Cosmología tomista 6/18. Extensión o cuantidad de los cuerpos
Artículo
La extensión o cuantidad de los cuerpos.
Observaciones previas.
1ª La experiencia nos enseña que nos vemos envueltos en dificultades y oscuridad, cuando intentamos explicar y definir la extensión. La causa de este fenómeno la encontraremos en la naturaleza misma de la noción de extensión, la cual, por lo mismo que es simple y primitiva, por lo mismo que es la base general de nuestras sensaciones y la condición necesaria de las representaciones sensibles, se percibe y siente con claridad, pero no se define ni explica fácilmente con palabras. Así es que nos vemos precisados a contentarnos con explicaciones y definiciones como las siguientes: extenso es «lo que tiene unas partes fuera de otras»: quod habet partes extra partes. La extensión es «la propiedad de los cuerpos, por medio de la cual éstos tienen unas partes fuera de otras»: es «el accidente por razón del cual la sustancia material queda distribuida en partes».
2ª Empero, sea lo que quiera de la exactitud más o menos científica de estas definiciones y otras análogas, es lo cierto que a la sustancia corpórea que posee la extensión, es decir, en cuanto afectada actualmente por ésta, le conviene: 1º la distinción y distribución en partes integrales, o sea la distinción situal y la posición ordenada de unas partes fuera de otras, en virtud de la cual la cabeza de Pedro, v. gr., es distinta del cuello, está fuera de este y sobre este: 2º la locación, es decir, la ocupación real, o al menos la aptitud y exigencia natural para llenar u ocupar un lugar determinado: 3º la divisibilidad o capacidad para ser dividida en partes de determinada extensión: 4º la impenetrabilidad, o la [203] facultad de excluir otros cuerpos del propio lugar: 5º la mensurabilidad, o la capacidad para ser medida.
3ª La extensión es una propiedad inseparable de todo cuerpo, según lo manifiesta la experiencia. De aquí debemos inferir lógicamente que en los principios esenciales y constitutivos de la sustancia material, hay alguno que contiene en sí la razón suficiente de la extensión, como propiedad que sigue y acompaña de una manera necesaria e inseparable la esencia del cuerpo. Este algo, razón suficiente y a priori de la existencia de la extensión en las sustancias materiales, es la materia prima, con la cual se halla en relación natural la extensión, accidente pasivo e inerte de su naturaleza, así como las cualidades o fuerzas activas se hallan en relación con la forma sustancial, primera actualidad, y energía fundamental de la sustancia corpórea.
4ª Los filósofos, tanto antiguos como modernos, no ha podido ponerse de acuerdo en orden al concepto esencial de la extensión, pretendiendo unos que la esencia de ésta consiste en la impenetrabilidad, otros en la divisibilidad, &c. Nuestra opinión se halla expresada en la siguiente
Tesis
La esencia de la extensión consiste en la distribución en partes, o sea en la distinción actual y posición de unas partes fuera de otras.
1º El constitutivo esencial de una cosa es aquello que, concebido con precisión de otros atributos, representa la cosa como esencia determinada, y que además es el fundamento lógico que contiene la razón suficiente de los demás atributos de la cosa: es así que concibiendo la sustancia material como distribuida en partes distintas y puestas unas fuera de otras, la concebimos como extensa; y al mismo tiempo concebimos ésta distribución en partes como la razón suficiente de los demás atributos que a la sustancia convienen por razón de la extensión: luego la distribución y posición de unas partes fuera de otras constituye el atributo primitivo y [204] esencial de la extensión. Afirmación y deducción que se confirman por la dependencia y posterioridad lógica de los demás atributos relacionados con la sustancia como extensa. Porque, en realidad, y hablando científicamente, si la sustancia A es divisible, es porque tiene partes puestas unas fuera de otras: si ocupa un lugar determinado, es porque consta de partes distribuidas y situadas unas fuera de otras; lo cual se aplica igualmente a los demás atributos.
2º Para los filósofos católicos existe otra prueba no menos eficaz y poderosa, tomada de lo que tiene lugar en el sacramento de la Eucaristía, en donde existe el cuerpo de Jesucristo con su propia cuantidad o extensión, y por consiguiente, con lo que es esencial a ésta, a no ser que digamos que una cosa existe sin su propia esencia. Ahora bien: de los varios atributos que hemos reconocido en la extensión, el cuerpo de Cristo sólo conserva la distribución y distinción real en partes, según que la cabeza es distinta de los brazos, éstos de los pies, &c., pero no conserva, ni la extensión local, puesto que se encuentra todo en cualquiera parte del lugar ocupado por las especies; ni la impenetrabilidad que presupone la ocupación del lugar; ni la divisibilidad o mensurabilidad, puesto que no se divide, aunque se dividan las especies, y se halla todo bajo cualquiera parte de éstas. Luego para el filósofo cristiano es casi indudable que la esencia de la extensión consiste en la distribución en partes, y en la posición de unas fuera de otras.
De lo que aquí y en otros lugares de esta obra dejamos consignado acerca de la extensión y de la naturaleza de los accidentes y propiedades, despréndense los siguientes
Corolarios
1º La sustancia material no posee pluralidad y distinción de partes actuales sino bajo extensión y por razón de la extensión, es decir, en cuanto afectada y modificada actualmente por la extensión. Porque si la esencia de la extensión, y por consiguiente, su efecto formal y primario consiste en la distribución actual en partes, claro es que ésta no existe en la sustancia, sino a causa de la extensión, con la extensión, [205] y a condición de estar modificada por la extensión. Por eso dice santo Tomás que «la diversidad de partes no puede concebirse en la materia o sustancia material, sin la cuantidad.» Háblase aquí de partes actuales; porque si se trata de partes potenciales, éstas convienen a la sustancia material independientemente de la extensión. La razón es que si suponemos una sustancia material sin ninguna extensión por virtud divina, habría, no obstante, en ella, pluralidad potencial de partes, en cuanto que tiene aptitud y hasta exigencia natural para recibir la extensión, y por medio de ella pluralidad y distribución en partes actuales.
2º El todo extensivo o de cantidad no debe confundirse con el todo esencial. La totalidad cuantitativa de un cuerpo o sustancia material, resulta de la pluralidad y unión de determinadas partes integrales: la totalidad esencial resulta de la pluralidad y unión actual de las partes o principios esenciales del cuerpo. De aquí es que para el primer todo se necesita un número determinado de partes integrantes, o de cierta extensión; al paso que la totalidad de esencia puede salvarse en cualquiera parte del todo extenso, con tal que no determine o suponga la separación de la forma sustancial que constituye y determina aquella sustancia material. Una onza de oro, considerada como un todocuantitativo, exige un número determinado departes integrales unidas; pero toda la esencia de oro se salva o existe en una parte mínima de éste metal. Un animal que carece de un brazo no tiene la totalidad cuantitativa que le compete, pero tiene la totalidad de esencia.
3º Aunque todo cuerpo actual y realmente extenso, es naturalmente impenetrable, porque en fuerza y por razón de su extensión exige y ocupa un lugar correspondiente a sus dimensiones, esto no quita que pueda impedirse por la virtud infinita de Dios, la resultancia actual de éste efecto, o sea la ocupación actual de su propio lugar por otro cuerpo, en atención a que la impenetrabilidad no constituye la esencia misma de la extensión, sino que es como un efecto o manifestación secundaria de la misma. Más todavía: como la [206] impenetrabilidad es posterior en orden de naturaleza, no solamente a la extensión considerada en lo que tiene de esencial, que es la distribución o distinción de partes in ordine ad se, sino también a la extensión in ordine ad locum, con relación a la ocupación de lugar, de aquí es que la impenetrabilidad se puede suspender o separar por la omnipotencia divina, no solamente de la extensión en cuanto envuelve la distribución y distinción de la sustancia en partes, como acontece en la Eucaristía, sino también de la extensión en cuanto dice ocupación de un lugar determinado, como aconteció cuando Jesucristo entró donde estaban los Apóstoles, januis clausis.
Si se nos pregunta la razón científica y a priori de todo esto, contestaremos que la ocupación de lugar, la impenetrabilidad, divisibilidad, &c., son efectos o afecciones que nacen espontáneamente de los principios constitutivos de los cuerpos y de la esencia de la cuantidad, recibida o existente en la sustancia material resultante de dichos principios, pero no son, ni la misma sustancia, ni la esencia de la extensión. En toda filosofía racional, Dios no puede hacer que una cosa exista sin su esencia, porque esto implica contradicción; pero sí puede hacer que una cosa exista sin aquello que es un efecto secundario y una manifestación posterior de la esencia, en lo cual no se descubre ninguna contradicción; puesto que estos efectos secundarios y estas afecciones o manifestaciones que siguen a la esencia, «dependen, como nota oportunamente santo Tomás, de los principios esenciales de la cosa, como de causas próximas, pero dependen a la vez de Dios, como de su causa primera; y la causa primera puede conservar el ser u existencia de una cosa, cesando las causas segundas:» Dependent a principiis essentialibus rei, sicut a causis proximis, sed a Deo, sicut a causa prima; causa autem prima potest conservare rem in esse, cessantibus causis secundis.
4º Luego lo que enseña la doctrina católica acerca del sacramento augusto de la Eucaristía, no envuelve contradicción o imposibilidad absoluta, y desafiamos a todos los [207] filósofos a que nos demuestren que envuelven contradicción las siguientes afirmaciones: 1ª Cristo se halla en la Eucaristía, como una sustancia material, o sea como un hombre singular compuesto de cuerpo y de alma racional: 2ª el cuerpo de Cristo en la Eucaristía es extenso, porque posee lo que es esencial en la extensión, que es la distribución y distinción real de partes, de manera y en el sentido de que la cabeza es distinta de los brazos, éstos del cuello, &c.: 3ª existe allí sin extensión local, es decir, sin ocupación actual de lugar, y también sin divisibilidad, sin impenetrabilidad, sin mensurabilidad; porque todos estos son efectos y atributos secundarios de la extensión en lo que tiene de esencial, y por consiguiente pueden separarse del cuerpo de Cristo por la omnipotencia infinita, sin que deje de existir este y su extensión: 4ª el cuerpo de Cristo puede estar en muchos lugares a la vez, o hablando con más rigor filosófico, puede existir simultáneamente bajo muchas especies: porque impedida la resultancia o existencia de la ocupación de lugar y de la impenetrabilidad, desaparece la razón suficiente inmediata, porque un cuerpo exige y ocupa un lugar determinado.
Escolio
Hacemos caso omiso del problema relativo a la divisibilidad finita o infinita de los cuerpos, no sólo por motivos de brevedad, sino porque consideramos este problema de poca utilidad práctica, y sobre todo insoluble para la razón humana. Nos limitamos por lo tanto a consignar que santo Tomás defiende o admite la divisibilidad infinita del cuerpo matemático; pero rechaza la divisibilidad infinita del cuerpo físico, es decir considerado en cuanto constituye una esencia determinada y específica, existente en la naturaleza, «Corpus mathematicum, dice, est divisibile in infinitum, in quo consideratur sola ratio quantitatis, in qua nihil est repugnans divisioni infinitae. Sed corpus naturale (es decir, el cuerpo considerado en cuanto es una sustancia física con su [208] esencia o naturaleza determinada, resultante de la unión de forma sustancial A o B, con la materia prima), quod consideratur sub tota forma, no potest in infinitum dividi, quia quando jam ad minimum deducitur, statim propter debilitatem virtutis convertitur in aliud.»
SERMÓN DEL P. ALTAMIRA. DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Sermón del Padre Altamira
( En la Capilla S. Pío X)
Domingo de la Santísima Trinidad
LA INFIDELIDAD DE LOS CRISTIANOS. SERMÓN DE MONS. J. F. URBINA
Cosmología tomista 5/18. Examen de los sistemas opuestos
Artículo II
Examen de los sistemas expuestos.
Antes de establecer la probabilidad y solidez relativa de la teoría aritotélico-escolástica, discutiremos brevemente los otros sistemas.
§ I
Tesis
Los tres primeros sistemas acerca de la constitución primitiva y
principios internos de los cuerpos son inadmisibles.
Sistema atomístico-dinámico.
Por de pronto es absolutamente inadmisible el sistema atomístico-dinámico, por la sencilla y poderosa razón de se coloca a sí mismo fuera de las condiciones del problema. Decir, en efecto, que los principios constitutivos y esenciales de las sustancias corpóreas, son los cuerpos químicamente simples, o que no se pueden descomponer en partes o moléculas heterogéneas, sino en partes semejantes y homogéneas, es lo mismo que dejar la cuestión intacta; pues precisamente lo que se trata de investigar es, cuáles son los principios que contienen originaria y primitivamente la razón suficiente de la diversidad de los cuerpos, y por consiguiente, la razón de que el cuerpo simple A sea una sustancia material distinta del cuerpo simple B.
Teoría atomística.
Es también inadmisible e insuficiente el sistema atomístico: [189]
1º Porque lleva consigo en parte el mismo inconveniente que el anterior, toda vez que los primeros principios de los cuerpos deben ser de tal naturaleza que se encuentren en todos los cuerpos, sin que importe para nada la cuestión, que sean grandes o pequeños, divisibles o indivisibles naturalmente, con esta figura o la otra. Ahora bien; la teoría atomística se limita a explicar bien o mal la constitución y diferencias de los cuerpos compuestos, pero nada dice o presenta que contenga la razón suficiente de la naturaleza propia y diferencias de los átomos, los cuales no por ser átomos, dejan de ser verdaderos cuerpos, ni de ser sustancias distintas.
2º Porque los primeros principios o elementos de los cuerpos, no deben ser cuerpos, puesto que el principio debe ser distinto de la cosa principiada: luego es absurdo señalar los átomos como primeros principios de los cuerpos, lo cual equivale a identificar y confundir el principio con la cosa principiada.
3º Los átomos, o son sustancias homogéneas y cuerpos de la misma esencia, o son sustancias distintas en especie y esencia. Si lo primero, las sustancias resultantes de su combinación no pueden diferenciarse más que accidentalmente, y por consiguiente será preciso admitir que un animal y una mesa o un trozo de madera, sólo se distinguen accidentalmente y que no son sustancias distintas esencialmente. Si lo segundo, queda en pie la cuestión, a saber, por qué el átomo A se distingue esencialmente o en especie del átomo B.
Teoría dinámica.
El dinamismo, por más que a primera vista aparezca más aceptable que el atomismo, ofrece en realidad mayores inconvenientes y absurdos que éste. Para el dinamismo los diferentes cuerpos de la naturaleza son agregados de sustancias simples, es decir, inextensas, lo cual vale tanto como borrar la distinción esencial y primitiva entre la sustancia material y la espiritual, concediendo a aquella la simplicidad absoluta y la indivisibilidad, atributos propios de la segunda. Por eso, sin duda, Leibnitz, más lógico, en esta parte, que [190] otros dinamistas, concede percepción y apetito a esas sustancias simples que constituyen y forman los cuerpos.
Por otra parte, la teoría dinámica hace inexplicable y hasta inconcebible la extensión física de los cuerpos, toda vez que en esa hipótesis, nos vemos precisados a admitir que sustancias simples, indivisibles e inextensas, pueden formar una extensión determinada, o lo que es lo mismo, que muchos puntos matemáticos pueden dar un sólido, muchas negaciones una entidad positiva. Ni se evita este absurdo con la hipótesis de Boscovich sobre los espacios vacíos; pues sin contar que la existencia de éstos es una afirmación puramente gratuita, siempre resultará que hay que formar una extensión física, real, divisible, tangible e impenetrable, con seres inextensos unidos a la nada; porque el vacío en sí mismo es nada, es la privación o carencia de una realidad, y la nada no puede ser elemento de una realidad física cual es la extensión de los cuerpos.
§ II
Probabilidad de la teoría de la materia y la forma.
Tesis
La teoría aristotélico-escolástica, en el sentido arriba expuesto, es la más probable y la que mejor explica la constitución primitiva y la diversidad de los cuerpos.
Se dice, en el sentido arriba expuesto, porque al hablar de los cuerpos, no se habla de todos, sino: 1º de los cuerpos simples, es decir, de aquellos que no son meras agregaciones de otros cuerpos ya formados y existentes en su propia naturaleza, como son el agua y el aire, o al menos lo que los químicos consideran como cuerpos simples: 2º de aquellos cuerpos o sustancias materiales producidas por generación, [191] como los animales y las plantas, cuya naturaleza es diferente de la naturaleza de los elementos o cuerpos que contribuyen mediata o inmediatamente a su generación: así por ejemplo, la planta es una sustancia esencialmente distinta de la tierra, del agua, del oxígeno, del ácido carbónico, &c., que contribuyen a su generación. En otros términos: la tesis se entiende de los cuerpos simples, y entre los compuestos, de aquellos en los cuales los elementos que entran en su formación y constitución, pierden su propia forma sustancial para constituir parte de la sustancia engendrada o producida de nuevo.
Y téngase presente que para la verdad de la tesis basta que existan algunos cuerpos de esta especie, como son los animales y las plantas, sin necesidad de admitir como tales o como sustancias nuevas y distintas esencialmente de sus elementos, todos los cuerpos o mixtos perfectos, que los Escolásticos consideraban como tales.
Esto supuesto, la teoría de la materia y de la forma tiene por de pronto en su favor su misma unidad; pues al paso que el atomismo y el dinamismo se hallan sujetos a multitud y variedad de opiniones por parte de sus partidarios, exponiéndolos cada cual a su modo, la teoría aristotélico-escolástica forma un todo compacto y enlazado, de manera que todos sus defensores se ven precisados a exponerla y entenderla en el mismo sentido, presentando una teoría cuyas partes conservan entre sí unidad y relación lógica, al paso que en el atomismo vemos a Anaxágoras, Epicuro, Descartes, Gassendi, Newton, &c., cada cual con su teoría especial, así como también en el dinamismo, se observan notables diferencias entre Leibnitz, Kant y Boscovich.
He aquí ahora algunas razones directas que demuestran que la teoría de la materia y la forma, es más racional y probable que las otras tres.
1ª En esta teoría se salva perfectamente la condición fundamental, esencial y necesaria para la razón de primeros principios de los cuerpos; porque así como la unidad, por lo mismo que es principio del número, aunque entra en el [192] orden numérico o cuantitativo, no es número, así también los primeros principios de los cuerpos, deben entrar o pertenecer al orden o clase de los seres materiales y corpóreos, pero no deben ser cuerpos completos y formados. Y esto es precisamente lo que establece la teoría aristotélico-escolástica, según la cual la materia prima y la forma sustancial son realidades corpóreas, en el sentido de que no exceden la esfera del mundo material y de los seres corpóreos; pero consideradas en sí mismas o separadamente, no son cuerpos no sustancias capaces de existir, sino principios sustanciales del cuerpo, y elementos parciales de la sustancia material subsistente.
2ª La experiencia y la observación científica vienen también en apoyo de esta teoría. Por una parte, vemos que las sustancias materiales son una mezcla de potencialidad y de actualidad, de perfección y de imperfección, de pasividad y de actividad. Por otro lado, sabemos que las propiedades y atributos de estas sustancias deben estar en relación y proporción con su esencia, y consiguientemente con los principios constitutivos de ésta, toda vez que no poseyendo la intuición ni el conocimiento inmediato y directo de estas esencias y de sus constitutivos, sólo podemos llegar a su conocimiento por medio de sus propiedades, efectos y manifestaciones varias. Añádase a esto, que en los cuerpos observamos ciertas propiedades y modificaciones que son inertes y pasivas de su naturaleza, como la extensión o cantidad, al lado de otras que son activas por su naturaleza, como la fuerza generativa, la vegetativa, la sensibilidad, la fuerza motriz, &c. Luego es muy natural y no menos conforme a las exigencias de la inducción científica, admitir dos principios de tal naturaleza que contengan la razón suficiente de estos fenómenos. Y tales son, sin duda, la materia prima y la forma sustancial: la extensión y las demás propiedades que envuelven inercia y pasividad corresponden a la sustancia corpórea por razón y a causa de la materia prima, esencialmente inerte e indiferente para toda actividad: por el contrario, las propiedades activas que en mayor o menor escala se encuentran en la [193] sustancia material traen su origen de la forma sustancial, acto primero, actus primus, o actualidad primitiva y esencial del cuerpo, actus primus, o actualidad primitiva y esencial del cuerpo, y como tal origen y razón suficiente de su actividad. Y esto casi adquiere fuerza de demostración científica, cuando se tiene presente que el grado de actividad y la clase y número de fuerzas activas en cada sustancia corpórea, se hallan en relación y proporción con la naturaleza propia y con la superioridad relativa de su forma sustancial.
Lo que se acaba de decir en orden a las varias propiedades de los cuerpos, se verifica igualmente en orden a la mezcla de perfección y de imperfección, de potencialidad y de actualidad que existe en las sustancias materiales. La causa a priori, la razón suficiente y originaria de la imperfección y potencialidad de la sustancia corpórea, es y no puede menos de ser la materia prima que forma parte de su naturaleza, puesto que la esencia propia de esa materia consiste en ser pura potencia que excluye todo acto, toda perfección actual. Igualmente, la razón suficiente primitiva y a priori de lo que hay de actualidad y de perfección en la sustancia material, trae su origen de la forma sustancial, la cual es por su misma naturaleza acto, perfección actual, actualidad primaria y fundamental. Todo hombre pensador reconocerá sin duda, que bajo este punto de vista, la teoría de Aristóteles y de los Escolásticos es altamente racional y filosófica.
Es también sobremanera conforme a la razón esta teoría; porque en ella se concibe mejor y se da razón de la unidad y diversidad específica de las sustancias materiales. No puede negarse, en efecto, que la esencia o naturaleza del caballo, v. gr., es una esencia y no dos o tres, y también que es distinta esencialmente de la naturaleza o esencia de la planta, del agua, del oxígeno, &c. Si pues la doctrina ontológica acerca de la identificación real de la unidad con el ser de la cosa significa algo, unum et ens convertuntur; si encierra alguna verdad la doctrina altamente filosófica que nos dice que la unidad de una cosa sigue la ley y condición de su naturaleza o esencia, preciso es que los principios constitutivos de los cuerpos sean de tal naturaleza que contengan la [194] razón suficiente de la unidad y diversidad esencial de los cuerpos. El atomismo y el dinamismo son a todas luces incapaces de esto, toda vez que para estos sistemas, los cuerpos no son más que meras colecciones de otros cuerpos, concepción evidentemente incompatible con la unidad de esencia y con la diversidad específica de las sustancias materiales. Por el contrario, la teoría que defendemos presenta una razón suficiente racional y filosófica de esa unidad y diversidad, al establecer la diversidad primitiva y originaria de las formas sustanciales, y al enseñar que ésta, como acto primero de la materia, como actualidad y determinación sustancial y esencial de la misma, constituye con ella una esencia o sustancia completa, determinada y distinta de las demás sustancias materiales que tienen una forma sustancial distinta, así como la estatua de Platón es distinta de la de César, porque la forma de la primera es distinta de la forma que recibe la madera para representar al segundo.
3ª Los atomistas y los dinamistas se hallan en la imposibilidad de señalar una razón a priori verdaderamente suficiente y filosófica, de la diversidad radical y fundamental que separa las sustancias espirituales de las materiales. Los primeros se ven reducidos a señalar como razón a priori suficiente de esta diversidad la extensión. Es así que la extensión no constituye la esencia misma de la sustancia material, como reconocen todos los filósofos, a excepción de Descartes: luego ésta no puede constituir la razón a priori, verdaderamente primitiva y esencial de la diversidad absoluta entre la sustancia espiritual y la material.
Por lo que hace a los dinamistas, lejos de poder señalar la razón suficiente a priori de esta diversidad, puede decirse que su sistema los conduce lógicamente a borrar la línea de separación esencial y primitiva entre unas y otras, toda vez que para ellos los cuerpos no son más que agregados o colecciones de sustancias simples, indivisibles e inextensas, atributos y predicados propios de la sustancia espiritual.
¿Qué nos dice ahora sobre esto la teoría escolástica? Que entre la sustancia espiritual y la material existe una distinción [195] esencial, primitiva, absoluta, porque la sustancia espiritual es una forma simple y subsistente en sí misma y por sí misma, sin unión con materia alguna, ni dependencia de ésta; al paso que la sustancia material, ya sea superior o inferior, animada o inanimada, compuesta o simple ad sensum, es decir, divisible o indivisible físicamente por las fuerzas de la naturaleza, grande o pequeña, está compuesta de materia y forma como de dos principios esenciales, incompletos y constitutivos de su naturaleza y sustancia. Todo cuerpo, toda sustancia material envuelve composición de materia prima y forma sustancial: toda sustancia espiritual excluye esta composición. He aquí la única y la verdadera razón suficiente a priori, que explica la diversidad primitiva y absoluta entre el cuerpo y el espíritu.
Objeciones
Obj. 1ª No deben admitirse como principios de los cuerpos sino aquellos elementos que en ellos se descubren por medio de la síntesis y análisis de los mismos; es así que los procedimientos analíticos y los sintéticos nos conducen a la existencia de cuerpos simples, y no a la materia prima y forma sustancial, entidades que los experimentos químicos no descubren en ninguna parte: luego es inadmisible la teoría escolástica.
Resp. Cierto es que los procedimientos analíticos y sintéticos pertenecientes al orden físico y químico, no nos conducen al descubrimiento de la materia prima y de la forma sustancial, por la sencilla razón de que éstos nunca existen ni pueden existir aisladamente, o separadas la una de la otra; pero sí nos conducen a su descubrimiento los procedimientos analíticos y sintéticos de la razón, apoyada en inducciones experimentales, a la vez que en conceptos ontológicos y racionales. Los principios o elementos que la física y la química descubren en los cuerpos, presuponen necesariamente otros principios anteriores y más íntimos; porque esos elementos son cuerpos verdaderos, completos, divisibles, extensos y sobre todo distintos unos de otros en su naturaleza; y [196] lo que aquí se busca precisamente son los principios de todos los cuerpos, y no de los que son más o menos compuestos: lo que aquí se busca son principios de tal naturaleza que por ellos pueda explicarse, no solamente porqué el agua es distinta del aire, para lo cual bastarían tal vez los principios señalados por la química, sino porqué el oxígeno es distinto del hidrógeno, porqué la naturaleza y propiedades del cuerpo A, sea simple o sea compuesto, es diversa de la naturaleza y propiedades del cuerpo C. En una palabra: aquí se trata, no de los principios accidentales y secundarios, sino de los principios esenciales y primitivos de los cuerpos. Luego los principios señalados por los químicos, están fuera de las condiciones naturales del presente problema, según dejamos ya indicado.
Obj. 2ª Si la materia prima es una pura potencia que no incluye ninguna actualidad, ni de esencia, ni de existencia, como dicen los Escolásticos, se identifica con la nada, y por consiguiente, mal podrá ser principio real de los cuerpos. Lo cual se confirma con la definición de la misma por Aristóteles, cuando dice que non est quid, nec quale, nec quantum, ned aliquid eorum per quae ens determinatur.
Resp. Es falso que la materia prima se identifique con la nada por no tener de sí y en sí sola ninguna naturaleza determinada, ni la actualidad de la existencia, la cual presupone la esencia determinada y singular que recibe aquélla. Entre la nada absoluta y la esencia actual o el ser en acto y como existente, media la potencia subjetiva e interna para recibir la actualidad y determinación, de manera que la materia prima, si bien puede apellidarse prope nihil, como decía san Agustín, no se identifica con la nada, sino que es una realidad positiva, cuyo ser propio consiste en la aptitud o potencia para constituir una esencia determinada al ser actuada por la forma sustancial.
La oscuridad que acompaña esta concepción de la materia prima, trae su origen: 1º del olvido e ignorancia de la doctrina de la filosofía cristiana, sobre la división del ente en acto y potencia: 2º y principalmente, de la dificultad que [197] experimentamos para concebir, o mejor dicho, imaginar una realidad o entidad positiva sin existencia actual; pero esta dificultad desaparece, en gran parte, si se tiene presente que la materia prima no se ha de concebir como una realidad o entidad puesta en la naturaleza sin acto de existir, porque esto equivaldría a concebir una cosa como existente sin existencia; sino que se debe concebir como una entidad que, aunque de sí, o sea en cuanto es solamente una potencia real para trasformarse en la esencia A o B, no tiene existencia actual, porque ésta presupone la esencia, sin embargo siempre existe actualmente y de hecho, en atención a que siempre se halla actuada de hecho y determinada por alguna forma sustancial que la hace capaz para recibir la existencia simultáneamente con la forma.
Por lo que hace a la definición de Aristóteles, lo único que significa es que, a causa de la realidad mínima de la materia prima y de su imperfección suma como ser real, es más fácil formar idea de sus caracteres y predicados por medio de negaciones que de afirmaciones.
El dicho vulgar: los extremos se tocan, tiene aquí una aplicación práctica y filosófica. La realidad suma y la actualidad infinita de Dios, nos obliga a proceder por negaciones más bien que por afirmaciones, según enseña santo Tomás, para formar idea de la esencia divina y sus atributos; y a lo mismo nos obliga la materia prima, por la razón inversa, o sea a causa de su mínima realidad y de su completa potencialidad.
Obj. 3ª Los progresos y experimentos realizados últimamente por la química, demuestran que lo que los antiguos consideraban como generaciones y corrupciones sustanciales, son en realidad meras composiciones y descomposiciones: así, por ejemplo, el agua se resuelve en oxígeno e hidrógeno por medio de la electricidad, la cual vuelve a formarla otra vez reuniendo aquellos fluidos. Luego no hay necesidad ni motivo racional, para admitir la generación de sustancias, ni por consiguiente la existencia de la materia prima y de la forma sustancial. [198]
Resp. Para comprender el poco valor real y científico de esta objeción, a la cual algunos conceden gran importancia, basta fijar la atención en las reflexiones siguientes:
a) Concedido todo lo que se afirma en la objeción, y concedido también que en el ejemplo puesto del agua y otros semejantes, no interviene verdadera generación sustancial, nada se puede inferir legítimamente contra la tesis establecida, en atención a que siempre quedará en pie la necesidad o posibilidad de la generación sustancial para esos componentes del agua, y sobre todo siempre será necesario buscar los primeros principios del oxígeno o de cualquiera otros cuerpos simples, y señalar la razón suficiente y el origen interno de la diversidad de esencias y propiedades entre los varios cuerpos simples que admiten los químicos. Es decir, que el problema queda intacto en el fondo, y la objeción sólo se refiere a ciertos detalles secundarios, a saber, si en el caso A y en el caso B hay verdadera generación o producción de una sustancia, o si sólo hay combinación de varios cuerpos.
b) La verdad es, sin embargo, que los químicos no tienen derecho a negar la generación sustancial, aun con respecto a los cuerpos inorgánicos compuestos, ya porque la misma química descompone cada día los cuerpos que antes consideraba como simples, ya principalmente porque los mismos cuerpos apellidados simples, como el oxígeno, las bases metálicas, &c., incluyen el fluido eléctrico, que los acompaña inseparablemente. Luego mientras los químicos no nos presenten un cuerpo privado y separado de toda especie y modo de electricidad, no pueden demostrar la existencia de cuerpos absolutamente simples, ni establecer, por consiguiente, demostrativamente la no existencia, ni la imposibilidad de la generación sustancial, aun con respecto a los cuerpos mixtos o compuestos.
c) No hay repugnancia o contradicción alguna entre los experimentos químicos y la teoría escolástica; y esto no solamente por las razones anteriormente indicadas, sino porque admitidos los experimentos y sus resultados sensibles, [199] el químico y el partidario de la teoría escolástica, podrán discrepar en orden a las deducciones racionales de los mismos. Mientras el químico, en los fenómenos y experimentos relativos al agua, v. gr., no verá más que una mera composición y descomposición, unión y separación mecánica del hidrógeno y oxígeno, el segundo verá aquí una verdadera generación sustancial, o sea la producción y destrucción de una nueva sustancia, realizada por las fuerzas de la naturaleza oportunamente aplicadas y ayudadas del arte. Y en verdad que semejante deducción no podría tacharse de infundada totalmente. La diversidad de propiedades, descubre e indica la diversidad de esencia y de sustancia: siendo pues indudable que las propiedades y efectos del agua son muy diferentes de las propiedades del hidrógeno y del oxígeno, es muy probable que la esencia del agua es distinta sustancialmente de la de sus componentes. En resumen: los experimentos de la química y los fenómenos resultantes, nada prueban con certeza en pro ni en contra de la generación sustancial, siendo preciso, por consiguiente, acudir a otros fundamentos racionales y experimentales.
d) Finalmente, para convencerse hasta la evidencia de que la química nada puede oponer verdaderamente sólido y demostrativo contra la teoría aristotélico-escolástica, basta tener presente: 1º que su modo de explicar la formación y producción de los cuerpos que aparecen y desaparecen en la naturaleza, sólo es aplicable a los cuerpos compuestos de varios elementos, pero no a los simples o incapaces de descomposición, no sólo en virtud de los procedimientos químicos, sino también por las fuerzas de la naturaleza, siendo inevitable llegar a cuerpos de esta condición, so pena de proceder in infinitum: 2º que su teoría es igualmente inaplicable a los cuerpos compuestos, pero animales y vivientes, a no ser que nos señalen en el fondo de sus apartados y crisoles los elementos o moléculas que constituyen la vida en las plantas y animales.
Los cuerpos orgánicos y las sustancias vivientes opondrán siempre una valla insuperable a las teorías químicas y [200] atomistas, al paso que hablarán muy alto en favor de la teoría de la materia y de la forma sustancial (1).
{(1) Al terminar el examen y discusión del problema relativo a los principios constitutivos y primarios de los cuerpos, debemos recordar, que, a pesar de las preocupaciones filosóficas de la época, Leibnitz no pudo menos de reconocer y confesar la solidez de la teoría escolástica. He aquí cómo se expresa: «Lors que je m’étais affranchi du joug d’Aristote, j’avais donné dans les atomes, car c’est ce qui remplit le mieux l’imagination; mais en étant revenu, après bien des meditations, je m’apperçus qu’il est impossible de trouver le principes d’unne véritable unité dans la matière seule, ou amas de parties à l’infini. Or la multitude ne pouvant avoir sa réalité que dans unités véritables, qui viennent d’ailleurs, et sont tout autre chose que les points dont il est constant que le continu ne saurait être composé: donc pour trouver ces unités réelles je fus contraint de recourir à un atome formel, puis qu’un être materiel ne saurais être en même temps matériel et parfaitement indivisible, ou doué d’une vèritable unité. Il fallut donc rappeller et comme rehabiliter les formes substantielles, si décriées aujourd’hui.»
Cosmología tomista 4/18. Sistemas principales acerca del principio constitutivo de los cuerpos
Principios constitutivos de los cuerpos
Si a la ciencia pertenece investigar las causas de las cosas, cognitio rei per causam, nada más propio de la cosmología que la investigación de los primeros principios internos de los cuerpos que constituyen el mundo, después de haber demostrado en el capítulo anterior que Dios es su principio externo o causa eficiente. En nuestros días la filosofía, en medio de sus pretensiones de examinarlo todo y de saberlo todo, apenas se ocupa de este problema, que a pesar de su oscuridad y dificultad, es uno de los más importantes de la filosofía. Éste es uno de los caracteres que distinguen a la filosofía de nuestros días, y revelan insuficiencia y superficialidad. Ocupada casi siempre en sacar el mundo de la sustancia divina, y trabajando por convertir al hombre en Dios, no se cuida de averiguar la naturaleza íntima, ni los elementos que componen y distinguen las sustancias materiales que le rodean. [181]
Artículo
Sistemas principales acerca de los principios constitutivos de los cuerpos.
A cuatro pueden reducirse estos sistemas, que son:
A) El sistema atomístico, profesado en la antigüedad por Leucipo, Demócrito, Epicuro y generalmente por la escuela jonia, y resucitado en los tiempos modernos por Descartes, Gassendi, Newton y otros. Según este sistema,
a) Los cuerpos constan o se componen de ciertos corpúsculos diminutos, a los cuales sus defensores atribuyen diferentes caracteres en orden a figura, extensión y movimiento, y que son apellidados también moléculas, partículas, y más generalmente átomos, aunque éstos hoy son considerados como los elementos de las moléculas. Para los antiguos atomistas, los átomos eran eternos y formaban el mundo a fuerza de moverse y chocarse al acaso. Los modernos conceden que son creados por Dios, solo que unos, como Descartes, no admiten en ellos más que tres géneros de figura: otros, como Gassendi, les conceden innumerables figuras, y Newton, por su parte, les concede indeterminadamente las figuras que sean necesarias, exigiendo además que tengan cierta magnitud, que tengan dureza, impenetrabilidad, movilidad, &c.
b) Las diferencias de los cuerpos son el resultado de la diversa combinación y orden de estos átomos, por manera que todas las mutaciones que en ellos observamos son el resultado y la expresión de una distribución o disposición nueva de los átomos primitivos.
B) El sistema dinámico, según el cual los principios de los cuerpos son ciertas sustancias simples, o inextensas e indivisibles, dotadas de ciertas fuerzas esenciales a las mismas, [182] fuerzas que los partidarios de este sistema, entre los que se cuentan Leibnitz y Kant, señalan y explican cada cual a su manera.
El principal representante de este sistema es Boscovich, según el cual
a) Los cuerpos están formados de elementos o sustancias finitas en número, pero simples e inextensas.
b) Estos elementos, no están dotados de conocimiento y apetito, como pretendía Leibnitz, sino de la doble fuerza atractiva y repulsiva, por medio de las cuales se acercan unos a otros, pero sin llegar a tocarse, de manera que entre unos y otros quedan vacíos ciertos pequeños espacios.
c) Los elementos simples e inextensos, en unión con dichos espacios vacíos, constituyen los diferentes cuerpos de la naturaleza, y son además el origen de la extensión física de los mismos.
C) El sistema atomístico-dinámico, se denomina así, porque trata de conciliar los dos anteriores.
a) Admite la existencia de ciertos cuerpos simples con simplicidad impropia, en cuanto sólo pueden dividirse en partes similares y homogéneas, a diferencia de los cuerpos mixtos que se dividen en partes o elementos disimilares o heterogéneos. Estas moléculas homogéneas son los átomos o elementos primitivos de los cuerpos, cuyas diferencias resultan de la combinación y mezcla variable de estos cuerpos simples.
b) Los cuerpos simples están dotados de una fuerza de cohesión, por medio de la cual las moléculas de un mismo cuerpo simple, por ejemplo, el oxígeno, se mantienen unidas, y otra fuerza de afinidad, por medio de la cual las moléculas o partes de diferentes cuerpos simples, como las del oxígeno e hidrógeno, tienden a unirse y perseverar unidas. De donde resulta, que en los cuerpos simples sólo se manifiesta la fuerza de cohesión, pero en los compuestos se manifiestan las dos.
D) Sistema artistotélico-escolástico.
Vamos a exponer con alguna detención este sistema, que [183] también puede apellidarse de la materia y de la forma, ya porque observamos gran confusión de ideas y notable ignorancia acerca de él por parte de los filósofos y escritores de nuestros días, ya porque lo consideramos como el más probable y racional.
a) Siendo cierto, por una parte, que los cuerpos de la naturaleza experimentan mutaciones, no sólo accidentales, sino también sustanciales, puesto que la razón, la experiencia y el sentido común enseñan que cuando nace un caballo o una planta, comienza a existir una sustancia nueva, distinta de otras, no sólo en los accidentes, sino en la esencia o naturaleza propia; y siendo también cierto que estas nuevas sustancias no son producidas por creación, y que tampoco hay creación de una nueva materia en el mundo, es preciso admitir algún sujeto común de estas mutaciones sustanciales, toda vez que no se concibe mutación sin un sujeto en el cual se realice el tránsito de un estado a otro, de una forma a otra.
b) Luego el sujeto de estas mutaciones sustanciales: 1º debe ser real, porque la nada no puede ser sujeto de mutación: 2º debe ser algo sustancial, es decir, perteneciente al orden de los seres sustanciales, porque un accidente no puede ser sujeto, y mucho menos sujeto de mutación sustancial: 3º debe ser una realidad incompleta y potencial,puesto que si fuera sustancia completa y actual, ya no sería sujeto capaz o apto para recibir la forma o ser de sustancia.
c) Luego el sujeto de las mutaciones sustanciales puede definirse: Una realidad sustancial e incompleta que no tiene de sí ninguna actualidad o forma, pero que es capaz de recibir todas las formas o determinaciones sustanciales. Este sujeto general de las mutaciones sustanciales, que va incluido en el fondo y la esencia de todas las sustancias materiales, como substratum general de las mismas, como parte constitutiva de su esencia, y que por sí mismo y de sí mismo no encierra ninguna actualidad o determinación, sino la mera capacidad o potencia para ser determinado y actuado por una forma sustancial, y constituir con ella la sustancia A o B, es lo que [184] se llama, en lenguaje escolástico, materia prima; y dícese prima, primera, para que no se confunda con el sujeto de las mutaciones accidentales, que no es la potencia de la sustancia, sino una sustancia actual y determinada, la cual, por lo mismo, solo puede denominarse materia segunda.
d) La materia prima, considerada en sí misma con abstracción de todo lo que no es ella, no incluye actualmente ninguna forma, sino que está indiferente para todas. Y de aquí se colige que la materia no existe, ni puede existir en el estado de materia prima; porque toda sustancia que existe, tiene una forma y una esencia actuales y determinadas. Así es que la materia prima se debe concebir, y es, en efecto, una realidad o entidad positiva, una parte esencial de las sustancias particulares, pero que nunca existe por sí sola, o separada de alguna forma sustancial, a la manera que el cuerpo tiene indiferencia y capacidad para todas las figuras, pero no puede existir sin tener alguna determinada.
e) Si concebimos la materia prima en el instante en que recibe la forma sustancial, debemos concebirla como privada de toda forma; pues es claro que cuando se engendra un caballo, las fuerzas o causas eficientes que disponen la materia para introducir o determinar en ella la nueva forma sustancial, llegan a un instante en que desaparece la forma preexistente en la materia para dar lugar a la nueva. La razón de esto es que una sustancia no puede tener a un mismo tiempo dos formas sustanciales, toda vez que en esta hipótesis no sería una sustancia, sino dos. Por aquí es fácil comprender, por qué decían los antiguos que la corrupción de una cosa (material) es la generación de otra, y viceversa: Corruptio unius, generatio alterius; y por qué decían también que la privación es principio de los cuerpos in fieri, pero no in facto esse. Es principio in fieri,porque en la elaboración sucesiva que hace la naturaleza para producir una nueva sustancia, o sea una mutación sustancial en un cuerpo, se llega a un instante en que la materia pierde la forma sustancial que tenía para recibir otra nueva, y por consiguiente, la privación o carencia de toda forma precede, con prioridad de orden y [185] naturaleza, a la existencia y unión con la materia de la nueva forma sustancial. Empero, una vez verificada la unión de la nueva forma sustancial con la materia, de la cual resulta la nueva sustancia, sólo quedan o existen en ésta la materia y la forma, y no la privación de ésta. Y esto es lo que querían significar los Escolásticos cuando decían que los principios esenciales de la sustancia material in facto esse, es decir, considerada después de producida, son dos solamente, la materia y la forma; pero considerada in fieri, es decir, en el instante en que se verifica el cambio de la forma sustancial, son tres, la materia, la privación y la forma; porque no puede haber recepción de nueva forma sustancial en la materia, sin que ésta se conciba privada de la que tenía anteriormente. En otros términos: en la mutación sustancial, la materia prima es el sujeto que se muda o que pasa de una forma a otra: la privación de forma sustancial, es el término a quo de esta mutación; y la forma sustancial es el término ad quem.
f) Así como en la mutación accidental, v. gr., cuando de un trozo de madera se hace una estatua, además de la madera, que es el sujeto del cual se hace la estatua, se necesita algo que determine y actúe la madera, indiferente por sí misma para ser estatua o mesa, así también en la mutación sustancial se necesita algo que actuando la materia prima,la determine a ser la sustancia A y no la sustancia B. Y éste algo, ésta realidad que determina y actúa la indiferencia y la potencialidad de la materia, es lo que se llama forma sustancial, porque es un elemento esencial y constitutivo de la sustancia material.
g) Es, pues, la forma sustancial: Una realidad o entidad sustancial, pero incompleta, primer determinante y actuante de la materia prima, de cuya unión íntima con ésta resulta una sustancia determinada y completa. Es una realidad; porque la nada no puede actuar ni determinar nada. Es sustancial; ya porque es el principio formal, constitutivo y distintivo de cada sustancia, ya porque si fuera algo accidental, presupondría la sustancia ya constituida y existente, y lo que aquí se [186] busca y señala son los principios de las sustancias corpóreas y no de los accidentes. Se dice incompleta; ya porque presupone la materia como con-principio, ya porque la sustancia completa o existente por sí, no es principio actuante ni determinante, sino una cosa actuada ya y determinada.
h) De esta definición se infiere: 1º que es propio de la forma sustancial constituir la esencia de la cosa, dándole el ser sustancial, esse simpliciter, primario y fundamental; a diferencia de la forma accidental, que sólo da el esse secundum quid, como el ser docto, virtuoso, &c., lo cual presupone el ser sustancial, primario y esencial, comunicado ya al sujeto por la forma sustancial, y que hace que sea la sustancia específica A o B: 2º que las formas sustanciales puras, o que no pueden existir sino en unión con la materia, como la forma de una planta, de un animal, de un mineral, no son producidas por creación, pues si se trata de las primeras sustancias de cada especie, sus formas fueron, no creadas, sino concreadas con la sustancia o naturaleza de que forman parte, y si se trata de las sustancias que se engendran de nuevo, sus formas sustanciales son producidas por una acción sui generis, apellidada, no sin razón, por los antiguos educción de la potencia de la materia: educuntur ex potentia materiae.
Para formarse idea de este modo de producción, bastaría reflexionar que así como la figura de César está contenida potencialmente en el mármol, y el artífice, operando sobre éste, la reduce del estado de potencia al de acto, así también las fuerzas varias y poderosas de la naturaleza, operando sobre la materia que está en potencia para varias formas sustanciales, saca de ella una forma sustancial, obrando sobre ella y actuándola en sentido determinado, como resulta la representación o figura de César en el mármol, en virtud de la actuación producida en éste mediante la operación del artífice.
i) En relación con esta doctrina se deberá decir que cuando hay producción de una nueva sustancia, como de una planta, producción que los antiguos denominaban generación [187] sustancial para distinguirla de la creación y también de la alteración o producción accidental, el término total, terminus qui, de esta generación, es la sustancia completa, o sea el supuesto que comienza a existir; pero el término parcial, terminus quo, es la forma sustancial, porque es aquello con lo cual se constituye el ser y la naturaleza propia de dicho supuesto o nueva sustancia subsistente. En otros términos: el supuesto o la sustancia singular, el vegetal A es el término total, el término qui de la generación, porque es la cosa que es producida y que recibe la existencia: la forma sustancial, es el término parcial, el termino quo, porque es la cosa con la que se verifica la producción y con la que se constituye el ser propio del vegetal, como sustancia nueva y distinta de las demás.
j) Como la materia prima y la forma sustancial son entidades esencialmente incompletas, de su unión resulta una sustancia completa, una esencia y un supuesto; lo cual no podría suceder si alguna de ellas fuera ya sustancia completa o capaz de existir por sí sola. En este sentido se dice con verdad, que de la unión de la forma con la materia resulta unum simpliciter, una sustancia que no es ni la materia, ni la forma, sino una tercera realidad, tertium quid, una esencia sui generis, que sin tener ni la materia sola, ni la forma sola, participa de las dos. [188]
PAPA INCÓGNITO Ó TESIS SIRI
Nota Previa: Lo afirmado en esta entrada no lo compartimos, simplemente porque no ofrece ninguna prueba fehaciente y porque al fin y al cabo se fundamenta en una interpretación subjetiva de revelaciones privadas; pero como es una explicación, suponemos que bien intencionada, y por lo tanto una opinión más en este debate merece ser presentada. Por lo tanto, esta explicación, y otras que seguirán o se han publicado sobre las diferentes posiciones sobre el debate de cómo se ha de elegir un Papa en la situación actual de Sede vacante, es responsabilidad sólo del autor que firma; sededelasabiduría sólo hace suyas las que aparezcan firmadas por Sededelasabiduría, Sofronio o teresita; éstos, salvo que aparezcan sus firmas al pie del artículo sólo son los editores de las entradas y nada más.
LA ELECCIÓN DE UN PAPA EN LA SITUACIÓN ACTUAL
DE SEDE VACANTE EN LA IGLESIA SEGÚN :
LA TESIS SIRI
O
DEL PAPA INCÓGNITO
Por Chiessa Viva, nº 482, mayo 2005. Traducción de la Hna. María para Amor a la Verdad
Todas las posiciones para el debate las colocamos aquí
Antes de todo le queremos mostrar el siguiente vídeo con imágenes de aquel cónclave de 1958 donde pueden verse las controvertidas escenas de las célebres “fumatas”; es decir, que se produjo una «fumata» blanca que anunció la elección de un sucesor del Papa Pío XII; la «fumata» se vio durante cinco minutos, y la radio del Vaticano emitió el mensaje confirmando que el cónclave había elegido un Papa. Sin embargo, luego de una media hora apareció una «fumata» negra ¿Qué ocurrió en el cónclave durante esa media hora? En eso consiste la explicación de los que mantienen que fue elegido Papa el cardenal Siri y que, habiendo formado su propio colegio cardenalicio, a la muerte de Siri- Gregorio XVII-, los cardenales eligieron un papa cuyo nombre y paradero desconoce la mayoría de católicos, si bien es conocido por unos pocos.
CARTA DEL SR. DE FILIPPO A EL ING. ADESSA DIRECTOR DE CHIESSA VIVA
Enero de 2015
Muy estimado Ing. Adessa, soy De Filippo, de quien Ud. ha publicado gentilmente una carta suya en el número de enero de 2015. Hace por lo menos siete años, que busco la verdad acerca de la situación eclesial, porque implica nada menos que la salvación eterna de millones de almas, incluida la mía. El inicio de este camino me lo dio en el 2007 el encuentro con “Chiesa viva” en Internet, y con su fautor don Luigi Villa del cual, en el andar, he adquirido y leído variadas publicaciones. He descargado y archivado también todos los números de la revista que normalmente consulto y que mucho me ha permitido y me permite comprender.
No pretendo haber descubierto, como se suele decir, la América, pero me parece haber encontrado finalmente la clave del problema, que – a la vista de todos – está tan diabólicamente enredado, que creo que casi nadie va a ser capaz de descifrarlo de una manera clara, definitiva e irrefutable. Bien sea por falta de esa luz que sólo la Fe de siempre, sencilla (no ingenua) y auténtica puede dar y que casi todos, (incluidos los tradicionalistas y/o sedevacantistas de toda clase y grado) han perdido (o quizá no han tenido jamás), o bien porque es humanamente imposible recomponer un drama de tales dimensiones. ¿Quién cree o creería hoy una historia tan increíblemente monstruosa? Prácticamente nadie.
Corresponde – estoy seguro – a quien tiene conocimiento de ella, divulgarla lo más posible, porque, cuando Nuestro Señor la desvele URBI ET ORBI, para todos o para muchos – lo digo con profunda tristeza – será, por desgracia, demasiado tarde.
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he comprendido que la clave de este problema es el Cónclave del cual salió electo el antipapa Roncalli y probablemente, también el cónclave del que salió electo Montini´ Pero creo que se puede decir que el punto de inflexión tuvo lugar en 1958. La caída en el abismo sobre todo espiritual (aún en pleno desenvolvimiento, después de casi sesenta años), no es sino la lógica consecuencia de lo que ocurrió la tarde del 26 de octubre de 1958.
Comenzando por“The Pope in red”, se nos muestra, detalladamente, con citas proféticas, testimonios y documentos variados que, en el Cónclave de ese año, fue electo válidamente el Cardenal SIRI y que éste había aceptado asumiendo el nombre de GREGORIO XVII. El primer e irrefutable signo que lo confirma fue la clara fumata blanca que duró cerca de cinco minutos, seguida luego de media hora de inexplicable angustiosa espera (durante la cual, sobre todo el aparato vaticano no sabía ya qué dirección tomar), de una fumata negra.
Hecha la elección, en efecto, el Cardenal Siri parece que fue obligado a renunciar con graves amenazas [a las que se refirió también el asesinado (en 1999), Malachi Martin, en algunas de sus intervenciones escritas o radiofónicas] por la B’nai B’rith, para luego ser sustituido por RONCALLI, anunciado por una tercera y definitiva fumata blanca.
Le hago notar la observación muy significativa del joven y brillante estudioso americano, Mario Derksen, que escribió que la Masonería, para estar segura de poner en el Trono de Pedro a un verdadero y propio antipapa, es decir un individuo completamente privado de la asistencia del Cielo (al que odia con luciferina y escalofriante determinación) y por tanto bajo el total, lúcido y consciente poder de Satanás, su dios, ha permitido (creo que puede decirse también: querido) que fuese electo un verdadero papa (Siri), para luego sustituirlo, gracias también a una Jerarquía infiltrada (al menos desde hace un siglo, quizá) por los Poderes ocultos, por uno de sus hombres: el rosacruz RONCALLI, al que ella ya había preparado cuidadosamente, para hacerlo aparecer en escena en el momento oportuno, con el nombre, además, de un anterior antipapa (Juan XXIII) de fines de siglo XIV (Daily Catholic). En realidad si con maniobras dignas de la peor mafia, primeramente hubiese sido electo Roncalli se habría convertido, a todos los efectos, en un Papa válido y por tanto sostenido por el Espíritu Santo que le habría impedido hacer los desastres inspirados y queridos por la Masonería y que están a los ojos, si no de todos, sI de quienes al menos no están todavía completamente descerebrados. Para demostrar una tan sobrehumana lúcida astucia es necesario estar en comunicación directa con Lucifer.
Elecciones canónicas, 1917. Apéndice, p. 107 – Modalidad de la elección de un Soberano Pontífice: «La persona recién elegida, aunque no sea todavía sacerdote, adquiere la plena jurisdicción sobre la Iglesia universal inmediatamente con su consentimiento y se convierte en el Vicario de Cristo en la tierra» (Elecciones canónicas) Código de derecho canónico, 1917. Can. 188 – La renuncia hecha por temor grave, injustamente infligido, por dolo o por error sustancial, o con simonía, es nula por el derecho mismo. [Autoridad de la Iglesia. Quienes son recibidos a la jerarquía eclesiástica no son elegidos por el pueblo, o por autoridades seculares, sino puestos en los grados del poder de orden por las sagradas órdenes. En el supremo pontificado, la persona legítimamente electa, y que libremente ha aceptado la elección, recibe el poder de jurisdicción por derecho divino. Todos los otros reciben la jurisdicción por la misión canónica (c. 109)]. (Text: “A Dictionary Of Canon Law” Second, Revised Edition, 1919 Imprimatur).
Por lo tanto, ante Nuestro Señor que lo eligió y lo quiso, el arzobispo de Génova se convirtió en Su legítimo Vicario y permaneció siendo tal hasta la muerte (1989), considerada por muchos como un homicidio por sobredosis de Digitalis, fármaco para el corazón que el cardenal tomaba habitualmente.
Casi con certeza los Poderes ocultos habían intuido, si no descubierto, luego del encuentro (1988) del Prelado con el Padre Khoat, algo de lo que su prisionero, a pesar de todo, había emprendido secretamente. Gregorio XVII, consciente de ser el único y verdadero Papa, trató de sobrevivir durante 31 años (lográndolo evidentemente por pura gracia de Dios), a fin de mantener encendida la llama del Papado y ejecutar el mandato recibido de Dios, aun en medio de las gigantescas dificultades causadas por su condición de rehén y las consiguientes devastadoras repercusiones sobre su sistema psicofísico.
Cuando conocí por primera vez– no hace mucho tiempo – este asunto, creí que el cardenal había sucumbido a un compromiso o incluso a un acto de cobardía. Hoy, estoy convencido de que su comportamiento ha sido el opuesto. En un acto de equilibrismo vertiginoso y aterrador que ni siquiera un genio de las emociones como Hitchcock habría podido concebir, Siri, durante 31 años, debió poner, como se suele decir, buena cara al mal juego, no sólo frente a sus enemigos declarados, sino también y sobre todo de los traidores. Creo que es imposible imaginar una pesadilla peor.
Sólo Nuestro Señor ha vivido una similar y – en cuanto Dios encarnado – ciertamente mayor: la presencia y cercanía de Judas Iscariote, (en cuyo corazón leía perfectamente y conocía todo), sin que se dejara ver nada para evitar que los demás apóstoles sospechasen del Traidor y, en su todavía gravosa humanidad, lo mataran cargando así sus conciencias con un homicidio que, siempre por su incipiente espiritualidad, los habría tal vez impulsado, si no a la desesperación, ciertamente a un quiebre psicológico casi insuperable.
Si Gregorio XVII se hubiese colocado frontalmente contra el Poder de las Tinieblas, que lo tenía como rehén desde el 26 de octubre de 1958 y lo obligaba a aparecer a los ojos del público como el Arzobispo de Génova de siempre, aceptando el Concilio y de algún modo sus decisiones y dando incluso la bienvenida a los antipapas en visita pastoral, sin jamás dejar traslucir nada de su gigantesco drama interior, habría sido ciertamente asesinado, como él mismo confió al vietnamita Padre Khoat quien le invitó a ir a América con él: “Ellos me pueden matar en cualquier momento”.
En ese punto, no hablaríamos ya de “Iglesia eclipsada”, sino de “Iglesia completamente difunta”. Hipótesis ésta, impensable, porque “Las puertas del infierno no prevalecerán”. El martirio que la Providencia le pedía era mucho más atroz: permanecer con vida, sufrir y ofrecer su inimaginable Calvario (¡31 años de total soledad a merced de carceleros tan despiadados cuanto insospechados!) por la supervivencia de la Iglesia. Poco antes de su muerte, la misma Providencia le envió, en junio de 1988, a este sacerdote vietnamita, que desde hacía algún tiempo estaba tras sus huellas, con el cual pudiese disponer previamente de un organismo apto para garantizar (en caso de muerte súbita e imprevista, como luego ocurrió) la legítima sucesión en la cátedra de Pedro.
En 1991, dos años después de la muerte de Gregorio XVII, tuvo lugar, en efecto, un cónclave secreto, en el cual los cardenales(creados por Siri en el breve período de vida que Dios le concedió luego del encuentro con el P. Khoat) eligieron a su sucesor Gregorio XVIII, que es lícito creer esté vivo en alguna parte, probablemente en América, a la espera de que los eventos maduren (¿o se precipiten?).
Pregunta más que lícita: ¿Por qué los Poderes ocultos no han asesinado a Siri poco después de la elección de Roncalli?Habría sido la solución más simple y “limpia”, sobre todo para carniceros sin escrúpulos como ellos. ¿Quién habría levantado dudas o sospechas sobre un infarto en una persona que ya sufría del corazón? Respuesta plausible a mi parecer:No lo han hecho porque un Siri todavía sano y salvo representaba, como si no bastara, una especie de sello de garantía impreso sobre su infame y desgraciado plan exitoso, que – vale la pena recordar – ha sido sin embargo permitido por Dios (ver Fátima) a causa y en castigo de un mundo que se volvió peor que el pre- diluviano.
Padre Khoat: «Sí, el Papa Gregorio XVII admitió delante de mí que “Él era el Papa Gregorio XVII”. Esta confirmación suya me fue dada en Roma en el encuentro del 14 de junio de 1988».
Anne-Catalina Emmerich: «Veo al Santo Padre en gran angustia. Él vive en un palacio distinto del anterior y admite sólo un número limitado de amigos que le son cercanos. Temo que el Santo Padre sufrirá muchas otras pruebas antes de morir. Veo que la falsa Iglesia de las tinieblas está haciendo progresos, y veo la tremenda influencia que tiene sobre la gente». (10 de agosto de 1820)
Julie-Marie Jahnney: «Armas de reciente invención (verosímilmente las cámaras de video vigilancia en torno al Palacio arzobispal) lo vigilan, noche y día lo vigilan en su prisión» (13 de marzo de 1878).
Nuestra Señora de Fátima: «Habéis visto el Infierno, donde caen las almas de los pobres pecadores… Si los hombres no cesan de ofenderle, Dios castigará al mundo con la guerra, el hambre y la PERSECUCIÓN A LA IGLESIA Y AL SANTO PADRE». (tcwblog).
Jacinta Marto tuvo la visión de al menos uno de los “Papas impedidos” de la Iglesia subterránea: «Pobre Santo Padre, debemos rogar muchísimo por él».
Nuestra Señora de La Salette. Maximino Giraud, en la carta del 3 de julio de 1851 escrita delante de su Obispo y destinada al Papa Pío IX: «Antes de que todo esto suceda, habrán grandes desórdenes en la Iglesia y en todas partes. El Santo Padre (Gregorio XVII) será perseguido. Su sucesor (Gregorio XVIII) será un pontífice que nadie esperará». (Secreto de Maximino).
San Pío X: «He visto a uno de mis sucesores, con mi mismo nombre, (José) que se alejaba de Roma … morirá de una muerte cruel» «He visto a los Rusos (masones = comunistas) en Génova». (Ciudad de la que Gregorio XVII fue hijo, pero sobre todo Arzobispo).
El marqués De La Franquerie. En 1939, el marqués De La Francquerie fue Camarero secreto de Su Santidad Pío XII y el Señor, a través de la estigmatizada bretona, Marie-Julie Jahenny, le confió todos los escritos de la mística, antes de que llegaran los alemanes. En mayo de 1985, muy conciente de los horrores de los “modernistas” en el poder y de las múltiples profecías de Marie-Julie, con referencia al papa oculto y prisionero, tuve, en Génova, un importante encuentro con el cardenal Siri (junto a otros dos católicos franceses), en el que le pedí confirmar, o desmentir, los rumores que circulaban desde algún tiempo en Europa, según los cuales había sido electo papa en un pasado cónclave. Siri me hizo claramente comprender, aún en medio de suspiros, pausas e incluso algunas lágrimas, que sí fue elegido papa. Esta intervención del Marqués, reportado por “Les Amis du Christ-Roi” de Louis-Hubert Remy, uno de los participantes en el coloquio y, e inmediatamente después, por los medios americanos, fue el catalizador que puso al Padre Khoat Van Tran y su equipo poco más de tres años después, en 1988, tras las huellas del verdadero y legítimo Papa. (Marie Julie Jahenny) Se comprende por qué Nuestra Señora en La Salette habla de “Iglesia eclipsada” y no de “Iglesia desaparecida”. La Sede de Pedro ha estado y está todavía hoy vacante, pero Pedro no ha cesado de existir, porque “Las puertas del infierno nunca prevalecerán sobre ella”.
Quisiera concluir con una comparación que se ajusta en cierto punto, pero que, creo, da una idea. Así como la simple existencia del pueblo hebreo es una blasfemia porque testimonia, después de casi dos mil años, su rechazo flagrante y persistente del Hijo de Dios, (encarnado en ese mismo pueblo), análogamente, la existencia actual de los Tradicionalistas (totalmente privados de jurisdicción y que por ello imparten remedios peores que el mal), testimonia una paradójica e insospechada falta de Fe, puesto que, todo católico que se considere tal debería (si no lo hace no es católico y si no lo entiende lo es todavía menos) rechazar todo lo que no pertenece a un Soberano (y legítimo) Pontífice y, en su misteriosa y temporal ausencia, multiplicar plegarias, sacrificios y cuanto fuera para merecerlo, y atraer, acelerar su manifestación. Cualquier otra actitud es el enésimo desafío a Dios (revestido de ultra farisaico devocionismo) que, como tal, hace exultar de gozo a nuestro irreductible Enemigo Suyo.
Cosmología tomista 3/18. Origen del mundo
Artículo III
Origen del mundo.
Ya hemos dicho que la negación de la creación constituye uno de los dogmas fundamentales del panteísmo. De aquí es que la refutación de éste no es completa, mientras no se demuestre que el mundo debe su existencia a la creación, para lo cual conviene exponer primero la naturaleza y condiciones de ésta.
§ I
Noción o idea de la creación.
«El primer ente, escribe santo Tomás {(1) Commet. in lib. de Caus., lec. 18.}, y la primera vida, y la primera inteligencia, son una misma cosa, que es Dios… Hay, pues, dos modos de causar; uno, con que se hace o produce algún efecto, presuponiendo alguna cosa, además de la causa; y de esta modo se dice que se hace o produce alguna cosa por información (es decir, cuando alguna forma o realidad se saca y se pone en algún sujeto preexistente); porque aquello que sobreviene posteriormente, tiene razón de forma (actualidad, determinación, modificación) respecto del sujeto que se presupone existente. El otro modo de causar es sin presuponer cosa alguna como sujeto, y de este modo se dice que una cosa se hace por creación. [166] Ahora, pues, porque el entender presupone el vivir, y el vivir presupone el ser, y el ser no presupone ninguna cosa anterior, de ahí es que el primer Ente da el ser a todas las cosas por modo de creación.»
«Crear, escribe en otra parte {(1) Sentent., lib. 2º, distinc. 1ª cuest. 1ª, art. II.}, es hacer pasar una cosa en cuanto a toda su sustancia o esencia, del no ser al ser. De aquí es, que la razón o idea de creación envuelve dos cosas: la primera es que no presupone nada por parte de la cosa que se dice ser creada… La causalidad del generante o alterante (del agente o causa que engendra alguna sustancia, o produce algún accidenta o mutación sensible); no se extiende a todo aquello que se halla en el efecto (es decir, en la cosa engendrada o modificada accidentalmente), sino solamente a la forma, a la cual hace pasar de la potencia al acto (al estado de actualidad); mas la causalidad que crea, se extiende a todo aquello que hay en la cosa creada, y por esta razón se dice que la creación es de la nada, porque nada hay que preexista a la acción creadora, como no creado. La segunda cosa es, que en la cosa que se dice creada, primero es el no ser que el ser, no ciertamente con prioridad de tiempo o duración, sino con prioridad de naturaleza.»
Estos dos pasajes de santo Tomás resumen la teoría racional y filosófica de la creación, teoría que puede sintetizarse en las siguientes reflexiones:
1ª La creación se distingue y diferencia principalmente de las demás especies de acciones, en que para su ejercicio y la producción del efecto, no exige ni presupone nada más que la misma causa eficiente o creadora; en otros términos: la causa creante, como creante, sólo presupone necesariamente la existencia de sí misma, de manera que no depende ni exige ningún otro ente, ni para existir en sí misma como causa capaz de crear, ni para poner o realizar la creación.
2ª Siendo indudable que todos los seres que componen [167] el mundo están comprendidos en alguno de los tres grados fundamentales, ser, vivir, entender, esse, vivere, intelligere, de los cuales los dos posteriores presuponen necesariamente el primero, al paso que éste ninguna otra cosa o realidad anterior presupone, se infiere de aquí que todas las cosas que hay en el mundo, consideradas bajo este punto de vista, o sea por parte de su tránsito originario, primitivo y fundamental del no ser al ser, han sido producidas por creación.
3ª Toda causa eficiente finita y creada, ya sea que el término de su acción sea una nueva sustancia (generación), como cuando nace un animal, o una planta; ya sea que el término de la acción sea un accidente (alteración), como el movimiento, el calor, la figura en un cuerpo, se halla colocada a una distancia inmensa de la causa creatriz o de su acción: 1º porque la acción de aquella presupone siempre alguna materia preexistente, en la cual se recibe la acción o eficiencia de la causa, y hasta las acciones más nobles y más independientes por su naturaleza, como la intelección y la volición, presuponen la existencia y esencia del sujeto que las pone y en el cual se reciben: 2º porque nunca produce todo lo que hay en el efecto, y esto no sólo cuando se trata de accidentes, como el que hace o produce la cera redonda, no hace ni produce la cera, sino aun tratándose de producción de nuevas sustancias, las cuales nunca son nuevas totaliter, o en cuanto a todo lo que contienen de sustancial, sino parcialmente, o sea en cuanto a la forma; pues la materia primera no es producida por el agente creado. Por el contrario, la acción creatriz no presupone ninguna materia o sujeto preexistente en el cual se reciba, y su término, o sea el efecto por ella producido, es nuevo totalmente, pasando del no ser al ser toda la entidad o realidad que encierra en su seno.
4ª De lo dicho se infiere que el accidente, como tal y con abstracción de la sustancia, no es término propio y connatural de la acción creatriz; porque el accidente presupone naturalmente la sustancia como sujeto y recipiente, y la acción creatriz, en cuanto tal no presupone ningún sujeto [168] recipiente y tiene por efecto o término propio todo el ser del efecto, y no un modo, como es el accidente. Por eso enseña con razón santo Tomás, que el término o efecto propio connatural y per se de la creación, es la sustancia completa, y no sus partes, ni menos los accidentes; pues de aquellas y de estos se debe decir, no que son creados, sino más bien concreados en la sustancia y con la sustancia (1). Hemos dicho que el accidente no es término connatural, ni efecto propio de la creación, porque no negamos la posibilidad de la creación de un accidente existente en sí o separado del sujeto.
{(1) «Cum enim fieri terminetur ad esse, proprie ei convenit fieri, cui convenit per se esse, scilicet, rei subsistenti. Unde nec materia, nec forma, nec accidens, proprie dicuntur creari, sed concreari; proprie autem creatur res subsistens.» QQ. Disp. de Pot., cuest. 3ª, art. I, ad. 12.}
5ª Cuando se dice que la creación es la producción de una cosa ex nihilo, de la nada, la partícula latina ex y la castellana de, no significan que la nada sea la materia del efecto creado, sino que significan el orden de los términos que concebimos en la creación, concibiendo el no ser del efecto A, como anterior en orden de naturaleza al ser del mismo (1). También significa esta partícula que la acción creadora y el efecto creado, atendida su naturaleza, presuponen la nada del efecto creado; pues, como escribe santo Tomás, ideo dicitur aliquid ex nihilo fieri, quia fil quidem, sen non praexistit aliquid es quo fiat.
{(1) «Cum dicitur aliquid ex nihilo fieri, haec praepositio ex non designat causam materialem, sed ordinem tantum, sicut cum dicitur: ex mane fit meridies.»}
6ª Luego la creación podrá definirse: La acción capaz de producir una sustancia en cuanto a toda su entidad, excluyendo la preexistencia de toda realidad como materia del efecto o como recipiente de la acción. Esta definición coincide en el fondo con la que solían dar los antiguos Escolásticos, llamando a la creación producción de una cosa de la nada: productio rei ex nihilo sui. [169]
Se dice 1º una sustancia, porque sólo la sustancia es el término propio y connatural de la creación, como se ha dicho. 2º Se dice como materia del efecto o como sujeto recipiente de la acción, porque la creación no excluye ni la existencia de otras sustancias, con tal que no tengan razón de materia o sujeto en orden a la misma, ni tampoco excluye, antes bien presupone necesariamente la existencia de alguna cosa, o sea de la causa creante. 3º Y por eso se pone en la primera definición, en cuanto a toda su entidad, y en la segunda ex nihilo sui, indicando que no preexiste nada de lo que contiene el efecto creado.
7ª De esta definición se desprenden los siguientes
Corolarios
a) La creación pasiva, es decir, considerada por parte de término (passive et terminative) o del efecto producido, no es mutación, en rigor filosófico; porque la mutación se refiere a algún sujeto que pasa de una forma a otra, de un estado a otro, de manera que envuelve y exige un término a quo, un término ad quem y un sujeto común a los dos, lo cual no conviene a la creación, que por su naturaleza excluye todo sujeto preexistente.
b) Por lo mismo que la creación excluye todo sujeto transmutable, y no es mutación, es por su naturaleza una acción instantánea y no sucesiva, puesto de donde no hay mutación, no hay sucesión. La creación, por consiguiente, no se realiza en el tiempo, por mínimo que este se suponga, sino en un instante indivisible.
c) La creación, considerada por parte de su principio, ex parte principii agentis, que es Dios, se identifica realmente con la potencia divina en acto, y consiguientemente con la esencia divina, a la cual sólo añade una relación de razón; porque la simplicidad absoluta de la esencia divina excluye todo accidente, y por consiguiente toda relación real a las criaturas. Mas por parte de la criatura o del efecto, la creación da origen a una relación real, consistente en la dependencia real que el efecto, por razón del ser nuevo y total que ha recibido, tiene de Dios, como principio de dicho ser. [170]
d) La creación es una operación tan superior, que es propia y exclusiva de Dios, de manera que es hasta incomunicable a las criaturas. La razón es que la operación creatriz exige una eficiencia o virtud infinita, porque infinita es la distancia entre el no ser absoluto y el ser; pues, como observa santo Tomás, dado un ser cualquiera, dista más del no ser o de la nada, que de cualquier otro ser, por perfecto que este sea (1). Luego el tránsito del no ser absoluto al ser real que realiza la creación, exige una virtud o potencia infinita, incompatible con la criatura, finita siempre en su esencia y fuerzas.
{(1) «Non ese autem simpliciter, in infinitum ab esse distat, quod ex hoc patet, quia á quolibet ente determinato, plus distat non esse, quam quolibet ens, quantuncumque ab alio ente distans inveniatur. Et ideo ex omnio non ente aliquid facere, non potest esse nisi potentiae infinitae.» QQ. Disp. de Pot., cuest. 3ª, art. 4º.}
Además, la creación corresponde exclusivamente a Dios, agente nobilísimo y perfectísimo; porque es la acción más perfecta y a la vez la más fundamental de cuantas acciones pueden tener lugar en los seres o existencias fuera de Dios; lo cual es fácil reconocer, si se tiene presente que todas las demás acciones presuponen la creación de las cosas, al paso que ésta no presupone ninguna otra acción.
La noción filosófica y cristiana de la creación, cuyo análisis se acaba de hacer, es de la mayor importancia para discernir y refutar a la vez los sistemas panteístas, los cuales convienen todos en negar o al menos desfigurar la idea racional y filosófica de la creación. Por eso se observa, que hasta aquellos panteístas que rechazan este dictado y que se esfuerzan por no aparecer hostiles al cristianismo, desfiguran y destruyen el concepto filosófico-cristiano de la creación, arrastrados por las exigencias lógicas de su teoría panteísta. Tal es, entre otros, Cousin, para el cual la creación no es más que la posición de un acto por medio del cual se saca algún efecto, no de la nada, sino del sujeto [171] mismo creante (1). Si a esto se añade ahora, que para Cousin la creación es necesaria, de manera que Dios no puede dejar de crear el mundo, se reconocerá fácilmente que la creación de este filósofo es una creación esencialmente panteísta, que nada tiene común con la creación verdadera, y que destruye hasta la noción racional de Dios, negándole la libertad en las operaciones ad extra.
{(1) «Nous crêons toutes les fois que nous produisons un acte fibre. Nous créons de rien, en ce sens que la matière de notre action n’est pas en dehors de nous. La création divine est de la même nature. Dieu en créant l’univers, ne le tire pas du néant… il le tire de lui même.» Introduct á l’hist. de la Phil., lec. 5ª.}
§ II
Origen del mundo por creación.
Expuesta ya la noción filosófica de la creación, no es difícil demostrar que el mundo recibió su existencia por medio de esta acción, propia y exclusiva de Dios, como ser omnipotente.
Tesis
El mundo solo pudo comenzar a existir por medio de la creación, o producción ex nihilo sui.
Demostración. El mundo, o comenzó a existir por si mismo, o fue formado de alguna materia existente por sí misma desde la eternidad, o fue formado de la sustancia divina, o comenzó a existir por creación, toda vez que estos cuatro extremos abrazan todos los sistemas que los filósofos han concebido sobre esta materia; es así que repugna su [172] existencia por cualquiera de los tres primeros modos: luego su origen solo puede concebirse y atribuirse racionalmente a la creación.
a) Que el mundo no comenzó a existir por sí mismo, lo demuestran palmariamente su contingencia, su mutabilidad, sus imperfecciones; pues el ente que existe por sí mismo con independencia de todo otro ser, es absolutamente necesario, es inmutable, porque tiene todas las perfecciones posibles, puesto que no hay ningún otro ser que pueda limitar sus perfecciones; sin contar que un ser absolutamente necesario es un ser absoluto que excluye todo no ser y toda imperfección. ¿Puede, en una palabra, admitir la sana razón que un ser sujeto a tales y tantas mutaciones, a tantas y tantas imperfecciones, defectos y males físicos, morales e intelectuales, es Dios? Porque la verdad es, que si el mundo existe por sí mismo, es preciso reconocerlo como Dios; pues el atributo más característico y fundamental de la divinidad es la existencia a se et per se.
b) Si el mundo que abraza formas, además de la materia; si el mundo, que además de las sustancias puramente materiales, contiene sustancias animadas y sustancias espirituales, no puede existir por sí, como acabamos de ver, claro es, que conceder esta existencia a se, o con independencia de Dios a la materia, sería el colmo del absurdo.
c) Tampoco puede traer su origen de la sustancia divina: 1º porque a ello se oponen todas las razones aducidas antes para establecer contra el panteísmo la distinción sustancial entre el mundo y Dios.
2º Porque si se dice que el mundo es una emanación de la sustancia divina, o esta emanación se toma indivisibiliter, en el sentido de que el mundo es una especie de expansión de la sustancia divina; o se toma divisibiliter, es decir, suponiendo que el mundo es una parte de la sustancia divina que pasa y se transforma en mundo. Una y otra hipótesis llevan consigo el absurdo de hacer corpórea y extensa la sustancia divina, puesto que corpóreo y extenso es éste. Además, la primera hipótesis tropieza con todos los absurdos [173] indicados al refutar la identificación sustancial del mundo con Dios, a saber, que un mismo ser sería a la vez material y espiritual, necesario y contingente, bueno y malo, finito e infinito, &c. Si se adopta la segunda hipótesis, será preciso admitir que Dios es divisible en partes, y por consiguiente que es compuesto y mutable, contra lo que demuestra la razón y la ciencia; porque Dios, o no existe, o es un ser simplicísimo, indivisible e inmutable.
Luego el origen del mundo actual, lo mismo que el origen de cualquiera otro diverso de éste, si existe o ha existido, sólo puede concebirse racionalmente por medio de la creación, es decir, debiendo su existencia a la acción de Dios, que con su virtud omnipotente e infinita lo sacó de la nada, haciéndole pasar del no ser al ser; conclusión en que la ciencia se halla en perfecto acuerdo con la fe y revelación divina: creationem esse, non tantum fides tenet, sed etiam ratio demonstrat, dice santo Tomás.
Con motivo de estas palabras del santo doctor, y otros pasajes análogos, como cuando escribe que ratione demonstratur, et fide tenetur, quod omnia sint a Deo creata, séanos permitido observar que estas palabras deben entenderse en el sentido de que la razón demuestra fácilmente la creación del mundo, presupuesta la luz de la revelación, la Escritura y la teología cristiana han difundido sobre la creación y las ideas que se hallan en relación con la misma; pero no en el sentido de que la razón sola pueda demostrar fácilmente la existencia de la creación. En resumen: 1º la demostración del origen del mundo por creación, es no sólo posible, sino fácil a la razón humana ilustrada por las ideas y verdades del cristianismo: 2º esta demostración es posible absolutamente a la razón humana, abandonada a sus propias fuerzas: 3º pero esta demostración, en estas condiciones, es muy difícil; y bajo este punto de vista, puede decirse que el conocimiento de la creación en sí misma y como origen del mundo, no supera las fuerzas físicasde la razón humana, pero sí sus fuerzas morales. Esta apreciación se halla corroborada por la historia de la filosofía, que nos presenta a los genios más [174] eminentes de la ciencia pagana, o ignorando por completo la idea de creación, o vislumbrándola, a lo más, de una manera harto confusa e insegura.
§ III
Principio o edad del mundo.
La importancia que en nuestros días ha adquirido la geología, y las objeciones que de esta y de la astronomía se han pretendido sacar contra la verdad católica y la Sagrada Escritura, hacen que sea conveniente y hasta necesario, que los jóvenes estudiantes posean algunas nociones que puedan servirles de norte, para no dejarse llevar de exageraciones peligrosas en pro o en contra de las varias soluciones que puede recibir el problema del principio o comienzo del mundo. Helas aquí:
1ª Cualquiera que sea la teoría que se adopte acerca del modo, fuerzas y tiempo empleados para que el mundo adquiera su estado presente, siempre es preciso reconocer lo que la ciencia y la razón demuestran, en armonía con la revelación, a saber, que la materia elemental y primitiva del mundo, debió salir de la nada por medio de la creación divina, así como también los seres o sustancias espirituales que se hallan fuera de la esfera de actividad y de las fuerzas de la materia.
2ª Cualquiera que sea la opinión que se tenga acerca de la posibilidad absoluta de un mundo eterno (1), es cierto que [175] la fe nos enseña que el mundo, como morada de la humanidad descendiente de Adán, no solamente no es eterno, sino que abraza un período de tiempo relativamente corto. Ni la geología, ni la astronomía han presentado argumento alguno decisivo, ni siquiera de valor realmente científico, en favor de un período de tiempo superior al que cabe dentro de los límites de la narración mosaica y de la cronología bíblica, con respecto a la humanidad terrestre.
{(1) Sabido es que santo Tomás enseña que no se puede demostrar la imposibilidad absoluta de la eternidad del mundo, es decir, que implique contradicción la existencia de un mundo o de un ser permanente creado por Dios desde la eternidad. Otros filósofos y teólogos católicos, opinan, por el contrario, que envuelve contradicción o repugnancia interna la existencia de un mundo creado ab aeterno.}
3ª Tampoco han presentado ni presentarán jamás un argumento demostrativo de la eternidad del mundo prehistórico, es decir, del mundo considerado antes de la aparición del hombre sobre la tierra. La razón es que, cualquiera que sea el número y la duración de períodos que se pretenda considerar necesarios para la formación y constitución del mundo en su período o estado prehistórico, siempre resultará un número dado de períodos, de años o de unidades determinadas, y por lo mismo finitas de duración. Decir que el mundo es eterno porque su duración abraza millones y millones de años, es ignorar por completo la noción del infinito, y confundir el tiempo con la eternidad, la cual se halla colocada a una distancia infinita, lo mismo de un período de veinte años, que de un período de veinte trillones de años. Así, pues, si la doctrina católica nos enseña que el mundo realmente es temporal o que comenzó en el tiempo, o mejor dicho, con el tiempo, la razón ni demuestra, ni puede demostrar que realmente es eterno. Lo que sí puede demostrar y demuestra realmente la razón, es que cualquiera que sea la duración del mundo, grande o pequeña, eterna o temporal, (en la hipótesis de la posibilidad de la primera) siempre es necesario reconocer que ha salido de la nada por medio de la creación.
4ª Cuando se dice que el mundo pudo comenzar a existir antes, o que Dios podía haberle creado antes, es preciso no dejarse alucinar por la imaginación que nos representa un espacio de tiempo real transcurrido, durante el cual el mundo no existía. El tiempo no es más que un modo del mundo, y como tal, inseparable de éste, con el cual comenzó a existir. [176] El tiempo, pues, que concebimos antes del mundo es una mera ilusión de la imaginación, que debe ser rectificada y corregida por la razón, la cual nos enseña que antes del mundo no había tiempo, porque no había cosas mudables y sucesivas, ni movimientos y mudanzas: así es que en realidad, no había antes; porque donde no hay mutaciones, no hay antes ni después: no había más duración que la eternidad inmutable de Dios (1). Cuando se dice, pues, que el mundo podía haber comenzado antes, sólo es aceptable este modo de hablar en el terreno filosófico, en el sentido de que desde su principio hasta ahora pudiera haber transcurrido mayor número de días, años, &c.
{(1) Esta observación había sido hecha ya por santo Tomás, según se ve en los siguientes pasajes: «Deus est prior mundo duratione. Sed ly prius non designat aeternitatem temporis, sed aeternitatis: vel dicendum, quod designat aeternitatem temporis imaginati, et non realiter existentis.» Sum. Theol., 1ª P. cuest. 46, art. 1º, ad. 8.
«Cum dicimus res non semper fuisse a Deo productas, non intelligimus, quod infinitum tempus praecesserit in quo Deus ab agendo cessaverit (en el cual Dios se haya abstenido de obrar), et postmodum tempore determinato agere ceperit: sed quod Deus, tempus et res sumul in esse produxerit, postquam non fuerant. Et sic non restat in divina voluntate considerandum quuod voluerit facere res non tunc, sed postea, quasi tempore jam existente; sed considerandum solum est hoc, quod voluit, quod res et tempus durationis earum inciperent esse, postquam non fuerunt.» Commet. in lib. 8, Phys., lec. 2ª.}
5ª La razón y las ciencias naturales no demuestran, ni pueden demostrar con certeza absoluta o metafísica que el mundo antehistórico excede en duración sensible o notable al mundo histórico o sea la aparición del hombre sobre la tierra, pero sí pueden presentar argumentos y teorías probables en favor de esta duración o preexistencia de períodos más o menos largos, anteriores al mundo histórico. La razón de lo primero es que la razón y la ciencia jamás demostrarán, ni pueden demostrar que Dios no pudodar al mundo la disposición y organización que tenía este al aparecer el hombre [177] en la tierra, porque es incontestable que el que tuvo poder suficiente para sacar el mundo de la nada instantáneamente, a fortiori y mucho más lo tendrá para darle esta o aquella forma o estado, no ya en algunos días, sino en un instante.
La razón de lo segundo, es que es muy posible y hasta muy probable que Dios, después de haber obrado como Creador y como agente infinito y extraordinario al sacar el mundo de la nada, haya querido aplicarle y ejercer en él desde el principio las leyes de su providencia ordinaria, según las cuales vemos que gobierna, conserva y dirige el mundo por medio de las causas segundas o agentes y fuerzas naturales. Por otra parte, la disposición y superposición ordenada de los diferentes terrenos que forman la costra de nuestro globo; la constitución y fosilización de las capas sedimentarias que indican y exigen, según el curso natural y ordinario de la naturaleza, largos períodos de años; la gradación y correlación más o menos constantes de los varios terrenos y de los fósiles que contienen, con otros muchos indicios análogos que la ciencia geológica suministra cada día, hacen muy plausible la opinión de que el período antehistórico o prehumano del mundo, abraza una duración de tiempo relativamente grande y superior en mucho a los seis días ordinarios, según la interpretación general de los antiguos.
6ª Por lo tanto, la fe y la Sagrada Escritura dejan el campo libre a las varias teorías de la geología, la astronomía y demás ciencias naturales, siempre que se reconozcan la creación del mundo elemental, o sea su producción originaria de la nada, hecha libremente por Dios, la aparición relativamente reciente del hombre sobre la tierra, y la duración temporal o principio del mundo en el tiempo y con el tiempo.
De aquí se infiere: 1º que se aparta del verdadero espíritu de la ciencia y de la sobriedad propia del verdadero sabio, aquellos naturalistas que, o atribuyen al mundo una duración infinita y eterna, o, lo que es más irracional aún, niegan su creación de la nada; porque para la razón y la [178] verdadera ciencia, cualquiera que sea la teoría que se adopte para explicar la organización y constitución del mundo, cualquiera que sea la extensión de los períodos de años y las transformaciones necesarias para llegar al estado actual, siempre resultará un número finito de años, y sobre todo, siempre será necesario llegar a alguna materia elemental y a fuerzas primordiales sacadas de la nada por Dios. 2º Que igualmente se apartan del buen camino, los que rechazan como absolutamente inadmisibles y contrarias a la religión, las teorías geológicas o astronómicas incompatibles con determinadas interpretaciones de los seis días del Génesis, sobre cuya naturaleza y duración nada fija la revelación divina siempre que en dichas teorías queden a salvo los dogmas católicos, como lo quedarán sin duda, si la teoría es verdaderamente científica, o lo que es lo mismo, no lleva sus conclusiones más allá de lo que permiten o exigen los datos de la ciencia. En resumen: es preciso evitar los extremos y exageraciones por una y otra parte; porque la verdad es que ni la ciencia se opone a la religión, ni la religión a la ciencia, y esto por la sencilla razón que la verdad no se opone a la verdad.
7ª En armonía con la reflexión anterior, y como complemento de cuanto sobre esta materia dejamos consignado, indicaremos las principales interpretaciones bíblico-geológicas de los seis días del Génesis. Helas aquí:
a) Los seis días son seis espacios de tiempo, determinados por la sucesión única de luz y tinieblas, correspondiente a 24 horas, al menos respecto de los tres últimos; sin embargo, es posible que antes del primer día, haya transcurrido un período o espacio de tiempo de gran duración, correspondiente a las palabras del Génesis: in principio creavit Deus caelum et terram, &c.
b) Los seis días son períodos de tiempo no precisados por el Génesis, y cuya duración, por consiguiente, puede abrazar un período más o menos considerable. Estos períodos reciben el nombre de días a causa de cierta analogía con los seis días señalados para el trabajo en la semana, a los [179] cuales sucede el séptimo de descanso, destinado para honrar y glorificar a Dios autor de la creación.
c) Los seis días designan únicamente las fases principales de la actividad creadora, o sea el orden lógico de la creación por parte de los seres creados, y no designan una sucesión verdadera o cronológica de tiempo.
Tanto estas interpretaciones de los seis días del Génesis, como otras análogas relativas a las varias teorías geológicas y astronómicas, caben dentro de la narración mosaica, absolutamente hablando, y sería asaz temerario y peligroso rechazar en nombre de una exégesis más o menos fundada, pero no dogmática por declaración de la Iglesia, teorías que la ciencia pudiera demostrar o hacer muy probables con el tiempo. Semejante modo de proceder, lejos de ser provechoso, puede ceder fácilmente en descrédito y peligro para la religión; porque, como nota santo Tomás, a esto puede conducir el aferrarse a una interpretación determinada de la Sagrada Escritura, cuando ésta es susceptible de varios y diferentes sentidos (1), como sucede con frecuencia. [180]
{(1) «Cum Scriptura divina multipliciter exponi possit, nulli expositioni aliquis ita precise inhaereat, ut si certa ratione constiterit hoc esse falsum, quod aliquis sensum Scripturae esse credebat, id asserere nihilominus praesumat, ne Scriptura ex hoc ab infidelibus derideatur, et ne eis via credenti praecludatur.» Sum. Theol., 1ª p., cuest. 68, art. I.}
SERMÓN DE PENTECOSTÉS. P. ALTAMIRA
Sermón del Padre Altamira
( En la Capilla S. Pío X)
Domingo de Pentecostés
Cosmología tomista 2/18. Distinción entre el mundo y Dios
Artículo
Distinción entre el mundo y Dios.
Como este problema de la distinción entre el mundo y Dios encierra en su seno el problema del error panteísta, que es el error más universal de nuestros días y la fórmula más científica del racionalismo, exige una discusión relativamente extensa, para lo cual dividiremos este artículo en párrafos.
§ I
Nociones previas generales sobre el panteísmo.
1ª La palabra panteísmo, considerada según su significado material y etimológica, equivale a Todo-Dios; porque, en efecto, el fondo y la esencia del panteísmo consiste en negar la pluralidad y distinción sustancial de lo que llamamos seres finitos, ya entre sí, ya principalmente con relación a Dios. De aquí es que bajo el nombre de panteísmo comprendemos y significamos ordinariamente todo sistema que enseña que todos los seres constituyen en realidad un ser [141] sustancial, respecto del cual lo que llamamos seres particulares y finitos no son más que, o evoluciones parciales, o modificaciones y fases varias del mismo ser, o fenómenos ideales del mismo.
2ª Los sistemas panteístas, aunque idénticos en el fondo y la esencia, se distinguen, no obstante, entre sí y revisten diferentes formas, en relación con el modo de explicar el origen del mundo y su distinción de Dios. Estas formas pueden reducirse a tres fundamentales, que son: 1ª teoría o forma de la emanación: 2ª forma de la evolución real o de modificaciones inmanentes: 3º forma idealista o de la variedad aparente. Según la primera, el mundo todo con sus diferentes naturalezas y fenómenos, procede o sal de Dios por medio de una verdadera emanación sustancial de suerte que el mundo viene a ser una parte de la sustancia divina que sale de Dios para volver a entrar en él por medio de la remanación, bien que no todos los partidarios de la forma emanatista admiten la remanación o regreso de los seres a la sustancia divina.
La segunda forma explica el origen del mundo por medio de una especie de desarrollo interno e inmanente de la sustancia divina, mediante el cual ésta determina y produce en sí misma el espíritu y la materia, o sea todos los seres espirituales y materiales, como modificaciones reales, pero fenoménicas, del pensamiento divino y de la extensión infinita, que son atributos inmanentes de la esencia divina, de la cual, en consecuencia, los cuerpos y los espíritus no se distinguen como una sustancia de otra sustancia, sino como un modo de la sustancia.
La tercera forma excluye hasta esta distinción accidental real; porque sólo admita un ser único, una realidad o esencia única y universal, con la cual se identifican absolutamente todos los seres; de manera que lo que llamamos sustancias finitas o particulares son meros fenómenos, apariencias e ilusiones, consideradas en sí mismas y por parte de su distinción de Dios. Puede decirse que el primer panteísmo es el gusano de seda o la araña que saca de su cuerpo la tela que construye: el segundo es el océano en cuyas aguas se [142] levantan olas de diferente magnitud y figura: el tercer panteísmo son los colores varios que aparecen en las plumas del pájaro-mosca miradas en diferentes situaciones y grados de luz.
3ª El origen general del panteísmo se halla, o en la negación, o en la ignorancia de la idea de creación. Desconocida o negada la producción ex nihilo, el origen del mundo sólo puede explicarse, o por la teoría dualista de los antiguos filósofos que admitían la eternidad de la materia, o por la teoría panteísta, que hace del mundo una evolución o manifestación sustancial del ser divino. Por eso vemos que todo sistema panteísta, cualquiera que sea la forma especial de su doctrina, o niega completamente la creación, o la desfigura y destruye en su naturaleza propia. El panteísmo emanatista, sustituye la creación ex nihilo con la emanación ex substantia divina. El panteísmo de la evolución o realista, pone en lugar de la creación de sustancias finitas ex nihilo sui, la producción, mejor dicho, educción de modos de la sustancia divina. Para el panteísmo idealista, no hay, ni puede haber creación ex nihilo, ni siquiera producción de ninguna realidad que se distinga del ser único y absoluto.
4ª Luego los dogmas fundamentales y característicos del panteísmo son: 1º la unidad sustancial de los seres: 2º la negación de la creación. Para reconocer, por lo tanto, si una doctrina es o no panteísta, bastará comprobar que contiene o envuelve las dos afirmaciones indicadas (1), o alguna de ellas. Fácil es colegir de lo que dejamos consignado que el panteísmo es un ateísmo disfrazado; porque es claro que la [143] identificación del mundo con la sustancia divina, es incompatible con la idea de un Dios personal, existente a se, infinito en sus perfecciones, dotado de inteligencia, simplicidad, inmutabilidad, &c. El panteísmo puede apellidarse el ateísmo de la civilización racionalista.
{(1) He aquí un pasaje de Gioberti en confirmación de esto: «Les caractéres essentiels du pantheisme, peuvent donc sè reduire á deux: 1º unité de substance: 2º exclusion de toute création substantielle… Les émanatistes admettent un simple développement de la substance unique; les idéalistes nient toute production réele; parmi les realistes, quelque-uns rejettent également toute production, parce qu’ils considérent comme éternels les attributs et les modifications du monde; les autres admettent une création, non pas de substance, mais de modes, c’est-á-dire, de simples phénoménes.» Consider. sur les doctrines de M. Cousin, pág. 3.}
5ª La clasificación fundamental de las tres formas del panteísmo, se halla comprobada además por la historia de la filosofía. Bastará una rápida ojeada sobre ésta para convencerse de ello.
A) Entre los partidarios del panteísmo emanatista, además de varias sectas de la filosofía índica, y además también de no pocos de los antiguos gnósticos, que explicaban el origen del mundo por medio de emanaciones y remanaciones sucesivas y graduales de la sustancia divina, deben colocarse,
a) La filosofía de los persas, según la cual todos los seres que constituyen el mundo emanaron del primer principio o tiempo infinito, por medio de Ormutz, principio de la luz y de las cosas buenas; y por medio de Ahriman, principio de las tinieblas y del mal. Por donde se ve que el panteísmo de los persas era un panteísmo emanatista-dualista. Las herejías de los maniqueos, priscilianistas, albigenses y otras análogas, no fueron en su fondo y esencia más que aplicaciones de este panteísmo.
b) Los estoicos, cuya teoría sobre esta materia puede reducirse a los siguientes puntos: 1º Dios es el principio activo del mundo, no en razón de causa creadora y eficiente del mismo, sino al modo con que el alma vivifica y mueve el cuerpo con el cual se halla unida: 2º Así es que el mundo viene a ser una parte integral y sustancial de Dios, y éste penetra por todas partes al mundo como alma universal del mismo: 3º Éste mundo visible, con todos sus seres, fuerzas y movimientos, sale continuamente de Dios, del cual es inseparable, y del cual fluyen o emanan las diferentes mutaciones que en el mundo se realizan, y esto de una manera fatal y necesaria: 4º La sustancia o esencia de Dios, es un éter o fuego sutilísimo dotado de actividad innata y necesaria, [144] por medio de la cual, desenvolviendo y vivificando la materia primera o caótica, forma el mundo, el cual perecerá, finalmente, no por aniquilación absoluta, sino volviendo a la materia caótica de donde había salido, por medio de un movimiento de involución.
c) Los neoplatónicos, cuyo panteísmo, al menos según se presenta en Plotino, su principal representante, es a la vez idealista y emanatista. Es idealista, en cuanto que reduce en realidad todas las cosas a la unidad o identidad absoluta, de manera que, según Plotino, el cognoscente y lo conocido, el sujeto y el objeto, la materia y el espíritu son idénticos y constituyen un solo y mismo ser. Así es que para este filósofo, la última perfección de la filosofía consiste en reconocer y afirmar la unidad absoluta por medio de una intuición inmediata, preludiando con esto la teoría de Schelling (1). Aproxímase, sin embargo, por otro lado al panteísmo emanatista, cuando pretende que todas las cosas emanan de la unidad primitiva y absoluta, cuyas emanaciones primarias y fundamentales son la inteligencia y el alma, las cuales, en unión con la unidad primitiva, constituyen y forman la trinidad de la escuela alejandrina, o sea la triada de Plotino, en la cual algunos racionalistas han querido ver el origen y base de la Trinidad del dogma católico.
{(1) «Plotin, escribe Tennemann, part de ce principe, qu’il n’ y a de philosophie possible qu’autant que la connaissance et la chosse connue, le subjetif et l’objetif, sont ramenés á la identité. La fonction de la philosophie est de connaître l’unite, ce qui est le principe et l’essence de toutes choses, et de la connaître en soi, non par l’entremise de la penseé ou de la reflexion, mais par un moyen bien superieur, par l’intuition inmediate… Le but de sa philosophie, selon Porphyre, c’est l’union inmediate avec l’etre divin.» Manuel de l’Histor. de la Phil., t. I, pág. 286.}
d) Cousin, cuyo panteísmo, si bien por un lado se acerca al panteísmo realista de Espinosa, cuya definición de la sustancia adopta, entra lógicamente en el terrero emanatista, habida razón de su doctrina sobre la creación. Aunque es [145] cierto que habla de creación y rechaza la emanación, es también indudable que en realidad la creación enseñada por este jefe del Eclecticismo se asemeja mucho a la emanación, si es que no se identifica con ella. Según su doctrina, Dios crea el mundo, pero no lo crea sacándolo de la nada, sino que lo saca de sí mismo; de suerte que así como nosotros creamos nuestros actos, sacándolos, no de la nada, sino de nuestro ser como de su materia, así también el ser divino es como la materia de la cual Dios saca el mundo, al crearlo (1). Si a esto se añade que, según veremos más adelante, para Cousin la creación del mundo no es una acción libre por parte de Dios, se reconocerá fácilmente que la creación de este filósofo nada tiene de común con la creación enseñada por la filosofía cristiana, y que es en el fondo una verdadera emanación.
{(1) He aquí uno de los varios pasajes en que más o menos explícitamente enseña esta doctrina: «Nosotros creamos de la nada en el sentido de que la materia de nuestra acción no está fuera de nosotros; y no creamos de la nada, en cuanto que creamos (al poner alguna acción) con el fondo mismo de nuestro ser… La creación divina es de la misma naturaleza. Dios al crear el universo, no lo saca de la nada, que no existe, que no puede existir y que no es más que una pura palabra: lo saca de sí mismo.» Introd. á l’Histoire de la Phil., lec. 5ª, pág. 101, ed. 4ª.}
B) Los principales partidarios del panteísmo realista, o sea de la evolución inmanente y real de la sustancia divina, son:
a) Espinosa, cuyo sistema puede condensarse en las siguientes afirmaciones: 1ª es necesario que exista una sustancia necesaria y eterna, la cual exista, no solamente en sí,sino por sí, o con independencia de todo otro ser. 2º Esta sustancia es omnimode infinita, porque no puede recibir límites, ni de sí misma, ni de otro ser; y por consiguiente, contiene en sí todas las perfecciones, realidades y modos de ser, pues de lo contrario no sería omnimode infinita. 3ª Toda vez que esta sustancia, por lo mismo que es infinita, contiene todas [146] las realidades posibles, no puede ser más que una, porque fuera de toda la realidad no hay nada, y es lo que llamamos Dios, cuyos atributos esenciales son el pensamiento y la extensión. 4ª Luego todas las cosas que vemos en el mundo y todo cuanto existe, existe en Dios, fuera del cual nada puede existir ni siquiera concebirse, no solamente a causa de su infinidad, sino también porque repugna que una sustancia sea producida por otra sustancia. 5º Luego todos los seres que llamamos finitos no son más que modificaciones o modos de la sustancia divina, de manera que las almas o espíritus, con sus intelecciones, voliciones, &c., son meras modificaciones del pensamiento divino, al par que los cuerpos son modos de la sustancia divina, en cuanto que posee el atributo de la extensión. 6ª Luego Dios y el mundo constituyen o forman una sola e idéntica sustancia.
Toda la teoría panteísta de Espinosa se funda, como se acaba de ver, en la definición cartesiana de la sustancia. Por eso hemos afirmado más de una vez, que el panteísmo de Espinosa es una aplicación y evolución lógica de la filosofía de Descartes, opinión que vemos adoptada por varios pensadores notables (1). Dada la definición de la sustancia adoptada [147] por Descartes, y dada también su doctrina sobre el pensamiento y la extensión como constitutivos del alma y del cuerpo respectivamente, Espinosa pudo levantar fácilmente sobre estas bases su edificio panteísta.
{(1) Véase cómo se expresa, entre otros, Goschler en el Diction. encyclop. de la Theolog. cath.
«On a dit que Descartes est le père de la philosophie moderne. Si celle-ci est pantheiste, il faut que le pantheisme ressorte des principes cartesiens. Non pas que Descartes voulut ou previt les fruits que porterait sa doctrine: mais ayant posé les principes, n’est-il pas responsable des consequences logiques qui s’en deduisent rigoureusement? Descartes trouva, dans le pays même ou furent écrits est repandus d’abord ses ouvrages, un disciple hardi et consequent, qui voulut et sut imperturbablement tirer des donnés du maître le système qu’elles renfermaient. On sait que Spinoza commença sa carrière philosophique par l’exposition de la doctrine cartesienne: il en adopta la méthode, les principes, le langage, la demonstration mathématique; il acheva l’oevre commencée…»
«Le moi, substance pensante, tel fut le principe de la philosophie cartesienne. Ce fut aussi celui du spinosisme. Partant tous deux de la subjectivité de l’etre pensant, qui n’admet comme certain que ce [147] qui est evident á la raison, juge souverain et infailleble de la verité, tous deux partent de la même definition de la substance, ou plutot Spinoza s’empare de la definition de Descartes, en logicien sévère, digne du maître. Celui-ci avait dit: La substance est ce qui n’a besoin que de soí-méme pour exister. Celui-lá conclut: Donc tout ce qui n’est pas de soi et par soi, n’est pas substance; donc tous les ètres finis, ayant besoin de l’Etre createur pour exister, ne peuvent ètre conçus que comme de simples attributs de la substance unique ou de l’Etre divin, qui seul existe independamment de toute autre chose. Le maître avait dit: Les seules idées ou categories sous lesquelles nous pouvons concevoir les existences sont la pensée et l’etendue. Donc, conclut le disciple, les seules modifications possibles de la substance son la pensée et l’etendue.»}
b) Cousin, el cual pertenece al panteísmo realista bajo el punto de vista de la noción de la sustancia, así como entra en la serie de los emanatistas bajo el punto de vista de la creación. He aquí, en resumen, su teoría sobre la sustancia: 1º la sustancia es un ser que existe en sí mismo y por sí mismo, de manera que no supone ni exige nada fuera de sí para tener existencia: 2º en consecuencia de esto, no hay ni puede haber más que una verdadera sustancia, que es Dios, sustancia infinita y absoluta, de donde se infiere que lo que llamamos sustancias finitas, más bien que verdaderas sustancias, son fenómenos y entidades relativas (1), como si dijéramos, manifestaciones reales, pero fenomenales de la sustancia única: 3º luego Dios es el ser único y absoluto; es la sustancia universal que contiene en sí el yo y el no yo, es decir, el hombre [148] y el mundo, el cuerpo y el espíritu, y por consiguiente, siendo uno e idéntico en cuanto al ser sustancial, es múltiple en cuanto a los fenómenos (2), de manera que: 4º Dios o la sustancia divina, es a la vez finito e infinito, eternidad y tiempo, uno y muchos.
{(1) «Una sustancia absoluta, dice, debe ser única para ser absoluta. Las sustancias relativas destruyen la idea misma de sustancia; y sustancias infinitas que suponen fuera de ellas otra sustancia con la cual se ligan, se parecen mucho a fenómenos.»
«El círculo es infinito; o no hay sustancia, o no hay más que una.» Fragments phil., t. I, pág. 63 y 312, edic. 3ª. [148]
{(2) «Dios es la sustancia universal: El ser absoluto, conteniendo en su seno el yo y el no-yo finito, y formando, por decirlo así, el fondo idéntico de todas las cosas, uno y muchos a la vez; uno por la sustancia, muchos por los fenómenos, se aparece a sí mismo en la conciencia humana.» Cours de 1818, pág. 390.
Como se ve, esto es el panteísmo realista de Espinosa en toda su pureza, y para que la semejanza o identidad sea más completa, Cousin escribe «que Dios es a un mismo tiempo Dios, naturaleza y humanidad», añadiendo que «si Dios no es todo, es nada.»}
c) Entre los partidarios del panteísmo realista puede y debe enumerarse con razón Krause, cuyo sistema es esencialmente panteísta, a pesar de las pretensiones contrarias de sus adeptos, y de las denominaciones de panteísmo, armonismo, sintetismo, &c., &c., con que suelen señalarle o distinguirle. Para convencerse de ello bastarán las siguientes indicaciones que resumen su teoría ontológico-cosmológica:
1º El principio o la base fundamental de la ciencia humana es la intuición primitiva, inmediata y directa del yo; pero no del yo humano, finito, concreto, personal, y por decirlo así, psicológico, sino de un yo que pudiéramos llamar ontológico, es decir, del yo indeterminado, abstracto, puro e ideal, que no es ni cuerpo ni espíritu; que no envuelve determinadamente, ni pensamiento propio, ni voluntad, ni sentimiento, ni actividad, ni vida; un yo, en fin, que se parece mucho al yo puro de Fichte, y acaso más todavía al uno de Plotino.
2ª Este yo indeterminado, se concreta, se determina y se transforma por medio de la reflexión, en yo determinado, o sea en yo pensante, sensitivo, volitivo, &c., pero estas determinaciones y transformaciones, no afectan a la esencia misma del yo indeterminado, el cual, por consiguiente, es anterior y [149] superior a los diferentes estados y mudanzas temporales que experimenta y se desarrollan en él sucesivamente, permaneciendo aquél eterno, idéntico, perpetuo, y por consiguiente inmutable en cuanto al fondo de su ser.
3ª Así como la intuición inmediata yo, es el principio y el punto de partida de la ciencia, así la intuición o visión del ser o de Dios es el término de la ciencia transcendental y verdadera. Este ser o Dios, cuya intuición constituye la ciencia universal y transcendental, es pensado como infinito y absoluto, es decir, como un todo «fuera del cual nada existe»; porque como dice expresamente el mismo Krause, «fuera del ser ínfimo y absoluto, no puede ser pensada ni aun la cosa más mínima.»
4ª Este ser infinito y absoluto tiene tres grandes manifestaciones, que son el espíritu, la naturaleza y la humanidad. Cada una de estas esencias es infinita en su género, y contiene un número infinito de manifestaciones individuales o sea de individuos; pero esta infinidad relativa no excluye, antes bien exige y supone la infinidad absoluta del ser en y bajo cuya esencia se contienen el espíritu, la naturaleza y la humanidad. En términos precisos y vulgares: no hay ni puede haber más que una esencia, en la cual se hallan contenidos y como embebidos todos los seres particulares, los cuales no son en realidad más que evoluciones o manifestaciones parciales del ser infinito, del ser absoluto e idéntico, es decir, de la esencia divina que se manifiesta como espíritu, como naturaleza y como humanidad, puesto que, en expresión de nuestro filósofo la misma naturaleza humana es una parte de la esencia eterna de Dios.
Despréndese de estas indicaciones, que la teoría krausiana, sin dejar de ser esencialmente panteísta, participa a la vez del ontologismo de Schelling y del subjetivismo o psicologismo de Fichte. Si el pensamiento inmediato y primitivo yo, trae a la memoria el yo puro segundo, la intuición o visión del ser como infinito y absoluto, puede considerarse justamente como una reminiscencia y reproducción más o menos exacta de la intuición de lo Absoluto de Schelling. [150]
C) El panteísmo idealista ha tenido partidarios en todo tiempo, y acaso en mayor número que las demás formas panteístas. Además de la escuela eleática y de Giordano Bruno, cuyo panteísmo participa a la vez del realismo y del idealismo, entran en esta serie:
a) Algunas sectas de la filosofía índica, las cuales, a juzgar por lo que escribe Tholuck en su obra Sufismus, establecen los siguientes dogmas: 1º solo Brahma o Dios existe en realidad, de manera que el mundo y todo lo que contiene, o mejor dicho, parece que contiene, es una pura ilusión, sin realidad alguna objetiva: 2º de aquí es que todas las cosas se identifican perfectamente con la unidad absoluta, hasta el punto de excluir y negar toda dualidad real; «solo Dios existe, escribe el citado Tholuck, oculto y presente a la vez, cujus ad latus dualitas nulla: nec ego, nec tu, nec nos existit; siquidem, cum in unitate distinctio nulla praebeatur, ego, nos, tu, et ille, idem sunt.»
b) Plotino, el cual hace profesión parcial de panteísmo idealista, cuando enseña que el uno, o Dios, de tal modo es uno, que excluye toda realidad distinta y determinada, no siendo ni sustancia, ni accidente, ni cualidad, ni cualidad, ni razón, ni alma, sino la virtualidad pura y la esencia de todo lo que existe (1).
{(1) Tenneman, Manuel cit., en donde añade, exponiendo la teoría de Plotino sobre la unidad: «L’unité primitive n’est point une chose, mais le principe de toutes choses, le bien et la perfection absolue… elle n’a ni quantité, ni qualité, ni raison, ni âme; elle n’est ni en mouvement, ni en repos, ni dans l’espace, ni dans le temps… c’est l’ètre pur sans aucun accident, dont on peut concevoir l’idee en songeant qu’il se suffit constamment á lui-même… l’infiniment petit, et en même temps, pars sa puissance, l’infiniment grand, le centre comun de toutes choses, le Bien, Dieu.
L’unité est aussi représentée (por Plotino) comme la lumière primitive, la lumière pure, de la quelle decoule incessamment un cercle lumineux: elle posséde la vision et la science de soi-même, mais sans dualité de termes; elle est á la fois la pure virtualité et l’essence de tout ce qui est.» Manuel cit., t. 1º, pág. 287.}
c) Fichte, que al desenvolver el idealismo transcendental [151] de Kant, construye su panteísmo subjetivo idealista, condensado en las siguientes afirmaciones: 1ª el principio absoluto y primitivo de la ciencia es este juicio: A=A, que puede convertirse en este: yo=yo. 2ª Mas como el juzgar es hacer u obrar, el yo, cuando afirma este principio, se pone a sí mismo de un modo absoluto por medio de un acto de espontaneidad primitiva y esencial. 3ª Después que el yo se pone a sí mismo de un modo absoluto, es decir, como yo puro, adquiere conciencia de sí mismo por reflexión, por medio de la cual se hace o pone como subjetivo, y después como objeto o como no-yo. 4ª De donde se colige, que tanto el yo-sujeto, o sea el alma y pensamiento del individuo, como el yo-objeto o el no-yo, es decir, lo que llamamos mundo o naturaleza externa, no son en realidad más que dos manifestaciones, dos fases, dos modos de aparecer del yo puro. 5ª Luego no hay más realidad verdadera que el yo puro, realidad absoluta y única con la cual se identifican todas las cosas que llamamos reales.
d) Schelling. Así como para Fichte no hay más realidad verdadera que el yo puro, y el mundo, como distinto de este yo puro, no tiene más realidad que la que corresponde a un modo nuevo de conocer el mismo objeto, así para Schelling: 1º la única realidad es el Absoluto, o sea un ser superior e indiferente respecto del yo y del no-yo, del sujeto y del objeto, cuya realidad contiene en sí, sin ser lo uno ni lo otro, por medio de una identificación absoluta e indiferente. 2º Luego Dios, como Absoluto, excluye toda oposición, toda diferencia, toda diversidad, toda determinación, de modo que es a la vez real e ideal, materia y espíritu, sujeto y objeto, finito e infinito, o mejor dicho, no es ninguna de estas cosas, porque no admite ninguna determinación en su ser, que es indiferente e indeterminado absolutamente (1), constituyendo la unidad universal de los seres. [152] 3º Luego no hay más realidad verdadera que la del Absoluto, el cual constituye la identidad universal, fuera de la cual nada existe o tiene realidad verdadera, sino aparente (2).
{(1) Fácil es conocer que aquí se confunden el ser de Dios, que se dice puro y absoluto porque excluye toda potencialidad y todo no ser, [152] con el ser abstracto y común de los lógicos, que no representa ningún ser determinado, ninguna realidad particular, sino la potencia y la indiferencia para recibir determinaciones y diferencias, mediante las cuales represente una realidad concreta y particular. El fondo del sistema de Schelling es idéntico al de Plotino, como se ve.
{(2) «La absolute identité est, et hors d’elle il n’est réellement rien; par consequent rien de fini n’existe en soi. Tout ce qui est, est l’identité absolute et son developpement… Il n’existe qu’un seul être identique… Le fini, produit de une reflexion toute relative par sa nature, n’a qu’une realité apparente.» Tenneman, Ibid., 291- 92.}
e) Hegel, cuya teoría tiene muchos puntos de contacto y analogía con la de Schelling, llamando Idea a lo que Schelling llama Absoluto, es decir, a la realidad absoluta, infinita y única, en la cual se confunden e identifican lo ideal y lo real, lo finito y lo infinito, la materia y el espíritu, de manera que lo es todo y es nada a la vez; porque para Hegel: 1º la Idea o el ser puro, se identifica inmediatamente con la nada (1), enseñando expresamente que «lo más elevado del pensamiento platónico es la identidad del ser y del no ser.» 2º Toda vez que el conocimiento de la Idea pertenece a la Lógica, ésta constituye la ciencia absoluta y transcendental; porque pensando y conociendo la Idea,pensamos y conocemos todas las cosas y modos cognoscibles. 3º El pensamiento llega a la adquisición y posesión de la ciencia transcendental y absoluta por medio de tres grados, correspondientes a tres momentos de la Lógica, que son: a) el momento abstracto, en el cual la mente o pensamiento percibe y afirma las existencias reales como distintas, sin percibir su identidad: b) el momento dialéctico, en el cual percibe y afirma la negación y no ser de las existencias percibidas en el anterior [153] momento como reales y positivas: c) el momento especulativo, en el cual percibe y afirma el pensamiento que las existencias reales percibidas en el primer momento, se identifican con la negación o no ser de las mismas, en la unidad primitiva de la Idea.
{(1) «L’etre pur, escribe este filósofo, est une pure abstraction c’est l’absolu negatif, qui consideré dans sa nature inmediate, est le meant.» Opp., t. 6, pág. 170, cit. y trad. por Gatry.}
A los tres momentos indicados corresponden las afirmaciones siguientes: a) el ente existe y la nada no existe: b) la nada existe y el ente no existe: c) el ente existe y no existe, y la nada es y no es. 4º Luego entonces posee el hombre la Lógica o sea la ciencia verdadera y transcendental, cuando conoce y afirma, que el ser puro, o la Idea, es la unidad e identidad de todas las cosas, de manera que en la Idea se hallan o existen identificados, lo real y lo ideal, el cuerpo y el espíritu, lo finito y lo infinito, Dios y el hombre, la verdad y el error, la afirmación y la negación, y finalmente el ser y la nada. 5º El movimiento dialéctico o la evolución lógica de la Idea, constituye la vida de Dios, la cual abraza tres grados o momentos: en el primero, Dios está implícito o envuelto en la unidad e identidad real de la Idea, y por consiguiente no existe como Dios, es decir, como ser distinto de otros seres: en el segundo, se objetiva a sí mismo, pasando a ser naturaleza o revistiendo la forma objetiva de mundo: en el tercero, se conoce a sí mismo y adquiere conciencia de su ser propio en el hombre, con lo cual comienza a existir como Dios, recibiendo la forma última de la Divinidad. Como se ve, Hegel tenía razón al afirmar que Dios est in fieri, y al prometer a sus discípulos hacer a Dios en el día siguiente. [154]
§ II
Refutación del panteísmo.
La anterior reseña histórica del panteísmo revela claramente, que sus varias formas vienen a converger y reunirse en la identificación real y sustancial del mundo con Dios, afirmación que constituye su dogma fundamental y como su esencia propia.
Tesis 1ª
La identidad sustancial entre el mundo y Dios proclamada por el panteísmo, es absurda en sí misma y en sus consecuencias prácticas.
Es absurda en sí misma:
1º Porque la experiencia, tanto externa como interna, demuestran la existencia de seres distintos esencial y sustancialmente, incompatibles con la identidad universal de ser y de sustancia proclamada por el panteísmo, en virtud de la cual identifica la sustancia del mundo con la sustancia divina. La experiencia externa nos presenta cuerpos dotados de propiedades y afecciones, no solamente diferentes, sino contradictorias; el cuerpo que tiene la figura circular no puede ser idéntico al cuerpo que al mismo tiempo tiene la figura cuadrada: nos presenta los cuerpos compuestos de partes, no solamente distintas, sino también separables: nos demuestra, en fin, que el objeto de las sensaciones representativas, es un ser distinto del sujeto, y que la mesa en que escribo es una sustancia distinta y hasta separada de la luna que veo en el firmamento.
La experiencia interna demuestra de una manera invencible: a) que el sujeto o principio que piensa y siente en nosotros, es uno, simple e indivisible en sí mismo, y que por [155] consiguiente, es distinto real y sustancialmente de los cuerpos compuestos de partes y divisibles: b) que el alma se halla pasiva en muchas sensaciones, y por consiguiente que es distinta del ser que determina estas sensaciones; y distinta con distinción sustancial, porque los accidentes o cualidades que determinan inmediatamente las sensaciones, no pueden existir sino en alguna sustancia que les sirva de sujeto, y c) finalmente, que los varios afectos de amor, de odio, de esperanza, deseo, &c., suponen y exigen algún ser distinto del sujeto o del yo.
2º Porque si el mundo y Dios fueran una misma y única sustancia, les convendrían los mismos atributos y predicados, siendo así que los atributos y predicados que corresponden al mundo son, no solamente diversos, sino muchos de ellos hasta contrarios a los que a Dios corresponden, lo cual demuestra evidentemente la diversidad sustancial y esencial de los dos, toda vez que no poseyendo la intuición inmediata y directa de las sustancias y esencias de las cosas, reconocemos la diversidad de éstas por medio de la diversidad de aquéllos, fundándonos en el principio de contradicción o en la imposibilidad de que una cosa sea y no sea al mismo tiempo, principio que constituye la ley esencial de la razón humana.
Ahora bien: Dios, o no existe y es una palabra vana, o es un ser absolutamente necesario como tal, existente por sí mismo, con independencia de otro ser, infinito en sus perfecciones, inteligente, dotado de un poder sin límites, simple e inmutable; porque esto es lo que el sentido común de la humanidad entiende por Dios, y sobre todo estos son los atributos que la razón humana pone en él por medio de demostraciones palmarias y evidentes, como se verá en la Teodicea.
Por el contrario, el mundo
a) Es contingente o no incluye necesidad absoluta, puesto que ninguna contradicción o repugnancia interna presenta su no existencia, pudiendo ser reducido a la nada, o no haber salido de ella, como no salieron otros mundos posibles. [156]
b) Es mutable, como lo demuestran la multitud de mutaciones y cambios que experimentan las sustancias que le constituyen o componen. De donde se infiere que
c) Es también finito, o que no posee todas las perfecciones posibles, siendo evidente que la mutación real de una sustancia envuelve la adquisición o pérdida de alguna perfección, o por lo menos la capacidad o potencia para tener algo que no tiene.
d) Carece de inteligencia y libertad en la mayor parte de las sustancias, como son todas las inferiores al hombre, y principalmente las inanimadas, en las cuales no aparece vestigio alguno de razón ni de libertad.
e) Posee una actividad y causalidad limitada, puesto que cada uno de los eres de que se compone solo puede producir ciertos y determinados efectos, y todos juntos no pueden producir o sacar una sustancia de la nada, como puede verificarlo Dios por medio de su poder o causalidad infinita.
La identidad panteística es también absurda en sus consecuencias prácticas:
1º Porque admitida la identidad universal es preciso admitir que una misma cosa es al mismo tiempo cuerpo y espíritu, sana y enferma, sabia e ignorante, buena y mala, libre y no libre, y consiguientemente que dos contradicciones pueden ser verdaderas al mismo tiempo, lo cual equivale a negar y destruir la razón humana y hasta la posibilidad de toda ciencia: porque ello es incontestable, que destruido el principio de contradicción, solo resta el escepticismo universal, o mejor dicho, el nihilismo absoluto. Y esto es tanta verdad, que Hegel, único filósofo que tuvo el valor de revelar las últimas consecuencias lógicas del panteísmo, afirma paladinamente que el ser y la nada son una misma cosa. Esta confesión debiera bastar para que el panteísmo fuera desterrado para siempre del campo de la ciencia, cualquiera que sea la forma que revista.
2º Si el mundo y Dios son una misma sustancia, todas las acciones proceden de la sustancia divina, y ella es, por consiguiente, el principio único y el sujeto de los hurtos, [157] torpezas, blasfemias y demás abominaciones que comete el hombre. Además, en este caso, el hombre no es responsable de estas acciones, las cuales no le pertenecen a él, sino como modificación de la sustancia divina; o mejor dicho, en esta hipótesis, no hay responsabilidad moral, porque todas las acciones del hombre son evoluciones y manifestaciones de la sustancia divina, y como tales, todas son igualmente legítimas, buenas y santas.
La proclamación de la divinidad del hombre y la consiguiente rehabilitación o santificación de la materia y de los sentidos, son las últimas y lógicas consecuencias del panteísmo en el orden práctico, consecuencias que algunos de sus partidarios han tenido el valor de deducir y la franqueza de profesar (1), así como Hegel tuvo valor y franqueza suficiente para llegar a la última deducción del panteísmo en el orden especulativo. [158]
{(1) Oigamos como se expresa la izquierda hegeliana, como si dijéramos, los partidarios rígidos del panteísmo hegeliano, por boca de uno de sus adeptos: «Dios es idéntico con el mundo: se manifiesta en las plantas, que sin conciencia de sí mismas, viven con una vida cosmomagnética… En el hombre, la Divinidad llega a la conciencia de sí misma y revela esta conciencia de nuevo por medio del hombre… Cada hombre solo encierra y representa una partícula del Dios-mundo; pero todos los hombres juntos encierran y representan en la idea y en la realidad todo el Dios-mundo. Cada pueblo tiene a lo más la misión de reconocer y manifestar una parte de este Dios-mundo… La humanidad entera es una encarnación de Dios… De aquí es también que el objeto de todas nuestras instituciones modernas es la rehabilitación de la materia, su reintegración en todos sus derechos, su restauración religiosa, su santificación moral. Nosotros marchamos en pos del bienestar material, porque sabemos que la divinidad del hombre se manifiesta igualmente en su forma corporal; fundamos una democracia de dioses terrestres iguales en felicidad y santidad.»}
Tesis 2ª
Es igualmente absurdo el panteísmo de la filosofía moderna en sus varias formas.
Las formas principales y fundamentales del panteísmo de la filosofía moderna, son el espinosismo, el idealismo subjetivo de Fichte y el idealismo objetivo de Schelling y Hegel. Excusado es decir que contra este panteísmo militan todas las razones aducidas en la tesis precedente; porque el fondo y la esencia del moderno panteísmo lo mismo que del antiguo, es la unidad de sustancia y la consiguiente identificación del mundo con Dios. Esto no obstante, aduciremos algunas consideraciones especiales para demostrar la falsedad del panteísmo moderno en sus tres formas más importantes. Comencemos por
a) El panteísmo de Espinosa: 1º Supone y afirma éste que el pensamiento y la extensión son atributos de la sustancia o esencia divina. Es así que los atributos esenciales y necesarios de una esencia, son inseparables de la misma: luego donde quiera que haya esencia o sustancia divina, habrá también pensamiento y extensión; y viceversa, donde quiera que haya extensión y pensamiento, estará también la sustancia o esencia divina. Luego en la mesa, en la planta, en la piedra, cuya sustancia se identifica con la divina, en la teoría espinosista, habrá pensamiento, puesto que este es atributo esencial e inseparable de la esencia divina. Por otro lado, si la extensión es un atributo esencial de la sustancia divina, cuando se divide en partes la extensión se dividirá también la sustancia de Dios, y tendremos por consiguiente una esencia de Dios divisible en partes.
2º Los atributos o modos de ser contradictorios no pueden existir simultáneamente en el mismo sujeto, a no ser que digamos que una cosa puede ser blanca y negra, buena y mala, sabia e ignorante al mismo tiempo; es así que el pensamiento y la extensión son atributos y modos contradictorios: luego mientras no se demuestre que una cosa extensa [159] puede pensar, será necesario decir que el pensamiento y la extensión no son, ni pueden ser atributos de la sustancia divina, como gratuitamente supone y afirma Espinosa.
b) El panteísmo subjetivo de Fichte no es menos irracional y absurdo: 1º porque supone y afirma gratuitamente sin aducir prueba alguna sólida, que el yo puro, es el único ser real y el principio de todas las cosas: 2º porque no menos gratuitamente afirma que el yo se pone a sí mismo cuando se conoce, lo cual equivale a afirmar, no solamente que una cosa puede darse a sí misma el ser, y por consiguiente, que puede obrar antes de existir, sino que también el conocimiento es causa suficiente de la existencia real del objeto conocido, contra lo que el sentido común y la razón enseñan de consuno, a saber, que el acto de conocer supone y no hace el objeto: 3º porque afirma que el yo posee una actividad absoluta e inifinita, mediante la cual produce el no-yo o sea el mundo, y se pone límites a sí mismo; lo cual envuelve, por un lado, el absurdo de que un ser infinito pasa a ser finito produciendo o dando el ser a otra cosa, y por otro lado, se halla en manifiesta contradicción con la experiencia interna que nos revela con demasiada claridad que la actividad del yo está muy lejos de ser absoluta e infinita: 4º finalmente, porque se pone en abierta contradicción con el sentido común, con la experiencia y la razón, y conduce lógica y necesariamente a un escepticismo desesperante, al enseñar que todos los seres son meras ilusiones fenomenales y apariencias que no tienen realidad alguna objetiva (1). [160]
{(1) Con razón escribe Tenneman hablando de esta teoría. «Ce système ne fait que substituer à des mystéres de plus grandes mystéres encore, en prétendant eclaircir les unes par les autres… Concluons que cet idealisme nous offre l’exemple de la spéculation pousée á son dernier excés, et aboutissant ainsi à s’absorber et á se détruire elle même avec toute science et toute activité.» Ibid., pág. 279.}
c) El panteísmo objetivo de Schelling y Hegel no es más racional que el subjetivo de Fichte: 1º porque así como este saca todos los seres, o mejor dicho, las ilusiones de los diversos seres, del yo puro, así Schelling y Hegel los sacan del Absoluto y de la Idea respectivamente; y de aquí su doctrina sobre la identidad real y sustancial del espíritu y del cuerpo, de lo real y de lo ideal, de lo finito y de lo infinito, de Dios y del mundo, y finalmente de la nada y del ser, para Hegel: 2º porque se supone y afirma gratuitamente y contra el testimonio de la experiencia interna, que conocemos el ser absoluto y divino por medio de una intuición inmediata: 3º porque uno y otro destruyen, no sólo la noción cristiana de Dios, sino la puramente filosófica, toda vez que para estos filósofos, Dios es una evolución parcial del Absoluto y de la Idea, en cuyo fondo se halla como envuelto e implícito, necesitando pasar por diferentes grados o evoluciones para llegar a ser un Dios personal, completo y explícito (1). Esto, como se ve, es profesar lisa y llanamente el ateísmo; porque Dios, o no es nada y no existe, o es un ser anterior y superior a todos los demás seres, independiente, singular, personal e inmutable en su ser y en sus perfecciones. 4º Porque destruye la idea y la existencia de la libertad, sujetando todas las cosas, incluso el mismo Dios, a una necesidad ciega e inevitable (2). 5º Porque, lo mismo que el panteísmo [161] de Fichte, conduce al escepticismo y hasta el nihilismo, afirmando que el mundo o los seres que llamamos finitos, no tienen más que una realidad aparente.
{(1) Ya hemos visto antes el modo con que Hegel forma o hace a Dios. Por lo que respecta a Schelling, he aquí lo que escribe Tennemann: «Schelling distingue Dieu en soi, à l’etat d’idée, ou l’absolu du Dieu existant ou se révélant, lequel sort du sein du Dieu absolu… et arrive ainsi à une existence accomplie, de sorte que Dieu passe dans le monde à l’etat, de perssonnalité,» Deus implicitus, explicitus. Ibid., pág. 295.
{(2) «Ce qui domine dans ce système, c’est une destinée aveugle, une necessité de nature; el faut que Dieu se révele… Elle (la filosofía de Schelling) soumet Dieu lui-meme á des conditions superieures à la nature divine, puisqu’elle le suppose obligé de se rèveler, et fait sortier dans le temps la divinité comme intelligence du sein de l’etre non-intelligent.» Tenneman, ibid., págs. 297 et 299.}
Objeciones
Obj. 1ª Pertenece al concepto del infinito contener toda realidad; es así que si el mundo fuera distinto realmente de Dios, éste no sería verdaderamente infinito, porque no contendría la realidad y el ser del mundo, toda vez que la realidad y el ser se suponen distintos del ser y realidad de Dios: luego Dios, o no es infinito, o no se distingue realmente del mundo.
Res. El infinito debe contener toda realidad, no en el sentido de que deba contener en su esencia la entidad física, concreta y limitada de todo lo que existe, sino en el sentido de que su esencia excluye todo término o limitación de ser, y por consiguiente, este ser incluye toda realidad, es decir, todas las perfecciones existentes y posibles en lo que tienen de ser y de realidad, pero no en lo que tienen de limitación y de no-ser, ni según el modo con que se hallan en las cosas finitas, sino eminenter, como dicen los teólogos, es decir, en la simplicidad de su esencia, que es el mismo ser puro e ilimitado, y que como tal contiene en sí de una manera superior, correlativa con su simplicidad e infinidad, cuanto hay y puede haber de ser y de realidad en el mundo. Así, pues, como el hombre es más perfecto que la planta, y en la unidad imperfecta de su esencia contiene la perfección y ser de la planta, no según el modo con que está en la planta, ni teniendo la entidad física y concreta de ésta, sino de una manera más noble, simple y eminente, así también, guardada la proporción debida, para que Dios sea infinito, no es necesario que tenga en sí la entidad o realidad del mundo, según el modo físico y formal, formaliter, que tiene en el mundo, sino de un modo eminente o superior, correspondiente a su ser puro y sin límites.
Obj. 2ª De la respuesta anterior se infiere que es posible [162] concebir alguna cosa superior o mayor que Dios, y por consiguiente, que este no es infinito. La razón es que si la realidad del mundo no se halla contenida formalmente en Dios, y el mundo tiene ser propio, distinto del ser divino, se sigue que una cosa que, además del ser divino, contuviera el ser propio o formal del mundo, sería mayor que Dios.
Res. El ser propio del mundo, y de cualquiera sustancia finita abraza dos cosas: 1ª la limitación o finidad, en cuanto su ser está mezclado con no ser: 2ª la realidad o entidad que le es peculiar. Bajo el primer punto de vista, el mundo y cualquier sustancia finita tiene un ser propio, porque propio es y peculiar de la sustancia finita incluir defecto o carencia de realidad y de ser, de manera que, en último resultado, las sustancias finitas tienen más de no ser que de ser, porque son más las perfecciones de que carecen que las que poseen; siendo así que Dios por el contrario, como ser puro e infinito, excluye toda limitación, toda carencia de perfección, todo no ser.
Empero, considerado el ser propio del mundo y de cualquiera sustancia finita en el segundo concepto, el ser del mundo pertenece también a Dios, porque en la unidad y simplicidad de su esencia contiene cuanto hay de perfección y de entidad positiva y real en el mundo, y como dice santo Tomás, Deus per unum simplex suum esse, omnimodam perfectionem possidet, quam res aliae per quaedam diversa consequuntur, imo multo majorem. De lo dicho es fácil colegir que el mundo, añadido a Dios, podrá formar algo mayor en número, pero no una cosa mayor en perfección; porque toda perfección del mundo se halla contenida eminenter en la esencia divina, y sobrepujada por esta en infinitum.
Obj. 3ª Si Dios se distingue del mundo, debe tener un ser determinado; es así que el infinito excluye toda determinación: luego si se distingue del mundo no puede ser infinito.
Res. Dist. la menor. El infinito excluye toda determinación, si ésta envuelve la negación de alguna perfección real, conc., si se habla de la determinación individuante, neg. Dios, aunque infinito, puede y debe decirse un ser determinado, [163] en el sentido de que no es una esencia común a muchos o indiferente y genérica, sino una esencia singular y distinta de las demás; y bajo este punto de vista, la determinación y la negación que incluye no se oponen a la infinidad, porque solo significan que Dios tiene la esencia A que no tienen los otros entes, o que la esencia divina no es la esencia del mundo.
Obj. 4ª No pueden existir dos sustancias, porque, o tienen los mismos atributos, o diversos: si lo primero, no pueden distinguirse, puesto que la identidad de atributos lleva consigo o supone la identidad de esencia: si lo segundo y la distinción de los atributos es esencial, la esencia en que se hallan no puede ser sustancia, porque siéndolo no podría tener atributos esencialmente diversos; si la distinción de los atributos es accidental, también lo será la distinción o diversidad de las esencias. Luego no puede haber dos cosas que se distingan sustancialmente.
Res. Este argumento, que constituye lo esencial del panteísmo de Espinosa, se reduce en el fondo a un sofisma vulgar, y se disipa desde el momento que se fija el significado de los términos. En primer lugar la diversidad esencial de algunos atributos correspondientes a dos seres, prueba e indica que su esencia específica es diferente, pero no prueba que sea totalmente diversa, es decir, consideradas las esencias según todos los grados de ser que incluyen. Así, por ejemplo, la espiritualidad y el pensamiento, siendo atributos esencialmente diversos de la materialidad y la extensión que convienen a la piedra, prueban que la esencia específica y determinada de ésta, es diversa de la esencia específica del alma racional, en la que se hallan los primeros; pero no prueban que estas dos esencias no posean otros atributos comunes a las dos, como son la razón de sustancia y de ser. De donde se infiere, que dos atributos esencialmente diversos o contradictorios, no pueden hallarse en la misma sustancia, pero sí en dos sustancias, es decir, el uno en la esencia A, que es sustancia, y el otro en la esencia B, que también es sustancia. [164]
En segundo lugar, cuando se dice que la identidad de atributos revela o prueba la identidad de esencia, si se habla de la identidad numérica o individual, es verdadera la afirmación; pero en este caso se comete una petición de principio, al suponer en la objeción, que los atributos diversos sólo son susceptibles de identidad numérica, lo cual es lo mismo que suponer y afirmar lo que se debía probar, a saber, que sólo es posible una sustancia singular o individuada. Si se habla de la identidad genérica o específica, pruebe la identidad numérica de las esencias. Pedro y Pablo tienen idénticos atributos genéricos y específicos, la racionalidad, la libertad, la sensibilidad, la extensión, &c., y sin embargo, no tienen atributos idénticos con identidad numérica, puesto que la identidad o semejanza genérica y específica no impide que la racionalidad que está en Pedro no sea la racionalidad que está en Pablo, ni que la libertad o voluntad de este sea distinta en número, aunque idéntica en especie, respecto de la que tiene aquél. Así, pues, en el argumento fundamental de Espinosa no hay más que un doble sofisma; por una parte, una petición de principio, y por otra, el tránsito de la identidad genérica y específica, a la numérica e individual. [165]
LA SANTA VIRGINIDAD
En esta hermosa encíclica de Pío XII, luego de elogiar la virginidad, condena los siguientes errores actuales: a) condenamos…. la opinión de los que llegan a aseverar que solo el matrimonio es capaz de dar a la personalidad humana su natural desarrollo y su debida perfección; b) no se puede afirmar que por efecto de esa renuncia hayan rebajado y despojado en alguna manera su personalidad humana; c) el error de quienes, para apartar a los jóvenes de los seminarios y a las jóvenes de los institutos religiosos, se esfuerzan por grabar en sus inteligencias la idea deque hoy la Iglesia tiene más necesidad de la ayuda y del testimonio de vida cristiana de los casados que viven en el siglo mezclados, con los demás, que de sacerdotes y de vírgenes consagradas d) es completamente falsa la afirmación de que, los que profesan la castidad perfecta, dejan en cierto modo de pertenecer a la comunidad humana.
Hemos añadido vínculos a la encíclica para que la navegación resulte más cómoda a nuestros lectores y puedan dirigirse a una parte u otra, según el interés de cada cual, a la vista del índice.
Llamado al estado de virginidad para que:
A fin de que existan almas excelsas, que en la unión del varón y de la mujer desdeñen la realidad
y amen su virtud escondida, y no quieran imitar lo que se realiza en le matrimonio,
sino amar lo que el matrimonio significa
[ Del Pontificale Romanum: De benedictione et consecratione virginum]
Sacra virginitas
Carta Encíclica de PÍO XII
Sobre la sagrada virginidad
Del 25 de marzo de 1954
La santa virginidad en la Iglesia de Cristo
PRIMERA PARTE :Naturaleza, excelencia y ventajas del estado de virginidad
Cuerpo y alma consagrados a Dios
Una suerte de matrimonio espiritual
La virginidad no divide el corazón lo entrega enteramente a Dios
Facilita la elevación espiritual
SEGUNDA PARTE CONDENACIÓN DE ERRORES:
c) “La ayuda mutua” y “La soledad de corazón”
e) Sobre la colaboración de los religiosos con la sociedad humana
TERCERA PARTE CONSECUENCIAS PARA LA VIDA PRÁCTICA
a) La virginidad es necesaria para alcanzar la perfección cristiana
b) La virginidad, virtud difícil, no debe abrazarse temerariamente
GRADUAL PREPARACIÓN DEL CLERO JOVEN PARA LA LUCHA
RECURSO A LOS MEDIOS SOBRENATURALES
CUARTA PARTE LLAMAMIENTO A PADRES Y EDUCADORES
La santa virginidad en la Iglesia de Cristo
La santa virginidad y la castidad perfecta, consagrada al servicio divino, se cuentan sin duda entre los tesoros más preciosos dejados como en herencia a la Iglesia por su Fundador.
Por eso los Santos Padres afirmaron que la virginidad perpetua es un bien excelso nacido de la religión cristiana. Y con razón notan que los paganos de la antigüedad no exigieron de las vestales tal género de vida sino por un tiempo limitado[1], y si en el Antiguo Testamento se mandaba guardar y practicar la virginidad, era solo como condición preliminar para el matrimonio[2]. Añade San Ambrosio[3] : Leemos, sí, que también, en el templo de Jerusalén hubo vírgenes. Pero, ¿qué dice el Apóstol? Todo esto les acontecía en figura[4] para que fuesen imágenes de las realizaciones futuras.
Ciertamente, ya desde la época de, los apóstoles vive y florece esta virtud en el jardín de la Iglesia. Cuando en los Hechos de los apóstoles[5] se dice que las cuatro hijas del diácono Felipe eran vírgenes, se quiere significar, más bien, un estado de vida que la edad juvenil. Y no mucho después San Ignacio de Antioquía, al saludar a las vírgenes de Esmirna, refiere[6] que, a una con las viudas, constituían una parte no pequeña de esta comunidad cristiana. En el siglo segundo -como atestigua San Justino son muchos los hombres y mujeres, educados en el cristianismo desde su infancia, que llegan completamente puros hasta los sesenta y los setenta años[7]. Poco a poco creció el número de hombres y mujeres que consagraban a Dios su castidad, y al mismo tiempo fue adquiriendo una importancia considerable el puesto que ocupaban en la Iglesia, como más ampliamente lo expusimos en nuestra constitución apostólica Sponsa Christi[8].
También los Santos Padres como San Cipriano, San Atanasio, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo, San Jerónimo, San Agustín y otros muchos, escribiendo sobre, la virginidad, le dedicaron las mayores alabanzas. Está doctrina de los Santos Padres, desarrollada al correr de los siglos, por los Doctores de la Iglesia y por los maestros de la ascética cristiana, contribuye mucho para suscitar en los cristianos de ambos sexos el propósito, de consagrarse a Dios en castidad perfecta y para confirmarlos en él hasta la muerte.
No se puede contar la multitud de almas que desde los comienzos de la, Iglesia hasta, nuestros días han ofrecido a Dios su castidad, unos conservando intacta su virginidad, otros consagrándole para siempre su viudez, después de la muerte del esposo; otros, en fin, eligiendo una vida totalmente casta después de haber llorado sus pecados; mas todos conviniendo en el mismo propósito de abstenerse para siempre, por amor de Dios, de los deleites de la carne. Sirvan a todos estos las enseñanzas de los Santos Padres sobre la excelencia y, él mérito de la virginidad, de estímulo, de sostén y de aliento para perseverar inconmovibles en el sacrificio ofrecido y para no volver a tomar ni la más pequeña parte del holocausto ofrendado ante el altar de Dios.
Esta castidad perfecta es la materia de uno de los tres votos que constituyen el estado religioso[9]; la misma se exige a los clérigos de la Iglesia latina para las órdenes mayores[10] y también a los miembros de los institutos seculares[11]. Pero florece asimismo entre muchos que pertenecen al estado laical; ya que hay hombres y mujeres que, sin pertenecer a un estado, público de perfección, han hecho el propósito o el voto privado de abstenerse completamente del matrimonio y de los deleites de la carne para servir más libremente al prójimo y para unirse más fácil e íntimamente a Dios.
A todos y cada uno de estos amadísimos hijos nuestros, que de algún modo han consagrado a Dios su cuerpo, y su alma, nos dirigimos con corazón paterno y los exhortamos con el mayor encarecimiento posible a mantenerse firmes en su santa resolución y a ponerla en práctica con diligencia.
No faltan hoy día quienes, apartándose en esta materia del recto camino, de tal manera exaltan el matrimonio, que llegan a anteponerlo prácticamente a la virginidad y, por consiguiente, a menospreciar la castidad consagrada a Dios y el celibato eclesiástico. Por eso la conciencia de nuestro oficio apostólico nos mueve hoy a declarar y sostener ante todo la doctrina de la excelencia de la virginidad y defender esta verdad católica contra tales errores.
PRIMERA PARTE
NATURALEZA, EXCELENCIA Y VENTAJAS,
DEL ESTADO DE VIRGINIDAD
En primer lugar, debemos advertir que lo esencial de su doctrina sobre la virginidad lo ha recibido la Iglesia de los mismos labios de su Divino Esposo.
Pareciendo a los discípulos muy pesados los vínculos y las obligaciones del matrimonio, que el Divino Maestro les manifestara, le dijeron: Si, tal es tal es la condición del hombre con respecto a su mujer, no tiene cuenta el casarse[12]. Y Jesús les respondió que no todos eran capaces de comprender está palabra, sino solo aquéllos a quienes se les ha concedido; porque algunos son inhábiles para el matrimonio por defecto físico de nacimiento, otros por violencia y malicia de los hombres; otros, en cambio, se abstienen de él espontáneamente y de propia voluntad, y eso por amor del reino cielos. Y concluyó Nuestro Señor diciendo: Quien sea capaz de tal doctrina, que la siga[13].
Con estas palabras el Divino Maestro no trata de los físicos del matrimonio, sino de la resolución libre y voluntaria de abstenerse para siempre de él y de los placeres de la carne. Al comparar a los que renuncian espontáneamente al matrimonio con los que se ven obligados a tal renuncia o por la naturaleza o por la violencia de, los hombres, no es verdad que el Divino Redentor nos enseña que la castidad, para ser perfecta, tiene que ser perpetua?
Por otra parte como los Santos Padres y los Doctores de la Iglesia enseñan, la virginidad no es virtud cristiana sino cuando se guarda por amor del reino de los cielos[14], es decir, cuando abrazamos este estado de vida para poder más fácilmente entregarnos a las cosas divinas, alcanzar con mayor seguridad la eterna bienaventuranza y, finalmente, dedicarnos con más libertad a la obra de conducir a otros al reino de los cielos.
No pueden, por tanto, reivindicar para sí, el honorífico título de la virginidad cristiana los que se abstienen del matrimonio o por puro egoísmo o, como advierte San Agustín[15], para eludir las cargas que él impone, o tal vez para jactarse farisaicamente de la propia, integridad corporal. Por lo cual, ya el Concilio de Gangres reprobaba que la virgen o el continente se apartasen del matrimonio por reputarlo cosa abominable y, no por la belleza y santidad de la virginidad[16].
Además, el Apóstol de las gentes, inspirado por él Espíritu Santo, advierte: El que no tiene mujer, anda solícito, de las cosas del Señor, y en que ha de agradar a Dios… Y la mujer no casada y la virgen piensan en las cosas del Señor para ser santas en cuerpo y alma[17]. Éste es, por lo tanto, Este es por tanto el fin primordial y la razón principal de la virginidad cristiana: el tender únicamente hacia las cosas divinas, empleando en ellas alma y corazón; el querer agradar a Dios en todas las cosas, pensar solo en El, consagrarle totalmente cuerpo y alma.
Cuerpo y alma consagrados a Dios
De este modo interpretaron siempre los Santos Padres las palabras de Jesucristo y la doctrina del Apóstol de las gentes: desde los primitivos tiempos de la Iglesia entendieron ellos la virginidad como una consagración del cuerpo y del alma a Dios. Así, San Cipriano exige de las vírgenes el que ya no quieran adornarse ni agradar a nadie sino al Señor, puesto que se han consagrado a Cristo y, apartándose, de las concupiscencias de la carne, se han entregado a Dios en cuerpo y alma[18]. El Obispo de Hipona va más adelante cuando afirma: No es que se honre a la virginidad por ella misma, sino por estar consagrada a Dios… y no alabamos a las vírgenes :porque lo son, sino por ser vírgenes consagradas a Dios por medio de una piadosa continencia[19]. Los príncipes de la sagrada teología, Santo Tomás de Aquino[20] y San Buenaventura[21], apoyados en la autoridad de San Agustín, enseñan que la virginidad no goza de la firmeza propia de la virtud, si no nace del voto de conservarla siempre intacta. Y sin duda los que más plena y perfectamente ponen en práctica la enseñanza de Cristo sobre la perpetua renuncia al matrimonio son los que se obligan con voto perpetuo a guardar continencia; ni se puede afirmar con fundamento que es mejor y más perfecta la resolución de los que quieren dejar una puerta abierta para poder volver atrás.
Una suerte de matrimonio espiritual
Este vínculo de perfecta castidad lo consideraron los Santos Padres como una especie de matrimonio espiritual, mediante el cual el alma se une con Cristo; y por eso algunos llegaron hasta comparar con el adulterio la violación de esta promesa de fidelidad[22]. San Atanasio escribe que la Iglesia católica acostumbra llamar esposas de Cristo a quienes poseen la virtud de la virginidad[23]. Y San Ambrosio, escribiendo sobre la santa virginidad, se expresa con esta concisa frase: Virgen es quien se desposa con Dios[24]. Más aun, según aparece en los escritos del mismo doctor de Milán[25], el rito de la consagración de las vírgenes ya en el siglo IV era muy semejante al que usa hoy la Iglesia en la bendición nupcial[26].
Por esa misma razón, los Santos Padres exhortan a las vírgenes a amar a su Divino Esposo con más afecto que el que tendrían a su propio marido, si estuviesen, unidas en matrimonio, y a conformar sus pensamientos y actos a la voluntad de El[27]. San, Agustín, dirigiéndose a ellas, escribe: Amad con todo vuestro corazón al más hermoso entre los hijos de los hombres: libre está para ello vuestro corazón; desligado se halla de todo lazo conyugal… Si, pues, caso de estar casadas, hubierais debido tener grande amor a vuestros maridos, cuánto más no deberéis amar a Aquel por quien habéis renunciado a tener marido? Quede clavado por entero en vuestro corazón el que por vosotras quiso estar clavado en una cruz[28]. Tales son, por lo demás, los sentimientos propósitos que la Iglesia misma exige a las vírgenes en el día de su consagración a Dios, invitándolas a pronunciar estas palabras rituales: He despreciado el reino del mundo y todo el ornato de este siglo por amor de Nuestro Señor Jesucristo, a quien vi, de quien, me enamoré, en quien puse mí confianza, a quien quise, con ternura[29]. Lo que mueve, pues, suavemente a la virgen a consagrar totalmente su cuerpo y su alma al Divino Redentor no es otra cosa sino, el amor a El, como San Metodio, Obispo de Olimpo, lo hace expresar hermosamente a una de ellas: Tú, oh Cristo, eres para mi todas las cosas. Para Ti me conservo, oh Esposo[30]. Sí, el amor de Cristo es el que persuade a la virgen a encerrarse para siempre entre los muros de un monasterio para contemplar y amar más libre y fácilmente a su celestial Esposo, El es el que la incita fuertemente a practicar con todas sus fuerzas hasta su muerte las obras de misericordia en servicio del prójimo.
De aquellos hombres que no se mancillaron con mujeres, porque son vírgenes[31], afirma el Apóstol, San Juan: Estos siguen al Cordero dondequiera que va[32]. Pensemos en la exhortación que a todos estos dirige San Agustín: Seguid al Cordero, porque es también virginal la carne del Cordero… Con razón lo seguís dondequiera que va con la virginidad de vuestro corazón y de vuestra carne. Pues, ¿qué significa seguir sino imitar? Porque Cristo padeció por nosotros dándonos ejemplo, como dice el Apóstol San Pedro, «para que sigamos sus pisadas»[33]. Realmente, todos estos discípulos y esposas de Cristo se han abrazado con la virginidad, según San Buenaventura, para conformarse con su Esposo Jesucristo, al cual hace asemejarse la virginidad[34]. A su encendido amor a Cristo no podía bastar la unión de afecto; era di todo punto necesario que ese amor se echase también de ver en la imitación de sus virtudes, y de manera particular, conformándose con su vida, que toda ella se empleó en el bien y salvación del género humano. Si, pues, los sacerdotes, si los religiosos, si, en una palabra, todos los que de alguna manera se han consagrado al servicio, guardan castidad perfecta, es, en definitiva, porque su Divino Maestro fue virgen hasta el fin de su vida. Por eso exclama San Fulgencio: Este es el Unigénito Hijo de Dios, Hijo Unigénito también de la Virgen, único Esposo de todas las vírgenes consagradas, fruto, gloria y premio de la santa virginidad, a quien la santa virginidad dio un cuerpo, con quien espiritualmente se une en desposorio la santa virginidad, de quien la santa virginidad recibe su fecundidad permaneciendo intacta, quien la adorna para que siempre hermosa, quien la corona para que reine en la gloria eternamente[35].
La virginidad no divide el corazón lo entrega enteramente a Dios
Juzgamos oportuno, Venerables Hermanos, exponer más detenidamente por qué el amor de Cristo mueve las almas generosas a renunciar al matrimonio, que secreto vínculo une la virginidad con la perfección de la caridad cristiana. Ya en, las palabras de Jesucristo que hemos citado más arriba se indica que el abstenerse completamente del matrimonio desembaraza al hombre de pesadas cargas y graves obligaciones. Inspirado por el Divino Espíritu, el Apóstol de las gentes expone la causa de esta liberación con las siguientes palabras: Yo deseo que viváis sin cuidados ni inquietudes… Mas el que, tiene mujer anda afanado en las cosas del mundo y en cómo ha de agradar a la mujer, y se halla dividido[36]. En las cuales palabras hay que advertir que el Apóstol no condena el que los maridos se preocupen de sus esposas ni reprende a las esposas porque procuren agradar a sus maridos, sino que más bien afirma que su corazón se halla dividido entre el amor del cónyuge y el amor de Dios, y, que, sin fuerza de las obligaciones del matrimonio, se ven atormentados por cuidados que difícilmente les permiten darse a la meditación de las cosas de Dios. Pues el deber conyugal a que están sometidos es claro e imperioso: Serán dos en una sola carne[37]. Tanto en las circunstancias tristes como en las alegres, los esposos están mutuamente ligados[38]. Fácilmente, se, comprende por qué los que desean consagrarse al divino servicio abrazan la vida de virginidad como una liberación para más plenamente servir a Dios y contribuir con todas sus fuerzas al bien de los prójimos. Para poner algunos ejemplos, ¿de qué manera hubiera podido aquel admirable heraldo de la verdad evangélica, San Francisco Javier, o el misericordioso padre de los pobres, San Vicente de Paúl, o San Juan Bosco, educador asiduo de la juventud, o aquella incansable «madre de los emigrados», Santa Francisca Javier Cabrini, sobrellevar tan grandes molestias y trabajos, si hubiesen tenido que aten a las necesidades corporales y espirituales de su cónyuge y de sus hijos?
Facilita la elevación espiritual
Pero hay una razón más por la que abrazan la virginidad todos los que desean consagrarse enteramente a Dios y a la salvación del prójimo, y es la que traen los Santos Padres cuando tratan de los provechos que pueden alcanzar los que renuncian a estos deleites del cuerpo para poder gozar más cumplidamente de las elevaciones de la vida espiritual. No hay duda como ellos claramente también lo dicen que el tal placer, legítimo en el matrimonio, no es en sí mismo reprobable; más aun, el uso casto del matrimonio ha sido ennoblecido y consagrado con un sacramento especial. Con todo, hay que reconocer igualmente que las facultades inferiores de la naturaleza humana, después de la desdichada caída de Adán, resisten a la recta razón y a veces también impelen al hombre a lo que no es honesto. Porque, como afirma el Doctor Angélico, el uso del matrimonio impide que el alma se emplee totalmente en el servicio de Dios[39].
Para que los ministros sagrados adquieran esta espiritual libertad de cuerpo y de alma y se desentiendan de negocios temporales la Iglesia latina, les exige que voluntariamente se obliguen a la castidad perfecta[40]. Y aunque esta ley -como lo afirmó Nuestro Predecesor, de inmortal memoria, Pío XI –no obliga de la misma: manera a los sacerdotes de la Iglesia oriental, también entre ellos es alabado el celibato eclesiástico y en ciertos casos sobre todo en los supremos grados de la jerarquía está prescrito como requisito indispensable[41].
Pero hay que advertir que los ministros sagrados se abstienen enteramente del matrimonio no solo porque se dedican al apostolado, sino también porque sirven al altar. Porque si ya los sacerdotes del Antiguo Testamento, durante el tiempo en que se ocupaban en el servicio del Templo, se abstenían del uso del matrimonio para no contraer como los demás una impureza legal[42], ¿cuánto más puesto en razón es que los ministros de Jesucristo, que diariamente ofrecen el sacrificio eucarístico, posean la perpetua castidad? Refiriéndose a esta perfecta continencia, amonesta San Pedro Damián a los sacerdotes con esta pregunta: Si, pues, Nuestro Redentor de tal manera amó la flor de un pudor intacto, que no solo quiso nacer de entrañas virginales, sino también estar encomendado a los cuidados de un padre putativo virgen, y esto cuando, párvulo aun, lloraba en la cuna, ¿por quiénes, dime, deseará que sea tratado su cuerpo ahora que reina en la inmensidad de los cielos?[43].
Es preciso, por tanto, afirmar como claramente enseña la Iglesia que la santa virginidad es más excelente que el matrimonio. Ya nuestro Divino Redentor la había aconsejado a sus discípulos como instituto de vida más, perfecta[44]; y el Apóstol San Pablo, al hablar del padre que da en matrimonio a su hija, dice: Hace bien; pero en seguida añade: Mas el que no la da en matrimonio obra mejor[45]. Y este mismo Apóstol, comparando, el matrimonio con, la virginidad, expresa su pensamiento más de una vez y especialmente con estas palabras: Me alegraría que fueseis todos tales como yo mismo… Y digo a las personas no casadas y a las viudas: bueno les es, si así permanecen, como también permanezco yo[46]. Pues si, como llevamos dicho, la virginidad aventaja al matrimonio, esto se debe principalmente a que tiene por mira la consecución de : un fin más excelente[47] y también a que de manera eficacísima ayuda a consagrarse enteramente al servicio divino, mientras que el que está impedido por los vínculos y los cuidados del matrimonio en mayor o menor grado se encuentra dividido[48].
Y sí miramos los abundantes, frutos que de la virginidad provienen, brilla, sin duda, con mayor luz su excelencia: Ya que por el fruto se conoce, el árbol[49].
Cuando pensamos en la innumerable falange de vírgenes y apóstoles que desde los primeros tiempos de la Iglesia hasta nuestros días han renunciado al matrimonio para dedicarse con, más facilidad y más enteramente a la salvación del prójimo por amor a Cristo, y de esta suerte, llevan adelante empresas admirables, de religión y caridad, no podemos menos de sentir un intenso y suavísimo consuelo. Pues sin querer, como es razón, quitar nada al mérito y a los frutos apostólicos de los que, militando en las filas de la Acción Católica, pueden con su actividad salvadora llegar a donde no raras veces no pueden los sacerdotes y los religiosos, no hay duda que a estos últimos se debe la mayor parte, de tales obras de caridad. Porque los sacerdotes y religiosos con ánimo generoso acompañan y guían la vida de los hombres sin distinción de edad o de condición, y cuando caen fatigados o enfermos legan como en herencia el encargo a otros para que lo continúen. Así no raras veces sucede que el niño apenas nacido es acogido por unas manos virginales, sin que nada le falte de los cuidados que ni una madre pudiera prodigarle con mayor amor, y si es mayor y ha alcanzado el uso de la razón, se entrega a la educación de quienes lo instruyan en las enseñanzas de la doctrina cristiana, y le den la conveniente formación mental, y forjen debidamente su ingenio y su carácter; si uno cae enfermo, en seguida tiene quienes, impulsados por el amor de Cristo, se esfuerzan con solícitos cuidados y convenientes remedios por restablecer su salud; si pierde a sus padres, si se ve abatido por falta de bienes temporales o por miserias espirituales, si es encarcelado, no le falta el consuelo ni el socorro, porque los ministros sagrados, los religiosos, y las vírgenes consagradas lo miran, compadecidos como, a un miembro enfermo del cuerpo místico de Jesucristo recordando las palabras de su Divino Redentor: Porque yo tuve hambre, y me disteis, de comer; tuve sed, y me disteis de beber, era peregrino, y me hospedasteis; estaba desnudo y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; encarcelado y me vinisteis a ver… En verdad os digo, siempre que lo hicisteis con alguno de estos, mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis[50]. ¿Y qué diremos en alabanza de los heraldos de la palabra divina qué, lejos de su patria y soportando duros trabajos, convierten a la fe cristiana gran multitud de infieles? ¿Y qué decir de las sagradas esposas de Cristo, que colaboran con ellos, prestándoles una ayuda valiosísima? A todos y cada: uno de estos, gustosos les repetimos aquellas palabras que escribimos en nuestra apostólica exhortación «Menti Nostrae»: El sacerdote, por la ley del celibato, lejos de perder la prerrogativa de la paternidad, la aumenta inmensamente, como quiera que in engendra hijos para esta vida perecedera, sino para que ha de durar eternamente[51].
Por lo demás, la virginidad es fecunda no solo por las empresas y obras exteriores a que pueden dedicará más completamente y con mayor facilidad los que abrazan, sino también por la forma, de caridad perfecta que ejercen para con el prójimo, es decir, por las encendidas súplicas que en, favor de ellos elevan y por la, graves privaciones que espontánea y gustosamente abrazan con el mismo fin, ya que a eso han dedicado toda su vida los siervos de Dios y las esposas de Jesucristo principalmente los que viven en los claustros.
Finalmente, la virginidad consagrada a Cristo es por sí misma un testimonio tal de fe en el reino de fe en el reino de los cielos, y demuestra un amor tal a nuestro Divino Redentor, que no es de maravillar que produzca abundantes frutos de santidad. Las vírgenes y todos los que se dedican al apostolado y abrazan una castidad perfecta, que son en número casi incontable, hermosean la Iglesia con la excelsa santidad de su vida. Porque la virginidad infunde en el ánimo una tal energía espiritual que lo impulsa aun hasta el martirio, si es necesario. Lo muestra abundantemente la Historia que propone a la admiración de todos tantas legiones de vírgenes de Roma hasta María Goretti.
Y no sin motivo la virginidad es llamada virtud angélica, como con toda razón afirma Sn Cipriano dirigiéndose a las vírgenes: Lo que hemos de ser todos, ya vosotras lo habéis empezado a ser. Tenéis ya en este mundo la gloria de la resurrección, y pasáis por el mundo sin contaminaros con su corrupción. Mientras os conserváis vírgenes y castas, sois iguales a los ángeles de Dios[52]. Al Alma que tiene sed de vida purísima y arde en deseos de alcanzar el reino de los cielos, la virginidad se le presenta como la perla preciosa por la que uno vendió cuanto tenía para comprarla[53]. Los mismos casados y aun los que están sumergidos en el cieno de los vicios, cuando vuelven su mirada a las vírgenes, admiran no raras veces el esplendor de su cándida pureza y sienten deseos de conseguir lo que supera el deleite de los sentidos. El motivo por qué las vírgenes atraen a todos con su ejemplo es el que indica Santo Tomás de Aquino cuando escribe: A la virginidad se atribuye una excelentísima hermosura[54]. Por otra parte, todos esos hombres y mujeres que guardan castidad perfecta, ¿acaso no muestran con ello que este señorío que tienen sobre los movimientos del cuerpo es un efecto del divino auxilio y señal de una virtud sólida?
Es muy grato considerar particularmente el fruto más dulce de la virginidad, a saber, que las vírgenes consagradas manifiestan a los ojos de su madre la Iglesia y la santidad de la íntima unión de ellas mismas con Cristo. Las palabras que usa el Pontífice en el sagrado rito de la consagración de las vírgenes y las oraciones que eleva a Dios, eso es lo que sabiamente indican: A fin de que existan almas excelsas, que en la unión del varón y de la mujer desdeñen la realidad y amen su virtud escondida, y no quieran imitar lo que se realiza en le matrimonio, sino amar lo que el matrimonio significa[55].
Grande gloria de las vírgenes es, sin duda alguna, el ser imágenes vivientes de aquella perfecta integridad que une a la Iglesia con su Divino Esposo; y el ser ellas una muestra admirable de la floreciente santidad y de la fecundidad por Jesucristo, es motivo del mayor gozo para esta misma sociedad. A este propósito dice muy bien San Cipriano: Son, en efecto, flor que brota de los gérmenes de la Iglesia; son ornato y esplendor de la gracia espiritual, alegría de la naturaleza, obra perfecta e incorrupta de loor y gloria, imagen divina en que reverbera la santidad del Señor, porción la más ilustre del rebaño de Cristo. Gózase la Iglesia y en ellas florece exuberante su gloriosa fecundidad; de modo que cuanto más numeroso se hace el coro de las vírgenes, tanto más crece la alegría de la madre[56]
SEGUNDA PARTE
CONDENACIÓN DE ERRORES
Esta doctrina, que establece las ventajas y excelencias de la virginidad y del celibato sobre el matrimonio, fue puesta de manifiesto, como lo llevamos dicho, por nuestro Divino Redentor y por el Apóstol de las Gentes; y asimismo en el santo Concibo Tridentino[57] fue solemnemente definida como dogma de fe divina y declarada siempre por unánime sentir de los Santos Padres y doctores de la Iglesia. Además, así nuestros Antecesores, como también Nos, siempre que se ha ofrecido la ocasión, una y otra vez la hemos explicado y con gran empeño recomendado. Sin embargo, puesto que no han faltado recientemente algunos que han atacado, no sin grave peligro y detrimento de los fieles, esta misma doctrina tradicional en la Iglesia, Nos, por deber de conciencia, hemos creído oportuno volver sobre el asunto en esta Encíclica y desenmascarar y condenar los errores, que con frecuencia se presentan encubiertos bajo apariencias de verdad.
En Primer lugar, sin duda alguna se separan del común sentir de las personas honradas, sentir que la Iglesia siempre ha tenido en gran estima, a quienes consideran el instinto sexual como la tendencia principal y mayor del organismo humano, para deducir de ahí el hombre, no puede cohibir durante toda su vida éste apetito sin exponerse al grave peligro de perturbar las energías vitales de su cuerpo y principalmente los nervios y de dañar el equilibrio de su personalidad.
Como muy atinadamente advierte Santo Tomás, la tendencia que en nosotros está más profunda es la mira a la conservación propia; la inclinación que brota de las potencias sexuales ocupa el segundo lugar. Y a más a la iniciativa y dirección de la razón humana, que privilegio singular de nuestra naturaleza, pertenece regular esta clase de estímulos e instintos íntimos y ennoblecerlos con su acertada dirección[58].
Desgraciadamente es verdad que nuestras potencias corporales y nuestras pasiones perturbadas por el primer pecado de Adán, no solo intentan dominar los sentidos, sino también el alma, entenebreciendo la inteligencia y debilitando la voluntad. Pero la gracia de Jesucristo se nos da en los sacramentos principalmente para que, viviendo la vida del espíritu, reduzcamos el cuerpo a servidumbre[59]. La virtud de la castidad nos exige que no sintamos el aguijón de la concupiscencia sino más bien que la sujetemos a la recta razón y a la ley de la gracia, tendiendo denodadamente a lo que es más noble en la vida humana y cristiana.
Para lograr con perfección este imperio del espíritu sobre los sentidos del cuerpo, no basta abstenerse tan solo de los actos directamente contrarios a la castidad sino que es necesario en absoluto renunciar gustosa y generosamente a todo lo que pueda ser más o menos remotamente adverso a esta virtud; porque así el alma podrá reinar de lleno en el cuerpo y desarrollar su vida espiritual con paz y libertad. ¿Quién hay, pues, entre los que admiten los principios de la religión católica, que no vea que la castidad perfecta y la virginidad, lejos de oponerse al crecimiento natural del hombre o de la mujer lo acrecienta y ennoblece en sumo grado?
Recientemente condenarnos con tristeza la opinión de los que llegan a aseverar que solo el matrimonio es capaz de dar a la personalidad humana su natural desarrollo y su debida perfección[60]. Afirman algunos que la divina gracia dada ex opere operato, en el sacramento, de tal manera santifica el uso del matrimonio que lo convierte en un instrumento para unir a las almas con Dios más eficazmente que la misma virginidad, ya que el matrimonio cristiano es un sacramento y la virginidad no lo es. Esta doctrina la denunciamos como falsa y dañosa. Sí, el sacramento del matrimonio da a los esposos gracia divina para cumplir santamente sus deberes conyugales, y estrecha los lazos del amor mutuo con que ambos están unidos, pero no ha sido establecido para convertir el uso matrimonial en el medio de suyo más apto para unir las almas de los esposos con el mismo Dios mediante, el vínculo de la caridad[61]: ¿No reconoce más bien el Apóstol San Pablo a los esposos el derecho de abstenerse temporalmente del uso del matrimonio para darse a la oración[62], precisamente porque esta abstención hace que el alma se sienta más libre para entregarse a las cosas celestiales y para orar?
Finalmente, no se puede asegurar -como algunos lo hacen- que la ayuda mutua[63] que los esposos buscan en le matrimonio cristiano, es un medio de santidad más perfecto que la soledad del corazón de las vírgenes y los célibes. Si bien cuantos profesan la perfecta castidad han renunciado a este amor humano, no por eso se puede afirmar que por efecto de esa renuncia hayan rebajado y despojado en alguna manera su personalidad humana, porque del mismo Dador de dones celestiales reciben un auxilio espiritual que sobrepuja con creces la ayuda mutua que los esposos recíprocamente se procuran. Consagrándose totalmente al que es su principio y les comunica su vida divina, no se empequeñecen, sino que sumamente se engrandecen. ¿Quién puede con más verdad que cuantos son vírgenes apropiarse de aquel dicho del Apóstol San Pablo: Y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí?[64].
Por esta razón sabiamente piensa la Iglesia que hay que conservar el celibato de los sacerdotes; pues sabe que es y será fuente de gracias espirituales, que los unirá cada vez más estrechamente con Dios.
Nos parece también conveniente mencionar aquí brevemente el error de quienes, para apartar a los jóvenes de los seminarios y a las jóvenes de los institutos religiosos, se esfuerzan por grabar en sus inteligencias la idea deque hoy la Iglesia tiene más necesidad de la ayuda y del testimonio de vida cristiana de los casados que viven en el siglo mezclados, con los demás, que de sacerdotes y de vírgenes consagradas, que por el voto de castidad se han apartado en cierto modo, de la sociedad humana. Semejante opinión, venerables Hermanos, es a todas luces falsísima y muy perniciosa.
Ciertamente, no es nuestro propósito decir que los esposos católicos, dando ejemplo de vida cristiana, donde quiera que vivan y en cualquiera circunstancias en que se hallen, no puedan producir abundantes y saludables, frutos con el ejemplo de su virtud. Pero el que por esta razón aconseja preferir el matrimonio a la vida consagrada totalmente a Dios, sin duda invierte y trastorna él recto orden de las cosas. A la verdad, Venerables Hermanos, grandemente deseamos que se enseñe convenientemente a quienes han contraído matrimonio o piensen contraerlo, el grave deber que les incumbe, no solo de educar bien y diligentemente a los hijos que tienen o tendrán, sino también de ayudar a los demás, según su posibilidad, con el testimonio de su fe y el ejemplo, de su virtud. Pero, como, lo exige la conciencia de nuestro deber, no podemos menos de condenar en absoluto a todos los que trabajen por apartar a los, jóvenes del ingreso en el seminario o en las órdenes y congregaciones religiosas y de la emisión de los santos votos, y les den a entender que, siendo padres o madres de familia y profesando públicamente a la vista de todos una vida cristiana, podrán lograr un fruto espiritual mayor. Mejor y más cuerdamente obrarían tales personas exhortando a los casados con el mayor empeño posible que cooperasen con sus talentos en las obras del apostolado seglar, que no trabajando por alejar de la virginidad a los jóvenes, desgraciadamente hoy día no muy numerosos, que deseen consagrarse al divino servicio. A este propósito escribe muy bien San Ambrosio: Siempre ha sido propio de la gracia sacerdotal echar la simiente de la castidad y excitar el amor a la virginidad[65].
También creemos que hay que advertir que es completamente falsa la afirmación de que, los que profesan la castidad perfecta, dejan en cierto modo de pertenecer a la comunidad humana. Las vírgenes consagradas que consumen su vida sirviendo a los pobres y enfermos, si distinción de raza, posición o religión, ¿por ventura no se asocian íntimamente a sus desgracias y dolores y se afectan tiernamente como si fuesen sus madres? Y así mismo el sacerdote, movido por el ejemplo de su divino Maestro, ¿no desempeña el oficio del buen pastor, que conoce a sus ovejas y las llama por sus nombres?[66]. Pues bien, precisamente gracias a la castidad perfecta que guardan éstos sacerdotes y religiosos, pueden dedicarse a todos y amar a todos por amor de Cristo. Y aun a los que llevan vida contemplativa, dado que ofrecen a Dios por la salvación del prójimo, no sólo sus oraciones de y súplicas, sino su propia inmolación, ciertamente contribuyen poderosamente al bien de la Iglesia; es más, puesto que, conforme a las normas que en la carta apostólica «Sponsa Christi»[67] dimos, en las actuales circunstancias trabajan en obras de apostolado y caridad, aun por esta razón deben ser en gran manera dignos de alabanza, y no pueden ser considerados como extraños a la sociedad humana quienes colaboran de esta doble manera al bien espiritual de la misma.
TERCERA PARTE
CONSECUENCIAS PARA LA VIDA PRÁCTICA
Venerables Hermanos, a las consecuencias de esta doctrina de la Iglesia acerca de la excelencia de la virginidad se deducen para la vida práctica.
- a) La virginidad es necesaria para alcanzar la perfección cristiana
Ante todo, se debe declarar abiertamente que, de que la virginidad sea más perfecta que el matrimonio, no se sigue que sea más perfecta para alcanzar la perfección cristiana. Puede haber ciertamente santidad de vida sin consagrar su castidad a Dios, como lo atestiguan los numerosos santos y santas que la Iglesia honra con culto público y que fueron fieles esposos y brillaron ejemplarmente como excelentes padres o madres de familia; más aun, no es raro hallar personas casadas que buscan ardientemente la perfección cristiana.
También se ha de advertir que Dios no impone a todos los cristianos la virginidad, según enseña el Apóstol San Pablo en estas palabras: En orden a las vírgenes, precepto del Señor, yo no tengo sino que, doy consejo[68]. Por lo tanto, un consejo es lo que nos mueve a abrazar la castidad perfecta, por ser un medio capaz de conducir con mayor seguridad y facilidad a quienes les ha sido concedido[69] alcanzar el término, de sus anhelos, la perfección evangélica y el reino de los cielos, por lo cual, como bien nota San Ambrosio: la castidad se propone, no se impone[70].
Por ésta razón, la castidad perfecta exige, por una parte, que el cristiano, antes de ofrecerse y consagrarse totalmente a Dios, la desee libremente, y por otra parte que Dios le comunique desde arriba su don y su gracia[71]. El mismo Divino Redentor nos previno en esta materia con las siguientes palabras: No todos son capaces de esta resolución, si no aquellos a quienes se ha concedido… El que sea capaz de tal doctrina, que la siga[72]. San Jerónimo, considerando atentamente esta sentencia de Jesucristo, exhorta a cada uno a examinar sus fuerzas para ver si podrá cumplir los preceptos tocantes a la virginidad y a la pureza. Pues la castidad, por su naturaleza, es agradable y a todos atrae. Pero hay que medir las fuerzas para que el que pueda comprender, comprenda. Es como la voz del Señor que exhorta e invita a sus soldados, al premio de la castidad. Quien pueda comprender, comprenda; el que pueda combatir, que combata, venza y triunfe[73].
La virginidad es una virtud difícil: para alcanzarla no basta un firme y expreso propósito de renunciar absoluta y perpetuamente a los deleites legítimos del matrimonio, es también necesario refrenar y moderar los rebeldes movimientos del cuerpo y del corazón con una continua y vigilante lucha, huir de los atractivos del mundo y superar los asaltos del demonio. ¡Cuán verdaderas son las palabras del Crisóstomo: La raíz y los frutos de la virginidad es una vida crucificada![74]. La virginidad, según San Ambrosio, es como un sacrificio, y la virgen es hostia de pureza y víctima de castidad[75]. Más aun, San Metodio, Obispo de Olimpo, compara a quienes son vírgenes con los mártires[76], y San Gregorio Magno enseña que la castidad perfecta sustituye al martirio: Aunque falta la persecución, nuestra paz tiene su martirio; parque si no ofrecemos nuestro cuello al hierro, damos muerte con la espada del espíritu a los deseos carnales de nuestra alma[77]. Por tanto, la castidad consagrada a Dios exige almas fuertes y noble preparadas a luchar y vencer por el reino de los cielos[78].
Por consiguiente, todo el que emprenda este camino difícil, si por experiencia se siente demasiado débil en este punto, oiga con humildad el consejo del Apóstol San Pablo : Si no tienen el don dé la continencia, cásese. Pues, más vale casarse que abrasarse[79]. Para muchos, efectivamente, la continencia perpetua sería un peso demasiado grave y no se les puede aconsejar. Lo sacerdotes que tienen el cargo importante de ayudar con sus consejos a aquellos jóvenes que sienten inclinación hacia el sacerdocio o la vida religiosa, deben exhortarlo a pensarlo con madura consideración y no meterse por un camino que no tengan fundada experiencia de poder recorrer hasta el fin con seguridad y éxito feliz. Examinen prudentemente la capacidad del joven y oigan, cuando lo estimen oportuno, el parecer de los peritos. Y si todavía queda alguna duda seria, sobre todo por la experiencia de la vida pasada, interpongan su autoridad para que desistan de abrazar el, estado de castidad perfecta o para que no sean admitidos a las órdenes sagradas o a la profesión religiosa.
Con todo, aunque la castidad consagrada a Dios sea una virtud ardua, podrán observarla fiel y perfectamente todos los que, siguiendo la invitación de Jesucristo y después de diligente consideración, respondan con ánimo generoso y hagan cuanto esté en su mano por seguirla. Porque una vez que hayan abrazado, el de estado de virginidad o el celibato, recibirán gracia del Señor, y con: su ayuda, podrán poner; en práctica su propósito. Por tanto, si se hallaren quienes no sienten si este don de la castidad (aunque de ella hayan hecho voto)[80], no traten de hacer ver la imposibilidad de satisfacer a sus obligaciones en esta materia. Porque «Dios no manda cos as imposibles sino que al ponerlas, te enseña a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas»[81] y da su ayuda para que puedas[82]. Recordamos esta consoladora verdad a aquellos cuya voluntad se halla debilitada por enfermedades nerviosas, y a quienes algunos médicos, aun católicos, persuaden con excesiva facilidad a hacerse, dispensar de su obligación, bajo el especioso pretexto, de que no pueden observar la castidad sin detrimento del equilibrio mental. ¡Cuánto más útil y oportuno sería ayudar a tales enfermos a robustecer su voluntad y convencerlos de que aun a ellos es imposible la castidad, según la sentencia del Apóstol: Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que de la misma tentación os hará sacar provecho para que podáis sostenernos[83].
Los medios que el Divino Redentor nos recomendó para salvaguarda eficaz de nuestra virtud son la asidua, vigilancia para hacer con diligencia cuanto esté en nuestra mano, y la oración constante para pedir a Dios lo que, por nuestra debilidad no podemos alcanzar: Velad y orad para que no caigáis en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es flaca[84].
Esta vigilancia en todos los momentos y en todas las circunstancias de nuestra vida nos es absolutamente necesaria: Porque la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu, y el espíritu las tiene contrarias a las de la carne[85]. Si alguno fuere indulgente, aun en cosas mínimas, con las seducciones del cuerpo, fácilmente se sentirá arrastrado hacia aquellas obras de la carne que el Apóstol enumera[86] y que son los vicios más torpes y repugnantes de los hombres.
Por esta razón es menester ante todo velar sobre los movimientos de las pasiones de los sentidos, refrenarlos con una vida voluntariamente austera y con las penitencias corporales, para someterlos a la recta razón y a la ley de Dios. Los que son de Cristo tienen crucificada su carne con los vicios y pasiones[87]. El mismo Apóstol de las gentes confiesa de sí mismo: Castigo mi cuerpo y lo esclavizo no sea que predicando a los demás venga yo a ser reprobado[88]. Todos los santos velaron con empeño sobre los movimientos de sus sentidos y sus pasiones, y los refrenaron, a veces, con violencia, según la palabra del Divino Maestro: Yo os digo: cualquiera que mirare a una mujer con mal deseo hacia ella, ya adulteró en su corazón. Que sí tu ojo derecho es para ti , ocasión de pecar, sácalo y arrójalo fuera de ti; pues mejor te está el perder uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno[89]. Con esta advertencia, como es claro, nuestro Redentor pide ante todo de nosotros que no consintamos jamás en pecado, ni aun mentalmente, y que alejemos de nosotros con energía todo lo que puede manchar, aun levemente, esta hermosísima virtud. En esta materia toda diligencia es poca, ninguna severidad es excesiva. Si la salud débil u otras causas no permiten a alguien realizar grandes austeridades corporales, en ninguna manera le dispensan de la vigilancia y de la mortificación interna.
En este punto conviene, además, recordar lo que enseñan los Santos Padres[90] y los Doctores de la Iglesia[91]: que más fácilmente podremos superarlos atractivos del pecado y las seducciones de la pasión huyendo de ellos con todas nuestras fuerzas que combatiéndolos de frente. Para defender la castidad, según la expresión de San Jerónimo, es preferible la huida a la batalla en campo abierto: «Huyo para no ser vencido»[92]. Consiste ésta huida en evitar diligentemente la ocasión de pecar, y principalmente en elevar nuevamente y nuestra alma a las cosas divinas durante las tentaciones, fijando la vista en Aquel a quien hemos consagrado nuestra virginidad. Contemplad la belleza de vuestro amante Esposo, nos aconseja San Agustín[93].
Esta huida y esta continua vigilancia para alejar de nosotros las ocasiones de pecar las han considerado siempre los santos como el mejor medio de luchar en esta materia; hoy día, sin embargo, no todos aceptan esta doctrina. piensan algunos que todos los cristianos, y principalmente los ministros sagrados, no deben ser segregados del mundo, como en tiempos pasados, sino ,que deben estar presentes en el mundo, y por, tanto tienen que afrontar el riesgo y poner a prueba su castidad, para que se manifieste si son o no capaces de resistir: véanlo todo los Jóvenes clérigos, para que se acostumbren a contemplar todo con ánimo sereno y se inmunicen contra cualquier género de turbaciones. Les conceden fácilmente que puedan sin sonrojo mirar todo lo que a sus ojos se ofrece, frecuentar espectáculos cinematográficos, aun los prohibidos por la censura eclesiástica; hojear cualesquiera revistas, aun obscenas, y leer las novelas puestas en el índice o prohibidas por el mismo derecho natural. Y esto lo permiten con el pretexto que hoy día son muchos los que se sacian de tales espectáculos y lecturas, y es necesario entender su manera de pensar y sentir para poderlos ayudar. Es fácil, ver lo falso y desastroso de ese modo de educar al clero y prepararlo a conseguir la santidad propia de su misión. El que ama el peligro, perecerá en él[94]; y viene aquí muy oportuno el consejo de San Agustín: No me digáis que tenéis el alma pura, si tenéis ojos impuros; porque el ojo impuro es mensajero de un corazón impuro[95].
Sin duda, este funesto método se funda en una grave confusión. Porque Jesucristo Nuestro Señor afirmó, sí, de sus Apóstoles: Yo los he enviado al mundo[96]; Pero antes había dicho de del mundo, ellos mismos: No son del mundo, como ni yo tampoco soy del mundo[97], y a su Divino Padre había orado con estas palabras: No te pido que los saques del mundo sino que los preserves del mal[98]. La Iglesia, que se apoya en tales principios ha dado sabias y oportunas normas para alejar de los sacerdotes los peligrosos atractivos que fácilmente pueden influir en cuantos se hallan en medio del mundo[99], y procura por medio de ellas poner la santidad de la vida sacerdotal al abrigo de los cuidados y diversiones propias de los seglares.
GRADUAL PREPARACIÓN DEL CLERO JOVEN PARA LA LUCHA
Con mayor razón conviene apartar del tumulto mundano al clero joven, para formarlo en la vida espiritual y prepararlos a alcanzar la perfección sacerdotal o religiosa, antes que entre en el combate. Manténgaselo en los seminarios o estudiantados largo espacio de tiempo, y reciba una formación, diligente poco a poco y con prudencia se le vaya iniciando en los problemas de nuestros tiempos, según las normas que Nos hemos prescrito en la exhortación apostólica «Menti Nostrae»[100]. ¿Qué jardinero expondrá jamás a las tempestades una planta de valor, pero aun tierna para una robustez que todavía no posee? Los seminaristas y los jóvenes religiosos deben ser tratados como plantas tiernas y delicadas, que aun hay que proteger y preparar gradualmente para la resistencia y la lucha.
Los educadores de la juventud clerical harían obra mejor y más útil inculcando en las, almas de los jóvenes los principios del pudor cristiano, que tanto ayuda para conservar incólume la virginidad y que bien puede llamarse la prudencia de la castidad. El pudor adivina, el peligro, impide ponerse en él y hace evitar las ocasiones a que algunos menos prudentes se exponen. El pudor no gusta de palabras torpes o menos honestas, y aborrece aun la más leve inmodestia; evita la familiaridad sospechosa con personas de otro sexo, infundiendo en el ánimo la debida reverencia al cuerpo que es miembro de Cristo[101] y templo del Espíritu Santo[102]. Quien posee el pudor cristiano tiene horror a cualquier pecado de impureza y se retira apenas siente despertarse la seducción.
Además, el pudor sugiere y suministra a los padres y educadores expresiones aptas para instruir las conciencias de los jóvenes en la castidad. Por lo cual -como lo advertimos no hace mucho en una alocución tal recato no se ha de entender de manera que equivale a un absoluto silencio, hasta excluir en la formación moral aun el modo reservado y prudente de hablar[103]. Sin embargo, en nuestros tiempos algunos maestros y educadores, más veces de lo que fuera menester, han creído ser oficio suyo iniciar a niños inocentes en los secretos de la procreación de un modo que ofende su pudor. En este asunto conviene usar la justa medida y moderación que exige el pudor cristiano.
El pudor se alimenta del temor de Dios, ese temor filial basado en una profunda humildad cristiana, que nos hace huir con suma diligencia de todo pecado. Ya lo afirmaba Nuestro Predecesor San Clemente I con estas palabras: El que es casto en el cuerpo no se vanaglorie, porque otro es quien le da el don de la continencia[104]. Cuán importante sea la humildad cristiana para conservar, la virginidad, nadie lo ha expresado más claramente que San Agustín: Ya que la continencia perpetua, y sobre todo la virginidad es un don excelentísimo en los santos de Dios, ha de vigilarse atentamente para que no se corrompa con la soberbia… Por eso., Cuanto mayor me parece este don, más temo no venga a desaparecer en lo futuro por causa de la soberbia. Solo Dios es el verdadero custodio de la gracia virginal, que El mismo concedió, y «Dios es caridad»[105]. La guardiana, por tanto de la virginidad, es la caridad y la morada de esta guardiana es la humildad[106].
RECURSO A LOS MEDIOS SOBRENATURALES
Otra cosa hay que tener presente: que para conservar intacta la castidad no bastan la vigilancia y el pudor hay que recurrir también a los medios sobrenaturales: a la oración a Dios, a los sacramentos de la penitencia y de, la Eucaristía y a una viva devoción a la Santísima Madre de Dios.
No perdamos de vista que la castidad perfecta es un don de Dios. A este propósito, advierte profundamente San Jerónimo: Les fue concedido[107] a los que lo pidieron, a los que lo quisieron, a los que trabajaron por recibirlo. Porque todo aquel que pide, recibe, y el que busca, halla, y al que llama, se le abrirá[108]. De la oración, añade San Ambrosio, depende la fidelidad constante de las vírgenes al Divino Esposo[109]. Y San Alfonso María de Ligorio, con aquella ardentísima piedad que lo distinguía, enseña que no hay medio tan necesario para vencer las tentaciones contra esta hermosa virtud de la castidad como el recurso inmediato a Dios por la oración[110]. Sin embargo, a la oración es menester que se añada el sacramento de la penitencia, el cual, si se recibe con frecuencia y preparación, es una medicina espiritual que purifica y sana, y el alimento eucarístico, que, en frase de Nuestro Predecesor de Inmortal memoria León XIII, es el mayor remedio contra la sensualidad[111]. Cuanto más pura y casta sea el alma, más hambre tendrá de este pan, del que saca la fortaleza para resistir a todas las seducciones del pecado impuro y con el que se une más estrechamente al Divino Esposo: Quien come mi carne y bebe mi sangre en Mi mora y ya en él[112].
Un medio excelente para conservar intacta y sostener la castidad Perfecta, media comprobado continuamente por la experiencia de los siglos es el de una sólida y ardiente devoción a la Virgen madre de Dios. En cierta manera, esta devoción contiene en si todos los demás medios, pues quien sincera y profundamente la vive, se tiene, que sentir impulsado a velar, a orar, a acercarse al tribunal de la penitencia y al banquete eucarístico. Por tanto, exhortamos con afecto paterno a todos los sacerdotes, religiosos y vírgenes consagrados a que se pongan bajo la especial protección de la Santa Madre de Dios, que es Virgen de vírgenes y maestra de la virginidad, como afirma San Ambrosio[113], y es Madre poderosísima de aquellos, sobre todo, que se han dedicado al divino servicio.
Por ella, dice San Atanasio, comenzó a existir la virginidad[114], y lo enseña claramente, San Agustín con estas palabras: La dignidad virginal comenzó con la Madre de Dios[115]. Siguiendo las huellas del mismo San Atanasio[116], San Ambrosio propone a las vírgenes como modelo la vida de la Virgen María: Imitadla, hijas… [117]. Sírvaos la vida de María de imagen y modelo de virginidad, cual imagen que se hubiese trasladado a un lienzo; en ella, como en un espejo, brilla la hermosura de la castidad y la belleza de toda virtud. De aquí podéis sacar ejemplos de vida, ya que en ella, como en un dechado, se muestra, con las enseñanzas manifiestas de su santidad qué es lo que habéis de corregir, qué es lo que habéis de reformar, qué es lo que habéis de retener… He aquí la imagen de la verdadera virginidad. Esta fue María, cuya vida pasó a ser norma para todas las vírgenes… [118]. Sea, pues, la Santísima Virgen maestra de nuestro modo de proceder[119], Tan grande, fue su gracia, que no solo conservó en sí misma la virginidad, sino que concedía este don insigne a los que visitaba[120]. ¡Cuán verdadero es pues el dicho del mismo San Ambrosio: Oh riquezas de la virginidad de María![121]. En vista de tales riquezas aprovecha grandemente, también hoy a las vírgenes consagradas, a los religiosos y a los sacerdotes el contemplar la virginidad de María para observar con más fidelidad y perfección la castidad de su propio estado.
Pero no os contentéis, amadísimos hijos, con meditar las virtudes de la Santísima Virgen María; acudid a ella con absoluta confianza, siguiendo el consejo de San Bernardo: Busquemos la gracia, y busquémosla por María[122]. Y en este Año Mariano de una manera especial poned en ella el cuidado de vuestra vida espiritual y de la perfección, imitando el ejemplo de San Jerónimo, que aseguraba: Para mí la virginidad es una consagración en María y en Cristo[123].
CUARTA PARTE
LLAMAMIENTO A PADRES Y EDUCADORES
En las graves dificultades con que la Iglesia debe hoy luchar es un grande consuelo para nuestro corazón de Pastor Supremo, Venerables Hermanos, el ver cómo la virginidad, la cual florece en estos tiempos como en tiempos antiguos en todos los ámbitos de la tierra es tenida en grande estima y honor, no obstante los errores contrarios, que decíamos y que esperamos serán pasajeros y desaparecerán pronto.
No ocultamos, sin embargo, que este nuestro gozo está mezclado de cierta tristeza al ver que en no pocos países disminuye cada día más el número de los que, llamados por la voz divina, abrazan el estado de virginidad. Las principales causas las hemos apuntado más arriba y no hay por qué repetirlas. Confiamos que los educadores de la juventud que hubieren caído en estos errores los reconocerán pronto, los repudiarán y se esforzarán por ponerles remedio, haciendo lo posible para que cuantos se sientan llamados por Dios al ministerio sacerdotal o al estado religioso, si están bajo su dirección espiritual, sean ayudados por todos los medios a alcanzar esa meta sublime. ¡Ojalá suceda que nuevas y más numerosas falanges de sacerdotes y de religiosos, cuantos y cuales exigen las necesidades actuales de la Iglesia, salgan pronto a cultivar la viña del Señor!
Además como pide la responsabilidad de nuestro ministerio apostólico, exhortamos a los padres y madres de familia a ofrendar gustosos para el servicio divino aquellos de sus hijos que sientan esa vocación. Y si esto les resultare duro, triste y penoso, mediten atentamente las, palabras con que San Ambrosio amonestaba a las madres de Milán: sé de muchos jóvenes que quieren ser vírgenes, y sus madres les prohíben aun venir a escucharme… Si vuestras hijas quisieran amar, a un hombre, podrían elegir a quien quisieran según las leyes. Y a quienes se les concede escoger a cualquier hombre, ¿no se les permite escoger a Dios?[124].
Consideren los padres qué honor es para ellos tener un hijo sacerdote o una hija que ha consagrado su virginidad al Divino Esposo. Por lo que se refiere a las vírgenes, nos dice el mismo Obispo de Milán: Ya habéis oído, padres. . ., la virgen es un don de Dios, un regalo del padre, sacerdocio de la castidad. La virgen es una hostia ofrecida por la madre, hostia que se sacrifica diariamente y aplaca la ira divina[125].
Y ahora, antes, de dar fin a esta carta Encíclica deseamos, Venerables Hermanos, volver el pensamiento y el corazón a aquellos que, consagrados al servicio divino, en no pocas regiones padecen severa persecución. Imiten el ejemplo de las vírgenes de la primitiva Iglesia, que con la valentía invencible sufrieron el martirio por su virginidad[126].
Perseveren hasta la muerte[127] con ánimo constante en el santo propósito de servir a Cristo y tengan presente que sus angustias, sus padecimiento y sus oraciones son de gran valor ante Dios para la implantación del reino de Cristo en sus naciones y en la Iglesia entera; tengan por cierto que los que siguen al Cordero dondequiera que va[128]cantarán por toda la eternidad un cántico nuevo[129], que ningún otro, puede cantar.
Nuestro corazón paterno se llena de compasión hacia esos sacerdotes, religiosos y vírgenes consagrados que confiesan valerosamente su fe hasta el mismo martirio. Rogamos a Dios por ellos y por los que en todos los ámbitos de la tierra se dedican al servicio divino, a fin de que el Señor los confirme, los fortifique y los consuele. Y a vosotros todos, Venerables Hermanos, y a fieles exhortamos insistentemente a orar en unión con Nos para obtener a todas esas almas consagradas las consolaciones, dones y auxilios divinos.
Prenda de estos divinos dones y testimonio de nuestra especial benevolencia sea la bendición apostólica que con todo afecto en el Señor impartimos a vosotros, Venerables Hermanos, y a los demás ministros del altar vírgenes sagradas, a aquellos principalmente que padecen persecución por la justicia[130] y a todos nuestros fieles.
Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen María, el 25 de marzo de 1954, año XV de Nuestro Pontificado. Pío XII.
[1] Cfr. S. Ambros.: De virginibus, lib. I, c. 4, n.15; De virginite, c.3, n. 13; P.L. XVI, 193, 69.
[2] Cfr. Ex., XXII, 16-17; Deut., XXII, 23-29; Eccli, VLII,9
[3] S. Ambros.: De virginibus, lib. I, c. 3, n. 12; P.L. XVI, 192.
[4] I Cor X, 11
[5] Act., XXI, 9
[6] Cfr. S. Ignat. Antioch.: Ep. ad Smyrn., c.13; ed. Funk-Diekamp: Patres Apostolici, vol. I p. 286
[7] S. Iustin: Apol. I pro christi, c.15; P.G. VI, 349
[8] Cfr. Const. Apost. Sponsa Christi; A.A. S. XLIII, 1051, pp. 5-8
[9] Cfr. C.I.C. can. 487
[10] Cfr. C.I.C. can. 132 §1
[11]Cfr. Const. Apost. Provida Mater, art. III § 2; A.A.S. XXXIX, 1947, p. 121
[12] Mt 19, 10
[13] Ibid., 19, 11-12
[14] Mt. 19, 12
[15] S. Agustín: De sancta virginitate, c. 2, P.L. XL, 407
[16] Cfr. Can. 9; Mansi: Coll., II, 1.096.
[17] 1 Cor 7, 32-34.
[18] S. Cypr.: De habitu virginum, 4; P.L. IV, 443.
[19] S. Agustín : De sancta virginitate, cc. 8,11; P.L. XL, 400, 401.
[20] S. Tomás, Suma Teológica, II-II, q. 152, a. 3, ad. 4.
[21] S. Bonav.: De perfectione evangelica, q. 3, a. 3, sol. 5
[22] Cfr. San Cipriano: De habitu virginum, c. 20; P.L. IV 459
[23] Cfr. San Atanasio: Apol. Ad Constant., 33; P.G. XXV, 640
[24] S. Ambrosio: De virginibus, lib. I. C. 8; n. 52; P.L. XVI, 202
[25] Cfr. Ibid., lib. III, cc. 1-3, nn 1-14; De institutione virginis, c. 17 nn. 104-114; P.L. XVI, 219-224, 333-336
[26] Cfr. Sacramentarium Leonianum, XXX; P.L. LV, 129; Pontificale Romanum: De benediotione et consecratione virginum.
[27] Cfr. S. Cipriano: de habitu virginum, 4 et 22 ; P.L. IV, 443-444 et 462 ; S. Ambrosio: De virginibus, lib. I e 7, n. 37 ; P.L. XVI, 199.
[28] S. Agustín: De sancta virginitate, cc. 54-55; P.L. XL, 428
[29] Pontificale Romanum: De benedictione et consecratione virginum
[30] S. Metodio Olympi: Convivium decem virginum orat. XI c. 2; P.G. XVIII, 209
[31] Apoc 14, 4
[32] Obid.
[33] I Pert., 2, 21; S. Agustín: De sancta virginitate, c. 27; P.L. XI,
[34] S. Bonav.: De perfectione evangelica q. 3, a. 3
[35] S. Fulgencio: Epist. 3, c. 4, n. 6; P.L. LXV, 326
[36] 1 Cor 7, 32-33
[37] Gen., 2,24; Cfr. Mt 19,5
[38] Cfr. 1 Cor 7, 39
[39] S. Tomás: Suma Teológica, II-II, q. 186, a. 4
[40] Cfr. C.I.C., can. 132 § 1
[41] Cfr. Litt. Enc. Ad catholici sacerdotii fastiium, A.A.S. XXVIII, 1936, pp. 24-25
[42] Cfr. Lev 15,16-17; 22,4; 1Sam 21,5-7, Cfr. S. Siric. Papa: Esp. ad Himer.,7; P.L. LVI, 558-559
[43] S. Pedro Dam.: De coelibatu sacerdotum, c.3; P.L. CXLV, 384
[44] Cfr. Mt 19, 10-11.
[45] 1 Cor 7,38.
[46] Ibid., 7,7-8; Cfr. 1 et 26
[47] Cfr. S. Tomás: Suma Teológica I-II q. 152, aa. 3-4.
[48] Cfr. 1 Cor 7,33.
[49] Mt 12, 33.
[50] Mt 25, 35-36.40.
[51] A.A.S. XLII, 1950, p. 663
[52] S. Cipriano: De habitu virginum, 22; P.L. IV, 462; cfr. S. Ambrosio: De virginibus, lib. I, c. 8, n. 52; P.L. XVI, 202
[53] Mt 13, 46
[54] S. Tomás: Summa Teológica, II-II, q. 152, a. 5
[55] Pontificale Romanum: De benedictione et consecratione virginum
[56] S. Cipriano: De habitu virginum, 3 ; P.L. IV, 443(57) Sess. XXIV, can. 10
[57]
[58] Cfr. S. Tomás: Suma Teológica, I-II, q. 94, a. 2
[59] Cfr. Gal. 5,25; 1 Cor 9, 27
[60] Cfr. Allocutio ad Moderatrices supremas Ordinum et Institutorum Religiosarum, d. 15 septembris 1952; A.A.S. XLIV, 1952, p. 824
[61] Cfr. Decretum S. Oficii, De matrimonii finibus, d. 1 aprilis 1944; A.A.S. XXXVI, 1944, p. 103
[62] Cfr. 1 Cor 7, 5
[63] Cfr. C.I.C., can 1.013§1
[64] Gal 2, 20
[65] S. Ambrosio: De virginitate, c. 5, n. 26; P.L. XVI, 272
[66] Cfr. Jn 10,14; 10,3s
[67] Cfr. A.A.S. XLIII, 1951, p.20
[68] 1 Cor 7,25
[69] Mt 19, 11
[70] S. Ambrosio: De viduis, c. 12, n. 72; P.L. XVI, 256, cfr., S. Cipriano: De habitu virginum, c. 23; P.L. IV, 463
[71] Cfr. 1 Cor 7, 7
[72] Mt 19, 11-12
[73] S. Hieronym: Comment. in Mt 19,12; P.L. XXVI, 136
[74] S. Juan Crisóstomo: De virginitate, 80; P.G. XLVIII, 592
[75] S. Ambrosio: De virginitate, lib. I, c. 11, n.65; P.L. XVI, 206
[76] Cfr. S Motedio Olympi: Convivium decem virginum, ort. VII, c.3; P.G. XVIII, 128-129
[77] S. Gregorio Magno: Hom. in Evang., lib I, hom. 3, n.4 P.L. LXXVI, 1.089
[78] Mt 19,12
[79] 1 Co 7,9
[80] Cfr. Conc. Trid., sess. XXIV, can. 9
[81] Cfr. S. Agustín: De natura el gratia, c. 43, n. 50; P.L. XLIV pag. 271
[82] Conc. Trid. Sess. VI, c. 11
[83] 1 Cor 9,13
[84] Mt XXVI, 41
[85] Gal. 5,17
[86] Cfr. Ibid., 19-21
[87] Ibid., 24
[88] 1 Cor 9,27
[89] Mt 5, 28-29
[90] Caesar. Arelat.: Sermo 41; ed G. Morin, Maredsqus, 1937, vol. I, p. 172
[91] Cfr. S. Tomás: In Ep. I ad Cor, VI, lect. 3; S. Francisco de Sales: Introduction a la vie devote, part. IV, IV, c.7 ; S. Alfonso de Ligorio : La vera sposa di Gesu Cristo, ,c. 1, n. 16; c. 16; c. 15, n. 10
[92] S Hieronym. Contra Vigilant., 16: P.L. XXIII, 352
[93] S. Agustín: De sancta virginitate c. 54; P.L. XL, 428.
[94] Ecclo 3, 27
[95] S. Agustín: Epist. 211 n. 10, P.L. XXXIII, 961
[96] Jn 17, 18
[97] Ibid, 16
[98] Jn 18,15
[99] Cfr. C.I.C. can. 124-142. Cfr. B. Pío X: Exhort. Ad cler.cath. Haerente animo, A.A.S. XLI, 1908, pp. 565-573; Pío XI: Litt.enc.Ad catholici sacerdotii fastigium, A.A.S. XLII, 1950, pp. 692-694.
[100] Cfr. A.A.S. XLII, 1950, pp. 690-691
[101] Cfr. 1 Cor 6, 15
[102] Ibid, 19
[103] Alloc. Magis quam mentis, d. 23 sept. a 1951; A.A.S. XLIII 1951, p. 736
[104] S. Clemente Rom.: Ad Corintios XXXVIII, 2; ed. Funk-Diekamp, Patres Apostolici, vol. I, p. 148
[105] 1 Jn 4, 8
[106] S. Agustín: De sancta virginitate, cc. 33, 51; P.L. XL, 415. 426; cfr cc. 31-32,38; 412-415, 419
[107] Cfr. Mt 19,11
[108] Cfr. Ibid., VII,8; S. Hieron: Comm. In Mt 19,11; P.L. XXVI, 135
[109] Cfr. S. Ambrosio: De virginibus, lib III, c. 4 nn. 18-20; P.L. AVI, 225
[110] Cfr. S. Alfonso de Liborio: Practica di amar Gesu Cristo, c. 17, nn. 7-16
[111] Leon XIII: Encíclica Mirae caritatis, d. 28 maii, a. 1902
[112] Jn 6, 57
[113] S. Ambrosio: De institutione virginia, c.6, n. 46; P.L. XVI, 320
[114] Cfr. S. Atanasio: De virginitate, ed. Th. Lefort. Museon, XLII, 1929, p. 247
[115] S. Agustín: Serm. 51, C. 16, n. 26; P.L. XXXVIII, 348
[116] Cfr. S. Atanasio: Ibid, p. 244
[117] S. Ambrosio. De institutione virginis, c. 14, n. 87; P.L. XVI, 328
[118] S. Ambrosio: De virginibus, lib. II, c. 2, n. 6 6,15; P.L. AVI, 208, 210
[119] Ibid., c. 3 n. 19; P.L. XVI, 211
[120] S. Ambrosio: De institu. Virginis, c. 7, n. 50; P.L. XVI, 319
[121]Ibid., c. 13, n. 81; P.L. XVI, 339
[122] S. Bernardo: In nativitate B. Mariae Virnigis, Sermo de aquaeductu, n. 8; P.L. 183, 441-442
[123] S. Hieronym: Epist. 22, n. 18; P.L. XXII, 405
[124] S. Ambrosio: De virginibus, lib. I, c.10, n. 58; P.L. XVI, 205
[125] Ibid, c. 7, n. 32; P.L. XVI, 198
[126] Cfr. S. Ambrosio: De virginibus, lib. II, c. 4, n. 32, P.L. XVI, 215-216.
[127] Fil 2, 8
[128] Apoc 14,4
[129] Ibid, 3.
[130] Mt 5,10
