LOS ALUMBRADOS DE AYER AÚN CAPTAN INCAUTOS HOY
Parece que el hombre es el único animal susceptible de tropezar mil veces con la misma piedra.
Al tropezarnos con tantos grupos con falsas místicas, no podemos sino acordarnos de las locuras de alumbrados, y quietistas, junto con sus embustes y milagrerías que D. Marcelino Menéndez y Pelayo narra en su Historia de los Heterodoxos Españoles, y que le traemos en esta entrada con el fin de descubrir y denunciar a todos estos fenómenos tan de moda en nuestro tiempo, para que tengan discernimiento y no se deje nadie atrapar por incauto.
SECTAS MÍSTICAS.-ALUMBRADOS.-QUIETISTAS.-MIGUEL DE MOLINOS
.-EMBUSTES Y MILAGRERÍAS
Marcelino Menéndez Pelayo ( Historia de los Heterodoxos Españoles)

ORÍGENES DE LA DOCTRINA
¡Con qué pocas ideas viven una secta y un siglo! Bastóles a los protestantes la doctrina de la justificación por los solos méritos de Cristo y sin la eficacia de las obras. Bastóles a los alumbrados y quietistas la idea de la contemplación pura, en que, perdiendo el alma su individualidad, abismándose en la infinita esencia, aniquilándose, por decirlo así, llega a tal estado de perfección e irresponsabilidad, que el pecado cometido entonces no es pecado.
Lejos de ser esta herejía una secuela o degeneración de nuestra grande escuela mística, es muy anterior en su desarrollo al crecimiento de esta escuela. No nace en el siglo XVII, ni tampoco en el XVI, ni aun en la Edad Media, sino que se remonta a los primeros siglos cristianos. Y aun no había Cristianismo en el mundo, cuando ya enseñaban los Brachmanes o Gimnosofistas de la India que el fin último y la perfección del hombre consiste en la extinción y aniquilación de la actividad propia, hasta identificarse con dios y librarse así de las cadenas de la transmigración. Todo el panteísmo indio descansa en el mismo principio, que no rechazan los yoguis o discípulos de Patandjali. Y sabido es que los budhistas, con ser ateos, según la opinión más recibida, ponen por término y corona de su sistema el Nirwana , es decir, la muerte y aniquilación absoluta de la conciencia individual. Y, sin embargo, la moral de los budhistas, por una rara inconsecuencia, es pura y severa, en cuanto lo consentían las nieblas de la ciega gentilidad.
La escuela neoplatónica de Alejandría, por una parte, y el gnosticismo por otra, resucitaron casi simultáneamente estas [p. 211]enseñanzas orientales; y desde Simón Mago hasta las Ofitas y Carpocracianos, desde éstos hasta los Nicolaitas, Cainitas y Adamitas, que más que sectas religiosas fueron ocultas asociaciones de malhechores y forajidos, enseñóse con gran séquito y lamentables efectos morales que, siendo todo puro para los puros , los actos cometidos durante el éxtasis, y en la contemplación de la mónada primera , eran inocentes, aunque pareciesen pecaminosos. ¿Quién iba a juzgar ni condenar a los elegidos , a los perfectos , a loscreyentes , a los que poseían la absoluta sabiduría, pues nada menos que esto quería decir el nombre de gnósticos ? Todos los gnósticos son iluminados ; pero ninguno se parece tanto a los de España como Carpocrátes, hasta en el menosprecio absoluto de las buenas obras, de las prácticas exteriores y de toda vida activa.
Por otro camino, y sin tropezar en nefandas impurezas, enseñaron Plotino, Porfirio y Jamblico, que en la unión extática el alma y Dios se hacen uno , quedando el alma como aniquilada por el golpe intuitivo , hasta olvidarse de que está unida al cuerpo, y perder, finalmente, la noción de su propia existencia. Pero tenían por cosa dificilísima el llegar a esta unión; Plotino no la alcanzó más que cuatro veces, y esto después de muchas purificaciones, sobriedad y silencio, mortificando y haciendo callar los sentidos. Jamblico, o quien quiera que sea el autor del libro de los Misterios de los Egipcios , exageró estas ideas hasta el delirio.
Este pseudo-misticismo enervador y enfermizo es muy antiguo en España. Le profesaron los Agapetas , le difundieron en Galicia los Priscilianistas, y duró, en tenebrosos conciliábulos, hasta el fin de la monarquía sueva. Remaneció en el siglo XIII con los Albigenses de Cataluña y León, y no ahogado del todo por el humo de las hogueras que encendió San Fernando, volvió a salir a la superficie en el XIV, era tristísima en que se removió todo cieno.
Los Begardos de Cataluña y Valencia sostenían que el hombre puede llegar a tal perfección que se torne impecable hasta de pensamiento, sin que para alcanzar este estado de impecabilidad y beatitud, en que puede concederse libremente al cuerpo cuanto desee, ya que la raíz de la sensualidad está domeñada y muerta, aprovechen nada oraciones ni ayunos. En consonancia con tales principios enseñaban los discípulos de Durán de [p. 212] Baldach, de Fr. Bonanato y de Jacobo Yuste, la intuición de Dios en vista real; condenaban la veneración de la Hostia consagrada y de la humanidad de Cristo, porque apartaba de la pura contemplación , y coronaban su sistema defendiendo la licitud de todo acto carnal. Mucho duró esta abominable herejía; solían predicarla frailes vagabundos, escapados de su convento y dados al trato de mujeres y a la mendicación viciosa. Con todo, aquí abundaron menos que en Italia, Alemania y Provenza.
De esta secta nació la de los Fratricellos , llamados en España herejes de Durango , cuyo corifeo fué Fr. Alonso de Mella, en 1442.
La herejía, pues, peinaba ya canas a principios del siglo XVI; pero entonces retonó con más brío, influyendo en su crecer muy varias circunstancias.
Fué la primera el nacimiento de la Reforma, que proclamando el examen individual, la inspiración privada y el menosprecio de las obras, vino a cobijar bajo su manto a todo género de ilusos, fanáticos y malvados, desde los Anabaptistas y Tomás Munzer hasta las beatas de Toledo y Llorena.
Fué la segunda una espantosa corrupción de costumbres, de la cual nos dan bien amargo testimonio, no sólo las obras literarias del tiempo de los Reyes Católicos, desde la Celestina hasta el Cancionero de burlas provocantes a risa , sino los pormenores de la reforma claustral, iniciada y cumplida por Cisneros; las lamentaciones de los ascéticos y algunas causas de Inquisición, especialmente una escandalosísima contra los Jerónimos de Guadalupe. En tiempos semejantes, era natural que los hipócritas y malvados, menos cínicos o más hábiles, intentasen ocultar sus fechorías so capa de religión y buscasen el amparo de cualquier doctrina ancha, ya fuese el Luteranismo, que por boca de Fray Martín les gritaba: «Sé pecador, peca fuertemente, porque tu naturaleza es el pecado; pero ten fe y confianza robusta, y alégrate y regocíjate en Cristo»; ya la superstición de los alumbrados, que daba el alma a Dios y el cuerpo al demonio.
Añádase a todo esto la influencia de los místicos alemanes, más o menos sospechosos de panteísmo y quietismo. No se leía otra cosa; apenas había libros españoles de devoción en los primeros años del siglo XVI, y éstos no eran de primer orden. [p. 213] Faltaban, además, catecismos; faltaba sólida instrucción dogmática en la gran masa del pueblo y hasta en los conventos de monjas; y si es verdad que circulaban entre la gente piadosa libros tan maravillosos y de tan pura doctrina como el Kempis , que entonces llamabanContemptus mundi ; la Escala Espiritual , de San Juan Clímaco; algunos tratadillos de San Buenaventura; las Epístolas de Santa Catalina de Sena , y pocos más, impresos casi todos magníficamente, por orden y a expensas del Cardenal Cisneros, también lo era que con ellos compartían el aplauso y aun los oscurecían, y eran más leídos que ellos, por ser más favorables a la embriaguez contemplativa, los de Taulero, Suso, Ruysbroeck (a quien llamaban aquí Ruysbrochio), Henrico Herph y Dionisio Cartujano, por el cual, e indirectamente, venía a influir el maestro Eckart, principal fautor del quietismo y panteísmo entre estos alemanes. Por eso obró sabiamente el inquisidor don Fernando de Valdés al vedar en su Índice el Espejo de perfección , llamado por otro nombre Theología mystica , de Henrico Herpio; el De los cuatro postrimeros trances , de Dionisio Richel; las Instituciones , de Taulero; todos los cuales corrían traducidos al castellano y vienen a deponer contra la absurda opinión de Rousselot, que niega toda influencia de la mística alemana entre nosotros. Sí que la tuvo, y muy funesta.
Como Eckart había sido condenado en Roma; como en Taulero y Suso, con ser varones piadosísimos, se notaban pasajes sospechosos, Lutero y los suyos pusieron en las nubes a estos místicos del siglo XIV y hasta los miraron como predecesores y maestros suyos, comotestes veritatis . Y amalgamando sus doctrinas y las de Melanchton, y las que le sugirió su propio fanatismo, se levantó Juan de Valdés, el más notable de nuestros iluminados , a defender en las Consideraciones divinas , no sólo el quietismo, sino la doctrina, enteramente molinosista en profecía, de que «con satisfacer el apetito se mortifican mejor los afectos»; lo cual atenúa luego con mil primores y repulgos de expresión, sin duda para no escandalizar los castos oídos de Julia Gonzaga.
Si de tal modo se torcían espíritus tan rectos y delicados como el del autor del Diálogo de la lengua , ¿qué había de hacer el populacho rudo, salvaje e ignorante; qué los frailes malos, groseros, concupiscentes y enojados de los rigores de la Orden; [p. 214] las monjas sin vocación, las beatas con puntas de Celestinas, los soldados que volvían de Italia infestados con todos los vicios del bel paese?
De aquí por una parte una relajación bestial, cuyos pormenores no siempre son para referidos; y de otra un fanatismo increíble, un enjambre de falsos milagros de embustes y extravagancias, que dieron bien en qué entender al Santo Oficio. Providencial fué su establecimiento: ¿qué hubiéramos sido sin él con tales elementos dentro de casa y el mal ejemplo de fuera?
Y la Inquisición hizo cuanto en lo humano cabía por atajar el mal: no perdonó ni a uno solo de los embaucadores. Jamás dió cuartel al falso misticismo; y si no pudo cortarle de raíz, porque más fácilmente se curan las herejías que nacen de error del entendimiento, que las que van envueltas en depravada voluntad y torpe lujuria, extinguió, sin embargo, los focos principales, las más numerosas congregaciones de la secta y la dejó reducida a caos aislados. Procedamos con el orden y claridad posibles en esta embrollada historia.
II.-UN FRAILE ALUMBRADO EN TIEMPO DE CISNEROS.-LA BEATA DE PIEDRAHITA.-ALUMBRADOS DE TOLEDO.-NOTICIA DE SUS ERRORES.-PROCESO DE MAGDALENA DE LA CRUZ.
Cuando Fr. Francisco Ximénez estaba más seriamente ocupado en la reforma de los claustrales, avisóle el custodio de la provincia de Castilla, Fr. Antonio de Pastrana, que un franciscano de Ocaña, alumbrado con las tinieblas de Satanás , había comenzado a predicar una supuesta revelación, que decía haber tenido, conforme a la cual el susodicho fraile debía juntarse con diversas mujeres santas para engendrar en ellas profetas. Apenas lo supo el provincial, le mandó encarcelar y castigarle de tal modo, que a los pocos días abjuró de su error. [1] He aquí la primera vez que suena el nombre de alumbrados .
Los partidarios de ésta y otras impuras herejías solían llamarse [p. 215] entonces, con voz latina o italiana, iluminados . [1] En 1498 los acusaba de nefandos vicios el chistoso médico de Fernando el Católico, doctor Francisco de Villalobos, en su poema sobre las pestíferas bubas , indicándonos, a la vez, que los tales aluminados (sic) venían de Italia, pero que había mucha pestilencia de ellosentre nosotros, por lo cual convenía que se los curase con azotes, frío, cárceles y hambre. Los versos no son para citados. [2]
No eran raros los casos de milagrería y embaucamientos. Uno de los más antiguos de que queda noticia es el de la Beata de Piedrahita . No era una mujer viciosa, pero sí fanática e iluminada. Hija de un labrador de la sierra de Ávila y criada en Salamanca, dióse con tal fervor a la oración y a la vida contemplativa, que llegó a creer que tenía coloquios con nuestro Señor Jesucristo y que iba siempre acompañada de María Santísima. Permanecía en éxtasis largas horas, sin mover pie ni mano, y se decía y creía esposa del Salvador. Los más la tenían por santa; algunos pocos la llamaban ilusa. La examinaron muchos teólogos, y hubo entre ellos discordia de pareceres. El Nuncio de Su Santidad y los Obispos de Vich y de Burgos, no se atrevieron a decidir si el espíritu que hablaba en aquella mujer era celeste o diabólico. La Inquisición la formó proceso por sospechas de iluminismo ; pero como no resultaba error claro y positivo y la beata tenía altos protectores, la causa quedó indecisa. Acaeció esto en 1511. [3]
En 1529 se descubrió en Toledo una secreta congregación de alumbrados o dexados , casi todos idiotas y sin letras. Unos fueron [p. 216] condenados a azotes, otros a cárceles. El cronista Alonso de Santa Cruz nos ha dejado una larga relación de sus errores. [1]
Su doctrina era una mezcla de luteranismo y de iluminismo fanático. Decía que el amor de Dios en el hombre es Dios , y negaban el hábito de caridad infuso. Afirmaban que en el dexamiento o éxtasis se alcanzaba tal perfección, que los hombres no podían pecar mortal ni aun venialmente, y que dexado o alumbrado era libre y exento de toda potestad, y no tenía que dar cuenta de sus actos ni al mismo Dios, puesto que se dexaba o entregaba a Él. De aquí deducían el quietismo absoluto, la ineficacia de los méritos propios, de la oración vocal, de los ayunos y abstinencias, de las obras de misericordia, de todos los actos exteriores de adoración. No tomaban agua bendita, ni se hincaban de rodillas, ni veneraban las imágenes, ni oían a los predicadores; llamaban a la Hostia consagrada pedazo de massa ; a la cruz, un palo , y a las genuflexiones, idolatría . Tenían por supremo triunfo el aniquilar la propia voluntad, y en el éxtasis odexamiento resistían todos los pensamientos buenos y acariciaban los malos. No inquirían ni escudriñaban cuidadosamente los secretos de la Sagrada Escritura, sino que esperaban que Dios se los revelase. Tenía por ilícito el juramento y por interesadas las peticiones del Pater Noster .
Eran, en suma, más protestantes que los protestantes mismos, sobre todo si creemos a Santa Cruz, que les atribuye otros errores, aún más peregrinos y radicales; hasta la negación del infierno. [2] Lejos de llorar de pasión de Cristo, hacían todo placer [p. 217] y regocijo en Semana Santa. Afirmaban que el Padre había encarnado como el Hijo. Creían que hablaban con el mismo Dios, ni más ni menos que con el corregidor de Escalona . Para acordarse de nuestra Señora miraban el rostro a una mujer, en vez de mirar una imagen. Llamaban al acto matrimonial unión con Dios . La principal dogmatizadora de la secta parece haber sido una beata toledana, llamada Isabel de la Cruz, asistida por cierto Padre Alcázar.
Casi al mismo tiempo pasaba en Córdoba por santa una monja del convento de Santa Isabel de los Ángeles, de la Orden de Santa Clara, llamada Magdalena de la Cruz, natural de la villa de Aguilar. Su proceso ha sido publicado íntegro por Campán, y fuera prolijo extratar aquel cúmulo de absurdos, que sólo indirectamente pueden entrar en una historia de los heterodoxos, ya que Magdalena de la Cruz, lo mismo que la priora de Lisboa y otras [p. 218] monjas milagreras, no profesaban doctrina alguna, ni puede considerárselas como afiliadas a ninguna secta.
Magdalena de la Cruz declaró en 3 de mayo de 1546, ante los inquisidores de Córdoba y Jaén, que, siendo todavía de edad de siete años, la indujo el demonio a fingir santidad y a simular la Crucifixión. Un día el mismo Santanás se le apareció en forma de Jesús crucificado y le estigmatizó los dedos de la mano. [1] A los doce años hizo pacto expreso con dos demonios íncubos, llamados Balbán y Pitonio , que se le aparecían en diversas formas: de negro, de toro, de camello, de fraile de San Jerónimo, de San Francisco, y le revelaban las cosas ausentes y lejanas, para que ella se diese aires de profetisa. Como tantas otras monjas milagreras, Magdalena de la Cruz fingía llagas en las manos y en el costado y permanecía insensible aunque la picasen con agujas. Durante la Comunión y en la misa solía caer en éxtasis o lanzar gritos y simular visiones. Por espacio de diez o doce años fingió alimentarse no más que con la Hostia consagrada, aunque comía y se regalaba en secreto. Llevó sus sacrílegas invenciones hasta el absurdo extremo de afirmar con insistencias que había dado a luz al niño Jesús y que por su intercesión habían salido sesenta almas del purgatorio. Como buenaalumbrada , no tenía reparo en decir que era impecable y que ni a Dios mismo debía dar cuenta de sus actos, y que era santa desde el vientre de su madre. Solía declarar que no veía, como los demás, el Santísimo Sacramento en forma de Hostia, sino de cruz unas veces, y otras de niño con muchos ángeles en derredor. Aseguraba haber recibido del Salvador el don de la perpetua virginidad, y que Él le había dicho en el coro: Filia mea tu es, et ego hodie genui te . En suma: visión intuitiva, don de profecía, éxtasis e insensibilidad física, todos los síntomas de los convulsionarios, andan mezclados en la peregrina historia de esta mujer, que no fué sólo hipócrita de santidad, sino enferma de males nerviosos y casi demente. Logró crédito grande dentro de su Orden; fué elegida abadesa tres veces, en 1533, 1536 y 1539, y por espacio de treinta y ocho años casi [p. 219] todos la tuvieron por santa, hasta el inquisidor general don Alonso Manrique, que vino a verla desde Sevilla y que se encomendaba a sus oraciones. La emperatriz le mandó su retrato y las mantillas con que se bautizó su hijo, el que fué después Felipe II. Hasta en los púlpitos se la ensalzaba, y a esto contribuía el ser afable y humilde en su trato y muy discreta y oportuna en cuanto decía. Corrían de boca en boca sus vaticinios: decíase que por segunda vista había anunciado la batalla de Pavía y prisión del rey Francisco. Ella misma escribió, por encargo de sus confesores, su vida y el relato de las gracias espirituales de sus confesores, su vida y el relato de las gracias espirituales que había alcanzado.
Al fín vino a descubrirse la impostura, y en 1.º de enero de 1544 Magdalena de la Cruz fué encarcelada en el Santo Oficio de Córdoba. Vistas sus confesiones, se la declaró vehementer suspecta de herejía; y teniendo consideración a su vejez, a sus enfermedades, a la santa Orden en que había profesado, a lo espontáneo de sus confesiones y a lo sincero de su arrepentimiento, se la condenó a hacer pública abjuración de vehementi , con una cuerda de esparto al cuello y un cirio en la mano, y a vivir reclusa perpetuamente en un monasterio de la Orden, siendo la última de toda la comunidad en el coro, en el capítulo y en el refectorio, sin recibir por espacio de tres años el Sacramento de la Eucarístía, salvo en peligro de muerte, ni poder hablar con nadie, a excepción de su Prelado, vicario y confesores. La abjuración se verificó en 3 de mayo de 1546, con mucha concurrencia de grandes señores y de pueblo. [1]
III.-LA DOCTRINA DE LOS ALUMBRADOS EN EL «CATHECISMO» DE CARRANZA.-PROCESOS DE VARIOS SANTOS VARONES FALSAMENTE ACUSADOS DE ILUSIONISMO; EL VENERABLE JUAN DE ÁVILA, LOS PRIMEROS JESUÍTAS, FR. LUIS DE GRANADA, SANTA TERESA, SAN JUAN DE LA CRUZ, ETC.
Quien atentamente haya leído la censura de Melchor Cano a los Comentarios de Carranza, no habrá de advertir la [p. 220] frecuencia con que el insigne dominico nota y censura en el libro de su adversario y compañero de hábito, proposiciones de alumbrados, tanto o más que de luteranos. El menosprecio de las obras de caridad; el dar a entender que puede alcanzarse certidumbre de la gracia; la confusa y ambigua proposición de que la fe viva no sufre malas obras , en la cual se apoyaban los alumbrados para defender la impecabilidad de los justos; la proposición declarada y repetida en tantos lugares de que «para acertar en todo negocio, aun de los humanos, no hay otro camino que cierto sea, sino consultar a Dios que alumbre nuestra razón », con lo cual parece inclinarse Carranza al sistema de la inspiración interior del Espíritu Santo, que «da cognoscimiento de las cosas criadas , más claro e más limpio que por ninguna ciencia natural »; los encarecimientos del sábado perpetuo , que parecían conducir al desprecio de la vida activa, y el decir, citando mal un texto de San Pablo, que «si la razón se estuviese en su grado e no se abatiesse a las bajezas de la carne, quedaría el hombre… sin pecado, aunque ardiesse la sensualidad en sus pasiones, como en vivas llamas»; todo esto es calificado por Melchor Cano de doctrina de alumbrados. «E de esta doctrina que el autor aquí pone, se persuadían los alumbrados del reino de Toledo, hijos de los Begardos o Beguinos, que los perfectos no tenían necesidad de la oración vocal ni de señales e ceremonias exteriores, porque están tan bien dispuestos de dentro que las voces e señales de fuera no les ayudan, antes en alguna manera le son impedimento.»
Y, en efecto, Carranza, hablando de la oración vocal y de las ceremonias sensibles, llega a decir, los mismo que los herejes de Toledo, que «alcanzado el fin, cesan los medios», y que los perfectos «no tienen necesidad de andar con estos instrumentos».
Sabiamente advierte el autor De Locis Theologicis que no han de hacerse en términos tan generales, como quería Carranza, las ponderaciones de la vida contemplativa, porque el error de los alumbrados en esta parte procedía de dar como regla general lo que era útil en dos o tres casos particulares, y tratándose de almas favorecidas con extraordinarios dones espirituales y muy adelantadas en la vía de la perfección.
De aquí el que los varones prácticos y prudentes dieran en tener por peligros los libros místicos en lengua vulgar, cosa [p. 221] que hoy nos parece extremada, y hace que muchos declamen contra la Inquisición al ver escrito, por ejemplo, en sus primeros Índices el nombre de Fr. Luis de Granada. Pero si se atiende a la malicia y peligros de aquellos tiempos, en que una tras otra surgían congregaciones de fanáticos y hordas de contemplativos en Toledo, en Llerena, en Sevilla, se juzgarán con más indulgencia las prohibiciones de Valdés, aunque sean la de la Guía de Pecadores y el Tratado de la Oración y Meditación, en sus primeras ediciones. Ya nos advierte Melchor Cano que «fray Luis de Granada pretendió hacer contemplativas e perfectos a todos e enseñar al pueblo en castellano lo que a pocos dél conviene, porque muy pocos pretenderán ir a la perfección por aquel camino de fray Luis, que no se desbaraten en los ejercicios de la vida activa competentes a sus estados. E por el provecho de algunos pocos dar por escripto doctrina en que muchos peligran… siempre se tuvo por indiscreción perjudicial al bien público e contraria al seso y prudencia». [1]
Todo esto nos parece algo sacado de quicios, y no puede negarse que la aspereza natural de su condición, la extremosidad de su índole y quizá algún oculto resentimiento de intra claustra , guiaban la pluma de Melchor Cano. Si no, ¿como hubiera afirmado que los libros de Fr. Luis contenían doctrinas de alumbrados y otras contrarias a la fe y religión católica? … Pero disculpable es alguna exageración en los que veían de cerca el peligro. No se les censure con demasiada dureza si alguna vez arrancaron con la cizaña el trigo, y atentos sólo a desarraigar la embriaguez contemplativa, el falso misticismo, enervador de la voluntad, lepra del alma, fuente del orgullo y de la insania, hirieron a veces el misticismo verdadero y procesaron, acabando siempre por reconocer su inocencia, a doctos y piadosos varones, venerados hoy algunos de ellos en los altares.
Así fué encarcelado por breves días en Sevilla el venerable Juan de Ávila, apóstol de Andalucía; pero pronto se reconoció la pureza de su vida y la buena doctrina de sus sermones, y el inquisidor Manrique, que mucho le admiraba, no sólo mandó ponerle en libertad, sino que le hizo predicar un día de fiesta en [p. 222] la iglesia de San Salvador. «Y en apareciendo en el púlpito, comenzaron a sonar las trompetas con grande aplauso y consolación de la ciudad», dice Fr. Luis de Granada. [1] Y tuvo el Maestro Ávila por dichosa esta prisión, afirmando que en ella había aprendido más que en todos los años de estudio.
Entre las tribulaciones suscitadas contra la Compañía de Jesús, muy desde sus comienzos, no fué la menos grave la acusación dealumbrados , que recayó hasta en el santo fundador y en muchos de los primeros y más esclarecidos varones de la Compañía. Y eso que en pocas partes puede aprenderse tan bien como en el libro de los Ejercicios de San Ignacio la diferencia entre el bueno y el mal espíritu, el verdadero y el engañoso: como que el conocimiento que allí se da no es tanto especulativo como práctico, y más que para saber, para obrar.
Con todo eso, hubo sospechas de la doctrina de San Ignacio, y ya cuando estudiaba en Alcalá, en 1526, hicieron pesquisa y comenzaron a formar proceso los inquisidores de Toledo; pero no hallando culpa, no se pasó adelante por entonces, contentándose el vicario general, licenciado Juan de Figueroa, con advertir a él y a sus tres compañeros que mudasen de hábito y no vistiesen de sayal, para no dar en ojos con la novedad a la gente de las escuelas. Más adelante, y por fútiles pretextos, el vicario tuvo en las cárceles eclesiásticas a Ignacio y a los suyos no menos que cuarenta y dos días, aunque a la postre hubo de reconocer su inocencia, mandándoles sólo que en cuatro años se abstuviesen [p. 223] de enseñar al pueblo las cosas de la fe, pues aún no había estudiado teología. [1]
De Alcalá fué el Santo a Salamanca, donde el Vicario y parte de los Dominicos de San Esteban comenzaron a murmurar de su doctrina y a reprenderle, porque no siendo teólogo, hablaba en público de las cosas de la fe. De aquí deducían temerariamente que San Ignacio debía de ser alumbrado y moverse por espíritu fanático, y creer que tenía revelaciones del Espíritu Santo. Le delataron, pues, al provisor del Obispo (bachiller Frías), que no sólo le encarceló, sino que le trató durísimamente en la prisión, cargándole de grillos y cadenas. Ignacio entregó el libro de los Ejercicios para que se examinara y calificara su doctrina. Cuatro jueces, «hombres todos graves y de muchas letras», vieron el libro e interrogaron a San Ignacio sobre cosas de teología muy recónditas y exquisitas: a las cuales respondió con admirable discreción y sabiduría. A los veintidós días de prisión se le puso en libertad, reconociéndose en la sentencia que «era hombre de vida y doctrina limpia y entera, sin mácula ni sospecha, y que podía enseñar al pueblo, como antes lo hacía, y hablar de las cosas divinas»; guardándose sólo de meterse en muchas honduras, como, v. gr., declarar la diferencia entre el pecado mortal y venial, hasta que hubiese estudiado cuatro años de teología. San Ignacio contestó que obedecería sólo mientras estuviese en la jurisdicción de Salamanca, pues no era justo que por una parte se declarase inculpable su vida y buena su doctrina, y por otra se le quitase la facultad de hablar libremente de las cosas de Dios. «Y pues él era libre y señor de sí para ir donde quisiese, él miraría lo que le cumplía.» [2]
Y, en efecto, fué a estudiar a la Soborna de París, y allí prosiguió aconsejando y doctrinando a los estudiantes, sobre todo los españoles. Con esto volvió a levantarse contra él la borrasca [p. 224] pasada, y tornó a ser denunciado al inquisidor general Mateo Ory. Pero los cargos eran niñerías y vanidades, y con presentarse espontáneamente Ignacio a dar cuenta de su doctrina al inquisidor, y someter a su examen el libro de los Ejercicios , de que Ory gustó tanto que hizo copiarle para sí, se sosegó la tormenta, logrando San Ignacio un testimonio público de su inocencia. [1]
Pero aún tuvo que pasar por más duras pruebas el santo fundador. En Venecia le acusaron sus émulos de «hereje iluminado y fanático, fugitivo de España, donde le habían quemado en estatua, y preso también en París». Hízose una información judicial, y todo aquel cúmulo de falsas suposiciones vino a tierra. el Nuncio apostólico, Hierónimo Veralo, dió al Santo un nuevo testimonio de la entereza de su vida y doctrina. [2]
Todo esto no bastó para aquietar a los émulos de la naciente Compañía, que en Roma, y en 1538, reprodujeron con más vigor sus antiguas acusaciones. Predicaba allí un fraile agustino, llamado Agustín Piamontés, sembrando en sus sermones no pocos yerros luteranos. Hacíanle la contra los Jesuítas, y enojados con esto ciertos caballeros españoles, amigos del fraile, determinaron vengarse de ellos, tomando por instrumento de su venganza a un estudiante de París, a quien decían Miguel, amigo falso de San Ignacio. Comenzó a murmurar Miguel de los Ejercicios Espirituales , y aun arrojóse a decir que Íñigo era hombre perdido y facineroso; que en España, en París y en Venecia, había sido tres veces condenado por hereje. Conoció el fundador que aquello no era menos que ardid de Satanás para ahogar la Compañía en sus principios, y dispúsose a la resistencia, logrando probar su inocencia en términos que el acusador Miguel fué desterrado de Roma por sentencia del gobernador, y los demás se retractaron públicamente ante el Cardenal de Nápoles, creyendo los jueces que con esto podía acabarse el pleito, aunque no se diera sentencia. Pero otros eran los pensamientos de San Ignacio, que derechamente se fué al Papa, y logró que se hiciera información de testigos, que lo fueron el Vicario Figueroa, que le había preso y absuelto en Alcalá, el Inquisidor Ory, y el doctor Gaspar de [p. 225] Doctis, su juez de Venecia. Y vistos, además, los públicos instrumentos y sentencias que presentó Ignacio de España, París, Venecia, Vicenza, Bolonia, Ferrara y Sena, en favor de él y de sus compañeros, los absolvió en toda forma el gobernador Bernardino Corsini, declarando vanas y de toda verdad ajenas las cosas que se les imputaban, y a ellos hombres de mucha virtud y muy buenos . El fraile causa de esta tempestad acabó por hacerse luterano, y lo mismo dos de los acusadores, viniendo el uno a morir en las cárceles de Roma, arrepentido y consolado por los Padres de la Compañía, en 1559. [1]
Llorente afirma [2] que también el segundo prepósito general, Diego Lainez, fué delatado a la Inquisición por luterano y alumbrado; pero nadie hizo caso de tal delación. Lo que parece es que los agentes del Arzobispo Valdés en Roma hablaban mal de Lainez, y querían mezclarle en la causa de Carranza. Así resulta de una carta del Padre Rivadeneyra a Antonio Araoz, fecha en 1.º de agosto de 1566, que Llorente cita sin decir de dónde la toma, según su costumbre. Y tan leve fundamento le basta para escribir el nombre de Lainez en el catálogo de los sabios y piadosos varones procesados por la Inquisición; como si fuera lo mismo recibir una delación y no darla curso que procesar. Verdad es que pone también a San Ignacio, que jamás tuvo que ver con la Inquisición, sino con tribunales eclesiásticos ordinarios, y tres de ellos fuera de España. Con tal conciencia escribía aquel secretario del Santo Oficio.
Tampoco a San Francisco de Borja, tercer General de la Orden, procesó la Inquisición; porque no son proceso las declaraciones de algunos protestantes de Valladolid que trataron de comprometerle, ni menos las hablillas y rumores de Melchor Cano y de los agentes del Arzobispo Valdés en Roma. Sabido es que el egregio Obispo de Canarias tuvo toda su vida odio y animadversión loca contra los Jesuitas, y que su poderoso entendimiento se cegó hasta el extremo de decir en carta a Fr. Juan de Regla, confesor de Carlos V, que «aquéllos eran los alumbrados [p. 226] y dexados que el demonio tantas veces sembró en la Iglesia, desde los gnósticos hasta ahora».[1]
Pero de estas ferocidades de Melchor Cano no participaba la Inquisición, ni tampoco la Orden de Santo Domingo, en la cual tenía el naciente Instituto, a la vez que acérrimos contradictores, amigos entusiastas. Nadie lo era tanto como Fr. Luis de Granada, que escribiendo a un jesuíta en 31 de marzo de 1556, se quejaba así de la escandalosa agresión de su sabio e intemperante hermano de hábito: «Lo que aquel Padre toma por medio para abatirlos, toma Dios por remedio para levantarlos, y más verdad es que él barbecha para Vuessas Reverencias que Vuessas Reverencias para el Antecristo… Yo no tendría por inconveniente que por parte del Consejo de la Inquisición se pusiesse silencio a persona que escandaliza el pueblo, poniendo boca en estado que la Iglesia tiene tan aprobado y llamando uñas del Antecristo a los que no puede probar que son herejes.»
Nadie fué acusado de iluminismo con tanta porfía y tenacidad como Fr. Luis de Granada. Y se comprende: era el más notable de los místicos que hasta entonces habían escrito en lengua castellana, y todo libro de mística en romance parecía sospechoso. Pero es falso que la Inquisición le procesara. Lo que aconteció fué lo siguiente.
Por los años de 1586 gozaba fama grande de santidad en Lisboa Sor María de la Visitación, priora del convento de la Anunziada. [2]Tenía largos éxtasis, decía haber recibido especiales [p. 227] favores de la Divinidad y mostraba, en pies, manos y costado, siete llagas o marcas rojas, que todos los viernes se abrían y manaban sangre; las cuales llagas le había impreso con rayos de fuego Cristo crucificado. Todos los jueves, al Ave-María, sentía en su cabeza los dolores de la corona de espinas. Veíanse en torno de la dicha monja extraños resplandores y claridades. A veces, como arrebatada por sobrenatural poder, se levantaba del suelo durante la oración y quedaba suspensa en el aire. Y otras cien maravillas a este tenor. No era alumbrada , sino embustera: las llagas eran simuladas y la santidad fingida; pero casi todos le dieron crédito, y como tantos otros, fray Luis de Granada, que era un santo varón, tan cándido como elocuente, incapaz de sospechar tanta hipocresía y maraña. Y lo que él sentía díjoselo a otros de palabra y por escrito, contribuyendo a aumentar con su reputación de virtud y ciencia, y su autoridad de provincial de Santo Domingo, el crédito de santidad de aquella monja.
No todos los que entraron en este negocio pecaban de igual candidez, y dícenos expresamente Fr. Agustín Salucio que había en el fondo de toda aquella milagrería un fin político y anticastellano, pretendiendo los adversarios de la sucesión de Felipe II dar crédito de profetisa a aquella mujer y valerse de ella para sus planes. [1]
Al fin la Inquisición entró en sospechas, y algunas monjas de su propio convento delataron a Sor María. El Cardenal Alberto mandó hacer una averiguación, y aunque la priora estuvo en [p. 228] un principio negativa, acabó por confesar de plano que parte de las llagas eran pintadas y que otras se las abría con un cuchillo, y que todas sus revelaciones, suspensiones y arrebatamientos eran ficción y trapacería suya para deslumbrar a los incautos.
En 7 de noviembre de 1588 se la condenó a privación del cargo de priora y de voz activa y pasiva en su comunidad; a cárcel perpetua en un monasterio fuera de Lisboa y a ciertos ayunos, disciplinas y rudas penitencias. Parece que se arrepintió de todo, e hizo desde entonces muy loable vida. Y como había cundido tanto la fama de su santidad, y hasta se habían pintado cuadros de ella con las llagas, mandáronse quitar y borrar, así como recoger todos los papeles, escrituras y reliquias que ella daba y los suyos habían divulgado.
La tribulación de Fr. Luis de Granada fué grande. Él y Fray Juan de las Cuevas y Fr. Gaspar de Aveiro, confesor de la priora, habían examinado las llagas en 25 de noviembre de 1587 y las habían declarado reales y verdaderas [1] sin sospecha de engaño ni falsía. Realmente, Fr. Luis no vió a la monja, porque estaba casi ciego, y su buen deseo y sencillez le engañaron. Quiso, con todo eso, dar pública muestra de su desengaño, y escribió el admirable Sermón de las caídas públicas , sobre el texto de San Pablo: «Quis infirmatur et ego non infirmor? Quis scandalizatur et ego non uror?», que parece haber sido la postrera de sus obras, aunque no es producción de entendimiento ni de estilo cansados. «Dos males, dice el Tulio español, se siguen cuando alguna persona de reputación de virtud cae en algún error o pecado público. El uno es descrédito de la virtud de los que son verdaderamente buenos, pareciendo a los ignorantes que no se sabe fiar de ninguno, pues éste que lo parecía vino a dar tan gran caída. El otro es desmayo y cobardía de los flacos, que por esta ocasión vuelven atrás o desisten de sus buenos ejercicios. Y en estos casos, así como son diversos los juicios de los hombres, así también lo son [p. 229] sus afectos y sentimientos, porque unos lloran, otros ríen, otros desmayan; lloran los buenos, ríen los malos y los flacos desmayan y aflojan en la virtud, y el común de las gentes se escandaliza.»
Pocas veces se ha escrito con más elocuencia sobre el pecado de escándalo, especialmente en las caídas de personas religiosas. Los efectos del sermón, aunque no llegó a pronunciarse, fueron admirables para alentar a los flacos y tibios. Pocos días después de haberle acabado, en 31 de diciembre de 1588, expiraba santamente Fray Luis de Granada, sin que antes ni después de su muerte molestara la Inquisición su persona ni su memoria, ni fuera obstáculo nada de esto para que se entablara su proceso de beatificación. De sus primeros libros, vedados en el Índice de Valdés, hablaremos en otra parte. Y ahora es de añadir que fué el venerable granadino muy amigo del Santo Oficio, y de él escribió hermosamente en el mismo Sermón de las caídas , que «era muro de la Iglesia, columna de la verdad, guarda de la fe, tesoro de la religión cristiana, arma contra los herejes, lumbrera contra los engaños del enemigo y toque en que se prueba la fineza de la doctrina, si es falsa o verdadera».
Y piedra de toque fué también para la doctrina de la sublime reformadora del Carmelo. Suele decirse, con pasión y sin fundamento, que la Inquisición persiguió a Santa Teresa. Esta persecución es tan fabulosa como las anteriores. Lo que tubo fueron, denuncias, exámenes y calificaciones, de que ni Santa Teresa ni nadie puede librarse, porque a nadie se le canoniza en vida, y porque la Iglesia, única maestra y regla de fe, aún no había sentenciado ni aprobado su espíritu. Y cuando pululaban los alumbrados y las alumbradas y el fanatismo místico quería alzar la cabeza en los conventos de monjas, natural era que se examinase despacio la enseñanza de una mujer que discurría de palabra y por escrito sobre las más sutiles cuestiones de teología mística. No juzguemos por nuestras impresiones y devociones de hoy, sino pongámonos en el siglo XVI, y la conducta de la Inquisición nos parecerá prudentísima.
Cuando comenzaba la fundación del contento de San José de Ávila, vinieron algunos con mucho misterio a decir a Santa Teresa «que andaban los tiempos recios», y que podría ser que la [p. 230] delatasen a los inquisidores. «A mí, añade la Santa, me cayó esto en gracia y me hizo reír… y dije que de eso no temiesen, que harto mal sería para mi alma si en ella hubiese cosa que fuese de suerte que yo temiese la Inquisición; que si pensase que había para qué, yo me la iría a buscar, y que si era levantado, que el Señor me libraría y quedaría con ganancia.» (Capítulo XXXIII de su Vida .)
Cierto es que la Inquisición tuvo recogido el libro de su Visa; pero conviene aclarar el cómo y por qué. Santa Teresa había escrito suVida en 1561 por mandato de su confesor, Fr. Pedro Ibáñez, y tornó a escribirla con muchos aumentos en 1565. El manuscrito anduvo en poder de varias damas de la corte. Quiso verle la voluntariosa y liviana princesa de Éboli, y le guardó con tan poco recato, que hasta sus pajes y dueñas le leyeron e hicieron mucha risa de las visiones y éxtasis de la Santa. Más adelante, la de Éboli se enojó con Santa Teresa y sus monjas, que de resultas salieron de Pastrana, y para vengarse de ellas delató el libro a la Inquisición de Toledo. Allí estuvo diez años, y fué examinado por Fr. Fernando del Castillo y otros teólogos, que nada malo encontraron. En 1588 le imprimió Fr. Luis de León por una copia que tenía la duquesa de Alba. El original que estuvo en la Inquisición es el mismo que hoy se conserva en El Escorial [1] en el camarín de las reliquias.
De la persecución suscitada en 1578 contra las Carmelitas descalzas de Sevilla, discípulas de Santa Teresa, nos dejó escrita larga relación la venerable priora María de San José. Atribúyela en parte a la enemistad de los Padres Calzados contra el Padre Gracián y la reforma carmelitana, y en parte a la delación de una novicia, que estando para profesar salió de la Orden y de acuerdo con ciertos clérigos, acusó a Santa Teresa y a sus monjas de alumbradas , en tiempo en que se habían levantado los herejes de Llerena. «Habíanos dejado nuestra Madre, prosigue María de San José, un confesor clérigo, siervo de Dios, aunque ignorante, confuso y sin letras ni experiencia… Le comencé a ir a la mano en algunas cosas en que se entremetía en el gobierno [p. 231] del convento… Y él andaba desbaratándome la casa y libertando a las monjas de la obediencia.»
Este clérigo, y con él dos monjas, «la una lega y la otra simplecilla», dieron nuevos memoriales a la Inquisición y al provincial contra Santa Teresa, María de San José y el Padre Gracián. «Y estaban ya los mantos en casa, porque entendieron que, en llegando los papeles luego nos mandarían ir… Y supimos que por momentos aguardaban que viniesen por nosotras, a lo menos por mí… Nuestro Señor me dió tan buen ánimo que estaba deseando llegase aquella hora… Al fin como debían de ser las cosas como las que la otra había dicho, y ya las habían averiguado, no hicieron caso de ellas.» [1]
Esta fué toda la persecución inquisitorial contra Santa Teresa y sus monjas, ya que las discordias entre Descalzos y Calzados no hay para qué hablar aquí, por ser rencillas domésticas y no cuestiones de ortodoxia. La acusación de alumbrado se había convertido en un lugar común, y salió a relucir contra todos los reformadores del Carmen. San Juan de la Cruz fué delatado tres o cuatro veces a las Inquisiciones de Toledo, Sevilla y Valladolid; pero jamás encarcelado ni molestado por el Santo Oficio, y sí únicamente por los frailes mal avenidos con la reforma. Ni la Inquisición puso tacha ni mácula en su doctrina ni en sus escritos, con ser una y otros del más recondito y extraordinario misticismo y más expuesto a torcidas interpretaciones.
Sólo el paso consignaré que émulos ignorantes o maldicientes pusieron también la consabida tacha a San José de Calasanz, fundador de las Escuelas Pías; al ilustre místico jesuíta Baltasar Álvarez, y al Beato Patriarca de Valencia, don Juan de Ribera.
[p. 232] IV.-LOS ALUMBRADOS DE LLERENA.-HERNANDO ÁLVAREZ Y EL PADRE CHAMIZO.-CUESTIONES DEL PADRE LA FUENTE CON LOS JESUÍTAS
«En tiempo del Obispo D. Fr. Martín de Córdoba, escribe el dominico Fr. Alonso Fernández, elegantísimo historiador de Plasencia, [1] se levantó una gente de Extremadura, en la ciudad de Llerena y pueblos comarcanos, que engañada de las leyes bestiales de la carne y nueva luz que fingían, persuadieron a los simples ignorantes ser el verdadero espíritu el errado con que querían alumbrar las almas de sus secuaces. Por eso se llamaron alumbrados … Con mortificaciones, ayunos y disciplinas fingidas comenzaron a sembrar su maldad: que es arte nueva sacar de las virtudes veneno.»
Fueron corifeos de esta secta ocho clérigos seculares: los dos principales se llamaban Hernando Álvarez, vecino de Barcarota, y el Padre Chamizo. La doctrina que afectaban profesar se reducía a recomendar a sus secuaces una larga oración y meditación sobre las llagas de Cristo crucificado: de la cual oración, hecha del modo que ellos aconsejaban, venían a resultar «movimientos del sentido, gruesos y sensibles», ardor en la cara, sudor y desmayos, dolor de corazón, sequedades y disgustos, y por fin y postre de todo, movimientos libidinosos, que aquellos infames llamaban «derretirse en amor de Dios». Yo creo que en todo esto no hay más que lujuria pura, y que para explicar la producción [p. 233] de estos síntomas eróticos, tan semejantes a los que se describen en la segunda oda de Safo, no es menester admitir el empleo del magnetismo animal , a que hoy acuden algunos, ni la magia , con que quiere explicarlo fray Alonso de la Fuente; por más que entre los fenómenos producidos en el estado de alumbramiento haya ciertas «visiones y revelaciones prodigiosísimas», que se asemejan no poco a la segunda vista de los magnetizados modernos.
Una vez alcanzado el éxtasis, el alumbrado tornábase impecable, y le era lícita toda acción cometida en tal estado. El toque de esta grosera y brutal enseñanza, si tal puede llamarse, estaba en suponer que la gracia viene al alma por señales sensibles. Como todos los demás fanáticos antiguos y modernos, condenaban los alumbrados de Llerena las Órdenes religiosas, los ayunos eclesiásticos y todo linaje de ceremonias exteriores. Eran gnósticos, y pretendían saber ellos solos el camino de la virtud y los misterios de la oración. Pensaban mal del estado del matrimonio, y se entregaban a todo género de feroces concupiscencias y actos impuros, con cuya relación no he de ofender ni molestar los oídos de mis lectores, siquiera por cuestión de estética y de buen gusto. Era frecuente que aquellos perversos clérigos solicitasen de amores a sus penitentes hasta en el mismo confesonario. Del Padre Chamizo se refieren en su proceso hasta treinta y cuatro víctimas.
Las afiliadas de la secta vestían de beatas: con tocas y sayal pardo. Andaban siempre absortas en la supuesta contemplación, mortecinas y descoloridas, y «sentían un ardor terrible que las quemaba, y unos saltos y ahincos en el corazón que les atormentaban, y una rabia y molimiento y quebrantamientos en todos su huesos y miembros que las traía desatinadas y descoyuntadas… y veían y sentían extraños ruidos y voces». [1] El Padre Álvarez les certificaba que aquello era efecto y misericordia del Espíritu Santo, y llevando a sus últimos límites la profanación y el sacrilegio, comulgaba diariamente a sus beatas con varias hostias y [p. 234] partículas, porque decía que «mientras más Formas más gracia» y que no duraba la gracia en el alma «más de cuanto duraban las especies sacramentales».
Además de Hernando y Chamizo figuraban en la abominable secta Juan García, clérigo de Almendralejo; el bachiller Rodrigo Vázquez, cura de la Morera; el Dr. Cristóbal Mejía, clérigo de Cazalla; un franciscano de Valladolid llamado Fr. Pedro de Santa María, que no debía de estar para muchas lozanías, pues contaba más de sesenta y tres años; un cura de Zafra, Francisco de Mesa, hombre impío y desalmado, que decía, hablando de la pasión de Cristo: «¿A qué andarnos cada día con la muerte de ese hombre?», y servía de rufián a los demás alumbrados, sin perjuicio de dedicarse, por vía de pasatiempo, al latrocinio; otro clérigo, también zafreño, llamado Francisco Gutiérrez, cuya estupidez llegaba hasta el colmo de afirmar que veía la esencia divina en forma de buey, y el bachiller Hernando de Écija, para quien una beata recién comulgada era tan adorable como el Sacramento.
Entre las Filumenas y Priscilas de la secta, menciónase a una especie de Celestina, llamada Mari-Gómez, viuda de Francisco García, de Barcarota, la cual estableció un secreto conventículo, o, mejor dicho, burdel, en Zafra. Y entre los más entusiastas propagandistas, a un zapatero de Llerena, Juan Bernal, que se atrevió a ir a la Corte y presentar al Rey un memorial en defensa de los alumbrados.
El nombre de secta o el de herejía parecen demasiado blandos para semejante gavilla de facinerosos, que realmente sólo querían vivir a sus anchas y regodearse como brutos animales. «Por qué el turco no verná y ganará a España, para que viva cada uno como quiera?», decía el bachiller Rodrigo Vázquez. Y aquí está toda la filosofía de la secta, y la de muchas otras que creen lo mismo que aquellos ignorantes y salvajes clérigos extremeños, aunque por pudor no lo confiesen, a lo menos con tan sórdido cinismo y poca literatura como ellos.
El descubridor de esta lepra social, nuevo azote de la despoblada Extremadura, fué un fraile dominico llamado Fr. Alonso de la Fuente. Combatía en un sermón a los alumbrados, y una mujer de Llerena que le oía, se levantó como loca, y en altas voces dijo: «Padre, mejor vida es la destos, y más sana doctrina [p. 235] que la vuestra.» El Santo Oficio la prendió en seguida, y por sus declaraciones vino a dar con los demás cómplices. Y como éstos eran muchos y el negocio requería prontitud y sigilo, fué encargado de la causa el Obispo de Salamanca, don Francisco de Soto, inquisidor que había sido de Córdoba, Sevilla y Toledo. Los alumbrados, a quienes poco importaba un crimen más sobornaron a su médico e hicieron que le envenenase, muriendo de resultas en Llerena el 21 de enero de 1578, según publica su epitafio en la iglesia de Santo Tomás de Ávila. Con todo eso, se procedió eficazmente en la pesquisa y en la sustanciación de las causas, y fueron condenados a diversas penas de reclusión, cárceles perpetuas, azotes y pública vergüenza todos los herejes hasta aquí citados.
Pero no se detienen aquí las cosas, porque el acusador, fray Alonso de la Fuente, era un fraile vulgar, lleno de preocupaciones de convento y de Universidad, corto de entendimiento, arrebatado y extremoso y, sobre todo, enemigo mortal de los Jesuítas, que él llamaba Teatinos . Y asiendo la ocasión por los cabellos quiso complicar a los Padres de la Compañía en el vil negocio de los alumbrados, todo por absurdas cavilaciones y mala voluntad y flaqueza de magín suya. Y no entiendo sino ponerse en camino para Lisboa y dar a los inquisidores de aquel reino, y al Cardenal Alberto y al provincial de Santo Domingo, una serie de memoriales contra los Jesuítas y contra Fr. Luis de Granada, con todo y ser dominico. [1]
Venía a decir el Padre La Fuente, en muy indigesto y ramplón estilo, que la doctrina de los alumbrados y sus ejercicios eran los mismosejercicios y doctrina de la Compañía de Jesús ; que los unos hacían larga oración y también los otros; que un [p. 236] jesuíta de Plasencia evocaba los demonios cuando sus penitentes querían; que los Teatinos eran magos y hechiceros y tenían pacto expreso con el demonio; que sentían mal de las demás religiones y procuraban desacreditarlas; que revelaban secretos de confesión; que no ayunaban más que lo forzoso; que tenían por sucio e indecente el hábito religioso, etc., etc. Y acababa diciendo: «Esta persecución es la más subtil y más grave que jamás ha padecido la Iglesia. Está tan secreta y escondida y dissimulada en los corazones destas gentes, que si Dios no haze milagro casi no se puede descubrir.»
El Cardenal Infante, que era muy amigo de los Jesuítas, mandó recoger los tres memoriales y los envió a Felipe II, al inquisidor general de Castilla y al Nuncio de Su Santidad, con cartas suyas, en que pedía ejemplar castigo contra aquel fraile sedicioso y levantisco, calumniador y difamador de la Compañía. Fué con esta embajada un secretario del Cardenal Infante, dicho Manuel Antúñez, sacerdote viruoso y docto. El rey de España remitió las cartas al Supremo Consejo de la Inquisición, que impuso una reprimenda al fraile, le hizo retractarse y le mandó recluso al convento de Porta-Coeli de Sevilla, prohibiéndole predicar ni tratar cosa alguna contra la Compañía, ni volver a entender en cosas del Santo Oficio. Pero el Cardenal no se dió por satisfecho, y solicitó que el castigo del fraile y el desagravio de la Compañía fuesen públicos y ejemplares, porque los memoriales de Fr. Alonso habían cundido mucho y «todos los Inquisidores de Castilla y los consultores, obispos y provisores habían tenido siniestra relación contra los jesuítas». Hizo que la Inquisición de Portugal reclamara al reo y hasta pretendió que su causa se viese en Roma o, a lo menos, por el Nuncio apostólico en Madrid. Felipe II, muy celoso de los privilegios del Santo Oficio, se resistió [p. 237] tenazmente, «porque era abrir la puerta para que otros tomasen este medio, lo cual redundaría en menoscabo y detrimento de la Inquisición de España». Entretanto murió Fr. Alonso de la Fuente, y uno de los jesuítas que refutaron su memorial escribe con cristiana caridad al fin de su respuesta: «Al autor de los memoriales perdone Dios y tenga en su gloria, que escriviendo esto supe que había muerto, y de repente. Plegue al Señor no haya sido para su condenación este negocio, que tal manera de muerte mala señal es.»
Por de contado que todas las diatribas de Fr. Alonso contra los Jesuítas eran absurdas, y ellos las deshicieron sin dificultad. Baste decir que entre todos los procesados de Llerena no hay un solo jesuíta ni cosa que se le parezca, ni allí había existido nunca colegio ni casa de la Compañía, ni apenas eran conocidos los discípulos de San Ignacio como predicadores o confesores.
Fuera de esto, ¿cuándo en las meditaciones espirituales de la Compañía, en sus reglas y avisos acerca de la oración, se habló nunca de regalos ni de deleites sensibles? ¿Y no era absurdo sostener, como el obcecado dominico, que la meditación y consideración no son para gentes seglares? Atinadamente responden los Padres que «quitar el uso de la consideración a los hombres es quitarles el ser de hombres, y, por consiguiente, quitarles el uso de considerar los misterios de Christo y de la vida christiana es quitarles el ser hombres christianos.» Y en cuanto a los entendimientos y liviandades, claro se ve que proceden, no de la contemplación, sino de malicia propia. «El ruin, vil y sucio trato con las penitentes, añaden los Padres, saben los señores del Santo Oficio cuán lejos está de la Compañía por la divina bondad.» Y tan verdad es esto, que entre tantos procesos como existen de confesores solicitantes, no recuerdo haber visto ninguno de jesuítas.
Del tan decantado secreto de la Compañía escriben que «su doctrina, que es la cristiana, no es doctrina de rincones, aunque convenga tener discreción en el modo de enseñar, porque unas cosas son para gente docta y de entendimiento, otras para gente simple y de menos habilidad…, unas para gente aprovechada en virtud, otras para gente que comienza, y al fin cosas hay que para personas espirituales son de grande provecho, y para quien no adelgaza tanto serían de grandísimo daño».
[p. 238] Pero, en fin, ¿qué poda decir de la Compañía el que ignoraba hasta su nombre? ¿Qué de mística el que llamaba a Fr. Luis de Granada uno de los principales alumbrados?
¡Lástima que la mayor parte de los documentos que se refieren a la herejía de Llerena carezcan de fechas! Uno de los memoriales de fray Alonso es de 28 de marzo de 1576, y el Obispo Fray Martín de Córdoba, en cuyo tiempo se levantaron los alumbrados, ocupó la silla placentina desde 1574 a 1578. En estos cuatro años podemos colocar prudencialmente todos los sucesos narrados.
La secta no murió del todo en Extremadura. Hay una relación, sin fecha, pero que parece ser del siglo XVII, de un autillo celebrado en Llerena contra un religioso descalzo, llamado Fray Francisco de la Parra, no por Molinosismo, como dice la relación, sino por pura y simple lujuria, y solicitando en el acto de la penitencia, aunque para ahuyentar escrúpulos decía a sus hijas de confesión que Dios le había quitado todos los afectos y pasiones de hombre, y que nada había en sus acciones de pecaminoso, antes con la unión del cuerpo se unían los espíritus con Dios y se fortalecían en su servicio. Tras esto se refieren en la sentencia otros mil indecentes disparates. Se le condenó a reclusión por diez años en un convento de su orden, a privación absoluta de licencias y a sufrir en el refectorio una tanda de disciplinazos que los demás frailes le administraron. [1]
Llerena debió de ser en tiempos antiguos un foco de inmoralidad y de herejía. Su población era muy mezclada de judaizantes y moriscos, y son antiguos allí los procesos inquisitoriales. Y por otra parte, ha notado con discreción el Sr. Barrantes que la despoblación y rudeza que cayó sobre Extremadura después de la conquista de América, a donde se trasplantó lo más granado de aquella generosa comarca, hacía que los hombres escaseasen de tal suerte, que nada tiene de extraño ni de inverosímil el estrago que aquellos clérigos soeces hicieron entre las pobres mujeres de la tierra. Duras son, y repugnantes de decir, estas cosas; pero la historia es historia.
[p. 239] V.-LOS ALUBRADOS DE SEVILLA.-LA BEATA CATALINA DE JESÚS Y EL PADRE VILLALPANDO.-EDICTO DE GRACIA DEL CARDENAL PACHECO.-EL PADRE MÉNDEZ Y LAS CARTAS DE DON JUAN DE LA SAL, OBISPO DE BONA.-IMPUGNACIONES DE LA HEREJÍA DE LOS ALUMBRADOS POR EL DR. FARFÁN DE LOS GODOS Y EL MAESTRO VILLAVA.
También en Sevilla arraigó la secta. La influencia enervadora del clima, la soltura y ligereza de costumbres, la exaltación de la fantasía en las provincias meridionales, el influjo de la Reforma, cuyos estragos en las orillas del Betis hemos ya narrado, fueron causas eficacísimas para que arraigara y fructificara la venenosa planta de los alumbrados . Con ellos andaban mezclados los confesores solicitantes, máquina la más sutil que el demonio pudo imaginar contra el Sacramento de la Penitencia.
En 1563 comenzó a descubrirse esta plaga, y la Inquisición publicó un edicto de delaciones en el término de treinta días. Y entonces, según refiere Cipriano de Valera (de cuya narración hay, sin duda, que rebajar mucho, por hereje, falsario y maldiciente),«fué tanta la multitud de mujeres que de sola Sevilla iba a la Inquisición, que veinte notarios, con otros tantos inquisidores, no bastaran para tomar las declaraciones… Muchas honestas matronas y señoras de calidad tenían dentro de sí gran guerra: por una parte, el escrúpulo de conciencia de incurrir en la sentencia de excomunión que los inquisidores habían puesto a las que no denunciasen, las movía a ir: por otra parte, tenían miedo de que sus maridos se harían celosos, teniendo mala sospecha dellas… Pero, al fin, disimuladas y rebozadas, conforme a la costumbre del Andalucía, iban lo más secretamente que podían a los inquisidores… Por otra parte, era de reír ver a los padres de confesión, clérigos y frailes, andar tristes, mustios y cabecicaídos por la mala conciencia, esperando cada hora y momento cuándo el familiar de la Inquisición les había de echar la mano». [1]
[p. 240] El mal había cundido de tal manera, que la Inquisición tuvo que dejar a muchos sin castigo, aunque la impunidad no fuera tanta como afirma Cipriano de Valera y repite González de Montes.
Al lado de estos confesores sátiros pululaba un enjambre de beatos milagreros y de monjas iluminadas, cuyos desvaríos exceden a cuanto puede soñar la locura humana. Nadie tan famoso entre ellos como cierto clérigo secular, de nación portugués, llamado el Padre Francisco Méndez, que salió en estatua en un auto de fe de 30 de noviembre de 1624. [1] Tenía algo de embustero y algo de loco. Solía orar de este modo: « Dios, mi corazón, mi buena cara »: Dirigía una casa de beatas y recogidas, a quienes comulgaba cada día con muchas Formas. Acabada la misa, desnudábase las vestiduras sacerdotales, y comenzaba a bailar con saltos descompuestos, haciéndole el son sus devotas. Diciendo misa se quedaba arrobado y en éxtasis; daba horrendos bramidos, hacía extraordinarios visajes, y en cierta ocasión llegó a decir una misa de ¡veintitrés horas!, sin que sus oyentes, tan locos como él, se movieran. En fin, llevó su inaudita demencia hasta anunciar coram populo que el 20 de julio de 1616 moriría y se iría derecho a la gloria. Media Sevilla lo creyó, especialmente las mujeres. Teníanle por un santo: le consultaban sus dolencias y achaques; tocaban a su cuello los rosarios; cortaban pedazos de su vestido; teníanse por glorificadas con vestir la ropa que él dejaba, y «a enjambres, como abejitas de Cristo, iban a coger el rocío de su palabra». Y esto, no sólo el ínfimo vulgo, sino las más nobles, encopetadas y aristocráticas damas de Sevilla: la marquesa de Tarifa, la condesa de Palma. Hubo mañana que asediaron la puerta del convento del Valle, de frailes franciscos, donde él se había retirado, más de treinta coches.
Entretanto el Padre Méndez no se hartaba de decir locuras: hizo un testamento en que repartía entre sus devotos los dones del Espíritu Santo, y afirmaba haber sabido por particular revelación de Dios la silla que le estaba aparejada en el cielo. Empeñado [p. 241]en morirse en el plazo señalado, se pasaba los días en contemplación, y por las noches tomaba sólo un poco de pescado y un vaso de agua. Vino, pues, a quedarse macilento, flaco y extenuado, y la gente suspiraba por verle muerto, para que se cumpliesen sus profecías. Un médico muy beato y algo bobo, el licenciado Castillo, no se apartaba un punto de él, notando y escribiendo todos sus hechos y dichos, para imprimirlos y divulgarlos en forma de historia. Y decía graciosamente un fraile del Valle: «Si el Padre Méndez no nos cumple la palabra, lo hemos de ahogar, so pena de que nos silbe por las calles.»
Ya próximo al trance anunciado, se despidió con muchas lágrimas de sus devotos y les consoló con la esperanza de que había de venir después de él otro aún más santo y perfecto; y que, entretanto, se consolasen con dos tratados que les dejaba escritos: uno del amor de Dios, y otro de las mercedes y favores con que el Señor le había enriquecido.
Llegó el día señalado: púsose en el altar a las cuatro de la mañana, y acabó su misa el día siguiente a las tres. El médico no se hartaba de pulsarle. Y realmente parece maravilla que pudiera resistir tanto un hombre consumido, muerto de hambre y empeñado neciamente en morirse. No quiso Dios que aquella mentirosa profecía se cumpliese, y que la memoria de aquel sandio embaucador recibiese los homenajes de la engañada devolución del vulgo.
Sus devotos quedaron confusos y cabizbajos, y la gente burlona y maleante, que nunca falta en Sevilla, se vengó de él con pesados chistes. «¿Cómo no se ha muerto, Padre Méndez?», le decían. Y él replicaba con tono humilde y compungido: «El demonio esta vez me ha dado un mal golpecito. ¡Cómo esas locuras diré yo!: soy un mentecato.» Y tan mentecato era, que en una ocasión se empeñó en resucitar a un hombre, y decía luego muy cándidamente que no lo había logrado. Al fin la Inquisición de hizo cargo de él, y en sus cárceles murió.
De sus patrañas tenemos larga relación en cinco saladísimas cartas escritas al duque de Medina-Sidonia por don Juan de la Sal, Obispo de Bona, hombre de ingenio agudo y despierto, a quien dedicó Quevedo sus romances de Los cuatro animales y las [p. 242] cuatro aves fabulosas, y a quien el festivo poeta Dr. Juan de Salinas llamó:
Doctor de ingenio divino,
Sal y luz por excelencia,
En la iglesia y la eminencia
Gran sucesor de Agustino, etc. [1]
Y son notables las cartas de D. Juan de la Sal, no sólo por la burlesco y sazonado del estilo, sino por el buen juicio y por las veras que entre las burlas entremezcla. «Despacio había de estar Dios, dice en la carta primera, si había de llamar a que gozasen en vida de su esencia y lo mirasen cara a cara tantos como han publicado que lo han visto y gozado de pocos años acá…» «Crea V.E. que como hay hombres tentados de la carne, los hay también del espíritu, que se saborean y relamen en que los tengan por santos… Santidad con pretales de cascabeles nunca duró ni fué segura, sino la que a la sorda busca Dios.» (Carta VIII)
Ni fué sólo el Padre Méndez quien tuvo por entonces la extraña idea de morirse para pasar opinión de santo. También un fraile (no se dice de qué Orden) anunció su muerte para un día señalado: acostóse en la cama, cerró los ojos y, viendo que no se moría y que toda la comunidad le rodeaba, dijo «con voz muy flauteada: ¡Dios mío de mi alma! Abismos son tus juicios. Ya te entiendo. Quieres que trabaje más en tu viña: cúmplase tu santa voluntad. Padres y señores míos, perdónesele Dios, que con sus oraciones le han obligado a que me alargue la vida. Pero ¿qué se ha de hacer? El esposo lo quiere; el esposo lo manda; sea el esposo bendito para siempre.» «Las beatas, prosigue en su picaresco estilo el Obispo de Bona, estaban desojadas, con las orejas de un palmo, esperando, para saltar de placer, que las viniesen a decir que había expirado: pero cuando supieron el suceso, quisieran no haber nacido, y con los mantos echados sobre los ojos soplaron sus velas, y una en pos de otra, desocuparon la iglesia.»
En Castro del Río, una beata de hábito carmelitano refirió [p. 243] muy en secreto a su confesor cierta revelación que había tenido, según la cual él y ella debían morir a la semana siguiente, acompañando su tránsito grandes prodigios. Él lo tomó tan de veras, que repartió cuanto poseía y divulgó el milagro, haciéndoselo creer a la marquesa de Priego, que mandó retratar a la beata, y fué en persona desde Montilla, con su nieto y heredero de su casa, a presenciar aquellos asombros. Cuéntalo el mismo don Juan de la Sal. [1]
En 1627 descubrióse en Sevilla un foco de alumbrados semejante al de Llerena. Eran los corifeos la beata Catalina de Jesús, natural de Linares, en el obispado de Jaén, y el Maestro Juan de Villalpando. En su larga sentencia constan menudamente detallados sus errores, que eran como de gente más culta y quizá menos libidinosa que los clérigos extremeños. Convenían con ellos en administrar la Eucaristía con muchas Formas, por la grosera y materialista creencia de que « se daba poco Dios» (sic) en una Forma sola. Preferían el estado de las beatas al del matrimonio y a la vida monástica. A semejanza de los alumbrados de Toledo, juzgaban innecesario oír sermones ni leer libros de devoción, y tenían por mejor ejercicio la contemplación interna o, como ellos decían, orar en el libro de su propia vida . Comulgaban diariamente. Sentían mal de la veneración debida a las imágenes, porque «teniendo a Dios dentro de sí, no había más que mirarle allí». Al modo luterano, tenían las obras de caridad por impedimento de la perfección. En mística, aspiraban desde luego a la [p. 244] vía unitiva , sin pasar por la purgativa e iluminativa . Excluían de la oración mental todo pensamiento acerca de la humanidad o la pasión de Cristo, y pensaban sólo en su divinidad. Como buenos quietistas, esperaban que «Dios obrase y revelase al alma sus secretos». Condenaban los estudios teológicos porque infundían soberbia. Toda oración vocal, y especialmente el Rosario, les desagradaba. [1] Decían a su doctrina, doctrina del puro amor o del amor de Dios, y en este amor cifraban el cumplimiento de la ley. Enemigos mortales de la mortificación y abstinencias, afirmaban «que habiendo satisfecho Cristo por todos, debíamos gozar con descanso los hijos lo que los padres adquirieron con trabajo». La beata Catalina era considerada entre los suyos como maestra de espíritu , y tenía muchos hijos místicos , así sacerdotes como seglares, que continuamente la reverenciaban, acompañaban y festejaban. Ella les hacía sus pláticas, y les daba sus lecciones, y les buscaba confesores, y los aconsejaba en todos sus negocios espirituales y temporales. Se jactaba de ser tan santa que había convertido a un mancebo con sólo dejarle tocar la fimbra de su vestidura. Contaba especiales mercedes y favores del divino Esposo. «He conseguido tal estado de perfección, añadía, que ya no tengo que hacer oración por mí, sino por otros». Se comparaba con Santa Teresa de Jesús y creíase suscitada por Dios para ser reformadora del estado de clérigos seculares, como la doctora avilesa lo había sido de la Orden del Carmelo. Pretendía tener intuición directa de la divinidad ( vista real, que dicen los Krausistas) e inteligencia arcana de las Sagradas Escrituras. Refería mil prodigios y visiones y extremos y deliquios de amor divino, y a cada paso exclamaba: «Si el Turco tuviera una briznica de este amor que tú, Señor, me has dado, convertiríase toda Turquía… ¡Oh, por qué no se deshace mi cuerpo para que vengan a beber de él los fieles y se abrasen en tu amor!» Atribuía a la oración mental su hermosura del cuerpo, reflejo de la luz de su alma. Repartía entre sus devotos, como reliquias, cabellos y ropas suyas. Era expresión favorita suya la de anegarse en el amor de [p. 245] Dios . No dudaba que Dios asistía en ella y que los efectos de su presencia eran una absoluta paz de espíritu y un don de castidad, que, con vivir en el siglo, la hacía ángel en carne, y don de confianza, y don de conocimiento de Dios, y don de contemplación y de unión, y don de sabiduría.
Ciento cuarenta y cinco testigos declararon unánimes que tal santidad era fingida y que la beata vivía en trato sospechoso con varios clérigos, aunque no se le pudo probar nada concreto, Salió en auto público, el 28 de febrero de 1627, con insignias de penitente; adjuró de levi y fué condenada a reclusión por seis años en un convento, a hacer diariamente ciertas oraciones y ayunos y a tomar el confesor que el Santo Oficio le designase. Fueron recogidas sus reliquias y retratos y los escritos suyos de mano, que había divulgado entre sus devotos.
Era el más notable Juan de Villalpando, presbítero, natural de la villa de Garachico, en la isla de Tenerife, el cual dirigía una congregación de hombres y mujeres, que habían hecho en sus manos votos de obediencia. Confesor incansable, absolvía por sí y ante sí de los casos reservados, y decía que «quien se confesase con él ganaba el grande y místico jubileo». Tenía secuestradas, digámoslo así, a sus penitentes. Como todos los alumbrados, era partidario de la comunión diaria, y aun se arrojaba a decir que era dudosa la salvación de los que comulgan cada quince días y desesperada la de los que retardan un mes el acercarse a la mesa eucarística. No tenía por inconveniente el que sus discípulas abandonasen los negocios de la casa por permanecer todo el día en la iglesia, y las exhortaba a negar la obediencia a sus padres, maridos y superiores. De la misa hacía poca cuenta. Era, como los Albigenses, enemigo acérrimo del Sacramento del Matrimonio, hasta tenerle por pecado mortal y llamarle zahurda o cenagal de puercos . Todo su afán era atraer prosélitas a su beaterio y desacreditar los conventos de monjas. Nada tenía de edificante su vida; aparte del trato continuo con mujeres, juntábanse continuamente los afiliados a comer y beber en la ciudad o en el campo, y el tiempo que no dedicaban a la supuesta contemplación, lo invertían en zambras y festines, asemejándose, hasta en esto, a los Agapetas, Carpocracianos y Priscilianistas. Mucho, y nada bueno, daban que decir en el mentidero de Sevilla los secretos coloquios [p. 246] del Padre Villalpando y de la beata, a cuya casa solía ir de noche y muy de madrugada so pretexto de interrogarla en cosas espirituales. Y la verdad es que el clérigo alumbrado defendía, como todos los suyos, la licitud de los actos deshonestos, y contábanse de él horrendas historias de solicitaciones. Fuera de estos escarceos, dominaba del todo su espíritu la beata Catalina, cuyo entendimiento parece que era más inventivo y despejado que el suyo. Él divulgaba las reliquias de ella entre las señoras piadosas e iba escribiendo en un libro sus éxtasis y revelaciones.
Nada menos que doscientas setenta y nueve proposiciones heréticas se le reprobaron, siendo las más grave y cabeza de todas la vista real de Dios en esta vida , la intuición directa de los misterios, que era la clave del sistema.
Se le condenó a salir en auto público y a reclusión en un monasterio por espacio de cuatro años, sin poder celebrar en el primero; a privación perpetua de licencias de confesar, predicar, etc., y a varios ayunos y rezos extraordinarios.
En una relación manuscrita del siglo XVII, cuya autoridad no es grande, se afirma que pasaron de 695 los reos que entonces descubrió y condenó la Inquisición de Sevilla. Añádese que su congregación se llamaba de Nuestra Señora de la Granada, y que fué su fundador Gómez Camacho, clérigo secular. El anónimo autor de esta relación, que debía de ser tan poco amigo de los jesuítas como el atrabiliario Fr. Alonso de la Fuente, quiere mezclarlos en el negocio, y cita como alumbrados a los Padres Rodrigo Álvarez y Bernardo de Toro; pero las relaciones del auto no cuentan más que lo dicho. [1]
Aunque ya había registrado la Inquisición las herejías de los alumbrados en sus edictos de gracia y delaciones de 1568 y 1574, creyó conveniente el Cardenal don Andrés Pacheco, inquisidor general, atajar los progresos de aquella vil herejía con un nuevo y especial edicto, que lleva la fecha de 9 de mayo de 1623, y va dirigido especialmente a los fieles del arzobispado de Sevilla [p. 247] y obispado de Cádiz, [1] mandándoles denunciar las juntas y conventículos secretos de los alumbrados, dexados o perfectos , y haciendo catálogo de los setenta y seis errores en que más frecuentemente incurrían. Indicaré sólo los puntos principales, para repetirme lo menos posible:
1.º Que la oración mental es de precepto devino, y que con ella se cumple todo lo demás.
2.º Que los siervos de Dios no han de ejercitarse en trabajos corporales.
3.º Que no se ha de obedecer a Prelado, padre ni superior en cuanto mandaren cosa que estorbe la contemplación.
4.º Que ciertos ardores, temblores y desmayos que padecen son estar en gracia y tener el Espíritu Santo, y que los perfectos no tienen necesidad de hacer obras virtuosas.
5.º Que se puede ver, y se ve en esta vida, la esencia divina y misterios de la Santísima Trinidad, cuando se llega a cierto punto de perfección, en que el Espíritu Santo gobierna interiormente a sus elegidos.
6.º Que habiendo llegado a cierto punto de perfección no se deben ver imágenes santas ni oír sermones, ni obliga en tal estado el precepto de oír misa.
7.º Que la persona que comulga con mayor Forma o con más Forma es más perfecta.
8.º Que puede una persona llegar a tal estado de perfección, que la gracia anegue las potencias, de manera que no pueda el alma ir atrás no adelante.
9.º Que es vana la intercesión de los Santos.
10. Que solamente se ha de entender lo que Dios entiende, que es a sí mismo y en sí mismo y a las cosas en sí mismo. (Especie devisión de Dios , al modo de Malebranche.)
11. Que la vista de Dios, comunicada una vez al alma en esta vida, se queda perpetuamente en ella, a voluntad del que la tuvo.
12. Que en los éxtasis no hay fe, porque se ve a Dios claramente [p. 248] viniendo a ser el rapto un estado intermedio entre fe y gloria.[1]
Leído este edicto en las iglesias a la hora de misa mayor, fué de extraordinario efecto. Muchas vinieron a delatarse espontáneamente para que les alcanzase la benignidad del edicto, que ofrecía despacharlo secretamente y con penitencias favorables. Según una carta anónima de Sevilla, conservada en un códice de la Universidad de Salamanca, [2] «la mayor parte de la ciudad estaba inficionada, y particularmente mujeres, entre ellas señoras muy principales, nobles y ricas… No hay duquesa ni marquesa, ni mujer alta ni baja,excepto las que se confiesan con frailes dominicos , que no tenga algo que decir de lo que rezan los edictos».
Escribiéronse dos refutaciones de esta herejía en son de comentar el edicto, ambas con perverso gusto, muy indigestas y poco verídicas y noticiosas. La primera fué predicada en forma de sermones a su pacientísimo auditorio de la villa del Arahal por el licenciado Antonio Farfán de los Godos, [3] distinto de otro del mismo apellido, que imprimió en Salamanca un libro muy raro contra los estudiantes que decían no ser pecado la simple fornicación. El otro Doctor Farfán, de Sevilla, compara a los alumbrados con «los caballos viciosos, que andan relinchando alrededor de las yeguas y que tienen su carne por letrado jurisconsulto». Al tenor de este rasgo es todo lo demás. La otra confutación, todavía más insípida y no menos rara, lleva el extraño título de Empresas espirituales y morales, en que se finge que diferentes supuestos las traen al modo extrangero, representando el pensamiento en que más pueden señalarse, así en virtud como en vicio, de manera [p. 249] que puedan servir a la christiana piedad. El primer discurso es todo contra la secta de los Agapetas o Alumbrados . Y es autor del libraco el prior de la villa de Javalquinto (obispado de Jaén), Maestro Juan Francisco de Villava, que tiene, a lo menos, el mérito de haber mostrado el parentesco de los alumbrados con las sectas gnósticas de los primeros siglos y con los luteranos. Fuera de esto, el libro vale poco. Ni merecía esta soez herejía más lucidos refutadores. [1]
VI.-OTROS PROCESOS DE ALUMBRADOS EN EL SIGLO XVII.-LA BEATA MARÍA DE LA CONCEPCIÓN.-LAS MONJAS DE SAN PLÁCIDO Y FRAY FRANCISCO GARCÍA CALDERÓN.
El número de causas de falsa devoción es grande en todo el siglo XVII; pero vista una, están vistas todas. Ni siquiera hay variedad en los pormenores. Así, por ejemplo, en el auto de fe de Madrid de 21 de junio de 1621, salió con sambenito, coroza y mordaza la célebre embaucadora María de la Concepción, beata que presumía de santa, con ser lujuriosa y desenfrenada, y fingía visiones y éxtasis. Se la condenó a doscientos azotes y a cárcel perpetua. Y la sentencia la acusa de haber hecho pacto expreso con el demonio y seguido de errores de Arrio, Nestorio, Elvidio, Mahoma, Calvino y, finalmente, de los materialistas y ateístas; aunque yo creo, salvo todo el respeto debido al Santo Tribunal, que de ninguno de estos personajes y sectas tenía aquella beata ignorante la más leve idea. [2]
En Valladolid, y en toda Castilla la Vieja, pasaba por santa la Madre Luisa de la Ascensión, vulgarmente llamada la monja de Carrión. Era más bien ilusa y engañada que engañadora y de ninguna manera hereje. Contábanse de ella mil prodigios y, sobre todo, que tenía las llagas o estigmas de la pasión en las manos. [p. 250] La Inquisición descubrió el engaño en 1635, y mandó recoger las devociones y reliquias de cruces, cuentas, Niños Jesús, láminas, etcétera, que con nombre de la Madre Luisa andaban. [1] Con todo eso, el pueblo siguió venerándola.
Sería vana e inútil prolijidad traer a cuento otros procesos del mismo género, como el de la toledana Lucrecia, de León; el de Juana la Embustera , de Madrid, y el de Manuela de Jesús María, todos los cuales corresponden a los reinados de Felipe III y Felipe IV, en que fué grande la inundación de supercherías, así en la vida como en la historia. Pero en tales causas nada de dogma se atravesaba, y vale más dejarlas dormir en el olvido. Sáquelas, en buena hora, a luz quien busque noticias de costumbres o quien satisfacer una curiosidad algo pueril.
Más atención merece, siquiera por lo ruidoso, el proceso de las monjas de la Encarnación Benita de San Plácido, de Madrid. Pocos años llevaba de fundación este convento, y con no poca fama de perfección religiosa, cuando comenzaron a advertirse en él extrañas novedades, que muy luego abultó la malicia. Díjose que casi todas las monjas (veinticinco de las treinta que había) estaban endemoniadas, y entre ellas la priora y fundadora, doña Teresa de Silva, moza de veintiocho años y de noble linaje. El confesor, Fr. Francisco García Calderón, natural de Barcial de la Loma, en Tierra de Campos, no se daba paz a exorcisarlas, y entre visajes y conjuros se pasaron tres años, desde 1628 a 1631, hasta que el Santo Oficio juzgó necesario tomar cartas en el asunto y llevó a las cárceles secretas de Toledo al confesor, a la abadesa y a las monjas. Tras varios incidentes de recusación, fué sentenciada la causa en 1633, declarando al Padre Calderón «sospechoso de haber seguido a varios herejes, antiguos y modernos, especialmente a gnósticos, agapetos y nuevos alumbrados, y los errores de los pseudo Apóstoles, los de Almarico, Serando y Pedro Joan ». Tuvo, añade la sentencia, deshonesto trato con una beata, hija suya de confesión, ya antes castigada en el Santo Oficio por alumbrada y por pacto expreso con el demonio; y aun después [p. 251] de muerta, predicó él un sermón en loor de ella, y la hizo venerar por santa. Decía que «los actos ilícitos no eran pecados, antes haciéndose en caridad y amor de Dios, disponen a mayor perfección, y no son estorbo para la oración y contemplación, sino que por ellos mismos, y poniendo el corazón en Dios, se puede conseguir un alto grado de oración». Tenía pensamientos de reforma de la Iglesia y de que él y sus monjas habían de convertir al mundo, a lo cual llamaba segunda redención y complemento de la primera. Pensaba llegar a ser Cardenal y Papa y excitar a los príncipes a la conquista de Jerusalén, y trasladar allí la Sede apostólica, y reunir un Concilio, en que se explicaría el sentido oculto del Apocalipsis y el de los plomos del Sacro-Monte ( ! ! ) . Y, finalmente, llamaba inicuo e injusto al Tribunal de la Fe.
Por más que Fr. Francisco negó lo de ser alumbrado ni hereje, y dijo que en los actos libidinosos había procedido «como flaco y miserable», sin pensar ni dogmatizar que fuesen buenos, se le condenó a abjuración de vehementi , a sufrir ciertos disciplinazos y a reclusión perpetua en una celda de su convento, con obligación de ayunar tres días a la semana y no comulgar sino en las tres Pascuas. [1] Las monjas adjuraron de levi y se las repartió [p. 252] por varios conventos con diversas penitencias. La abadesa quedó privada de voto activo y pasivo en la comunidad por ocho años.
Y, sin embargo ( ¡ejemplo singular de lo falible de la justicia humana, aun en los tribunales más santos y calificados ! ) , fué inicua la sentencia, a lo menos en lo relativo a las monjas, y el mismo Tribunal vino a reconocerlo por nueva sentencia diez años adelante. Y las cosas acaecieron de este modo.
Tales muestras de fervor, buena vida y humildad cristiana daba en su penitencia la priora, que convencidos de su inocencia los Prelados de su religión, lograron de ella, no sin dificultad, que apelase al Consejo de la Suprema contra la sentencia de la Inquisición toledana; moviéndola a este paso, no tanto el cuidado de su buen nombre, como la honra de todo el Instituto benedictino, comprometido al parecer por aquel escandaloso proceso. Doña Teresa hizo constar que todo había sido maraña urdida por Fr. Alonso de León, enemigo acérrimo del confesor, y por el comisionado de la Inquisición Diego Serrano, que aturdió a las monjas, y falsificó sus declaraciones, y les hizo firmar cuanto él quiso, minis et terroribus . Probó hasta la evidencia que jamás había penetrado en su monasterio la herejía de los alumbrados ni otra alguna, y que eran atroces calumnias las torpezas que se imputaban a las religiosas. Dijo que realmente ella y las demás se habían creído endemoniadas y que el confesor las exorcizaba de buena fe; pero que quizá hubiera sido todo efecto de causas naturales ( fenómenos nerviosos, que hoy diríamos ) . «Sólo Dios sabe, añade la priora, cuán lejos estuve de los cargos que me hicieron, los cuales fueron puestos con tal unión, enlace y malicia, que, siendo verdaderas todas las partes de que se componían en cuanto a mis hechos y dichos, resultaba un conjunto falso y tan maligno, que no bastaba decir la verdad sencilla de lo sucedido para que pareciese la inocencia…, y así, con la verdad misma me hice daño, por las malas y falsas consecuencias que se sacaban contra mí.»
Hay tal sinceridad y candor en todas las declaraciones de la priora, hasta en lo que dice del demonio Peregrino , de quien se juzgaba poseída, que ni por un momento puede dudarse de su inculpabilidad. No así de la del confesor, que parece hombre [p. 253] liviano y enredador, aunque no fuera hereje. Él confesó tratos deshonestos, pero con cierta beata, nunca con las monjas.
La Inquisición mandó revisar los autos; hizo calificar de nuevo las proposiciones [1] por los más famosos teólogos de varias Órdenes, y por sentencia de 5 de octubre de 1638 restituyó a las monjas en su buen nombre, crédito y opinión, dándoles testimonio público de esta absolución, de la cual se envió un traslado al Papa y otro al rey. Del confesor nada se dice, lo cual prueba que no le alcanzó el desagravio. [2]
VII.-EL QUIETISMO.-MIGUEL DE MOLINOS ( 1627–1696 ) .-EXPOSICIÓN DE LA DOCTRINA DE SU «GUÍA ESPIRITUAL».
De la vida de este famoso heresiarca, antes de su viaje a Roma, apenas quedan noticias. De él, como de otros disidentes nuestros puede decirse que no fué profeta en su patria, no le conoció nadie hasta que los extraños le levantaron en palmas. Era un clérigo oscuro, natural de Muniesa, en la diócesis de Zaragoza, y se había educado en Valencia, donde tuvo un beneficio y fué confesor de unas monjas. Se jactaba de haber sido discípulo de los Jesuítas del Colegio de San Pablo, a quienes apoyó en sus cuestiones con la Universidad.
Fué a Roma en solicitud de una causa de beatificación el año 1665, pontificado de Clemente IX. De los documentos que tenemos a la vista consta que moraba cerca del Arco de Portugal, en la calle del Corso, y que de allí se trasladó a otra casa de la calle de la Vite. Asistía muy de continuo a la congregación llamada Escuela de Cristo , en San Lorenzo in Lucina, que más adelante se estableció en Santa Ana de Monte-Cavallo, hospicio de Religiosas descalzas de Santa Teresa; luego cerca de la iglesia [p. 254] de San Marcelo, en las casa del Cardenal de Aragón, y, finalmente, en la iglesia de San Alfonso, de Padres Agustinos descalzos españoles. Esta congregación fué el primer foco del Quietismo, y Molinos llegó a dominarla a su albedrío, arrojando de ella a más de cien hermanos que le eran hostiles. Pronto su fama de piedad y religión le abrieron las puertas de las principales casas de Roma. Parecía buena y sana su doctrina, como que recomendaba sin cesar las obras espirituales del venerable Gregorio López y del Padre Falcón. [1]
Era, conforme le describen las relaciones italianas del tiempo, «hombre de mediana estatura, bien formado de cuerpo, de buena presencia, de color vivo, barba negra y aspecto serio». Pasaba por director espiritual sapientísimo y por hombre muy arreglado en vida y costumbres, aunque no muy dado a prácticas exteriores de devoción.
El fundamento de esta reputación estribaba en un libro tan breve como bien escrito, especie de Manual ascético, cuyo rótulo a la letra dice: Guía Espiritual que desembaraza el alma y la conduce al interior camino para alcanzar la perfecta contemplación. [2] No imprimió esta obrilla el mismo Molinos, sino su fidus Achates , Fr. Juan de Santa María, que recogió para ella aprobaciones de [p. 255] Fr. Martín Ibáñez de Villanueva, trinitario calzado, calificador de la Inquisición de España; del Padre Francisco María de Bologna, calificador de la Inquisición romana; de Fray Domingo de la Santísima Trinidad; del Padre Martín Esparza, jesuíta, y del Padre Francisco Jerez, capuchino, definidor general de su Orden. La primera edición se hizo en 1675; reimprimióse al año siguiente en Venecia, y con tal entusiasmo fué acogida, que en seis años llegaron a veinte las ediciones en diversas leguas. Hoy son todas rarísimas: yo la he visto en latín, ( A ) en francés y en italiano, pero jamás en castellano, y es lástima; porque debe de ser un modelo de tersura y pureza de lengua. Molinos no estaba contagiado en nada por el mal gusto del siglo XVII, y es un escrito de primer orden, sobrio, nervioso y concentrado, cualidades que brilla aún a través de las versiones.
Con todo eso, la Guía Espiritual es uno de los libros menos conocidos y menos leídos del mundo, aunque de los más citados. Yo voy a presentar un fiel resumen de ella, que muestra su importancia en la historia de las especulaciones místicas. Es fácil analizarla, porque Molinos, al contrario de su paisano Servet, con quien tiene otros puntos de contacto, se distingue por la claridad y el método.
El editor, Fr. Juan de Santa María, quiere persuadirnos de que Molinos escribió la Guía «sin otra lectura ni estudio que la oración y elmartirio interior , sin más artificio que los movimientos del corazón, sin otra mira que la de responder a la inspiración y, por decirlo así, a la violencia divina». A despecho de tales pretensiones, comunes en todos los iluminados, v. gr., en Juan de Valdés, Molinos era hombre de grandes lecturas místicas, así ortodoxas como heterodoxas, y con frecuencia cita y aprovecha, torciéndolos a su propósito, conceptos y frases de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, lo mismo que de Ruysbroeck y de Tauler, o del Areopagita y de San Buenaventura.
[p. 256] Molinos empieza por definir la mística ciencia de sentimiento, que se adquiere por infusión del espíritu divino , no por la lectura de los libros ni por sabiduría humana. Dos caminos hay para llegar a Dios: uno, la meditación y el razonamiento; otro, la fe sencilla y la contemplación. El primero es para los que comienzan; el segundo para los ya adelantados, en quienes es preciso que el amor vuele, dejando al entendimiento atrás. Cuando el alma ha roto los lazos de la razón, Dios obra en ella y la llena de luz y de sabiduría. En tal estado, basta una fe general y confusa, y aun negativa , que con serlo excede siempre a las ideas más claras y distintas que se forman de Dios mediante las criaturas.
La meditación es cosa distinta de la contemplación, aunque una y otra sean formas de oración; pero la primera es obra de la inteligencia; la segunda del amor. Puede definirse la contemplación « una vista sincera y dulce sin reflexión ni razonamiento ». Para alcanzarla es fuerza abandonar todos los objetos creados, así espirituales como materiales, y ponerse en manos de Dios. En el interior del alma se halla su imagen, se escucha su voz, como si no hubiera en el mundo más que él y nosotros.
La contemplación se divide es acquisita o activa e infusa o pasiva. La primera es imperfecta y está en mano del hombre llegar a ella, si Dios le llama por ese camino y le da los auxilios de la gracia. Las señales de esto son: 1.ª, incapacidad de meditar; 2.ª, tendencia a la soledad; 3.ª, fastidio y disgusto de los libros espirituales; 4.ª, firme propósito de perseverar en la oración; 5.ª, vergüenza de sí misma, horror extremo del pecado y profundo respeto a Dios. En cuanto a la contemplación infusa, que Molinos describe con palabras de Santa Teresa en el Camino de Perfección ( capítulo XXV ) , es una pura gracia de Dios, que la da a quien Él quiere.
El objeto de la Guía es desterrar la rebelión de nuestra voluntad y conducir a la paz y recogimiento interior. No hay que arredrarse por las tinieblas, por la sequedad y las tentaciones. Son medios de que Dios se vale para purificar el alma.«Es fuerza que sepáis, dice Molinos, que vuestra alma es el centro, el asiento y el reino de Dios. Si queréis que el Soberano Rey venga a sentarse en el trono de vuestra alma, debéis tenerla limpia, tranquila vacía y sosegada; limpia de pecados y de defectos; tranquila y [p. 257] exenta de errores; vacía de pensamientos y deseos; sosegada en las tentaciones y aflicciones.»
Cuando el alma se encuentra privada del razonamiento debe perseverar en la oración y no afligirse, porque su mayor felicidad se halla en ese estado. Esta sequedad y estas tinieblas son el camino más breve y seguro para llegar a la contemplación. Sufrir y esperar, pues, que Dios hará lo restante. Hay que marchar con los ojos cerrados, sin pensar ni razonar absolutamente. A Dios hemos de buscarle, no fuera, sino dentro de nosotros mismos. El alma no debe afligirse ni dejar la oración, aunque se sienta oscura, seca, solitaria y llena de tentaciones y tinieblas, La oración tierna y amorosa es sólo para los principiantes que aún no pueden salir de la devoción sensible. Al contrario, la sequedad es indicio de que la parte sensible se va extinguiendo, y, por lo tanto, buena señal; como que produce todos estos bienes: 1.º, perseverancia en la oración; 2.º, disgusto de todas las cosas mundanas; 3.º, consideración de nuestros defectos propios; 4.º, advertencias secretas, que impiden cometer tal o cual acción y mueven a corregirse; 5.º, remordimiento de cualquier falta ligera; 6.º, deseos ardientes de sufrir y hacer cuanto Dios quiera; 7.º, inclinación poderosa a la virtud; 8.º, conocerse el alma a sí misma y despreciar las criaturas; 9.º, humildad, mortificación, constancia y sumisión. De ninguno de estos efectos se da cuenta el alma por entonces, pero los reconoce después.
Hay dos especies de devoción: la esencial y verdadera y la accidental y sensible. Debe huirse de la segunda, y aun despreciarla, si se quiere adelantar en la vía interior.
Ni ha de creerse que cuando el alma permanece quieta y silenciosa está en la ociosidad; antes el Espíritu Santo trabaja entonces en ella, y las tinieblas que Dios envía son el camino más derecho y seguro: aniquilan el alma y disipan todas las ideas que se oponen a lacontemplación pura de la verdad divina.
No llegará el alma a la paz interior si antes Dios no la purifica. Los ejercicios y mortificaciones no sirven para eso. El deber del alma consiste en no hacer nada proprio motu , sino someterse a cuanto Dios quiera imponerle. El espíritu ha de ser como un papel en blanco, donde Dios escriba lo que quiera. Ha de permanecer el alma largas horas en oración muda, humilde y sumisa, [p. 258] sin obrar, ni conocer, ni tratar de comprender cosa alguna. Será acrisolada con todo linaje de tormentos interiores y exteriores y se desatarán contra ella todas la pasiones y los deseos impuros. Pero no debe inquietarse ni apartarse del camino espiritual por más recia que la tempestad brame. La tentación sirve para probar al hombre y hacerle sentir su bajeza, y en la tentación se apura y acendra el alma como en el crisol el oro. «Las tentaciones, concluye Molinos, son una gran felicidad. El modo de rechazarlas es no hacer caso de ellas, porque la mayor de las tentaciones es no tenerlas.»
La fe debe ser pura, sin imágenes ni ideas; sencilla y sin razonamientos; universal sin reflexión sobre objetos distintos. En medio del recogimiento asaltarán al alma todos sus enemigos; pero el alma saldrá ilesa y triunfante con ponerse en las manos de Dios, hacer un acto de fe, separarse de todo lo sensible y permanecer inactiva, retirada en la parte superior de sí misma, abismándose en la nada,como en su centro, y sin pensar en nada, y mucho menos en sí misma. Dios hará lo demás. No se pierde la contemplación virtual y adquirida , aunque la molesten mil pensamientos importunos, con tal que no se consienta en ellos.
Los trabajos ordinarios de la vida ( estudias, predicar, comer, beber, negocias, etc. ) , no apartan del camino de la contemplación, que virtualmente se sigue, dada la primera resolución de entregarse a la voluntad divina.
La meditación no comunica al alma más que algunas verdades particulares; sólo en la contemplación se halla la verdad universal. Puede entrarse en el mar inmenso de la divinidad teniendo presentes los misterios de la humanidad de Jesucristo; pero mejor por un acto sencillo de fe que por la meditación, la cual, por lo que tiene de racional y sensible, no es del agrado de Molinos. Él está por la contemplación pura, en que callan las palabras, los deseos y los pensamientos.
El libro segundo de la Guía Espiritual está dedicado, en su mayor parte, a consejos sobre la elección de un director espiritual, que allane los caminos de la gracia. «Un buen confesor, dice, es más conveniente que muchos libros místicos y espirituales: los libros hacen más daño que provecho, porque están llenos de conocimientos razonados.» A este confesor hay que someterse en todo [p. 259]con obediencia sencilla, pronta y ciega, porque la santa inacción vale mucho más que todos los esfuerzos propios contra los malos pensamientos y los escrúpulos.
Los avisos a los confesores son, en general, sabios y prudentes: requiere en ellos luz, experiencia y vocación divina, y les aconseja que no se mezclen en los negocios temporales de sus penitentes; que no acepten nunca el cargo de ejecutores testamentarios; que no visiten a sus hijas de confesión; que huyan de toda hipocresía; que impongan penitencias moderadas, para que sea más fácil cumplirlas; que no acepten regalos; que no crean ni condenen de ligero las revelaciones que les cuenten.
Es medio eficacísimo la frecuente comunión para adquirir todas las virtudes, en especial la paz interior. A pesar de las frialdades y sequedades, deben acercarse a la sagrada mesa las almas interiores y espirituales, aunque se encuentren mal dispuestas, sin devoción y sin fervor, con tal que tengan firme resolución de no pecar.
No es preciso entregarse a penitencias austeras e indiscretas, que pueden fomentar el amor propio e inspirarnos acritud hacia el prójimo. Son buenas y santas, sin embargo, con tal que estén medidas por la discreción y por los avisos de un buen director. En la víailuminativa y en la unitiva deben ser muy moderadas. Las penitencias que uno voluntariamente se impone, aunque sean rigurosas, parecen siempre más dulces que las ordenadas por voluntad ajena, pero deben preferirse éstas por lo que mortifican el amor propio. Más fácil es mortificar el cuerpo que el espíritu, pero es más meritoria la mortificación espiritual.
En el libro tercero está lo culminante del sistema: la proclamación más elocuente que se ha hecho nunca del nihilismo estático.
Después de repetir que la paz interior no se logra por dulzuras sensibles ni consuelos espirituales, sino por la perfecta abnegación de sí mismo, añade que Dios purifica el alma de dos maneras: por angustias y tormentos espirituales y por el fuego de un amor ardiente e impetuoso. Para que un alma se convierta en celeste, de terrena que era; para que se una con Dios y goce del Soberano Bien, es preciso que sea purificada en el fuego de la tribulación, superior a la de los mártires, porque a éstos los consolaba [p. 260] Dios, al paso que aquí « Dios hiere y se esconde». Mas no ha de buscar el alma consuelos sensibles, sino « encerrarse y sumergirse en la nada». No consiste la felicidad en gozar, sino en padecer con espíritu tranquilo y sumiso. Hay otro martirio, todavía más útil y meritorio, que es sólo para los ya curtidos en la lid espiritual, a saber: un fuego de amor divino, que abrasa el alma y la consume en deseos amorosos. Molinos describe admirablemente las angustias de este amor.
«Si no encontráis a Dios en todo, continúa después de esa efusión, aún estáis muy lejos de la perfección. El verdadero amor se conoce en sus frutos, que son una humillación profunda y un deseo sincero de ser mortificado y despreciado. En el fondo de nuestra alma está el asiento de la felicidad; allí nos descubre el Señor sus maravillas. Perdámonos, sumerjámonos en el mar inmenso de su bondad infinita, y quedemos allí fijos e inmóviles. Muramos sin cesar para nosotros mismos; conozcamos nuestra miseria.» Y aquí Molinos dirige la palabra al alma y la desprecia y la abate, y enumera implacablemente sus defectos.
Convencidos ya de nuestra bajeza, con verdadera humildad, no con la que nace de orgullo secreto, «entonces es cuando el Divino Esposo, suspendiendo las facultades del alma, le infunde un sueño dulce y tranquilo, en que goza el espíritu con un reposo increíble, sin saber en qué consiste su gozo». El alma, elevada a este estado pasivo, se encuentra unida con el Sumo Bien, sin que esta unión le cueste fatiga, y se llena de luz y de amor.
Dios no ilumina siempre, ni por igual modo: unas veces da más luz al entendimiento; otras más amor a la voluntad. El alma puede levantarse a la contemplación infusa por dos caminos: el gusto y los deseos. Y la contemplación infusa tiene tres grados: en el primero se llena el alma de Dios y se disgusta de todo lo mundano; el segundo es una como embriaguez espiritual, un éxtasis o elevación del alma; el tercero una seguridad inquebrantable, que llega hasta el martirio. Aun pueden señalarse otros cinco grados en la contemplación: el fuego, la oración, la elevación, el placer y el reposo.
Cuatro son los efectos de la contemplación: iluminación, encendimiento, suavidad, inmersión de todas las facultades en Dios. La iluminación es a modo de una ciencia infusa, por la cual [p. 261] el alma contempla con delectación la verdad divina; un conocimiento intuitivo de las perfecciones de Dios y de las cosas eternas. La mayor parte de los hombres se dejan guiar de la opinión y juzgan según las falsas ideas que sus sentidos o imaginación les presentan. Pero el sabio, iluminado por la contemplación interior, no juzga de nada, sino guiándose por la verdad esencial que vive en él; y así oye, concibe, penetra, y se levanta sobre todo y sobre sí mismo. Molinos habla con desdén de los sabios escolásticos y de los predicadores retóricos que se predican a sí mismo. «La suprema sabiduría, llega a decir, odia mortalmente las imágenes y las ideas; y la mezcla de un poco de ciencia es obstáculo invencible para la eterna, profunda, pura, sencilla y verdadera sabiduría.» Si los sabios mundanos quieren hacerse místicos tendrán que olvidarse totalmente de la ciencia que poseen, y que, si no lleva a Dios por guía, es el camino derecho del infierno.
Su verdadera y perfecta aniquilación se funda en dos principios: el desprecio de nosotros mismos y la alta estimación de Dios. Esta aniquilación ha de alcanzar a toda la sustancia del alma, pensando como si no pensase, sintiendo como si no sintiera, etc., hasta renacer, como el fénix, de sus cenizas, transformada, espiritualizada y deificada .
La nada es el camino más breve para llegar al Soberano Bien, a la pureza del alma, a la contemplación perfecta y a la paz interior. «Abismaos en la nada y Dios será vuestro todo. » En no considerar nada, en no desear nada, en no querer nada… consiste la vida, el reposo y la alegría del alma, la unión amorosa y la transformación divina. Y con una especie de himno en loor de la nada cierra Molinos su tratado, [1] poético, en verdad, aunque con cierto [p. 262] género de poesía enfermiza y enervadora. Es el Nirvana búdhico, la filosofía de la aniquilación y de la muerte, la condenación de la actividad y de la ciencia; el nihilismo, en suma, al cual vienen a parar, por diferente camino, los modernos pesimistas y filósofos de lo inconsciente. Eso es el Quietismo , y hoy le volvemos a tener en moda, arreado con los cascabeles germánicos de Schopenhauer y Hartmann. De un modo más idealista y espiritual en Molinos, más grosero y material en los modernos, la cesación y muerte de la conciencia individual es el paradero de ambos sistemas: la felicidad está en la nada.
Molinos es autor, además, de un brevísimo Tratado de la Comunión cuotidiana, que recomendaban mucho todas las sectas alumbradas, y de algunas cartas espirituales. Nicolás Antonio, que le trató mucho en Roma, le atribuye cierta obra publicada a nombre de don Juan Bautista Catalán. [1]
[p. 263] VIII.-PROCESO Y CONDENACIÓN DE MOLINOS.-IDEM DE LOS PRINCIPALES QUIETISTAS ITALIANOS.-BULA DE INOCENCIO XI
No todos, ni a primera vista, descubrieron el veneno encerrado en la Guía . El Arzobispo de Palermo no tuvo reparo en ensalzarla y recomendarla a sus diocesanos en una pastoral que dió en 1687. Y entre los devotos de Roma y de Nápoles llegó Molinos a ser considerado como un oráculo. Continuamente recibía cartas de adhesión a su método. Declaráronse abiertamente por él los Cardenales Coloredi, Ciceri y, sobre todo, Petruzzi, Obispo de Iesi a quien llamaban el Timoteo de Molinos. Otros Cardenales, v.gr., Casanata, Carpegna, Azzolini y D´Estrées, sin haber hecho prolijo examen del libro, se honraban con la amistad del autor. Muchos eclesiásticos vinieron a Roma a aprender de él su método, y casi todas las monjas, excepto las que tenían confesores jesuítas, se dieron a la oración de quietud , tal como se explica en la Guía. El Cardenal D´ Estrées , para mayor crédito de la doctrina , hizo trasladar en italiano un libro de Francisco Malaval : Practique facile pour éléver l´ame a la contemplation, en forme de dialogue, obra que muchas veces había sido impresa en Francia, y que parecía conforme con la doctrina de Santa Teresa. Petruzzi publicó al mismo tiempo muchos tratados y cartas en apoyo de Molinos. [1] Si hubiéramos de creer algunas relaciones [p. 264] de aquel tiempo, el Papa mismo estaba prevenido en favor de Molinos, y pensó darle el capelo. [1]
Los protestantes recibieron con palmas el Quietismo. Gilberto Burnet comparaba la obra de Molinos con la de Descartes, considerando el uno como restaurador de la filosofía y al otro como purificador del Cristianismo. Para él, el misticismo de la Guía era el mejor aliado de la Reforma, porque condenaba las mortificaciones voluntarias y las tradiciones humanas, las obras [p. 265] exterioreset tout ce fatras de cérémonies. Y él y otros anunciaban apologías del Quietismo y ponían en francés y en inglés la Guía y el Tratado de la Comunión cuotidiana .
Al fin abrieron los ojos los celadores de la fe, y Jesuítas y Dominicos se conjuraron contra los quietistas. El padre Couplet, en el prólogo de su traducción de Confucio, no dudó en asimilarlos con los budhistas de la China. Y el Padre Segneri, insigne entre los predicadores y místicos italianos, sostuvo en su libro del Accordo dell´azione e del riposo nell´orazione, que tal estado no es para todos, ni puede ser continuado por largas horas, ni menos en todo el curso de la vida; y que para el común de las gentes vale más atenerse a la meditación y a los usos de la Iglesia. Acusaba a Molinos de olvidar demasiado la humanidad de Cristo y aun toda la parte dogmática de la Religión.
La Inquisición romana tomó cartas en el asunto y mandó examinar los libros de Molinos, Petruzzi y sus impugnadores. Aquéllos se defendieron bien y con esto creció la importancia de los quietistas, aunque algunos dieron en sospechar que Molinos fuera un alumbrado, o tal vez algún enemigo oculto de la Religión, descendiente de moros o judíos, tacha que solían poner en Roma a los españoles. Y aún parece que se pidieron informes reservados a España, sin que resultara nada contra la limpieza de sangre del beneficiado aragonés.
Comenzó a susurrarse que los quietistas formaban una secta pitagórica, con iniciaciones esotéricas y secretos conciliábulos, en que enseñaban errores de moral peligrosísimos. Lo cierto es que se les veía evitar cuidadosamente muchas devociones y hasta parecían limitarse a lo interno del culto.
Cuenta que el Padre La Chaise, confesor de Luis XIV, le persuadió, a seguida de las dragonadas y del edicto de Nantes que era preciso hacer un esfuerzo para acabar con los quietistas, de quienes se decía que eran en Roma un elemento político en pro de los intereses de la casa de Austria y contra Francia. El Arzobispo de París aprobó este parecer, y el rey ordenó a su embajador en Roma, Cardenal D´Estrées, perseguir a los quietistas. El Cardenal pasaba por amigo de Molinos, pero se decidió a obedecer a su rey, y denunció al jefe de los quietistas, presentando varias cartas suyas y refiriendo conversaciones que con él [p. 266] había tenido « mientras fué su amigo, aunque fingido y con el único propósito de descubrir sus marañas». Así dijo:
El Santo Oficio decretó en mayo de 1685 la prisión de Molinos, [1] y en 9 de febrero del año siguiente la del conde la condesa Vespiniani, D. Paulo Rocchi, confesor del príncipe Borja, con algunos de sus criados y otras personas, hasta el número de setenta. A la condesa Vespiniani y a su marido se los puso muy luego en libertad. En poco tiempo más de doscientas personas fueron a las cárceles inquisitoriales. Se hizo visita en varios conventos, y muchas religiosas declararon haber dejado por precepto de sus confesores las prácticas externas para darse a la pura contemplación. No se les impuso más castigo que quitarles los libros de Petruzzi y Molinos. Elnepote del Papa, don Livio, duque de Cesi, en quien recaía alguna sospecha, se retiró a su quinta, cerca de Civita Vechia.
Catorce testigos depusieron contra Molinos, acusándole de haber defendido la oración de quietud y el aniquilamiento interior con todas sus últimas consecuencias; de haber defendido la licitud de los actos carnales y cometídolos él mismo; de haber enseñado el desprecio a las santas imágenes, crucifijos y ceremonias exteriores; de haber disuadido la entrada en religión; de haber aconsejado a sus discípulos que ocultasen la verdad y diesen respuestas equívocas en caso de ser perseguidos.
Respondió Molinos que sólo había enseñado la licitud de los malos actos en el caso de no intervenir en ellos la razón ni la voluntad, sino el inferior sentido, instigado por el demonio, y permitiéndolo Dios para probar y purificar el alma. Que había enseñado la doctrina del Quietismo sólo para los que van por el camino de la perfección, teniendo y considerando las ceremonias externas como inferiores a la unión que por el Quietismo se logra. Negó haber tenido conventículos no permitido actos lascivos, aunque los había excusado en diez y siete penitentes suyos, que nombró, aconsejando a unos que se confesasen y a otros no, según le parecía que había pecado o no la voluntad. Confesó los suyos propios, siempre con la bellaquería de explicarlos por el [p. 267] Quietismo, y no con consentimiento de la voluntad. Y acabó sometiéndose al Santo Oficio, reconociendo por suyas las proposiciones de la Guía , sin querer admitir defensor y pronto a abjurar de todas ellas.
La ceremonia, que fué muy ruidosa, tuvo lugar en Santa María sopra Minerva, famosa iglesia de Padres dominicos. El 2 de septiembre de 1687, a las cuatro de la madrugada, Molinos fué trasladado al convento en una carroza con el Padre comisario y los alcaides del Santo Oficio, no sin buena guarda de esbirros. Por la mañana le vieron en la sacristía algunas personas de cuenta, a una de las cuales echó en cara su importuna curiosidad de ver a un hombre infamado. Después de comer y reposar apareció en el púlpito de la iglesia con ostentación y sin muestras de arrepentimiento. Llenóse el templo de gente y mucha hubo de quedarse en la calle. Mientras se leía la relación del proceso gritaron algunos: ¡Al fuego! ; pero los Cardenales allí presentes impusieron silencio. Molinos permaneció inmutable, sin señal alguna de temor ni de confusión. La sentencia le declaraba hereje dogmático y le condenaba a cárcel perpetua, a llevar siempre el habito de la penitencia, a rezar todos los días el Credo y una parte del Rosario, con meditaciones sobre los misterios, y a confesar y comulgar cuatro veces al año (en Navidad, Pascua de Resurrección, Pentecostés y Todos los Santos) con el confesor que el Santo Oficio le señalase. Con él adjuraron dos hermanos de Casa Leoni, uno sacerdote y seglar el otro. [1] No vuelve a saberse más[p. 268] palabra de Molinos hasta su muerte, acaecida en 28 de diciembre de 1696.
Entre todos los quietistas procesados entonces no hay más españoles que Molinos y un tal Pedro Peña, aragonés, que por once años había sido criado o secretario suyo, y le tenía por santo, y había enseñado a muchos sus doctrinas. Se le condenó a abjuración pública y prisión perpetua, con obligación de recitar todos los días el Símbolo de los Apóstoles y cada semana el Rosario y confesarse en las tres Pascuas. A los hermanos Leoni se les causa nada menos que de aspirar a una reforma en la Iglesia y nueva interpretación de las Escrituras.
Más se dilató que la sentencia de Molinos la de su amigo y discípulo el Cardenal Petruzzi, a quien parecía proteger su alta dignidad. Así y todo, hubo de abjurar cincuenta y cuatro proposiciones, calificadas, respectivamente de falsas, malsonantes, temerarias, escandalosas, perniciosas y peligrosísimas, sapientes haeresim , erróneas, carnales y diabólicas, las cuales confesó haber enseñado de buena fe en sus libros, que fueron asimismo prohibidos. [p. 269] Previa esta retractación, fué absuelto de las censuras, y renunció a todas sus dignidades.
En 5 de octubre de 1687, y con ocasión del Jubileo, se dió edicto de gracia o de indulto, como en Roma decían, a los quietistas que compareciesen a abjurar en el término de tres meses. Se mandó disolver las congregaciones que en diversas partes de Italia se habían formado bajo pretextos espirituales: muchas de ellas anteriores a Molinos. Ya en 1655, el Nuncio en Venecia, Carlos Caraffa, había dado aviso al Santo Oficio de las herejías sembradas en la Valcamonica (diócesis de Brescia) por el milanés Giacoppo di Filippo, rector del oratorio de Santa Pelagia en Milán. Sus sectarios se llamaban Pelagios , y aún iban más allá que los Molinosistas, puesto que condenaban la confesión, la comunión y todo género de ceremonias religiosas. Hízose diligente inquisición en aquel valle, próximo a la Valtellina, y se averiguó que existían congregaciones de más de seiscientas personas, dirigidas por el arcipreste de Pisogno, Riccaldini, y que practicaban una especie de oración de quietud , con gran menosprecio del culto externo. Se mandó cerrar los oratorios, y fué extrañado del territorio bresciano el arcipreste castigado con diversas penitencias sus cómplices. [1]
En 1671 el inquisidor de Casal había denunciado a un tal Antonio Gigardi, médico francés, que enseñaba en el Montferrato una doctrina semejante a la de los Pelaginos, contando entre sus secuaces al conde Mauricio Scavampi. El médico confesó haber aprendido su doctrina acerca de la oración de quietud de una monja ursulina de la diócesis de Viena del Delfinado. Con saludable rigor logró cortar el Obispo de Alba esta herejía muy en sus principios. Enviada a Roma la instrucción que la monja había dado al médico, declarándola católica los calificadores, a pesar de lo cual, y por los peligros que pudieran seguirse, se mandó al médico que no siguiera enseñándola. Con todo eso, sus discípulos la propagaron en el Piamonte y el Genovesado, especialmente en la diócesis de Savona, según resulta de un aviso del inquisidor [p. 270] de Génova en 24 de agosto de 1675. En Córcega aparecieron también algunos herejes y hubo que estorbar la impresión de un libro quietista intitulado La Sunamitide della Sacra Cantica , reducido a sostener que podía llegarse a la unión mística sin pasar por las vías purgativa e iluminativa.
Al mismo tiempo, el inquisidor de Alejandría de la Palla envió nueva denuncia contra el conde Mauricio Scavampi, y el Obispo de Savona vedó rigurosamente tales enseñanzas por edicto de 12 de diciembre de 1675. Como los términos eran demasiado generales y parecía condenar toda oración mental, el Santo Oficio comunicó una aclaratoria al Obispo en 27 de abril de 1676. Más tarde se esparcieron doctrinas semejantes, en la diócesis de Spoleto, pon un tal Giacoppo Lombardi, a quien en 1642 había penitenciado el Santo Oficio de Perusa. Prendiósele en Spoleto y murió en las cárceles. El Cardenal Bichi logró traer al buen camino a sus discípulos, que adoctrinados en los libros de Lombardi reprobaban casi todas las ceremonias y prácticas del culto externo. Finalmente, hasta en Nápoles prendió la herejía, y el Cardenal Caracciolo tuvo que prohibir una apología de la oración de quietud . Cada día se multiplicaban las condenaciones de libros místicos en castellano, francés e italiano. También se procesó al Padre Romiti, que dirigía en la diócesis de Camerino una congregación de mujeres quietista, llamadas Filipinas . [1]
Seguir las vicisitudes y procesos de estos quietistas italianos, que, a lo menos en Sicilia, llegaron hasta el siglo XVIII, fuera materia curiosa, pero ajena de este lugar. Bástenos recordar para fin y remate de esta historia, la Bula Coelestis Pastor (de 20 de noviembre de 1688), en que Inocencio XI condenó sesenta y ocho proposiciones molinosistas, no entresacadas todas de la Guía Espiritual , sino, además, de los escritos de Petruzzi y de las confesiones y abjuraciones de varios hierofantes de la secta.
Las principales son:
«Entregado que sea el libre albedrío a Dios se debe poner en sus manos el cuidado y el pensamiento de toda cosa nuestra, dejando que obre en nosotros, sin nosotros, su divina voluntad.
[p. 271] »-Es acto de imperfección, en quien está resignado a la divina voluntad, pedir a Dios nada, ni darle las gracias por cosa alguna.
»-No conviene buscar indulgencias de la pena debida por los pecados propios, y es mejor satisfacer a la divina justicia que implorar la divina misericordia, porque aquello procede del amor puro de Dios y éstos del amor propio e interesado.
»-Entregado que sea el libre albedrío a Dios no se deben temer ni resistir las tentaciones.
»-Quien en la oración se vale de imágenes y figuras y de propios conceptos no adora a Dios en espíritu y en verdad.
»-Quien ama a Dios como la razón y el entendimiento lo conciben no ama al verdadero Dios.
»-En la oración es necesaria una fe oscura y universal, con reposo o quietud, y olvido de cualquier pensamiento particular y distinto de los atributos de Dios.
»-Los pensamientos que se ocurren en la oración, aunque sean impuros, o contra Dios y sus Santos, o contra la fe y Sacramentos, si se sufren con indiferencia y resignación, no impiden la oración de fe, antes la hacen más perfecta, porque el ánima está más resignada a la divina voluntad.
»-Aunque sobrevenga el sueño, y uno se duerma, la contemplación prosigue, por que oración y resignación son una misma cosa, y mientras dura la resignación, dura la oración.
»-No hay más vía mística que la interna.
»-Es bueno el tedio de las cosas espirituales, porque así se purifica el amor propio.
»-El amor suple con modo más perfecto todos los demás actos de las virtudes que se puedan hacer y se hagan en la vía ordinaria.
»-Para el alma interior todos los días son iguales, todos fiestas; todos los lugares son templos.
»-Las almas, en la vía interna, no han de hacer operaciones, ni aun virtuosas, de propia elección, ni actos de amor a la Virgen, a lo Santos, a la humanidad de Cristo, por ser estos objetos sensibles.
»-Por fuerte que sea la tentación no debe hacer el alma [p. 272] actos explícitos de virtud opuestos, sino permanecer en el susodicho amor y resignación.
»-Las obras más santas y las penitencias que han hecho los Santos no bastan para alejar del alma una sola tentación.
»-Dios permite y quiere, para humillar y hacer llegar a la perfección a algunas almas elegidas, que el demonio cause violencia en su cuerpo y las haga cometer actos carnales y pecaminosos. (Los Molinosistas traían, en apoyo de este error, diabólicas y torcidas interpretaciones de algunos lugares de la Escritura, sobre todo de uno del cap. XVI de Job , y añadían que «tales actos no son pecado, por ser sin consentimiento».)
»-Dios, en los tiempos pasados, hacía los Santos por medio de los tiranos: hoy los hace por medio de los demonios, que, causándoles las dichas violencias, hace que internamente se humillen, se aniquilen en sí mismos y se resignen en Dios. Job blasfemó, y con todo eso «non peccavit labiis suis», porque fué violencia del demonio. Estas violencias son medio más proporcionado para aniquilar el alma y hacerla llegar a la verdadera transformación y unión.
»-Cuando estas violencias llegan, déjese obrar a Satanás, sin usar propia industria ni propia fuerza, sin inquietarse y sin escrúpulos ni dudas, porque el alma se hace más iluminada, más fortificada y cándida, y adquiere la santa libertad.
»-En la Sagrada Escritura hay muchos ejemplos de violencia y actos externos pecaminosos: como Sansón, que por violencia del demonio se mató juntamente con los Filisteos, se casó con una alienígena y pecó con Dalila, meretriz, cosas todas prohibidas, y que hubieran sido pecados. Como Judith, que mintió a Holofernes. Como Eliseo, que maldijo a los niños. Como Elías, que abrasó a los dos capitanes, con las tropas del rey Acab.
»-Para conocer en la práctica si algún acto de otra persona es por violencia del demonio, basta ver si son almas que aprovechan en la vía interna, con luz actual y superior al conocimiento humano y teológico.
»Por esta vía interna se llega, aunque con mucho trabajo, a purificar y hacer morir todas las pasiones, hasta que no se siente nada, nada, ni se experimenta ninguna inquietud, como si se [p. 273] tratara de un cuerpo muerto. Entonces no es posible ni aun el pecado venial.
»-Este camino interno nada tiene que ver con la Confesión ni con los confesores, ni con los casos de conciencia, ni con la Teología o la Filosofía. Las almas perfectas no tienen para qué llegarse al tribunal de la Penitencia, porque Dios suple los efectos del Sacramento, dándoles gracia perseverante.
»Llegada el alma a tal estado, no tiene voluntad, porque Dios se la quita.
»-Se llega por la vía interna a la muerte de los sentidos, como quien está en la nada, y muere de muerte mística, y aunque los sentidos representen las cosas exteriores, no repara en ellas el entendimiento.
»-A los superiores se debe obedecer sólo en lo exterior.
»-El teólogo tiene menos disposición que el hombre rudo e ignorante para ser contemplativo: 1.º, porque su fe no es tan pura; 2.º, porque no es tan humilde; 3.º, porque no tiene tanta seguridad de la salvación; 4.º, porque tiene la cabeza llena de fantasías, especies, opiniones y especulaciones, y no puede acercarse a la verdadera luz.» [1] y [273(B)]
[p. 274] IX.-EL QUIETISMO EN FRANCIA.-EL PADRE LE COMBE Y JUANA GUYÓN.-CONDENACIÓN DE LAS «MÁXIMAS DE LOS SANTOS», DE FENELÓN.
Aunque el Quietismo francés, especialmente en Fenelón, no tomó en sustancia de los Molinosistas españoles más doctrina que la delpuro amor , conviene decir dos palabras de este ruidoso negocio, ya que amigos y adversarios mezclaron en él el nombre de Molinos. Seré muy breve, porque los documentos abundan, y porque la cuestión entre Bossuet y Fenelón es para nosotros de un interés muy secundario.
En medio de las pompas de Versalles y del carácter algo profano y teatral de aquella corte y de aquella época, el siglo de Luis XIV fué fecundado en místicos y teósofos, y los últimos años del desastroso reinado que la adulación llamó grande , vieron desarrollarse, al amparo de Madama de Maintenon, algo la piedad sincera y mucho la mojigatería. Púsose de moda la devoción, como pocos años más adelante, en tiempo del Regente, la impiedad y la licencia, la hipocresía del vicio sustituída a la hipocresía de la virtud. [p. 275] En Francia habían sido muy leídos los místicos españoles y traducidos todos, especialmente Santa Teresa y San Juan de la Cruz. En sus obras se amamantaron tan nobles espíritus como el angélico Obispo de Ginebra y la santa baronesa de Chantal. Pero mezclados con los libros y enseñanzas de tan sublime doctrina vinieron, así de España como de Italia, todos los frutos de la demencia de quietistas eiluminados , y a su vez tuvieron discípulos y formaron escuela. [1] No faltó a la secta su Priscila, que nunca se ha visto congregación de alumbrados sin influjo femenino. Sólo que en Francia la iniciadora de esos sueños místicos no fué, ni podía ser, una monja taumaturga, o alguna beata andariega, como en nuestra democrática España, sino una mujer de mundo y de alto nacimiento, hermosa, elegante, y tan conocida en los salones como en las iglesias. Tal fué Juana de la Mothe Guyón, viuda joven, rica y muy bien emparentada, cuyo púlpito o academia fué el hotel Beauvilliers. Allí la conoció Fenelón.
En sus escritos, que son innumerables y muy voluminosos (señalándose entre ellos el Medio corto y fácil de hacer oración , laExplicación mística del Cántico de los Cánticos , los Torrentes , las Justificaciones , la Vida íntima y un enorme comentario espiritual a laBiblia ), [2] se da la mano con Molinos, aunque jamás llegó a leerle, y explica, como él, que «el éxtasis perfecto se cumple por la aniquilación total, en que el alma, perdiendo el propio dominio, se abisma en Dios, sin esfuerzo y sin violencia, como quien entra en el lugar que le es propio y natural». Lo mismo que los quietistas italianos, tiene en poco la oración vocal.«Mi corazón, dice, sin ruido de palabras, se hace oír de su bien amado, y oye a su vez el silencio profundo del Verbo siempre elocuente, que habla sin cesar en el fondo del alma.»
A sus errores juntaba Madama Guyón una petulancia y vanidad femenil y francesa verdaderamente extraordinarias, y se distinguía por la nota característica de todos los falsos místicos: la ausencia de humildad. Creía recibir visitas de los ángeles; llamábase [p. 276] laesposa del Niño Jesús y la madre espiritual de Fenelón, entonces muy joven, y se juzgaba nacida para la predicación y la enseñanza. Quiso convertir a los ginebrinos; pero el Padre Le Combe, barnabita, director de las Jóvenes Católicas de Gex, la retrajo de tal propósito, y formó con ella alianza mística, en que muy pronto el superior entendimiento y la vigorosa iniciativa de la Guyón se sobrepuso al débil carácter de su director.
«Nuestra unión era tan perfecta, dice Madama Guyón, que no formábamos más que una unidad, de manera que yo apenas podía distinguirle de Dios.»
Juntos dogmatizaron y enseñaron en Marsella, Lyon, Grenoble, y, finalmente, en París, donde fue denunciado en 1688 el Padre Le Combe, como sospechoso de Molinosismo, por su Análisis de la oración mental. El Arzobispo de París, Monseñor D´Harlay, obtuvo una orden real para encerrarle en la Bastilla, de donde pasó a la isla de Olerón y, por último, al hospital de Charentón, en un estado de furiosa demencia.
Madama Guyón, encerrada en las Visitandinas de la calle de San Antonio, se defendió con habilidad. Pero aunque fuese cierto que no había llegado a las extremas consecuencias del Quietismo, también lo era que recomendaba el estado de aniquilación, en que el alma nada quiere, nada desea, ni aun su propia salvación, lo cual llamaba amor desinteresado y perfecto .
Esta teoría, enervadora de la voluntad, contagió a Fenelón, que simple clérigo o abate todavía, pero muy apreciado por la pureza y sencillez de sus costumbres, por lo dulce y ameno de su trato, y por la gracia literaria de sus primeros escritos, frecuentaba mucho la corte, y aún más el hotel Beauvilliers, donde era oída como un oráculo, en materias de misticismo, la autora de los Torrentes , libre ya de su reclusión, después de ocho meses.«Me interesé por él, dice hablando de Fenelón, con extremada fuerza y dulzura. Parecióme que Dios me unía a él más íntimamente que a ningún otro… El espíritu que hallé en mi interior me pidió el consentimiento para esta unión, y yo le dí… Entonces se verificó en mí una como filiación espiritual… Al principio creí que no gustaba de mí… Luego se aclaró un poco el nublado.»
Realmente es cosa que pasma el que una mujer que en tales términos se explicaba, y a quien no sabe uno si clasificar de visionaria [p. 277] y loca, o de coqueta a lo divino, llegase a influir por tan extraño modo en un espíritu tan recto y claro como el del autor delTratado de la existencia de Dios y de la refutación de Malebranche. Pero todo hombre tiene los defectos de sus cualidades, y defecto de Fenelón, dicho sea pace tanti viri, era cierta tendencia al sentimentalismo religioso y declamatorio, de que han solido adolecer los franceses. Como quiera, el buen gusto y el mismo candor y sinceridad de alma del futuro Arzobispo de Cambray le libraron de caer en las risibles aberraciones de Madama Guyón, a quien entonces se abrían todas las puertas, hasta la del colegio de Saint-Cyr, y sonreían todos, incluso la misma Madama de Maintenon. Tan satisfecha estaba la nueva profetisa y maestra de espíritus con su misiónprovidencial, que llegó a decir que «disfrutaba de una felicidad semejante a la de los bienaventurados, salva la visión beatífica».
El Obispo de Saint-Cyr hizo nueva denuncia contra ella: el Obispo de Chartres fulminó un Aviso o Instrucción Pastoral , y entrando en cuidado Madama de Maintenom, quitó los libros de la famosa iluminada de manos de las educadas de Saint-Cyr, y prohibió a la Guyón la entrada en aquel convento. Con esto acabó de desatarse la tempestad, primero contra ella, luego contra Fenelón. Y al frente de sus contradictores se puso desde luego el gran Bossuet, espíritu dogmático y austero, poco místico, pero teólogo a machamartillo y enemigo de sueños y visiones. Júzguese lo que pensaría de los Torrentes , de los Nuevos Apocalipsis y de la autobiografía de Madama Guyón tuvo la torpeza de someter a su examen. Examinados sus escritos e interrogada ella misma en las conferencias de Issy por una comisión de la que formaban parte Bossuet, el Obispo de Chalons y el abate Tronson, formulóse en treinta y cuatro artículos una explícita condenación del supuesto estado de contemplación y reposo permanente e invariable, y de la muerte espiritual en el sentido de aniquilación y no en el de purificación, como el Apóstol la entiende. La pena impuesta a Madama Guyón fué muy leve, si es que merecía llamarse pena: pasar seis meses en Meaux, bajo la dirección espiritual de Bossuet, que se proponía convertirla. Ella pasó por todo, y firmó una abjuración de su doctrina, pero pronto dejó la tutela de Bossuet para volverse a París.
[p. 278] Hasta ahora Fenelón había intervenido poco en estas cuestiones, limitándose a extractar pasajes de libros místicos sobre el amor puro y la contemplación, para que Bossuet los tuviera presentes en las conferencias de Issy. Aún duraba su amistad y también el crédito de Fenelón en la corte, pues el mismo año de las conferencias de Issy, en 1695, era exaltado a la archidiócesis de Cambray, y Bossuet presidía a su consagración.
Pronto estallaron las hostilidades, Fenelón se negó con leves pretextos a condenar los escritos de Madama Guyón, como ya lo habían hecho el Arzobispo de París y los Obispos de Meaux, Chalons y Chartres. En 10 de diciembre de 1695 Madama Guyón fué presa y conducida a Vincennes, de donde salió desterrada para el obispado de Blois. Allí pasó sus últimos años en obras de caridad y devoción, arrepentida de sus errores, a lo que parece.
Fenelón salió a la defensa de la reclusa de Vincennes y negó su asentimiento a la Instrucción Pastoral de Bossuet sobre el estado de la oración, en que se achacaban a la Guyón todos los errores de Molinos, hasta los más abominables. Por el contrario, el Arzobispo de Cambray negaba todo parentesco entre las dos enseñanzas, y para mostrar que la doctrina del puro amor era conforme a la de los místicos antiguos, compuso su Explicación de las Máximas de los Santos sobre el estado de la oración . Sus amigos publicaron el libro, quizá demasiado pronto, y contra su voluntad. El efecto fué desastroso. Fenelón fué desterrado de la corte, lo cual aquellos palaciegos tenían por incomparable desgracia, como si la residencia de un Obsipo debiera ser Versalles y no su diócesis. Se delataron lasMáximas a Roma, y mientras estuvo la cuestión sub judice se cruzaron de una parte a otra innumerables opúsculos, en que hicieron Bossuet gallarda muestra de su elocuencia y vigor polémico y Fenelón de su saber místico y de la candidez de su alma.
Triunfó Bossuet, no por las intrigas de sus agentes en Roma, ni porque el rey de Madama de Maintenon estuvieran con él, sino por una razón más fuerte y poderosa que todas éstas: porque tenía razón en la polémica.
Inocencio XII condenó en 1699 veintitrés proposiciones del libro de las Máximas , no como heréticas, sino como erróneas. Referíanse todas al amor desinteresado y a la oración pasiva. [p. 279] El mejor de los biógrafos de Fenelón, el Cardenal Beausset, las resumen en estas palabras:
«Hay en esta vida un estado de perfección, que excluye el deseo de la recompensa y el temor de las penas.
»Existen almas tan resignadas a la voluntad de Dios, que si en un estado de tentación llegasen a creer que Dios las condena a las penas eternas, las aceptarían gustosos, sacrificando al amor de Dios su propia salvación.»
Doctrina a primera vista generosa y deslumbradora, pero contradictoria hasta en los términos; porque, ¿qué es el amor a Dios sino la aspiración al Bien Absoluto? ¿Y no es una quimera el amor que excluye su objeto y mata la esperanza?
Fenelón, notable ejemplo de humildad cristiana, se sometió, y leyó desde el púlpito de Cambrai el Breve de condenación de lasMáximas de los Santos . Pero en una Memoria que dejó manuscrita entre sus papeles, para que, después de muerto él, se remitiera al Papa, insiste en probar que «jamás pretendió defender ninguna de las veintitrés proposiciones en los términos en que están enunciadas en el Breve»; y torna con atenuaciones a la doctrina del puro amor, idéntica en sustancia a la moral desinteresada de los kantianos y demás filosofistas modernos, que vedan hacer el bien por motivos de esperanza o de temor.
X.-EL QUIETISMO Y LA MÍSTICA ORTODOXA
La impiedad moderna, en su diabólico afán de confundir la luz con las tinieblas, y llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno, ha dicho, por boca de sus doctores sin luz, que el Quietismo y las sectas alumbradas nacieron del misticismo español, y son su fruto legítimo. Mil veces he leído y oído decir que Molinos desciende de Santa Teresa, que la mística española es panteísta, y otros mil absurdos de la misma laya.
Pero quien con atención siga la historia de las herejías, verá, como al principio de este capítulo queda explicado, que la genealogía de Molinos se remonta mucho más, y no para hasta Sakya-Muni y los budhistas indios, y que desde ellos desciende, pasando por la escuela de Alejandría y por los Gnósticos, hasta los Begardos [p. 280] y los Fratricellos y los místicos alemanes del siglo XIV. Y sabrá también que las gotas de sangre española que el Quietismo tiene, son de sangre heterodoxa, ya priscilianista, ya árabe de Tofáil ( el filósofo autodidacto ), ya de los alumbrados del siglo XVI. Y ni estos alumbrados, ni menos los fratricellos y los begardos , aunque unos y otros hayan sonado más o menos ruidosamente en nuestra historia, son planta indígena, pues en Provenza, en Italia y en Francia los hubo antes, y de más importancia y en mayor número. Ni había, puede decirse, mística española cuando comenzaron los alumbrados . Ni Molinos dogmatizó en España, ni tuvo aquí discípulos hasta el siglo XVIII, ni hizo aquí ruido su herejía, ni leyó nadie su libro, que es, y ha sido siempre, rara avis en nuestras bibliotecas. Y si por haber dado cuna al heresiarca aragonés se nos califica de nación embrutecida, ignorante, fanática y sensual, ¿qué diremos de la Francia de Luis XIV, donde, el rey y Madama de Maintenon, y Bossuet y Fenelón, y la corte y los literatos, y cuanto había de culto y elegante en aquella sociedad, se apasionó en pro o en contra de esa doctrina española que aquí mirábamos con indiferencia? ¿Qué de Italia, donde hasta un Cardenal fué discípulo de Molinos, y tuvo la secta iglesias y congregaciones? ¿Qué de los protestantes ingleses y alemanes, que pusieron la Guía Espiritual sobre sus cabezas? ¿Qué de Leibnitz, que no se desdeñó de intervenir en la cuestión del amor puro? ¿Qué de los pesimistas , que reproducen hoy, con otro sentido, la doctrina del Nirwana , y de los innumerables sofistas que, desde Fichte acá, preconizan la moral desinteresada ?
Resulta de todo esto, mirada la cuestión histórica e imparcialmente, que no tenemos que responder los españoles solos de los extravíos alumbrados y quietistas, que son muy viejos en el mundo, y comunes a todas edades, razas y naciones, y brotan lo mismo en el siglo VII antes de Cristo, que en el XVI y en el XVII y en el XIX, después de su venida; porque nunca faltarán ilusos y fanáticos que, llamándose Gnósticos o Krausistas , o de cualquiera otra manera, pretendan alcanzar en esta vida la intuición de lo absoluto, directa y en vista real : que es a lo que viene a reducirse la metafísica de todo este grupo de sistemas y herejías, en su esencia pateísticos. ¿Por qué se ha de culpar del desarrollo de tales plantas a la Inquisición española, que las descuajaba de [p. 281] raíz y sin piedad? Por ventura, en materia de extravagancias visiones y alumbramientos, ¿no vale más que todos los nuestros juntos el zapatero teósofo Jacobo Boehme, con todo y haber nacido en la Alemania protestante? ¿Eran españoles los Anabaptistas? ¿Y con qué derecho acusan a España ni al Catolicismo de favorecer tales engendros los impíos del siglo XVIII, que se iban como embobados detrás de nuestro Martínez Pascual o del visionario Swedemborg, ni menos los de éste, que miran como cosa seria el espiritismo, verdadera secta iluminada, tan repugnante, inmoral y enervadora como las antiguas?
¿Y por qué ha de recaer exclusivamente en nosotros la afrenta de Molinos, cuando Italia, donde él escribió y dogmatizó, estaba llena de quietistas , denunciados en 1655 por el Obispo de Brescia, en 1671 por el inquisidor de Montferrato, siendo así que la Guía Espiritual no apareció hasta 1675? ¿No podría decirse que Molinos, lejos de ser maestro y contagiador, fué discípulo de Giacoppo di Filippo y de Antonio Girardi, y que si llegó a dar su nombre a la secta fué sólo porque tenía más talento y más gracia de estilo, y quizá más franqueza que ellos?
¿Quién osa comparar la doctrina de Molinos con la de nuestros místicos ortodoxos? Tomemos al más exaltado de ellos, a San Juan de la Cruz, tan citado por todos los críticos racionalistas, que ni le entienden ni le leen entero.
¿Qué dice el sublime reformador del Carmelo? Que la vida espiritual perfecta es posesión de Dios por unión de amor (Subida del monte Carmelo) , y que a esta perfección no se llega sin el ejercicio de las tres virtudes teologales (Avisos y sentencias espirituales,pág. 16). Es decir: con la esperanza , anatematizada por los quietistas; con las obras de caridad , de que ellos huyen. Y expresamente dice el extático Doctor de Hontiveros, que las gracias y favores espirituales no son permanentes ni de asiento , sino por vía de paso , y que en ellos, lejos de revelar Dios su esencia cara a cara, da claramente a entender y sentir… que no se puede ni sentir del todo. (Avisos , pág. 28.)
¿Cómo errar con tales avisos? Ya nos advierte el santo doctor que «cualquier alma de por ahí, con cuatro maravedises de consideración, si sienten algún recogimiento, luego lo bautizan todo por de Dios, y… ellas mismas se lo dicen, y ellas mismas se lo [p. 282] responden, con la gana que tienen de ellos». Quien así sentía de los reveladores y visionarios y aun llegaba a decir que «el alma que pretende revelaciones peca venialmente por lo menos… y va disminuyendo la perfección de regirse por la fe, y abre la puerta para que el demonio le engañe», ¿puede tener parentesco alguno con los alumbrados?
¿Y este amor de Dios excluye la inteligencia? No, responde nuestro Santo: «el perfecto amor de Dios no puede estar sin conocimiento de Dios y de sí mismo». (Avisos , pág. 94.) ¿Y se pueden descuidar los sentidos, absorta el alma en la contemplación? Tampoco, sinoguardarlos porque son puertas del alma . (Avisos , página 110.)
Los quietistas olvidan la consideración de la humanidad de Cristo; y, por el contrario, San Juan de la Cruz nos enseña ( Avisos , pág. 250), que «por su vista y meditación amorosa se subirá más fácilmente a lo muy levantado de la unión, porque Cristo Señor Nuestro, es verdad, camino y guía para los bienes todos.»
San Juan de la Cruz cantó en prosa admirable, y en versos aún más admirables que su prosa, y de fijo superiores a todos los que hay en castellano, las delicias de la unión extática, que llama dulce abrazo , en que siente el alma la respiración de Dios :
Quedéme y olvidéme,
El rostro recliné sobre el amado:
Cesó todo y dejéme,
Dejando mi cuidado
Entre las azucenas olvidado.
Pero para llegar a esta unión, que es siempre por fe y no directa, ha de pasarse antes por las vías purgativa e iluminativa ; y aun en el momento del éxtasis conserva el alma su individualidad, y se reconoce sustancialmente distinta de dios, y no se aniquila, sino que ejerce su libertad en el mismo acto de entregarse, cuando exclama el divino poeta:
Apaga mis enojos,
Pues que ninguno basta a deshacellos,
Y véante mis ojos,
[p. 283] Pues eres lumbre de ellos,
Y sólo para ti quiero tenellos.
Descubre tu presencia,
Y máteme tu vista y hermosura…
Declara en seguida en el comentario que lo que pide es ser desatado de los lazos de la carne, pues en ella no puede verse ni gozarse la divina esencia como él desea , y que en esta vida sólo comunica Dios ciertos visos entreoscuros de su divina hermosura, que hacen codiciar y desfallecer al alma en el deseo de aquello que siente encubierto . Pero si lo viese cara a cara moriría, porque dijo el Señor a Moisés en el Sinaí: «Non poteris videre faciem mean; non enim videbit homo, et vivet.»
¿Y qué diremos de la mística doctora de Ávila? ¿Quién tuvo mejor sentido, sentido más práctico , en la recta acepción de la palabra? ¿Quién más enemiga de deslumbramientos y trampantojos? ¿Quién más prudente y mesurada? Por eso da a su doctrina una base psicológica, y arranca del conocimiento propio, en las Moradas . Llega a tratar de la oración de recogimiento (Morada IV), o de quietud, como decían los molinosistas, y buen cuidado tiene de advertir, con muy gracioso símil, que entonces más que nunca se guarde el alma de ofender a Dios y esté apercibida contra la tentación; porque «si a un niño que comienza a mamar se le aparta de los pechos de su madre, ¿qué se puede esperar de él sino la muerte?» ¡Qué burla más donosa de los falsos devotos, que «como sienten algún contento interior y caimiento en lo exterior y flaqueza… déjanse embebecer, y mientras más se dejan se embebecen más y les parece arrobamiento… y llámole yo abobamiento, que no es otra cosa más de estar perdiendo tiempo allí y gastando su salud!»
Por eso el alma, si en la oración de recogimiento es María, en la de unión es Marta; porque Santa Teresa no separa nunca la vida activa de la contemplativa. «Amor de Dios y del prójimo es en lo que hemos de trabajar; guardándolas con perfección hacemos su voluntad, y ansí estaremos unidos , con Él… La más cierta señal que a mi parecer hay… es guardar bien el amor del prójimo… Y estad ciertas que mientras más en éste os viérades aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios…» Y añade, como si viera en profecía a los quietistas escudarse con su autoridad y [p. 284] con su nombre, y los rechazara como malos e infieles discípulos; «Cuando yo veo almas muy diligentes a la oración… y muy encapuzadas cuando están en ella, que parece no se osan bullir ni menear el pensamiento, porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del camino porque donde se alcanza la unión… Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor: que si ves una enferma a quien puedes dar un alivio no se te dé nada de perder esa devoción, y te compadezcas de ella, y si tiene algún dolor te duela a ti… Esta es la verdadera unión .» (Morada V.)
¡Y éste es el misticismo español, no enfermizo ni egoísta e inerte, sino viril y enérgico y robusto, hasta en la pluma de las mujeres! Nadie ha escrito como Santa Teresa la unión de Dios con el centro del alma; nadie la ha declarado con tan graciosas comparaciones, ya de las dos velas de cera que juntan su luz, ya del agua del cielo que viene a henchir el cauce de un arroyo. Pero esta unión no trae consigo el aniquilamiento ni el Nirwana : el alma reconoce y afirma su personalidad, y fortificada «con el vino de la bodega del Esposo», vuelve a la caridad activa y a las obras. (Morada VII). [284(C)]
Notas
[p. 214]. [1] Papeles sobre reformación de regulares, citados por don Vicente de la Fuente en el tomo V, pág. 232 de su Historia Eclesiástica.
[p. 215]. [1] Begardos e Beguinos , los llama Melchor Cano en su parecer sobre el Cathecismo , de Carranza.
[p. 215]. [2] Sumario de la medicina, con un tratado sobre las pestíferas bubas, por el licenciado Villalobos, estudiante en Salamanca, hecho a contemplación del muy magnífico e ilustre señor el marqués de Astorga, enmendado e corregido por él mismo, imprimido en la ciudad de Salamanca, a sus expensas de Antonio de Barreda librero. Año del nacimiento del Salvador de M.CCCC.XC y VIII (folio 18, vto., col. 1.ª); y en Morejón, Historia de la Medicina Española (Madrid, Jordán, 1842), tomo I, páginas 362 y siguientes.
[p. 215]. [3] Pedro Mártir, Opus Epistolarum , páginas 428 a 489, y Llorente, tomo II, páginas 252 a 284.
[p. 216]. [1] Comiença la Chrónica del muy alto y muy poderoso, Cathólico y justo príncipe D. Carlos, Emperador de Alemeña y Rey de Romanos y de España, primero de este nombre, y de las Indias Oscidentales del mar Océano, etcétera. Compuesta por Alonso de Santa Cruz, su Cosmógrafo mayor . (Códice 193 de la Biblioteca Laurenciana de Florencia, fondo Mediceo-Palatino, capítulo V de la cuarta parte, el cual trata De un auto que se hizo en Toledo de ciertas gentes que se llaman Alumbrados y las opiniones erróneas que tenían.)
[p. 216]. [2] «Afirmaban que no había infierno… Afirmaban que el Padre había encarnado como el Hijo, y que en la bienaventuranza había fe, y que los que lloraban sus pecados eran propietarios de sí mismos… Dezían que no eran necessarios los actos exteriores de la adoración; que hazellos era imperfección, y que las obras que se hazían con fe y esperanza y caridad no se hazían por amor de Dios, sino por propio interés… Dezían más: que lo que dictaba la razón in genere boni , como era oír Missa o sermón, que la voluntad no se debía de conformar a ello, porque se presumía que todo acto que procedía de la voluntad era pecado. Dezían que meditándose Cristo crucificado no era medio para unirse el alma con Dios; vedaban que no se oyesse la pasión de Cristo y la meditación y ejercicio de ella. Dezían también que más enteramente venía Dios en el ánima del hombre que en la hostia consagrada… Tenían que no estaba la suma perfección en servir a Dios, ni hacer penitencia, ni guardar sus mandamientos, y que ataviar la imagen de N. Sra. y sacarla en procesión era idolatría; y dezían, que levantarse al Evangelio y hacer las otras humillaciones y señales ordenadas por la Iglesia, no era otra cosa sino jugar con el cuerpo en la Iglesia, y que bastaba que las palabras de la Consagración se pronunciassen interiormente, sin pronunciarlas con la boca… y que el Preste en el momento de la Missa no debía pedir cossa alguna, sino estarse suspenso, y que la confessión no era jure divino … y que aquella palabra del Evangelio que dezía que el que perdiesse su ánima en este mundo la hallaría en el otro, se entendía a la letra del dicho dexamiento. Afirmaban que no se habían de guardar los Concilios Ecuménicos, y que nadie se había de obligar a ellos. Afirmaban más: que no se había de leer ningún libro por fin de ser consolada el ánima con la comunicación de la Escritura, y tenían que por la vida presente no podía el hombre saber si estaba alguno en estado de gracia o no, y que el que amaba a su ánima o hacía algo por su salvación, que la perdía; y, finalmente, afirmaban que aunque Adán no pecara, no entrara nadie en el cielo, si el Hijo de Dios no naciera.»
[p. 218]. [1] Vid. el Proceso de Magdalena de la Cruz, páginas 462 a 506 del tomo II de las Memorias de Francisco de Enzinas . (Edición de la Sociedad de Historia de Bélgica. Bruselas, 1863.) La copia que sirvió para la traducción es del Museo Británico. (Egerton Collection, 337.)
[p. 219]. [1] Vid. Llorente, tomo II, páginas 35 a 51, en el cual, así como en el Proceso , pueden verse los demás pormenores que aquí por brevedad no extracto. También dice algo Francisco de Enzinas en sus Memorias (páginas 224 a 229 de la edición de Campán).
[p. 221]. [1] Pág. 597 de la Vida de Melchor Cano , por D. Fermín Caballero.
[p. 222]. [1] Vida del Venerable Maestro Juan de Ávila , capítulo IV, párrafo VI: «Y así acaesció a este Padre, pues sus palabras fueron calumniadas y denunciadas en el Santo Oficio, diciendo dél que cerraba la puerta de la salvación a los ricos y otras cosas desta calidad. Por lo cual los señores inquisidores de Sevilla mandaron que estuviese recogido hasta averiguarse su causa. Era entonces vivo el Maestro Párraga, regente del Colegio de Sancto Thomás, persona a quien autorizaban muchas letras, edad y sanctidad. Éste, pues, conosciendo la virtud y sanctidad deste Padre y el grande fructo que hacía con su doctrina, me contó que le aconsejaba muy ahincadamente que tachase los testigos que habían depuesto contra él, alegando que como un hombre en su legítima defensión puede matar a su agresor, así puede tachar los testigos que le infaman. Mas ni con esta razón ni con otras pudo acabar con él esto, alegando que estaba muy confiado en Dios y en su inocencia, y que ésta le salvaría.»
Vid., además, Llorente, capítulo XIV, art. II.
[p. 223]. [1] Vida del Padre Ignacio de Loyola , por el Padre Pedro de Rivadeneyra (libro I, capítulo XIV. Cómo le prendieron en Alcalá y le dieron por libre.)
[p. 223]. [2] Vida , etc., libro I, cap. XVI. Me valgo siempre de la última y hermosa edición del libro del Padre Rivadeneyra (Madrid, Tello, 1880). dirigida por el Padre Mir, S. J.
[p. 224]. [1] Libro II, cap. II de su Vida .
[p. 224]. [2] Cap. VI, libro II de la Vida .
[p. 225]. [1] Libro II, cap. XIV de la Vida .
[p. 225]. [2] Cap. XXIX, art. II.
[p. 226]. [1] Vid. Cienfuegos, Vida de San Francisco de Borja , libro IV, capítulo XV, párrafo II, y Caballero, Vida de Melchor Cano , pág. 353 y apéndice núm. 44.
[p. 226]. [2] Vid. Enjambre de los falsos milagros y visiones del demonio, con que María de la Visitación, priora de la Anunziada de Lisboa, engañó a muy muchos: y de cómo fué descubierta y castigada. (Por Cipriano de Valera, al fin del Tratado del Papa y de la Missa. )
Valera dice haber tomado sus noticias de un libro francés de Fr. Esteban de Lusiñán, dominico, cuyo título traduce así: Los Grandes Milagros y las santísimas llagas que han acontezido a la reverenda madre Priora, por el presente año de 1586, en la ciudad de Lisboa, en el reino de Portugal, de la orden de los frailes predicadores, aprobados por el reverendo padre Fr. Luis de Granada y por otras personas dignas de fe… En París, en la imp. de Juan Besaut, 1586:
-Copia verdadera de la sentencia que se pronunció en Lisboa a siete días del mes de Noviembre de 1588 contra María de la Visitación, Priora que fué del Monasterio de la Anunziada de la dicha ciudad . (Pliego de cuatro hojas, en letra de tortis, reimpreso por Usoz al fin del tomo VIII de sus Reformistas .)
– Comedia famosa de la vida y muerte de la Monja de Portugal, del doctor Mira de Mescua. (Parte XXXIII de Comedias Nuevas…Madrid, por José Fernández de Buendía, 1670.)
[p. 227]. [1] Vida de Fr. Luis de Granada , compuesta por el licenciado Luis Muñoz; donde puede verse un escrito muy notable de Fr. Agustín Salucio, que algún tiempo creyó en las llagas de la priora. De ella dice que «era moza, noble y de buen parecer… y sobre todo esto de mayor simplicidad de cuantas se han visto… Era tan simple como una niña de seis años.» Realmente los medios que usó para abrirse las llagas fueron de los más primitivos, torpes y rudimentarios.
[p. 228]. [1] Vid. Examen que se hizo en 25 de noviembre de 1587 años a la Madre Priora de la Anunziada en Portugal, hecha por Fr. Juan de las Cuevas y Fr. Luis de Granada, confesores de S. A., y Fray Gaspar Davero (sic), confesor de la Madre Priora . (Biblioteca Colombiana de Sevilla, tomo CXVIII de Varios . Tengo copia que me facilitó D. Adolfo de Castro.)
[p. 230]. [1] Vid. La Fuente (don Vicente). Introducción al Libro de la Vida de Santa Teresa, en el tomo I de los Escritos de la Santa, recogidos y anotados por él con extraordinaria diligencia para la Biblioteca de Autores Españoles .
[p. 231]. [1] Historia de los Descalzos y Descalzas carmelitas , por la venerable María de San José (Manuscrito de la Biblioteca Nacional, publicado por don Vicente de la Fuente, páginas 555 y siguientes del tomo I de su edición de Santa Teresa.)
[p. 232]. [1] Historia y anales de la ciudad y obispado de Plasencia. Refieren vidas de sus obispos y de varones señalados en santidad, dignidad, letras y armas. Fundaciones de sus conventos y de otras obras pías y servicios importantes hechos a sus reyes. A la Majestad católica de Felipe IV… Fray Alonso Fernández, predicador general de la Orden de Predicadores. (Madrid, 1627, por Juan González. En folio; páginas 253 y 254.)
Vid., además, Gil González Dávila, Historia de Salamanca, pág. 515; y, sobre todo:
Barrantes (don Vicente), Aparato Bibliográfico para la historia de Extremadura (Madrid, 1877), tomo II, art. Llerena , páginas 327 a 372, donde se hallan reunidos cuantos datos y documentos pueden apetecerse sobre este asunto.
[p. 233]. [1] Vid. Sentencia de los señores inquisidores de Llerena contra los alumbrados de su distrito . (Papel manuscrito, de cuatro hojas en folio, que poseía don Bartolomé J. Gallardo, y ha sido impreso por el Sr. Barrantes en su Aparato . Es idéntico a otro manuscrito de la Biblioteca Nacional, letra del tiempo.)
[p. 235]. [1] Vid. Alumbrados. Papeles que dió contra ellos el Mtro. Fr. Alonso de la Fuente, fraile de la orden de Santo Domingo, y contra los Teatinos o Jesuítas, y vindicación de éstos . (Manuscrito de la Biblioteca de la Universidad de Salamanca, est. 3.º, caj. 2.º, núm. 31; 57 hojas. Largamente extractado en el Aparato Bibliográfico del Sr. Barrantes.)
Contiene el códice:
1.º Hechos y dichos de Fr. Alonso de la Fuente.
2.º Libelo dado por Fr. Alonso a los Inquisidores de Lisboa
3.º Memorial en que se contiene la heregía y engaño subtilíssimo que enseñan los alumbrados de Castilla, y es doctrina que mana de los Teatinos, que por otro nombre se llaman de la Compañía de Jesús y en Portugal Apóstoles.
4.º Respuesta a los memoriales que contra la Compañía de Jesús publicó Fr. Alonso de la Fuente.
5.º Memorial o libero que dió Fr. Alonso al Provincial de Santo Domingo.
6.º Respuesta de los Jesuitas al primer memorial.
7.º Ídem al segundo.
[p. 238]. [1] Está la relación citada en un tomo de Papeles Varios del Escorial ( E -21, caj. 21, fol. 348). La copió Gallardo, y por su copia, y con las necesarias supresiones, la ha impreso el Sr. Barrantes en la obra citada.
[p. 239]. [1] Tratado del Papa y de la Missa , pág. 272.
[p. 240]. [1] Vid. la relación de ese auto, compuesta por Alonso Ginete, familiar del Santo Olicio. (Montilla, imprenta de Manuel Paiva, 1625, en 4.º)
[p. 242]. [1] De estas cartas hay varias copias: una de ellas en la Biblioteca Colombina. Las publicó don Adolfo de Castro en las notas a su Buscapié (Cádiz, 1848), y luego en el tomo de Curiosidades Bibliográficas, de la Biblioteca de Rivadeneyra.
[p. 243]. [1] Entre los espiritistas (que son los modernos alumbrados ), y que en España, a lo menos, dan quince y faltan a los antiguos en punto a grotescas extravagancias, se han dado casos por el estilo de los citado. Voy a contar uno, bien reciente, acaecido en mi pueblo. Callaré solamente los nombres, aunque en Santander son bien conocidos. Uno de los hierofantes del conciliábulo espiritista de aquí, albéitar, por más señas o, como él se decía, «médico de la especie bruta», persuadió a uno de los afiliados, agente de orden público, que había sabido por revelaciones de los espíritus, que el susodicho vigilante moriría a tal hora de tal día, yéndose a otras esferas, y realizando su gloriosa epifanía en Marte o en Saturno. El pobre hombre lo creyó a pies juntillas: envió una peregrina comunicación a la alcaldía haciendo renuncia de su empleo, y se encerró en su casa, recuelto a morirse en regla y a la hora señalada. Y por cierto que su aprensión y ridículo terror estuvieron a punto de matarle.
[p. 244]. [1] Biblioteca Colombina, tomo CXVIII de varios manuscritos. Es un traslado del auto de fe celebrado en el convento de San Pablo el Real de Sevilla en febrero de 1627. Me envió copia mi amigo el docto literato don Adolfo de Castro.
[p. 246]. [1] Memorial de la secta de los alumbrados de Sevilla, sus doctrinas y delictos, y de la complicidad que en ella se ha descubierto. Manuscrito de 16 hojas útiles, que poseyó Salvá (vid. Catálogo , tomo II, núm. 3.833), y posee ahora don Ricardo Heredia.
[p. 247]. [1] Hay muchas copias de este edicto. Le ha publicado íntegro el señor Barrantes en el tomo II de su Aparato , páginas 364 a 369.
[p. 248]. [1] Suprimo todos los capítulos relativos a obscenidades.
[p. 248]. [2] Publicada por el Sr. Barrantes.
[p. 248]. [3] Discursos en defensa de la religión católica contra la secta de los alumbrados, dexados o perfectos (predicados día de los gloriosos Apóstoles San Pedro y San Pablo, 29 del mes de junio, deste año de 1623, en la villa del Arahal, lugar deste Arzobispo de Sevilla); a la publicación general del edicto de gracia de la santa Inquisición. Su fecha en Madrid, 9 de mayo. Por el licenciado Antonio Farfán de los Godos, hijo desta ciudad de Sevilla… Sevilla, oficina de Gabriel Ramos Bejarano, 1623. ( En 4.º, cuatro hojas preliminares y 22 de texto. Está ampliamente extractada en el Aparato de Barrantes.)
[p. 249]. [1] Con privilegio, en Baeza, por Teodoro Díaz de Montoya . Año 1613. Es un volumen dividido en dos tomos, aunque el segundo no tiene foliatura diversa. Va al principio una carta del jesuíta Jerónimo de Acosta, y unos versos muy malos del autor.
Vid. extractos en Barrantes, que realmente ha apurado la materia.
[p. 249]. [2] Vid. Llorente, cap. XXXVIII, art. I.
[p. 250]. [1] Cartas de algunos Padres de la Compañía de Jesús ( Memorial Histórico Español, tomo XIV, carta del Padre Sebastián González al Padre Rafael Pereyra, 27 de enero de 1637. )
[p. 251]. [1] El proceso de las monjas de San Plácido está en el Archivo Central de Alcalá de Henares. De lo más sustancial, y especialmente de las dos sentencias, corren multitud de copias en los tomos de papeles varios que poseen los curiosos, y aun creo que ha llegado a imprimirse en todo o en parte. Yo me valgo del manuscrito I-F-52 de la Biblioteca Real de Nápoles, que contiene:
I.-Relación del sucesso de San Plácido ante los Inquisidores.
II.-Hechos de Fr. Francisco García Calderón, Prior del Convento de la Encarnación Benita de San Plácido de Madrid, preso en las cárceles secretas de la Inquisición de Toledo, monje Benito; sobre que dieron sus censuras los Padres Mtros. Fr. Juan de San Agustín, Predicador de S. M., agustino; Fr. Hernando Muñoz, trinitario; Luis de Torres, jesuíta; Fray Pedro de Tapia, dominico; el Dr. Cristóbal de Guzmán, Maestro del señor Infante, y el Dr. D. Bartolomé de Castro, canónigo penitenciario de la Santa Iglesia de Toledo, calificador del Santo Oficio, una en 29 de julio de 1628, y otra en 4 de febrero del año de 1630.
III.-Copia de la protestación que hicieron para siempre las Monjas de San Plácido, que está al fol. 1.481 del Proceso.
IV.-Copia de la carta que escribió Fr. Francisco G. Calderón al Dr. Gaspar Gil, calificador del Santo Oficio, Canónigo Magistral de Zaragoza; la cual está al fol. 1.400 del Proceso original.
[p. 253]. [1] Fueron calificadores: Fr. Pedro de Urbina, de la Orden de San Francisco; Fr. Gabriel González y Fr. Juan García, de la Orden de Santo Domingo; Fr. Luis de Cabrera, de la Orden de San Agustín; Fr. Marcos Salmerón, de la Merced; Juan de Montalvo, Juan Martínez de Ripalda y Juan Antonio Usoz, jesuítas; y los doctores don Antonio Calderón y don José Argaez.
[p. 253]. [2] Hay una copia de esta segunda sentencia en el tomo CXVIII de Papeles Varios , manuscrito de la Colombina.
[p. 254]. [1] Vida | del Doctor D. Miguel de Moli- | nos Aragonés | condenado en Roma por el Sacrosancto y tremendo | Tribunal de la Inquisición. | «Umbras fugit veritas.» | Triunfo de la verdad | y de la Santidad de Nuestro Señor | Papa Inocencio XI. | Contra el dicho Miguel de Molinos | sus errores y maldades. | ( Relación escrita, a no dudarlo, por un testigo ocular. Es más completa que todas las que hemos visto. Se conserva en Roma, en la Biblioteca de la Embajada de España, manuscrito E–II y T–II, núm. 103. )
– Sommario del processo et abiura del Molinos. ( Página 289 de un manuscrito de la Biblioteca Casanatense de Roma, intitulado Varii Succesi Curiosi; X–VII–46. )
Hay en danés una monografía sobre Miguel de Molinos. ( Gotha, 1855. )
[p. 254]. [2] Me valgo para este análisis de la traducción francesa rotulada Guide Spirituelle pour degager l´ame des objets sensibles et pour la conduire par le chemin intérieur a la contemplation parfaite, et a la Paix intérieure, par Michel de Molinos, Prétre et Docteur en Théologie. Traduite sur la derniére édition Italienne, imprimée a Venise avec Approbation et Privilége. Amsterdam, chez A. Wolfgang… et chez P. Savouret, 1.688. ( Al fin del Récueil , de Gilberto Burnet, que citaré luego.
[p. 255]. [(A)] Manuductio spiritualis, una cum tractatu ejusdem de quotidiana communione in Latinam linguam translata ab Augusto Hermanno Franckio: liber in quo dogmata eorum qui Quietistae vocantur praecipua declarantur: additum decretum Innocentii XI contra Molinos et ejus sectam . Lipsiae, por Reinhardus Wechtler, 1687, 12.º
[p. 261]. [1] Las principales ediciones italianas de la Guía son:
Guida Spirituale por l´interiore Cammino all´acquisto della perfetta contemplazione e pace interiore. (Roma, por Miguel Ercole, 1675: en 12.º)
Idem, por el mismo impresor, 1677.
Idem, íd., 1681.
Guida Spirituale, etc., con un trattato della Communione quotidiana e l´eccellenza
dell´orazione mentale. (Venecia, G. Hortz, 1683; en 12.º. Va unido el Trattato della Communione quotidiana… Venecia, G. Hortz, 1683.)
En la edición de Roma (1675) se encuentra, además, una Lettera scritta ad un Cav. Spagnolo, per animarlo all’esercizio dell’orazione mentale con il modo di farla. (Roma, M. Ercole, 1675.)
En latín he visto la siguiente:
Michaelis de Molinos Manuductio Spiritualis, una cum tractatu ejusdem de quotidiana communione; in latinam linguam translata ab Augusto Hermanno Franckio: liber in quo dogmata corum qui Quietistae vocantur, praecipua declarantur: additum decretum Inn. XI contra Molinos et ejus sectam. Lipsiae, Reinhardus Wechtler, 1687. (En 12º)
[p. 262]. [1] Traité | de la Communion | Quotidianne. | Traduit de l’Espagnol de | Michel de Molinos, | Prêtre et Docteur en Théologie. Amsterdam, 1688. (En el Récueil de Burnet.) Allí mismo pueden verse dos cartas sobre las excelencias de la oración mental y el modo de practicarla. En la segunda se halla esta proposición: «Si el alma se distrae largo tiempo en pensamientos extravagantes y sucios, no deja de agradar a Dios, con tal que no consienta en ellos.»
En el códice b -IV-I de la Casanatense ( Molinosismo e Molinisti, condamnati dalla Suprema Congregazione del Santo Officio. Carte dirette e originali del fu Cardinale Casanata ) hay una consulta del párroco de Pomiglíano de Atella a Molinos, respondida por éste en 18 de febrero de 1680.
El libro atribuído por Nicolás Antonio a Molinos (art. Juan Baptista Catalá ) se rotula: Devoción de la buena muerte con ejercicios de meditación . (Valencia, Bernardo Nogués, 1662.) Nicolás Antonio conoció y trató a Molinos y fué uno de los primeros en desaprobar suGuía .
Dicen (pero debe ser exageración) que cuando prendieron a Molinos le encontraron más de 12.000 cartas. Tan grandes eran sus relaciones con los devotos de todos los países de Europa.
[p. 263]. [1] Libros quietistas prohibidos por decreto de 27 de febrero de 1688.
I.- La Vergine Assunta. Novena Spirituale per il Beatissimo Transito, Risurretione et Assuntione di Maria N. S. Composta de Pier Matteo Petrucci della Cong. dell´Oratorio di Iesi, con una Introduzzione all´Oratione interna, e con una esplicatione di sette punti di perfettione Christiana accennanti dal Ven. P. F. Gio. Taulero, In Macerata, per Carlo Zenobii, 1673.
II .-Meditationi et Esercitii prattici di varie Virtú ed estirpazione de´vitii per la Novena del Santissimo Natale di Giesú N. S. e per la Settimana Santa. Operetta di Pier Mateo Petrucci della Congregatione dell´Oratorio di Iesi. In Iesi, per Claudio Percimineo, 1676.
III .-Lettere e Trattati Spirituali e Mistici di Pier Matteo Petrucci, Prete della Congregatione dell´Oratorio di Iesi, parte prima. In Iesi, per Claudio Percimineo, 1678. In Venezia, per Gio. Giacomo Hertz, 1681.
IV .-Lettere e Trattati Spirituali e Mistici di Pier Matteo Petrucci, Prete della Congregatione dell´Oratorio di Iesi, parte seconda, nella Stampa Episcop. per Claudio Percimineo, 1678. In Venetia, per Gio. Giacomo Hertz, 1681.
V .-I mistici enigmi disvelati. Dichiaratione compendiosa dell´ultimo Sonetto della quarta parte delle Poesie del P. Petrucci, con un breve metodo per la guida dell´Anime all´Altezza Mistica della divina grazia guidate. In Iesi, per il Percimineo, 1680.
VI.-La contemplazione Mistica acquistata, in qui si sciogliono l´oppsitioni contro di quest´Oratione da Monsig. Petrucci. Vescovo di Iesi. In Iesi, nella stampa di Claud. Perciminei, 1681. In Venezia, 1682, per Gio. Giac. Hertz.
VII .-Il Nulla delle Creature e´l Tutto di Dio. Trattati due di Mons. Petrucci, Vesc. di Iesi. In Iesi, 1682.
VIII .-Lettere brevi spirituali e sagre di Mons. Petrucci, Vesc. di Iesi, parte prima. Iesi, 1682.
IX .-Lettere, etc. parte seconda. Aggiontovi in fine un Trattato per ben regolar le pasioni. Iesi, 1684.
X .-La Scuola dell´Oratione aperta dallo Petruc. all´Anime devotte nell´espositione d´una Sag. Canzonneta di S. Teresa, In Bologna, per Giacomo Monti, 1686.
XI .-Insegnamenti Spirituali per le Monache. Operetta di Benedetto Biscia, Prette della Congregatione dell´Oratorio di Fermo. In Iesi, per Claud. Percimineo, 1683.
XII .-Brevi documenti, per l´Anime che aspirano alla Cristiana perfettione di Bened. Biscia ( ut supra ). In Iesi, per il Perc., 1683.
XIII .-Giesù Spechio dell´Anima, dallo stesso Biscia. Roma, per il Vanacei, 1683.
XIV .-Propositions tirées des Livres et autres scrits du Docteur Molinos Chef des Quietistes condamnées par la Sainte Inquisition de Rome. ( Hoja suelta )
La canción de Santa Teresa, que en uno de los opúsculos de Petruzzi se glosa, es la que comienza:
«Vuestra soy: para Vos nací.
¿Qué mandáis hacer de mí?»
[p. 264]. [1] Manuscrito X-VII-46 de la Biblioteca de la Minerva.
[p. 266]. [1] Vivía entonces cerca de San Lorenzo in Panisperna, iglesia de monjas de San Francisco, en compañía de otros dos clérigos españoles.
[p. 267]. [1] Vid. para todo lo referido:
Récueil de ½ diverses pieces ½ concernant le Quietisme ½ et les ½ Quietistes, ½ ou Molinos, ses sentiments et ses disciples. ½ «Miseris succurrere disco.» ½ A Amsterdam, ½ chez A. Wolfgang…et chez P. Savouret.w | 1688.
Este raro libro, cuyo verdadero autor es (como queda dicho) Gilberto Burnet, es todo en defensa de los Molinosistas, aunque el autor era protestante. Contiene traducidas las obras de Molinos y, además, el extracto de una larga carta inglesa, escrita de Roma a Holanda, sobre el asunto de los quietistas .
Corren muchas relaciones manuscritas en tomos de Papeles Varios de las Bibliotecas de Francia, Italia y España, pero añaden bien poco a lo dicho. Véase, entre otras, el Sommario del processo et adjura del Molinos. (Manuscrito X-VII-46 de la Casanatense, pág. 289.)
En la Biblioteca Ambrosiana (P-241 Sup.) leí un Ristretto de´Processi fatti in Roma dal Tribunale del Santo Uffizio contro Michele Molinos, Antonio Maria e Simone Leoni, eretici quietisti l´anno 1687, sotto il Pontificato di PP. Inocenio XI.
Preceden a este manuscrito voluminoso, y en 4.º, dos retratos de Molinos, uno de ellos dibujado a lápiz perversamente, con el rótulo:Vera effigies pravissimi seductoris Michaelis de Molinos ad vivum delineata in actu solemnis abjurae factae in Eclesia Sanctae Mariae super Minervam, aetatis suae LX . Le representa vestido de clérigo y con la vela de la abjuración en la mano. El otro es un excelente grabado en acero (París, por G. Valet) sobre un dibujo hecho en Roma el día de la abjuración. Contiene, además de la sentencia de Molinos, las de muchos quietistas milaneses: Cristina de Jesús, monja milagrera, llamada en el siglo Dorotea Quaglia, y sus directores Fr. José Antonio de San Elías, carmelita calzado, Fr. Eugenio de Jesús y D. Urbano Iznardi.
Yo poseo en dos hojas manuscritas (letra del tiempo) un romance anónimo contra Molinos que comienza:
«Mirándose tan bien visto,
Aunque era tan mal mirado,
Molinos pretendió ser
Potente Rey de Romanos…
No le copio, porque es larguísimo y, además, indecente y perverso como poesía, lleno de equívocos retruécacos. No he podido averiguas su autor.
[p. 269]. [1] Tomo estos datos de un precioso códice de la Biblioteca de los Dominicos de la Minerva, de Roma, señalado b -IV-I que se rotula: Molinismo e Molinisti, ondamnati dalla Suprema Congregazione del Santo Ufficio. Carte dirette e originali del fu Scip. Cardidale Casanata.
[p. 270]. [1] Constan estas peregrinas noticias en el códice de la Casanatense, y algunas también en Gli eretici d´Italia , de Cantú (tomo III, disc.50).
[p. 273]. [1] Para completar las noticias de Molinos, añadiré que en el manuscrito X-V-27 (Papeles Varios), de la Casanatense, hay, a la pág. 231, dos cartas del hereje aragonés al Padre Oliva, General de la Compañía de Jesús, escritas en febrero de 1680, cuando comenzaron a esparcirse las primeras sospechas contra su doctrina. Molinos procura ponerse a cubierto: se da por muy amigo de los Jesuítas y partidario de la Compañía, y recuerda que, por serlo, le mortificaron y persiguieron los doctores de Valencia. Añade que a sus penitentes les recomendaba los Ejercicios de San Ignacio. Rechaza toda complicidad con los Begardos e Iluminados, de quienes dice que había resucitado en España en 1679, y que, pidiendo a él (Molinos) parecer sobre ellos, le había dado contrario (16 de febrero).
La respuesta del Padre Oliva es muy cortés, pero esquiva la cuestión diestramente. Confiesa no haber leído nada de Molinos; pero no puede creer lo que se refiere de su doctrina acerca de la oración de quietud (28 de febrero).
En su segunda carta hace Molinos algunas aclaraciones, sobre el sentido de dicha oración, aclarando las palabras de la Guía y trayendo en su abono gran número de místicos, así ortodoxos como heterodoxos (29 de febrero).
La segunda carta del Padre Oliva es medio irónica. Recuerda a Molinos que casi todas las monjas dirigidas por Jesuítas habían dejado sus consejos y la vía de la meditación para entregarse a la sublime oración de quietud, acerca de la cual trae consideraciones muy atinadas.
En otro volumen de Papeles Varios (X-IV-34), de la misma Biblioteca, hay un escrito titulado: La Política Segreta de Michele Molinos, scoperta da un Dottor, il quale essendo stato suo sequace, s´é finalmente ravveduto, e hora segue il partito della Santa Chiesa Romana.
[p. 273]. [(B)] Véase, además:
«Respuesta a vnos errores, que han aparecido vagos sin autor; bien que se presume prohijarse al insigne varón el Doctor Miguel de Molinos, de quien se dize al presente, estar preso en las Cárceles del Santo Tribunal de la Inquisición en Roma, y dize bien el título: Errores acerca de la nueva Contemplación, es oración de quietud. Pues todo el papel, no es otra cosa, que un embolismo de errores, assi en las proposiciones falsamente prohijadas a este docto e ilustrado varón, como en las impugnaciones que a ellas se responden.»-Impr. s. l. n. a. 25 págs. en folio. (Simancas. Inquisición-Leg.1595.)
Hay en danés una monografía sobre Miguel de Molinos (Gotha, 1855).
[p. 275]. [1] Vid. las biografías de Bossuet y Fenelón, por el Cardenal Beausset, y como libro racionalista Le Mysticisme en France, au temps de Fénélon , de Matter. (París, Didier, 1866.)
[p. 275]. [2] Sus obras completas llenan cuarenta volúmenes en la edición de París, 1790.
[p. 284]. [(C)] Sobre la diferencia entre el misticimos de Santa Teresa y el quietismo de Molinos hay algo útil en L’École d’Alexandrie de Barthelemy St. Hilaire.
Véase, además, El Misticismo Ortodoxo de Fr. Marcelino Gutiérrez y el discurso del P. Martín, S. I., de Salamanca, sobre Santa Teresa. Idem el libro del Obispo de Orihuela. Maura.
Mística ortodoxa y mística neo-platónica . (Alzog, III, 158; reproduciendo sin duda ideas de Goerres). «Conviene no olvidar aquí una diferencia esencial y muy a menudo desconocida.
»La mística cristiana, partiendo del hecho de la caída primitiva, tiende a restablecer la unión y semejanza del alma en el espíritu divino, mientras que el neo-platonismo, desconociendo la caída original, pretende llegar a la absorción total del alma en Dios, que es lo que constituye el panteísmo. Por lo mismo la primera se abstiene de hacer abstracción de la materia y del cuerpo, como los platónicos; a su vista el cuerpo es una cubierta manchada, en verdad con el pecado original, y que pone estorbos, no a la deificación del alma, que es imposible, sino a su actual semejanza a Dios.»
ESTAD FIRMES Y GUARDAD LAS TRADICIONES
ESTAD FIRMES Y GUARDAD LAS TRADICIONES
Roberto Gorostiaga
«Estad firmes y guardad las tradiciones» ( II Tes. 2, 15)

(Foto: Ing. Gorostiaga junto a Mons. Marcel Lefebvre)
Las ordenaciones episcopales del 29 de junio último en Ecóne han traído la división entre los católicos tradicionalistas, o sea, los que sostenían la Fe, la Misa, la moral de siempre frente a las innovaciones conciliares.
Conocimos a Mons. Lefebvre en Roma, en mayo de 1962, pues sabíamos que era uno de los prelados que creía en Cristo Rey y se oponía al “humanismo” que cundía. Las “nuevas teologías” que condenara Pío XII en “Humani Generis” levantaban cabeza a su muerte.
Durante el Concilio se opuso al triunfante humanismo, pidió la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María y la condena del comunismo ateo y después del Concilio fue llevado, ante la angustia de muchos jóvenes seminaristas, que estaban como ovejas sin pastor, a fundar el Seminario de Ecóne.
Estuvimos en Ecóne en 1975 y hablamos de la situación de nuestra Patria y de la eventual fundación de una casa en Buenos Aires.
En 1977 lo invitamos a visitar la Argentina y como resultado de esa visita quedó fundado el priorato de Buenos Aires; la obra de la Tradición se extendió rápidamente por la Argentina e Hispanoamérica y en pocos meses funcionaba un seminario con estudiantes de la Argentina, México, Colombia y otros países, el que luego se instalaría en La Reja.
Durante diez años pusimos nuestra Cabeza y nuestro corazón al servicio de esa Obra, en la que veíamos un pilar de la Tradición bimilenaria.
Algunas posiciones poco claras de Mons. Lefebvre y el comienzo de nuevas tratativas con el Vaticano nos trajeron inquietud, como también a no pocos tradicionalistas. Le escribimos al respecto; incluso una carta, a los dos obispos, antes de que las consagraciones fueran realizadas. Ellas significaron un corte profundo.
La documentación que la propia Fraternidad hizo pública, mostró la hondura de ese corte que hirió nuestro corazón, que no es de piedra.
San Jerónimo escribió a Heliodoro, invitándolo a vivir en el desierto: “Aunque vuestra madre, desgreñada y rotas las vestiduras os muestre los pechos con que os alimentó y aunque vuestro padre se tienda en el suelo sobre el umbral de la puerta; pasad por encima y seguid adelante…! Aquí el cariño exige ser cruel.” [1]
Santa Felicitas pasó pisando a su padre que la instaba a rehuir el martirio.
Cuando la expulsión de los jesuitas del Ecuador, en 1852, el joven novicio Manuel Proaño Vega, de diecisiete años, quiso seguir a los padres al destierro. Su madre, para que no lo hiciera, se tendió a lo largo del umbral de la casa de la Compañía. La gente quedó suspensa. García Moreno, presente como muchos fieles católicos, le dice con acento enérgico: “¡Firme, Manuelito, firme!”. El novicio se arrodilla junto a su madre y le dice: “Madre mía, primero es Dios y después mis cariñosos padres”. Y saltó por encima de ella. La madre vio en esto un signo de Dios y lo bendijo.
Veinte años después, el ya Padre Manuel Proaño Vega fue el que instó a García Moreno a consagrar al Ecuador, como Presidente, al Sagrado Corazón de Jesús [2].
Mas, dejemos que hablen esa documentación y el Magisterio de la Iglesia. ¡Ay de mí, si los callare!
El diálogo con los “anticristos”
Como escribió Mons. Leflebvre [3]: “El 28 de julio de 1987, el Cardenal Ratzinger abría nuevos horizontes que podrían hacer pensar legítimamente que por fin Roma nos miraba con ojos más favorables, …un Visitador era finalmente anunciado…” Y se reanudaron las negociaciones con el Vaticano.
Un mes después, el 29 de agosto en la fiesta de San Agustín, ya en plenas negociaciones, Monseñor escribía a los futuros obispos, padres Williamson, Tissier de Mallerais, Fellay y de Galarreta[4]: “La Cátedra de Pedro y los puestos de autoridad de Roma están ocupados por anticristos…” Y luego: “Vengo a vosotros por esta carta para pediros aceptar el recibir la gracia del Episcopado católico… Os conferiré esta gracia, confiando en que sin tardar la Sede de Pedro estará ocupada por un sucesor de Pedro perfectamente católico y en cuyas manos podréis depositar la gracia de vuestro episcopado para que él la confirme.”
Si no es “perfectamente católico” simplemente no es católico, pues como dice León XIII [5]: “El juicio que emite Santiago respecto a las faltas en el orden moral, hay que aplicarlo a los errores de entendimiento en el orden de la fe. Quien se hace culpable en un solo punto se hace transgresor de todos (Stgo. II,10). Esto es aún más verdadero en los errores del entendimiento…”
En cambio, sí es “perfectamente católico” adherir a la profesión de fe del Papa Hormisdas (A.C. 870), ratificada por el Concilio IV de Constantinopla y 1.000 años después por el Concilio Vaticano I:
“La condición primera para la salvación es guardar la regla de fe ortodoxa y no desviarse en modo alguno de los decretos de los Padres. Y puesto que en modo alguno puede desvirtuarse la palabra del Señor nuestro, Jesucristo, que dijo: Tú eres Roca y sobre esta Roca edificaré mi Iglesia (Mt. 16,18) esta afirmación se verifica con los hechos: porque en la Sede Apostólica siempre se ha conservado inmaculada la religón católica…” (D.S. 363, cf. D.S. 3066).
Aquella carta de Mons. Lefebvre fue recién conocida un año después; cuando la leímos no podíamos creer que hubiera sido escrita al reiniciarse las tratativas, pero sus tremendas consideraciones no impidieron que aquéllas siguieran su curso.
El tradicionalismo libre en la Iglesia conciliar libre
Así, el Vaticano designó como visitador apostólico para las obras de la Fraternidad San Pío X, a quien Mons. Lefebvre prefería, el Cardenal Gagnon. La revista Fideliter, de enero-febrero 1988, narra la visita apostólica que éste y su auxiliar Mons. Perl realizaron en noviembre y diciembre a los prioratos, seminarios, escuelas de la Fraternidad y a otras comunidades religiosas a ella vinculadas. Luego hicieron lo propio en Alemania.
Fueron recibidos como los enviados, no del “anticristo que ocupa la Sede de Pedro” sino del Vicario de Cristo. Los coros cantaban Tu es Petrus, en San Nicolás du Chardonnet se preparó un trono con las armas papales, reinaba un clima de fiesta, pues parecía que al fin el Vaticano “dejaba hacer la experiencia de la Tradición”. El informe del visitador apostólico al “Vicario de Cristo-anticristo” fue muy favorable.
“El Papa parecía dispuesto a dar cabida a la Tradición en el amplio margen del ‘ecumenismo conciliar’.Mons. Lefebvre estaba contento. Sin embargo, la cuestión de los obispos lo preocupaba”, comenta la publicación de la Fraternidad [6]. Por ello, un trabajo de hace cinco años, “L’attitude actuelle de Mgr. Marcel Lefebvre” del Abbé V. M. Zins [7], se subtitula “El tradicionalismo libre en la Iglesia conciliar libre”.
Así las cosas, el 15 de abril del presente año, desde Albano, Mons. Lefebvre dirige a “Su Eminencia Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe”, la siguiente carta:
“Eminencia:
“Siguiendo los trabajos de la Comisión encargada de preparar una solución aceptable para el problema que nos preocupa, parece que —con la gracia de Dios— nos encaminamos hacia un acuerdo, de lo cual estamos muy felices.
“Me permito adjuntar a estas líneas la declaración doctrinal, ligeramente modificada, tal como creo poder firmarla y que, espero, tendrá su aprobación.
“Habrá, sin duda, algunas precisiones que agregar al documento canónico para la Comisión Romana, en la cual deseo —al menos en principio— cooperar, para facilitar las soluciones de los diversos casos de quienes estuvieron a nuestro lado durante estos últimos años y que desean también un feliz resultado a sus problemas.
“En esta ocasión, ¿no sería deseable que se acuerde a todos los Obispos y sacerdotes la posibilidad de utilizar los libros litúrgicos de Juan XXIII?
“Tener un sucesor en el episcopado me regocija vivamente y agradezco al Santo Padre y a usted. Un solo obispo no bastará para la tarea a hacer, ¿no sería posible tener dos, o al menos que se prevea la posibilidad de aumentar el número en seis meses o un año?
“Le ruego, Eminencia, expresar al Santo Padre mi vivo agradecimiento y el de todos los que represento y recibir mis sentimientos respetuosos y fraternales in Christo et Maria.
“Marcel Lefebvre
Arzobispo – Obispo emérito de Tulle.”
El acuerdo firmado
El 4 de mayo se establece un Protocolo de acuerdo, que se firma el 5 y que en su declaración doctrinal dice[8]: “Yo, Marcel Lefebvre, Arzobispo-Obispo emérito de Tulle, así como los miembros de la Fraternidad San Pío X por mí fundada:
“1. Prometemos ser siempre fieles a la Iglesia Católica y al Pontífice Romano, su Pastor Supremo, Vicario de Cristo, sucesor del Bienaventurado Pedro en su Primado y cabeza del cuerpo de los obispos.
“2. Declaramos aceptar la doctrina contenida en el número 25 de la Constitución dogmática LUMEN GENTIUM del Concilio Vaticano II sobre el Magisterio Eclesiástico y la adhesión que le es debida.
“3. A propósito de ciertos puntos enseñados por el Concilio Vaticano II o que conciernen a las reformas posteriores de la liturgia y del derecho y que nos parecen difícilmente conciliables con la Tradición, nos comprometemos a tener una actitud positiva de estudio y de comunicación con la Sede Apostólica, evitando toda polémica.
“4. Declaramos además reconocer la validez del sacrificio de la Misa y de los sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia tanto según los ritos indicados en las ediciones típicas del misal Romano como de los Rituales de los Sacramentos promulgados por los Papas Paulo VI y Juan Pablo II.
“5. Finalmente prometemos respetar la disciplina común de la Iglesia y las leyes eclesiásticas, especialmente aquéllas contenidas en el Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II quedando salva la disciplina especial concedía a la Fraternidad por una ley particular.”
Entre las cuestiones jurídicas se acuerda la formación de una “2. COMISION ROMANA… para coordinar las relaciones con los diversos Dicasterios y los obispos diocesanos… Ella tendría, además, la función de vigilancia y apoyo para consolidar la obra de reconciliación y reglamentar las cuestiones relativas a las comunidades religiosas que tengan un vínculo jurídico o moral con la Fraternidad”.
Así, “3.4. A los miembros de las comunidades que viven según la regla de los diversos Institutos religiosos (Carmelitas, Benedictinos, Dominicos, etc.) y que están moralmente unidos a la Fraternidad, conviene acordarles, según cada caso, un Estatuto particular que regule sus relaciones con la orden respectiva”.
Y casi al final se acuerda: “5.2. Pero, por razones prácticas y psicológicas, aparece la utilidad de la consagración de un Obispo miembro de la Fraternidad. Por lo cual en el cuadro de la solución doctrinal y canónica de reconciliación, sugerimos al Santo Padre nombrar un Obispo elegido en la Fraternidad, presentado por Monseñor Lefebvre. En consecuencia del principio indicado más arriba (5.1.) este obispo normalmente no es Superior General de la Fraternidad. Parece oportuno que sea miembro de la Comisión Romana […].
“(Firmado) Joseph Cardenal Ratzinger – Marcel Lefebvre.”
La ruptura del acuerdo
Pero el 6 de mayo Monseñor escribió al Card. Ratzinger [9]:
“Con verdadera satisfacción firmé ayer el protocolo elaborado en los días precedentes. Pero usted mismo pudo apreciar mi profunda decepción al leer la carta que me remitió [esta carta no figura en el “Dossier especial”, ¿por qué?] donde me daba respuesta del Santo Padre en relación a la consagración episcopal.
“Prácticamente, diferir la consagración episcopal a una fecha ulterior no fijada; sería la cuarta vez que aplazó la consagración. La del 30 de junio había sido indicada en mis cartas precedentes como fecha límite [… ]
“Si la respuesta fuera negativa, me vería obligado en conciencia a proceder a la consagración, apoyándome sobre el consentimiento dado por la Santa Sede en el Protocolo para la consagración de un Obispo miembro de la Fraternidad […].
“Todos [?] desean que esta consagración se realice con el acuerdo de la Santa Sede… Esperando que este pedido no sea un obstáculo irreductible para la reconciliación en curso, le ruego, Eminencia, reciba mis sentimientos respetuosos y fraternales «in Christo et María».”
El 20 de mayo se dirigió así a Juan Pablo II [10]:
“Santísimo Padre:
“Mientras nacía cierta esperanza en relación a la posible solución del problema de la Fraternidad, luego de la firma del Protocolo surgió una grave dificultad respecto al Episcopado acordado a la Fraternidad para sucederme en mi función […].
“El 30 de junio se me presenta como la última fecha para realizar esta sucesión […].
“Santísimo Padre, poned un término a este doloroso problema de los sacerdotes, de los fieles y de Vuestro servidor, quienes, guardando la Tradición, no han tenido otro deseo que el de servir a la Iglesia y salvar almas [… ]
“El desarrollo de ese ambiente renovado, alentado por Vuestras decisiones, Santísimo Padre, restaurará las diócesis por los contactos con los obispos y el clero. Algunos obispos nos confiarán la formación de seminaristas y así, con la gracia de Dios, la Iglesia recobrará una renovada juventud y transformará la sociedad pagana en sociedad cristiana.
“Comprenderéis fácilmente porqué un solo Obispo no bastaría en un campo de apostolado tan amplio.
“Si me permito someter estas consideraciones a Vuestro juicio, es con el más profundo deseo de ayudaros a solucionar esos graves problemas que Vos os esforzáis por resolver en el curso de vuestros viajes apostólicos [11]
“Dignaos recibir, Santísimo Padre, la expresión de mis sentimientos respetuosos y filiales en Jesús y María.”
El ultimátum a la que se reconoce como autoridad suprema
Y el 26 de mayo escribió nuevamente [12] al Card. Ratzinger:
“[…] con gran pesar, nos vemos obligados a pedirle que antes de la fecha del primero de junio [13] nos indique claramente cuáles son las intenciones de la Santa Sede sobre esos puntos: consagración de tres obispos para el 30 de junio y mayoría de miembros de la Tradición en la Comisión Romana.
“Si no hay respuesta a esa solicitud, procederé a la publicación de nombres de los candidatos al Episcopado que consagraré el 30 de junio con la asistencia de Su Excia. Mons. de Castro Mayer.”
“[…] dígnese Eminencia recibir mis sentimientos respetuosos [?] y fraternales en Jesús y María…”
(Firmado) ” Marcel Lefebvre.”
Cuatro días después (el 30-V) Monseñor realizó una exposición ante superiores y superioras de comunidades religiosas tradicionales y algunos sacerdotes convocados por él en Pointet, requiriendo su consejo y apoyo.
Transcribimos algunas de las notas que da el ya citado documento de la Fraternidad [14] :
“Quince años de oposición a las desviaciones doctrinales del concilio y a las reformas nacidas de este espíritu conciliar, a fin de permanecer fieles a la fe y a las fuentes de la gracia santificante…
“El obispo formaba el vínculo moral y aún el vínculo eclesial con la Roma modernista. Hay que reconocer que los esfuerzos para corregir el espíritu y las reformas del Concilio fueron vanos, así como los pedidos para autorizar oficialmente «la experiencia de la Tradición».”
“Ventajas [del acuerdo con Roma]:
“Normalización canónica de nuestras obras.
“Se retoman las relaciones con Roma por parte de cada una de las obras […]
“Obispo consagrado con el acuerdo de la Santa Sede.
“Inconvenientes:
“Dependencia mesurada pero cierta de la Roma modernista y conciliar [… ]
“Disociación de nuestra unidad moral creada en torno a mi persona, que desaparece en provecho, por una parte del Cardenal Ratzinger y por otra de los diferentes superiores generales y generalas que tendrán trato directo con Roma, pero que podrán continuar dirigiéndose al obispo consagrado para la Tradición [. . . ]
“El problema moral, pues, se presenta para nosotros.
“¿Hay que correr los riesgos que significa el contacto con los medios modernistas… y así permanecer legalmente unidos a Roma en la letra, puesto que lo estamos en la realidad y en el espíritu?
“¿Qué es preciso ante todo, preservar la familia tradicional para mantener su cohesión y su vigor en la fe y en la gracia, considerando que el nexo puramente formal con la Roma modernista no puede equipararse con la protección de esta familia, que representa lo que resta de la verdadera Iglesia Católica? […]”
(Los que están fuera de esa familia, ¿no son la Iglesia Católica? ¿Cómo se negocia con ellos?)
“NOTA: Mons. de Castro Mayer prometió venir el 30 de junio para las consagraciones episcopales, con tres sacerdotes de su diócesis.”
La respuesta del “Santísimo Padre” ¿o “anticristo”?
A aquella carta el Card. Ratzinger respondió [15] el 30 de mayo:
“Excelencia:
“Luego de haber sido recibido en Audiencia por el Santo Padre el viernes 27 de mayo, como se lo indiqué en nuestro coloquio del 24, puedo ahora responder a la carta que me remitió ese mismo día a propósito de los problemas sobre la mayoría de miembros de la Fraternidad en la Comisión Romana y la Consagración de Obispos.
“En lo que concierne al primer punto, el Santo Padre juzga que conviene mantener los principios fijados en el punto II/2 del Protocolo que Ud. aceptó. Esta Comisión es un organismo de la Santa Sede al servicio de la Fraternidad y de las diversas instancias con las cuales habrá que tratar para establecer y consolidar la obra de reconciliación. Además, no es ella, sino el Santo Padre quien, en última instancia, tomará las decisiones: el problema de una mayoría no se presenta; los intereses de la Fraternidad están garantizados por su representación en el seno de la Comisión, y no hay razón para que persistan los temores que usted expresó con relación a los otros miembros, puesto que la elección de esos otros miembros será efectuada por el mismo Santo Padre.
“En relación al segundo punto, el Santo Padre confirma lo que ya le indiqué de su parte, a saber, que El está dispuesto a nombrar un Obispo miembro de la Fraternidad (en el sentido del punto II/5.2. del Protocolo), y a acelerar el proceso habitual de nombramiento de manera que la consagración pueda realizarse para la clausura del Año Mariano, el 15 de agosto próximo.
“En la práctica, esto requiere que, a la brevedad, usted presente a Su Santidad un número mayor de legajos de candidatura, para permitirle elegir libremente un candidato que corresponda al perfil considerado en los acuerdos y al mismo tiempo a los criterios generales de aptitud que la Iglesia tiene para el nombramiento de obispos [… ]
“Pero como usted recientemente anunció la intención de ordenar tres obispos el próximo 30 de junio con el acuerdo de Roma o sin él, es necesario que en esta carta (Cf. nº 4 del proyecto) diga claramente que renuncia a ello y que se somete con plena obediencia a la decisión del Santo Padre […]”
El juicio propio por sobre quien se “reverencia” como Papa
El documento de la Fraternidad así comenta [16]dicha carta:
“¿Por qué solicitar ahora nuevos legajos y la ampliación del número de candidatos cuando ya habían sido convenientemente presentados a su debido tiempo? La intención de postergar lo más posible las consagraciones es evidente. Así lo entendió Mons. Lefebvre y así lo expresó al Papa en la carta del 2 de junio:
“Santísimo Padre:
“[…] En razón del rechazo de considerar nuestros pedidos, y siendo evidente que el objetivo de esta reconciliación no es en absoluto el mismo para la Santa Sede que para nosotros, creemos preferible esperar momentos más propicios cuando Roma vuelva a la Tradición.
“Por eso nosotros nos daremos, nosotros mismos, los medios para proseguir la Obra que la Providencia nos ha confiado, asegurados, por la carta de Su Eminencia el Cardenal Ratzinger, fechada el 30 de mayo, que la consagración episcopal no es contraria a la voluntad de la Santa Sede, puesto que fue concedida para el 15 de agosto.
“Continuaremos rezando para que la Roma moderna, infestada de modernismo, vuelva a ser la Roma católica y recobre su Tradición dos veces milenaria. Entonces, el problema de la reconciliación ya no tendrá razón de ser y la Iglesia volverá a tener una renovada juventud.
“Dignaos recibir, Santísimo Padre, la expresión de mis sentimientos respetuosos y filiales [?] en Jesús y María.”
(Firmado) “Marcel Lefebvre.”
¿Cómo podría la Santa Sede, el Santísimo Padre, la Iglesia Romana alejarse de la Fe?
“Porque el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para manifestar una nueva doctrina recibida de él por revelación, sino para que, con su asistencia, custodiaran santamente y expusieran fielmente la doctrina recibida de los apóstoles, es decir, el depósito de la fe. Y ciertamente, todos los Santos Padres han abrazado su doctrina apostólica, y la han venerado y seguido los santos doctores ortodoxos. Pues sabían perfectamente que esta Sede de San Pedro permanece libre de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al Príncipe de sus Apóstoles: Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos (Le. 22,32)”. (D.S. 3070).
Esta oración, ¿se habría vuelto ineficaz? ¿En vez de confirmar en la fe a sus hermanos los aparta de ella? No, el sucesor de Pedro no desfallece en la Fe y si “manifiesta una nueva doctrina” no es el sucesor de Pedro.
“Este carisma de verdad y de fe que nunca faltará fue dado por Dios a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra, para que desempeñaran su excelso cargo en orden a la salvación de todos; para que toda la grey de Cristo, apartada por ellos de los pastos venenosos del error, se nutriera con el alimento de la doctrina celestial; para que, quitada la ocasión de cismas, se conservara en la unidad la Iglesia entera y, apoyada en su cimiento se mantuviera firme contra el poder del infierno” (D.S. 3071).
Sobre la consagración de obispos dice el derecho Canónico: “La consagración episcopal está reservada al Pontífice Romano, tal que no está permitido a ningún obispo consagrar a algún obispo, antes que el mandato del Pontífice haya sido reconocidamente establecido” (Can. 953).
La Iglesia católica es una sola y santa, sin mancha ni arruga
Mons. Lefebvre da un documento, el 19 de junio [17] , en que explica las negociaciones con Roma y su ruptura. Y concluye diciendo: “La Roma actual, conciliar y modernista no podrá tolerar jamás la existencia de una rama vigorosa de la Iglesia Católica que con su vitalidad la condena.
“Será preciso esperar, sin duda, algunos años para que Roma reencuentre su Tradición bimilenaria…”
¿Qué es esta “rama vigorosa” de un tronco enfermo?
Pero como dice la Bula Unam Sanctam: “Por imperativo de la fe estamos obligados a creer y sostener que hay una santa Iglesia católica y apostólica. Nosotros la creemos firmemente y abiertamente la confesamos. Fuera de ella no hay salvación ni remisión de los pecados, como quiera que el Esposo clama en los cantares: Una sola es mi paloma, una sola es mi perfecta (Cant. 6,8)… Ella representa el único cuerpo místico, cuya cabeza es Cristo, y Dios la cabeza de Cristo. En ella hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo (Ef. 4,5). Porque, en efecto, una sola fue el arca de Noé, en tiempos del diluvio, la cual prefiguraba a la única Iglesia. Rematada con toda precisión (cf. Gén. 6,16), tenía un único piloto y un único jefe: Noé. Fuera de ella, pereció todo cuanto existía sobre la tierra, según leemos” (D. S. 870).
Y en ella la autoridad, aunque “haya sido dada a un hombre y sea un hombre el que la ejerce, no procede de un hombre, sino de Dios. Pues ha sido dada por boca de Dios a Pedro, y consolidada para él y sus sucesores en Aquél que él, la roca, había confesado, cuando el Señor dijo al mismo Pedro: Todo lo que atares… (Mt. 16,19). Quienquiera, pues, que se opone a esta autoridad ordenada por Dios, se opone a la ordenación divina (Rom. 13,2). A no ser que se imagine, como lo hizo Manes, que hay dos principios, opinión que juzgamos falsa y herética” [cf. n. 199.200.203] (D.S. 874).
“Por consiguiente —concluye la Unam Sanctam— declaramos, afirmamos, definimos y pronunciamos, que el someterse al Romano Pontífice es a toda creatura humana absolutamente necesario para la salvación” (D.S. 875).
El juicio propio se sustituye al régimen tradicional de la Iglesia
El 30 de junio Mons. Lefebvre con asistencia de Mons. de Castro Tayer procedió en Ecóne a consagrar obispos a los cuatro sacerdotes que había designado diez meses antes.
Dice la revista de la Fraternidad [18] : “Normalmente toda consagración episcopal debe contar con un mandato apostólico del Santo Padre. Al carecer del mismo en el presente caso, fruto de la malicia de los que ocupan los puestos en Roma, Mons. Lefebvre elaboró el siguiente mandato que expresa sus sentimientos al respecto:
“—¿Tenéis un mandato apostólico?
“—Lo tenemos.
“—Que sea leído.
“—Este mandato lo tenemos de parte de la Iglesia Romana, siempre fiel a la Santa Tradición que Ella ha recibido de los Apóstoles…
“Desde el Concilio Vaticano II hasta hoy, las autoridades de la Iglesia Romana están animadas por el espíritu del modernismo; ellas han obrado contra la Santa Tradición…
“Es por este mandato de la Santa Iglesia Romana siempre fiel, que nosotros elegimos para el Episcopado de la Santa Iglesia Romana a los sacerdotes aquí presentes, como auxiliares de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X: Padre Bernard Tissier de Mallerais; Padre Richard Williamson; Padre Alfonso de Galarreta; Padre Bernard Fellay.”
En la carta del 29 de agosto (véase nota 4) en que les pedía “aceptar el recibir la gracia del Episcopado católico” les decía:
“El fin principal de esta transmisión es el de conferir la gracia del orden sacerdotal para la continuación del verdadero sacrificio de la Misa, y para conferir la gracia del sacramento de la confirmación a los niños y a los fieles que os la pidan…
“En fin os conjuro a permanecer unidos a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, a permanecer profundamente unidos entre vosotros, sometidos a Su Superior General, en la Fe católica de siempre…”
Un episcopado no católico
¿Qué obispos son éstos sin jurisdicción, sin mandato de la Santa Sede sino “elaborado” ad hoc por Mons. Lefebvre (“nosotros nos daremos, nosotros mismos, los medios para proseguir la Obra que la Providencia nos ha confiado”); consagrados principalmente para conferir dos sacramentos y a ser confirmados cuando haya un Papa “perfectamente católico”, sin funciones pues de gobierno ni judiciales sino “auxiliares de la Fraternidad” y “sometidos a su Superior General”?
Como dice Homero Johas con precisión y firmeza [19]: “La conciencia individual no es libre moralmente para decidir contra la ley impuesta por la legítima autoridad de la Iglesia, dentro de sus límites divinamente establecidos. Cristo no es sólo Padre, no sólo Redentor, sino también un legislador que debe ser obedecido: «quien no oye a la Iglesia, sea para ti como un pagano». Por lo tanto, la defensa de la fe en tiempos de herejía, se hace por las leyes de la Iglesia sobre los delitos contra la Fe y no por juicios o decisiones particulares contra aquéllas, por la invención de nuevas doctrinas para justificar el propio modo de obrar.
“Se pretende que la insumisión a un papa en el cual se reconoce una «jurisdicción válida» no sería cismática, porque habría mera desobediencia y no oposición a la «función en cuanto tal». Ahora, en el caso concreto actual existiría oposición a la «función en cuanto tal» relativa al cargo papal y existiría sistemática y pertinaz insumisión a un papa de quien se juzga que es papa, con jurisdicción válida: habría pues una posición herética y cismática.”
Pues los Padres del Concilio Vaticano I, aprobado por Pío IX: “…enseñamos y declaramos que la Iglesia romana posee, por disposición del Señor, el primado de potestad ordinaria sobre todas las otras iglesias, y que esta potestad de jurisdicción del Romano Pontífice es verdaderamente episcopal e inmediata. A esta autoridad están ligados por un deber de subordinación jerárquica y de verdadera obediencia, los pastores y fieles de cualquier rito y dignidad que sean, tanto individualmente como todos juntos; tanto en las cosas que pertenecen a la fe y costumbres, como también a aquéllas que se refieren a la disciplina y al régimen de la Iglesia extendida por todo el mundo. Para que así, guardando con el Romano Pontífice la unidad tanto de comunión como de profesión de la misma fe, sea la Iglesia de Cristo un solo rebaño, bajo un solo pastor supremo. Tal es la doctrina de la verdad católica, de la que nadie puede desviarse sin menoscabo de su fe y de la salvación” (D.S. 3060).
Y lo confirman con anatema a quien dijere lo contrario (Conc. Vat. I, Constit. I, Pastor Aeternus, Cap. II, Canon, D.S. 3064).
Sabemos pues que “en la Sede Apostólica, siempre se ha conservado inmaculada la religión católica” (D.S. 363,3066) y que su autoridad suprema se ejerce como vimos “tanto en las cosas que pertenecen a la fe y costumbres, como también a aquéllas que se refieren a la disciplina y al régimen de la Iglesia” (D.S. 3060).
Y “someterse al Romano Pontífice es a toda creatura humana absolutamente necesario para la salvación” (D.S. 875).
Por tanto, si Juan Pablo II es Papa legítimo se le debe no sólo reverenciar con los labios sino acatar sus decisiones, pues quien “rehusa someterse al Romano Pontífice es cismático” (C.D. Can. 1325 #2).
“Si alguno no trae esta doctrina no le recibáis en casa ni le saludéis.
Porque quien le saluda participa de sus malas obras”
(II Juan, 8,10)
Pero si ha apostatado públicamente de la fe católica, si niega pertinazmente alguna de las verdades que han de ser creídas con fe divina y católica o la pone en duda (v.g. que fuera de la Iglesia no hay salvación) entonces ha renunciado tácitamente a su cargo [20] y se ha vuelto, sí, un “anticristo que ocupa la cátedra de Pedro”.
Entonces, ¿qué diálogo cabe con él y quienes “ocupan los puestos de autoridad de Roma”? ¡Ninguno! Clama, ne cesses! No se puede “evitar la polémica” (Protoc., 1,3). Dice San Vicente Ferrer que es muy peligroso para el alma cristiana adherirse como a papa al que no lo es: “El papa legítimo es padre universal de los cristianos, y la Iglesia es madre. Además, prestando obediencia a uno que no es papa y tributándole honores papales, se quebranta el primer precepto de la primera tabla, en el cual se ordena: No adores a dios extranjero, ni ídolo, ni estatua, ni semejanza alguna del cielo. ¿Qué otra cosa es el falso papa sino un dios extranjero en este mundo, un ídolo, una estatua, una imagen ficticia de Cristo? Si existe el cisma, es necesario que haya cismáticos, que no son precisamente los que obedecen al papa verdadero, sino los que obedecen al falso cual si fuera legítimo. La ignorancia no excusa a los cismáticos, porque, según San Pablo: Si alguno lo desconoce, será él desconocido. Con todo, hay que notar que en este género de ignorancia no todos pecan del mismo modo. Cuanto más excelentes son los hombres en ciencia o en algún oficio o grado, tanto mayor es su pecado de ignorancia [… ] Ya quienes incumbe predicar de oficio están obligados a informar pública y solemnemente al pueblo cristiano de la verdad del sumo pontífice y de la Iglesia romana. A éstos se les dice en San Mateo: Lo que yo os digo en la oscuridad decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, predicadlo sobre los tejados.”[21]
Hay una enemistad, puesta por Dios mismo entre la mujer y la serpiente, entre los hijos de Una y otra (Gen. 3,15). No cabe el diálogo ni las negociaciones entre ambos. El diálogo de nuestra madre carnal Eva con la serpiente fue fatal para la humanidad. En cuanto se discierne su “cola serpentina” hay que “poner mucho rostro”, “haciendo el opposito (sic) per diametrum” (22). No hay tres banderas sino dos y entre ellas no hay relaciones.
En cambio Mons. Lefebvre escribió explicando su ruptura del acuerdo firmado “con verdadera satisfacción”: “Aunque nosotros nunca hayamos querido romper las relaciones con la Roma Conciliar…[23]. Por lo dicho la posición actual de Mons. Lefebvre y su Fraternidad (nos duele y nos ha costado meses el decirlo) es una tentación sutil y peligrosísima que ha enervado no ya a la masa, sino a la levadura que debía fermentarla, a esa minoría fiel a la Tradición, pequeña grey que se ha vuelto pequeñísima, humanamente despreciable. Y bien, siguiendo los consejos ignacianos decimos, violentando nuestro afecto sensible, que no queremos diálogo con él, ni sus obispos, ni su Fraternidad. Antes de agradar a los hombres hay que obedecer a Dios y el primer amor está en decir la verdad.
Esta posición parece dura pero se acompaña de un gran afecto sobrenatural a quien amamos y seguimos durante tantos años de tantas pruebas para la fe.
Revista “Roma” N° 107, Diciembre de 1988 Pg. 01
ESTO LO ESCRIBIÓ EL INGENIERO GOROSTIAGA EN 1988. CUANDO MURIÓ, ÉL ERA UN VALEROSO PREDICADOR DE LA POSICIÓN SEDEVACANTISTA Y DE LA ELECCIÓN DEL PAPA PARA ACABAR CON LA VACANCIA DE LA SEDE DE PEDRO. (Nota añadida]
—————————————
ÍNDICE DEL N° 107
[1] Ver ROMA 97, p. 42.
[2] 2.- Severo Gómez Jurado, S.J., La consagración, Ed. Fray Jodoco Ricke, Quito, Ecuador, 1973, pp. 9-10 y 17-18.
[3] En Ecóne, 19 de junio de 1988. En Jesús Christus, Dossier especial, p. IX. de la Fraternidad San Pío X.
[4] Credidimus Caritati, de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Seminaio de La Reja, año IV, nº 18, julio 1988, p. 5.
[5] Satis Cognitum, Encíclicas Pontificias, IV edic., tomo I, p. 55, edit. Guadalupe, Buenos Aires, 1963.
[6] Jesús Christus, Dossier especial, p. I.
[7] Director de Sub tuum praesidium, 34 rué de la Californio, 37.000 Tours, Francia.
[8] Jesus Christus, Dossier especial, pp. II-III.
[9] Jesus Christus, Dossier especial, p. IV.
[10] Jesús Christus, Dossier especial, p. V-VI.
[11] Véase en ROMA 106 “Itinerario ecuménico de Juan Pablo II”, algunos de sus dichos y hechos públicos en esos “viajes apostólicos”.
[12] Dossier especial, p. VII.
[13] Subrayado en el original.
[14] Dossier especial, pp. X y XI.
[15] Dossier especial, pp. VII-VIII.
[16] Dossier especial, p. VIII.
[17] Jesus Christus, Dossier especial, p. IX.
[18] Credimus Caritati, íbld., p. 15.
[19] En “Así muere la fe”, ROMA nº 106, pp. 27-28.
]20] Homero Johas, “Renuncia tácita al Sumo Pontificado «ab ipso jure admissa»”, ROMA nº 96. Véase también del mismo autor: “Pérdida de la jurisdicción papal” y “La jurisdicción en época de herejía papal”, ROMA nº 103; y “La doctrina de la Iglesia sobre la pérdida del Sumo Pontificado por herejía pública”, ROMA nº 104.
[21] Véase “Tratado del cisma moderno”, ROMA nº 98, p. 21.
[22] San Ignacio, Reglas de discreción de espíritus.
[23] Ecóne, 19-VI-88, en Dossier especial, p. IX.
Tomado de Católicos Alerta por medio de Cubacatólica
Cosmología tomista 17/18.Facultades de los animales.
Facultades de los animales.
Lo que se ha dicho en la Psicología hace innecesario, hasta cierto punto, enumerar y discutir las facultades o potencias propias de los brutos, habiéndose tratado ya allí de aquellas facultades en que el hombre conviene con los animales. Por esta razón, creemos suficientes aquí las breves indicaciones que siguen:
1ª La sensibilidad, que constituye el atributo característico de los animales, colocándolos en un grado superior a los vegetales e inferior al hombre, tiene dos grandes manifestaciones o fases, que son la sensibilidad externa y la interna. La primera envuelve menor perfección que la segunda, razón por la cual se encuentra generalmente en todos los animales más o menos desarrollada por medio de los cinco sentidos externos, bien que dejando a las investigaciones de los naturalistas el averiguar si todos los animales poseen todoslos cinco sentidos externos.
2ª La experiencia demuestra que entre la sensibilidad puramente externa y la interna, existe en algunos animales una facultad locomotriz, o sea la facultad de trasladarse de un lugar a otro. Esta facultad radica en los sentidos internos, y se determina o refiere en cierto modo a la sensibilidad externa, en atención a que el movimiento traslaticio se realiza y ejecuta por medio de los miembros del cuerpo y bajo la dirección inmediata de los sentidos externos.
3ª La sensibilidad interna, al menos según existe en los animales más perfectos, comprende las siguientes facultades o potencias.
a) El sentido común, al cual pertenece: 1º reunir y [281] concentrar las sensaciones propias y particulares de los sentidos externos: 2º discernir por medio de una conciencia imperfecta, rudimentaria e instintiva, las sensaciones externas, percibiendo y sintiendo el sabor como distinto del ruido: 3º ser la causa próxima y la razón inmediata del sueño, al menos considerado éste fenómeno fisiológico con relación a los sentidos externos, cuyas funciones quedan impedidas, una vez impedido por los vapores u otras causas, el órgano del sentido común, con el cual comunican los órganos de los sentidos externos por medio de diferentes nervios que se reúnen y concentran en el sensorio común.
b) La imaginación, a la cual pertenece conservar las imágenes o representaciones de los objetos percibidos por los sentidos externos, y percibir o representarse, en consecuencia, objetos ausentes con ausencia del tiempo o del espacio. Esto es lo que pertenece a la imaginación puramente animal y sensitiva; pero no debe olvidarse que en el hombre tiene también el poder de formar representaciones complejas, reuniendo, separando y combinando de diferentes maneras las imágenes recibidas por los sentidos, poder que conviene a la imaginación del hombre a causa de su afinidad, dependencia y subordinación con respecto a la razón.
c) La estimativa, o sea la facultad de percibir en los objetos materiales ciertas propiedades que no perciben los demás sentidos, por lo cual las llamaban los Escolásticos razones o realidades no sentidas, rationes insensatae, porque no alcanza hasta ellas la acción de los sentidos externos. De manera que el acto de la estimativa, viene a ser una percepción que envuelve una especie de juicio natural e instintivo, mediante el cual el bruto discierne y distingue lo que le es malo o bueno, nocivo o provechoso, útil o inútil, &c. Así, cuando «la oveja ve al lobo que viene, dice santo Tomás, huye, no por causa del color o de la figura, sino porque lo percibe como enemigo de su naturaleza.» A esta facultad deben referirse todos aquellos movimientos y acciones de los animales, que ofrecen cierta analogía con los actos del hombre, y con las obras del arte e industria, movimientos y [282] operaciones, que no son, en realidad, más que actos espontáneos, instintivos y necesarios del apetito sensitivo, que tienen su razón de ser y son determinados por la percepción de la estimativa.
d) La memoria sensitiva, cuyo oficio propio es recibir y conservar estas percepciones de la estimativa, o sea las imágenes o representaciones de los objetos como conocidos por la estimativa, así como la imaginación recibe y conserva las representaciones de los objetos en cuanto percibidos por los sentidos externos. De aquí se deduce, que si entendemos por memoria sensitiva la facultad de conservar las representaciones sensibles de cualquier género que sean, se identifica en parte con la imaginación.
e) El apetito sensitivo, o sea la inclinación o aversión con respecto a algún objeto en cuanto conocido por alguno de los sentidos, y especialmente por la imaginación y la estimativa. Así como la voluntad es la inclinación o aversión hacia un objeto, según que éste está sujeto al conocimiento universal, racional y perfecto de la razón, así el apetito sensitivo significa la facultad de inclinarse y moverse al objeto singular percibido y representado como bueno por los sentidos, o de apartarse y rehuir el objeto percibido como malo por los mismos. De su división en concupiscible e irascible, así como de sus manifestaciones o actos que se llaman pasiones, ya se habló en la Psicología. [283]
¿Quién es Ratzinger? Y 2 de 2
LA FE DEL PREFECTO DE LA FE,
CARDENAL JOSEPH RATZINGER*
(o, «Si un ciego guía a otro ciego» — Mt. 15, 14).
|
|
En medio de las borrascas que a lo largo de los siglos debió superar la Santa Iglesia, Dios, en su Soberana Providencia, tejiendo la historia sagrada de su Divina Esposa, supo arbitrar los medios para que la fidelidad fuera siempre su instintivo y su nota característica. La Iglesia Católica es una institución pero no como las demás, en Ella lo divino es una nota constitutiva aunque no única, en lo que tiene como tal, en su Cabeza (Jesucristo), en su Espíritu vivificador (el Espíritu Santo), en sus miembros ya en la eternidad (Iglesia purgante y triunfante), etc., es siempre sagrada, siempre santa e inmaculada. Pero entre sus notas típicas se encuentra también lo humano, lo temporal, lo pasajero, lo cotidiano, lo terrenal, y es allí en donde por un misterio insondable que echa raíces en el pecado original, muchas veces sus hombres, sus miembros, y hasta sus jerarcas, presentan un rostro desfigurado que no condice con su perfección intrínseca y esencial. Por eso la Iglesia de suyo jamás pudo ser ni será pecadora o infame (al decir de Lutero), sino siempre santa. Ella no debe ni puede doblar la rodilla ante nadie sino sólo ante Dios; Ella no puede ni debe jamás pedir perdón porque su desposorio con Cristo la hizo para siempre esencialmente Santa e impecable. Pero sus hombres, sus miembros, decíamos, muchas veces presentan un panorama distinto, y es lo que, por desgracia, contemplamos hoy en que la imagen de la Iglesia en sus miembros se encuentra desdibujada, distorsionada y ocultada bajo una espesa tiniebla de errores, bajezas, miserias y hasta pecados. La Revolución Mundial, las sectas, la sinagoga, el liberalismo, el espíritu malsano de la época enemiga de Dios, parecen haber echado sus garras infectas sobre los miembros de la Iglesia, mancillan su honor y pierden las almas. La Iglesia así desdibujada se pierde en el mundo, ya no se la distingue, se equipara al error, y. lo que es peor, parece contenta de ello.
Harían falta hoy campeones de la Fe y del Amor de Dios, como S. Pío X, S. Pío V., S. Bernardo, Sto. Domingo, que apoyados en Dios y en María Ssma. se alzaran valientes para rescatar a la Iglesia de las manos de sus enemigos jurados. San Francisco, en el sueño visionario del Papa de su época, sostenía con sus brazos los muros resquebrajados del edificio romano.
A lo largo de la historia. Dios ha arbitrado los medios. Uno de ellos, siglos ha, fue el Tribunal del Santo Oficio o la Santa Inquisición, guardiana fiel del depósito de la Fe, cuyos jefes supremos fueron desde S. Pío V los mismos Pontífices Romanos, tal era su importancia.
Hoy, ese Santo Tribunal se ha convertido, luego de la disolución conciliar, en la «Congregación para la Doctrina de la Fe», gobernada por el Cardenal Joseph Ratzinger, adalid actual de la línea media, de los conservadores del Concilio, de los «no exagerados», de los instauradores moderados de las reformas conciliares, de los revolucionarios de pelo corto y aspecto morigerado. No hay veneno más terrible que el que parece remedio.
Este articulo nace simplemente de una duda fundada: ¿Cómo puede ser alguien tan bueno como lo proclaman ciertos sectores y, a la par. no defender los postulados básicos que toda la historia de la Iglesia defendió? ¿Cómo se puede ser el Cardenal más tradicional y consentir todas las reformas conciliares? ¿Acaso aquél Padre Ratzinger, discípulo de Ranher y amigo de Schillebeeckx, Kung y Congar ha cambiado, se ha convertido, ha retractado sus antiguos errores y desviaciones? O en cambio, ¿podemos decir que sólo ha disminuido la marcha y que como todos los demás sigue la corriente revolucionaria, pero esta vez, a pie de plomo, sin estruendos y como quien no quiere ser revolucionario, porque la revolución es lo legal?
El Cardenal Ratzinger es un Bonaparte de la teología y de la disciplina. El pecado no sería para él el hecho de ser revolucionario sino el de no serlo según sus cánones y medidas. Aun para los soviets la anarquía es un peligro cuando entra en el propio territorio.
Al acabar de leer el artículo y haber comparado la doctrina del Cardenal con la Doctrina de siempre de la Iglesia, el lector observara un hecho aterrador y doloroso a la vez: La pureza y la integridad de la Fe católica están en manos de un hombre de aspecto serio y asentado que en realidad ya no tiene la Fe católica o, al menos, no en su integridad, lo cual es, en definitiva, el equivalente a no tenerla.
No queremos ni podemos hacer un juicio de intenciones, eso corresponde a Dios y sólo a Dios, pero los hechos están dados y son innegables. Sí es una obligación de nuestra parte el advertir a los fieles quiénes son los lobos disfrazados de pastores, porque en el caso de seguirlos, perderán sus almas.
FUENTES:
La utilización de muchos de los variados libros del Cardenal Ratzinger para conocer su fe y su pensamiento harían demasiado extenso este trabajo, y difícil de compendiar en nuestro Boletín. Sus errores se hallan en todas sus obras, pero de una manera peculiar se encuentran sintetizados y resumidos en un libro intitulado: «Teoría de los principios teológicos», (Wewel Verlag, Munich 1982, Herder, Barcelona, 1985).
Este libro cobra una especial importancia por haber sido redactado y editado ya siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo que agrava sus afirmaciones, y en cuyo prólogo el mismo Cardenal dice que se trata de un resumen de sus trabajos de diez años precedentes, lo cual muestra además que no ha renunciado a sus anteriores errores:
«Cuando, en el otoño pasado, acometí la tarea de revisar los trabajos que he venido escribiendo durante el último decenio, se hizo patente que todos ellos, por encima de la diversidad de las circunstancias externas y de su tema concreto, se hallaban cohesionados por la trabazón problemática que brota de nuestra situación, que pueden ordenarse y clasificarse desde esta textura y pueden, por tanto, convertirse en materiales para la construcción de una teología fundamental cuya tarea consiste en analizar los principios teológicos.»
El mismo Cardenal afirma, entonces, la continuidad y encadenamiento de sus principios y convicciones en el último decenio,
En bien de la claridad séanos permitido el resumir el plan de este artículo en el gráfico siguiente:

1) Un error básico: Una falsa noción de la Verdad.
Si alguien creyera que el Cielo no existe y que nuestra vida acaba totalmente con la muerte, por cierto buscaría su felicidad total aquí abajo sin ocuparse en pensar en premios o castigos futuros. Si alguien creyera que todos los hombres mienten necesariamente, no podría creer en nadie, ni siquiera en si mismo ya que el también es hombre.
Así pues, si la noción que se tiene de la verdad fuera falsa o ambigua, todo lo afirmado, todo lo creído como verdadero, todo lo definido como tal, y la misma realidad de las cosas sería falsaria o incierta puesto que la verdad dice necesariamente relación a las cosas de las cuales se afirma o se niega algo. La verdad está en el juicio, es decir, en la atribución o no de algo o alguna cosa. En palabras sencillas: si llamo a un cierto animal perro es porque tiene ciertas características que lo hacen tal, pero no soy yo quien doy al perro ser lo que es, sino que simplemente mis palabras corresponden a lo que la cosa es en sí misma. Las afirmaciones son verdaderas cuando expresan realmente lo que la cosa es, cuando enuncian una realidad. La verdad no es, entonces, más que la adecuación de la inteligencia (intelecto) y de la cosa (la realidad) que suele expresarse en conceptos y palabras. Así, la verdad es algo tan inmutable como la esencia de las cosas. Si las cosas no cambian, las verdades que las expresan y significan tampoco.
Al contrario, afirmar que las verdades cambian de alguna manera o totalmente es el equivalente a decir que las cosas ya no son lo que eran, ni serán lo que son ahora, lo cual es totalmente absurdo. Si no, no podríamos caminar sobre el piso, creyendo que ya no es duro y resistente como era ayer.
Trasladando este error al plano teológico y disciplinario de la Iglesia las consecuencias son espantosas porque la Fe ya no podría ser siempre la misma, ni los dogmas serian siempre ciertos y por lo mismo no podrían ser obligatorios para todos y para siempre.
Este error es probablemente, el más profundo en el pensamiento del Cardenal Ratzinger:
«En este sentido, no puede rechazarse la fluidez de la existencia: es necesario asumirla. Esto significa, al mismo tiempo, que la verdad es siempre una dirección, una meta, nunca una posesión definitiva. Cristo es la verdad, es en este mundo camino porque es la verdad.» (op. citada, pág. 72). Lo cual le hace afirmar con una increíble superficialidad: «Es claro que la frase ‘ creo en Dios Padre todopoderoso’ está muy lejos de ser una fórmula teórica sin consecuencias. Sea válida o no.» (op. cit. pág. 80). Dice más adelante, en el mismo sentido:
«La Fe encuentra hoy dificultades para expresarse. Sus fórmulas tradicionales son, para los contemporáneos, palabras en una lengua extraña, cuyo sentido es obscuro.» (op. cit. pap. 143).
La verdad no es algo que va haciéndose, sino algo tan estático como la esencia de los Mismos seres que ella expresa. Afirmar el «hacerse» de la verdad, su posesión nunca definitiva, es lo mismo que afirmar que el ser es un continuo hacerse, una continua evolución. Mientras las cosas sean tales la verdad será tal. Por eso las fórmulas dogmáticas de ayer serán siempre valederas, al seguir siendo verdad todo lo enunciado. Dice el Papa Gregorio XVI: «Pues bien, haréis esto de un modo excelente si, según lo pide la razón de vuestro oficio, cuidáis de vosotros y de la doctrina, considerando asiduamente aquello que la Iglesia rechaza toda novedad, y el consejo del Papa San Agatón: en nada disminuir ni cambiar nada, nada añadir a aquellas cosas que han sido debidamente definidas sino custodiarlas incólumes en las palabras y en su significación.» (Enc. MIRARI VOS Collec. de Enc. Pont. ed. Guadalupe. T. 1. pág. 39).
La última frase que citáramos del Cardenal Ratzinger (en su obra pág. 143) bien pareciera oponerse de modo flagrante a dos textos de los Sumos Pontífices:
Dice S.S. Pío IX: «En efecto, la doctrina de la Fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como hallazgo filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada. De ahí que también hay que mantener perpetuamente aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la Santa Madre Iglesia y jamás hay que apartarse de este sentido so pretexto de una más alta inteligencia (canon 3°) . . . Pero solamente en su propio género, es decir, el mismo dogma, en el mismo sentido, en la misma sentencia.» (Concilio Vat. I de la Fe y de la razón, Dz. 1800).
Y la proposición condenada No 58 del Decreto LAMENTABILI SANE EXITU de S.S. San Pío X del 3 de julio de 1907, Dz. 2058: «La verdad no es más inmutable que el hombre mismo, pues se desenvuelve con él, en él y por él«.
Esa falsa noción de la verdad sostenida por el Cardenal Ratzinger se ve fortalecida por otros errores emparentados necesariamente, a saber:
- a) una falsa y nueva noción de sacramento
- b) una falsa noción del Santo Sacrificio de la Misa
- c) una falsa noción de la Tradición.
- a) Una falsa y nueva noción de Sacramento:
La Iglesia siempre definió los Sacramentos como signos sensibles y eficaces de la Gracia, instituidos por Jesucristo para santificar nuestras almas. Es decir que se trata de signos que realizan aquello que significan. Ej.: el humo es signo del fuego pero no su causa, en cambio, los Sacramentos son signo y causa instrumental de la gracia que sig-nifican, es decir, son productores de la Gracia. (Catecismo Mayor de San Pío X, n° 518 en adelante). O, como dice el Catecismo del Concilio de Trento: «Sacramento es un signo visible de la Gracia invisible, instituido para nuestra justificación» (Catec. Rom. Parte 11. cap.1°, n° 4).
Ahora bien, ¿qué es, en cambio, un sacramento para el Cardenal Ratzinger? Hablando del Bautismo dice así, introduciendo una noción novedosa y confusa a la vez:
«El sacramento como forma básica de la liturgia cristiana, abarca palabra y materia, es decir, da a la religión una dimensión cósmica y una dimensión histórica, nos asigna el cosmos y la historia como lugar de nuestro encuentro con Dios. » (op. cit. pág. 33).
Peor aún, siguiendo la doctrina del actual Cardenal Henri de Lubac, a quien cita expresamente, y de quien dice «la posición de Lubac aceptada y profundizada por el Concilio Vat. II» (op. cit. pág. 57-58), el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe se atreve a afirmar sin ningún rubor la siguiente frase que, a nuestro juicio, merece, cuanto menos, el calificativo de herética:
«Esta concepción de un cristianismo en el que lo único que hay en juego es mi alma, en el que lo único que existe es mi justificación ante Dios, mi gracia santificadora, mi entrada al Cielo, es para Lubac la caricatura del cristianismo que ha hecho posible la ascensión del ateísmo de los siglos XIX y XX. La concepción de los sacramentos como medios de la gracia que recibo a modo de medicina sobrenatural, para asegurar, por así decirlo, mi salud eterna personal, es la concepción errónea por antonomasia del sacramento . . . Si no se pierde esto de vista, puede captarse en sus justos términos la intención del Vaticano II que en todas sus afirmaciones sobre la Iglesia se mueve exactamente en la dirección marcada por el pensamiento de Lubac. » (op. cit. págs. 55 y 56).
En cambio S.S. León XIII no tiene ningún inconveniente en afirmar exactamente lo contrario. Dice ese gran Pontífice hablando de las ordenaciones anglicanas:
«… Y todos saben que los Sacramentos de la Nueva Ley, como signos que son sensibles y que producen la Gracia invisible, deben lo mismo significar la Gracia que producen, que producir la que significan.» (Carta APOSTOLICAE CURAE, 1806, Dz. 1963).
Completan estas ideas dos cánones del Concilio de Trento referidos al Sacramento de la Penitencia:
Canon 1°: «Si alguno dijere que la Penitencia en la Iglesia no es verdadera y propiamente Sacramento, instituido por Cristo Señor Nuestro para reconciliar con Dios mismo a los fieles, cuantas veces caen en pecado después del Bautismo, sea anatema.» (Dz. 911).
Canon 6°: «Si alguno dijere que la confesión sacramental o no fue instituida o no es necesaria para la salvación por derecho divino, o dijere que el modo de confesarse secretamente con sólo el sacerdote, que la Iglesia Católica observó siempre desde el principio y sigue observando, es ajeno a la institución y mandato de Cristo, y una invención humana, sea anatema.» (Dz. 916).
Dice el Cardenal Ratzinger oponiendo el valor simbólico del Sacramento al valor del mismo en cuanto rito sagrado, y de una manera despectiva:
«La fosilización del Sacramento en rito, de la teología en simple doctrina, y la consiguiente desvalorización del símbolo o, lo que es lo mismo, la transformación de la idea del símbolo en la formulación del posterior concepto de dogma.» (op. cit. pág. 129).
En cambio S. Pío X en la PASCENDI DOMINICI GREGIS (de 1907) condenando los errores modernistas dice:
«Aquí ya, Venerados Hermanos, se nos abre la puerta para examinar a los modernistas en la arena teológica… Pues comenzando desde luego por el simbolismo, como los símbolos son tales respecto del objeto, a la vez que instrumento respecto al creyente, ha de precaverse éste ante todo, dicen, de adherirse más de lo conveniente a la fórmula en cuanto fórmula, usando de ella únicamente para unirse a la verdad absoluta que la fórmula descubre al mismo tiempo que encubre y se empeña en manifestarla sin jamás lograrlo. A esto añaden además que semejantes fórmulas debe emplearlas el creyente en cuanto le ayuden, pues se le han dado para su comodidad y no como impedimento.» (PASCENDI DOMINICI GREGIS, Coll. Enc. Pont., Guadalupe, t. I, pág. 790. cols. 1 y 2).
- b) Una falsa noción del Santo Sacrificio de la Misa:
Nuevamente el Cardenal se aleja de una manera asombrosa de la Doctrina de la Fe negando verdades fundamentales de la Fe de la Iglesia o poniéndolas atrevidamente en tela de juicio. Los errores respecto al Sacramento del Bautismo palidecen de vergüenza ante las aberraciones que afirma acerca del Santo Sacrificio y del Sacerdocio.
Afirma el Cardenal:
«En respuesta a la pregunta sobre la evolución de las relaciones entre sacrificio, sacramento y sacerdocio, existe hoy un esquema tan simple como luminoso, que se ha impuesto en la consciencia pública casi sin oposición. Según este esquema, el Nuevo Testamento significó el fin de los tabúes sacros y, con ello, el fin también del sacerdo-cio sacrificante y del sacrificio mismo.» (op. cit. pág. 301). «El concepto se difundió con gran rapidez, hasta que, en el Concilio de Trento, fue elevado a la categoría de dogma. De todo esto se deduce una clara tarea: es preciso superar decididamente la dogmatización del error, llevar a su plenitud el proceso de desacralización, eliminar el resto mágico que pugna por rebrotar por doquier -el sacrificio- y construir, en el espíritu de Cristo, un ministerio racional, libre de aspectos mágicos, «eficiente», que ayude al triunfo definitivo de la causa de Jesús.» (ídem).
Por más que quisiéramos disculpar al Cardenal Prefecto, las páginas siguientes, para quien pudiese y quisiere hacer el esfuerzo de leerlas en su libro, no hacen más que confirmar lo dicho. Para él, historicista y arqueologista en su visión de la Iglesia, en la Iglesia primitiva lo esencial de la Misa era «la aceptación de la palabra de Jesús» (pág. 303 de la op. cit.) que culmina en el ágape o comunión fraterna (ídem, pág. 305). Este concepto, desde su óptica se torna sacrificial, se va centrando más en la noción de sacrificio por una evolución histórica de los conceptos y de la Fe misma (pág. 306. op. cit.) que acaba en una afirmación marxistoide de los estipendios de la Misa casi como fundamento de la noción de sacrificio:
«Ahora la Iglesia es, por un lado, aparato jurídico, conjunto de derecho, órdenes y pretensiones que son las características básicas de cualquier sociedad. Tenia además la peculiaridad de que en ella se daban acciones rituales: los sacramentos… La doctrina de los frutos del sacrificio de la misa da su sentido a los estipendios y acentúa al máximo el valor peculiar de cada misa concreta, de la que surgen frutos especiales que no se darían sin ella. El conjunto aparece más como superestructura ideológica montada sobre una concreta situación económica que como verdadera reflexión teológica, que corrige y modifica las situaciones humanas.» (Ratzinger. op. cit. pág. 307).
LA RELIGIÓN DEL HOMBRE HECHO DIOS
La religión del hombre hecho Dios.
Por D. José Alberto Navarro Vives.
- Del Humanismo a la nueva religiónhumanística.
Como la etimología nos lo refiere, el término religión provendría de religare, es decir, unir alguien o vincular fuertemente (a Dios), o bien de la palabra reeligere, reelegir (a Dios). Así pues, tanto una acepción como la otra nos remiten a la idea de que el hombre debe “unirse” libremente a Dios como su principio y elegir a Dios como su fin último. De este modo y por la misma naturaleza de Dios y la del hombre, la religión comporta una serie de deberes de los cuales el hombre es deudor para con Dios y sobre los cuáles se fundamenta la relación necesaria entre Dios y el hombre. Vemos pues establecida la relación entre Dios y el hombre siendo prerrogativa del Creador imponer una religión y practicarla deber de la criatura.1
Así mismo estos deberes del hombre se traducen en los siguientes: unas verdades que creer, unos preceptos que practicar y un culto que tributar a Dios. Y así lo atestigua la Historia que ha demostrado cómo todas las culturas han rendido culto a divinidades, que aun siendo falsas prueban la necesidad de la religión. Ahora bien, consumada la Revelación y el misterio de la Encarnación atentaría contra la recta razón y la filosofía no adherirnos a los dogmas, preceptos y culto de la única religión revelada, esto es, nuestra Religión Católica.
Desgraciadamente los enemigos de la Religión han intentado siempre minar el fundamento religioso del hombre, inserto en su misma naturaleza, y desuniéndolo de Dios han causado la perdición eterna de innumerables almas y la corrupción de pueblos enteros. Conscientes o no sus fautores, la primera corriente que abrió las puertas a este proceso de desintegración individual y colectiva fue el Humanismo y su antropocentrismo.
Esta nueva corriente, representada en personajes tales como Erasmo, Pico della Mirandola o Giordano Bruno, surgió como una oposición al teocentrismo y a la Ciudad Cristiana. No suprimieron la religión puesto que eran hombres impregnados de “religiosidad” (aunque alguno terminó en la hoguera), pero invirtieron el objeto de la Religión: el hombre en lugar de Dios. So capa de admiración hacia la Antigüedad clásica y la nueva concepción del hombre como medida de todas las cosas se escondía un espíritu de rebelión contra aquel periodo anterior que denominaron peyorativamente como Edad Media. Si la Antigüedad representaba un estilo clásico y proporcionado a la vez que racional para los humanistas, el nuevo periodo del que ellos se consideraban continuadores lo bautizaron con el calificativo de moderno, dejando entre paréntesis los siglos de la Cristiandad, como una etapa oscura y supersticiosa vencida por novedosas filosofías.
Si bien el Humanismo desplazaba a Dios del lugar correspondiente, encumbrando al hombre en el lugar de la divinidad, en pleno siglo XX se produce una convulsión en las entrañas de la Iglesia Católica a raíz de las contradicciones y ambigüedades del Concilio Vaticano II respecto del magisterio y de la tradición secular precedente. Se puso al hombre como eje sobre el que giraba la nueva doctrina y al mundo moderno como aliado de la Iglesia. Igual que el Humanismo histórico renegaba de su pasado reciente, así este nuevo Humanismo Cristiano creyó superada una Fe que consideraba demasiado teocrática y alejada del hombre.
Una comparación sobre ambos humanismos es lo que proponemos en estas páginas mediante el análisis de unos textos seleccionados, a la vez que nos sirvan para volver la mirada hacia atrás, a las aguas limpias de la Suma Teológica y proporcionar así una visión completa sobre los problemas del Humanismo y los peligros que conlleva.
- 2. Sobre el Humanismo y el Antropocentrismo.
Daba vueltas yo a estos dichos y trataba de explicarlos sin llegar a convencerme del todo de los que muchos afirman sobre la excelencia de la naturaleza humana. Afirman, en efecto, que el hombre es el vocero de todas las criaturas; emparentado con los superiores y rey de los inferiores. Intérprete de la naturaleza por la perspicacia de los sentidos, la intuición penetrante de su razón y la luz de su inteligencia. Puente entre la eternidad estable y el tiemplo fluyente. Cópula del mundo, y como su himeneo, según los persas (…)
Por fin me pareció llegar a entender por qué el hombre es el ser vivo más feliz y el más digno por ello de admiración…” (G. Pico della Mirandola: Discursos sobre la dignidad del hombre)
Estas líneas ponen de manifiesto el “giro antropológico” que supuso el Renacimiento. La nueva concepción del hombre surgió al dotar al sujeto humano de una dignidad por sí mismo, esto es, intrínseca a sus capacidades y por el “autoconocimiento” de posesión de estas mismas facultades. Al mismo tiempo, y cómo se comprende de este texto, se pone de manifiesto la nueva visión antropocéntrica a través de la contemplación del Universo que lleva al hombre no a manifestar la infinitud de Dios, sino a que el sujeto adquiera una función casi divina (de “intérprete de la naturaleza” o de “puente entre la eternidad y el tiempo”). Por lo que, tanto su dignidad como su redefinición de su papel dentro del Universo serán una manifestación de haber convertido al hombre en un fin en sí mismo, ser necesario entre lo superior y lo inferior, esto es, entre Dios y las criaturas. Nada más diametralmente opuesto a la escolástica de santo Tomás que siempre había considerado al hombre como un fin secundario, nunca como un fin en sí mismo, sujeto a su Dios y Creador, fin universal de la Creación.
Se originan muchos abusos en el mundo, o, por decirlo de una manera más atrevida, todos los abusos del mundo se originan porque se nos enseña a temer manifestar abiertamente nuestra ignorancia y nos vemos obligados a aceptar todo lo que no podemos refutar. Hablamos de todas las cosas por criterio de autoridad… Odio lo verosímil cuando me lo plantean como infalible. Me gustan estas palabras que ablandan y moderan la temeridad de nuestros juicios: “quizá”, “alguno”, “se dice”, “creo”. Y si tuviera que educar niños les hubiese imbuido tanto esta manera de responder, que pregunta y no resuelve (“qué dice”, “no lo entiendo”, “podría ser”) que, seguramente a la edad de 60 años hubieran conservado la manera del aprendiz y no presentarían las de doctores a los 10 años, como hacen.
Quien quiere curarse de la ignorancia tiene que confesarla”. (M. Montaigne: “Ensayos”)
Ligado a lo visto anteriormente (la negación de la finalidad teocéntrica) surge un pensamiento cómo el de Montaigne y la cuestión de la autonomía del hombre. Ninguna moral, valor o ley es capaz de imponerse al hombre cuándo éste se ha endiosado y rechazado la recta razón. En consecuencia, cada uno debe hacer primar su voluntad que es a la vez manifestación de su humanidad. Así pues, todo conocimiento puede ser considerado impuesto por criterio de autoridad ya que lo que ha de primar por encima de ello es la autonomía del sujeto y una impresión subjetiva de la realidad, no conocimiento que implica conocer lo que las cosas son. Es la duda y al fin y al cabo el relativismo lo que sostiene Montaigne cuando afirma que el hombre ha de curarse de la ignorancia confesándolo. No ha de afirmar que no sabe nada para educarle, sino que ha de rechazar lo que le han enseñado para “aprender” por sí mismo a modo de experiencias o de impresiones relativas, sin capacidad de conocer lo que la realidad es.
¿Qué significa todo esto sino que todos los mortales, incluso los piadosos, son locos? El mismo ¿no quiso, sin embargo, mostrarse en cierto modo como loco, cuando, tomando naturaleza humana, se revistió la carne mortal? Del mismo modo se hizo pecador para redimir el pecado. Pero no se valió de otros medios de redención que de la locura de la Cruz y de Apóstoles ignorantes y rústicos, a quienes recomendó insistentemente la locura, desterrando la sabiduría, puesto que les propuso como ejemplo a los niños, los lirios, el grano de mostaza y los pajarillos, todo lo que es ininteligente y carece de razón, y que vive sin artificios ni preocupaciones, y sólo con la protección de la naturaleza. (Erasmo de Rotterdam: Elogio de la locura, cap.65).
Como hemos visto en el caso de Pico della Mirandola, los hombres del Renacimiento si bien profesaban una fe ciega en el hombre, eran a la vez creyentes. Ahora bien, creyentes en una religión vaciada de lo sagrado y más naturalista que sobrenatural, profesando una fe antropocéntrica más que teocéntrica. En este sentido Erasmo afirma la “locura” de Cristo y de sus apóstoles por difundir una religión sin contenido doctrinal, más apegada a la naturaleza o a un estado de naturaleza bucólico. Así pues Jesucristo fue el mayor loco y el resto de la humanidad, en tanto en cuanto partícipes de la naturaleza y habiendo desterrado la sabiduría, participaría de este estado de naturaleza. Una vez más, como hemos visto antes con Montaigne, el hombre ha de volver a su conocimiento originario y rechazar cualquier otro saber que le haya sido transmitido vía tradición, religión o asentimiento racional, puesto que hacen al hombre menos digno de ser hombre, o lo que es lo mismo, menos loco.
Y así, igualado Jesucristo al nivel de todo hombre, esto es, de los locos, es natural que lleguen a sostener posicionamientos heréticos en cuanto al dogma, afirmando que Nuestro Señor se hizo pecador para redimirnos, negando de este modo que Jesucristo “se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado” (Hb, 4, 15).
Con un lenguaje religioso, biensonante incluso a los oídos cristianos, los humanistas difundieron también en el ámbito religioso o teológico sus teorías heterodoxas y que en el siglo XX alcanzarían su zenit en el Concilio Vaticano II.
- 3. Humanismo Cristiano.
Pero este movimiento vertical hacia la unión con Dios y hacia la perfección de sí mismo no es el único movimiento comprendido en el dinamismo interno de la vida humana. El segundo, el movimiento horizontal, concierne a la evolución de la humanidad, y progresivamente revela la substancia y las fuerzas creadoras del hombre en la historia. El movimiento horizontal de la civilización, cuando tiende a sus auténticos fines temporales ayuda y fomenta el movimiento vertical de las almas.
El hombre del humanismo cristiano aprecia la libertad como algo de que hay que ser merecedor; comprende la igualdad esencial que hay entre él y los otros hombres y la manifiesta en el respeto y en la fraternidad; y ve en la justicia la fuerza de conservación de la comunidad política y el requisito previo que , hace posible que nazca la fraternidad cívica; se da cuenta tanto de la tremenda prueba a que el advenimiento del maquinismo somete a la historia humana, como del maravilloso poder de liberación que el maquinismo ofrece al hombre, si el brutal instinto de dominar no aprovecha las técnicas del maquinismo y de la ciencia misma, para reducir a esclavitud a la humanidad, y si la razón y la sabiduría son lo suficientemente fuertes como para poner esas técnicas al servicio de aspiraciones verdaderamente humanas y aplicarles las normas de la vida humana. (Jacques Maritain: Humanismo Cristiano)
Para Maritain su antropología se basa en el continuo movimiento del hombre y en su “dinamismo interno”. Entendidos éstos cómo fuerzas vitales del hombre que lo conducen hacia el progreso de la humanidad en su conjunto. Para él el mero hecho de “moverse hacia” ya es un progreso. Un progreso que por su propia fuerza es capaz de elevar al hombre en ese sentido vertical, o sea espiritual. Humanismo cristiano, nueva Cristiandad, humanismo integral… son conceptos que al fin y al cabo se insertan dentro de la herejía modernista, puesto que tienden a borrar toda noción del pecado y de naturaleza herida por éste (y con ellos la doctrina de la gracia) y que significan una nueva civilización fraterna, incluso llamada Cristiandad, a la que el hombre se encamina. No obstante los encontramos bajo unos parámetros laicos y universalistas contemplados desde un humanismo secular y poco cristiano.
“Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos” (Gaudium et Spes, 12)
Esta afirmación se enmarca dentro del optimismo humanista del Concilio, sustituyendo a Dios por el hombre como regulador del mundo. En este sentido cuando el hombre sustituye a Dios y reconoce una especie de fin antropocéntrico dentro del Universo es cuando la moral se trastorna pues es el hombre quien la regula y no Dios. Del mismo modo que sólo esta primacía del hombre puede dar lugar a una preponderancia de la técnica (¿La técnica maquinista de Maritain?), pues el hombre como fin en sí mismo sólo puede tener el deber y el derecho de dominar la realidad terrenal, abandonando lo espiritual.
Por otro lado y de forma un tanto cándida, la afirmación de que tanto creyentes como no creyentes coinciden en que el mundo está ordenado al hombre se aproxima más a un postulado del decálogo humanista para fundamentar esa igualdad y dignidad común del género humano, que estar basada en un análisis riguroso ya que las filosofías pesimistas y mecanicistas aborrecen dicha visión antropocéntrica y niegan incluso cualquier fin teleológico.2
“Es preciso afirmar al hombre por sí mismo y no por ningún otro motivo o razón: únicamente por sí mismo. Más aún, es preciso amar al hombre porque es hombre, es preciso reivindicar el amor por el hombre en razón de la dignidad particular que posee.” (Juan Pablo II: Discurso a la UNESCO el 2 de junio de 1980)
Una vez asumida la filosofía antropocéntrica ésta viene a configurar una nueva religiosidad. Armonizar esto con la doctrina católica es llanamente imposible. La idea del hombre digno por sí mismo de amor se hace patente cuando del orden de la Creación se ha expulsado toda dependencia y se cree de este modo autónomo. En este orden de cosas pues, “todas las fórmulas de los actos de caridad frecuentados por el pueblo cristiano hasta el Vaticano II suponen que Dios debe ser amado por sí mismo y en grado sumo, y el prójimo por amor a Dios.3 Por ello es imposible amar al hombre por sí mismo, de forma separada de Dios.
Sin embargo, en la afirmación que plantea Juan Pablo II aparece también la cuestión de la dignidad como desligada de su vínculo religioso, el único capaz de garantizar dicha dignidad. Y es precisamente cuando se erradica este fundamento religioso de la susodicha dignidad cuando queda el hombre más expuesto al quebrantamiento de ésta. Sustraer de la noción de la dignidad la gracia sobrenatural es otra manifestación del humanismo naturalista, que no hace distinción entre el hombre pecador y aquél redimido por Cristo por medio de la gracia.
- 4.La religión del Hombre o la religión de Dios.
La Religión Católica cuando es naturalizada o pasada por el tamiz humanista pierde aquello que le es propio a la religión referido a su significación sagrada, pero no en tanto en cuanto que universal. Sin embargo si hasta entonces la nota de universalidad le era dada por su Divino Fundador con el carácter expansivo y extensivo de su doctrina lo es ahora por mímesis con el pensamiento humanista universal. Es pues, la religión del Hombre y no más la de Dios.
Alguno podría objetar nuestra postura y pensar que en el mismo fundamento de la religión cristiana se hace presente esta concepción que pone al hombre como fin de él mismo y cómo fin para sí mismo cuando Dios “propter nos homines et propter nostram salutem descendit de caelis et incarnatus est”. ¿Será que lo divino viene a encontrar lo humano? ¿Cómo negar entonces la comunicación del hombre por lo meramente humano?
La Encarnación, según santo Tomás, fue necesaria tras el pecado. De ahí que Dios tomara naturaleza humana para redimirnos del pecado. Pero si Adán no hubiese pecado no se habría producido la Encarnación. Bien podría esto enmarañar más la cuestión y hacernos creer que el hombre fuese el fin de Dios, tomado como fin en sí mismo, y motivo de su rebajamiento hasta hacerse hombre. Con más razón el hombre podría tomar al hombre como fin en sí mismo y amarlo. Sin embargo, aquí radican los errores del humanismo cristiano, cuyas particularidades ahora no podemos detallar.
No hay pues sistema más alejado de la verdad católica que este antropocentrismo irracional, ya que para la religión el único centro que hay en la realidad de lo creado es Dios. En torno a Él y para Él le rinde culto todo lo creado. No se niega la primacía del hombre dentro del orden de lo creado, sino que es por Dios que ocupa ese lugar. Ahora bien, frente al Humanismo y su religión antropocéntrica la Fe nos enseña cómo Cristo se ofreció en la Cruz para satisfacer la Divina Justicia como fin primario, y solamente como fin secundario salvar al género humano4. Es de ciegos no ver en la Encarnación como el amor del hombre está subordinado a la voluntad del Padre. Luego, Humanismo y Cristianismo son irreconciliables.
D. José Alberto Navarro Vives.
Bibliografía:
Amerio, Romano, Iota Unum. Madrid: Criterio Libros, 2003. ISBN 84-95437-15-5
Hillaire, P.A., La Religión demostrada. Barcelona: Librería Católica Internacional, 1930.
¿Quién es Ratzinger? 1 de 2
EL CARDENAL RATZINGER [1]
Mons. Oliver Oravec
Esta figura vaticana, muy prominente en la Neoiglesia, es nada menos que el prefecto de la «Congregación para la Doctrina de la Fe». Y es una muestra clara de la línea anticatólica del Vaticano de hoy.
Este sacerdote alemán, otrora activo perito en el llamado segundo concilio vaticano, fue «consagrado obispo» por JP2, y más tarde designado cardenal para custodiar oficialmente la corrección de la doctrina católica en la Neoiglesia. Como la Neoiglesia ya no es católica, tampoco puede serlo su custodio. Es lógico.
He estudiado íntegra su obra teológica principal, Theologische Prinzipienlehre del año 1982. Tengo la traducción inglesa: Principles of Catholic Theology[2].
Me permitiré citar algunas de sus opiniones:
R pág. 16 [16]: «En esta perspectiva, tanto la interpretación católica como la protestante de lo cristiano tienen —cada una en su puesto— su importancia, son verdaderas en su hora histórica…»[3]
Esto dice el hombre que en el Vaticano tiene que defender la pureza de la doctrina católica. ¿Qué es esa que llama interpretación protestante del cristianismo? «La misa es una farsa, el purgatorio no existe, no hay que rezar a la Virgen María, el divorcio es posible, el celibato no tiene sentido, etc. etc.»
Salta a la vista que el señor cardenal perdió la fe católica hace mucho y que no la guardó mejor quien le asignó su función: Juan Pablo II.
R pág. 16 [17]: «Lo verdadero no es simplemente verdadero, porque tampoco la verdad es simplemente. Es verdadero en y por un tiempo, porque pertenece al devenir de la verdad, que está en cuanto que deviene… la fidelidad a la verdad de ayer consiste en abandonarla, en «superarla», elevándola a la verdad de hoy.»
R pág. 17 [17]: «es verdadero es lo que sirve al progreso…»
Espanta pensar que la verdad no sea lo que la Iglesia declaró ayer porque ya han pasado veinticuatro horas. Lo que Dios o el Señor Jesús haya dicho, ya no debería en absoluto ser verdadero por el mucho tiempo que pasó desde entonces. Esto me recuerda el marxismo que también afirmó que lo que obstruye el progreso hay que eliminarlo revolucionariamente. Habrían sobrado los pronunciamientos infalibles de papas y concilios del pasado, porque todo evoluciona, y lo que obstruye el progreso es para relegarlo al olvido. Empero el señor cardenal Ratzinger se quedó sin decirnos quién nos definirá el significado de la palabra «progreso».
R pág. 53 [60-61]: «La Iglesia es celebración de la eucaristía y la eucaristía es Iglesia … Son uno y lo mismo. La eucaristía es el sacramento de Cristo y porque la Iglesia es eucaristía, por eso mismo es sacramento»
Aquí tenemos un miserable intento de negar la doctrina tradicional sobre la Eucaristía. La Eucaristía no puede ser la Iglesia, porque la Eucaristía es Cristo y Él es la Cabeza de la Iglesia[4]. Decir que también la Iglesia sea un sacramento, choca contra las resoluciones del concilio tridentino, que solemnemente definió el número de sacramentos, de los cuales hay siete, y no está entre ellos la Iglesia: «Quien diga que hay más o menos que siete sacramentos … sea anatema.»[5]
R. pág. 56 [64]: «El intento de conferir al cristianismo una nueva fuerza de atracción a base de situarlo en una relación indiscriminadamente positiva respecto del mundo, más aún, a base de describirlo como una conversión al mundo, es una actitud acorde con nuestros sentimientos existenciales … Cierta falsa angustia de pecado, surgida de una teología moral de miras estrechas … ponía a los hombres en permanente conflicto consigo mismos»
En términos entendibles, el señor cardenal nos recomienda tener buena relación con el mundo —cosa que nos prohíbe la tradición católica y la misma Sagrada Escritura. No deberíamos escuchar a teólogos y sacerdotes que asustan con el pecado, sino a Satanás, príncipe de este mundo. Pero los santos huyeron del mundo a conventos y desiertos. San Pablo nos instruye a no asemejarnos al mundo[6] y a estar crucificados al mismo[7]. San Juan nos exhorta a odiar al mundo y a las cosas que están en él[8]. El Señor Jesús nos avisa que el mundo, porque no le pertenecemos, nos va a odiar[9]. Y habría más para citar.
En cuanto al «conflicto consigo mismos» que le cae mal al cardenal, ¿no nos dijo el Señor Jesús que nos negáramos a nosotros mismos[10], y que el espíritu es contrario a la carne y viceversa[11]? ¿No se expresa en aquel conflicto la negación de mí mismo y la mortificación que me son necesarias si quiero crecer en santidad?
R pág. 131 [154]: «Lutero [en sus catecismos] recurrió a las más viejas tradiciones catequéticas, respecto de las cuales, por lo demás, no se aparta formalmente de la Iglesia Católica … no acierto a entender por qué hoy día nosotros somos incapaces de actuar con esta modestia»
R pág. 143 [169]: «La diferencia de las confesiones no procede del Nuevo Testamento, aunque puedan encontrar en él razones a favor de cada uno de los caminos; esta diferencia procede de que se lee el Nuevo Testamento en compañía de padres distintos. Con esto, hemos llegado, desde un punto en el que apenas podíamos esperar nada, hasta descubrir la enorme importancia de los padres en la Iglesia, incluso antes de que hayamos establecido el contenido estricto de este concepto de «padres». … Tomás de Aquino y Lutero son —¿quién puede negarlo?— padres sólo para cada una de las partes … Pero … sigue teniendo validez lo antes dicho.»[12]
Pobre Papa León X que excomulgó a Lutero: tendría que justificarse ante Ratzinger por haberle hecho eso, que el señor cardenal lo clasifica entre los padres de la Iglesia. ¿O tal vez el señor cardenal ya es luterano? Por lo que se puede apreciar, según Ratzinger el Espíritu Santo habría errado mucho en el siglo XVI cuando la Iglesia condenó los errores de Lutero, porque hoy los cardenales Ratzinger y Willebrands querrían beatificar y recientemente hasta canonizar a Lutero.
Considerar a Lutero padre de la iglesia es una profunda ofensa a los auténticos padres de la Iglesia que amaron la Verdad de Dios y defendieron a la Iglesia Católica. Evidentemente el cardenal Ratzinger ya hace mucho tiempo se ha separado de la Iglesia Católica.
R pág. 186 [222]: «Según esto, la resurrección no puede ser acontecimiento histórico en el mismo sentido en que lo es la crucifixión. Tampoco ha sido descrita a través de una narración propiamente dicha. El instante en que sucede se delimita con la locución escatológico-figurativa “al tercer día”.»[13]
Parece un desafío a la verosimilitud que el señor cardenal se declare ateo que no cree en la historicidad de la resurrección de Nuestro Señor de Jesucristo. Pero negar esto significa negar todo el cristianismo. Entonces no hay diferencia entre los rabinos talmúdicos y Ratzinger. Y éste es el primer auxiliar del «papa».
R pág. 196 [235-236]: «La Iglesia no podía ya [En los siglos 14 y 15] ofrecer seguridad de salvación, toda su configuración objetiva era dudosa e incierta. La Iglesia auténtica, la auténtica garantía de salvación, había que buscarla más allá de la institución.»
Podemos afirmar con seguridad que aquí Ratzinger procede como un protestante liberal que denigra a la Iglesia Católica que en esa época nos dio muchos santos. Tampoco en aquel entonces la Iglesia faltó a su misión, a pesar de todos los pecados de sus miembros y hasta conductores. Un cardenal que de esa manera denigra y no soporta a la Iglesia de esos siglos, no tiene derecho a defenderla ahora, porque la Iglesia Católica es siempre la misma.
R pág. 202 [242]: «Significa que el católico no ha de pretender ni la disolución de las confesiones ni la destrucción de las Iglesias del ámbito evangélico, sino todo lo contrario, que espera y confía en un fortalecimiento de la confesión y de la realidad eclesial.»
Ése es un consabido principio ecumenista contra la conversión de los acatólicos a la fe católica. El cardenal quiere que los luteranos sean mejores luteranos, los budistas mejores budistas y los hechiceros africanos mejores hechiceros todavía. La Iglesia habría errado por dos mil años, cuando se afanaba por acercar a todos los hombres a Cristo y a su Divino Cuerpo en la Santa Comunión. Estoy profundamente convencido de que torcer el sendero no ha sido propio de la Iglesia: lo es, y mucho, del cardenal. .
R pág. 259 [311]: «la Iglesia griega, que siempre había sido Iglesia, pero sin estar sujeta al papa.»
Así, según Ratzinger, un cristiano ya no debe estar sujeto a un papa legítimo, y aún así será miembro de la verdadera iglesia. ¿Pues entonces para qué el Señor Jesús estableció el oficio papal en la Iglesia? El Papa Bonifacio VIII en su bula solemne «Unam Sanctam» declara que todo ser humano, si quiere ser salvo, debe estar sujeto al pontífice romano.»[14]
El Vaticano nos echa en cara que no somos católicos verdaderos porque no estamos sujetos al papa, mientras que reconocen como verdadera iglesia a los ortodoxos que niegan completamente el oficio papal como tal. A lo que nosotros nos negamos es a sujetarnos a un falso papa.
R pág. 334 [401-402]: «La señal que había dado Teilhard de Chardin llegaba más lejos … la evolución avanza ahora en forma de progreso tecnicocientífico, en el que, como punto final de llegada, la materia y el espíritu, el individuo y la sociedad producirán un todo omnicomprensivo, un mundo divino. La constitución conciliar sobre la Iglesia en el mundo actual hizo suya aquella señal. La divisa teilhardiana “ser cristiano significa más progreso, más técnica” se convirtió en un impulso en el que los padres conciliares de los países ricos y los países pobres confluían»
Es increíble que el jesuita Teilhard, a quien los superiores de su congregación y de la misma Iglesia prohibieron difundir sus ideas, se gane el encomio del hombre que debería custodiar la pureza de la Fe. Que Teilhard no creyera en el pecado original, que negara que haya alguien en el infierno, que reconociera una evolución aún de la materia inanimada a la vida, que cuestionara la gracia sobrenatural, el celibato, la infalibilidad pontificia etc., —todo eso evidentemente no lo estorba al cardenal. Y cuando diviniza la tecnología se olvida de alertar que precisamente gracias a la tecnología desarrollada y al llamado progreso, el siglo XX fue el más sangriento de la historia de la humanidad. .
R pág. 334 [453]: «No todos los concilios legítimos de la historia de la Iglesia han sido concilios fructuosos. De algunos de ellos sólo queda, como resumen, un enorme «celebrado en vano». [Nota de pie de página:] En este contexto, se menciona con frecuencia, y con razón, el concilio Laterano V, celebrado en 1512-1517, pero sin aportar una ayuda eficaz para la superación de la crisis amenazante.»
Irritado Ratzinger de que este concilio justamente condenara varios errores contemporáneos y afines a Lutero, lo llama infructuoso.[15] La perfecta pérdida de tiempo fue el que se llama concilio vaticano segundo, que no condenó nada y trajo pura ruptura a la Iglesia. .
R pág. 381 [457]: «Si se desea emitir un diagnóstico global sobre este texto [Gaudium et spes], podría decirse que significa (junto con los textos sobre la libertad religiosa y sobre las religiones mundiales) una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de Antisyllabus. Es bien sabido que Harnack interpretó el Syllabus de Pío IX como una declaración de guerra, pura y simple, a su siglo.»
Citar a un «teólogo» protestante liberal y posiblemente hasta ateo, que levantaba dudas sobre la Santísima Trinidad, sobre la gracia, sobre la encarnación de Cristo y sobre otros artículos fundamentales de fe, y citarlo contra tan importante documento del papa Pío IX como lo fue el Syllabus de errores que aún hoy son actuales y destructores de la fe católica, es muy repugnante y sólo muestra de qué lado está el señor cardenal Ratzinger.
El Syllabus de Pío IX condenó el comunismo, el indiferentismo, las sociedades secretas, la disolución del matrimonio, el panteísmo, el racionalismo, la libertad religiosa, la sujeción de la Iglesia a la autoridad civil, la interferencia del estado en la enseñanza de escuelas y seminarios católicos, etc.
El Papa Pío IX, que sufrió persecución masónica continua, hoy es condenado nada menos que por los «cargos» de haber realizado el primer concilio vaticano y haber declarado el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.
Lástima que el hombre Nº 2 en el Vaticano declarara en pág. 391 [469]: .
R «no hay punto de retorno al Syllabus».
Los miembros de la Neoiglesia [en la que no hay salvación] tendrían que conocer al que los conduce, [y también tener presente quién llevó a Ratzinger a esta alta función: Wojtyla. [y con el catecismo romano en la mano, dejar de pensar la estupidez de que Ratzinger es papa, puesto que ni Bergoglio ni Ratzinger son católicos, al igual que tampoco lo era el viajero polaco, ni Montini]
| NOTAS |
|
Cosmología tomista 16/18. El alma de los brutos
El alma de los brutos.
Nociones previas.
1ª Pocas materias hay en filosofía que presenten tanta oscuridad y dificultad, como el problema relativo a la naturaleza del alma de los brutos. La variedad misma y contradicción de opiniones es una prueba de ello. Mientras unos, como Pereira y Descartes, hasta niegan la realidad del alma, convirtiendo a los brutos en meros autómatas, otros, cayendo en el extremo opuesto, les conceden un alma dotada de inteligencia, voluntad, generalización y comparación de ideas, con facultad de expresarlas y comunicarlas. Entre las obras modernas de fisiología, psicología e historia natural, apenas se encontrará alguna que no hable de inteligencia y voluntad en los animales. Semejante abuso de lenguaje constituye, a no dudarlo, uno de los vicios y defectos más transcendentales de la filosofía moderna; porque, aparte de otros inconvenientes, tiene el gravísimo de abrir la puerta al materialismo, borrando la línea que separa los animales del hombre. La verdadera filosofía y la ciencia racional, reconocen en los animales una extensa escala de facultades sensitivas, desde el tacto imperfecto y rudimentario de ciertas especies inferiores hasta la imaginación colocada en el confín de la inteligencia; reconocen instintos más o menos desarrollados y perfectos, pero no reconocen ni admiten en los animales inteligencia y voluntad; reconocen en ellos facultades cognoscitivas o perceptivas, porque estas denominaciones son comunes al conocimiento sensible y al intelectual, pero no reconocen facultades intelectuales, separadas por una distancia casi infinita de las sensibles, y mucho menos [271] reconocen en los animales la facultad de formar y comparar ideas generales, y deducir de éstas motivos de conducta (1) como les atribuyen algunos.
{(1) Todas estas facultades y algunas más, conceden y atribuyen a los animales algunos naturalistas modernos, según se ve en el siguiente pasaje tomado de una obra de historia natural, redactada en conformidad con el programa de la Universidad de París: «Otros animales más privilegiados gozan además de facultades intelectuales, o de la facultad de representar al espíritu las ideas producidas precedentemente por las sensaciones, de compararlas, de sacar de las mismas ideas generales, y de deducir de éstas motivos de conducta.
Finalmente, hay también otros seres animales que gozan de la facultad de comunicar a sus semejantes las ideas que poseen, bien sea por medio de ciertos movimientos, bien sea produciendo sonidos diversos.
Los variados fenómenos, con ayuda de los cuales los animales se ponen en comunicación con los objetos que los rodean, pueden referirse, como se ha visto, a seis facultades principales: la sensibilidad, la contractibilidad, la voluntad, el instinto, la inteligencia, la expresión. Las cuatro primeras existen en todos los animales, y las dos últimas en un pequeño número solamente.» Cours Elem. d’Hist. Natur. á l’usage des Colleges et des Maisons d’education, redigê conformement au programme d’ l’Université, par MM. Milne Edwards. A. Jussieu et Beudant, Zoologie, pág. 122.}
Para algunos, las almas de los brutos son cuerpos sutiles e invisibles. Hubo filósofos que opinaron que las almas de los brutos son, o espíritus de un orden superior, o las almas humanas que pasan de unos cuerpos a otros. Finalmente, hay quien opina que son sustancias espirituales, simples e indivisibles, capaces de existir por sí solas, que comienzan por creación y dejan de existir por aniquilación (1), bien que negándoles la inteligencia y la voluntad libre. [272]
{(1) Balmes, Tongiorgi y algunos otros filósofos católicos, admiten esta opinión, que nos parece poco conforme con los principios de la filosofía cristiana, según la cual Dios no aniquila lo que crea. Esto sin contar que con semejante teoría desaparece casi por completo la diferencia absoluta y sustancial entre el alma de los brutos y la del hombre.}
2ª Es bastante general en esta controversia, establecer que el alma de los brutos es semejante al alma racional en su sustancia, independiente de la materia en su ser, simple y espiritual, porque no puede ser cuerpo o materia. Semejante deducción dista mucho de ser legítima o necesaria; porque no está demostrado ni mucho menos, que todo lo que existe o toda realidad haya de ser necesariamente, o un cuerpo, o un espíritu. La verdad es que el concepto de ente o realidad, se predica y se verifica de cosas reales que ni son cuerpo, ni espíritu, como se ve en el movimiento local de un cuerpo, en la ciencia que posee Pedro, en los actos de imaginar, juzgar, desear, &c., que son reales, sin ser cuerpos ni espíritus.
Por otra parte, cuando se trata de entes o sustancias compuestas, como lo son los animales y demás sustancias materiales, lo perfecto y completo supone naturalmente lo imperfecto e incompleto; el ente total y completo presupone el ente-parte y el ente-principio, al menos con respecto a aquellos seres cuya esencia o naturaleza propia y específica abraza e incluye dos realidades distintas, aunque unidas íntimamente, como son los animales, cuya naturaleza no es ni el cuerpo solo, ni el alma sola. Luego es conforme a los principios racionales de la ciencia, reconocer la posibilidad y existencia de sustancias imperfectas e incompletas, las cuales podrán y deberán denominarse materiales o espirituales, sin ser cuerpos ni espíritus, en razón a que no constituyen por sí solas una esencia completa, ni pueden subsistir, es decir, tener o conservar la existencia, sin la unión actual con otra entidad.
3ª De lo dicho se colige, que si hay alguna entidad sustancial con aptitud esencial para constituir, en unión con un organismo determinado, una esencia completa, una sustancia perfecta y subsistente, pero de tal condición que pueda existir y obrar parcialmente, sin estar unida con la segunda, esta entidad sustancial, por lo mismo que tiene subsistencia, siquiera incompleta e imperfecta, podrá llamarse con propiedad sustancia espiritual. Pero si dicha entidad sustancial [273] es de tal condición que no pueden conservar su existencia, ni realizar operación alguna, sin la unión actual con el organismo con el cual constituye una esencia completa y específica, en este caso podrá denominarse entidad sustancial, porque es principio y parte de sustancia; podrá también llamarse espiritual e inmaterial en sentido negativo e impropio, negative, secundum quid, ya porque no es cuerpo ni materia, ya también porque la actividad que incluye como principio vital y forma sustancial de la esencia A (la esencia del animal), es de un orden superior y más independiente de las condiciones y leyes de la materia, que la actividad de las plantas y de los cuerpos inferiores.
Dadas estas nociones preliminares para fijar de alguna manera el sentido de la cuestión, he aquí ahora nuestra solución del problema relativo al alma de los brutos.
Tesis 1ª
Los brutos carecen de entendimiento y de voluntad libre.
Pruebas.
1ª El carácter más propio del entendimiento, como facultad distinta de los sentidos, es el conocimiento de los universales y de objetos puramente espirituales, como Dios, la verdad, la bondad, el ser, la sustancia, el orden, &c., al paso que los sentidos sólo perciben objetos materiales y singulares. Luego siendo indudable que los brutos, ni poseen conocimientos o ideas universales, aun con relación a las cosas materiales, como las ideas de cuerpo, de metal, de planta, ni mucho menos el conocimiento de objetos espirituales y de ideas independientes de toda materia, como Dios, los ángeles, la existencia, la verdad, el bien moral, &c., carecen de inteligencia propiamente dicha, y consiguientemente de voluntad libre, la cual radica en la inteligencia y presupone necesariamente la posesión de ideas universales. [274]
2ª La carencia de reflexión sobre los actos propios, y la consiguiente ausencia de perfectibilidad y progreso, demuestran también a posteriori la carencia de entendimiento y voluntad libre en los animales. Si el hombre es capaz de progreso y perfectibilidad sucesiva en las ciencias, las artes, las relaciones sociales y la economía de la vida, es porque posee la facultad de reflexionar sobre sus actos, facultades y potencias; facultad que combinada con la posesión de ideas universales, y con la fuerza o facultad de generalizar sus conocimientos, le hace capaz de conocer más perfectamente los fines varios de la vida y su relación o proporción con diferentes medios más o menos adecuados para llegar a su consecución. Luego los brutos carecen de entendimiento y voluntad libre o refleja, puesto que la experiencia demuestra que carecen de progreso y verdadera perfectibilidad, y esto no solamente en cuanto a las ciencias y al orden moral, sino con respecto a aquellas operaciones que tienen alguna analogía con las que proceden de la industria y del arte en el hombre.
«El hombre, escribe Bonald a este propósito, nace con la ignorancia de todo cuanto puede saber, pero con la capacidad de aprender de sus semejantes lo que ignora, de conocerlo todo y de conocerse a sí mismo. El bruto, por el contrario, nace instruido de todo lo que tiene que hacer, pero incapaz al propio tiempo de ir más lejos. Lo repito: el animal nace perfecto, o mejor dicho, finito: el hombre nace perfectible e infinito, por decirlo así, pues como dice Bosuet, puede llegar hasta lo infinito.» «El perro y el mono, añade De Maistre, se acercan al fuego y se calientan con placer como nosotros, pero no aprenderán jamás a echar un tizón sobre las ascuas.»
3ª La uniformidad constante que se observa en las diferentes especies de animales con relación a su modo de obrar, indica claramente que estas operaciones son necesarias e instintivas, procedentes de una fuerza ciega, o sea del instinto, y no de una fuerza dirigida por la inteligencia, cual es la voluntad. «Los brutos, dice santo Tomás, reciben [275] al principio o con su misma naturaleza la estimativa natural (la facultad de juzgar instintivamente), para conocer lo conveniente y lo nocivo, por lo mismo que no pueden adquirir este conocimiento por investigación propia. Empero el hombre puede llegar al conocimiento de esto y de otras muchas cosas, por medio del ejercicio de su propia razón.»
De aquí resulta también, que hasta la educación imperfecta, y más bien mecánica que inteligente de que son capaces algunos animales, es inútil y perdida para la especie, incapaz de comunicación convencional y de perfectibilidad (1); porque en lugar de inteligencia verdadera y voluntad libre, sólo poseen sensibilidad e instintos necesarios.
{(1) A propósito de esto escribe Bonald: «L’animal nait donc parfait ou fini, avec des impulsions données, des goûts determinés, des habitudes formées d’avance; il nait agé, pour ainsi parler, et instruit, au premier moment qu’il essaie ses forces, de tout ce qu’il fera quand l’age les aura dévelopées. Si les soins, et l’intelligence de l’homme etendent son instint, perfectionent ses habitudes natives… ces habitudes acquises sont perdues pour les espèces dans les quelles aucun progrés, aucun changement n’a eté remarqué depuis Aristote… L’homme au contraire, nait apprendre ou de tout inventer; mais il ne saura un jour que ce qu’il aura appris de la raison des outres ou découvert avec sa propre raison.» Recherches, cit. cap. 18.}
Tesis 2ª
Es errónea e inadmisible la opinión de los que asimilan el alma de los brutos a la del hombre, salva la posesión del entendimiento y voluntad.
El objeto de esta tesis es rechazar la teoría de ciertos filósofos cristianos, que al mismo tiempo que confiesan que el alma de los brutos carece de inteligencia y voluntad libre, y que no es inmortal extrinsece, porque es aniquilada por Dios, afirman que es una sustancia simple, espiritual y subsistente con subsistencia igual a la del alma [276] racional, es decir, capaz de conservar su ser separada del cuerpo; que es producida por creación de la nada, incorruptible e inmortal ab intrinseco, o atendidas las condiciones de su naturaleza.
No concebimos ciertamente cómo pueden sostener semejante teoría ciertos filósofos católicos; porque, aparte del peligro e inconveniente de conceder al alma de los brutos la inmortalidad interna y natural, se halla en contradicción con uno de los principios científicos reconocidos generalmente, y practicados con frecuencia por ellos mismos, a saber, que de la naturaleza y atributos esenciales de una cosa, debemos juzgar por las propiedades, potencias y operaciones de la misma, o en otros términos, que las propiedades sensibles, las potencias y operaciones de una cosa, revelan y descubren su esencia y atributos primitivos, puesto que aquellas emanan de la esencia, la cual es la razón suficiente de dichas propiedades, potencias y operaciones. Sobre la base, pues, de esta verdad, admitida generalmente por todos los hombres de ciencia, reconocida y hasta reducida a frecuente práctica por los que sostienen la opinión que combatimos, formaremos el siguiente raciocinio, tan sencillo como concluyente.
Las cosas que tienen la misma esencia, deben tener las mismas potencias y operaciones: luego si el alma de los brutos se asemeja a la del hombre por parte de los predicados y atributos esenciales, debe asemejarse también a ésta por parte de las potencias y operaciones. Es así que, por confesión de los mismos adversarios que combatimos, el alma de los brutos no se asemeja a la del hombre en cuanto a las potencias y operaciones, puesto que no posee el entendimiento y la voluntad libre que posee la del hombre. Luego tampoco pueden asemejarse ni convenir en cuanto a su esencia y atributos primitivos.
Otra razón. Es una verdad general de razón y de experiencia, que el modo de ser de una cosa está en relación con su modo de obrar, de manera que la dependencia o independencia en el obrar, demuestra e indica la dependencia o [277] independencia en el existir. Esta verdad, podemos decir axiomática de la ciencia, y que suele expresarse diciendo que operari sequitur esse, et juxta modum essendi est modus operandi, es incompatible también con la opinión que aquí combatimos; porque sus partidarios conceden lo que en buena filosofía nadie puede negar, a saber, que mientras en el hombre ciertas funciones vitales, como los actos propios del entendimiento y la voluntad, son independientes de toda materia y no se ejercen mediante órganos determinados, las funciones vitales en los animales dependen necesariamente del cuerpo y de su organismo, sin cuyo concurso no ejercen ningún acto. Luego es preciso admitir que la existencia o ser del alma de los brutos, tiene mayor dependencia de la materia que el alma del hombre, o lo que es lo mismo, luego el alma del hombre puede subsistir, es decir, existir sin la unión actual con la materia, y esto repugna al alma de los brutos, cuyas operaciones dependen todas de la materia.
Reasumiendo y aplicando la doctrina hasta aquí consignada, he aquí nuestra opinión acerca del alma de los brutos, bien que en esta materia es más fácil refutar las diferentes opiniones de los filósofos, que exponer y afirmar una doctrina precisa y positiva.
a) El alma de los brutos no es subsistente, ni siquiera con aquella subsistencia imperfecta que posee el alma racional; porque siendo dependiente del cuerpo en cuanto a todas sus operaciones, tiene dependencia del mismo en cuanto al ser, y por consiguiente, es incapaz de existir por sí sola sin el cuerpo.
b) Luego no debe ni puede denominarse sustancia, en sentido propio y absoluto, simpliciter, sino en un sentido impropio y relativo, secundum quid, puesto que no existe en sí y por sí sola, no tiene la subsistencia, ni aun incompleta del alma racional. Es, pues, parte o elemento esencial de una sustancia, es un principio sustancial, pero no es una sustancia.
c) El alma de los brutos es producida por generación, o mejor, por educción de la potencia de la materia, per [278] eductionem ex potentia materiae. La razón es, que el modo de producción de una cosa está en relación con su modo de ser: luego si el alma depende de la materia quoad esse et operari, debe depender también de la materia quoad fieri o por parte de la producción.
Para comprender mejor esto, téngase presente lo que se ha dicho sobre la generación sustancial y sus términos. En rigor filosófico, lo que se hace o produce, id quod fit, no es el alma del bruto, sino el bruto mismo o sea el individuo resultante de la unión del alma con tal cuerpo orgánico, o en otros términos, el compuesto que resulta de la actuación y determinación sustancial de la materia por el alma sensitiva, actuación que es el resultado de la trasmutación y transformación realizada en la materia por medio de la virtud activa y seminal sui generis del animal generante. Hay, pues, una verdadera confusión de conceptos, una decepción, como dice santo Tomás, cuando se considera el alma de los brutos, como término especial y aislado de la acción producente o generante (1), siendo así que no es id quod fit aut est, sino más bien id quo res fit, et est.
{(1) Por eso dice santo Tomás, hablando de ciertos filósofos: «In hoc videntur fuise decepti, quia attribuebant fieri proprie istis formis, cum tamen fieri non sit nisi compositi, cujus etiam proprie est esse: formae enim esse dicuntur, non ut subsistentes, sed ut quo composita sunt, (existunt) et vivunt, (si se trata de animales); unde et fieri dicuntur non propria factione, sed per factionem suppositorum.» Quodl. 9, art. 11.}
d) Luego es contrario a la razón y a las tradiciones de la filosofía cristiana decir que el alma de los brutos es aniquilada por Dios, ya porque este nada aniquila, ya porque no es producida por creación ex nihilo, como pretenden los partidarios de la aniquilación. El término natural y propio de la creación son las sustancias o seres subsistentes en sí y capaces de obrar por sí, y no las formas o principios de la sustancia, que no pueden existir ni obrar sino en unión y [279] dependencia de la materia. El operari, el fieri y el esse, son tres términos esencialmente correlativos; de manera que sólo las cosas que tienen operaciones propias e independientes, sólo las cosas que operantur per se, fiunt et sunt vel existunt per se.
e) En resumen: El alma de los brutos: 1º no es sustancia, porque no subsiste, ni con la sustancia perfecta, ni imperfecta: 2º no es inmaterial o espiritual con inmaterialidad positiva, porque no conviene con las sustancias propiamente espirituales, ni en cuanto al ser, ni en cuanto al obrar: 3º es una forma sustancial, porque es principio y acto esencial de una sustancia: 4º es más perfecta que la forma sustancial de los vegetales y sustancias inanimadas, porque contiene de una manera virtual y eminente sus perfecciones: 5º es material positive o absolutamente ablando, porque obra, es producida y existe con dependencia de la materia: 6º se puede apellidar, no obstante, inmaterial negative, en cuanto no es cuerpo, ni materia, y también similitudinarie o por afinidad y aproximación, en cuanto que las potencias y operaciones vitales que en ella radican, son de un orden superior a las de las plantas y cuerpos inanimados, y tienen cierta analogía y afinidad con las potencias y operaciones de las sustancias propiamente espirituales y subsistentes. [280]
Cosmología tomista 15/18. La vida de los vegetales
La vida de los vegetales.
Tratar de los vegetales bajo el punto de vista de su clasificación y diferencias, lo mismo que el investigar y analizar en detalle sus fuerzas, propiedades, efectos y funciones vitales, pertenece a la historia natural y demás ciencias físicas, y no a la metafísica, a la cual sólo pertenece investigar y analizar la vida en sí misma y en sus manifestaciones o diferencias esenciales y primitivas. Y aunque lo dicho hasta aquí demuestra suficientemente, que entre la vida de los vegetales y la de los animales existe esa diferencia esencial y primitiva, conviene desenvolver y confirmar esta verdad que algunos naturalistas y la escuela positivista tratan de oscurecer. Para ello bastará echar una rápida ojeada sobre la vida, facultades y funciones de los vegetales.
1º La vida vegetativa.
a) La vida de los vegetales, considerada en su raíz y principio esencial, es su forma sustancial, según queda probado, de manera que debemos concebir esta vida fundamental o sea el principio vital de los vegetales, como una actualidad sustancial, incompleta por su naturaleza, y como tal, ordenada esencialmente a informar, actuar y perfeccionar el organismo de los vegetales, constituyendo con este una sustancia determinada, distinta en especie y esencia de las demás. Este principio vital-sustancial, es único, y es el que comunica la unidad a las varias partes del organismo, siendo, [266] en consecuencia, la causa y razón porque el vegetal A es uno y tiene una esencia, y es una sustancia específica.
b) De aquí se infiere, que la diferencia esencial y primitiva entre el vegetal y el animal, consiste en la diversidad primitiva y originaria de sus respectivas formas sustanciales, según que la del animal es por su esencia superior y capaz de actuar y perfeccionar un organismo más perfecto que el que responde a la forma sustancial del vegetal, menos perfecta e inferior por su misma naturaleza, y como tal, proporcionada para actuar y perfeccionar un organismo de un orden inferior. De esta diferencia primitiva, que corresponde y se refiere a las dos formas sustanciales o principios vitales en sí mismos, nace la diferencia, que se puede llamar primitiva quoad nos, consistente en la diversidad de facultades o potencias vitales, en relación con la diversidad primitiva y esencial del principio vital respectivo. La sensibilidad reasume estas facultades que no existen en los vegetales, representa la línea que separa a éstos de los animales, y constituye la diferencia esencial, absoluta y primaria quoad nos, entre la vida vegetativa y la animal.
c) Ni se oponen a esto las disidencias y dificultades de los naturalistas en orden a la clasificación de ciertos seres vivientes, como los zoófitos, algas, esponjas, &c.: antes bien, estas disidencias y dudas vienen en apoyo de lo que acabamos de asentar, puesto que en tanto dudamos si el viviente A pertenece al reino vegetal o al animal, porque se duda si posee verdadera sensibilidad o no. En resumen: estas dudas prueban que no poseemos todavía un conocimiento exacto de los fenómenos vitales de ciertos y determinados vivientes; pero no prueban que los vegetales no sean esencialmente distintos de los animales, y siempre será verdad que, o tienen, o no tienen sensibilidad, formando parte el reino animal o vegetal, según que se verifique el uno o el otro extremo. De aquí se deduce, que la teoría que establece una clase intermedia de vivientes que pasan de un reino a otro, denominados vegeto-animales es errónea y contraria a los principios de la ciencia metafísica, y además envuelve tendencias [267] esencialmente materialistas. Si se admite que un vegetal puede transformarse y desarrollarse hasta convertirse en animal, no hay motivo racional y sólido para negar la posibilidad de que el animal puede convertirse en hombre.
2º Potencias.
a) La actividad vital primaria y esencial, incluida e identificada con la forma sustancial, que es el principio vital del vegetal, se manifiesta y revela exteriormente por medio de tres facultades o potencias: 1ª la nutritiva, cuyo objeto es conservar y reparar la sustancia del viviente por medio de la elaboración, transformación y conversión de los alimentos en propia sustancia: 2ª la aumentativa o de incremento, que realiza el incremento sustancial y cuantitativo del vegetal: 3ª la generativa, que sirve para la conservación y propagación de la especie propia, por medio de la producción de individuos semejantes.
b) Aunque los modernos naturalistas suelen reducir a dos las facultades de la vida vegetativa, incluyendo la aumentativa en la nutritiva, creemos más exacta la clasificación indicada: 1º porque el concepto propio de la nutrición, sólo incluye la conservación de la sustancia viviente por medio de la renovación o sustitución de las partes perdidas: 2º porque si bien es cierto que la facultad de incremento supone la de nutrición, también lo es que ésta puede existir sin aquella, como sucede en las plantas y animales que habiendo adquirido todo su desarrollo, se conservan o nutren sin aumentar su masa ni volumen.
3º Funciones vitales.
Así como la vida esencial y radical de los vegetales se manifiesta y multiplica en cierto modo, por medio de las potencias o facultades indicadas, así también estas potencias dan origen a diversas funciones vitales, que vienen a ser por lo mismo la manifestación actual, secundaria y última de la vida.
Indicaremos algunas:
a) La absorción, mediante la cual los vegetales atraen y reciben de la tierra por medio de las raíces las moléculas [268] que les sirven de alimento o materia para la nutrición, así como los animales reciben éstos por la boca.
b) La circulación, por medio de la cual los humores o jugos suben hasta las ramas y hojas por medio de los vasos y conductos intercelulares, volviendo a descender otra vez hacia el tronco y las raíces.
c) La digestión, la cual, aunque conviene propiamente a los animales, se atribuye o pertenece también a las plantas, porque los jugos indicados experimentan cierta modificación y alteración al subir por el tronco y ramas hasta las hojas, en las cuales, por medio de la respiración, se verifica una alteración más notable que los hace aptos para la nutrición. Los jugos o humores que absorben las raíces, se convierten en savia por medio de la circulación, digestión y respiración, de manera que puede decirse que esta savia en su movimiento desde las raíces a las hojas, corresponde al quilo, y en su movimiento desde las hojas a las partes inferiores, corresponde a la sangre en los animales.
d) La respiración. Cuando la savia llega a ciertas partes de la planta y principalmente a las hojas, recibe ciertos elementos o moléculas de la atmósfera que la rodea, y da salida, al propio tiempo, a algunos de sus elementos, como sucede en la respiración de los animales, de la cual se aplica por analogía este nombre a los vegetales. Generalmente, las plantas verdes, o las partes de este color absorben por la noche oxígeno y despiden ácido carbónico, y al contrario, durante el día, absorben el ácido carbónico de la atmósfera y despiden oxígeno. Los vegetales que carecen de partes de color verde tienen una respiración más análoga a la de los animales (1), absorbiendo oxígeno y despidiendo ácido carbónico. [269]
{(1) Acerca de la relación entre el color verde de las plantas y su modo de respiración, he aquí lo que se dice en la Historia Natural publicada en 1857 bajo la dirección de Galdo: «Los únicos órganos que presentan este fenómeno, son las partes de color verde, especialmente [269] las hojas, los peciolos foliáceos y los tallos jóvenes. Las raíces, los troncos añosos cubiertos de corteza oscura, los órganos florales y los frutos que no son verdes, las critógamas que tienen otro color, las plantas blanqueadas (descoloridas) por oscuridad, no desprenden oxígeno. No es el color verde la causa de la acción química, sino por el contrario, su efecto; y así sería más exacto decir que las plantas y los órganos que desprenden oxígeno, son verdes o se vuelven así.»}
e) La exhalación o transpiración, por medio de la cual los vegetales despiden un humor acuoso por los estomas de las hojas. Además de ésta, existe en las plantas otra transpiración insensible que se verifica por las demás partes. La exhalación o transpiración sensiblees más abundante de día que de noche, a causa de la influencia del sol sobre los estomas, que favorece este fenómeno (1).
{(1) «En este hecho de la transpiración vegetal hay dos fenómenos diferentes: 1º una pérdida insensible por todas las superficies: 2º una emanación o exhalación abundante por las superficies provistas de estomas… Antes que se conociera el importante papel de los estomas, y su abertura por la acción de la luz, se había observado que ésta influye directamente sobre la transpiración de los vegetales. Hales había notado que las plantas aumentan en peso durante la noche, lo cual se explica por la supresión regular de la exhalación en este tiempo, durante el cual las raíces continúan absorbiendo. El agua absorbida es al agua exhalada como tres es a dos. Así una tercera parte del agua absorbida queda en el vegetal, y las otras dos son exhaladas por toda la superficie, o por los estomas.» Hist. Nat. cit., ibid., pág. 60.}
f) La asimilación, por medio de la cual cada parte de la planta toma y se asimila la parte de la savia elaborada ya y preparada para la nutrición.
Existen además la florescencia o producción de flores, la fecundación, la germinación, &c., de las cuales tratan largamente los escritores de Historia Natural. [270]
¿OPUS DEI U OPUS JUDEI?
MÁS SOBRE EL OPUS DEI*
Abbé Curzio Nittoglia
INTRODUCCIÓN
Ya había escrito sobre el tema del Opus Dei, cuando por casualidad di con un folleto escrito por un vocero de «la Obra» que me hizo reflexionar. En efecto, en él se lee: “Un día «Camino» fue quemado públicamente en un colegio de religiosas en Barcelona, ciudad en la cual el gobernador había dado orden de arrestar a Mons. Escrivá. El fundador había sido igualmente denunciado al Tribunal militar especial para la represión de la francmasonería; sus detractores calificaban al Opus Dei corno «esa rama judía de la masonería», o «esa secta judía en relación con la masonería»”[1] . El tema me impactó y traté de profundizar sobre el asunto. Recuerdo que la revista “30 Giorni” abordó el problema. En el n° 5, de mayo de 1990, encontré un interesante artículo de Marina Ricci, en el cual se leía: “A fines de agosto de 1939 el Opus Dei abrió un oratorio… en Madrid. Se decía que estaba decorado con signos cabalísticos y masónicos”[2]. Y también: “En 1941 (…) Escrivá (fue) denunciado al Tribunal especial para la represión de los crímenes de la masonería y del comunismo (…) Escrivá (…) fue igualmente denunciado en 1941 a las autoridades civiles de Barcelona. La acusación siempre era la misma: se afirmaba que bajo el nombre de Opus Dei se ocultaba una rama judía de la masonería (…) En un convento de religiosas carmelitas fue quemada públicamente una copia de «Camino», el primer libro escrito por Escrivá”[3] . Esta coincidencia me sorprendió, nunca hubiese imaginado una cosa parecida. Salvo que hallé por casualidad una serie de otros artículos muy interesantes que añadían otras informaciones a estos textos; Fabio Andriola entrevistó al gran maestre del Gran Oriente de Italia, el abogado Virgilio Gaito, y le preguntó: “¿Cuáles son las relaciones entre ustedes y la así llamada «masonería católica»? Pienso, respondió Gaito, que el Opus Dei tiene una visión universal muy amplia… Este Mario Conde… que hoy tiene el honor de las crónicas es un célebre representante del Opus Dei, y está también en el consejo de administración de una cierta sociedad que tiene como jefe al ex gran maestre Di Bernardo”[4]. Además, el mismo Gaito reveló a “30 Giorni”: “En Lucerna, Suiza, Di Bernardo creó la Fundación Dignity. La preside el profesor Vittorio Mathieu que, me parece, pertenece al Opus Dei, y participa Giorgio Cavallo, ex rector de la Universidad de Turín, ex inscripto en la Logia P-2(…) Está (…) el financista «opusdeísta» Mario Conde…”[5]. Pero esto no termina aquí. En un libro muy documentado se lee: “Fue Giuliano Di Bernardo quien, en 1970, pidió la inscripción en la Logia P-2 … Los medios financieros y los fines de «la Fundación Dignity» la Fundación Dignity parecen poco claros… Este organismo del cual es presidente Di Bernardo… y el banquero español Mario Conde, uno de los principales inspiradores… De la Fundación dependen una academia filosófica y un instituto de tradiciones místicas. Este último prepara un congreso sobre «el misticismo judío y cristiano»… el financista no sería otro que Mario Conde… próximo al Opus Dei. Entre los posibles mecenas de la Fundación Dignity se encuentra también Marc Rich… citado por Di Bernardo como dispensador de cursos de esoterismo judío…”[6].
¿OPUS DEI U OPUS JUDEI?
Pero el hecho que más me sorprendió fue un libro que me enviaron desde Colombia, titulado “Opus JUDEI”, escrito por José María Escriba (seguramente se trata de un seudónimo), publicado en 1994 por Orion Editores en Bogotá (Colombia). Este libro proporciona muchas informaciones que me resultaban completamente desconocidas sobre la vida, la doctrina y la obra de Mons. Escrivá. No todo es para tomar al pie de la letra, pero me parece que algunas afirmaciones están documentadas y son serias. Las someto al lector tal como el autor las presenta. Ante todo, el autor sostiene que muchas biografías elogiosas de Mons. Escrivá están llenas de inexactitudes: se le atribuyen una serie de estudios y de títulos sin ninguna justificación. “Por ejemplo que era Superior del Seminario San Francisco de Paula de Zaragoza… que fue profesor de Derecho Económico y de Derecho Romano en Zaragoza y en Madrid… que obtuvo la licenciatura en uda Teología en la Pontificia Universidad de Zaragoza…”[7].
LA FAMILIA DE MONS. ESCRIVÁ
José María Escriba Albás fue el segundo de seis hermanos. Nació el 9 de enero de 1902, en Barbastro, Huesca. Su padre, José Escriba Corzan se dedicó al comercio de tejidos[8]. Franciso Umbral escribió en el diario “El País”: “España no es un tablero de oportunistas. El último fue Escrivá. Los Escrivá, una familia de comerciantes que huyó de noche de Barbastro para evitar a los acreedores”[9]. Según Carandell, el ingreso al seminario de Mons. Escrivá habría sido dictado por las dificultades económicas de su familia[10].
SEMINARIO Y ADOLESCENCIA
El mismo Escrivá afirmó: “Nunca pensé en hacerme sacerdote, ni en entregarme a Dios… Incluso… me sentía anticlerical”[11]. Pero, ¿cuál era la predisposición de Escrivá cuando tomó la decisión de comenzar los estudios eclesiásticos en el seminario? Él mismo nos responde: “No tenía ni uno sola virtud ni una sola peseta”[12]. El insuficiente conocimiento del latín pesó mucho sobre la vida de Escrivá([13] . Permaneció en el seminario de Logroño desde octubre de 1918 hasta septiembre de 1920, año en que partió hacia Zaragoza; según Carandell, Escrivá habría sido expulsado del seminario [14].
¿DELIRIO DE GRANDEZA?
El certificado de bautismo, como dice el autor de “Opus Judei”, que se conserva en el registro de la catedral de Barbastro, reza: “En Barbastro, el 13 de enero de 1902, el Padre Ángel Malo…, bautizó solemnemente a un niño nacido a las 22 horas del 9 de enero, hijo legítimo de don José ESCRIBA…” [15] . Para estar todavía más seguro, me informé y pedí el acta de bautismo de la cual obtuve una fotocopia; ésta menciona exactamente lo mismo. Una nota al margen, añadida en 1943, indica el cambio del apellido por el de Escrivá [16]. ¿Por qué Mons. Escrivá, que nació “ESCRIBA”, evidentemente experimenta la necesidad de cambiar de apellido, sino para ocultar sus orígenes? Cuando el gran rabino de Roma, Israel Zolli se convirtió sincera y realmente al Cristianismo no cambió de apellido, ni tampoco el rabino Drach o los hermanos Lémann; al contrario, el que cambiaba su apellido era el marrano, que exteriormente se presentaba como cristiano e interiormente y de manera oculta judaizaba [17]. Su apellido, pues, todavía era Escriba entre 1915 y 1918, cuando era estudiante en el Instituto secundario de Logroño, pero ya en esa época él firmaba Escrivá. El 16 de junio de 1940, nos informa el autor, apareció un edicto publicado en la Gaceta Oficial del Estado, en virtud del cual los hermanos Carmen, José María y Santiago Escrivá y Albás “eran autorizados a cambiar su apellido por Escrivá de Balaguer”. Entonces, después de 1918 y antes de 1940, Mons. Escrivá ya había cambiado su nombre de Escriba por Escrivá, y en 1940 agregó el título de Balaguer. En resumen, los cambios fueron:
- 1902) José María Escriba (con la B de Bologna; como se puede leer en el certificado de bautismo).
- 1902) José María Escriba (con la B de Bologna; como se puede leer en el certificado de bautismo).
- 1915-1918) firma José María Escrivá (con la V de Venecia, y acento en la A )
- 1915-1918) firma José María Escrivá (con la V de Venecia, y acento en la A )
- 1940) José María Escrivá de Balaguer.
- 1960) Josemaría (en una sola palabra) Escrivá de Balaguer.
- 1968) Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, marqués de Peralta.
“La concesión del título que exhibió a partir de 1968, se encontraba manchada por numerosas anomalías e irregularidades: por ejemplo, en la Diputación de la Nobleza se oculta fraudulentamente, en 1968, la manipulación del apellido Escriba, circunstancia que no aparece en el pedido de rehabilitación del título de marqués de Peralta, pedida por Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás”[18].
El título de marqués, como dignidad personal e intransferible, fue concedido por el archiduque Carlos de Austria a don Tomás de Peralta el 12 de febrero de 1718, y nunca ningún hijo ni heredero legítimo de don Tomás reivindicó un título intransferible. “Se calcula que la compra del título… costó, en la época, la suma de 250.000 pesetas”[19]. El periodista Carandell se pregunta con razón: “¿Qué razón podía justificar el hecho de que Mons. Escrivá, fundador de un Instituto que persigue la santificación de sus miembros, haya pedido un título nobiliario?” [20]. Otro periodista, Juan Gomis, escribió en la revista “El Ciervo” un artículo intitulado ¿Qué es esto, monseñor?, en el cual se preguntaba: “¿ Cómo es posible que un sacerdote aspire a estos honores?” Por su parte, el premio nobel de Literatura Camilo José Cela escribió: “Los religiosos no son ni marqueses ni condes (…) nada de esto es serio, la gente se reirá mucho de este marquesado”[21].
COINCIDENCIAS INQUIETANTES
Cuando murió el primer ministro israelí Rabin, Mons. Javier Echavarría, actual prelado del Opus Dei, envió sus condolencias… a la Liga Antidifamación de la B’nai B’rith, por medio de la Sra. Lisa Palmieri Billig (que, ¡oh casualidad! escribe en Studi Cattolici, la revista del Opus Dei). Ahora bien, sabemos que la Sra. Billig es la representante italiana de la B’nai B’rith. También sabemos que Rabi era francmasón, como lo declaró Virgilio Gaito[22]. ¿Cómo puede ser que el actual prelado del Opus Dei y sucesor de mons. Escriva de Balaguer y de Álvaro del Portillo envíe sus condolencias a la Sra. Billig «como repreesntante en
Italia de la A. D. L de la B’nai B’rith [23]?
Además, cuando murió Álvaro del Portillo fue puesto sobre un lienzo blanco sobre el piso, no en un ataud, sobre una cama o sobre una mesa, como lo hacen los cristianos. ¿Ritual extraño? No, los judíos tienen la costumbre de poner a sus muertos de esa forma, en tierra, como podemos leer en Regole Ebraiche di lutto[24]: «LOS DESPOJOS SE EXTIENDEN SOBRE EL SUELO». ¿Simple coincidencia o cripto-judaísmo?
ANOMALÍAS ASCÉTICAS Y PASTORALES DEL OPUS
Para concluir, quisiera retomar el discurso que había comenzado en “Sodalitium”[25], a propósito de la concepción del trabajo en los escritos de ciertos autores del Opus. Le Tourneau, vocero del Opus, escribe: “Muy a menudo en la vida del pueblo cristiano el trabajo no es tomado como algo bueno en sí, sino como un medio ascético… Después de San Juan Crisóstomo se tiene la impresión que el cristiano medio no está llamado a vivir el Evangelio”[26]. Y continúa: “La aparición de las Órdenes mendicantes (…) no comporta la afirmación del valor del trabajo profesional (…) Santo Tomás presenta las ocupaciones seculares como un obstáculo para la contemplación (…) En el curso de los siglos la atención se desvía del trabajo” [27]. Y finalmente, después de quince siglos de catalepsia vino Escrivá… “Et Labor caro factum est”. Un poco más lejos, el teólogo del Opus precisa: “Una cierta evolución positiva es esbozada por el Renacimiento con hombres como… Erasmo” [28]. Y sobre este punto, el autor cita al mismo Escrivá “El camino de la vocación religiosa me parece… necesario en la Iglesia, pero no es el mío, ni el de los miembros del Opus (…) Viniendo al Opus… lo hice con la condición explícita de no cambiar de estado” [29]. Juan Pablo I dijo justamente que SI SAN FRANCISCO DE SALES PROPUSO UNA ESPIRITUALIDAD PARA LOS LAICOS, ESCRIVÁ PROPONE UNA ESPIRITUALIDAD LAICA [!] [30]. Juan Morales afirma, después de haber estudiado siete obras de ediciones Rialp (del Opus), que la Obra “es un verdadero caballo de Troya en el seno de la Iglesia” [31]. El autor muestra a fuerza de citas que el espíritu de Mons. Escrivá era no solamente laico sino rotundamente anticlerical. Peter Berglar dice: “Escrivá estaba contento de hacer ordenar sus tres primeros sacerdotes, pero también triste de que no permaneciesen laicos” [32]. Salvador Bernal escribe a este respecto: “Para nosotros (Mons. Escrivá), el Sacerdocio es una circunstancia, un accidente, ya que en el Opus la vocación de los sacerdotes y de los seglares es la misma” [33]. Y un poco más lejos: “Las obras apostólicas organizadas por el Opus Dei (…) se gobiernan con una mentalidad laica (…) es por ese motivo que no son confesionales” [34]. Estas doctrinas que eran miradas con desconfianza en la España de los años ‘40 (que expresan el culto del trabajo, del dinero, el laicismo, el anticlericalismo, que son la marca característica de la judeomasonería) han sido luego ratificadas por el Vaticano II, como dice Vázquez del Prada[35]: los miembros del Opus Dei no tienen ninguna dificultad en admitir el espíritu esencialmente innovador aunque aparentemente conservador de la Obra (una de las características más engañosas del Opus). A este respecto, José Miguel Ceja afirma: “La novedad de las enseñanzas de Mons. Escrivá(…) las páginas de «Camino» representaban una novedad casi, e incluso sin el casi, escandalosa”[36]. Es significativo el hecho que según Escrivá el hombre ha sido creado por Dios no para conocerlo, amarlo y servirlo, sino PARA TRABAJAR, y para probar esta afirmación Mons. Escrivá no duda en desnaturalizar la significación de la Escritura donde se dice que Dios “puso al hombre en el jardín de delicias para cultivarlo”[37]. El trabajo para el cristiano no es un fin, sino solamente un medio (incluso de santificación). Pare el calvinista y el talmudista, el trabajo puede ser un fin, ¡pero no para el católico! [38].
EL PLURALISMO
Mons. Escrivá decía que “El pluralismo no es más temido sino amado como una consecuencia legítima de la libertad personal” [39]. “Su pasión por la libertad lo llevó a transformar las casas del Opus Dei en residencias interconfesionales” [40]. Sobre esto, Berglar dice: “Cuando… el fundador obtuvo finalmente… el permiso para admitir en la Obra (…) a no católicos y no cristianos entre los «cooperadores», la familia espiritual del Opus Dei se completó” [41]. ¡Qué lástima que este espíritu ECUMENISTA y PANCRISTIANO haya sido condenado por “Mortalium Animos” de Pío X en 1928, como “alejándose completa-mente de la Religión revelada”!
PODER POLÍTICO DEL OPUS
En 1957, el Generalísimo Francisco Franco formó su 6° gobierno. Entraron nuevos ministros, y muchos de ellos eran tecnócratas; algunos pertenecían al Opus. “La economía española se encontraba en dificultades (…) el Caudillo buscaba hombres eficaces (…) sobre cuatro tecnócratas, tres son del Opus Dei (…) ellos emprendieron las reformas y comenzaron el aggiornamento (…) Cuanto más aumenta la influencia de ministros del Opus, más disminuye la de la Falange (…) Grupos de altos financistas llegaron a España (…) ellos elaboraron un plan de estabilización y prometieron que su aceptación aportaría toda clase de ventajas: la peseta se estabilizaría, el gobierno americano y los bancos estadounidenses (…) ayudarían. Sostenido por los economistas del Opus, el plan fue aceptado oficialmente por el gobierno en julio de 1959 (…) Estos tecnócratas obnubilados por la productividad, el éxito material a todo precio (…) tras sacrificar la parte alta, noble o espiritual del individuo para obtener el éxito, luego llamaron a los financistas internacionales, los políticos mundialistas. La España preservada, al menos oficialmente y por leyes, de la corrupción moral (…) ha abierto (gracias al Opus Dei) sus fronteras (…) para hacer entrar dinero (…) En 1961… las hordas occidentales trajeron a las playas españolas mil millones de dólares y los espectáculos inmorales y el fermento de corrupción del liberalismo. ¿España ha sacado verdadero provecho?” [42. Distingo: en cuanto al trabajo (“opusdeísticamente” hablando, como fin del hombre), sí. Pero en cuanto al Reino de los Cielos (cristianamente hablando), pienso verdaderamente que no.
CONCLUSIÓN
Me parece que el dilema ante el cual nos encontrábamos al comienzo del artículo: OPUS DEI U OPUS JUDEI, puede ser fácilmente resuelto por el lector
——————————-
_________________________________
-
* Tomado de “Sodalitium”, n°42, oct./nov. de 1996) (Traducido por el R. P. Romero)
-
[1] D. Le Tourneau,»El Opus Dei”, P.U.D.F., París, 1984.
-
[2] M. Ricci: Presto un’aureola per Escrivá, “30 Giorni”, 5/5/90, pág. 14.
- [3] ibidem, pág.15.
- [4] F. Andriola: La Loggia é una cara di vetro, en “L’Italia Settimanale”, 26/1/94, pág. 72.
- [5] G. Cubbeddu: Giuliano il teista, en “30 Giorni”, febrero de 1994, pág. 29
- [6] F. Andriola – M. Arcidiacono: “L’anno dei complotti”, Baldini y Castoldi, Milán, 1995, págs. 322-323.
- [7]J. M. Escriba: “Opus Judei”, ed. Orion, Bogotá, 1994, pág. 74.
- [8] S. Bernal: “Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer”, Rialp, Madrid, 1976, pág. 9
- [9] “El País”, 20/1/86
- [10] L. Carandell: “Vida y milagros de Monseñor Escrivá de Balaguer”, Editorial Laia, Barcelona, 1975, pág. 118
- [11] S. Bernal, op. cit., pág. 55
- [12] id., pág. 31)
- [13] L. Carandell, op. cit., págs. 142-143
- [14] id., pág. 147.
- [15] cfr. J. M. Escriba, “Opus Judei”, pág. 123.
- [16] L. Carandell, op. cit págs. 79-80.
- [17] cfr. “Sodalitium”, nº 39, págs. 18 J. M. Escriba, op. cit., pág. 126.
- [18] J. M. ESCRIBA, OP. CIT., P 129.
- [19] id., pág. 127; cfr. Jesús infante: “La prodigiosa aventura del Opus Dei”, op. cit., pág. 32
- [20] L. Carandell, op. cit. pág. 64
- [21] cit. en J. M. Escriba, op. cit., pág. 129
- [22]F. TORRIEROFerma è la Massoneria L’Italia Settimanale 22/02/1996 p. 29.
- [23] Cf. Lettre del 6/11/1996.
- [24] Cf. Regole hebraiche di lutto, Carucci ed. Roma 1980, p. 17.
- 25] cfr. nº 40, págs. 69-71
- 26] D. Le Tourneau: “El Opus Dei”, pág. 2)
- 27] id., págs. 22-23
- 28] id. pág. 23
- 29] id., pág. 25
- 30] id., pág. 26
- 31] J. Morales: “El Opus Dei: su verdadera faz”, Madrid, 1991.
- 32] P. Berglar: “Opus Dei”, Rialp, Madrid, pág. 218.
- 33] S. Bernal: “Monseñor Escrivá de Balaguer”, Rialp, Madrid, pág. 153
- 34] id., pág. 30
- 35] Vázquez del Prada: “El fundador del Opus Dei”, Rialp, Madrid, pág 336
- 36] J. M. Ceja: “Estudios sobre «Camino»”, Rialp, Madrid, 1988, pág. 100
- 37] Génesis, II, 15
- 38] (cfr. “Sodalitium”, nº 40, pág. 70)
- 39] “Reportaje a Mons. Escrivá de Balaguer”, ed. Fayard, París, pág. 126
- 40] N. Dehan: Un extraño fenómeno pastoral, el Opus Dei, “Le sel de la terre”, nº 11, invierno 1994-1995, pág. 135.
- 41] P. Berglar “Opus Dei”, Rialp, pág. 244. Cfr. también Vázquez del Prada: “El Fundador del Opus Dei”, pág. 258
- 42] P. Berglar “Opus Dei”, Rialp, pág. 244. Cfr. también Vázquez del Prada: “El Fundador del Opus Dei”, pág. 258
Pena Capital sin Delito, con Inocencia: Por Mons. Morello
Pena capital sin delito, con Inocencia sin derecho a defensa.
Entre el miércoles 13 de junio y el jueves 14 del mismo mes la Cámara de Diputados de la Nación decretó la pena de muerte de los niños de la Nación aún no nacidos. Pena de muerte sin delito precedente, pena de muerte con inocencia absoluta, pena de muerte sin derecho a defensa.
Todos estos derechos fueron conculcados y pisoteados por 129 legisladores contra 125. La Ley es expresión del Derecho que naturalmente es anterior a ella, cuando la Ley lo contraría y lo destruye no es Ley sino abuso despótico y tiránico.
Hay que mirar bien. Para eso sirve esta democracia informe y engañosa en la cual el número es expresión de la verdad. Una estupidez repetida por muchos sólo sería una gran estupidez. Un asesinato masivo e injusto decidido por muchos no deja de ser un crimen abominable.
Las leyes valen cuando expresan el derecho y el derecho es tal si respeta la naturaleza íntima de los hombres y a Dios, Autor de todo derecho.
Cuando la Patria defendió su entidad y su herencia en mayo de 1810 nuestros pro-hombres juraron lo dicho sobre los Evangelios, también cuando comenzó la Nación como tal en el 1816. La Nación no tiene una entidad cambiante y deletérea. No existen las entidades cambiantes, por eso ella tiene características que le son propias y permanentes. Somos un país con una inmensa mayoría de Católicos y que siempre se guió por principios acordes a su Fe tanto en la convivencia interior como en sus relaciones con los otros Estados soberanos. Aún así, regidos hoy en nuestras leyes, por tiranuelos ignorantes o malvados que buscan destruir nuestros principios constitutivos del ser nacional.
Esos 129 legisladores son asesinos virtuales, asesinos causales de los niños que morirán si esa ley alcanza la aprobación del Senado. La causa de la causa es causa del efecto. Si yo empujo voluntariamente el dedo de quién apunta con su arma a un inocente y esto provoca su muerte me acusarían justamente de causante del asesinato.
¿Cuál sería aquí la diferencia?
La academia de Medicina de la Nación dice que en el seno materno grávido hay vida, vida independiente, genética propia, que estamos en presencia de alguien igual a nosotros cuando nosotros fuimos así. ¿Cuál es la diferencia?
Argumenten los señores de las leyes lo que quieran tratando de destruir las pruebas de la evidencia y de lo irrefutable. El abortista matará, quemará, arrancará o cortará a pedazos a un niño mientras el impávido legislador le dirá: “-Es tu derecho”. Quién da el derecho a asesinar está matando ¿Valdrán esos fueros, en que se esconden, delante de Dios?
Cuando Herodes mató a los niños aquellos queriendo matar a Jesucristo Niño por lo menos buscaba mantener su reino temporal y eliminar bestialmente una posible competencia. ¿Qué buscan estos legisladores asesinando? ¿Seremos grandes matando inocentes? ¿Seremos paladines de los Derechos Humanos masacrando niños argentinos? ¿Haremos a la Nación grande y soberana?
Quién legisla el asesinato es asesino. Hace unos días un Señor que dice que es pensador afirmó en Córdoba que todo comenzó con el matrimonio igualitario, ahora con el aborto, faltaba la eutanasia para ponernos a la par de los países civilizados. ¡Bravo! Aquí civilización es barbarie, es el egoísmo llevado al paroxismo y la locura de matar niños y viejos porque nos quitan el tiempo (que nos dieron Dios y los viejos) y porque se gasta nuestro dinero (que también tuvimos de los viejos). Fuimos niños en gestación, pudieron matarnos y aquí estamos gracias a nuestros mayores, sea nuestra gratitud matarlos. Fuimos niños en gestación, nacimos y vivimos; decidamos nosotros matar aunque a nosotros no nos mataron.
Un país fundado novedosamente en el egoísmo y para eso en el crimen y en la sangre de los niños no es un país sino una cloaca de intereses encontrados.
Argentina siempre fue grande porque pensó en los suyos y en los demás. Estos diputados, algunos que inclusive fueron Ministros de la Nación ¿Qué quieren hacer con nuestra Argentina? No son argentinos más que en los papeles porque quieren matar a nuestros niños. ¿A qué intereses responden? ¿Quién los gobierna para asesinar a los que tienen derecho a nacer?
Cuando al final de la década de los 70’ se votó en Francia la ley del aborto un Arzobispo llamó asesina a la Ministro que lo había propulsado. No es atrevimiento que digamos lo mismo.
La Comisión permanente del Episcopado ha dado lástima e indignación en su Declaración posterior a la votación agradeciendo respetuosamente a los que defendieron que era un derecho asesinar. ¿Acaso puede ni siquiera discutirse si podemos descuartizar un bebé? ¿En qué mundo vivimos? ¿En qué Dios creen? Piden disculpas a los hombres y se ríen de Dios.
Quiera Dios, porque de los hombres no podemos esperar mucho, que los Senadores muestren que son argentinos, que les queda hombría y respeto por Dios y por las criaturas inocentes.
26 de junio del 2018.
+Mons. Andrés Morello.
DNI 11.985.121
