LA CONFESIÓN GENERAL

CONFESIÓN GENERAL

Discípulo.- Padre, la última cosa. ¿Qué es la confesión general?
Maestro.- Se llama confesión general a la acusación de todas las culpas cometidas en toda la vida o en parte notable de ella.

D.—¿Es necesaria la confesión general?

M.—Para muchos puede ser necesaria para otros solamente útil y para algunos nociva.

D.—¿ Cuándo es necesaria?

M.—Es necesaria cuando las confesiones precedentes fueron sacrilegas o nulas.

D.— ¿Y cuándo son sacrilegas y cuándo nulas?

M.—Las confesiones son sacrilegas cuando, a sabiendas, se callan pecados graves, sabiendo que hay obligación de confesarlos, o bien, cuando falta el dolor o, propósito necesarios; son nulas cuando la falta de dolor o de propósito de no pecar, no la advertía el penitente en el acto de la confesión.
D.—¿ Quién, pues, se encuentra en la necesidad de hacer confesión general ?
M.—Encuéntrase en la absoluta necesidad de hacer una confesión general, aquellos que, sea por malicia, sea por vergüenza, callaron o negaron algún pecado mortal en las confesiones pasadas, o bien, alguna circunstancia que cambiase la especie del pecado o no se acusaron con precisión del número de los pecados mortales, de que tenían conciencia, o también declararon los pecados al confesor en forma tal, que no entendiese, o bien, si le engañaron con mentiras graves al responder a sus preguntas.

D.—Tenga la bondad de explicarme con ejemplos todas estas cosas.

M.—Supongamos que un pobrecito pecador desde la primera vez que se confesó, calló ciertos pecados por vergüenza de confesarlos; aun cuando hubiera declarado bien todos los demás, sin embargo, por no haber corregido la primera confesión mal hecha, ninguna de las confesiones fue buena, y por lo mismo se encuentra en la absoluta necesidad de subsanarlas todas, con una confesión general en la que, además debe acusarse de los sacrilegios cometidos.
Supongamos otro que desgraciadamente, habiendo cometido en otros tiempos ciertos pecados de obra, al acusarse de ellos siempre hubiera dicho que tuvo malos pensamientos; también éste se confesó mal y tiene necesidad de confesarse generalmente.
Supongamos todavía otro que tuvo la desgracia de cometer pecados, pero con otra persona; si al confesarlos calló esta circunstancia y lo hizo a caso hecho, cómo la condición particular de haber pecado con aquella persona debía haberla manifestado y culpablemente la calló, se confesó mal y dabe confesarse también generalmente.
Supongamos, por último, oue otro tuviese la costumbre de cometer cuatro o cinco pecados graves cada semana o cada mes y que al confesarse, en vez de cuatro o cinco pecados declaro sólo dos o tres, o bien tres o cuatro, sabiendo con seguridad qne mentía, éste si confesaba, Confesaba mal, y se halla en el caso de los anteriores, es decir, que debe hacer confesión general.

D.—¡Por Dios!

M.—Aún más. La confesión general es, en segundo lugar de absoluta necesidad para quien siempre se ha confesado sin dolor y propositó de no cometer más pecados, según se ha dicho anteriormente, o también para quien no ha cumplido fielmente las obligaciones impuestas por el confesor, como por ejemplo de abandonar la ocasión próxima y voluntaria de los pecados o destruir algún libro prohibido o entregarlo a quien tenga licencia para leerlo o retenerlo, de romper con ciertas relaciones, y así de otros casos semejantes. Todos éstos habiendo faltado a las cualidades sustanciales de la confesión, deben por lo mismo poner en orden y tranquilidad su conciencia mediante una buena confesión general.

D.—Padre, ¿estos tales son pocos o son muchos?

M.—¡Plugue a Dios que sean pocos los que se encuentran en estas circunstancias! Mas la experiencia diaria demuestra que el número de ellos es, mucho mayor de lo que se cree, aun entre personas aparentemente buenas.
* * *
En la vida de Santa Inés de Monte Pulciano se lee, que un señor rico, estimado por todos como buen cristiano, siendo como era muy devoto de aquella santa y de su monasterio, la socorría con muchas y generosas limosnas; y la santa, en cambio, rogaba mucho por su bienhechor.

Cierto día, estando la santa en oración, fue arrebatada en éxtasis, durante el cual vio en medio del infierno un palacio todo de fuego, y oyó una voz que le dijo: «Inés, este palacio es de tu bienhechor, y cuanto antes vendrá a habitarlo». Vuelta en sí Inés muy asombrada mandó llamar a aquel señor que viniese a verla. Vino, en efecto, contóle la santa la espantosa visión que había tenido. Aquel señor tembló, palideció y como desvanecido, declaró sinceramente que hacía como treinta años que se confesaba mal, a causa de haber permanecido siempre voluntariamente en ocasión próxima de pecado. Entonces la santa lo animó a hacer una buena confesión general. Obedeció aquel señor y he aquí, que Inés, tuvo luego otra visión en la que vio aquel palacio en el Paraíso, y oyó la misma voz que le decía : «bien pronto vendrá tu bienhechor a habitarlo».

Ahora bien, todo aquel que, a causa de sus malas confesiones, tema tener preparado su palacio o su casa en el infierno, ya sabe lo que debe hacer para librarse: confesarse bien.
D.—Padre, cuando uno se dejó algunos pecados en las eonfesionse pasadas por ignorancia o por olvido y después lleva a conocerlos o a recordarlos, ¿está obligado a repetir las confesiones pasadas o confesarse generalmente?
M.—No, cuando los pecados se dejaron por ignorancia o por olvido, entonces sólo hay Obligación de reparar aquellas omisiones parciales. Para que haya obligación de la confesión general, es preciso que se trate de haber recibido mal el sacramento a sabiendas y queriendo cometer sacrilegio.
D.—Y cuando dudamos de si tenemos obligación o no, de hacer confesión general, ¿cómo debemos comportarnos?

M.—En este caso expónganse al confesor las dudas que se tengan, y sígase su resolución.
D.—Gracias, Padre; y ahora dígame: ¿para quiénes será útil la confesión general?

M.—1. Es útil a quien duda acerca del valor de las confesiones pasadas, y tiene necesidad de poner en paz su conciencia.
2. Es útil a todos aquellos que nunca la han hecho, pues suele producir en sus corazones mayor contrición de los pecados y consolidar la firmeza y la eficacia del propósito de no volver a cometer más.
3. Es también muy útil a aquellos que se encuentran en un punto decisivo de su vida o deben escoger o abrazar un estado del cual depende su porvenir espiritual. Estos podrán así recibir del confesor, que hace las veces de Dios, mayor luz y mejor consejo y conseguir mayor seguridad en su elección.
D.—¿Por ejemplo, los esposos, al aproximarse las bodas?
M.—Así es. También a éstos les es muy útil la confesión general, ya para disponerse mejor para recibir el sacramento que los ha de unir hasta la muerte de uno de ellos, ya para obtener aquella luz y consejo indispensable para gobernarse debidamente en tal estado. El matrimonio es un sacramento grande ¡ay de quien lo recibe indignamente! Dios no bendecirá nunca un matrimonio en el que interviene el pecado.

D.—¿Cuándo, Padre, puede intervenir el pecado en el matrimonio?
M.—1. Cuando se prolonga mucho el noviazgo.
2. Cuando se permiten los novios ciertas libertades en sus conversaciones y en sus tratos.

3. Cuando, estando en pecado los novios, o no se confiesan, o, lo que es peor, se confiesan mal, para casarse.
D.—¿Es, pues, necesario en tal confesión manifestar que se va a contraer matrimonio, y pedir consejo al confesor en tales circunstancias ?
M.—Sin duda. No manifestándolo, ¿cómo puede el confesor ilustrarles en lo concerniente al nuevo estado que pretenden abrazar?

D.—Padre ¿cuál es el tiempo más propicio para hacer una confesión general?

M.—Si se trata solamente de pura utilidad o devoción, el tiempo más indicado es el de los Ejercicois Espirituales, y mejor al fin de los mismos; mas si se trata de ponerse en gracia de Dios, debe hacerse cuanto antes se pueda.

Quien piensa disponer de tiempo (para su conversión), no se demore, dice el proverbio.
D.—¿Y se deben escribir los pecados para mejor recordarlos?

M.—Generalmente no. El que tuviere necesidad de recurrir a la escritura, hágalo con la debida cautela, y apenas terminada la confesión, destruya aquel escrito, de modo que nadie pueda ya leerlo, ni siquiera el mismo penitente.
* * *
Entre los muchos episodios chistosos que se leen en la vida de San Juan Bosco, se encuentra el siguiente: Un buen muchacho, deseoso de hacer con la mayor precisión posible su confesión general, había escrito sus pecados, llenando con ellos un cuadernillo. Mas sin saber cómo, perdió el pequeño volumen de sus infaustas gestas. Mete una y más veces sus mayos en los bolsillos, busca y vuelve a buscar por todas partes. El manuscrito no aparece. Entonces el pobre muchacho se desconsuela, siente oprimírsele el corazón y rompe a llorar. Por buena suerte, el cuadernito se lo había encontrado Don Bosco. Cuando los compañeros del muchacho lo llevaron llorando ante el Santo, sin haberle podido arrancar la causa de su llanto, Don Bosco le preguntó:

—¿Qué te pasa, Jaimito? ¿estás enfermo? ¿tienes algún disgusto? ¿te han pegado?

El buen muchacho enjugándose un poco las lágrimas y animándose un poco, le responde, ¡He perdido los pecados! A estas palabras los compañeros prorrumpieron en regocijadas risas, y Don Bosco, que en seguida lo había comprendido todo, le dice discretamente:
—Feliz de ti si has perdido los pecados, y mucho más feliz, si ya no los vuelves a encontrar, porque sin pecados, irás ciertamente al cielo.

Mas Jaimitos pensando que no había sido comprendido, se explicó diciendo:
—¡He perdido el cuaderno en que los tenía escritos!
Entonces, D. Bosco, sacando del bolsillo el gran secreto, le dice:
—Está tranquilo, querido, que tus pecados han caído en buenas manos; ¡ élos aquí!
Al verlos el pobrecito se sosegó y sonriendo añadió:

—Si hubiese sabido que era Ud. quien los había encontrado, en vez de llorar me hubiera echado a reír. Esta noche al irme a confesar lo hubiera dicho: Padre, me acuso de todos los pecados que usted se ha encontrado y que tiene en el bolsillo.
D.—Muy chistoso, en verdad, es el caso, y como todos los episodios y escenas de este gran educador y humildísimo santo, lleno de dulzura. Y finalmente, Padre, ¿para quiénes podrá ser nociva la confesión general?
M.—Puede ser nociva especialmente para las personas escrupulosas o llenas de ansiedades y de vanos temores: para aquellos que, habiéndola hecho varias veces, no se aquietan nunca y quisieran cada momento decir, desde el principio, lo que tienen dicho ya cien veces. A todos éstos, la confesión general les servirá sólo para suscitarles un avispero de mayores ansiedades y escrúpulos. Estos deben obedecer al confesor, y cuando él les asegura que pueden estar tranquilos… que él responde ante Dios del estado de su alma, ¿por qué dudar? El confesor ve y juzga mejor que ellos. Deben, pues, quedar bien persuadidos de que obedeciendo al confesor, obedecen a Dios mismo.

D.—Entonces, pues, cuando el confesor no permite la confesión general, ¿debe ser obedecido ?

M.—Sin duda, cuando el confesor no permite la confesión general está en uso de sus plenos derechos y el penitente tiene el deber de obedecer. Solamente a este precio se consigue poco a poco llegar a gozar de aquella tranquilidad tan suspirada. Querer encontrar la paz por otros caminos, es como pedir peras al olmo.
Ya ves, en resumen, de cuánta importancia es la confesión general. Después de esto no hay por qué maravillarnos que haya sido tan recomendada de los santos, como de un San Ignacio, de un San Carlos Borromeo, de un San Francisco de Sales, de un San Buenaventura, de un Santo Tomás de Aquino, que son los más célebres por su práctica espiritual y por su doctrina.
Animo, pues. Ninguno se deje engañar del demonio; y teniendo necesidad, dispóngase a hacer una confesión general. Anímenos el pensamiento de que, por su remedio, podemos en cierto modo reconquistar la inocencia bautismal.
En la vida de los santos monjes del desierto se lee que un joven, gran pecador, se presentó al monasterio con el fin de hacerse religioso, al cual el Superior le mandó que hiciera confesión general el domingo siguiente en la iglesia del monasterio. El joven con este intento se preparó y escribió todos sus pecados para mejor recordarlos y confesarlos. Ahora bien, mientras se confesaba leyendo sus culpas, un monje de los más ancianos y virtuosos vio al mismo tiempo un ángel que iba tachándolos del catálogo que tenía en la mano el joven, hasta dejarlo por fin completamente blanco; como significando la blancura inmaculada con que había quedado adornada el alma de aquel joven.
* * *

Un hecho semejante lo refiere Cesáreo, Obispo de Arles. Era cierto estudiante de París, el cual, habiendo sido gran pecador, pero queriéndose convertir de veras y a toda costa, fue a hacer confesión general con un buen confesor de la Orden Cisterciense. Mas no pudiendo declarar sus pecados, por la abundancia de lágrimas y suspiros, el confesor le exhortó a que los escribiese en un papel, lo que el joven hizo de muy buena gana. Púsose luego el confesor a leerlos y encontró allí casos tan enormes, y complicados que no se atrevió a resolverlos por sí mismo, por lo que pidió y obtuvo del penitente la licencia necesaria para consultar acerca de ellos con el Superior. Mas cuando el Abad tomó aquel papel para leerlo, al punto exclamó: «Pero, ¿qué cosa he de leer si no hay nada escrito?» —En efecto, Dios milagrosamente había borrado del papel todos los pecados de aquel joven, así como los había también borrado de su alma.

Mas, ¿a qué ir aduciendo ejemplos de los santos, cuando el mismo Jesucristo nos declara que la confesión general nos devuelve verdaderamente la inocencia bautismal? En confirmación de esto, ademas del hecho de Santa Margarita de Cortona, referido antes al tratar de los admirables efectos de la confesión, tenemos el de Sta. Margarita María Alacoque.
* * *
Estaba la Santa practicando los Santos Ejercicios Espirituales, cuando se le apareció Jesucristo, y le dijo:- «Margarita, deseo que renueves la confesión general de los pecados de toda tu vida, y yo te regalaré un candido vestido».
Margarita, para complacer a Jesús, puso mano a la obra, y después de un diligente examen, verificó su confesión general. Inmediatamente después se le apareció de nuevo Jesús, quien llevando en sus manos un blanquísimo vestido se lo vistió diciéndole: «Este es, Margarita, el vestido que te había prometido». Aquella candida vestidura era la imagen de la inocencia bautismal.
¡Oh, mil veces bendita sea la confesión general, que produce en nuestras almas, tan maravillosos efectos, que la purifica más y más y la deja de nuevo tan bella como si entonces acabara de salir de la pila del Santo Bautismo!

D.—Gracias, Padre, lo he entendido todo muy bien, y le agradezco cordialmente su doctrina; la estamparé en mi corazón.

Pbro. Luis José Chiavarino
CONFESAOS BIEN

LA CRITICA DEL BORGHESE DE LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA

Páginas 299-311 del libro Cisma o Fe escrito Pbro. Joaquín Sáenz y Arriaga
Esta es una breve historia de la amistad entre Montini y un espía comunista: Alighiero Tondi, italiano, que era miembro del Partido Comunista; ingresó en el Instituto de los Jesuitas por orden del Partido. En el año 1943 fue ordenado sacerdote. «Me encontraba yo en Roma, cuando el murmullo de un acontecimiento se extendía entre los habitantes de la Ciudad. En efecto, se había visto salir del Vaticano a un hombre esposado, al que un coche celular se lo había llevado. Este hombre despojado de su sotana por orden de Pío XII, no era otro que Mons. Alighiero Tondi, jesuita, secretario particular de Mons. Juan Bautista Montini, éste a su vez, Prosecretario de Estado de Pío XII» (Abbé Henri Mouraux en Bonum Certamen´, mayo-junio de 1981).

 

«Vaticano Noviembre. Las primeras copias mecanografiadas empezaron a circular con gran cautela en algunas oficinas de la Curia, hace ya tres o cuatro meses. Algunos de los monseñores, en son de broma, decían en voz baja «Parece escrito en la URSS, donde la inteligencia difunde los volúmenes anticonformistas con el samizadt». El samizad es la prensa clandestina rusa, que circula de mano en mano, con mil precauciones para evitar los rayos del régimen; y la semejanza con el Vaticano no es del todo casual, desde el momento que las circunstancias parecen decir un poco de identidad. Y, la tienen, en verdad, todavía ahora, no obstante que aquellas copias mecanografiadas, han sido sustituidas por otros tantos y más numerosos ejemplares del voluminoso libro que ha conmovido al mundo del otro lado del Tíber.
«Prudente y todavía cauteloso, el Delegado Apostólico en México, Mons. Carlo Martini, hizo llegar a la Secretaría de Estado algunos ejemplares del volumen. En una información adjunta, el diplomático vaticano comunicaba que el Presidente de la República, Echeverría, había procurado adquirir un ejemplar, para leer ese libro, que prometía ser un «best seller», no obstante la mole conspicua (más de seis cientas páginas), la copiosa documentación, y el extenso material expuesto en él, que lo mismo es teológico que político. El libro del día tiene por título «LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA», y su autor es un sacerdote, el P. Joaquín Sáenz y Arriaga. Está escrito en español, pero se están haciendo ya las traducciones en italiano, francés, inglés y alemán.
«Estas noticias han contribuido a aumentar la preocupación vaticana: la difusión del volumen en Europa y, particularmente, en Roma, tiene que excitar más la polémica, así como desencadenar a los tradicionalistas católicos, que hasta ahora se habían mantenido dentro de los límites de la «ortodoxia» crítica. Así mismo, el Consejo de Asuntos Públicos de la Iglesia, como si dijéramos, el Ministerio de Relaciones Exteriores del Vaticano, ha sido informado del asunto, por las reacciones internacionales, que, inevitablemente, el libro está destinado a provocar, con graves repercusiones, en el inquieto continente latinoamericano. Se sabe ya que algunos gobiernos sudamericanos están documentándose sobre la responsabilidad vaticana en la acción subversiva de los sacerdotes progresistas, que no han omitido el llamamiento a la insurrección armada, para hacer caer a los legítimos gobiernos con el pretexto de «las nuevas fronteras» trazadas por la POPULORUM PROGRESSIO. Todo hace pensar, en suma, que LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA es un libro capaz de destruir las trincheras avanzadas del ala, hasta aquí triunfadora y triunfalista de la izquierda del post-concilio.
¿Qué es, pues, lo que se lee en este libro? La tesis general, que es la afirmación de los tradicionalistas es ésta:»Dejando a un lado la tesis del Papa, prisionero y víctima de los círculos de vanguardia, hay que afirmar, sin términos ambiguos, su responsabilidad personal y principal del actual estado de confusión, que reina en el mundo católico». Es un punto de vista radical, que recuerda mucho la resistencia violenta durante los primeros actos del Concilio Ecuménico de los años sesenta; y es una tesis que viene corroborada con numerosos documentos, a veces decisivamente explosivos. Citemos algunos párrafos particularmente significativos.
Sobre la «revoloteante» política de la «nueva Curia» (que es, sin duda, el problema que a nosotros directamente nos interesa) se lee esta página de fuego: «¿Qué debemos pensar sobre la conversión de la línea dura del anticomunismo de los Pontífices precedentes en un diálogo amoroso, establecido por los cardenales Bea, Willebrand, Koning y Suenens? La persecución de las Iglesias de Yugoeslavia, de Hungría y de Cuba ha terminado en las más cordiales relaciones diplomáticas, en las que el Vaticano parece haber prometido no sólo respetar el ateísmo de Estado, sus leyes eversivas y su gobierno dictatorial, sino también colaborar, en una integración verdadera y progresiva, según las palabras del Nuncio de Cuba, para la realización del comunismo, preparación indispensable para implantar el gobierno mundial del Sionismo. El glorioso martirio de los Cardenales Mindszenty y Stepinac ha sido el precio, con el cual se ha pagado la coexistencia y la colaboración de los enemigos».

 

Fotos de Montini, alias Pablo VI. Pío XII, envió detrás del Telón de Hierro, sacerdotes disfrazados de viajantes para proporcionar los sacramentos a los Católicos, así como a Obispos, para realizar ordenaciones. Estos desgraciados fueron arrestados y después fusilados en la URSS. En vano Pío XII buscaba explicar este drama, cuando el Arzobispo de Riga, le reveló que un espía vivía en el Vaticano. Entonces lo hizo vigilar por agentes de policía disfrazados de prelados. (Encomendó la operación a un agente francés especializado en contraespionaje.). El resultado no tardó en producirse: Mons. A. Tondi fue sorprendido en el momento en que estaba fotocopiando documentos secretos. Interrogado, declaró que era agente de la KGB, formado en Moscú y que transmitía a sus jefes de la URSS, los documentos que podía robar a Pío XII. Los documentos eran dirigidos a Moscú por mediación de Togliatti (Secretario General del Partido Comunista Italiano), amigo de infancia de Juan Bautista Montini. Ante esta revelación, Pío XII cayó enfermo; tras destituir a aquél, trasladó a Milán a Mons. Montini. En cuanto a Mons. Tondi, fue condenado a dos años de prisión, donde se casó con su querida, Carmen Zanti, militante del Partido Comunista. Terminada la condena, Mons. A Tondi y su concubina, se trasladaron a la Alemania del Este. A aquél, le fue dado el cargo de Secretario de Walther Hulbrich, hombre fuerte del comunismo alemán. Fue también profesor de Ateísmo en la Universidad Marxista Leninista. (Por cuenta del Partido Comunista hizo muchos viajes. Pronunció innumerables discursos, y escribió libros contra la Iglesia.) Al advenimiento de Paulo VI, Mons. Tondi y su concubina, volvieron a Roma; él se instaló en el Vaticano en calidad de empleado civil; ella fue elevada a muy altas funciones del Partido Comunista. Pronto, Paulo VI, sin ninguna retractación ni reparación, y confesando Tondi que aún guardaba la Cédula del Partido Comunista, legitimó su matrimonio civil por «sanatio in rádice», es decir, sin necesidad de tener que presentarse ante ningún sacerdote. (C.F. «Aurore», del 12 de Marzo de 1965).

El volumen denuncia la existencia de una verdadera y propia «mafia internacional», que ha sabido infiltrarse en los sectores vitales del Vaticano, para condicionar sus decisiones y para imponer el viraje hacia la izquierda, en Europa, lo mismo que en el Continente latinoamericano. El caso de Chile es sintomático: «La democracia cristiana, un fuerte partido de fachada cristiana y fondo comunista, ha abierto las puertas al marxismo. . . La victoria de Salvador Allende se debe, en gran parte, a los grupos activistas de los eclesiásticos, cuya actitud está inspirada en los documentos redactados en Medellín, durante la segunda Asamblea General del (CELAM, inaugurada por Paulo VI… Esta ha sido, pues, la victoria del Papa Montini, de su dialéctica, de sus compromisos con los organismos internacionales de la mafia Sionista.

Basta leer esta cita para tener una idea de la dinamita ideológica contenida en el libro del P. Sáenz. Lógico, que el Vaticano esté preocupado y se abstenga da seguir adelante; porque, además, hay otra cosa; hay un capitulo intitulado: ¿Es Juan B. Montini un verdadero Papa?.
LA POLITICA PROCOMUNISTA VATICANA TRIUNFA AL FIN EN SU LUCHA PATERNAL DE LA INVICTA RESISTENCIA DEL CARDENAL MINDSZENTY
Su Eminencia el Cardenal Joseph Mindszenty, después de estar como preso en la Embajada Americana de Budapest, llegó al aeropuerto de Fiumicino, acompañado de Monseñor Agostino Casaroli, Secretario del Consejo de Negocios de la Iglesia y patrocinador de una amplia apertura con el Este comunista, durante los días en los que estaba celebrándose el último Sínodo. No se necesita mucho para comprender la tensión provocada, no sólo en la Curia Vaticana, sino en el mismo Paulo VI, con la presencia del Cardenal Mindszenty, Primado de Hungría, mártir de la Iglesia y de la libertad, venido a la capital del catolicismo obedeciendo a un expreso mandato del Papa. No se necesita mucho para darnos cuenta de la impresión atormentadora del actual Pontífice, al tener delante de si a aquel coloso invencible, que, en su misma desgracia, seguirá siendo un reto, para los que cobardemente han vendido la Iglesia al enemigo. No eran puntos de vista diferentes, no era el contraste del oprimido ante el opresor; no era tampoco la euforia del triunfo del Vaticano, que había logrado acortar las distancias entre Roma y Budapest, entre la Santa Sede y Moscú. Era el encuentro que recordaba a Cristo ensangrentado, befado, coronado de espinas, con las espaldas trituradas, que se presentaba ante el juez Pilato, quien lo mostró a la multitud enardecida, con estas palabras infamantes: «He aquí al Hombre».
Sin duda alguna muchos aplaudían la experta diplomacia de Paulo VI, aquel gesto de amistad del Vaticano hacia el Kremlin. Pero no faltaban en Roma, ni en el mundo entero, los que miraban con consternación aquél último ultraje a la figura venerada y venerable, al mártir más glorioso de la Iglesia del Silencio.
El momento, además, era inoportuno en grado sumo. Nixon anuncia un viaje a China, buscando limitar el monopolio del poder que la Unión Soviética tiene en el Oriente; Inglaterra expulsa de su territorio a 150 espías rusos: Tito se sujeta del brazo de hierro de Breznev con el intento de salvar la independencia Yugoeslava; Budabest lanza contra Belgrado la amenaza más dura, y, en Italia, sin un tiro de los cañones vaticanos, la Democracia Cristiana buscaba su salvación uniéndose políticamente con los partidos comunista y socialista.
En el resto de Europa, si exceptuamos a Brandt, pueblo alemán ni al pueblo húngaro, si veían con alegría la libertad de un hombre, no podían dejar de lamenentar la destrucción infame del «símbolo de la resistencia de Hungria y del mundo católico» el Cardenal Joseph Mindzenti.
Su Eminencia, el Primado de Hungría, había sufrido en 1948 y en los primeros días de 1949 el más inaudito y satánico tormento de un lavado cerebral, que realizaron en él los jefes comunistas. Solo, en una celda iluminada constantemente por las lámparas eléctricas potentísimas, sin ninguna ventana y con la puerta cerrada, tenía que beber día tras día, la dosis de ácido glutámico para aumentar su sensibilidad y resistencia. Una voz aguda y penetrante que salía de los altoparlantes repetía constantemente las palabras que sus verdugos querían dejar impresas en el cerebro del príncipe de la Iglesia para que él las pronunciase después, delante del tribunal, en el día del proceso.
El resultado no tardó en producirse: Mons. A. Tondi fue sorprendido en el momento en que estaba fotocopiando documentos secretos. Interrogado, declaró que era agente de la KGB, formado en Moscú y que transmitía a sus jefes de la URSS, los documentos que podía robar a Pío XII. Los documentos eran dirigidos a Moscú por mediación de Togliatti (Secretario General del Partido Comunista Italiano), amigo de infancia de Juan Bautista Montini. Ante esta revelación, Pío XII cayó enfermo; tras destituir a aquél, trasladó a Milán a Mons. Montini.n cuanto a Mons. Tondi, fue condenado a dos años de prisión, donde se casó con su querida, Carmen Zanti, militante del Partido Comunista. Terminada la condena, Mons. A Tondi y su concubina, se trasladaron a la Alemania del Este. A aquél, le fue dado el cargo de Secretario de Walther Hulbrich, hombre fuerte del comunismo alemán. Fue también profesor de Ateísmo en la Universidad Marxista Leninista. (Por cuenta del Partido Comunista hizo muchos viajes. Pronunció innumerables discursos, y escribió libros contra la Iglesia.)
  Al advenimiento de Paulo VI, Mons. Tondi y su concubina, volvieron a Roma; él se instaló en el Vaticano en calidad de empleado civil; ella fue elevada a muy altas funciones del Partido Comunista. Pronto, Paulo VI, sin ninguna retractación ni reparación, y confesando Tondi que aún guardaba la Cédula del Partido Comunista, legitimó su matrimonio civil por «sanatio in rádice», es decir, sin necesidad de tener que presentarse ante ningún sacerdote. (C.F. «Aurore», del 12 de Marzo de 1965).
  ¿Había abjurado de su ateísmo la ex secretaria de Togliatti? Para nada. Cuando murió, en 1979, su sepelio dio lugar a una enorme manifestación del Partido Comunista, como si se tratase del mismísimo Togliatti o de Enrico Berlinguer.  Sobrevenido Wojtyla, alias besacoranes o también Juan Pablo II, se perdió por un tiempo el rastro de este individuo, cuando súbitamente, aparece en el primer plano de las noticias religiosas. La prensa italiana hace saber que Mons. A. Tondi, pide al Cardenal Seper, en Octubre de 1980, ser reintegrado al sacerdocio. Y, en diciembre de 1980, el besacoranes Juan Pablo II, lo reintegró al Sacerdocio sin condiciones. Y quizá para honrar su anterior actividad como profesor de ateísmo, fue designado prelado de honor… No abundan los espías conocidos en la historia de la Santa Sede; seguramente ninguno de ellos tuvo la insólita fortuna de Alighiero Tondi.
  Con gran estupor, han visto católicos a Mons. A. Tondi decir misa en público, la misa del Ordo-Bugnini, claro está; pero sin casulla y adornado con mil caprichos

El intrépido Cardenal, en 1956, después de 7 años de dura cárcel, no había cesado un solo momento de pedir a Dios y dar valor a los que afuera combatían por la liberación de su patria y de la Iglesia. Pero hoy se ha visto obligado por un mandato que él no podía desobedecer, a ceder al fin en su simbólica resistencia, en el XV aniversario de una revolución gloriosa, aunque no victoriosa, contra la esclavitud intolerable del comunismo ateo. ¡Quince años de refugiado en la Embajada Americana!

Los gobiernos de izquierda están de plácemes. El símbolo de la libertad fue derribado. Lo que no pudo el martirio más espantoso lo alcanzó al fin la política tortuosa del papa Montini.
Vale la pena reproducir el discurso magnífico al pueblo de Roma, pronunciado por el gran Pío XII, el último pontífice romano, después de que la dictadura comunista de Hungría, en 1948, arrestó y después cubrió de infamia con un proceso-farsa al Primado de Hungría Cardenal Mindzenty. El pueblo romano se congregó en la Basílica de San Pedro y en la gran Plaza enfrente del Vaticano para escuchar al Pastor Angélico el siguiente discurso memorable, de palpitante actualidad que quedará siempre como un testimonio de fe, como un propósito de acción, como una advertencia a los que hoy quieren encubrir los sufrimientos de la Iglesia y quieren comerciar con los derechos de Dios en el mercado de la tiranía comunista, que amenaza a todos los pueblos del mundo, pero especialmente a los pueblos de América Latina:

¡»Romanos! ¡Amados hijos e hijas!:

Una vez más, en una hora grave y doloroso, el pueblo fiel de la Ciudad eterna se congrega cerca de su Obispo y de su Padre. Una vez más esta soberbia columnata parece poder, con esfuerzo supremo, estrechar entre sus brazos gigantescos la multitud, que, como una onda inmensa de una fuerza irresistible, afluye de todas partes a la sede de la Basílica Vaticana, para asistir a la Misa de expiación, que será el punto central en el que se concentrarán los sentimientos de todo el mundo católico, desbordantes de fe y de amor a Cristo, de adhesión a la Iglesia y a su Cabeza visible, y, respeto, admiración y total respaldo al Primado de Hungría.

La condenación lanzada, contra la unánime reprobación del mundo civilizado en las riberas del Danubio, a un eminente cardenal de la Santa Romana Iglesia, ha provocado en las riberas del Tíber, un grito de indignación de la Urbe. Pero el hecho de que un régimen enemigo a la religión haya golpeado esta vez a un príncipe de la Iglesia, venerado por la inmensa mayoría de su pueblo, no es un caso insólito; es tan solo un eslabón de una larga cadena de persecuciones que algunos Estados dictatoriales han desatado contra la doctrina y la vida cristiana. Una nota

característica, común a todos los perseguidores de todo los tiempos es que, no contentos con destruir físicamente a sus víctimas, quieren todavía presentarlas como despreciables y odiosas a la patria y a la sociedad. ¿Quién no recuerda a los promártires romanos, de quienes habla Tácito (Annal. 15, 44), sacrificados por Nerón y acusados como incendiarios, abominables malhechores y enemigos del género humano? Los modernos perseguidores se muestran dóciles discípulos de esa escuela ignominiosa. Copiando asi por decirlo de esta manera, a sus maestros y modelos, procuran sobrepasarlos en crudeza, aprovechándose de los progresos más recientes de la ciencia y de la técnica, con el fin de establecer una dominación y de alcanzar la esclavitud del pueblo, los métodos modernos sobrepujan las atrocidades mayores de los tiempos pasados.
Romanos, la Iglesia de Cristo sigue el camino que le trazó el Divino Redentor. Ella sabe que es eterna; que no puede perecer; que la más violenta tempestad no hará sumergir la barca de Pedro. Ella no mendiga favores; no la atemorizan ni las amenazas ni las persecuciones de los poderes terrenales. Ella no se mezcla en cuestiones meramente políticas o económicas, ni se preocupa por disputar sobre la utilidad o daño de una u otra forma de gobierno, siempre deseosa, en cuanto depende de ella, de tener paz con todos. (Cfr. Rom. XII,18). Ella da al César lo que pertenece al César, según derecho; pero no puede traicionar ni abandonar aquello que pertenece a Dios.
Ahora bien, todos sabemos lo que el Estado totalitario y antirreligioso exige y pide se le dé, como precio de su tolerancia o de su problemático reconocimiento. Eso, en realidad significa:

—Una Iglesia que calla cuando debe hablar;

—Una Iglesia que flexiona la ley de Dios para acomodarla al gusto de los caprichos humanos, cuando debe por el contrario proclamarla y defenderla;
—Una Iglesia que se aparta del fundamento inconmovible sobre el que Cristo la había edificado, para adaptarse cómodamente sobre la arena movediza de la opinión del día o para abandonarse a la corriente que pasa;
—Una Iglesia que no resiste a la opresión de la conciencia y no protege los legítimos derechos y la justa libertad del pueblo;
—Una Iglesia que con indecorosa servidumbre se queda encerrada entre los cuatro muros del templo, renunciando al mandato divino recibido de Cristo: «Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a toda creatura»(Mateo XXVIII, 19).
Amados hijos e hijas, Herederos espirituales de una innumerable legión de confesores y mártires, ¿es ésa la Iglesia que vosotros veneráis y amáis? ¿Reconoceríais vosotros en una tal Iglesia las líneas del rostro de vuestra Madre? ¿Podéis vosotros imaginaros a un sucesor del primado de Pedro que se pliega a semejantes exigencias?
El Papa tiene la promesa divina, pese a la humana debilidad, es invencible e inmovible; anunciador de la verdad y de la justicia, principio de la unidad de la Iglesia, su voz denuncia los errores, la idolatría, la superstición; condena la iniquidad y hace amar la caridad y la virtud.

¿Podemos Nos callar cuando en una nación se trata de separar con la violencia o con la astucia del centro de la Cristiandad, de Roma, a la Iglesia que le está unida; cuando se encarcelan a todos los obispos grecocatólicos, por el único crimen de negarse a apostatar de su fe; cuando se persiguen o se encarcelan a sacerdotes y a fieles porque se rehusan a separarse de su verdadera madre la Iglesia?

¿Puede el Papa callar, cuando el derecho de educar a los hijos propios es negado a los progenitores por un régimen de minoría, que quiere alejarlos definitivamente de Cristo?
¿Puede el Papa callar, cuando un Estado, sobrepasando los límites de su competencia, se arroga el poder de suprimir las diócesis, de deportar a los obispos, de destruir la organización eclesiástica, reduciéndola al estado de una mínima pasividad para cumplir debidamente sus deberes en pro de la salvación de las almas?

¿Puede el Papa callar, cuando se llega al punto de encarcelar a un sacerdote, reo de no haber querido violar el más sagrado e inviolable de los secretos, el secreto de la confesión sacramental?

¿No significa todo ésto una ¡legítima intromisión de los poderes del Estado en un campo que no le pertenece? ¿Quién podría negarlo honestamente? Vuestros aplausos han dado ya las respuestas a éstas y a muchas otras preguntas semejantes».
El gran Pontífice concluyó su discurso, en ese día memorable, con una exhortación a la fortaleza en la fe, con la plegaria a Dios «que haga brillar su luz sobre las mentes entenebrecidas, que están todavía cerradas a la verdad»y con la bendición Urbí et Orbi.
Después de tan dramáticas, profundas y valientes palabras de ese gran Pontífice, nuestros lectores comprenderán mejor el alcance político, que tuvo, o mejor dicho, tiene el mandato papal que obligó al santo y heroico Cardenal Mindszenty a abandonar su refugio en la Embajada Americana de Budapest. El caso es tan monstruoso, que el gobierno americano quiso excusarse, diciendo que él no había tenido participación alguna en la salida del Cardenal. Toda esta empresa «diplomática», que, en realidad no libertó a Su Eminencia, fue obra de Paulo VI y de su fiel servidor Agostino Casaroli. Por eso, al llegar a Roma es encarceló prácticamente al venerable purpurado en una torre vaticana y se le prohibió publicar sus memorias. Ya lo dije antes: ésta fue la victoria diplomática del Papa Montini y este fue el precio con que aseguró sus conexiones con los partidos internacionales del comunismo.

EL SINODO DE LOS UKRANIANOS
En una aparente ruptura de la Iglesia Ortodoxa Católica de Ukrania, no contra la Iglesia Católica, ni con el Papado, sino con la «nueva religión» ecuménica-política-humanística del Vaticano de Paulo VI, diez y seis prelados del rito ukraniano convocaron a un Sínodo, al parecer permanente, en Roma, desafiando la desaprobación de la Secretaría de Estado Vaticana. El Rito Ukraniano unido a la Santa Sede hace 375 años es el grupo mayor, en comunión en Roma, de la Iglesia Oriental, con casi dos millones de miembros en el mundo occidental, de los cuales viven en los Estados Unidos unos 300,000.
El establecimiento de este Sínodo, no congregado por Paulo VI, significa el climax de una larga serie de artificios políticos del Papa Montini, en los últimos años —unos públicos, otros secretos— para complacer a Rusia y ganar así la simpatía y la confianza del gobierno soviético. Paulo VI, al parecer, quería entregar al Patriarcado Ortodoxo y Cismático de Moscú la dependencia de este grupo católico de Ortodoxos Ukranianos. De esta manera, aparentando ignorar los sufrimientos de seis millones de ukranianos católicos que viven en la URSS y han sido objeto de una prolongada y sangrienta persecución del régimen comunista, al que está sujeto en todo el Patriarca y la Iglesia Ortodoxa Rusa.
Ante la inactividad, sí no complicidad del Vaticano, en este prolongado martirio, los ukranianos católicos, perseguidos se declararon independientes del control directo de Roma, dice la UPI, en sus despachos desde Roma. Los 16 obispos ukranianos, reunidos en Sínodo, declararon su lealtad a la Iglesia y a la Sede de Pedro, pero establecieron un Sínodo permanente, presidido por el Cardenal Josef Slipyi, de 79 años de edad, que vive exiliado en la Ciudad eterna. El Papa y las autoridades vaticanas trataron de disolver el Sínodo, afirmando que los obispos reunidos no tenían autoridad para su convocación. Pero esta intimidación vaticana no hizo vacilar a los prelados reunidos.
El rompimiento estalló en el Sinodo General de los Obispos, en la presencia del Papa, que presidia, cuando el Cardenal Josef Slipyi, Metropolitano desterrado de la Iglesia Ukraníana, acusó inesperadamente a Paulo VI por su cruel indiferencia, ante los inhumanos sufrimientos de seis millones de ukranianos, virtualmente prisioneros de Rusia, tras la cortina de Hierro. «Nadie se preocupa», dijo el anciano prelado, «nadie». El Cardenal añadió que él había sido prácticamente amordazado por el Papa Montini, para no hablar, desde que, libertado de su espantoso cautiverio, había llegado a Roma, el año de 1963. Fue discurso el que motivó el establecimiento del Sínodo Ukraniano.
La convocación pretendía, en primer lugar, designar al Cardenal como Patriarca de la Iglesia Ukraníana. Paulo VI se oponía decididamente a este nombramiento, porque en él veía comprometidos sus planes diplomáticos, ya que el Patriarca Ortodoxo Ruso, dependiente del gobierno soviético, seguía reclamando como suyos a esos Ukranianos, unidos a Roma. Se buscaba también en el Sínodo de estos prelados ukranianos establecer un estado de semiautonomía, concedido a otra Iglesia de Rito Oriental, en unión con Roma.
El establecimiento de este Sínodo fue como un rayo de esperanza, para los innumerables católicos, que, en el mundo entero, están conscientes no sólo de la interna demolición de la Iglesia, sino de que el mal principal se encuentra en Roma, en el Vaticano. El Rito Ukraniano todavía se conserva puro; su liturgia todavía conserva la fórmula válida, en la consagración del cáliz: «por vosotros y por MUCHOS»; todavía mantienen firmes todos los dogmas y doctrinas tradicionales de la Iglesia Católica, sin compromiso alguno con el mundo, ni con otras falsas sectas religiosas y en especial con el ateísmo militante de la Unión Soviética. Este Sínodo parecía ser un «YO ACUSO» directo a la Nueva Iglesia Montiniana.
Cuando las tropas rusas se apoderaron de Ukrania, a fines del año 1944, los invasores empezaron una terrible persecución, una campaña de terror, para destruir la Iglesia Ukraniana. Hubo asesinatos en masa, hubo encarcelamientos y torturas sin cuento. El Metropolitano Arzobispo Slipyi recibió una invitación del Patriarca Ortodoxo Ruso para que rompiese con Roma y se uniese de nuevo a la Iglesia Ortodoxa Rusa. La proposición fue rechazada, y pocos meses después el Metropolitano Slipyi y todos sus obispos, residentes en Galicia, fueron encarcelados, incomunicados, amenazados constantemente y sujetados a torturas sin cuento, durante 11 meses; finalmente fueron sometidos a un juicio militar, acusados de traición. El Metropolitano y sus obispos sufragáneos fueron sentenciados a trabajos forzados en Siberia. Varios de esos obispos murieron a consecuencia de sus sufrimientos. El Cardenal Slipyi cumplió su sentencia en 1953; pero, sin causa alguna, su tortura se prolongó por otros cuatro años. En 1962 fue nuevamente encarcelado y sentenciado a otros siete años de trabajos forzados. Inesperadamente, fue puesto en libertad, en 1963, y salió luego para Roma, después de 18 años de prisión por no haber traicionado su fe católica. El 25 de enero de 1965, Paulo VI le nombra miembro del Sacro Colegio.
Cuando pasen estos años de tremendas claudicaciones, cuando la luz disipe las tinieblas, cuando llegue la hora de Dios, entonces comprenderemos las «relaciones diplomáticas» que el Vaticano, a costa de la verdad y de la dignidad humana, ha logrado alcanzar en los países dominados por el comunismo.
Antes de terminar este libro, quiero aprovechar la ocasión para denunciar una vez más, ante el mundo, la apostasía imperante en el Seminario del Arzobispado de México, del que es responsable Su Eminencia Miguel Darío Cardenal Miranda y Gómez. No es una venganza la que busco, sino el cumplir un deber, deber sagrado, ya que de ese Seminario han de salir los futuros sacerdotes, que sirvan a la Iglesia en esta inmensa ciudad.
Hay en México una antigua costumbre de celebrar las nueve noches, que preceden a la Navidad, con fiestas cristianas y familiares, que han ido paulatinamente degenerando en diversiones inconvenientes y aún pecaminosas. En el Seminario de ¡a Arquidiócesis, en ese centro de saber y de alta especulación, reformado por la solícita pastoral del Cardenal Miranda y Gómez, hubo también una «posada» (así se llaman estas fiestas navideñas), con baile, con jovencitas, para garantizar de esta manera la sólida vocación de los futuros sacerdotes de la arquidiócesis.
Las ciencias eclesiásticas, que en ese maravilloso centro de teología y filosofía postconciliar, se imparten, han superado la «escolástica» la ciencia ya caduca de Santo Tomás y de los grandes teólogos del pasado. Ahora hay enseñanza de Marx, hay prelecciones de Teilhard de Chardin; hay negación explícita de varios de nuestros dogmas fundamentales: la concepción de María Santísima no fue inmaculada; no es verdad su virginidad en su maternidad. Lo infalibilidad papal es una de las necedades del Vaticano I, que juntamente con Trento, han hecho más daño a la Iglesia que todas las herejías. «No hay que ser castos; dicen los moralistas, sino cautos».
No existe ya restricción alguna para que los seminaristas entren y salgan, según sus conveniencias o necesidades. No tienen obligación de levantarse para acudir a misa, ni hay que pensar en la oración, que es perder tiempo.
Yo puedo jurar, ante la presencia de Dios, que estas directas acusaciones contra la pastoral postconciliar del Cardenal son verdaderas y que las he escuchado de personas que no sólo no mienten, sino que están horrorizadas de ese foco peligroso que encierra en su seno el Seminario de México, en el que hay, además, un grupo sedicioso, que se llama «Camilo Torres Restrepo».
Eminencia, usted está excomulgado, por patrocinar esta interna traición a la Iglesia de Cristo, también los obispos y cardenales pueden estar automáticamente fuera de la Iglesia.
Voy a concluir este libro, con el artículo del Lic. Arturo Pedroza, publicado en la Revista IMPACTO, el 29 de diciembre de 1971, así como el artículo del Lic. Rene Capistrán Garza.

Pbro. Joaquín Sáenz y Arriaga
¿CISMA O FE?

LA PSICASTENIA. POR MONS. DERISI ( Y 2/2)

La Psicastenia, por Mons. Derisi. Cap. III (II de II)

Gentileza de En Gloria y Majetad

3) Aplicación de la teoría psicasténica a los fenómenos de la obsesión

Aplicando esta teoría de Janet a los fenómenos de la obsesión, antes descriptos, encontramos una explicación suficiente de su constitución y manifestación. De ahí su valor científico: se verifica y explica los hechos.

Según esta teoría de la psicastenialos fenómenos de la obsesión no son sino la manifestación de un estado de depresión general de la tensión psíquica que los determina y en que reside la esencia del mal. Semejante descenso de la fuerza anímica trae como consecuencia inmediata un desequilibrio o desnivel entre la intensidad de la actividad psíquica y la exigida por determinados actos colocados en los primeros puestos de la jerarquía de Janet. Es decir, que en el sujeto enfermo la fuerza anímica se encuentra por debajo del nivel requerido para la resolución y adaptación de ciertas situaciones, morales sobre todo. En circunstancias excepcionales, según dijimos, el desequilibrio podría estar causado no precisamente por el descenso de la tensión, sino por la dificultad extraordinaria y desmedida del acto, que exigiría una intensidad de la actividad psíquica superior a la común. Pero tales casos son pasajeros y no constituyen en modo alguno un caso anormal propiamente tal. Es lo que ocurre a veces con personas de normal tensión psíquica, que al principio de su vida espiritual, cuando quieren escalar de inmediato las cimas de la santidad heroica, experimentan transitoriamente los escrúpulos. Tal es el caso de algunos santos (S. Ignacio, por ejemplo, S. AgustínSta. Teresita del Niño Jesús) y de muchas almas al comienzo de su conversión. Que sea la situación y no la tensión lo anormal, lo demuestra el futuro de esas vidas, enteramente equilibradas una vez desaparecida la causa extraordinaria que dificultaba sobremanera su acomodación justa a la situación real y que provocaba el desequilibrio consiguiente de la tensión normal frente a ella, cosa que dista de suceder cuando la causa del mal radica en el descenso de la intensidad de la actividad psicológica misma.

Ordinariamente el desequilibrio entre la tensión y la situación real a que debe adaptarse y enfrentar el escrupuloso, tiene su raíz en la depresión de la propia actividad, bien que en no pocos casos, por no decir casi siempre, no llega a un grado tal que constituya una anormalidad propiamente tal.

La depresión de la tensión psíquica es el hecho fundamental del estado psicasténico, que determina inmediatamente el desequilibrio del sujeto frente a la situación real con la consiguiente incapacidad o dificultad máxima de asimilarla y ajustarse a ella con objetividad, precisión y firmeza.

Por eso, producida la depresión, inmediatamente van desapareciendo o dificultándose en el enfermo todas aquellas funciones de coordinación con la realidad, de acuerdo al orden jerárquico de intensidad psicológica por ellas exigida, comenzando por las que se refieren a la realidad más compleja y que más intensamente le afectan. De este decrecimiento de la tensión nace en el enfermo —mediante el desequilibrio y consiguiente falta de adaptación a la vida práctica, moral sobre todo, porque más difícil— esa su indecisión frente a los hechos, que a las veces puede degenerar en abulia; de ahí también ese no saber aplicar los principios morales generales a cada situación concreta, sin poder eliminar los hechos que evidentemente no entran dentro de las exigencias de aquéllos, con la consiguiente incrustación en la conciencia de la idea obsesionante; de ahí esa falta de memoria, esos «eclipses mentales» de la rememoración, amnesias y obscurecimientos de los recuerdos referentes a los hechos reales, ese obscurecimiento de las normas y de su alcance justo, precisamente en los momentos en que más las necesita para resolver la situación presente; de ahí esa turbación cuando ha de obrar, principalmente en público o decididamente, y más todavía si de dicha decisión depende un asunto de relativa importancia, por carecer de la visión precisa de la realidad y del modo de ensamblarse con ella, en un orden moral sobre todo. Por eso también se explica que los escrúpulos aparezcan precisamente en momentos de la vida, en que el horizonte moral se extiende y abarca una realidad más compleja con nuevos y más difíciles problemas (así, v. gr.: en la pubertad), o en que se agudiza la delicadeza de la conciencia moral y se aplica a situaciones a las que antes poca atención se prestaba (así, v. gr.: en la primera confesión o en la confesión de unos ejercicios, en los que se ha ahondado y afirmado en el sentido de la vida cristiana), o en otras circunstancias excepcionales en las que hay que decidir la adaptación de nuestra vida, no ya a una situación presente y transitoria, sino a todo un estado general de cosas de repercusión duradera para toda nuestra existencia temporal y aun eterna (así, por ejemplo, en la elección de estado: sucederá entonces, que llegado el momento decisivo de tomarlo, quien nunca dudó de su vocación durante años, comience a dudar y a turbarse con escrúpulos de todo género).

En el primer estadio de la depresión la enfermedad se manifiesta, pues, por la desaparición de lo que podemos llamar la «función de lo real«, —de lo real en lo que el paciente está interesado, ante todo—que Janet coloca, según vimos más arriba, en el grado superior de la escala, y que en realidad no es un acto simple sino que encierra varios actos jerarquizados entre sí. Esto explica también porqué el escrupuloso, que no es capaz de eliminar su propia duda, su idea obsesionante, cuando el grado de su depresión no es muy grande, puede ser —y suele serlo, dada su capacidad intelectual y virtud moral— un excelente director de conciencia, incluso de escrupulosos; pues su inteligencia que llega a ver claro en hechos y circunstancias reales que no le afectan a él directamente y conserva una penetración no común en los dominios de la especulación, sólo se entenebrece cuando trata de resolver sus propias cuestiones, prácticas principalmente y morales ante todo. Sólo un descenso más profundo de la tensión podría llevar la perturbación hasta no saber discernir y no poder adaptar a otro en su función práctica o alcanzar a la misma contemplación teorética de la inteligencia.

Natural también que al carecer las facultades de enfermo de la coordinación con lo real, de «la presentificación del hecho«, a causa de la depresión psíquica, desaparezca ipso facto el sentimiento de satisfacción completa, que sigue a esa asimilación y adaptación a lo real por la comprehensión de la inteligencia y decisión de la voluntad y experimente el paciente los sentimientos de «incompletez«, de «inacabamiento«, que tan despiadadamente lo torturan y traen en desazón.

Todos los fenómenos hasta aquí enumerados comprendidos en la privación de la «función de la real«: falta de visión de la realidad en toda su complejidad, falta de decisión frente a ella, falta de adaptación al hecho, etc., son, por eso, losfenómenos directos secundarios del estado psicasténico (hecho fundamental) y son explicados directamente por la teoría de la psicastenia o depresión: su desaparición o entorpecimiento sucesivo y progresivo está determinado directamente por una insuficiencia de realización por parte de la actividad psíquica causada por el descenso de su tensión.

Pero hemos visto en la exposición de los fenómenos de la obsesión cómo este estado está acompañado por agitaciones mentales, emotivas y motrices, tanto sistematizadas como difusas. Todas ellas se explican también en esta teoría, pero como fenómenos secundarios derivados, es decir, indirectamente provocados por la depresión.Sucede con la energía psicológica algo análogo a lo que acaece con la energía física. La corriente de agua que no puede sobrepasar el nivel de un dique de contención, tiene fuerza para chocar contra él con grande estrépito y con movimientos en innumerables sentidos, desbordándose en todas direcciones donde encuentre un nivel inferior al suyo. La corriente eléctrica que no tiene suficiente intensidad para enrojecer un filamento, la tiene para producir un gran estrépito haciendo sonar, por ejemplo, una multitud de timbres. Del mismo modo, supuesta la depresión psíquica y el consiguiente desequilibrio entre ella y la acción por poner, la actividad vital, al chocar inútilmente con el acto cuyo nivel está sobre el suyo, se desborda, y a veces estrepitosamente, hacia fenómenos psíquicos inferiores inútiles, que requieren menor intensidad psicológica. Es lo que se llama en psicología el fenómeno de la derivación de la energía, así dispuesta por el Autor de la naturaleza para descargar una fuerza vital acumulada y evitar con ello los trastornos que, de no suceder así, sobrevendrían a la psique y al sistema nervioso. Conocido, por lo vulgar, es el ejemplo de cómo la consideración de una gran desgracia, que podría llevar a serias perturbaciones mentales si se fijase en la mente del paciente, se descarga derivándose en sollozos y lágrimas, es decir, en actos psicológicos inferiores inútiles. Otro tanto nos acontece en la vida diaria, cuando por la complejidad de la situación real la tensión queda por debajo de ella e insuficiente para realizar los actos adecuados y convenientes a dicha situación, la energía psíquica se desborda en movimientos inútiles de las manos y del cuerpo y de nuestra sangre (nos enrojece el rostro). La derivación de la energía es la natural válvula de escape, de «desahogo», con que el Creador nos libra de los daños consiguientes a una excesiva concentración psíquica y fisiológica.

Es cabalmente lo que acontece en nuestro enfermo, según la teoría de la psicastenia. Las fuerzas psíquicas al intentar un acto que exigiría un nivel de tensión superior al suyo y chocar inútilmente contra él, v. gr.: al no poder desalojar la duda que atormenta al paciente, se vuelcan hacia actos que están por debajo de su nivel, se aplican a ideas, emociones y movimientos inútiles, que nada tienen que ver con la realidad presente, y de este modo aparecen en la conciencia, primeramente las manías, las fobias, los tics (agitaciones intelectuales, emotivas y motrices sistematizadas), que con la acentuación de la depresión se acumulan y sobreponen, trocándose en rumiaciones mentales, angustias y semi-convulsiones (agitaciones intelectuales, emotivas y motricesdifusas). Toda la serie de fenómenos inútiles de orden intelectivo, emotivo y motor observados en el escrupuloso no son sino la derivación de un esfuerzo frustrado en dirección de la acomodación del sujeto a lo real. No alcanzado el fin del esfuerzo a causa del desnivel entre la tensión psíquica y el objeto intentado, la actividad psicológica se descarga aplicándose a actos que están por debajo de su tensión, y con el descenso de ésta a actos cada vez más inferiores. Todos los actos inútiles realizados por nuestro enfermo son, pues, el resultado de un esfuerzo fallido en cuanto a su objeto y desviado por la misma naturaleza hacia otra actividad más fácil a fin de evitar la concentración psíquica: son un simple fenómeno de derivación de la energía.

Como ha podido apreciarse a través de estas páginas, la teoría de Janet nos ofrece una explicación suficientemente clara tanto de la aparición de la idea obsesionante, como de los demás fenómenos de esta enfermedad: aquélla, enquistada en la síntesis mental por insuficiencia de la tensión para ver el alcance y aplicación precisa de los principios morales en el caso real presente y para decidirse a eliminarla; éstos, como hechos provocados por la derivación de la energía, determinada a su vez por la misma depresión psíquica. A la verdad, a la luz de esta teoría psicasténica comprendemos que ni la idea obsesionante como tal, ni los demás fenómenos anormales de la obsesión constituyen la esencia propiamente tal de la enfermedad, sino que son las manifestaciones tan sólo de un mal más profundo, fuente de donde ellas dimanan provocadas directa o indirectamente (por derivación de la energía): la falta de suficiente tensión, la depresión de la fuerza psíquica.

Preciosa conclusión, que hace vislumbrar y nos orienta en el camino de la terapéutica de esta dolorosa enfermedad.

DOCUMENTOS BÍBLICOS DEL SIGLO II AL AÑO 1549

DOCUMENTOS BÍBLICOS DEL SIGLO II AL AÑO 1549

Fragmento de Muratori, siglo II
     Es el documento más antiguo que poseemos sobre la fe de la Iglesia primitiva acerca del canon del Nuevo Testamento. Lo encontró L. A. Muratori el año 1740 en el códice J 101 sup. de la Biblioteca Ambrosiana de Milán y lo publicó en «Antiquitates italicae Medii Aevi», t.2 p.851. El códice es una copia del siglo VIII, pero el texto original parece remontarse al año 170 aproximadamente, ya que en la línea 73 se habla del Pastor que Hermas escribió recientemente («nuperrime»), siendo obispo de Roma Pío (140-155). El texto está mutilado al principio y al fin. Distingue cuatro clases de libros :
     1°. Los que se leen públicamente en la Iglesia (los cuatro Evangelios —faltan los dos primeros, pero se dice tercero al de Lucas—, los Hechos de los Apóstoles, 13 Epístolas de San Pablo —falta la Carta a los Hebreos—, dos Epístolas de San Juan, el Apocalipsis del mismo apóstol, la Epístola de San Judas y —¡cosa chocante!— el libro de la Sabiduría).
     2°. Los que algunos no quieren que se lean en la Iglesia (el Apocalipsis de San Pedro).

3°. Los que se pueden leer en privado, pero no conviene leer en la Iglesia (el Pastor de Hermas); y

     4°. Los que no se pueden recibir en la Iglesia, porque «no conviene mezclar la hiel con la miel» (los escritos de los herejes, líneas 81-85; y las Epístolas apócrifas de San Pablo a los Laodicenses y a los Alejandrinos, inventadas por Marción).
     Como se ve, de los libros canónicos del Nuevo Testamento sólo faltan: las dos Cartas de San Pedro (de las cuales acaso se hablaba al tratar de su Evangelio, que es el de Marcos), la Epístola de Santiago (que aparece citada en el Pastor de Hermas, aquí mencionado con elogio), y la Carta a los Hebreos.
     El precioso testimonio que sobre la inspiración divina de los Evangelios contiene en las líneas 16-26, parece ser una réplica contra Marción.
1
     … a los cuales estuvo presente y así lo puso (estas palabras se refieren, sin duda, al segundo evangelio. Debía decirse a propósito de Marcos, que no fue testigo presencial, pero que recogió los sermones de Pedro a los cuales estuvo presente). El tercer libro del Evangelio es el de Lucas. Este Lucas, médico, después de la ascensión de Cristo, como Pablo lo hubiese llevado consigo por verlo aficionado a viajar, escribió en su nombre de oídas, ya que él tampoco conoció al Señor personalmente (No sabemos si Lucas es equiparado en su desconocimiento personal de Cristo a Pablo o más probablemente a Marcos, del cual es casi seguro que se había dicho algo parecido), y así, en la medida en que le fue asequible, comienza a hablar desde el nacimiento de Juan.
2
     El cuarto Evangelio es el de Juan, uno de los discípulos. Rogado por sus condiscípulos y obispos, dijo: «Ayunad conmigo tres días a partir de hoy, y que cada uno de nosotros refiera a los demás lo que le fuere revelado». Aquella misma noche le fue revelado a Andrés, uno de los apóstoles, que, de conformidad con todos, Juan escribiera en su nombre. Y así, aunque parezca que se enseñan cosas distintas en los distintos Evangelios, no es diferente la fe de los fieles, ya que por el mismo principal Espíritu ha sido inspirado lo que en todos se contiene sobre el nacimiento, pasión y resurrección (de Cristo), así como sobre su permanencia con los discípulos y sobre su doble venida, despreciada y humilde la primera, que ya tuvo lugar, y gloriosa con regia potestad la segunda, que ha de suceder.
     ¿Qué tiene, pues, de extraño que Juan tan frecuentemente afirme cada cosa en sus epístolas diciendo a este respecto: Lo que vimos con nuestros ojos, y oímos con nuestros oídos, y nuestras manos palparon, esto os escribimos? (I Juan I, 1-4) Con lo cual se profesa a la vez no sólo testigo de vista y de oído, sino escritor de todas las maravillas del Señor.
3
     Los Hechos de todos los Apóstoles fueron escritos en un libro. Lucas refiere al óptimo Teófilo lo que ha sucedido en su presencia, como lo declara evidentemente el hecho de que pase por alto la pasión de Pedro y el viaje de Pablo desde Roma a España (El autor de este escrito afirma claramente que Lucas calló estos dos hechos porque o no los presenció, o no habían tenido lugar cuando el escribió los Hechos. Pero la mención incidental que hace del viaje de San Pablo a España constituye un testimonio absolutamente fidedigno e irrecusable de la realidad histórica de dicho viaje).
4
     En cuanto a las Epístolas de Pablo, cuáles sean, desde qué lugar o por qué causa fueron dirigidas, ellas mismas lo declaran a los que quieren entender. En primer lugar, a los Corintios, prohibiendo la herejía del cisma; después, a los Gálatas (prohibiendo) la circuncisión; a los Romanos escribió más extensamente intimándoles el orden de las Escrituras y cómo el principio de ellas es Cristo. No necesitamos discutir sobre cada una de ellas, ya que el mismo bienaventurado apóstol Pablo, siguiendo el orden de su predecesor Juan, sólo escribió nominalmente a siete iglesias, por este orden: la primera, a los Corintios; la segunda, a los Efesios; la tercera, a los Filipenses; la cuarta, a los Colosenses; la quinta, a los Gálatas; la sexta, a los Tesalonicenses; la séptima, a los Romanos. Y aunque a los Corintios y Tesalonicenses escriba dos veces para su corrección, sin embargo se reconoce una sola Iglesia difundida por todo el orbe de la tierra; pues también Juan en el Apocalipsis, aunque escribe a siete iglesias, habla para todos. Asimismo son tenidas por sagradas una (carta) a Filemón, una a Tito y dos a Timoteo, que, aunque hijas de un afecto y amor personal, sirven al honor de la Iglesia católica y a la ordenación de la disciplina eclesiástica.
5
     Corren también una carta a los Laodicenses, otra a los Alejandrinos, fingidas bajo el nombre de Pablo para favorecer a la herejía de Marción, y otros muchos escritos que no pueden ser recibidos en la Iglesia católica, porque no conviene mezclar la hiel con la miel.
6
     Entre los escritos católicos se cuentan una Epístola de Judas y dos del mencionado Juan y la Sabiduría, escrita por amigos de Salomón en honor del mismo. Apocalipsis sólo recibimos el de Juan y el de Pedro, aunque este último algunos de los nuestros no quieren que sea leído en la iglesia.
7
     Recentísimamente, en nuestros días, Hermas escribió en Roma el Pastor, ocupando la cátedra de la iglesia de Roma como obispo su hermano Pío; y por esto conviene leerlo, pero no puede hacerse públicamente al pueblo en la iglesia, ni entre los profetas, por estar completo ya su número; ni entre los apóstoles, por haber terminado ya su tiempo.
     De Arsineo, Valentino y Milcíades no recibimos nada en absoluto; los cuales han escrito también un nuevo libro de salmos para Marción, juntamente con Bisílides de Asia… (Estas últimas lineas resultan ininteligibles. Tal vez este Basilides es el famoso gnóstico que floreció en la mitad del siglo II).
SAN LIBERIO (352-366) 
Concilio Laodicense, hacia el 360
     Aparte de las obscuridades históricas que rodean la celebración de este concilio, hay especiales razones críticas para dudar de la autenticidad de estos últimos cánones. Sea como fuere, el contenido de los cánones en cuestión es el siguiente:
     1°. Se prohíbe la lectura en la iglesia de salmos compuestos por autores privados. Parece referirse a los salmos compuestos por algunos herejes, tales como Bardesan, Pablo de Samosata, y tal vez los salmos marcionitas, a los que ya aludía en sus últimas líneas el Fragmento de Muratori. Realmente la Iglesia admitió más tarde salmos e himnos de San Ambrosio y Prudencio.
     2°. Se establece un canon de libros sagrados que no menciona Judit, Tobías, la Sabiduría, el Eclesiástico, los Macabeos ni el Apocalipsis de San Juan. Es curioso que el orden de los libros comprendido en el apartado de Jeremías sea el de los LXX.
8
     Canon 59. Que no conviene sean leídos en la iglesia  ciertos salmos privados y vulgares, ni libros no canónicos, sino solos los canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento.
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     Canon 60. Estos son los libros que conviene leer del  Antiguo Testamento: 1) Génesis; 2)Exodo, o salida de Egipto; 3) Levítico; 4) Números; 5) Deuteronomio; 6) Jesús Nave; 7) Jueces, Rut; 8) Ester; 9) primero y segundo de los Reinos; 10) tercero y cuarto de los Reinos; 11)primero y segundo de los Paralipómenos; 12) primero y segundo de Esdras; 13) el libro de los 150 Salmos; 14) los Proverbios de Salomón; 15) el Eclesiastés; 16) el Cantar de los Cantares; 17)Job; 18) los doce Profetas; 19) Isaías; 20) Jeremías y Baruc, Lamentaciones y Epístolas; 21)Ezequiel; 22) Daniel.
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     Y del Nuevo Testamento éstos: Cuatro Evangelios: según Mateo, según Marcos, según Lucas, según Juan. Hechos de los Apóstoles. Siete Epístolas católicas, a saber, una de Santiago, dos de Pedro, tres de Juan, una de Judas. Catorce Epístolas de San Pablo: una a los Romanos, dos a los Corintios, una a los Gálatas, una a los Efesios, una a los Filipenses, una a los Colosenses, dos a los Tesalonicenses, una a los Hebreos, dos a Timoteo, una a Tito y una a Filemón.
SAN SIRICIO (384-398)
Concilio Hiponense (plenario de toda África),
8 de octubre del 393
     Este concilio de Hipona (llamado también Cartaginense I) es el primero de los muchos, más de veinte, celebrados bajo la presidencia del obispo de Cartago, Aurelio.
     El canon de los libros sagrados que establece coincide totalmente con el definido por el concilio Tridentino. Es curiosa la distinción entre 13 cartas de San Pablo y otra del mismo a los Hebreos, debida, sin duda, a los escrúpulos de la Iglesia africana sobre la autenticidad literaria paulina de esta última. Al final añade una nota doblemente interesante: 1°. se debe consultar para la confirmación de este canon a la Iglesia del otro lado del mar; 2°. se pueden leer en la iglesia, aunque no sean Escritura divina, las actas de los mártires en el aniversario de su muerte.
     El concilio Cartaginense del año 419 habla ya de 14 cartas de San Pablo y vuelve a insistir en que se debe comunicar lo acordado al obispo de Roma o a otros de Europa o Asia tal vez, para su confirmación por la Iglesia universal. No tenemos noticias históricas de esta comunicación, pero sí la aprobación implícita en la fe universal de la Iglesia y en los documentos inmediatamente posteriores de los Pontífices Romanos.
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     Canon 36. (Pareció bien) que, fuera de las Escrituras canónicas, nada se lea en la iglesia bajo el nombre de divinas Escrituras. Y las Escrituras canónicas son: Génesis, Exodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Jesús Nave, Jueces, Rut, cuatro libros de los Reinos, dos libros de los Paralipómenos, Job, Salterio davídico, cinco libros de Salomón, doce libros de los Profetas, Isaías, Jeremías, Daniel, Ezequiel, Tobías, Judit, Ester, dos libros de Esdras, dos de los Macabeos.
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     Y del Nuevo Testamento: cuatro libros de los Evangelios,  un libro de los Hechos de los Apóstoles, trece Epístolas de Pablo, una del mismo a los Hebreos, dos de Pedro, tres de Juan, una de Santiago, una de Judas, Apocalipsis de Juan.
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     Sobre la confirmación de este canon se consultará la Iglesia del otro lado del mar. Se permite también leer las pasiones de los mártires cuando se celebre su aniversario.
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     El mismo canon se atribuye también al concilio Cartaginense que se dice tercero del año 397, y fue repetido por el concilio Cartaginense del año 419, con esta diferencia: que en lugar de «trece Epístolas de Pablo, una del mismo a los Hebreos», se dice: «catorce Epístolas de Pablo». En el mismo concilio, después de las palabras «Apocalipsis de Juan», se añade la siguiente conclusión en lugar de la precedente:
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     Esto se hará saber también a nuestro santo hermano  y sacerdote Bonifacio, obispo de la ciudad de Roma, o a otros obispos de aquellas regiones, para la confirmación de este canon; porque así hemos recibido de los Padres que se debe leer en la iglesia.
SAN INOCENCIO I (401-417)
(De la carta «Consulenti Tibi», a Exuperio, obispo de Tolosa, 20 de febrero del 405)
     Exuperio, obispo de Tolosa, había pedido el parecer del papa Inocencio I sobre siete cuestiones, a la última de las cuales, que versaba sobre el canon de las Escrituras, Inocencio responde con el texto que a continuación transcribimos (El texto completo de la carta puede verse en ML 20, 495-502). El catálogo de los libros sagrados que aquí se da es el mismo que más tarde propondrá el Tridentino de manera definitiva. Se añade una condenación detallada de varios apócrifos, tal vez polemizando contra los priacilianistas. Comúnmente se cree que tanto Exuperio al preguntar como Inocencio al contestar, pensaban en la opinión personal de San Jerónimo contraria a la inspiración de los deuterocanónicos del Antiguo Testamento.
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     Qué libros hayan de ser recibidos en el canon, lo muestra este breve anexo. Estas son las cosas sobre las que echaste de menos nuestro parecer: cinco libros de Moisés, a saber, Génesis, Exodo, Levítico, Números y Deuteronomio; Jesús Nave, uno de los Jueces, cuatro libros de loe Reinos, Rut, dieciséis libros de los Profetas, cinco libros de Salomón, el Salterio. Asimismo, de historias un libro de Job, uno de Tobías, uno de Ester, uno de Judit. dos de los Macabeos, dos de Esdras y dos de los Paralipómenos.— Del Nuevo Testamento: cuatro Evangelios, catorce Epístolas del apóstol Pablo, tres de Juan, dos de Pedro, una de Judas, una de Santiago, los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis de Juan.
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Y los demás escritos que circulan bajo el nombre de Matías o de Santiago el Menor, o bajo el nombre de Pedro y Juan —que han sido escritos por un tal Leucio—, o bajo el nombre de Andrés —que proceden de los filósofos Nexocárides y Leónidas—, o bajo el nombre de Tomás, o, si algún otro hay, sepas que deben ser no sólo repudiados, sino también condenados.
SAN LEON I (440-461)
(De la carta 15 a Toribio, obispo de Astorga, sobre los errores de los priscilianistas, 21 de julio del 447)
     Toribio, obispo de Astorga, había enviado al papa San León, por el diácono Pervinco, una relación de los principales errores priscilianistas redactados en 16 artículos (En algunos códices figuran 18 artículos y el papa responde a 17), pidiéndole su parecer. El Papa contesta a cada uno de ellos. El artículo 15 decía: «Quod multos códices detestandae perfidiae praesumptione diabólica canonicos esse simulata titulaverint veritate; quodque ea quae extra canónicas Scripturas reperta fuerint, igne debeant concremari».
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     Cap. XV. (Los priscilianistas) adulteran las verdaderas Escrituras, introducen otras falsas.
     De esto (de la corrupción de las Escrituras por los priscilianistas) se lamenta el capítulo 15, y con razón detesta la presunción diabólica (de los partidarios de Prisciliano); porque Nos mismo lo hemos descubierto relacionando los buenos códices, y hemos hallado muy corrompidos muchos de los que deberían ser considerados como canónicos. Pues ¿cómo podrían engañar a los sencillos si no adobaran con miel las bebidas venenosas, para que no resultaran del todo amargas las que habían de ser mortíferas? Se ha de procurar, por consiguiente, y proveer con la máxima diligencia por parte de los sacerdotes, que no se empleen en la lectura los códices falseados y disconformes con la verdad sincera.
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     Y las Escrituras apócrifas que bajo los nombres de los apóstoles son semillero de numerosos errores, no sólo deben ser prohibidas, sino totalmente retiradas y entregadas al fuego. Porque, aunque se encuentren en ellas cosas que parezcan tener apariencia de piedad, nunca, sin embargo, están exentas de veneno, y con el aliciente de las fábulas suelen ocultamente envolver en las redes de cualquier error a los que seducen con la descripción de maravillas. Por lo tanto, si algún obispo no prohibiere que se tengan en casa apócrifos o permitiera que se lean en la iglesia como canónicos los códices viciados por las enmiendas adulterinas de Prisciliano, sepa que será considerado hereje; porque el que no aparta del error a los demás, demuestra estar él mismo en el error.
(De la Epístola 82 a Marciano Augusto, 23 de abril del 451)
     Escribiendo al emperador Marciano Augusto el 23 de abril del año 451, en la vigilia del concilio Calcedonense contra Eutiques, el papa San León alude, sin duda, a la controversia monofisita y afirma incidentalmente la inerrancia de la Sagrada Escritura y la autoridad infalible de los Apóstoles y de los Padres para interpretarla (El texto completo de la carta puede verse en ML 54,917s).
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     … Y no siendo lícito discrepar en lo más mínimo de la doctrina evangélica y apostólica o sentir de las divinas Escrituras diversamente de lo que los bienaventurados Apóstoles y Padres nuestros aprendieron y nos enseñaron, vemos hoy moverse cuestiones indisciplinadas e impías, que en otro tiempo, tan pronto como el diablo las excitaba valiéndose de corazones que le eran dóciles, el Espíritu Santo las sofocaba por los discípulos de la verdad.
SAN GELASIO (492-496)
Decreto llamado de Gelasio, que se atribuye también a San Dámaso y a San Hormisdas
     Este famoso catálogo de los libros sagradas ha solido atribuirse al papa San Gelasio. Pero en realidad parece haber sido compuesto bajo el pontificado de San Dámaso (366-384), en el concilio Romano del año 382, al que asistió San Jerónimo. Fue repetido más tarde, hacia el 495, por el papa san Gelasio (492-496) con algunas adiciones y, finalmente, por San Hormisdas (514-523) hacia el año 520.
     Reproducimos el texto de San Dámaso. El canon coincide exactamente con el del Tridentino, aunque no menciona la carta de Jeremías, acaso porque la incluía en Baruc. Es curiosa la distinción entre la primera carta de san Juan, que atribuye al apóstol, y las otras dos, que dice ser de otro Juan presbítero. En la reproducción que del mismo decreto hizo San Gelasio dice sencillamente: «lohannis Apostoli epistulae tres». Lo mismo se dice en la reedición de San Hormisdas.
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    Vengamos ahora a tratar qué siente la Iglesia católica  universal y qué se debe evitar acerca de las Escrituras divinas.
     Comienza el orden del Antiguo Testamento. Un libro del Génesis, un libro del Exodo, un libro del Levítico, un libro de los Números, un libro del Deuteronomio, un libro de Jesús Nave, un libro de los Jueces, un libro de Rut, cuatro libros de los Reyes, dos de los Paralipómenos, un libro del Salterio, tres libros de Salomón: Proverbios, 1; Eclesiastés, 1; Cantar de los Cantares, 1; además Sabiduría, 1; Eclesiástico, 1.
     Comienza el orden de los Profetas. Isaías, 1; Jeremías, 1, con uno de Baruc y con sus Lamentaciones; Ezequiel, 1; Daniel, 1; Joel, 1; Abdías, 1; Oseas, 1; Amos, 1; Miqueas, 1; Jonás, 1; Nahum, 1; Habacuc, 1; Sofonías, 1; Ageo, 1; Zacarías, 1; Malaquías, 1.
     Item, el orden de las historias. Job, 1; Tobías, 1; Judit, 1; Ester, 1; Esdras, 1; Macabeos, 2.
     Item el orden de las Escrituras del Nuevo Testamento que la santa y católica Iglesia recibe. Evangelio según Mateo, 1; según Marcos, 1; según Lucas, 1; según Juan, 1.
     Catorce epístolas de Pablo: A los Romanos, 1; a los Corintios, 2; a los Efesios, 1; a los Tesalonicenses, 2; a los Gálatas, 1; a los Filipenses, 1; a los Colosenses, 1; a Timoteo, 2; a Tito, 1; a Filemón, 1; a los Hebreos, 1.
     Item Apocalipsis de Juan Apóstol, 1; Hechos de los Apóstoles, 1.
     Item siete epístolas canónicas. De Pedro Apóstol, 2; de Santiago Apóstol, 1; de Juan Apóstol, 1; de otro Juan presbítero, 2; de Judas Zelotes, 1.
Antigua regla de fe, siglo V
     Esta antigua regla de fe ha solido llamarse también erróneamente símbolo del primer concilio de Toledo. En realidad, el primer concilio de Toledo tuvo lugar el 7 de septiembre del año 400, bajo la presidencia del arzobispo Patronus o Patruinus, y en él no parece que se redactara ningún símbolo. El primer símbolo toledano que conocemos es el del concilio del año 447, al cual siguen dieciocho anatematismos contra los principales errores priscilianistas. Los dos que a continuación se recogen condenan el dualismo maniqueo de Prisciliano y su estima de algunos libros apócrifos.
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     Canon 8. Si alguno dijere o creyere que uno es el Dios de la Antigua Ley y otro el de los Evangelios, sea anatema.
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     Canon 12. Si alguno dijere o creyere que deben ser tenidas en autoridad o veneradas otras Escrituras fuera de las que la Iglesia católica recibe, sea anatema.
«Statuta Ecclesiae antiqua», siglos V-VI
     Con este nombre se designa una colección de 105 cánones, que en algún tiempo se atribuyeron a un presunto IV concilio de Cartago celebrado el año 398, y hoy se creen obra de un compilador de finales del siglo V o primera mitad del VI, que reunió varias disposiciones conciliares de Oriente y de Occidente, posteriores en gran parte a las controversias con los pelagianos y con los monofisitas.
     El texto que transcribimos está tomado del canon I o proemio, donde se establece el examen que debe hacerse sobre la idoneidad del que ha de ser consagrado obispo. Todo el canon parece estar concebido en sentido antipriscilianista. Y, efectivamente, estos herejes sostenían que sólo debían ser considerados como canónicos los escritos del Antiguo Testamento que llevasen nombres de los doce patriarcas. Contra ellos establece nuestro canon que Dios es autor de toda la Escritura.
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     Del que ha de ser ordenado obispo se dice:
     Se le ha de preguntar si cree que sea uno y el mismo el autor y Dios del Nuevo y del Antiguo Testamento, esto es, de la Ley y de los Profetas y de los Apóstoles.
HONORIO I (625-638)
Concilio Toledano IV, 5 de diciembre del 633
     Se reunió en Toledo el 5 de diciembre del año 633 bajo la presidencia de San Isidoro de Sevilla. El capítulo 17, que reproducimos, establece la autenticidad, canonicidad y autoridad en la Iglesia del Apocalipsis del evangelista San Juan, excomulgando al que no lo reciba. Los «decretos sinodales de los obispos de Roma» a que alude parecen ser los cánones de San Dámaso, San Gelasio y San Hormisdas.
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     Capítulo 17. La autoridad de muchos concilios y los decretos sinodales de los santos obispos romanos prescriben que el libro del Apocalipsis es del evangelista Juan y han establecido que se debe recibir entre los libros divinos; no obstante, hay muchos que no admiten su autoridad y tienen a menos predicarlo en la Iglesia de Dios.
     Si alguno en adelante no lo recibiera o no lo predicara durante la misa en la iglesia desde Pascua hasta Pentecostes, tendrá sentencia de excomunión.
LEON IV (847-855) 
Concilio Meldense, 17 de junio del 847
     El canon que a continuación reproducimos figura entre los 80 del concilio celebrado en Meaux el 17 de junio del año 845, si bien no consta que todos fueran redactados allí.
     Se recomiendan en él la autoridad de los cánones y la interpretación tradicional de la Escritura. Comenzaban ya los primeros chispazos de una interpretación independiente del sentir de los Padres.
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  Canon 34. Que los estatutos canónicos sean cumplidos por todos sin distinción y que nadie en los actos o juicios eclesiásticos se guíe por su sentir personal, sino por la autoridad de aquéllos. Asimismo, al exponer y predicar las divinas Escrituras, sigan todos el sentir de los santos católicos y autorizadísimos Padres, en cuyos escritos, como dice el bienaventurado Jerónimo, la verdad de la fe no vacila. Y los que tienen obligación de residir religiosamente en sus monasterios y ventean con ansia la novedad de las palabras y llamar la atención, sean corregidos y reprimidos duramente como presuntuosos.
SAN LEON IX (1048-1054)
(De la epístola 101 a Pedro obispo de Antioquía, año 1053)
     En carta al recién consagrado obispo de Antioquía, el Papa expone la fe de la Iglesia romana, en la que confía coincidirá el nuevo obispo. En el texto que reproducimos repite la antigua fórmula antimarcionita, que profesa la fe en un único Dios y autor de ambos Testamentos, y anatematiza a los que admitan algún apócrifo.
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     Creo también que el mismo Dios y Señor omnipotente es el autor del Nuevo y del Antiguo Testamento, esto es, de la Ley, de los Profetas y de los Apóstoles…
     Anatematizo a toda herejía que se levante contra la santa Iglesia católica, e igualmente al que creyere que deben ser tenidas en autoridad o venerare algunas Escrituras fuera de aquellas que la Iglesia católica recibe…
INOCENCIO III (1198-1216)
     Profesión de fe impuesta a Durando de Huesca y a sus compañeros valdenses (de la carta «Eius exemplo», al arzobispo de Tarragona, 18 de diciembre de 1208)
     El Papa escribe al arzobispo de Tarragona comunicándole la fórmula de fe suscrita por el valdense Durando de Huesca, que había vuelto a la Iglesia, y mandándole que exija la misma profesión de fe a los compañeros de Durando que deseen reconciliarse.
     En las palabras que transcribimos se renueva la antigua fórmula anti-marcionita, sin duda contra los resabios maniqueos de los valdenses.
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     Creemos de corazón y oralmente confesamos que el Dios único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, de que hablamos, es el creador, hacedor, gobernador y disponedor de todas las cosas corporales y espirituales, visibles e invisibles. Creemos que el mismo Dios, que, permaneciendo en la Trinidad, como queda dicho, creó todas las cosas de la nada, es el único autor del Nuevo y del Antiguo Testamento.
Concilio Lateranense IV (XII ecuménico) 1215. 
Profesión de fe contra los albigenses
     Esta profesión de fe del concilio IV de Letrán va dirigida contra los albigenses, que negaban el origen divino de todo el Antiguo Testamento (los cátaros italianos), o por lo menos de los libros históricos (albigenses franceses).Implícitamente se reconoce tal vez la diferencia de perfección moral entre los libros de uno y otro Testamento, pero se atribuye a la divina Providencia, que quiso graduar la revelación.
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     Esta Santa Trinidad, individua según la común esencia y distinta según las propiedades personales, dió la doctrina de salvación al género humano, primero por medio de Moisés y después a través de los santos profetas y demás siervos suyos, conforme a su ordenadísima disposición de los tiempos.
GREGORIO X (1271-1276)
Concilio II de Lyón (XIV ecuménico) 1274. 
Profesión de fe de Miguel Paleólogo
     Como es sabido, en la sesión cuarta de este XIV concilio ecuménico, celebrada el 6 de julio de 1274, tuvo lugar la unión de los griegos cismáticos a la Iglesia católica romana. El emperador Miguel Angel Comneno Paleólogo había enviado al concilio una carta en la que suscribía el símbolo de fe que le había sido propuesto por Roma a. De este símbolo forma parte el texto que transcribimos.
     Como se ve, es una repetición de la clásica fórmula antimarcionita, que sin duda se dirige contra los restos de maniqueísmo todavía existentes en los dominios del emperador griego.
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     Creemos también que el mismo Dios y Señor omnipotente es el único autor del Nuevo y del Antiguo Testamento, de la Ley y de los Profetas y de los Apóstoles.
CLEMENTE V (1305-1314)
Concilio de Viena (XV ecuménico) 1311-1312
Decreto sobre la erección de cátedras de lenguas orientales
     El presente documento es el undécimo de los decretos del concilio de Viena (XV ecuménico), celebrado entre los años 1311-1312.
     Por él se establecen cátedras de hebreo, árabe y caldeo en las principales tersidades (Roma, París, Oxford, Bolonia y Salamanca), con miras a la exegesis bíblica y a la predicación entre infieles.
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     Entre las preocupaciones que pesan sobre nuestros hombros continuamente, nos acucia la de reducir a los que yerran al camino de la verdad y ganarlos para Dios con la ayuda de su gracia; esto es lo que ansiadamente buscamos, a esto consagramos los deseos de nuestra mente y en esto vigilamos con diligente afán y afanosa diligencia. No dudamos de que para la consecución de este nuestro deseo es muy a propósito la exposición de la divina palabra y sumamente oportuna la fiel predicación de la misma. Pero tampoco ignoramos que la divina palabra no puede ser aprovechada, y resulta vacía, si se propone a oídos que desconocen la lengua del que habla. Y por ello, imitando el ejemplo de Aquel a quien, aunque indignamente, representamos, el cual quiso eruditos en todas las lenguas a los apóstoles, que envió a predicar el Evangelio por todo el mundo, debamos que en la Iglesia católica abunden los conocedores de las lenguas que emplean los infieles, a fin de que sepan y puedan instruirlos en los deberes sagrados y agregarlos por la doctrina de la fe cristiana y por la recepción del sagrado bautismo a la Iglesia católica.
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  Para que la pericia en estas lenguas pueda cómodamente obtenerse por una eficaz enseñanza, con la aprobación de este sacro concilio proveemos que se erijan cátedras de las diversas clases de lenguas antes mencionadas dondequiera que resida la Curia romana y en las Universidades de París, Oxford, Bolonia y Salamanca, decretando que en cada uno de estos lugares se tengan maestros católicos suficientemente instruidos en la lengua hebraica, griega, arábiga y caldaica, y precisamente dos peritos en cada una, que regenten dichas cátedras, traduzcan fielmente libros de dichas lenguas al latín, enseñen cuidadosamente a otros estas lenguas y les transmitan con solicitud la pericia en ellas, para que, instruidos y enseñados suficientemente en ellas, puedan producir, con la ayuda de Dios, el fruto esperado en la propagación saludable de la fe entre los pueblos infieles.
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  A estos lectores queremos se provea de los correspondientes estipendios y honorarios: en la Curia romana, por medio de la Sede Apostólica; en la Universidad de París, por el rey de Francia; en Oxford, por los de Inglaterra, Escocia, Irlanda y Gales; en Bolonia y Salamanca, por los prelados, monasterios, cabildos, conventos, colegios exentos y no exentos y rectores de iglesias de Italia y de España; imponiendo a cada uno la obligación de contribuir según la necesidad, no obstante cualquier privilegio y exención en contrario, aunque no queremos en lo demás sentar precedente.
JUAN XXII (1316-1334)
Constitución «Cum inter nonnullos», 12 de noviembre de 1323
     La corriente espiritual en favor de la pobreza evangélica, iniciada por los valdenses en Francia y los humillados en Italia a fines del siglo XII, Se habla visto comprometida por la insubordinación de sus fundadores, que los llevó a la herejía y los contaminó de resabios maniqueos. Lo que en estos movimientos había de bueno fue recogido por los dos santos fundadores de las Ordenes mendicantes, San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán. Pero a principios del siglo XIV las exageraciones de los fraticelli estuvieron a punto de repetir la historia de los valdenses. Propugnaban los fraticelli para la Orden franciscana la pobreza más absoluta, condenando la posesión de bienes en común y pretendiendo que Cristo y los apóstoles no habian poseído nada, ni en particular ni en común. Juan XXII, por la bula Quia nonnumquam, de 26 de marzo de 1322, permitía la discusión sobre esta materia. Pero, a raíz del capítulo general de los franciscanos celebrado en Perugia el 30 de mayo del mismo año, el superior general de la Orden, Miguel de Cesena, dirigió el 4 de junio una carta a la Cristiandad en la que establecía que Cristo y los apóstoles no habían poseído nada, ni en particular ni colectivamente. Juan XXII, en la constitución Cum inter nonnullos, de 12 de noviembre de 1323, condena como herética esta postura, alegando que contradice o debilita la veracidad absoluta de la Sagrada Escritura.
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     Como suceda a menudo que entre algunos escolásticos se ponga en duda si debe ser considerado herético afirmar con pertinacia que nuestro Redentor y Señor Jesucristo y sus apóstoles no poseyeron nada ni en particular ni en común, y siendo varios y contrarios los pareceres sobre el particular, Nos, deseando imponer fin a esta discusión, con el consejo de nuestros hermanos, por el presente perpetuo edicto declaramos que debe ser tenida en adelante por errónea y herética dicha afirmación pertinaz, ya que contradice expresamente a la Sagrada Escritura, que en muchos lugares afirma que poseyeron algo; y supone abiertamente que la misma Sagrada Escritura, por la cual se prueban los artículos de la fe ortodoxa, contiene en la materia susodicha fermento de mentira; y, consiguientemente, privándola así de toda su autoridad, hace a la fe católica dudosa e incierta al quitarle el argumento que en aquélla tenía.
BENEDICTO XII (1334-1342)
Errores de los armenios 
(del libelo «Iam dudum», enviado a los armenios, año 1341)
     Los armenios habían pedido a Benedicto XII ayuda contra los sarracenos. El Papa aprovechó la ocasión para arrancarles la retractación de los errores que se les achacaban y les envió una lista de 117. Ellos, reunidos en concilio, respondieron a cada uno de los artículos. A propósito de éste, que era el 114, dijeron: «Si dicha opinión se encuentra entre los dichos de algún tonto, entre nosotros no se encuentra así, porque en nuestra Biblia y en los libros que se leen en las aulas encontramos que Lamec mató a Caín, como se dice en el Génesis, c.4».
     Como a Juan XXII en el documento anterior, lo que preocupaba a Benedicto XII, a juzgar por el tenor de este artículo, era, más que la exegesis particular de Génesis 4, el principio de la inerrancia bíblica.
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     También dicen que puso Dios una señal para que no se diera muerte a Caín, y así sucedió a la letra, ya que, según ellos, nadie lo mató, sino que él mismo se arrojó por un precipicio. Por donde dan a entender ser falso en este punto el pasaje del Génesis que parece decir que Lamec mató a Caín.
CLEMENTE VI (1342-1352)
Errores de los armenios 
(de la epístola «Super quibusdam», a Consolator, «catholicon» de los armenios, 29 de septiembre de 1351)
     Entre los intentos de Clemente VI para atraerse a los griegos y armenios a cambio de la ayuda que solicitaban contra, los turcos, figura esta carta de 29 de septiembre de 1351 al «catholicon» de los armenios, proponiéndole una especie de interrogatorio, cuya pregunta 14 es la que transcribimos, y que se refiere al canon e inerrancia de los libros sagrados.
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     Decimocuarto, si has creído y crees que el Nuevo y el Antiguo Testamento en todos los libros que la autoridad de la Iglesia romana nos ha entregado contienen verdad absolutamente indudable.
EUGENIO IV (1431-1447) 
Concilio Florentino (XVII ecuménico) 1438-1445
Decreto «Pro iacobitis» (de la bula «Caritate Domino», 4 de febrero de 1441)
     Contiene este documento la profesión de fe que en el concilio de Florencia suscribieron los jacobitas de Egipto, Siria y Etiopía al restablecer su unión con Roma. El decreto completo, en el cual a su vez se hace referencia al Decretum pro Graecis, de la bula Laetentur caeli, de 6 de julio de 1419, y al Decretum pro Armenis. de la bula Exsultate Deo de 22 de noviembre del mismo año, abarca todos los errores profesados por los jacobitas. Extractamos los que se refieren a la Sagrada Escritura:
     1°. El decreto establece el catálogo de los libros inspirados contra los jacobitas, que, si bien admitían totalmente nuestro canon por influjo, sin duda, de los concilios cartagineses, añadían algunos apócrifos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.
     2°. Condena expresamente el dualismo maniqueo, que, estableciendo dos principios eternos, hacía al uno Dios del Antiguo Testamento y al otro del Nuevo
     3°. Ordena la abrogación de los ritos mosaicos, algunos de los cuales como la circuncisión, la purificación de la madre después del parto, la distinción de alimentos puros e impuros y la observancia del sábado, seguían en vigor entre los jacobitas.
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     … (La Iglesia) profesa que el mismo y único Dios es  el autor del Antiguo y del Nuevo Testamento, es decir, de la Ley, de los Profetas y del Evangelio, ya que bajo la inspiración del mismo Espíritu Santo hablaron los santos de uno y otro Testamento, cuyos libros recibe y venera, los cuales se contienen en los títulos siguientes: Cinco de Moisés, a saber, Génesis, Exodo, Levítico, Números y Deuteronomio; Josué, Jueces, Rut, cuatro de los Reyes, dos de los Paralipómenos, Esdras, Nehemías. Tobías, Judit, Ester, Job, los Salmos de David. Parábolas, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría, Eclesiástico. Isaías, Jeremías, Baruc, Ezequiel, Daniel; los doce profetas menores, a saber, Oseas, Joel, Amos, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum. Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías; dos de los Macabeos; los cuatro Evangelios de Mateo. Marcos, Lucas, Juan; catorce epístolas de Pablo: a los Romanos, dos a los Corintios, a los Gálatas. a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, a Tito, a Filemón, a los Hebreos: dos de Pedro, tres de Juan, una de Santiago, una de Judas; los Hechos de los Apóstoles y el Apocalipsis de Juan.
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  Asimismo anatematiza la locura de los maniqueos. que pusieron dos primeros principios, uno de las cosas visibles y otro en las invisibles, y dijeron que uno era Dios del Nuevo Testamento y otro el del Antiguo…
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  Firmemente cree, profesa y enseña que las cosas legales del Antiguo Testamento, o Ley mosaica, que se dividen en ceremonias, cosas sagradas, sacrificios y sacramentos, puesto que habían sido instituidas para significar algo futuro, aunque eran acomodadas al culto divino en aquella edad, pero han cesado al venir Nuestro Señor Jesucristo, por ellas significado, y han comenzado los sacramentos del Nuevo Testamento…
LEON X (1513-1521)
Concilio provincial de Florencia, año 1517-1518
Rúbrica sobre los maestros, sobre los herejes y los que escandalizan la fe de Cristo
     Entre los concilios provinciales que se ocuparon de poner en práctica los decretos del Lateranense V (XVIII ecuménico) de 1512-1517, el primero fue el invocado en Florencia por el pariente del Papa, Julio de Médicis, en los años 1517-1518.
     En el capítulo 6 de la rúbrica 18, que reproducimos, se establece la autoridad inapelable de la interpretación auténtica de la Sagrada Escritura, contra las novedades de los humanistas, que despreciaban la tradición.
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     Capítulo 6Que la Sagrada Escritura no se debe interpretar distintamente de como la han interpretado los sagrados doctores, y condena a los defensores de nuevas opiniones.
     También ordenó que nadie pueda en adelante exponer o interpretar, por escrito o de palabra, la Sagrada Escritura distintamente de como la han interpretado hasta ahora los santos doctores de la Iglesia.
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     Más aún, quiso que sean considerados como sospechosos de herejía todos los intérpretes, predicadores o cualesquiera otros que finjan opiniones nuevas y contrarias al común sentir de los santos; y si perseveraren en ellas, sean castigados como herejes, a menos que su postura sea aprobada por la Sede Apostólica. Pues quien presume sentir o enseñar distintamente de como siente y enseña la Iglesia, aunque fuere un ángel, de ninguna manera debe ser oído. Porque por este camino ha sembrado el diablo todas las herejías.
CLEMENTE VII (1523-1534) 
Concilio Senonense (o Parisiense) 1527-1528 
     El concilio provincial celebrado en París del 3 de febrero al 9 de octubre de 1528 ataca directamente los errores luteranos. En su decreto  sobre materias de fe proclama, contra los reformadores, la autoridad de la Iglesia para definir el canon de los libros sagrados y el sentido auténtico de los mismos. En el decreto  establece la tradición como fuente de revelación distinta de la Escritura.
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     DECRETOS DE FE. Decreto 4. Que a la Iglesia corresponde el determinar qué libros son inspirados.
     Grande en verdad ha sido y ha de ser siempre la autoridad de la Sagrada Escritura, en la cual nada puede haber falso, nada ocioso. Porque, comoquiera que nunca ha procedido la profecía de humana voluntad, sino que inspirados por el Espíritu Santo han hablado los santos hombres de Dios, toda la Escritura, divinamente inspirada, es útil para enseñar, para argüir, para corregir y para instruir en la justicia. Pero, sin embargo, será manco y absolutamente inválido el argumento sacado de las Escrituras, si al arbitrio de cualquiera lo que se adujere puede ser considerado sagrado o profano, canónico o apócrifo, o si lo que hubiere sido admitido y recibido en el canon, los indoctos y versátiles depravan para su propia perdición… Nunca se levantó un hereje tan desgraciado que no intentara defender su error con la Escritura; ninguna herejía hay tan absurda que no pueda de alguna manera apoyarse en textos sagrados, bien que corrompidos y mal interpretados. Más aún: si, fiándose cada uno de su propio ingenio, atiende solamente a la corteza de la letra y no penetra con los eclesiásticos intérpretes sus sentidos recónditos, no habrá manera de refutar las argucias de los herejes.
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     Y así, cuando surgen controversias en materia de fe,  en vano se consulta la Escritura si no dirime el conflicto la autoridad cierta e infalible de la Iglesia, discerniendo el libro canónico del apócrifo, el sentido católico del herético, el verdadero del falso. Valiéndose de ella como de internuncia y de los Padres y sagrados concilios como de órganos, el Espíritu Santo nos enseña y sugiere todas las cosas; sin cuyos auspicios, los que se jactan de poseer el sentido de la Sagrada Escritura, no entienden lo que dicen ni de qué cosas afirman, sino que viendo no ven y oyendo no oyen.
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     El que en la enumeración de los libros de la Escritura  canónica no siguiere el uso prescrito y la autoridad de la Iglesia y rechazare el sagrado concilio Cartaginense III, los decretos de Inocencio y de Gelasio y, por último, el catálogo de libros definido por los Santos Padres; o en la exposición de las Escrituras no apacienta sus cabritos junto a las tiendas de los pastores, sino que se cava cisternas rotas, que no pueden contener el agua, y, despreciando los vestigios de los Padres ortodoxos, sigue el juicio de su propio espíritu, este tal sea reprendido por tan gran temeridad como cismático y alentador y fautor de todas las herejías.
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  Decreto 5Que hay que creer firmemente algunas cosas que no se contienen expresamente en la Escritura.
     Grande es, ciertamente, la extensión de la Escritura, inmensa e incomprensible su profundidad; pero es pernicioso error creer que nada se debe admitir que no haya sido sacado de la Escritura; porque muchas cosas fueron transmitidas por Cristo a la posteridad por medio de los apóstoles, de boca en boca, en familiar coloquio, las cuales, aunque no parezcan estar expresamente contenidas en la Escritura, deben ser admitidas sin ningún género de duda…
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     Conviene, pues, que, aun sin percibir las razones, creamos a la autoridad de los Padres y a la tradición de los mayores durante tanto tiempo repetida, y que la conservemos como nos fue legada con cuidadosa observancia y reverencia. Y si alguno pertinazmente la rechazare bajo el pretexto de que no se lee en las Sagradas Escrituras, sea tenido por hereje y por cismático.
PAULO III (1534-1549)
Concilio Tridentino (XIX ecuménico) 1546-1563
Decreto sobre el canon, sesión 8 de abril de 1546
     El presente decreto es de carácter dogmático. En él se define el canon de los libros sagrados y la existencia de la tradición como fuente de revelación distinta de la Escritura. Los reformadores, siguiendo a los valdenses y wiclefitas, establecían la Escritura como única fuente. Lutero se había constituido en juez para dirimir la canonicidad de los libros sagrados. Estableció como criterio la conformidad con su teoría de Cristo Mediador y de la justificación por la fe. Con arreglo a esta norma, distinguió libros que contienen bien a Cristo y libros que lo contienen mal; y rechazaba del A. T. todos los deuterocanónicos (menos tal vez Mach) y hasta algunos proto-canónicos (Ester, Paralipómenos, Eclesiastés). Carlstadt rechazaba solamente los deuterocanónicos, y a esta sentencia terminó por adherirse Lutero, que en su versión alemana de la Biblia (1534), tradujo todos, incluso los deuterocanónicos, aunque colocándolos al final bajo el epígrafe de Apócrifos (Nótese que desde entonces los protestantes llaman apócrifos a los deuterocanonicos, y pseudoepigrafes a los apócrifos). A partir del siglo XVIII, los protestantes prescindieron de ellos en sus Biblias.
     En cuanto al N. T., Lutero rechazaba el Apocalipsis, la Carta a los Hebreos y las Epístolas de Santiago y San Judas. Zwinglio, el Apocalipsis. Eco lampadio, todos los deuterocanónicos. Y así todos los luteranos hasta el siglo XVII, en que volvieron al canon completo, que siempre habían conservado los calvinistas.
     A fines del XVIII, surgieron de nuevo dudas. Pero a partir del XIX han quedado resueltas, puesto que para la mayoría de los autores protestante los libros de la Biblia son obras meramente humanas, escritas con posterioridad a los autores cuyos nombres llevan, y que sirven solamente como testimonios de la fe de la primitiva comunidad cristiana.
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     El sacrosanto ecuménico y general concilio Tridentino. legítimamente congregado en el Espíritu Santo, bajo la presidencia de los tres legados de la Sede Apostólica, proponiéndose que, expurgados los errores, se conserve en su Iglesia la pureza del Evangelio, que, prometido antes por los profetas en las Sagradas Escrituras, Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, promulgó con sus propios labios, y después por sus apóstoles, como fuente de toda verdad salvadora y de toda disciplina de costumbres, mandó predicar a toda criatura; viendo que esta verdad y disciplina se contiene en los libros escritos y sin escrito en las tradiciones que, recibidas por los apóstoles de la boca del mismo Cristo o por los mismos apóstoles al dictado del Espíritu Santo entregadas casi en mano, han llegado hasta nosotros; siguiendo los ejemplos de los Padres ortodoxos, recibe y venera con el mismo piadoso afecto y reverencia tanto los libros todos del Antiguo y del Nuevo Testamento, por ser un mismo Dios el autor de uno y otro, cuanto las dichas tradiciones que se refieren a la fe o a las costumbres, como dictadas que fueron oralmente por Cristo o por el Espíritu Santo y conservadas en la Iglesia católica por no interrumpida sucesión.
     Estimó, además, que se debía añadir a este decreto el índice de los libros sagrados, para que a nadie pueda caber duda de cuáles sean los que el concilio recibe.
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     Son, pues, los siguientes:
     Del Antiguo Testamento: Los cinco de Moisés, a saber, Génesis, Exodo, Levítico, Números y Deuteronomio; Josué, Jueces, Rut, los cuatro de los Reyes, dos de los Paralipómenos, el primero de Esdras y el segundo que se dice de Nehemías, Tobías, Judit, Ester, Job, el Salterio davídico de 150 Salmos, las Parábolas, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría, Eclesiástico, Isaías, Jeremías con Baruc, Ezequiel, Daniel; los doce profetas menores, a saber, Oseas, Joel, Amos, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías; dos de los Macabeos, primero y segundo.
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     Del Nuevo Testamento: Los cuatro Evangelios según Mateo, Marcos, Lucas y Juan; los Hechos de los Apóstoles, escritos por Lucas Evangelista; 14 Epístolas del apóstol Pablo: a los Romanos, dos a los Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, a Tito, a Filemón, a los Hebreos; dos del apóstol Pedro, tres del apóstol Juan, una del apóstol Santiago, una del apóstol Judas, y el Apocalipsis, del apóstol Juan.
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     Y si alguien estos libros íntegros con todas sus partes, según acostumbraron ser leídos en la Iglesia católica y se contienen en la antigua edición latina vulgata, no recibiera por sagrados y canónicos y despreciare a ciencia y conciencia las predichas tradiciones, sea anatema.
     Sepan, pues, todos por qué orden y camino ha de proceder el concilio una vez puesto el fundamento de la confesión de fe y de qué testimonios y ayudas ha de valerse para confirmar los dogmas e instaurar en la Iglesia las costumbres.
Decreto sobre la edición y uso de los libros sagrados, sesión 8 de abril de 1546
     Este decreto disciplinar, que fue aprobado en la sesión 4° junto con el dogmático sobre la doble fuente de revelación y sobre el canon de los libros sagrados, comprende cuatro abusos que se intentan subsanar. No se trata de errores de los protestantes, sino de peligrosas corruptelas en la vida de la Iglesia que conviene corregir:
     1) Contra el abuso de que cada cual pueda aducir como prueba el texto de la Biblia según las distintas versiones latinas existentes, se establece que sólo sea tenida por auténtica jurídicamente la Vulgata, de manera que nadie pueda rechazar el argumento teológico que de ella legítimamente se deduzca
     2) Se condena asimismo el abuso de la interpretación privada de la Biblia contra el sentir unánime de los Santos Padres o contra el sentido establecido por la Iglesia, a la cual sola compete el derecho de interpretar auténticamente la palabra de Dios.
     3) Se prohíbe la impresión, venta, divulgación, lectura o simple retención de la Biblia o de cualquier libro que trate de materia teológica, sin la previa aprobación escrita del ordinario y, si el autor es religioso, de su propio superior (El Concilio expresa el deseo de que se haga una versión oficial corregida de la Vulgata. Encargó de ello al Papa, por más que algunos hubieran querido que lo hiciera el Concilio. Pio IV comenzó las tareas, pero no las pudo terminar. Se trabajó bajo Pio V, Gregorio XIII, Sixto V y Gregorio XIV. La primera edición se publicó con el Breve Ad perpetuam memoriam de noviembre de 1592).
     4) Asimismo se prohíbe, bajo penas canónicas, el empleo abusivo de la palabra divina para bromas, fábulas, adulaciones, supersticiones, encantamientos, adivinaciones, sortilegios, etc.
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     Además, el mismo sacrosanto concilio, considerando que sería de gran utilidad para la Iglesia de Dios si entre todas las ediciones latinas que circulan de los libros sagrados constara cuál había de ser tenida por auténtica, establece y declara que esta misma edición antigua y vulgata, que por el largo uso de tantos siglos ha sido aprobada en la Iglesia, sea tenida por auténtica en las lecciones, disputas y predicaciones públicas, de tal manera que nadie se atreva o presuma rechazarla por ningún pretexto.
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     Asimismo, para poner coto a los ingenios petulantes, decreta que nadie, apoyado en su propia prudencia, en materia de fe y de costumbres que pertenecen a la edificación de la doctrina cristiana, retorciendo la Sagrada Escritura hacia sus propias opiniones, se atreva a interpretarla contra el sentido que tuvo y tiene la santa madre Iglesia —a la cual compete juzgar sobre el verdadero sentido e interpretación de las Sagradas Escrituras— o contra el común sentir de los Santos Padres, por más que tales interpretaciones no hubieran de ser nunca publicadas. Los contraventores serán declarados por los ordinarios y castigados con las penas establecidas en el Derecho.
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     Queriendo también imponer moderación en esta materia,  como es debido a los impresores, que ya sin freno, pensando que les es lícito todo lo que les viene en gana, sin licencia de los superiores eclesiásticos imprimen los libros de la Sagrada Escritura y anotaciones y exposiciones de cualquiera indiferentemente acerca de ellos, unas veces callando y otras falseando el pie de imprenta, y lo que es más grave, sin el nombre del autor, y venden sin escrúpulos libros de este género impresos en otras partes; decreta y establece que en adelante la Sagrada Escritura, y sobre todo esta antigua y vulgata edición, se imprima con la máxima corrección, y a nadie sea lícito imprimir o hacer imprimir cualquier libro de cosas sagradas sin el nombre del autor, ni venderlos en adelante o retenerlos, si primero no hubieren sido examinados y aprobados por el ordinario, bajo la pena de anatema y pecuniaria establecida en el canon del último concilio Lateranense. Y si fueren religiosos, aparte de este examen y aprobación, habrán de obtener también licencia de sus superiores, después de examinados por éstos los libros, según las normas de sus constituciones. Los que comunican o divulgan tales libros sin que antes hayan sido examinados y aprobados, quedan sujetos a las mismas penas que los impresores. Y quienes los tuvieren o leyeren, si no aparecieren los autores, serán tenidos por autores. La aprobación de tales libros se dará por escrito, y así aparecerá al frente del libro, o del escrito, o del impreso; y todo esto, es decir, la aprobación y el examen, se hará gratis, para que se apruebe lo que se deba aprobar y se repruebe lo que deba ser reprobado.
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     Deseando asimismo reprimir la temeridad con que las palabras y sentencias de la Sagrada Escritura se emplean y retuercen para cosas profanas, a saber, para burlas, fábulas, vanidades, adulaciones, detracciones, supersticiones, impíos y diabólicos encantamientos, adivinaciones, sortilegios, y hasta libelos famosos, manda y ordena, para suprimir tales irreverencias y desprecios, que en adelante nadie se atreva a usurpar de ninguna manera las palabras de la Sagrada Escritura para estas cosas u otras semejantes, y que los tales, temerarios violadores de la palabra de Dios, sean reprimidos por los obispos con las penas del derecho y de su estimación.
Decreto erigiendo la lección de Sagrada Escritura y de artes liberales, sesión 5°, 17 de junio de 1546
     Reprimidos los abusos relativos a la Sagrada Escritura en el decreto disciplinar de la sesión , el concilio Tridentino se ocupó en la  (17 de junio de 1546) de garantizar la enseñanza positiva de la misma. El presente decreto establece la creación de una prebenda en las iglesias con carga de enseñar la Sagrada Escritura. Para ello ordena que
     1) Donde exista una prebenda con carga de enseñar teología, se le encargue al prebendado—o a un sustituto a su costa—la exposición e interpretación pública de la Sagrada Escritura.
     2) En las iglesias metropolitanas, o catedrales, o colegiatas, donde haya clero suficiente y no exista dicha prebenda, se creará al producirse la primera vacante.
     3) Donde por falta de recursos no sea posible, se procurara al menos buscar un maestro que enseñe a los clérigos y alumnos pobres los rudimentos de gramática, para que más tarde puedan estudiar la Sagrada Escritura.
     4) Se urge asimismo el establecimiento de una cátedra de Sagrada Escritura en los monasterios, en los conventos y en las universidades públicas.
     5) Los candidatos a estos cargos habrán de ser examinados y aprobados por el obispo propio, a menos que se trate de profesores en los monasterios
     6) Finalmente, los que enseñen Sagrada Escritura en centros públicos y los alumnos que asistan a dichas clases tendrán presencia canónica a los efectos de percibir los frutos de su prebenda o beneficio.
56 
     El mismo sacrosanto concilio, sumándose a las piadosas constituciones de los Sumos Pontífices y de los concilios aprobados, recogiéndolas y ampliándolas, para que no quede infructuoso el tesoro celeste de los libros sagrados que el Espíritu Santo con largueza suma entregó a los hombres, estableció y decretó que en aquellas iglesias en las que se encuentre una prebenda o capellanía u otro estipendio de cualquier nombre destinado a los lectores de sagrada teología, los obispos, arzobispos, primados y otros ordinarios de lugar obliguen y exijan a los que obtienen dicha prebenda, capellanía o estipendio a la explicación e interpretación de la Sagrada Escritura por sí mismos, si fuesen idóneos, y si no por un sustituto, que será elegido por los obispos, arzobispos u otros ordinarios de lugar, aun bajo pena de sustracción de los frutos. Y en adelante no se confiera dicha prebenda, capellanía o estipendio sino a personas idóneas para ejercer por si mismas este oficio. Toda provisión hecha de otro modo será nula e inválida.
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     Y en las iglesias metropolitanas o catedrales de ciudades insignes y populosas, así como en las colegiatas de villas insignes, aunque sean de ninguna diócesis, pero con clero numeroso, donde no haya tal prebenda o capellanía o estipendio designado, la primera prebenda que vaque por cualquier motivo que no sea por renuncia y a la cual no vaya aneja otra carga, incompatible, entiéndase por el mismo hecho constituida y designada a perpetuidad para este fin. Y si en dichas iglesias no hubiera ninguna prebenda o no fuera suficiente, el mismo metropolitano u obispo, bien por la asignación de los frutos de algún beneficio simple —cuidando, no obstante, de que se levanten debidamente sus cargas—, bien por la contribución de los beneficiados de su ciudad y diócesis, bien de otra manera más cómoda en que se pueda hacer, con consejo del capítulo, provea de modo que se tenga dicha lección de Sagrada Escritura. Mas esto sin que por ello se omitan cualesquiera otras lecciones instituidas por la costumbre o por cualquier otra razón.
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     Las iglesias cuyas rentas anuales fueren pequeñas y tan reducidos la población y el clero que no se pueda tener lección de teología, tengan, por lo menos, un maestro elegido por el obispo con el consejo del capítulo, el cual enseñe gratuitamente a los clérigos y a otros alumnos pobres la gramática para que puedan después, si Dios quiere, pasar a los estudios de Sagrada Escritura. A dicho maestro de gramática, o bien se le asignarán los frutos de algún beneficio simple, que percibirá mientras ejerza la docencia, con tal que no se falte a las cargas de dicho beneficio, o bien se le dará una retribución condigna de la mesa capitular o episcopal, o el obispo mismo buscará la manera más llevadera para su iglesia y diócesis, con tal que esta piadosa, útil y fructuosa provisión no se deje de hacer por ningún buscado pretexto.
59 
     Asimismo, en los monasterios de monjes donde pueda hacerse fácilmente, se tendrá también lección de Sagrada Escritura. Si los abades fueren negligentes en esto, los obispos del lugar, como delegados de la Sede Apostólica, los obligarán empleando los oportunos remedios.
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     En los conventos de los demás regulares donde puede  fácilmente haber estudios, se tendrá igualmente lección de Sagrada Escritura, la cual será encomendada por los capítulos generales y provinciales a los maestros más dignos.
61 
     En las escuelas públicas donde hasta el presente no existiera esta lección tan importante y más necesaria que ninguna, se encomienda su constitución a la piedad y caridad de los religiosísimos príncipes y repúblicas para la defensa e incremento de la fe católica y para la conservación y propagación de la sana doctrina. Donde existiera y se hubiere abandonado, restitúyase.
62 
     Y para que no se siembre la impiedad bajo la forma de piedad, establece el mismo santo concilio que nadie debe ser admitido al desempeño de esta lección, tanto en público como en privado, sin que primero haya sido por el obispo del lugar examinado y aprobado acerca de su vida, costumbres y ciencia. Esto, sin embargo, no se extiende a los lectores de los claustros monacales.
     Los que enseñan Sagrada Escritura mientras leen públicamente en las aulas y los alumnos que en ellas estudian, gozarán plenamente de todos los privilegios concedidos por el derecho común en cuanto a la percepción en la ausencia de los frutos de sus prebendas y beneficios.
Documentos Biblicos
DOCTRINA PONTIFICIA I
B.A.C.

LA PSICASTENIA. POR MONS. DERISI (1/2)

Pensamos que este opúsculo puede ser una buena ayuda tanto para los fieles que son muy escrupulosos, como para sus confesores.

La Psicastenia, por Mons. Derisi. Cap. IV (I de II)

CAPITULO IV

LA TERAPEUTICA DE LOS ESCRUPULOS

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Gentileza de en Gloria y Majestad

Si el escrúpulo está engendrado por un desequilibrio entre la tensión psíquica y la situación real moral a la que es preciso ajustarse, determinado por la depresión de aquélla, su curación consistirá esencialmente en la reconquista de ese perdido equilibrio, 1) disminuyendo la dificultad del acto por ejecutar mediante la simplificación de la situación moral y 2) elevando la intensidad de la fuerza anímica por remedios materiales y sobre todo psicológico-morales. Pero antes nos es indispensable decir dos palabras sobre el modo de proceder del director espiritual o confesor con el enfermo.

1) Conducta que debe observar el director con el enfermo

Es indispensable para su curación que el enfermo comience por elegirse un director fijo. Si para la vida espiritual ello es medio útil, para el caso del escrupuloso es un medionecesario. El cambio frecuente de director o confesor sólo contribuiría a agravar su dolencia, ya que, por una parte, la aplicación de los medios terapéuticos adecuados al enfermo solamente se pueden comenzar a emplear a fondo cuando el director ha llegado a la comprensión exacta del estado del paciente, y por otra, su eficacia depende de una constante y firme aplicación sin claudicaciones desastrosas para éste.

El enfermo deberá buscarse, pues, un director, que por su ciencia y virtud le merezcaplena confianza, y una vez haber dado con él, atenerse ciegamente a sus prescripciones. Toda duda o titubeo sobre la capacidad directora de su confesor comprometería por adelantado la eficacia y la presteza de su curación.

El director a su vez, deberá asentar su autoridad moral en el enfermo sobre el fundamento de su sabiduríasantidad y prudencia. Una vez cerciorado de que realmente se trata de un obseso, y no de una persona timorata y delicada de conciencia tan sólo, deberá poner en práctica la norma que para tales casos propusiera San Alfonso de Ligorio hace más de dos siglos basada sobre los principios más sólidos de la moral y a la vez en la experiencia psicológica más aguda: «Con esta clase de penitentes, el confesor sea paciente,benigno y firme«. El olvido de una de estas condiciones (vg., una excesiva bondad sin firmeza, o una excesiva firmeza sin bondad) serían fatales para el pobre enfermo.

Ha de ser, pues, ante todo paciente y benigno con la exposición interminable, intrincada y casi ininteligible de los casos de conciencia del enfermo (sobre todo al comienzo, hasta formarse una idea clara de su situación), no ha de mostrarse enfadado con las cavilaciones que le someterá a su juicio a cada momento su dirigido, así como tampoco con la insistencia sobre asuntos ya resueltos y con sus frecuentes e intempestivas visitas y consultas. Demasiado tiene que sufrir el pobre con su cruz, y una muestra de fastidio no haría sino amilanar más un ánimo ya deprimido. Hemos visto que, según el desnivel, la obsesión abarcará zonas más o menos grandes; y de hecho el escrúpulo se presenta a veces localizado en uno o varios puntos y sólo en casos más avanzados se extiende a todas las manifestaciones de la vida moral. Lo mismo acaecerá con los actos secundarios derivados, cuya aparición y desarrollo estarán en razón inversa con el nivel de la tensión. Todo esto deberá ir observando el director para formarse un juicio cabal del estado real de su dirigido. Como en las demás partes de la medicina, también en ésta y más que en aquélla vale el dicho de que «no existen enfermedades, sino enfermos«.

El escrupuloso, según dijimos más arriba, suele ser una persona inteligente y por eso mismo sensible. La enfermedad no ha hecho sino ensombrecer la paz y la alegría de su alma, sumergirla en una tristeza deprimente y agudizar su sensibilidad. Si la dureza no haría sino zaherirlo y desesperarlo, la afabilidad, en cambio, le dará más confianza en su director, le hará comprender mejor la norma de conducta por él dictada y, lo animará a abrazarse con fidelidad a ella y abrirá su corazón a la esperanza y la pre-dispondrá a la paz. La benignidad del confesor más fácilmente hará renacer en su alma la confianza en Dios y suavizará la aspereza y lo arduo de su vida, descargará un tanto el peso enorme de sus angustias y dolores. Dado el estado de postración y la delicada sensibilidad de estas almas, una muestra de fastidio o de impaciencia del director podría traer consigo la desesperación y el consiguiente derrumbe moral del enfermo.

Junto con la suavidad, el enfermo necesita la firmeza de su confesor. Ha de tener éste mano paternal: suave y fuerte a la vez. Deberá dar normas precisas, según diremos enseguida, que no permitirá discutir y cuyo cumplimiento deberá exigir. ¡Ay del confesor que admite la discusión y «peros» del escrupuloso y pretende darle razón de sus normas! Por eso no deberá transigir jamás que su penitente le discuta sus directivas, porque, a más de que es difícil convencerlo con argumentos, que su mismo estado de conciencia no le permite ver, se expone a quedarse sin respuesta y a ser arrollado por la fuerza dialéctica de su improvisado adversario. Fuera de que la fundamentación de tales normas implica una complejidad en las mismas, que el estado del paciente no puede asimilar en la vida práctica y se constituirán en otros tantos focos de obsesión. Por eso, es mejor ahorrarse toda explicación y ser categórico en sus respuestas. No vaya a titubear o a dudar cuando expone al paciente el modo de obrar que debe seguir, porque inmediatamente el enfermo pondría en tela de juicio su ciencia o su seguridad y correría el riesgo de perder su autoridad y la eficacia de su dirección: la duda se localizaría fácilmente en la competencia y sabiduría del director y anularía e impediría en su misma fuente los remedios dados para su curación. Para, ello es menester, naturalmente, haberse ganado la confianza del penitente por la autoridad de la ciencia, de la virtud y de la prudencia. En general, convendrá para lograrlo que hable claro, seguro y breve en cuanto a la norma. Lo restante de la dirección lo empleará con más provecho abriendo ese corazón a la confianza en Dios.

Una vez dada la norma precisa de su vida —que expondremos— y repetida varias veces cuando el enfermo vuelva a consultarlo sobre su extensión y valor, el director deberá exigir a su penitente que resuelva por sí mismo su duda, que pase por encima de ella y de sus angustias sin consultarle en cada caso. Con más razón todavía deberá ser firme en cuanto a no admitirlo a la confesión, fuera de la semanal y del caso en que el enfermo esté realmente cierto de haber cometido un pecado mortal. Aunque el enfermo le suplique y llore de angustia para que lo confiese, aunque para ello le afirme que él cree haber pecado gravemente, el confesor deberá ser lo suficientemente fuerte para no consentir en ello. Sería caridad mal entendida conmoverse ante tal situación y solucionar al paciente en cada caso sus dudas y darle la absolución en cada supuesto pecado mortal. Con semejante conducta el confesor, lejos de estimular, anulará los esfuerzos del penitente, los cuales le permitirían la cicatrización de su mal. Solventar su situación en cada caso, admitirlo en cada duda a la confesión, equivaldría a dar agua al hidrópico. Con ese procedimiento el mal del enfermo no hará sino agravarse y las exigencias de la idea invasora se extenderán más y más y serán cada día más tiránicas. Si el confesor no se siente con fuerzas suficientes para esta actitud, mejor es que deje a otras manos más firmes el timón de esa alma; su compasión mal entendida no haría sino dañarla en lugar de curarla. Naturalmente que esta intransigencia firme del director debe ir revestida siempre de bondad, haciendo comprender al enfermo que es precisamente para su bien que así se procede.

UNA PREGUNTA FRECUENTE

UNA PREGUNTA FRECUENTE

+ Mons. Donald Sanborn. 

Nota de sededelasabiduría. El texto en rojo no pertenece al original de mons. Donald Sanborn y ha sido añadido por nosotros a la luz de las últimas prácticas de la FSSPX y de las pertinaces declaraciones de la «Resistencia».

 La gente me pregunta de vez en cuando si está permitido confesarse con un sacerdote del Novus Ordo válidamente ordenado [ N. R.: es decir, ordenado antes de 1969]. 

Hay sacerdotes tradicionalistas, incluso sedevacantistas, que responden afirmativamente a esta pregunta. Lo permiten en caso de necesidad. Argumentan que un sacerdote del Novus Ordo, no estando excomulgado y no perteneciendo a una secta no católica, la Ley Canónica admite que podría acercarse a los sacramentos. 

La posición de los sacerdotes del Seminario de la Santísima Trinidad es que uno no se puede acercar a un sacerdote Novus Ordo válidamente ordenado para confesarse, excepto en peligro de muerte. 

Las razones son varias. La más importante es que daría crédito al Novus Ordo, que como he señalado muchas veces es una nueva religión substancialmente diferente a la Fe Católica. El hecho de que el sacerdote Novus Ordo no esté oficialmente excomulgado no tiene nada que ver, puesto que como dije en mi último boletín, vivimos en un momento en el que los procesos normales para el enjuiciamiento de la herejía se han venido abajo. El veneno del modernismo ha infectado la jerarquía de arriba abajo y consecuentemente es el catolicismo el que es perseguido como un crimen y la herejía protegida.  

Por esta razón, en el orden práctico tratamos al Novus Ordo como una religión no-católica, tratamos a los seguidores de la religión del Novus Ordo como personas pertenecientes a una religión no-católica. Esto es así, aunque su adhesión fuera de buena fe. También hay muchos seguidores del Novus Ordo que verdaderamente detestan las reformas del Vaticano II, pero continúan adheridos a éstas porque consideran dichas reformas como provenientes de la jerarquía católica. En consecuencia invocan el verdadero principio católico de que la jerarquía católica no puede enseñar falsas doctrinas o promulgar leyes cuya observancia es pecaminosa. Concluyen pues que están obligados, les guste o no, a aceptar obedientemente todo lo que se ha hecho desde el Vaticano II. No obstante ello los lleva a vivir agónicamente puesto que son conscientes, día sí y otro también, de las constantes contradicciones que existen entre el catolicismo previo al Vaticano II y las reformas del Vaticano II. 

Alguien del Novus Ordo que quiera volver a la Fe Católica debe pues rechazar el Vaticano II y sus reformas antes de poder recibir los sacramentos por parte nuestra. Esto es así, aunque consideremos que no haya que levantar ninguna excomunión, ya que el Concilio Vaticano II, la Nueva Misa, los nuevos sacramentos y la nueva disciplina no han sido nunca oficialmente condenados. Es verdad que éstos constituyen una desviación sustancial respecto de la doctrina tradicional, de la Misa, de los sacramentos y de la disciplina, pero nunca han sido condenados como tales. 

Uno no puede alegar que por el hecho de no haber sido nunca censurado un sacerdote del Novus Ordo pueda por este motivo acercarse a él para recibir los sacramentos. Porque en tal caso lógicamente tendríamos que aceptar la religión del Novus Ordo en su totalidad, por no haber sido oficialmente censurada o condenada. 

El Novus Ordo tiene toda la parafernalia de una secta no católica. Es una religión organizada con sus propias doctrinas, su propia liturgia, sus propias leyes y su propia disciplina. Lo único que no ha hecho es separarse de las instituciones católicas.  

Han secuestrado dichas instituciones y las usan para un fin perverso. (I) 

El conservador del Novus Ordo ve solamente la continuidad de la institución -la sucesión de “papas” y “obispos” en lugares ocupados anteriormente por la jerarquía católica- y por esta razón asume que debe haber continuidad en la religión de esta institución. Y no la hay. 

Concluyo pues, que un católico no puede acercarse a un sacerdote Novus Ordo para confesarse o recibir cualquier otro sacramento, aunque estuviera válidamente ordenado, por la mera razón de que estaría dando su aprobación y credibilidad a una religión no católica; esto es contrario al Primer Mandamiento de la Ley de Dios. 

¿Qué decir sobre confesarse con un sacerdote de la Fraternidad de San Pío X? 

Se aplica el mismo principio. Si bien la FSSPX no es lo mismo que el Novus Ordo, sin embargo, es una organización que promueve ideas y principios no católicos. 

  • Primero: Aspiran y esperan ser reincorporados a la religión del Novus Ordo y durante los últimos cuarenta años han ido dando pasos hacia esa dirección. Además, profesan estar en comunión con la jerarquía modernista. 
  • Segundo: No rechazan el Vaticano II y están dispuestos a aceptarlo según su particular interpretación, que no es la de la persona que ellos consideran papa. [ Nota: Lo mismo cabe decir de la falsa resistencia de Mons. Wiliamson, Faure, Zendejas, o francotiradores como el Padre Pancracio Pfeiffer, y tantos capillistas y clerigus vagus en la misma posición lefebrvista]
  • Tercero: Profesan una noción herética sobre el magisterio ordinario universal de la Iglesia, sosteniendo que no es infalible a menos de que sea ratificado por los laicos cuando lo crean concordante con la tradición. (2)  [ Nota: Lo mismo cabe decir de la falsa resistencia de Mons. Wiliamson, Faure, Zendejas, o francotiradores como el Padre Pancracio Pfeiffer, y tantos capillistas y clerigus vagus en la misma posición lefebrvista]
  • Cuarto, Ejercen un apostolado que es una desobediencia sistemática y mundial a la persona que dicen que es el papa, cayendo así en un espíritu de cisma. (3)(4)  [ Nota: Lo mismo cabe decir de la falsa resistencia de Mons. Wiliamson, Faure, Zendejas, o francotiradores como el Padre Pancracio Pfeiffer, y tantos capillistas y clerigus vagus en la misma posición lefebrvista]
  • Quinto: Dicen tener tribunales matrimoniales, con autoridad para anular matrimonios, y esto a pesar de haber sido suprimidos por la persona que dicen que es el papa [ Lo cual es un pecado y delito de cisma capital].
  •  [ Nota: Añadimos la siguiente razón: En el presente bastantes «sacerdotes» novus ordo que no han sido ordenados válidamente se han incorporado a la red de la Fraternidad, la cual se niega a ordenarlos sub conditione, siendo el resultado que, en realidad, siguen siendo seglares sin ningún poder de conferir sacramentos] 

Por estas y otras razones uno no debe acercarse a ellos [ Fraternidad y falsa resistencia]  en busca de los sacramentos, ya que: 

  • Supone aprobar y dar credibilidad a una organización que dice estar en comunión con la jerarquía modernista y a la vez está imbuida de un espíritu de cisma debido a la postura de reconocer y resistir, esto es, reconocen a Bergoglio como papa pero hacen como si no existiera. Esta posición no es católica. 
  • Supone escandalizar a alguien que profese la Fe Católica. 
  • Existe el peligro de corrupción, ya que aquellos que frecuenten los sacerdotes de la FSSPX pueden ser influenciados por sus ideas. 

En buena conciencia. A pesar de estos problemas intrínsecos de la FSSPX, los cuales son graves, debe afirmarse que sus seguidores lo están en buena conciencia. Están en este grupo o frecuentan sus misas porque encuentran aborrecibles los cambios del Vaticano II, y se les dijo, en última instancia por parte de monseñor Lefebvre, que reconociendo y resistiendo juntamente, a la vez que tamizando el magisterio para hallar qué hay de católico es la manera más apropiada para luchar contra la herejía modernista. 

+ Mons. Donald Sanborn. 

https://inveritateblog.com/2018/03/27/a-frequently-asked-question/#more-416  

 

Notas a pie de página: 

(I) Por esta razón rechazo la expresión “Iglesia del Novus Ordo”, ya que los modernistas no se han organizado en una nueva iglesia, sino que tratan de usar las estructuras del catolicismo para esparcir sus errores. 

(2) Papa Pío IX: Porque aunque se tratara de aquella sujeción que debe prestarse mediante un acto de fe divina; no habría, sin embargo, que limitarla a las materias que han sido definidas por decretos expresos de los Concilios ecuménicos o de los Romanos Pontífices y de esta Sede, sino que habría también de extenderse a las que se enseñan como divinamente reveladas por el magisterio ordinario de toda la Iglesia extendida por el orbe y, por ende, con universal y constante consentimiento son consideradas por los teólogos católicos como pertenecientes a la fe. (Carta Tuas Libenter, 21 de diciembre de 1863). 

(3) El Concilio Vaticano de 1870 bajo el Papa Pío IX: Por ello enseñamos y declaramos que la Iglesia Romana, por disposición del Señor, posee el principado de potestad ordinaria sobre todas las otras, y que esta potestad de jurisdicción del Romano Pontífice, que es verdaderamente episcopal, es inmediata. A ella están obligados, los pastores y los fieles, de cualquier rito y dignidad, tanto singular como colectivamente, por deber de subordinación jerárquica y verdadera obediencia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo que concierne a la disciplina y régimen de la Iglesia difundida por todo el orbe; de modo que, guardada la unidad con el Romano Pontífice, tanto de comunión como de profesión de la misma fe, la Iglesia de Cristo sea un sólo rebaño bajo un único Supremo Pastor. Esta es la doctrina de la verdad católica, de la cual nadie puede apartarse de ella sin menoscabo de su fe y su salvación. 

(4) Papa Pío IX: La Iglesia Católica siempre ha considerado cismáticos a todos aquellos que obstinadamente resisten la autoridad de sus legítimos prelados, especialmente al Supremo Pastor de todos, y cualquiera que rechace ejecutar las órdenes o reconocer su autoridad. A los miembros de la facción armenia de Constantinopla, siguiendo esta línea de conducta, nadie bajo ningún pretexto podrá considerarlos inocentes del pecado de cisma, aunque no hubiesen sido condenados como tales por la autoridad apostólica. (Encíclica Quartus supra dirigida a los armenios, 6 de enero de 1873) [El subrayado es nuestro] 

MONJE BUDISTA ASEGURA: «VI A GAUTAMA BUDA EN EL INFIERNO»

Hace aproximadamente un mes, justo antes de Pascua, Bergoglio concedió una entrevista a Eugenio Scalfari, el nonagenario periodista ateo y amigo de Bergoglio. En 2015 ya concedió otra entrevista a Scalfari en la cual negó la existencia del infierno, afirmando que la gente mala realmente no va al infierno después de morir, sino que es simplemente destruida, dejando de existir.

Scalfari publicó que este mismo comentario fue el que le hizo Bergoglio en la entrevista de 2018. Al día siguiente el Vaticano emitió una nota diciendo que lo que Scalfari había publicado no correspondía con las palabras exactas del “pontífice”. Los siempre bien pensantes conservadores del Novus Ordo lo aceptaron como un “desmentido”.

Ahora imagine que una mujer se entera de que su marido dijo: – “¡Mi mujer es una bruja!”- tras lo cual ella le pediría explicaciones y él respondería – “Bueno, no fueron exactamente esas palabras”-. Seguramente él acabaría con un sartenazo en la cabeza. ¿Por qué? Porque eso no es desmentirlo.

De la misma manera Bergoglio el único desmentido válido que podría haber hecho, es el de afirmar que dicha declaración fue una total fabricación y que nunca dijo tal cosa, ni nunca lo diría. Y debería añadir que Scalfari se comportó como un mentiroso o un demente.

Cualquiera que esté familiarizado ya sea con el catecismo de su Primera Comunión, es decir alguien de siete años de edad, sabe que la existencia del infierno es materia de Fe Católica y negarlo supone una herejía.

Por lo tanto, queda claro que Bergoglio es un hereje público y es moralmente cierto (cierto en el orden práctico) que se obstina y es pertinaz en la herejía, puesto que no puede argüir que era por ignorancia. Sería totalmente absurdo afirmar que este hombre ignora la doctrina sobre el infierno. Consecuentemente, aquél que no se da cuenta de que este hombre es un hereje público es él también un loco, intelectualmente deshonesto o vive en un mundo imaginario.

San Alfonso dice: “Si no hay infierno, entonces no hay cielo.” ¿Por qué esto? Porque ambos se fundamentan en la justicia de Dios. Igual que Dios premia los méritos del justo, también castiga los deméritos o pecados del injusto. Aún más, el infierno es eterno ya que si el pecador pudiese ser liberado algún día del infierno esto supondría que habría arrebatado la victoria final al mismo Dios.

Bergoglio también niega la inmortalidad del alma, otro dogma de la Fe Católica, ya que afirma que aquellos que son malos son aniquilados después de la muerte. Esta es otra herejía que añadir a la lista de Bergoglio.

+Mons. Donald Sanborn. 

VI A GAUTAMA BUDA EN EL INFIERNO,

DICE MONJE BUDISTA RESUCITADO

El Vaticano, es decer, la falsa iglesia católica,  ha equiparado reciente y blasfemamente a Jesús con Buda

Pero resulta que como siempre ha dicho la Iglesia el infierno sí existe, y ahora un monje budista afirma que ha visto a Buda en él, desmintiendo a Bergoglio y a sus predecesores conciliares usurpadores de la Sede de San Pedro.

 

El artículo siguiente es gentileza de Amor a la Verdad

Al rico epulón atormentado en medio de las llamas del infierno, Dios Todopoderoso no le concedió que Lázaro volviese a la vida y apareciera a sus hernanos para que no cayeran en aquél lugar de tormentos. Abrahán le dijo:¡ Que oigan a los profetas ¡ No, padre Abrahán, dijo epulón, sólo si un muerto les avisa se arrepentirán. Pero Abrahán le dijo No se arrepentirán AUNQUE UN MUERTO RESUCITE.

Dios misericordioso ha concedido lo que no concedió al rico epulón, a la ingentes masas budistas asiáticas (y de paso a nosotros también),  que uno de los suyos resucitara y les dijera lo que nunca hubieran imaginado : Los budistas, aunque lleguen a una elevada posición moral, caerán, pasada esta vida, en el infierno, en donde también yace miserablemente Gautama, el Buda a quien dan culto, desde hace siglos.

Mensaje tremendo que también se dirige a la falsa “Iglesia” conciliar y a sus atolondradas masas de seguidores. Ellos neciamente profesan las falsedades de su concilio vaticano II,

En el Budismo, según sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado pueden adquirir el estado de perfecta liberación o la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos apoyados con el auxilio superior. Así también los demás religiones que se encuentran en el mundo, es esfuerzan por responder de varias maneras a la inquietud del corazón humano, proponiendo caminos, es decir, doctrinas, normas de vida y ritos sagrados.
La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. 
Por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen.

DECLARACIÓN

NOSTRA AETATE

SOBRE LAS RELACIONES DE LA IGLESIA
CON LAS RELIGIONES NO CRISTIANAS

Roma, en San Pedro, 28 de octubre de 1965.

Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica.

¿Quiėn, seducido por estas líneas que astutamente mezclan el error con la verdad, no se dejará seducir, y caerá en un cierto grado de indiferentismo religioso, y abandonando la eterna verdad, que asegura que sólo en la Iglesia fundada por Cristo, la Iglesia católica, puede encontrarse la salvación eterna, deja de tomar en serio la voz de esa misma Eterna Verdad que cuando pasó su vida entre nosotros gritó a los que quisieron oirle, “NO HE VENIDO A JUZGAR SINO A SALVAR. PERO EL QUE  NO  CREE EN MÍ YA ESTÁ CONDENADO”. Y también “SI NO CREÉIS QUE “YO SOY” [anagrama de Yawé] MORIRÉIS EN VUESTROS PECADOS”.
Ya antes de que el Creador viniera a nosotros en la Persona de Jesucristo,  nuestro adorable Salvador, era obligatorio, creer en el Eterno Dios y Creador para salvarse. Éste fue el caso de Gautama que enseñó un sistema que eliminaba de las conciencias a Dios Creador. Por eso habló así de  Buda, Yama, el Rey del infierno

‘No es importante lo bueno que era. Él no creía en Dios Eterno, y por eso está en el infierno “.

Y también dijo Yama, el Rey del infierno, a propósito del gigante Goliat,[que simbolizaba el orgullo pagano adorador de sus falsos dioses, frente al pequeño Israel] lo que relata el monje resucitado:

Ví a otro hombre, que era muy alto, que llevaba armadura, con espada y escudo. Tenía una herida en la frente. Era más grande que cualquier otra persona que yo hubiese visto antes, medía unos ocho pies de altura [2 metros y medio aproximadamente] . El Rey del Infierno me dijo: “Ese es Goliat. Está en el Infierno porque se burló del Dios eterno y de su siervo David

A continuación una narración (en vídeo y por escrito) de muy recomendada lectura. No sólo por los budistas sino por todo el que siente en sí mismo el Amor de la Verdad, y más por quien carece de él. Particularmente está dirigida a las atolondradas masas conciliares, que amparándose en un concilio nunca aprobado por un verdadero sucesor de San Pedro, siguen incautas sus torpes y ambiguas enseñanzas y por el camino que les trazan sus falsos pastores y profetas, CREEN EN LA SALVACIÓN UNIVERSAL o en la inmoral enseñanza de que “las almas malas al final de la vida serán aniquiladas” (Francisco dixit), como hacen los budistas que aseguran que el destino del honbre es la perfecta iluminación, la cual no alcanzarán las almas pecadoras cuyo destino es la aniquilación.

[Pueden activarse subtítulos en inglés]

Monje budista resucita y afirma que Jesús es la única verdad. ¡ Vio a Buda en medio de las llamas del Infierno!

En 1998, murió un monje budista. Unos días más tarde, se celebró su funeral en el que iba a ser cremado. Por el olor, era obvio que su cuerpo ya había comenzado a descomponerse, ¡ clarísimamemente estaba muerto! como informa la agencia misionera de Asia Outorch. “Hemos intentado verificar esta noticia que proviene de diferentes fuentes, y ahora estamos convencidos de que es precisa”, escriben. Cientos de monjes y familiares de los muertos participaron en el funeral. Justo cuando el cuerpo estaba a punto de ser quemado, el monje muerto de repente se sentó, y dijo llorando, “¡Todo es mentira! Vi a nuestros antepasados quemarse y ser torturados en una especie de fuego. También he visto a Buda y muchos otros santos hombres budistas. ¡Todos estaban en un mar de fuego! “Debemos escuchar a los cristianos”, continuó enérgicamente, “¡ellos son los únicos que conocen la verdad!”

Estos eventos sacudieron toda la región. Más de 300 monjes se hicieron cristianos y comenzaron a estudiar la Biblia. El hombre resucitado continuó advirtiendo a todos que creyeran en Jesús, porque él es el único Dios verdadero. Cintas de audio del relato del monje se distribuyeron por todo Myanmar. La jerarquía budista y el gobierno pronto se alarmaron y arrestaron al monje. Desde entonces ya no se lo ha visto más, y se teme que lo hayan matado para que se calle. Ahora es un crimen grave escuchar las cintas de audio, porque el gobierno quiere sofocar los sentimientos que produce su audición “.

“Hemos escuchado por primera vez lo sucedido de la boca de varios líderes de la iglesia de Birmania, que investigaron las noticias y no tienen dudas sobre su autenticidad. El monje, Athet Pyan Shintaw Paulu, ha cambiado su vida y sufre y se arriesga mucho a contar su historia [Puede oirse en el vídeo adjunto]. Nadie soportaría estas contrariedades por nada. Ha convertido a cientos de monjes a Jesús, fue encarcelado, despreciado por sus familiares, amigos y colegas, y fue amenazado de muerte si no dejara de proclamar esta noticia. Actualmente no se sabe a ciencia cierta dónde se encuentra: una fuente de Birmania afirma que él está en la cárcel y podría haber muerto, otra fuente dice que es libre y está predicando.

Relato del ex monje

Mi nombre es Athet Pyan Shintaw Paulu, nací en 1958 en Bogale, en el Delta del Irrawaddy, Myanmar del Sur (Birmania). Cuando tenía 18 años, mis padres budistas me enviaron como novicio a un monasterio. A los 19 años, profesé como monje en el monasterio de Mandalay Kyaikasan Kyaing, donde fui duscípulo de T Zadila Kyar Ni Kan Sayadaw, probablemente el más famoso maestro budista de nuestro tiempo, quien murió en un accidente de coche en 1983. Cuando entré en el monasterio Me dieron un nuevo nombre; U Nata Pannita Ashinthuriya. Traté de sacrificar mis propios pensamientos y deseos egoístas: incluso cuando los mosquitos descansaban sobre mi brazo, en lugar de ahuyentarlos, permitía que me picaran.

Los doctores se dan por vencidos

Me puse muy enfermo y los médicos diagnosticaron una combinación de malaria y fiebre amarilla. Después de un mes en el hospital, me dijeron que no podían hacer nada más por mí y me dieron la baja del hospital para poder prepararme a morir. De vuelta en el monasterio, me fui volviendo cada vez más débil, y finalmente perdí los sentidos. Sólo más tarde me di cuenta que había muerto: mi cuerpo comenzó a pudrirse y olía a putrefacto , mi corazón había dejado de latir. Mi cuerpo pasó por los ritos de purificación del budismo.

Lago de fuego

Pero mi espíritu estaba completamente despierto. Me encontré en medio de un potente torbellino que hacía que todo volara a mi alrededor. Ni un solo árbol, nada quedaba en pie. Estaba en medio de una llanura vacía. Después de un tiempo, crucé un río y vi ante mí un terrible lago de fuego. Todo esto me confundía porque el budismo no sabe de nada parecido. No sabía que era el Infierno hasta que conocí a Yama, el Rey del Infierno. Su cara era la de un león, sus pies eran como serpientes, y tenía muchos cuernos en la cabeza. Cuando le pregunté su nombre, él dijo: ‘Yo soy el Rey del Infierno, soy el Destructor’. Luego vi las túnicas color azafrán de los monjes de Myanmar en el fuego, y mirando más de cerca vi la cabeza afeitada de U Zadila Kyar Ni Kan Sayadaw. “¿Por qué está él en el lago de fuego?”, le pregunté [a Yama]. Él era un óptimo maestro; su audiocasete ‘¿Eres un ser humano o un perro?’ ha ayudado a miles de personas a reconocer que valen más que un perro “. “Sí, era un buen maestro”, dijo Yama, “pero él no creía en Jesucristo”. ¡Por eso está en el infierno!

Buda en el infierno

Luego me mostraron a otro hombre, con el cabello largo atado en un moño al l lado izquierdo de la cabeza. También vestía el atuendo  [típico budista], y cuando le pregunté quién era, me dijo : Soy Gautama, a quien tú das culto (Buda)’. Me sentí enojado. Pregunté a Yama ¿Buda en el infierno, con toda su ética y todo su carácter moral? ‘No es importante [respondió Yama] lo bueno que era. Él no creía en Dios Eterno, y por eso está en el infierno “, respondió el Rey del Infierno. También vi a Aung San, el líder revolucionario. “Él está aquí porque persiguía y mataba a los cristianos, pero principalmenteporque no creía en Jesucristo”, me dijo. Ví a otro hombre, que era muy alto, que llevaba armadura, con espada y escudo. Tenía una herida en la frente. Era más grande que cualquier otra persona que yo hubiese visto antes, medía unos ocho pies de altura [2 metros y medio aproximadamente] [1 pie = 30,48 centímetros]. El Rey del Infierno me dijo: “Ese es Goliat. Está en el Infierno porque se burló del Dios eterno y de su siervo David”. Yo nunca había oído hablar de Goliath o David. Otro ‘Rey del Infierno’ se me acercó y me preguntó: ‘¿Vas al lago de fuego también?’ ‘No, dije, estoy aquí solo para mirar’. ‘Tienes razón’, me dijo: ‘Viniste solo a mirar, por eso no puedo encontrar tu nombre. Tendrás que volver al lugar de donde has venido.

Dos sendas

En el camino de regreso, vi dos calles, una ancha y otra estrecha. La calle estrecha, por lo que caminé, aproximadamente durante una hora, de repente se volvió de se oro puro bruñido. ¡Podía ver perfectamente mi propia imagen reflejada en él! Un hombre llamado Peter me dijo: ‘Regresa [a la vida terrena] y di  a las personas que dan culto a Buda [y creen en él] y adoran otros dioses [¿hinduistas?] que terminarán en el infierno si no se convierten. Deben creer en Jesús. Luego me dio un nuevo nombre: Athet Pyan Shintaw Paulu (Paul, el que volvió a la vida). Lo siguiente que escuché fue a mi madre gritando: “Hijo mío, ¿por qué nos has dejado?” Comprendí entonces  que estaba tendido en el ataúd. Cuando tuve la mudanza [y resucité], mis padres empezaron a gritar: “¡Está vivo!”, Pero los que les rodeaban no les creyeron. Cuando me veían, se llenaron de miedo y comenzaron a gritar: “¡Es un fantasma!” Noté que estaba sentado ante tres tazas y media de un líquido que hedía y que debía de haber salido de mi cuerpo mientras yacía en el ataúd. Me dijeron que iban a incinerarme. Cuando un monje muere, su nombre, su edad y el número de años de su servicio como monje se graban  en el ataúd. Ya me habían registrado como muerto, pero como pueden ver, ¡estoy vivo!
De La Luce di Mariaa>

JANSENISMO

Se escuchan muchas acusaciones con frecuencia de «jansenistas» entre las distintas capillas de la tradición.Sin embargo, cabe preguntarse si quien las profiere sabe lo que quiere decir. Sobre qué es la herejía jansenista, le informamos de forma somera en este artículo.

Jansenismo

     Sistema erróneo con respecto a la gracia, al libre albedrío, al mérito de las buenas obras, al beneficio de la redención, etc., contenido en las obras de Cornelio Jansenio, obispo de Ipres, que intituló Augustinus, y en el que ha pretendido exponer la doctrina de San Agustín sobre estos puntos.
     Este teólogo había nacido de padres católicos, cerca de Laerdam, en Holanda, el año 1585. Hizo sus estudios en Utrecht, en Lovaina y en París. Adquirió conocimiento en esta última ciudad con el famoso Juan de Hauranne, abad de S. Cyran, que le llevó consigo a Bayona, donde permaneció doce años en calidad de principal del colegio. Allí fue donde produjo la obra de que hablamos; la compuso con la idea de resucitar la doctrina de Bayo, condenada por la santa sede en 1567 y 1579. La había tomado de las lecciones de Santiago Janson, discípulo y sucesor de Bayo, y este último había abrazado en muchas cosas los sentimientos de Lutero y de Calvino. El abad de S. Cyran era de las mismas opiniones.
     De vuelta a Lovaina, tomó Jansenio el grado de doctor, obtuvo una cátedra de profesor de Sagrada Escritura, y fue nombrado obispo de Ipres por el rey de España; pero no lo poseyó mucho tiempo: murió de la peste en 1638, algunos años después de su nombramiento. Había trabajado durante veinte años en su obra, le dio la última mano antes de su muerte, y dejó a algunos amigos el cuidado de publicarla; se hallan en ella varias protestas de sumisión a la santa sede; pero no podía ignorar el autor que la doctrina que establecía había sido ya condenada en Bayo.
     El Augustinus de Jansenio apareció por primera vez en Lovaina en 1640, y el papa Urbano VIII en 1642 la condenó, como que renovaba los errores del bayanismo. Cornet, síndico de la facultad de teología de París, sacó de él algunas proposiciones que presentó a la Sorbona, y la facultad las condenó. El doctor Saint-Amour y otros setenta apelaron de esta censura al parlamento, y la facultad llevo ante el clero el asunto. Los prelados, dice M. Godeau, viendo los ánimos muy exaltados, temieron el pronunciar, y enviaron la decisión al papa Inocencio X. Cinco cardenales y trece consultores tuvieron en el espacio de dos años y algunos meses treinta y seis congregaciones, y el papa presidió en persona las diez últimas. Se discutieron en ellas las proposiciones sacadas del libro de Jansenio; se oyó al doctor Saint-Amour, al abad Bourzeys y a algunos otros que defendían la causa de este autor, y apareció en 1653 el juicio de Roma que censura y califica las cinco proposiciones siguientes:
      «Algunos mandamientos de Dios son imposibles a los hombres justos que quieren cumplirlos, y que hacen con este objeto esfuerzos según las fuerzas que tienen, faltándoles la gracia que los haría posibles». Esta proposición, que se halla literalmente en Jansenio, fue declarada temeraria, impía, blasfema, anatematizada como herética. (En efecto, ya había sido proscrita por el concilio de Trento. Ses. vi, i I, y can. 18).
      «En el estado de naturaleza caída, no se resiste nunca a la gracia interior». Esta preposición no está literalmente en la obra de Jansenio; pero la doctrina que contiene se halla en veinte lugares, fue calificada de herejía, y es contraría a muchos textos expresos del nuevo Testamento.
      «En el estado de naturaleza caída, para merecer o desmerecer, no se necesita una libertad exenta de necesidad, basta tener una libertad exenta de coacción o de violencia». Se leen estas mismas palabras en Jansenio: «Una obra es meritoria o demeritoria cuando se hace sin violencia, aunque no se haga sin necesidad». (L. 6, de Grat. Christi). Esta proposición fue declarada herética; en efecto lo es, puesto que el concilio de Trento ha establecido que el movimiento de la gracia, aun eficaz, no impone necesidad a la voluntad humana.
      «Los semipelagíanos admitían la necesidad de una gracia preveniente para todas las buenas obras, aun para el principio de la fe; mas eran herejes, porque pensaban que la voluntad del hombre podía someterse o resistir a ella». La primera parte de esta proposición está condenada como falsa, y la segunda como herética; es una consecuencia de la segunda proposición.
      «Es un error semipelagíano el decir que Jesucristo ha muerto y derramado su sangre por todos los hombres». Jansenio, (de Grat. Christi, l. 3, c. 2), dice que los P.P. lejos de pensar que Jesucristo haya muerto por la salud de todos los hombres, han mirado esta opinión como un error contrario a la fe católica; que el parecer de San Agustín es que Jesucristo no ha muerto mas que por los predestinados, y que no rogó mas a su Padre por la salvación de los reprobados que por la de los demonios. Esta proposición fue condenada como impía, blasfema y herética.
     * He aquí el texto de la bula de Inocencio X:
     «Primam praedictarum propositionum: Aliqua Dei precepta hominibus justis volentibus el conantibus, secundum praesentes quas habent vires, sunt impossibilia, deest quoque illis gratia qua possibilia fiant. Temerariam, impiam, blasphemam, anathemate damnatam, et hiereticam declaramus, et uti talem damnamus».
     «Secundam Interiori gratiae in statu nanurae lapsae, numquam resistitur». Haereti cam declaramus, et uti talem damnamus.
     «Tertiam: Ad merendum et demerendum, in statu naturae lapsae, non requiritur in homine Libertas a necessitate, sed sufficit libertas a coactione»Haereticam declaramus, et uti talem damnamus.
     «Quartam: Semipelagiani admittebant praevenientis gratiae interioris necessitatem ad singulos actus, etiam ad initium fidei, et in hoc erant haeretici, quod vellent eam gratiam talem esse, cui posset humana voluntas resistere vel obtemperare». Falsam et hiereticam declaramus, et uti talem damnamus.
     Quintam: Semipelagianum est dicere, Christum pro ómnibus omnino hominibus mortuum esse aut sanguinem fudisse. Falsam, temerariam, scandalosam et intellectam eo sensu, ut Christus pro salute duntáxat praedestinatorum mortuus sit, impiam, blasphemam, contumeliosam, divina; pietati derogantem, et haereticam declaramus, et uti talem damnamus.
     Mandamus igitur ómnibus Christi fidelibus utriusque sexus, ne dedictis propositíonibus sentire, docere, predicare alíter praesumant, quam in hac priesenti nostra declaratione et definitione continetur, subcensuris et poenís contra híereticos et eorum fautores in jure expressis»
     No se necesita ser un profundo teólogo para conocer la justicia de la censura pronunciada por Inocencio X. Nadie, dice Bossuet en su Carta a las religiosas de Port-Royal, nadie duda que la condenación de estas proposiciones sea canónica. Puede añadirse que aun basta oírlas a un cristiano no prevenido para horrorizarlas.
     También puede verse que la segunda es el principio del que emanan todas las demás, como otras tantas consecuencias inevitables. Si es cierto que en el estado de naturaleza caída no se resiste nunca a la gracia interior, se sigue de esto que un justo que ha quebrantado un mandamiento de Dios, ha carecido de gracia en aquel momento, que lo ha violado por necesidad y por impotencia de cumplirlo. Si no obstante ha pecado y desmerecido entonces, se sigue que para pecar no se necesita tener una libertad exenta de necesidad. Por otro lado, si muchas veces falta la gracia a los justos, puesto que pecan, con mucha mas razón falta a los pecadores: no se puede, pues, decir que Jesucristo ha muerto para merecer y alcanzar para todos los hombres las gracias que necesitan para conseguir su salvación. En este caso los semipelagianos, que han creído que se resiste a la gracia, y que Jesucristo la ha obtenido para todos los hombres, estaban en error.
     Luego si es falsa y herética la segunda proposición de Jansenio, todo su sistema cae por tierra. Así, en el artículo Gracia, § 2 y 3, hemos probado con muchos pasajes de la Sagrada Escritura, con el sentimiento de los PP. de la Iglesia, y sobre todo de San Agustín, con el testimonio de nuestra propia conciencia, que el hombre resiste muchas veces a la gracia interior, y que Dios da gracia a todos los hombres sin excepción, pero con desigualdad.
     En efecto, todo el sistema de Jansenio se reduce a este punto capital, a saber: que después de la caída de Adán el placer es el único resorte que mueve al corazón humano; que este placer es inevitable cuando llega, e invencible cuando ha llegado. Si este placer viene del cielo o de la gracia, conduce el hombre a la virtud; si viene de la naturaleza o de la concupiscencia, determina al hombre al vicio, y la voluntad se halla necesariamente arrastrada por el que actualmente es mas fuerte. Estas dos delectaciones, dice Jansenio, son como los dos platillos de la balanza, no puede subir el uno sin que baje el otro. Así el hombre hace invencible, aunque voluntariamente, el bien o el mal, según que está dominado por la gracia o por la concupiscencia nunca resiste ni a una ni a otra.
     Este sistema ni es filosófico, ni consolador; hace del hombre una máquina y de Dios un tirano; repugna al sentimiento interior de todos los hombres; no está fundado mas que en un mal sentido dado a la palabra delectación, y en un axioma de San Agustín torcidamente interpretado. Ya se había anatematizado por el concilio de Trento, sess. 6, de Justif., can. 5 y 6.
     Mas el deseo de formar un partido, o de destruir otro, la inquietud natural a ciertos espíritus, y la ambición de brillar por la disputa, suscitaron defensores de Jansenio contra la censura de Roma. El Dr. Arnaldo y otros que habían abrazado las opiniones de este teólogo, y que habían hecho los mayores elogios de su libro antes de la condenación, sostuvieron que las proposiciones censuradas no estaban en el Augustinus, que no eran condenadas en el sentido de Jansenio, sino en un falso sentido que malamente se había dado a sus palabras, que en este hecho se había podido engañar el soberano pontífice.
     Esto es a lo que se llamó distinción de derecho y de hecho. Los que se agarraban a ella decían que se estaba obligado a someterse a la bula del papa en cuanto al derecho, es decir en cuanto a creer que las proposiciones, tales como estaban en la bula, eran condenables, mas que no se estaba obligado a condescender en cuanto al hecho, es decir, en cuanto a creer que estas proposiciones estaban en el libro de Jansenio, y que las había sostenido en el sentido en que el papa las había condenado.
     Es claro que si esta distinción era admisible, inútilmente la Iglesia condenaría los libros y querría quitarlos de las manos de los fieles; podrían obstinarse en leerlos, bajo el pretexto de que los errores que se creía contenían, no estaban allí, y que el autor había sido mal entendido. Pero se quería un subterfugio, y adoptóse este. En vano se probó contra los partidarios de Jansenio que la Iglesia es infalible cuando trata de pronunciar sobre un hecho dogmático; perseveraron en sostener su absurda distinción, prodigaron la erudición, embrollaron todos los hechos de la Historia eclesiástica, renovaron todos los sofismas de los herejes antiguos y modernos para hacerle prevalecer.
     Todavía hizo mas Arnaldo; enseñó terminantemente la 1ra proposición condenada; pretendió que falta al justo la gracia en ocasiones en que no puede decirse que no peca, que había faltado a San Pedro en semejante caso, y que esta doctrina era la de la Escritura y la de la tradición.
     La facultad de teología de París censuró en 1656 estas dos proposiciones; y como Arnaldo rehusó someterse a esta decisión, fue excluido del número de los doctores; firman aun esta censura los candidatos.
     No obstante continuaban las disputas; para acallarlas, los obispos de Francia se dirigieron a Roma. En 1665, Alejandro VII prescribió la firma de un formulario, por el que se protesta que se condenan las cinco proposiciones sacadas del libro de Jansenio, en el sentido del autor, como las ha condenado la santa sede.
     He aquí el texto: «Ego N. constitutioni apostolicae Innocentii X datae die 31 maii 1653, et constitutioni Alexandri VII datae 16 octobris 1656 summorum pontificum me subjicio, et quinqué propositiones ex Cornelii Jansenii libro, cui nomen Augustinus, excerptas, et in sensu ab eodem auctore intento, prout illas per dictas constitutiones sedes apostólica, damnavi, sincero animo rejicio ac damno, et ita juro: sic me Deus adjuvet, et haec sancta Dei Evangelia».
     Luis XIV dio en este mismo año una declaración que fue registrada en el parlamento, y que mandó bajo graves penas suscribir al formulario. Este llegó a ser de esta manera una ley de la Iglesia y del Estado: algunos de los que rehusaban suscribirlo fueron castigados.
     A pesar de la ley, los señores Pavillon, obispo de Aleth; Choart de liuzenval, obispo de Ainiens; Caulet, obispo de Pamiers; y Arnaldo, obispo de Angers, dieron en sus diócesis pastorales, en las que hacían aun la distinción de hecho y de derecho, y autorizaron así a los refractarios.
     El papa irritado quiso formarles causa, y nombró comisarios; se suscitó una disputa sobre el número de jueces.
     En tiempo de Clemente IX, propusieron tres prelados un acomodo, cuyos términos eran, que los cuatro obispos dieran o hicieran dar en sus diócesis una nueva forma de formulario, por la que se condenasen las proposiciones de Jansenio sin ninguna restricción, habiendo sido insuficiente la primera. Consintieron en ello los cuatro obispos, pero faltaron a su palabra; conservaron la distinción de hecho y de derecho. No se hizo caso de esta infidelidad, y fue lo que se llamó la paz de Clemente IX.
     En 1702 so vio aparecer el famoso caso de conciencia, he aquí en qué consistía. Se suponía un eclesiástico que condonaba las cinco proposiciones en todos los sentidos en que la Iglesia las había condenado, aun en el de Jansenio, del modo que Inocencio XII lo había entendido en sus breves a los obispos de Flándes, al que sin embargo se le había negado la absolución, porque en cuanto a la cuestión de hecho, es decir, a atribuir las proposiciones al libro de Jansenio, creia que bastaba el silencio respetuoso. Se preguntó a la Sorbona, qué pensaba de esta negativa de la absolución.
     Apareció una decisión firmada de cuarenta doctores, cuyo dictamen era que el parecer del eclesiástico ni era nuevo, ni singular; que nunca había sido condenado por la Iglesia, y que no se debía por esto negarle la absolución.
     Esto era justificar evidentemente un engaño, porque cuando un hombre está persuadido que el papa y la Iglesia han podido engañarse, suponiendo que verdaderamente Jansenio ha enseñado tal doctrina en su libro, ¿cómo puede protestar con juramento que condena las proposiciones de Jansenio, en el sentido que había tenido presente el autor y en el que el mismo papa las ha condenado? Si esto no es un perjurio, ¿cómo lo llamaremos? Si semejante decisión no ha sido censurada nunca por lo Iglesia, es porque todavía no ha habido un hereje tan astuto para inventar tal subterfugio.
     De modo que este documento avivó el incendio. El caso de conciencia dio lugar a muchas pastorales de los obispos: el cardenal de Noailles, arzobispo de París, exigió y obtuvo de los doctores que habían firmado una retractación. Solo uno se resistió, y fue excluido de la Sorbona.
     Como no concluían las disputas, Clemente XI, que ocupaba entonces la santa sede, después de muchos breves, dio la bula Vineam Domini Sabaoth el 15 de julio de 1705, en la que declara que el silencio respetuoso sobre el hecho de Jansenio no basta para dar a la Iglesia la plena y entera obediencia que tiene derecho a exigir de sus fieles.
     * [El silencio respetuoso está expresamente condenado en estas palabras:
     «Primo quidem preinsertas Innocentii X et Alexandri VII praedecessorum constitutiones, omniaque et singula in eis contenta, auctoritate apostolica, tenore praesentium, confirmamus, approbamus, et innovamus.
     Ac insuper, ut quaevis in posterum erroris occasio penitus praecidatur, atque omnes catholicae Ecclesiae filii Eeclesiam ipsam
audire, non tacendo solúm (nam et impii in tenebris conticescunt) sed et interius obsequendo, quae vera est orthodoxi hominis obedientia, condiscant hac nostra perpetuó valiturá constitutione: obedientiae, quae praeinsertis constitutionibus apostolicis debetur, obsequioso illo silentio minimé satisfieri: se damnatum in quinqué praefatis propositionibus Janseniani libri sensum quem íllarum verba prae se ferunt, ut praefertur, ab ómnibus Christi fidelibus ut haereticum, non ore solum, sed et corde rejici ac damnari debere; nec alia mente, animo aut credulitate supradictae formulae subscribí licite posse; ita ut quí secus aut contra, quoad haec omnia et singula, senserint, tenuerint, praedicaverint, verbo vel scripto docuerint aut asseruerin tanquam praefatarum apostolicarum constítutionum transgressores, ómnibus et singulis illarum censuris et poenis omninó subjaceant, eadem auctoritate apostolicé decernimus, declaramus, statuimus et ordinamus.] »
     El señor obispo de Mompeller, que la había aceptado al principio, se retractó después.
     Entonces fue cuando se hizo la distinción del doble sentido de las proposiciones de Jansenio: el uno que es el sentido verdadero, natural y propio de Jansenio, el otro que es un sentido falso, putativo, malamente atribuido a este autor. Convienen en que las proposiciones eran heréticas en este último sentido, inventado por el soberano pontífice, pero en no su sentido verdadero, propio y natural: esto era volver al primer subterfugio inventado por el doctor Arnaldo y sus adeptos.
     Aquí había llegado la cuestión del jansenismo y de su condenación, cuando el P. Quesnel del Oratorio publicó sus Reflexiones morales sobre el nuevo Testamento, en las que diluyó todo el veneno de la doctrina de Jansenio. Entonces se vio, con mas evidencia que nunca, que sus partidarios no habían dejado de estar adheridos a ella y sostenerla, en el mismo sentido condenado por la Iglesia, a pesar de todas las protestas que habían hecho en contra; que nunca habían tratado mas que de engañar y seducir a las almas sencillas y rectas. La condenación del libro de Quesnel, que dio Clemente XI por la bula Unigenitus en 1713, ha dado lugar a nuevos excesos por parte de los secuaces obstinados de esta doctrina.
     De todas las herejías que se han visto nacer en la Iglesia, no ha habido una que haya tenido mas diestros y sutiles defensores, para cuyo sostén se hayan empleado mas erudición, artificios y tenacidad que para la de Jansenio. A pesar de veinte condenaciones pronunciadas contra ella hace mas de dos siglos, todavía hay un gran número de personas instruidas que la defienden, ora por los principios, ora por las consecuencias, suponiendo siempre que es la doctrina de San Agustín. Algunos teólogos, sin caer en el mismo exceso, se han aproximado a las rigorosas opiniones de los jansenistas, para no dar lugar a sus acusaciones de pelagianismo, de relajación y de falsa moral, etc.
     Seria menos sorprendente este fenómeno, si el sistema de Jansenio fuese sabio y consolador, capaz de conducir a los fieles a la virtud y a las buenas obras; mas no hay doctrina mas a propósito para introducir la desesperación en un alma cristiana, para ahogar la confianza, el amor de Dios, el valor en la práctica de la virtud, para disminuir nuestro reconocimiento hacia Jesucristo. Si a pesar de la redención del mundo, efectuada por este divino Salvador, está Dios todavía irritado por el pecado del primer hombre; si niega todavía su gracia no solo a los pecadores, sino a los justos; si les hace pecaminosas las culpas que les era imposible evitar sin la gracia, ¿qué confianza podemos tener en los méritos de nuestro Redentor, en las promesas de Dios y en su misericordia infinita? Si para decidir de la suerte eterna de las criaturas, prefiere Dios ejercitar su justicia mas bien que su bondad, si obra como un señor irritado y no como un padre complaciente, sin duda que debemos temerle; mas ¿podremos amarle? Los jansenistas han condenado el temor de Dios como un sentimiento servil, y es el único que nos han inspirado; afectaron predicar el amor de Dios, y han trabajado con todas sus fuerzas para sofocarlo.
     Han tomado el ostentoso título de defensores de la gracia, y en realidad han sido destructores, declamaban contra los pelagianos y enseñan una doctrina mas odiosa. Dios decían los pelagianos, no da la gracia, porque no es necesaria para hacer buenas obras; le bastan al hombre las fuerzas naturales. Según los semípelagianos, la gracia es necesaria para hacer bien; pero Dios no la da mas que a los que la merecen por sus buenos deseos. Jansenio dice: La gracia es absolutamente necesaria; pero Dios la niega, porque muchas veces no podemos merecerla. Todos erráis, le responde un católico, la gracia es absolutamente necesaria; así Dios la da a todos, no porque la merezcamos, sino porque Jesucristo la ha merecido y alcanzado para todos; la da porque es justo, porque es bueno, y porque nos ha amado hasta entregar a su Hijo a la muerte por la redención de todos. Tal es el lenguaje de la Sagrada Escritura, de los PP. de todos los siglos, de la Iglesia en todas sus oraciones, de todo cristiano que cree sinceramente en Jesucristo Salvador del Mundo. ¿Cuál de estos diversos sentimientos es mas a propósito para inspirarnos el reconocimiento, la confianza, el amor de Dios, el valor para renunciar al pecado y perseverar en la virtud?
     En vano los jansenistas citan siempre la autoridad de San Agustín: otro tanto ha hecho Calvino para sostener sus errores. Mas es falso que San Agustín haya tenido los sentimientos que Calvíno, Jansenio y sus secuaces le atribuyen; nadie ha presentado con mas energía que él la misericordia infinita de Dios, su bondad para con todos los hombres, la caridad universal de Jesucristo, su compasión para los pecadores, la inmensidad de los tesoros de gracia divina, la liberalidad con que Dios los derrama.
     Apenas había condenado Inocencio X el sistema de Jansenio, cuando fue victoriosamente refutada esta doctrina, particularmente por el P. Deschamps, jesuíta, en una obra titulada: De Haeresi Janseniana ab apostolica Sede mérito proscripta, que apareció en l654 y de la que hay muchas ediciones. Esta obra está dividida en tres libros. En el 1° demuestra el autor que Jansenio ha copiado de los herejes, sobre todo de Lutero y de Calvíno, todo lo que ha enseñado con respecto al libre albedrío, a la gracia eficaz, a la necesidad de pecar, a la ignorancia invencible, a la imposibilidad de cumplir los mandamientos de Dios, a la muerte de Jesucristo, a la voluntad de Dios para salvar a todos los hombres, y a la distribución de la gracia suficiente. En el 2° prueba que los errores de Jansenio sobre todos estos puntos han sido ya condenados por la Iglesia, sobre todo en el concilio de Trento. En el 3° demuestra que, a ejemplo de todos los sectarios, Jansenio ha atribuido falsamente a San Agustín opiniones que nunca tuvo; y que este santo doctor ha enseñado expresamente lo contrario. Ninguno de los partidarios de Jansenio ha osado intentar la refutación de esta obra, casi nunca han hablado de ella, porque han conocido que era inexpugnable.
     Bien convencidos los protestantes de la semejanza que hay entre el sistema de Jansenio sobre la gracia y el de los fundadores de la reforma, no han dejado de sostener que es realmente el sentimiento de San Agustín; pero mil veces se les ha demostrado lo contrario. Han visto con mucha satisfacción el ruido que el libro de Jansenio ha hecho en la Iglesia católica, las disputas y la clase de cisma que ha causado, la terquedad con que sus defensores han resistido a la censura de Roma, han hecho pomposos elogios de los talentos, del saber, de la piedad, del valor de estos pretendidos discípulos de San Agustín; pero no se han atrevido a justificar los medios de que estos contumaces se han valido para sostener lo que llamaban la buena causa. Mosheim, que reconocía la conformidad de la doctrina de los jansenistas con la de Lutero, de Auctor. Concilii Dordrac., § 7, confiesa, en su Hist. ecclés., siglo XVIII, sección 2°, 1° parte, c. 4, § 40, que han empleado aplicaciones capciosas, distinciones sutiles, los mismos sofismas y las mismas invectivas que echaban en cara a sus adversarios; que han recurrido a la superstición, a la impostura, a los milagros falsos para robustecer su partido; que sin duda han considerado estos fraudes piadosos como permitidos cuando se trata de establecer una doctrina que se cree verdadera. Esto es lo que hacía falta para justificar el rigor con que han sido tratados algunos de los mas fogosos jansenistas. Mosheim quería persuadir que se ha ejercido contra ellos una persecución cruel y sangrienta, y sin embargo es muy cierto que todas estas penas se han reducido al destierro, o a algunos años de prisión, y que se castigaba en ellos, no sus opiniones, sino su conducta insolente y sediciosa.
     Independientemente de consecuencias perniciosas que se han podido deducir de la doctrina de Jansenio, el modo con que se ha defendido ha producido los mas funestos resultados, ha alterado en los ánimos el fondo mismo de la religión, y ha preparado el camino a la incredulidad. Las declamaciones y las sátiras de los jansenistas contra los soberanos pontífices, contra los obispos, y contra todos los órdenes de la jerarquía, han envilecido la potestad eclesiástica; su desprecio para con los PP. que precedieron a San Agustín ha confirmado las prevenciones de los protestantes y de los socinianos contra la tradición de los primeros siglos; según ellos, parece que San Agustín cambió absolutamente esta tradición en el siglo V: hasta entonces los PP. habían sido por lo menos semipelagianos. Los falsos milagros que forjaron para seducir a los hombres sencillos, y que los han sostenido con frente de bronce, han hecho sospechosos a los deistas todos los testimonios dados en materia de milagros; la audacia con que muchos fanáticos han despreciado las leyes, las amenazas, los castigos, y que parecían dispuestos a sufrir la muerte antes que desprenderse de sus opiniones, ha echado un borrón sobre el valor de los antiguos mártires. El arte con que algunos escritores del partido han sabido disfrazar los hechos o inventarlos al gusto de sus intereses, ha autorizado el pirronismo histórico de los literatos modernos. Por último, la máscara de piedad con la que han cubierto mil imposturas, y muchas veces crímenes, ha hecho considerar a los devotos en general como hipócritas y hombres peligrosos.
     Seria de desear que se pudiese borrar hasta el menor recuerdo de los errores de Jansenio, y de las escenas escandalosas a que han dado lugar. Este es un ejemplo que enseña a los teólogos a estar alerta contra el rigorismo en materia de opiniones y de moral, a limitarse a los dogmas de la fe, y a desprenderse de todo sistema particular. Sí se hubiese empleado en aclarar cuestiones útiles todo el tiempo y el trabajo que se ha consumido en escribir en pro y en contra del jansenismo, en vez de tantas obras como yacen en el olvido tendríamos otras que mercerian conservarse para la posteridad.

LA “NUEVA IGLESIA”, REINO DE LA MENTIRA Y DEL FRAUDE

Por el Dr. Homero Johas

INTRODUCCIÓN

            Quien quiera hacer una síntesis de la naturaleza de la “nueva iglesia católica”nacida en el Concilio Vaticano II no se equivocaran afirmando que ella se apartó de la verdad absoluta divina y que quiere establecer en la tierra el culto del hombre, sin el único Dios verdadero.

            * Gregorio XVI, notó que los enemigos de la Iglesia querían cambiar la“obra divina” por “una” obra humana.

* San Pio X afirmó que los hombres de las logia masónicas querían quitar de la tierra el catolicismo y establecer una “iglesia de la humanidad”.

* Pio IX mostró que los racionalistas querían conformar la Iglesia de Cristo con liberalismo.

* San Pio X notó que los agnósticos llamados modernistas querían apartar el cristianismo dogmático y cambiarlo por una religión liberal.

* El Sr. Montini, el 07-12-1960, en el Vaticano, clausurado el Concilio, proclamó un “nuevo Humanismo”, el “culto del hombre”.

* Es lo que querían los racionalistas absolutos; la razón humana, sin Dios, es el único arbitro de la verdad y de la falsedad, del bien y del mal, es ley para sí; por sus fuerzas naturales, ella basta para cuidar del bien de los hombres y de los pueblos (D.S.2903).

* Esto corresponde al “non serviam” de Lucifer (Jer. II, 20); el apartamiento de la obediencia humana al único Dios verdadero.

Esto corresponde a la “abominación de la desolación en el lugar Santo” (San Mateo XXIV); al “hombre de pecado en el templo de Dios”, con la “operación del error” de los que“no aman la verdad” y “consienten la iniquidad” (2 Tes. II, 1-11).

Se muda la verdad en error; y el error en verdad (Is. V, 20).

Esto se resume en dos puntos:

  1. a) Por fraude se niega la existencia de la verdad absoluta, universal, necesaria.
  2. b) Se pretende que todo poder viene del hombre y no de Dios.

Esto es hecho a través de mentiras, fraudes, simulaciones; una bestia del Apocalipsis aparentaba tener los cuernos del cordero, pero “loquebatur sicut draco”hablaba como el Dragón (Apoc. XIII, 11). Es el reino de la hipocresía.

En ese “habla como Dragón” están las “nuevas doctrinas” de la “nueva iglesia”; son las seculares doctrinas de los ateos, agnósticos, paganos, herejes, judíos, enemigos de la Iglesia.

  • La fe divina fue sustituida por la opinión humana
  • Los ministros de Dios fueron sustituidos por ministros de los hombres.
  • El Sacrificio de Cristo fue sustituido por las reuniones del pueblo.
  • El Derecho Divino fue sustituido por el Derecho humano.
  • La verdad divina fue sustituida por el arbitrio humano.
  • El Concilio Vaticano II profesa: “lo que quieren los hombres de nuestra época”.
  • El Templo de Dios fue sustituido por el templo de todos los falsos ídolos.
  • Se niega la Divinidad de Cristo.
  1. LA NEGACIÓN DE LA VERDAD ABSOLUTA

Esta es la base de todo en la “nueva iglesia”. Todo se vuelve opinión individual y libre; meramente humana, incierta, subjetiva, insegura; se aparta de la verdad absoluta, necesaria, divina, cierta, objetiva, independiente del juicio y voluntad de cada sujeto.

Esto entró fraudulentamente en la Ciencia natural, así mismo en la Ciencia divina.

Las opiniones pasaron a ser nuevas “verdades”.

Por lo tanto cada uno tiene su “propia verdad” o su “propio juicio”, su “propia posición”, o su propio Dios, su propia religión; su moral propia, su “propio derecho individual”, su “propio deber”…

Todo individual y libre, meramente humano.

Y entre esos “derechos individuales”, está el de: “no cumplir la obligación de seguir la verdad y el adherirse a ella”.

Sin la verdad necesaria en el conocimiento racional, la “adhesión”  o no“adhesión” a la verdad se haría la norma del obrar psicológico, de la libertad a adherirse o no a lo que es verdadero y bueno.

Se eliminan las normas divinas de los “deberes” en el creer y el obrar.

Se eliminan las verdades de fe mandadas por la autoridad del único Dios verdadero y sus mandamientos imperados a ser observados.

Se elimina la Monarquía divina, se levanta el estandarte de la democracia contra la autoridad del único Dios verdadero.

El número de las voluntades humanas libres decidirá lo que es verdad o error; lo que es el bien o el mal (D.S. 2903).

Desaparece la verdad divina, aparece el arbitrio humano.

Desaparecen la Lógica, la Ontología, la Teología Natural, el Dogma y la Ética revelada; aparece una Ética arbitraria, sin verdad, sin Dios. Desaparecen los principios absolutos de la Ontología: de identidad, de no contradicción, de causalidad, de finalidad.

El arbitrio humano individual, sin verdad y sin Dios, será la norma suprema de todo.

Se apartan de este modo de los fundamentos divinos de la fe cristiana, del único Dios verdadero.

De Cristo que dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Del Espíritu Santo: el “Espíritu de verdad”.

Del Magisterio de la Iglesia: de la “Cátedra de la verdad”.

Tal es la doctrina llamada del Agnosticismo; Relativismo, Liberalismo, Humanismo; Anti-intelectualismo.

Podría ser llamado Anticristianismo.

Es la doctrina de la “nueva iglesia católica” originada de los ateos, agnósticos, herejes, paganos, disfrazados de “católicos”.

Existirán tantas “verdades” diferentes cuantas cabezas humanas.

            Se apartan de la unicidad de la verdad.

  1. ORIGEN HUMANO DEL PODER

Enseña la Revelación divina: “todo poder viene de Dios”; “No hay poder sino viene de Dios” (Rom. XIII, 1). “Sin Mi nada podéis hacer”.

En sentido opuesto, junto a los ateos y racionalistas, el “nuevo humanismo”quiere una humanidad sin el Dios verdadero; sin Dios.

Tal “nuevo humanismo” de la secta de los masones, proclama: “Todo poder viene del hombre y en su nombre será ejercido”.

Niegan la palabra de Dios, el origen divino de todo poder.

Esto no es solo en el orden civil; sino también en el orden espiritual, dentro de la “nueva iglesia”: quieren que el poder de jurisdicción y el poder de orden vengan del hombre.

Para disfrazar, dicen que viene de Dios, pero a través del pueblo, de los fieles, de las iglesias, de las comunidades.

El padre, el obispo y el papa serán “ministros de la iglesia”; no ministros de Dios. Serán vicarios del pueblo, no de Dios.

Rebajan a Cristo a simple hombre, no lo reconocen como verdadero y único de Dios.

Por lo tanto el poder supremo en la iglesia vendrá del “colegio” de representantes de las iglesias; del consenso de los hombres; de la opinión pública; del mayor número de votos.

Cristo no será Rey de reyes, el Legislador divino, cabeza monárquica. El gobierno de la iglesia será el de la democracia agnóstica, sin Dios.

El papa será el “siervo de los hombres”, no “siervo de Dios”.

Será siervo de la “opinión pública”, no siervo de las verdades absolutas de Dios.

Se apartan de los Mandamientos de Dios, establecidos por Moisés y Cristo, el Decálogo, será mudado por los “derechos individuales del hombre” sin Dios.

Observar las leyes y verdades de Dios será ilícito, autoritarismo, imperialismo, dictadura; pero las dictaduras, el autoritarismo, y el imperialismo de los ateos es respetado.

Por lo tanto, tal concepto de “dignidad del hombre” no incluye la verdad absoluta; la autoridad del único Dios verdadero, la subordinación y obediencia a Dios y a los ministros verdaderos de Dios, a la jerarquía instituida en la Iglesia por la autoridad de Cristo.

En lugar de la obediencia y sumisión se habla de una “adhesión” libre, venida del consenso.

Por lo tanto, se rechaza toda “coacción exterior” del “ministro de Dios” contra los malos, los criminales contra Dios; contra ellos solo se admite el dialogo, la libre persuasión, el libre consentimiento, la libre adhesión.

Así cada uno podrá “adherirse” a la verdad o al error; al bien o al mal, a Cristo o a Lucifer, a Cristo o al anti-Cristo.

Por lo tanto cada uno podrá ser libremente: anti-intelectualista, anti-sacramentalista; anti-conclavista, anti-imperialista, anti-monarquista, sin distinguir si la fuerza usada es contra el bien y la verdad o si es contra el mal y la falsedad.

Por lo tanto, los hombres libres podrán ir igualmente al culto de Cristo o al culto de Lucifer; al culto del único Dios verdadero, o al culto de Shiwa; podrá ir libremente a un templo de Dios o a una mezquita o culto luterano.

Será igual y libre ser verdadero o falso; será “derecho” adorar al Dios cristiano o al “dios de los musulmanes”.

La ordenación social por tanto no será la “ordenación de Dios” (Rom. XIII, 1-3), sino un acuerdo, o pacto, resultado del dialogo y de la opinión pública, del“consenso”.

Por lo tanto, en la “nueva iglesia católica” la cabeza suprema no recibe “directo e inmediato” de de Nuestro Señor Jesucristo el poder supremo (Vaticano I, D.S. 3055); pero“recibe de la iglesia el poder de ministerio”, como decían los jansenistas (D.S. 2603). La herejía retira a Dios fuente directa e inmediata del poder, lo coloca en el hombre o a través del hombre.

No se confiesa que los fieles de Cristo poseen la verdad absoluta y que la Iglesia de Cristo es la única verdadera. Ahora la “única verdadera” es la “iglesia del hombre”, la del Ecumenismo, sin la unicidad de la verdadera fe. Ahora los hombres“buscan” la verdad, pero no confiesan la verdad absoluta.

Cada uno tiene “su propia verdad”, su propio deber moral, sin Dios, fundado en la negación de la verdad absoluta.

Por esto, la “paz” entre los hombres no será la “paz de Cristo”, fundada en la verdad divina absoluta, universal; será la “paz” agnóstica, fundada en el acuerdo libre, en la opinión pública, en el consenso de las voluntades humanas, en“opiniones” inciertas, dudosas, como la acefalia.

Son dos “iglesias” diametralmente opuestas.

FRAUDE Y MENTIRA

Quieran o no quieran los hombres falsos, existe la verdad absoluta y todo poder viene de Dios, y no del libre arbitrio humano.

Es fácil probar el fraude, la mentira y la falsedad de estas personas. Los errores no se convierten en verdades, ni las verdades en errores. Un pacto social, un acuerdo humano, un consenso entre los hombres, la opinión pública mayoritaria, no cambia las verdades objetivas y las leyes de las Ciencias naturales, de la Física o de la química, de la biología o de la botánica, de la Genética o de la Geometría, de la Lógica o de la Ontología.

La negación de las verdades en estas Ciencias es tan falsa como el origen humano de todo poder; los hombres nada cambian en el curso del sol o de los planetas; no crean las leyes de la materia y las operaciones naturales de los elementos químicos; las leyes de la genética vegetal y animal; las leyes de la vida natural y la muerte natural.

Los hombres no ignoran que existen verdades absolutas independientes de su propio arbitrio. Las leyes geométricas abstractas, las leyes de la lógica, los principios de Ontología no vienen del arbitrio de cada uno. Ellos no resucitan los muertos y ni impiden que existan la muertes.

No mandan a los vientos y a las lluvias, ni andan sobre los mares.

Ellos abren escuelas por la necesidad de conocer las cosas que no proceden de su libre arbitrio.

Las plantaciones de alimentos y frutas, y las creaciones del ganado y las gallinas no siguen reglas arbitrarias.

Los mares y los terremotos, los volcanes y las tempestades no proceden del arbitrio de los agnósticos, de los ateos.

Ellos no nacen ni mueren por su libre arbitrio.

Los hombres no aumentan sus saldos bancarios por su libre arbitrio.

Por lo tanto el agnosticismo es mentira y fraude, también decir que todo poder viene del arbitrio de los hombres, es mentira y fraude.

Y nadie tiene derecho a mentir y de ser fraudulento.

Por lo tanto las verdades individuales libres de la “nueva iglesia católica”  proceden de la mentira y del fraude.

Proceden de la “operación del error”, de Satanás, de los que “no aman la verdad, sino que consienten en la iniquidad”, según la profecía de San Pablo (Tes. II, 11).

COETUS FIDELIUM

N° 10

Marzo del 2014

TRADUCCIÓN:

R.P. Manuel Martinez Henández F.S.V.F.

Cosmología tomista; y18 de18. El darwinismo.

El darwinismo.

La teoría expuesta y desarrollada por Carlos Darwin para explicar el origen, los grados y las manifestaciones diferentes de la vida sobre la tierra, es lo que aquí apellidamos darwinismo. Esta teoría, acariciada hoy por los partidarios de lo que se llama prehistoria, y más todavía por los adeptos del materialismo disfrazado bajo el pseudónimo de positivismo, es una teoría esencialmente transformista, es el transformismo aplicado a la idea y al fenómeno de la vida. Por lo demás, preciso es reconocer que la explicación de la vida por medio del transformismo dista mucho de ser una teoría original de Darwin, el cual no ha hecho más que desarrollar, modificar y completar las teorías y doctrinas de Lamark, Bory Saint-Vincent, Naudin y algunos otros, sin contar las relaciones más o menos lejanas de afinidad y analogía entre la hipótesis darwiniana y las de Maillet, de Robinet y de algunos enciclopedistas del pasado siglo, que señalaban los monos como progenitores del hombre. Pero sea de esto lo que se quiera, lo que aquí importa consignar es que el darwinismo o la teoría sobre la vida, contenida en las obras de Darwin y profesada por sus principales discípulos, puede condensarse en las afirmaciones siguientes:

1ª Las múltiples y diferentes manifestaciones de la vida; las especies, los géneros, las familias, los reinos, lo mismo que las razas y variedades de los vivientes animales y vegetales que pueblan la tierra, son el resultado y la expresión de una serie lenta y sucesiva de transformaciones acumuladas en millones de años, de manera que todas las especies, géneros, familias, &c., de vegetales y animales, representan la [284] evolución transformativa y progresiva de un prototipo primitivo dotado de vida, o cuando más, de tres o cuatro tipos primordiales.

2ª En cada especie, la vida tiende a multiplicarse en progresión geométrica, progresión que se halla representada por el número de hijos que puede engendrar una madre en la respectiva especie, durante toda su vida. De aquí resulta lo que llama Darwin ley de lalucha por la existencia, la misma que otros apellidan ley de la concurrencia vital; porque no siendo posible que existan medios de subsistencia, ni siquiera espacio material para todos los individuos posibles y exigidos por la progresión geométrica, se establece por necesidad una lucha continua y una especie de guerra a muerte entre los diferentes seres vivientes, en virtud de la cual, los que son inferiores bajo cualquier punto de vista, sucumben en la proporción que es necesaria para la conservación de los géneros superiores y de los individuos más robustos dentro de la misma especie. En suma: la lucha por la existencia tiene por resultado destruir los individuos más débiles e inferiores por cualquier título, conservando al propio tiempo los que poseen alguna superioridad relativa.

3ª De aquí nace la otra ley fundamental que preside a la evolución transformista, y es la ley apellidada por Darwin selección natural o inconsciente, en virtud de la cual la naturaleza acumula sucesivamente en los individuos por medio de transmisión hereditaria, las cualidades especiales y las perfecciones particulares de organismo poseídas por los padres, siempre que presenten ventajas y utilidad para la lucha por la existencia.

4ª Es posible y muy probable que la formación o aparición del hombre sobre la tierra, se haya realizado en virtud de la transformación evolutiva indicada, y en fuerza de las mismas leyes (1) señaladas para vegetales y animales. Es, [285] pues, no solamente posible, sino muy verosímil, que el hombre descienda del mono, como de su progenitor inmediato y directo (2).

{(1) Sabido es que Darwin hace intervenir en su teoría transformista algunas otras leyes, como la de correlaciones del crecimiento, [285] la selección sexual, &c., pero las que constituyen lo esencial y como la base de la teoría, son las dos indicadas en el texto.

(2) Después de haber presentado su teoría transformista en la obra que trata del Origen de las especies en general, el escritor inglés escribió su libro Origen del hombre, dedicado exclusivamente a aplicar al hombre dicha teoría.}

En resumen: para el darwinismo, todas las especies vegetales y animales, desde el musgo hasta la encina, desde el zoófito y el infusorio hasta el mamífero más perfecto, deben su origen a la transformación sucesiva de tres o cuatro tipos originales, y probablemente a un solo prototipo. En otros términos; los géneros y hasta los dos grandes reinos de la naturaleza viviente, las clases, las familias, las especies, sin excluir al hombre, deben su origen y formación a las mismas causas y leyes que determinan la formación y existencia de las variedades. Tal es la tesis fundamental que reasume la teoría darvinista.

Excusado es advertir aquí que las condiciones de una obra elemental no permiten entrar en una discusión detallada y extensa del darwinismo, por más que este halla llegado a formar hoy un ramo especial de literatura. Lo que dejamos consignado en los artículos que preceden; la doctrina expuesta en el tomo primero, al tratar de la distinción esencial y primitiva entre las facultades puramente intelectuales y las del orden sensible, así como también al tratar de la naturaleza y origen del alma racional, es más que suficiente para reconocer que la tesis darwiniana es esencialmente materialista, antifilosófica y anticristiana. Esto no obstante, apuntaremos aquí con la posible brevedad algunas razones y reflexiones, encaminadas a poner más de manifiesto su falsedad, porque así lo reclama la importancia que, con razón o sin ella, alcanza hoy esta teoría. [286]

1ª Dos vicios radicales se descubren por de pronto en la doctrina de Darwin que nos ocupa. Refiérese el primero al punto de partida de la teoría, y el segundo al método general empleado en su desarrollo. Y comenzando por este último, léanse las obras en que expone su teoría, y se le verá acudir con demasiada frecuencia a lo desconocido, a lo imprevisto, al acaso, para dar razón de las transformaciones evolutivas exigidas por la teoría; confundiendo además, a cada paso lo posible con lo real. «Darwin, escribe a este propósito Quatrefages, insiste casi a cada página de su libro sobre la posibilidad de estas transformaciones.»

No es menos viciosa la teoría darwiniana, considerada con relación a su punto de partida. Bajo reservas más o menos explícitas, y a pesar de aparentes hesitaciones, lo cierto es, que la base primordial del darwinismo consiste o se busca en la existencia hipotéticade lo que Darwin denomina prototipo primitivo, prototipo cuya existencia supone, pero que no se cuida de explicar, ni mucho menos de demostrar. De aquí es, que toda la teoría darwiniana queda viciada en su origen y reducida a una hipótesis gratuita, como basada sobre la existencia de ese prototipo, germen primordial de todo lo que vive en la naturaleza, especie de misterio inexplicado e inexplicable, en expresión de Quatrefages. Y bueno será notar de paso, que bajo este punto de vista, Lamark es superior a Darwin; pues mientras este se coloca de golpe y arbitrariamente en su prototipo, sin relacionarlo con ninguna causa primera, ni distinta de la naturaleza, el naturalista francés, al hablarnos del protorganismo, y de las leyes naturales que presiden a su desarrollo, considera estas leyes como la expresión de la voluntad suprema que las estableció, cuidando a la vez de consignar la distinción real que existe entre la «naturaleza y su supremo autor.»

2ª Aun admitido este prototipo, cuya existencia no se prueba con argumento alguno científico-positivista, a pesar de las pretensiones y promesas más o menos explícitas de su inventor en orden a mantenerse en este terreno; aun aceptada la realidad misteriosa de ese ser envuelto en las [287] sombras de la hipótesis, los hechos, y hechos innegables, se hallan en abierta contradicción con las leyes que deben presidir al desarrollo transformativo de ese germen primordial, según la teoría de Darwin. ¿Cómo conciliar, en efecto, la existencia de millares y millares de esos representantes inferiores de la vida, con la ley de la lucha por la existencia y la de la selección natural? ¿Cómo es que esa lucha y esa selección no han hecho desaparecer esa multitud de infusorios, de pólipos, de gusanos, que reúnen tantas y tales condiciones de inferioridad relativa? Y esta dificultad se presenta con extrañas proporciones, si se tiene en cuenta que el naturalista inglés admite el transcurso de millones y millones de años, durante los cuales viene transformándose el prototipo primitivo. ¿Cómo se explica que después de una lucha encarnizada y perseverante al través de siglos y siglos, y a pesar de la acción atribuida a la selección natural, conserven su existencia millones de seres vivientes, dotados de organización tan sencilla y rudimentaria en el reino animal? El autor de la Filosofía zoológica, que admite las generaciones espontáneas, podría dar razones más o menos plausibles de este fenómeno, inexplicable ciertamente e incompatible con la doctrina de Darwin, puesto que rechaza la generación espontánea.

3ª La teoría darwiniana exige necesariamente la existencia sucesiva de una serie muy numerosa de especies intermedias, o si se quiere, de variedades y razas que debieron servir de transición entre una especie perfecta ya y completa hoy, y la que le sirvió de madre. Así lo exigen las leyes que señala la teoría transformista para explicar el origen de las especies, y así lo reconoce el mismo Darwin, cuando escribe que «el número de variedades intermediarias que existieron en tiempos anteriores sobre la tierra, debe ser enorme. Y, sin embargo, la observación y la experiencia nos ponen de manifiesto la ausencia casi completa de tipos de transición, y de variedades intermedias en las diferentes formaciones geológicas exploradas hasta hoy, en vez de esa multitud enorme que debiera existir, según Darwin, y en armonía con [288] los principios y leyes fundamentales de su teoría. Bien es verdad que el fundador del darwinismo, para librarse de esta dificultad y para desvanecer la fueza de objeción tan seria y tan positivista, como basada sobre la observación y la experiencia, se contenta con acudir aquí, como en tantas otras ocasiones, a lo desconocido, a lo posible y a lo hipotético, suponiendo que las capas estratificadas y sobrepuestas bajo apariencias de formación continua, paulatina y sucesiva, fueron sobrepuestas, no continuamente, sino con interrupción de siglos innumerables, durante los cuales pudieron existir los tipos de transición y las variedades intermedias, exigidas imperiosamente por su teoría. ¡Casualidad rara y coincidencia verdaderamente extraña! Los millares y millones de razas y variedades intermedias que debieron existir necesariamente durante épocas de duración casi inmensa, según el darwinismo, se desarrollaron y vivieron precisamente en períodos larguísimos de tiempo, durante los cuales no se formaron terrenos, ni se depositaron capas estratigráficas, entre las muchas que registra y tiene exploradas la geología. Y ¡cosa más extraña aún! ni siquiera se encuentran apenas vestigios notables de los millones de variedades y especies intermediarias exigidas por la teoría que nos ocupa, en las diferentes y variadas formaciones geológicas, anteriores y posteriores a los períodos designados como posibles para su existencia. A falta de otras razones, bastaría esta sola reflexión para reconocer todo lo que hay de gratuito, de inexacto y de falso en la teoría transformista de Darwin.

4ª Ni son menos concluyentes contra la misma, los hechos y deducciones a que conduce la observación y el estudio de los monumentos históricos. En los templos e hipogeos del antiguo Egipto principalmente, templos e hipogeos cuyo origen se remonta, al menos con respecto a algunos de ellos, hasta la cuarta dinastía, vense hoy pinturas y esqueletos de plantas y animales, que representan, no solamente las mismas especies, sino hasta las mismas razas y variedades contemporáneas. Dígase de buena fe, si es posible conciliar esta identidad de especies y razas, esta fidelidad de tipos y [289] variedades a través de un período de más de cinco mil años, con las leyes de la evolución progresiva, de la lucha por la existencia, y especialmente con la selección natural que obra continuamente para acumular en razas y variedades los caracteres y cualidades que accidentalmente aparecen en los individuos.

5ª Esta misma ley de la selección natural, que constituye, como se ha dicho, una de las bases fundamentales del transformismo darwiniano, se halla en abierta contradicción, o mejor dicho, se halla evidentemente desmentida por otro hecho innegable e indiscutible, cual es la existencia en ciertas especies animales de un número considerable de individuos neutros, como se verifica en las abejas y las hormigas. En fuerza de la transmisión hereditaria, expresión y aplicación concreta de la selección natural, los padres transmiten a los hijos caracteres y perfecciones relativas que poseen, especialmente cuando estas perfecciones y cualidades son permanentes en ellos. En virtud de esta ley y por confesión de los darwinistas, los padres deben transmitir y transmiten a sus hijos la fecundidad o facultad de propagarse con tanta más razón, cuanto que esta facultad es una de las más permanentes y connaturales. Sin embargo, la observación y la experiencia nos revelan que existen en la naturaleza especies animales que engendran hijos estériles e infecundos en su inmensa mayoría, como sucede con las abejas y las hormigas; que existen en éstas y otras especies padres y madres que, a pesar de poseer la fecundidad y de haberla recibido de sus antepasados a través de numerosas y no interrumpidas generaciones, producen, no obstante, millares y millares de individuos privados de fecundidad, al paso que son relativamente poco numerosos los hijos fecundos. Es, pues, incontestable que la existencia de los individuos neutros, en las condiciones y circunstancias con que se presenta en el reino animal, bastaría para dar en tierra con la teoría de Darwin, cuando no hubiera otras pruebas e indicios evidentes de su falsedad.

Excusado es añadir, que la brevedad y concisión impuestas [290] por la naturaleza de esta obra, no nos permiten alegar, ni siquiera indicar otras muchas razones, que demuestran lo infundado y erróneo de la teoría darwinista, entre las cuales ocupan preferente lugar y envuelven notable importancia las pruebas que se apoyan sobre los caracteres de la propagación o reproducción de mestizos y sobre los fenómenos relativos de la hibridación.

Pasando ahora a examinar brevemente la teoría darwiniana en sus aplicaciones al origen del hombre, lo cual constituye el punto de vista más culminante y transcendental del darwinismo en sus relaciones con la filosofía cristiana, apuntaremos solamente, ya que otra cosa no permite la índole de esta obra, algunas razones y consideraciones, encaminadas a reconocer y demostrar que la doctrina darwiniana acerca del origen del hombre es tan falsa en sí misma, como contraria a la razón y la experiencia: esto aun cuando se quiera hacer caso omiso y prescindir de su incompatibilidad con las enseñanzas y dogmas del cristianismo.

1ª Según la teoría de Darwin, la selección natural conserva y desarrolla las modificaciones accidentales que aparecen en el individuo, siempre que éstas envuelvan alguna ventaja y utilidad en orden a la lucha por la existencia y permanencia en la vida. De aquí se infiere lógicamente, que si el hombre desciende del bruto por medio y en virtud de la transformación evolutiva profesada por Darwin, siquiera los monos antropomorfos constituyan una etapa de esa transformación, en el hombre deben hallarse acumulados y perfeccionados los caracteres que en los animales son útiles bajo el punto de vista de la lucha por la existencia, facilitando su resistencia y victoria en la concurrencia vital. Luego si en el hombre no se descubren esos caracteres, y aparecen en él, por el contrario, los que llevan consigo una debilidad e inferioridad relativas de cualidades físicas en orden a la lucha por la existencia, será preciso reconocer que el hombre no desciende, ni puede descender del bruto, aun admitidas las leyes principales que presenta el darwinismo para explicar esta transformación evolutiva. El papel importante y la [291] influencia decisiva que en la teoría darwiniana se atribuyen a la selección natural e inconsciente, se hallan en flagrante contradicción con los caracteres y adaptaciones del hombre con respecto a la concurrencia vital; porque nadie podrá poner en duda que la desnudez relativa del cuerpo humano, desnudez que le deja sin defensa y protección contra las influencias atmosféricas, la carencia de dientes y armas a propósito para la prehensión y defensa, la imperfección del oído y del olfato respecto de muchos animales, la lentitud relativa de su marcha o velocidad, &c., &c., son otros tantos caracteres de inferioridad y debilidad física, que colocan al hombre en una situación muy desventajosa para la concurrencia vital, si esa inferioridad física no estuviera compensada por la parte moral e intelectual.

Y téngase presente, que Darwin no tiene derecho alguno para acudir a esta compensación moral e intelectual, según lo hace, apremiado por la fuerza de la objeción: 1º porque necesitaba demostrar que las facultades morales e intelectuales vienen al hombre en virtud de la selección natural, hipótesis absurda, como veremos después: 2º porque, aun admitida esta peregrina hipótesis, sería necesario probar, so pena de faltar a lo que exige la teoría y principalmente la ley de la selección natural, que la posesión de mayor vigor corporal, la de armas y defensas naturales más fuertes, la perfección mayor de los sentidos externos, &c., son cosas, o dañosas, o por lo menos, inútiles para la lucha por la existencia, o sea para facilitar la conservación de la vida, afirmación que a fuerza de ser absurda, se convertiría en ridícula (1). [292]

{(1) Wallace, que es considerado con justicia como cofundador del darwinismo transformista, del cual se aparta, no obstante, en puntos capitales, entre otros y principalmente al reconocer la subordinación de la evolución transformista a la influencia y dirección de inteligencias superiores al hombre, reconoce y confiesa que es absolutamente imposible dar razón de los fenómenos a que alude la objeción, ateniéndose a los principios y leyes del sistema de [292] Darwin. He aquí cómo se expresa con respecto a uno de los caracteres indicados, y eso que no es el más importante: «Il me semble done ABSOLUTEMET CERTAIN que la sélection naturelle ne pourrait avoir produit la nudité du corps humain par l’accumulation de variations à partir d’un ancêtre velu. Tous les faits conspirent à montrer que de telles variations ne pourraient avoir été utiles, mais doivent, au contraire, avoir été jusqu’à un certain point nuisibles. Si même, par suite d’une corrélation inconnue avec d’autres qualités nuisibles, la couverture de poils avait disparu chez les descendants de l’homme tropical, nous ne pouvons concevoir comment, à mesure que l’homme se répandait en des climats plus froids, il ne serait pas retourné sous l’influence puissante de la réversion au type ancestral si longtemps persistant. Mais il n’est pas sérieusement possible d’émettre une supposition de cette sorte. Car nous ne pouvons supposer qu’un caractère qui, comme le tégument velu, existe dans toute la série des mamifères, peut être devenu, chez une forme animale seulement, lié à une particularité nuisible avec essez de constance pour conduire à sa suppresion permanente, suppresion si complète et si efficace, qu’il ne reparaît jamais ou presque jamais dans les métis des races humaines les plus differentes.»
Darwin, es verdad, pretende libertarse de las mallas de esta objeción que le oprimen como los anillos de una serpiente, invocando la ley de la selección sexual, verdadero Deux ex machina de que acostumbra a echar mano en los casos apurados. Según el naturalista inglés, el hombre, o más bien la mujer, dejó de ser velluda en tiempos anteriores, arrastrada por el deseo de la ornamentación. No nos es dado detenernos a combatir una hipótesis tan gratuita, por no decir ridícula. Solamente desearíamos que Darwin nos dijera: 1º porqué la cola de la pava no se halla adornada con los colores espléndidos de la del pavo, toda vez que, según él, la selección sexual, es decir, el deseo del pavo de agradar a la hembra, determinó la aparición de aquellos colores, no habiendo razón alguna para negar a la hembra un deseo análogo de agradar al macho: 2º porqué y cómo se explica que el pecho del hombre se haya conservado más o menos velludo, al paso que la espalda carece completamente de este carácter; porque la verdad es que si este fenómeno es debido a la selección sexual, o sea al deseo de ornamentación, como pretende Darwin, esta deformidad o ausencia de ornamentación, debiera haberse realizado con mayor exactitud y rigor en el pecho que es más visible que es más visible que la espalda.}

2ª La observación y la experiencia demuestran palpablemente que entre el hombre y los antropoides que se le [293] quieren dar por ascendientes y progenitores, existe una diferencia esencial y primitiva, aun bajo el punto de vista anatómico, sobre el cual suelen apoyarse con cierta predilección los partidarios del darwinismo. En efecto: los trabajos tan notables como concienzudos de Vicq-d’Azyr, de Duvernoy, de Gratiolet y de Aliz, demuestran evidentemente que el tipo anatómico de los monos antropomorfos es esencialmente distinto del tipo anatómico correspondiente al hombre. Éste es un animal andador y andador sobre sus miembros posteriores, al paso que el mono, cualquiera que sea su perfección relativa es un animal trepador.

3ª Añádanse ahora las diferencias profundas e importantísimas que existen entre el cráneo del hombre y el del orangután. Según las experiencias hechas por Bianconi, el cráneo del mono adulto pesa 944 gr., más que el cráneo del mismo a la edad de tres años, mientras que el del hombre adulto sólo presenta una diferencia de 431 gr. respecto del cráneo del niño a la edad de tres años. En cambio, la capacidad del cráneo humano aumenta de una manera notabilísima con la edad, al paso que la del mono se realiza en proporciones relativamente insignificantes.

Resulta en efecto, de las experiencias practicadas por el citado Bianconi, que medidas por medio de arena las capacidades craneoscópicas del hombre y del mono, en los períodos de la infancia y de la edad adulta, dan los siguientes resultados en cifras redondas:

Cráneo del hombre a la edad de tres años — 1090 gr.
Cráneo del hombre adulto — 2086 gr.
Cráneo del orangután en los primeros años — 512 gr.
Cráneo del mismo, adulto — 587 gr.

Estas cifras son demasiado elocuentes para que ningún hombre de ciencia y de buen sentido, piense seriamente en establecer relaciones de filiación entre el hombre y el mono. [294]

4ª Si, como pretende el darwinismo, el hombre y los monos superiores tienen un tipo originario común: si el gorila, el chimpancé o el orangután, son los progenitores del hombre, ¿cómo y por qué el desarrollo y manifestaciones de los pliegues y circunvoluciones del cerebro, en el último y en los primeros, se verifican en sentido inverso? Porque ello es incontestable, que los pliegues y las circunvoluciones frontales aparecen y se desarrollan en el hombre antes que las circunvoluciones témporo-esfenoidales, siendo así que en los monos sucede precisamente lo contrario (1).

{(1) En corroboración de esto escribe Gratiolet: «Les circunvolutions temporo-sphénoïdales apparaisset les premières dans le cerveau des singes et s’achèvent par le lobe frontal; or, c’est précisément l’inverse qui a lieu dans l’homme: les circunvolutions frontales apparaissent les premières, les temporo-sphenoïdales se dessinent en dernier lieu: ainsi la mème série est répétée ici d’alfa en omega, là omega en alfa. De ce fait, constaté très rigoureusement, rèsulte une conséquence nécèssaire: aucun arrêt de développement ne saurait rendre le cervau humain plus semblable à celui des singes qu’il ne l’est dans l’âge adulte; loin de lá, IL EN DIFFÉRERA D’AUTANT PLUS QU’IL SERA MOINS DÉVELOPPÉ.»}

Si es, pues, una ley constante en la historia natural que lo semejante se desarrolla de una manera semejante, será preciso reconocer que los fenómenos embriogénicos, lo mismo que los datos anatómicos, establecen diferencias esenciales, profundas, radicales entre el hombre y el mono.

5ª ¿Y qué será si abandonando el terreno, por decirlo así, corporal y externo de la embriogenia y la anatomía, nos colocamos en el terreno superior del orden moral e intelectual? Si el estudio de la organización material, nos obliga a reconocer en el hombre una isla separada, según la gráfica expresión de Aeby, la cual no comunica por puente alguno con la tierra vecina de los mamíferos, no cabe poner en duda que [295] este aislamiento aparece más completo, más absoluto, más evidente, desde el momento en que las facultades morales e intelectuales del hombre se ponen en parangón con las que en el mono existen. Éste lo mismo que otras especies de animales, posee sensaciones, conoce o percibe objetos materiales y singulares; pero el hombre, además de las sensaciones, posee ideas, y sobre todo, ejerce su actividad sobre objetos universales y espirituales; se agita y mueve en un mundo inteligible, distinto del sensible y superior a él; conoce verdades absolutas y necesarias, sobre las cuales se apoya para raciocinar, descubrir cosas desconocidas y progresar, combinando ideas con ideas, juicios con juicios, y hechos con hechos. No hay, no es posible encontrar término de comparación posible entre el instinto necesario y estacionario del mono, y el movimiento progresivo del hombre realizado en y por los individuos, y utilizado por otros individuos y por la colectividad; entre la hesitación que a veces se observa en los animales, determinada por las atracciones y repulsiones sensibles ocasionadas por algún objeto, y entre la elección libre y refleja del hombre; entre los juicios instintivos de la estimativa natural, por medio de las cuales el animal percibe determinados objetos materiales y singulares como convenientes, útiles, dañosos, enemigos, &c., y el juicio universal, inteligible y abstracto, por medio del cual el hombre conoce la naturaleza y aplicaciones posibles de la utilidad, conveniencia, enemistad, &c., y sobre todo conoce la verdad.

6ª Finalmente, a los ojos de la sana razón y del sentido común, la prueba más convincente de la falsedad del darwinismo en sus aplicaciones al hombre, está en la manera con que explica el génesis de la idea de Dios, del sentimiento religioso, de la libertad y de la ley moral, así como en las deducciones a que conduce lógicamente. Para convencerse de ello, bastará hacer algunas ligeras indicaciones sobre estos puntos. Para el darwinismo:

a) La humanidad primitiva no tuvo idea alguna de Dios: la creencia en su existencia reconoce por origen la [296] interpretación equivocada de los sueños, el movimiento de las sombras, las alucinaciones de la imaginación, con otros hechos análogos, que inspiraron primeramente al hombre la idea de los espíritus, idea que sirvió de base y premisa para elevarse a la idea de Dios, después de transcurridos muchos siglos de cultura y desarrollo de las facultades intelectuales. Excusado es advertir, que esto equivale a negar explícitamente la existencia real y objetiva de Dios.

b) La ley moral, esa ley que lleva consigo la distinción esencial y primitiva, no solamente entre el bien y el mal, sino también entre lo bueno y lo útil, no es otra cosa que una transformación de los instintos sociales de los animales, realizada por medio de la selección natural o inconsciente. Como se ve, esto equivale a negar el orden moral, la distinción primitiva y esencial entre el bien y el mal, la realidad de la ley moral propuesta a la libre elección de nuestra voluntad.

c) Lo que llamamos sentimientos y deberes morales, son los hábitos e instintos de los animales robustecidos y perfeccionados en virtud de la selección natural; así es que el deber moral y lo que se apellida bondad y malicia, compete también a los animales: los perros que no obran según lo que piden sus instintos y hábitos, faltan a su deber y obran mal, escribe el mismo Darwin.

En vista de las indicaciones que anteceden, no es de extrañar, antes es muy natural y lógico, ver a los adeptos del darwinismo negar la libertad humana, distinguiéndose entre ellos Huxley y Häckel que lo verifican con toda franqueza y sin echar mano de reticencias y reservas, como hacer suelen otros darwinistas, o menos francos, o menos lógicos. «La voluntad del animal, escribe el citado Häckel, lo mismo que la del hombre, jamás es libre. El dogma tan extendido del libre albedrío, es absolutamente insostenible, en el terreno de la ciencia. El fisiologista que estudie científicamente los fenómenos de la voluntad en acción (der Willensthätigkeit) en los hombres y animales, alcanzará necesariamente la convicción de que la voluntad nunca es libre, sino que siempre [297] es determinada por influencias externas o internas.» {(1) Natürliche Schöpfungsgeschichte, pág. 212.}.

Tales son las deducciones lógicas y necesarias del darwinismo, deducciones que llevan en su seno la negación de la caridad cristiana y hasta de la simple beneficencia, el abandono brutal del enfermo y del desgraciado, el sacrificio del débil al fuerte, la santificación y la apoteosis del egoísmo y de la fuerza física. Y no se crea que estas son apreciaciones arbitrarias o destituidas de fundamento: son apreciaciones profesadas y reconocidas explícitamente por los partidarios más fervientes y lógicos del darwinismo. Óigase en prueba de ello cómo se expresa Clemencia Royer, entusiasta propagandista de la doctrina de Darwin, en el prólogo dedicado a su Origen de las especies: «La ley de la selección natural, aplicada a la humanidad, demuestra con sorpresa, con dolor, cuán falsas han sido hasta ahora, no solo nuestras leyes políticas y civiles, sino nuestra moral religiosa. Descúbrese uno de los vicios menos frecuentes, pero no menos graves. Tal es la caridad imprudente y ciega, en la que nuestra era cristiana ha buscado siempre el ideal de la virtud social, por más que su consecuencia directa fuese empeorar y multiplicar en la raza humana los males a que aspira poner remedio… ¿Qué resulta de esta protección absurda concedida exclusivamente a los débiles, a los achacosos, a los incurables, a los malos; en fin, a todos los desgraciados de la naturaleza? Resulta que los malos tienden a perpetuarse indefinidamente.»

¡Con cuánta justicia se ha dicho que la razón humana, cuando cierra sus ojos a la luz de la revelación cristiana, desciende rápidamente por la pendiente del error hasta abrazar y resucitar los grandes extravíos de la filosofía pagana! Porque ello es incontestable que en el pasaje anterior, se proclama la conveniencia y justicia de abandonar a los débiles y desgraciados, a fin de no debilitar ni retardar el [298] perfeccionamiento progresivo de la raza humana. Doctrina es esta cuyo espíritu es más repugnante y cuyas tendencias son más horribles, que la doctrina de ciertos filósofos y legisladores paganos sobre el infanticidio y abandono de las naturalezas deformes o débiles. En vista de esta y de otras consecuencias lógicas del darwinismo, ya no deben extrañarnos los lazos de afinidad, y las simpatías que existen entre el darwinismo y el positivismo materialista, ni menos la analogía, o mejor dicho, identidad de doctrina y tendencias sociales, políticas y religiosas, que es fácil reconocer entre los partidarios del sistema darvinista y los adeptos de la Internacional.

Después de lo que llevamos expuesto, creemos innecesario demostrar que el darwinismo encierra doctrinas y tendencias esencialmente anticristianas. Haciendo caso omiso de otras, la teoría darwiniana sobre el origen del hombre es incompatible con el dogma católico que nos enseña, que nuestros primeros padres Adán y Eva, fueron producidos por Dios inmediatamente. Los que pretenden conciliar el darwinismo con el cristianismo, dan fundamento para sospechar que no conocen a fondo, ni al primero ni al segundo. La citada Clemencia Royer, testigo nada sospechoso en la materia, lo confiesa además paladinamente, cuando escribe: «La doctrina de Darwin es la revelación racional del progreso, fundándose en su antagonismo lógico con la revelación irracional de la caída del hombre. Son dos principios, dos religiones en lucha, una tesis y una antítesis; y yo desafío al alemán más experto en evoluciones lógicas a que encuentre la síntesis de las mismas. Son un sí y un no muy categóricos entre los cuales es preciso elegir, y el que se declare a favor del uno está en contra del otro.» [299]