah!, pero para que Cristo nos sacie esa sed devoradora de felicidad que atormenta nuestro propio corazón, es preciso que le demos nosotros a Él un poquito de agua para apagar su sed. Porque Cristo tiene sed de agua, pero sobre todo tiene sed de amor y nos pide a cada uno de nosotros una limosna caliente, la limosna de nuestro corazón: «Dame, hijo mío, tu corazón». A cambio de la felicidad Cristo nos pide nuestro amor.
¡Muchacho que me escuchas! ¡Pobrecito! Cristo te pide un poquito de agua. Cuando tus pasiones rujan, cuando tu sangre juvenil te esté hirviendo en las venas, cuando te parezca que ya no puedes más, ¡fíjate en el Crucifijo! Fíjate cómo te está diciendo, ¡te lo está diciendo a ti!: «¡Dame un poquito de agua, que tengo mucha sed!
¡Un poquito de pureza!… ¡Sé valiente, sé hombre!». Y aunque tus pasiones rujan, ¡un poquito de agua para Jesús, que te la pide desde lo alto de la cruz!
Y tú, pobre muchacha, óyeme bien, que no voy a echar rayos y centellas contra ti. Estamos en la noche del Viernes Santo, en la noche del perdón y la misericordia, no te voy a tratar con dureza. Esta noche te voy a hablar con dulzura. Óyeme, pobrecita. La que vas elegantísimamente desnuda al baile, la que eres la reina de la fiesta. Todo el mundo te mira, todo el mundo habla de ti, ¡qué hermosa, qué bella! Todo el mundo te aplaude, sales en los periódicos, eres una estrella de la pantalla cinematográfica.
¡Pobrecita! ¡Si eres menos mala de lo que pareces! Eres una pobre criatura equivocada. Te parece que en todo eso encontrarás el agua de la felicidad y, naturalmente, te lanzas como loca en pos de ella.
¿Pero no sabes por experiencia que no encuentras jamás la verdadera felicidad? Óyeme. Jesús te pide un poquito de agua de pureza y de amor y é1 te dará con divina sobreabundancia el agua limpia y cristalina de la verdadera felicidad… ¡Rompe para siempre esos trajes provocativos! ¡Acaba para siempre con tu vida de escándalos y de pecados! ¡Mira que andas por el mundo con una pistola asesinando almas, que es mucho más grave que asesinar los cuerpos!
¡Pobrecita! ¡Un poquito de agua! Jesús te lo pide desde la cruz. Y te va en ello tu propia y verdadera felicidad.
Y tú, padre de familia, el que tasas la natalidad porque no quieres tantos hijos, porque te resultan demasiado incómodos; tú, que estás pisoteando la Ley de Dios sin escrúpulo ni remordimiento. Mira que eso no se puede hacer; mira que por querer pasar unos pocos años de vida que te quedan en este mundo un poquitín menos incómodo sin tantos hijos, te vas a condenar después para toda la eternidad.
¡Todavía estás a tiempo! Estás haciendo un mal negocio. ¡Dale un poquito de agua a Jesús, que. te lo pide desde la cruz! Cumple tus deberes de esposo, tus deberes de padre, cueste lo que cueste, aunque te resulte duro; te lo pide Jesús desde lo alto de la cruz. Y tú, comerciante, industrial, hombre de negocios, que estás ganando demasiado dinero y demasiado aprisa, conculcando los fueros de la justicia y de la honradez. Fíjate bien: restitución o condenación. A la hora de la muerte ¡qué amargura si te has enriquecido demasiado, si tienes muchos millones que tú no vas a disfrutar, pero que pesan sobre tu conciencia como un peso horrible por haberlos adquirido injustamente! Estás a tiempo todavía.
¡Restituye, restituye sin excusas absurdas! A tiempo estás todavía de salvar tu alma y de darle un poquito de agua a Jesús, que te la pide para hacerte feliz eternamente.
Y tú, rico, aunque tus riquezas sean legítimas y nada te remuerda la conciencia. Acuérdate de que un vaso de agua fría dado en nombre de Cristo no quedará sin recompensa. La limosna generosa y espléndida. ¡Acuérdate de los pobres, que son los predilectos de Jesús! Hay muchos ricos que se afanan en hacerse millonarios en este mundo para setenta u ochenta años, y no se dan cuenta de que pudieran ser millonarios y banqueros para toda la eternidad con la limosna generosa y espléndida. ¡Pon dinero a rédito en los bancos del cielo, entregándoselo a los pobres, y de esta manera darás un poquito de agua a Jesús moribundo y Él te dará la vida eterna!
Y tú, gobernante: justicia y caridad, rectitud intachable, cumplimiento de las leyes —tú el primero, delante con el ejemplo— y exactitud en hacerlas cumplir a los demás. ¡Que tienes obligación, que Dios te pedirá cuenta! Dentro de unos años, quizá de pocos días, vas a comparecer delante de Él con las manos vacías por no haberte inspirado en los principios cristianos ni haberlos inculcado a tus súbditos, a tus subordinados. ¡Autoridades!, cumplimiento íntegro de la Ley de Dios. De esta manera daréis un poquito de agua a Jesús, que os la pide desde su cruz. Y vosotros, obreros, los predilectos de Cristo. Pobres obreros, ¡cómo os han engañado! ¡Cómo os han engañado haciéndoos creer que Cristo es vuestro enemigo, que la Iglesia es enemiga del obrero! Señores, Cristo, el obrero de Nazaret, el que tenía, no las manos finas del señorito, sino las manos ásperas del trabajador manual; el carpintero de Nazaret, el que predicó el amor a la pobreza, el que llamó bienaventurados a los pobres, a los desgraciados, a los perseguidos en este mundo. ¡Cristo enemigo de los obreros! Es ya el colmo de la desvergüenza y del cinismo en la calumnia. Y si se os dice que no es Cristo sino la Iglesia la enemiga del obrero, escuchad la doctrina social de la Iglesia: participación en los beneficios de la Empresa, salario familiar, trato humano, de verdaderos hermanos los unos con los otros, los patronos con sus obreros y los obreros con su patronos. Esta es la magnífica doctrina de Cristo, la doctrina social de la Iglesia. ¡Cómo te han engañado, pobre obrero! Te han hecho creer que la Iglesia tenía la culpa de todo. ¡Te han engañado, te han envenenado!… Pobrecito obrero, Cristo, desde lo alto de la cruz, te pide un poquito de agua. ¡Vuélvete a Cristo, que serás recibido con los brazos abiertos, que eres el predilecto de su Corazón! Obrero, ¡vuélvete a Jesús en esta noche del Viernes Santo! Te está pidiendo un poquito de agua; y a cambio de ella te promete y te dará la verdadera felicidad.
Y nosotros, los sacerdotes de Cristo: espíritu de sacrificio, espíritu de abnegación. Lancémonos con todas nuestras fuerzas a la conquista de las almas para que vayan al cielo, para que nadie se condene. Aunque tengamos que dejar jirones de nuestro propia vida en cada una .de nuestras empresas apostólicas, aunque tengamos que morir prematuramente. ¡De día y de noche, como el buen pastor, en busca de las ovejas extraviadas !
Y a todos los que me escucháis, sacerdotes o seglares, hombres o mujeres, ricos o pobres, jóvenes o ancianos, a todos, en nombre del divino Mártir, os pido una limosna: ¡Agua! ¡Un poquito de agua para Jesús, que se nos muere de sed!
SEXTA PALABRA
«TODO SE HA CONSUMADO, TODO ESTA CUMPLIDO» (JN. 19, 30)
| I |
nstantes después de pronunciar su quinta palabra, el divino Crucificado pronunció la sexta: «Todo se ha consumado, todo está cumplido».
Con su ciencia divina, y hasta con su ciencia humana, fue
recorriendo todo el conjunto de las profecías del Antiguo Testamento y vio que estaba todo maravillosamente cumplido. No faltaba ni un solo detalle.
El Profeta Isaías había profetizado que nacería de una Madre Virgen. Y delante de Él estaba la Santísima Virgen María, la Inmaculada, la Reina y Soberana de las vírgenes.
El Profeta Miqueas había dicho que nacería en Belén de Judá. Y en Belén de Judá, en el portal de Belén, nació el Niño Jesús.
En el salmo 71 estaba profetizado que los Reyes vendrían a adorarle: «Reges Tharsis et insulae munera offerent…» y los Reyes Magos se presentaron en Belén y le adoraron y le hicieron presentes de oro, incienso y mirra como estaba profetizado en el salmo.
El Profeta Oseas anunció que el Mesías vendría de Egipto. Y estalla la persecución de Herodes y el Niño Jesús tiene que huir a Egipto, y la profecía que se cumple al píe de la letra, como estaba anunciada.
«Y será llamado Nazareno», Y los primeros 30 años de su vida los vivió Jesucristo en la casita de Nazaret: «Será llamado Nazareno».
«Y saldrá la voz del que clama en el desierto y le preparará los caminos». Y el Precursor, Juan el Bautista, se presentó delante de todo el pueblo diciendo: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor». Al pie de la letra. Se había cumplido.
Estaba profetizado que entraría triunfante en Jerusalén sobre un pobre borriquillo. Y cinco días antes, el domingo de Ramos, entró triunfante en Jerusalén, sobre un pobre borriquillo.
Estaba profetizado que sería vendido por treinta monedas de plata. Y en el pavimento del templo estaban todavía las treinta monedas de plata, precio sacrílego de la traición, arrojadas por el traidor Judas, Estaba profetizado en el salmo 21 que se burlarían de Él: lo acababa de recordar el mismo Jesucristo: «Mueven sus cabezas en son de burla… ¡Sálvele Yahvé, puesto que dice que le es grato!… Mi lengua está pegada al paladar… Han taladrado mis manos y mis pies y se puede contar todos mis huesos… Se han repartido mis vestidos y echan suertes sobre mi túnica». Todo se había cumplido al pie de la letra.
Faltaba un detalle. El salmo 68 dice expresamente: «Y en mi sed me dieron a beber vinagre». Y en aquel momento, el soldado, con la lanza, le daba a beber vinagre.
Y Cristo, recorriendo todas las profecías del Antiguo Testamento y viendo que se habían cumplido maravillosamente todas en Él, lanzó un grito de profunda, de íntima y entrañable satisfacción: «¡Todo está consumado, todo está cumplido!».
Es el grito del triunfador que se cubre con el laurel de la victoria. Ahí está. Lleno de heridas, pero de gloriosas heridas, ¡Ha triunfado!
¡Consummatum est: Todo está cumplido!
O si queréis, y esto es más santo, más religioso y más elevado todavía. Más que el capitán que termina victorioso la batalla, es el sacerdote que después de celebrar la Santa Misa se dirige al pueblo y dice: ¡Ite Misa est!: ya podéis marcharos, la Misa está acabada,
¡Con qué íntima alegría se diría Jesucristo a Sí mismo en el fondo de su Corazón: «¡Iglesia santa!, ya te siento latir dentro de Mí como las madres sienten latir a sus hijos momentos antes del alumbramiento. Ya te siento. Iglesia santa, dentro de mí. Dentro de breves momentos la lanza del soldado atravesará mi divino Corazón y brotará la Iglesia con sus siete sacramentos. Ya tengo salvado al mundo, ya he redimido a la humanidad. ¡Consummatum est! lo he cumplido todo! Es el grito de triunfo del que se ciñe, vuelvo a repetir, con el laurel de la victoria.
Jesucristo: te costó mucho. ¡Te costó mucho! Naciste como un gitano (¡perdóname, Señor!), naciste como un gitano en el Portal de Belén. Tuviste que huir como un facineroso a Egipto. Trabajo duro de carpintero durante treinta años. Y durante los tres años de tu vida apostólica, de tu vida pública, no tenías donde reclinar tu cabeza, Y te insultaron y te blasfemaron: «¡Si éste lanza los demonios en virtud de Belcebú, si es un endemoniado y un samarítano, no le hagáis caso!..,» Y luego lo de anoche: aquel sudor de sangre; y lo de esta mañana: la flagelación y la coronación de espinas y la cruz a cuestas y la crucifixión. ¡Te ha costado mucho, Jesucristo, pero has triunfado! Te felicito con toda mi alma. ¡Has triunfado! Te costó; pero lo cumpliste todo hasta el último detalle. Y ahora puedes lanzar satisfecho tu grito de triunfo: «¡Todo se ha consumado, todo está cumplido!».
Amadísimos de mi alma: todo pasa. ¡Todo pasa!… La belleza, el esplendor, las joyas, el triunfo, las alegrías, los placeres mundanales…
¡Todo pasa! Pero también el sufrimiento, y el hambre, y la sed y la amargura y las persecuciones y las calumnias. ¡Pasarán también!
Tú que ríes, que gozas, que bailas, que te diviertes en contra de Cristo. ¡Pobre de ti! Porque todo eso pasará, pero quedarán sus consecuencias.
Y tú que sufres en la cama de un hospital, tú que soportas en silencio por amor a Dios las injurias de los hombres, las calumnias, la persecución, el hambre, la desnudez… ¡feliz y dichoso de ti!, porque todo eso pasará, pero el mérito de tu paciencia y resignación perdurará eternamente.
A la hora de la muerte todos lanzaremos nuestro consummatum est.
¡Ah!, pero qué distinto el consummatum est del pecador, del
consummatum est del justo.
El pecador: «Pasaron para siempre mis deleites; y ahora el infierno para toda la eternidad».
El justo; «Pasaron mis tormentos, mis dolores y amarguras; y ahora el esplendor de! cielo para siempre, para toda la eternidad».
Estáis a tiempo todavía, pecadores que me escucháis, estáis a tiempo todavía. No es un pobre hombre el que os lo dice, es Cristo Nuestro Señor desde lo alto de la cruz. Estáis a tiempo todavía. ¡Ah!, si quisierais de verdad… ¡Qué alegría tan entrañable a la hora de la muerte; qué consummatum est podríais lanzar a la hora de la muerte! Oídme bien todos. Escuchad lo que podréis decir a la hora de la muerte si queréis.
«En mis años mozos, ¡cómo me costó! ¡Cómo me costó vencer el ímpetu de mis pasiones! El gran problema de la juventud, sobre todo de la juventud masculina, es la pureza. ¡Cómo me costó! ¡Qué esfuerzo tan enorme tuve que hacer! ¡Cómo tuve que sudar sangre!
¡Cómo me costó!… Pero: consummatum est: lo cumplí. Con la gracia de Dios, huyendo de las ocasiones de pecado, confesando y comulgando con frecuencia, con una devoción tiernísima a la Santísima Virgen María… Me costó mucho, pero lo cumplí. Ahora muero tranquilo: consummatum est».
Después llegué al matrimonio. Las leyes sacrosantas del matrimonio, ¡qué duras me resultaron! (¿Por qué insiste tanto. Padre, en estas cosas? Porque son los pecados que se cometen hoy en el mundo. Yo no voy a perder el tiempo en aconsejaros que no os pongáis de rodillas ante una estatuilla de Buda; ¡si no lo hace nadie!, pero tengo que combatir los pecados que la gente comete, y los que la gente comete son precisamente estos que estoy repitiendo; por eso insisto, porque quiero vuestro bien, porque quiero vuestra salvación). Las leyes sacrosantas del matrimonio muchas veces cuestan mucho, hay que reconocerlo. Hay cosas que son muy duras. Cuestan mucho.
Pero ¡qué alegría a la hora de la muerte! Me costó mucho, pero cumplí la Ley de Dios. Y Dios me ayudó y saqué a todos mis hijos adelante porque precisamente venían a este mundo en cumplimiento de la voluntad de Dios, y Dios jamás abandona al que cumple su divina voluntad. ¡Me costó mucho, pero lo cumplí! Ahora muero tranquilo: todo está consumado.
Aquella mala amistad, ¡cómo me costó arrancarla de mi corazón! La tenía metida en lo más hondo de mis entrañas; Pero Cristo me advirtió en el Evangelio: «Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncalo y tíralo lejos de ti; porque te tiene más cuenta entrar en el cielo con un solo ojo que con dos ojos ser sepultado en el infierno. Y si es tu mano derecha la que te escandaliza, córtala sin compasión y tírala lejos de ti; porque te tiene más cuenta entrar en el cielo con una sola mano que no con las dos ser sepultado en el infierno». Y como eso no era más que el símbolo y la figura de aquella amistad criminal que tenía tan metida en mis entrañas, ¡cómo me costó arrancarme aquel ojo de la cara, aquella mano derecha! ¡Cómo me costó arrancármela! Pero la arranqué, y la tiré lejos de mí. Y ahora consummatum est, lo cumplí. ¡Con qué alegría muero!
Y aquellas malas confesiones, y aquel pecado vergonzoso callado tantas veces, ¡cómo me costó confesarlo! Pero me convencí de que no tenía más remedio: confesión o condenación. Si le pido perdón a Dios, pero no quiero pasar por el sacramento de la penitencia instituido por Nuestro Señor Jesucristo, Dios no me perdona: confesión o condenación. ¡Cómo me costó!, después de tantas confesiones sacrílegas, ¡cómo me costó! Pero por fin me confesé bien. Me costó mucho, pasé mucha vergüenza, pero me confesé.
Y ahora: consummatum est, cumplí con mi deber, muero tranquilo y en paz.
¡Ah, mis negocios! ¡Cómo me tentaba el tintineo del oro, la sed de riquezas y el afán de ganarlas a toda costa! Pero fui honrado. No gané ni una peseta injustamente. Gané menos dinero del que hubiera podido robar. Pero lo gané honradamente, y ahora muero tranquilo: consummatum est.
Y nosotros, sacerdotes, ¡qué alegría si a la hora de la muerte podemos decir en verdad: me entregué, me volqué, me destrocé, arruiné mi salud en busca de las almas. ¡Pero con qué fe, con qué ardor las buscaba! He dejado a jirones mi vida en las zarzas del camino, pero consummatum est: lo cumplí. ¡Qué alegría tan divina! Que nuestra última palabra, señores, sea una palabra sacerdotal.
Porque todos somos sacerdotes en cierto sentido: «Regale
sacerdotium», dice el Apóstol San Pedro aludiendo a todos los cristianos. Todos participamos de alguna manera del sacerdocio de Cristo, todos podemos celebrar, cada uno a nuestra manera, nuestra misa particular, nuestra misa individual, mediante el cumplimiento de nuestros deberes y la inmolación de nosotros mismos en aras del sacrificio y la abnegación.
Y a la hora de la muerte, después de haber dicho nuestra misa a todo lo largo de nuestra vida, subiendo poquito a poquito la cumbre de la colina del Calvario, podremos lanzar también nuestro grito de triunfo: ¡¡¡Ite Misa est!!! Acabada está la misa. Ya la he terminado: consummatum est. Y ahora al cielo para siempre, para siempre, para toda la eternidad.
SÉPTIMA PALABRA
«SEÑOR, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU» (LC. 23, 46)
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e acerca el desenlace supremo. Cristo ha pronunciado su consummatum est. Se ha ido desangrando poco a poco: «gota a gota», dice Séneca que morían los crucificados: per stillicida. El rostro de Nuestro Señor Jesucristo se está transfigurando por momentos. Carne blanquecina que se vuelve violácea. Cejas hundidas. La nariz que comienza a afilarse. Los labios que se adelgazan…
La Santísima Virgen María lo está presenciando todo y en aquellos instantes su corazón virginal experimenta una indecible angustia:
«¡Ahora!»
Pero de pronto Nuestro Señor Jesucristo se rehace. Su rostro cobra todavía frescura y vigor. Y levantando sus ojos al cielo clamó con una grande voz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».
¡Padre! Ya no dice «Dios mío» como en la cuarta palabra. Ahora es el Hijo otra vez. El mismo que en su primera palabra quiso conmover el corazón del Padre cuando pedía perdón por sus verdugos: «Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen». Ahora vuelve a pronunciar esta dulcísima palabra: «Padre».
«En tus manos encomiendo mi espíritu» Es decir, en tus manos entrego voluntariamente mi alma. Me diste el mandato de subir a la cruz. Pero yo, tu divino Hijo, estoy totalmente identificado contigo.
«El Padre y Yo somos una misma cosa». Dos personas distintas, pero una sola y misma esencia. La voluntad del Hijo estaba totalmente identificada con la voluntad del Padre. Eran dos personas, pero una sola esencia: «El Padre y Yo somos una misma cosa». Tú me mandaste morir en la cruz, pero yo la acepté voluntariamente,con mi plena libertad identificada con la tuya.
En tus manos encomiendo mi espíritu: te voy a entregar el alma. E inclinando la cabeza, expiró.
AI revés de lo que hacen los demás hombres, señores. Los hombres inclinan la cabeza en el momento de morir, no antes. Precisamente es la muerte quien les abate la cabeza. Bajan la cabeza por exigencia de la muerte.
Jesucristo, no. Dice el Evangelio que inclinó la cabeza y después murió. Inclinó la cabeza como dándole su consentimiento a la muerte, como diciéndole: «Ahora, apodérate de mí». Inclinó voluntariamente la cabeza y murió.
Pero si la muerte no tenía ningún dominio sobre Él! ¡Pero si era Él quien tenía dominio absoluto sobre la muerte! Que lo digan sus resucitados, que lo diga la hija de Jairo, que lo diga el hijo de la viuda de Naím, que lo diga Lázaro, cadáver putrefacto de cuatro días. Jesucristo les mandó resucitar y resucitaron. La muerte era súbdita de Jesucristo, No podía apoderarse de Él. Solamente cuando Él le dio su permiso, la muerte se acercó con respeto a la cruz. «Et inclinato capite —dice el Evangelio— tradidit spiritum»: y bajando la cabeza entregó su espíritu.
Y al instante un terrible terremoto sacude la roca del Calvario. La cruz de Cristo se balancea violentamente por la tremenda sacudida. La gente huye alocadamente. El velo del templo se rasga de arriba abajo. El Centurión se golpea el pecho: «Verdaderamente éste era el Hijo de Dios».
Los muertos resucitan. La Virgen María contempla aterrada el espectáculo…
Verdaderamente tenía razón un filósofo impío cuando en un
momento de sinceridad dijo: «La muerte de Sócrates es la muerte de un sabio, pero la muerte de Cristo es la muerte de un Dios».
Murió Jesucristo como Dios que era. Con una majestad imponente. La naturaleza entera se conmovió ante la muerte de Cristo.
Y el Antiguo Testamento terminó para siempre: el velo del templo se rasgó de arriba abajo como diciendo: se acabó para siempre. Las figuras ya no tienen razón de ser cuando está presente la augusta realidad.
Y todavía el pueblo judío continúa en su obstinación. Esta misma tarde, en los cultos del Viernes Santo, ha subido al cielo la oración entrañable de la Santa Iglesia pidiendo por el pueblo judío, que está obcecado todavía, que tiene la mayor obcecación que registra la historia de la humanidad. Es increíble, señores, su ceguera y obstinación. La gloria más grande del pueblo judío es precisamente haber sido el pueblo del Hijo de Dios; el que un judío sea nada menos que la segunda persona de la Santísima Trinidad hecha hombre. Y en su terrible ceguera los judíos no lo comprenden.
Rechazan su máxima gloria nacional, rechazan lo que debía enorgullecerás sobre todos los pueblos de la tierra. ¡Qué ceguera la de los judíos, señores! Se rompió el velo del templo; el Antiguo Testamento ya no tiene nada que hacer, las sinagogas están haciendo el ridículo en el mundo entero ¡y no abren los ojos, no se dan cuenta de que el Mesías, el Redentor de la humanidad, es Jesucristo Nuestro Señor!
Jesucristo murió. Y murió porque quiso. Voluntariamente, ya que tenía pleno dominio sobre la muerte.
La Santísima Virgen María en aquellos momentos pudo ya, por fin, acercarse a la santa cruz. Yo me imagino que la pobrecita caería de rodillas para besa* el pie de la cruz y se incorporaría un poquitín para besarle los pies a su divino Hijo convertido ya en cadáver. La cruz era muy bajita, se levantaba escasamente medio metro sobre el suelo; de manera que la Santísima Virgen, para besarle los píes a su divino Hijo, tuvo que inclinarse reverentemente, acaso hasta ponerse de rodillas. Y me imagino que incorporándose poco a poco haciendo un esfuerzo supremo… acaso poniéndose de puntillas… subiendo, subiendo… llegaría a aplicar sus labios de Madre Virgen a la herida de su Corazón abierto, del que acababa de brotar en aquel momento la Iglesia Santa de Dios.
La Virgen Santísima, modelo de dolor al pie de la cruz. Jesucristo, ya cadáver, acababa de consumar la redención del mundo. A María le faltaba todavía el tormento de su amarguísima soledad. Jesucristo: ¡qué Buen Pastor! ¡Qué Buen Pastor has sido! ¡Has sabido dar la vida por tus pobres ovejitas!
Jesucristo: Hace un rato te estaban provocando e insultando: «¿No eres tú el Hijo de Dios? ¡Baja de la cruz y entonces creeremos en ti!».
Jesucristo; ¡qué bien hiciste en no bajar de la cruz!
¡Pobrecitos de nosotros si llegas a bajar! Porque estaba predestinado por Dios que la redención del género humano no se consumase sino en lo alto de la cruz. ¡Tenías que morir en la cruz! Y en vez de mandar a la tierra que se abriese para hundir en el infierno a aquellos infames, pediste perdón por ellos, aceptaste en silencio aquel espantoso fracaso humano y no quisiste bajar de la cruz.
Precisamente porque querías salvarnos a nosotros.
¡Muchas gracias, Señor, porque no bajaste de la cruz! Porque quisiste morir en ella, ¡muchas gracias. Señor! Y por ello cada año te recordamos con amor, y cada año te queremos más.
Señores, ¿quién de vosotros, los cultos, los eruditos, se acuerda de las últimas palabras que pronunciaron en este mundo Sócrates, Aristóteles, Platón… los genios de la humanidad? ¡Nadie se acuerda de ellos! Y sin embargo las Siete Palabras de Jesucristo en la cruz todos los años las recordamos con amor.
Y todos los años caemos de rodillas ante Ti, divino Crucificado. Y porque moriste por nosotros, cada vez te queremos más, te amamos más. Lo más grande, lo más limpio, lo más puro, lo más inmaculado del mundo ha caído siempre de . rodillas ante Cristo. Y precisamente (fijaos bien, ¡qué casualidad!) los criminales, los malvados, los enemigos de la honradez, de la civilización, de la dignidad, de la decencia humana, los enemigos del orden social… ¡esos son los enemigos de Cristo!
¿Pero no lo veis, no lo estáis viendo en el mundo de hoy como en el de hace veinte siglos?
Lo más grande que ha habido en la humanidad ha caído siempre de rodillas ante Ti, Jesucristo crucificado. Eres el más grande de los hijos de los hombres precisamente porque eres el Hijo de Dios.
¡Si hasta en el odio satánico de tus enemigos se advierte tu divina y definitiva grandeza! Te odian tanto, Señor, porque eres tan grande, porque eres la figura cumbre de la humanidad. Por eso ellos te persiguen y por eso nosotros te adoramos y caemos de rodillas a tus pies.
Pero nosotros, Señor, no te adoramos como al filósofo más grande, como a la figura cumbre y al prototipo incomparable dela humanidad.
¡No! Nosotros te adoramos porque eres el Hijo de Dios, porque eres la segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha hombre, porque estás sentado a la diestra de Dios Padre y vendrás con gran poder y majestad a juzgar a los vivos y a los muertos, Jesucristo, ¡gracias por haber muerto por nosotros en la cruz!
También nosotros moriremos. Moriremos todos. Sin falta.
Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir. Allá van los señoríos, derechos a se acabar y consumir allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos; allegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos
Moriremos. Pero moriremos confiados, Señor, porque Tú has muerto antes por nosotros.
Yo quiero morir como Tú, Jesucristo. Tú eres inocente, yo soy pecador. Pero Tú has muerto por mí y por lo mismo ya puedo levantar mis miradas al cielo y con el corazón confiado decir:
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Ya puedo morir tranquilo. Estoy perdonado, porque Cristo ha muerto por mí.
Y quiero morir, no solamente como Tú, Señor. Quiero morir contigo, quiero morir sintiendo tu Corazón palpitar junto a mi corazón.
¡Señor!, te lo pido en esta tarde del Viernes Santo. «¿Qué quieres en recompensa por el sermón que acabas de pronunciar?» ¡Señor!, que a la hora de mi muerte me concedas la dicha inenarrable de recibir el Viático. Que pueda recibirte en mi alma, que pueda estrecharte junto a mi corazón, como Buen Pastor, momentos antes de comparecer delante de Ti como Juez Supremo de vivos y muertos.
¡Ven a mi corazón. Señor! Que reciba el Viático, que sienta palpitar tu Corazón lleno de amor junto a mi corazón moribundo. ¡Señor!, quiero morir no solamente como Tú, sino contigo, presente en mi corazón. ¡El Viático!
Y para todos mis oyentes, los que están abarrotando la Iglesia de San José, de Madrid, y los millones de españoles que me están siguiendo a través de la Radio, para todos ellos. Señor, te pido la misma gracia. Te pido que mueran todos con el Viático en su corazón, con la alegría inmensa de sentir palpitar junto al suyo tu Corazón de Buen
Pastor. Quiero morir como Tú, quiero morir contigo, y esta misma gracia te pido para todos mis oyentes, para todos los españoles y para todos los redimidos con tu sangre preciosísima que acabas de derramar en la cruz.
Y Tú, Virgencita de los Dolores, Reina y Soberana de los mártires; Tú que eres mi Madrecita querida, Tú que tienes la obligación de tratarme como hijo. Aunque yo sea malo, Tú eres buena, Tú eres la Abogada y Refugio de los pecadores. Fíjate bien, Virgen María, lo que te voy a decir, interpretando el sentir de todos mis oyentes y de todos los españoles; fíjate bien» Madre mía querida:
Mientras mi vida alentare todo mi amor para ti. Mas si mi amor te olvidare… ¡Madre mía. Madre mía! Aunque mi amor te olvidare ¡tú no te olvides de mí!, que si Tú, Virgencita de los Dolores, Reina y Soberana de los mártires, si Tú no te olvidas de nosotros y vienes a la hora de nuestra muerte a recoger nuestro último suspiro, ya tenemos asegurada para siempre nuestra dicha y felicidad eternas.
Porque con tus manos virginales de Madre y de Corredentora nos llevarás hasta el trono de tu divino Hijo, y Tú le arrancarás aquella sentencia de vida eterna: «Bien, siervo bueno y fiel, porque fuiste fiel en lo poco, te voy a constituir sobre lo mucho: ¡entra para siempre, para siempre, en el gozo de tu Señor!»… Que así sea.
REVISTA SACRIFICIUM Nº 2
NUEVA REVISTA CATÓLICA
Sacrificium
Nº 2
Aviso a los que se han suscrito a la revista Sacrificium para recibirla en papel: En la semana entrante, se entregarán en Correos, por lo que estimamos que les estará llegando a su domicilio en la semana siguiente, entre el 22 y el 28 de mayo. NOTA: hay alguna persona que habiendo hecho un ingreso en nuestra cuenta, no nos ha proporcionado la dirección donde enviarle la revista. Rogamos a estas personas nos faciliten el domicilio donde quieren recibirla.
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¿LEFEBRISTAS, CABALLO DE TROYA DE LA MASONERÍA?
¿DESEMPEÑAN CIERTOS SUPERIORES DE LA HERMANDAD SACERDOTAL DE SAN PIÓ X; EN FRANCIA, EL PAPEL DE CABALLO DE TROYA EN FAVOR DE LA «IGLESIA CONCILIAR” Y DE LA MASONERÍA?
Publicamos este artículo del Teólogo Johannes Rothkranz sobre la infiltración (liberal-masónica) en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Esperamos que sirva para esclarecer a aquellas simples y bien intencionadas almas que aún albergan en sus filas esperanzas de estar en una definición católica correcta.., que a todas luces no lo es.
Los textos en negrita y subrayados son nuestros. Ténganse en cuenta que todo esto sucedía mientras mons. Lefebvre vivía, al cual ,el autor señala por su postura insostenible de negar la sedevacancia.
REVELACIONES
Mag. Theol. Johannes ROTHKRANZ
En KYRIE ELElSON, 27Jahr. 1998, 1, Jan.- Marz (pp.63-82)
Prólogo de Rothkranz.-
La posición de la Hermandad Sacerdotal de San Pío X respecto de la Sedevacancia, se hace cada día más insostenible. No obstante, respecto de la cuestión, no se trata, en absoluto, oficialmente entre los Sacerdotes de la Hermandad. Esto parece tanto más grave, cuanto que van tomando cuerpo indicios, que infunden la sospecha de que la «postura» de la Hermandad Sacerdotal, en este punto decisivo, está teledirigida por los enemigos jurados de Cristo y de su sola verdadera Iglesia.
De antemano, aparece claro lo siguiente: Quien todavía, en la actualidad, sigue afirmando de sí (y de su seguidor) que está en comunión («una cum») con el seudopapa K.W. [Karol Wojtyła], masónicamente dirigido y se esfuerza, ahora como antes, por llegar a una unión con Roma, desempeña, objetivamánte, el papel de Sión y de las logias. Sin embargo, en vista de las claras pruebas teológicas que corroboran la existencia de la Vacancia de la Santa Sede, muchos sacerdotes de la Hermandad (uno de ellos me lo notificó, incluso por escrito) ya no comparten ese perverso juego seudo papal, si no fueran obligados a ello por sus superiores.
Por qué esos Superiores intentan sofocar, a fuerza bruta, todo movimiento sedevacantista, entre sus sacerdotes, puede tener varias causas, sobre algunas de las cuales, se ha escrito ya en esta publicación. Una posible causa fue ya expuesta; no obstante, a falta de pruebas contundentes, se ha debilitado. Se trataba del influjo o, incluso, de un manejo secreto masónico de la Hermandad desde la cúpula. La simple mención de este punto excitó, a la sazón, un sobresalto general del público…
Tampoco, en esta ocasión, es posible acusar a ningún miembro directivo de la Hermandad, en concreto, de pertenecer a una Logia; sin embargo, son contundentes, ciertas informaciones seguras sobre algo muy concreto: la escandalosa manera de comportamientos amigables con las logias de dos miembros de la Hermandad Sacerdotal, del distrito francés.
En esta ocasión, estas informaciones son fidedignas, por proceder de mi informador personal, incondicional y fidedigno, que me ha ratificado, varias veces y de manera precisa, de que cada detalle mencionado corresponde exactamente a la realidad.
La siguiente documentada carta apareció en el núm. 94 (Oct. 1984) Del «BULLETIN DE L ‘OCCIDENT CHRETIEN»
El editor francés de esta carta abierta ha manifestado, expresamente, que él, aún hoy, se atiene a cada una de las líneas de la susodicha carta y no revoca ni una sola de sus palabras.
CARTA ABIERTA AL Rev. PADRE AULAGNIER, SUPERIOR DE DISTRITO DE LA HERMANDAD SACERDOTAL DE SAN PIÓ X en FRANCIA.
Comienza citando a Amós, 5,15 y Sab. 8, 13.
Rev. Padre: Vd. podrá afirmar e, incluso, podrá hacer creer que está de parte de la Verdad; pero, en realidad, se le debe reconocer por el grado de aversión que siente por el error; y, asimismo, se debería añadir, por la manera, en que Vd. detesta a los partidarios del error, o no.
Tras la última aparición del último núm. del B O C, que contenía los estudios sobre la ORGANISATION CHRETIENTE-SOLIDARITE, se prestó Vd. amablemente a aceptar mi invitación.
De lo que entonces comentamos, me parece muy importante y gravísimo para el último reducto de los católicos. Este último reducto o grupo de Tradicionalistas (100.000?) es la herencia de siglos de fe, una herencia que agradecemos a nuestros padres.
Todas las fuerzas del infierno y sus huestes trabajan, con el fin de sumergir en el error a este último reducto. Sus métodos son múltiples: falsas apariciones (Medjugorje, Dozulé, Espis, Le Frechoux, San Damiano, etc.), callejones sin salida, doctrinas erróneas, sutilmente encubiertas, persecuciones, pasiones promovidas, otras pruebas; da tal manera, que se puede decir que los auténticos católicos van disminuyendo, en lugar de aumentar.
Como Superior de Distrito de la H.S.S.Pío X, tiene Vd., dentro de la misma, una posición elevada, una posición, cuya importancia con la muerte de los sacerdotes diocesanos viejos, que aún quedaban, crece, de año en año. Vd., por tanto, entiende por qué nosotros, los católicos laicos, seguimos, con la mayor atención vuestros proyectos e iniciativas.
En el transcurso de nuestra conversación, me hizo Vd. participa de algunas valoraciones, que me parecieron decisivas:
- a) Vd., en primer lugar, me aseguró de su adhesión al texto de nuestro estudio sobre la «CHRETIENTE-SOLIDARITE», y sobre lo cual, me aclaró, por añadidura, que Vd. había advertido a los sacerdotes de vuestro Distrito acerca de esa Organización y me recordó que había sido delante de todos Dom Gérard, que había procurado el éxito de Romain Marie.
- b) Vd. me dijo que compartía nuestra opinión sobre Madirán y sobre Michel de Saint Piérre. (Nota del Editor: Jean Madirán, Editor y Redactor Jefe del periódico conservador PRESENT, así como de ITINERAIRES, sostiene férreamente la legitimidad de W.[Karol Wojtyła] y exige a pesar de todas las críticas contra él y la Iglesia, conciliar-obediencia al Sto. Padre. M. es, muy probablemente de ascendencia judía y, tal vez, de fidelidad.) (Sobre M. de S. Piérre: Es muy probablemente marrano. Autor contado entre los de confianza de los seguidores de Mons. Léfebvre.)
- c) Vd. Me aclaró, posteriormente, que Dom Gérard era el hombre que habría de reconducir a los fieles de la Tradición a J.P.II, así como sus reservas respecto del mismo.
- d) Por último, la conversación recayó sobre Gustavo THIBON. (Nota de J. Rothkranz: «Filósofo, que, en apariencia, se ofrece como un fiel tradicional, y, por desgracia, ejerce un enorme influjo entre los aún verdaderos católicos de Francia). Me dijo Vd. que era gnóstico; que no era practicante y que no creía ni en la Encarnación ni en la resurrección de Cristo.
Sobre este extremo, quise cerciorarme por mí mismo. Después de, haber leído su libro: ENTRETIENS AVEC CHRISTIAN CHABANIS, encontré confirmadas vuestras declaraciones. Visité al Sr. Thibon, en St. Marcel d ‘Ardeche, con el fin de recabar de él una aclaración. Después de una hora de charla, sus declaraciones rebasaron todo lo imaginable. No sólo no cree en la Resurrección, pero, ni siquiera cree en los milagros, ni en el Espíritu Santo, ni en el Antiguo Testamento, ni en el juicio personal, tras la resurrección de los muertos.
Se ha construido su propio sistema, en el que incluye un dios a su medida. Todo lo demás queda en la sombra del escepticismo. Realmente, es un discípulo de la Gnosis. Venera, en alto grado, a Guénon. (Aclaración de J. Rothkranz: Masón del grado 33…de la rama espiritual satánico-gnóstica de la Masonería.)
Es horroroso observar que se permita considerarlo como filósofo católico y que Vd. nada me dijera al respecto.
Tras estos puntos de conversación, que me animaron, al constatar que éramos de la misma opinión, le manifesté a Vd. mi sorpresa por su doble lenguaje, discrepante en público y en privado. ¿Cómo pueden discrepar tanto, una conversación pública de una privada? ¿Cuál es, pues, la verdadera versión?
Vd se ha hecho responsable de lo que dice. La confabulación le rebasa y no la puede controlar… Acto seguido os rogué que me contara algo sobre el CLUB DE LOS HOMBRES LIBRES, en el cual, Vd. tuvo una conferencia. Vuestra reacción a mi demanda fue más expresiva que lo que Vd. dijo. Durante 10 minutos Vd. estuvo muy excitado y repitió cuatro veces. ¿De quién ha Sabido eso? Le repliqué que eso era asunto mío. Entonces, durante 20 minutos, Vd. intentó persuadirme que no me precipitara, en mi juicio temerario, ni sacar conclusiones, y repitió varias veces: «Yo no soy masón», a pesar de que yo no le había hecho ninguna pregunta al respecto. Esa reacción me impresionó mucho.
Según su declaración, muy densa, EL CLUB DE LOS HOMBRES LIBRES, fue fundado después de la gran Guerra de 1945, en Versalles, por los petainistas y por los partidarios de la resistencia, para los cuales, la defensa de las ideas de los derechos era un deseo.
Este Club se reúne una vez al mes, para debatir diversos temas alternativos.
Lo que tal vez no sabrán es que ese Club es la antesala de otros grupos esotéricos, que hacen pensar en aquellos que reunía el Barón de Holbach, amigo de Voltaire y de los Enciclpedistas… ¿Los amigos de la libertad? 0, empleando una expresión de Madirán ¿Los matones en la sombra?»
A dichos grupos pertenecen, o han pertenecido, J. Madirán, Luis Salieron, el Abate Luc Léfevre, Gustav Thibon, el Almirante Auplan… Michel de Saint Piérre, así como otros más, que conocemos y cuyos nombres daremos a conocer, tan pronto como sea útil. Pues, «nada hay oculto… (Mat. 10,26)”.
Esto es, probablemente, lo que explica muchas de las transformaciones, en el campo de los derechos tradicionalistas, desde hace 20 años.
Nuestra atención había sido ya suscitada por la declaración de Alec Mallor, que, en uno de sus libros, dijo que muchos masones, de acuerdo con un adiestramiento en las logias, se habían adherido y-alistado, sin el menor complejo, en las filas tradicionalistas.
El Ab. Henri MOURAUX me contó que, encontrándose, de paso, en San Nicolás, se le había auto presentado un señor como Maestro de sede de una Logia. Por otro lado, un amigo, durante una sesión en una gran ciudad francesa, nos dijo que sus hermanos, algunos de los cuales, eran masones, le hacían objeto de mofa y le decían: «VUESTRO TRABAJO ES INÚTIL, PUES, HAY MUCHOS MASONES EN LA CÚPULA DE LOS GRUPOS TRADICIONALISTAS.»
En transcurso de nuestra conversación, se llegó a tocar también el tema de la HERMANDAD SACERDOTAL SAN PIÓ X. Yo le manifesté mi desencanto sobre el hecho de que para Vds., en la oposición a Juan Pablo II, que, precisamente, es tan importante como la que hubo a la ejercida contra Pablo VI, no la ejercen cual se debe.
Acto seguido, le manifesté que me daba la sensación de que la HERMANDAD no tuviera otro vínculo más propio; ni la Verdad, ni la Misa, ni el Concilio, ni la Doctrina tradicional, sino únicamente con Mons. Léfebvre, como si todo se fuera á desplomar, cuando él llegara a faltar.
¿No han perdido Vds. la mitad de los sacerdotes de la primera generación? Expresé mi temor de que nosotros, los laicos, seríamos las víctimas. Ya lo fuimos en 1958, por parte de obispos y sacerdotes y la misma escena parece repetirse hoy.
Con demasiada frecuencia, tropezamos, entre los sacerdotes de hoy, con aquellos que conocimos bajo Pío XII: ninguna solidez en la doctrina de la Fe; ningún gusto por la lucha; ningún recelo del enemigo; una profunda mediocridad en la vida espiritual.., y pavor a la verdad y a los hechos reales… pocas conversiones serias, y una permanente postura de ataque contra aquellos que desean permanecer firmes.
Es cierto que existen algunos de una bizarría notable y algún esfuerzo en el sector docente; pero, tras de esa fachada, no se encuentra ni la enseñanza, ni la conducta espiritual de los santos.
Se podría decir que Vds. tiene como única política no tener ninguna sólo la de capear los acontecimientos. Vd. me echó en cara «anticlericalismo»……
Hace poco nos advirtió Ploncard d’Assac, en una de sus últimas cartas circulares, de que el Gran Oriente había decidido banalizar el Nazismo y enaltecer las Fuerzas de la Extrema- Derecha.- ¿No cree Vd. que, en este momento, deberían darse la cordura y la vigilancia?
Ya, en lo que es propio de los clérigos, se nos dio, una vez, escándalo, en especial, por la manera, en que ellos manejan los donativos, que se les entrega. Se puede decir que muchos tienen una idea liberal, incluso revolucionaria de la propiedad; administran y hacen con los donativos de los fieles los que les viene en ganas.
Recibimos más de 200 cartas desesperanzadoras de familias, que solicitaban becas, para dar una formación cristiana a sus hijos… ¿Es que no se da una prelación en las obras del amor al prójimo?…
Y Vd. nos acusa de ser anticlericales! Lo seremos, incluso más, al ver cómo trabajan en favorecer a LE PEN (Nota de J. Rothkranz: LE PEN es el Caballo de Troya de los masones, en la cúpula de la Extrema Derecha francesa) que celebran la Misa en la fiesta de los BLAU-WEISZ-ROTEN (nota de J. Roth.: Asimismo, LE PEN, emplea en su emblemas esos colores nacionales de la desacreditada, cruenta, anticristiana Revolución francesa), después de haber estado bailando, durante toda la noche. …
Vd. omite recordar esto que se debe temer más en aquellos que matan las almas, que los que matan el cuerpo. Vd. dispensa una seguridad moral al comportamiento de éste, que implica a nuestra inexperta juventud en una falsa lucha.Nosotros somos anticlericales, en nombre de muchos clérigos: Card. Pie, Mons. Delassus, Mons Segur....Y nosotros, incluso, atacamos vuestro anticlericalismo. ¿Qué se les ha perdido a Vds en esa equívoca organización de LE PEN?
¿Cómo, pues, montar guardia en la salvación de las almas, así como en favor del Reinado social de Cristo? ¿Es que no tienen Vds. nada mejor que hacer? ¿No os basta la defensa de lo sagrado, de la Verdad, que se os ha encomendado?
¿Qué pues, deberla ocultar Vd. a vuestra sotana, en el escaño parlamentario, al secundar a LE PEN, contra aquellos, cuya opinión Vd. comparte en privado? ¿Ha olvidado Vd. que, en la Cristiandad, hay dos espadas, la espiritual y la mundana….?
¿Ha olvidado Vd. que la única misión de la Autoridad clerical, en el orden temporal, se limita a la doctrina de la fe (cosa que Vds., en general, no hacen) y no dedicarse a complacer a los detentadores del poder…?
Vd. llama a este dejar hacer «habilidad inteligente». Dios se reserva el derecho de extirpar la cizaña de raíz. ¿Quiénes son sus verdaderos amigos: los que se encaran con Vd. un poco fuerte, o los que os implican en una lucha funesta? Para terminar os recomiendo este axioma [«No quieras reprender al mofador, para que no te aborrezca«]( Prov. 9,8).
De Saint Hilaire. Fiesta de San Remigio, Apóstol de los franceses.)
COMENTARIO A LA CARTA DEL DOCTOR JOHANNES ROTHKRANZ
…..El P. Aulagnier fue, primeramente, director de la publicación francesa de la HERMANDAD SACERDOTAL SAN PIÓ X «FIDELITER; luego fue Superior de Distrito e, incluso, primer Asistente del Superior General; actualmente, es el segundo Asistente del Superior General y, pertenece, por ello, a la troica directiva de la HERMANDAD.
Todo esto podría pasar, si… pero, de esto, no se puede, por desgracia tratar.
El P. Aulagnier mantiene, aún hoy, contacto con el público que se reconvierte a la Iglesia conciliar, con el tránsfuga Dom Gerard, respecto del cual, él, en 1984, se mostraba reservado…
En 1985, apareció, en una publicación católico-tradicional «Edition Sainte Jeanne d’Arc., una nueva edición del famoso libro «Etudes sur la Revolutión» de P. Cloriviére, que ofrece el mejor análisis, por parte católica, de la Declaración anticristiana de los Derechos Humanos. El P. Aulagnier, entonces, ya, de nuevo, Director de FIDELITER, reclamó un ejemplar crítico de la misma, y ofreció, un año más tarde una nueva edición de ese libro, pero, con recortes, sin comentarios, y detraídas aquellas 40 páginas, en que el P. Cloriviére había establecido las condiciones para una restauración duradera de una Sociedad verdaderamente católica en Francia.
En 1988, hizo la recensión del libro del P. Daniel Le Roux: Piérre m’aimes-tu?» Originalmente, y con la aquiescencia de Mons. Léfebvre, cada capítulo, terminaba, invariablemente, con esta pregunta: «¿Pero, puede esta gente ser sucesor de Pedro?»… Esto se eliminó, en la edición definitiva, gracias al P. Aulagnier. El P. Roux, que está ahora en el Canadá, ha caído en una depresión.
Fue, también, el P. Aulagnier el que se negó, rotundamente, a publicar en FIDELITER, un libro que ponía al descubierto a la Sociedad de masones, al que precedía un prólogo dedicado a Mons Léfebvre. El libro EL DECÁLOGO DE SATANÁS, tuvo que ser publicado en offset en otra editorial.
Sacada la cuenta, el P. Aulagnier es el principal responsable de que la TRADICIÓN CATÓLICA, en Francia, haya perdido considerable espíritu de lucha. El, sobre todo, ha reactivado a los liberales y ha paralizado a los antiliberales.
El P. Aulagnier fue el responsable principal, que sacó de la Hermandad, a los tres pp. Belmont, Guépin y Seuillot, por el solo motivo de inclinarse al Sedevacantismo.
Asimismo, la situación eclesiástica espiritual de los colegios de la H.S., en Francia, se ha maleado significativamente bajo su égida. Los alumnos son educados en un espíritu liberal; hay pocas vocaciones muchos, acabado el bachillerato, dejan de ser practicantes.
El P. Aulagnier no ha hecho una iglesia de catacumbas, en Francia, sino, al contrario, una iglesia de palacios. Esto, echando a un lado realidades que se pierden de vista, de que la abierta persecución cristiana se aproxima, a grandes pasos, por medio de un poder casi todo poderoso estatal-mundial.
Una gran parte de la situación de inmovilidad de la Fraternidad, en Francia, ha sido introducida en su nombre.
El gobierno de izquierdas, bajo el influjo de la masonería ha promulgado una ley, en que se prescribe que las herencias sólo se pueden realizar a nombre de personas físicas. Consiguientemente, todas las fincas y casas, dejadas o legadas a la H.S., deben registrarse sólo a nombre de personas físicas determinadas. Esto significa, indudablemente, que el P. Aulagnier, en caso de conflicto, posee una importante prenda (o baza) ante la HERMANDAD. Si algún día abandonara la H., esta perdería, de sopetón, en muchos lugares, sus casas!
Así que no es posible alejarlo de su posición relevante en la Hermandad…
Tal vez, no se podrá cambiar de opinión, respecto de la Sede-vacancia, sin su voluntad…
Cuando el P. Aulagnier, pocos años antes de ceder la dirección de FIDELITER, ocupó su puesto el P. Gregoire Célier, que es el actual director. También, este presenta toda una serie de indicios de que su lealtad, en todo caso, no es aplicable a la incansable defensiva del batallón liquidado de la Santa Iglesia contra la Sinagoga de Satanás.
Célier se autopresenta, desde hace algún tiempo, en cada nuevo Catálogo de libros, publicado por él «FRANCE LIVRES-CLOVIS». Y su foto (que se ve en la pág. 76 de este núm. de K= E.) muestra dos peculiaridades.
1) Su pose conscientemente elegida -es evidente- es una de las señales de la Logia, usada frecuentemente en la prensa dirigida. La prueba de esto se encuentra en mi libro ilustrado en diagonal: SIGNOS MASÓNICOS EN LA PRENSA………
2) El edificio, que aparece detrás de su fotografía, no es, precisamente, la iglesia parisina, administrada por la H. S., o San Nicolás de Chardonnier, o algún otro edificio católico, sino la Sede del Senado francés, corporación, como se sabe, controlada por los masones, cuyo Presidente fue, durante muchos años, ALAIN POHER, masón del grado 33 (y varias veces, presidente interino de la República francesa).
Célier mantiene estrechos contactos con una serie de figuras muy sospechosas. El no tiene ninguna vinculación directa, ciertamente, con el profesor Jean BORELLA, docente de la Universidad de Nancy II, gnóstico acreditado y partidario de la doctrina esotérico-satánica del grado 33 Rene GUENON.
Borella, a pesar de su posición, ha logrado penetrar en muchos sitios, en los medios tradicionalistas. Aparecieron dos artículos del mismo, en los núms. 1 y 2 del periódico «VU DE HAUT», del Instituto Universitario de la H.S. de S. Pío X, en París.
Además, El Editorial de FIDELITER, dirigida, entonces, por el P. Aulagnier, lo publicó como su libro preferido. Era una novela para niños con el título «Quete de Raphael», que contenía la leyenda gnóstica-satánica como tema! Escribía el Prólogo Borella y ese prólogo no era otra cosa que el grito de triunfo de un activista de la Sinagoga de Satanás!
- Borella inoculó, en su día, una doctrina de Rene Guénon a un seminarista, de nombre Alain LESCHENNE, en Econe, que, posteriormente, fue Prior en Dijon, antes de que emigrara, definitivamente, a la Hermandad de San Pedro.También este perteneció, antes de su partida, a los amigos particulares del Padre Célier.
Estrechos, hasta hoy en día, son los vínculos que el P. Célier mantiene con Yves GHIRON, uno de los seguidores de los gnósticos Borella y de Guénon. Hasta que él fue desenmascarado, públicamente, en los círculos tradicionalistas, entre los que era reputado, fue, bajo su verdadero nombre de GHIRON, el editor de una colección, en la Editorial esotérico-ocultista-masónica «PARDES»…
A partir de la «conversión» de este, el P. Célier es enconado adversario de todos los que combaten la Gnosis masónica; en especial, de aquellos que pertenecen a la escuela del benemérito, ya fallecido, Jean VAQUIE, así como de Etienne GOUVERT.
En 1993, publicó un folleto, con el irónico título: «LA ESCUELA DEL CUADERNO BARRUEL: EL FUTURO DE UNA ILUSIÓN.», contra el Boletín fundado por Vaquié y Gouvert: Boletín de la Sociedad Agustín Barruel.
El Copyright del folleto susodicho que, al menos, indirectamente, defiende a la anticristiana Gnosis de «Editions GRICHA, justamente, como luego, la de todos los libros de la Editorial FIDELITER… y la explicación de ese nombre (GRICHA), se suministra en la tapa del mismo folleto. En el impreso consta un dibujo de un gato con el lomo encrespado, encuadrado en una leyenda que dice: «La nuit tous les chats son gris». De ahí GRICHA. El honorable padre, pues, sabe y conoce perfectamente su significado.
El eventual control de sus de sus ambiguos contactos, por medio de sus superiores, sabe evadirse hábilmente el P. Célier, al señalar, en todos sus folletos como dirección meramente suya: Of. Postal en París…
El celebrado apoderamiento de la iglesia parisina de S. Nicolás de Chardonnet tiene, por lo demás, un reverso, aún poco conocido. El hecho de que el edificio no haya sido devuelto, hace ya años, se debe-, especialmente, a, la postura de Madame Bernardette CHIRAC, o sea, la esposa del antiguo Alcalde de París y actual Presidente de Estado, del masón empedernido Jacques CHIRAC.
La colaboración seudopapista con la Iglesia, conciliar, gobernada por el enemigo, tiene, pues, su precio.
Aun cuando se puede salir de esta situación, -partiendo de la base de que la mayor parte de los padres de la, H.S.S. PlO X, se compone de almas sinceras y que sinceramente desean servir a la Iglesia, los documentos mostrados indican, que son demasiado débiles para emprender esa empresa. No se puede resistir a la infiltración del enemigo, en sus propias filas, incluso en los rangos superiores.
Agradecemos a un sacerdote amigo que nos haya facilitado el presente artículo. Deo gratias.
SÍ, PADRE, PORQUE ASÍ TE PLUGO
SERMON DE SAN VICENTE FERRER
EN LA FIESTA DE SAN MATÍAS APÓSTOL
2. El tema propuesto, según el sentido que quiero darle, necesita explicación teológica, y por ella entraré en la materia que quiero exponer. Según la santa y verdadera teología, todas las cosas de este mundo, naturales, artificiales, meritorias, tienen una causa principal: el beneplácito de la voluntad divina. Pues aunque la filosofía asigne otras causas, todas ellas son instrumentales e intermedias y como dispositivas; la última es la voluntad de Dios.
Si se pregunta: ¿Por qué se hizo esto? ¿Cuál fue su causa? Siempre hay que responder: La voluntad de Dios; se hizo porque Dios así lo quiso. Podemos confirmar esta proposición con el ejemplo del reloj. La causa del movimiento en el reloj se reduce finalmente al relojero. Lo mismo en las cosas naturales, artificiales, voluntarias o meritorias. Si preguntamos por la causa del viento, responderá el filósofo: Porque la tierra emite vapores que no pueden elevarse, por impedírselo el campo de acción de otro planeta, etc. Y si seguimos preguntando: ¿Por qué ese planeta tiene tal fuerza?, habrá que responder siempre en último término que porque Dios se la dió. Y si seguimos preguntando: ¿Por qué se la dió?, tendremos que responder: Porque le plugo. Si preguntamos de nuevo la razón de por qué le plugo, llegamos a una cuestión necia. Platón manda callar cuando se llega a este punto.
3. Cuando se pregunta por la causa del hambre en un lugar, responde el filósofo: Porque no han sembrado y, por tanto, no han recogido. Y ¿por qué no se ha recogido? Porque la tierra estaba seca, por no llover. ¿Por qué no llovió? Porque los vapores no se elevaban a lo alto y no podían condensarse en forma de lluvia. El filósofo no puede encontrar otra causa. Pero podemos seguir preguntando: ¿Por qué no se elevó el vapor y se condensó después? Porque Dios no le dió esa virtud. Y no se la dió porque no quiso. Esta es la última razón; las demás no sacian.
Lo mismo tratándose de las mortandades y enfermedades: no han de atribuirse a las causas segundas e instrumentales, sino a la voluntad divina. Otro tanto ocurre en las causas artificiales: un notario que quiere escribir una página elegantemente necesita muchas cosas: pluma, cortaplumas, regla, tinta…; pero la escritura elegante no se atribuye a la pluma ni a los otros instrumentos, sino al notario, que es la causa principal. Un arca artísticamente fabricada no se atribuye al martillo o al escoplo, sino al ebanista. Lo mismo una fuente de plata. Y así todas las cosas de este mundo. La sola voluntad de Dios es la causa de todo lo que se hace en el mundo, excepto el pecado, que no es obra suya.
4. También en las obras voluntarias. Si buscamos la causa de por qué David u otro cualquiera fueron santos, no nos satisface la respuesta que dice: porque llevó una vida buena y evitó los pecados y nada hizo contra la voluntad de Dios. La respuesta que satisface es la siguiente: fue santo porque Dios lo quiso. Y si seguimos preguntando: ¿Por qué lo quiso Dios?, entonces nos enfrentamos con una pregunta necia, pues nada hay más allá del sumo grado. Por eso dice David: Y me puso en seguro (en el seguro de la santidad y buena vida), salvándome, porqué se agradó de mí (Ps. XVII, 20). Y lo mismo se dice en el libro II de los Reyes: Porque se agradó de mí (2 Reg. 22, 20).
Por esta razón los santos padres todo lo atribuían a Dios. En esto nadie puede errar, y se hace gran honor a Dios. Tenemos un ejemplo estupendo en Job, varón riquísimo, quien en un solo día perdió quinientos pares de bueyes y otros tantos asnos, pues los sábeos le robaron y querían matar a sus vigilantes, que se defendían. Tenía siete mil cabezas de ovejas y tres mil camellos, todo lo cual le fué robado el mismo día. Tenía siete hijos y tres hijas, y el mismo día, mientras comían, se movió un viento huracanado que derribó la casa en que estaban y mató a todos. Cuando los nuncios llegáron a Job, ¿sabéis lo que les dijo? Lo siguiente: ¿Los enemigos, el fuego y el viento han hecho todas estas cosas? No, no se preocupó de las causas segundas, que son instrumentos, sino que todo lo atribuyó a Dios: El Señor me lo dió y el Señor me lo quitó. Se ha cumplido todo según el beneplácito del Señor(Iob 1, 21).
Cuando Jacob fue interrogado por su hermano Esaú: ¿Quiénes son éstos que traes contigo?, Jacob le contestó: Son los hijos que Dios ha dado a tu siervo (Gen. XXXIII, 5).
5. Está claro, pues, que todo lo que ocurre en el mundo, en las obras naturales, artificiales o voluntarias, tiene como causa principal a Dios, excepto la culpa del pecado, en el que el acto proviene de Dios y la culpa del pecador. Dice el maestro de las Sentencias (I, d.45),citando a San Agustín (III De Trin., c.4), que basta al cristiano saber y confesar que la voluntad divina es la causa de todas las cosas y obras de este mundo.
Por tanto, si buscamos la causa de la santidad de Matías no la encontraremos en las oraciones, ayunos o penitencias, porque todas estas cosas son causas instrumentales y dispositivas; la causa principal fue el beneplácito de la divina voluntad. Por eso dice Jesucristo al Padre: Si, Padre [es santo Matías], porque te plugo. Está claro el tema.
6. Encuentro cuatro grados en la santidad del apóstol Matías: santidad laical, santidad clerical, santidad pontifical, santidad de mártir.
Si preguntamos por qué tuvo estos cuatro grados de santidad, responde el tema: porque así plugo a Dios.
7. En primer lugar, San Matías tuvo la santidad laical. que consiste en guardar estrictamente los preceptos de Dios con el propósito de no hacer nada contra la voluntad divina, aunque fuera para conquistar el mundo. ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt. XVI, 26). Poco gana quien pierde el alma. Cuando el hombre escoge vivir según el beneplácito divino y no según su propia inclinación, esto es, cuando su carne dice a Dios: Vos, Señor, habéis dispuesto lo contrario a mi mala inclinación, y yo quiero humillarme, sirviendo vuestros preceptos (y recorre de este modo todos los pecados, según convenga),entonces tiene la santidad laical. Dice la Escritura: Santifícaos y sed santos, porque yo. vuestro Señor. Dios, soy santo. Si preguntamos: ¿Cómo nos santificaremos? Guardad mis preceptos y practicadlos. Yo, el Señor, soy quien os santifica (Lev. XX, 7-8). De esta manera adquirió San Matías la santidad laical. Antes de ser apóstol, siendo seglar, se regía según los mandatos de Dios y no seguía su propia inclinación.
8. Narra la historia que Matías fue oriundo de la ciudad de Belén y de la tribu de Judá. Ya sabéis que las tribus eran doce y que la principal era la de Judá, de la que nació Cristo. De ella nació también Matías. Era, pues, de noble ascendencia; sus padres eran ricos en dinero y en costumbres y pusieron gran diligencia en la educación de su hijo Matías. Habéis de saber que los niños se pierden o se conservan en su niñez. Dice la historia que los padres de Matías lo dedicaron desde sus primeros años al aprendizaje de la ley divina. Digamos cómo su padre le llamaba a su presencia y le decía: Hijo mió, has de saber que Dios nos dió preceptos y ordenaciones, a cuyo tenor hemos de vivir, y no según nuestra inclinación; por tanto, no digas mentiras. No jures, si no es en caso de necesidad, esto es, cuando se trate de un juicio o de una utilidad, y entonces di siempre la verdad; jurar por otros motivos es pecado. No difames a nadie, no digas cosas malas de tu prójimo; no disputes con nadie, ni a nadie hagas injuria. No robes nunca, ni retengas cualquier cosa que encontrares; no pidas venganza de las injurias. Ora a tu Dios, ve al templo y escucha en silencio el oficio.
9. Ahí tenéis un ejemplo para educación de vuestros hijos. Grande es la condenación de los padres que no cuidan de la instrucción espiritual de sus hijos. ¿Queréis saber que pecado cometen? El mismo que si un padre no quisiera proveer a sus hijos pequeños de pan y vestido, y murieran por ello de hambre. ¿No sería gran crueldad y pecado? Pues es mayor el pecado cuando no se preocupan de atenderlos en lo que al alma se refiere, pues el alma es más noble que el cuerpo. Porque, ¿qué es el cuerpo sino un saco de estiércol, manjar de gusanos, que se corrompe cuando muere? No así el alma. Dice San Juan: El espíritu es el que vivifica; la carne para nada aprovecha (lo. VI, 64). Si es un pecado tan grave no cuidar de los hijos pequeños, ¿qué clase de pecado será descuidar la educación del alma, especialmente cuando son pequeños, que pueden torcerse como los tiernos árboles? Los mayores no pueden enderezarse o torcerse; si se tuercen serán castigados con la horca en el infierno. Por eso dice la Escritura a los padres: Vosotros, padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina y enseñanza del Señor (Eph. VI, 4).
10. En segundo lugar, San Matías tuvo la santidad clerical, que consiste, como dice Zacarías, padre del Bautista, que fue sacerdote, en que, libres del poder de los enemigos, le sirvamos en santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días (Lc. 1, 74-75). Tres son los enemigos principales de todos los cristianos y, en especial, de los clérigos: el diablo, la carne y el mundo. El diablo atrapa con sus manos. La mano del diablo es un juego de dados: con este juego el diablo prende a los que juegan; después a los que consienten en el juego, a los que miran, a los que echan los dados, a los que prestan el dinero, la casa en donde se juega y, por último, a los rectores de la ciudad que permiten el juego. Todos son capturados por la mano del diablo en el juego. Por tanto, huid, y podréis decir con Tobías: He conservado mi alma limpia de toda concupiscencia. Nunca me he mezclado con los que juegan ni con aquellos que llevan una vida liviana (Tob. III, 16-17). Maldito quien juega con los clérigos, a los que está prohibido jugar: «El obispo o presbítero, diácono, subdiácono, que se entregan a la ebriedad o al juego, o no pase adelante en su estado, o sea castigado» (Decr., d.35, cap. Episcopus).
11. El segundo enemigo es la carne, cuya mano caza muchas almas: a todas las que desean deleites fuera del matrimonio. Dios no permite el placer carnal sino entre el esposo y la esposa y en la debida forma. Si alguien de vosotros se queja de que su mujer es vieja o está enferma o le ha abandonado, le diré que viva castamente, porque esta es una carga del matrimonio. Los clérigos deben vivir castamente, por el voto que las órdenes llevan anejo.
El tercer enemigo es el mundo, cuya mano para cazar es la usura en los legos y la simonía en los clérigos. Caza con esta mano, en primer lugar, a todos los que se dedican a la usura; en segundo lugar, a los notarios. El perjuro es infame. Y cuando alguien se constituye en notario jura no recibir contratos ilícitos. En tercer término, a los testigos que favorecen al usurero. Cuarto, a la mujer del mismo, si con el lucro de la usura se compra vanidades. Quinto, a los hijos que reciben la herencia y a las hijas que reciben dote, pues debieran advertir al padre usurero que les diera dote simple o herencia sencilla. Sexto, a los familiares que se benefician de la usura. Séptimo, a los descendientes de sus hijos, que debieran restituir y no lo hacen.
Los clérigos deben guardarse muy especialmente de la simonía. Dicen algunos que los clérigos, los religiosos y las viudas pueden hacer usura. Esto es un error craso. Si el mismo Papa prestara usurariamente, estaría condenado.
La santidad clerical consiste en que estén libres de la mano de los enemigos: del diablo, de la carne y del mundo.
12. San Matías poseyó esta santidad. Siendo santo en su estado laical, escuchó la predicación de Cristo y vió los milagros que le acreditaban como el Mesías prometido en la ley. ¡Oh!, dijo San Matías; es necesario cambiar de estado y ascender. Y en seguida se unió a la comitiva de Jesús. Cristo hizo de él uno de los setenta y dos discípulos. La razón por la que Cristo eligió setenta y dos discípulos es la siguiente: porque después del diluvio el mundo se dividió en setenta y dos partes y lenguas (Gen. XI, 1 ss.). Cristo, venido para la conversión del mundo entero, eligió setenta y dos discípulos que fueron sus sacerdotes. De los cuales dice San Lucas: Designó Jesús a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos, delante de sí. a toda ciudad y lugar adonde Él había de venir (Lc. X, 1). Cuando Cristo envió a Matías a predicar la penitencia (esta es la materia sobre la que predicaba), respondió: Señor, no me creerán. Y Cristo le dijo: Te doy poder para hacer milagros y curar enfermos. (Expliqúese esto prácticamente.)
Esta fue su santidad clerical, libre de la mano de los enemigos: del diablo, de la carne y del mundo. Y fue así, porque así te plugo. Padre. Por tanto, nosotros, los eclesiásticos, hemos de asemejarnos a él, venciendo al diablo, subyugando la carne y despreciando el mundo y las cosas mundanas.
13. En tercer lugar, tuvo la santidad pontifical, que consiste en ser apóstol de Cristo. Así como los discípulos eran sacerdotes, los apóstoles eran obispos. La santidad episcopal consiste en lo siguiente: Es preciso que el obispo sea inculpable, como administrador de Dios; no soberbio, ni iracundo, ni dado al vino, ni pendenciero, ni codicioso de torpes ganancias, sino hospitalario, benigno, modesto, justo, santo y continente (Tit., 7-8). ¿Quién es éste y le alabaremos? (Eccli. XXXI, 9).
Esta santidad informó a San Matías. Después de vivir en la santidad clerical, y después que Cristo subió a los cielos y envió el Espíritu Santo, el primer Papa después de Cristo, San Pedro, convocó un gran concilio (eran en conjunto unos ciento veinte hombres: Act. 1, 15), exponiendo que el número de los apóstoles había disminuido por la muerte de Judas. Y dijo: Hermanos, era preciso que se cumpliese la Escritura, que por boca de David había predicho el Espíritu Santo acerca de Judas, que fué guía de los que prendieron a Jesús, y era contado entre nosotros, habiendo tenido parte en este ministerio (Act. 1, 16-17).
14. Nárrese cómo en dicho concilio algunos defendían que se eligiera para ocupar el lugar de Judas a José, llamado el Justo por su santidad, el cual era consanguíneo de Cristo y sobrino de la Virgen María, allí presente, e hijo de María Cleofás. Ésta tuvo cuatro hijos, a saber: Santiago el Menor, Simón, Judas (que eran ya apóstoles) y José el Justo. Otros optaban por San Matías, distinguido por su santidad y por su ciencia. Y los presentaron a ambos en medio de todos. Los apóstoles oraban puestos de rodillas y pronunciaron esta oración: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra a cuál de estos dos escoges para ocupar el lugar de este ministerio y el apostolado del que prevaricó Judas para irse a su lugar. Echaron suertes sobre ellos y recayó la suerte sobre Matías (Act. I, 24-25). Dice San Dionisio, explicando este modo de suerte, que fué un rayo de fuego descendido del cielo, que se fué a posar sobre la cabeza de Matías. Esta £ué su elección.
16. Por último, digo que San Matías estuvo dotado de la santidad de mártir, de la cual dice la Iglesia: «Estos son los santos que despreciaron las amenazas de los hombres por amor de Dios. Los santos mártires se gozan con los ángeles en el reino de los cielos». La santidad de mártir consiste en derramar la propia sangre en defensa de la virtud, de la santidad y del honor de Dios, como hizo San Matías.
Después de la ascensión de Cristo, los apóstoles se dividieron el mundo para evangelizarlo. Pedro marchó a Antioquía, Andrés a Acaya, Juan al Asia, Santiago a España, Bartolomé y Tomás a la India. Y Matías predicaba en Judea, porque era de noble ascendencia y por ello le reverenciaban los judíos, y porque reconocían su sabiduría, dándole crédito y convirtiéndose muchos. Por esta razón el sumo sacerdote quiso matarlo. Mas, para que no se dijera que lo mataba por envidia, quiso disputar con él sobre el misterio de la Trinidad.
18. Como no le pudieron vencer por la discusión, intentaron vencerle de otra manera. Y antes que nada le dieron a beber unas hierbas venenosas, que tenían la virtud de dejar ciego. Haciendo sobre ellas la señal de la cruz, las tomó y no le produjeron efecto nocivo; es más, iluminó a ciento cincuenta ciegos con dichas hierbas, pronunciando sobre ellas el nombre de Jesús. Después lo arrastraron por tierra y lo crucificaron. Pero como no moría, le lapidaron, aunque tampoco murió en este tormento. Por fin, llegó un verdugo con un hacha y le dió un golpe en la cabeza. Con ello entregó su espíritu a la gloria.
LA GRATITUD E INGRATITUD
Mas en Dios se encuentra primera y principalmente la causa del débito, puesto que es el primer principio de todos nuestros bienes; en segundo lugar, en el padre, porque es el principio próximo de nuestra generación y enseñanza; en tercer lugar, en la persona que nos aventaja en dignidad, de la que proceden los beneficios comunes; en cuarto lugar, en algún bienhechor del que recibimos algunos privados y particulares beneficios, por los cuales le estamos obligados particularmente.
«Así como la religión es una piedad sobreexcelente, así es también cierta gracia o gratitud excelente. Por esta razón ocupa el primer rango entre las cosas que pertenecen a la religión el tributo de gracias, que debemos a Dios» (2-2 q.106 a.l ad 1).
1. A la justicia
«La gratitud es parte de la justicia, no como especie de un género, sino por cierta reducción (de la gratitud) al género de la justicia» (2-2 q.108 a.5 ad 2).
2. A la caridad
«El débito de la gratitud se deriva de la caridad, la que cuanto más se paga más es debida, según aquello (Rom. XIII, 8): No debáis nada a nadie, sino que os améis los unos a los otros. Y, por tanto, no resulta inconveniente que la obligación de la gratitud sea interminable» (2-2 q.l06 a.6 ad 2).
1. El beneficio está más en la voluntad
«El agradecimiento considera el beneficio en cuanto es otorgado gratuitamente, lo cual pertenece al afecto. Por eso también la recompensa de la gratitud considera más el afecto del donante que el efecto» (2-2 q.106 a.5 c).
Según esto:
Todo acto moral depende de la voluntad. Por consiguiente, el beneficio, en cuanto es laudable y se le debe la recompensa de la gratitud, consiste materialmente en el efecto, pero formal y principalmente en la voluntad; por lo cual dice Séneca (cf. De benefic., 1,6): «El beneficio no consiste en lo que se hace o da„ sino en el ánimo del donante o bienhechor» (2-2 q.106 a.5 ad 1).
2. Y, por tanto, también la gratitud
3. Se deriva del amor
«El deber de gratitud se deriva del deber de amor, del cual ninguno debe desear ser dispensado; por lo cual, el que uno tenga esta obligación contra su voluntad proviene de la falta de amor al que le hizo el beneficio» (2-2 q.107 a.l ad 3).
Es propio de buen corazón ser más sensible al bien que al mal; y por esto, si uno hizo un beneficio de modo no debido, no por esto debe el que lo recibe eximirse del agradecimiento. Si bien debe serlo menos que si lo hubiera recibido del modo debido, porque también el beneficio es menor, puesto que, como dice Séneca (cf. De benefic., 2,6), «mucho hizo la celeridad y mucho quitó la tardanza» (2-2 q.106 a.3 ad 2).
«La acción de gracias del que recibe mira al beneficio del donante; por eso, donde hay mayor gracia por parte del donante, requiérese mayor acción de gracias de parte del que la recibe. Mas la gracia es lo que se da gratuitamente; por lo cual la gracia por parte del donante puede ser mayor de dos maneras: Primera, por la cantidad del don, y de este modo el inocente está obligado a mayores acciones de gracias, puesto que le es dado por Dios mayor don y más continuado en igualdad de circunstancias, hablando en absoluto; y segundo, porque se da más gratuitamente, y en tal concepto está más obligado a dar gracias el penitente que el inocente, porque más gratuitamente se le da lo que le es dado por Dios, pues, siendo digno de pena, se le da la gracia» (2-2 q.106 a.2 c.).
«El olvido del beneficio pertenece a la ingratitud; no el olvido que proviene de un defecto natural, que no está sometido a la voluntad, sino el olvido que proviene de la negligencia, porque, como dice Séneca (cf. De benefic., 3-1), «quien se abandona al olvido, muestra no haber pensado muchas veces en retribuir» (2-2 q.107 a.l ad 2).
«La deuda de la gratitud es una deuda de honestidad, que la virtud exige; ahora bien, el pecado es pecado porque repugna a la virtud. Luego es evidente que toda ingratitud es pecado» (2-2 q.107 a.l c.).
2. A veces venial, a veces mortal
«Dícese uno ingrato de dos modos:
Primero, por la sola omisión, como, por ejemplo, el que no reconoce, o no alaba, o no retribuye el beneficio recibido; lo cual no siempre es pecado mortal, puesto que el deber de la gratitud exige que el hombre dé también algo liberalmente, a lo que no está obligado, y por esto, si lo omite, no peca mortalmente; mas sí peca venialmente, porque esto proviene de cierta negligencia o de alguna indisposición del hombre respecto de la virtud. Puede, sin embargo, suceder que aun la tal ingratitud sea pecado mortal, ya por desprecio interior, ya por la condición de lo que substrae, lo cual es debido necesariamente al beneficio, ya en absoluto, ya en algún caso de necesidad.
Segundo, se dice también que uno es ingrato porque no solamente omite cumplir el deber de la gratitud, sino porque obra lo contrario; y esto también, según la condición de lo que se hace, es unas veces pecado mortal y otras venial» (2-2 q.107 a.3 c.).
1. Ingratitud material e ingratitud formal
«En todo pecado se encuentra una ingratitud material contra Dios, porque el hombre hace algo que puede ser englobado dentro de la ingratitud. Existe, en cambio, la ingratitud de un modo formal, cuando se desprecia actualmente el beneficio; y esto constituye un pecado especial» (2-2 q.107 a.2 ad 1).
«Por el pecado venial nadie es ingrato a Dios, según la razón perfecta de la ingratitud; encierra, sin embargo, alguna ingratitud, porque el pecado venial destruye algún acto de virtud, por el que el hombre honra a Dios» (2-2 q.107 a.3 ad 1).
INTERPRETACIÓN Y EPIQUEYA: UN PROBLEMA DE JUSTICIA
INTERPRETACIÓN Y EPIQUEYA: UN PROBLEMA DE JUSTICIA
EN LOS COMENTARIOS DE FRANCISCO DE VITORIA1
1. Presentación
Una pequeña muestra de la fecundidad que se derivó de la progresiva incorporación en la docencia del siglo XVI de la Summa Theologiae de Tomás de Aquino, sustituyendo a las Sententiae de Pedro Lombardo2 —en España bajo el impulso de Francisco de Vitoria3— es el replanteamiento del problema de la interpretación de la ley como un tema propio de la virtud de la justicia, el cual es tratado por Tomás de Aquino en varios lugares: en el tratado de la ley cuando pregunta Si pueden los súbditos obrar sin atenerse a la letra de la ley4; en el tratado sobre la justicia al considerar, respecto al juicio Si siempre se ha de juzgar sobre las leyes escritas5, también recibe una mención cuando indaga sobre Las partes potenciales de la justicia, y en particular Si están asignadas de modo conveniente las virtudes anejas de la justicia6, y sobre todo al dedicarle una breve cuestión de dos artículos Si la epiqueya o equidad es virtud y si ella es parte de la justicia7.
Este tema, tal como está planteado por Tomás de Aquino (y lo será en sus comentadores) resulta una cuestión especialmente interesante para acercarnos, desde otra perspectiva, al tratamiento de la justicia en la Escuela de Salamanca.
Francisco de Vitoria considera que el estudio de la epiqueya supone una recuperación de un elemento importante para la virtud de la justicia, y aunque su estudio tendrá un particular desarrollo en la Escuela de Salamanca y en el pensamiento filosófico-jurídico español de los siglos XVI y XVII, no era un tema nuevo8. La epiqueya o equidad, había sido ya tratada desde tres tradiciones, teniendo un puesto “modesto, aunque específico”9. Por un lado, la que forma el pensamiento griego (preferentemente Aristóteles) y sus comentadores medievales10; en segundo lugar, el tratamiento de la equidad o epiqueya en el contexto jurídico, de tradición romana; en tercer lugar, en las Sagradas Escrituras y, en consecuencia, también en sus comentadores11.
Así, si bien el concepto de epiqueya o equidad no es ni un concepto nuevo ni un concepto de reciente determinación en tiempos de Vitoria, sí se le ha de agradecer el que haya destacado su valor para la virtud de la justicia en el seno de una tradición que ha de dejar valiosas aportaciones para su estudio, como Domingo de Soto12, Domingo Báñez o Francisco Suárez13. Es, insistimos, un tema de tratamiento modesto, pero importante para comprender el verdadero sentido de la virtud de la justicia en el Siglo de Oro español, un concepto que implica ir más allá de una plasmación legal estricta.
En el espacio reducido de este trabajo voy a centrarme en los breves textos de Francisco de Vitoria, dejando para más adelante, en la investigación en curso, el tratamiento de otros autores y la comparación con ellos14. He de advertir la principal carencia con que nos hemos de enfrentar: los lugares considerados sobre este tema —tanto en su comentario al tratado de la ley como en el comentario al tratado de la justicia— ofrecen el pensamiento de Vitoria resumido, sintetizado (a veces demasiado esquemáticamente); así, no tiene el mismo valor que el redactado y revisado para su publicación por el propio autor (como ocurre con los textos de otros autores: Soto, Báñez, Suárez, etc.). Dichos apuntes son fiables —ha concluido el gran estudioso de Vitoria y editor de sus textos: Vicente Beltrán de Heredia15— pero sólo muestran un reflejo parcial del verdadero pensamiento vitoriano.
1. Planteamiento de la epiqueya o equidad como un problema de la justicia en Vitoria
Al preguntar qué es la epiqueya o equidad se ha respondido que ella es un cierto suavizamiento de la ley en su aplicación; en este sentido sería una virtud o cualidad del que proclama o aplica la ley, quien, llevado por su humanidad o misericordia, disminuye en esa misma aplicación (de una ley justa) su rigor. En este sentido la epiqueya o equidad parece ser una virtud exterior a la misma justicia y que interfiere con ella.
Sin embargo, Vitoria en sus textos no parece considerar así la epiqueya. Ella sería más que la interferencia (necesaria o no) de una actuación que suavice la aplicación estricta de la justicia, una interpretación de la ley que apela al verdadero sentido de ésta cuando dicha aplicación contraría a la misma justicia que pretendía cumplir16. “La epiqueya es cierta especie y parte subjetiva de la justicia”17. Y se especifica propiamente como “virtud directiva de la ley cuando ella falla por causa de su universalidad”18.
En este sentido la epiqueya o equidad es la virtud del ciudadano prudente (virtud no sólo del juez o legislador) que a la hora de acatar la ley no lo hace a ciegas sino responsablemente, asumiendo no la letra sino el sentido más profundo de ésta, haciendo suyo el fin por el que la ley había sido dictada y obrando inteligentemente para que la justicia se cumpla aún en los casos en que las circunstancias hacen que seguir la letra de la ley es ir en contra de su intención primera. Como tal, ella sería parte (y parte muy importante) de la virtud de la justicia. Los textos vitorianos, sin ser tan claros y extensos como quisiéramos, definen una dirección que otros autores posteriores desarrollarán con más detenimiento19.
En primer lugar Vitoria plantea que la epiqueya o equidad se pone en juego cuando el problema aparece ante una ley justa, que es verdadera ley. La ley no deja de cumplirse porque ella ya no cumple su función como ley, o porque sea una ley injusta. Hay que recordar que para Vitoria la ley debe su finalidad y su fuerza del bien común de los hombres. Así, ley (y más una ley positiva) no es un decreto arbitrario sino —como había explicado Tomás de Aquino—, una concreción de la ley natural para una comunidad determinada. Por tanto una ley injusta no sería con propiedad ley, salvo de modo equívoco o sólo en la forma. Y “cesando la razón de la ley cesa la obligación de la mis- ma” cuando “cesa la causa de la ley en general, sin ningún escrúpulo puedo obrar contra la ley; como si, por ejemplo […] desaparecieran las facciones. Está claro que aquella ley sería inútil y no miraría al bien común, como antes solía suceder”20.
¿Cómo puede entonces una ley justa y debidamente puesta ser origen de una injusticia, de manera que nos cuestione si hemos de actuar conforme a la letra de la ley?
Este fallo de la ley podría ocurrir (dice Vitoria) o bien de modo particular o bien de modo general: “la razón de la ley puede cesar de dos maneras: una, privadamente, con relación a un particular […], y la otra […] cesa la causa de la ley en general”21. Ya hemos visto que cuando cesa la causa de la ley en general, dicha ley sería inútil y no miraría al bien común, con lo cual cesaría su carácter propio de ley (no actuar conforme a ella no sería propiamente de- cisión de epiqueya). Propiamente, ese cesar la causa de la ley porque cambia la realidad para la que estaba, como en el caso de la prohibición de portar armas por la existencia de facciones contrarias, no es objeto de la epiqueya.
En segundo caso, esa ley sobre la que se realiza la epiqueya es una ley clara y no una ley confusa de la que se requiere una interpretación o aclaración. “Se duda […] si es epiqueya interpretar la ley cuando hay duda sobre de qué modo hay que entender la ley”. El propio Vitoria responde “que no. Hay una clarísima evidencia, pues interpretar la ley es si la ley obliga en este caso con duda. Pero se requiere para la epiqueya que de ningún modo esté bajo duda, sino que sea evidente, porque es necesaria la mera ejecución”22.
Con lo cual añade una nota: no es mera interpretación de la ley, o una aclaración de cuál es su sentido, a quiénes obliga y en qué circunstancias, sino que hay un imperativo de la acción en un caso concreto bajo una ley clara (cuyo efecto es contrario a la intención de la ley), y no es epiqueya la mera especulación teórica sobre ella.
En tercer lugar la epiqueya se refiere a una ley bajo la cual el sujeto está contenido. Así, en su Comentario Vitoria se pregunta si es epiqueya el actuar contra una ley o norma en un caso concreto en el que el sujeto parece quedar fuera de esa prescripción. Dice Vitoria: cuando “la razón de la ley [cese] […] privadamente, con relación a un particular”23, por ejemplo: se prohíbe el jue- go para evitar que los participantes blasfemen y, en este caso concreto, ni mi contrincante en el juego ni yo vamos a blasfemar; ¿podemos jugar? Este caso podría ser considerado desde dos
Por un lado, cuando la ley falla de modo privado y negativamente, por cuanto “falla allí la intención del legislador, pero no es necesario”24. En este caso Vitoria destaca dos posibilidades: la primera, que en la ley esté expresada la intención del legislador, de manera que si en el caso concreto se está fuera de esa intención, uno sería exceptuado de ella25. Pero si uno es una excepción a esa ley, no puede hablarse de epiqueya. La segunda posibilidad es que tal intención no esté expresada sino que la ley se dé de modo absoluto. Sin embargo, aunque Vitoria se expresa de modo confuso, parece dejar claro también que “si se pone de manera absoluta, dado que el fin cesaría en al- guno, sin embargo todos estarían obligados y no es necesario entonces usar la epiqueya. Basta que aquel fin se encuentre en la mayor parte de los casos, o en todos”26. Así, aunque supiera que quien realiza la prescripción de la ley al considerar mi caso me exceptuaría, la obligatoriedad de esa ley para Vitoria está subordinada al daño que ella causa (pues si no hay un daño mayor uno estaría obligado a cumplirla)27.
A). Es epiqueya cuando cesa la obligación de la ley, para Francisco de Vitoria —siguiendo a Tomás— según unas concretas circunstancias28 o bajo unas determinadas condiciones. Primero, si estamos o no en caso de necesidad; pues la necesidad lleva aneja (dice el de Aquino) la dispensa: “como, por ejemplo, si estuviéramos sitiados por los enemigos y tuviéramos pocos alimentos permitidos en la cuaresma, estaría permitido comer carne el viernes o el miércoles”29.
Segundo, si hay o no urgencia o necesidad de actuar con inmediatez pues si no es necesaria una acción inmediata, debe recurrirse al que tiene el poder sobre la ley para que la reinterprete o la aplique correctamente: “No corres- ponde a cualquiera interpretar la ley, sino que hay que consultar al obispo, si hay posibilidad de recurrir a él; si no, cualquiera puede interpretarla”. O “es cierto que el legislador dispensaría si estuviera presente”30.
Tercero, que conste la voluntad de que en ese caso en que de aplicarse la ley se siguiese un mal, el legislador no la aplicaría: “si se da el caso de que conste la voluntad contraria del legislador, y él mismo no quisiera que de ningún modo yo cumpliera esa ley, entonces no estaría obligado y podría obrar contra la ley sin ningún escrúpulo, como sucede, por ejemplo, en los religiosos que tienen sus reglas”31.
Por lo dicho hasta ahora no se trata la epiqueya de un caso de enjuicia- miento de la ley (como dice Tomás de Aquino)32 “sino en un caso particular en que ve que las palabras de la ley no pueden guardarse”. No se trata (quiere Vitoria advertir) de aprovechar esta posición para ligeras y arbitrarias excepciones33 con las que argumentar cómo uno puede estar exento de la ley, pues
se apresta a concretar: “que la epiqueya corresponda al súbdito sin el supe- rior, se entiende con limitaciones. La primera, cuando la cosa es clara; la segunda, cuando hay peligro en el retraso, porque de otro modo habría me- nosprecio. En fin, por tanto, corresponde al súbdito cuando está en extrema necesidad. La tercera, cuando es evidente que daña. Pues si hay una duda igual, no le corresponde a él, sino que basta que sea claro según la evidencia moral, pero no la conjetura”34.
Esta exposición negativa de lo que sea la epiqueya ha de ir acompañada de las tesis positivas de Vitoria sobre esta virtud, afirmando: en primer lugar, que “la virtud de la epiqueya corresponde a los súbditos y no sólo a los príncipes”, y por ello la aborda tanto en la cuestión de la obediencia literal a la ley como en la del juicio conforme a la literalidad de la ley35.
En segundo lugar, la interpretación de la ley se hace para un caso concreto y circunstancial, y no respecto de la intención o fin de la misma ley propuesta. Y en ese caso concreto es donde se evidencia que se produce un fallo en la ley (para esa circunstancia y como algo colateral, no un efecto directo de la ley) no querido ni buscado por esa misma ley.
En tercer lugar que la deficiencia que manifiesta la ley no lo es respecto a su recta ordenación al fin, sino en su aplicación a algunos casos —por la particularidad de estos, derivada de su carácter contingente y circunstancial— en los que actuar conforme la ley supone actuar conforme a la equidad o justicia pretendida por esa misma ley36.
Siguiendo a Tomás de Aquino Vitoria indicará que la epiqueya actúa en los casos en que falla la ley para algún caso particular sólo cuando se da la circunstancia de que “el legislador no puede atender todos los casos singulares” y “formula la ley de acuerdo con lo que acontece de ordinario, mirando lo que es mejor para la utilidad común”; y como la materia legislada es particular, concreta, individual, contingente, surge un caso en que la aplicación de la ley es dañina para el bien común y en ese caso —dice Tomás de Aquino— la ley no se debe cumplir: “La primera: si se da un caso de necesidad en el que consta que observar la ley va contra la intención de la misma ley, no debe cumplirse a la letra, sino sólo intencionalmente”37.
Pues se da el caso de que “las leyes que son rectamente establecidas son deficientes en algunos casos —por la particularidad de los casos— en los que si se observaran se iría contra el derecho natural y por eso, en tales casos, no debe juzgarse según la literalidad de la ley, sino que debe recurrirse a la equi- dad a la que tiende el legislador”38.
Por tanto se considera el uso de la epiqueya como el cumplimiento de la equidad (o la justicia, respetando con más propiedad la ley natural)39 pese a la letra de la ley en el caso particular. Y aquí hemos distinguido entre la letra de la ley y la intención de la ley. ¿Puede el súbdito juzgar o buscar la verdadera interpretación de la ley sin cometer injusticia? Según Vitoria sí puede en cuanto a la interpretación de la ley para un caso particular siempre que se guarden las condiciones antes descritas.
En todo caso, el sujeto de la epiqueya sabe que la ley le incumbe, que debe cumplirla, que no puede recurrir a instancias superiores para que enjuicien o apliquen de otro modo, pero que al cumplirla comete una injusticia o rompe la equidad o va contra el bien común cuando (según la ley) ése debería ser guardado.
Tanto en el caso del súbdito que al acatar la ley debe también velar por que con ella se guarde la equidad y la justicia, como para quien dirige, emite,
juzga o tiene capacidad para establecer la ley40, que en su aplicación de las leyes (de las que “puede dispensar fuera del juicio por una causa razonable” ambos (extendiendo la afirmación señalada) han de “precaverse ante la injus- ticia, para que todas las cosas sean equitativas” porque “Santo Tomás […] dice que las leyes se dan en universal y por ello en algunos casos particulares sería injusto guardar las palabras de la ley, sin embargo ha de ser guardada la equidad”41. Puesto que junto a la existencia de la ley Vitoria, siguiendo al Aquinate señala la presencia de la equidad que da sentido a la ley y debe ser guardada incluso yendo más allá de las palabras de la ley. Por eso la epi- queya, más que una exención a la ley, busca su más estricto cumplimiento en su finalidad o sentido, aunque para ello deba ir más allá de las palabras con las que está expresada.
Podría decirse incluso que se enjuicia la ley atendiendo a una ley superior (que en cierto modo da razón de ley a la propia ley positiva): “Y por ello, entonces, hay una virtud de la epiqueya cuando yo juzgo mediante el derecho natural que no debe devolverse la espada al hombre furioso, como en este ejemplo: si el marqués del Gasto ahora en el círculo del emperador, matara de modo particular a un hombre; la ley es que se le dé muerte; el superior dice: que no se le mate; aquélla es epiqueya”42.
Con estas distinciones Vitoria, en una cuestión como la presente, desde el planteamiento de unas excepciones o limitaciones a la ley va señalando la riqueza contenida en el concepto de ley y justicia, más allá de su concreta expresión (aunque como tal sea justa), en ese sentido afirma “que la justicia legal puede tomarse de dos maneras: de una manera, por aquello que está expresado en la ley; de otra manera se toma más ampliamente a aquellas cosas que la razón natural dicta”43 por lo que Vitoria propone como criterio de justicia no sólo el cumplimiento individual de las leyes escritas o estatuidas en una determinada comunidad social sino sobre todo la capacidad para alcanzar la virtud de la justicia, regida por la prudencia, que supone la captación del fin y de la ordenación de los bienes de la acción que se dirigen a él, en virtud del cual puede imponerse la decisión de —la equidad y la justicia— no acatar la literalidad de la ley, para buscar un cumplimiento más maduro y fiel de su intención: la interpretación prudente de la ley que es el acatamiento virtuoso de las normas de justicia.
En resumen, es interesante resaltar esta cuestión de la epiqueya o equidad en la Escuela de Salamanca para hacer ver cómo según estos pensadores, si bien la justicia legal tiene un gran peso, la justicia es sobre todo una virtud y como tal, es la virtud de la equidad, por encima de la letra o expresión de la misma ley.
Mª Idoya Zorroza
Notas
- El presente trabajo es una aportación parcial de una investigación en curso sobre este tema dentro de la Escuela de Salamanca en sus más destacados representantes; en consecuencia tiene un carácter provisional. Agradezco el estímulo que he recibido para este estudio del Dr. Juan Cruz Cruz, investigador principal del Proyecto Justicia e interpretación de la ley en el Siglo de Oro (FFI 2008-02803).
- Dicha sustitución fue implantada en la Universidad de Salamanca de la mano de Francisco de Vitoria, pero se dio previamente en distintos conventos dominicanos de Europa, como en Italia de la mano de Tomás de Vío, Cardenal Cayetano, o en París, por Pedro Crockaert, etc. En España este cambio fue aceptado inicialmente sólo de facto pues la normativa universitaria dic- taba en Salamanca lo contrario, consolidándose definitivamente a finales del siglo XVI quedando ya fijado así en los estatutos de la Universidad salmantina. La Suma teológica ofrecía unos contenidos más sistemáticamente organizados y articulados, así como una síntesis doctrinal comprehensiva tanto de tradiciones como de disciplinas; cfr. R. García Villoslada, La Universidad de París durante los estudios de Francisco de Vitoria (1507-1522), Roma, 1938, 308-319.
- He realizado una más amplia presentación de la figura de Francisco de Vitoria, en: Francisco de Vitoria, Contratos y usura, Eunsa, Pamplona, 2006, pp. 11 y
- TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, I-II, q96,
- TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, II-II, q60,
- TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, II-II, q80,
- TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, II-II, q120, a1 y a2. Junto a estos lugares de la Summa Tomás de Aquino les dedicó tratamientos destacables en el Comentario a la Ética de Aristóteles (V, lect16, que se corresponde al texto aristotélico de Ethica Nicomachea, V, 10, 1137a 31-1138a 2; sigo en la traducción castellana el texto de Eunsa, Pamplona, 2001) y en el Comentario a las Sentencias de Pedro Lombardo (In III Sententiarum, d37, q1, a4; siglo la traducción castellana en preparación por Eunsa).
- Pese a la extraña expresión de Vitoria que llega a decir: “sobre esto no hay nada escrito”; FRANCISCO DE VITORIA, Comentarios a la Secunda Secundae de Santo Tomás, edición de V. Beltrán de Heredia, Biblioteca de Teólogos Españoles, Salamanca, 1952, v. V, p.
- D’AGOSTINO, La tradizione dell’epieikeia nel Medioevo latino. Un contributo alla storia dell’idea di equità, Giuffré, Milano, 1976, p. 293; cfr., además, del mismo autor, Epieikeia. Il tema dell’equità nell’antiquità greca, Giuffré, Milano, 1973; y el trabajo de Juan Cruz Cruz, “Reconducción práctica de las leyes a la ley natural: la epiqueya”, Anuario Filosófico, 2008 (41, 1), pp. 153-177.
- En el pensamiento medieval, sintetizado en el marco de la virtud de la justicia especialmente por Tomás de Aquino, en los lugares antes señalados.
- También le habían dedicado alguna atención autores conocidos por Vitoria como Tomás de Vío, Cardenal Cayetano, y —como menciona en su estudio, ya citado, D’Agostino— Juan Gerson, Gil de Roma, Roberto Grosseteste, Marsilio de Padua, Duns Escoto o Antonino de Florencia, entre otros. Varios de ellos son citados por Vitoria en otros lugares de sus comentarios, por lo que sorprende su silencio ante los trabajos de los autores señalados sobre el mismo tema. También tratan algunas visiones históricas: A. di Marino (“L’epikeia cristiana”, Divas Thomas, 1952, 29, pp. 396-424) o Ch. Horn (“Epieikeia: the competente of the perfectly just person in Aristotle”, pp. 142-166.
- DOMINGO DE SOTO, De iustitia et iure, III, q4, a5, pp. 236-237; sigo la edición facsimilar con texto castellano por Marcelino González Ordóñez e Introducción histórica y teológico-jurídica de Venancio Diego Carro, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1967.
- DOMINGO BÁÑEZ, La justicia y el derecho (Decissiones de iure et iustitia), Eunsa, Pamplona, 2008; FRANCISCO SUÁREZ, De legibus, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Francisco de Vitoria, Madrid, 1972.
- el estudio en Francisco Suárez o Tomás de Mercado, presentados respectivamente a las III Jornadas de Iustitia et iure: Ley, guerra y paz en Francisco Suárez y al II Simposio de la Línea Especial: Más allá de lo medieval: la modernidad de los pensadores del Siglo de Oro español.
- Son las limitaciones que surgen del hecho de que recibimos el pensamiento vitoriano en sus lecciones desde los apuntes (más o menos cuidados, extensos o correctos) de sus alumnos, ob- tenidos en la exposición oral de clase. De ahí imprecisiones como ésta: Vitoria (In Summam Theologiae, I-II, q96, a6) dice que Tomás de Aquino “pone tres o cuatro conclusiones”, que luego no parece señalarlas. El texto que he seguido para esta cuestión, es el Comentario al tratado de la ley (I-II, qq90-108), de Vicente Beltrán de Heredia, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Francisco de Vitoria, Madrid, 1952, pp. 35-37; y su traducción castellana por Luis Frayle Delgado: La ley, Tecnos, Madrid, 1995, pp. 51-52.
- En ese sentido la epiqueya no es una dispensa, como Vitoria menciona, respecto al juicio de jueces y legisladores, en II-II, q60, a5, n1, pp. 50 y ss. “Respondo que de ningún modo puede juzgar contra las leyes, aunque en ellas pueda dispensar […]. no juzga el rey para dispensar en el derecho sino para actuar conforme a las leyes. Y por eso pecaría actuando contra las leyes, porque las cosas convenientes al juicio sólo piden esto: que se defina el derecho según las leyes escritas”.
- FRANCISCO DE VITORIA, Comentarios a la Secunda Secundae, II-II, q120, a1,
- FRANCISCO DE VITORIA, Comentarios a la Secunda Secundae, II-II, q120, a1, n3. En este sentido el estudio de la epiqueya es conforme con el que señala E. Hamel (“La vertu d’epikie”, Sciences ecclesiastiques, 1961 (13), pp. 35-55) como virtud que más que una reinterpretación de la ley supone la aplicación prudente del que cumple la justicia actuando de modo personal, según una jerarquía de valores y, justamente por eso, de modo objetivo considerando la variabilidad y circunstancialidad de las situaciones concretas en que la acción ha de tener
- Un interesante texto —cuyas conclusiones sigo, para esta analítica— es el trabajo ya citado de FRANCISCO DE VITORIA, Comentario al tratado de la ley (I-II, qq90-180), I-II, q96,
- FRANCISCO DE VITORIA, Comentario al tratado de la ley (I-II, qq90-180), I-II, q96,
- FRANCISCO DE VITORIA, Comentario a la Secunda Secundae, II-II, q120, a1,
LA CONTRICIÓN
Contrición
Contenido
Definición
Contrición (Latín contrition, ruptura de algo endurecido). En la Sagrada Escritura no hay nada más común que las exhortaciones al arrepentimiento: “No me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta y viva” (Ezequiel 33,11); “Os lo aseguro, y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” (Lucas 13,5; cf. Mateo 12,41). A veces este arrepentimiento incluye actos exteriores de satisfacción (Sal. 6,7 ss.); siempre implica un reconocimiento del agravio hecho a Dios, una aversión al mal obrado, y un deseo de apartarse del mal y hacer el bien. Esto se expresa claramente en el Salmo 51(50),5-14: “Pues mi delito yo lo reconozco… contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí. Retira tu faz de mis pecados, borra todas mis culpas. Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”, etc. Esto aparece más claramente en la parábola del fariseo y el publicano (Lc. 18,13), y más claramente aun en la historia del hijo pródigo (Lc. 15,11-32): “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; no soy digno de llamarme hijo tuyo.” Volver al índice
Naturaleza de la Contrición
Los teólogos han llamado “contrición” a este arrepentimiento interior. El Concilio de Trento (Ses. XIV, Ch. IV de Contritione) lo define explícitamente: “un dolor en el alma y odio al pecado cometido, con un firme propósito de no volver a pecar en el futuro”. La palabra contrition misma en un sentido moral no es de ocurrencia frecuente en la Escritura (cf. Sal. 51(50),19). Etimológicamente implica una ruptura de algo que se ha endurecido. Santo Tomás de Aquino en su Comentario sobre el Maestro de las Sentencias explica así su uso peculiar: “Dado que es un requisito para la remisión del pecado que el ser humano deseche por completo el gusto por el pecado, lo cual implica una especie de continuidad y solidez en su mente, el acto que obtiene el perdón es llamado por una figura del lenguaje ‘contrición’” (In Lib. Sent. IV, dist. XVII; cf. Supplem. III, Q. I, a. 1). Este dolor del alma no es dolor simplemente especulativo por el mal hecho, remordimiento de conciencia, o un propósito de enmienda; es un dolor real y una amargura del alma junto con un odio y horror por el pecado cometido; y este odio por el pecado lleva a la decisión de no pecar más.
Los escritores cristianos primitivos al hablar de la naturaleza de la contrición a veces insisten en el sentimiento de dolor, a veces en el odio al mal cometido (Agustín en P.L., XXXVII, 1901, 1902; Crisóstomo, P.G., XLVII, 409, 410). Agustín incluye ambos cuando escribe: «Compunctus corde non solet dici nisi stimulus peccatorum in dolore pœnitendi» (P.L., Vol. VI of Augustine, col. 1440). Casi todos los teólogosmedievales afirman que la contrición se basa principalmente en el odio al pecado. Esta aversión presupone un conocimiento de la atrocidad del pecado, y este conocimiento engendra la tristeza y el dolor del alma. «Un pecado es cometido por el consentimiento, así que es borrado por el disentimiento de la voluntad racional; de ahí que la contrición es esencialmente dolor. Pero debe tomarse en cuenta que “dolor” tiene una doble significación: disentimiento de la voluntad y el sentimiento subsiguiente; el primero es de la esencia de la contrición, el segundo es su efecto” (San Buenaventura, In Lib. Sent. IV, dist. XVI, Pt. I, art. 1). [Vea también Santo Tomás, Comment. in Lib. Sent. IV; Billuart (De Sac. Pœnit.,Diss. iv, art. 1) parece afirmar la opinion opuesta.] Volver al índice
Necesidad de la Contrición
Hasta el tiempo de la Reforma ningún teólogo pensó jamás negar la necesidad de la contrición para el perdón del pecado. Pero con la llegada de Lutero y su doctrina de la justificación por la fe sola, como consecuencia natural, se excluyó la necesidad absoluta de la contrición. El Papa León X en su famosa Bula “Exsurge” (Denzinger no. 751, (635)) condenó la siguiente posición luterana: «De ninguna manera creas que estás perdonado debido a tu contrición, sino debido a las palabras de Cristo, ‘todo lo que desatares’, etc. Por esta razón digo que si recibes la absolución del sacerdote, cree firmemente que estás absuelto, y estarás verdaderamente absuelto, y que la contrición sea como sea.” Lutero no pudo negar que en toda conversión verdadera hay dolor en el alma, pero afirmó que éste era el resultado de la gracia de Dios derramada en el alma al momento de la justificación, etc. (para esta discusión vea Vacant, Dict. de théol. cath., s.v. Contrición).
Los escritores católicos han enseñado siempre la necesidad de la contrición para el perdón del pecado, y han insistido que tal necesidad surge (a) de la misma naturaleza del arrepentimiento así como (b) del mandamiento positivo de Dios.
(a)Ellos señalan que la sentencia de Cristo en Lucas 13,5 es final: “si no os convertís”, etc. y citan pasajes de los Padres tales como el siguiente de Cipriano, De Lapsis 32: “Haced penitencia en su totalidad, den prueba de la tristeza que proviene de un alma adolorida y gemebunda… aquellos que se deshacen del arrepentimiento por el pecado, cierran la puerta a la satisfacción.» Los doctores escolásticos establecieron el principio «No puede comenzar una nueva vida aquel que no se arrepiente de la antigua” (San Buenaventura, In Lib. Sent. IV, dist. XVI, Pt. II, art. 1, Q. II, también ex profeso, ibid., Pt. I, art. I, Q. III), y cuando se les preguntó la razón de por qué, ellos señalaron que es una absoluta incongruencia el volverse a Dios y aferrarse al pecado, el cual es hostil a la ley de Dios. El Concilio de Trento vigilante a la tradiciónde las épocas, definió (Ses. XIV, Ch. IV de Contritione) que la “contrición siempre ha sido necesaria para obtener el perdón del pecado”.
(b) El mandato positivo de Dios es también claro en las premisas. El Bautista sonó la nota de preparación para la venida del Mesías: “Enderecen sus caminos”; y como consecuencia “ellos fueron a él y se bautizaron confesando sus pecados”. La primera predicación de Jesús es descrita en las palabras: “Hagan penitencia, pues el Reino de los Cielos está cerca”; y los apóstoles, en sus primeros sermones al pueblo les aconsejaban “hagan penitencia y bautícense para la remisión de sus pecados” (Hch. 2,38). Los Padrescontinuaron el esfuerzo con una exhortación similar (Clemente en P.G., I, 341; Hermas III P.G., II, 894; Tertuliano en P.L., II). Volver al índice
Contrición Perfecta e Imperfecta
La enseñanza católica distingue una doble aversión al pecado: una la contrición perfecta, surge del amorde Dios que ha sido gravemente ofendido; la otra, la contrición imperfecta, o atrición, surge principalmente de algunos otros motivos, tales como la pérdida del cielo, el miedo al infierno, la atrocidad del pecado, etc. (Concilio de Trento, Sess. XIV, ch. IV de Contritione). Para la doctrina de la contrición imperfecta vea el artículo ATRICIÓN.Volver al índice
Cualidades
De acuerdo a la tradición católica, la contrición, ya sea perfecta o imperfecta, debe ser a la vez (a) interior, (b) sobrenatural, (c) universal y (d) soberana.
(a) Interior: La contrición debe ser un dolor de corazón real y sincero, y no simplemente una manifestación exterior de arrepentimiento. Los profetas del Antiguo Testamento ponían particular énfasis en la necesidaddel arrepentimiento sincero. El salmista dice que Dios no desprecia el “corazón contrito” (Sal. 51(50),19), y la llamada a Israel era “Venid a mí de todo corazón… Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos” (Joel 2,12 ss.). El santo Job hizo penitencia en cilicio y cenizas porque se reprendió a sí mismo en el dolor de su alma (Job 43,6). La contrición juzgada necesaria por Cristo y sus apóstoles no es una simple formalidad, sino la expresión sincera del alma doliente (Lc. 15,11-32; Lc. 18,13); y el dolor de la mujer en la casa del fariseo mereció el perdón porque “amó mucho”. Las exhortaciones a la penitencia encontradas por doquier en los Padres no tienen sonido incierto (Cipriano, De Lapsis; Crisóstomo, De compunctione, P.G., XLVII, 393 ss.), y los doctores escolásticos desde Pedro Lombardo en adelante insisten en la misma sinceridad en el arrepentimiento (Pedro Lombardo, Lib. Sent. IV, dist. XVI, no. 1).
(b) Sobrenatural: De acuerdo con la enseñanza católica, la contrición debe ser incitada por la gracia de Dios y movida por motivos que surgen de la fe, a diferencia de motivos simplemente naturales, tales como la pérdida del honor, la fortuna y similares (Chemnitz, Exam. Concil. Trid., Pt. II, De Poenit.). En el Antiguo Testamento es Dios quien da un “corazón nuevo” y quien pone un “nuevo espíritu) en los hijos de Israel(Eze. 36,25-29); y el salmista ora en el Miserere (Sal. 51(50),11 ss.) por un corazón puro. San Pedro les dijo a aquellos a quienes él predicó en los primeros días después de Pentecostés que Dios Padre había exaltado a Cristo para “conceder la conversión a Israel” (Hch. 5,30 ss.). Al aconsejar a Timoteo San Pabloinsiste en tratar suave y amablemente a los que se resisten a la verdad, “por si Dios les otorga la conversión” (2 Tim. 2,24-25).
En los días de la herejía pelagiana Agustín insistió en la sobrenaturalidad de la contrición, cuando escribe: «El alejarnos de Dios es nuestra obra, y esta es la mala voluntad, pero para volver a Dios somos incapaces, a menos que Él nos levante y nos ayude, y esta es la buena voluntad «. Algunos de los doctores escolásticos, notablemente Escoto, Cayetano y después de ellos Francisco Suárez (De Poenit., Disp. III, sect. VI), preguntaban especulativamente si el ser humano, dejado a sí mismo; podría lograr un acto de contrición verdadero, pero ningún teólogo jamás ha enseñado que hace que el arrepentimiento que produce el perdón del pecado en la actual economía de Dios podría ser inspirado por motivos meramente naturales. Por el contrario, todos los doctores han insistido en la absoluta necesidad de la gracia para la contrición que dispone al perdón (San Buenaventura, In Lib. Sent. IV, dist. XIV, Pt. I, art. II, Q. III; también dist. XVII, Pt. I, art. I, Q. III; cf. Santo Tomás, In Lib. Sent. IV). De acuerdo con esta enseñanza de las Escrituras y los doctores, el Concilio de Trento definió; «Si alguien dice que sin la inspiración del Espíritu Santo y sin Su ayuda una persona puede arrepentirse en la forma que es necesaria para obtener la gracia de la justificación, sea anatema.»
(c) Universal: El Concilio de Trento definió que la contrición verdadera incluye «un firme propósito de no pecar en el futuro»; por lo tanto él que se arrepiente debe decidirse a evitar todo pecado. Esta doctrina está íntimamente ligada a la enseñanza católica sobre la gracia y el arrepentimiento. No hay perdón sin dolor del alma, y el perdón va siempre acompañado por la gracia de Dios; la gracia no puede coexistir con el pecado; y, como consecuencia, no se puede perdonar un pecado, mientras que permanece otro para el cual no hay arrepentimiento. Esta es la enseñanza clara de la Biblia. El profeta instó a los hombres a volver a Dios con todo su corazón (Joel 2,12 ss.), y Cristo le dice a los doctores de la Ley que debemos amar a Dios con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas (Lc. 10,27). Ezequiel insiste que el hombre debe “volverse de sus malos caminos”, si desea vivir. Los escolásticos examinaron bastante sutilmente esta cuestión cuando le preguntaron si debe o no debe haber un acto especial de contrición por cada pecado grave y si, con el fin de ser perdonado, uno debe recordar al momento todas las faltas graves. Contestaron negativamente a ambas preguntas, al juzgar que es suficiente un acto de dolor que incluya implícitamente todos los pecados.
(d) Soberana: El Concilio de Trento insiste en que la verdadera contrición incluye la voluntad firme de no volver a pecar, de modo que no importa cuál mal pueda venir, tal mal debe ser preferido antes que el pecado. Esta doctrina es seguramente de Cristo: “¿Qué gana un hombre si gana el mundo entero pero pierde su alma?” Los teólogos han discutido extensamente si la contrición debe ser soberana appretiative, es decir, respeto al pecado como el mayor mal posible, debe también ser soberana en grado y en intensidad. La decisión generalmente ha sido que el dolor no necesita ser soberano “intensamente”, pues la intensidad no hace cambio en la substancia del acto (Ballerini Opus Morale: De Contritione; San Buenaventura, In Lib. Sent. IV, dist. XXI, Pt. I, art. II, Q. I). Volver al índice
Contrición en el Sacramento de la Penitencia
La contrición no es sólo una virtud moral, sino que el Concilio de Trento definió que es una «parte», o mejor dicho más, quasi materia , en el Sacramento de la Confesión. «El (cuasi) materia de este sacramentoconsiste en los actos del penitente mismo, a saber, la contrición, la confesión y la satisfacción. Estos, en tanto que, por institución de Dios, se requieren en el penitente para la integridad del sacramento y para la completa y perfecta remisión del pecado, son llamados por esta razón partes de la penitencia. “En consecuencia de este decreto de Trento los teólogos enseñan que el dolor por el pecado debe ser sacramental en algún sentido. La Croix fue tan lejos como para decir que el dolor debe surgir con miras a ir a la confesión, pero esto parece pedir demasiado; la mayoría de los teólogos piensan con Schieler-Heuser (Theory and Practice of Confession, p. 113) que es suficiente si el dolor coexiste de alguna manera con la confesión y se refiere a ella. De ahí el precepto del ritual romano “Después que el confessor ha oído la confesión, él debe tratar mediante una exhortación seria a mover al penitente a la contrición” (Schieler-Heuser, op. cit., p. 111 ss.). Volver al índice
Contrición Perfecta sin el Sacramento
En cuanto a la contrición que tiene por motivo el amor de Dios, el Concilio de Trento declara: «El Concilio enseña además que, aunque la contrición a veces puede perfeccionarse por la caridad y puede reconciliar a los seres humanos con Dios antes de la recepción real de este sacramento, aun así la reconciliación no se debe atribuir a la contrición aparte del deseo del sacramento que incluye». La siguiente proposición (Núm. 32) tomada de Baius fue condenada por Gregorio XIII: “Que la caridad sea la plenitud de la Ley no está siempre unida al perdón de los pecados.” La contrición perfecta, con el deseo de recibir el Sacramento de la Penitencia, restaura el pecador a la gracia al momento. Esta es ciertamente la enseñanza de los doctores escolásticos (Pedro Lombardo en P.L., CXCII, 885; Santo Tomás, In Lib. Sent. IV, ibid.; San Buenaventura, In Lib. Sent. IV, ibid.).
Esta doctrina la derivaron de la Sagrada Escritura, la cual ciertamente le adscribe a la caridad y al amor de Dios el poder de quitar el pecado: “El que me ama será amado por mi Padre”; “Se le perdonan muchos pecados porque amó mucho”. Puesto que el acto de contrición perfecta implica necesariamente el mismo amor de Dios, los teólogos han atribuido a la contrición perfecta lo que la Escritura enseña que pertenece a la caridad. Tampoco esto es extraño, ya que en la Antigua Alianza había alguna manera de recuperar la gracia de Dios una vez que el hombre había pecado. “Dios no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ezequiel 33,11). Este retorno total a Dios corresponde a nuestra idea de la contrición perfecta; y si bajo la antigua Ley el amor era suficiente para el perdón del pecador, seguramente la venida de Cristo y la institución del Sacramento de la Penitencia no se supone que hayan aumentado la dificultad para obtener el perdón.
Es muy claro que los primeros Padres enseñaron la eficacia del dolor para la remisión de los pecados(Clemente en P.G., I, 341 ss.; y Hermas en P.G., II, 894 ss.; Crisóstomo en P.G., XLIX, 285 ss.) y esto es particularmente notable en todos los comentarios sobre Lucas 7,47. Beda escribe (P.L., XCII, 425): “¿Qué es el amor sino fuego? ¿qué es el pecado sino moho? De ahí que se dice, se le perdonan muchos pecados porque ha amado mucho, como si dijera, ella ha quemado completamente el moho del pecado, porque está inflamada con el fuego del amor.”
Los teólogos han investigado con mucha erudición en cuanto a la clase de amor que justifica sin el Sacramento de la Penitencia. Todos están de acuerdo en que es suficiente el amor puro o desinteresado, (amor benevolentiæ, amor amicitiae); cuando es cuestión de amor interesado o egoísta, (amor concupiscentia) los teólogos sostienen que el amor puramente egoísta no es suficiente. Cuando se pregunta, además, en lo que debe ser el motivo formal en el amor perfecto, parece que no hay unanimidad real entre los doctores. Algunos dicen que donde hay amor perfecto Dios es amado sólo por su gran bondad; otros, basando su afirmación en las Escrituras, piensan que el amor de gratitud (amor gratitudinis) es más que suficiente, porque la benevolencia y amor de Dios hacia los hombres forman una unidad íntima, más aún, inseparable de sus perfecciones divinas (Hurter, Theol. Dog., Thesis CCXLV, Scholion III, no 3; Schieler-Heuser, op. cit., pp. 77 ss.). Volver al índice
Obligación de Producir el Acto de Contrición
En la misma naturaleza de las cosas el pecador debe arrepentirse antes de que pueda reconciliarse con Dios (Sess. XIV, cap. IV, de Contritione, Fuit quovis tempore , etc.). Por lo tanto el que ha caído en pecadograve debe o bien hacer un acto de contrición perfecta o como complemento a la contrición imperfecta, recibir el Sacramento de la Penitencia; de lo contrario la reconciliación con Dios es imposible. Esta obligación apremia bajo pena de pecado cuando hay peligro de muerte, en cuyo caso, si no hay un sacerdote disponible para administrar el sacramento, el pecador debe hacer un esfuerzo por producir un acto de contrición perfecta. La obligación de contrición perfecta también es urgente cada vez que uno tiene que realizar un acto para el que es necesario un estado de gracia y el Sacramento de la Penitencia no está accesible. Los teólogos se han cuestionado por cuánto tiempo un ser humano puede permanecer en el estado de pecado sin hacer un esfuerzo por producir un acto de contrición perfecta. Ellos parecen concordar en que tal negligencia se debe haber extendido por tiempo considerable, pero encuentra difícil determinar qué constituye un tiempo considerable (Schieler-Hauser, op. cit., pp. 83 ss.). Probablemente la regla de San Alfonso ayudará en la solución: «El deber de hacer un acto de contrición es urgente cuando uno está obligado a hacer un acto de amor.” (Sabetti, Theologia Moralis: de necess. contritionis, no. 731; Ballerini, Opus Morale: de contritione). Volver al índice
Bibliografía: CHRISTIAN PESCH, Prælectiones Dogmaticæ (Friburgo, 1897), VII; HUNTER, Outlines of Dogmatic Theology (Nueva York, 1896); Sto. Tomás, In Sent. IV, dist. XVII, Q. II, a 1, sol. 1; SUAREZ, De Pænitentiâ, disp. IV, sect. III, a,2; BELARMINO, De Controversiis, Bk. II, De sacramento pænitentiæ; SALMATICENSES, Cursus Theologicus: de pænitientiâ (París, 1883), XX; DENIFLE, Luther und Luthertum in der ersten Entwicklung (Mainz, 1906), I, 229 ss., II, 454, 517, 618 ss.; COLLET en MIGNE, Theologiæ Cursus Completus (París, 1840), XXII; PALMIERI, De Pænitentiâ (Roma, 1879; Prato, 1896); PETAVIO, Dogmata Theologica: de pænitentiâ (París, 1867).
Fuente: Hanna, Edward. «Contrition.» The Catholic Encyclopedia. Vol. 4, pp. 337-340. New York: Robert Appleton Company, 1908. 10 Sept. 2016 <http://www.newadvent.org/cathen/04337a.htm>. Traducido por Luz María Hernández Medina.
SOBRE EL DOGMA «EXTRA ECCLESIAM NULLA SALUS»
Muchos católicos están turbados en su fe por afirmaciones de falso papa Benedicto XVI y de su predecesor el antipapa Juan Pablo II, tales como “Cristianos, judíos y musulmanes tenemos el mismo Dios” o “Cristianos, judíos y musulmanes creemos en el mismo Dios”. Otros, sin embargo, están ‘escandalizados’. Otros, los menos, han comprendido la verdad: Que tras la muerte de Pio XII todos los que se han sentado en la Silla de Pedro no son verdaderos papas de la Iglesia Católica, y que la Sede de Pedro, por lo tanto, está vacante hasta que la Iglesia elija un Papa.
UNOS POCOS EJEMPLOS DEL NUEVO MAGISTERIO
“Benedicto XVI desea “paz y bien a toda la comunidad hebrea de Roma, invocando del Altísimo copiosas bendiciones para el Nuevo Año y esperando que los hebreos y los cristianos, creciendo en la estima y en la amistad recíproca, den testimonio en el mundo de los valores que brotan de la adoración del único Dios”. (Telegrama enviado por el Santo Padre el 20/09/2012 a Riccardo Di Segni, rabino jefe de la Comunidad Hebrea de Roma, con motivo de las festividades de Rosh Ha- Shanah -Año Nuevo-, Yom Kippur -Día de la Expiación- y Sukkot -Fiesta de las Cabañas- que caen en torno a las mismas fechas).
“Hasta entonces [la parusía], Israel mantiene su propia misión. Está en la mano de Dios, el que en el tiempo que quiera, los salve “totalmente” cuando el número de los gentiles se haya completado”. (antipapa Benedicto XVI en la obra “ Jesús de Nazaret II ”P. 63).
“Y si los judíos no ven las promesas que se cumplen en Él, no se trata de mala voluntad por su parte, sino realmente a causa de la oscuridad de los textos. … Hay buenas razones, entonces, para negar que el Antiguo Testamento se refiere a Cristo y para decir, ‘No, eso no es lo que dice‘ “(C. Ratzinger en Dios y el Mundo’ P. 209).
“¡Shalom!… El encuentro entre el pueblo de Dios de la Antigua Alianza, que nunca fue rechazada por Dios, y el de la Nueva, es asimismo un diálogo interior a la Iglesia misma, como si fuera entre la primera y la segunda parte de la Biblia (…) Judíos y cristianos están llamados como hijos de Abraham a ser bendición para el mundo (…) Diálogo entre las dos religiones que, con el Islam, deben dar al mundo la fe en el único e inefable Dios que nos interpela”.( antipapa Juan Pablo II a la comunidad judía en Maguncia el 11/7/80)
“La religión judía no nos es extrínseca, sino que, en cierto modo, es intrínseca a nuestra religión. Sois nuestros hermanos predilectos y, en cierto modo, se podría decir, nuestros hermanos mayores” (antipapa Juan Pablo II en su visita a la sinagoga de Roma el 13/4/86)
“Como lo he dicho muchas veces en otros encuentros con musulmanes, tenemos un solo y mismo Dios y somos hermanos y hermanas en la fe de Abraham”.(antipapa Juan Pablo II en el coloquio islámico-cristiano el 9/5/85)
“Queridos amigos, nosotros compartimos con vosotros la fe en el Dios único, vivo, misericordioso y omnipotente, Creador del cielo y de la tierra. Vosotros sentís veneración hacia Jesús y honráis a la Virgen María, su Madre. Podemos progresar en un diálogo sincero para comprender mejor nuestro patrimonio religioso mutuo y vivir en la amistad, cuyo camino nos señala Dios”.( antipapa J. Pablo II: Homilía en el aeropuerto de Camerún el 11/5/85
“Cristianos y musulmanes, tenemos muchas cosas en común, como creyentes y como hombres (…) Abraham es para nosotros un modelo de fe en Dios, de sumisión a su voluntad y de confianza en su bondad. Creemos en el mismo Dios, el Dios único, el Dios viviente, el Dios que creó los mundos y lleva las criaturas a su perfección. Es hacia Dios que se dirige mi pensamiento y que se eleva mi corazón: es de Dios mismo que deseo ante todo hablarles; de El, porque es en El que creemos, vosotros musulmanes y nosotros católicos (…) La Iglesia manifiesta una atención particular por los creyentes musulmanes, dada su fe en el Dios único, su sentido de la oración y su estima por la vida moral”. (Encuentro del antipapa Juan Pablo II con jóvenes musulmanes en el estadio de Casablanca el 11/8/85)
“A quienes comparten con nosotros la herencia de Abraham, nuestro padre en la fe, y la tradición del Antiguo Testamento, es decir, los judíos; y a quienes, como nosotros, creen en Dios justo y misericordioso, es decir, los musulmanes, dirijo igualmente este llamada, que hago extensivo, también, a todos los seguidores de la grandes religiones del mundo” (Encíclica Sollicitudo Rei Socialis del antipapa Juan Pablo II)
La inspiración de estas declaraciones se encuentran en los heréticos documentos del Vaticano II, que incluso Lefebvre firmó; por ejemplo en Lumen Gentium y Nostra Aetate, así como en los documentos posteriores, por ejemplo en el Catecismo del antipapa Juan Pablo II; pongamos sólo un ejemplo, que vincula a estos tres documentos:
‘Las relaciones de la Iglesia con los musulmanes’. «El designio de salvación comprende también a los que reconocen al Creador. Entre ellos están, ante todo, los musulmanes, que profesan tener la fe de Abraham y adoran con nosotros al Dios único y misericordioso que juzgará a los hombres al fin del mundo«. (Catecismo de la Iglesia “Católica” de 1993,nº 841; véase también la Constitución del Vaticano II LG 16 y la Declaración del mismo Concilio, NA 3)
Por el momento sean suficientes estos ejemplos, escogidos entre cientos, de los dichos de estos antipapas, y vayámonos a analizar si lo que enseñan en estos textos es la doctrina infalible católica o la contradice.
A tal fin, vamos a proceder de la siguiente forma: A) Lo que Cristo dice en los Evangelios y podemos leer en el resto del Nuevo Testamento, sin tratar de ser exhaustivos. B) Como las Sagradas Escrituras son una de las fuentes de la Revelación que, junto con la otra, la Tradición, sólo deben de ser interpretadas por el Magisterio de la Iglesia, analizaremos, pues, dicho Magisterio infalible a lo largo del tiempo a lo que todo católico debe creer C) Luego expondremos la recta comprensión teológica de la Iglesia. D) En el siguiente título responderemos a supuestas objeciones, E), Finalizaremos analizando las trágicas consecuencias de esta novedosa ‘doctrina’, previa señalización de la causa y en F) Haremos una síntesis a modo de conclusión.
A.- LO QUE DICEN LAS SAGRADAS ESCRITURAS
1).-SOBRE QUIÉN ES EL PADRE DE LOS JUDÍOS QUE RECHAZAN A CRISTO.
Hemos visto como ambos antipapas dicen que Abraham es el padre común de judíos y cristianos, y por supuesto de musulmanes. Sin embargo, Cristo dice a los judíos que no lo aceptan:
«Si fuerais hijos de Abraham obraríais como él.; pero ahora quieren matarme a mí, al hombre que les dice la verdad que ha oído de Dios. Abraham no hizo eso. Pero ustedes obran como su padre». Ellos le dijeron: «Nosotros no hemos nacido de la prostitución; tenemos un solo Padre, que es Dios ».[lo mismo que dice Benedicto XVI, Juan Pablo II y el concilio V. II] «Jesús prosiguió: «Si Dios fuera su Padre, ustedes me amarían, porque yo he salido de Dios y vengo de Él. No he venido por mí mismo, sino que Él me envió…vosotros (los judíos que no aceptan a Cristo) tenéis por padre al demonio y queréis cumplir los deseos de vuestro padre [matar al Hijo de Dios]. Desde el comienzo él fue homicida y no tiene nada que ver con la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, habla conforme a lo que es, porque es mentiroso y padre de la mentira” (S. Juan 8 39, ss).
“¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Mesías? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo”. (1 Juan 2:22)
“..los judíos, los cuales no contentos con matar al Señor Jesús y a los profetas, también a nosotros nos persiguieron: que no agradan a Dios y son contrarios a todos los hombres … obstinados siempre en colmar la medida de sus pecados pero está para descargar sobre ellos la ira hasta el colmo”. (I Tesalonicenses 2:14-16)
“vosotros no me conocéis ni a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre” (S. Juan 8, 19).
Ergo, no tienen por padre a Abraham, sino al demonio como dice Cristo.
2).-SOBRE EL DESTINO DE LOS QUE NO CREEN EN CRISTO.
Igualmente en la Sagrada Escritura, Cristo les dice a los judíos que no creen en Él, que no pueden entrar donde Él va (al Padre), porque morirán en su pecado.
“Jesús les dijo también: ‘Yo me voy, y ustedes me buscarán y morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir’ Por eso les he dicho: ‘Ustedes morirán en sus pecados’. Porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados”. (S. Juan 8, 21)
Y bien sabemos por el dogma católico que quien muere en pecado mortal no puede salvarse. Y no se conoce mayor pecado que aquel llamado contra el Espíritu; porque eligen como padre al demonio, según el mismo Jesús, en vez de al Padre de Nuestro señor Jesucristo, tras habérseles predicado el Evangelio.
3).- LOS DOS PUEBLOS DE ISRAEL.
Es evidente que San Pablo distingue dos tipos de descendientes entre los hijos de Abraham: unos según la carne y otros según la fe en la Promesa.
Pues no todos los descendientes de Israel son Israel. Ni por ser descendientes de Abrahán, son todos hijos según la fe. “Sino que por Isaac llevará tu nombre una descendencia”; es decir: no son hijos de Dios los hijos según la carne, sino que los hijos de la promesa se cuentan como hijos, coherederos por la gracia de la Descendencia: Cristo. (Rom. 9, 6-8)
“Y vosotros, hermanos, a la manera de Isaac, sois hijos de la promesa. Pero, así como entonces el nacido según la naturaleza perseguía al nacido según el Espíritu, así también ahora. Pero ¿qué dice la Escritura? Despide a la esclava y a su hijo, que no heredará el hijo de la esclava junto con el hijo de la libre. Así que, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre”.(Gál 4:28-31)
”Entonces Pedro, tomando la palabra dijo al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto…como si por nuestro poder o piedad hubiéramos hecho que éste pudiese andar? … Pero vosotros negasteis al Santo y al Justo y demandasteis que se os hiciese gracia de un hombre de un hombre homicida mientras que al autor de la vida le disteis la muerte a quien Dios resucitó de entre los muertos; de lo cual nosotros somos testigos.… Mas Dios, lo que por boca de los profetas había anunciado de antemano que su Ungido había de padecer, lo cumplió de esta manera. Arrepentíos pues y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados“. (Hechos 3:12-19)
Por lo tanto, si la promesa es Cristo, como el mismo S. Pablo nos dice en Gálatas, sólo son hijos de Abrahán según la fe, aquellos judíos que, como la Virgen María, el anciano Simeón, los Apóstoles etc. reconocen en Jesús al Salvador; y todos aquellos que se convirtieron entonces y después de la Ascensión hasta el presente y el futuro, tanto judíos como gentiles. Lo que no obsta para que un resto de los que lo sean según la carne, a los cuales se ha endurecido el Corazón para que entraran los gentiles elegidos, no reconozcan, al final, también a Jesucristo como verdadero Dios, por la misericordia divina, como profetiza San Pablo.
- SOBRE QUIÉN JUZGARÁ A LOS HOMBRES AL FIN DEL MUNDO
“Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado…. Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre (Jn 5, 22-23; 26-27).
Hasta un niño puede hacer el siguiente razonamiento de sentido común:
Los musulmanes no creen que Jesucristo sea Dios.
Según las Sagradas Escrituras, el único Juez es el Hijo del Padre, Jesucristo, que es Dios.
Luego, al que los musulmanes llaman su dios, Alá, no es el dios que juzgará a los hombres.
B.- EL MAGISTERIO INFALIBLE DE LA IGLESIA
1.-PREÁMBULO.
Se debe tener en cuenta que la doctrina de la Iglesia es inmutable.
“Lo que, sincero y claro, manó de la fuente purísima de las Escrituras, no podrá revolverse por argumento alguno de astucia nebulosa. Porque persiste en sus sucesores esta y la misma norma de la doctrina apostólica, la del Apóstol a quien el Señor encomendó el cuidado de todo su rebaño [Ioh. 21, 15 ss], a quien le prometió que no le faltaría Él en modo alguno hasta el fin del mundo [Mt. 28, 20] y que contra él no prevalecerían las puertas del infierno, y a quien le atestiguó que cuanto por sentencia suya fuera atado en la tierra, no puede ser desatado ni en los cielos [Mt. 16, 18 ss]. (6)… Cualquiera que, como dice el Apóstol, intente sembrar otra cosa fuera de lo que hemos recibido, sea anatema [Gal. 1, 8 s]. No se abra entrada alguna por donde se introduzcan furtivamente en vuestros oídos perniciosas ideas, no se conceda esperanza alguna de volver a tratar nada de las antiguas constituciones; porque —y es cosa que hay que repetir muchas veces—, lo que por las manos apostólicas, con asentimiento de la Iglesia universal, mereció ser cortado a filo de la hoz evangélica no puede cobrar vigor para renacer, ni puede volver a ser sarmiento feraz de la viña del Señor lo que consta haber sido destinado al fuego eterno. Así, en fin, las maquinaciones de las herejías todas, derrocadas por los decretos de la Iglesia, nunca puede permitirse que renueven los combates de una impugnación ya liquidada” (De la Carta Cuperem quidem, del Papa San Sulplicio a Basilisco August., de 9 de enero de 476. DZ 160).
“Y, en efecto, la doctrina de la fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como un hallazgo filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada. De ahí que también hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia y jamás hay que apartarse de ese sentido so pretexto y nombre de una más alta inteligencia” (Can. 3 Constitución dogmática sobre la fe católica, sesión III del Primer Concilio Ecuménico Vaticano).
Escuchamos tanto en el sacrosanto Concilio, como en San Sulplicio y tantos otros testimonios de la doctrina infalible que podríamos traer, la misma doctrina de San Pablo, quien exhorta a Timoteo y que hoy sigue clamando a obispos y papas: “¡Oh Timoteo!, guarda el depósito de la fe que te he entregado, evitando las novedades profanas en las expresiones o voces, y las contradicciones de la ciencia que falsamente se llama tal, ciencia vana que profesándola algunos vinieron a perder la fe” (1Ti 6:20-21).
No obstante, pretenden sortear hoy esta enseñanza infalible, no negándola directamente, sino vaciándola de su verdadero y obvio sentido. Lo hacen con las argucias que ya denunció el Papa Pío XII en la Encíclica Humani generis; porque las declaraciones señaladas al principio de este escrito, que escandalizarían a cualquier niño del catecismo del P. Ripalda, abducidos por las novedades del pensamiento moderno y “por lo que a la teología se refiere, es intento de algunos atenuar lo más posible la significación de los dogmas y librar al dogma mismo de la terminología de tiempo atrás recibida por la Iglesia, así como de las nociones filosóficas vigentes entre los doctores católicos,.., para volver en la exposición de la doctrina católica al modo de hablar de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres. Ellos abrigan la esperanza de que despojado el dogma de los elementos que dicen ser extraños a la divina revelación podrá fructuosamente compararse con las ideas dogmáticas de los que están separados de la unidad de la Iglesia y que por este camino vengan paulatinamente a equilibrarse el dogma católico y las opiniones de los disidentes...”
2.- SOBRE LA VIGENCIA DE LA ANTIGUA LEY
El Magisterio infalible de la Iglesia ha definido, y por tanto nadie lo puede cambiar ni discutir, que la Ley de Moisés cesó definitivamente.
“[La Iglesia] Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituidas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, v empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento” (Decreto para los jacobitas -Concilio de Florencia –XII ecuménico-De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441, (fecha florentina) ó 1442 (actual), del Papa Eugenio IV DZ 1348).
«Y en primer lugar, por la muerte de nuestro Redentor el Nuevo Testamento tomó el lugar de la antigua ley que había sido abolida …por su muerte Jesús dejó sin efecto la Ley con sus decretos [Ef. 02:15] … se establece el Nuevo Testamento en su sangre derramada por toda la raza humana.” A tal punto, por consiguiente, “dice San León Magno al hablar de la cruz de nuestro Señor, se llevó a cabo la transferencia de la Ley al Evangelio, desde la sinagoga a la Iglesia, de muchos sacrificios a una sola víctima, que, cuando nuestro Señor había expirado, se desgarró violentamente de arriba abajo el velo místico que cubría la parte más interna del templo y su secreto sagrado. En la cruz, murió la antigua ley murió, para inmediatamente ser enterrada y ser portadora de muerte … “ (Papa Pío XII, Mystici Corporis Christi # ‘s 29-30, 29 de junio de 1943)
Luego, las promesas de la Antigua Alianza se cumplieron en Cristo, por lo que cesó el antiguo pacto que se convirtió en higuera yerma para quienes no aceptan al Verbo Encarnado, Jesucristo. Esta es la fe de los Apóstoles, la fe única de la Iglesia.
3.-SOBRE EL PECADO DE QUIENES OBSERVAN LA ANTIGUA LEY.
“Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales [mosaicas] su esperanza después de la pasión, y se someta a ellas, como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no pudiera salvarnos sin ellas”. (DZ 1348).
4.-SOBRE LA SALVACIÓN DE LOS QUE OBSERVAN LA LEY ANTIGUA
“Denuncia consiguientemente como ajenos a la fe de Cristo a todos los que, después de aquel tiempo, observan la circuncisión y el sábado y guardan las demás prescripciones legales y que en modo alguno pueden ser partícipes de la salvación eterna, a no ser que un día se arrepientan de esos errores”. (Dz 1348)
5.-SOBRE LA NECESIDAD DE ENTRAR EN LA IGLESIA CATÓLICA PARA SALVARSE.
Como se verá nadie, incluso si derramare su sangre por Cristo sin confesar la fe católica, puede salvarse, si no está dentro de la Iglesia Católica.
“ Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse participe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles [Mt. 25, 41], a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica” (De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441, Decreto para los jacobitas, Concilio Ecuménico de Florencia,, Dz 1351).
6.-SOBRE LA NECESIDAD DE LA FE CATÓLICA PARA SALVARSE
“Quien quiere salvarse necesita sobre todo mantener la fe católica, a menos que uno la guarde íntegra e inviolable sin duda perecerá por toda la eternidad . -Pero la fe católica es esta: que adoremos a un solo Dios en la Trinidad , y a la Trinidad en la unidad … Por lo tanto el que quiera salvarse, piense así acerca de la Trinidad. Pero es necesario para la salvación eterna que fielmente crea también en la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo … el Hijo de Dios que es Dios y hombre … Esta es la fe católica, si alguien no la cree, fiel y firmemente, no puede salvarse.“ (Papa Eugenio IV, Concilio Ecuménico de Florencia , Ses. 8, 22 de noviembre 1439, ex cathedra).
- CRISTO, JUEZ DE VIVOS Y MUERTOS
Todos las fórmulas del símbolo, sin excepción ni interrupción, proclaman la fe católica de que Jesucristo es el Juez de vivos y muertos, siguiendo a S. Juan y los demás Apóstoles; así lo hacen, por ejemplo, en la forma griega el Psalterium Aethelstani de uso litúrgico, o en la forma romana el Ruphinus. Como cualquier católico, se supone, conoce el Credo, sólo pondré aquí la forma griega antigua y la romana, para señalar la coincidencia, incluso en la exactitud de las palabras, de que es Cristo el Juez de vivos y muertos:
“.. subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos” (Psalterium Aethelstani, DZ 5).
“..subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos” (Ruphinus, DZ 4).
Así podríamos citar también, entre los más conocidos, los símbolos de S. Cirilo de Jerusalén (+386), de San Epifanio (+403), del Concilio de Nicea (325), de San Dámaso (+500?), el Quicumque o de San Atanasio, etc., con cuyas últimas palabras de su credo damos por suficientemente demostrado este párrafo: “Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse” (DZ 76).
C.- EXPLICACIÓN DE LA RECTA E INFALIBLE DOCTRINA DE LA IGLESIA
1.-PREÁMBULO
Es cierto que existe un único y verdadero Dios. El único Dios verdadero lo es de los astros, de los animales, de las plantas, de las estrellas.., de todos los hombres de cualquier condición, raza, sexo, creencia; de todo lo visible e invisible. En este sentido podemos decir que el único Dios verdadero lo es de todos.
Pero sólo existe una única Revelación de ese Dios verdadero; es decir, que Él por su misericordia ha querido revelarnos su rostro. Si Él no se hubiese revelado, el hombre, sin distinción de condición, caería en el error inevitablemente bajo las consecuencias del pecado original. Para evitar el yerro sólo pueden los hombres, caídos en la ignorancia al perder los dones preternaturales, acoger la Revelación.
Por lo tanto, la cuestión es si lo que afirman del Dios único católicos, judíos, musulmanes coincide con la Revelación, es decir, sobre lo que Él, Dios, nos ha dicho sobre sí mismo. Pues sólo se puede decir que creemos en el mismo Dios cuando se creemos en su única Revelación.
Con esta sencilla exposición es más que suficiente para asegurar que los católicos, judíos y musulmanes no creemos en el mismo Dios. La razón es la siguiente: Porque ni judíos ni musulmanes creen en la divina Revelación y por lo tanto, no creen en las mismas cosas que los católicos.
Hay una diferencia infinita entre la realidad divina, alcanzada en sí misma en su verdadera esencia por la luz de la fe nos la revela Dios por su propia autoridad y que no puede ni engañarse ni engañarnos, y las representaciones de las mentes de los hombres sobre Dios que proponen las falsas confesiones religiosas.
Con tan solo atenuar esta diferencia, estaríamos negando la necesidad de una Revelación divina. Y peor aún, estaríamos diciendo [con los judíos] que si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano [Gal 2,21].
2.- ‘MONOLATRISMO’ DE JUDÍOS Y MUSULMANES, Y MONETISMO CATÓLICO
El hereje monólatra cree que Dios se manifiesta de diferentes formas y en diferentes religiones. El monolatrismo al final, viene a ser una forma del politeísmo, con la diferencia de que el politeísta piensa que se trata de dioses diferentes, y el monólatra piensa que es el mismo dios, que quiere que se llegue a él por medio de distintas religiones.
La representación puramente humana de Dios de judíos y musulmanes, exenta de la fe en la Revelación, no es monoteísta sino ‘monólatra’:
Sólo es monoteísta el católico, quien adora a la Santísima Trinidad, porque la Unidad de Dios es inseparable de la Trinidad de Personas. Las Personas trinitarias son las relaciones subsistentes. Es falso decir que los musulmanes son monoteístas. No lo son porque no adoran al Unico Dios verdadero, que es Trino. Ellos están en el monólatrismo, o sea, que adoran un solo ídolo supremo. Dígase lo mismo de los judíos, que rechazaron la Revelación de la Santísima Trinidad. Ellos también dejaron la adoración del verdadero Dios Trino, al rechazar al Hijo Unigénito de Padre, para inclinarse ante un ser inexistente, un ídolo. Sólo hay una religión monoteísta: es la Católica, porque sólo en ella se adora a la Santísima Trinidad.
Porque su dios es el resultado, no de la Revelación, sino de sus diferentes y humanas proyecciones mentales y deseos, es porque hay distintos ídolos compitiendo por ser cada uno ellos ’el único’.
3.- EL FALSO PLANTEAMIENTO ECUMÉNICO
Puesto que judíos y musulmanes confiesan una sola naturaleza y única persona en su supremo ídolo, los pastores, iluminados por el último Concilio, resaltando sólo aquella unidad y silenciando “que en todo hay que venerar lo mismo la unidad en la Trinidad que la Trinidad en la unidad”, nos están induciendo a la falsa creencia de que ese ídolo ‘fabricado’ es el mismo que el Dios revelado, ya que Éste tiene una sola naturaleza. Pero el monoteísmo católico confiesa a Dios tal cual es: Uno en naturaleza y trino en personas. Por lo tanto no podemos decir que judíos, musulmanes, y cristianos confiesen al mismo Dios.
Si decimos, pues, que la Santísima Trinidad es un dogma ‘secundario’ o silenciamos que la Trinidad es la misma esencia divina, con el fin de obtener una ‘paz’ del mundo fruto del diálogo entre las diversas religiones, estamos despreciando o rebajando el misterio de la Redención: La encarnación del Verbo de Dios, el Hijo Unigénito, Jesucristo y su pasión y muerte para nuestra salvación; y esa es la fe y el sentir de la Iglesia a través de todos los siglos. “ El que quiera, pues, salvarse, así ha de sentir de la Trinidad… Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, etc.” (Símbolo Quiqunque Dz 75,76). Y el resultado de tal veneno sería la contaminación y aniquilación de la fe católica, llevando a los fieles al indiferentismo religioso; fenómeno tan extendido que asfixia a la mayoría de los bautizados; pero sobre las funestas consecuencias causadas por esa novedosa predicación, que hoy podemos ver por doquier, trataremos más abajo.
Sin embargo, la Santísima Trinidad es un concepto ontológicamente primordial y no una noción que se agrega a la substancia divina. No es un agregado secundario o facultativo. “La Trinidad de Personas es la esencia divina; la Trinidad es la manera única, inimitable que tiene Dios de ser Uno”.
El monoteísmo cristiano difiere totalmente del ‘monolatrismo’ judío o musulmán y ambas creencias son irreconciliables; tanto, que sólo en el monoteísmo cristiano se puede encontrar la salvación eterna; mientras que en el Islam y en el ‘monolatrismo‘ judaico se muere en los propios pecados:
”Jesús les dijo también: ‘Yo me voy, y ustedes me buscarán y morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir’ Por eso les he dicho: ‘Ustedes morirán en sus pecados’. Porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados” (S. Juan 8, 21)
El dios natural, supuesto común a las tres religiones monoteístas, es un ente de razón, una concepción puramente humana sin fundamento en la realidad revelada, un dios que no existe más que en el espíritu de ciertos hombres, según la doctrina de la Iglesia católica.
D.- OBJECIONES
1ª.- Pero la Iglesia sostiene que se puede conocer a Dios por medio de las criaturas.
Contra esta objeción decimos que la Iglesia sostiene que el conocimiento natural de Dios no es aún la fe y que la fe es necesaria para la justificación.
Que ese conocimiento natural racional de Dios todavía no es la fe, porque para creer en Dios se necesita su gracia, lo cual ha sido definido también en el Concilio Vaticano I con estas palabras:
«Si alguno dijere que la fe divina no se distingue de la ciencia natural sobre Dios y las cosas morales y que por tanto, no se requiere para la fe divina que la verdad revelada sea creída por la autoridad de Dios que revela, sea anatema» (DS 3032).
2ª.- Pero lo que judíos y mahometanos pueden conocer de Dios por la razón es suficiente para salvarse.
Contra esta objeción decimos que es absolutamente insuficiente para salvarse el conocimiento por la razón de Dios, porque no es fe divina.
«Si alguno dijere que la fe divina no se distingue de la ciencia natural sobre Dios y las cosas morales y que por tanto, no se requiere para la fe divina que la verdad revelada sea creída por la autoridad de Dios que revela, sea anatema» (DS 3032).
El concurso divino para que un hombre con su razón natural llegue al conocimiento de Dios con certeza, incluso demostrándolo, es un don de Dios sólo natural; no es la gracia habitual, es sólo del orden natural. Hay que evitar llamar gracia habitual a esto para no incurrir en naturalismo materialmente. Si se rechaza la gracia de la fe, se pierde la fe, aunque se hubiera llegado a conocer la existencia de Dios por la sola luz de la razón a partir de las criaturas. La causa instrumental de la justificación es el bautismo o el deseo del mismo.
» La causa instrumental de la justificación es el sacramento del bautismo, que es el sacramento de la fe» sin la cual jamás a nadie se le concedió la justificación” [El Concilio Tridentino s.6. c.6 (D 799)]
“La fe es el principio de la humana salvación, el fundamento y raíz de toda justificación, sin ella es imposible agradar a Dios” [Conc. Tridentino s.6 c.8 (D 801)]
Las verdades religiosas naturales, si son aceptadas por el testimonio de la razón, no son objeto de fe, sino de simple conocimiento racional. Por lo tanto, la diferencia entre aquél que acepta la Revelación y aquél que sólo acepta lo que su razón le demuestra, no solamente es una diferencia de perfección en el conocimiento de Dios, como parece decirnos el actual “magisterio” y el Concilio V. II (conozco más o conozco menos sobre Dios), sino una diferencia de fe: para uno son objeto de simple creencia humana, para otro es objeto de fe sobrenatural, sin la cual nadie se puede salvar. La diferencia es infinita.
3ª Pero los cristianos tenemos la fe de los Patriarcas y Profetas del Antiguo Testamento, al igual que los judíos de hoy en día.
Contra esta objeción decimos:
1º.- Los Patriarcas y Profetas creyeron en el verdadero Dios (Uno y Trino) que comenzó a revelarse en el Antiguo Testamento y llegó a su plenitud en el Nuevo Testamento. Con esa fe sobrenatural acogieron en el tiempo de la promesa el mismo objeto material de la fe que nosotros los católicos; pero cuando la Promesa se cumplió, nosotros abrazamos explícitamente lo que ellos hicieron implícitamente. Por otra parte, sabían que la Revelación divina aún no estaba terminada y esperaban a Aquél que iba a Revelar la Santísima Trinidad.
«Un profeta como tú levantaré de entre sus hermanos, y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mande (Deuteronomio 18:18).
Él hablará las palabras de Dios, y pedirá cuentas al que no lo escuche
«Y sucederá que a cualquiera que no oiga mis palabras que él ha de hablar en mi nombre, yo mismo le pediré cuenta. (Dt 18:19).
Y advierte contra los falsos profetas
«Pero el profeta que hable con presunción en mi nombre una palabra que yo no le haya mandado hablar, o que hable en el nombre de otros dioses, ese profeta morirá.» (Dt 18:20).
Hay que distinguir entre la ignorancia de aquello que Dios aún no ha revelado y el rechazo a lo que Dios ya ha revelado en un momento determinado, y definitivamente en Cristo; los que sostienen, contra la Revelación divina, que Dios es una sola persona como una sola es su naturaleza, injurian al verdadero Dios, tal como hacen los judíos y musulmanes que no aceptan la revelación de Dios.
Los cristianos no tenemos el mismo Dios que los judíos incrédulos, porque el desarrollo de la fe depende del desarrollo de la Revelación divina. Revelación que se cumplió plenamente en Cristo.
Ignorar aquello que todavía Dios no ha revelado no es herético; pero sí lo es rechazar aquello que Dios revela, sosteniendo, contra lo ya revelado, que en Dios hay es una sola.
Por eso Jesús dijo de sus adversarios: “Si Yo no hubiese venido, y no les hubiese hablado, no tendrían pecado; pero ahora su pecado no tiene excusa” (Jn. 15:22).
Rechazando la fe en Aquél que es el “autor y el consumador de la fe”, los judíos han rechazado el evangelio de Dios, que Él les había prometido por sus profetas”.
Rechazando la realización, los judíos conservan en vano las promesas y las figuras contenidas en la Revelación preparatoria al Mesías. Es una ingenuidad pensar que los judíos leen y comprenden el Antiguo Testamento como nosotros lo leemos y comprendemos. San Pablo dice claramente que un velo permanece delante de sus ojos cuando ellos leen las Escrituras; velo que será levantado cuando sus corazones se vuelvan hacia el Señor (II Co. 3:16).
Por eso Jesús les dijo: “Si creyeseis en Moisés, también me creerías a Mí, pues de Mí escribió él”, demostrándoles el verdadero motivo de su resistencia: la ausencia de esa fe en Dios”. Hoy leemos este Evangelio en la Misa.
2º.-La fe de Abraham no es la fe de los musulmanes y judíos. La admiración hacia Abraham proviene de su obediencia; él no buscó primero entender para luego obedecer, sino que obedeciendo en lo que Dios le revelaba creyó en la providencia divina, aun cuando no comprendía cómo le pedía sacrificar al hijo por el cual se cumpliría la promesa. Si Abraham hubiera procedido inversamente hubiera perdido el favor de Dios y la promesa que Él le hizo.
“ Yo te llenaré de bendiciones, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y como la arena que está en la orilla del mar; tu posteridad poseerá las ciudades de sus enemigos, y en un descendiente tuyo SERAN BENDITAS todas las naciones de la tierra, porque has obedecido a mi voz (Gn 22, 17-18).
El concepto de obedecer la voz de Dios, que podemos encontrar en otros lugares de las Sagradas Escrituras no se refiere, por ejemplo, a una multitud de prácticas piadosas que uno mismo decide realizar – oraciones hacia la Meca de los musulmanes, vivir en tiendas en la fiesta de las Cabañas los judíos, etc. – ni tampoco se refiere a los esfuerzos que realizamos por lo que nosotros estimamos ser la ‘causa de Dios’, sino en creer lo que Él ha dicho y cómo lo ha dicho, es decir, en creer en la Revelación de Dios. La esencia de la obediencia a Su Palabra se apoya en la fe en lo que Él ha dicho. Quien no cree en lo que Dios ha dicho, lo rechaza. Si cree en lo que Dios ha dicho, lo acepta y, lógicamente, deberá cumplir lo que él ha revelado. Cuando definimos la obediencia según nuestra propia forma, mediante actos que nosotros suponemos hechos para su causa, pero no creemos en lo que Dios ha revelado, nuestras acciones no tienen mérito ante Su Presencia. Podemos apreciar esta verdad en 1 Reyes. 15, 22-23, leyendo como Dios rechaza los sacrificios del Rey Saúl porque éste no obedeció los mandatos del Señor, pues no creyó.
Nótese que cuando Abraham alzó su mano en el monte Moria (el Señor ve y provee) sobre su hijo Isaac, Dios detuvo su acción y proveyó un cordero, imagen del verdadero Cordero Cristo cuya presencia jamás Abraham había imaginado. El verdadero fiel con fe católica cree en la Revelación divina que dice, ‘fuera de la Iglesia no hay salvación’ y no trata de entender antes para creer más tarde, si ha entendido, por qué los que están fuera de la Iglesia no se salvan; al creer, Dios le dará a entender las razones de tal verdad y su misericordiosa Justicia y se esforzará en cumplir su mandato y proclamará el Evangelio a todas las naciones, para que muchos crean y se bauticen y puedan ser salvos; el qué tiene fe verdadera no le escandaliza Dios preguntándose ¿cómo es posible que millones de ‘buenas personas’ que permanecen fuera de la Iglesia no se salven? Quien tiene fe, como Noé, obedece, construye y se refugia en el Arca, aún sin entender porque el diluvio ahogará a todos los habitantes del mundo, ni duda de la Justicia de Dios. El que tiene fe católica, simplemente cree y anuncia a Cristo, a tiempo y a destiempo; el que no tiene fe católica da rienda suelta a elucubraciones propias para hacer un dios a la medida de su razón. Porque si alguno en la más recóndita selva estuviese entre los elegidos, Dios proveería la manera en que conociese a Cristo antes de su muerte, como proveyó el cordero a Abraham; este misterio de la justicia de Dios sólo lo podemos conocer en la otra vida. Pero quien quiere primero entender para luego creer, fabricará un dios a su humana medida, o dirá que los que creen en Alá o siguen el Talmud creen en el mismo Dios que los cristianos, cuya consecuencia, ad extra, será incumplir el mandato del Señor de predicarles el Evangelio de Cristo para que entren en el Arca de la Salvación; y ad intra, favorecer el indiferentismo entre los fieles católicos, que primero se mostrarán turbados y más tarde sucumbirán ante las novedades ‘doctrinales’, bien abandonando la fe católica, bien ‘produciendo una fe ‘católica’ según sus razonamientos. Pero nuestras ideas sobre Dios son sólo nuestras y distintas de la fe que justifica; no son lo que Él ha revelado en Cristo.
“Porque no busco entender para poder creer, sino que creo a fin de entender. Por esto también creo, porque si no creyera no entendería” (San Anselmo).
E. LAS TRÁGICAS CONSECUENCIAS
“Tenemos que ser realistas y reconocer con profunda comprensión que son actualmente muchos los cristianos que están perdidos, confundidos o incluso decepcionados. “(Theologisches”, julio, 2002). Pero otros se han transformado en tibias sombras, cual ciegos sacristanes del clero ‘conservador’ que goza de las mieles del status en la línea media conciliar, y que ha optado por no reconocer la “auto-destrucción de la Iglesia desde dentro” (palabras del “card”. Scheffczyk). Los primeros suelen hablar de los malos frutos del concilio, a veces, queriendo ver las causas en sus efectos y elaboran esquemas mentales ajenos a la Constitución divina de la Iglesia- léase lefebvristas, Tesis de Casiciacum, clérigos y capillas acéfalas; los segundos siguen en el festejo del 50 aniversario del Concilio reprimiendo, si fuera menester, a las voces más influyentes de los críticos.
Las consecuencias, los malos frutos desde el Concilio hasta el presente y los aún peores por venir, si Dios no lo remedia, se entienden fácilmente si identificamos la causa. Porque la razón de toda esta gigantesca crisis se puede señalar si respondemos adecuadamente a la siguiente cuestión ¿Cuál es el común denominador de todas las reformas del Concilio Vaticano II y los documentos posteriores a él? Si rastreamos las constituciones, decretos y declaraciones del concilio, la reforma litúrgica, la reformadel C.I.C, el nuevo catecismo, la mayoría de las encíclicas, textos y eventos ecuménicos, diálogos interreligiosos, discursos, etc., veremos nítidamente que se trata del abandono del derecho absoluto de la Iglesia católica a presentarse como la única institución de salvación; y esa falsa concepción sólo se pudo imponer desde la cúspide, sentando en la Silla de Pedro a falsos papas que impusieran gradualmente el programa del anticristo. Reconocer a estos usurpadores del papado como verdaderos papas, mientras se denunciaban sus falsas doctrinas, ha sido la estrategia más elaborada de Satanás para atrapar a centenares de miles de almas que comenzaban a ver un poco.
La Iglesia siempre se consideró como poseedora de la única Verdad, y esa fe fue la causa del martirio de decenas de miles de cristianos durante las persecuciones romanas; esa consciencia de guardiana de la Revelación no sólo fue motivo del odio de los emperadores que, sin embargo, eran tolerantes con todas las religiones de los pueblos que conquistaban, a los cuales dejaban que entronizaran a sus dioses en el Panteón, siempre y cuando no se empeñasen en que su Dios fuera el único y verdadero; caso de los cristianos. Pero aquél odio ha perdurado a través de los tiempos, porque considerarse como el único Arca de Salvación es el mayor de los escándalos para los masones. Con toda franqueza: Lo que hay detrás de todas las declaraciones señaladas de los antipapas últimos, del concilio, de las reformas, etc., es que ahora se niega que la Iglesia católica sea la única custodia y legítima administradora del Depósito de la fe. No se trata principalmente, pues, del abandono de ciertos dogmas de la fe, de ciertas formas litúrgicas o de ciertos principios morales, sino de la redefinición esencial de la Iglesia en sus relaciones con el mundo y con otras religiones. No se trata de un grupo que niega un dogma determinado, que cual rama podrida se podría podar por muy poderoso que fuese, sino de la misma esencia, de todo un ataque a la misma raíz que alimenta y sustenta el árbol y que hace tiempo lo nutre con savia envenenada por lo que el árbol va menguando. Se trata de negar, en principio, la verdad de fe divina y católica definida, “extra ecclesiam nulla salus” (fuera de la Iglesia no hay salvación). Veamos sólo algunas de las consecuencias de esta negación:
LA LITURGIA
Supuesto el nuevo discurso oficial que niega el dogma “fuera de la Iglesia no hay salvación”, se les hizo necesario una reforma litúrgica que no expresara con absoluta certeza que la Misa es un verdadero Sacrificio propiciatorio por el cual la salvación puede ser concedida a aquellos que participan en ella, aunque esto no se logre necesariamente; es decir, se necesitaba una nueva misa en favor de la redención universal ipso facto. La idea de sacrificio fue abandonada en favor de una comida memorial en el N.O.M y la relativización de la fe se expresó en el cambio de las palabras de la consagración, en la supresión del ofertorio… La salvación dada por Dios se aplicaba ahora a todos en la fórmula “por vosotros y por todos los hombres“, es decir, por los musulmanes, judíos, budistas, etc. y en el rápido sobre entendimiento de que el individuo no tiene la obligación de tomar medidas para sacar fruto de ello (De ahí, por ejemplo, que la mayoría de matrimonios católicos no siguen la moral católica, según conocidas y serias encuestas). He ahí la importancia del ‘pro multis’, que se ha mantenido en todos los ritos católicos, excepto en las traducciones vernáculas del rito romano, y que afecta al núcleo de la consagración, a la misma forma del sacramento. Esta forma de culto podría ser realizada por otras sectas, según reconocieron significativos representantes de las más importantes ramas protestantes. Nada tiene de extraño, pues, que aunque se haya concedido ‘permiso’ condicionado para celebrar Misas tridentinas ( Ahora que la Iglesia conciliar ha perdido la sucesión episcopal y no ordena sacerdotes válidos) los católicos no acudan, en general, porque no conservan ya la fe católica impoluta; quien más quien menos ha sido afectado por el virus, aún entre los más piadosos y devotos, que no ven cómo la nueva misa expresa una fe distinta a la católica. No se trata, por tanto, de una parte de la nueva misa que habría que cambiar, sino de la fe que expresa el conjunto del rito fabricado al servicio de la idea de la salvación universal incondicional, incluso a los que de forma pertinaz se mantienen fuera de la Iglesia. No en vano se han añadido oraciones tomadas de los judíos y protestantes ¿quedará así? No, porque abandonada la esencia constitutiva de la Iglesia ¿Quién impedirá que haya oraciones a Alá? De hecho, la Sura con que comienza el Corán, al parecer ha sido incluida en el modernista misal cotidiano oficial de los fieles (el alemán Schott-Messbuch); en las oraciones del jueves de la 12ª semana del ‘ciclo anual’ se añade el texto siguiente: “En el nombre de Alá, amable y misericordioso. ¡Alabado sea Alá, Señor del universo, bueno y misericordioso, Señor del día del juicio. ”(Citado de UVK año 33, No. 3, mayo / junio de 2003, p. 186). Seguramente se habrá eliminado ya esa oración ¿Pero podrá la falsa jerarquía impedirlo en el futuro, cuando ella misma alienta la falsa creencia de que musulmanes, judíos y cristianos creemos en el mismo Dios?
LOS JÓVENES
“El final del abandono voluntario de la fe católica es el indiferentismo, la total libertad teológica e incluso la pérdida total de la identidad católica. Al reconocer a otras religiones como legítimas vías de salvación, con iguales derechos e igual de válidas, el cristianismo se convierte en indiferentismo.
El cristianismo es ‘auto exiliado‘ a ser poco más que una idea subjetiva, se le degrada a ser simplemente una realidad ideal, sin ser objetivo. Dios ya no es el Ser Absoluto que se revela, sino simplemente un momento de la imaginación del sujeto; se le reduce a ser una mera “sensación“. El hecho de que el antipapa Juan Pablo II tuviera tanto “éxito” entre los jóvenes, hay que explicarlo- si mi opinión es correcta- por sus constantes apelaciones al ‘sentimiento religioso’”, no a la verdad objetiva revelada que exige una obediencia; este discurso lo que transmite es una difusa idea de Dios que no impone obligaciones, o al menos demasiadas, al actuar concreto del hombre. La mayor demostración es que, a pesar de los millones de jóvenes que una maquinaria ‘marketingesca’ muy costosa movilizó, bien lejos de la genuina predicación católica, las vocaciones sacerdotales y religiosas siguieron descendiendo vertiginosamente y los jóvenes, en masa, abandonaron los templos durante su pontificado, se cerraron seminarios y se vendieron iglesias y conventos, muchos de los cuales son hoy mezquitas. Es fácil de comprender, porque si la religión es sensación, experiencia personal como suelen decir casi todos los pastores, y no asentimiento a la verdad revelada aunque no la entienda ni me sea ahora ‘chupi guay’ y grata, cuando las sensaciones sean más fuertes afuera, lo normal es que se alejen para vivirlas allí, alejados del templo; o cuando la verdad reclame la resignación en las penurias en este valle de lágrimas, el sentimiento buscará otras praderas donde mantenerse exultante: los yermos campos del mundo, las ‘iglesias’ heréticas, las falsas religiones, etc., declaradas erróneamente vías salvíficas . Pero la Iglesia no fue constituida por Cristo para competir con el mundo en sensaciones, sino para ser la sal del mundo mediante el sacrificio, el ayuno, la limosna, la oración, la mortificación…sin cesar de predicar el Evangelio, no el de los jóvenes, no el CAT, sino el Evangelio perenne de Cristo, la salvación por la Cruz, el Verdadero Cordero de Dios, para que el hombre adámico entre en el único Arca de Salvación, la Iglesia católica; el Cuerpo Místico de Cristo.
Negar o silenciar el dogma de que ‘fuera de la Iglesia no hay salvación‘ es un error pastoral y una herejía de enormes y trágicas consecuencias para generaciones enteras que van camino a la perdición, desconocedoras de su propia fe, como lo reconocía recientemente hasta el antipapa Benedicto XVI, pero sin señalar la verdadera causa; se queja, pero no rectifica el rumbo al que él mismo dirige.
¿Cómo evolucionarán los jóvenes, si Dios no lo remedia? Como los simples fieles, y sobre todo los jóvenes mucho menos formados en la fe, no han entendido qué sea aquello que divide a los católicos conciliares de la multitud de sectas protestantes y hasta de otras religiones, dado que en la práctica casi se tiene la misma comprensión de los ‘dogmas’ y ven, por otra parte, cómo en los encuentros ecuménicos se invita a protestantes, budistas, sintoístas, animistas, judíos. y ahora, también, hasta a los ateos que ‘buscan sinceramente la verdad’ (Asís III),.tienden a configurarse una fe sincretista; toman de unos la herejía de la reencarnación, de otros la sola Escritura, de allá el Karma, etc.; en definitiva, van perdiendo todo rastro de fe católica, creyendo, si es que conservan algún sentido de la trascendencia, que todo el mundo se salva; mientras, casi nadie les dice que van camino del infierno porque fuera de la Iglesia no hay salvación. No parece insólito, viendo el rumbo de los hombres que dirigen la Iglesia conciliar, que menos del 30% de los jóvenes franceses declaren que se consideran católicos; o que en la antaña cristiana Holanda hoy ya sean mayoría los musulmanes.
LAS MISIONES
Si como escribió el P. Basetti Sani, el Corán es un libro divinamente inspirado; Si como declaró “Mons.” Yves Plumey, el cristianismo y el islamismo predican las mismas verdades y tienden al mismo fin, más allá de distintos dogmas y moral; si como dijo Le Observatore Romano el hinduismo está ya orientado a Cristo y de hecho ya contiene el símbolo de la realidad cristiana; si se acepta condenar que se proponga la conversión a otros, al considerar a todos los fundadores como mensajeros, como hizo el “card.” Pignedoli (Observ Roma. 13/2/76); si se intentan quitar las imágenes de los santos para poner en su lugar frases del Corán y de la Thorá, como quiso “Mons.” Echégaray en Notre Dame de la Garde; en efecto, si este es el nuevo magisterio, entonces la acción misionera se convierte en una empresa de acción meramente social; lo que se piden son guardarías, hospicios, obras hidráulicas, escuelas. Toda la misión se convierte en pura filantropía, pelagianismo craso.
Si se enseña que no se debe predicar a los infieles, sino dejar que todas las religiones expliciten al Cristo latente mediante un instinto inconsciente hacia Cristo, como se dice en multitud de documentos, se está diciendo lo contrario a lo que la Iglesia siempre había enseñado: que jamás la salvación eterna se consigue sin la gracia.
Por otra parte, todo acto moral del hombre requiere advertencia, conocimiento y libertad; luego un instinto inconsciente carece de esas propiedades. Además, el destino eterno del hombre no puede determinarse por actos no deliberados e ‘instintivos’, porque el hombre no puede ser salvado sin el ejercicio de su libertad, causa segunda.
Si la pluralidad religiosa no surge del pecado original, de la culpa adámica, sino de las variedades étnicas, de las peculiaridades de las distintas experiencias ecológicas, etc., como señala “Mons.” Rossano, y los “Cards.” Willebrans, Kasper.. y en muchos más documentos romanos, que no podemos citar para no alargar demasiado este escrito, están negando, en la práctica, y con escritos que contienen herejías y errores doctrinales, el dogma fundamental de la existencia del pecado original; se está arrancando de raíz el tratado de la gracia, y el clásico tratado de la verdadera religión se echa a la pira de los afanes de la modernidad. “Que los hombres crean prestar un culto divino adorando a escarabajos, a las vacas y al estiércol, degollando a sus padres sobre el ara de Numen, prostituyendo a sus hijas en el templo, o haciendo siervas a las mujeres con la poligamia, fue siempre considerado como un efecto del pecado”.. ”porque el pecado original hirió al espíritu con la enfermedad, la ignorancia y la malicia y ha multiplicado las religiones alejándolas de la verdad y unidad, que la Razón divina (el Logos) sitúa en las mentes para iluminarlas”; de ahí la necesidad, para el hombre, de que Dios se revelara escogiendo un Pueblo al que le hizo la promesa que cumplió en Cristo en la plenitud de los tiempos.
En definitiva, si fuera de la Iglesia hay salvación, porque las demás religiones son vías de salvación también, se están cortando de raíz las misiones que, en cualquier caso serán O.N.Gs, pero ya no medio de evangelización de Cristo. De hecho, el número de conversiones ha disminuido drásticamente; de unas 170.000 conversiones anuales al catolicismo en la década de los cincuenta en los EE UU, se ha pasado a unos pocos miles, pero a la secta conciliar.
Silvano Sabatini, misionero de la Consolata durante 40 años, es el paradigma del estado de las misiones en la actualidad, un producto de casi cinco décadas diciendo erróneamente que judíos, musulmanes y cristianos creen en el mismo Dios y negando el dogma de que ‘fuera de la Iglesia no hay salvación’. Este misionero ha escrito un libro titulado “El sacerdote antropólogo. Entre los indígenas de la Amazonia” (Ediesse, Roma2011), en el que dice con soberbia: «No bautizamos a ningún yanomami –declara Sabatini– porque estábamos convencidos de que no tenía sentido bautizar a la persona fuera de la comunidad y que es la cultura la que debe ser evangelizada: el hombre tiene derecho a tener su cultura y debe encontrar en ella la forma para expresarse cristianamente. Bautizar fuera de la comunidad habría significado crear en el bautismo una doble personalidad». Motivo por el que, cuenta Zaccaria, coautora del libro, «Sabatini respondía a aquel monseñor ansioso por saber cuántos yanomami había bautizado: “por gracia del Buen Dios, NINGUNO” ¡ 40 años y ni un solo bautismo, es increíble! He aquí donde nos ha llevado el magisterio actual. Compárese esto con los muchos bautismos de adultos y niños que Mons. Squetino, obispo de concepción católica íntegra como pocos, ha hecho este dos últimos meses en Cuba y México, y se sabrá dónde está la Iglesia católica.
Sean suficientes estos tres ámbitos, pero el lector podrá aplicarlo al estado decadente de la escuela católica, a la moral rebajada, a la crisis de las órdenes religiosas, a la desintegración de la familia, a la ausencia de vocaciones sacerdotales, al abandono del sacramento de la extremaunción, etc.
LA ESTUPEFACCIÓN DE LOS CATÓLICOS
Si los antipapas Benedicto XVI y Juan Pablo II, “cardenales” y “obispos” afirman, como hemos visto, que judíos, musulmanes y cristianos adoramos a un mismo Dios, se nos presenta el siguiente dilema: o bien el Protomártir San Esteban, el Apóstol Santiago, los encarcelamientos de Pedro y Juan por los jefes judíos, incluido el sumo sacerdote Ananías y tantos mártires a manos de los judíos, fueron inútiles, al igual que las decenas de miles de mártires a manos de los musulmanes, o bien este nuevo ‘magisterio’ yerra gravísimamente en el dogma fundamental de la fe, o bien están dándonos una nueva doctrina, creando otra Iglesia.
Luego, si Cristo mismo refuta este falso evangelio, cuando dice que el dios que adoran los judíos que no aceptan al Verbo Encarnado, es el demonio y, también dice claramente que Dios no es el padre de los judíos que no aceptan a Cristo, los católicos verdaderos debemos obedecer a Dios antes que a los hombres que abanderan el falso ecumenismo que asfixia la fe, sin la cual nadie puede agradar a Dios.
Podrán argüir muchos sedicentes católicos que rechazan la doctrina perenne de la Iglesia, que en virtud de que fueron depositarios de la Antigua Alianza tendrán estos rabinos de hoy el ‘privilegio’ sobre los demás, al menos, de ser llamados ‘Hermanos Mayores’, tal como les denomina el antipapa Benedicto XVI e hizo el usurpador Juan Pablo II siguiendo a la escandalosa enseñanza de Nostra Aetate del Concilio V. II; pero es imposible que quien tiene por padre al demonio, tenga parentesco alguno con quien en su alma inhabita la Santísima Trinidad por la gracia; ergo, ni hermanos mayores, ni menores, ni primos, ni parentela alguna…, sino infieles pecadores que necesitan la predicación del Evangelio para que puedan incorporarse a la única Iglesia de Cristo, la Católica.
En cuanto a la salvación de los judíos, tenemos otro dilema ¿o creemos el discurso ecuménico del ‘concilio’ vaticano II divulgado por los seis últimos papas, según el cual se salvan si son buenos judíos o creemos a Cristo? Porque es Cristo mismo quien dice a los judíos que si no creen que Jesús es ‘Yo soy’ (Dios) morirán en su pecado, según hemos citado más arriba. Y bien sabemos que quien muere en pecado mortal no puede salvarse. Y no se conoce mayor pecado que aquel llamado contra el Espíritu; porque eligen como padre al demonio, según el mismo Jesús, en vez de al Padre de Nuestro señor Jesucristo que ha completado la Revelación.
Ahora bien, como los martirios de San Esteban, Santiago y muchos mártires desconocidos a manos de los judíos en los primero siglos y a través de la historia no fueron inútiles, porque emularon el Martirio que los deicidas judíos cometieron con Nuestro Señor Jesucristo, no cabe decir más que, o bien este magisterio conciliar yerra en el dogma fundamental o está predicando un dogma nuevo, fabricando una nueva iglesia, que ya no es Arca de Salvación..
Cabe, pues, preguntarse si un papa puede predicar una doctrina distinta a la revelada; contra esta posibilidad se levanta el Apóstol de los Gentiles anatematizando a quien osare hacer prostituir los dogmas o inventar los suyos propios:
“Más si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1,8) . Luego estos seis últimos “papas” no son en realidad verdaderos y legítimos papas, sino agentes del anticristo, porque la Fe de Pedro no puede fallar por la oración y promesa de Jesús a Simón Pedro; luego si falla, es que no sucesores legítimos de Pedro. Luego cabe el gravísimo deber de la Iglesia de elegir un legítimo sucesor de Pedro que confirme a sus hermanos. La grey dispersa.
El evangelio predicado por Pablo, un apóstol inspirado por Dios, era y es completo y perfecto, absoluto y final; por eso dice «más si aun nosotros…». Algunos pastores cambian. Muchos lo han hecho. Comienzan bien y después predican el error. Dios no hace acepción de personas: si Pablo mismo en algún momento hubiera cambiado el Evangelio que había predicado a los gálatas, él habría merecido la condenación.
Pablo usa la palabra anatema también en 1 Cor. 16:22, «El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema» Y preguntó yo ¿Cómo pueden amarlo sino creen en Él? ¿Cómo pueden creer en Él si no le conocen? ¿Cómo podrán conocerle si el mismo antipapa, dice que no es necesario predicarles porque ‘su misión conferida en la Antigua Alianza no ha cesado’ (ver cita up supra)?
¿Por qué S. Pablo denunció tan severamente a los judaizantes? Porque si se cambia el Evangelio, la eficacia de la Sangre de Cristo queda anulada y toda esperanza de salvación se pierde. Todos los que fueron bautizados en Cristo (Gal 3:27) iban a perder su salvación si aceptaban el «evangelio diferente» de los judaizantes. Cuestión de gravísima y capital importancia entonces y de nuevo hoy en día, tristemente, ante la perplejidad que produce a los católicos el ‘magisterio’ de los antipapas conciliares. Entonces ¿No está constituida la Iglesia por Cristo para salvar almas, sin cuyo objeto no se justifica?
Por otra parte, también la Iglesia confirmó siempre lo que San Pablo nos dice:
“Porque el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que den a conocer como revelada una nueva doctrina, sino que con su asistencia, guarden santamente y expongan fielmente la Revelación transmitida por los Apóstoles”, es decir, el Depósito de la Fe. (Constitución Dogmática Pastor Aeternus; Concilio Ecuménico Vaticano I -Dz2001 N º 3070-).
Pero el evangelio de estos antipapas es distinto al predicado, porque dan a conocer una doctrina nueva que no contiene la Revelación transmitida por los Apóstoles.Luego, ni ellos ni los que los reconocen como verdaderos papas –formaliter o materialiter-, aunque los resistan, son la Iglesia Católica, estando subidos no al Arca de la Salvación, sino a un buque que se hundirá en el diluvio para toda la eternidad.
Finalmente, decir a todos los que desean caminar tras la Verdad, que deberán tener en cuenta que lo que se pretende expandir es la negación de la divinidad de Cristo o rebajarla para crear una nueva religión; ante esto debemos reaccionar con el espíritu de San Pablo “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿la persecución? ¿el hambre? ¿la desnudez? ¿los peligros? ¿la espada?”. (Romanos 8, 35)
Esta crisis es muy distinta de otras, incluso muy graves, habidas en la Iglesia;; la tribulación será como nunca fue, y no sólo física sino también moral, hasta el punto de que “si aquellos días no fueran acortados, nadie se salvaría; pero por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados”(Mt, 24, 22).
Estemos vigilantes con las lámparas encendidas, refugiados en las llagas de Cristo, haciendo oídos sordos de estos cantos de sirena que vienen de Roma, o de las falsas resistencias y acéfalos sedevacantistas, que quieren prostituir la fe católica. Todo esto está anunciado, no sólo por las profecías de la Virgen María, sino por el mismo Cristo; parece que se trata de la gran apostasía de la que habla San Pablo y de la que Nuestro Señor nos advirtió para no cogernos desprevenidos: “Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?” (Lc 1.8)
Parece, pues, que estamos lejos de que se reconozcan los errores, volviendo a la tradición, a la fe verdadera de la Iglesia. He aquí unas declaraciones recientes del “cardenal” Kurt, que indican, más bien, la decisión de inyectarnos una mayor dosis de veneno, ya que, por obediencia, hemos asimilado las cuotas iniciales.
“Es la tercera vez (después de los encuentros de 1982 y de 2005), que la Comisión organiza una reunión plenaria reuniendo en Roma los consultores y los delegados de las Conferencias Episcopales, responsables de las relaciones con el judaísmo. Entre las cuestiones afrontadas durante el encuentro, un equilibrio sobre los diálogos emprendidos, una panorámica de las iniciativas locales, la posibilidad de establecer una “Jornada del judaísmo” a nivel de las distintas Conferencias Episcopales y la celebración del 50° aniversario de “Nostra Aetate” (El “cardena”l Kurt Koch durante la plenaria de la Comisión para las relaciones religiosas con el judaismo 6-11-2012)
Con El Papa San Silvestre, decimos:
“todo domingo debe ser celebrado con alegría por los cristianos en razón de la resurrección, TODO SÁBADO HA DE CONSIDERARSE COMO DÍA DE SEPULTURA PARA EXECRACIÓN DE LOS JUDÍOS. Porque todos los discípulos del Señor lloraron en sábado, gimiendo por el entierro del Señor, mientras que los judíos estaban exultantes de alegría. La tristeza se había hecho presa de los descorazonados Apóstoles. Por ende, contristémonos con quienes se contristaron por la sepultura del Señor, si es que deseamos alegrarnos con ellos mismos por la resurrección del Señor “.
F. RESALTAMOS. SÍNTESIS
Todos los teólogos hasta el Concilio V.II son unánimes en los siguientes valores dogmáticos, y los más fieles a la tradición han seguido manteniendo lo siguiente (Exponemos la clasificación de a F. Vizmanos e I. Ruidor:
A.-La necesidad de la Iglesia para la salvación (extra ecclesiam nulla salus) es una verdad revelada y definida por la Iglesia, es decir, tiene el valor de verdad de fe divina y católica o también llamado dogma de fe, cuya negación apareja la censura de herejía.
B.- Que la necesidad de la Iglesia es una necesidad de medio, tiene valor de teológicamente cierta y por ello infalible, cuya negación la censura de error teológico.
C.- Que la necesidad de medio no sea absoluta, es decir, que se pueda suplir por el deseo de ella, es Magisterio Ordinario Universal infalible. Que incluso el deseo sea implícito, es doctrina católica que no ha sido definida de forma infalible por el Papa, que debe ser aceptada.
Desde el Corazón Inmaculado y sufriente de Santa María Virgen, oremos y hagamos penitencia por la conversión a la fe católica de judíos, musulmanes y restos de infieles, que Dios recibirá con misericordia, cual hijos pródigos
Ven Señor Jesús, Ven pronto.



