LIBERTAD RELIGIOSA, UN CAMINO HACIA LA APOSTASÍA

Libertad religiosa, un camino hacia la apostasía. 

Por D. José Alberto Navarro Vives. 

. Libertad religiosa en la génesis del movimiento protestante. 

La cuestión acerca de la libertad engloba al movimiento protestante desde sus orígenes. Ésta aparece dibujada cuando el protestantismo propone la libre interpretación de la Sagrada Escritura y el libre examen, abogando por la independencia del orden humano respecto del divino. Sólo así se consigue hacer de lo religioso una cuestión política: cuis regio eius et religio. Y finalmente “poniendo el fundamento de la comunidad de los hombres en la voluntad humana, verdadera puesta en plural del pecado original.”1 De forma rápida hemos trazado una vía religioso-política que conduce del indiviudalismo religioso a la herejía irenista. Si por un lado el protestantismo representó el individualismo religioso y la libertad de conciencia, por otro lado la concepción del Estado confesional nació con el mismo Lutero a partir de 1517 con el empuje de su reforma. Lo uno iba ligado a lo otro.  

Tanto las corrientes del espiritualismo místico, el anabaptismo pacifista, el sobrenaturalismo racional de Castiglion y el movimiento baptista inglés, es decir, lo que se ha denominado los “disidentes” del protestantismo, forjaron un individualismo religioso que desembocaría en una especie de irenismo y todos estos “disidentes” haciendo doctrina común sobre la libertad religiosa.2 

Si nos preguntamos qué postura mantenían los protestantes acerca de si la herejía debía ser tolerada o perseguida encontramos actuaciones ambivalentes en el mismo Lutero. Si por un lado denunció la quema de Juan Huss en la hoguera tras ser condenado por el Concilio de Constanza, él mismo aplicaría su propio sistema inquisitorial no ya con tribunales sujetos al derecho sino en forma de masacres contra los protestantes “de izquierda”: Zwinglio, anabaptistas, etc. Así implantó Lutero la libertad religiosa. 

Pero precisamente esos protestantes más radicales serían los que defenderían ideas tales como la genuina libertad religiosa y de conciencia, puesto que su radicalidad estribaba en una religiosidad más laxa que conducía al deísmo y al racionalismo. Por lo tanto la religión se convertía en una cuestión individual y de conciencia, apartando cualquier connotación dogmática y de veracidad religiosa. En este sentido Castiglion sostuvo que la persecución de los herejes era contraria al Evangelio y moralmente mala, e iba más allá sosteniendo una política de no persecución a los herejes y de libertad de culto, en la que cada cual expresara su propia fe. Los hermanos Valdés, Castiglion, Bernardino Ochino, Fausto Socino, etc., gran parte de ellos, sino todos, negaban la divinidad de Jesucristo y eran antitrinitarios. Y quien no llegaba hasta tal punto reducía la fe a una experiencia moral, que conducía finalmente a la indiferencia religiosa. Estos, es decir, los que iban más allá de Lutero, fueron los padres de la libertad de culto. La religión tras ser vaciada de su contenido propio era para ellos una adhesión racional a una ética buenista cuyo modelo era Jesús, pero rechazando cualquier dogma. Kant sería su legítimo sucesor. Del vacío y negación de la Fe nació la libertad de conciencia. Tal era la radicalidad de su pensamiento y perseguidos por los mismos protestantes, que tuvieron que emigrar hacia Polonia y luego a Holanda, país que liberado del “yugo” católico hispánico daba vía libre al extremismo protestante, en particular a los anabaptistas. Ser católico suponía ser considerado perseguidor e intolerante, en cambio si proclamaban una religiosidad basada en una vida moral abstracta siguiendo el ejemplo de un Jesús reducido a poco más que un personaje histórico, esto es, un Jesús englobado dentro del indiferentismo religioso, no eran ni perseguidos ni acusados. 

Estas sectas protestantes a grandes rasgos manifestaban una especie de religiosidad subjetiva, posicionándose en contra de las iglesias de Estado, o mejor dicho los Estado-iglesias que luego veremos y sobre todo en contra de la Iglesia Católica. En esta línea propugnaban una tolerancia universal, sin dogma ni autoridad. Era la versión radical del protestantismo, puesto que el protestantismo “oficial” había institucionalizado el mismo concepto de libertad de conciencia (que lleva aparejado el de libertad religiosa) haciendo no obstante de la religión una cuestión política. Este fue el camino emprendido por Lutero. 

Si bien la reforma protestante hundía su raíz en la doctrina del libre examen, por la cual el cristiano podía interpretar la Sagrada Escritura al margen de la tradición eclesiástica y de la autoridad romana, este razonamiento le estalló al propio Lutero en la revuelta campesina contra los príncipes germánicos en 1525. No fue sino la aplicación de la misma doctrina luterana, puesto que si uno es independiente para vivir la religión como crea conveniente según su conciencia liberándose del peso de la autoridad religiosa, esto es, de los obispos, con más razón podía sacudirse el yugo de la servidumbre política de los príncipes. Ahora bien, esto al fin y al cabo se le volvía en contra al propio Lutero así que terminó modificando su doctrina argumentando que el libre examen solamente se podía aplicar a la figura del príncipe, viéndose así la autoridad política doblemente reforzada. El príncipe además de ejercer su potestad política poseía a su vez autoridad religiosa, lo cual no había ocurrido antes en el orbe católico dónde la autoridad religiosa siempre se había considerado que era facultad de la autoridad eclesiástica y Roma en particular. 

Así fue como el protestantismo pasó a convertirse en una religión de Estado, cuando Enrique VIII en noviembre de 1534 ordenó al Parlamento sancionar el Acta de Supremacía, por el cual éste asumía el cargo supremo sobre la iglesia de Inglaterra. Escasos cien años antes de que a Luis XVI se le atribuyera la frase de “el Estado soy yo”, el monarca inglés ya la había puesto en marcha en su territorio y con ello había cambiado oficialmente la religión de un país y de sus súbditos. 

Tanto sectas disidentes como pseudoreformadores “oficialistas” (Calvino y Lutero) partieron del mismo origen en su planteamiento (imposición de la conciencia individual frente a la autoridad) y aunque por vías diversas, unos a través de una religiosidad espiritualista e individual y otros a través de la confesionalización de los Estados y sociedades, remarían hacia una religión no sujeta a la autoridad que le es propia, sino a una autoridad política o a la propia del individuo. Esto conduciría finalmente a la libertad religiosa propiamente dicha, con dos fechas a destacar: suprimida y fragmentada la civilización cristiana los distintos Estados pasaban a ser sujetos de y con autoridad religiosa, convirtiéndose ahora la religión cuestión de Estado en los países protestantes (Paz de Augsburgo, 1555). Produciéndose el paso final con la Paz de Westfalia (1648), tras la Guerra de los Treinta Años, cuando se dotó a los súbditos de libertad de profesar la fe que libremente eligieran aunque no fuera compartida por el príncipe territorial.3 

  1. 2. Libertad religiosa: la Iglesia ha hablado.

Si hasta aquí hemos visto los orígenes protestantes acerca de la libertad de culto y de conciencia, cabe preguntarnos como católicos que ha dicho la Iglesia sobre dicha materia. 

En primer lugar y si pues tiene ésta un origen protestante podemos concluir de antemano que nace entonces fuera del magisterio y de la enseñanza católica. Tanto es así que si la Iglesia acatara la libertad religiosa como un derecho del individuo no podría haber anatemizado, excomulgado ni juzgado a ningún heresiarca a lo largo de su historia ya que simplemente el hereje estaría ejerciendo su derecho a la libertad religiosa. Precisamente la Iglesia condenó y sentenció porque posee el mandato divino de proclamar y enseñar la Verdad, a la vez que condenar el error. 

Debemos aclarar las nociones de libertad y de Religión para englobar la postura católica dentro de un correcto razonamiento. Primeramente, entendemos por libertad la capacidad de elección de unos medios al fin. Ahora bien, a la vez que elegimos un medio, la acción debe estar determinada al fin último y concreto en el cual reside su perfección. De que este fin último sea Dios dependerá que la acción sea buena y virtuosa, o sino será una acción mala y pecaminosa. Así se explica el pecado, como defecto cuando el hombre ha rechazado su fin último y se determina hacia la criatura, constituyéndola como fin. Afirma santo Tomás: ex hoc ipso quod mortlaiter peccatfinem suum cretaure constituit.4 Pues bien, si nosotros conocemos que la Religión revelada por Dios es la católica “no hay libertad de conciencia ante Dios. Todo hombre nace súbdito de la verdad, y está obligado a profesarla en la medida de su conocimiento”.5 Luego que, “no puede haber sino una sola religión verdadera. Así como no hay más que un solo Dios, no hay más que una sola manera de honrarle; y esta religión obliga a todos los hombres que la conocen”.6 

Si por la Fe tenemos la certeza de que nuestra Religión es la única y verdadera, y la libertad debe estar determinada hacia el fin último que es Dios, no podemos casar la Fe Católica con la libertad religiosa, que supondría afirmar que la verdad es relativa, puesto que en otras creencias habría otra verdad o algo de verdadero y bueno y por lo tanto la Iglesia Católica ya no sería depositaria de la Verdad Absoluta y único camino para la salvación. La relativización que encierra la libertad religiosa, además de poner en plano de igualdad las falsas religiones con la verdadera, es que supone también la antesala del agnosticismo individual y de la apostasía de las naciones; ya que considerando todas las religiones como poseedoras de derechos, le niega los derechos y libertades que sólo le son propios a la Verdad. Por ello la Iglesia siempre ha rogado por su libertad y para que no le sean conculcados sus derechos. En cambio, en aquellos países donde la Iglesia Católica era perseguida o tenida por minoritaria el magisterio jamás ha aceptado el derecho a la libertad religiosa, ya que el error y las falsas religiones no pueden gozar de derechos que solamente proceden de Dios, sino que en aras para evitar un mayor mal en estas sociedades anticristianas se permitía o la Iglesia reclamaba tolerancia religiosa, pero nunca el derecho a una falsa libertad de cultos, ya que el error no tiene derechos, aunque en determinadas situaciones se puede tolerar. Por ejemplo sobre el caso de los Estados Unidos, país siempre dominado por la masonería y que nunca se ha proclamado como país católico, el pontífice León XIII (1810-1903) se manifestaba en los siguientes términos:  

Aunque la Iglesia pronuncia la sentencia según la cual los distintos cultos no pueden estar al mismo nivel con la verdadera religión, tampoco condena aquellos jefes de Estado que, en vistas de procurar un mayor bien o de evitar un mal, toleran en la práctica la coexistencia de diversos cultos.7

Si bien a excepción de los casos de tolerancia religiosa que la Iglesia siempre ha contemplado, la condena hacia la libertad de culto se ha hecho presente a lo largo de la historia hasta el Concilio Vaticano II. 

Ya el Papa Bonifacio VIII con la Bula Unam Sanctam proclamó solemnemente el dogma según el cual Extra Ecclesiam nulla salus. Posteriormente y de forma rotunda a través de la bula de excomunión a Lutero, el papa León X (1475-1521) incluía en el listado de “errores destructivos” profesados por el heresiarca el creer que “es contra la voluntad de Dios el quemar a los herejes” (error condenado nº33)8. Solamente desde la posesión de la Fe Verdadera y de la exclusión de cualquier herejía se puede emitir tal condena, lo contrario, entiéndase por ello la libertad de culto, para León X y cualquiera que se precie católico es reo del fuego eterno. 

Más adelante, en los tiempos modernos los papas no dejaron de pronunciarse tajantemente. Gregorio XVI (1765-1846) se manifestó en los siguientes términos:  

De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión.9  

Poco después Pío IX (1792-1878) se volvería a hacer eco en los siguientes términos:  

Sabéis muy bien, Venerables Hermanos, que en nuestro tiempo hay no pocos que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar “que la perfección de los gobiernos y el progreso civil exigen imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin preocuparse para nada de la religión, como si esta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera religión y las falsas”. Y, contra la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar que “la mejor forma de gobierno es aquella en la que no se reconozca al poder civil la obligación de castigar, mediante determinadas penas, a los violadores de la religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija”. Y con esta idea de la gobernación social, absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la salud de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de f. m., locura, esto es, que “la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad -ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera-, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma”. Al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que con ello predican la libertad de perdición.10  

Del mismo pontificado son las proposiciones condenadas del Syllabus, entre las cuales destacamos las siguientes:  

  1. Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera.XVII. Es bien por lo menos esperar la eterna salvación de todos aquellos que no están en la verdadera Iglesia de Cristo.XVIII. El protestantismo no es más que una forma diversa de la misma verdadera Religión cristiana, en la cual, lo mismo que en la Iglesia, es posible agradar a Dios. LXXVII: En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos. LXXVIII: De aquí que laudablemente se ha establecido por la ley en algunos países católicos, que a los extranjeros que vayan allí, les sea lícito tener público ejercicio del culto propio de cada uno. LXXIX. Es sin duda falso que la libertad civil de cualquiera culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo.11 

En definitiva, los papas han hablado y es inútil esforzarse en conciliar la libertad de cultos y de conciencia con la Fe católica si uno lo que quiere es seguir siendo católico. 

  1. Libertad religiosa:delagnosticismo a la apostasía. 

La libertad religiosa al presuponer la igualdad entre las religiones (ecumenismo), puesto que gozan todas ellas de los mismos derechos, termina conduciendo a los individuos al ateísmo y a las naciones a la apostasía colectiva. Con esta rotundidad se expresaba el Papa Sarto cuando en la Pascendi afirmaba que con estas ideas (englobadas dentro del modernismo) “queda abierto el camino al ateísmo”.12 

Desgraciadamente si en la preparación del Concilio Vaticano II sus esquemas mostraban una recta ortodoxia católica, finalmente éstos fueron desechados y propuestos otros más en consonancia con el aggiornamiento del siglo. En este contexto la Declaración Dignitatis Humanae venía a reconciliarse con el falso concepto de libertad inaugurado por los protestantes, reafirmando así el derecho a la libertad religiosa de toda persona humana13 “fundada en la dignidad de la persona, cuyas exigencias se han ido haciendo más patentes cada vez a la razón humana a lo largo de la experiencia de los siglos”, y adjudicaba al mismo Cristo y a la Revelación “esta doctrina de la libertad…, por lo cual ha de ser tanto más escrupulosamente observada por los cristianos.” “Sobre todo, la libertad religiosa en la sociedad está enteramente de acuerdo con la libertad de acto de fe cristiana.”14  

Con esta libertad de culto, que favorece el igualitarismo de toda religión (el Concilio inauguró también la “bendición” del ecumenismo y el diálogo interreligioso condenado por Pío IX en Mortalium Animos), se abre paso el agnóstico-creyente, puesto que el modernista no tiene ningún problema en afirmar primero una cosa y luego la contraria, o con una fantasiosa hermenéutica afirmar que mantiene la misma Fe intacta, cuando en realidad ya ha perdido la Fe: 

Pero considero importante sobre todo el hecho de que también las personas que se declaran agnósticas y ateas deben interesarnos a nosotros como creyentes. Cuando hablamos de una nueva evangelización, estas personas tal vez se asustan. No quieren verse a sí mismas como objeto de misión, ni renunciar a su libertad de pensamiento y de voluntad. Pero la cuestión sobre Dios sigue estando también en ellos, aunque no puedan creer en concreto que Dios se ocupa de nosotros. En París hablé de la búsqueda de Dios como motivo fundamental del que nació el monacato occidental y, con él, la cultura occidental. Como primer paso de la evangelización debemos tratar de mantener viva esta búsqueda; debemos preocuparnos de que el hombre no descarte la cuestión sobre Dios como cuestión esencial de su existencia; preocuparnos de que acepte esa cuestión y la nostalgia que en ella se esconde. Me vienen aquí a la mente las palabras que Jesús cita del profeta Isaías, es decir, que el templo debería ser una casa de oración para todos los pueblos (cf. Is 56, 7; Mc 11, 17). Él pensaba en el llamado «patio de los gentiles», que desalojó de negocios ajenos a fin de que el lugar quedara libre para los gentiles que querían orar allí al único Dios, aunque no podían participar en el misterio, a cuyo servicio estaba dedicado el interior del templo. Lugar de oración para todos los pueblos: de este modo se pensaba en personas que conocen a Dios, por decirlo así, sólo de lejos; que no están satisfechos de sus dioses, ritos y mitos; que anhelan el Puro y el Grande, aunque Dios siga siendo para ellos el «Dios desconocido» (cf. Hch 17, 23). Debían poder rezar al Dios desconocido y, sin embargo, estar así en relación con el Dios verdadero, aun en medio de oscuridades de diversas clases. Creo que la Iglesia debería abrir también hoy una especie de «patio de los gentiles» donde los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia. Al diálogo con las religiones debe añadirse hoy sobre todo el diálogo con aquellos para quienes la religión es algo extraño, para quienes Dios es desconocido y que, a pesar de eso, no quisieran estar simplemente sin Dios, sino acercarse a él al menos como Desconocido. (Benedicto XVI, discurso a la Curia romana, 21 de diciembre de 2009) 

Llegados hasta aquí encontramos la Fe diluida en una experiencia religiosa inmanentista, abandonada la sana teología del Aquinate y negado el intelecto como capaz de conocer con certeza a Dios y la Revelación fuera del hombre; mientras el modernista-agnóstico encuentra a “dios” en su interior: el “dios desconocido”. Una experiencia religiosa, que hunde su raíz en el protestantismo y en el movimiento pseudomístico, que no deja de ser una manifestación fideísta de una supuesta religiosidad que podríamos llamar agnosticista. Es de la común experiencia religiosa de protestantes y modernistas donde nace y se desarrolla una heterodoxia como la libertad religiosa que termina conduciendo a los individuos al ateísmo y a los pueblos a la apostasía (al caso de España me remito). Una libertad religiosa con un origen cristiano, sí, pero en aquel cristianismo que niega la divinidad de Cristo, la Trinidad y en definitiva el dogma. 

“…Cuántos son los caminos por los que la doctrina modernista conduce al ateísmo y a la abolición de toda religión. El primer paso lo dio el protestantismo, le siguió el modernismo; pronto aparecerá el ateísmo.”15 

Bibliografia: 

Ayuso, Miguel. La constitución cristiana de los Estados. Barcelona: Ediciones Scire, 2008. ISBN 978-84-936642-1-3 

Gregorio xvi. Mirari Vos.1832. 10. Libertad de conciencia. Recuperado de: http://www.mercaba.org/MAGISTERIO/grego-16.htm 

Hillaire, P.A., La Religión demostrada. Barcelona: Librería Católica Internacional, 1930 

León x. Exsurge Domine. 1520. Traducción: Miguel Tenreiro. Recuperado de http://fsspx.mx/es/bula-%C2%ABexsurge-domine%C2%BB-del-papa-le%C3%B3n-x  

Méramo, Basilio. La libertad religiosa. Recuperado de https://www.catolicosalerta.com.ar/escritos-catolicos//libertad-religiosa02.pdf         

Pío ix. Quanta Cura. 1864. Recuperado de https://www.sodalitiumpianum.it/documentos/quanta-cura/  

Pío ix. Syllabus. 1864. Recuperado de https://www.sodalitiumpianum.it/documentos/syllabus/ 

Pío x, San. Pascendi. 1907. Apartado 6º. Recuperado de 

http://www.geocities.ws/magisterio_iglesia/pascendi-3.html 

Sanborn, Donald don. Il culto della libertà. Messina: Stampato in proprio, 2003. 

Starck, Christian. (1995). Raíces históricas de la libertad religiosa moderna. Revista Española de Derecho Constitucional, 47, 9-27. Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/79551.pdf  

Vera, Francisco de P. (1994). La libertad religiosa y la reforma protestante: las corrientes espirituales derivadas del protestantismo (I). REDC, 51, 663-669. Recuperado de                                                                                               

http://summa.upsa.es/high.raw?id=0000005842&name=00000001.original.pdf  

vv.aa. Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. Legislación posconciliar. Madrid: BAC, 1975. 

 

CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 4/10

ORNAMENTOS Y VASOS SAGRADOS. EL MISAL
(Números 95-124)

«Todos los días en nuestras Iglesias es Viernes Santo».
(Bossuet)
95. ¿Al principio existía alguna diferencia entre las vestiduras profanas y las sagradas?
Ninguna diferencia existía, pues la Misa se celebraba con los mismos vestidos preciosos de los nobles romanos —no con los de la gente plebeya— que se usaban en la vida civil.

96. ¿Y después?

Aun habiendo pasado de moda el traje talar en los seglares y habiéndose introducido los vestidos cortos y ceñidos, la Iglesia, sin embargo, continuó usando las principales prendas del antiguo traje romano, si bien en el transcurso de los siglos y con el desarrollo siempre creciente y admirable de su majestuosa liturgia, fue embelleciéndolos y adaptándolos cada vez más a sus usos y ceremonias sagradas.

97. ¿Cuáles son los principales ornamentos sagrados?
Son estos seis y por el orden con que se los reviste el sacerdote:
EL AMITO, EL ALBA, EL CINGULO, EL MANIPULO, LA ESTOLA y LA CASULLA.
Además, en la Misa solemne, el diácono y el subdiácono usan la dalmática.

98. ¿Dónde hay que buscar el simbolismo sólido y bien fundado de los ornamentos sagrados?
En las oraciones que pone la Iglesia en los labios del sacerdote cuando éste se los reviste: estas oraciones se deben en toda probabilidad al abad Autpert, muerto hacia el 780.

 

99. EL AMITO —de amicire, cubrir— es un trozo cuadrado de tela blanca, que primero se coloca sobre la cabeza como un casco de salvación para rechazar los asaltos del demonio, y luego se ciñe alrededor del cuello para indicar al ministro —como dice el Pontifical—la circunspección que debe observar en sus palabras.
Primitivamente, el amito, además de servir, como ahora, para rodear el cuello e impedir que el sudor pasara a los ornamentos, se utilizaba también como capucha para cubrir la cabeza, como todavía lo usan algunos religiosos en la misa; hasta que a fines de la Edad Media, vino a sustituirle en este menester el birrete o bonete. Así se explica la oración que se dice al revestírselo y la ceremonia de ponérselo primero en la cabeza.
También se llamó humerale, superhumerale, porque cubre los hombros: el Ordo Romanus lo llama anagolai, porque ciñe elcuello (gula).
Los romanos, como los griegos, por lo regular, no usaban sombrero, si no eran los enfermos, los viajeros o los que por su oficio tenían que estar al sol mucho tiempo; ordinariamente se contentaban con taparse la cabeza con la punta de la toga. En cambio, en los sacrificios, el sacerdote pagano rodeaba su cabeza con guirnaldas y la adornaba con flores y vendas sagradas, para tratar de ahuyentar, según parece, los pensamientos tristes que pudieran conturbarle. Entre los judíos, los sacerdotes de la antigua Ley usaban en las funciones litúrgicas la mitra, una especie de turbante de lino fino.
ORACION: Pon, Señor, sobre mi cabeza el yelmo de salvación, para rechazar los asaltos del demonio.

 

100. EL ALBA. Vestido interior, largo, generalmente de lino, de color blanco y, a veces, de púrpura, que en sus orígenes tenía mangas muy cortas o carecía de ellas, aunque ya en el siglo III, por influjo de las costumbres orientales, se usaban albas «manicatae», es decir, albas, que llegaban hasta las muñecas.
Se llamó también túnica alba, o túnica talaris, porque en las mujeres bajaba hasta los talones, aunque en los hombres, al principio, no pasaba de las rodillas.
El Concilio de Cartago, año 398, prescribe «que el diácono use el alba solamente en el tiempo de la oblación y de la lección»: señal de que los obispos y sacerdotes la usaban aun fuera de las funciones litúrgicas.
Por su misma blancura designa la inocencia blanqueada por la sangre del Cordero, y por eso la vestían los neófitos durante la semana pascual.
En las antiguas representaciones cristianas lleva dos galones que corren por delante y detrás, desde los hombros hasta los pies.
Del alba se derivaron el roquete y la sobrepelliz; pero el roquete tiene las mangas más largas y estrechas, sencillamente como las del alba; la sobrepelliz debe su nombre a la sotana de pieles, abrigo ordinario de piel usado por los antiguos eclesiásticos, sobre todo cuando acudían al coro.
ORACION: Blanquéame, Señor, y limpia mi corazón, para que blanqueado con la sangre del Cordero disfrute los gozos eternos.

 

101. EL CINGULO, es el cordón que ciñe el alba al cuerpo.
También se llamaba cinctura, zona, cestus y balteus; servia, además, para llevar colgados de él la bolsa, la espada o cuchillo, las tablillas u otros objetos. Era de cuero, de cuerda o a manera de cadena con su cerradura — grafe — en el extremo.

 

En los romanos nobles, llevar el cíngulo de la túnica demasiado flojo, male cinctum esse, o andar del todo desceñido, Aiscinctum esse, era señal de costumbres relajadas :
Haud paravero — derla Horario: Epod. I, 32—
quod aut avarus ut Chremes térra premam,
Discinctus aut perdam nepos.
«No amontonaré lo que vaya después a ocultar bajo tierra, como el avaro Cremes, o a perderlo como un disoluto disipador de sus bienes.»

De ahí su significado de continencia, de castidad, de severidad de costumbres.

ORACION: Cíñeme, Señor, con el cingulo de la pureza y apaga en mi carne el fuego de la concupiscencia, para que permanezca en mi la virtud de la continencia y de la castidad.

 

102. EL MANIPULO, hoy franja estrecha de tela y, antiguamente, pañuelo que los romanos llevaban en la mano y los sacerdotes en el brazo izquierdo, para enjugarse el sudor y las lágrimas; e indica que por las lágrimas y el dolor se merece recibir con alegría la recompensa del trabajo.
ORACION: Merezca, Señor, llevar el manípulo del llanto y del dolor, para que pueda con alegría recibir el premio del trabajo.

 

103. LA ESTOLA, que el sacerdote lleva cruzada ante el pecho y el diácono en el lado izquierdo, es el distintivo de la dignidad eclesiástica, y por eso se usa en la predicación y sobre todo en la administración de los Sacramentos.
Mencionada ya por la Biblia, la estola era una vestidura de honor que los personajes nobles y aun las matronas romanas usaban antiguamente.
ORACION: Devuélveme, Señor, la estola de la inmortalidad, que perdí con la prevaricación del primer padre, y aunque indigno me acerco a tu sagrado misterio, merezca, sin embargo, el gozo sempiterno.

104. LA CASULLA, es el ornamento sacerdotal más noble.

Como la paenula de los romanos, que era un capote de agua y de viaje, sin mangas, la casulla antigua fue un amplio manto cerrado por todas partes y con una sola abertura en el centro para introducir la cabeza como en un yugo… «el yugo suave y la carga ligera del Señor».
El sacerdote venía así a quedar como encerrado en una especie de tienda o casita — casula en latín — que le dió su nombre de casulla.
La molestia que suponía para el sacerdote sacar los brazos, y sobre todo alzarlos en las elevaciones de la Hostia y del Cáliz, en las incensaciones, etc. — pues tenia que replegar el amplio manto sobre los brazos —, dió origen a la costumbre de alzarle un poco la casulla en esas acciones, lo cual todavía sigue practicándose, aunque aquella molestia ha cesado después que las casullas se han abierto y notablemente recortado por ambos lados.
Esta forma de la antigua casulla también explica el origen de la rúbrica, que todavía se observa hoy en las Misas celebradas por los obispos, y antes se observaba en todas las Misas: después del Confíteor y al terminar el Indulgentiam, el preste ayudante se acerca al obispo celebrante para colocarle en el brazo izquierdo el manípulo, pues hasta ahora el celebrante ha tenido brazos y manos completamente cubiertos por la casulla, pero al acercarse al altar y al tener que sacar los brazos, es el momento oportuno de colocarle el manipulo.
San Pablo tenía su paenula o casulla: «la paenula que dejé en Tróade, en casa de Carpo, tráela contigo, cuando vengas», dice a su discípulo Timoteo (II-4, 13). Y por Tertuliano sabemos que los cristianos la usaban cuando oraban. De Orst. XV.
ORACION: Señor, que dijiste: Mi yugo es suave y mi carga ligera; haz que lo lleve de tal manera que consiga tu gracia. Amén.

 

105. LA DALMATICA, era una túnica con mangas, que los romanos adoptaron de los Dálmatas, y llegó a ser un traje de distinción: ordinariamente era blanco, con franja de púrpura.
Primeramente fue llevada por los obispos y por el Papa, reservándose después para los diáconos. Sin embargo, es tal la fuerza de la tradición que, en memoria del uso primitivo, el Obispo en las misas pontificales viste aún debajo de la casulla, dalmática y túnica, llamadas entonces tunicelas, que han venido a ser traje de los diáconos y de los subdiáconos. Cabrol, La Oración de la Iglesia, c. 31, p. 436.

106. ¿Cuáles son los colores litúrgicos, su significado y su uso?

Aunque en los primeros siglos sólo se usaba el color blanco, ya en el siglo VII aparece el rojo, y después otros colores, hasta que en el siglo XIII encontramos, ya reglamentado con rúbrica fija, el uso de los cuatro colores principales: blanco, rojo, verde y negro; a los que se añade muy pronto el morado, que fue en otros tiempos el color de la realeza, de las fabulosas riquezas y altas dignidades. Históricamente significa la realeza y el imperio de la gracia, fruto de la maceración y de la penitencia.
El blanco significa alegría, inocencia, virginidad, y se usa en las fiestas del Señor, de la Virgen, de los Angeles y de los Santos no mártires.
El rojo indica sangre y amor, y se usa en las fiestas de los Mártires, de Pentecostés y de la Preciosísima Sangre de N. S. J. C.
El verde expresa esperanza, y se usa en los domingos y ferias, desde la Octava de Epifanía hasta Septuagésima, y desde la Octava de Pentecostés hasta el Adviento.
El negro denota duelo y tristeza, y se usa en las Misas de difuntos y el día de Viernes Santo.
El morado simboliza la penitencia, y se usa en Adviento y Cuaresma, en las Témporas, excepto las de Pentecostés, y en las Vigilias.
También puede usarse el color rosa en las dominicas «Gaudete» (tercera de Adviento) y «Laetare» (cuarta de Cuaresma); y el color azul celeste en la fiesta de la Inmaculada, donde está concedido.
En los primeros siglos, nada se reparaba en el color de los ornamentos. Y aun hoy dia, entre los orientales, no se usan determinados colores, prefiriendo de ordinario el color blanco. Los días de luto celebran con ornamentos encarnados, por ser éste el color que simboliza entre ellos la tristeza; y por la misma razón emplean este color en los días de ayuno y de penitencia. La tendencia a clasificar con determinado simbolismo los colores, se inició hacia el siglo XII, época en que comienza a estudiarse el simbolismo como manantial de belleza y de arte.

107. ¿Cuáles son los principales vasos sagrados?
Son EL CALIZ, LA PATENA, EL COPON y LAS VINAJERAS.

EL CALIZ, o copa en que se consagra la sangre de Jesucristo y que hoy tiene que ser de algún metal precioso, fue primero probablemente de vidrio, después de oro y de plata, y más tarde, hasta de piedra preciosa, como ónix o ágata—como el famoso cáliz, llamado de la Cena, que posee la catedral de Valencia—, y aun llegaron a ser de madera.
Curiosa es la respuesta de S. Bonifacio, obispo de Maguncia, en el Concilio Tiburiense (c. 8), cuando le preguntaron si podían usarse cálices de madera: «En otros tiempos — contestó el Santo —, sacerdotes de oro usaban cálices de madera: ahora, al contrario, sacerdotes de madera usan cálices de oro.»
Acerca de los cálices de vidrio, 8. Gregorio de Tours, en su obra «Miraculorum», nos refiere que cierto diácono, en la Basílica de San Lorenzo de Milán, mientras se atareaba recogiendo los ornamentos en la solemnidad que acababa de celebrarse, cayósele al suelo un cáliz de vidrio, que, naturalmente, se hizo añicos. Al pobre diácono no se le ocurrió otra cosa que recoger cuidadosamente todos los fragmentos y depositarlos sobre las reliquias de un mártir. Toda la noche veló en oración rogando a Dios volviese a juntar las partes del cáliz… A la mañana siguiente apareció el cáliz tan nuevo y entero que ni las señales de las junturas se conocían. Admirado el pueblo, no paró hasta conseguir una solemnidad especial para conmemorar el hecho. (Citado por Diez Gut., o. c.)
En el siglo IV ya se hizo bastante común usar vasos sagrados de metales preciosos: cuando Juliano, el Apóstata, ordenó saquear las iglesias de Antioquía, el oficial encargado de esta orden exclamó, al ver los vasos preciosos de la iglesia: «He aquí los suntuosos vasos en que se sirve al Hijo de María».
Y según nos refiere S. Gregorio de Tours (Histor. Franc., 1.3, c. 10; P. L., t. 71, c. 250), el rey francés Childeberto se llevó de España a Francia muchos objetos preciosísimos, entre ellos 60 cálices y 40 patenas. Y cuando Recaredo, rey de España, anunciaba a San Gregorio Magno su propia conversión y la de todo el pueblo español, le regalaba al mismo tiempo un magnífico cáliz de oro cuajado de piedras preciosas.
LOS CALICES MINISTERIALES servían para administrar la Sangre de Jesucristo a los fieles, cuando éstos comulgaban también bajo la especie de vino: véase n. 50.
Eran estos cálices muy grandes y con dos asas, por donde el diácono los sostenía junto al Pontífice, mientras los fieles tomaban el Sanguis.
LOS CALICES OFERTORIOS se utilizaban para recoger el vino que los mismos fieles traían para la ofrenda. Cf. n. 193.

 

108. ACCESORIOS DEL CALIZ son el purificador para limpiarlo y limpiarse el sacerdote los dedos y labios; los corporales, «nuevo sudario del Cuerpo de Jesucristo», como los llama la Iglesia, y que antiguamente eran mucho más amplios, hasta llegar a cubrir con sus bordes el cáliz, como lo hace ahora la palia que, a modo de palio, lo tapa desde el Ofertorio.

 

109. LA PATENA es como el plato (patena en latín), plato ancho donde se deposita el Pan Eucarístico.
Había también patenas ministeriales, más grandes y hondas que las nuestras, pues en ellas se recibía el pan que el pueblo ofrecía como materia del Sacrificio, y con ellas se distribuía la Comunión a los fieles, que entonces comulgaban todos dentro de la Misa. Cf. n. 44.
Su forma primitiva era como de anchas bandejas con grandes asas, y algunas pesaban 25 y más libras. Constantino regaló a la Basílica de Letrán 20 patenas, 7 de oro y 13 de plata, que cada una pesaba 30 libras.
Corno estas grandes patenas si se colocaban sobre el altar estorbaban durante el Santo Sacrificio, el subdiácono las retiraba y estaba sosteniendo mientras no eran necesarias, ceremonia que todavía se observa con nuestras patenas en la Misi solemne, después del Ofertorio. V. n. 197.

 

110. EL COPON es el vaso sagrado donde se guardan las Hostias que han de distribuirse a los fieles en la comunión.
En la antigüedad tenía la forma de una arquita o caja. En la Iglesia Oriental, la Comunión sigue dándose en la patena, como también se hacía en la Occidental, y se reserva el Santísimo para los enfermos en una cajita de plata; no se conocen, por lo tanto, nuestros copones.
Custodias u Ostensorios. Comenzaron a usarse con las procesiones y exposiciones, hacia el siglo XV. «En nuestras catedrales, monasterios e iglesias, existen más de 60, que son verdaderas obras de arte. Se deben citar, entre las más notables, la de Sevilla, obra de Arfe: mide tres metros y medio de altura y consta de cuatro cuerpos sostenidos por columnas estriadas, y es rica en filigranas y emblemas. La de Toledo, hecha también por Enrique de Arfe durante los años 1517-1528, tiene doscientas pequeñas estatuas, ciento cuarenta y ocho kilos de plata y catorce de oro. La de Barcelona, con más de tres mil piedras finas y un peso total de doscientos sesenta kilos, labrada, segi’in se cree, en 1408.» Gubianas, o. c., p. 253.

 

111. LAS VINAJERAS, como hoy se usan, de cristal o metal, y que sirven para llevar al altar el vino y agua necesarios para la Misa, vinieron a reemplazar a las antiguas ánforas o grandes cálices donde se depositaba el vino ofrecido por los fieles, y de donde se trasegaba después al cáliz más pequeño «ministerial» la cantidad que se necesitaba para la Misa del día.

112. ¿Cuál es, después ile las Sagradas Escrituras, el libro más santo?

El Misal: y por eso es el mejor devocionario, asi como la Misa es la mejor de las devociones. Cfr. Gomá. El valor educativo de la Liturgia Católica, 2.a parte, 3.a sec., c. 2, pág. 351.
Misales manuales para uso de los fieles existen, entro, otros, los siguientes:
F. T. D.: Misal cotidiano.
F. T. D.: Misal breve. Con las misas de los domingos y fiestas principales.
F. T. D.: Misalito romano. Para niños.
Gubianas: Misal de los Fieles.
Lefebvre (Trad. Prado): Misal diario y vesperal.
Lefebvre-Prado: Misal diario popular.
Lefebvre (Trad. López Jáuregui): Misal breve diario. Adaptado para niños.
Molina: Misal completo.
Molina: Misalito litúrgico. Para niños.
Sánchez Euiz: Misal completo latino-español.
Rambla: Misal romano.
Pérez de Urbel-Díez: Misal con Devocionario y Ritual.

113. ¿Qué es el Misal?

Es el libro litúrgico por excelencia, donde se contienen las misas de todos los días del año con las rúbricas y los ritos o ceremonias que acompañan la celebración del Santo Sacrificio.

 

114. En la primera Misa del mundo, el día del Jueves Santo, usó N. S. Jesucristo algún libro?
Ningún libro usó entonces; ni tampoco parece que después los Apóstoles, por lo menos al principio, usaron ningún otro libro más que la Biblia.

 

115. ¿Cómo se llamó el primer núcleo de oraciones y fórmulas usadas en el Santo Sacrificio?
Se llamó «Oración Eucarística», y estaba compuesta, fundamental y substancialmente, de las palabras que pronunció Jesucristo en la Cena Eucarística, y de los actos que entonces realizó: 1, Consagraciones (del pan y del vino); 2, Fracción del Pan, y 3, Distribución o Comunión.
En torno a las palabras y actos de Jesucristo, con el tiempo, se fueron entretejiendo oraciones verdaderamente eucaristicas o de acción de gracias, que parece que eran más o menos improvisadas por el celebrante.
Si a esta oración eucarística, en su parte substancial, verdadero canon ya fijo e inmutable, añadimos — como después se añadieron —, algunos formularios independientes entre sí, como dípticos, preces litánicas, bendición, etc., tendremos el misal primitivo y más sencillo de los cuatro primeros siglos. Cfr. Bojo del Pozo: La Misa y su Liturgia, c. 35.

 

116. Para conocer la historia de la composición del misal, ¿qué hay que tener presente?
Hay que tener presente que en la antigüedad: 1, por regla general todas las misas eran solemnes y cantadas, y al intervenir en su celebración además del celebrante otros ministros, como el diácono, subdiácono y los cantores, cada uno de estos tenía su libro correspondiente: el celebrante tenía el Sacramentario, que era propiamente el misal de aquellos tiempos, ya que contenía todo lo que debía decir el obispo o sacerdote celebrante; el diácono tenía el Evangeliario; el subdiácono, el Epistolario, y los cantores, el Gradual o Antifonario; y 2, que el celebrante no leía nada de lo que los demás ministros o el coro leían o cantaban.

117. ¿Cuál de estos libros influyó más en la composición del misal?

Naturalmente, los que más influyeron y los que pueden llamarse verdaderas fuentes del misal son los Sacraméntanos.

118. ¿Qué contenían los Sacraméntarios?

Los Sacramentarios — así llamados porque estaban destinados a la confección de los sacramentos y especialmente el de la Eucaristía — contenían: 1, las oraciones (colectas, secretas, postcomuniones); 2, los prefacios (muchos más que el actual misal); 3, el CANON de la Misa, ya entonces fijo y completo, y 4, los ritos para la administración de los demás sacramentos íntimamente relacionados con la Misa.
«La fórmula del bautismo y de la confirmación se hallaba formando parte de la vigilia de Pascua de Resurrección; la de laabsolución formaba parte de los ritos para la reconciliación de los pecadores el Jueves Santo; las preces de la extrema Unciónseguían a la absolución de los enfermos ad sucurrendum, antes de la Misa y del Viático (reconciliatio paenitentis ad mortem): los Ordenes se hallaban compenetrados con las ceremonias de la Estación que se tenía por la noche en San Pedro, el sábado de las Cuatro Témporas, y la bendición nupcial formaba parte de la Misa votiva pro sponsis». Ferreres: o. c., n. 24.

119. ¿Cuáles son los principales Sacramentarlos?
Son estos tres: el LEONIANO, el GELASIANO y el GREGORIANO.

EL LEONIANO fue coleccionado en tiempos de S. León I (440-461), y muchas de sus oraciones han pasado al misal romano actual y algunas al mismo ordinario de la Misa: como el «Aufer a nobis», «Detis qui humanae substantiae», que perteneció a la Misa primera de Navidad, el «Quod ore sumpsimus».
EL GELASIANO, que parece de principios del siglo V, y es atribuido al Papa S. Gelasio: por ser el más metódico y completo, y porque sus fórmulas pasaron en gran parte al Sacramentarlo Gregoriano, y de éste al misal romano, es llamado por Cabrol «el documento más importante de la Liturgia romana».
EL GREGORIANO, obra de S. Gregorio Magno (590-604), que pasó a formar nuestro misal, aunque con múltiples adiciones, que le hicieron cada nación e iglesias en particular, adiciones que, entonces, de ninguna manera estaban prohibidas.

 

120. Necesitándose entonces tantos libros para poder decir Misa, ¿que sucedió cuando comenzaron a generalizarse las misas rezadas?
Al multiplicarse las Misas rezadas, antes muy raras, y en la Edad Media ya muy frecuentes, sobre todo desde el siglo XIII, con la fundación de las Ordenes Mendicantes, hubo necesidad de simplificar las ceremonias, de reducir los ministros y, sobre todo, de reunir, para mayor comodidad del celebrante, todos aquellos libros en un solo volumen pleno y completo: asi nacieron primero, hacia el siglo VII, los misales votivos — missale parvum o charta missalis—, que contenían algunas misas votivas completas o casi completas; y desde el siglo XI, lenta y gradualmente, fueron apareciendo, por fin, los misales plenarios y completos.

121. ¿Cuáles eran las principales características de estos misales?

En CUANTO AL DOMINICAL O TEMPORAL —misas de dominicas y de ferias—, venía a ocupar la mayor parte del misal, pues las misas que entonces se celebraban eran casi todas de dominica o de feria, al arbitrio del celebrante, que las escogía de un COMUN. Ferreres: o. c-, nn. 739 y sig. 2. En cambio, EL SANTORAL o PROPIO DE SANTOS tenía muy poca extensión, de tal manera que en los primeros siglos sólo se celebraban fiestas de los mártires (Cf. n. 218, b), y solamente más tarde comenzaron a celebrarse las de los Confesores, entre los que ocupó uno de los primeros lugares el popularísimo S. Martin de Tours.
El Santoral, principalmente desde el siglo XII, en que Alejandro III (1150-1181) consideró como derecho exclusivo de la Santa Sede la canonización, e introdujo en el misal muchas misas de santos de diversas naciones, va tomando un carácter más universal e invadiendo de tal manera el mismo dominical que, contra esta tendencia, han tenido que luchar siempre todas las reformas del misal — y paralelamente las del Breviario — desde S. Pío V hasta Pío X.
Hasta Alejandro III, los Obispos hacían la canonización para sus diócesis — elevatio ossium — y los Concilios para circunscripciones más extensas; es cierto que no precedían a la canonización las largas y minuciosas informaciones que ahora se estilan, pero todas aquellas canonizaciones tenían lugar bajo el testimonio unánime y digno de fe de la voz popular — fama sanctitatis et miraculorum.
Las fiestas do los Santos tienen su origen en la celebración de los dies natales, o aniversarios de los mártires, cerca de las tumbas, donde reposaban sus restos.
Advertimos, sobre todo, una gran variedad de Misas y aun de ritos en cada misal, pues los obispos y monasterios tenían derecho a introducir fiestas y ritos especiales para sus respectivas jurisdicciones; fiestas que muchas veces fueron adoptadas por el Papa y prescritas a toda la Iglesia, como la Conmemoración de los Fieles Difuntos, las fiestas de la SS. Trinidad, Transfiguración del Señor, Inmaculada, Santa Ana., San José, etc. Cfr. Ferreres: o. c., n. 1229.

 

122. La unificación de todos estos misales en uno solo, como el que ahora usamos nosotros, ¿cuándo se llevó a cabo?
Se llevó a cabo en el año 1570, cuando el Papa San Pío V, atendiendo a los deseos del Concilio Tridentino, que pedía urgente reforma en punto tan importante para la unidad de la Iglesia, publicó el MISAL ROMANO como obligatorio para toda la Iglesia latina, aunque dejando subsistentes los misales que ya en esta fecha tuvieran por lo menos doscientos años — como el de los dominicos, el de los carmelitas y otros—, y respetando también los ritos mozárabe y ambrosiano, que se reducen, el mozárabe a una capilla de la catedral de Toledo, y el ambrosiano a algunas parroquias de las diócesis de Milán, Bérgamo, Novara…
El misal que sirvió como tipo y fundamento para esta reforma fue el llamado «Misal de Curia», o sea el usado en la Curia Romana o capilla Papal; así se explica por qué el misal actual tiene tantos Santos y festividades de la ciudad de Boma, y el Canon recuerda Santos, en su mayor parte romanos o que, por lo menos, tenían iglesia propia en Roma. Cf. n. 218 (b).

123. ¿Cómo están distribuidas las misas en el Misal Romano?
Están distribuidas en tres grandes grupos:

1. CICLO TEMPORAL, o Misas del Propio del Tiempo: es decir, las misas de las dominicas, ferias y vigilias desde el Adviento hasta el domingo XXIV después de Pentecostés.
2. CICLO SANTORAL o misas propias de los Santos, con su Común de las Vírgenes, Apóstoles, Mártires, Confesores, etc.
EL COMUN DE LOS SANTOS o conjunto de Misas pura las fiestas que no tienen fórmulas litúrgicas propias, debe su origen a algunas fiestas particulares: las Misas de los Apóstoles Pedro y Pablo, la de S. Lorenzo, la de S. Martín, la de Sta. Cecilia, etc., comenzaron a utilizarse en las fiestas de la misma categoría, apóstoles, mártires, confesores, vírgenes… El Misal actual contiene doce Misas comunes.
MISAS VOTIVAS y oraciones diversas, que puede decir el sacerdote con las Misas de difuntos y las propias de algunos lugares.
EL ORDINARIO DE LA MISA, o sea la parte más sagrada del misal, se encuentra hacia el centro del misal, en medio del Ciclo Temporal, entre el Sábado Santo y el día de Pascua, sin duda para mayor comodidad del celebrante y mejor conservación del libro.
Como APENDICE suele traer las misas propias de algún reino o nación y también las de alguna Orden religiosa.
En fin, como INTRODUCCION se hallan las Constituciones de algunos Papas que lo han reformado, el Calendario de la Iglesia Universal, las rúbricas del misal, sus ceremonias, los defectos que pueden ocurrir en su celebración, y la Preparación y Acción de Oracias.
Tiempo que se emplea en celebrar la Misa.
¿Cuál es la Misa más breve? La de Difuntos, que sabemos que tiene 15.702 letras.
Ahora bien: una curiosa experiencia nos prueba que en quince minutos no pueden leerse más de:
10.374 letras con una lectura atenta y devota.
12.959 » » » » regular y correcta.
14.959 » » » apresurada e incorrecta.
La consecuencia inmediata que de esto se desprende es: que para decir una Misa de Difuntos de modo apresurado e incorrecto se necesitan algo más de quince minutos, exactamente 15′ 44″ ; para decirla regular y correctamente, se necesitan 18′ 10″, y para decirla devota y atentamente, 22′ 42″.
Pero adviértase que no contamos las interrupciones y pausas, que son más de treinta; y que son más de cien las palabras que tienen que pronunciarse en correspondencia con las acciones.
Luego se puede decir (prescindiendo de ciertas pronunciaciones excepcionalmente rápidas, y a pesar de eso correctas) que, por lo regular, la duración de la misa tendrá que acercarse a los veinticinco minutos.

 

LECTURAS

124. EL SIMBOLISMO DE NUESTRA LITURGIA.

1. LA MANO. ¡Cuántos sentimientos se pueden expresar con la mano! Basta observar a dos hombres que hablan: la mano repentinamente levantada, un movimiento casi imperceptible, un mudo gesto, dice más que la palabra más clara. Pues bien, si el espíritu se manifiesta en la postura y el movimiento de las manos, al hablar dos hombres entre sí, ¡cuánto más ha de manifestarse cuando el hombre habla con Dios! Por lo tanto, es un error lo que muchos creen: que no importa el juntar las manos para orar, o tenerlas en el bolsillo, porque lo principal es el espíritu.
¿Cómo no ha de importar?
a) El que habla con Dios en una oración silenciosa, tranquila, humilde, ¿cómo tiene las manos? Las tiene juntas. ¿Por qué? Porque con esto expresa respeto, suplica y confianza. No parece sino que juntamos las manos para ponernos en las manos de Dios:
«¡Señor, sois nuestro Padre!»
Mira a un niño de tres o cuatro años de edad al pedir algo a su madre: «|Mamaíta, dámelo!». ¿No tiene las manos juntas, aunque nadie se lo haya enseñado?
b) El devoto que en el momento santo del rezo queda completamente absorto en Dios, ¿como tiene las manos? Las tiene cruzadas y apretadas contra su pecho. Como si quisiera guardar, con una especie de temor, la santa y preciosa fuerza que inunda su alma, para que nada se pierda, sino que pase de una mano a la otra y así vuelva de nuevo a su pecho… ¿No es natural este gesto?
c) La oración tiene también sus momentos de éxtasis. Momentos en que no parece sino que un órgano entona el Te Déum en nuestro interior y el alma está radiante de alegría. ¿Cómo rezamos en estos momentos? Como el sacerdote, cuando canta el texto magnífico del «Prefacio», exaltando a Dios: con los brazos extendidos y las manos completamente abiertas, para que sean como antenas de una emisora de radio, y envíen nuestra gratitud hacia Dios.
Pero vienen los momentos de las tentaciones vehementes o de las grandes desgracias, en que necesitamos de un modo perentorio la gracia de DIOS. En estos trances rezamos con los brazos en alto, para que sean como antenas de una receptoraque recojan la corriente amplia de la ayuda divina.
¿Verdad que es natural esta postura? ¡Con tal que no haya nada de teatral! ¡Con tal que no sea todo un gesto vacío! ¡Con tal que vibre nuestro espíritu detrás de las formas exteriores!
d) Cosa grande y santa: el santiguarnos.
¡Ah! El que sabe lo que significa la cruz, no se santigua como avergonzado, aprisa y a hurtadillas. Hay algunos que al llegar a la iglesia, dan como un pasito corto y se tocan el pecho con las puntas de los dedos. ¿Qué quieren hacer? ¿Arrodillarse y santiguarse? ¿Este gesto raquítico, este movimiento apenas esbozado, esto es «santiguarse»? No. La señal de la cruz se hace bien, despacio, con dignidad. Y mientras llevo la mano de la frente al pecho, y de un hombro al otro, me parece sentir cómo se extiende sobre mí y me ampara por completo la santa cruz del Redentor, y toma posesión de mi entendimiento, de mi corazón, de mis actos. Cristo me redimió en la cruz y me santifica con su cruz. Me santiguo antes de la oración, para que durante el rezo sean suyos todos mis pensamientos. Me santiguo después de la oración, para que Cristo se quede conmigo. Me santiguo en el peligro, para que me salve. Me santiguo en la tentación para no caer. Y trazo la señal de la cruz para bendecir a otro, para que lo bendiga N. S. Jesucristo. Pero la señal de la cruz ha de trazarse bien, despacio, con conciencia, con devoción.
2. LA GENUFLEXION. Con el mismo espíritu hemos de hacer la genuflexión. Es otro símbolo. El orgulloso yergue la cabeza y enarca el pecho: «¡No soy como tú!». Pero el que siente que está en la presencia de un señor más poderoso que él, inclina la cabeza, lanto más profundamente, cuanto más distinguido es el señor con quien trata. Y ¿si ese señor es Dios? Entonces llega al extremo de doblar la rodilla en el suelo. ¿No es natural?
Cuando la conciencia de nuestra pequeñez se apodera de nosotros en el augusto acatamiento de Dios, y queremos humillarnos, entonces nos arrodillamos. ¿Hay cosa más noble y bella que un hombre de alma pura, hincado de rodillas ante Dios?…
Pero en este punto quiero llamar la atención sobre el modo de arrodillarnos. No hincamos la rodilla, a no ser ante Dios, y laaugusta majestad de Dios reclama que ante El hinquemos la rodilla de verdad y no nos contentemos con una apariencia de genuflexión. No hemos de arrodillarnos con precipitación, corriendo. Hemos de hacerlo con verdadero espíritu. Si salgo de la iglesia o si entro en ella, volviéndome hacia el Santísimo Sacramento, doblaré la rodilla despacio, con respeto, profundamente hasta el suelo, y al mismo tiempo se rendirá también mi alma, mi corazón: «Dios mío todopoderoso…».
Sí; esta es la genuflexión verdadera, vivificadora.
3. EL PONERSE EN PIE. Hay todavía otra manera de rendir homenaje. Lo contrario de la genuflexión: el ponerse en pie.
Estás sentado en tu escritorio. Llaman. «Adelante». Entra un señor distinguido. ¿Qué haces tú entonces? Te levantas sin demora.
Y estás de pie ante el rey o ante el tribunal. Estás de pie, porque el sentarse en estos casos es falta de respeto, es una desatención, que no se consiente. Estoy de pie; es decir: espero como el siervo fiel; estoy preparado como el soldado valiente. Al leerse el Evangelio en la Misa, nos levantamos por respeto.
Cuando los padrinos hacen la promesa bautismal por su pequeño ahijado, cuando los niños de primera comunión renuevan las promesas del bautismo, cuando los novios se prometen fidelidad eterna delante del altar, todos están de pie… y es muy natural, prometen una cosa ruda, seria; han de estar preparados para la lucha.
4. EL ALTAR. Es un vocablo que oímos con frecuencia, un vocablo que no suscita pensamientos: «altar, altar». Y, sin embargo, el espíritu creador del hombre no puede prasentar una obra, que muestre de un lado más sublime nuestra naturaleza, que el hecho, al parecer insignificante, de levantar altares. El hombre levanta rascacielos de cincuenta y ocho pisos, y con ello demuestra que es dueño de la arquitectura. Levanta estaciones de radios con inmensas antenas, y con ello demuestra que es dueño de la electricidad. Levanta chimeneas de fábricas, construye campos de aviación, estaciones ferroviarias, y con ello demuestra que no hay ser superior a él en esta tierra… Pero levanta también altares, ante los cuales dobla las rodillas y se postra en el polvo, y con ello demuestra que hay alguien por encima de él: el Dios lleno de majestad. Ofrece sacrificios a Dios en el templo de piedra, sobre el altar de piedra; pero sabe que esto no basta, porque Dios exige además otro sacrificio: un sacrificio que se ofrece en el templo vivo del ser humano, en el altar vivo del corazón. Este sacrificio, es una vida según la voluntad de Dios.
5. LOS GOLPES DE PECHO. Empieza la santa Misa. El sacerdote no se atreve todavía a subir al altar. Antes, reza delante de las gradas. Hace la confesión de sus pecados. «Confíteor Deo omnipotenti…» «Confieso al Dios topoderoso…» «Mea culpa… Por mi culpa…», dice tres veces, dándose al mismo tiempo tres golpes de pecho. Y siempre que la conciencia del pecado se apodera de nosotros, siempre que preparándonos para la confesión, nos movemos a arrepentimiento; siempre que en el confesonario repetimos: «Me arrepiento de todo corazón…», o decimos en la letanía: «Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo», o recordamos nuestra calidad de pecadores cuando vemos la Hostia santa, momentos antes de la comunión, y decimos: «Señor, no soy digno…», nos damos golpes de pecho. ¡Hermoso símbolo! Llamamos… ¿Cuándo solemos llamar a la puerta? Cuando alguno duerme y hay que despertarlo. ¿A quién queremos despertar allá dentro en nuestro interior? A nuestra alma soñolienta y soñadora, que tranquilamente agoniza… ¡Cuidado! ¡Despiértate! ¡Medita! No te duermas en la muerte del pecado. ¿No es natural este simbolismo?
6. LA LUZ. Y ahí están las velas, las lámparas, el fuego, la luz, la llama; símbolos de los más sugestivos en la liturgia. ¡Velas encendidas en el altar del sacrificio! ¡Lámpara delante del Santísimo Sacramento! ¡Un cirio en el bautismo! ¡Otro cirio en la primera comunión! ¡Otro a la cabecera del moribundo! ¡Velas encendidas en el entierro…!
Pero este culto de la luz, ¿no brota de lo más profundo de la naturaleza humana? Una noche de tardío otoño… Estamos sentados en un cuarto oscuro… El ambiente es tan frío, tan adusto… Encendemos el fuego en la chimenea… cruje la leña seca…, danzan las lenguas de fuego, y todo el cuarto se transforma, un ambiente de intimidad lo envuelve.
¡El fuego! ¡La claridad! ¡La luz! ¡La llama! El símbolo más hermoso de la vida es la llama: calienta, alumbra y con llamarada intranquila sube de continuo hacia arriba. Sopla una leve brisa y marca su propia dirección a la llama. Juega con ella a su antojo. ¿Se la lleva también consigo? ¡Ah, no! De esto no es capaz.
La llama, después de una inclinación momentánea, vuelve al núcleo del fuego, y al volver la calma, se dirige otra vez a las alturas… ¿No véis en esta llama nuestro propio espíritu? Los soplos de la tentación la desvían de tiempo en tiempo, pero ella no puede separarse definitivamente de Dios, y después de vacilar algún tiempo, su llamarada anhela otra vez las alturas santas.
La lámpara que arde en el tabernáculo, la veja encendida en el altar, son tu símbolo. Arden y despiden luz, pero entre tanto se menguan, y llegan a consumirse por completo…
—¡Ah! — me dices—, ¿qué sabe de esto la pobre lamparilla? No tiene alma. Tienes razón. Pues infúndescla tú. ¡Llénala de alma! Por esto la enciende nuestra Madre la Iglesia. La lámpara nada es en sí, si no hay en ella un alma humana: un alma que dice: «Señor, te amo tanto que ardo por Ti. Señor, toda mi vida está tan cerca de tus mandamientos, como está de Ti esta lamparilla, que de día y de noche arde delante del labernáculo. ¡Señor, soy yo quien ardo aquí delante de Ti!».
¡Cuánto calor, cuánta suavidad, cuánta poesía, qué fino sentimiento hay en nuestras simbólicas ceremonias! Son bellas, son amables, son útiles… Con tal que en ellas haya un espíritu vivo, una vida fervorosa. Tihamer Toth: Los Diez Mandamientos, t. I, pp. 277-284.
Sobre este mismo punto puede verse a Cabrol: La Oración de la Iglesia, c. 8: De la disposición del cuerpo durante la oración, y las acciones litúrgicas; y el c. 24: Los elementos santificados: agua, sal, ceniza, fuego y luz; el incienso y las campanas en la liturgia; a Gomá: El valor educativo de la Liturgia Católica: 2.a parte. I sec., c. 4; Elementos propiamente litúrgicos: Diez Gut., o. c., c. II: El Incienso.

EL FIN DE LA VIDA CRISTIANA

El Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas nos ofrece sus principios: «la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana». Mientras que la Dignitatis Humanae en el n. 2 nos ofrece los suyos: «el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana. Como se puede ver, en ambos textos se menciona explícitamente la dignidad humana como fundamento. ¿puede decirse que el hombre tiene el “derecho” de adorar a Dios en cualquier manera que le plazca? ¿Puede decirse que el hombre tiene el “derecho” de promover libremente enseñanzas falsas, sobre asuntos de religión, y esparcir promiscuamente todo tipo de doctrinas erróneas? ¿Puede decirse que el hombre posee el “derecho” — el poder moral — de enseñar y hacer proselitismo con las doctrinas del ateísmo, el agnosticismo, el panteísmo, el budismo, islamismo, el hinduísmo y el protestantismo? ¿Y qué hay de aquéllos que practican la brujería o el satanismo? Todo esto lo proclama el Vaticano II en la Declaración Dignnitatis Humanae. El conclilio Vaticano II, y sus «apóstoles» Montini, Wojtyla, Ratzinger, y Bergoglio, afirman, frente a la doctrina de la Iglesia que el fundamento y fin del hombre es su dignidad personal. El cambio del culto con el «sacrificio» asambleario en una mesa y ya no en el altar, cara al pueblo y de espaldas a Dios, oficiado por un presidente y ya no por un sacerdote, no es más que la aplicación del cambio de la doctrina de la Iglesia, ya que la iglesia conciliar quita la gloria a Dios para dársela al hombre, siendo evidente sobre todo en la nueva «misa». Para las nueva generaciones que no han conocido la verdadera Iglesia de Cristo, y también para la mayoría de las viejas generaciones que han sido aducidas por esta sinagoga, cabe preguntarse: entonces ¿ Cuál es el verdadero fin de la vida cristiana?. Para los que de verdad quieren saberlo, he aquí la respuesta de la Iglesia católica: 

EL FIN DE LA VIDA CRISTIANA

La consideración del fin es lo primero que se impone en el estudio de una obra dinámica cualquiera. Y siendo la vida cristiana esencialmente dinámica y perfectible—al menos en nuestro estado actual de viadores—, es preciso que ante todo sepamos a dónde vamos, o sea, cuál es el fin que pretendemos alcanzar. Por eso, Santo Tomás comienza la parte moral de su sistema—el retorno del hombre a Dios—por la consideración del último fin.

Es clásica la definición de la gloria: clara notitia cum laude. Por su misma definición, expresa, de suyo, algo extrínseco al sujeto a quien afecta. Sin embargo, en un sentido menos estricto, podemos distinguir en Dios una doble gloria: la intrínseca, que brota de su propia vida íntima, y la extrínseca, procedente de las criaturas.

La gloria intrínseca de Dios es la que Él se procura a sí mismo en el seno de la Trinidad Beatísima. El Padre—por vía de generación intelectual—concibe de sí mismo una idea perfectísima: es su divino Hijo, su Verbo, en el que se reflejan su misma vida, su misma belleza, su misma inmensidad, su misma eternidad, sus mismas perfecciones infinitas. Y al contemplarse mutuamente, se establece entre las dos divinas personas—por vía de procedencia—una corriente de indecible amor, torrente impetuoso de llamas que es el Espíritu Santo.

Este conocimiento y amor de sí mismo, esta alabanza eterna e incesante que Dios se prodiga a sí mismo en el misterio incomprensible de su vida íntima, constituye la gloria intrínseca de Dios, rigurosamente infinita y exhaustiva, y a la que las criaturas inteligentes y el universo entero nada absolutamente pueden añadir. Es el misterio de su vida íntima en el que Dios encuentra una gloria intrínseca absolutamente infinita.

Dios es infinitamente feliz en sí mismo, y nada absolutamente necesita de las criaturas, que no pueden aumentarle su dicha íntima. Pero Dios es Amor, y el amor, de suyo, es comunicativo. Dios es el Bien infinito, y el bien tiende de suyo a expansionarse: bonum est diffusivum sui, dicen los filósofos. He ahí el porqué de la creación.

Dios quiso, en efecto, comunicar sus infinitas perfecciones a las criaturas, intentando con ello su propia gloria extrínseca. La glorificación de Dios por las criaturas es, en definitiva, la razón última y suprema finalidad de la creación.

La explicación de esto no puede ser más clara, incluso a la luz de la simple razón natural privada de las luces de la fe. Porque es un hecho filosóficamente indiscutible que todo agente obra por un fin, sobre todo el agente intelectual. Luego Dios, primer agente inteligentísimo, tiene que obrar siempre por un fin. Ahora bien, como ninguno de los atributos o acciones de Dios se distinguen de su propia divina esencia, sino que se identifican totalmente con ella, si Dios hubiera intentado en la creación un fin distinto de sí mismo, hubiera referido y subordinado su acción creadora a ese fin—porque todo agente pone su acción al servicio del fin que intenta al obrar—, con lo cual se hubiera subordinado Dios mismo, puesto que su acción es El mismo. Y así, ese fin estaría por encima de Dios; es decir, que Dios no sería Dios. Es, pues, absolutamente imposible que Dios intente con alguna de sus acciones un fin cualquiera distinto de sí mismo. Dios ha creado todas las cosas para su propia gloria; las criaturas no pueden existir sino en Él y para Él.

Y esto no solamente no supone un «egoísmo trascendental» en Dios; —como se atrevió a decir, con blasfema ignorancia, un filósofo impío—, sino que es el colmo de la generosidad y desinterés. Porque no buscó con ello su propia utilidad—nada absolutamente podían añadir las criaturas a su felicidad y perfecciones infinitas—, sino únicamente comunicarles su bondad. Dios ha sabido organizar de tal manera las cosas, que las criaturas encuentran su propia felicidad glorificando a Dios. Por eso dice Santo Tomás que sólo Dios es infinitamente liberal y generoso: no obra por indigencia, como buscando algo que necesita, sino únicamente por bondad, para comunicar a sus criaturas su propia rebosante felicidad.

Por eso la Sagrada Escritura está llena de expresiones en las que Dios reclama y exige para sí su propia gloria. «Soy yo, Yavé es mi nombre, que no doy mi gloria a ningún otro, ni a los ídolos el honor que me es debido» (Is. 42,8); «Es por mí, por amor de mí lo hago, porque no quiero que mi nombre sea escarnecido, y mi gloria a nadie se la doy» (Is. 48,11); «Óyeme, Jacob, y tú, Israel, que yo te llamo; soy yo, yo, el primero y aún también el postrero» (Ibid., 12); «Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que viene, el Todopoderoso (Apoc. 1,8), etc., etc.

¡La gloria de Dios! He aquí el alfa y la omega, el principio y el fin de toda la creación. La misma encarnación del Verbo y la redención del género humano no tienen otra finalidad última que la gloria de Dios: cuando le queden sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo se sujetará a quien a El todo se lo sometió, para que sea Dios todo en todas las cosas» (1 Cor. 15,28). Por eso nos exhorta el Apóstol a no dar un solo paso que no esté encaminado a la gloria de Dios: «Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Cor. 10,31); ya que, en definitiva, no hemos sido predestinados en Cristo más que para convertirnos en una perpetua alabanza de gloria de la Trinidad Beatísima: «Por cuanto que en Él nos eligió antes de la constitución del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados ante El, y nos predestinó en caridad a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia».

Todo absolutamente tiene que subordinarse a esta suprema finalidad. El alma misma no ha de procurar su salvación o santificación sino en cuanto que con ella glorificará más y más a Dios. La propia salvación o santificación no puede convertirse jamás en fin último. Hay que desearlas y trabajar sin descanso en su consecución; pero únicamente porque Dios lo quiere, porque ha querido glorificarse haciéndonos felices, porque nuestra propia felicidad no consiste en otra cosa que en la eterna alabanza de la gloria de la Trinidad Beatísima.

Tal es la finalidad última y absoluta de toda la vida cristiana. En la práctica, el alma que aspire a santificarse ha de poner los ojos, como blanco y fin al que enderece sus fuerzas y anhelos, en la gloria misma de Dios. Nada absolutamente ha de prevalecer ante ella, ni siquiera el deseo de la propia salvación o santificación, que ha de venir en segundo lugar, como el medio más oportuno para lograr plenamente aquélla. Ha de procurar parecerse a San Alfonso María de Ligorio, de quien se dice que «no tenia en la cabeza más que la gloria de Dios» y tomar por divisa la que San Ignacio legó a su Compañía: «A la mayor gloria de Dios». En definitiva, esta actitud es la que han adoptado todos los santos en pos de San Pablo, que nos dejó la consigna más importante de la vida cristiana al escribir a los Corintios: Omnia in gloriam Dei facite: hacedlo todo a gloria de Dios.

La santificación de nuestra propia alma no es, pues, el fin último de la vida cristiana. Por encima de ella está la gloria de la Trinidad Beatísima, fin absoluto de todo cuanto existe. Y esta verdad, con ser tan elemental para los que comprendan la trascendencia divina, no aparece, sin embargo, dominando en la vida de los santos sino muy tarde, cuando ya su alma se ha consumado por el amor en la unidad de Dios. Sólo en las cumbres de la unión transformante, identificados plenamente con Dios, sus pensamientos y quereres se identifican también con el pensamiento y el querer de Dios. Solamente Cristo y María, desde el instante primero de su existencia, han realizado con perfección este programa de glorificación divina, que es el término donde viene a desembocar todo proceso de santificación acá en la tierra.

En la práctica, nada debe preocupar tanto a un alma que aspire a santificarse como el constante olvido de sí misma y la plena rectificación de su intención a la mayor gloria de Dios. «En el cielo de mi alma—decía sor Isabel de la Trinidad—, la gloria del Eterno, nada más que la gloria del Eterno»: he aquí la consigna suprema de toda la vida cristiana. En la cumbre más elevada de la montaña del amor la esculpió San Juan de la Cruz con caracteres de oro: «Sólo mora en este Monte la honra y gloria de Dios».

(Tomado de Teología de la perfección cristiana, de Royo Marín)

CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 3/10

CAPITULO III
EL TEMPLO CATÓLICO

Num. 64-94

«Me pondría yo a morir mil muertes por la menor ceremonia de la Iglesia»
(Santa Teresa de Jesús)

64. ¿Cuál fue el primer templo cristiano?

El primer templo cristiano fue el Cenáculo de Jerusalen, es decir, una sala grande y bien adornada — Lc. 22, 12— que solía estar situada en la parte alta de la casa. Hechos Apost., 20, 7.

65. ¿Y por qué fue el Cenáculo el primer templo cristiano?

Porque allí celebró Jesús la Primera -Misa, allí descendió el Espíritu Santo sobre los Apóstoles, y allí se reunían los primeros fieles para celebrar la Cena del Señor y para la oración.

 

66. ¿En qué otros lugares celebraban los primeros cristianos los sagrados misterios?
En las casas particulares de los mismos cristianos; así nos consta que en Efeso se escogieron las casas de Aquila y de Priscila—1 Cor. 16, 19—,y en Roma, la del senador Pudens, la de Lucina, la de Entropía y la de Cecilia.
Con el tiempo algunas de estas casas quedaron exclusivamente dedicadas al culto, y aun llegaron a construirse algunas modestas iglesias; de las cuales, sin embargo, ningún vestigio nos ha quedado. Sólo durante la persecución de Diocleciano sabemos que fueron destruidos cuarenta de estos edificios. Cf. Duchesne; Origines du culte chretien, pág. 406; Ensebio: Histor. Eccl. 8, I (Kirch, n. 403).

67. Y al levantarse las persecuciones, ¿dónde se reunían?

En cualquier sitio. Como dice el historiador Eusebio — Histor. Eccl. 7, 2—, «cualquier lugar en que pasábamos nuestros trabajos, el campo, la soledad, una nave, el establo, la cárcel nos servían de templo para congregarnos en asamblea»,
Según Allard, la Iglesia atravesó 6 años de sufrimientos, el s. I, 86 el II, 24 el III, 13 al principio del IV: por consiguiente fue perseguida durante ciento veintinueve años, y gozó de paz relativa por un espacio de ciento veinte años.
Sobre las persecuciones de los cristianos, en los tres primeros siglos, puede consultarse, por ejemplo, a Garcia Villada: Rosas de Martirio, c. I.

68. Pero, sobre todo, ¿dónde se reunían durante las persecuciones?

Para celebrar las «memorias», o aniversarias de los mártires, se reunían en las catacumbas, galerías subterráneas, largas y estrechas, que sirvieron de sepultura, de Osario, etc., y en cuyas altas paredes se cavaban nichos, donde los cristianos guardaban con veneración las reliquias de sus mártires y los despojos mortales de los demás fieles. En las explanadas que había de trecho en trecho, adornadas con pinturas e inscripciones, iluminadas con la luz de las lámparas o antorchas, celebraban la Sagrada Liturgia, sirviéndoles de altar los arcosolios, que se abrían junto a las tumbas de los mártires.
Sobre las catacumbas puede verse, García Villada: o. c. c. 13; P. Allard: El Martirio, c. 7; Wiseman: Fabiola, p. 2, cc. 1-5; y, sobre todo, el Manual de Spencer y Bronwlow: Rome souterraine, resumé des decouvertes de M. ROSSI. (Trad. franc. por P. Allard.)

69. ¿Cuándo aparecieron, por fin, los nuevos y magníficos limpios?

Después que Constantino publicó el famoso Edicto de Milán, año 313, por el que se concedía completa libertad religiosa a los cristianos y se disponía la restitución de los bienes que injustamente se les habían arrebatado.

70. ¿Cómo se llamaron generalmente estos templos?

Se llamaron «basílicas», palabra con que se designaban ciertas grandes salas públicas, divididas en tres naves con tribuna y hemiciclo, donde se traficaba y se administraba justicia.

71. ¿Y por qué se llamaron basílicas?

Ya porque algunos de estos edificios, gracias a la generosidad de Constantino, fueron entonces elegidos y consagrados al culto divino; ya también, porque de la estructura de la basílica pagana, tomó el templo cristiano sus formas arquitectónicas.

 

72. ¿Es importante conocer la forma de las primitivas basílicas cristianas?
Es importantísimo, porque sirvieron de modelo a los demás templos cristianos. Cfr. Naval: Arqueología y Bellas Artes, tom. T, n. 125 ; Sintherrf: Roma Sacra (traducción de Brates, S. .T.): Prólogo pp. 21-32.

73. ¿I)e qué partes constaba la primitiva basílica cristiana?
De tres: ATRIO, NAVE y ABSIDE o presbiterio.

74. ¿Cómo era el atrio?

Como el de las casas romanas, el atrio venía a ser un patio cuadrado, al aire libre, casi siempre con un claustro alrededor.
En el centro había un pilón de agua de lluvia, impluvium, o fuente donde los fieles, antes de penetrar en el templo, se lavaban las manos y la cara, expresando así la limpieza del alma; y además porque para comulgar, solían recibir en sus manos el Pan consagrado. (Véase n. 49.)
Aquí está el origen de nuestras pilas de agua bendita.
«De muchas veces tengo experiencia — dice Santa Teresa, hablando del agua bendita — que no hay cosa con que huyan más los demonios para no tornar, como el agua bendita. De la cruz también huyen, mas vuelven luego. Debe ser grande la virtud del agua bendita: para mí es particular y muy conocida consolación la que siente mi alma cuando la tomo. Es cierto que es lo muy ordinario es sentir una recreación, que no sabría yo darla a entender con un deleite interior, que toda el alma me conforta. Esto no es antojo, ni cosa que me ha acaecido sólo una vez, sino muchas; y mirándolo con gran advertencia, digamos como si uno estuviese con mucho calor y sed, y bebiese un jarro de agua fría, que parece todo él sintió refrigerio. Considero yo qué grande cosa es todo lo que está ordenado por la Iglesia, y regálame mucho el ver que tengan tanta fuerza aquellas palabras, que así la pongan en el agua, para que sea tan grande la diferencia que hace a la que no es bendita».Autobiograf. c. 31. S. Aicardo, abad de Jumieges, en el s. VII, tenía la costumbre de recorrer todas las noches los dormitorios del monasterio, una vez acostados los monjes, rociando todos los sitios con agua bendita y haciendo la señal de la Cruz. Durante este piadoso acto tuvo muchas visiones celestiales, que le sirvieron para mejor gobernar a sus súbditos.

75. ¿Quiénes se colocaban en el atrio?

En el atrio de las basílicas se colocaban los penitentes más culpables por sus escándalos y pecados públicos, y se llamaban flentes, porque arrodillados y cubierta la cabeza de ceniza lloraban sus culpas, implorando las oraciones de los fieles, que penetraban en el templo.
Los pobres a las puertas de las iglesias. Dando la razón por qué la Iglesia permite que pidan a las puertas de sus templos, diceSan Juan Crisóstomo: «Esto es para que todos puedan purificar sus manos y su conciencia por medio de la limosna antes de entrar en el templo. La costumbre de establecer fuentes delante de las puertas de las iglesias, para que se puedan lavar las manos antes de entrar y orar en ellas, es sin duda muy laudable y santa; pero más santa y más necesaria es todavía la de colocar a los pobres en la puerta de nuestras iglesias para lavar las manchas de nuestra alma antes de presentarnos ante la majestad de Dios, tres veces Santo… Asi es que nuestros padres pusieron a los pobres en las puertas de las iglesias como fuentes de purificación, pues la limosna es más eficaz para purificar nuestras almas que el agua para lavar nuestras manos».De verbis Apostoli: «habentes autem eundem spiritum», n. II. P. G. t. 51, c. 300.

76. ¿Qué venía a continuación del atrio?

A continuación venía una especie de vestíbulo interior, llamado nartex, donde solían estar los catecúmenos y los penitentes ordinarios, llamados audientes, porque eran despedidos después de haber iodo el sermón.

77. Después del atrio y del nartex, ¿qué seguía?
La nave, donde se colocaban los fieles, a un lado los hombres y al otro las mujeres.

Cuando las naves eran tres, separadas por hileras de columnas, entonces la nave central era más alta y más ancha que las laterales y tenía pintadas curiosas escenas del Antiguo y Nuevo Testamento en las paredes de encima de las arcadas.
Separándola del ábside y cruzando la nave mayor, había otra nave transversal, que con aquélla formaba el crucero.

 

78. ¿Qué solía haber en la pared frontal donde terminaba la nave central y comenzaba el ábside?
Solía haber un arco, llamado «triunfal», porque a imitación del arco de triunfo, que los romanos levantaban a sus generales vencedores, estaba ricamente decorado, y era como la entrada del santuario.

79. ¿Cuál era la parte más principal de la basílica?

Era el ábside o presbiterio: situado en plano superior al de las naves, era de forma abovedada y semicircular, con el techo decorado con preciosos mosaicos. En el mismo fondo y arrimado a la pared se alzaba el trono o sede del Obispo; y en plano inferior, rodeando en semicírculo al trono, estaban los asientos de los presbíteros.
Delante del presbiterio, se levantaba el altar, que venía a caer precisamente encima de la tumba—confesión — de un mártir, enterrado en la cripta o bóveda subterránea.
Y en fin, sobre este altar, único en toda la basílica y severamente desprovisto durante la celebración de todo lo que no fuera la materia del Santo Sacrificio, se elevaba el Ciborium.

80. ¿Qué era el Ciborium?

Era un alto templete o pabellón, formado por cuatro columnas, unidas por otras cuatro arcadas falsas — o simuladas, cuya luz estaba cegada por una superficie vertical—, y coronadas por una a manera de copa invertida, que eso significa la palabra griega correspondiente.

81. ¿Para que servía el Ciborium?

Servia para tener suspendida con una cadena, desde su techo, sobre el altar la torrecilla o paloma eucaristica (véase n. 55).
Al Ciborium sucedió el Baldaquino, uno de cuyos mejores ejemplares es el de S. l’edro de ltoma, que mide 30 metros de altura.

83. ¿Cuál es la iglesia, madre de todas las iglesias católicas del mundo?

Es la Archibasílica del Salvador, en Roma, conocida, desde el siglo XII, en que fue dedicada a S. Juan Bautista,con el título de San Juan de Letrán.
Situada en el monte Celio, donde Fausta, esposa de Constantino, tenía sus palacios, fue generosamente cedida por el Emperador al Papa San Silvestre, quien la consagró al culto el 9 de noviembre del año 324. Cfr. Wiseman: Fabiola, p. 2, c. 6.

 

84. ¿Cuál es el lugar del templo donde se verifican los más sublimes misterios de la religión católica?
Es el ALTAR: lugar alto, como dice su nombre — alta res —, es el centro de toda la grandiosa arquitectura de nuestros templos y el foco luminoso de la fe, adoración y piedad a donde convergen las miradas y los corazones de todos los fieles, y de donde irradia la vida divina, que incesantemente comunica Dios a su Iglesia.
Antiguamente los fieles nunca se acercaban al altar sin besarlo. Los soldados, que la emperatriz Justina envió a la iglesia, donde San Ambrosio estaba reunido con los fieles, apenas entendieron que el Emperador había revocado la orden de asaltar la basílica, se acercaron al altar como mansos corderos para besarlo en señal de respeto y de paz. S. Ambros. Epist. ad Mar. sor., n. 26.
Como se sabe, no había más que un solo altar en cada iglesia, costumbre que aun se guarda en el Oriente. En Occidente se ha procedido muy diversamente. Batiffol, en una de sus obras, ha reunido con gran precisión histórica las diversas fases de la evolución de la multiplicidad de los altares: «la antigüedad cristiana construyó sus basílicas como demostración de la unidad de la iglesia local. Una plebs, un obispo, una cátedra, un altar con su obispo en los días de la Misa estacional. Esta es la arquitectura de los siglos III y IV. Después fue necesario separar de la Misa estacional la Misa per parochias et per coemeteria. Vinieron las misas de devoción o las Misas privadas; y, por último, llegó el día en que estas Misas tuvieron lugar en las basílicas. En aquel día, que remonta al s. V-VI, fue sacrificado el principio de la unidad del sacrificio». Batiffol: Lecons sur la Messe (citado por Gubianas: o. c., p. 236).

85. ¿Qué forma tenían y de qué materia eran los primeros altares?

Eran sencillamente mesas de madera, como aquella del Cenáculo en que Jesús celebró la Primera Misa; después, al ofrecerse el Santo Sacrificio junto al sepulcro de los mártires, en sus capillas, o bajo el arcosolio que coronaba esos mismos sepulcros, los altares comenzaron a ser de piedra y a labrarse en forma de arca o sarcófago.
Los altares paganos, aunque en un principio eran simples elevaciones del terreno, y después fueron de piedra, en la época de más refinamiento artístico llegaron a ser monumentos ricos y grandiosos: el altar de Zeus (Júpiter), en Olimpia, media de circunferencia 125 pies, y de altura 32; y el de Pérgamo, descubierto no hace muchos años, y que se ha reconstruido en el museo de Berlín, tenía 12 metros de altura. En general, los altares paganos más se parecían a pedestales de estatua que a nuestros actuales altares cristianos. Los cristianos no quedaron rezagados en la fabricación y ornamentación de sus altares; y aunque el altar en que celebraba S. Pedro y que hoy se conserva en S. Juan de Letrán es de madera, sabemos que también los hubo de plata, de oro y aua de piedras preciosas. Sozomeno nos cuenta que la emperatriz Pulquería, hermana del emperador Teodosio, regaló a la iglesia de Constantinopla un riquísimo altar, casi todo de oro, como confirmación del voto de castidad que habia lucho a Jesucristo. (Histor. I. IX, c. 1). Y Constantino regaló a la misma basílica siete altares de plata, que pesaban 200 libras; uno de oro a la basílica de la Sta. Cruz, que llegaba a pesar 250 libras; y otros de parecido valor a las más famosas basílicas de Boma. Anasilisio: Vida de S. Silvestre. P-L., t. 34 y 128, c. 1519 y 1515. (Cita de Diez tíut. ONéil, o. u.)

86. ¿Cuáles son las partes esenciales del altar?
Son estas cuatro: el ara, los manteles, la luz litúrgica v el Crucifijo.

87. EL ARA es una piedra rectangular, consagrada, que contiene en una pequeña concavidad — sepulcro — algunas reliquias de santos, especialmente de mártires.
Sobre esta piedra, reducido sepulcro de algún mártir de Cristo, se han de colocar los corporales, y sobre éstos la Hostia y el Cáliz: ¡no podía haberse encontrado sitio más digno!
De San Luciano, presbítero de Antioquía, nos refiere San Juan Crisóstomo que la víspera de su muerte — iba a ser dividido su cuerpo en cuatro partes y a ser arrojados al mar los pedazos —, para complacer a sus discípulos, que así se lo rogaban, como no tuviese a mano ningún altar, celebró el Santo Sacrificio dentro de la cárcel, sirviéndole de altar su mismo pecho. Cfr. n. 157.

88. TRES MANTELES de lino deben cubrir el altar, ya por la reverencia debida al mismo altar, ya para recibir la preciosa sangre en caso de derramamiento.

El mantel que, en otros tiempos, cubría por completo los cuatro lados del altar, hoy, desde que éste quedó adosado a la pared y comenzaron a usarse los frontales — hacia el siglo XI—, sólo llega hasta el suelo por los lados.

 

89. LA LUZ LITURGICA. En las vigilias nocturnas, lo mismo que en las misas y ágapes cristianos, y sobre todo en las galerías subterráneas de las catacumbas, era imprescindible el uso de abundantes luminarias: Hechos Apost. 20, 8.: v. n. 133.
Se usaban entonces, sobre todo, lámparas de aceite, las lucernas romanas, que eran unas copas o vasos alargados de barro o de bronce, con su asa y una o varias mechas, y que solían colocarse sobre algún mueble o pedestal, o también suspenderse del techo: lucerna pensilis.
Muy pronto estas lámparas comenzaron a usarse en las catacumbas y en otros recintos sagrados para señalaralgunos sepulcros notables: así comenzaba a brillar la luz litúrgica, que para el cristiano, más que su natural utilidad, encerraba múltiple y maravilloso simbolismo y venía a difundir en su alma honda y significativa alegría.
Las dos velas que arden en la Misa rezada, las cuatro o seis de la Misa solemne, la lámpara del Santísimo, la vela del bautismo, la de la primera comunión, la de la Extrema Unción, las de los funerales, la profusión de luces en las grandes solemnidades, para los ojos del alma cristiana son todavía más brillantes, que para los del cuerpo.
Para conocer el maravilloso simbolismo de la luz en la liturgia católica hay que leer y meditar atentamente el «Exsultet», o bellísima «Angélica» del Sábado de Gloria: «En la liturgia romana no hay, tal vez, composición de más subido lirismo y emoción que ésta, llamada la Angélica, atribuida ordinariamente a S. Agustín. Su mismo canto es algo inimitable y sublime, en melio de su ática sencillez.» Lefebvre.
La «Angélica», todo luz y alegría, desarrolla poéticamente el simbolismo del Cirio Pascual y entreteje un florido elogio — mucho más amplio en los misales antiguos — a la pequeña e industriosa abeja, que con tanto arte fabrica la cera de nuestros altares. Cfr. Juan B. Ferreres, S. J.: Historia del Misal Eomano, nn. 931-941.

90. EL CRUCIFIJO.

Podemos distinguir, con Gomá — El valor educativo de la Liturgia Católica, pág. 244 y sig. —, estas fases o conquistas del culto de la Cruz en la Liturgia: Cruz-acción; Cruz-procesional; Cruz de altar y Altar del crucifijo.
De la Cruz-Acción, informando la vida del cristiano, ya nos habla Tertuliano, en el siglo III, y lo hace casi en los mismos términos en que lo hará catorce siglos después el P. Astete en su áureo catecismo:
«Siempre que andamos y nos movemos, cuando entramos, al vestirnos y calzarnos, en la mesa y en el baño, al sentarnos y al acostarnos, marcamos nuestra frente con la señal de la Cruz». De Corona Milit. 3, 11: Kirch. n. 189.
En los primeros siglos, la señal de la cruz sólo se trazaba sobre la frente. Con frecuencia también se hacía en la boca y, a veces, en el pecho, según las regiones. Al introducirse el modo actual, se tocaba primero la sien derecha y después la izquierda, como todavía se hace en el rito griego. En el modo de disponer los dedos, existieron y aun existen curiosas variedades: el modo mas común en la Iglesia latina era situar los tres primeros dedos de la mano derecha extendidos y unidos, cerrando los otros dos; estos dos dedos asi cerrados y unidos a la palma de la mano simbolizaban las dos naturalezas de Jesucristo contra los Eutiquianos, que admitían una sola ; los otros tres indicaban el misterio de la Trinidad. El Papa, al impartir su bendición, observa esta antigua disposición de los dedos. Los griegos cruzan primero el dedo pulgar con el anular de la mano derecha, doblan el meñique dándole la forma de una C; tienen derecho el índice y, doblado el dedo medio como el meñique, alzan la mano y trazan la señal de la cruz: los dedos así dispuestos forman las primeras letras de la palabra«Jesucristo», en griego: 1-X.
La Crúz-Procesional y la Cruz del Altar, están Intimamente relacionadas, tanto que litúrgicamente son una misma cruz.
Cuando la asamblea de los fieles que solía reunirse en una iglesia, iglesia de la reunión — en latín ecclesia collecta —, avanzaba procesionalmente hacia la otra iglesia — iglesia estacional — donde iba a celebrarse la Misa, la cruz que venía presidiendo esta procesión era la misma del altar que, para este fin, te adaptaba al asta y luego se volvía a poner a un lado del altar, y, más tarde, en el mismo altar. Grea: La Sainte Liturgie, pág. 171. Cfr. 141.
El Altar del Crucifijo: la Cruz en el altar, ya por sus dimensiones, ya por la distancia, queda relegada a un segundo término; por eso, a la entrada de los templos y en nuestras catedrales, en el centro del coro, la piedad de nuestros mayores ha dedicado un altar al Crucifijo, o ha situado estas gigantescas imágenes, suspendiéndolas a veces de los arcos triunfales, para que se ofrecieran de una manera más visible a los ojos del pueblo. Gomá: o. c., página 245.
La costumbre de colocar en los altares crucifijos exageradamente pequeños, que se pierden y sepultan entre multitud de candelabros, ángeles, flores y otros adornos del altar, no puede ser más antilitúrgica, y ha sido expresamente reprobada por el Papa Benedicto XIV: «Son violadas las leyes de la Iglesia cuando se coloca solamente una diminuta imagen del Crucifijo, que sea más pequeña que el cuadro o estatua del Santo.»
LA CRUZ, que informa y anima la vida cristiana en sus actos más grandes y más sencillos, alcanza su máxima exaltación en la Misa:
HASTA TREINTA Y CINCO VECES, sólo en la Misa de los fieles, traza el sacerdote la señal sacrosanta de la Redención, ya sobre sí mismo, ya sobre los sagrados objetos o personas que le rodean. Cfr. 210 y 223.
La Cruz abre las fuentes divinas de todos los Sacramentos, la Cruz corona las torres y campanarios, preside la sacristía y está, en fin, grabada profusamente en los ornamentos, en los corporales, purificadores, sacras, misales, etc.

91. ¿Cuándo aparecen los retablos en los altares?

Los retablos — retro-tabula—, detrás de la tabla o mesa del altar, aparecen en el siglo XII, y probablemente traen su origen de los antiguos dípticos. Véase n. 217. Los dípticos eran unas placas de madera, marfil o metal, decoradas con pinturas y relieves, de dos o más hojas — dípticos, trípticos— que se plegaban como las tapas de un libro, y en las cuales constaban los nombres de personas beneméritas de la Iglesia; había dípticos de vivos y dípticos de difuntos — de ellos provienen los Mementos de la Misa—, y sus nombres se leían durante el Santo Sacrificio; de estos dípticos eclesiásticos, y sobre todo de los dípticos piadosos, que eran como retablos portátilesy pequeños oratorios, proceden los retablos.
Como se sabe, los retablos españoles descuellan entre todos los del mundo por su incomparable riqueza. Los mismos autores extranjeros — por ejemplo Abel Fabre; Pages d’Art Chretien (tercera serie)— citan estos diez, como los mejores, pertenecientes al arte del Renacimiento: el de la catedral de Vich, de 1420; el de la de Tarragona, de 1426; el de la Seo de Zaragoza, de 1445; el de la Cartuja de Miradores, de 1496; el de la catedral de Sevilla, de 1497; el de la de Toledo, de 1500; los de Burgos, el de S. Nicolás y el de la catedral, de 1503; el de Nuestra Señora del Pilar, de Zaragoza, de 1511, y el de la primacial de Teruel, de 1536.

92. ¿Y el culto en las iglesias comenzó muy pronto?

Aunque los cristianos, al principio, vivían entre los judíos, y a éstos, por su tenaz propensión a la idolatría, les había Dios prohibido fabricarse imágenes y estatuas, Exodo 20, 4; Deut. 5, 8, pronto, sin embargo, comenzó este culto entre los cristianos, como se ve en los numerosos y variados frescos de las catacumbas, en las estatuas tan conocidas del Buen Pastor, en los sarcófagos, lámparas, vasos o vidrios, embellecidos con diversas figuras y escenas bíblicas, si bien, por hallarse entonces los cristianos mezclados y casi absorbidos por el elemento pagano, groseramente idólatra, no pudo el culto de las imágenes hacer grandes progresos hasta después del siglo IV, en que cesó ese impedimento.
Cfr. la revista «Bíblica», vol. 15, año 1934, pp. 265-300: La cuestión de las imágenes entre los judíos, a la luz de loa recientes descubrimientos, por J. B. Fret, c. s. Sp.
«Actualmente, en el altar mayor suele estar la imagen del santo, a quien la iglesia está particularmente, dedicada y de quien toma el nombre. Con todo eso, en las iglesias modernas es más frecuente consagrar el altar mayor a CRISTO, colocando alguna de sus imágenes (el Sagrado Corazón, vgr.) en la parte superior, y en el centro, el trono o tabernáculo para la exposición del Santísimo Sacramento. Las devociones a los Santos patronos (San Martín, San Boque, etc.), tan absorbentes en la Edad Media, van colocándose en segundo término, dejando el centro para las Personas de la Sagrada Familia, Jesús, María y José: mudanza en la cual no es posible desconocer el progreso de la cultura cristiana.» Fisher-Ruiz Amado: El Culto Católico, p. 14.

LECTURAS

93. EL TABERNACULO, FIGURA DEL TEMPLO CATOLICO:

Fue el templo portátil de los Israelitas durante su larga peregrinación por el desierto; como indica su nombre era una tienda de campaña de 30 codos de largo, es decir, de unos 15 metros (pues el codo agrado mide Om. 525) y de 10 codos de alto, y de ancho, sostenida por soportes de madera, recubierta de las más preciosas telas y protegida exteriormente por tapices de piel de camello.
EL ATRIO: A su alrededor corría un gran atrio o patio rectangular de 100 codos de largo por 50 de ancho; aquí, en el atrio, por el lado oriental donde estaba la puerta, se hallaba primero, el altar de los holocaustos y después, un gran recipiente donde los sacerdotes tenían abundante agua para lavarse manos y pies antes de acercarse al altar o de entrar en el tabernáculo. Cfr. n. 74.
LAS DOS PARTES PRINCIPALES DEL TABERNACULO eran el Santo y el Santo de los Santos — o Santísimo, pues éste es uno de los modos de expresar en hebreo el superlativo —; un riquísimo velo separaba entre si el Santo y el Santo de los Santos, velo que se rasgó de alto a abajo en el momento de expirar N. S. Jesucristo, dejando visible y accesible a todos el interior del Santo de los Santos. Cfr. n. 156.
¿QUE HABIA EN EL SANTO? Según se entraba a mano izquierda, se encontraba el candelero de siete ramos o brazos, todo de oro purísimo y cuyas luces debían brillar toda la noche; a la derecha, y enfrente del candelero, estaba la mesa con los doce panes — uno por cada tribu — de la proposición, así llamados porque estaban siempre expuestos ante el Señor. Estos panes se elaboraban con la harina más pura y se presentaban ante el Señor, cuando todavía estaban calientes, todos los sábados, retirándose los añejos, que sólo podían ser comidos por los sacerdotes.
Esta mesa con los panes de la proposición es viva imagen de la mesa eucaristica siempre abastecida con el pan vivo e indeficiente, Jesucristo.
Por fin, en el fondo, y entre el candelero y la mesa, se hallaba el altar de los perfumes, donde se quemaban los más finos inciensos.
¿QUE HABIA EN EL SANTO DE LOS SANTOS? Estaba el ARCA DE LA ALIANZA, donde el pueblo de Dios guardaba sus más queridos recuerdos.
En este pequeño cofre de madera preciosa, aproximadamente de lm-30 de largo por 0,80 de ancho y de alto, recubierto por dentro y por fuera con láminas de oro y con cuatro anillas, fijas en sus cuatro ángulos para poder ser transportado más fácilmente, se guardaban en otro tiempo: 1-las dos nuevas tablas de la ley; 2-el Pentateuco, o sea los cinco libros de Moisés; 3-la vara florida de Aarón, y 4-el vaso de oro con un poco de maná.
LA CUBIERTA DEL ARCA era una placa de oro con dos magníficos querubines del mismo metal, uno a cada lado que, mirándose uno al otro en actitud de extática adoración, desplegaban hacia lo alto sus amplias alas, formando una bóveda, que cobijaba el Arca sagrada: ésta era EL PROPICIATORIO: aquí, en el Santo de tos Santos, entre los dos querubines y sobre el Arca de la Alianza, había asentado Dios su trono entre los hombres; aquí venía «el amigo de Dios», Moisés, a consultar al Señor; aquí se mostraba Dios propicio y misericordioso con su pueblo.
En el SANTO DE LOS SANTOS, sólo entraba el Sumo Sacerdote, y una sola vez al año, en el gran día de la Fiesta de las Expiaciones.
EL TABERNACULO es, sobre todo, figura de nuestros SAGRARIOS, verdaderas tiendas de campaña, donde Dios, durante nuestra breve peregrinación por este mundo, vive y habita entre nosotros.
LOS TRES CELEBRES TEMPLOS que después habían de construir los judíos, el grandioso de Salomón, el más humilde de Zorobabel y el de Herodes el Grande, sólo comparable al de Salomón, reproducían el plan del tabernáculo de Moisés. (Cfr. Exod. 25-27.)

94. EL CRUCIFIJO: Está compuesto de dos elementos, Cruz y figura o Cristo.
Estos dos elementos no aparecen juntos desde el principio.

REPRESENTACIONES DIRECTAS de la Cruz sola — elemento que aparece en las Catacumbas primero, y ya muy conocido desde la más remota antigüedad —, no se encuentran más que unas veinte, según Mgr. Wilpert: y por cierto, algo disimuladas entre las palabras de un epitafio, o entre las letras de un nombre propio.
Sus formas preferidas, son: la forma de Tan, T, la griega de cuatro brazos iguales +, la latina -J- y, por fin, la de aspa o de San Andrés, X.
REPRESENTACIONES INDIRECTAS, en cambio, existen muchas y muy variadas: el tridente solo o con un pez enroscado en él; este pez ya sabemos a quién representaba: V. n. 27; el áncora es la cruz salvadora del naufragio durante la vida, por eso aparece junto al nombre de un difunto y acompañando a una paloma, símbolo del alma cristiana libertada por la muerte; el martillo, la lanza del coche dirigida hacia lo alto, el pájaro con las alas desplegadas, un simple cruce de líneas, hablaban bien elocuentemente al corazón de los cristianos, así como nada decían al profano. En fin, la cruz aparece simbolizada en el hombre, que está orando de pie y con los brazos levantados, y en el navio, que se desliza sobre las olas a velas desplegadas, y con el mástil cruzado por un travesaño horizontal.
La letra griega X (JI) análoga a la cruz en aspas, era abreviatura de XPIXTOE; la cruz ansada o con asa con una argolla encima y la cruz gamada o suástica, formada de cuatro gammas acopladas, signo este último antiquísimo, que se encuentra ya veinte siglos antes de Cristo, ofrecieron a los primeros cristianos imágenes del leño redentor.
La Invención de la verdadera Cruz en Jerusalén por la emperatriz Santa Elena y la aparición de la cruz luminosa a Constantino, introducen definitivamente en el arte cristiano la Señal de la Redención; la Cruz sale entonces de las Catacumbas y se ostenta en el pecho de los fieles, y aparece en la fachada de sus casas, en el sarcófago de sus difuntos, en las monedas imperiales, en los dípticos consulares, sobre los estandartes, sobre el cetro y la diadema del mismo Emperador, que regala a la tumba de San Pedro, una cruz de oro, de 150 libras de peso, y coloca otra, también de oro y de piedras preciosas, en el artesonado de la sala principal de su palacio de Constantinopla.
Pero la Cruz toma ahora un nuevo significado, del triunfo de Cristo sobre el paganismo: Cristo aparece como Rey en su trono, con real diadema en vez de corona de espinas, con vestido de púrpura en lugar de tosco sayal; todavía no se manifiesta doloroso, paciente, muriendo en un patíbulo.
Hacia el siglo VI, como fuerte reacción contra los herejes monofisitas, que absorbían la naturaleza humana de Jesucristo en su divinidad y como pública afirmación de la naturaleza humana y pasible de Cristo y de la realidad de su Pasión dolorosa, aparece ya Cristo muriendo en la cruz; aunque siguió prevaleciendo el simbolismo triunfal, hasta que vinieron las decisiones de los Concilios — siglo VIII— que recomendaban expresamente la representación del Crucifijo bajo una forma directa «Jesucristo muriendo en la Cruz», abandonando ya los emblemas y símbolos antiguos. Abel Fabre: Pagos d’Art Chré-tien: Premiére serie, Le Crucifix.
Véase: Obras de Mella: Vol. XX. Filosofía: Teología: Apologética II, pp. 228-238; La Catedral: ibid ; Ideario III, p. 284; El beso al Crucifijo: Imagen de la agonía del sabio. Coloma. G: Sermones varios: t. II; Los Novisimos: muerte, s. 3. V: El Crucifijo entre las manos de un moribundo; Toth. Tihamer: El Joven y Cristo. c. 3, XV: El Crucifijo en la mesa del estudiante.

BEATO DE LIÉBANA PREVINO CONTRA LA FALSA IGLESIA

Beato de Liébana nos previno

contra la falsa iglesia

“¿Cuándo se ha oído que los de Liébana vinieran a enseñar a los toledanos? Bien sabe todo el pueblo que esta sede ha florecido en santidad de doctrina desde la predicación de la fe y que nunca ha emanado desde aquí cisma alguno ¿ Y ahora, tú, solo, oveja roñosa (esto lo decía por San Beato) pretendes sernos maestro?”. A estas palabras del hereje adopcionista y arzobispo de Toledo, Elipando, le responde San Beato  “…Duerme Jesús en la nave; por una y otra parte nos sacuden las olas; la tempestad nos amenaza, porque se ha levantado un inoportuno viento. Ninguna esperanza de salvación tenemos si Jesús no despierta. Con el corazón y con la voz hemos de clamar: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Entonces se levantó Jesús, que dormía en la nave de los que estaban con Pedro, y calmó el viento y la mar, trocándose la tempestad en reposo. No zozobrará nuestra barquilla, la de Pedro, sino la vuestra, la de Judas (la del arzobispo)Con esta respetuosa serenidad y santa confianza da comienzo el presbítero montañés y su amigo Heterio  a lo que ellos llaman Apologético contra el extendido adopcionismo [Doctrina nacida en España en el siglo VIII que afirmaba que Jesús, en cuanto hombre, no era hijo de Dios por naturaleza sino por adopción.]  que daba pie a caer de nuevo en el nestorianismo, guiados al abismo ¡y cuándo no!, por los obispos henchidos de soberbia, como ahora se repite por los que están unidos al de Santa Marta, Bergoglio.

Beato de San Miguel de Escalada (cerca de León. Hacia 960. 
Lignum Crucix de Santo Toribio de Liébana.

Pues con la misma habilidad y profundidad escriturística que bien alabara Menéndez Pelayo,  ha penetrado San Beato los misterios del Apocalipsis, cuyos Comentarios fueron divulgados por toda la cristiandad. Desde Liébana, pues, esto es, del Monasterio de san Martín de Turieno- hoy de Santo Toribio- suenan aún el eco de las palabras de San Beato en el siglo VIII, anunciando muy anticipadamente la crisis apocalíptica en que nos ha sumido el Concilio Vaticano II y su posterior “magisterio”, denunciando con antelación profética a los sacerdotes y obispos conciliares. He aquí como en su famoso Comentario del Apocalipis hay profecías que tienen una magnífica actualidad en nuestros días, y que enlazan muy bien con materias muy debatidas, como todo lo que respecta a los cambios de los ritos conciliares y a los infiltrados en la Iglesia: obispos y sacerdotes que trabajan para su destrucción y que no pertenecen al Sancta Sanctorum, sino que están en el atrio para ser pisoteados por los gentiles. 

Citas: Extractos del Apocalipsis de  Beato de Liébana en torno al año 778 (Beato de Liébana, + 798, Obras Completas, Comentario al Apocalipsis de San Juan, Ed .BAC, Madrid,1995, p.485)

¿ESTÁ HABLANDO BEATO DE LA FALSA IGLESIA CONCILIAR Y DE LA VERDADERA IGLESIA CATÓLICA FIEL A LA TRADICIÓN?

Comentario Resumen:”os matarán pensando que dan culto a Dios”

Citas: Extractos del Apocalipsis de  Beato de Liébana en torno al año 778 (Beato de Liébana, + 798, Obras Completas, Comentario al Apocalipsis de San Juan, Ed .BAC, Madrid,1995, p.485):

“… ahora se ve  a los enemigos dentro de  la Iglesia , (…) en otro tiempo  hubiera sido una blasfemia decir que están dentro de  la Iglesia y que son ellos los que la persiguen ” 

“La serpiente dio su poder a la Bestia, que cuenta con falsos hermanos en la Iglesia, los cuales  parecen ser parte de ella, pero  son sus enemigos. Por medio de  ellos el diablo hace sus maquinaciones contra aquéllos que sí pertenecen a la Iglesia a los que  pretende seducir (…), fingiendo santidad parecen ser parte de la Iglesia, pero pertenecen en realidad al diablo que  inventó este ardid con el fin de lograr  imponerse en  nombre de la religión a las personas religiosas . (…) Él Logra que permanezcan dentro de  la Iglesia los que, disfrazados de ovejas,  parecen virtuosos pero en su interior son lobos rapaces. Por eso  no son descubiertos como lo son otros hombres francamente malos, ellos tienen la apariencia de santidad;  participan en su misma maquinación,  el diablo los tiene dentro de la iglesia, en medio de la multitud, revestidos de una santidad aparente (ibid.p.487).

Se ha dicho muchas veces que se les acusaba injustamente  porque no se alzaban  abiertamente  contra la Iglesia con  la que dicen estar  unidos, y se llaman hijos de Dios, pero que no cesan de poner asechanzas a los verdaderos hijos de Dios,  no profieren  imprecaciones abiertamente contra la Iglesia, y sin embargo  son parte del misterio de la iniquidad, bajo capa de  santidad. Sin embargo, cuando llegue el tiempo en que el Anticristo se  haga presente, cuándo  ocurra  la dispersión, es decir, cuando la desintegración de la Iglesia sea  claramente visible,  cuando se manifieste  al mundo el hombre de pecado, sólo entonces se entenderá, se  descubrirá,  se comprenderá y se sabrá  quiénes eran los que  antes estaban bajo el disfraz de la religión , ocultando sus imprecaciones contra  Dios, pero  en la hora actual hablan como la Iglesia Católica (ibid.p.489).

“… es el mismo el Anticristo que  reina ahora de una manera sutil en la Iglesia por medio  de los falsos sacerdotes , quien   entonces destruirá la Iglesia, ya sin disfrazarse  (ibid.p.507).

” El mar es el mundo intrínsecamente malo; la tierra son los obispos, los sacerdotes y la falsa religión que con pretexto de santidad parece funcionar en silencio, sin aspavientos, haciéndose pasar por ministros de la Iglesia pero que no lo son en absoluto … “(ibid.p.403).

“… se hace  pasar por cordero,  para mejor inocular,  a escondidas, el veneno de la serpiente. Ahora finge ser  un cordero, pero lo hace  para devorar con más seguridad a los  corderos. Habla de Dios,  pero intenta alejar del camino de la verdad a quienes buscan sinceramente  Dios. Por eso, nuestro Señor advirtió a Su Iglesia, diciendo : “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces ( Matth.7, 15) “(ibid.p.495).

¿DESCRIBE EL CONCILIO Y EL MAGISTERIO POSTCONCILIAR?

Comentario: Resumen. Los dogmas, conservados en las palabras, serán vaciados de contenido y rellenados de sustancia idolátrica, tal como parece en el modernismo que triunfó en el Conciliábulo. El Atrio y las Naves han sido conculcados. Pero el Tabernáculo o Sancta Sanctorum estará preservado en el desierto; es decir en el resto fiel perseguido.

 La caña es la medida de la fe.  Nadie puede adorar ante el altar sagrado, sino el que  hace confesión de  la Fe. Porque  no todos los que están ante él adoran,  ya que está escrito: EL ATRIO EXTERIOR DEL TEMPLO NO FORMA PARTE DE ÉL, HA SIDO DEJADO A LOS GENTILES . El atrio parece que pertenece al Templo, pero no es parte del “Santo de los Santos”. Allí están  los que parecen ser parte de la Iglesia pero no lo son en absoluto.Se llama atrio, al patio, espacio vacío entre los muros. A ellos, por ser inútiles, se les expulsa de la Iglesia. PORQUE EL ATRIO HA SIDO DEJADO A LAS NACIONES Y ELLAS PISOTEARÁN LA CIUDAD SANTA DURANTE   CUARENTA Y DOS MESES. Quienes han sido excluídos así como todos los demás, es decir, los malvados de este mundo  pisotearán a la Iglesia. (Comentario sobre Apocalipsis, Obras completas p. 453).

¿DESCRIBE LA IGLESIA CONCILIAR Y SU JERARQUÍA?

Comentario a Apocalipsis 13,11 y ss. Resumen:  la principal labor que llevará a cabo esta Segunda Bestia será la adulteración de la religión.


“OTRA BESTIA SALIÓ DE LA TIERRA.  Salir de la tierra  significa estar llena de sí mismo y de la gloria terrenal. La Bestia del mar es la misma que la  Bestia de la tierra. La palabra Otra  se refiere a la misión, pero es la misma bestia.  La mar hace unas cosas, la tierra otras.  El mar se agita, la tierra es tranquila. Por mar se sobreentiende la multitud claramente  mala, por  tierra, los obispos,los  sacerdotes y la falsa religión que, bajo  apariencia de santidad, no hacen ruido en  el mundo, pero trabajan en silencio simulando ser  la Iglesia sin serlo… “
 (Comentario sobre el Apocalipsis, Obras completas, p. 493)

¿ESTÁ DICIENDO QUE MUCHOS OBISPOS YA NO TIENEN JURISDICCIÓN POR SER HEREJES. APÓSTATAS, CISMÁTICOS DE LA VERDADERA IGLESIA..? En efecto, ninguno de los obispos conciliares, incluido el de Roma – el cual ni siquiera está consagrado válidamente- tienen jurisdicción por haber abrazo y predicado la herejía modernista contenida el conciliábulo Vaticano IIº.

San Beato moró en Liébana lugar donde se levanta el Monasterio de Santo Toribio-antes de San Martín- que guarda el Lignum Crucis mejor documentado del orbe y de mayor tamaño que existe.

Beato moró en Liébana lugar donde se levanta el Monasterio de Santo Toribio-antes de San Martín- que guarda el Lignum Crucis en un precioso relicario mejor documentado del orbe y del mayor tamaño que existe [Las medidas del Leño santo son de 635 mm el palo vertical y 393 mm el travesaño, con un grosor de 40 mm, siendo así la reliquia más grande conservada de la cruz de Cristo, por delante de la que se custodia en San Pedro del Vaticano..

CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 2/10

LA MISA Y LA COMUNION

“El sagrado Sínodo desearía que los fieles presentes en cada Misa comulgasen, no sólo espiritualmente, sino sacramentalmente, para que pudiera comunicárseles un fruto más abundante de este santo Sacrificio”.

(Concilio de Trento)

  1. ¿Con qué frecuencia solían comulgar los primeros cris­tianos?

Aunque San Pablo nos habla de la participación en la cena del Señor, es decir, en la Misa del domingo, como si entonces sólo se comulgara semanalmente, pero ya los Hechos de los Apóstoles, que describen los primeros fer­vores de la Iglesia naciente, nos dicen que todos los días partían el pan en sus casas. 2, 46. Y. n. 25.

Y lo mismo indican los Santos Padres de los primeros siglos; «Bebed todos los días la sangre de Cristo — decía SanJerónimo — para que podáis asimismo derramar por Cristo vuestra sangre… Todos los días, saciados con el Pan celestial, decimos: Gustad y ved…» ln Isaiam, 1, 1, 6, 5. Véase el curioso testimonio del mismo Santo sobre la comunión diaria que se acostumbraba en la Iglesia de Roma y en la de España: Ep. a Lucinio Bélico (Edición Mauriana) ep. 52. Migne: P. L., t. 22, col. 672.

En España, durante la dominación romana — o sea hasta el si­glo v —, cada día se celebraba el Santo Sacrificio de la Misa. A él debían acudir todos los clérigos; y aunque no por obligación, pero sí por devoción, asistía también la mayoría de los fieles. Las tres se­manas que precedían a la Epifanía y los días de Cuaresma era la asistencia obligatoria para toda la comunidad; durante el resto del año sólo los domingos, y el que faltaba a la iglesia tres de éstos se­guidos, recibía una penitencia pública hasta que se juzgaba que ya había purgado suficientemente su falta. Durante el Santo Sacrificio se distribuía la comunión a los fieles bajo las dos especies, y era cos­tumbre llevárselas a sus casas y cuando se iba de camino. España fue el primer país occidental donde se introdujo la costumbre de dar a los fieles el Cuerpo de Cristo en la boca. G. Villada: Historia Ecle­siástica de España, t. I., parte I, pág. 235. Y en la Iglesia visigó­tica española (409-711) declaraban los Concilios: «Los que están sin pecado pueden recibirle diariamente, pero los que tienen sobre sí crí­menes que los repelen del altar como muertos, deben hacer antes pe­nitencia. Por lo demás, si los pecados no son tan graves como para quedar por ellos excomulgados, deben los fieles acercarse al convite del Cuerpo de Cristo». Ibid. t. II, parte II, pág. 67.

  1. ¿Qué frutos producía en ellos la comunión frecuente?

Producía los frutos más admirables: desprendimiento del mundo y de sus riquezas, teniendo todos en común sus bienes y repartiéndolos entre los cristianos más po­bres (Act. Ap. 2, 44-45); unión maravillosa y ya prover­bial de almas y de corazones, que era la admiración de los mismos gentiles: «Ved cómo se aman —decían éstos — y cómo están prontos a morir unos por otros»: Tertul. Apolog. 39, 9; Kirch. 158; constancia en su fe e inque­brantable fortaleza en padecer por ella la cárcel, el des­pojo y el martirio, y, en fin, aquella prodigiosa expansión del cristianismo, milagro moral de primer orden, que hacía exclamar, triunfantes, a los apologistas del siglo III:

“Somos de ayer y llenamos todo vuestro imperio: vuestras ciuda­des, vuestras casas, vuestras fortalezas, vuestros municipios, las asambleas, los mismos campos, las tribunas, las decurias, el palacio, el senado, el faro: sólo os hemos dejado los templos». Tertul. Apolog. 37, 125; Kirch 156.

Cfr. León XIII: Encíclica «Mirae caritatis», y Pió X en su de­creto sobre la Comunión frecuente, que atribuyen el fervor de la primitiva Iglesia a la comunión frecuente, 20 Dic. 1905.

  1. ¿Comulgaban fuera de la Misa?

Los primeros cristianos consideraban tan inseparable­mente unidas la Misa y la Comunión, que para ellos asis­tir al Santo Sacrificio era tomar parte activa en él, era comulgar, participar del mismo Pan que el sacerdote ha­bía consagrado para todos; por eso comulgaban dentro de la Misa, y comulgaban todos los que habían asistido a la misma: sólo tenían que dejar de hacerlo los excomulgados.

«Muchos cristianos ignoran demasiado que la comunión es para ellos el medio por excelencia de participar vitalmente del Sacrificio de la Misa…; se forman el hábito de no comulgar nunca en la Misa, que oyen; sus comuniones son ejercicios de piedad aparte. En ciertas iglesias a los fieles nunca se los pone en la posibilidad de co­mulgar en la Misa a que asisten; no es, pues, extraño que en su mentalidad, la Misa y la comunión constituyan dos ejercicios piadosos profundamente diferentes y sin conexión, ni aparente, ni oculta.» D. F. Ryelandt: Pour mieux comniunier, p. 123.

Conforme a esta costumbre tradicional y a la expresa voluntad de la Iglesia y sobre todo, según el espíritu de la misma institución de la Eucaristía, aquí dentro de la Misa y después de la comunión del sacerdote debe tener su lugar propio y preferente la comunión de los fieles: véase Conc. Trident., sess. 22 c. 6 y Código de Der. Can., 863. Rituale Rom. T. IV. c. II. n. 10.

Para formar bien nuestro criterio sobre este punto, tengamos presente: 1, que lo más importante es el Santo Sacrificio de Cristo, la Misa ; 2, que la Comunión o banquete sacrificial, v. n. 232, como fruto precioso que brota de aquél, pertenece y está íntimamente liga­da al Santo Sacrificio, y 3, que se equivocan, según esto, quienes consideran la Comunión como un acto de devoción separado de la Misa — o tienen la Comunión como la cosa esencial o prefieren comul­gar antes de la Misa para dar después gracias durante toda ella — o en fin, pasan todo el tiempo de la Misa preparándose para comulgar… eso es una devoción a la comunión, no es el Santo Sacrificio.Cfr. Parsch: La Sainte Messe, pp. 235-236.

  1. ¿Quiénes solían comulgar fuera de la Misa?

Solamente los enfermos, los encarcelados, los mismos monjes que en el yermo no tenían a mano algún sacer­dote y, en general, los que se veían imposibilitados de asistir a la misa, para lo cual se permitía a los fieles llevar y guardar en sus casas la Eucaristía. V. nn. 54 y 136.

En tiempo de Decio, sacerdotes y diáconos van a las cárceles, con intervalos regulares, para celebrar los santos misterios y repartir a los cautivos el Pan celestial. Algunos confesores africanos, privados a la vez del alimento corporal y de este otro alimento divino, desfa­llecían en la cárcel. Uno de ellos tuvo una visión; apareciósele un joven de extraordinaria estatura, que llevaba en cada mano una copa de leche: —Tened ánimo, les dijo: Dios Todopoderoso se acuerda de vosotros… Hízoles beber, pero las copas no se vaciaban. Puso una a la derecha y otra a la izquierda, y añadió: —He ahí que ya estáis saciados, y las copas están llenas y se os va a traer una tercera. Al día siguiente Luciano envió al subdiácono Hereniano y al catequista Genaro, para que les llevasen el alimento «que no disminuye», alimentum indeficiens: es decir, la Eucaristía. Luego se permitió a los hermanos visitar a los prisioneros y pudieron, al fin darles algún alivio. P. Allard: El Martirio, c. V., pág. 239. Véase: Wiseman: Fabiola, 2 p., c. 21: Las cárceles; y C. 22. El Viático: el martirio de SAN TARSICIO. Cfr. n. 87.

  1. ¿En los primeros siglos comulgaban también los niños?

No sólo los ya mayorcitos, a quienes también se daba la comunión bajo ambas especies; pero aun a los niños recién nacidos, después de administrarles el bautismo y antes de que recibieran alimento alguno, solía dárseles la Eucaristía bajo la especie de vino, lo cual se practicaba dándosela a chupar, o en una cucharita, o en el mismo dedo del sacerdote. Cfr. Ordo. Román. I, n. 4o.

El gran Obispo de Cartago, San Cipriano, nos refiere que una niña, la cual, por descuido de sus padres y de su nodriza, había comido vian­das ofrecidas a los ídolos, fue llevada por su madre a la iglesia. Celebraba la Misa S. Cipriano, y cuando el diácono comenzó a ofrecer a los presentes el Cáliz de la comunión, también se lo ofreció a la niña; pero ésta no sólo volvió la cara, sino que cerró fuertemente la boca y rechazaba tenazmente el Cáliz. Se lo hicieron tomar a la fuer­za, mas al momento la pobre niña, entre vómitos y convulsiones, de­volvió la sagrada Forma. De Lapsis, c. 25. 1′. L. t., IV, col. 500.

  1. ¿Qué ritos o ceremonias solían preceder a la distribución de la Eucaristía?

Solían preceder estos dos, sumamente expresivos: la Fracción del Pan y el Beso de Paz.

¿En qué consistía la Fracción del Pan?

Como entonces no se consagraban más que hostias o panes grandes, en forma de plato, era necesario fraccio­narlas, partirlas, para distribuir después los trozos del Pan consagrado a sacerdotes y fieles, que comulgaban todos en una única misa: el Obispo distribuía el Cuerpo del Señor, y el diácono, el Sanguis.

De esta manera el rito de la comunión era muy expre­sivo, pues los fieles comulgaban realmente de un frag­mento del mismo pan y participaban del mismo cáliz. La fracción del pan exigía bastante tiempo, según el número de los comulgantes, y era entonces cuando se cantaba la antífona, llamada Confractorium — es decir, durante la fracción —; antífona que, después, al desaparecer este rito, cambió de sitio y quedó reducida al Communio de nuestras Misas. (Cf. n. 251.)

Véase uno de estos hermosos y más antiguos motetes o cánticos de comunión: «Venid, pueblos, a celebrar el misterio sagrado e in­mortal, y la libación; acerquémonos con temor y con fe; con las manos puras comulguemos el fruto de la penitencia, porque el Cordero de Dios ha sido ofrecido al Padre como sacrificio por nosotros: a Él sólo adoremos, al mismo glorifiquemos cantando con los ánge­les: Aleluia». Cabrol: La Oración de la Iglesia, pp. 553-554.

Otras de las antífonas preferidas eran aquellas dulcísimas palabras del salmo 33: «Gústate et videte quoniam suavis est Dominus, Gus­tad y ved que el Señor es benigno». En cuanto a este verso eucarístico, es curioso notar el siguiente juego de palabras, a que dio origen: el adjetivo griego XPHET0E —en latín suavis, benignus — es muy parecido, como se ve, al nombre, Cristo, y en griego, XPIET0E Esta semejanza de palabras pronto sugirió a los cristianos un cambio ven­tajoso en el versículo, y comenzaron a decir; Gustad y ved que el Señor es Cristo. Cfr. Parsch: o. c. p. 283. Véase nn. 42 y 235-238.

  1. ¿Cuándo se daban los fieles el Beso de paz?

Como la mejor preparación para la comunión se reci­taba el Padre nuestro, la oración eucarística por excelen­cia:«el pan nuestro de cada día, dánosle hoy», que los antiguos aplicaban sobre todo al Pan Eucarístico; la ora­ción unitiva de todos los fieles en Cristo: «perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nues­tros deudores» ; y como fruto el mejor y el más maduro de estas últimas palabras florecía en el corazón y se des­prendía de los labios el símbolo del perdón cristiano y de la amistad renacida: el Beso de Paz: v. n. 240.

Así describen este rito las Constituciones de los Apóstoles, redac­tadas hacia el año 400: «Después diga el diácono:¡Atención! Y el obispo salude a la Iglesia y diga: La paz de Dios con todos vosotros. Y el pueblo responda: Y con tu espíritu. Entonces, el diácono diga a todos: Salutate vos invicem in osculo sancto (era la despedida fa­miliar de los Apóstoles en sus cartas: I Petr. 5, 14: Rom. 16, 16; I Cor. 16, 20); y los clérigos besen al obispo, los laicos varones a los laicos, y las mujeres a las mujeres. Los niños estén de pie junto al altar y cuide de ellos otro diácono para que no alboroten… «Kirch, n. 611.»

El celebrante besaba la Hostia (así era antiguamente; hoy besa el altar), y el beso de paz se iba extendiendo por el diácono, el subdiácono y los ministros del altar hasta el último de los fieles, situa­dos en el extremo ángulo del templo; verdadera cascada de fraterni­dad que se derramaba en ondas sucesivas desde el altar hasta los más lejanos pilares: festín viviente que recorría toda la masa de los fieles, cada uno se apoya en el siguiente, como se apoya en el pró­ximo el que quiere escalar las cimas. Trátase aquí de subir hacia Dios: de seguir al Hijo que, en el mismo tiempo, en manos del sacerdote, se eleva hacia el Padre. Los senderos son estrechos, pero los pasos menos seguros están fortalecidos por los otros más firmes; el que vacila se ve sostenido por la colectividad, que no vacila; cada uno participa de la solidez de la colaboración común». R. Plus: Cristo en nuestros prójimos, p. I, lib. I, c. 3.

Sobre el sitio que ha ocupado en la misa el beso de paz, véase a Cabrol: Les Origines liturgiques, pp. 336-337. Véase San Justino, números 136 (5) y 240.

  1. ¿Cómo comulgaban bajo la especie de pan?

Llegado el momento de la comunión, el sacerdote ele­vaba el Cuerpo de Jesucristo y lo mostraba a los fieles, di­ciendo: SANCTA SANCTIS: las cosas santas, para los santos. A lo cual respondía el pueblo: UNUS SANCTUS, UNUS DOMINUS JESUS: Uno solo es el Santo, uno solo el Señor Jesús.

Después, todos de pie — ésta era la postura de los ju­díos cuando oraban, adoptada también por los cristianos—, iban recibiendo el Pan Eucarístico, primero los presbíte­ros (adviértase que solía haber en cada lugar una sola misa, y ésta celebrada por el Obispo o su suplente) des­pués los diáconos, subdiáconos, etc., y, por fin, el pueblo.

Al entregárselo a cada uno, decía el celebrante: CORPUS CHRISTI: Cuerpo de Cristo, a lo que el comul­gante respondía, haciendo un acto de fe: AMEN: Así es verdad, y besaba la mano del sacerdote. Los hombres re­cibían el Pan Eucarístico en la mano: «al acercaros a la comunión — decía a sus fieles San Cirilo de Jerusalén — no lo hagáis con las manos extendidas, ni con los dedos separados, sino haciendo con la izquierda como un trono la derecha, cual conviene a la mano que va a recibir al Rey; recibid en seguida en la parte cóncava de la mano el Cuerpo de Jesucristo, respondiendo: AMEN.» Catequesis mistagógica 5.

Las mujeres también lo recibían en las manos, pero les presentaban cubiertas con el dominical, lienzo muy fino que llevaban para este objeto.

Antes de tomar el Pan Eucarístico les estaba permi­tido— y así se lo recomendaban los Santos Padres — besarlo, acercarlo a su cuerpo y tocar y santificar con él los ojos, la frente, los sentidos.

Volvían a sus puestos, regresaba el celebrante al altar, cuando éste, inclinado sobre el altar se comulgaba a sí mismo, los fieles hacían lo propio.

  1. ¿Cómo comulgaban bajo la especie de vino?

De una de estas tres maneras: después de decir el diácono SANGUIS CHR1STI, Sangre de Cristo, y de responder los fieles AMEN, o se les daba a beber el Sanguis directamente del cáliz o, lo que era más ordinario, lo sor­bían por medio del pugillaris, tubito de oro, plata o vidrio, que introducían en los cálices ministeriales, o, en fin, y esto ya en el siglo XII, se les daba el Pan Eucarístico mojado en el Sanguis. (Cf. n. 107.)

  1. ¿Cuándo cesó la comunión bajo la especie de vino?

A principios del siglo XII, cuando se multiplicó extraordinariamente el número de los fieles, fueron prohi­biéndola en Occidente los Prelados y los Sínodos, por el peligro de que se derramara el Sanguis; aunque en mu­chas partes no desapareció por completo hasta el siglo XV. Como se sabe, está permitido a los católicos romanos re­cibir la Comunión bajo ambas Especies en el rito griego: Der. Can. c. 866.

  1. ¿Qué solía hacerse con los fragmentos o partículas que quedaban del Pan consagrado?

Los sacerdotes buscaban, entre los niños que iban a las escuelas, a los más pequeños e inocentes, y estando éstos en ayunas, les daban esos fragmentos.

El II Concilio de Macón, celebrado el año 585, dice expresamen­te: «Todas las reliquias o residuos que hayan quedado en el Sagra­rio después de celebrarse la Misa, el miércoles o viernes, los inocen­tes (niños) sean traídos a la Iglesia por el rector de ésta; y, habién­doles ordenado el ayuno, reciban esos residuos rociados con vinos. Hefele-Leclercq, t. III, pág. 206. Recuérdese el caso del niño judío, arrojado por su padre en el horno de vidrio. Traval: Prodigios Eucarísticos, pág. 39; lo refiere Evagrio en la Historia Ecles., 1. IV, c. 36: P. G. t. 86, col. 2.770.

  1. Siendo la Eucaristía no sólo sacrificio, sino también sa­cramento que permanece para nuestro sustento y compañía, ¿dónde suele guardarse?

Suele guardarse en el sagrario o tabernáculo, que en nuestras iglesias se halla generalmente colocado en el altar mayor.

54.- Entre las formas que ha adoptado el sagrario a través de los siglos, ¿cuáles han sido las más usuales?

Han sido estas cuatro: sagrario portátil o cajita de marfil, o de plata, en la que los fieles, antes de que co­menzara a guardarse el Sacramento en las iglesias, lo llevaban a sus casas para comulgarse a sí mismos.

Sobre el guardar la Eucaristía en las casas, tenemos ya en la Tradición Apostólica de Hipólito — muerto hacia el 235 — esta preciosa advertencia: «Todos deben vigilar atentamente para que ningún infiel coma de la Eucaristía, o que los ratones, o cualquier otro animal u otra cosa cualquiera caiga en el vaso, o que se pierda algo de ella. Es el cuerpo de Cristo del que todos los fieles se alimentan; no debe ser tratado con negligencia». C. 29.

55.- Sagrario-peristerion, o palomas eucarísticas (En griego, es paloma), eran unas palomitas de plata, huecas, con su puertecita a la espalda, que se colgaban de lo alto del ciborio sobre el altar, o, si no había ciborio, se suspendían de la voluta de un cayado o báculo de metal a un lado del mismo altar. Y. n. 81. Para el mismo fin, aunque algo más tarde, también se usaron unos vasos o artísticas torrecillas.

56.- Sagrario-armario: desde el siglo xii, como precau­ción contra robos y sacrilegios, comenzó a guardarse la Eucaristía en un hueco practicado en la pared del pres­biterio y cerrado con preciosa puerta de una o dos hojas.

57.- Por fin, hacia el siglo XVI aparece el Sagrario en la forma actual: es decir, como una pequeña arca o cofre, fijo, adherido al altar y formando cuerpo con el retablo, que ya había hecho su aparición cuatro siglos antes.

58.- ¿Las hostias consagradas que se guardaban en esos sa­grarios, eran, como ahora, para poder comulgar todos los que lo desearan?

Eran más bien para los enfermos hasta que en el si­glo XIII, las grandes Ordenes Mendicantes, los Francisca­nos y Dominicos sobre todo, con la mayor frecuencia de sacramentos introdujeron la costumbre de guardarlas para dar la comunión, fuera de la Misa, también a los sanos.

59.- ¿Y esta costumbre se extendió mucho?

Parece que no, o por lo menos fue decayendo bastante.

Tanto que, hacia 1580, a la Compañía de Jesús, que cuarenta años antes había comenzado su vida y su apostolado propagando por do­quier la frecuente comunión, se acusaba aporque se dice que en To­ledo tenían puestas formas en el altar para que las personas que qui­siesen llegasen a comulgar… Y aun en particular — añade el Memo­rial — una persona grave dice que, viniendo de Roma con unos Padres de la Compañía, llegaron a un lugar y por no dejar de comulgar hi­cieron sacar formas de la custodia (sagrario), y sin decir ni oír Misa las recibieron y comulgaron, lo cual parece que es contra el estilo de la Iglesia». Astrain: Historia de la Compañía de Jesús, vol. 3, pá­gina 262 y sig. Cfr. Ferreres: o. c. n. 703.

El Concilio I de Toledo supone la celebración diaria: «Presbyter vel diaconus, vel subdiaconus… si ad ecclesiam ad sacrificinm quotidianum non accesserit clericus non habeatur». Hefele-Leclercq. t. II, p. 123. Después, en tiempos de San Ambrosio (P. L. t. XVII, col. 678), baja el fervor eucarístico y se comulga los domingos; aun­que en Cuaresma, insiste el Santo en que oigan Misa y comulguen todos los días. Siguen decreciendo las comuniones, y ya el Concilio de Agda, celebrado el año 506, ordena en su Canon 18, «que los se­glares que no hayan comulgado el día de Navidad, el de Pascua y el de Pentecostés, no sean juzgados como católicos, ni tenidos entre los católicos». En fin, Inocencio III, en el Concilio Lateranense IV, ce­lebrado en noviembre de 1215, impuso a todo cristiano, que hubiese llegado al uso de la razón, la obligación de recibir, por lo menos una voz al año, los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Denzinger-Banw.: n. 437.

  1. LA FRECUENCIA DE SACRAMENTOS fue el arma más poderosa que esgrimió la verdadera reforma católica, como vi­gorosa reacción contra el Protestantismo, que pretendía extin­guir la lámpara del Santuario y la fe en la Eucaristía.

Junto a la brillantísima pléyade de santos, que por aquella época enviaba Dios a su Iglesia, junto a San Jerónimo Emiliano, Antonio M. Zacarías, Cayetano de Thien, Carlos Borromeo, Felipe de Neri, Angela de Merici, y los Beatos Juan de Ribera y Juan de Ávila, tra­bajaba por la renovación de la vida eucarística la Compañía de Jesús con sus más esclarecidos hijos: Francisco de Borja, Pedro Canisio, Roberto Belarmino y, sobre todo, con su santo fundador Ignacio de Loyola.

Inauditos fueron los esfuerzos de Ignacio para poner remedio al lamentable abandono de la vida sacramental en que habían caído los fieles en aquel tiempo. La Confesión y Comunión se tenían, no ya como medios ordinarios y necesarios de unión con Dios, sino casi como penitencia, que había que cumplir una vez al año, en Pascua. En efecto, porque Francisco de Borja, virrey de Cataluña, se confesaba y comulgaba cada ocho días, se produjo tal nerviosismo que cada uno creía deber suyo denunciar el presunto abuso desde el púlpito. Un Sicilia, en 1547, hubo también gran admiración porque toda la familia del virrey, don Juan de Vega, gran amigo de Ignacio, co­menzó a recibir, bajo la dirección del P. Doménech, cada ocho días los Sacramentos.

Ignacio reaccionó resueltamente contra esta relajación que era el fruto más palpable de todos los males del tiempo. Entre las reglas, propuestas al fin de los Ejercicios, para conformarse con el espíritu verdadero de la Iglesia, resalta está clara enseñanza: «Alabar el confesar con sacerdote y el recibir del Santísimo Sacramento una vez en el año, y mucho más en cada mes, y mucho mejor de ocho en ocho días, con las condiciones requisitas y debidas».

No admite mayor frecuencia, porque en aquellos tiempos no era concebible; pero en casos particulares, no dudó de exhortar a la co­munión diaria, como hizo con la piadosa Teresa Rejadella. Cfr. G. Petralia — G. Novelli: S. Ignazio di Loyoli; Ignazio e la vera rifor- ma, pág. 168-109; Tacchi-Venturi: Storia della Comp. di Gesu in Italia, vol. I, pág. 207. Monumenta Ignatiana: serie I, tom. I. Ep. 73, pp. 275-27(3: Carta a Teresa Rejadella.

Aunque después sobrevino otra herejía, el respetuoso y solapado Jansenismo, que quería hacer del sagrario una tumba fría y sin amor, tampoco en este caso el contraataque católico se hizo esperar mucho tiempo; y esta vez fue el mismo Jesucristo quien vino a dar una res­puesta clara y definitiva con la devoción de las devociones, con la devoción a su Divino Corazón.

Gracias a ella y al Pontífice de la Eucaristía, Pió X, vuelve a florecer por todas partes la comunión frecuente y aun diaria, la co­munión de los tiempos apostólicos.

LECTURAS

  1. PREPARACION PARA LA COMUNION.

«Después de esto — es decir, después del Padre Nuestro que acaba de explicar — dice el sacerdote: «Los cosas santas, a los santos», santo es lo que tenemos sobre el altar, recibido el Espíritu Santo, autos sois también vosotros, hechos dignos del Espíritu Santo. Luego decís vosotros: «Un solo santo, un solo Señor Jesucristo». Verdaderamente un solo santo, santo por naturaleza. Nosotros también somos santos; pero no por naturaleza, sino por participación, por la práctica y por la oración.

A continuación oís al que canta el salmo, que con voz divina os invita a la comunión de los santos misterios, y os dice; «GUSTAD Y VED QUE EL SEÑOR ES BUENO». No confiéis al gusto corporal el discernimiento en este asunto, no, sino a la fe, que no reconoce dudas. Al deciros que gustéis, no os mando gustar el pan y el vino, sino el cuerpo y la sangre de Cristo.

Al acercaros, pues, a la Comunión no lo hagáis con las manos extendidas, ni con los dedos separados, sino haciendo con la izquierda uno un trono a la derecha, cual conviene a la que va a recibir al Rey; recibiendo en seguida, en la parte cóncava de la mano, el cuerpo de Jesucristo, respondiendo: Amén.

Después de haber santificado vuestros ojos con el contacto del santo cuerpo, tomadle cuidando de que no se os pierda nada de él. Lo que perdáis, tenedlo por perdido de vuestros propios miembros. Decidme si no: Si uno os diera a vosotros polvo de oro, ¿no lo guardaríais con todo cuidado y procuraríais no perder nada para no sufrir ningún daño? Pues, ¿no procuraréis que no se os caiga ni una miga de lo que es mejor que el oro y más precioso que las piedras preciosas? (cf. n. 249).

Luego, después de la comunión del cuerpo de Cristo, acercaos al cáliz de la sangre, no extendiendo las manos, sino inclinados a manera del que hace un acto de adoración y reverencia: y diciendo también Amén, os santificaréis tomando la sangre de Cristo.

Mientras la humedad persevera en vuestros labios, tocadla con las manos y santificad vuestros ojos, vuestras frentes y los otros sentidos. Por fin, quedando en oración, dad gracias a Dios que os ha hecho dignos de tan grandes misterios.

Conservad estas tradiciones intactas y vosotros conservaos sin ofensa alguna. No os separéis de la Comunión, ni por la mancha de los pecados os privéis a vosotros mismos de estos espirituales misterios. “El Dios de la paz os santifique a vosotros todos; y todo vuestro cuerpo y alma y espíritu sea conservado para la venida de nuestro Señor Jesucristo,al cual sea la gloria, la honra y el poder, junta­mente con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.» San Cirilo de Jerusalén, Doctor de la Iglesia (315-386): Catequesis mistagógica V. Se llamanmistagógicas, porque en estas catequesis se descubrían a los neófitos los misterios del culto católico: Cfr. Ubierna: San Cirilo de Jerusalén. Cateq. 23; Kirch, 486-489.

  1. ACCION DE GRACIAS: PLEGARIA por la UNIDAD de la gran FAMILIA CRISTIANA.

(Adviértase el sabor arcaico y evangélico de estas preciosas fórmu­las, las más primitivas que se conocen: pertenecen a uno de los más valiosos monumentos escritos que nos ha legado la antigüedad cris­tiana, a la DIDAJE o DOCTRINA DE LOS DOCE APOSTOLES, especie de catecismo, redactado, según la opinión más probable, a fines del siglo I, entre los años 80 y 90).

Cap. IX. En cuanto a la Eucaristía, daréis gracias de la siguiente manera: Primeramente por el cáliz:

Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David, tu hijo, que os diste a conocer por medio de Jesús, tu hijo, Gloria a ti por los siglos —

Luego por el pan fraccionado:

Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y la ciencia que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu hijo. Gloria a ti por los siglos —

Como este pan fraccionado se halla disperso por las montañas y, reunido, fue uno solo; de igual suerte, reúnase tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino. — Cfr. n. 238.

Porque tuyos son la gloria y el poder, por Jesucristo, durante los siglos.

Nadie coma, ni beba, de Vuestra Eucaristía, sino los bautizados en el nombre del Señor; que acerca de esto ha dicho el Señor: No deis lo santo a los perros.

Cap. X. Después de haberos saciado, dad gracias de la siguiente manera:

Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre, que has hecho habitar en nuestros corazones, y por la ciencia, la fe y la inmortalidad que nos hiciste conocer por medio de Jesús, tu hijo.

Gloria a ti por los siglos. Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas para gloria de tu nombre, y diste a los hombres comida y bebida para su provecho, a fin de que te rindieran gracias; mas a nosotros nos agraciaste con comida y bebida espiritual y vida eterna, por medio de tu hijo.

Ante todo te damos gracias, porque eres poderoso. Gloria a ti por los siglos. Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu amor; y congrégala de los cuatro vientos, esta Iglesia santificada, en el tu reino que le has preparado.

Porque tuyos son el poder y la gloria por los siglos.

Venga la gracia y pase este mundo.

Hosanna al Dios de David.

Si alguien es santo, venga; si no lo es, arrepiéntase. Ven, Señor: Maranatha. Amén.

A los profetas permitidles que den cuantas gracias quieran. Cap. XVI. Cada domingo del Señor, luego que os hayáis reuni­do, partid el pan y dad gracias, previa la confesión de vuestros pe­cados, a fin de que sea puro vuestro sacrificio.

Quien tuviere pendencia con su compañero, no se junte con vos­otros sin haberse reconciliado para que no se contamine vuestro sa­crificio.

Pues de éste ha dicho el Señor: En todo lugar y tiempo ofrecedme un sacrificio puro, porque soy un gran rey, dice el Señor, y mi nom­bre es admirable entre las gentes. (Traduc. del insigne helenista doc­tor L. Segalá: Obras escog. de Patrología Griega, tomo 1.) Kirch, 1-3.

  1. FRUTOS DE LA COMUNION: LA UNION CON CRIS­TO Y CON LOS PROJIMOS.

La Comunión realiza de modo divino aquella unión con Cristo y con los prójimos, que fue la suprema aspiración de Jesucristo: «Padre Santo, guarda en tu nombre a estos que tú me has dado para que sean UNO COMO NOSOTROS». San Juan, 17, 11-26.

La Iglesia es el cumplimiento, la plenitud del cuerpo de Jesucris­to: Efes., 1, 23; pues, como explica soberanamente San Agustín, el Cristo total es cabeza y es cuerpo: cabeza, el Hijo único de Dios; cuerpo, su Iglesia; esposo y esposa, dos en una sola carne». C. Donat: De Unit. Eccl. IV, 7. Y por eso, según la gran definición del mismo santo, la Iglesia es ese hombre, Cristo, difundido en todas partes, que tiene la cabeza en el cielo y los miembros en el suela. In. ps. 48. I’-L 36, 476.

Ahora bien: por la Comunión ¿no nos unimos todos vitalmente con Cristo?, «el cáliz de bendición que bendecimos o consagramos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo?; y el pan que partimos ¿no es la participación del cuerpo del Señor! Porque todos los que participamos del mismo pan, bien que muchos, venimos a ser un solo pan, un solo cuerpo». I Cor. 10, 16-17.

«Esta unión con Cristo y con los prójimos, fruto el más precioso de la Comunión, estaba simbolizada en dos ritos antiquísimos: en la CONCELEBRACION y en el FERMENTUM.

He aquí en qué consistía la CONCELEBRACION, usada por lo menos en Roma, donde estaba la sede del Pontífice, Cabeza de la Iglesia. Los lugares del culto se habían multiplicado muy rápidamen­te: sólo en Roma se contaban veinticinco hacia el fin de los cuatro primeros siglos y cada uno tenía al frente un prepósito encargado de velar por la comunidad agrupada en derredor de su iglesia. Pero a menudo el Pontífice se trasladaba de un punto a otro para celebrar personalmente los sagrados misterios; citaba allí a los titulares de las otras veinticuatro iglesias y todos se juntaban para celebrar con él, de modo semejante a lo que se hace ahora en la misa de la orde­nación sacerdotal. Los ordenandos pronuncian el canon al mismo tiem­po que el obispo celebrante. Por su parte, el pueblo cooperaba tra­yendo oblaciones de pan y vino… Llegado el momento de la comu­nión, se le devolvía esta parte, pero consagrada. Cada uno había traído su oblación; y esta oblación, transformada en el Cuerpo y Sangre del Señor, volvía a todos…

Así se hacía cada vez una nueva afirmación de la unidad de todos en la participación de un mismo culto, en la oblación de un mismo sacrificio, en la recepción de una misma Hostia». R. Plus, Cristo en nuestros prójimos: p. 1, 1. 1, c. 3.

El FERMENTUM: «En otras iglesias titulares de Roma, es de­cir, fuera de la basílica del Papa, se echaba en el cáliz el llamado FERMENTUM», o sea un fragmento del Pan consagrado que, los domingos o días de fiesta, el Papa remitía a las otras iglesias de Roma, en señal de comunión con la Sede Apostólica. El domingo pre­cedente al domingo de Ramos, el Papa enviaba este «fermentum» a los obispos vecinos, para la próxima fiesta de Pascuas. A los sacerdo­tes recién ordenados, el Papa presentaba un Pan consagrado, del cual ellos debían separar una parte durante ocho días para irla sumer­giendo en el cáliz.

En su Historia Eclesiástica — 18, V, 24—, Eusebio refiere que Ireneo había escrito al Papa Víctor, juzgado demasiado severo, «que antes que él, los Papas enviaban de buena gana la Eucaristía, en se­ñal de unidad a los obispos del Asia Menor, que residían entonces en Roma…».

La carta del Papa Inocencio I a Decentius de Eugubium es muy interesante. Este último había pedido al Papa algunas normas para el envío de la Eucaristía, que él llama «fermentum». El Papa res­ponde describiendo la práctica romana, según la cual, los sacerdotes de las iglesias de Roma, que no han podido tomar parte en el servicio papal, reciben del Papa la Eucaristía llevada por los acólitos; con todo, este envío no tiene lugar para las diócesis suburbanas, ni para las basílicas de los cementerios, «porque el Santo Sacramento no debe ser llevado demasiado lejos». Así, pues, el FERMENTUM era unmagnifico símbolo y al mismo tiempo una señal de la unidad de la Iglesia y de la unidad del sacrificio. Cfr. n. 237 y 238. Véase Parsch; o. c. pp. 265-266.

Antonio Rubinos, S.J.

CATECISMO HISTORICO LITURGICO DE LA MISA

LAS 5 VÍAS TOMISTAS PARA PROBAR LA EXISTENCIA DE DIOS

La primera vía 
La primera vía es llamada también prueba por el movimiento o por  las causas eficientes del devenir. Tiene antecedentes en Aristóteles.  El punto de partida de esta vía es el hecho del movimiento: existen  cosas que se mueven. El movimiento considerado aquí no se identifica con el movimiento físico, sino que es el movimiento metafísico (el paso  de la potencia al acto), que incluye todo tipo de cambios, sustanciales o accidentales.

Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente que se mueve es contingente. Esto es así porque el ser móvil está en potencia con respecto a la realidad hacia la cual tiende; debe recibirla de un ser que esté en acto con respecto a esa misma realidad. Por lo tanto el ser móvil es contingente. Por el principio de causalidad, el movimiento del ser móvil requiere una causa eficaz (un motor): “todo ente que se mueve es movido por otro”.

Santo Tomás demuestra esta afirmación de la siguiente manera: moverse es pasar de potencia a acto. La potencia no puede darse el acto a sí misma, porque el acto es más que la potencia. De potencia a acto, luego, nada pasa, si no es por obra de un ser en acto. Por tanto, el ente que se mueve, en cuanto tal, está en potencia, y el motor, en cuanto tal, está en acto. Nada puede estar en acto y en potencia al mismo tiempo respecto de lo mismo. Luego, no se puede ser a la vez motor y movido bajo el mismo respecto. Por tanto, todo lo que se mueve, se mueve por otro.

El razonamiento seguido por Santo Tomás en la primera vía es similar al expuesto en el numeral 5. El motor que mueve al ser móvil puede ser inmóvil o móvil. Si es inmóvil, hemos hallado la causa primera (incausada) del movimiento del ser móvil. Si es móvil, entonces es movido por otro motor que puede ser a su vez inmóvil o móvil. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de motores móviles actualmente subordinados, porque en una sucesión infinita todos los motores recibirían y transmitirían el movimiento, pero ninguno de ellos (ni el conjunto formado por todos ellos) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir un primer motor inmóvil. Este ser, que es acto puro, sin mezcla de potencia, es llamado «Dios». Esta prueba no depende de una cosmología caducada, porque no se sitúa en el plano científico, sino en el plano metafísico.

Las cosas de nuestro mundo son entes mutables, temporales. Son contingentes porque su ser actual no es metafísicamente necesario. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es inmutable y eterno. Porque Dios es eterno, su acción se ejerce en el instante presente en el cambio que en él se produce. La acción del primer motor trasciende la acción de los motores segundos. Dios no cambia por su acción; es independiente del mundo que cambia. Por consiguiente, el estudio de la acción de Dios no pertenece a la ciencia, sino a la metafísica.

La segunda vía

La segunda vía es llamada también prueba por la causación o por las causas eficientes del ser. Tiene antecedentes en Aristóteles; posteriormente fue desarrollada por Duns Escoto y Suárez.

El punto de partida de esta vía es el hecho de la causación: existen cosas que dependen de causas eficientes actuales, tanto en su ser sustancial como en sus modos de ser accidentales.

Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente causado es contingente. Esto es así porque el ser del ente causado depende del ser de su causa. En tanto ésta pueda darse o no darse, aquél puede ser o no ser. Por lo tanto, el
ser causado es contingente.

El razonamiento seguido por Santo Tomás es similar al expuesto en el numeral 5. La causa del ser causado puede ser incausada o causada. Si es incausada, hemos hallado la causa primera (incausada) del ser causado en cuestión. Si es causada, entonces es causada por otro ser que puede ser a su vez incausado o causado. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de causas causadas actualmente subordinadas, porque en una sucesión infinita todas las causas recibirían y transmitirían el ser, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir una causa primera incausada. Este ser, que es el Ser subsistente por sí mismo, es llamado «Dios».

Las cosas de nuestro mundo son entes causados. Son contingentes porque son necesitados de una causa. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es la Causa primera, el fundamento incausado de todo lo relativo. Dios obra en el presente sobre todas las sucesiones de causas para conservar el ser de los efectos. Se sirve de causas segundas y les da una actividad propia, pero sólo Él es la causa principal de la existencia. La causa primera es trascendente y su actividad es de orden metafísico.

La tercera vía

La tercera vía es llamada también prueba por la contingencia o por lo posible y lo necesario. Tiene antecedentes en Platón, Avicena y Maimónides.

El punto de partida de esta vía es el hecho de la contingencia: existen cosas que son contingentes, es decir que son pero pueden no  ser. Los cambios sustanciales y accidentales son signos de contingencia.

En este caso se aplica directamente el razonamiento expuesto en el numeral 5. Por el principio metafísico de causalidad, todo ente contingente tiene una causa, que le da su razón de ser. El ser contingente es un ser condicionado (relativo), mientras que el ser necesario es incondicionado (absoluto).

El razonamiento seguido por Santo Tomás es parecido al expuesto en el numeral 5. La causa del ser contingente puede ser necesaria o contingente. Si es necesaria, hemos demostrado que hay algo necesario en lo real. Si es contingente, entonces es causada por otro ser que puede a su vez ser necesario o contingente. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de causas contingentes, porque en una sucesión infinita todas las causas recibirían y transmitirían el ser, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir un ser necesario. Santo Tomás no excluye la posibilidad teórica de que existan seres necesarios causados. Por lo tanto el razonamiento continúa así: El ser necesario hallado puede ser necesario por sí mismo o por otro. Si es necesario por otro es causado.

Excluyendo una regresión infinita, se concluye que existe un ser necesario por sí mismo, que es llamado «Dios».

Las cosas de nuestro mundo son entes contingentes. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es necesario; no tiene simplemente el ser en un grado contingente. En los seres creados la existencia es un efecto, que es propio de la causa universal. Dios obra en todas partes para producir y conservar el ser contingente; la más pequeña realidad es signo de su presencia.

La cuarta vía

La cuarta vía es llamada también prueba por los grados de perfección o por los grados de ser. Tiene antecedentes en Platón, Plotino, San Agustín y San Anselmo; posteriormente fue desarrollada por Leibnitz, Maréchal y Blondel.

El punto de partida de esta vía es el hecho de los grados de perfección: existen cosas con diferentes grados de perfección. Se trata aquí de cualquiera de las perfecciones simples, es decir aquellas que no están necesariamente mezcladas con imperfecciones. Las perfecciones simples son de dos tipos: trascendentales y personales.

Las perfecciones trascendentales son la unidad, la verdad, la bondad y la belleza. Resultan directamente de la noción de ser y por ello convienen a todo ser. Las perfecciones personales son la inteligencia, la voluntad, la justicia, la misericordia, etc. No implican por sí mismas ninguna limitación.

Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente de perfección limitada es contingente. Esto es así porque una perfección que existe por sí misma es ilimitada, pues no podría ser el principio de su propia limitación. Por lo tanto el ser de perfección limitada es dependiente, ha debido recibir su perfección de otro (su causa).

Se podría aplicar aquí un razonamiento parecido al expuesto en el numeral 5: La causa del ser de perfección limitada es un ser de perfección ilimitada o limitada. Si es de perfección ilimitada, hemos hallado la causa primera del ser de perfección limitada. Si es de perfección limitada, entonces es causado por otro ser que puede ser a su vez de perfección ilimitada o limitada. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de causas de perfección limitada, porque en una sucesión infinita todas las causas recibirían y transmitirían esa perfección, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarla.

Por consiguiente debe existir un ser de perfección ilimitada, que es llamado «Dios».

Las cosas de nuestro mundo son entes ontológicamente finitos, en desarrollo, perfectibles. Son contingentes porque no poseen toda la perfección. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es infinito, absolutamente perfecto, no necesitado de adquirir perfección. La perfección infinita de la causa primera es finita en sus efectos, pues queda limitada por la capacidad de las esencias que la reciben. Hay una simple participación de las criaturas en la perfección divina.

La quinta vía 

La quinta vía es llamada también prueba por la finalidad o por el orden del mundo o por el gobierno del mundo. Kant la llamó «prueba físico-teológica». Tiene antecedentes en Anaxágoras, Platón y los estoicos.

El punto de partida de esta vía es el hecho de las leyes naturales: existen seres no inteligentes que obran en vista de un fin. Las actividades naturales presentan una constancia en la búsqueda del bien, lo cual denota una finalidad intencional.

A este hecho se podría oponer la objeción de los desórdenes naturales. Esta objeción subraya que las actividades naturales no realizan siempre el bien de los seres, sino «las más de las veces», como reconoce Santo Tomás. El «desorden» de la naturaleza es en realidad un orden limitado. El mal físico puede encontrar su lugar dentro de este orden.

Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente sometido a leyes naturales es contingente. Esto es así porque un ser carente de conocimiento que actúa en orden a un fin no se ha dado a sí mismo la ordenación al fin sino que la ha recibido de otro ser. Un orden intencional supone la acción de una inteligencia. Ni la casualidad ni la necesidad pueden dar cuenta de este orden. Por lo tanto el ser sometido a leyes naturales es dependiente, ha debido recibir sus leyes naturales de otro ser (su causa), éste sí inteligente.

Se podría aplicar aquí un razonamiento parecido al expuesto en el numeral 5. La causa del ser sometido a leyes naturales es un ser inteligente, que existe por sí mismo o por otro. Si existe por sí mismo, hemos hallado la causa primera del orden del mundo. Si no existe por sí mismo, entonces es causado por otro ser inteligente que a su vez puede existir por sí mismo o por otro. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de inteligencias ordenadoras que no existen por sí mismas, porque en una sucesión infinita todas estas inteligencias recibirían y transmitirían el orden natural, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir una inteligencia ordenadora que existe por sí misma, que es llamada «Dios».

Las cosas de nuestro mundo son entes que operan según una ley natural. Son contingentes porque su contenido ontológico finito las obliga a una determinada acción. Por ello el Ser absoluto que las hace posibles crea libremente, no se apoya externamente sobre una acción determinada.

Esta vía, desarrollada aquí a partir de la causa eficaz, puede también ser desarrollada a partir de la causa final. Dentro del marco de la quinta vía pueden encontrar una fundamentación adecuada los argumentos basados en los conocimientos científico-naturales acerca del orden y la evolución del cosmos y de los seres vivientes. Por ejemplo: Pierre Teilhard de Chardin, en El fenómeno humano, desarrolla una argumentación muy sugerente a partir de datos científicos presentados  con gran fuerza expresiva, pero con una pobre fundamentación metafísica.

LA IMPORTANCIA DE TENER UN PLAN DE LECTURA

La importancia de tener un plan de lectura

 Nota: La escritura en color rojo no pertenece al autor, ni tampoco el entrecomillado en palabras en castellano.
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Siempre ha sido imperativo el deber de leer y formarnos para estar en guardia contra los errores de todo tipo que se propagan en la sociedad. Errores de tipo moral sobre todo, pero también errores de tipo metafísico, epistemológico, teológico, etc., que aunque requieren de un poco más de dedicación al estudio para poder detectarlos y combatirlos, es importante no dejarlos de lado porque son la base o la raíz de donde luego surgen los errores de tipo moral, que son los más evidentes a simple vista.
Antiguamente la sociedad creyente contaba con la palabra de los sacerdotes, que al recibir una formación filosófica y teológica sólida en los seminarios, salían a sus ministerios bien pertrechados a dar el combate por las buenas ideas, enseñando al pueblo y manteniéndolo alerta.
También se contaba con intelectuales católicos, seglares talentosos muy conocedores de la sana doctrina que escribían, dirigían periódicos y participaban en todas las polémicas que contra la verdad se levantaban aquí y allá en este valle de lágrimas.
Pero de esto hace ya mucho tiempo…
Las cosas han cambiado bastante y para mal. Los «sacerdotes» conciliares son pésimamente formados en los seminarios, en su inmensa mayoría ya no aprenden nada sólido, y así deformados salen a ejercer su «ministerio». Como no tienen nada de doctrina para ofrecer se dedican al activismo, realizan eventos para recoger fondos para el techo de la iglesia o para ampliar la casa parroquial, o a abras sociales. Y respecto de las almas se dedican a hacer eco de las consignas sentimentaloides que estén más de moda o simplemente a hablar de los derechos humanos.
Y los seglares que antes eran formados y talentosos son ya una especie casi extinta, quedan pocos ejemplares. La mayoría están adormecidos por las comodidades de la vida y no ven siquiera la necesidad de formarse, de aprender, de leer, de conocer. Tienen cosas más «importantes» en qué pensar.
Entonces, ¿qué hacer? Formarse, interesarse, aprender por cuenta propia, porque del «clero» conciliar, progresista no nos vendrá nada de valor y seglares que estén cumpliendo esa tarea hay pocos, y los pocos que hay están acallados por la bulla de los mediocres.
Pero para formarse hay que tener un plan. No conviene leer en desorden, de todo, sin ton ni son. Por el contrario conviene trazarse un plan y cumplirlo. Teniendo siempre en mente ese adagio latino que dice que hay que leer «Non multa, sed multum», es decir, no muchas cosas sino leer mucho aquello que estemos leyendo, leer con cuidado, con atención, tomando apuntes, reflexionando a cada paso sobre lo leído, escribiendo lo que la lectura nos va sugiriendo, etc. Si solo leemos un libro de formación al año, pero lo leemos pausadamente, habremos hecho mucho más que si leemos cincuenta pero a las carreras y con el único afán de devorar cantidad. De poco vale, pues, una cierta gula cultural, consistente en acumular libros que no se leen ni menos se meditan, ni devorar sin digerir todo lo que cae en nuestras manos.  Al leer, siempre seguir el adagio citado: «Non multa, sed multum», si no se quiere caer en la cultura de titulares, tan propia de las masas de nuestra época, incapaces de argumentar nada sobre lo que dicen profesar como creencias y valores.
¿Cómo sería un buen plan de lectura? Ante todo hay que definir qué queremos aprender y cuánto tiempo le vamos a dedicar. Ya después veremos si se requería más o menos tiempo del que asignemos al inicio. Por ejemplo, puedo decidir que le voy a dedicar los siguientes dos meses a leer sobre lógica. Y cumplirlo. Aunque a los dos días no quiera seguir porque me haya aburrido el tema. Es cuestión de disciplina, que es la madre de todos los logros. Y también cumplir en cuanto al tema, de manera que a los dos días no esté más bien leyendo sobre las pruebas de la existencia de Dios. Entonces lo primero es definir tema y tiempo.
Lo segundo es definir método. Debo combinar la lectura reflexiva con la toma de notas. Leer reflexivamente consiste en leer con pausa, saboreando cada idea y cerrando el libro cada que algo nos llamó la atención. De manera que la lectura sea un verdadero proceso de alimentación intelectual, de asimilación. Si hay palabras que no entendí las anoto y busco su significado. Si hay ideas que me sorprendieron las anoto y las repaso luego dando un paseo. Importa también mucho escribir, es un ejercicio que pocos hacen pero que conviene mucho. Cada que acabes un capítulo o un apartado del texto que estés siguiendo pon por escrito lo que más se te ha quedado, escríbelo con tus palabras y también escribe ahí mismo tus reflexiones respecto de esas ideas. Leer, meditar y escribir.
Finalmente trata de comunicarte con personas que estén interesadas en el tema que tienes entre manos. Intercambia ideas, comparte reflexiones con ellos y busquen formular preguntas sobre ese asunto para después buscar respuestas en la lectura que hayas escogido.
Si logras elegir tema y tiempo, y también sigues con juicio un buen método, seguramente tendrás al cabo de un tiempo buenos resultados. Un año es un periodo de tiempo amplio que permite organizar varios temas de estudio, dos o tres por lo menos. Es impresionante la formación en sana doctrina que se puede adquirir teniendo un plan y siguiéndolo religiosamente. Piénsese por ejemplo en todo lo que se podría lograr en solo un par de años.
Pero hay que empezar ya, los que sostienen las malas doctrinas [como el conciliarismo, el modernismo, la negación de la infalibilidad de la Iglesia, la herejía de reconocer a un hereje como papa pero desobedecerlo, el ecumenismo, la libertad para el error y el mal, o la ideología de género por poner algunos ejemplos] no están descansando, todo lo contrario, están muy activos, leyendo, organizándose, escribiendo y peleando.
¿Y nosotros?

LA CAVERNA DE PLATÓN

El mito de la caverna escrito por el filósofo griego Platón ha sido siempre uno de mis favoritos. Y no solo por ser bello en sí mismo, sino también porque creo que describe de una manera bastante precisa la situación del hombre moderno respecto de las verdades eternas, trascendentes: Dios, alma, inmortalidad, eternidad.
En su relato de la caverna, que se encuentra en el libro VII de su obra ‘La República’, Platón cuenta la historia de unos hombres que viven cautivos en una cueva bajo la tierra, y esto desde su nacimiento, de manera que jamás han visto el exterior ni la luz del sol. Estas personas viven eternamente contemplando una pared de la cueva sobre la cual se reflejan unos objetos que están a sus espaldas, objetos que por recibir la luz de una llama se reflejan sobre la pared del frente, única que pueden ver los cautivos. De manera que estos pobres infelices nunca han visto la realidad exterior, solo sombras.
Asimismo habla allí Platón de la situación en la que se encontraría uno de los hombres de la caverna si fuera liberado de sus cadenas y pudiera salir a la luz exterior a contemplar la realidad; seguramente le costaría trabajo acostumbrar sus ojos a la luz, distinguiría al principio muy poco a causa de la debilidad de sus ojos acostumbrados a la oscuridad de la cueva; y solo poco a poco iría logrando ver con claridad todo a su alrededor, hasta llegar a contemplar directamente el mismísimo sol en el firmamento.
Y si este afortunado hombre regresara a la caverna a contar a sus antiguos compañeros de cautiverio todas las maravillas que sus ojos han contemplado, ¿Cómo lo recibirían? ¿Creerían en él? ¿Se burlarían? ¿Creerían que se ha vuelto loco?
Porque los cautivos de la caverna han contemplado solo sombras toda su vida, por lo tanto para ellos esa es la realidad y no hay otra. De manera que al ver llegar a su compañero presa del entusiasmo a compartirles su aventura y su encuentro con la realidad, ¿Cómo lo recibirían?
Lo más seguro es que lo tomaran por loco, o que por lo menos no creerían sus palabras. ¿Cómo podrían creer que hay más allá de las sombras un mundo iluminado por el verdadero sol, repleto de cosas magníficas por descubrir? no; Lo más seguro es que desearían seguir tranquilamente contemplando las sombras reflejadas en la pared, su única realidad.
El relato de Platón incluye otros detalles, pero lo dicho es la parte esencial de la historia.
Pues bien, decía al inicio que esa historia, (que Platón escribió buscando ilustrar la situación de los hombres respecto de la educación y la ignorancia), describe con asombrosa precisión el estado del hombre moderno respecto de las grandes verdades: Dios, alma, inmortalidad, eternidad.
Desde hace ya un par de siglos la humanidad ha venido sepultándose cada vez a mayor profundidad en una cueva subterránea que pareciera no tener final. Allí, la humanidad ha decidido contemplar sombras vanas que le ocultan la verdadera realidad, la realidad luminosa de la presencia de Dios en la historia humana. Y los ojos de las nuevas generaciones, hijos de aquellos que iniciaron ese camino de descenso hacia la caverna, han crecido ya sin ninguna referencia al sol, no lo conocen, ni siquiera logran darle sentido a la palabra. Tal y como las nuevas generaciones de jovencitos respecto de palabras tales como: religión, Dios, alma, piedad, etc. Palabras sin sentido para una generación acostumbrada de nacimiento a contemplar solo sombras.
Y cada vez que a alguno de ellos le es concedido ascender para contemplar lo que hay más allá de las sombras, regresa asombrado a compartir su hallazgo con sus ex-compañeros de caverna, y se encuentra con la actitud hostil de quienes ahora lo consideran loco por hablar de cosas que para ellos no existen, solo porque nunca las han podido ver.
¿Cómo poder convencer a unos ojos que solo han visto oscuridad, de que existe más allá de la caverna otra región repleta de hermosura, iluminada por un sol eterno y amoroso?

CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 1/10

Este breve tratado historico-litúrgico sobre la Misa católica se encuentra en la obra de Antonio Rubinos S.J. , Febrero de 1948, y es gentileza de la Fundación Vivente Ferrer.

Capitulo I.- Excelencias- Frutos y Nombres de la Misa. 

«Sin la verdad, la piedad es débil e inconsistente; y sin la piedad, la verdad es estéril y huera»
(Fco. SUAREZ)

 

Preguntas 1 a la 41

«Estamos obligados a reconocer que entre todas las obras, que los fieles han de cumplir, no hay nada tan santo, ni tan divino como este imponente Misterio de la Misa».
(Concilio de Trento)

 

Excelencias de la Misa

1. ¿Cuál es el acto más importante del culto católico?
La Santa Misa.
2. ¿Por qué?
Porque la misa es:

1, un recuerdo vivo de Jesús; 2, el Sacrificio de la Iglesia Católica; 3, el Convite del Cuerpo y de la Sangre de N. S. Jesucristo, y 4, el gran Sacrificio anunciado por los Profetas.

3. ¿Por qué la Misa es un recuerdo de Jesús?

Es un recuerdo, porque al celebrar Jesús la primera Misa del mundo el día del Jueves Santo, dijo a sus apóstoles: «Haced esto como un recuerdo mio»;. (Véase n. 223.)

4. ¿Y por qué es un recuerdo vivo?

Es un recuerdo vivo porque los recuerdos que dejamos los hombres cuando nos ausentamos o morimos son recuerdos muertos que no hablan, ni viven con nosotros: por ejemplo, los restos, la tumba, el cuadro o algún objeto de un ser querido. En cambio, la Misa es un recuerdo lleno de vida, porque en los momentos en que celebramos este recuerdo, el Señor mismo se presenta vivo entre nosotros, aunque envuelto en el manto de las especies sacramentales. (Parsch: Sigamos la santa Misa, págs. 10-13.)
La misa no es sólo un recuerdo vivo de Jesús; es también una representación viva de toda la vida de Jesús: «En cada Misa comenzamos por considerar, tristes y arrepentidos, el estado del mundo pecador sin Cristo (primeras oraciones. Confíteor, Kyries).Adoramos a Jesús como niño divino (Gloria). Le veneramos como divino Maestro (Epístola y Evangelio). Recordamos el ofrecimiento de Jesús por nosotros en toda su vida (Ofertorio), y su cruenta oblación y muerte en la Cruz; la cual se renueva por modo incruento (Consagración). Luego descendemos con los merecimientos de Cristo al Purgatorio, como El descendió a los Infiernos (Memento de los difuntos); y reconciliados por su medio, osamos decir: «Padre nuestro…». Después celebramos la Resurrección de Cristo (Mezcla de las especies sacramentales en el cáliz, y Comunión), y nos unimos con El, real o cspiritualmrnte, para recibir de su divina mano, como en otro tiempo los Apóstoles, el día de la Ascensión, su bendición postrera, como prenda de la última y definitiva que esperamos en el día del Juicio: «Venite, benedicti (Bendición de la misa). Cfr., Meyemberg: La Práctica del Pulpito (Traduc. Ruiz Amado), n. 509. Cf. n. 203.

5. ¿Por qué la Misa es el Sacrificio de la Iglesia Católica?

Porque es el Sacrificio perpetuo de la Nueva Ley, en el cual, de modo incruento y bajo las especies de pan y de vino, N. S. Jesucristo se ofrece al Eterno Padre por medio de los sacerdotes.
Por eso la Iglesia no celebra ninguno de los misterios de Jesús sin ofrecer el santo Sacrificio: porque el altar es, sobre la tierra, el centro de la religión de Jesús, lo mismo que el Calvario es el ápice y la cumbre de su vida. Todos los misterios de la existencia terrestre de Jesús convergen hacia su inmolación sobre la Cruz… Todo el culto público organizado por la Iglesia gravita alrededor del altar… Cual quiera que sea el misterio de Jesús, que nosotros celebremos, no podemos después de haberlo contemplado y meditado con la Iglesia, participar más perfectamente, ni disponernos mejor a recoger los frutos, que asistiendo con fe y amor al Sacrificio de la Misa, y uniéndonos por la Comunión a la divina Victima inmolada por nosotros en el altar. Marmion: Le Christ dans ses Mysteres, p. 98-99.

6. ¿Por qué la Misa es un sacrificio?

Porque sacrificio es la oblación de un don sensible dirigida a Dios como a soberano Señor de todo lo creado. Ahora bien, en la misa hay una oblación u ofrecimiento: La oblación del Cuerpo de Jesucristo; hay oblación de un don sensible: el mismo Cuerpo de Jesucristo — no sensible en sí mismo, claro está, sino bajo ias especies sacramentales—; y dirigida a Dios como a soberano Señor de todo lo creado, pues se dirige para honrarle como a tal, y por eso es un sacrificio latréutico; para darle gracias, y por eso es sacrificio eucaristico; para impetrar algún favor, y por eso es sacrificio impetratorio, y, en fin, para aplacarlo por nuestros pecados, y por eso es sacrificio propiciatorio. Cfr. Denzinger—Banw.: enchirid. symbol. 950.

7. ¿Y por qué es un sacrificio perpetuo?

Porque no ha habido, ni nunca podrá haber, otro sacrificio más excelente que el que Jesucristo ofreció en la Cruz ; y como la Misa es precisamente una repetición incruenta de aquel sacrificio, por eso en la religión católica, que como toda religión necesitaba un sacrificio permanente, la misa es el sacrificio perpetuo e insustituible.

8. ¿Por qué llamamos a la Misa, el Sacrificio de la Nueva Ley?

Porque aun en la ley natural, no faltaron — ni podían haber faltado, siendo el sacrificio el mejor modo de honrar a Dios — algunos sacrificios, como las ofrendas de Abel, de Abrahán y de Melquisedec (v. nn. 32, 33 y 34); y en la ley antigua o de Moisés hubo, entre otros muchos, el sacrificio del Cordero Pascual (véase n. 41); pero todos estos sacrificios eran tan incomparablemente inferiores al Santo Sacrificio de la Misa que cesaron y fueron abolidos al venir con la Nueva Ley este otro único y verdadero Sacrificio, que concentraba en una sola inmolación de valor infinito todos los diversos fines de aquellos otros sacrificios.
Valor de la Misa. La Misa puede considerarse en si misma, es decir, en su suficiencia o capacidad, y en este sentido tiene un valor intensiva y extesivamente infinito: intensivamente infinito, porque el sacerdote y la víctima es el mismo Jesucristo, o sea, una persona de infinita, dignidad; y extensivamente infinito, porque puede extenderse y producir siempre más y más frutos, y siempre en más y más sujetos sin nunca agotarse su caudal, ni disminuir su potencia, pues la Misa es como el Sacrificio del Calvario, de infinito valor.
Y puede considerarse en su eficacia real, es decir, en sus aplicaciones; y en este sentido, su valor es también infinito en cuanto a sus efectos latréutico y eucaristico: pues Jesucristo es quien ofrece la Misa; aunque es finito y limitado en cuanto a los otros dos efectos, propiciatorio e impetratorio, ya que en su aplicación a los hombres produce efectos finitos y limitados; porque la pena o castigo que merecen los pecados no se perdona, sino según la disposición más o menos perfecta del sujeto, lo mismo que los favores o bienes no se obtienen, sino según esa misma disposición; ahora bien, sabemos que estas disposiciones, por muy perfectas que se supongan, son siempre finitas y limitadas.

9. ¿El Sacrificio de la Misa es el mismo Sacrificio de la Cruz?

Esencialmente, es decir, en lo que propiamente constituye el sacrificio, o sea, en el sacerdote y en la victima, es el mismo sacrificio de la Cruz; pues en la Cruz y en la Misa, el sacerdote y la victima es el mismo Jesucristo.
10. ¿Entonces Jesucristo en la misa es el sacerdote o ministro principal del sacrificio?
Asi es: pues el celebrante no hace más que obrar en nombre y en lugar de Jesucristo; por esta razón, cuando llega el momento más trascendental del Santo Sacrificio, la Consagración, el celebrante no dice: «Este es el Cuerpo de Jesucristo» sino: «ESTE ES MI CUERPO». Cfr. Denzinger-Banw.: o. c. 940 y 949.
Cristo escoge a ciertos hombres, a los que da una participación real en su sacerdocio. Esos son los sacerdotes que el Obispo consagra el día de su ordenación. Extendidas las manos sobre la cabeza del que va a ser consagrado, el Obispo invoca al Espíritu Santo, rogándole descienda sobre su alma: en este momento se podrían repetir al sacerdote las palabras del Ángel a María: «Spiritus Sanctus superveniet in te»: el Espíritu Santo lo envuelve, por decirlo así, y opera en él una semejanza y una unión tan estrecha Con Cristo Jesús, que es como Cristo, sacerdote para toda la eternidad. Marmion: o. c., p. 97-98.

11. ¿Pero en algo se distinguen el Sacrificio de la Misa y el de la Cruz?

Se distinguen en el modo de llevarse a cabo el mismo e idéntico Sacrificio: porque en la Cruz murió Jesucristo derramando su sangre, y en la Misa no muere Jesucristo, ni derrama su sangre; en la Cruz sólo y directamente se ofreció a sí mismo, pero en la Misa se ofrece por medio de los sacerdotes; en la Cruz la víctima, Jesucristo, era pasible y mortal, pero en la Misa es ya impasible e inmortal ; y por fin, en la Cruz pagó Jesucristo el precio de nuestra redención, y en la Misa ya no sé merece nada de nuevo, sino que solamente se aplican los méritos infinitos de la Cruz.

12. ¿De qué modo se representa en la Misa el Sacrificio sangriento de la Cruz?

El Sacrificio sangriento de la Cruz se representa misteriosamente en la Misa de modo sacramental, es decir, por medio de un signo o señal exterior.

13. ¿Qué signo o señal exterior es ése?

Ese signo o señal exterior son las especies sacramentales de pan y de vino; la especie de pan como cosa sólida y manjar, representa el Cuerpo de Jesucristo, y la especie de vino, como cosa líquida y bebida, representa la Sangre de Jesucristo. Ahora bien, ambas especies en la Misa están realmente separadas una de otra, como realmente estuvieron separados en la Cruz el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, y así queda representado de modo sacramental el derramamiento de sangre que tuvo lugar en la Cruz.

14. ¿Y la muerte de Jesucristo también se representa en la misa?

Se representa en la comunión del sacerdote: pues entonces al consumirse las especies sacramentales puede decirse que, en cierta manera, muere Jesucristo en cuanto cesa su vida sacramental bajo aquellas especies.
La misa es un verdadero sacrificio no ya por la intima relación que guarda con el Sacrificio de la Cruz — n. 9; ni solamente por la separación simbólica de las especies sacramentales — nn. 12 y 13; sino también porque «aunque por la misma Consagración Cristo no es destruido substancialmente, es, sin embargo, destruido en cierta manera — humano modo — en cuanto recibe un estado inferior y tal que lo hace incapaz para usos habituales del cuerpo humano, y apto para otros diversos usos a modo de alimento… ; este cambio es suficiente para constituir un verdadero sacrificio; pues hacerse comestible aquello que no lo era, y hacerse comestible de tal manera que ya no sea útil para otros usos, es mayor cambio que todos los demás que, según el común sentir, bastan para un verdadero sacrificio. En ese sentido dijo San Gregorio Niceno que Jesucristo ya declaró el sacrificio cuando entregó su cuerpo a los discipulos para que lo comiesen ; pues el cuerpo de la victima no es apto para ser comido, si está vivo. Luego reducir aquel cuerpo a estado de alimento comestible fué como matarlo, no físicamente, sino moralmente o humano modo». De Lugo: De Euchar: disp. XIX, sea V.

 

15. ¿Por qué la Misa es el Convite del Cuerpo y de la Sangre de N. S. Jesucristo?
Porque en ella cuando comulgamos recibimos a Jesucristo, que está verdadera, real y substancialmente presente en la Hostia consagrada.
16. ¿Por qué decimos que Jesucristo está verdadera, real y substancialmente presente en la Hostia consagrada?
Decimos que está verdaderamente presente porque no sólo está en figura, señal o símbolo, como está una persona en su retrato y como afirmaban algunos protestantes (Zwinglio); añadimos que está realmente presente, porque no sólo está con su poder y virtud, o por los efectos que produce, como está, por ejemplo, presente el sol a La tierra por su calor e influencia, según decía Calvino; y por fin, afirmamos que está substancialmente presente, porque no está presente la substancia del pan con Jesucristo, como decía Lutero, sino que toda la substancia del pan — lo mismo que la del vino—, desaparece, quedando solos los accidentes, milagrosamente sustentados, y se pone en su lugar Jesucristo todo entero con su cuerpo, sangre, alma y divinidad bajo cada una de las especies; conversión maravillosa y cúmulo de milagros que con toda propiedad se llama TRANSUBSTANCIACIÓN.
Para explicar de alguna manera el dogma de la Transubstanciación, fijémonos en el significado de esta última palabra, ilustrándolo con una comparación clara y sencilla: la palabra substancia viene de sub y stare, estar debajo, es decir, lo que está bajo las apariencias. Y como la preposición trans, significa cambio, del otro lado de, tendremos que transubstanciación, significará el cambio, la conversión de una substancia, aquí el pan y el vino, en otra substancia, en el cuerpo y sangre de Jesucristo, quedando sólo las apariencias del pan y vino… color, forma, sabor, peso, etc. Mis sentidos sólo perciben estas apariencias, y, si creyese a mis sentidos, juzgaría que lo que está bajo aquellas apariencias, que la substancia era pan y vino verdaderos; pero mi razón ilustrada por la fe me dice que es el cuerpo y sangre de Jesucristo.
Me sucede lo mismo que en este caso: me entregan una rosa de tela, artificial, pero tan linda y tan primorosamente trabajada, que yo, al principio, la tomo por una rosa verdadera y natural… ¿Por qué? Porque mis ojos ven el color y la forma de una rosa, y mi olfato hasta percibe su mismo olor y perfume, pues han tenido la feliz idea de destilar sobre sus hojas unas gotitas de esencia de rosa… La primera impresión que me transmiten los sentidos, es la de que aquello es una rosa verdadera, y, sin embargo, no veo lo que está bajo aquellas apariencias, la substancia… Pues eso es precisamente lo que me pasa cuando veo una hostia, cuando veo el vino consagrado: veo su forma, color, todas las apariencias exteriores, que son apariencias de pan, de vino…, pero mi razón, iluminada por la fe, me dice que es el cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo.

17. ¿El Sacrificio de la Misa fué anunciado por los Profetas?
Fué anunciado por el último de los Profetas: Malaquías.

En su célebre vaticinio, después de abrogar los antiguos sacrificios, que no eran más que figuras o tipos del Sacrificio de la Misa, se anuncia solemnemente un nuevo y más perfecto sacrificio:
«MI VOLUNTAD NO ESTA CON VOSOTROS, DICE EL SEÑOR DE LOS EJERCITOS; Y NO RECIBIRÉ OFRENDA- sacrificio- DE VUESTRA MANO: PUES DE DESDE DONDE NACE EL SOL HASTA DONDE SE PONE, ES GRANDE MI NOMBRE ENTRE LAS GENTES, Y EN TODO LUGAR SE SACRIFICA Y OFRECE A MI NOMBRE UNA OFRENDA -sacrificio- PURA» (Malaq. I, 10-11)

18. ¿Y ese vaticinio se refiere al Sacrificio de la Misa?

Se refiere al Sacrificio de la Misa, porque en estas palabras: 1. se predice un sacrificio, y 2. este sacrificio será: a) nuevo, pues viene a reemplazar a los antiguos; b) universal, «desde donde nace el sol hasta donde se pone» : y c) puro o agradable a Dios.

Ahora bien, todos estos caracteres sólo convienen al Sacrificio de la misa: que es, un sacrificio: a) nuevo, pues viene a suceder a los antiguos; b) universal, pues se celebra en toda la redondez de la tierra, por sacerdotes de todas las razas y naciones, y en todos los momentos del día y de la noche; y c) infinitamente puro y agradable a Dios, por ser el mismo Jesucristo el sacerdote y la víctima de este Sacrificio. (cfr-Nicaise-Gevelle : L Histoire Sainte commetée. pág. 256).
19. ¿Cuáles son los frutos o bienes que produce la Misa?
Pueden distinguirse cuatro clases de frutos: 1. un fruto general, del que participan absolutamente todos los fieles, aunque el celebrante no piense en ellos o pretendiera excluir a alguno; fruto tan general que también se extiende indirectamente a los mismos infieles para que sean hechos miembros de la Iglesia; 2, otro fruto especial, que se aplica a cuantos cooperan a la celebración del Sacrificio, como son los que asisten devotamente a él, los que ayudan a Misa y los que recitan las mismas oraciones que el celebrante, o se unen con la intención a lo que él ejecuta ; 3, otro especialísimo, que es tan propio del sacerdote, que a ningún otro puede aplicarse, por lo menos, totalmente; y 4, el fruto ministerial, fruto que el sacerdote, como ministro de Jesucristo y dispensador de los divinos misterios, aplica por la intención de aquellos por quienes nominalmente celebra la Misa. (Cf. 216 y 217.)
¿Puede impedirse el fruto de la Misa? No puede impedirse por parte del sacerdote que la celebra: pues el celebrante no es más que el ministro secundario (v. n. 10); es cierto que a la santidad y fervor del sacerdote celebrante responde un fruto especial, pero este fruto no es más que accesorio, que le pertenece a él.
Pero por nuestra parte puede impedirse o hallar obstáculo si no estamos dispuestos y preparados a recibirlo. No podemos, por ejemplo, obtener el perdón de un pecado y la íemisión de la pena debida por él, mientras conservemos afecto al mismo pecado.

20. ¿Cuál es el mejor sufragio que podemos ofrecer por los tieles difuntos?
El mejor sufragio es la Santa Misa, que con frecuencia se ofrecía aún antes de que muriesen los enfermos, cuando ya se hallaban en estado más o menos grave.
Esta última circunstancia puede explicar satisfactoriamente algunas expresiones del Ofertorio de la Misa de Difuntos: expresiones misteriosas que, a primera vista, pudieran parecer inexactas y aun erróneas: «libra a las almas de todos los fieles difuntos de las penas del infierno y de aquel profundo lago; líbralas de la boca del león: no las absorba el abismo, ni caigan en las tinieblas…».
Así lo comprendió perfectamente desde un principio la Iglesia Católica; por eso, además de que nunca en ninguna de sus liturgias faltó, durante la Misa, una oración por los difuntos — después veremos, v. n. 225, cuan hermosa es la de nuestra liturgia romana —; muy pronto se compuso una Misa especial para ellos, Misa que presenta todos los caracteres de la más remota antigüedad con su Introito entretejido con palabras que ya aparecen en los epitafios antenicenos, con su Ofertorio tan misterioso y que más que Ofertorio parece una oración, y, en fin, con su misma prosa «Dies irae», que, aunque posterior, es el mejor modelo de todas las de su género y que al principio se cantaba en la Misa del Primer Domingo de Adviento – Evangelio del fin del mundo y Juicio Universal — para la que está muy bien adaptada, y después trasladóse a la Misa de Difuntos con la adición del último verso: «Pie Jesu Domine, dona eis réquiem. Amen». Es interesante advertir que, en sus orígenes, los funerales cristianos no tenían el carácter de tristeza que después revistieron; ni siquiera en la Misa de Difuntos faltaba elAleluia, y con el cántico del inmortal Aleluia se despedía en la sepultura a los muertos cristianos.
En cuanto a la aplicación de la Misa en sufragio por los difuntos, notemos lo siguiente: aunque los difuntos en nada pueden impedir la aplicación de los frutos de la Misa a sí mismos, pues fuera de esta vida el alma no puede conservar el afecto al pecado, y por eso bastaría una sola Misa para expiar cualquier deuda de pena temporal; sin embargo, como los frutos de la Misa sólo son aplicables per modum suffragii, es decir, a modo de sufragio, o lo que es lo mismo, se ofrece la Misa a Dios, y Dios distribuye los frutos según las normas de su justicia y sabiduría, normas que nosotros no podemos conocer; por eso no se puede tener seguridad que una sola Misa baste a satisfacer enteramente por el alma de un difunto.

21. ¿Y por qué la Misa es el mejor sufragio?
Porque el sacrificio es la mejor obra satisfactoria, y la Misa es el más excelente de todos los sacrificios.
La Misa no puede ofrecerse por difuntos: 1, incapaces de recibir sus frutos, como son los condenados, los niños muertos sin el bautismo, los santos del cielo; 2, por aquellos a quienes la Iglesia niega sepultura eclesiástica, como son los herejes, cismáticos, masones, suicidas, muertos en duelo, los que mandan quemar sus cuerpos, los excomulgados, etc.

22. ¿Por qué el sacrificio es la mejor obra satisfactoria?
Porque el sacrificio se opone radicalmente al pecado: pues el pecado niega prácticamente el dominio supremo de Dios sobre las criaturas, así como aquél afirma también prácticamente este mismo dominio.
Dios dice al hombre: —Guarda mi ley… —. Y el hombre responde con el pecado: —No quiero —. Y el sacrificio confiesa prácticamente ese dominio supremo, pues el hombre al ofrecer a Dios un sacrificio, se priva de una cosa suya, la destruye en honor de Dios, como si dijera con este acto: —Señor, esta cosa es tuya y porque es tuya no debe ser empleada ni en provecho mío ni de nadie, sino que ha de consumirse toda ella en tu honor… y en tu honor la destruyo, y le quito la vida, y la convierto en cenizas: y lo que hago con esta res debería hacerlo conmigo mismo, porque soy tuyo, y todas las criaturas tuyas son, como quiera que tú eres, por excelencia, el Señor… Cf. Coloma, Gonzalo, S. J.; Sermones varios, tom. V: El Purgatorio y los Sufrag., serm. 6.
Y la Misa es el más excelente de todos los sacrificios, porque, como ya hemos visto, en ella ofrecemos a Dios la preciosísima sangre de Jesucristo, y esta sangre tiene infinito valor satisfactorio.

23. ¿Qué nombres ha recibido el Santo Sacrificio?
San Pablo lo llama «Cena del Señor». Entre los primeros cristianos, se decía «Convivium Dominicvm: Convite del Señor», o simplemente «Dominicum».
Y así, aquellos treinta y un mártires de Cartago que, el 12 de febrero del año 304, fueron conducidos ante el procónsul Amulio, acusándoles de haber asistido al sacrificio del Domingo, cuando los estaban desgarrando con uñas de hierro y el procónsul les echaba en cara haber violado la ley de los emperadores, respondían ellos, con valor: «—Nosotros no podemos omitir el Domingo, poque es ley de Dios»; y como el procónsul insistiese en su acusación, ellos contestaban siempre lo mismo: «—No, no podemos vivir sin el Dominicum». (Pablo Allard; La Persecution de Diocletian, tom. 1, c. 4, 3).

24. Recordando el «gratias agens, dando gracias» de Jesús, también se llamó «Eucaristía», propiamente «Acción de gracias»; nombre que ha venido a designar el Sacrificio, por excelencia, de acción de gracias, o sea, la Santa Misa y también el Santísimo Sacramento.

25. ¿Pero, cuál fué el nombre más usado en la Iglesia primitiva?
Fué el de FRACCIÓN DEL PAN.
Jesús partió el Pan, nos dicen los Evangelios; Mt. 26, 26; Me. 14, 22; Le. 22, 19; y San Pablo 1 Cor. 10, 16 y 11, 24.
Con el mismo nombre lo designan los Hechos de los Apóstoles; 2, 42; 2, 46; 20, 7 y 20, 11.
<íEI día del Señor — el domingo — nos dice la Didajé, escrita entre los años 80 y 90, congregándoos en el lugar citado,partid el pan y dad gracias, después de confesar vuestros pecados para que sea limpio vuestro Sacrificio». V. n. 62.

26. ¿Y por qué se llamó Misa?
Misa era lo mismo que missio o dimissio, y estas palabras significan el envió, la despedida o término de una reunión o asamblea. Así decían los romanos: «Senatum mittere o dimitiere», levantar o terminar sus sesiones el Senado». (Cf. n. 254.)
Designándose con esta palabra la despedida o el término de una reunión cualquiera civil, también se aplicó al fin o despedida de las reuniones eclesiásticas; y como durante el Santo Sacrificio tenían lugar dos envíos o despedidas, la primera, de los catecúmenos y penitentes después del Evangelio, y la segunda, de los fieles, al terminar e! Sacrificio, la primera se llamó Misa o despedida de los catecúmenos…, y la segunda, Misa o despedida de los fieles. (Cf. n. 140.)
Después, cuando ya no hubo catecúmenos, cesó la primera despedida y con ella la distinción de las dos partes de la reunión: y comenzó a llamarse a toda la asamblea simplemente «Misa», nombre que prevaleció en Occidente desde el siglo VI.
27. ¿De qué otros nombres o explosiones alegóricas se valían los cristianos para designar la Eucaristía?
Para designar a N. S. Jesucristo en la Eucaristía, se valían del pez, pues por una feliz coincidencia las cinco letras que forman en griego este nombre, vienen a ser precisamente otras tantas iniciales de cada una de las palabras de esta frase: «Jesús-Cristo — de Dios—Hijo-Salvador».
Así, en las catacumbas, hallamos escenas como éstas, alusivas a la Eucaristía: un trípode y sobre él colocados un pan y un pez; el pez figura en las dos mult¡plicaciones de los panes y en las dos comidas que tuvo Jesús con sus discípulos después de su resurrección.
Este pez se daba a Abercius como alimento para todo su camino; «Ciudadano de población distinguida he levantado este monumento durante mi vida para tener un día en él lugar para mi cuerpo. Soy discípulo de un santo pastor — Cristo — que apacienta sus ovejas en los montes y llanuras, de amables ojos, cuya mirada se extiende a todas partes… La fe me guio por todas partes: en todas me ofreció como alimento un pescado de un manantial muy grande y puro, obra de una Virgen santa que lo dio y lo da sin cesar a comer a sus amigos; posee un vino delicioso que les prepara y se lo da con el pan. Mandé escribir esto, yo Abcrcius, durante mi vida, a la edad de setenta y dos años. El hermano que lea estas palabras niegue por Abercius». De un célebre epitafio de fines del siglo II o principios del III, hecho grabar por un obispo de Hierápolis, en Frigia, como recuerdo de su viaje a Roma. Kirch: Enchirid. font. hist. eccl. antiquae, n. 133.
El pez era, además, una alusión al bautismo: «Nosotros, pececillos —decía Tertuliano-, según nuestro Jesucristo, nacen os en el agua».De Bapt. P. L. I, 1306.
Clemente de Alejandría aconsejaba a los cristianos que hicieran grabar en sus anillos la palabra ‘IXZi’i) para no olvidar su origen. Kn algunos museos todavía se conservan unos antiquísimos peces de bronce o de cristal que solían llevar consigo los cristianos para darse a conocer como tales; se llamaban testimonios de caridad. Cf. Kirch: o. c. n. 209.
28. Como este sacramento (advierte Sto. Tomás: 111 p. q. 73, art. 4) expresa la unidad de la Iglesia también se llamó «Comunión o Xynaxis». (Cf. 62, 63 y 287-238).
29. Los Padres, griegos llamaban a la Eucaristía el bien; o si se trataba de ambas especies, los bienes por excelencia.
30. Otros también llamaron a las especies sacramentales, símbolos: símbolo, en griego, es propiamente un objeto, por cuyo medio, se da uno a conocer, y la señal para reconocerse los cristianos era La Eucaristía, como lo fué el Credo, de donde también vino que a éste lo llamaran «símbolo», el Símbolo de los apóstoles.
31. En fín, entre otros preciosos nombres, los mismos griegos le llaman realización del misterio; o acción sagrada ; y, sobre todo, AElTOYPTIA o divina liturgia, como queriendo, con este nombre, concentrar en la Misa toda la liturgia y el culto oficial que la Iglesia rinde a Dios Nuestro Señor.
Diversas clases de Misas. Por las circunstancias diversas que pueden acompañar la celebración de algunas Misas, y según el uso o fines particulares por los que pueden ofrecerse, la Misa recibe estos nombres: Misa solemne, cuando se canta y se celebra con asistencia del diácono, del subdiácono y de otros ministros inferiores; rezada, la ordinaria, que se reza o recita en tono bajo de voz; conventual, es, estrictamente hablando, la que están obligados a celebrar cada día los rectores y canónigos de una catedral; parroquial, la que están obligados a aplicar por sus feligreses, todos los que tienen cura de almas, como son los obispos, párrocos, administradores y vicarios; votiva, la que no coincide con el oficio del día, así llamada por celebrarse para satisfacer los piadosos deseos, vota, del sacerdote o de los fieles; de réquiem, la que se celebra en sufragio de los fieles difuntos; nupcial, para bendecir y solemnizar el matrimonio cristiano; de praesantificados, la que se dice en la Iglesia Latina el día de Viernes Santo, con una Hostia consagrada el día anterior, y no tiene consagración. Además de éstas existieron en la antigüedad: la Misa aurea o Misa de oro, que se celebraba en honor de la Virgen los miércoles de las cuatro Témporas y del Adviento; estaba escrita en letras de oro y celebrábase con solemnísima pompa, distribuyéndose al pueblo en esta ocasión regalos, muchas veces costosísimos; Missa solitaria, la celebrada por sólo el celebrante, sin asistencia del pueblo y, aun a veces, sin el mismo ayudante; eran muy comunes en los Monasterios y Comunidades religiosas, y en su celebración empleaban a veces varias horas algunos piadosos varones; Missa vespertina; en África, en el s. V, se decía Misa la tarde del Jueves Santo en memoria de la institución de la Eucaristía, y se celebraba por un sacerdote que había roto el ayuno. En algunas partes prevaleció la costumbre de decir Misas por los difuntos en cualquier hora del día, en que moría algún fiel.

LECTURAS
32. Los tres Sacrificios recordados en el canon como figuras profeticas del Sacrificio de la Misa. (V. n. 224.)
EL SACRIFICIO DE ABEL: Caín y Abel eran dos hermanos.

Pero, ¡qué desemejantes en sus caracteres y sentimientos! Los dos ofrecían sacrificios a Dios para adorarle, es decir, para reconocer su dominio soberano sobre todas las cosas: Caín, el hermano mayor, como labrador que era, ofrecía frutos de la tierra; Abel, como pastor, ofrecía las mejores ovejas de su rebaño.
Pero el Señor miraba con agrado a Abel y a sus ofrendas, porque según insinúa S. Pablo: Hebr. XI, 4. las disposiciones interiores de Abel en sus sacrificios, eran más perfectas que las de Cain.
Y aun parece que Dios manifestaba de modo visible esta complacencia, haciendo bajar fuego del cielo, que consumía las ofrendas del inocente Abel, lo cual no sucedía con las de Caín.
Irritado éste sobremanera, dejóse arrebatar por la envidia, y un día dijo a su hermano menor: —Salgamos fuera.
Y estando los dos en el campo, acometió Cain a su hermano Abel y lo mató.
Era la primera muerte que ocurría en el mundo.
—¿Dónde está tu hermano Abel?—preguntó en seguida Dios a Caín
Y Caín, con incalificable grosería, le respondió:
—No lo sé… ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?
— ¡Qué has hecho! — replicó el Señor —; la voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra.

Maldecido por Dios, Caín anduvo errante por la tierra y llegó a ser padre de una raza malvada.

Dios concedió a Adán otro hijo, Set, que vino a reemplazar a Abel y a perpetuar la raza de los hijos de Dios.
Abel es figura de Jesucristo: a) porque era pastor de ovejas; b) por el sacrificio que ofreció, y c) por razón de su muerte violenta. La aspersión de la sangre de Jesucristo, dice San Pablo, Hebr. XII, 24, habla mejor que la de Abel, pues es sangre de valor infinito, y al derramarse sobre el altar de la Cruz pide, no como la de Abel, venganza y castigo, sino misericordia y perdón.

33. El Sacrificio de Abrahán.
Mucho había rogado Abrahán a Dios, mucho le había pedido que le concediera algún hijo.
Y Dios, al fin, se lo había concedido cuando el viejo Patriarca acababa de cumplir los cien años.
A aquel niño, en quien debían realizarse las más estupendas promesas divinas, como la posesión de la tierra prometida, la posteridad numerosa como las estrellas del cielo y las arenas del mar y, sobre todo, la BENDICIÓN que haría saltar de gozo al mundo entero, a aquel niño su anciano padre le llamó Isaac, nombre que significa «sonrisa, alegría», para sonreírse de gozo el buen anciano cada vez que le llamara por su nombre. Crecía Isaac, había llegado a la plenitud de la vida, cuando un día dice Dios a Abrahan:
—Abrahán, Abrahán.
—Aquí me tenéis, Señor — responde el obediente anciano.
—Toma a Isaac, tu hijo único, a quien tanto amas, y vete a la tierra de Moriah, y allí me lo ofrecerás en holocausto sobre un monte que yo te mostraré.
Abrahán levantóse antes del alba, aparejó su asnillo, cortó la leña para el sacrificio y llevando consigo a dos diados y a su hijo Isaac, emprendió el camino hacia el lugar que Dios le había mostrado.
Al tercer día de camino, alzó los ojos Abrahan y pudo ya divisar desde lejos el lugar del sacrificio.
Llega al monte, deja abajo en la falda de la montaña a los criados con el asnillo y, después de colocar la leña sobre las espaldas de su hijo, sube animoso por la pendiente con el cuchillo en la mano y la mirada, la última mirada, en su hijo.
Iban caminando juntos los dos, cuando Isaac rompe el silencio:
– ¡Padre mío!
—¿Qué quieres, hijo mío?
—Aquí está — dice candorosamente Isaac — la leña y el fuego… pero, ¿dónde está la víctima?
Qué tranquilo y qué sereno debía de estar el rostro de aquel anciano, cuando, ni aun su hijo pudo advertir en él señal alguna del profundo dolor, que ya hacía tres días venía desgarrando el corazón de su padre…
Y Abrahán, con fe inquebrantable en las promesas de Dios y con profética mirada, que tantos siglos abarcaba, contesta imperturbable:
—Hijo mió, Dios sabrá proveerse, de víctima para el holocausto.
Y caminando, caminando llegaron finalmente al lugar que Dios le había mostrado: con las piedras que allí había erigió un altar, acomodó encima la leña, tomó a su hijo Isaac, lo ató y lo colocó sobre el montón de leña.
Isaac, manso como un cordero, espera ya el golpe. Abrahán extiende entonces su mano firme y toma el cuchillo…
Pero en aquel mismo instante, el Ángel del Señor lanza un grito desde lo alto:
— ¡Abrahán, Abrahán!
—Aquí me tienes — respondió él.
—No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas daño alguno; que ahora conozco que temes a Dios, pues no has perdonado a tu hijo por mi amor.
Alzó los ojos Abrahán y vio detrás de sí a un carnero, enredado por las astas en un zarzal, y habiéndolo cocido, lo ofreció en holocausto en vez de su hijo.
Esta narración de Moisés es uno de los trozos literarios más sublimes.
Nunca el arte humano, arte aquí inspirado al fin por Dios, supo acumular en tan pocas palabras tantas delicadezas y hondas emociones.
Isaac es maravillosa figura de Jesucristo: Jesucristo llevando a cuestas su Cruz, como Isaac llevaba la leña del sacrificio; Jesucristo subiendo al monte Calvario, como subía Isaac al monte Moriah; Jesucristo dejándose prender, como Isaac se dejó atar por su padre, y en fin, Jesucristo dejándose inmolar en el altar de la Cruz con el consentimiento de su Padre, es la realidad a donde ya no podia llegar, con ser tan sublime, el Sacrificio de Isaac.
Dios tampoco perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó a la muerte por nosotros; que de tal manera amó Dios al mundo, que le dió a su Hijo Unigénito. Rom. 8, 32 y S. Juan, 3, 16.

34. El Sacrificio do Melquisedec: Gen. 14. Cfr. Verbum Domini. vol. 13. 138-146; 167-172 y 209-214.
A oídos de Abrahán acaba de llegar una triste noticia.
Los príncipes de Sodoma, de Gomorra, de Adama, de Seboin y de Segor, se habían insurreccionado contra el rey de los Elamitas, Codorlahomor, de quien eran tributarios; y este príncipe, aliado a su vez con otros reyes, les había presentado batalla en el valle de las Selvas y los había derrotado completamente, llevándose prisioneros, entre otros, al sobrino de Abrahan. Lot y a la familia de éste, que vivían en Sodoma.
Sin perder tiempo, Abrahan, que tenía en su familia gran número de esclavos y de criados, nacidos en su casa, escoge trescientos dieciocho de éstos, los más valientes y aguerridos, los arma ligeramente y cae sobre sus enemigos en Hoba, cerca de Damasco, desbaratándolos y libertando a Lot y a todos los suyos.
La vuelta de Abrahan constituyó un verdadero triunfo: saliéronle a recibir el rey de Sodoma y MELQUISEDEC, rey de Salem o Jerusalén, quien ofreció un sacrificio de acción de gracias, con PAN Y VINO, porque era sacerdote del Dios excelso, y le bendijo diciendo: ¡Oh, Abrahán, bendito eres del Dios excelso, que creó el cielo y la tierra: y bendito sea el excelso Dios, por cuya protección a han caido en tus manos los enemigos!
Melquisedec es un personaje misterioso: por habernos callado a sabiendas la Escritura Divina su genealogía, por haber sido rey y sacerdote al mismo tiempo, por su nombre «Melquisedec, rey de justicia», y por su título «Salem, rey de paz», y, sobre todo, por su simbólico sacrificio de PAN Y VINO, es figura de N. S. Jesucristo que, bajo las apariencias de PAN Y VINO, en la Misa, se ofrece todos los días en sacrificio.
Sobre Cristo, sacerdote según el Orden de Melquisedec, véase el precioso comentario de S. Pablo en su carta a los Hebreos, (c. 7.)

LOS SACRIFICIOS EN LA ANTIGUA LEY

35. Había dos clases de sacrilicios: los sangrientos y los no sangrientos.
LOS SACRIFICIOS SANGRIENTOS: primero se colocaba la víctima ante el altar, para significar que se ofrecía a Jehová; después, el sacerdote, solemnemente y en nombre de todo el pueblo, imponía sobre ella las manos, indicando con esta ceremonia que sobre aquella víctima pesaba la deuda de todos los pecados, ceremonia que todavía hoy, y con el mismo profundo significado, repiten nuestros sacerdotes sobre la oblata poco antes de la Consagración: (Cf. n. 219); y es que Jesucristo, al inmolarse en la Cruz. tomó sobre sí los pecados de toda la humanidad, y esta inmolación vuelve a reproducirse en el santo Sacrificio de la Misa: Puso Dios en El la iniquidad de todos nosotros. (Isai. 53, 6); tiene, las apariencias de un pecador: (Rom. 8. 3); es como una cosa maldita: (Gal. 3, 13); hecho pecado por nosotros. (II. Cor. 5, 21).

TRES ERAN LOS PRINCIPALES SACRIFICIOS SANGRIENTOS:

36. EL HOLOCAUSTO, en el cual, como indica la palabra, la víctima era completamente consumida por el fuego, sin que nada pudiera reservarse de ella. (Levit, 1, 13).
37. LAS HOSTIAS PACIFICAS: paz entre los hebreos era todo bien ya exterior, ya interior, o la salud del alma o del cuerpo; se ofrecían para dar gracias a Dios por los beneficios recibidos, o por simple devoción y voluntad del que las ofrecía.
Las victimas, que aquí eran por lo regular bueyes, ovejas y cabras — no palomas ni tórtolas, que dificultosamente pudieran partirse—, se dividían en tres partes: la primera, con la grosura, los ríñones, etc., se quemaba toda en honor de la Divinidad; la segunda, que comprendía el pecho y la espaldilla derecha, era para los sacerdotes, y la tercera, es decir lo restante de la víctima, pertenecía al que la presentaba. Levit, 3, 1. (Cf. n. 232.)
38. EL SACRIFICIO POR EL PECADO (Sacrificio expiatorio o propiciatorio).
Antes de derramar al pie del altar la sangre de la víctima, el sacerdote mojaba el dedo en ella y teñía con la misma las puntas del altar. De esta víctima nada podía reservarse la persona por quien se ofrecía el sacrificio, porque como se ofrecía por sus pecados, mostraba con esta privación querer castigarse a sí misma. Toda la grosura se quemaba sobre el altar, y la carne se reservaba para los sacerdotes. Levit, 4, 5-12.
Cuando el sacerdote la ofrecía por sus propios pecados y por los del pueblo, se hacían con ella, con la sangre mezclada con agua para que no se coagulase, siete aspersiones delante del velo del Santuario, es decir, del velo que separaba el Santo del Santo de los Santos, y se derramaba lo restante al pie del altar de los holocaustos. Lev. 4, 17-19.
39. LOS SACRIFICIOS NO SANGRIENTOS consistían: 1, en oblaciones de harina, pan y aceite; 2, en libaciones de vino, y 3, en fumigaciones de incienso y de aromas.
40. FINES Y VALOR DE ESTOS SACRIFICIOS; Dios los había establecido para que su pueblo escogido le tributara el culto que le era debido y para que se mantuviera alejado de la idolatría.
En cuanto a su valor y eficacia: a) No eran más que imagenes sensibles de la contrición de corazón, sin la cual nada valían ni podían merecer; h) Librada de ciertas impurezas o manchas legales, impurezas legales que no presuponían falta alguna moral; c) Pero en cuanto a la remisión de los pecados propiamente dichos, no podían producirla directamente, sino muy indirectamente, en virtud del único y verdadero sacrificio expiatorio que había de cancelar de la manera más perfecta todos los pecados del mundo, desde el pecado original hasta los pecados personales de los hombres, en virtud del Sacrificio de la Cruz. (Cf. nn. 17-18.)

41. EL SACRIFICIO DEL CORDERO PASCUAL.

Entre los Sacrificios Antiguos, los dos que con más claridad anunciaban el Sacrificio de Jesucristo eran el de la solemne Fiesta de la Expiación (Levit. 16. 1-24) y. más que todos, el Sacrificio del Cordero Pascual (Exod. XII, 1-28).
EL CORDERO PASCUAL es la figura más viva y perfecta de Jesucristo: así lo reconocieron los mismos Apostóles, S. Pablo. 1 Cor. 5, 7-8, y S. Pedro en su primera carta 1, 19-20: S. Juan 1-29 y 86: Apocí 5.6: Isai. 53, 7 y Jer. 11, 19:
a) El Cordero Pascual debía ser sin tacha y sin defecto, y Jesucristo es llamado por S. Juan el Cordero de Dios, la misma pureza que viene a quitar y a llevar sobre si, según la fuerza del texto original, los pecados del mundo, b)Tenía que ser comido todo entero en una sola casa, y la carne de Jesús, todo entero con su sangre, alma y divinidad no se puede comer más que en la Iglesia Católica, c) No debía rompérsele ningún hueso, y sobre la Cruz, aunque se quebraron las piernas a los ladrones, pero no a Jesucristo, S. Juan, 19, 36. d) Había que comerlo con pan sin levadura, y nosotros no podemos comulgar con la levadura del pecado en el corazón: II Cor. 5, 7-8; y e) La sangre del Cordero preservó de la plaga exterminadora las casas de los israelitas, y la sangre de Jesucristo señala nuestras almas para la vida eterna y las preserva del infierno. (Cfr., Nicaise et Gevelle o. c. n. 89.)
«¿Cómo es posible — exclama S. Juan Crisóstomo — que la sangre de un animal, sin razón pudiera librar del pecado a las almas? No, eso no es posible; pero esta sangre era la figura, la imagen, de la sangre de Cristo…; lo mismo que el hombre que viene a refugiarse junto a la estatua de los emperadores es salvado, no a causa del vil metal, sino a causa de aquel de quien la estatua es la imagen, asi el signo figurativo, la sangre de la victima, no tenia valor sino porque era la representación de la sangre de Cristo.» Homilía a los Neófitos: Breviar. Rom. 1 julio: 5a. lecc. (cf. 239.)

Antonio Rubinos S.J.
CATECISMO HISTORICO-LITURGICO DE LA MISA
Febrero de 1948