EL ARRIANISMO
El arrianismo, y el semiarrinismo, han vuelto a reaparecer con descaro en el «magisterio» de la doctrina conciliar y postconciliar. A fin de cuentas, si buscan, como lo hacen en efecto, la unidad de todas todas las religiones, una sola cosa necesita la falsa iglesia surgida del Vaticano II a ese fin: renegar de la divinidad de Jesucristo, es decir de la consustancialidad con el Padre. De esta forma, el Hijo de Dios, pasa a ser una criatura, la más excelente si se quiere, pero sin la misma consustancialidad con el Padre. Lo cual sería aceptable a algunas de las falsas religiones. No tiene otro sentido hacer repetir a los católicos del Novus Ordo Missae en lengua vernácula y cada domingo la herejía arriana o semiarriana de que el Padre y el Hijo son de la misma naturaleza, censurando la palabra «consustancial» en el Credo. Porque si decimos, por ejemplo, que dos seres son de la misma naturaleza no decimos que son necesariamente de la misma sustancia. Así, por ejemplo, dos hombres, dos caballos, dos perros son de la misma naturaleza, pero cada uno de ellos es una sustancia distinta, precisamente porque son dos y no uno. Pero nuestra fe católica confiesa que el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son tres Personas en una misma substancia, que es la divina. Tres personas consustanciales, un sólo Dios. Para ir comprendiendo la perfidia de la iglesia conciliar cuya fornicación con las religiones falsas clama al cielo, puede resultarles de interés el siguiente artículo sobre el arrianismo.
Arrianismo
Arrio, sacerdote de Alejandría, primer autor de la herejía, a la cual dió nombre, comenzó a publicarla el año 319. Descontento con una explicación que Alejandro su obispo habia dado del misterio de la Santísima Trinidad en una reunion de sacerdotes, sostuvo que el Hijo de Dios o el Verbo divino, era una criatura sacada de la nada que Dios Padre había producido antes de todos los siglos, y de la cual se habia servido para criar el mundo; que el Hijo de Dios era de una naturaleza y de una dignidad muy inferior a la del Padre; que no se llamaba Dios sino en un sentido impropio. Condenado al principio por su obispo en un concilio de Alejandría y en otro segundo celebrado el año 321, se retiró a la Palestina, y escribió a los obispos mas célebres quejándose del rigor con que se le trataba, y supo disfrazar su doctrina y hacer odiosa la de Alejandro como también su conducta; se hizo de esta suerte muchos partidarios, principalmente a Eusebio de Nicomedia, cuyo crédito era grande en aquella época, tanto en la Iglesia como en la corte. Alejandro por su parte publicó los errores de Arrio y las causas de su condenación; y desde entonces empezó a acalorarse la disputa por una y otra parte.Pero el anatema pronunciado contra el error no le destruyó; la mayor parte de los que no habían firmado la decisión del concilio sino para evitar el destierro permanecieron adictos al partido de Arrio. Constantino mismo seducido por un sacerdote arriano, recomendado por su hermana Constancia al tiempo de morir y que había ganado su confianza, consintió en llamar a Arrio de su destierro en 328; y este hereje reunido a sus partidarios, volvió a sembrar sus errores con mas calor que antes. Pero San Atanasio que habia sucedido al patriarca Alejandro en la silla de Alejandría rehusó constantemente recibir a Arrio en su comunión, y por esta firmeza incurrió en la indignación de Constantino.
Desde entonces los arrianos se hicieron un partido formidable: celebraron muchos concilios en los cuales se encontraron los señores. Lograron hacer desterrar a muchos obispos los mas adictos a la fe de Nicea, en particular a San Atanasio y a San Eustaquio obispo de Antioquía. Interpretaron en mal sentido la doctrina del concilio de Nicea, principalmente el término consubstancial; decian que esta palabra podia hacer confundir la persona del Hijo con la del Padre, y renovar el error de Sabelio, y tuvieron gran cuidado de quitarla de todas las profesiones de fe que redactaron. Pero sin disputa, sus variaciones en estas confesiones de fe en las que no podían convenir, y que cambiaron por lo menos veinte veces, probaban demasiado la necesidad de un término que cortara de raiz todos sus subterfugios.
El mismo Constantino no pudo hacer que Alejandro, obispo de Constantinopla, recibiese a Arrio en su comunion; este hereje murió de una manera trágica en estas mismas circunstancias el año 336; los que acusan a los católicos de haberle envenenado, los calumnian sin fundamento y por pura malignidad.
Después de la muerte de Constantino ocurrida el año 337, el partido de los arrianos tan pronto era fuerte como débil, según se encontraban protegidos o proscriptos por los emperadores. Bajo el imperio de Constancio que los favorecía, tenían a todo el Oriente en conmocion con sediciones y violencias; pero Constantino el joven y Constante que reinaban en el Occidente, impidieron al arrianismo que hiciera muchos progresos allí. En 331 Constancio, dueño de todo el imperio por la muerte de sus dos hermanos, protegió la herejía mucho mas que antes; se celebraron muchos concilios en Italia, en los que dominaron losarrianos; otros en los cuales triunfaron los católicos, condenaron a Arrio y sus partidarios, y confirmaron la fe de Nicea. En el concilio de Arlés en 353, en el de Milán celebrado en 355, en el de Rimini en 359, muchos obispos vencidos por violencia, suscribieron a la condenación de San Atanasio, y firmaron unas confesiones de fe en las cuales la palabraconsubstancial estaba suprimida. Los que dedujeron de esto que aquellos obispos habían firmado el arrianismo, abusaron de los términos; las profesiones de fe a que suscribieron, no expresaban con bastante exactitud el dogma católico, pero tampoco expresaban el error de Arrio, pues que decían o que el Hijo es semejante al Padre en sustancia, o que le essemejante en todas las cosas, o que le es semejante según las Escrituras, etc. Estas no son herejías aunque los arrianos abusaban maliciosamente de estas expresiones vagas para sembrar su error.
Lo mismo acontece con la fórmula que el papa Liberio firmó por debilidad en su destierro el año 357. Es constante por otra parte que durante todas las disputas de los obispos, los pueblos que no comprendían nada de ellas, continuaban creyendo y profesando el dogma de la divinidad de Jesucristo. Los mismos obispos arrianos no se atrevían a predicar en público, como Arrio, que el Hijo de Dios es una criatura sacada de la nada; que es inferior en naturaleza al Padre; que no es Dios en todo el rigor de la palabra. ¿Cómo pues puede sostenerse que en la época de que hablamos, el arrianismo había sofocado la fe católica, y dominaba en la Iglesia?
Juliano, que subió al imperio el año 362, dejó disputar a los arrianos y a los católicos: su reinado no duró mas que dos años, el de Joviano fue de algunos meses. Valente, dueño del imperio el año 364, favoreció y abrazó el arrianismo; Valentiniano su hermano, trabajóeficazmente en extirparle en el Occidente; Graciano y despues Teodosio le proscribieron en todo el imperio, de suerte que hacia el año 380, esta herejía, despues de 60 años de tumultos no osó ya manifestarse. A principios del siglo V, los godos, los vándalos y los bárbaros que estaban infectados con ella, quisieron restablecerla en las Galias y en Africa; ejercieron muchas violencias, é hicieron un gran número de mártires; los visogodos la introdujeron en España, en donde subsistió por mas tiempo bajo la protección de los reyes que la habían abrazado; pero habiéndola abjurado estos por último, desapareció hacia el año 660. La veremos renacer de sus cenizas en el siglo XVI.
Los semi-arríanos, que acaso pensaban del mismo modo en el fondo, disimulaban sus verdaderas opiniones. De ningún modo podemos conocer mejor sus artificios y rodeos, que examinando la conducta de Eusebio de Cesarea, que parece haber pertenecido constantemente a este partido. No ponía ninguna dificultad en decir, como el concilio de Nicea, que Jesucristo es el Verbo, la razón o la sabiduría divina, Dios de Dios, luz de luz, engendrado por el Padre antes de todos los siglos, y que ha hecho todas las cosas; pero no confesaba que este Verbo fuese engendrado ab aeterno, y coeterno al Padre; pretendía como lo hacen aun los socinianos que el Padre había dado el ser al Hijo antes de la creación; y cuando decía que este no es una criatura, entendia que no es una criatura semejante a las demás, sino de una naturaleza mucho mas perfecta, y tan semejante a Dios como una criatura puede serlo. Por esto mismo es por lo que los semi-arrianos, en lugar de la palabrahomoousios, consubstancial, substituían la de homoiousios, semejante en substancia.
Eusebio, aun profesando en el símbolo de Nícea, que el Hijo es consubstancial al Padre, entendía que el Hijo ha salido del Padre, no por división o por separación, como un cuerpo que forma parte de otro cuerpo, sino sin cambio y sin disminución de la substancia del Padre; así por consubstancial no entendía siempre mas que una semejanza imperfecta en la substancia, y no una perfecta igualdad con el Padre. No rehusaba el condenar a Arrio ni el pronunciar anatema a todos los que enseñaban que el Verbo ha salido de la nada, o de lo que no era; que hubo un tiempo en que aun no existía, porque decía que estas expresiones no estaban en la Escritura santa. Así se explica en la carta que escribe al pueblo de Cesarea, despues del Concilio de Nicea. (Sócrates, Hist.ecles. I. 1, c. 8). En las demás obras suyas ha negado mas de una vez la eternidad del Verbo y su igualdad con el Padre. (Petavio, Dogm. théol. t. 2, l. 1, c. 11 y 12). Muchos socinianos se sirven todavía de los mismos artificios, para paliar la impiedad de su opinion respecto de la divinidad de Jesucristo.
Este abuso continuo de los términos, estas explicaciones sutiles para alterar el sentido de las palabras de la Escritura santa, estas expresiones ambiguas en las profesiones de fe de losarrianos, estas disputas siempre renacientes entre ellos, demostraban suficientemente el doblez de su carácter y la falsedad de su opinion. Creian haber obtenido una gran victoria, cuando por medio de la intriga o de la violencia conseguían hacer firmar a los obispos católicos una profesión de fe en la que no se encontraba la palabra consubstancial. ¡Qué diferencia cubre esta marcha tortuosa de la herejía y la conducta franca y firme de la Iglesia católica! El concilio de Nicea desde luego y con una sola palabra, fijó la creencia de una manera irrevocable. La palabra consubstancial expresaba toda la energía y verdadero sentido de las expresiones de la Sagrada Escritura; prevenía todas las equivocaciones y sutilezas de los arrianos; la Iglesia, despues de haberla adoptado una vez, jamás la abandonó; se conservó en todas las profesiones de fe y en los diversos concilios en que los católicos estuvieron en libertad de exponer sus creencias: a pesar de todos los ataques de la herejía, en el espacio de catorce siglos, la consubstancialidad del Verbo es todavía la fe de esta misma Iglesia.
1° Es evidente que si las tres Personas divinas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, no son un solo Dios en el sentido mas exacto y rigoroso, el cristianismo, tal como subsiste en todas las comuniones que no son arrianas ó socinianas, es un verdadero politeísmo, pues que rendimos a estas tres Personas divinas el mismo culto supremo. Entre los paganos y nosotros no habrá mas diferencia, sino el que ellos admitían mayor número de dioses que nosotros, y que nosotros sabemos disfrazar nuestro politeísmo con sutilezas que a ellos les eran desconocidas. En este caso, el mahometismo, que se limita al culto de un solo Dios, es una religión mas pura que el cristianismo. Abbadie ha llevado esta consecuencia hasta la demostración, en su Tratado de la divinidad de Jesucristo. Se encuentra confirmada con el asentimiento de todos los socinianos, que no cesan de vituperarnos el triteismo ó la adoracion de tres dioses.
¿Es creíble que Dios, que en el antiguo Testamento se mostró tan zeloso del culto supremo exclusivo, que repetía continuamente a los judíos: Yo soy solo Dios, no hay mas Dios que yo, haya permitido que el universo fuese trastornado para establecer una religión, que no tiende mas que a ofuscar por su creencia y su culto el dogma capital de la unidad de Dios, sin el cual no puede existir la verdadera religión?
En este mismo caso, los judíos se fundan bien para permanecer en la incredulidad. El dogma de la unidad de Dios es el escudo que el judío Orobio no deja de oponer á los argumentos de Limborch; este, que era un sociniano disfrazado, afectando dejar a un lado el dogma de la Trinidad y el de la divinidad de Jesucristo, hacia evidentemente traición a la causa del cristianismo que quería defender.
3° Cuando citamos las palabras de San Pablo, (Philip, II, 6): «Imitad a Jesucristo, que estando en la forma de Dios no ha considerado como una usurpación el igualarse a Dios, etc.» Los socinianos nos dicen que traducimos mal, que el texto dice: «Jesucristo que estando en la forma de Dios, no ha hecho su presa de igualarse a Dios» o no se ha atribuido la igualdad con Dios.
Decimos que esta explicación sociniana es falsa. En primer lugar, no es cierto que Jesucristo no se haya igualado a Dios, dice «Mi Padre y yo somos una misma cosa» (Joan, X, 31); «El que me ve, ve a mi Padre» (XIV, 9); «Todo lo que es de mi Padre, es mio» (XVI, 15):«Quiere que todos honren al Hijo, como honran al Padre» (v, 21) Querer ser honrado como Dios, es seguramente igualarse a Dios: tal ha sido el crimen y la locura de todos aquellos que se hanhecho rendir honores divinos. En segundo lugar, si Jesucristo no es igual a Dios, ¿en dónde está la humildad de no pretender el serlo? Tener solo este pensamiento seria una impiedad. En tercer lugar, en esta hipótesis, San Pablo y los demás apóstoles son prevaricadores: han igualado a Jesucristo con Dios, pues que le han dado todos los atributos de la Divinidad, la existencia antes de todos los siglos, la omnipotencia, el poder criador, la ciencia y la sabiduría divina, el nombre mismo de Dios, han contradicho el ejemplo de Jesucristo, exhortando a los fíeles a imitarle.
4° Desde que los nuevos arrianos desconocieron la divinidad de Jesucristo, les ha sido necesario destruir sucesivamente todos los dogmas del cristianismo, la Trinidad, la encarnación, la redención de los hombres por Jesucristo, el pecado original, la necesidad del bautismo para los niños, la eficacia de los sacramentos, las obras satisfactorias, etc. han hecho consistir la religión cristiana en creer solo la unidad de Dios; en considerar a Jesucristo como un enviado de Dios, sin informarse de lo que es personalmente; en tomar el Evangelio como regla de fe y de conducta, según cada uno lo comprenda. Esto es el deismo puro. No es de admirar que esta licencia haya abortado todos los sistemas posibles de incredulidad.
¿Es pues este el sistema sublime de religión que Dios había preparado por espacio de 4,000 años, para cuyo establecimiento obró tantos prodigios, y cambió la faz del universo? Jamás seremos tan insensatos que lo creamos.
Se nos dice en el dia que antes del concilio de Nicea, la doctrina respecto a las tres Personas divinas no estaba fijada; que nada se habia prescrito a la fe de los cristianos sobre este articulo, ni determinado las expresiones que tenían que emplearse al hablar de este misterio; que los doctores cristianos opinaban de diferente modo sobre este objeto, sin que nadie se escandalizara de ello, etc. Acaso se creerá que es un sociniano el que se expresado esta manera: no, es Mosheim. (Hist. ecles. del siglo IV, 2a part. c. 5, § 9). Beausobre le habia dado ejemplo. (Hist. del manich. I. 3, c. 1).
Mientras tanto Bullus, en su defensa, de la fe de Nicea, M. Bossuet, en su sexta advertencia a los protestantes, y otros han probado de una manera invencible que antes del concilio de Nicea, los Padres de los tres primeros siglos profesaron manifiestamente la eternidad Verbo y su consubstancialidad con el Padre. Una prueba positiva de este hecho es que nunca han querido referirse Arrio ni sus partidarios al juicio de los antiguos doctores, y que tenian la pretensión de entender mejor la Escritura que todos aquellos que los habían precedido. El patriarca de Alejandría, que habia condenado a Arrio, se lo reprochaba ya Teodoreto, (Hist. ecles. l. 1 , c. 4).
Asimismo en el V concilio de Constantinopla, bajo el imperio de Teodosio, el año 383, rehusaron ser juzgados según el sentir de los antiguos Padres. (Sócrates, Hist. ecles. I. 5, c. 40). Por lo tanto estaban convencidos de que los Padres de los tres primeros siglos no pensaban como ellos, y los católicos lo sostenian de la misma suerte. ¿Se sabe mas en el siglo XVIII acerca de este punto que en el IV?
Por otra parte, o el dogma de la eternidad y de la igualdad perfecta del Verbo con el Padre está clara y terminantemente revelado en la Sagrada Escritura, o no lo está. Si lo está, luego era ya una creencia en los tres siglos primeros, y no podía dejar de creerse sin ser hereje: sí no lo está, tanto antes del concilio de Nicea como en el dia, nunca ha sido un dogma de fe para los protestantes, porque no reconocían como dogma de fe sino lo que está clara y terminantemente enseñado en la Sagrada Escritura; no pueden pues, aun en el dia, considerar a los socinianos como herejes. No sin justicia les vituperamos su connivencia con los enemigos de la divinidad de Jesucristo.
Convenimos en que la Iglesia no habia consagrado todavía la palabra consubstancial para expresar este dogma, pero de esto no se deduce que este dogma no fuera aun creído, porque se expresaba por otros términos lo que este significa, diciendo que el Hijo o el Verbo es eterno y perfectamente igual al Padre. Si los arrianos hubieran querido expresarse de la misma manera, no se les habría condenado.
Mosheim añade que si se consideran los medios que emplearon los nicenianos y losarrianos para defender sus opiniones, apenas se podrá decidir cual de los dos partidos excedió mas los límites de la probidad, de la caridad y de la moderación, lbid. § lo.
No nos detendremos en refutar la indecencia del nombre de nicenianos que por desprecío se da a los católicos; Mosheim pudo llamarlos también homoousianos, como hacian losarrianos; pero sí les preguntaremos en qué han violado los católicos la probidad respecto de sus adversarios. Que los arrianos hayan estado en general de mala fe, nos parece incontestable: pero los católicos ¿han empleado como ellos los equívocos, las expresiones capciosas, las falsas protestas de zelo hacia el grado del dogma, las falsas promesas de paz, etc., de que se servían los primeros para conseguir sus fines? Es verdad que Mosheim ha tenido a bien acusar a San Ambrosio y otros obispos de haber supuesto falsas reliquias y milagros para imponer a los fieles y confundir a los arríanos; pero ¿está probaba esta acusación? Por lo que respecta a la falta de caridad, no vemos en que sean culpables los católicos porque se hayan defendido tanto como les fue posible contra herejes audaces, violentos, sediciosos, que abusaban de la autoridad de los emperadores a quienes habían seducido, y que hicieron los mayores esfuerzos para destruir la fe de la Iglesia. Leemos que los arrianos hicieron muchos mártires, pero en ninguna parte encontramos que los hubiera entre ellos: no es pues cierto que los católicos hayan violado tanto las reglas de la moderación como los arrianos. Despues de 70 años de turbulencias no podemos reprobar el que Teodosio dictara leyes severas contra estos últimos; no se vió obligado a derramar sangre para hacerlas ejecutar.
Los protestantes, avergonzados con esta posteridad que salió de su seno, trataron en vano de sofocarlos con todas sus fuerzas; en todas las conferencias y disputas que tuvieron con los socinianos, estos les han hecho ver que con solo la sagrada Escritura no les podían convencer nunca de error; y cuando han tratado de emplear contra ellos la tradición, el sentir de los Padres y la creencia constante de la Iglesia cristiana, echaron en cara con razón a los protestantes el contradecir el principio fundamental de la reforma, y de recurrir a un arma a que hicieron profesión de renunciar. La via de autoridad, las leyes penales, y los suplicios mismos que los protestantes emplearon mas de una vez hacia los nuevos arrianos, son una inconsecuencia todavía mas repugnante, pues que no han dejado de quejarse ellos mismos cuando los católicos echaron mano de estos medios contra ellos.
Todos produjeron muy poco efecto; no impidieron que los socinianos penetrasen en la Transilvania, en la Prusia, en la Alemania baja, en Holanda y en Inglaterra, ni que se multiplicasen entre las diferentes sectas que gozaban de la tolerancia civil. En el siglo XVIIIy XIX el arrianismo mitigado o el semi-arríanísmo ha encontrado muchos partidarios.
Efectivamente, los nuevos enemigos de la divinidad de Jesucristo han comprendido, como los del siglo IV, que el arrianismo puro jamás podría prevalecer; nunca podrán persuadir a los que respetan la sagrada Escritura, que el Hijo de Dios es una pura criatura sacada de la nada en tiempo, y que no existia antes del nacimiento del mundo; aun todavía menos que Jesucristo no es mas que un hombre, aunque mas perfecto que los demás. Fausto, Socino y otros se han atrevido a decirlo, y vituperar el culto rendido a Jesucristo, pero han tenido pocos sectarios acerca de este punto. Estos han adoptado en el dia el semi-arrianismo poco mas o menos como Eusebio de Cesarea y otros lo sostenian; por esta razón rechazan el nombre de socinianos porque no siguen en rigor las opiniones de Socino. Dicen que el Verbo divino fue criado antes de todas las cosas; algunos hasta han dicho que ha sido criado ab aeterno, otros, sin usar el término de creación, dicen que las tres personas divinas son iguales en perfección, pero que hay entre ellas una subordinación de naturaleza en punto a existencia y derivación. Asi se expresa el doctor Clarke acusado de semi-arriano.(Mosheim, Hist. ecles. deI siglo XVIII al fin, nota del traductor inglés). No somos bastante hábiles para entender lo que significan estos términos. En 1777 se ha sostenido también el semi-arrianismo en Ginebra, en una tesis pública, y un folleto titulado Dissertatio historico-theologica, de Christi deitate. Los arminianos de Holanda y muchos teólogos anglicanos pasan por tener la misma opinion. No es de admirar que los protestantes en general tengan mucha menos aversión a los socinianos que a los católicos.
LA CREMACIÓN: INSTRUCCIÓN DEL SANTO OFICIO
La cremación:
Instrucción del Santo Oficio a todos los obispos [1.926]

Puesto que se nos informa que la práctica de la cremación está en aumento en ciertas localidades, en menosprecio a las repetidas declaraciones y decretos de la Santa Sede, y con el fin de impedir que tan grave abuso se vuelva inveterado donde ya se ha prendido, y que lo mismo se extienda a otras partes, esta Suprema y Sagrada Congregación del Santo Oficio juzga deber suyo llamar una vez más, y con mayor formalidad, la atención de los ordinarios del mundo entero hacia este problema, con la aprobación del Santo Padre.
Y en primer lugar, puesto que no pocos entre los católicos tienen la osadía de sostener como uno de los mayores logros de lo que llaman progreso civil y de la ciencia de la salud esta práctica bárbara contraria no sólo a los cristianos sino hasta al respeto natural tenido por los cuerpos de los fallecidos, y totalmente opuesta a la disciplina constante de la Iglesia aún desde los primeros tiempos; esta Sagrada Congregación muy seriamente exhorta a los pastores del rebaño de Cristo a que instruyan a la gente que les ha sido encomendada de que los enemigos del cristianismo alaban y propagan la práctica de la incineración con ningún otro propósito que el de gradualmente borrar de su mente la idea de la muerte y la esperanza en la resurrección del cuerpo, y que de tal manera allanan el camino para el materialismo. Por tanto, aunque se permita la cremación de los cuerpos, pues no es mala en sí, y de hecho es permitida en ciertas circunstancias extraordinarias y graves relacionadas con el bien público; con todo, es totalmente evidente que adoptar o favorecer esta práctica regularmente, y como regla ordinaria, es acto impío y escandaloso, y, por ello, gravemente pecaminoso. De ahí que haya sido justamente condenada más de una vez por los supremos pontífices, y más recientemente por el nuevo Código de Derecho canónico (c. 1203, §1).
Y aun cuando el decreto del 15 de diciembre de 1886 diga que los ritos y preces de la Iglesia no están prohibidos “en el caso de aquellos cuyos cuerpos fueron cremados, no por decisión propia, sino a instancia de otros”; no obstante, por la claridad de los términos del mismo decreto, esa regla se aplica sólo cuando se evita eficazmente el escándalo con la oportuna declaración de que “la cremación fue decidida, no a petición del fallecido, sino a instancia de otros”; pero, si las circunstancias no proporcionan razones suficientes para esperar que se evitará el escándalo con dicha declaración, aún en este caso permanece en vigor la prohibición del sepelio eclesiástico.
Evidentemente se encuentran lejos de la verdad quienes, basándose en la ilusión de que el difunto, estando vivo, practicó habitualmente algún acto de religión, o que tal vez se haya retractado de su mala intención en el último instante de su vida, creen permisible realizar ritos funerarios de la Iglesia como usual sobre el cuerpo, el cual ha de ser después incinerado de acuerdo a los arreglos hechos por el mismo fallecido. Y como nada puede saberse por cierto en cuanto a esta supuesta retractación, se sigue que no puede dársele consideración alguna en el foro externo.
Apenas si parece necesario observar que en todos estos casos en los que está prohibido celebrar los ritos funerarios de la Iglesia por el fallecido, ni siquiera está permitido honrar sus cenizas con entierro eclesiástico, ni preservarlas en manera alguna en un cementerio bendito; sino que han de guardarse en un lugar separado de acuerdo al c. 1212. Y si las autoridades civiles de la región, siendo hostiles a la Iglesia, requieren a la fuerza el curso contrario, conviene que los sacerdotes responsables del caso no fallen en resistir esta abierta violación de los derechos de la Iglesia con decoroso valor, y, habiendo hecho la debida protesta, se abstengan de toda cooperación. Luego, cuando se ofrezca la ocasión, que no cesen de proclamar, privada y públicamente, la excelencia, las ventajas y la sublime significancia del entierro eclesiástico, de tal manera que los fieles, bien instruidos en cuanto al pensar de la Iglesia, puedan ser disuadidos de la impía práctica de la cremación…
AAS18-282; Santo Oficio, Instrucción, junio 19 de 1926.
Congregatio Mariae Raginae Inmaculatae (CMRI)
INVALIDEZ DEL NOVUS ORDO MISSAE
Invalidez del Novus Ordo Missae
* Este artículo apareció originalmente en la edición No. 29 de otoño de 1977, del Reinado de María (The Reign of Mary). Fue reimpreso recientemente en una edición especial y conmemorativa (No. 100) de la misma revista, junto con varios de los más importantes artículos de las últimas tres décadas.
Una Contestación a William Most por su Defensa del Novus Ordo
Al editor se le pidió que contestara y comentara sobre una serie de artículos escritos por William Most, S.J., en los que defendía al Novus Ordo Missae contra las objeciones. Hemos tomado la libertad de publicar porciones de la contestación en esta edición, ya que muy bien puede servir para contestar las preguntas de muchos que tienen dudas sobre el tema. El Sr. Most, veréis, tiene en sus argumentos por premisa mayor (y la repite muchas veces) la suposición de que la Autoridad Docente de la Iglesia ha decidido que el Novus Ordo es una Misa válida; y como debemos obedecer a la Iglesia, él concluye que debemos aceptar el Novus Ordo. Todos los argumentos que añade después son meramente, por propia admisión, para reforzar lo ya declarado, siendo en sí mismos inconclusos. Obviamente, sus argumentos son bastante fuertes en contra de los pseudo-conservadores que aceptan a Paulo VI y a los obispos heréticos, carentes ellos de toda autoridad. Nosotros, en esta publiación y en otras de nuestro catálogo, hemos demostrado concluyentemente que Montini era inelegible para el Papado debido a sus previas herejías y a la colaboración con gobiernos comunistas. Todo lo que nos resta es refutar los argumentos de apoyo del Sr. Most y, en ello, presentar alguna prueba importante para la invalidez del Novus Ordo.
Las Palabras de Consagración: ¿Qué es lo Esencial?
El Sr. Most arguye que puesto que las palabras “por muchos” se omiten en los relatos de la Última Cena del Evangelio de San Lucas y de la Primer Epístola de San Pablo a los Corintios, y también están ausentes en los escritos sobre la Misa de algunos Padres de la Iglesia, entonces no deben ser esenciales en las palabras de la Consagración (la forma del Sacramento de la Sagrada Eucaristía). Bien, de hecho, ninguno de los Evangelios, Epístolas, o escritos citados por el Sr. Most declaran tener alguna intención de dar las palabras precisas de la Consagración (aunque el hecho de que San Mateo y San Marcos sí tengan las palabras “por muchos,” prueba concluyentemente que Nuestro Señor en realidad las pronunció).
Lo que realmente importa, sin embargo, es la enseñanza de la Iglesia sobre las formas de los Sacramentos. Sencillamente, ella enseña que ambos la materia y la forma de cualquier Sacramento deben significar lo que el Sacramento efectúa. Esta doctrina se explica y se aplica en forma práctica en la Bula del Papa León XIII, Apostolicae Curae (sobre la Invalidez de las órdenes Anglicanas):
“Todos saben que los sacramentos de la Nueva Ley, como señales sensibles y eficientes de la gracia invisible, deben significar la gracia que efectúan, y efectuar la gracia que significan. Aunque la significación debe encontrarse en todo el rito esencial — es decir, en la materia y la forma — aún pertenece principalmente a la forma… las palabras que hasta recientemente eran sostenidas comúnmente por los Anglicanos como constityentes de la forma correcta de la Ordenación de sacerdotes — a saber, ‘Recibid el Espíritu Santo,’ ciertamente no expresan definitvamente, en lo más mínimo, la Sagrada órden del Sacerdocio, o su gracia y poder… Esa forma, consecuentemente, no puede considerarse apta o suficiente para el sacramento el cual omite lo que necesariamente debe de significar.”
En realidad, la cuestión fue resuelta hace mucho cuando la Iglesia definió, en el Decreto a los Jacobitas (citado más adelante) y en el Decreto De Defectibus, que la forma de la Sagrada Eucaristía es la que se da en el Missale Romanum.Concerniente a la forma, dice:
“Pueden surgir defectos con respecto a la forma, si algo falta para completar las verdaderas palabras de la consagración. Las palabras de la consagración, que son el principio formativo de este Sacramento, son las siguientes: ‘Porque esto es Mi Cuerpo,’ y ‘Pues este es el Cáliz de Mi Sangre del Nuevo y Eterno Testamento: Misterio de Fe: que será derramada por vosotros y por muchos en remisión de los pecados.’ Si se hace alguna omisión o alteración en la fórmula de la consagración del Cuerpo y la Sangre, misma que envuelve un cambio en el significado, la consagración es inválida. Una añadidura hecha sin alterar el significado no invalida la consagración, pero el celebrante comete un grave pecado.”
Así, omitir la palabra “por” (enim) no envuelve un cambio en el significado, pero este no es el caso con otras palabras, especialmente con “que será derramada por vosotros y por muchos en remisión de los pecados.” Pues estas palabras claramente significan la gracia que se confiere. Al contrario, las palabras, “Pues este es el Cáliz de Mi Sangre,” puestas solas, no significan la administración de la gracia del Sacramento.
“Muchos” vs. “Todos”
Lo que realmente está en cuestión con respecto al Novus Ordo es si el cambio de “por muchos” a “por todos los hombres” involucra o no un cambio del significado. El Sr. Most afirma que no. Argumenta que la palabra griega “polloi.” usada por los evangelistas en los relatos de la Última Cena (que significa “por muchos”), se usa en otras partes de la Escritura para significar “todos los de un gran grupo” (o, “todos que son muchos,” como el Sr. Most traduce); así, traducir “por todos” es en realidad lo mismo que “por muchos.”
Pero, si examinamos el uso actual en el Novus Ordo, veremos “por todos los hombres” en español. No encontraremos “por todos que son muchos,” sino “por todos los hombres,” punto. Ahora, por más que se esfurze la imaginación, no es posible que “por todos los hombres” signifique lo mismo que “por muchos” o aún “por todos que son muchos.” Estas dos últimas frases se refieren a los miembros de un gran y exclusivo grupo; “por todos los hombres” es exclusivo de nadie. “Por todos los hombres” es la traducción española oficial de la iglesia del Vaticano II.
El Catecismo del Concilio de Trento explca por qué se debe usar “por muchos,” i.e., el grupo exclusivo:
“Viendo la eficacia de la Pasión, creemos que el Redentor derramó Su Sangre para la salvación de todos los hombres; pero viendo las ventajas que la humanidad deriva de su eficacia, vemos, que no están extendidas a la totalidad, sino a una gran proporción de la raza humana… Con gran conveniencia, por tanto, fue que no se usaron las palabras ‘por todos,’ pues aquí (en el Sacramento de la Sagrada Eucaristía) solamente se habla del fruto de la Pasión, y a los elegidos únicamente trajo Su Pasión los frutos de salvación».”
Así, los “muchos” son aquellos que realmente reciben el fruto de la Sagrada Eucaristía y la Misa; pues la Misa es la renovación incruenta del Sacrificio de Cristo en el Calvario. (Referimos al lector a leer el artículo, Res Sacramenti, de Patrick Henry Omlor).
Ahora se vuelve más obvio que el “por todos los hombres” no guarda relación con los efectos del Sacramento; no todas las almas de los hombres reciben el fruto de la Pasión. Aquí hay una clara ilustración de otro Sacramento: si un sacerdote dijera al bautizar a un niño, “Bautizo a todos los hombres, en el Nombre del Padre, etc.”, aunque tuviera la intención correcta, ¿sería válido el bautismo? Seguramente que no, y el Sr. Most sería el primero en decirlo. Este punto debería ser claro: en el Novus Ordo, las palabras “por todos los hombres” no expresan a aquellos a quienes la Sagrada Eucaristía efectúa la gracia; así, por este solo defecto, es inválida.
¿Realmente quizo San Pío V decir “a perpetuidad”?
El Sr. Most insiste en su tercer premisa mayor que la Bula papal, Quo Primum, del Papa San Pío V, es mera legislación, y sujeta a los cambios de papas subsecuentes. Debe decirse que, de acuerdo a la definición de la Infalibilidad papal, un papa enseña infaliblemente en materias “que conciernen” la fe o la moral, etc. Ahora, Quo Primum, fue publicada para promulgar a perpetuidad el Misal Romano y el Ordinario de la Misa; y esto para salvaguardar las doctrinas contenidas en la Misa. San Pío V vio que Lutero había destruído la Misa al cambiar las doctrinas en ella contenidas. A fin de perpetuar la validez de la Misa, publicó este decreto perpetuo. Ciertamente, entonces, concierne a la fe, y debe aceptarse como libre de error. Todas las incoherencias del Sr. Most acerca de fórmulas de definción carecen de sentido. Este documento es esencialmente doctrinal, pues el Cánon de la Misa contiene el corazón de la doctrina Católica. Por tanto, este documento de ninguna manera puede compararse a las ordinarias leyes eclesiásticas, tales como las del ayuno, etc. San Pío V dice bien claro que este es un decreto solemne y perpetuo:
“Decretamos bajo pena de Nuestra indignación que nunca en ningún tiempo se añada, sustraiga, o cambie nada (en el Ordinario de la Misa); esto lo determinamos y ordenamos a perpetuidad por virtud de esta constitución… Asimismo determinamos y declaramos que ninguno sea compelido o presionado por nadie a cambiar este Misal, o que estas letras puedan en tiempo alguno ser retiradas o restringida su efectividad, sino que siempre pueda mantenerse firme y fuerte en todo su vigor.”
Si esto no es lo suficientemente solemne para el Sr. Most, el editor no sabe ya qué es.
Entonces, ¿San Pío V realmente quizo decir “a perpetuidad”? Si el lector cree que cuando un Papa habla, es Cristo quien habla a través de él, es obvio que San Pío V habló en serio.
La intención del Sacerdote: Ofrecer Sacrificio
A juicio del editor, la evidencia más concluyente contra del Novus Ordo es su definición oficial: “La Cena del Señor, o Misa, es una reunión o asamblea sagrada del Pueblo de Dios, reunidos bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor (No. 7, Institution Generalis, c. 2: De Structura Missae).”
El Sr. Most dice que puede mostrarnos referencias al sacrificio en el Novus Ordo, aunque sean pocas. Pero en el Estudio Crítico del Novus Ordo Missae(presentado por el Cardenal Ottaviani a Paulo VI como protesta contra la Nueva Misa), se pregunta “¿A qué sacrificio se refiere? ¿Quién es el oferente?” Ni una sola respuesta.
Examinemos estas pocas referencias en las “Oraciones Eucarísticas.” En la Oración I (llamado el “canon romano,” porque es la menos herética), hay cerca de media docena de referencias a un tipo de sacrifico. Pero, ¿qué tipo de sacrificio es? ¿Uno de propiciación por los pecados, como la verdadera Misa debe ser? Seguramente que no; no hay ni una sola mención de la remisión de los pecados. En la Oración Eucarística II solamente se encuentra “… te ofrecemos, Padre, este pan de vida, esta copa de salvación.” La Oración Eucarística III suena como un servicio Bautista: la “ofrenda” ya nos ha “reconciliado” con el Padre. Ya ha “hecho nuestras paces” con Dios. ¿Es este un sacrificio de propiciación? No, es una “reunión de salvación” protestante. La Oración Eucarística IV es peor; ahora, el “sacrificio” trae la “salvación a todo el mundo” (a “todos los hombres”).
Si un sacerdote tiene la intención de ofrecer un “memorial” en lugar de un Sacrifico de propiciación, su intención es inválida. En Apostolicae Curae, el Papa León XIII enseñó:
“…si el rito [en este caso, de la Misa y la Sagrada Eucaristía] se cambia, con la manifiesta intención de introducir otro rito no aprobado por la Iglesia y de rechazar lo que la Iglesia hace, y lo que por institución de Cristo pertenece a la naturaleza del Sacramento, es entonces claro que no solamente falta la intención necesaria al sacramento, sino que la intención es adversa y destructiva del Sacramento.”
Papa Eugenio IV
El Sr. Most declara que el Papa Eugenio IV “ordenó que las palabras ‘pro multis’ se insertaran en las palabras de la consagración.” Él alega que entonces antes debieron de omitirse frecuentemente, y pregunta “¿Acaso abandonó Cristo a su Iglesia, dejando inválidas muchas Misas antes del siglo 15 y el Papa Eugenio?” Este un astuto sofisma. Pues Eugenio IV no ordenó que estas palabras se insertaran en la Misa Católica, sino que publicó estos decretos en unión con el Concilio de Florencia, para los cismáticos griegos y aremnios, y para los Jacobitas. Estos decretos (particularmente para los Jacobitas) demandan que se examine la ortodoxia de los cismáticos en cierto número de cuestiones antes de que se reconcilien con la verdadera Iglesia. De hecho, el Decreto a los Jacobitas definió:
“En la consagración del Cuerpo del Señor se usa esta forma de palabras: ‘Porque esto es Mi Cuerpo;’ pero para la Sangre: ‘Pues este es el Cáliz de Mi Sangre, del Nuevo y Eterno Testamento: Misterio de Fe: que será derramada por vosotros y por muchos en remisión de los pecados’.”
Congregatio Mariae Raginae Inmaculatae (CMRI)
CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. Y 10 de 10
MISA DE LOS FIELES
PARTE TERCERA
Números 230-257
COMUNION
231 COMUNIÓN o BANQUETE del SACRIFICIO
Preparación
a) Preparación general (fórmulas en plural)
Plegaria a DIOS PADRE:
1.- «Padrenuestro»
Pedimos a Nuestro Padre el Pan Eucaristico
«Padre Nuestro que estás en los cielos… el pan nuestro de cada día, dánosle hoy».
2.- «Fracción del Pan»
Nuestro Padre parte el Pan para distribuirlo entre sus hijos: «Tomad y comed…»
«Señor, danos siempre este Pan». (San Juan VI, 34)
Plegaria a DIOS HIJO :
3.- «Agnus Dei»
Clamores de misericordia al Cordero de Dios inmolado y desmenuzado ya sobre el altar
«Y perdónanos nuestras deudas»
4.-Beso de Paz
Como testimonio de que pertenecemos a la misma Familia nos besamos:
«SALUDAOS CON EL OSCULO SANTO» (I Petr. V,14)
b) Preparación privada (fórmulas en singular)
5.- «Señor mío Jesucristo… Hijo de Dios…»
los tres frutos de la Comunión
«Y no nos dejes caer en la tentación»
6.- «La Comunión de tu Cuerpo»
temores en el favor
«Mas líbranos del mal»
232. LA COMUNION, BANQUETE DEL SACRIFICIO.
Acabamos de realizar el Sacrificio: por medio de la Consagración que ha divinizado nuestras ofrendas de pan y de vino, hemos podido ofrecer a Dios una oblación, un don de valor infinito: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo que fueron ofrecidos sobre la Cruz. Cfr. nn. 5-14.
Realizado, pues, el Sacrificio, procede ahora celebrar el BANQUETE DEL SACRIFICIO: LA COMUNION.
¿No recordamos lo que se hacia en los sacrificios antiguos? v. n. 37: el cordero, la víctima ofrecida por una familia, después de ser inmolada por el sacerdote, se dividía en tres partes: todo él pertenecía ya a Dios, pero el Señor se contentaba con una de sus partes, con la primera que allí mismo, sobre el altar, consumida por el fuego, como «sacrificio de olor agradable», subía en espirales de humo hacia el cielo. Con las otras dos partes, la infinita amabilidad de Dios convidaba a los oferentes — al sacerdote y a los donantes —, los sentaba a su mesa y les hacía comer, participar, comulgar, de aquel manjar que era ya suyo, de Dios; y con este acto de «camaradería» — permítasenos la palabra, hoy algo rebajada, pero muy expresiva—, Dios manifestaba su agrado y complacencia en el sacrificio de aquel cordero.
También la gran familia humana ofrece a Dios, en el Sacrificio de la Misa, un cordero… ¡pero qué cordero! «el Cordero de Dios que quita y borra con su sangre todos los pecados del mundo», y cuya inmolación sangrienta sobre el ara de la Cruz, se reproduce ahora de modo incruento sobre nuestros altares… Dios, como no podía menos, quiere manifestar del modo más claro, palpable y emocionante sus divinas e infinitas complacencias sobre este Cordero que le ofrecemos — como que es SU PROPIO HIJO —; y nos invita al BANQUETE DEL SACRIFICIO, convidándonos, no ya como en los sacrificios antiguos, con un manjar que era de Dios, consagrado a Dios; sino con un manjar que es el mismo Dios, y todo entero y perfecto como está en el cielo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
Eso es la COMUNION: EL BANQUETE DEL SACRIFICIO.
Colocada aquí, en su sitio, la Comunión, dentro de la Misa y teniendo como marco el Santo Sacrificio, ¡cuánta más luz recibe y cuánta mayor sublimidad inspira!: cfr. n. 44.
233. PREPARACION PARA LA COMUNION O BANQUETE DEL SACRIFICIO.
«Todas las plegarias que van del Pater noster al Domine, non sum dignum, forman lo que en los manuales de devoción se ha llamado: Preparación para la Comunión, Pero cuán diversa de muchas preparaciones, hechas a base de puntos de exclamación, de puntitos suspensivos, de interjecciones más o menos sentimentales y de pensamientos no siempre fuertes. Aquí el estilo es siempre el mismo: el romano, esto es, sobrio, incisivo, robusto con un contenido siempre substancioso y nutritivo. Cada proposición una verdad». Ser. di Franza: o. c., p. 97.
PREPARACION GENERAL (fórmulas en plural).
234. EL PADRE NUESTRO.
¿Cuál es la primera, oración que pone en nuestros labios la liturgia católica para prepararnos a la Comunión?
Es la «Oración del Señor», el PADRE NUESTRO, con su PROLOGO y su EPILOGO.
El PADRE NUESTRO, ya desde un principio fue considerado como la plegaria eucarística por excelencia, sobre todo en los primeros siglos de la Iglesia, allá en la infancia del Cristianismo, cuando la Eucaristía era verdaderamente «el pan nuestro de cada día» con que crecían y se robustecían en la fe y en las virtudes más heroicas aquellas doradas generaciones de mártires, de vírgenes, de confesores; esta oración era muchas veces la única que acompañaba el rito consecratorio, como que llegó a atribuírsele hasta cierto poder de consagración; los asistentes al Sacrificio la recitaban en voz alta o la cantaban juntamente con el celebrante, uso que todavía subsiste entre los griegos; en ella veían una especial eficacia contra los pecados veniales y la mejor purificación del alma que se acercaba a los divinos misterios; y, en fin, era tal la veneración y cariño con que se miraba al Padre Nuestro, que solamente los bautizados tenían permiso para rezarlo: por eso se la llamaba «la oración de los creyentes», y por eso mismo se ocultaba a los paganos, no se la ponía por escrito y se enseñaba oralmente a los catecúmenos.
Fue el Fapa S. Gregorio Magno, quien señaló al Padre Nuestro el lugar que hoy ocupa en la Misa; pues al principio se decía después de la Fracción del Pan y antes del Beso de Paz: v. n. 48. Ahora, al colocarlo inmediatamente después del Canon, pretendía el Santo — como él mismo escribe a Juan de Siracusa—, «que se recitara sobre el Cuerpo y la Sangre del Redentor esta oración que El mismo había compuesto y que los Apóstoles decían al consagrar la hostia…»: Epist. IX, 12. No podía haberle señalado lugar más honorífico: como sello y complemento divino de todo el Canon, el Padre Nuestro con sus siete peticiones es el resumen y el compendio, HECHO POR EL MISMO JESUCRISTO, de todos los frutos del Santo Sacrificio… Ahora mismo va a desprenderse el más hermoso de esos frutos: la COMUNION.
Este mismo respeto y singular veneración al Padre Nuestro resalta de modo admirable en el breve PROLOGO o introducción que el celebrante, con las manos juntas, recita ahora, apenas se han apagado los ecos jubilosos del AMEN final del Canon. Es como un permiso, como una humilde excusa y una justificación, pues echamos por delante el precepto y las enseñanzas de Jesucristo: Mt. VI, 9-13 y Luc. II, 1-4…, al tratar a Dios con la familiaridad más intima que se conoce, como hijos con su Padre.
Para comprender aún mejor toda la razón de este PROLOGO, que en todas las Liturgias precede al Padre Nuestro, y que es mencionado ya por S. Cipriano (muerto el 258), no dejemos de colocarlo en su marco histórico: la antigüedad cristiana, recién salida del yugo servil de la Ley antigua, donde el trato del hombre con Dios era el del esclavo con su Señor, podía comprender todavía mejor que nosotros las sublimes alturas a donde nos elevaba el Padre nuestro; criada en el espíritu de temor y de servidumbre, al oír ahora de labios de los Apóstoles este lenguaje tan filial con Dios, despertaba a un mundo completamente nuevo y desconocido, y no acababa de salir de su asombro al poder llamar a Dios: «PADRE… PADRE NUESTRO». Cfr. Rom. 8, 15.
Un prólogo parecido se halla en todas las Liturgias: he aquí el empleado por los maronitas: «Señor Dios, abrid nuestra boca y nuestros labios, purificad nuestras inteligencias, para que, suplicantes, podamos clamar hacia Vos: |Oh, Dios, Padre de las misericordias!, a fin de que podamos orar y decir: Padre Nuestro, que estás en los cielos…» En la liturgia mozárabe variaba cada día, y la galicana poseía unas cincuenta fórmulas diversas.
El celebrante, pues, con los ojos fijos en ln Sagrada Hostia, y con las manos extendidas, comienza a recitar en voz alta el Padre Nuestro, o a cantarlo con una de esas melodías clásicas en la Liturgia por su sencillez y belleza.
BREVE EXPLICACION DEL PADRE NUESTRO por escenas o cuadros simbólicos:
INVOCACION: «Padre nuestro que estás en los cielos».
Escenas: Un niño, de rodillas, con las manos juntas y los ojos levantados hacia el Padre Celestial, qne aparece en el cielo, entre las nubes. Un niño en los brazos de su madre… Otro, huérfano, perdido en la calle…
PETICIONES: I. «Santificado sea el tu nombre».
Escena: Un globo terrestre: el mundo con sus mares, continentes, islas, montes, valles, ríos, pueblos y ciudades, y sobre ese globo como un sol esplendoroso, que quiere iluminarlo todo con su luz v su brillo, EL NOMBRE SANTO DE DIOS.
II. «Venga a nos el tu reino».
Escenas: Los cielos abiertos… Dios en su trono y alrededor los ángeles y gran multitud de santos con vestiduras blancas — santidad, inocencia—, y con palmas — martirio — y azucenas — pureza, virginidad — en sus manos. Un misionero con el Crucifijo en el pecho y una concha en la mano está bautizando a unos chinos… ; otro está predicando a los pieles rojas o a los esquimales… San Francisco Javier muriendo a la vista de la China y pidiendo: «¡Almas… Almas !».
III. «Hágase tu voluntad asi en la tierra como en el cielo». Escenas: Los ángeles volando de una parte a otra, cumpliendo las órdenes de Dios, y cantando alegres: GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS… IV. «El pan nuestro de cada día dánosle hoy».
Escenas: Una familia; se sientan a la mesa el padre, la madre, los hijos… se reza el Padre nuestro: el padre va partiendo y distribuyendo el pan a sus hijos… Un niño dando un pedazo de pan a otro niño pobre.
Primera Comunión: Un niño muy alegre, con su lazo de primera comunión, se arrodilla por vez primera en el comulgatorio…, comienza a alimentarse con «el Pan del cielo y el manjar de los fuertes»…, sus padres, tiernamente emocionados, le acompañan en este acto…, San Tarsicio estrechando fuertemente contra su pecho «el pan de los mártires».
V. «Y perdónanos nuestras deudas, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores…»
Escenas: N. S. Jesucristo en la CRUZ: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…». San Esteban, apedreado, mira al cielo y ruega por sus verdugos. Jesucristo perdonando a la Magdalena, al buen Ladrón, a San Pedro…; un sacerdote en el confesonario trazando una cruz y absolviendo a un penitente… El padre del Hijo Pródigo perdonando y abrazando a su hijo. VI. «Y no nos dejes caer en la tentación»
Escenas: Eva dando oidos a la serpiente que le ofrece la manzana… LA VIRGEN INMACULADA escoltada de ángeles y aplastando la cabeza de la serpiente… EL ANGEL DE LA GUARDA dando la mano a un niño que va a pasar un puente… UN VALIENTE condecorado con la Laureada de San Fernando…
VII. «Mas líbranos de mal».
Escenas: Una ovejita, perseguida del lobo y protegida por el BUEN PASTOR, que la toma con cariño y se la pone sobre sus hombros.Una serpiente… un precipicio… un automóvil… La CRUZ ROJA.
Esta última petición, que es como un resumen de todas las demás — pues al pedir la liberación de todo mal, pedimos por lo mismo la concesión de todo bien —, la canta o recita en voz alta todo el pueblo: es un vestigio del antiguo rito del Padre Nuestro, cuando era recitado a coro por todos los fieles y el celebrante. En tiempos del Papa Clemente III (1187-1191), cuando los Cruzados combatían por la conquista de la Tierra Santa, se acostumbraba a rezar aquí, después del Padre Nuestro, el salmo «Deus venerunt gentes». Más tarde Juan XXII (1316-1334) decretó que, en este mismo lugar, se recitase el salino «Lactatus sum», para extirpar cismas y herejías. El «Amén» que el celebrante añade ahora, en voz baja, es una adición de la Edad Media; como se ve, interrumpe momentáneamente el EPILOGO, que continúa con las mismas palabras y desarrolla la misma idea de esta séptima petición.
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EL PADRE NUESTRO
PROLOGO: Oremos: Amonestados con preceptos saludables e informados por la enseñanza divina, nos atrevemos a decir:
PADRE NUESTRO que estás en los cielos — santificado sea el tu nombre — venga a nos el tu reino — hágase tu voluntad asi en la tierra como en el cielo —. El pan nuestro de cada día dánosle hoy — y perdónanos nuestras deudas, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores — y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal. (Amén, responde el sacerdote en voz baja.)
El celebrante toma ahora entre los dedos, índice y medio de la mano derecha, la patena qne en el Ofertorio había colocado a sn lado derecho, parcialmente cubierta con los Corporales, y apoyándola de canto sobre el purificador recita en voz baja — antiguamente, en voz alta, como en la Misa del Viernes Santo — el EPILOGO del Padre Nuestro, hermosa y antiquísima oración romana, recogida ya por los Ordines más primitivos.
El eco de la última petición el comentario detallado, minucioso de todos los males de que deseamos vernos libres: males pasados, como consecuencia o castigo del pecado, malas inclinaciones, debilidad en el bien, tibieza… ; males presentes que nos afligen a nosotros, que azotan a nuestra familia y a la sociedad, que preocupan y angustian a la Iglesia… ; males futuros que nos amenazan, que van a caer sobre la sociedad, sobre las naciones, sobre el mundo que se desliza en el materialismo, en la apostasía, en la impiedad…, y pidiendo al mismo tiempo la intercesión de los Santos — particularmente se nombran a los cuatro primeros del Comunicantes, y en la Edad Media se podían añadir otros más — se formula, en fin, la misma insistente plegaria por la PAZ: «DA PROPITIUS PACEM…», que aquí también, como en la Plegaria sacrif. I, v. n. 219—, insertó el gran Papa, San Gregorio I…; que siempre fue patrimonio de los Vicarios de Jesucristo en la tierra propiciar la PAZ entre los pueblos y repetir a las naciones el programa del PRINCIPE DE LA PAZ: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra…». Esta Plegaría por la PAZ, por la PAZ interior, en nuestra conciencia, libre de pecado y de toda perturbación; y por la PAZ exterior en el inundo y en la Iglesia, la sella el celebrante con la CRUZ, santiguándose con la patena, pues con la CRUZ restableció Jesucristo la PAZ entre el cielo y la tierra: Colos. 1, 20; y añade, además, un beso a esa misma patena que, para el gran rito que se inicia ahora, va a recibir el Cuerpo de Jesucristo.
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EPILOGO del Padre Nuestro.
Líbranos, Señor, te rogamos, de todos los males pasados, presentes y venideros; y por la intercesión de la bienaventurada y gloriosa Virgen, Madre de Dios, María, con tus santos Apóstoles Pedro y Pablo y Andrés, y de todos los Santos, danos propicio la paz en nuestros días; para que ayudados con el auxilio de tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado, y seguros de toda perturbación.
235. FRACCION DEL PAN.
En el «Padre Nuestro» acabamos de pedir a nuestro Padre el Pan Eucaristico: y nuestro Padre inmediatamente se pone a partir ese Pan para distribuirlo entre sus hijos. Cfr. n. 47.
RITO PRIMITIVO: la Fracción del Pan era la escena más íntima y familiar de la Misa primitiva, el rito más popular y conocido en aquellos tiempos eucaristicos, en los que la Misa se llamaba así sencillamente: «la Fracción del Pan». V. n. 25.
Los fieles que asisten al Santo Sacrificio, todos de pie, en actitud firme y respetuosa — hay que notar que hasta el siglo XVII la costumbre era comulgar de pie—, están rodeando (circumstantes: v. n. 217, 2) la Mesa eucarística: en medio, un anciano obispo como padre de aquella gran familia, como Jesucristo en la Ultima Cena y en el Castillo de Emaús — la Fracción del Pan era, como se ve en estos casos, prerrogativa del Señor o del huésped:Mt. 26, 26; Mar. 14, 22… Luc. 24, 80—, va materialmente rompiendo, frangere, aquellos grandes y gruesos panes, colocados en anchos platos o patenas ministeriales (v. n. 109), y ayudado de los presbíteros y diáconos va separando para cada uno de los hijos de Dios su ración correspondiente; y esto con abundancia, con generosidad, pues además de que hay que llevar este «alimento que no disminuye: alimentum indeficiens» a los hermanos cautivos en las cárceles (v. n. 45) y a los enfermos e impedidos; muchos de los que asisten a la Fracción y viven muy lejos, quieren también llevárselo para comulgarse a sí mismos en sus casas. Cfr. nn. 45 y 54. Para más detalles, véase el capitulo 2: n. 47.
Este rito fue desapareciendo casi al mismo tiempo que la Ofrenda popular: v. n. 196; sobre todo, desde el siglo XI, al generalizarse en el Santo Sacrificio el uso del pan ázimo o sin levadura — y prevaleció en Occidente esta clase de pan, porque se sabía que con él había consagrado N. S. Jesucristo —, comenzaron a elaborarse, como ya se venía haciendo en los monasterios, panes pequeños y cada vez más menudos para la comunión de los fieles; de tal manera que ya en el siglo XII se nos dice que las hostias para la comunión tenían la forma y tamaño de un denario, es decir, que eran ya poco más o menos como las nuestras. Debió de introducirse también entonces la costumbre de dar la comunión directamente en la boca, por el peligro de que, siendo tan pequeñas y delgadas las hostias, se cayeran al suelo si seguían colocándose en las manos. Cfr. Rojo: o. c. p. 446.
La elaboración del pan que ha de servir para la Eucaristía fue siempre considerada cono un acto sagrado y religioso. «He visto con mis propios ojos — nos dice Paladio — a Cándida, mujer de Trajano, generalísimo de las armadas de Valero, trabajar toda la noche en moler con sus propias manos el pan de la oblación». S. Wenceslao, duque de Bohemia, cultivaba él mismo su campo, lo sembraba, recogía la mies, molía el grano y cocía los panes para el altar. Era ocupación reservada generalmente a los sacerdotes y con la que se honraban los príncipes y grandes personajes cristianos. En muchos monasterios había un campo especialmente escogido para el trigo de la Eucaristía, campo que se llamaba del Corpus Domini. Y según las «Costumbres de Udalrico», en Cluny, tres sacerdotes en ayunas y después de haber rezado Laudes y los siete salmos penitenciales, se revestían de albas para preparar las hostias.
RITO ACTUAL: Comprende: 1, la Fracción de la Hostia del sacerdote; 2, la mezcla de un trozo de esa Hostia con el Sanguis; y 3, el Agnus Dei.
236. 1. LA FRACCION DE LA HOSTIA:
El celebrante divide la Hostia en dos partes iguales, mientras dice estas palabras de la fórmula final del Epílogo del Padre nuestro: «por el mismo Señor nuestro, Jesucristo, Hijo tuyo»; y dejando una de estas mitades — la que ha quedado en su mano derecha — sobre la patena, corta de la parte inferior de la otra mitad, que tiene en la mano izquierda, un pedacito, diciendo estas otras palabras de la misma conclusión: «que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo».
Estas Fracciones de la Hostia, desde la Edad Media para mayor precaución, vienen realizándose sobre el Cáliz; pues antes la Fracción, lo mismo que la Consagración — esta última tiene ahora lugar sobre el Corporal —, se verificaban sobre la patena.
237. 2. LA MEZCLA DE LAS ESPECIES CONSAGRADAS:
Teniendo sobre el Cáliz la partícula que acaba de cortar, exclama, elevando la voz:
«Por todos los siglos de los siglos.» «Asi sea», responde el pueblo…
Y en seguida traza con esta partícula, de labio a labio del Cáliz, tres cruces con la siguiente fórmula que es ya un anuncio del BESO DE PAZ, rito que viene a cerrar la preparación general para la Comunión:
«La PAZ del Señor sea siempre con vosotros.» «Y con tu espíritu», contestan los fieles.
El celebrante deja caer entonces dentro del Cáliz la partícula sagrada para que se mezcle con la Sangre de Jesucristo.
238. Simbolismo de la fracción y de la mezcla de la Hostia con el Sanguis:
Para tratar de comprender el significado de estos dos ritos, a los que tan distintas interpretaciones se han dado, vamos a remontarnos a sus orígenes históricos. EN UN PRINCIPIO NO EXISTE MAS QUE UNA SOLA FRACCION: la Fracción del Pan Eucarístico para distribuirlo entre el clero y los fieles que asisten al Sacrificio.
EL SIMBOLISMO DE LA FRACCION estaba clara y hermosamente expresado en las oraciones que la acompañaban): SIMBOLIZABA LA UNION Y CARIDAD ENTRE TODOS LOS CRISTIANOS.
«El pan que partimos — nos dice San Pablo: I Cor. X, 16, 17—, ¿no es la participación del Cuerpo del Señor? Porque todos participamos del mismo pan, y aunque muchos, venimos a ser un solo pan, un solo cuerpo.»
Y la Didaje — v. n. 62 — nos ha conservado la Fórmula más primitiva que se conoce para la Fracción del Pan: «Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y la ciencia que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu Hijo, gloria a Ti por los siglos. Como este pan fraccionado se halla disperso por las montañas, y reunido fue uno solo: de igual suerte reúnase tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino. Porque tuyos son la gloria y el poder, por Jesucristo, durante los siglos. Nadie coma, ni beba de vuestra Eucaristía, sino los bautizados en el nombre del Señor; que acerca de esto ha dicho el Señor: No déis lo santo a los perros».
MAS YA EN LA MISA PAPAL ROMANA de los siglos V al IX, hallamos TRES FRACCIONES del Pan y DOS MEZCLAS de las especies consagradas:
Primera mezcla:
Al comenzar la Misa, dos acólitos presentaban al Pontífice un cofrecito que guardaba un trozo de Pan consagrado en la Misa anterior: era lo que se llamaba «SANCTA»…
Proseguía la Misa, y al llegar la FRACCION DEL PAN, se anunciaba primero el BESO de PAZ con el «PAX DÓMINI»: el Papa echaba entonces en el Cáliz aquel «SANCTA» de la Misa anterior que se le había presentado al principio; esta mezcla fue, naturalmente, en sus orígenes, una medida práctica, pues el Pan fermentado, al cabo de algunos días, tenía que endurecerse, y para consumirlo era necesario ablandarlo en el vino consagrado.
Primera fracción:
Venía ahora el BESO DE PAZ, y a continuación también el Papa, por su parte, cortaba de su Hostia un pedazo que colocaba sobre el altar y que había de servir de «SANCTA» para la Misa siguiente.
Segunda fracción:
Inmediatamente tenía lugar la FRACCION PROPIAMENTE DICHA, la Fracción del Pan consagrado que iba a repartirse entre el clero y los fieles.
Tercera Fracción: Segunda mezcla:
Por fin, el Papa volvía a partir de su Hostia otra partícula que sumergía en el Cáliz al mismo tiempo que decía: «Esta mezcla y consagración…».
SIMBOLISMO DEL «SANCTA»: Como brote espontáneo y natural floración del primitivo rito de la FRACCION del PAN, el «SANCTA» venía también a poner de relieve la gran UNIDAD CRISTIANA: y asi como la FRACCION simbolizaba la unión entre todos los cristianos, el «SANCTA» representaba la UNION ENTRE TODOS LOS SACRIFICIOS, la continuidad del mismo y único Sacrificio a través del tiempo y del espacio, la soldadura y el enlace de todas las misas entre sí, desde la última hasta la primera celebrada el día de Jueves Santo: asi como para reafirmar y robustecer la unidad de la Iglesia e intercomunión del Santo Sacrificio, es decir, para mostrar a los sacerdotes todos celebrando sus Misas en comunión con sus Obispos, y a éstos celebrándolas en comunión con el Papa, se usó hasta el siglo IX el envío del FERMENTUM: v. n. 63.
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MEZCLA DE LAS ESPECIES CONSAGRADAS: S. Por todos los siglos de los siglos. P. Asi sea.
S. La Paz del Señor sea siempre con vosotros. P. Y con tu espíritu. S. Esta mezcla y consagración del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo sea para nosotros, que la recibimos, prenda de vida eterna. Amén.
EN NUESTRA MISA ACTUAL todas estas fracciones y mezclas de la Misa papal romana han venido a fusionarse en una sola fracción y en una sola mezcla.
Al omitirse la Fracción propiamente dicha — segunda Fracción —, nuestra Fracción corresponde a la vez a la primera y a la tercera Fracción de la Misa papal; y al desaparecer la costumbre del «SANCTA», nuestra mezcla de las especies consagradas ha venido, naturalmente, a ocupar el lugar de la primera mezcla, aunque la plegaria: «Esta mezcla… es la de la segunda mixtión. No se ha llegado aún a comprender en nuestros días toda la profundidad de la significación contenida en esta segunda mezcla… ¿Era una preparación para la comunión de los laicos, en la que el Cuerpo del Señor, mezclado con la sangre consagrada, se les presentaba, sacada del Cáliz con una cucharita?… Se comprenderían entonces las palabras del sacerdote: «Que la mezcla y la consagración del Cuerpo y de la Sangre de N. S. Jesucristo sea para nosotros, que la recibimos, prenda de vida eterna». Oh. Parsch: o. c., pp. 261-267.
239. 3. EL AGNUS DEI.
Rito: El celebrante cubre el cáliz, hace genuflexión, se levanta e inclinado hacia el Sacramento golpéase el pecho tres veces, diciendo el «Agnus Dei».
¿Cuándo y con qué fin se introdujo el Agnus Dei en la Misa romana? Se introdujo en tiempo del Papa Sergio I (697-701), con el fin de llenar el prolongado rito de la Fracción del Pan.
No es, como se ve, tan primitivo el Agnus Dei, por lo menos en la Misa romana: por eso no lo tiene la antiquísima del Sábado Santo, y algunas liturgias, p. e., la mozárabe, no lo conocen.
Era un verdadero «confractorium» — v. n. 47 — que clero y pueblo repetían indeterminado número de veces todo el tiempo que duraba la Fracción; más tarde, hacia el siglo XII, al simplificarse aquel rito, se limitó a tres el número de Agnus Dei, y por fin, el Papa Inocencio III (1198-1216), en vista de las serias perturbaciones que entonces agitaban a la Iglesia, cambió el tercer «miserere» por el «dona nobis pacem». De esta suerte alejóse un poco de su sitio el Agnus Dei y alteróse algún tanto su significación litúrgica, acercándolo y relacionándolo con el BESO DE PAZ.
¿Dónde está inspirado el Agnus Dei?
Este cántico de comunión, de origen griego, está inspirado en las palabras de San Juan Bautista: quien hallándose bautizando a las muchedumbres en las márgenes del Jordán, vió pasar ante sus ojos al Mesías, y al punto se lo señaló con el dedo a sus discípulos: «He ahí el Cordero de Dios, he ahí el que quita — el que lleva o carga sobre si, según el texto original — los pecados del mundo». Jo. I. 29 y 36. Y el Santo Precursor se inspiró a su vez, en los Profetas — Isai. 53, 7; Jerem. 11, 19—, quienes con los rasgos más patéticos describen a Jesucristo como CORDERO: «Cordero por la mansedumbre de su condición: mansedumbre que tiene asi en el trato como en el sufrimiento, asi en lo que por nosotros sufrió como en lo que cada día nos sufre; Cordero por la pureza e inocencia de su vida, y Cordero en fin, por la satisfacción de su sacrificio y ofrenda». Fr. L. de León: Los Nombres de Cristo, lib. III, c. 4.
La Liturgia católica, al colocar el Agnus Dei en la Fracción del Pan, en el momento del Sacrificio en que el verdadero Cordero de Dios está ya inmolado y desmenuzado sobre el altar para ser comido por los comulgantes, aludía al Cordero Pascual, que también era desmenuzado y comido por los que lo ofrecían. Cfr. n. 41.
LA SUPLICA «MISERERE NOBIS» es la de tantos enfermos y desgraciados, que al ver pasar a Jesús, gritaban con fe y confianza: «Jesús, hijo de David, ten misericordia de nosotros».
Así en la Misa se han ido engastando con acertado encaje y perfecto ajustamiento las perlas más bellas de los Libros sagrados.
240. EL BESO DE PAZ.
Antes de sentarnos a la Mesa Eucarística, como testimonio de que pertenecemos a la misma familia, nos damos el Beso de PAZ.
Rito primitivo: Ya queda descrito en el cap. II, n. 48.
Rito actual: El sacerdote, con las manos juntas sobre el altar, recita la «Oración por la Paz», oración ligada ahora al Agnus Dei por el «dona nobis pacem».
Esta bellísima oración de origen mozárabe o español, está inspirada en la cariñosa despedida de Jesucristo en el Cenáculo, To. 14, 27, y también en la primera oración del Canon: Te igitur (v. n. 216), en la que pedimos, como aquí y con las mismas palabras, «pacificare et adunare», la PAZ Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA.
Como sólo se aplica a la Iglesia militante, ella y el Beso de paz, se omiten en las Misas de difuntos. Tampoco se dice el Jueves Santo, sin duda por no evocar el triste recuerdo del beso traidor de Judas.
EN LAS MISAS SOLEMNES: Mientras el celebrante recita esta plegaria, el diácono va al lado derecho de aquél; besan los dos el altar — antes se besaba la misma Hostia, o el Cáliz, o la patena—, símbolo de Cristo, como para sacar de allí la corriente de Paz cristiana, mansa y fertilizadora que, en mutuos abrazos como en ondas sucesivas de caridad, va desde el celebrante hasta el diácono, desde el diácono hasta el subdiácono y desde este último hasta todos los demás, sacerdotes y fieles que llenan el templo en las grandes solemnidades católicas.
Todavía en las humildes iglesias de aldea, sigue usándose el «porta-paz», placa metálica con la Cruz u otro grabado religioso que, después de recibir del celebrante el primer beso de PAZ, la va repartiendo por los labios de todos los fieles.
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EL BESO DE PAZ: Señor mío Jesucristo que dijiste a tus Apóstoles: «La paz os dejo, mi paz os doy», no mires mis pecados, sino la fe de tu Iglesia, y dignate pacificarla y aunarla según tu voluntad; Tú que como Dios vives y reinas por todos los siglos de los siglos. Amén.
241. PREPARACION PRIVADA (Fórmulas en singular).
Hasta aquí la preparación que podernos llamar general: sus fórmulas, redactadas en plural, tienden a disponer a toda la asamblea para el banquete del Sacrificio. Esta preparación que, como acabamos de ver, se polariza toda ella en la PAZ Y EN LA UNIDAD CRISTIANA, acaba de llegar a su punto culminante en el BESO DE PAZ. Formando, pues, un solo corazón y una sola alma, la gran familia católica se sienta a la Mesa eucarística para comulgar, primero, el padre de familia, el sacerdote y, después, los hijos, los fieles…
Así era en los tiempos primitivos: la Comunión seguía inmediatamente al BESO DE PAZ; mas ya a partir del siglo IX aparecen en los Misales de la época varias oraciones preparatorias para la Comunión, dos de las cuales, las más antiguas y hermosas, fueron conservadas en el Misal oficial de S. PIO V.
242. ¿De dónde proceden estas oraciones?
De la devoción privada de piadosos sacerdotes, quienes durante el canto del Agnús y el Beso de Paz, se preparaban con ellas, recitándolas en particular.
Por eso estas oraciones presentan todos los caracteres de coloquios íntimos y privados con Jesucristo: son oraciones dirigidas a Dios Hijo, y sus fórmulas están en singular, aplicadas a una sola persona, contrastando así con todas las demás oraciones de la Misa que, además de ir generalmente dirigidas a Dios Padre, por Jesucristo, rebosan siempre amplitud de miras, catolicismo y universalidad en sus peticiones.
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PREPARACION PRIVADA
Señor mió Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por la voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, vivificaste al mundo con tu muerte; por este tu sacrosanto Cuerpo y Sangre líbrame de todos mis pecados y de todos los males: haz que siempre esté adherido a tus mandamientos y no permitas que jamás me aparte de Ti, que como Dios vives y reinas con el mismo Dios Padre en unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
243. ¿Qué se pide en estas oraciones?
EN LA PRIMERA, después de una solenme invocación a Jesucristo «Hijo de Dios vivo», que recuerda la valiente profesión de fe de San Pedro, Mt. 16, 16, y después del motivo de la oración: la Redención obrada por toda la Santísima Trinidad, el Padre con su decreto, el Espíritu Santo con su cooperación y el Hijo con su muerte vivificadora, el comulgante pide para sí a Jesucristo:
1. La liberación de todos sus pecados y males.
2. Que no se desvie del recto sendero de sus mandamientos.
3. Que no permita que jamás se aparte de EL.
Son los tres frutos más preciosos de la Comunión: la última gracia, sobre todo, encierra el gran DON DE LA PERSEVERANCIA FINAL: perseverancia que supone la muerte en estado de gracia, y que por lo mismo es un don, un beneficio especialísimo de Dios, que nosotros no podemos merecer «de condigno», es decir, de justicia, porque se nos deba por derecho, en virtud de la promesa de Dios; pues Dios no ha prometido al hombre esa gracia; don tan grande que la Iglesia en sus colectas, en el Ave María y, sobre todo, aquí, en el momento de la Comunión, nos enseña a pedir insistentemente a Dios N. S.
En cuanto a la forma de esta oración vemos que presenta el mismo corte y estilo de las colectas — v. n. 170—: Invocación, Motivo, Súplica y Fórmula final.
En cuanto a su contenido, el «no permitas que jamás me separe de Ti» — que parece suponer que ya se ha comulgado — y el puesto que se le señaló en muchos misales antiguos, indican con bastante claridad que era una oración para después de la Comunión.
244. LA SEGUNDA ORACION es un eco de aquellas serias amonestaciones de S. Pablo a los fieles de Corinto: I Cor. XI, 27 – 30.
«El que comiere de este pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, reo será del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, examínese el hombre a si mismo y de esta suerte, con la conciencia pura, coma de aquel pan y beba de aquel cáliz. Porque quien lo come y bebe indignamente se traga y bebe su propia condenación, no haciendo el debido discernimiento del cuerpo del Señor. Por eso — por haber recibido indignamente el cuerpo del Señor — hay entre vosotros muchos enfermos y sin fuerzas, y muchos mueren.»
Saludablemente estremecido por el horror a la Comunión sacrilega y a la eterna condenación con que aquélla se castiga — in judicium et condemnationem—, el cristiano que se atreve a recibir el Cuerpo del Señor, se abandona confiado a la bondad de Jesús — pro tua pietate—, y de ella espera que la Comunión sea: 1, defensa de su alma y de su cuerpo, y 2, medicina espiritual para su naturaleza caída y lisiada por el pecado.
Estos «temores en el favor», inspiraron al sacerdote-poeta uno de sus más delicados sonetos:
Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,
y la cándida víctima levanto,
de mi atrevida indignidad me espanto,
y la piedad de vuestro pecho admiro.
Tal vez el alma con temor retiro,
tal vez la doy al amoroso llanto,
que arrepentido de ofenderos tanto
con ansias temo y con dolor suspiro.
Volved los ojos a mirarme humanos;
que por las sendas de mi error siniestras
me despeñaron pensamientos vanos.
No sean tantas las miserias nuestras
que a quien os tuvo en sus indignas manos
Vos le dejéis de las divinas vuestras.
Lope de Vega.
La percepción de tu cuerpo, oh Señor Jesucristo, que yo indigno me atrevo a recibir, no me sea motivo de juicio y de condenación; sino que por tu bondad me aproveche para defensa del alma y del cuerpo, y de medicina saludable. TU que, como Dios, vives y reinas con Dios Padre en unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.
245. COMUNION.
Comunión del Celebrante
Oraciones jaculatorias I
Es el lenguaje de las emociones más vivas
Las emociones de la Comunión
1 – «Tomaré el Pan Celestial»———-Emoc. de confianza y fortaleza 2- «Señor, yo no soy digno» ———- » de humanidad y de fe
3-«El Cuerpo de N.S. J-C . .» ———– » de Vida eterna y divina
4 – «Qué daré yo en cambio»———– » de gratitud y asombro
———–
5- «Recibiré el Cáliz»——————- » de confianza y fortaleza
6- La Sangre de N.S. J-C .. «———– » de Vida eterna y divina
Comunión de los fieles
Rito Antiguo—————————- Véase cap. 2
Rito Actual ————————– Especie de misa abreviada
Procede originar, del rito de la Comunión de los enfermos.
246. Y llegó, por fin, el momento.
El celebrante, rodilla en tierra, adora a Jesucristo: alborozado porque va a tomar en sus manos el Pan Eucarístico, deja escapar de su pecho frases entrecortadas, ardientes jaculatorias… Las jaculatorias son el lenguaje de las emociones más vivas. ¡Qué bien lo sabe la liturgia católica y cómo las ha colocado — desde el siglo XI — en el momento de las emociones más puras e intensas que puede el alma recibir en esta vida… las emociones de la Comunión.
LA PRIMERA DE ESTAS JACULATORIAS ha sido, en parte, sacada de un salmo eucaristico o de acción de gracias, del salmo 115, v. 13.
«Tomaré el pan celestial e invocaré el nombre del Señor.»
Toma, en efecto, la Hostia y la patena con la mano izquierda, y algo inclinado hacia el Sacramento, golpéase con la mano derecha tres veces el pecho, al mismo tiempo que dice devota y humildemente:
«Señor, yo no soy digno…»
En verdad os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe…, había dicho Jesucristo, admirado al oír estas palabras de labios de un pagano: Mt. VIII, 8. Pues si tanto le agradaron estas palabras aplicadas entonces a una morada terrestre y a la curación de un criado, ¡cuánto más le complacería a Jesús oírlas desde la Hostia consagrada, tratándose ahora de la morada de nuestro pecho y de la curación de nuestra alma!
Por eso la Iglesia católica, que, como tantas veces hemos observado, al llegar los puntos más importantes de la Misa, nos toma como madre cariñosa en sus brazos para elevarnos con las más sublimes oraciones, ritos y ceremonias a las alturas del momento litúrgico en que nos hallamos, colocó aquí, y sólo modificándola ligerísimamente, esta magnífica profesión de fe y humildad, esta breve oración jaculatoria del Centurión romano de Cafarnaum.
Al «Domine non sum dignus» alude ya Orígenes en el siglo tu: «Cuando coméis el Cuerpo del Señor, entonces entra el Señor bajo vuestro techo. Debéis, pues, vosotros, también humillaros imitando al Centurión, y decir: Señor, yo no soy digno… «Homil, V. in Div. loca Evang; y en el s. IV, San Juan Crisóstomo: «Digamos a nuestro Redentor: Señor, yo no soy digno de que Vos entréis en la casa de mi alma, pero, sin embargo, porque Vos deseáis venir con nosotros, animados por vuestra misericordia, nos acercamos a Vos.» Homil, de Santo Tomás Ap. (Citados por Lefebvre: Para comprender la Misa, p. 107.)
En seguida el celebrante pasa a la mano derecha la sagrada Hostia, y dándose la bendición con ella a sí mismo — se signans, dice la rúbrica—, pronuncia la FORMULA DE LA COMUNION:
«El Cuerpo de N. S. Jesucristo guarde mi alma para la vida eterna.»
Fórmula de VIDA, y de VIDA ETERNA y DIVINA que expresa el fin principal de la Comunión: «guardar el alma para la vida eterna».
Esta fórmula, sencilla y profunda sobre toda ponderación, repite y compendia lo que tantas veces inculcó Jesucristo: «Yo soy el Pan de vida que he descendido del cielo… Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día; porque mi carne verdaderamente es manjar y mi sangre verdaderamente es bebida… Este es el Pan que ha bajado del cielo: quien come este pan vivirá eternamente» (Cfr. Jo. 6). La fórmula completa— no su comienzo, «Cuerpo de Cristo», que como hemos visto (núm. 49) es de los primeros siglos — se remonta al siglo XI.
«Guarde mi alma»: como se guarda el tesoro más precioso que hay en el hombre: protegiéndola, santificándola, vivificándola y fecundándola a ella y a cada una de sus facultades… las espirituales: mi inteligencia y mi voluntad; las que posee en común con el cuerpo: mi memoria, mi imaginación y mi sensibilidad… influyendo en todo mi ser, que del alma recibe su vida.
«Para la vida eterna»: para la vida eterna del alma inmortal, contemplando, amando soberanamente a Dios… ; para la vida eterna del cuerpo resucitado, ya que la Comunión es la premia de la resurrección futura. Cfr. Vigourel: La Liturgie et la vie chretienne, pp. 205-206.
¡Qué momento aquél! — dice el P. Coloma, hablando del santo Viático—: ¡Jesucristo, la verdadera vida, está allí, en la hostia consagrada, frente a frente de la muerte! Y sobre aquella lengua seca, trabada, borrosa, que apenas si acierta a balbucir: ¡Señor, no soy digno de que entres en mi morada!…, se desliza la hostia pura, la hostia santa, la hostia inmaculada hasta ponerse junto a aquel corazón que bate el pecho con aleteos de pájaro moribundo, ¡Ay!, yo creo que si aplicáramos los oídos del alma en el momento mismo en que la hostia se sepulta en aquel semicadáver, oiríamos a Jesucristo decir con voz suavísima al moribundo: —¡No temas!, ego sum resurrectio ct vita…! Yo soy la resurrección y la vida. ¡Qué grandioso, qué sublime, qué divino ese dejar la Eucaristía, como semilla de vida entre las mismas garras de la muerte!… ¡Allí está la Eucaristía!: y porque está allí, aquellos ojos volverán a mirar, aquellas mejillas volverán a colorearse, aquella boca volverá a sonreír, aquellos brazos volverán a estrecharnos, aquella lengua volverá a hablarnos para decirnos: —¡No llores más, aquí estoy!… Si está allí, en la Eucaristía, la vida, ¡cómo ha de triunfar la muerte!…» Coloma, G., S. J. : Sermones varios, tom. IV: La Eucaristía, serna. 3, VII,
Y reclinado sobre el altar, se comulga a sí mismo… reposa unos instantes con las manos juntas en la meditación del Smo. Sacramento…: después descubre el cáliz, hace genuflexión y, mientras recoge con la patena las partículas que hayan podido desprenderse de la Hostia y purifica la misma patena sobre el Cáliz, respirando satisfacción y gratitud, manifiesta con otra jaculatoria del salmo 115, que no sabe cómo expresar al Señor todo su reconocimiento:
Qué daré yo en cambio al Señor por todos los beneficios que me ha hecho?…»
Mas al punto en su interior oye la respuesta: A Dios se pagan sus dones, disponiéndose a recibir de su mano otros mayores… Así es Dios de generoso y sólo para eso quiere El nuestro agradecimiento. Una comunión, sólo puede dignamente pagarse con otra comunión más fervorosa, y la comunión del Cuerpo de Jesucristo sólo puede pagarse con la comunión o participación de la Sangre del misino Jesucristo.
Esta es la acción de gracias que nos enseña la Liturgia de la Misa: y ¿puede haber otra más racional, más fructuosa, más sublime?…
Y eso es lo que expresa esta otra jaculatoria, también del mismo salmo:
«Recibiré el Cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor.» «Con alabanzas invocaré al Señor, y me veré libre de mis enemigos.»
Y en seguida, con la misma bendición y fórmula que usó para la comunión del Cuerpo, aplica sus labios a la Sangre preciosa de Jesucristo.
Pocos Santos han expresado con más ternura los efectos de la Comunión como el mártir S. Ignacio, obispo de Antioquía: «Mi amor, dice escribiendo a los fieles de Roma, se ha fijado en la cruz; el fuego que me consume es un fuego vivificador, que me repite sin cesar, desde el fondo del corazón: Ignacio, llega a tu Padre. Ya no hallo gusto en los manjares más exquisitos, ni en los vinos más deliciosos; el pan que yo deseo es la carne de Jesucristo, hijo de David; y el solo vino que puede templar mi sed es su sangre, principio de la inmortal caridad. Nada me retiene en la tierra, y ya no me considero como un viviente entre los hombres.» Epist. ad Rom., c. 7, P. G., t. V, c. 694.
247. COMUNION DE LOS FIELES.
«Ha comulgado el padre de familia, el sacerdote: ahora deben hacerlo los hijos, los fieles.
RITO PRIMITIVO: Véase cap. 2, nn. 49-50.
RITO ACTUAL: Hoy los fieles, al acercarse a comulgar, lo mismo fuera que dentro de la Misa, rezan el «Confíteor»; el sacerdote recita sobre ellos las fórmulas absolutorias, repite el «Agnus Dei», pronuncia tres veces el «Domine non sum dignus» y distribuye, en fin, la comunión con el mismo rito y fórmula que ya conocemos.
¿POR QUE ESTE GRUPO DE ORACIONES —nos ocurre preguntar en seguida — para preparar a los fieles que van a comulgar dentro de la Misa, y a quienes con toda razón suponemos plenamente identificados con el celebrante durante el Sacrificio?… ¿Por qué esta especie de Misa abreviada, que viene a repetir lo que ya se dijo antes?…
Si consultamos el «Ordinario de la Misa», que nada nos dice de estas oraciones y supone que los fieles, sin más, comulgan a continuación del celebrante, todavía se confirma más nuestra sospecha de que nos hallamos ante la curiosa intromisión, y bastante reciente por cierto, de un rito que en otra parte debe tener su plena razón y significado.
En efecto: estas oraciones comenzaron a decirse en la comunión de los enfermos; como éstos no habían podido asistir al Santo Sacrificio, nada mejor que prepararlos para la comunión con una especie de Misa abreviada… Confiteor, Absoluciones, Agnus Dei, Elevación de la Hostia, Domine non sum dignus, etc. ; de la comunión de los enfermos pasó a la comunión fuera de la Misa; y de aquí, sin duda por la disminución gradual de la parte activa de los fieles en la Misa, se introdujo este rito paulatina e insensiblemente en la Misa hacia el sigloXIV.
Los Cartujos, como conservan su antiguo rito, no dicen el «Confíteor» en la comunión: ni tampoco se dice en las Misas de ordenación, de consagración del obispo, de bendición del abad: ni lo recitan el diácono y subdiácono en la Misa pontificial.
248. Comunión: ACCION DE GRACIAS.
Acción de gracias Tiende a pedir la perseverancia en nosotros de los efectos de la Comunión.
Estos efectos se pedían en las oraciones preparatorias de la Comunión.
A).- PARTE INVARIABLE (durante las abluciones)
1 – «Haz, Señor, que recibamos con corazón puro»
Oración preparatoria 6 » La Comunión de tu Cuerpo… no me sea motivo de condenación»
«Que la Comunión sea remedio eterno»
«Que me aproveche para defensa y de medicina saludable»
2 – «Tu Cuerpo… adhiérase a mis entrañas…»
Oración prepar. 5 «No permitas que me aparte de Ti»
«Que no quede mancha alguna de pecado en mi»
«Líbrame de todos mis pecados»
B) : PARTE VARIABLE (Después de las abluciones)
3 – COMMUNIO: antes cántico durante la Común. ; hoy antif. restos de un Salm.
«Gustad y ved cuan suave es el Señor.»
4 – POSTCOMMUNION: «Oración ad complendum, o sea, complemento final del Sacrif.
PLEGARIA OFICIAL para que se cumpla en nosotros la gracia de la Comunión
La Misa termina ahora rápidamente: lo cual bajo el punto de vista psicológico, como advierten los liturgistas, está perfectamente fundado…: ¿no es la rápida caída del telón, en las representaciones dramáticas, el mejor punto final de las escenas más impresionantes? Con todo, en esta brevísima acción de gracias litúrgica de la Misa tenemos, claramente esbozada, la idea directriz de lo que debe ser toda acción de gracias después de la comunión: la perseverancia en nosotros de sus efectos maravillosos.
249. ¿Cuál es la razón de las abluciones o purificaciones de los dedos y del cáliz que ahora realiza el celebrante?
La razón estriba en esta verdad dogmática: que N. S. J. C. está presente todo entero bajo cada uno de los fragmentos o partículas de la Hostia consagrada, lo mismo que bajo cada una de las gotitas más menudas del Sanguis.
Recuérdese el diligente cuidado que en este punto recomendaba a sus fieles S. Cirilo de Jerusalén: v. n. 61. En la Edad Media las abluciones generalmente no tenían lugar en el altar, y el agua empleada en la purificación de las yemas de los dedos no se tomaba, sino que se vertía en la «piscina», lugar en que hoy se echan las materias residuos sacramentales.
250. ¿Qué oraciones de acción de gracias se recitan durante estas abluciones?
Durante la purificación del cáliz — sólo con vino—, se reza la oración: «Haz, Señor, que recibamos con corazón puro»; y en la ablución de los dedos — con vino y con agua — se recita la oración: «Tu Cuerpo, Señor, que he recibido».
Si comparamos ambas oraciones, observamos que la primera es de puro estilo romano por su forma – ritmo, paralelismo y antitesis —, y por su latín clásico; y tan antigua que ya se halla en el Sacramentario leoniano (v. n. 119); aunque en ese y en otros Sacramentarios figura como una «post-comunión», como todavía la vemos hoy en la Misa del Jueves de la Semana de Pasión. La segunda en cambio, es menos antigua, como lo prueba, entre otras razones, el uso del número singular, que, además de indicar que procede de la devoción privada, supone que en el tiempo en que fue introduicida en la Misa, ya era sólo el celebrante quien comulgaba bajo ambas especies.
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ACCION DE GRACIAS Haz, Señor, que recibamos con corazón puro lo que hemos tomado con la boca; y que este don temporal se nos convierta en remedio eterno. Tu Cuerpo, Señor, que he tomado y tu Sangre que he bebido se adhieran a mis entrañas; y haz que no quede mancha alguna de pecado en mi, a quien han alimentado estos puros y santos sacramentos: Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
251. LA ANTIFONA LLAMADA «COMUNIÓN»
El celebrante, después de haber cubierto el cáliz, se dirige al lado de la Epístola para leer en el Misal la antifona llamada «communión».
¿Cuál es el origen de esta antífona?
En la Misa primitiva había nada menos que cuatro procesiones, y cada una acompañada de su respectivo canto… ¡Así palpitaban aquellas Misas de animación y de vida por la participación activa que en ellas tomaba el pueblo!
Existia: 1. La procesión del INTROITO, es decir, la que se formaba al entrar solemnemente el Papa o el Obispo en la gran basílica cristiana. V. nn. 159-161.
Por cierto que el canto, correspondiente a esta procesión, aunque muy recortado hoy día y desencajado de su sitio en las Misas rezadas, todavía conserva su lugar de honor en las Misas cantadas, cuando los cantores, sin tener en cuenta las preces al pie del altar, entonan con reposada y majestuosa melodía la antífona del INTROITO, ya al salir el celebrante de la sacristía y aproximarse al altar.
2. La procesión del EVANGELIO con las alegres notas del ALELUIA y que todavía reviste máxima solemnidad en las misas cantadas: v. nn. 181-186.
3. La procesión del OFERTORIO, hoy ya imperceptible: v. n. 193; y por fin,
4. La procesión de la COMUNION; era la más alegre y esperada de los fieles: ¡cuántas veces ocurrían escenas tan deliciosas como aquella que nos refiere el autor de la Vida de S. Gregorio el Grande!: Una señora de la aristocracia romana que acostumbraba asistir los domingos a la Misa del Papa, al acercarse a comulgar y en el momento de ir a recibir en su dominical — v. n. 49 — el Pan Eucarístico, no pudo reprimir una espontánea sonrisa de satisfacción… San Gregorio, que advierte aquella irreverencia, pasa de largo y no le da la comunión. Pero al terminar la Misa ordena comparecer en su presencia a la matrona romana… «Es que cai en la cuenta— dijo ella algo ruborizada — que el Pan que ibais a darme era el mismo que yo con mis propias manos habia elaborado y traído para la OFRENDA». (Paul. diac.: Gregor. Vita, 23; citado por Rojo del Pozo; o. c., p. 444).
LOS FIELES SE ACERCABAN A COMULGAR CANTANDO UN SALMO, especialmente escogido para este acto: el 22 «Dominus regit me», el 84: «Benedixisti, Domine, terram tuam», y sobre todo el 33: «Benedicam Dominum in omni tempore», por su precioso verso 9: «Gústate el videte quoniam suavis est Dominus» (v. n. 47). Los versículos de esos salmos alternaban con una antífona que, a modo de estribillo, repetía el pueblo todo el tiempo que duraba la distribución de la comunión. Pero durante la Edad Media, con la gradual disminución del número de los comulgantes y la propagación de la comunión fuera de la Misa, fuése acortando el salmo hasta quedar sola la antífona, y ésta fuera de su lugar, aunque conservando su nombre de pila y, en la mayoría de los casos, su aplicación más o menos próxima a la Eucaristía.
Los Cominunios más antiguos se refieren al tiempo eclesiástico, o a la fiesta que se celebra, o se está preparando; muchos son frases selectas del Evangelio o de la epístola del día y vienen a subrayar una idea capital; pero la mayoría, casi la mitad (2/5), están tomados de los salmos.
LA POSTCOMUNION:
252. ¿Cuál es la plegaria olicial de la ACCION DE GRACIAS?
Es la oración llamada ahora «Postcommunio», porque se recita después de la Comunión y que, antiguamente, se denominaba «complenda», u «oratio ad complendum», porque con ella se terminaba el Sacrificio.
La «Postcommunio», que ya figura en el Sacramentado leoniano (v. n. 119), está estrechamente enlazada con la Colecta y la Secreta en cuanto a su número y a su conclusión, aunque difiere en su estructura, menos perfecta que la de las Colectas, y en su contenido, que, a la idea central de la fiesta o del tiempo eclesiástico, añade la representación sucinta, el ruego concreto para que en nosotros se cumpla la gracia de la Comunión.
Como un resumen magnifico de los varios motivos que la Liturgia va desarrollando en las diversas postcomuniones del año, véase la oración «por los vivos y los difuntos», que suele rezarse en tercer lugar, durante la Cuaresma, cuando no hay conmemoración de algún Santo: aquí también, como en las grandes oraciones de la Misa, aparecen cariñosamente abrazadas y unidas por la oración eucarística las tres Iglesias, la del cielo, la de la tierra y la del purgatorio: «Que nos purifiquen, te rogamos, Omnipotente y misericordioso Dios, las sacramentos que hemos recibido; y por la intercesión de todos tus santos haz que este tu sacramento no sea para nosotros reato de pena, es decir, ocasión de faltas que expiar, sino intercesión saludable de perdón; sea ablución de nuestros pecados, fortaleza para nuestra debilidad, protección contra todos los peligros del mundo, y para los vivos y difuntos remisión de todos sus pecados».
LA ORACION «SOBRE EL PUEBLO»
Esta oración que en Cuaresma, en las misas feriales, se añade a las poscomuniones, va precedida del aviso ritual: «Humiliate capita vestra Deo», o como se dice en el rito mozarabe: «Humiliate vos benedictioni: inclinaos para recibir la bendición»; como se ve por estas últimas palabras, era una bendición que solian darse a los que no habían comulgado, antes de introducirse la actual bendición con la señal de la Cruz. Cfr. 256.
253. FIN DE LA MISA. 1- «Ite Missa est»: Despedida del celebrante a los fieles 2- «Placeat tibi»: Resumen de los fines del Sacrificio 3- «Benedicat vos Omnipotens…» Despedida de Dios a sus hijos. Epílogo de la Misa:
ULTIMO EVANG. o Prólogo de S. Juan -JESUCRISTO- Lleno de gracia-Misa de los fieles
Lleno de verdad-Misa de los catecúmenos DEO GRATIAS
254. «ITE: MISSA EST».
Hasta el siglo XI, ¿cómo terminaba la Misa? Terminaba con el envío o despedida de los fíeles, anunciado solemnemente por el diácono que en nombre del Papa o del Obispo celebrante, invitaba a la asamblen a retirarse con esta fórmula, ya en uso desde el siglo II, y que dió su nombre al Santo Sacrificio (v. n. 26): ITE: MISSA EST; IDOS: ES EL ENVIO o despedida. A lo que el pueblo respondía con la fórmula litúrgica: DEO GRATIAS, tan significativa sobre todo en estos momentos, después de haber recibido de Dios el mayor de los beneficios: la Redención, cuyo recuerdo vivo acaba de conmemorarse en la Misa.
Los mismos gentiles usaban una fórmula de contenido parecido cuando se habían de alejar de sus templos, después de terminados los misterios paganos: «I LICET>, clamaba el heraldo, es decir, sin contracción: «IRE LICET», OS ES PERMITIDO PARTIR.
El BENEDICAMITS DOMINO: En la antigua liturgia el anuncio del ITE Missa est revestía tal solemnidad, que era exclusivo de las Misas celebradas por el Papa o los Obispos; y como la recitación del GLORIA fue en aquellos tiempos algo también propio de la Misa episcopal — v. n. 167 —, establecióse entre ambos cierto relación que todavía subsiste en nuestros días; la supresión del GLORIA en la Misa, lleva también consigo la omisión del ITE MISSA EST.
En estos casos al ITE substituye el BENEDICAMUS DOMINO, aclamación con que terminan las HORAS del Breviario y que los simples sacerdotes, dejando el alto honor del ITE MISSA ÉST a los Obispos, comenzaron a usar también como conclusión de la Misa. Como se ve, pues, la omisión del ITE MISSA EST, aunque generalmente coincida con Misas de penitencia — Adviento, Cuaresma, Cuatro Témporas, Rogaciones, algunas vigilias… —, no implica de suyo ni tristeza ni alegría. El ITE MISSA EST también cede su lugar, en las Misas de difuntos, al «REQUIESCANT IN PACE», que expresa un deseo de circunstancias y es un inspirado resumen de toda la misa en favor de los difuntos.
255. «PLACEAT TIBI».
Con el ITE MISSA EST o una expresión parecida — «vayamos en paz en el nombre de Cristo —Id en paz —Gloria a Ti, Cristo, nuestro Dios y nuestra esperanza…», terminaba la Misa en los diez primeros siglos. Pero hacia el siglo XI aparecen en los misales de la época dos nuevos elementos: la oración de origen galicano «Placeat tibi» y la BENDICION.
¿De dónde procedía la oración «Placeat tibi»? Procedia, como se advierte por su carácter individual, del tesoro de la devoción privada, y solían recitarla los sacerdotes, en la sacristía, antes o después de haberse quitado los ornamentos. Es un brevísimo resumen de los fines del Santo Sacrificio y una como réplica de la plegaria del mismo origen galicano, dirigida también a la Santísima Trinidad, que se recitó en el OFERTORIO: véase núm. 203. _____________________________ ORACION «PLACEAT TIBI»: Séate agradable, ¡oh Santa Trinidad!, el homenaje de mi servidumbre: y haz Que el sacrificio Que yo, aunque indigno, he ofrecido a los ojos de tu majestad, te sea acepto; y Que por tu misericordia sea propiciatorio para mí y para todos aquellos por quienes lo he ofrecido. Por Cristo, Señor nuestro. Así sea.
256. LA BENDICION.
En seguida nos ocurre preguntar: ¿por qué a la BENDICION de la Misa ha precedido el ITE MISSA EST o despedida de los fieles? ¿No es más natural el orden inverso: primero la BENDICION y después la despedida?
Efectivamente, antes de introducirse la actual bendición con la Cruz en la Misa, la única bendición que en ésta se daba estaba colocada antes de la despedida de los fieles: ése, precisamente, era el objeto de la «Postcommunio», que tiene todo el carácter y forma de una bendición final — ad complendum — para los que han comulgado en la misa — y entonces eran todos los asistentes a ella —; más tarde, en tiempos de frialdad eucarística y cuando en las ferias de Cuaresma el concurso del pueblo que no comulgaba era más numeroso, para que éste no quedara sin alguna bendición, introdújose la Oración super populum, que, como ya dijimos — v. n. 251—presenta también el carácter de bendición, pero ya sin estar restringida a los que han comulgado.
Un hecho historico pone muy de relieve la alta estima que el pueblo cristiano tenía de esta bendición, contenida y como plasmada en la «poscomunión»: «Nadie era despedido de la Iglesia sin bendición, nos dice el Card. Schuster en su obra Líber Sacramentorum, I. p. 112 (cit. por Ser di Franza o. c., p. 128): tanto que, cuando los Bizantinos, el dia de Santa Cecilia, después de la comunión arrebataron al Papa Vigilio del altar de la Mártir Transtiberina y lo arrastraron a la nave que lo esperaba allí, cerca del rio, para conducirlo a Constantinopla, el pueblo, que sin embargo nada simpatizaba con Vigilio, levantó un tumulto para que se le concediese, al menos, tiempo para poner fin a la Misa estacional y recitar la última plegaria ad complendum, en que dejara su bendición a la asamblea. El Papa Vigilio (537-555) sobre el puente de la nave pronunció la última colecta (plegaria de la bendición), a la cual los circunstantes respondieron: AMEN. Sólo entonces pudo partir la nave para conducir al Pontífice al destierro».
¿De dónde procede la actual bendición con la Cruz?
Procede de una antigua costumbre de la Misa pontifical: entonces, como ahora, el pueblo fiel no salía inmediatamente del templo al terminar el Santo Sacrificio, sino que esperaba la salida del Obispo para recibir de él la bendición — bendición que al principio había comenzado a darse en la sacristía y únicamente a los clérigos que habían intervenido en la Misa.
Como esta bendición era entonces considerada como acto propio y exclusivo de los Obispos, al disminuir el número de éstos, se hizo a los fieles muy duro irse del templo sin aquélla, y así la reclamaron y obtuvieron de los simples sacerdotes, que comenzaron a darla antes de abandonar el altar y con el mismo rito de los Obispos, es decir, con tres cruces.
Esta misma bendición con tres cruces aparece prescripta en el misal de S. Pío V; pero ya su sucesor, Clemente VIII, reservó esta forma de bendición para uso exclusivo de los Obispos.
257. ULTIMO EVANGELIO.
La liturgia de la misa termina ahora, desde el siglo XVI, con la lectura de un segundo Evangelio, que suele ser, salvo rarísimas excepciones, el Prólogo del Evangelio de S. Juan.
Es la página más bella que se ha escrito: todas las revelaciones divinas están compendiadas en estas palabras: «Y EL VERBO SE HIZO CARNE».
La ENCARNACION aparece como el punto culminante de la teología, como la llave de la historia.
Ante estas pocas líneas confesaban su impotencia los ingenios más esclarecidos:
«Necesitaría — nos dice Orígenes — haber descansado sobre el pecho de Jesús, haber recibido a María por madre, ser otro Juan para penetrar el sentido del cuarto Evangelio, de su prólogo sobre todo». In. Jo. t. I, n. 6.
Y San Agustín: «Me atrevo a decir, hermanos míos, el mismo Juan no ha hablado de estos misterios como ellos son, sino en la medida que puede hacerlo un hombre». In .To. t. I, n. 1… «En el seno de Jesús es donde Juan ha sacado lo que nos da a beber; las palabras que nos dice son de la misma fuente donde él apagó su sed»… Ibid. n. 7. Y en «La Ciudad de Dios», nos habla de un filósofo platónico que deseaba se grabase este Prólogo en el frontispicio de las iglesias. De Civit. Dei. X, c. XXIX, 2.
Sabemos, en fin, por S. Juan Crisóstomo — s. IV— y por Santo Tomás (2-2, q. 96, a. 4), que los cristianos transcribían ciertas palabras, del Evangelio para llevarlas consigo; y Maldonado dice expresamente de su tiempo, que estas filacterias estaban casi siempre sacadas de los primeros versículos de S. Juan. Cfr. Durand, Alfred: Evang. S. Jo., Introduct. Cfr. n. 186.
Dada esta singularísima veneración al Prólogo de San Juan, nada de extraño tiene que en el siglo XIII comenzaran algunos sacerdotes a decirlo por devoción al terminar la misa, mientras venían del altar a la sacristía, y que muy pronto la devotísima plebe, algo así como ahora se hace con los responsos en favor de los difuntos, empezara a rogar a sus sacerdotes les leyeran por sus intenciones particulares esta página evangélica, a la que atribuían el valor de un sacramental; singularmente, las madres pedían a los sacerdotes la recitaran «sobre sus hijos», como una bendición o una suerte de exorcismo que alejara de sus pequeñuelos todo mal, y todavía en ciertos países se lee en familia durante las tempestades.
Esta fe popular en el poder y eficacia del Prólogo de San Juan fué desde un principio reconocida y estimulada por la Iglesia, que no se contentó con colocarlo en varias bendiciones, sobre todo en la bendición de los niños enfermos, sino que, en el siglo XVI, en la reforma del Misal de S. PIO V, prescribió oficialmente su lectura al fin de la Misa.
En España es costumbre recitarlo después de las ceremonias del Bautismo.
ULTIMO EVANGELIO
A — Texto.
JESUCRISTO
I.—Existiendo antes del mundo.
a) En el principio existia el Verbo. Y el Verbo estaba junto a Dios. Y el Verbo era Dios. El estaba al principio junto a Dios.
b) Todas las cosas han sido hechas por El y sin El nada se hizo de lo que fue hecho.
c) En El estaba la Vida, y la Vida era la luz de los hombres, y la luz brillaba entre las tinieblas.
Y las tinieblas no la sofocaron.
B) Comentario
a) Como Dios: eterno e igual al Padre.
b) Como Creador; crear es algo propio de Dios, y el Verbo, Jesucristo, es la causa ejemplar y como instrumental de la creación.
c) Como Redentor; es la VIDA, la VIDA DIVINA y fuente de la vida sobrenatural en nosotros, que logramos así la suprema aspiración del cristianismo: «VIVIR DE DIOS PARA DIOS» (San Agustín)
II — Entrando en el mundo.
a) Existió un hombre enviado por Dios: su nombre era Juan. Este vino como testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyesen. El no era la luz; pero venía para dar testimonio de la luz.
b) Vino al mundo la luz verdadera que brilla, iluminando a todo hombre (asi el texto original). El estaba en el mundo. Y el mundo ha sido hecho por El. Y el mundo no le conoció.
c) Vino a los suyos. Y los suyos no le recibieron.
d) Pero a aquellos que le recibieron dióles poder de llegar a ser hijos de Dios; a los que creen en su nombre que han nacido no de la sangre ni del instinto de la carne ni de la voluntad de los hombres, sino de Dios.
Comentario
II— Entrando en el mundo.
a) Precedido de un Precursor: ésta era la misión del Bautista: ser testigo, decir la verdad — por ella ha de morir —: señalar con el dedo al Mesías, a la Luz en la que todos deben creer; y después, disminuir, irse desvaneciendo como la aurora que anuncia la aparición del sol.
b) Grandes progresos habían realizado los cuatro colosales imperios del mundo: los Asirios, los Persas, los Griegos, los Romanos… ¡Grandes pasos habian dado!, hay que reconocerlo, exclama San Agustín: Magnae vires, cursus celerrimus… praeter viam (Enarr. in Ps. 31; n. 4. M. L. 36), pero FUERA DEL CAMINO, de espaldas a la Luz verdadera que, sin embargo, iluminaba entonces y sigue iluminando ahora a toda razón natural y brilla y resplandece lo mismo en la estrella de mayor magnitud, que en la más diminuta de las luciérnagas… Cursus celerrimus… praeter viam! ¡Grandes pasos! Grande fué la sabiduría de los griegos, pero lo más que pudieron conocer de esta LUZ fue confesar que la desconocían; por eso, entre los mil altares que levantaron a sus errores — altares que eran tientos de ciego que, palpando a las criaturas, buscaba al Creador de todas ellas —, erigieron uno en el que escribieron estas dos palabras, triste compendio de la historia del paganismo: DEO IGNOTO: AL DIOS DESCONOCIDO…
c) Vino a los suyos, a los judíos, llamó a sus puertas, y… —No había lugar para El en la posada… No tenia donde reclinar su cabeza.
d) Pero a todos aquellos — judíos, muy pocos; paganos, muchísimos — que le recibieron, creyendo en El, les dió el poder sublime de llamarse y de ser HIJOS DE DIOS: mas esta filiación divina es efecto del poder de Dios; no intervienen en ella ni sangre o raza, ni poder o voluntad de hombres, pues los fariseos enseñaban erróneamente que nadie podía entrar en el cielo, ni participar de los dones mesiánicos, si no era judío, descendiente de Moisés.
III. — Viviendo en el mundo.
a) Y el Verbo se hizo Carne
b) Y estableció su tienda de campaña entre nosotros.
c) Y hemos visto su gloria, gloria como la del Unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad.
Comentario
III. — Viviendo en el mundo.
a) ¡Rodilla en tierra! Adoración profunda… Es el mejor comentario: nos arrodillamos, seguimos el movimiento de bajada, de anonadamiento de Dios. Llegaremos tan abajo…
b) Alusión a las costumbres de los beduinos: asi como éstos despliegan y plantan su tienda en el desierto y al poco tiempo la levantan para irse a otro lugar, así Jesucristo vivió entre nosotros poco tiempo. A nosotros nos parecen algo 33 años… al Discípulo amado, que le vió y le trató, parecióle tan breve como una parada de los beduinos en el desierto.
c) Sus resplandores de Hijo de Dios, las señales de su divinidad, sus milagros, su doctrina… ,y esa gloria era tal cual convenía al Unigénito de Dios. Reunión y cúmulo de todas las gracias, Jesucristo es la Verdad: 1, como doctor y maestro, como luz de los hombres, a quienes descubre los misterios y verdades ; 2, como Mesías que cumplió las profecías, y 3, como BIEN verdadero para nosotros. Bien que no engaña «vitis vera, panis verus, lux vera».
Antonio Rubinos S.J.
CATECISMO HISTORICO LITURGICO DE LA MISA
LAS COSAS NECESARIAS PARA LA SALVACION
Por el Dr. Homero Johas
CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 9/10
PARTE SEGUNDA
Números 221-230
I. RELATO DE LA ULTIMA CENA.
¿Cómo se obra la Consagración?
La Consagración se obra mediante el RELATO LITURGICO de la ULTIMA CENA.
AL DECIR «RELATO LITURGICO» entendemos:
¿Cómo se compuso este RELATO LITURGICO?
Y apoyándose, como antes, en el altar, pronuncia las palabras consecratorias del vino:
222. PLEGARIAS DESPUES DE LA CONSAGRACION.
Ofrecimiento de la Víctima
Plegar. Memor. «UNDE ET MEMORES»
Aceptación de la Víctima
Plegar, sacr. III «SUPRA QUAE»
Entrega de la Víctima:
Plegar, sacr. IV «SUPPLICES»
Frutos del Sacrificio:
223. PLEGARIA MEMORIAL: OFRECIMIENTO DE LA VICTIMA.
Se llama «memorial» — en griego, memoria o recordación — por las palabras con que comienza: «Unde et MEMORES… Por tanto, RECORDANDO».
___________________
PLEGARIA MEMORIAL
¿Qué significación encierran las Cruces que traza ahora el sacerdote después de la Consagración?
ACEPTACION Y ENTREGA DE LA VICTIMA
______________________
Sobre los cuales dones dígnate mirar con rostro propicio y sereno y aceptarlos así como te dignaste aceptar los dones de Abel y el su crificio de nuestro patriarca Abrahán y el que te ofreció tu sumo sacerdote, Melquisedec — SACRIFICIO SANTO, Hostia inmaculada.
Otra oración que también presenta algunos caracteres de la EPICLESIS tradicional, es la Plegaria Sacrifica! II: «QUAM OBLATIONEM»: v. n. 220, Cfr. 201.-
_____________________
225. MEMENTO IV: FRUTOS DEL SACRIFICIO.
_____________
226. MEMENTO V: FRUTOS DEL SACRIFICIO.
___________
MEMENTO V
SEGUNDA LISTA DE SANTOS
Como en la primera parte de este díptico — v. n. 218 —, aquí también los Santos — Apóstoles y Mártires — pertenecen todos ellos a los cuatro primeros siglos; allí la proporción era 1-12-12 (Virgen María, Apóstoles, Mártires) ; aquí es 1-7-7 (S. Juan Bautista, Hombres. Mujeres).
227. CONCLUSION DEL CANON:
(o Fórmulas de GLORIFICACION)
Fórmula II: Glorificación del PADRE y del E. S.
por mediación de JESUCRISTO AMEN final del CANON
228. GLORIFICACION DE JESUCRISTO.
«Y CON EL MISMO», o sea, unidos todos con Jesucristo, como los sarmientos con la vid, como los miembros con su cabeza y como los granos de trigo con el pan y las uvas con el vino… Cfr. la Didaje: n. 62.
_____________________________
Y elevando juntos el CALIZ Y LA HOSTIA, ahora sólo un poco — cfr. 11. 221—, por eso se llama pequeña elevación; pero antiguamente mucho más para que los viera y adorara el pueblo, termina la doxológía con estas palabras:
230. AMEN FINAL DEL CANON.
«POR TODOS LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS».
ESTÁ PROHIBIDO A UN CATÓLICO COMUNICAR CON LOS HEREJES

Por dos razones, uno no debe mantener relaciones con herejes. Primero, debido a su excomunión ya que uno no debe tener relaciones con personas excomulgadas. Segundo , debido a su herejía, y esto por tres razones:
Primero , debido al peligro de que nuestras relaciones puedan llegar a corromper a otros, de acuerdo con lo que se enseña en la Primera Epístola a los Corintios: ‘Comunicaciones malvadas corrompen los buenos modales’. (15: 33)
Segundo, para no parecer que uno da ninguna aprobación a sus doctrinas perversas. En la segunda Epístola de San Juan se dice: ‘Si alguien viene a ti y no trae esta doctrina, no lo recibas en la casa ni le digas: Dios te apresure. Porque el que le dice: Dios te apresure, comunícate con sus obras inicuas «(1: 10-11). Con respecto a este verso, la glosa comenta: «Hablar con alguien revela comunión, a menos que la conversación sea una duplicidad, que no debería ocurrir entre los católicos».
Tercero, para que nuestra familiaridad [con los herejes] no brinde la oportunidad de errar por los demás. Otra Glosa comenta sobre este pasaje de San Juan: «Incluso si el hereje no te engaña, al ver tu familiaridad con él, otros pueden ser engañados imaginando que disfrutas de esas relaciones y crees en él». Todavía un tercera glosa agrega: «Los Apóstoles y Discípulos ejercitaron tanta vigilancia en asuntos religiosos que ni siquiera tuvieron un intercambio de palabras con aquellos que se habían apartado de la verdad».
La excepción a esta regla es cuando alguien habla sobre la salvación con un hereje con la intención de salvarlo.
[preguntas espontáneas], quodlibeto 10, q.7 , a.1 , 15, c.)
CUANDO LA MISERICORDIA ES UN PELIGRO…
En un país con una mentalidad saturada de liberalismo y protestantismo como la nuestra, es bastante común escuchar a los católicos decir que Dios siempre perdona al pecador, sin importar lo que haga y cuánto peca. Aquí hay algunas consideraciones de San Alfonsus de Ligorio que están destinadas a dar algo de reflexión a nuestros católicos liberales, o para nosotros mismos en la medida en que compartimos esa mentalidad.
San Agustín dice que el Diablo seduce a los hombres de dos maneras: a través de la desesperación y de la esperanza. Después de que el pecador comete su falta, lo arrastra a la desesperación por temor a la justicia divina; pero, antes de pecar, lo alienta a caer en la tentación mediante la esperanza de la misericordia divina. Por esta razón, el Santo nos advierte, diciendo: «Después de pecar, no pierdas la esperanza en la misericordia divina; antes de pecar, teme a la justicia divina.»
Esto se debe a que quien aprovecha la misericordia divina para ofender a Dios no se lo merece. La misericordia existe para aquellos que temen a Dios, y no para aquellos que pecan sin temerle. «Quien ofende a la justicia puede recurrir a la misericordia», dice el Abulensis, «pero, ¿a quién debe recurrir el que ofende la misericordia?»
Es difícil encontrar un pecador en tal estado de desesperación que realmente quiera ser condenado. Los pecadores quieren pecar, pero sin perder la esperanza de la salvación. Ellos pecan y dicen: «Dios es la bondad misma». Incluso si peco ahora, después confesaré «. Así piensan los pecadores y, como dice San Agustín,» así pensaron muchos que ahora están condenados «…
» Tengan cuidado «, dice San Juan Crisóstomo,» cuando el Diablo (y no Dios) te promete misericordia divina con el propósito de hacerte pecar «. Y San Agustín agrega,» ¡Ay del que confía en la misericordia con el objetivo de pecar! ¡Cuántas ilusiones engañaron y condujeron a la perdición! ¡Ay de aquel que abusa de la bondad de Dios para ofenderlo más!
Aunque Dios espera pacientemente al pecador, no espera por siempre. Porque si el Señor siempre nos tolera, nadie sería condenado, pero la puerta es amplia y amplia es el camino que conduce a la perdición, y hay muchos que lo eligen (Mateo 7:13).
La trampa que el Diablo establece para seducir a casi todos los católicos que se condenan a sí mismos es esta: «Peca libremente, porque a pesar de todos tus pecados, serás salvo». El Señor, sin embargo, maldice al que peca esperando el perdón.
Consideración 17, Punto 1
CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 8/10
MISA DE LOS FIELES
PARTE SEGUNDA
Números 207-220
con la purificación del alma y
con la ilustración de la fe, entramos
ya en la Misa propiamente dicha,
es decir, en el SANTO SACRIFICIO.
Se lleva a cabo según las preces, ritos y ceremonias prescritas por el CANON.
208. ¿Qué es el Canon?
209. EL CANON.
1
Cántico de acción de gracias y alabanzas a Dios.
Frutos del Sacrificio Plegarias sacrifícales
I-Aceptación de las ofrendas.
II-Transubstanciación de las ofrendas.
3
Relato de la última Cena
Consagración del pan y del vino.
Plegaria Memorial.
Ofrecimiento de la Víctima.
Plegarias Sacrifícales.
Mementos IV y V.
Frutos del Sacrificio.
Doxologias:
A Jesucristo.
Al Padre y ESPIRITU SANTO
¡AMEN!
210. EL CANON, ¿De cuántas partes consta?
Todos estos elementos litúrgicos sirven de marco incomparable y de riquísimo engarce a la CONSAGRACION, la cual, a su vez, se compone: 1, del RELATO DE LA ULTIMA CENA; 2, de la misma CONSAGRACION, seguida de la PLEGARIA MEMORIAL.
212. ¿Qué es el Prefacio?
En la actualidad aparece desligado del Canon por el canto del Sanctus y del Benedictus — el Sanctus se introdujo en la primera mitad del siglo II , y el Benedictus algo después—; pero este desligamiento es sólo aparente, como bien lo indican las palabras con que empieza el Canon: «TE IGITUR… A TI, PUES», y el espíritu eminentemente eucarístico de todo el Canon.
_______________
PREFACIO:
S. El Señor sea con vosotros.
P. Y con tu espíritu.
S. Arriba los corazones.
P. Los tenemos elevados al Señor.
S. Demos gracias al Señor, Dios nuestro.
P. Digno y justo es.
(Prefacio común: días ordinarios.)
Por quien los Angeles alaban tu Majestad. La adoran las Dominaciones, tiemblan ante ella las Potestades. Los Cielos, y las Virtudes da los Cielos y los bienaventurados Serafines, La celebran con mutuos transportes de alegría. Rogamoste, pues, que juntamente con sus alabanzas, Te dignes aceptar las nuestras, Al decirte con humilde alabanza:
SANTO, SANTO, SANTO ES EL SEÑOR DIOS DE LOS EJERCITOS. LLENOS ESTAN LOS CIELOS y LA TIERRA DE TU GLORIA.
¡HOSANNA EN LAS ALTURAS! ¡BENDITO SEA EL QUE VIENE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR ¡HOSANNA EN LAS ALTURAS!
213. ¿Cuántas partes podemos distinguir en el Prefacio?
—»Es digno y justo que asi lo hagamos», termina respondiendo el pueblo cristiano.
Procede de la primera letra con que comienza el Canon.
215. PLEGARIAS ANTES DE LA CONSAGRACION.
a) Para la Iglesia:
Paz-Proteccion-Unidad: «TE IGITUR»
b) Para los que encargan la MISA y asistentes a ella:
Perdón de sus pecados-salvación de sus almas y salud de sus cuerpos: «MEMENTO, DOMINE»
c) Para los mismos: Participación en los bienes espir. de los Santos: «COMMUNICANTES» ACEPTACION de la OFRENDA-APLICACION de sus frutos: «HANC IGITUR» TRANSUBSTANCIACION de la OFRENDA:
a) ¿Qué gestos o ceremonias ejecuta ahora el sacerdote?
b) ¿A quién va dirigida esta plegaria?
c) ¿Cual es el contenido de este primer Memento?
MEMENTO I
A Ti, pues, clementísimo Padre, por Jesucristo, nuestro Señor, tu hijo, humildemente te rogamos y pedimos que aceptes y bendigas estos dones, estos presentes, estos santos sacrificios inmaculados, que en primer lugar te ofrecemos por tu santa Iglesia Católica; para que te dignes darla paz, custodiarla, unificarla y gobernarla en toda la redondez de la tierra; juntamente con tu siervo, nuestro Papa N., con nuestro Obispo N., y con todos los ortodoxos y los que promueven la fe católica y apostólica.
EN LA PRIMERA PARTE: rogamos y pedimos humildemente la aceptación, que sean agradables a Dios; y la bendición, es decir, LA CONSAGRACION de las ofrendas del pan y del vino. Estas ofrendas se llaman dona, porque a Dios libremente se las ofrecemos; munera, porque, además, se las ofrecemos por razón de nuestro cargo, de sacerdotes, y por razón de nuestra naturaleza, de criaturas de Dios; y sacrificios, por anticipación, porque van a ser en seguida consagradas en el Cuerpo y en la Sangre de Jesucristo.
¿A quiénes recuerda ahora el celebrante?
1. Mentalmente, a aquellas personas por quienes aplica el fruto ministerial de la Misa.
¿Qué pide para todos ellos?
__________________
Acuérdate, Señor, de tus siervos y siervos NN…; y de todos los circunstantes, cuya fe te es conocida y manifiesta su devoción, poi quienes te ofrecemos o ellos te ofrecen este sacrificio de alabanza por si y por todos los suyos, por la redención de sus almas, por la esperanza de su salvación y conservación, y rinden sus votos o Ti, Dios eterno, vivo y verdadero.
218. TERCER MEMENTO: LOS SANTOS.
¿Qué título lleva en el Misal este Memento?
¿Cuál es el dogma católico que aquí se recuerda?
_______________
MEMENTO III
¿A qué Santos particularmente invocamos en este Memento?
a) ¿Qué ceremonia ejecuta ahora el sacerdote?
Este rito de colocar las manos abiertas y juntas sobre la OBLATA fue extendido a toda la Iglesia en tiempos de PIO V, pues antes, el celebrante recitaba esta plegaria profundamente inclinado hacia el altar.
b) ¿Qué pedimos en esta oración?
_____________________
Te suplicamos, pues, Señor, que te dignes aceptar, benigno, esta oblación de nuestra servidumbre y también de toda tu familia, y dispongas en tu paz nuestros dias y haz que seamos libres de la eterna condenación y contados en la grey de tus escogidos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
220. PLEGARIA SACRIFICAL, II: TRANSUBSTANCIACION DE LA OFRENDA.
¿Cómo se llama esta plegaria?
_____________________
La cual oblación te rogamos, oh Dios, que te dignes hacerla en todo bendita, legitima, ratificada, razonable y aceptable, a fin de que se convierta para nosotros en el Cuerpo y Sangre de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
LA CONTRICIÓN PERFECTA: LLAVE DE ORO DEL CIELO
S. MStª Mariæ Magdalenæ Pœnitentis, ora pro nobis
Es nuestro ruego que todo el que lea este librito consiga copias del mismo para distribuirlo a toda su familia y amigos, que exista un traductor en cada lengua, y que alcance hasta los confines del mundo. Ojalá su propagación sea un verdadero apostolado para cada católico verdadero. ¡Cuántas almas esperan salvarse, y qué abundante recompensa está encerrada para uno mismo en tal apostolado! “La caridad cubre muchedumbre de pecados” (1 Pet 4, 8) – Mons. Roberto F. Mckenna, O. P.
Para descargar el libro completo y leerlo o imprimirlo para distribuir, pulse AQUÍ
PREFACIO
Este pequeño libro es tan valioso como largos tratados, tanto por la soberana importancia de la materia que trata (una materia por desgracia muy poco conocida por muchos cristianos) como por la abundancia de su doctrina y el interés de su aplicación práctica. “El gran medio de salvación” es el título que San Alfonso de Ligorio dio a un tratadito sobre la oración publicado con muchas otras obras de su pluma. Y era tan grande su confianza en la eficacia y el poder de la oración para asegurar la salvación de las almas, que él habría deseado ver ese librito en manos de todos. Sobre el ejercicio del amor de Dios y la perfecta contrición podemos decir con mucha mayor verdad que son “los grandes medios de salvación”, porque es más íntima y aún más estrecha la conexión entre un acto de caridad o contrición perfecta y la adquisición de la vida eterna, que entre la oración y la salvación.
Así, pues, quisiera ver esta obrita, como la del mismo San Alfonso, en las manos de todos, convencido como estoy de que una cuidadosa lectura y la puesta en práctica de sus enseñanzas abrirán la puerta del cielo a una multitud de almas que de otro modo arriesgarían su condenación eterna, y de que aumentará de modo maravilloso la gracia de Dios en quienes han sido fieles desde su bautismo.
Cada cristiano debe estar bien instruido sobre la importancia capital del acto de contrición perfecta y de caridad en razón de los inestimables beneficios que tal conocimiento puede brindarnos a la hora de la muerte y permitirnos brindarlo igualmente en el lecho de muerte a algún moribundo a quien la Providencia pudiera guiarnos. Ninguno, aún gozando de buena salud, debe olvidar esta verdad. Pero es sobre todo deseable que cada uno la custodie profundamente grabada en su corazón para las horas de enfermedad y los peligros de muerte.
Quiera Dios que este folleto sea distribuido lo más posible por todas partes. No hay duda de que su lectura estará acompañada de abundantes bendiciones.
P. AGUSTÍN LEHMKUHL, S. J.
PRÓLOGO
Esta obrita sucinta fue hallada providencialmente en una decrépita copia publicada en francés 75 años atrás. Éste es sin duda el asunto más importante que pudiera leer un católico o simplemente cualquiera: es en verdad la llave del Cielo. El conocimiento de la contrición perfecta es más importante hoy que nunca, ya que el Sacramento de la Penitencia ha sido casi completamente borrado por los enemigos de la Iglesia, y los verdaderos confesores son cada vez menos numerosos y más difíciles de encontrar.
Ten presente, al leer este folleto, cómo la contrición perfecta es aún –para los no bautizados— nada menos que el bautismo de deseo (in voto). En las palabras del profeta, no se puede menos que exclamar que “Convertíos al Señor Dios vuestro: puesto que es benigno, y misericordioso, y paciente, y de mucha clemencia, e inclinado a suspender el castigo” (Joel 2, 13). Donde está la contrición perfecta, allí está la caridad, y donde está la caridad, allí está la gracia santificante. Esta gracia, como enseña el Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino, no está limitada a los sacramentos, signos y causas sensibles de la gracia. Y quienquiera que muera en estado de gracia se salva, como sin duda también se pierden quienes mueren sin ella. Con todo, este folletito no tiene intenciones polémicas sino que simplemente está destinado a aquellos que, por ignorancia de la contrición perfecta, enfrentan la desesperación del perdón a la hora de la muerte.
Es nuestro ruego que todo el que lea este librito consiga copias del mismo para distribuirlo a toda su familia y amigos, que exista un traductor en cada lengua, y que alcance hasta los confines del mundo. Ojalá su propagación sea un verdadero apostolado para cada católico verdadero. ¡Cuántas almas esperan salvarse, y qué abundante recompensa está encerrada para uno mismo en tal apostolado! “La caridad cubre muchedumbre de pecados” (1 Pet 4, 8)
MONS. ROBERTO F. MCKENNA, O. P.
Texto tomado de catolicosalerta.

