MÁRTIRES DE CHINA TRAICIONADOS

LOS MÁRTIRES DE CHINA - Vidas de los Santos de A. Butler

Ahora que todo hace suponer que la «Ostpolitik» iniciada por Roncalli a través del que fuera sempiterno Secretario de Estado  Card.  Agostino Casaroli; política confirmada por Montini, Wojtyla y Ratzinger que llega al fin previsto por el fruto maduro Concilio Vaticano II: Mario Bergoglio, a saber, la traición a los católicos de China, entregándo a la iglesia císmática nacional el resto.

Ante esta traición de los conciliares, a punto de consumarse, no está de más recordar la sangre derramada por tantos mártires chinos; o al menos, de algunos más ilustres. 

Habrá que recordar ante la traición de la iglesia conciliar las palabras del Apocalipsis 6, 10:

¿Hasta cuándo, Señor, Santo y Verdadero, no juzgas

y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra?

LOS MÁRTIRES DE CHINA (I)
Vidas de los Santos de A. Butler

   Parece que el cristianismo se predicó por primera vez en China, en el siglo VII, bajo la forma de la herejía nestoriana. La primera misión católica del occidente quedó establecida en 1294 en Khanbalik (Pekín). El fundador fue un fraile franciscano de Monte Corvino. Las primeras misiones permanentes fueron las de jesuitas, establecidas durante los siglos XVI y XVII. En 1631 llegaron los dominicos y, dos años más tarde, los franciscanos. En 1680, se presentaron los frailes de San Agustín y, en 1683, los padres de las Misiones Extranjeras de París, que establecieron una fundación que ha sobrevivido a todas las persecuciones y dificultades.

   En 1900 y 1909, fueron beatificados varios mártires de las misiones de China, de losBeato Francisco de Regís Cletcuales hubo dos que murieron por Cristo en el mes de febrero. La vida del Beato Francisco de Regís Clet fue de un heroísmo tan espléndido y la coronó un martirio tan cruel, a los setenta y dos años de edad, que es necesario dedicarle unas palabras.

   El mártir nació en Grénoble en 1748, y a los veintiún años entró en la Congregación de la Misión (Lazaristas). Tras un corto período de profesorado de teología en Annecy, el P. Clet fue maestro de novicios en Saint-Lazare de París, en 1788. En la turbulenta época de la Revolución, resultaba difícil enviar regularmente misioneros al Lejano Oriente. En 1791, se presentó la oportunidad de conseguir pasaje para dos misioneros a la China; como uno de ellos se encontrase en la imposibilidad de partir, el P. Clet le sustituyó gustoso. Desembarcó en Macao, y de ahí consiguió introducirse en el Imperio, después de vencer muchas dificultades. Sería largo describir todos los obstáculos que el P. Clet debió superar en cerca de treinta años que pasó en China. Aparte de la dificultad del idioma, que nunca pudo dominar del todo, pues había empezado a aprenderlo a los cuarenta años; el distrito que le tocó en suerte despertaba la suspicacia del emperador, por haberse mostrado desafecto a la corona, y aun rebelde. Los soldados hacían ahí frecuentes inspecciones. Durante largos períodos, la vida del misionero fue corno la que describe la Epístola a los Hebreos «anduvieron errantes, vestidos con pieles de corderos y de cabras, faltos de todo, angustiados y afligidos.» Los pocos sacerdotes que había en la vasta provincia de Hu-Kuang murieron o cayeron en manos de los perseguidores. El P. Clet vivió tres años absolutamente solo. Las comunicaciones eran muy difíciles y muchas de sus cartas a sus superiores en Europa se perdieron. La salud del misionero se quebrantó a causa del clima y las terribles penurias. Los escasos cristianos del lugar le querían mucho y él tuvo el consuelo de presenciar, repetidas veces, la extraordinaria constancia de sus hijos frente a los peores tormentos y brutalidades. En 1818, empezó un período de persecución más seria. Cierta mañana, se produjo en Pekín un fenómeno extraño e inexplicable que oscureció durante algunas horas el cielo luminoso y limpio. El emperador se alarmó y, aunque hasta entonces había sido tolerante con los cristianos, se dejó persuadir por algunos malos consejeros de que las divinidades locales estaban encolerizadas yhabía que suprimir las religiones extranjeras. Se publicó, pues, un decreto que afectaba a una enorme región. El P. Clet logró al principio escapar de los perseguidores; pero al fin, por la maldad de un pagano que quería vengarse de un convertido, y por la traición de un cristiano que entregó al misionero por 1000 taels, cayó en manos de sus enemigos. Hubo de soportar la flagelación, el encierro en un calabozo solitario, el hambre, la sed y otras horribles formas de tortura, particularmente crueles tratándose de un hombre de su edad. La firmeza de sus respuestas provocaba la cólera de los jueces, que a menudo ordenaron a los soldados que le abofetearan, hasta que finalmente le condenaron a ser estrangulado. Este suplicio no se practicaba ahí en la forma ordinaria, sino que se aflojaba la cuerda, cuando la víctima perdía el conocimiento, hasta que lo recobraba de nuevo. Así se hizo dos veces con el P. Clet, que exhaló el último suspiro cuando los verdugos apretaron la cuerda por tercera vez. El sitio de su martirio fue Wu-Chang-Fu, frente a Hankow, la capital de Hupeh. Era el 17 de febrero de 1820.

   El Beato Luis Gabriel Taurin Dufresse, martirizado en 1815 y beatificado en 1900, fBeato Luis Gabriel Taurin Dufresseue uno de losmisioneros más eficaces de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París. Llegó a China a los veintiséis años, ya ordenado sacerdote Trabajó siete años en la provincia de Szechuan. En 1785, fue denunciado y tuvo que ocultarse con lo que logró esquivar durante algunos meses a los perseguidores; pero acabó por entregarse voluntariamente a las autoridades, por temor de que las investigaciones que se hacían para encontrarle pudiesen llevar a la captura de algún otro misionero. Inmediatamente fue enviado a la prisión de Pekín y a poco se le puso en libertad para deportarle, con otros prisioneros, a Manila, donde permaneció cuatro años. Volvió a Szechuan, acompañando al vicario apostólico, Mons. de Saint-Martin. En 1800, fue consagrado obispo titular de Tabraca, como auxiliar del vicario apostólico y al año siguiente, le sucedió en el cargo. La persecución amainó durante algún tiempo, y Mons. Taurin Dufresse administró celosamente su distrito. Como había ya cuarenta mil convertidos y esto exigía una reorganización completa de la misión, se reunió un sínodo en 1803. En 1811, se decretó de nuevo la persecución contra los predicadores extranjeros. En Pekín sólo se encontraban siete, tres de los cuales trabajaban en el observatorio. (Los misioneros habían aprovechado la ocasión para introducirse, mediante los conocimientos de los europeos en materia de matemáticas y astronomía). Pronto la persecución se extendió a las provincias y, en Szechuan se desató con mayor violencia que nunca. El 28 de mayo de 1815, Mons. Dufresse fue entregado y llevado prisionero a Chin-tai, capital de la Provincia.

   Debe hacerse notar que los mandarines locales trataron sin brutalidades y aun con cierta consideración al venerable obispo, que tenía entonces sesenta y cuatro años. Le devolvieron sus libros y le permitieron hablar libremente en su defensa, lo que el obispo aprovechó para hacer una vibrante apología del cristianismo que conmovió a todos los presentes. Le sometieron a pocos interrogatorios en un clima de serenidad, y los jueces escucharon cortésmente las respuestas del obispo. Sin duda, que el carácter y las obras del beato les predispusieron en su favor. El 14 de septiembre compareció ante el gobernador, quien le condeno a morir decapitado. Según la ley, el emperador tenía que confirmar la sentencia, pero el gobernador hizo caso omiso de la ordenanza y mandó que se procediera inmediatamente a la ejecución para escarmiento de los cristianos. Sin embargo, la conducta y las palabras del Beato Luis Gabriel produjeron entre éstos un efecto contrario al deseado: cuando el obispo les bendijo por última vez, todos los prisioneros cristianos afirmaron su resolución de morir por Jesucristo, como lo hicieron en efecto muchos de ellos. Ejecutada la sentencia, la cabeza del mártir fue clavada en una pica y expuesta al escarnio público, junto con su cuerpo, como un aviso a los cristianos; pero estos montaron valientemente una guardia constante junto a los restos del mártir durante ocho días, y les dieron sepultura, en cuanto el gobernador lo permitió.

   Excepto para los expertos, el mapa de China es muy complicado y resulta difícil para el lector ordinario localizar exactamente la ciudad de Chang Sha, en la provincia deBeato Juan LantruaHurán, donde una autoridad sitúa el martirio del Beato Juan Lantrua. Hay otros autores que sitúan el martirio en Tchang Cha, capital de Hou Nan y, el suplemento franciscano del Martirologio, afirma que murió ahorcado en Chang-sai. En todo caso, parece que el verdadero nombre del sitio del martirio es Chang-Sha, ciudad de unos 500,000 habitantes, en el centro de China, al sur del gran lago de Tungting (Hunán, el nombre de la provincia cuya capital es Chang-Sha, significa «al sur del lago»). Ahí murió el P. Lantrua, tras un martirio relativamente misericordioso en comparación con otros, después de una vida de trabajos y sufrimientos.

   Juan Lantrua había nacido en 1760, en Trioria de Liguria; a los diecisiete años entró en la orden de San Francisco; en 1784 enseñó la teología en Corneto; al año siguiente fue nombrado guardián en la ciudad de Valletri. Después de algunos años de intenso trabajo, obtuvo de sus superiores el permiso de consagrar el resto de su vida a las misiones extranjeras. En 1798, partió de Italia y estuvo un año en Lisboa esperando pasaje para Macao. De ahí pasó al interior de China, haciendo frente a grandes peligros y dificultades, ya que la persecución estaba en todo su furor. El misionero reconfortó a los cristianos de fe vacilante y cosechó muchas conversiones. En las provincias de Hupeh y Hunán tuvo que trabajar casi solo. Al fin, fue denunciado a las autoridades que le aprehendieron, quemaron su capilla y confiscaron todos sus efectos. El misionero respondió a las preguntas de los jueces con la audacia y resolución de los antiguos mártires. Las autoridades le remitieron a una corte de más alta jurisdicción, obligándole a hacer un largo y penoso viaje, durante el cual, el beato obtuvo que sus compañeros de prisión fuesen transportados en litera. Transferido a la prisión de Chang-sah, pasó ahí seis meses en las condiciones más intolerables que puedan imaginarse, con cadenas en el cuello, en las manos y en los pies. Los verdugos le arrastraron por la fuerza sobre un crucifijo para que los cristianos creyesen que lo había profanado, pero el beato protestó a gritos, clamando que su acción no había sido voluntaria. Los jueces no tuvieron más remedio que condenarle a muerte. Antes de la ejecución, el beato oró fervorosamente en público, dio todo el dinero que tenía a los verdugos para que no le desnudasen y murió estrangulado. Su cuerpo fue expuesto en forma infamante. El martirio tuvo lugar el 7 de febrero de 1816.

   Entre los últimos mártires figura el Beato Augusto Chapdelaine, ejecutado el 27 deBeato Augusto Chapdelainefebrero de 1856. Nació en 1814, cerca de Coutances (Francia). Sus padres, que tuvieron nueve hijos, trabajaban en familia una pequeña granja de su propiedad. Augusto se distinguió, desde joven, por su piedad y generosidad. En las labores del campo trabajaba por cuatro («il faisait de la bésogne pour quatre»). La muerte arrebató a dos de sus hermanos. Esto restó brazos en el trabajo y al fin, la familia se vio obligada a parcelar la propiedad. Así pudo Augusto satisfacer su deseo de abrazar el sacerdocio. En 1844, fue nombrado párroco y su celo obró maravillas entre sus feligreses. En 1851, se sintió llamado a las misiones extranjeras y, tras un corto período de preparación en la casa de las Misiones Extranjeras de París, partió rumbo a China. Después de mil peligrosas aventuras, llegó al sitio al que sus superiores le habían enviado. En diciembre de 1854, fue denunciado al mandarín de la región por el celoso pariente de un convertido. Fue arrestado y pasó en la prisión algunos días deansiedad, pero el mandarín se mostró bondadoso y no le hizo daño alguno. El P. Chapdelaine volvió con mayor ímpetu al trabajo apostólico y logró muchas conversiones, a pesar de su imperfecto conocimiento de la lengua.

   Pero algún tiempo después, un nuevo mandarín sustituyó al primero. El P. Chapdelaine fue denunciado por segunda vez y hecho prisionero, con algunos de sus cristianos. Sus valientes respuestas provocaron la cólera de los jueces, quienes le condenaron a ser apaleado. El mártir quedó medio sordo a resultas del castigo, pero no dejó escapar ni una queja, ni una protesta y, uno o dos días después, se restableció milagrosamente. Creyendo el mandarín que su curación se debía a la magia, mandó que bañaran al beato con la sangre de un perro para anular el conjuro. La segunda vez que el P. Chapdelaine compareció ante los jueces, fue condenado a recibir trescientos golpes en el rostro con una especie de pesada suela de cuero; en el suplicio perdió varios dientes y sufrió la fractura de la mandíbula. Al fin, los jueces le dieron a entender que le dejarían libre por 1,000 taels o aun por 300, pero los cristianos no pudieron reunir esa suma. Así pues, los jueces le condenaron a morir lentamente en una jaula. Los verdugos decapitaron al mártir después de la muerte, y se cuenta que de su cuello brotaron tres chorros de sangre, cosa que convenció a todos los presentes de que algo extraordinario había en él.

   Entre los otros mártires, beatificados en 1900 y en 1909, se cuentan los laicos Pedro Lieu, que fue estrangulado por haber ido a alentar a sus hijos a la prisión (1834), Pablo Lieu (1818) y Juan Bautista Lo (1861), el catequista Jerónimo Lu (1858) y el seminarista José Shang (1861). Juan Pedro Néel sacerdote francés, fue decapitado en 1862 junto con Martín, su catequista chino Inés Sao Kuy murió martirizada en Kwangshi (1856) y la maestra de escuela, Ágata Lin, fue decapitada en Maokén en 1858.

   Otros mártires de la China fueron los beatos Francisco de Capillas (ver 15 de febrero), Pedro Sanz y sus compañeros (ver 26 de mayo), Gregorio Grassi y sus compañeros (ver 9 de julio) y Juan Perboyre (ver 11 de septiembre).

   Una excelente biografía del P. Clet es la obra anónima Le disciple de Jesús, publicada por primera vez en 1853. Ver igualmente las biografías escritas por G. Guitton (1942) y A. S. Foley (1941). La biografía francesa de Juan Triora, escrita por A. du Lys ha sido traducida al alemán. Cf. los estudios de A. Launay sobre las misiones de China como por ejemplo, Les 52 sérviteurs de Dieu, vol. II, pp. 287-304, y Salle des martyrs du Séminaire des Missions, H. Leclercq,Les martyrs, vol. X; H. Walter, Leben, Wirken und Leiden der 77 sel. Martyrer von Annam und China (1903); B. Wolferstan, The Catholic Church in China (c.1910); y Kempf, Holiness of the Church in the Nineteenth Century(1916), pp. 304-306. Sobre la historia de los primeros años de la Iglesia en China ver Moule, Christians in China before the year 1550 (1930), obra de inapreciable valor.

LA SUPRESIÓN DEL SACRIFICIO PERPETUO

   Pablo VI promulga el Novus Ordo
El 3 de abril de 1969 Pablo VI publicó la Constitución Apostólica 
Missale Romanum que promulgaba el Novus Ordo Missae

   Fue para mí una revelación sorprendente, dada la presente situación eclesial, cuando leí, por primera vez, el comentario del Card. Billot, (1846-1931)., a los versículos de Daniel, que hacen referencia a la supresión del Sacrificio perpetuo. Era citado en la obrita de Gabrielle Rochon «L’INFAME TRAHISON» (Montréal, 1980, págs. 22-25). Posteriormente, lo volví a leer en su contexto de la Obra completa del Card. Billot «LA PARUSÍA», publicada en EINSICHT, en noviembre de 1987. 

   A partir de aquel momento quedó perfectamente claro, con un golpe de luz deslumbradora, aquel versículo de San Mateo (24,15):

«Cuando veáis puesta en el lugar santo la Abominación de la Desolación, la anunciada por el proteta Daniel (el que lea entienda)«. O el paralelo de San Marcos: «Cuando veáis la Abominación desoladora, puesta donde no debiera estar (el que lea entienda)« (13,14).

   Los comentarios que conozco las aplican a la destrucción de Jerusalén y a la profanación del templo.

   Debido a la impresión que me causó el Comentario del Card. Billot, por encajar tan bien en las presentes circunstancias, intenté remontar la corriente de la Tradición, para ver lo que la misma nos dice sobre el tema, ya que el Card. Billot no aporta citas, ni hace alusión alguna a la Tradición.

   Cristo nos dice que el que lea entienda; esto es, que debemos esforzarnos en penetrar su sentido. Con esto se nos avisa que, contra todas las apariencias, el sentido no debe ser tan somero, ni tan obvio, como el que nos ofrecen comunmente los comentaristas. Cristo nos remite al profeta Daniel. Se impone el deber de consultarlo. Cuando Cristo lo cita, es porque indudablemente nos dará la clave para su comprensión. Esto es lo que hace el Card. Billot, en su Comentario.

   En efecto, Daniel pone  en  íntima  conexión, en varios  pasajes, la Supresión del Sacrficio perpetuo con la instalación de la Abominación de la Desolaclon. Vease, ademas de la cita introductoria, Dan. 9,27 y 12,11. Sólo en el cap. 8 se habla de la supresión del Sacrificio cotidiano, sin hacer mención expresa de la Abominación de la Desolación: «Y creció hasta el mismo Jefe del Ejército y fue por él suprimido el Sacriticio cotidiano y derribado el lugar del Santuario» (Dan. 8,11). Aquí tenemos los datos del profeta Daniel, al que CrIsto nos remite. 

   Los comentaristas que he leído, refieren esto exclusivamente a la persecución de Antioco y a la colocación de la estatua de Júpiter Olímpico en el Santuario, o a la profanación de Jerusalén por las tropas romanas, sin referirse a su significado profundo, pero los sucesos del Antiguo Testamento eran sólo «Umbra futurotum», como nos dice San Pablo; o sea, imagen, figura o símbolo de una realidad mesiánica futura.

   Según se puede deducir de los lugares del Antiguo Testamento, donde se habla de la Abominación de la Desolación (por ejemplo, I Mac. 1,47; 50, 57 y II Mac. c. 6), la Abominación de la Desolación no es otra cosa que la sustitución del verdadero culto de Dios por un culto falso, ofrecido a los ídolos, o la profanación del lugar sagrado. De ahí, la íntima relación entre la supresión del Sacrificio perpetuo y la Abominación de la Desolación.

   Esto quiere decir que, al aplicar Cristo a una profecía suya, la profecía de Daniel, la supresión del Sacrificio perpetuo (o lo que es igual la supresión del Santo Sacrificio de la Misa) estaba ya evidentemente profetizada en el Antiguo Testamento; pues, el único Sacrificio Perpetuo, a partir del Sacrificio del Calvario, cuando quedó abolida la antigua alianza y establecida la nueva y eterna, es el SACRIFICIO DE LA MISA. No hay otro. Todo esto lo explica y aplica muy acertada y exactamente el Card. Billot, en su citada obra.

   Conclusión. Abominación de la Desolación es igual a la supresión del verdadero culto de Dios, a la supresión del Sacrificio perpetuo. Es así que el único Sacrificio perpetuo, cuando Jerusalén fue tomada por las tropas romanas y fue destruido el templo, era el Sacrificio de la MISA, luego lo que se profetizó es que la MISA, la OBLATIO MUNDA, que le sería ofrecida a Dios, desde la salida del sol hasta el ocaso, habría de ser abolida. Esto es lo que sucedió con la promulgación del Novus Ordo Missae (N. O. M.). Esto es lo que consta en la Sagrada Escritura. Pero es preciso bucear en la Tradición para ver como interpreta esta profecía.

   Es una lástima que el Card. Billot no cite la Tradición. Gabrielle Rochon apostilla así a las conclusiones del Card. Billot: «Explicaciones enteramente de acuerdo con los Santos Padres de la Iglesia y toda la tradición apostólica de la Santa Iglesia Romana» (p. 22). Pero no aduce ningún testimonio de la misma. Estaba persuadido de que la exégesis del Card. Billot se tendría que basar en la Tradición pero, ¿en qué grado?

   Procuré rellenar la laguna dejada por el Card. Billot. Era consciente de las dificultades que la empresa entrañaba para mí, por no ser especialista en la materia, por mis ocupaciones profesionales y por no tener cómodo acceso a las fuentes desde el medio en que se desenvuelve mi vida. Sin embargo, esta idea obsesiva me hacía no cejar en el empeño. El primer material testimonial al respecto, me llegó a través de la Revista EINSICHT. Era una cita de San Alfonso María de Ligorio, cuyo tenor es: «Satanás suprimirá el Sacrificio de la Misa, y eso se llevará acabo a causa de la falta de fe de los hombres« («Zerstorung der HI. Messe in N. 0. M.», de Visser, Einsicht, febrero 1985).

   Posteriormente, leí otro testimonio, citado por el abate Zins, de San Jerónimo: «El Anticristo abolirá el ejercicio público del único verdadero Sacrificio del altar« (V. S. Jer. «in Danielem 12,11. SUB TUUM PRAESIDIUM, nº 3, 2º Trim. 1986, p. 34). Esto era ya sumergirse en las fuentes de la Tradición, en la Patristica. Pero… tenían que existir más. La expectativa quedó satisfecha, al adquirir la obra del Padre Antonio Orbe, S.J., «La Teología de San Ireneo» (B. A. C., Madrid, 1988). Por esta obra, me he podido enterar que San Ireneo, testigo casi de primera mano de la Tradición Apostólica, afirma que el Santo Sacrificio de la Nueva Alianza será desterrado por obra del Anticristo. «Deinde et tempus tyrannidis ejus significat, in quo tempore fugabuntur sancti qui purum sacrificium offerunt Deo O sea: «Más tarde indica el tiempo de su tiranía, cuando serán perseguidos los santos que ofrecen a Dios el sacrificio puro« (1. V, 25,4). Oigamos los comentarios del P. Orbe. «En ese tiempo los santos serán perseguidos y desterrado el sacrificio puro a Dios«. «Está claro -dice- lo que  Ireneo entiende por la persecución y fuga de los santos «qui purum sacrificium offerunt Deo». Cesará con el Anticristo el Sacrificio Puro, la Eucaristía dilatada por todo el mundo entre las gentes para glorificar el nombre del Dios Creador…. La Eucaristía será, según Daniel (9,27), eliminada durante los tres años y medio de tirania. Contra ella se cebará singularmente el odio del Anticristo por ser el sacrificio más fructuoso para el hombre…» (O.c. III, p. 45-48).

   El mismo autor apoya su interpretación, citando a otros Padres. San Hipólito: «Sobrevenido él, desaparecerá el sacrificio y la libación que, ahora, en todas partes es ofrecida a Dios por las gentes.» («De Antichristo», 64 initio; y, sobre todo, «In Danielem», IV, 49,3). Citado el en la pág. 49.

   Y del Pseudo-Hipólito dice que, en su obra «De consummatione mundi» (c. 34}, se hace eco, de manera ingenua, de la Eucaristía ausente en los días del Anticristo (p. 48).

   Riquísima información que confirma la exactitud de la exégesis del Card. Billot. No obstante, seguí indagando, por si encontraba algo más y efectivamente, leyendo el Comentario «In Danielem» de Teodoreto de Ciro, encontré este elocuente e inequívoco testimonio de la Tradición: «Abominationem autem desolationis vocat Antichristum, mutationem continuitatis ecclesiastici cultus, ordinem ab illius infamia et rabie dissipatum et ABOLITUM.» (Theodoretus de Cyro, «In Danielem», Oratio X, circa finem.) «Llama Abominación de la Desolación al Anticristo, al cambio o alteración de la continuidad del culto eclesiástico, y al orden interrumpido y ABOLIDO por su perversidad  y furor«. Según lo interpreta Teodoreto se puede aplicar a la ruina de toda la estructura eclesial, llevada a cabo por Pablo VI, haciendo auténticas mutaciones en la Misa y en la Liturgia sacramental.

   Vemos, pues, que la Tradición autoriza plenamente la exacta y clarividente exégesis del Card. Billot. «El culto de Dios -dice- dejará de ser celebrado, al menos públicamente… En una palabra: El Sacrificio de nuestros altares será proscrito, en esos terribles días; en todas partes será prohibido, salvo lo que se pueda hacer en la sombra subterránea de las catacumbas… O sea, algo similar a lo que les sucedía a los primeros cristianos en tiempo de persecuciones, o a lo que ha estado sucediendo tras el telón de acero, por ejemplo, en la Iglesia clandestina en Checoslovaquia. Discrepo en cuanto al modo concreto como concibe el Card. Billot en que se llevaría a cabo la supresión del Sacrificio perpetuo. Está visto que las profecías, antes de su cumplimiento, son todas equívocas, según proclamó Pascal.

   En cambio, hay testigos de la Tradición que sorprenden por hacer uso, para expresar el hecho de la desaparición del Sacrificio perpetuo, de un verbo de valor estrictamente jurídico: ABOLIR. Así San Jerónimo y Teodoreto. Ese es el verbo que ofrecen en su traducción española, Bover-Cantera y Ediciones Paulinas, en los versículos de Dan. 11,31 y 12,11; así como la Biblia de Jerusalén, en el versículo 11,31: «Abolirán el Sacrificio cotidiano..He aquí, como se expresa la versión de los Setenta, en el versículo 31, del capítulo 11: «Kai metastésousin ton endelejismon». El verbo «I’methistemi» significa, entre otras cosas, cambiar, sustituir, mudar, transformar; los cuales, más que un simple abolir, derogar o abrogar, connotan algo más, se trata más bien de OBROGARE, en latín, que significa derogar o anular una ley, sustituyéndola por otra. Obrogare, según la definición de los juristas romanos, «est legis prioris infirmandae causa, legem aliam ferre«, o sea, consiste en promulgar una ley para anular otra anterior. Esto es, en realidad, lo que se ha conseguido con la promulgación del N. O. M.

   De todos modos, una palabra clave, para entender el modo de llevarse a cabo la supresión del SACRIFICIO PERPETUO, es un verbo que tenga sentido jurídico, ya que abolir, derogar, abrogar u obrogar , o sea suprimir legalmente, sólo lo puede hacer el Legislador. Otro procedimiento sería obrar contra Derecho y no dejaría de tener sus oponentes encarnizados que, pública o clandestinamente, se alzarían en contra de la intromisión injusta del tirano, como sucedió durante la dura época de las persecuciones primitivas y en todas las demás que ha habido a lo largo de la historia. De este modo no cesaría la celebración del Sacrificio Perpetuo; en tanto que la profecía de Daniel da por suprimido el Sacrificio Perpetuo.

   Veamos. Resulta que la supresión del Santo Sacrificio Perpetuo -el Rito canonizado por un Concilio y un Papa, que lo fijó a perpetuidad bajo terribles anatemas- quedó oficialmente decretada el día en que se promulgó la CONSTITUCION APOSTOLICA «MISSALE ROMANUM» por Pablo VII, el día del Jueves Santo -justamente- 3 de abril de 1969.

   Sí, así de una manera tan simple y tan poco estridente, logró Satanás que quedara suprimido «LEGALMENTE» el Santo Sacrificio Perpetuo. A esta supresión se plegaron, de momento, más del 90% de los sacerdotes. En la actualidad, no quedará ya ni siquiera el 1% que celebre el auténtico Sacrificio Perpetuo de la Nueva Alianza.

   Para comprender la eficacia absoluta de esta abolición hay que fijarse en el caso de los 6.000 sacerdotes españoles -un 25 % aproximadamente de los sacerdotes de entonces- de la Hermandad Sacerdotal Española de San Antonio María Claret, que en carta, dirigida a BUGNINI, se negaban a celebrar seún el nuevo rito del N. O. M., con estas palabras: «Nosotros sacerdotes católicos no podemos celebrar una misa, de la cual M. Thurian de Taizé ha declarado que podía celebrarla sin dejar de ser protestante. LA HEREJIA NO PUEDE SER JAMÁS MATERIA DE OBEDIENCIA(subrayado mío). Pero esta actitud se quedó en agua de borrajas. Bastó que alguien les insinuara que se trataba de una ley proclamada por el Papa, y que si no celebraban según el nuevo ríto, desobedecerían al Santo Padre, para que la fortaleza de los santos quedara quebrantada (Dan. 12,7), para que toda su enérgica voluntad de oposición a la herejía se enervara y quedara deshecha cual terrón de azúcar en agua hirviente.

   ¡Qué fácil lo sabe hacer Satanás y cómo cumplió perfectamente la profecía de Daniel! Se alzaron los sacerdotes españoles contra Bugnini, pero se plegaron ante la ley del presunto legislador. Eficacia suma.

   Aquí, en la destrucción de las estructuras multiseculares de la Iglesia, llevada a cabo por el Vaticano II y por los «papas», a partir de Juan XXIII, manifestó el Anticristo su vigorosa potencia, realizando destrucciones prodigiosas, con toda prosperidad, exterminando a los fuertes y al pueblo de los Santos, verificando la aniquilación con en tal suavidad que no se advierte (Conf. Dan. 8, 25-26; Ap. 13,7).

   Si bien la supresión o derogación del Sacrificio Perpetuo y de todo el Orden eclesiástico carece de legitimidad, sin embargo, tiene visos de legalidad y cubre todas las apariencias. Es la jugada maestra de Satanás, que no realiza por sí, dírectamente, como creía San Alfonso María de Ligorio, ni tampoco el Anticristo, como pensaba San Jerónimo. Satanás se valió para ello de la segunda Bestia, que con aspecto de cordero habla el lenguaje del Dragón (Ap. c. 13).

   Repito que es la obra maestra de Satanás, astucia insuperable, capaz de engañar -si ello fuera posible- incluso a los mismos elegidos (Mat. 24,24).

   Parece ser que Daniel y San Juan se quedaron cortos en la expresión de la trágica realidad que intentaban pintarnos y no por otro motivo, sino por las deficiencias del lenguaje humano. Por eso, tuvieron que echar mano de esas macabras visiones, con el fin de impresionar nuestra imaginación. Son imágenes espantosas, terroríficas, en su expresión lingüística; pero quedan sobrepujadas por la profunda realidad. La realidad es mucho más desgarradora; sólo que al ser de orden espirítual, la humanidad no se percata de la misma. Eso es lo malo; lo verdaderamente terrorífico, que tendría que provocar lamentos más desgarradores, que los que le inspiraron a Jeremías la ruina de
Jerusalén.

   ¿Es posible que esto no lo vea el 99% de la Humanidad? Por eso, pudo interrogarse, con razón, el divino Maestro: «¿Cuando venga el Hijo del Hombre, acaso encontrará la Fe en la tierra?« Subrayo el artículo, pues -no sé por qué- las versiones en lengua vulgar suprimen dicho artículo, que consta en el original griego. Se trata de la Fe objetiva, la cual quedaría como eclipsada («La Iglesia quedará en tinieblas«, se nos anuncia en el mensaje de la Salette), aun en aquellos que subjetivamente no la hayan perdido, sin saber en muchos puntos a qué atenerse, llenos de confusión y turbación, como se puede observar en los diversos grupos «tradicionalistas». Sucede como durante la Pasión de Cristo, en que se produjo la desbandada.

   ¿Qué explicación se podría dar a esta ceguera espiritual? Indudablemente, una de orden sobrenatural, de castigo por nuestros pecados, por falta de amor a la Verdad, que nos podría salvar (Tes. II, 2, 10).

   Esta ceguera, tiene, además, una base psicológica, en combinación con los misteriosos y adorables designios divinos, que sería interesante investigar.

   Ya dijo Pascal que, en las cosas de Dios, hay luz suficiente para los que no desean sino ver; así como también la suficiente oscuridad para los que tienen la disposición contraria. De este modo, no se pierde el mérito de ver, ni la responsabilidad del rechazo. 

   Ese lado oscuro lo es mucho más, cuando se trata de profecías antes de cumplirse. «Las profecías son equívocas; sólo después de su  cumplimiento desaparece la ambigüedad» (Pascal) .Pero sólo hasta cierto punto -añado yo-. El lado oscuro permanece, según el principio de Pascal, enunciado más arriba. 

   Pero, al intentar dilucidar esto, tengo que terminar aquí el presente artículo, ya que ello ofrece materia para otro. 

TOMÁS DE TELLO en la Revista «Roma» N° 109 , Pg. 47

RESPUESTA A LA PREGUNTA DE LA SEMANA

La siguiente pregunta se encuentra en el menú de la derecha 

PREGUNTÁBAMOS:

 ¿Gobierna Cristo a los ángeles con los mismos títulos que a los hombres?

Y DÁBAMOS 4 OPCIONES:

1.- 

2.- 

3.- 

4.- 

 1.  Errando
 2. No, sólo en cuanto Hombre, han respondido el 1% Errando
 3. No, sólo en cuanto Dios, han respondido el 7.7 Estando en la verdad
4. No lo sé, han respondido el 29.8% ignorando

La respuesta correcta es, pues, a tercera

¿Por qué?

La respuesta la tomamos del Catecismo de la Suma Teológica, que puede verse aquí, en el capítulo titulado XXIII, titulado De la ascensión de Jesucristo: autoridad y poder judicial. página 242 y 243,  las cuales resumimos al efecto de responder a la cuestión:

¿Gobierna Cristo a los ángeles con los mismos títulos con que rige a los hombres?
— No, señor, porque si bien el Hijo de Dios recompensa a los ángeles buenos con la gloria eterna y castiga a los malos con el suplicio de eterna condenación, ni los premia ni los castiga en cuanto hombre, sino sólo como Dios; los hombres, en cambio, reciben de Cristo en cuanto hombre el poder entrar en posesión de la bienaventuranza, y de sus labios oirán los réprobos el día del juicio final, la sentencia definitiva que los condena a los suplicios eternos. Con todo, lo mismo los ángeles que los demonios están sujetos al poder soberano del Hijo de Dios hecho hombre, desde el momento de su Encarnación, y de un modo especial desde el día de su Ascensión y entrada triunfal en el cielo. Todas sus acciones e intentos para salvar o perder a los hombres quedan sometidos al fuero judicial de Jesucristo, y los primeros recibirán de Él en cuanto hombre el suplemento de recompensa debido a sus buenos oficios, así como los malos el aumento de pena a que los hace acreedores su perversidad (LIX, 6).

Miércoles de Ceniza

MIERCOLES DE CENIZA
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger

MIERCOLES DE CENIZA - Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

INVITACIÓN DEL PROFETA. — Hervía ayer el mundo en los placeres, y los mismos cristianos se entregaban a expansiones permitidas; mas ya de madrugada ha resonado a nuestros oídos la trompeta sagrada de que nos habla el Profeta. Anuncia la solemne apertura del ayuno cuaresmal, el tiempo de expiación, la proximidad más inminente de los grandes aniversarios de nuestra Redención. Arriba, pues, cristianos, preparémonos a combatir las batallas del Señor.

ARMADURA ESPIRITUAL. — En esta lucha, empero, del espíritu contra la carne, hemos de estar armados, y he aquí que la Iglesia nos convoca en sus templos para adiestrarnos en los ejercicios, en la esgrima de la milicia espiritual. S. Pablo nos ha dado ya a conocer al pormenor las partes de nuestra defensa: «Ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestida la coraza de la justicia, y calzados los pies prontos para anunciar el Evangelio de la paz. Embrazad en todo momento el escudo de la fe y la esperanza de salvaros por yelmo que proteja la cabeza'». El Príncipe de los Apóstoles viene por su parte a decirnos: «Cristo padeció en la carne, armáos también vosotros del mismo pensamiento»‘. La Iglesia nos recuerda hoy estas enseñanzas apostólicas, pero añade por su parte otra no menos elocuente, haciéndonos subir hasta el día de la prevaricación, que hizo necesarios los combates a que nos vamos a entregar, las expiaciones que hemos de pasar.

ENEMIGOS CON QUIENES HEMOS DE LUCHAR. — Dos clases de enemigos se nos enfrentan decididos: las pasiones en nuestro corazón y los demonios por de fuera. El orgullo ha acarreado este desorden. El hombre se negó a obedecer a Dios. Dios le ha perdonado, con la dura condición de que ha de morir. Le dijo, pues: «Polvo eres, hombre, y en polvo te volverás». ¡Ay! ¿cómo olvidamos este saludable aviso? Hubiera bastado sólo él para fortalecernos contra nosotros mismos persuadidos de nuestra nada, no nos hubiéramos atrevido a quebrantar la ley de Dios. Si ahora queremos perseverar en el bien, en que la gracia de Dios nos restableció, humillémonos, aceptemos la sentencia y consideremos la vida como sendero más o menos corto que acaba en la tumba. Con esta perspectiva, se renueva todo, todo se explica. La bondad inmensa de Dios que se dignó amar a seres condenados a la muerte se nos presenta todavía más admirable; nuestra insolencia y nuestra ingratitud contra quien desafiamos en los breves instantes de nuestra existencia nos parece cada vez más para sentida, y la reparación que podemos hacer y que Dios se digna aceptar, más puesta en razón y salutífera.

IMPOSICIÓN DE LA CENIZA. — Este es el motivo que decidió a la Iglesia, cuando juzgó oportuno anticipar de cuatro días el ayuno cuaresmal, a iniciar este santo tiempo, señalando con ceniza la frente culpable de sus hijos y repitiendo a cada uno las palabras del, Señor que nos condenan a muerte. El uso, sin embargo, como signo de humillación y penitencia, es muy anterior a la presente institución y la vemos practicada en la antigua alianza. Job mismo, en el seno de la gentilidad, cubría de ceniza su carne herida por la mano de Dios, e imploraba de este modo su misericordia. Más tarde el salmista en la contrición viva de su corazón, mezclaba ceniza con el pan que comía y análogos ejemplos abundan en los Libros históricos y en los Profetas del Antiguo Testamento. Y es que vivamente sentían entonces ya la relación que hay entre ese polvo de un ser materialmente quemado y el hombre pecador, cuyo cuerpo ha de ser reducido a polvo al fuego de la divina justicia. Para salvar por de pronto al alma, acudía el pecador a la ceniza y reconociendo su triste fraternidad con ella, se sentía más a resguardo de la cólera de Aquel que resiste a los soberbios y tiene a gala perdonar a los humildes.

PENITENTES PÚBLICOS. — El uso litúrgico de la ceniza el miércoles de Quincuagésima, no parece haberse dado en los comienzos a todos los fieles, sino tan sólo a los culpables de los pecados cometidos a la penitencia pública de la Iglesia. Antes de Misa se presentaban en el templo donde todo el pueblo se hallaba congregado. Los sacerdotes oían la confesión de sus pecados, y después los cubrían de cilicios y derramaban ceniza en sus cabezas. Después de esta ceremonia clero y pueblo se postraban en tierra y rezaban en voz alta los siete salmos penitenciales. Tenía lugar después la procesión en la que los penitentes iban descalzos; a la vuelta eran arrojados solemnemente de la Iglesia por el Obispo que les decía: «Os arrojamos del recinto de la Iglesia por vuestros pecados y crímenes, como Adán, el primer hombre fué arrojado del paraíso por su desobediencia.» Cantaba a continuación el clero algunos responsorios sacados del Génesis, en los que se recordaban las palabras del Señor, que condenaban al hombre al sudor y trabajo en esta tierra ya maldita. Cerraba en seguida las puertas de la Iglesia. Y los pecadores no debían pasar sus umbrales hasta volver Jueves Santo, a recibir con solemnidad la absolución.

EXTENSIÓN DEL RITO LITÚRGICO. — Después del siglo XI empezó a caer en desuso la penitencia pública; en cambio, la costumbre de imponer la ceniza a todos los ñeles este día, llegó a generalizarse y se ha clasificado entre las ceremonias esenciales de la Liturgia romana (No es fácil determinar la fecha exacta en que st llevó a cabo esta evolución. Sólo sabemos que en el Concilio de Benevento en 1091, Urbano II la hizo obligatoria para todos los fieles. La ceremonia actual va detallada en los Ordines del siglo XII; las antífonas, responsorios y oraciones de la bendición de la ceniza, estaban ya en uso entre el siglo VIII y X). Antiguamente se acercaban descalzos a recibir este aviso de la nada del hombre, y aun en pleno siglo XII el mismo Papa salía de Santa Anastasia a Santa Sabina donde se celebraba la Estación y hacía el recorrido descalzo, lo mismo que los Cardenales de su cortejo. La Iglesia ha cedido en esta severidad exterior, sin dejar de tener estima grande de los sentimientos que tan imponente rito debe producir en nuestras almas. Como acabamos de insinuar, la estación en Roma se celebra hoy en Santa Sabina, sobre el Monte Aventino. Bajo los auspicios de esta santa mártir se inicia la penitencia cuaresmal. Empiezan las sagradas ceremonias por la bendición de la ceniza. Proceden de los ramos benditos el año anterior el, domingo antes de Pascua. La bendición que reciben en este nuevo estado tiene por finalidad hacernos más dignos del misterio de contrición y humildad que ha de significar. Canta el coro en primer lugar esta antífona que implora la misericordia divina.

ANTIFONA

Escúchanos, Señor, porque tu misericordia es benigna: míranos, Señor, según la muchedumbre de tus misericordias.-—Salmo: Sálvame, oh Dios, porque las aguas han penetrado hasta mi alma. Y. Gloria al Padre. Escúchanos…

El sacerdote teniendo en el altar la ceniza, pide a Dios las haga instrumento de santificación en favor nuestro.

ORACION

Omnipotente y sempiterno Dios, perdona a los penitentes, sé propicio con los suplicantes: y dígnate enviar desde el cielo a tu Angel, el cual ben + diga, y santi t fique estas cenizas, para que sean saludable remedio a todos los que imploren humildemente tu santo nombre, a los que se confiesen de sus pecados y a los que lloren sus crímenes delante de tu majestad o invoquen rendida y porfiadamente tu serenísima piedad; y haz que, por la invocación de tu santísimo nombre, todos los que fueren signados con ellas, para redención de sus pecados, alcancen la salud del cuerpo y la tutela del alma. Por Cristo, Nuestro Señor. R. Amén.

ORACION

Oh Dios, que no deseas la muerte, sino la penitencia de los pecadores: contempla begnísimo la fragilidad de la condición humana; y dígnate, por tu piedad, ben + decir estas cenizas, que vamos a imponer sobre nuestras cabezas, para profesar humildad y alcanzar el perdón: a fin de que, puesto que nos reconocemos ceniza y que, por causa de nuestra depravación, nos hemos de convertir en polvo, merezcamos alcanzar misericordiosamente el perdón de todos los pecados y los premios prometidos a los penitentes. Por Cristo, Nuestro Señor. R. Amén.

ORACION

Oh Dios, que te doblegas con la humillación y te aplacas con la satisfacción: inclina a nuestras preces el oído de tu piedad; y derrama propicio la gracia de tu bendición sobre las cabezas de tus siervos, signadas con la unción de estas cenizas: para que los llenes del espíritu de compunción, y les concedas eficazmente lo que justamente te pidieren, y les conserves perpetuamente firme e intacto lo que les hubieres concedido. Por Cristo, Nuestro Señor. R. Amén.

ORACION

Omnipotente y sempiterno Dios, que concediste los remedios de tu perdón a los Ninivitas, que hicieron penitencia con ceniza y cilicio: haz que los imitemos de tal modo en el hábito, que consigamos también el perdón. Por el Señor.

Después de las oraciones, aspergea el sacerdote con agua bendita la ceniza y la inciensa. Acabada la incensación recibe él mismo la ceniza en la cabeza de manos del sacerdote más digno; este la recibe a su vez del celebrante, quien después de haberla impuesto a los ministros del altar y demás clero, la distribuye sucesivamente al pueblo.

Cuando se acerque el sacerdote a señalaros con el sello de la penitencia, acepta sumiso la sentencia de muerte que Dios mismo pronunciará sobre ti al decirte: «Acuérdate, hombre, que eres polvo y en polvo te volverás.» Humíllate y recuerda que por haber querido ser como dioses, prefiriendo tu capricho al querer de tu Señor, has sido condenado a morir. Pensemos en la inacabable secuela de pecados que añadimos al de Adán, y admiremos la clemencia de Dios que se contentará con una sola muerte por tantas rebeldías.

Mientras se distribuye la ceniza canta el coro las dos antífonas y responsorios siguientes:

ANTIFONAS

Mudemos el vestido en ceniza y cilicio: ayunemos, y lloremos ante el Señor: porque nuestro Dios es muy misericordioso para perdonar nuestros pecados.

Entre el vestíbulo y el altar llorarán los sacerdotes, ministros del Señor, y dirán: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo: y no cierres, Señor, las bocas de los que te cantan.

RESFONSORIO

R. Mejoremos lo que pecamos por ignorancia: no sea que, sorprendidos por el día de la muerte, busquemos espacio para la penitencia, y no podamos hallarlo. * Atiende, Señor, y ten compasión: porque hemos pecado contra ti.

V. Ayúdanos, oh Dios, Salvador nuestro: y, por el honor de tu nombre, líbranos, Señor. Atiende, Señor. V. Gloria al Padre. Atiende, Señor.

Terminada la distribución de la ceniza canta el preste la oración siguiente:

ORACION

Concédenos, Señor, la gracia de comenzar con santos ayunos la carrera de la milicia cristiana: para que, al luchar contra los espíritus malignos, seamos protegidos con los auxilios de la continencia. Por Cristo, Nuestro Señor. R. Amén.

MISA

Alentada por el acto de humildad que acaba de realizar, el alma cristiana se llena de ingenua confianza hacia Dios misericordioso; se atreve a recordarle su amor para con los hombres que ha creado, y la longanimidad con que se dignó esperar su vuelta a El. Estos sentimientos son tema del Introito cuyas palabras están sacadas del libro de la Sabiduría.

INTROITO

Te compadeces, Señor, de todos, y no odias nada de lo que has hecho, disimulando los pecados de los hombres por su penitencia, y perdonándoles: porque tú eres el Señor, nuestro Dios. — Salmo: Ten piedad de mí, oh Dios, ten piedad de mí: porque en ti confía mi alma. V. Gloria al Padre.

Pide en la colecta la Iglesia a favor de sus hijos, que la saludable práctica del ayuno sea acogida por ellos con sincera complacencia y que en ella perseveren para bien de sus almas.

COLECTA

Concede, Señor, a tus ñeles la gracia de comenzar con sincera piedad la veneranda solemnidad de estos ayunos y de continuarla con segura devoción. Por el Señor.

EPISTOLA

Lección del Profeta Joel.

Esto dice el Señor: Convertios a mí de todo vuestro corazón, en ayuno, y en lloro, y en llanto. Y rasgad vuestros corazones, y no vuestros vestidos, y convertios al Señor, vuestro Dios: porque es benigno y misericordioso, paciente y de mucha misericordia, y superior a toda malicia. ¿Quién sabe si se volverá, y perdonará, y dejará en pos de sí bendición, sacrificio y libación al Señor, Dios vuestro? Tocad la trompeta en Sión, santificad el ayuno, llamad a concilio, congregad el pueblo, santificad la asamblea, reunid a los ancianos, juntad a los niños y a los que maman: salga el esposo de su lecho, y la esposa de su tálamo. Entre el vestíbulo y el altar llorarán los sacerdotes, ministros del Señor, y dirán: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo: y no des tu herencia al oprobio, para que les dominen las naciones. ¿Por qué dicen en los pueblos: Dónde está su Dios? El Señor amó su tierra, y perdonó a su pueblo. Y respondió el Señor y dijo a su pueblo: He aquí que yo os daré trigo, y vino, y aceite, y os llenaréis de ellos: y no os haré ya más el oprobio de las gentes: lo dice el Señor omnipotente.

EFICACIA DEL AYUNO. — Este magnífico paso del Profeta nos descubre la importancia que el Señor da a la expiación por el ayuno. Cuando el hombre contrito por sus pecados mortifica su carne, Dios se aplaca. El ejemplo de Nínive lo demuestra; perdona el Señor a una ciudad infiel por el solo hecho de que sus habitantes imploraban su compasión bajo la librea de la penitencia; pues, ¿qué no hará a favor de su pueblo, si acierta a juntar a la inmolación del cuerpo el sacrificio del corazón? Entremos, pues, animosos en el sendero de la penitencia; y si la mengua de los sentimientos de fe y temor de Dios amenazan, al parecer, acabar en derredor nuestro prácticas tan antiguas como el cristianismo, Dios nos libre de entrar por las veredas del relajamiento tan pernicioso al conjunto de las costumbres cristianas. Recapacitemos, sobre todo, en nuestros compromisos personales con la divina justicia; ella nos condonará los deslices y castigos que merecen en la medida que pongamos solícito empeño en ofrendarle la satisfacción a que tiene pleno derecho.

Continúa la Iglesia desahogando en el Gradual los vivos sentimientos de confianza en Dios bondadosísimo, y cuenta en la felicidad de sus hijos que sabrán aprovechar los medios con que los brinda para desarmar su enojo.

El Tracto es una hermosa plegaria de David; repítela la Iglesia tres veces por semana durante la Cuaresma, y de ella se sirve para apaciguar la cólera de Dios en tiempos calamitosos.

GRADUAL

Ten piedad de mí, oh Dios, ten piedad de mí: porque en ti confía mi alma. V. Vino del cielo, y me libró: llenó de oprobio a los que me pisoteaban.

TRACTO

Señor, no nos pagues según los pecados que hemos cometido: ni según nuestras iniquidades. V. Señor, no te acuerdes de nuestras antiguas iniquidades, antes anticípense pronto tus misericordias: porque somos muy pobres. (Aquí se arrodilla.) Y. Ayúdanos, oh Dios, Salvador nuestro: y, por la gloria de tu nombre, líbranos, Señor: y sé propicio con nuestros pecados, por tu nombre.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según S. Mateo.

En aquel tiempo dijo Jésús a sus discípulos: Cuando ayunéis, no os pongáis, como los hipócritas, tristes. Porque ellos maceran sus rostros, para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo: ya han recibido su galardón. Tú, en cambio, cuando ayunes, unge tu cabeza, y lava tu cara, para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está oculto: y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo premiará. No atesoréis tesoros en la tierra: donde el orín y la polilla los destruyen, y donde los ladrones los minan, y roban. Atesorad, en cambio, tesoros en el cielo, donde ni el orín ni la polilla los destruyen, y donde los ladrones no los minan, ni roban. Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.

ALEGRÍA DE CUARESMA. — No quiere Nuestro Señor recibamos el anuncio del ayuno expiatorio como triste y mortiñcante nueva. El cristiano entiende lo suficiente cuán arriesgado es para él el vivir en déficit con la divina justicia; ve, por consiguiente, llegarse el tiempo de Cuaresma con gozo y consuelo; de antemano sabe que, si es fiel a las prescripciones de la Iglesia, aliviará su carga. Estas satisfacciones, hoy tan suavizadas por la indulgencia de la Iglesia, ofrecidas a Dios con las del mismo Redentor y fecundadas por esta comunicación en haz común de propiación las obras santas de todos los miembros de la Iglesia militante, purificarán nuestras almas y las harán dignas de participar de las inefables alegrías de la Pascua. No estemos, por tanto, tristes porque ayunamos, ni lo estemos por haber hecho necesario nuestro ayuno por el pecado. Otro consejo nos da el Señor que la Iglesia recalcará a menudo en el decurso de la santa Cuaresma; añadamos la limosna a las privaciones corporales. Nos exhorta atesoremos, pero sólo para el cielo. Tenemos necesidad de intercesores; busquémosles entre los pobres.

Canta la Iglesia en el Ofertorio nuestra libertad. Se regocija al ver curadas ya las heridas de nuestra alma porque cuenta con nuestra perseverancia.

OFERTORIO

Te exaltaré, Señor, porque me recibiste, y no alegraste a mis enemigos sobre mí: Señor, clamé a ti, y me sanaste.

SECRETA

Suplicárnoste, Señor, hagas que nos adaptemos convenientemente a estos dones que te ofrecemos, y con los cuales celebramos el comienzo de este mismo venerable Sacramento. Por el Señor.

PREFACIO

Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que, siempre y en todas partes, te demos gracias a ti, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios: Que, con el ayuno corporal, reprimes los vicios, elevas la mente, das la virtud y los premios: por Cristo, nuestro Señor. Por quien a tu Majestad alaban los Angeles, la adoran las Dominaciones, la temen las Potestades. Los cielos, y las Virtudes de los cielos, y los santos Serafines, la celebran con igual exultación. Con los cuales, te suplicamos, admitas también nuestras voces, diciendo con humilde confesión:

Santo, Santo, Santo, etc.

Las palabras de la antífona de la Comunión encierran importantísimo consejo. Necesitamos mantenernos firmes durante la Cuaresma. Meditemos la ley del Señor y sus misterios. Si saboreamos la palabra de Dios que la Iglesia nos propone cada día, la luz y el amor se acrecentarán en nuestros corazones sin cesar, y cuando el Señor salga de las sombras del sepulcro, reverberarán sobre nosotros sus divinos resplandores.

COMUNION

El que meditare en la Ley del Señor día y noche, dará su fruto a su tiempo.

POSCOMUNION

Haz Señor, que los Sacramentos recibidos nos aprovechen: para que nuestros ayunos te sean gratos a ti, y a nosotros nos sirvan de alivio. Por el Señor.

Todos los días de Cuaresma, a excepción de los domingos, antes de despedir a la asamblea de los fieles, el Preste pronuncia sobre ellos una oración particular (Es una fórmula de bendición pidiendo a Dios que los fieles puedan volver a sus ocupaciones ordinarias, llevando consigo prenda segura de la protección del cielo. Callewaert, Sacris erudiri 694), precedida siempre de esta advertencia del diácono:

Humillad vuestras cabezas ante Dios.

ORACION

Señor, contempla propicio a los que se inclinan ante tu majestad: para que, los que han sido alimentados con tu don divino, se sientan siempre alimentados por este socorro celestial.

2O PRUEBAS DE LAS HEREJÍAS DEL OPUS DEI

Monseñor Henri Delassus (el autor de “La Conjuración Anticristiana”), citando a San Gregorio el Grande en el sermon n° 10 sobre la Epifanía dice:

“…hay herejes que creen en su divinidad, pero que no admiten de ningún modo que sea Rey en todos los lugares. Sin duda le ofrecen incienso, pero no quieren ofrecerle también el oro”.

 

Y agregó:

“De este tipo de herejes aún los hay, llevan el nombre de católicos liberales”.

 

Entre estos muchos “católicos liberales” estaba José María Escriba y Albás, mejor conocido como “San Josemaría Escrivá de Balaguer” (porque se cambió el nombre con los fines de ser el único “San Josemaría” en la historia, y para disociarse de la carga judaica de su linaje), quien fundó el Opus Dei. Fue tan liberal que él y su Obra se adelantaron 35 años al Vaticano II, desalentando la vida religiosa; y fingió ser tan conservador que acusó a Roncalli y Montini de ser francmasones, y sentenció al Infierno a todos los Cardenales que votaron por Montini en el Cónclave de 1963.

Fernando Ocáriz Prelado Opus Dei en fraternal contubernio con el hereje Bergoglio

Herejías del Opus Dei  sobre Verdades de Fe Divina y Católica

1. – “Nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las conciencias” (Monseñor Escrivá de Balaguer Salvador Bernal, Ed. RIALP. 1976, pág. 296). – 

Por el contrario, la doctrina católica es:La libertad religiosa es un delirio nacido del indiferentismo (Mirári Vos: Encíclica de Gregorio XVI contra el Modernismo. Agosto 15 de 1832, N° 10)

2. – “Amamos la necesaria consecuencia de la libertad: es decir: el pluralismo. En el Opus Dei el pluralismo es querido y amado, no sencillamente tolerado y en modo alguno dificultado” (Tiempo de caminar – Ana Sastre, Ed. RIALP. 1989, pág. 127)

Por el contrario, la doctrina católica es:– La Declaración de los Derechos del Hombre es contraria a la Religión y a la sociedad” (Adeo Nota (Carta de Pío VI sobre los sucesos de Aviñón, Abril 23 de 1791)

3. – Escrivá de Balaguer se declaró contento porque “el Concilio recogió el espíritu del Opus Dei” (Tiempo de caminar – Ana Sastre, Ed. RIALP. 1989, pág. 486)

Por el contrario, la doctrina católica es:– La libertad religiosa es Libertad de la Perdición (Quanta Cura: Pío IX contra los errores modernos, Diciembre 8 de 1864)

4. – Las obras apostólicas del Opus Dei “se proyectan y gobiernan con mentalidad laical. Por ello no son confesionales” (Monseñor Escrivá de Balaguer Salvador Bernal, Ed. RIALP. 1976, pág. 309)

Por el contrario, la doctrina católica es:– La sociedad, sustraída a las leyes de la Religión y de la verdadera justicia, no puede tener otro ideal que acumular riquezas, ni seguir más ley, en todos sus actos, que un insaciable deseo de satisfacer la indómita concupiscencia del espíritu, sirviendo tan solo a sus propios placeres e intereses(Quanta Cura: Pío IX contra los errores modernos, Diciembre 8 de 1864

5. – Escrivá confiesa que “La afirmación del pluralismo entre los católicos fue en los primeros años del Opus Dei novedad ininteligible para muchos, porque habían sido formados en una línea justamente contraria…” (Monseñor Escrivá de Balaguer Salvador Bernal, Ed. RIALP. 1976, pág. 311)

Por el contrario, la doctrina católica es:– El pluralismo es un error abominable, reprobado y condenad(Quanta Cura; Pío IX contra los errores modernos, Diciembre 8 de 1864)

6. – “Cuando, en 1950, el Fundador obtuvo finalmente de la Santa Sede el permiso para admitir en la Obra a los sacerdotes diocesanos y para poder nombrar a no católicos e incluso no cristianos Cooperadores de la Obra, se ‘completó’ la familia espiritual del Opus Dei” (Monseñor Escrivá de Balaguer Salvador Bernal, Ed. RIALP. 1976, pág. 244)

Por el contrario, la doctrina católica es:– No os unáis en yugo desigual con los infieles, pues ¿qué comunión puede haber entre la justicia y la iniquidad? (II Cor. 6, 14)

7. – Escrivá reconoce que “para mantenerla (la Obra) además de los miembros del Opus Dei, hay otras personas que ayudan; algunos no son católicos, y muchos, muchísimos, que no son cristianos” (Tiempo de caminar – Ana Sastre, Ed. RIALP. 1989, pág. 615)

Por el contrario, la doctrina católica es:– Así, una tal libertad pone en el mismo piso la verdad y el error, la fe y la herejía, la Iglesia de Jesucristo y cualquier institución humana (Libértas: Carta de León XIII sobre la libertad humana, 29 de Junio de 1888)

8. – “Los organismos competentes de la Santa Sede han llegado al convencimiento de que tal concesión (el Decretum Laudis) es, de momento, imposible. La Obra no encaja en ninguna de las formas asociativas reconocidas por el Derecho de la Iglesia. Un alto personaje de la Curia ha dicho a don Álvaro [del Portillo]: ‘Ustedes han llegado con un siglo de anticipación’” (Tiempo de caminar – Ana Sastre, Ed. RIALP. 1989, 326)

Por el contrario, la Iglesia dice:– Tenemos que habérnoslas con un enemigo astuto y doloso que, halagando los oídos de pueblos y príncipes, ha cautivado a unos y otros con blandura de palabras y adulaciones (Humánum Genus: Encíclica de León XIII contra la Francmasonería, 20 de Abril de 1884).

9. – “Sólo al pasar los lustros e iniciarse una nueva corriente ecuménica, ese paso audaz (admitir a no católicos en el apostolado del Opus Dei), que pudo haberle engendrado muchas incomprensiones, fluía ya con naturalidad en la historia contemporánea” (El fundador del Opus Dei: Andrés Vásquez de Prada, Ed. RIALP. 1987, pág. 235).

Por el contrario, la doctrina católica es:– El Sillón, que enseña semejantes doctrinas, siembra entonces en vuestra juventud católica unas nociones erradas y funestas sobre la autoridad, la libertad y la obediencia. (Notre Charge Apostólique: Carta de San Pío X contra el Sillonismo, Octubre 23 de 1908, N° 21)

10. – “Esta realidad ‘ecuménica’ de Camino obliga a preguntarse cómo unas páginas, cuyo origen redaccional tiene contextos tan marcados, han podido difundirse entre personas pertenecientes a medios culturales, no ya diferentes al originario de Camino, sino tan diversos entre sí” (Estudios sobre el Camino: Mons. Álvaro del Portillo et alteri, Ed. RIALP. 1989, pág. 48.).

Por el contrario, la doctrina católica es:– La doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o práctica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material. (Notre Charge Apostólique: Carta de San Pío X contra el Sillonismo, Octubre 23 de 1908, N° 22

11. – “Camino ha ido preparando en este tiempo a millones de personas para entrar en sintonía y acoger en profundidad algunas de las enseñanzas más revolucionarias que, treinta años después, promulgaría solemnemente la Iglesia en el Concilio Vaticano II“ (Estudios sobre el Camino: Mons. Álvaro del Portillo et alteri, Ed. RIALP. 1989, pág. 53).

Por el contrario, la doctrina católica es: – Libertad, Igualdad, Fraternidad”: Las perversas semillas de la Revolución Francesa (DF)

12. – “El fundador del Opus Dei es un ‘conservador’ o (digámoslo con una metáfora) una ‘roca primigenia cristiana’ o -si se quiere- una ‘roca primigeniamente cristiana’, con una profundidad y una convicción tales que a la vez, le convierte en el mayor ‘revolucionario católico’ de los últimos doscientos años”. (Opus Dei-Vida y obra del fundador Josémaría Escrivá – Peter Berglar, Ed. RIALP. 1987 -Trad. Española, pág. 243)

Por el contrario, la doctrina católica es:– Cristo Rey tiene poder sobre todas las criaturas y sobre todos los Estados (cf. Quas Primas: Encíclica de Pío XI sobre la Realeza Social de Cristo, Diciembre 11 de 1925, N°10-11)

13. – “El Fundador del Opus Dei, después de muchos años de incomprensiones, tuvo la satisfacción de que destacados Padres conciliares, como los Cardenales Frings (Colonia), Künig (Viena), Lercaro (Bolonia) y otros, le reconocieran, como un verdadero precursor del Vaticano II, sobre todo respecto a aquellos puntos capitales que, para el Concilio, marcaban el camino a seguir en el futuro”. (Tiempo de caminar – Ana Sastre, Ed. RIALP. 1989, pág. 303)

Por el contrario, la doctrina católica es:– Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, Venerables Hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. (Quas Primas: Encíclica de Pío XI sobre la Realeza Social de Cristo, Diciembre 11 de 1925, N°18)

14. – “Para los Papas Juan Pablo I y Juan Pablo II, el Opus Dei y su Fundador eran hechos objetivos que anunciaban el comienzo de una nueva era del cristianismo” (Opus Dei-Vida y obra del fundador Josémaría Escrivá – Peter Berglar, Ed. RIALP. 1987 -Trad. Española, pág. 243)

Por el contrario, la doctrina católica es:– Que se deba separar el Estado de la Iglesia, es una tesis absolutamente falsa, y perniciosísima (Veheménter Nos: Carta de Pío IX a Francia sobre la Ley de separación Iglesia-Estado, Noviembre 11 de 1906, N°2)

15. – El Vaticano II aprobó solemnemente lo que el Opus Dei practicaba respecto del ecumenismo (cf. Tiempo de caminar – Ana Sastre, Ed. RIALP. 1989, pág. 14)

Por el contrario, la doctrina católica es:– Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad y la unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: «Creo en la Iglesia una«…” (Satis Cógnitum: Encíclica de León XIII contra la Francmasonería y demás sociedades secretas, Junio 29 de 1896, N°8)

16. – Álvaro del Portillo relata que “Durante mi trabajo en las comisiones del Concilio Vaticano II pude comprobar cómo se abrían paso en sus documentos, a veces muy trabajosamente, enfoques de la vida cristiana y criterios pastorales que son como la atmósfera de Camino”. (Estudios sobre el Camino: Mons. Álvaro del Portillo et alteri, Ed. RIALP. 1989, pág. 55)

Por el contrario, la doctrina católica es:– Esta clase de gente (los católicos liberales) es, sin duda alguna, más peligrosa y dañina que los enemigos declarados, porque sin llamar la atención y sin, tal vez, ponerse en guardia, se prestan a las maniobras de estos últimos. (Per Tristíssima: Carta de Pío IX al Círculo Ambrosiano de Milán sobre los “Católicos Liberales”. Marzo 6 de 1873)

17. – “La Obra era, así la primera asociación de la Iglesia que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres sin distinción de credo o confesión”. (Tiempo de caminar – Ana Sastre, Ed. RIALP. 1989, pág. 610).

Por el contrario, la doctrina católica es:– Algunos hombres van haciendo pactos con todos, y enseñan que la salvación eterna está abierta a los sectarios de todas las religiones, sean lo que sean. (Singuláris Quidem: Carta de Pío IX sobre los problemas de la Iglesia en Austria, Marzo 17 de 1856, N°1)

18. – “Las residencias del Opus Dei son interconfesionales “donde viven estudiantes de todas las religiones e ideologias”. (Conversaciones con Escrivá de Balaguer, Centro de Estudios Históricos San Josemaría Escrivá, Ed. RIALP. 1968, 117)

Por el contrario, la doctrina católica es:– Decir “de esta doctrina de la experiencia, unida a la otra del simbolismo, se infiere la verdad de toda religión, sin exceptuar el paganismo”: CONDENADO (cf. Pascéndi Domínici Gregis: Encíclica de San Pío X contra el Modernismo, Diciembre 8 de 1907, N° 13)

19. – Escrivá le dijo a Juan XXIII “En nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Su Santidad” (Conversaciones con Escrivá de Balaguer (Centro de Estudios Históricos San Josemaría Escrivá, Ed. RIALP. 1968, pág. 246)

Por el contrario, la doctrina católica es: – Ni la Sede Apostólica puede en manera alguna tener parte en dichos Congresos ecuménicos, ni de ningún modo pueden los católicos favorecer ni cooperar a semejantes intentos; y si lo hiciesen, darían autoridad a una falsa religión cristiana, totalmente ajena a la única y verdadera Iglesia de Cristo (Mortálium Ánimos: Encíclica de Pío XI sobre la verdadera unidad cristiana, Enero 6 de 1928, N°10)

20. – “Es ciertamente grande vuestro ideal, que desde sus comienzos ha anticipado la teología del laicado que caracterizó luego a la Iglesia del Concilio y del Post-concilio…” (Discurso al Opus Dei: Juan Pablo II, Agosto 19 de 1979)

Por el contrario, la doctrina católica es:– Muchos, guiados de un imprudente celo de las almas, se sienten llevados por un interno impulso y ardiente deseo a romper las barreras que separan entre sí a las personas buenas y honradas; y propugnan una especie de irenismo, que, pasando por alto las cuestiones que dividen a los hombres, se proponen, no sólo combatir en unión de fuerzas el combatiente ateísmo, sino también reconciliar opiniones contrarias aun en el campo dogmático. (Humáni Géneris: Encíclica de Pío XII contra la “Nueva Teología”, Agosto 12 de 1950, N° 6)

Escrivá de Balaguer y su obra eran, por tanto, más progresistas que muchos modernistas preconciliares, pero habiendo sido rebasados por la izquierda en el Concilio y en el post-Concilio, ahora los acusan de ser “ultraconservadores”, cuando en realidad profesan la herejía liberal, pues el liberalismo es pecado contra la fe.

Tomado de: Miles Christi

Historia y mística y práctica de la Cuaresma

HISTORIA  DE LA CUARESMA

Se da el nombre de Cuaresma al período de oración y penitencia durante el cual la Iglesia prepara las almas a celebrar el misterio de la Redención.

LA ORACIÓN. — A los fleles, aun los mejores, propone nuestra Madre la Iglesia este tiempo litúrgico como retiro anual que les brindará ocasión oportuna de reparar todos los descuidos de otras temporadas, y encender la llama de su celo. A los catecúmenos ofrece, como en los primeros siglos una enseñanza, una preparación a la iluminación bautismal. A los penitentes, los llama la atención sobre la gravedad del pecado, e inclina su corazón al arrepentimiento y a las buenas resoluciones, y les promete el perdón del Corazón de Dios.

Recomienda S. Benito a sus monjes, en el capítulo XLIX de su Regla, se entreguen este santo tiempo a la oración acompañada de lágrimas de arrepentimiento o de tierno fervor. Todos los fieles, de cualquier estado y condición, hallarán en las Misas de cada día de Cuaresma las fórmulas más admirables de oración con que se pueden dirigir a Dios. Con quince y más siglos de existencia, se adaptan a las aspiraciones, a las necesidades de todos.

LA PENITENCIA. — La penitencia se practica, mejor dicho, se practicaba con la observancia del ayuno. Las dispensas temporales otorgadas desde hace algunos años por el Sumo Pontífice no serán pretexto para silenciar práctica tan importante a que aluden constantemente las oraciones de las Misas cuaresmales y de la que todos deben, al menos, conservar el espíritu, si la dureza de los tiempos o la endeble salud no consienten se observe plenamente y con todo rigor.

La práctica del ayuno remonta a los primeros siglos del cristianismo y aún es anterior. Después de los Profetas Moisés y Elias cuyo ejemplo nos será propuesto el miércoles de la primera semana, el Señor le practicó permaneciendo sin alimento alguno durante cuarenta días y cuarenta noches, y si no quiso establecer mandato divino, que en ese caso no hubiera, sido susceptible de discusión, ha declarado por lo menos que el ayuno tan frecuentemente preceptuado por Dios en la antigua ley, sería practicado también por los hijos de la nueva.

Llegáronse un día a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: «¿Por qué, ayunando nosotros y los fariseos con frecuencia, no ayunan tus discípulos?» Jesucristo les contestó: «¿Por ventura los compañeros del Esposo pueden estar tristes- mientras el Esposo está con ellos? Mas vendrán días en que les será quitado el Esposo y entonces ayunarán» (San Mat., IX, 14-15).

Acordáronse los cristianos de esta sentencia y bien pronto pasaron en ayuno absoluto los tres días—que para ellos era uno solo—, el misterio de la Redención, es decir desde Jueves Santo hasta la mañana de Pascua.

Tenemos pruebas fehacientes ya de los siglos II y III que en muchas iglesias ayunaban Viernes y Sábado Santos, y San Ireneo en su carta al Papa San Víctor afirma que varias iglesias orientales hacían lo propio toda la Semana Santa. En el siglo IV se amplió este ayuno pascual y la preparación a la fiesta de Pascua durante un período de ascesis de cuarenta días— cuadragésima—Cuaresma.

La primera meneión que hallamos en Oriente de «la cuarentena» se encuentra en el canon 5° del Concilio de Nicea (325). El Obispo de Thmuis, Serapión, afirma en 331, que la «Cuaresma» es en su tiempo práctica universal en Oriente y Occidente. Los Padres, como, por ejemplo, San Agustín (Sermón CCX), dicen que es práctica antiquísima, y San León (Sermón VI) piensa, aunque erróneamente, que se remonta a los tiempos apostólicos. Estos mismos Padres y con ellos San Ambrosio y San Jerónimo, son los primeros que nos hablan del ayuno.

Los sermones de San Agustín atestiguan que la Cuaresma comenzaba el domingo VI antes de Pascua. Como no se ayunaba el domingo, no había más que treinta y cuatro días de ayuno, treinta y seis con Viernes y Sábado Santos; con todo no dejaba de ser la Cuaresma una «cuarentena» de preparación a la Pascua. El ayuno, en efecto, no era, y no lo es hoy tampoco, el único medio de prepararse a celebrar la Pascua. Insiste San Agustín en que al ayuno acompañen el fervor de la oración, la humildad, la renuncia absoluta a los malos deseos, muchas limosnas, perdón de las injurias y la práctica de todas las obras de piedad y caridad.

La misma extensión del período cuaresmal vemos en España en el siglo VII y en las Galias y Milán. La magna solemnidad del mundo es para San Ambrosio el Viernes Santo, y la fiesta de Pascua encierra el triduo de la muerte, sepultura y Resurrección de Cristo (Carta XXIII). Si el ayuno se interrumpía los domingos, guardaban, sin embargo, merced a la liturgia, su tonalidad penitencial.

Para San León es también un período de cuarenta días que finaliza el Jueves Santo por la tarde; y si, acorde con San Agustín, insiste en ponderar las ventajas del ayuno corporal, recomienda con más insistencia los demás ejercicios de mortificación y penitencia, el arrepentimiento, sobre todo, del pecado, y la práctica más fervorosa de las buenas obras y virtudes.

NECESIDAD DE LA PENITENCIA. — No obstante eso, ya que en nuestros tiempos la mortificación corporal va cayendo en desuso, no juzguemos inútil demostrar a los cristianos la importancia y utilidad del ayuno; las sagradas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento abogan en favor de esta santa práctica. Podemos también afirmar que la tradición de todos los pueblos la corrobora, porque la idea de que el hombre puede apaciguar la divinidad sometiendo su cuerpo a la expiación, se adueñó del mundo, pues se halla en todas las religiones, aun las más alejadas de la pureza de las tradiciones patriarcales.

PRECEPTO DE LA ABSTINENCIA. — San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Jerónimo y San Gregorio Magno han declarado que el precepto a que fueron sometidos nuestros primeros padres, en el paraíso terrenal, era precepto de abstinencia y que por haber quebrantado esta virtud se precipitaron a sí mismos y a toda su descendencia en un abismo de calamidades. La vida de privaciones a que después se vió sometido el rey de la creación, venido a menos, en la tierra que no debía producir ya para él sino zarzas y espinas, mostró bien a las claras esa ley de expiación que el Creador ha impuesto justamente a los miembros rebeldes del hombre pecador.

Hasta el diluvio conservaron nuestros abuelos su existencia con la exclusiva ayuda de los frutos de la tierra que arrancaban a fuerza de trabajo. Dignóse luego Dios permitirles se alimentasen de la carne de animales como para suplir a la mengua de fuerzas naturales. Entonces Noé, movido por el divino instinto, sacaba el jugo de la viña y se añadía un nuevo alivio a la fuerza del hombre.

ABSTINENCIA DE CARNE Y VINO. — La naturaleza del ayuno se ha asentado sobre los diversos elementos que sirven al sostén de las fuerzas humanas, y por de pronto, debió de consistir en la abstinencia de la carne de animales, porque esa ayuda, ofrecida por la condescendencia divina, es menos rigurosamente necesaria para la vida. Durante muchos siglos, como lo vemos hoy día en las iglesias de Oriente, huevos y lacticinios fueron prohibidos porque provienen de sustancias animales; y también en el siglo XIX no eran permitidos en las iglesias latinas sino en virtud de dispensa anual más o menos general. Tal era aún el rigor de la abstinencia de carne, que no se suspendía el domingo en Cuaresma a pesar de la interrupción del ayuno, y los que habían alcanzado dispensa de los ayunos semanales quedaban sometidos a esta abstinencia, si no se sustraían a ella por otra dispensa especial.

En los primeros siglos del cristianismo, el ayuno llevaba consigo la abstinencia de vino; nos advierten de ello San Cirilo de Jerusalén, San Basilio, San Juan Crisóstomo, Teófilo de Alejandría, etc. Este rigor desapareció pronto entre los occidentales, pero se conservó por más tiempo en los orientales.

UNICA COMIDA. — En fin, el ayuno para ser completo, ha de extenderse, en cierta medida, hasta la privación de alimento ordinario: en el sentido de que no tolera más que una sola comida al día. Tal es la idea que debemos formarnos y que resulta de toda la práctica de la Iglesia, a pesar de los muchos cambios que se han realizado, de siglo en siglo, en la disciplina de. la Cuaresma.

COMIDA DESPUÉS DE VÍSPERAS.— La costumbre judía en el Antiguo Testamento era de diferir hasta la puesta del sol la única refección permitida los días de ayuno. Pasó esta costumbre a la Iglesia cristiana y se estableció hasta en nuestras regiones occidentales, donde se observó muchísimo tiempo inviolablemente. Finalmente, ya desde el siglo IX se filtró poco a poco en la Iglesia latina una mitigación; y hallamos en este tiempo un Capitular de Teodulfo, Obispo de Orleans en que este prelado protesta contra los que se creían ya autorizados a hacer la comida a la hora de Nona, esto es: a las tres de la tarde; sin embargo, esta relajación se extendía insensiblemente; pues hallamos en el siglo siguiente el testimonio del célebre Rathiero. Obispo de Verona, quien en un sermón sobre la Cuaresma, reconoce en los fieles la libertad de hacer la comida a la hora de Nona. Hallamos, no obstante, indicios de reclamaciones en contra en el siglo XI, en un Concilio de Ruán, que prohibe a los fieles comer antes de que en la Iglesia hayan comenzado las Vísperas a continuación de Nona; pero ya se adivina aquí la tendencia a anticipar las Vísperas para dar a los fieles motivo plausible de adelantar la comida.

Hasta esa fecha en efecto, existió la costumbre de no celebrar la Misa los días de ayuno hasta después de haber cantado el Oficio de Nona, que comenzaba hacia las tres de la tarde y no cantar Vísperas hasta la puesta del sol. Y como la disciplina del ayuno iba gradualmente suavizándose, la Iglesia no juzgó, empero, oportuno trastocar el orden de sus Oficios que databan de la más remota antigüedad; pero fué anticipando, sucesivamente en primer lugar, las Vísperas, después Misa y por fin, Nona, de manera que terminaran las Vísperas antes de mediodía, cuando la costumbre, finalmente, autorizó a los fieles comieran a mediodía.

COMIDA DESPUÉS DE NONA. — Encontramos en el siglo XII una nota de Hugo de San Víctor, que atestigua que la costumbre de interrumpir el ayuno a la hora de Nona, era ya general; y esta práctica fué preconizada, en el siglo XIII, por la enseñanza de los doctores eclesiásticos. Alejandro de Halés, la autoriza formalmente en la Suma que compuso, y Santo Tomás de Aquino no es menos explícito.

COMIDA A MEDIODÍA. — La mitigación debía progresar todavía; y así vemos que hacia el fin del siglo XIII, el doctor Ricardo de Middleton, célebre franciscano, enseña que no se debe juzgar trasgresores del ayuno a los que comen a la hora de Sexta, esto es a mediodía, porque, dice, prevalece ya en varios lugares esta costumbre, y la hora en que se come no es tan necesaria a la esencia del ayuno como el que sea una sola comida.

El siglo XIV consagró prácticamente y por formal enseñanza el parecer de Ricardo de Middleton. Traemos a cuento en confirmación de lo dicho el testimonio del célebre doctor Durando de Saint-Pourgain, dominico y Obispo de Meaux. No halla inconveniente en señalar la hora del mediodía para la comida en los días de ayuno; tal es, dice, la práctica del Papa, de los Cardenales y hasta de los religiosos. No ha, pues, de extrañarnos ver que sostienen esta enseñanza, en el siglo XV, los más graves autores, como San Antonino, Esteban Poncher, Obispo de París, el Cardenal Cayetano, etc. En vano Alejandro de Balés y Sto. Tomás habían procurado detener la decadencia del ayuno fijando la comida a la hora de Nona; muy pronto se traspasó esta ley, y se puede decir que la actual disciplina se asentó desde entonces.

LA COLACIÓN. — Ahora bien, adelantándose la hora de la comida, el ayuno que estriba esencialmente en no hacer más que esa sola refección, llegó a ser difícil en la práctica, por el largo intervalo que media entre uno y otro mediodía. Menester fué sostener la flaqueza humana autorizando lo que se apellidó: Colación. El origen de este uso es muy antiguo, y proviene de los usos monásticos. La Regla de San Benito preceptuaba, fuera de la Cuaresma eclesiástica, gran número de ayunos, pero mitigaba el rigor, permitiendo la comida a la hora de Nona; de este modo bacía menos penoso el ayuno que el de Cuaresma, al que, todos los fieles seglares y religiosos, estaban obligados hasta la puesta del sol. Y como los monjes tenían que realizar los trabajos más duros del campo en verano y otoño, época en que los ayunos hasta Nona eran muy frecuentes y aun diarios, desde el 14 de setiembre, los abades, usando de poder autorizado por la misma Santa Regla, concedían a los religiosos la libertad de beber por la tarde antes de Completas un vaso de vino para recuperar las fuerzas agotadas por el trabajo del día. Este alivio se tomaba en común, y a tiempo en que se hacía la lectura de la tarde, apellidada Conferencia, en latín: Collatio, porque consistía en leer principalmente las célebres conferencias— Cattationes—, de Casiano; y de ahi vino el nombre de Colación dado a ese alivio del ayuno monástico.

En el siglo IX vemos que la Asamblea de Aquisgrán del año 817 extiende esta libertad a los ayunos de Cuaresma, teniendo cuenta del cansancio grande que experimentaban los monjes en los oficios divinos de este santo tiempo. Se notó, empero, después que el uso de esta bebida podía ocasionar algunos inconvenientes para la salud, si no se le añadía algo sólido. Y ya en los siglos XIV y XV se introdujo la costumbre de dar a los religiosos un pedacito de pan que comían al beber el vaso de vino que les daban, en la Colación.

Estas mitigaciones al primitivo ayuno introducidas en los claustros, naturalmente parecía que pronto se extenderían a los seglares. Establecióse poco a poco la libertad de beber fuera de la única comida; y en el siglo XIII examinó Santo Tomás la cuestión de si la bebida rompe el ayuno; se decide por la negativa; sin embargo no admite todavía que a esa bebida pueda añadirse alimento sólido. Pero cuando desde fines del siglo XIII y en el trascurso del XIV, se adelantó definitivamente la refección a mediodía, no podía bastar una simple bebida en la tarde, para sostener las fuerzas del cuerpo; y entonces se introdujo en los monasterios y en el mundo el uso de tomar pan, verduras, fruta, etc., además de la bebida, con la condición de hacerlo, tan discretamente que la Colación no llegara a trasformarse en segunda comida.

ABSTINENCIA DE LACTICINIOS. — Estas fueron las conquistas que el relajamiento del fervor y asimismo la debilidad general de las fuerzas en los pueblos occidentales alcanzaron de la antigua observancia del ayuno. No son, con todo, estos asaltos, los únicos que hemos de comprobar. Durante muchos siglos la abstinencia de carne, llevaba tras sí cuanto procedía del reino animal, fuera de la pesca, por varias razones fundadas en las Sagradas Escrituras. Los lacticinios de todo género fueron prohibidos durante mucho tiempo y hasta casi nuestros días; la mantequilla y queso se prohibían en Roma todos los días en que no se había dado permiso de comer carne.

Desde el siglo IX se estableció en Europa occidental, especialmente en Alemania y países septentrionales, el uso de lacticinios en Cuaresma; en vano se esforzó por desarraigarle en el siglo XI el concilio de Kedlimbourg. Después de haber intentado legitimar esta costumbre por dispensas temporales, alcanzadas de los sumos Pontífices, acabaron dichas iglesias por disfrutar tranquilamente de su costumbre. Las iglesias de Francia conservaron el rigor antiguo hasta el siglo XVI, y parece no cedió del todo hasta el XVII. En reparación de ese portillo, abierto en la disciplina antigua, y como para resarcir por un acto piadoso y solemne la relajación introducida por el uso de lacticinios, todas las parroquias de París, a las que se unían Dominicos, Franciscanos, Carmelitas y Agustinos iban en procesión a la Iglesia de Nuestra Señora el Domingo de Quincuagésima; y ese mismo día el Capítulo metropolitano, con el clero de las cuatro parroquias de su dependencia, iban a hacer una estación en la plaza del Palacio y cantar una antífona ante la reliquia de la vera Cruz expuesta en la Santa Capilla. Tales prácticas, que tenían por objeto recordar la antigua disciplina, perseveraron hasta la revolución.

ABSTINENCIA DE HUEVOS. — La concesión de lacticinios, no acarreaba consigo la libertad de tomar huevos en Cuaresma; en este punto permaneció largo tiempo en vigor la regla antigua, y este manjar no era permitido sino a tenor de la dispensa que podía darse anualmente. En Roma, hasta en el siglo XIX no se permitían los huevos los días en que no existía dispensa de carne; en otras partes los huevos permitidos unos días, se negaban en otros, particularmente en Semana Santa. La actual disciplina de la Iglesia desconoce esas restricciones. Adviértase, empero, que la Iglesia, preocupada siempre del bien espiritual de sus hijos, ha procurado conservar para su bien cuanto ha podido las observancias saludables que les ayuden a satisfacer a la justicia de Dios. Afianzado en este loable principio, Benedicto XIV, muy alarmado de la extrema facilidad con que se multiplicaban por doquiera las dispensas de la abstinencia, renovó por una solemne Constitución, datada el 10 de junio de 1745, la prohibición, hoy suprimida, de servir en la misma mesa pescado y carne en días de ayuno.

ENCÍCLICA DE BENEDICTO XIV. — Este mismo Papa dirigió el primer año de su pontificado, el 30 de mayo de 1741, una Carta Encíclica a todos los obispos del mundo cristiano, en la que manifiesta enérgicamente el dolor que le acucia á la vista de la relajación que se introducía ya por doquier con dispensas indiscretas y no justificadas. «La observancia de la Cuaresma, decía el Pontífice, es el lazo de nuestra milicia; por ella nos diferenciamos de los enemigos de la Cruz de Jesucristo; por ella esquivamos los azotes de la cólera divina; por ella, amparados con la ayuda celestial durante el día, nos fortalecemos contra los príncipes de las tinieblas. Si esta observancia se relaja, cede en desdoro de la gloria de Dios, deshonra de la religión católica y peligro de las almas cristianas; y no hay duda que este descuido sea fuente de desgracias para los pueblos, desastres en los negocios públicos e infortunios para los individuos». Dos siglos han transcurrido desde tan solemne aviso del Pontífice supremo, y la relajación que quiso detener, fué sin embargo en auge. ¿Cuántos cristianos hallamos en nuestras poblaciones fieles a la observancia de la Cuaresma? ¿A dónde nos llevará esta molicie, siempre en aumento, sino a la mengua universal de caracteres y como consecuencia, al trastorno de la sociedad? Los tristes vaticinios de Benedicto XIV, se ven ya realizados de manera sobradamente visible. Las naciones en que la idea de la expiación se apaga, desafían a la cólera de Dios, y ya no les queda más remedio que la disolución o la conquista. Esfuerzos heroicos se han llevado a cabo para restaurar la observancia del domingo en medio de nuestras poblaciones esclavizadas bajo la férula del amor a ganancias y especulación. Exitos inesperados han coronado estos esfuerzos: ¿Quién sabe si el brazo del Señor, en actitud de descargar el golpe, no se pare a la vista de un pueblo que empieza a acordarse de la casa del Señor y de su culto? Debemos esperarlo y esa esperanza será, a buen seguro, más firme y confiada, cuando veamos a los cristianos de nuestras sociedades muelles y degeneradas, entrar, a ejemplo de los ninivitas, por el sendero, sobrado tiempo abandonado, de la expiación y penitencia.

PRIMERAS DISPENSAS. — Tomemos de nuevo el hilo de la historia, y notemos algunos rastros de la antigua fidelidad cristiana a las observancias santas de la Cuaresma. No creemos sea impropio recordar ahora la forma de las primeras dlspensas de que hacen memoria los anales eclesiásticos; sacaremos saludable enseñanza.

A LOS FIELES DE BRAGA.— En el siglo XIII, el arzobispo de Braga acudía al romano Pontífice, Inocencio III en aquel entonces, para notificarle que la mayoría de su grey se veía obligada a comer carne en Cuaresma, de resultas de una carestía que había agotado todas las provisiones ordinarias en la provincia; consultaba además el prelado al Papa qué compensación debía imponer a los fieles por esa violación forzada de la abstinencia cuaresmal. Preguntaba también al Pontífice sobre el modo de proceder con los enfermos que pedían dispensa para usar alimentos grasos. La respuesta del Papa, que va inserta en el cuerpo del derecho, respira moderación y caridad, como era de esperar; pero deducimos de este episodio que tal era el respeto a la ley general de la Cuaresma, que sola la autoridad del soberano pontífice podía dispensar a los fieles. Los tiempos posteriores no conocieron otro medio de interpretar la cuestión de las dispensas.

AL REY WENCESLAO. — Wenceslao, rey de Bohemia, hallándose enfermo de una dolencia que le hacía le fueran nocivos los alimentos cuaresmales, se dirigió en 1297 a Bonifacio VIII pidiéndole permiso para comer carne. El soberano Pontíflce comisionó a dos abades cistercienses a fin de que se informaran del estado real de salud del príncipe; y después de un informe favorable concedió la solicitada dispensa con las condiciones siguientes: que se enteraran a ciencia cierta si el rey no se había ligado con voto a ayunar toda la vida en la Cuaresma; que los viernes, sábados y la vigilia de San Matías quedaban excluidos de la dispensa; y por fin que el rey comería en privado y sobriamente.

A LOS REYES DE FRANCIA. — Hallamos en el siglo XIV dos Breves de dispensa dirigidos por Clemente VI en 1351 a Juan rey de Francia y a la reina su esposa. En el primero, teniendo en cuenta el Papa que el rey, durante las guerras en que se hallaba comprometido se encontraba en parajes donde escasea la pesca, da al confesor del Rey la facultad de permitirle a él y a su séquito el uso de carne, excepto la Cuaresma entera, los viernes del año y señaladas Vigilias y con tal de que el rey y los suyos no se hubiesen comprometido con voto a la abstinencia por toda la vida. Por el segundo Breve, Clemente VI, contestando a la petición que el Rey Juan le hizo para dispensa del ayuno, comisiona al confesor del monarca y a cuantos le sucedan en el cargo, dispensen al rey y a la reina de la obligación, tras consulta del médico. Algunos años más tarde, en 1370, Gregorio XI enviaba nuevo Breve al Rey de Francia Carlos V, y a la reina Juana su esposa, en el que delegaba a su confesor el poder de concederle el uso de huevos y lacticinios en la Cuaresma, a juicio de los médicos, quienes, a la vez que el confesor, eran responsables ante Dios en sus conciencias. Extendíase el permiso al cocinero y servidores, pero sólo para probar los manjares.

A JACOBO III DE ESCOCIA.—Continua el siglo XV brindándonos ejemplos del recurso a la Sede Apostólica en demanda de dispensa de observancias cuaresmales. Recordemos en particular el Breve que Sixto IV envió en 1483 a Jacobo III, rey de Escocia, en que permite a ese príncipe el uso de carne en días de abstinencia, contando siempre con el parecer del confesor. Finalmente, en el siglo XVI, vemos que Julio II concede semejante facultad a Juan, rey de Dinamarca y a su esposa la reina Cristina, y algunos años más tarde Clemente VII lo hace al emperador Carlos V, y después a Enrique II de Navarra y a la reina Margarita, su esposa.

Tal era la seriedad con que se procedía aún hace algunos siglos, cuando se trataba de dispensar a los mismos príncipes de una obligación que radica en lo que el cristianismo considera más universal y sagrado. Júzguese, por esos datos, del proceder de las modernas sociedades en el camino de la relajación e indiferencia. Compárense esos pueblos a quienes el temor de Dios y la idea noble de la expiación hacía abrazar cada año tan largas y rigurosas privaciones, con nuestras muelles razas, flojas y tibias en que el sensualismo de la vida apaga de día en día el sentimiento del mal tan fácilmente cometido, tan prontamente perdonado y tan débilmente reparado. ¿Qué se hicieron de aquellas alegrías de nuestros padres en la fiesta de la Pascua, cuando, tras la abstinencia de cuarenta días, volvían a disfrutar manjares más alimenticios y sabrosos, cercenados durante tan prolongado período?; ¡con qué encanto, con qué serenidad de conciencia reanudaban las costumbres de vida más asequibles, suspendidas para mortificar sus almas en el recogimiento, separación del mundo y penitencia! Esta consideración nos mueve a añadir unas palabras para facilitar al católico lector a conocer bien el cariz verdadero de los siglos de fe en tiempo cuaresmal.

SUSPENSIÓN DE TRIBUNALES. — Paremos mientes en la temporada durante la cual no sólo las diversiones y espectáculos eran prohibidos por la autoridad pública, sino que hasta los tribunales estaban cerrados para no alterar la paz y silencio de las pasiones, tan favorables al pecador, para que reparase en las heridas de su alma y dispusiera su reconciliación con Dios. Ya en 380 Graciano y Teodosio publicaron una ley que ordenaba a los jueces suspendieran todo procedimiento y demanda durante los cuarenta días antes de Pascua. El Código teodosiano contiene bastantes disposiciones análogas; y vemos que los concilios de Francia, aun en el siglo IX, se dirigen a los reyes carlovingios, reclamando apliquen esa legislación sancionada por los cánones y recomendada por los Padres de la Iglesia, pero, confesémoslo con vergüenza, no se observan sino entre los turcos que hoy todavía suspenden todo procedimiento judicial durante los treinta días del Ramadán.

PROHIBICIÓN DE LA CAZA. — Fué considerada por largos años la Cuaresma incompatible con el ejercicio de la caza, por motivo de la disipación y tumulto que la acompaña. En el siglo IX la prohibió el Papa San Nicolás I, durante este santo tiempo, a los búlgaros, recientemente convertidos al cristianismo. Y hasta en el siglo XIII San Raimundo de Peñafort, en su Suma de casos penitenciales, enseña que no se puede sin pecado entregarse a ese deporte durante la Cuaresma, si la caza es clamorosa y si se realiza con perros y aleones. Esta obligación es una de tantas ya en desuso, pero San Carlos la renovó en la provincia de Milán, en uno de sus concilios.

No hay lugar, seguramente, para extrañar el ver prohibida la caza durante la Cuaresma, cuando se para mientes que, en los siglos de fe cristiana vigorosa, la guerra misma tan necesaria a veces para la quietud y legítimo interés de las naciones, debía suspender las hostilidades durante la santa Cuaresma. Ya en el siglo IV había ordenado Constantino cesaran los ejercicios militares, domingos y viernes, para honrar a Cristo que sufrió y resucitó en los días susodichos, y no menoscabar a los cristianos el recogimiento con que estos misterios reclaman han de celebrarse. En el siglo IX la disciplina de la Iglesia de occidente umversalmente exigirá suspensión de hostilidades durante toda la Cuaresma, fuera del caso de necesidad, como se ve en las actas de la Asamblea de Compiégne, en 833, y por los concilios de Meaux y Aquisgrán en la misma época. Las instrucciones del Papa San Nicolás I a los búlgaros manifiestan la misma intención; y vemos por carta de San Gregorio VII a Desiderio, abad de Montecasino, que esta regla era todavía observada en el siglo XI. Tamhién la vemos observada hasta el siglo XII en Inglaterra, según dice Guillermo de Malmesbury, por los ejércitos enfrentados: el de la emperatriz Matilde, condesa de Anjou, hija del rey Enrique y el del rey Esteban, conde de Boulogne, que, el año 1143, iban a trabar la lucha por la sucesión al trono.

TREGUA DE DIOS. — Todos los lectores conocen la admirable institución de la Tregua de Dios, con que la Iglesia en el siglo XI logró en toda Europa poner coto a la efusión de sangre, suspendiendo llevar armas cuatro días de la semana, desde la tarde del miércoles hasta la mañana del lunes durante todo el año. Esta ordenanza, sancionada por la autoridad de los Papas y concilios, con el concurso de todos los príncipes cristianos, era una mera extensión, cada semana del año, de la disciplina, en virtud de la cual toda actividad militar estaba prohibida en Cuaresma. El santo rey de Inglaterra Eduardo, el Confesor, desarrolló aún más tan preciada institución promulgando una ley confirmada por su sucesor Guillermo el Conquistador, y en su virtud la Tregua de Dios debía guardarse inviolablemente desde principio de Adviento hasta la octava de Epifanía, desde la Septuagésima hasta la octava de Pascua, y, desde la Ascensión hasta la octava de Pentecostés, añadiendo además los días de Témporas, las vigilias de todas las fiestas, y, por fln, cada semana el intervalo del sábado, desde nona, hasta la mañana del lunes. Urbano II en el concilio de Clermont, año 1095, después de reglamentar cuanto atañía a la cruzada, echó mano de su autoridad apostólica para extender la Tregua de Dios, tomando como punto de partida la suspensión de las armas guardada en Cuaresma; preceptuó por un decreto, renovado en el concilio celebrado en Roma el año siguiente, que toda actividad guerrera estaba vedada desde el miércoles de Ceniza hasta el lunes que sigue a la octava de Pentecostés, y en todas las vigilias y fiestas de la Santísima Virgen y Santos Apóstoles; todo eso sin menoscabo de lo antes legislado para cada semana; conviene a saber, desde la tarde del miércoles hasta la madrugada del lunes.

PRECEPTO DE LA CONTINENCIA.— La sociedad cristiana testimoniaba tan plausiblemente su respeto a las observancias santas de la Cuaresma y tomaba del Año litúrgico sus estaciones y fiestas para asentar sobre ellas las más preciadas instituciones. La vida privada misma no experimentaba menos el saludable influjo de la Cuaresma; y el hombre recobraba cada año nuevos bríos para combatir los instintos sensuales y sobreestimar la dignidad de su alma, enfrenando la seducción del placer. Durante muchos siglos se exigió a los esposos la continencia durante la Cuaresma, y la Iglesia ha conservado en el Misal la recomendación de práctica tan saludable.

USOS DE LAS IGLESIAS ORIENTALES. — Interrumpimos aquí la exposición histórica de la disciplina cuaresmal, sintiendo haber apenas tocado materia tan interesante. Hubiéramos querido hablar extensamente de los usos de las Iglesias orientales que han conservado mejor que nosotros el rigor de los primeros siglos del cristianismo. Nos ceñiremos a dar algunos breves detalles. En el volumen precedente, el lector pudo ver que al domingo que nosotros llamamos de Septuagésima, llámanle los griegos Prosphonesima. porque anuncia el ayuno cuaresmal que pronto va a empezar. El lunes siguiente cuenta como el primer día de la semana siguiente, llamada Apocreos, del nombre del domingo con que termina y que corresponde a nuestro domingo de Sexagésima; el nombre de Apocreos es una advertencia a la Iglesia griega de que pronto se ha de suspender el uso de la carne. El lunes siguiente abre la semana llamada Tyrophagia, que se termina con el domingo de ese nombre, que es el nuestro de Quincuagésima; los lacticinios son permitidos durante toda esta semana. En fin, el lunes que sigue es el primer día de la primera semana de Cuaresma, y empieza el ayuno en todo su rigor en ese lunes, mientras que los latinos lo comienzan el miércoles.

Durante toda la cuaresma propiamente dicha, lacticinos, huevos y también el pescado están prohibidos; el único alimento permitido consiste en pan con legumbres y miel, y a los que están cerca del mar las diversas clases de almejas que éste les procura. El uso del vino, prohibido durante muchísimo tiempo en días de ayuno, acabó por introducirse en oriente, lo mismo que el permiso de comer pescados los días de la Anunciación y Ramos.

Además de la Cuaresma de preparación a la fiesta de Pascua, celebran los griegos otras tres en el curso del año: la que llaman de los Apóstoles, que se extiende desde la octava de Pentecostés hasta la fiesta de San Pedro y San Pablo; la que denominan de la Virgen María, que empieza el primero de agosto y termina en la vigilia de la Asunción; y, finalmente, la Cuaresma de preparación a Navidad que dura cuarenta días completos. Las privaciones que se imponen durante estas tres Cuaresmas, son análogas a las de la gran Cuaresma, sin llegar a ser tan austeras. Las demás naciones cristianas del oriente celebran igualmente varias Cuaresmas, y con una austeridad mayor que la de los griegos; mas estos detalles nos llevarían muy lejos. Terminamos aquí lo que nos propusimos decir de la Cuaresma en su aspecto histórico; ahora trataremos de los misterios de este santo tiempo.

MÍSTICA DE LA CUARESMA
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger

MÍSTICA DE LA CUARESMA - Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

No debemos maravillarnos de que un tiempo tan sagrado como el de la Cuaresma, esté repleto de misterio. La Iglesia, que ha dispuesto la preparación a la fiesta más gloriosa, ha querido que este período de recogimiento y penitencia estuviera aureolado de señalados detalles, propios para despertar la fe de los fieles y sostener su perseverancia en la obra de expiación anual.

En el período de Septuagésima hallamos el número septuagenario que rememora los setenta años de la cautividad de Babilonia, tras los que el pueblo de Dios, purificado de su grosera idolatría, debía ver de nuevo a Jerusalén, y allí celebrar la Pascua. Ahora la Iglesia propone a nuestra religiosa atención el número cuarenta, que al decir de San Jerónimo es propio siempre de pena y aflicción.

EL NÚMERO CUARENTA Y SU SIGNIFICACIÓN. — Recordemos la lluvia de cuarenta días y cuarenta noches salida de los tesoros de la cólera de Dios, cuando se arrepintió de haber creado al hombre, y que anegó bajo las olas al género humano, a excepción de una familia. Consideremos al pueblo hebreo errante cuarenta años en el desierto, en castigo de su ingratitud, antes de entrar en la tierra prometida. Oigamos al Señor, que manda a Ezequiel, su profeta, permanezca recostado cuarenta días sobre el lado derecho, símbolo de lo que había de durar el sitio tras el que sería Jerusalén arrasada.

Dos hombres tienen misión de representar en sus personas en el Antiguo Testamento las dos manifestaciones de Dios: Moisés que representa la Ley y Elias que simboliza la Profecía. Ambos se llegan a Dios, el primero en el Sinaí, el segundo en Horeb, pero uno y otro no logran acceso a la divinidad, sino después de haberse purificado por la expiación del ayuno de cuarenta días.

Refiriéndonos a estos hechos memorables comprendemos por qué el hijo de Dios encarnado para salvación del hombre, queriendo someter su carne divina a los rigores del ayuno, hubo de escoger el número de cuarenta días para este solemne acto. Preséntasenos, pues, la institución de la Cuaresma en toda su majestuosa severidad, como medio eficaz de aplacar la cólera de Dios y purificar nuestras almas. Levantemos en consecuencia nuestros pensamientos por encima de los estrechos horizontes que nos circundan; veamos el conjunto de las naciones cristianas en estos días en que vivimos ofreciendo al Señor irritado este amplio cuadragenario de expiación, y esperemos que, como en tiempo de Jonás. se digne también este año ser misericordioso con su pueblo.

EL EJÉRCITO DE DIOS. — Tras estas consideraciones relativas a la duración del tiempo que vamos a recorrer, es necesario aprender de nuestra madre la Iglesia, bajo qué emblema o símbolo considera a sus hijos en la santa Cuarentena. Ve en ellos un ejército inmenso armado que día y noche guerrea contra el enemigo de Dios. Por esto mismo apellida el miércoles de Ceniza a la Cuaresma: Carrera de la familia cristiana. Para lograr, en efecto, la regeneración que nos hará dignos de recobrar las alegrías santas del alleluia, es menester triunfar sobre nuestros tres enemigos: demonio, carne y mundo. Unidos al Redentor que, en la montaña, lucha contra la triple tentación y contra el mismo Satanás, es necesario estar armados y velar sin tregua. Para sostenernos con la esperanza de la victoria y alentar nuestra confianza en el divino amparo, nos propone la Iglesia el Salmo XC, que incluye,entre las oraciones de la Misa, en el primer domingo de Cuaresma y del que toma cada día Varios versos en las diversas horas del Oficio.

Quiere, pues, contemos con la protección que Dios que extiende sobre nosotros como escudo; que esperemos a la sombra de sus alas; que en El confiemos, porque nos apartará de los lazos del cazador infernal, que nos roba la santa libertad de los hijos; que estemos seguros del valimiento de los santos ángeles, nuestros hermanos a quienes el Señor ha ordenado nos guarde en estos nuestros caminos; ellos, testigos respetuosos del combate que el Salvador soportó contra Satanás, se le acercaron después de la victoria para servirle y para honrarle. Adentrémonos en los sentimientos que pretende inspirarnos la Santa Madre Iglesia y durante estos días de lucha, echemos manos a menudo de este hermoso cántico con que ella nos brinda, como la más acabada expresión de los sentimientos que deben embargar durante esta santa campaña a los soldados de la milicia cristiana.

PEDAGOGÍA DE LA IGLESIA. — Mas la Iglesia no se limita a darnos así, como se quiera, una consigna contra la sorpresa del enemigo; para entretener nuestros pensamientos, ofrece a nuestros ojos tres grandes espectáculos que van a desarrollarse día tras día hasta la fiesta de Pascua, y cada uno de ellos nos produce emociones piadosas unidas a una instrucción solidísima.

CRISTO PERSEGUIDO Y CONDENADO A MUERTE. — Por de pronto, vamos a presenciar el desenlace de la conspiración de los judíos contra el Redentor; conspiración que empieza a urdirse y estallará el Viernes Santo, cuando veamos al Hijo de Dios alzado en el árbol de la Cruz. Las pasiones que bullen en el seno de la Sinagoga, irán manifestándose semana tras semana, y podremos seguirlas en su desarrollo. La dignidad, sabiduría y mansedumbre de la augusta Víctima, se nos mostrarán siempre más sublimes, más dignas de un Dios. El divino drama que vimos empezar en el portal de Belén, va desenvolviéndose hasta el Calvario; para seguirle nos bastará meditar las lecturas del Evangelio que la Iglesia día tras día nos propone.

PREPARACIÓN AL BAUTISMO. — En segundo lugar, recordándonos que la fiesta de Pascua es para los Catecúmenos el día del nuevo nacimiento, volará nuestro pensamiento a aquellos primeros siglos del cristianismo en que la Cuaresma era para los aspirantes al Bautismo, la última preparación. La sagrada Liturgia nos ha conservado el rastro de la antigua disciplina; oyendo las estupendas lecturas de ambos Testamentos con que se acababa el último retoque de la iniciación postrera, daremos gracias a Dios que se dignó hacernos nacer en tiempos en que el niño no ha menester aguardar a la edad madura para experimentar las divinas misericordias. Pensaremos asimismo en esos nuevos catecúmenos que, aun en nuestros días, aguardan en las regiones evangelizadas por nuestros modernos apóstoles, la gran solemnidad del Salvador vencedor de la muerte, para bajar, como en tiempos antiguos, a la sagrada piscina y surgir con nuevo ser.

PENITENCIA PÚBLICA.—Debemos, por fin, mientras Cuaresma parar mientes en aquellos penitentes públicos, que solemnemente expulsados de la asamblea de los fieles el miércoles de Ceniza, eran, en el trascurso de la Cuaresma, objeto de la preocupación maternal de la Iglesia, que debía, si lo merecían, admitirlos a la reconciliación el Jueves Santo. Admirable conjunto de lecturas, enderezadas a su instrucción y a interesar a los fieles en su favor, desfilará ante nuestros ojos; porque la Liturgia no ha perdido aún nada, en este punto, de sus enérgicas tradiciones. Nos acordaremos entonces con qué facilidad nos han sido perdonadas maldades que, en siglos pasados, no lo fueran acaso sino tras duras y solemnes expiaciones; pensando, pues, en la justicia del Señor que permanece inmutable, cualesquiera que sean los cambios que la condescendencia de la Iglesia introduce en la disciplina, sentiremos de rechazo más vivamente la necesidad perentoria de ofrecer a Dios el sacrificio de un corazón contrito de verdad, y de animar de sincero espíritu penitente las menguadas satisfacciones que ofrendamos a la Majestad divina.

RITOS Y USOS LITÚRGICOS. — Para conservar en el santo tiempo de Cuaresma el carácter austero que le cuadra, se ha mostrado la Iglesia durante muchos siglos muy reservada en la admisión de fiestas, en esta temporada del año, porque llevan consigo explosión de alegría. En el siglo IV, el Concilio de Laodicea señalaba esta disposición en su canon 51, no autorizando fiestas de Santos sino los sábados o domingos. La Iglesia griega persevera en este rigor y sólo varios siglos después del concilio de Laodicea aflojó, por fin, un poco la mano, admitiendo el 25 de marzo la fiesta de la Anunciación.

La Iglesia romana guardó mucho tiempo esta disciplina, en principio al menos, pero admitió pronto la fiesta de la Anunciación y después, la del Apóstol San Matías, el 24 de febrero. Se la ve en estos últimos siglos abrir su calendario a otras fiestas, aun en el tiempo que corresponde a Cuaresma, con gran moderación, sin embargo, por reverencia al espíritu de la antigüedad.

El motivo que ha inducido a la Iglesia romana a abrir más fácilmente la mano en la admisión de fiestas de Santos en Cuaresma es que los occidentales no consideran la celebración de fiestas como incompatible con el ayuno, mientras tras los griegos piensan lo contrario. Por eso el sábado que para los orientales es siempre día solemne nunca es día de ayuno excepto el Sábado Santo. Tampoco ayunan el día de la Anunciación por ser fiesta.

Esta idea de los orientales ha dado origen el siglo VII a una institución que les es peculiar. La apellidan Misa de Presantificados, conviene a saber: de cosas consagradas en un antecedente sacrificio. Cada domingo de Cuaresma un sacerdote consagra seis hostias de las que consume una en el sacrificio; las otras cinco se guardan para una simple comunión que tiene lugar cada día de los cinco siguientes sin sacrificio. La Iglesia latina no practica este rito sino una vez al año: Viernes Santo, por motivo misterioso que en su lugar explicaremos.

El comienzo de este rito entre los griegos proviene, a buen seguro, del canon cuarenta y nueve del concilio de Laodicea, que prescribe no ofrecer el pan del Sacrificio en Cuaresma, fuera del sábado y domingo. En los siglos siguientes los griegos se persuadieron, por ese canon, que la celebración del Sacrificio era incompatible con el ayuno; y vemos por su controversia en el siglo XI con el legado Humberto que la Misa de los (dones) Presantificados que no ha tenido en favor suyo más que un canon del tan célebre concilio conocido con el nombre de in Trullo, del año 692; y la justificaban, los griegos con la especie de que la comunión de cuerpo y sangre del Señor quebrantaba el ayuno cuaresmal.

Por la tarde, después del oficio de Vísperas, celebran los griegos esa ceremonia, en que el sacerdote comulga sólo, como entre nosotros el Viernes Santo. Hay, repetimos, desde hace varios siglos una excepción el día de la Anunciación de la Virgen María; interrumpiéndose el ayuno en dicha festividad, se celebra el Santo Sacrificio y pueden comulgar los fieles. Parece que en las Iglesias de occidente no fué nunca aceptado el canon disciplinario del concilio de Laodicea; y no vemos en Roma señal alguna de la suspensión del Santo Sacrificio en Cuaresma.

La falta de espacio nos fuerza a pasar ligeramente sobre detalles que se refieren a este capítulo; nos queda, sin embargo, algo todavía que decir sobre los usos cuaresmales en occidente. Hemos dado a conocer y explicado algunas particularidades en el Tiempo de Septuagésima: la suspensión del Alleluia, el empleo del color morado en los ornamentos sagrados, la supresión de la dalmática en el diácono y de la túnica en el subdiácono y de los cánticos de alegría: Gloria in excelsis Deo y Te Deum laudamus, ambos suspendidos; el Tracto que reemplaza en la Misa al Alleluia con su verso, el Ite Missa est sustituído por otra fórmula, la oración penitencial que se reza sobre el pueblo al fin de la Misa en los días de entre semana no ocupados por la fiesta de algún santo, las Vísperas anticipadas antes del mediodía todos los días a excepción del domingo, ritos todos conocidos ya de los lectores. Por lo que se refiere a las ceremonias actualmente conservadas, nos queda solamente anotar las oraciones del fin de las Horas que se dicen de rodillas, y el uso general de que el coro permanezca arrodillado esos mismos días durante el Canon de la Misa.

Las Iglesias de occidente practicaban a su vez en Cuaresma varios ritos que hace ya bastantes siglos cayeron en desuso, aunque algunos se conservan hasta la fecha en algunos lugares. El más imponente de todos consistía en correr una cortina inmensa, generalmente morada, entre el coro y el altar, de modo que ni el clero ni el pueblo veían ya los santos Misterios que se celebraban detrás del velo. Ese velo era símbolo del duelo penitencial a que el pecador debe someterse para merecer contemplar de nuevo la majestad de Dios de quien ha ofendido las divinas miradas por sus maldades (Sabemos que en conformidad con la antigua disciplina de la Iglesia los penitentes públicos estaban sometidos a un régimen especial de penitencia durante la santa Cuaresma y comenzaba con ella imponiéndoles la ceniza y expulsándoles de la Iglesia, terminado el Jueves Santo por la reconciliación pública. Ahora bien, a medida que el régimen estricto de penitencia se iba amenguando, la idea de penitencia pública iba tomando cuerpo entre la generalidad de los fieles. Vemos efectivamente a clérigos y fieles bien pronto pedir espontánea mente la imposición de la ceniza y reconocerse, en cierto modo, penitentes públicos; lo que equivale a suponer que toda la comunidad de los fieles estaba durante la Cuaresma en pública penitencia. Mas aunque considerados como públicos penitentes no podían, evidentemente, ser arrojados de la iglesia todos los fieles. ¿Se debía, eso no obstante, renunciar por completo a recordarles algunas verdades capitales que la Liturgia Inculcaba a los penitentes públicos? Los pecadores merecían ser echados fuera de la iglesia como Adán fué. lanzado del Paraíso por su pecado; sin penitencia les era imposible llegar al reino de Dios y visión de su Majestad. Pero ¿es que la Liturgia no ha ensayado inculcarles estas verdades de un modo gráfico, ocultando a sus miradas el altar, el santuario, la Imagen de Dios y de los santos, unidos a Dios en la gloría celestial? (Cfr. Callewaert, Sacris erucliri, p. 699.). Significaba también las humillaciones de Cristo que fueron escándalo del orgullo de la Sinagoga, y que súbitamente desaparecerán, como velo que un instante se corre para dar lugar a los resplandores de la Resurrección. Este uso perdura en varios lugares, señaladamente en la metropolitana de París (y la primada de Toledo).

Había también costumbre en muchas Iglesias de velar la Cruz y las imágenes de los Santos desde el comienzo de la Cuaresma, a fin de inspirar más viva compunción a los fieles que se veían privados del consuelo de fijar sus miradas en esos objetos caros a su piedad. Esta práctica que también se ha conservado en algunos lugares es, sin embargo, menos sólida que la de la Iglesia romana que no cubre las cruces e imágenes sino en tiempo de Pasión, como en su lugar veremos.

Antiguos ceremoniales de la edad media nos informan que acostumbraban, durante la Cuaresma, hacer muchas procesiones de una a otra iglesia, los miércoles y viernes en especial. En los monasterios se realizaban en los claustros y descalzos. Imitaban las Estaciones de Roma, diarias en Cuaresma y que durante muchos siglos empezaban por una solemne procesión a la iglesia estacional.

La Iglesia, finalmente, ha multiplicado siempre las oraciones en Cuaresma. Hasta estos últimos tiempos señalaba la disciplina que las catedrales y colegiatas, no exentas por costumbre contraria, debían añadir a las Horas Canónicas, el lunes el Oficio de Difuntos; miércoles los Salmos Graduales y los Viernes los Salmos Penitenciales.

En las iglesias de Francia, añadían el Salterio entero cada semana al Oficio ordinario.

CAPITULO III
PRÁCTICA DE LA CUARESMA
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger

PRÁCTICA DE LA CUARESMA - Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

TEMOR SALUDABLE. — Después de emplear tres semanas enteras en reconocer las dolencias de nuestra alma y sondear las heridas que el pecado nos ha causado, debemos, al presente, sentirnos preparados a hacer penitencia. Conocemos mejor la justicia y santidad de Dios, los peligros que corre el alma impenitente; y para obrar en la nuestra retorno sincero y duradero, hemos roto con las vanas alegrías y futilidades del mundo. La ceniza se ha derramado en nuestras cabezas y se ha humillado nuestro orgullo ante la sentencia de muerte que ha de cumplirse en nosotros.

En el curso de esta prueba de cuarenta días, tan largo para nuestra flaqueza, no nos abandonará la presencia de Nuestro Salvador. Parecía haberse sustraído a nuestras miradas durante estas semanas pasadas en que no resonaban más que maldiciones lanzadas contra el hombre pecador; pero esa sustracción nos era beneficiosa; era propia para hacernos temblar al ruido de las venganzas divinas. «El temor del Señor es el principio de la sabiduría'»; y por habernos visto sobrecogidos de miedo, se despertó en nosotros el sentimiento de la penitencia.

EJEMPLO SEDUCTOR DE CRISTO. — Abramos, por fin, los ojos y paremos mientes. Emmanuel mismo, llegado a la edad viril, se ostenta de nuevo a nuestros ojos, no ya en apariencia de aquel tierno niño que adoramos en el pesebre, sino semejante al pecador temblando y humillándose ante la soberana majestad por nosotros ofendida, y ante la cual se declara fiador nuestro. A efectos del amor que nos profesa vino a alentarnos con su presencia y sus ejemplos. Vamos a dedicarnos durante cuarenta días al ayuno y abstinencia; El, la inocencia personificada, va a consagrar el mismo tiempo a mortificar su cuerpo. Nos abstraemos durante un período lejos de placeres bullangueros y sociedades mundanales: El se retira de la compañía y vista de los hombres. Queremos nosotros acudir frecuentemente, asiduamente a la casa de Dios, y darnos con mayor ahinco a la oración: El pasará cuarenta días con sus noches conversando con su Padre en actitud suplicante. Nosotros repasaremos nuestros años en la amargura de nuestro corazón gimiendo y lamentando nuestros pecados: El los va a expiar por el sufrimiento y llorarlos en el silenció del desierto, como si El mismo los hubiera cometido.

Apenas sale de las aguas del Jordán santificándolas y fecundándolas y el Espíritu Santo le lanza al desierto. Ha llegado, empero, para El la hora de manifestarse al mundo; pero antes quiere darnos un ejemplo magnífico; y sustrayéndose a las miradas del Precursor y de la muchedumbre que vió descender la paloma divina sobre El y oyó la voz del Padre celestial dirige sus pasos al desierto.

A corta distancia del río se levanta una agreste y escarpada montaña que las generaciones cristianas llamará después: Monte de la Cuarentena. De su abrupta cresta se domina la llanura de Jericó, el curso del Jordán y el Mar Muerto que recuerda la cólera de Dios. Allí, al fondo de una gruta natural cavada en la roca va a cobijarse el Hijo del Eterno, sin más compañía que las alimañas que buscaron sus cuevas en sus contornos. Jesús penetra sin alimento alguno para el sostén de sus humanas fuerzas; el agua misma que pudiera refrescarle no se halla en aquel escarpado desierto. Sólo se ve la desnuda piedra donde reposar sus cansados miembros. A los cuarenta días se acercaron los ángeles y le ofrecieron un refrigerio.

Así, pues, se nos adelanta el Salvador y nos sobrepuja en la santa carrera de la Cuaresma; la ensaya, la lleva a cabo delante de nosotros para con su ejemplo parar en seco todos nuestros pretextos, angustias, repugnancias de nuestra debilidad y orgullo. Aceptemos la lección en toda su amplitud y comprendamos finalmente la ley de la expiación. Bajando de esa austera montaña el Hijo de Dios inicia su predicación por esta sentencia que dirige a todos los hombres: «Haced penitencia porque el reino de Dios se acerca'». Abramos nuestros corazones a esta invitación para que no se vea forzado el Redentor a sacudir nuestra pereza por la amenaza escalofriante que deja oír en otras circunstancias: «Si no hacéis penitencia, todos pereceréis».

LA VERDADERA PENITENCIA. — Ahora bien, la penitencia estriba en la contrición del corazón y mortificación del cuerpo; estos dos elementos le son esenciales. El corazón del hombre ha escogido el mal, y el cuerpo ha prestado ayuda a perpetrarle. Estando, por otra parte, compuesto el hombre de uno y otro, ha de unirlos en el pleito homenaje que a Dios tributa. El cuerpo ha de participar necesariamente de las delicias eternas o de los tormentos del infierno. No hay, por tanto, vida cristiana completa ni tampoco expiación acabada, si el alma en una y otra no toma parte.

CONVERSIÓN DEL CORAZÓN. — El principio de la verdadera penitencia radica en el corazón; nos lo enseña el Evangelio en los ejemplos del hijo pródigo, del publicano Zaqueo y de S. Pedro. Es necesario que el corazón rompa en absoluto con el pecado, que amargamente le deplore, que conciba horror hacia él, y que evite las ocasiones. Para expresar esta disposición se sirve la Escritura de una expresión que usada en estilo cristiano corriente, refleja admirablemente el estado del alma sinceramente segregada del pecado; la llama: conversión. Debe, por tanto, el cristiano, ejercitarse durante la cuaresma en la penitencia del corazón y considerarla como el fundamento esencial de todas las prácticas propias de este santo tiempo. Sería, sin embargo, ilusoria esta penitencia si no se asocia la ofrenda del cuerpo a los sentimientos interiores que la penitencia inspira. No se contenta el Salvador en la montaña con suspirar y llorar nuestros pecados, los expía por el sufrimiento de su cuerpo; y la Iglesia, intérprete infalible suyo nos advierte que no será aceptada la penitencia de nuestro corazón si no la unimos a la práctica exacta de la abstinencia y del ayuno.

NECESIDAD DE LA EXPIACIÓN. — ¡Cuán disparatada es, pues, la ilusión de tantos cristianos honrados que piensan ser irreprensibles, sobre todo al olvidar su vida pasada, o compararse con otros y que satisfechos de si mismos, jamás piensan en los peligros de una vida muelle que están resueltos a llevar hasta el fin de sus días! No piensan ya en los pecados de otros tiempos. ¿No los han, por ventura, confesado sinceramente? La regularidad con que después se desenvuelve su vida, ¿no es acaso prueba de su virtud sólida? ¿Qué tienen, pues que altercar con la justicia de Dios? En consecuencia, les vemos solicitar regularmente todas las dispensas posibles en Cuaresma. La abstinencia les embaraza, el ayuno es incompatible con la salud, los quehaceres y costumbres del día. No tienen la pretensión de ser mejores que fulano o de tal o de cual que no ayuna ni guarda abstinencia; y, como son incapaces de tener siquiera la idea de suplir por otras prácticas de penitencia a las prescritas por la Iglesia, sucede que sin darse cuenta e insensiblemente, se llega a no ser ya cristianos.

Testigo la Iglesia de esta decadencia espantosa del sentido sobrenatural y temiendo una oposición que precipitaría más las últimas pulsaciones de una vida que se va extinguiendo, ensancha más y más el margen de las dispensas. Esperando conservar siquiera una chispa del cristianismo para un mejor porvenir, prefiere abandonar a la justicia del mismo Dios los hijos que ya no la escuchan cuando les enseña los medios de captarse el favor de esa justicia en este mundo; y esos cristianos se dan grandemente por y que satisfechos de si mismos, jamás piensan en los peligros de una vida muelle que están resueltos a llevar hasta el fin de sus días! No piensan ya en los pecados de otros tiempos. ¿No los han, por ventura, confesado sinceramente? La regularidad con que después se desenvuelve su vida, ¿no es acaso prueba de su virtud sólida? ¿Qué tienen, pues que altercar con la justicia de Dios? En consecuencia, les vemos solicitar regularmente todas las dispensas posibles en Cuaresma. La abstinencia les embaraza, el ayuno es incompatible con la salud, los quehaceres y costumbres del día. No tienen la pretensión de ser mejores que fulano o de tal o de cual que no ayuna ni guarda abstinencia; y, como son incapaces de tener siquiera la idea de suplir por otras prácticas de penitencia a las prescritas por la Iglesia, sucede que sin darse cuenta e insensiblemente, se llega a no ser ya cristianos.

Testigo la Iglesia de esta decadencia espantosa del sentido sobrenatural y temiendo una oposición que precipitaría más las últimas pulsaciones de una vida que se va extinguiendo, ensancha más y más el margen de las dispensas. Esperando conservar siquiera una chispa del cristianismo para un mejor porvenir, prefiere abandonar a la justicia del mismo Dios los hijos que ya no la escuchan cuando les enseña los medios de captarse el favor de esa justicia en este mundo; y esos cristianos se dan grandemente por seguros sin ninguna preocupación; sin cuidarse de comparar su vida con los ejemplos de Cristo y de sus santos, con las reglas multiseculares de la penitencia cristiana.

DISPENSAS. — Hay, sin duda algunas excepciones a esa molicie peligrosa; pero cuan raras son sobre todo en las ciudades. ¡Cuántos prejuicios, qué de pretextos fútiles, cuántos malhadados ejemplos contribuyen a falsear las almas! ¡Cuántas veces se oye de boca de quienes se precian de católicos, la escusa que no guardan abstinencia, que no ayunan, porque la abstinencia y el ayuno les molestaría, les cansaría! Como si la penitencia y el ayuno tuviera otro fin que el de imponer un yugo trabajoso a este cuerpo de pecado Parece, en verdad, que los tales han perdido la razón; y grande será su extrañeza el día del juicio cuando les confronte el Señor con tantos pobres musulmanes que en el seno de su religión depravada y sensual, tienen cada año la entereza de cumplir las duras privaciones de su Ramadán, durante treinta días.

¿Será, empero, necesario, compararles con otros más que consigo mismos tan incapaces, según piensan, de guardar abstinencias y ayunos tan mitigados de una Cuaresma cuando Dios los ve imponerse tantas fatigas inmensamente más trabajosas en la búsqueda de intereses y goces mundanales? Cuánta salud ajada en placeres frivolos por lo menos, y siempre peligrosos, salud que se hubiera conservado lozana si la ley cristiana y no el afán de agradar al mundo hubiera regido y dominado la vida. Pero a tal extremo llega la relajación que no se experimenta inquietud y remordimiento alguno; se relega la Cuaresma a la edad media, sin parar mientes siquiera que la Iglesia ha dosificado la observancia a nuestra debilidad física y moral. Se ha reconquistado o conservado por la misericordia de Dios la fe de los padres; no se han dado cuenta todavía ni recordado nuestros fieles que la práctica de la Cuaresma es señal esencialísima del catolicismo, y que la reforma protestante del siglo XVI tiene como distintivo suyo muy señalado, estampado en bandera, la abolición de la abstinencia y ayuno.

LEGÍTIMA DISPENSA Y NECESIDAD DE ARREPENTIMIENTO.— Se nos dirá, por ventura, ¿no hay, pues, dispensas legítimas? Seguramente que las hay, y en este tiempo de agotamiento general muchas más que en épocas anteriores; pero hay que tener cuidado con las ilusiones. Si tenéis fuerzas para sobrellevar otras fatigas ¿no las tendréis para cumplir el deber de la abstinencia? Si el miedo o una incomodidad menuda os asusta, habéis por lo mismo olvidado que el pecado no se perdona sin la expiación. El parecer de los cientíñeos que auguraron mengua de vuestras fuerzas como consecuencia del ayuno, puede estar basado en razón; se trata ahora de saber si no es cabalmente esa mortiñcación de la carne lo que la Iglesia os prescribe en interés de vuestras almas. Demos, sin embargo, por legítima la dispensa, y que vuestra salud corre en verdad serio riesgo, que vuestros deberes esenciales sufrirán quiebra si guardáreis a la letra las prescripciones de la Iglesia; en este caso ¿no pensáis en sustituir por otra obra de penitencia, las que vuestras fuerzas no os permiten ejecutar? ¿Sentís vivo pesar, confusión sincera de no poder llevar con los verdaderos fieles el yugo de la disciplina cuaresmal? ¿Pedís a Dios la gracia de poder otro año participar en los méritos de vuestros hermanos, y llevar a cabo con ellos estas santas prácticas que han de ser motivo de la misericordia y del perdón? Si así es, la dispensa no os habrá dañado, y cuando la fiesta de Pascua convide a los hijos de la Iglesia a sus goces inefables, os podréis asociar confiados a los que han ayunado, porque si la debilidad de vuestros cuerpos os estorbó seguir sus pasos, vuestro espíritu, no obstante ello, permaneció fiel al espíritu de la Cuaresma.

PROVECHOSA INSTITUCIÓN DEL AYUNO. — Pensamos, al escribir estas páginas, en los lectores cristianos, que, hasta el presente, nos siguen, pero ¿qué sucedería si recapacitamos en el resultado de la suspensión de las leyes santas cuaresmales, en la masa de los pueblos, sobre todo en las ciudades? Y ¿cómo los publicistas católicos, que tantas cuestiones han ventilado, no han insistido tenazmente sobre los efectos lamentables que acarrea a la sociedad el cese de una práctica que recordando cada año la necesidad de expiación, sostenía, más que cualquier otra institución, el vivo sentimiento del bien y del mal? No es necesario cabilar mucho para persuadirse de la superioridad de un pueblo que se impone, duramente cuarenta días cada año, una serie de privaciones con el ñn de reparar las trasgresiones cometidas en el orden moral, sobre tal otro pueblo que en ningún tiempo sueña con la idea de reparación y enmienda.

ANIMO Y CONFIANZA. — Cobren pues, aliento los hijos de la Iglesia y aspiren a esa paz de conciencia que es patrimonio exclusivo del alma penitente de verdad. La inocencia perdida se recobra por la confesión humilde del pecado cuando va acompañada de la absolución del sacerdote; pero ha de esquivar el fiel el prejuicio peligroso, de que nada queda ya por hacer después de el perdón. Recordemos esta grave sentencia del Espíritu Santo en la Escritura: «Del pecado perdonado no quieras nunca estar sin miedo'». La certeza del perdón corre parejas con el cambio del corazón; y puede uno dar rienda a la confianza en cuanto constantemente siente el pesar de haber pecado y la solicitud constante asimismo, de expiar en vida los pecados. «Nadie sabe de cierto si es digno de amor o de aversión'», dice también la Escritura. Puede esperar ser digno de amor el que siente dentro de sí mismo que no le ha desamparado el espíritu de penitencia.

LA ORACIÓN. — Entremos, pues, resueltos a la vida santa que abre a nuestros ojos la Iglesia y hagamos fecundo nuestro ayuno por los otros dos medios que Dios nos propone en los Libros de la sagrada Escritura: Oración y limosna. A la par que por la palabra ayuno, la Iglesia entiende recomendarnos todas las obras de mortificación cristianaren la palabra oración, encierra todos los ejercicios piadosos con que el alma se dirige a Dios. Visitas más asiduas a la Iglesia, asistencia diaria a la santa Misa, lecturas piadosas, meditación de las verdades saludables y de los sufrimientos del Redentor, examen de conciencia, rezo de los Salmos, asistencia a sermones y pláticas de este santo tiempo, y sobre todo recepción de los Sacramentos de Penitencia y Eucaristía, son los medios principales con los que pueden los fieles ofrecer a Dios el homenaje de la Oración.

LA LIMOSNA. — Contiene la limosna todas las obras de misericordia para con el prójimo; por eso los santos doctores de la Iglesia la han recomendado unánimemente como necesario complemento del ayuno y oración durante la Cuaresma. Es ley establecida por Dios y a la que se dignó someterse El mismo, que la caridad practicada con nuestros hermanos con el fln de complacerle, alcanza de su paternal corazón los mismos resultados que si para con El mismo se llevara a cabo. Tal es la fuerza y santidad del lazo con que quiso trabar entre sí a los hombres. Y así como no le place el amor de un corazón cerrado a la misericordia, pregona verdadera y como hecha a Sí, la caridad del cristiano que aliviando a su hermano, testimonia gran estima al sublime lazo con que se unen todos los hombres en una familia de la que Dios es Padre. Merced a este sentimiento, la limosna es algo más que un acto de humanidad, sino que se sublima a ejercicio de religión y se remonta rectamente a Dios y satisface su justicia.

Recordemos la última recomendación del Arcángel Rafael a la familia de Tobías al volverse al cielo: «La oración acompañada del ayuno y la limosna supera a todos los tesoros; la limosna libra de la muerte, borra los pecados y hace hallar misericordia y vida eterna'». Y no es menos explícita la doctrina de los Libros Sapienciales: «Como el agua apaga el fuego ardentísimo, así la limosna destruye el pecado'». «Encierra la limosna en el corazón del pobre y ella rogará por ti para librarte de todo mal». Estén siempre estas consoladoras promesas en el pensamiento del fiel, mayormente en tiempo de Cuaresma; y que el pobre que ayuna todo el año, note que también hay una temporada en que el rico se impone privaciones. Una vida más frugal, da por lo común lugar a un remate superfluo, con relación a otras temporadas del año; que ese superfluo sea refrigerio de Lázaro. No habría cosa más opuesta al espíritu de Cuaresma que rivalizar el lujo y derroche de comida con las temporadas en que Dios permite vivamos conforme a las posibles que El nos ha otorgado. Espectáculo hermoso es ver que en estos días de misericordia y penitencia, la vida del pobre aparece más suave en proporción que la del rico, participa más de cerca de la frugalidad y abstinencia patrimonio de la mayoría de los hombres. Entonces sí que pobres y ricos se presentarán con sentimiento fraternal seguramente al sublime banquete de la Pascua con que Cristo resucitado nos convidará de aquí a cuarenta días.

ESPÍRITU DE RECOGIMIENTO. — Hay, finalmente un último medio de asegurar en nosotros los frutos de Cuaresma. Es el espíritu de retiro y separación del mundo. Las costumbres de este santo tiempo deben destacarse en todo de las del resto del año; de otro modo, bien pronto se disiparía la saludable impresión recibida al imponernos la Santa Madre Iglesia la ceniza en nuestras frentes. Debe, pues, el cristiano, dar de mano en estos santos días a vanas diversiones del siglo, a fiestas mundanas, reuniones profanas. Por lo que se refiere a espectáculos malos o enervantes a esas tardes de placeres que son escollo de la virtud, y el triunfo del espíritu profano, si en algún tiempo están vedados de participar de cualquier modo en ellas al discípulo de Cristo, fuera del caso de necesidad o situación oficial, ¿cómo podrán aparecer en ellas estos días de penitencia y recogimiento, sin abjurar en cierto modo su título de cristiano, sin chocar y romper con todos los sentimientos de un alma empapada en el pensamiento de sus pecados, en el temblor de los juicios del Señor? Ya no tiene la sociedad cristiana hoy durante la Cuaresma la tonalidad exterior tan importante de duelo y seriedad que admiramos en los siglos de fe; pero de Dios al hombre y del hombre a Dios nada ha cambiado. Siempre campea la gran sentencia: «Si no hacéis penitencia, todos pereceréis.» Pero hay pocos hoy que prestan atención a esta grave palabra y por eso muchos se condenan. Mas aquellos a quienes toca esta palabra deben acordarse de los avisos que el mismo Salvador nos dirigía el domingo de Sexagésima. Nos decía que una parte de la semilla es pisoteada por los viandantes o devorada por los pájaros del cielo; otra, seca por la aridez de la piedra en que cae; otra, por ftn, ahogada entre cardos y espinas. No escatimemos por tanto, cuidado alguno para llegar a ser esa buena tierra en que no sólo es recibida la simiente, sino que fructifica el ciento por uno para la cosecha del Señor que ya se acerca.

ATRAYENTE AUSTERIDAD DE LA CUARESMA. — Al leer estas páginas en que. hemos procurado reflejar el pensamiento de la Iglesia tal cual se nos muestra no tan sólo en la Liturgia, sino en los cánones conciliares descritos de los santos Padres, más de un lector nuestro se entregue, por ventura, a añorarnos de día en día la dulce y graciosa poesía en que rebosaba el año litúrgico durante los cuarenta días en que celebramos el nacimiento del Emmanuel. Ya se ha encargado el tiempo de Septuagésima de correr un velo sombrío sobre todas aquellas placenteras imágenes; y hénos aquí adentrados en el árido desierto sembrado de espinas, sin agua refrigerante. No nos descorazonemos sin embargo; conoce la Santa Iglesia nuestras verdaderas necesidades y quiere satisfacerlas. Para llegarnos a Cristo niño nos exigió tan sólo la suave preparación de Adviento, porque los misterios del Hombre-Dios estaban en sus comienzos. Muchos se llegarán al pesebre con la simplicidad de los pastores de Belén, sin conocer todavía suficientemente la santidad de Dios encarnado, ni el estado peligroso y culpable de sus almas; pero hoy que el Hijo de Dios ha entrado en la vía de la penitencia, cuando, bien pronto le veremos víctima de todas las humillaciones y dolores en el árbol de la Cruz, la Iglesia nos despierta y saca de nuestra equivocada seguridad. Nos dice golpeemos nuestros pechos; aflijamos nuestras almas, mortifiquemos el cuerpo porque somos pecadores. La penitencia debiera ser nuestra heredad de toda la vida; las almas fervorosas nunca la interrumpen; es justo y saludable, por lo menos nos decidamos a hacer un ensayo en estos días, en que el Salvador sufre en el desierto, en espera de la muerte en el Calvario. No pasemos por alto la sentencia que dirigió a las mujeres de Jerusalén que lloraban a su paso el día de su Pasión: «Si así tratan al árbol verde, ¿qué harán del seco?» Por la misericordia del Redentor, empero, el leño seco puede recobrar la savia y librarse del fuego.

Tal es la esperanza, tal es el deseo de la Santa Madre Iglesia, y por esto nos impone el yugo de la Cuaresma. Recorriendo constantes esta vía trabajosa, veremos resplandecer poco a poco la luz a nuestras miradas anhelantes. Si nos halláremos lejos de Dios por el pecado, este santo tiempo será para nosotros la vía purgativa de que hablan los doctores místicos; y nuestros ojos se purificarán para que podamos contemplar a Dios vencedor de la muerte. Y si ya caminamos por los senderos de la vía iluminativa, después de haber buceado tan provechosamente en las profundidades de nuestras miserias en tiempo de Septuagésima; hallaremos ahora a Aquel que es nuestra Luz; y si acertamos a verle en los rasgos del Niño de Belén sin dificultad le reconoceremos en el divino Penitente del desierto y pronto, muy pronto en la víctima sangrienta del Calvario.

EL OTRO PULMÓN DE LA IGLESIA

Los fieles de la Iglesia de rito latino tenemos, en general, un grandísimo desconocimiento del otro «pulmón de la Iglesia», los orientales, y eso, hasta el punto de que solemos pensar inconscientemente que legítimamente sólo existe un Rito, y cuando nos ponemos a «profetizar» sobre cómo se saldrá de la crisis actual- donde debido a la invalidez del nuevo rito de consagración episcopal impuesto por Montini: Pablo VI, ha desaparecido el episcopado, y por tanto,  el sacerdocio católico; el cual sólo conservan obispos eméritos y sacerdotes muy mayores, que fueron consagrados u ordenados con el antiguo rito, antes del 6 de abril del  1969 – en pocas ocasiones pensamos que hay otro «pulmón» que, quizá, soló quizá,  el Señor use para sacarnos de esta tempestad, si es que no estamos a las puertas de su segunda venida en gloria y majestad y, aunque esta opción parece lo más probable, no está de más conocer con cierta claridad qué son las Iglesias católicas orientales. Razones, las anteriores, para dejarles una introducción que nos ha parecido bastante sencilla y esclarecedora:

SOBRE LAS IGLESIAS CATÓLICA ORIENTALES

Según el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales éstas se agrupan en cuatro categorías:

 Iglesias patriarcales.

 Iglesias archiepiscopales mayores.

 Iglesias metropolitanas sui iuris 

otras Iglesias orientales sui iuris.

Iglesias patriarcales De acuerdo al Código de Cánones de las Iglesias Orientales, la erección, restauración, modificación y supresión de una Iglesia patriarcal es derecho exclusivo del papa (c. 57-1), quien es el único que puede modificar legítimamente el título de la sede concedida o reconocida por él a ese patriarcado (c. 57-2), y conserva en todo momento el ejercicio de la plena autoridad sobre toda la Iglesia (c. 43). El patriarca no puede transferir su sede a otra ciudad sin el consentimiento del Sínodo Patriarcal y del papa (c. 57-3), quien define y modifica el territorio propio de una Iglesia patriarcal (c. 146-2). El patriarca es un obispo que ejerce diversos poderes sobre todos los fieles de la Iglesia particular que él preside (c. 56), cuyo título es personal e indelegable (c. 78-1). Junto con el Sínodo Patriarcal, ejerce plenamente su poder sólo dentro de los límites del territorio propio de la Iglesia que preside (c. 78-2), pero en lo relativo a las leyes litúrgicas de su propio rito, y en otras materias aprobadas por el papa, su poder es ejercido sobre los fieles y clérigos de su Iglesia en todo el mundo (c. 78-2)(c. 150-2). El patriarca es elegido canónicamente por el Sínodo Patriarcal (c. 63) dentro del mes de la vacancia, o hasta los dos meses (c. 65-2), pero si luego de 15 días de reuniones no se logra su elección, corresponde al papa hacerlo (c. 72-2). El Sínodo es convocado por el administrador de la Iglesia patriarcal, que es el obispo curiado más antiguo (c.128-3). Si el elegido por el Sínodo acepta, es proclamado y entronizado inmediatamente, pero, si no es obispo, debe ser ordenado antes de la entronización (c. 75). El nuevo patriarca debe realizar una profesión de fe y una promesa de fidelidad (c. 76-1) y requerir la comunión eclesial del papa (c. 76-2), sin la cual, ejerce válidamente su oficio pero no puede convocar al Sínodo ni ordenar obispos (c. 77-1,2). Con el consentimiento del Sínodo Patriarcal, y luego de consultar al papa, el patriarca puede dentro del territorio propio de su Iglesia, establecer provincias y eparquías, modificar sus límites, unirlas, dividirlas, suprimirlas, modificar su estatus jerárquico o transferir una sede eparquial (c. 85-1). Con el consentimiento del Sínodo Permanente puede erigir, modificar o suprimir exarcados dentro del territorio propio de la Iglesia (c. 85-3). Con el consentimiento del Sínodo Patriarcal puede nombrar obispos coadjutores y auxiliares (c. 85-2). En su propia eparquía, en monasterios exentos y en otros lugares del territorio propio de la Iglesia en donde ninguna eparquía ni exarcado está establecido, el patriarca tiene los mismos derechos y obligaciones que un obispo eparquial (c. 101). Con el consentimiento del papa, el patriarca puede enviar visitadores fuera del territorio propio para informarse de la situación de los fieles de su Iglesia (c. 148). El Sínodo de obispos de una Iglesia patriarcal está constituido por todos los obispos válidos de la misma (c. 102-1), incluso los que tienen sede fuera de los límites propios de la Iglesia y los titulares, aunque su voto puede ser restringido (c. 102-2). El Sínodo Patriarcal es convocado y presidido por el patriarca (c. 103) y tiene competencia legislativa exclusiva dentro de su Iglesia (c. 110-1), es el superior tribunal de la misma (c. 110-2), elige al patriarca y a los obispos dentro de los límites propios de la Iglesia (c. 110-3), y propone al papa ternas de candidatos para los cargos de obispos eparquiales, coadjutores o auxiliares fuera del territorio propio (c. 149). El patriarca debe tener en su sede una Curia Patriarcal, distinta de la de su propia eparquía, compuesta por el Sínodo Permanente, los obispos curiados, el tribunal ordinario de la Iglesia, (c. 114-1), el oficial financiero del patriarcado, el canciller patriarcal, la comisión litúrgica, y otras comisiones. Los miembros de la Curia Patriarcal son nombrados por el patriarca (c. 114-2). El Sínodo Permanente es presidido y convocado (c. 116-1) por el patriarca, al menos dos veces al año (c. 120), y se compone de 4 obispos designados por 5 años (c. 115-1), uno por el patriarca y los otros 3 por el Sínodo Patriarcal (c. 115-2), además de 4 suplentes designados de la misma manera (c. 115-3). Un patriarca puede nombrar un procurador ante la Santa Sede con el asentimiento del papa (c. 61). El patriarca, con el consentimiento de uno de los sínodos, debe convocar a una Asamblea Patriarcal al menos cada 5 años (c. 141), a la cual pueden ser convocados obispos, clérigos y laicos para exponer sobre lo que se les consulte (c. 143). Ellas son:

  • Iglesia católica maronita
  • Iglesia católica copta
  • Iglesia católica armenia
  • Iglesia católica siria
  • Iglesia católica caldea
  • Iglesia greco-católica melquita

Iglesias archiepiscopales mayores

Una Iglesia archiepiscopal mayor es presidida por un obispo con el título de arzobispo mayor o archieparca mayor (c. 151). Tiene las mismas prerrogativas que una Iglesia patriarcal (c. 152), excepto que difiere en cuanto a que una vez elegido por el Sínodo, el candidato a archieparca mayor, si acepta su elección, debe pedir al papa su confirmación (c. 153-2). Solo después de ser confirmada la elección por el papa, el candidato podrá realizar la profesión de fe y promesa de fidelidad ante el Sínodo, ser proclamado y entronizado, si es ya obispo, u ordenado antes de la entronización, si no lo es (c. 153-3). Si el papa deniega la confirmación, entonces otra elección debe ser realizada (c. 153-4). Ellas son:

  • Iglesia greco-católica ucraniana
  • Iglesia greco-católica rumana
  • Iglesia católica siro-malabar
  • Iglesia católica siro-malankara

Iglesias metropolitanas sui iuris

Una Iglesia metropolitana sui iuris es presidida por un arzobispo metropolitano nombrado por el papa y asistido por un Consejo de Jerarcas (c. 155-1) compuesto por todos los obispos del metropolitanato (c. 164-1). Corresponde al papa erigir, modificar, suprimir o definir los límites territoriales de una Iglesia metropolitana sui iuris (c. 155-2), solo dentro de los cuales el metropolitano y el Consejo de Jerarcas ejercen su función (c. 157-2). El nuevo metropolitano elegido debe pedir al papa el palio hasta tres meses después de su ordenación como obispo, o de su entronización si ya lo es (c. 156-1). Mientras no reciba el palio, no puede convocar al Consejo de Jerarcas, ni ordenar obispos (c. 156-2). El metropolitano sui iuris posee un poder personal sobre la Iglesia que preside, que no puede delegar en un vicario (c. 157-1). El Consejo de Jerarcas, que debe reunirse al menos una vez al año (c. 170), elabora listas secretas de al menos tres candidatos, que eleva al papa para el nombramiento del metropolitano sui iuris y de los obispos de la Iglesia metropolitana sui iuris (c. 168). El metropolitano tiene el derecho a ordenar y entronizar obispos (c. 159-1), convocar al Consejo de Jerarcas (c. 159-2) y erigir un tribunal metropolitano (c. 159-3). Durante la vacancia de la sede del metropolitano sui iuris, el obispo eparquial más antiguo ejerce como administrador de la Iglesia metropolitana sui iuris (c. 173-1). Son:

  • Iglesia católica etíope
  • Iglesia católica bizantina en América (aunque es parte de la Iglesia católica bizantina rutena, lo mismo que el exarcado de la República Checa y la Eparquía de Mukachevo, constituye una jurisdicción independiente, no existiendo en la práctica ningún órgano que reúna a estas jurisdicciones rutenas, como tampoco existe para las jurisdicciones que constituyen, por ejemplo, la Iglesia Católica Bizantina Griega o la Iglesia Católica Bizantina Ítalo-Albanesa).
  • Iglesia greco-católica eslovaca

Otras Iglesias orientales sui iuris

Se pueden agrupar en dos tipos:

Iglesias con jerarquía propia

Las Iglesias sui iuris que no son patriarcales, archiepiscopales mayores ni metropolitanas, son presididas por un jerarca de acuerdo a leyes determinadas por el papa (c. 174). Esas Iglesias dependen directamente de la Santa Sede, aunque el jerarca puede ejercer diversos derechos como delegado del papa (c. 175). Son iglesias sin Sínodo ni Concilio de obispos ya que tienen una o dos diócesis; sus jerarquías son elegidas por el obispo deRoma. Ellas son:

  • Iglesia católica bizantina búlgara
  • Iglesia católica bizantina húngara
  • Iglesia católica bizantina ítalo-albanesa
  • Iglesia católica bizantina griega
  • Iglesia católica bizantina rutena
  • Iglesia greco-católica croata, o de la Eparquía de Križevci y del Exarcado de Serbia y Montenegro
  • Iglesia greco-católica macedonia

Iglesias sin jerarquía propia

Son iglesias que tras finalizar la era comunista en sus países no se les ha nombrado todavía un obispo propio. Ellas son:

  • Iglesia católica bizantina albanesa
  • Iglesia católica bizantina rusa
  • Iglesia greco-católica bielorrusa

En el caso de la Iglesia católica bizantina rusa, los dos exarcados apostólicos existentes en Rusia y China antes de las revoluciones marxistas en esos países no han sido aún reactivados por la Santa Sede, dependiendo los fieles en Rusia de los obispos latinos y ucranianos, en China la iglesia continúa en las “catacumbas”, las pocas parroquias existentes en países occidentales dependen de obispos latinos. En el caso de la Iglesia católica bizantina albanesa, la Santa Sede ha reactivado la administración apostólica del Sur de Albania que, a pesar de ser catalogada como de rito oriental, tiene un obispo latino y la mayoría de sus escasos fieles son también de este rito. La Iglesia greco-católica bielorrusa es la más desarrollada de las tres pero, debido a las diferencias con el Patriarcado Ortodoxo de Moscú, la Santa Sede no le ha nombrado aún jerarquía, dependiendo sus fieles directamente de la Congregación para la Iglesia Oriental.

LOS PADRES DE LA IGLESIA (7): ÚLTIMOS PADRES DE ORIENTE

Últimos Padres de Oriente

Desde la mitad del siglo V, con la conclusión del Concilio de Calcedonia (año 451), la cristiandad de Oriente entra en una fase nueva. El apasionamiento por los temas dogmáticos, tan característico de la época anterior, deja paso al interés por la ascesis y el culto. Se vive de la herencia de los grandes Padres, mediante la compilación de «cadenas áureas» y florilegios. Esto no significa que desaparecieran por completo las herejías y controversias: además de ser una constante en la historia, de ellas se sirve el Espíritu Santo para dar a la Iglesia una comprensión más profunda de la fe que guarda en depósito. Pero no son comparables a las grandes disputas de los siglos anteriores, cuando lo que estaba en juego era nada menos que la doctrina revelada sobre la Trinidad y la Encarnación. Ahora se trata más bien de disputas académicas, sobre todo hacia el final de este largo período.

   Al principio hubo polémicas sobre el modo de relacionarse la voluntad divina y la voluntad humana en Cristo (monotelismo, monoenergismo); acabaron con el Concilio III de Constantinopla (año 681), que definió la existencia en el Verbo encarnado de dos voluntades perfectas, una divina y otra humana, esta última subordinada libremente a la voluntad divina. En la segunda parte de este período se desarrolló la controversia sobre la veneración a las imágenes, concluida con el Concilio II de Nicea (año 787), que condenó la herejía iconoclasta.

   Estas disputas tuvieron poco eco en Occidente. A ello contribuyó, sin duda alguna, el progresivo distanciamiento entre romanos y bizantinos, favorecido por la caída del Imperio Romano de Occidente (año 476) en manos de los pueblos germánicos. Con este motivo, Bizancio, capital del Imperio de Oriente, reivindicó con mayor fuerza aún el título de «nueva Roma», lo que trajo consigo nuevas fricciones y contrastes.

   En la zona más oriental del Imperio bizantino, la civilización griega nunca había penetrado profundamente. Sólo las grandes ciudades de Siria, Egipto y Mesopotamia, y especialmente las ciudades marítimas, podían considerarse verdaderamente helenizadas; en el resto de esos países, la mayor parte de la población ignoraba la lengua griega y permanecía hostil al dominador, en espera del momento en que pudieran romper las cadenas que les ligaban a Bizancio. La ocasión se presentó con las disputas nestorianas y monofisitas, que se difundieron sobre todo en esos lugares periféricos del Imperio bizantino. Así surgieron varias agregaciones cristianas independientes del Patriarcado de Constantinopla: los armenios, los sirios y los coptos, principalmente, que tienen en común el rechazo o la no adhesión a las decisiones del Concilio de Calcedonia.

   Todo este proceso recibió una fuerte aceleración con las invasiones árabes, que dejaron prácticamente aisladas esas áreas del resto de la Cristiandad. Mientras tanto, en el Imperio bizantino, reducido en extensión por esas pérdidas territoriales, se fue consumando la estrecha unión entre la Iglesia y el Estado que ha pasado a la historia con el nombre de césaropapismo. Figura cumbre de esta tendencia fue el emperador Justiniano, verdadero prototipo del emperador-pontífice. A partir de ese momento, la Iglesia en Oriente acentuó sus caracteres nacionales, experimentando sucesivas divisiones a medida que el Islam se iba apoderando, una tras otra, de sus provincias, hasta la captura de Constantinopla en el año 1451. Este largo proceso daría origen a las «autocefalias», es decir, a las diversas Iglesias nacionales ortodoxas.

   Otra consecuencia de las invasiones árabes fue que el distanciamiento entre la Cristiandad oriental y occidental se hizo cada vez mayor; no sólo por la diversa idiosincrasia de los pueblos, sino por objetivas dificultades de comunicación entre Roma y Bizancio. La culminación de esta separación se produciría en el año 1053, fecha del cisma consumado por el Patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario.

   A pesar de estos obstáculos, dos escritores bizantinos tuvieron un influjo enorme en el resurgimiento cultural y en el desarrollo doctrinal de la Edad Media en Occidente. El primero, autor anónimo conocido con el nombre de Pseudo-Dionisio, se sitúa habitualmente en torno al año 500; el otro, San Juan Damasceno, en pleno siglo VIII, es considerado como el último de los Padres. En ese arco de tiempo brillan, además—y entre otras—las figuras de San Romano el Cantor, Severo de Antioquía y Leoncio de Bizancio, en el siglo VI; San Sofronio de Jerusalén, San Máximo el Confesor, San Juan Clímaco y San Anastasio Sinaíta, en el siglo VII; San Andrés de Creta, San Germán de Constantinopla y el ya mencionado San Juan Damasceno, en el siglo VIII.

   Entre los escritores de las restantes zonas del cristianismo oriental de esta época, merecen una mención especial San Mesrop y Juan Mandakuni, en Armenia, y Santiago de Sarug, en Siria.

Domingo de Quincuagésima

DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger

VOCACIÓN DE ABRAHÁN. — La vocación de Abrahán es el asunto que a nuestra consideración ofrece hoy la Iglesia. Cuando las aguas del diluvio se retiraron y el linaje humano cubrió de nuevo el haz de la tierra, volvió a reaparecer la corrupción de las costumbres entre los hombres y la idolatría vino a colmar tamaños desórdenes. Previendo el Señor en su divina sabiduría la defección de los pueblos resolvió formarse una nación que le sería especialmente consagrada; en ella se conservarían las verdades sagradas destinadas a desaparecer entre los gentiles. Ese nuevo pueblo había de comenzar por un solo hombre; padre y tipo de los creyentes. Abrahán lleno de fe y obediencia al Señor, estaba destinado a ser el padre de los hijos de Dios, cabeza de esa espiritual generación a que pertenecieron y continuaron perteneciendo hasta el fin de los siglos, todos los elegidos, tanto del pueblo antiguo, como de la Iglesia cristiana. Debemos, pues, conocer a Abrahán, cabeza y modelo nuestro. Resúmese toda su vida en la fidelidad a Dios, sumisión a sus mandatos, abandono y sacrificio de todas las cosas para obedecer a la santa voluntad de Dios. Es el distintivo del cristiano. Apresurémonos a sacar en la vida de este gran hombre todas las enseñanzas que en provecho nuestro encierran.

El texto del Génesis que a continuación damos servirá de base a cuanto hemos de decir sobre Abrahán. Lo lée hoy la Santa Madre Iglesia en el oftcio de maitines.

GENESIS (XII, 1-9)

Dijo Yavé a Abrahán:
 

«Salte de tu tierra,
De tu parentela,
De la casa de tu padre,
Para la tierra que yo te indicaré;
Yo te haré un gran pueblo,
Te bendeciré y engrandeceré tu nombre,
Que será bendición.
Y bendeciré a los que te bendigan.
Y maldeciré a los que te maldigan.Y serán bendecidas en ti todas las naciones de la tierra.»

Fuese Abrahán conforme le había dicho Yavé, llevando consigo a Lot. Al salir de Jarán, era Abrahán de setenta y cinco años. Tomó, pues, Abrahán a Sara, su mujer, y a Lot, su sobrino, y toda su familia y la hacienda y ganados que en Jarán habían adquirido. Salieron para dirigirse a la tierra de Canán, y llegaron a ella. Penetró en ella Abrahán, hasta el lugar de Siquén hasta el encinar de Moreh. Entonces estaban los cananeos en aquella tierra. Y se le apareció Yavé a Abrahán: «A tu descendencia daré yo esta tierra.» Alzó allí un altar a Yavé que se le había aparecido, y saliendo hacia el monte que está frente a Betel, asentó allí sus tiendas, teniendo a Betel al Occidente y a Hai al Oriente, y alzó allí un altar a Yavé e invocó el nombre de Yavé.

SANTIDAD DE ABRAHÁN. — ¿Qué imagen más viva podría ofrecernos del discípulo de Cristo que la de este Patriarca tan dócil y generoso en seguir la voz de Dios? Con qué admiración hemos de exclamar repitiendo los elogios que le consagran los Santos Padres: «¡Oh varón verdaderamente cristiano antes de la venida de Cristo, hombre evangélico antes del Evangelio, hombre apostólico antes de los Apóstoles!» A la invitación del Señor lo deja todo, patria, familia, casa paterna, y se dirige a región desconocida. Bástale que Dios le guíe; se siente seguro y no echa mirada atrás. ¿Hicieron, por ventura, más los Apóstoles? Y parad mientes en el galardón: En él serán benditas todas las familias de la tierra; este caldeo lleva en sus venas la sangre que ha de salvar al mundo. Morirá, no obstante, antes de ver que llega el día en que uno de su descendencia rescate todas las generaciones pasadas, presentes y futuras. Un día se abrirá el cielo para dar paso al Redentor. Mientras tanto, nuestros primeros padres y Noé, Moisés, David, todos los justos irán a descansar al seno de Abrahán[1] preparación o antesala de la eterna bienaventuranza. Así recompensa Dios el amor y la fidelidad de su creatura.

DESCENDENCIA ESPIRITUAL DE ABRAHÁN. — Cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios, hijo de Abrahán, anunció el poder de su Padre que se disponía a producir una nueva raza de hijos de Abrahán de las piedras mismas de la gentilidad. Nosotros cristianos somos esa nueva generación; pero ¿somos dignos de nuestro padre? Oigamos lo que nos dice el Apóstol de las gentes: «Lleno de fe, Abrahán, obedeció al Señor y salió sin tardanza para llegar al sitio que sería su herencia y se puso en camino sin saber a donde iba. Lleno de fe habita en la tierra que le había sido prometida, como si le fuera extraña, viviendo en tiendas como Isaac y Jacob, los coherederos de la promesa, porque aguardaba aquella ciudad cuyos cimientos tiene por autor y arquitecto a Dios mismo'».

Si somos, pues, hijos de Abrahán, debemos considerarnos en este tiempo de Septuagésima como viandantes sobre la tierra, y vivir ya por la esperanza y el amor en esa única patria de la que estamos desterrados; a ella nos vamos acercando de día en día, si, a ejemplo de Abrahán, somos fieles en ocupar las varias estaciones designadas por el Señor. Quiere Dios «usemos de este mundo como si no le usásemos»[2]. «No tenemos aquí ciudad permanente»[3], desgracia suprema sería olvidar que la muerte ha de separarnos de todo lo transitorio.

LOS PLACERES Y LA VIDA CRISTIANA. — ¡Cuán lejos viven de ser verdaderos hijos de Abrahán esos cristianos que hoy y los días siguientes se entregan a la intemperancia y disipación culpable bajo pretexto de que la santa Cuaresma, se va a inaugurar presto! Naturalmente se explica, cómo las ingenuas costumbres de nuestros padres pudieron conciliar con la gravedad cristiana ese adiós a una vida más suave que la Cuaresma venía a interrumpir, lo propio que los goces alegres del convite en la solemnidad de Pascua, venían a comprobar la estricta observancia de las prescripciones de la Iglesia. Tal conciliación es siempre posible, es natural. Pero acontece con frecuencia que este pensamiento cristiano de los austeros deberes, se eclipsa ante las seducciones de la naturaleza depravada; la intención primordial de esos domésticos goces ¿no acabó por no ser más que un recuerdo? Nada tienen que ver con las alegrías toleradas por la Iglesia en sus hijos, tantos profanos para quienes los días de Cuaresma no se cierran con la recepción de los Sacramentos. Y los que se apresuran a solicitar dispensas para esquivar más o menos lealmente la obligación de las leyes de la Iglesia, ¿qué derecho tienen a festejar los días de Carnaval antes de emprender la carrera de la santa Cuaresma, los que lejos de alijerar en ella el peso de los pecados, se quedarán más que nunca atollados en su lodo?

Quiera Dios dejar de enmarañarse las almas en la tela vil de vanas ilusiones. De ansiar se recobren la santa libertad de los hijos de Dios, libertados de los funestos lazos de carne y sangre; es lo que acabadamente entroniza al hombre sobre el pedestal de su primera dignidad. No debiéramos olvidar que vivimos en días tristes, en que la Iglesia excluye los tradicionales cantos de alegría; días en que a todas luces pretende sintamos toda la miseria insoportable de la profana Babilonia que sobre nosotros pesa, quiere se vigorice en nosotros el espíritu cristiano que tiende malamente a amortiguarse.

Si, los deberes o imperiosas, por no decir tiránicas conveniencias, arrastran estos días a los discípulos de Cristo y los envuelven en el torbellino de los placeres mundanos, breguen a lo menos por conservar un corazón recto y empapado muy de veras en las máximas del Evangelio. Canten al Señor en su corazón, cuando halaguen sus oídos los acordes de la música profana; a imitación de la incomparable virgen Cecilia, en análoga circunstancia digan con fervor a Jesucristo : «Consérvanos puros, Señor, y nada empañe la santidad inmaculada y la dignidad que debe en todo tiempo autorizar nuestras personas.» Deben evitar con sumo cuidado las danzas libertinas, donde suele naufragar el pudor, pues serán materia de terribilísimo juicio contra los que las organizan y dan pábulo. Tengan finalmente presentes a su atenta consideración las graves reflexiones que trae a este propósito San Francisco de Sales, diciendo: «A tiempo que loca embriaguez de mundanos pasatiempos parecía haber suspendido todo otro sentimiento que el del fútil placer, frecuentemente peligroso, innumerables almas arden sin tregua en el fuego del infierno, por pecados cometidos en semejantes fiestas, o con ocasión de ellas; muchos religiosos de uno y otro sexo y demás gentes devotas, interrumpen el dulce sueño y se postran entonces mismo delante del Dios de la Majestad, cantando sus alabanzas e implorando sobre ti su misericordia sin medida; millares de almas se despedían de este suelo entre congojas de pavorosa agonía y espeluznante miseria en mísero lecho; Dios y sus Angeles te contemplan atentamente desde los altos cielos; en fin, se deslizaba, corría el tiempo y la muerte aceleraba hacia ti sus pasos que no pueden volver atrás»[4].

ADORACIÓN DE LAS XL HORAS. — Parece justo, que los tres últimos días precedentes a los rigores de la Cuaresma no trascurran sin aportar algún sustancioso alimento con que saciar el hambre de emociones que espolea a tantas almas. La Iglesia en su maternal previsión ha pensado en remediar esta necesidad, no con frivolos pasatiempos y satisfacciones de nuestra vanidad. A los que todavía alienta el espíritu de fe, tiene aparejada una gran diversión a la par que medio poderosísimo para aplacar la cólera de Dios, exacerbada por los desatinos que estos días cometen los mundanos. Durante estos tres días se manifiesta solemnemente en el altar el Cordero inocente. De lo alto de ese su trono de misericordia recibe los honores y sumisión de cuantos quieren rendirle pleitesía; acepta las demostraciones de sincero arrepentimiento de cuantos se muestran a sus plantas pesarosos de haber seguido el señuelo del enemigo; y El se ofrece al Padre Eterno en pro de los pecadores que, no contentos con olvidar los pasados beneficios, se determinan, al parecer, a ultrajarle en estos días con más descaro que en el resto de todo el año.

La feliz idea de ofrecer un homenaje a la Majestad soberana en satisfacción de las ofensas que los pecadores multiplican estos días de Carnaval, y la piadosa industria de oponer a la vista del Señor irritado a su propio Hijo, mediador entre el cielo y la tierra, se le ocurrió por vez primera en el siglo XVI al cardenal Gabriel Paleotti, Arzobispo de Bolonia, contemporáneo de S. Carios Borromeo y émulo de su celo pastoral. Este, a su vez, introdujo en su archidiócesis y provincia tan saludable costumbre Próspero Lambertiní en el siglo XVIII, puso empeño en hacer revivir la institución de su predecesor Paleotti, y estimuló la devoción al Santísimo Sacramento en su grey estos días de Carnaval; sublimado después a la cátedra de S. Pedro, con el nombre de Benedicto XIV, desparramó a manos llenas los tesoros de indulgencias a favor de los fieles que en los días susodichos, visiten a Nuestro Señor en el Sacramento de su amor e imploren el perdón en pro de los pecadores. Instituida la piadosa práctica comúnmente apellidada «Las cuarenta Horas» exclusivamente en las iglesias de los Estados Pontificios, extendióla al orbe entero en 1765 el Papa Clemente XIII, y desde aquel entonces llegó a ser una de las más espléndidas manifestaciones de la piedad católica. Asociémonos verdaderamente a tan edificantes homenajes. Hagamos por sustraernos, como Abrahán, a las profanas influencias que nos asedian y busquemos al Señor Dios nuestro; demos de mano siquiera por breves instantes, a las distracciones mundanas, y alleguémonos al Señor para merecer la gracia de presenciar, sin menoscabo de nuestra alma, los espectáculos inevitables.[5]

MISTERIOS DE ESTE DÍA. — Consideremos ahora la serie de misterios del Domingo de Quincuagésima. El paso del Evangelio contiene la predicción hecha por el Salvador a sus Apóstoles de la pasión que bien pronto iba a sufrir en Jerusalén. Tan solemne anuncio es el preludio de las lúgubres escenas de Semana Santa; recibamos dicha nueva con viva emoción y agradecimiento sincero de nuestros corazones, y los decida a ponerse a la disposición de Dios como estuvo el corazón de Abrahán. Los liturgistas antiguos han señalado en la curación del ciego de Jericó, un símbolo de la ceguera de los pecadores; recobró la vista el ciego, porque reconoció su mal, y deseaba ver; idéntico deseo anhela la Iglesia de nosotros; manifestémoslo y seremos satisfechos.

MISA

La estación se celebra en la basílica de S. Pedro del Vaticano. Parece se escogió cuando todavía se leía en este domingo el relato de la ley dada por Moisés. Este Patriarca era considerado por los primeros cristianos de Roma como el tipo o figura de S. Pedro. Cuando la Iglesia estableció hoy la consideración del misterio de la vocación de Abrahán reservando hasta ya entrada la Cuaresma la lectura del Exodo, quedó no obstante fija la estación romana en la basílica del Príncipe de los Apóstoles, figurado también por Abrahán en su cabida de Padre de los creyentes.

El Introito nos muestra los sentimientos del ciego abandonado que implora la compasión del Redentor quien se dignará ser su guía y su anfitrión.

INTROITO

Sé para mí un Dios protector y un lugar de refugio, para que me salves: porque tú eres mi sostén, y mi seguridad: y por tu nombre serás mi caudillo, y me nutrirás. — Salmo: En ti, Señor, he esperado, no sea confundido para siempre: líbrame en tu justicia, y sálvame. V. Gloria al Padre.

COLECTA

Suplicárnoste, Señor, escuches clemente nuestros ruegos: y, libres de los lazos de los pecados, defiéndenos de toda adversidad. Por el Señor.

EPISTOLA

Lección del la Epístola del Apóstol S. Pablo a los Corintios.

Hermanos: Si hablara las lenguas de los hombres y de los Angeles, pero no tuviera caridad, sería como un bronce sonoro, o como una campana que retiñe. Y si tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; y si tuviera tal fe, que trasladara los montes, pero no tuviera caridad, no sería nada. Y si distribuyera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo, para ser quemado, pero no tuviera caridad, de nada me serviría. La caridad es paciente, es benigna: la caridad no es ambiciosa, no busca sus cosas, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la iniquidad, sino que goza con la verdad: todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta. La caridad no desaparece nunca, aunque pasen las profecías, aunque cesen las lenguas, aunque se destruya la ciencia. Porque ahora conocemos sólo en parte, y en parte profetizamos; mas, cuando llegue lo perfecto, desaparecerá lo parcial. Cuando era niño, hablaba como niño, juzgaba como niño, pensaba como niño. Mas, cuando me hice hombre, abandoné las cosas de niño. Ahora vemos por espejo, en obscuridad; pero entonces (veremos) cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad: la mayor de ellas es la caridad.

ELOGIO DE LA CARIDAD. — La Iglesia nos manda leamos hoy el estupendo panegírico de la caridad escrito por S. Pablo. Esta virtud, que en sí encierra el amor de Dios y del prójimo, es la luz de nuestras almas; si éstas carecen de ella, viven en tinieblas y cuanto hagan es estéril. El poder mismo de hacer milagros no es capaz de asegurar la salvación a quien no tiene Caridad; sin ella, las obras más heroicas en apariencia, no son más que un lazo más. Pidamos al Señor esta divina luz; por mucho que aquí nos lo conceda en su bondad, nos la guarda sin medida en la eternidad. El día más espléndido de que podemos gozar en este mundo, es tiniebla espesa comparado con los resplandores eternos. La fe se eclipsará ante la realidad contemplada para siempre; la esperanza no tendrá razón de ser en cuanto entremos en posesión de lo esperado. Sólo el amor reinará y tal es el motivo de su preeminencia sobre las otras dos virtudes teologales. He aquí bien destacado el destino del hombre redimido y alumbrado por Cristo; ¿habrá, por tanto, motivo de asombrarse, que deje todo el hombre para seguir a tal caudillo? Pero… cristianos bautizados en esta fe, en esta esperanza, y con primacías de este amor tan celebrado por S. Pablo, se precipitan estos días en desórdenes groseros, por refinados que pretendan mostrárnoslos a veces. Se diría que pretenden los tales extinguir en sí mismos hasta el último fulgor de la luz divina, en conjura manifiesta con las tinieblas. La Caridad, si en nosotros impera, debe hacernos sensibles al ultraje que a Dios hacen, y movernos a solicitar para esos ciegos, hermanos nuestros, la misericordia del Señor. En el Gradual y el Tracto, celebra la Iglesia las bondades del Señor para con sus elegidos. Los libró del pesado yugo del mundo, ilustrándolos con su luz; son su pueblo y ovejas de su rebaño.

GRADUAL

Tú eres el único Dios que hace maravillas: hiciste notorio entre las gentes tu poder. V. Libraste con brazo fuerte a tu pueblo, a los hijos de Israel y de José.

TRACTO

Tierra toda, canta jubilosa a Dios: servid al Señor con alegría. V. Presentaos ante El con regocijo: sabed que el Señor es el mismo Dios. V. El nos hizo, y no nosotros misinos: somos su pueblo, y las ovejas del su pasto.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según S. Lucas.

En aquel tiempo tomó Jesús a los Doce, y les dijo: He aquí que subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas que han sido escritas por los Profetas acerca del Hijo del hombre. Porque será entregado a los gentiles, y escarnecido, y flagelado, y escupido: y, después de flagelarle, le matarán, y al tercer día resucitará. Y ellos no entendieron nada de esto, y estas palabras fueron para ellos un enigma, y no comprendían lo que se les decía. Y sucedió que, al acercarse a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino, mendigando. Y, cuando oyó a la turba que pasaba, preguntó qué era aquello. Y le dijeron que pasaba Jesús el Nazareno. Y clamó, diciendo: Jesús, Hijo de David, ten piedad de mi. Y los que iban delante, le increpaban para que callase. Pero él gritaba con más fuerza: Hijo de David, ten piedad de mí. Y, parándose Jesús, mandó que se lo trajesen. Y, habiéndose acercado, le interrogó, diciendo: ¿Qué quieres que te haga? Y él dijo: Señor, que vea. Y Jesús le dijo: Vé; tu fe te ha salvado. Y al punto vió; y le siguió, glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios.

CEGUERA Y LUZ ESPIRITUALES. — La voz de Cristo anunciando su Pasión acaba de resonar; recibieron los Apóstoles esta confidencia de su Maestro y no la entendieron. Están aún sobradamente imbuidos en los prejuicios de su pueblo en contra de los sufrimientos del Mesías, para darse cuenta cabal de la misión del Salvador; menos mal que no le abandonaron sino que le están adictos y le siguen. Adoremos amorosos la misericordia divina; nos ha sacado como a Abrahán del medio de un pueblo abandonado. Sigamos el ejemplo del ciego de Jericó, clamemos al Señor se digne iluminarnos más y más: «Señor, haz que yo vea»; esta era su oración. Dios nos ha otorgado su luz; pero de poco nos serviría si no despertara en nosotros ansias de ser siempre más. Prometió a Abrahán enseñarle el lugar que le tenía preparado; dígnese así mismo hacernos ver esa tierra de los vivos. Antes, empero, roguémosle se nos muestre a nosotros, conforme al hermoso pensamiento de S. Agustín, para que le amemos y nos abra los ojos y nos conozcamos para que dejemos de amarnos.

Mientras se desarrolla el Ofertorio, pide la Iglesia a favor de sus hijos el conocimiento de la ley de Dios, verdadera luz de vida y quiere aprendan nuestros labios a pronunciar su doctrina y los divinos mandamientos.

OFERTORIO

Bendito eres, Señor: enséñame tus preceptos: con mis labios he contado todos los juicios de tu boca.

SECRETA

Suplicárnoste, Señor, hagas que esta Hostia purifique nuestros pecados y santifique los cuerpos y las almas de tus siervos, para poder celebrar este Sacrificio, Por el Señor,

La antífona de la Comunión nos trae a la memoria el maná dado en el desierto a la raza de Abrahán. Ese alimento, sin embargo, aunque caído de lo alto, no les libró de la muerte. El Pan de vida, en cambio, que bajó del cielo, asienta las almas en la luz eterna, y quien dignamente le come, no morirá.

COMUNION

Comieron, y se sacieron, y el Señor satisfizo sus deseos: no quedaron defraudados en sus anhelos.

POSCOMUNION

Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, hagas que, los que hemos recibido estos celestiales alimentos, seamos defendidos por ellos contra toda adversidad. Por el Señor.

[1] Heb., XI, 8.
[2]
 T Cor.. VII. 31. 
[3] 
Heb.j XIII, 14. 
[4] 
Introducción a ta vida devota, III parte, cap. XXXIII.
[5]
 S. Felipe Neri instituyó en Roma procesiones, reemplazadas luego por las preces de las Cuarenta Horas que hoy tenemos.

RESUMEN DE SEPTUAGÉSIMA

Ya están preparadas nuestras almas; puede la Iglesia dar principio a la Cuaresma. Durante las tres semanas trascurridas, aprendimos a conocer la miseria del hombre caído, la necesidad inmensa de ser salvado por su autor divino; la eterna justicia contra quien osó rebelarse el linaje humano, y el castigo terrible que fué el fruto de tan gran osadía; por fin, la alianza del Señor en la persona de Abrahán con los dóciles a su voz rehuyen las máximas de un mundo fementido y condenado.

Vamos a ver ahora cumplirse los misterios con que ha sido cicatrizada la herida de nuestra lamentable caída, desarmada la justicia divina, la gracia que nos redime del yugo de Satanás y del mundo, superabundantemente derramada sobre nosotros.

El Hombre-Dios, cuyas huellas dejamos de seguir por breve espacio, va a ofrendarse de nuevo a nuestra vista abrumado bajo el peso de su Cruz y luego inmolado por nuestra Redención. La Pasión dolorosa que nuestros pecados le han impuesto, va a renovarse a nuestros ojos en el aniversario más solemne.

Alerta, pues, y purifiquémonos. Corramos valientes por el sendero de la penitencia; y cada día aligere más y más la carga con que nuestros pecados nos abruman y, cuando hayamos participado del cáliz del Redentor por sentida compasión de sus dolores, nuestros labios, largo tiempo cerrados a los cantos de alegría, serán abiertos por la Iglesia, y nuestros corazones, súbitamente trasportados de júbilo inefable, para entonar el cántico pascual