EL ARRIANISMO

El arrianismo, y el semiarrinismo, han vuelto a reaparecer con descaro en el «magisterio» de la doctrina conciliar y postconciliar. A fin de cuentas, si buscan, como lo hacen en efecto, la unidad de todas todas las religiones, una sola cosa necesita la falsa iglesia surgida del Vaticano II a ese fin: renegar de la divinidad de Jesucristo, es decir de la consustancialidad con el Padre. De esta forma, el Hijo de Dios, pasa a ser una criatura, la más excelente si se quiere, pero sin la misma consustancialidad con el Padre. Lo cual sería aceptable a algunas de las falsas religiones. No tiene otro sentido hacer repetir a los católicos del Novus Ordo Missae en lengua vernácula y cada domingo la herejía arriana o semiarriana de que el Padre y el Hijo son de la misma naturaleza, censurando la palabra «consustancial» en el Credo. Porque si decimos, por ejemplo,  que dos seres son de la misma naturaleza no decimos que son necesariamente de la misma sustancia. Así, por ejemplo, dos hombres, dos caballos, dos perros son de la misma naturaleza, pero cada uno de ellos es una sustancia distinta, precisamente porque son dos y no uno. Pero nuestra fe católica confiesa que el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son tres Personas en una misma substancia, que es la divina. Tres personas consustanciales, un sólo DiosPara ir comprendiendo la perfidia de la iglesia conciliar cuya fornicación con las religiones falsas clama al cielo, puede resultarles de interés el siguiente artículo sobre el arrianismo.

Arrianismo

     Arrio, sacerdote de Alejandría, primer autor de la herejía, a la cual dió nombre, comenzó a publicarla el año 319. Descontento con una explicación que Alejandro su obispo habia dado del misterio de la Santísima Trinidad en una reunion de sacerdotes, sostuvo que el Hijo de Dios o el Verbo divino, era una criatura sacada de la nada que Dios Padre había producido antes de todos los siglos, y de la cual se habia servido para criar el mundo; que el Hijo de Dios era de una naturaleza y de una dignidad muy inferior a la del Padre; que no se llamaba Dios sino en un sentido impropio. Condenado al principio por su obispo en un concilio de Alejandría y en otro segundo celebrado el año 321, se retiró a la Palestina, y escribió a los obispos mas célebres quejándose del rigor con que se le trataba, y supo disfrazar su doctrina y hacer odiosa la de Alejandro como también su conducta; se hizo de esta suerte muchos partidarios, principalmente a Eusebio de Nicomedia, cuyo crédito era grande en aquella época, tanto en la Iglesia como en la corte. Alejandro por su parte publicó los errores de Arrio y las causas de su condenación; y desde entonces empezó a acalorarse la disputa por una y otra parte.
     I. El emperador Constantino que previo las consecuencias de esto trató, aunque en vano, de conciliar o calmar los dos partidos, e imponerles silencio. Viendo que no podia conseguirlo, reunió el año 325 un concilio general en Nicea, en la Bitinia, en el que sehallaron 318 obispos, tanto de Oriente como de Occidente. Después de un maduro exámen en el que fueron oidos Arrio y sus partidarios, el concilio condenó su doctrina y decidió que«Jesucristo, Hijo único de Dios, nació del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz, verdadero Dios de verdadero Dios, engendrado y no hecho, consubstancial a su Padre, y por el que han sido hechas todas las cosas.» Este es el símbolo de la fe que la Iglesia repite todavía al presente en su liturgia. Arrio, rehusando suscribir a su condenación, fué desterrado a la Iliria; 17 obispos resistieron también al principio; después se quedaron reducidos a cinco, y por último a dos que fueron desterrados.
     Pero el anatema pronunciado contra el error no le destruyó; la mayor parte de los que no habían firmado la decisión del concilio sino para evitar el destierro permanecieron adictos al partido de Arrio. Constantino mismo seducido por un sacerdote arriano, recomendado por su hermana Constancia al tiempo de morir y que había ganado su confianza, consintió en llamar a Arrio de su destierro en 328; y este hereje reunido a sus partidarios, volvió a sembrar sus errores con mas calor que antes. Pero San Atanasio que habia sucedido al patriarca Alejandro en la silla de Alejandría rehusó constantemente recibir a Arrio en su comunión, y por esta firmeza incurrió en la indignación de Constantino.
     Desde entonces los arrianos se hicieron un partido formidable: celebraron muchos concilios en los cuales se encontraron los señores. Lograron hacer desterrar a muchos obispos los mas adictos a la fe de Nicea, en particular a San Atanasio y a San Eustaquio obispo de Antioquía. Interpretaron en mal sentido la doctrina del concilio de Nicea, principalmente el término consubstancial; decian que esta palabra podia hacer confundir la persona del Hijo con la del Padre, y renovar el error de Sabelio, y tuvieron gran cuidado de quitarla de todas las profesiones de fe que redactaron. Pero sin disputa, sus variaciones en estas confesiones de fe en las que no podían convenir, y que cambiaron por lo menos veinte veces, probaban demasiado la necesidad de un término que cortara de raiz todos sus subterfugios.
     El mismo Constantino no pudo hacer que Alejandro, obispo de Constantinopla, recibiese a Arrio en su comunion; este hereje murió de una manera trágica en estas mismas circunstancias el año 336; los que acusan a los católicos de haberle envenenado, los calumnian sin fundamento y por pura malignidad.
     Después de la muerte de Constantino ocurrida el año 337, el partido de los arrianos tan pronto era fuerte como débil, según se encontraban protegidos o proscriptos por los emperadores. Bajo el imperio de Constancio que los favorecía, tenían a todo el Oriente en conmocion con sediciones y violencias; pero Constantino el joven y Constante que reinaban en el Occidente, impidieron al arrianismo que hiciera muchos progresos allí. En 331 Constancio, dueño de todo el imperio por la muerte de sus dos hermanos, protegió la herejía mucho mas que antes; se celebraron muchos concilios en Italia, en los que dominaron losarrianos; otros en los cuales triunfaron los católicos, condenaron a Arrio y sus partidarios, y confirmaron la fe de Nicea. En el concilio de Arlés en 353, en el de Milán celebrado en 355, en el de Rimini en 359, muchos obispos vencidos por violencia, suscribieron a la condenación de San Atanasio, y firmaron unas confesiones de fe en las cuales la palabraconsubstancial estaba suprimida. Los que dedujeron de esto que aquellos obispos habían firmado el arrianismo, abusaron de los términos; las profesiones de fe a que suscribieron, no expresaban con bastante exactitud el dogma católico, pero tampoco expresaban el error de Arrio, pues que decían o que el Hijo es semejante al Padre en sustancia, o que le essemejante en todas las cosas, o que le es semejante según las Escrituras, etc. Estas no son herejías aunque los arrianos abusaban maliciosamente de estas expresiones vagas para sembrar su error.
     Lo mismo acontece con la fórmula que el papa Liberio firmó por debilidad en su destierro el año 357. Es constante por otra parte que durante todas las disputas de los obispos, los pueblos que no comprendían nada de ellas, continuaban creyendo y profesando el dogma de la divinidad de Jesucristo. Los mismos obispos arrianos no se atrevían a predicar en público, como Arrio, que el Hijo de Dios es una criatura sacada de la nada; que es inferior en naturaleza al Padre; que no es Dios en todo el rigor de la palabra. ¿Cómo pues puede sostenerse que en la época de que hablamos, el arrianismo había sofocado la fe católica, y dominaba en la Iglesia?
     Juliano, que subió al imperio el año 362, dejó disputar a los arrianos y a los católicos: su reinado no duró mas que dos años, el de Joviano fue de algunos meses. Valente, dueño del imperio el año 364, favoreció y abrazó el arrianismo; Valentiniano su hermano, trabajóeficazmente en extirparle en el Occidente; Graciano y despues Teodosio le proscribieron en todo el imperio, de suerte que hacia el año 380, esta herejía, despues de 60 años de tumultos no osó ya manifestarse. A principios del siglo V, los godos, los vándalos y los bárbaros que estaban infectados con ella, quisieron restablecerla en las Galias y en Africa; ejercieron muchas violencias, é hicieron un gran número de mártires; los visogodos la introdujeron en España, en donde subsistió por mas tiempo bajo la protección de los reyes que la habían abrazado; pero habiéndola abjurado estos por último, desapareció hacia el año 660. La veremos renacer de sus cenizas en el siglo XVI.
     II. Es probable que el arrianismo hubiera subyugado a todo el Oriente, si sus partidarios hubieran podido ponerse de acuerdo; pero como todos los herejes, se dividieron muy pronto.Las dos fracciones principales fueron la de los arrianos puros y la de los semi-arrianos. Los primeros decian sin rodeos como Arrio, que el Hijo de Dios era una criatura, y por consiguiente muy inferior y desemejante a su Padre: lo que hizo que se llamasenanomianos, desemejantes. Se les denomina también acucíanoseudoxianoseusebianos,aecianoseunomianosursacianos, etc., porque Acacio, obispo de Cesarea, Eudoxio, obispo de Antioquia, Eusebio de Nicomedia, Aecio, Eunomio, Ursacio, obispo de Tiro o de Sigedum, estuvieron sucesivamente a su cabeza; pero no parece que este partido haya sido el mas numeroso: su herejía, propuesta sin disfraz, seducía los ánimos.
     Los semi-arríanos, que acaso pensaban del mismo modo en el fondo, disimulaban sus verdaderas opiniones. De ningún modo podemos conocer mejor sus artificios y rodeos, que examinando la conducta de Eusebio de Cesarea, que parece haber pertenecido constantemente a este partido. No ponía ninguna dificultad en decir, como el concilio de Nicea, que Jesucristo es el Verbo, la razón o la sabiduría divina, Dios de Dios, luz de luz, engendrado por el Padre antes de todos los siglos, y que ha hecho todas las cosas; pero no confesaba que este Verbo fuese engendrado ab aeterno, y coeterno al Padre; pretendía como lo hacen aun los socinianos que el Padre había dado el ser al Hijo antes de la creación; y cuando decía que este no es una criatura, entendia que no es una criatura semejante a las demás, sino de una naturaleza mucho mas perfecta, y tan semejante a Dios como una criatura puede serlo. Por esto mismo es por lo que los semi-arrianos, en lugar de la palabrahomoousios, consubstancial, substituían la de homoiousios, semejante en substancia.
     Eusebio, aun profesando en el símbolo de Nícea, que el Hijo es consubstancial al Padre, entendía que el Hijo ha salido del Padre, no por división o por separación, como un cuerpo que forma parte de otro cuerpo, sino sin cambio y sin disminución de la substancia del Padre; así por consubstancial no entendía siempre mas que una semejanza imperfecta en la substancia, y no una perfecta igualdad con el Padre. No rehusaba el condenar a Arrio ni el pronunciar anatema a todos los que enseñaban que el Verbo ha salido de la nada, o de lo que no era; que hubo un tiempo en que aun no existía, porque decía que estas expresiones no estaban en la Escritura santa. Así se explica en la carta que escribe al pueblo de Cesarea, despues del Concilio de Nicea. (Sócrates, Hist.ecles. I. 1, c. 8). En las demás obras suyas ha negado mas de una vez la eternidad del Verbo y su igualdad con el Padre. (Petavio, Dogm. théol. t. 2, l. 1, c. 11 y 12). Muchos socinianos se sirven todavía de los mismos artificios, para paliar la impiedad de su opinion respecto de la divinidad de Jesucristo.
     Este abuso continuo de los términos, estas explicaciones sutiles para alterar el sentido de las palabras de la Escritura santa, estas expresiones ambiguas en las profesiones de fe de losarrianos, estas disputas siempre renacientes entre ellos, demostraban suficientemente el doblez de su carácter y la falsedad de su opinion. Creian haber obtenido una gran victoria, cuando por medio de la intriga o de la violencia conseguían hacer firmar a los obispos católicos una profesión de fe en la que no se encontraba la palabra consubstancial. ¡Qué diferencia cubre esta marcha tortuosa de la herejía y la conducta franca y firme de la Iglesia católica! El concilio de Nicea desde luego y con una sola palabra, fijó la creencia de una manera irrevocable. La palabra consubstancial expresaba toda la energía y verdadero sentido de las expresiones de la Sagrada Escritura; prevenía todas las equivocaciones y sutilezas de los arrianos; la Iglesia, despues de haberla adoptado una vez, jamás la abandonó; se conservó en todas las profesiones de fe y en los diversos concilios en que los católicos estuvieron en libertad de exponer sus creencias: a pesar de todos los ataques de la herejía, en el espacio de catorce siglos, la consubstancialidad del Verbo es todavía la fe de esta misma Iglesia. 
     III. Uno de los artificios que emplean los fautores del arrianismo, ha sido el representar estas disputas como cuestiones indiferentes en el fondo del cristianismo, que no valían la pena de meter tanto ruido, y el pretender que se puede ser buen cristiano sin suscribir a la decisión del concilio de Nicea. Los incrédulos no han dejado de apoyar esta pretensión, a fin de cubrir de ridiculo a los Padres del siglo IV, y hacer al zelo por la religión responsable de las turbulencias que el arrianismo ha causado en el mundo. Por el contrario, nosotros sostenemos que la divinidad de Jesucristo, fundada en la consubstancialidad del Verbo, es el dogma fundamental del cristianismo; que, si este dogma es falso, Jesucristo estableció una religión falsa.
      Es evidente que si las tres Personas divinas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, no son un solo Dios en el sentido mas exacto y rigoroso, el cristianismo, tal como subsiste en todas las comuniones que no son arrianas ó socinianas, es un verdadero politeísmo, pues que rendimos a estas tres Personas divinas el mismo culto supremo. Entre los paganos y nosotros no habrá mas diferencia, sino el que ellos admitían mayor número de dioses que nosotros, y que nosotros sabemos disfrazar nuestro politeísmo con sutilezas que a ellos les eran desconocidas. En este caso, el mahometismo, que se limita al culto de un solo Dios, es una religión mas pura que el cristianismo. Abbadie ha llevado esta consecuencia hasta la demostración, en su Tratado de la divinidad de Jesucristo. Se encuentra confirmada con el asentimiento de todos los socinianos, que no cesan de vituperarnos el triteismo ó la adoracion de tres dioses.
     ¿Es creíble que Dios, que en el antiguo Testamento se mostró tan zeloso del culto supremo exclusivo, que repetía continuamente a los judíos: Yo soy solo Dios, no hay mas Dios que yo, haya permitido que el universo fuese trastornado para establecer una religión, que no tiende mas que a ofuscar por su creencia y su culto el dogma capital de la unidad de Dios, sin el cual no puede existir la verdadera religión?
     En este mismo caso, los judíos se fundan bien para permanecer en la incredulidad. El dogma de la unidad de Dios es el escudo que el judío Orobio no deja de oponer á los argumentos de Limborch; este, que era un sociniano disfrazado, afectando dejar a un lado el dogma de la Trinidad y el de la divinidad de Jesucristo, hacia evidentemente traición a la causa del cristianismo que quería defender.
      Jesucristo ha manifestado que habia venido al mundo para enseñar a los hombres a rendir a Dios el culto de adoracion en espíritu y en verdad, (Joan, IV, 24). También quiere que todos honren al Hijo como honran al Padre, (v, 23). Si no fuera un solo Dios con el Padre, este culto ¿seria justo y legítimo? Es una profanación y una impiedad. Hagamos jueces todavía a los socinianos. ¿Hay alguno de ellos que se crea obligado a rendir a Jesucristo el mismo culto supremo, la misma adoracion que rinde a Dios su Padre? En vano tratan de buscar paliativos; se deduce siempre de su opinion que Jesucristo, por medio de esta funesta lección, ha querido engolfarnos en una superstición grosera o inevitable, y en la que ha incurrido efectivamente toda la cristiandad. Mientras que por una parte los sociníanos afectan prodigar a Jesucristo los títulos mas pomposos, por otra nos dan a entender que ha sido el menos sabio de todos los legisladores y un usurpador de los honores de la Divinidad.
      Cuando citamos las palabras de San Pablo, (Philip, II, 6): «Imitad a Jesucristo, que estando en la forma de Dios no ha considerado como una usurpación el igualarse a Dios, etc.» Los socinianos nos dicen que traducimos mal, que el texto dice: «Jesucristo que estando en la forma de Dios, no ha hecho su presa de igualarse a Dios» o no se ha atribuido la igualdad con Dios.
     Decimos que esta explicación sociniana es falsa. En primer lugar, no es cierto que Jesucristo no se haya igualado a Dios, dice «Mi Padre y yo somos una misma cosa» (Joan, X, 31); «El que me ve, ve a mi Padre» (XIV, 9); «Todo lo que es de mi Padre, es mio» (XVI, 15):«Quiere que todos honren al Hijo, como honran al Padre» (v, 21) Querer ser honrado como Dios, es seguramente igualarse a Dios: tal ha sido el crimen y la locura de todos aquellos que se hanhecho rendir honores divinos. En segundo lugar, si Jesucristo no es igual a Dios, ¿en dónde está la humildad de no pretender el serlo? Tener solo este pensamiento seria una impiedad. En tercer lugar, en esta hipótesis, San Pablo y los demás apóstoles son prevaricadores: han igualado a Jesucristo con Dios, pues que le han dado todos los atributos de la Divinidad, la existencia antes de todos los siglos, la omnipotencia, el poder criador, la ciencia y la sabiduría divina, el nombre mismo de Dios, han contradicho el ejemplo de Jesucristo, exhortando a los fíeles a imitarle.
      Desde que los nuevos arrianos desconocieron la divinidad de Jesucristo, les ha sido necesario destruir sucesivamente todos los dogmas del cristianismo, la Trinidad, la encarnación, la redención de los hombres por Jesucristo, el pecado original, la necesidad del bautismo para los niños, la eficacia de los sacramentos, las obras satisfactorias, etc. han hecho consistir la religión cristiana en creer solo la unidad de Dios; en considerar a Jesucristo como un enviado de Dios, sin informarse de lo que es personalmente; en tomar el Evangelio como regla de fe y de conducta, según cada uno lo comprenda. Esto es el deismo puro. No es de admirar que esta licencia haya abortado todos los sistemas posibles de incredulidad.
     ¿Es pues este el sistema sublime de religión que Dios había preparado por espacio de 4,000 años, para cuyo establecimiento obró tantos prodigios, y cambió la faz del universo? Jamás seremos tan insensatos que lo creamos.
     Se nos dice en el dia que antes del concilio de Nicea, la doctrina respecto a las tres Personas divinas no estaba fijada; que nada se habia prescrito a la fe de los cristianos sobre este articulo, ni determinado las expresiones que tenían que emplearse al hablar de este misterio; que los doctores cristianos opinaban de diferente modo sobre este objeto, sin que nadie se escandalizara de ello, etc. Acaso se creerá que es un sociniano el que se expresado esta manera: no, es Mosheim. (Hist. ecles. del siglo IV, 2a part. c. 5, § 9). Beausobre le habia dado ejemplo. (Hist. del manich. I. 3, c. 1).
     Mientras tanto Bullus, en su defensa, de la fe de Nicea, M. Bossuet, en su sexta advertencia a los protestantes, y otros han probado de una manera invencible que antes del concilio de Nicea, los Padres de los tres primeros siglos profesaron manifiestamente la eternidad Verbo y su consubstancialidad con el Padre. Una prueba positiva de este hecho es que nunca han querido referirse Arrio ni sus partidarios al juicio de los antiguos doctores, y que tenian la pretensión de entender mejor la Escritura que todos aquellos que los habían precedido. El patriarca de Alejandría, que habia condenado a Arrio, se lo reprochaba ya Teodoreto, (Hist. ecles. l. 1 , c. 4).
     Asimismo en el V concilio de Constantinopla, bajo el imperio de Teodosio, el año 383, rehusaron ser juzgados según el sentir de los antiguos Padres. (Sócrates, Hist. ecles. I. 5, c. 40).     Por lo tanto estaban convencidos de que los Padres de los tres primeros siglos no pensaban como ellos, y los católicos lo sostenian de la misma suerte. ¿Se sabe mas en el siglo XVIII acerca de este punto que en el IV?
     Por otra parte, o el dogma de la eternidad y de la igualdad perfecta del Verbo con el Padre está clara y terminantemente revelado en la Sagrada Escritura, o no lo está. Si lo está, luego era ya una creencia en los tres siglos primeros, y no podía dejar de creerse sin ser hereje: sí no lo está, tanto antes del concilio de Nicea como en el dia, nunca ha sido un dogma de fe para los protestantes, porque no reconocían como dogma de fe sino lo que está clara y terminantemente enseñado en la Sagrada Escritura; no pueden pues, aun en el dia, considerar a los socinianos como herejes. No sin justicia les vituperamos su connivencia con los enemigos de la divinidad de Jesucristo.
     Convenimos en que la Iglesia no habia consagrado todavía la palabra consubstancial para expresar este dogma, pero de esto no se deduce que este dogma no fuera aun creído, porque se expresaba por otros términos lo que este significa, diciendo que el Hijo o el Verbo es eterno y perfectamente igual al Padre. Si los arrianos hubieran querido expresarse de la misma manera, no se les habría condenado.
     Mosheim añade que si se consideran los medios que emplearon los nicenianos y losarrianos para defender sus opiniones, apenas se podrá decidir cual de los dos partidos excedió mas los límites de la probidad, de la caridad y de la moderación, lbid. § lo.
     No nos detendremos en refutar la indecencia del nombre de nicenianos que por desprecío se da a los católicos; Mosheim pudo llamarlos también homoousianos, como hacian losarrianos; pero sí les preguntaremos en qué han violado los católicos la probidad respecto de sus adversarios. Que los arrianos hayan estado en general de mala fe, nos parece incontestable: pero los católicos ¿han empleado como ellos los equívocos, las expresiones capciosas, las falsas protestas de zelo hacia el grado del dogma, las falsas promesas de paz, etc., de que se servían los primeros para conseguir sus fines? Es verdad que Mosheim ha tenido a bien acusar a San Ambrosio y otros obispos de haber supuesto falsas reliquias y milagros para imponer a los fieles y confundir a los arríanos; pero ¿está probaba esta acusación? Por lo que respecta a la falta de caridad, no vemos en que sean culpables los católicos porque se hayan defendido tanto como les fue posible contra herejes audaces, violentos, sediciosos, que abusaban de la autoridad de los emperadores a quienes habían seducido, y que hicieron los mayores esfuerzos para destruir la fe de la Iglesia. Leemos que los arrianos hicieron muchos mártires, pero en ninguna parte encontramos que los hubiera entre ellos: no es pues cierto que los católicos hayan violado tanto las reglas de la moderación como los arrianos. Despues de 70 años de turbulencias no podemos reprobar el que Teodosio dictara leyes severas contra estos últimos; no se vió obligado a derramar sangre para hacerlas ejecutar.
     IV. La razón de esta parcialidad de Mosheim y de los protestantes a favor delarrianismo, no es difícil de averiguar; es porque se vió renacer esta herejía en el siglo XVI de los principios del protestantismo. Desde que Lutero y Calvino establecieron como máxima, que la única regla de fe es la Sagrada Escritura interpretada según le agrada a cada uno en particular, se encontraron predicadores que pervirtieron el sentido de los pasajes por los cuales se prueba la distincion de las tres personas de la Santísima Trinidad, su coexistencia eterna, su igualdad perfecta, y la unidad de la naturaleza divina; así la divinidad de Jesucristo se ha hecho para ellos un problema. Lutero mismo y Calvino hablaron de este misterio en términos muy capaces de hacer dudar de su fe, (Híst. del socinianismo, 1° part. c. 3).Muchos anabaptistas, que salieron de la escuela de Lutero, predicaron el arrianismo en Suiza, Alemania y Holanda; Okin y Bucero, bajo el reinado de Eduardo VI, arrojaron los primeros gérmenes en Inglaterra. Servet trató de establecerlo en Ginebra, Calvino le castigó con el último suplicio. El temor de sufrir la misma suerte separó de Ginebra a Gentilis, Blandatra y otros que sostenían este error; se retiraron a Polonia, en donde encontraron protectores, y fundaron sociedades arrianas. Los dos Socinos, tio y sobrino, consiguieron reunirlos a todos poco mas o menos bajo la misma bandera, y dieron así su nombre a toda la secta. 
     Los protestantes, avergonzados con esta posteridad que salió de su seno, trataron en vano de sofocarlos con todas sus fuerzas; en todas las conferencias y disputas que tuvieron con los socinianos, estos les han hecho ver que con solo la sagrada Escritura no les podían convencer nunca de error; y cuando han tratado de emplear contra ellos la tradición, el sentir de los Padres y la creencia constante de la Iglesia cristiana, echaron en cara con razón a los protestantes el contradecir el principio fundamental de la reforma, y de recurrir a un arma a que hicieron profesión de renunciar. La via de autoridad, las leyes penales, y los suplicios mismos que los protestantes emplearon mas de una vez hacia los nuevos arrianos, son una inconsecuencia todavía mas repugnante, pues que no han dejado de quejarse ellos mismos cuando los católicos echaron mano de estos medios contra ellos.
     Todos produjeron muy poco efecto; no impidieron que los socinianos penetrasen en la Transilvania, en la Prusia, en la Alemania baja, en Holanda y en Inglaterra, ni que se multiplicasen entre las diferentes sectas que gozaban de la tolerancia civil. En el siglo XVIIIy XIX el arrianismo mitigado o el semi-arríanísmo ha encontrado muchos partidarios.
     Efectivamente, los nuevos enemigos de la divinidad de Jesucristo han comprendido, como los del siglo IV, que el arrianismo puro jamás podría prevalecer; nunca podrán persuadir a los que respetan la sagrada Escritura, que el Hijo de Dios es una pura criatura sacada de la nada en tiempo, y que no existia antes del nacimiento del mundo; aun todavía menos que Jesucristo no es mas que un hombre, aunque mas perfecto que los demás. Fausto, Socino y otros se han atrevido a decirlo, y vituperar el culto rendido a Jesucristo, pero han tenido pocos sectarios acerca de este punto. Estos han adoptado en el dia el semi-arrianismo poco mas o menos como Eusebio de Cesarea y otros lo sostenian; por esta razón rechazan el nombre de socinianos porque no siguen en rigor las opiniones de Socino. Dicen que el Verbo divino fue criado antes de todas las cosas; algunos hasta han dicho que ha sido criado ab aeterno, otros, sin usar el término de creación, dicen que las tres personas divinas son iguales en perfección, pero que hay entre ellas una subordinación de naturaleza en punto a existencia y derivación. Asi se expresa el doctor Clarke acusado de semi-arriano.(Mosheim, Hist. ecles. deI siglo XVIII al fin, nota del traductor inglés). No somos bastante hábiles para entender lo que significan estos términos. En 1777 se ha sostenido también el semi-arrianismo en Ginebra, en una tesis pública, y un folleto titulado Dissertatio historico-theologica, de Christi deitate. Los arminianos de Holanda y muchos teólogos anglicanos pasan por tener la misma opinion. No es de admirar que los protestantes en general tengan mucha menos aversión a los socinianos que a los católicos.
Abate Bergier
DICCIONARIO DE TEOLOGIA. F. San Vicente Ferrer

LA CREMACIÓN: INSTRUCCIÓN DEL SANTO OFICIO

La cremación:
Instrucción del Santo Oficio a todos los obispos [1.926]

 

La masonería habrá chantajeado a Pablo VI: que estableció que se suprimieran las prohibiciones so pena de que su homosexualidad saliera a la luz de una manera indiscutible. El resultado es que permitió que la cremación se hiciera por los católicos. (P. Luigi Vila en la revista Chiessa Viva).

Puesto que se nos informa que la práctica de la cremación está en aumento en ciertas localidades, en menosprecio a las repetidas declaraciones y decretos de la Santa Sede, y con el fin de impedir que tan grave abuso se vuelva inveterado donde ya se ha prendido, y que lo mismo se extienda a otras partes, esta Suprema y Sagrada Congregación del Santo Oficio juzga deber suyo llamar una vez más, y con mayor formalidad, la atención de los ordinarios del mundo entero hacia este problema, con la aprobación del Santo Padre.

Y en primer lugar, puesto que no pocos entre los católicos tienen la osadía de sostener como uno de los mayores logros de lo que llaman progreso civil y de la ciencia de la salud esta práctica bárbara contraria no sólo a los cristianos sino hasta al respeto natural tenido por los cuerpos de los fallecidos, y totalmente opuesta a la disciplina constante de la Iglesia aún desde los primeros tiempos; esta Sagrada Congregación muy seriamente exhorta a los pastores del rebaño de Cristo a que instruyan a la gente que les ha sido encomendada de que los enemigos del cristianismo alaban y propagan la práctica de la incineración con ningún otro propósito que el de gradualmente borrar de su mente la idea de la muerte y la esperanza en la resurrección del cuerpo, y que de tal manera allanan el camino para el materialismo. Por tanto, aunque se permita la cremación de los cuerpos, pues no es mala en sí, y de hecho es permitida en ciertas circunstancias extraordinarias y graves relacionadas con el bien público; con todo, es totalmente evidente que adoptar o favorecer esta práctica regularmente, y como regla ordinaria, es acto impío y escandaloso, y, por ello, gravemente pecaminoso. De ahí que haya sido justamente condenada más de una vez por los supremos pontífices, y más recientemente por el nuevo Código de Derecho canónico (c. 1203, §1).

Y aun cuando el decreto del 15 de diciembre de 1886 diga que los ritos y preces de la Iglesia no están prohibidos “en el caso de aquellos cuyos cuerpos fueron cremados, no por decisión propia, sino a instancia de otros”; no obstante, por la claridad de los términos del mismo decreto, esa regla se aplica sólo cuando se evita eficazmente el escándalo con la oportuna declaración de que “la cremación fue decidida, no a petición del fallecido, sino a instancia de otros”; pero, si las circunstancias no proporcionan razones suficientes para esperar que se evitará el escándalo con dicha declaración, aún en este caso permanece en vigor la prohibición del sepelio eclesiástico.

Evidentemente se encuentran lejos de la verdad quienes, basándose en la ilusión de que el difunto, estando vivo, practicó habitualmente algún acto de religión, o que tal vez se haya retractado de su mala intención en el último instante de su vida, creen permisible realizar ritos funerarios de la Iglesia como usual sobre el cuerpo, el cual ha de ser después incinerado de acuerdo a los arreglos hechos por el mismo fallecido. Y como nada puede saberse por cierto en cuanto a esta supuesta retractación, se sigue que no puede dársele consideración alguna en el foro externo.

Apenas si parece necesario observar que en todos estos casos en los que está prohibido celebrar los ritos funerarios de la Iglesia por el fallecido, ni siquiera está permitido honrar sus cenizas con entierro eclesiástico, ni preservarlas en manera alguna en un cementerio bendito; sino que han de guardarse en un lugar separado de acuerdo al c. 1212. Y si las autoridades civiles de la región, siendo hostiles a la Iglesia, requieren a la fuerza el curso contrario, conviene que los sacerdotes responsables del caso no fallen en resistir esta abierta violación de los derechos de la Iglesia con decoroso valor, y, habiendo hecho la debida protesta, se abstengan de toda cooperación. Luego, cuando se ofrezca la ocasión, que no cesen de proclamar, privada y públicamente, la excelencia, las ventajas y la sublime significancia del entierro eclesiástico, de tal manera que los fieles, bien instruidos en cuanto al pensar de la Iglesia, puedan ser disuadidos de la impía práctica de la cremación…

AAS18-282; Santo Oficio, Instrucción, junio 19 de 1926.

Congregatio Mariae Raginae Inmaculatae (CMRI)

INVALIDEZ DEL NOVUS ORDO MISSAE

Invalidez del Novus Ordo Missae

 

* Este artículo apareció originalmente en la edición No. 29 de otoño de 1977, del Reinado de María (The Reign of Mary). Fue reimpreso recientemente en una edición especial y conmemorativa (No. 100) de la misma revista, junto con varios de los más importantes artículos de las últimas tres décadas.

Una Contestación a William Most por su Defensa del Novus Ordo

Al editor se le pidió que contestara y comentara sobre una serie de artículos escritos por William Most, S.J., en los que defendía al Novus Ordo Missae contra las objeciones. Hemos tomado la libertad de publicar porciones de la contestación en esta edición, ya que muy bien puede servir para contestar las preguntas de muchos que tienen dudas sobre el tema. El Sr. Most, veréis, tiene en sus argumentos por premisa mayor (y la repite muchas veces) la suposición de que la Autoridad Docente de la Iglesia ha decidido que el Novus Ordo es una Misa válida; y como debemos obedecer a la Iglesia, él concluye que debemos aceptar el Novus Ordo. Todos los argumentos que añade después son meramente, por propia admisión, para reforzar lo ya declarado, siendo en sí mismos inconclusos. Obviamente, sus argumentos son bastante fuertes en contra de los pseudo-conservadores que aceptan a Paulo VI y a los obispos heréticos, carentes ellos de toda autoridad. Nosotros, en esta publiación y en otras de nuestro catálogo, hemos demostrado concluyentemente que Montini era inelegible para el Papado debido a sus previas herejías y a la colaboración con gobiernos comunistas. Todo lo que nos resta es refutar los argumentos de apoyo del Sr. Most y, en ello, presentar alguna prueba importante para la invalidez del Novus Ordo.

Las Palabras de Consagración: ¿Qué es lo Esencial?

El Sr. Most arguye que puesto que las palabras “por muchos” se omiten en los relatos de la Última Cena del Evangelio de San Lucas y de la Primer Epístola de San Pablo a los Corintios, y también están ausentes en los escritos sobre la Misa de algunos Padres de la Iglesia, entonces no deben ser esenciales en las palabras de la Consagración (la forma del Sacramento de la Sagrada Eucaristía). Bien, de hecho, ninguno de los Evangelios, Epístolas, o escritos citados por el Sr. Most declaran tener alguna intención de dar las palabras precisas de la Consagración (aunque el hecho de que San Mateo y San Marcos sí tengan las palabras “por muchos,” prueba concluyentemente que Nuestro Señor en realidad las pronunció).

Lo que realmente importa, sin embargo, es la enseñanza de la Iglesia sobre las formas de los Sacramentos. Sencillamente, ella enseña que ambos la materia y la forma de cualquier Sacramento deben significar lo que el Sacramento efectúa. Esta doctrina se explica y se aplica en forma práctica en la Bula del Papa León XIII, Apostolicae Curae (sobre la Invalidez de las órdenes Anglicanas):

“Todos saben que los sacramentos de la Nueva Ley, como señales sensibles y eficientes de la gracia invisible, deben significar la gracia que efectúan, y efectuar la gracia que significan. Aunque la significación debe encontrarse en todo el rito esencial — es decir, en la materia y la forma — aún pertenece principalmente a la forma… las palabras que hasta recientemente eran sostenidas comúnmente por los Anglicanos como constityentes de la forma correcta de la Ordenación de sacerdotes — a saber, ‘Recibid el Espíritu Santo,’ ciertamente no expresan definitvamente, en lo más mínimo, la Sagrada órden del Sacerdocio, o su gracia y poder… Esa forma, consecuentemente, no puede considerarse apta o suficiente para el sacramento el cual omite lo que necesariamente debe de significar.”

En realidad, la cuestión fue resuelta hace mucho cuando la Iglesia definió, en el Decreto a los Jacobitas (citado más adelante) y en el Decreto De Defectibus, que la forma de la Sagrada Eucaristía es la que se da en el Missale Romanum.Concerniente a la forma, dice:

“Pueden surgir defectos con respecto a la forma, si algo falta para completar las verdaderas palabras de la consagración. Las palabras de la consagración, que son el principio formativo de este Sacramento, son las siguientes: ‘Porque esto es Mi Cuerpo,’ y ‘Pues este es el Cáliz de Mi Sangre del Nuevo y Eterno Testamento: Misterio de Fe: que será derramada por vosotros y por muchos en remisión de los pecados.’ Si se hace alguna omisión o alteración en la fórmula de la consagración del Cuerpo y la Sangre, misma que envuelve un cambio en el significado, la consagración es inválida. Una añadidura hecha sin alterar el significado no invalida la consagración, pero el celebrante comete un grave pecado.”

Así, omitir la palabra “por” (enim) no envuelve un cambio en el significado, pero este no es el caso con otras palabras, especialmente con “que será derramada por vosotros y por muchos en remisión de los pecados.” Pues estas palabras claramente significan la gracia que se confiere. Al contrario, las palabras, “Pues este es el Cáliz de Mi Sangre,” puestas solas, no significan la administración de la gracia del Sacramento.

“Muchos” vs. “Todos”

Lo que realmente está en cuestión con respecto al Novus Ordo es si el cambio de “por muchos” a “por todos los hombres” involucra o no un cambio del significado. El Sr. Most afirma que no. Argumenta que la palabra griega “polloi.” usada por los evangelistas en los relatos de la Última Cena (que significa “por muchos”), se usa en otras partes de la Escritura para significar “todos los de un gran grupo” (o, “todos que son muchos,” como el Sr. Most traduce); así, traducir “por todos” es en realidad lo mismo que “por muchos.”

Pero, si examinamos el uso actual en el Novus Ordo, veremos “por todos los hombres” en español. No encontraremos “por todos que son muchos,” sino “por todos los hombres,” punto. Ahora, por más que se esfurze la imaginación, no es posible que “por todos los hombres” signifique lo mismo que “por muchos” o aún “por todos que son muchos.” Estas dos últimas frases se refieren a los miembros de un gran y exclusivo grupo; “por todos los hombres” es exclusivo de nadie. “Por todos los hombres” es la traducción española oficial de la iglesia del Vaticano II.

El Catecismo del Concilio de Trento explca por qué se debe usar “por muchos,” i.e., el grupo exclusivo:

“Viendo la eficacia de la Pasión, creemos que el Redentor derramó Su Sangre para la salvación de todos los hombres; pero viendo las ventajas que la humanidad deriva de su eficacia, vemos, que no están extendidas a la totalidad, sino a una gran proporción de la raza humana… Con gran conveniencia, por tanto, fue que no se usaron las palabras ‘por todos,’ pues aquí (en el Sacramento de la Sagrada Eucaristía) solamente se habla del fruto de la Pasión, y a los elegidos únicamente trajo Su Pasión los frutos de salvación».”

Así, los “muchos” son aquellos que realmente reciben el fruto de la Sagrada Eucaristía y la Misa; pues la Misa es la renovación incruenta del Sacrificio de Cristo en el Calvario. (Referimos al lector a leer el artículo, Res Sacramenti, de Patrick Henry Omlor).

Ahora se vuelve más obvio que el “por todos los hombres” no guarda relación con los efectos del Sacramento; no todas las almas de los hombres reciben el fruto de la Pasión. Aquí hay una clara ilustración de otro Sacramento: si un sacerdote dijera al bautizar a un niño, “Bautizo a todos los hombres, en el Nombre del Padre, etc.”, aunque tuviera la intención correcta, ¿sería válido el bautismo? Seguramente que no, y el Sr. Most sería el primero en decirlo. Este punto debería ser claro: en el Novus Ordo, las palabras “por todos los hombres” no expresan a aquellos a quienes la Sagrada Eucaristía efectúa la gracia; así, por este solo defecto, es inválida.

¿Realmente quizo San Pío V decir “a perpetuidad”?

El Sr. Most insiste en su tercer premisa mayor que la Bula papal, Quo Primum, del Papa San Pío V, es mera legislación, y sujeta a los cambios de papas subsecuentes. Debe decirse que, de acuerdo a la definición de la Infalibilidad papal, un papa enseña infaliblemente en materias “que conciernen” la fe o la moral, etc. Ahora, Quo Primum, fue publicada para promulgar a perpetuidad el Misal Romano y el Ordinario de la Misa; y esto para salvaguardar las doctrinas contenidas en la Misa. San Pío V vio que Lutero había destruído la Misa al cambiar las doctrinas en ella contenidas. A fin de perpetuar la validez de la Misa, publicó este decreto perpetuo. Ciertamente, entonces, concierne a la fe, y debe aceptarse como libre de error. Todas las incoherencias del Sr. Most acerca de fórmulas de definción carecen de sentido. Este documento es esencialmente doctrinal, pues el Cánon de la Misa contiene el corazón de la doctrina Católica. Por tanto, este documento de ninguna manera puede compararse a las ordinarias leyes eclesiásticas, tales como las del ayuno, etc. San Pío V dice bien claro que este es un decreto solemne y perpetuo:

“Decretamos bajo pena de Nuestra indignación que nunca en ningún tiempo se añada, sustraiga, o cambie nada (en el Ordinario de la Misa); esto lo determinamos y ordenamos a perpetuidad por virtud de esta constitución… Asimismo determinamos y declaramos que ninguno sea compelido o presionado por nadie a cambiar este Misal, o que estas letras puedan en tiempo alguno ser retiradas o restringida su efectividad, sino que siempre pueda mantenerse firme y fuerte en todo su vigor.”

Si esto no es lo suficientemente solemne para el Sr. Most, el editor no sabe ya qué es.

Entonces, ¿San Pío V realmente quizo decir “a perpetuidad”? Si el lector cree que cuando un Papa habla, es Cristo quien habla a través de él, es obvio que San Pío V habló en serio.

La intención del Sacerdote: Ofrecer Sacrificio

A juicio del editor, la evidencia más concluyente contra del Novus Ordo es su definición oficial: “La Cena del Señor, o Misa, es una reunión o asamblea sagrada del Pueblo de Dios, reunidos bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor (No. 7, Institution Generalis, c. 2: De Structura Missae).”

El Sr. Most dice que puede mostrarnos referencias al sacrificio en el Novus Ordo, aunque sean pocas. Pero en el Estudio Crítico del Novus Ordo Missae(presentado por el Cardenal Ottaviani a Paulo VI como protesta contra la Nueva Misa), se pregunta “¿A qué sacrificio se refiere? ¿Quién es el oferente?” Ni una sola respuesta.

Examinemos estas pocas referencias en las “Oraciones Eucarísticas.” En la Oración I (llamado el “canon romano,” porque es la menos herética), hay cerca de media docena de referencias a un tipo de sacrifico. Pero, ¿qué tipo de sacrificio es? ¿Uno de propiciación por los pecados, como la verdadera Misa debe ser? Seguramente que no; no hay ni una sola mención de la remisión de los pecados. En la Oración Eucarística II solamente se encuentra “… te ofrecemos, Padre, este pan de vida, esta copa de salvación.” La Oración Eucarística III suena como un servicio Bautista: la “ofrenda” ya nos ha “reconciliado” con el Padre. Ya ha “hecho nuestras paces” con Dios. ¿Es este un sacrificio de propiciación? No, es una “reunión de salvación” protestante. La Oración Eucarística IV es peor; ahora, el “sacrificio” trae la “salvación a todo el mundo” (a “todos los hombres”).

Si un sacerdote tiene la intención de ofrecer un “memorial” en lugar de un Sacrifico de propiciación, su intención es inválida. En Apostolicae Curae, el Papa León XIII enseñó:

“…si el rito [en este caso, de la Misa y la Sagrada Eucaristía] se cambia, con la manifiesta intención de introducir otro rito no aprobado por la Iglesia y de rechazar lo que la Iglesia hace, y lo que por institución de Cristo pertenece a la naturaleza del Sacramento, es entonces claro que no solamente falta la intención necesaria al sacramento, sino que la intención es adversa y destructiva del Sacramento.”

Papa Eugenio IV

El Sr. Most declara que el Papa Eugenio IV “ordenó que las palabras ‘pro multis’ se insertaran en las palabras de la consagración.” Él alega que entonces antes debieron de omitirse frecuentemente, y pregunta “¿Acaso abandonó Cristo a su Iglesia, dejando inválidas muchas Misas antes del siglo 15 y el Papa Eugenio?” Este un astuto sofisma. Pues Eugenio IV no ordenó que estas palabras se insertaran en la Misa Católica, sino que publicó estos decretos en unión con el Concilio de Florencia, para los cismáticos griegos y aremnios, y para los Jacobitas. Estos decretos (particularmente para los Jacobitas) demandan que se examine la ortodoxia de los cismáticos en cierto número de cuestiones antes de que se reconcilien con la verdadera Iglesia. De hecho, el Decreto a los Jacobitas definió:

“En la consagración del Cuerpo del Señor se usa esta forma de palabras: ‘Porque esto es Mi Cuerpo;’ pero para la Sangre: ‘Pues este es el Cáliz de Mi Sangre, del Nuevo y Eterno Testamento: Misterio de Fe: que será derramada por vosotros y por muchos en remisión de los pecados’.”

Congregatio Mariae Raginae Inmaculatae (CMRI)

CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. Y 10 de 10

MISA DE LOS FIELES
PARTE TERCERA
Números 230-257

COMUNION

231 COMUNIÓN o BANQUETE del SACRIFICIO
Preparación
a) Preparación general (fórmulas en plural)
Plegaria a DIOS PADRE:
1.- «Padrenuestro»
Pedimos a Nuestro Padre el Pan Eucaristico
«Padre Nuestro que estás en los cielos… el pan nuestro de cada día, dánosle hoy».
2.- «Fracción del Pan»
Nuestro Padre parte el Pan para distribuirlo entre sus hijos: «Tomad y comed…»
«Señor, danos siempre este Pan». (San Juan VI, 34)
Plegaria a DIOS HIJO :
3.- «Agnus Dei»
Clamores de misericordia al Cordero de Dios inmolado y desmenuzado ya sobre el altar
«Y perdónanos nuestras deudas»
4.-Beso de Paz
Como testimonio de que pertenecemos a la misma Familia nos besamos:
«SALUDAOS CON EL OSCULO SANTO» (I Petr. V,14)

b) Preparación privada (fórmulas en singular)
5.- «Señor mío Jesucristo… Hijo de Dios…»
los tres frutos de la Comunión
«Y no nos dejes caer en la tentación»
6.- «La Comunión de tu Cuerpo»
temores en el favor
«Mas líbranos del mal»

232. LA COMUNION, BANQUETE DEL SACRIFICIO.
Acabamos de realizar el Sacrificio: por medio de la Consagración que ha divinizado nuestras ofrendas de pan y de vino, hemos podido ofrecer a Dios una oblación, un don de valor infinito: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo que fueron ofrecidos sobre la Cruz. Cfr. nn. 5-14.
Realizado, pues, el Sacrificio, procede ahora celebrar el BANQUETE DEL SACRIFICIO: LA COMUNION.
¿No recordamos lo que se hacia en los sacrificios antiguos? v. n. 37: el cordero, la víctima ofrecida por una familia, después de ser inmolada por el sacerdote, se dividía en tres partes: todo él pertenecía ya a Dios, pero el Señor se contentaba con una de sus partes, con la primera que allí mismo, sobre el altar, consumida por el fuego, como «sacrificio de olor agradable», subía en espirales de humo hacia el cielo. Con las otras dos partes, la infinita amabilidad de Dios convidaba a los oferentes — al sacerdote y a los donantes —, los sentaba a su mesa y les hacía comer, participar, comulgar, de aquel manjar que era ya suyo, de Dios; y con este acto de «camaradería» — permítasenos la palabra, hoy algo rebajada, pero muy expresiva—, Dios manifestaba su agrado y complacencia en el sacrificio de aquel cordero.
También la gran familia humana ofrece a Dios, en el Sacrificio de la Misa, un cordero… ¡pero qué cordero! «el Cordero de Dios que quita y borra con su sangre todos los pecados del mundo», y cuya inmolación sangrienta sobre el ara de la Cruz, se reproduce ahora de modo incruento sobre nuestros altares… Dios, como no podía menos, quiere manifestar del modo más claro, palpable y emocionante sus divinas e infinitas complacencias sobre este Cordero que le ofrecemos — como que es SU PROPIO HIJO —; y nos invita al BANQUETE DEL SACRIFICIO, convidándonos, no ya como en los sacrificios antiguos, con un manjar que era de Dios, consagrado a Dios; sino con un manjar que es el mismo Dios, y todo entero y perfecto como está en el cielo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
Eso es la COMUNION: EL BANQUETE DEL SACRIFICIO.
Colocada aquí, en su sitio, la Comunión, dentro de la Misa y teniendo como marco el Santo Sacrificio, ¡cuánta más luz recibe y cuánta mayor sublimidad inspira!: cfr. n. 44.

233. PREPARACION PARA LA COMUNION O BANQUETE DEL SACRIFICIO.
«Todas las plegarias que van del Pater noster al Domine, non sum dignum, forman lo que en los manuales de devoción se ha llamado: Preparación para la Comunión, Pero cuán diversa de muchas preparaciones, hechas a base de puntos de exclamación, de puntitos suspensivos, de interjecciones más o menos sentimentales y de pensamientos no siempre fuertes. Aquí el estilo es siempre el mismo: el romano, esto es, sobrio, incisivo, robusto con un contenido siempre substancioso y nutritivo. Cada proposición una verdad». Ser. di Franza: o. c., p. 97.

PREPARACION GENERAL (fórmulas en plural).
234. EL PADRE NUESTRO.
¿Cuál es la primera, oración que pone en nuestros labios la liturgia católica para prepararnos a la Comunión?
Es la «Oración del Señor», el PADRE NUESTRO, con su PROLOGO y su EPILOGO.
El PADRE NUESTRO, ya desde un principio fue considerado como la plegaria eucarística por excelencia, sobre todo en los primeros siglos de la Iglesia, allá en la infancia del Cristianismo, cuando la Eucaristía era verdaderamente «el pan nuestro de cada día» con que crecían y se robustecían en la fe y en las virtudes más heroicas aquellas doradas generaciones de mártires, de vírgenes, de confesores; esta oración era muchas veces la única que acompañaba el rito consecratorio, como que llegó a atribuírsele hasta cierto poder de consagración; los asistentes al Sacrificio la recitaban en voz alta o la cantaban juntamente con el celebrante, uso que todavía subsiste entre los griegos; en ella veían una especial eficacia contra los pecados veniales y la mejor purificación del alma que se acercaba a los divinos misterios; y, en fin, era tal la veneración y cariño con que se miraba al Padre Nuestro, que solamente los bautizados tenían permiso para rezarlo: por eso se la llamaba «la oración de los creyentes», y por eso mismo se ocultaba a los paganos, no se la ponía por escrito y se enseñaba oralmente a los catecúmenos.
Fue el Fapa S. Gregorio Magno, quien señaló al Padre Nuestro el lugar que hoy ocupa en la Misa; pues al principio se decía después de la Fracción del Pan y antes del Beso de Paz: v. n. 48. Ahora, al colocarlo inmediatamente después del Canon, pretendía el Santo — como él mismo escribe a Juan de Siracusa—, «que se recitara sobre el Cuerpo y la Sangre del Redentor esta oración que El mismo había compuesto y que los Apóstoles decían al consagrar la hostia…»: Epist. IX, 12. No podía haberle señalado lugar más honorífico: como sello y complemento divino de todo el Canon, el Padre Nuestro con sus siete peticiones es el resumen y el compendio, HECHO POR EL MISMO JESUCRISTO, de todos los frutos del Santo Sacrificio… Ahora mismo va a desprenderse el más hermoso de esos frutos: la COMUNION.

Este mismo respeto y singular veneración al Padre Nuestro resalta de modo admirable en el breve PROLOGO o introducción que el celebrante, con las manos juntas, recita ahora, apenas se han apagado los ecos jubilosos del AMEN final del Canon. Es como un permiso, como una humilde excusa y una justificación, pues echamos por delante el precepto y las enseñanzas de Jesucristo: Mt. VI, 9-13 y Luc. II, 1-4…, al tratar a Dios con la familiaridad más intima que se conoce, como hijos con su Padre.
Para comprender aún mejor toda la razón de este PROLOGO, que en todas las Liturgias precede al Padre Nuestro, y que es mencionado ya por S. Cipriano (muerto el 258), no dejemos de colocarlo en su marco histórico: la antigüedad cristiana, recién salida del yugo servil de la Ley antigua, donde el trato del hombre con Dios era el del esclavo con su Señor, podía comprender todavía mejor que nosotros las sublimes alturas a donde nos elevaba el Padre nuestro; criada en el espíritu de temor y de servidumbre, al oír ahora de labios de los Apóstoles este lenguaje tan filial con Dios, despertaba a un mundo completamente nuevo y desconocido, y no acababa de salir de su asombro al poder llamar a Dios: «PADRE… PADRE NUESTRO». Cfr. Rom. 8, 15.
Un prólogo parecido se halla en todas las Liturgias: he aquí el empleado por los maronitas: «Señor Dios, abrid nuestra boca y nuestros labios, purificad nuestras inteligencias, para que, suplicantes, podamos clamar hacia Vos: |Oh, Dios, Padre de las misericordias!, a fin de que podamos orar y decir: Padre Nuestro, que estás en los cielos…» En la liturgia mozárabe variaba cada día, y la galicana poseía unas cincuenta fórmulas diversas.

El celebrante, pues, con los ojos fijos en ln Sagrada Hostia, y con las manos extendidas, comienza a recitar en voz alta el Padre Nuestro, o a cantarlo con una de esas melodías clásicas en la Liturgia por su sencillez y belleza.

BREVE EXPLICACION DEL PADRE NUESTRO por escenas o cuadros simbólicos:
INVOCACION: «Padre nuestro que estás en los cielos».
Escenas: Un niño, de rodillas, con las manos juntas y los ojos levantados hacia el Padre Celestial, qne aparece en el cielo, entre las nubes. Un niño en los brazos de su madre… Otro, huérfano, perdido en la calle…
PETICIONES: I. «Santificado sea el tu nombre».
Escena: Un globo terrestre: el mundo con sus mares, continentes, islas, montes, valles, ríos, pueblos y ciudades, y sobre ese globo como un sol esplendoroso, que quiere iluminarlo todo con su luz v su brillo, EL NOMBRE SANTO DE DIOS.
II. «Venga a nos el tu reino».
Escenas: Los cielos abiertos… Dios en su trono y alrededor los ángeles y gran multitud de santos con vestiduras blancas — santidad, inocencia—, y con palmas — martirio — y azucenas — pureza, virginidad — en sus manos. Un misionero con el Crucifijo en el pecho y una concha en la mano está bautizando a unos chinos… ; otro está predicando a los pieles rojas o a los esquimales… San Francisco Javier muriendo a la vista de la China y pidiendo: «¡Almas… Almas !».
III. «Hágase tu voluntad asi en la tierra como en el cielo». Escenas: Los ángeles volando de una parte a otra, cumpliendo las órdenes de Dios, y cantando alegres: GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS… IV. «El pan nuestro de cada día dánosle hoy».
Escenas: Una familia; se sientan a la mesa el padre, la madre, los hijos… se reza el Padre nuestro: el padre va partiendo y distribuyendo el pan a sus hijos… Un niño dando un pedazo de pan a otro niño pobre.
Primera Comunión: Un niño muy alegre, con su lazo de primera comunión, se arrodilla por vez primera en el comulgatorio…, comienza a alimentarse con «el Pan del cielo y el manjar de los fuertes»…, sus padres, tiernamente emocionados, le acompañan en este acto…, San Tarsicio estrechando fuertemente contra su pecho «el pan de los mártires».
V. «Y perdónanos nuestras deudas, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores…»
Escenas: N. S. Jesucristo en la CRUZ: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…». San Esteban, apedreado, mira al cielo y ruega por sus verdugos. Jesucristo perdonando a la Magdalena, al buen Ladrón, a San Pedro…; un sacerdote en el confesonario trazando una cruz y absolviendo a un penitente… El padre del Hijo Pródigo perdonando y abrazando a su hijo. VI. «Y no nos dejes caer en la tentación»
Escenas: Eva dando oidos a la serpiente que le ofrece la manzana… LA VIRGEN INMACULADA escoltada de ángeles y aplastando la cabeza de la serpiente… EL ANGEL DE LA GUARDA dando la mano a un niño que va a pasar un puente… UN VALIENTE condecorado con la Laureada de San Fernando…
VII. «Mas líbranos de mal».
Escenas: Una ovejita, perseguida del lobo y protegida por el BUEN PASTOR, que la toma con cariño y se la pone sobre sus hombros.Una serpiente… un precipicio… un automóvil… La CRUZ ROJA.
Esta última petición, que es como un resumen de todas las demás — pues al pedir la liberación de todo mal, pedimos por lo mismo la concesión de todo bien —, la canta o recita en voz alta todo el pueblo: es un vestigio del antiguo rito del Padre Nuestro, cuando era recitado a coro por todos los fieles y el celebrante. En tiempos del Papa Clemente III (1187-1191), cuando los Cruzados combatían por la conquista de la Tierra Santa, se acostumbraba a rezar aquí, después del Padre Nuestro, el salmo «Deus venerunt gentes». Más tarde Juan XXII (1316-1334) decretó que, en este mismo lugar, se recitase el salino «Lactatus sum», para extirpar cismas y herejías. El «Amén» que el celebrante añade ahora, en voz baja, es una adición de la Edad Media; como se ve, interrumpe momentáneamente el EPILOGO, que continúa con las mismas palabras y desarrolla la misma idea de esta séptima petición.
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EL PADRE NUESTRO
PROLOGO: Oremos: Amonestados con preceptos saludables e informados por la enseñanza divina, nos atrevemos a decir:
PADRE NUESTRO que estás en los cielos — santificado sea el tu nombre — venga a nos el tu reino — hágase tu voluntad asi en la tierra como en el cielo —. El pan nuestro de cada día dánosle hoy — y perdónanos nuestras deudas, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores — y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal. (Amén, responde el sacerdote en voz baja.)

El celebrante toma ahora entre los dedos, índice y medio de la mano derecha, la patena qne en el Ofertorio había colocado a sn lado derecho, parcialmente cubierta con los Corporales, y apoyándola de canto sobre el purificador recita en voz baja — antiguamente, en voz alta, como en la Misa del Viernes Santo — el EPILOGO del Padre Nuestro, hermosa y antiquísima oración romana, recogida ya por los Ordines más primitivos.
El eco de la última petición el comentario detallado, minucioso de todos los males de que deseamos vernos libres: males pasados, como consecuencia o castigo del pecado, malas inclinaciones, debilidad en el bien, tibieza… ; males presentes que nos afligen a nosotros, que azotan a nuestra familia y a la sociedad, que preocupan y angustian a la Iglesia… ; males futuros que nos amenazan, que van a caer sobre la sociedad, sobre las naciones, sobre el mundo que se desliza en el materialismo, en la apostasía, en la impiedad…, y pidiendo al mismo tiempo la intercesión de los Santos — particularmente se nombran a los cuatro primeros del Comunicantes, y en la Edad Media se podían añadir otros más — se formula, en fin, la misma insistente plegaria por la PAZ: «DA PROPITIUS PACEM…», que aquí también, como en la Plegaria sacrif. I, v. n. 219—, insertó el gran Papa, San Gregorio I…; que siempre fue patrimonio de los Vicarios de Jesucristo en la tierra propiciar la PAZ entre los pueblos y repetir a las naciones el programa del PRINCIPE DE LA PAZ: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra…». Esta Plegaría por la PAZ, por la PAZ interior, en nuestra conciencia, libre de pecado y de toda perturbación; y por la PAZ exterior en el inundo y en la Iglesia, la sella el celebrante con la CRUZ, santiguándose con la patena, pues con la CRUZ restableció Jesucristo la PAZ entre el cielo y la tierra: Colos. 1, 20; y añade, además, un beso a esa misma patena que, para el gran rito que se inicia ahora, va a recibir el Cuerpo de Jesucristo.
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EPILOGO del Padre Nuestro.
Líbranos, Señor, te rogamos, de todos los males pasados, presentes y venideros; y por la intercesión de la bienaventurada y gloriosa Virgen, Madre de Dios, María, con tus santos Apóstoles Pedro y Pablo y Andrés, y de todos los Santos, danos propicio la paz en nuestros días; para que ayudados con el auxilio de tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado, y seguros de toda perturbación.

235. FRACCION DEL PAN.
En el «Padre Nuestro» acabamos de pedir a nuestro Padre el Pan Eucaristico: y nuestro Padre inmediatamente se pone a partir ese Pan para distribuirlo entre sus hijos. Cfr. n. 47.
RITO PRIMITIVO: la Fracción del Pan era la escena más íntima y familiar de la Misa primitiva, el rito más popular y conocido en aquellos tiempos eucaristicos, en los que la Misa se llamaba así sencillamente: «la Fracción del Pan». V. n. 25.
Los fieles que asisten al Santo Sacrificio, todos de pie, en actitud firme y respetuosa — hay que notar que hasta el siglo XVII la costumbre era comulgar de pie—, están rodeando (circumstantes: v. n. 217, 2) la Mesa eucarística: en medio, un anciano obispo como padre de aquella gran familia, como Jesucristo en la Ultima Cena y en el Castillo de Emaús — la Fracción del Pan era, como se ve en estos casos, prerrogativa del Señor o del huésped:Mt. 26, 26; Mar. 14, 22… Luc. 24, 80—, va materialmente rompiendo, frangere, aquellos grandes y gruesos panes, colocados en anchos platos o patenas ministeriales (v. n. 109), y ayudado de los presbíteros y diáconos va separando para cada uno de los hijos de Dios su ración correspondiente; y esto con abundancia, con generosidad, pues además de que hay que llevar este «alimento que no disminuye: alimentum indeficiens» a los hermanos cautivos en las cárceles (v. n. 45) y a los enfermos e impedidos; muchos de los que asisten a la Fracción y viven muy lejos, quieren también llevárselo para comulgarse a sí mismos en sus casas. Cfr. nn. 45 y 54. Para más detalles, véase el capitulo 2: n. 47.
Este rito fue desapareciendo casi al mismo tiempo que la Ofrenda popular: v. n. 196; sobre todo, desde el siglo XI, al generalizarse en el Santo Sacrificio el uso del pan ázimo o sin levadura — y prevaleció en Occidente esta clase de pan, porque se sabía que con él había consagrado N. S. Jesucristo —, comenzaron a elaborarse, como ya se venía haciendo en los monasterios, panes pequeños y cada vez más menudos para la comunión de los fieles; de tal manera que ya en el siglo XII se nos dice que las hostias para la comunión tenían la forma y tamaño de un denario, es decir, que eran ya poco más o menos como las nuestras. Debió de introducirse también entonces la costumbre de dar la comunión directamente en la boca, por el peligro de que, siendo tan pequeñas y delgadas las hostias, se cayeran al suelo si seguían colocándose en las manos. Cfr. Rojo: o. c. p. 446.
La elaboración del pan que ha de servir para la Eucaristía fue siempre considerada cono un acto sagrado y religioso. «He visto con mis propios ojos — nos dice Paladio — a Cándida, mujer de Trajano, generalísimo de las armadas de Valero, trabajar toda la noche en moler con sus propias manos el pan de la oblación». S. Wenceslao, duque de Bohemia, cultivaba él mismo su campo, lo sembraba, recogía la mies, molía el grano y cocía los panes para el altar. Era ocupación reservada generalmente a los sacerdotes y con la que se honraban los príncipes y grandes personajes cristianos. En muchos monasterios había un campo especialmente escogido para el trigo de la Eucaristía, campo que se llamaba del Corpus Domini. Y según las «Costumbres de Udalrico», en Cluny, tres sacerdotes en ayunas y después de haber rezado Laudes y los siete salmos penitenciales, se revestían de albas para preparar las hostias.

RITO ACTUAL: Comprende: 1, la Fracción de la Hostia del sacerdote; 2, la mezcla de un trozo de esa Hostia con el Sanguis; y 3, el Agnus Dei.

236. 1. LA FRACCION DE LA HOSTIA:
El celebrante divide la Hostia en dos partes iguales, mientras dice estas palabras de la fórmula final del Epílogo del Padre nuestro: «por el mismo Señor nuestro, Jesucristo, Hijo tuyo»; y dejando una de estas mitades — la que ha quedado en su mano derecha — sobre la patena, corta de la parte inferior de la otra mitad, que tiene en la mano izquierda, un pedacito, diciendo estas otras palabras de la misma conclusión: «que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo».
Estas Fracciones de la Hostia, desde la Edad Media para mayor precaución, vienen realizándose sobre el Cáliz; pues antes la Fracción, lo mismo que la Consagración — esta última tiene ahora lugar sobre el Corporal —, se verificaban sobre la patena.

237. 2. LA MEZCLA DE LAS ESPECIES CONSAGRADAS:
Teniendo sobre el Cáliz la partícula que acaba de cortar, exclama, elevando la voz:
«Por todos los siglos de los siglos.» «Asi sea», responde el pueblo…
Y en seguida traza con esta partícula, de labio a labio del Cáliz, tres cruces con la siguiente fórmula que es ya un anuncio del BESO DE PAZ, rito que viene a cerrar la preparación general para la Comunión:
«La PAZ del Señor sea siempre con vosotros.» «Y con tu espíritu», contestan los fieles.
El celebrante deja caer entonces dentro del Cáliz la partícula sagrada para que se mezcle con la Sangre de Jesucristo.

238. Simbolismo de la fracción y de la mezcla de la Hostia con el Sanguis:
Para tratar de comprender el significado de estos dos ritos, a los que tan distintas interpretaciones se han dado, vamos a remontarnos a sus orígenes históricos. EN UN PRINCIPIO NO EXISTE MAS QUE UNA SOLA FRACCION: la Fracción del Pan Eucarístico para distribuirlo entre el clero y los fieles que asisten al Sacrificio.
EL SIMBOLISMO DE LA FRACCION estaba clara y hermosamente expresado en las oraciones que la acompañaban): SIMBOLIZABA LA UNION Y CARIDAD ENTRE TODOS LOS CRISTIANOS.
«El pan que partimos — nos dice San Pablo: I Cor. X, 16, 17—, ¿no es la participación del Cuerpo del Señor? Porque todos participamos del mismo pan, y aunque muchos, venimos a ser un solo pan, un solo cuerpo.»
Y la Didaje — v. n. 62 — nos ha conservado la Fórmula más primitiva que se conoce para la Fracción del Pan: «Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y la ciencia que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu Hijo, gloria a Ti por los siglos. Como este pan fraccionado se halla disperso por las montañas, y reunido fue uno solo: de igual suerte reúnase tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino. Porque tuyos son la gloria y el poder, por Jesucristo, durante los siglos. Nadie coma, ni beba de vuestra Eucaristía, sino los bautizados en el nombre del Señor; que acerca de esto ha dicho el Señor: No déis lo santo a los perros».
MAS YA EN LA MISA PAPAL ROMANA de los siglos V al IX, hallamos TRES FRACCIONES del Pan y DOS MEZCLAS de las especies consagradas:
Primera mezcla:
Al comenzar la Misa, dos acólitos presentaban al Pontífice un cofrecito que guardaba un trozo de Pan consagrado en la Misa anterior: era lo que se llamaba «SANCTA»…
Proseguía la Misa, y al llegar la FRACCION DEL PAN, se anunciaba primero el BESO de PAZ con el «PAX DÓMINI»: el Papa echaba entonces en el Cáliz aquel «SANCTA» de la Misa anterior que se le había presentado al principio; esta mezcla fue, naturalmente, en sus orígenes, una medida práctica, pues el Pan fermentado, al cabo de algunos días, tenía que endurecerse, y para consumirlo era necesario ablandarlo en el vino consagrado.
Primera fracción:
Venía ahora el BESO DE PAZ, y a continuación también el Papa, por su parte, cortaba de su Hostia un pedazo que colocaba sobre el altar y que había de servir de «SANCTA» para la Misa siguiente.
Segunda fracción:
Inmediatamente tenía lugar la FRACCION PROPIAMENTE DICHA, la Fracción del Pan consagrado que iba a repartirse entre el clero y los fieles.
Tercera Fracción: Segunda mezcla:
Por fin, el Papa volvía a partir de su Hostia otra partícula que sumergía en el Cáliz al mismo tiempo que decía: «Esta mezcla y consagración…».

SIMBOLISMO DEL «SANCTA»: Como brote espontáneo y natural floración del primitivo rito de la FRACCION del PAN, el «SANCTA» venía también a poner de relieve la gran UNIDAD CRISTIANA: y asi como la FRACCION simbolizaba la unión entre todos los cristianos, el «SANCTA» representaba la UNION ENTRE TODOS LOS SACRIFICIOS, la continuidad del mismo y único Sacrificio a través del tiempo y del espacio, la soldadura y el enlace de todas las misas entre sí, desde la última hasta la primera celebrada el día de Jueves Santo: asi como para reafirmar y robustecer la unidad de la Iglesia e intercomunión del Santo Sacrificio, es decir, para mostrar a los sacerdotes todos celebrando sus Misas en comunión con sus Obispos, y a éstos celebrándolas en comunión con el Papa, se usó hasta el siglo IX el envío del FERMENTUM: v. n. 63.
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MEZCLA DE LAS ESPECIES CONSAGRADAS: S. Por todos los siglos de los siglos. P. Asi sea.
S. La Paz del Señor sea siempre con vosotros. P. Y con tu espíritu. S. Esta mezcla y consagración del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo sea para nosotros, que la recibimos, prenda de vida eterna. Amén.

EN NUESTRA MISA ACTUAL todas estas fracciones y mezclas de la Misa papal romana han venido a fusionarse en una sola fracción y en una sola mezcla.
Al omitirse la Fracción propiamente dicha — segunda Fracción —, nuestra Fracción corresponde a la vez a la primera y a la tercera Fracción de la Misa papal; y al desaparecer la costumbre del «SANCTA», nuestra mezcla de las especies consagradas ha venido, naturalmente, a ocupar el lugar de la primera mezcla, aunque la plegaria: «Esta mezcla… es la de la segunda mixtión. No se ha llegado aún a comprender en nuestros días toda la profundidad de la significación contenida en esta segunda mezcla… ¿Era una preparación para la comunión de los laicos, en la que el Cuerpo del Señor, mezclado con la sangre consagrada, se les presentaba, sacada del Cáliz con una cucharita?… Se comprenderían entonces las palabras del sacerdote: «Que la mezcla y la consagración del Cuerpo y de la Sangre de N. S. Jesucristo sea para nosotros, que la recibimos, prenda de vida eterna». Oh. Parsch: o. c., pp. 261-267.

239. 3. EL AGNUS DEI.
Rito: El celebrante cubre el cáliz, hace genuflexión, se levanta e inclinado hacia el Sacramento golpéase el pecho tres veces, diciendo el «Agnus Dei».
¿Cuándo y con qué fin se introdujo el Agnus Dei en la Misa romana? Se introdujo en tiempo del Papa Sergio I (697-701), con el fin de llenar el prolongado rito de la Fracción del Pan.
No es, como se ve, tan primitivo el Agnus Dei, por lo menos en la Misa romana: por eso no lo tiene la antiquísima del Sábado Santo, y algunas liturgias, p. e., la mozárabe, no lo conocen.
Era un verdadero «confractorium» — v. n. 47 — que clero y pueblo repetían indeterminado número de veces todo el tiempo que duraba la Fracción; más tarde, hacia el siglo XII, al simplificarse aquel rito, se limitó a tres el número de Agnus Dei, y por fin, el Papa Inocencio III (1198-1216), en vista de las serias perturbaciones que entonces agitaban a la Iglesia, cambió el tercer «miserere» por el «dona nobis pacem». De esta suerte alejóse un poco de su sitio el Agnus Dei y alteróse algún tanto su significación litúrgica, acercándolo y relacionándolo con el BESO DE PAZ.

¿Dónde está inspirado el Agnus Dei?
Este cántico de comunión, de origen griego, está inspirado en las palabras de San Juan Bautista: quien hallándose bautizando a las muchedumbres en las márgenes del Jordán, vió pasar ante sus ojos al Mesías, y al punto se lo señaló con el dedo a sus discípulos: «He ahí el Cordero de Dios, he ahí el que quita — el que lleva o carga sobre si, según el texto original — los pecados del mundo». Jo. I. 29 y 36. Y el Santo Precursor se inspiró a su vez, en los Profetas — Isai. 53, 7; Jerem. 11, 19—, quienes con los rasgos más patéticos describen a Jesucristo como CORDERO: «Cordero por la mansedumbre de su condición: mansedumbre que tiene asi en el trato como en el sufrimiento, asi en lo que por nosotros sufrió como en lo que cada día nos sufre; Cordero por la pureza e inocencia de su vida, y Cordero en fin, por la satisfacción de su sacrificio y ofrenda». Fr. L. de León: Los Nombres de Cristo, lib. III, c. 4.
La Liturgia católica, al colocar el Agnus Dei en la Fracción del Pan, en el momento del Sacrificio en que el verdadero Cordero de Dios está ya inmolado y desmenuzado sobre el altar para ser comido por los comulgantes, aludía al Cordero Pascual, que también era desmenuzado y comido por los que lo ofrecían. Cfr. n. 41.
LA SUPLICA «MISERERE NOBIS» es la de tantos enfermos y desgraciados, que al ver pasar a Jesús, gritaban con fe y confianza: «Jesús, hijo de David, ten misericordia de nosotros».
Así en la Misa se han ido engastando con acertado encaje y perfecto ajustamiento las perlas más bellas de los Libros sagrados.

240. EL BESO DE PAZ.
Antes de sentarnos a la Mesa Eucarística, como testimonio de que pertenecemos a la misma familia, nos damos el Beso de PAZ.
Rito primitivo: Ya queda descrito en el cap. II, n. 48.
Rito actual: El sacerdote, con las manos juntas sobre el altar, recita la «Oración por la Paz», oración ligada ahora al Agnus Dei por el «dona nobis pacem».
Esta bellísima oración de origen mozárabe o español, está inspirada en la cariñosa despedida de Jesucristo en el Cenáculo, To. 14, 27, y también en la primera oración del Canon: Te igitur (v. n. 216), en la que pedimos, como aquí y con las mismas palabras, «pacificare et adunare», la PAZ Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA.
Como sólo se aplica a la Iglesia militante, ella y el Beso de paz, se omiten en las Misas de difuntos. Tampoco se dice el Jueves Santo, sin duda por no evocar el triste recuerdo del beso traidor de Judas.

EN LAS MISAS SOLEMNES: Mientras el celebrante recita esta plegaria, el diácono va al lado derecho de aquél; besan los dos el altar — antes se besaba la misma Hostia, o el Cáliz, o la patena—, símbolo de Cristo, como para sacar de allí la corriente de Paz cristiana, mansa y fertilizadora que, en mutuos abrazos como en ondas sucesivas de caridad, va desde el celebrante hasta el diácono, desde el diácono hasta el subdiácono y desde este último hasta todos los demás, sacerdotes y fieles que llenan el templo en las grandes solemnidades católicas.
Todavía en las humildes iglesias de aldea, sigue usándose el «porta-paz», placa metálica con la Cruz u otro grabado religioso que, después de recibir del celebrante el primer beso de PAZ, la va repartiendo por los labios de todos los fieles.
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EL BESO DE PAZ: Señor mío Jesucristo que dijiste a tus Apóstoles: «La paz os dejo, mi paz os doy», no mires mis pecados, sino la fe de tu Iglesia, y dignate pacificarla y aunarla según tu voluntad; Tú que como Dios vives y reinas por todos los siglos de los siglos. Amén.

241. PREPARACION PRIVADA (Fórmulas en singular).
Hasta aquí la preparación que podernos llamar general: sus fórmulas, redactadas en plural, tienden a disponer a toda la asamblea para el banquete del Sacrificio. Esta preparación que, como acabamos de ver, se polariza toda ella en la PAZ Y EN LA UNIDAD CRISTIANA, acaba de llegar a su punto culminante en el BESO DE PAZ. Formando, pues, un solo corazón y una sola alma, la gran familia católica se sienta a la Mesa eucarística para comulgar, primero, el padre de familia, el sacerdote y, después, los hijos, los fieles…
Así era en los tiempos primitivos: la Comunión seguía inmediatamente al BESO DE PAZ; mas ya a partir del siglo IX aparecen en los Misales de la época varias oraciones preparatorias para la Comunión, dos de las cuales, las más antiguas y hermosas, fueron conservadas en el Misal oficial de S. PIO V.

242. ¿De dónde proceden estas oraciones?
De la devoción privada de piadosos sacerdotes, quienes durante el canto del Agnús y el Beso de Paz, se preparaban con ellas, recitándolas en particular.
Por eso estas oraciones presentan todos los caracteres de coloquios íntimos y privados con Jesucristo: son oraciones dirigidas a Dios Hijo, y sus fórmulas están en singular, aplicadas a una sola persona, contrastando así con todas las demás oraciones de la Misa que, además de ir generalmente dirigidas a Dios Padre, por Jesucristo, rebosan siempre amplitud de miras, catolicismo y universalidad en sus peticiones.
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PREPARACION PRIVADA
Señor mió Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por la voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, vivificaste al mundo con tu muerte; por este tu sacrosanto Cuerpo y Sangre líbrame de todos mis pecados y de todos los males: haz que siempre esté adherido a tus mandamientos y no permitas que jamás me aparte de Ti, que como Dios vives y reinas con el mismo Dios Padre en unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

243. ¿Qué se pide en estas oraciones?
EN LA PRIMERA, después de una solenme invocación a Jesucristo «Hijo de Dios vivo», que recuerda la valiente profesión de fe de San Pedro, Mt. 16, 16, y después del motivo de la oración: la Redención obrada por toda la Santísima Trinidad, el Padre con su decreto, el Espíritu Santo con su cooperación y el Hijo con su muerte vivificadora, el comulgante pide para sí a Jesucristo:
1. La liberación de todos sus pecados y males.
2. Que no se desvie del recto sendero de sus mandamientos.
3. Que no permita que jamás se aparte de EL.
Son los tres frutos más preciosos de la Comunión: la última gracia, sobre todo, encierra el gran DON DE LA PERSEVERANCIA FINAL: perseverancia que supone la muerte en estado de gracia, y que por lo mismo es un don, un beneficio especialísimo de Dios, que nosotros no podemos merecer «de condigno», es decir, de justicia, porque se nos deba por derecho, en virtud de la promesa de Dios; pues Dios no ha prometido al hombre esa gracia; don tan grande que la Iglesia en sus colectas, en el Ave María y, sobre todo, aquí, en el momento de la Comunión, nos enseña a pedir insistentemente a Dios N. S.
En cuanto a la forma de esta oración vemos que presenta el mismo corte y estilo de las colectas — v. n. 170—: Invocación, Motivo, Súplica y Fórmula final.
En cuanto a su contenido, el «no permitas que jamás me separe de Ti» — que parece suponer que ya se ha comulgado — y el puesto que se le señaló en muchos misales antiguos, indican con bastante claridad que era una oración para después de la Comunión.

244. LA SEGUNDA ORACION es un eco de aquellas serias amonestaciones de S. Pablo a los fieles de Corinto: I Cor. XI, 27 – 30.
«El que comiere de este pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, reo será del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, examínese el hombre a si mismo y de esta suerte, con la conciencia pura, coma de aquel pan y beba de aquel cáliz. Porque quien lo come y bebe indignamente se traga y bebe su propia condenación, no haciendo el debido discernimiento del cuerpo del Señor. Por eso — por haber recibido indignamente el cuerpo del Señor — hay entre vosotros muchos enfermos y sin fuerzas, y muchos mueren.»

Saludablemente estremecido por el horror a la Comunión sacrilega y a la eterna condenación con que aquélla se castiga — in judicium et condemnationem—, el cristiano que se atreve a recibir el Cuerpo del Señor, se abandona confiado a la bondad de Jesús — pro tua pietate—, y de ella espera que la Comunión sea: 1, defensa de su alma y de su cuerpo, y 2, medicina espiritual para su naturaleza caída y lisiada por el pecado.
Estos «temores en el favor», inspiraron al sacerdote-poeta uno de sus más delicados sonetos:

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,
y la cándida víctima levanto,
de mi atrevida indignidad me espanto,
y la piedad de vuestro pecho admiro.

Tal vez el alma con temor retiro,
tal vez la doy al amoroso llanto,
que arrepentido de ofenderos tanto
con ansias temo y con dolor suspiro.

Volved los ojos a mirarme humanos;
que por las sendas de mi error siniestras
me despeñaron pensamientos vanos.

No sean tantas las miserias nuestras
que a quien os tuvo en sus indignas manos
Vos le dejéis de las divinas vuestras.

Lope de Vega.

La percepción de tu cuerpo, oh Señor Jesucristo, que yo indigno me atrevo a recibir, no me sea motivo de juicio y de condenación; sino que por tu bondad me aproveche para defensa del alma y del cuerpo, y de medicina saludable. TU que, como Dios, vives y reinas con Dios Padre en unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

245. COMUNION.
Comunión del Celebrante
Oraciones jaculatorias I
Es el lenguaje de las emociones más vivas
Las emociones de la Comunión
1 – «Tomaré el Pan Celestial»———-Emoc. de confianza y fortaleza 2- «Señor, yo no soy digno» ———- » de humanidad y de fe
3-«El Cuerpo de N.S. J-C . .» ———– » de Vida eterna y divina
4 – «Qué daré yo en cambio»———– » de gratitud y asombro
———–
5- «Recibiré el Cáliz»——————- » de confianza y fortaleza
6- La Sangre de N.S. J-C .. «———– » de Vida eterna y divina
Comunión de los fieles
Rito Antiguo—————————- Véase cap. 2
Rito Actual ————————– Especie de misa abreviada
Procede originar, del rito de la Comunión de los enfermos.

246. Y llegó, por fin, el momento.
El celebrante, rodilla en tierra, adora a Jesucristo: alborozado porque va a tomar en sus manos el Pan Eucarístico, deja escapar de su pecho frases entrecortadas, ardientes jaculatorias… Las jaculatorias son el lenguaje de las emociones más vivas. ¡Qué bien lo sabe la liturgia católica y cómo las ha colocado — desde el siglo XI — en el momento de las emociones más puras e intensas que puede el alma recibir en esta vida… las emociones de la Comunión.
LA PRIMERA DE ESTAS JACULATORIAS ha sido, en parte, sacada de un salmo eucaristico o de acción de gracias, del salmo 115, v. 13.
«Tomaré el pan celestial e invocaré el nombre del Señor.»
Toma, en efecto, la Hostia y la patena con la mano izquierda, y algo inclinado hacia el Sacramento, golpéase con la mano derecha tres veces el pecho, al mismo tiempo que dice devota y humildemente:
«Señor, yo no soy digno…»
En verdad os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe…, había dicho Jesucristo, admirado al oír estas palabras de labios de un pagano: Mt. VIII, 8. Pues si tanto le agradaron estas palabras aplicadas entonces a una morada terrestre y a la curación de un criado, ¡cuánto más le complacería a Jesús oírlas desde la Hostia consagrada, tratándose ahora de la morada de nuestro pecho y de la curación de nuestra alma!
Por eso la Iglesia católica, que, como tantas veces hemos observado, al llegar los puntos más importantes de la Misa, nos toma como madre cariñosa en sus brazos para elevarnos con las más sublimes oraciones, ritos y ceremonias a las alturas del momento litúrgico en que nos hallamos, colocó aquí, y sólo modificándola ligerísimamente, esta magnífica profesión de fe y humildad, esta breve oración jaculatoria del Centurión romano de Cafarnaum.
Al «Domine non sum dignus» alude ya Orígenes en el siglo tu: «Cuando coméis el Cuerpo del Señor, entonces entra el Señor bajo vuestro techo. Debéis, pues, vosotros, también humillaros imitando al Centurión, y decir: Señor, yo no soy digno… «Homil, V. in Div. loca Evang; y en el s. IV, San Juan Crisóstomo: «Digamos a nuestro Redentor: Señor, yo no soy digno de que Vos entréis en la casa de mi alma, pero, sin embargo, porque Vos deseáis venir con nosotros, animados por vuestra misericordia, nos acercamos a Vos.» Homil, de Santo Tomás Ap. (Citados por Lefebvre: Para comprender la Misa, p. 107.)

En seguida el celebrante pasa a la mano derecha la sagrada Hostia, y dándose la bendición con ella a sí mismo — se signans, dice la rúbrica—, pronuncia la FORMULA DE LA COMUNION:
«El Cuerpo de N. S. Jesucristo guarde mi alma para la vida eterna.»
Fórmula de VIDA, y de VIDA ETERNA y DIVINA que expresa el fin principal de la Comunión: «guardar el alma para la vida eterna».
Esta fórmula, sencilla y profunda sobre toda ponderación, repite y compendia lo que tantas veces inculcó Jesucristo: «Yo soy el Pan de vida que he descendido del cielo… Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día; porque mi carne verdaderamente es manjar y mi sangre verdaderamente es bebida… Este es el Pan que ha bajado del cielo: quien come este pan vivirá eternamente» (Cfr. Jo. 6). La fórmula completa— no su comienzo, «Cuerpo de Cristo», que como hemos visto (núm. 49) es de los primeros siglos — se remonta al siglo XI.

«Guarde mi alma»: como se guarda el tesoro más precioso que hay en el hombre: protegiéndola, santificándola, vivificándola y fecundándola a ella y a cada una de sus facultades… las espirituales: mi inteligencia y mi voluntad; las que posee en común con el cuerpo: mi memoria, mi imaginación y mi sensibilidad… influyendo en todo mi ser, que del alma recibe su vida.
«Para la vida eterna»: para la vida eterna del alma inmortal, contemplando, amando soberanamente a Dios… ; para la vida eterna del cuerpo resucitado, ya que la Comunión es la premia de la resurrección futura. Cfr. Vigourel: La Liturgie et la vie chretienne, pp. 205-206.
¡Qué momento aquél! — dice el P. Coloma, hablando del santo Viático—: ¡Jesucristo, la verdadera vida, está allí, en la hostia consagrada, frente a frente de la muerte! Y sobre aquella lengua seca, trabada, borrosa, que apenas si acierta a balbucir: ¡Señor, no soy digno de que entres en mi morada!…, se desliza la hostia pura, la hostia santa, la hostia inmaculada hasta ponerse junto a aquel corazón que bate el pecho con aleteos de pájaro moribundo, ¡Ay!, yo creo que si aplicáramos los oídos del alma en el momento mismo en que la hostia se sepulta en aquel semicadáver, oiríamos a Jesucristo decir con voz suavísima al moribundo: —¡No temas!, ego sum resurrectio ct vita…! Yo soy la resurrección y la vida. ¡Qué grandioso, qué sublime, qué divino ese dejar la Eucaristía, como semilla de vida entre las mismas garras de la muerte!… ¡Allí está la Eucaristía!: y porque está allí, aquellos ojos volverán a mirar, aquellas mejillas volverán a colorearse, aquella boca volverá a sonreír, aquellos brazos volverán a estrecharnos, aquella lengua volverá a hablarnos para decirnos: —¡No llores más, aquí estoy!… Si está allí, en la Eucaristía, la vida, ¡cómo ha de triunfar la muerte!…» Coloma, G., S. J. : Sermones varios, tom. IV: La Eucaristía, serna. 3, VII,

Y reclinado sobre el altar, se comulga a sí mismo… reposa unos instantes con las manos juntas en la meditación del Smo. Sacramento…: después descubre el cáliz, hace genuflexión y, mientras recoge con la patena las partículas que hayan podido desprenderse de la Hostia y purifica la misma patena sobre el Cáliz, respirando satisfacción y gratitud, manifiesta con otra jaculatoria del salmo 115, que no sabe cómo expresar al Señor todo su reconocimiento:
Qué daré yo en cambio al Señor por todos los beneficios que me ha hecho?…»
Mas al punto en su interior oye la respuesta: A Dios se pagan sus dones, disponiéndose a recibir de su mano otros mayores… Así es Dios de generoso y sólo para eso quiere El nuestro agradecimiento. Una comunión, sólo puede dignamente pagarse con otra comunión más fervorosa, y la comunión del Cuerpo de Jesucristo sólo puede pagarse con la comunión o participación de la Sangre del misino Jesucristo.
Esta es la acción de gracias que nos enseña la Liturgia de la Misa: y ¿puede haber otra más racional, más fructuosa, más sublime?…
Y eso es lo que expresa esta otra jaculatoria, también del mismo salmo:
«Recibiré el Cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor.» «Con alabanzas invocaré al Señor, y me veré libre de mis enemigos.»
Y en seguida, con la misma bendición y fórmula que usó para la comunión del Cuerpo, aplica sus labios a la Sangre preciosa de Jesucristo.
Pocos Santos han expresado con más ternura los efectos de la Comunión como el mártir S. Ignacio, obispo de Antioquía: «Mi amor, dice escribiendo a los fieles de Roma, se ha fijado en la cruz; el fuego que me consume es un fuego vivificador, que me repite sin cesar, desde el fondo del corazón: Ignacio, llega a tu Padre. Ya no hallo gusto en los manjares más exquisitos, ni en los vinos más deliciosos; el pan que yo deseo es la carne de Jesucristo, hijo de David; y el solo vino que puede templar mi sed es su sangre, principio de la inmortal caridad. Nada me retiene en la tierra, y ya no me considero como un viviente entre los hombres.» Epist. ad Rom., c. 7, P. G., t. V, c. 694.

247. COMUNION DE LOS FIELES.
«Ha comulgado el padre de familia, el sacerdote: ahora deben hacerlo los hijos, los fieles.
RITO PRIMITIVO: Véase cap. 2, nn. 49-50.
RITO ACTUAL: Hoy los fieles, al acercarse a comulgar, lo mismo fuera que dentro de la Misa, rezan el «Confíteor»; el sacerdote recita sobre ellos las fórmulas absolutorias, repite el «Agnus Dei», pronuncia tres veces el «Domine non sum dignus» y distribuye, en fin, la comunión con el mismo rito y fórmula que ya conocemos.
¿POR QUE ESTE GRUPO DE ORACIONES —nos ocurre preguntar en seguida — para preparar a los fieles que van a comulgar dentro de la Misa, y a quienes con toda razón suponemos plenamente identificados con el celebrante durante el Sacrificio?… ¿Por qué esta especie de Misa abreviada, que viene a repetir lo que ya se dijo antes?…
Si consultamos el «Ordinario de la Misa», que nada nos dice de estas oraciones y supone que los fieles, sin más, comulgan a continuación del celebrante, todavía se confirma más nuestra sospecha de que nos hallamos ante la curiosa intromisión, y bastante reciente por cierto, de un rito que en otra parte debe tener su plena razón y significado.
En efecto: estas oraciones comenzaron a decirse en la comunión de los enfermos; como éstos no habían podido asistir al Santo Sacrificio, nada mejor que prepararlos para la comunión con una especie de Misa abreviada… Confiteor, Absoluciones, Agnus Dei, Elevación de la Hostia, Domine non sum dignus, etc. ; de la comunión de los enfermos pasó a la comunión fuera de la Misa; y de aquí, sin duda por la disminución gradual de la parte activa de los fieles en la Misa, se introdujo este rito paulatina e insensiblemente en la Misa hacia el sigloXIV.
Los Cartujos, como conservan su antiguo rito, no dicen el «Confíteor» en la comunión: ni tampoco se dice en las Misas de ordenación, de consagración del obispo, de bendición del abad: ni lo recitan el diácono y subdiácono en la Misa pontificial.

248. Comunión: ACCION DE GRACIAS.
Acción de gracias Tiende a pedir la perseverancia en nosotros de los efectos de la Comunión.
Estos efectos se pedían en las oraciones preparatorias de la Comunión.
A).- PARTE INVARIABLE (durante las abluciones)
1 – «Haz, Señor, que recibamos con corazón puro»
Oración preparatoria 6 » La Comunión de tu Cuerpo… no me sea motivo de condenación»
«Que la Comunión sea remedio eterno»
«Que me aproveche para defensa y de medicina saludable»
2 – «Tu Cuerpo… adhiérase a mis entrañas…»
Oración prepar. 5 «No permitas que me aparte de Ti»
«Que no quede mancha alguna de pecado en mi»
«Líbrame de todos mis pecados»
B) : PARTE VARIABLE (Después de las abluciones)
3 – COMMUNIO: antes cántico durante la Común. ; hoy antif. restos de un Salm.
«Gustad y ved cuan suave es el Señor.»
4 – POSTCOMMUNION: «Oración ad complendum, o sea, complemento final del Sacrif.
PLEGARIA OFICIAL para que se cumpla en nosotros la gracia de la Comunión

La Misa termina ahora rápidamente: lo cual bajo el punto de vista psicológico, como advierten los liturgistas, está perfectamente fundado…: ¿no es la rápida caída del telón, en las representaciones dramáticas, el mejor punto final de las escenas más impresionantes? Con todo, en esta brevísima acción de gracias litúrgica de la Misa tenemos, claramente esbozada, la idea directriz de lo que debe ser toda acción de gracias después de la comunión: la perseverancia en nosotros de sus efectos maravillosos.

249. ¿Cuál es la razón de las abluciones o purificaciones de los dedos y del cáliz que ahora realiza el celebrante?
La razón estriba en esta verdad dogmática: que N. S. J. C. está presente todo entero bajo cada uno de los fragmentos o partículas de la Hostia consagrada, lo mismo que bajo cada una de las gotitas más menudas del Sanguis.
Recuérdese el diligente cuidado que en este punto recomendaba a sus fieles S. Cirilo de Jerusalén: v. n. 61. En la Edad Media las abluciones generalmente no tenían lugar en el altar, y el agua empleada en la purificación de las yemas de los dedos no se tomaba, sino que se vertía en la «piscina», lugar en que hoy se echan las materias residuos sacramentales.

250. ¿Qué oraciones de acción de gracias se recitan durante estas abluciones?
Durante la purificación del cáliz — sólo con vino—, se reza la oración: «Haz, Señor, que recibamos con corazón puro»; y en la ablución de los dedos — con vino y con agua — se recita la oración: «Tu Cuerpo, Señor, que he recibido».
Si comparamos ambas oraciones, observamos que la primera es de puro estilo romano por su forma – ritmo, paralelismo y antitesis —, y por su latín clásico; y tan antigua que ya se halla en el Sacramentario leoniano (v. n. 119); aunque en ese y en otros Sacramentarios figura como una «post-comunión», como todavía la vemos hoy en la Misa del Jueves de la Semana de Pasión. La segunda en cambio, es menos antigua, como lo prueba, entre otras razones, el uso del número singular, que, además de indicar que procede de la devoción privada, supone que en el tiempo en que fue introduicida en la Misa, ya era sólo el celebrante quien comulgaba bajo ambas especies.
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ACCION DE GRACIAS Haz, Señor, que recibamos con corazón puro lo que hemos tomado con la boca; y que este don temporal se nos convierta en remedio eterno. Tu Cuerpo, Señor, que he tomado y tu Sangre que he bebido se adhieran a mis entrañas; y haz que no quede mancha alguna de pecado en mi, a quien han alimentado estos puros y santos sacramentos: Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

251. LA ANTIFONA LLAMADA «COMUNIÓN»
El celebrante, después de haber cubierto el cáliz, se dirige al lado de la Epístola para leer en el Misal la antifona llamada «communión».
¿Cuál es el origen de esta antífona?
En la Misa primitiva había nada menos que cuatro procesiones, y cada una acompañada de su respectivo canto… ¡Así palpitaban aquellas Misas de animación y de vida por la participación activa que en ellas tomaba el pueblo!
Existia: 1. La procesión del INTROITO, es decir, la que se formaba al entrar solemnemente el Papa o el Obispo en la gran basílica cristiana. V. nn. 159-161.
Por cierto que el canto, correspondiente a esta procesión, aunque muy recortado hoy día y desencajado de su sitio en las Misas rezadas, todavía conserva su lugar de honor en las Misas cantadas, cuando los cantores, sin tener en cuenta las preces al pie del altar, entonan con reposada y majestuosa melodía la antífona del INTROITO, ya al salir el celebrante de la sacristía y aproximarse al altar.
2. La procesión del EVANGELIO con las alegres notas del ALELUIA y que todavía reviste máxima solemnidad en las misas cantadas: v. nn. 181-186.
3. La procesión del OFERTORIO, hoy ya imperceptible: v. n. 193; y por fin,
4. La procesión de la COMUNION; era la más alegre y esperada de los fieles: ¡cuántas veces ocurrían escenas tan deliciosas como aquella que nos refiere el autor de la Vida de S. Gregorio el Grande!: Una señora de la aristocracia romana que acostumbraba asistir los domingos a la Misa del Papa, al acercarse a comulgar y en el momento de ir a recibir en su dominical — v. n. 49 — el Pan Eucarístico, no pudo reprimir una espontánea sonrisa de satisfacción… San Gregorio, que advierte aquella irreverencia, pasa de largo y no le da la comunión. Pero al terminar la Misa ordena comparecer en su presencia a la matrona romana… «Es que cai en la cuenta— dijo ella algo ruborizada — que el Pan que ibais a darme era el mismo que yo con mis propias manos habia elaborado y traído para la OFRENDA». (Paul. diac.: Gregor. Vita, 23; citado por Rojo del Pozo; o. c., p. 444).
LOS FIELES SE ACERCABAN A COMULGAR CANTANDO UN SALMO, especialmente escogido para este acto: el 22 «Dominus regit me», el 84: «Benedixisti, Domine, terram tuam», y sobre todo el 33: «Benedicam Dominum in omni tempore», por su precioso verso 9: «Gústate el videte quoniam suavis est Dominus» (v. n. 47). Los versículos de esos salmos alternaban con una antífona que, a modo de estribillo, repetía el pueblo todo el tiempo que duraba la distribución de la comunión. Pero durante la Edad Media, con la gradual disminución del número de los comulgantes y la propagación de la comunión fuera de la Misa, fuése acortando el salmo hasta quedar sola la antífona, y ésta fuera de su lugar, aunque conservando su nombre de pila y, en la mayoría de los casos, su aplicación más o menos próxima a la Eucaristía.
Los Cominunios más antiguos se refieren al tiempo eclesiástico, o a la fiesta que se celebra, o se está preparando; muchos son frases selectas del Evangelio o de la epístola del día y vienen a subrayar una idea capital; pero la mayoría, casi la mitad (2/5), están tomados de los salmos.

LA POSTCOMUNION:
252. ¿Cuál es la plegaria olicial de la ACCION DE GRACIAS?
Es la oración llamada ahora «Postcommunio», porque se recita después de la Comunión y que, antiguamente, se denominaba «complenda», u «oratio ad complendum», porque con ella se terminaba el Sacrificio.
La «Postcommunio», que ya figura en el Sacramentado leoniano (v. n. 119), está estrechamente enlazada con la Colecta y la Secreta en cuanto a su número y a su conclusión, aunque difiere en su estructura, menos perfecta que la de las Colectas, y en su contenido, que, a la idea central de la fiesta o del tiempo eclesiástico, añade la representación sucinta, el ruego concreto para que en nosotros se cumpla la gracia de la Comunión.
Como un resumen magnifico de los varios motivos que la Liturgia va desarrollando en las diversas postcomuniones del año, véase la oración «por los vivos y los difuntos», que suele rezarse en tercer lugar, durante la Cuaresma, cuando no hay conmemoración de algún Santo: aquí también, como en las grandes oraciones de la Misa, aparecen cariñosamente abrazadas y unidas por la oración eucarística las tres Iglesias, la del cielo, la de la tierra y la del purgatorio: «Que nos purifiquen, te rogamos, Omnipotente y misericordioso Dios, las sacramentos que hemos recibido; y por la intercesión de todos tus santos haz que este tu sacramento no sea para nosotros reato de pena, es decir, ocasión de faltas que expiar, sino intercesión saludable de perdón; sea ablución de nuestros pecados, fortaleza para nuestra debilidad, protección contra todos los peligros del mundo, y para los vivos y difuntos remisión de todos sus pecados».

LA ORACION «SOBRE EL PUEBLO»
Esta oración que en Cuaresma, en las misas feriales, se añade a las poscomuniones, va precedida del aviso ritual: «Humiliate capita vestra Deo», o como se dice en el rito mozarabe: «Humiliate vos benedictioni: inclinaos para recibir la bendición»; como se ve por estas últimas palabras, era una bendición que solian darse a los que no habían comulgado, antes de introducirse la actual bendición con la señal de la Cruz. Cfr. 256.

253. FIN DE LA MISA. 1- «Ite Missa est»: Despedida del celebrante a los fieles 2- «Placeat tibi»: Resumen de los fines del Sacrificio 3- «Benedicat vos Omnipotens…» Despedida de Dios a sus hijos. Epílogo de la Misa:
ULTIMO EVANG. o Prólogo de S. Juan -JESUCRISTO- Lleno de gracia-Misa de los fieles
Lleno de verdad-Misa de los catecúmenos DEO GRATIAS
254. «ITE: MISSA EST».
Hasta el siglo XI, ¿cómo terminaba la Misa? Terminaba con el envío o despedida de los fíeles, anunciado solemnemente por el diácono que en nombre del Papa o del Obispo celebrante, invitaba a la asamblen a retirarse con esta fórmula, ya en uso desde el siglo II, y que dió su nombre al Santo Sacrificio (v. n. 26): ITE: MISSA EST; IDOS: ES EL ENVIO o despedida. A lo que el pueblo respondía con la fórmula litúrgica: DEO GRATIAS, tan significativa sobre todo en estos momentos, después de haber recibido de Dios el mayor de los beneficios: la Redención, cuyo recuerdo vivo acaba de conmemorarse en la Misa.
Los mismos gentiles usaban una fórmula de contenido parecido cuando se habían de alejar de sus templos, después de terminados los misterios paganos: «I LICET>, clamaba el heraldo, es decir, sin contracción: «IRE LICET», OS ES PERMITIDO PARTIR.
El BENEDICAMITS DOMINO: En la antigua liturgia el anuncio del ITE Missa est revestía tal solemnidad, que era exclusivo de las Misas celebradas por el Papa o los Obispos; y como la recitación del GLORIA fue en aquellos tiempos algo también propio de la Misa episcopal — v. n. 167 —, establecióse entre ambos cierto relación que todavía subsiste en nuestros días; la supresión del GLORIA en la Misa, lleva también consigo la omisión del ITE MISSA EST.
En estos casos al ITE substituye el BENEDICAMUS DOMINO, aclamación con que terminan las HORAS del Breviario y que los simples sacerdotes, dejando el alto honor del ITE MISSA ÉST a los Obispos, comenzaron a usar también como conclusión de la Misa. Como se ve, pues, la omisión del ITE MISSA EST, aunque generalmente coincida con Misas de penitencia — Adviento, Cuaresma, Cuatro Témporas, Rogaciones, algunas vigilias… —, no implica de suyo ni tristeza ni alegría. El ITE MISSA EST también cede su lugar, en las Misas de difuntos, al «REQUIESCANT IN PACE», que expresa un deseo de circunstancias y es un inspirado resumen de toda la misa en favor de los difuntos.
255. «PLACEAT TIBI».
Con el ITE MISSA EST o una expresión parecida — «vayamos en paz en el nombre de Cristo —Id en paz —Gloria a Ti, Cristo, nuestro Dios y nuestra esperanza…», terminaba la Misa en los diez primeros siglos. Pero hacia el siglo XI aparecen en los misales de la época dos nuevos elementos: la oración de origen galicano «Placeat tibi» y la BENDICION.
¿De dónde procedía la oración «Placeat tibi»? Procedia, como se advierte por su carácter individual, del tesoro de la devoción privada, y solían recitarla los sacerdotes, en la sacristía, antes o después de haberse quitado los ornamentos. Es un brevísimo resumen de los fines del Santo Sacrificio y una como réplica de la plegaria del mismo origen galicano, dirigida también a la Santísima Trinidad, que se recitó en el OFERTORIO: véase núm. 203. _____________________________ ORACION «PLACEAT TIBI»: Séate agradable, ¡oh Santa Trinidad!, el homenaje de mi servidumbre: y haz Que el sacrificio Que yo, aunque indigno, he ofrecido a los ojos de tu majestad, te sea acepto; y Que por tu misericordia sea propiciatorio para mí y para todos aquellos por quienes lo he ofrecido. Por Cristo, Señor nuestro. Así sea.
256. LA BENDICION.
En seguida nos ocurre preguntar: ¿por qué a la BENDICION de la Misa ha precedido el ITE MISSA EST o despedida de los fieles? ¿No es más natural el orden inverso: primero la BENDICION y después la despedida?
Efectivamente, antes de introducirse la actual bendición con la Cruz en la Misa, la única bendición que en ésta se daba estaba colocada antes de la despedida de los fieles: ése, precisamente, era el objeto de la «Postcommunio», que tiene todo el carácter y forma de una bendición final — ad complendum — para los que han comulgado en la misa — y entonces eran todos los asistentes a ella —; más tarde, en tiempos de frialdad eucarística y cuando en las ferias de Cuaresma el concurso del pueblo que no comulgaba era más numeroso, para que éste no quedara sin alguna bendición, introdújose la Oración super populum, que, como ya dijimos — v. n. 251—presenta también el carácter de bendición, pero ya sin estar restringida a los que han comulgado.
Un hecho historico pone muy de relieve la alta estima que el pueblo cristiano tenía de esta bendición, contenida y como plasmada en la «poscomunión»: «Nadie era despedido de la Iglesia sin bendición, nos dice el Card. Schuster en su obra Líber Sacramentorum, I. p. 112 (cit. por Ser di Franza o. c., p. 128): tanto que, cuando los Bizantinos, el dia de Santa Cecilia, después de la comunión arrebataron al Papa Vigilio del altar de la Mártir Transtiberina y lo arrastraron a la nave que lo esperaba allí, cerca del rio, para conducirlo a Constantinopla, el pueblo, que sin embargo nada simpatizaba con Vigilio, levantó un tumulto para que se le concediese, al menos, tiempo para poner fin a la Misa estacional y recitar la última plegaria ad complendum, en que dejara su bendición a la asamblea. El Papa Vigilio (537-555) sobre el puente de la nave pronunció la última colecta (plegaria de la bendición), a la cual los circunstantes respondieron: AMEN. Sólo entonces pudo partir la nave para conducir al Pontífice al destierro».
¿De dónde procede la actual bendición con la Cruz?
Procede de una antigua costumbre de la Misa pontifical: entonces, como ahora, el pueblo fiel no salía inmediatamente del templo al terminar el Santo Sacrificio, sino que esperaba la salida del Obispo para recibir de él la bendición — bendición que al principio había comenzado a darse en la sacristía y únicamente a los clérigos que habían intervenido en la Misa.
Como esta bendición era entonces considerada como acto propio y exclusivo de los Obispos, al disminuir el número de éstos, se hizo a los fieles muy duro irse del templo sin aquélla, y así la reclamaron y obtuvieron de los simples sacerdotes, que comenzaron a darla antes de abandonar el altar y con el mismo rito de los Obispos, es decir, con tres cruces.
Esta misma bendición con tres cruces aparece prescripta en el misal de S. Pío V; pero ya su sucesor, Clemente VIII, reservó esta forma de bendición para uso exclusivo de los Obispos.
257. ULTIMO EVANGELIO.
La liturgia de la misa termina ahora, desde el siglo XVI, con la lectura de un segundo Evangelio, que suele ser, salvo rarísimas excepciones, el Prólogo del Evangelio de S. Juan.
Es la página más bella que se ha escrito: todas las revelaciones divinas están compendiadas en estas palabras: «Y EL VERBO SE HIZO CARNE».
La ENCARNACION aparece como el punto culminante de la teología, como la llave de la historia.
Ante estas pocas líneas confesaban su impotencia los ingenios más esclarecidos:
«Necesitaría — nos dice Orígenes — haber descansado sobre el pecho de Jesús, haber recibido a María por madre, ser otro Juan para penetrar el sentido del cuarto Evangelio, de su prólogo sobre todo». In. Jo. t. I, n. 6.
Y San Agustín: «Me atrevo a decir, hermanos míos, el mismo Juan no ha hablado de estos misterios como ellos son, sino en la medida que puede hacerlo un hombre». In .To. t. I, n. 1… «En el seno de Jesús es donde Juan ha sacado lo que nos da a beber; las palabras que nos dice son de la misma fuente donde él apagó su sed»… Ibid. n. 7. Y en «La Ciudad de Dios», nos habla de un filósofo platónico que deseaba se grabase este Prólogo en el frontispicio de las iglesias. De Civit. Dei. X, c. XXIX, 2.
Sabemos, en fin, por S. Juan Crisóstomo — s. IV— y por Santo Tomás (2-2, q. 96, a. 4), que los cristianos transcribían ciertas palabras, del Evangelio para llevarlas consigo; y Maldonado dice expresamente de su tiempo, que estas filacterias estaban casi siempre sacadas de los primeros versículos de S. Juan. Cfr. Durand, Alfred: Evang. S. Jo., Introduct. Cfr. n. 186.
Dada esta singularísima veneración al Prólogo de San Juan, nada de extraño tiene que en el siglo XIII comenzaran algunos sacerdotes a decirlo por devoción al terminar la misa, mientras venían del altar a la sacristía, y que muy pronto la devotísima plebe, algo así como ahora se hace con los responsos en favor de los difuntos, empezara a rogar a sus sacerdotes les leyeran por sus intenciones particulares esta página evangélica, a la que atribuían el valor de un sacramental; singularmente, las madres pedían a los sacerdotes la recitaran «sobre sus hijos», como una bendición o una suerte de exorcismo que alejara de sus pequeñuelos todo mal, y todavía en ciertos países se lee en familia durante las tempestades.
Esta fe popular en el poder y eficacia del Prólogo de San Juan fué desde un principio reconocida y estimulada por la Iglesia, que no se contentó con colocarlo en varias bendiciones, sobre todo en la bendición de los niños enfermos, sino que, en el siglo XVI, en la reforma del Misal de S. PIO V, prescribió oficialmente su lectura al fin de la Misa.
En España es costumbre recitarlo después de las ceremonias del Bautismo.
ULTIMO EVANGELIO
A — Texto.
JESUCRISTO
I.—Existiendo antes del mundo.
a) En el principio existia el Verbo. Y el Verbo estaba junto a Dios. Y el Verbo era Dios. El estaba al principio junto a Dios.
b) Todas las cosas han sido hechas por El y sin El nada se hizo de lo que fue hecho.
c) En El estaba la Vida, y la Vida era la luz de los hombres, y la luz brillaba entre las tinieblas.
Y las tinieblas no la sofocaron.
B) Comentario
a) Como Dios: eterno e igual al Padre.
b) Como Creador; crear es algo propio de Dios, y el Verbo, Jesucristo, es la causa ejemplar y como instrumental de la creación.
c) Como Redentor; es la VIDA, la VIDA DIVINA y fuente de la vida sobrenatural en nosotros, que logramos así la suprema aspiración del cristianismo: «VIVIR DE DIOS PARA DIOS» (San Agustín)

II — Entrando en el mundo.
a) Existió un hombre enviado por Dios: su nombre era Juan. Este vino como testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyesen. El no era la luz; pero venía para dar testimonio de la luz.
b) Vino al mundo la luz verdadera que brilla, iluminando a todo hombre (asi el texto original). El estaba en el mundo. Y el mundo ha sido hecho por El. Y el mundo no le conoció.
c) Vino a los suyos. Y los suyos no le recibieron.
d) Pero a aquellos que le recibieron dióles poder de llegar a ser hijos de Dios; a los que creen en su nombre que han nacido no de la sangre ni del instinto de la carne ni de la voluntad de los hombres, sino de Dios.
Comentario
II— Entrando en el mundo.
a) Precedido de un Precursor: ésta era la misión del Bautista: ser testigo, decir la verdad — por ella ha de morir —: señalar con el dedo al Mesías, a la Luz en la que todos deben creer; y después, disminuir, irse desvaneciendo como la aurora que anuncia la aparición del sol.
b) Grandes progresos habían realizado los cuatro colosales imperios del mundo: los Asirios, los Persas, los Griegos, los Romanos… ¡Grandes pasos habian dado!, hay que reconocerlo, exclama San Agustín: Magnae vires, cursus celerrimus… praeter viam (Enarr. in Ps. 31; n. 4. M. L. 36), pero FUERA DEL CAMINO, de espaldas a la Luz verdadera que, sin embargo, iluminaba entonces y sigue iluminando ahora a toda razón natural y brilla y resplandece lo mismo en la estrella de mayor magnitud, que en la más diminuta de las luciérnagas… Cursus celerrimus… praeter viam! ¡Grandes pasos! Grande fué la sabiduría de los griegos, pero lo más que pudieron conocer de esta LUZ fue confesar que la desconocían; por eso, entre los mil altares que levantaron a sus errores — altares que eran tientos de ciego que, palpando a las criaturas, buscaba al Creador de todas ellas —, erigieron uno en el que escribieron estas dos palabras, triste compendio de la historia del paganismo: DEO IGNOTO: AL DIOS DESCONOCIDO…
c) Vino a los suyos, a los judíos, llamó a sus puertas, y… —No había lugar para El en la posada… No tenia donde reclinar su cabeza.
d) Pero a todos aquellos — judíos, muy pocos; paganos, muchísimos — que le recibieron, creyendo en El, les dió el poder sublime de llamarse y de ser HIJOS DE DIOS: mas esta filiación divina es efecto del poder de Dios; no intervienen en ella ni sangre o raza, ni poder o voluntad de hombres, pues los fariseos enseñaban erróneamente que nadie podía entrar en el cielo, ni participar de los dones mesiánicos, si no era judío, descendiente de Moisés.

III. — Viviendo en el mundo.
a) Y el Verbo se hizo Carne
b) Y estableció su tienda de campaña entre nosotros.
c) Y hemos visto su gloria, gloria como la del Unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad.

Comentario
III. — Viviendo en el mundo.
a) ¡Rodilla en tierra! Adoración profunda… Es el mejor comentario: nos arrodillamos, seguimos el movimiento de bajada, de anonadamiento de Dios. Llegaremos tan abajo…
b) Alusión a las costumbres de los beduinos: asi como éstos despliegan y plantan su tienda en el desierto y al poco tiempo la levantan para irse a otro lugar, así Jesucristo vivió entre nosotros poco tiempo. A nosotros nos parecen algo 33 años… al Discípulo amado, que le vió y le trató, parecióle tan breve como una parada de los beduinos en el desierto.
c) Sus resplandores de Hijo de Dios, las señales de su divinidad, sus milagros, su doctrina… ,y esa gloria era tal cual convenía al Unigénito de Dios. Reunión y cúmulo de todas las gracias, Jesucristo es la Verdad: 1, como doctor y maestro, como luz de los hombres, a quienes descubre los misterios y verdades ; 2, como Mesías que cumplió las profecías, y 3, como BIEN verdadero para nosotros. Bien que no engaña «vitis vera, panis verus, lux vera».
Antonio Rubinos S.J.
CATECISMO HISTORICO LITURGICO DE LA MISA

LAS COSAS NECESARIAS PARA LA SALVACION

Por el Dr. Homero Johas

     La Iglesia Católica es perfecta en sus normas jurídicas. Por obra de nuestro Señor Jesucristo tiene ella todos los medios necesarios para obrar y permanecer ilesa ante los ataques de sus enemigos visibles e invisibles venidos de las puertas del infierno, de la Bestia o el Dragón, o de los falsos profetas.
     No es ella una Iglesia «sin solución» o «modelo japones», sin Cabeza visible y sin Sacramentos.
     Recopilamos de la obra de Lucius Ferraris, «Pronta Biblioteca», editada en Madrid, en 1786, las doctrinas comunes de los teólogos católicos sobre las cosa necesarias para las salvación.
1.- COSAS NECESARIAS COMO MEDIO ÚNICO DE SALVACIÓN.
     Las cosas necesarias como medio único de salvación, son tales que, no se consigue la salvación al menos que la ignorancia u omisión de ese medio sea sin culpa personal.
     Así es para todos la gracia santificante; el bautismo en las criaturas, por lo menos el bautismo de deseo para los adultos y, la existencia del Sucesor de Pedro para la existencia de la Iglesia. La fe es de necesidad absoluta para todos, por lo menos implícita para los párvulos e explícita para los adultos.
     Inocencio XI condeno la sentencia de los jansenistas que decía: «Por necesidad de medio, parece necesario sola la fe sobrenatural; no la fe explicita de un Dios Redentor» (D.S. 2122).
     Bajo Clemente XI el Santo Oficio enseño: «El misionero no puede bautizar a quien no crea explicitamente en Nuestro Señor Jesucristo, pero esta obligado a instruirlo sobre todas las cosas que son de necesidad de medio, como los misterios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación». (D.S. 2381).
     Santo Tomas enseña sobre los Sacramentos que son de necesidad absoluta para la salvación: el Bautismo para todos, la Penitencia para quien peco después del bautismo; el Sacramento del Orden es de necesidad absoluta para la Iglesia porque: «Donde no existe el gobernante el pueblo se dispersa» (Prov. XI, 14), el obispo de Roma es el Sumo Pontífice. Así la necesidad de la Cabeza visible de la Iglesia, con poder de Orden y jurisdicción (S.T. 3, 654, ad 1). Así los que pretenden la acefalía perenne de la Iglesia van contra la existencia de la propia Iglesia, medio único de salvación. He ahí la malicia de la secta de los acéfalos, que hoy reúne a clérigos y seglares.
2.- COSAS NECESARIAS DE PRECEPTO
     Son necesarias por precepto divino mandado por Nuestro Señor Jesucristo o por su Vicario. Como son los preceptos del Decálogo, inscritos por Dios en la mente de todos. Violar estos preceptos es pecado mortal, causa la muerte eterna. Pero si alguien ignora un precepto y tal ignorancia es inculpable, y por no ser posible cumplirlo, esto no impide la salvación.
     Dios no manda cosas imposibles (Trento, D.S. 1536). El deber de elegir un Sucesor de Pedro es«gravisimo» enseña san Pio X. Es necesario para existencia de la Iglesia, que no puede existir sin cabeza. Pio IX enseñó que se salva quien cumple con las leyes naturales y no tengan «culpa voluntaria». Pero el que no cumple con el precepto de elegir Papa, conociendo que existe, obra con culpa voluntaria en contra de el.
     No se cambia lo que es de necesidad de medio y de precepto. Cristo enseño que se puede violar el sábado sin culpa (Mt. XII, 10); también enseño que sin Bautismo, o sin la fe verdadera nadie se salva. Que quien no oye a la Iglesia sea como un pagano.
     Así el precepto de evitar los herejes y pecadores esta sujeto a los preceptos de necesidad de los Sacramentos del Bautismo, de la Penitencia y del Orden. En tiempo de necesidad extrema, lo que no es licito en tiempos normales se vuelven lícitos en caso de necesidad; como la necesidad superior de la Cabeza visible de la Iglesia y de los Sacramentos que son de necesidad de medio de salvación.
3.- LA CULPA EN LA VIOLACIÓN DE PRECEPTOS
     Si la violación de los preceptos sobre cosas necesarias para la salvación, como el Bautismo, Penitencia y Orden, fue culpable, la persona se condena eternamente. También el adulto que sabe que el Bautismo es necesario para la salvación y no quiere recibirlo. O el adulto que sabe que elegir la Cabeza visible es necesaria, pero que no quiere. El sabe que se deber elegir, mas afirma que es indebido. Sabe que es lícito, pero afirma que es ilícito. Sabe que el «papa hereje» es invalido, pero afirma que es valido. Sabe que la Cabeza visible es necesaria, pero afirma que no es necesario. Sabe que el deber es obrar, pero afirma que no se debe de obrar. Son los claros desvíos de la fe por parte de la secta de los acéfalos: obispos, sacerdotes y seglares.
     Lo que el derecho divino muestra (Prov. XI, 14; Col. II, 18); lo que la Iglesia afirma ser licito en casos de necesidad extrema (Can. 2261,2 y 3) ellos contradicen a Dios y a su Iglesia.
4.- LA NECESIDAD Y LAS LEYES
     Existen leyes divinas y leyes meramente humanas. Ambas mandan o prohíben alguna acción.
     Las leyes meramente humanas, ordinariamente, son entendidas como las excepciones de los casos de necesidad. Como las leyes electorales sobre la elección de los Papas.
     Las leyes divinas que mandan una acción puede tener ciertas excepciones. Pero no cuando ocurre simultáneamente algo prohibido por las mismas leyes divinas.
     En las leyes divinas que prohíben una acción y que se refieren a Dios, no se admiten excepciones. Seria injuria a Dios.
     Pero cuando prohíben una acción y se refiere a nosotros, y la necesidad viene y se trata de nuestra conservación, se admite la excepción. Pero no se admite esa excepción si se trata de nuestra perfección, o de la ampliación de nuestra felicidad. Tampoco se admite la excepción si la causa de ella viene de la malicia de los hombres para imponernos la necesidad de pecar, para que no perezcamos con ellos.
     El canon 2205,2 trata de leyes meramente humanas.
     El canon 2203,3 trata de actos intrinsecamente malos, contra la fe; o contra la autoridad de la Iglesia, causadores de daño a la Iglesia y a las almas. También es el caso de no existir, prolongadamente, una Cabeza visible en la Iglesia. Eso viene de la malicia de los hombres, que van contra la autoridad divina del Magisterio de la Iglesia, y causan daño a la Iglesia y a las almas. También es la falta de la secta de los acéfalos.
     Lo que la Iglesia dice ser licito en los cánones 2261 y 2264, no es algo intrinsecamente malo como dicen los acéfalos. El camino inicuo que ellos siguen es aquello que la Iglesia ya condenó en el hereje Baio: «El hombre peca en lo que hace por necesidad» (D.S. 1267).
     Así existe la necesidad absoluta de la elección de un Sumo Pontífice, para la subsistencia de la Iglesia como medio único de salvación.
     El precepto de evitar los herejes es ley Divina prohibitiva, pero si la necesidad de separarse los herejes proviene de su malicia, pretendiendo que perezcamos por la falta de Sacramentos. Ahí esta de modo claro la excepción del canon 2261,2 y 3, cuando los fieles necesitan de los Sacramentos.
     Los delitos ajenos no pueden ser obstáculo e impedimento para la perfección e incolumidad de la Iglesia, para impedir la salvación de todos. Seria contra la promesa de Nuestro Señor Jesucristo de estar siempre con su Iglesia, siendo impedida por los enemigos de la Iglesia. Es lo que quieren los acéfalos, enemigos de la Iglesia en coro con los demonios.
5.- DEBER GRAVE Y GRAVISIMO
     Las necesidades del prójimo pueden ser espirituales o materiales y pueden ser ambas: comunes, graves o extremas.
     La necesidad común espiritual es aquella en que una persona se encuentra en pecado mortal.
     La necesidad espiritual grave es aquella en que el prójimo esta en circunstancia tal que le es muy difícil la salvación eterna aunque no esta ahora en peligro  próximo de condenación eterna.
     La necesidad espiritual extrema es la que es próximo  de condenación eterna; o de pecado mortal.
     No se limita esta a la muerte física, como dijeron algunos acéfalos antisacramentalistas, porque la muerte física dicha en el canon 2261,3 es mera puerta de entrada a la condenación eterna por la perdida espiritual del hombre.
     Ahí esta el mismo caso de la «necesidad extrema», considerado por el Magisterio de la Iglesia en cuanto al Bautismo, sin el cual nadie se salva.
     El canon 2254,1 rechaza la norma dura, que impide al necesitado de la Penitencia ir a un confesor herético que tenga el poder del Orden valido. El Papa Inocencio rechazo tal dureza(D.S. 212). El Papa San Celestino se horrorizo con tal dureza (D.S. 111).
     Los antisacramentalistas no toleran a los excomulgados a los cuales la Iglesia juzga«tolerados» (Can. 2258). Retiran de los necesitados los medios «lícitos» de Salvación (Can. 2264).El deber de atender la elección de un Papa es: «gravisimo» (San Pio X).
6.- LOS CASOS DE EXTREMA NECESIDAD
     En caso de necesidad extrema del prójimo el deber de socorrerlo es tal que debe de ser ejercido aun con los bienes necesarios para el propio sustento.
     Si la necesidad es grave, el deber de socorrerlo es, bajo pena de pecado mortal, con los bienes superfluos, aun que necesarios para el esplendor y decencia del propio estado.
     Se refiere esto a los bienes materiales; vale también, de modo análogo, para los bienes espirituales.
     Al excomulgado tolerado no solo es licito administrar los sacramentos a los fieles que se los piden, en caso de necesidad, sino también tienen el «Deber de administrarlos», dice Lehmkuhl S.J. (Theol. Mor. V. 2, pag. 655)
     Dom Grea justificó las consagraciones episcopales hechas por San Eusebio en la época del Arrianismo porque la Iglesia estaba desfalleciente ante la multitud de los herejes.
     En este naufragio se debe agarrar la tabla de salvación que costó la Sangre de Cristo y no rechazarla porque aquel que la proporcionó es un pecador evitable.
     La necesidad de la Cabeza visible de la Iglesia, lo mismo que en tiempos normales (San Pio X); cuanto mas que el estado de la Iglesia es «gravisima» por las acciones y simulaciones de los herejes. Es evidente la perniciosidad extrema de los acéfalos disfrazados de «católicos».
7.-  EL DEBER GRAVISIMO DE SOCORRER A LA IGLESIA
     Cuando la necesidad social de una nación es grave, enseñan los teólogos católicos, es lícito quitar a los ricos sus bienes superfluos; porque la necesidad social de la nación está sobre el bien particular de ellos. Ahí socorrer a la nación es cosa de necesidad grave (S.Tomás, S.T. 2-2, 32,6).
     Eso vale mas aun sobre la Iglesia y sobre los bienes espirituales, que están encima de los temporales. El particular tiene el deber de perder hasta la vida para salvar a la nación. Así también para salvar a la Iglesia. No son «salvadores auto-promovidos», como dice el Sr. A. Daniele. El deber de sacrificar hasta la vida por el bien de la Iglesia es de todos los miembros de la Iglesia. Enseña Santo Tomás que un superior podría obligar a un fiel idóneo a aceptar el episcopado, si él no lo acepta «perece el orden eclesiástico». Pues, a no ser que fuese coaccionado (nisi cocti), cuando los idóneos no quieren aceptar el episcopado, la Iglesia no podría ser conservada. El matrimonio espiritual entre el fiel y la Iglesia: «est sicent quaddam oficcium dispensandi: reipublicae», es como un deber de socorrer a la nación.
     Véase como es «gravisimo» el deber de socorrer a la Iglesia en la presente situación. Quien no socorre a su madre en peligro gravisimo no es hijo de ella.
Traducción:
R.P. Manuel Martinez H.

CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 9/10

MISA DE LOS FIELES
PARTE SEGUNDA
Números 221-230

 

221. CONSAGRACION.

I. RELATO DE LA ULTIMA CENA.
¿Cómo se obra la Consagración?
La Consagración se obra mediante el RELATO LITURGICO de la ULTIMA CENA.
AL DECIR «RELATO LITURGICO» entendemos:

a) Que la Consagración — acto esencial y como el corazón y núcleo del Sacrificio de la Misa —, ES UNA REPRODUCCION FIEL Y EXACTA DE LA ULTIMA CENA: véanse nn. 3 y 4.
b) Que el sacerdote, en este acto, no hace más que obrar en nombre y en lugar de Jesucristo, CON SU PODER Y AUTORIDAD: véase n. 9, y
c) Que al referir el hecho y las circunstancias históricas de la Ultima Cena, reproduciendo al vivo los gestos y acciones de Jesucristo y repitiendo con toda exactitud las mismas palabras y la misma fórmula consecratoria que empleó Jesús, EL CELEBRANTE NO ES UN MERO NARRADOR, sino que sus palabras, como palabras de Jesús, SON TAN EFICACES Y CREADORAS que obran la misma maravillosa conversión total, o transubstanciación, que obraron en la última Cena las palabras de Aquél… «Tomad y comed… PORQUE ESTE ES MI CUERPO…»

¿Cómo se compuso este RELATO LITURGICO?

Se compuso con elementos suministrados principalmente por los Evangelistas y por S. Pablo: Mt. XXVI, 25-28; Mc. XIV, 22-24; Lc., 19-20 y I Cor. II, 23-25; y también por algún que otro pequeño detalle añadido por la TRADICION APOSTOLICA.
Comparando, en efecto, el RELATO LITURGICO de la Cena del Señor que figura en el Canon, con las narraciones que del mismo hecho nos ofrecen los escritores sagrados, observamos: a) que aquél, aunque está entretejido con los textos bíblicos de éstos últimos, no reproduce, sin embargo, todas y cada una de sus expresiones, sino solamente las necesarias para el rito sacramental y su descripción; y b) que la tradición apostólica, comentando sobria y cariñosamente estos textos, para ella tan queridos, añadió por su cuenta algunos pocos elementos, detalles preciosos que vienen a completar el cuadro incomparable de la CENA DEL SEÑOR. Tales detalles son, p. e., «en sus santas y venerables manos», «Levantados sus ojos al cielo, a Ti, Dios Padre suyo poderoso» (Cfr.: Jo. 11, 41; Mt. XIV, 19; Mc. VI, 41; Lc. IX, 16…), «precioso cáliz», que es del salmo 22, 5, y, en fin, «misterio de fe», expresión esta última que, según parece, era una llamada de atención, que en estos momentos daba al pueblo un diácono y que después, al multiplicarse las Misas rezadas, tuvo que decirla el mismo celebrante, quedando, por fin, intercalada, y como entre paréntesis, en la fórmula consecratoria del vino.

 

II. CONSAGRACION DEL PAN Y DEL VINO.
Es el Jueves Santo. NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, en este día, VISPERA DE SU PASION, TOMO EL PAN EN SUS SANTAS Y VENERABLES MANOS (el celebrante también toma la Hostia con los dedos pulgares e índices, pues sólo ellos la tocarán desde ahora), Y LEVANTADOS LOS OJOS AL CIELO (el celebrante también los levanta), A TI, DIOS, PADRE, SUYO, OMNIPOTENTE, DANDOTE GRACIAS (el celebrante, en un gesto de agradecimiento, inclina reverente la cabeza), LO BENDIJO (el celebrante también bendice con la señal de la Cruz el pan que sostiene en sus manos), LO PARTIO Y LO DIO A SUS DISCIPULOS, DICIENDO (estas acciones de Jesús, la Fracción del Pan y su distribución o Comunión, tendrán lugar después): TOMAD Y COMED TODOS DE EL… Y ahora, el sacerdote, inclinándose sobre el altar y apoyándose en él, atentamente, con voz silenciosa y clara, pronuncia las cinco palabras divinamente eficaces y creadoras:

 

PORQUE ESTE ES MI CUERPO

 

Al instante el sacerdote cae de rodillas para adorar a la Majestad de Dios, humildemente oculta en la Hostia consagrada; se levanta, la muestra al pueblo, la deposita sobre los Corporales y vuelve a adorarla.
En seguida, para consagrar el vino, descubre el Cáliz y prosigue el RELATO LITURGICO:
DE MODO SEMEJANTE, DESPUES DE HABER CENADO, TOMANDO ESTE PRECIOSO CALIZ EN SUS SANTAS Y VENERABLES MANOS (el celebrante toma también el Cáliz con ambas manos), DANDOTE IGUALMENTE GRACIAS (el celebrante inclina la cabeza), LO BENDIJO (el celebrante bendice el Cáliz) Y LO DIO A SUS DISCIPULOS, DICIENDO: TOMAD Y BEBED TODOS DE EL.

Y apoyándose, como antes, en el altar, pronuncia las palabras consecratorias del vino:

PORQUE ESTE ES EL CALIZ DE MI SANGRE DEL NUEVO Y ETERNO TESTAMENTO: (MISTERIO DE FE) QUE SERA DERRAMADO POR VOSOTROS Y POR MUCHOS PARA EL PERDON DE LOS PECADOS. CUANTAS VECES HICIEREIS ESTO, HACEDLO EN MEMORIA MIA

 

Mientras dice estas últimas palabras el celebrante, doblando como antes la rodilla derecha, adora la sangre de la Divina Víctima, levanta después el Cáliz para que también el pueblo la adore, y cubriendo luego el Cáliz con la Palia y haciendo una última genuflexión, prosigue con los brazos abiertos la Plegaria Eucarística.

 

LA ELEVACION DE LAS SAGRADAS ESPECIES
A principios del siglo XIII suscitóse entre los teólogos de la Universidad de París esta controversia: «¿Las palabras esencialespara la consagración del pan—ESTE ES MI CUERPO — producen inmediatamente sn efecto cuando se acaban de pronunciar, o no lo producen hasta que se han terminado de pronunciar las palabras esenciales para la consagración del vino, ESTE ES EL CALIZ DE MI SANGRE…?» La respuesta segura y cierta a esta pregunta la dio, del modo más claro y popular, el Obispo de París — Eudes de Sully (1199-1208) — ordenando a todos sus sacerdotes que inmediatamente después de pronunciar las palabras consecratorias del pan elevasen la Sagrada Forma para que el pueblo adorase a Jesucristo, ya realmente presente en ella. A esta elevación de la Hostia, que pronto se extendió a toda la Iglesia, siguió, naturalmente, la del Cáliz — hacia el siglo XIV— y el toque de la campanilla, que es también de fines del siglo XIII; la incensación, del siglo XIV, y, en fin, la genuflexión del celebrante aparece prescrita por vez primera en el Misal de S. PIO V.
La antigua plegaria eucarística o Canon primitivo, sin los mementos ni plegarias sacrifícales que ahora encierra, venía a ser toda ella, por así decirlo, una continua consagración o narración consecratoria: no había, pues, necesidad, como ahora, de llamar la atención hacia este momento culminante de la misa, y por eso, solamente al terminar la gran plegaria o Canon es cuando el sacerdote, que, como ya se sabe (V. n. 82), celebraba vuelto al pueblo, mostraba a éste las Sagradas Especies, diciendo estas palabras, que al mismo tiempo eran una invitación a la Comunión: He aquí el Cuerpo y la Sangre del Señor. Esta elevación, como en seguida veremos, sigue todavía hoy ocupando el mismo lugar; pero al introducirse las anteriores elevaciones fue quedando en la penumbra hasta reducirse a la mínima expresión que presenta ahora: v. n. 228.

 

¿Qué deben hacer los fieles durante la Consagración? Las rúbricas no prescriben nada más que el arrodillarse.
«En ciertas regiones, la gente se persigna y se golpea tres veces el pecho. La señal de la Cruz tiene, ciertamente, un sentido: pretende expresar que nos apropiamos la realización de la muerte sacrifical de Cristo. Pero golpearse el pecho no tiene aquí ningún sentido; es un gesto de penitencia que no está ciertamente en su lugar en este momento. Del mismo modo la inclinación de la cabeza durante la elevación es un contrasentido, ya que las especies se muestran al pueblo para que las mire. Actualmente se va imponiendo cada vez más la costumbre de omitir todo signo y aun toda palabra durante la Elevación de las especies; y va introduciéndose la práctica muy litúrgica de levantar los ojos hacia la Hostia y el Cáliz en las Elevaciones, y de inclinar la cabeza a las genuflexiones del sacerdote. Tengamos bien presente, en efecto, que en el Canon y generalmente en la Misa, la ofrenda sacrifical es el punto más importante, mientras que la adoración de las Santas Especies es secundaria. Habituémonos a considerar sobre todo el acto sacrifical. La Misa no es ni una devoción a la Eucaristía, ni una adoración de la Eucaristía: es el Sacrificio de Cristo, al mismo tiempo que nuestro Sacrificio… Hay que realizar un trabajo de educación para llevar a nuestra generación a una manera diferente de ver.» Parsch: o. c. pp. 214-215.

 

Muy atinadas nos parecen estas observaciones del sabio liturgista austríaco, y por eso las hemos dejado traducidas aquí, casi al pie de la letra; pero si alguna jaculatoria quiere espontáneamente brotar de nuestros labios en estos momentos, no nos olvidemos de aquella rotunda afirmación de fe y de amor en que prorrumpió el apóstol Santo Tomás ante las llagas de su Divino Maestro: «SEÑOR MIO Y DIOS MIO».
(Indulgenciada por PIO X — siete años, plenaria semanal — mirando a la S. Hostia durante la Elevación o, también, en la Exposición solemne).

222. PLEGARIAS DESPUES DE LA CONSAGRACION.
Ofrecimiento de la Víctima
Plegar. Memor. «UNDE ET MEMORES»
Aceptación de la Víctima
Plegar, sacr. III «SUPRA QUAE»
Entrega de la Víctima:
Plegar, sacr. IV «SUPPLICES»
Frutos del Sacrificio:

PARA LOS DIFUNTOS: MEMENTO IV «MEMENTO ETIAM» PARA NOSOTROS: MEMENTO V «NOBIS QUOQUE»

223. PLEGARIA MEMORIAL: OFRECIMIENTO DE LA VICTIMA.

¿Por qué se llama «memorial» esta plegaria?
Se llama «memorial» — en griego, memoria o recordación — por las palabras con que comienza: «Unde et MEMORES… Por tanto, RECORDANDO».

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PLEGARIA MEMORIAL

Por tanto, recordando, Señor, nosotros tus siervos y también tu pueblo santo, la dichosa Pasión del mismo Cristo, Hijo tuyo, Señor nuestro, y su Resurrección de entre los muertos y su gloriosa Ascensión a los cielos, ofrecemos a tu excelsa Majestad de tus dones y dádivas la Hostia pura, la Hostia santa, la Hostia inmaculada, el Pan santo de vida eterna y el Cáliz de salud perpetua.

 

Esta oración es: a) un precioso comentario de las últimas palabras con que ha terminado el Relato Litúrgico de la Consagración: «Cuantas veces hiciereis esto, hacedlo en memoria mia»: con ellas está unida lógica y gramaticalmente… «Unde Por tanto…»; b) el testimonio de que la Iglesia cumple con fidelidad y cariño este postrer encargo de su Divino Maestro, encargo divinamente fecundo que dió origen al sacerdocio católico y fundó el Sacrificio de la Nueva Ley; c) un compendio admirable de las sublimes excelencias de la Misa (véanse nn. 3-16), es un recuerdo de Jesús… Por tanto, recordando… la Pasión… su Resurrección… y Ascensión…; es el Sacrificio de la Iglesia Católica… «Ofrecemos esta Hostia o Sacrificio…»: es el Convite del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo… «Él Pan santo de la vida eterna y el Cáliz de perpetua salud».

 

En esta oración, también se expresa una vez más — véase n. 208 — que el Sacrificio de la Misa, no sólo es MEMORIAL principalmente de la Pasión y Muerte de N. S. Jesucristo, conforme a lo que San Pablo escribe inmediatamente después del Relato de la Cena: «Pues cuantas veces comiereis de este pan y bebiereis de este Cáliz, anunciaréis o representaréis la muerte del Señor», 1 Cor. II, 26, sino también de toda su obra redentora, compendiada aquí en sus tres grandes actos: PASION, a la que se llama dichosa, beata, por sus frutos dichosos, RESURRECCION Y ASCENSION a los cielos: cfr. n. 13.
Probablemente de origen apostólico, esta oración ya aparece en la anáfora o Canon más antiguo, en el de Hipólito, hacia el año 200. En ella se nombra,como en el HANC IGITUR, a las dos clases de personas que componen la familia de Dios en la tierra:NOS SERVI TUI, NOSOTROS SIERVOS TUYOS, al clero o sacerdocio católico que se designa a sí mismo con toda humildad, con el nombre de «siervo»; y «PLEBS TUA SANCTA, TU PUEBLO SANTO», a los fieles, a quienes aquel clero designa con el epíteto más honorífico: SANTO. Así se llamaba a los fieles en la Iglesia primitiva. SANTO, DE HECHO quiere significar aquí: a) haber recibido el germen de santidad, al ser incorporados en el Cuerpo místico de Jesucristo y al ingresar en la familia de Dios y de los Santos; y b) estar separados del mundo y ser propiedad de Dios.
Plebs, pueblo, es el viejo título romano que conservaron al principio las nacientes comunidades cristianas. San Cipriano endereza su carta al Clero et plebibus de León-Astorga y Mérida; y en Elvira se abre el primer Concilio Español, adstante omni plebe, en presencia de todo el pueblo. G. Villada, Histor. Beles, de España: t. I, Parte I, p. 210.
La expresión: DE TUIS DONIS AC DATIS, DE TUS DONES Y DADIVAS, se refiere al Cuerpo y a la Sangre de Jesucristo: Dios nos los dió y a Dios se los devolvemos…

¿Qué significación encierran las Cruces que traza ahora el sacerdote después de la Consagración?

«El sacerdote, después de la consagración — nos responde Santo Tomás de Aquino—, no usa la señal de la Cruz para bendecir y consagrar (como antes) la Oblata, sino solamente para recordar la virtud de la Cruz y la representación de la Pasión de Jesús: Summ. Theol. III, 83, 5 ad 4. Estas Cruces son otras tantas repetidas y solemnes afirmaciones de la identidad del Sacrificio de la Cruz y de la del Sacrificio de la Misa.
Los Cartujos y los Dominicos recitan esta oración con los brazos extendidos en forma de Cruz: es un rito del siglo XII, que prescribían algunos misales anteriores al de PIO V, y que estos Religiosos siguen conservando, porque conservan todavía la Liturgia de aquellos tiempos. Cfr. n. 122.

 

PLEGARIAS SACRIFICALES III Y IV:
ACEPTACION Y ENTREGA DE LA VICTIMA

 

224. Con la Víctima divina, ya sacramentalmente inmolada, sobre el altar (véanse nn. 12-14), nuestras plegarias después de la Consagración, tienden:
1. A OFRECER a la «preclara o excelsa Majestad de Dios esta Hostia pura, santa e inmaculada». Eso acabamos de hacer en la Plegaria Memorial,
2. A lograr que «sobre estos clones se digne el Señor mirar con rostro propicio y sereno y ACEPTARLOS, así como se dignó ACEPTAR los dones de Abel y los sacrificios de Abrahán y de Melquisedec; sacrificios que, sin embargo, eran incomparablemente inferiores y sólo fueron anuncios balbucientes y figuras toscas e imperfectas de este otro único y verdadero Sacrificio… SACRIFICIO SANTO, HOSTIA INMACULADA. (A este fin se dirige laPlegaria sacrifical III: Supra quae. Sobre los cuales…)
Esta plegaria pertenece también al antiguo Canon romano: su rico contenido, los tres preciosos Sacrificios y las disposiciones interiores de sus célebres protagonistas: la inocencia de Abel, la Fe y obediencia de Abrahán y la regia generosidad de Melquisedec, brindan al comentarista de la Misa interesantísimas aplicaciones; y
3. A rogar humildemente (por eso el celebrante reza esta oración profundamente inclinado sobre el altar) a Dios Todopoderoso que ordene sean llevados estos dones por manos de su SANTO ANGEL a su sublime altar del cielo, para, que una vez allí, entregada nuestra Ofrenda, todos cuantos participamos de este altar — de la tierra—(besa el altar, símbolo de Cristo, con un beso eucarístico que exhala el alma, deseosa de unirse por la Comunión con la Divina Víctima) recibiéremos el sacrosanto Cuerpo y Sangre de tu Hijo (traza la señal de la Cruz sobre la Hostia y sobre el Cáliz),seamos colmados (se santigua) de toda bendición celestial y de toda gracia… En estas últimas palabras encontramos la más hermosa definición de la COMUNION.

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PLEGARIA SACRIFICAL III

Sobre los cuales dones dígnate mirar con rostro propicio y sereno y aceptarlos así como te dignaste aceptar los dones de Abel y el su crificio de nuestro patriarca Abrahán y el que te ofreció tu sumo sacerdote, Melquisedec — SACRIFICIO SANTO, Hostia inmaculada.

¿Qué es comulgar? COMULGAR ES PARTICIPAR DEL ALTAR —del Santo Sacrificio de la Misa—, RECIBIENDO EL CUERPO Y LA SANGRE DE JESUCRISTO PARA SER COLMADOS DE TODA BENDICION Y DE TODA GRACIA CELESTIAL. Cfr. n. 44.
Hay en esta última plegaria sacrifical, una de las más sublimes de toda nuestra liturgia, misteriosas bellezas que en vano han tratado de explicar los más sabios liturgistas… ¿Quién es, por ejemplo, este SANTO ANGEL encargado de presentar ante la Majestad de Dios nuestro Sacrificio? ¿Es S. Miguel, el Arcángel Protector de la Iglesia, o es tal vez nuestro Angel de la Guarda?… ¿O se trata de una invitación o llamada a los ángeles en general, pues por la Santa Escritura, p. e., en el libro de Tobías 12, 12, sabemos que ellos llevan a la presencia de Dios nuestras oraciones y buenas obras?… Si este SANTO ANGEL es el ESPIRITU SANTO — nótese que ángel, en griego, es lo mismo que ENVIADO, y que en algunas liturgias se dice solamente ESPIRITU —, entonces tendríamos en esta plegaria una EPICLESIS, es decir, una solemne invocación al ESPIRITU SANTO para que, transformándola en el Cuerpo y Sangre de N. S. Jesucristo, lleve y presente nuestra Ofrenda y nos obtenga los frutos de la Comunión o participación en la Victima inmolada. En este caso también nuestro Canon romano tendría — cosa muy discutida entre los doctos — esta célebre oración, que poseen y colocan en este mismo lugar, después de la Consagración, las liturgias antiguas y, todavía hoy, las orientales… Lo que parece más probable es que aquí se alude a esta visión del Apocalipsis: «Vino entonces otro Angel y púsose ante el altar con un incensario de oro; y diéronsele muchos perfumes, compuestos de las oraciones de todos los santos, para que los ofreciese sobre el ALTAR DE ORO COLOCADO ANTE EL TRONO DE DIOS. Y el humo de los perfumes o aromas encendidos de las oraciones de los santos SUBIO POR LA MANO DEL ANGEL AL ACATAMIENTO DE DIOS». Apoc. 8, 3-4.

Otra oración que también presenta algunos caracteres de la EPICLESIS tradicional, es la Plegaria Sacrifica! II: «QUAM OBLATIONEM»: v. n. 220, Cfr. 201.-

Reanúdase ahora la LECTURA DE LOS DIPTICOS, comenzada antes de la Consagración: v. n. 217; por eso se dice en este MEMENTO IV: «Memento ETIAM, Acuérdate TAMBIEN», y en el siguiente: «Nobis QUOQUE, TAMBIEN a nosotros», uniéndose con el Memento de los vivos y con el de los Santos.

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PLEGARIA SACRIFICAL IV Humildemente te suplicamos, Omnipotente Dios, que ordenes sean llevados estos dones por manos de tu Santo Angel a tu sublime altar, unte la presencia de tu divina Majestad, para que todos cuantos, participando de este altar, recibiéremos el sacrosanto Cuerpo y Sangre de tu Hijo, seamos colmados de toda bendición y de toda gracia celestial. Por el mismo Cristo, nuestro Señor. Amén.

225. MEMENTO IV: FRUTOS DEL SACRIFICIO.

a) Para los DIFUNTOS. Ya el celebrante había ofrecido— en. el Ofertorio, n. 197 — la Hostia Inmaculada por todos los fieles cristianos vivos y DIFUNTOS ; mas ahora, al recoger a manos llenas los frutos preciosos del Sacrificio de la Misa, nos recordamos en primer lugar de nuestros queridos hermanos difuntos… Hacemos lo mismo que hizo Jesucristo al consumar el Sacrificio de la Cruz: El bajó al Limbo o seno de Abrahán para aplicar a los justos del Antiguo Testamento las primicias de su Sacrificio: nosotros, al consumar el mismo Sacrificio, también bajamos al purgatorio para aplicar a las almas, allí detenidas, los primeros frutos de la Misa.
EL MEMENTO DE LOS DIFUNTOS ES UN FLORILEGIO DE LAS MAS HERMOSAS INSCRIPCIONES FUNERARIAS DE LAS CATACUMBAS: ni allí, sobre aquellas losas sepulcrales, ni aquí, en esta oración tan hermosa y delicada, leemos la palabra «muerte»…; nada que indique desaparición absoluta, aniquilamiento de los seres queridos:

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MEMENTO IV Acuérdate también, Señor, de tus siervos y siervas NN…, que nos han precedido con la señal de la fe y duermen el sueño de la paz (pausa y oración en silencio por los difuntos). A éstos, Señor, y a todos los que descansan en Cristo, te rogamos les concedas el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz. Por el mismo Cristo, nuestro Señor. Amén.

 

Ellos son LOS QUE NOS HAN PRECEDIDO: es una partida, nos han precedido en el camino de la vida, han partido antes que nosotros; pero también nosotros partiremos, porque todos somos viajeros, y cuando hayamos partido… ¡nos volveremos a ver!
LOS QUE NOS HAN PRECEDIDO CON EL SELLO O SEÑAL DE LA FE: con la señal de la Cruz que los regeneró para Jesucristo, con el carácter indeleble del Bautismo, con todas las bendiciones y cruces del sacerdote que los asistió en su partida.
Y DUERMEN EL SUEÑO DE LA PAZ, esperando plácidamente tranquilos en el «dormitorio», eso significa la palabra cristiana «cementerio», a que Dios los despierte de su sueño confortador, de ese sueño que tiene que ser muy dulce, porque descansan en los brazos de Jesús: ET OMNIBUS IN CHRISTO QUIESCENTIBUS.
TE ROGAMOS LES CONCEDAS EL LUGAR DEL REFRIGERIO, DE LA LUZ Y DE LA PAZ. He aquí definida la eterna felicidad del cielo, y atestiguada, al mismo tiempo, la fe de la primitiva Iglesia en la existencia y en la naturaleza del PURGATORIO… ¿Qué es el PURGATORIO? Ardores de fuego expiatorio… por eso pedimos el refrigerio de esos ardores — refrigerio es una de las palabras más repetidas en los epitafios de las Catacumbas—; es región obscura, noche tenebrosa, Job X, 21-22, ausencia de la vista de Dios… por eso pedimos la luzIncreada, la visión de Dios; es inquietud, anhelo, atracción-repulsión de Dios…, por eso pedimos la Paz.
La rúbrica que prescribe aquí, al terminar esta oración y sin pronunciar el nombre de Jesús, una inclinación de cabeza, parece ir referirse al «Nobis quoque» que sigue (Brinktrine, citado por Parsch). Véanse en CABROL: La Orae. de la Iglesia, los cc. 23 y 33: La mansión del descanso y La muerte.

226. MEMENTO V: FRUTOS DEL SACRIFICIO.

b) Para NOSOTROS. Él celebrante alza ahora la voz al pronunciar las palabras «Nobis quoque, peccatoribus, también a nosotros, pecadores». Es que estas palabras eran la señal convenida para que los subdiáconos que durante la recitación del Canon habían estado profundamente inclinados en torno al altar, cambiaran de posición y comenzaran a preparar la FRACCION DEL PAN que ya se aproximaba; entonces, en aquellos primeros siglos — tal vez hasta el siglo VII—, el Canon se decía todo él en voz alta, pero cuando comenzó a pronunciarse en voz baja, estas tres palabras, que habían de ser oídas por los subdiáconos, fueron las únicas del Canon que continuaron pronunciándose en voz alta.

 

ESTA PLEGARIA RESPIRA UNA HUMILDAD ENCANTADORA: comienza con un golpe de pecho, en señal de arrepentimiento y contrición de nuestros pecados, y nos recuerda aquella conmovedora respuesta de la Cananea, que tanto enterneció el Corazón de Jesucristo — Mt. XV, 21-28 y Mc. VII, 24-30— ; como ella, nos reconocemos indignos del pan de los hijos, del trato de Dios a sus Santos, y solamente le pedimos, «confiando en la multitud de sus misericordias», que nos deje arrebañar las migajitas de los hijos, que caen de la mesa espléndida de la gloria… «ALGUNA PARTE en la compañía de tus Santos, Apóstoles y Mártires… en compañía de los cuales te pedimos nos recibas, no como apreciador del mérito, sino como generoso, pródigo, manirroto dispensador del perdón, veniae largitor.»

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MEMENTO V

También a nosotros, pecadores (golpe de pecho), siervos tuyos que esperamos en la multitud de tus misericordias, dígnate hacer que tengamos alguna parte y compañía con tus santos Apóstoles y Mártires: Juan (el Bautista), Esteban, Matías, Bernabé, Ignacio, Alejandro, Marcelino, Pedro, Felicidad, Perpetua, Agueda, Lucia, Inés, Cecilia, Anastasia y con todos tus Santos: en cuya compañía te pedimos nos recibas, no como apreciador del mérito, sino como pródigo dispensador del perdón. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

SEGUNDA LISTA DE SANTOS
Como en la primera parte de este díptico — v. n. 218 —, aquí también los Santos — Apóstoles y Mártires — pertenecen todos ellos a los cuatro primeros siglos; allí la proporción era 1-12-12 (Virgen María, Apóstoles, Mártires) ; aquí es 1-7-7 (S. Juan Bautista, Hombres. Mujeres).

A San Juan Bautista que, en frase de Jesucristo, fue el último y el mayor de los profetas, sigue el diácono y protomártir San Esteban, los dos nuevos Apóstoles Matías y Bernabé, el primero, sucesor de Judas, y el segundo, discípulo de Jesús, y más tarde de San Pablo; Ignacio, el célebre obispo de Antioquía, despedazado por los leones en el anfiteatro romano el 20 de diciembre del año 107; el Papa Alejandro I, decapitado hacia el 119, y los dos compañeros de cárcel, el presbítero Marcelino y el exorcista Pedro, también decapitados en Roma hacia el año 304, y cuya iglesia, levantada por Constantino, llegó a ser uno de los títulos de Roma. En el díptico de los Santos del Canon, verdadero pórtico de la gloria donde la Iglesia ha colocado a los hijos que la han plantado y regado con su sangre también figuran algunas santas mujeres: las dos grandes madres cristianas, Felicidad y Perpetua, mártires de Cartago, hacia el año 203; pero todos los demás nichos de este retablo son para las VIRGENES CRISTIANAS, tan admiradas y queridas de la Iglesia primitiva: son para las sicilianas, Agueda y Lucía, aquella amable protectora de Catania en las erupciones del Etna, y ésta, siracusana, que murió en la hoguera después de anunciar la paz de la Iglesia (año 304); para la doncellita romana Inés, mártir a los trece años (334), tan elocuentemente celebrada por San Ambrosio; para la nobilísima y angelical Cecilia, que recibe tres golpes de espada y muere al cabo de tres días; y por fin, para la mártir de Sirmium — hoy Mitrovitza—, Anastasia, tan venerada por los Pontífices romanos, que acostumbraban celebrar en su Iglesia la segunda Misa de Navidad, y ahora sigue haciéndose conmemoración de ella en la Misa de la Aurora.
Las Vírgenes cristianas eran el ornamento más preciado de la primitiva comunidad cristiana; su consagración se hacía por medio de una ceremonia emocionante, llamada velatio, o imposición del velo. Vivían entre los demás fieles, o en sus casas, o reunidas en comunidad. Tenían un puesto especial en las iglesias; ninguna matrona salía de allí sin haberles dado antes el ósculo de paz. Lo mismo que Santa Inés, también Santa Eulalia de Mérida, cuando sólo contaba doce años de edad, sufre el martirio por conservar la virginidad. O. Villada: Histor. Beles., t. I, Parte I, p. 213.

227. CONCLUSION DEL CANON:

D O X O L O G I A S
(o Fórmulas de GLORIFICACION)
Fórmula I: Glorificación de JESUCRISTO
Fórmula II: Glorificación del PADRE y del E. S.
por mediación de JESUCRISTO AMEN final del CANON

228. GLORIFICACION DE JESUCRISTO.

Al cerrarse el paréntesis de los dípticos — colocados antes en otro lugar, como ya sabemos: v. n. 217—, vuelve a abrirse la gran Oración Eucaristica, que en su última plegaria sacrifical: v. n. 224 (3), había, concluido con estas palabras: «Por el mismo Cristo N. S.». A estas palabras hay, pues, que referir el «Per quem… Por quien», con que empieza la siguiente doxologia, que es al mismo tiempo una BENDICION DE LAS OFRENDAS.

 

Con qué sencillez tan sublime ha sabido formular la liturgia primitiva la más perfecta GLORIFICACION DE JESUCRISTO: JESUCRISTO CAUSA Y FUENTE DE TODA LA CREACION: «POR QUIEN oreas siempre, olí Señor, todos estos bienes…»; «JESUCRISTO CAUSA Y FUENTE DE TODA SANTIFICACION: POR QUIEN los santificas…»; «JESUCRISTO, CAUSA Y FUENTE DE TODA VIDA»; «POR QUIEN los vivificas…», y en fin, JESUCRISTO, CAUSA Y FUENTE DE TODA BENDICION: «POR QUIEN los bendices y nos los repartes con inagotable y divina sobreabundancia».
El mejor comentario de esta doxologia lo hallará el lector en «LOS NOMBRES DE CRISTO», del Maestro Fray Luis de León: léase uno de sus capítulos más soberanos, el tercero del Libro 1: «Es llamado Cristo PIMPOLLO, y explícase como le conviene este nombre…».

 

BENDICION DE LAS OFRENDAS: para comprender mejor esta Fórmula, recuérdese lo que ya indicamos al estudiar el Ofertorio: v. n. 193: las ofrendas que no se escogían para la Misa, quedaban sobre la «mesa del sacrificio: prothesis», para ser después distribuidas entre los pobres o aplicadas a otros usos cristianos ; pero antes de darles ese destino, esas ofrendas y otras que también el pueblo presentaba ahora después del «Nobis quoque peccatoribus», como las primicias de los frutos, del trigo, aceite, legumbres, uvas, etc., recibían aquí, al terminar el Canon, esta bendición tan breve y hermosa.
De esta manera, no sólo la Iglesia militante — Mementos I, II y V —, y la triunfante — Memento III —, y la paciente — Memento IV —, sino también la misma naturaleza con su rica y hermosa variedad de frutos, atraída por los brazos del Redentor del mundo, venía a colocarse en torno al Sacrificio de la Cruz; «Cuando fuere levantado sobre la tierra, todo lo atraeré a mi mismo»… ¿No estaban suspirando todas las criaturas y como con dolores de parto por recibir esta bendición redentora? Cfr. Rom. 8, 22 y Colos. I, 20; v. n. 211.

 

229. GLORIFICACION DEL PADRE Y DEL ESPIRITU SANTO por mediación de JESUCRISTO.
El Canon de la Misa, antología incomparable de las más hermosas plegarias y de los ritos más expresivos de la Liturgia Católica, toca ya a su fin y va a clausurarse coronándose con esta celebérrima y antiquísima DOXOLOGIA, en honor del PADRE Y DEL ESPIRITU SANTO…: como esos magníficos retablos españoles que, después de haber situado en su centro — como está en el centro del mundo y de la teología — la divina figura del CRUCIFIJO, colocan allá, en lo más alto de sus frontones y cresterías, cual digno remate y excelso coronamiento de toda su rica y afiligranada obra artística, la representación venerable del PADRE ETERNO y la simbólica paloma del ESPIRITU SANTO.

 

El celebrante descubre ahora el Cáliz y como, va a tocar la Hostia consagrada, la adora primero con una genuflexión— genuflexión que repetirá desde ahora, siempre que tenga que tocar las Sagradas Especies —; toma aquélla con su mano derecha, la coloca sobre la copa del Cáliz y allí, sobre la sangre de Jesucristo, con profundo y claro simbolismo, traza tres cruces que son la reafirmación plástica y solemne del INFINITO PODER GLORIFICADOR DEL SACRIFICIO DE LA CRUZ:
«POR EL MISMO», es decir, por Jesucristo, nuestro único y verdadero mediador, fórmula que ha garantizado y asegurado nuestras oraciones y que ahora viene a avalorar en grado infinito esta nuestra glorificación… Cfr. n. 170.

«Y CON EL MISMO», o sea, unidos todos con Jesucristo, como los sarmientos con la vid, como los miembros con su cabeza y como los granos de trigo con el pan y las uvas con el vino… Cfr. la Didaje: n. 62.

«Y EN EL MISMO», esto es, EN CRISTO JESUS, fórmula paulina que es como el latido — tantas veces la repite en todas sus Epístolas — de aquel gran corazón, cuya vida era Cristo… Cfr. n. 176.

 

A continuación, entre el cáliz y su propio pecho, señala otras dos nuevas cruces: «A TI, DIOS PADRE OMNIPOTENTE, EN UNIDAD DEL ESPIRITU SANTO.

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CONCLUSION DEL CANON: Doxologias
Glorificación de Jesucristo. Por quien creas siempre, oh Señor, todos estos bines, les santificas, los vivificas, los bendices y nos los repartes. Glorificación del Padre y del E. S. por mediación de Jesucristo: pequeña elevación. Por El mismo, y con El mismo y en El mismo, a TI Dios Padre Omnipotente, en unidad del E. S. es dada toda honra y gloria.

Y elevando juntos el CALIZ Y LA HOSTIA, ahora sólo un poco — cfr. 11. 221—, por eso se llama pequeña elevación; pero antiguamente mucho más para que los viera y adorara el pueblo, termina la doxológía con estas palabras:

«ES DADA TODA HONRA Y GLORIA.»
En muchas iglesias sigue tocándose ,la campanilla en estos momentos: es un recuerdo de la antiquísima y única elevación, que tenía lugar en la Misa aquí al terminar el Canon.

230. AMEN FINAL DEL CANON.

Vuelve el sacerdote a depositar sobre los Corporales la Hostia consagrada, adora las Sagradas Especies, se levanta y elevando la voz para comunicarse de nuevo con el pueblo que, en silencio, le ha venido acompañando desde el Prefacio, exclama con la emoción de quien acaba de realizar lo más grande y sublime que en la tierra y en el cielo -puede realizarse:

«POR TODOS LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS».

¡Es el final del Canon! ¡El Sacrificio está realizado!
El pueblo escucha estas palabras, y con la adhesión más consciente, unánime y absoluta al acto sacrifica! que acaba de llevarse a cabo, adhesión que es un acto de fe en la presencia de Jesucristo sobre el altar y al mismo tiempo una confirmación de todas las oraciones del celebrante y, en fin, un anhelo incontenible de participar por la Comunión de la Víctima divina que acaba de mostrársele, exclama con la misma emoción que embarga a su sacerdote:
AMEN: ASI ES».
Cercado como se llalla en la actualidad por diversos ritos y ceremonias que en épocas posteriores se le han ido sobreponiendo, reducida casi a la mínima expresión la elevación de Especies que le acompaña y, sobre todo, absorbida en gran parte su solemnidad por la Consagración que con sus elevaciones y genuflexiones — introducidas en el siglo XIII—, ha, reclamado para sí en nuestras Misas el lugar más preeminente del Santo Sacrificio: es realmente difícil para nosotros llegar a comprender todo el fervor y entusiasmo religioso que este final del Canon despertaba en la asamblea cristiana; fervor religioso que, remansado durante toda la prolongada recitación de la gran Plegaria Eucarística, ahora se desbordaba al ver realizado el Santo Sacrificio y arrancaba de todos los pechos el grito de fe más popular y sincero, el AMEN más antiguo — ya lo menciona San Justino: v. n. 136 (6) — y el más importante y significativo de toda la liturgia.

ESTÁ PROHIBIDO A UN CATÓLICO COMUNICAR CON LOS HEREJES

No está permitido mantener relaciones con los herejes
Santo Tomás de Aquino
Santo Tomás de Aquino, con su acostumbrada claridad y sólida argumentación, es hoy más oportuno que nunca para combatir el falso ecumenismo que invadió a la Iglesia católica principalmente después del Vaticano II.

Ni Roncalli, ni Montini, ni Wojtyla, ni Ratzinger, ni Bergoglio han hecho el mínimo caso a Santo Tomás de Aquino        ¿Será porque el doctor Angélico se dirigía a los católicos, y estos cinco, como es evidente,  no lo han sido?

 

Por dos razones, uno no debe mantener relaciones con herejes. Primero, debido a su excomunión ya que uno no debe tener relaciones con personas excomulgadas. Segundo , debido a su herejía, y esto por tres razones:

Primero , debido al peligro de que nuestras relaciones puedan llegar a corromper a otros, de acuerdo con lo que se enseña en la Primera Epístola a los Corintios: ‘Comunicaciones malvadas corrompen los buenos modales’. (15: 33)

Segundo, para no parecer que uno da ninguna aprobación a sus doctrinas perversas. En la segunda Epístola de San Juan se dice: ‘Si alguien viene a ti y no trae esta doctrina, no lo recibas en la casa ni le digas: Dios te apresure. Porque el que le dice: Dios te apresure, comunícate con sus obras inicuas «(1: 10-11). Con respecto a este verso, la glosa comenta: «Hablar con alguien revela comunión, a menos que la conversación sea una duplicidad, que no debería ocurrir entre los católicos».

Tercero, para que nuestra familiaridad [con los herejes] no brinde la oportunidad de errar por los demás. Otra Glosa comenta sobre este pasaje de San Juan: «Incluso si el hereje no te engaña, al ver tu familiaridad con él, otros pueden ser engañados imaginando que disfrutas de esas relaciones y crees en él». Todavía un tercera glosa agrega: «Los Apóstoles y Discípulos ejercitaron tanta vigilancia en asuntos religiosos que ni siquiera tuvieron un intercambio de palabras con aquellos que se habían apartado de la verdad».

La excepción a esta regla es cuando alguien habla sobre la salvación con un hereje con la intención de salvarlo.

(Santo Tomás de Aquino, Quaestionis quodlibetales
[preguntas espontáneas], quodlibeto 10, q.7 , a.1 , 15, c.)
 Gentileza de TIA

CUANDO LA MISERICORDIA ES UN PELIGRO…

Cuando la misericordia es un peligro …
 

En un país con una mentalidad saturada de liberalismo y protestantismo como la nuestra, es bastante común escuchar a los católicos decir que Dios siempre perdona al pecador, sin importar lo que haga y cuánto peca. Aquí hay algunas consideraciones de San Alfonsus de Ligorio que están destinadas a dar algo de reflexión a nuestros católicos liberales, o para nosotros mismos en la medida en que compartimos esa mentalidad.

 

San Alfonso María de Ligorio

San Agustín dice que el Diablo seduce a los hombres de dos maneras: a través de la desesperación y de la esperanza. Después de que el pecador comete su falta, lo arrastra a la desesperación por temor a la justicia divina; pero, antes de pecar, lo alienta a caer en la tentación mediante la esperanza de la misericordia divina. Por esta razón, el Santo nos advierte, diciendo: «Después de pecar, no pierdas la esperanza en la misericordia divina; antes de pecar, teme a la justicia divina.» 

Esto se debe a que quien aprovecha la misericordia divina para ofender a Dios no se lo merece. La misericordia existe para aquellos que temen a Dios, y no para aquellos que pecan sin temerle. «Quien ofende a la justicia puede recurrir a la misericordia», dice el Abulensis, «pero, ¿a quién debe recurrir el que ofende la misericordia?» 

Es difícil encontrar un pecador en tal estado de desesperación que realmente quiera ser condenado. Los pecadores quieren pecar, pero sin perder la esperanza de la salvación. Ellos pecan y dicen: «Dios es la bondad misma». Incluso si peco ahora, después confesaré «. Así piensan los pecadores y, como dice San Agustín,» así pensaron muchos que ahora están condenados «… 

» Tengan cuidado «, dice San Juan Crisóstomo,» cuando el Diablo (y no Dios) te promete misericordia divina con el propósito de hacerte pecar «. Y San Agustín agrega,» ¡Ay del que confía en la misericordia con el objetivo de pecar! ¡Cuántas ilusiones engañaron y condujeron a la perdición! ¡Ay de aquel que abusa de la bondad de Dios para ofenderlo más! 

Aunque Dios espera pacientemente al pecador, no espera por siempre. Porque si el Señor siempre nos tolera, nadie sería condenado, pero la puerta es amplia y amplia es el camino que conduce a la perdición, y hay muchos que lo eligen (Mateo 7:13). 

La trampa que el Diablo establece para seducir a casi todos los católicos que se condenan a sí mismos es esta: «Peca libremente, porque a pesar de todos tus pecados, serás salvo». El Señor, sin embargo, maldice al que peca esperando el perdón. 

Preparación para la muerte: Consideraciones sobre las verdades eternas,
Consideración 17, Punto 1
Gentileza de TIA

CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 8/10

MISA DE LOS FIELES 
PARTE SEGUNDA
Números 207-220

Preparados en la ANTE-MISA
con la purificación del alma y
con la ilustración de la fe, entramos
ya en la Misa propiamente dicha,
es decir, en el SANTO SACRIFICIO.

CONSAGRACION
207. La CONSAGRACION o realización del Sacrificio de la Misa, ¿cómo se lleva a cabo en la Iglesia Católica?

Se lleva a cabo según las preces, ritos y ceremonias prescritas por el CANON.

208. ¿Qué es el Canon?

Como indica esta misma palabra griega— es regla o norma—, el CANON es la regla fija y el formulario invariable, que desde los primeros siglos instituyó la Iglesia Católica para la realización del Sacrificio de la Misa; «está de tal manera exento de todo error, que no contiene nada que no respire santidad y piedad, y que no eleve a Dios las almas de los que ofrecen el sacrificio, porque se compone de las mismas palabras de N. S. Jesucristo, de las tradiciones de los Apóstoles y de las piadosas instituciones de los santos Pontífices». Conc. Trid.: sess. 22, De Sacrif. Missae, c. IV.
«El origen del Canon, su antigüedad y su uso, hacen de él un arca santa tan venerable como inviolable. Si alguna oración de la Iglesia ha sido compuesta con la influencia y la inspiración del Espíritu Santo, es el Canon. Está penetrado del espíritu de fe y embalsamado del perfume de la piedad, está lleno de fuerza y de unción. Su lenguaje sencillo tiene un carácter viril, un sabor arcaico y bíblico; produce una impresión conmovedora en quien lo pronuncia, semejante a la que produce en el alma la obscuridad misteriosa de las basílicas de la Ciudad Eterna. ¡Qué delicioso poder repetir en el altar las mismas palabras con que tantos sacerdotes fervorosos han celebrado el santo sacrificio durante tantos siglos en toda La Iglesia! Estas oraciones del Canon fueron ya consagradas en la era de los mártires y en las capillas funerarias de las catacumbas. ¡Qué elevación y dulzura se halla en este pensamiento! Ghir: Le Saint Sacrifice de la Messe.

209. EL CANON.

El Canon
(Realización del sacrificio)
1
PREFACIO o prólogo
Cántico de acción de gracias y alabanzas a Dios.
2
PLEGARIAS antes de la Cons.
Mementos I, II y III
Frutos del Sacrificio Plegarias sacrifícales
I-Aceptación de las ofrendas.
II-Transubstanciación de las ofrendas.
3
CONSAGRACION
Relato de la última Cena
Consagración del pan y del vino.
Plegaria Memorial.
Ofrecimiento de la Víctima.
4
PLEGARIAS después de la Consagración.
Plegarias Sacrifícales.
III- Aceptación de la Víctima.
IV- Entrega de laVíctima.
Mementos IV y V.
Frutos del Sacrificio.
5
CONCLUSION
Doxologias:
A Jesucristo.
Al Padre y ESPIRITU SANTO
¡AMEN!

210. EL CANON, ¿De cuántas partes consta?

Consta: 1, de un PREFACIO o prólogo; 2, de cinco MEMENTOS o súplicas: tres antes y dos después de la Consagración; 3, de cuatro PLEGARIAS SACRIFICALES: dos inmediatamente antes y dos inmediatamente después de la Consagración; y, por fin, 4, de una DOXOLOGIA final o conclusión.
Las cruces que traza el sacerdote también están simétricamente distribuidas: tres al principio y al fin del Canon, y cinco inmediatamente antes y después de la Consagración.

Todos estos elementos litúrgicos sirven de marco incomparable y de riquísimo engarce a la CONSAGRACION, la cual, a su vez, se compone: 1, del RELATO DE LA ULTIMA CENA; 2, de la misma CONSAGRACION, seguida de la PLEGARIA MEMORIAL.

211. EL PLAN ARQUITECTONICO DEL CANON ES GRANDIOSO Y ARTISTICAMENTE DIVINO: LA IDEA QUE INSPIRA TODAS SUS PARTES NO PUEDE SER MAS SUBLIME.
Jesucristo había dicho: «Cuando fuere levantado sobre la tierra, todo lo atraeré a mi mismo». Jo. XII, 32.
Y efectivamente, toda la creación anhelando su renovación y rescate converge desde entonces hacia la Cruz, donde Cristo se ha levantado entre el cielo y la tierra; converge hacia la Consagración que es el momento culminante en que Jesucristo reproduce tantas veces en la tierra el Sacrificio de la Cruz, y en cada Misa todas las criaturas tienden sus brazos suplicantes hacia el Redentor del mundo y le dirigen la misma humilde y tierna plegaria que el buen ladrón le dirigiera en el Calvario:«MEMENTO»…: —Acuérdate, Señor, de nosotros, dice la Iglesia militante, la Iglesia de la tierra con el Papa, los Obispos y todos los fieles que estamos luchando por conseguir la aplicación de los frutos de la Redención… MEMENTO I Acuérdate, Señor, de nosotros, dice la Iglesia triunfante, la Iglesia del cielo con su glorioso cortejo de Santos que, gracias a Jesucristo, han triunfado y continúan ahora en el cielo la obra de la Redención, rogando por nosotros… MEMENTO I Acuérdate de nosotros, dice la Iglesia paciente, la Iglesia del Purgatorio con sus almas rescatadas pero no todavía definitivamente redimidas…, y en fin, también nosotros pecadores, NOBIS QUOQUE PECCATORIBUS, que nos hemos colocado los últimos, decimos al Señor que se acuerde de sus siervos y nos deje un rinconcito allá en su reino…
Mientras tanto, las plegarias sacrifícales despiden su incienso, las cruces se multiplican como destellos luminosos de la única Cruz Redentora, y en el Santuario, rompiendo el silencio más profundo y misterioso, se oye al mismo Jesucristo, a la misma VICTIMA DIVINA que exclama desde la Cruz: «TOMAD Y COMED… PORQUE ESTE ES MI CUERPO… TOMAD Y BEBED… PORQUE ESTE ES EL CALIZ DE MI SANGRE, DEL NUEVO TESTAMENTO… LA CUAL SERA DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR MUCHOS PARA LA REMISION DE LOS PECADOS. Pío Parsch: o. c.: pp. 187-189.

212. ¿Qué es el Prefacio?

Es un magnífico cántico de acción de gracias y de alabanzas a Dios, que el celebrante, imitando a Nuestro Señor Jesucristo, quien también en la Ultima Cena, antes de consagrar el pan y el vino, dió gracias a su Padre Celestial (Lc. XXII, 19; Mt. XX, 27, y Mc. XIV, 23), entona ahora como introducción al Canon. Prefacio parece provenir de praefari, pronunciar solemnemente fórmulas consagiadas por el derecho o por el ritual. El Sacramentario Gregoriano lo toma en el sentido de introducción al Canon, y esta última acepción es la que ha prevalecido. Actio no es abreviación de gratiarum actio, sino en el sentido clásico de esta palabra latina, es la contracción de sacrum agere, operare, facere, expresiones con que los antiguos designaban el sacrificio.
Los orígenes del Prefacio, de este cántico de acción de gracias, hay que buscarlos, sin duda ninguna, en la oración o himno con que el jefe de la familia judía, durante las alegrías del banquete pascual, exaltaba las obras maravillosas con que Dios había siempre regalado a su pueblo escogido: la creación, la salvación de Noé, la vocación de Abrahán, la revelación del Sinaí y la conquista de la tierra prometida… Jesucristo, jefe y cabeza de la gran familia cristiana, inauguró la nueva Alianza celebrando la verdadera Pascua, pues se inmoló a sí mismo, como verdadero Cordero de Dios, y también El entonó en esta memorable ocasión un nuevo cántico de acción de gracias: este cántico eucaristico dió su nombre al Sacrificio y sacramento por excelencia y constituyó la gran plegaria de la Consagración. El Prefacio formaba, pues, un todo con el Canon de la Misa, y era como el fondo y la idea dominante de toda la gran plegaria consecratoria; en un principio era improvisado por el celebrante que, sin interrupción, lo amplificaba hasta después de la Consagración. Cfr. San Justino: n. 136 (6).

En la actualidad aparece desligado del Canon por el canto del Sanctus y del Benedictus — el Sanctus se introdujo en la primera mitad del siglo II , y el Benedictus algo después—; pero este desligamiento es sólo aparente, como bien lo indican las palabras con que empieza el Canon: «TE IGITUR… A TI, PUES», y el espíritu eminentemente eucarístico de todo el Canon.

En el Sacramentario Leoniano hallamos 267 prefacios; en el Gelasiano, 54 y en el Gregoriano, 10; nosotros tenemos 15, pero con la tendencia a aumentar su número.

_______________
PREFACIO:
S. El Señor sea con vosotros.
P. Y con tu espíritu.
S. Arriba los corazones.
P. Los tenemos elevados al Señor.
S. Demos gracias al Señor, Dios nuestro.
P. Digno y justo es.
(Prefacio común: días ordinarios.)

Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable, El darte gracias en todo tiempo y en todo lugar, Señor Santo, Padre omnipotente, Dios eterno, POR CRISTO, NUESTRO SEÑOR.
(Aqui suele venir el embolismo o intercalación del motivo especial de acción de gracias.)
Por quien los Angeles alaban tu Majestad. La adoran las Dominaciones, tiemblan ante ella las Potestades. Los Cielos, y las Virtudes da los Cielos y los bienaventurados Serafines, La celebran con mutuos transportes de alegría. Rogamoste, pues, que juntamente con sus alabanzas, Te dignes aceptar las nuestras, Al decirte con humilde alabanza:
SANTO, SANTO, SANTO ES EL SEÑOR DIOS DE LOS EJERCITOS. LLENOS ESTAN LOS CIELOS y LA TIERRA DE TU GLORIA.
¡HOSANNA EN LAS ALTURAS! ¡BENDITO SEA EL QUE VIENE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR ¡HOSANNA EN LAS ALTURAS!

213. ¿Cuántas partes podemos distinguir en el Prefacio?

Podemos distinguir: 1, una INTRODUCCION o diálogo entre el celebrante y los fieles; 2, una ALABANZA GENERAL a Dios, seguida muchas veces de un EMBOLISMO o intercalación de algún motivo especial de acción de gracias; y 3, una CONCLUSION con los cánticos del SANCTUS y del BENEDICTUS.
La fórmula «POR CRISTO NUESTRO SEÑOR» que ha venido a resolver el problema más trascendental, planteado entre Dios y los hombres, constituye el núcleo y el centro giratorio de todo el Prefacio: no sólo nuestras humildes alabanzas humanas, sino también las angélicas y celestiales pasan por Jesucristo, y pasando por Jesucristo tienen por necesidad que llegar directamente hasta el mismo trono de Dios.
1. INTRODUCCION o diálogo: comienza con el cristiano saludo, siempre antiguo y siempre nuevo del «Dominus vobiscum»— véase n. 163—: ahora si que está próximo el cumplimiento de este deseo, pues el Señor va a estar con nosotros dentro de pocos instantes; y al dirigir este saludo no se vuelve el sacerdote hacia el pueblo, como antes, porque ya se encuentra en el monte dentro de la nube, como Moisés y cara a cara con el Señor… «ARRIBA LOS CORAZONES», se oye exclamar al sacerdote con los brazos levantados, mientras va subiendo más alto y acercándose al trono de Dios… «ARRIBA LOS CORAZONES» es, por decirlo así, el «aúpa» cristiano con que el celebrante anima a los pcqueñuelos, a los fieles para que se levanten con él de la tierra y le sigan en su vuelo hacia Dios. Y el pueblo, como queriendo tranquilizar a su sacerdote, responde en seguida: «SI YA LOS TENEMOS ELEVADOS A DIOS», si ya están desprendidos de la tierra y desarraigados de todo lo pecaminoso, culpable y aun distractivo… Pues si es así, replica el sacerdote, «DEMOS GRACIAS AL SEÑOR DIOS NUESTRO», es decir, según el sentido primitivo: «Eucaristicemos»…, pongámonos a celebrar el Santo Sacrificio, que es la acción de gracias más cumplida…

—»Es digno y justo que asi lo hagamos», termina respondiendo el pueblo cristiano.

2. Y el sacerdote, reafirmando estas últimas palabras de la asamblea, las amplifica poética y solemnemente, celebra los atributos de Dios con ETERNO AGRADECIMIENTO — semper et ubique, siempre y en todo lugar —e INTERCALA DIVERSAS ALUSIONES, siempre concisas y bellas, al misterio o festividad que se celebra; y todo ello deslizándose sobre un recitado griego antiquísimo, tan melódico y sencillo, con tan pocas notas musicales y un efecto tan sorprendente, que es la admiración de los genios musicales, de un Mozart, por ejemplo, que habría dado, según se cuenta, toda si: obra musical por el Prefacio.
3. La Iglesia, con la grandiosa inspiración de los momentos más solemnes de su liturgia, recuerda ahora que allá, en el cielo, los ángeles y los espíritus bienaventurados están eternamente cantando a Dios otro Prefacio que escuchara el Profeta Isaías en una de sus famosas visiones, Isai., 6, 3, y con humilde plegaria ruega a la Majestad de Dios que permita juntar nuestras débiles voces humanas con las sublimes adoraciones de los Angeles, de las Dominaciones, de las Potestades y de las demás jerarquías angélicas — que se describen en el Prefacio, cada una en actitud diferente — para formar asi un solo Prefacio y un solo coro angélico-humano que llene los cielos y la tierra con el más sonoro, armonioso y universal himno de la santidad y del poder de Dios:
SANTO, SANTO, SANTO ES EL SEÑOR DIOS DE LOS EJERCITOS. LOS CIELOS Y LA TIERRA ESTAN LLENOS DE VUESTRA GLORIA.
El celebrante, imitando a los ángeles del cielo que, al decir estas palabras, cubren con las alas sus rostros, inclina reverente la cabeza y junta ante el pecho las manos, mientras la campanilla advierte a los fieles que nos bailamos en uno de los momentos más importantes del Santo Sacrificio.
AL TRISAGIO en honor de la Sma. Trinidad — así se llama al Sanctus con vocablo griego, que significa TRES VECES SANTO — sigue un saludo popular y cariñoso al Salvador del mundo: es el mismo saludo, son las mismas aclamaciones entusiastas y espontáneas que las turbas y los niños hebreos le dirigieron en su entrada triunfal en Jerusalén, el domingo de Ramos… ¡Cómo se siente el hondo dramatismo de la Misal ¿No viene ahora Jesucristo a inmolarse sobre el altar, como entonces entraba en Jerusalén para consumar su Sacrificio?…
214. ¿Cuál es el origen de la imagen del Crucifijo que suele llenar la página izquierda que precede al Canon en nuestros misales?

Procede de la primera letra con que comienza el Canon.

En efecto: esta letra es una T mayúscula que, como se ve, presenta la forma de una cruz; los monjes antiguos, que con admirable paciencia y arte inimitable pasaban la vida copiando códices e iluminando con lindas miniaturas las letras iniciales de los viejos manuscritos, comenzaron también a adornar la T del Canon; a la cruz, que les ofrecía la forma natural de esta letra, sobrepusieron muy pronto la imagen del Crucificado, agrandaron la figura, hasta que, por fin, en el siglo XI, desprendiéndose de la letra que le dió su origen, aparece el Crucifijo en cuadro separado y, por cierto, en el lugar más digno,presidiendo el Canon y llenando la página más bella y artística de nuestros misales.

215. PLEGARIAS ANTES DE LA CONSAGRACION.

FRUTOS DEL SACRIFICIO
a) Para la Iglesia:
Paz-Proteccion-Unidad: «TE IGITUR»
b) Para los que encargan la MISA y asistentes a ella:
Perdón de sus pecados-salvación de sus almas y salud de sus cuerpos: «MEMENTO, DOMINE»
c) Para los mismos: Participación en los bienes espir. de los Santos: «COMMUNICANTES» ACEPTACION de la OFRENDA-APLICACION de sus frutos: «HANC IGITUR» TRANSUBSTANCIACION de la OFRENDA:

«QUAM OBLATIONEM»
216. PRIMER MEMENTO: POR LA IGLESIA — FRUTO GENERAL DE LA MISA: Véase n. 19.

a) ¿Qué gestos o ceremonias ejecuta ahora el sacerdote?

En una escena muda, pero majestuosa, extiende los brazos el celebrante, los eleva y, juntando en lo alto las manos, levanta al mismo tiempo sus ojos hacia el cielo; en seguida los vuelve a bajar, y profundamente inclinado ante el altar, apoyadas en él las manos, comienza a recitar la primera oración del Canon.
Antes de las palabras «que aceptes y bendigas», besa el altar, que simboliza a Jesucristo, para sacar de allí el poder de bendecir… como efectivamente bendice en seguida con tres grandes cruces las ofrendas que están sobre el ara, y prosigue después su oración con los brazos levantados, como las figuras Orantes de la Catacumbas.

b) ¿A quién va dirigida esta plegaria?

Va dirigida, como todo el Canon, al PADRE ETERNO, y valiéndose, como siempre, de la mediación de Jesucristo: mediación que, sobre todo aquí, al principio de la gran plegaria sacrifical, se pone tan de relieve… POR JESUCRISTO, NUESTRO SEÑOR, TU HIJO.

c) ¿Cual es el contenido de este primer Memento?

Podemos distinguir dos partes de diferente época y enlazadas por la partícula «un primis, en primer lugar»; la segunda, posterior a la primera, es de mediados del siglo VI.

MEMENTO I

A Ti, pues, clementísimo Padre, por Jesucristo, nuestro Señor, tu hijo, humildemente te rogamos y pedimos que aceptes y bendigas estos dones, estos presentes, estos santos sacrificios inmaculados, que en primer lugar te ofrecemos por tu santa Iglesia Católica; para que te dignes darla paz, custodiarla, unificarla y gobernarla en toda la redondez de la tierra; juntamente con tu siervo, nuestro Papa N., con nuestro Obispo N., y con todos los ortodoxos y los que promueven la fe católica y apostólica.

EN LA PRIMERA PARTE: rogamos y pedimos humildemente la aceptación, que sean agradables a Dios; y la bendición, es decir, LA CONSAGRACION de las ofrendas del pan y del vino. Estas ofrendas se llaman dona, porque a Dios libremente se las ofrecemos; munera, porque, además, se las ofrecemos por razón de nuestro cargo, de sacerdotes, y por razón de nuestra naturaleza, de criaturas de Dios; y sacrificios, por anticipación, porque van a ser en seguida consagradas en el Cuerpo y en la Sangre de Jesucristo.

«Donum», de do, es el don libre; «munus», es el don que resulta de un cargo — donum, quod officii causa datur— (Festus), por ejemplo, los espectáculos que los magistrados por su cargo, debían dar al pueblo. Estas dos palabras, cuyo sentido se completa, aparecen con frecuencia reunidas, como aquí, en los clásicos latinos, sobre todo en Cicerón: Pro Arch., VIII, 18:aliquo dono atque munere; De Senect, XII. 40: divino muneri ac dono; Pro Cluentio XXIV, 66: donis dalis muneribusque…
EN LA SEGUNDA PARTE: pedimos que nuestro Sacrificio, primero y antes que a nadie, aproveche a la IGLESIA DE DIOS; a esta Iglesia que, como obra maestra de Jesucristo, nacida de su pensamiento y de la sangre y del agua de su costado, es la prolongación de su vida entre nosotros; y a la que ya en los primeros siglos de su existencia, como indica esta oración, podemos distinguir, divinamente ataviada, con dos de sus más brillantes notas o signos que la señalan como la única y verdadera esposa de Jesucristo: SANTIDAD y CATOLICIDAD… «por tu santa Iglesia católica».
Y para esta Iglesia, tomada, no en abstracto, sino muy en concreto en cuanto es la congregación o reunión de los fieles cristianos que actualmente viven, pedimos estos cuatro bienes: PAZ, PROTECCION, UNIDAD y DIRECCION DIVINA, orando nominalmente por el PAPA y por el Obispo, donde se celebra la Misa y, en fin, por «TODOS LOS ORTODOXOS», o sea, por todos los cristianos que profesan la fe pura, y por LOS QUE PROMUEVEN LA FE CATOLICA Y APOSTOLICA, es decir, por los sacerdotes y misioneros y también por los apóstoles seglares que trabajan en las filas de la Acción Católica.
Leyéndola en latín se advertirá el ritmo de esta hermosa plegaria que ha logrado juntar las palabras en grupos de dos, tres, cuatro o cinco; y comparándola con la sublime oración de Jesús al fin de la Cena, Jo. XVII, 11-26, y con las fórmulas litúrgicas de los primeros cristianos — véase p. e. la Didaje: n. 62, cap. X—, se hallará la misma unanimidad de deseos y aspiraciones… LA UNIDAD, LA PAZ, EL BIENESTAR DE LA IGLESIA UNIVERSAL. A ROGAR POR LA IGLESIA Y POR EL PAPA nos enseña la Liturgia con sus oraciones verdaderamente católicas y universales: ésta es la devoción predilecta de los Santos y de las almas grandes… ¡Cómo aman a la Iglesia los Santos! Citemos solamente a «la hija de la Iglesia», Santa Catalina de Sena, que llamaba al Papa: «el dulce Cristo en la tierra», y escribía a la Reina Madre de Hungría: «Debemos apasionarnos por la Santa Iglesia»; y al Papa Gregorio IX: «Yo quiero dar mi sangre y la medula de mi sangre por la Santa Iglesia…». Y Santa Teresa de Jesús, cuando se hallaba en su lecho de muerte… «Daba a Dios muchas gracias porque la había hecho hija de la Iglesia y porque moría en ella, y muchas veces repetía esto: —EN FIN, SEÑOR, SOY HIJA DE LA IGLESIA», Ribera Francisco: Vida de Santa Teresa de Jesús, lib. 3. c. 15. Para amar a la Iglesia y sentir con ella, léanse las áureas reglas de S. Ignacio de Loyola en su libro de los Ejercicios.
217. SEGUNDO MEMENTO: POR LOS QUE ENCARGAN LA MISA, Y LOS ASISTENTES A ELLA. FRUTO MINISTERIAL Y ESPECIAL DE LA MISA.

¿A quiénes recuerda ahora el celebrante?

El celebrante, profundamente recogido, junta ahora las manos y las eleva casi a la altura del rostro, mientras con los ojos bajos y la cabeza algo inclinada recuerda:

1. Mentalmente, a aquellas personas por quienes aplica el fruto ministerial de la Misa.

Son momentos de silencio y de gran recogimiento: es también ahora cuando los fieles que asisten a la misa deben recomendar sus intenciones particulares. Cuánto deseaba Sta. Teresita del Niño Jesús tener un hermano sacerdote para lograr la fortuna de ser recordada cada mañana, aquí en el Memento de los vivos.
2. Poco después, y ya con las manos extendidas, hace mención de TODOS LOS CIRCUNSTANTES, en los cuales la Iglesia supone — y así se lo manifiesta a Dios N. S. con maternal complacencia — que asisten a la Misa con FE y DEVOCION: virtudes tan propias del sencillo pueblo cristiano y que son como las dos alas con que se remonta al cielo el culto católico.
La expresión, muy antigua: «circumstantes» — en latín los que están de pie y en derredor —, indica que los asistentes a la misa permanecían de pie durante la misma, y además que rodeaban al altar, el cual, en las primitivas basílicas cristianas, como se sabe, estaba situado hacia el medio del templo. Véase nn. 79 y 82.
3. En fin, la Iglesia, volviendo a su oración característica, la oración universal y católica, ruega también «POR TODOS LOS SUYOS», es decir, por los padres, familiares y amigos de aquellos a quienes acaba de encomendar.

¿Qué pide para todos ellos?

La «redención de sus almas», es decir, el perdón de sus pecados; la salvación del alma, y también la conservación o salud del cuerpo.
¿Qué observamos en cuanto a las dos fórmulas: «por quienes te ofrecemos o que ellos te ofrecen?».
Que esta segunda «que ellos te ofrecen», es la única fórmula original y más antigua; porque presenta a los asistentes a la Misa como verdaderos OFERENTES de este «sacrificio de alabanza»: pues como todos ellos — ya lo hemos visto—, participaban activamente en el OFERTORIO, por todos ellos naturalmente solía rogarse. La primera fórmula no se encuentra en los antiguos Sacraméntarios y viene a romper la construcción de la frase… «y de todos los circunstantes»… (por quienes te ofrecemos o) que te ofrecen este sacrificio… Se introdujo en el Canon hacia el siglo X, cuando cesó la ofrenda popular.

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MEMENTO II
Acuérdate, Señor, de tus siervos y siervos NN…; y de todos los circunstantes, cuya fe te es conocida y manifiesta su devoción, poi quienes te ofrecemos o ellos te ofrecen este sacrificio de alabanza por si y por todos los suyos, por la redención de sus almas, por la esperanza de su salvación y conservación, y rinden sus votos o Ti, Dios eterno, vivo y verdadero.
En las antiguas liturgias se pasaba del Prefacio, por medio de una corta transición, al mismo relato de la Cena: La doble enumeración, la de los vivos y la de los difuntos — mártires o santos propios de cada iglesia, obispos bienhechores y fieles más significados —, tenía lugar en la parte preparatoria, antes de la plegaria eucarística; pronto, sin embargo, el fervoroso deseo de los fieles de ser recordados dentro de los divinos misterios hizo que los diáconos comenzaran a leer en alta voz estas listas de nombres o DIPTICOS, después que el celebrante había recitado el comienzo siempre invariable: «MEMENTO, DOMINE…» El Memento o díptico de vivos se situó antes, y el de difuntos, después de la Consagración; lo mismo se hizo con el díptico de los Santos, invocándose a unos antes y a otros después de la misma Consagración. Esta lectura o recitación de los dípticos en alta voz aparece claramente atestiguada desde el siglo IV al X, al cesar esta costumbre, que, como se deja entender, presentaba graves inconvenientes, los Misales conservaron las fórmulas inicial y final del los antiguos dípticos, con las letras N. N., o sea, nombres que puede recordar mentalmente el celebrante en el cuerpo de los Mementos.

218. TERCER MEMENTO: LOS SANTOS.
¿Qué título lleva en el Misal este Memento?

«INFRA-ACTIONEM», o sea, dentro o durante al ACCION sacrifical o Canon: título que nos indica que el texto del Comunicantes, como presenta algunas variedades en determinados tiempos litúrgicos — ahora en el Jueves Santo, Navidad, Epifanía, Pascua, Ascensión y Pentecostés, y antes, además, en otras festividades—, se colocaba antiguamente fuera del Canon, como una parte variable de la Misa; este título advertía, pues, al celebrante que debía intercalarlo dentro del Canon.
Nótese que este Memento, lo mismo que el anterior, están unidos al primero formando todos una sola oración continua, que comienza con el TE IGITUR y termina con el AMEN del Comunicantes: por eso en muchos Misales antiguos, antes delComunicantes, no había punto, sino sólo una coma; de modo que el sentido es: «…Y te suplicamos todo esto…, no solos, sino unidos con TODOS LOS FIELES, en comunión de los méritos, oraciones y satisfacciones de los otros miembros, y de la INTERCESION DE LOS BIENAVENTURADOS del cielo».

¿Cuál es el dogma católico que aquí se recuerda?

Es el dogma grandioso de la COMUNION DE LOS SANTOS: dogma que es una síntesis de la teología católica. y por el cual los fieles tenemos parte — eso significa comunión—, participación, en los bienes espirituales de los otros, como miembros de un mismo cuerpo que es la Iglesia.
Formando un solo corazón y una sola alma, un solo corazón que late a impulso de la misma caridad, y una sola alma que vive con la misma vida de Jesucristo; todos los fieles — los de la tierra, los del purgatorio y los del cielo —, venimos así a reunimos junto a la cruz y en torno a la Consagración. La Misa, donde con inagotable largueza se distribuyen y comunican los tesoros comunes de la Iglesia Católica es, por consiguiente, el abrazo común de la gran FAMILIA DE DIOS y el lazo de unión de todos sus miembros con su CABEZA, JESUCRISTO, y entre sí mismos.

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MEMENTO III

Uniéndonos en la misma comunión y venerando en primer lugar la memoria de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Señor Jesucristo, también la de tus bienaventurados Apóstoles y Mártires Pedro y Pablo, Andrés, Santiago, Juan, Tomás, Santiago (el menor), Felipe, Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo— Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio — y Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, Cosme y Damián y de todos tus Santos, por cuyos méritos te suplicamos nos concedas que en todas las cosas nos defienda el auxilio de tu protección. Por el mismo Cristo, nuestro Señor. Amén.

¿A qué Santos particularmente invocamos en este Memento?

a) EN PRIMER LUGAR, In primis, presidiendo este antiquísimo retablo, donde sólo figuran Santos de los cuatro primeros siglos, descuella majestuosa la REINA DE TODOS ELLOS, «la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Nuestro Dios y Señor Jesucristo».
La veneración a la Madre de Dios, ya en los primeros siglos de la Iglesia, aparece claramente atestiguada por las pinturas de las Catacumbas — primera mitad del siglo II, en el cementerio de Priscila —, representando la profecía de Isaías sobre laVirgen que había de dar a luz; y por las alusiones de los Santos Padres, de los siglos II y III; por ejemplo, S. Ignacio de Antioquía ensalzando su Virginidad, y S. Ireneo estableciendo un paralelo entre Eva y María… En 370 se celebra, en Antioquía, una fiesta en honor de la Madre de Dios. San Cirilo de Alejandría alude a diversas iglesias con la advocación de María, y de hecho sabemos que la iglesia donde se reunió el tercer Concilio Ecuménico, año 431, estaba dedicada a la Madre de Dios… En fin — para terminar esta nota, forzosamente muy breve—, en el siglo VI, lo mismo en Oriente que en Occidente, va se celebraban estas cuatro fiestas en honor de la Virgen: LA PURIFICACION, LA ANUNCIACION, LA ASUNCION y LA NATIVIDAD. Cfr. BAUDOT; Catechisme Liturgique, t. II: Le propre des Saintes, pp, 76, 79. ALAMEDA: La Virgen en la Biblia y en la Primitiva Iglesia: Parte 3.
b) DOCE APOSTOLES Y DOCE MARTIRES. En seguida, con perfecta simetría, se citan los nombres de doce Apóstoles y los de doce Mártires.
Entre los Apóstoles no hallamos a S. Matías, que, agregado más tarde al Colegio apostólico, es nombrado en la segunda lista; y advertimos, en cambio, la presencia de S. Pablo, inseparablemente unido por la liturgia con S. Pedro, como unidos estuvieron los dos en el martirio, en la preeminencia del apostolado y en la avasalladora conquista de Roma para el cristianismo. En cuanto a la colocación de sus nombres — fuera de Andrés, que sigue de cerca a su hermano Pedro, y de los dos hermanos Santiago y Juan—, los demás parece que siguen el orden de sus fiestas en el calendario: Tomás, con su fiesta en diciembre; Santiago y Felipe, en mayo; Bartolomé, en agosto; Mateo en septiembre; Simón y Tadeo, en octubre.
Entre los Mártires reconocemos a cinco PAPAS: S. Lino, año 67-79; S. Cleto, 79-90 ; 8. Clemente, 90-99 ; 8. Sixto I, 116-125 (o tal vez el segundo de este nombre: años 257-258), y S. Cornelio, 251-253. A continuación de los Papas, y estrechamente unido a San Cornelio por la lucha victoriosa que ambos sostuvieron contra el cisma de Novaciano, figura el célebre mártir africano y elocuente defensor del martirio, S. Cipriano, Obispo de Cartago (muerto el 258); viene después el famoso diácono español, S. Lorenzo, asado en unas parrillas el 10 de agosto del 258 y asimilado en su culto, desde los primeros tiempos de la Iglesia de Roma, a S. Juan Bautista, teniendo su vigilia y octava por lo menos a partir del siglo V; S. Crisógono, soldado y mártir bajo Diocleciano, el 24 de noviembre del 304; los dos hermanos Juan y Pablo, martirizados en la persecución de Juliano el Apóstata, el 26 de junio del 362, y, en fin, los dos hermanos médicos, de origen árabe, Cosme y Damián, decapitados en tiempos de Diocleciano, el año 306.
«Citar a los Apóstoles y a los mártires, en el momento en que la Sangre de la Divina Victima va a correr místicamente sobre el altar, es tributar a aquéllos el honor más excelso. Es, en alguna manera, unir su sangre derramada a la de su Divino Maestro, por amor de quien ha dado su vida» (Bravant).
LAS RAZONES HISTORICAS que explican la inserción en el Canon de Santos mártires solamente, y de mártires romanos, véanse en los nn. 121 (2) y 122.
Incluir el nombre de alguno en los dípticos del Canon equivalía a declararlo oficialmente merecedor del supremo honor de los altares, es decir, a canonizarlo, palabra que pasó a significar la introducción de esas personas en el Catálogo de los Santos, así como ser borrado de los dípticos era señal de excomunión.
219. PLEGARIA SACRIFICAL, I: ACEPTACION DE LA OFRENDA V APLICACION DE SUS FRUTOS.

a) ¿Qué ceremonia ejecuta ahora el sacerdote?

Mientras recita esta oración que antiguamente variaba según las circunstancias — hasta 38 Hanc igitur trae el Sacram. Gelasiano—, y que hoy recibe una ligera adición sólo en Pascuas y en Pentecostés; el celebrante tiene extendidas las manos sobre el Cáliz y la Hostia, expresando con esta ceremonia la satisfacción del pecado por substitución; véase n. 35. El tañido de la campanilla que en estos momentos viene a romper la silenciosa recitación del Canon, nos invita a postrarnos de hinojos y a concentrar toda nuestra atención en los instantes más solemnes del Sacrificio.
A nosotros esta ceremonia nos debe indicar que ha llegado el momento de renovar las OFRENDAS que antes hicimos: DEL PAN, DEL VINO Y DE NOSOTROS MISMOS.

Este rito de colocar las manos abiertas y juntas sobre la OBLATA fue extendido a toda la Iglesia en tiempos de PIO V, pues antes, el celebrante recitaba esta plegaria profundamente inclinado hacia el altar.

En cuanto al inciso: «DISPON EN TU PAZ NUESTROS DIAS», sabemos que es una de las últimas adiciones al Canon, y que fue incorporada a éste por el Papa S. Gregorio Magno con ocasión de las guerras e invasiones de los pueblos bárbaros, particularmente de los Lombardos, que penetraron en Italia en el año 538, apoderándose del valle del Po — llamado por esto, después, Lombardía —, y que, al fin, fueron convertidos al Cristianismo por el mismo S. Gregorio.

b) ¿Qué pedimos en esta oración?

En esta oración, además de continuar — nótese la partícula unitiva: IGITUR, PUES — la misma súplica con que empezamos el Canon, o sea la ACEPTACION DE LAS OFRENDAS… «Suplicamos que te dignes aceptar benigno esta OBLACION de nuestra servidumbre (del sacerdote), y también de toda tu familia (de los fieles)…»; pedimos estos tres frutos, tan propios del Santo Sacrificio: 1, LA PAZ… pero «TU PAZ, la paz que el mundo no puede dar», la paz con todo el sentido cristiano, consolador y amplio de esta palabra en los labios de Jesús; 2, LA PRESERVACION DE LA ETERNA CONDENACION; 3, LA ADMISION EN LA GREY DE LOS ESCOGIDOS o predestinados.
Las imágenes de la familia y de la grey, que en esta oración se recuerdan, no pueden ser más cristianas y hermosas.
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PLEGARIA SACRIFICAL I
Te suplicamos, pues, Señor, que te dignes aceptar, benigno, esta oblación de nuestra servidumbre y también de toda tu familia, y dispongas en tu paz nuestros dias y haz que seamos libres de la eterna condenación y contados en la grey de tus escogidos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

220. PLEGARIA SACRIFICAL, II: TRANSUBSTANCIACION DE LA OFRENDA.
¿Cómo se llama esta plegaria?

Esta plegaria, una de las más antiguas del Canon — pues ya aparece en el Tratado de S. Ambrosio sobre los Sacramentos, hacia el año 370—, se llama «la PLEGARIA DE LA CONSAGRACION», porque en ella pedimos a Dios N. S. que realice, ahora mismo, entre nosotros esta conversión estupenda, que se llama en lenguaje teológico: TRANSUBSTACIACION. Véase n. 16 y 224:
«A fin de que nuestra ofrenda se convierta PARA NOSOTROS— recuerda el Christus natus est nobis… Nobis datus, nobis natus —en el CUERPO Y SANGRE DE TU AMADISIMO HIJO, NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO».
«Un vivo sentimiento de ternura, provocado por las palabras: «dilectissimi Filii tui», obliga al sacerdote a juntar las manos, como para abrazar y estrechar contra su pecho al Hijo amadísimo del Padre. Coelho: Cours de Liturg. Rom. pág. 216.
«La sencillez con que pedimos el gran milagro de la transubstanciación se asemeja a la que emplea la Sagrada Escritura, tan sublime cuando refiere el poder de Dios en el acto de la creación: Que exista la luz, y la luz existió, y la maravilla no menos grande de la Encarnación del Verbo en el seno de María: Hágase según tu palabra. Y el Verbo se hizo carne.» S. di Franza:Luce Eucarística, p. 76.
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PLEGARIA SACRIFICAL II
La cual oblación te rogamos, oh Dios, que te dignes hacerla en todo bendita, legitima, ratificada, razonable y aceptable, a fin de que se convierta para nosotros en el Cuerpo y Sangre de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Es en verdad sorprendente, pero muy significativa, la insistencia con que vuelve la Iglesia una y otra vez sobre su idea, LA ACEPTACION, POR PARTE DE DIOS N. S., DE NUESTRA OFRENDA; pero sobre todo aquí al llegar el momento sublime de la Consagración, acumula tantas expresiones, no todas fácilmente traducibles — algunos de estos epítetos son términos del derecho romano, p. e., adscriptam, lo conforme a lo escrito, y aquí a lo prescripto o instituido por Jesucristo; ratam, lo ratificado, aprobado —; y acompaña y refuerza estas expresiones con tantas cruces — aquí traza cinco—, y la cruz, como se sabe es el gesto más sagrado y significativo de la Liturgia; que bien se adivina, con todos estos insistentes anhelos, que nos hallamos ya en la misma cumbre del Calvario, junto a la Cruz de Jesús y cayendo sobre nuestras almas, gota a gota, la sangre redentora de la Víctima divina del Sacrificio…
«¡Cuerpo de Cristo, sálvame;
Sangre de Cristo, embriágame !»..

LA CONTRICIÓN PERFECTA: LLAVE DE ORO DEL CIELO

S. MStª Mariæ Magdalenæ Pœnitentis, ora pro nobis

Es nuestro ruego que todo el que lea este librito consiga copias del mismo para distribuirlo a toda su familia y amigos, que exista un traductor en cada lengua, y que alcance hasta los confines del mundo. Ojalá su propagación sea un verdadero apostolado para cada católico verdadero. ¡Cuántas almas esperan salvarse, y qué abundante recompensa está encerrada para uno mismo en tal apostolado! “La caridad cubre muchedumbre de pecados” (1 Pet 4, 8) – Mons. Roberto F. Mckenna, O. P.

 

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PREFACIO

Este pequeño libro es tan valioso como largos tratados, tanto por la soberana importancia de la materia que trata (una materia por desgracia muy poco conocida por muchos cristianos) como por la abundancia de su doctrina y el interés de su aplicación práctica. “El gran medio de salvación” es el título que San Alfonso de Ligorio dio a un tratadito sobre la oración publicado con muchas otras obras de su pluma. Y era tan grande su confianza en la eficacia y el poder de la oración para asegurar la salvación de las almas, que él habría deseado ver ese librito en manos de todos. Sobre el ejercicio del amor de Dios y la perfecta contrición podemos decir con mucha mayor verdad que son “los grandes medios de salvación”, porque es más íntima y aún más estrecha la conexión entre un acto de caridad o contrición perfecta y la adquisición de la vida eterna, que entre la oración y la salvación.

Así, pues, quisiera ver esta obrita, como la del mismo San Alfonso, en las manos de todos, convencido como estoy de que una cuidadosa lectura y la puesta en práctica de sus enseñanzas abrirán la puerta del cielo a una multitud de almas que de otro modo arriesgarían su condenación eterna, y de que aumentará de modo maravilloso la gracia de Dios en quienes han sido fieles desde su bautismo.

Cada cristiano debe estar bien instruido sobre la importancia capital del acto de contrición perfecta y de caridad en razón de los inestimables beneficios que tal conocimiento puede brindarnos a la hora de la muerte y permitirnos brindarlo igualmente en el lecho de muerte a algún moribundo a quien la Providencia pudiera guiarnos. Ninguno, aún gozando de buena salud, debe olvidar esta verdad. Pero es sobre todo deseable que cada uno la custodie profundamente grabada en su corazón para las horas de enfermedad y los peligros de muerte.

Quiera Dios que este folleto sea distribuido lo más posible por todas partes. No hay duda de que su lectura estará acompañada de abundantes bendiciones.

P. AGUSTÍN LEHMKUHL, S. J.

PRÓLOGO

Esta obrita sucinta fue hallada providencialmente en una decrépita copia publicada en francés 75 años atrás. Éste es sin duda el asunto más importante que pudiera leer un católico o simplemente cualquiera: es en verdad la llave del Cielo. El conocimiento de la contrición perfecta es más importante hoy que nunca, ya que el Sacramento de la Penitencia ha sido casi completamente borrado por los enemigos de la Iglesia, y los verdaderos confesores son cada vez menos numerosos y más difíciles de encontrar.

Ten presente, al leer este folleto, cómo la contrición perfecta es aún –para los no bautizados— nada menos que el bautismo de deseo (in voto). En las palabras del profeta, no se puede menos que exclamar que “Convertíos al Señor Dios vuestro: puesto que es benigno, y misericordioso, y paciente, y de mucha clemencia, e inclinado a suspender el castigo” (Joel 2, 13). Donde está la contrición perfecta, allí está la caridad, y donde está la caridad, allí está la gracia santificante. Esta gracia, como enseña el Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino, no está limitada a los sacramentos, signos y causas sensibles de la gracia. Y quienquiera que muera en estado de gracia se salva, como sin duda también se pierden quienes mueren sin ella. Con todo, este folletito no tiene intenciones polémicas sino que simplemente está destinado a aquellos que, por ignorancia de la contrición perfecta, enfrentan la desesperación del perdón a la hora de la muerte.

Es nuestro ruego que todo el que lea este librito consiga copias del mismo para distribuirlo a toda su familia y amigos, que exista un traductor en cada lengua, y que alcance hasta los confines del mundo. Ojalá su propagación sea un verdadero apostolado para cada católico verdadero. ¡Cuántas almas esperan salvarse, y qué abundante recompensa está encerrada para uno mismo en tal apostolado! “La caridad cubre muchedumbre de pecados” (1 Pet 4, 8)

MONS. ROBERTO F. MCKENNA, O. P.

Texto tomado de catolicosalerta.