Ideología: Existencia de las ideas intelectuales 2/8

Existencia de las ideas intelectuales

Expuesta la noción y diferencia general de las ideas intelectuales, es preciso establecer su realidad o existencia.

Tesis
Existen en nosotros ideas intelectuales, tanto impresas como expresas.

La primera parte o sea la existencia de las ideas impresas puede considerarse como probada de antemano por las razones aducidas para establecer la necesidad y existencia de las ideas o especies sensibles; porque, en realidad, las razones expuestas en la psicología empírica tienen igual fuerza respecto [390] de las ideas impresas, cuya necesidad y existencia es un corolario de lo que allí se dijo. Más todavía: las razones allí aducidas tienen mayor eficacia relativamente a las ideas impresas del entendimiento, por lo mismo que éste está más separado que los sentidos de los objetos materiales, los cuales llegan a la inteligencia pasando antes por la sensibilidad. Esto no obstante, puede probarse esto mismo con la siguiente

Razón. La percepción intelectual lleva consigo y exige la unión del objeto con la inteligencia, pues esta no puede percibir, ni obrar sobre un objeto, sino a condición de que este exista en la misma de una manera u otra: no siendo, pues, posible concebir ni explicar racionalmente esta unión del objeto con el entendimiento, sino por medio de la idea impresa, es preciso admitir su necesidad y existencia.

Para convencerse de la fuerza y legitimidad de este raciocinio, basta tener presente que esa unión objetiva del orden intelectual no puede verificarse: 1º por el mismo entendimiento, ya porque por sí mismo está indiferente para percibir este objeto o aquel, y por consiguiente su acción presupone algo que contenga la razón suficiente de su determinación objetiva; ya también porque su acción, siendo, como es, esencialmente inmanente, no se recibe ni pasa al objeto que existe fuera, sino al objeto existente dentro de la misma inteligencia: 2º ni por medio del mismo objeto, al menos cuando se trata de un objeto distinto realmente de nuestra alma; porque es claro que cuando percibo con el entendimiento un árbol o un animal, estos objetos no entran, ni están en mi inteligencia, según el modo de ser que tienen fuera de mí: 3º tampoco puede verificarse dicha unión por la presencia del objeto en las representaciones sensibles de la imaginación o de otros sentidos, y esto por dos razones principalmente:

1ª Porque el entendimiento, como facultad cognoscitiva de un orden superior y esencialmente diferente de la sensibilidad, exige también un modo de representación o de acción objetiva, esencialmente diferente y superior a la que corresponde al conocimiento o percepción de los sentidos.

2ª Porque los objetos externos solo se representan en la [391] sensibilidad bajo la forma de singularidad, pero al entendimiento se presentan bajo la forma de universalidad. Luego sólo por medio de las ideas impresas abstraídas de las representaciones sensibles mediante la acción del entendimiento agente, es posible explicar de una manera racional y filosófica la unión inteligible, ideal o intencional, como la llamaban los Escolásticos, del objeto con la facultad inteligente, unión que constituye una condición necesaria de toda percepción intelectual, al menos cuando se refiere a objetos distintos de la misma alma y de sus actos.

Por lo que hace a la segunda parte de la tesis, no necesita de pruebas; pues no siendo otra cosa las ideas expresas, más que el término de la acción intelectual, o lo que los filósofos apellidan verbum mentis, la concepción de la cosa, negar su existencia, sería lo mismo que negar la realidad de los actos intelectuales. Así es que la existencia de las ideas expresas puede decirse una verdad de sentido común entre los filósofos, y lo que es más, una verdad de sentido íntimo, porque todos experimentamos que al conocer o percibir con el entendimiento alguna cosa, hablamos interiormente y formamos conceptos o nociones que representan el objeto en cuanto conocido, y según la parte mayor o menor que de él conocemos.

Corolarios

1º Infiérese de lo dicho que es inadmisible la doctrina de Platón y de algunos ontologistas que confunden e identifican las ideas con los objetos. La idea, lejos de constituir el objeto conocido por el entendimiento, es más bien el medio de que éste se sirve, ya para conocer el objeto (idea impresa), ya para expresar y representar en el entendimiento el objeto conocido y como conocido (idea expresa); y esto de una manera habitual y permanente, sin lo cual no se explica ni concibe fácilmente la adquisición, progreso y conservación o permanencia de la ciencia en el individuo.

2º Tanto la impresa como la expresa, son esencial y necesariamente objetivas, porque una y otra tienen por oficio, si es lícito hablar así, representar el objeto, establecer la [392] unión objetiva, poner en relación la inteligencia con su objeto, sin más diferencia sino que la primera realiza esto en orden al objeto como cognoscible, y la segunda al mismo objeto como conocido intelectualmente. Por esto enseña con razón santo Tomás, que las ideas no son id quod cognoscitur; sino que son id quo aliquid cognoscitur; palabras y doctrina con las cuales se cierra la puerta al ontologismo y también al idealismo.

Objeciones

Obj. 1ª Lo que sólo tiene existencia en nuestro entendimiento es un ente de razón; es así que las ideas intelectuales, tanto impresas como expresas, sólo existen en nuestro entendimiento: luego no se puede decir que existen realmente dichas ideas.

Resp. Las ideas, tanto impresas como expresas, son accidentes o modificaciones reales del alma, que existen por consiguiente realmente en el entendimiento, accidentes y modificaciones que no pueden ni deben confundirse con lo que los filósofos llaman entes de razón, porque no tienen más existencia ni realidad que la que les da la concepción misma del entendimiento, como sucede cuando concebimos un centauro, o el concepto de animal como género y superior al concepto de hombre, &c.

Empero las ideas no consisten en la sola percepción o en el modo de concebir de nuestro entendimiento, sino que son entidades verdaderas, aunque accidentales, como es también una entidad o realidad verdadera, aunque accidental, el acto mismo del entendimiento.

Si se quiere responder en términos escolásticos, se puede distinguir la mayor; lo que solo tiene existencia objetiva o intencional en nuestro entendimiento, es ente de razón, conc. si además de la objetiva tiene existencia real, neg.

Obj. 2ª Para que la idea impresa pudiera determinar al entendimiento a percibir el objeto A o B, sería necesario que el entendimiento conociera o percibiera la misma idea impresa, lo cual se opone a la experiencia que nos enseña que [393] la actividad intelectual se aplica y dirige al objeto mismo antes que a su idea: luego son inútiles e inadmisibles las ideas impresas.

Resp. La idea impresa, por su misma naturaleza y hasta por las condiciones de su origen, toda vez que es abstraída de las representaciones imaginarias, es representativa del objeto, y consiguientemente es medio (id quo cognoscitur) para conocer el objeto, y no el objeto conocido directamente. Así, pues, como primero conocemos el objeto, que el acto mismo intelectual, no obstante que este es medio necesario para el conocimiento del objeto, lo mismo se debe decir de las ideas impresas. El acto directo se refiere, tiende y se aplica al objeto: la idea, lo mismo que el acto intelectual, sólo es conocida por reflexión, o por medio del acto reflejo, que presupone el directo. En otros términos: la idea impresa, como idea es el mismo objeto constituido en el orden inteligible, y bajo este punto de vista el primer término del acto intelectual: la idea impresa, en cuanto cosa o accidente real, no es el mismo objeto representado, y es término del acto reflejo o secundario del entendimiento.

Para ver el árbol A no necesito ver primero la especie o representación del mismo en la retina, ni tampoco necesito ver o percibir primero la visión misma; y, sin embargo, aquélla y ésta son medio para la percepción sensible o visible del árbol: la cosa que (id quod) veo o percibo con la vista es el árbol A: la especie visual y la visión son aquello con que (id quo) veo el árbol. [394]

SANTA JUANA FRANCISCA CHANTAL: LA MUJER FUERTE

1641 d. C.) – El padre de santa Juana de Chantal era Benigno Frémiot, presidente del parlamento de Borgoña. El señor Frémiot había quedado viudo cuando sus hijos eran todavía pequeños, pero no ahorró ningún esfuerzo para educarlos en la práctica de la virtud y prepararlos para la vida. Juana, que recibió en la confirmación el nombre de Francisca, fue sin duda la que mejor supo aprovechar esa magnífica educación. Cuando la joven tenía veinte años, su padre, que la amaba tiernamente, la concedió en matrimonio al barón de Chantal, Cristóbal de Rabutin. El barón tenía veintisiete años, era oficial del ejército francés y contaba con un largo historial de victoriosos duelos; su madre descendía de la beata Humbelina. El matrimonio tuvo lugar en Dijon y Juana Francisca partió con su marido a Bourbilly. Desde la muerte de su madre, el barón no había llevado una vida muy ordenada, de suerte que la servidumbre de su casa se había acostumbrado a cierta falta de disciplina; en consecuencia, el primer cuidado de la flamante baronesa fue establecer el orden en su casa. Los tres primeros hijos del matrimonio murieron poco después de nacer; pero los jóvenes esposos tuvieron después un niño y tres niñas que vivieron. Por otra parte, poseían cuanto puede constituir la felicidad a los ojos del mundo y procuraban corresponder a tantas bendiciones del cielo. Cuando su marido se hallaba ausente, la baronesa se vestía en forma muy modesta y, si alguien le preguntase por qué, ella respondía: «Los ojos de aquél a quien quiero agradar están a cien leguas de aquí». Las palabras quesan Francisco de Sales dijo más tarde sobre santa Juana Francisca podían aplicársele ya desde entonces: «La señora de Chantal es la mujer fuerte que Salomón no podía encontrar en Jerusalén».

Pero la felicidad de la familia sólo duró nueve años. En 1601, el barón de Chantal salió de cacería con su amigo, el señor D’Aulézy, quien accidentalmente le hirió en la parte superior del muslo. El barón sobrevivió nueve días, durante los cuales sufrió un verdadero martirio a manos de un cirujano muy torpe y recibió los últimos sacramentos con ejemplar resignación. La baronesa había vivido exclusivamente para su esposo, de modo que el lector puede suponer fácilmente su dolor al verse viuda a los veintiocho años. Durante cuatro meses estuvo sumida en el más profundo dolor, hasta que una carta de su padre le recordó sus obligaciones para con sus hijos. Para demostrar que había perdonado de corazón al señor D’Aulézy, la baronesa le prestó cuantos servicios pudo y fue madrina de uno de sus hijos. Por otra parte, redobló sus limosnas a los pobres y consagró su tiempo a la educación e instrucción de sus hijos. Juana pedía constantemente a Dios que le diese un guía verdaderamente santo, capaz de ayudarla a cumplir perfectamente su voluntad. Una vez, mientras repetía esta oración, vio súbitamente a un hombre cuyas facciones y modo de vestir reconocería más tarde, al encontrar en Dijon a san Francisco de Sales. En otra ocasión, se vio a sí misma en un bosquecillo, tratando en vano de encontrar una iglesia. Por aquel medio, Dios le dio a entender que el amor divino tenía que consumir la imperfección del amor propio que había en su corazón y que se vería obligada a enfrentarse con numerosas dificultades.

La futura santa fue a pasar el año del luto en Dijon, en casa de su padre. Más tarde, se transladó con sus hijos a Monthelon, cerca de Autun, donde habitaba su suegro, que tenía ya setenta y cinco años. Desde entonces, cambió su hermosa y querida casa de Bourbilly por un viejo castillo. A pesar de que su suegro era un anciano vanidoso, orgulloso y extravagante, dominado por una ama de llaves insolente y de mala reputación, la noble dama no pronunció jamás una sola palabra de queja y se esforzó por mostrarse alegre y amable. En 1604, san Francisco de Sales fue a predicar la cuaresma a Dijon y Juana se transladó ahí con su suegro para oír al famoso predicador. Al punto reconoció en él al hombre que había vislumbrado en su visión y comprendió que era el director espiritual que tanto había pedido a Dios. San Francisco cenaba frecuentemente en casa del padre de Juana Francisca y ahí se ganó, poco a poco, la confianza de ésta. Ella deseaba abrirle su corazón, pero la retenía un voto que había hecho por consejo de un director espiritual indiscreto, de no abrir su conciencia a ningún otro sacerdote. Pero no por ello dejó de sacar gran provecho de la presencia del santo obispo, quien a su vez se sintió profundamente impresionado por la piedad de Juana Francisca. En cierta ocasión en que se había vestido más elegantemente que de ordinario, san Francisco de Sales le dijo: «¿Pensáis casaros de nuevo?» «De ninguna manera, Excelencia», replicó ella. «Entonces os aconsejo que no tentéis al diablo», le dijo el santo. Juana Francisca siguió el consejo.

Después de vencer sus escrúpulos sobre su voto indiscreto, la santa consiguió que Francisco de Sales aceptara dirigirla. Por consejo suyo, moderó un tanto sus devociones y ejercicios de piedad para poder cumplir con sus obligaciones mundanas én tanto que vivía con su padre o con su suegro. Lo hizo con tanto éxito, que alguien dijo de ella: «Esta dama es capaz de orar todo el día sin molestar a nadie». De acuerdo con una estricta regla de vida, consagrada la mayor parte de su tiempo a sus hijos, visitaba a los enfermos pobres de los alrededores y pasaba en vela noches enteras junto a los agonizantes. La bondad y mansedumbre de su carácter mostraban hasta qué punto había secundado las exigencias de la gracia, porque en su naturaleza firme y fuerte había cierta dureza y rigidez que sólo consiguió vencer del todo al cabo de largos años de oración, sufrimiento y paciente sumisión a la dirección espiritual. Tal fue la obra de san Francisco de Sales, a quien Juana Francisca iba a ver, de cuando en cuando, a Annecy, en Saboya, y con quien sostenía una nutrida correspondencia. El santo la moderó mucho en materia de mortificaciones corporales, recordándole que san Carlos Borromeo, «cuya libertad de espíritu tenía por base la verdadera caridad», no vacilaba en brindar con sus vecinos, y que san Ignacio de Loyola había comido tranquilamente carne los viernes por consejo de un médico, «en tanto que un hombre de espíritu estrecho hubiese discutido esa orden cuando menos durante tres días». San Francisco de Sales no permitía que su dirigida olvidase que estaba todavía en el mundo, que tenía un padre anciano y, sobre todo, que era madre; con frecuencia le hablaba de la educación de sus hijos y moderaba su tendencia a ser demasiado estricta con ellos. En esta forma, los hijos de Juana Francisca se beneficiaron de la dirección de san Francisco de Sales tanto como su madre.

Durante algún tiempo, la señora de Chantal se sintió inclinada a la vida conventual por varios motivos, entre los que se contaba la presencia de las carmelitas en Dijon. San Francisco de Sales, después de algún tiempo de consultar el asunto con Dios, le habló en 1607 de su proyecto de fundar la nueva Congregación de la Visitación. Santa Juana acogió gozosamente el proyecto; pero la edad de su padre, sus propias obligaciones de familia y la situación de los asuntos de su casa constituían, por el momento, obstáculos que la hacían sufrir. Juana Francisca respondió a su director que la educación de sus hijos exigía su presencia en el mundo, pero el santo le respondió que sus hijos ya no eran niños y que desde el claustro podría velar por ellos tal vez con más fruto, sobre todo si tomaba en cuenta que los dos mayores estaban ya en edad de «entrar en el mundo». En esa forma, lógica y serena, resolvió san Francisco de Sales todas las dificultades de la señora de Chantal. Antes de abandonar el mundo, Juana Francisca casó a su hija mayor con el barón de Thorens, hermano de san Francisco de Sales, y se llevó consigo al convento a sus dos hijas menores; la primera murió al poco tiempo, y la segunda se caso más tarde con el señor de Toulonjon. Celso Benigno, el hijo mayor, quedó al cuidado de su abuelo y de varios tutores. Después de despedirse de sus amistades, Juana fue a decir adiós a Celso Benigno. El joven, que había tratado en vano de apartarla de su resolución, se tendió por tierra ante el dintel de la puerta de la habitación para cerrarle la salida, pero la santa no se dejó vencer por la tentación de escoger la solución más fácil y pasó sobre el cuerpo de su hijo. Frente a la casa la esperaba su anciano padre. Juana Francisca se postró de rodillas y, llorando, le pidió su bendición. El anciano le impuso las manos y le dijo: «No puedo reprocharte lo que haces. Ve con mi bendición. Te ofrezco a Dios como Abraham le ofreció a Isaac, a quien amaba tanto como yo a ti. Ve a donde Dios te llama y sé feliz en Su casa. Ruega por mí». La santa inauguró el nuevo convento el domingo de la Santísima Trinidad de 1610, en una casa que san Francisco de Sales le había proporcionado, a orillas del lago de Annecy. Las primeras compañeras de Juana Francisca fueron María Favre, Carlota de Bréchard y una sirvienta llamada Ana Coste. Pronto ingresaron en el convento otras diez religiosas. Hasta ese momento, la congregación no tenía todavía nombre y la única idea clara que san Francisco de Sales poseía sobre su finalidad, era que debía servir de puerto de refugio a quienes no podían ingresar en otras congregaciones y que las religiosas no debían vivir en clausura para poder consagrarse con mayor facilidad a las obras de apostolado y caridad.

Naturalmente, la idea provocó fuerte oposición por parte de los espíritus estrechos e incapaces de aceptar algo nuevo. San Francisco de Sales acabó por modificar sus planes y aceptar la clausura para sus religiosas. A las reglas de San Agustín añadió unas constituciones admirables por su sabiduría y moderación, «no demasiado duras para los débiles y no demasiado suaves para los fuertes». Lo único que se negó a cambiar fue el nombre de “Congregación de la Visitación de Nuestra Señora”, y santa Juana Francisca le exhortó a no hacer concesiones en ese punto. El santo quería que la humildad y la mansedumbre fuesen la base de la observancia. «Pero en la práctica -decía a sus religiosas- la humildad es la fuente de todas las otras virtudes; no pongáis límites a la humildad y haced de ella el principio de todas vuestras acciones». Para bien de santa Juana y de las hermanas más experimentadas, el santo obispo escribió el «Tratado del amor de Dios». Santa Juana progresó tanto en la virtud bajo la dirección de san Francisco de Sales, que éste le permitió que hiciese el voto de que, en todas las ocasiones, realizaría lo que juzgase más perfecto a los ojos de Dios. Inútil decir que la santa gobernó prudentemente su comunidad, inspirándose en el espíritu de su director.

La madre de Chantal tuvo que salir frecuentemente de Annecy, tanto para fundar nuevos conventos como para cumplir con sus obligaciones de familia. Un año después de la toma de hábito, se vio obligada a pasar tres meses en Dijon, con motivo de la muerte de su padre, para poner en orden sus asuntos. Sus parientes aprovecharon la ocasión para intentar hacerla volver al mundo. Una mujer imaginativa exclamó al verla: «¿Cómo podéis sepultaron en dos metros de tela basta? Deberíais hacer pedazos ese velo». San Francisco de Sales le escribió entonces las palabras decisivas: «Si os hubiéseis casado de nuevo con algún señor de Gascuña o de Bretaña, habríais tenido que abandonar a vuestra familia y nadie habría opuesto en ese caso la menor objeción …» Después de la fundación de los conventos de Lyon, Moulins, Grénoble y Bourges, san Francisco de Sales, que estaba entonces en París, mandó llamar a la madre de Chantal para que fundase un convento en dicha ciudad. A pesar de las intrigas y la oposición, santa Juana Francisca consiguió fundarlo en 1619. Dios la sostuvo, le dio valor y la santa se ganó la admiración de sus más acerbos opositores con su paciencia y mansedumbre. Ella misma gobernó durante tres años el convento de París, bajo la dirección de san Vicente de Paul y ahí conoció a Angélica Arnauld, la abadesa de Port-Royal, quien no consiguió permiso de renunciar a su cargo e ingresar en la Congregación de la Visitación.

En 1622, murió san Francisco de Sales y su muerte constituyó un rudo golpe para la madre de Chantal; pero su conformidad con la voluntad divina le ayudó a soportarlo con invencible paciencia. El santo fue sepultado en el convento de la Visitación de Annecy. En 1627, murió Celso Benigno en la isla de Ré, durante las batallas contra los ingleses y los hugonotes; el hijo de la santa, que no tenía sino treinta y un años, dejaba a su esposa viuda y con una hijita de un año, la que con el tiempo sería la célebre Madame de Sévigné. Santa Juana Francisca recibió la noticia con heroica fortaleza y ofreció su corazón a Dios, diciendo: «Destruye, corta y quema cuanto se oponga a tu santa voluntad».

El año siguiente, se desató una terrible peste, que asoló Francia, Saboya y el Piamonte, y diezmó varios conventos de la Visitación. Cuando la peste llegó a Annecy, la santa se negó a abandonar la ciudad, puso a la disposición del pueblo todos los recursos de su convento y espoleó a las autoridades a tomar medidas más eficaces para asistir a los enfermos. En 1632, murieron la viuda de Celso Benigno, Antonio de Toulonjon (el yerno de la santa, a quien ésta quería mucho) y el P. Miguel Favre, quien había sido el confesor de san Francisco y era muy amigo de las visitandinas. A estas pruebas se añadieron la angustia, la oscuridad y la sequedad espiritual, que en ciertos momentos eran casi insoportables, como lo prueban algunas cartas de Santa Juana Francisca. Dios permite con frecuencia que las almas que le son más queridas atraviesen por largos períodos de bruma, oscuridad y angustia; pero a través de ellos las lleva con mano segura a las fuentes de la felicidad y al centro de la luz.

En los años de 1635 y 1636, la santa visitó todos los conventos de la Visitación, que eran ya sesenta y cinco, pues muchos de ellos no habían tenido aún el consuelo de conocerla. En 1641, fue a Francia para ver a Madame de Montmorency en una misión de caridad. Ese fue su último viaje. La reina Ana de Austria la convidó a París, donde la colmó de honores y distinciones, con gran confusión por parte de la homenajeada. Al regreso, cayó enferma en el convento de Moulins, donde murió el 13 de diciembre de 1641, a los sesenta y nueve años de edad. Su cuerpo fue transladado a Annecy y sepultado cerca del de san Francisco de Sales. La canonización de santa Juana Francisca tuvo lugar en 1767. San Vicente de Paul dijo de ella: «Era una mujer de gran fe y, sin embargo, tuvo tentaciones contra la fe toda su vida. Aunque aparentemente había alcanzado la paz y tranquilidad de espíritu de las almas virtuosas, sufría terribles pruebas interiores, de las que me habló varias veces. Se veía tan asediada de tentaciones abominables, que tenía que apartar los ojos de sí misma para no contemplar ese espectáculo insoportable. La vista de su propia alma la horrorizaba como si se tratase de una imagen del infierno. Pero en medio de tan grandes sufrimientos jamás perdió la serenidad ni cejó en la plena fidelidad que Dios le exigía. Por ello, la considero como una de las almas más santas que me haya sido dado encontrar sobre la tierra».

Aparte de los escritos y la correspondencia de la santa y de las cartas de san Francisco de Sales, las fuentes biográficas más importantes son las Mémoires de la Madre de Chaugy. Dicha obra constituye el primer volumen de la colección Sainte Chantal, sa vie et ses oeuvres (1874-1879, 8 vols.). Las cartas de san Francisco se hallan en la imponente edición de sus obras (20 vols.), publicada por las religiosas de la Visitación de Annecy; naturalmente, las cartas 1 de agide san Francisco son muy importantes por la luz que arrojan sobre los orígenes de la Congregación de la Visitación. Además, la fundadora tuvo la suerte de encontrar en los tiempos modernos, un biógrafo ideal: la Histoire de Sainte Chantal et des origines de la Visitation de Mons. Bougaud resulta ser una de las obras maestras de la hagiografía.

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Visto en Amor a la Verdad, tomado de Católicos Alerta

Ideología: Naturaleza y existencia de las ideas 1/8


En este curso de una de las partes de la filosofía, vamos a ver las siguiente cuestiones en ocho artículos, en el siguiente orden:

Naturaleza y existencia de las ideas
Art. I Noción y clasificación de las ideas
Art. II Existencia de las ideas intelectuales
Tesis Existen en nosotros ideas intelectuales, tanto impresas, como expresas
Sistemas principales acerca del origen de las ideas
Art. III Escuela empírica o teoría ideológica sensista
Tesis El sistema ideológico de Locke es inadmisible y esencialmente sensualista
Art. IV Escuela ontológica
§ I Sistema o escuela de las ideas innatas
Tesis Es inadmisible en buena filosofía la teoría de las ideas innatas, tanto de Platón, como de Leibnitz y Bonald
§ II Ontologismo propiamente dicho o ideológico
Tesis Son absurdos e inadmisibles los sistemas o teorías ideológicamente expuestas por Mallebranche, Gioberti y Schelling
Art. V Escuela psicológica
Art. VI Teorías ideológicas especiales. Teoría de Kant. Teoría de Cousin. Teoría de la representación sensible y su refutación
Teoría general sobre el origen de las ideas
Art. VII Bases y nociones previas para explicar el origen de las ideas
Art. VIII Exposición sumaria del origen de las ideas

Naturaleza y existencia de las ideas
Noción y clasificación de las ideas

Cualquiera que haya leído y meditado las múltiples y encontradas teorías de los filósofos sobre las ideas, habrá tenido ocasión de reconocer que una parte no escasa de la variedad y oposición de sistemas ideológicos, trae su origen de la falta de exactitud en fijar y determinar la significación y sentido de la palabra idea. Con el objeto de evitar esta confusión, y para que se pueda comprender nuestra teoría ideológica, comenzamos por fijar la significación de los términos, exponiendo a la vez la naturaleza y clasificación general de las ideas, doctrina que condensamos en las siguientes reflexiones, en gracia de la brevedad y claridad.

1ª Para algunos filósofos, la idea abarca lo mismo las representaciones de los sentidos, que las representaciones intelectuales: para otros, la idea se refiere únicamente a estas últimas. Entre los que circunscriben la idea al orden intelectual, algunos entienden por este nombre el objeto conocido; otros, una representación del objeto, distinta realmente del mismo. Para algunos la idea es distinta del acto del entendimiento, el cual se denomina idea, en cuanto dice orden al objeto conocido, y se llama intelección, en cuanto dice orden al entendimiento, que es su principio.

Nosotros aquí entendemos por ideas: 1º las que se refieren al conocimiento puramente intelectual con exclusión del sensible: 2º alguna cosa distinta del objeto conocido o que se trata de conocer; porque el mismo sentido común y la conciencia nos dicen, que una cosa es el objeto real propuesto fuera [387] de nosotros, y otra cosa el medio con que lo conocemos, y el concepto que nuestro entendimiento forma del mismo. Según la doctrina establecida en la Psicología, ya se sabe también que, en nuestra opinión, la idea no puede ni debe confundirse o identificarse con el acto intelectual, toda vez que éste es transeúnte, como lo es toda acción de la criatura, al paso que la idea intelectual permanece y se conserva habitualmente. Esta afirmación, además del testimonio de la experiencia interna, tiene en su apoyo la razón, no siendo posible explicar de una manera racional, en la hipótesis contraria, la diferencia entre el que posee una ciencia y el que la ignora completamente.

2ª Así, pues, por el nombre idea entendemos aquí la representación intelectual o inteligible del objeto, distinta de este, y distinta también del acto con que es percibido este objeto. Se dice representación intelectual o inteligible, no solo para excluir las ideas o representaciones sensibles, sino también

a) Para significar que esta representación es completamente inmaterial en sí misma, como lo es el entendimiento que por medio de ella obra y en quien existe.

b) Para indicar que representa el objeto como universal; porque la universalidad es uno de los caracteres fundamentales que separan y distinguen el orden intelectual del orden sensible.

3ª Esta representación o idea intelectual puede referirse al objeto de dos maneras o en dos momentos: 1º representando el objeto como cognoscible, o sea antes de ser conocido actualmente por el entendimiento: 2º representando el mismo objeto como conocido. La primera representación intelectual del objeto, es el efecto propio del entendimiento agente, el cual obrando sobre las representaciones sensibles, produce o da origen a la representación insensible y universal del objeto que la imaginación representaba bajo la forma sensible y singular; pues ya se ha visto que sin esta acción previa y transformativa de la actividad intelectual, la cual bajo este concepto recibe el nombre de entendimiento agente, no es posible explicar el tránsito del orden sensible y singular [388] al orden inteligible y universal. Esta representación es la que los Escolásticos apellidaban especie o idea impresa, species impressa.

A este primer momento representativo, sucede el segundo, es decir, el acto de entender, la intelección actual, la cual produce o determina en nuestro interior una representación del objeto ya conocido y como conocido, representación que no es otra cosa más que lo que ordinariamente llamamos concepto del objeto, idea de la cosa, palabra interna, como decían los Escolásticos, los cuales daban también a esta representación intelectual del objeto como conocido, el nombre de razón de la cosa, noción, concepción, noticia, palabra del entendimiento, término mental: ratio rei, notio, conceptio, notitia, conceptus, verbum mentis, terminus mentalis, y finalmente, para significar su diversidad y oposición relativa a la idea impresa, le daban el nombre de idea expresa, idea, species expressa.

4ª La idea impresa puede apellidarse principio formal de la intelección o acto del entendimiento: es principio, porque determina y mueve objetivamente al entendimiento para que ejercite su actividad sobre este objeto más bien que sobre aquél, es decir, sobre el objeto representado en la idea impresa: es principio formal, porque es como la forma que determina al entendimiento, el cual por sí mismo está indiferente para aplicarse al objeto A, o al objeto B, indiferencia que es removida por la idea impresa, que no es otra cosa que la representación intelectual de tal o tal objeto bajo la forma de universalidad. Por el contrario, la idea expresa se compara a la intelección como término; porque así como la palabra hombre es el término o producto del lenguaje oral, así el concepto o idea de hombre es el término o producto del acto con el cual el entendimiento percibe este objeto. Colígese de aquí, que el modo con que la idea expresa representa el objeto es más claro, más explícito y perfecto, que el modo con que el mismo objeto es representado por la idea impresa, por lo mismo que ésta representa el objeto como cognoscible, al paso que la expresa lo representa como conocido ya actualmente. [389]

5ª Cuando se dice que las ideas son adquiridas y producidas en nosotros por el entendimiento agente, se sobreentienden las ideas impresas, siendo, como es, incontestable que las expresas todas, sin excepción, son producidas por el entendimiento posible, puesto que acompañan inseparablemente el acto de entender como término del mismo. De aquí se infiere, que para los que no admiten la existencia de las ideas impresas, el problema relativo a las ideas innatas carece hasta de sentido; porque es a todas luces evidente e innegable para todo filósofo que no confunda e identifique la idea con el objeto, como Mallebranche, que las ideas expresas de los Escolásticos, las mismas que los modernos llaman simplemente ideas, son, o un efecto del acto intelectual, o el mismo acto intelectual, y que por consiguiente carece hasta de sentido el discutir si son innatas. Luego la cuestión de las ideas innatas sólo pude referirse a las ideas impresas, las cuales anteceden al acto con que se conoce el objeto. Luego es un contrasentido en buena filosofía proponer siquiera el problema de las ideas innatas, después de haber negado la realidad de las ideas impresas, y su distinción de las expresas.

EL PROCESO DE LA TENTACIÓN

Con la intención de auxiliar para hacer un buen examen de conciencia antes de confesarse.

Proceso de la tentación

Proceso de la tentación. Para no confundir la tentación con el pecado y gobernarse rectamente en la práctica, es preciso tener en cuenta que en el proceso de la tentación pueden distinguirse tres momentos principales 4.

1º. Sugestión, o sea, mera representación o idea del mal, aparecida en la imaginación o en el entendimiento. En esta primera representación —por muy mala, pertinaz y duradera que sea—no hay todavía pecado, puesto que la voluntad no ha intervenido todavía para nada.

Ya se comprende, sin embargo, que la voluntad debe actuar rechazando esa sugestión tan pronto advierta el entendimiento que es mala y rechazable. Si la voluntad se mostrara indiferente ante ella, podría incurrir en un verdadero pecado, como hemos explicado al hablar del consentimiento. Pero la simple mala sugestión o representación de suyo nunca es pecado antes de la intervención de la voluntad.

2º. Delectación o complacencia indeliberada. Es muy frecuente que de la simple sugestión o representación mala—sobre todo si es viva, interna y prolongada—se origine connaturalmente cierta complacencia o delectación, e incluso una impresión orgánica agradable o conmoción sensible natural y espontánea. Tampoco en esto consiste todavía el pecado mientras no intervenga la deliberación de la razón y el consentimiento de la voluntad, porque ese movimiento sensible, natural y espontáneo, no es deliberado ni libre.

3º. Libre consentimiento de la voluntad. Después que el entendimiento percibe la mala sugestión y la delectación sensible que ha despertado en el apetito juntamente con su malicia, si la voluntad rechaza en seguida ambas cosas, no hay pecado todavía; porque el pecado no está en sólo el entendimiento ni en la espontánea inclinación del apetito sensitivo, sino en la voluntad libre que se adhiere al mal. El pecado se inicia cuando el entendimiento advierte la maldad de la sugestión, pero sólo se realiza o consuma cuando la libertad da su libre aceptación o consentimiento, o sea, cuando admite, aprueba o retiene con complacencia aquella mala sugestión.

 Modo de vencer las tentaciones. En la lucha y estrategia contra las tentaciones podemos distinguir tres momentos:

  1. ANTES DE LA TENTACIÓN el alma debe vigilar y orar (Mt. 26,41) para no dejarse sorprender por el enemigo. Debe huir de las ocasiones de pecado y evitar la ociosidad, que es la madre de todos los vicios. Y debe depositar su confianza en Dios, en la Virgen María y en su ángel de la guarda, que pueden mucho más que el demonio tentador.

  2. DURANTE LA TENTACIÓN ha de resistirla con energía apenas se produzca, o sea, cuando todavía es débil y fácil de vencer, ya sea directamente, haciendo lo contrario de lo que la tentación propone (v.gr., alabar a una persona en vez de criticarla); ya indirectamente (v.gr., distrayéndose, pensando en otra cosa que absorba la mente). Este segundo procedimiento es el más eficaz tratándose de tentaciones contra la fe o la pureza.

  3. DESPUÉS DE LA TENTACIÓN ha de dar humildemente las gracias a Dios si salió victoriosa; arrepentirse en el acto, si tuvo la desventura de sucumbir, y aprovechar la lección para sucesivas ocasiones.

En caso de duda, sobre si se consintió o no, debe hacerse un acto de contrición, por si acaso, y acusarse en la confesión de esa falta como dudosa.

De la Teología Moral de Royo Marín, IIº edición, 1958, BAC

SANTA HILDEGARDE Y LA VISIÓN DEL ANTICRISTO

Santa Hildegarde y la visión del Anticristo

SCIVIAS

(Liber IIIVisio XI) 10

Leer introducción de CARLOS A. DISANDRO 

santa-hildegarda3(709) Luego vi hacia el aquilón, y he aquí que allí se erguían cinco bestias. De ellas una era como un can ígneo, pero no quemante; otra como un león de color rojizo, la tercera como un caballo pálido, la cuarta como un negro cerdo y la quinta como un lobo grisáceo, y se inclinaban hacia occidente. Y en occidente frente a esas bestias apareció como una colina que tenía cinco puntas, de modo que desde la boca de cada bestia se extendía una cuerda hasta cada      una de esas puntas, todas de un color casi negro, sobre todo aquella cuerda que  se tendía    desde la boca del lobo, que por una parte parecía negro y por otra blanco. Y he aquí que en oriente aquel joven que había visto primero erguido sobre el ángulo de unión en aquel edificio luminoso y de ricas piedras, vestido con una túnica purpúrea, otra vez lo vi sobre el mismo ángulo, pero  se presentaba desde su  cintura hacia abajo, de modo que desde la cintura hasta   la pelvis refulgía como una aurora, y había allí como una lira con sus cuerdas, colocada en posición transversal; desde este lugar hasta los talones de sus pies se presentaba de color sombrío, y desde aquí y todo a lo largo de sus pies, con un color más blanco que la leche. En cambio aquella mujer que había visto frente al altar —que está ante los ojos de Dios— ahora también se me presentó de nuevo, de modo que también la contemplaba desde su cintura hacia abajo. Desde la cintura a la pelvis tenía variadas y escamosas manchas. En la pelvis apareció una monstruosa cabeza de color renegrido, con ojos de fuego, orejas de asno, fauces y narices  de león, que rechinaba sus dientes, horribles y de hierro como si los estuviera aguzando horriblemente. Pero desde esa cabeza hasta sus rodillas aquella imagen era blanca y rojiza y como golpeada por mucha contrición. Y desde las rodillas mismas hasta las dos franjas  que  pare- cían blancas y tocaban de un modo transversal el talón de los pies por la parte superior, aparecía de un tono sanguinolento. Y he aquí que aquella monstruosa cabeza comenzó a moverse   de su posición de modo (710) que la imagen toda de la mujer en todos sus miembros a partir     de allí se estremecía. A esa cabeza estaba unida una enorme masa de copiosísima inmundicia, por la que como si se elevara sobre un monte intentaba ascender las alturas del cielo. Pero de pronto aconteció como el golpe de un trueno y sacudió con tanta fuerza a dicha cabeza, que   cayó de aquel monte y expiró en la muerte. Por lo que súbitamente una niebla fétida envolvió todo el monte, y en ella la cabeza se entremezcló con tanta inmundicia que los pueblos que miraban se sintieron tomados por un gran temor, mientras la misma niebla permaneció  un tiempo más cubriendo el monte. La gente circunstante, al contemplar esto, decía entre sí, sacudida por el terror: ¡Ay! ¿Qué es esto? ¿Qué significa esto para nosotros? ¡Desdichados de nosotros! ¿Quién nos ayudará, quién nos librará de esto? No sabemos cómo hemos sido engañados. Dios omnipotente, ¡apiádate de nosotros! Retornemos pues, retornemos; cumplamos el testamento del Evangelio de Cristo, ya que, ¡ay!, hemos sido engañados amargamente. Y  he  aquí que los pies de la mujer antedicha comenzaron a ponerse blancos, difundiendo un esplendor más brillante que el esplendor del sol. Y oí una voz del cielo que me decía: Aunque todas    las cosas que existen en la tierra tienden a su fin, de modo que el mundo, dispuesto por defecto  de sus fuerzas al cumplimiento de su destino, por la multitud de fatigas y calamidades ya se incline  hacia su término,  sin embargo la Esposa de mi Hijo, abrumada de fatigas en sus hijos,    de ningún modo será quebrantada ni por los preanuncios del hijo de perdición, ni por el mismo autor de perdición, aunque sea atacada por todos ellos. Ella hacia el fin de los tiempos, afirmándose con mayor robustez y fuerza, recobrará mayor belleza y diafanidad, ya que de este  modo se encamina al abrazo de su amado más suave y dulcemente. Todo lo cual lo indica místicamente esta visión que contemplas. Pues diriges tu mirada hacia el aquilón, y allí se yerguen cinco bestias que son en los deseos carnales, por los que no cesa la mancha del pecado, cinco ferocísimas épocas de los reinos temporales que se gozan ferozmente en sus excesos. Una es como un perro ígneo, aunque no ardiente, porque el curso de esos (711) tiempos tendrá hombres dedicados a despedazar su propia sustancia; ellos mismos, en su propia estimación, se tendrán como fuego, pero en la justicia de Dios serán considerados  carentes de  ardor.  Otra  como un león de color rojizo, porque aquella época producirá hombres belicosos, que promoverán muchas guerras por cierto, pero en ellas no respetarán la rectitud de Dios; y su color rojizo indica que esos reinos comenzarán a caer en la fatiga de su propia debilidad. La siguiente  como un caballo pálido, porque  en esos tiempos habiendo trocado los hombres la  práctica de   las buenas virtudes, serán completamente lascivos, en medio de un diluvio de pecados y de un insaciable placer, hasta que el corazón de aquellos reinos se estremezca en la palidez  de su  propia ruina, porque entonces perderá el color de su fortaleza. Otra bestia en cambio es como    un cerdo negro, porque esa época tendrá gobernantes que promoverán la negrura de una gran tristeza, envolviéndose ellos mismos con la podre de la inmundicia, o sea, olvidando la ley divina en la interminable contradicción de sus fornicaciones y de  otras abominaciones semejan-  tes, maquinando además muchos desgarramientos de los divinos mandatos coherentes con la santidad. Luego el lobo de color grisáceo, porque en aquellos tiempos sufrirán los hombres muchas rapiñas tanto en el manejo del poder como en otras coyunturas que ellos mismos gestarán para sí. No se mostrarán pues en sus versatilidades ni blancos ni negros, sino grises, mientras que en sus contiendas y divisiones derribarán las cabezas de aquellos reinos, porque entonces llegará el tiempo del irrefrenable apetito de mucha gente, cuando el error de los errores se erija desde el infierno hasta el cielo, tanto que los hijos de la luz serán puestos en los tormentos  de su propio martirio, por no negar al Hijo de Dios y por rechazar al hijo de perdición, que in- tentará con artes diabólicas hacer cumplir su voluntad. Y estas bestias se inclinan hacia occidente, porque estos tiempos de caducidades siguen la ruta  del sol que muere, ya que así como    él nace y cae, así ocurre con los  hombres.

santa-hildegarda2También allí en occidente, frente a las bestias, preséntase como un monte que tiene cinco puntas, porque en aquellos mismos decursos temporales el manejo del poder se dispondrá según carnales concupiscencias según se muestra en la expresión de esas cinco elevaciones, de modo que de la boca de cada bestia se extiende una cuerda hasta cada una de esas puntas. Y porque desde el comienzo de aquellos tiempos se orientará la condición de cada momento según el ejercicio de cada poder, es decir, de cada altura, todas las cuerdas son de color negruzco, excepto aquella cuerda que se extiende desde la boca del lobo, la cual parece en parte negra y en parte blanca, ya que esos detalles corresponden a la cambiante contumacia del placer   en los hombres. Y en cuanto al tono negro advierte sobre la voracidad de la rapiña, que ha de promover muchas iniquidades, de tal modo sin embargo que en todo lo que acontezca según     esa misma iniquidad, marcharán en la total pureza de la justicia quienes por sí mismos se opongan a los aterradores milagros del hijo de perdición, tal como Job, mi servidor, 1o muestra del varón justo que cumple la Justicia, cuando dice: “El inocente será suscitado contra el hipócrita, y mantendrá el justo su  camino y añadirá fortaleza a sus manos puras” (Job 17, 8-    9). O sea, quien es inocente de todo obrar culpable, esto es (712) de homicidio, fornicación y otras obras malas semejantes, como una ardiente chispa se levanta contra aquél que siempre miente en sus obras ¿Cómo? Porque aquél habla de miel, pero devora veneno, y llama amigo a quien como a un enemigo ahoga, o sea, suenan dulces palabras, pero dentro de sí ocultan la malicia, y cuando habla al amigo con dulzura, procura matarlo con sus insidias. Pero quien usa una vara para ahuyentar de sí mismo indignas bestias, según recto camino de su corazón, tiene también diáfanos caminos ante el sol refulgente, porque él mismo resulta clara chispa y diáfana luz en Dios, como una fulgente antorcha,  y por eso rodeándose de  muy fuertes y purísimas  obras, les contrapone un fuerte escudo y una espada eficaz, apartando de sí los vicios y practi- cando las virtudes.

Por lo que también aquel joven que habías visto hacia el oriente sobre el ángulo de unión de un edificio diáfano y de ricas piedras, vestido de túnica purpúrea, sobre el mismo ángulo lo ves de nuevo, porque, oriente de la justicia, el Hijo del Hombre es el que establece la fortaleza    de la unión entre la ciencia especulativa y el obrar humano, según la bondad del Padre que edifica hacia lo alto, en cuanto el mismo Hijo del Hombre,  según voluntad de su Padre,  derramó    su sangre para salvación del mundo (tal como ya te fue mostrado), también allí él mismo, sentado en ese caso, una vez más se te manifiesta sobre esa misma altura, mediante los misterios    de sus milagros para confirmación de la Verdad.  Ahora se te presenta  de la  cintura hacia  abajo, porque a partir de la fortaleza de sus miembros, es decir sus elegidos, donde el mismo Esposo de la Iglesia mantiene su vigor hasta que aquellos se completen, ves muchos signos admirables y oscuros. Es decir, de modo que desde la cintura hasta la pelvis refulge como una aurora; porque a partir de aquella perfección, como que ya sus miembros fieles tienen la perfección de la fortaleza, hasta el tiempo del hijo de perdición, que simulará ser varón de virtud,    (el Esposo) mostrará el fulgor de la justicia en la rectitud de los que devotamente lo honran.      Por eso allí se encuentra como una lyra con sus cuerdas, lo que significa en aquella persecución, por la que el hijo de iniquidad inferirá muchos tormentos a los elegidos, el gozo de los cánticos de aquéllos que ya por las crueles torturas se han librado de los nexos corporales y han alcanzado la paz.

Luego hasta los talones de sus pies el color sombrío, porque desde  la persecución que  habrán de padecer los fieles, suscitada por el hijo del diablo, hasta la doctrina de los dos testigos, es decir, Enoch y Elías, que apartarán las cosas terrenales y dirigirán sus esfuerzos a las  cosas del cielo, la fe de la Iglesia como institución habrá de encontrarse en duda, y los hombres llenos de tristeza dirán: “¿Qué es lo que se dice de Jesús? ¿Es al fin verdadero o no?” En cambio desde esa línea que por arriba toca los talones preséntase un color más blanco que la le-   che, cubriendo en forma total sus pies, lo que señala que desde el testimonio de aquellos dos testigos, abiertos a la expectación de los premios eternos, una vez abatido el hijo de perdición (713), el Hijo antes del fin del mundo resplandecerá en un fulgor muy diáfano y muy bello en     la Fe Católica, de modo que entonces sin dificultad la verdad será reconocida manifiestamente    y, la falsedad, propia del hijo de iniquidad, será borrada en todas las cosas, como lo atestigua David, mi servidor, cuando dice: “El rey empero se gozará en Dios, alabados serán todos los   que juran en él, porque ha sido tapada la boca de los que  profieren iniquidades” (Salmo 62,  12). Esto debe interpretarse: la profundidad de la ciencia que es la magna condición del hombre, es decir, que plasma la bella forma de las palabras con la voluntad y la dispensación divinas, alcanza estrecha armonía con el altar de Dios, porque conoce a Dios,  y  los beatíficos corren en la alabanza de sus mentes hechas de música, haciendo templar el sentido de las palabras en la purísima fuente del fortísimo dominador, cuando en esos tiempos de perdición se destruyan las fauces que lanzan silbidos de artes diabólicas, para manchar torpemente la mente de los hombres.

Además aquella imagen de mujer que habías contemplado anteriormente frente  al  altar, que está ante los ojos de Dios, ahora de nuevo aquí se te aparece: porque la Esposa del Hijo     de Dios, que clama con las purísimas oraciones de los Santos, y las ofrece devotamente a quien las escruta en lo más alto, según lo que te fue mostrado, ahora también se te manifiesta en los mismos signos a manera de confirmación de la justicia; de modo sin embargo que sólo la ves desde la cintura hacia abajo. Porque ella misma se te manifiesta, según el carácter de aquella obra, con la que se va constituyendo por ministerio de la dignidad eclesiástica hasta la plenitud   de sus hijos en los misterios de incontables milagros para amparo de muchos. Pues desde la cintura a la pelvis tiene variadas y escamosas manchas; lo cual significa que desde aquella fortaleza por la cual tiene vigor de un modo digno y admirable solamente en sus hijos,  hasta  aquel tiempo en que el hijo de perdición intentará llevar a cabo sus artes, que el diablo insinuó     a la primera mujer, comportará de un modo lamentable y digno de compasión la variedad y el rigor en medio de la oposición de muchos vicios, tanto en los males propios de la fornicación como en otros mortíferos y destructores. ¿Cómo? Porque aquéllos que debieran amarla, la perseguirán sin descanso.

Por lo cual aparece también en la pelvis esa cabeza monstruosa y renegrida, porque con  artes, similares a las de la primera seducción, irrumpirá la enajenación del hijo de perdición, en monstruosas degradaciones y en tenebrosas iniquidades. Con ojos de fuego, orejas de asno y fauces de león, porque difundirá las energías de un fuego nefastísimo que trastorne, y esparcirá sonidos abominables de contradicción, para que los hombres nieguen a Dios, infundiendo en  todos los sentidos un hediondísimo contacto, desgarrando lo que está establecido en la  Iglesia  con crudelísima rapacidad y rechinando con sus horribles  fauces y aguzando horrorosamente  sus dientes horribles y como de hierro, porque con la voracísima abertura de los vicios impondrá de modo cruel a quienes lo consientan la fuerza y la locura de sus fauces. Y desde esa cabe-  za hasta sus rodillas alba y rojiza y como golpeada por mucha contrición, porque desde el momento de aquellos funestísimos desvíos con que el hijo de perdición intentará primeramente con astucia atractiva y suave seducir a los hombres hasta (714) el tiempo aquel en que intentará doblegarlos y someterlos de modo más cruel, la Iglesia confortará en sus hijos la blancura de la verdadera Fe, pero en ella soportará la angustia de una parálisis sangrienta y las mayores llagas   de las diversas pasiones. Pero desde las rodillas hasta aquellas dos franjas que de modo transversal tocan los talones de sus pies y son de color blanco, aparece de un tono sanguinolento, porque habiendo ya sufrido lo que será el ímpetu de aquella opresión, hasta el momento de los  dos testigos de la verdad, que fortalecerán a la Iglesia y mostrarán, estando ya próxima la consumación del mundo, el fulgor de la justicia y la rectitud, la Iglesia padecerá malvadísimas persecuciones y crudelísimas efusiones de sangre, en aquellos que habrán de rechazar al hijo de perdición. ¿Por qué? Cuando el hijo de perdición haya ya consolidado con engaños la confianza y el apoyo en su doctrina contraria a la Fe, entonces también la Iglesia, en el final de su carrera, será bañada con nobilísima sangre; ella estará completando en forma definitiva su mansión celestial. Pues vosotros, oh ámbitos de Jerusalén, resplandeceréis entonces en el  oro sublime por la sangre de los Santos, ya que entonces el diablo será aniquilado, porque ha perseguido a los miembros del reino celeste, de modo que con antelación al grande terror de su parte podemos decir que está reducido a la  nada.

santa-hildegardaPero, oh vosotros hombres, que deseáis habitar en esos ámbitos, huid de él y adorad a Dios que os creó. Pues en seis días completó Dios su obra y en el séptimo descansó de su operar. Y  esto ¿qué significa? Seis días son seis números del tiempo; pero en el sexto nuevos milagros se añadieron al mundo, de modo que en el sexto día Dios completó su obra. Ahora empero el mundo, en el séptimo número del tiempo, está como en el día séptimo. ¿Cómo? Los Profetas   han completado sus voces, mi Hijo también ha cumplido hasta el fin mi voluntad en el mundo,    y abiertamente el Evangelio ha sido predicado por todo el mundo. Éste, el Evangelio, aunque     en medio de mucha diversidad de costumbres entre los hombres, sin embargo bien fundado por mí, persiste a través del tiempo de los tiempos del número pleno y a través de un complemento   de años en esos tiempos del mismo número pleno. Pero ahora la católica Fe vacila en los pueblos y en los hombres declina el Evangelio; y asimismo los fortísimos volúmenes que doctores probadísimos concentraron con mucho estudio, se disipan con el torpe tedio, y se ha entibiado    el alimento de vida de las Sagradas Escrituras. Por eso hablo por medio de una persona que no profiere según su propia ciencia de las Escrituras y que no ha sido formada por ningún terrenal maestro. Sino Yo que  Soy proferiré por ella  nuevos  secretos y  muchas cosas místicas que  hasta ahora permanecieron ocultas en esos volúmenes, como hace el hombre que prepara primero la arcilla y luego con ella plasma algunas formas según su   voluntad.

Oh doctores capaces de alcanzar verdadera experiencia, redimid vuestras almas y proclamad con fuerza este discurso, y no seáis incrédulos ante él, porque si lo despreciáis, Me des- preciáis a mí que soy veraz. Pues vosotros debéis nutrir a mi pueblo según mi mandato, vuestra misión es cuidarlo durante todo el tiempo prefijado a esa vigilancia.  Pero  a  partir  de  este tiempo tenéis los tiempos de los tiempos según prefijada determinación y ya estáis corriendo hacia aquel tiempo (715) en el que vendrá el hijo de perdición. Recobrad vigor y fuerza, elegidos míos, y precaveos de no caer en el lazo de la muerte; erguid empero el estandarte de estos discursos y lanzaos contra el hijo de iniquidad. Pues en el error de aquellas sendas que anticipan y siguen al hijo de perdición, a quien vosotros llamáis el Anticristo, imitad los pasos de   aquél que os enseñó el camino de la verdad, cuando por la Encarnación apareció en el mundo, lleno de humildad y no de soberbia. Oíd pues y entended. El Espíritu previene  a  la  Iglesia  acerca del tiempo del novísimo error. La  muerte irrumpirá en la Iglesia, en la misma hora que   en el fin de los tiempos el maldito, el hijo de la maldición, llegue, que es maldición de maldiciones, como lo atestigua mi Hijo en el Evangelio a propósito  de la ciudad  del  nefastísimo  error: “¿Y tú Capharnaum, crees que serás exaltada hasta el cielo? Hasta el infierno descenderás” (Mateo, 11, 23). Esto significa: Oh antro de iniquidad, fosa de fingimiento, que exhibes alas de simulación de todos los hipócritas, cómo podrías permanecer en la cúspide del templo,     si tu ojo está dedicado a contemplar las maldades de todos los vicios, que ocultan la lumbre ardiente en la inmundicia, mientras proclaman: ¿Quién es semejante al parricida en la hipocresía, a quien los estultos llaman dominador? ¿Podrías acaso tener el cielo en los milagros de sus signos, mientras tiñes tu dedo en el báratro? ¿Cómo? Tus obras reclaman el fondo del infierno,  en cuya voracidad una vez absorbidas yacerás tú también, porque también el hedor infernal lo vomitará y en él el mundo verá la amargura de la muerte en quien es perdición de perdiciones.

La cabeza sin embargo no puede existir separada del vientre y de todos los demás miembros. Cabeza de la Iglesia es el Hijo de Dios, el vientre y todos los demás miembros es la Iglesia con sus hijos. Pero la Iglesia no está aún completa en sus miembros y en sus hijos, sino que   en el novísimo día, cuando se complete el número de elegidos, entonces la Iglesia estará también plena. Pero también entonces en el último día acontecerá una confusión en toda la redondez del mundo. Cuando Yo, Dios, purifique  los cuatro elementos junto  con aquello que es  mortal en la carne del hombre, será también entonces pleno el gozo en el retoño de la Iglesia.  Pues tal como se ha dicho, en seis días Dios llevó a cabo sus obras. Cinco días son cinco números del tiempo, en el sexto fueron manifestados en la tierra nuevos milagros, ya que el sexto día fue formado el primer hombre. Pero ahora el número seis ha terminado y hemos entrado en el número séptimo, en el cual está colocado el curso del mundo como en el séptimo día del des- canso, porque aquel trabajo que los fortísimos doctores tuvieron en la profundidad de los sellos cerrados de las Santas Escrituras, ahora abiertamente manifestado, debe ser proferido abierta- mente con palabras cuidadosas, como son las palabras de este libro, según corresponde al séptimo día de descanso. Pues seis días cuadran a la obra, y el séptimo al descanso. No hay otro número para el tiempo y lo que se sigue para ti, oh hombre, no conviene inquirirlo, pertenece al secreto del Padre. Pero vosotros, humanos, a partir de este tiempo advertid: en vuestro curso tenéis el tiempo de los tiempos antes que venga aquel homicida, que querrá pervertir la Fe católica. Lo que empero acontezca después (716) no es para vosotros ni tiempo ni momento de saberlo, como tampoco podéis saber qué sea después de los siete días de la semana; solamente el Padre conoce esto y él ha puesto todo eso en su inviolable potestad. En cuanto a los días de la semana o sobre el tiempo de los tiempos de este siglo tampoco debes inquirir más, oh hombre.

Después de los cinco números de este eón produje empero para el mundo milagros celestiales. Y así como en esos cinco días la otra creatura, anterior al hombre, había sido creada, la  cual está sometida al hombre, así también la plenitud de los infieles y de los judíos se  manifestó primeramente y las diversas contradicciones en los diversos males, tanto del pueblo gentil como del judaico pudieron difundirse; cumplieron sus sudores ya la ley y la profecía y todos    los pueblos habían sido probados tanto en los males como en los bienes, antes que mi unigénito recibiera su carne de una Virgen.  Pues no hubiera sido posible determinar su advenimiento,  si  no hubiesen estado anticipadas todas estas cosas, de modo que en Él toda justicia fuera proba-  da, y toda injusticia declarada escándalo por Él. Porque si mi Hijo hubiese llegado antes, ello hubiera sido una acción carente de sabiduría, como obraría sin prudencia aquel hombre que quisiera recoger su cosecha antes que madure. Y si su Encarnación hubiese sido dilatada hasta    el fin del mundo, entonces hubiese venido de modo súbito, a manera de un cazador de aves que las aprisiona con engaños, sin que ellas sepan de qué modo entraron en la red. En  cambio mi  Hijo llegó en el tiempo en que como ocurre con el día, éste después de nona tiende a vísperas,      o sea, cuando el máximo vigor de la luz comienza a decrecer y comienza a advertirse el frío.     Así después de los cinco números del mundo, mi Hijo se hizo presente en el mundo, cuando el mundo comienza a correr ya hacia el ocaso. ¿Para qué entonces? Él mismo en efecto con su venida entreabrió la médula de la ley, cuando convirtió en vino el agua de la ley, cuando hizo brotar en incontenible fluir todas las virtudes, lo que se completó con su venida en tiempo tan oportuno, de modo que las virtudes de la Iglesia, que el Espíritu Santo encendió, se consolidaran con inquebrantables raíces en los hombres y que la virginidad que Él mismo exaltó se multiplicara y se extendiera en maravillosas simientes de   flores.

El enajenado homicida sin embargo, o sea el hijo de perdición vendrá en brevísimo tiempo; cuando ya el día comienza a declinar, latente el sol en el ocaso, cuando ya cae el novísimo  tiempo y el mundo deja su connatural plenitud. Oh fieles míos, oíd empero este testimonio e inteligidlo con devoción para cautela vuestra, no sea que por ignorarlo el error de ese destructor, al llegar repentinamente, os precipite en la ruina de la infidelidad y de la perdición. Por  donde revestid ahora las armas (de la Fe) y, advertidos de antemano de este modo, preparaos    con recursos fidelísimos para una batalla muy intensa. Pues cuando  haya  advenido  aquel  tiempo en que el nefastísimo trastornador nazca con todos sus horrores, aquella madre que dará    a luz a este tentador del mundo, desde su adolescencia, en edad de su niñez, colmada de vicios  por muchas artes diabólicas, será alimentada en el desierto de la abyección entre nefandísimos hombres, sin saber sus progenitores que ella allí permanece ni con quienes cohabita, porque el diablo la persuadirá encaminarse a ese lugar; y engañándola como si fuera un ángel santo habrá de prepararla allí según su voluntad. Ella entonces (717) se separa de  los humanos,  para que tanto más fácilmente pueda disimularse, por lo que también se mezcla ocultamente por nefastísimo latrocinio de fornicación con algunos aunque pocos varones, se mancha con ellos en un insaciable afán de turpitud, como si un ángel santo le ordenara completar aquel fervor de todas  las maldades. Y así en el ferventísimo fuego de aquella impureza concibe al hijo de perdición,  sin saber de qué semen entre aquellos varones lo haya concebido. Pero Lucifer serpiente, o sea,  la antigua delectación en esta turpitud, según un justo juicio mío, insuflará con sus artes este embarazo, y lo poseerá con todas sus influencias en el vientre de aquella madre, de modo que aquel trastornador provendrá del vientre de su madre ya colmado de espíritu diabólico. Luego  ella evita la acostumbrada  fornicación y dice abiertamente al pueblo necio y sin saber alguno  que no cohabita con varón alguno y que no conoce al padre de su hijo. Y en cuanto a la impureza consumada, la llamará santa. Por lo que también el pueblo la considera y la llama santa.

De este modo el hijo de perdición se nutre con artes diabólicas hasta una edad ya crecida, siempre substrayéndose a todo el pueblo que él conoce. Su madre sin embargo lo muestra entretanto con ciertas artes mágicas tanto al pueblo que adora a Dios, como al incrédulo, de modo que todos lo vean y lo amen. Cuando él haya llegado a la plena edad, enseñará ostensiblemente una doctrina contraria (a la Fe) y luchará de este modo contra Mí y mis elegidos, después de haber consolidado una extraordinaria capacidad, tanto que en sus magnos poderes se atreva a elevarse sobre las nubes. Pues Yo, con justa determinación, permito que él ejerza su voluntad sobre diversas creaturas, porque así como el diablo dijo al comienzo: “Seré semejante al Altísimo”, y cayó, así también permito que el mismo diablo en el novísimo tiempo caiga, cuando él mismo diga por boca de su hijo: “El salvador del mundo soy yo”. Y así como todos los eones   de fieles creaturas conocieron que Lucifer fue mentiroso,  cuando en el comienzo de los días  quiso hacerse semejante a Dios, así también todo hombre fiel verá que el hijo de iniquidad es mentiroso, cuando antes del novísimo día se haga semejante al Hijo de   Dios.

arrioÉl mismo es en efecto una pésima bestia, asesino de los hombres que lo rechazan, y socio    de reyes, duques, príncipes y ricos, diestro en el menosprecio de la humildad y en la exaltación   de la soberbia, tirano en toda la redondez de la tierra por medio de sus artes diabólicas. Pues su poder alcanza hasta las regiones del viento, de tal manera que parece excitar el aire, hacer bajar fuego del cielo y producir rayos, truenos y granizo, abatir montes, desecar extensiones de agua, quitar a los bosques su verdor y devolverles otra vez la savia de sus follajes. Exhibe esos engaños en diversas creaturas, o sea, en la humedad, el verdor o la aridez de ellas. Además no cesa    de practicar sus confusiones en los seres humanos. ¿Cómo? Parecerá en efecto causar la enfermedad en los sanos y la salud en los enfermos, arrojar demonios y a veces hacer resurgir a los muertos. ¿Cómo? En efecto, cuando se haya retirado de la vida alguien, cuya alma está en realidad en poder del mismo diablo, con el cadáver de aquél, como dije separado de la vida, (718) por permisión Mía, pondrá de manifiesto sus engaños, haciendo por ejemplo se mueva ese cadáver como si fuera un viviente, lo que sin embargo le será permitido hacer por brevísimos momentos y no por mucho tiempo, de modo que no sea posible por un pretexto semejante burlarse o tener por inexistente la gloria de Dios. Algunos viendo esto confiarán en él; otros en cambio aunque querrán conservar la primitiva Fe, optarán siempre por él para que les sea propicio. A  los cuales no queriendo herir con demasiada dureza, les enviará algunas enfermedades. Entonces, después de haber procurado remedio y auxilio de los médicos, no  podrán curarse y recurrirán a él, intentando saber si puede curarlos. Al ver que vienen hacia él, les suprimirá la debilidad que él mismo les había ocasionado. Por lo que estimándolo sobremanera, creerán en él. Y así muchos serán engañados, porque ellos mismos entenebrecen los ojos del hombre interior, por los cuales habrían debido retornar su mirada hacia Mí, queriendo conocer  por el examen de su inteligencia, como en una cierta novedad, lo que ven con los ojos exteriores, o que palpan con las manos, menospreciando aquellas cosas invisibles que en Mí perduran,   y que deben ser contempladas por la verdadera Fe. Porque los ojos mortales no pueden verme, sino que en plena obumbración muestro mis milagros a quienes Yo deseo. Nadie empero Me  verá jamás mientras perviva en cuerpo mortal, sino en la sombra de mis misterios, tal como le dije a Moisés, mi servidor, según está escrito: “No me verá el hombre y podrá seguir viviendo” (Éxodo, 33, 20). Es decir, el carácter propio de mortalidad en quien está en la vida mortal impide que dirija su mirada al fulgor de mi divinidad, de tal modo que pueda conservar la vida mortal en la ceniza incorruptible, mientras sigue en el cambio del tiempo que pasa, que deje     una vida y se pase a otra. Porque todo  lo  que vive ha  sido consolidado por Mí y  porque Yo  vivo y en Mí no hay mudanza alguna. Pues así como el mosquito no puede vivir si se echa en     la llama del fuego, así tampoco el hombre mortal podría subsistir si viera el resplandor de mi divinidad. Pero Yo, mientras los hombres están inmersos en la pesadez de su mortalidad, me presento en la obumbración, tal como un pintor que hace ostensible a los hombres aquellas cosas invisibles, por medio de las imágenes de su pintura. Porque, oh hombre, si me amaras, te abrazaré y te haré sentir mi calidez con el calor del Espíritu Santo. Pues si me contemplas con buena intención y tratas de conocerme en tu Fe, entonces yo también  estaré  contigo.  Pero los que me desprecian, se entregan al diablo, porque no quieren conocerme. Por donde yo también  los excluyo.

A ésos empero el diablo los engaña y trastorna del modo que quiere, de tal manera que éstos piensan que es verdadero todo lo que les muestra. Y el diablo les infunde esta misma capacidad de engaño, siempre que confíen en él, de modo que estos hombres, según voluntad propia, engañosamente practican para los otros hombres diversos portentos en las creaturas, según   el poder de estas mismas artes diabólicas. Pero sin embargo no pueden transmutar a otra condición ni los elementos ni las restantes creaturas que han sido creadas por Dios, sino que sola- mente por medio de fingidos resultados, para quienes creen en ellos, pueden plasmar ciertas realidades terribles como si fueran nieblas fugaces. Pues también Adán por codiciar más de lo  que debía tener, (719) perdió la gloria del paraíso;  así  también ésos  dejan la visión y la audición del hombre interior, porque abandonan a Dios y rinden culto al   diablo.

Según estas características el hijo de perdición practica la ilusión de sus artificios en los elementos, mostrando en ellos belleza, dulzura y suavidad acorde con la voluntad de los hombres a quienes engaña. Pero este poder le está permitido,  para  que  los fieles disciernan en la recta Fe, porque el diablo no tiene ningún poder sobre los buenos, sino solamente en los malos, un poder de muerte eterna. Pues todo lo que realiza ese hijo de la iniquidad, lo hace con tiranía, soberbia y crueldad, ya que no tiene misericordia ni humildad ni justicia; pero mediante su poderío y sus extraordinarias maravillas conmina a los hombres a que lo sigan, consigue la voluntad de muchos pueblos, diciéndoles que hagan libremente la propia voluntad, que no hagan penitencia en vigilias o ayunos, proponiéndoles que sólo amen a su dios, que simula ser él  mismo; que de este modo, liberados al fin del infierno, alcancen realmente la vida. Por donde aquéllos, engañados de este modo, dicen: “Ay de aquellos desdichados, que existieron antes de estos tiempos, porque torturaron su propia vida con tan crueles tormentos, sin conocer ¡ay! la piedad de nuestro dios”. Él en efecto les muestra sus tesoros y riquezas, y les permite vivir en     la gula según voluntad de cada uno, confirmando su doctrina con signos engañosos, de modo   que todos piensan que de ningún modo es menester disciplinar y castigar el cuerpo. Además les ordena observar la circuncisión y el judaísmo según las costumbres de los judíos, mientras que aquellos preceptos más duros de la ley, que el Evangelio convierte en gracia por la digna penitencia, los hace más laxos, conforme a la voluntad de cada uno. Y les dice: “Quien a mí se convierte, le son borrados sus pecados y vivirá conmigo eternamente”. También anula el bautismo y el evangelio de mi Hijo, y se  burla de todos aquellos preceptos que han sido tradición    de la Iglesia. Y sin cesar repite a los que le sirven, diciendo con diabólica burla: “Ved quién y  qué insano fue aquél que ordenó al pueblo simple observar esta conducta, engañándolo con sus mentiras. Yo en cambio quiero morir por vosotros y para vuestra gloria y luego resucitar de la muerte. Y así libraré a mi pueblo del infierno, para que desde entonces viváis conmigo en mi reino glorioso, que antes aquel mentiroso simuló que él fundaría”. Y luego dice a sus dilectos (seguidores) que lo traspasen con una espada y que lo envuelvan en una limpia túnica de lino hasta el día de su resurrección. Pero en realidad los engaña, de modo que piensen que ellos lo  han matado y han cumplido así  sus órdenes, para simular después que ha resucitado y proclamar una (nueva) escritura, colmada de terrible maldición, como si fuera la salvación de las al- mas. La entregará a los hombres como un signo, y ordenará que lo adoren. Y si algún fiel, por causa del amor por mi Nombre se negare, lo exterminará después de terribles  tormentos,  de modo que todos los que hubiesen visto esto o lo hubiesen oído sean conmovidos por un extraordinario estupor de admiración y de duda, según lo anticipa también Juan, dilecto mío, cuando dice: “Y vi una de sus cabezas, como herida de muerte, y esa herida de muerte le fue curada. Y  la entera tierra corría admirada detrás de la bestia” (Apocalipsis, 13, 3). (720) Lo  que  significa: Yo, que amo los misterios de Dios, vi al mentiroso y maldito que cercaba con    sus innumerables iniquidades toda la santa conducta de los santos y la atacaba con innumerables vicios. Él con la eficacia de sus fingimientos hará creer que ha derramado su sangre en una muerte violenta y que ha muerto. Pero no será una caída en su cuerpo, si no en una sombra engañosa, y será tenido por golpeado y muerto. De allí, siempre por el engaño de sus heridas fingidas, como si hubiera muerto, simula que él resucita del sopor de la muerte. Y así todos los hombres, en la totalidad de la tierra, frente al horror de este maldito, manifestarán un admirable   y terrible estupor, lo mismo que el pueblo que se sobrecogió ante el tamaño y la fuerza de Goliath, cuando lo vio delante suyo, preparado con sus armas para la batalla. Y tal como ves, las columnas de mis elegidos, tanto a causa de los tormentos, como por las contradicciones y los signos crueles y horribles, que provocará el hijo de perdición, parecerán sacudirse con un gran asombro, lleno de terror, profiriendo un gemido de dolorosa   angustia.

Pero yo enviaré mis dos testigos, que he reservado para este tiempo en el secreto de mi voluntad, o sea, Enoch  y Elías, para que ellos lo ataquen  y para que hagan retornar al camino   de la verdad a los extraviados. Ellos mostrarán a los fieles extraordinarias virtudes, por su fortaleza y su vigor, porque como las palabras, que en boca de cada uno de ellos sirven de testimonio, concuerdan entre sí, despertarán la Fe de los que oigan. Pues precisamente he reservado durante tanto tiempo estos dos testigos de la verdad, para que cuando ellos aparezcan, sus enseñanzas se afinquen en el corazón de mis elegidos y en consecuencia el germen de mi Iglesia subsista en medio de esta grande humillación. Y ellos dirán a los hijos de Dios, cuyos nombres están en el libro de la vida: “Oh vosotros, rectos de corazón y elegidos en la gloriosa alabanza    de una vida de beatíficas gracias, oíd y entended lo que os referimos con total fidelidad. Este maldito ha sido enviado por el diablo, para que conduzca al error las almas que se someten a     sus mandatos. Nosotros en efecto estábamos separados de este mundo, reservados en el secreto  de Dios, desconocidos para los hombres, de modo que no hemos estado en medio de esta desazón y esta angustia de los hombres. Pues para esto hemos sido reservados, y enviados a vosotros, para que contradigamos los errores de ese destructor. Ved si somos semejantes a vosotros    o en la estatura corporal, o en la edad”. Y todos los que quieran conocer y confesar al verdadero Dios, seguirán a estos dos ancianos, testigos veraces, y llevarán el estandarte de la justicia de Dios, abandonarán el inicuo error, ya que ellos mismos con magnas exultaciones de alabanzas resplandecerán delante de Dios y delante del pueblo. Recorrerán las aldeas, plazas y ciudades,     y todos aquellos lugares en que el hijo de perdición ha insuflado su maligna doctrina,  y harán   por todas partes muchos signos en el Espíritu Santo, de modo que todo el pueblo que los vea sentirá una gran admiración. Y precisamente se les concederán estos magnos signos, consolidados sobre firme roca, a fin de que sean rechazados aquellos otros signos contrarios y falsos. Pues así como el rayo enciende y quema, así también el hijo de perdición hará con su perversa iniquidad y su maldad (721) quemando a los pueblos con sus artes mágicas como con fuego del rayo. Pero Enoch y Elías con la recta doctrina como con el golpe de un trueno llenarán de te-   rror a sus secuaces y los derrumbarán, dando de este modo firmeza a   los fieles.

55078-25c325adndicePero también según permisión de mi voluntad habiendo al fin ellos mismos alcanzado su consumación por obra de aquél, recibirán el premio de sus trabajos en la vida celestial. Entonces habrán de caer las flores de su doctrina, porque sus voces ya no se oirán más en el mundo, pero mostrarán los buenos frutos en los elegidos, que rechazan las palabras y el odio del arte diabólica y que se afirman con seguridad en la esperanza de la heredad celeste, tal como Salomón lo muestra del hombre bueno y recto, cuando dice: “La casa de justo es multiplicada fortaleza, pero en los frutos del impío sólo hay conturbación” (Proverbios, 15, 6). Esto es: Estrecho el ámbito donde habita la contrición, pero no hay desdicha. Un especial reflejo del ojo de Dios está en el hombre recto, en el cual el mismo ojo ve la fortaleza de sus milagros como deseando una espada que corte.  En cambio en las acciones transcurridas, como  si  fueran frutos  del corazón soberbio que crecen, siendo que edifica ruinas con sus propios placeres, acontecerá aquella tristeza, porque el corazón soberbio no confía en una esperanza, que florece en la fertilidad celestial.

En cuanto a lo que ves, que la monstruosa cabeza se desplaza de su lugar con increíble estrépito, al punto que toda la imagen de la antedicha mujer se sacude por eso en todos sus miembros, señala cuando el hijo de perdición sobreelevando  su cabeza de iniquidad la levanta  con mucha arrogancia y soberbia, como si advirtiese un pequeño desfallecimiento de su con- natural maldad, de modo que concentre mayor desvarío, o sea queriendo ser exaltado por en- cima de todos, esto es, cuando sus engaños hayan de acercarse a su fin, toda la Iglesia en todos sus hijos, excelsos o humildes, será puesta en máximo terror, ante la vista de la locura de este orgullo (satánico). Y algo como una enorme masa de copiosísima inmundicia está unida a esa misma cabeza, por donde aquella parece erguirse sobre un monte e intentar ascender las alturas del cielo: porque las peores artes de diabólicas insidias, que aportarán una increíble impureza para asistir a ese mismo hijo de perdición, le suministran alas de soberbia y lo exaltan en presunción tan grande, que él mismo piensa que puede penetrar incluso los secretos celestiales.

¿Cómo? Pues cuando haya cumplido totalmente la voluntad del  diablo seductor, de modo que  por justo juicio de Dios no se le permita ya más acrecentar su poder de iniquidad y crueldad, concentrará a todos sus secuaces y dirá a los que creen en él que está dispuesto a irse al cielo.  Pero así como el diablo no supo que el Hijo de Dios habría de nacer para redención y salvación  de las almas, así este nefandísimo, cuando esté rodeado por la mortífera maldad de todos los males, no se dará cuenta que está por sorprenderlo el fortísimo golpe de la mano de Dios. Y he aquí que como el golpe de un trueno que llega de repente golpeará esa cabeza con tanta fuerza que la derrumbará de aquel monte y arrojará su espíritu a la muerte. Porque ésta será la manifestación del poder de Dios, que aplastará al mismo hijo de perdición con tanta energía y celo divino, congruente con aquella soberbia con la que se había erigido contra Dios, de modo que caiga ahora en el hondo precipicio de su orgullo; (722) y que habiendo llegado a su fin vomite    su aliento vital para la muerte de la eterna condenación. Porque así como terminaron las tentaciones de mi Hijo, cuando Él mismo, tentado, dijo al diablo: “Vete,  inmundísimo Satanás”, y  éste aterrorizado huyó, así también estas tentaciones que el hijo de iniquidad dirigirá contra la Iglesia, habrán de llegar a su término por cuidado  mío.

Y luego súbitamente una niebla hedionda envolvió todo el monte, y allí quedó la misma cabeza, rodeada de tanta inmundicia, que los pueblos circunstantes se sobrecogieron por un  gran temor. Porque un hedor de increíble impureza, intolerable e infernal colmó el lugar de aquella erección, en el cual el pésimo autor de aquellas maldades se enardecía con tanta in- mundicia y hediondez, que por justo juicio de Dios ni su inicio ni su fin se quiera tener en la memoria desde entonces. Porque aquellos pueblos, al ver el cadáver de aquél postrado en tierra    y sin habla, cubierto de increíble podredumbre, advertirán que han sido  engañados;  mientras tanto la niebla en torno al monte permanecerá un poco más todavía. Porque el hedor que en- vuelve aquella diabólica exaltación exhibe su inmundicia, para que los hombres, seducidos por   el malvado, al ver semejante hedor y podredumbre, se aparten de ese error y retornen a la ver- dad. Pues el pueblocurioso al ver esto, se sentirá sacudido por  un  gran temor,  ya  que el horror conmoverá a los que vean estas cosas con tal fuerza, que empezarán a  proferir lúgubres voces y lamentos llenos de lágrimas, y a decir que se habían extraviado    gravemente.

Y he aquí que los pies en la imagen  de  la antedicha  mujer muéstranse  resplandecientes, con un fulgor que supera el fulgor del sol: esto es, que el vigor del fundamento y el profundo sostén en la Esposa de mi Hijo mostrarán un brillo extraordinario de la Fe y exhibirán una belleza que supera toda la belleza de los resplandores terrenales, cuando abatido según se  ha di-  cho el hijo de perdición muchos de los que prevaricaron retornen a la verdad. Pero después del derrumbe de aquel impío, no les es lícito a los humanos averiguar cuándo habrá de acontecer el novísimo día en la disolución del mundo, porque no lo podrán saber, ya que el Padre lo ha mantenido en su recóndito secreto. Para el juicio pues, oh humanos, preparaos. Sin embargo tal como se ha dicho ya, el hijo de perdición con su padre el diablo y con todas sus artes será vencido en esos últimos tiempos por mi Hijo, fortísimo guerrero, y caerá con gran confusión, tal como los enemigos de Sansón que en prefiguración de este maligno fueron abatidos, como está escrito en la Historia Sagrada: “Y habiéndose sacudido violentamente las columnas, cayó la mansión sobre todos los príncipes y sobre la multitud que allí estaba. Y al morir mató muchos más de los que había matado cuando vivo”  (Jueces 16, 30, cf. caps. 14-16). Lo que significa:    Al Hijo de Dios, o sea al fortísimo Sansón estuvo unida la Synagoga. A ella él mismo le con- cedió aquel sentido oculto que estaba velado en el Antiguo Testamento, por medio de su admirable doctrina, entreabriendo para ella la interior dulzura de la ley, más fuerte que el león. Pero   la Synagoga lo entregó, haciendo que  fuesen objeto de burla sus misterios, sin querer indagar   en su doctrina, antes bien menospreciándola con gran despliegue de soberbia. Por lo que él mismo, conmovido, anticipó que el reino de Dios le sería quitado a la Synagoga y entregado a otro pueblo. Así después de innumerables prodigios se dirigió con crecida (723) multitud a la ciudad de Jerusalén, asesinada por la infidelidad de los que habían extendido sus vestiduras en    el camino, donde por medio de milagros les concedió lo que había prometido, precisamente a quienes lo había entregado su propia esposa, es decir, la Synagoga. En esa exaltación abandonó   a su esposa, cuando preanunció que su casa quedaría abandonada. El padre empero de esa es- posa, o sea la seducción diabólica, la unió a otro varón, en este caso al dominio de la infidelidad. El Hijo de Dios entonces mandó zorras astutas, esto es, los apóstoles, que incendiaron las mieses de sus enemigos con el fuego del Espíritu Santo, o sea que vertieron los preceptos de la ley al significado espiritual, de tal modo que se quemó la Synagoga junto con su padre, es decir, fue abatida la perversa infidelidad de la Synagoga. Después abatió a los incrédulos con magnos signos y admirables milagros. Todos entonces se estremecieron, llenos de gran asombro, diciendo que ellos (los judíos) temían que vinieran los Romanos y que conquistaran el lugar y sometieran el pueblo. Reunieron un concilio de sus doctores para condenarlo, pero Él se ocultó en un monte, y allí en oración dijo que  si pudiera  hacerse, que se  apartara ese  cáliz de  Él. Pero Judas Iscariote lo traicionó, entregándolo en las manos crudelísimas de  sus enemigos.    Y Él ocultó la fuerza de su poder, que tenía en su cabello, esto es, en el Padre. Poder desconocido para todo pueblo, excepto cuando se concibe en la Fe, tal como los cabellos se ven en la cabeza del hombre. Luego al consentir la Pasión mostró el vigor de su poder, o sea, esgrimió la mandíbula de asno, cuando dijo a las mujeres de Jerusalén que no lloraran por Él, sino por ellas mismas, es decir así las abatió al predecirles con absoluta veracidad el terror de los desastres futuros. Y así exhausto en la Cruz tuvo sed, y entonces una fuente de verdadera Fe brotó del pueblo gentil. Él mismo no se avergonzó de beber de ella, agregando al fin que todo estaba consumado. Luego exhaló su Espíritu, descendió a la gehena, o sea a la mujer meretriz, pese a   los obstáculos puestos por sus enemigos, o sea los guardias colocados en su sepulcro. Pero Él mismo al resucitar de la muerte entró en el reino celeste con dos filas, esto es, con determina-   dos elegidos suyos y con una multitud de gente que había librado de los infiernos. Pero así su hermosísima Esposa, es decir, la Iglesia, unida a Él, con gran diligencia le inquirió cómo podría conocer su fortaleza. Él no repentinamente le mostró sus fuerzas, sino poco a poco y lleno  de discreción. ¿Cómo? Cuando comenzaron los hombres a reconocer la católica Fe en la anti-  gua y en la nueva Ley, algunos de ellos pensaban que debían caminar hasta la perfecta realización, que era la ligadura de los nervios todavía tiernos, sin haber alcanzado su perfecta consistencia. Por lo que la Iglesia, aun inexperta, decía a innumerables multitudes: “Ésta es la fortaleza de mi esposo”. Y el pueblo al oír esto (724) quería con repentina decisión rendir culto a   Dios sólo en las palabras oídas, pero no entrañarse en la significación del Espíritu Santo. Pero     de ese modo su fortaleza no era conocida. Luego la virginidad como nuevas cuerdas que nunca habían estado en uso (ya que con anterioridad nunca había sido considerada en el resplandor de  su gloria) se destacó con toda nobleza, la cual ligadura tocó profundamente e al Hijo de Dios, pero no lo hizo ostensible plenamente sin embargo. La Iglesia por su parte irguiéndose siempre hacia lo alto decía: “Oh vosotros, amigos míos, éstas son las mayores virtudes de mi Esposo”.     Y súbitamente con gran estrépito una multitud se precipita sobre Él, diciendo: “Nosotros, en posesión de sus mayores fuerzas, ya lo tenemos”. Pero tampoco entonces se manifestaron ple- namente sus virtudes. Luego fue consolidada la Iglesia en los siete dones del Espíritu Santo,  como por siete cabellos de Aquél, fijados con fuerte clavo en el fundamento de la predicación apostólica. Por donde entretejida de este modo la red de la Fe, la Iglesia podía exclamar: “¡Oh, cuán fuerte es mi Esposo en sus siete cabellos!” Y todos los pueblos que la oían se precipitaron hacia Él, pensando que ya no tenía otras fuerzas mayores. Pero tampoco de este modo fue conocida su fortaleza.  Luego la  Iglesia derramó muchas lágrimas porque  desconoció el poder de  la Santa Trinidad, cuando afirmó que efectivamente ella había visto la humanidad del Hijo de Dios, pero que no había aún inteligido perfectamente su divinidad. Por donde conmovido el mismo Hijo de Dios le reveló a Juan, su dilecto, en la reverencia del Padre y en el ardor del Espíritu Santo, los secretos de la Santa Trinidad, cuanto era lícito saber al hombre. Y así reclinó su cabeza en el seno de su Esposa  y allí  descansará  hasta los cismas incalculables que  habrán de acontecer en el hijo de perdición. Allí su fortaleza se quebrantará, cuando sean cortados sus cabellos, cuando los hombres en aquel tiempo procurarán seguir más al hijo de perdición que al Hijo de Dios, diciendo: “¿Cómo es posible, oh Dios, que veamos milagros tan  grandes y de tal naturaleza?” Y así la fortaleza del Hijo de Dios se debilitará, cuando ya la verdadera Fe parezca obscurecerse en la ceguera de la infidelidad. Pero sus fuerzas se restablecerán, cuando aparezcan Enoch y Elías. Por lo que acometiendo con fuerza contra la soberbia y la presunción, la Fe derrumbará al hijo de perdición con todas sus artes diabólicas y demás vicios   y, cuando ya la Iglesia, coronada por el nombre de Cristo, del eón presente y temporal haya de pasar a  las cosas eternas,  esa  misma  Fe  aplastará  los diabólicos vicios con  una  dureza mucho mayor de lo que había ocurrido antes, cuando en el tiempo conservaba aún su vigencia el culto divino. ¿Por qué así? Porque cuando este eón alcance ya su fin, entonces cesarán tanto las persecuciones diabólicas como las fortísimas operaciones de todas las virtudes en los hombres, al margen ya del tiempo. Quien tenga empero finos oídos del intelecto interior, éste en ardiente  amor por contemplarme, conságrese a estas palabras e inscríbalas en la conciencia de su espíritu.

Gentileza de Católicos Alerta

LA VERDAD DE PENSILVANIA: JUAN XXIII, PABLO VI Y JUAN PABLO II NO ERAN SANTOS, NI PAPAS

Tomado del blog de la falsa resistencia Rorate Caeli. Los resaltados y lo escrito en rojo son añadidos nuestros.
Otra semana y otro gran escándalo en la Iglesia estadounidense. El siguiente es un resumen apropiado del Informe final de la investigación del Gran Jurado del «abuso sexual generalizado de niños en seis diócesis de la Iglesia Católica en Pensilvania»:
La investigación captó el abuso sexual generalizado y el encubrimiento institucional en todo el estado. Basándose en las investigaciones de la Diócesis de Altoona-Johnstown y la Arquidiócesis de Filadelfia por antiguos jurados anteriores, la 40ª investigación del Gran Jurado Estatal cubrió las otras diócesis de Allentown, Erie, Harrisburg, Greensburg, Pittsburgh y Scranton, dando una imagen completa del abuso generalizado en las diócesis a través de Pennsylvania. El gran jurado encontró: [Actualización de RORATE: el resto del Resumen es tan impactante y gráfico que hemos decidido eliminarlo – está disponible aquí .]

La oficina del Fiscal General de Pennsylvania ha proporcionado un sitio web completo dedicado al informe y sus detalles por diócesis aquí .

***
La mayor parte de los horrendos episodios documentados por el Gran Jurado se encuentran en los pontificados de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Algunos sucedieron antes. Pero a medida que la Iglesia «se abrió al mundo», según el deseo de Juan XXIII, los comportamientos mundanos se infiltraron cada vez más en la Iglesia. Los horrendos episodios representan solo lo que se puede encontrar en solo seis diócesis de un estado de un país: la putrefacción es amplia y profunda.
¿Cómo pudieron Juan XXIII y Juan Pablo II haber sido canonizados? Sus fracasos sistemáticos en el nombramiento de obispos fueron monstruosos. ¿Cómo puede Francisco [Bergoglio] atreverse a beatificar y ahora canonizar a Pablo VI,[ N.R.: se olvida Rorate Caeli que Ratzinger «canonizó a Wojtyla, alias Juan Pablo II, más conocido por el que besuqueaba el Corán] uno de los peores papas de la historia, cuyas nominaciones en todo el mundo y en los Estados Unidos lograron hacer que lo que era realmente malo fuera horrible? 
Seamos honestos: como administradores, Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II no eran santos [ N.R: Ni eran santos, ni papas, sino anticristos y, además de los peores antipapas]. Es posible que hayan sido válidamente [ N.R.: ni fueron incluidos válidamente ni legítimamente, dado que los que los inscribieron eran antipapas] incluidos en la lista de santos, pero sus canonizaciones de rito expreso se muestran, cada semana que pasa, como errores horribles [ N. R.: Y sacrilegios contra el catálogo de los verdaderos santos, cuya redacción final se detiene con los inscritos por el Papa Pío XII]. Habría de transcurrir un tiempo considerable y largas investigaciones de sus graves omisiones y de su vergonzoso encubrimiento de obispos perversos o irresponsables antes de que se hubiera abierto alguna vez un procedimiento de beatificación.
La centralización de la administración de la Iglesia fue mucho más profunda en sus pontificados. Asumieron la responsabilidad de cada uno de estos pequeños fieles. Diluyeron la responsabilidad de los obispos alentando y engordando las inútiles burocracias de las conferencias de los obispos. Estos pequeños fieles, los niños que fueron maltratados, también fueron SUS fracasos, los fracasos de cada uno de ellos (y también de los papas anteriores y posteriores en un grado menor, pero estos están vivos o no han sido beatificados o canonizados) [N. R. Los antipapas posteriores- Ratzinger y Bergoglio-, también, y en el mismo grado porque no hicieron nada y los pecados de este tipo se multiplicaron numéricamente. Pero los Papas anteriores nada tiene que ver en este tema, pues en sus tiempos si se conocía el delito se degradaba al clérigo. Intentar echar esta porquería propia de la iglesia conciliar a la santa Iglesia Católica, es el colmo de estos falsos católicos como Rorate Caeli, que no dejan de reconocer como papas a los herejes]
En el futuro seguramente llegará el momento de reevaluar estos pontificados fallidos y hacer todo lo posible para reevaluar estos procedimientos apresurados, en los que se pasaron por alto tanto dolor y tanto fracaso y tanta corrupción. [ N. R.No es necesario esperar al futuro, ya que es obvio que todos estos usurpadores, se sentaron indebidamente sobre la Cátedra de San Pedro, sin ser legítimos papas. Para los que siguen dejándose engañar por esos blog como Rorate Caeli, Adelante la Fe, los cuales reconocen a los herejes como verdaderos papas, sólo tienen que pensar en las palabras de Nuestro señor Jesucristo: » un árbol malo no puede dar frutos buenos, ni un árbol bueno frutos malos». Es evidente que los frutos de estos falsos papas son malísimos, y hasta nauseabundos. Y a vosotros, falsa resistencia que engañáis a los sencillos ¿No se os va a reevaluar por ayudar a que los pequeños fuesen a venerar la ampolla de la sangre pecadora de wojtyla,  un hereje, que ni fue santo, ni papa? ¿Pensáis que no os va a pedir cuenta Dios por dar a los hambrientos aspices en lugar de pan? ¡de Dios nadie se ríe, ni siquiera vosotros!]

SOBRE LA VALIDEZ DE LAS CONSAGRACIONES EPISCOPALES THUCISTAS

La validez de las Consagraciones episcopales thucistas 

En esta entrada vamos a exponer la doctrina católica sobre la validez de un sacramento para lo cual vamos a trasladar literalmente parte del trabajo del P. Cekada – la parte referida a la validez-. Dicho estudio lo realizó en defensa de las consagraciones efectuadas por Thuc en las personas de Mons. Carmona y de Mons. Gerard de Lauriers y los seis obispos norteamericanos que, a su vez, ellos consagraron. La misma doctrina que nos parece de una ortodoxia exquisita, se aplica al resto de las consagraciones de mons. Thuc ( Adolfo Zamora, Christian Mariae Datessen, etc.) y, a su vez, a los consagrados por ellos.

Establecido, pues, el hecho de la que hubo una ceremonia donde se intentó la confección del sacramento (por testimonios, declaraciones, vídeos, fotografías, certificados de los obispos consagrantes, etc.), resta discernir si, en efecto, se produjo la validez del sacramento que se intentó confeccionar (para cualquier sacramento). Establecida la validez, le corresponde probar a la parte que niega la válida confección, si faltó o no, no cualquier cosa en la ceremonia, sino alguna parte de lo que es esencial para la validez. Se debe tener en cuenta, a estos efectos,  que el pecado del que confecciona el sacramento no influye en la validez del mismo, porque lo contrario está condenado explícitamente por la Iglesia como herejía, una de cuyas especies la forma el donatismo contra el cual tuvo que luchar San Agustín, y así lo entendió siempre la Iglesia desde el principio: 478 Dz 249; herejía luego vuelta a condenar en otras sectas-  484,485,486,487,488 Dz Herder 1963- en la Cosntitución Gloriosam Ecclesiam de Juan XXII-. Porque si esta doctrina –  donatismo, fraticellis, valdenses, etc.-, prosperara, el cristianismo quedaría reducido a una secta de unos cuantos “puros” y nadie podría estar seguro de poder asistir al santo Sacrificio de la Misa y de recibir la Sagrada Comunión.

 Es de alabar en el P. Cekada lo que parece a todas luce honestidad intelectual, ya que su estudio carece de prejuicios, toda vez que a su comienzo pensaba en la invalidez de las consagraciones thucistas y con el objeto de demostrarlo comenzó este estudio, pero la manifiesta evidencia de la teología católica aplicada ad casum, le llevó a la conclusión de que las consagraciones episcopales confeccionadas por Mons. Thuc son absolutamente válidas. Vemos, pues, su exposición:

LA VALIDEZ DE LAS CONSAGRACIONES

Por el Padre Cekada

«Ahora, retomemos la cuestión que diera lugar a este estudio:

– ¿Estamos obligados a considerar que las consagraciones Thuc son válidas, i.e., que sirvieron?

Fundándonos en principios de derecho eclesiástico y teología moral aplicables a todos los sacramentos, estamos obligados a responder afirmativamente.

Para entender el porqué, simplemente tenemos que repasar los requisitos mínimos exigidos para que una consagración se realice válidamente, y de qué manera el derecho eclesiástico y los moralistas consideran que tales requisitos se han satisfecho en un caso dado, a menos que exista evidencia positiva en contrario.

  1. Una receta para la validez

Dentro de las numerosas ceremonias bellísimas de la Iglesia Católica, el Rito de Consagración Episcopal es sin duda la más espléndida y compleja. Se lleva a cabo en la festividad de un Apóstol, generalmente ante una gran concurrencia de fieles. En su forma más solemne, el obispo consagrante es asistido por otros dos obispos (denominados «co-consa-grantes»), 11 sacerdotes, 20 acólitos y 3 ceremonieros . Realizar una consagración episcopal tal como lo prescriben todas las elaboradas directivas del ceremonial demanda aproximadamente cuatro horas.

Por otro lado, realizar una consagración episcopal válidamente demanda aproximadamente 15 segundos. O sea, más o menos el tiempo que le toma a un obispo imponer sus manos sobre la cabeza del sacerdote y recitar las 16 palabras de la fórmula que exige la Iglesia para la validez.

Lo que acabamos de decir podría dejar pasmado al lector lego, pero este caso es semejante a algo que todos hemos aprendido en el catecismo. Todo lo que se necesita para bautizar válidamente a alguien es agua común y la fórmula breve (Yo te bautizo, etc.). Es tan simple que hasta un musulmán o un judío podrían hacerlo bien, en caso de que alguien necesitara ser bautizado verdaderamente. Y una vez que el agua fue derramada y se recitó la fórmula breve, estará tan válidamente bautizado y será tan cristiano como si el Papa en persona lo hubiera hecho en la Basílica de San Pedro.

La receta que la Iglesia da para que una consagración episcopal sea válida es también así de simple. Además del obispo válidamente consagrado que realice el rito y un sacerdote válidamente ordenado que tenga la intención de recibir la consagración, hay solo tres ingredientes esenciales para la validez:

1) La imposición de manos por el obispo consagrante (denominada técnicamente materia del sacramento).

2) La fórmula esencial de 16 palabras recitada por el obispo consagrante (denominada técnicamente forma del sacramento) (25).

3) Una intención mínima de parte del obispo consagrante «de hacer lo que hace la Iglesia» (denominada intención ministerial).

Aunque se deben observar todas las ceremonias que prescribe el rito, los tres elementos precedentes son todo lo que se requiere para que una consagración episcopal sea válida.

  1. El peso de la prueba

Luego de asegurarse del hecho que un verdadero obispo realizó una consagración empleando un rito católico, ¿es necesario probar en forma positiva que el obispo no omitió alguno de estos elementos esenciales durante la ceremonia?

No. El mero hecho de que un obispo emplee un rito católico es por sí prueba suficiente de la validez, y a partir de entonces no se requiere ninguna evidencia extra. La validez se «da por sentada», y solo puede ser refutada.

Y esto solo puede lograrse si se demuestra que uno de los elementos esenciales para la validez faltó (o probablemente faltó) cuando se realizó la ceremonia.

Esto se aplica a todos los sacramentos y se manifiesta por:

1.La práctica pastoral ordinaria:

El registro diario de los sacramentos da por supuesto que el ministro del sacramento cumplió con los requisitos esenciales para la validez. Las actas oficiales de bautismo y ordenación no mencionan en absoluto términos técnicos como «materia», «forma» o «intención ministerial». Además, los certificados de los sacramentos simplemente declaran que fulano recibió un sacramento «con todas las ceremonias y solemnidades necesarias y oportunas », o sencillamente «según el rito de la Santa Iglesia Romana». No dicen nada más, porque la ley de la Iglesia no requiere nada más. Dichos sacramentos se consideran válidos sin necesidad de pruebas adicionales.

  1. Los canonistas:

Los canonistas hablan de «la reina de las presunciones, que tiene por válido el acto o el contrato mientras no se pruebe su invalidez» (Wanenmacher, 408.). Y se aplica a los sacramentos de la siguiente forma: si alguien se presenta ante un tribunal eclesiástico para cuestionar la validez de un bautismo católico (Wanenmacher, 500: «De modo semejante, cuando se ha establecido el hecho del bautismo, pero la validez permanece dudosa, hay una presunción general en favor de la validez. Esto es verdadero sobre todo para el bautismo católico y la presunción.

es anulada solamente por una prueba rigurosa en contrario».), un matrimonio (Wanenmacher, 411: «Para el código el matrimonio tiene el favor del derecho: de aquí que cuando hay una duda, debemos sostener la validez del matrimonio hasta que se pruebe lo contrario» (c. 1014).) o una ordenación (S. WOYWOOD, Practical Commentary on the Code of Canon Law (New York, Wagner 1952), 1905: «Se presume la validez de una orden sagrada mientras no se establezca su invalidez por prueba al efecto de que se la recibió con falta de intención por

parte del peticionante».), la responsabilidad de probarlo [el peso de la prueba] le compete a él. Él debe demostrar que faltó un elemento esencial cuando se confirió el sacramento.

  1. El Derecho Canónico y la Teología Moral:

Estas fuentes prohíben volver a administrar un sacramento en forma condicional, a menos que exista una duda «positiva» o «prudente» sobre la validez (véase el punto IV.A más adelante). Como ejemplo de una duda que no caería en esta categoría, el teólogo moralista dominico Fanfani habla de un sacerdote que no recuerda si recitó la fórmula sacramental esencial. «No debería repetir nada», dice Fanfani. «Sin duda pecaría si lo hace -puesto que todo lo que se hace se presupone hecho correctamente, a menos que se demuestre positivamente lo contrario» (L. FANFANI, Manuale Theorico-practicum Theologiæ Moralis (Roma, Ferrari 1949), 4, 50: «E contra minister qui leviter tantum aut negative tantum, dubitat, de bona administratione alicuius sacramenti, e.g. non recordatur se verba formae pronuntiasse, nil repetere debet, quinimmo peccat si facit: omne enim factum, supponendum est rite factum, nisi positive constet contrarium». ).

Que las partes esenciales del rito fueron realizadas es otra vez simplemente tomado por garantizado.

El canonista Gasparri (que luego fuera Cardenal y compilador del Código de Derecho Canónico de 1917) proporciona un principio general: «…un acto, en particular uno tan solemne como una ordenación, debe considerarse válido mientras no se demuestre claramente su invalidez» (P. GASPARRI, Tractatus de Sacra Ordinatione (París, Delhomme 1893), 1, 970: «…tum quia actus, praesertim adeo solemnis qualis est ordinatio, habendus est ut validus, donec invaliditas non evincatur».).

  1. Incluso en los casos raros:

Los canonistas y los moralistas incluso amplían la aplicación de estos principios a los casos donde alguien que no es el ministro católico normal emplea un rito católico para conferir un sacramento. Si una partera que afirma haber hecho un bautismo de urgencia es una persona seria, confiable e instruida en la manera de realizar el bautismo -dice el teólogo Merkelbach-, «no hay razón para dudar seriamente de la validez de un bautismo» (B. MERKELBACH, Summa Theologiae Moralis (Brujas, Desclée 1962) 3, 165: «Ubi ergo persona omnino seria, etiam mera obstetrix, quae sit fide digna, circumspecta, et in ritu baptizandi instructa, assereret infantem a se rite baptizatum esse, non esset cur de valore Baptismi serio dubitaretur;…..»). Por último, la Iglesia sostiene tan firmemente la validez de un sacramento administrado según un rito católico que extiende el principio no solamente a los clérigos católicos, sino que incluso lo aplica a los cismáticos.

Así, las ordenaciones y las consagraciones episcopales recibidas de obispos ortodoxos, de obispos viejo-católicos de Holanda, Alemania o Suiza «deben considerarse válidasa menos que en un caso particular deba reconocerse un defecto esencial» (U. BESTE, Introductio In Codicem (Collegeville MN: St. John’s 1946), 951: «Hinc ordines collati ab episcopis schismaticis ecclesiae orientalis, iansenistis in Batavia (Hollandia), veterum catholicorum in Germania et Helvetia, validi habendi sunt, nisi in casu particulari vitium essentiale admissum fuerit).

Lo que antecede refleja ciertamente la sabiduría de la Iglesia. Ella no nos pide que refutemos acusaciones negativas intrincadas: «Pruébame positivamente que no omitiste lo que se suponía que tenías que hacer para que el sacramento fuera válido». De lo contrario, habría que capacitar a hordas de testigos especialmente calificados para que comprobaran en forma independiente la validez cada vez que un sacerdote confiere un sacramento.

Por lo tanto, es fácil ver porqué un sacramento administrado según un rito católico debe considerarse válido mientras no se demuestre positivamente lo contrario.

  1. Validez

Los requisitos para que una consagración episcopal sea válida son, entonces, mínimos. Y cuando se emplea un rito católico para este o para cualquier otro sacramento, la práctica pastoral ordinaria, los canonistas, el derecho eclesiástico y los moralistas no requieren ninguna prueba adicional para la validez del sacramento, incluso cuando lo administre una partera o un cismático. La validez más bien debe ser refutada.

  1. Dudas «negativas»

La única manera de decir verdaderamente que un sacramento es dudoso es presentar una duda positiva (o prudente) sobre su validez. La duda es positiva cuando tiene un fundamento claramente objetivo y firmemente basado en la realidad. En el caso de un sacramento, debe fundarse en pruebas sólidas de que probablemente se omitió un elemento esencial para la validez.

Por lo tanto, para plantear una duda positiva sobre la validez de las consagraciones Thuc [Nota nuestra: y de las consagraciones confeccionadas por los obispos que él consagró] debe demostrarse que cuando se realizó la ceremonia hubo, o probablemente hubo, un defecto sustancial en alguno de los siguientes elementos esenciales:

La imposición de manos.

– La fórmula esencial de 16 palabras.

– La intención mínima del obispo de «hacer lo que hace la Iglesia».

Ahora bien, nadie entre los presentes en las consagraciones de Mons. Thuc afirmó jamás que hubieran ocurrido alguno de estos defectos.

Al no haber ningún tipo de prueba sobre defecto semejante, los objetores promueven especulaciones, cavilaciones, conjeturas, teorías personales y -un recurso favorito- cuestiones retóricas acerca de lo que puede haber o no puede haber, o de lo que posiblemente podría o no podría haber ocurrido durante los «15 segundos esenciales» de la consagración.

Pero la característica principal de tales objeciones es que son subjetivas, i.e., que no se sustentan en un conocimiento de lo que ocurrió durante el rito, sino de la falta de conocimiento personal en el objetor de lo que ocurrió.

Estas objeciones son lo que los teólogos moralistas denominan dudas negativas (o imprudentes). Y las dudas negativas no hacen que un sacramento se vuelva «dudoso».

NUEVO LIBRO: LA PREDESTINACIÓN DE LOS SANTOS Y LA GRACIA. GARRIGOU-LAGRANGE

UNA OBRA ESENCIAL SOBRE LA GRACIA

ABSOLUTAMENTE ORTODOXA.

FUNDADA EN LA TEOLOGÍA

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POR EL GRAN TOMISTA P. GARROGOU LAGRANGE

Editada por Sapientiae Sedei Filii

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La obra está enteramente orientada a la conciliación de dos principios: el de la predestinación y el de la salvación posible a todos. Por una parte: nadie sería mejor que otro, si no fuera más amado y más ayudado por Dios. Por otra parte: Dios nunca manda lo imposible, sino que hace realmente posible a todos los adultos el cumplimiento de los preceptos que les impone, en el momento mismo en que les son impuestos, cuando los conocen y como los conocen. La íntima conciliación de estos dos principios nos supera. Ninguna inteligencia creada, angélica o humana, podrá verla antes de haber recibido la visión beatífica. Sin embargo, es necesario mantener tanto el primero de estos principios como el segundo, tanto el segundo como el primero. Uno con otro se equilibran, y la justa idea que la historia de la teología y el conocimiento profundizado de la doctrina de Santo Tomás, nos permiten hacer de cada uno de ellos, nos deja presentir cómo se concilian íntimamente, cómo se unen la infinita MisericordIa, la infinita Justicia y la soberana Libertad en la eminencia de la Deidad, o sea, en la vida íntima de Dios. No es inútil estudiar de nuevo hoy estas grandes cuestiones, tanto más cuanto que el mundo moderno desconoce muy a menudo la realidad y el precio de la gracia divina, sin la cual, sin embargo, nada podemos hacer en el orden de la salvación.

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SOBRE EL AUTOREl P. Garrigou-Lagrange nace en Auch, un pequeño pueblo al sur de Francia, el 21 de febrero de 1877. Burdeos será el lugar, en el año 1897, en el que siendo estudiante de Medicina, el Señor y Sto. Domingo le estaban esperando. En este tiempo, la lectura de San Juan de la Cruz ya comienza a revolver su espíritu ardiente. Con el espíritu herido ya por la gracia recorrió varios monasterios trapenses soñando soledades y contemplaciones. Poco después abrazaba ya la vida religiosa en la Orden de Sto. Domingo, cuyo hábito vistió durante más de 60 años. En 1909, al abrirse el Angelicum, Ateneo Pontificio, hoy Universidad de Santo Tomás, comparte la cátedra de Teología Fundamental, explicando el tratado De Revelatione. Pasa más tarde a la cátedra de teología dogmática, da cursos sobre la Metafísica de Aristóteles. Su producción literaria y doctrinal es cuantiosa y variada, destacando por su pasión, claridad y solidez. El éxito de sus obras fue enorme, escritas originalmente en latín y francés y traducidas al alemán, español, inglés, italiano y polaco. Trata en sus escritos fundamentalmente sobre Apologética, Filosofía, Teología dogmática y Espiritualidad. Será en el ámbito de la espiritualidad, en el que el P. Garrigou-Lagrange más destaque, y por lo que pasó a formar parte ineludible del gran firmamento dominicano. Digamos que Garrigou-Lagrange puso los ojos en la Verdad, en lo que no puede morir. Estamos ante uno de los grandes místicos que dio a la Iglesia la Orden de Predicadores en el siglo pasado.

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HISTORIA SECRETA DE NOSTRA AETATE ( y 2/2)

Si la Iglesia ya no es el verdadero Israel, ¿en qué debe transformarse en esta nueva teología de la salvación? En este estudio, de suyo extenso, no podemos agotar todos los aspectos de la religión noáquida. Esta religión introducida en el Vaticano II debe suplantar el catolicismo. Señalemos algunos hitos históricos y destaquemos varios aspectos de este nuevo “catolicismo”.

DEL «MITO DE LA SUSTITUCIÓN» A LA RELIGIÓN NOíQUIDA (1)

Por Michel Laurigan

De la purificación «del espacio cristiano» a la introducción de la religión de Noé

  1. «Purificación del espacio cristiano»

Al principio (54) los cristianos dijeron: «Nosotros también somos Israel.»
Luego afirmaron: «Nosotros también somos el verdadero Israel.»
Un poco más tarde: «Sólo nosotros somos el verdadero Israel.»
F. Lovsky

Las discusiones que siguieron a la «toma de conciencia» del ConcilioVaticano II fueron preparando poco a poco al mundo cristiano para asumir una nueva teología de las relaciones de la Iglesia con el judaísmo (55). El objetivo de las directivas del Vaticano (56) y de los episcopados desde hace casi cuarenta años se encaminó a transformar la mentalidad por medio de un “gran esfuerzo de educación” de los pueblos del “espacio cristiano”. Este esfuerzo tiende a:

  1. recordar la perpetuidad de la primera Alianza;
    2. inculcar el aprecio del pueblo judío (infiel), “pueblo sacerdotal”;
    3. renunciar a la conversión de los judíos:
    4. familiarizarse constantemente con el diálogo y la cooperación con el judaísmo;
    5. preparar los caminos a la religión noáquida.

Altas autoridades vaticanas indujeron a los episcopados a publicar declaraciones cuyo contenido teológico se opone claramente al magisterio de la Iglesia.

  1. a) La nueva «teología de la Alianza» según el episcopado

Podemos ilustrar nuestra observación con dos ejemplos: el texto de la Comisión del Episcopado Francés para las Relaciones con el Judaísmo (Pascua, 1973) y las Reflexiones sobre la Alianza y la Misión del episcopado norteamericano (13 de agosto, 2002). A juicio de los judíos, son dos declaraciones cuyo contenido sobrepasan ampliamente las afirmaciones del Concilio.

Los aspectos heterodoxos no escapan a la consideración de persona alguna.

Los cristianos no deben ver al judaísmo como una realidad solamente social e histórica sino esencialmente religiosa; no como reliquia de un pasado venerable y acabado, sino como una realidad viva a través del tiempo. Las principales señales de esta vitalidad del pueblo judío son: el testimonio de su fidelidad colectiva al único Dios, su fervor en escrutar las Escrituras para descubrir, a la luz de la Revelación, el sentido de la vida humana, la búsqueda de su identidad en medio de los otros hombres, sus constantes esfuerzos por congregarse en una comunidad reunificada. Como cristianos, estos signos nos plantean un interrogante que toca el corazón de nuestra fe: ¿Cuál es la misión propia del pueblo judío en el plan de Dios?

Una elección que perdura: la primera Alianza no ha caducado. Contrariamente a lo que sostuvo una exégesis tan antigua como cuestionable, no se podría deducir del nuevo Testamento que el pueblo judío ha sido privado de su elección. El conjunto de las Escrituras, por el contrario, nos invita reconocer la fidelidad de Dios a su pueblo en la preocupación de fidelidad del pueblo judío a la Ley y a la Alianza. La primera Alianza, en efecto, no queda abrogada por la nueva. El pueblo judío tiene conciencia de haber recibido, a través de su vocación particular, una misión universal frente a las naciones (57).

¿Cuál es esta misión? Lo estudiaremos en un próximo apartado. La segunda declaración, más reciente, es la de los obispos norteamericanos. Es realmente impresionante:

El pensamiento católico romano manifiesta un creciente respeto por la tradición judía que se desarrolla desde el Concilio Vaticano II. La profundización de la valoración católica sobre la alianza eterna entre Dios y el pueblo judío, así como el reconocimiento de la misión que Dios asignó a los judíos de atestiguar el amor fiel de Dios, llevan a concluir que las acciones encaminadas a convertir a los judíos al cristianismo ya no son teológicamente aceptables en la Iglesia Católica (58).

  1. b) «Cambiar la teología» de los teólogos

Los testimonios de teólogos sobre la perpetuidad de la primera Alianza son tan abundantes que podría reproducirse una letanía de citas. He aquí algunas:

Quizá sea necesario ir al fondo del asunto: avizorar, bajo las nuevas perspectivas, la idea de un derrocamiento de la religión-madre por la religión-hija. La noción de una sustitución de la antigua Alianza por la nueva está en el origen mismo de la división judeocristiana y sus consecuencias. En uno de sus grandes estudios teológicos, significativamente titulado “La alianza nunca derogada”, Norbert Lohfink, jesuita, profesor de investigación bíblica en una universidad pontificia de Roma, afirma categóricamente que “la concepción cristiana ordinaria sobre la nueva Alianza favorece el antijudaísmo.” (59)

Creemos que Cristo instauró una nueva Alianza. ¿Caducó con ello la antigua? Lo sostuvimos durante mucho tiempo y probablemente existen cristianos que aún hoy lo piensan (60).

En un coloquio titulado Proceso a Jesús, ¿proceso a los judíos?, Alain Marchandour no duda en afirmar:

Durante mucho tiempo los cristianos percibieron a Israel como una clase de órgano testigo de una realidad absorbida esencialmente por el cristianismo convertido en nuevo Israel. Semejante lenguaje es indefendible: Israel existe con su historia, sus instituciones, sus textos. El judaísmo no se extinguió con la llegada del cristianismo (…) Sigue siendo el pueblo de la Alianza (61).

Charles Perrot, profesor del Instituto Católico de París, manifiesta una idea similar:

Si la Iglesia sustituye a Israel, si lo reemplaza, esto no significa que también lo elimine, por absorción o algo peor aún. Ahora bien, expresarse así es peligroso. ¿Es admisible hoy en día? (62)

  1. c) Hacer que las élites «revisen la historia cristiana»

Al igual que su teología, la Iglesia debe «revisar» su historia. En ese sentido, el Vaticano multiplica las reuniones de expertos. En Roma o en otras ciudades europeas se celebran distintos coloquios que tienen por tema la historia de la Iglesia en relación a su actitud frente al judaísmo. El 30 de noviembre de 1997 tuvo lugar en Roma un encuentro sobre las raíces del antijudaísmo cristiano. Historiadores venidos de todo el mundo escucharon a expertos en relaciones judeocristianas. Claude-Françoise Jullian nos cuenta en Le Nouvelle Observateur cuál fue el objeto del debate:

Todos los expertos reafirmaron los orígenes judíos del cristianismo y calificaron la teología de la sustitución –esto es, la nueva Alianza en Cristo, que rompe con la antigua- como una aberración. Al abrir el simposio, el cardenal Etchegaray (Presidente del Comité de Organización del Jubileo) explicó con voz rocosa, salida de las gargantas pirenaicas: «Se trata de que examinemos las relaciones a menudo alteradas entre judaísmo y cristianismo.» El pensamiento fue recogido por el animador del encuentro, el dominico suizo Georges Cottier, teólogo privado del Papa [Juan Pablo II. N. del E.] (y Presidente del Comité histórico-teológico del Jubileo), que recordó: «nuestra reflexión apunta al plan divino de la salvación y al lugar que corresponde al pueblo judío, pueblo de la elección, de la alianza y de las promesas.”

“La aberración de la teología de la sustitución es un punto esencial, admitido desde Vaticano II, pero difícil de hacer aceptar por las bases”-afirma un participante (63).

El periodista de un semanario se preguntaba: “¿Por qué Roma reúne a los expertos de cinco continentes para comprobar una cosa hoy parece ya una verdad de fe?”

Otro coloquio se celebró a la Universidad de Friburgo del 16 al 20 de marzo de 1998 sobre el tema Judaísmo, antijudaísmo y cristianismo. Las actas se publicaron en las ediciones Saint-Augustin del año 2000 y todas las intervenciones revisten el mayor interés.

Más recientemente aún, el Congreso Judío Europeo organizó en París el 28 y 29 de enero de 2002 los Encuentros Europeos entre Judíos y Católicos sobre el tema: Después del Vaticano II y Nostra Aetate: profundización de las relaciones judeocristianas en Europa bajo el pontificado Juan Pablo II. En su transcurso se honraron varias personalidades comprometidas en el diálogo entre judíos y cristianos.

Unas jornadas vespertinas efectuadas en los salones del Hôtel de la Ville de Paris el 28 de enero de 2003 reunió unas 700 personas, tanto judíos como católicos. En la lista de oradores figuraban Maître Henri Hajdenberg, presidente de estos encuentros, el profesor Jean Halpérin, del Comité de Enlace entre judíos y católicos, el cardenal Lustiger, el gran rabino de Moscú, Pinchas Goldschmidt, el gran rabino René Samuel Sirat, el doctor Michel Friedman, vicepresidente del Congreso Judío Europeo y el cardenal Walter Kasper, Presidente de la Pontificia Comisión para las relaciones religiosas con el Judaísmo. En sus discursos todos los oradores destacaron de cuánta importancia habían sido los pasos dados desde Nostra Aetate…

Muchas cosas se dijeron esa tarde sobre las actuales relaciones entre judíos y cristianos. Sopló un nuevo espíritu, que realmente tomó nota de los gestos, de las palabras de los católicos, especialmente de Juan Pablo II. “Una nueva página, una nueva etapa”, ese es el sentimiento que, por otra parte, iba a confirmarse en el transcurso del día siguiente. Después de las exposiciones de los distintos oradores y de la proyección de la película “El Papa Juan Pablo II en Tierra Santa”, se hizo un gran silencio en la extensa sala. Durante el día siguiente, 29 de enero, ante un público más limitado y en presencia de varios cardenales, obispos y personalidades judías, de algunas delegaciones venidas de Alemania, Austria, Bélgica, Italia, Suiza y Polonia, en un mismo clima de positividad y de verdad se abordó el tema: “La evolución de las relaciones judeocatólicas. De la teoría de la sustitución al respeto mutuo. Acerca de la necesaria transmisión de la memoria de la Shoa en el contexto actual.”

Por la tarde, diversos oradores expusieron sobre “Los retos de la asimilación y la secularización, la evolución de las relaciones judeocatólicas con el Estado de Israel y Jerusalén.” Las jornadas concluyeron con una declaración común de judíos y católicos. (64)”.

Podríamos multiplicar los informes sobre distintas reuniones, congresos, coloquios, jornadas, etc., que pululan año a año.

  1. d) Cambiar el contenido de la predicación y del catequesis

Los documentos romanos del 24 de junio de 1985 –Notas para una correcta presentación de los judíos y del judaísmo en la predicación y la catequesis (65)- deben leerse y meditarse a la luz de lo que se ha dicho precedentemente.

  1. e) Cambiar los espíritus por gestos espectaculares

Un ejemplo de esta afirmación es el gesto de Juan Pablo II a la sinagoga de Roma del 13 de abril de 1986. La visita fue todo un símbolo: “La Iglesia de Cristo, por medio de Juan Pablo II, se traslada a la sinagoga y descubre su vínculo con el judaísmo explorando su propio misterio.” Con este motivo, Juan Pablo II dirá:

La religión judía no nos es «extrínseca», sino que en determinado sentido es «intrínseca» a nuestra religión. Tenemos, pues, a su respecto, relaciones que no tenemos con ninguna otra religión. Vosotros sois nuestros hermanos preferidos, y se podría decir en cierto sentido, nuestros hermanos mayores (66).

  1. f) Los cristianos deben respetar el derecho de los judíos a la tierra de Israel, centro físico de la Alianza.

El acontecimiento más importante para los judíos desde el holocausto fue el restablecimiento de un Estado judío en la Tierra prometida. Como miembros de una religión basada en la Biblia, los cristianos deben valorar que la tierra de Israel haya sido prometida y dada a los judíos en calidad de centro físico de su Alianza con Dios (67).

A los cristianos no les queda más alternativa que alegrarse de la presencia de los judíos en Tierra Santa…

Paul Giniewski analiza la enseñanza de los últimos cuarenta últimos en términos del pensamiento judío (68) distinguiendo tres etapas:

  • «viduy», es decir, el reconocimiento sincero del incumplimiento y las faltas;
    • «teschuva», que supone la conversión a la conducta contraria;
    • finalmente, el más importante, «tikkun», es decir, la reparación.

¿Hasta dónde hemos llegado? –se pregunta el escritor judío. Hasta el «teschuva», responde, sin el menor margen de duda. Ésta no terminará “hasta que la enseñanza del aprecio se traduzca en textos didácticos y su propagación haya suscitado numerosas vocaciones de alumnos y profesores de la novedad. El objetivo es ambicioso: hacer oír y aceptar una enseñanza que decía lo contrario de lo que hasta ahora se enseñó (…) De esta forma se descrucificará a los judíos.”

Por último, la Iglesia deberá reparar. Algunos ya han descripto lo que será el “tikkun”…

Los judíos podrán entonces retomar su papel en medio de las naciones, un rol explicado en muchas obras e inteligentemente resumido en un panfleto firmado por Patrick Petit-Ohayon, La Misión de Israel, un pueblo de sacerdotes (69).

2) El pedido de perdón del año 2000 o “viduy”

En San Pedro, Roma, el 12 de marzo del año 2000, Juan Pablo II, en nombre de la Iglesia Católica, hace el “mea culpa” (70) por los pecados cometidos por los cristianos a lo largo de la historia. Este gesto no se comprende si no se coloca en el contexto de la toma de conciencia de una Iglesia que, «por la Inquisición» (71) (sistema de violencia, de apremio), persigue al pueblo de la Alianza, desposeído y oprimido al mismo tiempo. Los cristianos, pues, acaban de hacer su “viduy”.

Y para que todo quede suficientemente claro a cristianos y judíos, el texto de arrepentimiento fue colocado por el propio Juan Pablo II en un intersticio del Muro de los Lamentos (72), vestigio del Templo de la primera Alianza, que sólo aguarda su reconstrucción en la capital religiosa de la Alianza redescubierta: Jerusalén destrona a Roma, la usurpadora (73).

3) Hacia la religión noáquida

Si la Iglesia ya no es el verdadero Israel, ¿en qué debe transformarse en esta nueva teología de la salvación?

En este estudio, de suyo extenso, no podemos agotar todos los aspectos de la religión noáquida. Esta religión introducida en el Vaticano II debe suplantar el catolicismo (74). El tema es tan extenso que podría consagrársele unas jornadas de estudio. Señalemos algunos hitos históricos y destaquemos varios aspectos de este nuevo “catolicismo”.

Después de la Revolución francesa, que emancipó a los judíos y posibilitó su inserción en las sociedades civiles, los rabinos y los pensadores del judaísmo se plantearon el interrogante sobre el problema religioso del mundo por venir. Se acercaba el retorno a la tierra de Israel y se imponía solucionar la cuestión religiosa que no iba a dejar de plantearse. Aquello que estaba en juego en los debates teológicos de los rabinos del siglo XIX puede resumirse de la siguiente manera: ¿»Cuándo reencontraremos nuestro papel de pueblo que lleva la salvación a las naciones? ¿Cómo será la religión de los cristianos que pretendieron ser el nuevo Israel?»

Elías Benamozegh, rabino de Livorno, el Platón del judaísmo italiano, “uno de los maestros del pensamiento judío contemporaneo” (75), propuso una solución que publicó en 1884 en su obra principal Israel y la Humanidad (76). El subtítulo, sugestivo, es: Estudio sobre el problema de la religión universal y su solución. La solución Benamozegh, a la cual van a atenerse poco a poco los seguidores del judaísmo, puede sintetizarse como sigue:

La Iglesia Católica debe reformar tres puntos de su enseñanza:

  • cambiar su visión del pueblo judío, que debe rehabilitar como pueblo primogénito, pueblo sacerdotal, que “ha sabido conservar la religión primitiva en su pureza original”. Este pueblo ni es deicida ni ha sido reprobado por Dios. Ninguna maldición pesa sobre él. Al contrario, le cabe predicar la felicidad y la unidad de la humanidad. “Admitir -escribe Gérard Haddad (77), citando a Benamozegh- el rol que San Pablo (78) creyó poder excluir.”
    • «Renunciar a la divinidad de Jesucristo, este Hijo del Hombre como Él mismo se llamaba.» Simple rabino, Jesús era judío y como tal permaneció. Predicar a Jesucristo, pero un Jesucristo humano, que viene a traer una moral para la felicidad de todos los hombres.
    • Aceptar una reinterpretación -no una supresión- del misterio de Trinidad.

Reunidas estas tres condiciones, «la Iglesia Católica es la Iglesia del verdadero catolicismo», verdadero catolicismo que Benamozegh llama noaquismo, una religión destinada a todos los pueblos del «espacio cristiano», como decía Lustiger. La Iglesia tiene la misión de propagar la moral inherente al noaquismo (79). La declaración sobre el judaísmo del episcopado norteamericano del 13 de agosto contiene una referencia explícita al respecto:

El judaísmo considera que todo pueblo está obligado a observar una ley universal. Esta ley, conocida como los Siete Mandamientos de Noé, se aplica a todos los seres humanos. Estas leyes son: (1) el establecimiento de tribunales de justicia, de modo que la ley gobierne la sociedad, y la prohibición (2) de la blasfemia, (3) idolatría, (4) incesto, (5) derramamiento de sangre, (6) hurto y (7) comer la carne de animales vivos.

El nuevo objetivo de la Iglesia consiste en evangelizar los pueblos en este humanitarismo noaquista y propiciar su unificación (80). Se redefinirá la primacía romana para facilitar la unidad de los cristianos. El noaquismo será «la religión de la moral natural». Los no judíos no deben pretender convertirse al judaísmo o mosaísmo talmudista, religión reservada a los elegidos. La solución Benamozegh, silenciada por largo tiempo, ahora es retomada por los dirigentes del mundo judío. El gran rabino René Samuel Sirat, por ejemplo, hizo alusión al status de los no judíos en ocasión del entierro de un joven francés de 24 años, víctima de un atentado cometido a la cafetería de la universidad hebraica de Jerusalén el 31 de julio de 2002:

David, mi querido David, había elegido acercarse espiritual y culturalmente a nuestra comunidad judía y ostentar ante el judaísmo el hermoso título de toshav, extranjero y ciudadano a la vez, que la Biblia valorizó y que el rabino Elías Benamozegh, en el siglo pasado, explicó magníficamente en su libro “Israel y la Humanidad”. Se trata de la libre elección de acercarse a la tradición de Israel, de observar las Siete Leyes –llamadas leyes noáquidas – de la moral natural reveladas antaño a Noé, padre del todos los vivientes (…) Pues, preciso es recordarlo, no es necesario convertirse al judaísmo para tener derecho a la salvación eterna. (81)”

Conclusión

Tres usurpadores de la sede de Pedro vendidos a los judíos deicidas y dando culto a los ídolos en el Muro de las Lamentaciones.

La nueva religión que resulta del Vaticano II debe interpretarse a la luz de esta nueva lucha, siempre antigua y siempre nueva, entre Jesús (Maria) y Satanás, entre la Iglesia y la Sinagoga. En el siglo XX, Satanás parece haber dado con su Caballo de Troya (Vaticano II) y con aqueos resueltos de teología subversiva.

En el centro de este movimiento de conversión, explícitamente enseñado por teólogos cristianos como Bouyer, Congar y de Lubac, se oculta el redescubrimiento de la fe. Este es el trabajo de conversión que la Iglesia Católica y muchos cristianos hoy quieren realizar.

Con estas palabras cierra el cardenal Lustiger su intervención en la sinagoga de Nueva York (82).

No, señor Cardenal. Católicos y romanos, nuestra fe está en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nacido por obra del Espíritu Santo del seno purísimo de la Virgen María; nuestra fe está en Jesucristo, salvador de los hombres, crucificado bajo Poncio Pilatos y resucitado de entre los muertos, venido a cumplir la Ley y los Profetas, fundando la Iglesia católica, apostólica y romana, la nueva y eterna Alianza que no es la que usted predica. Con la ayuda de Dios, con el auxilio del Magisterio de la Iglesia y su bimilenaria Tradición, no vamos a terminar noáquidas.

Tal vez esta fidelidad permitirá a los judíos beneficiarse con las preciosas gracias de la redención, gracias que la Virgen María sabrá distribuir en abundancia, como ya aprovecharon a los Drach, Libermann, Ratisbona, Lemann, Zolli y tanto otros, verdaderos convertidos, verdaderos hijos de la Iglesia romana, verdaderos hijos de Maria.

Dios de bondad, Padre de las misericordias, te suplicamos por el Corazón Inmaculado de María, por la intercesión de los Patriarcas y santos Apóstoles, que dirijas tu mirada de compasión sobre el resto de Israel, para que conozca nuestro único Salvador Jesucristo y participe de las gracias preciosas de la Redención. Señor, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

[Oración indulgenciada por León XIII y San Pío X.]

* * *

Mensaje de Mons. Joseph Doré a la B´nai B´rith (83)

La aplicación del «plan Benamozegh» descrito por Michel Laurigan en los «Estudios» del presente número avanza bien.

Para Mons. Joseph Doré, arzobispo de Estrasburgo, los judíos que rechazaron a nuestro Señor Jesucristo no pueden ser considerados ni como “infieles”, ni como “ciegos”, ni como extraños al verdadero sentido de la Biblia; no tienen necesidad de convertirse.

En cambio, hasta el Vaticano II los judíos eran «infieles», «ciegos» y estaban en contradicción con la Biblia; necesitan urgentemente convertirse.

Reproducimos aquí un mensaje dirigido por el arzobispo de Estrasburgo a la logia judía «René Hirschler» (del orden de la B’nai B’rith), con motivo de la muestra «El judío y el judaísmo en el arte mediaval de Alsacia» y que se publicó en el boletín diocesano “La Iglesia en Alsacia” (agosto de 2003).

No se diga que se trata de un exceso aislado: Mons. Doré, antiguo decano de la facultad de teología del Instituto Católico de París, expone la teología que hoy campea en la Iglesia conciliar. Sus ideas, de hecho, no van más lejos que las de la Roma conciliar. Sólo tiene el mérito de ser más claro.

Mons. Doré se atreve afirmar que la doctrina tradicional de la Iglesia sobre Israel (enseñanza de los Padres de la Iglesia, doctores, papas y de todos los santos) «contradecía la propia Biblia».

Le Sel de la Terre, nº 40. Otoño, 2003.

Cada vez que observamos tantas imágenes grabadas, pintadas o talladas que los cristianos de la Edad Media dedicaron a los judíos, tanto del pasado como a los que les eran contemporáneos, los cristianos nos vemos embargados por diversos sentimientos.

En primer lugar, el asombro. ¿Cómo puede ser que los discípulos de Jesús se hayan enceguecido (84), al punto de no ver en los judíos a hermanos de sangre de aquel ellos confiesan no sólo como Hijo del Altísimo sino también como hijo de Israel, profundamente anclado en la religión de sus padres?

A continuación, la vergüenza. ¿Cómo entender que quienes han prestado oídos a sus últimas enseñanzas –“Amaos los unos a los otros como Yo os he amado” se hayan revelado tan infieles (85) a este mandamiento del amor del prójimo cuando éste era un judío?

Por fin, la indignación. ¡No! Nosotros, los cristianos de hoy, no nos reconocemos en este modo de ver a nuestros hermanos judíos, el cual nos escandaliza, nos hiere; no queremos ver más estas imágenes, testigos de una época pretérita que ya no es la nuestra.

Vienen entonces a nuestro espíritu las vigorosas palabras proclamadas una y otra vez por el Papa Juan Pablo II durante nuestro gran jubileo del año 2000, invitándonos a «purificar la memoria», llamándonos a «cerrar las heridas del pasado, a fin de que no se abran nunca más» (discurso a su llegada en Tel Aviv.)

Para que las heridas pueden ser vendadas, hay que considerarlas atentamente, más allá de cualquier rechazo que puedan provocar. Esa es la razón por la cual una exposición como ésta no puede sino ser saludable. Nos ayuda a contemplar con valor nuestro pasado y a reconocer errores de los cuales, con todo, no somos personalmente responsables. Muchas de estas imágenes traducen el mensaje que el cristianismo tuvo durante siglos sobre el pueblo judío y el judaísmo, que el gran historiador Jules Isaac condensó magistralmente en la expresión «enseñanza del menosprecio»: pueblo infiel, que no conoció el tiempo de la visita de su Mesías, sordo a sus llamadas, ciego a sus signos, incapaz de leer su propia Escritura y las promesas de salvación que contiene, el pueblo judíos fue objeto de rechazo por Dios y maldecido por haber prevaricado de su misión. Eso es lo que muestran todas estas imágenes negativas, presentando a los judíos ya de manera humillante debido a su ceguera, ya desfiguradamente –como acontecía a fines de la Edad Media-, por las múltiples taras que velan su imperdonable pecado de deicidio. En cualquier caso, sea que el judío aún conserve su dignidad en medio de su desdicha (como lo muestra la magnífica imagen de la Sinagoga existente en la catedral de Estrasburgo), sea que se lo caricaturice, el mensaje teológico es siempre el mismo: la elección ahora ha pasado al pueblo cristiano y la Iglesia -verdadero Israel- que pregona la salvación traída por Cristo, puede triunfar.

Durante el Concilio Vaticano II la Iglesia Católica revisó finalmente esta doctrina y comprendió cuánto contradecía la propia Biblia (86) y, antes que nada, la palabra del propio San Pablo, que afirma que “los dones y la vocación de Dios son sin arrepentimiento.” (87)

El decreto conciliar Nostra Aetate (1965), punto de partida de la “nueva perspectiva” de la Iglesia sobre los judíos, recordaba el «patrimonio espiritual» que la une al pueblo de la descendencia de Abraham, condenando la acusación de deicidio (§ 4). El episcopado francés, bajo particular impulso de Mons. Elchinger, obispo de Estrasburgo, publicó en 1973 un documento sobre las relaciones judeocristianas de un vigor que aún no ha sido igualado, mientras Juan Pablo II recordaba en muchas ocasiones la perpetuidad de la primera Alianza (88) “nunca revocada” (Maguncia –1980, etc.).

Ahora queremos trabajar en la reconciliación y en el diálogo fraternal con nuestros hermanos mayores. Pero debemos tener la humildad de reconocer que la enseñanza del menosprecio y la «teología de la sustitución» que considera a la Iglesia como nuevo y único Israel de Dios todavía impregnan muchos espíritus. Sólo un largo trabajo de educación conducirá a erradicar todo germen de antijudaísmo. Sólo una purificación continua de la memoria, que nos hace conscientes de las tentaciones que nos habitan, llevará a los cristianos a la vigilancia y a la responsabilidad. A ellos también se dirige lo que Dios dijo a Caín (89): “¿Qué has hecho con tu hermano?”

La Iglesia pide hoy a los cristianos comprometerse en este el camino de conversión, invitándolos a construir con sus hermanos judíos un futuro donde juntos puedan ser «una bendición unos para otros» (Juan Pablo II, 1983.)

* * *

“Histórico” encuentro del Papa con los rabinos jefes de Israel (90)

CIUDAD DEL VATICANO, viernes 16 enero 2004.

«El diálogo oficial establecido entre la Iglesia Católica y el Gran Rabinado de Israel es un signo de gran esperanza», reconoció Juan Pablo II al recibir este viernes a los rabinos jefes de Israel.

Los líderes religiosos han viajado a Roma para asistir al «Concierto de la Reconciliación» que tendrá lugar el sábado en el Vaticano.

«No debemos escatimar esfuerzos para trabajar juntos en la construcción de un mundo de justicia, paz y reconciliación para todos los pueblos», afirmó el Santo Padre ante Jona Metzgher, rabino asquenazí, Slomo Amar, rabino sefardí, y Oded Wiener, director general del Gran Rabinado.

Al iniciar su discurso, el Papa recordó: «En los 25 años de mi pontificado me he esforzado en promover el diálogo judío-católico y en fomentar siempre un mayor entendimiento, respeto y cooperación entre nosotros».

Además calificó como uno de los momentos sobresalientes de su pontificado su peregrinación jubilar a Tierra Santa, «que incluyó intensos momentos de recuerdo, reflexión y oración en el Yad Vashem [el memorial nacional israelí dedicado a las víctimas de la Shoah (Holocausto), y en el Muro de las Lamentaciones».

Durante la audiencia, según informaron tras el encuentro con el Papa, «los rabinos se han referido al fenómeno del antisemitismo, poniendo énfasis en la dimensión actual de las palabras pronunciadas en el pasado por el Papa», cuando recomendó «enseñar a las conciencias a considerar el antisemitismo y toda forma de racismo como un pecado contra Dios y la humanidad».

Los rabinos jefes de Israel igualmente solicitaron «al Papa que ejerza su influencia en los fieles acerca de la creciente oleada de terrorismo que golpea a inocentes y pone en peligro la reconciliación» y le agradecieron haber instituido «la jornada dedicada al judaísmo» en la Iglesia católica.

Finalmente obsequiaron a Juan Pablo II con un «regalo emblemático: un candelabro (Chanukkiah) con el fondo de Jerusalén, ciudad consagrada a las tres religiones monoteístas, símbolo de la aspiración a la paz de toda la humanidad». (91)

Un obispo y un rabino buscan sendas
para el diálogo entre judíos y católicos (92)

ROMA, viernes 16 enero 2004.

Las sendas por las que puede seguir avanzando el diálogo entre judíos y católicos fue el tema central de la conferencia entre representantes de las dos religiones que se celebró este jueves en la Universidad Pontificia de Letrán en Roma.

En el encuentro intervinieron el obispo Rino Fisichella, rector de la Universidad y presidente de la Comisión de la diócesis de Roma para el ecumenismo y el diálogo, y el rabino jefe de la comunidad judía de Roma, Riccardo Di Segni.

La conferencia sirvió para preparar la Jornada de Diálogo con los Judíos que la Iglesia católica en Italia celebrará el próximo sábado, en este año con el lema tomado del capítulo 3 de Sofonías: «Servirán al Señor bajo un mismo yugo» (versículo 9).

Monseñor Fisichella aclaró: «Esta es una cita no sólo para recordar que somos amigos y hermanos, sino también para hacer visible la relación de amistad».

Por su parte, el rabino Di Segni se adentró en las dificultades objetivas que plantea este diálogo, particularmente en el terreno de la teología.

«Se han dado progresos teológicos notables en la visión de judaísmo por parte de la teología cristiana -reconoció-. El documento sobre las escrituras judías, un hecho sin precedentes, da importancia a la exégesis rabínica», en referencia al documento de la Comisión Pontificia Bíblica «El pueblo judío y sus Santas Escrituras en la Biblia Cristiana» (2001).

Ahora bien, siguió constatando el rabino, «la reciprocidad a nivel teológico no existe. Entre políticos se puede discutir y llegar a una solución; entre teólogos no».

El motivo, siguió aclarando, es el carácter «único, pero totalmente asimétrico» que une al cristianismo con el judaísmo.

«El cristianismo nace del judaísmo y, con notables esfuerzos, puede introducir elementos de espiritualidad judía. Lo contrario no es posible», afirmó.

Sin embargo, concluyó, el versículo de Sofonías -«Servirán al Señor bajo un mismo yugo»- «nos mueve a trabajar para ver cómo es posible realizar este ideal».

Los rabinos piden al Papa asociarse a las celebraciones
del “año de Maimónides» (93)

ROMA, lunes, 19 enero 2004

Los grandes rabinos de Israel han expresado a Juan Pablo II su deseo de que los católicos en el mundo celebren una Jornada de Diálogo con los Judíos, con el fin de promover el conocimiento recíproco entre judíos y cristianos y combatir juntos el antisemitismo.

Asimismo, el rabino Yona Metzger (asquenazí) y el rabino Slomo Amar (sefardí), sugirieron al Papa que se sume con un gesto significativo a la celebración al año de Maimónides, filósofo y teólogo de Córdoba (1135-1204).

La Jornada para el Diálogo con los Judíos ya existe en Italia desde hace años y se celebra el 17 de enero, en la víspera de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Es un día en el que judíos y católicos se encuentran en conferencias, visitas a las sinagogas, o convivencias para conocerse mejor.

Los rabinos expresaron el deseo de que, con motivo del octavo centenario de la muerte del gran filósofo y teólogo judío «Rambam» Maimónides, la Santa Sede preste (durante un tiempo o incluso de manera indefinida) alguno de sus preciosos manuscritos que se conservan en la Biblioteca del Vaticano para que puedan ser expuestos en Israel.

Al mismo tiempo los rabinos pidieron que el Papa done un objeto de culto judío en posesión de la Iglesia católica. Interrogados sobre a qué objeto se referían, los rabinos respondieron que dejaban a la discreción de Juan Pablo II la facultad de escoger.

En su encuentro posterior con los periodistas, los dos rabinos insistieron en el carácter «cordial», «cálido» y «amigable» del encuentro. El rabino Metzger subrayó que el Papa estuvo muy «atento» a todo lo que se le decía y muy «cálido» al recibir sus huéspedes.

El rabino Amar reconoció que ese encuentro había «hecho crecer la esperanza en la reconciliación y la fraternidad entre las dos religiones», así como la «intensificación de las relaciones», subrayando que el Papa y sus colaboradores han utilizado en el pasado palabras «fuertes» para condenar el antisemitismo.

Ante la pregunta sobre los rumores, según los cuales, en el Vaticano se encuentra la «Menorá» (candelabro de siete brazos del Templo de Jerusalén), los rabinos declararon que no querían hacer consideraciones sobre «rumores». Es una cuestión que debe dejarse al «Rey Mesías», dijo sonriendo el rabino Amar, prosiguiendo «el diálogo y la comprensión» en vez de plantear cuestiones que conducen a desacuerdos.

Para el rabino Amar, la dificultad más grande entre las personas y las comunidades es «la falta de comunicación», la imposibilidad de «comprender» o de «escuchar» al otro, de manera que cada quien se queda en sus posiciones. «Hay que hablar», insistió el rabino.

En el momento en el que nos hablamos «de manera auténtica» se da «una semilla, un inicio de esperanza». Estos encuentros interreligiosos, subrayaba, pueden «superar las dificultades que se dan a nivel político».

El gran rabino Metzger reveló que en la audiencia tocaron el tema de la lucha contra el antisemitismo y el terrorismo, diciendo: «Ayer nos perseguían porque no teníamos Estado y hoy porque lo tenemos». Reveló que ha lanzado un llamamiento a los jefes religiosos musulmanes para que impidan el aumento del terrorismo con pretextos religiosos.

Todos somos «hijos de Abraham», recordó, y es imposible que «este padre se alegre al ver que los hermanos se matan los unos a los otros». «¡Se ha derramado suficiente sangre!», afirmó recordando el mandamiento «no matarás».

Hay que volver a sentarse «en torno a una mesa» para hablar, insistió el rabino Amar, pues cuando hay diálogo comienza la solución. Hace falta «paciencia» y «tolerancia» para construir «puentes» que conduzcan al diálogo y que permitan «escuchar la sabiduría de los demás», cuando cada quien «piensa que tiene razón».

«Si todos tuviéramos esta disponibilidad, el mundo ya sería diferente», concluía el rabino.

Comunicado de Mons. Sean Brady,
Arzobispo de Armagh – Primado de Irlanda (94)

El martes 27 de febrero, Día de la Memoria del Holocausto, señala el aniversario de la liberación del campo de concentración nazi de Auschwitz-Birkenau. Uno de los propósitos de señalar este día es intentar y asegurar que los horrendos crímenes cometidos durante el Holocausto nunca se repitan en ningún lugar del mundo (…)

El racismo y la intolerancia siguen alzando sus inquietantes cabezas, mucho más cerca, aunque en una proporción muy inferior, y en contextos y circunstancias diferentes. Una sociedad verdaderamente democrática y tolerante, libre de los males del prejuicio, racismo y otras formas de intolerancia, reconoce y respeta en todo momento la dignidad de todos sus ciudadanos, sin distinción de raza, religión, sexo o condición social.

El Día de la Memoria del Holocausto nos llama a todos a trabajar para construir tal sociedad. Que el Dios de Abraham, Alá y Jesucristo, el Dios de la misericordia, justicia y amor, nos dé fortaleza para contribuir en la construcción de esa sociedad.

Maynooth, 27 de enero de 2004.

Notas

(54) F. Lovsky, El reino dividido: judíos y cristianos. Ed. San Pablo, 1987.
(55) Las revistas Istina y Sens reprodujeron ampliamente los debates y los nuevos datos teológicos. Ver, entre otros, Ensayo de programa para una teología después de Auschwitz, de Franz Mussner, Istina, nº 36,.1991, p. 346-351.
(56) Ver «Católicos y judíos: una nueva visión. Notas de la comisión vaticana para las relaciones con el judaísmo», DC 82 (1985), p. 733-738. Ver también: «Discurso de Juan Pablo II a los delegados de las conferencias episcopales para las relaciones con el judaísmo”, CD 1827 (4 de abril, 1982), p. 339-340.
(57) Ver el sitio del Servicio de Informes de Documentación Judía y Cristiana. La portada presenta el sitio así: “¿Qué es el S.I.D.I.C.? Un organismo católico animado por las hermanas de Notre-Dame de Sión. ¿Su objetivo? Trasladar a la vida de los cristianos las directivas del Concilio Vaticano II sobre las relaciones de la Iglesia y el pueblo judío. ¿A quiénes se dirige? A todo cristiano deseoso de profundizar su fe hasta sus raíces judías, de luchar contra el antisemitismo, de conocer y reconocer a su hermano judío.” ¿Dónde está el espíritu católico de los hermanos Ratisbona, que querían ganar a los judíos para Cristo Redentor?
(58) Reflexiones sobre la Alianza y la Misión, documento publicado por la Comisión del Episcopado Norteamericano para Asuntos Ecuménicos e Interreligiosos y el Consejo Nacional de Sinagogas, afirmando que la conversión de los judíos constituye un objetivo inaceptable, Washington, 13 de agosto, 2002.
(59) Paul Giniewski, Antijudaísmo Cristiano. Un cambio, París, Salvator, 1993, p. 391. Las citas que siguen se extraen de esta obra.
(60) R. Padre Jean Dujardin, intervención durante un «Encuentro de jóvenes”, marzo, 1998, revista Sens, nº 12, p. 533.
(61) Alain Marchandour, intervención en el coloquio Juicio a Jesús, ¿juicio a los judíos?, noviembre, 1996, Cerf, 1998, p. 11.
(62) Charles Perrot, “La situación religiosa de Israel según Pablo”, en Juicio a Jesús, ¿juicio a los judíos”, ibid., p. 134-136.
(63) Le Nouvel Observateur, 22-28 de febrero, 1998, p. 110.
(64) La relación de estas jornadas se encuentra en el sitio de las Hermanas de Notre-Dame de Sión. Los segundos encuentros europeos entre judíos y católicos tuvieron lugar en París, el 11 y 12 de marzo de 2003.
(65) DC 1985, 733-738.
(66) Discurso de Juan Pablo II a la sinagoga de Roma, en Judíos y Cristianos, París, Cerf, 1986, p. 54-55. Ver DC 1986, 433-439. El grave problema reside en el aprecio manifestado a judíos infieles, que no han reconocido a Jesucristo como Mesías, ni a la Iglesia Católica como única arca de salvación.
(67) Declaración de los Sabios Judíos Norteamericanos, septiembre, 2000. Ver el sitio www.chrétiens-et-juifs.org. André Paul, biblista y teólogo, parece rechazar el «sionismo” del cardenal Lustiger (La Promesa): «Al galope de patéticas exégesis, donde se da rienda suelta a un lenguaje estereotipado a la manera de una gnosis judeocristiana, se suceden invitaciones –¡cuán encomiables!- al “conocimiento recíproco” (p. 189) de judíos y cristianos, pero es para afirmar, sin rodeos esta vez, que el sionismo político establecido en 1948 es algo “necesario” (p. 182), más aún, que es un don de Dios.” L´Express, nº 2683, 5-11 de diciembre, 2002, p. 96. Para los judíos, su presencia en la Tierra Santa reviste obviamente un carácter teológico. Por lo que hace a la reconstrucción del Templo, el proyecto avanza bien.
(68) Paul Giniewski, Antijudaísmo Cristiano. Un cambio, ibid.
(69) París, edit. Biblieurope & F.S.J.U., 2002. Si el pueblo judío es un pueblo de “sacerdotes», ¿qué sucede con el sacerdote católico, alter Christus, en esta nueva teología? ¿No debe desaparecer? ¿Deberá cambiar su naturaleza? Sabemos que Satanás siempre aborreció el Santo Sacrificio de la Misa y que por todos los medios pretende erradicar el sacerdocio y el Sacrificio de la Nueva Alianza. En 1988 sufrió una derrota: Mons. Lefebvre salvó el episcopado y el sacerdocio por la consagración de verdaderos obispos católicos, los únicos que pueden ordenar verdaderos sacerdotes católicos. El sacrificio redentor podrá perpetuarse y seguir salvando las almas.
(70) Ver lo que André Chouraqui pedía ocho años antes (1992) en un capítulo titulado “Por un gran perdón universal”: “Algunos cristianos desearían que la Iglesia Católica organizara una ceremonia solemne de expiación y un pedido de perdón por los crímenes, injurias y daños causados por los cristianos directa o indirectamente a los judíos”, ibid, p. 214. Ver también Frère Johanan, Judíos y Cristianos, de ayer al mañana, Cerf, 1990, p. 56: «Por desgracia, el balance general de la actitud de los cristianos frente a judíos a lo largo de la historia es tremendo. La Iglesia Católica tiene el deber grave y urgente de expresar pública y oficialmente su profundo pesar por todo el mal cuya causa principal radica en la enseñanza cristiana.” Chouraqui revela: “Este pedido de perdón fue sugerido desde 1945 por voces autorizadas, en particular, por Jacques Maritain, Paul Claudel y más recientemente, el cardenal Etchegaray”, ibid p. 214.
(71) Cfr. estudio de Michel Feretti, La Iglesia y la Inquisición, edit. Saint-Rémi, 2001. Los mitos y leyendas negras sobre la Inquisición ya no tienen curso entre los historiadores. De Bennassar a Testas, la universidad ha producido trabajos serios sobre el tema. Pero esta verdad histórica dista mucho de ser conocida o admitida por el mundo mediático (incluidos los manuales escolares). De ahí la utilidad de la obra Michel Feretti, que ofrece una síntesis clara y bien informada. Feretti restablece verdades mal conocidas y rompe con ciertos «mitos» (Yves Chiron, Présent, 29 de diciembre, 2001).
(72) La foto figura en la cubierta de muchas obras, también en las del cardenal Lustiger. Los autores y los editores comprendieron todo el simbolismo de este gesto.
(73) Para los que quieren profundizar, v. Abraham Livni, El regreso de Israel y la Esperanza del Mundo, ed. de la Rocque, colección Hatsour, 1984. Paul Giniewski, Los Cómplices de Dios. Definición y Misión de Israel, Neuchàtel, edit Baconnière, 1963.
(74) “El mundo no funciona bien sino cuando es noáquida”, Gérar Haddad durante una emisión de Judaïca, 21 de septiembre, 1996.
(75) Página cuarta de un estudio publicado en internet titulado: Le Noachisme et les Sectes Ocultes. Estudios biblio-coránicos en www.le-carrefour-de-lislam.com No consta el nombre del autor. Ver también: Actas del Coloquio Internacional celebrado el 10-11 de septiembre, 2000, en Livorno bajo el alto patrocinio del Presidente de la República italiana con motivo del centenario de la muerte de Elías Benamozegh. Coloquio presentado por Alessandro Guetta.
(76) Ver Elías Benamozegh, Israël et l´Humanité, París, Albin Michel, 1961. Lamentablemente, la edición está expurgada. Un sitio creado recientemente sobre Benamozegh y su obra –http://www.benamozegh.info/Benamozegh.html- permite acceder gratuitamente a la obra integral de Israel et l´Humanité, reimpreso en 1914. El prólogo de Hyacinthe Loyson es ilustrativo.
(77) Gérard Haddad, “Aimé Pallière y la verdadera religión» en Histoire, nº 3, noviembre, 1979.
(78) Para muchos autores judíos, San Pablo es un gran traidor porque rechazó los judaizantes para inventar el cristianismo, llamado con desprecio paulinismo. Ver Shmuel Trigano, L´E(xc)lu entre Juifs et Chrétiens, París, Denoël, 2003, c. 4, par. 2: El paulinismo, obstáculo para el diálogo judeocristiano (p. 157).
(79) El noaquismo no parece estar reservado sólo «al espacio cristiano”. Los musulmanes siguen con interés este cambio de la religión católica. Se puede leer el estudio que redactaron titulado El Noaquismo y las Sectas Ocultas, ibid.
(80) “La dirección tomada por el diálogo judeocristiano es irreversible. Se inscribe en el movimiento de una humanidad que se unifica, aunque sea al precio de rupturas.” Lustiger, Nouvelle Revue Thélogique, ibid p. 542.
(81) L´Arche, mensual del judaísmo francés, nº 538, diciembre 2002, p. 107.
(82) Hans Küng podría figurar en la lista. Ver su muy importante libro Judaísmo, París, Seuil, 1995. Otro tando Theilhard de Chardin. Consultar la obra del Padre Julio Meinvielle, De la Cábala al Progresismo (traducción francesa de 1998). (Nota del autor del artículo.)
(83) “B´nai B´rith: asociación fraterna judía fundada en los Estados Unidos en 1843. B´nai B´rith significa en hebreo hijos de la alianza. El objetivo de esta agrupación se orienta a mantener la tradicion y la cultura judías, y luchar contra el antisemitismo (…) Los miembros reciben el apelativo de “hermanos”, reciben una iniciación y se reúnen en logias (…)” (Dictionnaire Universel de la maçonnerie, Evry, Presses Universitaires de France, 1987.)
(84) Bastardilla por Le Sel de la Terre.
(85) Bastardilla por Le Sel de la Terre.
(86) Bastardilla por Le Sel de la Terre.
(87) Este es el único pasaje que Mons. Doré puede citar para intentar colocar en contradicción la enseñanza tradicional de la Iglesia con la Biblia. Se guarda muy bien de suministrar la cita precisa (Romanos 11, 29). ¿Acaso teme que la lectura del contexto permita a los lectores darse cuenta que él la toma en un sentido totalmente contrario? En efecto, tres versículos más arriba San Pablo acaba de decir que “el endurecimiento ha venido sobre una parte de Israel hasta que la plenitud de los gentiles haya entrado.” La iglesia conciliar es campeona en el arte de trabucar las santas Escrituras (NDLR –Le Sel de la Terre)
(88) La nueva teología no habla jamás de la “antigua Alianza”. Ha sustituido esta expresión tradicional por aquella otra de “primera Alianza.” El cambio no es inocente, pues de trata precisamente de hacer creer que la alianza del Sinaí no ha sido reemplazada por la del Gólgota (NDLR-Le Sel de la Terre.)
(89) Caín, el primogénito, en quien los Padres de la Iglesia siempre vieron una imagen de la sinagoga, se transforma para Mons. Doré en figura del pueblo cristiano que persigue a los judíos. Todo el esfuerzo teológico del arzobispo de Estrasburgo parece apuntar a invertir radicalmente la enseñanza tradicional (NDLR-Le Sel de la Terre.)
(90) Noticia difundida por la agencia Zenit (ZS04011605) en lengua española.
(91) Recuérdese que los VII Mandamientos de Noé (noaquismo) es el mínimo común denominador de las tres religiones monoteístas…
(92) Agencia Zenit (ZS04011604) en lengua española.
(93) Relación de la noticia difundida por la agencia Zenit (ZS04011901) en lengua española, con agregados, en tipografía diferente, de lo que apareció al respecto en lengua francesa (Z 04011603) y omitidos en aquélla.
(94) Zenit ZS04012709.

HISTORIA SECRETA DE NOSTRA AETATE (1/2)

El 20 de noviembre 1964, en la sesión III, los obispos y cardenales reunidos votaron por gran mayorí­a el esquema provisorio que trata la posición de la Iglesia frente el judaí­smo. Léon de Poncins se apresuró a redactar un opíºsculo titulado el “Problema Judí­o frente el Concilio”. En su introducción, el autor comprueba «de parte de los Padres conciliares una ignorancia profunda de la esencia del judaí­smo».


DEL «MITO DE LA SUSTITUCIÓN» A LA RELIGIÓN NOÀQUIDA (1)

Por Michel Laurigan

«Cardenal» Bea con los rabinos

La crisis que actualmente sacude la Iglesia de Dios, vista desde los cielos, se inscribe necesariamente en el combate multisecular entre la Iglesia y la Sinagoga de Satanás (Ap 2, 9).

A este respecto, el siglo XIX fue testigo de la elaboración de un nuevo plan de asalto contra la ciudadela católica, estrategia revelada en 1884 por Elí­as Benamozegh.

Este rabino cabalista de Livorno, maestro del pensamiento judí­o contemporáneo, propuso entonces no borrar de la superficie de la tierra el catolicismo sino «transformarlo» según los criterios de la ley noáquida (2).

¿Fue el Vaticano II una intento de aplicar este plan? Esa es la cuestión que Michel Laurigan aborda en el presente artí­culo.

El lector percibirá toda su actualidad consultando en los documentos del presente número de la Sal de la Tierra el mensaje dirigido a la B’ nai B’ rith por Mons José Doré, arzobispo de Estrasburgo.

Le Sel de la Terre, nº 40. Otoño, 2003

«Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia» (Gn 3, 15).

Con motivo de la entrega del premio Nostra Aetate (3) el 20 de octubre de 1998 en la sinagoga Sutton Place (Nueva York) que conceden conjuntamente Samuel Pisar y el Centro para el Entendimiento entre judí­os y cristianos de la universidad del Sagrado Corazón de Fairfield (EE.UU), el cardenal Jean M. Lustiger, arzobispo de Parí­s, hizo una declaración (4) de tí­tulo prometedor: El mañana de judí­os y cristianos. Esta declaración, cuya importancia a nadie escapó en su momento, aún hoy merece nuestra atención. Frente los adalides mundo judaico, el cardenal presentó un panorama histórico de las relaciones judeocristianas e hizo un profundo análisis de la obra de salvación de la humanidad. Se podí­a esperar que recordase algunos datos de la teologí­a católica sobre la historia de la salvación. Lejos de ello, fue más bien el debut de una nueva teologí­a de la historia. Unas pocas citas del cardenal permitirán entender la gravedad de sus observaciones e introducirán este estudio.

En el momento de entrar en el tercer milenio de la era cristiana, ha comenzado una nueva época en la historia de la humanidad. Se está dando una vuelta de página en la historia de la humanidad. En las relaciones judeocristianas, los cristianos por fin abrieron sus ojos y sus oí­dos al dolor y a la herida de los judí­os. Quieren llevar el peso sin transferirlo a otros y no pretenden aparecer como inocentes (5).

¿Cuál es el pecado en virtud del cual cristianos deben llevar una carga? El cardenal se encarga de responderlo en el capí­tulo titulado «La elección y los celos», que deberí­a citarse por entero al describir tan erradamente la historia de la salvación.

La elección recae sobre el pueblo judí­o infiel; jamás ha sido revocada en razón del «escogimiento del pueblo elegido». Los celos, es cosa de los cristianos:

Los celos frente a Israel son tales, que rápidamente asumió la forma de una reivindicací­on de herencia. ¡Eliminar al prójimo, esto es, a alguien diferente de uno mismo! Los paganos convertidos tuvieron acceso a la Escritura y a las fiestas judí­as. Pero un movimiento de celo humano, muy humano, los condujo a poner al margen, o bien fuera, a los judí­os (es decir, a su judaí­smo (6), sus prácticas, sus ritos, sus creencias).

En efecto, dice el cardenal, «la cantidad y la fuerza de los paganos convertidos vino a trastornar, invertir la economí­a de la salvación.» Este movimiento tendió a vaciar la existencia judí­a de su contenido concreto, carnal e histórico, concibiendo la vida de la Iglesia bajo la figura de una realización definitiva de la esperanza y de la vida judaica (7). Así­ se desarrolló la “teorí­a de la sustitución” (8).

El cardenal Lustiger avanza, intentando probar que los cristianos desposeyeron a los judí­os de su papel de pueblo elegido y de pueblo sacerdotal, portador de la salvación a los hombres:

Cuando Constantino garantizó a los cristianos una tolerancia que equivalí­a a un reconocimiento del cristianismo en la vida del Estado y lo estableció como religión del Imperio, los judí­os fueron violentamente marginados. í‰ste era un modo simplista y grosero de rechazar los tiempos de la redención (9) y su trabajo de parto.

El mito (10) de la sustitución del pueblo cristiano por el pueblo judí­o se alimentaba, pues, de un secreto e inconfesable ataque de celos, y legitimaba la apropiación de la herencia de Israel, cuyos ejemplos podrí­an multiplicarse. Para citar sólo uno: la pretensión de los reyes de Francia de ser descendentes de David, que determinó a sus consejeros a hacer celebrar sus consagraciones según el ceremonial de los reyes de Israel, tal como nos lo narra la Bí­blica y se habí­a hecho en Bizancio (11).

Hacia el fin de su panorama histórico y de su singular teologí­a de la historia, el cardenal tranquiliza a los auditores. Las épocas han cambiado: el tiempo del menosprecio se extingue para dar lugar al del aprecio (12). Pronto la herencia será devuelta a su legí­timo propietario, el pueblo judí­o, verdadero Israel, que vuelve a convertirse en pueblo sacerdotal (13), que traerá la auténtica salvación a las naciones, la paz a los gentiles y … aquella unidad de que el mundo tiene necesidad. Su conclusión remata en esta esperanza:

La Iglesia Católica condensó esta toma de conciencia en la declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II, que desde hace treinta años viene dando lugar a numerosas tomas de posiciones, especialmente bajo el impulso del papa Juan Pablo II. Pero a esta nueva comprensión aún le cabe transformar profundamente los prejuicios e ideas de tantos pueblos pertenecientes al espacio cristiano, cuyo corazón no está todaví­a purificado por el espí­ritu del Mesí­as. La experiencia histórica nos lo muestra: se precisa una larga «paciencia» y un gran esfuerzo de educación «para poseer el alma» (Lc 21, 8). Con todo, el rumbo emprendido es irreversible.

En pocas palabras, se trata de que los cristianos celosos se apropiaron de la herencia de los judí­os, suplantándolos en el papel de pueblo de Dios e instrumento de salvación del mundo; de la admisión y confesión de esta falta en el siglo XX, después de la toma de conciencia que tuvo lugar en el Concilio Vaticano II en cuanto a que esa herencia debe ser devuelta a los judí­os desposeí­dos; y de la necesidad de reparar la falta cometida, dando tiempo al tiempo a fin de cambiar el espí­ritu de los cristianos. El movimiento de la historia es irreversible.

Más recientemente, en el año 2002, el cardenal Lustiger intervino en un congreso judí­o europeo (14), en un congreso judí­o mundial (15) y ante el Comité Judí­o Norteamericano (16) exponiendo una «reflexión sobre la elección y la vocación de Israel y sus relaciones con las naciones».

Su judeocristianismo sincretista (16) parece agradar a las élites del judaí­smo, sin que nadie en el mundo católico se conmueva realmente por la heterodoxia de su pensamiento.

¿Cómo puede ser que un cardenal se permita reescribir la historia de la salvación hacia fines del siglo XX, al punto de negar toda la obra redentora de Jesucristo continuada por su Iglesia? ¿Cómo se operó la subversión espiritual del siglo XX? ¿Fue en el Concilio Vaticano II, como sugiere el cardenal Lustiger? Si la Iglesia ya no es el verdadero Israel, ¿qué ocurre con en esta nueva teologí­a de la historia? Este estudio intenta responde a estas importantes preguntas.

«Redescubrir la herencia»: tentativas a lo largo de la historia

Elegido por Dios, en un principio, para la magní­fica misión de traer el Salvador a los hombres, el pueblo judí­o fue la esperanza y el honor del humanidad durante los dos mil años que antecedieron la venida de Jesucristo. Guardaba la herencia de las promesas divinas, daba testimonio del verdadero Dios en medio de la idolatrí­a pagana, conservaba en el mundo la fe, la verdad, el culto puro y sustancial del Padre que está en los cielos y la esperanza del Salvador del mundo. Los judí­os han sido verdaderamente “el pueblo de Dios” hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo; al nacer de la raza de Abraham, Jesucristo la coronó y consagró con su propia santidad.

Pero el Calvario separó en dos al pueblo elegido: por un lado, los discí­pulos, apóstoles y los primeros cristianos, que reconocieron en Jesús crucificado al Mesí­as que vení­a a cumplir la Ley y los Profetas, adhiriendo plenamente a su mensaje, a su espí­ritu y a su cuerpo mí­stico, la Iglesia; por otro, aquellos sobre cuya cabeza ha caí­do, según su deseo, la sangre del Justo (18), lo cual les valió una maldición que durará mientras persista en su rebeldí­a.

Mons. Delassus señala que «el deicidio ha abierto un abismo entre el antiguo tiempo y el nuevo, abismo que la misericordia divina cerrará el dí­a que su justicia haya terminado su obra.”

Hace dos mil años que aquellos que repudiaron la ley de Moises para adherir al Talmud se dedican a obstaculizar la obra redentora. Estuvieron detrás de todas las rebeliones del espí­ritu humano contra Dios, contra su Ungido -al que no quisieron reconocer -, y contra su Iglesia, considerada como «usurpadora.»

Protegiéndose de ellos y recordando al mismo tiempo el horror del deicidio, la Iglesia nunca ha cesado de buscarlos por caridad a fin de traerlos al redil, a la fuente de la gracia, al Calvario, donde se derramó la sangre redentora. Esta caridad condujo a que la Iglesia incluso los protegiera, rechazados como fueron tantas veces por los pueblos cristianos. Los verdaderos convertidos (19) han confirmado frecuentemente la caridad de la Iglesia a su respecto.

Con todo, los artí­fices de iniquidad se dejaron tocar poco por esta mansedumbre de los pontí­fices romanos. En cada siglo redoblaron sus asaltos contra la Iglesia y la sociedad católica. Josué Jehouda, autor de El Antisemitismo, Espejo del Mundo (20) escribe a propósito de la era moderna y contemporánea:

El mundo judaico intentó tres veces purificar la conciencia cristiana de las miasmas del odio; se hicieron tres brechas en la vetusta fortaleza del obscurantismo cristiano, se cumplieron tres etapas en la obra de destrucción del catolicismo dogmático.

Tales son: Renacimiento, Reforma y Revolución.

El Renacimiento, la Reforma y la Revolución constituyen tres tentativas de rectificación del pensamiento cristiano, a fin de ponerlo en sintoní­a con el desarrollo progresivo de la razón y de la ciencia (21).

El autor precisa que «a pesar de estas tres tentativas de purificar el antisemitismo del dogma cristiano, la teologí­a católica aún no ha suprimido su menosprecio al respecto.» Es por eso que «en el curso del siglo XIX se operaron otras dos tentativas más para sanear la mentalidad del mundo cristiano: una por Marx y otra por Nietzche».

El pensador judí­o deplora el fracaso parcial de estos dos últimos intentos. La fortaleza del catolicismo le permite resistir. Será necesario esperar hasta después de la II Guerra Mundial para lanzar el asalto más sutil y más destructivo contra la Iglesia Católica romana: cambiar la teologí­a católica a través de los mismos hombres de Iglesia. «Una revolución de capa y tiara», iniciada por los Carbonarios del siglo XIX, continuada por los modernistas en el siglo XX y que triunfa en el Concilio Vaticano II.

Vaticano II: la puerta abierta…

A partir de la Segunda Guerra Mundial, las organizaciones judí­as comenzaron a desafiar el mundo cristiano en punto a la necesidad de revisar la enseñanza de la Iglesia sobre el judaí­smo.

En 1946 y bajo auspicios de las organizaciones judí­as norteamericanas y británicas, una conferencia tenida en Oxford reunió a católicos y protestantes para discutir los problemas surgidos después de la guerra: fue una simple toma de contacto.

Una segunda conferencia internacional organizada en Seelisberg (Suiza) trató el problema del antisemitismo en particular. En gran parte, era una reunión de expertos (22). Entre los sesenta participantes estaba el padre Journet (23). Por su parte, Jacques Maritain no pudo participar en la conferencia, pero envió un caluroso mensaje de aliento (24). Pero el personaje “clave” del encuentro fue Jules Isaac. La conferencia concluyó con un documento titulado Los diez puntos de Seeligsberg, de los cuales cabe hacer mención:

Nº 5. Evitar rebajar el judaí­smo bí­blico o post bí­blico con el fin de exaltar el cristianismo.

Nº 6. Evitar usar la palabra «judí­o» en sentido exclusivo de «enemigos de Jesús», o la frase «enemigos de Jesús” para designar todo el pueblo judí­o.

Nº 7. Evitar presentar la pasión de tal manera que cuanto hay de odioso en la condena a muerte de Jesús recaiga sobre todos los judí­os, o solamente sobre los judí­os.

Nº 9. Evitar conceder aval a la impí­a opinión de que el pueblo judí­o es réprobo, maldito, a cual está reservado un destino de sufrimiento.

Los archivos de Jules Isaac (25) dan testimonio de las abundantes actividades de este autor. Así­ lo muestra André Kaspi, que acaba de consagrar una biografí­a a la personalidad de Jules Isaac, confirmando muchos hechos conocidos y revelando otros. Una de las contribuciones más importantes de Jules Isaac fue la redacción del libro Jesús e Israel, pretendiendo probar que el pueblo judí­o no fue ni deicida ni maldito y que el cristianismo es responsable del antisemitismo ambiente por su antijudaí­smo teológico. En la obra expone seguidamente veintiún puntos, verdadera «carta» de una nueva teologí­a de las relaciones judeocristianas.

En 1948, Isaac funda la “Amistad Judeo-Cristiana” cuyo objetivo se indica claramente: «la rectificación de la enseñanza cristiana.» Muchos católicos liberales participan en las reuniones bien orquestadas. Kaspi escribe que «los diez puntos de Seelisberg y los veintiún puntos de Jesús e Israel (26) se distribuyen por todas partes.” Por ese tiempo, se convencìa a Isaac de entrevistar al jefe de la Iglesia Católica. Pí­o XII lo recibe brevemente el 16 de octubre de 1949 en Castel Gandolfo. Jules Isaac expone al Soberano Pontí­fice los diez puntos de Seelisberg. El resultado del encuentro es bastante poco satisfactorio para el autor de manuales de historia.

En octubre de 1959, Cletta Mayer y Daniel Mayer – fundadores del Centro para Estudios de Problemas Actuales, estrechamente ligada a la Liga Antififamación (asociación creada en 1913 por la logia masónica B’nai B’rith)- “se entrevistan con Jules Isaac en el hotel Terminus de Parí­s y le hablan de un posible contacto con Juan XXIII. Jules Isaac aprueba. » (27)

Juan XXIII habí­a lanzado la idea de convocar un Concilio algunos meses antes (28). Se puso en marcha una comisión preparatoria, en la cual intervinieron muchos teólogos y hombres eminentes. Pero un contra Concilio se preparaba a sus espaldas y debí­a suplantar al verdadero llegada la hora. Ralph Wiltgen lo prueba abundantemente en El Rin desemboca en el Tiber (29).

Montini con el ephod judío.

A mediados de junio de 1960 y por consejo de Mons. Julien, Isaac se dirigió al cardenal Agustí­n Bea, jesuita alemán. «Encontré en él un fuerte apoyo.» Es cierto que las malas lenguas decí­an que el cardenal Bea era “judí­o de corazón. (30)» Isaac obtuvo un apoyo mayor al que podí­a esperar ya que sin muchas dificultades logró una audiencia con Juan XXIII el 13 de junio de 1960. En esta ocasión Isaac entregó al Papa un memorandum titulado: Necesidad de una reforma de la enseñanza cristiana respecto a Israel. “Pregunté si podí­a abrigar alguna esperanza», recuerda Isaac. Juan XXIII respondió que tení­a derecho a tener algo más que esperanza, pero «que no era un monarca absoluto». Tras la partida de Isaac, Juan XXIII se esforzó en hacer comprender claramente a los oficiales de la Curia Vaticana que se esperaba una firme condena del “antisemitismo» católico durante el Concilio que terminaba de convocar. Desde entonces, se sucedieron gran número de intercambios entre las oficinas del Concilio y el Comité Judí­o Norteamericano, la Liga Antidifamatoria y la B’nai B’rith. Estas asociaciones judí­as supieron hacer escuchar fuertemente su voz en Roma (31).

En efecto, si Isaac trabajaba a destajo, no era el único en hacerlo. El rabino Abraham J. Heschel del seminario teológico judí­o de Nueva York, que treinta años antes habí­a oí­do hablar de Bea por primera vez en Berlin (32), trató de encontrar al cardenal en Roma. En esta ocasión, los dos hombres hablaron de dos expedientes preparados por el Comité Judí­o Norteamericano, uno sobre la imagen de los judí­os en la enseñanza católica y otro de veintitrés páginas sobre los elementos antijudí­os en la liturgia católica.

Heschel declaró que esperaba que el Concilio purgara la enseñanza católica de toda sugerencia de que los judí­os eran una raza maldita. De esta suerte, añadió Heschel, el Concilio en modo alguno debe exhortar a los judí­os a convertirse al cristianismo (33).

Detalle del ephod

Al mismo tiempo, el Dr. Goldmann, jefe de la Conferencia Mundial de Organizaciones Judí­as, también comunicó sus aspiraciones a Juan XXIII. Del mismo modo, la B’nai B’rith ejerció presión para que los católicos reformasen su liturgia y suprimiesen en ella toda palabra que pudiera parecer desfavorable a los judí­os o que recuerde el “deicidio.”

Doctas cabezas mitradas, próximas a la Curia, advirtieron que los obispos, en el momento del Concilio, harí­an bien en no “tocar” este tema, aunque fuera con báculos de tres metros de largo. Sólo quedaba consultar a Juan XXIII, que dijo que no debí­an hacerlo (34).

En Roma se trabajó, pues, en la redacción de un texto sobre el judaí­smo, en el cual intervinieron el padre Baum y Mons. John Osterreicher (35), miembros del estado mayor de Bea. La declaración que contení­a una refutación clara de la acusación de deicidio debí­a presentarse en la primera sesión del Concilio que iba a abrirse el 11 octubre de 1962. La redacción plugo al Congreso Judí­o Mundial, que comunicó su satisfacción y decidió enviar al doctor Cain Y. Wardi en calidad de observador oficioso al Concilio.

Inmediatamente llovieron sobre el Vaticano protestas de los paí­ses árabes, indignados por el tratamiento preferencial concedido a los judí­os. En consecuencia, en junio de 1962, la Secretarí­a de Estado, de acuerdo con el cardenal Bea, hizo retirar del orden del dí­a la discusión sobre el proyecto de declaración sobre los judí­os preparado por el Secretariado para la Unidad de los Cristianos (36).

Una agencia tan próxima a la Curia como para tener las direcciones privadas de 2.200 cardenales y obispos que residí­an temporalmente en Roma, envió a cada uno un libro de 900 páginas titulado “Complot contra la Iglesia” firmado bajo el seudónimo de Maurice Pinay. La tesis del libro, refrendada por muchos hechos y citas, consistí­a en que los judí­os siempre pretendieron infiltrar la Iglesia para subvertir su enseñanza, estando ahora a punto de lograr su objetivo. El libro debí­a prevenir a los Padres conciliares acerca de una maniobra subversiva en el seno del Concilio, de suerte que se imponí­a obrar con mucha prudencia.

La exclusión del proyecto de declaración sobre los judí­os en la primera sesión del Concilio fue todo un fracaso para Bea, pero no se dejó abatir. El 31 de marzo de 1963, rodeado del máximo secreto (37), se reunió en el hotel Plana de Nueva York con las autoridades del Comité Judí­o Norteamericano, que presionaron para que los obispos cambiasen la teologí­a de la Iglesia en punto a la historia de la salvación. «Se acusa a los judí­os globalmente –dijo- de ser culpables de deicidio y se supone que sobre ellos pesarí­a una maldición.» Refutó estas dos acusaciones y tranquilizó a los rabinos que, presentes en la sala, quisieron saber si la declaración dirí­a explí­citamente que el deicidio, la maldición y el rechazo del pueblo judí­o por Dios no eran sino errores de la doctrina cristiana. ¡Bea respondió de modo evasivo y todos se despidieron brindando con una copita de jerez!

Poco después se estrenó la pelí­cula El Vicario de Rolf Hochhuth, que calumniaba a Pí­o XII por su actitud durante la guerra. El medio de presión era poco elegante, pero podí­a influir la asamblea conciliar.

Durante la segunda sesión del Concilio, en otoño 1963, se entregó a los obispos la declaración sobre los judí­os. Hací­a parte del capí­tulo IV una declaración sobre ecumenismo, lo que aparentemente le permití­a pasar más inadvertida. El Sr. Schuster, director del área europea del Comité Judí­o Norteamericano, juzgó que la distribución del proyecto a los Padres conciliares fue uno «de los momentos más importantes de la historia». El texto fue largamente discutido (38) pero sorpresivamente retirado al final de la sesión. Los representantes de la ortodoxia católica terminaban de distribuir varios ejemplares de Los judí­os a la luz de la Escritura y la Tradición (39), que debí­a alertar a los Padres conciliares acerca de las maniobras del enemigo. Todo parece indicar que, una vez más, las advertencias fueron escuchadas. “Algo sucedió entre bastidores” –comentó la Conferencia Nacional Católica de Ayuda Social.

Sin entrar en el detalle de esta larga historia, digamos que otros dos proyectos serán propuestos y discutidos detenidamente durante las sesiones III y IV. Entre 1964 y 1965 se multiplicarán las intervenciones judí­as ante Pablo VI. Los personajes más influyentes ante el papa fueron Joseph Lichten, de la Liga Antidifamatoria de la B’nai B’rith, Zachariah Schuster y Leonard Sperry del Comité Judí­o Norteamericano, el cardenal estadounidense Spellman, Arthur J. Goldberg, juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos y el rabino Heschel.

Roddy revela que “(antes de la III sesión) seis miembros del Comité Judí­o Norteamericano fueron recibidos en audiencia papal. El Santo Padre manifestó a los visitantes su aprobación a las manifestaciones del cardenal Spellman en el sentido de la no culpabilidad de los judí­os.” Un poco más adelante, subraya que “Heschel se entrevistó con Pablo VI en compañí­a de Schuster, perorando enérgicamente sobre el deicidio (40) y la culpabilidad, y solicitando que el Pontí­fice ejerciera presión a fin de obtener una declaración prohibiendo a los católicos todo proselitismo respecto a los judí­os (41).

El 20 de noviembre 1964, en la sesión III, los obispos y cardenales reunidos votaron por gran mayorí­a el esquema provisorio que trata la posición de la Iglesia frente el judaí­smo (42). Léon de Poncins se apresuró a redactar un opúsculo titulado el Problema Judí­o frente el Concilio, que se distribuyó a todos los Padres antes de la cuarta y última sesión. Era la última advertencia. En su introducción, el autor comprueba «de parte de los Padres conciliares una ignorancia profunda de la esencia del judaí­smo (43)». El folleto produjo efecto, permitiendo a la “coalición por el rechazo (44)” aguzar sus argumentos. Este frente consiguió que se descartasen algunas frases de la primera versión tales como “aún cuando una gran parte del pueblo elegido permanece provisionalmente lejos de Cristo, es injusto llamarlo pueblo maldito o pueblo deicida”, que fue sustituida por aquella que aparece en la versión definitiva de Nostra Aetate, finalmente adoptada en la sesión IV del 28 de octubre de 1965 por 2221 votos contra 88: “Los judí­os no deben ser presentados ni como réprobos ni como malditos por Dios, como si tal se derivara de la Escritura.”

Un texto de compromiso sale a la luz después de años terribles de una guerra doctrinal sin precedentes, de luchas de influencia entre la Curia y entre los Padres conciliares, de difusión de numerosos libelos para defender la teologí­a de la salvación enseñada por la Iglesia durante dos milenios. En general, como esperaban más, los judí­os quedaron decepcionados por el contenido del documento. Pero una puerta terminaba de abrirse y era difí­cil volverla a cerrar. En efecto, con Nostra Aetate los obispos de la Iglesia Católica presentaban por primera vez una imagen positiva y atrevida de los judí­os infieles.

André Chouraqui lo destaca oportunamente: “de repente, la Iglesia, afectada por una amnesia más o menos total a lo largo de dos mil años, se acuerda del ví­nculo espiritual que la une a la descendencia de Abraham – Israel-, reinstalando así­ el privilegio del mayorazgo en el contexto de la familia del pueblo de Dios. Este reconocimiento teológico elemental fue enriquecido con un contenido que los siglos no podrán agotar (…) Se necesitaron veinte siglos para que la Iglesia tomara renovada conciencia de sus raí­ces judaicas. (…) Por añadidura, la Iglesia rechaza categóricamente toda forma de proselitismo a su respecto, proscribiendo lo que antes habí­a admitido.” (45)

Jean Halpérin, miembro de la oficina del Congreso Judí­o Mundial con sede Ginebra, confirma las observaciones de Chouraqui durante un coloquio tenido en Friburgo:

Hay que destacar que la declaración Nostra Aetate de 1965 abrió verdaderamente el camino hacia un diálogo absolutamente nuevo e inauguró una nueva perspectiva (46) de la Iglesia Católica respecto a los judí­os y al judaí­smo, manifestando su disposición a reemplazar la enseñanza del desprecio por la del respeto (47).

Menahem Macina (48) ratifica esta afirmación:

Es necesario no olvidar el inmenso progreso que representa la declaración Nostra Aetate respecto a la situación previa. Una sola observación permitirá apreciar el camino recorrido. Quizás sepan que cuando se promulgan documentos destinados a toda la cristiandad, los papas y los concilios tienen la costumbre de buscar y citar textos de sus antecesores que van en el sentido de lo que se proponen enseñar, con el fin de evidenciar la continuidad de la doctrina y tradición eclesiales. Ahora bien, a diferencia de lo que ocurre con el pasaje que el Concilio dedica a la religión musulmana, en la declaración sobre los judí­os no hay ninguna referencia a precedente alguno positivo, ya sea de Padres, escritores eclesiásticos o papas (49).

Podrí­an citarse muchos testimonios que confirman este análisis, pero concluyamos con el de Paul Giniewski en su importante obra Antijudaí­smo cristiano-El cambio:

El documento sobre los judí­os, que se podí­a considerar como la conquista de un objetivo, resultó, en cambio y muy rápidamente, el principio de una nueva era en la feliz evolución de las relaciones judeocristianas (50).

Se abrió una puerta (51)… Los hombre de Iglesia admití­an que los judí­os ya no eran «un pueblo maldito». Maldito no, ¿pero tampoco réprobo? «De ahora en más –dice incluso Chouraqui- la Iglesia reconoce la permanencia del judaí­smo en los planes de Dios y el carácter irreversible de los principios sentados por Nostra Aetate, que dan de plano con toda restricción y toda ambigüedad en el diálogo con los judí­os.” La semilla habí­a sido plantada, sólo bastaba esperar que creciera…

Por tanto, de allí­ en más habí­a que avanzar en el camino del mutuo reconocimiento de judí­os y cristianos. Era imposible hacer un saldo de beneficios y pérdidas de dos mi años ensangrentados (52).

La purificación del espacio cristiano (53) ya podí­a comenzar…

En la próxima edición publicaremos la segunda parte.

Fuente: Stat Veritas

NOTAS:

(1) Traducimos “noachide” por “noaquida”.

(2) La ley noáquida es aquella que Dios dio a Noé después del Diluvio. El plan en cuestión, revelado por Elí­as Benamozegh en su obra Israel y la humanidad (1884), se expondrá en este artí­culo. Citemos aquí­ tan sólo cuanto Jacob Kaplan, gran rabino de Parí­s, declaraba al respecto en 1966: “Según nuestra doctrina, la religión judí­a no es la única que asegura la salvación. Se pueden salvar quienes no siendo judí­os, creen en un Dios supremo y observan una regla moral, obedeciendo las leyes que el Creador ha prescripto a Noé (…) Por eso los rabinos enseñan que los justos de todas las naciones tienen derecho a la salvación eterna. Al margen de las leyes noáquidas, las reglas de la Torá y la ley de Moisés sólo cuentan para los judí­os, porque tienen su razón de ser en el divino proyecto de formar un pueblo destinado a cumplir una acción religiosa en el mundo. La esperanza de Israel no es, pues, la conversión del género humano al judaí­smo, sino al monoteí­smo. En cuanto a las religiones bí­blicas, según declaran dos de nuestros más grandes teólogos, son confesiones cuyo cometido es preparar junto a Israel la llegada de la era mesiánica anunciada por los profetas. Por eso desemos ardientemente trabajar conjuntamente en la realización de este ideal esencialmente bí­blico (…) De esta suerte, podremos acelerar la era mesiánica, que será la era del amor, la justicia, la paz” (Jacobo Kaplan, Diálogo con el padre Daniélou S.J. el 1 de febrero de 1966 en el teatro de los embajadores en Parí­s, Parí­s, 1966).

(3) Premio que recompensa la personalidad que trabajó más eficazmente durante el año en pro del acercamiento entre cristianos y judí­os.

(4) Ver la declaración í­ntegra en Nouvelle Revue Théologique, t. 120, nº 4, octubre/noviembre de 1998, p. 529-543. El cardenal abre su discurso exlamando: “¡Cuán conmovido estoy al ser recibido en esta célebre y venerable sinagoga de Nueva York, centenaria ya!!!” El cardenal acaba de publicar una sí­ntesis de su pensamiento, especie de judeocristianismo sincretista en una obra titulada La Promesa, edit. Parole & Silence, 2002. Claude Viguée juzga así­ la obra del cardenal: “Jean-Marie Lustiger pone de manifiesto que no se puede – so pena de destruir el núcleo mismo del cristianismo – rechazar la elección de Israel. Esa es la clave de su libro. Para escribir estas lí­neas, desde la situación social y espiritual donde se encuentra, se precisa tener mucho valor. Hay cristianos que no le perdonarán fácilmente haber recordado que sin la elección de Israel no es concebible la elección cristiana (…) Adviértase que si hubiese escrito lo mismo en tiempo de la Inquisición…¡de seguro estarí­a en la hoguera!” France catholique, nº 2857, noviembre de 2002, p. 10.

(5) Ibidem, p. 532.

(6) Esta precisión no aparece en el texto original.

(7) En su último libro, el cardenal Lustiger distingue dos iglesias, la de Jerusalén, “iglesia que es, dentro de la Iglesia Católica, la continuidad de la promesa hecha a Israel (…) y que no ha perdurado, a más tardar, hasta el siglo VI, destruida bajo la presión de Bizancio. Esta es una de las pérdidas más importantes de la conciencia de los cristianos. La memoria de la gracia (de la elección, n.d.t.) que se habí­a concedido fue virtualmente rechazada, no digo por la Iglesia en cuando esposa de Cristo, sino por los cristianos (p. 17)” y por los pagano-cristianos, a contar desde el siglo VI hasta el Vaticano II: «el pecado en que incurrieron los pagano-cristianos, tanto los clérigos como los prí­ncipes o el pueblo, fue apoderarse de Cristo para desfigurarlo, y hacer de esta desfiguración su dios (…) Su ignorancia sobre Israel es prueba de su ignorancia sobre Cristo, a quien dicen servir” (La Promesa, edit. Parole et Silence, 2002, p. 81). ¿Es todaví­a católico el cardenal Lustiger?

(8) Ibidem, p. 535.

(9) Leyendo estas lí­neas, parecerí­a que el cardenal Lustiger condena los beneficios del edicto de Milán del año 313. Más aún, Constantino habrí­a rechazado “los tiempos de la redención” por el apartamiento de los judí­os. ¡Curiosa lectura de la historia de la Iglesia!

(10) Para el cardenal de Parí­s, la sustitución del pueblo de la antigua Alianza por el pueblo cristiano serí­a simplemente ¡un mito…! “En vuestro libro La Promesa rechazáis la teologí­a de la sustitución, lo cual me place «, rabino Josy Eisenberg a J.M. Lustiger, Le Nouvel Observateur, nº 1988, del 12-18 de diciembre, 2002, p. 116.

(11) El cardenal reenví­a a La Franquerie, Ascendances davidiques des Rois de France, Villegenon, 1984.

(12) Lustiger asume aquí­ una expresión cara a Jules Isaac.

(13) Ver Patrick Petit-Ohayon, La Mission d´Israel, un peuple de prêtres, Parí­s, edit. Biblieurope & F. S. J. U., 2002.

(14) Parí­s, 28-29 de enero, 2002. La intervención se titula: «De Jules Isaac a Juan Pablo II: desafí­os para el futuro.» Ver el texto en La Promesa, p. 185-188 o en Rencontres européennes entre juifs et catholiques organisée par le Congrès Juif Européen, 28-29 de enero, 2002, edit. Parole et Silence, 2002.

(15) Bruselas, 22-23 de abril, 2002. “Judí­os y cristianos. ¿Qué deben esperar de su encuentro?” Intervención publicada en La Promesa, p. 189-202. Ver el párrafo que sabe a herejí­a intitulado: “La libertad religiosa, clave de la democracia.”

(16) Washington, 8 de mayo, 2002. “¿Qué significa el encuentro de judí­os y cristianos en marco del choque de las culturas?”. Ver La Promesa, p. 203-218.

(17) Lustiger cree en Jesucristo como Mesí­as, pero es un Mesí­as judí­o. Hay que releer la muy oportuna obra Dios, ¿es antisemita? Infiltración judaica en la Iglesia conciliar de Hubert Le Caron, edit. Fideliter, 1987. El autor estudia la «tentativa de judaización de la Iglesia romana” y las puntualizaciones del cardenal hechas a France-Soir, del 3 de febrero, 1981: “Yo soy judí­o. Para mi, las dos religiones son una sola; no traicioné la de mis antepasados” p. 83-115. Sin embargo, no todos los judí­os adhieren a este judeocristianismo. Ver el artí­culo “No, Señor Cardenal” del rabino Josy Eisemberg en Le Nouvel Observateur, nº 1988, p. 116. Los silencios del cardenal sobre la Virgen Marí­a son elocuentes. Los padres Lemann, verdaderamente convertidos, predicaron magní­ficamente a Marí­a Corredentora.

(18) Los judí­os infieles se convirtieron en instrumentos de Satanás en su lucha contra la Iglesia y contra la Madre de Dios. En el Evangelio según San Juan, c. 8 v. 24 y 41-44 se lee que Jesús dijo a los judí­os: «Si no creéis que soy el Mesí­as, moriréis en vuestro pecado (…) Si fueseis hijos de Abraham, harí­ais las obras de Abraham. Pero hacéis las obras de vuestro padre. Los judí­os le dijeron: No somos hijos de fornicación; tenemos un solo Padre, que es Dios. Jesús les dijo: si Dios fuera vuestro Padre, me amarí­ais, ya que he salido de Dios y vengo de í‰l (…) El padre del cual vosotros habéis salido es el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre”.

(19) Ver en particular la pequeña obra de Teodoro Ratisbona, El problema judí­o, Parí­s, edit. Dentu, 1856, 31 p. Disponible en internet en www.gallica.bnf.fr

(20) Josué Jehouda, El Antisemitismo, Espejo del Mundo, prefaciado por Jacques Soustelle, Ginebra, ed. Synthésis, 1958 283 p. Jehouda aspira a ser el continuador de Elí­as Benamozegh, rabino de Livorno. Sus otras obras son de máximo interés: La Tierra Prometida, Parí­s, Rieder, 1925,122 p.; Las Cinco Etapas del Judaí­smo Emancipado, Ginebra, edit.. Synthesis, 1946, 132 p. (Extracto de la revista judí­a de Ginebra, 1936-1937); La Vocación de Israel, Parí­s, Zeluck, 1947, 240 p.; El Monoteí­smo, doctrina de la unidad, Ginebra, edit. Synthesis, 1952, 175 p., Instituto para el estudio del monoteismo. Cahiers (I.E.M.), vol. 1, marzo de 1952; Sionismo y mesianismo, Ginebra, Synthesis 1954, 318 p. Cahiers (I.E.M.) vol. 2, octubre de 1954; Israel y la Cristiandad. La Lección de la Historia, Ginebra, Synthesis, 1956, 263 p.; Israel y el Mundo (sí­ntesis del pensamiento judí­o), Parí­s, edit. cientí­fico, s. d.; El Marxismo frente al Monoteí­smo y al Cristianismo, Ginebra, Synthesis, 1962, 71 p. José Jehouda también prologó la obra de í‰lí­as Benamozegh, Moral Judí­a y Moral Cristiana, edición revisada y corregida, Baconnière, 1946.

(21) Josué Jehouda, El Antisemitismo, Espejo del Mundo, p. 161-162. Citado en el folleto de Léon de Poncins, “El Problema judí­o ante el Concilio», p. 27. Este panfleto se distribuyó a todos los padres conciliares en 1965 antes de la cuarta sesií³n. Ver más adelante las circunstancias históricas de la difusión.

(22) La revista Unidad de los Cristianos, nº 109, publica la fotografí­a de todos los participantes.

(23) Ver Recuerdos de la Conferencia de Seelisberg y del padre Journet por el rabino A. Zafran, y La Carta de Seelisberg y la participación del cardenal Journet por Mons P. Mamie, en el Coloquio de la Universidad de Friburgo, 16-20 de marzo, 1998, sobre el tema: “Judaí­smo, Antijudaí­smo y Cristianismo «, San Mauricio, edit. San Agustí­n, 2000, p. 13-35. El padre Journet fue invitado a la conferencia dada por el R.P. de Menasce O.P., egipcio, judí­o convertido. En cuanto a Jacques Maritain, lo fue por el pastor de Ginebra Pierre Visseur.

(24) El texto í­ntegro fue publicado por la revista Nova y Vetera 1946-1947, p. 312-317. Se titulaba: “Contra el Antisemitismo”. Allí­ se lee: “Los cristianos comprenderán también que necesitan revisar diligentemente y purificar su propia lengua, pues una rutina no siempre inocente, pero en todo caso particularmente despreocupada por el rigor y la exactitud, filtró expresiones absurdas como la de raza deicida, o un modo más bien racista que cristiano de relatar la historia de la Pasión, que invita a los niños cristianos al odio de sus condiscipulos judí­os (…)

(25) André Kaspi, Jules Isaac, historiador, protagonista del acercamiento judeocristiano, Parí­s, Plon, 2002, p. 215.

(26) Ibidem, p. 216.

(27) Ibidem, p. 232.

(28) La famosa inspiración de Juan XXIII en San Pablo Extramuros sigue siendo un enigma. Serí­a interesante saber si Jules Isaac o las organizaciones judí­as desempeñaron algún papel en la decisión que tomó. Se sabe que en 1923 los cardenales desaconsejaron a Pí­o XI una convocatoria semejante. El cardenal Billot habí­a incluso predicho al Sumo Pontí­fice: ¿Acaso no debemos temer que el Concilio sea «maniobrado» por los peores enemigos de la Iglesia, los modernistas, que como los informes muestran con evidencia, se prepararan para aprovecharse de los Estados Generales de la Iglesia (es decir, un Concilio–n.d.t) y hacer una revolución, un nuevo 1789? Citado por Mons Tissier de Mallerais en Marcel Lefebvre, Clovis 2002, p. 289.

(29) Edit. Du Cedre, Parí­s, 1982.

(30) Lo difundí­an los diarios egipcios. Ver la obra de Bea La Iglesia y los Judí­os, Cerf, 1967, y el artí­culo del cardenal J. Willebrands “Contribución del cardenal Bea al movimiento ecuménico, a la libertad religiosa y a la instauración de nuevas relaciones con el pueblo judí­o”, D.C. 79.(1982), p. 199-207.

(31) Ver el artí­culo «Cómo los judí­os cambiaron el pensamiento católico» de Joseph Roddy en la revista Look del 25 de enero, 1966, artí­culo traducido y publicado í­ntegramente en Le Sel de la Terre, nº 34, otoño 2000, p. 196-215. Estas lí­neas remiten a ese artí­culo.

(32) Mucho se podrí­a escribir sobre los años de preparación del Concilio (hombres, relaciones, redes, proyectos, publicaciones, planes, amistades, enemistades…)

(33) Léon de Poncins, El judaí­smo y el Vaticano. Tentativa de Subversión Espiritual, edit. Saint Rémi, 2001, p. 204. El parecido que se encuentra con las reflexiones vertidas en la declaración del episcopado norteamericano sobre los judí­os, del 13 de agosto de 2002, es algo espantoso: «¿Deberí­an los cristianos invitar a los judí­os a bautizarse? Es una cuestión compleja, no sólo en términos de la autodefinición teológica cristiana, sino también en razón de la historia de los bautismos forzados de judí­os por parte de los cristianos. En un estudio notable y siempre vigente presentado en el sexto encuentro del Comité de Enlace Internacional católico-judí­o en Venecia hace veinticinco años, el profesor Tommaso Federici examinaba las implicancias misiológicas de Nostra Ætate sobre bases históricas y teológicas, argumentando que en la Iglesia no deberí­a haber ninguna organización, del tipo que fuese, dedicada a la conversión de los judí­os.» Reflexiones sobre la Alianza y la Misión, documento publicado por el Comité del Episcopado Norteamericano para los asuntos ecuménicos e interreligiosos, junto al Consejo Nacional de Sinagogas, donde se afirma que la conversión de los judí­os es un objetivo inaceptable. Washington, 13 de agosto, 2002.

(34) Joseph Roddy, ibidem, p. 201.

(35) Estos dos personajes eran oficialmente conversos del judaí­smo.

(36) Historia del ConcilioVaticano II, obra dirigida por G. Alberigo, Parí­s, Cerf/ Peeters, 1997, t. 1., p. 440-441.

(37) Joseph Roddy escribe: «Bea no querí­a que la Santa Sede o la Liga írabe supieran que se encontraba ahí­ para escuchar las preguntas sobres las cuales los judí­os aguardaban una respuesta «, ibidem. p. 202.

(38) «Los capí­tulos IV y V, concernientes a los judí­os y a la libertad religiosa, provocarán los debates más tempestuosos entre renovadores y tradicionalistas. Lo que está en juego no es ni más ni menos que la renuncia, por parte de la Iglesia, al monopolio de la única verdad.» Henri Tincq, L´í‰toile et la Croix. Jean-Paul II-Israël-L´explication, Parí­s, J.C. Lattèse, 1993, p. 30. Los patriarcas orientales defenderán valerosamente la teologí­a de la Iglesia. Entre ellos hay que citar al cardenal Tappouni, patriarca sirio de Antioquí­a, a Maximos IV, patriarca melquita de Damasco, a patriarca copto Esteban I Sidarous y a patriarca latino de Jerusalén.

(39) Y también Los hebreos y el Concilio, obra de un cierto Bernardus. V. René Laurentin, La Iglesia y los Judí­os en el Vaticano II, Casterman, 1967.

(40) El deicidio a la luz del Concilioes todo un tema para estudio. En efecto, se produjeron debates de los más vivos y apasionantes. Por ejemplo, Bea afirma que «si bien es cierto que el Sanedrí­n de Jerusalém representaba al pueblo judí­o, ¿habrá comprendido plenamente la divinidad de Cristo? Si la respuesta es negativa, entonces no hubo deicidio formal». Por su parte, el arzobispo de Palermo, cardenal Ruffini, tomará la palabra para exclamar: «No se puede decir que los judí­os son deicidas por la sencilla razón de que no se puede matar Dios.» Ver Henri Tincq, ibid, p. 36 y R. Braun, «¿Es deicida el pueblo judí­o?», artí­culo publicado en la revista Encuentros de Cristianos y Judí­os, nº 10, suplemento, 1975, p. 54 a 71. El tema sigue siendo de extrema actualidad por la polémica levantada alrededor de la pelí­cula de Mel Gibson The Passion, cuya estreno se prevé para Pascua de 2004.

(41) Estos encuentros mantenidos oficialmente en secreto causaban inquietud entre buenos obispos. Roddy revela que «fue esta suerte de reuniones cumbres hechas bajo cuerda,g lo que condujo a los conservadores a afirmar que los judí­os norteamericanos formaban el nuevo poder que actuaba a espaldas la Iglesia», ibid. p. 206.

(42) Sobre el esquema preparatorio, comenta Henri Fesquet: «Noventa y nueve Padres votaron negativamente, mil seiscientos cincuenta por la afirmativa y doscientos cuarenta y dos afirmativo con reservas. Los obispos orientales intervinieron en bloque declarando su oposición de principio a toda declaración sobre los judí­os por parte del Concilio. Con todo, el escrutinio final recién tendrá lugar al fin de la sesión IV en 1965 «, Le Monde, 27 de noviembre, 1964.

(43) Léon de Poncins, El Problema Judí­o frente al Concilio, p. 7.

(44) Mons. Luigi Carli, fiel amigo de Mons. Lefebvre en el Cœtus internationalis Patrum, publicó en su boletí­n diocesano de febrero, 1965, que «los judí­os de la época de Cristo y sus descendientes hasta el dí­a de hoy son colectivamente culpables de la muerte de Cristo.»

(45) André Chouraqui, La Reconnaissance. Le Saint-Siège, les juifs et Israël, Parí­s, Robert Laffont, 1992, p. 200.

(46) En cursiva en el texto.

(47) Coloquio de la universidad de Friburgo, 16-20 de marzo, 1998, sobre el tema: Judaí­smo, Antijudaí­smo y Cristianismo, Saint Maurice, edit. S. Agustin, 2000, ibid, p. 129.

(48) Creador del sitio: www.chrétiens-et-juifs.org.

(49) El diálogo con la Iglesia,¿es bueno para los judí­os?, Bruselas, sept., 1997.

(50) Paul Giniewki, Antijudaí­smo cristiano. Un cambio, Parí­s, Salvator, 1993, p. 506. La lectura de esta obra se impone a todo el que quiera comprender los acontecimientos a la luz de la lucha entre la Iglesia y la sinagoga.

(51) En una intervención ante el Congreso Judí­o Europeo celebrado en Parí­s, 2002, el cardenal Lustiger supo resumir admirablemente la historia de las relaciones judeocristianas entre 1945 y 1965: «Los signatarios de Seelisberg se tomaron su tiempo, Jules Isaac golpeó a la puerta y el ConcilioVaticano II la abrió a través de la declaración Nostra Aetate. » Difí­cilmente se podrí­a sintetizar mejor. La Promesa, ibid, p. 187.

(52) Cardenal Lustiger, ibid., p. 187.

(53) La expresión pertenece a Lustiger, en un discurso pronunciado en la sinagoga de Nueva York: «La Iglesia condensó esta toma de conciencia en la declaración Nostra Aetate del ConcilioVaticano II, y desde hace treinta años, dio lugar a numerosas tomas de posición, particularmente bajo impulso del papa Juan Pablo II. Pero esta nueva comprensión aún debe transformar a fondo los prejuicios, las ideas de tantos pueblos pertenecientes al espacio cristiano, cuyo corazón todaví­a no está purificado por el Espí­ritu del Mesí­as”, ibid. ¿Qué es este “Espí­ritu del Mesí­as”?

Gentileza de Panorama Católico