CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 5/10
Números 125-142
Reuniones de los primeros Cristianos.
Siglos I – III.
Acerca de las primeras reuniones véase, por ejemplo: Col. 3, 16; Kfes. 5, 19; 1 Tim, 2, 1 sig. ; 4, 13, etc.
126. ¿Cuál era el origen de las primeras reuniones?
Procedían de las asambleas de las sinagogas judias.
Los fieles, los hombres a un lado y las mujeres al otro, se situaban frente a esta tribuna.
127. ¿Qué actos se tenían en las sinagogas?
A la sinagoga acudían los judíos, sobre todo los sábados, para asistir a estos tres actos:
Entre una y otra lectura se cantaban Salmos.
Al principio seguían acudiendo, pues ningún inconveniente podían ofrecer para ellos esas reuniones, y más bien brindaban a los Apóstoles y discípulos de Jesús ocasión muy oportuna de exponer el Evangelio a sus connacionales. Cfr. Act. Ap. XIII, 14-16.
129. ¿Pero qué innovación introdujeron muy pronto los cristianos en sus asambleas?
A las lecturas del Antiguo Testamento fueron añadiendo otras del Nuevo, como las Cartas de San Pablo, los Hechos de los Apóstoles y los Evangelios.
130. ¿Con qué nombre se designaron estas reuniones?
Se llamaron «VIGILIAS», porque tenían lugar por la noche, y la noche solían dividirla los romanos en cuatro vigilias o espacios de tiempo de unas tres horas cada uno.
De éstas y de las siguientes reuniones ya nos habla Plinio — entre los años 111-113 — en la famosa carta que dirigió a Trajano sobre los cristianos. Plinio: Epist, lib. 10, ep. 96. Kirch. 24.
131. ¿Cómo celebraban la segunda clase de reuniones, o sea, las consagradas a conmemorar la Cena del Señor?
Como Jesús había instituido la Eucaristía en un banquete o comida, en el banquete del Cordero Pascual, ellos comenzaron a hacer lo mismo: de este modo se originaron las que pudieran llamarse «MISAS-AGAPES».
132. ¿Qué eran los ágapes?
Los ágapes (del griego amar) eran los convites de amor de los primeros cristianos y que ordinariamente solían preceder a la Fracción del Pan.
«En nuestras comidas, decía Tertuliano, nada haya vil, o inmodesto. Nadie se eche en su lecho o triclinio sin haber comenzado orando a Dios; no comamos más que lo preciso para apagar el hambre; no bebamos más que lo suficiente a hombres modestos. Se come sin olvidar que Dios nos escucha. Después que se han lavado las manos y se han encendido las antorchas, se invita a cada uno a cantar en medio de la asamblea las alabanzas del Señor, recurriendo a las Santas Escrituras, o al propio impulso. Por ahí se conoce si ha guardado templanza en la bebida. Con la oración se termina igualmente la comida.» Apol. 31.
133. ¿De estas «Misas-Agapes», se eonservan en los Libros Sagrados algunas descripciones?
Podemos citar estas tres, pertenecientes al primer siglo del Cristianismo y que se refieren a diversos puntos del mundo: JERUSALEN, TROADE (Asia Menor) y CORINTO.
EN JERUSALEN, nos dicen los Hechos Apost. II, 46, que los creyentes asistían cada día largos ratos al Templo, unidos con un mismo espíritu, y PARTIENDO EL PAN POR LAS GASAS DE LOS PIELES, TOMABAN EL ALIMENTO CON ALEGRIA Y SENCILLEZ DE CORAZON.
EN TROADE: Como el primer día de la semada — ya el domingo, el dia de la Misa — nos hubiésemos congregado para partir y comer el Pan, Pablo que había de marchar al día siguiente, conferenciaba con los oyentes y alargó la plática hasta la media noche.
Es de advertir que, en el cenáculo donde estábamos congregados, había gran abundancia de luces — ya la luz litúrgica —; y sucedió que, a un mancebo llamado Eutico, estando sentado sobre una ventana, le sobrecogió un sueño muy pesado, mientras proseguía Pablo su largo discurso; y vencido al fin del sueño, cayó desde el tercer piso de la casa abajo, y le levantaron muerto. Pero habiendo bajado Pablo, echóse sobre él, y abrazándole dijo: «No os asustéis, pues está vivo…» Y subiendo luego otra vez, PARTIO EL PAN, y habiendo comido y platicado con ellos hasta el amanecer, después se marchó. Hechos Apost., XX. 7-11.
EN CORINTO: «Primeramente oigo — escribe S. Pablo a los fieles de Corinto — que al juntaros en la iglesia, hay entre vosotros parcialidades o desuniones. Y en parte lo creo… Ahora, pues, cuando os juntáis para los ágapes, ya no es para celebrar la Cena del Señor. Porque cada uno come allí lo que ha llevado para cenar, sin atender a los demás. Y así, sucede que los unos no tienen nada que comer, mientras los otros comen con exceso. ¿No tenéis vuestras casas para comer y beber? ¿o venís a profanar la iglesia de Dios, y avergonzar a los que no tienen nada? ¿Qué os diré sobre eso? ¿Os alabaré? En eso no puedo alabaros.
Porque yo aprendí del Señor lo que también os tengo enseñado, y es que el Señor Jesús, la noche misma en que había de ser entregado, tomó el pan, y dando gracias, lo partió, y dijo a sus discípulos: «TOMAD Y COMED: ESTE ES MI CUERPO, que por vosotros será entregado: HACED ESTO EN MEMORIA MIA». Y de la misma manera el cáliz, después de haber cenado, diciendo: «Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre; haced esto cuantas veces lo bebiereis en nombre mío… Por lo cual, hermanos míos, cuando os reunís para esas comidas, esperáos unos a otros». Si alguno tiene hambre — y no puede esperar la cena frugal del ágape —, coma en casa, a fin de que el juntaros no sea para condenación vuestra». 1 Cor. XI, 18-34.
134. ¿Qué observamos en esta última descripción, la más completa que conservamos de las «Misas-Agapes»?
Observamos que el apóstol San Pablo reprende los abusos a que ya entonces — hacia el año 56—daban lugar estas reuniones; abusos que se dieron no sólo en Corinto, sino también en otras partes y que obligaron, ya en el primer siglo, a separar el ágape de la misa, y, más tarde, a fines del siglo IV, a suprimirlo del todo. Concilio de Teodicea (entre 341 y 381), c. 27. Kirch, n. 470; Tercer Concilio de Cartago (391), c. 301. Como saludable reacción contra los abusos de los ágapes, prescribióse entonces el ayuno eucarístico, que permanece en vigor hasta nuestros días.
Del ayuno eucaristico ya nos habla la Tradición Apostólica, de Hipólito, compuesta hacia el 218, en estos términos: «Todo fiel debe vigilar atentamente para no tomar nada antes de recibir la Eucaristía. Porque cuando los fieles la reciben, aunque se le ofreciera a uno un veneno mortal, no podría causarles ningún efecto». C. 28.
135. ¿Qué sucedió al cabo de algún tiempo con estas dos clases de reuniones?
Que naturalmente terminaron por juntarse y formar una sola reunión litúrgica.
«Estos dos ritos, estan bien hechos el uno para el otro, debían encontrarse y unirse. Era muy natural que, después de la reunión en que se habían cantando salmos, leído la ley, los profetas, los Apóstoles y el Evangelio y se había predicado al pueblo, se tuviese la idea de celebrar la Eucaristía. No había preparación más conveniente. Desde el siglo II, por lo menos, esta adaptación está hecha, y llega a ser universal en una época en que todavía no existían las diferencias entre las diversas familias litúrgicas.» Cabrol: Les Origines Liturgiques, IV: La Messe, pág. 137.
136. ¿Dónde vemos ya juntas ambas reuniones?
En la célebre descripción, que nos dejó de la Misa de su tiempo, el gran apologista y mártir del siglo II, San Justino— murió entre 163 y 167—. En ella y ¡a diecinueve siglos de distancia de nosotros!, reconocemos los rasgos característicos de nuestra Misa: el orden ha permanecido esencialmente el mismo.
1. El día del sol — es decir, el domingo; ¡ya es el dia de la misal — todos los que viven en las ciudades o en los campos, se reúnen en un mismo sitio:
2. Y cuando lo permite el tiempo, se leen las Memorias de los Apóstoles y los escritos de los Profetas (LECTURA DE LA SAGRADA ESCRITORA: EPISTOLAS Y EVANGELIOS).
3. Después, cuando ha cesado el lector, el presidente — el Obispo — toma la palabra para hacer una exhortación e invita a seguir tan hermosos ejemplos (PREDICACION: HOMILIA).
4. Luego, todos nos levantamos a un tiempo y recitamos oraciones por nosotros mismos… y por todos los otros de todas partes del mundo. (ORACIONES DEL VIERNES SANTO.)
5. Después que terminamos de rezar, nos saludamos mutuamente con el ósculo de paz. (Hoy EL OSCULO DE PAZ se da inmediatamente antes de la comunión: en otras liturgias, como se ve aquí, en S. Justino, y en las Constituciones de los Apost. — siglo V —, precedía a la Ofrenda u Ofertorio, según el mandato del Señor: San Mateo, V, 23-24.) V. 48.
6. Luego se lleva al que preside a los hermanos, pan y una copa con agua y vino, y éste, cogiéndola, da rienda suelta a la alabanza y gloria al Padre de todos, en nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y prosigue con prolongada eucaristía, o acción de gracias, por los dones recibidos de Aquél. Después que las oraciones y la eucaristía han terminado, todo el pueblo responde por aclamación: AMEN. (PLEGARIA EUCARISTICA: PREFACIO Y CANON.) Cfr. n. 212 y 230.
7. Entonces, los que entre nosotros se llaman diáconos — propios ayudantes—, reparten el pan, el vino y el agua con los que se ha dado gracias, los reparten entre los asistentes y lo llevan a los ausentes (COMUNION BAJO AMBAS ESPECIES). V. n. 45.
8. Los que viven en la abundancia y quieren hacer limosnas, dan cada uno lo que puede; lo recolectado se envía al presidente — Obispo—, quien los distribuye entre los huérfanos, las viudas, los enfermos, los necesitados, los prisioneros y los huéspedes extranjeros. (COLECTA, DERECHOS DEL CULTO, LIMOSNAS.) Cfr. 193.
9. Nos reunimos en el día del sol, porque es el primer día en el cual Dios, sacando la materia de las Tinieblas, creó el mundo, y en este mismo día, Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos (EL DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR, sustituyendo al sábado judío).
Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía, del que nadie puede participar, si no tiene por verdaderas nuestras doctrinas y recibido el baño para el perdón de los pecados y para un nuevo nacimiento y vive como Cristo ha enseñado; pues no recibimos esto como pan ordinario y vino común, sino que sabemos que el alimento consagrado en la acción de gracias, es la carne y sangre de Aquel encarnado. Porque los Apóstoles en sus comentarios, que se llaman Evangelios, enseñan que asi se lo encargó Jesús… S. JUSTINO: Primera Apología, dirigida al emperador Antonio Pío (138-161). Kirch, nn. 42, 44.
137. ¿De dónde salió, pues, nuestra misa actual?
De la combinación de las dos clases de reuniones, que celebraban los primeros cristianos: de las vigilias cristianas o antiguas asambleas de la sinagoga judía, prontamente remozadas y cristianizadas por el catolicismo naciente; y de las reuniones eucaristicas o reproducciones conmemorativas de la Cena del Séñor.
138. ¿Cómo se llamó la parte de la misa formada con los elementos de las vigilias cristianas?
Se llamó «ANTE-MISA» y también «MISA DE LOS CATECUMENOS», abarcando, en líneas generales, los mismos actos que las vigilias; es decir, 1, Oración (Preces al pie del altar, cantos, etc.); 2, Lecturas (dos, Epístola y Evangelio; y hasta el siglo VII, antes se leía la Profecía, o lectura del A. Testamento, como todavía se hace en ciertas Misas: miércoles de Témporas, miércoles tercero de Cuaresma, etc.), y 3, Predicación u Homilía.
139. ¿Por qué se llamó a esta parte «ante-misa»?
Se llamó «ante-Misa», porque se encuentra antes de la Misa, o sacrificio propiamente dicho, que comienza con el Ofertorio, y porque viene a ser la mejor preparación y el vestíbulo más digno del grandioso templo donde van a celebrarse los divinos misterios.
140. ¿Y por qué fué llamada «misa de los catecúmenos»?
Porque a esta parte de la Misa, podían asistir los catecúmenos, penitentes públicos y, aun a veces, los misnos gentiles pero al terminarse la homilía y al decir en voz alta el diácono: Recedant catechumeni, retírense los catecúmenos, salían todos éstos o se retiraban al atrio del templo.
EL CATECUMENADO, la gran institución de la Iglesia para la preparación o iniciación de los aspirantes al bautismo — que en su mayoría eran adultos —, comprendía escrutinios o exámenes sobre la vida de los conversos, exorcismo, unciones, signaciones y sobre todo CATEQUESIS (del griego, hacer resonar al oído, instruir de viva voz) se desarrolla durante los tres primeros siglos, alcanza su plena madurez en el siglo IV con la paz concedida a la Iglesia por Constantino y termina hacia el siglo VI, por la práctica, ya general, de administrar el bautismo a los niños — pues antes era frecuente retardar este sacramento hasta la edad adulta —, y también por razón de la modificación de la penitencia pública.
Los ritos principales del catecumenado persisten, sin embargo, en nuestro bautismo y vuelven a recobrar su antigua actualidad en las misiones entre infieles. Para completar la materia, véase: «Una Misa a principios del siglo III»: Cabrol: La Orac. de la Iglesia, c. VII.
Expansión y florecimiento de la Misa
(siglos IV-VI).
141. Al salir la Iglesia de las catacumbas y concederse libertad religiosa al Cristianismo, ¿cuáles son las innovaciones más importantes que hallamos en la celebración de la Misa?
En este período de verdadera revolución religiosa, es admirable el despliegue de la Misa y el crecimiento de sus ceremonias: imitando las fiestas estacionales, que ya venían celebrándose en los Santos Lugares de Jerusalén y de Belén — así también se explican los nombres que recibieron algunas de las basílicas romanas: Sta. Cruz de Jerusalén, Sta. María la Mayor—, comenzaron a tenerse en Roma las llamadas «Misas estacionales».
La palabra «estación», en latín: statio, es un término militar que puede traducirse por «centinela o puesto de guardia». Todavía nuestros misales siguen indicando al frente de las Misas la iglesia estacional: actualmente hay señalados 89 días de estación, la mayor parte de ellos en Adviento y en todas las ferias de Cuaresma.
Todas las Misas de Cuaresma tienen su Estación. El Papa iba celebrando sucesivamente la Misa solemne en las grandes Basílicas de Roma, en sus 25 parroquias. Estas parroquias, que existían ya en el siglo V, se llamaban «títulos», y los sacerdotes de Roma que las servían se llamaban Cardenales (incardinati), que quiere decir ligados a estas Iglesias. Por eso aun hoy día los Cardenales son titulares de cada uno de estos santuarios.
La Misa estacional dió origen, entre otras menos importantes, a las siguientes innovaciones:
1, Colecta. 2, Kyries. 3, Introito. 4, Gloria.
1. Reunión en la basílica de la Colecta.
En los días más señalados, la comunidad cristiana de Roma comienza por esta época a acudir a una de las basílicas de la Ciudad Eterna, para reunirse allí con el Papa y el clero romano; una vez reunida la asamblea de los fieles — ecclesia collecta—, se canta un salmo y el Papa recita una oración que se llama «COLECTA», es decir, «oración sobre la iglesia reunida». Cfr. 168-171.
2. Procesión hacia la basílica estacional: Kyries.
Da la bendición el Pontífice, y se organiza una solemnísima procesión, con la Cruz estacional al frente, llevada por un subdiácono —V. n. 90—; durante el trayecto se canta una oración litánica, o sea, una serie de breves y ardientes súplicas, seguidas de repetidos KYRIES. Cfr. 162-164.
3. Entrada del clero en la basílica: INTROITO.
Llega la procesión a la basílica estacional: el pueblo penetra en el templo y el Papa o el Obispo se desvía hacia un lado del atrio —V. n. 74-75— para entrar en el «secretarium o sacristía», situada entonces a la entrada de la iglesia; cuando el Pontífice y su cortejo, revestidos ya de preciosos ornamentos salen de la sacristía y avanzan por entre la compacta multitud de los fieles para dirigirse al altar, el mismo pueblo — más tarde una afinada schola cantorum — prorrumpe en un entusiasta cántico de entrada: el INTROITO. (V, n. 159-161.)
Durante los primeros siglos, como a la Misa precedía siempre la Vigilia — V. n. 130 —, no era necesario este cántico o salmo de entrada.
4. Comienzo de la Liturgia: GLORIA.
Comienza la liturgia, la Misa, con un cántico matinal, el GLORIA, ya usado en el Oriente en el Oficio divino. Cfr. n. 150.
142. LA LENGUA DE LA LITURGIA
«Nuestras ceremonias, realmente, son hermosas, emocionantes, dignas de Dios — se me podría objetar —, pero sería mayor su eficacia si se hiciesen, no en lengua latina, sino en lengua vernácula. Antiguamente, cuando los hombres hablaban el latín, podía seguirse la liturgia. ¿Pero hoy? ¿Quién sabe el latín? Aun aquellos que lo estudiaron en el bachillerato, ¡cuán aprisa lo han olvidado! ¿No sería más lógico que la Iglesia permitiese a cada pueblo hacer las ceremonias culturales en su propio idioma? ¿No irían los hombres con más gusto a la iglesia y no sacarían más provecho de los actos del culto?…
Asi raciocinan muchos. Y nosotros hemos de contestar a estas cuestiones.
Ante todo, confesamos el hecho de que hoy día — descontándose el clero — son pocos los fieles que entienden la lengua latina de nuestras ceremonias. Pero la Iglesia no procedió en este punto según un plan preconcebido; lo que hay ahora en realidad, es el resultado de un desarrollo histórico. Al principio, la lengua latina era la lengua viva del pueblo en la parte occidental de la Iglesia; al principio, por tanto, la liturgia tenía la misma lengua del pueblo. El latín murió en los labios de nuestros mayores, pero la Iglesia lo conservó y lo conserva aún hoy, aunque dificulte la comprensión de la liturgia.
Nadie lleva más que la Iglesia Católica sobre el corazón, el que los hombres sean profundamente religiosos. Por tanto, si ella guardó con venerable piedad la lengua latina, tendrá sus motivos serios para ello.
¿Cuáles son éstos?
1. Ante todo, la Iglesia necesita una lengua universal, porque universal es ella; y para hacer patente por doquiera su unidad, necesita una lengua única, común a todos. En atención al desarrollo del comercio mundial se ha creado una lengua artificiosa, universal: el esperanto; ¡cuánto más necesaria es para la Iglesia Católica, que tiene fieles por todas partes, desde Groenlandia hasta el Cabo de Buena Esperanza, desde el Oriente hasta el Occidente!
Por otra parte, si la Iglesia universal necesita una lengua universal, es un consuelo para los pueblos pequeños, que la lengua de la Iglesia no sea ni el alemán, ni el francés, ni el inglés, sino el latín, que en la actualidad ya no es de ningún pueblo, y por lo mismo, no hiere la sensibilidad nacional de nadie. En este punto podríamos aducir un gran número de motivos sentimentales, que prueban el acierto con que procede la Iglesia. Veamos unos pocos casos. Un buque llega a América. Lleva emigrantes húngaros. Hombres de piel curtida, húngaros castizos de la región de Tisza, entran en la Babilonia del puerto americano… No conocen a nadie, no entienden una sola palabra… Con un sentimiento de amargura van y vienen por las calles desconocidas de la ingente metrópoli…, cuando un día se encuentran con una iglesia católica. Entran, y en seguida se sienten en casa… En casa, porque la lámpara del santuario brilla de la misma manera que allá lejos, en la pequeña aldea húngara, y el celebrante — inglés o español, o de otra nacionalidad cualquiera — canta el «Golria» de la misma manera, y los saluda con las mismas palabras que el viejo párroco allá en casa: «¡Dominus vobiscum! El Señor está con vosotros». ¡Qué oleadas de consuelo entran entonces en el corazón! ¡Sólo puede saberlo quien ha pasado mucho tiempo lejos, en el extranjero!…
Pero ¡qué satisfacción también para nosotros, sacerdotes, y qué prueba más contundente de la unidad de nuestra fe sacrosanta el ver que en cualquier punto del mundo, doquiera que vayamos, en todas partes, nuestra Misa es la misma! En cierta ocasión, yo viajaba por el Lago Maggiore, justamente cuando el pueblo de una pequeña isla, Isola Bella, celebraba la fiesta de su titular. El párroco me invitó a celebrar la Misa mayor. La iglesia estaba atestada de fieles italianos, y ni siquiera notaron que, entre los dos ministros italianos, un sacerdote húngaro celebraba la misa de fiesta.
De la misma manera, en una isla holandesa rodeaban el altar piadosos pescadores, y yo cantaba la Misa solemne. Y lo mismo en París, en la parroquia del XII distrito… En Chicago, los acólitos eran muchachos americanos, que no había visto en mi vida ; y todo iba con tanta precisión y ajuste como si me hubiesen ayudado durante años… Y podría aducir otros muchos ejemplos. Esta manifestación magnífica de la unidad, es uno de los motivo, por los cuales la Iglesia tiene apego a la liturgia unificada, a la lengua única, el latín.
2. Y no es este el motivo principal. Hay otro más profundo que aconseja este proceder a la Iglesia, y es: CONSERVAR LA PUREZA DE NUESTRA FE.
Supongamos, por ejemplo, que el Papa Silvestre II, al enviar la corona a San Esteban, le hubiese dado permiso de celebrar las funciones litúrgicas en húngaro. ¿Qué habrían hecho con este permiso los antiguos húngaros? ¡Qué apuro para ellos! ¿Cómo expresar en su idioma primitivo los pensamientos más difíciles de la filosofía y de la teología, aquellas sutilezas que muchas veces no son más que diferencias de matiz, pero que, en los dogmas, pueden tener una importancia suma?
Pero supongamos que se hubiese logrado expresarlo todo en la antigua lengua húngara de hace mil años. ¿Cómo estaríamos hoy? O tendríamos que usar las primitivas traducciones, y entonces todo el mundo se reiría durante la Misa, o habríamos de traducir continuamente, en consonancia con la evolución de la lengua, el texto de la Misa, y entonces habría tantas costumbres y tantos textos húngaros como iglesias. Este cambio continuo, ¿no sería en detrimento de la piedad? ¿No sacudiría la fe que tenemos en la invariabilidad de nuestra doctrina? ¿No quitaría a nuestro culto la fuerza y el encanto misterioso que le da justamente la pátina de la antigüedad?
3. Y llegamos al tercer pensamiento, a la tercera razón por la cual la Iglesia no quiere renunciar a la lengua latina. Y es: su antigüedad en la liturgia.
La Humanidad estuvo cegada durante cierto tiempo por la fiebre de la innovación. Había que innovar a toda costa. «Nada de lo antiguo es bueno, y todo lo nuevo trae la salvación», ésta era la divisa. Hoy día — después de amargos experimentos — ya estamos desengañados. Ya sabemos que «no todo lo que brilla es oro», y estamos convencidos, además, de que «no todo lo nuevo es bueno». Concedemos que el hombre no puede ser anticuado, que no es posible detenernos en las costumbres rancias de épocas pasadas; pero hacemos constar también que no podemos correr tan sin freno por los caminos de la innovación, que hayamos de echar por la borda tradiciones antiguas, que aun hoy día son valiosas.
El hombre de hoy va sabiendo apreciar de nuevo el pasado, y esto es un fenómeno alentador. Hay quienes se pavonean con la antigüedad de su prosapia. Guardamos con esmero la espada de gala, las alhajas de la familia, los retratos y .los muebles que nos vienen de nuestros antepasados. Hay millonario americano que darla un potosí para hacer remontar a cien o cincuenta años la antigüedad de su árbol genealógico.
Pues bien; la lengua latina de nuestras ceremonias tiene dos mil años. Supongamos por un momento que el gramófono existía hace ya cien años, y que de repente en el círculo familiar se oye la voz del bisabuelo o tatarabuelo. ¡Cómo se enturbiarían de pura emoción los ojos de los nietos! ¿Pues no hemos de sentir nosotros la misma emoción en las ceremonias de la santa Misa, en que llega a nuestros oídos la voz de nuestros mayores, cristianos de hace mil y dos mil años?
«CHRISTE, AUDI NOS, CHRISTE, EXAUDI NOS», «CRISTO, OYENOS…» ¿Quién pronunció estas palabras? Nuestros primeros mártires, al sentir en su cuerpo los zarpazos de fieras hambrientas, de fieras que tenían sed de sangre, allá en las arenas del circo romano, mientras el público aplaudía. «CHRISTE. AUDI NOS»
«DOMINUS VOBISCUM», «EL SEÑOR ESTA CON VOSOTROS». ¿Quién pronunció estas otras palabras? Nuestros mayores, los primeros mártires del cristianismo, cuando por la noche, en los corredores subterráneos de Roma, hincados de hinojos, rodeaban al Papa que celebraba la Misa y esperaban temblando el momento de ser acometidos por los verdugos que los perseguían…
¿Se puede renunciar con ligereza a esta preciosa herencia?
No ha mucho, en Alemania, hubo entre los no católicos un movimiento para suprimir de su culto las pocas palabras extranjeras que todavía quedaban, como, por ejemplo, «Aleluia», «Hosanna», «Kyrie eleison o Amén». ¿Cuál fué la solución? Un pastor protestante contestó…, entonando el panegírico del papado, por haber logrado extender por todo el mundo una lengua litúrgica común, y con todo, respetar los diferentes rasgos raciales. Aquel pastor protestante dijo textualmente: «La Misa en latín es un lazo que une a todos los católicos del mundo entero, mientras que nosotros, protestantes, al encontrarnos en un país cuya lengua desconocemos, nos sentimos extraños frente a las ceremonias de nuestra propia religión. El latín nunca debiera haber desaparecido de nuestro culto». «Osservatore Romano», 16 nov. 1927.
«Si lo observan los otros, nosotros tenemos motivo más que suficiente para estar orgullosos». Tihamer Toth: Los Diez Mandamientos, t. I, pp. 293-298.
El hecho de que la Iglesia Católica, para su Liturgia posea actualmente una lengua particular, el latín, ininteligible para quien no lo haya estudiado, no es un hecho insólito, raro o aislado. Nada de eso: todas las razas y pueblos han tenido y tienen su propia lengua litúrgica, y tan diversa de su lengua vulgar actual, que se requiere especial estudio para entenderlas: los coptos, por ejemplo, usan en su liturgia la lengua cóptica, pero tan diversa de la suya actual, que ha sido necesario traducir al árabe — lengua ahora vulgar en aquella región—: las rúbricas del misal, no ya para uso del pueblo menos instruido, sino de los mismos sacerdotes; algo parecido puede afirmarse de los griegos, de los sirios, caldeos, eslavos, armenios, etiópicos, etc. La lengua del Corán, el árabe clásico, en que está escrito este libro sagrado de los mahometanos, hace mucho tiempo que dejó de hablarse entre el pueblo. El Veda, de la India, a solos los Braemanes les está permitido leerlo, y a los ministros inferiores se les prohibe escuchar su lectura o hablar de él. Lo mismo que la lengua llamada Pali, lengua litúrgica de Ceilán, Maduré, de gran parte de Java y de la Indochina y de todo el Japón, hace muchos sigJos que dejó de hablarse… No hay que multiplicar más los ejemplos; es éste un fenómeno histórico, por otra parte muy natural y obvio: el escrupuloso cuidado y la sagrada veneración con que se aprenden de coro y se guardan y heredan de generación en generación las fórmulas, plegarias, ritos y ceremonias religiosas no permiten los cambios y alteraciones que producen la inestabilidad y evoluciones filológicas de las lenguas vivas modernas.
LA PRIMERA MISA DE N. S. J. C. tuvo su oblación u Ofertorio en la ULTIMA CENA; y su inmolación o Consagración dilatóse a través de toda la Pasión, consumándose, por fin, en el Calvario con la muerte de la VICTIMA en la Cruz.
En tiempo de N. S. J. C. se comía al estilo griego y romano, es decir, echados o reclinados sobre el costado izquierdo en lechos o divanes, muy parecidos a nuestros canapés, y que solían recibir tres, cuatro y aun cinco comensales; la mesa, generalmente cuadrada, era, por lo tanto, más baja que las nuestras. Todo parece indicar que Jesús, Pedro y Juan pertenecían al mismo lecho: Jesús, en el medio y apoyado en el codo izquierdo, tenía delante de sí a S. Juan y detrás a S. Pedro. Así se explican satisfactoriamente algunos detalles interesantísimos de la ULTIMA CENA. El lugar más honorífico era el lectus medius, y en éste, el puesto de honor destinado al convidado más distinguido, era el locus medius.
CATECISMO HISTORICO-LITURGICO DE LA MISA
LIBERTAD RELIGIOSA, UN CAMINO HACIA LA APOSTASÍA
Libertad religiosa, un camino hacia la apostasía. |
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Por D. José Alberto Navarro Vives. |
. Libertad religiosa en la génesis del movimiento protestante.
La cuestión acerca de la libertad engloba al movimiento protestante desde sus orígenes. Ésta aparece dibujada cuando el protestantismo propone la libre interpretación de la Sagrada Escritura y el libre examen, abogando por la independencia del orden humano respecto del divino. Sólo así se consigue hacer de lo religioso una cuestión política: cuis regio eius et religio. Y finalmente “poniendo el fundamento de la comunidad de los hombres en la voluntad humana, verdadera puesta en plural del pecado original.”1 De forma rápida hemos trazado una vía religioso-política que conduce del indiviudalismo religioso a la herejía irenista. Si por un lado el protestantismo representó el individualismo religioso y la libertad de conciencia, por otro lado la concepción del Estado confesional nació con el mismo Lutero a partir de 1517 con el empuje de su reforma. Lo uno iba ligado a lo otro.
Tanto las corrientes del espiritualismo místico, el anabaptismo pacifista, el sobrenaturalismo racional de Castiglion y el movimiento baptista inglés, es decir, lo que se ha denominado los “disidentes” del protestantismo, forjaron un individualismo religioso que desembocaría en una especie de irenismo y todos estos “disidentes” haciendo doctrina común sobre la libertad religiosa.2
Si nos preguntamos qué postura mantenían los protestantes acerca de si la herejía debía ser tolerada o perseguida encontramos actuaciones ambivalentes en el mismo Lutero. Si por un lado denunció la quema de Juan Huss en la hoguera tras ser condenado por el Concilio de Constanza, él mismo aplicaría su propio sistema inquisitorial no ya con tribunales sujetos al derecho sino en forma de masacres contra los protestantes “de izquierda”: Zwinglio, anabaptistas, etc. Así implantó Lutero la libertad religiosa.
Pero precisamente esos protestantes más radicales serían los que defenderían ideas tales como la genuina libertad religiosa y de conciencia, puesto que su radicalidad estribaba en una religiosidad más laxa que conducía al deísmo y al racionalismo. Por lo tanto la religión se convertía en una cuestión individual y de conciencia, apartando cualquier connotación dogmática y de veracidad religiosa. En este sentido Castiglion sostuvo que la persecución de los herejes era contraria al Evangelio y moralmente mala, e iba más allá sosteniendo una política de no persecución a los herejes y de libertad de culto, en la que cada cual expresara su propia fe. Los hermanos Valdés, Castiglion, Bernardino Ochino, Fausto Socino, etc., gran parte de ellos, sino todos, negaban la divinidad de Jesucristo y eran antitrinitarios. Y quien no llegaba hasta tal punto reducía la fe a una experiencia moral, que conducía finalmente a la indiferencia religiosa. Estos, es decir, los que iban más allá de Lutero, fueron los padres de la libertad de culto. La religión tras ser vaciada de su contenido propio era para ellos una adhesión racional a una ética buenista cuyo modelo era Jesús, pero rechazando cualquier dogma. Kant sería su legítimo sucesor. Del vacío y negación de la Fe nació la libertad de conciencia. Tal era la radicalidad de su pensamiento y perseguidos por los mismos protestantes, que tuvieron que emigrar hacia Polonia y luego a Holanda, país que liberado del “yugo” católico hispánico daba vía libre al extremismo protestante, en particular a los anabaptistas. Ser católico suponía ser considerado perseguidor e intolerante, en cambio si proclamaban una religiosidad basada en una vida moral abstracta siguiendo el ejemplo de un Jesús reducido a poco más que un personaje histórico, esto es, un Jesús englobado dentro del indiferentismo religioso, no eran ni perseguidos ni acusados.
Estas sectas protestantes a grandes rasgos manifestaban una especie de religiosidad subjetiva, posicionándose en contra de las iglesias de Estado, o mejor dicho los Estado-iglesias que luego veremos y sobre todo en contra de la Iglesia Católica. En esta línea propugnaban una tolerancia universal, sin dogma ni autoridad. Era la versión radical del protestantismo, puesto que el protestantismo “oficial” había institucionalizado el mismo concepto de libertad de conciencia (que lleva aparejado el de libertad religiosa) haciendo no obstante de la religión una cuestión política. Este fue el camino emprendido por Lutero.
Si bien la reforma protestante hundía su raíz en la doctrina del libre examen, por la cual el cristiano podía interpretar la Sagrada Escritura al margen de la tradición eclesiástica y de la autoridad romana, este razonamiento le estalló al propio Lutero en la revuelta campesina contra los príncipes germánicos en 1525. No fue sino la aplicación de la misma doctrina luterana, puesto que si uno es independiente para vivir la religión como crea conveniente según su conciencia liberándose del peso de la autoridad religiosa, esto es, de los obispos, con más razón podía sacudirse el yugo de la servidumbre política de los príncipes. Ahora bien, esto al fin y al cabo se le volvía en contra al propio Lutero así que terminó modificando su doctrina argumentando que el libre examen solamente se podía aplicar a la figura del príncipe, viéndose así la autoridad política doblemente reforzada. El príncipe además de ejercer su potestad política poseía a su vez autoridad religiosa, lo cual no había ocurrido antes en el orbe católico dónde la autoridad religiosa siempre se había considerado que era facultad de la autoridad eclesiástica y Roma en particular.
Así fue como el protestantismo pasó a convertirse en una religión de Estado, cuando Enrique VIII en noviembre de 1534 ordenó al Parlamento sancionar el Acta de Supremacía, por el cual éste asumía el cargo supremo sobre la iglesia de Inglaterra. Escasos cien años antes de que a Luis XVI se le atribuyera la frase de “el Estado soy yo”, el monarca inglés ya la había puesto en marcha en su territorio y con ello había cambiado oficialmente la religión de un país y de sus súbditos.
Tanto sectas disidentes como pseudoreformadores “oficialistas” (Calvino y Lutero) partieron del mismo origen en su planteamiento (imposición de la conciencia individual frente a la autoridad) y aunque por vías diversas, unos a través de una religiosidad espiritualista e individual y otros a través de la confesionalización de los Estados y sociedades, remarían hacia una religión no sujeta a la autoridad que le es propia, sino a una autoridad política o a la propia del individuo. Esto conduciría finalmente a la libertad religiosa propiamente dicha, con dos fechas a destacar: suprimida y fragmentada la civilización cristiana los distintos Estados pasaban a ser sujetos de y con autoridad religiosa, convirtiéndose ahora la religión cuestión de Estado en los países protestantes (Paz de Augsburgo, 1555). Produciéndose el paso final con la Paz de Westfalia (1648), tras la Guerra de los Treinta Años, cuando se dotó a los súbditos de libertad de profesar la fe que libremente eligieran aunque no fuera compartida por el príncipe territorial.3
- 2. Libertad religiosa: la Iglesia ha hablado.
Si hasta aquí hemos visto los orígenes protestantes acerca de la libertad de culto y de conciencia, cabe preguntarnos como católicos que ha dicho la Iglesia sobre dicha materia.
En primer lugar y si pues tiene ésta un origen protestante podemos concluir de antemano que nace entonces fuera del magisterio y de la enseñanza católica. Tanto es así que si la Iglesia acatara la libertad religiosa como un derecho del individuo no podría haber anatemizado, excomulgado ni juzgado a ningún heresiarca a lo largo de su historia ya que simplemente el hereje estaría ejerciendo su derecho a la libertad religiosa. Precisamente la Iglesia condenó y sentenció porque posee el mandato divino de proclamar y enseñar la Verdad, a la vez que condenar el error.
Debemos aclarar las nociones de libertad y de Religión para englobar la postura católica dentro de un correcto razonamiento. Primeramente, entendemos por libertad la capacidad de elección de unos medios al fin. Ahora bien, a la vez que elegimos un medio, la acción debe estar determinada al fin último y concreto en el cual reside su perfección. De que este fin último sea Dios dependerá que la acción sea buena y virtuosa, o sino será una acción mala y pecaminosa. Así se explica el pecado, como defecto cuando el hombre ha rechazado su fin último y se determina hacia la criatura, constituyéndola como fin. Afirma santo Tomás: ex hoc ipso quod mortlaiter peccat, finem suum cretaure constituit.4 Pues bien, si nosotros conocemos que la Religión revelada por Dios es la católica “no hay libertad de conciencia ante Dios. Todo hombre nace súbdito de la verdad, y está obligado a profesarla en la medida de su conocimiento”.5 Luego que, “no puede haber sino una sola religión verdadera. Así como no hay más que un solo Dios, no hay más que una sola manera de honrarle; y esta religión obliga a todos los hombres que la conocen”.6
Si por la Fe tenemos la certeza de que nuestra Religión es la única y verdadera, y la libertad debe estar determinada hacia el fin último que es Dios, no podemos casar la Fe Católica con la libertad religiosa, que supondría afirmar que la verdad es relativa, puesto que en otras creencias habría otra verdad o algo de verdadero y bueno y por lo tanto la Iglesia Católica ya no sería depositaria de la Verdad Absoluta y único camino para la salvación. La relativización que encierra la libertad religiosa, además de poner en plano de igualdad las falsas religiones con la verdadera, es que supone también la antesala del agnosticismo individual y de la apostasía de las naciones; ya que considerando todas las religiones como poseedoras de derechos, le niega los derechos y libertades que sólo le son propios a la Verdad. Por ello la Iglesia siempre ha rogado por su libertad y para que no le sean conculcados sus derechos. En cambio, en aquellos países donde la Iglesia Católica era perseguida o tenida por minoritaria el magisterio jamás ha aceptado el derecho a la libertad religiosa, ya que el error y las falsas religiones no pueden gozar de derechos que solamente proceden de Dios, sino que en aras para evitar un mayor mal en estas sociedades anticristianas se permitía o la Iglesia reclamaba tolerancia religiosa, pero nunca el derecho a una falsa libertad de cultos, ya que el error no tiene derechos, aunque en determinadas situaciones se puede tolerar. Por ejemplo sobre el caso de los Estados Unidos, país siempre dominado por la masonería y que nunca se ha proclamado como país católico, el pontífice León XIII (1810-1903) se manifestaba en los siguientes términos:
Aunque la Iglesia pronuncia la sentencia según la cual los distintos cultos no pueden estar al mismo nivel con la verdadera religión, tampoco condena aquellos jefes de Estado que, en vistas de procurar un mayor bien o de evitar un mal, toleran en la práctica la coexistencia de diversos cultos.7
Si bien a excepción de los casos de tolerancia religiosa que la Iglesia siempre ha contemplado, la condena hacia la libertad de culto se ha hecho presente a lo largo de la historia hasta el Concilio Vaticano II.
Ya el Papa Bonifacio VIII con la Bula Unam Sanctam proclamó solemnemente el dogma según el cual Extra Ecclesiam nulla salus. Posteriormente y de forma rotunda a través de la bula de excomunión a Lutero, el papa León X (1475-1521) incluía en el listado de “errores destructivos” profesados por el heresiarca el creer que “es contra la voluntad de Dios el quemar a los herejes” (error condenado nº33)8. Solamente desde la posesión de la Fe Verdadera y de la exclusión de cualquier herejía se puede emitir tal condena, lo contrario, entiéndase por ello la libertad de culto, para León X y cualquiera que se precie católico es reo del fuego eterno.
Más adelante, en los tiempos modernos los papas no dejaron de pronunciarse tajantemente. Gregorio XVI (1765-1846) se manifestó en los siguientes términos:
De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día más por todas partes, llegando la impudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue gran provecho para la causa de la religión.9
Poco después Pío IX (1792-1878) se volvería a hacer eco en los siguientes términos:
Sabéis muy bien, Venerables Hermanos, que en nuestro tiempo hay no pocos que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar “que la perfección de los gobiernos y el progreso civil exigen imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin preocuparse para nada de la religión, como si esta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera religión y las falsas”. Y, contra la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar que “la mejor forma de gobierno es aquella en la que no se reconozca al poder civil la obligación de castigar, mediante determinadas penas, a los violadores de la religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija”. Y con esta idea de la gobernación social, absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la salud de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de f. m., locura, esto es, que “la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad -ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera-, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma”. Al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que con ello predican la libertad de perdición.10
Del mismo pontificado son las proposiciones condenadas del Syllabus, entre las cuales destacamos las siguientes:
-
Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que guiado de la luz de la razón juzgare por verdadera.XVII. Es bien por lo menos esperar la eterna salvación de todos aquellos que no están en la verdadera Iglesia de Cristo.XVIII. El protestantismo no es más que una forma diversa de la misma verdadera Religión cristiana, en la cual, lo mismo que en la Iglesia, es posible agradar a Dios. LXXVII: En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos. LXXVIII: De aquí que laudablemente se ha establecido por la ley en algunos países católicos, que a los extranjeros que vayan allí, les sea lícito tener público ejercicio del culto propio de cada uno. LXXIX. Es sin duda falso que la libertad civil de cualquiera culto, y lo mismo la amplia facultad concedida a todos de manifestar abiertamente y en público cualesquiera opiniones y pensamientos, conduzca a corromper más fácilmente las costumbres y los ánimos, y a propagar la peste del indiferentismo.11
En definitiva, los papas han hablado y es inútil esforzarse en conciliar la libertad de cultos y de conciencia con la Fe católica si uno lo que quiere es seguir siendo católico.
- Libertad religiosa:delagnosticismo a la apostasía.
La libertad religiosa al presuponer la igualdad entre las religiones (ecumenismo), puesto que gozan todas ellas de los mismos derechos, termina conduciendo a los individuos al ateísmo y a las naciones a la apostasía colectiva. Con esta rotundidad se expresaba el Papa Sarto cuando en la Pascendi afirmaba que con estas ideas (englobadas dentro del modernismo) “queda abierto el camino al ateísmo”.12
Desgraciadamente si en la preparación del Concilio Vaticano II sus esquemas mostraban una recta ortodoxia católica, finalmente éstos fueron desechados y propuestos otros más en consonancia con el aggiornamiento del siglo. En este contexto la Declaración Dignitatis Humanae venía a reconciliarse con el falso concepto de libertad inaugurado por los protestantes, reafirmando así el derecho a la libertad religiosa de toda persona humana13 “fundada en la dignidad de la persona, cuyas exigencias se han ido haciendo más patentes cada vez a la razón humana a lo largo de la experiencia de los siglos”, y adjudicaba al mismo Cristo y a la Revelación “esta doctrina de la libertad…, por lo cual ha de ser tanto más escrupulosamente observada por los cristianos.” “Sobre todo, la libertad religiosa en la sociedad está enteramente de acuerdo con la libertad de acto de fe cristiana.”14
Con esta libertad de culto, que favorece el igualitarismo de toda religión (el Concilio inauguró también la “bendición” del ecumenismo y el diálogo interreligioso condenado por Pío IX en Mortalium Animos), se abre paso el agnóstico-creyente, puesto que el modernista no tiene ningún problema en afirmar primero una cosa y luego la contraria, o con una fantasiosa hermenéutica afirmar que mantiene la misma Fe intacta, cuando en realidad ya ha perdido la Fe:
Pero considero importante sobre todo el hecho de que también las personas que se declaran agnósticas y ateas deben interesarnos a nosotros como creyentes. Cuando hablamos de una nueva evangelización, estas personas tal vez se asustan. No quieren verse a sí mismas como objeto de misión, ni renunciar a su libertad de pensamiento y de voluntad. Pero la cuestión sobre Dios sigue estando también en ellos, aunque no puedan creer en concreto que Dios se ocupa de nosotros. En París hablé de la búsqueda de Dios como motivo fundamental del que nació el monacato occidental y, con él, la cultura occidental. Como primer paso de la evangelización debemos tratar de mantener viva esta búsqueda; debemos preocuparnos de que el hombre no descarte la cuestión sobre Dios como cuestión esencial de su existencia; preocuparnos de que acepte esa cuestión y la nostalgia que en ella se esconde. Me vienen aquí a la mente las palabras que Jesús cita del profeta Isaías, es decir, que el templo debería ser una casa de oración para todos los pueblos (cf. Is 56, 7; Mc 11, 17). Él pensaba en el llamado «patio de los gentiles», que desalojó de negocios ajenos a fin de que el lugar quedara libre para los gentiles que querían orar allí al único Dios, aunque no podían participar en el misterio, a cuyo servicio estaba dedicado el interior del templo. Lugar de oración para todos los pueblos: de este modo se pensaba en personas que conocen a Dios, por decirlo así, sólo de lejos; que no están satisfechos de sus dioses, ritos y mitos; que anhelan el Puro y el Grande, aunque Dios siga siendo para ellos el «Dios desconocido» (cf. Hch 17, 23). Debían poder rezar al Dios desconocido y, sin embargo, estar así en relación con el Dios verdadero, aun en medio de oscuridades de diversas clases. Creo que la Iglesia debería abrir también hoy una especie de «patio de los gentiles» donde los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia. Al diálogo con las religiones debe añadirse hoy sobre todo el diálogo con aquellos para quienes la religión es algo extraño, para quienes Dios es desconocido y que, a pesar de eso, no quisieran estar simplemente sin Dios, sino acercarse a él al menos como Desconocido. (Benedicto XVI, discurso a la Curia romana, 21 de diciembre de 2009)
Llegados hasta aquí encontramos la Fe diluida en una experiencia religiosa inmanentista, abandonada la sana teología del Aquinate y negado el intelecto como capaz de conocer con certeza a Dios y la Revelación fuera del hombre; mientras el modernista-agnóstico encuentra a “dios” en su interior: el “dios desconocido”. Una experiencia religiosa, que hunde su raíz en el protestantismo y en el movimiento pseudomístico, que no deja de ser una manifestación fideísta de una supuesta religiosidad que podríamos llamar agnosticista. Es de la común experiencia religiosa de protestantes y modernistas donde nace y se desarrolla una heterodoxia como la libertad religiosa que termina conduciendo a los individuos al ateísmo y a los pueblos a la apostasía (al caso de España me remito). Una libertad religiosa con un origen cristiano, sí, pero en aquel cristianismo que niega la divinidad de Cristo, la Trinidad y en definitiva el dogma.
“…Cuántos son los caminos por los que la doctrina modernista conduce al ateísmo y a la abolición de toda religión. El primer paso lo dio el protestantismo, le siguió el modernismo; pronto aparecerá el ateísmo.”15
Bibliografia:
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Pío ix. Quanta Cura. 1864. Recuperado de https://www.sodalitiumpianum.it/documentos/quanta-cura/
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Sanborn, Donald don. Il culto della libertà. Messina: Stampato in proprio, 2003.
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Vera, Francisco de P. (1994). La libertad religiosa y la reforma protestante: las corrientes espirituales derivadas del protestantismo (I). REDC, 51, 663-669. Recuperado de
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vv.aa. Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. Legislación posconciliar. Madrid: BAC, 1975.
CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 4/10
ORNAMENTOS Y VASOS SAGRADOS. EL MISAL
(Números 95-124)
(Bossuet)
96. ¿Y después?
97. ¿Cuáles son los principales ornamentos sagrados?
Son estos seis y por el orden con que se los reviste el sacerdote:
EL AMITO, EL ALBA, EL CINGULO, EL MANIPULO, LA ESTOLA y LA CASULLA.
Además, en la Misa solemne, el diácono y el subdiácono usan la dalmática.
quod aut avarus ut Chremes térra premam,
Discinctus aut perdam nepos.
De ahí su significado de continencia, de castidad, de severidad de costumbres.
104. LA CASULLA, es el ornamento sacerdotal más noble.
106. ¿Cuáles son los colores litúrgicos, su significado y su uso?
107. ¿Cuáles son los principales vasos sagrados?
Son EL CALIZ, LA PATENA, EL COPON y LAS VINAJERAS.
112. ¿Cuál es, después ile las Sagradas Escrituras, el libro más santo?
F. T. D.: Misal cotidiano.
F. T. D.: Misal breve. Con las misas de los domingos y fiestas principales.
F. T. D.: Misalito romano. Para niños.
Gubianas: Misal de los Fieles.
Lefebvre (Trad. Prado): Misal diario y vesperal.
Lefebvre-Prado: Misal diario popular.
Lefebvre (Trad. López Jáuregui): Misal breve diario. Adaptado para niños.
Molina: Misal completo.
Molina: Misalito litúrgico. Para niños.
Sánchez Euiz: Misal completo latino-español.
Rambla: Misal romano.
Pérez de Urbel-Díez: Misal con Devocionario y Ritual.
113. ¿Qué es el Misal?
117. ¿Cuál de estos libros influyó más en la composición del misal?
118. ¿Qué contenían los Sacraméntarios?
119. ¿Cuáles son los principales Sacramentarlos?
Son estos tres: el LEONIANO, el GELASIANO y el GREGORIANO.
121. ¿Cuáles eran las principales características de estos misales?
123. ¿Cómo están distribuidas las misas en el Misal Romano?
Están distribuidas en tres grandes grupos:
¿Cuál es la Misa más breve? La de Difuntos, que sabemos que tiene 15.702 letras.
Ahora bien: una curiosa experiencia nos prueba que en quince minutos no pueden leerse más de:
10.374 letras con una lectura atenta y devota.
12.959 » » » » regular y correcta.
14.959 » » » apresurada e incorrecta.
La consecuencia inmediata que de esto se desprende es: que para decir una Misa de Difuntos de modo apresurado e incorrecto se necesitan algo más de quince minutos, exactamente 15′ 44″ ; para decirla regular y correctamente, se necesitan 18′ 10″, y para decirla devota y atentamente, 22′ 42″.
Pero adviértase que no contamos las interrupciones y pausas, que son más de treinta; y que son más de cien las palabras que tienen que pronunciarse en correspondencia con las acciones.
Luego se puede decir (prescindiendo de ciertas pronunciaciones excepcionalmente rápidas, y a pesar de eso correctas) que, por lo regular, la duración de la misa tendrá que acercarse a los veinticinco minutos.
124. EL SIMBOLISMO DE NUESTRA LITURGIA.
a) El que habla con Dios en una oración silenciosa, tranquila, humilde, ¿cómo tiene las manos? Las tiene juntas. ¿Por qué? Porque con esto expresa respeto, suplica y confianza. No parece sino que juntamos las manos para ponernos en las manos de Dios:
«¡Señor, sois nuestro Padre!»
Mira a un niño de tres o cuatro años de edad al pedir algo a su madre: «|Mamaíta, dámelo!». ¿No tiene las manos juntas, aunque nadie se lo haya enseñado?
b) El devoto que en el momento santo del rezo queda completamente absorto en Dios, ¿como tiene las manos? Las tiene cruzadas y apretadas contra su pecho. Como si quisiera guardar, con una especie de temor, la santa y preciosa fuerza que inunda su alma, para que nada se pierda, sino que pase de una mano a la otra y así vuelva de nuevo a su pecho… ¿No es natural este gesto?
c) La oración tiene también sus momentos de éxtasis. Momentos en que no parece sino que un órgano entona el Te Déum en nuestro interior y el alma está radiante de alegría. ¿Cómo rezamos en estos momentos? Como el sacerdote, cuando canta el texto magnífico del «Prefacio», exaltando a Dios: con los brazos extendidos y las manos completamente abiertas, para que sean como antenas de una emisora de radio, y envíen nuestra gratitud hacia Dios.
Pero vienen los momentos de las tentaciones vehementes o de las grandes desgracias, en que necesitamos de un modo perentorio la gracia de DIOS. En estos trances rezamos con los brazos en alto, para que sean como antenas de una receptoraque recojan la corriente amplia de la ayuda divina.
¿Verdad que es natural esta postura? ¡Con tal que no haya nada de teatral! ¡Con tal que no sea todo un gesto vacío! ¡Con tal que vibre nuestro espíritu detrás de las formas exteriores!
d) Cosa grande y santa: el santiguarnos.
¡Ah! El que sabe lo que significa la cruz, no se santigua como avergonzado, aprisa y a hurtadillas. Hay algunos que al llegar a la iglesia, dan como un pasito corto y se tocan el pecho con las puntas de los dedos. ¿Qué quieren hacer? ¿Arrodillarse y santiguarse? ¿Este gesto raquítico, este movimiento apenas esbozado, esto es «santiguarse»? No. La señal de la cruz se hace bien, despacio, con dignidad. Y mientras llevo la mano de la frente al pecho, y de un hombro al otro, me parece sentir cómo se extiende sobre mí y me ampara por completo la santa cruz del Redentor, y toma posesión de mi entendimiento, de mi corazón, de mis actos. Cristo me redimió en la cruz y me santifica con su cruz. Me santiguo antes de la oración, para que durante el rezo sean suyos todos mis pensamientos. Me santiguo después de la oración, para que Cristo se quede conmigo. Me santiguo en el peligro, para que me salve. Me santiguo en la tentación para no caer. Y trazo la señal de la cruz para bendecir a otro, para que lo bendiga N. S. Jesucristo. Pero la señal de la cruz ha de trazarse bien, despacio, con conciencia, con devoción.
2. LA GENUFLEXION. Con el mismo espíritu hemos de hacer la genuflexión. Es otro símbolo. El orgulloso yergue la cabeza y enarca el pecho: «¡No soy como tú!». Pero el que siente que está en la presencia de un señor más poderoso que él, inclina la cabeza, lanto más profundamente, cuanto más distinguido es el señor con quien trata. Y ¿si ese señor es Dios? Entonces llega al extremo de doblar la rodilla en el suelo. ¿No es natural?
Cuando la conciencia de nuestra pequeñez se apodera de nosotros en el augusto acatamiento de Dios, y queremos humillarnos, entonces nos arrodillamos. ¿Hay cosa más noble y bella que un hombre de alma pura, hincado de rodillas ante Dios?…
Pero en este punto quiero llamar la atención sobre el modo de arrodillarnos. No hincamos la rodilla, a no ser ante Dios, y laaugusta majestad de Dios reclama que ante El hinquemos la rodilla de verdad y no nos contentemos con una apariencia de genuflexión. No hemos de arrodillarnos con precipitación, corriendo. Hemos de hacerlo con verdadero espíritu. Si salgo de la iglesia o si entro en ella, volviéndome hacia el Santísimo Sacramento, doblaré la rodilla despacio, con respeto, profundamente hasta el suelo, y al mismo tiempo se rendirá también mi alma, mi corazón: «Dios mío todopoderoso…».
Sí; esta es la genuflexión verdadera, vivificadora.
3. EL PONERSE EN PIE. Hay todavía otra manera de rendir homenaje. Lo contrario de la genuflexión: el ponerse en pie.
Estás sentado en tu escritorio. Llaman. «Adelante». Entra un señor distinguido. ¿Qué haces tú entonces? Te levantas sin demora.
Y estás de pie ante el rey o ante el tribunal. Estás de pie, porque el sentarse en estos casos es falta de respeto, es una desatención, que no se consiente. Estoy de pie; es decir: espero como el siervo fiel; estoy preparado como el soldado valiente. Al leerse el Evangelio en la Misa, nos levantamos por respeto.
Cuando los padrinos hacen la promesa bautismal por su pequeño ahijado, cuando los niños de primera comunión renuevan las promesas del bautismo, cuando los novios se prometen fidelidad eterna delante del altar, todos están de pie… y es muy natural, prometen una cosa ruda, seria; han de estar preparados para la lucha.
4. EL ALTAR. Es un vocablo que oímos con frecuencia, un vocablo que no suscita pensamientos: «altar, altar». Y, sin embargo, el espíritu creador del hombre no puede prasentar una obra, que muestre de un lado más sublime nuestra naturaleza, que el hecho, al parecer insignificante, de levantar altares. El hombre levanta rascacielos de cincuenta y ocho pisos, y con ello demuestra que es dueño de la arquitectura. Levanta estaciones de radios con inmensas antenas, y con ello demuestra que es dueño de la electricidad. Levanta chimeneas de fábricas, construye campos de aviación, estaciones ferroviarias, y con ello demuestra que no hay ser superior a él en esta tierra… Pero levanta también altares, ante los cuales dobla las rodillas y se postra en el polvo, y con ello demuestra que hay alguien por encima de él: el Dios lleno de majestad. Ofrece sacrificios a Dios en el templo de piedra, sobre el altar de piedra; pero sabe que esto no basta, porque Dios exige además otro sacrificio: un sacrificio que se ofrece en el templo vivo del ser humano, en el altar vivo del corazón. Este sacrificio, es una vida según la voluntad de Dios.
5. LOS GOLPES DE PECHO. Empieza la santa Misa. El sacerdote no se atreve todavía a subir al altar. Antes, reza delante de las gradas. Hace la confesión de sus pecados. «Confíteor Deo omnipotenti…» «Confieso al Dios topoderoso…» «Mea culpa… Por mi culpa…», dice tres veces, dándose al mismo tiempo tres golpes de pecho. Y siempre que la conciencia del pecado se apodera de nosotros, siempre que preparándonos para la confesión, nos movemos a arrepentimiento; siempre que en el confesonario repetimos: «Me arrepiento de todo corazón…», o decimos en la letanía: «Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo», o recordamos nuestra calidad de pecadores cuando vemos la Hostia santa, momentos antes de la comunión, y decimos: «Señor, no soy digno…», nos damos golpes de pecho. ¡Hermoso símbolo! Llamamos… ¿Cuándo solemos llamar a la puerta? Cuando alguno duerme y hay que despertarlo. ¿A quién queremos despertar allá dentro en nuestro interior? A nuestra alma soñolienta y soñadora, que tranquilamente agoniza… ¡Cuidado! ¡Despiértate! ¡Medita! No te duermas en la muerte del pecado. ¿No es natural este simbolismo?
6. LA LUZ. Y ahí están las velas, las lámparas, el fuego, la luz, la llama; símbolos de los más sugestivos en la liturgia. ¡Velas encendidas en el altar del sacrificio! ¡Lámpara delante del Santísimo Sacramento! ¡Un cirio en el bautismo! ¡Otro cirio en la primera comunión! ¡Otro a la cabecera del moribundo! ¡Velas encendidas en el entierro…!
Pero este culto de la luz, ¿no brota de lo más profundo de la naturaleza humana? Una noche de tardío otoño… Estamos sentados en un cuarto oscuro… El ambiente es tan frío, tan adusto… Encendemos el fuego en la chimenea… cruje la leña seca…, danzan las lenguas de fuego, y todo el cuarto se transforma, un ambiente de intimidad lo envuelve.
¡El fuego! ¡La claridad! ¡La luz! ¡La llama! El símbolo más hermoso de la vida es la llama: calienta, alumbra y con llamarada intranquila sube de continuo hacia arriba. Sopla una leve brisa y marca su propia dirección a la llama. Juega con ella a su antojo. ¿Se la lleva también consigo? ¡Ah, no! De esto no es capaz.
La llama, después de una inclinación momentánea, vuelve al núcleo del fuego, y al volver la calma, se dirige otra vez a las alturas… ¿No véis en esta llama nuestro propio espíritu? Los soplos de la tentación la desvían de tiempo en tiempo, pero ella no puede separarse definitivamente de Dios, y después de vacilar algún tiempo, su llamarada anhela otra vez las alturas santas.
La lámpara que arde en el tabernáculo, la veja encendida en el altar, son tu símbolo. Arden y despiden luz, pero entre tanto se menguan, y llegan a consumirse por completo…
—¡Ah! — me dices—, ¿qué sabe de esto la pobre lamparilla? No tiene alma. Tienes razón. Pues infúndescla tú. ¡Llénala de alma! Por esto la enciende nuestra Madre la Iglesia. La lámpara nada es en sí, si no hay en ella un alma humana: un alma que dice: «Señor, te amo tanto que ardo por Ti. Señor, toda mi vida está tan cerca de tus mandamientos, como está de Ti esta lamparilla, que de día y de noche arde delante del labernáculo. ¡Señor, soy yo quien ardo aquí delante de Ti!».
¡Cuánto calor, cuánta suavidad, cuánta poesía, qué fino sentimiento hay en nuestras simbólicas ceremonias! Son bellas, son amables, son útiles… Con tal que en ellas haya un espíritu vivo, una vida fervorosa. Tihamer Toth: Los Diez Mandamientos, t. I, pp. 277-284.
Sobre este mismo punto puede verse a Cabrol: La Oración de la Iglesia, c. 8: De la disposición del cuerpo durante la oración, y las acciones litúrgicas; y el c. 24: Los elementos santificados: agua, sal, ceniza, fuego y luz; el incienso y las campanas en la liturgia; a Gomá: El valor educativo de la Liturgia Católica: 2.a parte. I sec., c. 4; Elementos propiamente litúrgicos: Diez Gut., o. c., c. II: El Incienso.
EL FIN DE LA VIDA CRISTIANA
El Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas nos ofrece sus principios: «la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana». Mientras que la Dignitatis Humanae en el n. 2 nos ofrece los suyos: «el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana. Como se puede ver, en ambos textos se menciona explícitamente la dignidad humana como fundamento. ¿puede decirse que el hombre tiene el “derecho” de adorar a Dios en cualquier manera que le plazca? ¿Puede decirse que el hombre tiene el “derecho” de promover libremente enseñanzas falsas, sobre asuntos de religión, y esparcir promiscuamente todo tipo de doctrinas erróneas? ¿Puede decirse que el hombre posee el “derecho” — el poder moral — de enseñar y hacer proselitismo con las doctrinas del ateísmo, el agnosticismo, el panteísmo, el budismo, islamismo, el hinduísmo y el protestantismo? ¿Y qué hay de aquéllos que practican la brujería o el satanismo? Todo esto lo proclama el Vaticano II en la Declaración Dignnitatis Humanae. El conclilio Vaticano II, y sus «apóstoles» Montini, Wojtyla, Ratzinger, y Bergoglio, afirman, frente a la doctrina de la Iglesia que el fundamento y fin del hombre es su dignidad personal. El cambio del culto con el «sacrificio» asambleario en una mesa y ya no en el altar, cara al pueblo y de espaldas a Dios, oficiado por un presidente y ya no por un sacerdote, no es más que la aplicación del cambio de la doctrina de la Iglesia, ya que la iglesia conciliar quita la gloria a Dios para dársela al hombre, siendo evidente sobre todo en la nueva «misa». Para las nueva generaciones que no han conocido la verdadera Iglesia de Cristo, y también para la mayoría de las viejas generaciones que han sido aducidas por esta sinagoga, cabe preguntarse: entonces ¿ Cuál es el verdadero fin de la vida cristiana?. Para los que de verdad quieren saberlo, he aquí la respuesta de la Iglesia católica:
EL FIN DE LA VIDA CRISTIANA
La consideración del fin es lo primero que se impone en el estudio de una obra dinámica cualquiera. Y siendo la vida cristiana esencialmente dinámica y perfectible—al menos en nuestro estado actual de viadores—, es preciso que ante todo sepamos a dónde vamos, o sea, cuál es el fin que pretendemos alcanzar. Por eso, Santo Tomás comienza la parte moral de su sistema—el retorno del hombre a Dios—por la consideración del último fin.
Es clásica la definición de la gloria: clara notitia cum laude. Por su misma definición, expresa, de suyo, algo extrínseco al sujeto a quien afecta. Sin embargo, en un sentido menos estricto, podemos distinguir en Dios una doble gloria: la intrínseca, que brota de su propia vida íntima, y la extrínseca, procedente de las criaturas.
La gloria intrínseca de Dios es la que Él se procura a sí mismo en el seno de la Trinidad Beatísima. El Padre—por vía de generación intelectual—concibe de sí mismo una idea perfectísima: es su divino Hijo, su Verbo, en el que se reflejan su misma vida, su misma belleza, su misma inmensidad, su misma eternidad, sus mismas perfecciones infinitas. Y al contemplarse mutuamente, se establece entre las dos divinas personas—por vía de procedencia—una corriente de indecible amor, torrente impetuoso de llamas que es el Espíritu Santo.
Este conocimiento y amor de sí mismo, esta alabanza eterna e incesante que Dios se prodiga a sí mismo en el misterio incomprensible de su vida íntima, constituye la gloria intrínseca de Dios, rigurosamente infinita y exhaustiva, y a la que las criaturas inteligentes y el universo entero nada absolutamente pueden añadir. Es el misterio de su vida íntima en el que Dios encuentra una gloria intrínseca absolutamente infinita.
Dios es infinitamente feliz en sí mismo, y nada absolutamente necesita de las criaturas, que no pueden aumentarle su dicha íntima. Pero Dios es Amor, y el amor, de suyo, es comunicativo. Dios es el Bien infinito, y el bien tiende de suyo a expansionarse: bonum est diffusivum sui, dicen los filósofos. He ahí el porqué de la creación.
Dios quiso, en efecto, comunicar sus infinitas perfecciones a las criaturas, intentando con ello su propia gloria extrínseca. La glorificación de Dios por las criaturas es, en definitiva, la razón última y suprema finalidad de la creación.
La explicación de esto no puede ser más clara, incluso a la luz de la simple razón natural privada de las luces de la fe. Porque es un hecho filosóficamente indiscutible que todo agente obra por un fin, sobre todo el agente intelectual. Luego Dios, primer agente inteligentísimo, tiene que obrar siempre por un fin. Ahora bien, como ninguno de los atributos o acciones de Dios se distinguen de su propia divina esencia, sino que se identifican totalmente con ella, si Dios hubiera intentado en la creación un fin distinto de sí mismo, hubiera referido y subordinado su acción creadora a ese fin—porque todo agente pone su acción al servicio del fin que intenta al obrar—, con lo cual se hubiera subordinado Dios mismo, puesto que su acción es El mismo. Y así, ese fin estaría por encima de Dios; es decir, que Dios no sería Dios. Es, pues, absolutamente imposible que Dios intente con alguna de sus acciones un fin cualquiera distinto de sí mismo. Dios ha creado todas las cosas para su propia gloria; las criaturas no pueden existir sino en Él y para Él.
Y esto no solamente no supone un «egoísmo trascendental» en Dios; —como se atrevió a decir, con blasfema ignorancia, un filósofo impío—, sino que es el colmo de la generosidad y desinterés. Porque no buscó con ello su propia utilidad—nada absolutamente podían añadir las criaturas a su felicidad y perfecciones infinitas—, sino únicamente comunicarles su bondad. Dios ha sabido organizar de tal manera las cosas, que las criaturas encuentran su propia felicidad glorificando a Dios. Por eso dice Santo Tomás que sólo Dios es infinitamente liberal y generoso: no obra por indigencia, como buscando algo que necesita, sino únicamente por bondad, para comunicar a sus criaturas su propia rebosante felicidad.
Por eso la Sagrada Escritura está llena de expresiones en las que Dios reclama y exige para sí su propia gloria. «Soy yo, Yavé es mi nombre, que no doy mi gloria a ningún otro, ni a los ídolos el honor que me es debido» (Is. 42,8); «Es por mí, por amor de mí lo hago, porque no quiero que mi nombre sea escarnecido, y mi gloria a nadie se la doy» (Is. 48,11); «Óyeme, Jacob, y tú, Israel, que yo te llamo; soy yo, yo, el primero y aún también el postrero» (Ibid., 12); «Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que viene, el Todopoderoso (Apoc. 1,8), etc., etc.
¡La gloria de Dios! He aquí el alfa y la omega, el principio y el fin de toda la creación. La misma encarnación del Verbo y la redención del género humano no tienen otra finalidad última que la gloria de Dios: cuando le queden sometidas todas las cosas, entonces el mismo Hijo se sujetará a quien a El todo se lo sometió, para que sea Dios todo en todas las cosas» (1 Cor. 15,28). Por eso nos exhorta el Apóstol a no dar un solo paso que no esté encaminado a la gloria de Dios: «Ya comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Cor. 10,31); ya que, en definitiva, no hemos sido predestinados en Cristo más que para convertirnos en una perpetua alabanza de gloria de la Trinidad Beatísima: «Por cuanto que en Él nos eligió antes de la constitución del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados ante El, y nos predestinó en caridad a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia».
Todo absolutamente tiene que subordinarse a esta suprema finalidad. El alma misma no ha de procurar su salvación o santificación sino en cuanto que con ella glorificará más y más a Dios. La propia salvación o santificación no puede convertirse jamás en fin último. Hay que desearlas y trabajar sin descanso en su consecución; pero únicamente porque Dios lo quiere, porque ha querido glorificarse haciéndonos felices, porque nuestra propia felicidad no consiste en otra cosa que en la eterna alabanza de la gloria de la Trinidad Beatísima.
Tal es la finalidad última y absoluta de toda la vida cristiana. En la práctica, el alma que aspire a santificarse ha de poner los ojos, como blanco y fin al que enderece sus fuerzas y anhelos, en la gloria misma de Dios. Nada absolutamente ha de prevalecer ante ella, ni siquiera el deseo de la propia salvación o santificación, que ha de venir en segundo lugar, como el medio más oportuno para lograr plenamente aquélla. Ha de procurar parecerse a San Alfonso María de Ligorio, de quien se dice que «no tenia en la cabeza más que la gloria de Dios» y tomar por divisa la que San Ignacio legó a su Compañía: «A la mayor gloria de Dios». En definitiva, esta actitud es la que han adoptado todos los santos en pos de San Pablo, que nos dejó la consigna más importante de la vida cristiana al escribir a los Corintios: Omnia in gloriam Dei facite: hacedlo todo a gloria de Dios.
La santificación de nuestra propia alma no es, pues, el fin último de la vida cristiana. Por encima de ella está la gloria de la Trinidad Beatísima, fin absoluto de todo cuanto existe. Y esta verdad, con ser tan elemental para los que comprendan la trascendencia divina, no aparece, sin embargo, dominando en la vida de los santos sino muy tarde, cuando ya su alma se ha consumado por el amor en la unidad de Dios. Sólo en las cumbres de la unión transformante, identificados plenamente con Dios, sus pensamientos y quereres se identifican también con el pensamiento y el querer de Dios. Solamente Cristo y María, desde el instante primero de su existencia, han realizado con perfección este programa de glorificación divina, que es el término donde viene a desembocar todo proceso de santificación acá en la tierra.
En la práctica, nada debe preocupar tanto a un alma que aspire a santificarse como el constante olvido de sí misma y la plena rectificación de su intención a la mayor gloria de Dios. «En el cielo de mi alma—decía sor Isabel de la Trinidad—, la gloria del Eterno, nada más que la gloria del Eterno»: he aquí la consigna suprema de toda la vida cristiana. En la cumbre más elevada de la montaña del amor la esculpió San Juan de la Cruz con caracteres de oro: «Sólo mora en este Monte la honra y gloria de Dios».
(Tomado de Teología de la perfección cristiana, de Royo Marín)
CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 3/10
CAPITULO III
EL TEMPLO CATÓLICO
64. ¿Cuál fue el primer templo cristiano?
65. ¿Y por qué fue el Cenáculo el primer templo cristiano?
67. Y al levantarse las persecuciones, ¿dónde se reunían?
68. Pero, sobre todo, ¿dónde se reunían durante las persecuciones?
69. ¿Cuándo aparecieron, por fin, los nuevos y magníficos limpios?
70. ¿Cómo se llamaron generalmente estos templos?
71. ¿Y por qué se llamaron basílicas?
73. ¿I)e qué partes constaba la primitiva basílica cristiana?
De tres: ATRIO, NAVE y ABSIDE o presbiterio.
74. ¿Cómo era el atrio?
75. ¿Quiénes se colocaban en el atrio?
76. ¿Qué venía a continuación del atrio?
77. Después del atrio y del nartex, ¿qué seguía?
La nave, donde se colocaban los fieles, a un lado los hombres y al otro las mujeres.
79. ¿Cuál era la parte más principal de la basílica?
80. ¿Qué era el Ciborium?
81. ¿Para que servía el Ciborium?
83. ¿Cuál es la iglesia, madre de todas las iglesias católicas del mundo?
85. ¿Qué forma tenían y de qué materia eran los primeros altares?
86. ¿Cuáles son las partes esenciales del altar?
Son estas cuatro: el ara, los manteles, la luz litúrgica v el Crucifijo.
88. TRES MANTELES de lino deben cubrir el altar, ya por la reverencia debida al mismo altar, ya para recibir la preciosa sangre en caso de derramamiento.
90. EL CRUCIFIJO.
91. ¿Cuándo aparecen los retablos en los altares?
92. ¿Y el culto en las iglesias comenzó muy pronto?
93. EL TABERNACULO, FIGURA DEL TEMPLO CATOLICO:
94. EL CRUCIFIJO: Está compuesto de dos elementos, Cruz y figura o Cristo.
Estos dos elementos no aparecen juntos desde el principio.
BEATO DE LIÉBANA PREVINO CONTRA LA FALSA IGLESIA
Beato de Liébana nos previno
contra la falsa iglesia
“¿Cuándo se ha oído que los de Liébana vinieran a enseñar a los toledanos? Bien sabe todo el pueblo que esta sede ha florecido en santidad de doctrina desde la predicación de la fe y que nunca ha emanado desde aquí cisma alguno ¿ Y ahora, tú, solo, oveja roñosa (esto lo decía por San Beato) pretendes sernos maestro?”. A estas palabras del hereje adopcionista y arzobispo de Toledo, Elipando, le responde San Beato “…Duerme Jesús en la nave; por una y otra parte nos sacuden las olas; la tempestad nos amenaza, porque se ha levantado un inoportuno viento. Ninguna esperanza de salvación tenemos si Jesús no despierta. Con el corazón y con la voz hemos de clamar: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Entonces se levantó Jesús, que dormía en la nave de los que estaban con Pedro, y calmó el viento y la mar, trocándose la tempestad en reposo. No zozobrará nuestra barquilla, la de Pedro, sino la vuestra, la de Judas (la del arzobispo). Con esta respetuosa serenidad y santa confianza da comienzo el presbítero montañés y su amigo Heterio a lo que ellos llaman Apologético contra el extendido adopcionismo [Doctrina nacida en España en el siglo VIII que afirmaba que Jesús, en cuanto hombre, no era hijo de Dios por naturaleza sino por adopción.] que daba pie a caer de nuevo en el nestorianismo, guiados al abismo ¡y cuándo no!, por los obispos henchidos de soberbia, como ahora se repite por los que están unidos al de Santa Marta, Bergoglio.


Pues con la misma habilidad y profundidad escriturística que bien alabara Menéndez Pelayo, ha penetrado San Beato los misterios del Apocalipsis, cuyos Comentarios fueron divulgados por toda la cristiandad. Desde Liébana, pues, esto es, del Monasterio de san Martín de Turieno- hoy de Santo Toribio- suenan aún el eco de las palabras de San Beato en el siglo VIII, anunciando muy anticipadamente la crisis apocalíptica en que nos ha sumido el Concilio Vaticano II y su posterior “magisterio”, denunciando con antelación profética a los sacerdotes y obispos conciliares. He aquí como en su famoso Comentario del Apocalipis hay profecías que tienen una magnífica actualidad en nuestros días, y que enlazan muy bien con materias muy debatidas, como todo lo que respecta a los cambios de los ritos conciliares y a los infiltrados en la Iglesia: obispos y sacerdotes que trabajan para su destrucción y que no pertenecen al Sancta Sanctorum, sino que están en el atrio para ser pisoteados por los gentiles.
Citas: Extractos del Apocalipsis de Beato de Liébana en torno al año 778 (Beato de Liébana, + 798, Obras Completas, Comentario al Apocalipsis de San Juan, Ed .BAC, Madrid,1995, p.485)
¿ESTÁ HABLANDO BEATO DE LA FALSA IGLESIA CONCILIAR Y DE LA VERDADERA IGLESIA CATÓLICA FIEL A LA TRADICIÓN?
Comentario Resumen:”os matarán pensando que dan culto a Dios”
Citas: Extractos del Apocalipsis de Beato de Liébana en torno al año 778 (Beato de Liébana, + 798, Obras Completas, Comentario al Apocalipsis de San Juan, Ed .BAC, Madrid,1995, p.485):
“… ahora se ve a los enemigos dentro de la Iglesia , (…) en otro tiempo hubiera sido una blasfemia decir que están dentro de la Iglesia y que son ellos los que la persiguen ”
“La serpiente dio su poder a la Bestia, que cuenta con falsos hermanos en la Iglesia, los cuales parecen ser parte de ella, pero son sus enemigos. Por medio de ellos el diablo hace sus maquinaciones contra aquéllos que sí pertenecen a la Iglesia a los que pretende seducir (…), fingiendo santidad parecen ser parte de la Iglesia, pero pertenecen en realidad al diablo que inventó este ardid con el fin de lograr imponerse en nombre de la religión a las personas religiosas . (…) Él Logra que permanezcan dentro de la Iglesia los que, disfrazados de ovejas, parecen virtuosos pero en su interior son lobos rapaces. Por eso no son descubiertos como lo son otros hombres francamente malos, ellos tienen la apariencia de santidad; participan en su misma maquinación, el diablo los tiene dentro de la iglesia, en medio de la multitud, revestidos de una santidad aparente (ibid.p.487).
“Se ha dicho muchas veces que se les acusaba injustamente porque no se alzaban abiertamente contra la Iglesia con la que dicen estar unidos, y se llaman hijos de Dios, pero que no cesan de poner asechanzas a los verdaderos hijos de Dios, no profieren imprecaciones abiertamente contra la Iglesia, y sin embargo son parte del misterio de la iniquidad, bajo capa de santidad. Sin embargo, cuando llegue el tiempo en que el Anticristo se haga presente, cuándo ocurra la dispersión, es decir, cuando la desintegración de la Iglesia sea claramente visible, cuando se manifieste al mundo el hombre de pecado, sólo entonces se entenderá, se descubrirá, se comprenderá y se sabrá quiénes eran los que antes estaban bajo el disfraz de la religión , ocultando sus imprecaciones contra Dios, pero en la hora actual hablan como la Iglesia Católica (ibid.p.489).
“… es el mismo el Anticristo que reina ahora de una manera sutil en la Iglesia por medio de los falsos sacerdotes , quien entonces destruirá la Iglesia, ya sin disfrazarse “(ibid.p.507).
” El mar es el mundo intrínsecamente malo; la tierra son los obispos, los sacerdotes y la falsa religión que con pretexto de santidad parece funcionar en silencio, sin aspavientos, haciéndose pasar por ministros de la Iglesia pero que no lo son en absoluto … “(ibid.p.403).
“… se hace pasar por cordero, para mejor inocular, a escondidas, el veneno de la serpiente. Ahora finge ser un cordero, pero lo hace para devorar con más seguridad a los corderos. Habla de Dios, pero intenta alejar del camino de la verdad a quienes buscan sinceramente Dios. Por eso, nuestro Señor advirtió a Su Iglesia, diciendo : “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces ( Matth.7, 15) “(ibid.p.495).
¿DESCRIBE EL CONCILIO Y EL MAGISTERIO POSTCONCILIAR?
Comentario: Resumen. Los dogmas, conservados en las palabras, serán vaciados de contenido y rellenados de sustancia idolátrica, tal como parece en el modernismo que triunfó en el Conciliábulo. El Atrio y las Naves han sido conculcados. Pero el Tabernáculo o Sancta Sanctorum estará preservado en el desierto; es decir en el resto fiel perseguido.
” La caña es la medida de la fe. Nadie puede adorar ante el altar sagrado, sino el que hace confesión de la Fe. Porque no todos los que están ante él adoran, ya que está escrito: EL ATRIO EXTERIOR DEL TEMPLO NO FORMA PARTE DE ÉL, HA SIDO DEJADO A LOS GENTILES . El atrio parece que pertenece al Templo, pero no es parte del “Santo de los Santos”. Allí están los que parecen ser parte de la Iglesia pero no lo son en absoluto.Se llama atrio, al patio, espacio vacío entre los muros. A ellos, por ser inútiles, se les expulsa de la Iglesia. PORQUE EL ATRIO HA SIDO DEJADO A LAS NACIONES Y ELLAS PISOTEARÁN LA CIUDAD SANTA DURANTE CUARENTA Y DOS MESES. Quienes han sido excluídos así como todos los demás, es decir, los malvados de este mundo pisotearán a la Iglesia. “(Comentario sobre Apocalipsis, Obras completas p. 453).
¿DESCRIBE LA IGLESIA CONCILIAR Y SU JERARQUÍA?
Comentario a Apocalipsis 13,11 y ss. Resumen: la principal labor que llevará a cabo esta Segunda Bestia será la adulteración de la religión.
“OTRA BESTIA SALIÓ DE LA TIERRA. Salir de la tierra significa estar llena de sí mismo y de la gloria terrenal. La Bestia del mar es la misma que la Bestia de la tierra. La palabra Otra se refiere a la misión, pero es la misma bestia. La mar hace unas cosas, la tierra otras. El mar se agita, la tierra es tranquila. Por mar se sobreentiende la multitud claramente mala, por tierra, los obispos,los sacerdotes y la falsa religión que, bajo apariencia de santidad, no hacen ruido en el mundo, pero trabajan en silencio simulando ser la Iglesia sin serlo… “ (Comentario sobre el Apocalipsis, Obras completas, p. 493)
¿ESTÁ DICIENDO QUE MUCHOS OBISPOS YA NO TIENEN JURISDICCIÓN POR SER HEREJES. APÓSTATAS, CISMÁTICOS DE LA VERDADERA IGLESIA..? En efecto, ninguno de los obispos conciliares, incluido el de Roma – el cual ni siquiera está consagrado válidamente- tienen jurisdicción por haber abrazo y predicado la herejía modernista contenida el conciliábulo Vaticano IIº.

Beato moró en Liébana lugar donde se levanta el Monasterio de Santo Toribio-antes de San Martín- que guarda el Lignum Crucis en un precioso relicario mejor documentado del orbe y del mayor tamaño que existe [Las medidas del Leño santo son de 635 mm el palo vertical y 393 mm el travesaño, con un grosor de 40 mm, siendo así la reliquia más grande conservada de la cruz de Cristo, por delante de la que se custodia en San Pedro del Vaticano..
CATECISMO HISTÓRICO LITÚRGICO SOBRE LA MISA. 2/10
LA MISA Y LA COMUNION
“El sagrado Sínodo desearía que los fieles presentes en cada Misa comulgasen, no sólo espiritualmente, sino sacramentalmente, para que pudiera comunicárseles un fruto más abundante de este santo Sacrificio”.
(Concilio de Trento)
- ¿Con qué frecuencia solían comulgar los primeros cristianos?
Aunque San Pablo nos habla de la participación en la cena del Señor, es decir, en la Misa del domingo, como si entonces sólo se comulgara semanalmente, pero ya los Hechos de los Apóstoles, que describen los primeros fervores de la Iglesia naciente, nos dicen que todos los días partían el pan en sus casas. 2, 46. Y. n. 25.
Y lo mismo indican los Santos Padres de los primeros siglos; «Bebed todos los días la sangre de Cristo — decía SanJerónimo — para que podáis asimismo derramar por Cristo vuestra sangre… Todos los días, saciados con el Pan celestial, decimos: Gustad y ved…» ln Isaiam, 1, 1, 6, 5. Véase el curioso testimonio del mismo Santo sobre la comunión diaria que se acostumbraba en la Iglesia de Roma y en la de España: Ep. a Lucinio Bélico (Edición Mauriana) ep. 52. Migne: P. L., t. 22, col. 672.
En España, durante la dominación romana — o sea hasta el siglo v —, cada día se celebraba el Santo Sacrificio de la Misa. A él debían acudir todos los clérigos; y aunque no por obligación, pero sí por devoción, asistía también la mayoría de los fieles. Las tres semanas que precedían a la Epifanía y los días de Cuaresma era la asistencia obligatoria para toda la comunidad; durante el resto del año sólo los domingos, y el que faltaba a la iglesia tres de éstos seguidos, recibía una penitencia pública hasta que se juzgaba que ya había purgado suficientemente su falta. Durante el Santo Sacrificio se distribuía la comunión a los fieles bajo las dos especies, y era costumbre llevárselas a sus casas y cuando se iba de camino. España fue el primer país occidental donde se introdujo la costumbre de dar a los fieles el Cuerpo de Cristo en la boca. G. Villada: Historia Eclesiástica de España, t. I., parte I, pág. 235. Y en la Iglesia visigótica española (409-711) declaraban los Concilios: «Los que están sin pecado pueden recibirle diariamente, pero los que tienen sobre sí crímenes que los repelen del altar como muertos, deben hacer antes penitencia. Por lo demás, si los pecados no son tan graves como para quedar por ellos excomulgados, deben los fieles acercarse al convite del Cuerpo de Cristo». Ibid. t. II, parte II, pág. 67.
- ¿Qué frutos producía en ellos la comunión frecuente?
Producía los frutos más admirables: desprendimiento del mundo y de sus riquezas, teniendo todos en común sus bienes y repartiéndolos entre los cristianos más pobres (Act. Ap. 2, 44-45); unión maravillosa y ya proverbial de almas y de corazones, que era la admiración de los mismos gentiles: «Ved cómo se aman —decían éstos — y cómo están prontos a morir unos por otros»: Tertul. Apolog. 39, 9; Kirch. 158; constancia en su fe e inquebrantable fortaleza en padecer por ella la cárcel, el despojo y el martirio, y, en fin, aquella prodigiosa expansión del cristianismo, milagro moral de primer orden, que hacía exclamar, triunfantes, a los apologistas del siglo III:
“Somos de ayer y llenamos todo vuestro imperio: vuestras ciudades, vuestras casas, vuestras fortalezas, vuestros municipios, las asambleas, los mismos campos, las tribunas, las decurias, el palacio, el senado, el faro: sólo os hemos dejado los templos». Tertul. Apolog. 37, 125; Kirch 156.
Cfr. León XIII: Encíclica «Mirae caritatis», y Pió X en su decreto sobre la Comunión frecuente, que atribuyen el fervor de la primitiva Iglesia a la comunión frecuente, 20 Dic. 1905.
- ¿Comulgaban fuera de la Misa?
Los primeros cristianos consideraban tan inseparablemente unidas la Misa y la Comunión, que para ellos asistir al Santo Sacrificio era tomar parte activa en él, era comulgar, participar del mismo Pan que el sacerdote había consagrado para todos; por eso comulgaban dentro de la Misa, y comulgaban todos los que habían asistido a la misma: sólo tenían que dejar de hacerlo los excomulgados.
«Muchos cristianos ignoran demasiado que la comunión es para ellos el medio por excelencia de participar vitalmente del Sacrificio de la Misa…; se forman el hábito de no comulgar nunca en la Misa, que oyen; sus comuniones son ejercicios de piedad aparte. En ciertas iglesias a los fieles nunca se los pone en la posibilidad de comulgar en la Misa a que asisten; no es, pues, extraño que en su mentalidad, la Misa y la comunión constituyan dos ejercicios piadosos profundamente diferentes y sin conexión, ni aparente, ni oculta.» D. F. Ryelandt: Pour mieux comniunier, p. 123.
Conforme a esta costumbre tradicional y a la expresa voluntad de la Iglesia y sobre todo, según el espíritu de la misma institución de la Eucaristía, aquí dentro de la Misa y después de la comunión del sacerdote debe tener su lugar propio y preferente la comunión de los fieles: véase Conc. Trident., sess. 22 c. 6 y Código de Der. Can., 863. Rituale Rom. T. IV. c. II. n. 10.
Para formar bien nuestro criterio sobre este punto, tengamos presente: 1, que lo más importante es el Santo Sacrificio de Cristo, la Misa ; 2, que la Comunión o banquete sacrificial, v. n. 232, como fruto precioso que brota de aquél, pertenece y está íntimamente ligada al Santo Sacrificio, y 3, que se equivocan, según esto, quienes consideran la Comunión como un acto de devoción separado de la Misa — o tienen la Comunión como la cosa esencial o prefieren comulgar antes de la Misa para dar después gracias durante toda ella — o en fin, pasan todo el tiempo de la Misa preparándose para comulgar… eso es una devoción a la comunión, no es el Santo Sacrificio.Cfr. Parsch: La Sainte Messe, pp. 235-236.
- ¿Quiénes solían comulgar fuera de la Misa?
Solamente los enfermos, los encarcelados, los mismos monjes que en el yermo no tenían a mano algún sacerdote y, en general, los que se veían imposibilitados de asistir a la misa, para lo cual se permitía a los fieles llevar y guardar en sus casas la Eucaristía. V. nn. 54 y 136.
En tiempo de Decio, sacerdotes y diáconos van a las cárceles, con intervalos regulares, para celebrar los santos misterios y repartir a los cautivos el Pan celestial. Algunos confesores africanos, privados a la vez del alimento corporal y de este otro alimento divino, desfallecían en la cárcel. Uno de ellos tuvo una visión; apareciósele un joven de extraordinaria estatura, que llevaba en cada mano una copa de leche: —Tened ánimo, les dijo: Dios Todopoderoso se acuerda de vosotros… Hízoles beber, pero las copas no se vaciaban. Puso una a la derecha y otra a la izquierda, y añadió: —He ahí que ya estáis saciados, y las copas están llenas y se os va a traer una tercera. Al día siguiente Luciano envió al subdiácono Hereniano y al catequista Genaro, para que les llevasen el alimento «que no disminuye», alimentum indeficiens: es decir, la Eucaristía. Luego se permitió a los hermanos visitar a los prisioneros y pudieron, al fin darles algún alivio. P. Allard: El Martirio, c. V., pág. 239. Véase: Wiseman: Fabiola, 2 p., c. 21: Las cárceles; y C. 22. El Viático: el martirio de SAN TARSICIO. Cfr. n. 87.
- ¿En los primeros siglos comulgaban también los niños?
No sólo los ya mayorcitos, a quienes también se daba la comunión bajo ambas especies; pero aun a los niños recién nacidos, después de administrarles el bautismo y antes de que recibieran alimento alguno, solía dárseles la Eucaristía bajo la especie de vino, lo cual se practicaba dándosela a chupar, o en una cucharita, o en el mismo dedo del sacerdote. Cfr. Ordo. Román. I, n. 4o.
El gran Obispo de Cartago, San Cipriano, nos refiere que una niña, la cual, por descuido de sus padres y de su nodriza, había comido viandas ofrecidas a los ídolos, fue llevada por su madre a la iglesia. Celebraba la Misa S. Cipriano, y cuando el diácono comenzó a ofrecer a los presentes el Cáliz de la comunión, también se lo ofreció a la niña; pero ésta no sólo volvió la cara, sino que cerró fuertemente la boca y rechazaba tenazmente el Cáliz. Se lo hicieron tomar a la fuerza, mas al momento la pobre niña, entre vómitos y convulsiones, devolvió la sagrada Forma. De Lapsis, c. 25. 1′. L. t., IV, col. 500.
- ¿Qué ritos o ceremonias solían preceder a la distribución de la Eucaristía?
Solían preceder estos dos, sumamente expresivos: la Fracción del Pan y el Beso de Paz.
¿En qué consistía la Fracción del Pan?
Como entonces no se consagraban más que hostias o panes grandes, en forma de plato, era necesario fraccionarlas, partirlas, para distribuir después los trozos del Pan consagrado a sacerdotes y fieles, que comulgaban todos en una única misa: el Obispo distribuía el Cuerpo del Señor, y el diácono, el Sanguis.
De esta manera el rito de la comunión era muy expresivo, pues los fieles comulgaban realmente de un fragmento del mismo pan y participaban del mismo cáliz. La fracción del pan exigía bastante tiempo, según el número de los comulgantes, y era entonces cuando se cantaba la antífona, llamada Confractorium — es decir, durante la fracción —; antífona que, después, al desaparecer este rito, cambió de sitio y quedó reducida al Communio de nuestras Misas. (Cf. n. 251.)
Véase uno de estos hermosos y más antiguos motetes o cánticos de comunión: «Venid, pueblos, a celebrar el misterio sagrado e inmortal, y la libación; acerquémonos con temor y con fe; con las manos puras comulguemos el fruto de la penitencia, porque el Cordero de Dios ha sido ofrecido al Padre como sacrificio por nosotros: a Él sólo adoremos, al mismo glorifiquemos cantando con los ángeles: Aleluia». Cabrol: La Oración de la Iglesia, pp. 553-554.
Otras de las antífonas preferidas eran aquellas dulcísimas palabras del salmo 33: «Gústate et videte quoniam suavis est Dominus, Gustad y ved que el Señor es benigno». En cuanto a este verso eucarístico, es curioso notar el siguiente juego de palabras, a que dio origen: el adjetivo griego XPHET0E —en latín suavis, benignus — es muy parecido, como se ve, al nombre, Cristo, y en griego, XPIET0E Esta semejanza de palabras pronto sugirió a los cristianos un cambio ventajoso en el versículo, y comenzaron a decir; Gustad y ved que el Señor es Cristo. Cfr. Parsch: o. c. p. 283. Véase nn. 42 y 235-238.
- ¿Cuándo se daban los fieles el Beso de paz?
Como la mejor preparación para la comunión se recitaba el Padre nuestro, la oración eucarística por excelencia:«el pan nuestro de cada día, dánosle hoy», que los antiguos aplicaban sobre todo al Pan Eucarístico; la oración unitiva de todos los fieles en Cristo: «perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» ; y como fruto el mejor y el más maduro de estas últimas palabras florecía en el corazón y se desprendía de los labios el símbolo del perdón cristiano y de la amistad renacida: el Beso de Paz: v. n. 240.
Así describen este rito las Constituciones de los Apóstoles, redactadas hacia el año 400: «Después diga el diácono:¡Atención! Y el obispo salude a la Iglesia y diga: La paz de Dios con todos vosotros. Y el pueblo responda: Y con tu espíritu. Entonces, el diácono diga a todos: Salutate vos invicem in osculo sancto (era la despedida familiar de los Apóstoles en sus cartas: I Petr. 5, 14: Rom. 16, 16; I Cor. 16, 20); y los clérigos besen al obispo, los laicos varones a los laicos, y las mujeres a las mujeres. Los niños estén de pie junto al altar y cuide de ellos otro diácono para que no alboroten… «Kirch, n. 611.»
El celebrante besaba la Hostia (así era antiguamente; hoy besa el altar), y el beso de paz se iba extendiendo por el diácono, el subdiácono y los ministros del altar hasta el último de los fieles, situados en el extremo ángulo del templo; verdadera cascada de fraternidad que se derramaba en ondas sucesivas desde el altar hasta los más lejanos pilares: festín viviente que recorría toda la masa de los fieles, cada uno se apoya en el siguiente, como se apoya en el próximo el que quiere escalar las cimas. Trátase aquí de subir hacia Dios: de seguir al Hijo que, en el mismo tiempo, en manos del sacerdote, se eleva hacia el Padre. Los senderos son estrechos, pero los pasos menos seguros están fortalecidos por los otros más firmes; el que vacila se ve sostenido por la colectividad, que no vacila; cada uno participa de la solidez de la colaboración común». R. Plus: Cristo en nuestros prójimos, p. I, lib. I, c. 3.
Sobre el sitio que ha ocupado en la misa el beso de paz, véase a Cabrol: Les Origines liturgiques, pp. 336-337. Véase San Justino, números 136 (5) y 240.
- ¿Cómo comulgaban bajo la especie de pan?
Llegado el momento de la comunión, el sacerdote elevaba el Cuerpo de Jesucristo y lo mostraba a los fieles, diciendo: SANCTA SANCTIS: las cosas santas, para los santos. A lo cual respondía el pueblo: UNUS SANCTUS, UNUS DOMINUS JESUS: Uno solo es el Santo, uno solo el Señor Jesús.
Después, todos de pie — ésta era la postura de los judíos cuando oraban, adoptada también por los cristianos—, iban recibiendo el Pan Eucarístico, primero los presbíteros (adviértase que solía haber en cada lugar una sola misa, y ésta celebrada por el Obispo o su suplente) después los diáconos, subdiáconos, etc., y, por fin, el pueblo.
Al entregárselo a cada uno, decía el celebrante: CORPUS CHRISTI: Cuerpo de Cristo, a lo que el comulgante respondía, haciendo un acto de fe: AMEN: Así es verdad, y besaba la mano del sacerdote. Los hombres recibían el Pan Eucarístico en la mano: «al acercaros a la comunión — decía a sus fieles San Cirilo de Jerusalén — no lo hagáis con las manos extendidas, ni con los dedos separados, sino haciendo con la izquierda como un trono la derecha, cual conviene a la mano que va a recibir al Rey; recibid en seguida en la parte cóncava de la mano el Cuerpo de Jesucristo, respondiendo: AMEN.» Catequesis mistagógica 5.
Las mujeres también lo recibían en las manos, pero les presentaban cubiertas con el dominical, lienzo muy fino que llevaban para este objeto.
Antes de tomar el Pan Eucarístico les estaba permitido— y así se lo recomendaban los Santos Padres — besarlo, acercarlo a su cuerpo y tocar y santificar con él los ojos, la frente, los sentidos.
Volvían a sus puestos, regresaba el celebrante al altar, cuando éste, inclinado sobre el altar se comulgaba a sí mismo, los fieles hacían lo propio.
- ¿Cómo comulgaban bajo la especie de vino?
De una de estas tres maneras: después de decir el diácono SANGUIS CHR1STI, Sangre de Cristo, y de responder los fieles AMEN, o se les daba a beber el Sanguis directamente del cáliz o, lo que era más ordinario, lo sorbían por medio del pugillaris, tubito de oro, plata o vidrio, que introducían en los cálices ministeriales, o, en fin, y esto ya en el siglo XII, se les daba el Pan Eucarístico mojado en el Sanguis. (Cf. n. 107.)
- ¿Cuándo cesó la comunión bajo la especie de vino?
A principios del siglo XII, cuando se multiplicó extraordinariamente el número de los fieles, fueron prohibiéndola en Occidente los Prelados y los Sínodos, por el peligro de que se derramara el Sanguis; aunque en muchas partes no desapareció por completo hasta el siglo XV. Como se sabe, está permitido a los católicos romanos recibir la Comunión bajo ambas Especies en el rito griego: Der. Can. c. 866.
- ¿Qué solía hacerse con los fragmentos o partículas que quedaban del Pan consagrado?
Los sacerdotes buscaban, entre los niños que iban a las escuelas, a los más pequeños e inocentes, y estando éstos en ayunas, les daban esos fragmentos.
El II Concilio de Macón, celebrado el año 585, dice expresamente: «Todas las reliquias o residuos que hayan quedado en el Sagrario después de celebrarse la Misa, el miércoles o viernes, los inocentes (niños) sean traídos a la Iglesia por el rector de ésta; y, habiéndoles ordenado el ayuno, reciban esos residuos rociados con vinos. Hefele-Leclercq, t. III, pág. 206. Recuérdese el caso del niño judío, arrojado por su padre en el horno de vidrio. Traval: Prodigios Eucarísticos, pág. 39; lo refiere Evagrio en la Historia Ecles., 1. IV, c. 36: P. G. t. 86, col. 2.770.
- Siendo la Eucaristía no sólo sacrificio, sino también sacramento que permanece para nuestro sustento y compañía, ¿dónde suele guardarse?
Suele guardarse en el sagrario o tabernáculo, que en nuestras iglesias se halla generalmente colocado en el altar mayor.
54.- Entre las formas que ha adoptado el sagrario a través de los siglos, ¿cuáles han sido las más usuales?
Han sido estas cuatro: sagrario portátil o cajita de marfil, o de plata, en la que los fieles, antes de que comenzara a guardarse el Sacramento en las iglesias, lo llevaban a sus casas para comulgarse a sí mismos.
Sobre el guardar la Eucaristía en las casas, tenemos ya en la Tradición Apostólica de Hipólito — muerto hacia el 235 — esta preciosa advertencia: «Todos deben vigilar atentamente para que ningún infiel coma de la Eucaristía, o que los ratones, o cualquier otro animal u otra cosa cualquiera caiga en el vaso, o que se pierda algo de ella. Es el cuerpo de Cristo del que todos los fieles se alimentan; no debe ser tratado con negligencia». C. 29.
55.- Sagrario-peristerion, o palomas eucarísticas (En griego, es paloma), eran unas palomitas de plata, huecas, con su puertecita a la espalda, que se colgaban de lo alto del ciborio sobre el altar, o, si no había ciborio, se suspendían de la voluta de un cayado o báculo de metal a un lado del mismo altar. Y. n. 81. Para el mismo fin, aunque algo más tarde, también se usaron unos vasos o artísticas torrecillas.
56.- Sagrario-armario: desde el siglo xii, como precaución contra robos y sacrilegios, comenzó a guardarse la Eucaristía en un hueco practicado en la pared del presbiterio y cerrado con preciosa puerta de una o dos hojas.
57.- Por fin, hacia el siglo XVI aparece el Sagrario en la forma actual: es decir, como una pequeña arca o cofre, fijo, adherido al altar y formando cuerpo con el retablo, que ya había hecho su aparición cuatro siglos antes.
58.- ¿Las hostias consagradas que se guardaban en esos sagrarios, eran, como ahora, para poder comulgar todos los que lo desearan?
Eran más bien para los enfermos hasta que en el siglo XIII, las grandes Ordenes Mendicantes, los Franciscanos y Dominicos sobre todo, con la mayor frecuencia de sacramentos introdujeron la costumbre de guardarlas para dar la comunión, fuera de la Misa, también a los sanos.
59.- ¿Y esta costumbre se extendió mucho?
Parece que no, o por lo menos fue decayendo bastante.
Tanto que, hacia 1580, a la Compañía de Jesús, que cuarenta años antes había comenzado su vida y su apostolado propagando por doquier la frecuente comunión, se acusaba aporque se dice que en Toledo tenían puestas formas en el altar para que las personas que quisiesen llegasen a comulgar… Y aun en particular — añade el Memorial — una persona grave dice que, viniendo de Roma con unos Padres de la Compañía, llegaron a un lugar y por no dejar de comulgar hicieron sacar formas de la custodia (sagrario), y sin decir ni oír Misa las recibieron y comulgaron, lo cual parece que es contra el estilo de la Iglesia». Astrain: Historia de la Compañía de Jesús, vol. 3, página 262 y sig. Cfr. Ferreres: o. c. n. 703.
El Concilio I de Toledo supone la celebración diaria: «Presbyter vel diaconus, vel subdiaconus… si ad ecclesiam ad sacrificinm quotidianum non accesserit clericus non habeatur». Hefele-Leclercq. t. II, p. 123. Después, en tiempos de San Ambrosio (P. L. t. XVII, col. 678), baja el fervor eucarístico y se comulga los domingos; aunque en Cuaresma, insiste el Santo en que oigan Misa y comulguen todos los días. Siguen decreciendo las comuniones, y ya el Concilio de Agda, celebrado el año 506, ordena en su Canon 18, «que los seglares que no hayan comulgado el día de Navidad, el de Pascua y el de Pentecostés, no sean juzgados como católicos, ni tenidos entre los católicos». En fin, Inocencio III, en el Concilio Lateranense IV, celebrado en noviembre de 1215, impuso a todo cristiano, que hubiese llegado al uso de la razón, la obligación de recibir, por lo menos una voz al año, los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Denzinger-Banw.: n. 437.
- LA FRECUENCIA DE SACRAMENTOS fue el arma más poderosa que esgrimió la verdadera reforma católica, como vigorosa reacción contra el Protestantismo, que pretendía extinguir la lámpara del Santuario y la fe en la Eucaristía.
Junto a la brillantísima pléyade de santos, que por aquella época enviaba Dios a su Iglesia, junto a San Jerónimo Emiliano, Antonio M. Zacarías, Cayetano de Thien, Carlos Borromeo, Felipe de Neri, Angela de Merici, y los Beatos Juan de Ribera y Juan de Ávila, trabajaba por la renovación de la vida eucarística la Compañía de Jesús con sus más esclarecidos hijos: Francisco de Borja, Pedro Canisio, Roberto Belarmino y, sobre todo, con su santo fundador Ignacio de Loyola.
Inauditos fueron los esfuerzos de Ignacio para poner remedio al lamentable abandono de la vida sacramental en que habían caído los fieles en aquel tiempo. La Confesión y Comunión se tenían, no ya como medios ordinarios y necesarios de unión con Dios, sino casi como penitencia, que había que cumplir una vez al año, en Pascua. En efecto, porque Francisco de Borja, virrey de Cataluña, se confesaba y comulgaba cada ocho días, se produjo tal nerviosismo que cada uno creía deber suyo denunciar el presunto abuso desde el púlpito. Un Sicilia, en 1547, hubo también gran admiración porque toda la familia del virrey, don Juan de Vega, gran amigo de Ignacio, comenzó a recibir, bajo la dirección del P. Doménech, cada ocho días los Sacramentos.
Ignacio reaccionó resueltamente contra esta relajación que era el fruto más palpable de todos los males del tiempo. Entre las reglas, propuestas al fin de los Ejercicios, para conformarse con el espíritu verdadero de la Iglesia, resalta está clara enseñanza: «Alabar el confesar con sacerdote y el recibir del Santísimo Sacramento una vez en el año, y mucho más en cada mes, y mucho mejor de ocho en ocho días, con las condiciones requisitas y debidas».
No admite mayor frecuencia, porque en aquellos tiempos no era concebible; pero en casos particulares, no dudó de exhortar a la comunión diaria, como hizo con la piadosa Teresa Rejadella. Cfr. G. Petralia — G. Novelli: S. Ignazio di Loyoli; Ignazio e la vera rifor- ma, pág. 168-109; Tacchi-Venturi: Storia della Comp. di Gesu in Italia, vol. I, pág. 207. Monumenta Ignatiana: serie I, tom. I. Ep. 73, pp. 275-27(3: Carta a Teresa Rejadella.
Aunque después sobrevino otra herejía, el respetuoso y solapado Jansenismo, que quería hacer del sagrario una tumba fría y sin amor, tampoco en este caso el contraataque católico se hizo esperar mucho tiempo; y esta vez fue el mismo Jesucristo quien vino a dar una respuesta clara y definitiva con la devoción de las devociones, con la devoción a su Divino Corazón.
Gracias a ella y al Pontífice de la Eucaristía, Pió X, vuelve a florecer por todas partes la comunión frecuente y aun diaria, la comunión de los tiempos apostólicos.
LECTURAS
- PREPARACION PARA LA COMUNION.
«Después de esto — es decir, después del Padre Nuestro que acaba de explicar — dice el sacerdote: «Los cosas santas, a los santos», santo es lo que tenemos sobre el altar, recibido el Espíritu Santo, autos sois también vosotros, hechos dignos del Espíritu Santo. Luego decís vosotros: «Un solo santo, un solo Señor Jesucristo». Verdaderamente un solo santo, santo por naturaleza. Nosotros también somos santos; pero no por naturaleza, sino por participación, por la práctica y por la oración.
A continuación oís al que canta el salmo, que con voz divina os invita a la comunión de los santos misterios, y os dice; «GUSTAD Y VED QUE EL SEÑOR ES BUENO». No confiéis al gusto corporal el discernimiento en este asunto, no, sino a la fe, que no reconoce dudas. Al deciros que gustéis, no os mando gustar el pan y el vino, sino el cuerpo y la sangre de Cristo.
Al acercaros, pues, a la Comunión no lo hagáis con las manos extendidas, ni con los dedos separados, sino haciendo con la izquierda uno un trono a la derecha, cual conviene a la que va a recibir al Rey; recibiendo en seguida, en la parte cóncava de la mano, el cuerpo de Jesucristo, respondiendo: Amén.
Después de haber santificado vuestros ojos con el contacto del santo cuerpo, tomadle cuidando de que no se os pierda nada de él. Lo que perdáis, tenedlo por perdido de vuestros propios miembros. Decidme si no: Si uno os diera a vosotros polvo de oro, ¿no lo guardaríais con todo cuidado y procuraríais no perder nada para no sufrir ningún daño? Pues, ¿no procuraréis que no se os caiga ni una miga de lo que es mejor que el oro y más precioso que las piedras preciosas? (cf. n. 249).
Luego, después de la comunión del cuerpo de Cristo, acercaos al cáliz de la sangre, no extendiendo las manos, sino inclinados a manera del que hace un acto de adoración y reverencia: y diciendo también Amén, os santificaréis tomando la sangre de Cristo.
Mientras la humedad persevera en vuestros labios, tocadla con las manos y santificad vuestros ojos, vuestras frentes y los otros sentidos. Por fin, quedando en oración, dad gracias a Dios que os ha hecho dignos de tan grandes misterios.
Conservad estas tradiciones intactas y vosotros conservaos sin ofensa alguna. No os separéis de la Comunión, ni por la mancha de los pecados os privéis a vosotros mismos de estos espirituales misterios. “El Dios de la paz os santifique a vosotros todos; y todo vuestro cuerpo y alma y espíritu sea conservado para la venida de nuestro Señor Jesucristo,al cual sea la gloria, la honra y el poder, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.» San Cirilo de Jerusalén, Doctor de la Iglesia (315-386): Catequesis mistagógica V. Se llamanmistagógicas, porque en estas catequesis se descubrían a los neófitos los misterios del culto católico: Cfr. Ubierna: San Cirilo de Jerusalén. Cateq. 23; Kirch, 486-489.
- ACCION DE GRACIAS: PLEGARIA por la UNIDAD de la gran FAMILIA CRISTIANA.
(Adviértase el sabor arcaico y evangélico de estas preciosas fórmulas, las más primitivas que se conocen: pertenecen a uno de los más valiosos monumentos escritos que nos ha legado la antigüedad cristiana, a la DIDAJE o DOCTRINA DE LOS DOCE APOSTOLES, especie de catecismo, redactado, según la opinión más probable, a fines del siglo I, entre los años 80 y 90).
Cap. IX. En cuanto a la Eucaristía, daréis gracias de la siguiente manera: Primeramente por el cáliz:
Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David, tu hijo, que os diste a conocer por medio de Jesús, tu hijo, Gloria a ti por los siglos —
Luego por el pan fraccionado:
Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y la ciencia que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu hijo. Gloria a ti por los siglos —
Como este pan fraccionado se halla disperso por las montañas y, reunido, fue uno solo; de igual suerte, reúnase tu Iglesia desde los confines de la tierra en tu reino. — Cfr. n. 238.
Porque tuyos son la gloria y el poder, por Jesucristo, durante los siglos.
Nadie coma, ni beba, de Vuestra Eucaristía, sino los bautizados en el nombre del Señor; que acerca de esto ha dicho el Señor: No deis lo santo a los perros.
Cap. X. Después de haberos saciado, dad gracias de la siguiente manera:
Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre, que has hecho habitar en nuestros corazones, y por la ciencia, la fe y la inmortalidad que nos hiciste conocer por medio de Jesús, tu hijo.
Gloria a ti por los siglos. Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas para gloria de tu nombre, y diste a los hombres comida y bebida para su provecho, a fin de que te rindieran gracias; mas a nosotros nos agraciaste con comida y bebida espiritual y vida eterna, por medio de tu hijo.
Ante todo te damos gracias, porque eres poderoso. Gloria a ti por los siglos. Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu amor; y congrégala de los cuatro vientos, esta Iglesia santificada, en el tu reino que le has preparado.
Porque tuyos son el poder y la gloria por los siglos.
Venga la gracia y pase este mundo.
Hosanna al Dios de David.
Si alguien es santo, venga; si no lo es, arrepiéntase. Ven, Señor: Maranatha. Amén.
A los profetas permitidles que den cuantas gracias quieran. Cap. XVI. Cada domingo del Señor, luego que os hayáis reunido, partid el pan y dad gracias, previa la confesión de vuestros pecados, a fin de que sea puro vuestro sacrificio.
Quien tuviere pendencia con su compañero, no se junte con vosotros sin haberse reconciliado para que no se contamine vuestro sacrificio.
Pues de éste ha dicho el Señor: En todo lugar y tiempo ofrecedme un sacrificio puro, porque soy un gran rey, dice el Señor, y mi nombre es admirable entre las gentes. (Traduc. del insigne helenista doctor L. Segalá: Obras escog. de Patrología Griega, tomo 1.) Kirch, 1-3.
- FRUTOS DE LA COMUNION: LA UNION CON CRISTO Y CON LOS PROJIMOS.
La Comunión realiza de modo divino aquella unión con Cristo y con los prójimos, que fue la suprema aspiración de Jesucristo: «Padre Santo, guarda en tu nombre a estos que tú me has dado para que sean UNO COMO NOSOTROS». San Juan, 17, 11-26.
La Iglesia es el cumplimiento, la plenitud del cuerpo de Jesucristo: Efes., 1, 23; pues, como explica soberanamente San Agustín, el Cristo total es cabeza y es cuerpo: cabeza, el Hijo único de Dios; cuerpo, su Iglesia; esposo y esposa, dos en una sola carne». C. Donat: De Unit. Eccl. IV, 7. Y por eso, según la gran definición del mismo santo, la Iglesia es ese hombre, Cristo, difundido en todas partes, que tiene la cabeza en el cielo y los miembros en el suela. In. ps. 48. I’-L 36, 476.
Ahora bien: por la Comunión ¿no nos unimos todos vitalmente con Cristo?, «el cáliz de bendición que bendecimos o consagramos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo?; y el pan que partimos ¿no es la participación del cuerpo del Señor! Porque todos los que participamos del mismo pan, bien que muchos, venimos a ser un solo pan, un solo cuerpo». I Cor. 10, 16-17.
«Esta unión con Cristo y con los prójimos, fruto el más precioso de la Comunión, estaba simbolizada en dos ritos antiquísimos: en la CONCELEBRACION y en el FERMENTUM.
He aquí en qué consistía la CONCELEBRACION, usada por lo menos en Roma, donde estaba la sede del Pontífice, Cabeza de la Iglesia. Los lugares del culto se habían multiplicado muy rápidamente: sólo en Roma se contaban veinticinco hacia el fin de los cuatro primeros siglos y cada uno tenía al frente un prepósito encargado de velar por la comunidad agrupada en derredor de su iglesia. Pero a menudo el Pontífice se trasladaba de un punto a otro para celebrar personalmente los sagrados misterios; citaba allí a los titulares de las otras veinticuatro iglesias y todos se juntaban para celebrar con él, de modo semejante a lo que se hace ahora en la misa de la ordenación sacerdotal. Los ordenandos pronuncian el canon al mismo tiempo que el obispo celebrante. Por su parte, el pueblo cooperaba trayendo oblaciones de pan y vino… Llegado el momento de la comunión, se le devolvía esta parte, pero consagrada. Cada uno había traído su oblación; y esta oblación, transformada en el Cuerpo y Sangre del Señor, volvía a todos…
Así se hacía cada vez una nueva afirmación de la unidad de todos en la participación de un mismo culto, en la oblación de un mismo sacrificio, en la recepción de una misma Hostia». R. Plus, Cristo en nuestros prójimos: p. 1, 1. 1, c. 3.
El FERMENTUM: «En otras iglesias titulares de Roma, es decir, fuera de la basílica del Papa, se echaba en el cáliz el llamado FERMENTUM», o sea un fragmento del Pan consagrado que, los domingos o días de fiesta, el Papa remitía a las otras iglesias de Roma, en señal de comunión con la Sede Apostólica. El domingo precedente al domingo de Ramos, el Papa enviaba este «fermentum» a los obispos vecinos, para la próxima fiesta de Pascuas. A los sacerdotes recién ordenados, el Papa presentaba un Pan consagrado, del cual ellos debían separar una parte durante ocho días para irla sumergiendo en el cáliz.
En su Historia Eclesiástica — 18, V, 24—, Eusebio refiere que Ireneo había escrito al Papa Víctor, juzgado demasiado severo, «que antes que él, los Papas enviaban de buena gana la Eucaristía, en señal de unidad a los obispos del Asia Menor, que residían entonces en Roma…».
La carta del Papa Inocencio I a Decentius de Eugubium es muy interesante. Este último había pedido al Papa algunas normas para el envío de la Eucaristía, que él llama «fermentum». El Papa responde describiendo la práctica romana, según la cual, los sacerdotes de las iglesias de Roma, que no han podido tomar parte en el servicio papal, reciben del Papa la Eucaristía llevada por los acólitos; con todo, este envío no tiene lugar para las diócesis suburbanas, ni para las basílicas de los cementerios, «porque el Santo Sacramento no debe ser llevado demasiado lejos». Así, pues, el FERMENTUM era unmagnifico símbolo y al mismo tiempo una señal de la unidad de la Iglesia y de la unidad del sacrificio. Cfr. n. 237 y 238. Véase Parsch; o. c. pp. 265-266.
Antonio Rubinos, S.J.
CATECISMO HISTORICO LITURGICO DE LA MISA
LAS 5 VÍAS TOMISTAS PARA PROBAR LA EXISTENCIA DE DIOS
Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente que se mueve es contingente. Esto es así porque el ser móvil está en potencia con respecto a la realidad hacia la cual tiende; debe recibirla de un ser que esté en acto con respecto a esa misma realidad. Por lo tanto el ser móvil es contingente. Por el principio de causalidad, el movimiento del ser móvil requiere una causa eficaz (un motor): “todo ente que se mueve es movido por otro”.
Santo Tomás demuestra esta afirmación de la siguiente manera: moverse es pasar de potencia a acto. La potencia no puede darse el acto a sí misma, porque el acto es más que la potencia. De potencia a acto, luego, nada pasa, si no es por obra de un ser en acto. Por tanto, el ente que se mueve, en cuanto tal, está en potencia, y el motor, en cuanto tal, está en acto. Nada puede estar en acto y en potencia al mismo tiempo respecto de lo mismo. Luego, no se puede ser a la vez motor y movido bajo el mismo respecto. Por tanto, todo lo que se mueve, se mueve por otro.
El razonamiento seguido por Santo Tomás en la primera vía es similar al expuesto en el numeral 5. El motor que mueve al ser móvil puede ser inmóvil o móvil. Si es inmóvil, hemos hallado la causa primera (incausada) del movimiento del ser móvil. Si es móvil, entonces es movido por otro motor que puede ser a su vez inmóvil o móvil. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de motores móviles actualmente subordinados, porque en una sucesión infinita todos los motores recibirían y transmitirían el movimiento, pero ninguno de ellos (ni el conjunto formado por todos ellos) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir un primer motor inmóvil. Este ser, que es acto puro, sin mezcla de potencia, es llamado «Dios». Esta prueba no depende de una cosmología caducada, porque no se sitúa en el plano científico, sino en el plano metafísico.
Las cosas de nuestro mundo son entes mutables, temporales. Son contingentes porque su ser actual no es metafísicamente necesario. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es inmutable y eterno. Porque Dios es eterno, su acción se ejerce en el instante presente en el cambio que en él se produce. La acción del primer motor trasciende la acción de los motores segundos. Dios no cambia por su acción; es independiente del mundo que cambia. Por consiguiente, el estudio de la acción de Dios no pertenece a la ciencia, sino a la metafísica.
La segunda vía
La segunda vía es llamada también prueba por la causación o por las causas eficientes del ser. Tiene antecedentes en Aristóteles; posteriormente fue desarrollada por Duns Escoto y Suárez.
El punto de partida de esta vía es el hecho de la causación: existen cosas que dependen de causas eficientes actuales, tanto en su ser sustancial como en sus modos de ser accidentales.
Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente causado es contingente. Esto es así porque el ser del ente causado depende del ser de su causa. En tanto ésta pueda darse o no darse, aquél puede ser o no ser. Por lo tanto, el
ser causado es contingente.
El razonamiento seguido por Santo Tomás es similar al expuesto en el numeral 5. La causa del ser causado puede ser incausada o causada. Si es incausada, hemos hallado la causa primera (incausada) del ser causado en cuestión. Si es causada, entonces es causada por otro ser que puede ser a su vez incausado o causado. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de causas causadas actualmente subordinadas, porque en una sucesión infinita todas las causas recibirían y transmitirían el ser, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir una causa primera incausada. Este ser, que es el Ser subsistente por sí mismo, es llamado «Dios».
Las cosas de nuestro mundo son entes causados. Son contingentes porque son necesitados de una causa. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es la Causa primera, el fundamento incausado de todo lo relativo. Dios obra en el presente sobre todas las sucesiones de causas para conservar el ser de los efectos. Se sirve de causas segundas y les da una actividad propia, pero sólo Él es la causa principal de la existencia. La causa primera es trascendente y su actividad es de orden metafísico.
La tercera vía es llamada también prueba por la contingencia o por lo posible y lo necesario. Tiene antecedentes en Platón, Avicena y Maimónides.
El punto de partida de esta vía es el hecho de la contingencia: existen cosas que son contingentes, es decir que son pero pueden no ser. Los cambios sustanciales y accidentales son signos de contingencia.
En este caso se aplica directamente el razonamiento expuesto en el numeral 5. Por el principio metafísico de causalidad, todo ente contingente tiene una causa, que le da su razón de ser. El ser contingente es un ser condicionado (relativo), mientras que el ser necesario es incondicionado (absoluto).
El razonamiento seguido por Santo Tomás es parecido al expuesto en el numeral 5. La causa del ser contingente puede ser necesaria o contingente. Si es necesaria, hemos demostrado que hay algo necesario en lo real. Si es contingente, entonces es causada por otro ser que puede a su vez ser necesario o contingente. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de causas contingentes, porque en una sucesión infinita todas las causas recibirían y transmitirían el ser, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir un ser necesario. Santo Tomás no excluye la posibilidad teórica de que existan seres necesarios causados. Por lo tanto el razonamiento continúa así: El ser necesario hallado puede ser necesario por sí mismo o por otro. Si es necesario por otro es causado.
Excluyendo una regresión infinita, se concluye que existe un ser necesario por sí mismo, que es llamado «Dios».
Las cosas de nuestro mundo son entes contingentes. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es necesario; no tiene simplemente el ser en un grado contingente. En los seres creados la existencia es un efecto, que es propio de la causa universal. Dios obra en todas partes para producir y conservar el ser contingente; la más pequeña realidad es signo de su presencia.
La cuarta vía es llamada también prueba por los grados de perfección o por los grados de ser. Tiene antecedentes en Platón, Plotino, San Agustín y San Anselmo; posteriormente fue desarrollada por Leibnitz, Maréchal y Blondel.
El punto de partida de esta vía es el hecho de los grados de perfección: existen cosas con diferentes grados de perfección. Se trata aquí de cualquiera de las perfecciones simples, es decir aquellas que no están necesariamente mezcladas con imperfecciones. Las perfecciones simples son de dos tipos: trascendentales y personales.
Las perfecciones trascendentales son la unidad, la verdad, la bondad y la belleza. Resultan directamente de la noción de ser y por ello convienen a todo ser. Las perfecciones personales son la inteligencia, la voluntad, la justicia, la misericordia, etc. No implican por sí mismas ninguna limitación.
Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente de perfección limitada es contingente. Esto es así porque una perfección que existe por sí misma es ilimitada, pues no podría ser el principio de su propia limitación. Por lo tanto el ser de perfección limitada es dependiente, ha debido recibir su perfección de otro (su causa).
Se podría aplicar aquí un razonamiento parecido al expuesto en el numeral 5: La causa del ser de perfección limitada es un ser de perfección ilimitada o limitada. Si es de perfección ilimitada, hemos hallado la causa primera del ser de perfección limitada. Si es de perfección limitada, entonces es causado por otro ser que puede ser a su vez de perfección ilimitada o limitada. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de causas de perfección limitada, porque en una sucesión infinita todas las causas recibirían y transmitirían esa perfección, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarla.
Por consiguiente debe existir un ser de perfección ilimitada, que es llamado «Dios».
Las cosas de nuestro mundo son entes ontológicamente finitos, en desarrollo, perfectibles. Son contingentes porque no poseen toda la perfección. Por ello el Ser absoluto que los hace posibles es infinito, absolutamente perfecto, no necesitado de adquirir perfección. La perfección infinita de la causa primera es finita en sus efectos, pues queda limitada por la capacidad de las esencias que la reciben. Hay una simple participación de las criaturas en la perfección divina.
La quinta vía es llamada también prueba por la finalidad o por el orden del mundo o por el gobierno del mundo. Kant la llamó «prueba físico-teológica». Tiene antecedentes en Anaxágoras, Platón y los estoicos.
El punto de partida de esta vía es el hecho de las leyes naturales: existen seres no inteligentes que obran en vista de un fin. Las actividades naturales presentan una constancia en la búsqueda del bien, lo cual denota una finalidad intencional.
A este hecho se podría oponer la objeción de los desórdenes naturales. Esta objeción subraya que las actividades naturales no realizan siempre el bien de los seres, sino «las más de las veces», como reconoce Santo Tomás. El «desorden» de la naturaleza es en realidad un orden limitado. El mal físico puede encontrar su lugar dentro de este orden.
Para poder aplicar el razonamiento expuesto en el numeral 5 es necesario probar que todo ente sometido a leyes naturales es contingente. Esto es así porque un ser carente de conocimiento que actúa en orden a un fin no se ha dado a sí mismo la ordenación al fin sino que la ha recibido de otro ser. Un orden intencional supone la acción de una inteligencia. Ni la casualidad ni la necesidad pueden dar cuenta de este orden. Por lo tanto el ser sometido a leyes naturales es dependiente, ha debido recibir sus leyes naturales de otro ser (su causa), éste sí inteligente.
Se podría aplicar aquí un razonamiento parecido al expuesto en el numeral 5. La causa del ser sometido a leyes naturales es un ser inteligente, que existe por sí mismo o por otro. Si existe por sí mismo, hemos hallado la causa primera del orden del mundo. Si no existe por sí mismo, entonces es causado por otro ser inteligente que a su vez puede existir por sí mismo o por otro. Pero es imposible remontarse al infinito en la sucesión de inteligencias ordenadoras que no existen por sí mismas, porque en una sucesión infinita todas estas inteligencias recibirían y transmitirían el orden natural, pero ninguna de ellas (ni el conjunto formado por todas ellas) podría explicarlo. Por consiguiente debe existir una inteligencia ordenadora que existe por sí misma, que es llamada «Dios».
Las cosas de nuestro mundo son entes que operan según una ley natural. Son contingentes porque su contenido ontológico finito las obliga a una determinada acción. Por ello el Ser absoluto que las hace posibles crea libremente, no se apoya externamente sobre una acción determinada.
Esta vía, desarrollada aquí a partir de la causa eficaz, puede también ser desarrollada a partir de la causa final. Dentro del marco de la quinta vía pueden encontrar una fundamentación adecuada los argumentos basados en los conocimientos científico-naturales acerca del orden y la evolución del cosmos y de los seres vivientes. Por ejemplo: Pierre Teilhard de Chardin, en El fenómeno humano, desarrolla una argumentación muy sugerente a partir de datos científicos presentados con gran fuerza expresiva, pero con una pobre fundamentación metafísica.
LA IMPORTANCIA DE TENER UN PLAN DE LECTURA
La importancia de tener un plan de lectura

LA CAVERNA DE PLATÓN

