SOBRE LA VIRGINIDAD: 24. NECESIDAD DE UN GUÍA Y DE LA IMITACIÓN DE CRISTO CRUCIFICADO.
NECESIDAD DE UN GUÍA Y DE LA IMITACIÓN DE CRISTO
CRUCIFICADO
Será, por lo tanto, conveniente que los jóvenes no se den a sí mismos las normas para este camino; pues no faltarán a esta nuestra edad ejemplos de gente buena, ya que si en algún tiempo, ahora de un modo particular, florece y se asienta en nuestra vida la gravedad de costumbres, que se va perfeccionando con nuevos progresos hasta alcanzar su mayor altura. Y de ella participará el que camine sobre tales huellas, y quien siga tras el aroma de este ungüento quedará lleno del buen olor de Cristo.
Cuando se enciende una lámpara, se puede, prender con su llama a todas las demás lámparas que se hallan próximas, y esto sin que se mengüe para nada la primera luz, aunque lleguen a igualarla las otras que lucen por su participación; así también esta gravedad en la conducta se transfunde de los que la practican a los que se encuentran cerca de ellos, pues es verdadero el dicho profético: el que anda con el santo, con el inocente y con el escogido, viene a hacerse semejante a ellos. Si me preguntas acerca de las normas que imposibilitan apartarse del buen ejemplo, es fácil describirlas.
Si ves en medio de la vida y la muerte la existencia de un hombre que toma de ambos extremos lo conducente a la virtud, de modo que no se apropie de la muerte lo que en ella hay de inacción respecto al deseo de guardar los mandamientos, ni se lance con paso veloz tras la vida, por sentirse ajeno y más insensible aún que los mismos sujetos a las apetencias mundanas, donde bulle la vida de la carne, sino que, por el contrario, permanezca firme, enérgico y animoso para las obras de virtud, donde se reconoce a los que viven en espíritu, mira en él la norma de tu conducta. Ese tal sea para ti el blanco de tu proceder sobrenatural, como las estrellas brillando sin interrupción en el firmamento lo son para el timonel.
Imita su vejez y su juventud, o mejor dicho, imita la senectud que muestra en su adolescencia y la vida juvenil que conserva en su ancianidad; pues si el tiempo debilitó, al declinar ya la edad, la robustez y energía de su alma, ni la época de la juventud activa se dio a conocer como juventud activa en tales cosas, sino que se formó una mezcla admirable de caracteres contrarios, o mejor, una permuta de propiedades en cada una de las edades dichas, bullendo en la ancianidad el ímpetu para el bien y estando aletargada en la juventud la actividad para el mal.
Y si preguntas por los amores de aquella edad, imita el amor firme y ardoroso de la sabiduría divina, en el que fue creciendo desde su infancia y conservó hasta la ancianidad. Y si no puedes mirarle a Él, como no pueden mirar al sol los que padecen de la vista, torna tus ojos hacia el coro que Él ordenó, el coro de los santos, que resplandecen en el firmamento para ser imitados por todos sin distinción de edades. Este es el modelo que Dios propone a nuestra vida. Entre ellos hay muchos que desde su mocedad encanecieron ya en la pureza y en la prudencia, adelantándose a la vejez con la gravedad de su juicio y progresando en la disciplina de la vida más que en el tiempo. Estos no conocieron más amor que el de la Sabiduría, no porque fuesen distintos de los otros en cuanto a la naturaleza (pues la carne lucha en todos contra el espíritu) , sino porque entendieron bien al que dice que la templanza es como un árbol de vida para quienes, abrazándose firmemente con él y cruzando el mar proceloso de la vida sobre este árbol, como en una lancha, arribaron al puerto de la voluntad de Dios.
Y ahora su espíritu reposa en perfecta paz y tranquilidad después de una feliz travesía. Habiéndose asegurado con una firme esperanza, como con ancla sólida, tranquilos ya y lejos del oleaje, ofrecen el ejemplo brillante de su vida como luz que, saliendo de un faro, ilumina a los que siguen tras ellos. Ya tenemos, por tanto, a quién mirar para sortear con seguridad el embate de la tentación. ¿A qué viene ahora preocuparte de que algunos de los que siguieron por estos derroteros fueran vencidos, y por qué te arredras, como si fuera obra imposible? Pon los ojos, por el contrario, en el que consumó airoso la empresa, y con ánimo alentado lánzate a la buena navegación bajo el soplo del Espíritu Santo, con Cristo por patrón en el timón de la alegría. Porque los marineros, que se lanzan a la mar en sus lanchas y hacen su trabajo en aguas profundas, no se arredran por el naufragio acaecido a otros, sino que, embrazando como escudo la esperanza, se apresuran por llevar a feliz término su empresa.
¿No sería el mayor de los absurdos llamar malvado al que en una vida santa se deslizó una vez en el pecado y juzgar que anda más acertado el que ha envejecido pasando toda su vida entre vicios?
Si es peligroso mancillarse una vez con el pecado y crees por ello no deber aspirar ya a un ideal más sublime, ¿cuánto peor es ponerte el pecado como patrón de conducta y con ello permanecer privado por completo de una vida más perfecta? ¿Cómo vas a oír al Crucificado, tú que estás tan vivo; al que murió por el pecado, tú que por el pecado estás robusto; al que exigió el seguimiento en pos de sí llevando sobre su cuerpo la cruz como trofeo contra el enemigo, tú que no estás crucificado al mundo ni aceptas la mortificación de la carne? ¿Cómo obedeces tú a Pablo, que te exhorta a presentar tu cuerpo como hostia viva, santa y agradable a Dios, tú que te amoldas a los caprichos de este siglo y no te ajustas a la renovación del corazón ni caminas en la novedad de esta vida, sino que vas en seguimiento de la vida del hombre viejo?
Y ¿cómo ejerces el sacerdocio del Señor, tú que has sido ungido para eso, para ofrecer a Dios un don, pero un don no ajeno por completo a ti ni un don subrepticio de cosas que te pertenecen, sino don en verdad tuyo, es decir, tu hombre interior, que debe presentarse perfecto e inmaculado, según la ley del Cordero, y ajeno a toda mancha e impureza?
¿Cómo ofrecerás estas cosas a Dios, tú que no haces caso a la prohibición de que el impuro haga de sacerdote? Y si aspiras a que Dios se te comunique, ¿por qué haces caso omiso de Moisés, que ordenaba al pueblo la abstención del matrimonio para abrir paso a las manifestaciones del Señor?
Si te parecen pequeñas estas cosas: estar crucificado juntamente con Cristo, ofrecerte a Dios como hostia, ser sacerdote del Altísimo, hacerte digno de sus grandes apariciones, ¿qué cosas más altas que éstas podremos proponerte, si te han de parecer pequeñas aun las que de éstas se deduzcan, ya que del ser crucificado con Cristo se sigue el convivir con Él, el ser conglorificado con Él y el reinar con Él? De ofrecerse uno a sí mismo a Dios se signe el transformarse la naturaleza y dignidad humana en la angélica. Así lo dice también Daniel: Centenares de millares te rodeaban .El que ha recibido el verdadero sacerdocio y forma en las filas del gran Pontífice, también él permanece sacerdote perfecto por todos los siglos, y ni la misma muerte puede impedir su sacerdocio eterno.
Del decir que uno es digno de ver a Dios no se sigue otro fruto que ese mismo: el ser digno de verle. Pues ésta es la cima de toda nuestra esperanza, éste el término y coronamiento de todos los deseos, de toda alabanza al Señor, de todas las divinas promesas y de aquellos inefables bienes que esperamos, superiores a todo conocimiento y sentido. Esto es lo que anheló ver Moisés, esto por lo que suspiraron muchos profetas y reyes.
Pero sólo son dignos de conseguirlo los limpios de corazón, los que por esto mismo son llamados y son en realidad bienaventurados, porque ellos verán a Dios. Esta es la razón por la que quiero que tú seas uno de esos concrucificados con Cristo, que se ofrece a si mismo ante Dios como sacerdote inmaculado y se hace hostia limpia, y se prepara a la venida del Señor en toda pureza, mediante la castidad; para que también tú veas al Señor con corazón puro, según la promesa de Dios y de nuestro Salvador Jesucristo, a quien sea dada la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
1.2 PSICOLOGÍA RACIONAL: Tesis 2ª. El alma racional es también sustancia perfectamente inmaterial y espiritual.
El alma racional es también sustancia perfectamente inmaterial y espiritual.
Observación.
No es raro ver a la filosofía moderna contentarse con probar que el alma racional es sustancia simple, con lo cual se figura haber dicho cuanto decirse puede acerca de la esencia o naturaleza propia del alma racional, creyéndose a la vez con derecho para atribuirle la inmortalidad. Y, sin embargo, semejante procedimiento es esencialmente incompatible en el orden científico. Para establecer sólidamente la inmaterialidad o espiritualidad del alma y consiguientemente su inmortalidad; para cerrar la puerta a las doctrinas y teorías materialistas, no basta demostrar que el alma es simple, porque simples son también, en opinión de graves filósofos, los elementos primitivos de los cuerpos, y sin embargo, no son sustancias espirituales: simple e indivisible es también el alma de los brutos, y sin embargo, no es sustancia espiritual como lo es el alma racional, ni tampoco posee la inmortalidad. Para establecer, pues, de una manera sólida y verdaderamente [330] científica la espiritualidad del alma, y para que esta espiritualidad pueda servir de premisa necesaria para la inmortalidad, es preciso demostrar que el alma racional es una sustancia superior a todo el orden corpóreo, incompatible con la naturaleza de todo cuerpo, y elevada sobre las condiciones de la materia.
Esto supuesto, pruébase ahora la tesis.
1º La esencia y atributos del alma racional se conocen por medio de sus operaciones y facultades, las cuales, como manifestaciones y efectos de la misma, nos descubren su naturaleza propia; es así que el alma racional es principio de operaciones y facultades que son absolutamente incompatibles con los seres materiales o corpóreos: luego el alma es una sustancia perfectamente inmaterial o espiritual. La menor es a la vez una verdad de sentido común y de razón, si se tiene presente que en el alma racional existen el entendimiento y la voluntad libre, facultades que todos los hombres reconocen como incompatibles con el cuerpo y como superiores a todo el orden de seres materiales. Por otra parte, el cuerpo, como tal, es inerte y carece de actividad; pero el entendimiento y la voluntad libre son facultades o fuerzas activas. Que si alguno pretende que los cuerpos, precisamente como cuerpos, se hallan dotados de actividad, no se podrá negar en todo caso que no está en su potestad la aplicación y el modo de ejercer esa actividad, al paso que el alma por medio de la voluntad se determina a sí misma a funcionar de esta o de la otra manera, en este o aquel tiempo, y lo que es más todavía, a obrar o suspender la acción.
Si a esto se añade ahora que el alma de los brutos, la cual, sin duda, es superior y más noble que cualquiera cuerpo, sea simple o compuesto, no posee inteligencia y libertad, a pesar de esa superioridad indisputable, será preciso reconocer que las operaciones y facultades propias del alma racional revelan y demuestran que la sustancia de la cual emanan como de su principio y causa, y en la cual existen, es superior absolutamente a toda materia, y que trasciende o traspasa todo el orden de los seres corpóreos y materiales, [331] con los cuales nada puede tener de común en su esencia y atributos.
2º La operación principal y propia del alma racional es la intelección, o sea conocer las cosas por medio de ideas y nociones universales e independientes de la materia; es así que esta función que abraza, además de la simple percepción, los juicios y raciocinios universales, es puramente espiritual: luego también el alma es una sustancia puramente espiritual; porque, como dice muy bien santo Tomás, «la operación de una cosa demuestra o manifiesta la sustancia y ser de la misma, puesto que cualquiera agente obra en cuanto es tal ente o ser, y la operación propia de una cosa es conforme y consiguiente a su naturaleza propia (1).» Para reconocer que la intelección es una operación o acto propiamente espiritual, superior a todo el orden corpóreo e independiente de toda materia, basta tener presente: 1º que es independiente, por su naturaleza, de todo órgano corporal o material; pues de lo contrario no se hallaría en Dios y los ángeles, puros espíritus: 2º que las facultades y funciones que se ejercen mediante órganos materiales, o que no pueden obrar sin el concurso de éstos, por elevados y nobles que sean en sí mismas, solo se refieren a objetos singulares y materiales o extensos, como se observa en la imaginación, a pesar de su perfección relativa, como facultad cognoscitiva superior a las demás del orden sensible: por el contrario, sabido es que el entendimiento funciona acerca de los cuerpos bajo la forma de universalidad: 3º la intelección, no solo se refiere o abraza los cuerpos en universal, lo cual revela que ella no puede pertenecer a ningún cuerpo real o particular, sino que extiende su acción a objetos puramente inteligibles e independientes de toda materia, como son las razones de causa, de [332] verdad, de justicia, de relación, de sustancia, &c. Y lo que es más todavía, a seres pura y absolutamente espirituales, como Dios y los ángeles. Cuando no hubiera otras razones, bastaría ciertamente esta última para demostrar la espiritualidad completa y absoluta de la intelección y consiguientemente del alma, que es su principio y sujeto (2).
{(1) «Operatio rei demonstrat substantiam et esse ipsius, quia unumquodque operatur sucundum quod est ens, et propia operatio rei sequitur ejus naturam.» Sum. cont. Gent., lib. 2º, cap. 55.}
{(2) Véanse Estudios sobre la Filosofía de santo Tomás, lib. IV, y principalmente los caps. 3º y 4º. Raulica, Filosofía Crist., t. III, cap. 14, §133, en donde, entre otras cosas, escribe lo siguiente: «El raciocinio, aun cuando es aplicado a los cuerpos, se hace sin el cuerpo y sin el menor concurso del cuerpo. Porque raciocinar sobre los cuerpos, es comparar las ideas que el entendimiento se ha formado respecto a la naturaleza y propiedades de los cuerpos; es procurar entender los cuerpos, es decir, conocerlos por lo que tienen de más incorporal. El raciocinio sobre el cuerpo es, pues, una operación del exclusivo resorte del espíritu, y los cuerpos representan el papel de objetos, no de cooperadores, aun en la operación que se refiere a ellos.
Con mayor razón, no entra para nada el cuerpo en los raciocinios relativos a las cosas puramente espirituales. En efecto; cuando raciocinamos sobre la naturaleza de Dios, de los ángeles… sobre los principios, las doctrinas, los fines, la Religión, la moral, la filosofía, las leyes y los deberes, ¿pedimos, recibimos el menor auxilio de nuestro cuerpo? ¿No debemos esforzarnos, por el contrario, por abstraernos de cuanto es sensible y corporal?».}
SOBRE LA VIRGINIDAD: 23. NECESIDAD DE SEGUIR A UN DIRECTOR EXPERIMENTADO.
NECESIDAD DE SEGUIR A UN DIRECTOR EXPERIMENTADO
El que ha escogido vivir según esta filosofía, gusta de conocer con exactitud cómo ha de conducirse en cada suceso de la vida, qué es lo que ha de precaver, en qué ocupaciones ha de ejercitarse, cuál haya de ser la medida de su continencia, cuál su modo de proceder y cuáles, en fin, las cosas todas que se refieren a la vida orientada a un tal ideal. Existen ya muchas instrucciones escritas en que se enseña todo esto. Cierto que la dirección con palabras es menos eficaz que la llevada a cabo con obras.
No implica tampoco grandes molestias este negocio, como si fuera necesario encontrar un preceptor para emprender un gran viaje o una larga travesía marítima; sino que, como dice el Apóstol, cerca de ti está la palabra y de tu propio hogar procede la gracia. Aquí está la oficina de las virtudes, donde esta vida queda purificada en su camino hacia lo más alto de la perfección. Es grande la facilidad que tienen aquí, tanto los que hablan como los que callan, para aprender por medio de las obras este modo celestial de conducirse, porque cualquier discurso que se percibe desprovisto de obras, aun cuando se presente muy embellecido, se asemeja a una estatua muy bien adornada con tintes y colores, que muestra cierta figura externa, pero sin alma.
En cambio, el que hace y enseña, como se dice en cierto lugar del Evangelio, éste es un verdadero hombre con vida, de aspecto hermoso, eficaz y activo. A él deben acudir cuantos traten, según lo dicho, de conseguir la virginidad. Porque de igual modo que quien desea estudiar una lengua extranjera no se basta a sí mismo en calidad de maestro, sino que debe instruirse con los peritos, y por este medio logra hablar lo mismo que los de la otra nación, asi también, según yo pienso, este género de vida no progresará con la sola ayuda de la naturaleza, sino que se desviará por la novedad del camino, y nadie aprenderá la perfección deseada, si no es conducido por la mano de un buen director. Y todas las demás cosas de esta vida en que nos ocupamos, se llevarían hasta el fin con más éxito por el que las emprende si cada uno aprendiese dicha ciencia junto a buenos maestros, en vez de llevarlas a cabo por sí mismo. No es tan evidente esta enseñanza que por sí misma nos proporcione el éxito de lo que más nos conviene, puesto que el acometer experiencias de lo desconocido nunca está exento de peligros.
Así como con experiencias descubrieron los hombres la medicina que antes desconocían, enriqueciéndola poco a poco con nuevas observaciones, hasta tal punto que por el testimonio de las cosas experimentadas llegaban a distinguir lo que es saludable de lo que es dañino, y estos datos se recogían para la formación de la ciencia, teniendo lo observado anteriormente por norma en las sucesivas actuaciones, ahora, en cambio, el que se dedica a esta ciencia ya no tiene necesidad de experimentar por sí mismo la eficacia de los medicamentos para ver si son saludables o deletéreos, sino que, teniendo en cuenta los progresos de los anteriores, ejercita felizmente su arte; de la misma manera en la medicina de las almas, quiero decir en la filosofía, en la cual aprendemos la curación de los sufrimientos que aquejan al alma, ya no es necesario hacer su aprendizaje con conjeturas y tanteos, sino que hay suma facilidad de conseguirlo de quien lo posee por larga y continua experiencia.
La juventud es, por lo general, en todo peligrosa consejera , y rara vez encontrará un éxito grande que merezca la pena si no va la vejez acompañándola en el trabajo de la investigación. Y cuanto es más alto que los otros este ideal que aquí se nos propone, tanto mayor ha de ser nuestro cuidado para precaver peligros; porque en los otros negocios la juventud no regida por la razón acarrea daño a los bienes temporales u obliga a perder alguna honra mundana o alguna dignidad; pero en esta nuestra excelsa y sublime aspiración no son riquezas lo que se arriesga, ni honra alguna mundana y efímera, ni nada de cuanto nos viene de fuera, cosas que, aunque se administren mal, no interesan mucho a los hombres de juicio, sino que el desacierto toca al alma misma, y el riesgo de su daño no es perder cosa que se pueda quizá recuperar, sino perder y arruinar la propia alma.
Quien ha despilfarrado la hacienda paterna, no desconfía tal vez de volver por la reflexión a la antigua abundancia mientras viva en este mundo; pero el que ha perdido ya la vida, ha perdido también toda esperanza de un cambio en mejor. Por tanto, como la mayoría emprenden la virginidad siendo aún jóvenes y de poca discreción, deben por encima de todo buscarse un guía en este camino y un buen maestro.
Evidentemente, el texto griego es defectuoso en este pasaje, en que ha de suplirse, como lo hemos hecho, con varios traductores latinos, la palabra peligrosa, a no ser que se introduzca una partícula de negación, no sea que, por la inexperiencia en que se hallan, se descarríen del camino recto a sendas extraviadas y peligrosas.
Más valen dos que uno, dice el Eclesiastés. El que está solo es fácilmente vencido por el enemigo que acecha los senderos divinos. Y a la verdad: ¡Ay del solo cuando caiga, porque no tiene quien le levante! Algunos han emprendido con ímpetu ordenado la vida veneranda de la santidad, y habiendo tocado la perfección, apenas se habían lanzado hacia ella, resbalaron con caída fatal por su soberbia, engañándose a sí mismos en su locura y teniendo por bueno el capricho de su corazón.
A éstos pertenecen aquellos varones a quienes la Sabiduría denomina perezosos, los cuales alfombraron su camino con espinas: los que miraron como dañosa la voluntad de cumplir fielmente los mandamientos de Dios; los que hicieron vanas las exhortaciones apostólicas y no comen honradamente el pan, sino que hambrean el del vecino haciendo de la inacción un método de vida. De aquí los soñadores, los que dan más crédito a las fantasías de sus sueños que a los mandatos evangélicos y tienen por revelaciones divinas sus propias imaginaciones (de entre éstos salen los allanadores de las casas ajenas), y, por fin, otros que, teniendo por virtud a la rusticidad y la fiereza, no conocen los frutos de la mansedumbre y la humildad.
¿Quién podrá recorrer todas las otras caídas semejantes en que se deslizan los tales por no querer recurrir a los que han sido aprobados por Dios? Conocí a algunos que soportaron el hambre hasta la muerte, como si Dios se aplacase con tales sacrificios; y a otros, a su vez, que se arrojaron a lo diametralmente contrario, pues profesando sólo de nombre el celibato, apenas se apartaron de la vida vulgar. No sólo condescienden con el placer de su estómago, sino que aun viven a la luz del día con mujeres, denominando a esta convivencia fraternidad y ocultando así con un nombre honesto las sospechas de cosa peor. A causa de ellos es tan blasfemada por los extraños esta veneranda y casta profesión.
1.1 PSICOLOGÍA RACIONAL: Tesis 1ª. El alma racional es una sustancia perfectamente simple e indivisible
El alma racional es una sustancia perfectamente simple e indivisible.
A) Que el alma racional es sustancia lo revela claramente la identidad de la misma en medio de la variedad de fenómenos que en ella se suceden y que proceden de la misma como de su principio. La conciencia, como manifestación de la actividad intelectual o del yo pensante, demuestra que es uno mismo y solo el ser que piensa, que quiere, que siente, o hablando más filosóficamente, que percibe intelectualmente y compara las sensaciones. Luego si la sustancia es un ser que obra por sí y permanece lo mismo como sujeto del modificaciones varias y de actos sucesivos, es a todas luces evidente que el alma racional es verdadera sustancia.
B) No es menos incontestable la simplicidad del alma racional; porque siendo ésta el principio y el sujeto del pensamiento, es necesario que sea simple y una, como lo es el mismo pensamiento, el cual es inconcebible e incompatible con la multiplicidad de sustancias. En efecto: si el yo [329] pensante consta de muchas sustancias, estas o son simples, o compuestas. Si lo primero, o piensas todas, o una sola: si piensan todas, esta multiplicidad de pensamientos debería reflejarse en la conciencia, no habiendo razón para que se refleje o manifieste el pensamiento de la una y no el de la otra: si piensa una sola, sobran las demás, y de todos modos tendremos ya una sustancia simple que piensa, que es precisamente lo que llamamos alma racional: es decir, que la cuestión, en esta hipótesis, ya no versará sobre la simplicidad del alma, sino sobre si hay una o muchas en el hombre.
Añádase a esto, que el yo pensante es el mismo yo que quiere, que siente, que reflexiona y que compara unas con otras estas varias operaciones, reuniéndolas en la unidad de conciencia, lo cual es inconcebible con la multiplicidad de partes o de sustancias.
SOBRE LA VIRGINIDAD: 22. ARMONíA DE LAS VIRTUDES OPUESTAS Y MODERACIÓN EN LA ABSTINENCIA.
ARMONíA DE LAS VIRTUDES OPUESTAS Y MODERACIÓN
EN LA ABSTINENCIA
Contemplamos cada año a los labradores separar con habilidad la paja que está mezclada con el trigo, para poder aprovechar cada cosa en orden a su fin: el trigo como alimento y la paja para el fuego y el consumo de los animales. Pues, asimismo, el que practica la templanza, separando también la utilidad del placer, como el trigo de la paja, arroja el placer a los irracionales, cuyo final ha de ser el fuego, como dice el Apóstol, y con agradecimiento aprovecha lo útil conforme a su necesidad.
Son muchos los que, cayendo en el otro extremo de la inmoderación, por una severidad nimia, sin darse cuenta se esforzaron por alcanzar lo contrario de lo que ellos mismos deseaban, y, apartando su alma, por otro camino, de los bienes elevados y celestiales, se sumergieron en preocupaciones y cuidados rastreros, entregando su corazón a inquietudes corporales, hasta el punto de no poder ya levantar con libertad sus espíritus a lo alto ni mirar hacia arriba, sino que se deslizaron a lo que aflige y mortifica la carne. Bueno será poner también cuidado en esto y conservar por igual la moderación entre ambos excesos. No enterrar al espíritu bajo la obesidad de la carne, ni tampoco a su vez, por debilidades adquiridas, hacer al espíritu débil y escuálido, sin tener posibilidad para los trabajos corporales.
Traigamos a la memoria el sabio mandato que prohíbe igualmente declinar a la diestra o a la siniestra. Oí decir a cierto médico, que disertaba sobre su ciencia, que nuestro cuerpo no está formado por cuatro elementos iguales, sino contrarios entre si; lo frío y lo caliente se funden entremezclándose; al mismo tiempo se forma una insospechada combinación con lo húmedo y lo seco, y así se ajustan los contrarios entre sí por la propiedad de proporción de los elementos unidos. Y disertando sobre estos fenómenos fisiológicos, mostraba con sutil agudeza cómo cada uno de estos elementos, que por naturaleza es diametralmente opuesto al otro, por la afinidad de las cualidades intermedias se ajusta con el contrario. Porque, produciéndose el frío y el calor igualmente en lo húmedo y en lo seco y, a su vez, hallándose lo seco y lo húmedo del mismo modo en las cosas calientes y en las frías, esta misma igualdad de cualidades que se muestra entre los contrarios engendra de por sí la fusión de componentes opuestos.
Bien que no sé a qué detenerme en explicar detalladamente cómo por una parte estas cosas están separadas por su naturaleza contradictoria y por otra se aúnan entre si por la afinidad de sus cualidades. Pero, en fin, he recordado lo dicho porque el que con esta teoría explicaba la constitución del cuerpo aconsejaba que, en cuanto fuera posible, se conservase el equilibrio de las cualidades, porque todo el punto de la salud consistía, a su juicio, en que nada de cuanto hay en nosotros predominase sobre su contrario. Ahora bien, si este razonamiento es verdadero, debemos cuidar del tal equilibrio para la conservación de la salud, no permitiendo exceso ni escasez en ninguno de los elementos contrarios de que constamos, con el desarreglo de nuestra vida.
El auriga que gobierna un tiro de potros que se avienen mal entre sí, no azuza con el látigo al impetuoso, ni refrena con las riendas al lento, ni a su vez tampoco deja al revoltoso e indómito que corra según su propio impulso con desorden, sino que al uno endereza, al otro reprime, a los de más allá hostiga con el látigo, hasta lograr de todos una acción concorde para la marcha uniforme. Pues de la misma manera, nuestra razón, que lleva las riendas del cuerpo, no deberá pensar en añadir ardores de ímpetu al que hierve fogoso con el fuego de la juventud, ni al que se siente ya apagado por la edad o por el sufrimiento le aumentará el frío y la languidez.
Acerca de las cualidades restantes escuche la voz de la Sagrada Escritura: Para que ni el que tiene mucho rebose nj el que tiene poco escasee, sino que, recortando los excesos en cualquier sentido, procure aumentar aquello de que está falto. Con igual cuidado evitará la inutilización de su cuerpo bajo ninguna de estas formas, ni criando su carne indómita e irrefrenable por las excesivas complacencias ni tornándola débil, desmazalada e inepta para los deberes de la vida por las inmoderadas mortificaciones.
Este es el fin perfectísimo de la continencia: tender no a dañar al cuerpo, sino a facilitar las actividades del espíritu.
1. PSICOLOGÍA RACIONAL:Naturaleza y atributos del alma humana. Simplicidad y espiritualidad del alma racional
Ofrecemos a nuestros lectores otro curso de filosofía elemental sobre psicología racional basado en Santo Tomás de Aquino y los tomistas, sacado de la obra de Monseñor Zeferino González, Filosofía Elemental, de su segunda edición del año 1876.
En sucesivos artículos iremos ofreciendo a nuestros lectores los siguientes contenidos:
- Naturaleza y atributos del alma humana
- Simplicidad y espiritualidad del alma racional
- El alma racional es una sustancia perfectamente simple e indivisible
- El alma racional es también sustancia perfectamente inmaterial y espiritual
- Inmortalidad del alma racional
- El alma racional es inmortal con inmortalidad natural e interna, y puede perseverar en posesión de la vida después de separada del cuerpo
- El alma racional es también inmortal con inmortalidad externa, o no es destruida por ninguna causa al separarse del cuerpo
- Unión del alma con el cuerpo
- Unidad del alma en el hombre
- El alma racional es el principio único y suficiente de los movimientos y operaciones vitales que existen en el hombre
- El alma racional, forma sustancial del hombre
- El alma racional es la forma sustancial del hombre, y por consiguiente se halla unida al cuerpo con unión sustancial
- El estado de unión o el comercio entre el alma y el cuerpo
- El alma racional en el estado de separación
- Origen del alma racional
- Teorías principales sobre el origen del alma
- Creación del alma racional
- El alma racional es producida por creación, o creada por Dios al engendrarse el hombre
***
Toda vez que no nos es dada la intuición, ni siquiera el conocimiento directo de la sustancia de nuestra alma, nos vemos precisados a investigar su esencia, atributos y propiedades por medio de sus actos y facultades. De aquí se deduce que la Psicología racional no es más que un desenvolvimiento científico de la empírica, y como un corolario general de esta; porque en ella no se hace más que descubrir y determinar la naturaleza y atributos del alma humana en virtud de los fenómenos y hechos científicos suministrados por la psicología empírica. Para llegar a este resultado trataremos: 1º de la naturaleza y atributos del alma racional: 2º del modo y condiciones de su unión con el cuerpo: 3º de su origen: 4º de lo que le corresponde por razón del doble estado de unión y separación respecto del cuerpo.
Naturaleza y atributos del alma humana
Para proceder ab ovo, como suele decirse, en la investigación de la naturaleza y atributos del alma humana, sería necesario comenzar por exponer la constitución y origen de los cuerpos, y principalmente de los vivientes, la noción y manifestaciones varias de la vida, así como la distinción esencial entre las sustancias vivientes y los seres o cuerpos [326] no vivientes. Mas como quiera que el examen y solución de estos problemas no pertenecen a este lugar, sino a la Cosmología, nos limitaremos aquí a exponer la naturaleza y atributos del alma humana según se desprenden de sus funciones y actos propios, en relación y armonía con ciertas ideas cosmológicas, cuya razón suficiente o fundamentos filosóficos se hallarán en la Cosmología.
Simplicidad y espiritualidad del alma racional
Observaciones previas.
1ª Bajo el nombre de alma racional o humana, todos los hombres entienden aquella realidad o naturaleza que existe dentro de nosotros como principio de sentir, de imaginar, de entender, de juzgar, de raciocinar, de amar, de aborrecer, y en general de poner o no poner libremente ciertos actos o movimientos. La permanencia e identidad de esta naturaleza o principio en medio de la variedad, aparición y desaparición sucesiva de aquellos actos, demuestra con toda evidencia y establece la conciencia de todos los hombres, por rudos e ignorantes que sean, la convicción de que esa naturaleza, principio, o llámese como se quiera, es una cosa sustancial, y no un accidente o simple modificación.
2ª El lenguaje y el sentido común, de acuerdo también con la experiencia y la razón, nos revelan además los dos hechos siguientes: 1º que ese principio de los actos indicados, aunque es una cosa sustancial, puede y necesita unirse a un cuerpo con determinados órganos para que resulte la naturaleza humana, para que resulte un hombre, para que haya una persona capaz de ejecutar todas esas operaciones, un yo humano, un operante por sí mismo: 2º que ese principio sustancial de los actos indicados no puede poner o realizar algunos de estos por sí solo, como son los actos de ver, gustar, &c., funciones y actos que no pueden ejecutar sin la cooperación real y eficaz de determinados órganos. Es, por [327] lo tanto, inexacto en buena filosofía el afirmar que el yo humano es el alma racional, como suponen generalmente los filósofos modernos, siguiendo y plagiando a Descartes, para quien el hombre no es más que el pensamiento, y el cuerpo humano un instrumento al cual se une accidentalmente el alma racional. El yo humano no es el alma sola ni el cuerpo solo; el yo humano es la persona humana, y la persona humana es el supuesto, el individuo que resulta de la unión sustancial del alma con el cuerpo.
3ª Para que una cosa se pueda decir con verdad y propiedad filosófica naturaleza subsistente, o lo que es lo mismo, existente en sí misma y por sí misma, se necesitan dos condiciones: 1ª que de tal manera sea capaz de existir en sí y por sí, que no necesite unirse a otra cosa para existir: 2º que tenga posesión completa de sí misma, no solo en cuanto al ser o existir, sino en cuanto al obrar. Las partes de una sustancia animada, por ejemplo, el corazón, la cabeza, los brazos, aunque pueden decirse partes sustanciales, o sustancias parciales, no son individuos sustanciales, o verdaderas sustancias complejas, porque les falta la primera condición, no pudiendo existir en sí mismas y por sí mismas, sino en el animal, que es la verdadera sustancia completa, y con dependencia de las demás partes de su cuerpo. El alma racional separada del cuerpo, puede existir en sí y por sí, pero no tiene subsistencia perfecta y no es sustancia completa; porque no pudiendo ejercer en este estado las funciones de la vida vegetativa ni de la sensitiva, no tiene posesión completa de sí misma en cuanto al obrar, sino que para poseerse completamente quoad operari, necesita unirse al cuerpo. Luego el alma pos sí sola tiene una subsistencia imperfecta, y por consiguiente es sustancia esencialmente incompleta.
4ª Materia o cuerpo llamamos aquí a toda sustancia extensa, compuesta de partes, divisible, sujeta a figura y medida determinadas. Espíritu es una sustancia inextensa, simple, indivisible, inteligente, libre, y capaz de existir y obrar por sí misma. No todo lo que es cuerpo es espíritu, ni todo lo que no es espíritu es cuerpo. El alma de los brutos [328] no es espíritu, puesto que ni tiene inteligencia y voluntad libre, ni puede existir y obrar por sí misma, sino animando y vivificando al cuerpo, al cual se une; pero puede apellidarse espiritual e inmaterial no solo porque y en cuanto que no es cuerpo con extensión, figura, &c., sino porque en sí misma y de si misma es simple e indivisible. La misma puede apellidarse material, en cuanto no puede existir ni obrar sino en el cuerpo y con el concurso o cooperación del cuerpo. Luego es inexacta y poco filosófica la suposición de que no hay medio entre el cuerpo y el espíritu, y es mucho más conforme a la razón y la experiencia el admitir entidades reales y sustanciales que no son ni cuerpo ni espíritu. Al tratar en la Cosmología de los vivientes y del alma de los brutos, aparecerá más clara la verdad y exactitud de esta doctrina.
Estas observaciones conducen lógicamente a las conclusiones o afirmaciones siguientes, que se verán en el siguiente artículo.
EL DOGMA DE LA PREDESTINACIÓN. ¿HAY ALGÚN MODO INFALIBLE DE CONSEGUIR LA PERSEVERANCIA FINAL? ( Y 8/ 8)
¿HAY ALGÚN MODO INFALIBLE DE CONSEGUIR LA PERSEVERANCIA FINAL?
Sí. Con la oración revestida de las debidas condiciones puede obtenerse infaliblemente de Dios el gran don de la perseverancia final.
Expliquemos, ante todo, los términos de la conclusión;
Con la oración, de petición o súplica.
Revestida de las debidas condiciones. Santo Tomás señala cuatro
II-II, 83, 15ad 2):
- que se pida algo para sí mismo (el prójimo puede oponer obstáculo voluntario y resistencia.
- cosas necesarias o convenientes salvación eterna;
- piadosamente (es decir, con fe, humildad, en nombre Cristo, etc.).
- con perseverancia, o sea, insistentemente hasta conseguirlo
Cuando se juntan estas cuatro condiciones, se obtiene siempre, infaliblemente, lo que se pide, en virtud de la promesa divina, que consta en el Evangelio, como vamos a ver en seguida.
Puede Obtenerse. No decimos merecerse, sino obtenerse, conseguirse de justicia, sino de pura liberalidad y misericordia. No se trata de recibir un jornal, sino de pedir una limosna.
Infaliblemente. Por la promesa de Dios, que se ha comprometido a ello y es imposible que deje de cumplir su palabra.
El gran don. Continúa siéndolo aun cuando lo obtengamos infaliblemente, puesto que no lo habremos obtenido por vía de mérito o de justicia, sino de impetración o de limosna gratuita.
De la perseverancia final. O sea, de la muerte en gracia de Dios, conectada infaliblemente con la salvación eterna.
He aquí la prueba de nuestra conclusión
LA SAGRADA ESCRITURA. Nos dice con toda claridad que obtendremos de Dios todo cuanto pidamos en orden a nuestra eterna salvación y, como es obvio, ninguna otra cosa es más necesaria para conseguirla que la perseverancia final. La promesa divina consta con toda claridad. He aquí algunos textos:
«Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Mateo 7:7-8
Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis.» (Mateo 21:22)
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. (Juan 15:7)
En aquel día no me preguntaréis nada; en verdad, en verdades digo: Cuanto pidiereis al Padre os lo dará en mi nombre.» Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo.» (Juan 16:23-24)
Y la confianza que tenemos en El es que, si le pedimos alguna cosa conforme con su voluntad, El nos oye. Y si sabemos que nos oye en cuanto le pedimos, sabemos que obtenemos las peticiones que le hemos hecho. (1 Juan 5:14-15)
EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA—El concilio II de Orange afirma que «la ayuda de Dios ha de ser implorada siempre, aun por los renacidos y sanados, para que puedan llegar a buen fin o perseverar en la buena obra» (Denz. 183). El concilio de Trento, después de decir que nadie puede saber con certeza si recibirá o no el don de la perseverancia final, añade, sin embargo, que «todos deben colocar y poner en el auxilio de Dios la más firme esperanza» (Denz. 8o6), ya que «Dios no manda imposibles a nadie, sino que al mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas y ayuda para que puedas» (Denz. 804). Por otra parte, la Iglesia en su liturgia pide continuamente la perseverancia en el bien y la salvación eterna. Y. según San Agustín, en el Padrenuestro no pedimos otra cosa que la perseverancia final ( De dono perseverantiae).
LA RAZÓN TEOLÓGICA.—He aquí cómo expone Santo Tomás los argumentos de razón:
«Con la oración podemos impetrar incluso lo que no podemos merecer. Porque Dios escucha a los mismos pecadores cuando le piden perdón, aunque de ningún modo lo merecen, como explica San Agustín comentando aquello del Evangelio (lo. 9,31): Sabemos que Dios no escucha a los pecadores. De otra suerte hubiera sido inútil la oración del publicano cuando decía:
Compadécete de mí, Señor, que soy un hombre pecador (Lc. 18,13). De semejante manera podemos impetrar el don de la perseverancia final para nosotros o para otros, aunque no caiga bajo el mérito» (I-II. 114 9ad)
«Hay también en la Sagrada Escritura muchas oraciones en las cuales se pide a Dios la perseverancia; por ejemplo, en el Salmo: Asegura mis pasos en tus senderos para que mis pisadas no resbalen (Ps. 56,5). Y en la epístola segunda a los Tesalonicenses (2,16-57): Dios, nuestro Padre, consuele vuestros corazones y los confirme en toda obra y palabra buena. Esto mismo se pide en la oración dominical, principalmente cuando se dice: «Venga a nos tu reino», pues no vendrá a nosotros el reino de Dios si no perseverásemos en el bien. Pero sería ridículo pedir a Dios lo que no proviene de El. Luego la perseverancia del hombre procede de Dios» ( Contra Gentiles III,155)
A estos argumentos de Santo Tomás se pueden añadir otros que se apoyan no sólo en la bondad, sino hasta en la justicia misma de Dios. He aquí uno de los más claros y convincentes:
Todo hombre está obligado a asegurar su salvación por todos los medios a su alcance. Ahora bien: como la perseverancia final—condición indispensable para salvarse—no puede ser merecida por nadie, si no tuviéramos a nuestra disposición un medio seguro e infalible de conseguirla, sería vano e injusto el precepto divino que nos obliga a salvarnos: porque podría darse el caso de no conseguir esa salvación después de haber hecho de nuestra parte todo lo posible para asegurarla, lo cual es absurdo, blasfemo y herético. Tiene que haber, pues, un medio seguro e infalible de salvación colocado al alcance de todos los hombres, y ese medio no es otro que la oración de súplica revestida de las debidas condiciones.
Contra esta doctrina, tan profundamente tranquilizadora, pueden, sin embargo, ponerse algunas objeciones aparatosas, la solución de las cuales redondeará la doctrina que acabamos de exponer y la hará más clara y coherente.
Primera Objeción: La voluntad de Dios y sus disposiciones eternas son absolutamente inmutables. Si El ha dispuesto concedernos la gracia de la perseverancia final, nos la concederá aunque no se la pidamos; y si no, es inútil que se la pidamos, pues infaliblemente nos quedaremos sin ella, ya que Dios no puede cambiar de voluntad.
RESPUESTA: Es cierto que Dios no cambia ni puede cambiar de voluntad, porque ese cambio supondría una equivocación o error en la primera determinación divina, lo cual es imposible en Dios. Pero de ahí no se sigue que la oración sea inútil, porque Dios ha determinado desde toda la eternidad conceder algunas cosas a condición de que se las pidan, o sea, vinculándolas a nuestras oraciones. De donde se sigue que, si pedimos esas cosas, las tendremos ciertamente; pero, si no las pedimos, nos quedaremos sin ellas. No se trata de que Dios mude o cambie su voluntad, sino de que nosotros cumplamos la condición que El ha señalado para concedernos tales gracias. Escuchemos a Santo Tomás explicando esta doctrina:
«La divina Providencia no sólo dispone las cosas que se han de producir en el mundo, sino también las causas y el orden en que han de producirse. Ahora bien: entre esas causas figuran los actos humanos. Luego hay que concluir que los hombres tienen que hacer algunas cosas, no para cambiar con ellas las disposiciones divinas, sino para cumplir las condiciones que Dios ha señalado para que se verifiquen aquellas cosas. No orarnos, pues, para cambiar las divinas disposiciones, sino para impetrar lo que Dios dispuso conceder a las oraciones de los Santos.
La oración no es, pues, una simple condición, sino una verdadera causa segunda condicional (la causa primera absoluta de todo cuanto existe es el mismo Dios). No se puede cosechar sin haber sembrado; la siembra no es simple condición, sino causa segunda de la cosecha.
Segunda objeción.O estoy predestinado o no lo estoy. Si lo estoy, me salvará infaliblemente haga lo que haga, pues la divina predestinación es infalible o infrustrable; y si no lo estoy, haga lo que haga, me condenaré sin remedio. Luego es inútil orar o practicar el bien.
RESPUESTA. Hay aquí un sofisma muy grande, que se deshace fácilmente con los principios que acabamos de sentar al resolver la objeción anterior. Es cierto que la predestinación es infrustrable y no puede fallar; pero también lo es que el hombre tiene que cooperar a la gracia cumpliendo los planes misericordiosos de Dios, sin cuya cooperación no se realizarían esos planes. El predestinado cooperará de hecho, infaliblemente, a los planes de Dios, ya que está predestinada por Dios esta misma cooperación, que se realizará sin falta; pero esta cooperación es de tal manera necesaria, que sin ella el hombre no se salvaría. Escuchemos a Santo Tomás:
En la predestinación hay que distinguir dos cosas: la misma preordinación divina y su efecto. En cuanto a lo primero, la predestinación en modo alguno puede ser ayudada por las oraciones de los santos, pues no son éstas las que hacen que alguien sea predestinado por Dios. Pero, en cuanto a lo segundo, se dice que la predestinación es ayudada por las oraciones de los santos y por otras obras buenas; porque la providencia, de la que forma parte a predestinación, no prescinde de las causas segundas, sino que provee a sus efectos en forma tal, que incluso el orden de las causas segundas está comprendido en sus planes. Por tanto, así como Dios provee a los efectos naturales de modo que tengan causas también naturales, sin las cuales no se producirán, de la misma manera predestina la salvación de alguien de modo tal, que bajo el orden de la predestinación queda comprendido todo lo que promueve la salvación del hombre, bien sean sus propias oraciones, las de los demás, las otras obras buenas o cualquiera de las cosas sin las cuales no se alcanza la salvación. Y he aquí por qué los predestinados deben poner empeño en orar y practicar el bien, pues de esta manera se realiza con certeza el efecto de la predestinación, y por esto dice San Pedro:
Procurad, por vuestras buenas obras, hacer cierta vuestra vocación y elección . De modo que la predestinación conseguirá sin falta su objetivo, pero a base de la libre cooperación del hombre; de tal manera que no se conseguiría sin esta cooperación, que, sin embargo, se realizará de hecho infaliblemente por estar también predestinada . Por eso es una gran señal de predestinación el vivir habitualmente en gracia de Dios y esforzarse en cumplir sus mandamientos, pues con ello aparece claro que vamos cumpliendo los planes de Dios en orden a nuestra eterna salvación, que llegará de hecho a su debido tiempo, o sea, cuando hayamos cumplido por nuestra parte la última condición prevista y ordenada por Dios.
Y con esto queda deshecho el sofisma del llamado determinismo teológico de los fatalistas árabes y algunos protestantes). Aquello de quello que Dios sabe que ocurrirá, ocurrirá sin falta, es una verdad muy grande; pero de esto no se sigue que el hombre no pueda o no deba hacer nada para salvarse, sino que es necesario que coopere a la acción de Dios para llegar los dos juntos (Dios y el hombre) al resultado previsto por Dios.
Con este sofisma del determinismo teológico quiso engañar el demonio a un monje que hacía mucha penitencias según se lee en las Vidas de los Padres del desierto. Presentándose un día el tentador, arguyó al monje del siguiente modo: «O estás predestinado o no lo estás. Si lo estás, ¿para qué haces penitencia pues de todas formas te has de salvar? Y si no lo estás, ¿por qué te molestas en hacerla, pues de todas formas te has de condenar? Luego déjate de penitencias y entrégate a toda clase de placeres sin miedo a cambiar por ellos los planes que Dios tenga sobre ti’ A lo que contestó el monje agudamente retorciéndole el argumento en la siguiente forma: «O estoy predestinado o no lo estoy: dices bien. Si lo estoy, ¿por qué me tientas, si de todas formas me he de salvar? Y si no lo estoy. ¿por qué te molestas en tentarme, si de todas formas iré contigo al infierno? Luego vete de aquí y déjame en paz con misa penitencias.
No sabemos si el anterior relato es o no histórico, pero es indudable que echa completamente por tierra el argumento de los fatalistas. Dios, en el orden de la intención, nos ha predestinado por un decreto enteramente gratuito y misericordioso, ya que la predestinación—al menos tomada adecuadamente, o sea, incluyendo todo el proceso de la gracia y la gloria—es completamente gratuita como reconocen todas las escuelas teológicas y se desprende de los datos de la fe. Pero en este orden de la ejecución exige y reclama nuestra cooperación, como causa segunda porque todo bien procede de Dios causa primera, para llevar a cabo aquel plan enteramente gratuito de su decreto eterno. Sin esta cooperación aquel plan no se realizaría de hecho; aunque esta cooperación no faltara en los predestinados, que la prestarán libre pero infaliblemente en el sentido que hemos explicado. Por eso no hay otra señal más clara de predestinación que vivir habitualmente en gracia de Dios, trabajando con temor y temblor en nuestra propia salvación, como nos dice San Pedro, porque es dogma de fe que “Nadie puede saber con certeza, a no ser por revelación especial de Dios, si recibirá el don de la perseverancia final” . Y no la hay señal tan clara de reprobación como vivir habitualmente en pecado, sin preocuparse de salir de él. Así pues, no cesemos de hacer la oración revestida de las debidas condiciones para que, no por mérito nuestro, sino cual mendigos, podamos alcanzar el gran don de la perseverancia final.
Sermón del P. Altamira: Sagrada Familia
Sermón del Padre Fernando Altamira
en la fiesta de la Sagrada Familia
Resumen: Deberes del matrimonio cristiano. Los pecados más comunes en el matrimonio.( El Padre anuncia tres sermones consecutivos dedicados a este tema, que saldrán, Dios mediante, tras los dos próximos domingos)
SOBRE LA VIRGINIDAD: 21. MODO Y USO QUE HA DE GUARDARSE EN EL PLACER.
MODO Y USO QUE HA DE GUARDARSE EN EL PLACER
Siendo manifiesto que nadie puede acercarse a la pureza de Dios sin hacerse antes él mismo puro, es necesario apartarse del placer mediante un muro elevado y fuerte, no sea que por el acercamiento al deleite se manche la limpieza del corazón. Una muralla firme es la hostilidad completa contra todo lo que llevan a cabo los afectos. Porque aunque el placer es uno por naturaleza, como dicen los doctores, pero se infunde a través de los sentidos en los voluptuosos, como el agua, que manando de una sola fuente se derrama por varios riachuelos.
Por tanto, el que se deja dominar por aquel único placer engendrado por los sentidos, ese tal ha recibido una herida en el corazón. Como nos dice la voz de Dios, quien satisface su concupiscencia con los ojos, recibe una mancha en su corazón. Creo que lo dicho allí por el Señor de un sentido, puede aplicarse a todos, de modo que muy bien podemos decir, glosando las palabras divinas: «El que oye algo por concupiscencia, el que toca, el que emplea en deshonestidades cualquiera de sus potencias, ha pecado en su corazón».
En consecuencia, para que no suceda esto hay que poner en práctica aquella regla útil para la vida según la prudencia: «No entregar nuestro espíritu a cosa alguna en que se mezcle el cebo del placer». Y sobre todo hay que tener especial cuidado con el placer del gusto, que es el más íntimo en cierto modo y como la madre de todos los vicios. Porque los deleites de la comida y bebida excesivos producen en el cuerpo la necesidad de colmarse con males indeseables y son causa de muchas de las enfermedades que aquejan a la humanidad.
Para conservar, pues, nuestro cuerpo sereno en sumo grado, sin que sea perturbado por todo ese cortejo de desgracias, hemos de llevar un género de vida continente, señalando a los goces su modo y medida, limitándolos según la conciencia y no según el placer. Y aunque muchas veces la utilidad y el deleite se entremezclan (porque la indigencia de algo todo lo suaviza, dulcificando con la vehemencia del deseo lo pretextado por la necesidad), no debe rechazarse lo conveniente por el placer que lo acompaña, ni tampoco buscar el deleite como la cosa principal, sino tomar lo que es útil en todas las cosas, sin prestar atención al goce de los sentidos.
PRÓXIMO CURSO DE FILOSOFÍA: PSICOLOGÍA RACIONAL
El próximo día 9 de febrero, y en fechas posteriores, en general cada dos días, ofreceremos a nuestros lectores otro curso de filosofía elemental, esta vez sobre la Psicología Racional, basado en Santo Tomás de Aquino y los tomistas, sacado de la obra de Monseñor Zeferino González, Filosofía Elemental, de su segunda edición del año 1876.
Para aquellos que deseando seguirlo no puedan hacerlo con puntualidad, podrán hacerlo según su disposición de tiempo yendo al menú lateral al señalado como «Escuela de Instrucción Católica». Una vez abierto, podrán obtener igualmente los cursos hasta hoy publicados, uno de Metafísica y otro de Lógica, con sólo seleccionar el sub menú o sub categoría en color azul con el mismo nombre del curso que se desee.
En sucesivos artículos iremos ofreciendo a nuestros lectores los siguientes contenidos:
- Naturaleza y atributos del alma humana
- Simplicidad y espiritualidad del alma racional
- El alma racional es una sustancia perfectamente simple e indivisible
- El alma racional es también sustancia perfectamente inmaterial y espiritual
- Inmortalidad del alma racional
- El alma racional es inmortal con inmortalidad natural e interna, y puede perseverar en posesión de la vida después de separada del cuerpo
- El alma racional es también inmortal con inmortalidad externa, o no es destruida por ninguna causa al separarse del cuerpo
- Unión del alma con el cuerpo
- Unidad del alma en el hombre
- El alma racional es el principio único y suficiente de los movimientos y operaciones vitales que existen en el hombre
- El alma racional, forma sustancial del hombre
- El alma racional es la forma sustancial del hombre, y por consiguiente se halla unida al cuerpo con unión sustancial
- El estado de unión o el comercio entre el alma y el cuerpo
- El alma racional en el estado de separación
- Origen del alma racional
- Teorías principales sobre el origen del alma
- Creación del alma racional
- El alma racional es producida por creación, o creada por Dios al engendrarse el hombre
