LEFEBREVISTAS CONTRA EL CONCILIO VATICANO I. 2/3.

Ex cathedra

Esta expresión, que contiene en sí misma la significación de las denominadas “cuatro condiciones”, ha sido aclarada explícitamente por el Concilio.

Mons. Gasser: “Se dice que el pontífice es infalible cuando habla „ex cathedra‟. El sentido de esta fórmula, tomada de la teología escolástica, tal como es considerado en el mismo cuerpo de la definición, es el siguiente. El Sumo Pontífice habla ex cathedra: En primer lugar, no decreta nada como doctor privado, ni simplemente como obispo u ordinario de una diócesis o provincia, sino que enseña como pastor supremo y doctor de todos los cristianos. En segundo lugar, no basta con proponer la doctrina de cualquier manera, se requiere también la intención manifiesta de definir una doctrina, es decir, de poner fin a las fluctuaciones de una doctrina, pronunciando una sentencia definitiva, y proponiendo esta doctrina como obligatoria para la Iglesia universal. Esto último es algo intrínseco a toda definición dogmática sobre la fe o la moral, que es enseñada por el supremo pastor y doctor de la Iglesia universal y que debe ser aceptada por la Iglesia universal: [el Papa] también debe expresar esta misma propiedad y esta nota de definición propiamente dicha de alguna manera, cuando define la doctrina que debe ser aceptada por toda la Iglesia” (33).

El P. Kleutgen explicaba en relación al esquema reformado: “Aquello que se desprende de la función de la Iglesia, se lo conoce también por las palabras con que Jesucristo prometió la asistencia del divino Espíritu: „Él os lo enseñará todo‟ (Jn. XIV, 26); „Él os enseñará toda la verdad‟ (Jn. XVI, 13). En nuestra opinión, estas palabras no deben ser interpretadas de modo que se piense que la Iglesia sería instruida por el Espíritu Santo incluso en las cosas que no tienen nada que ver con la salvación eterna; pero tampoco hay que tomarlas de manera tan restrictiva que se piense que la Iglesia es asistida sólo respecto de las afirmaciones reveladas.

¿Acaso una promesa tan amplia no incluye todas las cosas cuyo conocimiento es necesario para comprender fructuosamente la doctrina de Cristo, y ponerla en práctica en toda nuestra vida? Y no es necesario para que los juicios de la Iglesia sobre estas cosas sean certísimos, que el Espíritu Santo le haga nuevas revelaciones, sino solamente que la dirija tanto en la comprensión de la palabra de Dios como en el uso de la razón. ¿Acaso nosotros mismos no juzgamos todos los días sobre muchas cosas no reveladas, y debemos hacerlo? Esto que uno hace entonces tan a menudo con riesgo de error, la Iglesia lo hace en sus juicios públicos, estando protegida contra ese riesgo por la asistencia del Espíritu Santo (…).

En algunos libros publicados puede leerse que, según sentencia común de los teólogos, el Romano Pontífice solamente habla „ex cathedra‟ cuando propone a la creencia dogmas de fe divina. Es verdad que, si se atiende sólo a las palabras, tal cosa puede leerse en varios de los teólogos más recientes; pero esta sentencia dista mucho de ser común entre los teólogos. Todos los antiguos y muchos de los más recientes de ellos, explican las palabras „parlare ex cathedra‟ con estas o similares: „iudicialiter‟ o „in iudicio determinare‟, „pro potestate decernere‟, „cum auctoritate apostolica‟, „ut papam loqui‟ (34) etc.; de suerte que la locución ex cathedra se distingue de las otras por la manera con la cual enseña el pontífice, no por la cosa que transmite, ni por la censura que emite. Parece que incluso los más recientes (…) no dan un significado diferente. En efecto, puesto que, como a veces sucede, explican la cosa por medio de los contrarios, no dicen: no hay locución ex cathedra si el Romano Pontífice condena una opinión con una censura menor; sino que no la hay, si expresa su parecer o aconseja, sin por ello decretar nada con autoridad. Por lo tanto, estos teólogos hablan de dogma de fe en el sentido que distinguen la sentencia definida con autoridad apostólica de la sentencia de doctor privado, y no en el sentido que distinguen la sentencia definida con la nota de herejía de la definida con una censura menor” (35).

Resulta claramente de estas explicaciones que el término ex cathedra se opone al término “doctor privado”, e indica al Papa cuando, como persona pública, define algo que forma parte del objeto primario o secundario del Magisterio.

De manera clara y popular, Mons. de Segur, en una obra aprobada por Pío IX, confirma esta conclusión: “Es preciso distinguir en el Jefe de la Iglesia al Papa y al hombre. El hombre es falible, como todos los demás hombres. Cuando el Papa habla como hombre, como persona privada, se puede equivocar perfectamente, incluso cuando habla de cosas sagradas. Como hombre, el Papa no es más infalible que usted y que yo. Pero cuando habla como Papa, como Jefe de la Iglesia y Vicario de Jesucristo, es otra cosa. Entonces es infalible, ya no es más el hombre que habla, sino que es Jesucristo el que habla, el que enseña, el que juzga por la boca de su Vicario” (36).

Magisterio ordinario y condiciones

Es evidente en algunos textos del Concilio que los Padres, cuando hablan de infalibilidad, no hacen distinción entre el magisterio ordinario, que se ejerce continuamente, y el magisterio solemne. Y tampoco dicen que la infalibilidad exista sólo en los cánones, las formas solemnes o en condiciones particulares.

Mons. Gasser, en nombre de la Diputación de la Fe, en la intervención ya mencionada, así se expresaba: “En la Iglesia de Cristo (…) el centro de la unidad debe obrar sin interrupción, con una certeza constante y sin excepción(37). “Los Romanos Pontífices siempre se levantaron como testigos, doctores y jueces de toda la Iglesia, para la defensa de la verdad cristiana, sabedores de que, en virtud de la promesa divina, estaban protegidos contra el error. Que no se diga que los Papas, al afirmar así la autoridad de la Sede Romana, han sostenido su propia causa, y que por esta razón su autoridad no tiene valor. Si así fuera, si por esta razón hubiera que recusar el testimonio de los Papas de Roma, entonces lo mismo valdría para toda la jerarquía eclesiástica: ya que la autoridad de la Iglesia docente no puede probarse sino a través de la misma Iglesia docente” (38).

El mismo relator de la Diputación halla otra prueba de la infalibilidad del Papa en la necesidad para los católicos de la comunión con la cátedra de Pedro (39): “Esta fe de los Papas en su infalibilidad personal, la Iglesia la afirmó (…) al considerar la unión con la Santa Sede como entera y absolutamente necesaria. En efecto, la unión con la cátedra de Pedro era y se consideraba como la unión con la Iglesia y con el mismo Pedro, y por lo tanto con la verdad revelada por Cristo. Escribía San Jerónimo: „No conozco a Vital, me aparto de Melesio, ignoro a Paulino. Todo el que no recoge contigo (es decir, con el Papa Dámaso), desparrama; esto es, el que no es de Cristo es del Anticristo‟ (40) (…). La Iglesia ha dado a conocer su asentimiento a la fe de los Papas, cuando todos los cristianos que verdaderamente tenían fe rechazaban toda doctrina como errónea desde que era condenada y rechazada por un Papa. „¿Cómo Italia podría admitir, se pregunta San Jerónimo (41), aquello que Roma ha rechazado? ¿Cómo los obispos podrían admitir aquello que Roma ha condenado?‟. Finalmente, también podemos probar este asentimiento por el hecho de que en todas las cuestiones de fe se recurría a la Sede Apostólica como a Pedro y a la autoridad de Pedro, y que jamás se ha permitido apelar contra la Sede Romana y sus decisiones dogmáticas”.

Mons. Gasser también respondía así a quien sostenía que el Pontífice, al pronunciar definiciones, debía observar una forma determinada: “Esto no puede hacerse, de hecho, no se trata de algo nuevo. Miles y miles de juicios dogmáticos fueron ya promulgados por la Sede Apostólica; ¿pero dónde está entonces el canon que prescribe la forma a observar en tales juicios?” (42).

Lo mismo decía Mons. de Segur: “[El Papa] es infalible cuando habla como Papa (…) pero no cuando habla como hombre. Y habla como Papa, cuando enseña pública y oficialmente verdades que interesan a toda la Iglesia, por medio de lo que llamamos una Bula, o una Encíclica, o cualquier otro acto de este tipo” (43).

Puede hallarse una confirmación de cuánto hemos expuesto en las distintas intervenciones de los Padres del Concilio Vaticano, como por ejemplo, Mons. de la Tour de Auvergne, obispo de Bourges (44); Mons. Maupas, obispo de Zara (45); Mons. Freppel, obispo de Angers (46). Para ellos, el Papa es infalible en su Magisterio ordinario, el cual se ejerce continuamente, sin necesidad de exagerar sus condiciones.

Magisterio ordinario universal y condiciones

Hasta aquí hemos hablado únicamente del Magisterio del Papa. Los dominicos de Avrillé, que publicaron el texto de W, afirman, en una nota, que también hay condiciones para el Magisterio Ordinario y Universal de los obispos (unidos al Papa). Y, dulcis in fundo, ¡no se sabe cuáles son esas condiciones! El Concilio Vaticano no lo habría dicho. Habría definido que dicho magisterio es infalible pero, al no precisar las condiciones, permanecería completamente oscuro, ignoraríamos cuando existe. En la práctica, el Concilio habría dado… ¡una no definición! Pero lea usted mismo: “El Concilio Vaticano I también declaró que los católicos deben creer, además de en los juicios solemnes, en la enseñanza del magisterio ordinario universal (DS 3011). Pero no precisó bajo qué condiciones este magisterio ordinario es infalible” (47). Ahora bien, la afirmación, tal como se presenta, contradice la definición del Concilio Vaticano, que expone claramente cuando tal Magisterio es infalible, al especificar que toda enseñanza del M.O.U. es de fe: “Deben creerse con fe divina y católica todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios, escrita o tradicional, y son propuestas por la Iglesia para ser creídas como divinamente reveladas, ora por solemne juicio, ora por su ordinario y universal magisterio” (Dz 1792). La definición fue retomada por el Código pío- benedictino (can. 1323, §1). Pío IX había enseñado ya en la Tuas libenter que el acto de fe no debe limitarse a las verdades definidas, sino que debe extenderse “a las que se enseñan como divinamente reveladas por el magisterio ordinario de toda la Iglesia extendida por el orbe” (48).

¿Completamente oscuro? Para quién todavía no haya comprendido (aunque no hay peor

ciego…), todo esto significa que cada vez que la Iglesia, es decir, la unión moral de todos los obispos unidos al Papa, enseña una verdad como perteneciente al depósito revelado, debe ser creída con fe divina. ¿Las famosas condiciones? Están todas: 1ra: todos los obispos con el Papa constituyen la Iglesia docente, la suprema autoridad; 2da: propone para creer; 3ra y 4ta: una verdad contenida en la Revelación, que requiere por sí misma el asentimiento a causa de la autoridad de Dios que revela (49). A lo sumo, lo que uno podría decir es que el fiel tiene mayor facilidad para conocer una verdad enseñada por el magisterio solemne que una enseñada por el magisterio ordinario universal. Ya hemos hablamos largamente en Sodalitium acerca del Magisterio Ordinario Universal, invitamos entonces a los lectores a referirse a los artículos publicados (50).

a) Segundo error de Williamson y su género : negación de la Regla próxima de nuestra fe, confundida con la regla remota

W afirma primeramente algo que es correcto: la definición de la Iglesia no “crea” las verdades, ellas nos han sido reveladas por Dios y existen antes de la definición de la Iglesia, la cual las lleva al conocimiento de los fieles. Para convencerse, es suficiente releer precisamente al Vaticano I cuando dice: “pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación trasmitida por los Apóstoles, es

decir el depósito de la fe” (Pastor Æternus, cap. IV, Dz 1836). El objeto de nuestra fe, por lo tanto, es la divina Revelación (contenida en la Tradición y en la Escritura) y el motivo de la fe es la autoridad de Dios que se revela, como lo enseñan todos los manuales tan despreciados por

  1. Pero W continúa: “Decir que (…) allí donde no hay definición con las cuatro condiciones no hay verdad cierta, es perder todo sentido de la verdad, es la enfermedad del subjetivismo, que no puede concebir verdad objetiva sin certeza subjetiva” (51). Aquí demuestra no comprender plenamente la importancia del papel del Magisterio de la Iglesia. En efecto, ¿cómo puede el simple fiel conocer la verdad “objetiva”? Decía San Agustín: “No creería en el Evangelio, si a ello no me moviera la autoridad de la Iglesia Católica” (52). De la misma manera, parafraseando a San Agustín, se podría decir: “No creería en la Tradición, si a ello no me moviera la autoridad de la Iglesia Católica”. ¿Cómo puede saber el fiel, por ejemplo, que el Evangelio de San Juan está íntegro, que las catorce Epístolas de San Pablo o los libros de los Macabeos son revelados, que algunas obras de Tertuliano son buenas pero otras no, que el Concilio de Nicea es ecuménico, que hay que interpretar rectamente algunos escritos de San Agustín…? ¿Debería fiarse de su perspicacia, entregándose a un libre examen de la Escritura o de la Tradición, como sostienen los anglicanos y los ortodoxos? ¿Eso no sería caer en otro subjetivismo? Eso es precisamente lo que afirman los protestantes de la Sagrada Escritura: cada uno la lee y es capaz por sí mismo de comprender su sentido. Lo mismo hicieron los modernistas: dado que muchos de ellos habían profundizado los estudios de exégesis, pensaron poder interpretar solos las Sagradas Escrituras, sin tener que someterse al Magisterio de la Iglesia, y San Pío X condenó su teoría (DS 3401-8). Y he aquí que W sostiene lo mismo respecto de la Tradición: cada uno puede por sí mismo buscar en la Tradición las verdades que deben creerse, la Tradición sería la regla próxima de la fe, independientemente del Magisterio de la Iglesia (53). Aparte de la enorme dificultad práctica (no se ve cómo el fiel pueda consultar Migne, Mansi, la Patrística…), ¿cómo hará para elegir e interpretar el texto de uno o de varios Padres? ¿Cómo hará para juzgar si tal tradición es buena o mala? La disciplina de la Iglesia ha cambiado a través de los siglos; por ejemplo: ¿es “más tradicional” la comunión bajo las dos especies que aquélla bajo una sola especie? Incluso entre los más grandes Padres de la Iglesia puede haber discordancias o interpretaciones dudosas. Fue exactamente éste el error de los jansenistas: tomar a San Agustín como regla próxima de la fe, pretender saber darle la interpretación correcta, independientemente del Magisterio de la Iglesia.

La Tradición no puede ser regla próxima: si una duda surgiese entre los católicos, ¿quién podría resolverla? La Tradición es muda, el Magisterio en cambio habla, puede resolver las cuestiones. Dios mismo, al darnos la Revelación, quiso darnos el instrumento, objetivo y no subjetivo, para que infaliblemente podamos conocer cuáles son las verdades que debemos creer para nuestra salvación. Este instrumento es el Magisterio de la Iglesia, que bebe en la Revelación (contenida en la Escritura y la Tradición) y, asistido por el Espíritu Santo, propone a la creencia de los fieles las verdades reveladas o conexas con lo revelado. La definición infalible sobre el Magisterio ordinario universal arriba considerada (Dz 1792), ilustra precisamente el punto: todo fiel debe creer de fe lo revelado que la Iglesia le propone para creer. Por esta razón se dice: Escritura y Tradición constituyen la Regla remota de la Fe; el Magisterio es la Regla próxima de nuestra fe, es decir, que es más cercana al fiel. Sodalitium ha tratado ya de este tema (54).

Si la regla próxima de la Fe fuera la Tradición, entonces todo progreso del dogma sería imposible: el deber de la Iglesia sería únicamente conservar los dogmas, como afirman los “ortodoxos”. En efecto, según este punto de vista, si se quisiera estudiar el depósito revelado para conocerlo más profundamente y para explicitar las verdades contenidas de manera implícita, nos hallaríamos ante un problema irresoluble: las verdades descubiertas gracias al estudio, siendo “nuevas” a nuestro conocimiento, contradecirían la regla próxima, la Tradición, y la Iglesia nunca podría definirlas.

Por el contrario, según la doctrina católica, la Tradición es la regla remota, mientras que el Magisterio vivo es la regla próxima de nuestra fe. Es el Magisterio quien da la correcta interpretación de la Escritura y de la Tradición, y no corresponde a nosotros hacerlo. Probaremos nuestra afirmación por la autoridad del Magisterio y del mismo Concilio Vaticano.

Enseñanza de la Iglesia sobre la Regla próxima de la fe

Pío XII (55) enseña: “Y aunque este sagrado magisterio ha de ser para cualquier teólogo en materias de fe y costumbres la norma próxima y universal de la verdad, como quiera que a él encomendó Cristo Señor el depósito entero de la fe, es decir, la Sagrada Escritura y la Tradición divina, para custodiarlo, defenderlo o interpretarlo; sin embargo, el deber que tienen todos los fieles de evitar también aquellos errores que más o menos se aproximan a la herejía y, por ende,

„de guardar también las constituciones y decretos con que esas erróneas opiniones han sido prohibidas y proscritas por la Santa Sede‟ (56); ese deber, decimos, de tal modo es a veces ignorado, como si no existiera. Hay quienes expresamente suelen dar de mano a cuanto en las Encíclicas de los Pontífices Romanos se expone sobre la naturaleza y constitución de la Iglesia, a fin de que prevalezca un concepto vago que afirman haber ellos sacado de los antiguos Padres, particularmente griegos. Porque los Sumos Pontífices, como ellos andan diciendo, no quieren juzgar de las cuestiones que se disputan entre los teólogos y hay que volver, por ende, a las fuentes primitivas, y explicar, por los escritos de los antiguos las constituciones y decretos modernos del magisterio. Esto, si bien parece estar dicho con conocimiento de causa, no carece sin embargo de falacia. Porque es cierto que generalmente los Pontífices dejan libertad a los teólogos en las cuestiones que se discuten con diversidad de pareceres entre los doctores de mejor nota; pero la historia enseña que muchas cosas que antes estuvieron dejadas a la libre discusión, luego no pueden admitir discusión de ninguna especie”.

León XIII: “Determinar cuáles son las verdades divinamente reveladas, es propio de la Iglesia docente a quien Dios ha encomendado la guarda e interpretación de sus enseñanzas; y el Maestro supremo en la Iglesia es el Romano Pontífice. (…) [Es necesaria la obediencia al Magisterio de la Iglesia y al Papa]. Obediencia que ha de ser perfecta, porque lo manda la misma fe, y tiene esto de común con ella que ha de ser indivisible, hasta tal punto que no siendo absoluta y enteramente perfecta, tendrá las apariencias de obediencia, pero no la realidad… Admirablemente explica esto Santo Tomás de Aquino con estas palabras: (…) „Y es claro que aquel que se adhiere a las enseñanzas de la Iglesia como a regla infalible, da asentimiento a todo lo que enseña la Iglesia, porque de otro modo, si de lo que la Iglesia enseña abraza lo que quiere y lo que no quiere no lo abraza, ya no se adhiere a la doctrina de la Iglesia como a regla infalible, sino a su propia voluntad. Debe ser una la fe de la Iglesia (…), lo cual no se podría guardar a no ser que, surgiendo alguna cuestión en materia de fe, sea resuelta por el que preside a toda la Iglesia, para que su decisión sea abrazada firmemente por toda la Iglesia. Y por esto sólo a la autoridad del Sumo Pontífice pertenece el aprobar una nueva edición del símbolo, como todo lo demás que se refiera a toda la Iglesia‟ (57). (…) Por lo cual el Pontífice, por virtud de su autoridad, debe poder juzgar qué es lo que se contiene en las enseñanzas divinas, qué doctrina concuerda con ellas y cuál se aparta de ellas, y del mismo modo señalarnos las cosas buenas y las malas: qué es necesario hacer o evitar para conseguir la salvación; pues de otro modo no sería para los hombres intérprete fiel de las enseñanzas de Dios ni guía seguro en el camino de la vida” (58).

San Pío X coloca en la regla de la fe también las leyes de la Iglesia y todo cuanto el Papa ordena: “En la obediencia a esta suprema autoridad de la Iglesia y del Sumo Pontífice por cuya autoridad se nos proponen las verdades de la fe, se nos imponen las leyes de la Iglesia y se nos manda todo cuanto al buen gobierno de ella es necesarioconsiste la regla de nuestra fe” (59).

Enseñanza del Concilio Vaticano I sobre la Regla próxima de la fe

Mons. Gasser, en su memorable intervención, prueba que el Papa es infalible porque su Magisterio constituye la regla de la fe (60): “Un testimonio indirecto [de la infalibilidad] proviene de la regla de la fe que los más antiguos Padres han transmitido. San Ireneo, que muestra que la regla reside en el acuerdo de las Iglesias fundadas por los Apóstoles, muestra al mismo tiempo una regla más corta y más segura: la tradición de la Iglesia Romana, con la cual todos los fieles de la tierra deben estar de acuerdo, a causa de su preeminencia, y en la cual conservan todos la tradición apostólica, al estar en comunión con el centro de la unidad. Así, según San Ireneo (60 bis), la fe de la Iglesia Romana es, al mismo tiempo, por la dignidad del primado, regla para todas las otras Iglesias, y, por la dignidad de ser el centro, el principio conservador de la unidad (…).

La misma regla propone San Agustín (…) [según el cual] para condenar el error de los donatistas, es suficiente mostrar que ningún Pontífice Romano fue donatista, y afirma que esta regla, a causa de la autoridad de Pedro, es la mejor y más segura para la salvación”.

En conclusión: hemos probado, tanto por el Magisterio de la Iglesia como por los documentos explicativos del Concilio Vaticano, que para la Fe de todo católico es necesaria la proposición de la Iglesia. Ésta, a pesar de no formar parte del motivo de la fe (“objeto formal quo”), es sin embargo una condición sine qua non para que el asentimiento de nuestro intelecto sea un acto de fe divina (61). Santo Tomás no esperó al Vaticano I para enseñar: “Pues bien, el objeto formal de la fe es la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura y en la enseñanza de la Iglesia. Por eso, quien no se adhiere, como regla infalible y divina, a la enseñanza de la Iglesia, que procede de la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura, no posee el hábito de la fe, sino que retiene las cosas de la fe por otro medio distinto. (…) Si de las cosas que enseña la Iglesia [alguien] admite las que quiere y excluye las que no quiere, no asiente a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible, sino a su propia voluntad [y así, se vuelve hereje]” (II-II, q. 5, a. 3).

Por lo tanto, creo en los Evangelios y en la Tradición porque la Iglesia me lo dice y como ella me lo dice; de este modo la Fe comporta la sumisión de la inteligencia. Pero si creo por otro motivo, entonces antepongo a la Iglesia otro criterio: mis convicciones, un santo, un Padre de la Iglesia, un obispo, un príncipe…, pero todo esto no es la regla próxima de la Fe, es la ruina de la Fe.

b) Tercer error de Willliamson : un rito litúrgico promulgado por el Papa puede ser “intrínsecamente malo”

W ataca a Michael Davies porque “niega toda nocividad intrínseca al misal de la nueva misa, por haber sido „solemnemente‟ promulgado por el supremo legislador” (pág. 22).

W sostiene, con razón, que el nuevo misal es malo. Pero sostiene también, equivocadamente, que aquel que lo promulgó era la legítima autoridad de la Iglesia y, en consecuencia, que la legítima autoridad puede promulgar un rito malo. W es entonces incapaz de responder al Sr. Davies sin negar la enseñanza de la Iglesia según la cual sus leyes, su disciplina, su culto, no pueden ser nocivos. Afirma Pío XII: “A lo largo de su existencia secular, la Iglesia es realmente regida y asistida por el Espíritu Santo, no solamente en la enseñanza y la definición de la fe, sino también en el culto, en los ejercicios de piedad y de devoción de los fieles. Este mismo Espíritu la „dirige infaliblemente en el conocimiento de las verdades reveladas‟ (Const. Ap. Munificentissimus Deus, 1/11/1950, definición dogmática de la Asunción)” (62). Existen muchos otros argumentos de autoridad, ya presentados por el Padre Ricossa (63): “A quienes negaban que los niños tuviesen el pecado original, San Agustín respondía que la Iglesia los bautizaba, y „¿quién podrá jamás alegar un argumento cualquiera contra una Madre tan sublime?‟ (Serm. 293, n° 10). Santo Tomás, al preguntarse si el rito de la Confirmación es adecuado, luego de haber presentado todas las objeciones posibles, responde simplemente: „Contra esto: está el uso de la Iglesia, que está regida por el Espíritu Santo‟; y añade: „El Señor hizo esta promesa a sus fieles en Mt. 18, 20: Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Por tanto, debe sostenerse que las decisiones de la Iglesia están regidas por la sabiduría de Cristo. Y, por tanto, debemos estar seguros de que el rito que la Iglesia emplea en este [la confirmación] y en otros sacramentos es el adecuado‟ (III, q. 72, a. 12). Tal es, esencialmente, la respuesta que la Iglesia siempre ha dado a todos los herejes que criticaban uno u otro sus ritos, o el conjunto de ellos. Así, el Concilio de Constanza y el Papa Martín V condenaron a los husitas, los cuales rechazaban el uso de la comunión bajo una sola especie (Dz 626 y 668) y despreciaban los ritos de la Iglesia (Dz 665); así, el Concilio de Trento condenó a los luteranos, que despreciaban el rito católico del bautismo (Dz 856), la costumbre de conservar el Santísimo Sacramento en el tabernáculo (Dz 879 y 889), el canon de la Misa (Dz 942 y 953), y todas las ceremonias del misal, los ornamentos, el incienso, las palabras pronunciadas en voz baja, etc. (Dz 943 y 954), la comunión bajo una sola especie (Dz 935)… De la misma manera, los jansenistas reunidos en el sínodo de Pistoya fueron condenados por Pío VI, por haber inducido a pensar que „la Iglesia, que se rige por el Espíritu de Dios, pudiera constituir disciplina no sólo inútil (…) sino peligrosa, nociva…‟ (Dz 1578, 1533, 1573). En suma, para abreviar, es imposible que la Iglesia pueda dar veneno a sus hijos (Dz 1837, Vaticano I). Se trata de una verdad „tan teológicamente cierta, que negarla sería un error muy grave o incluso, según la opinión de la mayoría, una herejía‟ (cardenal Franzelin)”. También en este punto entonces, para salvaguardar la legitimidad de Pablo VI y Juan Pablo II [Benedicto XVI y Francisco I], W debe contradecir la doctrina de la Iglesia.

LEFEBREVISTAS CONTRA EL CONCILIO VATICANO I. 1/3.

Ediciones “Revista Integrismo” ofrece la traducción de este artículo, aparecido en “Sodalitium” n° 47 (1998, ed fr. y ed. it.), que aborda una cuestión siempre actual y de capital importancia para los católicos que defienden la Tradición de la Iglesia: la infalibilidad del Magisterio. El autor refuta la tesis lefebvrista de Mons. Williamson (y de sus obispos y muchos sacerdotes fuera y dentro de la fraternidad y de tantos otros) que reduce al mínimo dicha infalibilidad, y que constituye el error real y fundamental respecto de la cuestión. Para hacerlo, el autor se basa en las declaraciones del propio Magisterio pontificio (ese “gran ausente”, curiosa, irónica y tristemente, de las afirmaciones de muchos católicos anti- modernistas, dados a menudo a las opiniones personales y a las profecías…) y en el testimonio de los teólogos más autorizados.

Mons. Williamson y lefbrevistas, dentro y fuera de la FSSPX,  contra el Concilio Vaticano… ¡I!

Por el Padre Giuseppe Murro

Nota: Las ricas y sustanciosas notas aparecererán en la IIIª parte de este artículo, para mejor facilitar la lectura del mismo.

Mayor: El Papa es infalible.

Menor: Ahora bien, estos últimos papas son liberales.

Conclusión:

  • (liberal) Luego, hay que hacerse
  • (defensores de ue actualmente la Sede está usurpada) Luego, estos papas‟ no son verdaderos papas”.

Si preguntáramos a un católico qué piensa de este silogismo, las opiniones estarían divididas. Tras breve reflexión, las discusiones se centrarían en la extraña menor que es el “motor” del silogismo: habrá quienes la acepten, quienes la rechacen, quienes hagan distinciones. Pero a ningún católico normal le puede venir a la mente desplazar la discusión sobre la mayor y poner en duda la infalibilidad del Papa, exhumando el galicanismo enterrado por el Concilio Vaticano

Sin embargo, he aquí lo que escribe, a propósito de este silogismo inventado por él, Mons. Williamson (a quien indicaremos en adelante con la letra W) en un artículo del 9 de agosto de 1997, titulado “Considérations libératrices sur l‟infaillibilité” [Consideraciones liberadoras sobre la infalibilidad], traducido al francés por la revista “Le sel de la terre” (1):

“Aquí la lógica es buena y la menor también; entonces, si las conclusiones dejan que desear, el problema debe buscarse en la mayor, raíz común de las dos conclusiones opuestas” (pág. 21).

W quiere demostrar que quienes han seguido al Concilio Vaticano II (indicados con el término “liberales”) y quienes rechazan la autoridad de Juan Pablo II [Francisco I] (indicados con el término “sedevacantistas”) están en el error: ¡y la “raíz común” de este error sería nada menos que la creencia en la infalibilidad del Papa! “Los liberales ‒dice W‒ comparten con los sedevacantistas una noción de la infalibilidad muy extendida desde 1870 (Concilio Vaticano I), noción sin embargo falsa” (2).

Exposición de la tesis de W

Para W, el problema estaría entonces constituido por la definición de la infalibilidad del Papa de 1870. Según él, esta definición habría sido mal interpretada (“noción falsa”), y aunque hubiera sido bien interpretada, “ha contribuido mucho [per accidens] a una desvalorización de la Tradición…”. Los “liberales”, adversarios de la definición, habrían cambiado de estrategia: no negar más la infalibilidad de las definiciones solemnes, sino afirmar que todo lo que no está solemnemente definido puede ser puesto en duda. Contra este nuevo error, los teólogos católicos, en lugar de recordar que “no es la definición la que hace la verdad”, habrían llegado a inventar una falsa infalibilidad del Magisterio ordinario: “los manuales de teología escritos entre 1870 y 1950, para establecer una verdad no solemnemente definida, se sienten visiblemente en la necesidad de construir un magisterio ordinario infalible a priori, calcado sobre el magisterio extraordinario infalible a priori… Estos „buenos‟ autores de los manuales hicieron de cierto modo el juego a los liberales, sin duda inconscientemente, al eclipsar la verdad objetiva detrás de la certeza subjetiva, y así contribuyeron a preparar la catástrofe del Vaticano II y de ese

„magisterio ordinario supremo‟ de Pablo VI, gracias al cual, de hecho puso por tierra a la Iglesia”. W extiende su crítica también a quienes creen en la infalibilidad [negativa] de un rito

 

litúrgico promulgado por el Papa, como Michael Davies (3). Por el contrario, siempre según W, para responder los liberales, hubiese sido suficiente entonces y lo es aún hoy, apelar a la verdad objetiva, contenida en la Tradición, como lo hizo Mons. Lefebvre.

Lista de los errores de W

Para facilitar la lectura de este artículo, señalemos ante todo los errores presentes en el texto de W.

  1. Negación de la infalibilidad del Magisterio ordinario del Papa, alegando condiciones añadidas como Lo mismo vale para el Magisterio Ordinario Universal (4).
  2. Negación de la regla próxima de nuestra fe (el Papa), confundida con la regla remota (la Revelación).
  3. Afirmar que un rito litúrgico promulgado por el Papa puede ser “intrínsecamente nocivo”.
  4. Afirmar que una definición dogmática puede ser buena en sí misma pero mala per accidens, es decir, a causa de las
  5. Afirmar que las definiciones de la Iglesia son debidas únicamente a la disminución de la caridad en los

Examinaremos cada una de las tesis de W. Pero primero, ya que se discute sobre la definición de 1870, citemos sus términos.

La definición dogmática del Concilio Vaticano

En la sesión del 18 de julio de 1870, después de muchas discusiones debidas a las objeciones de los anti-infalibilistas que intentaban evitar la definición, los Padres del Concilio (cuando decimos Concilio en este artículo, se trata del Concilio Vaticano I) proclamaron solemnemente:

“Así, pues, Nos, siguiendo la tradición recogida fielmente desde el principio de la fe cristiana, para gloria de Dios Salvador nuestro, para exaltación de la fe católica y salvación de los pueblos cristianos, con aprobación del sagrado Concilio, enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado:

Que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia universal, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia.

Y si alguno tuviere la osadía, lo que Dios no permita, de contradecir a esta nuestra definición, sea anatema” (Dz 1839-40) (5).

Según lo que afirma el texto dogmático, el Papa en el ejercicio de su función de Papa (y no como persona privada) es infalible. En otras palabras, cuando, como pastor y doctor universal, el Papa da un juicio definitivo sobre una doctrina (relativa a la fe o a la moral), tiene el privilegio de la infalibilidad; es decir, goza de una asistencia especial del Espíritu Santo para enseñar la verdad revelada sin el menor error. En esto, el Papa se distingue de todos los demás hombres, católicos o no, que no tienen esta asistencia prometida por Nuestro Señor a San Pedro y a sus sucesores (Mat. XVI, 19) (6).

Estructura del artículo

Ya que W contesta la autoridad en la materia de todos los teólogos de los 128 últimos años, me limitaré a citar los textos del Concilio Vaticano I, tal como se hallan en la recopilación publicada por Mansi. Leyendo las actas y la historia del Concilio, se evidencia cómo W y muchos tradicionalistas retoman los argumentos que eran el “caballo de batalla” de la minoría liberal y anti-infalibilista en el Vaticano I, que buscaba, antes de la definición, aumentar

desmesuradamente las condiciones de la infalibilidad del Papa, y después de la definición, disminuir su alcance, de modo que el Papa sólo fuera infalible muy raramente.

Tras la crisis abierta con el Concilio Vaticano II y la introducción del nuevo misal, los “tradicionalistas” comenzaron justamente a resistir al “aggiornamento” (que contradice muchas verdades de la doctrina católica), rechazando las reformas. Pero cuando se les observó que las nuevas enseñanzas y las reformas fueron promulgadas por Pablo VI (y luego por Juan Pablo II, etc.), y que por lo tanto ‒al igual que todos los decretos del Sumo Pontífice‒ debían ser aceptadas por estar garantizadas con la infalibilidad, muchos “tradicionalistas” no tuvieron mejor idea que retomar los argumentos de los liberales. Así, sostuvieron que el Papa es infalible solamente bajo ciertas condiciones bastante extraordinarias que no están todas presentes en estas reformas; y puesto que ellas no están garantizadas por la infalibilidad, no estamos obligados a obedecer. Muchos no comprendieron, o temieron comprender, que el rechazo de las reformas ponía en discusión la autoridad que las había promulgado.

W sigue esta corriente de pensamiento que, en nuestra opinión, es contraria a la definición del Concilio, tanto en los términos como en el sentido.

Analicemos ahora los puntos negados por W, extendiéndonos particularmente sobre el primero.

a) Primer error de Williamson sobre el Magisterio ordinario y sobre las condiciones para la infalibilidad

Los teólogos distinguen en general entre Magisterio ordinario del Papa (solo) y Magisterio ordinario de la Iglesia (“ordinario y universal”). El segundo fue definido como infalible por el Vaticano I (DS 3011): me referiré a él al final de este punto a). Respecto del Magisterio ordinario del Papa, en general se afirma que su infalibilidad es teológicamente cierta. En efecto, el Papa goza de la misma infalibilidad que la Iglesia (DS 3074). Ahora bien, la Iglesia es infalible en su Magisterio ordinario (DS 3011). Luego, el Papa también es infalible en su Magisterio ordinario (7). Esta argumentación sería suficiente para probar que W se equivoca gravemente. Pero leyendo los textos del Magisterio y las actas del Vaticano I, pude notar que en realidad la definición de la infalibilidad del Papa cuando habla ex cathedra (DS 3074) no hace distinción entre Magisterio ordinario o solemne del Papa. Cada vez que el Papa habla en cuanto Papa (y no como persona privada), enseña auténticamente (con autoridad) (8), y entonces puede enseñar ex cathedra. Esta enseñanza no es rara o extraordinaria, como las definiciones dogmáticas solemnes (Inmaculada Concepción, 1854; Asunción, 1950), sino que el Papa puede enseñar todos los días, de manera definitiva, a la Iglesia universal, sobre asuntos referentes a la fe o a la moral; evidentemente toda la Iglesia estará obligada a abrazar, tanto en el fuero externo como en el interno, la enseñanza de la suprema autoridad. El Papa, en este caso, no está obligado a emplear un modo determinado o la forma solemne: si habla como Papa, es suficiente que se comprenda, de una u otra manera, que quiere dar un juicio definitivo sobre un asunto ligado, aun solo indirectamente, a la fe o a la moral.

En conclusión: afirmamos que el término ex cathedra indica solamente la infalibilidad del Papa tanto respecto de su Magisterio ordinario como solemne (8 bis). W sostiene que el término ex cathedra indica el Magisterio solemne, exagerando las cuatro condiciones, y negando toda infalibilidad al Magisterio ordinario. Paso ahora a probar mi tesis, con textos del Magisterio y las actas del Vaticano I.

Enseñanza de la Iglesia sobre el Magisterio Ordinario del Papa

Clemente VI en 1351 pidió al Patriarca de los Armenios firmar una fórmula de fe en la cual se decía: “Si has creído y todavía crees que sólo el Romano Pontífice, al surgir dudas sobre la fe católica, puede ponerles fin por determinación auténtica, a la que hay obligación de adherirse inviolablemente, y que es verdadero y católico cuanto él, por autoridad de las llaves que le fueron entregadas por Cristo, determina ser verdadero; y que aquello que determina ser falso y herético, ha de ser tenido por tal” (9).

Pío XI enseña: “El magisterio de la Iglesia, el cual por designio divino fue constituido en la tierra a fin de que las doctrinas reveladas perdurasen incólumes para siempre y llegasen con mayor facilidad y seguridad al conocimiento de los hombres, aún cuando el Romano Pontífice y los Obispos en comunión con él lo ejerzan diariamente, se extiende sin embargo al oficio de proceder oportunamente con solemnes ritos y decretos a la definición de alguna verdad, especialmente entonces cuando a los errores e impugnaciones de los herejes deben más eficazmente oponerse o inculcarse en el espíritu de los fieles, más clara y sutilmente explicados, puntos de la sagrada doctrina” (10). También Pío XI: “Es muy impropio de todo verdadero cristiano… creer que la Iglesia, destinada por Dios para enseñar y regir a todos los pueblos, no está bien enterada de las condiciones y cosas actuales; o limitar su consentimiento y obediencia únicamente a cuanto ella propone por medio de las definiciones más solemnes, como si las restantes decisiones de aquella pudieran ser falsas o no ofrecer motivos suficientes de verdad y honestidad” (11).

Pío XII: “Ni hay que creer que las enseñanzas de las encíclicas no exigen de suyo el asentimiento, por razón de que los Romanos Pontífices no ejercen en ellas la suprema potestad de su Magisterio. Pues son enseñanzas de su Magisterio ordinario, del cual valen también aquellas palabras: „el que a vosotros oye a mí me oye‟ (Lc. X, 16), y la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las Encíclicas, ya por otras razones pertenece al patrimonio de la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices en sus constituciones de propósito pronuncian una sentencia en materia disputada, es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos Pontífices, esa cuestión no se puede tener ya como de libre discusión entre los teólogos” (12). También Pío XII: “¿No es acaso el Magisterio… el primer oficio de Nuestra Sede Apostólica? (…) Nos ocupamos la Cátedra de Pedro únicamente como Vicario de Cristo y Su representante sobre la tierra. Nos somos el órgano a través del cual hace oír su voz Aquél que es el único Maestro de todos (Ecce dedi verba mea in ore tuo, Jer. I, 9)” (13).

Resulta de estos textos que la Iglesia enseña que el Magisterio infalible puede ser ordinario (ejercido todos los días) o solemne.

Enseñanza del Concilio Vaticano sobre el Magisterio del Papa

La materia tratada por el Concilio fue preparada por comisiones que se habían reunido antes del mismo, y se presentó a los Padres en forma de esquemas. Estos últimos eran discutidos por los Padres, quienes, si lo consideraban necesario, proponían enmiendas, examinadas luego por los miembros de la Diputación de la Fe (14). La Diputación cumplió entonces una función central, respondiendo también a las objeciones de quienes eran contrarios a los esquemas propuestos. Las intervenciones de los miembros de la Diputación de la Fe son entonces de gran importancia para nuestra cuestión, así como sus respuestas a las objeciones: en efecto, fueron estos prelados quienes explicaron el sentido exacto de la definición conciliar, corrigiendo las falsas interpretaciones. Los esquemas propuestos ayudan igualmente para una correcta interpretación del Concilio, inclusive aquellos que no fueron discutidos a causa de la interrupción del Concilio; normalmente los esquemas que se trataron recibieron pocas modificaciones, al menos no sustancialmente. Finalmente, son también útiles ciertas intervenciones de los Padres favorables a la definición, en las cuales se pueden hallar pruebas incontestables sobre la infalibilidad del Papa: el Concilio les dio la razón al definir el dogma. Apoyándome en estos testimonios, examinaré sucesivamente las famosas “cuatro condiciones”, las cuales no son en realidad otra cosa que la explicitación del término ex cathedra, expresión que comentaré al final. Seguirá un apéndice sobre el Magisterio ordinario del Papa y sobre el Magisterio ordinario universal. Concluiré así el análisis del primer error de W [punto a)].

Las cuatro condiciones

Según la tesis de W, el Papa es infalible “con cuatro condiciones” y no “con tres y media”. Dado que W no inventó estas condiciones sino que están extraídas de la definición conciliar, veamos la significación que les dio el Concilio. Recordemos cuáles son esas condiciones. El Papa: 1) en virtud de su autoridad suprema; 2) define; 3) una doctrina sobre la fe o las costumbres; 4) afirmando que esta doctrina debe ser aceptada por toda la Iglesia.

1ra condición: El Papa emplea su autoridad suprema

Habían surgido distintas objeciones contra la definición de la infalibilidad del Papa, algunas se referían a la doctrina, otras a la oportunidad de la definición, otras al objeto que sería difícil delimitar, otras al término mismo que podría ser mal interpretado. La Diputación de la Fe, a través de Mons. Gasser, obispo de Bressanone (15), respondió a las objeciones y dio la explicación del texto que luego fue definido.

“El sujeto de la infalibilidad es el Romano Pontífice, en cuanto Pontífice, o en cuanto persona pública en relación con la Iglesia universal” (16). “Ahora bien, algunos Padres del Concilio ‒dice Gasser‒ no se contentan con estas condiciones; también quieren introducir en esta constitución dogmática algunas condiciones ulteriores, que se hallan de distintas maneras en varios tratados de teología y que se refieren a la buena voluntad y al celo del Papa por la indagación de la verdad”. Gasser respondió que poco importan las motivaciones y las intenciones del Pontífice, que miran a su conciencia, sino que sólo cuenta el hecho de que hable a la Iglesia: “Nuestro Señor Jesucristo (…) quiso que el carisma de la verdad dependiese de las relaciones públicas del Pontífice con la Iglesia universal; de lo contrario, el don de la Infalibilidad no sería un medio eficaz para el mantenimiento y restablecimiento de la unidad de la Iglesia. Por esta razón, no debe temerse que por la mala voluntad o negligencia del Pontífice la Iglesia universal pueda ser inducida a error en la fe. En efecto, la protección de Jesucristo y la asistencia prometida a los sucesores de Pedro son causas tan eficaces, que el juicio del Sumo Pontífice, si fuese erróneo o perjudicial para la Iglesia, sería impedido, y que si de hecho el Pontífice realizara una definición, ésta será infaliblemente verdadera” (17).

La primera condición indica entonces que el Papa hable como Papa y no como persona privada: esto se verá todavía mejor en el parágrafo que trata sobre la fórmula ex cathedra.

2da condición: Define y 3ra condición: Una doctrina sobre la fe o las costumbres

Mons. Gasser explica este punto: “Se pregunta sobre la intención manifiesta de definir una doctrina, quiere decir poner fin a la fluctuación sobre una doctrina o sobre una cosa a definir, dando una sentencia definitiva, y proponiendo esta doctrina como obligatoria para la Iglesia universal” (18).

En otras palabras, el Papa hace comprender de cierta manera que una doctrina no puede ser libremente discutida en la Iglesia. Si por el contrario no quiere resolver la cuestión, entonces ella permanece abierta, no hay definición, sino una orientación práctica que puede revisarse. Por ejemplo, Gregorio XVI se pronunció de manera definitiva sobre la libertad religiosa en una simple encíclica (19), y ‒puesto que algunos creían que no había pronunciado un juicio definitivo‒ lo repitió en otra encíclica (20). León XIII dio un juicio definitivo sobre la validez de las ordenaciones anglicanas; Pío XII, sobre el carácter lícito de los “métodos naturales”, o sobre la materia y la forma del Sacramento del Orden. Pío XII también confirmó en la encíclica Humani generis que la doctrina expuesta en Mystici Corporis era definitiva (21); en la misma encíclica aclaró que sobre algunos puntos de la teoría evolucionista hay todavía libertad de investigación y discusión (es decir, no define), mientras que sobre otros puntos (como la creación directa del alma humana por Dios, o la condena del poligenismo) no hay tal libertad (DS 3896-7).

Por lo que mira a la tercera condición (el objeto de la definición), nadie pone en duda que el Papa sea infalible cuando define un dogma que concierne directamente a la fe o la moral y/o condena la herejía opuesta (objeto primario del Magisterio). Esta infalibilidad del Papa es de fe, quien la niega es hereje. Pero el Papa es infalible también cuando trata de todo lo que tenga una relación incluso indirecta con la fe y la moral (objeto secundario del Magisterio): esta infalibilidad del Papa es por lo menos teológicamente cierta (22), quien la niegue comete un pecado muy grave contra la fe (23). Para explicitar la infalibilidad del Papa también sobre el objeto secundario, algunos Padres conciliares habían propuesto añadir a la palabra “define” la palabra “decreta” (decernit). Mons. Gasser respondió así: “La Diputación de la Fe no tiene la intención de dar a este verbo [define] el sentido jurídico por el cual significa solamente que se pone fin a las controversias que surgiesen en materia de herejía o de una doctrina, que pertenece propiamente hablando a la fe. Sino que la palabra „define‟ significa que el Papa, directamente y con el fin de cerrar la cuestión, pronuncia su juicio sobre una doctrina que concierne a las cosas de la fe y la moral, de suerte que en adelante cada fiel puede estar cierto del pensamiento de la Sede Apostólica, del pensamiento del Romano Pontífice; de manera que cada uno sepa con certeza que tal o tal otra doctrina es considerada por el Romano Pontífice como herética, próxima de la herejía, cierta o errónea, etc. Tal es el sentido del término „define‟ (…) Al aplicar esta infalibilidad a los diferentes decretos del Romano Pontífice, es necesario hacer una distinción: de manera que algunos (y lo mismo vale para las definiciones dogmáticas de los concilios) son ciertos de fe: por lo que aquél que negara que el Pontífice en tales decretos fuera infalible, por el hecho mismo (…) sería hereje; otros decretos del Romano Pontífice son también ciertos en cuanto a la infalibilidad, pero esta certeza no es la misma (…) de manera que esta certeza será solamente una certeza teológica en este sentido, que aquel que negara que la Iglesia, o igualmente el Pontífice, en tales decretos fuera infalible, no sería como tal abiertamente herético, pero cometería un error muy grave y, al equivocarse de esta manera, un pecado muy grave” (24).

En resumen: la 2da condición, definir, significa enseñar de manera definitiva; la 3ra (sobre la fe y las costumbres) incluye no solamente las cosas reveladas, sino también ‒aunque diversamente‒ las cosas conexas con la Revelación.

4ta condición: Afirma que esta doctrina debe ser aceptada por toda la Iglesia

La expresión “debe ser aceptada” está vinculada a cuanto acaba de decirse, es decir, indica el asentimiento que hay que prestar incluso a las verdades no contenidas formalmente en el depósito de la Revelación, que no son estrictamente “de fe” (estas últimas deben ser “creídas” y no solamente “aceptadas”). El Concilio hizo esta distinción para poner en evidencia que el objeto de la infalibilidad es doble, contra los liberales que querían restringirlo únicamente a las verdades de fe. Salaverri expone ampliamente esta distinción hecha por el Concilio (25). Por otro lado, si el Papa habla como Papa, y define una doctrina relativa a la fe o a la moral, es evidente que todos los fieles están obligados a abrazarla, aunque eso no se diga explícitamente.

W, por el contrario, parece querer decir que el Papa, para ser infalible, debería especificar explícitamente que toda la Iglesia está obligada a adherir a esta doctrina, ¡como si un cristiano pudiese no adherir a la Revelación! Esta interpretación es falsa. Durante el Concilio, el obispo de Burgos, Mons. Anastasio Yusto, pensó que era necesario añadir, precisamente en este punto de la definición, la frase siguiente, para hacer más explícito el deber de los fieles de abrazar la doctrina propuesta: “Permaneciendo firme la obligación, la cual vale para todos los católicos, de someterse al Magisterio supremo del Romano Pontífice en cuanto a los otras doctrinas que no se proponen como de fe…” (26). Mons. Gasser, en nombre de la Diputación de la Fe, juzgó esta frase inoportuna, añadiendo que eso ya se había previsto en la Constitución dogmática aprobada por el Concilio (27). En efecto, el Concilio había definido: “La Iglesia, que recibió juntamente con el cargo apostólico de enseñar, el mandato de custodiar el depósito de la fe, tiene también divinamente el derecho y deber de proscribir la ciencia de falso nombre, a fin de que nadie se deje engañar por la filosofía y la vana falacia. Por eso, no sólo se prohíbe a todos los fieles cristianos defender como legítimas conclusiones de la ciencia las opiniones que se reconocen como contrarias a la doctrina de la fe, sobre todo si han sido reprobadas por la Iglesia, sino que están absolutamente obligados a tenerlas más bien por errores que ostentan la falaz apariencia de la verdad” (28). De aquí resulta evidente que los fieles están siempre obligados a adherir a los juicios de la Iglesia: no es necesario que la Iglesia especifique esta obligación.

Esta cuestión no es nueva y ya ha sido resuelta hace mucho tiempo (29). Citamos un texto del P. Kleutgen en el Concilio: “Se le debe la sumisión de la voluntad a la Iglesia cuando define, aunque ella no añada ningún precepto. En efecto, ya que Dios nos ha dado a la Iglesia como madre y maestra para todo lo que se refiere a la religión y a la piedad, estamos obligados a escucharla cuando ella enseña. Es por ello que, de manifestarse el pensamiento y la doctrina de toda la Iglesia, estamos obligados a adherir a ella, aunque no haya definición. ¿Cuánto más entonces si este pensamiento y doctrina se nos manifiestan por una definición pública?” (30).

Pero algunos creen que cuando el Papa se dirige a una o a varias personas, aunque defina una doctrina que vale para toda la Iglesia, no sería infalible. Se trata de un error (31). El Papa

puede dirigirse a cualquiera, incluso a una sola persona, pero si habla como Papa, como persona pública, como Jefe de toda la Iglesia (y lo que dice tiene relación con el depósito revelado, con la voluntad de cerrar una cuestión), se realizan todas las “condiciones”. Así, Pío XII, en un discurso dirigido a las parteras italianas (29/10/1951) ‒y entonces, a un grupo particular de personas‒ resolvió la discusión sobre el uso de los “métodos naturales”. Los errores de Marsilio de Padua fueron condenados en un documento dirigido al obispo de Worcester (DS 941); Benedicto XIV resolvió el problema de la incorporación de los herejes a la Iglesia en virtud del Bautismo, en una carta al obispo de York (DS 2566 y sig.). Es por eso que Gregorio XVI, dirigiéndose al obispo de Friburgo, enseñó: “Estas enseñanzas son plenamente conformes con las instrucciones e indicaciones que ya conoces, venerable hermano, como dadas en las cartas de nuestro predecesor Pío VIII a diversos arzobispos y obispos o en las instrucciones promulgadas por mandato suyo o nuestro. Y nada importa que esas instrucciones hayan sido dirigidas solamente a los obispos que hacían consultas a esta Sede Apostólica; como si de esa circunstancia se pudiera deducir que los demás tuvieran la libertad de no hacer caso a lo que allí se dice” (32).

Conclusión: cada vez que el Papa habla como Papa y define una doctrina que se refiere a la fe o a la moral, es infalible, y todos los católicos están obligados a aceptar o a creer la doctrina definida.

LUNES DE LA SEMANA DE PASIÓN

Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger

La Estación, en Roma, se celebra en la Iglesia de San Crisógono, el «titulus Chrysogoni», de 499, donde, muy pronto se veneró al mártir homónimo de Aquilea, víctima de la persecución de Diocleciano, en 303. Su nombre está escrito en el Canon de la Misa.

COLECTA

Suplicárnoste, Señor, santifiques nuestros ayunos, y nos concedas benigno el perdón de todas nuestras culpas. Por el Señor.

EPISTOLA

Lección del Profeta Jonás.

En aquellos días habló el Señor por vez segunda al Profeta Jonás, diciendo: Levántate, y vete a la gran ciudad de Nínive: y predica en ella lo que yo te diga Y se levantó Jonás, y se fué a Nínive, según la orden del Señor. Y Nínive era una ciudad muy grande, como de tres días de camino. Y recorrió Jonás la ciudad durante un día: y clamó, y dijo: Aún quedan cuarenta días, (después) Nínive será destruida. Y ere-‘ yeron en Dios los ninivitas: y pregonaron ayuno, y se vistieron de saco desde el mayor hasta el menor. Y llegó la nueva al rey de Nínive: y se levantó de su trono, y se despojó de sus ropas, y se vistió de saco, y se sentó en ceniza. Y se clamó, y se gritó en Nínive, por orden del rey y de sus príncipes, diciendo: Los hombres, y los animales, y los bueyes, y las bestias no gusten nada: ni sean apacentadas, ni beban agua. Y cúbranse de saco los hombres, y las bestias, y clamen al Señor con ahinco, y conviértase el hombre- de su mal camino, y de la iniquidad que ha obrado con sus manos. ¿Quién sabe si se volverá a Dios, y nos perdonará, y se aplacará su ira, y no pereceremos? Y vió Dios sus obras, y que se habían convertido de su mal camino: y se compadeció de su pueblo el Señor, nuestro Dios.

PENITENCIA DE NÍNIVE. — La Iglesia nos ofrece hoy este relato, a ñn de que avivemos nuestro celo por el camino de la penitencia. Una ciudad entregada a la idolatría, una capital orgullosa y sensual ha merecido la cólera del cielo. Dios se apresura a derribarla con los castigos de su venganza: dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada con sus habitantes. Pero ¿qué sucedió? La amenaza del Señor no se cumplió y Nínive fué perdonada. Este pueblo inñel se acordó del: Dios que había olvidado; clamó al Señor, se humilló, ayunó; y la Iglesia termina el relato del profeta con estas palabras: «el Señor, Dios nuestro, tuvo compasión de su pueblo.» Este pueblo pagano llegó a ser el pueblo del Señor porque hizo penitencia a la voz del profeta. El Señor no había hecho pacto más que con una nación, pero no despreciaba los homenajes de las que renunciando a sus ídolos, confesaban su santo nombre y querían servirle también. Vemos aquí la eficacia de la penitencia del cuerpo unida a la del corazón para doblegar la ira divina: ¡cuánto pues debemos estimar las prácticas que la Iglesia nos impone en estos días y reformar las falsas ideas que una mística racionalista y débil nos hubieran podido inspirar!

LECCIÓN DE CONFIANZA. — Esta lectura era al mismo tiempo, motivo de esperanza y de confianza para los catecúmenos cuya iniciación estaba próxima. En ella aprendían a conocer la misericordia del Dios de los cristianos, cuyas amenazas son terribles y que, a pesar de todo, no sabe resistir al arrepentimiento de un corazón que renuncia al pecado. Salidos del paganismo, de esta Nínive profana, aprendían por este relato que el Señor, aun antes de enviar su Hijo al mundo, invitaba a los hombres a formar parte de su pueblo; y pensando en los obstáculos que sus padres tuvieron que vencer para recibir la gracia que les estaba prometida y perseverar en ella, bendecían al Dios salvador que por su encarnación, su sacrificio, sus sacramentos y su Iglesia se dignó poner tan cerca de nosotros esta salvación que es la única fuente tanto para el mundo antiguo como para el nuevo. Los penitentes públicos tomaban con esta lectura nuevos ánimos para esperar el perdón. Dios había tenido misericordia de Nínive, la ciudad pecadora y condenada: se dignará, pues, aceptar su penitencia, y revocar en favor suyo el decreto de su justicia.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según S. Juan.

En aquel tiempo los príncipes y los fariseos enviaron unos ministros para que prendiese;! a Jesús. Díjoles entonces Jesús: Todavía estaré con vosotros un poco de tiempo: y me iré al que me ha enviado. Me buscaréis, y no me hallaréis: y, adonde yo voy, vosotros no podréis ir. Dijeron entonces los judíos entre sí: ¿Dónde se irá éste, para que no le encontremos? ¿Acaso se irá a los gentiles, dispersos por el mundo, para predicarles? ¿Qué significa eso que ha dicho: Me buscaréis, y no me encontraréis: y, adonde yo voy, vosotros no podréis ir? Y el último día de la fiesta, el más solemne, se presentó a Jesús, y clamaba, diciendo: El que tenga sed, que venga a mí, y beba. Del seno del que crea en mí fluirán, como dice la Escritura, ríos de agua viva. Dijo esto, aludiendo al Espíritu que habían de recibir los creyentes en

El. TEMOR DEL ENDURECIMIENTO. — Los enemigos del Salvador no sólo han pensado lanzarle piedras; hoy quieren quitarle la libertad, y envían esbirros para prenderle. En esta ocasión Jesús no juzga oportuna la huida; ¡pero qué terribles palabras les dirige!: «Voy al que me envió; vosotros me buscaréis pero no me encontraréis.» El pecador que durante mucho tiempo ha abusado de la gracia, en castigo a su ingratitud y desprecios, tal vez no pueda encontrar a este Salvador con quien ha querido romper. Antíoco, humillado por la mano de Dios, oró y no fué oído. Después de la muerte y resurrección de Jesús, mientras la Iglesia extendía sus raíces por el mundo, los judíos, que crucificaron al Justo, buscaban al Mesías en cada uno de los impostores que se levantaban entonces en Judea, y causaron tumultos que llevaría la ruina de Jerusalén. Cercado por todas las partes por la espada de los romanos y por las llamas del incendio que devoraba el templo y los palacios, clamaban al cielo, y suplicaban al Dios de sus padres que enviase, según su promesa, al Salvador esperado; ni se les ocurrió que este libertador se había manifestado a sus padres, aun a algunos de ellos, que le habían matado, y que los apóstoles habían ya llevado su. nombre hasta los confines de la tierra. Esperaron aún hasta el momento en que la ciudad deicida se derrumbó sobre los que no habían inmolado la espada del vencedor; los supervivientes fueron arrastrados a Roma para adornar el triunfo de Tito. Si se les hubiese preguntado que es lo que esperaban, habrían respondido que al Mesías. Vana esperanza: el tiempo había pasado. Temamos que la amenaza del Salvador se cumpla en muchos de los que dejarán pasar esta Pascua sin volver a la misericordia de Dios; roguemos y pidamos que no caigan en las manos de una justicia, cuyo arrepentimiento demasiado tardío e imperfecto no doblegará.

EL AGUA VIVA. — Pensamientos más consoladores nos sugiere el relato del Evangelio. Almas fieles, almas penitentes, escuchad; Jesús habla para vosotras: «si alguno tiene sed, venga a Mí y beba». Recordad la oración de la infeliz samaritana: «Señor dame siempre de esta agua.» Esta agua es la gracia divina; abrevaos de las aguas de las fuentes del Salvador que había anunciado el profeta. Esta agua da la pureza al alma manchada, fortaleza al alma lánguida, amor al que se siente tibio. Mas aun, el Salvador añade: «el que cree en mí, se convertirá él mismo en fuente de aguas vivas»; porque el Espíritu Santo vendrá sobre él y entonces el fiel derramará sobre los demás la gracia que ha recibido en abundancia. ¡Con qué gozo tan santo oía leer el catecúmeno estas palabras que le prometían que su sed sería por fin apagada en la divina fuente! El Salvador ha querido serlo todo para el hombre regenerado: luz que disipa sus tinieblas, pan que le alimenta, viña que le da su uva, en fin agua corriente que refresca sus ardores.

ORACION

Concede, Señor, a tu pueblo la salud del alma y del cuerpo: para que, practicando las buenas obras, merezca ser defendido siempre con tu protección. Por el Señor.

MARTIROLOGIO DE MARZO

La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega». (Pío XI, Encl. Rerum Omnium)

Podrá consultar el Martirologio de cada mes en el menú al pie de esta pagina “MARTIROLOGIO

MARTIROLOGIO DEL PAPA PÍO XII

MARZO DE  2018

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MARZO

1 de marzo

Los doscientos sesenta santos Mártires de Roma

En Roma, doscientos sesenta santos Mártires, a quienes, por el nombre de Cristo, primeramente condenó Claudio a cavar arena fuera de la puerta Salaria, y después a morir asaeteados por los soldados en el anfiteatro.

1.- Asimismo, el triunfo de los santos Mártires León, Donato, Abundancio, Nicéforo y otros nueve.

2.- En Marsella de Francia, los santos Mártires Hermes y Adriano.

3.- En Heliópolis, junto al Líbano, santa Eudocia, Mártir; la cual, en la persecución de Trajano, bautizada por el Obispo Teódoto y esforzada al combate, allí mismo, de orden del Presidente Vincencio, pasada a cuchillo, recibió la corona del martirio.

4.- El mismo día, santa Antonina, Mártir, la cual, en la persecución de Diocleciano, por haberse mofado de los dioses gentílicos, después de varios tormentos, encerrada en un tonel, fue sumergida en la laguna de la ciudad de Cea.

5.- En Roma, el tránsito de san Félix III, Papa, que fue tatarabuelo de san Gregorio Magno, y, según refiere este santo, se apareció a su nieta santa Tarsila, y la llamó al reino celestial.

6.- En la ciudad de Kaiserwerdt, san Suitberto, Obispo, que en tiempo del Papa san Sergio I predicó el Evangelio a los Frisones, Bávaros y otros pueblos de Alemania.

7.- En Anjou de Francia, san Albino, Obispo y Confesor, varón de insigne virtud y santidad.

8.- En Perusa, la traslación de san Herculano, Obispo y Mártir, que por orden de Totila, Rey de los Godos, fue degollado. Su cuerpo, según escribe san Gregorio Papa, se halló tan sano y unido a la cabeza cuarenta días después de cortado, como si no le hubiese tocado el cuchillo.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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2 de marzo

Los santos Mártires Jovino  y Basileo

En Roma, en la vía Latina, los santos Mártires Jovino y Basileo, que sufrieron el martirio imperando Valeriano y Galieno.

1.- En Roma también, muchísimos santos Mártires, los cuales, en tiempo del Emperador Alejandro y del Prefecto Ulpiano, atormentados por mucho tiempo, fueron finalmente condenados a pena capital.

2.- En Cesárea de Capadocia, los santos Mártires Lucio, Obispo, Absalón y Lorgio.

3.- En el Puerto Romano, los santos Mártires Pablo, Heraclio, Secundila y Jenara.

4.- En Campania, la conmemoración de ochenta santos Mártires, que, no queriendo comer la carné inmolada a los ídolos, ni adorar la cabeza de una cabra, fueron cruelísimamente muertos por los Longobardos.

5.- En Lichfeld de Inglaterra, san Ceadas, Obispo de los Mercios y Lindisfarnenses, cuyas preclaras virtudes conmemora San Beda el Venerable.

6.- En Brujas, en Flandes, beato Carlos Bono, el cual, siendo príncipe de Dinamarca y después conde de Flandes, se mostró paladín de la justicia y defensor de los pobres, hasta que fue asesinado por unos soldados a los que él impelía hacia la paz que ellos rechazaban (1127).

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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3 de marzo

Los santos Mártires Marino y Asterio

En Cesarea de Palestina, los santos Mártires Marino, soldado, y Asterio, Senador, en la persecución del Valeriano. El primero, acusado por sus compañeros de ser Cristiano, y confesándolo en voz alta al Juez que se lo preguntaba, logró, siendo degollado, la corona del martirio. Asterio, porque envolvió en su propio manto el cuerpo del Mártir, separado de la cabeza, y lo llevaba sobre sus hombros, consiguió inmediatamente el honor que tributó al Mártir, hecho también él Mártir.

1.- En Calahorra de España, el triunfo de los santos hermanos Mártires Emeterio y Celedonio, los cuales, militando en el campamento junto a León, ciudad entonces de Galicia, cuando se levantó la tempestad de la persecución, por la confesión del nombre de Cristo, fueron llevados a Calahorra, donde vejados con muchos tormentos, fueron coronados con el martirio.

2.- El mismo día, el suplicio de los santos Mártires Félix, Lucíolo, Fortunato, Marcia y sus Compañeros.

3.- Asimismo, los santos soldados Cleónico, Eutropio y Basilisco, que en la persecución de Maximiano, siendo Presidente Asclepíades, triunfaron felizmente en el suplicio de la cruz.

4.- En Brescia, san Ticiano, Obispo y Confesor.

5.- En Bamberga, santa Cunegunda, Emperatriz; la cual, casada con Enrique I, Emperador de Romanos, guardó perpetua virginidad con asentimiento del mismo, y, colmada de los méritos de sus buenas obras, acabó con santo fin, y después de muerta resplandeció en milagros.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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4 de marzo

San Casimiro, Confesor   Sd.    –     Blanco  (Cuaresma – morado).

En Vilna de Lituania, san Casimiro, Confesor, hijo del Rey Casimiro, al cual el Sumo Pontífice León X puso en el número de los Santos.

San Casimiro, rey de Polonia, vivió en castidad y murió por conservar esta virtud. La meditación de los sufrimientos de Jesucristo, los cilicios, el ayuno y las otras austeridades, tales fueron los medios de que se valió para conservar un pureza angélica. Lleno de celo por la propagación de la fe, persuadió a su padre a dictar una ley que prohibió a los rutenos cismáticos la construcción de nuevos templos y la reparación de los que quedaban en ruinas. Su caridad para con los pobres era inagotable. Anunció el día de su muerte, y dio su alma a Dios, a la edad de 23 años, en el año 1484.

Oración: Oh Dios, que amasteis a San Casimiro con inquebrantable constancia en medio de los placeres de la corte y las seducciones del mundo, haced, benignamente, que por su intercesión vuestros fieles desprecien las cosas terrenas y suspiren sólo por los bienes del cielo. Por J. C. N. S.

1.- En Roma, en la vía Apia, el triunfo de san Lucio I, Papa y Mártir; el cual, primeramente en la persecución de Valeriano fue condenado al destierro por la fe de Cristo; mas vuelto por disposición divina a su Iglesia, finalmente, después de haber trabajado muchísimo contra los Novacianos, consumó el martirio, siendo decapitado. San Cipriano le celebra con grandísimas alabanzas.

2.- En Nicomedia, san Adrián, Mártir, con otros veintitrés; todos ellos, por orden del Emperador Diocleciano, quebradas las piernas, consumaron el martirio. Sus reliquias fueron llevadas por los Cristianos y sepultadas con grande honor en Bizancio, de donde más tarde el cuerpo de san Adrián fue trasladado a Roma el 8 de Septiembre, día en que se celebra su fiesta principal.

3.- En Roma, en la vía Apia, novecientos santos Mártires, que fueron sepultados en el cementerio de santa Cecilia.

4.- En el Quersoneso, el martirio de los santos Obispos Basilio, Eugenio, Agatodoro, Elpidio, Eterio, Capitón, Efrén, Néstor y Arcadio.

5.- En el mismo día, san Cayo Palatino, a quien sumergieron en el mar, y otros veintisiete.

6.- Asimismo, el suplicio de los santos Arquelao, Cirilo y Focio.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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5 de marzo

San Focas, Mártir.

En Antioquía, el nacimiento para el cielo de san Focas, Mártir, el cual, después de sufrir muchas injurias por el nombre del Redentor, consiguió tal triunfo de la antigua serpiente, cual lo declara a los pueblos el milagro que aun hoy dura, y es, que si alguien, mordido de serpiente, toca con fe la puerta de la Basílica del Mártir, arrojando al punto el mortífero veneno, queda sano.

1.- En Cesárea de Palestina, san Adrián, Mártir, que en la persecución de Diocleciano y de orden del Presidente Firmiliano, por la fe de Cristo, fue primero arrojado a un león, y degollado después, recibió la corona del martirio.

2.- El mismo día, el suplicio de los santos Mártires Eusebio Palatino y otros nueve.

3.- En Cesarea de Palestina, san Teófilo, Obispo; el cual, imperando Severo, resplandeció en sabiduría e integridad de vida.

4.- A orillas del Jordán, también en Palestina, san Gerásimo, Anacoreta y Abad, que floreción en tiempo del; Emperador Zenón.

5.- En Nápoles de Campania, la preciosa muerte de san Juan José de la Cruz, Sacerdote de la Orden de Menores y Confesor, que, emulando el fervor de los santos Francisco de Asís y Pedro de Alcántara, añadió nuevo lustre a la Orden Seráfica, y fue canonizado por el Papa Gregorio XVI.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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6 de marzo

Santas Perpetua y Felicidad, Mártires    D.     –     Rojo

Las santas Perpetua y Felícitas, Mártires, que el día 7 de Marzo recibieron del señor la gloriosa corona del martirio.

1.- En Tortona, san Marciano, Obispo y Mártir; el cual, imperando Trajano, muerto por la gloria de Jesucristo, fue coronado.

2.- En Nicomedia, el triunfo de los santos Mártires Víctor y Victorino; los cuales, juntamente con Claudiano y con la mujer de éste, Bassa, fueron por tres años atormentados de muchas maneras, y, encerrados en una cárcel, acabaron allí el curso de su vida.

3.- En Chipre, san Conón, Mártir; el cual, imperando Pecio, después de taladrados los pies con clavos, obligándole a correr delante de una carroza, cayó de rodillas, y en la oración entregó su espíritu.

4.- En Siria, el suplicio de cuarenta y dos santos Mártires; los cuales presos en Amorio y conducidos a Siria, terminado allí su esclarecido combate, recibieron vencedores la palma del martirio.

5.- En Constantinopla, san Evagrio, que, en tiempo de Valente, elegido Obispo por los católicos y desterrado por aquel Emperador, Confesor pasó al Señor.

6.- En Bolonia, san Basilio, Obispo; el cual, consagrado por san Silvestre Papa, gobernó santísimamente con el ejemplo y la palabra la Iglesia que se le había encomendado.

7.- En Barcelona de España, san Olegario, primeramente Canónigo, después Obispo de aquella ciudad y por último Arzobispo de Tarragona.

8.- En Viterbo, santa Rosa, Virgen, de la tercera Orden de san Francisco.

9.- En Gante de Flandes, santa Coleta, Virgen; la cual profesó primeramente la regla de la tercera Orden Franciscana; después, movida del Espíritu Santo, restituyó muchos conventos de Monjas de la segunda Orden a la primitiva observancia; y, adornada, de virtudes divinas, y resplandeciendo con innumerables milagros, fue canonizada por el Sumo Pontífice Pío VII.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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7 de marzo

Santo Tomás de Aquino, Confesor y Doctor    D.    –    Blanco

En Campania, en el monasterio de Fosanova, junto a Terracina, santo Tomás de Aquino, Confesor y Doctor de la Iglesia, de la Orden de Predicadores, ilustrísimo por la nobleza del linaje, santidad de vida y ciencia teológica; a quien el Papa León XIII declaró celestial Patrono de todas las Escuelas católicas. Santo Tomás de Aquino es para la Iglesia lo que el sol para el mundo. La ilustró con su ciencia y con su santidad. Desde los 5 años de edad rezaba dos horas diarias. Entró en la Orden de Santo Domingo y en ella perseveró después de resistir con entereza las amenazas de sus parientes, que se esforzaron por hacerlo renunciar a su vocación. Todos los días celebraba una misa y oía otra. A los pies del crucifijo era donde buscaba la solución de las dificultades que encontraba en el estudio de la teología. Murió en 1274.

Oración: Oh Dios, que iluminasteis a vuestra Iglesia mediante la maravillosa erudición de vuestro bienaventurado confesor Santo Tomás, y que la fecundáis mediante la santidad de sus obras, concedednos la gracia de comprender sus enseñanzas e imitar sus virtudes. Por J. C. N. S.

1.- En Cartago, el triunfo de las santas Mártires Perpetua y Felícitas; hallábase ésta encinta, como dice san Agustín, y habiéndose, según las leyes, aguardado que diese a luz, en el parto sintió dolor, pero echada a las fieras se alegraba. Padecieron juntamente con ellas Sátiro, Saturnino, Revocato y Secúndulo; este último murió en la cárcel; los otros fueron arrojados a las fieras en el imperio de Severo, y muertos, por fin, con la espada. La fiesta de las santas Perpetua y Felicitas se celebra el día de ayer.

2.- En Cesarea de Palestina, el martirio de san Eubulo, que fue compañero de san Adrián, y dos días después de él, desgarrado por los leones y acabado con la espada, recibió el último de todos en aquella ciudad, la corona del martirio.

3.- En Nicomedia, san Teófilo, Obispo, que, por el culto de las sagradas Imágenes lanzado al destierro, acabó allí la vida.

4.- En Pelusio de Egipto, san Pablo, Obispo, el cual, por la misma causa, murió desterrado.

5.- En Brescia, san Gaudioso, Obispo y Confesor.

6.- En la Tebaida, san Pablo, por sobrenombre el Simple.

7.- En Florencia de Etruria, santa Teresa Margarita Redi, Virgen de la Orden de Carmelitas Descalzas, admirable por la pureza y sencillez de vida; a la cual el Papa Pío XI inscribió en el catálogo de las santas Vírgenes.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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8 de marzo

San Juan de Dios, Confesor    D.    –    Blanco

En Granada de España, San Juan de Dios, Confesor, que fue Fundador de la Orden de Hermanos Hospitalarios de los enfermos, e insigne por su misericordia con los pobres y por el desprecio de sí mismo; a quien el Sumo Pontífice León XIII declaró celestial Patrono de todos los hospitales y enfermos. Este santo tenía más avidez de humillación y de menosprecio que la que tienen los hombres mundanos de honores y distinciones. Un día, una mujer lo colmó de injurias y lo trató de hipócrita, y él, secretamente, diole dinero, comprometiéndola a repetir lo dicho en la plaza pública. El arzobispo de Granada le reprochó, porque recibía en el hospital que administraba, a vagabundos y a personas poco recomendables; arrojose el santo a los pies del prelado diciéndole: “No conozco en el hospital a otro pecador fuera de mí mismo, que soy indigno de comer el pan de los pobres”. Otro día corrió en todas direcciones sacando enfermos del hospital, que estaba en llamas, y salió al cabo de una media hora sin la menor quemadura. De rodillas exhaló su último suspiro, abrazando a Jesús crucificado, cuya abnegación, mansedumbre y humildad tan bien había imitado.

Oración: Oh Dios, que después de haber abrasado con vuestro amor al bienaventurado Juan, lo hicisteis andar sano y salvo en medio de las llamas y por su intermedio enriquecisteis a vuestra Iglesia con una nueva familia, haced, en consideración a sus méritos, que el fuego de su caridad nos purifique de nuestras manchas y nos eleve hasta la eternidad bienaventurada. Por J. C. N. S.

1.- En Nicomedia, san Quintilo, Obispo y Mártir.

2.- En África, los santos Mártires Cirilo, Obispo, Rogato, Félix, otro Rogato, Beata, Herenia, Felícitas, Urbano, Silvano y Mamilo.

3.- En Antinoo, ciudad de Egipto, el triunfo de los santos Mártires Apolonio, Diácono, y Filemón; los cuales, presos y llevados delante del Juez, como rehusasen constantemente sacrificar a los ídolos, horadados los calcañales, fueron bárbaramente arrastrados por la ciudad, y, por último, pasados a cuchillo, consumaron el martirio.

4.- En el mismo lugar, el martirio de los santos Ariano, Presidente, Teórico y otros tres, a quienes el Juez quitó la vida sumergiéndolos en el mar; pero sus cuerpos fueron, por ministerio de los delfines, sacados a la playa.

5.- En Cartago, san Poncio, que fue Diácono del Obispo san Cipriano, y, sufriendo con él el destierro hasta la muerte de éste, dejó un excelente libro de la vida y martirio del mismo, y glorificando siempre al Señor en sus padecimientos, mereció la corona de la vida.

6.- En Toledo de España, la feliz muerte de san Julián, Obispo y Confesor, en santidad y doctrina celebérrimo.

7.- En Inglaterra, san Félix, Obispo, que convirtió a la fe los Ingleses orientales.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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9 de marzo

Santa Francisca Romana, Viuda.    D.  Blanco

En Roma, santa Francisca Romana, Viuda, célebre por la nobleza del linaje, santidad de vida y don de milagros. Santa Francisca Romana veía siempre a su lado al ángel custodio. Éste se avergonzaba y se apartaba cuando ella cometía una falta, o cuando escuchaba conversaciones profanas. Jesús y María conversaban familiarmente con ella. ¿Admiras estas mercedes? Sin embargo, hay algo más admirable en la vida de Santa Francisca: su humildad y su obediencia. Por obedecer a su marido, en el acto abandonaba sus ejercicios de devoción. “Es –decía– dejar a Dios por Dios”. Murió en 1440.

Oración: Oh Dios, que entre otros dones de tu gracia, habéis concedido a la bienaventurada Francisca Romana, vuestra sierva, la merced de conversar familiarmente con su ángel custodio, haced, benignamente, que, por el auxilio de su intercesión, merezcamos entrar un día en la sociedad de estos espíritus bienaventurados. Por J. C. N. S.

1.- En Sebaste de Armenia, el triunfo de cuarenta santos soldados de Capadocia, que, imperando Licinio y presidiendo Agricolao, después de las cadenas y horribles cárceles, después que les hirieron con piedras los rostro, fueron condenados, en lo más crudo del invierno, a pasar la noche desnudos al raso, en un estanque helado, donde, ateridos de frío, se despedazaban los cuerpos; al fin, quebradas las piernas, consumaron el martirio. Eran, entre ellos, Cirión y Cándido los más ilustres; pero de todos ensalzan en sus escritos los esclarecidos triunfos san Basilio y otros Padres.

2.- En Nisa, el tránsito de san Gregorio, Obispo, hijo de los santos Basilio y Emmelia, y hermano de los santos Obispos Basilio Magno y Pedro de Sebaste, y de la Virgen Macrina; el cual, insigne en santidad y saber, por la defensa de la fe católica, en tiempo de Valente Emperador Arriano, fue arrojado de su ciudad.

3.- En Barcelona de España, san Paciano, Obispo, ilustre en santidad de vida y en la predicación; el cual, en la última vejez, cuando imperaba Teodosio, acabó su vida.

4.- En Bolonia, santa Catalina, Virgen, de la segunda Orden de san Francisco, ilustre en santidad de vida, cuyo cuerpo se venera con gran devoción en la misma ciudad.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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10 de marzo

Los Cuarenta Santos Mártires.    Sd.     –     Rojo

Los Cuarenta Santos Mártires, de cuyo triunfo se hizo mención el día de ayer. Bajo el reinado de Licinio, Agrícola, gobernador de Sebaste, en Armenia, quiso forzar a 40 soldados a que abandonaran la fe. Fueron arrojados en un calabozo cargados de cadenas, y en lo más crudo del invierno fueron sumergidos en un estanque helado. Su oración común era: “Señor, cuarenta entramos en la lid, que cuarenta seamos coronados”. Uno de los guardias vio que un ángel traía treinta y nueve coronas y se preguntaba por qué faltaría una, cuando he aquí que uno de los cuarenta dejó a sus compañeros y fue a arrojarse en un baño de agua tibia preparado en la orilla. Con todo, la oración que rezaron no fue inútil, pues el guardia fue a ocupar el lugar del que había traicionado su fe.

Oración: Dios todopoderoso, haced, os lo suplicamos, que los gloriosos mártires cuyo valor en confesar vuestro nombre hemos admirado, nos hagan experimentar los efectos de su piadosa intercesión junto a Vos. Por J. C. N. S.

1.- En Apamea de Frigia, el triunfo de los santos Mártires Cayo y Alejandro, los cuales (según escribe Apolinar, Obispo de Hierápolis, en su libro contra los herejes Catafrigas), en la persecución de Marco Antonino y Lucio Vero, fueron coronados de un glorioso martirio.

2.- En Persia, el triunfo de cuarenta y dos santos Mártires.

3.- En Corinto, los santos Mártires Codrato, Dionisio, Cipriano, Anecto, Pablo y Crescente, que en la persecución de Decio y Valeriano, de orden del Presidente Jasón, fueron pasados a cuchillo.

4.- En África, san Víctor, Mártir, en cuya solemnidad predicó san Agustín un sermón al pueblo.

5.- En Roma, san Simplicio, Papa y Confesor.

6.- En Jerusalén, san Macario, Obispo y Confesor, por cuya exhortación Constantino Magno y santa Elena su madre, purificaron los Santos Lugares y los ennoblecieron con sagradas Basílicas.

7.- En París, el tránsito de san Droctoveo, Abad, discípulo de san German Obispo.

8.- En el monasterio de Bobbio, san Átalas, Abad, esclarecido en milagros.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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11 de marzo

San Eutimio

En Cerdeña, san Eutimio, Obispo, que, por el culto de las sagradas Imágenes, de orden del Emperador Miguel Iconoclasta, fue desterrado, y, por último, en el imperio de Teófilo, bárbaramente azotado con nervios de buey, consumó el martirio.

1.- En Córdoba de España, san Eulogio, Presbítero y Mártir; el cual, en la persecución de los Sarracenos, por su preclara e intrépida confesión de Cristo, azotado y abofeteado, y, por fin, degollado, mereció ser agregado a los Mártires de aquella ciudad, cuyos gloriosos combates por la fe había emulado en sus escritos.

2.- En Cartago, los santos Mártires Heraclio y Zósimo.

3.- En Alejandría, el martirio de los santos Cándido, Pipenón y otros veinte.

4.- En Laodicea de Siria, los santos Mártires Trófimo y Talo; los cuales, en la persecución de Diocleciano, después de muchos y crueles tormentos, consiguieron las celestiales coronas.

5.- En Antioquía, la conmemoración de muchísimos santos Mártires, los cuales, por orden del Emperador Maximiano, puestos unos sobre parrillas candentes, no para que al punto muriesen, sino para que, asados poco a poco, padeciesen más, y otros atormentados con varios y cruelísimos suplicios, alcanzaron todos la palma del martirio.

6.- Asimismo, los santos Mártires Gorgonio y Firmo.

7.- En Jerusalén, san Sofronio, Obispo.

8.- En Milán, san Benito, Obispo.

9.- En territorio de Amiens, san Fermín, Abad.

10.- En Cartago, san Constantino, Confesor.

11.- En Babuco de los Hérnicos, san Pedro, Confesor, insigne por la gloria de sus milagros.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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12 de marzo

San Gregorio I, Pontifice, Confesor y Doctor de la Iglesia    D.    –    Blanco

En Roma, san Gregorio I, Papa, Confesor y Doctor eximio de la Iglesia; el cual por sus esclarecidos hechos y por haber convertido los Ingleses a la fe de Cristo, es llamado Magno y apellidado Apóstol de Inglaterra.

La ciencia sublime y las heroicas virtudes de San Gregorio Magno inspiraron al Papa Pelagio II la idea de sacarlo del monasterio para hacerlo cardenal y, más tarde, al clero y al pueblo de Roma la de elevarlo al trono pontificio. Ocultose a fin de evitar esta dignidad; pero una columna de fuego reveló el lugar de su retiro y puso en evidencia la voluntad de Dios a su respecto. En esta alta dignidad hizo brillar su profunda humildad, su admirable ciencia y tantas otras virtudes que verdaderamente lo han hecho magno ante Dios y ante los hombres. Murió en el año 604.

Oración: Oh Dios, que habéis concedido al alma de vuestro siervo San Gregorio las recompensas de la beatitud eterna, haced, benignamente, que sus oraciones junto a Vos nos libren del peso abrumador de nuestros pecados. Por J. C. N. S.

1.- Allí mismo, el tránsito de san Inocencio I, Papa y Confesor. Su fiesta se celebra el 28 de Julio.

2.- En Roma igualmente, san Mamiliano, Mártir.

3.- En Nicomedia, los santos Egduno, Presbítero, y otros siete, que fueron ahogados, uno cada día, para infundir terror a los restantes.

4.- En el mismo lugar, el triunfo de san Pedro, Mártir que, siendo camarero del Emperador Diocleciano, y quejándose libremente de los atroces suplicios de los Mártires, por orden del mismo fue llevado a su presencia, y primeramente colgado y por mucho tiempo cruelísimamente azotado; luego, rociado el cuerpo con sal y vinagre, y, por último, asado a fuego lento en unas parrillas, y de esta suerte llegó a ser, en verdad, heredero de la fe y del nombre de Pedro.

5.- En Constantinopla, san Teófanes, el cual, habiéndose hecho, de muy rico, pobre Monje, por el culto de las sagradas Imágenes fue detenido por el impío León Armenio dos años en una cárcel, y, deportado de allí a Samotracia, donde murió consumido de trabajos, y resplandeció con muchos milagros.

6.- En Capua, san Bernardo, Obispo y Confesor.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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13 de marzo

Santa Eufrasia de Nicomedia, Virgen

 Santa Eufrasia, Virgen

1.- San Nicéforo, Patriarca de Constantinopla

2.- San Geraldo de Mayo, Abad

3.- San Ansovino, Obispo de Camerino

4.- Santos Rodrigo y Salomón, Mártires

5.- Beato Pedro II de Cava, Abad

6.- Beato Agnello o Ángelo de Pisa, Presbítero.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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14 de marzo

Santa Matilde, Reina

¡Admirable espectáculo! una reina enseña a sus súbditos las verdades de la religión; ¡llega hasta enseñarles una profesión a fin de ponerlos en condiciones de ganarse la vida! Su hospitalidad con los peregrinos, su generosidad con los pobres, pruebas son de esa misma caridad que manaba de su ardiente amor por Jesucristo. Todas las mañanas las consagraba a la oración y asistencia a la santa Misa. Próxima a morir distribuyó cuantiosos tesoros entre los pobres, como si hubiese querido ganar el favor de aquellos que custodian las puertas del paraíso.

Oración: Escuchadnos, Oh Dios Salvador nuestro, y haced que la solemnidad de la bienaventurada Matilde, al mismo tiempo que regocija nuestra alma, la enriquezca con los sentimientos de una tierna devoción. Por J. C. N. S. Amén.

1.- San Leobino o Lubin, Obispo de Chartres

2.- San Eustaquio, Mártir

3.- Beato Jaime, Arzobispo de Nápoles.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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15 de marzo

San Raimundo de Fitero, Abdad       Blanco

En la villa de Ciruelos, en la región española de Castilla la Nueva, san Raimundo, abad de Fitero, fundador de la Orden de Calatrava, bajo la Regla del Cister, e insigne sostenedor del cristianismo.

1.- San Longinos, Mártir

2.- Santa Luisa de Marillac, Fundadora

3.- San Clemente Hofbauer, Sacerdote

4.- Santa Lucrecia, Virgen y Mártir

5.- Santa Matrona, Virgen y Mártir

6.- San Probo, Obispo

7.- San Especioso, Monje

8.- Beato Plácido Riccardi, Monje Benedictino

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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16 de marzo

Santos Juan de Brebeuf e Isaac Jogues y compañeros, Mártires

Santos mártires Juan de Brébeuf e Isaac Jogues, presbíteros y compañeros de la Orden de la Compañía de Jesús, en el día en que san Juan de la Lande, religioso, fue asesinado por los paganos en el lugar llamado Ossernenon, entonces en territorio del Canadá, el mismo lugar donde algunos años antes había conseguido la corona del martirio san Renato Goupil. Son venerados conjuntamente sus santos compañeros Gabriel Lalemant, Antonio Daniel, Carlos Garnier y Natal Chabanel, que, en la región canadiense, en días distintos, después de muchas fatigas en la misión del pueblo de los hurones para anunciar el evangelio de Cristo a aquellas gentes, terminaron muriendo mártires.

1.- San Abraham Kidunaia, Anacoreta

2.- San Heriberto, Arzobispo de Colonia

3.- San Hilario, Obispo, y Compañeros Mártires

4.- San Taciano, Diácono y Compañeros Mártires

5.- Santa Eusebia, Abadesa

6.- Beato Juan, Obispo de Vicenza, Mártir

7.- Beato Torello, Ermitaño

8.- Beato Juan Amías, Mártir

9.- Beato Roberto Dalby, Mártir

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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17 de marzo

San Patricio, Obispo y Confesor    D.    –     Blanco

En Down, ciudad de Irlanda, el tránsito de san Patricio, Obispo y Confesor, el primero que en aquella isla evangelizó a Cristo, y resplandeció con grandísimos milagros y virtudes. San Patricio, nacido en Gran Bretaña, fue robado, joven aún, por una banda de salteadores y fue conducido a Irlanda, donde sus raptores lo pusieron a cuidar unos rebaños. Soportó su desventura con resignación y la santificó con oración. Libre de su cautiverio, fue consagrado obispo, y volvió a Irlanda para anunciar la buena nueva del Evangelio. Dios bendijo su abnegación. Bautizó gran número de idólatras, ordenó sacerdotes para secundarlo en sus trabajos y fundó varios monasterios. Al morir dejó sometida al dulce yugo del Evangelio a casi toda Irlanda.

Oración: Oh Dios, que os dignasteis enviar a San Patricio, vuestro confesor pontífice, para anunciar vuestra gloria a las naciones, concedednos, en consideración a sus méritos e intercesión, la gracia de cumplir lo que Vos nos mandáis. Por J. C. N. S.

1.- En Jerusalén, san José de Arimatea, noble Decurión, que fue discípulo del Señor, y, bajando de la cruz el cuerpo del mismo Señor, lo enterró en el sepulcro nuevo que para sí reservaba.

2.- En Roma, los santos Alejandro y Teodoro, Mártires.

3.- En Alejandría, la conmemoración de muchísimos santos Mártires, los cuales, presos por los adoradores de Serapis, y rehusando constantemente adorar el ídolo, fueron muertos con grandísima crueldad en el imperio de Teodosio, que luego decretó fuese derruido el templo de Serapis.

4.- En Constantinopla, san Pablo, Mártir, que, en tiempo de Constantino Coprónimo, por defender el culto de las sagradas Imágenes, fue consumido en la hoguera.

5.- En Chalons de Francia, san Agrícola, Obispo

6.- En Nivelles de Brabante, santa Gertrudis, Virgen, la cual, siendo de muy esclarecido linaje, despreció el mundo, y pasando el curso entero de su vida en todo género de santas obras, mereció tener por esposo a Cristo en el cielo.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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18 de marzo

San Cirilo de Jerusalén, Obispo, Confesor y Doctor    D.    –    Blanco

En Jerusalén, san Cirilo, Obispo, Confesor y Doctor de la Iglesia, el cual padeció de parte de los Arrianos muchas injurias por defender la fe, y desterrado muchas veces de su Iglesia, al fin, esclarecido en santidad, murió en paz. De la pureza de su fe dio preclaro testimonio el primer Concilio ecuménico de Constantinopla escribiendo al Papa san Dámaso.

San Cirilo era obispo de Jerusalén cuando Juliano el Apóstata, por odio al cristianismo, quiso restablecer el templo de Jerusalén. Predíjole este santo que no quedaría piedra sobre piedra. En efecto, el rayo y los temblores derribaron lo que el apóstata había hecho edificar. Era San Cirilo tan caritativo que los arrianos, para arrebatarle su episcopado, lo acusaron de haber vendido los ornamentos de la iglesia y distribuido su precio entre los pobres. Murió en el año 387.

Oración: Dios todopoderoso, haced, os lo suplicamos, que la solemnidad del bienaventurado Cirilo, vuestro confesor y pontífice, acreciente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de nuestra salvación. Por J. C. N. S.

1.- En Cesarea de Palestina, el triunfo de san Alejandro, Obispo, el cual yendo de una ciudad de Capadocia, de que era Obispo, a visitar los Santos Lugares, y llegado a Jerusalén, en cuya Iglesia era a la sazón Obispo Narciso, ya anciano, por revelación divina le sustituyó en el gobierno. Más tarde, en la persecución de Decio, siendo él ya muy anciano y respetado por sus venerables canas, fue conducido a Cesárea, y encerrado en una cárcel por confesar a Cristo, consumó el martirio.

2.- En Augsburgo, san Narciso, Obispo, el primero que predicó el Evangelio a los pueblos de Recia; pasó después a España, y convertidos en Gerona muchos infieles a la fe de Cristo, allí mismo, en la persecución del Emperador Diocleciano, juntamente con el diácono Félix, recibió la palma del martirio.

3.- En Nicomedia, diez mil santos Mártires, que por la confesión de Cristo fueron pasados a cuchillo.

4.- Allí mismo, los santos Mártires Trófimo y Eucarpio.

5.- En Inglaterra, san Eduardo Rey, que, muerto por los engaños de su madrastra, resplandeció en muchos milagros.

6.- En Luca de Toscana, la dichosa muerte de san Frigidiano, Obispo, ilustre por la virtud de los milagros.

7.- En Mantua, san Anselmo, Obispo de Luca, y Confesor.

8.- En Cagliari de Cerdeña, san Salvador de Horta, Confesor, de la Orden de los Frailes Menores, que resplandeció en virtudes y con singular don de milagros, y fue contado por el Papa Pío XI en el número de los Santos.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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19 de marzo

San José, Esposo de la Bienaventurada Virgen María, Confesor D. 2ª. cl. – Blanco

En Judea, el dichoso tránsito de san José, Confesor, Esposo de la bienaventurada Virgen María y Patrono de la Iglesia universal. San José fue esposo legal de María y padre nutricio de Jesús. Bastan estas dos palabras para su elogio. La gran humildad de que dio pruebas ejerciendo el oficio de carpintero, la solicitud con que rodeó la infancia del Salvador, su respeto para con la Madre de Dios, lo hicieron digno de morir en los brazos de Jesús y de María. ¡Oh dulce muerte! ¿Quieres tú morir como él? Imita sus virtudes e invoca su protección.

Oración: Haced, Señor, que los méritos del bienaventurado José, esposo de vuestra Santísima Madre, nos ayuden, a fin de que obtengamos por su intercesión lo que nuestra flaqueza no puede merecer. Vos que, siendo Dios, vivís y reináis por todos los siglos de los siglos.

1.- En Sorrento, los santos Mártires Quinto, Quintila, Cuartila y Marcos, con otros nueve.

2.- En Nicomedia, san Pancario Romano, el cual, por congraciarse con el Emperador Diocleciano, renegó de Cristo y adoró a los falsos dioses; pero pronto, por las instancias de su madre y hermana, volvió a la verdadera fe y, permaneciendo en ella con inconmovible constancia, azotado con nervios y degollado, recibió la corona del martirio.

3.- El mismo día, los santos Apolonio y Leoncio, Obispos.

4.- En Gante de Flandes, los santos Landoaldo, Presbítero Romano, y Amancio, Diácono; los cuales, enviados por el Papa san Martín a predicar el Evangelio, ambos cumplieron fielmente el ministerio apostólico, y después de muertos resplandecieron con muchos milagros.

5.- En la ciudad de Penne, la feliz muerte de san Juan, varón de gran santidad, que vino de Siria a Italia, y edificando allí un monasterio, fue por cuarenta y cuatro años Padre de muchos siervos de Dios, e ilustre en virtudes, descansó en paz.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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20 de marzo

San Arquipo

En Asia, el tránsito de san Arquipo, que fue compañero de san Pablo Apóstol, quien hace mención de él en la Carta a Filemón y en la escrita a los Colosenses.

1.- En Siria, los santos Mártires Pablo, Cirilo, Eugenio y otros cuatro.

2.- En el mismo día, los santos Fotina, Samaritana, José y Víctor, sus hijos; Sebastián, Capitán, Anatolio, Focio, Fótides y dos hermanas, Parasceves y Ciríaca; todos los cuales, por confesar a Cristo, consiguieron el martirio.

3.- En Amiso de Paflagonia, siete santas mujeres, a saber: Alejandra, Claudia, Eufrasia, Matrona, Juliana, Eufemia y Teodosia; que, por confesar la fe, fueron martirizadas, y a quienes siguieron Derfuta y una hermana suya.

4.- En Apolonia, san Nicetas, Obispo, que desterrado por el culto de las sagradas Imágenes, entregó allí su espíritu a Dios.

5.- En el monasterio de Fontenelle, en Francia, san Vulfrán, Obispo de Sens, que, renunciando el Obispado y esclarecido en milagros, pasó allí de esta vida.

6.- En la Gran Bretaña, la feliz muerte de san Cutberto, Obispo de Lin-disf arne; el cual, desde la niñez hasta la muerte, resplandeció en santas obras y milagros.

7.- En Sena de Toscana, el beato Ambrosio, de la Orden de Predicadores, ilustre en santidad, predicación y milagros.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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21 de marzo

San Benito, Abad    Dm.    –    Blanco

En Monte Casino, el tránsito de san Benito, Abad, el cual restableció la disciplina Monástica, muy decaída en Occidente, y la propagó de un modo extraordinario; cuya vida, gloriosa en virtudes y milagros, escribió san Gregorio Papa. San Benito abandonó el mundo a la edad de 14 años para retirarse al desierto. Esforzose el demonio por encender en su corazón el fuego de las pasiones impuras. Para vencer, San Benito revolcábase entre espinas y zarzas. Su fama de santidad extendiose a lo lejos y le atrajo una multitud de discípulos. Hizo muchos milagros que lo han hecho célebre; mas el mayor de los prodigios fue el establecimiento de su orden, que ha dado un sinnúmero de santos a la Iglesia. Murió hacia la mitad del siglo VI.

Oración: Haced, os lo rogamos, Señor, que la intercesión de San Benito, abad, nos haga agradables a Vuestra Majestad, y que obtengamos por sus oraciones lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S.

1.- En Catania de Sicilia, san Birilo, el cual, ordenado Obispo por san Pedro, habiendo convertido a la fe muchos gentiles, allí mismo, en muy avanzada ancianidad, descansó en paz.

2.- En Alejandría, la conmemoración de los santos Mártires, que en tiempo, del Emperador Constancio y del Prefecto Filagrio, invadiendo los templos los Arrianos y Gentiles un día de Viernes Santo fueron asesinados.

3.- En el mismo día, los santos Mártires Filemón y Domnino.

4.- En Alejandría, san Serapión, Anacoreta y Obispo de Thmuis, varón de grandes virtudes, que, desterrado por el furor de los Arrianos, Confesor, pasó al Señor.

5.-En territorio de Lyon, san Lupicino, Abad, cuya vida fue ilustre por la santidad y por la gloria de los milagros.

6.- En el lugar de Ranft, cerca de Sachseln, en Suiza, san Nicolás de Flüe, padre de familia, después Anacoreta, insigne por su asperísima penitencia, apellidado por los Suizos padre de la patria, al cual el Papa Pío XII inscribió en el catálogo de los Santos.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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22 de marzo

El tránsito de san Pablo

En Narbona de Francia, el tránsito de san Pablo, Obispo, discípulo de los Apóstoles, de quien es tradición fue el Sergio Pablo Procónsul, a quién bautizó el Apóstol san Pablo, y de camino para España, dejó en Narbona, y allí fue consagrado Obispo de aquella ciudad, donde, cumplido diligentemente el ministerio de la predicación y esclarecido en milagros, subió al cielo.

1.- En Terracina de Campania, san Epafrodito, discípulo de los Apóstoles, el cual fue ordenado Obispo de aquella ciudad por el Apóstol san Pedro.

2.- En Ancira de Galacia, san Basilio, Presbítero y Mártir, que, en tiempo de Juliano Apóstata, probado conogravísimos suplicios, dio su espíritu a Dios.

3.- En Cartago, san Octaviano Arcediano, con muchos millares de Mártires, que en odio de la fe católica fueron muertos por los Vándalos.

4.- En África, los santos Mártires Saturnino y otros nueve.

5.- En Galacia, el triunfo de las santas Mártires Calinica y Basilisa.

6.- En Roma, san Zacarías, Papa, que gobernó con suma diligencia la Iglesia de Dios, y esclarecido en méritos, murió en paz.

7.- En Cartago, san Deogracias, Obispo de Cartago, el cual rescató a muchísimos cautivos, conducidos de Roma por los Vándalos, y célebre en otras santas obras, descansó en el Señor.

8.- En Osimo del Piceno, san Bienvenido, Obispo.

9.- En Roma, santa Lea, Viuda, cuyas virtudes y dichosa muerte escribe san Jerónimo.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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23 de marzo

El santo Mártir Victoriano

En África, el santo Mártir Victoriano, Procónsul de Cartago, y dos hermanos, naturales de Aguas-regias; asimismo, dos mercaderes llamados Frumencio. Todos ellos, según refiere san Víctor, Obispo Africano, en la persecución Vandálica, y reinando Hunerico Arriano, por su constancia en confesar la fe católica, atormentados con cruelísimos suplicios, fueron egregiamente coronados.

1.- En África también, san Fidel, Mártir.

2.- Allí mismo, san Félix y otros veinte Mártires.

3.- En Cesarea de Palestina, los santos Mártires Nicón y otros noventa y nueve.

4.- También las coronas de los santos Mártires Domicio, Pelagia, Áquila, Eparquio y Teodosia.

5.- En Lima del Perú, santo Toribio, Obispo, por cuyo celo se difundió por América la fe y la disciplina eclesiástica.

6.- En Antioquía, san Teodulo, Presbítero.

7.- En Barcelona de España, san José Oriol, Presbítero, Beneficiado de la Iglesia de santa María de los Reyes; ilustre en todas las virtudes, y especialmente en la penitencia corporal, en el amor a la pobreza y en la caridad con los pobres y enfermos; el cual, esclarecido en vida y después de muerto, por la gloria de los milagros, fue puesto en el número de los santos por el Papa Pío X.

8.- En Cesarea, san Julián, Confesor.

9.- En Campania, san Benito, Monje, que, encerrado por los Godos en un horno encendido, al día siguiente fue hallado ileso.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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24 de marzo

San Gabriel, Arcángel    Dm.    –    Blanco

La fiesta de san Gabriel Arcángel, que fue enviado por Dios para anunciar el misterio de la Encarnación del Verbo divino.

1.- En Roma, san Epigmenio, Presbítero, el cual, en la persecución de Diocleciano, degollado por sentencia del Juez Turpio, consumó el martirio.

2.- Allí mismo, el suplicio de san Pigmenio, Presbítero, que en tiempo de Juliano Apóstata, precipitado en el Tíber, fue muerto por la fe de Cristo.

3.- También en Roma, los santos Mártires Marcos y Timoteo, coronados del martirio en tiempo del Emperador Antonino.

4.- En Cesarea de Palestina, el triunfo de los santos Mártires Timolao, Dionisio, Páusides, Rómulo, Alejandro, otro Alejandro, Agapio y otro Dionisio; los cuales, en la persecución de Diocleciano, por sentencia del Presidente Urbano, al golpe del hacha merecieron las coronas de la vida.

5.- En la Mauritania, el suplicio de los santos hermanos Rómulo y Segundo, que murieron por la fe de Cristo.

6.- En Trento, el martirio del niño san Simeón, atrozmente muerto por los Judíos, el cual resplandeció después en muchos milagros.

7.- En Sínada de Frigia, san Agapito, Obispo.

8.- En Brescia, san Latino, Obispo.

9.- En Siria, san Seleucio, Confesor.

10.- En Suecia, santa Catalina, Virgen, que fue hija de santa Brígida.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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25 de marzo

Anunciación de la Bienaventurada Virgen María  D. Iª. cl.    –    Blanco

Y habiendo entrado el Ángel a donde estaba María, le dijo: Dios te salve, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres. (Lucas 1, 28) Considera al Arcángel Gabriel entrando a donde estaba María, para anunciarle que la Santísima Trinidad la ha elegido para ser Madre de Dios. Su humildad y su pudor alármanse ante esta noticia; pero es tranquilizada asegurándosele que será madre sin dejar de ser virgen. “Hágase en mí según tu palabra”, exclama; y, al instante, con la sangre purísima de la Virgen Inmaculada, el Espíritu Santo forma el cuerpo adorable de Jesús.

Oración: Oh Dios, que habéis querido que vuestro Verbo se encarnase en el seno de la bienaventurada Virgen María en el momento en el que al anunciarle el Ángel este misterio, Ella pronunció su fíat, conceded que nuestras plegarias, mientras honramos a la que firmemente creemos que verdaderamente es Madre de Dios, obtengan el auxilio de su intercesión junto a Vos. Por J. C. N. S.

1.- En Jerusalén, la conmemoración del santo Ladrón Dímas, que, habiendo en la cruz confesado a Cristo, mereció oír de Él: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

2.- En Roma, san Quirino, Mártir, que en tiempo del Emperador Claudio, despojado de sus bienes, sufrida la hediondez de la cárcel y el tormento de muchos azotes, fue degollado y arrojado al Tíber; pero, hallado por los Cristianos en la isla Licaonia, que más tarde se llamó de san Bartolomé, fue sepultado en el cementerio de Ponciano.

3.- En Roma también, doscientos sesenta y dos santos Mártires.

4.- En Sirmio, el suplicio de san Ireneo, Obispo y Mártir, el cual, en tiempo del Emperador Maximiano, y presidiendo Probo, primeramente vejado con atrocísimos suplicios, después torturado muchísimos días en la prisión, y finalmente decapitado, consumó el martirio.

5.- En Nicomedia, santa Dula, esclava de un soldado, la cual, perdiendo la vida por conservar la castidad, mereció la corona del martirio.

6.- En Laodicea, junto al Líbano, san Pelayo, Obispo, el cual, en tiempo de Valente, sufrió el destierro y otros trabajos por la fe católica; pero al fin restituido a su sede, descansó en el Señor.

7.- En Aindre, isla del río Loira, san Ermelando, Abad, cuya gloriosa vida se recomienda por sus insignes milagros.

8.- En Pistoya de Toscana, los santos Confesores Baroncio y Desiderio.

9.- En Montefiascone, santa Lucía Filippini, Fundadora del Instituto de Maestras Pías que lleva su nombre, benemérita de la Cristiana educación de las niñas y mujeres principalmente pobres; a la cual el Papa Pío XI puso en el número de las santas Vírgenes.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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26 de marzo

San Gástulo, Mártir

En Roma, en la vía Lavicana, san Gástulo, Mártir, el cual, siendo camarero de Palacio y hospedador de los Santos, fue tres veces suspendido por los verdugos y tres veces interrogado en los tribunales; y perseverando siempre en la confesión del Señor, arrojado en una hoya que cegaron con gran copia de arena, alcanzó la corona del martirio.

1.- En Roma también, las coronas de los santos Mártires Pedro, Marciano, Jovino, Tecla, Casiano y otros.

2.- En Pentápolis de Libia, el triunfo de los santos Mártires Teodoro, Obispo, Ireneo, Diácono, Serapión y Ammonio, Lectores.

3.- En Sirmio, los santos Mártires Montano, Presbítero, y Máximo, que por la fe de Cristo fueron sumergidos en un río.

4.- Asimismo, los santos Mártires Cuádralo, Teodosio, Manuel y otros cuarenta.

5.- En Alejandría, los santos Mártires Eutiquio y otros, los cuales, en tiempo de Constancio, de orden de Jorge, Obispo Arriano, por la fe católica fueron pasados a cuchillo.

6.- En el mismo día, san Ludgero, Obispo de Munster, el cual predicó el Evangelio a los Sajones.

7.- En Zaragoza de España, san Braulio, Obispo y Confesor.

8.- En Tréveris, san Félix, Obispo.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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27 de marzo

San Juan Damasceno, Confesor y Doctor de la Iglesia    D.    –    Blanco

San Juan Damasceno, Presbítero, Confesor y Doctor de la lglesia y cuyo tránsito se conmemora el día 6 de Mayo. San Juan Damasceno, presbítero y doctor de la Iglesia, célebre por su santidad y por su doctrina, que luchó valerosamente de palabra y por escrito contra el emperador León Isáurico para defender el culto de las sagradas imágenes, y hecho monje en la Laura de San Sabas, cerca de Jerusalén, compuso himnos sagrados y allí murió. Su cuerpo fue enterrado en este día.

Oración: Te rogamos, Señor, que nos ayude en todo momento la intercesión de san Juan Damasceno, para que la fe verdadera que tan admirablemente enseñó sea siempre nuestra luz y nuestra fuerza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

1.- En Drisípara de Panonia, san Alejandro, soldado, el cual, imperando Maximiano, después de haber tolerado por Cristo muchos suplicios y hecho muchos milagros, cortada la cabeza consumó el martirio.

2.- En el Illírico, los santos Fileto, Senador, Lidia, su mujer, y sus hijos Macedón y Teoprepio; asimismo, Anfiloquio, Capitán, y Crónidas, Alcaide de la cárcel; los cuales, por la confesión de Cristo, superados muchísimos tormentos, alcanzaron la corona de la gloria.

3.- En Persia, los santos Mártires Zanitas, Lázaro, Marolas, Narsetes y otros cinco, los cuales, por orden de Sapor, Rey de Persia, cruelísimamente muertos, merecieron la palma del martirio.

4.- En Salzburgo de Nórico, san Ruperto, Obispo y Confesor, que propagó maravillosamente el Evangelio entre los Bávaros y Nóricos.

5.- En Egipto, san Juan Ermitaño, varón de gran santidad, que entre otras señales de sus virtudes, lleno de espíritu profético, predijo al Emperador Teodosio sus victorias contra los tiranos Máximo y Eugenio.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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28 de marzo

San Juan de Capistrano, Confesor    Sd.    –    Blanco

San Juan de Capistrano, Sacerdote de la Orden de Menores y Confesor, de quien se hace memoria el 23 de Octubre. San Juan de Capistrano, presbítero de la Orden de Hermanos Menores, que luchó en favor de la disciplina regular, estuvo al servicio de la fe y costumbres católicas en casi toda Europa, y con sus exhortaciones y plegarias mantuvo el fervor del pueblo fiel, defendiendo también la libertad de los cristianos. En la localidad de Ujlak, junto al Danubio, en el reino de Hungría, descansó en el Señor.

Oración: Oh Dios, que suscitaste a san Juan de Capistrano para confortar a tu pueblo en las adversidades, te rogamos humildemente que reafirmes nuestra confianza en tu protección y conserves en paz a tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

1.- En Cesarea de Palestina, el triunfo de los santos Mártires Prisco, Maleo y Alejandro. Los tres, en la persecución de Valeriano, viviendo en una granja cerca de aquella ciudad, y viendo que en ésta se les ofrecían las celestiales coronas del martirio, encendidos del divino fuego de la fe, se presentaron espontáneamente al Juez, y le reprendieron su saña contra la sangre de los fieles, y él, por el nombre de Cristo, inmediatamente los entregó a las fieras para ser devorados.

2.- En Tarso de Cilicia, los santos Mártires Castor y Doroteo.

3.- En África, los santos Mártires Rogato, Suceso y otros diez y seis.

4.- En Norcia, san Esperanza, Abad, varón de maravillosa paciencia, cuya alma, según refieren san Gregorio Papa, al salir de este mundo, fue vista por todos los Monjes, sus hermanos subir al cielo en figura de paloma.

5.- En Chalons de Francia, el tránsito de san Gontrán, Rey de los Franco, el cual de tal suerte se consagró a los ejercicios de piedad, que, dejadas las pompas del siglo, distribuía generosamente sus tesoros entre las Iglesias y los pobres.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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29 de marzo

San Cirilo, Diácono y Mártir

En Heliópolis, junto al Líbano, san Cirilo, Diácono y Mártir, al cual, en el imperio de Juliano Apóstata, abrieron los Gentiles el vientre, y arrancándole el hígado, se lo comieron como fieras.

1.- En Persia, los santos Monjes y Mártires Jonás y Baraquisio, hermanos, en tiempo de Sapor, Rey de Persia: a Jonás, prensado en un torno y quebrantados los huesos, le partieron por medio; a Baraquisio ahogaron llenándole la boca con pez hirviente.

2.- En Nicomedia, el suplicio de los santos Mártires Pastor, Victorino y sus compañeros.

3.- En África, los santos Confesores Armogastes, Conde, Máscula, primer actor cómico, y Saturo, mayordomo de la casa real; los cuales, en la persecución de los Vándalos y reinando el Arriano Genserico, padeciendo por la verdadera fe muchos y atroces suplicios y oprobios, consumaron el curso de su glorioso combate.

4.- En la ciudad de Asti, san Segundo, Mártir.

5.- En el monasterio de Lúxen en Francia, el tránsito de san Eustasio, Abad, que fue discípulo de san Columbano y Prelado de casi seiscientos Monjes; e ilustre en santidad de vida, resplandeció también por los milagros.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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30 de Marzo

Los siete Dolores de la Virgen María Dm.    –    Blanco

 

Los siete dolores de la Santísima Virgen que han suscitado mayor devoción son: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, los tres días que Jesús estuvo perdido, el encuentro con Jesús llevando la Cruz, su Muerte en el Calvario, el Descendimiento, la colocación en el sepulcro:  1. La profecía de Simeón (Lc 2, 25-35) 2. La persecución de Herodes y la huida a Egipto (Mt 2, 13-15) 3. Jesús perdido en el templo, por tres días (Lc 2, 41-50) 4. Su encuentro con Jesús, cargado con la Cruz (Viacrucis, cuarta estación) 5. La Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor (Jn 19, 17-30) 6. María recibe a Jesús bajado de la Cruz (Mc 15, 42-46) 7. La sepultura de Jesús (Jn 19, 38-42).

Oración: Padre, Tu quisiste que la madre de tu Hijo, llena de compasión, estuviese junto a la Cruz donde Él fue glorificado. Concede a tu Iglesia, que comparte la Pasión de Cristo, participar de su Resurrección. Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

1.- En Roma, en la vía Apia, el martirio de san Quirino, Tribuno, padre de santa Balbina Virgen; el cual fue bautizado con toda su familia por el Papa san Alejandro, a quien custodiaba en la cárcel; y en el Imperio de Adriano, entregado al Juez Aureliano y perseverando constante en la fe este invicto soldado de Cristo, después de arrancada la lengua, colgado en el potro y cortados los pies y las manos, consumó por la espada la lucha del martirio.

2.- En Salónica, el triunfo de los santos Mártires Domnino, Víctor y sus Compañeros.

3.- En Constantinopla, la conmemoración de muchísimos santos Mártires de la comunión católica, que en tiempo de Constancio, y de orden del heresiarca Macedonio, fueron muertos con inaudito género de tormentos; porque, entre otros, a las mujeres fieles cercenaron los pechos, comprimiéndolos entre los bordes de unas arcas, y quemándolos con hierros candentes.

4.- En Senlis de Francia, el tránsito de san Régulo, Obispo de Arlés.

5.- En Orleáns de Francia, san Pastor, Obispo.

6.- En Siracusa de Sicilia, san Zósimo, Obispo y Confesor.

7.- En el monte Sinaí, san Juan Clímaco, Abad.

8.- En La Aguilera, en España, san Pedro Regalado, natural de la ciudad de Valladolid, Sacerdote de la Orden de Menores y Confesor, restaurador de la disciplina regular en los conventos de España; a quien el Papa Benedicto XIV puso en el catálogo de los santos.

9.- En Aquino, san Clinio, Confesor.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

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31 de marzo

San Amós, Profeta

En Técua de Palestina, san Amós, Profeta, a quien el Sacerdote Amasias cubrió muchas veces de heridas, y Ocías, hijo del mismo, traspasó las sienes con un palo puntiagudo; y después, conducido medio muerto a su patria, expiró en ella y fue sepultado con sus padres.

1.- Persia, san Benjamín, Diácono, al cual, como no cesase de predicar la palabra de Dios, atormentado en el reinado de Isdegerdes, clavaron cañas agudas por entre las uñas y la carne, y últimamente, atravesándole el vientre con un palo erizado de púas, consumó el martirio.

2.- En África, los santos Mártires Teodulo, Anesio, Félix, Cornelia y sus Compañeros.

3.- En Roma, santa Balbina, Virgen, hija del santo Mártir Quirino, que, bautizada por el Papa san Alejandro, en santa virginidad escogió a Cristo por esposo, y superado el curso de la vida presente, fue sepultada en la vía Apia junto a su padre.

Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.

Segundo domingo de Pasión o de Ramos

SEGUNDO SEGUNDO DE PASION
O DOMINGO DE RAMOS
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger


SEGUNDO DOMINGO DE PASION O DOMINGO DE RAMOS - Dom Prospero Gueranger - Año Litúrgico

SALIDA DE BETANIA. — Jesús, dejando en Betania a su madre María, a Marta y a María Magdalena con su hermano Lázaro, se dirige, este día, muy de mañana, hacia Jerusalén, acompañado de sus discípulos. María se estremece al ver acercarse su hijo a sus enemigos que pretenden derramar su sangre; con todo eso no va hoy Jesús a Jerusalén a buscar la muerte sino el triunfo. Es necesario que el pueblo proclame rey al Mesías antes que éste sea crucificado; que, ante las águilas romanas, en presencia de los Pontífices y Fariseos, mudos de rabia y de estupor, resuenen las voces infantiles, confundidas entre los gritos de los ciudadanos en alabanza del Hijo de David.

CUMPLIMIENTO DEL VATICINIO. — El Profeta Zacarías había predicho esta ovación preparada en la eternidad para el Hijo del hombre en vísperas de su humillación. «Alégrate con grande alegría, hija de Sión. Salta de júbilo, hija de Jerusalén; mira que viene a ti tu Rey, justo y salvador, humilde, montado en un asno, en un pollino hijo de asna». Viendo Jesús que había llegado la hora de cumplirse este oráculo manda a dos de sus discípulos que vayan y le traigan una asna y un pollino que encontrarán no lejos de allí. El Salvador se encontraba en Betíagé, situado en el monte de los Olivos. Los discípulos ponen inmediatamente en ejecución el mandato de su Maestro.

DOS PUEBLOS. — Los Santos Padres nos han proporcionado la clave del misterio de estos dos animales. El asna representa el pueblo judío sometido al yugo de la Ley; «el pollino en el que, según el Evangelio, no había montado nadie todavía» ‘, representa a la gentilidad a quien nadie había subyugado aún. La suerte de ambos pueblos se decidirá dentro de unos días. El pueblo judío será desechado por no haber recibido al Mesías; en su lugar Dios elegirá al pueblo gentil, indómito hasta entonces, pero que se convertirá en dócil y fiel.

CORTEJO TRIUNFAL. — Dos discípulos aparejan al pollino con sus vestidos; Jesús entonces, queriendo realizar el vaticinio del profeta, monta sobre el animal2 y se prepara de este modo a entrar en la ciudad. Mientras tanto en Jerusalén corre el rumor de que Jesús se aproxima. Inspirados por el Espíritu divino la turba de judíos reunidos en la ciudad de toda Palestina para celebrar en ella la Pascua, sale a recibirle con palmas y gritos clamorosos. El cortejo que iba acompañando a Jesús desde Betania, se confunde con esta multitud ferviente de entusiasmo; unos tienden sus vestidos por el camino, otros enarbolan ramos de palmera a su paso. Resuena el grito de «Hosanna» y recorre la ciudad la noticia de que Jesús, hijo de David entra en ella como Rey.

EL REINO MESIÁNICO. — Así fué cómo Dios, ejerciendo su poder sobre los corazones, preparó, en la ciudad en que pocos días después sería pedida su sangre a gritos, un triunfo para su Hijo. Este día Jesús tuvo un momento de gloria y la Iglesia quiere que renovemos cada año el recuerdo de este triunfo del Hijo del hombre. Cuando nacía el Emmanuel, vimos llegar del lejano oriente a Jerusalén a los Magos en busca del Rey de los judíos, para adorarle y ofrecerle sus presentes; hoy es la misma Jerusalén la que sale a recibirle. Ambos acontecimientos tienen un mismo fin: reconocer a Jesucristo como Rey; el primero por parte de los gentiles, el segundo por parte de los judíos. Era menester que el Hijo de Dios recibiese ambos tributos antes de su Pasión. La inscripción que Pilatos pondrá dentro de poco sobre la cabeza del Redentor: Jesús Nazareno, Rey de los judíos, será el carácter indispensable de su mesianismo. Inútiles serán los esfuerzos de los enemigos de Jesús para cambiar los términos del escrito; no lograrán su fln. «Lo que he escrito, escrito está», respondió el gobernador romano. Su mano confirmó, sin saberlo, las profecías. Israel proclama hoy a Jesús por su Rey; bien pronto será disperso en castigo de su perjurio; pero ese Jesús, a quien ha proclamado, permanecerá siempre Rey. De este modo se cumplió a Ja letra aquel mensaje del Angel que dijo a María anunciándole la grandeza del hijo que iba a concebir: «El Señor le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente'». Jesús comienza en este día su reinado sobre la tierra; y como el primer Israel va a sustraerse de su cetro, un nuevo Israel, nacido del grupo fiel del antiguo, va a nacer, formado de gentes de todas las partes del mundo, y ofrecerá a Cristo el imperio más extenso que jamás ha ambicionado un conquistador.

Tal es el misterio glorioso de este día en medio del duelo de la Semana de Pasión. La Iglesia quiere que nuestros corazones se desahoguen en un momento de alegría en el que saludamos a Jesús como Rey. Ha organizado la liturgia de este día de tal forma que encierre en sí juntamente alegría y tristeza; la alegría al unirse a las aclamaciones con que resonó la ciudad de David; la tristeza volviendo en seguida al curso de su gemidos por los dolores de su Esposo divino. Todo el drama está dividido como en tres actos distintos, cuyos misterios e intenciones vamos a explicar uno tras otro.

LA. BENDICIÓN DE LAS PALMAS

La bendición de las palmas o de los ramos, como vulgarmente se dice, es el primer rito que se desarrolla ante nuestra vista; y podemos juzgar de su importancia por la solemnidad que la Iglesia despliega en su celebración.

Durante largos siglos diríase que iba a celebrarse la santa Misa sin otra intención que la de celebrar el aniversario de la entrada de Jesús en Jerusalén: Introito, Colecta, Epístola, Gradual, Evangelio, incluso el Prefacio, se sucedían como se hace para preparar la inmolación del Cordero sin mancha; pero después del triple Sanctus la Iglesia suspendía estas solemnes fórmulas y su ministro procedía a la santificación de los ramos que tenía delante. Ahora, después .de la reciente reforma, después del canto de la antífona Hosanna, estas ramas de árbol, objeto de la primera parte de la función, reciben con una sola oración, acompañada de la incensación y de la aspersión del agua bendita, «una virtud que los eleva al orden sobrenatural y los hace a propósito para ayudar a la santificación de nuestras almas y a la protección de nuestros cuerpos y de nuestras casas. Los fieles deben tener con respeto estos ramos en sus manos durante la procesión y colocarlos con honor en sus casas, como un signo de su fe y una esperanza en la ayuda divina.

ANTIGÜEDAD DEL RITO. — No es necesario explicar al lector que las palmas y los ramos de olivo, que reciben en este momento la bendición de la Iglesia, se llevan en memoria de aquellos con que el pueblo de Jerusalén honró la marcha triunfal del Salvador, pero no está mal decir unas palabras sobre la antigüedad de esta costumbre. Comenzó pronto en oriente y probablemente en Jerusalén desde que la Iglesia gozó de paz. En el siglo iv San Cirilo, obispo de esta ciudad, creía que la palmera que había suministrado sus ramos al pueblo que vino al encuentro de Cristo, existía todavía en el valle del Cedrón ‘; nada más natural que tomar ocasión de esto para instituir un aniversario conmemorativo de este suceso. En el siglo siguiente se establece esta ceremonia, no solamente en las Iglesias orientales, sino también en los monasterios de que estaban llenos los desiertos de Egipto y de Siria. Al principio de cuaresma, muchos santos monjes obtenían de su Abad el permiso de internarse en lo más recóndito del desierto para pasar este tiempo en profundo retiro; pero debían volver al monasterio el domingo de Ramos, como se colige de la vida de San Eutimio escrita por su discípulo Cirilo. En occidente tardó bastante en establecerse este rito; el primer rastro que encontramos se halla en el Sacramentarlo Gregoriano que se remonta al ñnal del siglo vi o principios del vn. A medida que la fe penetraba en el norte no era posible solemnizar esta ceremonia en toda su integridad pues la palmera y el olivo no arraigan en nuestro clima. Fué necesario reemplazarlas por ramos de otros árboles; mas la Iglesia no permitió cambiar nada de las oraciones prescritas para la bendición de estos ramos, pues los misterios expuestos en estas hermosas oraciones, tienen su fundamento en el olivo y la palma del relato evangélico, representados por nuestros ramos de boj y de laurel.

LA PROCESION

El segundo rito de este día es la célebre procesión que sigue a la bendición de los ramos. Tiene por objeto representar la marcha del Salvador a Jerusalén y su entrada en esta ciudad; y, para que nada falte en la imitación del relato del Santo Evangelio, los Ramos que acaban de ser bendecidos son llevados por todos los que toman parte en esa procesión. Entre los judíos era una señal de regocijo llevar en la mano ramos de árboles; y la ley divina les autorizaba esta costumbre. Dios había dicho en el Levítico al establecerla festividad de los Tabernáculos: «El primer día tomaréis gajos de frutales hermosos, ramos de palmera, ramas de árboles frondosos, de sauces de la ribera, y os regocijaréis ante Yavé, vuestro Dios» Para testimoniar su entusiasmo por la llegada de Jesús •ante los muros de la ciudad, los habitantes de Jerusalén, incluso los niños, recurrieron a esta gozosa demostración. Vayamos nosotros también delante de nuestro Rey y cantemos el Hosanna a este vengador de la muerte y liberador de su pueblo.

Durante la Edad Media, en muchas iglesias, se llevaba en esta procesión el libro de los Evangelios que representaba a Jesucristo cuyas palabras contenía. Designado de antemano un lugar y preparado para la estación, la Procesión se detenía: el diácono abría entonces el sagrado libro y cantaba el relato de la entrada de Jesús en Jerusalén. En seguida descubríase la Cruz que había permanecido velada hasta aquel momento; todo el clero se postraba ante ella solemnemente y cada uno depositaba a sus pies un fragmento del ramo que tenía en su mano. Se reanudaba la procesión precedida de la Cruz, descubierta, hasta que el cortejo entra en la iglesia. En Inglaterra y Normandía, desde el siglo xi, se practicaba un rito altamente representativo de la escena que tuvo lugar en este día en Jerusalén. En la procesión se llevaba triunfalmente la Sagrada Eucaristía. La herejía de Berengario que negaba la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía acababa de manifestarse en esta época. Y este triunfo de la Sagrada Forma era preludio lejano de la Institución de la festividad y procesión del Santísimo Sacramento. Siempre con la misma intención de renovar la costumbre evangélica, existe en Jerusalén otra costumbre en la procesión de Ramos. Toda la comunidad de Franciscanos que custodia los santos Lugares marchan de mañana a Betfagé. Allí el P. Guardián de Tierra Santa, vestido de pontiñcal, sube sobre un asno revestido con mantos, acompañado por los religiosos y católicos de Jerusalén, que llevan todos palmas, ingresa en la ciudad y baja hasta la puerta de la iglesia del Sto. Sepulcro donde se celebrará la Misa con toda pompa.

Hemos reunido aquí, como de costumbre, los diferentes hechos con que puede elevarse la mente de los fieles en los variados misterios litúrgicos; estas manifestaciones de fe les ayudarán a comprender por qué la Iglesia quiere que, en la procesión de los Ramos, sea honrado Jesucristo como presente al triunfo que ella le otorga en este día. Busquemos por medio del amor «a este humilde y dulce Salvador que viene a visitar a la hija de Sión», como dice el profeta. Aquí está en medio de nosotros; a él se dirije el tributo de nuestros ramos; unámosle también el de nuestros corazones. Se presenta para ser nuestro Rey; acojámosle y digamos: Hosanna al hijo de David.

LA ENTRADA EN LA IGLESIA. — Antiguamente, hasta la última reforma, el ñn de la procesión iba acompañado de una ceremonia llena de un profundo simbolismo. Al momento de entrar en la iglesia, el cortejo se hallaba con las puertas cerradas. La marcha triunfal se detenía; pero los cantos de alegría no se suspendían. Un himno especial a Cristo Rey resonaba a la puerta de la iglesia, con su alegre estribillo, hasta que el subdiácono golpeando con el asta de la cruz las puertas, conseguía que se abriesen, y el pueblo, precedido del clero, entraba aclamando al único que es la Resurrección y la vida.

El fin de esta escena era rememorar la entrada del Salvador en otra Jerusalén, de la que la de la tierra no era sino figura. Esta Jerusalén es la patria celestial cuya entrada Jesucristo nos ha procurado. El pecado del primer hombre había cerrado sus puertas; pero Jesús, el Rey de la gloria, las abrió por la virtud de su Cruz, ante la cual no pudieron resistir.

Este mismo canto, en honor de Cristo Rey, se ha conservado, pero lá- parada a la puerta de la iglesia ha quedado suprimida. Prosigamos, pues, tras los pasos del Hijo de David, puesto que él es el Hijo de Dios y nos invita a tomar parte en su reino. Así es como la Iglesia en’ la procesión de los Ramos que no es otra cosa que la commemoraeión de los acontecimientos de aquel día, eleva nuestra mente al misterio de la Ascensión por el que se pone fin, en el cielo, a la misión del Hijo de Dios en la tierra. Pero ¡ay! los días intermedios entre ambos triunfos no son todos días de alegría, y antes que termine la procesión la Iglesia, que se ha levantado unos momentos de su tristeza, vuelve a gemir continuamente.

LA MISA

La tercera parte de la función de hoy es el santo sacriñcio. Todas sus melodías están rebosantes de desaliento; la lectura de la Pasión, que va a tener lugar en seguida, señala el punto culminante de la jornada. En el siglo v o vi la Iglesia adoptó para el relato un recitado especial que se convirtió en un verdadero drama. Primeramente el Cronista que relata los hechos de un modo grave y patético; Cristo, en cambio, tiene un acento noble y suave que contrasta vivamente con el tono elevado de los demás interlocutores y con los gritos del pueblo judío. En el momento en que El se deja pisotear por los pecadores, llevado del amor que nos tiene, entonces es cuando nosotros debemos gritar que es nuestro Dios y nuestro Rey soberano. Estos son los ritos generales de este gran día; para la completa inteligencia de las oraciones y lecturas insertamos, como solemos, todos los detalles necesarios.

NOMBRES DADOS A ESTE DÍA. — Este domingo, además de su nombre litúrgico y popular de Domingo de Ramos o de Palmas, tiene el de Domingo del Hosanna, a causa del grito triunfal con que los judíos saludaron la llegada de Jesús. Nuestros padres le llamaron Domingo de Pascua florida, porque Pascua que se celebrará dentro de ocho días, está hoy como en flor y los fieles pueden empezar el cumplimiento pascual de la comunión anual desde este momento. Los españoles, al descubrir el Domingo de Ramos de 1513 el vasto territorio vecino de México le dieron el nombre de Florida en recuerdo de esta denominación. También se llama a este domingo Capitilavium, es decir lava-cabezas porque en los siglos medievales, los padres lavaban la cabeza de sus hijos nacidos en los meses anteriores cuyo bautismo podían retrasar sin peligro hasta el Sábado Santo, con el fln de que este día estuvieran decentes para ser ungidos con el Santo Crisma. En épocas anteriores este domingo recibió, en algunas iglesias, el nombre de Pascua de los Competentes. Se llamaba competentes a los catecúmenos admitidos al bautismo. Se reunían hoy en la Iglesia y se les explicaba detenidamente el símbolo que les habían explicado en el precedente escrutinio. En la Iglesia mozárabe española se les explicaba sólo este día. Por fin, los griegos le designaron con el nombre de Baiphore, es decir Porta-Palma.

MISA

La Estación, en Roma, se celebraba en la Basílica de Letrán, madre y maestra de todas las demás iglesias; con todo, hoy, la función papal se realiza en San Pedro.

Esta derogación no va en perjuicio de los derechos de la Archi-Basílica que antiguamente, recibía el honor de la presencia del Sumo Pontífice, y que ha conservado las indulgencias concedidas a aquellos a quienes la visitan hoy.

INTROITO
(En la misa solemne el preste se acerca al altar y, omitiendo el salmo lúdica roe, Deus,
y el Confíteor, sube inmediatamente al altar, lo besa en el centro y lo inciensa.)

Señor, no alejes tu auxilio de mí: atiende a mi defensa: líbrame de la boca del león, y salva mi vida del cuerno de los unicornios. —• Salmo: Oh Dios, Dios mío, mira hacia mí: ¿por qué me has desamparado? Las voces de mis delitos me alejan de mi salud. — Señor, no alejes…

En la colecta la Iglesia pide para todos la gracia de imitar la paciencia y la humildad del Salvador. Jesucristo sufre y se abaja por el hombre pecador; es justo que el hombre se aproveche de este ejemplo y procure su salvación por los medios que le da a conocer la conducta del Salvador.

COLECTA

Omnipotente y sempiterno Dios, que, para ofrecer al género humano un ejemplo de humildad, hiciste que nuestro Salvador tomase carne y padeciese la cruz: concédenos propicio la gracia de comprender las lecciones de su paciencia y de participar de su resurrección. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Filipenses (II, 5-1D.)

Hermanos: Sentid de vosotros como Cristo Jesús de sí mismo: el cual, siendo de la misma naturaleza de Dios, no creyó que era una rapiña el ser igual a Dios: y, a pesar de ello, se déspojó de sí mismo, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y hallado en lo exterior como hombre. Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, hasta la muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó, y le dió un nombre, que es sobre todo nombre: (aquí se arrodilla) para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que el Señor, Jesucristo, está en la gloria de Dios Padre.

HUMILLACIÓN Y GLORIA DE JESÚS. — La Iglesia prescribe que doblemos la rodilla en el trozo de esta Epístola en que el Apóstol dice que todo ser creado debe humillarse al pronunciar el nombre de Jesús. Acabamos de cumplir esta prescripción. Comprendamos que si hay alguna época en el año en que el Hijo de Dios tenga derecho a nuestras más profundas adoraciones, es justamente esta en que su Majestad es violada y en que le vemos pisoteado por los pecadores. Nuestros corazones deben necesariamente enternecerse y compadecerse al contemplar los dolores que sufre por nosotros. Pero no debemos sentir menos los ultrajes y las indignidades de que es colmado aquel que es igual al Padre y Dios como él. Démosle, al menos mientras estamos unidos a él, por medio de nuestras humillaciones, la gloria de que se ha despojado para reparar nuestro orgullo y nuestra rebeldía y unámonos a los santos ángeles que, testigos de todo lo que ha aceptado por amor al hombre, se anonadan profundamente tanto más cuanto ven la ignominia a la que se redujo.

En el Gradual la Iglesia se sirve de las palabras del Real Profeta que predice la grandeza futura de la víctima del Calvario pero que, al mismo tiempo, confiesa cómo había desgarrado su alma la seguridad con que los judíos cometerían el deicidio.

GRADUAL

Tuviste mi mano derecha: y me guiaste según tu voluntad: y me recibiste con gloria. J. ¡Qué bueno es el Dios de Israel para los rectos de corazón! Mis pies casi vacilaron, casi se extraviaron mis pasos: porque envidié a los pecadores, al ver la paz de los malvados.

El Tracto lo constituye una parte considerable del Ps. XXI de cuyas primeras palabras Jesucristo se sirvió en la Cruz y que es más una historia de la Pasión que una profecía; tan claras y evidentes son sus alusiones.

TRACTO

Oh Dios, Dios mío, mira hacia mí: ¿por qué me has desamparado? V. Las voces de mis delitos me alejan de mí la salud. V. Oh Dios mío, clamaré durante el día, y no me oiréis: y durante la noche, y no habrá para mí descanso. V. Pero tú habitas en el santuario, eres la alabanza de Israel. V. En ti esperaron nuestros padres: esperaron, y los libertaste. V. A ti clamaron, y se salvaron: en ti confiaron, y no fueron confundidos. V. Pero yo soy un gusano, y no un hombre: el oprobio de los hombres, y la abyección de la plebe. V. Todos los que me ven, me desprecian: estiran los labios, y mueven la cabeza (diciendo): V. Ha esperado en el Señor, líbrele ahora: sálvele, si es que le quiere. J. Ellos me observaron y contemplaron, dividieron entre sí mis vestiduras, echaron a suertes mi túnica. V. Líbrame de la boca del león: y salva mi vida del cuerno de los unicornios. V. Los que teméis al Señor, alabadle: raza toda de Jacob, engrandécele. V. Pertenecerá al Señor la generación venidera: y pregonarán los cielos su justicia. V. Al pueblo que nacerá, que hizo el Señor.

Ya es hora de oír el relato de la pasión de nuestro Salvador. La Iglesia lee la narración de los cuatro evangelios en cuatro días diferentes de esta semana. Comienza hoy con la de San Mateo, el primero que escribió la narración de la vida y muerte del Salvador. ‘ (A. causa de su extensión no ponemos el texto de los cuatro relatos de la Pasión que todos pueden encontrar en su Misal).

El Ofertorio es una nueva profecía de David. Anuncia el abandono del Mesías en medio de sus congojas y la ferocidad de sus enemigos que para saciar su hambre le darán a beber hiél y vinagre. De este modo fué tratado aquel que nos da su cuerpo para comida y su sangre para bebida.

OFERTORIO

Improperio y miseria sufrió mi corazón: y esperé a que alguien se contristase conmigo, y no le hubo: busqué a uno, que me consolara, y no le hallé: y me dieron de comida hiél, y en mi sed me abrevaron con vinagre.

En la Secreta se pide a Dios el doble fruto de la Pasión para sus siervos: la gracia en esta vida y la gloria en el cielo.

SECRETA

Suplicárnoste, Señor, hagas que el don ofrecido a los ojos de tu Majestad nos obtenga la gracia de la devoción, y nos adquiera el efecto de la dichosa perennidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. En la antífona de la Comunión, la Iglesia, que acaba de sumir con el cáliz de la salud, la vida de Cristo, hace alusión a aquel otro cáliz que Cristo bebió para hacernos partícipes de la bebida de la inmortalidad.

COMUNION

Padre, si no puede pasar este cáliz sin que yo le beba, hágase tu voluntad.

La Iglesia pone fin a las súplicas del sacri- , ficio que acaba de ofrecer implorando el perdón de los pecados para todos sus hijos, y el cumplimiento del deseo que tienen de tomar parte en la gloriosa resurrección del Hombre Dios.

POSCOMUNION

Haz, Señor, que, por la virtud de este Misterio, sean purificados nuestros pecados y se cumplan nuestros anhelos. Por el Señor.

LÁGRIMAS DE JESÚS. — Pongamos fin a esta jornada del Redentor en la ciudad de Jerusalén recordando algunos otros hechos de importancia. San Lucas nos enseña que durante la marcha triunfal de Jesús hacia la ciudad ocurrió que antes de entrar en ella Cristo comenzó a llorar sobre Jerusalén, y desahogó su dolor en estos términos: «¡Oh si al menos en este día conocieses lo que podría darte la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos, porque días vendrán sobre ti, y te rodearán de trincheras tus enemigos, y te cercarán y te estrecharán por todas partes y te echarán por tierra a ti y a los hijos que tienes dentro, y no dejarán piedra sobre piedra por no haber conocido el tiempo de tu visita»‘. Hace unos días el santo Evangelio nos mostró a Jesús llorando ante la tumba de Lázaro; hoy vuelve a derramar lágrimas al contemplar a Jerusalén. En Betania lloraba al pensar en la muerte del > cuerpo, castigo del pecado; pero esta muerte tiene remedio. Jesús es «la resurrección y la vida, y aquel que cree en él no morirá para siempre» El estado de Jerusalén en cambio, es una figura de la muerte espiritual; y esta muerte no tiene remedio, si el alma no viene a tiempo al autor de la vida. He aquí por qué las lágrimas que Jesús derrama hoy se hacen tan amargas. En medio de las aclamaciones de que es objeto al entrar en la ciudad de David, su corazón está oprimido por la tristeza; porque sabe él mejor que nadie «que no conocieron el tiempo de su visita». Consolemos al corazón del Redentor y hagámonos su ciudad fiel.

VUELTA A BETANIA. — Sabemos por San Mateo que el Salvador finalizó este día en Betania. Su presencia suspende las inquietudes de su madre y tranquiliza a la familia de Lázaro. En Jerusalén no hubo nadie que le hospedase; al menos el Evangelio no hace mención de ello. Todos los que mediten la vida de Nuestro Señor pueden hacerse esta consideración: Jesús honrado por la mañana con magnífico triunfo, por la tarde se ve obligado a buscar hospedaje fuera de la ciudad que le había recibido con tanto fervor. Entre las carmelitas descalzas existe la tradición de ofrecer al Salvador una reparación por el abandono que sufrió de parte de los habitantes de Jerusalén. Se prepara en medio del refectorio una mesa, colocando en ella una ración de la comida; después de la refección de la comunidad se ofrece esa ración a Jesús y se distribuye entre sus miembros, los pobres.

NUESTRA SEÑORA DE LOS 7 DOLORES Y LA MADRE DE LOS MACABEOS

Nuestra Señora de los Siete Dolores y la Madre de los Macabeos

Nota: el siguiente texto está tomado de L. Bloy, «El Simbolismo de la Aparición».

El segundo libro de los Macabeos, que cierra con tanta grandeza el Antiguo Testamento y cuya autenticidad fuera tan discutida antes del juicio definitivo y soberano del Concilio de Trento que lo declaró canónico, ha sido por un destino singular tan completamente descuidado por los Santos Padres, que es casi imposible (no[1]) citar algo de importancia escrito sobre esta página admirable de la historia del pueblo de Dios. Y sin embargo, es ahí donde el Espíritu Santo parece haber trazado la figura más penetrante de Nuestra Señora de los Dolores. Quiero hablar de la Madre de los siete niños torturados y muertos por Antíoco Epifanes. «Sucedió, dice el Santo Libro, que fueron tomados siete hermanos con su madre y, el rey quiso forzarlos a comer contra la prohibición de comer carne de puerco, haciéndolos destrozar con látigos y azotes de cuero de toro»[2]. La circunstancia de la carne de puerco es como una luz puesta en nuestras manos a la entrada de este capítulo, para iluminar nuestra interpretación. Esta carne, tan formalmente prohibida al pueblo de Israel y declarada inmunda por el Señor[3], representa aquí el conjunto de delicias terrestres que el Príncipe del mundo propone a los hijos de María y que quiere obligarlos a compartir con sus propios hijos. Es un remedo del compelle intraredel Evangelio, con diferencia de que el hombre de la parábola excluye para siempre de su festín a los convidados infieles que se han excusado de tomar parte y que él no obliga a entrar en su casa más que a los que no estaban invitados, mientras que el verdadero anfitrión de los Macabeos no excluye a nadie, y los invitados inexactos o recalcitrantes son precisamente los que él se cansa menos en llamar y a los que más desea obligar a ir a su casa. La mesa de este Antíoco es, por otra parte, magnífica y siempre llena de pobres, de estropeados, de ciegos y de cojos espirituales[4]. Es una verdadera mesa de Baltasar donde todas las indigencias humanas se ven satisfechas con carne de puerco.

Es digno mencionar que los sacrificios idolátricos están en general señalados en la Escritura por festines, y que las prohibiciones más rigurosas de la antigua ley proceden mucho más sobre el acto de comer que sobre toda otra práctica de adhesión a la infidelidad. El Señor Dios está celoso de la boca humana, los hijos de la nueva ley saben por qué, y es a la boca a la que la serpiente se ha dirigido para hacer caer al género humano. Los cerdos aparecen dos veces en el Evangelio, la primera vez para servir de refugio a los espíritus impuros y una segunda para despertar la envidia del hijo pródigo, convertido en su famélico pastor. Estos animales parecen haber recibido la misión de simbolizar de la manera más perfecta el último extremo de toda concupiscencia carnal, y por esta razón Antíoco se empeña en que todo el mundo los coma. En cuanto a aquellos que no quieren absolutamente mezclarse en estos ágapes filantrópicos, he aquí cómo los trata este gran príncipe.

Primero, se encoleriza[5] porque es en la cólera, dice el Espíritu Santo, donde el orgulloso trabaja mejor su orgullo[6]. Entonces, cuando él da esas maravillas, despliega todo su boato. Es el tesoro de su genio, diligentemente amasado por sus dos fieles intendentes, la dureza y la impenitencia[7]. Enseguida manda calentar sus sartenes y sus calderas hasta qué estén ardiendo[8] . Aquí el esposo celeste de María, que es un espíritu de fervor y de llama, traiciona su predilección. El agua, la sangre y el fuego, dice San Juan, dan testimonio sobre la tierra al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo[9]. ¿No es posible conjeturar que los mártires por el fuego pertenecen más especialmente a tercera persona divina, como los primogénitos de esta ardiente casa de Jacob, que debe devorar como paja a la posteridad réproba de Esaú?[10] Más: esta clase de testimonio responde a la tercera maldición del Señor el día de la caída, aquella que cae sobre Adán y que menciona las zarzas y las espinas destinadas un día a ser alimento de la llama que saldrá de Israel[11]. El sublime Isaías dice que todos los árboles del Líbano no bastarían para encender al Espíritu del Señor y que todos los animales que hay en él no significarían nada para serles ofrecidos en holocausto[12] pero los hornos del monarca sacrílego bastan para probar y para templar las siete espadas resplandecientes que deben ser plantadas para siempre en el Corazón inmaculado de su Paloma.

Cuando los instrumentos de tortura se han puesto tan ardientes como se puede desear, Antíoco ordena, para empezar, que se corte la lengua a los despreciadores de la carne de puerco[13]. Es precisamente el género de suplicio que Santa Francisca Romana vio infligir a los perjuros en el infierno. Este principio de tortura, de una significación teológica admirable, nos advierte que el demonio representado por Antíoco, tiene un odio especial a la lengua humana, no sólo porque es el instrumento de la oración y del apostolado, sino sobre todo porque es el privilegiado por medio del cual los cristianos reciben el Alimento más apropiado para hacerles despreciar los festines inmundos que él les prepara.

Cuando no hay lengua, resulta extremadamente fácil arrancar de la cabeza la piel con los cabellos, y es el tercer mandamiento de Antíoco[14]. Este modo de tonsura radical, que no se ve en otra parte en la Escritura y que los Pieles Rojas practican con tanta destreza, parece ser enteramente del gusto de este príncipe y simboliza, si se quiere, la circuncisión filosófica previa a los incendios del amor divino. Pero aquel de quien Antíoco es esclavo lo comprende de otra manera, y éste es tal vez su pensamiento. La cabeza es Nuestro Señor Jesucristo y la piel, es decir, lo que la envuelve, es el prodigio anunciado por Jeremías: femina circumdabit virum[15]. Es María con sus cabellos, vale decir, con las multitudes salidas por Ella de la Cabeza. La obra maestra del príncipe del mundo sería evidentemente arrancar a María de Jesús, y desarraigar así de la Cabeza de Dios esta cabellera luminosa e innumerable que se llama la Iglesia católica. Por suerte, sucede que los símbolos divinos se cumplen siempre, mientras que los símbolos diabólicos no se cumplen jamás o se cumplen en un sentido divino, que nadie había previsto.

Una vez arrancada la Piel de la cabeza, Antíoco hace cortar las extremidades de las manos y de los pies[16]; es su cuarto mandamiento y el más hermoso. Setenta reyes mutilados de este modo recogían los platos bajo la mesa de Adonibezec, rey de los Cananeos y de los Fereseos. Han sido necesarios no menos de setenta reyes que representaran esta parte del suplicio de los siete niños mártires y profetas escogidos por el Espíritu Santo para cerrar el Antiguo Testamento, como los siete ángeles con las siete trompetas y las siete copas cerrarán el Nuevo. Se les cortan las extremidades de las manos y de los pies, es decir, los dedos, que son toda la espiritualidad del hombre carnal y que cumplen figurativamente en la antigua ley lo que la inmaterial voluntad del corazón está encargada de cumplir con plenitud en la ley nueva. Este aumento de la dignidad humana se halla claramente indicado por Salomón en el Libro de los Proverbios: «Ligad, dice el Señor, mis mandamientos a vuestros dedos y en seguida los inscribiréis sobre la tabla de vuestro corazón»[17]. El dedo de Moisésconsagra el altar de las promesas[18], de las que el dedo de Jesucristo debe manifestar el cumplimiento por la cura de los mudos y de los sordos. Cuando Antíoco ordena esta mutilación, se propone nada menos que la destrucción o el envilecimiento del sacerdocio y es a esto lo que quiere llegar a través de la multitud de los símbolos la multitud de los días.

En fin, habiendo los hijos de Israel perdido sucesivamente la Eucaristía, la Santísima Virgen y el Sacerdocio, no queda no queda más que echarlos al fuego, mientras respiran todavía, y éste el quinto y último mandamiento de este monarca precursor de las majestades protestantes de la historia moderna. «Desde que lo hubo hecho mutilar así en todo el cuerpo, dice el Espíritu Santo hablando del mayor de los siete mártires, ordenó que se lo acercara al fuego y se lo hiciera asar en la parrilla, mientras aún respiraba»[19].

Aquí reaparece el tercer testimonio mencionado antes, el testimonio definitivo del fuego. Un día, un pobre hombre llorando llevó a Jesús su hijito, poseído de un demonio sordo y mudo. «Desde su infancia, dijo el padre, este espíritu lo ha echado a menudo sobre el fuego y sobre el agua para hacerlo perecer. Si Vos podéis algo, socorrednos por piedad»[20]. Se dirige precisamente a Aquel que da el Agua de la Vida eterna y que ha venido a traer el fuego al mundo a fin de que el mundo sea incendiado. Le pide que su hijo no esté expuesto a perecer por el uno o por la otra. Ese padre que representa a todos los padres, busca para todos los hijos, en la invocación a la segunda Persona divina, un refugio y una ayuda, contra las dos especies de blasfemias castigadas por el agua y por el fuego; es decir, la blasfemia contra la Providencia y la blasfemia contra el Amor, y es al Verbo a quien se dirige para expulsar al demonio sordo y mudo que hace caer a menudo a los hijos de los hombres en una o en otra. No se conocía otra blasfemia antes de la venida del Hijo de Dios. Jesús, que descendió del Tabor de su Transfiguración y que va a dar el testimonio de la Sangre, que falta desde hace cinco mil años al equilibrio del mundo, manda al demonio salir para no volver a entrar, y toma después al niño de la mano y lo levanta de la tierra, lo fuerza a levantarse, realizando así, por anticipado y de una manera figurada, esta erección de la naturaleza humana que no será realizada con plenitud sino en su propia persona y por la efusión de toda su Sangre, cuando su hora haya llegado. Inmediatamente después de este prodigio anuncia su muerte próxima, y en toda la continuación del capítulo de San Marcos, no habla más que del fuego, como si la caída en el fuego fuese la única impresión que quedase en su pensamiento. Sin embargo, sabemos por sus propias palabras que lleva el fuego en una mano y el agua en la otra, pero esta agua que nos da es un brebaje para la vida eterna, mientras que el fuego un incendio para la presente, para incendiar a los hombres de aquí abajo, y de este modo debe ser comprendido el cumplimiento de la voluntad del Padre Celeste, que es el objeto de la tercera petición de la oración dominical.

San Juan bautiza en el agua, es decir que da la ciencia de la salvación, que es la fe: pero su prodigiosa misión no va más allá y sólo a Jesucristo pertenece dar la práctica, bautizándonos en el fuego, es decir, en el Espíritu Santo, que es todo amor[21]. Pero es necesario que Él muera, pues el Espíritu Santo no puede venir antes que haya sido glorificado[22]. Por esto sin duda es que tiene tanta impaciencia por morir. Todo en la Escritura tiene en vista este segundo bautismo que los Profetas miran venir por sobre la cabeza de los siglos. No es precisamente la inmolación de un Dios pasible[23] lo que esperan, sino lo que debe seguir a esta inmolación: «Es necesario que el pueblo, según la palabra de Isaías, sea un alimento del fuego»[24]. «Es necesario que la tierra arda», según la palabra del Maestro y parece que eso es espantosamente difícil, puesto que después de diez y ocho siglos no se ve todavía dónde estallará ese incendio.

San Pablo declara que el valor real de nuestras obras será manifestado por el fuego. Nos habla al mismo tiempo que del Día del Señor, como si debiera ser la prueba suprema[25], y es justamente lo que nos hace comprender el historiador inspirado del libro de los Macabeos. Los tormentos que hacen correr sangre no son más que pruebas preparatorias para esta definitiva prueba del fuego, que Antíoco tenía más en vista y es sobre la que más ha contado. El demonio que lo inspira considera sin duda que los siete niños que quiere perder pertenecen al Espíritu Santo a causa de su número, y es en el fuego donde pretende hacerlos caer. En cuanto a su Madre, Ella asiste a sus tormentos, presenta sucesivamente su Corazón a las siete Espadas, saborea siete veces, lentamente, la embriaguez terrible de su inmolación y los exhorta virilmente a sufrir, a causa, dice el texto, de la Esperanza que Ella tenía en Dios[26].

Gentileza del estupendo y serio blog en Gloria y Majestad

 

[1] Nota del Blog: la palabra entre paréntesis falta en la versión española. No hemos podido consultar el original pero creemos que es necesario agregarla por el contexto.

[2] II Mac. VII, 11.

[3] Levit., XI, 7; Deut., XIV, 8.

[4] Lc XIV, 21.

[5] II Mac. VII. 3.

[6] Prov., XXI, 24.

[7] Rom. II, 5.

[8] II Mac., VII, 3.

[9] I Joan, V, 7, 8.

[10] Abdías, 18.

[11] Isaías, X, 17.

[12] Id., XL, 16.

[13] II Mac., VII, 4.

[14] II Mac., VII, 4.

[15] Jerem, XXXI, 22.

[16] II Mac., VII, 4.

[17] Prov. VII, 3; Deut., VI, 8.

[18] Exod., XXIX, 12.

[19] II Mac., VII, 5.

[20] Mat., XVII, 14; Marc., IX, 21.

[21] Fides quae per charitatem operatur– Gal, V, 6.

[22] Jn. VII, 39.

[23] Nota del Blog: en la traducción se lee “posible”.

[24] Is. IX, 19.

[25] Cor., III, 13.

[26] II Mac. VII, 20.

LA MONTAÑA DE GELBOE

NOTA PREVIA: Este artículo fue escrito en 1995. Han transcurrido, pues, 23 años desde su publicación, por lo que hoy resulta ser una «profecía»  en parte cumplida, y lo que le resta a punto de cumplirse. Lo que el autor afirma sobre la FSSPX, es aplicable, sin duda alguna , a casi todos aquellos hijos suyos en los que ha impreso su carácter cuasi indeleble: a la falsa resistencia de mons. Williamson, Faure, Zendejas..; a muchos clérigos vagos que pontifican en sus capillas, sin ninguna jurisdicción, divulgando el error de que los verdaderos papas son infalibles sólo en muy pocas ocasiones, es decir, cuando proclaman solemnemente un dogma, a la vez que pretenden constituirse como los únicos doctores de la Iglesia, corrigiendo, en su desfachatez, o pretendiendo superar a voz en grito, incluso al mismo Doctor Angélico, nada menos y nada más; y en fin, a muchos más que, al menos implícitamente, sostienen la herejía de que la Iglesia es defectible al reconocer como verdaderos papas a los que son manifiestamente herejes; y a la vez que los reconocen papas, los desobedecen sistemáticamente. A todos ellos la FSSPX les ha impreso un estigma, y tienen en común, estén hoy dentro o fuera de sus filas, una misma misión: luchar contra los católicos, sacerdotes y obispos consagrados por Mons. Thuc, Mons. Hnilika o Clarence Kelly, entre otros,  y sus válidos linajes episcopales católicos que han declarado la Sede vacante.

LA MONTAÑA DE GELBOE* 
(EL CASO DE LA FRATERNIDAD SAN PÍO X) 
Por EL R. P. Donald J. Sanborn  católico)
   Al final del Libro primero de los Reyes, se puede leer la terrible derrota del ejército israelita después de una batalla desesperada contra los filisteos. Su rey Saúl estaba distraído por una obsesión de larga data, matar a David, y esto por la simple y única razón de que lo había desafiado al combate. Tomado por sorpresa, el ejército israelita fue masacrado; Saúl, herido mortalmente, se suicida dejándose caer sobre su espada. Todo esto sucedió sobre la montaña de Gelboé. Entonces, los filisteos combatieron contra Israel; y los varones de Israel huyeron ante los filisteos, y cayeron muertos sobre la montaña de Gelboé (I Reyes XXXI, 19).

   David, que no había tomado parte en la batalla, se sumergió en la tristeza. Lloró a Saúl su perseguidor porque era su rey. Lloró a Jonatán su más querido amigo. Lloró a los valerosos hombres de Israel caídos en la montaña. Los ilustres, Oh Israel, han sido muertos sobre tus montañas: ¿Cómo han caído los fuertes? (II Reyes I, 19).

El compositor George Haendel ha puesto música a esta escena dramática del Antiguo Testamento en el oratorio intitulado Saúl. Estas palabras con sombríos acentos de himno fúnebre, lloran la perdida de la valiente juventud de Israel: 

Llora Israel, llora tu belleza perdida 
¡Lo mejor de tu juventud segada en Gelboé! 
¡Tus más hermosas esperanzas desvanecidas! 
¡Que amontonamiento de poderosos 
guerreros sobre el llano!  

Cada año, en junio y julio, el sacerdote al leer su breviario recita varias veces la queja de David por los sucesos de Gelboé:

Montes Gelboe, nec ros nec pluvia veniant   
super vos, ubi ceciderunt fortes Israel. 

Montañas de Gelboé, que no vengan sobre ti ni la lluvia ni el rocío, allí donde cayeron los bravos de Israel. 

Allí donde cayeron los bravos de Israel 

Cuando se considera que Israel en el Antiguo Testamento es la prefiguración de la Iglesia Católica en el Nuevo, y que los filisteos, enemigos de larga data de los israelitas son una prefiguración de los enemigos de la Iglesia, es difícil no hacer la comparación con nuestra época.

Nunca estuvo la Iglesia tan acorralada por sus enemigos; nunca con tanto éxito. Nunca antes la Iglesia libró un combate tan decisivo contra sus enemigos. Es verdaderamente para ella la montaña de Gelboé.

La batalla es feroz. Los filisteos son naturalmente los modernistas, los israelitas son los católicos fieles a su Santa Fe. Allí los filisteos se habían reunido en una fuerza terrible para responder a la humillación sufrida con la muerte de Goliat; en nuestra época son los modernistas, humillados bajo el reinado de San Pío X, quienes asaltaron la Iglesia con un nuevo vigor.

Mientras los bravos de Israel – los Católicos fieles – caen poco a poco, masacrados en este funesto combate. 

La formación de un gran ejército 

Un domingo de noviembre de 1964 a la vuelta de la Misa dominical, recuerdo haberme sentido seriamente desmoralizado. Era el primer domingo de Adviento, y los primeros cambios operados por Pablo VI habían sido introducidos en la Misa. No más oraciones al pie del altar ni último Evangelio. Se había introducido la Misa dialogada, y algunos himnos con letras protestantes resonaron en nuestros oídos. Todas cosas que fueron ampliamente sobrepasadas por los standars actuales de aberración litúrgica; pero instintivamente, me di cuenta entonces que algo profundo no iba verdaderamente en la Iglesia Católica. A pesar de mis catorce años, sentía que la religión protestante se había infiltrado en la Iglesia Católica.

Mi vida no sería más la misma. La impresión interior provocada en mí por los cambios no hizo más que empeorar con el tiempo. Los cambios se sucedían unos tras otros; la Iglesia – o lo que parecía serlo – era cada vez más protestantizada.

En 1967 entré al seminario diocesano para seguir mis estudios secundarios. Ingenuamente pensaba que el seminario seria un paraíso de ortodoxia y de conservadorismo en comparación con la parroquia liberal. De hecho, con gran tristeza, descubrí desde el primer día que era todo lo contrarío. Recuerdo haberme horrorizado al escuchar a los seminaristas más antiguos reclamar el matrimonio para los sacerdotes, entre otros cambios liberales.

Hacia 1970 comprendí que nunca sería capaz de cumplir una función en el contexto de Vaticano II, de su religión de futuro. Me di cuenta entonces de lo que iba a llegar a ser la religión del Novus Ordo, exactamente lo que es ahora. Los seminaristas liberales de esta época son ahora sacerdotes u obispos, y hay que esperar de su parte ir más adelante aún.

Con algunos otros seminaristas nos pusimos a la búsqueda de diócesis más conservadoras. En aquel momento todo lo que buscábamos o esperábamos era un cierto conservadorismo, un pequeño refugio donde resistir a la tempestad del liberalismo. Casi todos los conservadores pensaban que la tormenta pasaría pronto, desde el instante en que el Santo Padre, Pablo VI en la época, descubriera lo tramado por los malvados liberales y los castigara. Todos pensábamos: el Santo Padre ignora todo lo que pasa, he aquí la razón del liberalismo. Cada año el seminario se volvía más liberal; y todos los años me decía. “El año próximo esto se acaba”. Eso nunca se acabó.

En la cabeza de todo conservador siempre estaba la idea implícita de que los liberales eran verdaderos católicos, pero que se dejaban engañar. Una vez que hubiesen visto que los cambios no iban, darían marcha atrás.

Fue en el curso de aquellos años que, con otros seminaristas, comenzamos a frecuentar la Fordham University en el Bronx para escuchar las conferencias del Dr. Von Hildebrand sobre los cambios.

Fui introducido por el Dr. William Marra, hoy muy conocido. Igualmente leía la revista Triumph y todas las publicaciones tradicionales o conservadoras que llegaban a mis manos.

Pero no conseguía nada. Todo iba de mal en peor.

Finalmente, a fines de 1970, uno de mis compañeros seminaristas tuvo la idea de escribir a The Voice, periódico tradicional publicado al norte del condado de New York, para preguntar si alguien había escuchado hablar de la existencia de un seminario tradicional en algún lugar del mundo. La carta fue publicada. Un sacerdote, el Padre Ramsey respondió. Decía no conocer nada viable en los Estados Unidos, pero había escuchado hablar de un pequeño seminario apenas recientemente fundado, en Suiza, por un Arzobispo francés. Por otra parte, este Arzobispo debía venir a los Estados Unidos la próxima primavera.

Evidentemente interesado, escribí al Arzobispo y, bastante rápidamente, recibí una amable respuesta. Llegaba en marzo y estaría contento de recibirme, así como a los demás seminaristas interesados. Este encuentro con Mons. Lefebvre tuvo lugar en New York el lunes 15 de marzo de 1971. Una vez más mi vida tomaba un vuelco decisivo.

La conversación con Mons. Lefebvre contenía en germen todas las fuerzas y todos los problemas que serían parte del movimiento tradicionalista en el futuro.

Su Excelencia iba en camino para Covington, Kentucky, donde debía encontrarse con otro miembro de la Congregación del Espíritu Santo, el Obispo de Covington.

El Arzobispo inicia la conversación mostrándonos la aprobación que había obtenido de la diócesis de Friburgo para la Fraternidad. Era pues claro que tenía la intención de trabajar en el interior de la estructura del Novus Ordo. En la época ninguno de nosotros habría jamás pensado obrar de otra manera, nosotros buscábamos solamente un refugio, un lugar donde poder ser católico y ocuparnos de nuestros propios asuntos.

Pero durante la conversación, Monseñor Lefebvre explicó que era necesario conservar exclusivamente la Misa Latina, que era la misa en uso en su seminario. Aunque feliz con la idea de reencontrar la Misa Latina tradicional, pues yo aborrecía la Nueva Misa, la idea de conservar la tradicional me preocupaba. Considerando que Pablo VI era el Papa, lo que todos pensábamos en la época, ¿cómo podía resistirlo en este punto? Recuerdo que uno de los seminaristas le formuló esta objeción. El Arzobispo dio una vaga respuesta respecto de su legalidad, e insistió en la necesidad de conservar la Misa tradicional para salvaguardar la Fe. Evidentemente tenía razón, pero la cuestión de la legalidad permanecía, desconcertante e inquietante.

Esta conversación presagiaba todos los acontecimientos que vendrían después. El deseo de colaborar con el Novus Ordo iba finalmente a entrar en conflicto con la resolución de mantener la Misa tradicional y la Fe Católica en general. El Arzobispo, y con él la Fraternidad, iba a pasar veinticinco años de agonía tratando de casar dos elementos contradictorios: el Novus Ordo y la Fe Católica. Y como el Novus Ordo está promulgado por el “papa”, el Arzobispo y la Fraternidad buscarán una vía media imposible entre reconocer en él la autoridad de Cristo y resistir en él a la autoridad de Cristo.

Estas dos tendencias contradictorias de Monseñor Lefebvre, trabajar con el Novus Ordo por un lado y por el otro, preservar la Fe Católica, estarán en el origen de las dos tendencias que nacerán en Ecône: la línea de los blandos, los liberales que pretendían comprometer la Fe Católica con el fin de obtener la aprobación del Novus Ordo; y la línea de los duros que preferirán abandonar toda esperanza de aprobación por parte del Novus Ordo, antes que comprometer la Fe.

   Como dije hace diez años en un artículo intitulado The Crux of the Matter, Monseñor dio a las dos facciones motivos de esperanza. Algunos actos y declaraciones se colocaban del lado de los blandos, otras del lado de los duros. El resultado fue que cada partido podía presumir de ser el intérprete de las ideas y de las tendencias de Monseñor.

   De hecho, este seguía un camino que no era ni el de uno ni el de otro partido. El método que preconizaba para resolver la crisis de la Iglesia consistía en preparar un gran ejercito de sacerdotes tradicionalistas que serían enviados por todas partes a decir la Misa; por su Misa y su apostolado atraerían a los católicos. El Novus Ordo perecería por falta de vocaciones, pensaba, y rápidamente el Vaticano y los obispos deberían capitular ante el hecho de que los únicos sacerdotes que permanecerían serían tradicionalistas. De buen o mal grado tendrían que volver a la tradición. Por otra parte, Monseñor pensaba que era absolutamente necesario preservar la doctrina católica, la liturgia y la práctica, y en consecuencia, resistir a la autoridad del Novus Ordo, es decir, en particular a Pablo VI.

De esta doble afirmación nació la única solución posible: “el filtro”. Reconocer la autoridad del Novus Ordo como la autoridad católica, pero pasar por el filtro sus doctrinas, sus leyes y su liturgia para quedarse con lo que es católico y rechazar lo que no lo es.

   Además Monseñor Lefebvre buscó formar seminaristas que aceptaran esta solución y, mirándolo bien, tuvieran a la Fraternidad – es decir a él – como la autoridad habilitada para jugar este rol de “filtro”. Es así que nació el “culto de Monseñor”. Incapaces de resolver el problema de la autoridad, los seminaristas consideraron a Monseñor Lefebvre como el vocero excepcional de Dios en esta crisis. Roma no era más un problema desde que Monseñor estaba allí para interpretar el pensamiento y para conducirnos entre los diversos obstáculos modernistas que se suscitaban.

   De 1970 a 1975, estas tres corrientes, línea de los duros, línea de los blandos y línea de Monseñor se desenvolvieron paralelamente y no tuvieron sino raros choques de orden menor. Los “duros” hicieron conocer abiertamente sus opiniones sedevacantistas respecto de Pablo VI. No veían más la necesidad de ocultar su alineación con el Breviario y las rúbricas de San Pío X, y por todas partes en el seminario, se podían ver seminaristas con estos breviarios.

   En clase, los “duros” discutían con los profesores de tendencia modernista; un cierto inglés muy conocido, hoy obispo, dirigía la tropa. Los “blandos” defendían a los profesores y hostigaban a los “duros”. Monseñor Lefebvre permanecía generalmente fuera.

   En 1974, el Vaticano decide efectuar una investigación sobre Ecône y envía visitadores para interrogar a docentes y seminaristas. Previendo que el informe sería mal recibido, Monseñor Lefebvre hace su famosa Declaración que alegró mucho a los “duros” y fue un golpe para los “blandos”. Un año más tarde, en mayo de 1975, Pablo VI suprime la Fraternidad. Monseñor Lefebvre decide resistir y mantiene abierto su seminario de Ecône. Los “duros” exultaban, llenos de entusiasmo por esta nueva guerra abierta con el modernismo más particularmente localizado en el Vaticano. Estos no tenían en cuenta la supresión, considerando los actos de Pablo VI, nulos, sin existencia.

   Para los “blandos” era la tempestad. Muchos dejaron Ecône. Los de la línea de Monseñor continuaron siguiéndolo lealmente.

   Los acontecimientos, de 1975 a 1978, hicieron presagiar el triunfo de los “duros”. Monseñor parecía abandonar toda esperanza, e incluso todo deseo de reconciliarse con el modernista Montini. Hablaba de la iglesia del Vaticano II como de “una iglesia cismática” y de la Nueva Misa como de una “Misa bastarda”. En ese momento pareció que la dicotomía de Monseñor Lefevbre de los años precedentes se resolvería con la decisión lógica y coherente de proseguir la guerra contra el Novus Ordo. La Fraternidad habría sido el gran ejercito de la Iglesia Católica frente a sus enemigos modernistas, los filisteos, en el interior de los muros, los muros del Vaticano principalmente. Ella habría atraído las vocaciones del mundo entero, las habría formado según el espíritu de la Iglesia Católica y antimodernista, para enviarlas luego a los campos de batalla de todos los puntos de la tierra. El futuro se anunciaba brillante, seguro, glorioso.

Fue entonces que tuvo lugar un suceso que alegró a mucha gente: Pablo VI dejó de vivir. Era el 6 de agosto de 1978. 

El abrazo fatal 

Los pocos días concedidos a Luciani corrieron y fue elegido el actual y aparentemente inmortal Wojtyla, en octubre de 1978, como tercer “papa” del Vaticano II. Monseñor quiso ver al nuevo “papa”. El encuentro tuvo lugar poco tiempo después de la elección de Wojtyla. En el curso de esta conversación histórica, Wojtyla declara a Mons. Lefebvre que podía continuar todo “aceptando el Concilio a la luz de la tradición”, fórmula que Monseñor había utilizado siempre hasta entonces en su tentativa de coexistencia con el Novus Ordo. Esto significaba: para Monseñor, evaluar el Concilio para retener solamente lo que era católico; para Wojtyla, tener otro color en el espectro de las ideas Para Monseñor Lefebvre era la renovación de las esperanzas, alimentadas durante el pontificado de Pablo VI, de recibir la aprobación de parte del Novus Ordo; para Wojtyla, era el medio de reintegrar a los tradicionalistas en una “High Church”. Para Mons. Lefebvre era la esperanza de obtener una capilla lateral tradicionalista en el interior de la catedral modernista; igualmente para Wojtyla.

   Habiéndolos reunido esta esperanza de reconciliación, Wojtyla dio a Monseñor un abrazo fatal. La guerra había terminado.

Al menos allí. Después de esta entrevista, no le quedaba a Monseñor más que una cosa para hacer: transformar la línea dura de su Fraternidad, dispuesta en orden de batalla, en un instrumento de compromiso lleno de flexibilidad. El diálogo iba a ser el orden del día para los años a venir, y necesitaba tras de sí un clero que trabajase, no espada sino pluma en mano, en la firma de un tratado de paz con los saboteadores del cato1icismo.

Se siguió un reino del terror en el interior de la Fraternidad. Convencido de que en adelante tenía que preparar un ejercito de dialogadores y de personas dispuestas al compromiso para concluir su larga búsqueda en vista de la aprobación del Vaticano modernista, Monseñor comprende que debía o convertir o eliminar la oposición. Lo que hizo con una decisión implacable, y aún cruel. El sedevacantismo fue desterrado. Era preciso o bien reconocer que Juan Pablo II era papa, o bien usted se iba a vivir en el exilio y la pobreza.

Con gran alegría de los blandos, cada duro de la Fraternidad fue sistemáticamente derribado, sea por la conversión obtenida por presiones, sea por la expulsión. Es con la expulsión de cuatro sacerdotes italianos que concluye el procedimiento en 1986, y ni uno de aquellos que consideraban a Wojtyla como el enemigo permanecerá en la Fraternidad. El camino estaba despejado desde entonces para un compromiso que permitiera la coexistencia, la capilla lateral en la Catedral modernista del Ecumenismo.

A pesar del jaque de la reunión de Asís y de otros crímenes ecuménicos ultrajantes por parte de Wojtyla, las negociaciones con el enemigo prosiguieron su curso hasta el fatídico día del Protocolo: 5 de mayo de 1988, fiesta de San Pío V, ¡qué coincidencia!

Después de meses de negociaciones con Ratzinger, un documento considerado como preparatorio antes del último acuerdo definitivo más formal fue presentado a la firma de Monseñor Lefebvre. En este fatídico Protocolo, como se lo llama, Monseñor Lefebvre: 

  • 1) prometía fidelidad a Juan Pablo II y al cuerpo de los obispos del Novus Ordo
  • 2) estaba de acuerdo en aceptar el capítulo 25 de Lumen Gentium, reconociendo así al Vaticano II como la enseñanza de la Iglesia Católica sin ninguna reserva; 
  • 3) aceptaba el diálogo con el Vaticano sobre los puntos discutidos del Vaticano II, la nueva liturgia, los problemas disciplinares, “evitando toda polémica”, dicho de otra manera, abandonando la denuncia pública del error; 
  • 4) reconocía la validez de la Nueva Misa y de los nuevos sacramentos, tal como fueron promulgados por Pablo VI y Juan Pablo II en sus ediciones oficiales, lo que implica que se trata de ritos Católicos promulgados por la Iglesia, no pueden entonces ser inválidos; 
  • 5) reconocía el Código de Derecho Canónico que por su propia boca había declarado lleno de errores, sino de herejías.

En contrapartida Ratzinger concedía a la Fraternidad un lugar en lo que Monseñor Lefebvre siempre llamó “la iglesia conciliar”. Además, estaba de acuerdo en sugerir al “Santo Padre” de nombrar un obispo elegido entre los miembros de la Fraternidad. Por otro lado además, el Vaticano aceptaba constituir una “Comisión de la Tradición” para ayudar a salvaguardar las prácticas tradicionales.

El mismo día siguiente, 6 de mayo, Monseñor Lefebvre violaba el acuerdo apenas aceptado, diciendo a Ratzinger que si el “Papa” no nombraba un obispo y preparaba el Mandato Apostólico (el permiso para consagrar) para mediados de junio, él procedería sin esperar más, a la ceremonia. Presentaba como razón el hecho de que dejar el acontecimiento para más tarde causaría un sentimiento de desilusión entre los tradicionalistas. Además, añadía, “hoteles, medios de comunicación, inmensas tiendas a montar para la ceremonia, deberían detenerse”.

Ratzinger y Monseñor se reencontraron el 24 de mayo. Ratzinger aseguró a Monseñor que el “Santo Padre” elegiría un obispo de la Fraternidad, que aprobaría una consagración hecha el 15 de agosto, solamente cuarenta y cinco días después del 30 de junio tan deseado. Monseñor respondió con dos cartas, una a Ratzinger y otra a Wojtyla; insistía en la cantidad de tres para los obispos, en la fecha del 30 de junio para la consagración, y pedía que la “Comisión para la Tradición” comportase una mayoría de miembros de la Fraternidad.

Ratzinger respondió el 30 de mayo insistiendo en los términos del Protocolo del 5 de mayo, y en la sumisión del Arzobispo al “Papa” en lo que se refería a la consagración. El 2 de junio Monseñor respondía denunciando el espíritu del Vaticano II y anunciaba a Ratzinger que tenía la intención de proceder a la consagración el 30 de junio, amparándose en el “permiso” concedido por Roma para el 15 de agosto.

Las tergiversaciones continuaron. El 15 de junio, Monseñor Lefebvre ofreció una conferencia de prensa en la que declaró que Juan Pablo II no era católico, que estaba excomulgado, fuera de la Iglesia, pero que sin embargo, era el jefe de la Iglesia. El 16 decía a un periodista, que cambiaría de opinión si Juan Pablo II – que la víspera no era siquiera católico – aprobaba sus cuatro obispos.

El 30 de junio Monseñor Lefebvre consagró sus cuatro obispos. El 2 de julio Juan Pablo II los excomulgó, así como a todos los que lo siguieran. 

Las dos caras del Arzobispo 

   El desarrollo de estas tratativas con el Vaticano modernista mostró de manera evidente que existían en Monseñor Lefebvre dos aspectos opuestos, cada uno capaz de dictar su propia teoría distinta y contradictoria, así corno su propio modo de acción.

Por un lado, estaba la fe de Monseñor. Lo conocí durante muchos años, puedo testimoniar del hecho que de corazón, era profundamente católico, antiliberal, antimodernista. Detestaba los cambios del Vaticano II, y, como todos nosotros, deseaba la vuelta de la Fe Católica.

Por otro parte, estaba la diplomacia del Arzobispo. Él creía firmemente, y bien inclinado a este arte por haber sido Delegado Apostólico, pensaba poder resolver los problemas de la Iglesia por medio de la diplomacia.

Libre de las consideraciones diplomáticas, su fe resplandecía, inflamada por su fortaleza de alma. Las declaraciones que hacía en estos momentos de humor no-diplomático y sin cálculo, eran excelentes. Eran exactamente las que la Iglesia necesitaba: una simple declaración de la verdad sin ambigüedad, una denuncia directa de los modernistas, un fuerte programa de acción positiva contra ellos por medio de la formación y ordenación de sacerdotes tradicionales. Es en este último aspecto que reside toda la grandeza de Monseñor Lefebvre.

Por el contrario, cuando la diplomacia dictaba sus pensamientos y sus acciones, aparecía como una persona completamente distinta. Listo para realizar vergonzosas capitulaciones por alcanzar su objetivo, ofrecía en bandeja a los modernistas afirmaciones ambiguas, esperando que ellos aceptaran darle un lugar en la mesa modernista. Por ejemplo, aún no queriendo saber nada de la Misa Nueva, acepta autorizar oficialmente la celebración de una Misa Nueva en la vasta iglesia parisina de San Nicolás du Chardonnet: 

El Cardenal (Ratzinger) nos hizo saber que entonces sería necesario autorizar la celebración de una Misa Nueva en San Nicolás du Chardonnet. Insiste en la existencia de una única Iglesia, la del Vaticano II. A pesar de estas decepciones, firmo el protocolo del 5 de mayo” (Dossier sobre las consagraciones episcopales, Ecône 1988, p. 4). 

Bajo la influencia de la diplomacia, su coraje habitual se transformaba en una debilidad indecible, temerosa frente a los enemigos de la Iglesia. Así en 1974, diciendo que su brillante Declaración era un gaffe diplomático, es lo que presentó como excusa al Cardenal Seper, excusa indigna de su fe y de su fortaleza, diciendo que había sido compuesta en un momento de indignación.

   A Ratzinger en un intento de conseguir que el Vaticano aprobase las esperadas consagraciones, presenta como razón que las “tiendas ya fueron alquiladas”, como si las consagraciones no fueran apenas más que una fiesta de matrimonio.

¿Pensaba realmente que el Vaticano se dejaría tocar por una historia de tiendas? ¿Verdaderamente pensaba que el inconveniente de anular las tiendas tuviese algo que ver con el asunto del momento? Por supuesto que no. En realidad, Monseñor sabía en su corazón que Juan Pablo II no era más papa que usted y que yo, sus relaciones con él no eran la traducción de un espíritu de sumisión a su “autoridad”, sino más bien un intento por obtener de Wojtyla lo que Wojtyla podía darle: una apariencia de legitimidad.

La prueba está en la posición que expresa a los cuatro obispos el 28 de agosto de 1987, justo antes de que comience el largo proceso de negociaciones finales: “La Cátedra de Pedro”, les escribe, “y los puestos de autoridad de Roma están ocupados por anticristos” (Ibíd., p. 1). ¿Cómo pudo honestamente entablar negociaciones con estos anticristos, esforzándose por obtener de ellos el reconocimiento, de modo de trabajar conjuntamente con ellos? Uno se lo pregunta. ¿Cómo podía llamar Vicario de Cristo a quién condenaba como anticristo?

   La respuesta reside en las dos caras de Monseñor Lefebvre.

Como dos discos con registros diferentes que giran al mismo tiempo, los dos aspectos de Monseñor Lefebvre, el de la fe y el de la diplomacia, podían manifestarse simultáneamente, a veces el mismo día, en sus declaraciones, en sus tomas de posición y en sus actos. 

Un ejército que combate por la coexistencia con los herejes 

Se escucha frecuentemente decir que si no hubiese habido un Monseñor Lefebvre, no habría en absoluto movimiento tradicionalista, ni sacerdotes, ni Misa tradicional, nada.

Esta afirmación es en gran parte verdadera. Subrayemos que es imposible decir lo que hubieran hecho otros obispos si el movimiento tradicional no hubiera sido tomado en mano por Monseñor Lefebvre. Se podría pensar que algunos obispos pudieran haberse alejado, espantados por lo que percibirían como una posición esencialmente no-católica, consistente en afirmar que Wojtyla posee la autoridad de papal, y en ignorarla al mismo tiempo. Debido al hecho de esta posición imposible de Monseñor Lefebvre, casi todo el movimiento tradicional, lleva en su cara una marchites no-católica. No obstante, pertenece a Monseñor Lefebvre el haber concebido la idea de un gran ejército de sacerdotes esparcidos por el mundo entero que trabajasen de una manera coherente unificada contra el clero modernista. Es él quien tiene el mérito de haber dispuesto un sistema para realizar este fin con la fundación de seminarios, la implantación de numerosas casas religiosas, de escuelas, de conventos y de noviciados. Es también él quien tiene el mérito de haber formado un ejército bien equipado, al menos en el plano material y organizativo.

Gracias a esta proeza material y organizativa, así como al carisma que naturalmente atraía a él tanta gente, arrastró tras él casi todas las vocaciones al sacerdocio de cuantos resistían a los cambios. La creación de Ecóne en 1970 fue el llamado de clarín de las tropas de la Iglesia para la última batalla contra el poder de las tinieblas, contra las puertas del infierno. Muchos respondieron al llamado y continúan respondiendo. Es la juventud elegida de Israel en la feroz batalla contra los filisteos.

Sin embargo, como cuando la batalla sobre la montaña de Gelboé, nuestra juventud de élite está a punto de hacerse masacrar de hacerse batir por los filisteos.

Pues, como hace mucho tiempo que el ejército de sacerdotes que resisten al modernismo no comprende que los filisteos son el enemigo, será aniquilado.

En efecto, si es Monseñor Lefebvre quien tiene el mérito de haber armado y equipado este ejército de sacerdotes, es igualmente a él que pertenece la responsabilidad de haber llevado a estos sacerdotes – así como a los simples laicos que los asisten – a la trampa del gran enemigo. Esta trampa del enemigo consiste en atraer la resistencia al modernismo haciéndola pasar por una rama tradicionalista de la religión modernista, una “High Church”, sobre el modelo de la rama conservadora del anglicanismo.

Esta trampa, esta “solución” del problema del Vaticano II y de sus reformas sirve perfectamente a los fines del modernismo. Como la araña en su tela, él captura así virtualmente hacia el interior de su religión reformada, herética, toda resistencia que pudiera oponerle el catolicismo. Él la captura, le pone sus condiciones, la contiene y la desviriliza. La Iglesia “Católica” apareció entonces a los ojos del mundo entero semejante a la Iglesia de Inglaterra, una iglesia en que la adhesión a la Fe Católica estaría reducida a la pompa litúrgica y donde la “creencia católica” estaría en comunión con la herejía. Un tal sistema reduce a la Iglesia Católica a una secta, pues ella no puede prestar el nombre de católico a los herejes modernistas y al mismo tiempo llamarse la verdadera Iglesia de Cristo.

Sin embargo, es la solución que ven los lefebvristas a los problemas de la Iglesia: coexistencia de los modernistas con los católicos en la misma Iglesia, en cuyo seno ellos tendrían sus iglesias y nosotros las nuestras, todos bajo el mismo papa que sería el Santo Padre tanto de los herejes como de los católicos.

Esta actitud no viene de Dios. Nunca en la historia del Antiguo o del Nuevo Testamento, Dios hizo compromisos con sus enemigos. Nunca permitió la mezcla de las falsas religiones con Su sagrada doctrina. De hecho, fue justamente por esta razón, por buscar siempre mezclar su fe divinamente revelada con las religiones paganas de los pueblos vecinos, que en el Antiguo Testamento el pueblo judío era continuamente castigado.

No, o bien Vaticano II viene de Dios, o bien no viene de Dios. O bien los cambios traídos por este Concilio vienen del Espíritu Santo o no vienen del Espíritu Santo. Si vienen del Espíritu Santo, deben ser aceptados y nuestra resistencia es pecado. Si no vienen del Espíritu Santo, es que vienen del demonio y no existe en este caso más que una respuesta de la Iglesia, es el anatema, mil veces el anatema y la excomunión de todos los herejes. No la coexistencia con la herejía y los herejes Reclamar una tal coexistencia, es reducir la Iglesia a una secta, como las de los protestantes.

   La resistencia que oponemos al Vaticano II y a sus cambios no tiene entonces por fin la obtención de una capilla lateral tradicional en el interior de la gran catedral modernista. No, nuestra voz se eleva para rechazar y denunciar la herejía, es la voz de la fe contra estos herejes que han invadido nuestros edificios sagrados y los han colmado de la abominación herética.

Monseñor Lefebvre ha provisto a sus sacerdotes de todo, excepto de la adecuada teología para distinguir a los enemigos de la Iglesia; ha formado un ejército que no sabe donde está el enemigo. Combaten por el “reconocimiento” de las “autoridades” modernistas. Buscan ser absorbidos por los filisteos, no vencerlos. Quieren trabajar con el modernismo en el interior del Vaticano, y no expulsarlo. Combaten por la coexistencia con los modernistas, por compartir la misma Iglesia con los herejes.

El espíritu de “negociación con Roma” continúa haciendo su camino en el interior de la Fraternidad. El mismo término suena cismático, pues los católicos no negocian con Roma, se someten a Roma. Poco tiempo después de las consagraciones de 1988, Monseñor Lefebvre declaraba que las negociaciones continuarían y que preveía que en cinco años todo se resolvería. Recientemente también hemos escuchado hablar de nuevas negociaciones, de nuevo con Wojtyla. La encíclica de Wojtyla, Veritatis Splendor, fue objeto de elogio del entonces Rector de Ecône (!), que la calificó de “antiliberal, antiecuménica, anticolegial”, “no necesitando ninguna revisión”. 

La raíz del problema 

La razón por la cual la Fraternidad prosigue la vía de la negociación con los modernistas, con el objetivo último de ser absorbidos por ellos, es que considera que Wojtyla detenta la autoridad papal. Siente la necesidad de someterse a él, de ser reconocida por él, para estar sometida a Cristo, para ser reconocida por Cristo. Pues la autoridad papal es la autoridad de Cristo.

Sin embargo, al mismo tiempo, en la Fraternidad se mira casi todo lo que dice o hace Wojtyla como herético, erróneo, escandaloso o peligroso para las almas. Ellos dicen abiertamente que un católico no puede sobrevivir espiritualmente en el Novus Ordo. Es decir, que la Misa y los Sacramentos, la doctrina y la disciplina que nos han sido dadas oficialmente por el Papa (Papa a sus ojos) son a tal punto nocivos para las almas, que son para éstas, causa de muerte espiritual.

   Ante este peligro de muerte espiritual para las almas, la Fraternidad considera que tiene carta blanca para continuar todo el apostolado que quiera en no importa qué diócesis del mundo. Al mismo tiempo, ella prosigue las negociaciones con el agente de muerte espiritual, con la esperanza de poder trabajar codo a codo con él en las diócesis, como hace la Fraternidad San Pedro.

Que la Fraternidad abandone esta posición insostenible y adopte la posición católica, y se convertirá entonces en el verdadero y valiente ejército de resistencia que siempre habría debido ser.

Su posición es absurda, ya que con su modo de ver ellos combaten a la verdadera Iglesia Católica de la cual quieren formar parte. Pero los católicos no combaten a su Iglesia, sino que se le someten ya que es indefectible e infalible. Ella es la Iglesia de Cristo, y su autoridad es la autoridad de Cristo.

Es pues imposible que la autoridad católica – la autoridad de Cristo – prescriba para la Iglesia Católica entera, doctrinas, disciplinas, Misas o sacramentos erróneos o fautores de muerte; tal es la posición católica. Como las reformas del Vaticano II son falsas y causantes de muerte, es imposible que procedan de la autoridad católica, la autoridad de Cristo. Es en consecuencia imposible que Wojtyla posea la autoridad papal que pretende tener. El no representa a la Iglesia Católica. Las reformas del Vaticano II no nos vienen de la Iglesia Católica.

La conclusión práctica de la posición católica es evidente: no puede haber compromiso con los herejes de las cancillerías vaticanas y episcopales. Es el deber de la Iglesia denunciar a los modernistas y a los impostores que pretenden tener la autoridad católica e incitar a los católicos a no darles crédito, a rehusarles el nombre de católico. Esta denuncia de su falsa autoridad es esencial a la indefectibilidad de la Iglesia, pues la Iglesia sería defectible si aceptara como católicas las doctrinas, disciplinas y liturgia no-católicas que emanan del Vaticano II, de Montini y de Wojtyla. 

La Fraternidad San Pedro, una hija de Monseñor Lefebvre 

Los efectos desastrosos de la diplomacia de Monseñor Lefebvre y de la falsa eclesiología sobre la que se basa, se ven en la Fraternidad San Pedro y en la Misa del Indulto. La sola y única razón por la que tenemos una y otra es que Monseñor Lefebvre las ha pedido y ha trabajado duro para obtenerlas.

La idea de una congregación religiosa trabajando en el interior de las estructuras diocesanas del Novus Ordo, conservando al mismo tiempo la Misa y la teología tradicional, ha sido, desde el comienzo, el sueño de Monseñor Lefebvre. Este sueño se realizó cuando el Protocolo fue puesto ante él para que lo firmase. Obtuvo finalmente lo que, por tan largo tiempo y gracias a una hábil diplomacia, había proyectado y tratado de conseguir. Y si se puede decir que sin Monseñor Lefebvre no tendríamos ningún sacerdote tradicionalista, igualmente se puede decir que sin Monseñor Lefebvre no tendríamos Fraternidad San Pedro ni Misa del Indulto. Creo que con el tiempo, la Fraternidad San Pedro y la Misa del Indulto suplantarán a la Fraternidad San Pío X. Es una cuestión de sentido común: si Wojtyla es el Papa y el Vaticano II un verdadero Concilio católico, ¿cómo podemos lógicamente resistirlo cuando nos ofrece una cucha tradicionalista? ¿Cómo podemos decir lógicamente que sus doctrinas son erróneas o su liturgia fautora de muerte? Evidentemente no podemos. Con la Fraternidad San Pedro, “mate la gallina y tendrá los huevos”, es decir que tendrá la tradición y Wojtyla al mismo tiempo. Si usted está con la Fraternidad San Pío X, usted continuará con el problema constante y lacerante de la autoridad. La “autoridad de Cristo” excomulgó a la Fraternidad San Pío X. ¿Que puede presentar ella como solución a este problema si no es que “la autoridad de Cristo se equivoca”?

Constatamos también la caída de la valiente juventud de la Iglesia en la cantidad significativa de defecciones de la Fraternidad San Pío X. Cada vez que algunos sacerdotes abandonan este grupo, se orientan siempre hacia la izquierda, es decir siempre más cerca del Novus Ordo vía la Fraternidad San Pedro o el Indulto. Nunca se alejan del Novus Ordo. He aquí un hecho que dice mucho sobre la formación que reciben en los seminarios lefebvristas.

   El Padre John Rizzo es un ejemplo de esto. Él era uno de mis seminaristas en Ridgefield. Era muy duro en la época en sus posiciones teológicas y no quería tener nada que ver con el Novus Ordo. En estos momentos leemos que ha sido aceptado en una diócesis del Novus Ordo y que trabaja con los modernistas. ¿Que pasó? Simplemente diez años de lefebvrismo. Durante esos diez años se le inculcó que la posición dura de los “nueve malos sacerdotes” (que salieron de la Fraternidad en 1983, n.d.r.) era cismática ya que no reconocían al Papa. Y bien, honor a ustedes de la Fraternidad San Pío X por haber tomado a su cargo un buen seminarista y haberlo arruinado, ¡pues no hizo nada más que sacar la conclusión lógica de vuestras posiciones teologicas! Si ustedes no abandonan sus posiciones inconsistentes y peligrosas, ustedes verán el fiasco del Padre Rizzo multiplicarse a gran escala. 

Ninguna base lógica para el apostolado 

Por reconocer, hace tanto tiempo, en Wojtyla la plena posesión de la autoridad papal, la Fraternidad no ofrece ninguna base lógica que justifique su apostolado.

Cuando un sacerdote ejerce este apostolado en tiempos normales, no puede practicar ninguna actividad sacerdotal sin ser autorizado por la autoridad competente, es decir, el obispo de la diócesis. Es esta autorización la que hace que la Misa del sacerdote y sus sacramentos sean católicos, o sea administrados por un agente de la Iglesia Católica debidamente autorizado. Es este defecto de autorización que hace de la Misa griega ortodoxa una Misa no-católica: aunque válidamente ordenado y aunque diga una Misa válida, el sacerdote no actúa en nombre de la Iglesia Católica sino contra ella.

Cuando el sacerdote tradicionalista ejerce su función, cuando dice la Misa y administra los sacramentos sin el permiso del obispo del lugar, debe justificar de una manera u otra el hecho de hacerlo sin autorización. La única justificación posible que podría presentar es la siguiente: “la Iglesia quiere que lo haga”. Ninguna autoridad lo autorizó a decir la Misa y a distribuir los sacramentos, por tanto debe tener un argumento coherente y convincente para decir que la Iglesia -Cristo en última instancia – quiere que así lo haga.

Pero si el sacerdote tradicionalista dice que la autoridad es revestida por Wojtyla o el obispo del lugar, ¿cómo puede entonces afirmar que la Iglesia quiere que ejerza un apostolado no autorizado? Si la autoridad de Cristo reposa en el obispo del lugar, ¿cómo puede entonces la autoridad de Cristo querer que el sacerdote tradicionalista actúe contra el obispo del lugar? Si la autoridad de Cristo reside en Wojtyla, ¿cómo puede Cristo desear que un grupo de sacerdotes ejerza un apostolado en desprecio de Wojtyla? ¿Cristo está contra Cristo?

¿Miramos también la otra cara de la moneda? Si la autoridad de Cristo no reside en Wojtyla, ¿cómo entonces Cristo o la Iglesia autorizaría el apostolado de quienes afirman con insistencia que el hereje Wojtvla es verdaderamente el Papa? ¿Cómo Cristo, o la Iglesia puede desear el apostolado de sacerdotes que intentan llevar a los fieles al rebaño de los falsos pastores, de pastores heréticos, de sacerdotes que denuncian como cismáticos a quienes no reconocen a los falsos pastores?

Todo esto para decir que no es posible separar la autoridad de la Iglesia de la autoridad de Cristo, no menos que separar la autoridad de la Iglesia de la Iglesia misma. Es una sola y misma cosa. No se puede entonces pretender representar a la Iglesia Católica si se actúa contra su autoridad. No se puede tampoco pretender representar a la Iglesia Católica si se reconoce una falsa autoridad. Donde está Pedro, está la Iglesia. Si vuestro apostolado no es el de Pedro, vuestro apostolado no es el de la Iglesia, ni el de Cristo. Reconocer como Pedro a quién condena vuestro apostolado significa condenar en consecuencia, por vuestra propia boca, vuestro propio apostolado.

Este hecho de reconocer la autoridad del Papa por un lado, pero “actuar por cuenta propia” por el otro, ha sido un signo revelador de numerosos herejes y cismáticos. Era la actitud de los Jansenistas y Galicanos, como también la de los Viejos Católicos. Y fue condenada por el Papa Pío IX:

¿De qué sirve proclamar en alta voz el dogma del Primado de Pedro y de sus sucesores? ¿De qué sirve el repetir la profesión de Fe en la Iglesia Católica y la obediencia a la Sede Apostólica, si las acciones desmienten las palabras? Por otra parte, el hecho de que la obediencia sea reconocida como un deber, ¿no hace acaso la rebelión todavía más imperdonable? Y además, que la autoridad de la Santa Sede no se extienda a la aprobación de medidas que se vio obligada a tomar, o bien que sea suficiente estar en comunión de fe con la Sede Apostólica sin agregarle la sumisión de la obediencia; ¿no es esto algo que no puede sostenerse sin daño para la Fe Católica?… En realidad, venerables hermanos y muy queridos hijos, se trata de reconocer la autoridad (de esta Sede) también sobre vuestras iglesias, y no solamente en lo que mira a la Fe, sino igualmente en lo que respecta a la disciplina. Quien lo niegue, es hereje; quien aún reconociéndolo, se rehúse obstinadamente, sea anatema” (Quae in patriarchatu, 1º de septiembre de 1876, al clero y a los fieles de rito caldeo).

Y Nos no podemos pasar en silencio la audacia de aquellos que, no soportando la sana doctrina, pretenden que: “En cuanto a los juicios y a los decretos de la Sede Apostólica, cuyo objeto toca manifiestamente el bien general de la Iglesia, sus derechos y su disciplina, se puede, desde el momento que no conciernen a los dogmas relativos a la fe y a las costumbres, rehusarles el asentimiento y la obediencia, sin pecado y sin dejar en nada de profesar el catolicismo” (Enc. Quanta Cura, 8 de diciembre de 1864).

   La posición de la Fraternidad no es pues una posición católica. Que prácticamente toda la juventud de la Iglesia, los valientes de Israel, tengan la cabeza llena de principios no-católicos en su combate contra el modernismo, he aquí un tremendo desastre. Esto significa que no hay ninguna voz verdaderamente católica de resistencia al modernismo, aparte de algunos sacerdotes esparcidos por el mundo que denuncian a los modernistas como privados de la autoridad. Es para la Iglesia, la montaña de Gelboé. 

Una falsa noción de la Iglesia 

El problema de fondo de la Fraternidad y de sus miembros es que trabajan a partir de una falsa noción de la Iglesia. Ellos miran la elección de Wojtyla por un colegio de cardenales del Novus Ordo, y de ahí concluyen que es un pontífice legítimo.

   Y como la dificultad de estar en comunión con un hereje no les escapa, dicen que Juan Pablo II está a la cabeza de dos iglesias: una, la Iglesia conciliar; y la otra, la Iglesia Católica. A veces él habla y actúa como jefe de la Iglesia conciliar; otras, como jefe de la Iglesia Católica.

¿Cómo saber lo que viene de uno o del otro? Por Monseñor Lefebvre que ha recibido de Dios la misión de pesar los hechos y las palabras de estos papas modernistas y de decirnos lo que hay que creer, lo que hay que hacer y lo que hay que pensar. Ahora que Monseñor ha fallecido, esta autoridad reside en el Superior General.

De este principio se debería sacar la conclusión lógica de que la infalibilidad e indefectibilidad de la Iglesia Católica, el depósito de la Fe, la salvación de todos los fieles, están en las manos del Superior General. La Iglesia Católica, la Fe Católica, la validez de los sacramentos, lo que debemos creer para salvarnos, todo ha sido confiado al juicio del Superior General.

Se podría comparar este tipo de eclesiología o de teología de la Iglesia a los “diferentes timbres” de las líneas telefónicas. Para la llegada de un fax, usted tiene un timbre; para una llamada telefónica, otro. Así, por analogía, si Wojtyla dice algo católico, usted recibirá de la Fraternidad un determinado sonido de timbre; si dice algo modernista, usted recibirá de la Fraternidad otro sonido de timbre.

Inútil decir que un tal sistema no solamente es absurdo, sino que reduce a cero la infalibilidad de la Iglesia Católica. En un sistema de este género el Papa no es más la autoridad, sino el Superior General de la Fraternidad San Pío X.

Su sistema es defectuoso en el sentido de que no comprenden que es la detención de la autoridad papal lo que hace que el Papa sea Papa. Esta autoridad garantizada por el Espíritu Santo en materia de doctrina, moral, liturgia y disciplina general, no puede prescribir para la Iglesia falsas doctrinas o leyes malas que el fiel tenga necesidad de rechazar, que deba necesariamente resistir. Pero en general, el movimiento tradicionalista postula el rechazo sistemático de la doctrina, moral, liturgia y disciplina general del Novus Ordo, al punto de desarrollar un apostolado en oposición con el del “papa” y el de los obispos de las diócesis. Actúa así porque sabe, a justo título, que la doctrina, moral, liturgia y disciplina general del Novus Ordo están condenadas por la enseñanza anterior de la Iglesia Católica Romana. Pero entonces, si es necesario resistir a sus doctrinas, moral, liturgia y disciplina general, es necesario concluir que estos “papas” no detentan verdaderamente la autoridad papal, que no son en consecuencia verdaderos papas. Y esto, cualquiera sea el procedimiento electoral que los haya designado para el cargo. Ya que la elección no hace más que designarlos para recibir el poder, no les comunica el poder por sí misma. El poder deriva de Cristo; es por esta misma razón que nuestra sumisión al Papa es una sumisión a Cristo.

Sin embargo, considerar que los “papas” del Novus Ordo son verdaderos papas – lo que piensa la Fraternidad – equivale a identificar la Iglesia Católica con ellos, pues Donde está Pedro, está la Iglesia. Pero identificar a la Iglesia Católica con ellos, establece una especie de atracción gravitacional ejercida sobre los miembros de la Fraternidad por Juan Pablo II y su religión. De todos modos, por un camino o por otro, la Fraternidad debe reintegrarse al regazo de Wojtyla. Esta atracción gravitacional hacia el Novus Ordo considerado como la Iglesia, es la responsable del liberalismo de los sacerdotes de la Fraternidad y de las numerosas defecciones en favor del Novus Ordo o de la Fraternidad San Pedro.

Esta noción de dos Iglesias, una católica, la otra conciliar, no es con forme a la realidad. La realidad es que Wojtyla fue elegido para ser un Papa católico, y que pretende ser el Papa católico. No pretende otra cosa que ser el jefe de la Iglesia Católica. La realidad es que trata de flanquear las estructuras de la Iglesia Católica por una nueva religión, el modernismo. Por el hecho mismo de intentar reemplazar la Fe Católica por una nueva religión, es imposible que posea la autoridad papal que pretende tener, o parece tener, o que ha sido designado para tener. ¿Porqué? Porque la naturaleza de la autoridad es la de llevar a la comunidad hacia sus propios fines. Y siendo uno de los fines esenciales de la Iglesia Católica, el mantenimiento de la Fe Católica, cualquiera que intente poner obstáculo a este fin no puede ser tenido por detentador de la autoridad de la Iglesia Católica, que es la autoridad de Cristo. En consecuencia, es imposible que los papas del Vaticano II sean verdaderos papas, ya que quieren para las estructuras de la Iglesia Católica un fin esencialmente desordenado.

La Fraternidad no mira más que a las estructuras externas de la Iglesia, subraya la continuidad que estas presentan entre los períodos pre y posconciliar, de aquí concluye que el Novus Ordo es la Iglesia Católica. El clero modernista está de hecho en posesión de las estructuras católicas, pero esto no significa que represente a la Iglesia Católica.

Es así que la Fraternidad es presa de una atracción hacia la jerarquía modernista en posesión de nuestros edificios católicos. Esta atracción fatal es devastadora, pues hace de su combate un combate por obtener el reconocimiento por parte de los modernistas. Esta “legitimidad” que los modernistas pueden conceder no tiene nada de legitimidad, no es más que una apariencia, y a costa de la pureza de la Fe Católica. Sin embargo, la Fraternidad está deslumbrada, hipnotizada por esta vana esperanza de “legitimidad”, un poco como un perro perdido en una autopista que, deslumbrado, se detiene con la mirada fija en las luces de un auto que pasa por la calle por encima suyo, encontrando así un fin trágico. Frente a esta inicua tentativa de los modernistas de poner en marcha su plan que consiste en colmar de sus abominaciones nuestras iglesias católicas, es el más solemne deber de los católicos el denunciarlos como falsas autoridades, y entonces tomar una posición católica que preserve la infalibilidad e indefectibilidad, una posición que rehúse identificar la Iglesia Católica con una falsa jerarquía investida de una falsa autoridad. 

El futuro del movimiento tradicionalista 

Guste o no, el futuro del movimiento tradicionalista está en gran parte unido al de la Fraternidad San Pío X, o al menos a sus actuales miembros. En estos tiempos de crisis de la Iglesia son ellos quienes tienen las vocaciones sacerdotales, como tales son ellos los valientes de Israel.

   Como un misil lanzado fuera de su trayectoria por una mala puntería, estas vocaciones, sacerdotes seminaristas, avanzan a toda rapidez en dirección de una reconciliación con los enemigos de la Iglesia. Nada podría agradar más a los modernistas y al demonio. Casi toda la energía, toda la fuerza de la fe católica concentradas en un ejército que no pelea.

Así, es inevitable que muchos miembros de la Fraternidad terminen rindiéndose al Novus Ordo bajo una u otra forma. Es probable que la Fraternidad concluya un acuerdo con el Novus Ordo, que obtenga el “reconocimiento” en los términos considerados por ella como más aceptables que los del acuerdo con la Fraternidad San Pedro, y que se vea así absorbida por la religión modernista. En mi opinión, un tal acuerdo provocaría la defección de alrededor del 20% de sus actuales adherentes, que saldrían y se reagruparían, pero solamente para recomenzar el mismo proceso. Estos retomarán la antorcha del lefebvrismo, de una absurda teología de la Iglesia, un pie en cada una de las dos religiones, Católica y modernista, continuando el filtrado de documentos y decretos del Vaticano. E inevitablemente, este grupo del 20%, debido a las tensiones y contradicciones, explotará otra vez.

El verdadero futuro del movimiento tradicionalista, que es también el futuro de la respuesta católica al enemigo modernista, se encuentra en una posición católica respecto de la autoridad papal y de la naturaleza de la Iglesia Católica. Es por eso que considero de la más urgente y suprema necesidad que nosotros, sacerdotes y laicos que no queremos compromisos con el enemigo, trabajemos juntos en el establecimiento de seminarios católicos. Y no es menos importante que jóvenes salidos de nuestras “parroquias” renuncien a los múltiples atractivos del mundo y se ofrezcan a la Iglesia por el santo sacerdocio.

Si faltamos a este deber – formar sacerdotes católicos adecuada y correctamente preparados – habremos faltado ante Dios en no haber protegido nuestro bien más precioso: nuestra Fe Católica. Y este tesoro sagrado que nos ha sido transmitido con un celoso cuidado por nuestros ancestros, a veces al precio de su propia sangre, habrá sido, por nuestra negligencia, arrojado como migajas a los perros modernistas.

No podemos sustraernos al deber de formar sacerdotes católicos que en nuestra época piensen justamente, sepan quién es el enemigo de la Iglesia, sepan donde está y deseen combatirlo con celoso y sagrado ardor, antes que firmar un compromiso con él. Si faltamos a este deber, recibiremos lo que merecemos: estas capillas y escuelas que nos preservaron con tanto esmero y esfuerzos del modernismo serán tomadas en manos de sacerdotes – aún si están válidamente ordenados – que han traicionado la pureza de la Fe Católica haciéndose reconocer por los herejes modernistas. 

Un llamado a la Fraternidad San Pío X 

Ustedes tienen casi toda la valerosa juventud de la Iglesia en vuestros tropas. En vuestros seminarios los han formado para pensar que la coexistencia con la jerarquía modernista es la solución a los problemas de la Iglesia. A causa de esto, han dado nacimiento a la Misa del Indulto, a la Fraternidad San Pedro y a otras organizaciones del mismo género.

Ustedes continúan dialogando con los herejes, esforzándose por ser absorbidos por ellos. Ustedes denuncian como cismáticos a todos los sacerdotes que declaran que los herejes no tienen autoridad sobre los católicos. Ustedes los han perseguido, expulsado. calumniado, y reducido en numerosos casos a la pobreza y a la miseria.

Aún hoy vuestra organización gime bajo las tensiones de las contradicciones inherentes a vuestra posición y alberga, en el interior de sus muros, “liberales” y “conservadores” que se definen en función del precio que pagan por el compromiso con los herejes modernistas, considerados por ellos como la verdadera autoridad de la Iglesia Católica Romana.

Abandonen de una vez por todas vuestro deseo de coexistencia con los herejes. Declaren la guerra de una vez por todas a quienes han destruido nuestra Fe. Denúncienlos como herejes y adopten la posición católica que considera que no pueden haber recibido de Cristo la misión de dirigir la Iglesia, aquellos que imponen a la Iglesia una fe diferente. La primera misión de la Iglesia Católica, ante todo es la de dar testimonio de la verdad. Nuestro Señor lo dijo: “Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad”. Si Vaticano II no es la verdad, y ustedes saben que no lo es, aquel que lo enseña como verdadero a la Iglesia no puede haber recibido de Cristo la misión de enseñar la verdad.

Dejen de apoderarse de los jóvenes de la Iglesia que se presentan ante ustedes para ser instruidos y de hacerlos los apóstoles de una imposible teología que los lleva a abrazar el Novus Ordo.

Dejen de ser el Gelboé de la Iglesia en su combate contra los filisteos. Sean más bien David contra la Iglesia de los filisteos. Tomen una posición católica contra los enemigos de la Iglesia, una posición clara, recta, simple. Denuncien al enemigo como enemigo y, armados no de la diplomacia humana sino de la fortaleza divina, derriben al Goliat del Novus Ordo.

FRATERNITAS, FRATERNITAS, CONVERTERE AD DOMINUM DEUM NOSTRUM.

¿SE DEBE TOLERAR A LOS HEREJES?

San Nicolás de Bari abofeteando a Arrio (Giovanni Gasparro)

 

SANTO TOMÁS DE AQUINO. 

Suma Teológica, parte II-IIæ, cuestión 11, art. 3:
“¿Hay que tolerar a los herejes?”.
Objeciones por las que parece que deben ser tolerados los herejes:
  1. En la carta a Timoteo dice el Apóstol: A un siervo del Señor (le conviene) ser sufrido y que corrija con mansedumbre a los adversarios, por si Dios les otorga la conversión que les haga conocer plenamente la verdad y volver al buen sentido, librándose de los lazos del diablo (2 Tim. 2, 24). Ahora bien, si no se tolera a los herejes, sino que se les entrega a la muerte, se les quita la oportunidad de arrepentirse. Y entonces parece que se obra contra el mandato del Apóstol.
  2. Se debe tolerar lo que sea necesario en la Iglesia. Pues bien, en la Iglesia son necesarias las herejías, ya que afirma el Apóstol: Tiene que haber también entre vosotros discusiones para que se ponga de manifiesto quiénes entre vosotros son de probada virtud (1 Cor. 11, 19). Parece, pues, que deben ser tolerados los herejes.
  3. El Señor mandó a sus siervos (Mat. 13, 30) que dejasen crecer la cizaña hasta la siega, que es el fin del mundo, según se expresa allí mismo (ver. 39). Mas por la cizaña, en expresión de los santos, están significados los herejes. Por lo tanto, se debe tolerar a los herejes.
Contra esto: está lo que escribe el Apóstol: Después de una primera y segunda corrección, rehuye al hereje, sabiendo que está pervertido (Tito 3, 10-11).
  
Respondo: En los herejes hay que considerar dos aspectos: uno, por parte de ellos; otro, por parte de la Iglesia. Por parte de ellos hay en realidad pecado por el que merecieron no solamente la separación de la Iglesia por la excomunión, sino también la exclusión del mundo con la muerte. En realidad, es mucho más grave corromper la fe, vida del alma, que falsificar moneda con que se sustenta la vida temporal. Por eso, si quienes falsifican moneda, u otro tipo de malhechores, justamente son entregados, sin más, a la muerte por los príncipes seculares, con mayor razón los herejes convictos de herejía podrían no solamente ser excomulgados, sino también entregados con toda justicia a la pena de muerte.
  
Mas por parte de la Iglesia está la misericordia en favor de la conversión de los que yerran, y por eso no se les condena, sin más, sino después de una primera y segunda amonestación(Tito 3,10), como enseña el Apóstol. Pero después de esto, si sigue todavía pertinaz, la Iglesia, sin esperanza ya de su conversión, mira por la salvación de los demás, y los separa de sí por sentencia de excomunión. Y aún va más allá relajándolos al juicio secular para su exterminio del mundo con la muerte. A este propósito afirma San Jerónimo (Sobre Gálatas 5) y se lee en el Decreto de Graciano (Parte segunda, causa 24, quǽstio 3, cap. XVI “Mali ab Ecclésia sunt eliminándi”): Hay que remondar las carnes podridas, y a la oveja sarnosa hay que separarla del aprisco, no sea que toda la casa arda, la masa se corrompa, la carne se pudra y el ganado se pierda. Arrio, en Alejandría, fue una chispa, pero, por no ser sofocada al instante, todo el orbe se vio arrasado con su llama.
  
A las objeciones:
  1. A esa moderación incumbe corregir una y otra vez. Y si se niega a volver de nuevo, se le considera pervertido, como consta por la autoridad aducida del Apóstol (Tito 3, 10).
  2. La utilidad de las herejías es ajena a la intención de los herejes. Es decir, la firmeza de los fieles, como afirma el Apóstol, queda comprobada y ella parece sacudir la pereza y penetrar con mayor solicitud en las divinas Escrituras, como escribe San Agustín (Comentario del Génesis contra los Maniqueos, libro primero, cap. I, 2). La intención, en cambio, de los herejes es corromper la fe, que es el mayor perjuicio. Por esa razón hay que prestar mayor atención a lo que directamente pretenden, para excluirlos, que a lo que está fuera de su intención, para tolerarlos.
  3. Según consta en el Decreto (Parte segunda, causa 24, quǽstio 3, cap. XXXVII “Non contradícit, set pótius obœ́dis Evangélio, qui malos excommunícat”, de la carta del Papa Urbano II), una cosa es la excomunión y otra la extirpación, pues se excomulga a uno, como dice el Apóstol, para que su alma se salve en el día del Señor. Mas si, por otra parte, son extirpados por la muerte los herejes, eso no va contra el mandamiento del Señor. Ese mandamiento se ha de entender para el caso de que no se pueda extirpar la cizaña sin el trigo, como ya dijimos al tratar de los infieles en general (quǽstio 10, art. 8, ad objéctio 1.).
  

ANÁLISIS Y VIGENCIA ACTUAL DE LA BULA CUM EX APOSTOLATUS OFFICIO:

Un intento de obstrucción a la doctrina católica, surgido generalmente de las filas de la FSSPX, o de la falsa resistencia e incluso de aquellos que, habiendo salido de ella – ora expulsados, ora voluntariamente- han cuestionado la vigencia de un juicio ex cáthedra del Papa Paulo IV en su Bula Cum ex apostolatus officio, el cual se pronuncia infaliblemente afirmando que quien haya decaído en herejía, sin necesidad de sentencia,  antes de ser elevado  a un cargo- papa- su elección es nula aunque haya sido elegido con la unanimidad de todos los cardenales.

El error de estos consiste, en su mayor parte, en afirmar que un hereje puede ser «papa» por lo cual hay que reconocerlos como tales, pero no obedecerlos. ¿Se imaginan el absurdo de que hubiera sido nombrado papa Lutero, y que hubiera de reconocérselo como tal? Dirán que Lutero fue excomulgado, y que todavía no hay ninguna excomunión de los herejes actuales que dicen ser papas, y que por lo tanto, mientras no haya un juicio de la Iglesia hay que reconocer a estos herejes como verdaderos papas. Pero a esto se contesta diciendo que   Lutero fue condenado por  bula papal Exsurge Domine hecha pública el 15 de junio de 1520 , tres años despúes que las tesis de Lutero fueron hechas y casi 10 años más tarde de sus doctrinas heréticas sobre las Sagradas Escrituras, las indulgencias, la virginidad perpetua de la Virgen María ,etc. ¿acaso no era hereje en ese tiempo? O sea, durante una década en la que no fue excomulgado, si hubiera sido elegido papa, según todos estos que niegan la validez de la bula de Paulo IV, habría que haber reconocido como verdadero papa, nada menos que a Lutero, puesto que la Iglesia no le había declarado hereje aún. He ahí el absurdo de tal posición.

Otros, los menos, sostienen el error de que el papa sólo es infalible cuando pronuncia un jucio ex cáthedra de forma solemne. Es decir, para estos el único juicio infalible de Pío XII fue la proclamación del dogma de la Asunción y nada más. San Pío X, para estos, nunca habló infaliblemente, pues no proclamó ningún dogma, ni tampoco León XIII, ni Benedicto XV, ni Pío XI, y así decenas de papas por idéntica razón. Con lo cual la mayoría de los verdaderos papas nunca hablaron infaliblemente, según esta opinión desviada; esta posición no es más que un intento vano de salir del error del lefevrismo, de donde casi todos estos provienen, y que, al parecer, cuasi imprime carácter. 

Por esta razón hay que enfrentar la palabrería de estos pastores con la verdad de la doctrina católica, por lo que les traemos este estudio riguroso de la citada Bula. ( Si alguien la desea impresa, la puede adquirir aquí) 

Papa Paulo IV, autor de la Bula

BULA CUM EX APOSTOLATUS OFFICIO:

ANÁLISIS Y VIGENCIA ACTUAL

 

Trasladamos  el análisis teológico de esta bula de Paul IV, y su cualificación y  vigencia en la actualidad.

La cuestión de si un no católico puede ser papable, precede lógicamente al estudio de la bula, por eso nos servirá de preámbulo  al estudio de la bula en sí.

En notas se trata más explícitamente de su incursión en el Código Canónico de 1917.

¿PUEDE SER UN NO CATÓLICO PAPABLE?

         ¿Un no católico es papable? ¡Interroguemos a la Tradición!

1.1 UNA LEY DE DERECHO DIVINO

         ¿Quién es elegible en el Cónclave?

Son elegibles todos aquéllos que, de derecho divino o eclesiástico, no están excluidos. Son excluidas las mujeres, los niños, los dementes, los no bautizados, los herejes y los cismáticos” (Raoul Naz: Tratado de derecho canónico, París 1954, t. 1, p.375, retomado por el Diccionario de teología católica, artículo “elección”).

         “Es una opinión común que la elección de una mujer, de un niño, de un demente o de un no miembro de la Iglesia (no bautizado, hereje, apóstata, cismático) sería nula por ley divina”.

La opinión según la cual un hombre hereje que ocupa la Sede de Pedro puede sin embargo ser papa es rechazada prácticamente por unanimidad por todos los doctores y teólogos de todas las épocas. “Esta noción es defendida por un solo teólogo, entre los 136 antiguos y modernos cuya posición hemos podido verificar a este respecto. Hablamos del canonista francés D. Bouix (muerto en 1870)” (Arnaldo Xavier da Silveira: ¿La nouvelle messe de Paul VI: Qu’en penser?, p. 246).

Aun los protestantes saben que los cónclaves son regidos por el principio de catolicidad de los candidatos a la tiara. “Es elegible todo cristiano (aun un laico) masculino, católico, no caído en la herejía” (Real encyclopädie für protestantische Theologie und Kirche, tercera edición, Leipzig 1904, artículo “Papstwahl”).

La cláusula de catolicidad que rige los cónclaves es una ley de derecho divino. Nuestro Señor ha dado el ejemplo: antes de poner a San Pedro a la cabeza de la Iglesia, le ha demandado hacer su profesión de fe. No es sino después de haberse asegurado de la ortodoxia del “papable” que Cristo lo designa como piedra fundamental de la Iglesia. “«Y para ti», le dice Él,           «¿quién soy Yo?». Simón Pedro tomó la palabra: «Tú eres el Cristo», dijo él « ¡el Hijo de Dios vivo!». Entonces Jesús tomó la palabra a su turno y le dijo: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. (Mateo XVI, 15-18).

Que la cláusula de catolicidad de los candidatos a la tiara sea una ley de derecho divino fue puesto en valor por el español Francisco Suárez, (1548-1617). Suárez era célebre como filósofo, teólogo y jurista. Después de haber demostrado, basándose en pasajes de la Escritura, que la fe es el fundamento de la Iglesia, Suárez escribió: “Por esto, si la fe es el fundamento de la Iglesia, ella es también el fundamento del pontificado y del orden jerárquico de la Iglesia. Esto es confirmado por el hecho de que tal es la razón que se da para explicar por qué Cristo había demandado a San Pedro una profesión de fe antes de prometerle el papado (Mateo XVI, 13-20)” (Francisco SuárezDe FIDE, disputatio X, sección VI, nº 2, in: Opera Omnia, París, 1858 t. XII, p. 316).

Entre los teólogos católicos, el más célebre y sin impugnación es el doctor angélico. Su obra mayor, la Suma teológica, fue puesta sobre el altar durante el concilio de Trento. Ahora bien, en esta Suma, se encuentran dos pasajes particularmente interesantes:

Santo Tomás enseña que la elección de un candidato malvado (¡y todo hereje es malvado!) es jurídicamente impugnable: “Según el derecho (in Glos in c. Custos) es suficiente elegir al que es bueno. Pero no es necesario que se decida por el que sea mejor. (…) Para que no se pueda atacar una elección ante el tribunal eclesiástico es suficiente que aquél que ha sido elegido sea hombre de bien, pero no es necesario que sea el mejor, porque en este caso toda elección podría ser impugnada” (Suma teológica, II-II, q. 63, a. 2).

Por otra parte, el doctor angélico enseña que ni los cismáticos ni los herejes pueden gobernar la Iglesia: “San Cipriano (Carta 52) dice que aquél que no observa ni la unidad de espíritu, ni la unión de la paz, y que se separa de la Iglesia y de la asamblea de los padres, no puede tener ni la potestad, ni la dignidad episcopal. Aunque los cismáticos puedan tener el poder del orden, sin embargo ellos están privados del de jurisdicción. (…) El poder de jurisdicción (…) no se vincula de una manera inmutable al que lo recibe. No existe luego entre los cismáticos y los herejes; en consecuencia, ellos no pueden ni absolver, ni excomulgar, ni acordar indulgencias, ni hacer nada parecido, Si ellos hacen esas cosas, son nulas. Así, cuando se dice que los cismáticos y los herejes no tienen potestad espiritual, se debe entender por la potestad de jurisdicción” (Suma teológica II-II, q. 39, a. 3).

En la época paleocristiana, los Padres de la Iglesia son unánimes al respecto de la incompatibilidad radical entre la herejía y el soberano pontificado. Ejemplo: el antipapa Novaciano, que era cismático y hereje, fue declarado caído de la clericatura por San Cipriano. “Él no puede tener el episcopado, y si ha sido antes obispo, se ha separado (por su herejía) del cuerpo episcopal de sus colegas y de la unidad de la Iglesia” (San Cipriano: libro IV, epístola 2).

En la Edad Media. La vía seguida por los católicos fue la siguiente: no deponer un papa, sino impugnar la validez de la elección de un antipapa intruso. El historiador alemán Zimmermann, después de haber analizado una a una las deposiciones de los sucesivos antipapas, resume así los principios del procedimiento: “aparece como perfectamente legítimo alejar a un hereje de su posición usurpada y hacer abstracción, en ese caso, de la máxima jurídica “La Sede primera no es juzgada por nadie”. Lo que se sacaba a un tal papa, no se le quitaba más que en apariencia, pues en realidad no lo había poseído jamás; por esto su pontificado era ilegítimo desde el comienzo y él mismo debía ser considerado como un invasor de la Santa Sede. En las fuentes sobre las deposiciones de papas, se puede leer – todavía más frecuentemente que la suposición de simonía, y sin duda no por azar – el reproche de usurpación (invasio), lo que ponía en duda un pontificado en su raíz, porque se expresaba así que el dicho acusado no había sido jamás ocupante legítimo de la “primera Sede” en la que jamás habría tenido el derecho de considerarse como tal: Es por esto que el término “invasio” aparece regularmente en las fuentes, en tanto que término técnico para un pontificado que es necesario considerar como ilegítimo” (Harald Zimmermann: Papstabsetzungen des Mittelalters, Graz, Viena y Colonia 1968, p. 175).

La misma observación es hecha en el Diccionario de teología católica (artículo “deposición”): cuando se privaba a los antipapas cismáticos de su oficio, no se les deponía del pontificado, sino, matiz importante, se les quitaba un pontificado que jamás habían poseído desde el comienzo. “De hecho, los papas cismáticos han sido tratados simplemente como usurpadores y desposeídos de una sede que no poseían legítimamente (cf. El decreto contra los simoníacos del concilio de Roma de 1059, Hardouin, t. VI. col. 1064: Graciano, dist, LXXIX, c. 9; Gregorio XV: constitución 126 Aeterni Patris (1621), sect. XIX, Bullarium romanum, t. III, p. 446). Los concilios que los han golpeado no han hecho más que examinar su derecho a la tiara. No son los papas los juzgados, sino la elección y el acto de los electores”.

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         1.2 UN PRINCIPIO CONSTANTE DE LA LEGISLACIÓN ECLESIÁSTICA BIMILENARIA

         Los no católicos son “irregulares”, lo que los excluye no solamente del soberano pontificado sino de la clericatura simplemente. “Las irregularidades son defectos contrarios a las reglas canónicas, por los cuales se es alejado de las órdenes o de sus funciones” (Louis Thomassin: Antigua y nueva disciplina de la Iglesia, Bar-le-duc 1864-1867, t. VII, p. 564). Los defectos se dividen en:• Irregularidades ex defectu (defecto corporal: epilepsia, debilidad mental, etc.)• Irregularidades ex delicto (delito: herejía, homicidio, aborto, bigamia, etc.)

El derecho eclesiástico en vigor hasta San Pío X denunciaba por irregularidad a los apóstatas y los herejes (canon Qui in aliquo, dístico 51 y canon Qui bis, de consecratione, dístico 4). Esta disposición fue retomada por San Pío X en su nuevo código de derecho canónico: “Son irregulares ex delicto: los herejes, los apóstatas de la fe y los cismáticos” (Codex iuris canonici, 1917, canon p85, nº 1).

Que los no católicos sean irregulares es un principio constante de la legislación eclesiástica bimilenaria. Quien no es católico no puede ser ni padre, ni obispo, ni papa. Esta regla es absoluta y no sufre ninguna excepción, Citemos algunos documentos legislativos a este respecto:

El primer documento viene de un papa que conoció personalmente a San Pedro. El papa San Clemente I (muerto en el año 90) puso por escrito las reglas de la Iglesia católica en sus Constitutions Apostoliques. Un capítulo titulado “Cómo deben ser aquéllos que serán ordenados”, enumera los criterios de reclutamiento del clero. “Elegid los obispos, padres y diáconos dignos del Señor, a saber hombres piadosos, justos, dulces, no avaros, amigos de la verdad, que hayan hecho sus pruebas, santos, que no hacen acepción de personas, que son fuertes para enseñar el lenguaje de la piedad, Y que se muestren de una perfecta rectitud (“que cortan derecho”) respecto a los dogmas del señor (San Clemente I: Constitution es apostolicae, libro VII, c. 31).

Los Statuta Ecclesiae Antiqua, mediados o fines del siglo V, prescriben un examen de la fe antes de la consagración episcopal: “Aquél que deba ser ordenado obispo será examinado antes para saber (…) si afirma con palabras simples las enseñanzas de la fe. (… sigue una enumeración de numerosos puntos de doctrina sobre los cuales es necesario interrogar al candidato), Cuando, habiendo sido examinado sobre todos esos puntos, se lo haya encontrado plenamente instruido, entonces (…) que sea ordenado obispo”.

         San Yves de Chartres (1040-1116), obispo de Chartres; no confundir con el patrono de las gentes de ley, San Yves (1253-1303)) participa en la elaboración del derecho canónico. Se le debe una vasta colección de leyes titulada Decretos. Cita allí 127 una ley del papa San León IV (siglo IX): “La elección y la consagración del futuro pontífice romano deben ser hechas conforme a la justicia y a las leyes canónicas” (Decreti, quinta parte, c. 14, dist. 63, c. Inter nos). ¡Y la primera y principal ley canónica es – evidentemente – que el candidato sea católico!

Esta ley es citada por Graciano (Decreto, primera parte, dist. 63, c. 31). El monje italiano Graciano recopiló las leyes dispersas y las reunió en una colección jurídica conocida bajo el nombre de Decretos (1140). Establece también los fundamentos de la ciencia del derecho canónico. Su colección de leyes fue autoridad desde el siglo XII; en el siglo XVI, el papa Gregorio XIII ordena una publicación oficial a nombre de la Iglesia “Graciano (Dist. LXXXI) rehúsa la entrada de la clericatura a los herejes y apóstatas. Tanto como son todavía irregulares” (Thomassin, t. III. P. 591).

Santo Tomás de Aquino, que cita a menudo las leyes reunidas por Graciano, enseña: “Aquéllos que son irregulares en virtud del derecho de la Iglesia no están autorizados a elevarse a las órdenes sagradas” (Suma teológica, II-II, q.187, a. 1; cf. también II-II, q. 185, a. 2).

El célebre concilio ecuménico reunido en Trento de 1545 a 1563, prescribía un examen de la ortodoxia de los candidatos al sacerdocio en estos términos: “Cuando el obispo quiera dar las Órdenes, hará llamar a la ciudad, el miércoles antes o el día que él quiera, todos aquellos que desearan recibirlas; y asistido de hombres versados en las Santas Escrituras y bien instruidos sobre las ordenanzas eclesiásticas, les examinará cuidadosamente sobre su familia, su persona, su edad, su educación, sus costumbres, su doctrina y su fe” (Concilio de Trento: Decreto de reformación, ch. 7, 23ª sesión, julio 15 de 1563).

La disciplina bimilenaria se reencuentra en el pontifical romano. Según este venerable libro, en uso desde tiempos inmemoriales, es necesario examinar la rectitud doctrinal de los candidatos al episcopado antes de su consagración. El examinador se dirige así al candidato: “La antigua institución de los Padres enseña y prescribe que aquél que es elegido para el orden del episcopado sea antes examinado con la más grande diligencia”. Entre las cuestiones sobre la fe y las costumbres planteadas al candidato, figura ésta:” ¿Quieres tú acoger con veneración, enseñar y servir las tradiciones de los Padres ortodoxos, así como los decretos y las constituciones de la Santa Sede apostólica?”(Pontificale romanum summorum pontificum iussu editum a Benedicto XIV et Leone XIII pontificibus maximis recognitum et castigatum, Mecliniae (Malinas, Bélgica) 1958, ceremonia “De consecratione electi in episcopum”, rúbrica “Examen”).

Según la tradición bimilenaria, los no católicos no son admitidos ni al sacerdocio, ni al gobierno de la Iglesia.

El no católico, hemos dicho, no podría en ningún caso ser admitido a la clericatura. Mejor todavía: la Iglesia es extremadamente severa, porque ella desconfía aún de los herejes convertidos: “Aquéllos que dejando la herejía o el cisma, vienen a la Iglesia católica, no son admitidos a la clericatura” (San Agustín: De unice Baptismo, c.12:128). Desde el comienzo del cristianismo hasta nuestros días, en efecto, aun los herejes convertidos al catolicismo (¡!) son irregulares. Uno de los primeros concilios, el de Elvira en España (300-303) había declarado esta irregularidad con un aire tan afirmativo y severo, que es un indicio que esa irregularidad era muy antigua. “Si alguno, viniendo de no importa qué herejía, se une a nosotros como fiel (laico), no deberá de ninguna manera ser promovido clérigo. En cuanto a los que han sido ordenados antes (cuando estaban todavía en la secta hereje), deben seguramente ser radiados de la clericatura” (Concilio de Elvira, canon 51).

El papa San Inocencio I (401-417) estatuye: “La ley de nuestra Iglesia católica es imponer las manos y acordar solamente la comunión laica (= no admitir en los rangos del clero) a los bautizados que vienen a nosotros después de haber dejado a los herejes y no elegir alguno de entre ellos para conferirle los honores de la clericatura”. Y el papa precisa que esta manera de actuar es conforme a la Tradición, a saber “las antiguas reglas, transmitidas (traditas) sea por los apóstoles, sea por los hombres apostólicos, que la Iglesia romana guarda y manda guardar” (San Inocencio I: carta Magna me gratulatio, diciembre 18 de 414, dirigida a los obispos de Macedonia). Aquél que nació en una secta hereje, pero se convierte más tarde, no debería ser admitido a la clericatura. El católico que cae en herejía, pero se retracta luego, tampoco debería devenir sacerdote. “En cuanto a aquél que pase de la fe católica a la herejía o a la apostasía”, prosigue San Inocencio I (Ibidem), pero que, (enseguida) se arrepiente y quiere volver (a la Iglesia católica), ¿podría ser autorizado a ser admitido a los rangos del clero? ¿Él, cuyo crimen no podrá ser borrado a menos que haga una larga penitencia? Después de su penitencia, no le será admitido ser padre, en virtud de las leyes eclesiásticas (cánones) que hacen autoridad”.

Si ya los antiguos herejes convertidos al catolicismo, son, por principio, no admitidos al sacerdocio, se comprenderá fácilmente que los herejes que persisten en su herejía no podrán, en ningún caso y bajo ningún pretexto, ser admitidos a la clericatura, ¡menos aún al soberano pontificado!

         1.3 LA CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA CUM EX APOSTOLATUS (1559) DEL PAPA PAULO IV

         Esta enseñanza tradicional fue codificada jurídicamente en el siglo XVI por el papa Paulo IV. El papa Paulo IV redacta un texto legislativo, para evitar que un cardenal sospechoso de herejía pueda hacerse elegir papa. Confía a uno de sus próximos: “Os digo la verdad, Nos hemos querido oponer a los peligros que amenazaron al último cónclave y tomar viviendo nosotros precauciones para que el diablo no siente en el futuro uno de los suyos en la Sede de San Pedro” (en: Louis Pastor: Historia de los papas desde el fin de la Edad Media, París 1932, t. XIV, p.234).

¿Qué había pasado “en el último cónclave”? El cardenal hereje Morone, que practicaba el ecumenismo con los protestantes, había estado a punto de ser elegido papa, pero había sido descartado como consecuencia de la intervención enérgica del prefecto del Santo Oficio de la Inquisición, el cardenal Carafa (futuro Paulo IV). Carafa había abierto secretamente procesos contra ciertos cardenales, entre ellos a Morone. A la muerte de Julio III (1555), los cardenales Carafa, Pío de Carpi y Juan Álvarez aportaron al cónclave un dossier de los procesos contra muchos sujetos papables. Las acusaciones de herejía graves y documentadas contra Morone, Pole y Bertano impidieron su eventual elección. (cfMassimo FirpoInquisizione romana e Controriforma, Studi sul cardinal Giovani Morone e il suo processo di Fresia, Boloña 1992, p.312).

Carafa fue elegido y tomó el nombre de Paulo IV. Hizo encarcelar a Morone y redacta la bula Cum ex apostolatus (febrero 15 de 1559), según la cual la elección de un hombre que hubiera, aunque fuera una sola vez, errado en materia de fe antes de la elección, no podía ser válida.

La constitución apostólica bajo forma de bula Cum ex apostolatus del 15 de febrero de 1559 del papa Paulo IV estipula en el § 6, que un hombre que se haya desviado de la fe no podría en ningún caso devenir pontífice, aunque todos los cardenales estuvieran de acuerdo, aunque los católicos del mundo entero le prestaran alegre obediencia durante decenios. Todos los actos y decisiones de un tal pseudo pontífice serían jurídicamente nulos y sin valor, y esto ipso facto, sin que haga falta otra declaración de parte de la Iglesia.

He aquí los principales pasajes del texto de Paulo IV: [Esta bula figura en el Codicis Juris Canonici Fontes, Typis Polyglottis Vaticanis, Roma 1947, t. 1, p.163-166. Como lo indica el título de esta recopilación, se trata de una colección de las “fuentes” (fontes) oficiales del derecho eclesiástico, editada por el cardenal Gasparri, miembro de la comisión pontificia (presidida por San Pío X) que elabora el Código de 1917. Typis Poliglottis Vaticanis es la casa editora de la Santa Sede. En esta recopilación, el texto de la bula es reproducido hasta el § 7 inclusive. El contenido es así recuperado, pues los § 8 y ss son solamente las fórmulas estereotipadas de promulgación, idénticas para todos los textos pontificios. Con el fin de ahorrar espacio, estos parágrafos estereotipados finales no son imprimidos en las Fuentes, sino solamente sobreentendidos por un comienzo de cita seguido de “etc.”El Bullarium romanum reproduce la bula completa (§ 1-10, más las firmas del papa y de los cardenales).

         “Dado que por nuestro oficio apostólico, divinamente confiado a Nos aunque sin mérito alguno de nuestra parte, Nos compete un cuidado sin límite del rebaño del Señor; y que por consecuencia, a manera del Pastor que vela, en beneficio de la fiel custodia de su grey y de su saludable conducción, estamos obligados a una asidua vigilancia y a procurar con particular atención que sean excluidos del rebaño de Cristo aquellos que en estos tiempos, ya sea por el predominio de sus pecados o por confiar con excesiva licencia en su propia capacidad, se levantan contra la disciplina de la verdadera Fe de un modo realmente perverso, y trastornan con recursos malévolos y totalmente inadecuados la inteligencia de las Sagradas Escrituras, con el propósito de escindir la unidad de la Iglesia Católica y la túnica inconsútil del Señor, y para que no prosigan con la enseñanza del error, los que desprecian ser discípulos de la Verdad.

  • 1. Considerando la gravedad particular de esta situación y sus peligros al punto que el mismo Romano Pontífice, que como Vicario de Dios y de Nuestro Señor tiene la plena potestad en la tierra, y a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie, si fuese encontrado desviado de la Fe, podría ser acusado. Y dado que donde surge un peligro mayor, allí más decidida debe ser la providencia para impedir que falsos profetas y otros personajes que detentan jurisdicciones seculares no tiendan lamentables lazos a las almas simples y arrastren consigo hasta la perdición innumerables pueblos confiados a su cuidado y a su gobierno en las cosas espirituales o en las temporales; y para que no acontezca algún día que veamos en el Lugar Santo la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel; con la ayuda de Dios para Nuestro empeño pastoral, no sea que parezcamos perros mudos, ni mercenarios, o dañados los malos vinicultores, anhelamos capturar las zorras que tientan desolar la Viña del Señor y rechazar los lobos lejos del rebaño.
  • 2. Después de madura deliberación con los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, hermanos nuestros, con el consejo y el unánime asentimiento de todos ellos, con Nuestra Autoridad Apostólica, aprobamos y renovamos todas y cada una de las sentencias, censuras y castigos de excomunión, suspensión, interdicción y privación, u otras, de cualquier modo adoptadas y promulgadas contra los herejes y cismáticos, por los Pontífices Romanos, nuestros Predecesores, o en nombre de ellos, incluso las disposiciones informales, los Sacros Concilios admitidos por la Iglesia, o decretos y estatutos de los Santos Padres, o Cánones Sagrados, o por Constituciones y Resoluciones Apostólicas.

         Y queremos y decretamos que dichas sentencias, censuras y castigos, sean observadas perpetuamente y sean restituidas a su prístina vigencia si estuvieran en desuso, y deben permanecer con todo su vigor. Y queremos y decretamos que todos aquellos que hasta ahora hubiesen sido encontrados, o hubiesen confesado, o fuesen convictos de haberse desviado de la Fe Católica, o de haber incurrido en alguna herejía o cisma, o de haberlos suscitado o cometido; o bien los que en el futuro se apartaran de la Fe (lo que Dios se digne impedir según su clemencia y su bondad para con todos), o incurrieran en herejía, o cisma (…).

  • 3. (…) Con esta Nuestra Constitución,válida a perpetuidad, contra tan gran crimen -que no puede haber otro mayor ni más pernicioso en la Iglesia de Dios- en la plenitud de Nuestra Potestad Apostólica, sancionamos, establecemos, decretamos y definimos:[ “… perpetuam valitura constitutione (…), de apostolicae potestatis plenitudine sancimus, statuimus, decernimus et definimus…”

         (§ 4 y 5: los clérigos o príncipes seculares herejes son depuestos de sus oficios; el § 6 trata del cónclave:)

  • 6. (…) Agregamos que si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo pontífice romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto; y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos. Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes, y no será posible considerar que se ha otorgado o se otorga alguna facultad de administrar en las cosas temporales o espirituales a los que son promovidos, en tales circunstancias, a la dignidad de obispo, arzobispo, patriarca o primado, o a los que han asumido la función de Cardenales, o de Pontífice Romano, sino que por el contrario todos y cada uno de los pronunciamientos, hechos, actos y resoluciones y sus consecuentes efectos carecen de fuerza, y no otorgan ninguna validez ni ningún derecho a nadie. Esas personas así promovidas o elevadas, serán, por el hecho mismo, sin que sea necesaria ninguna otra declaración ulterior, privadas de toda dignidad, posición, honor, título, autoridad, función, y poder a la vez (…).
  • 7. (Séales lícito) sustraerse en cualquier momento e impunemente a la obediencia y devoción de quienes fueron así promovidos o entraron en funciones, y evitarlos como si fuesen hechiceros, paganos, publicanos o heresiarcas (…); Y además, para mayor confusión de esos mismos así promovidos y asumidos, si pretendieren prolongar su gobierno y administración, contra los mismos así promovidos y asumidos (séales lícito) requerir el auxilio del brazo secular (…).
  • 8. No obstante…etc. (fórmula habitual de promulgación; idem al § 9)
  • 10. Por lo tanto, a hombre alguno sea lícito infringir esta página deNuestra Aprobación, Innovación, Sanción, Estatuto, Derogación, Voluntad, Decreto o por temeraria osadía, contradecirlos. Pero si alguien pretendiese intentarlo, sepa que habrá de incurrir en la indignación de Dios Omnipotente y en la de sus santos Apóstoles Pedro y Pablo”.

         1.4 PAULO IV HA PRONUNCIADO UN JUICIO EX CATHEDRA

         La constitución apostólica de Paulo IV es una definición dogmática solemne ex cathedra, que reúne las cuatro condiciones de la infalibilidad fijadas por el primer concilio del Vaticano, a saber:

  1. En virtud de su suprema autoridad apostólica: “en la plenitud de nuestro poder apostólico”.
  2. El papa define: “nos (…) definimos” una doctrina sobre la fe: el documento concierne plenamente a la fe, porque este término está numerosas veces en el texto. Es asimismo la preocupación principal de paulo iv: proteger a la fe contra los herejes. por otra parte, la bula no da ninguna indicación sobre el modo electoral (luego disciplinario). No precisa que los electores sean los cardenales, que deben deliberar en tal o cual sala, etc…

El historiador Pastor pretendía que el texto de Paulo IV sería disciplinario, y no dogmático. Esta interpretación no es sostenible en nuestra época, pues, después que Pastor escribió su Historia de los papas desde el fin de la Edad Media, la Iglesia ha proporcionado una “interpretación auténtica” del texto de Paulo IV. Desde San Pío X, en efecto, los teólogos tienen la obligación de tener este texto como siendo no disciplinario sino doctrinal (relativo a la fe). ¿Por qué? Porque la Iglesia lo ha puesto en relación con una buena docena de cánones del código de derecho canónico de 1917 relativos a la herejía, a la rectitud doctrinal, a la renuncia a la fe, a la propagación de doctrinas condenadas.

  1. Obliga a toda la iglesia: “Nos decidimos, estatuimos, decretamos” una doctrina “válida a perpetuidad”, luego irreformable por ella misma, y que todo el mundo debe observar bajo pena de “incurrir en la indignación de Dios Todopoderoso y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo”.
  2. 4. Agreguemos todavía que el papa Paulo IV eligió expresar su voluntad por una constitución apostólica bajo forma debula, es decir bajo una forma exterior que constituye la cumbre de la solemnidad de un documento papal. “La constitución apostólica se distingue por su alcance general y su grado elevado de solemnidad”; ella es “un instrumento normativo esencial en las manos del soberano pontífice” (Philipe Levillain: Diccionario histórico del papado, París 1994, artículo “constitución apostólica”).

         Paulo IV, hablando solemnemente ex cathedra, emite entonces un juicio dogmático infalible. Su decisión, irreformable por ella misma, permanecerá en vigor hasta el fin de los tiempos.

         1.5 EL PAPA San PÍO V ORDENA QUE LAS PRESCRIPCIONES DE PAULO IV SEAN “OBSERVADAS INVIOLABLEMENTE”.

         A la muerte de Paulo IV, los archivos de la Inquisición fueron incendiados por el populacho, de suerte que, faltos de pruebas, el proceso contra el cardenal Morone fue detenido. El cardenal salió de prisión. A la muerte del papa Pío IV (1565), existía el riesgo de que accediera a la cátedra de Pedro. El cardenal Michel Ghislieri (futuro papa San Pío V) quiso evitar a todo precio la elección de Morone. Sacó a relucir el archivo de su proceso, que felizmente había guardado y tenido durante años entre los faldones de su hábito. Ghislieri intervino en estos términos contra Morone: “El nuevo pontífice no debe tener ninguna reputación de condescendencia respecto a la herejía. Y a este respecto Morone no ofrece al sacro colegio las garantías necesarias” (en: cardenal Georges GrenteEl papa de los grandes combates: San Pío V, París 1956, p. 35). El cónclave eligió, no al cardenal Morone, sino al cardenal Ghislieri, que tomó el nombre de “Pío V”.

Ghislieri fue el segundo sucesor de Paulo IV. Antes de ser papa, el cardenal Ghislieri había trabajado bajo las órdenes de Paulo IV, que lo había promovido como prefecto de la Inquisición. Admiraba el combate intransigente del santo anciano contra los herejes y contra la corrupción de las costumbres. El día de su elevación al soberano pontificado, se le preguntó cuál sería la línea directriz de su papado. San Pío V respondió con entusiasmo: “¡La de Paulo IV!” (en Carlo Bromato: Storia di Paolo IV Pontefice Massimo, Ravena 1748, segunda edición 1753, t. II. p. 616).

El papa San Pío V ordena solemnemente que las prescripciones de Paulo IV fueran fielmente observadas. “De nuestra propia iniciativa y de ciencia cierta, y en plenitud de nuestro poder apostólico (…) concerniente a la constitución de Paulo IV, (…) dada en fecha 15 de febrero de 1559, Nos renovamos su tenor y todavía la confirmamos. Y queremos y ordenamos que ella sea observada inviolablemente y con el más grande cuidado, según su encadenamiento y su tenor” (San Pío V: motu proprio Inter multiplices curas, diciembre 21 de 1566, § 1).

El término “series”, empleado por San Pío V, significa encadenamiento, sucesión, desarrollo. Esto significa que es necesario tener cuenta de la bula de Paulo IV en su encadenamiento lógico y continuo, de A a Z, desde el comienzo hasta el fin.

         1.6 EL PAPA SAN PÍO X HACE INSERTAR LA BULA DE PAULO IV EN EL CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO.

También San Pío X deseaba que la bula de Paulo IV fuera observada, porque la tomó como referencia del nuevo código de derecho canónico.

Dicha bula tiene un innegable valor jurídico en nuestros días todavía, porque fue tomada en el código de derecho canónico de 1917. Este código fue elaborado por una comisión pontificia presidida por San Pío X. Fue promulgado por el papa Benedicto XV (constitución apostólica Providentissima, mayo 27 de 1917).

Deseando reunir en un código único las leyes eclesiásticas, San Pío X decide: “1. Nos instituimos un consejo, o, como se dice, una comisión pontificia, a la cual serán remitidas la dirección y la carga de todo este asunto: Se compondrá de un cierto número de sus Reverendísimas Eminencias los cardenales, que serán designados nominalmente a este fin por el pontífice, y, en su ausencia, por el cardenal decano de los cardenales asistentes. (…)” (San Pío X: motu proprio Arduum salle, marzo 19 de 1904).

Esta comisión, cuyo presidente era San Pío X, tenía un doble objetivo, como lo explica el secretario de la comisión, el cardenal Gasparri:

  1. distribuir metódicamente todo el derecho canónico en cánones o artículos, a la manera de los códigos modernos;
  2. hacer una recopilación de todos los documentos de los cuales los dichos cánones o artículos habrán sido extraídos. (Cardenal Gasparri: carta del 5 de abril de 1904, in:F. CimetierLas fuentes del derecho eclesiástico, París 1930, p. 195).

La bula de Paulo IV fue puesta explícitamente y nominalmente en la recopilación de las Fuentes de dicho código de derecho canónico (Codicis Juris Canonici Fontes. cura emi. Petri card. Gasparri editi, Roma 1947, T. I, p. 163-166). Esto tiene su importancia: según la carta del cardenal Gasparri, citada más arriba, significa que el código ha “extraído alguna cosa de la bula de Paulo IV. Dicho de otra manera: el hecho de que la bula de Paulo IV figura en las Fontes… indica que sus disposiciones han sido retomadas por el derecho eclesiástico de 1917.

Además de Sources…, se puede consultar el Codex iuris canonici mismo. Existen dos ediciones: sea el texto de las leyes solo, sea el texto de las leyes con sus fuentes. Estas ediciones anotadas son poco conocidas, ¡pero extremadamente preciosas! El equipo de canonistas que trabajó bajo la dirección de San Pío X anotó con cuidado el nombre de los documentos legislativos anteriores que sirvieron de base para elaborar cada nuevo canon. El secretario de esta comisión pontificia, el cardenal Gasparri, publicó el código adjuntando, para cada canon, en pie de página, los documentos del magisterio que sirvieron de fuente para elaborar el texto. La recopilación con preciosas “fontium anotatione” (notas con las fuentes) tiene por título: Codex iuris canonici, Pii X pontificis maximi iussu digestus, Benedicti papae XV auctoritate promulgatus, praefatione, fontium anotatione et indice analytico-alphabetico ab emo. Petro card. Gasparri auctus. Se trata de una edición oficial, hecha por el secretario de la comisión pontificia que elaboró el código, publicada por la casa editora se la Santa Sede Typis Polyglotis Vaticanis (ver reproducción en facsímil en anexo).

Compulsando las “fontium annotatione” del Codex… (y también consultando el índice general del Codicis Juris Canonici Fontes…, t. IX), se aprecia que la constitución apostólica bajo forma de bula de Paulo IV ha sido insertada en el derecho eclesiástico no menos de ¡QUINCE VECES! Quince cánones se refieren a ella EXPLÍCITAMENTE. En el texto figura el texto mismo del canon; debajo en la nota al pie, figuran todas las referencias que sirvieron para elaborar dicho canon (ver reproducción en facsímil en el anexo).

Todos y cada uno de los parágrafos de la bula (1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7) son mencionados en el código. La bula ha sido tomada en su totalidad.

         1.7 EL PAPA PÍO XII CONFIRMA LA INELEGIBILIDAD DE LOS NO CATÓLICOS AL SOBERANO PONTIFICADO.

         Una bula pontificia no tiene de ninguna manera necesidad de ser confirmada por el sucesor del papa difunto para permanecer en vigor: Ejemplo: “Se había corrido el rumor que por la muerte de Clemente XII, la pena de excomunión aplicada por su bula (In eminenti, mayo 4 de 1738, contra los francmasones) habría quedado sin efecto, porque esta bula no había sido expresamente confirmada por su sucesor. Era ABSURDO pretender que las bulas de los antiguos pontífices debieran caer en desuso si no eran expresamente aprobadas por sus sucesores. (León XIII: Carta apostólica Quo graviora, 13 de marzo de 1826).

La bula de Paulo IV, “válida a perpetuidad” no tiene necesidad de ser confirmada por quienquiera que sea. Si ella fue confirmada por San Pío V y San Pío X, era simplemente para que no cayera en el olvido y fuera escrupulosamente observada.

La bula de Paulo IV habría sido abrogada, se oye decir a veces. ¿Pero abrogada por quién? ¿Y cuándo? ¡Que se nos cite pues el papa que habría explícitamente abrogado esta bula! Hasta este día, nadie ha podido encontrar un documento así. Esta bula figura oficialmente en el código de leyes de la Iglesia católica (cf. anexo).

¡Luego, no ha sido abrogada. Todo lo contrario!

Para que una ley eclesiástica pierda su valor jurídico, hace falta que sea explícitamente abrogada por un papa. “Para que una ley en la Iglesia sea suprimida, es necesario que un documento lo declare expresamente. Esto surge de los 30 primeros capítulos del código publicado por Benedicto XV. Ahora bien, ningún documento oficial suprime la bula de Paulo IV, puesta por el contrario oficialmente en el cuerpo de las leyes canónicas” (P. Mouraux, in: Bonum certamen, nº 80).

Tomemos un caso concreto de abrogación. El papa Julio II (constitución Cum tam divino, febrero 19 de 1505) declara nulas las elecciones simoníacas. Más tarde, San Pío X abolió explícitamente este impedimento a la elegibilidad: “El crimen de simonía es abominable, a la vista tanto del derecho divino como del derecho humano. Como es un hecho bien establecido que es absolutamente reprobado en la elección del pontífice romano, así Nos también lo reprobamos y lo condenamos, y golpeamos a aquéllos que son culpables con la pena de excomunión latae sententiae suprimiendo a la vez la nulidad de la elección simoníaca (¡que Dios se digne alejar tal elección!) decretada por Julio II (o cualquier otro decreto pontificio), para quitar un pretexto de atacar el valor de la elección del pontífice romano” (San Pío X: constitución Vacante Sede Apostólica, diciembre 25 de 1904, § 79).

La causa de simonía, explícitamente abrogada por San Pío X, no está más en vigor; por el contrario, la cláusula de catolicidad, no habiendo sido jamás abrogada por quienquiera que sea, permanece en vigor. Por otra parte, nadie en el mundo podría abrogar la cláusula de catolicidad, pues esta es una ley de derecho divino y todavía más ¡un dogma definido ex cáthedra!

En 1945, el papa Pío XII publica un nuevo reglamento sobre el cónclave (constitución Vacantis Apostolicae Sedis, diciembre 8 de 1945, in: Documentation catholique del 26 de octubre de 1958). Confirma allí que las leyes enunciadas en el derecho canónico deben ser observadas, puesto que presupone que el pretendiente haya sido elegido conforme al derecho eclesiástico antes de ceñir la tiara. Es lo que surge de la expresión “después de la elección canónicamente hecha” (Pío XII: constitución Vacante Apostolicae Sedis, § 100). Los términos “canónicamente hecha” significan conforme a los “cánones” (= reglas, leyes) decretadas por el código de derecho canónico.

En el § 101 de la constitución de Pío XII, se es precisamente reenviado en nota al canon 219, en el que se habla del pontífice romano nuevamente elegido. “El pontífice romano legítimamente elegido…”. El término “legítimamente” es sinónimo de “canónicamente”, es decir según las leyes eclesiásticas (“legitime electus” tiene por etimología lex, legis = la ley).

¡Quien no ha sido elegido legítimamente no deviene papa en absoluto! En el canon 109, en efecto, es precisado explícitamente que “por el derecho divino, se accede al soberano pontificado ¡bajo condición que la elección haya sido legítima!”

¿Cuáles son entonces las leyes a observar durante un cónclave para que la elección del soberano pontífice sea legítima, canónica, válida, jurídicamente inatacable?

El canon 167, § 1, que trata de la elección de los eclesiásticos, estipula esto: “No pueden dar sufragios (…) aquéllos que han dado su nombre a una secta hereje o cismática o bien que a ella adhieren públicamente”. Si los no católicos pierden el derecho de elegir, se puede presumir que la intención del legislador era, a fortiori, privarles del derecho de ser elegidos. Se objetará que no está en el texto de la ley y nosotros convenimos en eso. En la época en que el código fue elaborado, iba de sí que un candidato a un oficio eclesiástico debía ser católico. Que en nuestros días haga falta probar tal evidencia muestra simplemente la perversión mental de nuestra época. ¡Pero es muy fácil hacer la demostración!

Un laico podría ser elegido válidamente papa, pero es más conveniente que el elegido sea tomado de entre los cardenales. Ahora bien, los cardenales, es precisado en el código, deben ser “eminentes en doctrina” (canon 232, § 1). Porque les es demandado sobrepasar a los otros clérigos por la eminencia de su doctrina, se está en el derecho de exigir de ellos, como mínimo, la simple rectitud doctrinal. Es la menor de las cosas.

Si un cardenal adhiriera, por ejemplo, a una secta protestante, resultaría, por lo mismo, inelegible. Pues, según el derecho, los clérigos que adhieren a una secta no católica “son ipso facto infames” (canon 2314, § 1, nº 3). Ahora bien, “aquél que es golpeado de una infamia de derecho es (…) inhábil para obtener beneficios, pensiones, oficios y dignidades eclesiásticas” (canon 2294, § 1, con un envío en nota, al § 5 de la bula de Paulo IV).

Que haga falta profesar la fe católica para ser papable surge todavía de otros textos legislativos. Según el canon 343, el obispo debe velar por la salvaguarda de la ortodoxia en su diócesis, ¿Cómo el obispo de Roma podría velar por el mantenimiento de la fe en su diócesis y también en el mundo entero, si es brutalmente opuesto a la fe católica? Por otra parte, antes de poder ser obispo, es necesario previamente haber pronunciado una fe de profesión católica (canon 332, § 2). Igualmente, el canon 1406 prescribe el recitado de una profesión de fe aprobada por la Santa Sede por quienes han sido promovidos obispos, cardenales, etc. Si ya un obispo debe profesar la verdadera fe, ¿no es natural y evidente que el papa, que es también un obispo, debe tener la fe?

Que todo candidato al soberano pontificado debe tener la fe surge del principio jurídico de “irregularidad” de los no católicos. Canon 985, nº 1: “Son irregulares ex delicto: los herejes, los apóstatas de la fe y los cismáticos” después de su conversión al catolicismo. Al entrañar su crimen de herejía una irregularidad de naturaleza perpetua (canon 983), los antiguos herejes permanecen irregulares aún  (Comisión pontificia para la interpretación auténtica del Codex iuris canonici, julio 30 de 1934, in: Acta apostolicae Sedis, Roma 1934, p. 494).

Los herejes convertidos (¡!) pueden ciertamente, mediante una dispensa reservada a la Santa Sede, acceder al sacerdocio, pero no son habilitados a acceder al episcopado. Pues según el canon 991, § 3, “la irregularidad que ha sido objeto de una dispensa (¡!) permite acceder a las órdenes menores, pero hace inhábil para el cardenalato, el episcopado, el cargo de abad, la prelatura nullius, el cargo de superior en una religión clerical exenta”. Ahora bien, ¡todo papa es obispo de Roma! Su “irregularidad” impide a los herejes convertidos (sin hablar de los no católicos) acceder al episcopado y, por vía de consecuencia, al soberano pontificado. ¡La elección al soberano pontificado de un “irregular” es jurídicamente nula y sin valor!

Canon 2335: “Aquéllos que dan su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones de ese género que conspiran contra la Iglesia o los poderes civiles legítimos incurren por el hecho mismo en excomunión reservada a la Sede apostólica”.

Canon 2336: “§ 1. Los clérigos que han cometido un delito previsto en los cánones 2334 o 2335, además de las penas estatuidas por los dichos cánones, deben ser suspendidos o privados de su oficio, beneficio, dignidad, pensión o renta, si los tienen. Los religiosos deben ser punidos por la privación del oficio y la pérdida del derecho de elección activo o pasivo, y por otras penas conforme a las reglas de su orden monástica. § 2. “Además, los clérigos o los religiosos que adhieren a la masonería o a otras asociaciones parecidas deben ser denunciados a la sagrada congregación del Santo Oficio”. El Santo Oficio (antes llamado “Inquisición”) tiene por tarea desenmascarar y castigar a los herejes.

El canon 2336 estipula pues que un francmasón no podría ser papa.

El canon 188 es capital. “En virtud de una renunciación tácita admitida por el derecho mismo, no importa qué oficio es vacante por el hecho mismo y sin ninguna declaración, si el clérigo (…) hace defección (defecerit) públicamente de la fe católica”. Un no católico no podría luego ser papa, porque en razón de su no catolicidad, hay “renunciación tácita” al soberano pontificado.

Este canon puede ser invocado para constatar la validez de la elección de una persona que no es ya católica, y esto aún después de la constitución de Pío XII. Pues Pío XII no anula en nada el dicho canon, todo lo contrario, porque retoma explícitamente en su constitución estas reglas del derecho eclesiástico. Sin embargo, se objetará todavía, Pío XII habla de “verdadero papa” después de la aceptación de la elección. Según Pío XII (Vacantis Apostolicae Sedis, § 100 y 101), es necesario que la persona elegida por el cónclave acepte su elección. “¿Aceptas tú la elección que ha sido hecha canónicamente de tu persona como soberano pontífice? Dado este consentimiento (…) el elegido es inmediatamente VERDADERO papa y por el hecho mismo adquiere y puede ejercer una plena y absoluta jurisdicción sobre el universo entero”. Cierto, pero miremos bien. Pío XII dice claramente “la elección que ha sido hecha canónicamente”.

Un hombre no católico es inapto para recibir el pontificado. En efecto, la defección en la fe constituye automáticamente una “renuncia tácita” a todo oficio eclesiástico (canon 188, nº 4). Esta renuncia tácita impide la aceptación de la elección por el elegido. Aún si acepta en palabras su elección, estas palabras son invalidadas por su no catolicidad y no es papa en absoluto. Este razonamiento es de lógica elemental: ¡es imposible aceptar el pontificado si al mismo tiempo se renuncia a él en razón del abandono de la fe!

Que el canon 188 pueda y deba ser aplicado durante el cónclave surge claramente de las “fontium annotatione” (ver facsímil en la página siguiente y también los facsímiles en formato más grande en anexo). Estas “anotaciones” han sido hechas por el legislador para cada canon, en vista de proveer referencias incontestables para interpretar correctamente la ley. Todo canon comporta, en pie de página, una nota que debe servir de ayuda a la interpretación. Ella indica muchas “fontes” (“fuentes”, es decir los textos doctrinales o legislativos que deben servir de referencia para comprender el canon en cuestión). Ahora bien, para el canon 188 figuran muchas “fuentes” doctrinales, ¡y notablemente los § 3 y 6 de la bula de Paulo IV, que tratan justamente de la elección del soberano pontífice.

TODO CONCUERDA: Pío XII envía al derecho canónico, y el derecho canónico envía a su vez a la bula de Paulo IV. Así pues, el cónclave DEBE observar las disposiciones de los § 3 y 6 de la constitución Cum ex apostolatus de Paulo IV, y esto ¡bajo pena de nulidad de la elección!

Una cuestión falta resolver todavía. Pío XII ha especificado claramente que aun la excomunión de un elegido no podía invalidar la elección. “Ningún cardenal puede de ninguna manera ser excluido de la elección activa y pasiva del soberano pontífice bajo el pretexto o por el motivo de no importa qué excomunión, suspensión, interdicción u otro impedimento eclesiástico. Nos suspendemos estas censuras solamente para esta elección; ellas conservarán sus efectos para todo el resto” (Pío XII: Vacantis apostolicae sedis, § 34).

¡Esto no quiere decir para que los herejes (excomulgados en virtud del canon 2314) sean elegibles sin embargo! ¡Pues Pío XII no ha escrito “Nos autorizamos a los herejes a hacerse elegir papa”! Jamás ha escrito algo parecido. Simplemente quitado toda excomunión por el tiempo que dure el cónclave, y hay que recordar que la excomunión se sanciona en otros delitos que no constituyen herejía, como simonía, tráfico sacrílego, etc….

¿Por qué haber levantado toda excomunión? Es imposible que el papa haya podido pensar en los herejes, pues los clérigos no católicos son destituidos automáticamente de su cargo (canon 188) y no tienen el derecho de votar (canon 167), Es porque Pío XII piensa solamente en los cardenales excomulgados por un delito distinto que la herejía. Se puede, en efecto ser no-hereje, pero excomulgado. He aquí algunos delitos punidos de excomunión por el derecho canónico: tráfico de falsas reliquias (2326), violación de la clausura monástica (2342), usurpación de los bienes de la Iglesia (2345), aborto (2350), etc. Imaginemos que un cardenal, por codicia, se haya dedicado al tráfico de falsas reliquias. Su excomunión es levantada durante el cónclave. Si es católico, ese cardenal es elegible.

Por el contrario, un hombre no católico permanece inelegible. Pues tiene ante él un doble obstáculo:

  1. su excomunión y 2. su no catolicidad.

Pío XII levanta, es cierto, (por el tiempo que dura el cónclave) todas las excomuniones. Pero el hombre hereje, aun si no está excomulgado temporariamente, no forma parte de los candidatos papables, pues otro obstáculo, la cláusula de catolicidad, le es oponible siempre y cada vez.
Que Pío XII esté muy apegado a la cláusula de catolicidad es evidente para cualquiera que conozca bien a este papa de santa memoria. Mencionemos cuatro indicios:

  • Para Pío XII, hay “un patrimonio de la Iglesia” precioso, “constituido principalmente por la fe, que recientemente hemos defendido contra los peligros” (alocución al primer congreso internacional de religiosos, diciembre 8 de 1950). ¿Cómo este papa, que cuida a la defensa de la fe como a la niña de sus ojos, habría podido desdeñar el principio de catolicidad durante la elección pontificia?
  • Este papa tenía una tal preocupación de mantener la integridad de la fe que pasaba cada día horas tras su máquina de escribir (no se acostaba hasta una hora antes de amanecer) para exponer la sana doctrina y refutar los errores. Para documentarse, Pío XII “disponía de una enorme biblioteca de manuales especializados, de enciclopedias y de compendios de ciencias, en total más de cincuenta mil volúmenes. Era asistido en sus investigaciones por el padre Hentrich y el siempre fiel Padre Robert Leiber, así como por una troupe improvisada de jesuitas de buena voluntad. Intransigente en cuanto a la exactitud, no hesitaba en poner en apuros a sus auxiliares, verificando y reverificando cada referencia y cada cita. Dijo un día a un monseñor: «El papa tiene el deber de hacer todo lo mejor en todos los dominios; a otros, es posible perdonarles sus imperfecciones, ¡al papa, jamás! ¡No!»” (John Cornwell: el papa y Hitler. La historia secreta de Pío XII, París 1999, p. 437). ¿Cómo este “maníaco” de la verdad, este enemigo encarnizado del menor error, aun involuntario, podría haber soportado la idea de que, después de su deceso, algunos se servirían de su nombre para sostener que habría autorizado a algún hereje ser papa?
  • Este papa enriqueció el misal, creando un oficio que no existía antes de él: el “común de los papas”. Bien entendido, la secta conciliar se apresura a suprimir este oficio. ¿Por qué? Porque este oficio contiene dos plegarias extraordinarias, que constituyen un amparo poderoso para los católicos deseosos de permanecer integralmente católicos.

He aquí el texto de la secreta: “Munera quae tibi, Domini lactantes offerimus, suscite benignus, et praesta ut, intercedente beato N, Ecclesia tua et fidei integritate laetetur, et temporum tranquillitate Samper axsulter” Acoged con bondad, Señor, a los presentes que con gozo nos ofrecemos a ti, a fin de que por la intercesión del bienaventurado N., vuestra Iglesia conozca la felicidad de una FE ÍNTEGRA y tiempos para siempre apacibles.

He aquí el texto de la poscomunión: “Reflectione sancta ellutritam gubema, quaesmus, Domine, tuam placatus Ecclesiam: ut potenti moderatione directa, et incrementa libertatis accipiat et in religiones integritate persistat” (“Esta Iglesia a la que Tú has rehecho las fuerzas por este banquete sagrado, guiadla, Señor, con bondad, de suerte que, bajo vuestra impulsión soberana, ella vea crecer su libertad sin cesar y que persevere en la integridad de la religión”).

He aquí lo que deseaba el papa Pío XII para el “común de los pontífices”: ¡que perseveren en la fe católica íntegra y que la Santa Iglesia conserve la integridad de la religión! ¿Cómo habría querido él abolir la cláusula de catolicidad rigiendo en el cónclave, puesto que esta cláusula hace parte integrante de la fe?

  • Un año antes de su muerte, Pío XII estatuye: “Si un laico es elegido papa, no podrá aceptar la elección más que a condición de ser apto para recibir la ordenación y dispuesto a hacerse ordenar; el poder de enseñar y de gobernar, así como el carisma de la infalibilidad, le serán acordados desde el instante de su aceptación, aún antes de su ordenación” (Alocución al segundo congreso mundial del apostolado de los laicos, octubre 5 de  1957).

Ahora bien, hemos visto más arriba que para ser apto para recibir la ordenación, es necesario ser católico (canon 985). Un no católico es inepto. Si el elegido del cónclave no es apto para recibir la ordenación, dice Pío XII (5 de octubre de 1957, citado arriba), no puede aceptar el pontificado. Así pues, Pío XII ha confirmado expresamente la cláusula de catolicidad en 1957.

Y recordemos que el mismo Pío XII había ya confirmado la cláusula de catolicidad en 1945, demandando que la elección fuera “canónicamente hecha”, a saber, conforme al canon 188, que reenvía a la bula de Paulo IV.

¿Y qué dice San Pío X? Él dice: “Después de la elección canónicamente hecha…” No, no hay errata de imprenta. ¡Esta frase es completamente suya! “Post electionem canonice factam consensos electi per cardinalem decanum nomine totius S. Collegii requiratur” (San Pío X: constitución Vacante Sede Apostolica, diciembre 25 de 1904, § 87, con un envío en nota al Ceremoniale romanum, libro I, título I, De conclavi et electione papae, § 34).

Resumamos la situación jurídica. Según el canon 241, “estando la Sede apostólica vacante, el sacro colegio de los cardenales y la curia romana no tienen otro poder que el definido en la constitución Vacante Sede Apostólica del 25 de diciembre de 1904 de Pío X”. San Pío X ha dado el poder a los cardenales de elegir canónicamente el nuevo papa. Los cardenales no tienen el poder de elegir no canónicamente un no católico. Una tal elección no canónicamente hecha constituye un abuso de poder, que hace al cónclave jurídicamente nulo y sin valor.

Nota bene: los haereticis (“herejes” = quienes se oponen conscientemente a la doctrina católica) así como los errantes (“errantes” = quienes yerran en la fe por ignorancia) son excluidos del soberano pontificado por Paulo IV. Son, en efecto, excluidos de las elecciones aquéllos que “han desviado de la fe católica O BIEN (aut) son caídos en alguna herejía”.

Así pues, para impugnar la elección de tal o cual candidato, es suficiente constatar que ha “desviado de la fe”, poco importa que haya desviado conscientemente o por ignorancia, y poco importa que haya o no recibido una advertencia de parte de sus superiores (monición canónica individual). Si los escritos o los discursos del candidato contienen un error en la fe, esto basta ampliamente para invalidar la elección, pues la constitución Cum ex apostolatus hace inelegibles no solamente a los herejes formales, sino también a aquéllos que desvían de la fe por ignorancia del magisterio. Un solo error en la fe – involuntario o voluntario – y la elección es nula “por el hecho mismo, sin que haga falta ninguna otra declaración ulterior” (Cum ex apostolatus, §6. Para quienes esto interesara, hemos hecho un estudio que define lo que es un hombre “hereje”, explica en qué consiste la “pertinacia” y prueba que Roncalli, Montini, Luciani, Wojtyla, Ratzinger y Francisco,  son “pertinaces”.

         1.8 CONCLUSIÓN.

         Los no católicos son inelegibles por una quíntuple razón:

  • Existe una “ley divina”, es decir, enraizada en la Escritura. Según la Escritura, ningún no católico puede ser (Mateo XVI, 15) o permanecer (Tito III, 10-11 y 2. Juan 10-11) jefe de los católicos. Una ley de derecho divino obliga independientemente del derecho eclesiástico (como lo precisa el canon 6, nº 6).
  • Los no católicos son excluidos de la clericatura y de los oficios eclesiásticos no solamente por la Escritura, sino también por la Tradición (Santos Cipriano, Agustín, Tomás, etc.).
  • La cláusula de catolicidad ha sido definida ex cathedra por un pontífice romano (Paulo IV, 1559). Según Vaticano I (Pastor aeternus, c. 4) una tal definición es “irreformable por ella misma, y no en virtud del consentimiento de la Iglesia”; si alguno tuviera la temeridad de pretender lo contrario “sea anatema”.
  • El texto de Paulo IV es no solamente contenido implícitamente, sino citado explícitamente en el Codex iuris canonici, y esto no una vez, sino en QUINCE lugares distintos.
  • El reglamento que rige los cónclaves redactado por Pío XII en 1945 estipula que la elección debe ser “canónicamente hecha” (= según el derecho canónico) para ser válida.

El que desvía de la fe no es papable: tal es la ley católica. Hagamos ahora la aplicación práctica de esta ley.

RESUMIDO: aquéllos que han desviado de la fe católica antes de su elección no son papables.

ANEXO:

 LA BULA DE PAULO IV INCLUIDA EN EL DERECHO CANÓNICO

         Consultando una edición anotada del código (ver página de título reproducida más abajo en facsímil), se constata que los cánones siguientes se refieren a la bula de Paulo IV (a título de muestra, la página relativa al canon 188 se reproduce más abajo en facsímil).

El canon más importante es sin duda el canon 188, que se refiere, en referencia al pie a los § 3 y 6 de Paulo IV: “En virtud de una renunciación tácita admitida por el derecho mismo, no importa qué oficio es vacante por el hecho mismo y sin ninguna declaración, si el clérigo (…) se separa públicamente de la fe católica”.

He aquí los otros cánones que retoman tal o cual disposición de Paulo IV:

Canon 167 (referencia en pie de página al § 5 de la bula de Paulo IV): “No están habilitados a elegir (…) aquéllos que han dado su nombre a una secta hereje o cismática o que han adherido a ella públicamente”.

Canon 218, § 1 (referencia al § 1 de Paulo IV): “El pontífice romano, sucesor del primado de San Pedro, tiene no solamente un primado de honor, sino también el supremo y pleno poder de jurisdicción sobre la Iglesia universal, concerniente a la fe y las costumbres, y concerniente a la disciplina y el gobierno de la Iglesia dispersa por todo el globo”.
Canon 373, § 4 (referencia al § 5 de Paulo IV): “El canciller y los notarios deben tener una reputación sin tacha y por encima de toda sospecha”.

Canon 1435 (§ 4 y 6 de Paulo IV): (concierne a la privación de los beneficios eclesiásticos o todavía a la nulidad de las elecciones de los beneficios).

Canon 1556 (§ 1 de Paulo IV): “La primera Sede no es juzgada por nadie”.

Canon 1657, § 1 (§ 5 de Paulo IV): “El procurador y el abogado deben ser católicos, mayores y de buen nombre; los no católicos no son admitidos, salvo caso excepcional y por necesidad”.

Canon 1757, § 2 (§ 5 de Paulo IV): “Son recusables como siendo testigos sospechosos. 1º los excomulgados, perjuros, infames, después de sentencia declaratoria o condenatoria”.

Canon 2198 (§ 7 de Paulo IV): “Sólo la autoridad eclesiástica, requiriendo a veces la ayuda del brazo secular, donde ella lo juzgue necesario y oportuno, persigue el delito que, por su naturaleza, lesiona únicamente la ley de la Iglesia; estando a salvo las disposiciones del canon 120, la autoridad civil pune, por derecho propio, el delito que lesiona únicamente la ley civil, bien que la Iglesia permanece competente en lo que le toca en razón del pecado; el delito que lesiona la ley de las dos sociedades puede ser punido por los dos poderes”.

Canon 2207 (ningún parágrafo de Paulo IV en nota del Codex (¿olvido?), pero sin embargo una mención en el índice de Fontes; este canon corresponde, a nuestro entender, al § 1 de Paulo IV): “El delito es agravado entre otras causas: 1º por la dignidad de la persona que comete el delito o que es la víctima; 2º por el abuso de la autoridad o del oficio del cual se serviría para cometer el delito”.

Canon 2209, § 7 (§ 5 de Paulo IV): “El elogio del delito cometido, la participación del provecho obtenido, el hecho de ocultar y encubrir al delincuente, y otros actos posteriores al delito ya plenamente consumado pueden constituir nuevos delitos, si la ley los castiga con una pena; pero a menos de que haya un acuerdo culpable antes del delito, ellos no entrañan la imputabilidad de ese delito”. Nuestro comentario: el código pune como delitos especiales el favor manifestado al excomulgado (canon 2338, § 2), el hecho de defender libros heréticos (canon 2318, § 1) o ayudar a la propagación de una herejía (cánones 2315 y 2316).

Canon 2264 (§ 5 de Paulo IV): “Todo acto de jurisdicción, tanto de fuero interno como de fuero externo, hecho por un excomulgado, es ilícito; y si ha habido una sentencia declaratoria o condenatoria, el acto es inválido…”.

Canon 2294 (§ 5 de Paulo IV): “Quién es golpeado de una infamia de derecho es irregular, conforme al canon 984, 5º; además es inhábil para obtener beneficios, pensiones, oficios y dignidades eclesiásticas, a ejercer los actos legítimos eclesiásticos, un derecho o un empleo eclesiástico, y en fin, debe ser descartado de todo ejercicio de las funciones sagradas”. Nuestro comentario: La adhesión pública a una secta no católica comporta automáticamente la infamia de derecho (ver canon 2314 citado debajo).

Canon 2314, § 1 (§ 2. 3 y 6 de Paulo IV): “Todos los apóstatas de la fe cristiana, todos los herejes o cismáticos y cada uno de ellos: 1º incurren por el hecho mismo en una excomunión; 2º a menos que después de haber sido advertidos, se hayan arrepentido, que sean privados de todo beneficio, dignidad, pensión, oficio u otro cargo, si los tenían en la Iglesia, que sean declarados infames y, si son clérigos, después de monición reiterada, que se los deponga; 3º Si han dado su nombre a una secta no católica o han adherido a ella públicamente, son infames por el hecho mismo y, teniendo cuenta de la prescripción del canon 188, 4º, que los clérigos, después de una monición ineficaz, sean degradados”.

Canon 2316 (§ 5 de Paulo IV): “Aquél que, de cualquier manera que sea, ayuda espontáneamente y conscientemente a propagar la herejía, o bien que comunica in divinis (= que asiste al culto de una secta no católica) con los herejes contrariamente a la prescripción del canon 1258, es sospechoso de herejía”. Nuestro comentario: Si no se enmienda, el sospechoso de herejía, al cabo de seis meses, debe ser tenido por hereje, sujeto a las penas de los herejes (canon 2315).

¡La Bula, pues, está absolutamente vigente!

 

Domingo de Pasión

DOMINGO DE PASIÓN
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger

DOMINGO DE PASIÓN - VELACIÓN DEL ALTAR

«Si oís, hoy, la voz del Señor, no endurezcáis vuestros corazones.»

ENSEÑANZA DE LA LITURGIA. — La Iglesia da comienzo hoy en el oficio de la noche por estas graves palabras del Rey profeta. Antiguamente, los fieles consideraban un deber el asistir a los oficios nocturnos al menos los domingos y días festivos; tenían en mucho el no perder las enseñanzas que encierra la Liturgia. Pero los siglos pasaron y la casa de Dios no era frecuentada con la asiduidad que constituía el gozo de nuestros padres. Poco a poco se fueron perdiendo las costumbres y el clero dejó’ de celebrar públicamente los oficios que no eran concurridos. Fuera de los cabildos y monasterios no se oye ya el conjunto tan armonioso de la alabanza divina, y las maravillas de la Liturgia sólo son conocidas de una manera incompleta.

LLANTO DEL SEÑOR. — Por esta razón nos hemos movido a poner ante la consideración de nuestros lectores ciertos rasgos de algunos oficios que de otro modo quedarían para ellos como si 110 existiesen. ¿Qué más propio hoy para movernos que este aviso, tomado de David, que la Iglesia nos dirige y que repetirá en todos los maitines hasta el día de la Cena del Señor? Pecadores, nos dice, este día en que se deja oír la voz lastimera del Redentor, no seáis enemigos de vosotros mismos, dejando vuestros corazones endurecidos. El Hijo de Dios os da la última y la más viva muestra del amor por el cual descendió del cielo; su muerte está cercana; ya se prepara el madero en el que será inmolado el nuevo Isaac; entrad en vosotros mismos y no permitáis, que vuestro corazón conmovido, tal vez, un momento, vuelva a su dureza ordinaria. Habría en ello el mayor de los peligros. Estos aniversarios tienen la virtud de renovar a las almas cuya fidelidad coopera a la gracia que les ha sido ofrecida; mas acrecienta la insensibilidad en aquellos que los pasan sin arrepentirse. «Si, pues, oís hoy la voz del Señor no endurezcáis vuestros corazones.»

ULTIMOS DÍAS DE LA VIDA PÚBLICA DE JESÚS. — Durante las semanas precedentes hemos visto crecer cada día la malicia de los enemigos del Salvador. Su presencia, su vista les irrita y se siente que este odio reprimido aguarda el momento propicio para estallar. La bondad, la dulzura de Jesús continúa seduciendo las almas puras y rectas; al mismo tiempo la humildad de su vida y la inflexible pureza de doctrina humilla más y más al judío soberbio que sueña con un Mesías conquistador, y al fariseo que no tiene escrúpulos en traspasar las leyes para hacer de ellas un instrumento de sus pasiones. Sin embargo, Jesús continúa el curso de sus milagros; sus discursos están llenos de energía desconocida; sus profecías amenazan a la ciudad y al templo famoso de los que no quedarán piedra sobre piedra. Los doctores de la ley deberían, al menos reflexionar, examinar sus obras maravillosas que dan testimonio al Hijo de David, y releer tantos oráculos divinos cumplidos hasta ahora con la más absoluta fidelidad. ¡Ay! estos oráculos se deben cumplir hasta la última tilde. David e Isaías no hicieron sino predecir las humillaciones y los dolores del Mesías, que estos hombres ciegos no durarán en realizar.

OBSTINACIÓN DE LA SINAGOGA Y DEL PECADOR. — En ellos se cumple esta palabra: «al que blasfema contra el Espíritu Santo, no se le perdonará el pecado ni en esta vida ni en la otra'». La Sinagoga corre a la maldición. Obstinada en su error, no quiere escuchar, ni ver nada; ha torcido su juicio a su gusto; ha apagado en sí misma la luz del Espíritu Santo y vamos a verla descender por todos los grados de la aberración hasta el abismo. Triste espectáculo que se encuentra todavía, con mucha frecuencia, en nuestros días, en los pecadores que a fuerza de resistir a la luz de Dios, ¡acaban por encontrar reposo en las tinieblas! Y no nos extrañemos de encontrar en otros hombres la conducta que observamos en los actores del drama que se va a cumplir. La historia de la Pasión del Hijo de Dios nos proporcionará más de una lección sobre los secretos del corazón humano y sus pasiones. No puede ser de otra manera; porque lo que ocurre en Jerusalén se renueva en el corazón del pecador. Este corazón es un Calvario, sobre el que según el Apóstol, Jesucristo es sacrificado con frecuencia. La misma ingratitud, la misma ceguera, el mismo furor; con la diferencia de que el pecador, cuando es iluminado por la fe, conoce a quien crucifica, mientras que los judíos, como dice San Pablo, no conocían como nosotros al Rey de la gloria 1 a quien clavamos en la Cruz. Siguiendo los relatos evangélicos que de día en día, van a ponerse ante nuestros ojos, deben indicarnos que nuestra indignación contra los judíos debe tornarse también contra nosotros y nuestros pecados. Lloremos los dolores de nuestra víctima, a la que nuestros pecados han obligado a soportar, tal sacrificio.

LA OCULTACIÓN DE JESÚS. — En este momento todo convida al duelo. Sobre el altar, ha desaparecido hasta la Cruz bajo un velo y las imágenes de los santos están cubiertas; la Iglesia está a la expectativa de la más grande desgracia. Sólo nos recuerda en este tiempo la penitencia del Hombre-Dios; y tiembla pensando en los peligros de que está rodeado. Muy pronto leeremos en el Evangelio que el Hijo de Dios ha estado apunto de ser lapidado como un blasfemo; pero su hora no había llegado aún. Tuvo que huir y esconderse. ¡Todo un Dios se esconde para huir de la cólera de los hombres

¡Qué contraste! ¿Será por debilidad o poi miedo a la muerte? Sólo pensarlo sería una blasfemia; no tardaremos en verle presentarse ante sus enemigos. Si ahora evita el furor de los judíos es por no haberse cumplido aún lo que dijeron los profetas sobre El. Por otra parte no debe morir a pedradas sino sobre el madero maldito que, en adelante, se convertirá en el árbol de la vida.

ADÁN Y JESÚS. — Humillémonos, al ver que el Creador del cielo y de la tierra tiene que substraerse a las miradas de los hombres, para huir de su cólera. Pensemos en el día del primer crimen en el que Adán y Eva, pecadores, se escondieron también por que se vieron desnudos. Jesús ha venido para darles la seguridad del perdón: y he aquí que se oculta; no por que esté desnudo, El que es para sus Santos el vestido de santidad y de inmortalidad, sino por que se ha hecho débil, para darnos fortaleza. Nuestros primeros padres quisieron esconderse de la mirada de Dios; Jesús se oculta ante los hombres; pero no será siempre así. Día vendrá en que los pecadores, ante quienes parece que huye hoy, suplicarán a las rocas y montañas, que caigan sobre ellos y les sustraigan de su vista; pero su petición será estéril. «Verán al Hijo del hombre sentado sobre las nubes del cielo, con poderosa y soberana majestad».

Este Domingo se llama Domingo de Pasión porque la Iglesia comienza hoy a ocuparse especialmente de los sufrimientos del Redentor. Se le llama también Domingo Júdica, por comenzar con esta palabra el Introito de la Misa; finalmente Domingo de la Neomenia es decir de la luna nueva pascual por que siempre cae después de la luna nueva que sirve para fijar la fiesta de la Pascua.

En la iglesia griega, este Domingo, no tiene otro nombre que el Domingo V de los Santos Ayunos.

MISA

En Roma la estación se celebra en la basílica de S. Pedro. La importancia de este Domingo, que no cede su puesto a ninguna otra fiesta, por solemne que sea, exigía que la reunión de los fieles tuviese lugar en uno de los más augustos santuarios de la ciudad eterna.

El Introito está compuesto del Salmo XLII. El Mesías implora el juicio de Dios y protesta contra la sentencia que los hombres van a dictar contra él. Demuestra al mismo tiempo su esperanza en el socorro de su Padre, que después de la prueba le admitirá triunfante en su gloria.

INTROITO

Júzgame tú, oh Dios, y separa mi causa de la de un pueblo no santo: líbrame del hombre inicuo y falaz: porque tú eres mi Dios y mi fortaleza.-—Salmo: Envía tu luz, y tu verdad: ellas me guiarán, y conducirán hasta tu santo monte, y hasta tus abernáculos.— Júzgame tú…

En adelante sólo se dice Gloria Patri en las Misas de las fiestas; pero se repite el Introito. En la Colecta, la Iglesia pide para sus fieles la completa reforma que el santo tiempo de Cuaresma está llamado a reproducir, y que debe someter a la vez los sentidos al espíritu y preservar a éste de las ilusiones y seducciones a que ha estado muy sujeto hasta ahora.

COLECTA

Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, mires propicio a tu Familia: para que, con tu ayuda, sea regida en el cuerpo y, con tu protección sea custodiada en el alma. Por el Señor.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol S. Pablo a los Hebreos.

Hermanos: Cristo el es Pontífice de los bienes futuros, el cual penetró una vez en el santuario a través de un tabernáculo más amplio y perfecto, no hecho a mano, es decir, no de creación humana, y no con la sangre de cabritos y toros, sino por medio de su propia sangre, después de haber obrado la Redención eterna. Si, pues, la sangre de cabritos y de toros, y la aspersión de la ceniza de la ternera (sacrificada) santifican con la limpieza de la carne a los manchados: ¿cuánto más la Sangre de Cristo, que se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios, por medio del Espíritu Santo, purificará nuestra conciencia de las obras muertas, para servir al Dios viviente? Por eso es El el Mediador del Nuevo Testamento: a fin de que, por su muerte, ofrecida en redención de las prevaricaciones cometidas bajo el Viejo Testamento, reciban los llamados la prometida y eterna herencia en* Jesucristo. Nuestro Señor.

LA SALVACIÓN EN LA SANGRE DE UN DIOS. — El hombre sólo puede ser rescatado, por la sangre. La divina majestad ultrajada sólo se aplacará por el exterminio de la criatura rebelde cuya sangre derramada sobre la tierra con su vida dará testimonio de su arrepentimiento y de su completa sumisión ante aquel contra quien se rebeló. De otro modo la justicia de Dios se compensará por el suplicio eterno del pecador. Todos los pueblos así lo han entendido, desde la sangre de los corderos de Abel hasta la que corría a torrentes en las hecatombes de Grecia, y en las innumerables inmolaciones con que Salomón inauguró la dedicación del templo. Sin embargo, dice Dios: «Escucha, Israel, yo soy tu Dios. No te reprendo por tus sacriñcios: pues tengo siempre ante mí tus holocaustos; yo no tomo de tu casa el recental, ni de tus rebaños tus carneros. ¿Acaso no son míos todos estos animales? Si tubiere hambre no acudiría a ti, porque mío es el mundo y todo lo que contiene. ¿Es que tengo que comer carne de tus toros, o tendré que beber sangre de tus cabritos?’.» Así Dios ordena los sacrificios sangrientos, y declara que no son nada a sus ojos. ¿Hay contradición? No: Dios quiere a la vez que el hombre entienda que no puede ser rescatado más que por la sangre, y que la sangre de los animales es muy grosera para obrar este rescate. ¿Será la sangre del hombre la que aplaque la justicia divina? De ningún modo : la sangre del hombre es impura y está manchada; además es incapaz de compensar el ultraje hecho a Dios. Es necesaria la sangre de un Dios. Y Jesús se ofrece a derramar la suya.

En El va a cumplirse la mayor ñgura de la ley antigua. Una vez al año, el sumo Sacerdote entraba en el Santa-Santorum, a orar por el pueblo. Se ponía detrás del velo, de cara al Arca Santa; se le otorgaba este favor con la condición de que entrase en este sagrado recinto llevando en sus manos la sangre de la víctima que acababa de inmolar. Estos días, el Hijo de Dios Sumo Sacerdote por antonomasia, va a hacer su entrada en el cielo, y nosotros iremos en pos de El; mas se necesita para esto que se presente con sangre, y esta sangre no puede ser otra que la suya. Vamos a ver cumplir esta prescripción divina. Abramos pues, nuestros corazones, a fin de que «los purifique de las obras muertas, como nos acaba de decir el Apóstol, y sirvamos en lo sucesivo al Dios vivo.»

El Gradual está tomado del Salterio; el Salvador pide verse libre de sus enemigos y apartado de la rabia de un pueblo amotinado contra El; pero al mismo tiempo acepta cumplir la voluntad de su Padre, por quien será vengado.

GRADUAL

Líbrame, Señor, de mis enemigos: enséñame a cumplir tu voluntad. J. Tú, Señor, que me has librado de las gentes iracundas, me exaltarás sobre los que se levanten contra mí: me librarás del hombre inicuo.

En el Tracto, sacado del mismo texto, el Mesías, con el nombre de Israel, se queja del furor de los judíos que le han perseguido desde su juventud, y se apresuran a hacerle sufrir cruel flagelación. Anuncia a la vez los castigos que el deicidio atraerá sobre ellos.

TRACTO

Mucho me han angustiado desde mi juventud. J. Dígalo ahora Israel: mucho me han angustiado desde mi juventud. J. Mas no prevalecieron contra mí: sobre mis espaldas araron los pecadores. J. Prolongaron sus iniquidades: pero el Señor cortó las cervices de los pecadores.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio Según S. Juan. En aquel tiempo, decía Jesús a las turbas de los judíos: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, oye las palabras de Dios. Pero vosotros no las oís, porque no sois de Dios. Respondieron entonces los judíos, y dijéronle: ¿No decimos con razón que eres un samaritano, y que tienes el demonio? Respondió Jesús: Yo no tengo el demonio, sino que glorifico a mi Padre, y vosotros le deshonráis. Pero yo no busco mi gloria: hay quien la busque, y la juzgue. En verdad, en verdad os digo: Si alguien observare mis palabras, no morirá eternamente. Dijéronle entonces los judíos: Ahora conocemos que tienes el demonio. Abraham murió, y también los Profetas: y tú dices: Si alguien observare mis palabras, no morirá eternamente. ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Abraham, que murió? Y los profetas también murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo? Respondió Jesús: Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria no es nada: es mi Padre quien me glorifica, el que vosotros llamáis Dios vuestro, y no le habéis conocido: pero yo le he conocido: y, si dijera que no le he conocido, sería semejante a vosotros, mentiroso. Pero yo le conozco, y observo sus palabras. Abraham, vuestro Padre, anheló ver mi día: viólo, y se alegró. Dijéronle entonces los judíos: ¿Aun no tienes cincuenta años, y viste a Abraham? Díjoles Jesús: En verdad, en verdad os digo: Antes de que Abraham existiera, ya existía yo. Tomaron entonces piedras, para lanzarlas contra El: pero Jesús se escondió, y salió del templo.

ENDURECIMIENTO DE LOS JUDÍOS. — El furor de los judíos ha llegado al colmo, y Jesús se ve obligado a huir ante ellos. Pronto le matarán; mas ¡qué diferente es su suerte de la suya! Por obediencia a los decretos de su Padre celestial, por amor a los hombres, se entregará en sus manos, y le darán muerte, pero saldrá victorioso del sepulcro; subirá a los cielos, e irá a sentarse a la diestra de su Padre. Ellos, por el contrario, después de saciar su furor dormirán sin remordimientos hasta el terrible despertar que les está preparado. Se palpa que la reprobación de estos hombres será eterna. Ved con qué severidad les habla el Salvador: «Vosotros no escucháis la palabra de Dios porque no sois de Dios.» No obstante esto hubo un tiempo en que fueron de Dios: porque el Señor da a todos su gracia; pero ellos han hecho estéril esta gracia; se agitan en las tinieblas y ya no verán la luz que han rechazado. «Decís que Dios es vuestro Padre; pero no le conocéis.» A fuerza de desconocer al Mesías, la Sinagoga ha llegado a no conocer también al mismo Dios único y soberano, cuyo culto la enorgullece; en efecto, si conociese al Padre, no rechazaría al Hijo. Moisés, los Salmos, los Profetas, son para ella letra muerta, y estos libros divinos pasarán muy pronto entre las manos de los pueblos, que sabrán leerlos y comprenderlos. «Si yo dijere que no le conozco, sería mentiroso como vosotros.» Por la dureza del lenguaje de Jesús se adivina ya la cólera del juez que bajará el último día para estrellar contra la tierra la cabeza de los pecadores. «Jerusalén no conoció el tiempo de su visita; el Hijo de Dios salió a su encuentro y tiene ella la desvergüenza de decirle que está poseído del demonio.» Echa en cara al Hijo de Dios al Verbo eterno, que prueba su origen por los prodigios más evidentes, que Abrahán y los Profetas son mayores que El. ¡Extraña ceguera que procede del orgullo y de la dureza de corazón! La Pascua está próxima; estos hombres comerán religiosamente el cordero simbólico; saben que este cordero es una figura que debe realizarse. El cordero verdadero será inmolado por sus manos sacrilegas y no lo reconocerán. La sangre derramada por ellos no les salvará. Su desgracia nos lleva a pensar en tantos pecadores endurecidos para los cuales la Pascua de este año será tan estéril de conversión como los años precedentes; redoblemos nuestras oraciones por ellos, y pidamos que la sangre divina que pisan con los pies no clame contra ellos delante del trono del Padre celestial.

En el Ofertorio, el cristiano, lleno de confianza en los méritos de la sangre que le ha rescatado hace suyas las palabras de David para alabar a Dios, y para reconocerle como autor de la vid a nueva cuya fuente inagotable es el sacrificio de Jesucristo.

OFERTORIO

Te alabaré, Señor, con todo mi corazón: retribuye a tu siervo: viva yo, y guarde tus palabras: vivifícame, según tu palabra, Señor. El sacrificio del Cordero sin mancilla ha producido en el pecador dos efectos; ha roto sus cadenas y le ha hecho objeto de las complacencias del Padre celestial. La Iglesia pide en la secreta, que el sacrificio que va a ofrecer para reproducir el de la Cruz, obtenga en nosotros los mismos resultados.

SECRETA

Suplicárnoste, Señor hagas que estos presentes nos libren de los vínculos de nuestra depravación y nos grangeen los dones de tu misericordia. Por Nuestro Señor Jesucristo. Amén. La antífona de la comunión está formada de las mismas palabras con que Jesucristo instituyó el sacrificio que se acaba de celebrar en el cual el sacerdote y los fieles participan en memoria de la Pasión cuyo recuerdo y mérito infinito ha renovado.

COMUNION

Este es el Cuerpo que será entregado por vosotros; este Cáliz es el Nuevo Testamento en mi Sangre, dice el Señor: haced esto en memoria mía cuantas veces lo tomareis. En la poscomunión, la Iglesia pide a Dios conserve en los fieles los frutos de la visita que se ha dignado hacerle, entrando en ellos por la participación en los sagrados misterios.

POSCOMUNION

Asístenos, Señor, Dios nuestro; y, a los que has recreado con tus Misterios, defiéndelos con tu perpetuo patrocinio. Por el Señor.