EL DOGMA DE LA PREDESTINACIÓN. EL GRAViSIMO RIESGO DEL MOLINISMO (7/ 8)
El grandísimo riesgo del molinismo: textos de varios autores
Sobre el premolinismo, debemos decir en perjuicio de la originalidad de las tesis defendidas por Luis de Molina –que básicamente suponen una defensa de la libertad humana en detrimento de la gracia divina– que las ideas a las que dotó de unidad sistemática, desde un primer momento habían marcado la orientación teológica que seguiría la Compañía de Jesús en materia de gracia y predestinación. Ya el propio San Ignacio aconseja en la regla 15ª: «No debemos hablar mucho de la predestinación por vía de costumbre…. ». Si bien San Ignacio concibe sus reglas para la Iglesia militante, teniendo en mente al enemigo protestante y su forma de hablar de la fe, en aquellas circunstancias, muy pronto los teólogos jesuitas llevaron el sistema a una solución invertida teológicamente. No se puede considerar bizantina esta cuestión, pues, hemos visto cuáles han sido las consecuencias de su concepción de la gracia. No es casual que el Vicario de Cristo, Clemente XIV, en su breve Dominus Ac Redemptor, aboliese la Compañía. A partir del Superior General Claudio de Aquiaviva, una multitud de errores y han salido de los teólogos jesuitas: el neo-pelagianismo, la herejía de Socinio, el laxismo y posteriormente, la alta crítica modernista, la teología de la liberación, el sincretismo religioso y el mismísimo modernismo.
Todo empezó así, por no distinguir adecuadamente la tesis tomista entre potencia y acto: El P. Montemayor, S.I., defendería que el mérito al que Cristo se hizo acreedor por obedecer el precepto de morir en la cruz impuesto por el Padre, no se habría debido al simple hecho de obedecer este precepto, sino al hecho de que habría obedecido de mejor gana y más ardorosamente de lo que estaba obligado. A lo que Báñez respondería que la propia definición de libertad que ofrecen los molinistas les obliga a mantener la tesis mencionada, porque si, como sostienen los molinistas, agente libre es aquel que, puestos todos los requisitos para actuar, puede actuar y no actuar, o hacer una cosa lo mismo que la contraria, entonces, como Cristo no podía no obedecer el precepto divino de morir en la cruz, a diferencia de lo que debería ser posible según la definición molinista –que Cristo pudiese no obedecer–, el P. Montemayor y Molina en su Concordia se ven obligados a defender la tesis de que Cristo no obró meritoriamente por haber obedecido, sino por haber obedecido y haber obrado de mejor gana y más intensamente de lo que le obligaba el precepto, porque, de otro modo –como según la definición molinista de agente libre, debería verificarse que Cristo pudiese no obedecer el precepto, lo que, empero, era incomposible una vez decretado el precepto divino– se seguiría que Cristo no habría obedecido libremente el precepto y que, por ello, el acto de morir en la cruz no habría sido meritorio. Por tanto, los molinistas, para no verse obligados a reconocer, según la definición que ofrecen de agente libre, que Cristo no obró libremente el precepto, por ello atribuyen el mérito de su acción a algo que no se encontraba bajo el precepto, a saber, obedecer de mejor gana y más ardorosamente de lo que el Padre había preceptuado.
Como consecuencia de la defensa de esta tesis, Báñez denunció ante el Consejo de la Inquisición al P. Prudencio Montemayor, el Santo Oficio condenó las tesis de Montemayor.
Seis años después, en 1588, Luis de Molina publica en Lisboa su Concordia liberi arbitrii cum gratiae donis, divina praescientia, providentia, praedestinatione et reprobatione. Las ideas premolinistas toman ya forma sistemática en esta obra.
Molina persigue en su Concordia –sin logralo- conciliar la potencia infinita de Dios y su omnisciencia con la libertad humana. Para ello, Molina comienza añadiendo una tercera ciencia –la ciencia media- a las ciencias divinas admitidas por los tomistas, a saber, ciencia de simple inteligencia y ciencia de visión. Veamos antes en qué consisten estas dos ciencias.
La ciencia en Dios
La ciencia de simple inteligencia es ciencia de esencias y antecede a todo acto libre de la voluntad divina. Con ella Dios conoce todo objeto necesario o posible –y por ello la ciencia de simple inteligencia no puede ser diferente de como es– independientemente de su existencia, v. gr., Dios conoce que el hombre es animal racional, tanto si existe, como si no existe. De este modo, a través de esta ciencia, Dios conoce todo aquello que la potencia divina puede realizar. Así pues, como en su propia esencia divina Dios conoce todas las esencias –y por ello no puede conocer nada diferente de lo que en realidad conoce a través de esta ciencia–, independientemente de su existencia, podemos considerar a Dios raíz de todas las esencias.
La ciencia de visión, o ciencia libre –pues es posterior al acto libre de la voluntad divina–, se ocupa de todo objeto que posee ser en algún momento del tiempo, ya sea pasado, presente o futuro; es, por tanto, ciencia de existencias. Con ella Dios conoce, de entre todas las uniones contingentes, qué cosas sucederán. Por ello, a través de la ciencia de visión, Dios no puede saber lo opuesto de lo que con ella conoce.
La novedad de Molina.
Pues bien, a estas dos ciencias, Molina añadirá una tercera, a saber, la ciencia media. A través de esta ciencia, Dios ve en su esencia cómo obraría cualquier libre arbitrio en cualquiera de los infinitos órdenes de cosas y circunstancias en que la voluntad divina lo colocase. Es la ciencia de los futuros condicionados, esto es, futuros que no son absolutos, ni meramente posibles, sino que dependen de alguna condición. Y Molina denomina «media» a esta ciencia, porque se encontraría en un estado intermedio entre la ciencia de simple inteligencia y la ciencia de visión. Por una parte, no sería ciencia natural, porque a través de la ciencia media Dios no puede saber lo opuesto de lo que con ella conoce. Por otra parte, tampoco sería ciencia libre, porque antecede a todo acto libre de la voluntad divina y porque en la potestad de Dios no está el conocer a través de esta ciencia media nada diferente de lo que en realidad conoce. Sin embargo, esta ciencia media poseería también en parte condición de ciencia natural, ya que antecedería al acto libre de la voluntad divina y no estaría en la potestad de Dios conocer con ella nada diferente de lo que en realidad conoce; y en parte también poseería condición de ciencia libre, porque, en la medida en que Dios decide, por medio de su libre voluntad, poner al hombre en un estado de circunstancias o en otro, el libre arbitrio hará una cosa antes que otra.
Esta tercera ciencia, la ciencia media, es el fundamento de todo el sistema molinista, porque parece que permite conciliar la antinomia en apariencia irresoluble entre la omnipotencia divina y la libertad humana. Para ello recurre a la ciencia media. Con esta ciencia, Dios conocería cómo obraría cualquier hombre, puesto en cualquier orden de circunstancias. Así pues, a la luz de esta ciencia, Dios decide poner al hombre en un estado de cosas o en otro, siendo el propio hombre quien, en virtud de su libertad innata, obra sus acciones. De este modo, Molina cree salvar la libertad humana y la justicia y bondad divinas. Por ello, los decretos divinos sólo pueden ser post praevisa merita. Es decir, sólo después de saber cómo va a obrar el hombre y cuáles van a ser sus méritos, Dios decide otorgar su decreto. Estos decretos post praevisa merita suponen una gran restricción del voluntarismo divino defendido por Báñez y responden a la propia exigencia de la razón de suponer que el hombre obra libremente sus actos, pues, de otro modo, no podría ser considerado responsable de los mismos.
Una consecuencia prácticas de esta concepción molinista es la siguiente:
1.- Una moral laxa.
Esta concepción de la libertad humana frente al a la omniscencia divina será, por cierto, el fundamento que llevará a los jesuitas por el camino del sistema moral del probabilismo y de la defensa de una moral católica que, en su racionalismo, será crítica con una obediencia ciega de las leyes que no responda a un examen de razones; por ello, los jesuitas probabilistas defenderán que, ante cualquier dilema moral, siempre es lícito, aun contradiciendo la ley divina, seguir la opinión más aprobable, siempre que un examen atento de razones así lo aconseje. De este modo, los jesuitas harán una aplicación práctica de este principio, cuando, preguntándose si les es lícito desobedecer el quinto mandamiento y matar a los jansenistas –que, como es sabido, censuraban la moral probabilista, tachándola de laxa–, tras una consideración de razones, respondan que no, porque la grandeza de la Compañía de Jesús jamás podría recibir detrimento ante ataques tan insignificantes. Esto supuesto, también parece claro qué suerte habrían debido correr los jansenistas, en el caso de que los jesuitas hubiesen considerado, tras un examen atento de razones, que los ataques jansenistas eran merecedores de una respuesta pareja en proporción a su capacidad de inferir daño.
Por el contrario, parece claro que Domingo Báñez, al rechazar la ciencia media y al sostener que Dios conoce con ciencia de visión cómo va a obrar el hombre –es decir, Dios sabe cómo va a obrar, porque previamente ha decidido a través de su decreto que obre de manera determinada–, se adhiere a las tesis del voluntarismo divino, esto es, la defensa de un Dios cuya omnipotencia no admite límites y cuya omnisciencia está en relación directa con las decisiones de su voluntad; un Dios que es pura potencia infinita e ilimitada en sus pretensiones.
2.- Limitación de la potencia divina.
Sin embargo, Molina –deseando salvar la libertad del hombre y la justicia y bondad divinas y, por ello, sosteniendo que los decretos de Dios son post praevisa merita, es decir, el conocimiento divino, a través de la ciencia media, de cómo obraría el hombre, puesto en un orden u otro de circunstancias, debe ser previo a la decisión de su voluntad de ponerlo en un orden determinado de cosas– limita las pretensiones de omnipotencia absoluta de Dios, que ya no se nos aparecería como pura voluntad arbitraria, sino que sus decisiones estarían sometidas a razones (morales, físicas…) dentro de la proyección teleológica de un programa que daría sentido al mundo creado, y al hombre dentro de él, y lo haría susceptible de estudio racional.
Por tanto, la doctrina molinista supone un trámite crítico frente a las tesis del voluntarismo divino. Ahora bien, cabría preguntarse, ¿Molina resuelve realmente la antinomia que venimos mencionando? ¿Las motivaciones racionales –justicia divina, libertad humana, ciencia media– suponen una verdadera restricción de la voluntad omnipotente de Dios?
¿Molina resuelve realmente la antinomia que venimos mencionando, en apariencia inextricable? ¿Las motivaciones racionales –libertad humana, justicia divina, ciencia media– suponen una verdadera restricción de la voluntad omnipotente de Dios? Y de ser esto así, ¿qué consecuencias se seguirían? En primer lugar, debemos decir que el objetivo que mueve a Molina en todo momento es salvar la libertad humana.
3º. Contradicciones insuperables en la teología.
Pero oigámosla de boca del propio Báñez en el discurso que dirige a los jueces del Santo Oficio: «Así pues, argumentamos contra Molina de manera similar a como él argumenta contra San Agustín, Santo Tomás… Por esta razón, nuestro argumento será ad hominem y lo propondremos a partir de su doctrina: Dios conoce necesariamente, como dice Molina, a través de la ciencia media, los infinitos órdenes posibles de cosas que puede producir; pero de todos ellos elige un orden determinado de cosas, de naturaleza y de gracia, sabiendo que algunos hombres, puestos en tal orden de cosas, con tales circunstancias de naturaleza y de gracia, harán un buen uso de su libre arbitrio y, por ello, serán justificados y salvados; igualmente, presabe que otros hombres, casi innumerables, si son puestos en tal orden de cosas, harán un mal uso de su libre arbitrio y se condenarán. Entonces, argumentamos contra Molina así: Dios pudo crear a unos hombres –que, puestos en un orden de cosas, presupo que se condenarían– en otro orden de cosas, sabiendo por ciencia media que en este otro orden de cosas harían un buen uso de su libre arbitrio. Por tanto, es propio de alguien duro y feroz, antes que del clementísimo principio, que, por su sola voluntad, haya querido y elegido ese orden de cosas y en él haya creado a esos hombres, presabiendo que en ese orden de cosas harían un mal uso de su libre arbitrio y se condenarían para siempre y, sin embargo, a otros los haya puesto en otro orden de cosas, presabiendo que, con seguridad, en este orden harían un buen uso de su libre arbitrio. Por tanto, queremos saber, ¿por qué decide establecer antes un orden de cosas que otro, sabiendo que en este orden algunos se van a salvar y otros van a perecer? Así pues, su suerte podía haber sido la contraria. Pues Dios sabía que si aquellos que se van a salvar, fuesen puestos en otro orden de cosas, se condenarían; y, por el contrario, si aquellos que se van a condenar, fuesen puestos en algún otro orden de cosas, se salvarían.
Ciertamente, a ninguna razón primera se podrá atribuir esta diferencia de efectos, salvo a la voluntad divina, que elige a algunos en particular y a todos los demás, por el contrario, no elige, sino que permite que pequen, para así mostrar en éstos su justicia y su poder y en aquéllos, en cambio, su misericordia. Pero por qué habrá querido en particular mostrar en algunos su misericordia y en todos los demás su justicia, no se puede atribuir a ninguna razón, excepto a la voluntad divina, como expresamente enseña Santo Tomás.»
Y frente a la respuesta que Molina presenta, diciendo que la bondad, la ecuanimidad y la clemencia divinas impiden que, sin tener en cuenta el uso del libre arbitrio, Dios haya elegido y predestinado solamente a algunos hombres, Báñez añade que los niños que son bautizados y mueren inmediatamente, habrían sido predestinados sin tener en cuenta el uso de su libre arbitrio. Ante lo cual, Molina señala que el hecho de que un sacerdote tenga la libre intención de bautizar, no sería efecto de la predestinación, sino que tan sólo sería un futuro contingente presabido por Dios. Pero ante esta respuesta, Báñez, a su vez, objeta lo siguiente: presaber el uso del libre arbitrio del sacerdote no justifica más a Dios que ordenar con su predestinación eterna tal uso del libre arbitrio del sacerdote para la salvación del niño. Así pues, añadirá Báñez: «Si Dios no es cruel, según Molina, por colocar en virtud de su libre voluntad a un niño en un orden de cosas en el que presabe que será bautizado por una obra libre ajena y por decidir crear a otros muchos niños en un orden determinado de cosas, presabiendo que en este orden morirán sin el remedio inmediato, ¿acaso sí será cruel por ordenarlo en virtud de su propia voluntad, y no sólo presaberlo, es decir, será cruel por preordenar –y por esta razón precisamente Dios tiene presciencia– que su ministro acuda a bautizarle y que así el niño se salve y, en cambio, por permitir desde la eternidad que otros mueran en pecado original?»
Molina nos presenta un Dios sometido a una racionalidad más allá de la cual ni siquiera su voluntad puede ir. Este es el camino de la inversión teológica, que, según sostiene Gustavo Bueno, sería el momento en el que «los conceptos teológicos dejan de ser aquello por medio de lo cual se habla de Dios para convertirse en aquello por medio de lo cual hablamos sobre el Mundo»}. Para llegar a este momento, es necesario haber limitado previamente la omnipotencia de Dios y haberlo sometido a razones que ni siquiera su voluntad pudiese contradecir. Y una vez alcanzado este punto, necesariamente habría de seguirse la suposición en el mundo creado de la racionalidad a la que el propio Dios creador estaría sometido. Esta suposición será imprescindible para emprender el estudio racional del mundo. Por ello, cuando en la edad moderna se pretenda hablar de economía política, de física o de filosofía, se acudirá a conceptos teológicos para hablar de los contenidos del mundo con la racionalidad que se supone propia de los pensamientos de Dios.
Como ya hemos visto, la obra de Molina representa la lucha por la libertad. El hombre debe ser libre. Esta es una necesidad práctica que, frente al fatalismo luterano, implica una limitación de la omnipotencia de Dios e introduce una racionalidad en el mundo, que ya no aparecerá a merced de los vaivenes de la voluntad divina.
NOTA HISTÓRICA:
Tras la extinción de los jesuitas decretada por el Papa en 1773, conviene recordar la figura de Melchor Cano, O. P., teólogo de Carlos V, enviado por éste al Concilio de Trento, donde enfrentó en memorables debates el cuasi pelagianismo de los jesuitas Salmerón y Laínez,. El pontífice Julio III otorgó a Melchor Cano el título de theologus praestantissimus, y lo nombró obispo de Canarias, en parte para apaciguar las ardientes controversias entre dominicos y jesuitas, que fue para España una dañosa polaridad dialéctica, azuzada por la Compañía. Ya en los debates primeros del Concilio, Cano había advertido la discrepancia de los jesuitas con Santo Tomás y sus sucesores (los escolásticos tardíos) y había observado, a propósito de la doctrina de la gracia, una peligrosa inclinación jesuítica a una suerte de naturalismo neopelagiano. Tales advertencias de Cano y otros no tuvieron ningún efecto. Los pensadores de la Compañía se internaron en esa vía destructiva, que fructificará poco después en doctrinas como el “molinismo” y otras.
FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA
Domingo dentro de la octava de Epifanía
o Primer Domingo después de Epifanía

OBJETO DE ESTA FIESTA. — En la Liturgia de de este Domingo la Iglesia cantaba antiguamente la realeza de Cristo y su imperio eterno, uniendo sus cánticos a los de los coros angélicos en la adoración del Dios humanado[1]. Pero, guiada por el Espíritu Santo y maternalmente previsora, juzgó que podía ser útil invitar a los hombres de nuestros días a considerar hoy las mutuas relaciones de Jesús, de María y de José ;para recoger las lecciones que se desprenden de ellas y aprovechar la ayuda tan eficaz que ofrece su ejemplo. [2].
Podemos creer que, en la elección del lugar que ocupa ahora en el calendario esta nueva fiesta, ha influido bastante el evangelio asignado en el Misal al Domingo Infraoctava de Epifanía que es el mismo de la actual fiesta de la Sagrada Familia.
Por lo demás, esta fiesta tampoco nos aparta de la contemplación de los misterios de Navidad y Epifanía: ¿no nació la devoción a la Sagrada Familia en Belén, donde María y José recibieron el homenaje de los pastores y de los Magos? Y aunque es verdad que el objeto de la presente festividad va más allá de los primeros momentos de la existencia terrena del Salvador, extendiéndose hasta los treinta afios de su vida oculta, ¿no encontramos ya en el pesebre algunos de sus más significativos aspectos? En la voluntaria debilidad en que le sitúa su infantil estado, se abandona Jesús a aquellos a quienes los designios de su Padre han encargado de su guarda; María y José cumplen en espíritu de adoración todas las obligaciones que su misión sagrada les impone con respecto a Aquel de quien deriva su autoridad.
MODELO DE HOGAR CRISTIANO. — Hablando el Evangelio más tarde de la vida de Jesús en Nazaret al lado de María y de José, la describe con estas sencillas palabras: «Estaba sumiso a ellos. Y su madre conservaba todas estas cosas en su corazón, y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres [3]. A pesar de su concisión, este sagrado texto contiene una luminosa visión de orden y de paz que revela a nuestra mirada, la autoridad, sumisión, dependencia y mutuas relaciones de la Sagrada Familia. La santa casa de Nazaret se presenta a nuestra vista como el modelo perfecto del hogar cristiano. José manda allí con tranquila serenidad, como el que tiene conciencia de que al obrar así hace la voluntad de Dios y habla en nombre suyo. Comprende que, al lado de su virginal Esposa y de su divino Hijo él es el más pequeño; y con todo eso, su humildad hace que, sin temor ni turbación, acepte su papel de jefe de la Sagrada Familia que Dios le ha encomendado, y como un buen superior, no piensa en hacer uso de su autoridad sino para cumplir de un modo más perfecto su oficio de servidor, de súbito y de instrumento. María, como conviene a la mujer, se somete humildemente a José, y adorando al mismo tiempo a quien manda, da sin vacilar sus órdenes a Jesús en las múltiples ocasiones que se presentan en la vida de familia, llamándole, pidiendo su ayuda, señalándole tal o cual trabajo, como lo hace una madre con su hijo. Y Jesús acepta humildemente sus indicaciones: se muestra atento a los menores deseos de sus padres, dócil a sus más leves órdenes. El, más hábil, más sabio que María y que José, se somete a ellos en todos los detalles de la vida ordinaria y así continuará obrando hasta su vida pública, porque es la condición de la humanidad que ha asumido, y la voluntad de su Padre. «En efecto, exclama San Bernardo entusiasmado ante un espectáculo tan sublime, el Dios a quien están sujetos los Angeles, a quien obedecen los Principados y Potestades, estaba sometido a María; y no sólo a María, sino también a José por causa de María. Admirad, por tanto, a ambos, y ved cuál es más admirable, si la liberalísima condescencia del Hijo o la gloriosísima dignidad de la Madre. De los dos lados hay motivo de asombro; por ambas partes, prodigio. Un Dios obedeciendo a una criatura humana, he ahí una humildad nunca vista; una criatura humana mandando a un Dios, he ahí una grandeza sin igual» 4.
Lección saludable la que aquí se nos ofrece. Dios quiere que se obedezca y que se mande conforme al papel y al cargo de cada uno, no conforme a sus méritos o sus virtudes. En Nazaret, el orden de la autoridad y de la dependencia no es precisamente el mismo que el de la perfección y de la santidad. Lo mismo ocurre de ordinario en la sociedad humana y en la misma Iglesia: si el superior debe a veces respetar en el inferior una virtud mayor que la suya, el inferior tiene siempre la obligación de acatar en. el superior una autoridad derivada de la autoridad misma de Dios.
La Sagrada Familia vivía del trabajo de sus manos. La oración en común, los santos coloquios por medio de los cuales formaba y educaba Jesús de manera progresiva las almas de María y de José, tenían su tiempo señalado, debiendo cesar ante la necesidad de proveer a los menesteres de la vida cotidiana. La pobreza y el trabajo son medios aptísimos de santificación para que Dios dejara de imponerlos al grupo bendito de Nazaret. José ejercía, pues, con asiduidad, su oficio de carpintero, y Jesús compartirá su trabajo, en cuanto esté en edad propicia. Todavía en el siglo II, la tradición conservaba el recuerdo de yugos y arados… fabricados por sus divinas manos [5]. Entretanto, María cumplía con sus deberes de señora de una humilde casa. Preparaba la comida que José y Jesús debían hallar al final de su trabajo, cuidaba del orden y la limpieza de la casa, y, sin duda, conforme a la costumbre de entonces, hacía también casi todos sus propios vestidos y los de su familia, o bien trabajaba para los de fuera, con el fin de aumentar el jornal y el bienestar de todos. De esta manera, con su vida obscura y laboriosa en el taller de José, elevó y ennobleció Jesús el trabajo manual, condición de la mayoría de los hombres. Al elegir para sí y para sus padres el oficio de simple artesano elevó y santificó de un modo maravilloso la condición de las clases trabajadoras, que en adelante pueden ya buscar en tan augustos ejemplos el estímulo para la práctica de las más nobles virtudes, y un motivo constante de alegría y contento [6]
Así se nos presenta la Sagrada Familia bajo el techo de Nazaret, verdadero modelo de la vida doméstica en sus mutuas relaciones de amor y en sus inefables bellezas, vida que constituye la esfera de acción de millares de fieles de todo el mundo; donde el marido gobierna como José y la mujer obedece como María; donde los padres atienden a la educación de los hijos, y éstos imitan a Jesús con su obediencia, sus progresos, su alegría y la luz que esparcen a su alrededor. Según la expresión de un piadoso autor que nos complacemos en citar aquí, el hogar cristiano es «el vestíbulo del paraíso» por las gracias que todos los días y en cada momento derrama el cielo sobre él, por las numerosas virtudes que ejercita, y, finalmente, por las alegrías que atesora [7]. Por eso, no hay que extrañar que sea objeto de los continuos ataques por parte de los enemigos del género humano; y si éstos logran con frecuencia destacadas victorias sobre el reino fundado aquí abajo por Nuestro Señor Jesucristo «es porque han conseguido mancillar la santidad del matrimonio, destruir la autoridad de los padres o resfriar los afectos y deberes de los hijos para con sus progenitores.» A los ojos del cielo, no es tan detestable una invasión de hordas salvajes avanzando por una región floreciente y arrasándola a sangre y fuego, como una ley que sanciona la disolución del vínculo matrimonial, o que arrebata los niños al cuidado y educación de los padres. Gracias a Dios, la familia cristiana es una institución universal, defendida por la Iglesia como su más bella creación y como el mayor beneficio que ha podido prestar a la sociedad. Ahora bien, la luz, la paz, la pureza y la felicidad que irradia el hogar cristiano, todo ello dimana de la vida que llevaron en la santa casa de Nazaret, Jesús María y José.
HISTORIA DE ESTE CULTO. — El culto de la Sagrada Familia se desarrolló de un modo especial en el siglo XVII, por medio de piadosas asociaciones que se proponían la santificación de las familias cristianas, imitando a la del Verbo Encarnado. Esta devoción, introducida en el Canadá por los Padres de la Compañía de Jesús, se propagó allí rápidamente gracias al celo de Francisco de Montmorency-Laval, primer obispo de Quebec. Este virtuoso prelado, por sugerencias, y con la ayuda del P. Chaumonot y de Bárbara de Boulogne, viuda de Luis de Aillebout de Coulonges, antiguo gobernador de Canadá, fundó en 1665 una Cofradía cuyos estatutos determinó él mismo, instituyendo poco después canónicamente en su diócesis la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, y ordenando que se hiciese uso de la misa y del oficio que había hecho componer con tal motivo[8].
Dos siglos más tarde, ante las crecientes manifestaciones de la piedad de los fieles hacia el misterio de Nazaret, el Papa León XIII, por el Breve «Neminem fugit» del 14 de junio de 1892, establecía en Roma la asociación de la Sagrada Familia, con el fin de unificar todas las cofradías instituidas bajo este mismo título. Al año siguiente, el mismo soberano Pontífice decretaba que la fiesta de la Sagrada Familia fuera celebrada en todas partes donde estaba permitida, el domingo tercero después de Epifanía, asignándole una Misa nueva y un oficio cuyos himnos él mismo había compuesto. Finalmente, Benedicto XV, en 1921, extendía esta fiesta a la Iglesa universal, fijándola en el domingo dentro de la Octava de Epifanía.
MISA
INTROITO
Gócese mucho el padre del Justo, alégrense tu Padre y tu Madre; regocíjese la que te engendró. Salmo: ¡Qué amables son tus tiendas, oh Señor de los ejércitos! Mi alma codicia y ansia los atrios del Señor. — J. Gloria al Padre.
En la Colecta, lo mismo que en la secreta y en la Poscomunión, la Iglesia trata de resumir las enseñanzas que propone a los fieles en esta fiesta, y les indica los frutos que desea verles sacar de la contemplación de este misterio.
ORACION
Señor Jesucristo, que, sometido a María y a José, consagraste la vida doméstica con inefables virtudes: haz que nosotros con el auxilio de ambos, nos instruyamos con los ejemplos de tu santa Familia, y alcancemos su eterna compañía. Tú que vives y reinas.
EPISTOLA
Lección de la Epístola del Apóstol S. Pablo a los Colosenses. (III, 12-17.)
Hermanos: Revestios como elegidos de Dios, como santos y amados (suyos), de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de modestia y de paciencia, soportándoos mutuamente y perdonándoos los unos a los otros, si alguien tuviese queja contra otro. Como el Señor os perdonó a vosotros, así debéis hacer vosotros. Más, sobre todas estas cosas, tened caridad, porque ella es el vínculo de la perfección. Y la paz de Cristo salte gozosa en vuestros corazones, pues por ella habéis sido llamados a formar un solo Cuerpo. Y sed agradecidos. La Palabra de Cristo habite copiosa en vosotros en toda sabiduría, enseñándoos y exhortándoos los unos a los otros con salmos, e himnos, y cánticos espirituales, cantando con gracias a Dios en vuestros corazones. Todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, dando gracias a Dios y al Padre por El.
En este trozo del Apóstol San Pablo hallamos enumeradas las virtudes domésticas que deben adornar al hogar cristiano: dulzura, humildad, paciencia, virtudes que templan al alma contra el choque de los defectos y diferencias de carácter y temperamento; el amor mutuo que hace que cada uno se ingenie por aliviar las cargas de los demás, que sólo conoce las desgracias y flaquezas para dulcificar su amargura; la benévola indulgencia que sabe olvidar los roces inevitables, y predispone los corazones heridos al perdón, por imitar al Señor que todo lo perdonó. Todas estas disposiciones morales tienen su raíz en la caridad, de la que son como reflejos: merced a ella se perfeccionan las relaciones domésticas, se sobrenaturalizan y se desarrollan dentro de un amor profundo, de respeto, de mutuas atenciones, de sumisión y de obediencia. La práctica de estas virtudes, unida a los actos de religión que santifican todas las alegrías y las penas naturalmente anejas a la vida de familia, garantiza a los hombres la mayor participación posible en la felicidad de que pueden gozar aquí abajo, buscando su perfecto dechado en las figuras de Jesús, de María y de José.
GRADUAL
Una cosa he pedido al Señor y esta buscaré: morar en la Casa del Señor todos los días de mi vida. — V. Dichosos los que habitan en tu Casa, Señor: te alabarán por los siglos de los siglos.
ALELUYA
Aleluya, aleluya. —- V. Verdaderamente tú eres un Rey escondido, eres el Dios de Israel, el Salvador. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Lucas. (II, 42, 52.)
Cuando Jesús fué de doce años, subieron ellos a Jerusalén, conforme a la costumbre del día de fiesta. Y, pasados los días, volviendo ellos, se quedó el Niño Jesús en Jerusalén; y no lo advirtieron sus padres. Pensando que estaría en la caravana, anduvieron el camino de un día, y le buscaron entre l o s parientes y conocidos. Y, no encontrándole, volvieron a Jerusalén, buscándole. Y aconteció que, tres días después, le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndoles y preguntándoles. Y, todos los que le oían, se admiraban de su prudencia, y de sus respuestas. Y, cuando le vieron se pasmaron. Y le dijo su Madre: Hijo ¿por qué nos has hecho esto? He aquí que tu padre y yo te hemos buscado con dolor. Y El les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que me conviene atender a las cosas de mi Padre? Pero ellos no entendieron lo que les dijo. Y bajó con ellos y vino a Nazaret: y estaba sujeto a ellos. Y su Madre conservaba en su corazón todas estas palabras. ‘Y Jesús crecía en sabiduría, y en edad y en gracia, delante de Dios y de los hombres.
¡Oh Jesús! has bajado del cielo para enseñarnos. La flaqueza de la infancia que te oculta a nuestras miradas, no impide que tu celo nos haga conocer al único Dios que lo ha creado todo, y a ti, su Hijo a quien envió.
Recostado en el pesebre y con una simple mirada has instruido a los pastores; bajo tus humildes pañales y en tu voluntario silencio has revelado a los Magos la luz que buscaban siguiendo a la estrella. A los doce años, explicas a los doctores de Israel las Escrituras que dan testimonio de ti; poco a poco disipas las tinieblas de la Ley con tu presencia y con tus palabras. En trueque de cumplir la voluntad de tu Padre celestial, no dudas en dejar intranquilo el corazón de tu Madre, buscando almas para iluminarlas.
Tu amor hacia los hombres ha de herir todavía con mayor dureza ese tierno corazón el día en que, por la salvación de esos mismos hombres, te haya de contemplar clavado en el madero de la cruz, expirando en medio de inmensos dolores. Sé, bendito, oh Emmanuel, en los primeros misterios de tu infancia, en los cuales apareces preocupado exclusivamente de nosotros, prefiriendo la compañía de estos hombres pecadores que un día han de conspirar contra ti, a la de tu misma Madre.
OFERTORIO
Llevaron sus padres a Jesús a Jerusalén, para presentarle al Señor.
SECRETA
Ofrecérnoste, Señor, esta Hostia de placación, y suplicárnoste humildemente que, por intercesión de la Virgen, Madre de Dios, y del bienaventurado José, consolides firmemente nuestras familias en tu paz y gracia. Por el mismo Señor.
COMUNION
Bajó Jesús con ellos, y fué a Nazaret, y estaba sujeto a ellos.
POSCOMUNION
A los que alimentas con estos celestes Sacramentos, hazlos, Señor, imitar siempre los ejemplos de tu santa Familia: para que en la hora de nuestra muerte, acompañados de la gloriosa Virgen, tu Madre, y del bienaventurado José, merezcamos ser recibidos por ti en las eternas moradas. Tú que vives y reinas.
[1] Introito de la Misa del Domingo dentro de la Octava de Epifanía.
[2] Martirologio romano.
[3] 8. Lucas, II, 51-52.
[4] Homilía I sobre el Missus est.
[5] S. Justino. Diálogo con Tritón, 88.
[6] 1 León XIII. Breve Neminem fugit del 14 de Julio de 1892.
[7] Coleridge. La vie de notre vie ou Histoire de Notre Seiyneur. J. C., III, c. 16.
[8] Gosselin. Fie de Mgr. de Lavál, I ch. 27.
EPIFANÍA DEL SEÑOR
6 de enero

NOMBRE DE LA FIESTA. — La fiesta de Epifanía es continuación del misterio de Navidad; pero se presenta en el ciclo litúrgico con una grandeza. Su nombre, que significa Manifestación, indica bien claramente que su objeto es honrar la aparición de un Dios en medio de los hombres.
Efectivamente, durante muchos siglos se dedicó este día a la celebración del Nacimiento del Salvador; y cuando los decretos de la Santa Sede obligaron a todas las Iglesias a celebrar en lo sucesivo con Roma, el misterio de Navidad el día 25 de diciembre, el 6 de enero no quedó del todo privado de su antigua gloria. Conservó el nombre de Epifanía con el glorioso recuerdo del Bautismo de Jesucristo, cuyo aniversario fija una tradición en este día.
La Iglesia griega da a esta fiesta el misterioso y venerable nombre de Teofanía, nombre célebre en la antigüedad para significar una Aparición divina. Se halla este vocablo en Eusebio, en San Gregorio de Naeianzo, en San Isidoro de Pelusa; es el nombre propio de esta fiesta en los libros litúrgicos de la Iglesia griega.
Los Orientales la llaman aún las Santas Luces, a causa del Bautismo que se administraba antiguamente en este día, en memoria del Bautismo de Jesucristo en el Jordán. Es sabido que los Padres llamaban al Bautismo, Iluminación y a los que lo recibían, iluminados.
Nosotros la llamamos familiarmente, Fiesta de Reyes, en recuerdo de los Magos, cuya llegada a Belén se conmemora de un modo particular en este día.
La Epifanía participa con las fiestas de Navidad, Pascua, la Ascensión y Pentecostés del honor de ser calificada de día santísimo, en el canon de la Misa; se la considera como una de las fiestas cardinales, es decir, una de las fiestas sobre las que descansa la economía del Año litúrgico. De ella toma su nombre una serie de seis Domingos, lo mismo que otras toman el título de Domingos de Pascua o Domingos de Pentecostés.
A consecuencia del Concordato hecho en 1801 entre Pío VII y el Gobierno francés, el legado Caprara, llegó a una reducción de fiestas, y la piedad de los fieles vió con gran pena suprimidas muchas de ellas. Fueron numerosas las que, sin ser suprimidas, se trasladaron al Domingo siguiente. Epifanía fué una de ellas, de manera que cuando el 6 de enero no cae en Domingo, nuestras Iglesias (el autor habla de Francia) aplazan hasta el próximo domingo el esplendor católico. Esperemos que luzcan días mejores para nuestra Iglesia, y que un futuro más afortunado nos devuelva el gozo de que nos privó durante un tiempo la prudente condescendencia de la Santa Sede.
Es, pues, un gran día la fiesta de la Epifanía del Señor; la alegría causada por la Natividad del Niño Dios, debe seguir aumentando en esta fiesta. En efecto, los nuevos destellos de Navidad nos muestran con un nuevo esplendor; la gloria del Verbo Encarnado; y sin hacernos perder de vista los inefables encantos del divino Niño, manifiestan en todo el brillo de su divinidad, al Salvador que amorosamente se nos ha mostrado. Los pastores no son los únicos llamados por los Angeles a reconocer al VERBO HECHO CARNE; también el género humano, y la naturaleza entera son invitados por la misma voz de Dios a adorarle y escucharle.
MISTERIOS DE ESTA FIESTA. — Ahora bien, en medio de los misterios de su divina Epifanía, tres rayos del Sol de justicia descienden hasta nosotros. En el ciclo de la Roma pagana, este día, 6 de enero, estuvo dedicado a celebrar el triple triunfo de Augusto, autor y pacificador del Imperio; pero cuando nuestro Rey pacífico cuyo imperio es eterno y no tiene limites, decidió la victoria de su Iglesia por medio de la sangre de sus mártires, la Iglesia juzgó con la divina Sabiduría que la asiste, que un triple triunfo del Emperador inmortal, debía sustituir en el nuevo ciclo, a las tres victorias del hijo adoptivo de César. Así pues, la memoria del Nacimiento del Hijo de Dios quedó asignada al día 25 de diciembre; pero, en cambio, en la ñesta de Epifanía vinieron a juntarse tres manifestaciones de la gloria de Cristo: el misterio de los Magos venidos de Oriente, guiados por la estrella, para honrar la realeza divina del. Niño de Belén; el misterio del Bautismo de Cristo, proclamado Hijo de Dios en las aguas del Jordán, por la voz del mismo Padre celestial; y, por ñn, el misterio del divino poder de Cristo, que convirtió el agua en vino en el banquete simbólico de las bodas de Caná.
¿Es también el aniversario de su realización, el día dedicado a la memoria de estos tres prodigios? Es cuestión debatida. Pero, bástales a los hijos de la Iglesia el que ella haya fijado en el día de hoy la conmemoración de estas tres manifestaciones para que sus corazones celebren con entusiasmo los triunfos del Hijo divino de María.
Si pasamos ahora a considerar en particular las varias facetas que ofrece el objeto de esta fiesta, observaremos al instante que, de los tres misterios que honra la Iglesia en este día, la adoración de los Magos es el subrayado con mayor complacencia. La mayoría de los cantos del Oficio y de la Misa están destinados a celebrarlo, y los dos grandes Doctores de la Sede Apostólica, San León y San Gregorio, en sus Homilías sobre esta fiesta, parece que han querido insistir únicamente en ese punto, aunque no dejen de reconocer con San Agustín, San Paulino de Nola, San Máximo de Turín, San Pedro Crisólogo, San Hilario de Arlés y San Isidoro de Sevilla, el triple misterio de Epifanía. El motivo de esta preferencia de la Iglesia Romana por el misterio de la vocación de los Gentiles, se funda en que es sumamente glorioso para Roma, la cual, de cabeza de la gentilidad, había pasado a ser Cabeza de la Iglesia cristiana y de la. humanidad, gracias a la celestial vocación que hoy, y en la persona de los Magos, llama a todos los pueblos a la admirable luz de la fe.
La Iglesia griega no hace hoy mención especial de la adoración de los Magos, sino que une este misterio al del Nacimiento del Salvador en sus Oficios de Navidad. Todas sus alabanzas, en la fiesta de hoy, tienen por objeto único el Bautismo de Jesucristo.
La Iglesia latina celebra el segundo misterio de la Epifanía junto con los dos restantes, el 6 de enero. En el Oficio de hoy se le menciona con frecuencia; pero, lo que más llama la atención de la Roma cristiana es la llegada de los Magos ante la cuna del nuevo Rey; por eso, era santificación de las aguas, para que fuese su memoria dignamente honrada. El día escogido por la Iglesia de Occidente para honrar de un modo especial el Bautismo del Salvador, fué la Octava de Epifanía.
Lo mismo ocurrió con el tercer misterio de Epifanía, un tanto eclipsado por el esplendor del primero, aunque recordado repetidas veces en los cantos de esta fiesta; su celebración particular, fué trasladada a otro día, es decir al segundo domingo después de Epifanía.
Muchas Iglesias asociaron al misterio de la; conversión del agua en vino, el de la multiplicación de los panes, que tiene muchas analogías con el primero, y en el que el Salvador manifestó también su poder divino; pero la Iglesia Romana, aunque toleró esa costumbre en los ritos Ambrosiano y Mozárabe, no lo admitió nunca en el suyo, con el fin de conservar el día 6 de enero, el número de tres que debe señalar en el ciclo los triunfos de Cristo; y también porque San Juan nos enseña en su Evangelio que el milagro de la multiplicación de los panes se. realizó en la proximidad de la Pascua, lo que de ningún modo podría convenir a la época del año en que se celebra la Epifanía. Démonos, pues, de lleno al regocijo en tan bello día, y en esta fiesta de la Teofanía, de las santas Luces, de los Reyes Magos, consideremos con amor el brillo deslumbrante de nuestro Sol divino que sube con pasos de gigante, como dice el Salmista (Salmo XVIII), y que derrama sobre nosotros sus oleadas de luz, dulce y esplendorosa. Los pastores que acudieron a la voz del Angel han visto ya reforzado su fiel grupito; el príncipe de los Mártires, el Discípulo amado, la virginal cohorte de los Inocentes, el glorioso Santo Tomás, San Silvestre, el patriarca de la paz, no son ya los únicos en velar ante la cuna del Emmanuel; sus filas se abren ahora para dar paso a los Reyes de Oriente, portadores de los votos y adoraciones de toda la humanidad. El humilde establo es ya estrecho para tan gran concurrencia; Belén aparece amplio como el universo. María, trono de la divina Sabiduría, acoge con su graciosa sonrisa de Madre y Reina a todos los miembros de esta corte; presenta a su Hijo a la adoración de la tierra y a las complacencias del cielo. Dios se manifiesta a los hombres porque es grande; mas se manifiesta por medio de María porque es misericordiosa.
RECUERDOS HISTÓRICOS. — En los primeros siglos de la Iglesia, hallamos dos notables sucesos ocurridos en esta fecha memorable que nos reúne al rededor del Rey pacífico. El 6 de enero de 361, el César Juliano, apóstata ya en su corazón, se encontraba en Viena de las Galias, la víspera de subir al trono imperial que pronto iba a dejar vacante la muerte de Constancio. Necesitaba todavía del apoyo de aquella Iglesia cristiana, en la que se decía, había incluso recibido el grado de Lector, y a la que a pesar de todo se disponía a atacar con la astucia y ferocidad del tigre. Nuevo Herodes, astuto como el antiguo, quiso también en este día de Epifanía acudir a adorar al Rey recién nacido. Según el relato de su panegirista Amiano Marcelino, se vió al coronado filósofo salir del impío santuario donde consultaba secretamente a los arúspices, y entrar luego en los pórticos de la Iglesia, y en medio de la asamblea de los .fieles ofrecer al Dios de los cristianos un homenaje tan solemne como sacrilego.
Once años más tarde, en 372, otro emperador penetraba también en la Iglesia, en esta misma fiesta de Epifanía. Era Valente, cristiano por el bautismo como Juliano, pero perseguidor, en nombre del arrianismo, de aquella misma Iglesia que Juliano atacaba en nombre de sus dioses impotentes y de su vana filosofía. La evangélica libertad de un santo Obispo derribó a Valente a los pies de Cristo Rey, el mismo día en que la diplomacia había obligado a Juliano a inclinarse ante la divinidad del Galileo.
Acababa de salir San Basilio de su célebre entrevista con el prefecto Modesto, en la cual había logrado salir vencedor de la violencia del mundo, gracias a la libertad de su temple de Obispo. Llega Valente a Cesarea, rebosando impiedad arriana su corazón y se dirige a la basílica donde el Pontífice está celebrando con su pueblo la gloriosa Teofanía. «Pero, como dice elocuentemente San Gregorio Nacianceno, a penas hubo pasado el emperador el umbral del sagrado recinto, cuando el canto de los salmos resonó en sus oídos como un trueno. Contempla con estremecimiento a la muchedumbre de los fieles semejantes a un mar. El orden y la belleza del santuario brillan a su vista con una majestad más angélica que humana. Pero lo que mayor impresión le causa, es aquel Arzobispo, de pie en presencia de su pueblo, con el cuerpo, los ojos y el alma tan serenos como si nada hubiera pasado, entregado por entero a Dios y al altar. Valente contempla también a los ministros sagrados, inmóviles en su recogimiento, invadidos por el santo respeto de los Misterios. Nunca había asistido el Emperador a un espectáculo tan augusto; su vista se nubla, se le inclina la cabeza y su alma se halla embargada de admiración y espanto.»
El Rey de los siglos, Hijo de Dios e Hijo de María, había vencido. Valente observa que se desvanecen sus proyectos de violencia contra el santo Obispo; y si en aquel momento no adoró, al Verbo consusbtancial al Padre, al menos unió su homenaje externo al de la grey de Basilio. Al Ofertorio, se adelantó hacia el altar y presentó sus dones a Cristo en la persona de su Pontífice. Y estaba tan visiblemente nervioso ante el temor de que Basilio no los quisiese aceptar, que los ministros del templo tuvieron que sostenerle con sus brazos para que, en su azoramiento, no cayera al pie mismo del altar.
De este modo fué honrada en esta gran solemnidad la Realeza del Salvador recién nacido por los poderosos de este mundo a quienes se vió, conforme a la profecía del salmo, derribados y lamiendo la tierra a sus pies. (Salmo LXXI.)
No obstante, debían venir nuevas generaciones de emperadores y reyes que doblarían su rodilla y ofrecerían a Cristo Rey el homenaje de un corazón rendido y ortodoxo. Teodosio, Carlomagno, Alfredo el Grande, Esteban de Hungría, Eduardo el Confesor, Enrique II el Emperador, Fernando de Castilla, Luis IX de Francia fueron grandes devotos de este día; y tuvieron a gala presentarse con los Reyes Magos a los pies del divino Niño, para ofrecerle como ellos sus tesoros.
En la corte de Francia (según testimonio del continuador de Guillermo de Nangis) se conservó hasta el año 1378 y más adelante, la costumbre de que el Rey cristianísimo, al llegar el ofertorio, ofreciese como tributo al Emmanuel, oro, incienso y mirra.
COSTUMBRES. — Mas la presentación de los tres místicos dones de los Magos no era costumbre exclusiva de la corte de los reyes; en la edad media la piedad de los fieles ofrecía también al sacerdote para que los bendijese en la fiesta de Epifanía, oro, incienso y mirra, conservándose en honor de los tres Reyes estas señales sensibles de su devoción para con el Hijo de María como prenda de bendición para las casas y familias. En algunas diócesis de Alemania se ha conservado esta costumbre.
Otra práctica inspirada también en la ingenua piedad de los tiempos de fe, ha subsistido durante más tiempo. Con el fin de honrar la realeza de los Magos llegados de Oriente para ver al Niño de Belén, se elegía un Rey a suertes en cada familia, al llegar esta fiesta de Epifanía. En un banquete animado de la más sana alegría y que recordaba el de las bodas de Galilea, se partía un pastel; una de sus partes servía para señalar al invitado sobre el que debía recaer la pasajera realeza. Las otras dos partes del pastel eran separadas para ofrecérselas al Niño Jesús y a María, en la persona de los pobres, los cuales de esta manera participaban también del triunfo del Rey pobre y humilde. Una vez más las alegrías familiares se mezclaban con las religiosas; los lazos naturales, de la amistad del vecindario, se estrechaban en torno a esta mesa de los Reyes; mas si algunas veces no se celebraba tal festín, con todo eso, la idea cristiana, permanecía viva en el fondo de los corazones.
Dichosas aún hoy las familias en cuyo seno se celebra la fiesta de Reyes con un sentido cristiano. Durante mucho tiempo, un falso celo clamó contra estas prácticas ingenuas en las que la seriedad de los pensamientos de la fe, iba unida a las expansiones de la vida doméstica; bajo pretexto de peligro de excesos se atacó a estas tradiciones de familia, como si los banquetes ajenos a toda idea religiosa estuvieran más libres de intemperancias. Merced a un descubrimiento, difícil tal vez de justificar, se llegó a pretender que el pastel de Epifanía y la inocente realeza que le acompaña, no eran más que una imitación de las Saturnales paganas, como si fuera la primera vez que las antiguas fiestas paganas sufrían una transformación cristiana. El resultado de esta imprudente táctica debía ser y fué en este punto, lo mismo que en otros muchos, el alejar de la Iglesia las costumbres familiares el desterrar de nuestras tradiciones las manifestaciones religiosas, y el contribuir a la llamada secularización de la sociedad.
Mas, volvamos ya a contemplar el triunfo del Real Niño, cuya gloria brilla en este día con tanto esplendor. La Santa Iglesia va a iniciarnos por sí misma en los misterios que vamos a celebrar. Revistámonos de la fe y de la obediencia de los Magos; adoremos con el Precursor al Divino Cordero sobre el cual se abren los cielos; tomemos asiento .en el místico convite de Caná, presidido por nuestro Rey, tres veces manifestado, y tres veces glorioso. Mas, no perdamos de vista al Niño de Belén en los dos últimos prodigios; y no dejemos tampoco de ver en El al gran Dios del Jordán, y al Señor de los elementos.
MISA
En Roma, la Estación se celebra en San Pedro del Vaticano, junto a la tumba del Príncipe de los Apóstoles, a quien fueron dadas en Cristo y en herencia, todas las naciones de la tierra.
Iglesia comienza los cantos de la Misa solemne proclamando la llegada del gran Rey esperado por la tierra, y sobre cuyo nacimiento vinieron los Magos a Jerusalén a consultar los oráculos de los Profetas.
INTROITO
Aquí viene el Señor Dominador: y en su mano están el reino y la potestad, y el imperio. Salmo: Oh Dios, da tu juicio al Rey: y tu justicia al Hijo del Rey. — J. Gloria al Padre.
Después del cántico angélico, la Santa Iglesia, animada por el resplandor de la estrella que conduce a la Gentilidad a la cuna del Divino Rey, pide en la Colecta, la gracia de contemplar aquella luz viviente, a la que dispone la fe, y cuyos destellos nos han de iluminar eternamente,
ORACION
Oh Dios, que por medio de una estrella, revelaste en este día tu Unigénito a las gentes: haz propicio que, los que ya te hemos conocido por la fe, seamos elevados hasta la contemplación de la imagen de tu alteza. Por el mismo Señor.
EPISTOLA
Lección del Profeta Isaías. (LX, 1-6.)
Levántate, ilumínate, Jerusalén: porque ha llegado tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti. Porque he aquí que las tinieblas cubrirán la tierra, y la oscuridad los pueblos: mas, sobre ti nacerá el Señor, y su gloria será vista en ti. Y caminarán las gentes en tu luz, y los reyes al resplandor de tu astro. Alza tus ojos en torno, y mira: todos estos se han reunido, han venido a ti: tus hijos vendrán de lejos, y tus hijas surgirán de todas partes. Entonces verás y brillarás y se admirará y se dilatará tu corazón, cuando se hubiere vuelto a ti la multitud del mar y hubiere acudido a ti la fortaleza de las gentes. Te cubrirá una inundación de camellos y dromedarios de Madián y Efa: vendrán todos los de Sabá, trayendo oro e incienso, y tributando alabanza al Señor.
¡Oh inefable gloria de este gran día, en el cual comienzan su marcha las naciones hacia la verdadera Jerusalén, hacia la Iglesia! ¡Oh misericordia del Padre celestial que ha tenido a bien acordarse de todos esos pueblos sepultados en las sombras de la muerte y del pecado! He ahí que ha surgido la gloria del Señor sobre la ciudad santa, y los Reyes se ponen en camino para contemplarla. La angostura de Jerusalén no es capaz ya de albergar las oleadas de naciones; pero otra santa ciudad se ha levantado; y hacia ella se va a dirigir esa inundación de pueblos gentiles de Madián y de Efa. ¡Oh Roma, ensancha tu seno, con maternal alegría! Tus armas te habían conquistado esclavos; hoy son hijos los que llegan en tropel a tus puertas; levanta la vista y mira: todo es tuyo; toda la humanidad va a renacer en tu seno. Abre tus brazos de madre; acógenos a todos los que venimos del Aquilón y del Mediodía, llevando el incienso y el oro a Aquel que es Rey tuyo y nuestro.
GRADUAL
Vendrán todos los de Sabá, trayendo oro e incienso, y – tributando alabanzas al Señor. — J. Levántate e ilumínate, Jerusalén: porque la gloria del Señor ha nacido sobre ti.
ALELUYA Aleluya, aleluya. —- J . Vimos su estrella en Oriente, y venimos con dones a adorar.al Señor. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Mateo. (II, 1-12.)
Habiendo nacido Jesús en Belén de Judá, en los días del Rey Herodes, he aquí que unos Magos vinieron del Oriente a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos, que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente, y venimos a adorarle. Y, oyendo esto el rey Herodes, se turbó y toda Jerusalén con él. Y, convocando a todos los príncipes de los sacerdotes, y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Y ellos le dijeron: En Belén de Judá: porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá: porque de ti saldrá el Caudillo que regirá á mi pueblo Israel. Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, se enteró bien por ellos de la aparición de la estrella: y, enviándolos a Belén, dijo: Id, y preguntad con diligencia por el Niño; y, después que le halléis,, decídmelo a mí, para que, yendo yo también le adore. Y ellos, habiendo oído al rey se fueron. Y he aquí que la estrella, que habían visto en Oriente, los precedía hasta que, llegando, se paró sobre donde estaba el Niño. Y, al ver la estrella, se regocijaron con grande gozo. Y, entrando en la casa, encontraron al Niño con su Madre María (aquí se arrodilla) : y, postrándose le adoraron. Y, abriendo sus tesoros, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños, para que no tornasen a Herodes, regresaron a su patria por otro camino.
Los Magos, primicias de la gentilidad, han sido presentados al gran Rey a quien buscaban, y nosotros los hemos seguido. Como a ellos, el Niño nos ha sonreído. Con esa sonrisa hemos olvidado todas las fatigas del largo camino que conduce a Dios; el Emmanuel permanece con nosotros, y nosotros con El. Belén que nos ha recibido, nos guarda ya para siempre; porque en Belén tenemos al Niño y a María su Madre. ¿En qué lugar del mundo podríamos hallar bienes tan preciosos? Supliquemos a la incomparable Madre que nos presente Ella misma a ese Hijo que es nuestra luz, nuestro amor, nuestro Pan de vida, cuando nos acerquemos al altar a donde nos dirige la estrella de la fe. Abramos nuestros tesoros en ese instante; llevemos en la mano el oro, el incienso y la mirra para el recién nacido. Seguramente que aceptará de buen grado nuestros dones, y no se hará esperar. Como los Magos, también nosotros entregaremos nuestros corazones al divino Rey, cuando nos retiremos; y también nosotros volveremos a entrar por otro camino, por una senda completamente nueva, en esta patria terrena, que nos albergará hasta el día, en que la vida y la luz eterna vengan a absorber en nosotros todo lo que tengamos de mortal y caduco.
En las Iglesias catedrales y otras de importancia, después del canto del Evangelio, se anuncia al pueblo el día de la celebración de la próxima fiesta de Pascua. Esta costumbre, que remonta a los primeros siglos de la Iglesia, nos recuerda el misterioso lazo que une a todas las grandes solemnidades del Año litúrgico y también la importancia que los fieles deben dar a la celebración de la fiesta de Pascua, que es la mayor de todas ellas y centro de la religión cristiana. Quédanos después de haber honrado al Rey de las naciones en Epifanía, honrar a su debido tiempo, al triunfador de la muerte. He aquí cómo se hace el solemne anuncio:
ANUNCIO DE LA PASCUA
Sabed, carísimos hermanos, que como por la misericordia de Dios, hemos saboreado las alegrías del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, así os anunciamos hoy el próximo gozo de la Resurrección de este mismo Dios y Salvador nuestro. El día… será Domingo de Septuagésima. El día… será el miércoles de Ceniza y el comienzo del ayuno de la santa Cuaresma. El día… celebraremos con entusiasmo la santa Pascua de Nuestro Señor Jesucristo. El segundo domingo después de Pascua tendremos el Sínodo diocesano. El día… se celebrará la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. El día… la ñesta de Pentecostés. El día… la ñesta de Corpus Christi. El día… será el primer Domingo del Adviento de Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea dado honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Al presentar a Dios en el Ofertorio los dones del pan y vino, la Santa Iglesia toma las palabras del Salmista y celebra a los Reyes de Tarsis, de Arabia y de Sabá, a todos los reyes de la tierra y a todos los pueblos que acuden con sus presentes ante el recién nacido.
OFERTORIO
Los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán dones: los reyes de Arabia y de Sabá llevarán presentes: y le adorarán todos los reyes de la tierra: todas las gentes le servirán.
SECRETA
Suplicárnoste, Señor, mires propicio los dones de tu Iglesia, en los cuales se te ofrece, no oro, incienso y mirra, sino lo que con dichos dones se declara, se inmola y se consume: Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive.
El Prefacio de la Misa de Epifanía es propio de esta fiesta y de su Octava. La Iglesia canta en él la luz inmortal que aparece a través de los velos de la humanidad, bajo cuya envoltura amorosa ocultó su gloria el Verbo divino.
PREFACIO
Realmente es algo digno y justo, equitativo y saludable que, siempre y en todas partes, te demos gracias a ti, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios: porque cuando tu Unigénito apareció en la sustancia de nuestra mortalidad, nos reparó con la nueva luz de su inmortalidad. Y, por eso, con los Angeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celeste, cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar: ¡Santo, Santo, Santo!
En la Comunión, la Santa Iglesia unida a su Rey y Esposo, canta a la Estrella, mensajera de tan gran dicha, felicitándose de haberse servido de su luz para hallar a quien buscaba.
COMUNION
Vimos su estrella en Oriente, y venimos con dones a adorar al Señor.
Gracias tan insignes exigen de nosotros una extrema fidelidad; la Iglesia la pide en Poscumunión, implorando el don de inteligencia y la pureza que reclama un misterio tan inefable.
POSCOMUNION
Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, hagas que, lo que celebramos con solemne culto, lo consigamos con pura inteligencia. Por el Señor.
También nosotros venimos a adorarte, oh Cristo, en esta regia Epifanía que reúne hoy a tus pies a todas las naciones. Nosotros seguimos la huella de los Magos; porque hemos visto también la estrella y hemos acudido. ¡Gloria a ti, Rey nuestro!, a ti que dices en el Cántico de tu abuelo David: «He sido entronizado Rey sobre Sión, sobre el monte santo, para anunciar la ley del Señor. El Señor me dijo que me daría los pueblos por herencia, y un Imperio hasta los confines de la tierra. Comprended, pues, ahora ¡oh reyes! ¡Enteraos los que gobernáis el mundo»! (Salmo II.)
Pronto dirás, oh Emmanuel por tu propia boca: «Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra» (San Mateo XXVIII); y algunos años más tarde, todo el universo te estará sujeto. Jerusalén se estremece ya; tiembla en su trono Herodes; y se acerca el momento en que los heraldos de tu venida, van a anunciar a toda la tierra, que acaba de llegar el que era esperado. La palabra que ha de someterte al mundo está ya para salir; como un vasto incendio se propagará por todas partes. En vano tratarán de detener su curso los poderosos de la tierra. Un Emperador, propondrá al Senado, como último recurso, colocarte con toda solemnidad entre los dioses que vienes a derribar; otros pensarán que es posible abatir tu dominio, asesinando a tus soldados. ¡Inútiles empeños! Día vendrá en que la señal de tu poderío adornará las banderas pretorianas, en que los Emperadores vencidos pondrán a tus pies sus diademas, en que la orgullosa Roma dejará de ser la capital del imperio de la fuerza, para convertise para siempre en el centro de tu imperio pacífico y universal.
Hoy vemos ya despuntar la aurora de este día maravilloso; tus conquistas comienzan hoy; ¡oh Rey de los siglos! Desde el fondo del Oriente descreído llamas a las primicias de esa gentilidad que tenías abandonada, y que en adelante va a formar parte de tu herencia. No habrá ya distinción entre el Judío y el griego, entre el Escita y el bárbaro. Durante muchos siglos, la raza de Abrahán fué tu predilecta; en adelante lo seremos nosotros, los Gentiles; Israel fué sólo un pueblo, y nosotros en cambio somos numerosos como la arena del mar y como las estrellas del cielo. Israel vivió bajo la ley del temor; la ley del amor fué reservada para nosotros.
Desde el presente día comienzas, oh divino Rey, a desechar a la Sinagoga que desprecia tu amor; hoy, en la persona de los Magos aceptas como Esposa a la Gentilidad. Pronto esta unión será proclamada en la cruz, desde la cual extenderás los brazos hacia la multitud de los pueblos, volviendo la espalda a la ingrata Jerusalén. ¡Oh alegría inefable la de tu Nacimiento, pero más inefable aún la de tu Epifanía, en la que nos es dado, a nosotros los hasta aquí desheredados, acercarnos a ti y ofrecerte nuestros dones, viéndolos aceptados, oh Emmanuel, por tu clemencia!
¡Gracias sean, pues, dadas a ti, oh Niño omnipotente, «por el inefable don de la fe» (II Cor., IX, 15) que nos traslada de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz! Mas, haz que comprendamos siempre la magnitud de tan magnífico presente, y la santidad de este gran día en que has hecho alianza con toda la raza humana, para llegar con ella a ese sublime matrimonio de que habla tu elocuente Vicario, Inocencio III: «matrimonio, dice, que fué prometido al patriarca Abrahán, jurado al rey David, realizado en María al hacerse Madre, y en el día de hoy, consumado, confirmado y publicado: consumado en la adoración de los Magos, confirmado en el Bautismo del Jordán, y publicado en el milagro de la conversión del agua en vino.» En esta fiesta nupcial, en que tu Esposa la Iglesia a penas nacida, recibe ya los honores de Reina, cantaremos, oh Cristo, con el entusiasmo de nuestros corazones, esa sublime Antífona de Laudes, en donde los tres misterios se funden tan maravillosamente en uno solo, el de tu Alianza con nosotros:
Ant. Hoy se une la Iglesia al celestial Esposo: son lavados sus pecados por Cristo en el Jordán; acuden los Magos a las regias bodas, llevando consigo presentes; se cambia el agua en vino y se alegran los convidados. Aleluya.
SOBRE LA VIRGINIDAD: 20. NO SE PUEDE SERVIR AL PLACER Y A LA SABIDURÍA NI CONTRAER JUNTAMENTE EL MATRIMONIO CORPORAL Y EL ESPIRITUAL.
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NO SE PUEDE SERVIR AL PLACER Y A LA SABIDURÍA NI
CONTRAER JUNTAMENTE EL MATRIMONIO CORPORAL Y EL ESPIRITUAL
Como no es posible emplear a un mismo tiempo nuestra actividad manual en dos oficios distintos: ser agricultor y marinero, ser orfebre y constructor, antes quien ha de consagrarse con perfección a uno de ellos ha de retirarse necesariamente del otro, así, al proponérsenos dos matrimonios, el primero de los cuales se consuma con la carne y el segundo con el espíritu, la diligencia puesta en el uno trae inevitablemente el apartamiento del otro.
Tampoco el ojo puede mirar a un mismo tiempo a dos objetos, a no ser que por separado se dirija hacia cada uno de ellos; ni la lengua sirve indistintamente a diversos idiomas, pronunciando a un mismo tiempo vocablos griegos y hebreos; ni el oído percibirá a la par el sentido de las cosas y las palabras explicativas; porque los sonidos diferentes, si se escuchan sucesivamente, infunden en el alma el significado de las cosas oídas; pero si resuenan en torno a los oídos mezclados todos a un tiempo, cáusase en la mente una confusión ininteligible, amontónanse los significados unos sobre otros. Por la misma razón también, nuestras apetencias no pueden, por su naturaleza, a un mismo tiempo servir a los placeres corporales y realizar el matrimonio espiritual.
No se llega a la consecución de ambas metas por el empleo de los mismos medios. Porque del uno es paraninfo la continencia, la mortificación del cuerpo y el desprecio de todo lo carnal, mientras que del matrimonio corpóreo es paraninfo todo lo contrario. Pues bien, así como, presentándose a elección dos señores, supuesto que es imposible ser súbdito de ambos a un mismo tiempo, todo hombre sensato escoge al que más le conviene, así también, presentándose a elección dos desposorios, ya que no es posible abrazar los dos (pues el célibe se cuida de los intereses de Dios y el casado pone su cuidado en los del mundo), juzgo de hombres sensatos no errar en la elección de lo que les conviene ni desconocer el camino que a ello conduce, camino que no es fácil entender sino por una analogía.
Quien no desea aparecer humillado en el matrimonio de la carne, hace gran aprecio de su complexión corporal, de la belleza correspondiente, de la abundancia de riquezas y de que nada mancille su nombre ni en su vida ni en su estirpe; pues así es como mejor obtendrá sus propósitos. Del mismo modo, el que intenta contraer el matrimonio espiritual ha de mostrarse en primer lugar joven y alejado de cualquier señal de senectud por la renovación del espíritu y además aparecer rico por herencia de familia, haciendo gran caudal de las riquezas; pero no enorgullecido con bienes de la tierra, sino rebosante de tesoros celestiales. No se desvivirá por poseer aquella dignidad de linaje que, obtenida por mera casualidad, poseen muchos entre los más viciosos, sino la que se alcanza con el trabajo y la diligencia de las obras irreprensibles, la cual sólo pueden acrecentar, por medio de sus obras luminosas, los hijos de Dios y de la luz y los bien nacidos en toda la tierra desde el lejano oriente. Engendrará en sí la fortaleza y una buena constitución corporal, no por el ejercicio deportivo ni por la sobrealimentación de la carne, sino al contrario, perfeccionando la fuerza del espíritu por el ascetismo del cuerpo.
Sé muy bien que los regalos esponsalicios de este matrimonio no consisten en riquezas corruptibles, sino que se integran con los caudales propios del alma. Si quieres conocer los nombres de estas donaciones, escucha a Pablo, excelente paraninfo, que, disertando acerca de ciertos ricos, que se han visto abundantes en muchas cosas, entre otros grandes y múltiples dones, dice, en castidad . Además, todos aquellos frutos del espíritu que en otra parte se enumeran son dones de este matrimonio. Y quien esté dispuesto a seguir a Salomón, tomando como compañera de casa y de vida a la verdadera sabiduría (de la que se dice: Ámala y te custodiará, hónrala para que te abrace, por la dignidad de este anhelo se revestirá con la estola inmaculada, para que, al celebrar esta fiesta junto con los que en ella se regocijan, no sea arrojado fuera, siendo apartado de los dignos de participar en la fiesta, por no estar cubierto con la túnica nupcial.
Es manifiesto que asiste ‘la misma razón a hombres y a mujeres respecto al deseo de estos divinos consorcios, pues, como dice el Apóstol, no hay ni hembra ni varón, sino que todos y en todos Cristo. Con todo fundamento, por tanto, el amante de la sabiduría tiene como ideal inspirada de sus apetencias la verdadera sabiduría; y el alma que se une con el Esposo inmortal posee el amor de la verdadera sabiduría, que es Dios. Así, pues, con lo dicho ha quedado suficientemente esclarecido en qué consista el matrimonio espiritual y hacia qué blanco deba dirigirse este amor puro y celeste.
EL DOGMA DE LA PREDESTINACIÓN. ¿POR QUÉ RAZÓN HA PREDESTINADO DIOS A ÉSTE Y NO A AQUÉL? (6/ 8)
¿Por qué razón Dios ha predestinado a éste y no a aquél?
¿Por qué razón Dios ha predestinado a éste y no a aquél? San Agustín habla dicho (in Joannem , tr. 24): Quare hunc trabat et illum non trabat, nlii vele dijudicare si non vis errare. Por el contrario la respuesta sería muy fácil si la elección divina se fundase en la presciencia de nuestros méritos: bastaría decir: Dios predestina a éste ,y no a aquél porque el primero y no el otro ha querido hacer buen uso de la gracia que le era ofrecida o también concedida. Pero entonces éste por sí mismo sería mejor que el otro, sin haber sido más amado y más ayudado por Dios. Lo cual estaría en oposición con la enseñanza de San Pablo (1 Cor. 4,7 y Fp., 2, 13). El mismo Jesús ha dícho «Sin mí nada podéis hacer» (Jn., 15, 5). En una palabra, los méritos de los elegidos, lejos de ser la causa de la predestinación, son los efectos de ésta. Quid quid est in homine ordinans ipsum in salutem, comprehenditur totum sub effectu prædestinationis, etiam ipsa præparatio ad gratiam (cf. ibid., a. 5).
Santo Tomás esclarece toda esta cuestión con el principio de predilección que ha formulado (1, q. 20, a. 3), en los siguientes términos: Cum amor Dei sit causa bonitatis rerum, non esset aliquid alio melius, si Deus non vellet uni majus bonum quarn alteri. Ninguno sería mejor que otro, si Dios no lo amase y lo ayudase más. Por esta razón el Santo Doctor dice que la dileccion divina precede a la elección y ésta a la predestinación (cf 1, q 23, a 4) Voluntas Dei, qua vult bonum, alicui diligendo, est causa quod illud bonum ab eo præ aliis habeatur. Sic patet quod dilectio preæsupponitur electioní secundum rationem, et electio prædestinationi. Unde omnes prædestinati sunt electi et dilecti. El mismo artículo enseña la prioridad de la predestinación a la gloria sobre la predestinación a la gracia: Non præcipitur aliquid ordinandum in finem, nisi præxistente voluntate finis. Para los pelagianos, Dios es tan sólo el espectador y no el autor del buen consentimiento saludable que distingue al justo del impío; los semipelagianos afirmaban la misma cosa del initium fidei et bona, voluntatis.
Para Santo Tomás, así como para San Agustín, todo lo bueno, y saludable que hay en nosotros debe proceder de Dios, fuente de todo bien, y por lo tanto el comienzo de la buena voluntad y lo mejor y lo más íntimo que puede haber en la determinación libre del consentimiento saludable.
Y por, eso a la cuestión del motivo de la predestinación de éste y no de aquél, Santo Tomas responde claramente (I, q 23, a, 5), que los méritos futuros de los elegidos no pueden ser el motivo de su predestinación, ya que por el contrario son efecto de ésta. Y agrega (ibid, ad 3 ) Quare hos elegit in gloriam et illos reprobavit, non habet rationem nisi divinam voluntatem ¿ Por qué de dos pecadores que agonizan igualmente mal dispuestos, Dios mueve a éste a que se convierta, y permite la impenitencia del otro?; no hay otra respuesta como no sea el beneplácito divino (Rom, 9, 14; 11, 33; Ef. 1,7).
Los tomistas no hacen más que defender esta doctrina contra el Molimismo y el congruísmo y no le añaden nada positivo, y los términos más explícitos por ellos empleados no tienen otra utilidad, a su parecer, sino la de desechar falsas interpretaciones favorables al concurso simultáneo o a una premoción indiferente.
Por cierto que en esta doctrina hay un misterio insondable pero inevitable; el de la conciliación de la predestinación gratuita con la voluntad salvífica universal. Este misterio se reduce al de la íntima conciliación de la infinita misericordia, de la infinita justicia y de la libertad soberana. Habría una contradicción, si Dios no hiciese realmente posible a todos los hombres el cumplimiento de sus mandamientos. Exigiría entonces algo imposible, en oposición a su bondad, a su misericordia, a su justicia. Pero si los preceptos son realmente posibles para todos, si son observados actualmente por un cierto número de hombres y no por todos (aquí también entra la diferencia de la potencia y del acto), los que los observan efectivamente son mejores en esto, y esto demuestra que han recibido más.
Santo Tomás lo recuerda en la conclusión (1, q. 23, a. 5, ad 3); In his quæ ex gratia dantur, potest aliquis pro libito suo dare cui vult plus vel minus, dummodo nulli subtrahat debitum. absque præjudicio justitiæ. El hoc est quod dicit paterfamilias (Mt.,20, 15): Tolle quod tuum est, et vade; an non licet mihi:, quod volo, facere? Porque lo que se da por gracia, puede darse arbitrariamente a quien se quiera en mas o en menos, sin menoscabo de la justicia, mientras que a nadie se quite lo que se le deba, que es lo que se dice en la parábola de los operarios de la última hora (Mt , 10, 14) La fe común presenta aquí su testimonio: cuando de dos pecadores mal dispuestos por igual, uno se convierte,, el sentido cristianó dice: es efecto de una misericordia especial de Dios para con é1.
El gran misterio que nos preocupa, el de la conciliación de la predestinación limitada con la voluntad salvífica universal, al parecer de San Agustín y de Santo Tomás se halla sobre todo en la unión incomprensible e inefable de la infinita justicia, de la infinita misericordia y de la soberana libertad. Y así se han expresado estos dos grandes doctores cuando decían: Si Dios concede la gracia de la perseverancia final a éste, es por misericordia; y si no se la concede a este otro, es por un justo castigo de faltas anteriores y de una última resistencia al postrer llamado.
En este punto para evitar toda desviación, sea en el sentido del predestinacionismo del protestantismo y del jansenismo; – sea en el sentido. del pelagianismo y semipelagianismo, deben., mantenerse los dos principios que se equilibran: «Dios nunca manda algo imposible» y «ninguno sería mejor que otro si Dios no lo hubiese amado y ayudado más«. Quid habes quod non accepisti? Estos dos principios, al equilibrarse, nos permiten presentir que la infinita justicia, la infinita misericordia y la soberana libertad se unen perfectamente y hasta se identifican, sin destruirse entre sí, en la eminencia de la Deidad, que permanece oculta para nosotros, mientras que no tengamos la visión beatífica. En este claro-oscuro, la gracia, que es una participación de la Deidad, tranquiliza al justo, y las inspiraciones del Espíritu Santo lo consuelan, pues confirman su esperanza, tornan su amor más puro, más desinteresado y más fuerte, de manera que en la incertidumbre de la salvación tiene cada vez más la certeza de la esperanza, que es «una certeza de tendencia” hacia la salvación, cuyo autor es Dios. El motivo formal de la esperanza infusa, en efecto, no es nuestro esfuerzo, sino la infinita misericordia auxiliadora, que suscita nuestro esfuerzo y lo corona (II-II, q18 a 4)
¿Cristo o Belial? Respuesta al obispo Williamson sobre la asistencia a la Nueva Misa
¿Cristo o Belial? Respuesta al obispo Williamson sobre la asistencia a la Nueva Misa
La ley estadounidense de derechos de autor permite el análisis crítico de un vídeo hecho con un uso justo, pero a aquellos usuarios (Novus Ordo Watch, etc.) que descarguen partes de este vídeo para alentar la agenda sedevacantista sin vincularlas o acreditarlas con el video completo parecería que están atacando a Su Excelencia. Todos debemos estudiar nuestra fe y orar por nuestro clero, incluyendo, en particular, al Papa [sic] Francisco.
Este canal no apoya el error sedevacantista o la asistencia a la Nueva Misa, excepto en las circunstancias dichas por el arzobispo Lefebvre, por ejemplo, en la asistencia pasiva a los funerales y bodas.

SOBRE LA VIRGINIDAD: 19. PRINCIPIOS, DESCENDENCIA Y MATRIMONIO ESPIRITUAL DE LA VIRGINIDAD.
PRINCIPIOS, DESCENDENCIA Y MATRIMONIO ESPIRITUAL
DE LA VIRGINIDAD
Ofrécenos oportunidad de reflexionar sobre esta materia la profetisa María, manejando después del paso del mar a pie enjuto el tímpano resonante y dirigiendo el coro de mujeres; porque quizás en este pasaje, bajo el símbolo del tímpano, parecen significar las divinas Letras la virginidad profesada primeramente por aquella María, en cuya persona creo ver prefigurada a María, la Madre de Dios. El tímpano, que tiene el parche purgado de toda humedad y resecado por completo, emite sonidos vibrantes, así como también la virginidad permanece espléndida y resonante si no recibe en sí nada de la humedad terrena de esta vida. Y si era cuerpo muerto el tímpano que María manejaba y cuerpo muerto es la virginidad, no es descaminado conjeturar que aquella profetisa era virgen.
Hasta ahora hemos admitido por meras conjeturas y suposiciones, no por demostraciones apodícticas, el que María capitaneaba aquel grupo de vírgenes; pero muchos de los doctos han declarado abiertamente la verdad de su celibato, por el mero hecho de no mencionarse en parte alguna ni su matrimonio, ni su maternidad. De otro modo no habría sido nombrada ni conocida por el nombre de su hermano Aarón, sino por el de su esposo, caso de tenerlo, puesto que no es el hermano la cabeza de la mujer, sino su marido.
Aun a los que miraban como bendición del cielo el tener descendencia (y esto era lo normal) les parecía carisma honroso el de la virginidad cuando en alguien se daba. Pues ¿cómo será razón sintamos acerca de ella nosotros, los que no entendemos según la carne las bendiciones divinas?
Quedó bien claro por la palabra de Dios en qué ocasiones era bueno concebir y dar a luz y qué género de descendencia prolífica solían esperar los santos de Dios. El profeta Isaías y el divino Apóstol lo manifestaron clara y sabiamente: uno con estas palabras: Por tu temor, Señor, concebimos en nuestro seno, y el otro, jactándose de más descendencia que nadie, como si hubiera engendrado ciudades íntegras y naciones, no sólo dando a luz con sus propios dolores a los corintios y a los gálatas y plasmándolos en el Señor, sino llenando toda la tierra, desde los aledaños de Jerusalén hasta los confines de la Iliria, con los hijos que había engendrado en Cristo por virtud del Espíritu Santo. También se ensalza en el Evangelio como bienaventurado el vientre de la Santísima Virgen por haber servido a un parto inmaculado, ya que ni el parto violó la virginidad ni la virginidad fue obstáculo a este alumbramiento. Pues donde se engendra espíritu de salvación, como dice Isaías, están totalmente de más los deseos de la carne.
También hay en el Apóstol alguna palabra referente a esto, cuando dice que en cada uno de nosotros hay un doble hombre, el uno visible al exterior y que por su naturaleza se ha de corromper, el otro que se siente estar escondido en el fondo del corazón y capaz de sucesivas renovaciones. Ahora bien, si es verdadera esta sentencia (y sin duda lo es, por la misma verdad que en ella habla), no será descabellado pensar en la existencia de un doble matrimonio mutuo y correspondiente a cada una de las personalidades que en nosotros se dan. Y quizás quien osara decir que la virginidad corporal es como aliada y paraninfo del matrimonio interno y espiritual no andaría muy lejos de la verdad.
Sermón P. Altamira: Octava Navidad
Sermón del Padre Fernando Altamira
en la Octava de Navidad
EL DOGMA DE LA PREDESTINACIÓN. DEFINICIÓN Y RAZONES DE LA PREDESTINACIÓN. (5/ 8)
Definición y razones de la Predestinación de S. Tomás
2.- Definición. Estos son los textos escriturísticos que constituyen el fundamento de las doctrinas agustianas y tomista de la predestinación. San Agustín lo ha resumido en esta definición: Prædestinatio est præsciencia et præparatio beneficiorum Dei, quibus certissime liberantur quicumquae liberantur. La predestinación es la presciencia y la preparación de los beneficios por los cuales se salvan ciertamente todos los que se salvan ( De dono perseverentiæ, c 14). San Agustín dice también de una manera más explícita ( De dono Prædestione Sanctorum, c,9) Præestinatione sua Deus ea Præscivit quæ fuerat ipse facturus. «Por su predestinación Dios ha previsto, lo que debía hacer, para conducir infaliblemente a sus elegidos a la vida eterna.»
Santo Tomás conserva esta definición de la predestinación (1, q. 23, a, 1): Ratio transmissionis creaturæ rationalis in fine vitæ æternæ, prædestinatio, nominatur, nam destinare est mittere. La predestinación es en el espíritu de Dios el plan de la conducción de este hombre o de este ángel al fin último sobrenatural. Y este plan, a la vez ordenado y querido, es ‘el que desde toda la eternidad determina los medios eficaces que conducirán a este hombre o a este ángel a su fin último. De éste modo Santo Tomás es enteramente fiel a la definición ‘en la cual San Agustín ha resumid las palabras de la Escritura.
3) Razones de la predestinación. ¿Por qué Dios ha elegido a unos, a los cuales siempre absuelve de sus pecados, y ha reprobado a otros después de haber permitido su impenitencia final?
Santo Tomás (ibid., a, 5, ad 3″2), responde, que en los predestinados ha querido representar su bondad por modo de ‘misericordia, perdonando; .y en los demás manifestar su justicia. Esta respuesta está inmediatamente fundada en la Revelación, tal como se expresa en la Epístola a los Romanos (9, 22): «Si Dios, queriendo manifestar su enojo (es decir su justicia), y hacer patente su poder, sufre (es decir, permite) con mucha paciencia, a los vasos de ira, dispuestos para la perdición; y si ha querido también manifestar las riquezas de su gloria en vasos de misericordia, que Él preparó para la gloria… (¿dónde está la injusticia?).»La bondad divina, por una parte, tiende a comunicarse, y por esto es el principio de la misericordia, y por otra parte, tiene un derecho imprescriptible de ser amada sobre todas las cosas, y así es el principio de la justicia. Conviene que la bondad suprema se manifieste bajo estos dos aspectos, y que aparezca el esplendor de la infinita justicia así como la claridad de la infinita misericordia. De esta manera el mal no es permitido por Dios sino por un bien superior cuyo juez es la infinita sabiduría y que contemplarán los elegidos. Los tomistas nada agregan a esta enseñanza, sino que se contentan con defenderla. De idéntica manera proceden en la cuestión siguiente.
Siguiente e importantísimo artículo: «¿ Por qué razón ha predestinado Dios a éste y no a aquél?»
NOVEDAD EDITORIAL: TRATADO DEL PURGATORIO
Uno de los mayores admiradores del Tratado del Purgatorio ha sido, sin duda, el Doctor de la Iglesia San Francisco de Sales (1567-1622), que hubo de mantener con protestantes, precisamente acerca del purgatorio, no pocas controversias.
FORMATO: 19,5 x 13,5 x 0.3 cms.
Encuadernación: grapado
Páginas: 52+2
Contenido del libro:
| 1. Vida de Santa Catalina de Génova |
| 2. Conceptos de culpa y pena |
| 3. Síntesis doctrinal de Santa Catalina de G. |
| 4. Purificación en San Juan de la Cruz |
| 5. S. Francisco de Sales y el Tratado del P. |
| 6. Las ayudas a las almas del Purgatorio |
| 7.Posibles preguntas sobre las oraciones |
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a.-Más sobre las Indulgencias b.-Qué es una indulgencia c.-Qué no es una indulgencia d.-Varios tipos de indulgencias e.-Quién puede conceder indulgencias f.-Disposiciones necesarias para ganar indulgencias g.-Enseñanza autoritativa de la Iglesia h.-La Comunión de los Santos i.-El Principio de la Satisfacción Vicaria j.-El Tesoro de la Iglesia k.-El Poder de conceder indulgencias l.-Abusos m.-El tráfico de indulgencias 8.Indulgencias apócrifas 9.Efecto curativo de las indulgencias |
Tratado sobre el Purgatorio de Santa Catalina de Siena |
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Capítulo 1. El estado de las almas que están en el Purgatorio; como están exentas de todo amor propio. C.2. En qué consiste el disfrute de las almas del Purgatorio. C.3. La separación de Dios es el principal castigo del Purgatorio. C.4. Acerca del estado de las almas en el Infierno y su diferencia con las que se hallan en el Purgatorio. C.5.De la paz y disfrute que hay en el Purgatorio. C.6. Una comparación para mostrar con qué empuje y qué amor. C.7. Sobre la admirable Sabiduría de Dios al hacer el Purgatorio y el Infierno. C.8.Sobre la necesidad del Purgatorio, y cuán terrible es. C.9. De cómo Dios y las almas en el Purgatorio se miran mutuamente. C.10. De cómo Dios utiliza el Purgatorio para hacer al alma íntegramente pura. C.11. Sobre el deseo de las almas en el Purgatorio de ser completamente lavadas de sus pecados. C.12. De cómo el sufrimiento en el Purgatorio va acoplado a la alegría. C.13. Las almas en el purgatorio ya no están en condiciones de hacer méritos. C.14. Sobre la sumisión de las almas del Purgatorio a la voluntad de Dios. C.15. Reproches que las almas del Purgatorio hacen a la gente del mundo. C.16. Las almas mostraron nuevamente cómo los sufrimientos de las almas en el Purgatorio no son obstáculo en absoluto para su paz y alegría. C.17. Ella concluye aplicando todo lo que ha dicho de las almas en el Purgatorio a lo que ella siente, y ha probado en su propia alma.
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