Cosmología tomista 11/18. Efectos superiores a las leyes naturales o posibilidad del milagro.
Efectos superiores a las leyes naturales o posibilidad del milagro.
La demostración de la posibilidad de los milagros, no puede ser verdaderamente científica, sino a condición de poseer precisamente la noción filosófica del mismo y de sus condiciones características y esenciales. Vamos a exponer esta noción y estas condiciones, condensándolas en las siguientes reflexiones:
1ª El milagro, considerado etimológicamente o por parte del origen del nombre, es lo mismo que res mir abilis, efecto o fenómeno que causa admiración. La causa general de la admiración es la percepción de un fenómeno que, o se verifica raras veces, o sólo se verifica en condiciones especiales, y cuya causa se ignora. De aquí resulta que una cosa puede ser extraordinaria y maravillosa respecto de un sujeto que [225] ignora la causa, y no respecto de otro que la conozca, como sucede con el eclipse del sol respecto del ignorante y del hombre de ciencia. Luego la admiración producida por un fenómeno extraordinario o maravilloso puede proceder, o de ignorancia meramente subjetiva, es decir, por defecto de ciencia posible naturalmente al sujeto, o de ignorancia objetiva, es decir, porque la causa del fenómeno excede la comprensión científica y las fuerzas de la razón humana. Y aquí se descubre ya uno de los caracteres fundamentales del milagro considerado en sí mismo y quoad rem significatam. Para que un fenómeno sea maravilloso, o si se quiere, milagroso, en sentido puramente etimológico, basta que su causa sea oculta a la generalidad de los hombres y en virtud de ignorancia evitable; pero para que sea milagroso, en el sentido propio y filosófico de la palabra, es necesario que su causa sea oculta por su misma naturaleza, y por consiguiente, respecto de todos los hombres, cuya razón no puede comprender la esencia y atributos de esta causa.
2ª Esto quiere decir que el milagro tiene una relación necesaria con la esencia y el poder de Dios, única esencia que en razón de su potencia infinita puede producir fenómenos independientes de las leyes de la naturaleza y superiores a la virtud de las causas creadas. Y aquí encontramos otro de los caracteres propios del milagro, a saber, que sea un efecto procedente de Dios como de su única causa suficiente y eficiente, y como agente cuya eficacia y actividad dista infinitamente de la eficacia y actividad de las causas y leyes que obran y se revelan en la naturaleza. «Aquellas cosas se deben decir milagros propia y absolutamente, dice santo Tomás, que son hechas por virtud divina fuera del orden que en las cosas se guarda comúnmente:» Illa igitur simpliciter miracula dicenda sunt, quae divinitus fiunt praeter ordinem communiter servatum in rebus.
3ª Las últimas palabras del pasaje que se acaba de citar, indican que para que un efecto se apellide con propiedad milagroso, no basta que sólo Dios pueda producirlo con su virtud infinita, sino que es preciso además que esta [226] producción sea excepcional y extraordinaria con relación al curso general de la naturaleza, o lo que es lo mismo, que no entre en el cuadro de los medios ordinarios empleados por la Providencia divina para la conservación y gobierno general del mundo. Por esta razón, la creación del alma racional cuando el cuerpo se halla convenientemente organizado y dispuesto para su recepción, no constituye ni se llama milagro, por más que su causa sea oculta simpliciter, puesto que es el mismo Dios, y por más que exija una virtud infinita y superior a las fuerzas de la naturaleza.
4ª De lo dicho hasta aquí podemos deducir la siguiente definición del milagro: un efecto extraordinario producido por sola virtud divina, según que ésta es superior a las fuerzas de la naturaleza creada, y según que es capaz de obrar sin sujección a sus leyes ordinarias. Cuando se dice por sola virtud divina, no se excluye el concurso de las causas segundas, de las cuales se vale en ocasiones Dios, como de instrumentos y medios para la realización de los milagros. Se añade en la definición según que ésta es superior a las fuerzas de la naturaleza, porque entre los efectos o fenómenos milagrosos puede haber algunos que, aunque considerados secundum se y con abstracción del modo y circunstancias, no exceden las fuerzas de la naturaleza, las exceden atendidas las circunstancias y condiciones de su producción. Para mejor inteligencia de esto
5ª Conviene distinguir y señalar con santo Tomás tres clases o grados de milagros. «Tienen el primer y sumo grado entre estos, dice el santo Doctor, aquellas cosas cuya realización e tal manera pertenece a Dios, que en ningún caso puede proceder de las fuerzas de la naturaleza, como es la existencia simultánea de dos cuerpos en el mismo lugar,» o sea la penetración de los cuerpos. Estos milagros suelen llamarse también milagros quoad susbstantiam facti, o quantum ad id quod fit. Constituyen el segundo grado de los milagros aquellos efectos que no exceden las fuerzas de la naturaleza, absolutamente hablando, pero sí las exceden con relación al sujeto en el cual se realiza el fenómeno milagroso. Así, por ejemplo, el comunicar la vida y la vista a un individuo humano [227] no excede, en absoluto, las fuerzas ni las leyes ordinarias de la naturaleza; pero el comunicar la vista a un ciego de nacimiento por efecto sustancial del órgano, y la vida a un hombre cuyo cuerpo se halle en putrefacción, excede las fuerzas de la naturaleza. Estos pueden denominarse milagros quoad subjectum. Finalmente, el tercer grado de milagros es cuando Dios hace lo que suele hacer también la naturaleza, pero sin hacer uso de los medios por esta empleados al efecto, «como sucede cuando uno es curado por virtud divina de una fiebre, capaz de ser curada por las fuerzas de la naturaleza.» Esta tercera clase de milagros constituye lo que pudiéramos apellidar milagros quoad modum, en atención a que se trata de cosas que no exceden las fuerzas de la naturaleza, ni absolute, ni atendida la condición o estado del sujeto, sino solamente en cuanto al modo o circunstancias con que se realizan, como sería el librar repentinamente de la fiebre por medio de un simple mandato.
6ª Esta clasificación de los milagros, aparte de su importancia especulativa y científica, es muy trascendental bajo el punto de vista de la cognoscibilidad quoad nos de los milagros, si es lícito hablar así; porque cuando el fenómeno maravilloso y extraordinario se halla más distante de las fuerzas de la naturaleza, tanto es más fácil para nosotros reconocer en él los caracteres propios del milagro propiamente dicho. Dada la penetración de los cuerpos, y dada la curación repentina de una enfermedad sin aplicación de los remedios originarios, con mayor seguridad calificaremos de operación milagrosa la primera que la segunda. Sin negar, pues, que en las tres clases dichas se salva y encuentra la naturaleza verdadera del milagro, es preciso reconocer a la vez que, en general, el criterio de los segundos es más difícil que el de los primeros, y el de los terceros más que el de los segundos.
7ª Y esto nos conduce a una última observación que no debe perderse de vista en esta materia, y es que no debe confundirse ni identificarse la posibilidad del milagro con la existencia o realidad del mismo en este o aquel caso particular. [228] Que son posibles los milagros, y también que son verdaderamente tales ciertos hechos contenidos en la Escritura en razón a su naturaleza, circunstancias y modo en que se realizaron, son cosas que ningún hombre sensato y libre de preocupaciones puede poner en duda. Pero esto no quita que cuando se trata del fenómeno A o B se proceda con suma prudencia y cautela, antes de afirmar resueltamente que es un verdadero milagro. En esta materia la excesiva credulidad y la precipitación en calificar de milagrosos los fenómenos, por extraordinarios y maravillosos que aparezcan a primera vista, son tan peligrosas y tan contrarias a la religión y a la ciencia, como el escepticismo absoluto y una afectada incredulidad, que es una verdadera debilidad de espíritu, por más que el vulgo y la vanidad la miren como el carácter de los espíritus fuertes.
8ª El milagro, así como es la obra de la omnipotencia divina y una especie de revelación de Dios obrando como ser transcendental, superior e independiente de la naturaleza creada, así es también la obra de una sabiduría infinita y de una inteligencia suprema. Bajo el primer punto de vista, corresponde al milagro el criterio interno, que no es otro que su misma superioridad y trascendencia sobre las fuerzas y leyes de la naturaleza. Bajo este segundo punto de vista, corresponde al milagro un criterio que podemos llamar externo, y es la relación del mismo con un fin en armonía con la inteligencia infinita y con los atributos morales de Dios. El fin u objeto del milagro es la manifestación de la gloria de Dios como autor y objeto del orden sobrenatural y revelado, por manera que todo milagro verdadero tiende por su naturaleza a fundar, manifestar, propagar, o testificar la verdad divina y revelada. De aquí es que toda obra extraordinaria, siquiera aparezca prodigiosa, que envuelve en sí misma o en su objeto alguna afirmación incompatible con la verdad revelada, no es ni puede ser verdadero milagro.
La revelación sobrenatural tiene dos formas fundamentales y paralelas: una interna, relacionada directa e inmediatamente con el espíritu, y es la inspiración que forma [229] los profetas, los apóstoles y los escritores sagrados; y otra externa, relacionada directa e inmediatamente con la naturaleza, que son los milagros.
Tesis
Los milagros son posibles con posibilidad interna y externa.
Aunque las reflexiones que se acaban de exponer son suficientes para que todo hombre de buena fe reconozca que la existencia de los milagros no envuelve contradicción o repugnancia de ninguna especie, no estará por demás demostrar esta tesis.
1º Por parte de la imposibilidad interna:
a) Las fuerzas y eficacia de la naturaleza son necesariamente finitas, como finitos son los seres todos cuya colección o conjunto constituye lo que llamamos naturaleza. Por el contrario, la fuerza o eficacia de Dios es infinita, y como infinita no se agota con la producción de un efecto finito, sino que puede producir otros más y más perfectos indefinidamente. Decir, pues, que la existencia del milagro envuelve repugnancia interna, es lo mismo que decir, que la causalidad y el poder de Dios son finitos, y que no pudo producir un mundo más perfecto que el actual, o que encerrara en su seno algún ser más perfecto que los actuales.
b) Además, so pena de destruir la idea racional de Dios, de su omnipotencia y de su libertad, nadie puede negar que Dios pudo, o no crear este mundo, o crear otro menos perfecto y con menos seres que este, o señalar al actual otro orden, otras leyes, otras disposiciones y relaciones entre sus partes; porque si depende de su libre voluntad en cuanto a la existencia, a fortiori dependerá de la misma en cuanto a recibir otras leyes, otra disposición y relaciones diferentes de las actuales. Y esto demuestra a la vez que,
2º No hay imposibilidad o repugnancia externa.
a) Porque Dios, en tanto se dice omnipotente, porque puede producir o dar la existencia física a todo lo que [230] no implica contradicción. Luego si Dios puede producir otros mundos y pudo dar al actual otras leyes, otra disposición y otras fuerzas, como se demuestra por el poder infinito que posee en relación con la imitabilidad infinita de su esencia, claro es que puede con más razón producir efectos o fenómenos superiores e independientes de las leyes y fuerzas que puso en el mundo actual.
b) Por otra parte, así como Dios excede in infinitum como ser o esencia el ser de las cosas finitas que de él reciben su ser, así también excede in infinitum las cosas creadas consideradas en cuanto causas o fuerzas activas, siendo indudable que la perfección de causalidad y de eficiencia se halla en relación con la perfección de la esencia, la cual le sirve de base y es su razón suficiente. Luego su facultad de acción no solamente es independiente de las causas segundas, sino esencial y necesariamente superior a la facultad de éstas, pues Dios, como dice santo Tomás, «no está sujeto al orden de las causas segundas, sino que este orden está sujeto a él, de quien procede, no por necesidad de naturaleza, sino por el albedrío de la voluntad.»
Objeciones
La mayor parte de las objeciones presentadas por los racionalistas de todo género contra los milagros, son relativas a la existencia y criterio de los mismos, más bien que a su posibilidad y noción, contra las cuales apenas militan más que las tres siguientes, aunque presentadas bajo diferentes formas por las varias escuelas racionalistas.
Obj. 1ª Las leyes de la naturaleza son decretos de Dios, los cuales proceden de la misma esencia divina: luego la producción y realización de alguna cosa contraria a estas leyes, implica contradicción e imposibilidad absoluta.
Resp. Esta objeción, que los filósofos materialistas y ateos del pasado siglo, así como los positivistas del nuestro, han tomado del panteísta Espinosa, está fundada en un falso concepto del ser divino, como toda objeción panteísta. En [231] primer lugar, las leyes de la naturaleza no son los decretos de Dios, como actos subjetivos de Dios, sino más bien el término y el efecto de estos decretos. En segundo lugar, estos decretos, aunque proceden de la esencia divina y hasta se identifican a parte rei con ella, no proceden de ella necesariamente, sino mediante la voluntad libre, la cual de tal manera eligió el mundo actual y las leyes actuales, que podía elegir otro mundo y otras leyes. Por otra parte, al decretar estas leyes, las decretó como leyes del mundo y de los seres que había determinado crear, y no como leyes de sí mismo o que limitaron su poder.
Obj. 2ª La virtud con que obra la naturaleza al producir sus efectos, es una virtud divina, y por consiguiente infinita: luego su eficacia alcanza y es suficiente para la producción de toda clase de fenómenos.
Resp. Esta objeción, propia, como la anterior, del racionalismo panteísta, se reduce a una afirmación gratuita, como la mayor parte de las afirmaciones panteístas. Para desvanecerla, basta tener presente que si la virtud o eficacia activa de la naturaleza se llama divina, no es porque sea idéntica con la virtud existente en Dios; no es divina por modo de identidad, per identitatem; no es divina en el sentido de que las fuerzas activas de la naturaleza sean las fuerzas y el poder que corresponden a la esencia divina y que existen en Dios como ser personal, diferente, esencial y sustancialmente de la naturaleza, sino en el sentido de que las fuerzas con que obra la naturaleza y que se revelan en esta, proceden de Dios como de su causa primera eficiente, a la manera que podemos decir que la naturaleza es divina, en cuanto es un efecto de Dios.
Obj. 3ª Las leyes y fuerzas de la naturaleza se hallan en relación con las esencias de las cosas; es así que estas son inmutables y absolutamente necesarias: luego también lo son las leyes naturales, y por consiguiente no pueden ser suspendidas por los milagros, los cuales envuelven derogación y mutación de estas leyes.
Resp. 1º Las leyes de la naturaleza se hallan en [232] relación con las esencias de las cosas negativamente, es decir, en cuanto que no contienen nada incompatible con estas esencias, pero no en sentido positivo, o sea por identificación, ni siquiera conexión necesaria con estas esencias. La esencia de los cuerpos no desaparecería aunque las materias o moléculas ponderables o imponderables de que consta el cuerpo A o B, verificaran su reunión y combinación con sujeción a otras leyes distintas de las actuales. Sin destruir la esencia propia de los planetas, podrían estos estar sujetos a leyes diferentes de las actuales por parte de la dirección, magnitud de la órbita, y velocidad del movimiento. Las leyes, pues, actuales de la naturaleza se hallan en armonía y relación con las esencias de las cosas, en el sentido de que estas esencias tienen capacidad o aptitud para ser regidas por estas leyes, pero no en el sentido de que exijan necesariamente estas leyes, o que su existencia sea incompatible con otras leyes, con otro orden o disposición, ni con otras relaciones entre sí. Cuando de un pedazo de mármol se hace una estatua, esta se halla en relación con la esencia del mármol, y hasta puede decirse que procede de ella, en cuanto que este mármol envuelve capacidad o aptitud esencial y necesario para convertirse en estatua; pero si en lugar de una estatua se hace una mesa con este mármol, no por eso desaparece ni se muda su esencia.
Resp. 2º También es inexacto que el milagro envuelva violación, ni menos mutación de las leyes naturales. Toda criatura, como tal y por el solo hecho de serlo, tiene una dependencia esencial de Dios como autor de la naturaleza. En virtud de esta dependencia transcendental embebida en la misma esencia de la criatura, hay en esta una potencia que santo Tomás llama con razón obedencial, que no es otra cosa que la capacidad radical y primitiva para recibir de Dios cualquiera mutación o modificación que no envuelva contradicción con su esencia. De donde se infiere, que cuando Dios produce en la criatura alguna mutación o fenómeno a cuya producción no alcanzan las fuerzas de la naturaleza, no viola las leyes de esta, sino que produce lo que estas no pueden [233] producir, obra sobre la naturaleza, y no contra la naturaleza, la cual tiene aptitud o potencia obedencial para recibir la operación divina (1). Esto sin contar que no hay violación propia de la ley por parte del que no está sujeto a ella, como no lo está Dios respecto de las leyes del mundo creado libremente por él.
{(1) Res est in potentia, dice santo Tomás, ad diversa secundum habitudinem ad diversos agentes; unde nihil prohibet quin natura creata sit in potentia ad aliqua fienda per divinam potentiam, quae inferior potentia facere non potest. Et ista vocatur potentia obedentiae.» QQ. Disp. de Potent., cuest. 6ª, art. I.}
Todavía es menos exacto, si cabe, decir que el milagro envuelve mutación de las leyes naturales. Las leyes de la naturaleza no se mudan por los milagros sino que permanecen las mismas antes, después y mientras éstos tienen lugar. Lo que hay es que Dios hace o produce por sí mismo en el instante A, lo que la naturaleza no hubiera hecho ni podido hacer con sus fuerzas propias. No hay, pues, en el milagro mutación o cambio de las leyes naturales, sino, o producción de un fenómeno fuera de su esfera, o cuando más, suspensión temporal de alguna de estas leyes. [234]
Artículo III
Cosmología tomista 10/18. Noción y existencia de las leyes de la naturaleza
Las leyes de la naturaleza
El mundo, como efecto que es de una inteligencia infinita, hállase sometido a leyes determinadas que contienen la razón suficiente de la uniformidad de los fenómenos que en él se realizan, leyes que al propio tiempo sirven de criterio a posteriori para reconocer las manifestaciones extraordinarias o preternaturales del poder de Dios y su independencia del mundo.
Noción y existencia de las leyes de la naturaleza.
Observaciones previas.
1ª La naturaleza significa aquí el conjunto de las sustancias creadas, según que poseen las fuerzas y propiedades necesarias para los diversos fenómenos que constituyen el orden armónico y general del mundo.
2ª Ley de la naturaleza es la determinación constante de las causas creadas a producir ciertos y determinados efectos en circunstancias y condiciones semejantes y determinadas. Así, por ejemplo, decimos que el agua, según las leyes de la naturaleza, busca y adquiere el equilibrio constantemente, si no lo estorba alguna fuerza extraña.
3ª La constancia y uniformidad de las leyes naturales, [222] da origen y contiene la razón suficiente de lo que se llama orden de la naturaleza, que no es otra cosa que la subordinación de los efectos a sus causas con relación a los fines particulares de cada una, los cuales, tomados en conjunto y como medios para la existencia y conservación del mundo, constituyen el orden universal. Considerados los fenómenos y efectos por parte de su enlace y sucesión constante, como la sucesión de la vida de la infancia respecto de la vida embrionaria, constituyen lo que se llama curso de la naturaleza.
Estas nociones hacen casi innecesario hablar de la existencia de las leyes de la naturaleza, porque ésta es una de aquellas verdades que la experiencia y la observación demuestran con toda evidencia.
Vemos, en efecto, que las sustancias y causas naturales obran del mismo modo y producen los mismos fenómenos, en circunstancias y condiciones idénticas o análogas. La sucesión constante de las estaciones, de los años, de los días y las noches; los movimientos ordenados y proporcionales de los astros; el modo con que las plantas y los animales nacen, se nutren, crecen y mueren; la caída de la piedra abandonada a sí misma en el aire; las hojas, flores y frutos que producen constantemente los vegetales, en relación con las familias, géneros y especies a que pertenecen; los órganos, instintos y vida de los animales según sus géneros y especies, con otros mil ejemplos que pudieran citarse, no permiten dudar que la producción de los efectos y fenómenos varios de la naturaleza, se realiza con sujeción a leyes constantes y fijas, al par que demuestran que estas leyes son la obra de una inteligencia superior al mundo, la cual por medio de ellas realiza el orden universal y armónico.
Otra prueba convincente de esta verdad, es la existencia misma de las ciencias físicas, que no podrían existir ni concebirse siquiera, si los fenómenos de la naturaleza no estuvieran relacionados con leyes constantes y fijas, únicas que hacen posibles los experimentos científicos y la inducción racional en que se apoyan estas ciencias.
Lo mismo puede aplicarse a la previsión del hombre en la [223] la infinita variedad de sucesos que rodean su vida. Porque la previsión carece de sentido y es imposible, si no existen leyes constantes sobre las cuales pueda fundarse la presciencia de los sucesos futuros.
Lo que se acaba de decir se refiere directamente a las leyes que pudiéramos llamar particulares de la naturaleza, o sea a las que rigen las varias clases de seres que ésta encierra. Empero, además de éstas, existen otras de un orden superior, que pudieran apellidarse leyes generales, leyes cósmicas, y mejor leyes de la Providencia divina ordinaria, en atención a que expresan el plan general del gobierno divino respecto del mundo, de manera que las leyes físicas particulares pueden y deben considerarse como aplicaciones y derivaciones de esas leyes cósmicas o providenciales, expresión y manifestación directa de la voluntad divina en el gobierno del mundo.
A esta clase de leyes cósmicas y ordinarias de la Providencia divina pertenecen,
a) La ley de la utilidad, contenida y expresada en el apotegma: Natura nihil facit frustra; la naturaleza nada produce o hace en vano: ley que los descubrimientos de los físicos y naturalistas se encargan de corroborar y probar a posteriori, y que tiene su fundamento a priori también en el concepto de la sabiduría divina.
b) La ley de la continuidad, mencionada ya en las obras atribuidas a san Dionisio, y que santo Tomás expresa diciendo que supremum infimi attingit infimum supremi; lo cual no quiere decir otra cosa sino que los seres que componen el mundo, forman una escala ordenada bajo el punto de vista de su perfección relativa. Entre el mineral y el animal está la planta, inferior a éste y superior al primero: entre el vegetal y el hombre está el animal, cuya naturaleza propia tiene una perfección relativa media entre las dos, y así de los demás seres. Pero esta gradación en la escala de los seres, no excluye la distinción esencial entre los mismos, y nada tiene de común con esa evolución transformativa e indefinida de un tipo único, que Lamark, Darwin y la escuela positivista [224] defienden, y que conduce directa y necesariamente al materialismo. Los modernos suelen expresar esta ley diciendo que la naturaleza no hace saltos, adoptando la fórmula de Leibnitz: natura no facit saltus.
c) La ley del medio ordinario, que consiste en que Dios, por lo regular, no hace inmediatamente por sí mismo las cosas que pueden hacerse por medio de las causas segundas.
d) La ley de unidad, cuyo sentido y realidad se expuso arriba al hablar del mundo en general.
e) La ley de constancia, la cual abraza dos extremos, a saber: 1º que las leyes del mundo y el orden de la naturaleza resultante de las mismas no se cambian o mudan en otras: 2º que el curso de la naturaleza y la aplicación o ejercicio de estas leyes, son de tal manera constantes que, o nunca, o rarísima vez se suspenden.
MEDIO SIGLO DE ÓRDENES INVÁLIDAS
Órdenes impías: 50 años de ordenaciones inválidas en la iglesia de Novus Ordo
Sólideo de cardenales y obispos
Fue exactamente hace 50 años antes de la fecha de hoy, 18 de junio de 1968, cuando el jefe de la Secta del Vaticano II – “Papa” Pablo VI , Mons. Giovanni Battista Montini – firmó una “constitución apostólica” para cambiar el rito católico de la ordenación. Los cambios que introdujo no solo afectaron a algunas de las ceremonias más periféricas, sino a la esencia misma del sacramento. Las mismas palabras que el Papa Pío XII, en 1947, había decretado definitivamente que eran necesarias para la validez del sacramento de las sagradas órdenes, fueron cambiadas/ sustituidas por Pablo VI de tal manera que la ordenación de los sacerdotes se volvió dudosa y la consagración de los obispos definitivamente inválida (aunque incluso un rito dudoso , en cualquier caso, debe considerarse no válido en la práctica, según la enseñanza católica).
Dado que todos los sacramentos distintos del bautismo y el sagrado matrimonio dependen en última instancia de obisposválidos , todo lo que los modernistas debían hacer era invalidar el rito de la consagración episcopal para asegurar que los católicos fueran privados de la mayoría de los sacramentos a largo plazo, especialmente la Sagrada Eucaristía / misa. y absolución en el confesionario.

El documento que Pablo VI publicó para cambiar el sacramento de las órdenes sagradas para el rito romano se llama Pontificalis Romani y pretende ser una constitución apostólica. El texto completo se puede leer aquí:
- Antipapa Pablo VI, “Constitución Apostólica” Pontificalis Romani (1968), original en latín
- Antipapa Pablo VI, “Constitución Apostólica” Pontificalis Romani (1968), traducción al inglés
Para demostrar la invalidez del rito de ordenación de Pablo VI, proporcionamos una plétora de enlaces más abajo, pero solo para darle un rápido adelanto, vea por usted mismo cuán perversamente Montini masacró las palabras esenciales de la consagración de obispos, destruyendo así totalmente el sacramento :
Forma católica tradicional , según el Papa Pío XII (1947):
- ” Completa in Sacerdote tuo ministerii tui summam, y ornamentis totius glorificationis instructum coelestis unguenti rore santifica. ”
[Traducción:]” Perfecciona en Tu sacerdote la plenitud de tu ministerio y, revestido con todos los ornamentos de la glorificación espiritual, santifícalo con la unción celestial “.
Forma modernista del Novus Ordo , según el antipapa Pablo VI (1968):
- ” Et nunc effunde super hunc Electum eam virtutem, quae a te est, Spiritum principalem, quem dedisti dilecto Filio Tuo Iesu Christo, quem Ipse donavit sanctis Apostolis, qui constituerunt Ecclesiam per singula loca, ut santctuarium tuum, en gloriam et laudem indeficientem nominis tui . ”
[Traducción:]” Así que derramen sobre este elegido ese poder que proviene de Ti, el Espíritu de los jefes que didte a tu Hijo amado, Jesucristo, el Espíritu dado por él a los santos apóstoles, quienes fundaron la Iglesia en cada lugar para ser tu templo para la gloria y la alabanza incesantes de tu nombre “.
No sólo la forma falsa del Novus Ordo reemplaza totalmente las palabras decretadas por Pío XII como esenciales para la validez , sino que de ninguna manera expresan que lo que está sucediendo es la consagración de un obispo. ¡Ni siquiera piden al Espíritu Santo que haga a alguien que esté ordenado como obispo! En cambio, incluso si uno fuera a decir que la frase totalmente abstrusa ” Spiritum principalem ” (“Espíritu Gobernante”[o de los jefes o que hace los jefes]) es una clara referencia al Espíritu Santo, el hecho es que no se declara exactamente lo que se supone que el Espíritu Santo vaya a hacer . Se le pide a Dios el Padre que “derrame” el Espíritu Santo (más bien ese “Espíritu Gobernante”), pero ¿para hacer qué? ¿Con qué finalidad? No nos lo dicen. El Espíritu Santo también se derrama en el bautismo, en la confirmación y en las ordenaciones de diáconos y sacerdotes, por ejemplo.
La afirmación de Pablo VI de que estaba introduciendo estos cambios “para restaurar los textos del rito a la forma que tenían en la antigüedad, para aclarar expresiones o para resaltar más claramente los efectos de los sacramentos” ( Pontificalis Romani ) es más que ridícula ; de hecho, es insultante para la inteligencia del lector informado. En cualquier caso, poco más de 20 años antes, el Papa Pío XII había notado que “el uso antiguo no debe ser considerado más apropiado y adecuado, ni en sí mismo ni en su significado para tiempos posteriores y situaciones nuevas, sobre la base simple de que lleva el sabor y el aroma de la antigüedad “( EncyclicalMediator Dei , n. 61).
Una forma sacramental que no expresa lo que se supone que debe lograr es definitivamente inválida, como demuestran los artículos sobre la invalidez de las ordenaciones de Novus Ordo abajo.
Además de cambiar la forma sacramental de la ordenación sacerdotal y episcopal, en su documento Pontificalis Romani,Pablo VI también abolió el orden principal del subdiácono y todas las órdenes menores (acólito, exorcista, lector y portero), ninguno de los cuales son sacramentos, pero cuya negación fue condenada por el Concilio de Trento y contradice la mentira favorita de los modernistas para tratar de restaurar las cosas a la “antigüedad”:
… [F] desde el comienzo de la Iglesia se sabe que los nombres de las siguientes órdenes y los deberes propios de cada uno han estado en uso, a saber, los del subdiácono, acólito, exorcista, rector y portero, aunque no de rango igual; porque el subdiaconado está clasificado entre las principales órdenes de los Padres y los Concilios sagrados, en las que también leemos con mucha frecuencia de otras órdenes inferiores.
Canon 2. Si alguien dice que además del sacerdocio, en la Iglesia Católica no hay otras órdenes, mayores y menores, por las cuales, según ciertos grados, haya un avance al sacerdocio: que sea anatema.
(Concilio de Trento, Sesión 23, Denz. 958, 962 )
Roma ha hablado; el caso está cerrado.
Pero antes de que alguien sugiere que de alguna manera la constitución de Pablo VI “no es vinculante”, hay que señalar que en ella se invoca claramente su supuesta (pero inexistente) “autoridad apostólica” y requiere que este nuevo rito puede utilizar en lugar del católico anterior:
Por nuestra autoridad apostólica aprobamos este rito para que pueda ser utilizado en el futuro para la atribución de estas órdenes en lugar del rito que ahora se encuentra en el Pontifical Romano . Es nuestra voluntad que estos nuestros decretos y prescripciones sean firmes y efectivos ahora y en el futuro, no obstante, en la medida necesaria, las constituciones y ordenanzas apostólicas emitidas por nuestros predecesores y otras prescripciones, incluso aquellas que merecen menciones y enmiendas particulares.
(Antipapa Pablo VI, “Constitución Apostólica” Pontificalis Romani ; subrayado agregado.)
Según un decreto de la Sagrada Congregación de los Ritos de Novus Ordo del 15 de agosto de 1968, el nuevo rito de ordenación de Montini se convirtió en obligatorio para toda la iglesia latina a partir del Domingo de Pascua, 6 de abril de 1969. Así que sabemos con certeza que al menos desde esta fecha, la iglesia Novus Ordo no ha consagrado válidamente a un solo obispo en el rito romano, y probablemente tampoco haya ordenado un solo sacerdote válido.
Las repercusiones son insondables, pero explican mucho sobre el estado de la Nueva Iglesia. Los sacramentos en gran parte han desaparecido, por lo que simplemente ahora ya no se dispensa la gracia, y esto se nota.
Ahora bien, la verdadera Iglesia Católica no puede dar ritos sacramentales malvados, dañinos o inválidos a sus fieles. Tal idea contradiría la promesa de infalibilidad e indefectibilidaddada por nuestro Bendito Señor. Que Pablo VI haya podido invalidar un rito sacramental, por lo tanto, es una prueba más de que él no era un verdadero Papa y que la Secta del Vaticano II de la cual él era la cabeza no es la Iglesia Católica del Papa Pío XII y sus predecesores.
Considere las siguientes enseñanzas claras:
Si alguien dice que las ceremonias, vestimentas y signos externos, que la Iglesia Católica usa en la celebración de las Misas, son incentivos a la impiedad más que a los servicios de la piedad: que sea anatema.
(Concilio de Trento, Sesión 22, Canon 7, Denz. 954 )
Ciertamente, la Madre amorosa [la Iglesia] es inmaculada en los Sacramentos, por la cual da a luz y alimenta a sus hijos; en la fe que siempre ha conservado inviolable; en sus sagradas leyes impuestas a todos; en los consejos evangélicos que ella recomienda; en esos dones celestiales y gracias extraordinarias mediante las cuales, con inagotable fecundidad, genera huestes de mártires, vírgenes y confesoras.
(Papa Pío XII, Encíclica Mediador Dei , n.66)
La Iglesia es infalible en su disciplina general. Por el término disciplina general se entienden las leyes y prácticas que pertenecen al ordenamiento externo de toda la Iglesia. Tales cosas serían aquellas que se refieren a la adoración externa, como la liturgia y las rúbricas, o la administración de los sacramentos … Si ella [la Iglesia] pudiera prescribir, ordenar o tolerar en su disciplina algo en contra de la fe y la moral, o algo que resultara en detrimento de la Iglesia o en daño de los fieles, se apartaría de su misión divina, que sería imposible
(Jean Herrmann, Institutiones Theologiae Dogmaticae , Vol. 1 , p.258)
Intenta aplicar esto a la Iglesia Novus Ordo, y te darás cuenta muy rápidamente de que lleva al absurdo. Es simplemente innegable que la Iglesia del Vaticano II ha desertado, ha dado maldad, ha destruido los sacramentos y ha sido un escándalo para los fieles en lugar de la portadora de salvación. En la Iglesia Católica, sin embargo, el Papa es “la ciudadela y baluarte de la fe católica” (Papa Pío IX, Encíclica Qui Nuper , n. 3). Nadie podría decir esto en serio sobre los antipapas de la Iglesia del Vaticano II. Por consiguiente, se sigue lógicamente que Pablo VI no fue un verdadero Papa sino un impostor, como lo fue su predecesor Juan XXIII, quien fundó la iglesia falsa, y sus sucesores Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI y ahora Francisco.
Con el difunto P. Carl Pulvermacher, OFM Cap., decimos : “Una vez que no haya más sacerdotes válidos, permitirán la Misa en latín”. ¡Piense en eso!
Los numerosos enlaces que proporcionamos a continuación lo ayudarán a investigar estos problemas.
Inválido: Las Ordenes impías de la Iglesia del Vaticano II
- Absolutamente nulo y completamente vano : el rito de consagración episcopal de 1968 del p. Anthony Cekada
Examina los criterios de validez, las fórmulas del rito oriental, los textos cristianos antiguos, las primeras dudas sobre la validez, el “espíritu gobernante” frente a la “plenitud del sacerdocio”, el cambio sustancial, los argumentos del contexto y la aprobación papal. Respuesta a los artículos de SSPX / Angelus y Sel de la Terre por el Padre. Pierre-Marie a favor de la validez. Extensa bibliografía - ¿Por qué los nuevos obispos no son verdaderos Obispos del P. Anthony Cekada
Un resumen de dos páginas del estudio anteriormente relacionado “Absolutamente nulo y completamente vacío”. - Todavía nulo y aún vacío: respuestas a las objeciones del padre. Anthony Cekada
responde a las objeciones del fr. Ansgar Santogrossi, OSB, p. Pierre-Marie de Kergorlay, OP, y el Padre. Alvaro Calderón, SSPX, en contra del estudio “Absolutamente nulo y completamente vacío”, anteriormente relacionado. - Nuevos obispos, tabernáculo vacío por el padre. Anthony Cekada
Respuesta a un editorial del Abbé Grégoire Celier que emplea algunos principios novedosos y extraños para defender la validez del Rito de la Consagración Episcopal de 1968.? - Guardado por contexto? El ’68 Rito de la Consagración Episcopal por el Padre. Anthony Cekada
Dúplica a la objeción popular de que el contexto más amplio proporcionado por el rito de 1968 de la ordenación de los obispos da una expresión clara de la forma sacramental y por lo tanto es suficiente para la validez. - El Nuevo Rito de Ordenación: Purgando el Sacerdocio en la Iglesia Conciliar por el Padre. William Jenkins, SSPV
Una respuesta a ciertos argumentos propuestos por Michael Davies en su libro The Order of Melchisedech , este artículo examina el rito Novus Ordo de la ordenación sacerdotal a la luz de la teología católica y concluye que es dudoso en el mejor de los casos y debe considerarse no válido en la práctica. Contiene información impactante sobre cómo surgió la “reforma” del rito. - La validez del Rito de ordenación de 1968 del Sr. John S. Daly
Una refutación directa de los argumentos de Michael Davies sobre la validez del rito de ordenación Paulina. Este es el Capítulo 9, Sección (B) del libro de Daly Michael Davies – An Evaluation , págs. 355-395 (descarga gratuita en el enlace de arriba). - [En este blog hay abundantes entradas en español que demuestran la invalidez de las órdenes conciliares. Vėase la categoría Ritos Conciliares, y especīficamente Invalidez intrínseca del rito Pontificalis Romani
Estos son los documentos que querrá leer cuidadosamente si desea explorar esta importante cuestión teológica. Aunque el tema es algo técnico, no es demasiado difícil de seguir. Losmateriales impresos que analizan el nuevo rito de la ordenación son los siguientes (no todos son obra de autores sedevacantistas, así que tenga cuidado):
- Tiempos Tumultuosos: El Vaticano II y sus Secuelas por el Padre. Francisco Radecki y el Padre. Dominic Radecki, CMRI
- Los problemas con los otros sacramentos: además de la nueva misa por el Dr. Rama Coomaraswamy
- Lex Orandi: Comparando los ritos tradicionales y Novus Ordo de los siete sacramentos por el Sr. Daniel Graham (promueve el error de reconocer y resistir)
Para aquellos que prefieren mirar en lugar de leer, True Restoration ha hecho disponible un video en el cual el Padre. Anthony Cekada explica la teología que prueba que el rito Novus Ordo de la consagración episcopal es inválido:
[Para una más fácil comprensión pueden activarse en YouTube los subtítulos en inglés]
Documentos magisteriales católicos relevantes y relacionados:
- Papa Pío XII, Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis (1947) [véase en el blog en latín/español Constitución Apostólica SACRAMENTUM ORDINIS sobre los requisitos de validez para el sacramento del orden sagrado
- Papa Pío XII, Encyclical Mediator Dei (1947) sobre la Sagrada Liturgia, condenando muchas prácticas litúrgicas encontradas en la “Nueva Misa”
- Papa León XIII, Bull Apostolicae Curae (1896) sobre la invalidez de las órdenes anglicanas (la mayoría de las cuales también se aplica al rito Novus Ordo) [Ambas encíclicas pueden fácimente obtenerse en español, en el blog la segunda está en el post Apostólicae Curae]
Lo que muchos quizás no sepan: la Sociedad Lefebvrista de San Pío X (SSPX) considera que el rito de Pablo VI de la consagración episcopal es válido (como prueba, consulte su artículo de Angelussobre el asunto aquí , pero tenga en cuenta que ha sido refutado en los artículos que vinculamos arriba). Esto significa que si un sacerdote Novus Ordo se convierte a la SSPX, el SSPX no lo ordenará a menos que tal vez él personalmente insista en ello. Por lo tanto, ¡ cuidado si asistes a misas de SSPX (que no deberías hacer, de todos modos)!
Por cierto, la SSPX no siempre aceptó el rito de ordenación de 1968 como válido. Anunciaron su cambio de opinión en diciembre de 2005, que resultó ser unos meses después de que Joseph Ratzinger se convirtiera en el “Papa” Benedicto XVI . El hecho de que el mismo Ratzinger fuese el primer reclamante papal en haber sido “ordenado obispo” en el rito Novus Ordo de Pablo VI ( el 28 de mayo de 1977 ) seguramente no tiene nada que ver con el asunto (guiño, guiño). Sin embargo, un obispo SSPX, el Reverendísimo Bernard Tissier de Mallerais, no acepta la validez del rito de las Órdenes Sagradas de Pablo VI. El 29 de junio de 2016, Bp. Tissier declaró en un sermón de ordenación pública: “Obviamente, no podemos aceptar este nuevo e improvisado rito de ordenación, que arroja dudas sobre la validez de numerosas ordenaciones [hechas] según el nuevo rito” (ver “El obispo Tissier disputa Validez de Novus” Ordinary Ordinations “ y ” SSPX Bishops on Bishops and ‘Bishops’ “ ).[Vea en el blog, en español Mons. Tissier habla sobre la invalidez de las órdenes conciliares–
En cualquier momento en que ud. esté para darle sentido al desastre del Vaticano II que puede verse actualmente, no descuide este tema tan importante, sin importar cuán inquietante le resulte. Nada se gana haciendo la vista gorda ante un problema real y de largo alcance, pero potencialmente todo puede perderse. Que esta cuestión no es simplemente una “cosa sedevacantista” se demuestra por el hecho de que la SSPX solía considerar las ordenaciones Novus Ordo dudosas o inválidas también, y muchos otros no sedevacantistas todavía lo hacen hoy en día.
A veces se hace la objeción de que los “Milagros Eucarísticos” en la Misa Novus Ordo prueban la validez de los nuevos ritos sacramentales de Pablo VI (al menos para misas y ordenaciones sacerdotales). Sin embargo, esta objeción es inadmisible por varias razones:
- A menos que y hasta que la Iglesia Católica juzgue este fenómeno como milagroso, no es un milagro, sino solo un supuesto milagro. Obviamente, cualquier evidencia de la Secta Novus Ordo es inadmisible ya que esto supondría desde el principio que la Secta Novus Ordo es la Iglesia Católica, que es el mismo tema en disputa. En otras palabras: no podríamos saber si un presunto milagro Eucarístico es verdaderamente un milagro porque la autoridad apropiada de la Iglesia que podría juzgar sobre el asunto actualmente está ausente u oculta / impedida.
- La validez sacramental es una cuestión de Teología Sagrada. Pero los datos empíricos a posteriori (después del hecho) no son datos admisibles. En teología, se pasa de los principios generales a conclusiones particulares (método deductivo); no partiendo de casos particulares hasta llegar a una conclusión general (método inductivo).
- Nuestro Señor nos advirtió contra los milagros falsos, del tipo que engañaría incluso a los elegidos si Dios no lo impidiera. Curiosamente, pronunció esta advertencia en el contexto de las personas que afirman que Cristo está presente donde Él no está: “Entonces, si alguno os dijere: He aquí Cristo, o allí, no le creáis”. Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán (si fuere posible) aun a los elegidos. Mirad que os lo he dicho de antemano “(Mt 24: 23-25).
El tema de la validez sacramental en la Secta Novus Ordo es obviamente una cuestión de gran preocupación, y las personas que rechazan o ignoran el tema lo hacen bajo su propio riesgo y el de los demás. Aquellos que piensan que esto es una tentación para la desesperación, no podrían estar más equivocados. En realidad, debería fortalecer nuestra Fe en la verdadera Iglesia Católica porque estamos presenciando el cumplimiento de una profecía:
Las profecías del Apocalipsis [libro de Apocalipsis] muestran que Satanás imitará a la Iglesia de Cristo para engañar a la humanidad; él establecerá una iglesia de Satanás en oposición a la Iglesia de Cristo. El Anticristo asumirá el papel de Messias; su profeta actuará como Papa; y habrá imitaciones en los Sacramentos de la Iglesia . También habrá mentiras seductoras en imitación de los milagrosrealizados en la Iglesia.
(Rev. E. Sylvester Berry, La Iglesia de Cristo: un tratado apologético y dogmático [Baltimore, MD: Mount St. Mary’s Seminary, 1955], págs. 65-66; subrayado agregado; cursiva extraída)
Es muy importante que veamos todos estos desarrollos desde la muerte del Papa Pío XII en 1958 en el contexto general de la Iglesia Católica sufriendo su propia Pasión Mística, a imitación de su Cabeza Divina antes de que regrese en gloria:
-
- El Papado y la Pasión De la Iglesia [Véase en el blog, es español, El Papado y la Pasión De la Iglesia]
Solo a la luz de esto, todos estos extraños desarrollos tienen sentido.
Pero así como la verdadera Iglesia Católica no puede morir, tampoco sus sacramentos. Para aquellos que se preguntan qué deben hacer ahora, hemos compilado una guía muy útil:
Dios no nos abandona, incluso si no tenemos fácil acceso a los verdaderos sacramentos. El amor y la misericordia de Dios son para todos, en todo momento, y si no podemos obtener la gracia santificante a través de los canales ordinarios de los sacramentos, siempre podemos obtenerla a través de la contrición perfecta:
Como nuestro Bendito Señor le dijo a Jairo, el jefe de la sinagoga, antes de volver a la vida a su hija: “No temas, solo cree” (Mc 5:36).
El rito de ordenación inválido de Pablo VI de 1968 demuestra que la Secta del Vaticano II es un fraude.
De Novus Ordo Watch, tomado de Amor a la Verdad
EL FIN DE UN EQUÍVOCO
En vísperas del capítulo general de la FSSPX, pensamos que este acto podría ser el fin de un gran equivoco: el acto oficial y formalmente coherente de unión de los «una cum» con las «autoridades» modernistas. Algunos de los miembros de esa sociedad padecen una ola de pánico; pareciera que, en palabras del rector del seminario en USA de la Fsspx, algunos han » perdido el dominio de nuestra razón y equilibrio». Nosotros esperamos, por el contrario, que cese de una vez el equívoco, y que los católicos que ingenuamente depositaron su confianza en guías ciegos, sepan finalmente abrir los ojos, abandonando definitivamente una obra que nunca tuvo el coraje de decir la Verdad hasta el final, como ya se escribiera en el 2015 y publicara la revista integrismo, cuyo artículo les dejamos, avisando a sus «primos» lo que les ocurrirá casi inevitablemente si siguen en el gravísimo error de reconocer a un hereje como legítimo papa mientras le resisten. De los mismos principios errados se siguen las mismas consecuencias funestas, por más rabínicas distinciones que se inventen los de Avrillé. Las diferencias erráticas entre Felley y Williamson apenas existen en los principios; ambos son herederos de su maestro: mons. Lefebrve, tanto en lo bueno, que lo tuvo, como en la mala herencia: reconocer como verdaderos papas a los herejes. Pero para quien tiene ojos para ver y oídos para escuchar, deberían ser cada vez más claras las consecuencias lógicas e inevitables del “una cum” ‒es decir, del reconocimiento‒ como siempre ha hecho la Fraternidad San Pío X aún con mons. Lefebvre, de la legitimidad y autoridad de los modernistas [ el modernismo es la cloaca de todas las herejías] que al menos desde 1965 ocupan la Sede Apostólica.
El fin de un equívoco: reflexiones sobre la “Fraternidad San Pío X” o
“Fraternidad de los Apóstoles de Jesús y María”


Mismos principios errados, producen mismas fatalidades.
El 1º de septiembre de 2015, en una carta dirigida al “Presidente del Consejo Pontificio para la nueva Evangelización”, Mons. Rino Fisichella, el actual ocupante de la Sede Apostólica, Jorge M. Bergoglio, ha declarado que, durante “el Año Santo de la Misericordia”, a partir entonces del 8 de diciembre, 50º aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, por su disposición, tendrán los poderes para confesar a todos los fieles que recurran a su ministerio, de manera que las absoluciones sacramentales impartidas por ellos serán válidas y lícitas. Esta decisión hizo mucho ruido, aunque en realidad no hace sino confirmar otras decisiones igualmente importantes.
En efecto, el 17 de marzo de 2015, el gobierno argentino reconoció a la Fraternidad Sacerdotal de los Apóstoles de Jesús y María (verdadero nombre de la Fraternidad San Pío X) como persona moral en cuanto asociación de derecho diocesano, gozando de los privilegios que el Estado concede a las organizaciones reconocidas por la Iglesia Católica, y esto a consecuencia de un pedido expreso del arzobispo (modernista) de Buenos Aires, sucesor de Bergoglio, Mario Aurelio Poli. Este último ha declarado al gobierno argentino, el 23 de febrero, que la Sociedad fundada por Mons. Lefebvre ha sido erigida en su diócesis como sociedad de derecho diocesano en virtud del canon 298 del (nuevo) código de derecho canónico (asociación de fieles), en espera de ser reconocida como Sociedad de vida apostólica. Recordemos que la Fraternidad San Pío X fue erigida, en su momento, en la diócesis de Ginebra-Lausana-Friburgo, ad experimentum, como “pia unio”. El acto realizado el 1ro de noviembre de 1970 por Mons. Charrière es prácticamente idéntico (es más, la aprobación del ordinario de Buenos Aires no es ad experimentum) al declarado por Mons. Poli al gobierno argentino. Y se sabe que Mario Poli actuó por pedido expreso de J. M. Bergoglio.
El 5 de junio de 2015, la Congregación para la doctrina de la Fe concedió a Mons. Fellay, en calidad de superior general de la misma Fraternidad San Pío X, los poderes de juez de primera instancia en un proceso canónico relacionado con un sacerdote de la Fraternidad.
La decisión del 1º de septiembre está entonces en perfecta continuidad con las anteriores.
Desde 1974, cuando Pablo VI quiso la supresión de la Fraternidad San Pío X, se habla de “acuerdo” entre la Fraternidad y los modernistas (temido por unos, esperado por otros). Aún hoy se discute para saber si este “acuerdo” (es decir, el reconocimiento canónico de la Fraternidad San Pío X por parte de la “autoridad” modernista, que permanece tal) se realizará o no.
Nos sorprende constatar que nadie, o casi nadie, se ha percatado que el “acuerdo-reconocimiento canónico” (un “acuerdo” tácito siempre ha existido) ya ha tenido lugar, y esto, precisamente bajo el “pontificado” de J. M. Bergoglio. No se puede declarar oficialmente a un gobierno que la Fraternidad San Pío X ha sido erigida canónicamente en su propia diócesis, sin que ‒de una forma u otra‒ eso haya realmente sucedido. No se puede nombrar al superior general de dicha Fraternidad juez de primera instancia sobre sus súbditos, y por lo tanto ordinario, sin que dicha sociedad exista canónicamente de una forma u otra. Y no se ve como se pueda dar el poder de jurisdicción a los miembros de una sociedad que no está reconocida en la Iglesia, aunque fuese sólo para confesar. Y de hecho la Fraternidad San Pío X o Fraternidad de los Apóstoles de Jesús y María no se distingue más realmente de otros movimientos Ecclesia Dei o Summorum Pontificum, siendo de hecho ya recibida por los “obispos”, incluso de manera estable, en las iglesias, y colaborando in sacris con los “sacerdotes” antes mencionados (Ecclesia Dei y Summorum).
Alguno objetará que en la carta a Mons. Fisichella, Jorge Bergoglio precisa que los sacerdotes y los superiores de la Fraternidad no están todavía “en plena comunión”. Es cierto que aún no se ha producido un reconocimiento canónico definitivo y oficial. Pero es precisamente en esto que se nota la habilidad y el estilo “pastoral” de Bergoglio, alérgico a la teología y al derecho, que deja de buen grado a los teólogos y canonistas. Eludiendo cualquier dificultad, ha reconocido de hecho a la Fraternidad San Pío X, sin que casi nadie lo note y sin suscitar entonces los obstáculos que, de un lado y del otro, se habían presentado cuando Joseph Ratzinger preparaba el reconocimiento canónico. Allí donde el “teólogo” Ratzinger fracasó, el “pastor” Bergoglio obtuvo el objetivo.
Por lo demás, el concepto de “plena comunión” o de “comunión imperfecta” es un concepto y una terminología conciliar (particularmente, de la constitución Lumen Gentium): no se puede por tanto aplicar a la teología conciliar los principios católicos de la encíclica Mystici Corporis, por ejemplo. Para Bergoglio, en particular, la “plena comunión” parece ser una cuestión jurídica secundaria, allí donde en lo esencial, es decir, el bautismo común, “somos ya todos una sola cosa, todos… católicos, evangélicos, ortodoxos…” y… lefebvristas. El pastor Traettino o el evangélico pentecostal, el sacerdote “callejero” de la teología de la liberación, el patriarca bizantino con su modelo sinodal de Iglesia y la economía de la misericordia en el matrimonio que autoriza nuevas uniones, y también el sacerdote lefebvrista, son a sus ojos simplemente cristianos que evangelizan a los pobres y llevan la “misericordia” por los caminos de la periferia existencial, expresiones diversas pero auténticas del sentimiento religioso.
Para la Fraternidad San Pío X, del otro lado, resulta imposible rechazar aquello que es generosamente ofrecido por quien es reconocido como “Sumo Pontífice” y “Santo Padre”. El “una cum… Papa nostro Francisco” es ya una forma de declararse miembro y súbdito de aquella que, sin embargo, era por ellos llamada “iglesia conciliar”. Ante el generoso don del “Santo Padre”, ¿cómo rechazar? ¿Cómo no agradecer? ¿Cómo no regocijarse? Y sin embargo, la jurisdicción concedida para el año santo (a partir entonces del 8 de diciembre, para el 50mo aniversario de Dignitatis Humanæ, de Nostra Ætate y del “culto del Hombre”) para poder confesar válidamente además de lícitamente, da a entender que antes de esa fecha, y desde 1974, ¡los sacerdotes de la Fraternidad han confesado ilícita e inválidamente! Tímidamente, la casa general recuerda que para ellos las confesiones administradas hasta aquí, lo han sido válida y lícitamente según las normas generales del código de derecho canónico, en razón del caso de necesidad. Pero, ¿cómo invocar el estado de necesidad (que, de todos modos, el derecho canónico limita al peligro de muerte y al error común, y no extiende, como hace la Fraternidad, legítimamente pero no canónicamente, a cada caso) que concedería una jurisdicción supletoria, dado que, si uno se basa en los principios de la propia Fraternidad ‒especialmente en nuestros días‒ eso claramente no existe? ¿Cuál sería la necesidad de confesarse con los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X, si para ella la Iglesia tiene un Papa, obispos diocesanos, una misa y sacramentos absolutamente válidos, aunque sean administrados según el nuevo rito (y también lícitos, según la revista Sí sí, no no)? ¿Cuál necesidad, si además dichos sacramentos, incluido el de la Penitencia (o “Reconciliación”, como es llamado ahora) son administrados por sacerdotes todos válidamente ordenados, en comunión con el Papa, y también se pueden obtener en el rito antiguo de sacerdotes Ecclesia Dei-Summorum Pontificum o de otros sacerdotes benévolos? Si se responde que tales sacerdotes son herejes o que no profesan íntegramente la fe católica, ¿cómo es que la Fraternidad los recibe frecuentemente en sus casas, los hace celebrar en sus altares (aunque estén ordenados con el nuevo rito y celebren habitualmente en dicho nuevo rito)? Es evidente que, dada la situación actual, desde el punto de vista de la Fraternidad San Pío X no subsiste ningún estado de necesidad que sea tan grave como para justificar, en los sacerdotes de la misma Fraternidad, una jurisdicción de suplencia, tanto más cuando Bergoglio les otorga jurisdicción delegada sin ni
siquiera tener que pedirla (al menos aparentemente). Podemos entonces legítimamente preguntar: ¿en virtud de qué principios confiesan y confesarán los sacerdotes de la Fraternidad? ¿De un estado de necesidad que para ellos no tiene más razón de subsistir? ¿O en virtud de las facultades conferidas por el ocupante de la Sede Apostólica? ¿Y para realizar cual misión ellos confiesan, celebran, administran los sacramentos: la misión que Jesucristo confió a la Iglesia (“aquel que crea se salvará, aquel que no crea se condenará”), o aquella que tiene por Jefe a J. M. Bergoglio (que predica el diálogo interreligioso y el ecumenismo: también quien no crea se salvará)? Una tal pregunta debería plantearse a los desafortunados penitentes de los sacerdotes de la Fraternidad (y similares), penosas dudas y tormentos de conciencia…
Para quién tiene ojos para ver y oídos para escuchar, deberían ser cada vez más claras las consecuencias lógicas e inevitables del “una cum” ‒es decir, del reconocimiento‒ como siempre ha hecho la Fraternidad San Pío X, de la
legitimidad y autoridad de los modernistas que al menos desde 1965 ocupan la Sede Apostólica. Algunos, aunque se digan “sedevacantistas”, temen que se realice un “acuerdo” entre la Fraternidad y J. M. Bergoglio, acuerdo representado como una trampa. Nosotros esperamos por el contrario que cese de una vez el equívoco, y que los católicos que ingenuamente depositaron su confianza en guías ciegos, sepan finalmente abrir los ojos, abandonando definitivamente una obra que nunca tuvo el coraje de decir la Verdad hasta el final.
Revista integrismo: 3 de septiembre de 2015, fiesta de San Pío X,
a 30 años de nuestra salida de la Fraternidad San Pío X (diciembre de 1985)
RESPUESTA A LA ENCUESTA DE LA SEMANA
La siguiente pregunta se encuentra en el menú de la derecha
PREGUNTÁBAMOS:
¿La consagración episcopal hecha por cismáticos o herejes, son válidas?
Dábamos 6 opciones de respuesta, a las que han respondido de la siguiente manera:
| 1.No. Salvo que estuvieran en error voluntario | 4.8 % | ||
|---|---|---|---|
| 2.No. Hay que hacer de nuevo la consagración episcopal | 33.3 % | ||
| 3.No. hay que consagrarlos sub conditione | 0 % | ||
| 4.Son válidas sólo las de los cismáticos | 19 % | ||
| 5.Son válidas sólo las de los herejes | 4.8 % | ||
| 6.Son válidas si los que la confieren son obispos, sean herejes o cismáticos. | 38.1 % |
La respuesta correcta es la nº 6: “Son válidas si los que la confieren son obispos, sean herejes o cismáticos”.
Han respondido correctamente el 38,1 %.
¿Por qué esa es la respuesta correcta?
Hay que diferenciar entre validez y licitud para responder adecuadamente. Son válidas si el consagrante es verdadero obispo y usa un rito válido. En el caso de los anglicanos no son válidas, porque carecen de obispos válidamente consagrados ya que perdieron la sucesión apostólica, y todos sus «obispos» y «presbíteros» no son más que seglares. Pero no es así entre los, por ejemplo, veterocatólicos o la iglesia patriotica china o brasileña, ya que no cambiaron el rito y conservan la validez de sus consagraciones episcopales, aunque son ilegítimas.
SAN ANASTASIO II, 496-498
De las ordenaciones de los cismáticos
[De la Carta 1, Exordium Pontificatus mei, a Anastasio Agosto, de 496]
356 (7) Según la costumbre de la Iglesia Católica, reconozca el sacratísimo pecho de tu serenidad que a ninguno de estos a quienes bautizó Acacio [obispo cismático], o a quienes ordenó según los cánones sacerdotes o levitas, les alcanza parte alguna de daño por el nombre de Acacio, en el sentido de que acaso parezca menos firme la gracia del sacramento por haber sido trasmitida por un inicuo… Porque si los rayos de este sol visible, al pasar por los más fétidos lugares, no se mancillan por mancha alguna del contacto; mucho menos la virtud de Aquel que,hizo este sol visible, puede constreñirse por indignidad alguna del ministro...
(9) Por eso, pues, también éste, administrando mal lo bueno, a sí solo se dañó. Porque el sacramento inviolable que por él fue dado, obtuvo para los otros la perfección de su virtud.
SAN GREGORIO I EL MAGNO, 590-604
Del bautismo y ordenes de los herejes
[De la Carta Quia charitati a los obispos de Hiberia hacia el 22 de junio de 601]
478 De la antigua tradición de los Padres hemos aprendido que quienes en la herejía son bautizados en el nombre de la Trinidad, cuando vuelven a la Santa Iglesia, son reducidos al seno de la Santa madre Iglesia o por la unción del crisma, o por la imposición de las manos, o por la sola profesión de la fe… porque el santo bautismo que recibieron entre los herejes, entonces alcanza en ellos la fuerza de purificación, cuando se han unido a la fe santa y a las entrañas de la Iglesia universal. Aquellos herejes, empero, que en modo alguno se bautizan en el nombre de la Trinidad, son bautizados cuando vienen a la Santa Iglesia, pues no fue bautismo el que no recibieron en el nombre de la Trinidad, mientras estaban en el error. Tampoco puede decirse que este bautismo sea repetido, pues, como queda dicho, no fue dado en nombre de la Trinidad.
Así, [pues,] a cuantos vuelven del perverso error de Nestorio, recíbalos sin duda alguna vuestra santidad en su grey, conservándoles sus propias órdenes, a fin de que; no poniéndoles por vuestra mansedumbre contrariedad o dificultad alguna en cuanto a sus propias órdenes, los arrebatéis de las fauces del antiguo enemigo.
CONCILIO DE GUASTALLA, 1106
De las ordenaciones heréticas y simoníacas
705 Desde hace ya muchos años la extensión del imperio teutónico está separada de la unidad de la Sede Apostólica. En este cisma se ha llegado a tanto peligro que -con dolor lo decimos- en tan grande extensión de tierras apenas si se hallan unos pocos sacerdotes o clérigos católicos. Cuando, pues, tantos hijos yacen entre semejantes ruinas, la necesidad de la paz cristiana exige que se abran en este asunto las maternas entrañas de la Iglesia. Instruídos, pues, por los ejemplos y escritos de nuestros Padres que en diversos tiempos recibieron en sus órdenes a novacianos, donatistas y otros herejes, nosotros recibimos en su oficio episcopal a los obispos del predicho Imperio que han sido ordenados en el cisma, a no ser que se pruebe que son invasores, simoníacos o de mala vida. Lo mismo constituimos de los clérigos de cualquier orden a los que su ciencia y su vida recomienda.
GELASIO II, 1118-1119
ORDO SUPPLENDI OMISSA SUPER ADULTUM BAPTIZATUM
Con el Ordo Supplendi Omissa super Adultum Baptizatum, que se encuentra en el Ritual Romano, se subsanan una serie de omisiones del reformado Rito del Bautismo en vigencia por imposición de Montini.
Siendo muchos, pues, los que habiendo sido bautizados con el nuevo rito no recibieron los exorcismos y unciones, algunos católicos han decidido de adultos beneficiarse de aquellos ritos que se omitieron en su bautismo, pues nacieron después de el año 1969; año en que se introdujo el nuevo rito, rompiendo con una tradición de siglos nunca interrumpida-.
En Cantabria, donde cada dos semanas celebra la Misa válida el P. Ramiro Ribas- verdadero sacerdote ordenado con el Rito tradicioonal por un obispo válido- una madre y su hijo, han querido recibir todos esos exorcismos y unciones que no recibieron siendo niños.

Las fotografías siguientes son un reportaje del rito celebrado. Las primeras fuera de la capilla, a las que siguen las propias realizadas en el interior, al que son conducidos sujetos a la estola del sacerdote.
FUERA DE LA CAPILLA









Suma Teológica III Qu.71. ARTíCULO 2 ¿Debe el exorcismo preceder al bautismo?
Objeciones por las que parece que el exorcismo no debe preceder al bautismo.
Objeciones: 1. El exorcismo está prescrito contra los energúmenos, o sea, contra los posesos. Pero no todos los bautizandos son eso. Luego el exorcismo no debe preceder al bautismo.
2. Todo el tiempo que el hombre permanece en pecado, el diablo tiene poder sobre él, como se dice en Jn 8,34: El que peca se hace esclavo del pecado. Pero el pecado se borra con el bautismo. Luego antes del bautismo no han de ser exorcizados los hombres.
3. El agua bendita fue introducida para frenar el poder de los demonios. Luego no era necesario aplicar para este fin otro remedio con los exorcismos.
Contra esto: dice el papa Celestino: Tanto los niños como los jóvenes que vienen al sacramento de la regeneración, no deben acercarse a la fuente de la vida antes que los exorcismos y las exudaciones de los clérigos hayan arrojado de ellos al espíritu inmundo.
Respondo: Todo el que se propone hacer sabiamente una cosa, quita primero los impedimentos de su acción, por lo que se dice en Jr 4,3: Cultivad el barbecho, y no sembréis entre cardos. Ahora bien, el diablo es enemigo de la salvación que el hombre alcanza por el bautismo, y tiene un cierto poder sobre el hombre por el mismo hecho de que éste se encuentra bajo el pecado original y también el personal. Por eso es conveniente que antes del bautismo se expulsen los demonios con el exorcismo, para que no impidan la salvación de los hombres. Esta expulsión está significada en la exufiación. Y la bendición, que tiene lugar con la imposición de manos, cierra al expulsado la vía de retorno. La sal que se le pone en la boca y la unción con saliva en narices y oídos significan: la recepción de la doctrina de la fe para los oídos, la aprobación para las narices, y la confesión para la boca. La unción con el óleo significa la capacitación del hombre para luchar contra el demonio.
A las objeciones:
Soluciones: 1. Energúmenos equivale a interiormente activos, movidos por la influencia externa del diablo. Y aunque no todos los que se acercan al bautismo estén corporalmente atormentados por él, todos los no bautizados, sin embargo, están sometidos a su poder, aunque no sea más que como una consecuencia del pecado original.
2. La ablución bautismal sustrae el poder que el demonio tiene sobre el hombre para impedirle alcanzar la gloria. Pero los exorcismos sustraen el poder que el demonio tiene para impedir que el hombre reciba el sacramento.
3. El agua bendita sirve contra los asaltos externos del demonio. Mientras que el exorcismo se destina contra los asaltos internos. De ahí que se denominen energúmenos, o sea, como interiormente activos, a los que son exorcizados.
También podría decirse que, como el segundo remedio contra el pecado lo constituye la penitencia, ya que el bautismo no se puede repetir, así el segundo remedio contra las asechanzas del demonio lo constituye el agua bendita, ya que los exorcismos bautismales tampoco se pueden repetir.
EN LA CAPILLA
[EN LAS «CATACUMBAS» A LAS QUE NO HAN REDUCIDO LOS CONCILIARES]








Suma teológica. Q. 71 ARTíCULO 3
Los ritos del exorcismo, ¿producen algo o solamente significan?
Objeciones por las que parece que los ritos del exorcismo no producen nada y solamente significan.
Objeciones: 1. Si un niño muere después del exorcismo y antes del bautismo, no se salva.
Ahora bien, el efecto pretendido en los ritos sacramentales es que el hombre consiga la salvación, por lo que en Mc 16,16) se dice: El que creyere y se bautizare se salvará. Luego los ritos del exorcismo no producen nada, y solamente significan.
2. Como ya se ha dicho más arriba (III 62,1), para que una cosa se constituya en sacramento de la nueva ley solamente se requiere que sea signo y causa.
Luego, si los ritos practicados en el exorcismo producen algo, cada uno de ellos será un sacramento.
3. Como el exorcismo es una disposición para el bautismo, así un posible efecto del exorcismo dispondrá también para el efecto del bautismo. Ahora bien, la disposición precede necesariamente a la perfección de la forma, ya que la forma perfecta no se recibe más que en la materia dispuesta. Pero esto quiere decir que nadie podría conseguir el efecto del bautismo si previamente no ha recibido el exorcismo, lo que manifiestamente es falso. Luego los ritos del exorcismo no producen efecto alguno.
4. De la misma manera que los ritos del exorcismo son anteriores al bautismo, hay otros ritos que son posteriores a él, como la unción que el sacerdote hace al bautizado en la coronilla. Ahora bien, estos ritos posbautismales no parece que tengan eficacia alguna, ya que, de ser así, el efecto del bautismo no sería perfecto. Luego tampoco los ritos prebautismales del exorcismo.
Contra esto: dice San Agustín en su libro De Symbolo: Los niños son exufladosy exorcizados para que el poder hostil del demonio, que engañó al hombre, sea arrojado fuera de ellos. Ahora bien, la Iglesia no hace cosas sin sentido. Luego estas exufiaciones contribuyen a arrojar el poder del demonio.
Respondo: Algunos han dicho que los ritos del exorcismo no producen nada y que son sólo signos. Pero esto es manifiestamente falso, porque, en los exorcismos, la Iglesia emplea la forma imperativa del verbo para arrojar fuera la potestad del demonio, como cuando dice: Luego, maldito diablo, sal de él.
Por eso, tenemos que afirmar que producen algún efecto, aunque de diverso modo que el bautismo. Porque el bautismo otorga al hombre la gracia con la plena remisión de las culpas. Mientras que los ritos del exorcismo eliminan los dos obstáculos que impiden recibir la gracia salvífica. El primero es un obstáculo extrínseco, constituido por los intentos que hacen los demonios para impedir la salvación del hombre. Pues bien, este obstáculo se elimina por las exuflaciones, que, como consta en el texto citado de San Agustín, reprimen el poder del demonio para que no impida recibir el sacramento. Permanece, no obstante, en el hombre el poder del demonio por la mancha del pecado y la deuda de la pena hasta que el pecado sea borrado en el bautismo. De acuerdo con esto, dice San Cipriano: Has de saber que la maldad del demonio puede resistir hasta el momento de recibir el agua salvífica, pero en el bautismo perderá todo poder de dañar.
El otro, sin embargo, es un obstáculo intrínseco, y consiste en que el hombre, debido a la enfermedad del pecado original, tiene los sentidos embotados para percibir los misterios de la salvación. Por lo que Rábano Mauro, en De Institutione Clericorum, dice que con la saliva simbólica y el tacto de los sacerdotes, la sabiduría y el poder divinos operan la salvación en los catecúmenos, de tal manera que se abran sus narices para percibir el perfume del conocimiento de Dios, sus oídos para oír los preceptos divinos y sus sentidos más íntimos para responder.
A las objeciones:
Soluciones: 1. Los ritos del exorcismo no borran la culpa por la que el hombre es castigado después de la muerte, sino que solamente apartan los impedimentos para recibir, mediante el sacramento, la remisión de la culpa. Por eso, el exorcismo sin el bautismo no tiene valor después de la muerte.
Prepositino, no obstante, dice que los niños exorcizados y muertos sin el bautismo padecerán unas tinieblas menores. Pero esto no parece que pueda ser verdad, porque las tinieblas a que hace alusión son la carencia de la visión divina, que no admite más y menos.
2. Lo propio del sacramento es conferir el efecto principal, que es la gracia remisiva de la culpa o supletiva de algún defecto del hombre. Los ritos del exorcismo no producen este efecto, sino que solamente quitan los impedimentos para que se produzca. Luego no son sacramentos, sino sacramentales.
3. La disposición suficiente para recibir la gracia bautismal es la fe y la intención: propia, si el que se bautiza es un adulto; o de la Iglesia, si el que se bautiza es un niño. Pero los ritos del exorcismo se dirigen a remover los impedimentos. Luego sin ellos se puede conseguir el efecto del bautismo.
Sin embargo, no se deben omitir, si no es en caso de necesidad. Pero, una vez que ha pasado el peligro, se deben suplir para guardar la uniformidad en el bautismo. Y no se crea que esta suplencia es inútil, porque de la misma manera que se puede impedir el efecto del bautismo antes de recibirlo, también se puede impedir después de haberlo recibido.
4. Hay ritos posbautismales realizados en el bautismo que no solamente significan, sino que también producen. Es el caso, por ej., de la unción en la coronilla, que produce la conservación de la gracia bautismal. Otros ritos, sin embargo, no producen nada y solamente significan, como, por ej., el vestido blanco dado al bautizado para significar la nueva vida.

MAITINES: RESERVA y OFERTA DE LANZAMIENTO
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Son muchos los que habiendo adquirido el Volumen I del Breviario, Diurnal, se han interesado consecutivamente sobre la fecha en que se podrá disponer de Maitines, Volumen II y final de la obra. Pues bien, a punto de concluirse la revisión de Maitines, después de cuya fase sigue la impresión, encuadernación y dorados de cortes, nos gustaría saber cuántos desean adquirir este IIº y último volumen del Breviario Romano.
Conforme a esta información, que esperamos nos remitáis haremos el encargo del número de ejemplares, ya que queremos ajustar la impresión a la demanda real y a unos pocos más ejemplares dado los costos exorbitantes de la impresión y encuadernación de esta obra con la calidad que queremos mantener para la mayor gloria de Dios.
CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LA OBRA
Este segundo volumen tiene más páginas que el primero, ya que no se ha podido reducir a menos de 1.840 páginas. El formato es el mismo: 125×190 cms. Encuadernado en tapa dura en TELFLEX negro y estampados en oro en lomo y cubierta, con 6 cintas de diferentes colores . Dorado de los libros por tres lados.
El precio de venta es ligeramente superior al volumen I, ya que contiene más páginas y por lo tanto, también, más cuadernillos a coser.
El Precio de venta de la obra será, pues, de 85 €. Precio al cual habrán de sumarse los gastos de envío, según la modalidad escogida por cada uno.

OFERTA DE LANZAMIENTO mediante Reserva.
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A cuantos reserven la obra con una entrega a cuenta de 25€ – descontada del pago final- se les aplicará un precio especial, pudiendo obtener el volumen II de Maitines a 75 euros, más los gastos de envío, al igual que adquirieron el Diurnal. Esta oferta ofrecida a quienes hagan el pago a cuenta señalado, caducará el día 10 de julio a las 20 horas.
Para las librerías o grupos que quieran reservar pedidos de 10 unidades o más, también se aplica esta oferta, si bien el precio final será establecido según las cantidades a adquirir, y de acuerdo con una negociación particular con Sapientiae Sedei Filii.

DISPONIBILIDAD
Teniendo en cuenta que en los meses de julio y agosto la producción de las empresas es sensiblemente menor debido a que la mayoría de su personal coge en esos meses las vacaciones, no creemos que podamos servir el Breviario: Maitines, antes de octubre, mes en que esperamos se nos entregue.
A todos aquellos que hayan hecho entrega del anticipo señalado arriba se les avisará por email para que salden el resto que les quede pendiente, y tras hacerlo, se les remitirá de inmediato la obra.

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CARACTERÍSTICAS ESPECIALES DE MAITINES
No solamente es la primera vez que se realiza la edición de Maitines en latín-castellano, sino que, además, es la única edición de Maitines que contiene las dos rúbricas tradicionales: las de 1911, Divino Afflatu, y las de 1960. De manera que con este Breviario se podrá rezar Maitines con unas u otras rúbricas. Ofrecer tal opción ha supuesto recuperar más de 1.500 lecciones históricas y patrísticas que, o se habían suprimido, o se habían abreviado en las rúbricas del sesenta. En efecto, con este Breviario se tendrá acceso a un verdadero tesoro muchas veces desconocido incluso por los que están acostumbrados al rezo de los Maitines de forma tradicional. No nos cabe duda de que, se usen en sus respectivas rúbricas, o se lean independientemente de ellas, este Breviario ofrece un sin número de recursos prístinos para alimentar la piedad de los fieles católicos.
Junto al volumen de Maitines recibirá un Manual del Rezo de Maitines- en español- que le auxiliará sobre el rezo de los distintos oficios, y rangos, bien sea con las rúbricas de 1960, o decida usar las de Divinu Afflatu. Con este Manual le será de fácil comprensión el uso del Breviario y de qué lugar del mismo tomar las distintas partes, según la cualidad de la fiesta que se esté celebrando.
Igualmente, recibirá dos dípticos – uno en latín y otro en español- que son un auxiliar extraordinario que le evitará ir con tanta frecuencia al Ordinario del Breviario, pues contiene las bendiciones y absoluciones, según la clase de fiesta, rito u oficio que deba usarse, así como el himno Te Deum, y el Salmo 94 introductorio, el cual ha de decirse a diario.

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FOMES PECCATI: OPÚSCULO
Introducción
Es un verdadero via crucis para el alma católica recorrer los enclaves aparicionistas –Prado del Rey, Garabandal, Vassula, Medjugorje etc. –, y visitar allí a los mercaderes de libros y escuchar a sus líderes espirituales recomendar obras de falsas místicas que fueron puestas en el Indice por sus teologías heréticas y hasta sus sibilinas blasfemias.
Siendo muchas y variadas las impías doctrinas contenidas en los escritos que se venden, divulgan y aconsejan leer; ora de María Valtorta, ora de Marta Robín, ora de Amparo Cuevas- la visionaria del Escorial- ora de María Simma, ora de María Faustina Kowalska, etc., tienen en común, en general, dos cosas. La primera: que sus obras fueron puestas en el Indice. Segunda: la impía, blasfema y herética doctrina que imputa a Jesucristo y a la Santísima Virgen María el fomes pecatti . Muy en especial se hace notar esta doctrina de Satanás en el Poema El hombre Dios, de Valtorta.
En el caso de los errores de sus obras, lo que es de lamentar no es que ella, Valtorta, por ignorancia, hubiera escrito cosas contra la Fe, sino que aún al presente se difunda su obra por mercaderes de libros codiciosos de ganancias, y nada menos que por una casa editora fundada especialmente para esta difusión, careciendo sus obras de censura ninguna ni aún por parte de los conciliares, que otorgan al presente dicha censura, -aunque ellos tampoco sean de fiar- pero al menos por la seriedad del caso.
Indigna al alma católica que por el afán de ganancias de los mercaderes de las cosas sagradas, o por la gloria de su propia fama, Dios lo sabe, induzcan a las almas sencillas a devociones desagradables a Jesucristo y a su santísima Madre, por mucho que las revistan de falsos argumentos marianos. Y, si cabe, aún más despierta la cólera santa, comprobar que obispos que se dicen «tradicionales», tales como Mons. Wiliamson, recomienden la obra valtortiana; lo que es signo evidente de que, o no la ha leído, o que él mismo es impío. Ídem de los obispones de la FSSPX, ya que cada cual tiene, al parecer, su confianza puesta en su propia vidente.
Es necesario, pues, conocer la doctrina verdaderamente católica, sobre el fomes peccati, para que no nos conduzcan por el camino de la perdición ni los mercaderes, ni los líderes de cenáculos indisciplinados y desobedientes a la Santa Madre Iglesia, casi todos de la iglesia concilair, bajo la apariencia de una piedad, que es falsa.
Luego de exponer la doctrina católica, terminaremos con las obligaciones de los católica respecto a los libros prohibidos, y las penas que incurren al leerlos.
En este opúsculo abordaremos las siguientes cuestiones para el auxilio de los que están confundidos, no lo queden eternamente y se salven:
1º.- Qué es el fomes peccati o concupiscencia
2º.- Porque Cristo no tenía capacidad alguna de ser tentado internamente, por lo que fue imposible de que sufriera tentaciones sexuales de las que pudiera salir vistorioso y mucho menos caer en ellas.
3º.- Porque La Virgen María no tenía ninguna capacidad de ser tentada internamente, por lo que fue imposible que tuviera tentaciones sensuales de las cuales salir victoriosa mediante la lucha, y mucho menos caer.
4º.- Qué pena eclesiástica recae sobre quien lee un libro prohibido por el Santo Oficio, como el de Valtorta, y cuál es la gravedad del pecado de quien lee, promueve, vende, recomienda lo prohibido. La gravedad moral del pecado, incluso cuando el índice se haya suprimido por la iglesia conciliar-1966-, según la Congregación de la Doctrina de la Fe- protestante claro-, siendo Prefecto Ratzinger.
La concupiscencia
Trataremos de la humanidad sin pecado del Señor y de su Santísima Madre, y debo decir con todo dolor que muchos hoy, incluso dentro del cristianismo supuestamente «conservador», han errado al atribuir una naturaleza con tendencia a pecar del precioso Dios-Hombre, que las Santas Escrituras y el Magisterio de la Iglesia descartan de plano. El debate actual acerca de si Cristo pudo haber pecado (si tenía capacidad para pecar) o si pudo, al menos, tener el fomes peccati, es triste pero muy difundido y nada original, pues muchos herejes en la antigüedad abrazaron dichos errores. Pero hay que tener claridad y precisión en este vital punto de nuestra fe, sin la cual, el que que no la guardare sin mancha se perderá para siempre.
Veamos algunas citas de las Sagradas Escrituras al efecto. Pero antes debemos precisar de qué estamos hablando cuando decimos con la Santa Iglesia que ni en Cristo Jesús, vida nuestra, ni en la Santísima Virgen María pudo haber pecabilidad y/o inclinación al pecado o concupiscencia o técnicamente fomes peccati, según lo cual pudieran internamente tener tentaciones ora Cristo ora su santísima Madre. Cristo y su Staº Madre gozaron y gozan de la impecabilidad y carecen del fomes peccati por títulos diferentes aunque relacionado uno al otro. Veamos primero qué es la concupiscencia desde un punto de vista de la Iglesia Católica y luego los tipos de impecabilidad.
La concupiscencia. Sigamos al gran erudito en Mariología R.P. J.B, Terrien, S.J
«..Quienquiera que entre dentro de sí mismo podrá comprobar un hecho tan humillante como doloroso: el imperio se escapa de las manos de aquel que debiera tener el cetro. La razón y la voluntad, reinas por derecho, con harta frecuencia se convierten en esclavas de las facultades inferiores. En todo caso, sus órdenes son más o menos discutidas, y su dirección, más o menos desacatada. ¿Qué hombre es tan dueño de su imaginación que pueda reprimir todos sus extravíos; tan señor de sus apetitos sensuales que non tenga que luchar contra sus atracciones violentas y que a menudo no tenga que avergonzarse de sus rebeldías? El desorden no consiste en que la parte sensible de nuestro ser apetezca los bienes sensibles, ni tampoco en que tengamos afecciones vivas y pasiones (porque hay pasiones buenas): antes, todo esto pertenece a la perfección del ser humano. El desorden consiste en que estas afecciones y pasiones, que deberían ser siervas, sacuden su natural dependencia, y en vez de esperar las órdenes de la razón para seguirlas, se las adelantan o las contradicen, y aun a veces arrastran a la razón hacia objetos y deleites que el deber prohíbe.
Y es tan grande nuestro mal, que ni la santidad, aún la consumada, basta para restablecer la subordinación perfecta que sería nuestra gloria y nuestra seguridad. Se puede, con el divino auxilio, resistir a estas deplorables inclinaciones, y hasta reconquistar el imperio perdido; pero la carne sigue siendo carne de pecado, un enemigo contra el que hemos de estar siempre alertas, si no queremos ser víctimas de sus seducciones y sus arrebatos. Nunca es San Pablo tan elocuente como cuando habla de estas luchas entre el espíritu y la carene: según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero siento en mis miembros otra ley que combate contra la ley del espíritu…» Y en otro lugar: » la carne apetece contra el espíritu y el espíritu contra la carne y estas cosas se oponen la una a la otra de manera que no podéis hacer lo que quisierais» (Rom, 7, 22).
La teología, para expresar con una sola palabra este desorden interior, ha tomado del Apóstol los nombres de concupiscencia o codicia ¿ Qué deben entenderse propiamente con estas denominaciones? La parte inferior de nosotros mismos, en cuanto escapa del dominio de la razón y en cuanto que es manantial de donde brotan y hoguera donde se encienden las las afecciones desordenadas: inclinación hacia las cosas bajas, movimiento súbitos de colera, aversión, odio, etc.
Las Sagradas Escrituras dan a la concupiscencia el nombre de pecado (Rom. 7, 20), no porque sus inclinaciones sean verdaderamente pecado cuando se las resiste, cuando se las reprueba, cuando se da el sentir, pero sin el consentir, sino, como dice el Concilio Ecuménico y dogmático de Trento, «porque-la concupiscencia- viene del pecado e inclina al pecado» (Conc. Trento, ses. 5ª, canon 5).Viene del pecado porque, si la imaginación no está por entero sometida al espíritu, las pasiones a la voluntad, la carne al alma, es porque, por la culpa original, perdimos el privilegio gratuito que suplía las imperfecciones de la naturaleza y ponía orden en todo nuestro ser. Lo que admiramos en el segundo Adán, Jesucristo, Señor Nuestro, lo había dado Dios, como dote transmisible a sus hijos. al primer Adán, padre del linaje humano: el espíritu sometido al gobierno de Dios por la gracia original, y las potencias inferiores sujetas al espíritu por el don sobrenatural de la integridad. La rebeldía del hombre contra Dios, su señor y su Dueño, trajo como consecuencia la pérdida de la gracia para el alma y para el hombre todo entero el desorden del que se lamentaba el Apóstol.
La concupiscencia procede del pecado e inclina, además, al pecado ¿Cómo puede ser esto? Con sus atractivos, sus seducciones, sus resistencias y sus asechanzas. Por eso se llama frecuentemente foco, cebo del pecado, fomes peccati. Y adviértase que la parte sensible del hombre ha venido a ser concupiscencia, no por adición, si no por sustracción. Con razón se la ha comparado a un caballo fogoso que se ha desembarazado del freno que lo guiaba, dirigía su ardor ciego y contenía sus ímpetus .
Hasta aquí el R.P. J.B, Terrien, S.J. Veamos ahora las clase de impecabilidad:
CLASES DE IMPECABILIDAD
Pueden distinguirse tres clases de impecabilidad: metafísica, física y moral, según que el pecado sea metafísica, física o moralmente imposible con ella.
a) LA IMPECABILIDAD METAFÍSICA O ABSOLUTA es propia y exclusiva de Dios. Repugna metafísicamente, en efecto, que Dios pueda pecar o tener inclinación al pecado, ya que es Él la santidad infinita y principio supremo de toda santidad. Esta misma impecabilidad corresponde a Cristo‑Hombre en virtud de la unión hipostática, ya que las acciones de la humanidad santísima se atribuyen a la persona del Verbo, y, por lo mismo, si la naturaleza humana de Cristo pecase o tuviese inclinación concupiscente, haría pecador al Verbo, lo que es metafísicamente imposible y repugna el sólo pensarlo. Quien niega esto arremete contra el dogma de la Unión Hipostática, que junto con la santísima Trinidad son los dos pilares de la Fe a los que se atan los demás dogmas.
- b) LA IMPECABILIDAD FÍSICA, llamada también intrínseca, es la que corresponde a los ángeles y a los bienaventurados, que gozan de la visión beatífica. La divina visión llena de tal manera el entendimiento del bienaventurado, y la divina bondad atrae de tal modo su corazón o voluntad, que no queda a la primera ningún resquicio por donde pueda infiltrarse un error, ni a la segunda la posibilidad del menor apetito desordenado. Ahora bien: todo pecado supone necesariamente un error en el entendimiento (considerando como bien real lo que sólo es un bien aparente) y un apetito desordenado en la voluntad (prefiriendo un bien efímero y creado al Bien infinito e increado). Luego los ángeles buenos y los bienaventurados son física e intrínsecamente impecables no habiendo en ellos concupiscencia o apetito al desorden con el que tuvieran que luchar.c) LA IMPECABILIDAD MORAL, llamada también extrínseca, coincide con la llamada confirmación en gracia, en virtud de la cual, Dios, por un privilegio especial, asiste y sostiene a una determinada alma en el estado de gracia, impidiéndole caer de hecho en el pecado o tener inclinación a él o cuncupiscencia o fomes peccti, pero conservando el alma, radicalmente, la posibilidad del pecado si Dios suspendiera su acción impeditiva.
Esta última es la que tuvo la Santísima Virgen María durante los años de su vida terrestre. En virtud de un privilegio especial, exigido moralmente por su inmaculada concepción y, sobre todo, por su futura maternidad divina, Dios confirmó en gracia a la Santísima Virgen desde el instante mismo de su purísima concepción hasta la Asunción a los cielos (en el cual goza ya, no de la impecabilidad moral que ya no requiere, sino de la impecabilidad física). Esta confirmación no la hacía intrínsecamente impecable carente del fomes peccati como a los bienaventurados ‑se requiere para ello, como hemos dicho, la visión beatífica‑, pero sí extrínsecamente, o sea, en virtud de esa asistencia especial de Dios, que no le faltó un solo instante de su vida. Tal es el magisterio infalible Ordinario Universal de la Iglesia (el Magisterio Ordinario Universal es Infalible y consiste en: lo que todos los obispos unidos al papa, cada uno en su diócesis, han creído unánimemente, no ahora sólo. sino desde la antigüedad) y la sentencia común y completamente cierta en teología, cometiendo pecado grave quien la rechaza.
Cristo, vida nuestra, careció de concupiscencia en potencia y acto.
Pues bien, Cristo no puede ser tentado. Cristo es Dios, en Él hay una sola Persona: la divina; dos naturalezas: la humana y la divina, pero una sola Persona, lo que quiere decir que todas las operaciones de Cristo se han de referir a su Persona única.
“Cristo se vio libre de todo pecado, de hecho”. (Doctrina de fe divina católica, definida). “En virtud de la Unión Hipostática, la voluntad humana de Cristo estuvo siempre y en todo sometida a la voluntad divina”. “Cristo no pudo pecar, ni hubo en Él capacidad alguna de pecar, ni inclinación concupiscente. Fue absolutamente impecable” (Teología del Dogma Católico, J. de Abarzuza, O.F.M., págs. 737-38)
Las mismas Sagradas Escrituras nos dicen que Cristo no puede ser tentado, porque la naturaleza humana de Cristo unida a la divina en una sola persona mediante la Unión Hipostática, expresan que Cristo es Dios y como dicen entre otros el Apóstol Santiago en su carta:
” Ninguno, cuando se vea tentado, diga: Es Dios quien me tienta; porque Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie» (Sant. 1, 13).
Por eso la Iglesia ha dicho siempre que las tentaciones de Satanás a Cristo narradas en los Evangelios no son interiores de Nuestro señor sino externas y extrínsecas a su naturaleza humana y que están escritas para ejemplo. Entiéndase bien lo que dice la Iglesia y desde San Agustín a San Francisco de Sales, pasando por Santo Tomás de Aquino: al decir externas no quiere decir que no sucedieran, sino que Cristo permitió el diálogo a Satanás sin que en Él hubiera fomes pecatti o concupiscencia o potencia de inclinación al mal de manera que pudiera ceder o no hacerlo. En ningún momento podía haber un instante de vacilación en Cristo que turbase su entendimiento sobre cuál era el verdadero bien y ello pudiese dilatar ni una millonésima de segundo de segundo la adhesión de su voluntad, en una supuesta lucha interior. Imaginar a Cristo o la Virgen María como sujetos capaces de fomes peccati es blasfemo además de herético.
En el Concilio Ecuménico de Éfeso del siglo IV se afirma que Jesús nunca cometió pecado. Y en el segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla se condena a quien diga que Jesús tuvo pasiones desordenadas carnales o inclinación (concupiscencia o fomes peccati. Esta herejía y esta profanación se ha vuelto a repetir en la famosa película «La última tentación de Cristo» y en algunas falsas revelaciones privadas. Esta postura es inaceptable porque en Jesús hay equilibrio entre el mundo pasional y el racional (Doctor Angélico: Summa Theologicae). El desequilibrio se da en nosotros, por culpa del pecado original. Pero en Jesús no hubo pecado original, ni tampoco en su hermosísima Madre, como se confiesa en el dogma de su inmaculada concepción. Nació sin pecado, así lo dijo el ángel a María. en Jesús no podía haber tendencia interior al pecado a la que tuviera que resistir, como nosotros para salir victorioso como los santos. Y las tentaciones del desierto o la de Getsemaní son tentaciones extrínsecas y externas, es decir, vienen no de fuerzas intrínsecas, . Y Jesús las rechaza al punto, porque en su alma no había complicidad radical alguna con el mal. El «Apártate, Satanás» tantas veces pronunciado por Jesús, es el reflejo de la ausencia de complicidad pecaminosa en su interior, es decir carece del fomes peccati y no puede ser tentado.
Porque en otro lugar dicen las Sagradas Escrituras:
«no tenemos un gran sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, [pero]* (choris amartias) aparte de pecado ” (Hebreos 4:15).
(*) Nota — La palabra «pero», no aparece en el original griego, y su agregado cambia el sentido de lo que se quiere transmitir, introduciendo la posibilidad de que en Cristo hubiera capacidad de pecado, aunque no lo hubiera hecho de facto. La expresión “sin pecado” (del griego choris amartias) es mejor traducida por “pecado aparte”, o “excluido el pecado” (Lacueva).
Esta Escritura establece claramente que hay una diferencia entre el hombre en su condición de pecado, y el Hombre Cristo Jesús, y esa diferencia es que Cristo, a diferencia de nosotros, es esencialmente sin pecado. Y es importante tener cuidado con la palabra pero, como acabo de decir, que ha sido agregada y que conduce a una noción equivocada y contraria a la verdad. Pues puede inducir a creer que, aunque Cristo fue en todos los puntos tentado así como nosotros, empero nunca pecó. Pero no dice eso la Escritura, no es ése el significado aquí. Pues no se trata aquí de caídas o de “pecados” aparte. Es decir, la Escritura no dice que él fue “pecados aparte”o “sin pecados”. Sino que dice “aparte del pecado”.
La diferencia es fundamental. Nosotros, seres pecadores o con pecado por naturaleza, recibimos malas tentaciones desde adentro, esto es, en nuestra propia alma por nuestra humanidad herida. Cristo, en cambio, no tuvo ninguna de esta clase de tentaciones. Esto era completamente incompatible con su santa Persona, que es divina. Por la unión hipostática, Cristo estaba humanamente exceptuado de cualquier inclinación a cualquier traza de mal, como ninguno lo fue desde la caída del hombre; como también estaba exenta la Virgen María por el título de su Maternidad Divina.
De esas santas tentaciones, con relación a Cristo, trata la epístola a los Hebreos, y no de las nuestras no santas.
La Epístola de Santiago distingue los dos tipos de tentaciones (las externas, que Cristo permitió, contra las cuales su alma no tuvo que luchar y las internas, que brotan de nuestras concupiscencias, y de las cuales Cristo estuvo excluido) como dice claramente en el capítulo 1, estableciendo que no hubo concupiscencia.
Es útil comparar Santiago 1:2,12 (tentaciones de afuera, externas, a las que Cristo se sometió) con Santiago 1:13 a 19, donde está el otro tipo de tentaciones: las de adentro que provienen de nuestra naturaleza herida por el pecado original, de la cual es la expresión más manifiesta la concupiscencia. Nosotros conocemos y experimentamos perfectamente bien estas últimas, pero Jesús jamás lo hizo. Satanás le tentó porque él lo permitió como ejemplo para nosotros, pero estando exento de concupiscencia, no hubo ninguna duda interior ni esfuerzo para resistir al mal, porque carecía de inclinación hacia él; no es así en nosotros. Y esto es justamente lo que quiere decir “pecado aparte” en la Carta del Apóstol. No sólo es que nunca pecó, sino que nunca pudo haber pecado. No había en la naturaleza de Cristo potencia para pecar, mientras que en la nuestra, incluida la de más grandes santos, excluida la Madre de Dios, hay potencia, y desgraciadamente acto, al menos venial.
En Hebreos 4:15: el sagrado escritor no asegura solamente que Cristo no cometió pecado, sino que además, fue “sin pecado”; en la esencia de Cristo, pues, no había posibilidad de pecar; luego si la concupiscencia es la inclinación al pecado que proviene del pecado, -como se dijo más arriba citando el concilio de Trento- contra la cual es necesario oponer una fuerza, en Cristo no hubo concupiscencia, ergo, como afirma la Iglesia no hubo interna tentación y todas las doctrinas que describen esas imposibles tentaciones son falsa e impías y blasfemas.
«Él no conoció pecado» (2.ª Corintios 5:21), no tuvo ninguna tentación pecaminosa interior o cierta inclinación de su naturaleza humana al mal como residuo del pecado original porque careció de Él y porque es a la Persona a la que corresponden las operaciones, siendo su única habida en Cristo, la Persona divina del Verbo o Segunda persona de la Santísima Trinidad.
Unas palabras más antes de continuar con otras Escrituras sobre este solemne tema. Cristo, aunque era un hombre tan real como cualquier otro, participó de carne y de sangre en una condición diferente de la de todo otro hombre. Participó de la humanidad en virtud de la obra milagrosa del Espíritu Santo, enteramente aparte del pecado. «Tentado –dice la Escritura– en todo según nuestra semejanza, pecado aparte». Ya demostramos que esto no dice solamente que no hubo pecados en él, sino que no hubo ningún pecado (en singular). Es decir, que no hubo ninguna tendencia o inclinación, concupiscencia ninguna lucha interna con el pecado en Cristo: todo en él era bueno y santo. Por tanto, es menester afirmar que Cristo era por naturaleza impecable, inmaculado, incapaz de cometer pecado, incapaz de concupiscencia y de tentación interna porque ésta proviene del pecado e inclina al pecado, aunque no lo sea en sí, y en Cristo no hubo pecado actual ni original ( nunca nos cansaremos de repetir esta definición hecha por el concilio de Trento); por lo tanto, sugerir que «lo Santo» que fue concebido por el milagro del Espíritu, fuera capaz de pecar o que pudo haber pecado, es blasfemo. ¿ Cómo va a ser capaz de fomes peccati, es decir, de tentación interna aquella humanidad que, ni incluso en el santo sepulcro, fue separada de su divinidad? Locura de secta cátara- puros, patarinos nuevos albigenses, falsos devotos – es afirmar que en Cristo hubo fomes peccati y gran blasfemia contra Dios.
En el desierto, nuestro Amado Jesús, Vida Nuestra, Amor Inextinguible, Esposo Santo de nuestra alma, quiso ser puesto bajo la «prueba del ácido», y demostró ser «oro puro», por decirlo así. La prueba (o tentación) no fue hecha para ver si él fue capaz de no pecar, sino para demostrar que él no pudo haber pecado, que era incapaz de pecar, así como el oro puro puede ser expuesto a la acción de un cierto ácido, a modo de prueba, para confirmar que es verdaderamente oro, metal noble, y no otra cosa
La diferencia es fundamental. Nosotros, incluso los más grandes santos- excluida la Virgen María y el Unigénito de Dios- seres débiles y pecadores e inclinados al pecado por nuestra naturaleza herida por heredar el pecado original, recibimos malas tentaciones desde adentro, esto es, a causa de nuestra humanidad caída y con la ayuda de la gracia somos auxiliados para vencer en la lucha contra ellas. Cristo, en cambio, es el autor de la gracia, y no tuvo ninguna de esta clase de tentaciones. En su naturaleza humana el entendimiento está adherido a verdadero bien por su ciencia divina, en virtud de la unión hipostática, y por la ciencia beatifica, puesto que Él en su humanidad veía constantemente la esencia divina y además, por la infusa; y por lo tanto su voluntad quiere el indubitable bien ipso facto, porque ese bien verdadero es Dios mismo, es decir Él mismo. Mientras que en nosotros a causa de nuestro entendimiento discursivo, nuestro conocimiento puede juzgar un mal como bien aparente y nuestra voluntad quererlo o ser dubitativa para dirigirse a uno u a otro fin, por haber perdido los dones que tenía en el Paraíso. Esto, propio de nuestra naturaleza herida, era completamente incompatible con su santa Persona. Por una concepción milagrosa, Cristo estaba humanamente exceptuado de cualquier posibilidad de inclinación al mal.
Cristo es Dios Y hombre; dos naturalezas en Él: humana y divina, pero en una sola Persona: la Divina. Es importante tener claro este punto, para evitar caer en herejía a izquierda o derecha. Todas las operaciones en Cristo son imputadas a Su única Persona Divina. Él es Dios. Los modernistas y liberales y muchos sectarios que se llaman conservadores, entre otros, tienen la herética enseñanza de que en Jesús pudo haber pecado y/o de que tenía la naturaleza adámica, en el sentido de que tenía concupiscencia y e inclinación por el pecado, lo cual venció. Es una falsa doctrina, una de las herejías más graves, pues no tienen en cuenta que la capacidad de pecar no es algo inherente a la naturaleza humana de Cristo. Incapacidad de pecar o impecabilidad y humanidad, no son incompatibles en cuanto a Cristo. Los racionalistas y muchos seudoconservadores de herética piedad quieren hacer creer que esto es una incoherencia, pero la Fe de la Iglesia enseña otra cosa y quien no cree lo que la Iglesia dogmáticamente enseña está fuera de ella y no alcanzará la salvación eterna y arderá eternamente en los infiernos; esto es la Fe de la Iglesia, nos guste o no, lo entienda la loca de la casa o no, nadie está legitimado para ocultar tal Verdad.
En efecto, de esas santas tentaciones, con relación a Cristo, trata la epístola a los Hebreos, y no de las nuestras, que no son santas in radice, es decir, porque son las consecuencias del pecado adámico en su herencia, nosotros, del que Cristo careció y por impecabilidad moral, también la santísima e inmaculada Madre de Dios.
La Epístola de Santiago, que no voy a copiar aquí para no cansarles más, distingue los dos tipos de tentaciones (las externas, que Cristo permitió a Satanás para nuestra enseñanza, y las internas, que brotan de nuestras concupiscencias, y de las cuales Cristo estuvo excluido) muy claramente se ve en el capítulo 1.Reléase a la luz del magisterio de la Iglesia, y no a la luz de la visión del gurú de turno.
Además es útil comparar Santiago 1:2,12 (tentaciones de afuera, externas, de que Cristo participó, al igual que nosotros), con Santiago 1:13 a 19, donde está el otro tipo de tentaciones: las de adentro de la herida naturaleza. Nosotros conocemos y experimentamos perfectamente bien estas últimas, pero Jesús jamás lo hizo. Y esto es justamente lo que quiere decir “pecado aparte”. No sólo que nunca pecó, sino que nunca pudo haber pecado, contrariamente a lo que afirman los sectarios. Para quien no cree al magisterio de la Iglesia, prefiriendo creer a su particular vidente o su propio criterio, tampoco creerá si citamos 1 Corintios 15:47; Rom. 8,3, Luc 1-35 y su sentido a la luz de la exégesis católica aprobada por el magisterio infalible de la Iglesia.
Recordar que es dogma de Fe-quien lo niega sale fuera de la Iglesia- la libertad de Cristo y su impecabilidad, según la cual al no tener pecado carece de concupiscencia, porque ésta proviene e inclina al pecado. Dada la unanimidad existente en esta cuestión, las intervenciones del Magisterio son muy escasas, y se limitan a la afirmación de la ausencia de pecado en Cristo. Jesús, por haber ignorado todo pecado, «no tuvo necesidad de ofrecer la oblación en favor de sí mismo»; «fué concebido sin pecado, nació sin pecado, y murió sin pecado». La ausencia de pecado en Cristo, se entiende a la luz de tres realidades fundamentales: la unión hipostática, la santidad de Cristo, y su misión de Redentor.
Ninguna Sagrada Escritura convencerá a los que les gusta más la palabra de la vidente que la Palabra de Dios, pues el mismo Cristo, Señor y Dios nuestro, lo advirtió: » Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite.»
La Virgen María careció de todo fomes peccati. en potencia y acto
Veamos lo que todos han creído siempre; Que la Virgen María careció del fomes peccati, o sea, que no pudo haber en ella ninguna concupiscencia, de manos de unos de los más seguros teólogos católicos de la primera mitad del siglo XX, R.P. J.B, Terrien, S.J.:
La cuestión presente no versa sobre si la Bienaventurada Virgen María se dejo llevar voluntariamente de los movimientos desordenados del apetito sensible. Esto ni los sectarios lo niegan ¡de momento! A la Madre de Dios no le bastaba con el no consentir. Los santos Padres y doctores de la Iglesia con voz unánime, en contra de lo que afirma ciertas revelaciones privadas, afirman sin fisura que la Santísima Virgen María no supo por experiencia propia qué cosa sea movimiento desordenado, por débil que fuere. Como quiera que la concupiscencia lleva el nombre de pecado, aun cuando no sea el hombre culpable por sentir, sin consentir, sus movimientos desordenados; la tradición toda entera no habría dado los títulos de pura, purísima..aquella a quien la concupiscencia hubiera tocado de cualquier manera, con su contacto ignominioso.
El Oriente profesa expresamente este privilegio de la Madre de Dios. » Por cuanto hablamos de Ti, pensar en el placer sensual, del cual tu virginidad no sintió nunca el más ligero deseo ni conoció el menor aguijón. ¿Tan fuerte y tan victorioso era en Ti el imperio del espíritu sobre un cuerpo juntamente tan delicado y tan hermoso»; «esta Virgen es la fuente sellada donde ni el ojo de Dios ni el de los ángeles hallaron nunca el menor vestigio ni de turbación ni de cieno» ;» jardín cerrado al que no tuvo nunca acceso ningún pensamiento vicioso»: «En ella ninguna imaginación vana o que pudiera dañar el alma»; «un espíritu gobernado únicamente por Dios»; «todos los afectos enderezados hacia los bienes verdaderos dignos de amor»; «cólera e indignación solamente contra el pecado y contra el demonio, su padre. He aquí lo que siempre fue María». Estos son textos traídos todos de Doctores de Oriente, por ser quizá menos conocida su doctrina en relación a la ausencia del fomes peccati en la Virgen María, que la de los Doctores de Occidente.
Dos controversistas dieron ocasión en Occidente para testificar en forma más explícita su fe en ese privilegio (la ausencia del fomes peccati). Diremos ahora de la primera y más antigua. De la segunda hablaremos cuando llegue el momento de explicar hasta donde se extiende la integridad de la Santísima Virgen.
Durante el siglo XII, la fiesta de la Concepción dio lugar a muchas discusiones en la Iglesia latina. Esforzándose unos en propagarla; otros, y eran estos de los de más relieve, como San Bernardo, querían, o suprimirla, o, por o menos, diferir su celebración hasta que la sede Apostólica la sancionase con su aprobación. En un cambio de cartas sobre este asunto entre un monje inglés del monasterio de San Albano, llamado Nicolás, y Pedro de Celle, campeón de San Bernardo, el segundo fue acusado por su antagonista (Nicolás) de negar que María carecía del fomes peccati. Pedro, indignado por la acusación lanzada contra él, protesta reiteradamente manifestando su fe en la integridad perfecta de María: » Yo confieso-dice- y creo que María, por la operación preventiva de Dios, Deo Praeoerante, no sintió jamás el fuego de la concupiscencia» (Petr. Cellens; Epist. 171 Patrología Latina 202,619).
El Verbo de Dios, semejante al fuego que funde y purifica la plata, la purificó desde el principio. No quería que ella sintiese jamás la mordedura de los gusanos de nuestra común podredumbre; Ella, que habría de engendrar a Jesús; a Jesús, a quien la corrupción no tocó ni en el vientre de su Madre ni en sepulcro (Sermón 69 sobre la Assump. de la B.V.M. PL 202, 856). Y en otro lugar » La virginidad de María, toda hermosa y toda pura, nunca conoció el aguijón de la carne ni sus incentivos« (Sermón 28, In Annunt. Domini 7 PL 202,723). Si María tuvo que sostener acometidas que no pasaron de ser exteriores como en Jesucristo; porque no tuvieron concupiscencia. «Huerto cerrado donde no se oyó nunca ni el soplo ni el silbido del corruptor de todo bien, y que no se abrió si no al rey de los siglos». Así pensaba aquel gran monje, al que se le acusaba de ser poco favorable a la integridad de la madre de Dios y que era, en realidad, de la misma opinión que su acusador, Nicolás Albano, o sea, que la Virgen María no tuvo ninguna tentación con la que luchar interiormente para salir victoriosa por la dote de la ausencia de concupiscencia. Y esto demuestra que toda la Iglesia estaba de acuerdo en reconocer esta prerrogativa como dote necesaria de la divina maternidad; lo que es una doctrina infalible del Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia. La opinión pertinaz contraria es impía, blasfema, más que temeraria y herética.
Esto mismo testifica también, por aquella misma época, el gran comentario de Ricardo de San Víctor sobre estas palabras del salmista: “Ved y ved las obras del Señor y los prodigios que ha hecho en la tierra aniquilando la guerra hasta las extremidades del mundo” (Sal. 45, 10) ¿ Cuál es, pregunta, esta tierra donde todas las guerras han sido por entero desterradas, si no aquella de la que el mismo profeta cantó: “la verdad se levantó de la tierra, y la justicia miró desde los cielos” (Sal. 4,12).
» En esta tierra, ningún combate; antes, la plenitud de la paz» ( Ricardo de San Victor, de Emmann. L2c29PL 196663)
«Para los otros Santos es cosa grande el no poder ser vencidos de los vicios; la maravilla que se ve en la gloriosa Virgen es no poder ser ni atacada. A los otros Santos les está mandado que no dejen que el pecado domine en su cuerpo mortal; a la Virgen sola le fue concedido concedido singularmente que el pecado no habitase en su carne”. “ No reine ya el pecado en vuestro cuerpo mortal”, escribe el Apóstol a los romanos( Rom. 6,12). Veis que el Apóstol ordena que el pecado no reine; pero ¿ ordena también que el pecado no habite en la carne? Oid lo que dice después: “ Si yo obro el mal que yo no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí” (Rom. 16,7,20).La exterminación total del pecado que sólo se obró en la Santísima Virgen la esperan los otros Santos para lo venidero, no ciertamente en este cuerpo mortal, sino en el mismo cuerpo revestido de inmortalidad. Lo sobrenaturalmente admirable de la Virgen Santísima, el don singular con que fue Ella, y ningún otro enriquecida, es que en Ella se den jutas tanto la corruptibilidad como la incorruptibilidad: corruptibilidad en las cosas que tocan al dolor y al trabajo, incorruptubilidad en las cosas que tocan al pecado.” (Ricard. A S. S. Víct. Ibd. C. col. 664).
Sabido es cuán vigilante cuidado procuró el canciller Gerson no decir cosa exagerada acerca de las prerrogativas de la santísima Virge. Pues véase cómo habla de esta prerrogativa de que vamos tratando (ausencia de concupiscencia): “ La conversación de nuestra Bieaventurada era ya en los cielos; ya poseía como en esbozo de las cualidades del cuerpo glorioso, gracias a la perfección de sus virtudes y al dominio que su espíritu ejercía sobre el alma y sobre las facultades orgánicas… En particular, su cuerpo no tenía la posibilidad por la que el nuestro cede a los primeros movimiento.. El espíritu iba delante de todas las impresiones interiores que no se sustraen absolutamente al gobierno de la razón, para así regularlas. Fue madre sin haber experimentado ninguno de los padecimientos comunes a todas las otras madres; nunca, jamás conoció por experiencia propia la tiranía de la concupiscencia; libre de toda rebeldía en su carne virginal , apaciguaba con su mirada y con su voz las turbaciones de los sentidos de aquellos que la veían y oían” ( Gerson. Trat. 4 super Magnificat t.4. (Edit. Ant.; pag. 285).
Este privilegio de la integridad perfecta, que niegan ciertas revelaciones privadas al describir a la Madre de Dios luchando contra las tentaciones, no fue un hecho aislado en la vida de la santísima Virgen. Va unido, indiscutiblemente, con las otras prerrogativas: con la Concepción Inmaculada como un efecto en su causa; con la impecancia absoluta como una causa en su efecto; y mediante la Concepción Inmaculada y la impecancia absoluta, con la maternidad divina.
Decimos, en primer lugar, que va unido con la Concepción Inmaculada como un efecto en su causa ¿De dónde si no, provienen la concupiscencia y, en general, la insumisión de nuestras facultades inferiores, imaginación, apetito sensible, respecto de la razón? La respuesta es bien conocida: del pecado de origen. La concupiscencia entra en nosotros como parte de la herencia que nos corresponde por el pecado. Es llana, pues, la consecuencia: Como la Santísima Virgen fue absolutamente preservada del pecado original, por el caso mismo debió ser plenamente exenta de la concupiscencia y de sus anejos: las tentaciones internas provenientes de la sensibilidad, entre otras.
En vano se argüiría, para eludir la conclusión, que el bautismo nos libra del pecado de origen y, sin embargo, nos deja la concupiscencia como campo de combate y de victoria; de donde parece que podría inferirse que la exención del pecado no implica la exención de la concupiscencia.
Cierto que la concupiscencia permanece en los bautizados; pero esto no destruye la conclusión que hemos deducido respecto de la Santísima Virgen. He aquí la razón convincente: El Bautismo no es para nosotros un obstáculo que impida la invasión del pecado. No reserva, sólo borra. Por tanto, la concupiscencia entra con el pecado; pero no es necesario que salga en el instante mismo en que Dios nos libra del pecado, pues es separable de él. Muy distinto era el caso de María. El privilegio de preservación que cerró la entrada de su alma al pecado la cerró también a la concupiscencia, porque ésta viene en pos del pecado, como efecto que es de la privación de la gracia original, de la misma manera que la integridad hubiera acompañado en el hombre inocente a la gracia original y con ella hubiese sido transmitida. Con esto se entenderá bien todo el alcance de la Bula Ineffabilis, en el que el dogma de la Concepción Inmaculado fue proclamado por Pío IX. Dícese en dicho documento que María fue redimida de una manera más sublime, no solamente porque la virtud de la Sangre de Jesucristo la preservó del pecado que, en virtud de su origen hubiera debido contraer, como los demás hijos de Adán, sino también porque fue exenta totalmente de nuestra nativa propensión al mal, triste fruto del pecado, del que fue preservada.
Que este privilegio de la inmunidad vaya íntimamente unido con el de la impecabilidad de María como causa con su efecto, parecerá cosa indudable a quien haya meditado la doctrina. En efecto, aunque los movimientos de la concupiscencia, no son de suyo culpables, causan en quien los padece una necesidad moral de caer alguna veces en faltas veniales (es doctrina infalible proclamada); faltas, son plenamente deliberadas, por lo menos semideliberadas ¿Por qué? Pues porque como el apetito inferior, por su naturaleza, tiende hacia los bienes sensibles que los sentidos y la imaginación le proponen, sin pasar por la censura de la razón, forzoso es que nazcan en el alma movimientos más o menos desordenados. Por otra parte, aunque la voluntad tienda haca Dios, no puede ejercer una vigilancia sobre sí misma, un esfuerzo de atención tan constante que nunca se deje conmover ni sorprender, hasta el punto de dar algún consentimiento, por lo menos imperfecto.
Cierto que siempre es posible evitar cada una de estas faltas aisladamente, pues si así no fuera no serían faltas morales. La imposibilidad recae sobre el conjunto y la continuidad. Y así podemos, por ejemplo, si nos hacemos violencia, evitar muchas distracciones, pero no tener ninguna es cosa que excede a nuestras fuerzas ¿ Quién no ve la diferencia que hay entre el esfuerzo de algún instante y el esfuerzo perseverante que ha de durar toda la vida? (S. Thomas; de Veritat q.24 a.12 ). Por consiguiente, si quiso Dios conservar a su Madre pura, limpia de toda mancha y de toda imperfección, debió preservarla de las seducciones y de los asaltos de la concupiscencia. En Ella, pues, por singular privilegio de la divina misericordia, no se dio ni el consentir, obvio, ni el consentir la concupiscencia.
Hemos, dicho, por último, que este privilegio se relaciona, por medio de la Concepción Inmaculada y por medio de la impecancia, con la maternidad divina. Y es cosa evidente, porque María fue preservada del pecado original precisamente porque Dios la destinaba para la dignidad de Madre Suya.
En lo que va dicho, todos los maestros de Teología están de acuerdo, son unánimes, y sólo se separan algunos heréticos que ponen a la Madre de Dios con capacidad de ser tentada. Y de acuerdo están también, cuando tratan de María, ya Madre de Dios; no sólo impedía la divina Providencia que la concupiscencia pasase de la potencia al acto, sino que, desde que maría fue Madre de Dios, ni aún la potencia de sentir los efectos de la concupiscencia existió en Ella; la nube bienhechora que le trajo al Verbo apagó para siempre el fuego del mal. El desacuerdo entre los doctores se refiere al tiempo que precedió a la Concepción del hijo de Dios.
Los miembros más antiguos de la Escolástica, es decir, en general, aquellos que todavía no se atrevían a confesar la Concepción Inmaculada de María, establecían una diferencia entre las dos épocas. En la primera santificación, el estímulo del pecado, el fomes peccati, quedó solamente amortiguado; en la segunda apagado; en otros términos: la primera santificación suprimió los actos de la concupiscencia (no hubo; pero en las segunda ni siquiera tenía capacidad); la segunda suprimió de raíz la concupiscencia misma. Mientras María no fue Madre de Dios pudo experimentar los atractivos y las tendencias contrarias a la regla de la recta razón, aunque de hecho la protección divina, cerniéndose siempre sobre Ella, siempre la preservase de tales tendencias y atracciones. Más, una vez que concibió al verbo Encarnado, la imaginación, el apetito sensible, todas las fuerzas inferiores del ser fueron totalmente restablecidas en el orden primordial por el don de la integridad. “Y esto es- dice el Doctor Angélico- lo que está indicado en el texto de Ezequiel: He aquí que la gloria del Dios de Israel entraba por la puerta oriental, es decir, por la Bienaventurada Virgen; y la tierra, es decir, la carne virginal de maría, resplandecía con su majestad, es decir, con la majestad de Cristo” (S. Thom. 3p. q.27 a.3. in corp.).Así opinan con el Ángel de las Escuelas y san Buenaventura, la mayor parte de los antiguos doctores: San Alberto Magno, Ricardo San Víctor, Pedro de Tarantasia, San Benardino de Sena, y muchos otros.
Según fue preponderando en las escuelas la doctrina de la Concepción sin mancha de maría, fue cesando también la distinción que hacían estos doctores entre los dos estados de ausencia de concupiscencia ( ausencia en acto y luego ausencia en potencia y acto). En la primera santificación de la Virgen maría, la concupiscencia quedó no sólo adormecida, sino totalmente apagada por una gracia verdaderamente maravillosa. . No era sólo un enemigo tan bien encadenado que no podía hacer daño, sino un enemigo reducido a la impotencia y a la muerte. Tal es, en particular, el sentir de Suárez, que si no nos engañamos ha venido a ser común entre todos lo teólogos.
Por nuestra parte, no vemos cómo, una vez establecido el dogma de la Concepción Inmaculada de la santísima Virgen María, pueda ponerse en tela de juicio esta doctrina por modernistas y/o videntes que con apariencia conservadoras se guían por el sentimiento, como la ideología modernista, si bien con empaques distintos. Porque si María no contrajo el pecado común de nuestra naturaleza y si, por consiguiente, no fue privada,, como nosotros, de la justicia original ¿ Por qué no había de recibir desde el principio lo que es natural cortejo de la justicia original, es decir, el don de la integridad que en el primer hombre establecía la más concertada subordinación del hombre exterior al hombre interior, de la carne al espíritu? Por otra parte, si Dios, queriendo preparase una Madre hermoseada con inmaculada pureza, preservó a María de todos esos movimientos desordenados que son nuestras tentaciones y nuestra prueba- aunque no sean pecado sin consentimiento- ¿No podía la suave conducta de su providencia hacer que fuese suprimida la causa misma de aquellos movimientos? Así vemos cómo Dios infunde a sus hijos de adopción las virtudes sobrenaturales, principios inmanentes y permanentes de los actos que responden al nuevo ser, aunque estos mismos actos pudieran muy bien producirse mediante auxilios de gracia extrínsecos y transitorios.
Cosa singular: los antiguos doctores, que generalmente ponían al privilegio de María restricciones que los posteriores no admiten, parece que le reconocen una integridad más perfecta desde el momento en que fue Madre de Dios. En efecto, si preguntamos a Suárez y a otros teólogos que siguen su opinión cómo se ha de entender la extinción de la concupiscencia, responden alegando estas dos causas: primera, la gracia sobreabundante y las virtudes heróicas que desde el principio fueron infundidas en el alma de María; segunda la protección especialísima y constante de Dios, con la que estaba como circuncidada y envuelta. Ahora bien, esto es lo mismo que Santo Tomás y san Buenaventura llamaban concupiscencia adormecida.
Según estos doctores, un vez extinguida la concupiscencia, ya no serían necesarios los socorros exteriores ni la gracia excitante o preveniente para impedir que produzca sus frutos. Las facultades sensibles estarían totalmente sometidos al imperio de la razón; tan sometidas que no podrían obrar sin su dirección y consentimiento.
Esta es, repetimos, la doctrina del ángel de las Escuelas; éste también el sentir del Doctor Seráfico. “En la primera santificación de la Virgen- escribió éste-, el fomes del pecado quedó como adormecido; en la segunda extinguido y destruido. Este fomes tiene su principio en la carne sube al alma. Ahora bien, en su primera santificación, la Bienaventurada Virgen recibió una perfección de gracia bastante para que refluyese sobre los sentidos y contuviese el estímulo del pecado hasta el punto de paralizar todos sus efectos (ergo, no hubo concupiscencia), Pero en la segunda santificación, cuando el Espíritu Santo descendió, no sólo sobre el alma, sino también sobre la carne de María para obrar en ella y formar de ella el cuerpo inmaculado de Cristo, hizo a esta carne inmaculada, porque extirpó de ella el aguijón del mal, toda concupiscencia (S. Bonv. In 3 seni. D.8 p.1 1q.2 incorp. Et ad 4). Por tanto, la extinción de la concupiscencia supone, además de la sobreabundancia de gracia, uan adaptación singular de las facultades inferiores al gobierno del espíritu; adaptación que no procede de la naturaleza, sino de un principio interior puramente gratuito, ex abundantia gratiae, como dicen los antiguos doctores.
No ahondaremos más en la explicación de la subordinación de la carne al espíritu tan absoluta y tan sorprendente. Bástenos saber que será privilegio de los gloriosos habitantes del Cielo, después de la resurrección de la carne, pues no creemos que entonces, para que el alma sea señora totalmente de sus potencias sensibles, necesite ninguna asistencia exterior. Y ¿ Cómo, siendo posible en el cielo esta subordinación total, había de ser imposible en la tierra, en la madre de Dios?
Por consiguiente, para concluir, si queremos abrazar la sentencia más verosímil, es preciso tomar los elementos de ella de cada una de las opniones que dejamos expuestas. Con Suárez y sus seguidores, diremos que la concupiscencia estuvo apagada en María desde el primer instante de la existencia mortal y con santo Tomás y los antiguos doctores, añadiremos que la extinción de la concupiscencia no dejo subsistir los principios de la misma, y que, por tanto, los dones interiores bastan para explicar el don de la integridad, sin que sea menester acudir a la asistencia de socorros exteriores.
Para los Santos es cosa ardua llegar, a fuerza de luchas y de victorias, a reprimir las rebeldías de la sensualidad. Para María no hubo sino victoria, nunca lucha, porque la rebeldía era imposible. Como su divino Hijo, pudo ser tentada con “tentación” sólo externa, pero con tentación interna jamás (al igual que alguien que carece de olfato desde su nacimiento puede ser “tentado” externamente y en vano con el mejor de los perfumes, sin que tenga que luchar nada para despreciarlo) porque dentro de Ella no había lugar para el cómplice del tentador.
Podríamos, pues, ahora aclara algunas objeciones a lo que la Iglesia e su Magisterio Ordinario Universal ha creído siempre ¿Pero, será necesario hacerlo cuando esta doctrina es infaible?
Terminemos con alguna precisión sobre el preciosismo y delicado vaso que es el alma inmaculada de la Madre de Dios. por si alguno aún estuviere confuso.
La Inmaculada Concepción es la aurora de María .
Solemos aplicarle a la Virgen María las palabras del Cantar de los Cantares (Cant. 10): Quae est ista quae progreditur quasi aurora consurgens La belleza de María en su concepción es cuádruple.
Belleza de la Santidad de María en su concepción, a la luz de San Benardino de Siena
- a) Dios comunica normalmente la santidad a los hombres por medio del bautismo. Otro grado superior, de comunicación consiste en que el Espíritu Santo santifique directamente a un alma, elevándola a un grado de santidad superior al concedido por los sacramentos y confirmándola en gracia. En este grado superior, que es la forma de comunicar la gracia a la virginal y dulcísima Madre de Dios, podemos distinguir dos operaciones distintas:
- Por la una conoce y santifica al privilegiado: Antes de que te formara en las maternas entrañas te conocí; antes que tú salieses del seno materno te consagré (Ier 1,5). Aun cuando parece referirse a la consagración como profeta, los autores antiguos lo tomaron en el mismo sentido que todos los santos, hasta el concilio vaticano segundo, y es el capitulo antes del Himno que la oración de Iglesia ha cantado en Laudes de Sancta María en Sábado, desde tiempos remotísimos, aplicados siempre a la Santísima y dulcísima Virgen María. De todos modos la doctrina es la misma.
- Por la otra operación, no sólo se santifica, sino que se llena del Espíritu Santo, como aconteció a Juan el Bautista, y a los Apóstoles el día de Pentecostés, cuando quedaron confirmados en gracia y defendidos contra toda culpa grave, ya que no contra las veniales e imperfecciones.
Por encima de esta gracia en dos operaciones, existe otra más perfecta, la de preservar el alma de María, para que no conozca siquiera la sombra de inclinación al pecado.
Pues, en efecto, convenía que así fuera en atención a la dignidad necesaria, en la que había de compartir con el Padre el derecho de llamar Hijo a Cristo, a la que Éste había de llamar Madre y a aquella en la que el Espíritu Santo había de obrar el misterio de la Encarnación. Veamos ahora la belleza del Alma de María para comprender mejor, no solo la virginidad carnal, sino también la de los sentidos, los cuales estaban sellados, consagrados por la abundancia de la gracia.
Belleza del alma de María debida a las luces que la inundaron
a) María desde su primer momento fue iluminada por Dios, de modo que el mismo instante penetró el misterio de las cosas y lo que era digno de amor y odio. Las luces de su alma fueron superiores a las de cualquier santo. Desde el primer momento gozó del libre albedrío y cooperó con él a la santidad. Sí así lo han creído los Santos Padres de San Juan, mucho más ha de creerse de María.
Belleza del alma de María por la caridad que la adornaba.
Correspondiente al conocimiento que tenía de Dios, así fue su amor. Allí sí que se verificó lo de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo su espíritu.
Esta caridad la hizo desear y pedir la redención y encarnación del Verbo. Ella sola ejerció más solicitud que todos los patriarcas y profetas. Sin embargo, nunca supuso qué pudiera ser ella la Madre, porque a ninguna otra criatura se le dio, como a Ella, el conocer la nada de todo cuanto no sea Dios.
- E) Belleza del alma de María por la sumisión de la carneLos justos dominan la concupiscencia en proporción a su unión con Dios. En los casos de mayor unión, como el éxtasis, es imposible que la sientan. María alcanzó la más plena unión, por lo que no tuvo concupiscencia, por lo que no podía sentirla. Así como Cristo no tuvo el ‘fomes peccati’ por ser Dios, María no lo tuvo porque fue aherrojado por la gracia sobreabundante en atención a los méritos de Cristo.
Por ende, careció incluso de aquellos pecados veniales que se introducen furtivamente por algún movimiento desordenado, ni tuvo vacilación o lucha (concupiscencia) para vencerlos porque fue preservada de pecado, hecha impecable moralmente, según hemos explicado al principio.
Teología del Dogma Católico, J. de Abarzuza, O.F.M., págs. 737-38 ( con Imprimatur, Nihil Obstat y elogiada, entre otros, por Mons Laise, obispo de San Luis que impidió que en su diócesis de diera la comunión en la mano).
Sería interminable traer a colación todas las citas de los textos de Teología Dogmática en los que bebieron y aprendieron todos los sacerdotes, obispos y papas hasta el Concilio Vaticano II. Sea suficiente para abreviar la cita de uno de los más estrictamente católicos en el que estudiaron miles de seminaristas. Sirva como botón de muestra, pues, lo que sigue de J. de Abarzuza:
«Como todo católico debe saber, no sólo es herejía decir que María tuvo tentaciones de la carne o de impureza, sino que además es impío y blasfemo. Niega la integridad (la virginidad no sólo se refiere a la carne) de la virginidad de María, la Madre de Dios; en este caso niega la virginitas sensus, es decir, la inmunidad de todo movimiento desordenado del apetito sensual. La Virgen María careció del fomes peccati, es decir, por su Inmaculada Concepción ordenada a la Maternidad divina, no tenía inclinación al pecado, la cual es consecuencia del pecado original que los demás heredamos y sigue persistiendo aún después del bautismo; excepto Cristo por ser Hijo de Dios y como hemos dicho, Aquélla que estaba ordenada desde toda la eternidad a concebir virginalmente al Verbo de Dios en su seno, todos los demás hombre padecemos el fomes peccati». el tremendo error de negar en la Inmaculada una Virginitas in sensu, es decir, la inmunidad de todo movimiento desordenado del apetito sensual es una herejía en contra de lo manifestado por el Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia, que es infalible según dogma declarado en la Pastor Aeternus del Concilio Vaticano Primero.»
Dogma de la Inmaculada: declaración dogmática de Pío IX
…..Para honor de la santa e individua Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra propia, declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por gracia y privilegio singular de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original, ha sido revelada por Dios y, por tanto, debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles.
Por lo cual, si algunos ‑lo que Dios no permita‑ presumieren sentir en su corazón de modo distinto a como por Nos ha sido definido, sepan y tengan por cierto que están condenados por su propio juicio, que han naufragado en la fe y que se han separado de la unidad de la Iglesia’ (D 1641).
En fin, pregúntese el lector, si es que a estas alturas sigue confundido ¿Eva, que nos perdió, fue creada en gracia y justicia original, y María, que cooperó a nuestra salvación, fue concebida con concupiscencia, es decir, sin la gracia y justicia original? Imposible. La Santísima Virgen María fue, por especial privilegio de Dios, enteramente inmune durante toda su vida de todo pecado actual, incluso levísimo. (De fe implícitamente definida, quien lo niega peca gravemente)
La Santísima Virgen María fue enteramente libre del ‘fomes peccati‘, o sea de la inclinación al pecado o concupiscencia, desde el primer instante de su concepción inmaculada (proposición teológicamente cierta; que quiere decir que, quien la niega peca mortalmente y si muere sin arrepentimiento se condena eternamente.)
La razón teológica no puede ser más clara y sencilla. El fomes peccati o inclinación al pecado es una consecuencia del pecado original, que inficionó a todo el género humano (cf D 592), excepto a la Virgen Santísima ( Concilio de Trento D 833 y Dogma de la Inmaculada en 1854). Pero como la Virgen María fue enteramente preservada del pecado original, síguese que estuvo enteramente exenta del fomes, que es su consecuencia natural.
Y no se diga que también el dolor y la muerte son consecuencias del pecado original, y, sin embargo, María sufrió dolores inmensos y pasó por la muerte corporal como su divino Hijo. Porque el caso del dolor y de la muerte es muy distinto del fomes o inclinación al pecado; pero no siendo objeto de estas letras señalar la razón de por la cual se conservó la muerte y no el fomes peccatti, seguiremos adelante con la explicación.
- La Santísima Virgen María no sólo no pecó jamás de hecho, sino que fue confirmada en gracia desde el primer instante de su inmaculada concepción y era, por consiguiente, impecable; es decir, incapaz de pecar, no por su propia naturaleza, sino por el sostenimiento permanente que Dios mediante su gracia le ofreció durante toda su vida mortal y que hemos llamado impecabilidad moral (Completamente cierta en teología, por lo que peca mortalmente quien la niega).
III. La Santísima Virgen María en el primer instante de su concepción inmaculada fue enriquecida con una plenitud inmensa de gracia, superior a la de todos los ángeles y bienaventurados juntos; luego si los ángeles y santos en el cielo gozan de la impecabilidad física, la Madre de Dios en cuanto viadora debía gozar de una impecabilidad moral, hasta obtener la física con su muerte y asunción a los cielos (Completamente cierta en teología; ya hemos dicho las consecuencias de negarlo)
La Encíclica «Fulgens corona», publicada por el Papa Pío XII en 1953 para conmemorar el centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así: «Si en un momento determinado la Santísima Virgen María hubiera quedado privada de la gracia divina, por haber sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al menos durante ese periodo de tiempo, por más breve que fuera- la enemistad eterna de la que se habla desde la tradición primitiva hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción, sino más bien cierta servidumbre». Deduzca el lector las consecuencias de este estupendo párrafo de aquel verdadero papa.
ANEXO:
SOBRE LAS CENSURAS QUE RACAEN A LOS QUE LEEN, RECOMIENDAN, VENDEN Y DIVULGAN LIBROS PROHIBIDOS POR EL SANTO OFICIO, AUN DESPUÉS DE SUPRIMIDO EL “ÍNDICE”
Puesto que esta recopilación ha sido motivada por la pertinaz obcecación de algunos en seguir leyendo y difundiendo las ediciones de las obras de Valtorta condenadas por el Santo Oficio, y que achaca el fomes peccati impíamente a Jesucristo, vida nuestra y a Su gloriosa y dulcísima Madre, se hace necesario un comentario sobre las censuras eclesiásticas que recaen sobre tales personas, conforme al Código de Derecho Canónico y la responsabilidad y gravedad moral y graduaciñón del pecado, incluso habiendo desaparecido el Indice en 1966; y decir algo, también, sobre la posterior (1993) obtención insólita de un imprimatur para una obra de valtorta en internet, que es evidentemente inválida, concedida por un obispo favorable a la comunión de los divorciados vueltos a casar.
Los libros de Valtorta fueron puestos con toda seguridad en el Indice de libros prohibidos, publicado el 6 de enero de 1960 en L’Osservatore Romano. Es decir, antes del Concilio. Tampoco fueron aprobados en la época del buen papa Pío XII. He aquí la copia de la censura del Santo Oficio a las dos obras del Valtorta “ El Poema de Jesús” y el “Poema del Hombre-Dios”, hecha el 16 de diciembre de 1959, siendo Prefecto el Cardenal Octtaviani.
Veamos las censuras del C.I.C. de 1917 (estaba afectado por este derecho dicha obra)
Código de Derecho Canónico 439. 4. Alcance de la prohibición. He aquí lo que establece el Código de Derecho Canónico:
«La prohibición de los libros implica que, sin la debida licencia, no se les puede editar, ni leer, ni conservar, ni vender, ni traducir a otra lengua, ni en forma alguna comunicar a otros.
Un libro de cualquier manera prohibido no se le puede volver a publicar, a menos que, hechas las correcciones, otorgue la licencia el que lo había prohibido o su superior o sucesor» (cn.1398).
Código de Derecho Canónico 440. 5. Gravedad. La prohibición obliga, de suyo, gravemente. Admite, sin embargo, parvedad de materia. Y así :
- Es pecado grave retener en su poder más de un mes un libro prohibido por la Iglesia, o leer en él lo que ha motivado su prohibición (aunque sea muy breve) o unas cuantas páginas de lo demás.
- Sería leve la lectura de unas cuantas líneas, los títulos de los capítulos, etc.
- 6. Penas eclesiásticas. La Iglesia castiga con la pena de excomunión a los que editan, defienden, leen o retienen libros prohibidos.He aquí las palabras mismas del Código:
«Incurren ipso facto ( es decir, sin necesidad de declaración de la autoridad) en excomunión reservada de un modo especial a la Sede Apostólica, una vez que la obra es del dominio público, los editores de libros de apóstatas, herejes o cismáticos, en los que se defiende la apostasía, la herejía o el cisma, y asimismo los que defienden dichos libros u otros prohibidos nominalmente por letras apostólicas o los que a sabiendas y sin la licencia necesaria los leen o los retienen en su poder.
Los autores y los editores que, sin la debida licencia, hacen imprimir libros de las Sagradas Escrituras o sus anotaciones o comentarios, incurren ipso facto en excomunión no reservada» (cn.2318).
Y para los que, queriendo hacer mofa de la Santa madre Iglesia, dicen que el Índice fue abolido en 1966 y que, por lo tanto, ya no impera lo dispuestos en el Código de Derecho Canónico de 1917 respecto a las penas, les recordamos lo siguiente:
Cuando fue abolido el Índice en el año 1966, muchos pensaron que las obras listadas ya se podían leer. Con respecto al “Poema del Hombre Dios”, el Cardenal Ratzinger señaló lo siguiente en famosa carta,
“Después de la disolución del Indice, cuando algunas personas pensaron que ya se podía publicar y distribuir la obra, ‘L’Osservatore Romano’ (15 de junio, 1966) se les recordó nuevamente a la gente, tal como fue publicado en el ‘Acta Apostolicae Sedis’ (1966), que el Indice retiene su fuerza moral a pesar de su disolución. Una decisión en contra de distribuir y recomendar una obra, que no fue condenada ligeramente, puede ser reversado solamente después de cambios profundos que neutralicen el daño que tal publicación pueda causar a los fieles.”
Es decir, a pesar de la desaparición del índice, la gravedad del pecado sigue existiendo, para quien edita, vende, divulga, lee…
Todavía el 17 de abril de 1993, el Cardenal Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación de la Fe, según consta en el Prot. N. 144/58i dice que no debe ser considerada de origen sobrenatural: “Las “visiones” y “dictados” referidos en el trabajo, El Poema del Hombre-Dios, son simplemente la forma literaria utilizada por el autor para narrar en su propia forma la vida de Jesús. No pueden ser consideradas de origen sobrenatural”. Con lo cual, La Congregación de la Doctrina de la Fe se ha pronunciado expresamente- caso no muy frecuente- diciendo que no es una revelación privada auténtica.
Según testimonio de la gran cadena católica EWTN, “en el año 1993, el Obispo Boland de Birmingham, Alabama escribió a la Congregación para la Doctrina de la Fe acerca del “Poema” de parte de una persona que tenía una inquietud. El Cardenal Ratzinger respondió por medio de una carta y el Obispo luego citó al Cardenal en su respuesta a la persona, quien lo compartió con nosotros. La respuesta notó que, a causa del interés continuo en los libros, la Congregación de la Doctrina de la Fe solicitó a la Conferencia de Obispos de Italia que pidieran al editor (quien, como ya notamos nunca ha respetado las decisiones de Roma) que incluyeran una renuncia en los volúmenes que “claramente afirmara en la primera página que las dichas ‘visiones’ y los dichos ‘dictados’ a que se refieren son simplemente las formas literarias usadas por la autora para narrar de su forma la vida de Jesús. Su origen no se puede considerar sobrenatural.” Si esto se ha hecho o no, yo no sé, porque no me dedico a leer ni a difundir las obras que ha prohibido la santa Madre Iglesia.
Luego vino el imprimatur de la jerarquía ecuménica a favor de la unidad de todas las religiones porque es más lo que nos une que lo que nos separan, según dicen estos traidores:
El 17/3/1993 Mons. Sooser Pakiam, de Malayalam, India, concedió un imprimatur; en febrero de 2012 dio el Nihil Obstat y el Imprimatur nada menos que a una web – sí; si; leen ustedes bien, a una web- dedicada a publicarlo la cual pueden modificar los administradores a su gusto, como todo el que tenga un simple blog gratuito sabe)
¡Ya le manda hacer tal ridículo! Esto indica la seriedad de estos necios, cuyos imprimátur ya no sirven de nada; ya no son criterios de la fe o costumbres católicas. Mañana darán su imprimatur a un mensaje de texto mandado por móvil ¿De qué sirve el imprimatur de un obispo que esté de acuerdo con el putimonio, la comunión de los divorciados vueltos a casar, y que dice que el budismo, por ejemplo, es un camino de salvación? ¿Qué fe católica puede poseer ese obispo? Ninguna. Pues, en fin, el imprimatur sirve para confirmar o que es un recurso literario usado por la autora como dijo Ratzinger, o un fruto de su mente obsesionada, que son la mayoría, o de origen preternatural, ya que el diablo anda siempre buscando a quien devorar.
Estos obispos han demostrado que no confirman en la fe católica; luego no se les puede hacer caso. Son capaces de dar el imprimatur al Manifiesto comunista de Engels y Marx y hasta de alabarlo, ahora que está el ‘amigo de los pobres’ en santa Marta con el Defensor de la Fe, Müller, amigo de los teólogos de la Liberación.
Amable lector, si usted ha sido atrapado en una novela de Valtorta o cualquier otra “revelación” no aprobada por la Iglesia sobre la vida de Jesús o de la Santísima Virgen, coja la Palabra de Dios, las Sagradas Escrituras, ore y medite con ellas y salga del camino que recorrieron en el pasado todos los sectarios condenados por la Iglesia: cátaros (puros) Albigenses, patarinos, libeláticos, donatistas, priscilianistas, origenistas, maniqueos, adopcionistas, eleazaristas, vadenses, begardos, …jansenistas, y mil grupos y sectas más que decían amar a la Santisima Madre de Dios, cuando, en realidad, hablaban impiedad de la Inmaculada; todos, como dice el sentido común del verdadero y sencillo fiel católico, se manifestaban a los demás como más puros que los mismos ángeles pero más soberbios que demonios. Porque se escucharon a sí mismos o a ciegos que se erigieron en guías de ciegos, en lugar de al Magisterio Infalible de la Santa Iglesia, se perdieron eternamente los que no se arrepintieron.
“Os exhorto, hermanos, que observéis a los que están causando las disensiones y los escándalos, contrarios a la enseñanza que habéis aprendido, y que os apartéis de ellos; porque los tales no sirven a nuestro Señor Cristo, sino al propio vientre, y con palabras melosas y bendiciones embaucan los corazones de los sencillos”. Rom. XVI, 17-18
Virgen María, vencedora de todas las herejías, ruega por nosotros
Sofronio
ACUSACIÓN INFUNDADA
Cosmología tomista 9/18. El espacio
Artículo
El espacio.
La importancia que la filosofía ha concedido siempre al problema que se refiere a la naturaleza del espacio, nos obliga a ocuparnos, siquiera sea con brevedad, de su solución. Que este problema es uno de los más oscuros y difíciles de la ciencia se descubre y reconoce por la variedad de soluciones que viene recibiendo desde el origen de la filosofía.
Sabido es que Epicuro consideraba el espacio vacío como uno de los elementos del mundo. Entre los Escolásticos, Lessio opinaba que «la inmensidad divina es el intervalo primitivo e íntimo, o el espacio origen del todo intervalo, y espacio de todos los espacios», opinión que adoptaron en todo, o en parte, Clarke, Fenelon, Newton, con algunos otros filósofos, para los cuales el espacio es el mismo Dios o alguno de sus atributos, y por lo mismo infinito. Newton añadía que Dios ve o conoce las cosas que en el espacio infinito como en su sensorio. Descartes identifica el espacio con la extensión de los cuerpos, y consiguientemente con la esencia de éstos, la [217] cual, según él, consiste en la extensión. Algunos afirmaron que el espacio es una verdadera sustancia, distinta y separada de los cuerpos que en él se colocan. Gassendi decía que el espacio no es ni sustancia, ni accidente, sino un ser incorpóreo distinto de los espíritus y de los accidentes espirituales. Para Leibnitz, el espacio es una relación entre las cosas, tanto existentes, como posibles. Sabido es, finalmente, que para Kant el espacio es una forma subjetiva preexistente o puesta en el sujeto a priori, y como tal, condición previa de las representaciones sensibles.
Nuestra opinión sobre esta materia se halla contenida en los siguientes puntos:
1º Tenemos por completamente falsa y absurda la afirmación que confunde e identifica el espacio con la inmensidad de Dios: 1º Porque es espacio, cualquiera que sea su naturaleza íntima y la realidad objetiva que le corresponda, envuelve en su concepto dimensiones o cantidad mensurable, puesto que todo el mundo concibe el espacio contenido entre las paredes de una habitación como algo extenso, y como tal, o por lo mismo, mensurable y capaz de ser comparado con otros espacios, mayores y menores, todo lo cual envuelve el concepto de extensión o cantidad continua, y como tal, compuesta de partes: luego es absurdo el decir que el espacio real, que contiene los cuerpos reales, es la inmensidad de Dios o cualquier atributo divino.
En segundo lugar, la inmensidad es el atributo de Dios por razón del cual le conviene la presencia íntima en todas las cosas, ya sea que existan actualmente, ya sean meramente posibles, en lo cual se distingue la inmensidad de la ubicuidad, por razón de la cual Dios está presente y existe en todas las cosas existentes, pero no en las posibles, no de otra manera que el concepto de la omnipotencia en Dios, no se identifica con el de la creación. Así como si Dios no hubiera creado el mundo, no le correspondería el nombre de Creador,y sin embargo, le correspondería el nombre de [218] Omnipotente, es decir, poderoso y capaz para crear todas las cosas posibles, así también si no existiera el mundo ni criatura alguna, no podría decirse de Dios que estaba ubique, en todas partes, porque la presencia actual se refiere a alguna realidad y no a la nada; y sin embargo, se diría con propiedad inmenso, en razón a que contiene la facultad o virtud de llenar con su presencia todas las cosas desde el momento que existan (1). Es así que si no existiera el mundo tampoco habría espacio real, a no ser que digamos que la nada puede identificarse con un ente real; y sin embargo, no por eso dejaría de existir la inmensidad como atributo de Dios: luego el espacio y la inmensidad son cosas, no solamente distintas, sino separables e independientes.
{(1) El siguiente pasaje de santo Tomás contiene la razón suficiente y filosófica de la diferencia que existe entre la inmensidad y la ubicuidad. «Cum dicitur: Deus est ubique, importatur quaedam relatio Dei ad creaturam fundata super aliquam operationem, per quam Deus in rebus dicitur esse. Omnis autem relatio quae fundatur super aliquam operationem in creaturas procedentem, non dicitur de Deo nisi ex tempore, sicut Dominus, et Creator, et hujusmodi; quia hujusmodi relationes, actuales sunt, et exigunt actu esse utrumque extremorum.» Sentent., lib. 1º, dist. 37, cuest. 2ª, art. III.
De aquí se infiere que es inexacta la doctrina de Balmes cuando escribe: «La inmensidad es aquel atributo por el cual Dios está en todas partes: este atributo es el que dice orden a la extensión.» Aquí hay dos afirmaciones inexactas: 1ª que la inmensidad es el atributo por el cual Dios está en todas partes, pues esto no pertenece a la inmensidad, sino a la ubiquidad, que es como la aplicación concreta, parcial y como el acto segundo de la inmensidad: 2ª que este atributo de la inmensidad se refiere sólo a la extensión, siendo así que lo mismo se refiere a las cosas extensas que a las inextensas o espirituales; pues el poder de llenarlo todo con su presencia no se limita a los cuerpos, sino que abraza todas las cosas finitas, materiales o espirituales, simples o compuestas, actuales o posibles.}
2º Fácil es colegir de lo dicho, que los espacios que concebimos, bien sea fuera del mundo actual, bien sea en el lugar ocupado por éste antes de ser producido por Dios, son nada en sí mismos, carecen de realidad objetiva, y son ilusiones de la imaginación, que tiene el poder o fuerza de agrandar [219] indefinidamente la magnitud del mundo, y que, por otro lado, nada puede representar sino bajo la forma de extensión.
Para convencerse además de esto, basta tener presente que semejante espacio tendría que ser una sustancia, a no ser que admitamos accidentes que existen sin sujeto. Esta sustancia, o es increada, o creada: si lo primero, tendremos el absurdo ya indicado de un Dios con dimensiones y capaz de ser medido; si lo segundo, se falta a la hipótesis, toda vez que el mundo es la universalidad de los seres creados, y con mucha más razón de los seres materiales o cuerpos, que son los que tienen relación con el espacio.
3º Luego es inadmisible igualmente la opinión de los que pretenden que el espacio es una sustancia, lo cual vale tanto como decir que es un cuerpo, toda vez que el espacio envuelve en su concepto dimensiones y extensión mensurable: luego a) esta sustancia, que serviría de espacio general para los cuerpos, según esta opinión, necesitaría a su vez otro espacio o lugar proporcionado a sus dimensiones: b) sería necesario que los demás cuerpos que se suponen colocados llenando el espacio, o sea esa sustancia especial, se penetraran con ésta, resultando de aquí dos extensiones, o dos cosas extensas penetradas naturalmente.
Todavía es menos admisible la opinión de Gassendi, que hace del espacio un ser incorpóreo dotado de dimensiones especiales no producidas; porque, además del inconveniente de admitir dimensiones en un ser incorpóreo, y como tal, inextenso, se pone en contradicción con la razón y con la ciencia cristiana, las cuales afirman a una voz que nada existe, ni puede existir fuera de Dios que no dependa de su poder, y por Dios haya sido producido.
4º Si el espacio, pues, incluye necesariamente alguna realidad, toda vez que está sujeto a distancias, dimensiones y mensurabilidad; si por otro lado, repugna que esta realidad sea algo perteneciente a Dios, ni una sustancia distinta de los cuerpos, únicos seres en los cuales tienen lugar propiamente las distancias, las dimensiones y la mensurabilidad, es preciso admitir que el espacio, como ser real, como [220] realidad objetiva independiente de nuestra razón, y con anterioridad a nuestra concepción, no es ni puede ser otra cosa más que la extensión real de los cuerpos.
5º Reasumiendo ahora la doctrina expuesta, y deduciendo sus consecuencias y aplicaciones podremos decir,
a) Que el espacio particular, por ejemplo, el espacio de esta sala, no es otra cosa que las dimensiones o extensión de los cuerpos en ella contenidos.
b) Que lo que llamamos espacio universal, considerado objetivamente y en lo que tiene de real, se identifica con las dimensiones de todos los cuerpos que componen el mundo material, a las cuales la abstracción del entendimiento comunica la unidad o universalidadque presenta el concepto del espacio universal. Si de este espacio universal removemos por medio de la razón todo límite, resulta el concepto de espacio infinito.
c) Que el espacio imaginario e indefinido, es decir, el espacio que la imaginación representa más allá de los términos reales del mundo, o anterior a la creación de éste, es el resultado de los esfuerzos de la imaginación para seguir los procedimientos de abstracción y generalización del entendimiento; y por consiguiente, una ilusión de la fantasía, sin ninguna realidad objetiva.
d) Que donde no hay cuerpo no hay espacio realmente, y que lo que llamamos distancia no es más que la interposición de un cuerpo con determinadas dimensiones.
e) De donde se infiere que desapareciendo el cuerpo interpuesto entre dos o más superficies, desaparecería necesariamente la distancia real entre las mismas, y por consiguiente, que no es posible la existencia de un espacio vacío, sea grande o pequeño, coacerbado o diseminado.
f) Luego considerado el espacio por parte de su concepto formal y propio, formaliter, es decir, con exclusión de la extensión real, y por parte de lo que se añade a ésta, carece de realidad objetiva, y es nada en sí mismo; pues lo que añade a la extensión real el espacio, no es más que un modo o grado de abstracción.

