LIBERTAD RELIGIOSA, UN CAMINO HACIA LA APOSTASÍA
Libertad religiosa, un camino hacia la apostasía. |
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Por D. José Alberto Navarro Vives. |
. Libertad religiosa en la génesis del movimiento protestante.
La cuestión acerca de la libertad engloba al movimiento protestante desde sus orígenes. Ésta aparece dibujada cuando el protestantismo propone la libre interpretación de la Sagrada Escritura y el libre examen, abogando por la independencia del orden humano respecto del divino. Sólo así se consigue hacer de lo religioso una cuestión política: cuis regio eius et religio. Y finalmente “poniendo el fundamento de la comunidad de los hombres en la voluntad humana, verdadera puesta en plural del pecado original.”1 De forma rápida hemos trazado una vía religioso-política que conduce del indiviudalismo religioso a la herejía irenista. Si por un lado el protestantismo representó el individualismo religioso y la libertad de conciencia, por otro lado la concepción del Estado confesional nació con el mismo Lutero a partir de 1517 con el empuje de su reforma. Lo uno iba ligado a lo otro.
Tanto las corrientes del espiritualismo místico, el anabaptismo pacifista, el sobrenaturalismo racional de Castiglion y el movimiento baptista inglés, es decir, lo que se ha denominado los “disidentes” del protestantismo, forjaron un individualismo religioso que desembocaría en una especie de irenismo y todos estos “disidentes” haciendo doctrina común sobre la libertad religiosa.2
Si nos preguntamos qué postura mantenían los protestantes acerca de si la herejía debía ser tolerada o perseguida encontramos actuaciones ambivalentes en el mismo Lutero. Si por un lado denunció la quema de Juan Huss en la hoguera tras ser condenado por el Concilio de Constanza, él mismo aplicaría su propio sistema inquisitorial no ya con tribunales sujetos al derecho sino en forma de masacres contra los protestantes “de izquierda”: Zwinglio, anabaptistas, etc. Así implantó Lutero la libertad religiosa.
Pero precisamente esos protestantes más radicales serían los que defenderían ideas tales como la genuina libertad religiosa y de conciencia, puesto que su radicalidad estribaba en una religiosidad más laxa que conducía al deísmo y al racionalismo. Por lo tanto la religión se convertía en una cuestión individual y de conciencia, apartando cualquier connotación dogmática y de veracidad religiosa. En este sentido Castiglion sostuvo que la persecución de los herejes era contraria al Evangelio y moralmente mala, e iba más allá sosteniendo una política de no persecución a los herejes y de libertad de culto, en la que cada cual expresara su propia fe. Los hermanos Valdés, Castiglion, Bernardino Ochino, Fausto Socino, etc., gran parte de ellos, sino todos, negaban la divinidad de Jesucristo y eran antitrinitarios. Y quien no llegaba hasta tal punto reducía la fe a una experiencia moral, que conducía finalmente a la indiferencia religiosa. Estos, es decir, los que iban más allá de Lutero, fueron los padres de la libertad de culto. La religión tras ser vaciada de su contenido propio era para ellos una adhesión racional a una ética buenista cuyo modelo era Jesús, pero rechazando cualquier dogma. Kant sería su legítimo sucesor. Del vacío y negación de la Fe nació la libertad de conciencia. Tal era la radicalidad de su pensamiento y perseguidos por los mismos protestantes, que tuvieron que emigrar hacia Polonia y luego a Holanda, país que liberado del “yugo” católico hispánico daba vía libre al extremismo protestante, en particular a los anabaptistas. Ser católico suponía ser considerado perseguidor e intolerante, en cambio si proclamaban una religiosidad basada en una vida moral abstracta siguiendo el ejemplo de un Jesús reducido a poco más que un personaje histórico, esto es, un Jesús englobado dentro del indiferentismo religioso, no eran ni perseguidos ni acusados.
Estas sectas protestantes a grandes rasgos manifestaban una especie de religiosidad subjetiva, posicionándose en contra de las iglesias de Estado, o mejor dicho los Estado-iglesias que luego veremos y sobre todo en contra de la Iglesia Católica. En esta línea propugnaban una tolerancia universal, sin dogma ni autoridad. Era la versión radical del protestantismo, puesto que el protestantismo “oficial” había institucionalizado el mismo concepto de libertad de conciencia (que lleva aparejado el de libertad religiosa) haciendo no obstante de la religión una cuestión política. Este fue el camino emprendido por Lutero.
Si bien la reforma protestante hundía su raíz en la doctrina del libre examen, por la cual el cristiano podía interpretar la Sagrada Escritura al margen de la tradición eclesiástica y de la autoridad romana, este razonamiento le estalló al propio Lutero en la revuelta campesina contra los príncipes germánicos en 1525. No fue sino la aplicación de la misma doctrina luterana, puesto que si uno es independiente para vivir la religión como crea conveniente según su conciencia liberándose del peso de la autoridad religiosa, esto es, de los obispos, con más razón podía sacudirse el yugo de la servidumbre política de los príncipes. Ahora bien, esto al fin y al cabo se le volvía en contra al propio Lutero así que terminó modificando su doctrina argumentando que el libre examen solamente se podía aplicar a la figura del príncipe, viéndose así la autoridad política doblemente reforzada. El príncipe además de ejercer su potestad política poseía a su vez autoridad religiosa, lo cual no había ocurrido antes en el orbe católico dónde la autoridad religiosa siempre se había considerado que era facultad de la autoridad eclesiástica y Roma en particular.
Así fue como el protestantismo pasó a convertirse en una religión de Estado, cuando Enrique VIII en noviembre de 1534 ordenó al Parlamento sancionar el Acta de Supremacía, por el cual éste asumía el cargo supremo sobre la iglesia de Inglaterra. Escasos cien años antes de que a Luis XVI se le atribuyera la frase de “el Estado soy yo”, el monarca inglés ya la había puesto en marcha en su territorio y con ello había cambiado oficialmente la religión de un país y de sus súbditos.
Tanto sectas disidentes como pseudoreformadores “oficialistas” (Calvino y Lutero) partieron del mismo origen en su planteamiento (imposición de la conciencia individual frente a la autoridad) y aunque por vías diversas, unos a través de una religiosidad espiritualista e individual y otros a través de la confesionalización de los Estados y sociedades, remarían hacia una religión no sujeta a la autoridad que le es propia, sino a una autoridad política o a la propia del individuo. Esto conduciría finalmente a la libertad religiosa propiamente dicha, con dos fechas a destacar: suprimida y fragmentada la civilización cristiana los distintos Estados pasaban a ser sujetos de y con autoridad religiosa, convirtiéndose ahora la religión cuestión de Estado en los países protestantes (Paz de Augsburgo, 1555). Produciéndose el paso final con la Paz de Westfalia (1648), tras la Guerra de los Treinta Años, cuando se dotó a los súbditos de libertad de profesar la fe que libremente eligieran aunque no fuera compartida por el príncipe territorial.3
- 2. Libertad religiosa: la Iglesia ha hablado.
Si hasta aquí hemos visto los orígenes protestantes acerca de la libertad de culto y de conciencia, cabe preguntarnos como católicos que ha dicho la Iglesia sobre dicha materia.
En primer lugar y si pues tiene ésta un origen protestante podemos concluir de antemano que nace entonces fuera del magisterio y de la enseñanza católica. Tanto es así que si la Iglesia acatara la libertad religiosa como un derecho del individuo no podría haber anatemizado, excomulgado ni juzgado a ningún heresiarca a lo largo de su historia ya que simplemente el hereje estaría ejerciendo su derecho a la libertad religiosa. Precisamente la Iglesia condenó y sentenció porque posee el mandato divino de proclamar y enseñar la Verdad, a la vez que condenar el error.
Debemos aclarar las nociones de libertad y de Religión para englobar la postura católica dentro de un correcto razonamiento. Primeramente, entendemos por libertad la capacidad de elección de unos medios al fin. Ahora bien, a la vez que elegimos un medio, la acción debe estar determinada al fin último y concreto en el cual reside su perfección. De que este fin último sea Dios dependerá que la acción sea buena y virtuosa, o sino será una acción mala y pecaminosa. Así se explica el pecado, como defecto cuando el hombre ha rechazado su fin último y se determina hacia la criatura, constituyéndola como fin. Afirma santo Tomás: ex hoc ipso quod mortlaiter peccat, finem suum cretaure constituit.4 Pues bien, si nosotros conocemos que la Religión revelada por Dios es la católica “no hay libertad de conciencia ante Dios. Todo hombre nace súbdito de la verdad, y está obligado a profesarla en la medida de su conocimiento”.5 Luego que, “no puede haber sino una sola religión verdadera. Así como no hay más que un solo Dios, no hay más que una sola manera de honrarle; y esta religión obliga a todos los hombres que la conocen”.6
Si por la Fe tenemos la certeza de que nuestra Religión es la única y verdadera, y la libertad debe estar determinada hacia el fin último que es Dios, no podemos casar la Fe Católica con la libertad religiosa, que supondría afirmar que la verdad es relativa, puesto que en otras creencias habría otra verdad o algo de verdadero y bueno y por lo tanto la Iglesia Católica ya no sería depositaria de la Verdad Absoluta y único camino para la salvación. La relativización que encierra la libertad religiosa, además de poner en plano de igualdad las falsas religiones con la verdadera, es que supone también la antesala del agnosticismo individual y de la apostasía de las naciones; ya que considerando todas las religiones como poseedoras de derechos, le niega los derechos y libertades que sólo le son propios a la Verdad. Por ello la Iglesia siempre ha rogado por su libertad y para que no le sean conculcados sus derechos. En cambio, en aquellos países donde la Iglesia Católica era perseguida o tenida por minoritaria el magisterio jamás ha aceptado el derecho a la libertad religiosa, ya que el error y las falsas religiones no pueden gozar de derechos que solamente proceden de Dios, sino que en aras para evitar un mayor mal en estas sociedades anticristianas se permitía o la Iglesia reclamaba tolerancia religiosa, pero nunca el derecho a una falsa libertad de cultos, ya que el error no tiene derechos, aunque en determinadas situaciones se puede tolerar. Por ejemplo sobre el caso de los Estados Unidos, país siempre dominado por la masonería y que nunca se ha proclamado como país católico, el pontífice León XIII (1810-1903) se manifestaba en los siguientes términos:
Aunque la Iglesia pronuncia la sentencia según la cual los distintos cultos no pueden estar al mismo nivel con la verdadera religión, tampoco condena aquellos jefes de Estado que, en vistas de procurar un mayor bien o de evitar un mal, toleran en la práctica la coexistencia de diversos cultos.7
Si bien a excepción de los casos de tolerancia religiosa que la Iglesia siempre ha contemplado, la condena hacia la libertad de culto se ha hecho presente a lo largo de la historia hasta el Concilio Vaticano II.
Ya el Papa Bonifacio VIII con la Bula Unam Sanctam proclamó solemnemente el dogma según el cual Extra Ecclesiam nulla salus. Posteriormente y de forma rotunda a través de la bula de excomunión a Lutero, el papa León X (1475-1521) incluía en el listado de “errores destructivos” profesados por el heresiarca el creer que “es contra la voluntad de Dios el quemar a los herejes” (error condenado nº33)8. Solamente desde la posesión de la Fe Verdadera y de la exclusión de cualquier herejía se puede emitir tal condena, lo contrario, entiéndase por ello la libertad de culto, para León X y cualquiera que se precie católico es reo del fuego eterno.
Más adelante, en los tiempos modernos los papas no dejaron de pronunciarse tajantemente. Gregorio XVI (1765-1846) se manifestó en los siguientes términos:
De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión.9
Poco después Pío IX (1792-1878) se volvería a hacer eco en los siguientes términos:
Sabéis muy bien, Venerables Hermanos, que en nuestro tiempo hay no pocos que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar “que la perfección de los gobiernos y el progreso civil exigen imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin preocuparse para nada de la religión, como si esta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera religión y las falsas”. Y, contra la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar que “la mejor forma de gobierno es aquella en la que no se reconozca al poder civil la obligación de castigar, mediante determinadas penas, a los violadores de la religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija”. Y con esta idea de la gobernación social, absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la salud de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de f. m., locura, esto es, que “la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad -ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera-, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma”. Al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que con ello predican la libertad de perdición.10
Del mismo pontificado son las proposiciones condenadas del Syllabus, entre las cuales destacamos las siguientes:
-
Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera.XVII. Es bien por lo menos esperar la eterna salvación de todos aquellos que no están en la verdadera Iglesia de Cristo.XVIII. El protestantismo no es más que una forma diversa de la misma verdadera Religión cristiana, en la cual, lo mismo que en la Iglesia, es posible agradar a Dios. LXXVII: En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos. LXXVIII: De aquí que laudablemente se ha establecido por la ley en algunos países católicos, que a los extranjeros que vayan allí, les sea lícito tener público ejercicio del culto propio de cada uno. LXXIX. Es sin duda falso que la libertad civil de cualquiera culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo.11
En definitiva, los papas han hablado y es inútil esforzarse en conciliar la libertad de cultos y de conciencia con la Fe católica si uno lo que quiere es seguir siendo católico.
- Libertad religiosa:delagnosticismo a la apostasía.
La libertad religiosa al presuponer la igualdad entre las religiones (ecumenismo), puesto que gozan todas ellas de los mismos derechos, termina conduciendo a los individuos al ateísmo y a las naciones a la apostasía colectiva. Con esta rotundidad se expresaba el Papa Sarto cuando en la Pascendi afirmaba que con estas ideas (englobadas dentro del modernismo) “queda abierto el camino al ateísmo”.12
Desgraciadamente si en la preparación del Concilio Vaticano II sus esquemas mostraban una recta ortodoxia católica, finalmente éstos fueron desechados y propuestos otros más en consonancia con el aggiornamiento del siglo. En este contexto la Declaración Dignitatis Humanae venía a reconciliarse con el falso concepto de libertad inaugurado por los protestantes, reafirmando así el derecho a la libertad religiosa de toda persona humana13 “fundada en la dignidad de la persona, cuyas exigencias se han ido haciendo más patentes cada vez a la razón humana a lo largo de la experiencia de los siglos”, y adjudicaba al mismo Cristo y a la Revelación “esta doctrina de la libertad…, por lo cual ha de ser tanto más escrupulosamente observada por los cristianos.” “Sobre todo, la libertad religiosa en la sociedad está enteramente de acuerdo con la libertad de acto de fe cristiana.”14
Con esta libertad de culto, que favorece el igualitarismo de toda religión (el Concilio inauguró también la “bendición” del ecumenismo y el diálogo interreligioso condenado por Pío IX en Mortalium Animos), se abre paso el agnóstico-creyente, puesto que el modernista no tiene ningún problema en afirmar primero una cosa y luego la contraria, o con una fantasiosa hermenéutica afirmar que mantiene la misma Fe intacta, cuando en realidad ya ha perdido la Fe:
Pero considero importante sobre todo el hecho de que también las personas que se declaran agnósticas y ateas deben interesarnos a nosotros como creyentes. Cuando hablamos de una nueva evangelización, estas personas tal vez se asustan. No quieren verse a sí mismas como objeto de misión, ni renunciar a su libertad de pensamiento y de voluntad. Pero la cuestión sobre Dios sigue estando también en ellos, aunque no puedan creer en concreto que Dios se ocupa de nosotros. En París hablé de la búsqueda de Dios como motivo fundamental del que nació el monacato occidental y, con él, la cultura occidental. Como primer paso de la evangelización debemos tratar de mantener viva esta búsqueda; debemos preocuparnos de que el hombre no descarte la cuestión sobre Dios como cuestión esencial de su existencia; preocuparnos de que acepte esa cuestión y la nostalgia que en ella se esconde. Me vienen aquí a la mente las palabras que Jesús cita del profeta Isaías, es decir, que el templo debería ser una casa de oración para todos los pueblos (cf. Is 56, 7; Mc 11, 17). Él pensaba en el llamado «patio de los gentiles», que desalojó de negocios ajenos a fin de que el lugar quedara libre para los gentiles que querían orar allí al único Dios, aunque no podían participar en el misterio, a cuyo servicio estaba dedicado el interior del templo. Lugar de oración para todos los pueblos: de este modo se pensaba en personas que conocen a Dios, por decirlo así, sólo de lejos; que no están satisfechos de sus dioses, ritos y mitos; que anhelan el Puro y el Grande, aunque Dios siga siendo para ellos el «Dios desconocido» (cf. Hch 17, 23). Debían poder rezar al Dios desconocido y, sin embargo, estar así en relación con el Dios verdadero, aun en medio de oscuridades de diversas clases. Creo que la Iglesia debería abrir también hoy una especie de «patio de los gentiles» donde los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia. Al diálogo con las religiones debe añadirse hoy sobre todo el diálogo con aquellos para quienes la religión es algo extraño, para quienes Dios es desconocido y que, a pesar de eso, no quisieran estar simplemente sin Dios, sino acercarse a él al menos como Desconocido. (Benedicto XVI, discurso a la Curia romana, 21 de diciembre de 2009)
Llegados hasta aquí encontramos la Fe diluida en una experiencia religiosa inmanentista, abandonada la sana teología del Aquinate y negado el intelecto como capaz de conocer con certeza a Dios y la Revelación fuera del hombre; mientras el modernista-agnóstico encuentra a “dios” en su interior: el “dios desconocido”. Una experiencia religiosa, que hunde su raíz en el protestantismo y en el movimiento pseudomístico, que no deja de ser una manifestación fideísta de una supuesta religiosidad que podríamos llamar agnosticista. Es de la común experiencia religiosa de protestantes y modernistas donde nace y se desarrolla una heterodoxia como la libertad religiosa que termina conduciendo a los individuos al ateísmo y a los pueblos a la apostasía (al caso de España me remito). Una libertad religiosa con un origen cristiano, sí, pero en aquel cristianismo que niega la divinidad de Cristo, la Trinidad y en definitiva el dogma.
“…Cuántos son los caminos por los que la doctrina modernista conduce al ateísmo y a la abolición de toda religión. El primer paso lo dio el protestantismo, le siguió el modernismo; pronto aparecerá el ateísmo.”15
Bibliografia:
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Gregorio xvi. Mirari Vos.1832. 10. Libertad de conciencia. Recuperado de: http://www.mercaba.org/MAGISTERIO/grego-16.htm
Hillaire, P.A., La Religión demostrada. Barcelona: Librería Católica Internacional, 1930
León x. Exsurge Domine. 1520. Traducción: Miguel Tenreiro. Recuperado de http://fsspx.mx/es/bula-%C2%ABexsurge-domine%C2%BB-del-papa-le%C3%B3n-x
Méramo, Basilio. La libertad religiosa. Recuperado de https://www.catolicosalerta.com.ar/escritos-catolicos//libertad-religiosa02.pdf
Pío ix. Quanta Cura. 1864. Recuperado de https://www.sodalitiumpianum.it/documentos/quanta-cura/
Pío ix. Syllabus. 1864. Recuperado de https://www.sodalitiumpianum.it/documentos/syllabus/
Pío x, San. Pascendi. 1907. Apartado 6º. Recuperado de
http://www.geocities.ws/magisterio_iglesia/pascendi-3.html
Sanborn, Donald don. Il culto della libertà. Messina: Stampato in proprio, 2003.
Starck, Christian. (1995). Raíces históricas de la libertad religiosa moderna. Revista Española de Derecho Constitucional, 47, 9-27. Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/79551.pdf
Vera, Francisco de P. (1994). La libertad religiosa y la reforma protestante: las corrientes espirituales derivadas del protestantismo (I). REDC, 51, 663-669. Recuperado de
http://summa.upsa.es/high.raw?id=0000005842&name=00000001.original.pdf
vv.aa. Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. Legislación posconciliar. Madrid: BAC, 1975.
CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 4/10
ORNAMENTOS Y VASOS SAGRADOS. EL MISAL
(Números 95-124)
(Bossuet)
96. ¿Y después?
97. ¿Cuáles son los principales ornamentos sagrados?
Son estos seis y por el orden con que se los reviste el sacerdote:
EL AMITO, EL ALBA, EL CINGULO, EL MANIPULO, LA ESTOLA y LA CASULLA.
Además, en la Misa solemne, el diácono y el subdiácono usan la dalmática.
quod aut avarus ut Chremes térra premam,
Discinctus aut perdam nepos.
De ahí su significado de continencia, de castidad, de severidad de costumbres.
104. LA CASULLA, es el ornamento sacerdotal más noble.
106. ¿Cuáles son los colores litúrgicos, su significado y su uso?
107. ¿Cuáles son los principales vasos sagrados?
Son EL CALIZ, LA PATENA, EL COPON y LAS VINAJERAS.
112. ¿Cuál es, después ile las Sagradas Escrituras, el libro más santo?
F. T. D.: Misal cotidiano.
F. T. D.: Misal breve. Con las misas de los domingos y fiestas principales.
F. T. D.: Misalito romano. Para niños.
Gubianas: Misal de los Fieles.
Lefebvre (Trad. Prado): Misal diario y vesperal.
Lefebvre-Prado: Misal diario popular.
Lefebvre (Trad. López Jáuregui): Misal breve diario. Adaptado para niños.
Molina: Misal completo.
Molina: Misalito litúrgico. Para niños.
Sánchez Euiz: Misal completo latino-español.
Rambla: Misal romano.
Pérez de Urbel-Díez: Misal con Devocionario y Ritual.
113. ¿Qué es el Misal?
117. ¿Cuál de estos libros influyó más en la composición del misal?
118. ¿Qué contenían los Sacraméntarios?
119. ¿Cuáles son los principales Sacramentarlos?
Son estos tres: el LEONIANO, el GELASIANO y el GREGORIANO.
121. ¿Cuáles eran las principales características de estos misales?
123. ¿Cómo están distribuidas las misas en el Misal Romano?
Están distribuidas en tres grandes grupos:
¿Cuál es la Misa más breve? La de Difuntos, que sabemos que tiene 15.702 letras.
Ahora bien: una curiosa experiencia nos prueba que en quince minutos no pueden leerse más de:
10.374 letras con una lectura atenta y devota.
12.959 » » » » regular y correcta.
14.959 » » » apresurada e incorrecta.
La consecuencia inmediata que de esto se desprende es: que para decir una Misa de Difuntos de modo apresurado e incorrecto se necesitan algo más de quince minutos, exactamente 15′ 44″ ; para decirla regular y correctamente, se necesitan 18′ 10″, y para decirla devota y atentamente, 22′ 42″.
Pero adviértase que no contamos las interrupciones y pausas, que son más de treinta; y que son más de cien las palabras que tienen que pronunciarse en correspondencia con las acciones.
Luego se puede decir (prescindiendo de ciertas pronunciaciones excepcionalmente rápidas, y a pesar de eso correctas) que, por lo regular, la duración de la misa tendrá que acercarse a los veinticinco minutos.
124. EL SIMBOLISMO DE NUESTRA LITURGIA.
a) El que habla con Dios en una oración silenciosa, tranquila, humilde, ¿cómo tiene las manos? Las tiene juntas. ¿Por qué? Porque con esto expresa respeto, suplica y confianza. No parece sino que juntamos las manos para ponernos en las manos de Dios:
«¡Señor, sois nuestro Padre!»
Mira a un niño de tres o cuatro años de edad al pedir algo a su madre: «|Mamaíta, dámelo!». ¿No tiene las manos juntas, aunque nadie se lo haya enseñado?
b) El devoto que en el momento santo del rezo queda completamente absorto en Dios, ¿como tiene las manos? Las tiene cruzadas y apretadas contra su pecho. Como si quisiera guardar, con una especie de temor, la santa y preciosa fuerza que inunda su alma, para que nada se pierda, sino que pase de una mano a la otra y así vuelva de nuevo a su pecho… ¿No es natural este gesto?
c) La oración tiene también sus momentos de éxtasis. Momentos en que no parece sino que un órgano entona el Te Déum en nuestro interior y el alma está radiante de alegría. ¿Cómo rezamos en estos momentos? Como el sacerdote, cuando canta el texto magnífico del «Prefacio», exaltando a Dios: con los brazos extendidos y las manos completamente abiertas, para que sean como antenas de una emisora de radio, y envíen nuestra gratitud hacia Dios.
Pero vienen los momentos de las tentaciones vehementes o de las grandes desgracias, en que necesitamos de un modo perentorio la gracia de DIOS. En estos trances rezamos con los brazos en alto, para que sean como antenas de una receptoraque recojan la corriente amplia de la ayuda divina.
¿Verdad que es natural esta postura? ¡Con tal que no haya nada de teatral! ¡Con tal que no sea todo un gesto vacío! ¡Con tal que vibre nuestro espíritu detrás de las formas exteriores!
d) Cosa grande y santa: el santiguarnos.
¡Ah! El que sabe lo que significa la cruz, no se santigua como avergonzado, aprisa y a hurtadillas. Hay algunos que al llegar a la iglesia, dan como un pasito corto y se tocan el pecho con las puntas de los dedos. ¿Qué quieren hacer? ¿Arrodillarse y santiguarse? ¿Este gesto raquítico, este movimiento apenas esbozado, esto es «santiguarse»? No. La señal de la cruz se hace bien, despacio, con dignidad. Y mientras llevo la mano de la frente al pecho, y de un hombro al otro, me parece sentir cómo se extiende sobre mí y me ampara por completo la santa cruz del Redentor, y toma posesión de mi entendimiento, de mi corazón, de mis actos. Cristo me redimió en la cruz y me santifica con su cruz. Me santiguo antes de la oración, para que durante el rezo sean suyos todos mis pensamientos. Me santiguo después de la oración, para que Cristo se quede conmigo. Me santiguo en el peligro, para que me salve. Me santiguo en la tentación para no caer. Y trazo la señal de la cruz para bendecir a otro, para que lo bendiga N. S. Jesucristo. Pero la señal de la cruz ha de trazarse bien, despacio, con conciencia, con devoción.
2. LA GENUFLEXION. Con el mismo espíritu hemos de hacer la genuflexión. Es otro símbolo. El orgulloso yergue la cabeza y enarca el pecho: «¡No soy como tú!». Pero el que siente que está en la presencia de un señor más poderoso que él, inclina la cabeza, lanto más profundamente, cuanto más distinguido es el señor con quien trata. Y ¿si ese señor es Dios? Entonces llega al extremo de doblar la rodilla en el suelo. ¿No es natural?
Cuando la conciencia de nuestra pequeñez se apodera de nosotros en el augusto acatamiento de Dios, y queremos humillarnos, entonces nos arrodillamos. ¿Hay cosa más noble y bella que un hombre de alma pura, hincado de rodillas ante Dios?…
Pero en este punto quiero llamar la atención sobre el modo de arrodillarnos. No hincamos la rodilla, a no ser ante Dios, y laaugusta majestad de Dios reclama que ante El hinquemos la rodilla de verdad y no nos contentemos con una apariencia de genuflexión. No hemos de arrodillarnos con precipitación, corriendo. Hemos de hacerlo con verdadero espíritu. Si salgo de la iglesia o si entro en ella, volviéndome hacia el Santísimo Sacramento, doblaré la rodilla despacio, con respeto, profundamente hasta el suelo, y al mismo tiempo se rendirá también mi alma, mi corazón: «Dios mío todopoderoso…».
Sí; esta es la genuflexión verdadera, vivificadora.
3. EL PONERSE EN PIE. Hay todavía otra manera de rendir homenaje. Lo contrario de la genuflexión: el ponerse en pie.
Estás sentado en tu escritorio. Llaman. «Adelante». Entra un señor distinguido. ¿Qué haces tú entonces? Te levantas sin demora.
Y estás de pie ante el rey o ante el tribunal. Estás de pie, porque el sentarse en estos casos es falta de respeto, es una desatención, que no se consiente. Estoy de pie; es decir: espero como el siervo fiel; estoy preparado como el soldado valiente. Al leerse el Evangelio en la Misa, nos levantamos por respeto.
Cuando los padrinos hacen la promesa bautismal por su pequeño ahijado, cuando los niños de primera comunión renuevan las promesas del bautismo, cuando los novios se prometen fidelidad eterna delante del altar, todos están de pie… y es muy natural, prometen una cosa ruda, seria; han de estar preparados para la lucha.
4. EL ALTAR. Es un vocablo que oímos con frecuencia, un vocablo que no suscita pensamientos: «altar, altar». Y, sin embargo, el espíritu creador del hombre no puede prasentar una obra, que muestre de un lado más sublime nuestra naturaleza, que el hecho, al parecer insignificante, de levantar altares. El hombre levanta rascacielos de cincuenta y ocho pisos, y con ello demuestra que es dueño de la arquitectura. Levanta estaciones de radios con inmensas antenas, y con ello demuestra que es dueño de la electricidad. Levanta chimeneas de fábricas, construye campos de aviación, estaciones ferroviarias, y con ello demuestra que no hay ser superior a él en esta tierra… Pero levanta también altares, ante los cuales dobla las rodillas y se postra en el polvo, y con ello demuestra que hay alguien por encima de él: el Dios lleno de majestad. Ofrece sacrificios a Dios en el templo de piedra, sobre el altar de piedra; pero sabe que esto no basta, porque Dios exige además otro sacrificio: un sacrificio que se ofrece en el templo vivo del ser humano, en el altar vivo del corazón. Este sacrificio, es una vida según la voluntad de Dios.
5. LOS GOLPES DE PECHO. Empieza la santa Misa. El sacerdote no se atreve todavía a subir al altar. Antes, reza delante de las gradas. Hace la confesión de sus pecados. «Confíteor Deo omnipotenti…» «Confieso al Dios topoderoso…» «Mea culpa… Por mi culpa…», dice tres veces, dándose al mismo tiempo tres golpes de pecho. Y siempre que la conciencia del pecado se apodera de nosotros, siempre que preparándonos para la confesión, nos movemos a arrepentimiento; siempre que en el confesonario repetimos: «Me arrepiento de todo corazón…», o decimos en la letanía: «Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo», o recordamos nuestra calidad de pecadores cuando vemos la Hostia santa, momentos antes de la comunión, y decimos: «Señor, no soy digno…», nos damos golpes de pecho. ¡Hermoso símbolo! Llamamos… ¿Cuándo solemos llamar a la puerta? Cuando alguno duerme y hay que despertarlo. ¿A quién queremos despertar allá dentro en nuestro interior? A nuestra alma soñolienta y soñadora, que tranquilamente agoniza… ¡Cuidado! ¡Despiértate! ¡Medita! No te duermas en la muerte del pecado. ¿No es natural este simbolismo?
6. LA LUZ. Y ahí están las velas, las lámparas, el fuego, la luz, la llama; símbolos de los más sugestivos en la liturgia. ¡Velas encendidas en el altar del sacrificio! ¡Lámpara delante del Santísimo Sacramento! ¡Un cirio en el bautismo! ¡Otro cirio en la primera comunión! ¡Otro a la cabecera del moribundo! ¡Velas encendidas en el entierro…!
Pero este culto de la luz, ¿no brota de lo más profundo de la naturaleza humana? Una noche de tardío otoño… Estamos sentados en un cuarto oscuro… El ambiente es tan frío, tan adusto… Encendemos el fuego en la chimenea… cruje la leña seca…, danzan las lenguas de fuego, y todo el cuarto se transforma, un ambiente de intimidad lo envuelve.
¡El fuego! ¡La claridad! ¡La luz! ¡La llama! El símbolo más hermoso de la vida es la llama: calienta, alumbra y con llamarada intranquila sube de continuo hacia arriba. Sopla una leve brisa y marca su propia dirección a la llama. Juega con ella a su antojo. ¿Se la lleva también consigo? ¡Ah, no! De esto no es capaz.
La llama, después de una inclinación momentánea, vuelve al núcleo del fuego, y al volver la calma, se dirige otra vez a las alturas… ¿No véis en esta llama nuestro propio espíritu? Los soplos de la tentación la desvían de tiempo en tiempo, pero ella no puede separarse definitivamente de Dios, y después de vacilar algún tiempo, su llamarada anhela otra vez las alturas santas.
La lámpara que arde en el tabernáculo, la veja encendida en el altar, son tu símbolo. Arden y despiden luz, pero entre tanto se menguan, y llegan a consumirse por completo…
—¡Ah! — me dices—, ¿qué sabe de esto la pobre lamparilla? No tiene alma. Tienes razón. Pues infúndescla tú. ¡Llénala de alma! Por esto la enciende nuestra Madre la Iglesia. La lámpara nada es en sí, si no hay en ella un alma humana: un alma que dice: «Señor, te amo tanto que ardo por Ti. Señor, toda mi vida está tan cerca de tus mandamientos, como está de Ti esta lamparilla, que de día y de noche arde delante del labernáculo. ¡Señor, soy yo quien ardo aquí delante de Ti!».
¡Cuánto calor, cuánta suavidad, cuánta poesía, qué fino sentimiento hay en nuestras simbólicas ceremonias! Son bellas, son amables, son útiles… Con tal que en ellas haya un espíritu vivo, una vida fervorosa. Tihamer Toth: Los Diez Mandamientos, t. I, pp. 277-284.
Sobre este mismo punto puede verse a Cabrol: La Oración de la Iglesia, c. 8: De la disposición del cuerpo durante la oración, y las acciones litúrgicas; y el c. 24: Los elementos santificados: agua, sal, ceniza, fuego y luz; el incienso y las campanas en la liturgia; a Gomá: El valor educativo de la Liturgia Católica: 2.a parte. I sec., c. 4; Elementos propiamente litúrgicos: Diez Gut., o. c., c. II: El Incienso.
EL FIN DE LA VIDA CRISTIANA
El Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas nos ofrece sus principios: «la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana». Mientras que la Dignitatis Humanae en el n. 2 nos ofrece los suyos: «el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana. Como se puede ver, en ambos textos se menciona explícitamente la dignidad humana como fundamento. ¿puede decirse que el hombre tiene el “derecho” de adorar a Dios en cualquier manera que le plazca? ¿Puede decirse que el hombre tiene el “derecho” de promover libremente enseñanzas falsas, sobre asuntos de religión, y esparcir promiscuamente todo tipo de doctrinas erróneas? ¿Puede decirse que el hombre posee el “derecho” — el poder moral — de enseñar y hacer proselitismo con las doctrinas del ateísmo, el agnosticismo, el panteísmo, el budismo, islamismo, el hinduísmo y el protestantismo? ¿Y qué hay de aquéllos que practican la brujería o el satanismo? Todo esto lo proclama el Vaticano II en la Declaración Dignnitatis Humanae. El conclilio Vaticano II, y sus «apóstoles» Montini, Wojtyla, Ratzinger, y Bergoglio, afirman, frente a la doctrina de la Iglesia que el fundamento y fin del hombre es su dignidad personal. El cambio del culto con el «sacrificio» asambleario en una mesa y ya no en el altar, cara al pueblo y de espaldas a Dios, oficiado por un presidente y ya no por un sacerdote, no es más que la aplicación del cambio de la doctrina de la Iglesia, ya que la iglesia conciliar quita la gloria a Dios para dársela al hombre, siendo evidente sobre todo en la nueva «misa». Para las nueva generaciones que no han conocido la verdadera Iglesia de Cristo, y también para la mayoría de las viejas generaciones que han sido aducidas por esta sinagoga, cabe preguntarse: entonces ¿ Cuál es el verdadero fin de la vida cristiana?. Para los que de verdad quieren saberlo, he aquí la respuesta de la Iglesia católica:
EL FIN DE LA VIDA CRISTIANA
La consideración del fin es lo primero que se impone en el estudio de una obra dinámica cualquiera. Y siendo la vida cristiana esencialmente dinámica y perfectible—al menos en nuestro estado actual de viadores—, es preciso que ante todo sepamos a dónde vamos, o sea, cuál es el fin que pretendemos alcanzar. Por eso, Santo Tomás comienza la parte moral de su sistema—el retorno del hombre a Dios—por la consideración del último fin.
Es clásica la definición de la gloria: clara notitia cum laude. Por su misma definición, expresa, de suyo, algo extrínseco al sujeto a quien afecta. Sin embargo, en un sentido menos estricto, podemos distinguir en Dios una doble gloria: la intrínseca, que brota de su propia vida íntima, y la extrínseca, procedente de las criaturas.
La gloria intrínseca de Dios es la que Él se procura a sí mismo en el seno de la Trinidad Beatísima. El Padre—por vía de generación intelectual—concibe de sí mismo una idea perfectísima: es su divino Hijo, su Verbo, en el que se reflejan su misma vida, su misma belleza, su misma inmensidad, su misma eternidad, sus mismas perfecciones infinitas. Y al contemplarse mutuamente, se establece entre las dos divinas personas—por vía de procedencia—una corriente de indecible amor, torrente impetuoso de llamas que es el Espíritu Santo.
Este conocimiento y amor de sí mismo, esta alabanza eterna e incesante que Dios se prodiga a sí mismo en el misterio incomprensible de su vida íntima, constituye la gloria intrínseca de Dios, rigurosamente infinita y exhaustiva, y a la que las criaturas inteligentes y el universo entero nada absolutamente pueden añadir. Es el misterio de su vida íntima en el que Dios encuentra una gloria intrínseca absolutamente infinita.
Dios es infinitamente feliz en sí mismo, y nada absolutamente necesita de las criaturas, que no pueden aumentarle su dicha íntima. Pero Dios es Amor, y el amor, de suyo, es comunicativo. Dios es el Bien infinito, y el bien tiende de suyo a expansionarse: bonum est diffusivum sui, dicen los filósofos. He ahí el porqué de la creación.
Dios quiso, en efecto, comunicar sus infinitas perfecciones a las criaturas, intentando con ello su propia gloria extrínseca. La glorificación de Dios por las criaturas es, en definitiva, la razón última y suprema finalidad de la creación.
La explicación de esto no puede ser más clara, incluso a la luz de la simple razón natural privada de las luces de la fe. Porque es un hecho filosóficamente indiscutible que todo agente obra por un fin, sobre todo el agente intelectual. Luego Dios, primer agente inteligentísimo, tiene que obrar siempre por un fin. Ahora bien, como ninguno de los atributos o acciones de Dios se distinguen de su propia divina esencia, sino que se identifican totalmente con ella, si Dios hubiera intentado en la creación un fin distinto de sí mismo, hubiera referido y subordinado su acción creadora a ese fin—porque todo agente pone su acción al servicio del fin que intenta al obrar—, con lo cual se hubiera subordinado Dios mismo, puesto que su acción es El mismo. Y así, ese fin estaría por encima de Dios; es decir, que Dios no sería Dios. Es, pues, absolutamente imposible que Dios intente con alguna de sus acciones un fin cualquiera distinto de sí mismo. Dios ha creado todas las cosas para su propia gloria; las criaturas no pueden existir sino en Él y para Él.
Y esto no solamente no supone un «egoísmo trascendental» en Dios; —como se atrevió a decir, con blasfema ignorancia, un filósofo impío—, sino que es el colmo de la generosidad y desinterés. Porque no buscó con ello su propia utilidad—nada absolutamente podían añadir las criaturas a su felicidad y perfecciones infinitas—, sino únicamente comunicarles su bondad. Dios ha sabido organizar de tal manera las cosas, que las criaturas encuentran su propia felicidad glorificando a Dios. Por eso dice Santo Tomás que sólo Dios es infinitamente liberal y generoso: no obra por indigencia, como buscando algo que necesita, sino únicamente por bondad, para comunicar a sus criaturas su propia rebosante felicidad.
Por eso la Sagrada Escritura está llena de expresiones en las que Dios reclama y exige para sí su propia gloria. «Soy yo, Yavé es mi nombre, que no doy mi gloria a ningún otro, ni a los ídolos el honor que me es debido» (Is. 42,8); «Es por mí, por amor de mí lo hago, porque no quiero que mi nombre sea escarnecido, y mi gloria a nadie se la doy» (Is. 48,11); «Óyeme, Jacob, y tú, Israel, que yo te llamo; soy yo, yo, el primero y aún también el postrero» (Ibid., 12); «Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que viene, el Todopoderoso (Apoc. 1,8), etc., etc.
¡La gloria de Dios! He aquí el alfa y la omega, el principio y el fin de toda la creación. La misma encarnación del Verbo y la redención del género humano no tienen otra finalidad última que la gloria de Dios: cuando le queden sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo se sujetará a quien a El todo se lo sometió, para que sea Dios todo en todas las cosas» (1 Cor. 15,28). Por eso nos exhorta el Apóstol a no dar un solo paso que no esté encaminado a la gloria de Dios: «Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Cor. 10,31); ya que, en definitiva, no hemos sido predestinados en Cristo más que para convertirnos en una perpetua alabanza de gloria de la Trinidad Beatísima: «Por cuanto que en Él nos eligió antes de la constitución del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados ante El, y nos predestinó en caridad a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia».
Todo absolutamente tiene que subordinarse a esta suprema finalidad. El alma misma no ha de procurar su salvación o santificación sino en cuanto que con ella glorificará más y más a Dios. La propia salvación o santificación no puede convertirse jamás en fin último. Hay que desearlas y trabajar sin descanso en su consecución; pero únicamente porque Dios lo quiere, porque ha querido glorificarse haciéndonos felices, porque nuestra propia felicidad no consiste en otra cosa que en la eterna alabanza de la gloria de la Trinidad Beatísima.
Tal es la finalidad última y absoluta de toda la vida cristiana. En la práctica, el alma que aspire a santificarse ha de poner los ojos, como blanco y fin al que enderece sus fuerzas y anhelos, en la gloria misma de Dios. Nada absolutamente ha de prevalecer ante ella, ni siquiera el deseo de la propia salvación o santificación, que ha de venir en segundo lugar, como el medio más oportuno para lograr plenamente aquélla. Ha de procurar parecerse a San Alfonso María de Ligorio, de quien se dice que «no tenia en la cabeza más que la gloria de Dios» y tomar por divisa la que San Ignacio legó a su Compañía: «A la mayor gloria de Dios». En definitiva, esta actitud es la que han adoptado todos los santos en pos de San Pablo, que nos dejó la consigna más importante de la vida cristiana al escribir a los Corintios: Omnia in gloriam Dei facite: hacedlo todo a gloria de Dios.
La santificación de nuestra propia alma no es, pues, el fin último de la vida cristiana. Por encima de ella está la gloria de la Trinidad Beatísima, fin absoluto de todo cuanto existe. Y esta verdad, con ser tan elemental para los que comprendan la trascendencia divina, no aparece, sin embargo, dominando en la vida de los santos sino muy tarde, cuando ya su alma se ha consumado por el amor en la unidad de Dios. Sólo en las cumbres de la unión transformante, identificados plenamente con Dios, sus pensamientos y quereres se identifican también con el pensamiento y el querer de Dios. Solamente Cristo y María, desde el instante primero de su existencia, han realizado con perfección este programa de glorificación divina, que es el término donde viene a desembocar todo proceso de santificación acá en la tierra.
En la práctica, nada debe preocupar tanto a un alma que aspire a santificarse como el constante olvido de sí misma y la plena rectificación de su intención a la mayor gloria de Dios. «En el cielo de mi alma—decía sor Isabel de la Trinidad—, la gloria del Eterno, nada más que la gloria del Eterno»: he aquí la consigna suprema de toda la vida cristiana. En la cumbre más elevada de la montaña del amor la esculpió San Juan de la Cruz con caracteres de oro: «Sólo mora en este Monte la honra y gloria de Dios».
(Tomado de Teología de la perfección cristiana, de Royo Marín)
CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 3/10
CAPITULO III
EL TEMPLO CATÓLICO
64. ¿Cuál fue el primer templo cristiano?
65. ¿Y por qué fue el Cenáculo el primer templo cristiano?
67. Y al levantarse las persecuciones, ¿dónde se reunían?
68. Pero, sobre todo, ¿dónde se reunían durante las persecuciones?
69. ¿Cuándo aparecieron, por fin, los nuevos y magníficos limpios?
70. ¿Cómo se llamaron generalmente estos templos?
71. ¿Y por qué se llamaron basílicas?
73. ¿I)e qué partes constaba la primitiva basílica cristiana?
De tres: ATRIO, NAVE y ABSIDE o presbiterio.
74. ¿Cómo era el atrio?
75. ¿Quiénes se colocaban en el atrio?
76. ¿Qué venía a continuación del atrio?
77. Después del atrio y del nartex, ¿qué seguía?
La nave, donde se colocaban los fieles, a un lado los hombres y al otro las mujeres.
79. ¿Cuál era la parte más principal de la basílica?
80. ¿Qué era el Ciborium?
81. ¿Para que servía el Ciborium?
83. ¿Cuál es la iglesia, madre de todas las iglesias católicas del mundo?
85. ¿Qué forma tenían y de qué materia eran los primeros altares?
86. ¿Cuáles son las partes esenciales del altar?
Son estas cuatro: el ara, los manteles, la luz litúrgica v el Crucifijo.
88. TRES MANTELES de lino deben cubrir el altar, ya por la reverencia debida al mismo altar, ya para recibir la preciosa sangre en caso de derramamiento.
90. EL CRUCIFIJO.
91. ¿Cuándo aparecen los retablos en los altares?
92. ¿Y el culto en las iglesias comenzó muy pronto?
93. EL TABERNACULO, FIGURA DEL TEMPLO CATOLICO:
94. EL CRUCIFIJO: Está compuesto de dos elementos, Cruz y figura o Cristo.
Estos dos elementos no aparecen juntos desde el principio.
BEATO DE LIÉBANA PREVINO CONTRA LA FALSA IGLESIA
Beato de Liébana nos previno
contra la falsa iglesia
“¿Cuándo se ha oído que los de Liébana vinieran a enseñar a los toledanos? Bien sabe todo el pueblo que esta sede ha florecido en santidad de doctrina desde la predicación de la fe y que nunca ha emanado desde aquí cisma alguno ¿ Y ahora, tú, solo, oveja roñosa (esto lo decía por San Beato) pretendes sernos maestro?”. A estas palabras del hereje adopcionista y arzobispo de Toledo, Elipando, le responde San Beato “…Duerme Jesús en la nave; por una y otra parte nos sacuden las olas; la tempestad nos amenaza, porque se ha levantado un inoportuno viento. Ninguna esperanza de salvación tenemos si Jesús no despierta. Con el corazón y con la voz hemos de clamar: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Entonces se levantó Jesús, que dormía en la nave de los que estaban con Pedro, y calmó el viento y la mar, trocándose la tempestad en reposo. No zozobrará nuestra barquilla, la de Pedro, sino la vuestra, la de Judas (la del arzobispo). Con esta respetuosa serenidad y santa confianza da comienzo el presbítero montañés y su amigo Heterio a lo que ellos llaman Apologético contra el extendido adopcionismo [Doctrina nacida en España en el siglo VIII que afirmaba que Jesús, en cuanto hombre, no era hijo de Dios por naturaleza sino por adopción.] que daba pie a caer de nuevo en el nestorianismo, guiados al abismo ¡y cuándo no!, por los obispos henchidos de soberbia, como ahora se repite por los que están unidos al de Santa Marta, Bergoglio.


Pues con la misma habilidad y profundidad escriturística que bien alabara Menéndez Pelayo, ha penetrado San Beato los misterios del Apocalipsis, cuyos Comentarios fueron divulgados por toda la cristiandad. Desde Liébana, pues, esto es, del Monasterio de san Martín de Turieno- hoy de Santo Toribio- suenan aún el eco de las palabras de San Beato en el siglo VIII, anunciando muy anticipadamente la crisis apocalíptica en que nos ha sumido el Concilio Vaticano II y su posterior “magisterio”, denunciando con antelación profética a los sacerdotes y obispos conciliares. He aquí como en su famoso Comentario del Apocalipis hay profecías que tienen una magnífica actualidad en nuestros días, y que enlazan muy bien con materias muy debatidas, como todo lo que respecta a los cambios de los ritos conciliares y a los infiltrados en la Iglesia: obispos y sacerdotes que trabajan para su destrucción y que no pertenecen al Sancta Sanctorum, sino que están en el atrio para ser pisoteados por los gentiles.
Citas: Extractos del Apocalipsis de Beato de Liébana en torno al año 778 (Beato de Liébana, + 798, Obras Completas, Comentario al Apocalipsis de San Juan, Ed .BAC, Madrid,1995, p.485)
¿ESTÁ HABLANDO BEATO DE LA FALSA IGLESIA CONCILIAR Y DE LA VERDADERA IGLESIA CATÓLICA FIEL A LA TRADICIÓN?
Comentario Resumen:”os matarán pensando que dan culto a Dios”
Citas: Extractos del Apocalipsis de Beato de Liébana en torno al año 778 (Beato de Liébana, + 798, Obras Completas, Comentario al Apocalipsis de San Juan, Ed .BAC, Madrid,1995, p.485):
“… ahora se ve a los enemigos dentro de la Iglesia , (…) en otro tiempo hubiera sido una blasfemia decir que están dentro de la Iglesia y que son ellos los que la persiguen ”
“La serpiente dio su poder a la Bestia, que cuenta con falsos hermanos en la Iglesia, los cuales parecen ser parte de ella, pero son sus enemigos. Por medio de ellos el diablo hace sus maquinaciones contra aquéllos que sí pertenecen a la Iglesia a los que pretende seducir (…), fingiendo santidad parecen ser parte de la Iglesia, pero pertenecen en realidad al diablo que inventó este ardid con el fin de lograr imponerse en nombre de la religión a las personas religiosas . (…) Él Logra que permanezcan dentro de la Iglesia los que, disfrazados de ovejas, parecen virtuosos pero en su interior son lobos rapaces. Por eso no son descubiertos como lo son otros hombres francamente malos, ellos tienen la apariencia de santidad; participan en su misma maquinación, el diablo los tiene dentro de la iglesia, en medio de la multitud, revestidos de una santidad aparente (ibid.p.487).
“Se ha dicho muchas veces que se les acusaba injustamente porque no se alzaban abiertamente contra la Iglesia con la que dicen estar unidos, y se llaman hijos de Dios, pero que no cesan de poner asechanzas a los verdaderos hijos de Dios, no profieren imprecaciones abiertamente contra la Iglesia, y sin embargo son parte del misterio de la iniquidad, bajo capa de santidad. Sin embargo, cuando llegue el tiempo en que el Anticristo se haga presente, cuándo ocurra la dispersión, es decir, cuando la desintegración de la Iglesia sea claramente visible, cuando se manifieste al mundo el hombre de pecado, sólo entonces se entenderá, se descubrirá, se comprenderá y se sabrá quiénes eran los que antes estaban bajo el disfraz de la religión , ocultando sus imprecaciones contra Dios, pero en la hora actual hablan como la Iglesia Católica (ibid.p.489).
“… es el mismo el Anticristo que reina ahora de una manera sutil en la Iglesia por medio de los falsos sacerdotes , quien entonces destruirá la Iglesia, ya sin disfrazarse “(ibid.p.507).
” El mar es el mundo intrínsecamente malo; la tierra son los obispos, los sacerdotes y la falsa religión que con pretexto de santidad parece funcionar en silencio, sin aspavientos, haciéndose pasar por ministros de la Iglesia pero que no lo son en absoluto … “(ibid.p.403).
“… se hace pasar por cordero, para mejor inocular, a escondidas, el veneno de la serpiente. Ahora finge ser un cordero, pero lo hace para devorar con más seguridad a los corderos. Habla de Dios, pero intenta alejar del camino de la verdad a quienes buscan sinceramente Dios. Por eso, nuestro Señor advirtió a Su Iglesia, diciendo : “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces ( Matth.7, 15) “(ibid.p.495).
¿DESCRIBE EL CONCILIO Y EL MAGISTERIO POSTCONCILIAR?
Comentario: Resumen. Los dogmas, conservados en las palabras, serán vaciados de contenido y rellenados de sustancia idolátrica, tal como parece en el modernismo que triunfó en el Conciliábulo. El Atrio y las Naves han sido conculcados. Pero el Tabernáculo o Sancta Sanctorum estará preservado en el desierto; es decir en el resto fiel perseguido.
” La caña es la medida de la fe. Nadie puede adorar ante el altar sagrado, sino el que hace confesión de la Fe. Porque no todos los que están ante él adoran, ya que está escrito: EL ATRIO EXTERIOR DEL TEMPLO NO FORMA PARTE DE ÉL, HA SIDO DEJADO A LOS GENTILES . El atrio parece que pertenece al Templo, pero no es parte del “Santo de los Santos”. Allí están los que parecen ser parte de la Iglesia pero no lo son en absoluto.Se llama atrio, al patio, espacio vacío entre los muros. A ellos, por ser inútiles, se les expulsa de la Iglesia. PORQUE EL ATRIO HA SIDO DEJADO A LAS NACIONES Y ELLAS PISOTEARÁN LA CIUDAD SANTA DURANTE CUARENTA Y DOS MESES. Quienes han sido excluídos así como todos los demás, es decir, los malvados de este mundo pisotearán a la Iglesia. “(Comentario sobre Apocalipsis, Obras completas p. 453).
¿DESCRIBE LA IGLESIA CONCILIAR Y SU JERARQUÍA?
Comentario a Apocalipsis 13,11 y ss. Resumen: la principal labor que llevará a cabo esta Segunda Bestia será la adulteración de la religión.
“OTRA BESTIA SALIÓ DE LA TIERRA. Salir de la tierra significa estar llena de sí mismo y de la gloria terrenal. La Bestia del mar es la misma que la Bestia de la tierra. La palabra Otra se refiere a la misión, pero es la misma bestia. La mar hace unas cosas, la tierra otras. El mar se agita, la tierra es tranquila. Por mar se sobreentiende la multitud claramente mala, por tierra, los obispos,los sacerdotes y la falsa religión que, bajo apariencia de santidad, no hacen ruido en el mundo, pero trabajan en silencio simulando ser la Iglesia sin serlo… “ (Comentario sobre el Apocalipsis, Obras completas, p. 493)
¿ESTÁ DICIENDO QUE MUCHOS OBISPOS YA NO TIENEN JURISDICCIÓN POR SER HEREJES. APÓSTATAS, CISMÁTICOS DE LA VERDADERA IGLESIA..? En efecto, ninguno de los obispos conciliares, incluido el de Roma – el cual ni siquiera está consagrado válidamente- tienen jurisdicción por haber abrazo y predicado la herejía modernista contenida el conciliábulo Vaticano IIº.

Beato moró en Liébana lugar donde se levanta el Monasterio de Santo Toribio-antes de San Martín- que guarda el Lignum Crucis en un precioso relicario mejor documentado del orbe y del mayor tamaño que existe [Las medidas del Leño santo son de 635 mm el palo vertical y 393 mm el travesaño, con un grosor de 40 mm, siendo así la reliquia más grande conservada de la cruz de Cristo, por delante de la que se custodia en San Pedro del Vaticano..
CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 2/10
LA MISA Y LA COMUNION
“El sagrado Sínodo desearía que los fieles presentes en cada Misa comulgasen, no sólo espiritualmente, sino sacramentalmente, para que pudiera comunicárseles un fruto más abundante de este santo Sacrificio”.
(Concilio de Trento)
- ¿Con qué frecuencia solían comulgar los primeros cristianos?
Aunque San Pablo nos habla de la participación en la cena del Señor, es decir, en la Misa del domingo, como si entonces sólo se comulgara semanalmente, pero ya los Hechos de los Apóstoles, que describen los primeros fervores de la Iglesia naciente, nos dicen que todos los días partían el pan en sus casas. 2, 46. Y. n. 25.
Y lo mismo indican los Santos Padres de los primeros siglos; «Bebed todos los días la sangre de Cristo — decía SanJerónimo — para que podáis asimismo derramar por Cristo vuestra sangre… Todos los días, saciados con el Pan celestial, decimos: Gustad y ved…» ln Isaiam, 1, 1, 6, 5. Véase el curioso testimonio del mismo Santo sobre la comunión diaria que se acostumbraba en la Iglesia de Roma y en la de España: Ep. a Lucinio Bélico (Edición Mauriana) ep. 52. Migne: P. L., t. 22, col. 672.
En España, durante la dominación romana — o sea hasta el siglo v —, cada día se celebraba el Santo Sacrificio de la Misa. A él debían acudir todos los clérigos; y aunque no por obligación, pero sí por devoción, asistía también la mayoría de los fieles. Las tres semanas que precedían a la Epifanía y los días de Cuaresma era la asistencia obligatoria para toda la comunidad; durante el resto del año sólo los domingos, y el que faltaba a la iglesia tres de éstos seguidos, recibía una penitencia pública hasta que se juzgaba que ya había purgado suficientemente su falta. Durante el Santo Sacrificio se distribuía la comunión a los fieles bajo las dos especies, y era costumbre llevárselas a sus casas y cuando se iba de camino. España fue el primer país occidental donde se introdujo la costumbre de dar a los fieles el Cuerpo de Cristo en la boca. G. Villada: Historia Eclesiástica de España, t. I., parte I, pág. 235. Y en la Iglesia visigótica española (409-711) declaraban los Concilios: «Los que están sin pecado pueden recibirle diariamente, pero los que tienen sobre sí crímenes que los repelen del altar como muertos, deben hacer antes penitencia. Por lo demás, si los pecados no son tan graves como para quedar por ellos excomulgados, deben los fieles acercarse al convite del Cuerpo de Cristo». Ibid. t. II, parte II, pág. 67.
- ¿Qué frutos producía en ellos la comunión frecuente?
Producía los frutos más admirables: desprendimiento del mundo y de sus riquezas, teniendo todos en común sus bienes y repartiéndolos entre los cristianos más pobres (Act. Ap. 2, 44-45); unión maravillosa y ya proverbial de almas y de corazones, que era la admiración de los mismos gentiles: «Ved cómo se aman —decían éstos — y cómo están prontos a morir unos por otros»: Tertul. Apolog. 39, 9; Kirch. 158; constancia en su fe e inquebrantable fortaleza en padecer por ella la cárcel, el despojo y el martirio, y, en fin, aquella prodigiosa expansión del cristianismo, milagro moral de primer orden, que hacía exclamar, triunfantes, a los apologistas del siglo III:
“Somos de ayer y llenamos todo vuestro imperio: vuestras ciudades, vuestras casas, vuestras fortalezas, vuestros municipios, las asambleas, los mismos campos, las tribunas, las decurias, el palacio, el senado, el faro: sólo os hemos dejado los templos». Tertul. Apolog. 37, 125; Kirch 156.
Cfr. León XIII: Encíclica «Mirae caritatis», y Pió X en su decreto sobre la Comunión frecuente, que atribuyen el fervor de la primitiva Iglesia a la comunión frecuente, 20 Dic. 1905.
- ¿Comulgaban fuera de la Misa?
Los primeros cristianos consideraban tan inseparablemente unidas la Misa y la Comunión, que para ellos asistir al Santo Sacrificio era tomar parte activa en él, era comulgar, participar del mismo Pan que el sacerdote había consagrado para todos; por eso comulgaban dentro de la Misa, y comulgaban todos los que habían asistido a la misma: sólo tenían que dejar de hacerlo los excomulgados.
«Muchos cristianos ignoran demasiado que la comunión es para ellos el medio por excelencia de participar vitalmente del Sacrificio de la Misa…; se forman el hábito de no comulgar nunca en la Misa, que oyen; sus comuniones son ejercicios de piedad aparte. En ciertas iglesias a los fieles nunca se los pone en la posibilidad de comulgar en la Misa a que asisten; no es, pues, extraño que en su mentalidad, la Misa y la comunión constituyan dos ejercicios piadosos profundamente diferentes y sin conexión, ni aparente, ni oculta.» D. F. Ryelandt: Pour mieux comniunier, p. 123.
Conforme a esta costumbre tradicional y a la expresa voluntad de la Iglesia y sobre todo, según el espíritu de la misma institución de la Eucaristía, aquí dentro de la Misa y después de la comunión del sacerdote debe tener su lugar propio y preferente la comunión de los fieles: véase Conc. Trident., sess. 22 c. 6 y Código de Der. Can., 863. Rituale Rom. T. IV. c. II. n. 10.
Para formar bien nuestro criterio sobre este punto, tengamos presente: 1, que lo más importante es el Santo Sacrificio de Cristo, la Misa ; 2, que la Comunión o banquete sacrificial, v. n. 232, como fruto precioso que brota de aquél, pertenece y está íntimamente ligada al Santo Sacrificio, y 3, que se equivocan, según esto, quienes consideran la Comunión como un acto de devoción separado de la Misa — o tienen la Comunión como la cosa esencial o prefieren comulgar antes de la Misa para dar después gracias durante toda ella — o en fin, pasan todo el tiempo de la Misa preparándose para comulgar… eso es una devoción a la comunión, no es el Santo Sacrificio.Cfr. Parsch: La Sainte Messe, pp. 235-236.
- ¿Quiénes solían comulgar fuera de la Misa?
Solamente los enfermos, los encarcelados, los mismos monjes que en el yermo no tenían a mano algún sacerdote y, en general, los que se veían imposibilitados de asistir a la misa, para lo cual se permitía a los fieles llevar y guardar en sus casas la Eucaristía. V. nn. 54 y 136.
En tiempo de Decio, sacerdotes y diáconos van a las cárceles, con intervalos regulares, para celebrar los santos misterios y repartir a los cautivos el Pan celestial. Algunos confesores africanos, privados a la vez del alimento corporal y de este otro alimento divino, desfallecían en la cárcel. Uno de ellos tuvo una visión; apareciósele un joven de extraordinaria estatura, que llevaba en cada mano una copa de leche: —Tened ánimo, les dijo: Dios Todopoderoso se acuerda de vosotros… Hízoles beber, pero las copas no se vaciaban. Puso una a la derecha y otra a la izquierda, y añadió: —He ahí que ya estáis saciados, y las copas están llenas y se os va a traer una tercera. Al día siguiente Luciano envió al subdiácono Hereniano y al catequista Genaro, para que les llevasen el alimento «que no disminuye», alimentum indeficiens: es decir, la Eucaristía. Luego se permitió a los hermanos visitar a los prisioneros y pudieron, al fin darles algún alivio. P. Allard: El Martirio, c. V., pág. 239. Véase: Wiseman: Fabiola, 2 p., c. 21: Las cárceles; y C. 22. El Viático: el martirio de SAN TARSICIO. Cfr. n. 87.
- ¿En los primeros siglos comulgaban también los niños?
No sólo los ya mayorcitos, a quienes también se daba la comunión bajo ambas especies; pero aun a los niños recién nacidos, después de administrarles el bautismo y antes de que recibieran alimento alguno, solía dárseles la Eucaristía bajo la especie de vino, lo cual se practicaba dándosela a chupar, o en una cucharita, o en el mismo dedo del sacerdote. Cfr. Ordo. Román. I, n. 4o.
El gran Obispo de Cartago, San Cipriano, nos refiere que una niña, la cual, por descuido de sus padres y de su nodriza, había comido viandas ofrecidas a los ídolos, fue llevada por su madre a la iglesia. Celebraba la Misa S. Cipriano, y cuando el diácono comenzó a ofrecer a los presentes el Cáliz de la comunión, también se lo ofreció a la niña; pero ésta no sólo volvió la cara, sino que cerró fuertemente la boca y rechazaba tenazmente el Cáliz. Se lo hicieron tomar a la fuerza, mas al momento la pobre niña, entre vómitos y convulsiones, devolvió la sagrada Forma. De Lapsis, c. 25. 1′. L. t., IV, col. 500.
- ¿Qué ritos o ceremonias solían preceder a la distribución de la Eucaristía?
Solían preceder estos dos, sumamente expresivos: la Fracción del Pan y el Beso de Paz.
¿En qué consistía la Fracción del Pan?
Como entonces no se consagraban más que hostias o panes grandes, en forma de plato, era necesario fraccionarlas, partirlas, para distribuir después los trozos del Pan consagrado a sacerdotes y fieles, que comulgaban todos en una única misa: el Obispo distribuía el Cuerpo del Señor, y el diácono, el Sanguis.
De esta manera el rito de la comunión era muy expresivo, pues los fieles comulgaban realmente de un fragmento del mismo pan y participaban del mismo cáliz. La fracción del pan exigía bastante tiempo, según el número de los comulgantes, y era entonces cuando se cantaba la antífona, llamada Confractorium — es decir, durante la fracción —; antífona que, después, al desaparecer este rito, cambió de sitio y quedó reducida al Communio de nuestras Misas. (Cf. n. 251.)
Véase uno de estos hermosos y más antiguos motetes o cánticos de comunión: «Venid, pueblos, a celebrar el misterio sagrado e inmortal, y la libación; acerquémonos con temor y con fe; con las manos puras comulguemos el fruto de la penitencia, porque el Cordero de Dios ha sido ofrecido al Padre como sacrificio por nosotros: a Él sólo adoremos, al mismo glorifiquemos cantando con los ángeles: Aleluia». Cabrol: La Oración de la Iglesia, pp. 553-554.
Otras de las antífonas preferidas eran aquellas dulcísimas palabras del salmo 33: «Gústate et videte quoniam suavis est Dominus, Gustad y ved que el Señor es benigno». En cuanto a este verso eucarístico, es curioso notar el siguiente juego de palabras, a que dio origen: el adjetivo griego XPHET0E —en latín suavis, benignus — es muy parecido, como se ve, al nombre, Cristo, y en griego, XPIET0E Esta semejanza de palabras pronto sugirió a los cristianos un cambio ventajoso en el versículo, y comenzaron a decir; Gustad y ved que el Señor es Cristo. Cfr. Parsch: o. c. p. 283. Véase nn. 42 y 235-238.
- ¿Cuándo se daban los fieles el Beso de paz?
Como la mejor preparación para la comunión se recitaba el Padre nuestro, la oración eucarística por excelencia:«el pan nuestro de cada día, dánosle hoy», que los antiguos aplicaban sobre todo al Pan Eucarístico; la oración unitiva de todos los fieles en Cristo: «perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» ; y como fruto el mejor y el más maduro de estas últimas palabras florecía en el corazón y se desprendía de los labios el símbolo del perdón cristiano y de la amistad renacida: el Beso de Paz: v. n. 240.
Así describen este rito las Constituciones de los Apóstoles, redactadas hacia el año 400: «Después diga el diácono:¡Atención! Y el obispo salude a la Iglesia y diga: La paz de Dios con todos vosotros. Y el pueblo responda: Y con tu espíritu. Entonces, el diácono diga a todos: Salutate vos invicem in osculo sancto (era la despedida familiar de los Apóstoles en sus cartas: I Petr. 5, 14: Rom. 16, 16; I Cor. 16, 20); y los clérigos besen al obispo, los laicos varones a los laicos, y las mujeres a las mujeres. Los niños estén de pie junto al altar y cuide de ellos otro diácono para que no alboroten… «Kirch, n. 611.»
El celebrante besaba la Hostia (así era antiguamente; hoy besa el altar), y el beso de paz se iba extendiendo por el diácono, el subdiácono y los ministros del altar hasta el último de los fieles, situados en el extremo ángulo del templo; verdadera cascada de fraternidad que se derramaba en ondas sucesivas desde el altar hasta los más lejanos pilares: festín viviente que recorría toda la masa de los fieles, cada uno se apoya en el siguiente, como se apoya en el próximo el que quiere escalar las cimas. Trátase aquí de subir hacia Dios: de seguir al Hijo que, en el mismo tiempo, en manos del sacerdote, se eleva hacia el Padre. Los senderos son estrechos, pero los pasos menos seguros están fortalecidos por los otros más firmes; el que vacila se ve sostenido por la colectividad, que no vacila; cada uno participa de la solidez de la colaboración común». R. Plus: Cristo en nuestros prójimos, p. I, lib. I, c. 3.
Sobre el sitio que ha ocupado en la misa el beso de paz, véase a Cabrol: Les Origines liturgiques, pp. 336-337. Véase San Justino, números 136 (5) y 240.
- ¿Cómo comulgaban bajo la especie de pan?
Llegado el momento de la comunión, el sacerdote elevaba el Cuerpo de Jesucristo y lo mostraba a los fieles, diciendo: SANCTA SANCTIS: las cosas santas, para los santos. A lo cual respondía el pueblo: UNUS SANCTUS, UNUS DOMINUS JESUS: Uno solo es el Santo, uno solo el Señor Jesús.
Después, todos de pie — ésta era la postura de los judíos cuando oraban, adoptada también por los cristianos—, iban recibiendo el Pan Eucarístico, primero los presbíteros (adviértase que solía haber en cada lugar una sola misa, y ésta celebrada por el Obispo o su suplente) después los diáconos, subdiáconos, etc., y, por fin, el pueblo.
Al entregárselo a cada uno, decía el celebrante: CORPUS CHRISTI: Cuerpo de Cristo, a lo que el comulgante respondía, haciendo un acto de fe: AMEN: Así es verdad, y besaba la mano del sacerdote. Los hombres recibían el Pan Eucarístico en la mano: «al acercaros a la comunión — decía a sus fieles San Cirilo de Jerusalén — no lo hagáis con las manos extendidas, ni con los dedos separados, sino haciendo con la izquierda como un trono la derecha, cual conviene a la mano que va a recibir al Rey; recibid en seguida en la parte cóncava de la mano el Cuerpo de Jesucristo, respondiendo: AMEN.» Catequesis mistagógica 5.
Las mujeres también lo recibían en las manos, pero les presentaban cubiertas con el dominical, lienzo muy fino que llevaban para este objeto.
Antes de tomar el Pan Eucarístico les estaba permitido— y así se lo recomendaban los Santos Padres — besarlo, acercarlo a su cuerpo y tocar y santificar con él los ojos, la frente, los sentidos.
Volvían a sus puestos, regresaba el celebrante al altar, cuando éste, inclinado sobre el altar se comulgaba a sí mismo, los fieles hacían lo propio.
- ¿Cómo comulgaban bajo la especie de vino?
De una de estas tres maneras: después de decir el diácono SANGUIS CHR1STI, Sangre de Cristo, y de responder los fieles AMEN, o se les daba a beber el Sanguis directamente del cáliz o, lo que era más ordinario, lo sorbían por medio del pugillaris, tubito de oro, plata o vidrio, que introducían en los cálices ministeriales, o, en fin, y esto ya en el siglo XII, se les daba el Pan Eucarístico mojado en el Sanguis. (Cf. n. 107.)
- ¿Cuándo cesó la comunión bajo la especie de vino?
A principios del siglo XII, cuando se multiplicó extraordinariamente el número de los fieles, fueron prohibiéndola en Occidente los Prelados y los Sínodos, por el peligro de que se derramara el Sanguis; aunque en muchas partes no desapareció por completo hasta el siglo XV. Como se sabe, está permitido a los católicos romanos recibir la Comunión bajo ambas Especies en el rito griego: Der. Can. c. 866.
- ¿Qué solía hacerse con los fragmentos o partículas que quedaban del Pan consagrado?
Los sacerdotes buscaban, entre los niños que iban a las escuelas, a los más pequeños e inocentes, y estando éstos en ayunas, les daban esos fragmentos.
El II Concilio de Macón, celebrado el año 585, dice expresamente: «Todas las reliquias o residuos que hayan quedado en el Sagrario después de celebrarse la Misa, el miércoles o viernes, los inocentes (niños) sean traídos a la Iglesia por el rector de ésta; y, habiéndoles ordenado el ayuno, reciban esos residuos rociados con vinos. Hefele-Leclercq, t. III, pág. 206. Recuérdese el caso del niño judío, arrojado por su padre en el horno de vidrio. Traval: Prodigios Eucarísticos, pág. 39; lo refiere Evagrio en la Historia Ecles., 1. IV, c. 36: P. G. t. 86, col. 2.770.
- Siendo la Eucaristía no sólo sacrificio, sino también sacramento que permanece para nuestro sustento y compañía, ¿dónde suele guardarse?
Suele guardarse en el sagrario o tabernáculo, que en nuestras iglesias se halla generalmente colocado en el altar mayor.
54.- Entre las formas que ha adoptado el sagrario a través de los siglos, ¿cuáles han sido las más usuales?
Han sido estas cuatro: sagrario portátil o cajita de marfil, o de plata, en la que los fieles, antes de que comenzara a guardarse el Sacramento en las iglesias, lo llevaban a sus casas para comulgarse a sí mismos.
Sobre el guardar la Eucaristía en las casas, tenemos ya en la Tradición Apostólica de Hipólito — muerto hacia el 235 — esta preciosa advertencia: «Todos deben vigilar atentamente para que ningún infiel coma de la Eucaristía, o que los ratones, o cualquier otro animal u otra cosa cualquiera caiga en el vaso, o que se pierda algo de ella. Es el cuerpo de Cristo del que todos los fieles se alimentan; no debe ser tratado con negligencia». C. 29.
55.- Sagrario-peristerion, o palomas eucarísticas (En griego, es paloma), eran unas palomitas de plata, huecas, con su puertecita a la espalda, que se colgaban de lo alto del ciborio sobre el altar, o, si no había ciborio, se suspendían de la voluta de un cayado o báculo de metal a un lado del mismo altar. Y. n. 81. Para el mismo fin, aunque algo más tarde, también se usaron unos vasos o artísticas torrecillas.
56.- Sagrario-armario: desde el siglo xii, como precaución contra robos y sacrilegios, comenzó a guardarse la Eucaristía en un hueco practicado en la pared del presbiterio y cerrado con preciosa puerta de una o dos hojas.
57.- Por fin, hacia el siglo XVI aparece el Sagrario en la forma actual: es decir, como una pequeña arca o cofre, fijo, adherido al altar y formando cuerpo con el retablo, que ya había hecho su aparición cuatro siglos antes.
58.- ¿Las hostias consagradas que se guardaban en esos sagrarios, eran, como ahora, para poder comulgar todos los que lo desearan?
Eran más bien para los enfermos hasta que en el siglo XIII, las grandes Ordenes Mendicantes, los Franciscanos y Dominicos sobre todo, con la mayor frecuencia de sacramentos introdujeron la costumbre de guardarlas para dar la comunión, fuera de la Misa, también a los sanos.
59.- ¿Y esta costumbre se extendió mucho?
Parece que no, o por lo menos fue decayendo bastante.
Tanto que, hacia 1580, a la Compañía de Jesús, que cuarenta años antes había comenzado su vida y su apostolado propagando por doquier la frecuente comunión, se acusaba aporque se dice que en Toledo tenían puestas formas en el altar para que las personas que quisiesen llegasen a comulgar… Y aun en particular — añade el Memorial — una persona grave dice que, viniendo de Roma con unos Padres de la Compañía, llegaron a un lugar y por no dejar de comulgar hicieron sacar formas de la custodia (sagrario), y sin decir ni oír Misa las recibieron y comulgaron, lo cual parece que es contra el estilo de la Iglesia». Astrain: Historia de la Compañía de Jesús, vol. 3, página 262 y sig. Cfr. Ferreres: o. c. n. 703.
El Concilio I de Toledo supone la celebración diaria: «Presbyter vel diaconus, vel subdiaconus… si ad ecclesiam ad sacrificinm quotidianum non accesserit clericus non habeatur». Hefele-Leclercq. t. II, p. 123. Después, en tiempos de San Ambrosio (P. L. t. XVII, col. 678), baja el fervor eucarístico y se comulga los domingos; aunque en Cuaresma, insiste el Santo en que oigan Misa y comulguen todos los días. Siguen decreciendo las comuniones, y ya el Concilio de Agda, celebrado el año 506, ordena en su Canon 18, «que los seglares que no hayan comulgado el día de Navidad, el de Pascua y el de Pentecostés, no sean juzgados como católicos, ni tenidos entre los católicos». En fin, Inocencio III, en el Concilio Lateranense IV, celebrado en noviembre de 1215, impuso a todo cristiano, que hubiese llegado al uso de la razón, la obligación de recibir, por lo menos una voz al año, los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Denzinger-Banw.: n. 437.
- LA FRECUENCIA DE SACRAMENTOS fue el arma más poderosa que esgrimió la verdadera reforma católica, como vigorosa reacción contra el Protestantismo, que pretendía extinguir la lámpara del Santuario y la fe en la Eucaristía.
Junto a la brillantísima pléyade de santos, que por aquella época enviaba Dios a su Iglesia, junto a San Jerónimo Emiliano, Antonio M. Zacarías, Cayetano de Thien, Carlos Borromeo, Felipe de Neri, Angela de Merici, y los Beatos Juan de Ribera y Juan de Ávila, trabajaba por la renovación de la vida eucarística la Compañía de Jesús con sus más esclarecidos hijos: Francisco de Borja, Pedro Canisio, Roberto Belarmino y, sobre todo, con su santo fundador Ignacio de Loyola.
Inauditos fueron los esfuerzos de Ignacio para poner remedio al lamentable abandono de la vida sacramental en que habían caído los fieles en aquel tiempo. La Confesión y Comunión se tenían, no ya como medios ordinarios y necesarios de unión con Dios, sino casi como penitencia, que había que cumplir una vez al año, en Pascua. En efecto, porque Francisco de Borja, virrey de Cataluña, se confesaba y comulgaba cada ocho días, se produjo tal nerviosismo que cada uno creía deber suyo denunciar el presunto abuso desde el púlpito. Un Sicilia, en 1547, hubo también gran admiración porque toda la familia del virrey, don Juan de Vega, gran amigo de Ignacio, comenzó a recibir, bajo la dirección del P. Doménech, cada ocho días los Sacramentos.
Ignacio reaccionó resueltamente contra esta relajación que era el fruto más palpable de todos los males del tiempo. Entre las reglas, propuestas al fin de los Ejercicios, para conformarse con el espíritu verdadero de la Iglesia, resalta está clara enseñanza: «Alabar el confesar con sacerdote y el recibir del Santísimo Sacramento una vez en el año, y mucho más en cada mes, y mucho mejor de ocho en ocho días, con las condiciones requisitas y debidas».
No admite mayor frecuencia, porque en aquellos tiempos no era concebible; pero en casos particulares, no dudó de exhortar a la comunión diaria, como hizo con la piadosa Teresa Rejadella. Cfr. G. Petralia — G. Novelli: S. Ignazio di Loyoli; Ignazio e la vera rifor- ma, pág. 168-109; Tacchi-Venturi: Storia della Comp. di Gesu in Italia, vol. I, pág. 207. Monumenta Ignatiana: serie I, tom. I. Ep. 73, pp. 275-27(3: Carta a Teresa Rejadella.
Aunque después sobrevino otra herejía, el respetuoso y solapado Jansenismo, que quería hacer del sagrario una tumba fría y sin amor, tampoco en este caso el contraataque católico se hizo esperar mucho tiempo; y esta vez fue el mismo Jesucristo quien vino a dar una respuesta clara y definitiva con la devoción de las devociones, con la devoción a su Divino Corazón.
Gracias a ella y al Pontífice de la Eucaristía, Pió X, vuelve a florecer por todas partes la comunión frecuente y aun diaria, la comunión de los tiempos apostólicos.
LECTURAS
- PREPARACION PARA LA COMUNION.
«Después de esto — es decir, después del Padre Nuestro que acaba de explicar — dice el sacerdote: «Los cosas santas, a los santos», santo es lo que tenemos sobre el altar, recibido el Espíritu Santo, autos sois también vosotros, hechos dignos del Espíritu Santo. Luego decís vosotros: «Un solo santo, un solo Señor Jesucristo». Verdaderamente un solo santo, santo por naturaleza. Nosotros también somos santos; pero no por naturaleza, sino por participación, por la práctica y por la oración.
A continuación oís al que canta el salmo, que con voz divina os invita a la comunión de los santos misterios, y os dice; «GUSTAD Y VED QUE EL SEÑOR ES BUENO». No confiéis al gusto corporal el discernimiento en este asunto, no, sino a la fe, que no reconoce dudas. Al deciros que gustéis, no os mando gustar el pan y el vino, sino el cuerpo y la sangre de Cristo.
Al acercaros, pues, a la Comunión no lo hagáis con las manos extendidas, ni con los dedos separados, sino haciendo con la izquierda uno un trono a la derecha, cual conviene a la que va a recibir al Rey; recibiendo en seguida, en la parte cóncava de la mano, el cuerpo de Jesucristo, respondiendo: Amén.
Después de haber santificado vuestros ojos con el contacto del santo cuerpo, tomadle cuidando de que no se os pierda nada de él. Lo que perdáis, tenedlo por perdido de vuestros propios miembros. Decidme si no: Si uno os diera a vosotros polvo de oro, ¿no lo guardaríais con todo cuidado y procuraríais no perder nada para no sufrir ningún daño? Pues, ¿no procuraréis que no se os caiga ni una miga de lo que es mejor que el oro y más precioso que las piedras preciosas? (cf. n. 249).
Luego, después de la comunión del cuerpo de Cristo, acercaos al cáliz de la sangre, no extendiendo las manos, sino inclinados a manera del que hace un acto de adoración y reverencia: y diciendo también Amén, os santificaréis tomando la sangre de Cristo.
Mientras la humedad persevera en vuestros labios, tocadla con las manos y santificad vuestros ojos, vuestras frentes y los otros sentidos. Por fin, quedando en oración, dad gracias a Dios que os ha hecho dignos de tan grandes misterios.
Conservad estas tradiciones intactas y vosotros conservaos sin ofensa alguna. No os separéis de la Comunión, ni por la mancha de los pecados os privéis a vosotros mismos de estos espirituales misterios. “El Dios de la paz os santifique a vosotros todos; y todo vuestro cuerpo y alma y espíritu sea conservado para la venida de nuestro Señor Jesucristo,al cual sea la gloria, la honra y el poder, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.» San Cirilo de Jerusalén, Doctor de la Iglesia (315-386): Catequesis mistagógica V. Se llamanmistagógicas, porque en estas catequesis se descubrían a los neófitos los misterios del culto católico: Cfr. Ubierna: San Cirilo de Jerusalén. Cateq. 23; Kirch, 486-489.
- ACCION DE GRACIAS: PLEGARIA por la UNIDAD de la gran FAMILIA CRISTIANA.
(Adviértase el sabor arcaico y evangélico de estas preciosas fórmulas, las más primitivas que se conocen: pertenecen a uno de los más valiosos monumentos escritos que nos ha legado la antigüedad cristiana, a la DIDAJE o DOCTRINA DE LOS DOCE APOSTOLES, especie de catecismo, redactado, según la opinión más probable, a fines del siglo I, entre los años 80 y 90).
Cap. IX. En cuanto a la Eucaristía, daréis gracias de la siguiente manera: Primeramente por el cáliz:
Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David, tu hijo, que os diste a conocer por medio de Jesús, tu hijo, Gloria a ti por los siglos —
Luego por el pan fraccionado:
Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y la ciencia que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu hijo. Gloria a ti por los siglos —
Como este pan fraccionado se halla disperso por las montañas y, reunido, fue uno solo; de igual suerte, reúnase tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino. — Cfr. n. 238.
Porque tuyos son la gloria y el poder, por Jesucristo, durante los siglos.
Nadie coma, ni beba, de Vuestra Eucaristía, sino los bautizados en el nombre del Señor; que acerca de esto ha dicho el Señor: No deis lo santo a los perros.
Cap. X. Después de haberos saciado, dad gracias de la siguiente manera:
Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre, que has hecho habitar en nuestros corazones, y por la ciencia, la fe y la inmortalidad que nos hiciste conocer por medio de Jesús, tu hijo.
Gloria a ti por los siglos. Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas para gloria de tu nombre, y diste a los hombres comida y bebida para su provecho, a fin de que te rindieran gracias; mas a nosotros nos agraciaste con comida y bebida espiritual y vida eterna, por medio de tu hijo.
Ante todo te damos gracias, porque eres poderoso. Gloria a ti por los siglos. Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu amor; y congrégala de los cuatro vientos, esta Iglesia santificada, en el tu reino que le has preparado.
Porque tuyos son el poder y la gloria por los siglos.
Venga la gracia y pase este mundo.
Hosanna al Dios de David.
Si alguien es santo, venga; si no lo es, arrepiéntase. Ven, Señor: Maranatha. Amén.
A los profetas permitidles que den cuantas gracias quieran. Cap. XVI. Cada domingo del Señor, luego que os hayáis reunido, partid el pan y dad gracias, previa la confesión de vuestros pecados, a fin de que sea puro vuestro sacrificio.
Quien tuviere pendencia con su compañero, no se junte con vosotros sin haberse reconciliado para que no se contamine vuestro sacrificio.
Pues de éste ha dicho el Señor: En todo lugar y tiempo ofrecedme un sacrificio puro, porque soy un gran rey, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre las gentes. (Traduc. del insigne helenista doctor L. Segalá: Obras escog. de Patrología Griega, tomo 1.) Kirch, 1-3.
- FRUTOS DE LA COMUNION: LA UNION CON CRISTO Y CON LOS PROJIMOS.
La Comunión realiza de modo divino aquella unión con Cristo y con los prójimos, que fue la suprema aspiración de Jesucristo: «Padre Santo, guarda en tu nombre a estos que tú me has dado para que sean UNO COMO NOSOTROS». San Juan, 17, 11-26.
La Iglesia es el cumplimiento, la plenitud del cuerpo de Jesucristo: Efes., 1, 23; pues, como explica soberanamente San Agustín, el Cristo total es cabeza y es cuerpo: cabeza, el Hijo único de Dios; cuerpo, su Iglesia; esposo y esposa, dos en una sola carne». C. Donat: De Unit. Eccl. IV, 7. Y por eso, según la gran definición del mismo santo, la Iglesia es ese hombre, Cristo, difundido en todas partes, que tiene la cabeza en el cielo y los miembros en el suela. In. ps. 48. I’-L 36, 476.
Ahora bien: por la Comunión ¿no nos unimos todos vitalmente con Cristo?, «el cáliz de bendición que bendecimos o consagramos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo?; y el pan que partimos ¿no es la participación del cuerpo del Señor! Porque todos los que participamos del mismo pan, bien que muchos, venimos a ser un solo pan, un solo cuerpo». I Cor. 10, 16-17.
«Esta unión con Cristo y con los prójimos, fruto el más precioso de la Comunión, estaba simbolizada en dos ritos antiquísimos: en la CONCELEBRACION y en el FERMENTUM.
He aquí en qué consistía la CONCELEBRACION, usada por lo menos en Roma, donde estaba la sede del Pontífice, Cabeza de la Iglesia. Los lugares del culto se habían multiplicado muy rápidamente: sólo en Roma se contaban veinticinco hacia el fin de los cuatro primeros siglos y cada uno tenía al frente un prepósito encargado de velar por la comunidad agrupada en derredor de su iglesia. Pero a menudo el Pontífice se trasladaba de un punto a otro para celebrar personalmente los sagrados misterios; citaba allí a los titulares de las otras veinticuatro iglesias y todos se juntaban para celebrar con él, de modo semejante a lo que se hace ahora en la misa de la ordenación sacerdotal. Los ordenandos pronuncian el canon al mismo tiempo que el obispo celebrante. Por su parte, el pueblo cooperaba trayendo oblaciones de pan y vino… Llegado el momento de la comunión, se le devolvía esta parte, pero consagrada. Cada uno había traído su oblación; y esta oblación, transformada en el Cuerpo y Sangre del Señor, volvía a todos…
Así se hacía cada vez una nueva afirmación de la unidad de todos en la participación de un mismo culto, en la oblación de un mismo sacrificio, en la recepción de una misma Hostia». R. Plus, Cristo en nuestros prójimos: p. 1, 1. 1, c. 3.
El FERMENTUM: «En otras iglesias titulares de Roma, es decir, fuera de la basílica del Papa, se echaba en el cáliz el llamado FERMENTUM», o sea un fragmento del Pan consagrado que, los domingos o días de fiesta, el Papa remitía a las otras iglesias de Roma, en señal de comunión con la Sede Apostólica. El domingo precedente al domingo de Ramos, el Papa enviaba este «fermentum» a los obispos vecinos, para la próxima fiesta de Pascuas. A los sacerdotes recién ordenados, el Papa presentaba un Pan consagrado, del cual ellos debían separar una parte durante ocho días para irla sumergiendo en el cáliz.
En su Historia Eclesiástica — 18, V, 24—, Eusebio refiere que Ireneo había escrito al Papa Víctor, juzgado demasiado severo, «que antes que él, los Papas enviaban de buena gana la Eucaristía, en señal de unidad a los obispos del Asia Menor, que residían entonces en Roma…».
La carta del Papa Inocencio I a Decentius de Eugubium es muy interesante. Este último había pedido al Papa algunas normas para el envío de la Eucaristía, que él llama «fermentum». El Papa responde describiendo la práctica romana, según la cual, los sacerdotes de las iglesias de Roma, que no han podido tomar parte en el servicio papal, reciben del Papa la Eucaristía llevada por los acólitos; con todo, este envío no tiene lugar para las diócesis suburbanas, ni para las basílicas de los cementerios, «porque el Santo Sacramento no debe ser llevado demasiado lejos». Así, pues, el FERMENTUM era unmagnifico símbolo y al mismo tiempo una señal de la unidad de la Iglesia y de la unidad del sacrificio. Cfr. n. 237 y 238. Véase Parsch; o. c. pp. 265-266.
Antonio Rubinos, S.J.
CATECISMO HISTORICO LITURGICO DE LA MISA
LAS 5 VÍAS TOMISTAS PARA PROBAR LA EXISTENCIA DE DIOS
Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente que se mueve es contingente. Esto es así porque el ser móvil está en potencia con respecto a la realidad hacia la cual tiende; debe recibirla de un ser que esté en acto con respecto a esa misma realidad. Por lo tanto el ser móvil es contingente. Por el principio de causalidad, el movimiento del ser móvil requiere una causa eficaz (un motor): “todo ente que se mueve es movido por otro”.
Santo Tomás demuestra esta afirmación de la siguiente manera: moverse es pasar de potencia a acto. La potencia no puede darse el acto a sí misma, porque el acto es más que la potencia. De potencia a acto, luego, nada pasa, si no es por obra de un ser en acto. Por tanto, el ente que se mueve, en cuanto tal, está en potencia, y el motor, en cuanto tal, está en acto. Nada puede estar en acto y en potencia al mismo tiempo respecto de lo mismo. Luego, no se puede ser a la vez motor y movido bajo el mismo respecto. Por tanto, todo lo que se mueve, se mueve por otro.
El razonamiento seguido por Santo Tomás en la primera vía es similar al expuesto en el numeral 5. El motor que mueve al ser móvil puede ser inmóvil o móvil. Si es inmóvil, hemos hallado la causa primera (incausada) del movimiento del ser móvil. Si es móvil, entonces es movido por otro motor que puede ser a su vez inmóvil o móvil. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de motores móviles actualmente subordinados, porque en una sucesión infinita todos los motores recibirían y transmitirían el movimiento, pero ninguno de ellos (ni el conjunto formado por todos ellos) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir un primer motor inmóvil. Este ser, que es acto puro, sin mezcla de potencia, es llamado «Dios». Esta prueba no depende de una cosmología caducada, porque no se sitúa en el plano científico, sino en el plano metafísico.
Las cosas de nuestro mundo son entes mutables, temporales. Son contingentes porque su ser actual no es metafísicamente necesario. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es inmutable y eterno. Porque Dios es eterno, su acción se ejerce en el instante presente en el cambio que en él se produce. La acción del primer motor trasciende la acción de los motores segundos. Dios no cambia por su acción; es independiente del mundo que cambia. Por consiguiente, el estudio de la acción de Dios no pertenece a la ciencia, sino a la metafísica.
La segunda vía
La segunda vía es llamada también prueba por la causación o por las causas eficientes del ser. Tiene antecedentes en Aristóteles; posteriormente fue desarrollada por Duns Escoto y Suárez.
El punto de partida de esta vía es el hecho de la causación: existen cosas que dependen de causas eficientes actuales, tanto en su ser sustancial como en sus modos de ser accidentales.
Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente causado es contingente. Esto es así porque el ser del ente causado depende del ser de su causa. En tanto ésta pueda darse o no darse, aquél puede ser o no ser. Por lo tanto, el
ser causado es contingente.
El razonamiento seguido por Santo Tomás es similar al expuesto en el numeral 5. La causa del ser causado puede ser incausada o causada. Si es incausada, hemos hallado la causa primera (incausada) del ser causado en cuestión. Si es causada, entonces es causada por otro ser que puede ser a su vez incausado o causado. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de causas causadas actualmente subordinadas, porque en una sucesión infinita todas las causas recibirían y transmitirían el ser, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir una causa primera incausada. Este ser, que es el Ser subsistente por sí mismo, es llamado «Dios».
Las cosas de nuestro mundo son entes causados. Son contingentes porque son necesitados de una causa. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es la Causa primera, el fundamento incausado de todo lo relativo. Dios obra en el presente sobre todas las sucesiones de causas para conservar el ser de los efectos. Se sirve de causas segundas y les da una actividad propia, pero sólo Él es la causa principal de la existencia. La causa primera es trascendente y su actividad es de orden metafísico.
La tercera vía es llamada también prueba por la contingencia o por lo posible y lo necesario. Tiene antecedentes en Platón, Avicena y Maimónides.
El punto de partida de esta vía es el hecho de la contingencia: existen cosas que son contingentes, es decir que son pero pueden no ser. Los cambios sustanciales y accidentales son signos de contingencia.
En este caso se aplica directamente el razonamiento expuesto en el numeral 5. Por el principio metafísico de causalidad, todo ente contingente tiene una causa, que le da su razón de ser. El ser contingente es un ser condicionado (relativo), mientras que el ser necesario es incondicionado (absoluto).
El razonamiento seguido por Santo Tomás es parecido al expuesto en el numeral 5. La causa del ser contingente puede ser necesaria o contingente. Si es necesaria, hemos demostrado que hay algo necesario en lo real. Si es contingente, entonces es causada por otro ser que puede a su vez ser necesario o contingente. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de causas contingentes, porque en una sucesión infinita todas las causas recibirían y transmitirían el ser, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir un ser necesario. Santo Tomás no excluye la posibilidad teórica de que existan seres necesarios causados. Por lo tanto el razonamiento continúa así: El ser necesario hallado puede ser necesario por sí mismo o por otro. Si es necesario por otro es causado.
Excluyendo una regresión infinita, se concluye que existe un ser necesario por sí mismo, que es llamado «Dios».
Las cosas de nuestro mundo son entes contingentes. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es necesario; no tiene simplemente el ser en un grado contingente. En los seres creados la existencia es un efecto, que es propio de la causa universal. Dios obra en todas partes para producir y conservar el ser contingente; la más pequeña realidad es signo de su presencia.
La cuarta vía es llamada también prueba por los grados de perfección o por los grados de ser. Tiene antecedentes en Platón, Plotino, San Agustín y San Anselmo; posteriormente fue desarrollada por Leibnitz, Maréchal y Blondel.
El punto de partida de esta vía es el hecho de los grados de perfección: existen cosas con diferentes grados de perfección. Se trata aquí de cualquiera de las perfecciones simples, es decir aquellas que no están necesariamente mezcladas con imperfecciones. Las perfecciones simples son de dos tipos: trascendentales y personales.
Las perfecciones trascendentales son la unidad, la verdad, la bondad y la belleza. Resultan directamente de la noción de ser y por ello convienen a todo ser. Las perfecciones personales son la inteligencia, la voluntad, la justicia, la misericordia, etc. No implican por sí mismas ninguna limitación.
Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente de perfección limitada es contingente. Esto es así porque una perfección que existe por sí misma es ilimitada, pues no podría ser el principio de su propia limitación. Por lo tanto el ser de perfección limitada es dependiente, ha debido recibir su perfección de otro (su causa).
Se podría aplicar aquí un razonamiento parecido al expuesto en el numeral 5: La causa del ser de perfección limitada es un ser de perfección ilimitada o limitada. Si es de perfección ilimitada, hemos hallado la causa primera del ser de perfección limitada. Si es de perfección limitada, entonces es causado por otro ser que puede ser a su vez de perfección ilimitada o limitada. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de causas de perfección limitada, porque en una sucesión infinita todas las causas recibirían y transmitirían esa perfección, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarla.
Por consiguiente debe existir un ser de perfección ilimitada, que es llamado «Dios».
Las cosas de nuestro mundo son entes ontológicamente finitos, en desarrollo, perfectibles. Son contingentes porque no poseen toda la perfección. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es infinito, absolutamente perfecto, no necesitado de adquirir perfección. La perfección infinita de la causa primera es finita en sus efectos, pues queda limitada por la capacidad de las esencias que la reciben. Hay una simple participación de las criaturas en la perfección divina.
La quinta vía es llamada también prueba por la finalidad o por el orden del mundo o por el gobierno del mundo. Kant la llamó «prueba físico-teológica». Tiene antecedentes en Anaxágoras, Platón y los estoicos.
El punto de partida de esta vía es el hecho de las leyes naturales: existen seres no inteligentes que obran en vista de un fin. Las actividades naturales presentan una constancia en la búsqueda del bien, lo cual denota una finalidad intencional.
A este hecho se podría oponer la objeción de los desórdenes naturales. Esta objeción subraya que las actividades naturales no realizan siempre el bien de los seres, sino «las más de las veces», como reconoce Santo Tomás. El «desorden» de la naturaleza es en realidad un orden limitado. El mal físico puede encontrar su lugar dentro de este orden.
Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente sometido a leyes naturales es contingente. Esto es así porque un ser carente de conocimiento que actúa en orden a un fin no se ha dado a sí mismo la ordenación al fin sino que la ha recibido de otro ser. Un orden intencional supone la acción de una inteligencia. Ni la casualidad ni la necesidad pueden dar cuenta de este orden. Por lo tanto el ser sometido a leyes naturales es dependiente, ha debido recibir sus leyes naturales de otro ser (su causa), éste sí inteligente.
Se podría aplicar aquí un razonamiento parecido al expuesto en el numeral 5. La causa del ser sometido a leyes naturales es un ser inteligente, que existe por sí mismo o por otro. Si existe por sí mismo, hemos hallado la causa primera del orden del mundo. Si no existe por sí mismo, entonces es causado por otro ser inteligente que a su vez puede existir por sí mismo o por otro. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de inteligencias ordenadoras que no existen por sí mismas, porque en una sucesión infinita todas estas inteligencias recibirían y transmitirían el orden natural, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir una inteligencia ordenadora que existe por sí misma, que es llamada «Dios».
Las cosas de nuestro mundo son entes que operan según una ley natural. Son contingentes porque su contenido ontológico finito las obliga a una determinada acción. Por ello el Ser absoluto que las hace posibles crea libremente, no se apoya externamente sobre una acción determinada.
Esta vía, desarrollada aquí a partir de la causa eficaz, puede también ser desarrollada a partir de la causa final. Dentro del marco de la quinta vía pueden encontrar una fundamentación adecuada los argumentos basados en los conocimientos científico-naturales acerca del orden y la evolución del cosmos y de los seres vivientes. Por ejemplo: Pierre Teilhard de Chardin, en El fenómeno humano, desarrolla una argumentación muy sugerente a partir de datos científicos presentados con gran fuerza expresiva, pero con una pobre fundamentación metafísica.
LA IMPORTANCIA DE TENER UN PLAN DE LECTURA
La importancia de tener un plan de lectura

LA CAVERNA DE PLATÓN

CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 1/10
Capitulo I.- Excelencias- Frutos y Nombres de la Misa.
«Sin la verdad, la piedad es débil e inconsistente; y sin la piedad, la verdad es estéril y huera»
(Fco. SUAREZ)
1. ¿Cuál es el acto más importante del culto católico?
La Santa Misa.
2. ¿Por qué?
Porque la misa es:
3. ¿Por qué la Misa es un recuerdo de Jesús?
4. ¿Y por qué es un recuerdo vivo?
5. ¿Por qué la Misa es el Sacrificio de la Iglesia Católica?
6. ¿Por qué la Misa es un sacrificio?
7. ¿Y por qué es un sacrificio perpetuo?
8. ¿Por qué llamamos a la Misa, el Sacrificio de la Nueva Ley?
9. ¿El Sacrificio de la Misa es el mismo Sacrificio de la Cruz?
11. ¿Pero en algo se distinguen el Sacrificio de la Misa y el de la Cruz?
12. ¿De qué modo se representa en la Misa el Sacrificio sangriento de la Cruz?
13. ¿Qué signo o señal exterior es ése?
14. ¿Y la muerte de Jesucristo también se representa en la misa?
17. ¿El Sacrificio de la Misa fué anunciado por los Profetas?
Fué anunciado por el último de los Profetas: Malaquías.
18. ¿Y ese vaticinio se refiere al Sacrificio de la Misa?
Ahora bien, todos estos caracteres sólo convienen al Sacrificio de la misa: que es, un sacrificio: a) nuevo, pues viene a suceder a los antiguos; b) universal, pues se celebra en toda la redondez de la tierra, por sacerdotes de todas las razas y naciones, y en todos los momentos del día y de la noche; y c) infinitamente puro y agradable a Dios, por ser el mismo Jesucristo el sacerdote y la víctima de este Sacrificio. (cfr-Nicaise-Gevelle : L Histoire Sainte commetée. pág. 256).
19. ¿Cuáles son los frutos o bienes que produce la Misa?
Pueden distinguirse cuatro clases de frutos: 1. un fruto general, del que participan absolutamente todos los fieles, aunque el celebrante no piense en ellos o pretendiera excluir a alguno; fruto tan general que también se extiende indirectamente a los mismos infieles para que sean hechos miembros de la Iglesia; 2, otro fruto especial, que se aplica a cuantos cooperan a la celebración del Sacrificio, como son los que asisten devotamente a él, los que ayudan a Misa y los que recitan las mismas oraciones que el celebrante, o se unen con la intención a lo que él ejecuta ; 3, otro especialísimo, que es tan propio del sacerdote, que a ningún otro puede aplicarse, por lo menos, totalmente; y 4, el fruto ministerial, fruto que el sacerdote, como ministro de Jesucristo y dispensador de los divinos misterios, aplica por la intención de aquellos por quienes nominalmente celebra la Misa. (Cf. 216 y 217.)
¿Puede impedirse el fruto de la Misa? No puede impedirse por parte del sacerdote que la celebra: pues el celebrante no es más que el ministro secundario (v. n. 10); es cierto que a la santidad y fervor del sacerdote celebrante responde un fruto especial, pero este fruto no es más que accesorio, que le pertenece a él.
Pero por nuestra parte puede impedirse o hallar obstáculo si no estamos dispuestos y preparados a recibirlo. No podemos, por ejemplo, obtener el perdón de un pecado y la íemisión de la pena debida por él, mientras conservemos afecto al mismo pecado.
20. ¿Cuál es el mejor sufragio que podemos ofrecer por los tieles difuntos?
El mejor sufragio es la Santa Misa, que con frecuencia se ofrecía aún antes de que muriesen los enfermos, cuando ya se hallaban en estado más o menos grave.
Esta última circunstancia puede explicar satisfactoriamente algunas expresiones del Ofertorio de la Misa de Difuntos: expresiones misteriosas que, a primera vista, pudieran parecer inexactas y aun erróneas: «libra a las almas de todos los fieles difuntos de las penas del infierno y de aquel profundo lago; líbralas de la boca del león: no las absorba el abismo, ni caigan en las tinieblas…».
Así lo comprendió perfectamente desde un principio la Iglesia Católica; por eso, además de que nunca en ninguna de sus liturgias faltó, durante la Misa, una oración por los difuntos — después veremos, v. n. 225, cuan hermosa es la de nuestra liturgia romana —; muy pronto se compuso una Misa especial para ellos, Misa que presenta todos los caracteres de la más remota antigüedad con su Introito entretejido con palabras que ya aparecen en los epitafios antenicenos, con su Ofertorio tan misterioso y que más que Ofertorio parece una oración, y, en fin, con su misma prosa «Dies irae», que, aunque posterior, es el mejor modelo de todas las de su género y que al principio se cantaba en la Misa del Primer Domingo de Adviento – Evangelio del fin del mundo y Juicio Universal — para la que está muy bien adaptada, y después trasladóse a la Misa de Difuntos con la adición del último verso: «Pie Jesu Domine, dona eis réquiem. Amen». Es interesante advertir que, en sus orígenes, los funerales cristianos no tenían el carácter de tristeza que después revistieron; ni siquiera en la Misa de Difuntos faltaba elAleluia, y con el cántico del inmortal Aleluia se despedía en la sepultura a los muertos cristianos.
En cuanto a la aplicación de la Misa en sufragio por los difuntos, notemos lo siguiente: aunque los difuntos en nada pueden impedir la aplicación de los frutos de la Misa a sí mismos, pues fuera de esta vida el alma no puede conservar el afecto al pecado, y por eso bastaría una sola Misa para expiar cualquier deuda de pena temporal; sin embargo, como los frutos de la Misa sólo son aplicables per modum suffragii, es decir, a modo de sufragio, o lo que es lo mismo, se ofrece la Misa a Dios, y Dios distribuye los frutos según las normas de su justicia y sabiduría, normas que nosotros no podemos conocer; por eso no se puede tener seguridad que una sola Misa baste a satisfacer enteramente por el alma de un difunto.
21. ¿Y por qué la Misa es el mejor sufragio?
Porque el sacrificio es la mejor obra satisfactoria, y la Misa es el más excelente de todos los sacrificios.
La Misa no puede ofrecerse por difuntos: 1, incapaces de recibir sus frutos, como son los condenados, los niños muertos sin el bautismo, los santos del cielo; 2, por aquellos a quienes la Iglesia niega sepultura eclesiástica, como son los herejes, cismáticos, masones, suicidas, muertos en duelo, los que mandan quemar sus cuerpos, los excomulgados, etc.
22. ¿Por qué el sacrificio es la mejor obra satisfactoria?
Porque el sacrificio se opone radicalmente al pecado: pues el pecado niega prácticamente el dominio supremo de Dios sobre las criaturas, así como aquél afirma también prácticamente este mismo dominio.
Dios dice al hombre: —Guarda mi ley… —. Y el hombre responde con el pecado: —No quiero —. Y el sacrificio confiesa prácticamente ese dominio supremo, pues el hombre al ofrecer a Dios un sacrificio, se priva de una cosa suya, la destruye en honor de Dios, como si dijera con este acto: —Señor, esta cosa es tuya y porque es tuya no debe ser empleada ni en provecho mío ni de nadie, sino que ha de consumirse toda ella en tu honor… y en tu honor la destruyo, y le quito la vida, y la convierto en cenizas: y lo que hago con esta res debería hacerlo conmigo mismo, porque soy tuyo, y todas las criaturas tuyas son, como quiera que tú eres, por excelencia, el Señor… Cf. Coloma, Gonzalo, S. J.; Sermones varios, tom. V: El Purgatorio y los Sufrag., serm. 6.
Y la Misa es el más excelente de todos los sacrificios, porque, como ya hemos visto, en ella ofrecemos a Dios la preciosísima sangre de Jesucristo, y esta sangre tiene infinito valor satisfactorio.
23. ¿Qué nombres ha recibido el Santo Sacrificio?
San Pablo lo llama «Cena del Señor». Entre los primeros cristianos, se decía «Convivium Dominicvm: Convite del Señor», o simplemente «Dominicum».
Y así, aquellos treinta y un mártires de Cartago que, el 12 de febrero del año 304, fueron conducidos ante el procónsul Amulio, acusándoles de haber asistido al sacrificio del Domingo, cuando los estaban desgarrando con uñas de hierro y el procónsul les echaba en cara haber violado la ley de los emperadores, respondían ellos, con valor: «—Nosotros no podemos omitir el Domingo, poque es ley de Dios»; y como el procónsul insistiese en su acusación, ellos contestaban siempre lo mismo: «—No, no podemos vivir sin el Dominicum». (Pablo Allard; La Persecution de Diocletian, tom. 1, c. 4, 3).
25. ¿Pero, cuál fué el nombre más usado en la Iglesia primitiva?
Fué el de FRACCIÓN DEL PAN.
Jesús partió el Pan, nos dicen los Evangelios; Mt. 26, 26; Me. 14, 22; Le. 22, 19; y San Pablo 1 Cor. 10, 16 y 11, 24.
Con el mismo nombre lo designan los Hechos de los Apóstoles; 2, 42; 2, 46; 20, 7 y 20, 11.
<íEI día del Señor — el domingo — nos dice la Didajé, escrita entre los años 80 y 90, congregándoos en el lugar citado,partid el pan y dad gracias, después de confesar vuestros pecados para que sea limpio vuestro Sacrificio». V. n. 62.
26. ¿Y por qué se llamó Misa?
Misa era lo mismo que missio o dimissio, y estas palabras significan el envió, la despedida o término de una reunión o asamblea. Así decían los romanos: «Senatum mittere o dimitiere», levantar o terminar sus sesiones el Senado». (Cf. n. 254.)
Designándose con esta palabra la despedida o el término de una reunión cualquiera civil, también se aplicó al fin o despedida de las reuniones eclesiásticas; y como durante el Santo Sacrificio tenían lugar dos envíos o despedidas, la primera, de los catecúmenos y penitentes después del Evangelio, y la segunda, de los fieles, al terminar e! Sacrificio, la primera se llamó Misa o despedida de los catecúmenos…, y la segunda, Misa o despedida de los fieles. (Cf. n. 140.)
Después, cuando ya no hubo catecúmenos, cesó la primera despedida y con ella la distinción de las dos partes de la reunión: y comenzó a llamarse a toda la asamblea simplemente «Misa», nombre que prevaleció en Occidente desde el siglo VI.
27. ¿De qué otros nombres o explosiones alegóricas se valían los cristianos para designar la Eucaristía?
Para designar a N. S. Jesucristo en la Eucaristía, se valían del pez, pues por una feliz coincidencia las cinco letras que forman en griego este nombre, vienen a ser precisamente otras tantas iniciales de cada una de las palabras de esta frase: «Jesús-Cristo — de Dios—Hijo-Salvador».
Así, en las catacumbas, hallamos escenas como éstas, alusivas a la Eucaristía: un trípode y sobre él colocados un pan y un pez; el pez figura en las dos mult¡plicaciones de los panes y en las dos comidas que tuvo Jesús con sus discípulos después de su resurrección.
Este pez se daba a Abercius como alimento para todo su camino; «Ciudadano de población distinguida he levantado este monumento durante mi vida para tener un día en él lugar para mi cuerpo. Soy discípulo de un santo pastor — Cristo — que apacienta sus ovejas en los montes y llanuras, de amables ojos, cuya mirada se extiende a todas partes… La fe me guio por todas partes: en todas me ofreció como alimento un pescado de un manantial muy grande y puro, obra de una Virgen santa que lo dio y lo da sin cesar a comer a sus amigos; posee un vino delicioso que les prepara y se lo da con el pan. Mandé escribir esto, yo Abcrcius, durante mi vida, a la edad de setenta y dos años. El hermano que lea estas palabras niegue por Abercius». De un célebre epitafio de fines del siglo II o principios del III, hecho grabar por un obispo de Hierápolis, en Frigia, como recuerdo de su viaje a Roma. Kirch: Enchirid. font. hist. eccl. antiquae, n. 133.
El pez era, además, una alusión al bautismo: «Nosotros, pececillos —decía Tertuliano-, según nuestro Jesucristo, nacen os en el agua».De Bapt. P. L. I, 1306.
Clemente de Alejandría aconsejaba a los cristianos que hicieran grabar en sus anillos la palabra ‘IXZi’i) para no olvidar su origen. Kn algunos museos todavía se conservan unos antiquísimos peces de bronce o de cristal que solían llevar consigo los cristianos para darse a conocer como tales; se llamaban testimonios de caridad. Cf. Kirch: o. c. n. 209.
28. Como este sacramento (advierte Sto. Tomás: 111 p. q. 73, art. 4) expresa la unidad de la Iglesia también se llamó «Comunión o Xynaxis». (Cf. 62, 63 y 287-238).
29. Los Padres, griegos llamaban a la Eucaristía el bien; o si se trataba de ambas especies, los bienes por excelencia.
30. Otros también llamaron a las especies sacramentales, símbolos: símbolo, en griego, es propiamente un objeto, por cuyo medio, se da uno a conocer, y la señal para reconocerse los cristianos era La Eucaristía, como lo fué el Credo, de donde también vino que a éste lo llamaran «símbolo», el Símbolo de los apóstoles.
31. En fín, entre otros preciosos nombres, los mismos griegos le llaman realización del misterio; o acción sagrada ; y, sobre todo, AElTOYPTIA o divina liturgia, como queriendo, con este nombre, concentrar en la Misa toda la liturgia y el culto oficial que la Iglesia rinde a Dios Nuestro Señor.
Diversas clases de Misas. Por las circunstancias diversas que pueden acompañar la celebración de algunas Misas, y según el uso o fines particulares por los que pueden ofrecerse, la Misa recibe estos nombres: Misa solemne, cuando se canta y se celebra con asistencia del diácono, del subdiácono y de otros ministros inferiores; rezada, la ordinaria, que se reza o recita en tono bajo de voz; conventual, es, estrictamente hablando, la que están obligados a celebrar cada día los rectores y canónigos de una catedral; parroquial, la que están obligados a aplicar por sus feligreses, todos los que tienen cura de almas, como son los obispos, párrocos, administradores y vicarios; votiva, la que no coincide con el oficio del día, así llamada por celebrarse para satisfacer los piadosos deseos, vota, del sacerdote o de los fieles; de réquiem, la que se celebra en sufragio de los fieles difuntos; nupcial, para bendecir y solemnizar el matrimonio cristiano; de praesantificados, la que se dice en la Iglesia Latina el día de Viernes Santo, con una Hostia consagrada el día anterior, y no tiene consagración. Además de éstas existieron en la antigüedad: la Misa aurea o Misa de oro, que se celebraba en honor de la Virgen los miércoles de las cuatro Témporas y del Adviento; estaba escrita en letras de oro y celebrábase con solemnísima pompa, distribuyéndose al pueblo en esta ocasión regalos, muchas veces costosísimos; Missa solitaria, la celebrada por sólo el celebrante, sin asistencia del pueblo y, aun a veces, sin el mismo ayudante; eran muy comunes en los Monasterios y Comunidades religiosas, y en su celebración empleaban a veces varias horas algunos piadosos varones; Missa vespertina; en África, en el s. V, se decía Misa la tarde del Jueves Santo en memoria de la institución de la Eucaristía, y se celebraba por un sacerdote que había roto el ayuno. En algunas partes prevaleció la costumbre de decir Misas por los difuntos en cualquier hora del día, en que moría algún fiel.
Pero, ¡qué desemejantes en sus caracteres y sentimientos! Los dos ofrecían sacrificios a Dios para adorarle, es decir, para reconocer su dominio soberano sobre todas las cosas: Caín, el hermano mayor, como labrador que era, ofrecía frutos de la tierra; Abel, como pastor, ofrecía las mejores ovejas de su rebaño.
Pero el Señor miraba con agrado a Abel y a sus ofrendas, porque según insinúa S. Pablo: Hebr. XI, 4. las disposiciones interiores de Abel en sus sacrificios, eran más perfectas que las de Cain.
Y aun parece que Dios manifestaba de modo visible esta complacencia, haciendo bajar fuego del cielo, que consumía las ofrendas del inocente Abel, lo cual no sucedía con las de Caín.
Irritado éste sobremanera, dejóse arrebatar por la envidia, y un día dijo a su hermano menor: —Salgamos fuera.
Y estando los dos en el campo, acometió Cain a su hermano Abel y lo mató.
Era la primera muerte que ocurría en el mundo.
—¿Dónde está tu hermano Abel?—preguntó en seguida Dios a Caín
Y Caín, con incalificable grosería, le respondió:
—No lo sé… ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?
— ¡Qué has hecho! — replicó el Señor —; la voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra.
Dios concedió a Adán otro hijo, Set, que vino a reemplazar a Abel y a perpetuar la raza de los hijos de Dios.
Abel es figura de Jesucristo: a) porque era pastor de ovejas; b) por el sacrificio que ofreció, y c) por razón de su muerte violenta. La aspersión de la sangre de Jesucristo, dice San Pablo, Hebr. XII, 24, habla mejor que la de Abel, pues es sangre de valor infinito, y al derramarse sobre el altar de la Cruz pide, no como la de Abel, venganza y castigo, sino misericordia y perdón.
33. El Sacrificio de Abrahán.
Mucho había rogado Abrahán a Dios, mucho le había pedido que le concediera algún hijo.
Y Dios, al fin, se lo había concedido cuando el viejo Patriarca acababa de cumplir los cien años.
A aquel niño, en quien debían realizarse las más estupendas promesas divinas, como la posesión de la tierra prometida, la posteridad numerosa como las estrellas del cielo y las arenas del mar y, sobre todo, la BENDICIÓN que haría saltar de gozo al mundo entero, a aquel niño su anciano padre le llamó Isaac, nombre que significa «sonrisa, alegría», para sonreírse de gozo el buen anciano cada vez que le llamara por su nombre. Crecía Isaac, había llegado a la plenitud de la vida, cuando un día dice Dios a Abrahan:
—Abrahán, Abrahán.
—Aquí me tenéis, Señor — responde el obediente anciano.
—Toma a Isaac, tu hijo único, a quien tanto amas, y vete a la tierra de Moriah, y allí me lo ofrecerás en holocausto sobre un monte que yo te mostraré.
Abrahán levantóse antes del alba, aparejó su asnillo, cortó la leña para el sacrificio y llevando consigo a dos diados y a su hijo Isaac, emprendió el camino hacia el lugar que Dios le había mostrado.
Al tercer día de camino, alzó los ojos Abrahan y pudo ya divisar desde lejos el lugar del sacrificio.
Llega al monte, deja abajo en la falda de la montaña a los criados con el asnillo y, después de colocar la leña sobre las espaldas de su hijo, sube animoso por la pendiente con el cuchillo en la mano y la mirada, la última mirada, en su hijo.
Iban caminando juntos los dos, cuando Isaac rompe el silencio:
– ¡Padre mío!
—¿Qué quieres, hijo mío?
—Aquí está — dice candorosamente Isaac — la leña y el fuego… pero, ¿dónde está la víctima?
Qué tranquilo y qué sereno debía de estar el rostro de aquel anciano, cuando, ni aun su hijo pudo advertir en él señal alguna del profundo dolor, que ya hacía tres días venía desgarrando el corazón de su padre…
Y Abrahán, con fe inquebrantable en las promesas de Dios y con profética mirada, que tantos siglos abarcaba, contesta imperturbable:
—Hijo mió, Dios sabrá proveerse, de víctima para el holocausto.
Y caminando, caminando llegaron finalmente al lugar que Dios le había mostrado: con las piedras que allí había erigió un altar, acomodó encima la leña, tomó a su hijo Isaac, lo ató y lo colocó sobre el montón de leña.
Isaac, manso como un cordero, espera ya el golpe. Abrahán extiende entonces su mano firme y toma el cuchillo…
Pero en aquel mismo instante, el Ángel del Señor lanza un grito desde lo alto:
— ¡Abrahán, Abrahán!
—Aquí me tienes — respondió él.
—No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas daño alguno; que ahora conozco que temes a Dios, pues no has perdonado a tu hijo por mi amor.
Alzó los ojos Abrahán y vio detrás de sí a un carnero, enredado por las astas en un zarzal, y habiéndolo cocido, lo ofreció en holocausto en vez de su hijo.
Esta narración de Moisés es uno de los trozos literarios más sublimes.
Nunca el arte humano, arte aquí inspirado al fin por Dios, supo acumular en tan pocas palabras tantas delicadezas y hondas emociones.
Isaac es maravillosa figura de Jesucristo: Jesucristo llevando a cuestas su Cruz, como Isaac llevaba la leña del sacrificio; Jesucristo subiendo al monte Calvario, como subía Isaac al monte Moriah; Jesucristo dejándose prender, como Isaac se dejó atar por su padre, y en fin, Jesucristo dejándose inmolar en el altar de la Cruz con el consentimiento de su Padre, es la realidad a donde ya no podia llegar, con ser tan sublime, el Sacrificio de Isaac.
Dios tampoco perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó a la muerte por nosotros; que de tal manera amó Dios al mundo, que le dió a su Hijo Unigénito. Rom. 8, 32 y S. Juan, 3, 16.
34. El Sacrificio do Melquisedec: Gen. 14. Cfr. Verbum Domini. vol. 13. 138-146; 167-172 y 209-214.
A oídos de Abrahán acaba de llegar una triste noticia.
Los príncipes de Sodoma, de Gomorra, de Adama, de Seboin y de Segor, se habían insurreccionado contra el rey de los Elamitas, Codorlahomor, de quien eran tributarios; y este príncipe, aliado a su vez con otros reyes, les había presentado batalla en el valle de las Selvas y los había derrotado completamente, llevándose prisioneros, entre otros, al sobrino de Abrahan. Lot y a la familia de éste, que vivían en Sodoma.
Sin perder tiempo, Abrahan, que tenía en su familia gran número de esclavos y de criados, nacidos en su casa, escoge trescientos dieciocho de éstos, los más valientes y aguerridos, los arma ligeramente y cae sobre sus enemigos en Hoba, cerca de Damasco, desbaratándolos y libertando a Lot y a todos los suyos.
La vuelta de Abrahan constituyó un verdadero triunfo: saliéronle a recibir el rey de Sodoma y MELQUISEDEC, rey de Salem o Jerusalén, quien ofreció un sacrificio de acción de gracias, con PAN Y VINO, porque era sacerdote del Dios excelso, y le bendijo diciendo: ¡Oh, Abrahán, bendito eres del Dios excelso, que creó el cielo y la tierra: y bendito sea el excelso Dios, por cuya protección a han caido en tus manos los enemigos!
Melquisedec es un personaje misterioso: por habernos callado a sabiendas la Escritura Divina su genealogía, por haber sido rey y sacerdote al mismo tiempo, por su nombre «Melquisedec, rey de justicia», y por su título «Salem, rey de paz», y, sobre todo, por su simbólico sacrificio de PAN Y VINO, es figura de N. S. Jesucristo que, bajo las apariencias de PAN Y VINO, en la Misa, se ofrece todos los días en sacrificio.
Sobre Cristo, sacerdote según el Orden de Melquisedec, véase el precioso comentario de S. Pablo en su carta a los Hebreos, (c. 7.)
35. Había dos clases de sacrilicios: los sangrientos y los no sangrientos.
LOS SACRIFICIOS SANGRIENTOS: primero se colocaba la víctima ante el altar, para significar que se ofrecía a Jehová; después, el sacerdote, solemnemente y en nombre de todo el pueblo, imponía sobre ella las manos, indicando con esta ceremonia que sobre aquella víctima pesaba la deuda de todos los pecados, ceremonia que todavía hoy, y con el mismo profundo significado, repiten nuestros sacerdotes sobre la oblata poco antes de la Consagración: (Cf. n. 219); y es que Jesucristo, al inmolarse en la Cruz. tomó sobre sí los pecados de toda la humanidad, y esta inmolación vuelve a reproducirse en el santo Sacrificio de la Misa: Puso Dios en El la iniquidad de todos nosotros. (Isai. 53, 6); tiene, las apariencias de un pecador: (Rom. 8. 3); es como una cosa maldita: (Gal. 3, 13); hecho pecado por nosotros. (II. Cor. 5, 21).
36. EL HOLOCAUSTO, en el cual, como indica la palabra, la víctima era completamente consumida por el fuego, sin que nada pudiera reservarse de ella. (Levit, 1, 13).
37. LAS HOSTIAS PACIFICAS: paz entre los hebreos era todo bien ya exterior, ya interior, o la salud del alma o del cuerpo; se ofrecían para dar gracias a Dios por los beneficios recibidos, o por simple devoción y voluntad del que las ofrecía.
Las victimas, que aquí eran por lo regular bueyes, ovejas y cabras — no palomas ni tórtolas, que dificultosamente pudieran partirse—, se dividían en tres partes: la primera, con la grosura, los ríñones, etc., se quemaba toda en honor de la Divinidad; la segunda, que comprendía el pecho y la espaldilla derecha, era para los sacerdotes, y la tercera, es decir lo restante de la víctima, pertenecía al que la presentaba. Levit, 3, 1. (Cf. n. 232.)
38. EL SACRIFICIO POR EL PECADO (Sacrificio expiatorio o propiciatorio).
Antes de derramar al pie del altar la sangre de la víctima, el sacerdote mojaba el dedo en ella y teñía con la misma las puntas del altar. De esta víctima nada podía reservarse la persona por quien se ofrecía el sacrificio, porque como se ofrecía por sus pecados, mostraba con esta privación querer castigarse a sí misma. Toda la grosura se quemaba sobre el altar, y la carne se reservaba para los sacerdotes. Levit, 4, 5-12.
Cuando el sacerdote la ofrecía por sus propios pecados y por los del pueblo, se hacían con ella, con la sangre mezclada con agua para que no se coagulase, siete aspersiones delante del velo del Santuario, es decir, del velo que separaba el Santo del Santo de los Santos, y se derramaba lo restante al pie del altar de los holocaustos. Lev. 4, 17-19.
39. LOS SACRIFICIOS NO SANGRIENTOS consistían: 1, en oblaciones de harina, pan y aceite; 2, en libaciones de vino, y 3, en fumigaciones de incienso y de aromas.
40. FINES Y VALOR DE ESTOS SACRIFICIOS; Dios los había establecido para que su pueblo escogido le tributara el culto que le era debido y para que se mantuviera alejado de la idolatría.
En cuanto a su valor y eficacia: a) No eran más que imagenes sensibles de la contrición de corazón, sin la cual nada valían ni podían merecer; h) Librada de ciertas impurezas o manchas legales, impurezas legales que no presuponían falta alguna moral; c) Pero en cuanto a la remisión de los pecados propiamente dichos, no podían producirla directamente, sino muy indirectamente, en virtud del único y verdadero sacrificio expiatorio que había de cancelar de la manera más perfecta todos los pecados del mundo, desde el pecado original hasta los pecados personales de los hombres, en virtud del Sacrificio de la Cruz. (Cf. nn. 17-18.)
Entre los Sacrificios Antiguos, los dos que con más claridad anunciaban el Sacrificio de Jesucristo eran el de la solemne Fiesta de la Expiación (Levit. 16. 1-24) y. más que todos, el Sacrificio del Cordero Pascual (Exod. XII, 1-28).
EL CORDERO PASCUAL es la figura más viva y perfecta de Jesucristo: así lo reconocieron los mismos Apostóles, S. Pablo. 1 Cor. 5, 7-8, y S. Pedro en su primera carta 1, 19-20: S. Juan 1-29 y 86: Apocí 5.6: Isai. 53, 7 y Jer. 11, 19:
a) El Cordero Pascual debía ser sin tacha y sin defecto, y Jesucristo es llamado por S. Juan el Cordero de Dios, la misma pureza que viene a quitar y a llevar sobre si, según la fuerza del texto original, los pecados del mundo, b)Tenía que ser comido todo entero en una sola casa, y la carne de Jesús, todo entero con su sangre, alma y divinidad no se puede comer más que en la Iglesia Católica, c) No debía rompérsele ningún hueso, y sobre la Cruz, aunque se quebraron las piernas a los ladrones, pero no a Jesucristo, S. Juan, 19, 36. d) Había que comerlo con pan sin levadura, y nosotros no podemos comulgar con la levadura del pecado en el corazón: II Cor. 5, 7-8; y e) La sangre del Cordero preservó de la plaga exterminadora las casas de los israelitas, y la sangre de Jesucristo señala nuestras almas para la vida eterna y las preserva del infierno. (Cfr., Nicaise et Gevelle o. c. n. 89.)
«¿Cómo es posible — exclama S. Juan Crisóstomo — que la sangre de un animal, sin razón pudiera librar del pecado a las almas? No, eso no es posible; pero esta sangre era la figura, la imagen, de la sangre de Cristo…; lo mismo que el hombre que viene a refugiarse junto a la estatua de los emperadores es salvado, no a causa del vil metal, sino a causa de aquel de quien la estatua es la imagen, asi el signo figurativo, la sangre de la victima, no tenia valor sino porque era la representación de la sangre de Cristo.» Homilía a los Neófitos: Breviar. Rom. 1 julio: 5a. lecc. (cf. 239.)
CATECISMO HISTORICO-LITURGICO DE LA MISA
Febrero de 1948
