EL DOGMA DE LA PREDESTINACIÓN. MAGISTERIO DE LA IGLESIA (3/ 8)
La doctrina en el Magisterio de la Iglesia
Las intervenciones del Magisterio en materia predestinacionista han tenido generalmente un tono que manifiesta que éste ha tenido mayor preocupación por situar rectamente el problema de la reprobación, rechazando opiniones erróneas, que por exponer positivamente una doctrina sobre la predestinación. Tal es la tónica del Concilio. de Arlés (a. 473), de los capítulos de los Concilio Arausicano II (a. 529), de Quierzy (a. 853) y de Valence (a. 855), y, finalmente, de los textos que el Concilio de Trento dedica al particular.
Una idea domina la doctrina magisterial: la existencia de la voluntad salvífica universal y de la universalidad de la Redención. En ese ambiente se movía ya el Concilio de Arlés (4Denz. Sch. 330-336) y más concretamente el de Quierzy (Denz.Sch. 318). Como ya señalábamos, esta doctrina fue reafirmada en la condena de Jansenio (Denz. Sch. 2005); ha sido además repetidas veces comentada por el Magisterio reciente (cfr., p. ej.,, Conc. Vaticano II, Const. Lumen gentium, 13-16).
La existencia de la predestinación fue afirmada en el Concilio Arausicano II y en el de Quierzy, que gozan de máxima autoridad a pesar de su carácter particular. El Concilio Arausicano pone de relieve que la iniciativa en el orden de la salvación corresponde a Dios, sin méritos precedentes del hombre (Denz.Sch. 397). El Conc. de Quierzy escribe: «el Dios bueno y justo eligió de la misma masa de perdición, según su presciencia, a quienes predestinó por la gracia a la vida, predestinándolos a la vida eterna«, y a continuación añade: «la predestinación se refiere o al don de la gracia o a la retribución de la justicia» (Denz. Sch. 621).
El Concilio de Valence, recogiendo esta doctrina, dijo: «Confesamos fielmente la predestinación de los elegidos a la vida y la predestinación de los impíos a la muerte. En la elección de los que se han de salvar, con todo, la misericordia divina precede al mérito bueno; por el contrario, en la reprobación de los condenados el mérito malo precede al justo juicio de Dios» (Denz.Sch. 626-629).
El Concilio de Trento, en la sesión sexta, hablando de la gracia y de la justificación, da por supuesta la doctrina sobre la predestinación. afirmando la voluntad salvífica universal de Dios, y rechazando la predestinación. ad malum o reprobación positiva antecedente (Denz.Sch. 1533,1556,1565 y 1567).
Es dogma de fe que existe una verdadera predestinación para la bienaventuranza eterna. La Iglesia confesó esta verdad en el Concilio de Trento, y condenó la opinión de que se puede tener una seguridad de fide absoluta de nuestra elección ( sesión VI, cap. 12: D 805)
En resumen la Iglesia afirma:
Nadie se salva por sí mismo, ni puede realizar ningún bien sin la ayuda de Dios. Dios tiene la iniciativa absoluta en el orden del bien y de la salvación: el que se salva, se salva porque ha sido ayudado por Dios. El que se salva, es porque la absoluta misericordia de Dios.
Dios respeta la libertad del hombre, no la anula, ni aun bajo el influjo de su gracia. El hombre es dueño de sí y puede resistir a la acción de Dios. Dios no salva a quien no quiere ser salvado. El que se condena, es por el mal uso de su libertad, rechazando la gracia.
La predestinación a la gracia y a la gloria, tomada en sentido adecuado y total, puede considerarse como independiente de los méritos del hombre, pues Dios llama libremente al comienzo de la fe y da con idéntica libertad la primera y última gracia; gracias que no se pueden merecer.
La reprobación positiva supone los deméritos previstos del hombre y se realiza en el tiempo simultáneamente a estos deméritos. Dios no determina ni ordena a nadie al pecado.
Aunque la predestinación es cierta e infalible, nadie -sin una especial revelación- puede tener certeza natural o certeza común de fe sobre si está o no predestinado.
Santo Tomás de Aquino y su escuela no ha hecho más que explicar esta doctrina católica contra el pelagianismo, semipelagianismo, congruismo y molinismo [del jesuita Molina, que si no en su totalidad han seguido y enseñado el sistema jesuitíco] que no logra explicar la omniscencia divina [y que mientras se mezcle la sciencia media del molinismo tendrá que luchar contra el peligro de hacer a Dios dependiente de la criatura, que caracteriza de el sistema de Molina, S.J.]. Santo Tomás no hace, pues, más que explicar lo que ya nos ha revelado Dios y la Iglesia nos enseña.
Vemos, pues, en la Síntesis Tomista la predestinación, de la pluma del gran Garrigou Lagrange en el art. siguiente, de imprescindible lectura .
MEDITACIÓN SOBRE EL CIELO
Les ofrecemos un texto que nos parece muy adecuado para meditar el amor de Dios para con nosotros; el original corresponde a un sermón radiado que, en su día, pronunciara el dominico Royo Marín. Letras, pues, para saborear despacio delante del Santísimo – allá, y en el lugar donde haya verdadera consagración, hoy, desgraciadamente, contados con los dedos de la mano-, o bien en familia, o en soledad. No cabe duda que del corazón del lector brotarán espontáneamente alabanzas y actos de amor para agradecer el lugar que Dios a predestinado desde toda la eternidad a los bienaventurados. No obstante, para ayudarles, hemos ido intercalando en color rojo, algunos afectos del corazón, que no forman parte de la conferencia original.

El cielo
¡Qué cosa tan grande es el cielo astronómico ! ¿Qué otra cosa puede darnos una idea tan impresionante de la inmensidad de Dios, que está jugando con todo eso como los niños con pompitas de jabón. Con razón dice el salmo, aludiendo al cielo astronómico, que “los cielos cantan la gloria de Dios”.
Pero ese cielo tan deslumbrador no es nuestro cielo, no es el cielo de la fe. El cielo de la fe, la patria de las almas inmortales está incomparablemente más allá todavía. Ya es hora de que comencemos a exponer algo del verdadero cielo. Voy a comenzar la explicación de la teología del cielo de las almas, del cielo sobrenatural que nos aguarda más allá de esta vida.
Para poner orden y claridad en mis palabras, voy esta meditación en dos partes. En la primera meditaremos de la gloria accidental del cielo; en la segunda, de la gloria esencial. Y en la gloria accidental, todavía podemos establecer un subdivisión: primero la gloria accidental del cuerpo, y luego la gloria accidental del alma.
LA GLORIA ACCIDENTAL
LA GLORIA ACCIDENTAL DEL CUERPO
Vamos a empezar por lo de “inferior categoría”, por lo más imperfecto: la gloria accidental del cuerpo. Y os advierto, antes de comenzar la descripción del cielo , que no voy a deciros absolutamente nada que no se apoye directamente en la divina Revelación. No voy a proyectar ante vosotros una película fantástica, pero soñada. No son datos de una imaginación enfermiza o calenturienta; no son sueños de un poeta. Son datos revelados por Dios. Los podéis leer en la Sagrada Escritura: ¡los ha revelado Dios! Lo único que voy a hacer es daros la interpretación teológica de esos datos revelados para hacer una afectuosa meditación, toda ella fundada en Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino. Pero, fundamentalmente, lo que vamos a contemplar no lo ha inventado Santo Tomás ni ningún otro teólogo. Son datos revelados por Dios en las Sagradas Escrituras.
Decimos en teología y es cosa clara y evidente, que la gloria del cuerpo no será más que una consecuencia, una redundancia de la gloria del alma. En la persona humana, lo principal es el alma; el cuerpo es una cosa completamente secundaria. El alma puede vivir, y vive perfectamente, sin el cuerpo, aunque reclama al cuerpo; el cuerpo, en cambio, no puede vivir sin el alma.
En este mundo estamos completamente desorientados. Concedemos más importancia a las cosas del cuerpo que a las del alma. Se pone el cuerpo enfermo y le atendemos en el acto con medicinas y tratamientos y sanatorios y operaciones quirúrgicas, y todo lo que sea menester para recuperar la salud. Y son legión los que tienen enferma el alma, y quizá del todo muerta por el pecado mortal, ¡y ríen y gozan, y se divierten y viven completamente tranquilos, como si no les ocurriera absolutamente nada! ¡Qué aberración! Cuando veamos las cosas a la luz del más allá, veremos que las cosas del cuerpo no tienen importancia ninguna; lo esencial es lo que afecta al alma, lo que ha de durar eternamente.
Un corazón contrito y humillado por haberse interesado más por las cosas del cuerpo que las del espíritu, ¡oh Dios! Tú no lo desprecias, Señor. Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno.
En el cielo funcionan las cosas rectamente. La gloria del cuerpo no será más que una redundancia, una simple derivación de la gloria del alma. El alma bienaventurada, incandescente de gloria por la visión beatífica de que goza ya actualmente, en el momento de ponerse en contacto con su cuerpo al producirse el hecho colosal de la resurrección de la carne, le comunicará ipso facto su propia bienaventuranza. Ocurrirá algo así como lo que pasa en un farolillo de cristales multicolores cuando encendemos una luz dentro de él: aparece todo radiante, lleno de luz y de colorido. El cuerpo, al resucitar, al ponerse en contacto con el alma glorificada, se pondrá también incandescente de gloria, lleno de luz y de hermosura, según el grado de gloria que Dios le comunique a través de su propia alma. Por eso os decía que la gloria del cuerpo será una simple consecuencia de la gloria del alma. Y sabemos por la Sagrada Escritura, porque lo ha revelado Dios, que el cuerpo glorioso tendrá cuatro cualidades o dotes maravillosas: claridad, agilidad, sutileza e impasibilidad.
En primer lugar la claridad. El profeta Daniel, describiendo el triunfo final de los elegidos, dice que “brillarán con esplendor del cielo” y que “resplandecerán eternamente como las estrellas” (Dan. 12, 3). Y el mismo Cristo nos dice en el Evangelio que “los justos brillarán como el sol en el reino del Padre” (Mt. 13, 43).
Los cuerpos gloriosos serán resplandecientes de luz. Si contempláramos ahora mismo el cuerpo glorioso de Jesús o el de María Santísima –únicos que actualmente hay en el cielo–, quedaríamos deslumbrados ante tanta belleza.
El cuerpo humano, aún acá en la tierra, es una verdadera obra de arte. Los artistas –pintores y escultores– de todas las épocas y de todas las razas han reproducido la belleza del cuerpo humano. Lástima que muchas veces profanen una cosa tan bella como el cuerpo humano para convertirla en una de las más inmundas e inmorales, en una pornografía baja y desvergonzada. Pero no cabe duda que, contemplado con ojos limpios y finalidad sana, el cuerpo humano constituye, aún acá en la tierra, una verdadera obra de arte maravillosa creada por Dios. Pues, ¿qué será, pues, el cuerpo espiritualizado, el cuerpo glorioso radiante de luz, mucho más resplandeciente que la del sol?
Mi Dios, Jesús, mi único bien. Tu eres todo para mi; sea yo todo entero para ti, Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre materno. Oh Dios, mis huesos no te fueron desconocidos cuando en lo más recóndito era yo formado, cuando en lo más profundo de la tierra era yo entretejido; Oh Dios, que te humillaste tomando carne de la Virgen, para que pudiera ser también glorificado nuestro cuerpo; que nuestro cuerpo sea, Jesús, siempre templo de tu Espíritu Santo, para alabarte y amarte.
Dice Santa Teresa que, en una visión sublime, le mostró Nuestro Señor Jesucristo nada más que una de sus manos glorificadas. Y decía que la luz del sol es “fea y apagada” comparada con el resplandor de la mano glorificada de Nuestro Señor Jesucristo. Y añade que ese resplandor, con ser intensísimo, no molesta, no daña a la vista, sino que, al contrario, la llena de gozo y de deleite.
La contemplación de los cuerpos gloriosos resplandecientes de luz de millones y millones de bienaventurados, ángeles y hombres, será un espectáculo grandioso, deslumbrador, que llenará, ya por sí solo, de inefable felicidad a los bienaventurados.
La segunda cualidad del cuerpo glorioso es la agilidad. Consta también, expresamente, en varios pasajes de la Sagrada Escritura: “Al tiempo de la recompensa brillarán y discurrirán como centellas en cañaveral” (Sap 3, 7). Ello quiere decir que los bienaventurados podrán trasladarse corporalmente a distancias remotísimas casi instantáneamente. Digo casi, porque, como advierte Santo Tomás de Aquino, todo movimiento, por rapidísimo que se le suponga, requiere indispensablemente tres instantes: el de abandonar el punto de partida; el de adelantarse hacia el punto de llegada, y el de llegar efectivamente al término. Y eso puede hacerse, si queréis, en una millonésima de segundo, pero de ninguna manera en un solo instante, filosóficamente considerado; tiene que transcurrir algún tiempo, aunque sea absolutamente imperceptible, una millonésima de segundo si queréis. Pero ese tiempo tan imperceptible equivale, prácticamente, a la velocidad del pensamiento. Con las alas de la imaginación podemos trasladarnos en este mundo, instantáneamente, a regiones remotísimas: de la tierra a la luna, a las más remotas estrellas; pero nuestro cuerpo permanece inmóvil en el lugar donde nos encontramos mientras la imaginación realiza su vuelo fantástico. En el cielo, el cuerpo acompañará al pensamiento a cualquier parte donde quiera trasladarse, por remotísimo que esté. En esto consiste el dote maravilloso de la agilidad.
Oh, Señor, cuán admirable es el designio que tienes preparado para los que haces justos. Porque me has amado, y donado el amor, te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida. Te amo, Jesús, infinitamente amable y prefiero morir amándote a vivir sin amarte.
La tercera cualidad es la impasibilidad. Eso significa que el cuerpo glorificado es absolutamente invulnerable al dolor y al sufrimiento, en cualquiera de sus manifestaciones. No le afecta ni puede afectar el frío, el calor, ni ningún otro agente desagradable. Metido en una hoguera, no se quemaría. Sumergido en el fondo del mar, no se ahogaría. En medio del fragor de una batalla, los proyectiles no le causarían ningún daño. Las enfermedades no pueden hacer presa en él. El cuerpo del bienaventurado no está preparado para padecer, es absolutamente invulnerable al dolor. No es que sea insensible en absoluto. Al contrario, es sensibilísimo y está maravillosamente preparado para la dicha: gozará de deleites inefables, intensísimos. Pero es del todo insensible al dolor. Esto significa la impasibilidad del cuerpo glorioso. Consta también expresamente en la Sagrada Escritura: “Ya no tendrán hambre, ni sed, ni caerá sobre ellos el sol ni ardor alguno; porque el Cordero, que está en medio del trono, los apacentará y guiará a las fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Apoc. 7, 16-17).
Oh Jesús, Esposo de mi alma, dame de beber del agua que Tú das de la fuente de tu divino costado abierto, para que no tenga sed en la eternidad, y que para que ya en este valle de lágrima, el ese dulcísimo agua se convierta en mí en una fuente de agua que brota para vida eterna.
Pero aún hay otra cuarta cualidad: la sutileza. Dice el apóstol San Pablo que “el cuerpo se siembra animal y resucitará espiritual” (1 Cor 15, 44). No quiere decir que se transformará en espíritu; seguirá siendo corporal, pero quedará como espiritualizado: totalmente dominado, regido y gobernado por el alma, que le manejará a su gusto sin que le ofrezca la menor resistencia, al contrario que en este estado de viadores en que nos encontramos.
Muchos teólogos creen que, en virtud de esta sutileza, el cuerpo del bienaventurado podrá atravesar una montaña sin necesidad de abrir un túnel, o traspasar paredes y puertas y así podrá entrar en una habitación sin necesidad de que le abran la puerta, como se nos revela que hizo Cristo, vida nuestra, al presentarse delante de sus discípulos. Santo Tomás de Aquino piensa que la sutileza no es otra cosa que el dominio total y absoluto del alma sobre el cuerpo, de tal manera, que lo tendrá totalmente sometido a sus órdenes. Es cierto, dice el Doctor Angélico, que los bienaventurados podrán atravesar una montaña sin necesidad de abrir un túnel, o entrar en una habitación sin necesidad de que les abran la puerta; pero eso será, no en virtud de la sutileza, sino de una nueva cualidad sobreañadida, de tipo milagroso, que estará totalmente a disposición de ellos.
Como se ve, para el caso es completamente igual. Como quiera que sea, lo cierto es que podremos atravesar los seres corpóreos con la misma naturalidad y sencillez con que un rayo del sol atraviesa un cristal sin romperlo ni mancharlo.
Oh Jesús, Hijo de Dios vivo, Sabiduría encarnada que resucitaste atravesando la sábana mortuoria, danos tu gracia, que es prenda de la futura gloria, para que ningún obstáculo nos impida en esta vida seguirte a dónde Tú vayas, y adorándote a ti, y venerando por nosotros los sagrados cuerpos de los mártires y santos, a través de los cuales pedimos tu auxilio, Oh Cristo, pues fueron miembros vivos de tu Cuerpo y templos del Espíritu Santo, nos concedas ser resucitados y glorificados para la vida eterna, para no separarnos jamás de ti, Oh Cordero inmaculado.
La Sagrada Escritura, nada nos dice acerca de los goces de los sentidos; pero es indudable que los tendrán también intensísimos y sublimes. No hace falta tener una imaginación muy exaltada para comprender que si el cuerpo entero ha de quedar beatificado, los sentidos corporales tendrán que tener sus goces correspondientes, pues son las ventanas del conocimiento que adquirimos. Ahora bien: los ojos no pueden gozar de otro modo que viendo cosas hermosísimas, y los oídos oyendo armonías sublimes, y el olfato percibiendo perfumes suavísimos, y el gusto y el tacto con deleites delicadísimos proporcionados a su propio objeto sensitivo. El simple sentido común, y la deducción lógica nos lo dice, siendo una conclusión teológica evidente.
De manera, que nuestro cuerpo entero, con todos sus sentidos, estará como sumergido en un océano inefable de felicidad, de deleites inenarrables. Y esto constituye la gloria accidental del cuerpo; lo que no tiene importancia, lo que no vale nada, a pesar de superar en sí los dones de Adán, antes de su caída, los cuales podrían desaparecer sin que sufriera el menor menoscabo la inenarrable gloria esencial del cielo.
Oh Dios mío, rico en misericordia, que por el grande amor con que nos amaste, estando muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificaste por Cristo, quien nos salvó por gracia y con Él y por Ël nos has llamado a la resurrección y a sentarnos en el banquete de los cielos en Cristo Jesús, tu Hijo, sin ningún mérito nuestro, a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de Su gracia ; Oh Dios mío, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús, nos has llamado experimentar eternamente tu Paternidad, rica en misericordia, a través del amor de tu Hijo, crucificado y resucitado, el cual, como Señor, está sentado en los cielos a la derecha del Padre, y de quien jamás queremos separarnos; Oh Dios, aumenta nuestro amor, inflama nuestro corazón, dilata nuestros pechos, hasta morir de amor en la unión contigo, mi Señor, y no tengas en cuenta nuestros pecados.
LA GLORIA ACCIDENTAL DEL ALMA
Mil veces por encima de la gloria del cuerpo, está la gloria del alma. El alma vale mucho más que el cuerpo. Acá en la tierra, el mundo, el demonio y la carne no nos lo dejan ver. En el otro mundo lo veremos clarísimamente.
¡La gloria del alma! Vayamos por partes.
Empecemos por los goces de la amistad. Cuando dos amigos se quieren de veras, cuando dos corazones se han fusionado en uno solo, la separación violenta, sobre todo si ha de ser para largo tiempo, resulta siempre dolorosa. Y si es la muerte quien se encarga de separar para siempre, acá en la tierra, a esos dos íntimos amigos, ¡qué desgarro experimenta el pobre corazón humano! Pero queda todavía la dulcísima esperanza: en el cielo se reanudará para siempre aquella amistad interrumpida bruscamente. Los amigos volverán a abrazarse para no separarse jamás.
La amistad es una cosa muy íntima, muy entrañable, no cabe duda; si es santa, es la perfección de la caridad; pero todos tenemos aquí en la tierra también lazos de la sangre, los vínculos familiares; quien no tiene hijos, tiene padres. ¿No lo recordáis? ¿No lo recordáis cualquiera de los que me estáis escuchando? Cuando se os murió vuestro padre, o vuestra madre, o vuestros hijos, experimentasteis la amargura más grande de vuestra vida. Cuando tenemos el cadáver en casa, ¡qué frío está el hogar! Y cuando se llevan de casa los despojos de aquel ser tan querido, nos arrancan un jirón de nuestras almas, un pedazo de nuestras entrañas. ¡Cómo nos duele, señores, aquella terrible separación!
¡Ah!, pero vendrá la resurrección de la carne, y con ella la reconstrucción definitiva de la familia. Pero quizá a alguno de vosotros se le ocurra preguntar: “Padre, ¿y si al llegar al cielo nos encontramos con que falta algún miembro de la familia? ¿Cómo será posible que seamos felices sabiendo que uno de nuestros seres queridos se ha condenado para toda la eternidad?”
Esta pregunta terrible no puede tener más que una sola contestación: en el cielo cambiará por completo nuestra mentalidad. Estaremos totalmente identificados con los planes de Dios. Adoraremos su misericordia, pero también su justicia inexorable. En este mundo, con nuestra mentalidad actual, es imposible comprender estas cosas; pero en el cielo cambiará por completo nuestra mentalidad, y, aunque falte un miembro de nuestra familia, no disminuirá por ello nuestra dicha; seremos inmensamente felices de todas formas, porque el gozo estará debidamente ordenado en el cielo, sumergiéndonos en el amor de Dios. Pero, no cabe duda, señores, que si rezamos con profundo fervor el Rosario, la Virgen María nos alcanzará las gracias para que se salven y si no falta un solo miembro de nuestra familia, si logramos reconstruirla enteramente en el cielo, nuestra alegría llegará a su colmo y será inenarrable, aunque allí no exista el lazo de la carne, pues, señores, por encima de los goces de la familia reconstruida que experimentará nuestra alma, serán alegrías aún más inefables que los lazos que hubo aquí de la carne, las que nos proporcione la amistad santa, y el trato con los Santos. En este mundo no podemos comprender esto, pero ya os he dicho que en la otra vida cambiará por completo nuestra mentalidad. Allí veremos clarísimamente que no hay más fuente de bondad, de belleza, de amabilidad, de felicidad que Dios Nuestro Señor, en el que se concentra la plenitud total del Ser, y según el amor a Él será ordenado el nuestro, aquí, señores, algo confuso.
Oh Virgen María y San José, bendecid nuestras familias y alcanzadnos de vuestro Hijo, nuestro Señor Jesucristo, la gracia de la conversión de su corazones a Cristo y, en especial la gracia de la perseverancia final, al fin de que todos puedan gozar de la beatitud eterna en el cielo.
Y, en consecuencia lógica, aquellos seres, aquellas criaturas que estarán más cerca de Dios contribuirán a nuestra felicidad más todavía que los miembros de nuestra propia familia. De manera que el contacto y la compañía de los Santos –que están más cerca de Dios– nos producirá un gozo mucho más intenso todavía que el contacto y la compañía de nuestros propios familiares. Que cada uno piense ahora en los Santos de su mayor devoción e imagine el gozo que experimentará al contemplarles resplandecientes de luz en el cielo y entablar amistad íntima con ellos.
Pero más todavía que por el contacto y amistad con los Santos, quedará beatificada nuestra alma con la contemplación de los ángeles de Dios, criatura bellísimas, resplandecientes de luz y de gloria. Dice Santo Tomás de Aquino, y lo demuestra de una manera categórica, que los ángeles del cielo son todos específicamente distintos. Lo cual quiere decir que no hay más que uno solo de cada clase. Imaginaos, por ejemplo, que en el reino animal no hubiera en todo el mundo más que un solo caballo, un solo león, un solo toro, un solo elefante, etc., etc.; uno solo de cada clase. Pues esto, exactamente, es lo que ocurre con los ángeles: cada uno de ellos constituye una especie distinta dentro del mundo angélico, a cuál más hermosa, a cuál más deslumbradora, pero totalmente diferente de todas las demás. No hay dos ángeles iguales. La contemplación del mundo angélico, con toda su infinita variedad, será un espectáculo grandioso, señores. Sabemos por la Sagrada Escritura que los ángeles, a pesar de su diversidad específica individual, se agrupan en nueve coros o jerarquías angélicas, que reciben los nombres de ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines. Lo dice la sagrada Escritura, señores, lo ha revelado Dios, no son sueños fantásticos de un poeta. La contemplación de esas nueve jerarquías angélicas, con el número incontable de ángeles distintos que forman parte de cada una de ellas, será un espectáculo maravilloso, sencillamente fantástico, del que ahora no podemos formarnos la menor idea.
Mil veces por encima de los ángeles, la contemplación de la que es Reina y Soberana de todos ellos nos embriagará de una felicidad inefable ¡Qué será cuando la veamos personalmente a Ella misma “vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” como la vio el vidente del Apocalipsis! Nos vamos a volver locos de alegría cuando caigamos a sus pies y besemos sus plantas virginales y nos atraiga hacia Sí para darnos el abrazo de madre y sintamos su Corazón Inmaculado latiendo junto al nuestro para toda la eternidad.
Oh, Virgen María, toda la naturaleza llamada en tu persona a subir a la cima de todos los honores, es ensalzada al brillar con gloria tan grande; Oh, Virgen castísima y purísima ¿A dónde vas, con la agilidad bienaventurada, más resplandeciente que luz de aurora y de mayor claridad que el sol? Oh, Reina triunfadora, vuelve tus ojos a nosotros, para que con tu protección consigamos la patria la patria dichosa del cielo.
Pero ¿quién podrá describir, lo que experimentaremos cuando nos encontremos en presencia de Nuestro Señor Jesucristo, cuando veamos cara a cara al Redentor del mundo, con los cinco luceros de sus llagas en sus manos, en sus pies y en su divino Corazón? Cuando caigamos de rodillas a sus pies y cuando Él nos incorpore para darnos su abrazo de Buen Pastor y nos diga con inefable dulzura: “Pobre ovejita mía, ¡cuántas veces te extraviaste fuera del redil de tu Pastor alucinada por el mundo, el demonio y la carne! Pero yo morí por ti, yo rogué por ti al Eterno Padre, y ahora te tengo ya en mi aprisco para toda la eternidad”. El gozo que experimentaremos entonces es absolutamente indescriptible.
Oh, llagas de profundidad insondable del divina Sabiduría; Oh dulzura del Corazón atravesado que por sólo mirarlo extasía; Oh, deliciosas llagas de tus pies y manos que nos enamoran; Oh, Cristo, verdadero Esposo de nuestras almas, haznos saborear en esta vida una prenda de la locura de amor que tienes reservada a tus elegidos y llámanos tu lado tras un tránsito de amor, raptando nuestra alma.
LA GLORIA ESENCIAL
El panorama que hemos contemplado hasta aquí, es verdaderamente magnífico y deslumbrador. Y, sin embargo, todo esto constituye únicamente lo que llamamos en teología la gloria accidental del cielo: la gloria accidental del cuerpo y la gloria accidental del alma. Todavía no os he dicho ni una sola palabra de la gloria esencial. Lo que hemos visto hasta ahora no es más que una antesala; no hemos entrado todavía en el salón del trono. Porque lo que constituye la gloria esencial del cielo es lo que llamamos en teología la visión beatífica, o sea, la contemplación facial, cara a cara, de la esencia misma de Dios.
Imposible, señores, hacer una descripción de la visión beatífica. No tenemos, acá en la tierra, ningún punto de referencia para establecer una semejanza o analogía. Pero a la luz de la teología católica voy a hacer un esfuerzo para daros una idea remotísima, palidísima, de aquella inefable realidad.
Desde niños hemos cantado todos el Himno Eucarístico con aquella preciosa estrofa: “Dios está aquí…”, aludiendo al Sacramento adorable de la Eucaristía. Pero, también desde niños, sabemos todos por el catecismo que Dios está en todas partes. Dios está en la Eucaristía y fuera de ella. En la Eucaristía está de una manera especial –sacramentado–, pero fuera de la Eucaristía está en todo cuanto existe, en todos los seres y lugares de la creación, por esencia, presencia y potencia.
Dios lo llena todo. Dios es inmenso. Está dentro de nosotros y delante mismo de nuestros ojos, pero sin que le podamos ver en este mundo, ¿Sabéis por qué no podemos ver a Dios en este mundo a pesar de que lo tenemos delante de nuestros ojos? Os vais a quedar estupefactos creyendo que os quiero gastar alguna broma. No le vemos, sencillamente porque está la luz apagada. Aun a las dos de la tarde, y a pleno sol, está la luz apagada para ver a Dios. Os voy a explicar este misterio.
Imaginaos el caso de un turista que, en una noche cerrada y oscura, sin luna, con densas nubes que ocultan hasta el débil resplandor de las estrellas, se acerca a la montaña más alta del mundo, el monte Everest, que tiene cerca de nueve mil metros de altura. Y para contemplar aquella inmensa montaña en aquella noche tenebrosa se le ocurriese encender una cerilla. Diríamos todos que se había vuelto loco, porque una cerilla no tiene suficiente luz para iluminar aquella inmensa montaña, la mayor del mundo.
Pues algo parecido, señores, nos ocurre en este mundo con relación a la visión directa e inmediata de Dios. Para iluminar a Dios, la luz del sol es incomparablemente más pequeña y desproporcionada que la de una cerilla para iluminar el monte Everest; ¡sin comparación!
Oh Dios que todo lo penetras a quien nada se le esconde, concédenos colirio para los ojos de nuestra alma, multiplica nuestra fe y haz que siempre tengamos presente con el mayor anhelo la gloria que has reservado para tus predestinados, y danos todas las gracias para que, un día, cuando Tú lo hayas decidido en libro de nuestras vidas, podamos contarnos, llenos de dicha, entre ellos.
Para ver a Dios, señores, hace falta una luz especial, especialísima, que recibe en teología el nombre de lumen gloriae: la luz de la gloria. Los teólogos que me escuchan saben muy bien que el lumen gloriae no es otra cosa que un hábito intelectivo sobrenatural que refuerza la potencia cognoscitiva del entendimiento para que pueda ponerse en contacto directo con la divinidad, con la esencia misma de Dios, haciendo posible la visión beatífica de la misma. Si Dios encendiese ahora mismo en nuestro entendimiento ese resplandor de la gloria, el lumen gloriae, aquí mismo contemplaríamos la esencia divina, gozaríamos en el acto de la visión beatífica, porque Dios está en todas partes, y si ahora no le vemos es porque nos falta ese lumen gloriae, sencillamente porque está apagada la luz.
¿Y qué veremos cuando se encienda en nuestro entendimiento el lumen gloriae al entrar en el cielo? Es imposible describirlo, señores. El apóstol San Pablo, en un éxtasis inefable, fue arrebatado hasta el cielo y contempló la divina esencia por una comunicación transitoria del lumen gloriae, como explica el Doctor Angélico. Y cuando volvió en sí, o sea, cuando se le retiró el lumen gloriae, no supo decir absolutamente nada (II Cor., XII, 4) porque: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el entendimiento humano es capaz de comprender lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (I Cor., II, 9).
San Agustín, y detrás de él toda la teología católica, nos enseña que la gloria esencial del cielo se constituye por tres actos fundamentales: la visión, el amor y el goce beatífico.
La visión ante todo. Contemplaremos cara a cara a Dios, y en Él, como en una pantalla cinematográfica, contemplaremos todo lo que existe en el mundo: la creación universal entera, con la infinita variedad de mundos y de seres posibles que Dios podría llamar a la existencia sacándoles de la nada. No los veremos todos en absoluto o de una manera exhaustiva, porque esto equivaldría a abarcar al mismo Dios, y el entendimiento creado ni en el cielo siquiera puede abarcar a Dios. Pero una variedad casi infinita de seres posibles, de combinaciones imaginables, las veremos en Dios maravillosamente. Y, desde luego, veremos todo cuanto existe: la creación universal entera. ¡Qué película cinematográfica! ¡Qué espectáculo tan deslumbrador contemplaremos en la esencia misma de Dios!
Oh, Dios mío, dilata nuestros corazones y extasíanos de tu amor, hasta morir de amor en tu seno; incrementa nuestro deseo de glorificarte aquí, y eternamente en el cielo, y no nos permitas jamás que pequemos, y cuando nos llames a tu presencia, sumérgenos en el océano insondable de la tu esencia divina, y entonces nuestra alma experimentará unos deleites tan inefables.
Y ese espectáculo fantástico durará eternamente, sin que nunca podamos agotarlo, sin que se produzca en nuestro espíritu el menor cansancio por la continuación incesante de la visión. En este mundo nos cansamos enseguida de todo, porque el espíritu está pronto, pero la carne es flaca y desfallece con facilidad. Imaginaos en este mundo una fantástica película cinematográfica, un grandioso espectáculo que durase ocho días seguidos, sin un momento de descanso.
LA VISIÓN, EL AMOR, EL GOZO
No lo resistiríamos. En este mundo nos cansamos, porque el cuerpo es pesado, necesita descanso, y arrastra en su pesadez al alma.
Pero como en el cielo el cuerpo seguirá en todo las vicisitudes del alma –como os expliqué antes–, no habrá posibilidad alguna de cansancio, y, por lo mismo, no nos cansaremos jamás de contemplar aquel espectáculo maravilloso de variedad infinita. Dad rienda suelta a vuestra imaginación, que os quedaréis siempre cortos. ¡Qué película tan fantástica para toda la eternidad!
El segundo elemento de la gloria esencial del cielo es el amor. Amaremos a Dios con toda nuestra alma, más que a nosotros mismos. Solamente en el cielo cumpliremos en toda su extensión el primer mandamiento de la Ley de Dios, que está formulado en la Sagrada Escritura de la siguiente forma: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Solamente en el cielo cumpliremos este primer mandamiento con toda perfección y, en su cumplimiento, encontraremos la felicidad plena y saciativa de nuestro corazón. El amor de Dios, y el nuestro a Él en el cielo, se hará imprescindible, irresistible y determinante, en él respiraremos y viviremos. Esta es la verdad de la vida afectiva en el cielo, porque la conveniencia del Amante con la cosa amada es la primera fuente del amor, y esta conveniencia consiste en la correspondencia, la cual no es otra cosa que la mutua relación que hace a las cosas aptas para unirse, para comunicarse alguna perfección; pero como nostros no podemos perfeccionar nada en Dios, es Él que nos nos eleva a una cierta correspondencia, para que lo que es: Amor, se comunique a nuestro corazón y vivamos eternamente en un inefable éxtasis de amor. Una prenda podemos tener ya aquí, aunque allá la realidad es infinitamente mayor, pues El que desea de verdad el amor, de verdad lo busca; el que de verdad lo busca, lo encuentra; el que lo encuentra, ha encontrado la fuente de vida, de la cual sacará la salud del Señor.
Oh, Dios mío, que esta meditación entusiasme, conmueva, y avive la sed de ti, Jesús, mi Dios y Señor y de los bienes eternos, y despierta en nosotros la urgencia de entregarte todo nuestro corazón, teniendo los mismos sentimientos que Jesús. ¡Oh amar! ¡Oh morir a sí mismo! ¡Oh el vivir en Dios! ¡Oh el estar en Dios! ¡Oh Dios mío! lo que no es Vos, es nada para mí.
En tercer lugar, en el cielo gozaremos de Dios. Nos hundiremos en el piélago insondable de la divinidad con deleites inefables, imposibles de describir.
¿Habéis presenciado alguna vez, señores, un campeonato de natación en un club náutico? El trampolín se adelanta unos cuantos metros sobre el mar. Y el aspirante a campeón, cuando le dan la señal convenida, se lanza desde el trampolín y se hunde y desaparece bajo el agua. A veces transcurren varios minutos sin que se le vea aparecer por ningún lado, y cuando la gente que está contemplando la prueba desde la orilla comienza a contener con angustia la respiración creyendo que se ha ahogado, que ya no sale a la superficie, allá lejos aparece, por fin, el nadador y comienza a nadar con brazos vigorosos hasta alcanzar la orilla.
Pues algo parecido ocurrirá en el cielo. Ya podéis comprender, señores, que esto es una metáfora, pero una metáfora que encierra una realidad sublime. Nos subirán, por decirlo así, a un gran trampolín, y desde aquella atalaya contemplaremos el océano insondable de la divinidad: aquel mar sin fondo ni riberas, que es la esencia misma de Dios, en el que está condensado todo cuanto hay de placer, y de riquezas, y de alegría, y de belleza, y de bondad, y de amor, y de felicidad embriagadora. Todo cuanto puede apetecer y llenar el corazón humano, pero en grado infinito. Y cuando nos digan: “¿Ves este espectáculo tan maravilloso y deslumbrador? Pues esto no es únicamente para que lo veas, esto no es para que lo contemples a distancia, sino para que lo goces, para que lo saborees, para que te hundas en él”. Y, efectivamente, nos lanzaremos al agua y nos hundiremos en el océano insondable de la esencia divina, y entonces nuestra alma experimentará unos deleites inefables, de los cuales en este pobre mundo no podemos formarnos la menor idea. Estará como embriagada de inenarrable felicidad, casi incómoda a fuerza de ser intensa. Y para colmo de todo nos daremos cuenta que aquella felicidad embriagadora no terminará jamás; durará para siempre, para siempre, para toda la eternidad, mientras Dios sea Dios.
Cuando el dulce Cazador me tiró y dejó rendida, en los brazos del amor mi alma quedó caída, y cobrando nueva vida de tal manera he trocado, que es mi Amado para mí, y yo soy para mi Amado.
Hirióme con una flecha enherbolada de amor, y mi alma quedó hecha una con su Criador; ya yo no quiero otro amor, pues a mi Dios me he entregado, y mi Amado es para mí, y yo soy para mi amado.
Señores: Estamos a tiempo todavía. Esta meditación del cielo que acabo de resumir brevísimamente es de los más alentadores, de los más estimulantes para decidirse a vivir cristianamente, cueste lo que cueste. ¡Lo que pierden los pobres pecadores, señores! Si alguno, después de haber meditado esto, resiste a la gracia y se vuelve todavía del lado de las cosas del mundo y sus placebos de felicidad, del demonio y de la carne, y llega a condenarse para toda la eternidad, estas palabras resonarán trágicamente en sus oídos en el infierno, y se dirá a sí mismo, en medio de una espantosa desesperación: “¡Imbécil de mí, que me lo dijeron a tiempo! ¡Me lo dijeron a tiempo! Pero pudo más aquella mala mujer, pudo más aquel dinero mal adquirido, pudo más aquel odio y aquel rencor, aquella afición, aquellos numerosos falsos dioses. ¡No quise confesarme! Morí impenitente. ¡Imbécil de mí, que me lo dijeron a tiempo! Podría estar ahora mismo en el cielo, embriagado de una felicidad inenarrable. Y ahora estoy condenado para toda la eternidad”.
Estamos a tiempo todavía. Os hablo en nombre de Cristo. No soy más que un pobre altavoz, un pobre misionero de Cristo. Volveos a Él, que os espera con su infinito amor y misericordia. Cristo os espera con los brazos abiertos. Aunque le hayáis escupido, aunque le hayáis blasfemado, aunque hayáis pisoteado su sangre, auqneu aún no le hayáis entregado el corazón. Hoy, como en la cima del Calvario, nos mira a todos con infinita compasión y dice: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. “Hoy mismo –si quieres– estarás conmigo en el Paraíso”. Invocad a María, vuestra dulce Madre: “Hijo, ahí tienes a tu Madre”. Evitad la espantosa desesperación eterna, que os haría clamar inútilmente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” “¡Tengo sed!” Tengo sed de salvar vuestras almas. ¡Venid todos a mi Corazón para que pueda lanzar otra vez mi grito de triunfo: “Todo está cumplido”! Os prometo mi ayuda durante la vida y la gracia soberana de la perseverancia final para que podáis exclamar en vuestros últimos momentos: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Con lo cual, vuestra muerte cristiana será para vosotros el término de esta vida de lágrimas y de miseria y la entrada triunfadora en la ciudad de los bienaventurados, donde seréis felices para siempre, para toda la eternidad. Así sea.
Un alma en Dios escondida ¿qué tiene que desear, sino amar y más amar, y en amor toda escondida tornarte de nuevo a amar? Un amor que ocupe os pido, Dios mío, mi alma os tenga, para hacer un dulce nido adonde más la convenga.
SOBRE LA VIRGINIDAD: 16. DEBE LA VIRGEN HUIR LOS EXTREMOS Y JUNTAR LA SENCILLEZ CON LA PRUDENCIA.
DEBE LA VIRGEN HUIR LOS EXTREMOS Y JUNTAR
LA SENCILLEZ CON LA PRUDENCIA
Uno es, en verdad, el camino, angosto y trillado, camino que no admite desviaciones a ninguno de los dos lados y ofrece al que se aparta de él, en cualquier sentido, el mismo peligro de caer. Y si esto es así, preciso es enderezar la conducta de muchos, que, si batallan con bizarría en contra de los placeres más vergonzosos por un lado, por otro van a caza del deleite encerrado en los honores y en la ambición.
Se asemejan los tales con su conducta a un siervo que, deseando alcanzar la libertad, no pusiera diligencia en sacudir su esclavitud, sino que cambiase de dueño, poniendo la libertad en la continua diversidad de los amos. Porque todos son de igual manera esclavos mientras haya alguna fuerza que los tenga sojuzgados con poder tiránico, aunque no los dominen unos mismos dueños. Los hay también, a su vez, que en esta ruda lucha contra los placeres se muestran bravos combatientes contra el enemigo, pero en el curso normal de la vida ordinaria fácilmente son sorprendidos y con dificultad salen sin daño en los dolores, en las perturbaciones del alma, en los deseos de venganza y en cuantas pasiones son contrarias a la del placer. Y esto sucede cuando no es la razón conforme a virtud, sino alguna pasión la que rige el curso de la vida.
Claro es por demás el precepto del Señor, y tal que ilumina aun los ojos de los niños balbucientes: Es bueno, dice, adherirse a sólo Dios . Puesto que Dios no es dolor, ni placer, ni temor, ni audacia, ni miedo, ni ira, ni pasión alguna semejante, que tiranice al alma inculta, sino es sabiduría pura, como dice el Apóstol; es santidad, verdad, alegría, paz y todas las cosas de este género. ¿Y cómo puede estar adherido a quien es todas estas cosas el que está dominado por las contrarias? ¿No será, acaso, un contrasentido que quien se esfuerza por no estar sometido a una de estas pasiones tome por virtud a la contraria? Por ejemplo: huir el placer y dejarse dominar por la tristeza, esquivar la audacia y la temeridad y juntamente amilanarse con el miedo, o luchar por no sucumbir a la ira y quedar sobrecogido por el temor.
¿Qué más da descaecer de la virtud en un sentido o en otro, o mejor dicho, apartarse de Dios, que es la virtud absoluta? Porque tampoco en las enfermedades corporales dirá nadie que hay gran diferencia en que se pierda la salud por excesiva hambre o por inmoderada hartura, siendo en ambos casos uno mismo el término de aquellos extremos. En consecuencia, quien tiene cuidado de la vida y la salud del alma, se mantendrá dentro de la línea media de la verdad, permaneciendo sin mezclarse ni tomar parte en los contrarios, que por ambos lados acechan a la virtud. No es mía esta sentencia, sino voz divina.
Evidentemente pertenece este precepto a la doctrina del Señor, cuando instruye a sus discípulos para que, cuando se encuentren como ovejas en medio de lobos, no sean sólo palomas, sino lleven también algo de la naturaleza de las serpientes. Esto significa no extremar hasta el cabo la sencillez, que agrada a los hombres, pues tal actitud estaría rayana con la locura; ni tampoco creer que la habilidad y astucia, alabada de los más, es virtud pura y no ha de ser templada con sus contrarias; sino que es preciso combinar una conducta moderada con la mezcla de ambos extremos, quitando de un lado la irreflexión y de otro la prudencia para el mal, de manera que de ambos extremos resulte una obra perfecta, constituida por la sencillez del alma y la prudencia del espíritu; porque sed, dice, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas.
EL DOGMA DE LA PREDESTINACIÓN. BREVE HISTORIA (2/ 8)
Breve Historia del dogma de la Predestinación.
Unos breves rasgos que nos enseñan que lo que afirmó las Sagradas Escrituras se mantuvo desde el principio de la edad post apóstólica:
Cirilo de Jerusalén pone de relieve que nadie está predestinado al mal, ni es malo por naturaleza, y que se llega a la gracia de la adopción por libre decreto de Dios (Catech. 7,13: PG 33,620). En S. Gregorio Nacianceno (Oratio 37,13: PG 36,297) y más en particular en S. Juan Crisóstomo (In Ep. ad Romanos hom. 16,5: PG 60,554) y Cirilo de Alejandría (In Ep. ad Rom. 8,30: PG 74,828 ss.) queda mejor definida la tesis de la voluntad salvífica universal y de la predestinación: Dios -afirman- da siempre su gracia a los predestinados, a quienes llamó de antemano.
Entre los escritores latinos, aparece claramente afirmado el hecho de la predestinación divina en S. Hilario de Poitiers (In psal. 64,5: PL 3,415) y más particularmente en S. Ambrosio (De fide 5,6,83: PL 16,665).
San Agustín constituye aquí, como en otros problemas, un capítulo aparte, y tiene dentro de la patrística una importancia singular, análoga a la que, sobre este punto, tiene S. Pablo en la doctrina bíblica. Son innumerables los lugares en que trata este problema (ver especialmente: Expositio quorumdam propositionum ex Epist. ad Romanos: PL 35,2063 ss.; De diversis quaestionibus ad Simplicianum, 11: PL 40,101 ss.; Contra duas Epist. Pelagianorum, lib. 4: PL 44,594 ss.; Contra Julianum: PL 44,641 ss.; Enchiridion: PL 40,231 ss.; De gratia et libero arbitrio: PL 44,881 ss.; De correptione et gratia: PL 44,915; De praedestinatione Sanctorum: PL 44,953 ss.; De dono perseverantiae: PL 45,993 ss.; Contra Julianum opus imperfectum: PL 45,1049 ss.; Epistolae: PL 33,194 y 874 ss.; 214,967 ss.; 215,971 ss.; 217,978 ss.; 225,1003 ss.; 226,1007 ss.); y son muchas también, y no siempre uniformes, las interpretaciones que se han hecho de su pensamiento.
Según S. Agustín la predestinación a la salvación entraña dos elementos: la presciencia y la preparación de los medios sobrenaturales (gracias), que conducen a la salvación. Esta predestinación es libre por parte de Dios y fruto de su amor misericordioso. Es igualmente infalible, pero no excluye la libertad del hombre, sino que, al contrario, la hace posible.
Santo Tomás insistió en la absoluta independencia del acto predestinante, con su teoría del imperio, como acto del entendimiento. Duns Escoto y los ocamistas pretendieron conjugar ambos elementos: gratuidad e independencia por parte de Dios y valor de los actos del hombre.
Lógica general, y 19/19. Del silogismo sofístico.
Artículo VI. Del silogismo sofístico.
Aunque las palabras sofisma y falacia suelen usarse indistintamente por los lógicos, se diferencian, sin embargo, en rigor metafísico; porque la segunda incluye el ánimo o intención de hacer abrazar una cosa falsa, mientras que el sofisma es un vicio de la argumentación en virtud del cual ésta concluye falsamente. [111]
La forma, la dicción, las cosas, son las tres fuentes de donde pueden nacer los sofismas: ex forma, ex dictione, ex rebus. Omitiendo los relativos a la forma, como incluidos en las reglas del silogismo, trataremos con brevedad de los restantes.
A) Los sofismas principales ex dictione son:
a) Equivocación, llamada por los griegos homonymia, y es la significación diversa de un mismo nombre. Esta diversidad de significación puede verificarse: 1º porque el nombre significa varias cosas diferentes, como perro respecto del animal doméstico, y de la constelación así denominada: 2º cuando tiene dos significados uno propio y otro metafórico: 3º cuando significa una cosa directamente y otra indirectamente y en virtud de cierta relación con la significación directa, como sucede en la palabra peccatum,tomada por san Pablo por la hostia ofrecida por el pecado, cuando escribe de Cristo: Qui non noverat peccatum, pro nobis pecatum fecit.
b) La anfibología es como una equivocación de toda la oración, según que ésta puede significar cosas diferentes, aunque cada palabra de por sí tenga significación determinada. Sabido es el ejemplo que cita Cicerón: Ajo te AEacida, Romanos vincere posse.
c) Sentido compuesto y diviso, o sea transito a sensu composito ad divisum vel e contra. Ejemplo: el que está sentado no puede andar; es así que Pedro está sentado: luego no puede andar.
d) De accento se dice el sofisma cuando se cambia la significación del término cambiando el acento, como si en una premisa se pone occido largo y en otra breve.
e) El sofisma de figura de dicción consiste en tomar una dicción simple o compuesta en sentido diverso de aquel en que se anuncia, como cuando los judíos entendieron del templo de Jerusalén, lo que Jesucristo dijo de su cuerpo: Solvite templum hoc, et in tribus diebus excitabo illud.
B) Los principales sofismas ex rebus o, como algunos lo llaman, de pensamiento, son:
a) De accidente: cuando se hace tránsito de lo que conviene accidentalmente a la cosa, o lo que le conviene [112] esencialmente, o viceversa, v. gr.: el hombre es especie; es así que Pedro es hombre: luego es especie.
b) A simpliciter ad secundum quid vel e converso: cuando de un predicado que conviene simpliciter al sujeto, se deduce otro que solo le conviene secundum quid, o viceversa, y también cuando se pasa del sentido hipotético al absoluto. Ejemplo del primero: el etíope es negro: luego no es blanco en cuanto a los dientes. Ejemplo del segundo: si el pecador no hace penitencia perecerá; es así que Pedro es pecador: luego perecerá.
c) Ignorancia del elenco: tiene lugar en dos modos: 1º cuando se presentan como contradictorias cosas que no lo son realmente, v. gr.: Dios es impasible, es así que Cristo padeció: luego no es Dios: 2º cuando no se prueba la tesis que se debiera probar, sino otra que tiene relación con ella, como si para probar que el calor no es una realidad objetiva o fuera de nosotros, arguyera alguno con los cartesianos: «El calor no lo sienten más que los cuerpos dotados de sensibilidad; es así que los cuerpos calientes no tienen sensibilidad: luego el calor no está en los objetos, sino en el alma que lo experimenta».
d) Petitio principii: puede suceder de tres modos: 1º si se toma como medio para la prueba, la misma tesis que se trata de probar, aunque sea modificando algo los términos materiales: 2º si se toma como per se nota la proposición que no lo es realmente: 3º si se toma para probar una proposición otra tan desconocida y dudosa como la que se trata de probar con ella. Si la petición de principio tiene lugar probando dos proposiciones la una por la otra recíprocamente, como si alguno probara que Platón fue discípulo de Sócrates, porque Sócrates fue maestro de Platón, entonces recibe el nombre de círculo vicioso.
e) Consecuentis: tiene lugar cuando se arguye como si hubiera reciprocidad o ilación entre cosas que realmente no la tienen, como cuando en el silogismo condicional se pasa de la negación del antecedente a la negación del consiguiente, diciendo: Si Pedro corre, se mueve; es así que no corre: luego no se mueve. [113]
f) Non causae ut causae: cuando un efecto se supone proceder de una causa de la cual no procede en realidad. Ejemplo: algunos sacerdotes católicos son inmorales: luego el catolicismo induce a inmoralidad. Las pasiones y no el catolicismo son causa de que algunos sacerdotes tengan costumbres relajadas. Este sofisma, así como la petición de principio, se presentan con bastante frecuencia en libros y conversaciones, como reconocerá un observador atento.
g) Interrogationis: cuando se mezclan y confunden varias preguntas diferentes y hasta contrarias para deducir alguna cosa falsa o absurda, de la respuesta relativa a alguna de las preguntas.
Escolio
Casi todos los sofismas lo son porque constituyen un silogismo compuesto de cuatro términos, según es fácil observar en la equivocación, sentido compuesto y diviso, accidente, &c. Exceptúase la petición de principio que contiene sólo dos términos. De aquí podemos inferir que los sofismas, bien sean ex forma, o ex dictione, o ex rebus, en tanto son sofismas, en cuanto que faltan contra la primera regla del silogismo, o por exceso, o por defecto.
RESPUESTA A LA PREGUNTA DE LA SEMANA
La siguiente pregunta se encuentra en el menú de la derecha
PREGUNTÁBAMOS:
¿Deben creerse las revelaciones que revelan nuevamente lo ya revelado? y dábamos 3 opciones:
- Sí.
- No sé.
23% han respondido: Sí, errando.
69% han respondido: No, estando en la verdad.
8% han respondido No sé.
La respuesta correcta es:
La Opción: No
¿ Por qué?
Responde San Juan de la Cruz, , proclamado Doctor de la Iglesia por el papa Pío XI, en 1926, en la cuestión 14 del Camino Seguro para la Unión del Alma con Dios:
Pregúntandose San Juan de la Cruz ¿se deben creer las revelaciones que revelan de nuevo las cosas ya reveladas? Responde:
- No obstante, ¿se deben creer las revelaciones que revelan de nuevo las cosas ya reveladas?
Por la pureza del alma, a la que conviene mantener en fe, es conveniente que, aunque se le revelen de nuevo las cosas ya reveladas, no se crean porque entonces se revelan de nuevo, y ya fueron de sobra reveladas a la Iglesia. {Libro segundo, capítulo XXVII}
Y prosigue, como buen pastor ue no quiere el extravío de las almas, insistiendo:
- Entonces, ¿tampoco a éstas hay que prestar nuestro consentimiento?
Por contra, hay que cerrar el entendimiento a ellas y arrimarse con sencillez a la doctrina de la Iglesia y su fe, que, como dice san Pablo, Rom 10, 17, entra por el oído, y no dar crédito ni emplear el entendimiento en estas cosas de la fe reveladas de nuevo, por más justas y verdaderas que parezcan, si no se quiere ser engañado. {Libro segundo, capítulo XXVII}
- No entiendo el porqué, si enseñan la verdad.
Porque el demonio, para ir engañando e introduciendo mentiras, primero atrae con el cebo de verdades y cosas verosímiles para que se crea; y luego engaña, igual que la hebra del que cose cuero, pues primero entra la hebra tiesa y después tras ella el hilo flojo, que no podría entrar si la hebra no le sirviera de gula. Y que se ponga mucho cuidado en esto. {Libro segundo, capítulo XXVII}
- ¿Hay alguna otra razón importante para poner mucho cuidado en estas revelaciones nuevas que revelan lo ya revelado?
Porque aunque de verdad no hubiese peligro de engaño, le conviene mucho al alma no querer entender cosas claras sobre la fe para conservar puro y entero el valor de esta y también para llegar en esta noche del entendimiento a la luz divina de la divina unión. {Libro segundo, capítulo XXVII}
- ¿Puede darnos algún ejemplo de las Sagradas Escrituras?
Es tan importante esto de acercarse con los ojos cerrados a las profecías pasadas cuando ocurre cualquier revelación nueva, que, aunque el apóstol san Pedro viera de alguna manera la gloria del Hijo de Dios en el monte Tabor, a pesar de ello, en su epístola canónica, 2Pe 1, 19, dijo estas palabras: Et habernus firinioreni propheticuin serrnonern: cui benefticitis attendentes, etc.; y es como si dijera: «Aunque es cierta la visión que de Cristo tuvimos en el monte, más firme y cierta es la palabra de la profecía que nos fue revelada, a la que hacéis bien en arrimar vuestra alma.» {Libro segundo, capítulo XXVII}

- ¿Puede resumir, pues, lo que debe hacer el alma pura, cauta, sencilla y humilde ante estas revelaciones de las que estamos hablando ahora?
Si es cierto, por las causas ya dichas, que es conveniente cerrar los ojos a las revelaciones ya citadas, que tratan sobre las proposiciones de la fe, ¿cuánto más necesario no será no admitir ni dar crédito a las demás revelaciones sobre cosas diferentes, en las que el demonio normalmente tanto mete la mano, que tengo por imposible que no se engañe mucho en ellas quien no procure desecharlas, siendo tanta la apariencia de verdad y la firmeza que el demonio pone en ellas?. Porque junta tanta apariencia de verdad y conveniencias para que se crean, y las coloca con tanta fijeza en el sentido y la imaginación…
SOBRE LA VIRGINIDAD: 15. CUALQUIER MANCHA ES UN PELIGRO PARA LA VIRGINIDAD.
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CUALQUIER MANCHA ES UN PELIGRO PARA LA VIRGINIDAD
En nuestra vida son innumerables los senderos que conducen al pecado, y de muchas maneras nos significa esto la Sagrada Escritura. Porque son muchos, dice, los que me persiguen y me atribulan y muchos los que me combaten desde lo alto , y lo mismo declara en otros textos semejantes.
Así que quizás se podría con propiedad decir que son muchos los que nos atacan con espíritu adúltero, pretendiendo corromper este matrimonio verdaderamente noble y este tálamo inmaculado. Y si queremos enumerar con su propio nombre a los tales, adúltera es la ira, adúltera la avaricia, adúlteras la envidia, la venganza, la enemistad, la celotipia, el odio; todas las cosas, en fin, que el Apóstol enumera como contrarias a la sana doctrina, constituyen un catálogo de adúlteros.
Supongamos, pues, una mujer hermosa y apasionante, a quien por sus prerrogativas toma el rey por esposa. Unos libidinosos le ponen asechanzas por su belleza. Mientras desdeñe a cuantos la acechan para corromperla y descubra el enredo a su legítimo esposo, se conservará honrada y solamente servirá a un esposo, sin conceder lugar ninguno a las torpes aspiraciones de los lascivos. Pero, si consiente con uno sólo de los solicitadores, no la librará del castigo la continencia que guarde con los demás. Para ser condenada basta la profanación del tálamo por parte de uno. Así el alma que vive para Dios no tiene que deleitarse en nada que engañosamente se le presente como hermoso, ya que, si mancha su corazón con algún deseo vicioso, pierde los derechos al matrimonio espiritual; y, como se dice en la Escritura, en el alma maliciosa no entrará la sabiduría.
Por el mismo motivo podremos decir con toda verdad que en el alma llena de ira, o de envidia, o de otro afecto semejante, no puede habitar el buen Esposo. Pues ¿qué reflexión armonizará lo que por su naturaleza es opuesto e irreconciliable? Oye al Apóstol, que asegura no poder compaginarse la luz con las tinieblas ni la justicia con la injusticia, y para decirlo brevemente, ninguno de los nombres que se aplican a Dios para la diferenciación de sus atributos con cuantas propiedades malas se pueden pensar contrarias a Él. Luego si es imposible la fusión de objetos desemejantes entre sí, también el alma enredada en el vicio es incapaz y refractaria para recibir la comunicación del bien.
¿Qué nos enseña todo esto? Que la virgen prudente y sensata debe abstenerse en absoluto de toda pasión que en alguna manera mancille el alma, y conservarse a sí misma pura para el Esposo, que la ha adoptado sin la menor mancha ni arruga ni cosa semejante.
SERMÓN DEL P. ALTAMIRA: VIGILIA DE NAVIDAD
SERMÓN DEL PADRE ALTAMIRA:
VIGILIA DE NAVIDAD
EL DOGMA DE LA PREDESTINACIÓN. SUMA TEOLÓGICA (1/ 8)
La predestinación es en el espíritu de Dios el plan de la conducción de este hombre o de este ángel al fin último sobrenatural. Y este plan, a la vez ordenado y querido por Dios, es el que desde toda la eternidad determina los medios eficaces que conducirán a este hombre o a este ángel a su fin último.
Vamos a tratar, pues, de un dogma de fe definida y de artículos relacionados, cuya negación supondría una herejía.
Errores más comunes.
Niegan el dogma de la predestinación, y otros, los pelagianos que buscan la razón de la predestinación solamente en las buenas obras naturales del hombre, evidentemente cometen un error de juicio sobre la naturaleza del cielo cristiano que es un destino totalmente sobrenatural. Puesto que lo pelagianos ponen toda la economía de la salvación en una base puramente natural, ven la predestinación en particular no como una gracia especial y mucho menos como la gracia suprema, sino como un premio por un mérito natural. Herejía extendida como una plaga entre los “católicos” de hoy.
La niegan también los semipelagianos, que despreciaban también la gratuidad y el carácter estrictamente sobrenatural de la felicidad eterna, puesto que atribuían el principio de la fe (initium fidei) y la perseverancia final (donum perseverantiœ) al ejercicio de los dones naturales del hombre y no a la iniciativa de prevención de la gracia. Herejía muy común entre los “católicos” practicantes.
Pero no son menos graves los errores los que caen un segundo grupo haciendo a Dios el único responsable de todo y anulando la libre cooperación de la voluntad para obtener la felicidad eterna. Esto es lo que hacen los que defienden el predestinacionismo, incorporado en su forma más pura al calvinismo y al jansenismo.
El proceso de la predestinación consiste en los siguientes cinco pasos: (a) la primera gracia de la vocación, especialmente la fe como el principio, fundamento y raíz de la justificación ;(b) unas ciertas gracias adicionales, gracias actuales, para lograr con éxito la justificación; (c) la justificación en si misma como principio del estado de gracia y amor; (d) la perseverancia final o al menos la gracia de una feliz muerte; (e) por fin, la admisión a la felicidad eterna.
Seguiremos, pues, el siguiente esquema, dedicando a cada capítulo un artículo:
- La Doctrina de la Predestinación en la Suma Teológica: Santo Tomás de Aquino
- Historia del dogma de la Predestinación. Patrología
- Magisterio de la Iglesia católica. Dezinger
- La síntesis tomista de la Predestinación: por Garrigou Lagrange
- Definición y razones de la Predestinación de S. Tomás: por Garrigou Lagranje.
- ¿Por qué razón Dios ha predestinado a éste y no a aquél? : por Garrigou Lagrange.
- El grandísimo riesgo del molinismo: Por H. Echevarría y otros.
- ¿Hay algún modo infalible de obtener la perseverancia final? Por Royo Marin.
Comencemos, pues, exponiendo la doctrina segurísima de Santo Tomás de Aquino, Doctor Común, esparcida en varios textos, de los que les presentamos los que nos han parecido más claros.
La doctrina sobre la predestinación en la Suma Teólogica
Santo Tomás de Aquino: Sobre la Predestinación,
Suma Teológica I, q 23 art 1 y 7
Artículo 1: Los hombres, ¿son o no son predestinados por Dios?
Objeciones por las que parece que los hombres no son predestinados por Dios:
1ª Objeción: Dice el Damasceno en el II libro: Hay que saber que Dios todo lo conoce de antemano, pero no todo lo predetermina. Pues de antemano conoce lo que hay en nosotros y no lo predetermina. Pero los méritos y deméritos humanos están en nosotros en cuanto que, por el libre albedrío, somos dueños de nuestros actos. Por lo tanto, lo que pertenece al mérito o demérito no está predestinado por Dios. Así, desaparece la predestinación de los hombres.
2ª Objeción:. Como se dijo (q.22 a.1 y 2), todas las criaturas están ordenadas a sus fines por la providencia divina. Pero de las otras criaturas no se dice que estén predestinadas por Dios. Luego tampoco hay que decirlo de los hombres.
3ª Objeción: Los ángeles, como los hombres, son capaces de ser felices. Pero a los ángeles, al parecer no les corresponde ser predestinados, pues en ellos nunca hubo miseria. Y Agustín dice que la predestinación es el propósito de apiadarse. Luego los hombres no son predestinados.
4ª Objeción: Los beneficios que Dios da a los hombres los da a conocer a los santos por el Espíritu Santo, tal como nos dice el Apóstol en 1 Cor 2,12: No recibimos el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que viene de Dios para que sepamos qué es lo que Dios nos concede. Por lo tanto, si los hombres fueran predestinados por Dios, como la predestinación es un don, la predestinación sería conocida por los predestinados. Y esto es falso.
Contra esto: está lo que se dice en Rom 8,30: A los que predestinó, a ésos llamó.
Respondo ( Santo Tomás): A Dios le corresponde predestinar a los hombres. Pues, como quedó demostrado (q.22 a.2), todo está sometido a la providencia divina. Y como también se dijo (q.22 a.1), a la providencia le corresponde ordenar las cosas al fin. Y el fin al que son ordenadas las cosas por Dios es doble. Uno, que sobrepasa la capacidad y proporción de la naturaleza creada, y este fin es la vida eterna, que consiste en ver a Dios, algo que sobrepasa la naturaleza de cualquier criatura, según quedó establecido (q.12 a.4). El otro fin es proporcionado a la naturaleza creada, y que puede alcanzar con sus fuerzas la misma naturaleza creada. Y aquello a lo que no puede llegar con la capacidad de su propia naturaleza, es necesario que le sea otorgado por otro, como la flecha necesita al arquero para llegar al blanco. Por eso, y hablando con propiedad, la criatura racional, capaz de llegar a la vida eterna, llega a ella como si le fuera transmitida por Dios. El porqué de dicha transmisión preexiste en Dios, como también en Él preexiste la razón del orden de todo al fin, que es la Providencia, como ya dijimos (q.22 a.1). La razón que, de algo que se va a hacer, hay en la mente del que lo va a hacer, es una determinada preexistencia que de lo que se va a hacer hay en él. Por eso, la razón de la predicha transmisión de la criatura racional al fin de la vida eterna se llama predestinación; pues destinar es enviar. Queda claro que la predestinación, en cuanto a los objetivos, es una parte de la Providencia.
A las objeciones:
Respuesta de Santo Tomás a la 1ª Objeción: El Damasceno llama predeterminación a la imposición de necesidad; como sucede en las cosas naturales, que están predeterminadas a algo fijo. Este sentido lo apoya lo que añade: Pues no quiere la malicia ni fuerza la virtud. Así, no queda anulada la predestinación.
Respuesta de Santo Tomás a la 2ª Objeción : Las criaturas irracionales no están capacitadas para aquel fin que sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana. Por eso no se dice propiamente que estén predestinados. Aun cuando a veces se abusa de la palabra predestinación para hablar de cualquier otro tipo de fin.
Respuesta de Santo Tomás a la 3ª Objeción : A los ángeles les corresponde ser predestinados como los hombres, aunque nunca hubiera habido miseria en ellos. Pues el movimiento no se especifica por el punto de partida, sino por el de llegada. Ejemplo: No importa que algo blanco, antes de ser blanco, haya sido negro, gris o rojo. De modo parecido, para ser predestinado no importa que alguien sea predestinado a la vida eterna saliendo de un estado de miseria o no. También puede decirse que conceder un bien superior al merecido es algo que pertenece a la misericordia, como ya dijimos (q.21 a.3 ad 2; a.4).
Respuesta de Santo Tomás a la 4 ª Objeción . Aun cuando por un privilegio especial a algunos se les revele su predestinación, sin embargo no es conveniente que se revele a todos, porque los predestinados se desesperarían, y la seguridad de ser predestinado podría parecer una negligencia.
Artículo 7: ¿Es o no es seguro el número de predestinados?
Objeciones por las que parece que no es seguro el número de predestinados:
1ª Objeción: No es segura una cantidad a la que se le puede añadir algo. Pero al número de predestinados se le puede añadir alguno, tal como se dice en Dt 1,11: Que el Señor Dios nuestro añada a este número muchos miles. Glosa: Esto es, el número establecido por Dios, que conoce a los suyos. Luego no es seguro el número de predestinados.
2ª Objeción: No se puede dar la razón de por qué Dios predetermina a los hombres para la salvación en un número más que en otro. Pero Dios no dispone nada sin razón. Luego no es seguro el número preestablecido por Dios de los que se van a salvar.
3ª Objeción. El obrar de Dios es más perfecto que el obrar de la naturaleza. Pero en las obras de la naturaleza es más frecuente encontrar lo bueno que lo defectuoso y lo malo. Así, pues, si Dios fuera quien determinara el número de los que se van a salvar, serían más los que se iban a salvar que los que se iban a condenar. Lo contrario se deduce de Mt 7,13s.: Ancho y espacioso es el camino que lleva a la perdición; y son muchos los que entran por él. Estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida; y son pocos los que la encuentran. Luego el número de los que se van a salvar no está predeterminado por Dios.
Argumento de Autoridad: Contra esto ( es decir, contra las objeciones): está lo que dice Agustín en el libro De Correptione et Gratia: Es seguro el número de los predestinados; nadie lo puede aumentar, nadie lo puede disminuir.
Respondo ( Santo Tomás): Es seguro el número de los predestinados. Algunos sostuvieron que era seguro formalmente, pero no materialmente. Es como si dijéramos que es seguro que se salvarán cien o mil, pero no que sean éstos o aquéllos. Pero esto anula la certeza de la predestinación, de la que ya hemos hablado (a.6). En este sentido, hay que decir que el número de los predestinados es seguro tanto formal como materialmente.
Pero hay que advertir que se dice que en Dios es seguro el número de los predestinados no sólo por razón del conocimiento, es decir, porque sepa cuántos son los que se han de salvar (pues en este sentido conoce también el número de gotas de lluvia o de granos de arena del mar); sino por razón de elección y de una determinada selección. Para demostrar esto, hay que tener presente que todo agente tiende a producir algo finito, tal como consta en lo dicho anteriormente sobre lo infinito (q.7 a.4). Ahora bien, quien fija la proporción de su obra, escoge el número de lo que constituirá las partes esenciales, que, en cuanto tales, son necesarias para la perfección del conjunto. Pero no el número concreto de lo que no son partes esenciales y que sólo son necesarias en función de las esenciales. Por eso escogerá unas en la medida en que le sirvan para las otras. Ejemplo: El arquitecto determina la capacidad de una casa y el número de habitaciones que va a tener, así como las medidas de las paredes o del techo. Pero no determina el número de piedras, sino que usa las necesarias para llevar a cabo lo propuesto. Así es como hay que razonar con respecto a la relación Dios-Universo (que es obra suya). De antemano fijó cuáles serían sus dimensiones y cuál el número más indicado de sus partes esenciales, esto es, las que de algún modo son perpetuas; cuántas esferas, cuántas estrellas, cuántos elementos, cuántas especies. Con respecto a los seres individuales perecederos, éstos no están ordenados al bien del universo como partes esenciales, sino como algo secundario, es decir, en cuanto en ellos se salva el bien de la especie. Por eso, aun cuando Dios conoce el número de los seres individuales, sin embargo, el número de bueyes o de mosquitos o de otras cosas no es predeterminado por Dios; sino que, de todo, la providencia divina produce lo suficiente para la conservación de las especies.
Entre todas las criaturas, las que principalmente están ordenadas al bien del universo son las racionales, que, en cuanto tales, son incorruptibles. De entre ellas, de modo especial, las destinadas a la bienaventuranza, que son las que alcanzan el último fin de un modo más inmediato. Por lo tanto, el número de los predestinados es seguro para Dios, y no sólo como algo conocido, sino, principalmente, como algo previamente fijado.
No puede decirse lo mismo del número de los condenados, que parecen estar previamente ordenados por Dios al bien de los elegidos, para quienes todo coopera para el bien. Respecto a cuál es el número de todos los hombres predestinados, algunos dicen que se salvarán tantos cuantos ángeles cayeron. Otros, que tantos cuantos ángeles no cayeron. Otros, que tantos cuantos ángeles cayeron y cuantos fueron creados. Es mejor decir que sólo Dios conoce el número de los escogidos para ser colocados en la más sublime felicidad.
A las objeciones:
Respuesta de Santo Tomás a la 1ª Objeción: Aquel texto del Deuteronomio hay que entenderlo de los establecidos por Dios con respecto a la justicia presente. Este es el número que aumenta o disminuye, no el de los predestinados.
Respuesta de Santo Tomás a la 2ª Objeción: La razón de cantidad de una parte hay que tomarla en su proporción con el todo. Así, en Dios la razón de que haya tantas estrellas o tantas especies de seres, y el número de predestinados, hay que tomarla de la proporción entre las partes principales y el bien del universo.
Respuesta de Santo Tomás a la 3ª Objeción: El bien proporcionado al estado común de la naturaleza está en muchos. La ausencia de este bien, en pocos. Pero el bien que sobrepasa el estado común de la naturaleza está en pocos. Su ausencia, en muchos. Por eso, podemos comprobar que los hombres dotados de inteligencia suficiente para orientar su propia vida, son muchos. Los que no la tienen, y que se llaman tontos o idiotas, son pocos. Pero con respecto a ambos, poquísimos son los que llegan a tener un conocimiento profundo de las cosas. Así, pues, como la felicidad eterna, consistente en la visión de Dios, sobrepasa el estado común de la naturaleza, y de modo especial por haber sido privada de la gracia por la corrupción del pecado original, pocos son los salvados. Y en esto se contempla la inmensa misericordia de Dios, que eleva hasta aquella salvación de la que muchos se ven privados por inclinación natural.
Lógica general 18/19. Del silogismo probable.
Artículo V. Del silogismo probable.
Así como la demostración es causa de la ciencia, así el silogismo probable, que es aquel cuyas premisas, o todas, o parte de ellas no son ciertas y evidentes, produce la opinión o asenso opinativo. De manera que la opinión viene a ser: el asenso del entendimiento a alguna cosa como verdadera, pero con temor de lo contrario. Este asenso y el temor que lo acompaña admite diferentes grados en relación con las razones o fundamentos que determinan el asenso, puesto que cuanto mayor sea el peso de éstas razones y fundamentos, más firme y estable será el asenso que resulte, y menor el temor de la [107] parte opuesta. La opinión, por lo tanto, puede concebirse como ocupando el espacio o distancia que media entre la duda y la certeza acerca de una cosa, acercándose más o menos a dichos extremos, según la condición de los fundamentos en que estriba, de donde resultan los varios grados de probabilidad en las opiniones.
Cuando la probabilidad relativa a una proposición estriba en el testimonio y autoridad de otros que afirman la verdad o probabilidad de la misma, se llama probabilidad extrínseca: cuando por el contrario damos asenso probable a una proposición en virtud de las razones que en su favor se alegan, o de las que nosotros descubrimos, se dice que hay probabilidad intrínseca: si se reúnen las dos clases de fundamentos, habrá probabilidad mixta. Es muy difícil determinar y medir los grados de probabilidad, especialmente cuando se trata de la extrínseca; sin embargo, expondremos más adelante algunas reglas con el objeto de facilitar este discernimiento.
Los lógicos suelen señalar algunos lugares comunes, de los cuales se pueden sacar medios y argumentos, a lo menos probables, para establecer o probar alguna proposición: y digo a lo menos probables, porque algunos de ellos pueden suministrar medios demostrativos. Éstos lugares se llaman tópicos por la razón indicada, y pueden reducirse a diez, que son:
a) A causis: cuando el efecto o alguna cosa perteneciente al mismo se prueba por sus causas, bien sean internas, como la formal y materia, bien sean externas, como la eficiente, la final y la ejemplar.
b) Ab effectu: cuando la causa de una cosa o algo perteneciente a aquella se prueba por el efecto. Hay algunos axiomas o principios que sirven de fundamento a los argumentos que se sacan de estos dos lugares; tales son entre otros: si hay efecto hay causa. Puesta la causa necesaria y total, se pone el efecto. Lo que es causa de la causa es causa de lo causado. Quitada la causa se quita el efecto. Pero nótese que en nuestro juicio algunos de estos principios, ni son axiomas, [108] ni siquiera verdaderos, a no ser que se tomen en sentido determinado y concreto. Así, por ejemplo, Dios, aunque es causa de la voluntad humana, no es causa del pecado que de la misma procede, y bajo este punto de vista no se verifica en sentido universal y absoluto la afirmación: quod es causa causae, est causa causati. Así también, aunque perezca el padre no perece por eso el hijo, ni por consiguiente se verifica que sublata causa tollitur effectus, axioma que sólo es verdadero: 1º si se entiende en el sentido de que la existencia del efecto presupone necesariamente la preexistencia de la causa: 2º Si se trata de aquellos efectos que dependen de alguna causa, no sólo en cuanto a recibir la existencia, sino en cuanto a su conservación.
c) A subjecto: cuando se prueba algo relativamente a las propiedades, o accidentes, por la condición del sujeto en que existen.
d) A definitione: cuando nos servimos de la definición del predicado o del sujeto para probar su conexión o repugnancia. Ésto debe entenderse de las definiciones accidentales, o de las descriptivas imperfectas, o incompletas, porque si se trata de definiciones esenciales, y aun de las descriptivas completas, suministran medio o argumento demostrativo. Hay algunos axiomas relativos a este medio, como son: Lo que conviene al género, conviene a la especie. Quitado el género, se quita la especie. Lo que se afirma o niega de la definición se afirma o niega del definido. Al que conviene la definición conviene el definido.
e) A divisione: cuando tomando por medio el todo probamos algo acerca de sus partes, o inferimos el todo de la enumeración de sus partes; o inferimos alguna parte de la exclusión o negación de las demás. Tiene como axiomas: Si existe el todo existe la parte. Si una cosa está en la parte, está en el todo. Excluidas o negadas todas las partes de una cosa, se excluye también el todo. Excluidas o negadas todas las partes de una cosa, se excluye también el todo. Excluidas las demás partes vale la consecuencia con respecto a la única que resta.
f) A contrariis: cuando de la afirmación o negación de un contrario inferimos algo acerca de otro, v. gr. La virtud es [109] digna de alabanza: luego el vicio merece vituperio. La contrariedad no se toma aquí en sentido riguroso, sino por cualquier género de oposición.
g) Ad adjunctis: cuando se toma argumento para probar alguna cosa, de la familia, lugar, tiempo, personas u otras circunstancias y condiciones de la misma.
h) A simili: cuando nos servimos de la semejanza o analogía para probar algo. La inmoralidad hizo perecer la república romana: luego también perecerán las nacionalidades que a ella se entreguen.
j) Ab auctoritate: cuando se prueba alguna cosa por el testimonio de los peritos en aquella materia. Sin perjuicio de lo que sobre la materia diremos después, el conveniente uso de este lugar, exige que se tenga presente: 1º si el autor que se alega es tenido por competente en aquella materia: 2º si ha examinado la cosa por sí mismo, o si solo se refiere al parecer o dicho de otros: 3º si ha examinado la cuestión ex profeso y detenidamente, o sólo por incidencia y ligeramente: 4º si se ha dejado llevar de preocupaciones, afectos o pasiones sobre la materia, lo cual puede conjeturarse teniendo en cuanta el carácter, profesión, costumbres, vida y demás condiciones del autor.
Corolarios
1º Luego es absurda e insostenible la opinión de Genovesi y otros que dicen que la probabilidad es uno de los grados de certeza. Ésta incluye en su concepto asenso firme, y la probabilidad excluye ésta firmeza, yendo acompañada de temor de que sea verdadera la parte contraria.
2º Luego la probabilidad y consiguientemente las opiniones están sujetas a mutación, si no in se, a lo menos quoad nos. La misma experiencia nos manifiesta que lo que antes nos parecía más probable, o viceversa, deja de serlo para nosotros, en virtud de nuevas razones o fundamentos que se nos presentan en pro o en contra. [110]
Escolio
La autoridad, que ocupa el último lugar en Filosofía, ocupa el primero y principal en la Teología; porque ésta, aunque hace uso de la razón y de las ciencias puramente naturales, tiene por materia principal las verdades reveladas que le sirven también de primeros principios para sus procedimientos racionales y científicos. En las ciencias filosóficas y naturales, cuyo objeto y cuyas verdades no son superiores a la razón humana, el raciocinio, la experiencia y la observación son los medios connaturales; y por lo mismo referentes para su constitución, demostraciones y desarrollo científico. Sin embargo, aunque en éstas ciencias, la razón debe ser preferida a la autoridad, debe concederse no poca importancia y peso a ésta: 1º porque los ingenios ordinarios y medianos no penetran la fuerza y peso de las razones alegadas por los autores: 2º porque cuando se trata de ciencias o de materias que nos son poco conocidas, exige la misma razón que tomemos en cuanta las palabras y sentencias de los sabios con respecto a aquellas materias. En resumen: la autoridad debe posponerse a la razón en las ciencias filosóficas, físicas y naturales, pero al propio tiempo la razón debe combinarse con la autoridad, la cual sirve en ocasiones para impedir los extravíos de la imaginación, y comunica a la razón cierta sobriedad en el juzgar.
