SANTO DÍA DE NAVIDAD

FIN DE LA VIGILIA. — El día feliz de la Vigilia de Navidad toca a su fin. La Iglesia ha clausurado ya los Oficios divinos propios del Adviento con la celebración del gran Sacrificio. Con maternal clemencia ha permitido a sus hijos quebrantar desde medio día el ayuno preparativo; los fieles se han sentado a la frugal mesa con una alegría espiritual que los hace sentir de antemano la que invadirá sus corazones en la noche que les va a traer al divino Emmanuel.
Mas, una fiesta tan solemne como la de mañana debe comenzar desde el día anterior, como acostumbra hacerlo la Iglesia en sus festividades. Dentro de unos momentos va a llamar la Iglesia a los cristianos al templo para el Oficio de las Primeras Vísperas, en el que se ofrece a Dios el incienso de la tarde. El esplendor de las ceremonias y la magnificencia de los cantos van a preparar a las almas para las emociones de amor y gratitud que las dispondrán a recibir las gracias en el momento supremo.
En espera de la llamada que nos ha de invitar a la casa de Dios, aprovechemos los instantes que nos quedan para ahondar en el misterio de tan gran día y, en los sentimientos que embargan a la Santa Iglesia en esta fiesta, y en las tradiciones católicas que tanto ayudaron a que la celebraran dignamente nuestros antepasados.
SERMÓN DE SAN GREGORIO NACIANCENO. — Primeramente, escuchemos la voz de los santos Padres que resuena con un énfasis y una elocuencia capaces de despertar a toda alma que no esté muerta. He aquí en primer lugar a San Gregorio el Teólogo, Obispo de Nacianzo, en su discurso treinta y ocho dedicado a la Teofanla o Nacimiento del Salvador: ¿quién será capaz de permanecer frío oyendo sus palabras?
«Cristo nace; ensalzadle. Cristo baja del cielo; salidle al encuentro. Cristo está ya en la tierra; oh hombres, elevaos. Cante al Señor toda la tierra y para decirlo todo en una sola palabra: Alégrense los cielos y salte de gozo la tierra por causa de Aquel que es al mismo tiempo del cielo y de la tierra. Cristo se viste con nuestra carne, estremeced de temor y alegría: de temor por razón de vuestros pecados, de alegría por la esperanza. Cristo nace de una Virgen; mujeres, honrad la virginidad para que lleguéis a ser Madres de Cristo.
¿Quién no adorará al que existió eternamente? ¿quién no alabará y ensalzará al que acaba de nacer? He aquí que se deshacen las tinieblas; es creada la luz; Egipto permanece en las sombras, e Israel es alumbrado por la columna luminosa. El pueblo que estaba sentado en las tinieblas de la ignorancia ve el resplandor de una profunda ciencia. Ha terminado lo antiguo; todo es ya nuevo. Le letra huye, triunfa el espíritu; las sombras han pasado; la verdad ha hecho su aparición. La naturaleza ve sus leyes violadas; ha llegado el momento de poblar el mundo celestial: Cristo manda; guardémonos de oponer resistencia.
Aplaudid, naciones todas: porque un Niño nos ha sido dado, un Hijo nos ha nacido. La señal de su principado está sobre sus espaldas: porque la cruz ha de ser el instrumento de su exaltación; su nombre es Angel del gran consejo, es decir, del consejo paterno.
Ya puede San Juan exclamar: ¡Preparad el camino del Señor! En cuanto a mí, quiero publicar la magnificencia de tan gran día: El incorpóreo se encarna; el Verbo toma carne; el Invisible se deja ver de nuestros ojos, el Impalpable se deja tocar: el que no conoce el tiempo, toma principio en él; el Hijo de Dios se hace hijo del hombre. Jesucristo fué ayer; es hoy, y será siempre. Escandalícese el Judío; mófese el Griego, muévase la lengua del hereje su boca impura. También, ellos creerán por fin en el Hijo de Dios, cuando le vean subir al cielo; y, si aún entonces se niegan hacerlo, creerán cuando baje del cielo para juzgarlos en su tribunal justiciero».
SERMÓN DE SAN BERNARDO. — Oigamos ahora, en la Iglesia latina, al piadoso San Bernardo, que, en el Sermón VI de la Vigilia de Navidad derrama una dulce alegría en sus melodiosas palabras.
«Acabamos de oír una noticia llena de gracia y a propósito para ser recibida con transportes de alegría: Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judea. Mi alma se ha derretido al oír esta frase; mi espíritu se agita dentro de mí, obligándome a comunicaros esta felicidad. Jesús quiere decir Salvador: ¿Hay algo más necesario que un Salvador para los que estaban perdidos, más deseable para los desgraciados, más conveniente para los que carecían de esperanza? ¿Dónde estaba la salvación, dónde ni siquiera la esperanza de salvación por ligera que fuese, bajo esa ley de pecado, en ese cuerpo de muerte, en medio de esa maldad, en esa mansión de llanto, si la salvación no hubiese nacido de repente y contra toda esperanza? ¡Oh hombre, deseas ciertamente la salud; pero conociendo tu debilidad y tu flaqueza, temes la dureza del tratamiento! No temas: Cristo es dulce y suave; inmensa su misericordia; por ser Cristo, ha recibido la unción para derramarla sobre tus heridas. Mas, al decirte que es dulce, no vayas a creer que carece de poder; porque se añade que es Hijo de Dios. Saltemos, pues, de gozo repasando dentro de nosotros mismos y pronunciando esa dulce frase, esa suave palabra: ¡Jesucristo, Hijo de Dios, nace en Belén de Judea!»
SERMÓN DE SAN EFRÉN. — Es, pues, un gran día el del Nacimiento del Salvador: día esperado por el género humano durante miles de años; esperado por la Iglesia en esas cuatro semanas de Adviento, de tan grato recuerdo; esperado por la naturaleza entera, que, a su llegada, vuelve a ver todos los años el triunfo del sol material sobre las tinieblas siempre crecientes. El gran Doctor de la Iglesia Siria, San Efrén, celebra con entusiasmo el encanto y la fecundidad de este misterioso día; tomemos sólo una muestra de esa divina poesía y digamos con él:
«Dignáos, Señor, permitirnos celebrar hoy el día propio de tu natalicio, que la fiesta de hoy nos trae a la memoria. Este día es semejante a Ti; es amigo de los hombres. Vuelve anualmente a través de los siglos; envejece con los viejos y se rejuvenece con el niño que acaba de nacer. Todos los años nos visita y pasa, para volver con nuevos atractivos. Sabe que la naturaleza humana no podría prescindir de él; lo mismo que Tú, trata de ayudar a nuestra raza en peligro. Todo el mundo, Señor, ansia el día de tu nacimiento; este feliz día lleva en sí todos los siglos venideros; es uno y se multiplica. Sea, pues, semejante a Ti también este año, y tráiganos la paz entre el cielo y la tierra. Si todos los días son testigos de tu magnanimidad, ¿cuánto más deberá serlo éste?
Los demás días del año toman de él su belleza. y las fiestas que van a seguir le deben la dignidad y el esplendor con que brillan. El día de tu nacimiento es un tesoro, Señor, un tesoro destinado a pagar la deuda común. Bendito sea el día que nos ha hecho ver el sol a los que andábamos errantes en la noche oscura; que nos ha traído la mies divina con la que nadaremos en la abundancia; que nos ha dado la rama de la viña, abundante en el líquido de salvación que nos comunicará a su debido tiempo. En medio del invierno que priva a los árboles de sus frutos, la viña se ha revestido de una exuberante vegetación; en la estación del hielo, el tallo ha brotado de la raíz de Jesé. En diciembre, en este mes que guarda todavía en sus entrañas la semilla que se le confió, es cuando la espiga de nuestra salvación se yergue del seno de la Virgen, a donde había bajado en los días de la primavera, cuando los corderuelos triscan por las praderas.»
No es, pues, de extrañar que este día haya sido privilegiado en la economía del tiempo, y hasta vemos con satisfacción que las mismas naciones paganas presienten en sus calendarios la gloria que le estaba reservada en el curso de los siglos. Hemos visto también que no fueron los Gentiles los únicos en prever misteriosamente las relaciones del divino Sol de justicia con el astro caduco que ilumina y da calor al mundo; los santos Doctores y la Liturgia entera hablan continuamente de esta inefable armonía.
BAUTISMO DE CLODOVEO. — Con el fin de grabar más hondamente la importancia de tan sagrado día en la memoria de los pueblos cristianos de Europa, pueblos de elección en los designios misericordiosos de Dios, el soberano Señor de los acontecimientos quiso que el reino de los Francos naciera el día de Navidad (496), cuando en el Batisterio de Reims, en medio de las pompas de esta solemnidad, Clodoveo, el fiero Sicambro, convertido en dulce cordero, fue sumergido por San Remigio en la fuente de salvación, de la que salió para fundar la primera monarquía católica entre las nuevas naciones, ese reino de Francia, el más bello, se ha dicho, después del cielo.
LA CONVERSIÓN DE INGLATERRA. — Un siglo después (597) sucedía algo parecido al pueblo anglosajón. El Apóstol de la isla de los Bretones, el monje San Agustín, después de haber convertido a la religión verdadera al rey Etelredo, seguía conquistando almas. Dirigiéndose hacia York, predicaba la palabra de vida, y un pueblo entero se reunía pidiendo el Bautismo. Fué fijado el día de Navidad para la regeneración de los nuevos discípulos de Cristo; y el río que corre bajo las murallas de la ciudad fué elegido para servir de fuente bautismal a aquel ejército de catecúmenos. Diez mil hombres, sin contar mujeres y niños, bajan a las aguas cuya corriente debe llevarse la impureza de sus almas. La crudeza del tiempo no es capaz de detener a aquellos nuevos pero fervientes discípulos del Niño de Belén, los cuales desconocían hasta su nombre pocos días antes. Un ejército completo de neófitos sale radiante de alegría e inocencia del seno de las olas heladas, y el día de su Nacimiento cuenta Cristo una nación más bajo su imperio.
Mas no bastará esto todavía al Señor, empeñado en la tarea de honrar el día del Nacimiento de su Hijo.
LA CORONACIÓN DE CARLOMAGNO. — Otro ilustre nacimiento debía aún embellecer este feliz aniversario. En Roma, en la Basílica de San Pedro, y en la fiesta de Navidad del año 800, nacía el Sacro Imperio Romano, al que estaba reservada la misión de propagar el reino de Cristo en las regiones bárbaras del Norte, y mantener la unídad europea, bajo la dirección del Romano Pontífice. San León III colocaba en este día la corona imperial sobre la cabeza de Carlomagno; y la tierra, admirada, volvía a contemplar a un César, un Augusto, no un César o un Augusto sucesor de los Césares y Augustos de la Roma pagana, sino investido de esos gloriosos títulos por el Vicario de Aquel que en las profecías se llama Rey de reyes y Señor de los señores.
LA GLORIA DEL DÍA DE NAVIDAD. — De este modo ha querido Dios hacer brillar a los ojos de los hombres la gloria del real Niño que ha nacido hoy; así ha dispuesto de cuando en cuando, a través de los siglos, esos ilustres aniversarios de la Natividad que da gloria a Dios y paz a los hombres.
Los siglos venideros podrán decir cómo se reserva aún el Altísimo el derecho de glorificar en este día su nombre y el de su Emmanuel.
Entretanto, las naciones de Occidente, conocedoras de la dignidad de esta fiesta y considerándola con razón como el principio universal de todo, en la era de la renovación del mundo, contaron durante mucho tiempo sus años partiendo de Navidad, como se puede apreciar por los antiguos calendarios, por los Martirologios de Usuardo y de Adón y por un gran número de Bulas, de Cartas y Diplomas. En 1313 un concilio de Colonia nos muestra subsistente todavía en esa época esta costumbre. Varios pueblos de la Europa católica, han guardado hasta el día de hoy la costumbre de celebrar el nuevo año en la fiesta de Navidad. Se desea feliz Navidad como entre nosotros el día primero de enero feliz año nuevo. Se cambian cumplidos y regalos; se escribe a los amigos ausentes: ¡restos preciosos de las antiguas costumbres que tenían la fe como fundamento y muralla inexpugnable!
Es tal la alegría que a los ojos de la Santa Iglesia debe llenar a los fieles en la Natividad del Salvador, que, asociándose a ella misericordiosamente, dispensa el día de mañana el precepto de la abstinencia cuando Navidad cae en viernes o sábado. Esta dispensa se remonta al Papa Honorio III, que gobernaba en 1216; pero ya desde el siglo IX San Nicolás I, en su respuesta a consultas de los Búlgaros, había manifestado una condescendencia parecida, con objeto de animar la alegría de los fieles en la celebración no sólo de la fiesta de Navidad, sino también en las de San Esteban, de San Juan Evangelista, de la Epifanía, de la Asunción de Nuestra Señora, de San Juan Bautista y de San Pedro y San Pablo. Pero esta dispensa no fue universal y sólo se ha mantenido para la fiesta de Navidad, contribuyendo así a aumentar la alegría popular. La legislación civil de la Edad Medía, en su deseo de confirmar a su modo la importancia que daba a una fiesta tan querida de toda la cristiandad, concedía a los deudores la facultad de supender el pago a los acreedores durante toda la semana de Navidad, que por esta razón era apellidada semana de remisión, lo mismo que las de Pascua y Pentecostés.
Pero dejemos un momento estos datos familiares que nos hemos complacido en reunir a propósito de la gloriosa festividad que conmueve tan dulcemente nuestros corazones; es hora de que acudamos a la casa de Dios, a donde nos llama el Oñcio solemne de las Primeras Vísperas. Por el camino, vayamos pensando en Belén, a donde han llegado ya José y María. El sol material camina rápidamente al ocaso; y el divino Sol de justicia permanece todavía oculto por algunos momentos bajo la nube, en el seno de la más pura de las vírgenes. Se acerca la noche; José y María recorren las calles de la ciudad de David, buscando un asilo para albergarse. Atención, pues, corazones fieles, ¡unios a los dos incomparables peregrinos! Ha llegado la hora de que salga de toda lengua humana un canto de gloria y agradecimiento. Para expresarnos, aceptemos con diligencia la voz de la Santa Iglesia, que estará a la altura de tan noble tarea.
ANTES DE LOS OFICIOS NOCTURNOS
MAITINES. — Deben saber los fieles que, en los primeros siglos de la Iglesia, no se celebraba nunca una fiesta solemne sin hacer su preparación por medio de una Vigilia, en la que el pueblo cristiano, renunciando al sueño, llenaba la Iglesia y seguía fervorosamente la salmodia y las lecturas; este conjunto constituía lo que hoy llamamos Oficio de Maitines. Se dividía la noche en tres partes, conocidas con el nombre de Nocturnos; al apuntar el alba comenzaban otros cánticos más solemnes que formaban el Oficio de, las alabanzas, que de ahí ha quedado con el nombre de Laudes. Este Oficio divino, que ocupaba gran parte de la noche, se celebra aún diariamente aunque a horas menos penosas, en los Capítulos y Monasterios, y es recitado en privado por todos los clérigos obligados al rezo, del que forma la parte más notable. Con la pérdida de las prácticas litúrgicas desapareció también la costumbre de que los fieles tomasen parte en la celebración de los Maitines; y, en la mayoría de las iglesias parroquiales y aun de las catedrales de Francia, se terminó por no cantarlos más que cuatro veces al año: a saber, los tres últimos días de la Semana Santa, siendo todavía hoy anticipados a la tarde anterior, con el nombre de Tinieblas; y finalmente el día de Navidad, que se celebran a la misma hora, poco más o menos que antiguamente.
El Oficio de la noche de Navidad fué siempre objeto de una especial devoción y solemnidad entre todos los del año: primero por razón de ser la hora en que la Santísima Virgen dió a luz al Salvador, y por eso debemos esperarla en oración y ardientes deseos; además, porque esta noche la Iglesia no se contenta con celebrar el Oficio de Maitines de un modo ordinario, sino que, por excepción única y para mejor honrar el divino Nacimiento, añade la ofrenda del santo Sacrificio de la Misa, precisamente a media noche, que es cuando María dió su augusto fruto a la tierra. De ahí que en muchos lugares, sobre todo en las Galias, según testimonio de San Cesáreo de Arlés, los fieles pasaban toda la noche en la Iglesia.
En Roma, durante varios siglos, por lo menos del séptimo al undécimo, se decían dos Maitines en la noche de Navidad. Los primeros se cantaban en la Basílica de Santa María la Mayor; se comenzaban en cuanto se ponía el sol; no se decía Invitatorio en ellos, y a continuación de este primer Oficio nocturno el Papa celebraba a media noche la primera Misa de Navidad. Inmediatamente después, se trasladaba con el pueblo a la Iglesia de Santa Anastasia, donde celebraba la Misa de la Aurora. Luego, la piadosa comitiva se dirigía con el Pontífice, a la Basílica de San Pedro, donde comenzaban inmediatamente los segundos Maitines. Estos tenían su Invitatorio y eran seguidos de Laudes: terminados éstos y los Oficios siguientes a sus horas correspondientes, el Papa celebraba la tercera y última Misa a la hora de Tercia. Amalario y el antiguo liturgista del siglo XII que se ha dado a conocer con el nombre de Alcuino nos han transmitido estos detalles, que están de acuerdo con el texto de los antiguos Antifonarios de la Iglesia Romana publicados por el Beato José María Tomasí y por Gallicioli.
Eran tiempos de fe viva; para ellos las horas pasaban veloces en la casa de Dios, porque la oración servía de poderoso lazo de unión a los pueblos abrevados continuamente en los divinos misterios. Entonces se gustaba la oración de la Iglesia; las ceremonias de la Liturgia, que son su necesario complemento, no eran como hoy un espectáculo mudo, o a lo más impregnado de una vaga poesía; las masas sentían y creían lo mismo que los individuos. ¿Quién nos devolverá esta comprensión de lo sobrenatural, sin la cual tantas personas de hoy día se jactan de ser cristianas y católicas?
LA NOCHE DE NAVIDAD. — A pesar de todo, todavía no se ha extinguido gracias a Dios por completo entre nosotros esa fe práctica; esperemos que volverá aún algún día a revivir con su antigua vida. ¡Cuántas veces nos hemos complacido en buscar y observar sus huellas en el seno de esas familias patriarcales, numerosas todavía en nuestras pequeñas ciudades y aldeas! Allí fue donde vimos, y ningún recuerdo de infancia nos es tan grato, a toda una familia, que, después de la frugal colación de la noche, se reunía en torno a un gran hogar, en espera de que sonara la señal para acudir a la Misa de la media noche.
Allí estaban preparados de antemano los platos que habían de ser servidos a la vuelta, apetitosos, sin ser rebuscados y que habían también de contribuir a la alegría de tan santa noche: en medio del hogar ardía un grueso tronco, llamado «leño de Navidad», que calentaba toda la sala. Había de consumirse lentamente durante los Oficios para que a su vuelta encontraran un reconfortante brasero los miembros de los ancianos y de los niños ateridos por el frío.
Allí se hablaba animadamente del misterio de la solemne noche; se compadecía a María y a su dulce Hijo expuesto a los rigores del invierno en un establo abandonado; luego se entonaban algunos de aquellos villancicos que habían servido para entretenerlos durante las largas vigilias del Adviento.
Las voces y los corazones estaban de acuerdo al ejecutar aquellas populares melodías compuestas en días mejores. Aquellos ingénuos cantos referían la visita del Angel Gabriel a María y el anuncio de la maternidad divina hecho a la digna doncella; la pena de María y de José al recorrer las calles de Belén en busca de un albergue en las posadas de aquella ingrata ciudad; el milagroso alumbramiento de la Reina del cielo; los encantos del Recién Nacido en su humilde cuna; la llegada de los pastores con sus rústicos regalos, su música un tanto ruda y la sencilla fe de sus corazones.
Animábanse pasando de un villancico a otro; olvidaban sus preocupaciones; consolaban sus penas y ensanchábase el alma; mas de pronto la voz de las campanas, que resonaban en la noche, terminaban con tan ruidosos como amables conciertos. Comenzaban a salir hacia la Iglesia; ¡qué felices entonces los niños a quienes su edad permitía ya asociarse por vez primera a las alegrías inefables de esta solemne noche; tan santas y fuertes impresiones debían quedar grabadas en su alma durante el resto de su vida!
Pero ¿a dónde nos llevan estos encantadores recuerdos? Con objeto de ocupar útilmente los últimos momentos que preceden a la entrada en la Iglesia, quisiéramos sugerir a nuestros lectores algunas consideraciones que les unan al espíritu de la Iglesia, fijando su corazón y su fantasía sobre objetos reales y consagrados por los misterios que se celebran en esta augusta noche.
LA GRUTA DE BELÉN. — Así pues, en esta hora nuestro pensamiento debiera volar con preferencia hacia tres lugares que existen en el mundo. El primero es Belén, y en Belén, la gruta del Nacimiento quien nos reclama. Acerquémonos con santo respeto y contemplemos el humilde asilo que el Hijo del Eterno bajado del cielo ha escogido para su primera morada. Este establo, cavado en la roca, se halla situado fuera de la ciudad; tiene unos cuarenta pies de largo por doce de ancho. El asno y el buey anunciados por el Profeta están junto a la cueva, testigos mudos del divino misterio que el hombre se ha negado a recibir en su casa.
José y María se encuentran también en el humilde retiro; los rodea el silencio de la noche; mas su corazón se dilata en alabanzas y adoraciones dirigidas al Dios que se digna satisfacer de manera tan perfecta por el orgullo humano. La purísima María prepara los pañales que han de envolver los miembros del celeste Infante, y espera con inefable paciencia el momento en que sus ojos verán por fln el fruto bendito de sus castas entrañas, y podrá cubrirle con sus besos y caricias y amamantarle con su leche virginal.
Mas, antes de salir del seno materno y de hacer su entrada visible en este mundo pecador, el divino Salvador se inclina ante su Padre celestial y, conforme a la revelación del Salmista explicada por el gran Apóstol San Pablo en la Epístola a los Hebreos, dice: ¡Oh Padre mío! ya estás harto de los groseros sacrificios de la Ley; esas vacías ofrendas no han aplacado tu justicia; pero me has dado un cuerpo; héme aquí pronto a sacrificarme; vengo a cumplir tu voluntad.» (Herbr., X, 7.)
Todo esto ocurría, a estas horas, en el establo de Belén; los Angeles del Señor estaban maravillados ante tan gran misericordia de un Dios para con sus rebeldes criaturas, contemplando al mismo tiempo con gran placer el gracioso semblante de la Virgen sin mancha, y esperando el momento en que la Rosa mística iba por fin a abrirse para derramar su divino perfume.
¡Feliz gruta de Belén, testigo de semejantes maravillas ! ¿Quién no dejará allí ahora su corazón? ¿Quién no la preferiría a los más suntuosos palacios de los reyes? Ya, desde los primeros días del cristianismo, la piedad de los fieles la rodeó de la más tierna devoción, hasta que la gran Santa Elena, elegida por Dios para reconocer y honrar en la tierra las huellas del Hombre-Dios, hizo construir en Belén la magnífica Basílica que debía guardar en su recinto el trofeo del amor de Dios hacia su criatura.
Transportémonos con el pensamiento a esta Iglesia que todavía subsiste; contemplemos allí, en medio de infieles y herejes, a los religiosos que sirven aquel santuario, y que se disponen a cantar en nuestra lengua latina los mismos cánticos que bien pronto vamos a oír nosotros. Son hijos de San Francisco, héroes de la pobreza, discípulos del Niño de Belén; precisamente por ser oequeños y débiles son los únicos que hoy día desde hace cinco siglos, sostienen las batallas del Señor en aquellos lugares de la Tierra Santa, que la espada de los Cruzados se cansó de defender. Esta noche oremos en unión con ellos; besemos con ellos la tierra en aquel lugar de la gruta, en que se lee con palabras de oro: Hic DE VIRGINE MARÍA IESUS CHRISTUS NATUS EST.
Pero en vano buscaríamos hoy en Belén la feliz cueva que acogió al divino Infante. Hace ya doce siglos que huyó de aquellas tierras maldecidas por Dios, viniendo a buscar refugio en el centro de la catolicidad en Roma, la Esposa favorecida por el Redentor.
LA BASÍLICA DEL PESEBRE. — Roma es por tanto, el segundo lugar del mundo que debe visitar nuestro corazón en esta noche afortunada. Pero dentro de la ciudad santa, hay un santuario que en este momento reclama toda nuestra devoción y nuestro amor. Es la Basílica del Pesebre, la magnifica y radiante Iglesia de Santa María la Mayor. Reina de las numerosas Iglesias que la devoción de los romanos dedicó a la Madre de Dios, levanta su magnificencia sobre el Esquilino, resplandeciente de oro y mármol, pero afortunada sobre todo por poseer en su interior, junto con el retrato de la Virgen Madre atribuido a San Lucas, el humilde y glorioso Pesebre que los impenetrables designios del Señor hicieron que saliese de Belén para confiarlo a su guarda. Un pueblo innumerable se agolpa en la Basílica en espera del feliz instante en que el evocador monumento del amor y de las humillaciones de un Dios, aparezca llevado sobre los hombros de los ministros sagrados, como arca de la nueva alianza cuya ansiada visión tranquiliza al pecador y hace palpitar de emoción el corazón del justo. Quiso Dios que Roma, que debía ser la nueva Jerusalén, fuese también la nueva Belén, y que los hijos de su Iglesia hallasen en este centro inconmovible de su fe, el alimento abundante e inagotable de su amor.
NUESTRO CORAZÓN. —- Visitemos finalmente el tercer santuario donde se va a realizar esta noche el misterio del Nacimiento del Hijo divino de María. Este tercer templo está a nuestro lado; está dentro de nosotros: es nuestro propio corazón. Nuestro corazón es el Belén que Jesús quiere visitar, en el que desea nacer para morar allí y crecer hasta llegar al hombre perfecto, como dice el Apóstol (Ef., IV, 13). Si desciende hasta el establo de la ciudad de David, es sólo para poder llegar con mayor seguridad hasta nuestro corazón, al que amó con amor eterno hasta el extremo de descender del cielo para venir a habitar en él. El seno de María le llevó nueve meses; en nuestro corazón quiere vivir eternamente.
¡Oh corazón del Cristiano, Belén viviente, prepárate y alégrate!; por la confesión de tus pecados, por la contrición de tus faltas, por la penitencia de tus delitos estás ya dispuesto para esa alianza que el Niño Dios desea hacer contigo. Está ahora atento; vendrá en medio de la noche. Hállete preparado como halló el establo, el pesebre y los pañales. Tú no puedes ofrecerle las puras y maternales caricias de María, ni los cariñosos cuidados de José; preséntale las adoraciones y el amor sencillo de los pastores. Como la Belén de los actuales tiempos, tu vives en medio de los Infleles, de los que no conocen el divino misterio del amor; sean tus votos secretos y sinceros como los que esta noche subirán hacia el cielo desde el fondo de la gloriosa y santa gruta que reúne a los fieles en torno a los hijos de San Francisco. En el gozo de esta santa noche sé semejante a la radiante Basílica que guarda en Roma el tesoro del Santo Pesebre y el dulce retrato de la Virgen Madre. Sean tus afectos puros como el blanco mármol de sus columnas; tu caridad resplandeciente como el oro que brilla en sus artesonados; tus obras luminosas como los mil cirios que, en su feliz recinto, iluminan la noche con los esplendores del día. Finalmente, oh soldado de Cristo, piensa que es necesario luchar para merecer acercarse al divino Infante; luchar para conservar dentro de uno mismo su amorosa presencia; luchar para llegar a la feliz consumación que te hará una sola cosa con El, en la eternidad. Conserva, pues, con cariño estas impresiones, que te nutran, consuelen y santifiquen hasta que descienda a ti el Emmanuel. ¡Oh Belén viviente! repite sin cesar esa dulce frase de la Esposa: Ven, Señor Jesús, ven.
1] Los sacramentarlos gelaslano y gregoriano mencionan las tres misas de Navidad. Pero al principio del siglo V, no habla más que una sola misa, la del día, que se celebraba en S. Pedro. La Institución de la misa de media noche data desde fines del siglo V.
[2] Fue en el siglo v cuando se Introdujo una Misa que tenía por objeto celebrar el dies natalis de Santa Anastasia, virgen y mártir, de Sirmium, cuyo cuerpo habia sido trasladado a Constantinopla bajo el patriarca Genadio, (458-471) y depositado en la iglesia llamada Anástasis. La semejanza del nombre hizo que en Roma se escogiera para la celebración de esta Misa el titulus Anastasiae, llamada asi por el nombre de la fundadora de esta iglesia, que era la iglesia parroquial de la Corte.
A fines del siglo v o principios del vi, Santa Anastasia ocupó un lugar en el Canon de la Misa. Al mismo tiempo se formó la leyenda de una Santa Anastasia romana, que fué a padecer martirio a Sirmium. Cuando la fiesta de Navidad recibió una mayor solemnidad, disminuyó la devoción a la Santa; en vez de una misa en su honor no se hacía más que una memoria de la mártir, y la misa fué dedicada a honrar
[3] In Natalem Domini, V, 14.
[4] Ibid., I. 3.
[5] Los documentos antiguos ponen como lugar de la Estatación la Basílica de San Pedro, pero desde el siglo xii se eligió a Santa María la Mayor «por la brevedad del día y luz y las dificultades del camino», dice el Ordo. Romanus.
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MISA DEL GALLO
Es hora ya de ofrecer el gran Sacrificio y de llamar al Emmanuel: sólo El puede pagar dignamente a su Padre la deuda de agradecimiento que el género humano le debe. En el altar, como en el pesebre, intercederá por nosotros; nos acercaremos a él con amor y se nos entregará. Pero es tal la grandeza del Misterio de este día, que la Iglesia no se limita a ofrecer un solo Sacrificio. La llegada de tan precioso don por tanto tiempo aguardado merece el reconocimiento de homenajes extraordinarios. Dios Padre envía su Hijo a la tierra; es el Espíritu Santo quien obra este prodigio: es muy natural que la tierra dirija a la Trinidad augusta el homenaje de ese Sacrificio [1].
Además, el que nace hoy ¿no se ha manifestado en tres Nacimientos? Nace esta noche de la Virgen bendita; va a nacer, por su gracia, en el corazón de los pastores que son las primicias de toda la cristiandad; y nace eternamente en el seno del Padre, en los esplendores de los Santos: este triple nacimiento debe ser venerado con un triple homenaje.
La primera Misa celebra el Nacimiento según la carne. Los tres Nacimientos son otras tantas efusiones de la luz divina; ahora bien, ha llegado la hora en que el pueblo que caminaba en las tinieblas vió una gran luz y en que amaneció el día sobre los que moraban en la región de las sombras de la muerte. La noche es oscura fuera del santo templo donde nos hallamos: noche material por ausencia del sol; noche espiritual a causa de los pecados de los hombres que duermen en el olvido de Dios o vigilan para el crimen. En Belén, en torno al establo y en la ciudad, hay tinieblas; y los hombres que no han querido hacer sitio al divino Huésped descansan en una grosera paz; por eso no les despertará el concierto de los Angeles.
Hacia la mitad de la noche la Virgen ha sentido llegar el momento supremo. Su corazón de madre se halla completamente inundado de maravillosas delicias y derretido en un éxtasis de amor. De pronto, saliendo con su omnipotencia del seno materno, como saldrá un día a través de la piedra del sepulcro, aparece el Hijo de Dios e Hijo de María tendido en el suelo, a la vista de su Madre, y dirigiendo sus brazos hacia ella. El rayo del sol no atraviesa con mayor rapidez el límpido cristal incapaz de detenerle. La Virgen Madre adora al Niño divino que la sonríe, y se atreve a estrecharle contra su corazón; le envuelve en los pañales que le ha preparado y le acuesta en el pesebre. El fiel José le adora con ella; los santos Angeles, cumpliendo la profecía de David, rinden su más profundo homenaje a su Creador en el momento de su entrada en el mundo. Encima del establo está el cielo abierto y suben hacia el Padre de los siglos, los primeros votos del Dios recién nacido; a los oídos del Dios ofendido comienzan a llegar ya sus primeros gritos y los dulces vagidos que preparan la salvación del mundo.
La belleza del Sacrificio atrae al mismo tiempo hacia el altar las miradas de los fieles. El coro entona el cántico de entrada, el Introito. Es el mismo Dios quien habla; habla a su Hijo al que hoy ha engendrado. En vano las naciones intentarán sacudir su yugo; este niño las sabrá sujetar y reinará sobre ellas, porque es el Hijo de Dios.
INTROITO
El Señor me dijo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy.
El canto del Kyrle eleison precede al Himno Angélico que se deja oír en seguida con estas sublimes palabras: ¡Gloria in excelsis Deo, et in térra pax hominibus bonae voluntatis! Unamos nuestras voces y corazones a este sublime concierto de la milicia celestial. ¡Gloria a Dios, paz a los hombres! Son nuestros hermanos los Angeles los que han entonado este cántico; allí junto al altar, como antaño junto al pesebre, están proclamando nuestra dicha. Allí adoran a la divina justicia que dejó sin redentor a sus hermanos caídos, y en cambio nos envía a nosotros a su propio Hijo. Glorifican la amorosa humillación de quien hizo al ángel y al hombre, y que ahora se inclina hacia el más débil. Ellos nos prestan sus celestes voces para dar gracias a quien por medio de un misterio tan dulce y poderoso nos llama a nosotros sus humildes criaturas humanas a llenar un día entre los coros angélicos las sillas que quedaron vacías por la calda de los espíritus rebeldes. ¡Angeles y hombres, Iglesia del cielo e Iglesia de la tierra!, cantemos la gloria de Dios y la paz dada a los hombres; cuanto más se humilla el Hijo del Eterno para traernos tan grandes bienes, con tanto mayor fervor debemos entonar unánimemente:—Solus sanctus, solus Dominus, solus Altissimus, Iesu Christe! ¡Tú solo Santo, Tú sólo Señor, Tú sólo Altísimo, Jesucristo!
A continuación, la Colecta reúne los votos de los fieles:
OREMOS
¡Oh Dios! que hiciste brillar esta sacratísima noche con el resplandor de la verdadera luz: suplicárnoste hagas que disfrutemos en el cielo, de los gozos de esta luz, cuyos misterios hemos conocido en la tierra. Por el que vive y reina contigo…
EPISTOLA
Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a Tito (II, 11-15.)
Carísimo: La gracia de Dios, nuestro Salvador, se ha aparecido a todos los hombres, para enseñarnos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, debemos vivir sobria y justa y piadosamente en este siglo, aguardando la bienaventurada esperanza y el glorioso advenimiento del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo, el cual se dió a sí mismo por nosotros, para redimirnos de todo pecado y purificar para sí un pueblo grato, seguidor de las buenas obras. Predica y aconseja estas cosas en Nuestro Señor Jesucristo.
Por fin ha aparecido, en su gracia y misericordia, ese Dios Salvador que era el único que podía librarnos de las obras de la muerte, devolviéndonos a la vida. En este mismo momento se muestra a todos los hombres en el angosto reducto de un pesebre, envuelto en los pañales de la infancia. Ahí tenéis la dicha de la visita de un Dios a la tierra, visita que tanto anhelábamos; purifiquemos nuestros corazones, hagámonos gratos a sus ojos: pues, aunque sea niño, es también Dios poderoso, como nos acaba de decir el Apóstol, el Señor cuyo nacimiento eterno es anterior al tiempo. Cantemos su gloria con los santos Angeles y con la Iglesia.
GRADUAL
Contigo está el imperio desde el día de tu poder, entre los esplendores de los Santos; yo te engendré de mi seno antes de la aurora. — 7. Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies.
ALELUYA
Aleluya, aleluya.— f . El Señor me dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del Santo Evangelio según San Lucas (II, 1-14.)
En aquel tiempo salió un edicto de César Augusto ordenando que se inscribiera todo el orbe. Esta primera inscripción fue hecha siendo Cirino gobernador de Siria. Y fueron todos a inscribirse, cada cual en su ciudad. Y subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, porque era de la casa y familia de David, para inscribirse con María, su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y sucedió que, estando ellos allí, se cumplieron los días de dar a luz. Y parió a su Hijo primogénito, y le envolvió en pañales, y le acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada. Y había unos pastores en la misma tierra, que guardaban y velaban las vigilias de la noche sobre su ganado. Y he aqui que el Angel del Señor vino a ellos y la claridad de Dios los cercó de resplandor, y tuvieron gran temor. Mas el Angel les dijo: No temáis porque os voy a dar una gran noticia, que será de gran gozo para todo el pueblo: es que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor. Y ésta será la señal para vosotros: hallaréis al Niño envuelto en pañales y echado en un pesebre. Y súbitamente apareció con el Angel una gran multitud del ejército celeste, alabando a Dios y diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.
También nostros, divino Niño, unimos nuestras voces a las de los Angeles y cantamos: ¡Gloria a Dios, paz a los hombres! El inefable relato de tu nacimiento nos enternece los corazones y hace correr nuestras lágrimas. Te hemos acompañado en tu viaje de Nazaret a Belén, hemos seguido todos los pasos de María y de José a través de su largo camino; hemos velado durante esta santa noche en espera del feliz momento que te mostrará a nuestros ojos. Sé bendito, oh Jesús, por tanta misericordia; sé amado por tanto amor. Imposible apartar nuestras miradas de ese pesebre afortunado, que contiene nuestra salvación. Te reconocemos ahí tal como te han pintado a nuestras esperanzas los santos Profetas cuyos divinos vaticinios nos ha pasado la Iglesia esta noche ante la vista. Eres el Dios Grande, el Rey pacífico, el Esposo celestial de nuestras almas; eres nuestra Paz, nuestro Salvador, nuestro Pan de vida. ¿Qué te podemos ofrecer en este momento, si no es esa «buena voluntad que los Angeles nos recomiendan? Créala en nosotros; cultívala para que lleguemos a ser hermanos tuyos por la gracia, como lo somos ya por la naturaleza humana. Pero aún haces más en este misterio ¡oh Verbo encarnado! En él nos haces, como dice el Apóstol, partícipes de la divina naturaleza, de esa naturaleza que en tu humillación no has perdido. En el orden de la creación nos colocaste debajo de los Angeles; en tu encarnación nos has hecho herederos de Dios, y coherederos tuyos. ¡Ojalá nuestros pecados y flaquezas no nos hagan descender de estas alturas a las que hoy nos has elevado!
Después del Evangelio, la Iglesia canta en son de triunfo el Símbolo de la fe, en el que se nos detallan los misterios del Hombre Dios. A las palabras: Et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine, ET HOMO FACTUS EST, adorad desde lo más profundo de vuestro corazón al Dios grande que ha tomado la forma de su criatura, y devolverle con vuestro humilde acatamiento, la gloria de que se ha despojado por vuestra causa. En las tres Misas de hoy, cuando el coro llega a esas palabras en el canto del Credo, se levanta el sacerdote de su silla y va a postrarse de rodillas al pie del altar. Unios en ese momento con vuestras adoraciones a las de toda la Iglesia representada por el Sacerdote.
Durante la ofrenda del pan y del vino, la Iglesia celebra el gozo del cielo y de la tierra por la llegada del Señor. Unos momentos más, y en este altar donde todavía no hay más tjue pan y vino, tendremos el cuerpo y la sangre de nuestro Emmanuel.
OFERTORIO
Alégrense los cielos y salte de júbilo la tierra ante la faz del Señor: porque viene.
SECRETA
Suplicárnoste, Señor, te sea grata la ofrenda de la fiesta de hoy: para que, con tu gracia, reproduzcamos en nosotros, mediante este santo comercio, la imagen de Aquel que unió contigo nuestra naturaleza. El cual vive y reina contigo.
A continuación el Prefacio reúne las acciones de gracias de todos los fieles, terminando por la aclamación general al Señor tres veces Santo. En el momento de la elevación de los sagrados Misterios, en medio de ese religioso silencio que acoge la venida del Verbo divino al altar, no veáis allí sino el pesebre del Niño que tiende sus brazos hacia su Padre y os ofrece sus caricias; a María que le adora con amor de madre, a José que derrama lágrimas de ternura, y a los santos Angeles que no aciertan a salir de su asombro. Entregad al recién nacido vuestro corazón para que Infunda en él todos estos sentimientos; pedidle que venga a vosotros y dadle un puesto de honor entre todos vuestros afectos. Después de la Comunión, la Iglesia, que acaba de unirse al Niño Dios en la participación de sus Misterios, canta una vez más la gloria de la generación eterna del Verbo divino, que existe en el seno del Padre antes que toda criatura, y que esta noche se ha revelado al mundo antes de aparecer la estrella de la mañana.
COMUNION
Entre los esplendores de los Santos, te engendré de mi seno antes de la aurora. Termina la Santa Iglesia las oraciones de este primer sacrificio, pidiendo la gracia de una unión indisoluble con el Salvador que se ha dignado aparecer en este día.
POSCOMUNION
Suplicárnoste Señor, Dios nuestro, hagas que, los que nos alegramos de celebrar frecuentemente el misterio de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo, merezcamos alcanzar, con actos dignos, la compañía de Aquel que vive y reina contigo.
MISA DE LA AURORA
Terminado el Oficio de Laudes, concluyen los cantos de regocijo, por medio de los cuales la Iglesia da gracias al Padre de los siglos, por haber hecho nacer al Sol de justicia: es hora ya de celebrar el segundo Sacrificio, el Sacrificio de la aurora. En la primera Misa la Santa Iglesia ha honrado el nacimiento temporal del Verbo según la carne; ahora va a celebrar un segundo nacimiento del mismo Hijo de Dios, nacimiento de gracia y de misericordia, que se realiza en ei corazón del fiel cristiano.
He aquí que en este mismo momento, unos pastores advertidos por los santos Angeles llegan de prisa a Belén; se aglomeran en el establo, demasiado estrecho para su número. Dóciles al aviso del cielo, han venido a reconocer al Salvador que ha nacido para ellos, según se les ha dicho. Y lo hallan todo tal como los Angeles se lo han anunciado. ¿Quién es capaz de describir la alegría de su corazón, la sencillez de su fe? No se maravillan de encontrar a Aquel cuyo nacimiento conmueve a los mismos Angeles, envuelto en la capa de una pobreza semejante a la suya. Sus corazones lo han comprendido todo, y adoran y aman a aquel Niño. Son ya cristianos. La Iglesia cristiana comienza en ellos; sus humildes corazones aceptan el misterio de un Dios humillado. Herodes tratará de hacer perecer al Niño; la Sinagoga rugirá; sus doctores se levantarán contra Dios y contra su Cristo; condenarán a muerte al Libertador de Israel; pero la fe permanecerá firme e inquebrantable en el alma de los pastores, en espera de que los sabios y poderosos se humillen a su vez ante la cruz y el pesebre. ¿Qué ha ocurrido en el corazón de estos sencillos hombres? Cristo ha nacido en ellos y en adelante morará allí por la fe y el amor. Son nuestros padres en la Iglesia; a nosotros nos toca el hacernos semejantes a ellos. Llamemos, pues, también nosotros a Jesucristo a nuestras almas; hagámosle sitio y nada le obstruya la entrada de nuestros corazones. También a nosotros nos hablan los Angeles, también nos comunican la buena nueva; el beneficio no debe limitarse solamente a las moradas de la campiña de Belén. Ahora bien, para honrar el misterio de la silenciosa venida del Salvador a las almas, el Sacerdote se dispone a subir ahora al altar y presentar por segunda vez el Cordero inmaculado a las miradas del Padre celestial que nos le envía.
Permanezcan nuestros ojos fijos en el altar como los de los pastores en el pesebre; busquemos allí como ellos al Niño recién nacido, envuelto en pañales. Al entrar en el establo, no sabían todavía a quién iban a ver; pero sus corazones estaban preparados. De pronto le ven, y sus ojos se posan en este Sol divino. Jesús desde el fondo del pesebre les dirige una amorosa mirada; quedan iluminados y se hace de día en sus corazones. Seamos dignos de que se realice en nosotros aquella frase del príncipe de los Apóstoles: «La luz brilla en un lugar oscuro, hasta el momento en que resplandezca el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana.» (II, S. Pedro, I, 19.)
Ha llegado ya esta aurora bendita para nosotros; el divino Oriente que aguardábamos ha aparecido ya y, no se ocultará más en nuestra vida: en adelante hemos de temer más que nada a la noche del pecado de la que El nos libra. Somos los hijos de la luz y los hijos del dia (I, Tes., V, 5); ya no hemos de conocer el sueño de la muerte; pero deberemos estar siempre en vela, acordándonos de que los pastores velaban cuando el Angel los habló y se abrieron los cielos sobre sus cabezas. Los cantos todos de esta Misa de la Aurora nos van a anunciar de nuevo el esplendor de este Sol de justicia; saboreémoslos como prisioneros aherrojados durante mucho tiempo en una cárcel tenebrosa, a cuyos ojos aparece de repente una luz apacible. En el fondo de la gruta, resplandece ese Dios luminoso; sus divinos rayos realzan y embellecen más todavía las graciosas facciones de la Virgen Madre, que con tanto amor le contempla; también el rostro venerable de José resplandece de un modo especial; mas estos destellos no se detienen en el angosto recinto de la gruta. Aunque dejan en sus merecidas tinieblas a la ingrata Belén, se esparcen por el mundo entero, encendiendo en millones de corazones un amor inefable hacia esa Luz de !o alto que arranca al hombre de sus errores y pasiones, y le eleva hacia el fin sublime para el que ha sido creado.
Pero en este momento nos presenta la Santa Iglesia otro objeto de admiración y alegría, en medio de todos estos misterios del Dios encarnado y en el seno mismo de la humanidad. AL recuerdo tan glorioso y amable del Nacimiento del Emmanuel une, en este Sacrificio de la Aurora, la solemne memoria de una de esas almas valerosas que supieron conservar la Luz de Cristo a pesar de los ataques de las tinieblas. En esta misma hora, honra a Santa Anastasia, que, por la cruz y el martirio, nació a la vida celestial en el mismo día del Nacimiento del Redentor [2].
Mas ya es hora de que pongamos los ojos en en el altar donde va a comenzar el santo Sacrificio. El Introito canta la salida del Sol divino. El resplandor de su aurora anuncia ya el brillo que habrá de tener a medio día. Fuerza y belleza son sus cualidades; está armado para vencer y su nombre es Príncipe de la Paz.
INTROITO
La luz brillará hoy sobre nosotros: porque nos ha nacido el Señor: y será llamado Admirable, Dios, Príncipe de la paz. Padre del siglo venidero: cuyo reino no tendrá fin. Salmo: El Señor reinó, se vistió de belleza: el Señor se vistió y ciñó de fortaleza. — Y. Gloria al Padre.
En esta Misa de la Aurora, la oración de la Iglesia solicita la efusión en las almas de los rayos del Sol de justicia para que sean fecundas en obras de luz, y no vuelvan a aparecer las antiguas tinieblas.
ORACION
Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, concedas a los que somos inundados de la nueva luz de tu Verbo encarnado, la gracia de que resplandezca en nuestras obras lo que por la fe brilla en nuestras mentes. Por el mismo Señor. c o n m e m o r a c i ó n de s a n t a a n a s t a s ia Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, hagas que, los que celebramos la solemnidad de tu bienaventurada mártir Anastasia, sintamos su protección delante da ti. Por el Señor.
EPISTOLA
Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a Tito (III, 4-7.)
Carísimo: Ha aparecido la benignidad y la humanidad de Dios, nuestro Salvador; nos ha salvado, no por las obras justas que hemos hecho nosotros, sino por su misericordia, mediante el baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó en nosotros con abundancia por Jesucristo, nuestro Salvador: para que, justificados con su gracia, seamos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna: en Nuestro Señor Jesucristo.
El Sol que ha salido para nosotros es un Dios Salvador, lleno de misericordia. Vivíamos lejos de él, en las sombras de la muerte; ha sido necesario que los rayos divinos bajasen hasta el fondo del abismo en que el pecado nos había sumergido; y he aquí que salimos regenerados, santificados, hechos herederos de la vida eterna. ¿Quién nos separará ya del amor de este Niño? ¿Seríamos capaces de hacer inútiles los prodigios de un amor tan generoso, y volver a declararnos esclavos de las sombras de la muerte? Quedémonos más bien con la esperanza de la vida eterna, en la que ya nos han puesto estos sublimes misterios.
GRADUAL
Bendito el que viene en nombre del Señor: el Señor es Dios, y nos ha iluminado. — V. Esto ha sido hecho por el Señor: y es maravilloso a nuestros ojos.
ALELUYA
Aleluya, aleluya- — J. El Señor reinó, se vistió de belleza: el Señor se vistió de fortaleza, y se ciñó de poder. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Lucas. (II, 15-20.)
En aquel tiempo los pastores decían entre si: Vayamos hasta Belén, y veamos eso que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y se fueron presurosos: y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en un pesebre. Y al verle, conocieron ser verdad lo que se les había dicho acerca de aquel Niño. Y todos los que lo oyeron, se maravillaron: y de lo que los pastores les decían. Y María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores, glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, según se les había dicho.
Imitemos la diligencia, de los pastores en Ir en busca del recién nacido. Apenas han oído las palabras del Angel cuando inmediatamente se ponen en marcha hacia el establo. Llegados a presencia del Niño, sus corazones ya preparados de antemano, le reconocen; y Jesús nace en ellos por su gracia. Están contentos de ser pequeños y pobres como El; en adelante se consideran unidos a El, y su conducta entera va a dar testimonio del cambio operado en su vida. Efectivamente, no se callan, sino que hablan del Niño y se hacen Apóstoles suyos; su palabra cautiva a los que los oyen.
Ensalcemos con ellos al Dios grande que, no satisfecho con llamarnos a su admirable luz, ha colocado la hoguera en nuestro propio corazón instalándose en él. Guardemos en nosotros con cariño el recuerdo de los misterios de esta inefable noche, imitando el ejemplo de María que medita continuamente en su sacratísimo Corazón los sencillos y sublimes sucesos que por ella y en ella se han realizado.
Durante la ofrenda de los sagrados dones, la Iglesia pone de relieve el poderío del Emmanuel que, para restaurar al mundo caído, se ha humillado hasta el extremo de no tener por cortesanos más que a unos humildes pastores, a pesar de que se asienta sobre un trono de gloria y de divinidad, antes de que existiera el tiempo y por toda la eternidad.
OFERTORIO
El Señor afirmó el orbe de la tierra, que no se conmoverá: tu asiento, oh Dios, está preparado desde entonces; tú existes desde siempre.
SECRETA
Suplicárnoste, Señor, hagas que nuestros dones sean apropiados a los misterios de la Natividad de hoy, y nos infundan siempre la paz: para que, así como resplandeció como Dios el mismo que hoy se hizo hombre, así también este alimento terreno nos confiera lo que es divino. Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor.
CONMEMORACIÓN DE SANTA ANASTASIA
Suplicárnoste, Señor, aceptes propicio estos dones ofrecidos; y por intercesión de los méritos de tu bienaventurada mártir Anastasia, haz que aprovechen a nuestra salud. Por el Señor.
Después de la comunión del Sacerdote y del pueblo, la Santa Iglesia, iluminada por la suave luz de su Esposo al que acaba de unirse, se aplica a si misma las palabras del Profeta Zacarías, que anuncia la venida del Rey Salvador:
COMUNION
Alégrate, hija de Sión, canta, hija de Jerusalén: he aquí que viene tu santo Rey, el Salvador del mundo.
POSCOMUNION
Haz, Señor, que la natalicia novedad de este Sacramento nos renueve siempre, en virtud de Aquel cuya única Natividad destruyó la humana vejez. Por el mismo Señor.
CONMEMORACIÓN DE SANTA ANASTASIA
Has saciado, Señor, a tu familia con dones sagrados: suplicárnoste nos protejas siempre con la Intercesión de aquella cuya fiesta celebramos hoy. Por el Señor.
Terminado el segundo Sacrificio y celebrado ya el Nacimiento de gracia por medio de la nueva ofrenda de la víctima inmortal, los fieles se retiran de la Iglesia y se van a descansar hasta que se celebre el tercer Sacrificio.
LA VIRGEN MADRE. — En el establo de Belén María y José velan junto al pesebre. La Virgen Madre toma con todo respeto al recién nacido en sus brazos y le ofrece el pecho. Como un simple mortal, el Hijo del Eterno acerca sus labios a aquella fuente de vida. San Efrén trata de introducirnos en los sentimientos que embargan en ese momento el corazón de María y nos traduce así su pensamiento: «¿Cómo he merecido yo dar a luz al que siendo simplicísimo se encuentra en todas partes, al que tengo pequeñito entre mis brazos siendo tan poderoso, al que está aquí todo entero, estando también en todo el mundo? El día en que Gabriel se dignó bajar hasta mi pobreza, de criada que era, me volví princesa. De pronto, Tú el Hijo del Rey hiciste de mí la Hija del Rey eterno. De humilde esclava de tu divinidad, llegué a ser madre de tu humanidad, ¡oh Señor e Hijo mío! Te has dignado escoger a esta pobre doncella entre toda la descendencia de David y la has sublimado hasta las alturas del cielo donde reinas. ¡Oh espectáculo! Un niño más antiguo que el mundo, su mirada busca el cielo; sus labios están cerrados; mas en su silencio se entretiene con Dios. Esa vista tan serena, ¿no delata al que con su Providencia gobierna al mundo? Y, ¿cómo me atrevo yo a darle mi leche al que es la fuente de todo ser? ¿Cómo daré yo alimento a quien sustenta al mundo entero? ¿Cómo podré envolver en pañales al que está rodeado de luz?» [3
SAN JOSÉ. — El mismo santo Doctor del siglo iv nos muestra a San José cumpliendo sus sagrados deberes de padre para con el divino Infante. Abraza, dice, al recién nacido, le acaricia, y sabe que ese Niño es Dios. Extasiado exclama: «¿De dónde a mí este honor de que me sea dado por hijo el Hijo del Altísimo? ¡Oh Niño!, es verdad que tuve dudas sobre tu madre: pensé incluso en alejarme de ella. La ignorancia del misterio era para mí una tentación. Y no obstante eso, en tu madre estaba ya el tesoro escondido que debía hacer de mí el más afortunado de los hombres. Mi abuelo David ciñó la corona real; yo no era ya más que un humilde artesano; pero ahora ha vuelto a mí la corona que había perdido, ahora que Tú, Señor de los reyes, te dignas descansar en mi seno» [4].
En medio de estos sublimes coloquios, la luz del recién nacido continúa alumbrando la gruta y sus alrededores; pero, al marchar los pastores y cesar el canto de los Angeles, ha vuelto a reinar el silencio en este misterioso refugio. Al descansar en nuestros lechos, pensemos en este divino Infante y en esa primera noche que pasa en su humilde cuna. Para conformarse en todo con las necesidades de la naturaleza que ha adoptado, cierra sus tiernas pupilas y el sueño voluntario viene a adormecer sus sentidos; mas en medio de ese sueño, su corazón vela y se ofrece constantemente por nosotros. A veces sonríe también a María, que tiene sus ojos fijos en El con inefable amor; ruega a su Padre, implora el perdón para los hombres; con sus actos de humildad expía su soberbia; y se nos muestra como un modelo de infancia que debemos imitar. Pidámosle que nos haga participantes de las gracias de su divino sueño para que, después de haber descansado en paz, nos despertemos en su gracia y podamos continuar generosamente el camino que nos queda por andar.
MISA DEL DIA [5]
El misterio que honra la Iglesia en esta Misa tercera es el Nacimiento eterno del Hijo de Dios en el seno del Padre. Ha celebrado ya a media noche al Hijo del Hombre saliendo del seno de la Virgen en el establo; al divino Niño naciendo en el corazón de los pastores al apuntar la aurora; en este momento va a asistir a un nacimiento más prodigioso aún, si cabe, que los dos anteriores, un nacimiento cuya luz deslumhra las miradas angélicas, y que es por sí mismo el testimonio eterno de la sublime fecundidad de nuestro Dios. El Hijo de María es también el Hijo de Dios; es obligación nuestra proclamar hoy la gloria de esta inefable generación, que le hace consubstancial a su Padre, Dios de Dios, Luz de la Luz. Elevemos nuestra vista hasta ese Verbo eterno que estaba al principio con Dios y sin el que Dios no estuvo nunca; porque es la forma de su sustancia y el esplendor de su verdad eterna.
La Santa Iglesia comienza los cantos del tercer Sacrificio con un aclamación al Rey recién nacido. Ensalza el poderío real que como Dios posee antes de que el tiempo exista, y que recibirá como hombre el dia en que cargue con la Cruz sobre sus espaldas. Es el Angel del gran Consejo, o sea, el enviado por el cielo para llevar a cabo el plan sublime ideado por la Santísima Trinidad para salvar al hombre por medio de la Encarnación y de la Redención. En ese Altísimo Consejo tuvo su parte el Verbo; su celo por la gloria de su Padre, junto con su amor a los hombres, hacen que tome ahora esta tarea sobre sus hombros.
INTROITO
Un Niño nos ha nacido, y nos ha sido dado un Hijo: cuyo imperio descansa en su hombro: y se llamará su nombre: Angel del gran Consejo. Salmo: Cantad al Señor un cántico nuevo: porque ha hecho maravillas. — 7. Gloria al Padre.
En la Colecta la Iglesia pide que el nuevo Nacimiento que acaba de realizar el Hijo de Dios en el tiempo, no carezca de efecto, sino que obtenga nuestra libertad.Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, hagas que la nueva Natividad según la carne de tu Unigénito, nos libre a los que la vieja servidumbre retiene bajo el yugo del pecado. Por el mismo Señor.
EPISTOLA
Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Hebreos (I, 1-12.)
Habiendo hablado Dios en otro tiempo muchas veces y de muchos modos a los Padres por los Profetas: en estos últimos dias nos ha hablado por el Hijo, al cual constituyó heredero de todo, y por el cual hizo también los siglos: el cual, siendo el resplandor de su gloria y el retrato de su substancia, y sustentando todas las cosas con la palabra de su poder, obrada la expiación de los pecados, está sentado a la diestra de la Majestad en las alturas: hecho tanto más excelente que los Angeles, cuanto más alto es el nombre que heredó. Porque ¿a cuál de los Angeles dijo jamás: Tú eres mi Hiio, yo te he engendrado hoy? Y otra vez: ¿Yo seré para él Padre, y él será para mi Hij’o? Y de nuevo, cuando introduce al Primogénito en la tierra, dice: Y adórenle todos los Angeles de Dios. Y, ciertamente, de los Angeles dice: El que hace a sus Angeles espíritus, y a sus ministros llama de fuego. Mas al hijo le dice: Tu trono, oh Dios, por los siglos de los siglos: el cetro de tu reino es cetro de equidad. Amaste la justicia y odiaste la iniquidad: Por eso te ungió Dios, tu Dios, con óleo de alegría más que a tus compañeros. Y: Tú, Señor, fundaste en él principio la tierra: y obra de tus manos son los cielos. Estos perecerán, mas tu permanecerás; y todos envejecerán como un vestido: y los mudarás como una vestimenta, y serán mudados: tú, en cambio, siempre eres el mismo, y tus años no acabarán.
El gran Apóstol, en este magnífico encabezamiento de su Epístola a sus antiguos hermanos de la Sinagoga, pone de relieve el Nacimiento eterno del Emmanuel. Mientras que nuestros ojos se posan con ternura en el dulce Niño del pesebre, él nos invita a elevarlos hasta aquella Luz soberana, en cuyo seno el mismo Verbo que se digna habitar en el establo de Belén, oye al Padre eterno que le dice: Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado; este hoy es el día de la eternidad, día sin mañana ni tarde, sin amanecer y sin ocaso. Si bien es cierto que la naturaleza humana, que se digna tomar en el tiempo le coloca debajo de los Angeles, el título y la cualidad de Hijo de Dios que le pertenece por esencia, le elevan infinitamente por encima de ellos. Es Dios, es el Señor, y los cambios no le afectan. Envuelto en pañales, clavado en la cruz, muriendo de dolor en su humanidad, permanece impasible e inmortal en su divinidad; para eso goza de un Nacimiento eterno…
GRADUAL
Todos los confines de la tierra vieron la salud de nuestro Dios; tierra toda, canta jubilosa a Dios. — V. El Señor manifestó su salud; reveló su justicia ante la faz de las gentes.
ALELUYA
Aleluya, aleluya. — y. Nos ha iluminado un día santo: venid, gentes, y adorad al Señor: porque hoy ha descendido una gran luz sobre la tierra. Aleluya.
EVANGELIO
Comienzo del Santo Evangelio según San Juan. (I, 1-14.)
En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. El estaba al principio en Dios. Todo fué hecho por El; y sin El no ha sido hecho nada de lo que ha sido hecho: en El estaba la vida y la vida era la luz de los hombres: y la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no se percataron de ella. Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan. Este vino para ser testigo, para dar testimonio de la luz a fln de que todos creyeran por él. No era él la luz, sino (que vino) para dar testimonio de la luz. Era la luz verdadera, la que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. El estaba en el mundo, y el mundo fué creado por El, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Mas, a los que le recibieron, les dió el poder de hacerse hijos de Dios. Esto (concede también) a los que creen en su nombre, a los que no han nacido de la sangre, ni del deseo de la carne, ni de la voluntad de un varón, sino que han nacido de Dios. (Aquí se arrodilla.) Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
¡Oh Hijo eterno de Dios!, al lado del pesebre donde en el dia de hoy te dignas aparecer por amor nuestro, confesamos nosotros con la más humilde reverencia, tu eternidad, tu omnipotencia, tu divinidad. Existías ya en el principio; y estabas en Dios y eras Dios. Todo ha sido hecho por ti y nosotros somos obra de tus manos. ¡Oh Luz infinita! i Oh Sol de justicia! Nosotros no somos más que tinieblas; ilumínanos. Durante mucho tiempo hemos amado las tinieblas y no te hemos comprendido; perdona nuestros errores. Durante mucho tiempo has estado llamando a la puerta de nuestro corazón y no te hemos abierto. Hoy al menos, gracias a los admirables recursos de tu amor, te hemos recibido; porque, ¿quién sería capaz de no recibirte, oh divino Niño, tan dulce y tan rebosante de ternura? Quédate, pues, con nosotros; lleva a feliz término este nuevo Nacimiento que has efectuado en nosotros. No queremos ser ya de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios, por Ti y en Ti. Te has hecho carne, oh Verbo eterno, para que nosotros nos divinicemos. Sostén nuestra débil naturaleza, que desfallece ante una dignidad tan grande. Tú naces del Padre, naces de María, naces en nuestros corazones: ¡Gloria tres veces a Ti, por este triple nacimiento, oh Hijo de Dios, tan misericordioso en tu divinidad, tan divino en tus humillaciones!
En el Ofertorio, la Santa Iglesia recuerda al Emmanuel que el universo es obra suya, pues El ha creado todas las cosas. Son ofrecidos los dones entre nubes de incienso. El pensamiento de la Iglesia está siempre puesto en el Niño del pesebre; y sus cantos vuelven a insistir en el poder y grandeza de Dios encarnado.
OFERTORIO
Tuyos son los cielos, y tuya es la tierra: tú fundaste el orbe de las tierras y su redondez; justicia y juicio son la base de tu trono.
SECRETA
Santifica, Señor, con la nueva Natividad de tu Unigénito, estos dones ofrecidos: y límpianos a nosotros de nuestros pecados. Por el mismo Señor. Durante la Comunión, el Coro celebra la dicha de la tierra, que ha visto hoy a su Salvador gracias a la misericordia del Verbo, hecho visible en carne, sin perder nada del brillo de su gloria. A continuación, la Iglesia, por boca del Sacerdote, pide para sus hijos alimentados con la carne del Cordero inmaculado, la participación en la inmortalidad de Cristo, el cual se ha dignado darles en este día las primicias de una vida completamente divina al tomar en Belén una existencia humana.
COMUNION
Todos los confines de la tierra vieron la salud de nuestro Dios.
POSCOMUNION
Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, hagas que, así como el Salvador del mundo nacido hoy, es el autor de nuestra generación divina, así sea también el que nos dé la inmortalidad. El cual vive y reina contigo.
Ha terminado el gran día y se acerca la noche para descansar con un sueño reparador, de las fatigas pasadas en la vigilia de la gloriosa Natividad. Antes de irnos a acostar, dediquemos un piadoso recuerdo a los santos Mártires de quienes la Santa Iglesia ha hecho memoria en el día de hoy en su Martirologio. Diocleciano y sus colegas en el imperio acababan de publicar el célebre edicto de persecución que declaraba a la Iglesia la guerra más sangrienta que jamás padeció. El edicto, clavado en las plazas de Nicomedia, residencia del Emperador, había sido rasgado por un cristiano, que pagó con un glorioso martirio aquel acto de santa audacia. Dispuestos a la lucha, los ñeles se atrevieron a desafiar el poder imperial y continuaron frecuentando su iglesia condenada a ser demolida. Llegó el día de Navidad. En número de varios miles se reunieron en el santo templo para celebrar por última vez el Nacimiento del Redentor. Al saberlo Diocleciano, envió uno de sus oficiales con la orden de cerrar las puertas de la Iglesia y prender fuego por los cuatro costados del edificio. Tomadas estas medidas, por las ventanas de la basílica se dejaron oír sonidos de trompeta, y los fieles escucharon la voz de un pregón que, de parte del Emperador, brindaba la salida a quienes quisieran salvar la vida, con la condición de que ofreciesen incienso a Júpiter en un altar que a este fin se había levantado a la puerta de la iglesia; de lo contrario, serían presa de las llamas. En nombre de la piadosa reunión respondió un cristiano: «Somos todos cristianos; adoramos a Cristo como a Dios único y único Rey; y estamos dispuestos a sacrificarle hoy nuestras vidas.» Al oír esta respuesta, los soldados recibieron orden de encender el fuego; en un momento la iglesia se convirtió en una horrible hoguera cuyas llamas subían hacia el cielo, enviando en holocausto al Hijo de Dios, que en este día se dignó dar principio a su existencia humana, la ofrenda generosa de aquellos miles de vidas que daban testimonio de su venida a este mundo. De este modo fué honrado en Nicomedia, en el año 303, el Emmanuel bajado de los cielos para morar entre los hombres. Unamos con la Santa Iglesia el homenaje de nuestros votos al de estos heroicos cristianos cuya memoria se conservará hasta el fln de los siglos, gracias a la santa Liturgia.
Traslademos una vez más nuestro pensamiento y nuestro corazón al feliz establo donde María y José hacen compañía al divino Niño. Volvamos a adorar al recién nacido y pidámosle su bendición. San Buenaventura, en sus Meditaciones sobre la vida de Jesucristo, expresa con una ternura digna de su seráfica alma los sentimientos de que debe estar poseído el cristiano ante la cuna del Niño Jesús: «Tú también, que tanto lo has diferido, dobla la rodilla, adora al Señor tu Dios; venera a su Madre y saluda con reverencia al santo viejo José; luego besa los pies del Niño Jesús, que yace en su cunita, y ruega a Nuestra Señora que te lo entregue y te permita cogerle. Tómale en tus brazos, guárdale y contempla bien su amable rostro; bésale con respeto y deléitate en él con confianza. Puedes hacer todo eso, porque ha venido precisamente para salvar a los pecadores, ha hablado con mansedumbre y por fin se ha dado a ellos en alimento. Por eso en su dulzura se dejará tocar pacientemente cuanto tú quieras, y no lo atribuirá a presunción sino a cariño.»
[1] Los sacramentarlos gelaslano y gregoriano mencionan las tres misas de Navidad. Pero al principio del siglo V, no habla más que una sola misa, la del día, que se celebraba en S. Pedro. La Institución de la misa de media noche data desde fines del siglo V.
[2] Fue en el siglo v cuando se Introdujo una Misa que tenía por objeto celebrar el dies natalis de Santa Anastasia, virgen y mártir, de Sirmium, cuyo cuerpo habia sido trasladado a Constantinopla bajo el patriarca Genadio, (458-471) y depositado en la iglesia llamada Anástasis. La semejanza del nombre hizo que en Roma se escogiera para la celebración de esta Misa el titulus Anastasiae, llamada asi por el nombre de la fundadora de esta iglesia, que era la iglesia parroquial de la Corte.
A fines del siglo v o principios del vi, Santa Anastasia ocupó un lugar en el Canon de la Misa. Al mismo tiempo se formó la leyenda de una Santa Anastasia romana, que fué a padecer martirio a Sirmium. Cuando la fiesta de Navidad recibió una mayor solemnidad, disminuyó la devoción a la Santa; en vez de una misa en su honor no se hacía más que una memoria de la mártir, y la misa fué dedicada a honrar
[3] In Natalem Domini, V, 14.
[4] Ibid., I. 3.
[5] Los documentos antiguos ponen como lugar de la Estatación la Basílica de San Pedro, pero desde el siglo xii se eligió a Santa María la Mayor «por la brevedad del día y luz y las dificultades del camino», dice el Ordo. Romanus.
El misterio que honra la Iglesia en esta Misa tercera es el Nacimiento eterno del Hijo de Dios en el seno del Padre. Ha celebrado ya a media noche al Hijo del Hombre saliendo del seno de la Virgen en el establo; al divino Niño naciendo en el corazón de los pastores al apuntar la aurora; en este momento va a asistir a un nacimiento más prodigioso aún, si cabe, que los dos anteriores, un nacimiento cuya luz deslumhra las miradas angélicas, y que es por sí mismo el testimonio eterno de la sublime fecundidad de nuestro Dios. El Hijo de María es también el Hijo de Dios; es obligación nuestra proclamar hoy la gloria de esta inefable generación, que le hace consubstancial a su Padre, Dios de Dios, Luz de la Luz. Elevemos nuestra vista hasta ese Verbo eterno que estaba al principio con Dios y sin el que Dios no estuvo nunca; porque es la forma de su sustancia y el esplendor de su verdad eterna.
La Santa Iglesia comienza los cantos del tercer Sacrificio con un aclamación al Rey recién nacido. Ensalza el poderío real que como Dios posee antes de que el tiempo exista, y que recibirá como hombre el dia en que cargue con la Cruz sobre sus espaldas. Es el Angel del gran Consejo, o sea, el enviado por el cielo para llevar a cabo el plan sublime ideado por la Santísima Trinidad para salvar al hombre por medio de la Encarnación y de la Redención. En ese Altísimo Consejo tuvo su parte el Verbo; su celo por la gloria de su Padre, junto con su amor a los hombres, hacen que tome ahora esta tarea sobre sus hombros.
INTROITO
Un Niño nos ha nacido, y nos ha sido dado un Hijo: cuyo imperio descansa en su hombro: y se llamará su nombre: Angel del gran Consejo. Salmo: Cantad al Señor un cántico nuevo: porque ha hecho maravillas. — 7. Gloria al Padre.
En la Colecta la Iglesia pide que el nuevo Nacimiento que acaba de realizar el Hijo de Dios en el tiempo, no carezca de efecto, sino que obtenga nuestra libertad.Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, hagas que la nueva Natividad según la carne de tu Unigénito, nos libre a los que la vieja servidumbre retiene bajo el yugo del pecado. Por el mismo Señor.
EPISTOLA
Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Hebreos (I, 1-12.)
Habiendo hablado Dios en otro tiempo muchas veces y de muchos modos a los Padres por los Profetas: en estos últimos dias nos ha hablado por el Hijo, al cual constituyó heredero de todo, y por el cual hizo también los siglos: el cual, siendo el resplandor de su gloria y el retrato de su substancia, y sustentando todas las cosas con la palabra de su poder, obrada la expiación de los pecados, está sentado a la diestra de la Majestad en las alturas: hecho tanto más excelente que los Angeles, cuanto más alto es el nombre que heredó. Porque ¿a cuál de los Angeles dijo jamás: Tú eres mi Hiio, yo te he engendrado hoy? Y otra vez: ¿Yo seré para él Padre, y él será para mi Hij’o? Y de nuevo, cuando introduce al Primogénito en la tierra, dice: Y adórenle todos los Angeles de Dios. Y, ciertamente, de los Angeles dice: El que hace a sus Angeles espíritus, y a sus ministros llama de fuego. Mas al hijo le dice: Tu trono, oh Dios, por los siglos de los siglos: el cetro de tu reino es cetro de equidad. Amaste la justicia y odiaste la iniquidad: Por eso te ungió Dios, tu Dios, con óleo de alegría más que a tus compañeros. Y: Tú, Señor, fundaste en él principio la tierra: y obra de tus manos son los cielos. Estos perecerán, mas tu permanecerás; y todos envejecerán como un vestido: y los mudarás como una vestimenta, y serán mudados: tú, en cambio, siempre eres el mismo, y tus años no acabarán.
El gran Apóstol, en este magnífico encabezamiento de su Epístola a sus antiguos hermanos de la Sinagoga, pone de relieve el Nacimiento eterno del Emmanuel. Mientras que nuestros ojos se posan con ternura en el dulce Niño del pesebre, él nos invita a elevarlos hasta aquella Luz soberana, en cuyo seno el mismo Verbo que se digna habitar en el establo de Belén, oye al Padre eterno que le dice: Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado; este hoy es el día de la eternidad, día sin mañana ni tarde, sin amanecer y sin ocaso. Si bien es cierto que la naturaleza humana, que se digna tomar en el tiempo le coloca debajo de los Angeles, el título y la cualidad de Hijo de Dios que le pertenece por esencia, le elevan infinitamente por encima de ellos. Es Dios, es el Señor, y los cambios no le afectan. Envuelto en pañales, clavado en la cruz, muriendo de dolor en su humanidad, permanece impasible e inmortal en su divinidad; para eso goza de un Nacimiento eterno…
GRADUAL
Todos los confines de la tierra vieron la salud de nuestro Dios; tierra toda, canta jubilosa a Dios. — V. El Señor manifestó su salud; reveló su justicia ante la faz de las gentes.
ALELUYA
Aleluya, aleluya. — y. Nos ha iluminado un día santo: venid, gentes, y adorad al Señor: porque hoy ha descendido una gran luz sobre la tierra. Aleluya.
EVANGELIO
Comienzo del Santo Evangelio según San Juan. (I, 1-14.)
En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. El estaba al principio en Dios. Todo fué hecho por El; y sin El no ha sido hecho nada de lo que ha sido hecho: en El estaba la vida y la vida era la luz de los hombres: y la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no se percataron de ella. Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan. Este vino para ser testigo, para dar testimonio de la luz a fln de que todos creyeran por él. No era él la luz, sino (que vino) para dar testimonio de la luz. Era la luz verdadera, la que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. El estaba en el mundo, y el mundo fué creado por El, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Mas, a los que le recibieron, les dió el poder de hacerse hijos de Dios. Esto (concede también) a los que creen en su nombre, a los que no han nacido de la sangre, ni del deseo de la carne, ni de la voluntad de un varón, sino que han nacido de Dios. (Aquí se arrodilla.) Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
¡Oh Hijo eterno de Dios!, al lado del pesebre donde en el dia de hoy te dignas aparecer por amor nuestro, confesamos nosotros con la más humilde reverencia, tu eternidad, tu omnipotencia, tu divinidad. Existías ya en el principio; y estabas en Dios y eras Dios. Todo ha sido hecho por ti y nosotros somos obra de tus manos. ¡Oh Luz infinita! i Oh Sol de justicia! Nosotros no somos más que tinieblas; ilumínanos. Durante mucho tiempo hemos amado las tinieblas y no te hemos comprendido; perdona nuestros errores. Durante mucho tiempo has estado llamando a la puerta de nuestro corazón y no te hemos abierto. Hoy al menos, gracias a los admirables recursos de tu amor, te hemos recibido; porque, ¿quién sería capaz de no recibirte, oh divino Niño, tan dulce y tan rebosante de ternura? Quédate, pues, con nosotros; lleva a feliz término este nuevo Nacimiento que has efectuado en nosotros. No queremos ser ya de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios, por Ti y en Ti. Te has hecho carne, oh Verbo eterno, para que nosotros nos divinicemos. Sostén nuestra débil naturaleza, que desfallece ante una dignidad tan grande. Tú naces del Padre, naces de María, naces en nuestros corazones: ¡Gloria tres veces a Ti, por este triple nacimiento, oh Hijo de Dios, tan misericordioso en tu divinidad, tan divino en tus humillaciones!
En el Ofertorio, la Santa Iglesia recuerda al Emmanuel que el universo es obra suya, pues El ha creado todas las cosas. Son ofrecidos los dones entre nubes de incienso. El pensamiento de la Iglesia está siempre puesto en el Niño del pesebre; y sus cantos vuelven a insistir en el poder y grandeza de Dios encarnado.
OFERTORIO
Tuyos son los cielos, y tuya es la tierra: tú fundaste el orbe de las tierras y su redondez; justicia y juicio son la base de tu trono.
SECRETA
Santifica, Señor, con la nueva Natividad de tu Unigénito, estos dones ofrecidos: y límpianos a nosotros de nuestros pecados. Por el mismo Señor. Durante la Comunión, el Coro celebra la dicha de la tierra, que ha visto hoy a su Salvador gracias a la misericordia del Verbo, hecho visible en carne, sin perder nada del brillo de su gloria. A continuación, la Iglesia, por boca del Sacerdote, pide para sus hijos alimentados con la carne del Cordero inmaculado, la participación en la inmortalidad de Cristo, el cual se ha dignado darles en este día las primicias de una vida completamente divina al tomar en Belén una existencia humana.
COMUNION
Todos los confines de la tierra vieron la salud de nuestro Dios.
POSCOMUNION
Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, hagas que, así como el Salvador del mundo nacido hoy, es el autor de nuestra generación divina, así sea también el que nos dé la inmortalidad. El cual vive y reina contigo.
Ha terminado el gran día y se acerca la noche para descansar con un sueño reparador, de las fatigas pasadas en la vigilia de la gloriosa Natividad. Antes de irnos a acostar, dediquemos un piadoso recuerdo a los santos Mártires de quienes la Santa Iglesia ha hecho memoria en el día de hoy en su Martirologio. Diocleciano y sus colegas en el imperio acababan de publicar el célebre edicto de persecución que declaraba a la Iglesia la guerra más sangrienta que jamás padeció. El edicto, clavado en las plazas de Nicomedia, residencia del Emperador, había sido rasgado por un cristiano, que pagó con un glorioso martirio aquel acto de santa audacia. Dispuestos a la lucha, los ñeles se atrevieron a desafiar el poder imperial y continuaron frecuentando su iglesia condenada a ser demolida. Llegó el día de Navidad. En número de varios miles se reunieron en el santo templo para celebrar por última vez el Nacimiento del Redentor. Al saberlo Diocleciano, envió uno de sus oficiales con la orden de cerrar las puertas de la Iglesia y prender fuego por los cuatro costados del edificio. Tomadas estas medidas, por las ventanas de la basílica se dejaron oír sonidos de trompeta, y los fieles escucharon la voz de un pregón que, de parte del Emperador, brindaba la salida a quienes quisieran salvar la vida, con la condición de que ofreciesen incienso a Júpiter en un altar que a este fin se había levantado a la puerta de la iglesia; de lo contrario, serían presa de las llamas. En nombre de la piadosa reunión respondió un cristiano: «Somos todos cristianos; adoramos a Cristo como a Dios único y único Rey; y estamos dispuestos a sacrificarle hoy nuestras vidas.» Al oír esta respuesta, los soldados recibieron orden de encender el fuego; en un momento la iglesia se convirtió en una horrible hoguera cuyas llamas subían hacia el cielo, enviando en holocausto al Hijo de Dios, que en este día se dignó dar principio a su existencia humana, la ofrenda generosa de aquellos miles de vidas que daban testimonio de su venida a este mundo. De este modo fué honrado en Nicomedia, en el año 303, el Emmanuel bajado de los cielos para morar entre los hombres. Unamos con la Santa Iglesia el homenaje de nuestros votos al de estos heroicos cristianos cuya memoria se conservará hasta el fln de los siglos, gracias a la santa Liturgia.
Traslademos una vez más nuestro pensamiento y nuestro corazón al feliz establo donde María y José hacen compañía al divino Niño. Volvamos a adorar al recién nacido y pidámosle su bendición. San Buenaventura, en sus Meditaciones sobre la vida de Jesucristo, expresa con una ternura digna de su seráfica alma los sentimientos de que debe estar poseído el cristiano ante la cuna del Niño Jesús: «Tú también, que tanto lo has diferido, dobla la rodilla, adora al Señor tu Dios; venera a su Madre y saluda con reverencia al santo viejo José; luego besa los pies del Niño Jesús, que yace en su cunita, y ruega a Nuestra Señora que te lo entregue y te permita cogerle. Tómale en tus brazos, guárdale y contempla bien su amable rostro; bésale con respeto y deléitate en él con confianza. Puedes hacer todo eso, porque ha venido precisamente para salvar a los pecadores, ha hablado con mansedumbre y por fin se ha dado a ellos en alimento. Por eso en su dulzura se dejará tocar pacientemente cuanto tú quieras, y no lo atribuirá a presunción sino a cariño.»
1] Los sacramentarlos gelaslano y gregoriano mencionan las tres misas de Navidad. Pero al principio del siglo V, no habla más que una sola misa, la del día, que se celebraba en S. Pedro. La Institución de la misa de media noche data desde fines del siglo V.
[2] Fue en el siglo v cuando se Introdujo una Misa que tenía por objeto celebrar el dies natalis de Santa Anastasia, virgen y mártir, de Sirmium, cuyo cuerpo habia sido trasladado a Constantinopla bajo el patriarca Genadio, (458-471) y depositado en la iglesia llamada Anástasis. La semejanza del nombre hizo que en Roma se escogiera para la celebración de esta Misa el titulus Anastasiae, llamada asi por el nombre de la fundadora de esta iglesia, que era la iglesia parroquial de la Corte.
A fines del siglo v o principios del vi, Santa Anastasia ocupó un lugar en el Canon de la Misa. Al mismo tiempo se formó la leyenda de una Santa Anastasia romana, que fué a padecer martirio a Sirmium. Cuando la fiesta de Navidad recibió una mayor solemnidad, disminuyó la devoción a la Santa; en vez de una misa en su honor no se hacía más que una memoria de la mártir, y la misa fué dedicada a honrar
[3] In Natalem Domini, V, 14.
[4] Ibid., I. 3.
[5] Los documentos antiguos ponen como lugar de la Estatación la Basílica de San Pedro, pero desde el siglo xii se eligió a Santa María la Mayor «por la brevedad del día y luz y las dificultades del camino», dice el Ordo. Romanus.
SOBRE LA VIRGINIDAD. PARTE SEGUNDA: 14. ES NECESARIO QUE LA VIRGINIDAD ABRACE TODO EL CUERPO Y TODA EL ALMA.
PARTE SEGUNDA. CUALIDADES Y VIRTUDES QUE DEBE ENCERRAR EN SÍ LA VIRGINIDAD.
ES NECESARIO QUE LA VIRGINIDAD ABRACE TODO EL
CUERPO Y TODA EL ALMA
Ya que se nos ha descubierto la excelencia de este carisma, sería conveniente que entendiésemos también sus consecuencias. No es sencilla, como alguno pudiera creer, esta bella empresa de la virginidad, ni solamente reside en el cuerpo, sino que por la reflexión trasciende y llega a todas las buenas acciones del alma.
En efecto, el alma unida al verdadero Esposo mediante la virginidad no sólo se apartará de las inmundicias corporales, sino que, partiendo de ahí, emprenderá el conseguir la pureza y marchará del mismo modo y con la misma seguridad en todas las demás cosas, aunque atenta siempre, no sea que, por inclinarse su corazón más de lo conveniente, contraiga con la unión de alguna cosa mala un afecto por esta parte adulterino. Digo, por ejemplo, volviendo a repetir de nuevo la misma idea: el alma adherida a Dios para hacerse un espíritu con Él, entablando una especie de pacto de vida común, de modo que a Él sólo ame con todo su corazón y todas sus fuerzas, no se entregará a la fornicación, para no hacerse un solo cuerpo con ella, ni aceptará cosas contrarias a la salvación, ya que en el fondo es común el carácter de todas las impurezas y si se manchare con una cualquiera de éstas, no tiene posibilidad para tornar a limpiarse por sí misma.
Puede comprobarse este pensamiento por medio de comparaciones. En un estanque permanece el agua lisa e inmóvil a no ser que una perturbación proveniente de fuera agite la tersura de su superficie; pero, si cae una piedra en el estanque, toda su masa se mueve con la parte turbada. La piedra se sumerge por su peso hasta el fondo, y en su derredor se levantan ondas en anillos circulares y se elevan hasta las capas superiores del agua, impulsadas por aquel movimiento central, de modo que toda la superficie del estanque aparece turbada, alborotándose a una con la parte inferior. Así la tranquilidad y el reposo del espíritu quedan sacudidos por entero desde el momento en que una sola de las pasiones le invade, sintiendo así toda el alma el daño de una de sus partes.
Declaran los que han estudiado estas materias que no están las virtudes desarticuladas entre sí, y que no es posible comprender exactamente la razón de una de ellas sin encontrarse juntamente con las restantes; antes bien, al nacer una cualquiera de las virtudes vienen necesariamente a acompañarla todas las demás. Por consiguiente, también al contrario, el vicio en alguna acción nuestra se extiende a toda la vida virtuosa, siendo así como dice el Apóstol: el todo queda afectado con las partes, pues si padece un miembro, conduélese todo el cuerpo, y si un miembro es alabado,. todos juntamente se alegran.
Lógica general 17/19. De la demostración o silogismo demostrativo.
Artículo IV
De la demostración o silogismo demostrativo
Noción y división de la demostración
Silogismo demostrativo es el que además de la forma legítima consta de premisas necesarias y evidentemente verdaderas; de manera que todo silogismo en el cual las leyes o reglas del mismo se hallen aplicadas a premisas ciertas y evidentes, constituirá una verdadera demostración.
Las premisas de una demostración pueden sernos conocidas de dos modos: 1ª per se et inmediate, como sucede con los primeros principios, o sea aquellas proposiciones en que basta conocer el significado obvio de los términos para percibir su conexión o repugnancia. Por eso se llaman proposiciones per se notae, dignidades, axiomas, principios indomesticables; porque en efecto, no son susceptibles de demostración propiamente dicha, ni la necesitan, a causa de la evidencia inmediata que obliga al entendimiento a asentir a ellas, como cuando se nos dice que el todo es mayor que la parte: es imposible que una cosa sea y no sea al mismo tiempo, y otras análogas. 2ª Una proposición puede senos conocida con certeza y evidencia ex aliis, es decir, en virtud de su enlace necesario y evidente con otras proposiciones que nos sean conocidas per se, o por evidencia inmediata.
De aquí se colige: 1º que en toda demostración es necesario llegar finalmente a una o más proposiciones evidentes por sí mismas, que sirvan de base y fundamento a toda la demostración y contengan la razón suficiente de la certeza que acompaña a toda verdadera demostración; porque, como dice santo Tomás, la certeza de la ciencia procede de los primeros principios. Infiérese lo 2º que el fundamento de la demostración es indemostrable, puesto que si suponemos que todo [102] es demostrable, seria preciso proceder in infinitum, y se haría imposible toda demostración.
Además de las premisas, la demostración presupone alguna noción del sujeto y predicado de la proposición que se trata de demostrar. Acerca del sujeto se debe conocer si existe, an sit, porque de la nada, en cuanto tal, nada se inquiere. Acerca del predicado, no siempre se presupone la existencia, pues algunas veces la investigación o inquisición recae sobre ella; pero por lo menos se debe tener alguna noción, o real, aunque imperfecta de él, o por lo menos nominal, determinando de antemano lo que se quiere significar por el nombre. Éstas nociones imperfectas del sujeto y predicado de la proposición que se intenta demostrar, y el conocimiento de las premisas, apellidábanlas los Escolásticos praecognita o praenotiones de la demostración.
La demostración puede dividirse
a) En simple y compuesta. Simple es la que consta de un solo silogismo, cuyas premisas son evidentes por si mismas. Compuesta es la que consta de varios silogismos enlazados entre sí, y también aquella en la que una de las premisas es una proposición compuesta, o incluye y presupone otro silogismo de premisas más inmediatas y evidentes, v. gr. «Lo que se nutre necesita de alimento; es así que la planta se nutre: luego necesita alimento». La premisa menor no es primera o inmediata, sino que en ella se envuelve y supone otro silogismo, a saber: «lo que vive se nutre; la planta vive: luego, &c.». Es decir, que esta demostración, aunque es simple en cuanto a los términos, es compuesta en realidad o en cuanto al sentido, porque incluye implícitamente dos silogismos.
b) En directa e indirecta. La primera consta de premisas que contienen la causa o razón suficiente de lo que se afirma o niega en la conclusión, como si digo: «lo que piensa, vive; es así que el alma racional piensa: luego vive»: La segunda manifiesta la verdad de la tesis que se trata de demostrar, haciendo resaltar el absurdo o inconveniente que resultaría de lo contrario, por ejemplo: si Dios no fuera eterno no [103] habría existido siempre: luego habría recibido el ser de alguna causa: luego sería un ser producido por otro, y por consiguiente una criatura. La primera se denomina también ostensiva y apodíctica; la segunda, ab impossibili, ex absurdis, apagógica: ésta tiene mucha fuerza para refutar a los adversarios, y se apoya en aquella ley de las contradictorias: duae contradictoriae nequeunt esse simul verae aut simul falsae. Sin embargo, la primera es más perfecta que la segunda en el orden científico; porque ésta demuestra, sí, que tal proposición no puede ser falsa, o verdadera, pero no señala la razón, el cómo y el porqué es falsa o verdadera, como se verifica en la demostración directa u ostensiva.
c) En la demostración a priori y demostración a posteriori. En la primera se toma como medio en las premisas lo que en realidad o según nuestro modo de concebir, es causa o razón de lo que se trata de demostrar. Así sucede cuando se demuestra el efecto por la causa, o las propiedades y atributos por medio de la esencia, como se observa en este ejemplo: «Lo que tiene razón es capaz de ciencia; el hombre tiene razón: luego es capaz de ciencia.»
En la demostración a posteriori se manifiesta o demuestra la causa por el efecto, bien sea efecto real y distinto de la causa, bien sea efecto según nuestro modo de concebir: así concebimos los atributos como emanaciones de la esencia, o un atributo como fundamento y razón suficiente de otro. De lo primero tenemos ejemplo cuando demostramos la existencia de Dios por la existencia del mundo, que es su efecto, distinto realmente de Dios su causa. De lo segundo cuando probamos que el hombre es inteligente y libre porque es capaz de progreso o imperfectibilidad, o cuando demostramos que Dios es inmutable porque es eterno; pues aunque en Dios la eternidad y la inmutabilidad sean una misma cosa, sin embargo, nosotros concebimos la inmutabilidad como la razón y fundamento de la eternidad.
d) Cuando en la demostración a priori se demuestra el efecto por su causa inmediata, entonces se llama demostración propter quid. Si el efecto se demuestra por medio de [104] causas remotas o inadecuadas, entonces se llama demostración quia en el lenguaje de los Escolásticos, denominación que también corresponde a la demostración a posteriori.
Reglas y efecto de la demostración
Para no divagar en orden a las demostraciones, y poder juzgar y reconocer su existencia y hasta su posibilidad, conviene tener presentes las reglas siguientes:
1ª La cosa que se intenta demostrar debe ser de tal naturaleza que ni sea superior a nuestra razón, ni exceda a nuestro ingenio y conocimientos. Contra la primera parte de la regla pecaría el que tratara de demostrar los misterios de la fe católica, superiores a la razón humana, y que por lo mismo no son susceptibles de evidencia quoad nos con las solas fuerzas de la razón. Faltaría a la segunda parte el que ignorando completamente una ciencia tratara de demostrar las verdades más difíciles que contiene; y también el que tratara de demostrar alguna cosa perteneciente a una ciencia ignorada por el sujeto, como si alguno intentara hacer demostraciones algebraicas sin conocer la aritmética.
2ª La cosa que se trata de demostrar debe proponerse con toda claridad y lucidez. Al efecto, conviene explicar y definir los términos, y presentar las nociones o definiciones que sean necesarias para fijar el sentido y condiciones de la proposición que se trata de demostrar.
3ª En toda demostración es preciso usar de premisas ciertas y evidentes. Ésto no quiere decir que todas las premisas que entran en una demostración, cuando ésta consta de varios silogismos, hayan de ser cada una de por sí evidente, sino que alguna o algunas de las proposiciones, y principalmente las primeras, han de ser ciertas y evidentes con evidencia inmediata, y las demás que no lo sean han de tener conexión necesaria con aquéllas; pues una proposición se [105] hace cierta y evidente, aunque no lo sea por sí sola, desde el momento que vemos que tiene conexión necesaria con otra que lo es o se halla contenida en aquélla.
Empero debe tenerse presente que para que resulte rigurosa demostración, es preciso que todas las premisas sean ciertas, bastando una sola probable, o falsa, para que no haya verdadera demostración.
Nótese también que en la demostración ad hominem, no se necesita que las premisas sean realmente verdaderas, sino que basta que por el contrario las admita como tales.
Efecto de la demostración.
a) El efecto propio de la demostración es la ciencia, la cual no es más que un conocimiento adquirido por medio de la demostración: cognitio per demostrationem acquisita. Y en efecto, saber científicamente es conocer las cosas por sus causas, o sea conocer porqué la cosa es así, lo cual se obtiene por medio de las demostraciones, con especialidad si estas son a priori y propter quid.
b) Tomando la ciencia, no como acto, según se toma en la definición indicada, sino como hábito, es decir, como conjunto de verdades demostradas, conservadas en el entendimiento, se puede dividir en especulativa, que es la que no se dirige a otro fin que conocer la verdad acerca de determinados objetos; y práctica, cuando el conocimiento que incluye se ordena a la dirección y ejercicio de las acciones internas o externas, morales o mecánicas, como se verifica en los conocimientos pertenecientes a la ética o a la mecánica.
c) Si una ciencia está subordinada a otra por parte de su objeto y principios, como lo está la óptica con respecto a la geometría, se dice ciencia subalternanada; y aquella a la cual se subordina, ciencia subalternante.
d) La ciencia habitual puede tomarse stricte, o sea por la colección de verdades demostradas en orden a algún objeto o materia; y puede tomarse en un sentido más lato, latius, abrazando, no solamente las verdades propiamente demostradas, sino las probables, y hasta las hipótesis más o menos fundadas, relativas al objeto de aquélla ciencia. [106]
Corolarios
1º Luego las verdaderas demostraciones son menos numerosas en las ciencias de lo que vulgarmente se cree. Porque son pocas las demostraciones, principalmente si son de alguna extensión, cuyas premisas todas sean ciertas y evidentes.
2º Luego el asenso a las premisas es como la causa y la razón suficiente del asenso a la conclusión.
3º Luego tratándose de una verdadera demostración, el asenso a la conclusión, puede decirse necesario con necesidad hipotética. La razón es que el entendimiento humano no puede dejar de asentir a la verdad desde el momento que ésta se hace evidente, como se observa en los primeros principios, a los cuales asiente irresistiblemente luego que se le presenta. Siendo, pues, necesario en la demostración que la conclusión se presente contenida y enlazada evidentemente con las premisas, si se presupone el asenso a éstas, ya es necesario el asenso a la conclusión, en la suposición de que no se aparte el pensamiento de las mismas, o sea con necesidad hipotética. Por esta razón escribe santo Tomás: «Naturaliter et ex necessitate inhaeret intellectus principiis, et conclusionibus habentibus necessariam connexionem cum illis.»
S. ROBERTO BELARMINO: LA CUESTIÓN DEL PAPA HEREJE [4 de 4]
Consiste en dos anexos
El Papa hereje, por San Roberto Belarmino (IV de IV)
ANEXO I
Libro IV
Cap. VI
Sobre el Pontífice como persona privada (cuestión tangencial al tema)
Cuarta proposición: “Es probable y puede creerse piadosamente, no solo que el Sumo Pontífice no puede errar en cuanto Pontífice, sino que tampoco puede ser hereje como persona particular, creyendo pertinazmente algo falso contra la fe”.
En primer lugar, se prueba porque así parecería requerirlo la suave disposición de la providencia de Dios. Pues el Pontífice, no sólo no debe ni puede predicar la herejía, sino que debe enseñar siempre la fe, y sin dudas eso hace puesto que el Señor le ordenó confirmar a sus hermanos, y por eso agregó: he rogado por ti para que tu fe no desfallezca(Lc. XX, 31), es decir, la predicación de la verdadera fe no defeccionará al menos en tu trono; pero ¿cómo, pregunto, el Pontífice hereje confirmará los hermanos en la fe y siempre predicará la verdadera fe? Es cierto que Dios puede sacar la confesión de la verdadera fe de un corazón hereje, como una vez puso palabras en boca de la burra de Balaam, pero sería violento y no según la costumbre de la providencia de Dios que todo lo dispone con suavidad.
En segundo lugar, se prueba por los hechos, pues hasta aquí ninguno fue hereje o ciertamente de ninguno se puede probar que lo haya sido; por lo tanto, es un signo de que no puede serlo. Para más argumentos, ver Pighi.
ANEXO II
Billot, De Ecclesia, vol. I, (1927),
Quaestio XIV, Thesis XXIX, pag. 630-631
En verdad, de estos dos modos de hablar (Papa deponendus-Papa depositus) parecería que este último retiene la única vía en la cual todavía se mantienen ilesos los principios certísimos de la constitución eclesiástica. Y fácil aparecerá al que lee las consideraciones que reúne Cayetano para persuadir sobre la primera opinión, tratando de demostrar en vano cómo puedan existir estas tres cosas al mismo tiempo, a saber:
1) Que el Papa devenido hereje no es depuesto ipso facto por el derecho divino o humano.
2) Que el Papa, permaneciendo Papa, no tiene superior sobre la tierra.
3) Que el Papa, si se desvía de la fe, sin embargo, debe ser depuesto por la Iglesia.
Pero en contra está que, si en caso de herejía puede el Papa que todavía permanece Papa ser depuesto por la Iglesia, se seguiría necesariamente una de dos: o que la deposición no arguye superioridad del deponente sobre el depuesto o que el Papa que permanece Papa tiene, en verdad, por lo menos en algún caso, superior sobre la tierra.
Además, una vez que se abre el camino para la deposición, ya no existe razón alguna, sea por su propia naturaleza sea por derecho positivo, por la cual se restrinja la deposición solamente al caso de herejía. Se destruyen así todos los principios por los cuales se muestra generalmente su repugnancia y no queda más que una regla voluntaria a la que se le agrega también una excepción arbitraria.
Además, las razones por las cuales rechaza Cayetano la opinión de sus adversarios, apenas si son de algún valor:
“Se vé, dice[ Cayetano] , que el Papa hereje no queda privado ipso facto (del pontificado) ni por derecho divino ni por el humano por la siguiente razón: los otros obispos no son privados ipso facto por derecho divino o humano si son herejes; por lo tanto, tampoco el Papa. La consecuencia es obvia, ya que el Papa no está en una condición inferior a la de los otros obispos. Lo afirmado se prueba así: El obispo que descree contra la fe solamente por un acto interior es verdadera, propia y perfectamente hereje y no es privado ipso facto. En esta afirmación hay dos proposiciones: la primera es que se es perfectamente hereje solamente por medio de un acto interno, y esto es manifiesto per se… la segunda en cambio se prueba… ya que tal hereje no es excomulgado, pues la Iglesia no puede excomulgar a quien no puede juzgar. Por lo tanto, mucho menos es privado de la potestad de jurisdicción que es por comisión del hombre, etc.” (Tract. 1 de auct. Papae et Concilii, cap. 19).
En lo cual ves que el único fundamento de Cayetano es que para la herejía es suficiente el acto interior, y que por razón de la herejía interna nunca se pierde la jurisdicción. El argumento, pues, procede así: a causa de la herejía interior y per se oculta el obispo no pierde la jurisdicción; por lo tanto, jamás el obispo que deviene hereje es privado de jurisdicción episcopal ipso facto; por lo tanto, el Papa tampoco, ya que no está en una situación peor.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que no se trata en el presente sobre la herejía en cuanto es un pecado contra la virtud de la fe en el foro interno de Dios y la conciencia, sino pura y simplemente de la herejía que tiene la fuerza de separar al hombre del cuerpo visible de la Iglesia y se opone directamente a la profesión exterior de la religión católica. Tal herejía no es interior u oculta, sino solamente exterior y notoria, como largamente explicamos en la Quaest. 7, thes. 11, 2.
No es descreyendo ocultamente sino profesando abiertamente descreer aquellas cosas que se les propone para creer a los fieles cristianos con fe católica, lo que rompe el vínculo por lo cual pertenecía a la estructura visible de la sociedad eclesiástica, y por lo tanto pierde inmediatamente el status de miembro con todos los títulos que el mismo presupone esencialmente.
Hecha, pues, la hipótesis del Papa que se hace notoriamente hereje, se debe conceder, sin dudas, que perdería ipso facto la potestad pontifical, pues al ser infiel se pondría, por propia voluntad, fuera del cuerpo de la Iglesia, como bien dicen los autores que, sin razón, parece, contradice Cayetano. 1
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[1] Pues bien, todos los doctores de la Iglesia concluyen- no opinan- que el «papa» manifiestamente herético pierde toda la jurisdicción que supuestamente tenía ipso facto, sin necesidad de juicio alguno, pues es un impostor que no ha podido nunca adquirir la forma del Pontificado; un lobo vestido con piel de oveja. Lo que se aplica en este caso al «papa» se imputa a todos los obispos y cargos en la Iglesia católica. Por lo tanto, la posición verdaderamente católica de aquellos que han advertido herejías manifiestas del Concilio Vaticano II y en el magisterio de los sucesivos papas desde este Concilio hasta hoy, es que no pueden comunicar en lo sagrado nombrando a estos «papas» en el Te igitur del Canon de la Misa, pues cometerían un pecado gravísimo, ni pueden aceptar como legítimas ninguna de sus leyes, puesto que emanan, no del verdadero sucesor de S. Pedro, sino de un usurpador: nueva misa, nuevos ritos, nuevo derecho…, debiendo considerar a todos los efectos que la Sede de San Pedro está así:

Están en grave error, pues, la Fraternidad de Fellay, la Resistencia de mons. Williamson, Faure, etc., y los conservadores o neocon, ya que todos ellos en general, admiten la herejía la estos papas, pero los siguen reconociendo como tales. Y están en grave peligro los que siguen el error de estos obispos y sacerdotes, reconociendo como verdadero papa a un hereje público manifiesto y notorio.
SOBRE LA VIRGINIDAD: 13. LA VIRGINIDAD TRIUNFA SOBRE EL PODER DE LA MUERTE.
LA VIRGINIDAD TRIUNFA SOBRE EL PODER DE LA MUERTE
El paraíso es el domicilio de los vivientes y no recibe a los que están muertos por el pecado. Nosotros somos carnales y perecederos, vendidos como esclavos al pecado. ¿Cómo podrá haber lugar en la región de los vivos para el que está dominado por la muerte? ¿Qué medio o qué astucia podrá encontrarse para escapar a esta tiranía? Pues para esto es suficiente la doctrina evangélica. Más aún: hemos oído decir al Señor hablando con Nicodemo: Lo que ha nacido de la carne, carne es, y lo que proviene del espíritu, es espíritu.
Sabemos que la carne está sujeta a la muerte a consecuencia del pecado; pero el espíritu de Dios es inmortal, vivificante e incorruptible. Y así como en la generación carnal se crea necesariamente una fuerza que hace perecer lo engendrado, de la misma manera es claro que el Espíritu Santo infunde una fuerza vivificante en la obra por El producida. ¿Qué pretende con estas palabras? Que, apartándonos de la vida según la carne, cuya compañera inseparable es la muerte, busquemos un género de vida a la que no se siga tal desgracia. Y ésta es la vida de virginidad. La verdad de esta afirmación se hará más patente con unas pocas reflexiones más.
Todos conocen que la creación de los cuerpos mortales es obra de la unión corporal, y que la cohabitación según el espíritu proporciona a los cónyuges la inmortalidad y la vida en lugar de la descendencia. Aquí encuadra perfectamente el dicho apostólico: Se salvará por su descendencia la madre , aquella madre que se goza en sus hijos, según cantó el Salmista, diciendo: El que hace habitar en casa a la madre estéril regocijada, con sus hijos . Se alegra en verdad la madre virgen, que concibe hijos inmortales por obra del espíritu, llamada estéril por el profeta a causa de su continencia.
Una vida tal es más estimable para todos cuantos tienen razón, pues posee un poder más fuerte que la muerte. La generación corporal de los hijos (y nadie lleve a mal estas palabras) es un comienzo de muerte más bien que de vida para los hombres, porque desde el momento en que son concebidos arranca la corrupción, sólo detenida por los continentes, que siguen la vida de virginidad e impiden avanzar la muerte en ellos mismos, estableciendo como una frontera entre la muerte y la vida para detenerla y prohibirle que pase más adelante. Pues si la muerte no puede vencer a la virginidad, sino que en ella se detiene y perece, se deduce con toda lógica que la castidad es más poderosa que la muerte. Por lo cual se llama rectamente incorruptible al cuerpo que no se esclaviza al servicio de esta vida perecedera ni se sujeta a ser instrumento de posteridad mortal.
De este modo, pues, se cortó el avance de aquel curso de corrupción y muerte que nunca se había detenido desde el primer hombre hasta que dio con la vida de continencia. No podía estar inactiva la muerte, siguiendo activa por el matrimonio la virtud generadora de los hombres, sino que, pasando por todas las anteriores generaciones y avanzando con todos los que llegaban a la vida, halló en la virginidad el tope de sus actividades, que no le es posible rebasar. Como en el caso de la Virgen Madre de Dios, la ‘muerte, que venía reinando desde Adán, al venir sobre María se estrelló, como contra una piedra, contra el fruto y se deshizo en su derredor; así también se estrellará en cierta manera y se disolverá el poder de la muerte en toda alma que por la virginidad domina la vida carnal, no teniendo en quien clavar su aguijón.
El fuego es de tal naturaleza, que si no se le arroja leña, maleza, heno u otro cualquier combustible, no puede subsistir por sí mismo; así también el poder de la muerte no será eficaz si el matrimonio no le suministra materia combustible y no le prepara n manera de reos u los que hayan de morir. Si lo pones en duda, advierte dónde tienen su origen los nombres de cuantas calamidades sobrevienen por la muerte a los hombres, según se dijo ya al comienzo del tratado. Sin contraer matrimonio, ¿se daría el llorar la viudez, la orfandad y la pérdida de los hijos? Los goces tan esperados, las alegrías, los deleites y todo el cortejo de gustos que se ansían en el matrimonio acaban en tales dolores.
Puede admirarse en una espada la empuñadura, pulida, suave al tacto, brillante, llena de incrustaciones; pero el resto es hierro, instrumento de muerte, terrible ciertamente a la vista, pero más terrible aún cuando llega el caso de usarlo. Así son también las bodas. Como empuñadura embellecida con habilidosa orfebrería, presenta la suave y superficial del placer al contacto de los sentidos, y en cuanto llega a las manos del que la utiliza, trae consigo inevitablemente la presencia del dolor, convertida en causa de lamentaciones y desgracias para los hombres.
El matrimonio es quien trae esos espectáculos tan tristes y lacrimosos: niños huérfanos en una edad prematura, expuestos a la rapiña de los poderosos, y que a veces, por su ignorancia del mal, sonríen en su misma desgracia. Y ¿quién es el causante de la viudez sino el matrimonio? Luego el apartarse de él lleva consigo una completa exención de estos tributos dolorosos. Y esto no sin razón. Pues donde se anula la sentencia condenatoria, impuesta desde un principio a los prevaricadores, ya no se multiplican los dolores de las madres, según está escrito, ni el dolor precede al nacimiento de los hombres; desaparece por el mismo hecho la miseria de esta vida y desaparecen también las lágrimas de los rostros, como dice el profeta . No se concibe ya en iniquidad ni se da a luz en pecado. La generación ya no es obra de la sangre, ni de la voluntad de varón, ni de la voluntad de la carne, sino de solo Dios .
Y esto se realiza cuando recibe uno en lo más vivo del corazón la incorrupción del espíritu, y así da a luz la sabiduría, la justicia y, del mismo modo, la santidad y la redención. Cualquiera puede hacerse madre poseyendo todas estas cosas, como dice el Señor en cierto lugar: Quien hace mi voluntad, éste es mi hermano, y mi hermana, y mi madre . Y ¿qué parte tiene la muerte en estos alumbramientos? Ciertamente que en ellos la muerte ha sido absorbida por la vida 38, y, por tanto, el estado virginal viene a ser una imagen de la bienaventuranza de aquel siglo venidero, llevando en sí mismo las insignias de los bienes que nos están reservados por la esperanza.
Se puede conocer la verdad de las cosas dichas examinando este mismo raciocinio. En primer lugar, el que muere una vez al pecado, vive ya sólo para Dios y no ofrece fruto alguno a la muerte, sino que, habiendo realizado, en cuanto está en su mano, la inmolación de la vida de la carne, aguarda solamente la esperanza bienaventurada y la manifestación del gran Dios, ,no poniendo obstáculo alguno, con generaciones intermedias, entre sí mismo y la venida del Señor. Además disfruta ya en la presente vida de lo que es más apetecible en los bienes de la resurrección. Pues si Dios promete a los justos para después de la resurrección una vida semejante a los ángeles y es propio de éstos vivir libres del matrimonio, puede decirse que aquéllos han recibido ya los frutos de esta promesa, estando inmergidos en los resplandores de los santos e imitando con la pureza de su vida la limpieza de los espíritus puros.
Ahora bien, si la virginidad es la que proporciona tantas y tales prerrogativas, ¿qué palabras expresarán dignamente gracia tan maravillosa? Y ¿qué otros bienes del alma podrán aparecer tan grandes y estimables que, comparados con ella, puedan igualarse a tan excelsa perfección?
Lógica general 16/19. Del silogismo.
Artículo III. Del silogismo.
Para proceder con la debida claridad, trataremos primero de la naturaleza y división del silogismo, y después de sus reglas y leyes.
Naturaleza y división del silogismo
Es el silogismo una argumentación en la cual los dos extremos o términos de una proposición se comparan con un tercero, para deducir de aquí su relación, o sea la conveniencia o repugnancia que media entre los mismos. Según los principios arriba indicados de toda argumentación, y con especialidad del silogismo, en tanto reconocemos que hay identidad o repugnancia entre dos conceptos, en cuanto descubrimos que convienen o no con un tercer concepto. De aquí la necesidad de comparar los términos de una proposición entre los cuales no descubrimos a primera vista la conveniencia o repugnancia, con un tercer término que sirva de medio para este descubrimiento. Por ejemplo, si al oír esta proposición: el alma humana es inmortal, no descubro la conexión que existe entre el sujeto y el predicado, buscaré algún concepto con el cual convengan evidentemente los dos conceptos significados por aquéllos, y de aquí inferiré legítimamente su conveniencia o identidad, en conformidad al principio quae sunt eadem uni tertio, sunt eadem inter se. Este concepto podrá ser en este caso el de sustancia espiritual en esta forma: lo que es sustancia espiritual es inmortal; es así que el alma humana es sustancia espiritual: luego es inmortal; en donde reconozco y deduzco la conveniencia de la inmortalidad al alma racional, [92] en virtud de la conveniencia de estos dos conceptos con el de sustancia espiritual.
De lo dicho se infiere que el silogismo debe constar solamente de tres términos, a saber: 1º el predicado de la proposición que se propone, o sea de la conclusión que se trata de inferir o conocer por medio del raciocinio, y éste se llama extremo mayor, majus extremum: 2º el sujeto de la proposición o conclusión, el cual se llama extremo menor, minus extremum: 3º el término con el cual se comparan en las premisas los dos términos indicados, y que por lo mismo se llama medio. De aquí resulta que el silogismo consta de solas tres proposiciones: la mayor, o sea la premisa en que el majus extremum se compara con el medio; la menor en la cual el minus extremum se compara con el medio; y la conclusión en la cual se comparan los dos extremos. Las proposiciones constituyen la materia próxima del silogismo, y los términos la materia remota.
Además de la materia, debe distinguirse en el silogismo la forma, la cual consiste en la disposición conveniente de los términos y proposiciones. Ésta forma comprende por una parte la combinación de los extremos con el medio, combinación que constituye la figura del silogismo; y por otra la disposición determinada de las proposiciones según que son universales o particulares, afirmativas o negativas: esta disposición o colocación determinada de las proposiciones, se llama modo del silogismo.
De aquí resultan varias divisiones del silogismo. Por parte de la materia se divide en demostrativo, probable y sofístico. Por razón de la forma, se divide en informe, que es el que carece de la disposición ordenada o dialéctica de la materia, y formado que es el que tiene esta disposición.
Este último se puede dividir: 1º en simple, que consta de tres proposiciones simples; y compuesto que contiene una o más proposiciones compuestas. Las especies principales del silogismo compuesto son:
a) El condicional, el cual contiene una premisa condicional, v. gr. Si Dios es justo castiga a los pecadores; es así que Dios es justo: luego castiga a los pecadores. Concluye [93] bien: 1º de la afirmación del antecedente la afirmación del consiguiente: 2º de la negación del consiguiente la negación del antecedente, pero no viceversa.
b) El disyuntivo es el que contiene una premisa disyuntiva. No concluye bien: 1º si se da medio entre los extremos de la disyuntiva: 2º si se infiere la afirmación de un extremo de la negación del otro conteniendo la disyuntiva tres o más extremos, como sucede en este ejemplo: esta sustancia pensante, o es alma racional, o ángel, o Dios; es así que no es ángel: luego es Dios. Para que la conclusión fuera legítima, sería necesario negar en la menor dos extremos de la disyuntiva. Cuando los extremos son dos y no se da medio entre ellos, el silogismo disyuntivo concluye bien de la negación del uno a la afirmación del otro, o de la afirmación del uno a la negación del otro.
c) Copulativo es el silogismo que contiene una premisa copulativa, como el siguiente: ninguno puede servir a Dios y a las riquezas: el avaro sirve a las riquezas: luego no sirve a Dios. Tiene esta regla: si en la menor se afirma con verdad una parte de la mayor, en la conclusión se podrá negar legítimamente la otra, como sucede en el ejemplo propuesto; pero de la negación de un extremo no se infiere legítimamente la afirmación del otro. Si en el ejemplo propuesto se dijera: es así que Pedro no sirve a las riquezas: luego sirve a Dios, la conclusión sería falsa e ilegítima.
2º El silogismo se dice directo, cuando concluye guardando el orden natural de los términos y proposiciones, como en el ejemplo puesto al principio. Indirecto se llama el silogismo cuya conclusión es verdadera y legítima, pero en la cual se invierte el orden natural de los términos mudando el predicado en sujeto, v.gr. Toda alma racional es inmortal; es así que ningún ángel es alma racional: luego alguna cosa inmortal no es ángel. La conclusión directa sería: luego algún ángel no es inmortal.
3º Por razón de la combinación de los extremos con el medio en las premisas, se divide en silogismo de primera figura, en el cual el medio es sujeto en la mayor y predicado [94] en la menor; silogismo de segunda figura, en el cual el medio es predicado en las dos premisas; y silogismo de tercera figura, en el cual el medio es sujeto en la mayor y en la menor. Estas combinaciones se indican con el siguiente verso: Sub. prae, prima; sed altera bis prae; tertia, bis sub. Añaden unos una cuarta figura, en la cual el medio es predicado en la mayor y sujeto en la menor, como en este ejemplo: todo hombre es viviente; todo viviente es sustancia: luego alguna sustancia es hombre. Pero ésta figura se reduce fácilmente a la primera, que es más natural, con sólo cambiar la colocación de las dos premisas.
Por lo que hace a los modos del silogismo son muy numerosos, atendidas las varias combinaciones posibles de las proposiciones, según que son universales o particulares, afirmativas o negativas. Por el siguiente cuadro se puede formar idea de estas combinaciones, teniendo presente que cada vocal representa una clase de proposición. [95]
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Empero en la mayor parte de estos modos, la conclusión es ilegítima, por nos sujetarse a las leyes del silogismo legítimo, y de aquí la necesidad de conocer éstas leyes.
De las reglas del silogismo
Las reglas o leyes propuestas por Aristóteles, a quien debemos considerar como inventor del silogismo (1), para discernir los legítimos de los ilegítimos, se hallan contenidas en los siguientes versos:
1º Terminus esto triplex: medius, majorque, minorque.
2º Latius hos, quam praemissae, conclusio non vult.
3º Aut simet aut iterum medius generaliter esto.
4º Nequaquam medium capiat conclusio fas est.
5º Ambae affirmantes nequeunt generare negantem.
6º Pejorem semper sequitur conclusio partem.
7º Ultraque si praemissa neget nihil inde sequetur.
8º Nihil sequitur geminis ex particularibus unqueam.
{(1) «Aristóteles, dice con razón Blainville, fue el primero en analizar el pensamiento humano hasta en sus menores detalles, en señalar sus menores movimientos, y en formular sus leyes: el silogismo, del cual es el creador, no es más que la marcha natural del pensamiento humano analizado. Demostraremos que el indio Gotama jamás lo ha conocido, ni sabido siquiera lo que es la lógica rigurosa: por otra parte, vivía setecientos u ochocientos años después de Aristóteles. Al Estagirita, pues, pertenece toda la gloria, y hasta puede decirse que después de él la lógica no ha dado un paso más en su desarrollo fundamental.» Histoire des scienc., t. I, pág. 204.
Sea ésto dicho en justa defensa de Aristóteles, al cual algunos críticos han querido arrebatar la gloria de la invencion del silogismo, atribuyéndola al filósofo de la India Gotama.}
Resultan, pues, las siguientes ocho reglas del silogismo que expondremos con brevedad. [96]
1ª El silogismo sólo debe constar de tres términos.
Si el silogismo consta de más términos, no se hará la comparación de los dos extremos con el mismo término medio para reconocer su conveniencia o repugnancia entre sí, en lo cual consiste precisamente toda la esencia y la naturaleza propia del silogismo, como forma determinada y perfecta de argumentación, según consta de su misma definición. Ejemplo: todo ángel es espíritu; es así que todo metal es sustancia: luego toda sustancia es espíritu. Por más que las premisas sean verdaderas en sí mismas, la conclusión es falsa e ilegítima, porque sus extremos no se comparan con un medio sino con dos, resultando cuatro términos en el silogismo, ángel, espíritu, sustancia, metal.
Esta regla no sólo es la más importante y fundamental, sino la única en cierto sentido; pues en realidad todo silogismo ilegítimo lo es porque los dos extremos no se comparan con el medio en el mismo sentido o bajo el mismo punto de vista; de manera que los silogismos que pecan contra alguna de las otras reglas, concluyen mal o son defectuosos, porque envuelven cuatro términos, al menos en cuanto al sentido, si no en lo material de las palabras. Así es que en el fondo las demás leyes y reglas del silogismo son aplicaciones de esta primera.
2ª Ningún término debe tener suposición o significación más universal en la conclusión que en las premisas. La razón es que los dos extremos o términos de la conclusión deben compararse entre sí del mismo modo con que en las premisas se compararon con el medio, pues de lo contrario el silogismo constará de cuatro términos en cuanto al sentido. Ejemplo: todo cuerpo es sustancia; ningún ángel es cuerpo: luego ningún ángel es sustancia. Aunque los términos materiales de este silogismo son tres solamente, en cuanto al sentido o significación son cuatro; porque la sustancia, como predicado de afirmativa que es en la mayor, supone disyuntivamente, es decir, que se toma por algunas sustancias; pero no en la conclusión, en donde, como predicado de negativa, supone distributivamente, o sea por todas [97] las sustancias, según lo que dejamos dicho acerca de la suposición.
3ª El medio debe tener suposición distributiva en alguna de las premisas. Porque si en una premisa se toma por una parte de sus significados, y en la otra premisa por otra parte determinada o indeterminada de las cosas significadas, resultará un silogismo compuesto de cuatro términos en cuanto al sentido. Ejemplo: todo hombre es sustancia; todo metal es sustancia: luego todo metal es hombre. No concluye, porque el medio que es sustancia, siendo como es predicado de afirmativa en las dos premisas, supone disyuntivamente, o sea por una parte de las cosas significadas y no por todas.
Esta regla no es aplicable a los silogismos expositorios, en los cuales el medio es un término singular; porque en el mero hecho de ser singular, no puede significar diferentes cosas en las dos premisas.
4ª El medio no debe entrar en la conclusión. La razón es obvia, puesto que el medio sirve para reconocer la relación de los dos extremos que entran en la conclusión, lo cual se verifica comparando con el medio cada uno de los dos extremos en las premisas.
5ª De dos premisas afirmativas no se puede inferir una conclusión negativa. Las premisas afirmativas establecen la identidad de los dos extremos con el medio; sacar, pues, una conclusión negativa, equivaldría a inferir la repugnancia entre dos cosas de su identidad con una tercera, al echar por tierra el primer principio quae sunt eadem uni tertio, sunt eadem inter se.
6ª Si alguna de las premisas es negativa, la conclusión debe serlo también; y si alguna de aquellas es particular, debe ser particular la conclusión (1). La razón de la primera parte es clara; porque si una de las premisas es negativa, uno de [98] los extremos no conviene con el medio, y por consiguiente tampoco pueden convenir los dos extremos, como debería suceder para que la conclusión fuera afirmativa.
{(1) Esto es lo que quiere decir el verso: Pejorem semper sequitur [98] conclusio partem; porque la negativa respecto de la afirmativa, y la particular respecto de la universal, son peores o inferiores en el lenguaje lógico.}
La razón de la otra parte es la siguiente: si la conclusión es universal negativa, distribuye los dos extremos, de los cuales uno por lo menos debió quedar sin distribución en las premisas; porque si la premisa particular es afirmativa, no distribuye ninguno de los tres términos del silogismo, y en la otra, aun suponiendo que sea universal negativa, no se puede distribuir más que uno de los extremos y el medio, so pena de faltar a la regla tercera. Si la premisa particular es negativa, entonces la otra debe ser afirmativa, no pudiendo ser negativas las dos, como veremos después: luego entre las dos premisas no pueden distribuir más que uno de los extremos y el medio, y por consiguiente no queda lugar para la distribución de los dos extremos que lleva consigo la conclusión universal negativa. Si la conclusión es universal afirmativa, presupone dos premisas afirmativas, y si una de éstas es particular, no se puede distribuir en las premisas más que el término que sea sujeto de la universal, lugar que deberá ocupar el medio para no faltar a la tercera regla: luego no habiéndose distribuido en las premisas ninguno de los extremos, la conclusión afirmativa debe ser particular, para que no signifiquen distributivamente en la conclusión los extremos que en las premisas sólo significaron disyuntivamente: de lo contrario resultarán en el silogismo cuatro términos quoad sensum.
7ª De dos premisas negativas nada se puede inferir legítimamente. En efecto; de que el término A y el término B, no convienen con un tercero, no se colige, ni que convengan, ni que repugnen entre sí. [99]
8ª De dos premisas particulares nada se puede inferir legítimamente. Si las dos particulares son afirmativas no distribuyen ninguno de los tres términos, ni en consecuencia el medio, como pide la tercera regla. Si las dos son negativas, faltan a la séptima regla. Si una es afirmativa y la otra negativa, sólo se puede distribuir el medio en el predicado de la negativa; y como, según la regla sexta, la conclusión debe ser negativa, se distribuirá en ella el majus extremum sin haberse distribuido en las premisas, lo cual es contra la regla segunda.
Aplicadas éstas leyes o reglas del silogismo, resultan solamente catorce modos útiles en las tres figuras, a saber; cuatro correspondientes a la primera, que suelen designarse con las palabras Barbara, Celarent, Darii, Ferio; cuatro correspondientes a la segunda, designadas por las palabras Cesare, Camestres, Festino, Baroco; y seis pertenecientes a la tercera, designados por las palabras Darapti, Felapton, Disamis, Datisi, Bocardo, Ferison (1).
{(1) Para fijar en la memoria éstos modos útiles, formaron los antiguos algunos versos compuestos de las palabras citadas, añadiendo otras cinco que señalan silogismos indirectos de la primera. Así resultaban los siguientes famosos versos:
1ª Barbara, Celarent, Darii, Ferio, Baralipton, Celantes, Dabitis, Fapesmo, Frisesomorum.
2ª Cesare, Camestres, Festino, Baroco.
3ª Darapti, Felapton, Disamis, Datisi, Bocardo, Ferison.
En los modos indirectos que tienen más de tres vocales, sólo se atiende a las tres primeras.}
Las vocales de estas palabras indican la naturaleza y orden de las proposiciones que constituyen los modos útiles de cada figura. Pondremos un ejemplo en cada figura, y otro de los indirectos de la primera.
Bar Todo animal es sustancia
ba Todo hombre es animal
ra Luego todo hombre es sustancia. [100]
Ce Ningún caballo es racional
sa Todo hombre es racional
re Luego ningún hombre es caballo.
Da Todo metal es cuerpo
rap Todo metal es sustancia
ti Luego alguna sustancia es cuerpo.
Ba Toda piedra es sustancia
ra Todo mármol es piedra
li Luego alguna sustancia es mármol.
Los lógicos, especialmente los antiguos, suelen tratar aquí de la reducción de los silogismos. Nosotros omitimos esta materia en atención a la poca utilidad práctica que encierra, y así solo apuntaremos algunas ideas que los profesores podrán desenvolver, si lo estiman conveniente.
Hay dos especies de reducción, una directa, la cual se llama también ostensiva, y otra indirecta, o sea ad imposibilite. La primera es la revocación o conversión del silogismo imperfecto en perfecto. Llámanse silogismos imperfectos todos los indirectos, y también los útiles o directos de las figuras segunda y tercera, los cuales todos pueden reducirse a silogismo de la primera figura, variando el sitio y orden de las premisas. Exceptúanse los modos Baroco y Bocardo, que no admiten esta reducción.
La reducción indirecta, o ad impossibile, tiene lugar cuando se toma la contradictoria de la consecuencia legítima negada, combinándola con una de las premisas concedidas, de manera que de ésta y de aquélla resulte una consecuencia o conclusión contradictoria con la otra premisa concedida antes. [101]
S. ROBERTO BELARMINO: LA CUESTIÓN DEL PAPA HEREJE [3 de 4]
El Papa hereje, por San Roberto Belarmino (III de IV)
Finalmente, los Padres enseñan comúnmente, no sólo que los herejes están fuera de la Iglesia, sino también que carecen por el mismo hecho (ipso facto) de toda jurisdicción y dignidad eclesiástica.
Cipriano[1]: “Decimos que absolutamente ningún hereje ni cismático tiene potestad y derecho”; y en lib. II, epist. 1 dice que los herejes que vuelven a la Iglesia deben ser recibidos como laicos, aunque antes hayan sido sacerdotes u Obispos en la Iglesia.Optato[2] enseña que los herejes y cismáticos no pueden tener las llaves del reino de los cielos, ni atar o desatar; también Ambrosio[3] y Agustín[4]; lo mismo enseña Jerónimo[5]: “No es que los que habían sido herejes puedan ser obispos, sino que consta que los que fueron recibidos no habían sido herejes”.
El Papa Celestino I[6]: “Si alguien, dice, fue excomulgado o expulsado por el Obispo Nestorio o alguno de los que lo siguen desde que comenzaron a predicar tales cosas, sea de la dignidad de obispo o de clero, es manifiesto que ha permanecido y permanece en nuestra comunión y no lo juzgamos removido: ya que no podía remover a nadie con su sentencia aquel que ya se había mostrado a sí mismo digno de ser removido”.
Y en la epístola al Clero de Constantinopla: “La autoridad, dijo, de nuestra sede sancionó que nadie, sea Obispo, Clero o cristiano por alguna profesión, que haya sido expulsado de su lugar o excomulgado por Nestorio o alguno de sus seguidores, desde que comenzaron a predicar tales cosas, sea tenido por expulsado o excomulgado, ya que aquel que se animó a predicar tales cosas, no puede expulsar o excomulgar a nadie”.
Lo mismo repite y confirma Nicolás I[7]. Finalmente, también S. Tomás[8] enseña que el cismático pierde inmediatamente toda jurisdicción y que es inválida si la intenta usar.
Tampoco vale lo que algunos responden: estos Padres hablan según el derecho antiguo, pero ahora, por el decreto del Concilio de Constanza solamente pierden la jurisdicción los nominalmente excomulgados y los que golpean a los clérigos.
Esto, digo, de nada vale: pues cuando los Padres dicen que el hereje pierde la jurisdicción, no alegan ningún derecho humano, que incluso tal vez entonces no existía alguno sobre este tema, sino que argumentan basados en la naturaleza de la herejía, mientras que el concilio de Constanza habla sólo de los excomulgados, es decir, de aquellos que perdieron la jurisdicción por sentencia de la Iglesia; en cambio los herejes están fuera de la Iglesia y privados de toda jurisdicción antes de la excomunión, pues están condenados por su propio juicio, como enseña el Apóstol en Tito III, es decir, cortados del cuerpo de la Iglesia sin excomunión, como expone Jerónimo.
Finalmente, lo que Cayetano dice en segundo lugar, que el Papa hereje puede ser depuesto por la Iglesia ciertamente y con autoridad, no parece menos falso que lo primero. Pues si la Iglesia depone al Papa contra su voluntad, ciertamente está sobre el Papa, lo cual es exactamente lo contrario de lo que el mismo Cayetano defiende en ese tratado.
Pero él responde: Por el hecho que la Iglesia lo depone, no tiene autoridad sobre el Papa sino solo sobre la unión de la persona con el Pontificado: de la misma forma que la Iglesia puede unir el Pontificado y sin embargo no se dice que por eso esté sobre el Pontífice, así también puede separar el Pontificado de tal persona en caso de herejía y, sin embargo, no se dice que esté sobre el Pontífice.
Pero en contrario:
En primer lugar, por el hecho que el Papa depone Obispos, deducen que el Papa está sobre todos los Obispos, y sin embargo el Papa que depone Obispos no destruye el Episcopado, sino solamente lo separa de esa persona.
En segundo lugar, deponer al Pontífice en contra de su voluntad sin dudas tiene carácter de pena; por lo tanto, la Iglesia al deponer al Papa en contra de su voluntad, sin dudas lo castiga; pero castigar corresponde al superior y juez.
En tercer lugar, ya que según Cayetano y los demás Tomistas, es lo mismo el todo que la suma de las partes, se sigue que aquel que tiene autoridad sobre todas las partes juntas de forma que las pueda superar, tiene también autoridad sobre el mismo todo, que está formado por esas partes.
Tampoco vale el ejemplo de Cayetano sobre los electores que tienen potestad de aplicar el pontificado a determinada persona, y sin embargo no tienen potestad sobre el Papa.
Pues, mientras se hace la cosa, la acción se ejerce sobre la materia de la cosa futura, no sobre el compuesto que todavía no existe; pero cuando se destruye la cosa, se ejerce sobre el compuesto, como es obvio en las cosas naturales. Por lo tanto, mientras los Cardenales crean al Pontífice, ejercen su autoridad, no sobre el Pontífice, ya que todavía no existe, sino sobre la materia, es decir, sobre la persona que disponen de alguna manera por medio de la elección, para que reciba de Dios la forma del Pontificado; pero si depusieran al Pontífice, necesariamente ejercerían la autoridad sobre el compuesto, es decir, sobre la persona que posee la dignidad Pontificia, es decir, sobre el Pontífice[9].
La quinta opinión es la verdadera. El Papa que es hereje manifiesto deja de ser Papa y Cabeza per se, así como deja de ser cristiano y miembro del Cuerpo de la Iglesia per se; por lo cual puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Esta es la opinión de todos los antiguos Padres que enseñan que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción, y en especial Cipriano[10], que habla así sobre Novaciano, que fue Papa en el cisma con Cornelio: “No podría tener el Episcopado, y si antes fue hecho Obispo, se separó del cuerpo de sus compañeros en el episcopado y de la unidad de la Iglesia”, donde dice que Novaciano, aunque haya sido verdadero y legítimo Papa, sin embargo, por el mismo hecho (eo ipso) hubiera caído del Pontificado si se separara de la Iglesia.
Esta es la opinión de los más doctos en la actualidad, como J. Driedo, el cual enseña[11]que solamente se separan de la Iglesia aquellos que son expulsados, como los excomulgados, o que por sí se alejan y se oponen a la Iglesia, como los herejes y cismáticos. Y en la opinión séptima dice que a aquellos que se alejaron de la Iglesia no les queda ninguna potestad espiritual sobre los que están en la Iglesia. Lo mismo dice M. Cano[12], el cual enseña que los herejes no son parte de la Iglesia ni miembros y luego dice que ni siquiera puede concebirse que alguien pueda ser Cabeza y Papa sin ser miembro ni parte. Y en el mismo lugar enseña claramente que los herejes ocultos todavía están en la Iglesia y son partes y miembros y, por lo tanto, el Papa que es hereje oculto sigue siendo Papa. Esta es también la opinión de otros que citamos en el lib. I de Ecclesia.
El fundamento de esta sentencia es que el hereje manifiesto no es miembro de la Iglesia en manera alguna, es decir, ni de deseo (animo) ni de hecho (corpore), o, en otras palabras, ni por unión interna ni externa. Pues incluso los malos católicos están unidos y son miembros, de deseo por la fe y de hecho por la confesión de la fe y la participación de los sacramentos visibles; los herejes ocultos están unidos y son miembros, solo por unión externa como, por el contrario, los buenos catecúmenos están en la Iglesia solo por unión interna pero no externa; los herejes manifiestos de ninguna manera, como ya se demostró.
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[1] Lib. II, epist. 6.
[2] Lib. I cont. Parmen.
[3] Lib. I de penit. cap. 2.
[4] Enchir. cap. 65.
[5] Lib. cont. Lucifer.
[6] En la epist. ad Jo. Antioch. que se lee en el Concilio de Éfeso, tomo I, cap. 19.
[7] Epist. ad Michael.
[8] II, II q. XXXIX art. 3.
[9] Nota del editor: Cuesta creer que algo tan sencillo y obvio sea puesto en duda.
[10] Lib. IV, epist. 2.
[11] Lib. IV de Script. et dogmat. Eccles., cap. 2, par. 2, sent. 2.
[12] Lib. IV de loc. cap. 2 y cap. ult. ad argument. 12.
SOBRE LA VIRGINIDAD: 12. ORIGEN CULPABLE DE NUESTRAS PASIONES Y CAMINO PARA RECOBRAR LA UNIÓN PERDIDA CON DIOS.
ORIGEN CULPABLE DE NUESTRAS PASIONES Y CAMINO PARA
RECOBRAR LA UNIÓN PERDIDA CON DIOS
Es el hombre un ser vivo, inteligente y razonador, obra e imitación de la naturaleza divina e incorruptible. Y así en las narraciones de la creación se ha escrito acerca de él que fue hecho a semejanza de Dios 27 Este ser viviente, el hombre, no tuvo en su comienzo como propio de su naturaleza el estar expuesto a las pasiones y a la muerte. No hubiera podido salvarse la verdad de su semejanza si hubiera llevado en sí una configuración opuesta a la belleza del modelo.
Pero tras la primera creación se introdujo en el hombre la fuerza de las pasiones, lo cual sobrevino de esta manera. Era imagen el hombre y semejanza, según se ha dicho, de aquella potestad rectora de todo lo existente, por lo que estaba en su libre determinación conservar la semejanza con aquella soberana majestad. No se hallaba esclavizado por ninguna fuerza exterior, sino que se movía por propia voluntad hacia lo que le parecía bien. Y como por su libertad escogiera lo que le agradaba, se dejó él voluntariamente llevar del engaño y se acarreó esta calamidad a que quedó sujeto todo lo humano, siendo así él mismo causante de su mal y no habiéndolo recibido impuesto por Dios.
Porque Dios no creó la muerte, sino que en cierta manera es el mismo hombre el causante de ella. La participación de la luz del sol es común a cuantos tienen la facultad de ver, pero puede cualquiera, cerrando los ojos, privarse de esta participación, no porque se retire el sol y desde allí eche las tinieblas, sino porque el hombre, cerrando los párpados, pone un muro entre el ojo y los rayos; porque, obligada la fuerza visual por el cierre de los ojos a estar inactiva, es inevitable que toda la actividad de la vista se convierta en actividad de tinieblas, causada voluntariamente en el hombre por el cierre de sus párpados.
Es también como si alguno al edificarse una casa no abriese ningún paso a la luz para poder ver lo que hay dentro: necesariamente viviría entre tinieblas por haber cerrado voluntariamente la entrada a los rayos luminosos. Así el primer hombre terreno, o mejor, el que acarreó el mal al hombre, tenía por su propia naturaleza a mano el bien y la virtud por todas partes; pero voluntariamente acometió cosas contra su misma naturaleza, acarreándose la experiencia del mal al apartarse de la virtud por su propia elección. Porque en la naturaleza de los seres ningún mal hay que no sea por elección y que subsista en sí mismo, ya que toda obra de Dios es buena y nunca debe despreciarse. Cuantas son las cosas ‘del Señor son buenas por demás. Pero desde que en la forma dicha irrumpió en la vida del hombre el hábito de pecar y una causa pequeña redundó en infinitos males humanos, aquella divina belleza del alma, que fuera modelada a imagen del primer ejemplar, quedó enrojecida por el mal, como hierro oxidado. Entonces ya no conservó la gracia de la semejanza que le era natural, sino toda se transformó según la fealdad del pecado.
He aquí lo que aconteció a aquella grandeza y excelencia, según se denomina al hombre en la Sagrada Escritura, al decaer de su dignidad. Como sucede a los que resbalan en un lodazal y desfiguran sus rostros con el barro, que resultan desconocidos para sus familiares, así también el que cae en la ciénaga del pecado pierde el ser imagen del Dios incorruptible y por el vicio se reviste de la imagen fangosa, la cual debe deponer, según el consejo de la razón, lavando con buenas obras, como con agua, su rostro, a fin de que, despojándose de la envoltura terrenal, aparezca de nuevo esplendorosa la imagen del alma.
Desposeerse de lo ajeno no es sino volver a lo propio y a lo de su naturaleza, lo que ciertamente no se puede conseguir a no ser que se haga tal cual al principio fue creado. No es obra nuestra ni realización de fuerza humana hacerse semejante a la divinidad, sino regalo de la magnanimidad divina, que ya en nuestra primera generación nos creó a su imagen y semejanza. Empero, es propio de la diligencia humana purificarse de las manchas acarreadas por el pecado y abrillantar aquella belleza, que estaba velada en el alma. Creo que el Señor enseña en el Evangelio este mismo precepto, al decir a los que son capaces de entender Ja sabiduría que nos revela en el misterio: El reino de Dios está dentro de vosotros ; porque se significa, a mi modo de ver, en la Escritura, que no está el Bien divino deslindado de nuestra naturaleza ni lejos de aquellos que se deciden a indagarlo, sino que se halla en cada uno.
Mas en algunos es éste, sin embargo, desconocido, sí, y oculto mientras está como sofocado por los cuidados y placeres de la vida;, pero que es de nuevo encontrado al volver hacia él nuestra reflexión. Y si es preciso confirmar nuestra aserción con otras razones, esto es lo que nos enseña el Señor en la búsqueda de la dracma perdida, donde nada se aprecian las otras, como si las demás virtudes, que El llamó dracmas, aun estando todas presentes, mientras falte aquélla, dejaran al alma desvalida. Y así manda que se encienda en primer lugar la lámpara de aceite, simbolizando quizás la razón, que ilumina las cosas ocultas; después quiere que cada uno en su casa, es decir, en sí mismo, busque la dracma perdida.
En la búsqueda de esta dracma conviene que implícitamente se entienda la imagen del sumo Rey, que no se perdió en su totalidad, sino se ocultó bajo el estiércol. Por estiércol, según creo, se debe interpretar la torpeza de la carne, de cuyas suciedades barrida y purgada el alma, mediante el cuidado de la vida, encuentra aquello que busca. Y en el hallazgo es justo que el alma misma que lo encontró se alegre y que las vecinas entren en la participación de la misma alegría. Porque, en realidad, todas las facultades, que moran en el alma, a las que hace poco llamó vecinas, cuando se descubra y resplandezca esta imagen del gran Rey que con la dracma significó el que desde un principio creó uno a uno nuestros corazones, se tornarán hacia aquella alegría y gozo divino, admirando la inefable hermosura de lo hallado. Alegraos, dice, can migo, porque he encontrado la dracma que había perdido .
Las vecinas, esto es, las potencias, que, habitan en el alma, regocijadas con el hallazgo de la dracma divina, a saber, la razón, las pasiones, el afecto regulador del dolor y la ira y cuantas facultades versan acerca del alma, todas ellas se reputan con justicia como amigas del alma, y es razonable que todas se alegren en el Señor cuando todas a una contemplan el bien y la virtud y obran a gloria de Dios, no siendo ya instrumentos de pecado.
Si es, por consiguiente, éste el modo de encontrar lo que se busca, a saber, la restauración a su inicial estado de la imagen divina, obscurecida por las inmundicias de la carne, configurémonos según la primera manera de vivir que tuvo el primogénito de la creación. Y ¿cuál era su modo de ser? Desnudo, sin haberse todavía vestido con pieles de animales muertos, contemplaba la faz de Dios con plena confianza, no buscando la belleza mediante el gusto o la vista, sino deleitándose sólo en Dios, ayudado para ello por el auxilio que se le había otorgado, como se muestra en las Sagradas Letras. Ni conoció a Eva antes de ser expulsado del paraíso ° y de ser ella castigada con la pena de los dolores del parto por el pecado que había cometido, víctima del engaño.
Así, pues, por el camino por donde fuimos arrojados del paraíso, castigados con nuestros primeros padres, por ese mismo podremos volver a la prístina felicidad si tratamos de hacer el recorrido inverso. Y ¿cuál es esta ruta? El placer, creado entonces por el fraude, tuvo su origen en la caída. Después la vergüenza y el miedo siguieron al placer, y, no atreviéndose a permanecer ante los ojos del Creador, se cubrieron- con hojas y sombras; más tarde se vistieron con pieles de animales muertos. Y así fueron ambos enviados en exilio a esta tierra de enfermedades y trabajos, donde se ideó el matrimonio como un atenuante de la muerte.
Si, pues, hemos de estar dispuestos a morir aquí para unirnos con Cristo, es necesario comenzar de nuevo desde la última separación. Como los que se han alejado de la patria, cuando retornan otra vez a la región de donde salieron, abandonan primero aquel lugar al que habían llegado en último término, así, puesto que lo último que tuvo lugar al fin de la permanencia en la vida del paraíso fue el matrimonio, el presente raciocinio advierte a los que empiezan a liberarse para unirse a Cristo que han de comenzar abandonando ante todo el matrimonio, en calidad de último punto de morada; después han de desligarse de las miserias propias de esta tierra, en que fue establecido el hombre tras el pecado.
A continuación hemos de despojarnos de las envolturas de la carne y desnudarnos de las pieles de animales, esto es, de la prudencia de la carne; hemos de apartar de nosotros todas las vergüenzas ocultas, de modo que no vuelvan a esconderse tras la higuera de esta vida amarga, antes bien arrojemos las envolturas de las hojas efímeras de esta vida para ponernos en presencia de Dios nuestro Creador, evitando el engaño que nace del gusto y de la vista y no tomando por consejera a la serpiente venenosa, sino sólo al precepto divino. Este consiste en adherirse al único bien, en despreciar el gusto de lo malo, como quiera que el comienzo de este cortejo de calamidades tuvo su origen ahí, en no haber querido ignorar el mal. Por eso fueron advertidos nuestros primeros padres de no juntar el conocimiento del mal con el de sus contrarios; sino que debían abstenerse de la ciencia del bien y del mal y gozar del bien puro, simple y sin mezcla de malicia. Con lo que, según pienso, no se significa otra cosa sino el estar siempre junto a Dios y gozar de este incesante y sempiterno deleite, y que no se comunica este goce a las cosas que arrastran hacia lo contrario. Y si es lícito hablar audazmente, diría que quizá este placer es como si alguno fuera de nuevo arrebatado de este mundo, que se asienta en la maldad, al paraíso, y viese lo que Pablo extasiado vio y oyó, lo que no puede expresarse, ni contemplarse, ni manifestarse con lengua humana.
Lógica general 15/19. De la argumentación y sus especies.
Artículo II. De la argumentación y sus especies.
De lo dicho en el artículo anterior se deduce que la argumentación es una oración expresiva del raciocinio, en la cual [88] una proposición se infiere de otras con las cuales tiene conexión. La proposición que se trata de inferir o establecer por medio de la argumentación, suele llamarse cuestión, tesis, proposición: si se la considera como deducida ya de las que le sirven de antecedente, se llama conclusión o consiguiente. Las proposiciones de las cuales se deduce por medio de la argumentación, se llaman premisas.
Considerada la argumentación en general, se halla sujeta a estas tres reglas: 1ª De una cosa verdadera nunca se infiere legítimamente una cosa falsa. 2ª De una cosa falsa puede inferirse accidentalmente una cosa verdadera, como si se dice: todos lo apóstoles predicaron en Roma: luego san Pedro predicó en Roma. 3ª El antecedente en cuanto tal, debe ser más claro o conocido que el consiguiente; de lo contrario no vendríamos en conocimiento de la verdad o falsedad de éste en virtud de su relación o enlace con las premisas.
Además del silogismo, forma la más perfecta y científica de argumentación, de la cual por lo mismo trataremos aparte, las principales especies de argumentación son las siguientes:
a) La inducción, o sea la argumentación en la cual de la enumeración conveniente de particulares o inferiores se colige alguna cosa universal. Para que sea legítima y la conclusión absolutamente cierta, debe subordinarse a dos reglas o condiciones: 1ª que la enumeración de las partes o inferiores sea completa: 2º que no se predique del todo más que lo que se ha predicado de cada una de las partes inferiores.
De lo dicho se infiere: 1º que las inducciones que proceden de los individuos a la especie, casi nunca producen por sí solas certeza, porque difícilmente son completas, a no ser en casos dados, o sea con respecto a especies que tengan pocos individuos: 2º que es antifilosófica y contraria a la razón y la experiencia, la pretensión de ciertos filósofos que afirman con Bacon que la inducción es el instrumento propio y casi único para adquirir las ciencias.
He dicho por sí solas; porque si la inducción va acompañada y robustecida por la analogía, entonces podrá determinar [89] en ocasiones asenso cierto, aunque la enumeración no sea completa. Observando en todos los animales que veo la existencia de ciertas operaciones que tienen analogía o semejanza con algunas del hombre, y sabiendo además que en éste proceden del alma racional, puedo deducir legítimamente que en los animales hay un alma inferior a la racional, que es principio interno de aquéllas operaciones vitales. Así también si observo que esta planta curó esta enfermedad, podré inferir legítimamente, añadiendo la analogía a la inducción, que otra planta que es de la misma especie, aunque distinta numéricamente, curará esta enfermedad u otra que tenga afinidad con la primera.
b) El entimema es un silogismo en el cual se calla, pero se sobreentiende una de las premisas. Su naturaleza, pues, y condiciones, son las mismas que las del silogismo. Sólo hay que advertir que unas veces se calla la menor, como en este: «todos los hombres son racionales: luego Pedro es racional»: otras se calla la mayor, como en este: «Yo pienso: luego existo (1).»
{(1) Nuestro espíritu gusta del entimema por la vivacidad y concisión que envuelve: por eso sin duda Aristóteles le apellidaba silogismo del orador.}.
c) El sorites, que los Escolásticos llamaban también ratiocinium acervale, se dice aquella argumentación en la cual de varias proposiciones colocadas en determinado orden se colige la conveniencia o repugnancia del sujeto de la primera con el predicado de la última. El sorites viene a ser una colección de entimemas, y en él las proposiciones se ordenan de tal manera que el predicado de la primera sirva de sujeto a la segunda, el de ésta a la tercera, y así sucesivamente hasta que en la conclusión se junta o compara el sujeto de la primera proposición con el predicado de la última, como se ve en este ejemplo: la virtud es un gran bien: lo que es un bien perfecciona al hombre: lo que perfecciona al hombre debe ser apetecido: luego la virtud debe ser apetecida. Esta argumentación [90] resultará falsa, 1º si se mezcla alguna proposición falsa entre las otras verdaderas: 2º si todas las proposiciones fuesen negativas, porque de éstas nada se infiere legítimamente, como veremos al hablar del silogismo.
d) Epiquerema es también un verdadero silogismo, del cual sólo se diferencia en que antes de sacar la conclusión, prueba las dos o alguna de las premisas. Ejemplo: «el que se halla agitado por cuidados y remordimientos no es feliz; porque la felicidad excluye la inquietud y los remordimientos: es así que el que sigue el impulso de las pasiones se halla agitado por cuidados y remordimientos: luego, &c.».
e) Dilema es una argumentación que consta de una premisa disyuntiva, y de dos condicionales relacionados con la conclusión que se intenta sacar, como se ve en el que aducirse suele contra los escépticos: Aut scis le nihil scire, aut nescis: si nescis jam non potest hoc affirmare: si scis le nihil scire, ergo aliquid seitur. El dilema es más a propósito para rebatir opiniones o errores, que para establecer o demostrar verdades científicas.
Esta argumentación será defectuosa: 1º si la disyuntiva es falsa, porque se da medio entre los extremos que contiene (1): 2º si de alguno de éstos se deduce lo que realmente no se infiere, o lo que es lo mismo, si alguna de las condicionales es falsa: 3º si los dos extremos pueden retorcerse contra el que los presenta.
{(1) Ordinariamente la premisa disyuntiva sólo tiene dos extremos, y de aquí el nombre dilema; pero si tuviere tres extremos se denominará trilema, si cuatro tetralema, y si número mayor polilema.}
f) El polisilogismo, como indica su nombre, es una argumentación compuesta de dos o más silogismos, tomando la conclusión del anterior como premisa del siguiente. Ejemplo: lo que es sustancia simple y espiritual no está sujeto a corrupción; el alma racional es sustancia simple y espiritual: luego [91] no está sujeta a corrupción: lo que no está sujeto a corrupción es inmortal; luego el alma racional es inmortal.
S. ROBERTO BELARMINO: LA CUESTIÓN DEL PAPA HEREJE [2 de 4]
El Papa hereje, por San Roberto Belarmino (II de IV)
La cuarta opinión es la de Cayetano[1] donde enseña que el Papa que es hereje manifiesto no es depuesto por el mismo hecho (ipso facto) sino que puede y debe ser depuesto por la Iglesia; la cual sentencia, según mi opinión, no puede defenderse. Pues, en primer lugar, que el hereje manifiesto esté depuesto por el mismo hecho (ipso facto), se prueba por medio de la autoridad y de la razón.
La autoridad es S. Pablo, que en la epístola a Tito, cap. III ordena que el hereje, después de dos correcciones, es decir, después que se muestre manifiestamente pertinaz, debe ser evitado, y lo entiende antes de toda excomunión y sentencia del juez, como allí mismo escribe Jerónimo, donde dice que los otros pecadores son excluidos de la Iglesia por medio de la sentencia de excomunión, mientras que los herejes por sí se alejan y separan del cuerpo de Cristo: pero el Papa que permanece como tal, no puede ser evitado, pues ¿cómo evitaremos a nuestra cabeza? ¿cómo nos alejaremos de un miembro unido a nosotros?
La razón, en efecto es certísima: el no-cristiano no puede en modo alguno ser Papa, como confiesa el mismo Cayetano en el mismo libro, cap. 26 y la razón es que no puede ser Cabeza el que no es miembro; y no es miembro de la Iglesia el que no es cristiano; pero el hereje manifiesto no es cristiano como claramente enseña Cipriano[2], Atanasio[3], Agustín[4], Jerónimo[5], y otros; por lo tanto, el hereje manifiesto no puede ser Papa.
Responde Cayetano[6] que el hereje no es cristiano simpliciter sino secundum quid, puesto que dos son las cosas que hacen al cristiano: la fe y el carácter; entonces el hereje, al perder la fe, todavía retiene el carácter y en razón del mismo todavía se adhiere de algún modo a la Iglesia y es capaz de jurisdicción; por lo tanto, todavía es Papa pero debe ser depuesto; ya que por la herejía está dispuesto, con disposición última, a no ser Papa, de la misma forma que se encuentra el hombre, no muerto sino en las últimas instancias.
Pero en contrario: en primer lugar, si el hereje, en razón del carácter, permanece unido a la Iglesia en acto (actu)[7], nunca podría ser cortado y separado en acto (actu) de ella ya que el carácter es indeleble[8]; pero todos reconocen que algunos pueden ser cortados de hecho por la Iglesia; por lo tanto, el carácter no hace al hereje estar en acto (actu) en la Iglesia[9], sino que solamente es un signo que estuvo en la Iglesia y que debe estar en ella. De la misma forma que el carácter impreso en la oveja no hace, cuando anda errante por los montes, que esté en el redil, sino que indica de qué redil se fugó, y al cual puede ser obligada de nuevo a volver. Y se confirma por Santo Tomás que en III, q. 8, art. 3 dice que aquellos que carecen de la fe no están unidos a Cristo en acto (actu), sino solo en potencia; en donde habla de la unión interna y no de la externa, que se da por la confesión de la fe y los sacramentos visibles. Y puesto que el carácter pertenece a lo interno y no a lo externo según Santo Tomás, entonces el carácter solo no une en acto (actu) al hombre con Cristo.
Además, o la fe es una disposición necesaria simpliciter para que alguien sea Papa o solo ad bene esse (para ser un buen Papa)[10]. Si es lo primero, entonces, quitada esta disposición por su contraria que es la herejía, inmediatamente el Papa deja de serlo, pues la forma no puede conservarse sin las disposiciones necesarias. Si lo segundo, entonces el Papa no puede ser depuesto a causa de la herejía, pues de la misma manera debería ser depuesto también por ignorancia, improbidad y cosas parecidas que eliminan la ciencia, probidad y demás disposiciones necesarias para ser un buen Papa. Y, además, Cayetano confiesa en el tratado antedicho, cap. 26, que el Papa no puede ser depuesto por defecto de las disposiciones necesarias ad bene esse (y no simpliciter).
Cayetano responde que la fe es una disposición necesaria simpliciter, pero parcial y no total y, por lo tanto, quitada la fe, todavía el Papa permanece Papa debido a la otra parte de la disposición, llamado carácter, que todavía permanece.
Pero en contrario: o la disposición total, que es el carácter y la fe, es necesaria simpliciter o no, sino que basta la parcial. Si lo primero, entonces, quitada la fe, ya no permanece la disposición necesaria simpliciter, puesto que la total era necesaria simpliciter. Si lo segundo, entonces la fe no se requiere sino ad bene esse, y por lo tanto el Papa no puede ser depuesto por ese defecto. Por último, las cosas que tienen una disposición última para perecer, poco tiempo después dejan de existir sin otra fuerza externa, como es obvio; por lo tanto, también el Papa hereje deja per se de serlo sin otra disposición.
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[1] Tract. de auctor. Papae et Conc. cap. 20 y 21.
[2] Lib. IV, epist. 2.
[3] Ser. 2 contra Arrian.
[4] Lib. de grat. Christ. cap. 20;
[5] Cont. Lucif.
[6] Apol. pro tract. cap. 25 y en el tratado mismo, cap. 22,
[7] Nota del editor: Opuesto a “en potencia”, como se ve más abajo. También podría traducirse “de hecho” o “en realidad”. Este último es el que usa Pío XII en la Mystici Corporis.
[8] Nota del editor: O en otras palabras: si lo que dice Cayetano fuera cierto entonces los herejes, cismáticos y excomulgados vitandos serían miembros de la Iglesia y podrían ser Papa. Lo absurdo de esta conclusión, contraria a la enseñanza de los Papas, es patente.
[9] Nota del editor: Aquí conviene aclarar algo: sin dudas que es el carácter bautismal lo que nos hace miembros de la Iglesia, pero, en los adultos, el efecto del carácter (membresía en la Iglesia), puede ser impedido por tres vías: herejía y cisma públicos y excomunión vitandus. Sobre este tema ver, por supuesto, este excelente trabajo de Mons. Fenton AQUI.
[10] Nota del editot: Términos escolásticos. Lo que hemos traducido como para ser un buen Papa literalmente significa “para ser bueno”, y se opone a simplemente existir.
