SALUDO PASCUAL DE MONS. MORRELLO

SALUDO PASCUAL DE SU EXCIA. MONS.
ANDRÉS MORELLO PASCUA DE 2018

Pascua de 2015

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27 de marzo del 2018.

Queridos Amigos       
Y Fieles,

                                   Dios Nuestro Señor ha querido que se crucen los senderos de nuestras vidas sin buscarlo, quizás, ni Ustedes ni nosotros. Sin buscarlo ni pretenderlo nuestros Sacerdotes se han ocupado del bien eterno de sus almas, almas que no son nuestras, que son de Dios, que a Dios debemos y que habremos de dar cuenta de ellas.

                                   Ser Tradicionalista es simplemente ser Católicos delante de una iglesia oficial que día a día tergiversa más y más el Depósito Sagrado, que se atreve a hacerlo porque no lo reconoce sagrado y porque tiene la pretensión de poder torcer la mano de Dios. Los Santos, los Doctores, los Teólogos durante siglos repitieron la misma Doctrina, la misma senda para seguir a Jesucristo Nuestro Señor, para llegar a Dios y dio resultado. Ya no se habla de eso, se habla en contra, se denigra lo de siempre, se pierden los hombres en el laberinto de una prédica inconsistente y vacía que lo más que consigue es que el cristiano se enamore de un mundo aún más vacío, ajeno a Dios, opuesto a su moral y a sus derechos.

                                   La libertad no da el Derecho sinó que se mueve dentro de él, por eso no permite lo que se me antoje sinó sólo lo bueno, así podemos elegir entre lo bueno, lo conveniente o lo mejor pero jamás lo malo. El mundo contemporáneo, al grito de ¡Libertad! Pretende poder hacer lo que quiere, erige en igualdad al desorden y lo invertido y delante de ese grito libertario los hombres de la iglesia oficial retroceden, callan, bajan sus cabezas y susurran la misma cantinela del mundo temerosos de una suerte semejante a la de los que durante siglos se negaron a dar al César lo que era sólo de Dios.

                                   César no puede lo que Dios. César puede mandar mientras mande el bien y el orden sinó se hace tirano. Ni el César ni nadie puede cambiar la naturaleza del hombre y, por lo mismo, la conducta que se sigue de esa naturaleza.

                                   Jesucristo Nuestro Señor no murió en la Cruz para establecer el orden, ese orden existía desde la Creación. Murió para ratificar con su Sangre y como Hijo de Dios la Voluntad invariable de la Santísima Trinidad, murió para mostrar cuál era la afrenta de Adán al obrar contra la Voluntad explícita de Dios, murió para allanar la entrada al Cielo y que ese Cielo quedaba abierto para siempre pero solo a los buenos, a quienes quisieran serlo.

                                   La Pascua marca una realidad, la única, lo que Dios creó y como Dios lo quiso, no hay otra. El respeto de eso supone el odio del mundo del cual dijo Nuestro Señor Jesucristo: “Sabed que antes me odió a Mi” (S. Jn. 15, 18). Y también dijo: “Confiad, Yo he vencido al mundo” (S. Jn. 16, 33).

¡Santísimas Pascuas!

PASCUA DE RESURRECCIÓN

EL SANTO DIA DE PASCUA
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger


EL SANTO DIA DE PASCUA - Dom Prospero Gueranger (Año Litúrgico)

MAITINES

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO. — La noche del Sábado al Domingo ve por fin agonizar sus largas horas; se aproxima el alborear del día. María, con el corazón angustiado, pero animosa y paciente, espera el instante en que volverá a ver a su Hijo. Magdalena y sus compañeras han velado toda la noche, y no tardarán en ponerse en camino hacia el santo sepulcro.

En el seno del limbo, el alma del divino Redentor se dispone a dar la señal de partida a aquellas miríadas de almas justas tanto tiempo cautivas, que le circundan respetuosas y amorosas. La muerte se cierne sobre el sepulcro donde retiene a su víctima. Desde el día en que devoró a Abel, ha absorbido a innumerables generaciones; pero jamás había estrechado entre sus lazos una presa tan noble. Jamás la sentencia del paraíso terrenal había tenido cumplimiento tan prodigioso; pero nunca tampoco vió la tumba sus esperanzas burladas con un mentís tan cruel. Más de una vez el poder divino la había arrancado sus víctimas: el Hijo de la viuda de Naín, la hija del jefe de la sinagoga, el hermano de Marta y de Magdalena le habían sido arrebatados; pero ella los aguardaba en la segunda muerte. En cambio, de otro se había escrito: «Oh muerte, yo seré tu muerte; sepulcro, yo seré tu ruina.» (Oseas, XIII, 14.) Unos instantes, y trabarán batalla los dos adversarios.

Así como el honor de la divina Majestad no podía permitir que el cuerpo unido a un Dios aguardase en el polvo, como el de los pecadores, el momento en que la trompeta del ángel nos llamará a todos al juicio supremo; del mismo modo convenía que las horas durante las cuales la muerte debía prevalecer fuesen abreviadas. «Esta generación perversa, había dicho Jesús, pide un prodigio; y sólo le será dado el del profeta Jonás.» (S. Mateo, XII, 39.) Tres días de sepultura: el ñn de la jornada del viernes, la noche siguiente, el sábado todo él completo con su noche, y las primeras horas del domingo. Era suficiente: suficiente para la justicia divina ya satisfecha; bastante para certificar la muerte de la augusta víctima, y para asegurar el más brillante de los triunfos; bastante para el corazón desolado de la más amante de las madres.

«Nadie me arranca la vida, sino que yo la doy de mi propia voluntad; y soy dueño de darla y dueño de recobrarla.» (San Juan, X, 18.) Asi hablaba a los judíos el Señor antes de su pasión; la muerte sentirá al punto la fuerza de esta palabra del maestro. El domingo, día de la luz, comienza a alborear; los primeros fulgores de la aurora pugnan ya con las tinieblas. Inmediatamente el alma divina del Redentor sale de la prisión del limbo, seguida de la multitud de almas santas que la rodeaban. Atraviesa en un parpadear de ojos el espacio y, penetrando en el sepulcro, se reintegra al cuerpo del que se había separado tres días antes en medio de los estertores de la agonía. El cuerpo sagrado se reanima, se levanta y se desprende de los lienzos, de los aromas y de las fajas con que estaba ceñido. Las cicatrices han desaparecido; la sangre ha vuelto a las venas; y de aquellos miembros lacerados por los azotes, de aquella cabeza desgarrada por las espinas, de aquellos pies y de aquellas manos atravesadas por los clavos, irradia una luz fulgurante que llena la caverna. Los santos ángeles que adoraron con ternura al niño de Belén, adoran con temblor al vencedor del sepulcro. Pliegan con respeto y dejan sobre la tierra, en que el cuerpo inmóvil reposaba poco ha, los lienzos con que la piedad de dos discípulos y de santas mujeres le habían envuelto.

Pero el rey de los siglos no debe continuar ya en aquel sarcófago fúnebre; con más rapidez que la luz que penetra por el cristal, franquea el obstáculo que le opone la piedra de entrada a la caverna, que la potestad pública había sellado y rodeado de soldados armados. Todo permanece intacto; y está libre el triunfador de la muerte; del mismo modo, nos dicen unánimemente los santos Doctores, apareció a los ojos de María en el establo sin haber hecho sentir ninguna violencia en el seno materno. Estos dos misterios de nuestra fe se aunan y proclaman el inicial y el último término de la misión del Hijo de Dios: al principio, una Virgen-Madre; al fin, un sepulcro sellado que devuelve a quien retenía cautivo.

LA DERROTA DE LA MUERTE. — El más profundo silencio reina todavía, en este momento en que el Hombre-Dios acaba de romper el cetro de la muerte. Su liberación y la nuestra no le han costado ningún esfuerzo. ¡Oh muerte! ¿qué te queda ya de tu imperio? El pecado nos había entregado a ti; tú gozabas de tu conquista; y he aquí que has caído hasta el abismo. Jesús, de quien tú te sentías tan orgullosa por tenerle debajo de tu ley, se te ha escapado; y todos nosotros, después de habernos poseído tú, también nos escaparemos de tu dominio. El sepulcro que nos preparas, se convertirá en nuestra cuna para una vida nueva; por que tu vencedor es el primogénito entre los muertos (Apoc., I, 5); y hoy es la Pascua, el tránsito, la liberación, para Jesús y para todos sus hermanos. La ruta que él ha abierto, todos nosotros la seguiremos; y día vendrá en que tú, que lo destruyes todo, tú nuestra enemiga, serás anonadada a tu vez por el reino de la inmortalidad. (I Cor., XV, 26.) Pero desde ahora nosotros contemplamos tu caída, y repetimos para tu vergüenza, este grito del gran Apóstol: «Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? Por un momento triunfaste, y he aquí que has sido devorada en tu triunfo.» (Ibíd., 55).

APERTURA DEL SEPULCRO. — Pero el sepulcro no va a permanecer siempre sellado; es necesario que se abra, y que testimonie con claridad meridiana que aquel cuyo cuerpo inanimado le habitó por algunas horas, le ha dejado para siempre. De pronto la tierra tiembla, como en el momento en que Jesús expiró sobre la cruz; mas este estremecimiento del globo no significa ya terror; simboliza alegría. El Angel del Señor desciende del cielo; hace rodar la piedra de la entrada, y se sienta sobre ella con majestad; tiene por vestido una túnica de brillante blancura y su mirada irradia resplandores. Ante su presencia los guardianes del sepulcro caen por tierra despavoridos; quedan como muertos hasta que la bondad divina calma su terror; se levantan y, dejando aquel lugar, entran en la ciudad a dar cuenta de lo que han visto.

LA APARICIÓN A NUESTRA SEÑORA. — Mientras tanto Jesús resucitado, cuya gloria aún no ha contemplado ninguna criatura mortal, ha franqueado el espacio y en un instante se ha reunido con su Santísima Madre. Es el Hijo de Dios, es el vencedor de la muerte; pero es también el hijo de María. María estuvo junto a él hasta que expiró; ella unió el sacrificio de su corazón de madre al que ofrecía él mismo sobre la cruz; es justo, pues, que las primeras alegrías de la Resurrección sean para ella. El santo Evangelio no refiere la aparición del Salvador a su Madre, mientras que se extiende sobre todas las demás: la razón es obvia. Las otras apariciones tenían como fin promulgar el hecho de la Resurrección; ésta la exigía el corazón de un hijo, y de un hijo como Jesús. La naturaleza y la gracia reclamaban esta entrevista primera, cuyo conmovedor misterio hace las delicias de las almas cristianas. No era necesario se consignase en los libros sagrados; la tradición de los Padres, comenzando por San Ambrosio bastaba para trasmitírnosla, dado caso que nuestros corazones no la hubieren presentido; y cuando nos preguntamos, por qué el Salvador, que debía salir del sepulcro el domingo, quiso hacerla en las primeras horas de este día, aun antes de que el sol hubiese iluminado al universo, asentimos fácilmente a la opinión de los autores que han atribuido esta prisa del Hijo de Dios, a la inquietud que experimentaba su corazón por poner término a la dolorosa espera de la más tierna y más afligida de las madres.

¿Qué lengua humana osará traducir las expansiones del Hijo y de la Madre, en esta hora tan deseada? Los ojos de María, yertos por el llanto y el insomnio, se abren de pronto a la suave y dulce luz que le anuncia la llegada de su querido Hijo; la voz de Jesús que resuena en sus oídos, no ya con el acento doloroso que en días pasados descendía de la cruz y traspasaba como una espada su corazón maternal, sino jovial y amorosa, propia de un hijo que viene a contar sus triunfos a aquella que le dió a luz; el aspecto de aquel cuerpo que ella recibió en sus brazos, hacía tres días, ensangrentado e inanimado, ahora es fúlgido y pletórico de vida, radiante con los reflejos de la divinidad, a que estaba unido; las ternezas de un tal hijo, sus palabras cariñosas, sus abrazos, que son los de un Dios; para evocar la sublimidad de esta escena, no conocemos más que la frase de Ruperto, que nos pinta la efusión gozosa que llenó entonces el corazón de María, como un torrente de dicha que la embriagaba y la quitaba el sentimiento de los dolores tan punzantes que había sufrido.

Mas este torrente de delicias, que el Hijo de Dios había preparado a su Madre, no fué tan súbito como este autor del siglo xn da a entender. Nuestro Señor mismo quiso describir esta escena en una revelación que hizo a Santa Teresa. Se dignó confiarla, que la postración de su divina Madre era tan profunda, que no habría tardado en sucumbir a tal martirio; y que, cuando se apareció a ella en el instante en que acababa de salir del sepulcro, necesitó cierto tiempo para volver en sí, antes de encontrarse en estado de poder gustar aquella alegría; y el Señor añade que permaneció mucho tiempo a su lado, ya que esta presencia prolongada la era necesaria

Nosotros, cristianos, que amamos a nuestra Madre, que la vimos sacrificar a su propio Hijo por nosotros en el Calvario, participemos con afecto filial de la felicidad con que Jesús se dignó colmarla en este instante, y aprendamos también a compadecer los dolores de su corazón maternal. Es la primera manifestación de Jesús crucificado: recompensa de la fe que veló siempre en el corazón de María, aun durante el lóbrego eclipse que se prolongó durante tres días. Pero es tiempo que Cristo se muestre a otros, y que la gloria de su resurrección comience a brillar sobre el mundo. Primero se hizo visible a aquella que entre todas las criaturas, era la más querida y la única digna de tal honor; ahora en su bondad, va a recompensar con su visita llena de consuelos, a las almas abnegadas que han permanecido fieles a su amor, en un duelo quizás demasiado humano, impulsadas por un reconocimiento que ni la muerte ni la tumba pudieron enervar.

LAS SANTAS MUJERES EN EL SEPULCRO. — Ayer, cuando la caída del sol comenzaba a anunciar que, según el uso judaico, al gran sábado sucedía el domingo, Magdalena y sus compañeras fueron por la ciudad a comprar perfumes para embalsamar de nuevo el cuerpo de su querido Maestro, tan pronto como la luz del día las permitiese ir a cumplir este piadoso deber. Han pasado la noche en vela, y cuando las sombras no se han disipado por completo, Magdalena con María, madre de Santiago, y Salomé están de camino hacia el Calvario, cerca del cual se encuentra el sepulcro en que reposa Jesús. En su aflicción, ni siquiera se han preguntado con qué ayuda podrán remover la piedra que cierra la entrada de la gruta; menos aún han pensado en el sello del poder público que será necesario romper previamente. Llegan al alborear del día; y lo primero que impresiona sus miradas, es la piedra que cerraba la entrada porque quitada de su lugar, quedaba libre la entrada en la cámara del sepulcro. Él ángel del Señor que había recibido el encargo de remover la piedra y que se había sentado en ella como en un trono, no quiso dejarlas por más tiempo en el estupor de que eran presa, y así las dijo: » No tengáis miedo, sé bien que buscáis a Jesús el crucifiacado, pero ya no está aquí; ha resucitado, como lo había predicho; venid y ved el sitio donde estuvo sepultado el Señor.»

Era demasiado para estas almas cuyo amor hacia el maestro las enajenaba, pero que no le conocían aún por el espíritu. Quedaron «consternadas», nos dice el santo Evangelista. Es un difunto a quien buscan, un difunto querido; las dicen que ha resucitado; y esta noticia no despierta en ellas ningún recuerdo. Dos ángeles se las aparecen en la gruta completamente iluminada por el resplandor que despiden. Deslumbradas por esta luz inesperada, Magdalena y sus compañeras, nos dice San Lucas, fijaron en tierra sus ojos tristes y asombrados. «¿Por qué buscáis entre los muertos, las dicen los ángeles, aquel que vive? Recordad, pues, lo que os dijo en Galilea: que sería crucificado y que al tercer día resucitaría.» Estas palabras causan cierta impresión sobre las santas mujeres, y en medio de su conmoción, un tenue recuerdo del pasado parece aflorar en su memoria. «Id, pues, continúan los ángeles; decid a los discípulos y a Pedro que ha resucitado, y que los precederá a Galilea.»

Salen apresuradas del sepulcro y vuelven a la ciudad, llevando, en medio de su terror, un sentimiento de íntimo gozo, que las penetra a su pesar. Con todo, no han visto más que a los ángeles y un sepulcro abierto y vacío. Ante su relato, los apóstoles: lejos de dejarse ganar la confianza, atribuyen, nos dice también San Lucas, a la exaltación de un sexo frágil todo lo maravilloso que refieren acordes. La resurrección predicha tan claramente y en muchas ocasiones por su maestro, tampoco les viene a la memoria. Magdalena se dirige en particular a Pedro y a Juan; pero ¡su fe es todavía débil! Había ido a embalsamar el cuerpo de su querido maestro, y no le halló. Su decepción dolorosa se expansiona también delante de los dos Apóstoles diciendo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sé dónde le han puesto.»

PEDRO Y JUAN EN EL SEPULCRO. — Pedro y Juan se determinan a ir al lugar. Entran en la gruta; ven los lienzos puestos en orden sobre la losa de piedra en que había estado el cuerpo de su Maestro; pero los espíritus celestes que montan guardia, no se les muestran. Con todo eso, Juan recibe entonces la fe, y de ello nos da testimonio; en adelante creerá en la resurrección de Jesús. No hacemos más que pasar rápidamente sobre los relatos que tendremos ocasión de meditar más adelante, cuando la liturgia vuelva a ponerlos a nuestra vista. Ahora sólo nos proponemos seguir en su conjunto los acontecimientos de este día, el más grande de los días.

Hasta ahora Jesús sólo se ha aparecido a su Madre: las mujeres sólo han visto a Angeles que las han hablado. Estos bienaventurados Es píritus las han mandado ir a anunciar la resurrección de su maestro a los discípulos y a Pedro. No reciben esta comisión para María; es fácil comprender la razón: el hijo se había reunido ya con su madre, y la misteriosa y conmovedora entrevista se prolongó aún durante estos preludios. Pero ya el sol brilla con toda su fuerza, y las horas de la mañana avanzan; es el Hombre-Dios quien va a proclamar por sí mismo el triunfo que el género humano acaba de conseguir en él sobre la muerte. Sigamos con santo respeto el orden de estas manifestaciones, y esforcémonos respetuosamente por descubrir sus misterios.

APARICIÓN A MARÍA-MAGDALENA.—Magdalena, después de la vuelta de los Apóstoles,, no pudo resistir el deseo de visitar de nuevo la tumba de su maestro. El pensamiento del cuerpo desaparecido, que tal vez sea objeto de mofa para los enemigos de Jesús y yazga sin honor ni sepultura, atormenta su alma ardiente y desconcertada. Vuelve y al poco tiempo llega a la entrada del sepulcro. Allí, en su inconsolable dolor, se entrega a sus sollozos; después, al asomarse al interior de la gruta, ve a dos ángeles sentados, cada uno en un extremo de la losa, sobre la que había visto extendido el cuerpo de Jesús. No les interroga; ellos son los que la hablan: «Mujer, la dicen, ¿por qué lloras?» «Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto.» Y después de estas palabras, se vuelve sin esperar la respuesta de los ángeles. De pronto se da de cara con un hombre y este hombre es Jesús. Magdalena no le reconoce; está buscando el cuerpo muerto de su maestro, quiere sepultarle de nuevo. El amor la transporta, pero la fe no ilumina su amor: no siente que aquel cuyos inanimados despojos busca está vivo allí, cerca de ella.

Jesús, en su inefable condescendencia, se digna hacerla oír su voz: «Mujer, la dice, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Magdalena no reconoció esta voz; su corazón está como embotado oor una excesiva y cegadora sensibilidad; no reconoce todavía a Jesús por el espíritu. Con todo, sus ojos se han detenido sobre él; pero.su imaginación, que la encadena, la hace ver en este hombre al guarda del jardín que rodea al sepulcro. Tal vez sea él, se dice, el que ha robado el tesoro que yo busco; y sin reflexionar por más tiempo, así impresionada, se dirige a él mismo y humildemente le dice: «Señor, si le has llevado tú, dime dónde le has puesto y yo le tomaré:» Era demasiado para el corazón del Redentor de los hombres, para aquel que se dignó alabar altamente en casa del fariseo el amolde la pobre pecadora; y ya no podía retardar el recompensar esta terneza; va a declararse. Entonces con un acento que trae a la memoria de Magdalena tantos recuerdos de divina familiaridad, habla; pero no dice más que esta palabra: «¡María!»; «¡Maestro!», responde ella con efusión, iluminada súbitamente por los esplendores del misterio.

Se lanza hacia él y posa sus labios en aquellos sagrados pies con cuyo abrazo había recibido antes el perdón. Jesús la detiene; no ha llegado el momento de entregarse a largos desahogos. Es necesario que Magdalena, primer testigo de la resurrección del Hombre-Dios sea elevada en recompensa de su amor, al más alto grado de honra. No conviene que María revele a otros los secretos de su corazón maternal; es la Magdalena quien ha de dar testimonio de lo que ha visto y oído en el jardín. Ella será, como dicen lps santos Doctores, el Apóstol de los mismos Apóstoles. Jesús la dice: «Vete a mis hermanos y diles que subo a mi Padre y el suyo, a mi Dios y a su Dios.»

Tal es la segunda aparición de Jesús resucitado, la aparición a María Magdalena, la primera en el orden del testimonio. La meditaremos de nuevo el jueves. Pero adoremos desde ahora la bondad del Señor, que antes de procurar establecer la fe de su resurrección en sus Apóstoles, se digna primeramente recompensar el amor de esta mujer, que le siguió hasta la cruz y aun más allá del sepulcro, y que siendo deudora en mayor grado que los otros, supo también amar más que los otros. Al mostrarse primero a Magdalena, Jesús quiso satisfacer ante todo el amor de su corazón divino hacia la criatura, y mostrarnos que el cuidado de su gloria viene después.

Magdalena solicita de cumplir la orden de su Maestro, vuelve a la ciudad y no tarda en hallarse entre los discípulos; «He visto al Señor, les dice, y me ha dicho esto.» Pero la fe no ha penetrado todavía en sus almas; Juan sólo ha recibido este don en el sepulcro, aunque sus ojos no han visto más que el sepulcro vacío. Recordemos que, después de haber huido como los otros, volvió al Calvario para recoger el último suspiro de Jesús, y que allí fué hecho hijo adoptivo de María.

APARICIÓN DE LAS SANTAS MUJERES. — Entretanto, María, madre de Santiago, y Salomé, que habían acompañado a Magdalena en su visita al sepulcro, vuelven solas a Jerusalén. De pronto Jesús se las aparece y las detiene. «Os saludo», las dice. Con estas palabras, el corazón se las llena de ternura y de admiración. Se precipitan a sus pies sagrados con fervor, se los besan y le rinden sus adoraciones. Es la tercera aparición del Salvador resucitado, menos íntima pero más familiar que aquella con que Magdalena fué favorecida. Jesús no terminará la jornada sin manifestarse a aquellos que están llamados a ser los heraldos de su gloria; pero, más que nada, quiere honrar a los ojos de todos los siglos venideros a estas mujeres, que, desafiando el peligro y triunfando de la debilidad de su sexo, le consolaron en la cruz con una fidelidad que no encontró en aquellos que había escogido y colmado de sus favores. Alrededor de la cuna donde se mostraba por vez primera a los hombres, convocó a pobres pastores, sirviéndose del ministerio de los ángeles, antes de llamar a los reyes por medio de una estrella; hoy que ha llegado al culmen de su gloria y ha puesto con su resurrección el sello a todas sus acciones y certificado su origen divino afianzando nuestra fe con el más irrefragable de todos los prodigios, espera, antes de instruir y de esclarecer a sus Apóstoles, a que unas pobres mujeres sean por él mismo instruidas, consoladas, colmadas, en fin, con pruebas de su amor. ¡Qué nobleza la de esta conducta tan suave y tan fuerte del Señor, nuestro Dios, y con cuánta razón nos dijo por el Profeta: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos!» (Isaías, LV, 8).

Si hubiese estado en nuestra mano ordenar las circunstancias de su venida a este mundo, ¿qué ruido habríamos hecho para llevar a todos los hombres, reyes y pueblos, junto a su cuna?

¿Con qué estrépito habríamos publicado en todas las naciones el milagro de los milagros, la Resurrección del crucificado, la muerte vencida y la inmortalidad reconquistada? El Hijo de Dios, que es «el poder y la sabiduría del Padre».

(Cor., I, 24), obró de otra manera. En el instante de su nacimiento, no quiso por primeros adoradores sino hombres sencillos, cuyos relatos no debían transcender más allá de Belén; y he aquí que actualmente la fecha de este nacimiento es la era de todos los pueblos civilizados. Como primeros testigos de su resurrección, no quiso sino débiles mujeres; y he aquí que este mismo día, en el preciso momento en que nos encontramos, todo el universo celebra el aniversario de esta Resurrección; todo se renueva, un fervor desconocido en el resto del año se deja sentir en los más indiferentes; el incrédulo que codea al creyente, sabe, por lo menos, que hoy es Pascua; y del seno mismo de las naciones infieles, innumerables voces cristianas se unen a las nuestras para elevar de todos los puntos del globo, hacia Jesús resucitado, la aclamación que nos aúna a todos en un solo pueblo, el gozoso Aleluya. «Oh Señor», podemos exclamar, como exclamó Moisés cuando el pueblo elegido celebró la primera Pascua y atravesó a pie enjuto el mar Rojo, «oh Señor, ¿quién entre los fuertes es semejante a ti?» (Exodo, XV, II).

MISA

La hora de Tercia reúne en la Basílica a todo el pueblo de la ciudad. El sol, cuya salida ha sido alegre, parece derramar luz más intensa; el pavimento de ia iglesia está alfombrado de flores. Debajo de los mosaicos del ábside, cuyos esmaltes brillan con claridad nueva, los muros se ven cubiertos con tapices preciosos; guirnaldas de flores que penden en festones del arco triunfal, corren a lo largo de las columnas de la nave mayor, y de allí se prolongan a las naves laterales. Numerosas lámparas, alimentadas con el aceite de oliva más refinado, refulgen en torno al altar, suspendidas del baldaquino. Surgiendo de su esbelta columna, el Cirio pascual, que no se ha apagado desde las primeras horas de la vigilia de ayer, eleva su llama siempre vivaz, y embalsama el lugar santo con el aroma de los perfumes que impregnan su mecha. Símbolo misterioso de Cristo-Luz, alegra las miradas de los fieles y parece decir a todos: «¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado!»

Pero lo que más concentra la atención es el grupo numeroso de neófitos, revestidos de blanco como los ángeles que aparecieron junto al sepulcro; en estos tiernos y nobles retoños se refleja más vivamente el misterio de Cristo resucitado del sepulcro. Ayer todavía estaban muertos por el pecado; ahora están llenos de vida nueva, fruto de la victoria del Redentor sobre la muerte. Feliz pensamiento de la Santa Iglesia, haber escogido para el día de su regeneración, aquel mismo en que el Hombre-Dios conquistó para nosotros la inmortalidad.

LA ESTACIÓN. — En Roma la Estación se celebraba antiguamente en la Basílica de Santa María la Mayor. Por una admirable delicadeza, esta reina de las numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios, fué designada para la función de este día. Roma tributaba el homenaje de la solemnidad pascual a aquella que, más que ninguna criatura, tuvo derecho a experimentar las alegrías, por las angustias que había sufrido su corazón maternal, y por su fidelidad en conservar la fe de la resurrección durante las horas que su divino Hijo debió pasar en el Sepulcro.

Más tarde, la solemnidad de la Misa papal fué trasladada a la Basílica de San Pedro, más espaciosa y más apropiada para la multitud de fieles, que todo mundo cristiano envía en representación a las solemnidades pascuales de Roma. Con todo, el Misal romano continúa indicando a Santa María la Mayor, como la Iglesia de la estación actual; y las indulgencias son las mismas para aquellos que toman parte en las funciones que allí se celebran.

Todos los preludios al Sacrificio han terminado; los chantres ejecutan el solemne Introito, durante el cual el Pontífice, rodeado de Presbíteros, de Diáconos y de ministros inferiores, se dirige al altar. Este cántico de entrada es la exclamación del Hombre-Dios al salir del sepulcro, y dirigir a su Padre celestial el homenaje de su reconocimiento.

INTROITO

He resucitado, y aún estoy contigo, aleluya; pusiste sobre mí tu mano, aleluya: maravillosa se mostró tu ciencia, aleluya, aleluya. — Salmo: Señor, me probaste, y me has conocido: has conocido mi abatimiento y mi resurrección. V. Gloria al Padre.

En la colecta, la Santa Iglesia celebra el beneficio de la inmortalidad, hecho al hombre por la victoria del Redentor sobre la muerte; y en ella pide que los votos de sus hijos se eleven siempre a lo alto hacia este sublime destino.

COLECTA

Oh Dios, que, vencida la muerte por tu Hijo unigénito, nos has abierto hoy la puerta de la eternidad: nuestros votos que tú previenes con tu inspiración, prosigúelos también con tu ayuda. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.

EPISTOLA

Lección de la Epístola 1a. del Apóstol San Pablo a los Corintios (V, 7-8).

Hermanos, arrojad el viejo fermento, para que seáis nueva masa, ya que sois ázimos. Porque Cristo, nuestra Pascua, fué inmolado. Comamos, pues, no con vieja levadura, ni con levadura de malicia y de perversidad, sino con ázimos de sinceridad y de verdad.

Dios ordenó a los Israelitas comer el Cordero Pascual con pan ázimo, es decir, sin levadura; enseñándoles con este símbolo, que debían renunciar, antes de tomar esta vianda misteriosa, a la vida pasada, cuyas imperfecciones estaban figuradas por la levadura. Nosotros cristianos, que hemos sido elevados por Cristo a esta vida nueva, hacia la cual nos orientó resucitando él primero, debemos en adelante no tender sino a obras puras, a acciones santas, ázimo destinado a acompañar al Cordero pascual, que hoy se hace nuestro alimento.

El Gradual está formado con palabras del Salmo CXVII, repetidas en todas las Horas de este día. En él la alegría es un deber para todo cristiano; todo nos incita a ella; el triunfo de nuestro amado Redentor y los grandes bienes que nos ha conquistado. La tristeza en este día sería una protesta indigna contra los beneficios de que Dios se ha dignado colmarnos en su Hijo.

GRADUAL

Este es el día que hizo el Señor: gocémonos y alegrémonos en él. V. Alabad al Señor, porque es bueno; porque su misericordia es eterna.

El verso aleluyático nos da uno de los motivos por que debemos alegrarnos. Un festín ha sido preparado para nosotros; el Cordero está dispuesto; este Cordero es Jesús inmolado, en adelante siempre vivo: inmolado, para que seamos rescatados con su sangre; siempre vivo, para comunicarnos la inmortalidad.

Aleluya, aleluya. V. Cristo, nuestra Pascua, fué inmolado

Para acrecentar la alegría de los fieles, la Santa Iglesia añade a sus cánticos ordinarios una obra lírica, en la que alienta el más vivo júbilo por el Redentor, que sale del sepulcro. Esta composición ha recibido el nombre de Secuencia, porque es como una secuela y una prolongación del canto del Aleluya. Se atribuye a Wippon (t 1050), capellán de los emperadores Conrado II y Enrique III.

SECUENCIA

A la victima pascual alabanzas inmolen los cristianos.
El Cordero redimió a las ovejas: Cristo, inocente, reconcilió con el Padre a los pecadores.
La muerte y la vida lucharon en duelo sublime; muerto el Rey de la vida, reina vivo.
Dinos, tú, María: ¿qué viste en el camino?
El sepulcro de Cristo viviente: y la gloria vi del resurgente.
Los testigos angélicos, el sudario y los vestidos.
Resucitó Cristo, mi esperanza; precederá a los suyos en Galilea.
Sabemos que Cristo ha resucitado realmente de entre los muertos; tú, victorioso Rey, ten piedad de nosotros. Amén. Aleluya.

La Santa Iglesia toma hoy de San Marcos, con preferencia a los otros Evangelistas, el relato de la Resurrección. San Marcos fué discípulo de San Pedro; escribió su Evangelio en Roma, dirigido por el Principe de los Apóstoles. Conviene que en semejante solemnidad se oiga en cierta manera la. voz de aquel a quien el divino resucitado proclamó piedra fundamental de su resucitado proclamó piedra fundamental de su Iglesia y Pastor supremo de las ovejas y de los corderos.

EVANGELIO

Continuación del Santo Evangelio según San Marcos (XVI, 1-7).

En aquel tiempo María Magdalena y María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a ungir a Jesús. Y muy de mañana, al día siguiente del sábado, fueron al monumento salido ya el sol. Y decían entre sí: ¿Quién nos separará la piedra de la puerta del sepulcro? Y, mirando, vieron separada la piedra, que era muy grande. Y, entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con traje blanco, y se asustaron. Pero él las dijo: No os asustéis: buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aqui, he ahí el sitio donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos y a Pedro, que os precederá en Galilea; allí le veréis, como os lo dijo.

EL VENCEDOR DE LA MUERTE. — «Resucitó, ya no está aquí»: un muerto que manos piadosas habían colocado allí, sobre aquella losa, en aquella gruta; se ha levantado, y aun sin quitar la piedra que cerraba la entrada, ha resucitado a una vida que ya nunca tendrá fin. Nadie le prestó ayuda; ningún profeta, ningún enviado de Dios se inclinó sobre su cadáver para volverle a la vida. El mismo fué quien, por su propia virtud, se resucitó. Para él la muerte no fué una necesidad; la padeció porque quiso; la aniquiló cuando quiso. ¡Oh Jesús, tú juegas con la muerte, tú, que eres el Señor, Nuestro Dios! Nos postramos de rodillas ante ese sepulcro vacío, que, por haber tú morado en él algunas horas has hecho sagrado para siempre. «He ahí el lugar en que te colocaron». ¡He ahí los lienzos, las vendas, que no te pudieron retener y dan fe de tu paso voluntario por el yugo de la muerte!

El ángel dice a las mujeres: «Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado». ¡Recuerdo cargado de lágrimas! El día anterior fueron trasladados a él sus despojos maltratados, desgarrados, sangrantes. Aquella gruta, cuya piedra fué violentamente removida por la mano del Angel y que ahora está iluminada con claridad deslumbrante por este espíritu celestial, cobijó con su sombra a la más desolada de las madres; hizo eco a los sollozos de Juan y de los dos discípulos, y a los lamentos de la Magdalena y de sus compañeras; el sol se ocultaba en el horizonte e iba a comenzar el primer día de la sepultura de Jesús. Mas el profeta había predicho: «En la tarde reinarán las lágrimas; pero por la mañana brillará la alegría.» (Sal., XXIX, 6.)

Nos encontramos en este feliz amanecer; y nuestra alegría es grande, oh Redentor, al contemplar que este mismo sepulcro adonde te acompañamos con dolor sincero, no es sino el trofeo de tu victoria. Están curadas las llagas que besábamos con amor, reprochándonos el haberlas causado. Vives más glorioso que nunca, inmortal; y porque nosotros quisimos morir a nuestros pecados, mientras tú morías por expiarlos, quieres que vivamos contigo eternamente, que tu victoria sea la nuestra, que la muerte, para ti y para nosotros, no sea más que un tránsito y que ella nos restituya un día intacto y radiante este cuerpo, que la tumba no recibirá ya en adelante sino como en depósito. ¡Gloria sea, pues, honor y amor a ti, que te has dignado no solamente morir, sino también resucitar para nosotros!

El Ofertorio reproduce las palabras con que el Salmista anunciaba el terremoto que sucedió en el instante de la Resurrección. Nuestro globo fué testigo de la más sublime de las manifestaciones del poder y de la bondad de Dios y el Supremo Señor quiso más de una vez que se asociase por movimientos inusitados a sus leyes comunes, a las escenas divinas de las que era teatro.

OFERTORIO

La tierra tembló y descansó, al levantarse a juicio Dios. Aleluya.

El pueblo santo va a sentarse en el banquete pascual; el Cordero divino invita a todos los fieles a alimentarse de su carne; la Iglesia, en la secreta, implora para estos felices convidados las gracias que les asegurarán la inmortalidad bienaventurada de la que ellos van a recibir la promesa.

SECRETA

Suplicárnoste, Señor, recibas las preces de tu pueblo con la ofrenda de estas hostias; para que lo inaugurado con los misterios pascuales, nos sirva, por obra tuya, de remedio eterno. Por Jesucristo, nuestro Señor.

RITOS ANTIGUOS. — Durante la Edad Media en la Misa papal, mientras el Pontífice recitaba esta oración secreta, los dos Cardenales Diáconos más jóvenes se separaban de sus colegas, y, cubiertos con sus dalmáticas blancas, iban a colocarse cada uno en una de las extremidades del altar, mirando hacia el pueblo. Representaban a los dos ángeles que guardaban la tumba del Salvador, y que se aparecieron a las santas mujeres y las anunciaron la resurrección de su Maestro. Los dos diáconos permanecían en sus puestos en silencio, hasta el momento en que el Pontífice dejaba el altar al Agnus Dei, para subir al trono, en el que debía comulgar.

También se observaba otra costumbre en Santa María la Mayor. Cuando el Papa, después de la fracción de la Hostia, dirigía a los asistentes el saludo de la paz con las palabras acostumbradas: Pax Domini sit semper vobiscuvi, el coro no respondía como en los días ordinarios: Et cum spiritu tuo. La tradición refiere que en esta misma solemnidad y en esta misma Basílica, celebrando cierto día San Gregorio Magno el divino sacrificio, y habiendo pronunciado estas mismas palabras, un coro de ángeles respondió con una melodía tan suave, que las voces de la tierra enmudecieron, no osando unirse al concierto celestial. Al año siguiente se esperó, sin atreverse a contestar al Pontífice, a que las voces angélicas se oyesen de nuevo; esta espera duró varios siglos; pero el prodigio que Dios había hecho una vez a su siervo Gregorio no se repitió más.

Finalmente llega el momento en que la multitud de los fieles va a comulgar. La antigua Iglesia de las Galias hacía oír entonces un llamamiento, que dirigía a toda la multitud deseosa del pan de vida. Esta antífona se conservó en nuestras catedrales, aun después de la introducción de la liturgia romana por Pipino y Carlomagno; y no desapareció totalmente sino a consecuencia de las innovaciones del siglo xvxn. El canto que la acompañaba, manifiesta la majestad de los misterios: ponemos aquí el texto, para ayudar a los fieles a acercarse con más respeto a este banquete, en que el Cordero Pascual va a darse a ellos.

INVITACION DEL PUEBLO A LA COMUNION

Venid, oh pueblos; acercaos al inmortal misterio: venid a gustar la libación sagrada.

Acerquémonos con temor, con fe, las manos puras; vayamos a unirnos con aquel que es el premio de nuestra penitencia: El Cordero ofrecido en sacrificio a Dios su Padre.

Adorémosle, glorifiquémosle: y con los ángeles cantemos. Aleluya.

Mientras los ministros distribuyen el alimento sagrado, la Iglesia celebra en la Antífona de la comunión, al verdadero Cordero Pascual, que místicamente inmolado, pide a los que se alimentan de él, pureza de corazón; ésta se halla figurada en las especies de pan ázimo con que se oculta a nuestras miradas.

COMUNION

Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado, aleluya; comamos, pues, con ázimos de sinceridad y de verdad Aleluya, aleluya, aleluya.

La última oración de la Iglesia en favor de su pueblo, implora para todos el espíritu de caridad fraterna, que es el espíritu de la Pascua. Al tomar nuestra naturaleza por la encarnación, el Hijo de Dios nos hizo sus hermanos; al derramar su sangre por nosotros en la cruz, nos unió a todos por el vínculo de la redención; al resucitar hoy, nos une también en la inmortalidad. POSCOMUNION Infúndenos, Señor, el espíritu de tu caridad; para que a los que has saciado con los sacramentos pascuales, los unifiques en tu piedad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Después de la bendición del Pontífice, el pueblo se ausenta alabando a Dios y esperando el oficio de Vísperas, que con su pompa inusitada, pondrá fin a todas las magnificencias de esta jornada solemne.

USOS ROMANOS. — En Roma, el Papa desciende las gradas de su trono; ceñida la frente de la triple corona, se sienta sobre la silla gestatoria, y, llevado por los servidores palatinos, avanza por la nave mayor. En un lugar señalado, desciende y se arrodilla humildemente. Entonces, de lo alto de las tribunas de la cúpula, sacerdotes revestidos de estola muestran al pontífice y al pueblo el leño sagrado de la cruz y el velo llamado la Verónica, sobre el cual están pintados los rasgos deformados del Salvador caminando hacia el Calvario. Este recuerdo de los dolores y de las humillaciones del Hombre-Dios, evocado en el momento mismo en que su triunfo sobre la muerte acaba de ser proclamado con tanto esplendor, revela también la gloria y el poder del divino resucitado, y recuerda a todos con qué amor y con qué fidelidad se dignó cumplir la misión que había aceptado para nuestra salvación. ¿No ha dicho él mismo hoy a los discípulos de Emaús: «Convenía que Cristo sufriese, y que entrase en su gloria por el camino de los padecimientos»? (S. Luc., XXIV, 46.) La Cristiandad, en la persona de su Jefe, tributa homenaje eil este momento a estos padecimientos y a esta gloria. Después de humilde adoración, el Pontífice recibe de nuevo la tiara, sube a la silla y es llevado hacia la galería desde la cual dará al inmenso gentío que cubre la plaza de San Pedro la bendición apostólica.

BENDICIÓN DEL CORDERO. — La costumbre de bendecir y de comer la carne de un cordero el día de Pascua, se ha conservado. Ponemos aquí, como complemento de los ritos de la pascua cristiana, la oración que la Iglesia emplea para esta bendición. El fiel recorrerá con placer esta fórmula antigua que transporta a otras costumbres y pedirá a Dios el retorno de esta sencillez y de esta fe práctica, que daba un sentido tan profundo y una grandeza tan sólida a las más insignificantes circunstancias de la vida de nuestros antepasados.

Oh Dios, que por medio de tu siervo Moisés, mandaste que, en la liberación del pueblo de Israel de Egipto, fuese matado un cordero, como símbolo de Nuestro Señor Jesucristo, y fuesen untadas con su sangre las puertas de las casas; dígnate bendecir y santificar también esta criatura de carne, que nosotros, tus siervos, deseamos tomar para alabanza tuya, en la fiesta de la resurrección del mismo Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

BENDICIÓN DE LOS HUEVOS. — La carne de animales no era el único plato que les estaba prohibido a los cristianos por la ley cuaresmal; esta ley prohibía también los huevos, en su calidad de comida animal. Tal prescripción no está ya en vigor en nuestros días; pero, antes que la Iglesia hubiese hecho esta nueva concesión a nuestra flaqueza, era necesario que cada año una dispensa más o menos extensa viniese a legitimar el uso de un alimento universalmente prohibido durante la santa Cuaresma. Las Iglesias de Oriente han sido más fieles a esta disciplina y no conocen esta dispensa. En su alegría de recobrar un alimento, cuya abstención les había sido penosa, los fieles pidieron a la Iglesia bendijese los primeros huevos que aparecían en la mesa pascual; y he aquí la oración que la Iglesia empleaba para responder a su deseo:

Suplicárnoste, Señor, hagas que descienda sobre estos huevos la gracia de tu bendición, para que se conviertan en saludable alimento de tus fieles, que van a tomarlos en acción de gracias por la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, el cual vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

¡Cuán gozoso es el festín pascual, bendecido por la Iglesia nuestra Madre, y cómo acrecienta, por su santa libertad, la alegría de este gran día! Las fiestas de la religión deben ser fiestas de familia entre los cristianos; pero en todo el ciclo no hay ninguna que sea comparable a ésta, que hemos esperado por tanto tiempo y que nos ha reportado juntamente las misericordias del Señor que perdona y las esperanzas de la inmortalidad.

POR LA TARDE

LA TRISTEZA DE LOS APÓSTOLES. — El día avanza en su curso y Jesús aún no se ha mostrado a sus discípulos. Las santas mujeres se entregan a la alegría y al reconocimiento a que las incita el favor de que han sido objeto. Comunicaron su testimonio a los Apóstoles: no son solamente ángeles los que se las han aparecido; el mismo Jesús se las mostró; se dignó hablarlas; besaron sus sagrados pies; se muestran inconmovibles en sus afirmaciones; con todo, no consiguen vencer la postración de esos hombres, a quienes las escenas de la Pasión de su Maestro han abatido tan profundamente. Ante cualquier relato que oyen, se muestran tristes, conio seres que han experimentado una cruel decepción. Con todo, son los mismos a quienes veremos dentro de poco afrontar los suplicios y la muerte, en testimonio de la Resurrección del Maestro cuyo recuerdo constituye para ellos en estos momentos como una humillación.

Podemos figurarnos las impresiones que los dominan, al escuchar la conversación de los dos hombres que pasaron con ellos parte de la jornada y que también tuvieron relaciones con Jesús. Pronto, en el camino de Emaús, exteriorizaron de este modo el estado de su alma decepcionada: «Hablamos esperado en él, como en aquel que había de rescatar a Israel; y he aquí que ya hace tres días que la catástrofe ocurrió. Es cierto que algunas mujeres, que habían ido al sepulcro al amanecer, nos han inquietado con sus relatos. No habiendo encontrado su cuerpo, han regresado diciendo que han visto a Angeles que les han referido que él ahora está vivo. Algunos de entre los nuestros han ido al sepulcro y han comprobado lo que dicen las mujeres, pero a él no le han encontrado.»

¡Cosa admirable! El anuncio de su resurrección, que tantas veces Jesús había hecho ante ellos, aun en presencia de los judíos, no les viene a la memoria. ¡Así el espectáculo y el recuerdo de la muerte ahogan en los hombres carnales el sentimiento del nuevo nacimiento que nuestro cuerpo ha de adquirir en la tumba!

LA APARICIÓN A SAN PEDRO. — Mas es necesario que Jesús se muestre resucitado a aquellos que deben dar hasta en los confines del mundo testimonio de su divinidad. Hasta ahora sólo se ha aparecido para satisfacer su ternura filial por su madre, y su infinita bondad para con las almas que habían respondido, según sus fuerzas, a sus beneficios. Parece llegado el momento de pensar en su propia gloria: así, al menos, así nos lo figuramos nosotros. Pero aguardemos todavía. Jesús quiso en primer lugar recompensar el amor; pero, antes de proclamar su triunfo, siente la necesidad de realzar su generosidad. El colegio apostólico, cuyos miembros huyeron todos a la hora del peligro, contempló a su jefe renegando del Maestro que le había colmado de honores, ante la interpelación de una sirvienta; pero después de la mirada de reproche y de perdón que le dirigió Jesús en casa del Sumo Sacerdote, Pedro no cesó de deplorar su cobardía con las más amargas lágrimas. Jesús quiere ante todo consolar al humilde penitente, asegurarle de viva voz que le perdona y confirmar de nuevo, por esta señal de predilección divina, las prerrogativas que le confirió poco antes delante de los demás. Pedro duda todavía de la resurrección; no se rindió al testimonio de la Magdalena; pero no tardará en reconocer al divino Resucitado en la persona del Maestro ofendido, que se dispone a mostrársele como amigo que perdona.

Esta mañana el Angel dijo a las mujeres: «Id y decid a sus discípulos y a Pedro que él os precederá en Galilea.» ¿Por qué Pedro es nombrado aquí con su propio nombre, sino para que sepa que, aunque tuvo la desgracia de renegar de Jesús, Jesús no renegó de él? ¿Por qué no es nombrado en esta ocasión, antes que los demás, sino para evitarle la humillación que le causarla el contraste de su alta dignidad con la flaqueza indigna en que incurrió? Mas esta mención especial indica también que no cesó de estar presente en el corazón de su maestro y que pronto tendrá ocasión de expiar por su arrepentimiento, por su enmienda honrosa a los pies de aquel Maestro tan glorioso y tan lleno de bondad, la desgracia que tuvo de serle infiel. Pedro es lento en creer, pero su arrepentimiento es sincero y merece recompensa.

De pronto en una de las horas de este mediodía, el Apóstol ve aparecer ante sí aquel mismo Jesús a quien vió, hace tres días, atado y arrastrado por los esbirros de Caifás y cuya suerte había temido compartir. Pero este Jesús, entonces tan humillado, fulgura ahora en todos los esplendores de su resurrección; es un vencedor, un Mesías glorioso; pero lo que más deslumhra los ojos del apóstol es la inefable bondad de este divino Rey, que conforta al pecador mucho más que le deslumbra su resplandor. ¿Quién podrá evocar y penetrar el coloquio entre el culpable y el ofendido; los lamentos del apóstol, al que tanta generosidad llena de vergüenza; la seguridad de perdón proferida por unos labios sagrados y llenando de alegría un corazón tan abatido? Te bendecimos, oh Jesús, porque has levantado de su abatimiento a aquel que nos dejarás como Jefe y Padre, cuando asciendas al cielo.

FE y PRIMACÍA DE PEDRO. — Después de haber rendido homenaje a esta infinita misericordia del Corazón de nuestro Salvador resucitado, con no menos poder y expansión que la manifestó en los días de su vida mortal, admiremos la sabiduría con que continúa realizando en San Pedro el misterio de la unidad de la Iglesia, misterio que debe residir en este Apóstol y en sus sucesores. Jesús lo dijo en presencia de los demás en la última Cena: «Ruego por ti, Pedro, para que tu fe no desfallezca; cuando estuvieres convertido, confirmarás a tus hermanos.» Ha llegado el momento de fortalecer en Pedro esta fe, que ya no debe faltarle jamás: Jesús se la comunica en este mismo instante.

A él le instruye el primero por sí mismo, para poner la base. Luego va a mostrarse a los otros apóstoles; pero Pedro estará presente con sus hermanos; de manera, que si este apóstol obtiene favores de los que los demás no participan, éstos no los reciben nunca sin que él participe en todos ellos. A ellos les toca creer en la palabra de Pedro, como así sucedió; por el testimonio de Pedro reciben la fe en la resurrección y la proclaman, como lo veremos pronto. Después Jesús se aparecerá a ellos mismos; porque los ama, y los llama sus hermanos, y los destina a predicar su gloria por toda la tierra; pero encontrará ya afianzada en ellos la fe de su resurrección, pues creyeron en el testimonio de Pedro; y el testimonio de Pedro obró en ellos el misterio de la unidad que él obrará en la Iglesia hasta el fin de los siglos.

La aparición de Jesús al Príncipe de los Apóstoles está apoyada en el Evangelio de San Lucas y en la primera epístola de San Pablo a los Corintios, y es la cuarta de las apariciones del día de la resurrección.

LA NOCHE

LA APARICIÓN A LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS.— Cuatro veces ha dado Jesús señales de su resurrección en el curso de esta jornada. Ahora le queda manifestarse a los Apóstoles reunidos, y darles de este modo ocasión de unir su experiencia personal al testimonio que recibieron de labios de Pedro. Pero es tal la condescendencia del divino Resucitado para con sus discípulos, que, dejando todavía por algunos momentos a aquellos que llama sus hermanos, los cuales no dudan ya de su triunfo, se preocupa de consolar a dos corazones cuya aflicción no tiene otra causa que su poca fe.

Por el camino de Jerusalén a Emaús caminan tristes dos viajeros. Su exterior abatido denuncia claramente que una cruel decepción les atenaza; ¿no se alejarán de la ciudad por un sentimiento de inquietud? Eran discípulos de Jesús cuando éste vivía; pero la muerte vergonzosa del maestro en quien ellos habían creído, causó en ellos una tristeza tan amarga como profunda. Humillados por haber comprometido su honor siguiendo a un hombre que no era lo que ellos habían pensado, permanecieron ocultos durante las primeras horas que siguieron a su suplicio; pero de la noche a la mañana se ha hablado de un sepulcro abierto y forzado, de la desaparición de un cuerpo enterrado. Los enemigos de Jesús son poderosos, y sin duda en estos momentos dan informes contra los violadores de una tumba, cuya piedra estaba sellada con el sello de la autoridad pública. Es de creer que la prueba judicial haga comparecer ante su tribunal a los que siguieron a un Mesías crucificado por la Sinagoga entre dos ladrones. Este era, sin duda, el tema del diálogo de nuestros dos caminantes.

Pero he aquí, que son alcanzados por otro tercero y este tercer caminante es el mismo Jesús. La fijeza de sus pensamientos en el tema triste que les ocupa, les ha privado de la libertad de reconocer sus rasgos; así también sucede cuando nos dejamos llevar de un dolor demasiado humano, que perdemos de vista al compañero divino puesto junto a nosotros, para caminar con nosotros y reanimar nuestra esperanza. Jesús pregunta a estos dos hombres por qué están tristes; ellos se lo confiesan con sencillez; y este Rey de gloria, este vencedor de la muerte, en este mismo día, se digna dialogar con ellos y explicarles en el camino toda la serie de oráculos que anunciaban las humillaciones, la muerte y el triunfo final del Redentor de Israel. Los dos viajeros están conmovidos, sienten, como lo confesaron más tarde, que el corazón se les enciende con un fuego desconocido, a medida que esta voz hace llegar hasta sus oidos estas verdades hasta entonces desconocidas. Jesús disimula querer dejarlos; ellos le retienen: «¡Oh! Quédate con nosotros, le dicen; el día declina y debes aceptar nuestra hospitalidad.»

Introducen a su compañero desconocido en la casa de Emaús; le hacen sentarse a la mesa con ellos; y ¡cosa extraña! no han adivinado todavía quién es este celestial doctor que acaba de resolver sus dudas con tanta sabiduría y elocuencia. Así somos también nosotros cuando nos dejamos dominar por pensamientos humanos; Jesús está a nuestro lado, nos habla, nos instruye, nos consuela; y con frecuencia necesitamos mucho tiempo para reconocer que es Jesús.

Finalmente ha llegado el momento en que el maestro de la luz va a revelarse a estos dos discípulos tan tardos en creer. Le han invitado a que presida su mesa; a él le corresponde partir el pan. Le toma entre sus sagradas manos; y en el instante en que efectúa la fracción para dar a cada uno su parte, se les abren de súbito los ojos y reconocen al propio Jesús, a Jesús resucitado. Van a caer a sus pies; pero, apenas se descubre a sus miradas, desaparece, dejándolos sorprendidos y al mismo tiempo inundados de una alegría que sobrepasa a cuantas han gustado jamás en toda su vida. He aquí la quinta aparición del Salvador en la jornada de Pascua.

RETORNO A JERUSALÉN. — Los dos discípulos no podían permanecer por más tiempo en Emaús; a pesar de la hora avanzada, sólo ansian regresar lo antes posible a Jerusalén. Los urge anunciar a los apóstoles, cuyo abatimiento han compartido esta mañana, que su maestro vive, que le han hablado, que le han visto. Recorren con rapidez la distancia que separa el pueblecito en que ellos esperaban pasar la noche, de la gran ciudad de cuyos peligros huían. Pronto se encuentran en medio de los apóstoles, a los que se apresuran a contar su dicha; pero se les han anticipado; la fe de la Resurrección está viva en el colegio apostólico. Antes que ellos comiencen a hablar, dicen todos a una: «El Señor ha resucitado verdaderamente y se ha aparecido a Pedro.»

Los dos discípulos refieren también a los Apóstoles que también ellos han sido favorecidos con la conversación y con la vista de su Maestro.

APARICIÓN A LOS APÓSTOLES. — La conversación continuaba entre estos -hombres sencillos y rectos, oscuros entonces, pero cuyos nombres inmortales había de conocer más tarde el mundo entero. Entre tanto las puertas de la casa estaban cerradas, porque el reducido grupo temía una sorpresa. Los guardias del sepulcro habían referido todo a los príncipes de los sacerdotes por la mañana; éstos habían procurado sobornarlos y también les habían dado dinero para obligarles a decir que, mientras dormían, los discípulos de Jesús habían venido a robar el cuerpo. Esta actitud desleal de las autoridades judías podía traer cierta reacción popular contra los Apóstoles, y se creyeron obligados a tomar precauciones.

Mientras los apóstoles repasan entre sí las impresiones de esta memorable jornada, he aquí que Jesús se presenta ante ellos sin que las puertas se hubiesen abierto para darle paso. Es él, sus facciones; es su voz llena de bondad. «¡La paz sea con vosotros!» les dice con ternura. Pero ellos permanecen sobrecogidos; aquella entrada misteriosa e inesperada los ha dejado desconcertados. Ignoran aún las prerrogativas de un cuerpo glorioso; y sin dudar de la resurrección de su maestro, no saben si se encuentran en presencia de un fantasma. Jesús, que en toda esta jornada parece haberse preocupado más de testimoniar su amor hacia los suyos que de proclamar su gloria, se digna darles a tocar sus miembros divinos; hace más aún, y para probar la realidad de su cuerpo, les pide de comer y come con ellos. ¿Quién podrá expresar la alegría que inundó sus corazones ante esta inefable familiaridad y las lágrimas de ternura que corren por sus ojos? Con qué alegría dicen a Tomás cuando este apóstol vuelve a ellos. «¡Hemos visto al Señor!» Esta fué la sexta aparición de Jesús resucitado.

ORACIÓN. — Sé, pues, bendito y glorificado, vencedor de la muerte, que en este solo día te has dignado mostrarte a los hombres hasta seis veces, para satisfacer tu amor y corroborar nuestra fe en tu divina Resurrección. Sé bendito y glorificado por haber consolado con tu presencia y tu cariño el corazón angustiado de tu Madre, que también es madre nuestra. Sé bendito y glorificado por haber calmado la desolación de la Magdalena con una palabra de amor. Sé bendito y glorificado por haber enjugado las lágrimas de las santas mujeres con tu presencia y por haberlas dado a besar tus sagrados pies. Sé bendito y glorificado por haber dado a Pedro con tus propios labios la seguridad de su perdón y por haber confirmado en él los dones de la Primacía, revelándole a él, antes que a los demás, el dogma fundamental de nuestra fe. Sé bendito y glorificado por haber reanimado con tanta dulzura el corazón vacilante de los dos discípulos en el camino de Emaús y haber completado este favor descubriéndote a ellos. Sé bendito y glorificado por no haber terminado esta jornada sin visitar a tus Apóstoles y sin haberles dado pruebas de tu adorable condescendencia con su debilidad. Sé, en fin, bendito y glorificado, oh Jesús, por haberte dignado hoy, por medio de tu Santa Iglesia, hacernos participar, después de tantos siglos, de los goces que gustaron en tal día María, tu Madre, Magdalena con sus compañeras, Pedro, los discípulos de Emaús y los Apóstoles reunidos. Aquí no falta nada; todo está vivo, todo renovado; tú eres el mismo, y nuestra Pascua de hoy es también la misma que aquella que te vió salir del sepulcro. Todos los tiempos son tuyos; y el mundo de las almas vive por tus misterios, como el mundo material se sostiene por tu poder, desde el instante en que te plugo comenzar tu obra creando la luz visible, hasta que palidezca y se eclipse ante la eterna claridad que tú nos has conquistado en este día.

SÁBADO SANTO

EL SABADO SANTO
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger


EL SABADO SANTO - Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

POR LA MAÑANA

JESÚS EN LA TUMBA. — La noche ha pasado sobre el sepulcro en que descansa el cuerpo del Hombre-Dios. Pero si la muerte triunfa en el fondo de esta gruta silenciosa; si tiene entre sus lazos a Aquel que da la vida a todos los seres, su triunfo será muy corto; en vano velan los soldados a la entrada de la tumba; no podrá retener al divino cautivo cuando emprenda su vuelo. Los santos ángeles adoran con profundo respeto el cuerpo inanimado de aquel cuya sangre va a «purificar al cielo y a la tierra». Este cuerpo separado del alma durante un corto instante ha permanecido unido al Verbo; el alma que momentáneamente cesó de animarle, no perdió tampoco su unión con la persona del Hijo de Dios. La divinidad permanece unida incluso con la sangre derramada en el Calvario y que debe entrar de nuevo en las venas del Hombre- Dios, en el momento de su próxima resurrección.

EL EXCESO DEL AMOR DIVINO. — Acerquémonos a esa tumba y veneremos nosotros también los restos del Hijo de Dios. Ahora conoceremos los efectos del pecado. «Por el pecado ha entrado la muerte en el mundo, y se ha comunicado a todos los hombres.»

Jesucristo, «que no conoció el pecado»permitió sin embargo a la muerte extender sobre El su dominio, con el fin de disminuir en nosotros la repugnancia que hacia ella profesamos y de devolvernos, una vez resucitado, la inmortalidad que el pecado nos había arrebatado. En su Encarnación se había dignado tomar «La forma de esclavo» 2; en este misterio se ha humillado todavía más. ¡Vedle muerto en una tumba! Si este espectáculo nos revela el afrentoso poder de la muerte, nos muestra aún en mayor grado el inmenso e incomprensible amor que Dios tiene para con el hombre. Este amor no ha retrocedido ante ningún exceso; y por esto podemos decir que, si el Hijo de Dios se ha bajado fuera de toda medida, nosotros hemos sido tanto más glorificados por sus humillaciones. Que esto nos lleve a amar esa tumba en la cual debemos nosotros nacer a la vida; y después de haberle dado gracias por haber querido morir por nosotros en la cruz, agradezcamos asimismo el haber aceptado por nosotros la humillación del sepulcro.

LA VIRGEN DE LOS DOLORES. — Bajemos ahora a Jerusalén y visitemos a la Madre de los dolores. La noche ha pasado también por su corazón, y las escenas de la jornada no han cesado de asaltar su memoria. Su Hijo ha sido pisoteado por los hombres, mientras ella veía correr su sangre. ¡ Cuántas lágrimas no ha derramado ella durante estas largas horas; y, sin embargo, Jesús no le ha sido aún devuelto! Junto a ella Magdalena, completamente desecha por las sacudidas y empujones recibidos en las calles de Jerusalén y en el Calvario, está muda de dolor. Espera que amanezca el día siguiente para volver al sepulcro y contemplar de nuevo los restos de su querido maestro. Las otras mujeres, menos amadas que la Magdalena, mas, sin embargo, estimadas por Jesús que han desafiado las burlas de los judíos y de los soldados, por asistir a Jesús hasta* su muerte, rodean ahora cuidadosas a la Virgen, y piensan aliviar su propio – dolor, yendo con Magdalena, una vez pasado el Sábado, a depositar en el sepulcro el tributo de su amor.

LOS DISCÍPULOS. — Juan, el hijo adoptivo, el amado de Jesús, llora por el Hijo y por la Madre. Los demás Apóstoles, los discípulos José de Arimatea y Nicodemus, van visitando uno a uno esta mansión de dolor. Pedro, con la humildad de su arrepentimiento, no tiene miedo de presentarse en la presencia de la Madre de la misericordia. Se comenta en voz baja de una parte el suplicio de Jesús, y de otra, la ingratitud de Jerusalén. La Santa Iglesia, en el oficio de esta noche, nos sugiere algunas ideas de lo que debieron ser las conversaciones de estos hombres que han sido tan atrozmente conmovidos por tan terrible catástrofe. «Así muere el justo, dicen pilos, y nadie se conmueve; es arrebatado de en medio de la iniquidad; semejante a un cordero no ha abierto su boca; ha muerto rodeado de angustia; mas su memoria se conserva en paz»

LA ESPERA DE LA RESURRECCIÓN. — De este modo conversan estos hombres fieles, mientras que las santas mujeres, víctimas de su dolor, piensan en los cuidados de los funerales. La santidad, la bondad, el poder, los dolores y la muerte de Jesús están presentes en su pensamiento; mas no se acuerdan de su Resurrección que anunció y que sin duda no tardará en suceder. Solamente María vive con esta espera cierta. El Espíritu Santo, dice hablando de la mujer fuerte: «Durante la noche su lámpara no se extingue» 1; este pensamiento se cumple hoy de modo especial en la. Madre de Jesús. Su corazón no sucumbe, porque sabe que la tumba ha de devolver a. la vida a su Hijo, La fe en la Resurrección del: Salvador, esta fe sin la cual, como dice el Apóstol: «Nuestra religión será vana»2, está, por decirlo así, concentrada en el aliña de María. La Madre de la Sabiduría conserva este depósito precioso; y del mismo modo que ella llevó en su seno a aquel que no pueden contener el cielo y la tierra, asi en este día, a causa de su firme creencia en las palabras de su Hijo, está concentrada en sí misma toda la Iglesia. ¡Sublime jornada la del Sábado Santo que, en medio de todas sus tristezas, viene a enaltecer todavía a la Madre de Dios! La Santa Iglesia guardará siempre su recuerdo; y por esto, queriendo consagrar a su Reina un día especial en cada semana, le ha dedicado el Sábado.

Ha llegado la hora de dirigirse a la casa de Dios. Las campanas no se oyen todavía; pero los misterios de la Liturgia que se van a desarrollar en esta mañana no llaman menos a los fieles a concurrir a las más tiernas emociones. Conservemos el recuerdo de los que acabamos de sentir en el sepulcro así como a los pies de la Madre de los dolores y dispongamos nuestras almas a las alegrías que la fe nos ha de preparar.

EL OFICIO DE ESTE DIA

RITOS DEL OFICIO. — Desde la antigüedad, tanto el día de hoy, como el de Viernes Santo se pasó sin la ofrenda del divino Sacriñcio. Ayer la Iglesia no lo celebraba porque el aniversario de la muerte de Cristo parecía cubrir con sus negras sombras el día entero. La misma razón la conduce a privarse también hoy de la celebración del Sacriñcio. La sepultura de Cristo es la| continuación de su Pasión; y mientras su cuerpo reposa inanimado en la tumba, no conviene renovar el divino misterio en que aparece glorioso y resucitado. La misma Iglesia griega que durante el curso de la Cuaresma, tiene a gala no ayunar el Sábado, imita a la Iglesia Latina reservando para este día más austeras disciplinas. Este día es, en efecto, un día de profundo duelo, durante el cual la Iglesia se detiene junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, hasta el momento en que, habiendo celebrado la Vigilia solemne, nocturna espera de la Resurrección, recibirá la alegría pascual cuya plenitud desbordará durante los días siguientes.

Pero la Esposa de Cristo no puede menos de permanecer hoy sentada junto a la tumba en que reposa su Señor y sólo romperá el silencio por el canto o por la recitación de las diversas horas del Oficio, como en los dos días anteriores, Antes de salir el sol comienza por el canto de las Tinieblas; Prima, Tercia, Sexta y Nona, se sucederán luego para recordarla lo que Jesús sufrió la víspera a estas mismas horas.

Ya no padece más, descansa y la Iglesia lo sabe; descansa como vencedor cuyo triunfo está cercano. Por eso en el Oficio, después de haber cantado: «Cristo se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz», añade en seguida: «y así Dios le ha exaltado y le ha dado un nombre sobre todo nombre». Y concluye con la oración: «Suplicárnoste, oh Dios todopoderoso, que los que nos preparamos con devota espectación a la resurrección de tu Hijo, alcancemos la gloria de su misma resurrección. Por el mismo Jesucristo.»

Las Vísperas terminan este día. Mas la Iglesia suprime las Completas. No nos impone la celebración de este Oficio, que normalmente precede al reposo, puesto que nos convida a todos a estar en vela en esta noche hasta el dichoso instante en que proclamará llena de alegría la Resurrección del Señor.

PARA LA TARDE

Util nos será meditar algunos instantes todavía sobre el misterio de los tres días, durante los cuales el alma del Redentor permaneció separada de su cuerpo. Esta mañana visitamos el sepulcro y adoramos el sagrado cuerpo, que Magdalena y sus compañeros se preparan para rendirle mañana muy temprano nuevos honores. En este momento conviene ofrecer nuestros homenajes al alma santa de Jesús. No está en el sepulcro; busquémosla en los lugares en que habita esperando que venga a reanimar los miembros de los que la muerte le ha separado por un tiempo.

EL INFIERNO. — Hay cuatro vastas regiones donde ningún viviente entrará jamás; la revelación divina solamente nos ha enseñado su existencia. La primera es el infierno de los condenados, lugar espantoso, donde Satanás y sus ángeles están destinados, con los réprobos de la raza humana, a las llamas vengadoras de la eternidad. Es la corte del príncipe de las tinieblas, donde no cesa de formar contra Dios y su obra, planes perversos y continuamente frustrados.

EL LIMBO DE LOS NIÑOS. — El segundo es el Limbo donde están detenidas las almas de los niños que salieron de este mundo antes de ser bautizados. Según la doctrina más autorizada de la Iglesia, los huéspedes de esta mansión no sufren ningún daño y aunque no están llamados a ver la Esencia divina, son capaces de una felicidad natural y proporcionada a sus deseos.

EL PURGATORIO. — La tercera región es el lugar de las expiaciones donde las almas salidas de este mundo con el don de la gracia acaban de purificar sus manchas para ser admitidas y recompensadas eternamente.

EL LIMBO DE LOS JUSTOS. — Por fin el limbo en cuyas sombras está detenida la muchedumbre entera de los santos que murieron desde el justo Abel hasta el momento en el que Cristo expiró en la Cruz. Allí están nuestros primeros padres, Noé, Abrahán, Moisés, David, los profetas antiguos; Job y los demás justos de la gentilidad; los santos personajes cuya vida está próxima a la de Cristo, Joaquín, padre de María y Ana su madre; José, Esposo de la Virgen y padre putativo de Jesús; Juan, su precursor con sus padres Zacarías e Isabel.

Hasta que la puerta del cielo no sea abierta por la sangre redentora, ningún justo puede subir hasta Dios. Al salir de este mundo las almas más santas tienen que bajar al limbo. Mil pasos del Antiguo Testamento señalan los «infiernos» .como la morada de los justos que han ser vido y honrado a Dios; solamente en el Nuevo se habla del Reino de los cielos. Esta permanencia temporal no lleva consigo otros castigos más que la detención y cautividad. Las almas que moran allí están en gracia, aseguradas, con una felicidad eterna; soportan con resignación este destierro, fruto del pecado, pero ven con alegría siempre creciente acercarse el momento de su liberación.

JESÚS EN LOS INFIERNOS. — Habiendo aceptado el Hijo de Dios todas las condiciones de la humanidad, no debía triunfar sino por su Resurrección y no debía abrir las puertas del cielo más que por su Ascensión; su alma separada del cuerpo, tenia que bajar a los «Infiernos» y compartir un momento la mansión de los justos desterrados. «El Hijo del hombre, había dicho, estará tres días en el corazón de la tierra» ‘. Pero en tanto su entrada en estos lugares debía ser saludada por las aclamaciones del pueblo santo, en cuanto debía desplegar su majestad y mostrar el poder y la gloria del Emmanuel. En cuanto Jesús dió su último suspiro en la Cruz, el limbo de los justos se vió de pronto iluminado de resplandores celestiales. El alma del Redentor unida a la divinidad del Verbo, bajó en un instante a estas sombras y de un lugar de destierro hizo un paraíso, es la promesa que al morir hizo Jesús al ladrón arrepentido: «Hoy estarás conmigo en el paraíso.»

LA FELICIDAD DE LOS JUSTOS. — ¿Quién podrá describir la felicidad de los justos en este momento por tanto tiempo deseado? ¿Quién, su admiración y amor al contemplar esta alma divina que viene a la vez a compartir y levantar su destierro? ¡Qué miradas bondadosas dirige el alma de Jesús sobre este inmenso ejército de elegidos que ha reunido en tantos siglos sobre esta parte de su Iglesia que adquirió con su sangre y a quien los méritos de esta sangre fueron aplicados por la misericordia del Padre antes de que fuese derramada! Nosotros que tenemos la esperanza de subir, cuando abandonemos este mundo, hasta Aquel que ha ido a prepararnos un lugar en los cielos 1, unámonos a las alegrías de nuestros padres y adoremos el amor del Emmanuel que se dignó permanecer tres días en estas mansiones subterráneas, para no dejar nada en los destinos de la humanidad, aun pasajeros que no haya aceptado y santificado.

JESÚS VENCEDOR DE SATANÁS. —Pero en esta visita a los infiernos el Hijo de Dios viene también a manifestar su poder. Sin bajar sustancialmente a las mazmorras de Satanás, le ha hecho sentir su presencia; es necesario que el príncipe soberbio de este mundo doble la rodilla y se humille. En este Jesús, a quien ha crucificado por medio de los judíos reconoce ahora al propio Hijo de Dios. El hombre está libertado, destruida la muerte, borrado el pecado, las almas de los justos ya no bajarán al seno de Abrahán; subirán al cielo con los ángeles para reinar con Cristo, su Jefe divino. El reino de la idolatría va a sucumbir; los altares sobre los cuales Satanás recibía el incienso de la tierra han sido arrasados. La casa del fuerte armado ha sido forzada por su adversario divino; le han sido arrebatados sus despojos 1 ha sido arrancada a la serpiente la cédula de nuestra condenación; y la Cruz que, con tanta alegría había visto levantar para el Justo, ha sido para él, según enérgica expresión de San Antonio, como anzuelo mortífero presentado bajo el cebo al monstruo marino que muere despedazándose después de haberlo tragado.

El alma de Jesús hace sentir también su presencia entre los justos que suspiran en los fuegos de la expiación. Su misericordia aligera sus sufrimientos, y abrevia el tiempo de su prueba. Muchos de ellos ven acabar sus penas en estos tres días y se unen a la muchedumbre de los santos para rodear con sus votos y su amor a Aquel que abre las puertas del cielo. No es contrario a la fe cristiana pensar, con algunos teólogos, que la estancia del Hombre-Dios en la región vecina del limbo de los niños les llevó también consuelo; conocieron entonces que un día volverán a tomar sus cuerpos y verán abrirse una morada menos sombría y más alegre que aquella en la que la divina justicia les tiene cautivos hasta el día del gran juicio.

ORACION

¡Oh alma del Redentor!; te saludamos y adoramos durante estas horas que te dignaste pasar con nuestros padres. Glorificamos tu bondad, admiramos tu ternura con tus elegidos. Te damos gracias por haber humillado a nuestro temible enemigo; dígnate abatirle siempre a nuestros pies, pero: ¡Oh Emmanuel! largo tiempo has estado en el sepulcro y ya es hora de unir tu alma a tu cuerpo; el cielo y la tierra esperan tu Resurrección, y, tu Iglesia, ya está impaciente por volver a ver a su Esposo. ¡Sal del sepulcro, autor de la vida, triunfa de la muerte y reina para siempre!

LA VIGILIA PASCUAL

Desde los primeros siglos vigilaban los fieles en la iglesia toda la noche del sábado al domingo, en recuerdo y en honra del momento en que Cristo, triunfante de la muerte, salió del sepulcro. Pero, entre todas las vigilias sagradas del año, ninguna era frecuentada con tanta asistencia y entusiasmo como ésta: los fieles que celebraban el tránsito de Cristo de la muerte a la vida gloriosa, tomaban parte al mismo tiempo, como testigos, en la administración solemne del bautismo a los catecúmenos: función en la que se manifestaba el paso de la muerte espiritual a la vida de la gracia.

La Iglesia de Oriente ha conservado hasta nuestros días la antigua tradición de esta gran Vigilia. En Occidente, desde la alta Edad Media, el deseo de aligerar la austeridad del ayuno que duraba desde la tarde del viernes santo hasta la Vigilia pascual, contribuyó a que se anticipase poco a poco la hora de la misa nocturna de la Resurrección, primero a después del mediodía, después a mediodía hacia el siglo XII, y en fin, hasta a la misma mañana del sábado santo. Finalmente, Durando de Mende, que compuso su Racional de los divinos Oficios, hacia el fin del siglo XIII, atestigua que en su tiempo apenas algunas iglesias conservaban todavía la costumbre primitiva.

Esta modificación introdujo una especie de contradicción entre el misterio de este día y el Oficio divino que en él se celebra. Cristo permanecía aún en la tumba, y ya se celebraba su Resurrección. De ahí que los ritos venerables de esta Vigilia, tan a propósito para hacer al alma entrar a participar de los misterios de Pascua, habían perdido mucho de su sentido.

Además, en nuestros días, esta ceremonia matutina se desarrollaba durante las horas de trabajo y hacía difícil la asistencia para la mayor parte del pueblo cristiano. Accediendo a las instantes peticiones de pastores y fieles, el Papa Pío XII decretó en 1951 la restitución de la Vigilia a su hora normal y la restauración de sus ritos, invitando al pueblo cristiano a volver de este modo a las tradiciones de la antigua piedad de nuestros padres. Vamos, pues, a trazar primero, el plan de la augusta función que se va a ejecutar; luego expondremos todas sus partes.

La administración del bautismo a los catecúmenos, es el gran objeto de esta larga ceremonia; es el punto central al que todo se dirige. Los fieles deben, por tanto, tenerlo presente de continuo, si quieren seguir con inteligencia y provecho este drama tan sagrado como imponente. Bendícese, en primer lugar, el fuego nuevo; viene a continuación la inauguración del cirio pascual. A ésta siguen las lecciones proféticas que forman un todo con lo que precede y lo que sigue. Terminadas éstas, bendícese el agua. Preparada la materia del bautismo, los catecúmenos reciben el sacramento dé la regeneración. Inmediatamente el Obispo (La presencia del Obispo, necesaria para la administración del Sacramento de la Confirmación, ha sido causa, sin duda, de que en toda esta función de la Vigilia Pascual, Dom Guéranger haya puesto al Obispo como celebrante pudiendo ser éste un simple sacerdote) les confería la Confirmación. Luego los fieles que han sido testigos del nuevo nacimiento de los neófitos, son invitados asimismo a renovar las promesas contraídas en su propio bautismo. Finalmente, comienza el Santo Sacrificio en honor de la Resurrección del Señor y los neófitos son admitidos por primera vez a participar de los sagrados misterios.

LA ESTACIÓN. — En Roma, la Estación se celebra en San Juan de Letrán, la iglesia madre; el sacramento de la regeneración se administra en el Baptisterio de Constantino. Aún flotan sobre estos antiguos santuarios, los grandes recuerdos del siglo iv; cada año va a celebrarse allí el Bautismo de los adultos, y numerosa ordenación viene a unirse a los esplendores de este día. I.

LA BENDICION DEL FUEGO NUEVO

EL ÚLTIMO ESCRUTINIO. — El último Miércoles fueron citados todos los catecúmenos para este día a la hora de tercia (nueve de la mañana). Va a tener lugar el último escrutinio. Presiden los sacerdotes; y se va preguntando el símbolo a aquellos que todavía no le han aprendido. Una vez repetida la Oración Dominical y los atributos bíblicos de los cuatro Evangelistas, uno de los sacerdotes despide a los aspirantes al Bautismo después de haberles recomendado mantenerse en el recogimiento y la oración.

EL FUEGO NUEVO. — Hacia la hora de Nona (tres de la tarde), el obispo se dirige con todo su clero a la iglesia. En este momento comienza la Vigilia del Sábado Santo. El primer rito ; que hay que cumplir es la bendición del fuego nuevo, cuya luz debe alumbrar la ceremonia durante toda la noche. En los primeros siglos existía la costumbre de sacar cada día, el fuego de un pedernal para encender con él las lámparas y velas durante este oficio; y esta luz ardía en la iglesia hasta las Vísperas del día siguiente. La iglesia de Roma practicaba esta costumbre con mucha más solemnidad el Jueves Santo por la mañana; y en este día el fuego nuevo recibía bendición especial. Según un dato encontrado en carta que el Papa Zacarías dirigió al Arzobispo de Maguncia, San Bonifacio (s. vin), se deduce que con ese fuego encendían tres lámparas que se guardaban luego en lugar secreto, cuidando entre tanto de ellas con sumo esmero. De estas lámparas se tomaba después la luz para la noche del Sábado Santo. Más tarde, en el pontificado del Papa San León IV, en 847, la Iglesia de Roma acabó por extender al Sábado Santo las costumbres de sacar el fuego de dos pedernales como en los demás días del año (Este uso del fuego nuevo parece ser de origen irlandés).

CRISTO: PIEDRA Y LUZ. — El sentido de este uso simbólico, que en la Iglesia latina no se practica más que en este día, es fácil de comprender. Cristo ha dicho: «Yo soy la luz del mundo» ‘; la luz material es, pues, la figura del Hijo de Dios; la piedra es también una de las figuras bajo la cual el Salvador del mundo aparece en las SS. EE. «Cristo es la Piedra angular nos dicen de común acuerdo San Pedro 2 y San Pablo3 que no hacen más que aplicarle las palabras de la profecía de IsaíasMas en este acto, la chispa viva que sale de la piedra, representa un símbolo más completo todavía. Simboliza a Jesucristo lanzándose fuera del sepulcro tallado en la roca, a través de la piedra que cierra su entrada.

Ahora bien, el sepulcro de Cristo se halla situado fuera de las puertas de Jerusalén; las piadosas mujeres y los Apóstoles deberán salir de la ciudad para llegar hasta él y constatar la Resurrección. Por eso el Obispo (o celebrante; y entiéndase así en lo sucesivo; salvo en el párrafo dedicado a la Confirmación), y su cortejo acaban de salir de la iglesia para dirigirse al atrio donde flamea en la noche el brasero del fuego nuevo. El Pontífice lo bendice con la oración siguiente:

V. El Señor sea con vosotros..
R. Y con tu espíritu.

OREMOS

Oh Dios, que, por medio de tu Hijo, que es la piedra angular, diste a tus ñeles el fuego de tu claridad: santitfica este nuevo fuego, producido de la piedra, y que ha de servir para nuestros usos: y haz qué, por medio de estas fiestas pascuales, nos inflamemos de tal modo en celestiales deseos, que podamos llegar con almas puras a las fiestas de la perpetua claridad. Por el mismo Cristo, Nuestro Señor. R. Amén.

Luego asperja el fuego con el agua bendita, y habiendo puesto incienso sobre las brasas tomadas del brasero, inciensa el fuego.

Es por tanto justo que este fuego misterioso, destinado a suministrar la luz al cirio pascual y más tarde al altar mismo,» reciba una bendición especial, y sea acogido por el pueblo cristiano con muestras de júbilo.

II. LA BENDICION DEL CIRIO PASCUAL

Preséntase entonces delante del Obispo el cirio que la santa Iglesia tiene preparado para que luzca con esplendor durante la larga Vigilia que ya comienza; un cirio superior en peso y en grosor a todos los otros que se usan en las demás fiestas. Este cirio es único; tiene forma de columna y está llamado a representar a Cristo. Antes de ser encendido, su figura está representada en la columna de nube que cubrió la marcha de los Hebreos a su salida de Egipto; bajo esta primera forma es figura de Cristo en la tumba, inanimado, sin vida. Después de encendido, veremos en él a la columna de fuego que alumbra los pasos de su pueblo elegido; y asimismo la figura de Cristo, toda brillante por los esplendores de su Resurrección.

El Obispo traza entonces con un punzón una cruz entre los agujeros extremos destinados a recibir los granos de incienso. En la parte de arriba de esta cruz traza en seguida la letra griega Alfa, y en la parte de abajo la letra Omega y en los ángulos de la cruz traza cuatro números que son el milenio del año en curso. Al mismo tiempo pronuncia las palabras siguientes:

2 Es el principio y el fln
3 El Alfa
4 y la Omega
5 Suyos son los tiempos
6 y los siglos
7 A El sea dada la gloria y el imperio
8 Por todos los siglos. Amén.

Grabados estos signos, el Obispo toma cinco granos de incienso, los asperja e inciensa tres veces, y luego los clava en los agujeros de la cruz: uno arriba, otro en el centro, otro a los pies y uno en cada brazo, diciendo:

Cirio Pascual

El número de estos granos de incienso, clavados de ese modo en la masa del Cirio, representa las cinco llagas de Cristo en la cruz, al mismo tiempo que su empleo significa el de los perfumes que Magdalena y sus compañeras habían preparado mientras Cristo reposaba en el sepulcro.

Entonces el diácono enciende en el fuego nuevo una velita o pábilo en el fuego nuevo, lo ofrece al Obispo y éste enciende el cirio pascual diciendo:

La luz de Cristo que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y de la mente.

A continuación bendice el cirio recitando la oración siguiente:

OREMOS

Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, venga sobre este incienso una larga infusión de tu bentdición: y enciende, oh invisible Regenerador, este resplandor nocturno; para que, no sólo refluya con la arcana mezcla de tu luz el sacrificio que ha de celebrarse esta noche,, sino que, en cualquier lugar a donde fuere llevado algo del misterio de esta santificación, expulsada la maldad de las astucia diabólica, reine la virtud de tu claridad. Por Cristo, Nuestro Señor. R. Amén.

Durante este tiempo en la iglesia todas las lámparas han sido apagadas; antiguamente los fieles, antes de ir a la iglesia, apagaban el fuego de sus casas; y no se volvía a encender en toda la ciudad más que por la comunicación del fuego que había sido bendito y que era entregado después a los ñeles como un don de la Resurrección divina. No olvidemos de hacer resaltar aquí un nuevo símbolo más expresivo que los otros. La extinción de toda luz en este momento ñgura la abrogación de la ley antigua, que terminó una vez que el velo del templo se hubo rasgado; y la aparición del fuego nuevo representa la publicación misericordiosa de la ley nueva que, Jesucristo, Luz del mundo, viene a traer, disipando todas las sombras de la primera alianza.

III. LA PROCESION SOLEMNE Y EL PREGON PASCUAL

El diácono se reviste ahora de la estola y dalmática blancas, toma el cirio pascual bendecido y penetra en la iglesia a oscuras, a la cabeza del cortejo. Después de haber dado algunos pasos, la procesión se detiene, todos se vuelven hacia el cirio que el diácono eleva en alto, diciendo:

«Luz de Cristo».

Todos a una voz le responden:

«Demos gracias a Dios.»

Esta primera ostensión de la luz proclama la divinidad del Padre que se nos ha manifestado por Jesucristo: «Nadie conoce al Padre, nos dice, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo ha tenido a bien revelárselo».

Todos se levantan y el Obispo que ha bendecido el cirio pascual, enciende en él su propia vela, luego la procesión prosigue por la iglesia.

Hacia el medio de la iglesia de nuevo se detiene la procesión y todos nuevamente se arrodillan mientras el diácono canta en un tono más elevado que la primera vez:

«Luz de Cristo».

Y todos le responden:

«Demos gracias a Dios».

Esta segunda ostentación anuncia la divinidad del Hijo que se ha aparecido a los hombres en la Encarnación y les ha mostrado su igualdad de naturaleza con el Padre. El clero y los demás ministros del altar encienden sus velas en el cirio pascual, y la procesión avanza hasta que el diácono ha llegado cerca del altar.

Por tercera vez levanta el cirio y, mientras todos se arrodillan, vuelve a cantar:

«Luz de Cristo»

Y la respuesta es la misma:

«Demos gracias a Dios.»

Todos entonces se levantan y reciben la luz del cirio pascual. Esta tercera manifestación de la luz proclama la divinidad del Espíritu Santo que nos ha sido manifestado por Jesucristo al dar a los apóstoles el mandato solemne que la Iglesia va a cumplir en esta noche: «Enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»‘. Por medio del Hijo, que es «La luz del mundo», los hombres han conocido a la Santísima Trinidad cuya confesión va a pedir el pontífice a los catecúmenos antes de bautizarlos, mientras el cirio de tres brazos debe recordar durante toda la noche este misterio al pueblo presente.

Tal es el primer uso del fuego nuevo; anunciar los esplendores de la Santísima Trinidad. Ahora va a servir para la gloria del Verbo Encarnado, completando el magnífico símbolo que debe atraer nuestras miradas.

El Pontífice subido a su trono y dejada la caña por el diácono, va éste a ponerse de rodillas ante el Pontífice pidiendo su bendición para la solemne ceremonia. El Pontífice les dirige estas palabras: «El Señor esté en tus labios y en tu corazón para que ensalces dignamente la Pascua.»

Colocado el cirio pascual sobre un candelero en medio del presbiterio, el diácono inciensa el libro puesto sobre el atril, rodea al cirio incensándolo por todas partes, vuelve al atril y, teniendo todos en sus manos las velas encendidas, entona el «Exsultet«.

El anuncio de la Pascua resuena en medio de los elogios que el diácono prodiga a este cirio glorioso; y celebrando a la divina antorcha, cuyo emblema es él mismo, cumple su cargo de heraldo de la Resurrección del Hombre-Dios. Solamente él revestido de blanco, mientras el Pontífice mismo lleva todavía los colores propios de la Cuaresma, hace oír su voz en la bendición del cirio con una libertad que de ordinario no le es concedida al diácono delante del sacerdote y menos delante de obispo. Los intérpretes de la Liturgia nos enseñan que el diácono representa aquí a Magdalena y a las otras santas mujeres, a quienes cupo el honor de ser iniciadas las primeras por el mismo Cristo, en el misterio de su Resurrección y fueron por El encargadas de anunciar a los Apóstoles, que habla ya salido de la tumba y que les precedería a Galilea (Se encuentra esta ceremonia en la Galia, Alta-Italia, y en España desde el fin del s. XV. Se encuentra asimismo el cirio pascual en Ravena, en tiempo de San Gregorio, y en Napóles en el siglo VIII)

Mas ya es hora de escuchar los acentos melodiosos de este canto sagrado, que conmueve nuestros corazones y nos dá al mismo tiempo una anticipación de las alegrías que nos reserva esta noche maravillosa. El diácono comienza por este exordio lírico:

Alborócese la multitud ingente de los ángeles en el cielo, alborócense, sí, los ministros de Dios (Exsultent divina mysteria ha sido un enigma y un tormento para los intérpretes. El cardenal Schuster lo traducía por «regocíjense los divinos misterios»; Dom Guéranger dice: «celébrense con júbilo los divinos misterios». Dom Capelle, abad de Mont César, en Lovaina, propuso corregir exsultent por resulten y traducía: «sean proclamados los divinos misterios». Dom Bonifacio Fischer, benedictino de Beuron, y Cristina Mohrmann, profesora en la Universidad de Nimega, sostienen que la recta grafía es en este caso misteria con i latina; y misteria, como minsteria es la forma vulgar de ministeria. Añade la última que’ en muchas lenguas, y en latín dan testimonio Tácito y Tertuliano y otros, es muy frecuente emplear Un nombre abstracto en sentido concreto, y que eso ocurre aquí: misteria (ministeria) está, en lugar de ministri. Ahora bien, los ministros de Dios, en el lenguaje bíblico y de los SS. Padres, son los ángeles. (Ephemerides liturgicae, 66 [1952] 274-281)), resuene la trompeta de la salvación por la victoria del Rey tan excelso. Salte de gozo también la tierra, radiante de tanta luz, y, alumbrada con el esplendor del Rey eterno, advierta desvanecida la oscuridad en toda su redondez. Alégrese igualmente nuestra madre la Iglesia, adornada con tantos rayos de luz, y resuene este ámbito con las aclamaciones de los fieles. Y vosotros, hermanos carísimos, los que presenciáis la admirable claridad de esta luz santa, implorad, os ruego, juntamente conmigo la misericordia de Dios todopoderoso. El, que sin ningún mérito mío se ha dignado agregarme al número de los diáconos, me infunda la claridad de su luz, y así él mismo será quien haga la loa en honor de este cirio. Por Jesucristo, Señor nuestro e Hijo suyo, que, como Dios, vive y reina con él en unidad con el Espíritu Santo.

V. Por todos los siglos.
R. Amén.
V. El Señor sea con vosotros. R.
Y con tu espíritu.
V. Arriba los corazones.
R. Los tenemos ya en el Señor.
V. Demos gracias al Señor, Dios nuestro.
R. Eso es cosa digna y justa.

Verdaderamente es cosa digna y justa, cantar con todos los afectos del corazón y del alma, y con la misma palabra, A Dios invisible, Padre omnipotente, y a su unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo; el cual pagó por nosotros al Padre eterno la deuda de Adán y borró la escritura del antiguo pecado con su sangre inocente. Esta es la fiesta de Pascua, en la que es inmolado el verdadero Cordero, cuya sangre hace sagradas las casas de los fieles. Esta es la noche en que por vez primera hiciste pasar a pie enjuto el mar Rojo a nuestros padres, los hijos de Israel, liberados de Egipto. Esta es la noche que disipó las tinieblas del pecado con el resplandor de una columna. Esta es la noche que, separando de los vicios del siglo y de las tinieblas de los pecados a los que por todo el mundo creen en Jesucristo, los restituye hoy a la gracia y los asocia a los santos. Esta es la noche en que, rotos los lazos de la muerte, se levanta Jesucristo triunfante del sepulcro. De nada nos serviría el haber nacido si no nos valiese ser redimidos. ¡Oh dignación admirable de tu misericordia con nosotros! ¡Oh amor inapreciable el de tu caridad: redimir al esclavo entregando a tu Hijo! ¡Oh! Ciertamente fué necesario el pecado de Adán para que lo destruyese Cristo con su muerte. ¡Oh culpa dichosa, la que fué ocasión de tener tal y tan grande Redentor! ¿Oh noche verdaderamente afortunada, que sola mereció saber el tiempo y la hora en que Cristo resucitó de entre los muertos! Esta es la noche de la que estaba escrito: «La noche alumbrará como el día: la noche será mi luz para mis delicias». La santidad, pues, de esta noche hace huir del pecado, purifica de las culpas, devuelve la inocencia a los caídos y la alegría a los tristes; apaga los odios, dispone a la concordia, y doma los imperios.

¡Oh Padre santo! En atención a esta noche acepta el sacrificio vespertino de la llama encendida, que, con la solemne oblación del cirio elaborado por las abejas, te ofrece tu Iglesia santa. Mas ya conocemos las excelencias de esta columna, encendida en honra de Dios con el fuego rutilante, el cual, aunque se divida en partes comunicando su luz, no sufre mengua, porque se alimenta con la cera derretida que la madre abeja elaboró para sustento de esta preciosa antorcha. ¡Oh noche verdaderamente afortunada, que despojó a los egipcios y enriqueció a los hebreos! Noche en que se abrazan los cielos y la tierra, Dios y los hombres.

Rogárnoste, pues, Señor, que este cirio, bendecido en honor de tu nombre para disipar las tinieblas de esta noche, dure sin apagarse, y, aceptado en olor de suavidad, mezcle su luz con las luminarias de arriba. Vea sus llamas el lucero del alba, aquel lucero, digo, que no tiene ocaso; aquel, que, regresando de entre los muertos, amaneció brillante al género humano. También te suplicamos, Señor, que a nosotros tus siervos, a todo el clero y a tu devotísimo pueblo, en unión con nuestro santísimo Padre el Papa N., y nuestro Prelado N., nos concedas tiempos de paz y te dignes en estos regocijos pascuales regirnos, gobernarnos y guardarnos con tu asidua protección. Mira, además, a los que nos gobiernan desde el poder y, con el don inefable de tu bondad y misericordia, dirige sus intentos a la justicia y la paz, para que, tras las fatigas terrenas, lleguen a la patria celeste con todo tu pueblo. Por el mismo Jesucristo, Señor nuestro e Hijo tuyo, que, como Dios, vive y reina contigo en unidad con el Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos.

R. Amén.

Habiendo terminado el diácono esta oración,, se quita la dalmática blanca, y una vez que se: ha vuelto a revestir de la de color violeta, vuelve al lugar donde está el Pontífice. Entonces comienzan las Profecías sacadas de los libros del Antiguo Testamento.

IV. LAS LECCIONES O PROFECIAS

Después de tan solemne preludio, mientras la • antorcha de la resurrección iluminando toda la iglesia, alegra santamente el corazón de los fieles, comienza la cuarta parte de la Vigilia pascual. Para completar el curso de la instrucción cuyo desarrollo hemos seguido durante toda la Cuaresma, lóense aquí algunos pasajes de la Sagrada Escritura, especialmente adaptados a esta solemne circunstancia.

Como en las demás Vigilias antiguas de la Iglesia Romana, las Lecciones de esta noche eran en número de doce. En tiempo de la dominación bizantina se las leía incluso entonces en griego en favor de los oyentes que ignoraban el latín. Su número se redujo luego a seis, número que todavía se conserva actualmente en uso para el sábado de las Cuatro Témporas, e incluso también a cuatro, como se ve en el Sacramentarlo Gregoriano y en el primer Ordo romano. Esta costumbre de no hacer más que cuatro Lecciones se conservó en ciertas iglesias, mientras en otras, entre ellas la de Roma, habían vuelto antes del fln del siglo XII, al número de doce.

Durante el curso de esta Vigilia los sacerdotes cumplían con los catecúmenos los ritos preparatorios para el Bautismo.

En este momento estaban reunidos en el pórtico exterior de la iglesia, mientras los sacerdotes cumplían con ellos los ritos preparatorios al Bautismo, llenos todos ellos de un sentido tan profundo. En primer lugar trazaban sobre la frente de cada uno el signo de la cruz; después, imponiéndoles las manos sobre su cabeza, conminaban a Satanás a salir de esta alma y cuerpo y a ceder el lugar a Cristo. Al ejemplo del Salvador tocaban con su saliva los oídos y narices de los neófitos, diciendo a los oídos: «Abrios»; y a las narices: «Respirad la dulzura de los perfumes»; el neófito recibía en seguida la unción con el Oleo de los Catecúmenos sobre el pecho y sobre las espaldas; mas antes de esta ceremonia que le hacía como un atleta de Dios, el sacerdote le mandaba renunciar a Satanás, a sus pompas y a sus obras.

Estos ritos se hacían en primer lugar sobre los hombres; luego sobre las mujeres: sus hijos, aunque fuesen de menor edad, eran admitidos también a esta ceremonia, según el sexo de cada uno, y, si entre los catecúmenos había algunos que estuviesen enfermos, y con todo querían ser llevados a la iglesia, para recibir en esta noche la gracia de la regeneración, los sacerdotes pronunciaban sobre ellos una oración en la que se pedía a Dios que se dignase socorrerles y confundir la malicia de Satanás.

Este conjunto de ritos, que se denominaba la Catequización, exigía mucho tiempo por razón del gran número de aspirantes al Bautismo. Por esta razón el Obispo se dirigía a la iglesia hacia la hora de Nona y comenzaba tan pronto la Vigilia. Con el fln de tener atenta a la asamblea, durante el tiempo necesario al cumplimiento de este rito, se leían mientras tanto, desde lo alto del ambón, los trozos de la Escritura más adaptados a estas solemnes circunstancias. Este conjunto de lecciones completaba el curso de instrucción cuyo desarrollo hemos ido siguiendo durante toda la Cuaresma.

Los catecúmenos son hoy día menos numerosos que antes, y además con la vuelta de la ceremonia a las horas nocturnas, estos ritos preparatorios han podido hacerse por la tarde; por lo mismo, para aligerar esta parte de la Vigilia, no se leen actualmente más de cuatro lecciones. Estas se cantan delante del cirio pascual bendecido en medio del presbiterio, mientras todos sentados escuchan.

Después de cada lección, el diácono, instructor de la asamblea litúrgica, invita a hacer de rodillas, en silencio, una oración en la que cada uno manifiesta a Dios los sentimientos que la lectura santa ha producido en cada uno. Luego la ordena levantarse y el Obispo recoge, «colecta» la oración de cada uno en la oración-colecta, en la que la santa Iglesia misma es la que se expresa. Cánticos tomados del Antiguo Testamento e inspirados por las mismas lecturas, aúnan todas las voces en el modo de los Tractos y a la vez que le instruyen ayudan a mantener más atento al auditorio. Con todo eso, la asamblea de esta función ofrece un aspecto de austera gravedad: la hora anhelada no ha sonado todavía, en que Cristo va a resucitar en sus neófitos.

V. LA PRIMERA PARTE DE LAS LETANIAS DE LOS
SANTOS Y LA BENDICION DEL AGUA BAUTISMAL

Terminadas las lecciones, dos cantores, arrodillados en medio del coro, entonan las letanías de los Santos a las que todos, de rodillas, responden hasta llegar a la invocación Propitius esto.

En este momento se interrumpe el canto; un recipiente con el agua bautismal que se ha de bendecir, y todo lo requerido para la bendición, está preparado en medio del coro, al lado de la Epístola; entonces el Obispo, o celebrante, de pie cara al pueblo, comienza la bendición en presencia de los fieles.

El Obispo dice: El Señor sea con vosotros. Los fieles le responden: RR con tu espíritu.

OREMOS

Omnipotente y sempiterno Dios, mira propicio la devoción de tu pueblo renaciente, que, como un ciervo, se dirige a la fuente de tus aguas: y haz propicio que la sed de su fe santifique, por el sacramento del Bautismo, su cuerpo y su alma. Por el Señor. I? Amén.

La bendición del agua para el Bautismo es de institución apostólica (aunque no pueda confirmarse con ningún texto del A. T., la bendición de agua parece remontarse al fin del siglo II. San Basilio la coloca entre las cosas no escritas más trasmitida por «una tradición tácita y secreta»); y su antigüedad está atestiguada por el testimonio de los más grandes doctores, tales como San Cipriano, San Ambrosio, San Cirilo de Jerusalén y San Basilio. Es justo, en efecto, que esta agua, destinada a ser el instrumento de las más grandes de las maravillas divinas, esté rodeada de todo aquello que pueda ensalzarla a la faz del cielo y de la tierra, glorificando al mismo tiempo a Dios que se ha dignado asociarla a su designio misericordioso para con la humanidad. Los cristianos han salido ya del agua; son, como decian nuestros padres de los primeros siglos, los felices peces de Cristo; nada, pues, de extraño que salten de gozo en presencia del elemento al que deben la vida, y que le rindan los honores que se refieren de modo especial al Autor de este prodigio de la gracia. La oración que el Pontífice va a asai para la bendición del agua, nos lleva a la cuna de nuestra fe, por la nobleza y energía de su estilo, por la autoridad de su lenguaje, y por los ritos antiguos y primitivos de que está acompañada. Está hecha a imitación de un prefacio solemne y rodeada de un lirismo inspirado. El Pontífice preludia por medio de una simple oración, después de la cual estalla el entusiasmo de la iglesia, que a fin de asegurarse la atención de todos sus hijos, les invita a responder advirtiéndoles cómo deben tener sus corazones en alto: Sursum Corda.

Omnipotente y sempiterno Dios, asiste a estos misterios de tu gran piedad, asiste a esos sacramentos: y. para reengendrar los nuevos pueblos que te va a dar la fuente bautismal, envía el Espíritu de adopción; a fln de que, lo que se va a realizar por ministerio nuestro, se complete con la eficacia de tu poder. Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo…

V. Por todos los siglos de los siglos.
R. Amén.
V. El Señor sea con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. ¡Arriba los corazones!
R. Los tenemos (elevados) al Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es digno y justo.

Verdaderamente, es digno y justo, equitativo y saludable el que, siempre y en todo lugar, te demos gracias a ti, Señor santo, Padre Omnipotente, eterno Dios. Que, con poder invisible, obras maravillosamente el efecto de tus Sacramentos. Y, aunque seamos indignos de realizar tan grandes Misterios, tú, sin embargo, no abandonando los dones de tu gracia, inclinas también a nuestras ¡preces los oídos de tu piedad. Oh Dios, cuyo Espíritu era llevado sobre las aguas en los orígenes mismos del mundo; para imprimir desde entonces en la naturaleza del agua la virtud de santificar. Oh Dios, qüe, lavando con las aguas los crímenes del mundo pecador, mostraste en el mismo diluvio un símbolo de la regeneración: para que un mismo elemento fuese misteriosamente fin de los vicios y origen de las virtudes. Mira, Señor, a tu Iglesia, y multiplica en ella tus regeneraciones, tú que, con el torrente de tu gracia, alegras tu ciudad, y abres la fuente del Bautismo a todo el orbe de las tierras, para renovar las gentes; a fin de que, con el imperio de tu Majestad, reciba la gracia de tu unigénito Hijo por el Espíritu Santo.

Aquí el Pontíñce se para un momento y metiendo sus manos en el agua las divide en forma de cruz, mostrando con esto que por la virtud de la cruz han adquirido el poder de regenerar a las almas. Hasta la muerte de Cristo en la cruz este poder maravilloso, sólo les estaba prometido; para que fuera conferido se necesitaba la efusión de la sangre divina. Esa sangre, que obra en las almas por medio del agua con la virtud del Espíritu Santo que el Pontífice va a invocar más adelante.

El cual fecunde, con la secreta infusión de su luz, esta agua, preparada para regenerar a los hombres: a fin de que, alcanzada la santificación, salga del seno inmaculado de esta divina fuente una prole celestial, renacida a ‘una nueva creatura; y, a los que el sexo distingue en el cuerpo, o la edad distingue en el tiempo, a todos les alumbre la madre gracia a una misma infancia. Marche, pues, lejos de aquí, mandándolo tú, Señor, todo espíritu inmundo: aléjese toda maldad de diabólica astucia. No haya en este lugar el menor asomo del poder contrario: no vuele en torno, poniendo asechanzas: no se oculte agazapado: no corrompa, inficionando.

Después de estas palabras, por las cuales el Obispo pide a Dios que se digne alejar de estas aguas la influencia de los malos espíritus, que tratan de infectar toda la creación, extiende las manos sobre ellas al mismo tiempo que las toca. El carácter augusto del Pontífice y sacerdote es una fuente de santificación; y el contacto de su mano consagrada obra ya de por sí con propia virtud sobre las criaturas, cuando lo hace en virtud del sacerdocio de Cristo que reside en él.

Sea esta (agua) una criatura santa e inocente, libre de todo asalto del enemigo, y purificada con la huida de toda maldad. Sea una fuente viva, una agua regeneradora, una ola purificante: para que, todos los que van a ser lavados en este saludable baño, alcancen, por obra del Espíritu Santo, la gracia de la purificación perfecta.

Al mismo tiempo que pronuncia las palabras siguientes el Obispo bendice por tres veces las aguas de la fuente haciendo sobre ellas la señal de la cruz.

Por eso, te bendigo, criatura agua, por el Dios + vivo, por el Dios + verdadero, por el Dios + santo: por el Dios que, en el principio, te separó con su palabra de la tierra, y cuyo Espíritu era llevado sobre ti.

Al llegar aquí el Obispo, mostrándonos las aguas llamadas a fecundar al paraíso terrenal al cual rodean los cuatro ríos, los divide ahora con su mano y los extiende hacia las cuatro partes del mundo, que más tarde deben recibir la predicación de este Bautismo. Realiza este rito tan expresivo al mismo tiempo que pronuncia las palabras siguientes:

El cual te hizo manar de la fuente del Paraíso, y, dividida en cuatro ríos, te ordenó regar toda la tierra. El cual, siendo amarga en el desierto, dándote suavidad, te hizo potable, y te sacó de la roca para el pueblo sediento, Ben t dígote también por Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, el cual, con un milagro admirable, te convirtió con su potencia en vino, en Cana de Galilea. El cual anduvo sobre ti con sus pies: y fué bautizado por Juan en el Jordán. El cual te produjo de su costado, junto con sangre: y mandó a sus discípulos que fueran bautizados en ti los creyentes, diciendo: Id, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo.

En este momento el Obispo interrumpe el tono de prefacio, en el que hasta ahora había cantado y pronuncia lo siguiente en tono sencillo. Después de haber sellado las aguas con la señal de la cruz invoca sobre ellas la acción fecundante del Espíritu Santo.

A los que observamos estos preceptos, asístenos clemente, oh Dios omnipotente: y aspíranos benigno.

El Espíritu Santo lleva un nombre que significa Soplo; pues El es el soplo divino ese viento huracanado que se extiende por el Cenáculo. El Pontífice manifiesta este carácter de la tercera Persona Divina, soplando sobre las aguas tres veces en forma de cruz; después continúa sin tomar todavía el tono del Prefacio.

Bendice con tu boca estas aguas simples: para que, además de la natural virtud que tienen para lavar los cuerpos, sean también eficaces para purificar las almas.

Tomando después el Cirio pascual sumerge en el agua su parte inferior. Este rito, que data del siglo xi, es un símbolo del Bautismo de Cristo en el Jordán, el día en que las aguas recibieron las arras de su poder divino. El Hijo de Dios había descendido al río, mientras el Espíritu Santo permanecía sobre su cabeza en forma de paloma. En el día de hoy no solamente se entrega las arras, sino que el agua recibe verdaderamente la virtud prometida, por la acción de las dos divinas personas.

Por esta razón el Obispo, volviendo a tomar el tono del Prefacio, canta lo siguiente al mismo tiempo que sumerge un poco el Cirio pascual en el agua, símbolo de Cristo sobre el cual se cierne la celestial Paloma.

Descienda sobre la plenitud de esta fuente la virtud del Espíritu Santo.

Una vez cantadas estas palabras, el Pontífice retira el Cirio del agua, metiéndole de nuevo un poco más. Y repitiendo en un tono más elevado:

Descienda sobre la plenitud de esta fuente la virtud del Espíritu Santo.

Por tercera vez vuelve a sacar el Cirio metiéndole de nuevo hasta el fondo de la fuente, cantando lo mismo que las dos veces anteriores en un tono todavía más elevado:

Descienda sobre la plenitud de esta fuente, la virtud del Espíritu Santo.

Esta vez antes de sacar el Cirio del agua el Obispo se inclina sobre la fuente para unir en un símbolo visible el poder del Espíritu Santo con la virtud de Cristo, vuelve a soplar sobre las aguas, no en forma de cruz como antes, sino trazando con su aliento esta letra del alfabeto griego: ip que es, la primera de la palabra Espíritu en esta lengua. Después continúa la oración con estas palabras:

Y fecunde toda la substancia de esta agua con el poder de regenerar.

Entonces se saca el Cirio por completo del agua y el Obispo continúa:

Bórrense aquí las manchas de todos los pecados: limpiase aquí de todo rastro de vejez la naturaleza creada a imagen tuya, y restaurada en el honor de su principio: para que todo hombre, que reciba este Sacramento de regeneración, renazca a la infancia de la verdadera inocencia.

Luego el Obispo pronuncia lo siguiente en tono llano:

Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y al mundo por el fuego. R. Amén.

Después que el pueblo ha respondido Amén, uno de los sacerdotes aspergea al pueblo con el agua de la fuente mientras uno de los clérigos llena un recipiente con el agua bendita, la cual está destinada para el servicio de la iglesia y la bendición de las casas de los fieles.

Las oraciones de la bendición del agua han terminado; y, sin embargo, la Iglesia no ha cumplido todavía con ello toda la ceremonia. El Jueves anterior, usando de los poderes que el Espíritu Santo la ha concedido, consagró los Santos Oleos y quiere ahora honrar el agua bautismal extendiendo estos Oleos cuya renovación ha sido acogida con tanta alegría. El pueblo cristiano aprenderá de este modo a venerar siempre la fuente que confiere la salvación a los hombres, y en la cual se hallan incluidos todos los símbolos de la adopción divina. El Obispo, tomando la ampolla que contiene el Oleo de los Catecúmenos, lo derrama en el agua, diciendo juntamente estas palabras:

«Sea esta fuente santificada y se haga fecunda por la infusión del óleo de salvación, para dar vida eterna a los que renazcan de su seno.» Amén.

Después tomando el vaso del santo Crisma lo derrama en la fuente, diciendo:

«La infusión del crisma de Nuestro Señor Jesucristo y del Espíritu Consolador óbrese en nombre de la Santa Trinidad.» Amén.

Teniendo en su mano derecha el Crisma, y en su izquierda el Oleo de los Catecúmenos, derrama en las aguas los dos frascos, a la vez, y acabando esta libación sagrada que manifiesta la superabundancia de la gracia bautismal, dice:

«La mezcla del Crisma de la santificación y del Oleo de la unción con el agua bautismal, óbrese en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.» Amén.

El Obispo extiende con la mano los Santos Oleos sobre la superficie del agua para que toda entera participe de este último grado de santificación.

EL BAUTISMO. — Bendecida el agua, puede conferirse el Bautismo; en este caso se hace señal a los catecúmenos para que se acerquen al Obispo en medio del coro.

En los primeros siglos el Bautismo se verificaba no en el coro de la iglesia, sino en el bautisterio, distinto de la iglesia, y la ceremonia se verificaba de este modo: el cortejo se dirigía hacia el lugar en que estaba el agua; era un edificio separado de la iglesia y construido en retonda o en forma octagonal. En el centro hay un gran pozo a donde se sube y baja por escaleras.

Unos canales conducen allí el agua pura, que un ciervo de metal arroja por su boca. Encima de la fuente se levanta una cúpula; en cuyo centro campea la imagen del Espíritu Santo; extendidas sus alas y como fecundando las aguas. Una balaustrada rodea el pozo a ñn de que el recinto permanezca libre para los bautizados y sus padrinos y madrinas, que son los únicos que entran allí, junto con el Obispo y los sacerdotes. A poca distancia se han erigido dos tiendas; la una para los hombres y la otra para las mujeres; allí se retirarán los recién-bautizados para secarse y cambiarse de vestiduras.

He aquí el orden de la marcha hacia el Baptisterio. El cirio pascual representando a la columna luminosa que dirigió Israel a través de las sombras de la noche, hacia el mar Rojo, en cuyas aguas debían encontrar la salvación, marcha ahora a la cabeza de los catecúmenos. A su derecha van con los hombres su padrino, y con las mujeres su madrina; pues han sido admitidos a la regeneración mediante la presentación de un cristiano de cada sexo respectivamente. Dos acólitos llevan el uno el Santo Crisma y el otro el Oleo de los catecúmenos; a contiuación del clero viene el Obispo con sus ministros. Esta procesión está iluminada con el resplandor de las antorchas, mientras en los aires se oyen cánticos melodiosos. Se van repitiendo las estrofas del Salmo en que David compara sus deseos a los del ciervo que suspira por la fuente. El ciervo, cuya imagen ha sido colocada en el Baptisterio, es la figura del fervoroso catecúmeno.

Se acercaban uno a uno, conducidos los hombres por el padrino y las mujeres por la madrina. El Obispo se coloca sobre un estrado desde el cual domine la fuente. El catecúmeno, quitados los vestidos de la parte superior, baja las gradas de la fuente, y entra en el agua, conducido por la mano del Pontífice. Elevando la voz éste le pregunta: «¿Crees en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra?—Creo, responde el Catecúmeno. ¿Crees en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que ha nacido y sufrido?— Creo. ¿Crees en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, la remisión de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna?—Creo.» Hecha la confesión de la fe, vuelve a preguntarle el Pontífice: «¿Quieres ser bautizado?—Quiero», responde el elegido. El Pontífice, extendiendo la mano sobre la cabeza de catecúmeno, la sumerge tres veces en las aguas de la fuente; diciendo: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.»

Tres veces ha desaparecido el neófito bajo las aguas. El Apóstol nos explica esta parte del misterio. Las aguas han sido para el elegido el sepulcro en el cual ha estado oculto con Cristo, y como Cristo, sale con nueva vida. La muerte que acaba de sufrir es la muerte al pecado; la vida que posee desde ahora es la vida de la gracia. El misterio completo de la resurrección del Hombre-Dios se reproduce en el cristiano bautizado. Pero antes de salir del agua este neófito, una ceremonia profunda, completa en él la semejanza con el Hijo de Dios. Aún estaba Jesús en las aguas del Jordán, cuando descendió sobre su cabeza la Paloma divina; antes que el neófito salga de la fuente un sacerdote derrama sobre su cabeza el Crisma, don del Espíritu Santo. Esta unción indica en el elegido, al carácter real y sacerdotal del cristiano que por su unión con Jesucristo, su jefe, participa, en cierto grado, de su Realeza y de su Sacerdocio. Colmado de los favores del Verbo Eterno y del Espíritu Santo, adoptado por el Padre que ve en él un miembro de su propio Hijo, el neófito sale de la fuente por las gradas del lado opuesto, semejándose a esas ovejas del divino Cántico, que suben de la piscina donde han purificado su blanco vellón’. El padrino le aguarda junto al borde; le da la mano para subir y cubriéndole con su lienzo le seca el agua que se desliza por su cuerpo.

El Obispo continúa su noble función; cuantas veces sumerge un pecador en las aguas, otras tantas renace un justo de la fuente. Pero no puede ejercer durante largo tiempo un ministerio en el cual los sacerdotes pueden suplirle. Solamente él puede administrar a los neófitos el sacramento que debe confirmarles por el don del Espíritu Santo; y si para ejercer este poder divino, esperase el momento en el cual estuvieran regenerados ya, todos los catecúmenos, llegaría el gran día sin haber efectuado todos los misterios de esta santa noche. Se limita, pues, a administrar el Santo Bautismo a algunos catecúmenos, hombres, mujeres y niños, y, deja a los sacerdotes el cuidado de recoger el resto de la mies del Padre de familia. En el Baptisterio hay un lugar especial llamado Chrismaríum, porque aquí el Pontífice debe administrar el sacramento del Crisma; vuelve a este lugar y sube al trono que le ha sido preparado. Se reviste de nuevo los ornamentos sagrados que había dejado para bajar a la fuente; y en seguida se colocan a sus pies los neófitos que acaba de bautizar, y después los que son regenerados por los sacerdotes. Entrega a cada uno un vestido blanco que llevarán hasta el sábado siguiente y les dice: «Recibid el vestido blanco, santo e inmaculado; y llevadlo al tribunal de nuestro Señor Jesucristo para obtener la vida eterna.» Habiendo recibido este elocuente símbolo, los neófitos se retiran a las tiendas que han sido preparadas en el Baptisterio; dejan sus vestidos mojados de agua, tomando otros, y con la ayuda de sus padrinos o de sus madrinas se revisten por encima con la ropa blanca, que han recibido del Obispo. Vuelven al Chrismaríum, donde el Pontífice les va a administrar solemnemente el sacramento de la Confirmación.

LA CONFIRMACIÓN. — El Jueves, en medio de las solemnidades de la consagración del Crisma, el Pontífice recordaba a Dios, que cuando las aguas hubieron cumplido su ministerio, purificando la tierra, la Paloma apareció en el mundo renovado, llevando en su pico el ramo de olivo que anunciaba la paz y el reino de aquel que ha dado a la Unción el nombre sagrado que lleva para siempre. Nuestros neófitos, purificados también en el agua, esperan ahora, a los pies del Pontífice, los favores de la Paloma divina, la señal de la paz de la cual es símbolo la oliva. El Santo Crisma ha sido ya derramado sobre su cabeza; pero no era más que el signo de la dignidad a la cual han sido elevados. Desde este momento, no significa solamente la gracia, sino que la obra en las almas; pero no está en poder del sacerdote el administrar esta unción que confirma al cristiano; exige la mano del Pontífice, de quien solamente, también procede la consagración del Crisma.

Delante de él están los neófitos, los hombres a un lado, las mujeres a oti-o, los niños entre los brazos de sus padrinos y madrinas. Los adultos apoyan su pie derecho sobre el pie derecho de los que han servido su padre o madre, significando por esta unión la filiación de la gracia en la Iglesia.

A la vista de esta grey, reunida en derredor suyo, el Pastor se alegra en su corazón y levantándose de su trono, exclama: «Que el Espíritu Santo descienda sobre vosotros y que la virtud del Altísimo os guarde de todo pecado.» Luego, imponiendo las manos sobre ellos, invoca el Espíritu de los siete dones, a quien solamente pertenece asegurar en los neófitos las gracias que han recibido en las aguas de la divina fuente. Conducidos por sus padrinos, se acercan al Pontífice, unos después de otros, ávidos de recibir la plenitud del carácter del Cristiano. El Obispo, habiendo metido su dedo pulgar en el vaso que contiene el Crisma, les marca a cada uno, en la frente con el sello indeleble, diciendo: «Yo os signo con la señal de la Cruz y os confirmo con el Crisma de la salvación, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.» Y dándole una palmada en la mejilla, que era entre los antiguos la señal de la manumisión de un esclavo, les concede la libertad completa de hijos de Dios, diciéndoles: «La paz sea con vosotros» (antiguamente una vez que se decía: «Pax tecum», el Pontífice daba el beso de paz al nuevo confirmado. Más tarde, por modestia, este beso fué reemplazado por una caricia en la cara, que fué para ciertos simbolistas sinónimo de bofetada, debiendo estar el cristiano preparado para sufrir por Cristo y con Cristo todas las ignominias y sacrificios. Para otros, recordaría el espaldarazo que recibían los que en la Edad Media eran armados caballeros, quedando así el confirmado armado soldado de Cristo). Los ministros del Pontífice rodean la cabeza de los nuevos confirmados con una cinta destinada a evitar todo contacto profano con la parte de la frente que ha sido ungida con el Santo Crisma.

El neófito debe guardar durante siete días esta cinta, y ha de dejarla juntamente con el ropaje blanco que acaba de revestir.

Entre tanto, en medio de estos misterios, han pasado las horas de la noche y se acerca el momento de celebrar, con un sacrificio de alegría, el instante supremo en que Cristo va a salir del sepulcro. Es hora de que el Pastor conduzca al templo santo su feliz rebaño que ha aumentado tan gloriosamente. Es hora de dar a estas ovejas queridas el alimento divino a que tienen derecho desde este día.

Las puertas del Baptisterio se abren y la procesión se pone en marcha hacia la Basílica. El Cirio pascual, columna de fuego, precede la muchedumbre de los neófitos. El pueblo fiel sigue al Pontífice y al clero, que penetran triunfantes en la Iglesia.

Durante el camino se canta el Cántico de Moisés, después del paso del mar Rojo.

VI. RENOVACION DE LAS PROMESAS DEL
BAUTISMO Y SEGUNDA PARTE DE LAS LETANIAS

Terminada la bendición del agua, llévasela a la fuente bautismal. La procesión se dirige allá entonando el cántico «Sicut cervus».

TRACTO

Como el ciervo desea las fuentes de las aguas: así mi alma te desea a ti, oh Dios.V. Mi alma siente sed del Dios vivo: ¿cuándo iré, y, apareceré ante la cara de Dios? V. Son las lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios? Puesta el agua en la pila bautismal, el celebrante, juntas las manos dice en tono ferial:

V. El Señor sea con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

Omnipontente y sempiterno Dios, mira propicio la devoción de tu pueblo renaciente, que, corno un ciervo, se dirige a la fuente de tus aguas: y haz propicio que la sed de su fe santifique, por el sacramento del Bautismo, su cuerpo y su alma. Por el Señor, R. Amén.

A continuación inciensa la pila, que todos debemos mirar y respetar como algo muy sagrado y querido, como el seno materno en el que fuimos reengendrados para la vida eterna, y luego todos vuelven en silencio al coro.

El Obispo toma entonces estola y capa blancas, inciensa el cirio, y vuelto hacia el clero y los fieles, los cuales tienen todos sus velas encendidas, les dirige una alocución invitándoles a renovar las promesas que hicieron en su Bautismo. Todos están de pie y responden:

Esta sacratísima noche, amadísimos hermanos, la santa Madre Iglesia, recordando la muerte y sepultura de Nuestro Señor Jesucristo, se mantiene en vela devolviendo amor por amor, y, celebrando su gloriosa resurrección, llena de gozo se alboroza.

Pero, como, según enseña el Apóstol, fuimos sepultados juntamente con Cristo por el bautismo para morir al pecado, de igual modo que Cristo resucitó de entre los muertos, así conviene que también nosotros caminemos en una vida renovada, sabiendo que nuestro hombre viejo ha quedado juntamente crucificado con Cristo para que no sirvamos más al pecado. Consideremos; pues, que ciertamente estamos nosotros muertos para el pecado, pero que vivimos para Dios en Jesucristo, Señor nuestro.

Por tanto, queridísimos hermanos, terminado el ejercicio de la Cuaresma, renovemos las promesas del santo bautismo, con las que en otro tiempo renunciamos a Satanás y a sus obras, así como al mundo, que es enemigo de Dios, y dimos palabra de servir fielmente a Dios en la Santa Iglesia católica. Así, pues:

El celebrante: ¿Renunciáis a Satanás?
Todos: Renunciamos.
El celebrante: ¿Y a todas sus obras?
Todos: Renunciamos.
El celebrante: ¿Y a todas sus pompas?
Todos: Renunciamos.
El celebrante: ¿Créis en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra?
Todos: Creemos.
El oelebrante: ¿Créis en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que nació y padeció?
Todos: Creemos.
El celebrante,: ¿Créis también en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia católica, la comunión de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida perdurable?
Todos: Creemos. El celebrante: Pues ahora juntamente a una roguemos a Dios como Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó a orar:
Todos: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre, venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a núestros deudores. Y no nos dejes caer en la tentación. Mas líbranos de mal. Amén. El celebrante: Y Dios Todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos regeneró por medio del agua y del Espíritu Santo, y que nos concedió el perdón de los pecados, El mismo nos conserve con su gracia en el mismo Jesucristo, Señor Nuestro, para la vida eterna.
Todos: Amén. Y asperja al pueblo con el agua bendita antes.

En fin, para terminar se concluye el canto de las Letanías de los Santos mientras el Obispo se dirige a la sacristía donde se reviste de los ornamentos sagrados, todo refulgentes del esplendor pascual.

VII. LA MISA SOLEMNE DE LA VIGILIA PASCUAL

La Letanía se acaba; y los cantores han llegado ya a la invocación que la termina: Kyrie eleison! El Pontífice avanza de la sacristía hacia el altar con la majestad de los días más solemnes. A su vista los cantores prolongan la melodía de las palabras de invocación, y las repiten tres veces; tres veces dirigen la invocación al Hijo de Dios: Christe eleison!, y, en fin, la invocación al Espíritu Santo: Kyrie eleison!

Mientras se ejecutan estos cantos, el Obispo o celebrante juntamente con los ministros, revestidos de ornamentos blancos, se acerca al altar, y, hecha la debida reverencia y omitido el salmo y la confesión, sube a él, lo besa en medio y le inciensa como de costumbre. De este modo se omite la antífona llamada Introito.

La Basílica comienza a iluminarse con las primeras luces de la aurora. La asamblea de los fieles, dividida en varias secciones, los hombres en la nave derecha, las mujeres en la izquierda, ha recibido en sus filas los nuevos soldados. Cerca de las puertas, el lugar de los Catecúmenos está vacío; y en las naves laterales, en los lugares de honor se distingue a los neófitos con su banda y con el Cirio encendido que tienen en sus manos. La incensación del altar ha terminado; de pronto, ¡oh triunfo del Hijo de Dios resucitado! La voz del Pontífice entona el himno Angélico «Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.»

A estas palabras, las campanas, mudas desde hace tres días, tocan alborozadas en el campanario de la Basílica; y el entusiasmo de nuestra santa fe hace palpitar todos los corazones. El pueblo continúa con entusiasmo el cántico celestial y una vez concluido el Obispo resume en la siguiente oración los votos de toda la Iglesia en favor de sus nuevos hijos.

COLECTA

Oh Dios, que ilustras esta sacratísima noche con la gloria de la Resurrección dominical: conserva en la nueva prole de tu familia el espíritu de adopción, que le has dado; para que, renovados en cuerpo y alma, te presten un servicio puro. Por el mismo Señor.

Después de la Colecta el subdiácono sube al ambón de la Epístola y lee el pasaje que el Apóstol dirige a los neófitos en el momento mismo en que acaban de resucitar con Jesucristo.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Ap. S. Pablo a los colosenses (III, 1-4).

Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad lo que es de arriba, donde está Cristo, sentado a la diestra de Dios: saboread lo que es de arriba, no lo que hay sobre la tierra. Porque estáis muertos, y vuestra vida está escondida, con Cristo, en Dios. Cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces apareceréis también vosotros con El en la gloria.

Acabada esta lectura tan breve, pero cuyas palabras encierran sentido muy profundo, el subdiácono baja del ambón y se coloca delante del trono del Obispo. Después de saludarle con profunda inclinación, canta con voz jubilosa estas palabras que resuenan por la Basílica y despiertan de nuevo la alegría en todas las almas: «Reverendísimo Padre; os anuncio una gran alegría: es el Alleluia.»

El Obispo se levanta y canta con alegría el Alleluia. El coro repite Alleluia y dos veces se cambia este grito celestial entre el coro y el Pontífice. En este momento se desvanecen todas las tristezas pasadas; se siente que las penitencias de la Santa Cuaresma han sido aceptadas por la divina Majestad y que Padre de los siglos, por los méritos de su Hijo resucitado, perdona al mundo, puesto que le vuelve el derecho de oír el cántico de la eternidad. El coro añade este verso del real Profeta que pregona la misericordia de Dios.

CONFITEMINI

Confesad al Señor, porque es bueno: porque su misericordia es eterna. Con todo eso falta todavía algo en las alegrías de hoy. Jesús ha salido del sepulcro, pero en esta hora en que estamos, no se ha manifestado aún a todos. Unicamente su Santa Madre, Magdalena y las otras santas mujeres le han visto; esta tarde solamente se mostrará a sus apóstoles. Estamos en la aurora deja resurrección, por eso la Iglesia canta por última vez las alabanzas del Señor en la forma cuaresmal del Tracto.

TRACTO

Alabad al Señor, gentes todas: y alabadle Juntos, pueblos todos. J. Porque se ha confirmado sobre nosotros su misericordia: y la verdad del Señor permanece para siempre.

Mientras el coro canta este cántico de David, el diácono se dirige hacia el ambón, desde el que hará oír las palabras del Santo Evangelio. No le acompañan los ceroferarios, pero sí el turiferario con el incienso. He aquí una alusión a los sucesos de esta gran mañana. Las mujeres han ido al sepulcro con perfumes, pero la fe de la resurrección no brillaba en sus almas. El incienso recuerda los perfumes, la ausencia de los ciriales significa que no tenían fe.

EVANGELIO

Continuación del Santo Evangelio según San Mateo (XVIII, 1-7).

Y en la noche del sábado, al amanecer del día primero, fué María Magdalena, y la otra María, a ver el sepulcro. Y he aqui que hubo un gran terremoto: porque el Angel del Señor descendió del cielo: y, acercándose, separó la piedra, y se sentó sotare ella: y su cara era como el relámpago: y sus vestidos, como la nieve. Y por temor a él se aterraron los centinelas, y se quedaron como muertos. Y, hablando el Angel, dijo a las mujeres: No temáis: sé que buscáis a Jesús, que fué crucificado: no está aquí: ha resucitado, según lo dijo. Venid y ved, el lugar donde estuvo sepultado el Señor. Y, yendo luego, decid a sus discípulos que ha resucitado: y he aquí que El os precederá en Galilea: allí le veréis. Ya os lo he predicho.

Después de la lectura del Evangelio el Pontífice no entona el Credo. La Iglesia lo reserva para la Misa solemne que reunirá de nuevo al pueblo fiel. Sigue en cada uno de sus momentos las fases del misterio divino y quiere recordar en este momento el intervalo que sucedió antes de que los Apóstoles, que debían anunciar por todas partes la fe de la resurrección, le hubiesen rendido homenaje.

Después de saludar al pueblo, el Pontífice se prepara para ofrecer a la divina Majestad el pan y el vino que van a servir en el sacrificio; y por una derogación al uso observado en todas las misas no se canta el Ofertorio. Cada día esta Antífona acompaña el acercamiento de los fieles al altar, cuando presentan el pan y el vino que se les volverá a entregar en la Comunión transformado en el cuerpo y sangre de Jesucristo. Pero la función es muy larga; si el ardor de las almas es siempre el mismo, se siente la fatiga del cuerpo, y los niños que están en ayunas para la comunión dan a entender con sus gritos el sufrimiento que padecen. El pan y el vino, materias del divino sacrificio, serán suministrados hoy por la Iglesia y los neófitos no dej arán por eso de sentarse a la mesa del Señor, aunque no hayan presentado el pan y el vino.

Después de haber hecho la ofrenda e incensado el pan y el vino, preparados y luego el altar, el Pontífice resume los votos de los asistentes en la Secreta, a la que sigue el Prefacio Pascual.

SECRETA

Suplicárnoste, Señor, recibas las preces de tu pueblo, con las oblaciones de las hostias: para que, iniciadas éstas con los misterios pascuales, nos sirvan, por obra tuya, de remedio eterno. Por el Señor.

PREFACIO

Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que en todo tiempo, Señor, te prediquemos glorioso, pero sobre todo en esta noche, cuando Cristo, nuestra Pascua, fué inmolado. Porque El es el verdadero Cordero que quita los pecados del mundo. El cual, muriendo, destruyó nuestra muerte, y, resucitando, reparó la vida. Y, por eso, con los Angeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celeste, cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar: Santo, Santo, Santo, etc.

Comienza el Canon y se obra el misterio divino. Ninguna ceremonia se cambia hasta el momento que precede a la Comunión. Existe una costumbre, que se remonta a los tiempos Apostólicos, de que los fieles, antes de participar del cuerpo y sangre del Señor se den el beso fraternal, pronunciando al mismo tiempo estas palabras: «La paz sea con vosotros.» En esta primera Misa Pascual, se omite esta costumbre. La tarde del día de su resurrección, Jesús dirigió estas mismas palabras a sus discípulos reunidos. La Santa Iglesia, llena de respeto por las menores circunstancias de la vida de su celestial Esposo, gusta recordarlas en sus ejercicios. Por este mismo motivo omite hoy el canto del Agnus Del que por lo demás data del siglo séptimo y que dice en su tercera repetición estas palabras: «Danos la paz.» Pero ha llegado el momento en que los neófitos por vez primera, van a gustar el pan de vida y beber la bebida celestial que Cristo instituyó en la última Cena. Inipiados por el agua del Espíritu Santo, tienen siempre derecho a sentarse en el banquete sagrado; y la túnica blanca que les cubre muestran claramente que su alma está adornada con el vestido nupcial exigido a los convidados al festín del Cordero. Se acercan al altar alegres y respetuosos. El diácono les da el cuerpo del Señor y les presenta en seguida el cáliz de la sangre divina. Son también admitidos los niños y el diácono mojando su dedo en la copa sagrada deja caer algunas gotas en su boca. En fin, para significar que en estas primeras horas de su Bautismo todos son «semejantes a niños que acaban de nacer», como dice el Príncipe de los Apóstoles, se da a todos después de la Comunión un poco de leche y miel, símbolos de la infancia, y a la vez de la tierra prometida por el Señor a su pueblo.

Hechas todas las cosas, el Obispo termina las oraciones de Sacrificio pidiendo al Señor el Espíritu de paz entre todos los hermanos a quienes una misma Pascua ha reunido en la participación de los mismos misterios. La misma Iglesia les ha llevado en su seno maternal y la misma fuente les ha engendrado a la vida; son miembros de un mismo Jefe divino; el mismo espíritu les ha marcado con su sello el mismo Padre celestial les ha adoptado. Dada la señal por el diácono, en nombre del Pontífice, la asamblea se separa, y los fieles saliendo de la Iglesia, se retiran a sus casas, esperando que la hora del Santo Sacrificio les reúna de nuevo, para celebrar con más esplendor aún la Fiesta de las fiestas, la Pascua de Resurrección.

LAUDES. — Mientras se mantuvo la costumbre de celebrar la Vigilia Pascual por la noche, la Vigilia Pascual, que terminaba al amanecer del domingo, no había otro Oñcio nocturno o matutino. No fué sino más tarde, al introducirse la costumbre de anticipar la Misa de la Noche de Pascua a la Mañana del Sábado Santo, cuando se pensó en adaptar un Oficio de Vísperas. Estando ya la mañana completamente llena con los grandiosos ritos que ya conocemos, la Iglesia resolvió adoptar para este Oficio una forma brevísima, impregnada además del carácter alegre que convenía después de haber vuelto a escuchar el Aleluya. Dispusiéronse, pues, esas Vísperas de modo que formaran un cuerpo con la Misa.

Restaurada ahora la Vigilia Pascual, ésta reemplaza los Maitines y Laudes de Pascua, y la Iglesia ha conservado tan sólo un resumen de los Laudes, unidos a la Misa, cuya acción de gracias desarrollan, para terminar con la oración de la Poscomunión.

Así, pues, terminada la distribución de la sagrada comunión en el altar, se cantan en el coro la Antífona y Salmo siguientes:

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 150

Alabad al Señor en su santuario, alabadle en el firmamento de su majestad.
Alabadle por sus hazañas,alabdle según la muchedumbre de su grandeza.
Alabadle al son de las trompetas, alabadle con el salterio y la cítara.
Alabadle con tímpanos y danzas, alabadle con las cuerdas y el órgano.
Alabadle con címbalos resonantes, * alabadle con címbalos de júbilo; * todo cuanto respira alabe al Señor.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, «…
Y se repite la Antífona: Aleluya, aleluya, aleluya.

No se cantan más salmos ni capitula ni himno ni versículo, sino el celebrante entona enseguida, para el Benedictus, esta Antífona: Y muy de mañana, * el primer día de la semana, van al sepulcro, nacido ya el sol, aleluya.

CANTICO (Le., 1. 68-79)

Bendito el Señor, Dios de Israel, * porque ha visitado y redimido a su pueblo,
Y ha levantado en favor nuestro un cuerno de salvación * en casa de David, su siervo,
Conforme lo dijo por boca de sus santos profetas * que antaño f ueron, Que nos había de librar de nuestros enemigos, * y del poder de todos los que nos aborrecen.
Para hacer misericordia con nuestros padres,-* y acordarse de su alianza santa.
El juramento que juró a Abraham * nuestro padre: Darnos que sin temor, libres del poder de los enemigos, t y le sirvamos en santidad y justicia, 41 en su presencia todos nuestros días. Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, * pues irás delante del Señor para preparar sus caminos.
Para dar ciencia de salud a su pueblo, * con la remisión de sus pecados,
Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, ® en las cuales nos visitará naciendo de lo alto,
Para iluminar a los que están sentados en tinieblas y sombras de muerte, * para enderezar nuestros pies por el camino de la paz.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,

Como era en un principio, y ahora y siempre, * y * por los siglos de los siglos. Amén.

Durante el cántico del Benedictus inciensa el celebrante el altar, y luego, repetida la antífona Y muy de mañana, canta en el altar la oración;

POSCOMUNION

Infándenos, Señor el Espíritu de tu caridad: para que, a los que has saciado con los Sacramentos pascuales, les unifiques con tu piedad. Por el Señor… en la unidad del mismo Espíritu.

Acabada la oración, el diácono al dar a los fieles la señal para retirarse añade a la forma ordinaria dos ALLELUIA y esto mismo se observa al final de todas las misas hasta el Sábado siguiente inclusive.

V. Retiraos; la Misa ha terminado, Alleluia, Alleluia.

R. Demos gracias a Dios, Alleluia, Alleluia.

La Misa concluye con la bendición del Obispo o celebrante, omitiéndose la lectura del Evangelio según San Juan.

Tal es la solemne función de esta venerable y sublime Vigilia Pascual, que no ha perdido casi nada tocante a las oraciones y ceremonias, pero que tenía necesidad de acercarse más, como lo hemos hecho notar, a los usos antiguos, para mejor recordar toda su grandiosidad y todo su significado.

COMENTARIOS DE LA CATENA AUREA A LA PASIÓN SEGÚN SAN JUAN

 

Cuando Jesús hubo dicho estas cosas, salió con sus discípulos de la otra parte del arroyo de Cedrón, en donde había un huerto, en el cual entró con sus discípulos. Y Judas, que lo entregaba, sabía también aquel lugar, porque muchas veces concurría allí Jesús con sus discípulos. (vv. 1-2)

San Agustín, in Ioannem, tract., 112

Terminado el sermón que el Señor había dirigido a sus discípulos después de la cena, y la oración elevada al Padre, empieza el evangelista San Juan la historia de su pasión, en estos términos: «Habiendo dicho esto, salió con sus discípulos hacia la otra parte del torrente», etc. No sucedió esto en seguida de concluida la oración, sino que mediaron otras cosas que omitió y se leen en los otros evangelistas.

San Agustín, De cons. evang. 3, 3

Se suscitó entre ellos una contienda sobre quién era el mayor, según dice San Lucas (22,24), y añade que el Señor dijo a Pedro: «He aquí que Satanás os ha solicitado para cribaros como el trigo» ( Lc 22,31), etc. Y, según San Mateo (26,30) y San Marcos (14,26), después de rezado el Himno salieron para el Monte de los Olivos. Y continuando su relación San Mateo, dijo: «Entonces fue el Señor con ellos a una granja llamada Gethsemaní», ( Mt 26,36). Este es el lugar de que habla San Juan, donde había un huerto, en el que entró Jesús con sus discípulos.

San Agustín, ut supra

Las palabras después de haber dicho esto, son para que no pensemos que la entrada en el huerto fue antes.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

Pues ¿por qué no dice que cesando en su oración fue al huerto? Porque aquella oración fue pronunciada para los discípulos. Fue, pues, de noche, y pasó el río, y se apresuró a ir al sitio conocido por el traidor, ahorrando a sus enemigos el trabajo, y mostrando a sus discípulos que va voluntariamente.

Alcuino

Dice «a la otra parte del arroyo de Cedrón»; esto es, a la otra parte del torrente de los cedros, pues es genitivo del griego cedran 1. Pasó el torrente, el que se encuentra en el camino del torrente de su pasión, y bebió en el camino en donde estaba el huerto, para borrar en un huerto el pecado que en el huerto había sido cometido, pues la palabra paraíso significa huerto de delicias.

Crisóstomo, ut supra

Pero para que no pienses al nombrar el huerto que era para esconderse, añadió: «Pues Judas, que le entregaba, conocía el lugar, porque Jesús lo frecuentaba con sus discípulos».

San Agustín, ut supra

Con profunda sabiduría del Padre de los hijos, fue allí tolerado el lobo que, cubierto con piel de oveja, aprendió entre ellos el lugar donde, dada la ocasión, dispersaría el pequeño rebaño acometiendo insidiosamente al pastor.

Crisóstomo, ut supra

Muchas veces había concurrido allí Jesús con sus discípulos, para comunicarles secretos que no debían saber los demás. Esto lo hizo en los montes y en los huertos, buscando siempre lugar apartado de la muchedumbre, para que el alma no se distrajera de lo que oía. Allí, pues, fue Judas, pues era donde Jesús pasaba muchas noches, así como hubiera ido a su domicilio, si hubiera creído encontrarle durmiendo.

Teofilacto

Sabía Judas que el Señor acostumbraba enseñar a sus discípulos algo sublime y misterioso en los días festivos y en tales lugares y, por cuanto aquellos eran días solemnes, creyó que estaría allí para preparar a sus discípulos a celebrarlos.

Notas

  1. El toponímico Kedrwn,es la transliteración griega del hebreo kidronturbio, oscuro, sombrío. El nombre designa el torrente que atraviesa el valle que separa Jerusalén del monte de los Olivos, y también el valle mismo.

Jn 18,3-9 –

Judas, pues, habiendo tomado una cohorte y los alguaciles de los Pontífices y de los fariseos, vino allí con linternas y con hachas y con armas. Mas Jesús, sabiendo todas las cosas que habían de venir sobre El, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscáis?» Le respondieron: «A Jesús Nazareno». Jesús les dice: «Yo soy». Y Judas, aquel que lo entregaba, estaba también con ellos. Luego, pues, que les dijo yo soy, volvieron atrás y cayeron en tierra. Mas El les volvió a preguntar: «¿A quién buscáis?» Y ellos dijeron: «A Jesús Nazareno». Respondió Jesús: «Os he dicho que yo soy, pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos». Para que se cumpliese la palabra que dijo: De los que me diste, a ninguno de ellos perdí. (vv. 3-9)

Glosa

Había demostrado el Evangelista el modo como Judas pudo dar con el sitio donde estaba Cristo; ahora explica cómo llegó, diciendo: «Judas, pues, habiendo tomado una cohorte y los subalternos de los Pontífices», etc.

San Agustín, in Ioannem, tract., 112

La cohorte no fue de judíos, sino de soldados. Entiéndase que la recibió del Procónsul para prender al culpable, observando el procedimiento de autoridad legítima, a fin de que nadie osara hacer resistencia, a pesar de ser tanta y tan bien armada la gente que iba, que asustaba y acobardaba la idea de que alguno se atreviera a defender a Cristo.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

¡Pero de qué modo se ganaron a los soldados con dinero, que iban dispuestos a todo!

Teofilacto

Llevaban haces y linternas, por si Cristo se escapaba ocultándose en la oscuridad.

Crisóstomo, ut supra

Muchas veces habían enviado, en otras ocasiones, a prenderlo, pero no lo consiguieron. De donde claramente se ve que en aquella se entregó espontáneamente. Por eso dice: «Jesús, pues, sabiendo todo lo que iba a venir sobre El, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscáis?»

Teofilacto

No pregunta para querer saber (pues perfectamente conocía todo lo que le iba a suceder), pero queriendo manifestar que, aun estando presente, no podía ser visto ni distinguido por ellos; «Díjoles el Señor: Yo soy».

Crisóstomo, ut supra

Estando en medio de ellos, cegó sus ojos. Y para manifestar que no fue por causa de la oscuridad, indica el Evangelista que llevaban luces. Si, pues, no las llevaran, habían de conocerle al menos por la voz. Y si Judas, que siempre había estado con El, no le conocía, tampoco le hubieran conocido ellos; por esto añade: «Estaba también Judas», etc. Hizo esto el Señor para manifestar que, no sólo no le hubieran podido prender, pero que ni aun le hubieran visto estando en medio de ellos, si El no lo hubiera permitido; por esto dice: «En cuanto les dijo: yo soy, retrocedieron», etc.

San Agustín, ut supra

¿Dónde está la cohorte de soldados? ¿Dónde está el terror y el aparato de las armas? Una voz rechazó, hirió y derribó a tan gran turba, enfurecida de odio y temible por las armas, sin disparar una saeta. Es que Dios se ocultaba bajo la carne, y el eterno día de tal modo se escondía en los miembros humanos, que era buscado por las tinieblas con la luz de las linternas y de los haces para distinguirle. ¿Qué hará como Juez el que como reo así obra? Ahora, por medio del Evangelio, hace resonar por todas partes esta palabra: «Yo soy», dice Cristo, y los judíos esperan al anticristo, para volverse atrás y caer en tierra, porque los que abandonan el cielo desean la tierra.

San Gregorio, super Ezech. hom 9

¿Por qué razón los elegidos caen de cara y los réprobos de espalda, sino porque el que cae de espalda no ve a dónde cae, al paso que el que cae de frente ve dónde cae? Por eso los malvados, que caen en las cosas invisibles, caen de espaldas, porque caen en donde no pueden ver lo que les viene detrás, mientras que los justos, que se abniegan a sí mismos y a las cosas visibles para levantarse por medio de las invisibles, caen como de cara, porque, arrepentidos por el temor, se reconcentran y humillan.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 83

Nadie diga que el Señor mismo indujo a los judíos a que le matasen, entregándose El mismo en sus manos; pues claramente les demostró lo que bastaba para que ellos desistiesen. Pero por cuanto permanecían en su malicia, y no tenían excusa, entonces se entregó El mismo en sus manos. Por eso, «Volvió, pues, a preguntarles, ¿a quién buscáis? pero ellos», etc.

San Agustín, in Ioannem, tract., 112

Ya habían oído primero, yo soy, pero no habían comprendido que el que pudo todo lo que quiso, no quiso esto. Pero si nunca hubiera permitido el ser prendido por ellos, no habrían llevado a cabo aquello por lo que venían, ni El hubiera hecho aquello por lo que había venido y, por tanto, después de haber mostrado su poder a los ojos de los que querían y no podían prenderle, se deja prender para hacerles cumplir inconscientes su voluntad. Y sigue: «Si, pues, me buscáis a mí, dejad ir a éstos».

Crisóstomo, ut supra

Como si dijera: «Si me buscáis a mí, nada tenéis que ver con éstos; he aquí que yo mismo me entrego», demostrando así la consecuencia de su amor a los suyos, hasta la última hora.

San Agustín, ut supra

Esto manda a sus enemigos, y hacen esto que manda; les permite que se vayan aquellos que El no quiere que perezcan.

Crisóstomo, ut supra

Para demostrar el Evangelista que esto no fue efecto de la voluntad de ellos, sino del poder del que era prendido, añade: «Para que se cumpliese la palabra que dijo: Porque no perdí a los que me diste», etc. Esta perdición no se refería a la muerte natural, sino a la eterna, pero el Evangelista la entendió de la muerte presente.

San Agustín, ut supra

¿Acaso no habían de morir después? ¿Cómo entender que los perdería si entonces morían, sino porque aún no creían en El como creen los que se salvan?

Jn 18,10-11 –

Mas Simón Pedro, que tenía una espada, la sacó: e hirió a un siervo del Pontífice; y le cortó la oreja derecha. Y el siervo se llamaba Malco. Jesús entonces dijo a Pedro: «Mete tu espada en la vaina. ¿El cáliz que me ha dado el Padre, no le tengo de beber?» (vv. 10-11)

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

Confiando Pedro en la palabra que había dicho el Señor sobre lo que había de suceder, se arma contra los que habían venido. Por eso dice: «Teniendo, pues, Simón Pedro una espada», etc. ¿Cómo, pues, el que había recibido orden de no tener bolsa ni dos túnicas, tiene espada? Me parece que él venía preparado temiendo los acontecimientos próximos.

Teofilacto

O bien, porque necesitando la espada para el sacrificio del cordero, la llevaba aun después de la cena.

Crisóstomo, ut supra

Pero ¿cómo el que tenía orden de no devolver una bofetada, es homicida? Porque tenía el mandato principal de no vengarse; pero aquí no se vengaba sino que defendía al Maestro. Además, aun no eran perfectos, y si no, verás después cómo Pedro es azotado y lo lleva con humildad. No sin causa, añade después: «Y le cortó la oreja derecha». Paréceme que esto quiere significar la impetuosidad del apóstol, porque él tiraba a la cabeza.

San Agustín, in Ioannem, tract., 112

Sólo este Evangelista expresa el nombre de este criado, cuando dice: «El nombre de este siervo era Malcho», así como sólo San Lucas expresa que el Señor le tocó la oreja y le curó.

Crisóstomo, ut supra

Entonces hizo este milagro para enseñarnos que conviene hacer bien a los que nos hacen mal, revelando al mismo tiempo su poder. Pero el Evangelista citó el nombre para que los que leyeren pudiesen averiguar si verdaderamente sucedió esto. Y dice que era criado del Sumo Pontífice, porque es notable el hecho, no sólo porque le curó, sino porque hizo la cura en favor de aquel que había venido a prenderle, y poco después le había de abofetear.

San Agustín, ut supra

El nombre de Malcho quiere decir que ha de reinar 1. ¿Qué significa, pues, esta oreja amputada en la defensa del Señor y por el Señor curada, sino que cortado el oído del hombre viejo se ha renovado en el espíritu y no en la vetustez de la letra? El que haya recibido de Cristo, ¿quién duda que ha de reinar con Cristo? El que fuese criado revela aquella antigüedad que engendra la esclavitud, así como su curación es figura de la libertad.

Teofilacto

También la amputación de la oreja derecha del siervo del Príncipe de los Sacerdotes era signo de la sordera de éstos, que había invadido principalmente a los Príncipes de los Sacerdotes, pero su curación significa la sumisión de la inteligencia que rendirán los Israelitas a la venida de Elías.

San Agustín, ut supra

El Señor reprobó el hecho de Pedro, y prohibió su repetición en lo sucesivo, y por eso dijo, pues, Jesús: «Vuelve tu espada a la vaina»; lo dijo amonestándole a la paciencia, y para que esto quedara escrito.

Crisóstomo, ut supra

Al mismo tiempo que le contuvo con la reprensión, como refiere San Mateo, por otra parte le consolaba diciendo: «¿No quieres que beba el cáliz que me dio mi Padre?» Manifestando que lo que sucedía no era efecto del poder de los judíos sino de su permisión, y que lejos de ser contrario a Dios, era obediente hasta la muerte.

Teofilacto

En lo que dice El mismo de su cáliz, revela cuán grata y aceptable le parecía la muerte por la salvación de los hombres.

San Agustín, ut supra

En cuanto a lo que dice que es el Padre quien le ha dado el cáliz de la pasión, es lo que dice el Apóstol: «No perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» ( Rom 8,32). Pero el Autor de este cáliz es el mismo que lo bebe, por lo que dice el Apóstol: «Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros» ( Ef 5,2).

Notas

  1. El griego MalcoV, proviene del hebreo melekrey.

Jn 18,12-14 –

La cohorte, pues, y el tribuno, y los ministros de los judíos, prendieron a Jesús, y lo ataron. Y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, el cual era el Pontífice de aquel año. Y Caifás era el que había dado el consejo a los judíos: Que convenía que muriese un hombre por el pueblo. (vv. 12-14)

Teofilacto

Después de hecho cuanto bastaba para contener a los judíos, como ellos de ningún modo entraran en razón, entonces permitió ser llevado; y por esto dice: «La cohorte, pues, y el tribuno, y los ministros», etc.

San Agustín, in Ioannem, tract., 112

Prendieron, pues, al que no se acercaron, ni entendieron, ni oyeron aquello: «Acercáos a El y seréis iluminados» ( Sal 33,6), porque si se acercasen de corazón, lo tomarían en palmas no para matarle, sino para recibirle; pero del modo que le prendieron se apartaron más lejos de El. Sigue: Y ataron a Aquel por quien más bien debieron querer ser desatados; y tal vez estaban con ellos los que libertados después por El dijeron: «Desataste mis ataduras» ( Sal 115,16). Después que los aprensores por la traición de Judas ataron al Señor, para que se entienda que Judas no es digno de alabanza por la utilidad de esta traición, sino punible por la espontaneidad del crimen, dice: «Y le llevaron primero a casa de Anás», etc.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

Gozaban, pues, y se gloriaban en lo que hacían, llevándolo como en trofeo.

San Agustín, in Ioannem, tract., 113

Ni calla el motivo por qué esto se hizo así, añadiendo: «Pues era suegro de Caifás», etc. Con razón, queriendo San Mateo contar esto con más brevedad, dice que fue conducido a Caifás, porque si fue llevado primero a Anás, su suegro, es para que se entienda que así lo quiso Caifás.

Beda

A fin de que siendo condenado por otro juez de igual jurisdicción, pareciese menos criminal su sentencia. O tal vez porque en tal dirección podía estar situada su casa que fuera preciso pasar por ella. O bien por disposición divina sucedió que los que estaban unidos por parentesco lo estuviesen también por crimen. Pero lo que dice de ser Pontífice de aquel año, es contrario a la Ley, en la que estaba mandado que no hubiera más que un solo sumo Pontífice, muerto el cual sucediera su hijo. Pero el pontificado estaba ya corrompido por la ambición.

Alcuino

Refiere Josefo que este Caifás había comprado el sacerdocio por un año; no es, pues, de extrañar que un Pontífice inicuo juzgara inicuamente, pues frecuentemente el que llega por avaricia al sacerdocio, se conserva en él por la injusticia.

Crisóstomo, ut supra

No se aturda el que oiga hablar de prisiones; recuerde la profecía, de que la muerte de Jesús fue la salvación del mundo. Así sigue: «Era pues, Caifás quien había aconsejado a los judíos; porque conviene que muera un hombre por el pueblo»; tanto era, pues, la superabundancia de la verdad, que rebosaba hasta en la boca de los enemigos.

Jn 18,15-18 –

Simón Pedro y otro discípulo, seguían a Jesús. Y aquel discípulo era conocido del Pontífice, y entró con Jesús en el atrio del Pontífice. Mas Pedro estaba fuera a la puerta. Y salió el otro discípulo, que era conocido del Pontífice, y le dijo a la portera, e hizo entrar a Pedro. Y dijo a Pedro la criada portera: «¿No eres tú también de los discípulos de este hombre?» Dice él: «No soy». Los criados y los ministros estaban en pie a la lumbre, porque hacía frío, y se calentaban; y Pedro se estaba también en pie calentándose con ellos. (vv. 15-18)

San Agustín, De cons. evang. 2, 6

No todos los Evangelistas refieren del mismo modo la negación de Pedro, que es comprendida entre las afrentas hechas al Señor, pues San Mateo y San Marcos cuentan primero las injurias, y después la tentación de Pedro; pero San Lucas explica primero las tentaciones de Pedro, y después los ultrajes hechos al Señor. San Juan empieza a decir sobre la tentación de Pedro: «Seguían a Jesús, Simón Pedro y otro discípulo».

Alcuino

Seguían al Maestro por devoción, aunque de lejos por el temor.

San Agustín, in Ioannem, tract., 113

Quién fuese el otro discípulo, puede asegurarse sin temeridad, por el silencio que guarda San Juan, pues acostumbra a darse a conocer de este modo, y añadiendo: al que amaba Jesús. Y sin duda, pues, es él mismo.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

El mismo se oculta por humildad, pues refiere con gran sinceridad el modo cómo en el momento de huir todos él siguió, y posponiéndose a Pedro, precisado a nombrarse a sí mismo, para dar a conocer la certeza con que puede asegurar mejor que los otros lo que sucedió en el atrio, porque se hallaba dentro, prescinde de su propia alabanza, diciendo: «Aquel discípulo era conocido del Pontífice». No da gran importancia a lo que dice de sí, pero porque había dicho que entró con Jesús solo, a fin de que no se forme de él una elevada idea, añade la razón. El haber ido Pedro fue un acto de amor; el no haber entrado lo fue de temor. Por lo que sigue: «Pero Pedro estaba a la puerta fuera».

Alcuino

Fuera estaba el que había de negar al Señor; y no estaba en Cristo quien no se atrevía a confesarle.

Crisóstomo, ut supra

Mas que Pedro entró en la casa con permiso, lo explica diciendo: «Salió, pues, aquel discípulo y habló a la portera, e introdujo a Pedro»; pero no fue él quien le introdujo, porque Pedro estaba unido a Cristo y le seguía: «Dícele la criada portera: ¿por ventura eres tú de los discípulos de este hombre? Dice él: No soy». ¿Qué dices, oh Pedro? ¿No dijiste antes: Si conviniere daré mi vida por ti ( Mt 26,35)? ¿Qué, pues, ha sucedido que no puedes soportar ni aun la pregunta de una portera? No era soldado el que preguntaba, sino una vil portera. Ni dijo: Eres discípulo de un seductor, sino de aquel hombre; palabra que es de compasión. Dice, pues: «¿Acaso también tú?» porque Juan estaba dentro.

San Agustín, ut supra

¡Pero qué es de admirar si Dios predijo la verdad y el hombre presumió la falsedad! En verdad que en esta negación de Pedro ya comenzada debemos observar que no sólo niega a Cristo diciendo que no es Cristo, sino que (se niega) a sí mismo, negando que sea cristiano. El Señor no había dicho a Pedro: Negarás que eres mi discípulo, sino «me negarás» ( Mt 26,34; Lc 22,51). Negó, por tanto, a Cristo cuando negó ser su discípulo. ¿Qué otra cosa hizo de este modo sino negar que era cristiano? ¡Cuántos, aun niños y doncellas supieron despreciar la muerte confesando a Cristo después de él, y conquistaron el reino de los cielos! Lo que entonces no pudo éste que había recibido las llaves de aquel reino, porque se dijo: «Dejad ir a éstos», porque de los que me diste no perdí a ninguno de ellos. He aquí, pues, a Pedro que si después de haber negado a Cristo marchara de aquí, sin duda perecería.

Crisóstomo, in Serm. De Petro et Elia

Es sin duda un secreto, que la Divina Providencia permitió que cayera primero el mismo Pedro, a fin de templar la dureza de la sentencia para con los pecadores en vista de este caso. Pedro, doctor y maestro de todo el mundo, pecó y alcanzó el perdón, a fin de que este ejemplo de indulgencia fuese la regla para todos los jueces. Esta es la razón por la que yo pienso que la potestad sacerdotal no ha sido encomendada a los ángeles, porque siendo éstos impecables castigarían a los pecadores sin compasión. Por eso se ha constituido sobre los hombres a otros también pecadores, para que, reconociendo en sí las mismas pasiones que en los otros, se muestren benignos con ellos.

Teofilacto

Hay algunos que queriendo atribuir a Pedro una falsa gracia, dicen que éste negó porque quería estar siempre con Cristo y seguirle; pues conocía que si confesaba ser discípulo de Cristo, le separarían de El y no podría en adelante seguir y ver al que amaba, y por esta razón fingió ser uno de los ministros, para evitar que, conociéndole por su tristeza, fuese echado fuera. Por eso dice: «Estaban, pues, en pie los criados y los ministros alrededor del fuego, porque hacía frío y se calentaban, y Pedro estaba con ellos», etc.

San Agustín, ut supra

No era invierno, y sin embargo hacía frío, como suele suceder en el equinoccio de verano.

San Gregorio, Moralium 2, 3

Ya se había enfriado en el corazón de Pedro el calor de la caridad, y renaciendo en él el amor a la vida presente, como si padeciese la misma enfermedad que los perseguidores, se calentaba.

Jn 18,19-21 –

El Pontífice, pues, preguntó a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina. Jesús le respondió: «Yo manifiestamente he hablado al mundo; yo siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, a donde concurren todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Qué me preguntáis a mí? Preguntad a aquellos que han oído lo que yo les hablé: he aquí éstos saben lo que yo he dicho». (vv. 19-21)

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

Como no podían imputarle a Cristo ningún crimen, le preguntaron sobre sus discípulos; por lo que se dice: «El Pontífice, pues, preguntó a Jesús sobre sus discípulos»; tal vez dónde estaban, o cómo los había reunido. Esto lo decía, queriendo tratarle como sedicioso y acusarle de innovador, sin atender casi a nada más que a sus discípulos.

Teofilacto

Sobre su doctrina investiga cuál es; si discrepaba de la Ley de Moisés, o la contradecía, para tomar de aquí pretexto para condenarle como antagonista de Dios.

Alcuino

No pregunta por amor a conocer la verdad, sino para encontrar motivo de acusación y entregarlo al Pretor romano para que le condene. Pero el Señor de tal modo atemperó su respuesta, que ni ocultó la verdad, ni demostró que se defendía. Sigue: «Respondió Jesús: Yo he hablado al mundo manifiestamente; Yo siempre enseñé en la sinagoga y en el templo», etc.

San Agustín, in Ioannem, tract., 113

No es de pasar por alto esta cuestión. Si, pues, a sus discípulos no les hablaba claramente, sino que les ofrecía hora en que les hablaría descubiertamente, ¿cómo ha hablado manifiestamente al mundo? Además, hablaba mucho más claro a sus discípulos cuando se hallaban separados de las turbas, y entonces les explicaba las parábolas que presentaba oscuras a los demás. Pero se ha de entender que cuando dijo «He hablado públicamente», es como si dijera: «Muchos me han oído», aunque interiormente no comprendían. Y cuando hablaba aparte a sus discípulos, tampoco lo hacía en secreto; porque ¿quién habla secretamente haciéndolo en público, principalmente si lo dice a pocos para que lo comuniquen a muchos?

Teofilacto

Recuérdese aquí aquella profecía que dice: «No hablé en secreto ni en lugar tenebroso de la tierra» ( Is 45,19).

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

O en verdad habló en secreto, pero no como ellos buscaban, tímida y sediciosamente, sino diciendo cosas sublimes, en presencia de grande auditorio. Queriendo probar sobradamente la verdad de su aserto, añade: «¿Qué me preguntas? Pregunta a aquellos que me oyeron qué es lo que les he dicho; éstos lo saben». Como diciendo: Tú me preguntas por los míos; pregunta a mis enemigos, que me preparan acechanzas. Estas palabras son sólo propias de un hombre que fía en la verdad de su dicho. Este es un irrefutable argumento de la verdad (una prueba sin réplica) que resulta de la declaración de los enemigos citados por el acusado.

San Agustín, ut supra

Hasta lo mismo que habían oído y no habían entendido era de tal naturaleza, que no podían por ello acusarle justa y verazmente; y cuantas veces intentaron preguntarle para encontrar de qué acusarle, les respondió de modo que resultó contra ellos su falacia y frustró sus calumnias.

Jn 18,22-24 –

Cuando esto hubo dicho, uno de los ministros que estaban allí dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así respondes al Pontífice?» Jesús le respondió: «Si he hablado mal, da testimonio del mal; mas si bien, ¿por qué me hieres?» Y Anás lo envió atado al Pontífice Caifás. (vv. 22-24)

Teofilacto

Como Jesús apelara al testimonio de los que le habían oído, queriendo un ministro excusarse de ser de los que admiraban a Jesús, le dio una bofetada. Por eso dice: «Luego que hubo dicho», etc.

San Agustín, De cons. evang. 3, 6

Esto demuestra bien que Anás era Pontífice, pues no había sido aún enviado a Caifás cuando se dijo esto; y estos dos, Anás y Caifás, eran Pontífices, como lo dice San Lucas en el principio de su Evangelio.

Alcuino

Aquí se cumple aquella profecía de Isaías: «Presenté mi mejilla a los que me abofeteaban» ( Is 3,6). Pero Jesús, herido injustamente, contestó con mansedumbre: «Si he hablado mal, pruébalo; pero si he hablado bien, ¿por qué me hieres?».

Teofilacto

Como si dijera: Si hallas algo reprensible en lo que he dicho, demuestra lo que dije mal; y si no puedes probarlo, ¿por qué te enfureces? O de otro modo: Si enseñé malamente en las sinagogas, atestíguaselo al Príncipe de los Sacerdotes; pero si enseñé bien, de modo que hasta vosotros, siendo ministros, os admirabais, ¿por qué ahora me hieres cuando antes te admirabas?

San Agustín, in Ioannem, tract., 113

¿Qué más verdadero, suave y justo que esta respuesta? Si consideramos quién es el abofeteado, ¿no querríamos que el agresor fuese consumido por fuego del cielo, o tragado por la tierra, o revolcado por el demonio, o castigado con cualquier pena grave? ¿Acaso le faltaría poder para mandar alguno de estos castigos al que creó el mundo, si no prefiriera mejor enseñarnos la paciencia con que se vence al mundo? Tal vez diga alguno: ¿por qué no hizo lo que El mismo mandó, no contestando así al agresor, sino presentándole la otra mejilla? Porque al dar una respuesta tan llena de mansedumbre, no sólo ofreció la otra mejilla, sino que preparó todo el cuerpo para clavarlo en la cruz. Así demostró mejor que cumplía el precepto de la paciencia con la predisposición de su corazón que con demostración exterior de su cuerpo, pues puede suceder que el hombre ofrezca airado la otra mejilla, siendo más perfecto contestar mansamente la verdad con ánimo tranquilo y dispuesto a sufrir mayores agravios.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

¿Qué cosa era más justa que la de replicar al Señor o aceptar su dicho? Pero no fue así, porque lo que se hacía no era un juicio, sino un acto tiránico y sedicioso. No sabiendo qué hacer, lo envían atado a Caifás. Sigue: «Y Anás lo envió atado al Pontífice Caifás».

Teofilacto

Sospechando que siendo éste más astuto podría imaginar algún medio para condenar a muerte a Jesús.

San Agustín, ut supra

Desde el principio le conducían a casa de éste, como dice San Mateo, porque era el Príncipe de los Sacerdotes en aquel año. Es necesario comprender que ejercían el pontificado sucesivamente un año cada uno, y es de creer que Jesucristo fue conducido primero a casa de Anás por orden de Caifás, o bien porque las casas de éstos estuvieran situadas en tal disposición que no pudiera pasarse sino por casa de Anás.

Beda

Lo que se ha dicho de llevarle atado no se ha de entender de que entonces le ataran, sino que estaba atado desde que le habían aprehendido; por tanto, lo envió a Caifás como se lo habían presentado. Y pudo también suceder que en aquel acto le hubiesen soltado mientras le preguntaban, y después, atado otra vez, le hubiera enviado a Caifás.

Jn 18,25-27 –

Estaba, pues allí, en pie, Simón Pedro calentándose. Y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?» Negó él, y dijo: «No soy». Dícele uno de los criados del Pontífice, pariente de aquél a quien Pedro le había cortado la oreja: «¿No te vi yo a ti en el huerto con El?» Y otra vez negó Pedro, y luego cantó el gallo. (vv. 25-27)

San Agustín, in Ioannem, tract., 113

Habiendo dicho el Evangelista que Anás había mandado a Jesús atado a casa de Caifás, volvió a continuar su narración desde donde había dejado a Pedro, para explicar lo que había sucedido en la casa de Anás sobre las tres negaciones de Pedro. Dice, pues: «Estaba Simón Pedro en pie y calentándose». Aquí resume lo que antes había dicho.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

El fervoroso discípulo estaba inmóvil de espanto separado de Jesús, y esto es para que aprendamos cuán débil es la naturaleza cuando Dios abandona al hombre. Preguntado por segunda vez, niega también por lo que sigue: «Dijéronle, pues: ¿por ventura eres tú de sus discípulos?».

San Agustín, De cons. evang. 3, 6

Vemos que en esta ocasión, no ya en la puerta, sino estando al fuego, negó Pedro por segunda vez, lo que no podía suceder si no hubiera vuelto después de que había salido fuera, como dice San Mateo. Había, pues, salido y le vio fuera otra criada. Esto es, que habiéndose levantado y salido vio a Pedro, y dijo a los que allí estaban (esto es, a los que juntamente con él estaban alrededor del fuego dentro en el atrio): «Y éste estaba con Jesús Nazareno» ( Mt 26,71). Aquel, pues, que había salido fuera, habiendo oído esto, volviendo, juró a aquellos que lo afirmaban que no conocía a aquel hombre ( Mt 26,72). San Juan dice a continuación: «Dijeron: ¿por ventura eres tú de sus discípulos?». Lo que creemos fue dicho a Pedro, que volvía. Y esto se confirma, no sólo por lo que dicen San Mateo y San Marcos de la otra criada que citan, sobre esta segunda negación, sino que también por lo que dice San Lucas, refiriéndose a lo que otro de los que asistían hizo con Pedro. Por lo que dice San Juan: «Dijéronle, pues, a él». San Juan, siguiendo su narración, cuenta de este modo la tercera negación: «Uno de los siervos del Pontífice le dice», etc. San Mateo y San Marcos señalan en número plural a aquellos que hablaban con Pedro (mientras San Lucas habla de uno, San Juan también de uno, y éste pariente de aquel a quien cortó la oreja). Fácil es de entender que San Mateo y San Marcos siguieron la costumbre de usar el plural por el singular, o que tal vez uno, porque lo había visto, afirmaba de ciencia propia, y los demás, apoyados en éste, acusaban juntamente a Pedro.

Crisóstomo, ut supra

Ni los recuerdos del huerto, ni lo que allí se dijo, ni el mucho amor que allí con sus palabras había manifestado, vienen a la memoria de Pedro. Por lo que sigue: «Otra vez, pues, negó Pedro; y en el momento el gallo cantó».

San Agustín, ut supra

¡He aquí cumplida la profecía del médico y demostrada la presunción del enfermo! No se verificó, pues, lo que éste había dicho: «Pondré mi vida por ti» ( Jn 13,37); sino que sucedió lo que Jesús había predicho: «Me negarás tres veces» ( Lc 22,61).

Crisóstomo, ut supra

Los evangelistas escribieron acordes la negación de Pedro, no acusando al discípulo, sino para enseñarnos cuán malo es no entregarse totalmente en manos de Dios y confiar en sí mismo.

Beda

En sentido espiritual están significados por la primera negación de Pedro aquellos que antes de la pasión negaron que Jesús fuese Dios; en la segunda, aquellos que negaron, después de su resurrección, su divinidad e igualmente su humanidad. También significa el primer canto del gallo la resurrección de Jesucristo como cabeza, y por el segundo la resurrección de todo el cuerpo (universal). Por la primera criada que obligó a Pedro a negar, se entiende la avaricia; por la segunda la voluptuosidad, y por el criado o muchos criados los demonios que seducen para negar a Cristo.

Jn 18,28-32 –

Llevan, pues, a Jesús desde casa de Caifás al Pretorio, y era por la mañana; y ellos no entraron en el Pretorio por no contaminarse y poder comer la Pascua. Pilatos, pues, salió fuera a ellos, y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?» Respondieron, y le dijeron: «Si éste no fuera malhechor, no te lo hubiéramos entregado». Pilatos les dijo entonces: «Tomadle allá vosotros, y juzgadle según vuestra Ley». Y los judíos le dijeron: «No nos es lícito a nosotros matar a alguno». Para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, señalando de qué muerte había de morir. (vv. 28-32)

San Agustín, in Ioannem, tract., 114

Vuelve el Evangelista al punto de su narración donde había quedado, cuando explicó la negación de Pedro, y dice: «Conducen, pues, a Jesús desde casa de Caifás al Pretorio». Ya había dicho que había sido enviado a Caifás desde casa de Anás, compañero y suegro suyo; pero ¿por qué de casa de Caifás es llevado al Pretorio, que no es más que la residencia del procónsul Pilato?

Beda

Se llama Pretorio el tribunal del Pretor; y los pretores se llaman prefectos o preceptores, porque imponen sus preceptos a los ciudadanos.

San Agustín, ut supra

O por alguna causa urgente, Caifás se había trasladado de la casa de Anás (a donde ambos habían acudido para oír al Salvador) al Pretorio del procurador Pilato, dejando a su suegro el cuidado de oír a Jesús. O bien Pilato había constituido su tribunal en la casa de Caifás, por ser suficientemente espaciosa para habitar su dueño y separadamente el juez.

San Agustín, De cons. evang. 3, 7

Sin embargo, desde el principio era conducido al mismo Caifás, a quien al fin fue llevado como reo convicto, pues ya antes había opinado Caifás que Jesús debía morir, y que sin demora fuese entregado a Pilato para que le condenara a muerte. Sigue: «Era, pues, de mañana».

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

Es llevado a Caifás antes del canto del gallo, y a Pilato entrada la mañana; con lo que demuestra el Evangelista que en todo el intermedio de la madrugada fue Jesús interrogado por Caifás sin conseguir nada, y por esto le remitió a Pilato. Pero dejando para los otros Evangelistas los demás detalles, pasa adelante. Sigue, pues: «Y ellos no entraron en el Pretorio».

San Agustín, in Ioannem, tract., 114

Esto es, en aquella parte de la casa de Caifás que Pilato ocupaba 1. Por qué no entraron lo expresa a continuación: «Para no contaminarse, a fin de comer la Pascua».

Crisóstomo, ut supra

Porque era entonces cuando los judíos celebraban la Pascua. Pero Jesús la había anticipado un día, reservando su muerte para que se realizara en el sexto día de la semana, que era cuando se celebraba la antigua Pascua. O bien tomando por Pascua todos los días de la festividad.

San Agustín, ut supra

Porque habían empezado los días de los ázimos, en los cuales no podían entrar en la habitación de un extranjero sin contaminarse.

Alcuino

Se llamaba Pascua propiamente el día en que el cordero era sacrificado, en la tarde del día catorce de la luna, y los siete días siguientes se denominaban de los ázimos, durante los cuales no podía tenerse en las casas nada fermentado. Pero el día de la Pascua se cuenta entre los ázimos, según San Mateo ( Mt 26,17). En el día primero de los ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida de Pascua?» Los días de los ázimos se llamaban Pascua, como en este pasaje: «Para que comieran la Pascua», porque la Pascua no era en el día del sacrificio del cordero, que se sacrificaba el día catorce por la tarde, sino una gran solemnidad que se celebraba el día quince, después de comer la Pascua 2. Este es, en efecto, el día catorce de la luna, en el que el Señor, así como los demás judíos, celebró la Pascua, y en el día quince, cuando se celebraba la gran solemnidad, fue crucificado. Pero el día catorce de la luna empezó su inmolación desde que fue aprehendido en el huerto.

San Agustín, ut supra

¡Oh impía ceguedad! ¡Temían contaminarse en el Pretorio de un juez extranjero, y no hacían escrúpulo de verter la sangre de un hermano inocente! Pues que el acto de matar al Señor, autor de la vida, no debe atribuirse a su conciencia, sino a ignorancia.

Teofilacto

Pero Pilato, aunque procediendo benignamente, sale al fin. Sigue: «Salió, pues, Pilato al encuentro de ellos», etcétera.

Beda

Era costumbre de los judíos entregar atado al juez a aquel que juzgaban reo de muerte, para que, viéndolo atado, entendiera que era condenado a muerte.

Crisóstomo, ut supra

Pero Pilato, aunque le vio atado y llevado en toda forma, no consideró esto como prueba irrecusable o indudable de la acusación, sino que preguntó así: «Y les dijo: ¿De qué tenéis que acusar a este hombre?» Con esta pregunta da a comprender lo improcedente que sería concederles el suplicio en virtud de un juicio que ellos habían usurpado. Pero ellos, rehusando sostener directamente la acusación, se evaden alegando ciertas conjeturas. Por lo que sigue: «Respondieron y dijeron: «Si no fuera malhechor», etc.

San Agustín, ut supra

Pregúntese y que respondan los libertados de los espíritus inmundos, los enfermos curados, los leprosos limpiados, sordos oyendo, mudos hablando, ciegos viendo, muertos resucitados y, lo que es más que todo, ignorante hecho sabio, si Jesús es malhechor; pero esto lo decían porque ya lo había anunciado el profeta: «Ellos me volvían mal por bien» ( Sal 34,12).

San Agustín, De cons. evang. 3, 8

Pero veamos si esto es contrario a lo que dice San Lucas, que le acusaron de ciertos crímenes. Dice: «Empezaron a acusarle diciendo: Hemos hallado a éste sublevando nuestra nación, y prohibiendo dar tributo al César, y proclamando que El es el Cristo-Rey» ( Lc 26,2). Pero, según San Juan, por el contrario, aparecen los judíos como no queriendo declarar los crímenes, para que sometiéndose Pilato a la autoridad de ellos, desistiese de averiguar qué era lo que le imputaban, y le considerase reo por el solo hecho de haber merecido ser entregado por ellos. Pero debemos entender que se dijo esto y lo otro que San Lucas contó, pues cada uno citó muchas preguntas y respuestas, según les pareció suficiente para su relato; porque el mismo San Juan dice ciertas cosas que fueron objetadas y que veremos en su lugar. Sigue: «Díceles, pues, Pilato: Tomadle, pues, vosotros», etc.

Teofilacto

Como si dijera: Por cuanto vosotros exigís sentencia de condenación con una arrogancia como si nunca hubierais pecado, juzgadlo vosotros y condenadle; yo de ningún modo juzgaré así como juez.

Alcuino

Como si dijera: Vosotros, que tenéis vuestra legislación, sabéis qué ley juzga tales delitos. Obrad según sabéis que es justo.

Sigue: «Dijeron, pues, los judíos: A nosotros no nos es lícito matar a alguno».

San Agustín, in Ioannem, tract., 114

Pero la Ley ¿no mandó que no se perdonara a ningún malhechor, principalmente de los seductores en materia de religión? Pero se ha de entender que si ellos dijeron que no les era lícito matar a alguno, fue por la santidad de la fiesta que ya habían empezado a celebrar. ¿De tal manera os ha hecho perder el juicio la malicia, que os creéis limpios de la sangre inocente y la entregáis a otro para que la derrame?

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

O bien ellos no le condenaban a muerte por haber perdido gran parte de su poder con la sujeción a la dominación romana. O de otro modo: él había dicho: «Vosotros juzgadle según vuestra Ley», cuando ellos afirmaban que el crimen de Jesús no era según la ley judía; pues decían así: «A nosotros no nos es lícito»; pues no pecó, según nuestra ley, sino que su crimen es público porque se llama Rey. También porque deseaban crucificarle para difamarle con este género de muerte, pues no les era permitido crucificar, sino que mataban de otro modo, como lo demuestra el haber apedreado a San Esteban. Y por esto añade: «Para que se cumpliese la palabra de Jesús», etc., por cuanto a los judíos no les era permitido crucificar. O dice esto el Evangelista porque no debía ser crucificado sólo por ellos, sino que también por los gentiles.

San Agustín, ut supra

Así se lee en San Marcos donde dice: «He aquí que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los Príncipes de los sacerdotes y a los escribas, y le entregarán a los gentiles» ( Mc 10,33). Pilato, pues, era romano, y le habían enviado los romanos de procurador a Judea. Para que se cumpliese, pues, la palabra de Jesús, esto es, la de ser entregado a los gentiles para que le matasen, no quisieron los judíos aceptar el permiso de juzgarle, diciendo: «A nosotros no nos es lícito matar a alguno».

Notas

  1. El pretorio designa la residencia del gobernador romano de una provincia. Cuando el procurador romano atendía asuntos públicos en Jerusalén ocupaba, según parece, el palacio de Herodes. Allí estaría el pretorio. El palacio de Caifás dista unos 300 metros del palacio de Herodes.
  2. El día 14 del mes de Nisán se realizaba el sacrificio del cordero, que era consumido en las primeras horas del día 15. Este día era propiamente el de la pascua, y comenzaba con él la fiesta de los ácimos, que duraba 7 días.

Jn 18,33-38 –

Volvió, pues, a entrar Pilatos en el Pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» Respondió Jesús: «¿Dices tú esto de ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?» Respondió Pilatos: «¿Soy acaso yo judío? Tu nación y los Pontífices te han puesto en mis manos: ¿qué has hecho?» Respondió Jesús: «Mi reino no es de este mundo. Si de este mundo fuera mi reino, mis ministros sin duda pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; mas ahora mi reino no es de aquí». Entonces Pilatos le dijo: «¿Luego Rey eres tú?» Respondió Jesús: «Tú dices que yo soy Rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad: todo aquel que es de la verdad escucha mi voz». Pilatos le dice: «¿Qué cosa es verdad?» (vv. 33-38)

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

Queriendo Pilato librar a Jesús del odio de los judíos, no dilató el juicio; por lo que dice: «Entró, pues, Pilato en el Pretorio y llamó a Jesús», etc.

Teofilacto

Aparte de esto, como tenía gran opinión de Jesús, se proponía apurar exquisitamente todas las cosas dejando a un lado el estrépito de los judíos. Y sigue: «Y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?»

Alcuino

Con estas palabras manifestó Pilato que los judíos le acusaban del crimen de que se proclamaba Rey de los judíos.

Crisóstomo, ut supra

Esto lo había oído Pilato de muchos; y porque ninguna otra cosa tenían que decir, a fin de evitar largas investigaciones, quiso traer a discusión lo que comúnmente se decía. Sigue: «Responde Jesús: ¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros?»

Teofilacto

Insinúa Jesús con estas palabras que Pilato es un juez parcial, como si dijera: Si dices esto por ti mismo, manifiesta las señales de mi rebelión; pero si lo oíste a otros, abre una indagación en regla.

San Agustín, in Ioannem, tract., 115

Sabía el Señor el sentido con que preguntaba y lo que se le respondería, pero El hizo esta pregunta al procónsul, no para saber, sino para que constase lo que quiso que se supiese.

Crisóstomo, ut supra

No preguntó, pues, como ignorante, sino queriendo que los judíos fuesen condenados por boca del mismo Pilato. «Respondió Pilato: ¿Acaso yo soy judío?».

San Agustín, ut supra

Hizo desaparecer la sospecha de que se le pudiese imputar que hablaba por sí mismo, haciendo ver que lo había oído de los judíos; por lo que sigue: «Tu nación y tus Pontífices te han entregado en mis manos». Y después, preguntando: «¿Qué has hecho?» da a entender suficientemente cuál era el crimen que se le imputaba, como si dijera: Si niegas que eres Rey, ¿qué has hecho para que te entregaran en mis manos? Como si no se admirara de que fuese entregado al juez para ser castigado porque se llamase Rey.

Crisóstomo, ut supra

Tranquiliza, pues, a Pilato sobre que no existe ningún peligro, y quiere manifestarle que no es sólo hombre, sino también Dios e Hijo de Dios, y hace desaparecer la sospecha de tiranía que había aterrado a Pilato; y sigue: «Respondió Jesús: mi reino no es de este mundo», etc.

San Agustín, ut supra

Esto es lo que nuestro buen Maestro nos quiso demostrar. Pero antes quiso hacernos ver la vana opinión que los hombres tenían de su reino, tanto los gentiles como los judíos, a quienes Pilato la había oído, como si hubiese cometido un crimen digno de muerte por haber supuesto un reino que ellos creían ilegítimo. O bien, como aquellos que están en posesión del poder acostumbran envidiar a los que han de sucederles, los romanos y los judíos querían precaver que este nuevo poder les fuese contrario. Porque si a la pregunta de Pilato hubiese contestado en seguida, habría parecido que su respuesta se dirigía sólo contra la falsa opinión de los gentiles, y no a la de los judíos. Pero después de la respuesta de Pilato, la respuesta de Jesús se dirige a los gentiles y a los judíos, como si dijera: Judíos y gentiles, oíd: no impido vuestra dominación en este mundo. ¿Qué más queréis? Creyendo, venid al reino que no es de este mundo. ¿Cuál es, pues, su reino sino el de los que creen en El, a quienes dice no sois de este mundo, aunque quiera que estéis en este mundo? Por lo que no dice: Mi reino no está en este mundo, sino «no es de este mundo» ( Jn 8,23). Es, pues, de este mundo todo lo que en la humanidad, si bien creado por Dios, fue generado de la raza viciada de Adán. Fue, pues, hecho un reino, no ya de este mundo, de todo aquello que fue regenerado en Cristo. Así, pues, Dios nos sacó del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor.

Crisóstomo, ut supra

O dice en esto que no tiene aquí un reino como el de los reyes de la tierra, porque su poder viene del cielo, y no es humano, sino mucho más esclarecido. Y sigue: «Si mi reino fuera de este mundo», etc. Pone de manifiesto la imbecilidad del reino de este mundo que toma su fuerza de sus ministros, cuando el reinado de Dios no necesita a nadie y se basta a sí mismo.

San Agustín, ut supra

Habiendo probado que su reino no es de este mundo, añadió: «Ahora, pues, mi reino no es de aquí». No dice: No está aquí, porque aquí está su reino hasta el fin de los tiempos, conteniendo dentro de sí la mala yerba mezclada con el trigo hasta la siega; pero, sin embargo, no es de aquí, sino que peregrina en este mundo.

Teofilacto

O bien no dice: No está aquí, sino «no es de aquí»; pues reina en el mundo y ejerce su providencia disponiendo de las cosas según su voluntad; su reino no tiene su fundamento en causas inferiores, sino en los cielos, antes de los siglos.

Crisóstomo, ut supra

Tomando de aquí motivo, los herejes dicen que es ajeno a la constitución del mundo. Pero aunque dice: «Mi reino no es de aquí», no priva al mundo de su providencia y de su gobierno, sino que quiere demostrar solamente que su reino no es humano ni perecedero.

«Pilato le dice: ¿Luego tú eres Rey? Jesús responde: Tú lo dices», etc.

San Agustín, ut supra

No porque temiera declararse Rey, sino porque habló de modo que ni se negó Rey, ni confesó ser tal Rey que se creyera que su reino era de este mundo. Las palabras: «Tú lo dices» quieren decir: Como hombre carnal hablas correctamente. En seguida añadió: «Yo he nacido para esto». La sílaba de este pronombre debe pronunciarse de tal manera que no pueda entenderse en este sentido: Yo he nacido en tal condición, sino en este otro: «Para esto he nacido», recordando aquella expresión «A esto vine al mundo», por la que manifestó claramente que se refería a su nacimiento, por el que encarnado vino al mundo; no a aquel nacimiento sin principio por el cual era Dios.

Teofilacto

O de otro modo: Preguntado por Pilato si era Rey, respondió el Señor: «Yo para esto he nacido». Es decir: Yo he nacido para ser Rey; pues por lo mismo que he sido engendrado por un Rey, afirmo que yo también soy Rey.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 83

Si, pues, ha nacido Rey, no hay más que recibirle. «A esto (dijo) he venido, para dar testimonio a la verdad»; esto es, para persuadir a todos de esto mismo. Y es de notar que hizo brillar su humildad cuando sufría en silencio que los que le llevaban dijesen: «Este es un malhechor». Pero cuando fue preguntado acerca de su reino, habló a Pilato de tal modo que le instruyera, elevándole a cosas más sublimes. Y por las palabras «Para dar testimonio de la verdad» dio a entender que no había hecho nada subversivo.

San Agustín, ut supra

Dando Jesucristo testimonio de la verdad, lo da de sí mismo, porque ésta es su palabra: «Yo soy la verdad» ( Jn 14,6); pero como no todos tienen fe, añadió: «Todo el que es de la verdad oye mi voz». Oye, en verdad, con los oídos del alma; esto es, obedece a mi voz, como si dijera: Cree en mí. Por las palabras: «Todo el que es de la verdad» expresa la gracia de su vocación ( Rom 8). Si consideramos la naturaleza en que hemos sido creados, habiéndonos creado a todos la verdad, ¿quién habrá que no sea de la verdad? Pero no todos han recibido de la verdad la gracia de obedecer a la verdad. Porque si dijo «Todo el que pertenece a la verdad oye mi voz», podrá creerse que se llama venido de la verdad el que obedece a la verdad; pero no dice esto, sino «Todo el que es de la verdad oye mi voz». Oye, ciertamente; pero él no es de la verdad porque oye su voz, sino que oye porque es de la verdad, pues este don le ha sido dado por la verdad.

Crisóstomo, ut supra

Con estas palabras le atrae y le persuade a que se haga de los discípulos de la verdad; con estas breves palabras de tal modo le cautivó, que preguntó: «¿Qué es verdad?»

Teofilacto

Pues casi había desaparecido de entre los hombres y era desconocida de todos los incrédulos.

Jn 18,39-40 –

Y cuando esto hubo dicho, salió otra vez a los judíos y les dijo: «Yo no hallo en El ninguna causa. Costumbre tenéis vosotros que os suelte uno en la Pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos?» Entonces volvieron a gritar todos, diciendo: «No a éste, sino a Barrabás». Y Barrabás era un ladrón. (vv. 39-40)

San Agustín, in Ioannem, tract., 115

Cuando dijo Pilato: «¿qué es la verdad?» creo que le vino a la memoria en seguida la costumbre que tenían los judíos de dar la libertad a un preso en la Pascua; y así, no esperó que Jesús le respondiera, para no perder tiempo, cuando recordó la costumbre de soltar uno en la Pascua, lo que verdaderamente deseó, como lo manifiesta esto que dijo: «Y en cuanto preguntó, salió otra vez», etc.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 83

El sabía que esta pretensión debía hacerse con tiempo, pues convenía librarle del ímpetu de los judíos, y por eso salió.

Alcuino

O tal vez no esperó a oír la respuesta, porque quizá no era digno de oírla. Sigue: «Y les dijo: Yo no encuentro en El ninguna causa».

Crisóstomo, ut supra

No dijo: porque delinquió, y es digno de muerte, indultadle por la festividad; sino que primero, justificándole, les exhorta en seguida para que si no querían reconocer su inocencia a mayor abundamiento, le perdonasen por razón de la festividad; y por esto les dijo: «Es costumbre vuestra», etc.

Beda

Esta costumbre no era precepto de ley, sino que venía de tradición de sus padres, para que, en memoria de la libertad de Egipto, la diesen en la Pascua a un preso. Y después, exhortándolos, dice: «¿Queréis, pues, que os deje en libertad al Rey de los judíos?»

San Agustín, ut supra

No pudo arrancar de su corazón la creencia de que Jesús era Rey de los judíos. Como si el título de la cruz hubiera quedado clavado en su corazón por la misma verdad, aquella sobre la que preguntó ¿qué es la verdad?

Teofilacto

Pilato respondió de una manera admirable, que Jesús no había faltado en nada, pero siguieron preocupándole con la idea que quería ser Rey, y que el representante de la potestad de los romanos no podía absolver a aquel que se titulaba Rey, y émulo del poder de Roma. Así, pues, al decir: yo absolveré al Rey de los judíos, presentó a Jesús como inocente, y se mofó de los judíos, como si dijera: Al que vosotros acusáis de que se llama Rey, a éste mando absolver, porque tal Rey no existe.

San Agustín, ut supra

Porque oído esto, clamaron como sigue: «Clamaron todos otra vez diciendo: no a éste, sino a Barrabás, pero Barrabás era un ladrón». No os reprobamos ¡oh judíos, porque librasteis en la Pascua a un malhechor, sino porque matasteis a un inocente! Lo que sin embargo, si no se hubiera realizado, no se habría verificado la verdadera Pascua.

Beda

Por cuanto despreciaron al Salvador, y libraron al ladrón, el diablo ejerce en ellos hasta el día sus latrocinios.

Alcuino

El nombre de Barrabás es interpretado así: «Este hijo del maestro de ellos», esto es, del diablo, porque fue maestro del ladrón en sus crímenes y de los judíos en su perfidia.

Jn 19,1-5 –

Pilatos, pues, tomó entonces a Jesús, y azotóle. Y los soldados, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza y le vistieron un manto de púrpura. Y venían a El y decían: «Dios te salve, rey de los judíos»: y le daban de bofetadas. Pilatos, pues, salió otra vez fuera, y les dijo: «Ved que os lo saco fuera, para que sepáis que no hallo en El causa alguna». (Y salió Jesús llevando una corona de espinas, y un manto de púrpura). Y Pilatos les dijo: «Ved aquí el hombre». (vv. 1-5)

San Agustín, in Ioannem, tract., 116

Como los judíos clamaron que no querían que Pilato les pusiese a Jesús en libertad en celebración de la Pascua, sino al ladrón Barrabás, añade: «Entonces Pilato tomó a Jesús, y lo azotó». Se puede creer que Pilato no hizo esto sino con el fin de que, dándose por satisfechos los judíos con los oprobios inferidos a Jesús, desistieran de ensañarse hasta pedir su muerte. Esta es la razón porque Pilato permitió o tal vez mandó que su cohorte hiciera lo que sigue. Refiere el Evangelista lo que los soldados hicieron, pero no dijo que por orden de Pilato. Sigue, pues: «Y los soldados, tejiendo una corona de espinas la impusieron sobre su cabeza, y le vistieron un traje de púrpura y se acercaban a El y le decían: Dios te salve, rey de los judíos».

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 83

Como Pilato le había dado este nombre, ellos lo toman para ultrajarle.

Beda

Pusiéronle por diadema una corona de espinas, y por manto de púrpura, como lo usaban los reyes antiguamente, le envolvieron con un harapo de púrpura, lo que no está en contradicción con lo que dice San Mateo, que le pusieron una capa de escarlata. Porque (como dice Orígenes), la púrpura y la escarlata son de un mismo género, porque son gotas de color de sangre que fluyen de las incisiones del árbol de la grana, con las que se tiñe tela de ambos colores. Lo que los soldados hacían por irrisión, era para nosotros un misterio, pues por la corona de espinas se significan nuestros pecados, los cuales cargó sobre sí, y son como las espinas que brotan de la tierra de nuestro cuerpo; así como en el vestido de púrpura se representa nuestra carne dominada por las pasiones. O también la gloria de la Iglesia cubierta de púrpura con los triunfos de la sangre de los mártires.

Crisóstomo, ut supra

Lo que ejecutaban los soldados no era en cumplimiento de una orden del procurador, sino que lo hacían para complacer a los judíos. Sin duda que por instigación de éstos, le atormentaron desde que comenzó la noche, y sobornados con dinero se prestaron a toda clase de excesos. Pero en medio de tantos ultrajes, Jesús sufrió en silencio. Tú, pues, oyendo esto, fíjalo en tu consideración, y viendo cómo el Rey del universo y Señor de los ángeles sufre las injurias con paciencia en silencio, imítale.

San Agustín, ut supra

Así se cumplía lo que Cristo había dicho de sí mismo. Así los mártires aprendían a sobrellevar todo lo que sus perseguidores quisieron hacer con ellos. Así el reino, que no era de este mundo, triunfaba del mundo soberbio, no luchando violentamente, sino sufriendo con humildad.

Crisóstomo, ut supra

A fin, pues, de que a la vista de lo que los soldados habían hecho aplacaran su encono, les presentó a Jesús coronado. Por lo que sigue: «Salió fuera Pilato otra vez y les dijo: He aquí que os lo presento de nuevo para que conozcáis que no hallo ningún delito en El».

San Agustín, ut supra

Esto prueba que Pilato no ignoraba lo que habían hecho los soldados, y que si no lo había mandado, lo había permitido, por la razón antes indicada de que, saciándose a su satisfacción sus enemigos con sus oprobios, desistieran de pedir su muerte. Sigue: «Salió, pues, Jesús llevando una corona de espinas y un vestido de púrpura»; no deslumbrando con las insignias reales, sino saturado de oprobios. Sigue: «Y les dijo: He aquí el Hombre». Como diciendo: si envidiáis al Rey, perdonadle ya, porque viendo estáis su abatimiento; apláquese la envidia ante el furor de los ultrajes.

Jn 19,6-8 –

Y cuando le vieron los Pontífices y los ministros, daban voces diciendo: «Crucifícale, crucifícale». Pilatos les dice: «Tomadle allá vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo en El causa». Los judíos le respondieron: «Nosotros tenemos ley, y según la ley debe morir, porque se hizo Hijo de Dios». Cuando Pilatos oyó estas palabras, temió más. (vv. 6-8)

San Agustín, in Ioannem, tract., 116

La envidia de los judíos no se apaga a vista de tanta ignominia, sino que se enciende más y crece. Por esto dice: «Y cuando le vieron los Pontífices y ministros, clamaban diciendo: Crucifícalo».

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 83

Vio, pues, Pilato que todo era en vano, y por eso les dice: «Tomadle vosotros y crucificadle». Esta palabra era execrable e impulsaba a los judíos a ejecutar un acto que no estaba permitido. Ellos presentaban a Jesús para que el juez sentenciara un juicio, pero sucedió lo contrario, porque el juicio del procurador fue más bien absolverlo. Por esto añade: «Yo no encuentro en El causa», defendiéndole siempre de las acusaciones, de lo que se deduce evidentemente que consintió los primeros suplicios por el furor de ellos. Pero nada bastó para que aquellos judíos fieros como perros sintieran la vergüenza. «Respondiéronle los judíos: Nosotros tenemos ley, y según ella debe morir, porque se hizo Hijo de Dios».

San Agustín, ut supra

¡He aquí otra mayor envidia! Después de semejante pretensión, parecía pequeña la audacia de investirse de la autoridad real, y, sin embargo, Jesús nada había usurpado falsamente, porque era verdaderamente ambas cosas: Unigénito Hijo de Dios, y Rey constituido por Dios sobre el monte santo de Sión ( Sal 2); y para demostrar entonces ambas cosas, prefirió, siendo tan poderoso, ser igualmente paciente.

Crisóstomo, ut supra

Mientras ellos disputaban mutuamente, El callaba, cumpliéndose aquella profecía de que «No abrió su boca y toleró su juicio con humildad» ( Is 53,7).

San Agustín, De cons. evang. 3, 8

Esto puede convenir con lo que recuerda San Lucas, dicho en la acusación de los judíos: «Hemos encontrado a éste sublevando nuestra nación» ( Lc 23,2), para añadir: «porque se hizo Hijo de Dios».

Crisóstomo, ut supra

Cuando Pilato oyó esto, se aterró, no fuera verdad lo que decían y juzgara inicuamente, y así sigue: «Como, pues, oyese Pilato estas palabras, temió más».

Beda

No temió por lo que oyó de la ley, pues era extranjero, sino que por lo que más temió fue por si sacrificaba al Hijo de Dios. Pero los judíos no se horrorizaron por lo que decían, sino que, por el contrario, le sacrificaban por aquello mismo por que debían adorarle.

Jn 19,9-12 –

Y volvió a entrar en el Pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?» Mas Jesús no le dio respuesta. Y Pilatos le dice: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para crucificarte, y que tengo poder para soltarte?» Respondió Jesús: «No tendrías poder alguno sobre mí, si no te hubiera sido dado de arriba. Por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene»: Y desde entonces procuraba Pilatos soltarle. (vv. 9-12)

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 83

Aterrorizado Pilato, inquiere de nuevo. Sigue: «Y entrando otra vez en el Pretorio, dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú?» Pero no le vuelve a preguntar: «¿Tú, qué has hecho?» Sigue: «Jesús no le dio ninguna respuesta», porque ya había oído: «Yo, para esto nací y a esto vine, para dar testimonio de la verdad», y: «Mi reino no es de aquí». Cuando debiera Pilato resistir y salvarle, hizo lo contrario, y se dejó llevar del ímpetu de los judíos. Por esta razón, pues, Jesús no le respondió, porque preguntaba en vano. Y a juzgar por las obras no quería Jesús valerse de excusas, demostrando que para esto había venido espontáneamente.

San Agustín, in Ioannem, tract., 116

Este silencio de nuestro Señor Jesucristo, repetido frecuentemente, se encuentra reproducido en las narraciones de todos los evangelistas: el mismo silencio ante el Príncipe de los sacerdotes, y en casa de Herodes, y hasta en la del mismo Pilato, para que se cumpliera la profecía de Isaías: «Como cordero sin balar delante del que le esquila, no abrió su boca» ( Is 53,7). Del mismo modo no respondió a los que le preguntaban, no obstante que muchas veces había respondido a cualquiera que le preguntó. Por eso su silencio de ahora es comparado al del cordero, a fin de no ser tenido por reo, sino por inocente; esto es, no como reo convencido por la conciencia de sus crímenes, sino como mansa víctima inmolada por pecados ajenos.

Crisóstomo, ut supra

Como calló, le dijo Pilato: «¿No me respondes? ¿Ignoras que tengo poder para crucificarte y tengo poder para soltarte?» Ved cómo se condena a sí mismo. Si, pues, todo depende de ti, ¿por qué no le absuelves, no hallando en El crimen? Y como profirió sentencia contra sí mismo, respondió Jesús: «No tendrías ninguna potestad sobre mí si no te fuese dada de arriba», dando a entender que no sucedía aquello en el orden natural de las demás cosas, sino que se elevaba a un fin espiritual. Pero oyendo esto, no se crea que el Salvador le absolvía de todo crimen, y por esto dice: «Quien me entregó a ti tiene mayor pecado». Y ciertamente éste era el modo de dar a entender que ni unos ni otros estaban libres de pecado. O como si dijera: esto ha sido permitido sin que por ello sean menos culpables.

San Agustín, ut supra

He aquí que responde. Por tanto, cuando no respondía, no era que callaba como reo astuto, sino como oveja; y cuando respondía, era como Pastor que enseñaba. Aprendamos, pues, lo que enseñó por medio del Apóstol: «No hay poder que no venga de Dios» ( Rom 13,1). Y mayor pecado comete el que entrega a la potestad a un inocente para que le condene, que la potestad misma que condena a muerte por temor de un mal mayor. (Tal era, en verdad, el poder que Dios le había dado con sumisión a la potestad del César). Esta es la razón por qué dijo: «No tendrías potestad alguna sobre mí (esto es, cualquiera que sea la que tengas), si tal como es no te hubiese sido dada de arriba»; pero porque sé hasta dónde llega (la que no es tanta que seas libre omnímodamente), por esto el que me entregó a ti tiene mayor pecado; él entregándome a tu potestad por envidia, y tú abusando de tu potestad sobre mí por miedo. No debe el juez matar a un inocente por temor; pero es mucho peor hacer el mal por envidia que por miedo. Por esto no dice el que me entregó a ti tiene pecado (como si él no lo tuviera), sino que dijo mayor pecado tiene, para que entendiera que también él lo tenía.

Teofilacto

Dice, pues, quien me entregó a ti, esto es, Judas, o también la turba. Como el Señor dio una respuesta convincente, como la de que «si Yo mismo no me entregara y el Padre lo permitiera no tendrías potestad sobre mí», desde entonces se empeñó más Pilato en absolverle. Por eso sigue: «Y desde entonces buscaba Pilato medio de soltarle».

San Agustín, ut supra

Lee lo anteriormente dicho y verás los esfuerzos de Pilato por salvar a Jesús, y de esto sacarás en consecuencia (por este motivo) que no habría consentido en el pecado matando al inocente que había sido entregado a su potestad.

Jn 19,13-16 –

 Mas los judíos gritaban diciendo: «Si a éste sueltas, no eres amigo del César, porque todo aquel que se hace Rey contradice al César». Pilatos, pues, cuando oyó estas palabras, sacó fuera a Jesús y se sentó en su tribunal, en el lugar que se llama Lithóstrotos, y en hebreo Gabbatá. Y era el día de la preparación de la Pascua y como la hora de sexta, y dice a los judíos: «Ved aquí vuestro Rey». Y ellos gritaban: «Quita, crucifícale». Les dice Pilatos: «¿A vuestro Rey he de crucificar?» Respondieron los Pontífices: «No tenemos otro Rey sino César». Y entonces se lo entregó para que fuese crucificado. (vv. 13-16)

San Agustín, in Ioannem, tract., 116

Los judíos creyeron imponerse mejor a Pilato para que condenara a muerte a Cristo, amenazándole con el César que con lo que anteriormente habían dicho: «Nosotros ley tenemos, y, según ella, debe morir, porque se supuso Hijo de Dios». Por eso dice: «Pero los judíos clamaban: Si das libertad a éste, no eres amigo del César; pues todo el que se titula Rey», etc.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 83

Pero ¿de dónde sacaréis las pruebas? ¿De la púrpura, de la diadema, de los carruajes, de los soldados? ¿No iba siempre acompañado de sus doce discípulos, de villa en villa, sin más que el alimento, el vestido y hospedaje?

San Agustín, ut supra

A Pilato le importaba poco la Ley. Lo que más le importaba era lo de matar al Hijo de Dios. Pero ahora no se atreve a despreciar al César, autor de su potestad, como desprecia la Ley extranjera. Por eso sigue: «Pilato, pues, oyendo esto, sacó fuera a Jesús y se sentó en su tribunal, llamado Lithóstrotos, y en hebreo Gabbata».

Crisóstomo, ut supra

Salió, pues, para examinar la causa, pues esto demostraba sentarse en el tribunal.

Glosa

Así como el tribunal es propio de los jueces, lo es de los reyes el trono o el solio, y de los doctores la cátedra.

Beda

Lithóstrotos, que significa sobre un pedestal, era un sitio elevado 1.

Sigue: «Era, pues, Parasceve o víspera de la Pascua, cerca de la hora sexta».

Alcuino

Parasceve quiere decir preparación. Este es el nombre que se daba al sexto día, en el que se preparaba lo necesario para el sábado 2; como se dijo del maná: «El día sexto recogeréis doblado» ( Ex 16,26). Por cuanto en el día sexto fue hecho el hombre, y descansó Dios en el séptimo, también en el día sexto padece por el hombre el Salvador, y el sábado descansa en el sepulcro. Sigue: «Era, pues, como la hora de sexta».

San Agustín, in Ioannem, tract., 117

¿Por qué San Marcos dice «era la hora de tercia cuando le crucificaron» ( Mc 15,25) sino porque era en esta hora cuando fue crucificado el Señor por la lengua de los judíos, y en la de sexta por las manos de los soldados, y entendamos que era ya pasada la hora quinta y comenzada la sexta cuando Pilato se sentó en el tribunal que es casi la hora de sexta de que habla San Juan, y fue conducido y crucificado, sucediendo junto a la cruz lo que se refiere, al cumplirse íntegra la hora sexta, desde la cual hasta la nona se oscureció el sol y se extendieron las tinieblas, como certifican Mateo, Marcos y Lucas. Pero como los judíos procuraron echar la culpa de la crucifixión de Jesús sobre Pilato y sus soldados, San Marcos, pasando por alto la hora en que el Señor fue crucificado, hace mención de la tercia, para que no aparezca que sólo los soldados crucificaron a Jesús, sino que también los judíos pidieron a la hora de tercia que fuese crucificado. También se presenta otra solución a esta dificultad, que consiste en que no se cuente la hora de sexta desde principio del día, sino desde la Parasceve, porque ni tampoco San Juan dijo que era como la hora de sexta del día, sino que dijo: «Era la Parasceve casi hora de sexta». Parasceve en latín es preparación. En nuestra Pascua fue inmolado Cristo, como dice el Apóstol ( 1Cor 5,7). La preparación de la Pascua, si la empezamos a contar desde la hora de nona de la noche, que fue cuando los Príncipes de los sacerdotes pronunciaron la sentencia de inmolación del Señor (diciendo reo es de muerte) ( Mt 26,66) hasta la hora de tercia del día que fue crucificado Cristo, según atestigua el Evangelista San Marcos, consta de seis horas: tres de noche y tres de día.

Teofilacto

Otros resuelven esta dificultad culpando a los copistas de que las letras del alfabeto griego fueron cambiadas, porque los griegos usaban las letras como cifras y la letra griega g significa tres y la letra V seis. El copista puede haber confundido ambos signos.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 83

Salió, pues, Pilato para examinar la causa, y sin embargo, sin hacer examen alguno lo entregó, esperando conmoverles; y por eso les dice a los judíos: «He aquí vuestro rey».

Teofilacto

Como si dijera: He aquí al hombre y confesad que es imposible que empuñe vuestro cetro en el estado de humillación en que se encuentra, y que vosotros nada tenéis que temer de El.

Crisóstomo, ut supra

Y en verdad que lo que él decía era suficiente para que los judíos depusieran su cólera; pero temblaban de que si le dejaban en libertad, volvería a reunir las turbas, porque el amor al poder es bastante para seducir al alma. Por tanto, insisten con más fuerza. Por esto dice: «Ellos, sin embargo, clamaban: quítale, quítale». Ansían darle la muerte más ignominiosa y añaden: «Crucifícale»; temiendo lo que pudiera venir después de El por su celebridad.

San Agustín, ut supra

Pilato, sin embargo, intenta hacerse superior al terror que le había inspirado el nombre del César y les dice: «¿He de crucificar a vuestro rey?» Queriendo abatir con su propia ignominia a los que no puede aplacar con la ignominia de Cristo.

Sigue: «Respondieron los Pontífices: No tenemos más rey que al César».

Crisóstomo, ut supra

Ellos mismos se impusieron voluntariamente el suplicio. Por eso Dios los entregó y los dejó precipitarse en su propia sentencia, por cuanto unánimes negaron el reino de Dios y rechazaron el cetro de Cristo, imponiéndose a sí mismos el del César.

San Agustín, ut supra

Pero Pilato es vencido otra vez por el temor y sigue: «Entonces se lo entregó para que fuese crucificado». Hubiera parecido que se oponía abiertamente al César, si hubiera persistido en dar otro rey a los que protestaban no admitir otro que al César, dejando impune al que ellos habían entregado para morir, por haber intentado esto mismo. No se ha dicho: se los entregó para que lo crucificaran, sino para que fuese crucificado, esto es, por sentencia y autoridad del procurador. El Evangelista dijo: «Entregado a ellos», para que fueran complicados en el crimen de que intentaban ser inocentes; pues Pilato no hubiera hecho esto, sino apremiado por ellos.

Notas

  1. El nombre griego liqostrwton,enlosado, designaba el lugar que en arameo se conocía como gabbataelevación. Algunos creen que habría estado situado cerca a la torre Antonia (ubicando también allí el pretorio), pero generalmente se considera que estaría ubicado en el palacio de Herodes, que quedaba en la parte alta de la ciudad.
  2. Parasceveera el sexto día de la semana judía, y significa día de la preparación. En él se preparaba lo necesario para el sábado, en que no se podía trabajar.

 

Jn 19,17-18 –

Y tomaron a Jesús y le sacaron fuera. Y llevando la cruz a cuestas, salió para aquel lugar que se llama Calvario, y en hebreo Gólgota; y allí le crucificaron, y con El a otros dos, de una parte y otra, y a Jesús en medio. (vv. 17-18)

Glosa

Por orden del procurador, los soldados se apoderaron de Cristo para crucificarle. Sigue: «Cogieron, pues, a Jesús, y le sacaron fuera».

San Agustín, in Ioannem, tract., 116

Puede esto referirse a los alguaciles del procónsul; pues después se dice más claramente: «Después que los soldados le crucificaron». El Evangelista atribuye con razón a los judíos todo lo ocurrido, pues ellos fueron los que arrancaron a Pilato la condenación.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84

Como para ellos era la cruz objeto de ignominia, no consentían ni aun el tocarla, y la cargaron sobre Jesús como reo. Y sigue: «Y llevando la cruz a cuestas», etc. Así sucedió con el que le prefiguró, porque Isaac cargó sobre sí la leña, pero entonces no se llegó más que hasta lo que quiso demostrar la voluntad del Padre; pero ahora tuvo cumplido efecto, pues era la realidad.

Teofilacto

Así como entonces fue Isaac libertado, y sacrificado el cordero, así en esta ocasión, quedando impasible la naturaleza divina, es sacrificada la humanidad representada por el cordero, como errante hijo de Adán. Pero, ¿cómo otro Evangelista dice que obligaron a Simón a llevar la cruz?

San Agustín, De cons. evang. 3, 10

Ambas cosas son verdad: en primer lugar, sucedió lo que dice San Juan, y en segundo lugar, lo que dicen los otros tres evangelistas. De lo que se deduce que el mismo Jesús llevaba la cruz al salir para el lugar citado.

San Agustín, in Ioannem, tract., 117

¡Gran espectáculo y a los ojos de la impiedad gran escarnio! Pero a los de la piedad grande misterio. Ríe la impiedad, viendo al rey llevar por cetro la cruz de su suplicio; ve la piedad al rey llevando a cuestas la cruz en que ha de ser clavado; cruz que había de fijarse hasta en la frente de los reyes; cruz objeto de desprecio para los impíos, y en la que habían de gloriarse los corazones de los Santos. Llevándola sobre sus hombros, la sublimaba como antorcha que ardía sobre el candelabro, y no había de ocultarse bajo el celemín.

Crisóstomo, ut supra

Como los vencedores, así llevaba sobre sus hombros la insignia de su triunfo.

Pretenden algunos que Adán murió y fue sepultado en el mismo lugar que llamaban Calvario, a fin de que, en el mismo sitio donde triunfó la muerte, levantara Jesús el trofeo de su victoria.

San Jerónimo, super Mat. cap. 27

Apreciable interpretación y agradable al oído del pueblo; pero no es verdadera. Fuera de la ciudad y de sus puertas, había lugares en donde se decapitaba a los reos, y tomaron el nombre de calvario del de decapitados 1. Adán fue sepultado junto a Ebrón, y según se lee en Jesús hijo de Nave, fue enterrado en Arbee 2.

Crisóstomo, ut supra

Le crucificaron con dos ladrones; y sigue: «Y con él otros dos, uno a cada lado y Jesús en medio». Con esto se cumplió la profecía: «Fue contado entre los malvados» ( Is 53,12). Hacían servir a la verdad los mismos ultrajes que le inferían. El demonio quería cubrir de tinieblas lo que pasaba, pero no pudo, porque los milagros que ocurrieron entonces, a nadie pudieron atribuirse sino sólo a Jesús, y todos los artificios del diablo fueron inútiles para oscurecer la gloria de Jesús, pues la esclarecieron no poco. Porque convertir en la cruz al ladrón y llevarle al Paraíso, no fue menos que desgajar las rocas.

San Agustín, in Ioannem, tract., 31

Si bien lo consideras, fue la misma cruz un tribunal, en el que sentado el juez, fue absuelto el ladrón que creyó y condenado el que le injurió. Y esto significaba lo que sucederá con los vivos y los muertos: unos a la derecha y otros a la izquierda.

Notas

  1. En griego, kranion,cráneo, que traduce el hebreo gólgota.
  2. Sobre el sepulcro de Adán se conocen dos tradiciones. La tradición judía afirmaba que estaba enterrado en Quiryat-Arbá(antiguo nombre de Hebrón), al lado de los patriarcas. Otra tradición afirmaba que luego del diluvio Sem enterró la cabeza de Adán en el monte Calvario.

Jn 19,19-22 –

Y Pilatos escribió también un título, y lo puso sobre la cruz. Y lo escrito era: «Jesús Nazareno, Rey de los judíos». Y muchos de los judíos leyeron este título, porque estaba cerca de la ciudad el lugar en donde crucificaron a Jesús. Y estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. Y decían a Pilatos los Pontífices de los judíos: «No escribas Rey de los judíos, sino que El dijo: Rey soy de los judíos». Respondió Pilatos: «Lo que he escrito, he escrito». (vv. 19-22)

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84

Así como se escribe sobre los trofeos el nombre del que alcanzó la victoria, así puso Pilato el título sobre la cruz de Jesucristo. Por eso dice: «Y escribió Pilato un título», etc. constituyéndose Pilato como apologista de Cristo, separando su causa de la de los ladrones, y vengando la manifiesta malicia de los judíos insurrectos contra su rey. Lo escribió. «Había, pues, escrito: Jesús Nazareno, Rey de los judíos».

Beda

Esto demuestra que desde entonces su reino se engrandecía, lejos de desaparecer como ellos pensaban.

San Agustín, in Ioannem, tract., 118

¿Pero es que Jesucristo tan sólo es rey de los judíos, o lo es también de los gentiles? Ciertamente también de los gentiles, pues había dicho: «Yo he sido constituido por Dios, Rey sobre el monte santo de Sión» ( Sal 2,6), añadiendo después: «Pídeme a mí, y te daré en herencia las naciones» ( Sal 2,8). Queremos penetrar en este título 1 un gran misterio 2, porque en verdad, el olivo silvestre 3 ha sido hecho partícipe en la pinguosidad del olivo cultivado, y no éste de la savia del olivo silvestre ( Rom 11,17). Cristo, pues, Rey de los judíos, establece la circuncisión, no de la carne, sino del corazón; no de la letra, sino del espíritu ( Rom 2,29).

Sigue: «Muchos de los judíos leyeron este título, porque estaba cerca de la ciudad el lugar», etc.

Crisóstomo, ut supra

Creíble es que con motivo de la festividad acudirían muchos gentiles, juntamente con los judíos; y para que nadie lo ignorara, no escribió el título en una lengua, sino en tres, y por eso añade: «Y estaba escrito en hebreo, en griego y en latín».

San Agustín, ut supra

Estas tres lenguas eran las que predominaban: la hebrea, por la ley judaica; la griega, por la sabiduría de aquella nación, y la latina, por la dominación romana en casi todo el mundo.

Teofilacto

También significa esta inscripción, en tres lenguas, que Cristo es el Señor de tres ciencias: la práctica, la física y la teológica; pues por la inscripción latina está figurada la ciencia práctica, por cuanto el imperio romano era poderosísimo y conquistador; la inscripción griega representa la sabiduría en las ciencias especulativas; y, por fin, la hebrea, supone el conocimiento de las cosas divinas encomendado a la nación judaica.

Crisóstomo, ut supra

Crucificado el Señor, era todavía perseguido por la envidia de los judíos: «Decían, pues, a Pilato: No escribas Rey de los judíos, sino que El dijo: Yo soy el rey de los judíos». En verdad, esta inscripción no se diferenciaba de la sentencia y si se le añadía «El ha dicho», venía a ser la demostración de una ambición necia y criminal. Pero Pilato insistió en su primer pensamiento, y por eso respondió: «Lo que escribí, escribí».

San Agustín

¡Oh inefable poder de Dios, aun en los corazones de los que no le conocen! Esto no puede llamarse sino una voz secreta que silenciosamente resonaba en el alma de Pilato, repitiendo lo que tanto tiempo antes estaba escrito en los salmos: «No alteres el título de la inscripción». Pero, ¿qué decís, insensatos Pontífices? ¿Acaso no es esto una prueba de la verdad, de lo que Jesús dice: ¿Yo soy el rey de los judíos? ¿Si no puede corregirse lo que Pilato ha dicho, podrá alterarse lo que dijo la verdad? Si Pilato ha escrito lo que ha escrito, es porque el Señor ha dicho lo que ha dicho.

Notas

  1. Se refiere al título: «Jesús Nazareno, Rey de los Judíos».
  2. Sacramentum.
  3. El olivo silvestre o acebuche es menos frondoso que el cultivado y su fruto, conocido como oliva acebuchina es más pequeña y menos sustanciosa que la aceituna del olivo cultivado. El pasaje de Romanos 11, 17, que sirve de trasfondo, permite una mayor intelección de la figura que usa San Agustín. El acebuche u olivo silvestre son los gentiles que llegan a la fe, y son injertados en el olivo cultivado, el Pueblo escogido, del que han sido desgajadas algunas ramas por su falta de fe.

Jn 19,23-24 –

Los soldados, después de haber crucificado a Jesús, tomaron sus vestiduras (y las hicieron cuatro partes, para cada soldado su parte) y la túnica. Mas la túnica no tenía costura, sino que era toda tejida desde arriba. Y dijeron unos a otros: «No la partamos, mas echemos suertes sobre ella, cuya será»: para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron mis vestidos entre sí y echaron suertes sobre mi vestidura. (vv. 23-24)

San Agustín, in Ioannem, tract., 118

Por sentencia de Pilato, los soldados que estaban a sus órdenes crucificaron a Jesús. Así dice: «Los soldados, pues, le crucificaron», etc. Los demás evangelistas hablan poco sobre la distribución y sorteo de los vestidos, pero éste lo dice muy claramente de este modo: «Hicieron cuatro partes», etc. De aquí resulta que fueron cuatro los soldados que obedecieron la orden de Pilato, crucificando al Salvador. Sigue: «Y después tomaron la túnica», esto es, no echaron suertes sobre lo demás, y lo repartieron. Pero la túnica no la dividieron; y sigue diciendo: «La túnica era inconsútil», esto es, toda de una pieza.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84

El Evangelista hace la historia de esta túnica. En Palestina era costumbre construir este traje con dos pedazos de tela cosidos, y San Juan nos da a entender que así era la túnica de Jesús, indicando la pobreza de su vestido.

Teofilacto

Dicen otros, que en la Palestina no se tejen las telas del mismo modo que entre nosotros, dejando el estambre a la vista superior, y el tejido en la inferior, para que vuelto se vea el tejido, sino que lo hacían al contrario.

San Agustín, ut supra

El Evangelista dice por qué echaron suertes sobre ella. Dijeron unos a otros: «No la partamos», etc. Se ve que los demás vestidos los repartieron por partes iguales sin necesidad de sortearlos. Pero como la túnica no podía repartirse sin que se cortara sin provecho, por eso convinieron en sortearla. Esta narración del Evangelista, consta justificada por testimonio de los profetas. Por esto dice: «Para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron entre ellos mis vestidos» ( Sal 58), etc.

Crisóstomo, ut supra

Observa la exactitud de la Escritura; pues el Profeta no sólo expresó lo que fue repartido, sino que también lo que no lo fue; porque si bien dividieron los vestidos, echaron suertes sobre la túnica, que no quisieron dividir.

San Agustín, ut supra

Según San Mateo (27,35), repartieron sus vestidos, sorteándolos, queriendo dar a entender, que si bien los demás vestidos fueron repartidos, la túnica fue sorteada; y así es como dice San Lucas «Dividiéndose sus vestidos, echaron suertes» ( Lc 23,34). Habiéndolos, pues, dividido, llegaron a la túnica, de la cual hicieron sorteo, usando de la palabra suertes en plural, en igual del singular. También San Marcos presenta alguna diferencia, diciendo: «Los soldados echaron suertes sobre lo que a cada uno tocaría» ( Mc 15,24), como refiriéndose a todos los vestidos y no sólo sobre la túnica; pero esta brevedad con que habla, engendra oscuridad. Así, pues, se ha dicho: «Echando suertes sobre los vestidos», como si se dijese sorteándolos para dividirlos. Cuando dice: «Qué es lo que tocaría a cada uno», parece que se refiera, no sólo a la túnica, sino que también a todo lo demás, para saber quién se quedaría con la túnica que era indivisible. Esta división de los vestidos de nuestro Señor Jesucristo, en cuatro partes, figuraba su Iglesia extendida por las cuatro partes del mundo. Pero la túnica es la figura de la unidad de la cuatro partes, por el vínculo de la caridad. Pero si la caridad lleva más elevado vuelo, y es superior a la ciencia, y se sobrepone a todo precepto, según lo de San Pablo a los Colosenses: «Sobre todo esto, tened caridad» ( Col 3,14), con razón el vestido que la simboliza debe ser tejido de una sola pieza. Y añadió el Evangelista: «Toda ella», porque nadie debe ser extraño a la caridad del todo, que se llama Iglesia Católica. Es inconsútil (sin costuras), para que nunca se desuna, y tiende a la unidad, porque a todos reúne en un centro. En la suerte se ve la figura de la gracia de Dios, pues no la deciden los méritos de cada uno, sino el secreto juicio de Dios.

Crisóstomo, ut supra

Dicen algunos que la túnica sin costuras, tejida de una sola pieza de arriba abajo, es la alegoría de la humanidad del crucificado enlazada con la divinidad.

Teofilacto

O de otro modo: la túnica inconsútil, denota el cuerpo de Cristo concebido por el Espíritu Santo y el poder del Altísimo en la Virgen, siendo, por tanto, indivisible el cuerpo de Cristo; pues aunque a cada uno sea dado para que santifique a la vez su cuerpo y su alma, permanece, sin embargo, entero en todos. Y así como el mundo visible se compone de cuatro elementos, puede tomarse por vestidura de Cristo este mundo visible que los demonios se reparten entre ellos cuantas veces entregan a la muerte al Verbo de Dios que habita en nosotros, consiguiendo dividirnos por las falacias de este mundo.

San Agustín, ut supra

Ni se diga que estas cosas nada significan, porque son obra de los malos. ¿Pero qué diremos, de la misma cruz, hecha igualmente por los impíos? Y, sin embargo, ella significa, perfectamente, como dice el Apóstol, cuál sea su latitud, su longitud, su altura y su profundidad ( Ef 3,18): su latitud, respecto del madero trasversal, sobre el que se extienden las manos, significa las buenas obras de la más extensa caridad; la longitud de la cruz, desde el madero trasversal hasta la tierra, significa la perseverancia en la duración del tiempo; la altura de la cruz, desde el leño trasversal hasta arriba, significa el supremo fin a que deben dirigirse todas nuestras obras; y la profundidad de aquella parte que se oculta en la tierra significa el abismo de la gracia de Dios, de donde proceden todas nuestras buenas obras, que aparecen y se levantan hasta Dios. Pero aun cuando la cruz de Cristo no signifique más que aquello que dice el Apóstol a los de Galacia: «Los que son de Cristo, crucificaron su carne con sus pasiones y sus concupiscencias» ( Gál 5,24), ¡cuán grande bien es! Finalmente; ¿cuál es la enseña de Cristo, sino la cruz de Cristo? Este es el signo que los creyentes trazan en su frente, bien sea con el agua regeneradora del bautismo, o con el óleo santo del crisma o con el alimento del sacrificio, y sin el cual nada se perfecciona.

Jn 19,25-27 –

Y los soldados, ciertamente, hicieron esto. Y estaban junto a la cruz de Jesús, su Madre y la hermana de su Madre, María de Cleofás y María Magdalena. Y como vio Jesús a su Madre, y al discípulo que amaba, que estaba allí, dijo a su Madre: «Mujer, he ahí a tu Hijo». Después dijo al discípulo: «He ahí a tu Madre». Y desde aquella hora el discípulo la recibió por suya. (vv. 25-27)

Teofilacto

Mientras los soldados se ocupaban de satisfacer su sórdida avaricia, Jesús cuidaba solícito de su Madre. Por eso dice: «En efecto, los soldados hicieron esto; estaban junto a la cruz de Jesús, su Madre», etc.

San Ambrosio, in epistolis

María, Madre del Señor, estaba ante la cruz de su Hijo. Nadie me enseñó esto, sino San Juan Evangelista. Otros describieron el trastorno del mundo en la pasión del Señor; el cielo cubierto de tinieblas, ocultándose el sol y el buen ladrón recibido en el Paraíso, después de su confesión piadosa. San Juan escribió lo que los otros se callaron, de cómo puesto en la cruz llamó Jesús a su Madre, y cómo considerado vencedor de la muerte, tributaba a su Madre los oficios de amor filial y daba el reino de los cielos. Pues si es piadoso perdonar al ladrón, mucho más lo es el homenaje de piedad con que con tanto afecto es honrada la Madre por el Hijo: «He aquí tu hijo». «He aquí a tu Madre». Cristo testaba desde la cruz y repartía entre su Madre y su discípulo los deberes de su cariño. Otorgaba el Señor, no sólo testamento público, sino también doméstico; y este testamento era refrendado por Juan. ¡Digno testimonio de tal testador! Rico testamento, no de dinero, sino de vida eterna; no escrito con tinta, sino con el espíritu de Dios vivo ( 2Cor 3) y pluma de lengua, que escribe velozmente ( Sal 44,2). Pero María se mostró a la altura de la dignidad que correspondía a la Madre de Cristo. Cuando huyeron los Apóstoles, estaba en pie ante la cruz, mirando las llagas de su Hijo, no como quien espera la muerte de su tesoro, sino la salvación del mundo. Y aun quizás porque conociendo la redención del mundo por la muerte de su Hijo, ella deseaba contribuir con algo a la redención universal, conformando su corazón con el del Salvador. Pero Jesús no necesitaba de auxiliadora para la redención de todos los que sin ayuda había conservado 1. Por eso dice: «He sido hecho hombre sin auxiliador, libre entre los muertos» ( Sal 87,5). Aceptó, en verdad, el afecto maternal, pero no buscó el auxilio ajeno. Imitad, madres piadosas, a ésta, que tan heroico ejemplo dio de amor maternal a su amantísimo Hijo único. Porque ni vosotras tendréis más cariñosos hijos, ni esperaba la Virgen el consuelo de poder tener otro.

San Jerónimo, contra Helvidium

La María que San Marcos y San Mateo llaman madre de Santiago y José, fue mujer de Alfeo y hermana de María, Madre del Señor, y es la que Juan designa en esta ocasión con el nombre de María Cleofé, bien sea por su padre o por razón de parentela o por cualquier otra causa. Pero si os parece que es otra, y así lo parezca, porque en otra parte se llame María, madre de Santiago el Menor, y aquí, María Cleofé, fijáos en la costumbre de las escrituras de llamar con diverso nombre a una misma persona.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

Y admira cómo el sexo débil de las mujeres, aparece aquí más varonil, firme junto a la cruz, cuando los discípulos huían.

San Agustín, De cons. evang. 3, 21

Si no fuera porque San Mateo y San Lucas nombraron a María Magdalena podríamos decir que unas estuvieron junto a la cruz y otras lejos, pues ninguno hace mención de la Madre del Señor, más que San Juan. Veamos, pues, cómo se ha de entender que la misma María Magdalena estuviese lejos con las demás mujeres, según dicen Mateo y Lucas, y estuviese al mismo tiempo junto a la cruz, como dice San Juan. Esto no puede conciliarse a menos que hubieran estado a tal distancia que pudiera decirse: junto a la cruz; o porque, en su presencia, prontamente podrían haberse acercado; o porque estaban lejos en comparación con la turba de soldados y jefes que estaban más cerca. Podemos también suponer que las que estaban cerca, con la Madre del Señor, comenzaron a marcharse después que Jesús la encomendó a su discípulo, para alejarse de la confusión de las turbas y ver de lejos lo demás que sucedió. Por ello los otros evangelistas, que las mencionan después de la muerte del Señor, recuerdan que estaban ya lejos. En fin, ¿en qué altera la veracidad del hecho el que unas mujeres fueran citadas a un tiempo por unos evangelistas, y a otro tiempo por otro evangelista?

Crisóstomo, ut supra

Habiendo estado presentes otras mujeres, no recuerda el Evangelista a otra sino a la Madre del Señor, dándonos a entender el respeto que debemos a las madres. Pues, así como no conviene que los parientes se enteren de las cosas espirituales, así también conviene darles conocimiento de ellas, prefiriéndola a los demás cuando no se hayan de oponer. Por eso dice: «Como viese Jesús a su Madre y al discípulo a quien amaba, dijo a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo».

Beda

El Evangelista se designa con la señal del amor no porque fuese él sólo, con exclusión de los otros discípulos amados del Salvador, sino por el privilegio de la castidad con que sobresalía de los demás, por cuanto fue amado con un afecto más familiar, siendo virgen desde su vocación y permaneciendo siempre.

Crisóstomo, ut supra

¡Con cuán alto honor honró al discípulo! Pero él se oculta con la moderación de su sabiduría; porque si hubiera querido vanagloriarse, hubiese expresado la causa por qué era amado, y es preciso convenir que el motivo era grande y admirable. Así es que Jesús nada más dijo a Juan, ni le consuela en su tristeza, porque no era el momento oportuno de hablar de consuelo. Pero no era poco distinguirle con tal honor, y como era conveniente procurar para su Madre, oprimida de dolor, alguno que le reemplazara (porque Jesús se iba), dejó este encargo al discípulo que amaba. Sigue: «Después dijo al discípulo: He ahí a tu madre».

San Agustín, in Ioannem, tract., 119

Esta es, sin duda, aquella hora en la que, habiendo de convertir el agua en vino, había respondido Jesús a su Madre: «Mujer, ¿qué hay común entre ti y mí? aun no ha llegado mi hora» ( Jn 2,4). En aquella ocasión en que debía empezar a obrar milagros, no la reconoció como Madre de su divinidad, no siéndolo mas que de su débil humanidad 2, pero ahora que ya padece en su humanidad, honra con sentimiento humano a aquella, de la que había sido hecho hombre. Esta es una instrucción y ejemplo que nos da el buen Maestro, para enseñarnos los oficios de piedad que los hijos deben a sus padres, y así convirtió en cátedra de maestro la cruz en que estaba clavado.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84

De este modo queda refutado el error de Marción. Si Jesucristo no fue engendrado según la carne, ni tuvo Madre, ¿por qué tanto esmero por su cuidado? Observa cuán tranquilamente dispone todas las cosas, en el momento de estar en la cruz, hablando a sus discípulos de su Madre, cumpliendo las profecías y prometiendo el cielo al buen ladrón. Antes de ser crucificado, se le ve temblar, pues entonces demostraba la debilidad de la naturaleza; pero ahora ostenta la grandeza de su poder. Así nos enseña, que si nos conturba la adversidad, no por eso desistamos. Y cuando hubiéramos entrado en la lucha, soportarlo todo como cosa fácil y ligera.

San Agustín, ut supra

Como proveía a su Madre, en cierto modo, de otro hijo por el que la dejaba, manifestó el motivo en las siguientes palabras: «Y desde aquella hora el discípulo la recibió como suya». ¿Pero en qué recibió Juan como suya a la Madre del Señor? ¿Acaso no era de los que habían dicho a Jesús: «He aquí que nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido» ( Mt 19,27)? La recibió, no por sus propiedades (pues nada tenía propio), sino en los cuidados que solícito la había de dispensar.

Beda

Hay otra versión que dice que el discípulo la recibió, no como algunos dicen como Madre suya, sino más propiamente para cuidar de ella.

Notas

  1. «El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. ‘Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte’ (LG 57). Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión» ( Catecismo de la Iglesia Católica, 964).
  2. El concilio de Efeso (431) enseña que «no nació primeramente un hombre vulgar de la santa Virgen, y luego descendió sobre El el Verbo; sino que unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne… De esa manera (los padres) no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la santa Virgen».

Jn 19,28-30 –

Después de esto, sabiendo Jesús que todas las cosas eran ya cumplidas, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Sed tengo». Había allí un vaso lleno de vinagre. Y ellos, poniendo alrededor de un hisopo una esponja empapada en vinagre, se la aplicaron a la boca. Y luego que Jesús tomó el vinagre, dijo: «Consumado es»: e inclinando la cabeza, dio el espíritu. (vv. 28-30)

San Agustín, in Ioannem, tract., 119

Padecía todo esto el que aparecía hombre, y lo disponía todo el que se ocultaba Dios. Por esto dice: «Después, sabiendo que todo se había consumado, a fin de que se cumpliera la Escritura», esto es, lo que había predicho la Escritura: «Y en mi sed me dieron a beber vinagre» ( Sal 68,22), dijo: «Tengo sed», como si dijera: Esto os falta hacer, dad lo que sois. Como que los judíos eran el vinagre, degenerado del vino de los patriarcas y profetas. Había, pues, allí, un vaso lleno de vinagre, como un corazón lleno de iniquidad de este mundo, a manera de esponja, llena de cavernosas y engañosas tortuosidades. Y sigue: «Y ellos, colocando una esponja empapada en vinagre alrededor de un hisopo, la aplicaron a su boca».

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84

Pero ni a pesar de lo que estaban viendo, se aplacaban, sino que se encrudecían más, ofreciéndole para que bebiera la pócima de los condenados. Y por esta razón se valen de la vara del hisopo.

San Agustín, ut supra

El hisopo en que pusieron la esponja llena de vinagre, es un arbusto despreciable que purga el pecho y representa la humanidad de Cristo que nos purifica. Ni hay que buscar cómo pudieron aplicar la esponja a la boca de Jesús, que estaba elevado de tierra sobre la cruz; pues según dicen los otros evangelistas, y éste omitió, se valieron de una caña para elevar hasta la cruz la esponja con semejante bebida.

Teofilacto

Algunos llaman caña al hisopo, porque tiene unas ramas parecidas a la caña.

Sigue: «Como hubiese recibido Jesús el vinagre, dijo: Consumado es».

San Agustín, ut supra

¿Qué era esto, sino lo que estaba profetizado tanto tiempo antes?

Beda

Aquí puede preguntarse: ¿Por qué dice este evangelista: «Como hubiese tomado el vinagre», cuando dice otro: «No quiso beber» ( Mt 27,34)? Esto es fácil de resolver, porque no lo recibió para bebérselo, sino para que se cumpliera la Escritura.

San Agustín, ut supra

Y porque no convenía que quedase nada por cumplir antes de su muerte. Sigue: «E inclinada la cabeza, dio su espíritu». Concluidas todas las cosas que debían ejecutarse, esperaba como el que tenía poder para dejar su alma y volver a tomarla.

San Gregorio, Moralium, 11, 3

Aquí se dice espíritu en lugar del alma, porque si el Evangelista hubiera entendido por espíritu otra cosa diferente que el alma, saliendo el espíritu, el alma hubiera quedado.

Crisóstomo, ut supra

No inclinó la cabeza porque expiró, sino que cuando inclinó la cabeza, entonces expiró. Por cuya razón dijo el Evangelista que era el Señor de todas las cosas.

San Agustín, ut supra

¿Quién hay que pueda dormir cuando quiera, como Jesús murió cuando quiso? ¡Cuán terrible ha de ser su poder cuando juzgue, si tanto se manifiesta cuando muere!

Teofilacto

El Señor entregó su espíritu a Dios Padre, dándonos a entender que las almas de los Santos no permanecen en los sepulcros, sino que van a las manos del Padre de todos. Las de los pecadores son llevadas al lugar de las penas, esto es, al infierno.

Jn 19,31-37 –

Y los judíos (porque era Parasceve), a fin de que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado (porque aquél era el grande día del sábado), rogaron a Pilatos que les quebrasen las piernas y que fuesen quitados. Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y al otro que fue crucificado con El. Mas cuando llegaron a Jesús, viéndole ya muerto, no le quebrantaron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con una lanza y salió luego sangre y agua. Y el que lo vio, dio testimonio, y verdadero es el testimonio de él. Y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas fueron hechas para que se cumpliera la Escritura: No desmenuzaréis hueso de El. Y también dice otra Escritura: Verán en el que traspasaron. (vv. 31-37)

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84

Como los judíos se tragaban un camello y hacían escrúpulo de un mosquito, después de consumar tan gran atentado discutían solícita y diligentemente lo que sigue: «Los judíos, pues, como era Pascua, a fin de que no permaneciesen los cuerpos en la cruz en el sábado», etc.

Beda

Parasceve (esto es preparación) era llamado el día sexto, porque en aquel día los israelitas preparaban dos comidas, pues era muy grande aquel día de sábado (por la solemnidad de la Pascua). «Rogaron, pues, a Pilato que les rompieran las piernas a los ajusticiados».

San Agustín, in Ioannem, tract., 120

No con el objeto de quitarlos de la cruz, sino más bien para no horrorizar con este espectáculo de un suplicio prolongado en el día de fiesta.

Teofilacto

Así se mandaba en la Ley, que no se pusiera el sol estando un hombre en el suplicio, o porque no quisieran ser tenidos por verdugos y homicidas en día festivo.

Crisóstomo, ut supra

Observa cuán grande es el poder de la verdad, pues ellos mismos cuidan de que se cumpla la profecía. Por lo que sigue: «Vinieron, pues, los soldados y quebrantaron las piernas del primero y del otro crucificado con El; pero cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que un soldado abrió su costado con una lanza».

Teofilacto

Para complacer a los judíos, lancean a Cristo, ultrajando su cuerpo exánime; pero esta injuria se trocó en milagro, porque el manar sangre de un cuerpo muerto es milagro.

San Agustín, ut supra

Con mucha precaución se abstuvo el Evangelista de usar las palabras hirió su costado, o lo rasgó, sino abrió, a fin de que en cierto modo se franqueara la puerta por donde brotaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la verdadera vida. Y sigue: «Y al instante salió sangre y agua». La sangre fue derramada por la remisión de los pecados, y el agua para suave bebida y purificación. Esto había sido prefigurado por la puerta que a Noé se le mandó abrir en el costado del arca para que entraran los animales que se habían de salvar del diluvio, en los que se simbolizaba la Iglesia. Por esta razón fue hecha la primera mujer del costado de Adán dormido, y este segundo Adán, inclinando la cabeza, durmió en la cruz, para que fuese formada su esposa y saliera de su costado durante su sueño. ¡Oh muerte que a los muertos resucitas! ¿Qué hay más puro que esta sangre? ¿Qué más saludable que esta herida?

Crisóstomo, ut supra

Como de aquí toman origen los sagrados misterios, cuando te acercares al tremendo cáliz, acércate como si fueras a beber del costado de Cristo.

Teofilacto

Avergüéncense los que en el sagrado sacrificio rehusan mezclar el agua con el vino, dando a entender que no creen que del lado de Cristo fluyó agua. Puede haber quien calumniosamente diga que algún resto de vida quedaría en el cuerpo de Cristo, y que por esto brotó sangre, pero el manar agua es una prueba irrefutable contra este argumento. Esta es la razón por qué el Evangelista añadió: «Y el que lo vio dio testimonio».

Crisóstomo, ut supra

Como si dijéramos: No lo oyó a otro, sino que lo vio por sí mismo y es verdadero su testimonio, lo que añadió con razón, contando la injuria hecha a Cristo y dando éste señal admirable para llamar la atención. También lo dijo para que enmudecieran los herejes, y para profetizar futuros misterios que se ocultaban bajo este tesoro.

Sigue: «Y él sabe que dice verdad, para que vosotros creáis».

San Agustín, ut supra

Lo dice quien lo vio, para que crea el que no lo vio. Dos testimonios cita de las Escrituras sobre estos acontecimientos; pues el que había dicho: «No quebraron a Jesús las piernas», añadió: «Esto sucedió para que se cumpliese la Escritura, que dice: No desmenuzaréis ninguno de sus huesos» ( Ex 12,46), etc. Este precepto había sido dado en la antigua Ley a aquellos que inmolaban el cordero, que fue la figura de la Pasión del Señor. Uno de los soldados abrió su costado con una lanza, y a esto se refiere el otro testimonio, que dice: «Y otro pasaje de la Escritura dice: ellos dirigieron su mirada al que atravesaron», cuyas palabras contienen la promesa de Cristo que había de ser crucificado en su propia carne.

San Jerónimo

Este testimonio está tomado de Zacarías ( Zac 12,10).

Jn 19,38-42 –

Después de esto, José de Arimatea (que era discípulo de Jesús, aunque oculto por miedo a los judíos) rogó a Pilatos que le permitiese quitar el cuerpo de Jesús. Y Pilatos se lo permitió. Vino, pues, y quitó el cuerpo de Jesús. Y Nicodemo, el que había ido primeramente de noche a Jesús, vino también, trayendo una confección, como de cien libras, de mirra y de áloe. Y tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas, así como los judíos acostumbran a sepultar. Y en aquel lugar, en donde fue crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que aun no había sido puesto alguno. Allí, pues, por causa de la Parasceve de los judíos, porque estaba cerca el sepulcro, pusieron a Jesús. (vv. 38-42)

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84

Creyendo José que se había calmado el furor de los judíos al ser crucificado Cristo, se acercó confiadamente para procurar su descendimiento de la cruz y su entierro. «Después de esto, José de Arimatea rogó a Pilato», etc.

Beda

Arimatea es la misma Rámatha, pueblo de Helcana y de Samuel. Providencialmente dispuso el cielo que fuera un justo el que mereciese recibir el cuerpo del Señor. Por eso se dice: «Por cuanto era discípulo de Jesús», etc.

Crisóstomo, ut supra

No de los doce, sino de los setenta; pero ¿cómo no se acercó ninguno de los doce? Si alguno alegaba como causa el temor a los judíos, también éste tenía la misma causa, y por eso dice que se ocultaba por temor a los judíos. Pero era muy noble y conocido de Pilato, por lo que consiguió la gracia que sigue: «Y dio permiso Pilato», y él le enterró, no como sentenciado, sino como personaje célebre. Sigue: «Vino, pues, y se llevó el cuerpo de Jesús».

San Agustín, De cons. Evang, 3, 22

En este postrer deber de sepultura se preocupa menos de los judíos que cuando solía guardarse de sus asechanzas para oír al Señor.

Beda

Aplacada generalmente la ira de los judíos, porque se alegraban de haber triunfado de Cristo, pidió su cuerpo, porque en ello no se veía la razón de discípulo, sino la caridad de cumplir con los oficios de sepultura, cosa que los hombres, buenos y malos, suelen hacer. Se le une también Nicodemo, y por eso sigue: «Nicodemo, el que había ido primeramente de noche a Jesús, vino también, trayendo una confección, como de cien libras, de mirra y de áloe»

San Agustín, in Ioannem, tract., 120

La palabra primeramente no se refiere al hecho de haber llevado primero la mixtura de la mirra, pues no debe unirse a trayendo una confección, etc., sino que pertenece al verbo anterior: «el que había ido primeramente de noche a Jesús», lo cual refiere San Juan en los primeros capítulos de su Evangelio. Se entiende que, en aquella oportunidad, vino por primera vez y que después volvió a venir varias veces para hacerse discípulo de Cristo. Los aromas que llevaron son los más a propósito para preservar el mayor tiempo posible el cuerpo de la corrupción. Todavía consideraban a Jesús como simple hombre y, sin embargo, le demostraban tanto amor.

Beda

Es de notar que sería simplemente un ungüento, por no tener permiso para confeccionarlo de diferentes aromas.

Sigue: «Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo vendaron», etc.

San Agustín, ut supra

Sobre esto advierte el Evangelista que debe respetarse la costumbre que en cada nación se observa respecto a la sepultura de los muertos. Era costumbre de aquella nación el embalsamar con varios aromas los cuerpos de los muertos, para conservarlos íntegros el mayor tiempo posible.

San Agustín, De cons. Evang, 3, 23

En esto no está San Juan en oposición con los demás Evangelistas, porque los que no hicieron mención de Nicodemo no afirmaron que el Señor fuese enterrado solamente por José de Arimatea. Aunque otros sólo hicieran mención de él diciendo que fue envuelto por José en una sábana, no quisieron dar a entender que Nicodemo no trajera otra, y resultará cierto lo que dice San Juan, que no fue envuelto en una sábana, sino en sábanas. Acerca del sudario y de las vendas con que todo el cuerpo estaba envuelto (porque todo era de lino), aun cuando hubiera sido una la sábana, pudo decirse con mucha verdad que fue envuelto en linos, porque generalmente así se llama lo que se teje de lino.

Beda

De aquí viene la costumbre de la Iglesia de consagrar el cuerpo de Jesús, no sobre telas de seda bordadas de oro, sino sobre sábana limpia.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84

Como urgía el tiempo (pues Cristo había muerto a la hora de nona y la tarde avanzaba mientras se hicieron las diligencias de obtener el permiso de Pilato y descender a Cristo de la cruz), por eso le colocaron en el sepulcro inmediato. Y así dice: «Había un huerto en el lugar donde fue crucificado, y en el huerto un sepulcro nuevo», lo que sucedió por disposición divina para que, no habiendo enterrado con El ningún otro cadáver, no pudiera suponerse que la resurrección sea de otro que Jesucristo.

San Agustín, in Ioannem, tract., 120

Así como en el seno de la Virgen María no fue concebido otro que Jesús, así en este sepulcro, ni antes ni después, fue enterrado nadie.

Teofilacto

Este sepulcro nuevo es una figura mística de que la sepultura de Jesús es nuestra restauración sobre las ruinas de la muerte y de la corrupción. Observad la gran pobreza con que el Señor fue enterrado, pues el que en su vida no tuvo casa, en su muerte es enterrado en sepulcro ajeno, cubriendo José su desnudez.

Sigue: «Allí, pues, porque era el tiempo de la Parasceve, pusieron a Jesús en aquel sepulcro, que estaba cerca».

San Agustín, ut supra

El Evangelista quiere dar a entender que se aceleró el acto de darle sepultura, a fin de que tuviese lugar antes de anochecer, desde cuyo momento no se habría obtenido permiso por la Parasceve (que los judíos llaman cena sencilla en términos latinos).

Crisóstomo, ut supra

El sepulcro estaba próximo para que los discípulos pudieran acercarse con facilidad y ser testigos de lo que ocurría, y para que también lo fueran hasta los mismos enemigos guardianes del sepulcro, a fin de que se comprobara la falsedad de la suposición de un robo.

Beda

En sentido místico el nombre José se interpreta Aumentado, por el aumento de las buenas obras, cuya práctica se nos aconseja para que merezcamos recibir dignamente el cuerpo del Señor.

Teofilacto

Ahora, pues, considera cuánto mortifica a Cristo el que es avaro con los pobres que padecen hambre. Sé tú, pues, también José y cubre la desnudez de Cristo, no una vez, sino con frecuencia, en el fondo de tu meditación. Cúbrela ungiéndole con la amargura de la mirra y aloe, considerando aquella sentencia que no puede ser más amarga: «Id, malditos, al fuego eterno» ( Mt 25,41).

Recopilación del blog Apocalipsis

JUEVES SANTO: LA PRIMERA MISA

El título de este post enuncia una verdad  en la que la Iglesia Católica siempre ha creído.Es más, es una verdad dogmática que la distingue y diferencia de todas las sectas y denominaciones (fuera de la iglesia ortodoxa que se beneficia como ella de la Tradición apostólica). Sin embargo es una verdad que en el catolicismo actual está un tanto empañada e incluso paladinamente negada en ocasiones, por desgracia.

Para decirlo con más precisión,  esta verdad es  que en la Cena tuvo lugar el sacrificio  de la Nueva Alianza en el que se adelantó el sacrificio del Calvario. Allí fue inmolado místicamente el mismo Cristo sustancialmente presente bajo las especies de pan y vino. Esta mística inmolación fue hecha por el Sacerdote eterno, prefigurado en  Melquisedec que ofreció pan y vino en una oblación pura  grata a Dios. Esencialmente el sacrificio de la Cena fue el mismo que el del Calvario, porque en él se inmoló la misma Víctima  por el mismo Sacerdote. Pero difiere en que fue una acción numéricamente distinta y además en unas circunstancias que lo especifican y distinguen del Sacrifico del Calvario.

Todos los pseudoreformadores protestantes negaron que en la Cena se realizara un verdadero Sacrificio. Y como consecuencia también negaron que lo fuera la Misa católica, a la que Lutero motejó de “invento del diablo“.

La doctrina católica, profesada desde siempre, está recogida en el Concilio de Trento en su sesión 22,c.1:

…Así pues el Dios y Señor Nuestro, aunque había de ofrecerse una sola vez a Sí mimso al Padre en el altar de la Cruz, mediante la muerte, a fin de realizar la eterna redención , pero como no iba a extinguirse su sacerdocio  con su muerte (Heb. 7,24 y 27), en la Ultima Cena la noche en que fue entregado, para dejar s su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio visible, con el que se representara aquél suyo sangriento, que había sido consumado una sola vez en la Cruz y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos (1 cor.11, 23ss) y su eficacia saludable se aplicara para el perdón de los pecados…declarándose a sí mismo constituído sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec (Ps.109,4) ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de Pan y vino y bajo los símbolos de estas mismas cosas, los entregó a sus Apóstoles a quienes entonces constituyó sacerdotes del Nuevo Testamento..y a sus sucesores en el sacerdocio les mandó  que lo ofrecieran con estas palabras Haced esto en memoria mía (Lc.22,19; 1Cor11,24)…

De este texto dogmático del Concilio de Trento deriva la doctrina católica sobre la Misa que se recoge en dos proposiciones que pertenecen al acerbo de la Fe de la Iglesia y que deben orientar el desarrollo de este post:

1.La Misa es un verdadero y propio sacrificio (de fide). (por consiguiente no meramente re-presentado o hecho presente)

2. La esencia del Sacrifico de la Misa está en la doble consagración de ambas especies.

Por su parte el Catecismo romano que recoge las enseñanzas del Concilio de Trento, en el cap. iv punto 72, dice:

“Porque ha declarado (el c.tridentino) que fue instituído (el Sacrificio  la nueva Alianza) en  la último Cena anatemizando a los que afirman que no se ofrece a Dios propio y verdadero Sacrificio..”

Recordamos lo establecido en un anterior post (¿Muere Cristo en la Misa?), en que concluíamos que la Misa y el Calvario siendo esencialmente el mismo Sacrificio, son específica y numéricamente distintos . La eficacia redentora del Sacrificio de Cristo se consiguió en un grado infinito por el Sacrificio cruento que llegó a la muerte física y real de Cristo que, entonces, poseía una naturaleza pasible y mortal, y que tuvo lugar en el Calvario una sóla vez. Pero esta eficacia redentora infinita  se aplica también para el perdón de los pecados (entre otros frutos de la eterna redención) en y por la Misa. Los frutos de la redención se nos hacen presentes y se nos aplican por el Santo Sacrificio de la Misa en el que está la víctima del Calvario  sustancialmente presente en su naturaleza gloriosa e inmortal, en sus propias coordenadas de espacio y tiempo como lo estuvo el Sacrificio del Calvario en el día, hora y lugar en que tuvo lugar  una sóla vez en aquellas cruentas  y mortales circunstancias.

En la Cena, y en circunstancias distintas de las del Calvario y de las de la Misa (aunque respecto de ésta accidentalmente distintas), tuvo también lugar esencialmente el mismo Sacrificio del Calvario. En la Cena, en virtud de la palabra omnipotente del Hijo de Dios, Creador del mundo (por quien fueron hechas todas las cosas) las especies sacramentales del pan y del vino fueron convertidas (transubstanciadas) en Cuerpo y Sangre del mismo Señor (en la  significación, místicamente separados, aunque no realmente ya que por concomitancia, en la hostia y en el cáliz está enteramente presente el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo).

El porqué la Cena es un verdadero Sacrificio reside en lapresencia real y sustancial de Cristo bajo los accidentes del pan y del vino. De ahí que la negación de esta presencia sacramental de Cristo, suponga en  los protestantes la negación de la Cena como verdadero Sacrificio. Las dos cosas, Presencia y Sacrificio, se involucran mutuamente. La negación de una de las dos supone la negación de la otra. Y por esta razón no hay denominación cristiana que niegue una sola pero no la otra. O se aceptan las dos realidades, o se niegan las dos al mismo tiempo. De paso diremos que sólo en la Iglesia Católica y en la Ortodoxia oriental (que se beneficia de la Tradición apostólica tal como está expresada en los 7 primeros concilios ecuménicos) afirman la realidad sacrificial de la Cena y de la Misa, junto con la profesión de Fe de la Presencia real y sustancial de Cristo en la Eucaristía.

Y no solamente esto, sino que, como la presencia sacramental de Cristo, bajo las dos especies, se repite en cualquier misa dicha por un sacerdote válidamente ordenado, de acuerdo con la voluntad de Cristo (haced esto en memoria mía), el carácter sacrificial del sacrificio  de la Cena fundamenta y sustenta el de la Misa. Sin este carácter, las misas no serían verdaderos sacrificios sino una mera conmemoración en la que el sacrificio de Cristo en el Calvario se nos hiciera presente(representado en al memoria-anamnesis (y conmemorado en la ceremonia). No de otra manera-meramente figurativa- según quieren los no católicos habría estado presente en la Cena, mediante el anuncio y predicción del Sacrificio del Calvario, hecho por Cristo a los comensales de la Cena. La diferencia de las dos concepciones-la católica y la protestante- es pues , la misma que hay de lo vivo a lo pintado. O sea de la presencia sustancial a la presencia imaginada y recordada, conmemorada o solamente predecida en el caso de la Ultima Cena..

Resumamos todo esto en la siguiente proposición de la teología católica, sacada de uno de sus más, entre otros muchos, conspicuos representantes.

Cristo el Señor en la última Cena, cuando instituyó la Eucaristía, ofreció un verdadero sacrificio, en la acepción propia de la palabra.(Domingo de la Sma TrinidadBiblioteca theologica,t.5,alter part.p.878)

En el terreno de las opiniones probables hay que decir que:

Como ya he dicho en el  post anterior (¿Muere Cristo en la Cena?) la opinión mayoritaria en la teología cree que siendo la Cena, la Misa y la Cruz verdaderos sacrificios son numéricamente tres diversos sacrificios completos. Aunque el Sacerdote y la Víctima sean los mismos en los tres sacrificios, difieren en la correspondiente singularidad (Así lo prueba Manuel Alonso en su eruditísima obra que intitula “El Sacrificio eucarístico de la Última Cena del Señor” donde defiende con contundencia y ardor,  y demuestra, que los sacrificios de la Cena y de la Cruz son sacrificios numéricamente distintos entre sí.

Ante  una mirada superficial podría parecer que estas son precisiones meramente académicas, pero si bien se  considera, si no se mantienen estas precisiones, se deriva, por el plano inclinado, a negar el Sacrificio de la Misa y la Presencia real y sustancial de Cristo en la Eucaristía. Esto es lo que acontece en las iglesia del Novus Ordo. Hay una negación implícita o por lo menos confusa, de estas verdades, tanto en los sacerdotes como en los fieles. De ello ha derivado la falta de reverencia y sentido sacral ante el Sagrario y en las misas, como también en la  falta de devoción y espiritualidad eucarística en la actualidad, que los mayores reconocerán, comparándola con la  que había antaño en la Iglesia “pre-conciliar”.

Por estas razones, me he animado a escribir este post, intentando señalar la razón más profunda de todo esto que reside en la negación sacrificial de la Ultima Cena. En este mismo blog hay un estudio, en versiones resumida y extensa- que estudia todo esto con más detalle , sobretodo en cuanto al enunciado de que la Ultima Cena fue una Cena pascual en la que se comió el cordero como se manda, con acentos terribles, en la Ley o Torá.Este cordero era prefigurativo del nuevo Cordero Pascual- Cristo nuestro Cordero Pascual, como dice San Pablo. De igual manera el sacrificio del Cordero que precedió- quizás en el mismo Cenáculo- en el crepúsculo del día 13 que son las primeras horas  del 14 de Nisán, a la Cena del Señor; fue prefigurativo del verdadero sacrificio de la Cena, que predecía y conmemoraba el Sacrifico cruento y mortal del calvario.

¿En qué se diferencian el Sacrificio de la Cena y el de la Cruz?

La Cena fue un rito sacrificial específicamente (sub specie) distinto al de la Cruz, porque fue un sacrificio incruento en que se realiza una inmolación mística que anuncia y predice la efusión de sangre que tendrá lugar horas más tarde en la Cruz. En la Cruz, sin embargo, se realiza físicamente y de manera cruenta el sacrificio y muerte del Redentor. En ambos, la víctima es mortal, pero sólo en la Cruz se realiza la muerte física, como culminación de la Pasión. La Pasión y la muerte física de Cristo, son eventos futuros con respecto al Sacrificio de la Cena, en la que la víctima  es místicamente inmolada por la simbolización de las dos especies separadas que sustentan el Cuerpo y Sangre del Señor.

La Cena del Señor según inmemorial creencia de la Tradición apostólica y tal como lo narran los sinópticos, tuvo lugar el mismo día de la pascua judía.

Aquí me remito a las entradas subsodichas de este mismo blog, en la que se demuestra, apoyado en exegetas y historiadores prestigiosos, que La Cena de Jesús fue una cena pascual.

Hay autores , algunos de éxito editorial como Pagola y Puich, que niegan la afirmación anterior, enunciando que la Cena de Jesús fue una simple cena de despedida con sus discípulos. Algunos de ellos ridículamente afirman que fue una”cena festiva“. Pero sabemos que en ella pronunció Jesús aquellas palabras “Mi alma está triste hasta la muerte“.

Como ya hemos dicho, a esta opinión -de que la Cena no sucedió en la pascua judía- se sumó Benedicto XVI. Como él mismo dice en su último libro, Jesús de Nazareth II, su interpretación estriba en el método exegético histórico-crítico. Ya en la misa “In coena Domini” del jueves santo de 2007 había declarado en la homilía habida en la basílica de San Juan de Letrán, que Jesús celebró la pascua al modo esenio sin comida de cordero (apoyándose en  supuestos “expertos”). Aquello levantó una gran polvareda. Recientemente ha variado (viene a la memoria aquello de Bossuet“varías luego no estás en la verdad”) su interpretación de los textos evangélicos abandonando aquella  opinión para sumarse a la de otros “expertos” que privilegian el relato joanneo frente al “problemático” (como él mismo dice) de los sinópticos. Me remito a los posts citados para una ampliación de estas ideas. Sólo decir que estas proposiciones derivan de una falsa solución del “problema de las dos pascuas” que ocupó el tiempo e interés de los escritores eclesiásticos desde los primeros tiempos del cristianismo sin que se negaran nunca la inerrancia evangélica, método fácil de resolver el “nudo gordiano” -aplicando la espada-negando simpliciter  una de las alternativas, o sea la validez de unos textos que creemos dotados de inerrancia e inspiración no menos que de verdad histórica.

Qué dice el Catecismo romano sobre este asunto

He aquí el texto del Capítulo iv punto 13 sobre la conveniencia de que sea pan ázimo y no fermentado:

Porque El hizo e instituyó este sacramento el día primero de los ázimos, en el cual no era lícito a los judíos tener en sus casas nada fermentado. Y si alguien opusiese la autoridad de San Juan Evangelista, el cual refiere que todas estas cosas SE HICIERON ANTES DE LA FIESTA DE LA PASCUA, este argumento puede refutarse fácilmente. Pues al día que los demás evangelistas llamaron día primero de los ázimos, porque esta fiesta comenzaba en la feria quinta a la caída de la tarde, en cuyo tiempo celebró la pascua nuestro Salvador, el mismo día refiere San Juan fue día anterior de la Pascua por haber juzgado que debía contarse como día primero todo el tiempo del día natural, que comienza desde la salida del sol. Por eso San Juan Crisóstomo entiende también por primer día de los ázimos aquel en que debían comerse los panes ázimos desde la caída de la tarde.Etc..

Es una explicación que se acerca bastante a la explicación que doy, que juzgo cabal y completa, tal como la expongo en los posts citados.

Aqui sólo intento señalar la importancia que tiene el mantener que Cristo celebró una cena pascual en la que hubo cordero- que era prefigurativo- como también lo era la entera ceremonia de la pascua judía respecto de la Cena pascual en la que hubo un verdadero sacrificio que se repite en nuestras misas.

Ejemplos de la tradición de la Iglesia en la que se mantiene y siempre fue creído que Cristo celebró la pascua judía que prefiguraba la pascua cristiana.

Como es natural podrían alegarse infinidad de ejemplos. Pero me ha parecido traer el texto de unas supuestas(aunque muy prestigiadas) revelaciones particulares, que tienen el mérito de haber sido traducidas a muchísimas lenguas y que además fueron objeto de lectura y meditación a generaciones de católicos. El mismo santo Papa Pío X no vaciló en recomendarlas como alimento de la piedad cristiana. Me estoy refiriendo a la monumental obra de la Ven María de Jesús de Agreda, Mística ciudad de Dios. Copio los párrafos siguientes:



en el cap.10 del libro VI que se titula : Celebra Cristo Nuestro Señor la Cena legal con sus discípulos

Entró en el aposento..con los doce apóstoles y otros discipulos y con ellos celebró la cena del cordero, guardando todas las ceremonias de la ley (Ex.13,3ss) sin faltar a cosa alguna de los ritos que El mismo había ordenado por medio de Moisés.  Y en esta cena dio inteligencia a los apóstoles de todas las ceremonias de aquélla ley figurativa…cuyas figuras quedarían evacuadas con la verdad figurada..de la nueva Ley de gracia.

Hizo nuestro Redentor un misterosio cántico de alabanza al Eterno..confesó, adoró y alabó a la divinidad..  que se dé fin Padre mío a  a las antiguas figuras y sacrificios de animales que han significado el que Yo mismo quiero ofrecer por mis hermanos, los hijos de Adán. (cap.11)..Precediendo todo lo dicho ..tomó en sus manos venerables…pronunció las palabras de la consagración sobre el pan..y sobre el vino..

He traído este ejemplo, sin pretender darle el valor de una auténtica revelación (lo cual no he pretendido en este post) sino para que se vea el alcance de la verdad católica a lo largo de la historia de la Iglesia.

CONCLUSION

CONCLUSIÓN

Jesús celebró la pascua judía con el sacrificio y comida del cordero legal. Era muy conveniente que así fuera para establecer la nueva pascua de la nueva alianza en la que también habría un nuevo cordero pascual Cristo- Cristo nuestro cordero pascual ha sido sacrificado, como dice S.Pablo- en el sacrificio de la nueva alianza que fue hecho por el Sacerdote del Orden de Melquisedec – Tu es sacerdos in aeternum secundum ordinem Melquisedech– (que había ofrecido pan y vino).

Este sacrificio prefiguraba y anunciaba el Sacrificio de la Cruz, en todo igual porque era la misma Víctima en él ofrecida y el mismo Sacerdote. Precisamente antes de que acabara el 14 de Nisán ( o sea a las 6 de la tarde) tuvo lugar a las 3 de la tarde, la muerte de Jesús el Cordero de Dios. A esa hora estaban presentes al pie de la Cruz María Santísima (socia passionibus Christi) y el apostol San Juan. Desde el Templo- a 700 metros- venía el estrépito de las trompetas que hacían sonar los oficiales del Templo al inicio del sacrificio de los cientos de corderos legalmente sacrificados. Sin duda estas trompetas hicieron pensar a San Juan “He aquí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. después hablaría mucho en el Apocalipsis del cordero degollado como también lo hiciera en su Evangelio  poniendo la misma expresión en boca de San Juan Bautista

Eran las 3 de la tarde  del 14 de Nisán. Un sacrificio de corderos se  iniciaba en el Templo al son de las trompetas y otro de un Cordero se consumaba en el ara de la Cruz. Entonces tuvo lugar el rasgamiento de la Cortina en el  lugar Santo del Templo. Como queriendo significar que la Iglesia judaica terminaba y empezaba la Iglesia del Nuevo Testamento, la Iglesia del Israel de Dios, concebida entre enormes dolores como de parto del Cordero degollado y de la Reina de los Mártires que “stabat iuxta Crucem” como madre de los redimidos y verdadera Socia de la Redención, sufriendo el quinto dolor de los siete-como dice la devoción-  que recordaban la  espada que atravesaría su corazón tal como le había sido pronosticado por  el anciano Simeón.

Gentileza de Amor a la Verdad

VIERNES SANTO

VIERNES SANTO
DE LA PASION Y MUERTE DEL SEÑOR
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger


VIERNES SANTO DE LA PASION Y MUERTE DEL SEÑOR - Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

MAÑANA

JESÚS CONDENADO POR CAIFÁS. — El sol baña de luz los muros y pináculos del templo de Jerusalén. Los Pontífices y Doctores de la ley no han hecho caso de su brillo para satisfacer su odio contra Jesús. Anas, que había recibido el primero al divino prisionero, ordena que le conduzcan ante su yerno Caifas. El indigno Pontífice ha osado someter a un interrogatorio al mismo Hijo de Dios. Jesús, desdeñando responder, recibe la bofetada de un criado. Tenían preparados testigos falsos que vinieron a declarar sus mentiras ante el que es la suma Verdad; intento inútil, pues los testimonios proferidos serán contradictorios. Entonces, el Sumo Sacerdote viendo que el sistema adoptado para convencer a Jesús de blasfemo no conducía más que a desenmascarar los cómplices de su fraude, quiso sacar de la boca del mismo Salvador el delito que debía hacerle justiciable por la Sinagoga: «Te conjuro por el Dios vivo, que nos digas si Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios» Esta es la interpelación que el Pontífice dirige a Cristo. Jesús, queriendo darnos ejemplo de sumisión a la autoridad, rompe su silencio y responde con firmeza: «Tú lo has dicho, yo soy: Y os digo que a partir de ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios y venir sobre las nubes del cielo.» A estas palabras el Pontífice se levanta y desgarra sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado.» ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece? Unánimemente respondieron todos: «Reo es de muerte.»

El propio Hijo de Dios ha bajado a la tierra para llamar a la vida al hombre que se había precipitado en la muerte, y lo hace por la más espantosa inversión. El hombre, en pago de tal beneficio, conduce a su tribunal al Verbo divino y le juzga reo de muerte. Jesús guarda silencio y no aniquila en su cólera a estos hombres tan audaces e ingratos. Repitamos en este momento las palabras, con las cuales la Liturgia Griega interrumpe hoy varias veces la lectura de la Pasión: «Gloria a tu Pasión, Señor.»

ESCENA DE INSULTOS. — Apenas se ha dejado oír en la plaza el grito: «Reo es de muerte», cuando los criados del Sumo Sacerdote se arrojan sobre Jesús. Le escupen en el rostro, le vendan los ojos y dándole bofetadas le dicen: «Profeta, adivina quién te ha pegado» ‘. Estos son los homenajes de la Sinagoga al Mesías, cuya expectación la ha vuelto tan altiva. La pluma se resiste a transcribir tales ultrajes inferidos al Hijo de Dios, y sin embargo, no son sino el exordio de lo que ha de sufrir el Redentor.

LA NEGACIÓN DE PEDRO. — Al mismo tiempo una escena mucho más dolorosa para el Corazón de Cristo se realiza fuera de la sala, en el palacio del Sumo Sacerdote. Pedro, que ha entrado allí, se ve envuelto en una contienda con los guardias y los ci’iados, que le reconocen por uno de los galileos que seguían a Jesús. El Apóstol, desconcertado y temiendo por su vida, abandona cobardemente a su Maestro y llega hasta afirmar con juramento que jamás le conoció. ¡Triste ejemplo de castigo reservado a la presunción! ¡Oh misericordia infinita de Jesús! Los criados del Sumo Sacerdote le arrastraron hacia el lugar donde se encontraba el Apóstol; al verle le dirigió una mirada de reproche y de perdón; Pedro se humilla y llora. En este momento sale del palacio maldito; en adelante, arrepentido, no se consolará hasta haber visto a su Maestro resucitado y triunfante. Sea nuestro modelo este discípulo pecador y convertido, en estas horas de compasión en que la Iglesia quiere que seamos testigos de los dolores siempre en aumento de nuestro Salvador. Pedro se retira, pues desconfía de su fragilidad. Quedémonos nosotros hasta el fin; nada tenemos que temer; la dulce y digna mirada de Jesús que ablanda los corazones más empedernidos se dirige hacia nosotros.

Los Príncipes de los Sacerdotes, viendo que el día comenzaba ya a clarear, se disponen a conducir a Jesús ante el Gobernador Romano. Ellos han formulado su causa como se hace con un blasfemo. Mas no pueden aplicarle la ley de Moisés, según la cual debería ser apedreado. Jerusalén ya no es libre ni la rigen sus propias leyes. El derecho de vida y muerte sólo lo ejercen los vencedores y siempre en nombre del César. ¿Cómo no recuerdan estos Pontífices y Doctores el oráculo de Jacob agonizante que declara que el Mesías vendría, cuando le fuese arrebatado el cetro a Judá? Pero una nube de rencor les ha ofuscado y no se percatan de que los malos tratos que ellos dan al Mesías se encuentran descritos de antemano en las profecías que leen y cuyos custodios son.

LA DESESPERACIÓN DE JUDAS. — El rumor extendido por la ciudad de que Jesús ha sido apresado esta noche y que se ultiman los preparativos para llevarle ante el Gobernador, llega a oídos de Judas. El infeliz amaba el dinero; pero no tenía motivo ninguno para maquinar la muerte de su Maestro. Conoció el poder sobrenatural de Jesús y tal vez se ilusionaba con la idea de que las consecuencias de su traición serían vencidas por aquel a quien obedecen los elementos sobrenaturales. Pero, ahora que le ve en poder de sus más crueles enemigos y todo anuncia un fin trágico, los remordimientos se apoderan de su alma. Corre al templo y arroja a los pies de los sacerdotes aquellas monedas, precio de una Sangre inocente. Diríase que se ha convertido y que va a implorar el perdón. Pero, ¡ay!, nada de eso. La desesperación es el último sentimiento que le queda y quiere poner cuanto antes fln a sus días. El recuerdo de las llamadas, de aquelíos aldabonazos, que dio Jesús a su corazón en la cena del día anterior y en el huerto, no le sirven más que de acicate para perpetrar un segundo crimen. Dudó de la misericordia, para él su pecado no podría borrarse y se precipitó en la eterna condenación en el momento mismo, en que comenzaba a correr la sangre inmaculada.

JESÚS ANTE PILATOS. — Luego, los Príncipes de los Sacerdotes se presentan ante Pilatos, llevando consigo a Jesús encadenado, y piden se les escuche en un asunto criminal. El Gobernador se presenta en público y les dice algo enojado: «¿Qué acusación traéis contra este hombre? Si no fuese malhechor no te lo habríamos entregado.» El desprecio y enojo se refleja en las palabras del Gobernador y la impaciencia en la respuesta de los Sacerdotes. Se ve que Pilatos se preocupa poco de ser el ministro de sus venganzas: «Tomadle, les dice, y juzgadle según vuestra ley, mas estos hombres sanguinarios responden que no les es permitido quitar la vida de nadie» ‘. Pilatos, que había salido al pretorio para hablar a los enemigos del Salvador, entra dentro y manda introducir a Jesús. El Hijo de Dios y el representante del mundo pagano se hallan frente a frente. «¿Eres el Rey de los judíos?», interroga Pilatos. «Mi reino no es de este mundo», responde Jesús; no tiene que ver nada con los reinos formados por la violencia; su origen viene de lo alto. «Si mi reino fuera de este mundo, mis soldados no me habrían dejado caer en poder de los judíos.» Pronto, a mi vez ejerceré el imperio terrestre; pero, en este momento, mi reino no es de aquí abajo. «Luego, ¿Tú eres Rey?», vuelve a interrogar Pilatos. «Sí, yo soy Rey», contesta el Salvador. «Después de haber confesado su dignidad augusta, el Hombre-Dios hace un esfuerzo para elevar al romano por encima de los intereses vulgares; le propone un ñn más digno que el buscar los honores de la tierra.»

«Yo he venido a este mundo, le dice, para dar testimonio de la Verdad; cualquiera que es de la Verdad escucha mi voz.» «Y ¿qué es la Verdad?», interroga Pilatos y sin aguardar la respuesta, para acabar pronto, deja a Jesús y vase en busca de los acusadores. «No encuentro delito alguno en este hombre», les dice. El pagano creyó hallar en Jesús un doctor de alguna secta judía cuyas enseñanzas no valían la pena ser escuchadas y no sólo eso, sino que, al mismo tiempo, vio en él un hombre inofensivo en quien no se podía, sin injusticia, buscar un hombre peligroso.

ANTE HERODES. — Apenas ha manifestado su opinión favorable a Jesús, cuando los Príncipes de los Sacerdotes comienzan a acusar al Rey de los Judíos. El silencio de Jesús, en medio de tan tas mentiras, hacen enmudecer al Gobernador. «¿No oyes, le dice, cómo te acusan?» Estas palabras de un interés visible, no inmutan a Jesús en su digno silencio; pero provocan en sus enemigos una nueva explosión de furor: «Perturba al pueblo, gritan frenéticos los Príncipes de los Sacerdotes, enseñando por toda la Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí».

Al oír el nombre de Galilea creyó ver un rayo de luz. Herodes, Tetrarca de Galilea está en Jerusalén. Es necesario remitirle a Jesús, su súbdito; esta cesión de la causa criminal desembarazaría al Gobernador y al mismo tiempo restablecería la armonía entre Herodes y él.

El Salvador es arrastrado por las calles de la ciudad, del Pretorio al Palacio de Herodes. Sus enemigos le siguen con la misma rabia, mas Jesús guarda silencio. No recibe más que el despreció de Herodes, el asesino de Juan Bautista; pronto los habitantes de Jerusalén le ven aparecer con la vestidura de un insensato y le llevan de nuevo ante Pilatos.

BARRABÁS. — Esta reaparición inesperada del acusado, contraría mucho a Pilatos; pero cree haber hallado un nuevo medio de desembarazarse de esta causa que le es odiosa. La ñesta de Pascua le facilita la ocasión de indultar a un culpable; quiere hacer caer este favor en Jesús. El pueblo está amotinado a las puertas del Pretorio. Pondrá en paralelo a Jesús, al mismo Jesús, que hace unos días toda la ciudad llevó en triunfo, con Barrabás, el malhechor, persona odiosa en Jerusalén; la elección del pueblo no puede menos de ser favorable a Jesús. «¿A quién queréis que dé la libertad, les dice, a Jesús o a Barrabás?» La respuesta no se hace esperar; voces tumultuosas gritan: «No a Jesús, sino a Barrabás.» Y ¿qué haré con Jesús? Y la chusma corta las últimas palabras del Gobernador y grita frenética. ¡Crucifícale, crucifícale! Pero ¿qué mal ha hecho?; le castigaré y le pondré en libertad. «¡No; crucifícale!»

LA FLAGELACIÓN. — La prueba no ha tenido éxito y la. situación del cobarde Gobernador es más crítica que antes. En vano ha buscado para rebajar al inocente al nivel de un malhechor; la pasión de un pueblo ingrato y agitado no ha tenido cuenta alguna de ello. Pilatos se ve obligado a prometer que castigará a Jesús de modo bárbaro, para apagar un poco la sed de sangre que devora al populacho; pero no sirve más que para provocar un nuevo grito de muerte.

No vayamos más lejos sin ofrecer una reparación al Hijo de Dios por los ultrajes de que acaba de ser objeto. Comparado con un infame, es preferido éste. Si Pilatos quiere por compasión salvarle, es con la condición de hacerle su frir esta vergonzosa comparación, que resultaría vana. Las voces que cantaban el Hosanna al Hijo de David hace unos días no profieren sino aullidos feroces; y el Gobernador, temiendo una sedicción, se ha comprometido a dar un castigo a aquel cuya inocencia acaba de confesar.

Jesús es entregado a los soldados para que le flagelen; se le despoja violentamente de sus vestidos y se le ata a la columna que servía para estas ejecuciones. Los látigos más crueles cruzan su cuerpo y la sangre, aquella sangre inmaculada, corre por sus divinos miembros. Recojamos esta segunda efusión de sangre, por la cual Jesús expía todas las complacencias y crímenes de la carne de la humanidad entera. Es la mano de los gentiles quien le da este tratamiento; los judíos le entregan y los romanos son los ejecutores, pero todos nosotros tomamos parte en el deicidio.

LA CORONACIÓN DE ESPINAS.-—Los soldados están cansados de golpearle y los verdugos desatan a su víctima. ¿Se habrán compadecido de El? No. A tanta crueldad va a seguir una burla sacrilega. Jesús se ha llamado Rey de los Judíos y los soldados aprovechan el título para dar una forma nueva a sus ultrajes. Un rey lleva corona y los soldados van a imponérsela al Hijo de David. Tejiendo, de prisa, una diadema con ramas espinosas, la clavan en la cabeza, y por tercera vez corre la sangre de Jesús. Después, para completar la ignominia, ponen en sus espaldas un manto de púrpura y en su mano una caña, a modo de cetro. Entonces se ponen de rodillas delante de El y dicen: «¡Dios te salve, Rey de los judíos!»

Pero no paró aquí su crueldad: Como acompañamiento a este homenaje insultante le escupen en el rostro y lanzan al aire sonoras carcajadas; de cuando en cuando le arrancan la caña de la mano para darle con ella en la cabeza, y de ese modo clavan más las espinas.

HOMENAJE REPARADOR. — Ante este espectáculo el cristiano se postra en doloroso respeto y dice a su vez: «¡Dios te salve, Rey de los judíos! Sí; Tú eres el Hijo de David, nuestro Mesías y nuestro Redentor. Israel no reconoce tu reinado que proclamaba no ha mucho, y la gentilidad ha hallado medios de ultrajarte; pero tú, reinarás, por la justicia en Jerusalén, que no tardará en sentir los golpes de tu cetro vengador; por la misericordia sobre los gentiles, que pronto los Apóstoles traerán a tus pies. Recibe nuestro homenaje y nuestra sumisión. Reina desde hoy en nuestros corazones y en nuestra vida entera.»

ECCE-HOMO. — Jesús es conducido a Pilatos en el estado en que le ha dejado la crueldad de los soldados. El Gobernador no duda que una víctima en estado examine encontrará gracia ante el pxieblo; mandando subir a Jesús a una galería del palacio le muestra a la multitud diciendo: ECCE-HOMO. «He aquí el Hombre.» Esta palabra era más significativa de lo que creía Pilatos. No decía: He aquí a Jesús, ni he aquí al Rey de los Judíos; se servía de una expresión general de la que no tenía la clave; y el cristiano posee su conocimiento. El primer hombre en su sublevación contra Dios había trastornado con su pecado la obra entera del Creador; en castigo de su orgullo y su codicia, la carne había avasallado al espíritu, y la tierra misma, en señal de maldición, no producía más que espinas. El nuevo hombre que llevó, no la realidad, sino la apariencia del pecado, aparece. La obra del Creador vuelve a tomar con El su antigua armonía; mas es por medio de la violencia.

Para demostrar que la carne debe estar sometida al espíritu, su carne es azotada con látigos; para demostrar que el orgullo debe ceder su lugar a la humildad, lleva una corona formada por las espinas de la tierra maldita. Triunfo del espíritu sobre los sentidos, abatimiento de la voluntad soberbia bajo el yugo de la sentencia. He ahí al hombre.

JESÚS Y PILATOS. — Israel es como el tigre; la vista de la sangre excita su sed y no está contento hasta que se baña en ella. Apenas ha visto a su víctima ensangrentada, grita con nuevo furor: «¡Crucifícale, crucifícale!» ¡Está bien!, «dice Pilatos», tomadle y crucificadle vosotros mismos; yo no hallo en El crimen alguno.» Y sin embargo, por orden suya, se le ha puesto en un estado que, con él solo, puede causarle la muerte. Su cobardía será desbaratada. Los judíos replican invocando el derecho que los Romanos dejan a los pueblos conquistados. «Tenemos una ley y según esa ley debe morir, porque se proclama Hijo de Dios.» A esta reclamación Pilatos se turba; vuel- ‘ ve a la sala con Jesús y le dice: «¿De dónde eres Tú?» Jesús se calla, Pilatos no era digno de oír al Hijo del Hombre darle razón de su origen divino. Pilatos se irrita: ¿A mí no me respondes?, le dice: «¿No sabes que tengo poder para crucificarte y para absolverte?» Jesús se digna hablar para enseñarnos que todo poder de gobierno, aun entre los infieles, viene de Dios y no de lo que se llama pacto social. «No tendrías ese poder, responde, sino te hubiese sido dado de lo alto; por tanto, el pecado de quien me ha entregado a ti, es mayor»1. La nobleza y la dignidad de estas palabras, subyugan al Gobernador; quiere aún salvar a Jesús. Pero los gritos del pueblo penetran de nuevo hasta él: «Si le dejas libre, le dicen, no eres amigo del César; pues todo el que se hace Rey, se levanta contra el César.» A estas palabras Pilatos, tratando en una última tentativa de mover a piedad a este pueblo furioso, sale de nuevo y sube a un estrado al aire libre; se sienta y manda conducir a Jesús: «He aquí, dice, vuestro Rey; ved si César tiene que temer algo por su parte.» Mas los gritos aumentan: «Quítale, quítale. Crucifícale.» «Pero ¿voy a crucificar a vuestro Rey?», dice el Gobernador, que aparenta no ver la gravedad del peligro. Los Pontífices responden: «No tenemos otro rey que el César.» Palabra indigna que cuando sale del santuario anuncia a los pueblos que la fe está en peligro; al mismo tiempo palabra de reprobación para Jerusalén, porque si no tiene otro rey que el César, el cetro no está ya en Judá y la hora del Mesías ha llegado.

JESÚS CONDENADO POR PILATOS. — Pilatos viendo que la sedición ha llegado al culmen y que su responsabilidad de Gobernador está amenazada, determina dejar a Jesús en manos de sus enemigos. Muy a pesar suyo dicta la sentencia que ha de producir pronto en su conciencia un remordimiento del que tratará de librarse con el suicidio. El mismo traza sobre una tablilla, con un punzón, la inscripción que ha de ponerse sobre la cabeza de Jesús. Más aún; concede al odio de los enemigos del Salvador, para mayor ignominia, que sean crucificados con El dos ladrones. Este hecho era necesario para dar cumplimiento al oráculo profético: «Será contado entre los criminales» 1; y después que acaba de mancillar i su’ alma con el más odioso de los crímenes, se i lava públicamente las manos, al mismo tiempo que grita en presencia del pueblo: «Inocente soy 4 de la sangre de este justo; allá os lo veréis vos- -] otros.» Y todo el pueblo responde con este an- | helo: «Su sangre caiga sobre nosotros y sobre j nuestros hijos.» Este fué el momento en que el i parricidio se imprimió en la frente del pueblo J ingrato y sacrilego, como en otro tiempo sobre! la de Caín. Diez y nueve siglos de servidumbre,! de miseria y de desprecio no lo han borrado aún. j Nosotros, hijos de la gentilidad sobre los quel esta sangre divina ha descendido como un rocío! misericordioso, demos gracias al Padre celestial | que «ha amado tanto al mundo que le ha dado! a su único Hijo». Demos gracias al amor de estel Hijo único de Dios, que viendo que nuestras! manchas no podían ser lavadas sino en su san-4 gre, nos la da hoy hasta en la última gota.

VÍA DOLOROSA. — Aquí comienza la Vía dolo- í rosa, y el Pretorio de Pilatos en que fué pronun-1 ciada la sentencia de Jesús, es la primera esta- ! ción. El Redentor es abandonado a los judíos por | la autoridad del Gobernador. Los soldados sel apoderan de El y le conducen fuera del patio del í Pretorio. Le quitan el manto de púrpura y le i visten con sus propios vestidos que le habían sido quitados para flagelarle; por fin le cargan la cruz sobre sus desgarradas espaldas. El lugar en que el nuevo Isaac recibió en sí la leña de su sacrificio es designado como la segunda estación. El escuadrón de soldados, reforzado con los ejecutores, con los príncipes de los Sacerdotes, con los Doctores de la ley y con mucho pueblo, se pone en marcha. Jesús avanza bajo el peso de la cruz; pero en seguida, desfallecido, a causa de la sangre que ha perdido y por los sufrimientos de todo género, no puede sostenerse y cae bajo la carga, señalando así con su caída la tercera estación.

ENCUENTRO DE JESÚS CON SU MADRE. — Los soldados levantan con brutalidad al divino cautivo que sucumbía, más aún bajo el peso de nuestros pecados, que bajo el del instrumento de su suplicio. Acaba de reanudar su marcha vacilante y al punto se encuentra con su Madre llorosa. La mujer fuerte, cuyo amor maternal es invencible, ha salido al encuentro de su Hijo; quiere verle, seguirle, unirse a El hasta que expire. Su dolor está por encima de toda ponderación humana. Las inquietudes de estos últimos días han agotado sus fuerzas; todos los sufrimientos de su Hijo le han sido manifestados por revelación; se ha asociado a ellos y los soporta todos y cada uno en particular. Sin embargo de eso, no puede permanecer por más tiempo lejos de la vista de los hombres; el sacrificio avanza en su curso, su consumación se acerca; es necesario estar con su Hijo y nada podrá detenerla en este momento. Magdalena está cerca de ella llorosa; Juan, María, madre de Santiago y Salomé la acompañan también; éstas lloran por su Maestro; mas ella llora por su Hijo. Jesús la ve y no puede consolarla, pues todo esto no es sino el comienzo de los dolores. El sentimiento de agonía que experimenta en este momento el corazón de la más tierna de las madres acaba de oprimir con un nuevo peso el corazón del más amante de los hijos. Los verdugos no concedieron un momento de espera en la marcha, en favor de la madre de un condenado; si quiere, puede seguir el funesto cortejo; sin embargo, el encuentro de Jesús y María en el camino del calvario señalará para siempre la cuarta estación.

EL CIRINEO. — El camino es largo aún, porque, según la ley, los criminales debían sufrir el suplicio fuera de la ciudad. Los judíos temen que la victima expire antes de llegar al lugar del sacrificio. Un hombre que volvía del campo, llamado Simón de Cirene, encuentra el doloroso cortejo; se le detiene; y por un sentimiento cruelmente humano hacia Jesús, se le obliga a compartir con El el honor y la fatiga de llevar el instrumento de la salvación del mundo. Este encuentro de Jesús con Simón Cirineo da lugar a la quinta estación.

LA SANTA FAZ. — A unos pasos de allí, un incidente inesperado llena de admiración y estupor a los mismos verdugos. Una mujer atraviesa la muchedumbre, aparta a los soldados y va hacia. el Salvador. Sostiene entre sus manos el velo que ha desplegado y enjuga con mano temblorosa el rostro de Jesús, desfigurado por la sangre, el sudor y las bofetadas. Sin embargo de eso, lo ha reconocido porque le ama; y no ha temido exponer su vida para ofrecerle este ligero alivio. Su amor será recompensado; el rostro del Redentor se imprime milagrosamente en el lienzo, que será en adelante su más preciado tesoro, y tiene la gloria de señalar con su acto intrépido la sexta estación de la Vía dolorosa.

JESÚS SE COMPADECE DE JERUSALÉN. — Con todo eso, las fuerzas de Jesús se debilitan más y más, a medida que se acerca el término fatal. Un desfallecimiento súbito derriba al suelo—por segunda vez—a la víctima y señala la séptima estación, Jesús es en seguida levantado con violencia por los soldados y camina de nuevo por el sendero que va rociando con su sangre. Tan indignos tratos excitan los gritos y lamentaciones de un grupo de mujeres que, movidas de compasión hacia el Salvador, se habían colocado detrás de los soldados y habían hecho caso omiso de sus insultos. Jesús, emocionado del amor de estas mujeres, que, a pesar de la debilidad de su sexo, mostraban más grandeza de alma que el pueblo entero de Jerusalén, les dirige una mirada bondadosa, y tomando toda la dignidad del lenguaje de Profeta les anuncia, en presencia de los Príncipes de los Sacerdotes y de los Doctores de la Ley, el castigo que seguirá en seguida al atentado de que son testigos y que lloran con tan copiosas lágrimas. «¡Hijas de Jerusalén!, las dice en el mismo lugar indicado por la octava estación; ¡Hijas de Jerusalén! No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos; pues vendrán días en que se dirá: ¡Bienaventuradas las estériles y las entrañas que no engendraron y los senos que no amamantaron! ¡Dirán entonces- a las montañas: Caed sobre nosotros; y a las colinas: Cubridnos; y si se trata hoy así al leño verde ¿cómo se tratará entonces al seco?»

LLEGADA AL CALVARIO.—Por ñn llegan a la colina del Calvario; Jesús debe aún escalarla antes de llegar al lugar de su sacrificio. Por tercera vez su extrema fatiga le hace caer en tierra y santifica el lugar que los fieles venerarán como la nona estación. La soldadesca bárbara interviene de nuevo para obligar a Jesús a reanudar su penosa marcha y después de unos pocos pasos llega por fin a la cima de este cerro que servirá de altar al más sagrado y poderoso de los holocaustos. Los verdugos se apoderan de la cruz y la extienden sobre la tierra esperando atar en ella a la víctima. Antes, según el uso de los romanos, que también lo practicaban los judíos, se ofrece a Jesús una copa que contenía vino mezclado con mirra. Este brebaje que tenía la amargura de la hiél, era un narcótico para adormecer hasta cierto punto los sentidos del paciente y disminuir los dolores de sus tormentos.

Jesús acerca un momento a sus labios esa bebida que le ofrecen más por costumbre que por humanidad; pero rehusa bebería, queriendo padecer sin mitigación alguna, todos los tormentos que se ha dignado aceptar por la salvación de los hombres. Entonces los verdugos le despojan de las vestiduras, pegadas a sus llagas, y se disponen a conducirle al lugar en que le espera la cruz. El lugar del Calvario en que Jesús fué así despojado, y donde le presentaron la bebida amarga, es designado como la décima estación de la Vía dolorosa.

Las nueve primeras pueden verse aún en las calles de Jerusalén, desde el lugar del Pretorio hasta el pie del Calvario; esta última, en cambio, y las cuatro siguientes están en el interior de la iglesia del Santo Sepulcro, que encierra en su vasto recinto el teatro de las últimas escenas de la Pasión del Salvador.

Pero suspendamos nuestro relato; hemos ya incluso adelantado un poco las horas de este gran día, y más tarde volveremos de nuevo al Calvario. Ahora unámonos a la Santa Iglesia en la función con que se dispone a celebrar la muerte del Señor.

SOLEMNE FUNCION LITURGICA POSMERIDIANA
DE LA PASION Y MUERTE DEL SEÑOR

El Oñcio divino de esta tarde se divide en cuatro partes, cuyos misterios vamos a explicar sucesivamente. Primeramente hay Lecciones; luego siguen Oraciones; se continúa con la adoración de la Cruz y se termina con la Comunión. Estos ritos desacostumbrados anuncian al pueblo ñel la grandeza de este día y al mismo tiempo le hacen sentir la suspensión del Sacriñcio diario al que reemplaza. El altar se halla desnudo, sin cruz, ni candeleros, el atril del evangelio sin paño. Recitada la hora de Nona, el celebrante se adelanta con sus ministros; los ornamentos negros expresan el duelo de la Santa Iglesia. Llegados al pie del altar se prosternan sobre las gradas y oran en silencio durante algún tiempo, después de lo cual, dicha una oración, comienzan las lecciones.

I. LAS LECCIONES

La primera parte de este oficio comienza con la lectura de dos trozos de los Profetas y del relato de la Pasión según San Juan. En la primera de esas lecturas tomada del Profeta Oseas (V, 15 y VI, 1-5), el Señor anuncia sus designios misericordiosos para con su nuevo pueblo, el pueblo de la gentilidad, que estaba muerto y que, después de tres días, debe resucitar con ese Cristo que todavía no conoce; Efraín y Judá serán tratados de modo distinto; sus sacrificios materiales no han aplacado a un Dios, que no ama sino la misericordia y que únicamente rechaza a los duros de corazón. La segunda lectura está tomada del Exodo y pone ante nuestra vista, el símbolo del Cordero pascual, en el momento en que la figura desaparece ante la realidad. Este Cordero es sin defecto como el Emmanuel; su sangre preserva de la muerte a aquellos cuyas moradas están rociadas con ella. Deberá no sólo ser inmolado sino servir de alimento a aquellos que por El son salvados. El es el manjar del viajero, que le come apresuradamente, sin tiempo para detenerse en la rápida carrera de esta vida. La inmolación tanto del Cordero antiguo, como del nuevo es la señal de la Pascua.

II. LAS ORACIONES

La Iglesia, que acaba de repasar, juntamente con sus hijos, la historia de los últimos instantes del Señor, no hace ahora sino imitar a ese divino Mediador, que, sobre la Cruz, como enseña San Pablo, ha ofrecido por todos los hombres a su Padre, sus oraciones y súplicas, mezcladas con lágrimas y acompañadas de un gran clamor’. Desde los primeros siglos viene presentando en este día a la Majestad divina, un conjunto de oraciones, que, abarcando las necesidades de todo el género humano, muestran que es verdaderamente la Madre de los hombres y la Esposa caritativa del Hijo de Dios. Todos, incluso los judíos, participan de esa solemne intercesión que la Iglesia presenta al Padre de los siglos desde el pie de la Cruz de Jesucristo. A cada oración precede un anuncio solemne que explica su objeto. Luego el diácono advierte a toda la asamblea que se ponga de rodillas; puestos en pie un momento después a la señal del diácono, los ñeles se unen a la oración del sacerdote (En el siglo octavo estas oraciones se decían también el Miércoles Santo).

III. LA ADORACION DE LA SANTA CRUZ

Las oraciones generales han concluido con la súplica dirigida a Dios por la conversión de los paganos; la Iglesia ha terminado su recomendación universal y solicitado para todos los habitantes de la tierra la efusión de la sangre divina que brota, en este momento, de las venas del Hombre-Dios. Volviéndose ahora a los cristianos sus hijos, conmovida ante las humillaciones del Señor, los invita a disminuir el peso, dirigiendo sus homenajes hacia esa Cruz hasta ahora infame y en adelante sagrada, bajo la cual camina Jesús hacia el Calvario y de cuyos brazos penderá hoy. Para Israel, la cruz es un objeto de escándalo; para los gentiles un monumento de locura; nosotros, cristianos, veneramos en ella el trofeo de la victoria de Cristo y el instrumento augusto de la salvación de los hombres. Ha llegado, pues, el momento en que debe recibir nuestras adoraciones por el honor que el Hijo de Dios se ha dignado hacerla, regándola con su sangre y asociándola así a la obra de nuestra Redención. No hay día ni hora más indicada en el año para rendirla nuestros homenajes.

La adoración de la cruz comenzó en Jerusalén en el siglo iv. La emperatriz Santa Elena había hallado recientemente la verdadera cruz; y el pu’eblo fiel deseaba contemplar, de cuando en cuando, este árbol de vida cuya milagrosa invención había colmado de gozo a la Iglesia entera. Se determinó que se expusiese a la veneración de los cristianos una vez al año, el Viernes Santo. El deseo de contemplarla llevaba todos los años una multitud inmensa de peregrinos a Jerusalén para la Semana Santa. La fama llevó por todas partes los relatos de este ceremonial, pero todas no podían aspirar a verla ni una vez siquiera en la vida. La piedad católica quiso gozar al menos por imitación, de una ceremonia que muchos no podían gozar en su realidad; y, hacia el siglo vn, se pensó repetir en todas las iglesias, el Viernes Santo, la Ostensión y Adoración de la Cruz que tenía lugar en Jerusalén. No se poseía, es verdad, sino la figura de la Cruz verdadera; pero, puesto que los honores rendidos a este madero sagrado iban dirigidos al mismo Cristo, los fieles podían ofrecerle honores semejantes, aun cuando no viesen ante sus ojos el madero mismo que el Redentor había regado con su sangre. Tal fué el motivo de la institución de este rito, que ahora va a tener lugar, y en el cual la Iglesia nos invita a participar.

En el altar el celebrante se quita la capa pluvial y permanece en pie junto a su asiento. El diácono con los acólitos va a la sacristía para traer a la iglesia la cruz en procesión. Cuando llegan al presbiterio, el celebrante recibe de manos del diácono la santa Cruz y se pone al lado de la Epístola y allí, de pie, en el plano, vuelto hacia el pueblo, descubre un poco la parte alta de la cruz y canta en un tono de voz moderado: «He aquí el madero de la santa Cruz.»

Después prosigue ayudado de sus ministros que cantan con él:

«En el cual ha estado suspendida la salud del mundo.»

Entonces, toda la asamblea se pone de rodillas, y adora la cruz mientras el coro canta:

«Venid: adorémosla.»

Esta primera ostensión representa la primera predicación de la cruz, la que los Apóstoles se hicieron entre sí, cuando, no habiendo recibido todavía al Espíritu Santo, no podían hablar del misterio de la Redención sino con los discípulos de Jesús y temían llamar la atención de los judíos. Por eso el Sacerdote no eleva la Cruz sino un poco. Este primer homenaje es ofrecido en reparación de los ultrajes que el Salvador recibió en casa de Caifás. El sacerdote se dirige luego a la parte delantera de la grada, siempre en el lado de la Epístola, y se coloca de cara al pueblo. Sus ministros le ayudan a descubrir el lado derecho de la Cruz, y después de haber descubierto esta parte del instrumento sagrado, la muestra nuevamente al pueblo, levantándola, esta vez, un poco más que la primera y cantando en un tono superior.

«He aquí el madero de la Cruz.»

El diácono y el subdiácono continúan con él:

«En el cual ha estado suspendida la salud del mundo.»

La asamblea se pone de rodillas, adora la Cruz mientras el coro canta:

«Venid: adorémosla.»

Esta segunda manifestación más gloriosa que la primera representa la predicación del misterio de la Cruz a los judíos, cuando los Apóstoles, después de la venida del Espíritu Santo echan los fundamentos de la Iglesia en el seno mismo de la Sinagoga y conducen las primicias de Israel a los pies del Redentor. La Iglesia lo ofrece en reparación de los ultrajes que recibió en casa de Pilatos.

El Sacerdote se coloca después en medio de: la grada, vuelto siempre hacia el pueblo. Ayudado por el diácono y subdiácono descubre todo lo restante del Crucifijo, y elevándole algo más que las veces anteriores canta con triunfo y a plena voz:

«He aquí el madero de la Cruz.»

Los ministros continúan con él:

«En el cual ha estado suspendida la salud del mundo.»

Los fieles vuelven a arrodillarse y a adorar la Cruz mientras el coro canta:

«Venid: adorémosla.»

Esta última manifestación representa la predicación del misterio de la Cruz en el mundo entero, cuando los Apóstoles, rechazados por la masa de la nación judaica, se vuelven hacia los gentiles, y van a anunciar al Dios crucificado hasta más allá de los límites del imperio romano. Este tercer homenaje rendido a la Cruz es una reparación de los ultrajes que el Salvador recibió en el Calvario.

La Iglesia, al presentarnos la Cruz cubierta con el velo, que después desaparece para dejar llegar nuestras miradas hasta ese divino trofeo de nuestra Redención, quiere también expresarnos la obcecación de los judíos que no ven sino un instrumento de ignominia en ese madero adorable, y la luz resplandeciente de que goza el pueblo cristiano, a quien la fe revela que el Hijo de Dios crucificado, lejos de ser un objeto de escándalo, es, por el contrario, como dice el Apóstol, el monumento eterno «del poder y de la sabiduría de Dios» ‘. En adelante la Cruz que acaba de ser tan solemnemente enarbolada permanecerá descubierta; y aguardará sobre el altar, la hora de la gloriosa Resurrección del Mesías. Todas las demás cruces colocadas en los diversos altares, se descubrirán también, a imitación de esa. que ocupará pronto su puesto de honor en el altar mayor.

Pero la Iglesia no se limita a exponer, en este momento, a las miradas de los fieles la Cruz que les ha salvado; les invita a que vengan a poner sus labios respetuosos sobre ese leño sagrado. El Celebrante irá el primero y todos tras él. Despojado de su casulla, quítase también el calzado, y haciendo, a convenientes distancias, tres veces genuflexión sencilla, se acerca a adorar la Cruz, colocada en las gradas delante el altar. Detrás de él vienen los ministros, el clero, y por último los fieles. Los cantos que acompañan a la adoración de la Cruz son de una belleza incomparable. Los primeros son Improperios, o reproches amargos que el Mesías dirige a los judíos. Las tres primeras estrofas están intercaladas con el canto del Trisagio u oración a Dios tres veces Santo, cuya Inmortalidad justo es que glorifiquemos en este momento en que El se digna, como hombre, sufrir la muerte por nosotros. Esta triple glorificación usada en Constantinopla desde el siglo v, pasó a la Iglesia romana que la ha conservado en la lengua primitiva, contentándose con alternar la traducción latina de las palabras. El resto de este hermoso canto tiene grandísimo interés dramático. Cristo recuerda todas las afrentas de que ha sido objeto por parte de los judíos y pone de manifiesto los beneficios de que ha colmado a esta nación ingrata.

LOS IMPROPERIOS

Pueblo mío, ¿qué te he hecho yo? O ¿en qué te he contristado? Respóndeme. J. Porque te saqué de la tierra de Egipto: has preparado la Cruz a tu Salvador.

Agios o Théos.

Santo Dios.

Agios íschyros. Santo Fuerte.

Agios athánatos, eléison imas. Santo Inmortal, ten piedad de nosotros.

Porque te guié por el desierto cuarenta años, y te alimenté con maná, y te introduje en una tierra muy buena: has preparado la Cruz a tu salvador.

V. ¿Qué más debi hacer por ti, y no hice? Yo te planté, como mi viña más hermosa, y tú me has salido muy amarga: pues has saciado mi sed con vinagre: y has taladrado con una lanza el costado de tu Salvador.

Yo, por ti, flagelé a Egipto con sus primogénitos: y tú, después de azotado, me has entregado a la muerte.

Pueblo mío, etc.

Yo te saqué de Egipto, hundiendo a Faraón en el Mar Rojo: y tú me has entregado a los príncipes de los sacerdotes.

Pueblo mío, etc. Yo abrí ante ti el mar: y tú has abierto con una lanza mi costado. Pueblo mío, etc.

Yo fui delante de ti en la columna de nube: y tú me has llevado al pretorio de Pilatos.

Pueblo mío, etc.

Yo te alimenté con maná en el desierto: y tú me has herido con bofetadas y azotes.

Pueblo mío, etc ;

Yo te di a beber agua saludable de la roca: y tú nie has abrevado con hiél y vinagre.

Pueblo mío, etc.

Yo, por ti, herí a los reyes de los Cananeos: y tú has herido mi cabeza con una caña.

Pueblo mío, etc.

Yo te di un cetro real: y tú has dado a mi cabeza una corona de espinas.

Pueblo mío, etc.

Yo te exalté con gran poder: y tú me has suspendido en el patíbulo de la Cruz.

Pueblo mío, etc.

A los improperios sigue esta solemne antífona, en que el recuerdo de la Cruz se une al de la Resurrección para gloria de nuestro Redentor:

ANTIFONA

Adoramos tu Cruz. Señor: y alabamos, y glorificamos tu santa Resurrección: porque, por el leño de la Cruz, vino el gozo a todo el mundo. Si la adoración de la Cruz no ha terminado aún se entona el célebre Himno Crux Fidelís que Venancio Fortunato, obispo de Poitiers, compuso en el siglo vi, en honor del árbol sagrado de nuestra Redención. Una de las estrofas dividida en dos sirve de estribillo mientras dura el canto. Al fin de la adoración, una vez que todos los fieles han rendido su homenaje a la santa Cruz, se la coloca sobre el altar, y se da principio a la cuarta parte de la función litúrgica.

IV. L.A COMUNION

De tal manera ocupa hoy, en este aniversario, el pensamiento de la Iglesia, el recuerdo del Sacrificio consumado este mismo día sobre el Calvario, que renuncia a renovar sobre el altar la inmolación de la divina Víctima, limitándose a participar del sagrado misterio mediante la Comunión. Antiguamente todo el clero y» los fieles eran admitidos a esta gracia, pero durante largo tiempo esta costumbre había caído en desuso y sólo el celebrante podía comulgar. Ahora en 1956 la Iglesia ha vuelto a tomar la tradición antigua y en adelante todos los fieles podrán comulgar el Cuerpo del Señor, inmolado en este día para su salvación, a fln de recibir más abundantemente los frutos de la Redención.

El diácono acompañado de dos acólitos, se traslada al monumento, toma el copón del tabernáculo y lo lleva al altar mayor. Mientras se dirige al altar, la escola canta algunas antífonas:

Adorárnoste, Cristo, y te bendecimos, pues por tu santa Cruz redimiste al mundo.

El árbol nos sedujo, la santa Cruz nos ha rescatado; el fruto de un árbol nos sedujo, el Hijo de Dios nos ha rescatado.

Sálvanos, Salvador del mundo, Tú que por tu Cruz y por tu sangre nos has libertado, oh Dios nuestro, te lo suplicamos, socórrenos.

Llegado al altar, el diácono deja sobre el corporal el sagrado copón; el preste sube a su vez y recita en voz alta el preámbulo de la oración dominical, después, como el Paternóster es una preparación para la Comunión y ya que todos deben comulgar, clero y fieles lo recitan a una con el celebrante, «solemnemente, con gravedad, distintamente y en latín».

Unámonos con confianza y solicitud a las siete peticiones que ella encierra, en esta hora en que nuestro divino Intercesor, extendidos los brazos sobre la Cruz, las presenta por nosotros a su Padre. Este es el momento en que El obtiene del Padre que toda oración dirigida al cielo por su mediación sea escuchada.

Después del Paternóster el preste añade en voz alta una oración que en todas las misas se dice en secreto. En ella pide nos veamos libres de los males, exentos de pecado, establecidos en la paz.

Recita también en voz baja la tercera de las oraciones que preceden a la Comunión en las misas ordinarias; descubre luego el copón y toma una hostia, y profundamente inclinado, se golpea el pecho diciendo tres veces.

«Señor, no soy digno de que entres en mi pobre morada; pero di solamente una palabra y mí alma quedará curada.»

Se comulga asimismo con respeto, se recoge algunos instantes y luego da la sagrada Comunión, como de costumbre, al clero y a los ñeles asistentes.

Terminada la Comunión el celebrante se purifica los dedos en un vaso, los enjuga con el purificador, encierra el copón en el tabernáculo y, de pie en medio del altar, dice como acción de gracias y en tono ferial, las tres oraciones siguientes :

«Suplicárnoste, Señor, que sobre tu pueblo que acaba de celebrar devotamente la Pasión y Muerte de tu Hijo, descienda una copiosa bendición, llegue el perdón, se otorgue el consuelo, aumente la fe y se asegure la redención eterna. Por el mismo Cristo Señor nuestro. Así sea.

Omnipotente y misericordioso Dios que nos reparaste con la gloriosa Pasión y Muerte de tu Ungido: conserva en nosotros la obra de tu misericordia; para que, por la participación de este misterio vivamos perpetuamente consagrados a ti. Por el mismo Cristo Señor nuestro. Así sea.

Acuérdate de tus misericordias, oh Señor, y santifica con tu eterna protección a tus siervos, en cuyo favor Jesucristo, tu Hijo, derramando su sangre, instituyó el misterio pascual. Por el mismo Cristo Señor nuestro. Así sea.»

El celebrante y los ministros descienden luego del altar y vuelven a la sacristía. En el coro se recitan Completas, apagadas las velas y sin canto. Luego se traslada en privado la sagrada Eucaristía al lugar donde ha de reservarse y ante la cual arderá una lámpara como de costumbre.

PRIMERAS HORAS DE LA TARDE

Conviene que, en estas horas, sigamos con el | pensamiento y con el corazón a nuestro misericordioso Redentor. Lo hemos dejado en el Calvarió en el momento en que le despojaban de sus vestiduras, después de haberle ofrecido la bebida amarga. Asistamos con recogimiento y compunción a la consumación del sacrificio que por nosotros ofrece a la Justicia divina.

LA CRUCIFIXIÓN. — Jesús es conducido por sus verdugos al lugar en que la Cruz, puesta en tierra, indica la undécima estación de la Vía Dolorosa. Se coloca como cordero destinado al holocausto sobre el leño que debe servir de altar. Extienden sus miembros con violencia, y los clavos, que penetran entre los nervios y los huesos, fijan al patíbulo sus manes y sus pies. La sangre fluye de estas cuatro fuentes vivificadoras a las que vendrán a purificarse nuestras almas.

Es la cuarta vez que mana de las venas del Redentor. María, al oír el ruido siniestro del martillo, siente desgarrarse su corazón de madre. La Magdalena es presa de una desolación tanto más amarga cuanto mayor es su impotencia para aliviar al Maestro amado, que los hombres le han arrebatado.

Sin embargo de eso, Jesús levanta la voz; pronuncia su primera palabra en el Calvario: «Padre, dice, perdónales porque no saben lo que hacen.» ¡Oh bondad infinita del Creador! Vino a la tierra, obra de sus manos, y los hombres le han crucificado; hasta en la Cruz ha rogado por ellos, y en su oración parece querer excusarles.

JESÚS EN LA CRUZ. — La víctima está fija en el madero en que ha de expirar; pero no debe quedar así tendida en tierra. Isaías ha predicho «que el real vástago de Jesé será enarbolado como un estandarte a la vista de todas las naciones» 1. Es preciso que el Salvador crucificado purifique los aires infestados con la presencia de espíritus malignos; es preciso que el Mediador de dios y de los hombres, el soberano Intercesor y Sacerdote, sea puesto entre el cielo y la tierra para tratar de la reconciliación de ambos. A poca distancia del lugar en que se halla extendida la Cruz han abierto un agujero en la roca. En él es clavada la Cruz que domina así toda la colina del Calvario. Es el lugar de la duodécima estación. Los soldados consiguen con grandes esfuerzos la plantación del árbol de la salud. La violencia de la repercusión viene a aumentar los dolores de Jesús, cuyo cuerpo está completamente desgarrado y sostenido únicamente pollas llagas de sus pies y de sus manos. Ahí está expuesto desnudo a los ojos de todos aquel que ha venido a este mundo para cubrir la desnudez que el pecado había dejado en nosotros, Al pie de la cruz los soldados se reparten los vestidos; pero respetando la túnica. Según una piadosa tradición la había tejido María con sus virginales manos. La sortean sin romperla; y se convierte así en el símbolo de la unidad de la Iglesia que no debe romperse bajo ningún pretexto.

REY DE LOS JUDÍOS. — Encima de la cabeza del Redentor está escrito en hebreo, en griego y en latín: Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos. Todo el pueblo lee y repite esta inscripción; y proclama una vez más sin quererlo la realeza del Hijo de David. Los enemigos de Jesús lo han comprendido y se apresuran a pedir a Pilatos que se quite ese rótulo; pero no reciben otra respuesta que ésta: «Lo que he escrito, escrito está»1. Una circunstancia que la tradición de los Padres nos ha transmitido, anuncia que este rey de los judíos, rechazado por su pueblo, reinará con mucha mayor gloria sobre las naciones de la tierra que ha recibido en herencia de su Padre. Los soldados, al plantar la cruz en el suelo, la han dispuesto de suerte, que el divino crucificado vuelve la espalda a Jerusalén y extiende sus brazos hacia las regiones de Occidente. El sol de la verdad se pone sobre la ciudad deicida y se eleva al mismo tiempo sobre la Jerusalén nueva, sobre Roma, esta orgullosa ciudad, que tiene conciencia de su eternidad, pero que ignora todavía que será eterna precisamente por la cruz.

LOS INSULTOS. — Levantemos nuestras miradas hacia este hombre-Dios cuya vida se extingue rápidamente sobre el instrumento de su suplicio. Hele ahí suspendido en los aires a la vista de todo Israel, «como la serpiente de bronce que Moisés había ofrecido a las miradas de su pueblo en el desierto».

Pero este pueblo no tiene para él sino ultrajes. Sus voces insolentes y despiadadas llegan hasta El. «Tú, que destruyes el templo de Dios y le reedificas en tres días, sálvate a ti mismo ahora; si Tú eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz, si puedes.» Los indignos pontífices del judaismo van más lejos aún en sus escarnios, «¡A otros ha salvado, y no puede salvarse a sí mismo! ¡Cristo, Rey de Israel, desciende de la cruz y creeremos en ti! ¡Pusiste tu confianza en Dios, líbrete ahora! ¿No has dicho: yo soy el Hijo de Dios?» Y los dos ladrones crucificados con él, se unían en este concierto de ultrajes.

ORACIÓN. — Nunca la tierra había recibido de Dios un beneficio semejante al que se dignaba concederla en esta hora; ni nunca el insulto a la Majestad divina se había proferido con tanta audacia. Cristianos, que adoramos a aquel que los judíos blasfeman, ofrezcámosle en este momento la reparación a que tantos derechos tiene. Esos impíos le reprochan sus divinas palabras y las vuelven contra El. Recordémosle, por nuestra parte, aquella otra, dicha también por El, y que debe llenar nuestros corazones de esperanza: «cuando yo fuere levantado de la tierra, atraeré todas las cosas a mí» 1. «Ha llegado, oh Jesús, el momento de cumplir tu promesa; atráenos a ti. Estamos aún pegados a la tierra y encadenados por mil intereses y atractivos; estamos cautivos del amor a nosotros mismos, y nuestro vuelo hacia ti se ve impedido sin cesar; sé el imán que nos atraiga y rompa nuestros lazos a fin de llevarnos hasta ti, y que la conquista de nuestras almas venga por fin a consolar tu corazón oprimido.»

LAS TINIEBLAS. — Hemos llegado a la hora sexta, la hora que nosotros llamamos de mediodía. El sol que brillaba en el cielo, como testigo insensible, se oscurece de repente y una noche densa extiende sus tinieblas sobre la tierra toda. Las estrellas aparecen en el firmamento; la naturaleza entera queda en silencio y el mundo parece volver al caos. Se cuenta que el célebre Dionisio del Areópago de Atenas, que fué más tarde discípulo del Apóstol de las gentes, exclamó en el momento de este eclipse: «O sufre el Dios de la naturaleza o la máquina de este mundo está a punto de estallar.» Phlegon, autor pagano, que escribía un siglo después, menciona el espanto que extendieron en el imperio romano estas tinieblas inesperadas, cuya invasión hizo eaer por tierra todos los cálculos de los astrónomos.

EL BUEN LADRÓN. — Un fenómeno tan importante, testimonio bien claro de la cólera divina, hiela de espanto a los más osados blasfemos. El silencio sucede a tantos clamores. Este es el momento en que el ladrón, cuya cruz estaba colocada a la derecha de la de Jesús, siente nacer a la vez en su corazón el remordimiento y la esperanza. Se atreve a reprender al compañero con quien hace un instante insultaba al inocente: «¿Ni siquiera tú temes a Dios, le dice, tú que sufres la misma condena? En cuanto a nosotros justo es lo que recibimos, pues sufrimos lo que nuestras acciones merecen; pero éste no ha hecho mal alguno.» ¡Jesús defendido por un ladrón en este momento, en que los Doctores de la ley judia, aquellos que se sientan sobre la cátedra de Moisés no tienen para El sino ultrajes! Nada demuestra mejor el grado de obcecación a que ha llegado la Sinagoga. Dimas, este ladrón, este deshecho, es ñgura en este momento de la gentilidad, que sucumbe bajo el peso de sus crímenes, pero que pronto se purificará al confesar la divinidad del Crucificado. Vuelve penosamente su cabeza hacia la cruz de Jesús y dirigiéndose al Salvador: «Señor, exclama, acuérdate de mí cuando estuvieres en tu reino.» Cree en la realeza de Jesús, en esa realeza de la cual los sacerdotes y los magistrados de su nación se reían.

La calma y la dignidad de la augusta víctima sobre el patíbulo le han revelado toda su grandeza; afirman su fe; implora de ella con confianza un simple recuerdo, cuando la gloria haya sucedido a la humillación. ¡Qué cristiano tan gigante acaba de hacer la gracia en este ladrón! Y esa gracia ¡quién se atrevería a decir que no ha sido pedida y obtenida por la Madre de misericordia en este momento solemne en que ella se ofrece en un mismo sacrificio con su Hijo! Jesús se conmueve al encontrar en un ladrón, ajusticiado por sus crímenes, esa fe que en vano ha buscado en Israel; y responde a su humilde súplica. «En verdad, le dice, hoy estarás conmigo en el paraíso.» Es la segunda palabra de Jesús sobre la cruz. El dichoso penitente la recoge con alegría en su corazón; y en adelante guarda silencio y espera, en expiación, la hora que debe librarle.

EL GRUPO DE LOS FIELES. — Entre tanto María se ha acercado a la cruz en que está clavado Jesús. Para una madre no hay tinieblas que impidan conocer a su Hijo. El tumulto se ha apaciguado, desde que el sol ocultó su luz, y los soldados no ponen obstáculo a esta aproximación. Jesús mira tiernamente a María, ve su desolación; y el dolor de su corazón que parecía haber llegado a su más alto grado se acrecienta más aún. Va a abandonar esta vida; y su madre no puede subir hasta El, estrecharle entre sus brazos y prodigarle sus últimas caricias. Magdalena está allí también, descorazonada, fuera de sí. Los pies del Salvador, esos pies, que ella tanto amaba, que regaba incluso con sus perfumes hacía algunos días, están heridos, bañados en la sangre que de ellos brota y que comienza a cuajarse en las llagas. Todavía puede bañarlos con sus lágrimas, pero éstas no podían curarle. Ha venido para ver morir a aquel que recompensó su amor con el perdón. Juan, el discípulo amado, el único discípulo que ha seguido a su Maestro hasta el Calvario, está abismado en su dolor. Recuerda la predilección de que fué objeto, por parte de Jesús, ayer en el banquete misterioso. Sufre por el hijo y sufre también por la madre; pero su corazón no prevé el precio inestimable con que Jesús ha resuelto pagar su amor. María Cleofás ha acompañado a María junto a la cruz; las otras mujeres forman un grupo a poca distancia.

MARÍA, NUESTRA MADRE. — De repente, en medio de un silencio interrumpido sólo por los sollozos, la voz de Jesús muxiente resuena por tercera vez: Dirigiéndose a su Madre: «Mujer, la dice (porque no se atreve a llamarla su madre, a ñn de no revolver la espada en la llaga de su corazón), mujer, he ahí a tu hijo.» Con esta palabra designaba a Juan. Después volviéndose a éste afiade: «Hijo, he ahí a tu madre.»

Cambio doloroso para el corazón de María, pero sustitución que asegura para siempre a Juan, y en él a la raza humana, el beneficio de una madre. Hemos descrito esta escena más detalladamente en el Viernes de la Semana de Pasión. Hoy, en este aniversario aceptemos este generoso testamento de nuestro Salvador, que por su Encarnación nos había procurado la adopción de su Padre Celestial y en este momento nos da a su propia Madre.

LOS ÚLTIMOS INSTANTES. — Se acerca ya la hora nona (las tres de la tarde) es la hora que los decretos eternos fijaron para la muerte del Hombre- Dios. Jesús experimenta en su voluntad un nuevo acceso de ese cruel abandono que sintió en Getsemani, siente todo el peso de la desgracia de Dios en que ha incurrido al salir fiador de los pecadores. La amargura del cáliz de la cólera de Dios, que debe apurar hasta las heces, produce en él un desfallecimiento que se expresa por este grito lastimero: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Es la cuarta palabra; pero esta palabra no devuelve la sere-‘ nidad al cielo. Jesús no se atreve a decir: «¡Padre mío!» Se diría que no es sino un hombre pecador, al pie del tribunal inflexible de Dios. Entre tanto una calentura ardiente devora sus entrañas y de su boca jadeante se escapa a duras penas esta palabra, que es la quinta: «Tengo sed.» Uño de los soldados presenta entonces a sus labios moribundos una esponja empapada en vinagre. Este es todo el alivio que en su sed ardiente le ofrece esta tierra a la que cada día refresca con su rocío y cuyos ríos y fuentes El ha hecho brotar.

LA MUERTE. — Ha llegado finalmente el momento en que Jesús debe entregar su alma al Padre. Recorre, en rápida ojeada, todos los oráculos divinos que han anunciado hasta las menores circunstancia de su misión y ve que ni uno solo ha dejado de cumplirse, hasta esa sed que experimenta, hasta ese vinagre que le han dado a gustar. Profiriendo entonces la sexta palabra, dice; «Todo está consumado.» No queda pues sino morir, para poner el último sello a las profecías que han anunciado su muerte como medio final de nuestra Redención. Este hombre agotado, agonizante, que poco ha murmuraba con dificultad algunas palabras, da un gran grito que resuena a lo lejos y sobrecoge de espanto y admiración a la vez al centurión romano que mandaba los soldados que estaban al pie de la cruz. «¡Padre!, exclama, en tus manos encomiendo mi espíritu.» Después de esta séptima y última palabra, su cabeza se inclina sobre el pecho de donde se escapa su último suspiro.

LA DERROTA DE SATANÁS. — En este momento cesan las tinieblas y el sol aparece de nuevo en el cielo; pero la tierra tiembla; se parten las piedras y la roca misma del Calvario se divide entre la cruz de Jesús y la del buen ladrón. Esta hendidura puede verse aún hoy día. En el templo de Jerusalén un fenómeno viene a atemorizar a los sacerdotes judíos. El velo del templo, que ocultaba el Santo de los Santos se rasga de arriba a bajo, anunciando con esto el final del reino de las figuras. Muchas tumbas en las que reposaban santos personajes, se abren por sí mismas y los muertos que contenían vuelven a la vida. Pero sobre todo se hace sentir la repercusión de esta muerte en el fondo de los infiernos. Satanás comprende por fin el poder y la divinidad de este Justo, contra el cual ha amontonado imprudentemente las pasiones de la sinagoga. Su ceguera es la que ha hecho derramar esa sangre cuya virtud libra al género humano y le abre las puertas del cielo. Sabe ahora a qué atenerse respecto a Jesús de Nazaret, a quien se atrevió a acercarse en el desierto para tentarle. Reconoce con desesperación, que este Jesús es el propio Hijo del Eterno y que la redención negada a los ángeles rebeldes, le ha sido otorgada al hombre de un modo sobrenatural, por los méritos de la sangre, que el mismo Satanás ha hecho derramar en el Calvario.

ORACION

Oh Hijo adorable del Padre. ¡Te adoramos muerto sobre el madero de tu sacrificio! Tu muerte acerbísima nos ha devuelto la vida. Herimos nuestros pechos como esos judíos que habían esperado tu último suspiro y entran en la ciudad movidos a compunción. Confesamos que han sido nuestros pecados los que te han quitado la vida; dígnate aceptar nuestras acciones de gracias por el amor que nos has mostrado hasta el fin. Tú nos has amado en Dios; en adelante a nosotros nos toca servirte, como rescatados por tu sangre; somos posesión tuya y Tú eres nuestro Señor. Mas he aquí que tu Iglesia nos convoca al oficio divino; y debemos descender del Calvario para unirnos a ella y celebrar tus alabanzas. Pronto volveremos junto a tu cuerpo inanimado y asistiremos a tus funerales acompañándolos con nuestras lágrimas y tristezas. María tu Madre, permanece al pie de la cruz; y nada puede separarla de tus restos mortales. Magdalena está atada a tus pies. Juan y las santas mujeres forman en derredor tuyo un cortejo de desolación. Adoramos una vez más tu cuerpo sagrado, tu sangre preciosa y tu cruz que nos ha salvado.

ULTIMAS HORAS DE LA TARDE

LA LANZADA. — Volvamos al Calvario a terminar este día de duelo universal. Hemos dejado allí a María en compañía de Magdalena, de Juan y de las otras santas mujeres. Apenas ha trascurrido una hora desde que Jesús expiró y he aquí que soldados, conducidos por un centurión vienen a turbar con el ruido de su voz y de sus pasos el silencio que reina en la colina.

Han de cumplir una orden de Pilatos. A ruegos de los príncipes de los sacerdotes el gobernador ha mandado que se les quiebren las piernas, se los desclave de la cruz y que sean enterrados antes de la noche. Los judíos contaban los días a partir de la puesta del sol; pronto va a comenzar, por tanto, el gran Sábado. Los soldados se dirigen hacia las cruces; van primeramente a la de los ladrones, a los que rompen las piernas y luego a la cruz del Redentor. El corazón de María tiembla al verles. ¿Qué nuevo ultraje reservan esos bárbaros hombres para el cuerpo ensangrentado de su Hijo? Observan al divino ajusticiado y comprueban que la vida ha cesado ya en El. Sin embargo, para asegurarse de la muerte, uno de ellos blande su lanza y la hunde en el costado derecho de la víctima. El hierro penetra hasta el corazón; y cuando el soldado la retira, sangre y agua brotan de esta última llaga. Es la quinta efusión de esa sangre redentora y es también la quinta de las llagas que Jesús recibió sobre la cruz.

JESÚS BAJADO DE LA CRUZ. — María ha sentido hasta en el fondo de su alma la punta de esa lanza cruel; los sollozos y las lágrimas se renuevan en torno suyo. ¿Cómo terminará esta triste jornada? ¿Qué manos descenderán de la cruz al Cordero que en ella está suspendido? ¿Quién, finalmente, le devolverá a su Madre? Los soldados se retiran y con ellos Longinos, el que osó darle la lanzada, y que siente ya en sí mismo un movimiento, extraño presagio de la fe de que un día será mártir. Mas he aquí que se acercan dos hombres; son dos judíos, José de Arimatea y Nicodemus que van subiendo la colina, hasta detenerse con emoción al pie de la cruz de Jesús. María fija sobre ellos una mirada de reconocimiento. Han venido para poner en sus brazos el cuerpo de su Hijo, y para rendir luego a su maestro los honores de la sepultura. Estos fieles discípulos vienen provistos de la autorización del gobernador. Pilatos ha otorgado a José el cuerpo de Jesús.

Se apresuran a desclavar los sagrados miembros, porque el tiempo es corto, el sol camina hacia su ocaso y está ya próxima la primera hora del sábado. Junto al lugar en que se alza la cruz, en la parte baja del montículo, hay un jardín y en éste una cámara sepulcral tallada en la roca. En ella va a descansar Jesús. José y Nicodemus, cargados con la preciosa carga, descienden de la colina y depositan el cuerpo sagrado sobre una roca a poca distancia del sepulcro. La Madre de Jesús recibe de sus manos al Hijo de su ternura; riega con sus lágrimas, recorre con sus besos las innumerables y crueles llagas de que está cubierto su cuerpo, Juan, Magdalena y las otras santas mujeres compadecen a la Madre de los dolores; pero urge el tiempo de embalsamar estos restos inanimados. Sobre esa roca, que aún actualmente se llama Piedra de Unción, y que señala la décima tercera estación de la Vía dolorosa, José extiende el lienzo que ha traído; Nicodemus, que había ordenado traer a sus siervos hasta cien libras de mirra y áloe, va disponiendo los perfumes. Lavan la sangre de las heridas; quitan suavemente la corona de espinas de la cabeza del divino rey y llega el momento de envolver el cuerpo con el lienzo. María estrecha entre sus brazos una vez más el cuerpo inerte de su amado, que pronto va a ocultarse a sus miradas, bajo los pliegues del velo y de las vendas.

JESÚS EN LA TUMBA. — José y Nicodemus se levantan y tomando de nuevo la noble carga, le llevan al sepulcro. Esta es la décima cuarta es tación de la Vía dolorosa. En el sepulcro había dos cámaras talladas en la roca, comunicándose la una con la otra; extendiendo el cuerpo del Salvador en un nicho practicado a cincel, en la segunda cámara a mano derecha, salen con presteza; y, reuniendo todas sus fuerzas, ruedan a la entrada del monumento una piedra que deberá servir de puerta, y que pronto, a petición de los enemigos de Jesús, la autoridad pública vendrá a sellar con su sello y a protegerla con un puesto de soldados romanos.

NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES. — El sol está a punto de ponerse y va a comenzar el gran Sábado con sus severas prescripciones. Magdalena y las otras mujeres han observado los lugares y la disposición del cuerpo en el sepulcro. Suspenden sus lamentaciones y descienden apresuradamente hacia Jerusalén. Su intento es comprar perfumes y prepararlos, a fin de que, terminado el sábado, puedan volver a la tumba, el Domingo de madrugada, y completar el embalsamamiento demasiado precipitado del cuerpo de su Maestro. María, después de saludar por última vez la tumba que encierra el objeto de su ternura, sigue al cortejo que camina hacia la ciudad. Juan, su hijo de adopción, está junto a ella. Desde este momento será el custodio de aquella que, sin dejar de ser Madre de Dios, se hace en él madre de los hombres. Pero, ¡a precio de qué crueles sufrimientos ha obtenido este nuevo título! ¡Qué herida ha recibido su corazón en el momento en que la hemos sido confiados! Acompañémosla nosotros también fielmente durante esas horas crueles, que deberán trascurrir antes que la Resurrección de Jesús venga a consolar su inmenso dolor.

ORACION JUNTO A LA TUMBA DE JESUS

Pero nosotros no abandonaremos tu sepulcro ¡oh Redentor! sin depositar en él el tributo de nuestras oraciones y la satisfacción de nuestro arrepentimiento. ¡Hete ahí cautivo de la muerte! Esta hija del pecado ha extendido su imperio sobre Ti. Te has sometido a la sentencia, dictada contra nosotros, y has querido hacerte semejante a nosotros hasta en la tumba. ¿Qué reparación podría igualar a la humillación que sufres en este estado?, éste nos era a nosotros debido; mas Tú no le has hecho tuyo, ¡oh soberano autor de la vida!, más que a causa de tu amor para con nosotros. Los ángeles hacen la guardia en torno a esa piedra sobre la que reposa tu cuerpo; admiran tu amor para con el hombre, esta débil e ingrata criatura. Has sufrido la muerte no por sus hermanos caídos, sino por nosotros, los últimos de la creación. Pero, ¿qué lazo indisoluble forma en adelante entre Ti y nosotros este sacrificio que acabas de ofrecer? Has muerto por nosotros; ahora deberemos nosotros vivir para Ti. Así te lo prometemos ¡oh Jesús! sobre esta tumba que nuestros pecados habían cabado para Ti. Queremos también morir al pecado y vivir en tu gracia. Seguiremos en adelante tus preceptos y tus ejemplos y nos alejaremos del pecado, que nos ha hecho responsables de tu muerte amarga y dolorosa. Recibimos junto con tu cruz todas las cruces de que la vida humana está sembrada, tan ligeras, en comparación de la tuya. Aceptamos, en fin, el morir nosotros también, cuando sea llegado el momento de sufrir la sentencia merecida, que la justicia de tu Padre ha pronunciado contra nosotros. Tú has suavizado con tu muerte ese momento tan temible de la naturaleza. Para Ti la muerte es un tránsito a la vida; y así como en este momento nos separamos de tu sepulcro con la esperanza próxima de saludar tu gloriosa resurrección, así también, al abandonar a la tierra los restos mortales, nuestra alma llena de confianza subirá hacia Ti, con la esperanza de unirse un día a este polvo culpable, que la tumba debe devolver, después de haberle purificado.

JUEVES SANTO

UEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger


JJUEVES SANTO - Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger

CARÁCTER DEL OFICIO. — El oficio de Maitines y Laudes de los tres últimos días de la Semana Santa difiere en muchas cosas del de los demás días del año. La Iglesia suspende las aclamaciones de alegría y esperanza con que suele comenzar la alabanza divina. Ya no se oye resonar en el templo el Domine labia mea aperies. Señor abre mi boca para que te alabe; ni Deus in adiuiorium meum intende. Señor, apresúrate a socorrerme; ni Gloria Patri al fin de los salmos, de los cánticos y de los responsorios. Los oficios no conservan sino lo que les es esencial en la* forma y se han suprimido todas estas aspira-, ciones vivas que se habían añadido al sucederse de los siglos.

EL NOMBRE. — Dase vulgarmente el nombre de Tinieblas a los Maitines y Lardes de estos tres últimos días de la Semana Santa, porque se los celebra muy de mañana, antes de salir el sol.

EL CANDELABRO. — Un rito imponente y misterioso, propio únicamente de estos oficios confirma también este nombre. Se coloca en el presbiterio, cerca del altar, un gran candelabro triangular sobre el cual se hallan quince velas. Estas velas, así como las seis del altar, son de cera amarilla como en el oficio de difuntos. Al fin de cada uno de los salmos o cánticos se va apagando una vela del gran candelabro; sólo queda encendida la que se halla en la extremidad del triángulo. Igualmente se apagan mientras el Benedictus las velas del altar. Entonces toma un acólito la vela que quedó encendida en el candelabro y la tiene apoyada sobre el altar mientras el coro canta la Antífona que le sigue. Luego esconde la vela (sin apagarla) detrás del altar. La mantiene así, oculta a las miradas, durante la recitación de la oración final que sigue al Benedictus. Acabada esta oración, ya no se hace como antiguamente se hacía al terminar este oficio.

EL SIMBOLISMO DE LOS RITOS. — Expliquemos ahora el sentido de las diversas ceremonias. Nos hallamos en los días, en que la gloria del Hijo de Dios es eclipsada ante las ignominias de la Pasión. «Era la luz del mundo», poderoso en obras y palabras, vitoreado poco ha por las aclamaciones de la muchedumbre, pero vedle hoy despojado de toda grandeza, el hombre de dolores, un leproso, como dice Isaías. «Un gusano de la tierra y no un hombre», dice el Rey Profeta; «causa de escándalo para sus discípulos», dice el mismo Jesús. Todos le abandonan: Pedro incluso llega a negar que le ha conocido. Este abandono, esta defección casi general se halla figurada por la extinción sucesiva de las velas del candelabro triangular y de las del altar.

Sin embargo de eso, la luz desconocida de Cristo no se apaga. Se coloca un momento la candela sobre el altar. Está allí como Cristo en el Calvario donde padece y muere. Para significar la sepultura de Jesús, se coloca la candela detrás del altar; su luz no aparece más. Entonces un ruido confuso se deja oír en el santuario. Este ruido expresa las convulsiones de la naturaleza en el momento en que al expirar Jesucristo en la Cruz, tembló la tierra, se resquebrajaron las rocas y se abrieron los sepulcros. Pero de repente aparece de nuevo la candela sin haber perdido nada de su luz; el ruido cesa y todos adoran al glorioso vencedor de la muerte.

LAS LAMENTACIONES DE JEREMÍAS SOBRE JERUSALÉN. — Todas las lecciones del primer nocturno de estos tres días están sacadas de las Lamentaciones de Jeremías. En ellas se nos manifiesta el espectáculo desolador, que ofrece la ciudad de Jerusalén, cuando sus habitantes fueron conducidos cautivos a Babilonia, en castigo de su idolatría. La cólera de Dios se manifiesta en estas ruinas, que Jeremías deplora con palabras tan verdaderas y terribles. Con todo eso este desastre no es sino figura de otro más espantoso. Jerusalén tomada y asolada por los Asirlos guarda por lo menos el nombre; y el Profeta, que se lamenta ante sus muros anuncia que esta desolación no durará más de setenta años, pero en su segunda ruina, la ciudad infiel pierde hasta su nombre. Reconstruida por sus vencedores, lleva durante más de dos siglos el nombre de Aelia Capitalina; y si con la paz de la Iglesia, se la llamó otra vez Jerusalén, esto no era un homenaje a Judá, sino un recuerdo del Dios del Evangelio que Judá había crucificado en esta ciudad. Ni la piedad de Santa Elena y de Constantino, ni los valientes esfuerzos de los cruzados, no han podido conservar en Jerusalén de un modo permanente ni la sombra de una ciudad secundaria. Su suerte es la de permanecer esclava y esclava de los infieles hasta el fin del mundo. En estos días precisamente se atrajo sobre sí la maldición: he aquí por qué la Iglesia, para hacernos comprender la grandeza del crimen cometido, hace resonar en nuestros oídos los llantos del Profeta que es el único que pudo igualar con sus lamentaciones a los dolores. Esta emocionante elegía se canta de un modo muy simple que se remonta a una gran antigüedad. Los nombres de las letras del alfabeto hebreo, que dividen cada una de las estrofas, indican la forma acróstica que contiene este poema en el original. Se cantan estas lamentaciones porque los mismos judíos las cantaban.

OFICIO DE LA MAÑANA

LA PREPARACIÓN DE LA PASCUA. — Este día es el primero de los ácimos. A la puesta del sol los judíos tienen que comer la Pascua en Jerusalén. Jesús aun está en Betania, pero entrará en la ciudad antes de comenzar la cena pascual; asi lo manda la Ley; y Jesús quiere observarla escrupulosamente hasta que la abrogue con la efusión de su sangre. Por lo cual envía a Jerusalén a dos de sus discípulos para que preparen el convite legal, sin darles a conocer de qué modo concluirá. Nosotros que conocemos ya este mis-» terio cuya institución se remonta a esta última j cena, comprendemos bien por qué escogió Jesús con preferencia, en esta ocasión, a Pedro y Juan < para que cumpliesen sus intenciones ‘. Pedro quel fué el primero en confesar la divinidad de Cris-.; to, representa la fe; y Juan que inclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús, representa el amor. ¡ El misterio que se va a promulgar en la cena de; esta tarde, se revela el amor por la fe; tal es la; enseñanza que nos da Jesucristo al escoger a es– tos dos apóstoles; pero éstos no podían penetrar j las intenciones del corazón de su divino Maestro.

EL CENÁCULO. — Jesús que sabía todo, les indica el medio de conocer la casa a la cual va a honrar hoy con su presencia. No tendrán más que seguir a un hombre, que lleva un cántaro de agua sobre la cabeza. La casa en que entra este hombre la habita un judío opulento que reconoce la misión celeste de Jesús. Los dos discípulos propusieron a esta persona las intenciones de su Maestro; y al momento les mostró una gran sala bien aderezada. En efecto, convenía que no fuese un lugar cualquiera el que había de servir para la celebración del más augusto misterio. Esta sala, en la cual había de suceder la realidad a las figuras era muy superior al templo de Jerusalén. En su recinto había de levantarse el primer altar. Allí se ofrecería «la oblación pura», que había sido anunciada por el Profeta.

En este mismo lugar comenzará el sacerdocio cristiano unas horas más tarde. Allí, en fin, cincuenta días más tarde la Iglesia de Cristo, reunida y visitada por el Espíritu Santo, había de anunciarse al mundo y promulgar la nueva y universal alianza de Dios con los hombres. Este santuario de nuestra fe no ha sido borrado de la tierra; su asiento se encuentra para siempre señalado en el monte Sión.

Jesús ha vuelto a Jerusalén con sus discípulos. Todo lo ha encontrado preparado. El Cordero Pascual, después de haberle presentado en el templo, ha sido conducido al cenáculo; se le prepara para la cena legal; los panes ácimos con las hierbas amargas son presentadas a los comensales. Pronto, alrededor de una misma mesa, de pie, con la cintura ceñida, el bastón en la mano, el Maestro y sus discípulos cumplirán- por última vez el solemne rito, que les había prescrito Dios a la salida de Egipto.

LAS CEREMONIAS DE ESTE DÍA. — Pero esperemos la hora de la Santa Misa para tomar de nuevo esta narración, y recorramos antes en detalle las numerosas ceremonias, que darán carácter peculiar a este día. En primer lugar nos encontramos, con la reconciliación de los Penitentes. Hoy no es más que un mero recuerdo pero es interesante el describirla para dar de este modo un complemento necesario a la liturgia de Cuaresma. Viene después la Consagración de los Santos Oleos. Sólo tiene lugar en las iglesias catedrales, pero interesa a todos los fieles. Después de haber expuesto sumariamente estos ritos, trataremos de la Misa de hoy.

LA RECONCILIACION DE LOS PENITENTES

Antiguamente se celebraban hoy tres misas solemnes (Una por la mañana para la reconciliación de los penitentes; otra para la consagración de los Santos Oleos; y finalmente otra, al atardecer, in Cena Domini en memoria de la Cena), a la primera de las cuales precedía la absolución de los Penitentes públicos y su reintegración en la Iglesia. La reconciliación tenía lugar de este modo. Se presentaban a la puerta de la Iglesia con vestidos de penitencia, descalzos, y con la barba y los cabellos largos, porque los habían dejado crecer desde el día que se les impuso la penitencia, en Miércoles de ceniza. El obispo recitaba los siete Salmos Penitenciales y a continuación las Letanías de los Santos.

Durante estas oraciones, los penitentes estaban postrados en el pórtico sin traspasar el umbral de la puerta de la Iglesia. Tres veces durante las Letanías, el obispo mandaba a algunos de los clérigos para que les llevasen palabras de esperanza y de consuelo. La primera vez dos diáconos iban a decirles: «Vivo yo, dice el Señor, no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.» La segunda vez otros dos subdiáconos les hacían esta advertencia: «Dice el Señor: Haced penitencia porque el reino de Dios está cerca.»

Finalmente el diácono les llevaba el tercer mensaje: «Levantad el rostro, pues se acerca vuestra redención.»

Después de estos avisos que anunciaban la inminencia del perdón, el obispo salía del santuario y descendía hasta el centro de la nave principal; en este lugar se le había preparado un asiento vuelto hacia el umbral de la puerta de la Iglesia, donde los penitentes continuaban postrados. Sentado el Pontífice el arcediano le dirigía este discurso:

«Venerable Pontífice: He aquí el tiempo favorable, los días en que Dios se apiada, el hombre se salva, se destruye la muerte y comienza la vida. Este es el tiempo en que nacen nuevas plantas en la viña del Señor de los ejércitos, para reemplazar a las degeneradas. Y aunque no hay día en que Dios no derrame sobre los hombres su bondad y misericordia, con todo eso, hoy la gracia de Cristo es más abundante para la remisión de los pecados en los que reciben un nuevo nacimiento. El número de los nuestros aumenta por los recién nacidos y por aquellos que, habiéndose apartado vuelven otra vez a nuestra compañía. Si hay un baño puriflcador hay otro no menos eficaz: El de las lágrimas. Por tanto se presenta un doble motivo de alegría para la Iglesia: El alistamiento de los que han sido llamados y la absolución de los que vuelven por el arrepentimiento. He ¿ aquí a tus servidores, que, habiendo olvidado los man-í damientos del cielo y la ley de las santas costumbres^ habían caído en diversos delitos: helos aquí humillados y postrados. Invocan al Señor con el Profeta, diciendo: «Hemos pecado, hemos obrado inicuamente; ten piedad de nosotros, Señor.» Han esperado con entera con-» fianza en aquellas palabras del Evangelio: «Bienaven-, turados los que lloran porque serán consolados.» Han comido, como está escrito, el pan del dolor; han bañado el lecho con sus lágrimas; han mortificado su corazón con el dolor y su cuerpo con el ayuno: para recobrar la salud del alma. La penitencia es una;¡ pero está a la disposición de todos los que quieren acudir a ella.»

El Obispo se levantaba y se acercaba a los catecúmenos. Les dirigía una exhortación sobre la misericordia divina y les enseñaba cómo debían vivir en adelante. Después les decía: «Venid, hijos míos, escuchadme; yo os enseñaré el temor de Dios.» El coro cantaba esta antífona sacada del Salmo XXXIII: «Acercaos al Señor y El os iluminará; y no seréis confundidos.» Los penitentes, levantándose de la tierra iban a postrarse a los pies del Pontífice; el arcediano le dirigía esta súplica.

«Devolvedles, Pontífice apostólico, todo lo que han destruido en ellos las sugestiones diabólicas; haced que estos hombres se acerquen a Dios por la eficacia de vuestras oraciones, y por la gracia de la reconciliación divina. Hasta ahora eran culpables; pero de ahora en adelante, después de haber triunfado del autor de su muerte, se regocijarán sirviendo a Dios en la tierra de los vivientes.»

El Obispo respondía: «¿Pero sabes si son dignos de ser reconciliados?»

Y después que el Arcediano había respondido: «Yo sé y atestiguo que son dignos» un diácono les mandaba que se levantase. Entonces el obispo tomaba uno de ellos por la mano; éste se la ofrecía al siguiente y sucesivamente todos los demás penitentes unidos del mismo modo se dirigían a la cátedra del Obispo, colocada en el centro de la nave. Durante este tiempo se cantaba esta antífona: «Yo os digo que aun los ángeles del cielo se regocijan por un solo pecador que hace penitencia»; y esta otra: «Alégrate, hijo mío; porque tu hermano había muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido encontrado.» El Obispo, tomando la palabra en el tono solemne del Prefacio se dirigía a Dios de este modo:

«Es justo darte gracias, Señor Santo, Dios Omnipotente, Padre Eterno por Jesucristo Nuestro Señor, a quien has concedido en el tiempo un nacimiento inefable para pagar la deuda que habíamos contraído en Adán, destruir nuestra muerte con la suya, recibir en su cuerpo nuestras heridas y lavar nuestras mánchas con su sangre, de modo que los que habíamos caído por la envidia del antiguo enemigo pudiésemos volver a la vida por la misericordia del Salvador. Por El, Señor, te suplicamos olvides los pecados de otros, ya que nosotros no somos dignos de suplicarte por los nuestros. Acuérdate, Señor misericordiosísimo, de estos hombres separados de Ti por sus pecados. Tú, Señor, no rechazaste la humillación de Acab: pero suspendiste la venganza que merecían sus crímenes para que se arrepintiese dignamente. Tú escuchaste las lágrimas de Pedro y al punto le confiaste las llaves del reino de los cielos. Dígnate, Señor misericordioso, acoger favorablemente a estos tus siervos que son el objeto de nuestras súplicas; condúcelos por el camino de tu Iglesia para que no triunfe más sobre ellos el enemigo; antes bien, que tu Hijo los purifique de sus pecados, qüe se digne admitirlos al festín de esta santísima Cena, que los alimente con su carne y sangre y que después de esta vida los lleve a la vida eterna.»

Después de esta Oración, todos los asistentes, clérigos y laicos, se postraban con los penitentes ante la majestad divina y recitaban los tres Salmos que comienzan por la palabra Miserere. El Obispo se levantaba luego y pronunciaba sobre los penitentes, qüe aun permanecían echados en tierra, así como todos los asistentes, seis oraciones solemnes de las cuales damos aquí los los principales trozos:

«Escucha nuestros ruegos, Señor, y aunque yo esté necesitado más que ningún otro de tu misericordia, con todo eso dígnate escucharme. Tú me has dado, no por mis méritos, sino por el don de tu gracia, tu ministerio en esta obra de reconciliación; dame la confianza necesaria para cumplirla y obra tú mismo en mi ministerio que es tuyo. Tú has devuelto al redil la oveja descarriada; Tú, que escuchaste la oración del publicano, devuelve la vida a estos tus siervos, puesto que no quieres su muerte. Tú, cuya bondad nos sigue cuando nos apartamos de ti, acoge en tu servicio a los ya arrepentidos. Apiádate de sus suspiros y lágrimas; cura sus heridas y alárgales tu mano salvadora. No permitas que tu Iglesia sufra la menor pérdida en ninguno de sus miembros, que tus seguidores sufran detrimento; que el enemigo se alegre de los daños de tu familia; que la segunda muerte devore a los que habían nacido de nuevo en el baño sagrado. Perdona, Señor, a estos hombres que confiesan sus pecados; que no caigan en las penas que dará la sentencia del juicio futuro; que ignoren el horror de las tinieblas y el chisporroteo de las llamas. Sacados del camino del error y entrados en el de la justicia, no reciban en adelante nuevas heridas; sino que, la integridad del alma que habían recibido y que había reparado tu misericordia permanezca en ellos para siempre. Han macerado su cuerpo y se han dado a la penitencia; devuélveles el manto nupcial y permíteles se sienten de nuevo en el festín real, del cual habían sido excluidos.»

Después de estas oraciones el Obispo extendiendo la mano sobre los penitentes, los reintegraba con esta fórmula:

«Jesucristo, nuestro Señor, que se ha dignado borrar todos los pecados del mundo, entregándose a la muerte y derramando su sangre purísima por nosotros; y que dijo a sus discípulos: «Todo lo que atareis sobre la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo»; que ha tenido a bien admitirme, aunque indigno, entre los depositarios de su poder, se digne, por la intercesión de María, Madre de Dios, del bienaventurado Arcángel San Miguel, del Apóstol San Pedro, a quien se dió el poder de atar o desatar, de todos los santos y por mi ministerio absolveros por los méritos de su sangre derramada por la remisión de los pecados, todo lo que habéis faltado en pensamientos, palabras y obras y que después de desatar las cadenas de vuestros pecados os lleve a la vida eterna. Por J. C. N. S. que vive y reina en unión con el Padre y Espíritu Santo por los siglos de los siglos.» Amén.

El Obispo se acercaba después a los penitentes que se hallaban postrados; les rociaba con agua bendita y les incensaba.

Finalmente les decía como despedida estas palabras del Apóstol: «Levantaos los que dormís y salid de entre los muertos y Cristo os iluminará.» Entonces se levantaban los penitentes y, como señal de la alegría que experimentaban de verse reconciliados con Dios, se apresuraban a deponer su vestido exterior y descuidado y a revestirse de hábitos decentes para acercase a la mesa del Señor con los demás fieles (En el siglo XII, la misa de los penitentes había caído, sin duda, en desuso; el Ordo Romano X menciona simplemente que el Papa, a mediodía, hacía le leyesen la lista de los que habían sido heridos por la censura, y daba a continuación al pueblo la indulgencia acostumbrada ( d . Schuster, Líber Sacr).

LA BENDICION DE LOS SANTOS OLEOS

La segunda misa que se celebraba el Jueves Santo en la antigüedad iba acompañada de la consagración de los Santos Oleos, rito anual y que requiere siempre el ministerio del Obispo como consagrante. Esta importante ceremonia se verifica ahora en la única misa que se celebra hoy por la mañana en las catedrales. No siendo, pues, esta ceremonia común a todas las iglesias, no daremos aquí todos su detalles; con todo eso, no queremos privar a nuestros lectores de la instrucción que pueden sacar del misterio de los Santos Oleos. La fe nos enseña, que si somos regenerados por el agua, somos confirmados y fortificados por el óleo consagrado; en fin, el óleo es uno de los principales elementos que el autor divino de los Sacramentos ha escogido para justificar y a la vez obrar la gracia en nuestras almas.

La Iglesia ha fijado desde muy antiguo este día, cada año, para renovar los Santos Oleos, cuya virtud es tan grande en sus diferentes formas; porque se acerca el momento en que debe hacer uso en los neófitos que ahí hará en la noche pascual. A todos los fieles importa el conocer detalladamente la doctrina sagrada de tan admirable elemento y nosotros la explicaremos aquí brevemente a fin de excitar su reconocimiento hacia el Salvador, que ha llamado a las criaturas visibles a servir en las obras de su gracia y les ha dado, por su sangre, la virtud sacramental, que en adelante residirá en ellas.

OLEO DE LOS ENFERMOS. — El primero de los Santos Oleos que recibe la bendición del Obispo, es el llamado «Oleo de los enfermos3′ qüe es la materia de la Extremaunción. Borra las reliquias del pecado en el cristiano moribundo, le fortifica en su último combate, y, por la virtud sobrenatural que posee, le devuelve a veces la salud del cuerpo. En la antigüedad, la bendición de este óleo no se había fijado en el día del Jueves Santo, sino que podía ser otro día cualquiera, porque su uso, por decirlo así, es continuo («Los Cánones de Hipólito» (s. III) nos muestran que esta ceremonia tenía lugar en todas las misas pontificales. Al terminar el Canon de la misa, el Obispo bendecía los frutos o las legumbres que se le presentaban, igualmente consagraba el óleo que servía para la unción de los enfermos, en el Sacramento de la Extrema Unción, y para devoción privada, como hoy dia se guarda el aceite de que se sirven ciertos santuarios). Mas tarde se aplazó esta bendición al día én que se consagraban los otros dos óleos por la igualdad del elemento que les es común. Los fieles deben asistir con recogimiento a la consagración de este óleo que ungirá sus desfallecidos miembros y purificará sus sentidos. Que piensen en su hora postrera y bendigan la inagotable bondad del Salvador, cuya sangre corre tan abundante con este precioso licor» (BOSSUET, Oraison fun&bre d’Henriette d’Angleterre).

EL SANTO CRISMA. — El más noble de los Santos Oleos es el Crisma; su consagración reviste mayor solemnidad. Por el Crisma, el Espíritu Santo imprime su sello inefable sobre el cristiano, miembro ya de Cristo por el Bautismo. El agua nos da la vida; pero el óleo nos confiere la fuerza y hasta que no hayamos recibido la unción no poseemos aún la perfección del carácter de cristiano. Ungido con este óleo, el fiel se convierte en miembro del Hombre-Dios, cuyo nombre, Cristo, significa la unción que recibió como Rey y como Pontífice, Esta consagración del cristiano por el Crisma está de tal suerte en el espíritu de nuestros misterios que al salir de la pila bautismal, antes de ser admitido a la Confirmación, el neófito recibe sobre su cabeza la primera unción, aunque no sacramental, de este óleo regio, para indicarle que participa ya de la realeza de Jesucristo.

Para expresar con signo sensible la alta dignidad del santo Crisma, la tradición apostólica manda que el Obispo mezcle en él bálsamo, que representa lo que el Apóstol llama «el buen olor de Cristo», de quien está escrito también; «corremos tras el olor de sus perfumes». La rareza y el alto precio de los perfumes de Oriente, ha obligado a la Iglesia a emplear el bálsamo sólo en la confección del Santo Crisma; la Iglesia Oriental más favorecida por el clima y los productos de las regiones en que mora, emplea en su composición hasta treinta y tres clases de perfumes, de suerte que condensados con el Santo Oleo forman una especie de ungüento de un olor delicioso.

El Santo Crisma, además de su uso sacramental en la Confirmación, y del que la Iglesia hace en los nuevos bautizados, es usado para la unción de la cabeza y las manos en la consagración de los Obispos; para la consagración de cálices, altares, bendición de campanas, en fin, en la dedicación de las Iglesias, en las que el Obispo unge las doce cruces que atestiguarán a las edades futuras la gloria de la casa de Dios.

EL OLEO DE LOS CATECÚMENOS. — El tercero de los Santos Oleos es el llamado de los Catecúmenos. Aunque no es materia de algún sacramento, con todo eso también es de institución apostólica. Se usa en las ceremonias del Bautismo para las unciones que se hacen al Catecúmeno, en el pecho y en las espaldas, antes de la inmersión o infusión en el agua. Se emplea también en la ordenación de los presbíteros para la unción de las manos y para la consagración de reyes y reinas. Tales son las nociones que el fiel debe tener para darse una idea de la función que tendrá el Obispo en la misa de la mañana de hoy, en la que, como canta Fortunato en el himno que indicaremos en seguida, salda su deuda obrando esta triple bendición que sólo puede venir de él.

EL RITO LITÚRGICO. — La Iglesia despliega en esta circunstancia una ceremonia desacostumbrada. Doce Presbíteros revestidos de casulla, siete diáconos y siete subdiáconos, todos revestidos con los ornamentos propios de sus órdenes, asisten a la función. El Pontifical romano nos enseña que asisten los doce sacerdotes para ser testigos y cooperadores del Santo Crisma. La misa comienza y continúa con los ritos propios para este día; pero antes de comenzar la Oración Dominical, el obispo deja inacabada la oración del Canon que la precede, y baja del altar y se dirige a la silla que se le ha preparado, junto a una mesa sobre la que se halla la ampolla llena del Oleo que servirá para ungir a los moribundos. Preludia esta bendición pronunciando los exorcismos sobre el óleo, para alejar de él toda influencia de espíritus malignos, que guiados por el odio que tienen al hombre, buscan el infectar los elementos naturales; después le bendice con estas palabras:

«Envía, Señor, de lo alto del cielo, tu Espíritu Santo Paráclito a este óleo que te has dignado producir de un árbol fecundo para alivio del alma y del cuerpo; tu bendición sea medicamento celestial que nos proteja y que aleje todos los dblores y todas las enfermedades del alma y del cuerpo; ya que ungiste a los sacerdotes, a los reyes, a los profetas y a los mártires. Sea, Señor, una unción perfecta que tú has bendecido para nosotros y que permanezca en nuestros corazones. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo.»

Después de esta bendición el subdiácono, que había traído la ampolla, vuelve a llevarla con respeto y dignidad; y el Pontífice vuelve al altar para consumar el sacrificio. Terminada la distribución de la comunión al clero, vuelve otra vez a la silla preparada junto a la mesa. Los doce sacerdotes, los siete diáconos y los siete subdiáconos vuelven al lugar donde se han depositado las otras dos ampollas. La una, contiene el óleo que será el Crisma de la salud, y la otra el licor que servirá como Oleo de los Catecúmenos. En el mismo momento reaparece el cortejo y avanza hacia el Pontífice. Cada ampolla la lleva un diácono; mientras que un subdiácono lleva el vaso que encierra el bálsamo. El obispo bendice, en primer lugar el bálsamo, al que en la oración llama «lágrima olorosa salida de la corteza de una rama fructífera para convertirse en perfume sacerdotal». Después da comienzo a la bendición del Oleo del Crisma aspirando tres veces sobre él en forma de Cruz. Los doce sacerdotes hacen alternativamente la misma insuflación, cuyo primer ejemplo vemos en el Evangelio. Significa la virtud del Espíritu Santo, figurado por el aliento, a causa de su nombre «espíritu» que pronto hará de este Oleo un instrumento de su divino poder. Pero antes el obispo pronuncia sobre él los exorcismos; y después de haber preparado esta sustancia para recibir la acción de la gracia de lo alto, canta la dignidad del Santo Crisma en este magnífico Prefacio que se remonta a los primeros siglos de nuestra fe.

«En verdad es justo y equitativo que en todo tiempo y lugar, te demos gracias, Señor Santo, Padre omnipotente, Dios eterno. En el principio de la creación entre otros dones de tu bondad hiciste producir a la tierra los árboles y entre ellos el olivo, que nos proporciona este precioso licor, que había de servir para el Santo Crisma. David con espíritu profético, previendo los Sacramentos de tu gracia, cantó en sus salmos al óleo que había de devolvernos la alegría, y cuando los crímenes del mundo fueron expiados por el diluvio, la paloma vino a anunciar la paz de vuelta a la tierra, trayendo una rama de olivo, símbolo de la gracia futura. Esta llega a ser realidad hoy, en estos últimos tiempos, en que, después de borrados todos nuestros pecados por el agua del Bautismo, la unción del óleo viene a darnos serena alegría. Por lo mismo ordenaste también a tu siervo Moisés, después de haber purificado a su hermano Aarón con el agua, consagrarle sacerdote con la unción del Oleo. Pero aún mayor honor recibió cuando tu hijo Jesucristo, nuestro Señor, pidió a Juan le bautizara en las aguas del Jordán y enviaste sobre sü cabeza el Espíritu Santo en figura de paloma, señalando así a tu Unigénito Hijo, en quien declaraste, por una voz que se dejó oír, tenías puestas todas tus complacencias. De este modo hiciste saber que era quien, según el Profeta David, debía recibir la unción del óleo de alegría entre todos los hombres. Te suplicamos, pues, Señor santo, Dios Eterno, por el mismo Jesucristo tu Hijo y Señor nuestro, te dignes santificar con tu bendición este óleo y colmarlo de la virtud del Espíritu Santo por el Poder de Cristo, tu Hijo, de cuyo santo nombre ha tomado el suyo el Crisma, con el cual consagraste Sacerdotes y Reyes, Profetas y Mártires. Confirma, por tanto, en el sacramento de la salud y vida perfecta, mediante Crisma, a los que han de renacer por el baño espiritual del Bautismo, para que, por la unción santificadora quede aniquilada la corrupción del primer nacimiento, el santo templo, que es cada uno, exhale la fragancia de una vida pura, y, conforme a las condiciones por Ti establecidas en este misterio, reciban en él la dignidad de reyes, de sacerdotes y de profetas y sean revestidos de la inmortalidad. Haz, finalmente, que este óleo sea para los que renacieren del agua y del Espíritu Santo, un Crisma de salud que los haga partícipes de la gloria celeste.» El Pontífice, después de estas palabras toma el bálsamo que ha mezclado de antemano en una patena y vertiendo esta mezcla en la ampolla acaba la consagración del Santo Crisma. Inmediatamente, para honrar al Espíritu Santo que debe obrar por este óleo sacramental, saluda a la ampolla que lo contiene diciendo «Santo Crisma, yo te saludo». Los doce sacerdotes siguen el ejemplo del pontífice quienes proceden inmediatamente a la bendición del Oleo de los Catecúmenos.

Después de las insuflaciones y exorcismos que tienen lugar como para el Santo Crisma, el Obispo se dirige a Dios con esta Oración:

«Oh Dios, remunerador de todos los esfuerzos y progresos de las almas, que por la virtud del Espíritu Santo, confirmas los gérmenes que hay en ellas, te rogamos, Señor, envíes tu bendición a este Oleo y a los que vienen al baño de la feliz generación, les des polla unción de esta- creatura, la purificación de alma y cuerpo, de modo que si les hubieren impreso algunas manchas los espíritus malos, se disipen al contacto del óleo santificante; que no deje ningún lugar a los espíritus malos, ninguna facultad a su poder, ninguna libertad para sus pérfidas asechanzas; sino que a los siervos que vienen a la fe y que deben ser lavados por obra del Espíritu Santo les sea esta unción útil; que les disponga para la salud, que obtendrán en la natividad de la regeneración celeste en el Sacramento del Bautismo. Por Jesucristo nuestro Señor que vendrá a juzgar a los vivos y los muertos y destruir al mundo por el fuego.»

El Obispo saluda a la ampolla que contiene el óleo a quien acaba de conferir tan altas prerrogativas diciendo «Oleo Santo, yo te saludo». Los doce sacerdotes le imitan. Después que dos diáconos han cogido el uno el Santo Crisma y el otro el Oleo de los Catecúmenos, el cortejo se pone en marcha para llevar las dos ampollas a un lugar digno en que deben guardarse. Están, junto con el Oleo de los enfermos, cubiertas con un paño de seda, blanco para el Santo Crisma, verde para el de los Catecúmenos y morado para el de los enfermos.

Aquí están resumidos los detalles de esta importante ceremonia, mas, con todo eso no queremos privar al lector del hermoso himno compuesto por Venancio Fortunato, Obispo de Poitiers, siglo VI, y cuyas majestuosas estrofas, tomadas por la Iglesia romana de la antigua liturgia galicana acompañan la llegada y retorno de las santas ampollas.

HIMNO

Oh Redentor, recibe los cánticos del coro que te alaba. El coro repite: Oh Redentor…

Juez de los muertos, única esperanza de los mortales, oye las voces de los que se adelantan llevando el jugo del olivo, símbolo de la paz.

Oh Redentor…

Un árbol fértil, bajo un sol fecundo lo produjo, para que fuera consagrado; este cortejo viene humildemente a ofrecerlo al Salvador del mundo.

Oh Redentor…

De pie ante el altar ofreciendo oraciones, el pontífice revestido de sagrados ornamentos, paga su deuda anual consagrando el Crisma.

Oh Redentor…

Dígnate bendecir, oh Rey de la patria eterna, este óleo, símbolo de la vida, instrumento de la victoria contra los demonios.

Oh Redentor…

La unción del Crisma renueva ambos sexos, restablece al hombre en su dignidad violada.

Oh Redentor…

Cuando el alma es lavada en la fuente sagrada huye de ella el pecado; cuando se unge la frente con el óleo santo, descienden sobre ella los dones divinos.

Oh Redentor…

Tú, que salido del seno del Padre, habitaste en el seno de la Virgen, conserva en la luz y preserva de la muerte a quienes por el mismo Cristo han sido ungidos.

Oh Redentor…

Sea para nosotros este día como una fiesta, sea un día santo y glorioso y su recuerdo perdure resistiendo al tiempo.

Oh Redentor…

MISA DEL JUEVES SANTO

LA CENA. — Proponiéndose hoy la Santa Iglesia renovar con una solemnidad especial, la acción del Salvador en la última Cena, según el precepto dado a los Apóstoles: «Haced esto en memoria mía», vamos a tomar el relato evangélico que hemos interrumpido en el momento en que Jesús entraba en la sala del festín pascual.

LA PASCUA JUDÍA. — Ha llegado de Betania; todos los Apóstoles están presentes, aun el mismo Judas, que guarda su secreto. Jesús toma asiento en la mesa sobre la que está el cordero preparado; los discípulos se sientan con El; se observan fielmente los ritos que el Señor prescribió a Moisés siguiese su pueblo. Al principio de la cena, Jesús toma la palabra y dice a sus Apóstoles: «Ardientemente he deseado comer con vosotros esta Pascua antes de mi pasión.» Hablaba de este modo, no porque esta Pascua llevase ventaja a las de los años anteriores, sino porque tendría ocasión de instituir la Pascua nueva que amorosamente había preparado a los hombres; pues habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, dice San Juan, los amó hasta el fin».

Durante la comida, Jesús, para quien no había nada oculto en los corazones, profirió estas palabras que dejaron mudos de estupor a los discípulos: «En verdad os digo que uno de vosotros me traicionará; sí, uno de los que meten, en este momento, la mano en el plato conmigo es mi traidor.» ¡Qué amargura encierra esta queja! ¡Cuánta misericordia para el culpable, que conocía la bondad de su Maestro! Jesús le abría la puerta del perdón, pero él no se aprovecha de ella. ¡Tanta era la pasión que le había dominado que él quería satisfacer con su infame venta! Se atreve a decir como los demás: ¿Soy yo, Señor? Jesús le responde en voz baja, para no comprometerle ante sus hermanos: «Sí, tú eres; tú lo has dicho.» Judas no se rinde; se queda tranquilo y espera la hora de la traición. Los convidados, según el uso oriental, se colocaban de dos en dos sobre unos lechos de madera, preparados, por la munificencia del discípulo que presta su casa al Salvador, para esta última Cena. Juan, el discípulo amado, está al lado de Jesús, de suerte que puede en su tierna familiaridad, apoyar su cabeza sobre el pecho de su Maestro. Pedro, sentado en el lecho vecino, junto al Señor, que se halla así, entre los dos discípulos que había enviado por la mañana para preparar todas las cosas y que representan, el uno la fe y el otro el amor. La cena fué triste. Los discípulos estaban inquietos por la confidencia que les había hecho Jesús; se comprende que el alma de Juan tuviese necesidad de desahogarse con el Salvador, por las tiernas demostraciones de su amor.

Los Apóstoles no esperaban que una nueva comida sucedería a la primera. Jesús había guardado secreto; pero, teniendo que sufrir, debía cumplir su promesa. Había dicho en la Sinagoga de Cafarnaún: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno comiere de este pan vivirá eternamente. El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Mi carne es verdaderamente comida y mi sangre verdaderamente bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él» ‘. Había llegado el momento, en que el Salvador iba a realizar esta maravilla de su caridad para con nosotros. Esperaba la hora de su inmolación para cumplir su promesa. Mas he aquí que su pasión ha comenzado. Ya ha sido vendido a sus enemigos; su vida en adelante estará en sus manos; puede ofrecerse en sacriñcio y distribuir a sus discípulos la propia carne y la propia sangre de la víctima.

LAVATORIO DE LOS PIES. — La cena acababa, cuando Jesús levantándose, ante la extrañeza de los Apóstoles, se despoja de sus vestidos exteriores, toma una toalla, se la ciñe como un siervo, echa agua en el lebrillo y da a entender que se propone lavar los pies a los convidados. El uso oriental era que se lavasen los pies antes de tomar parte en el festín; pero el más alto grado de hospitalidad era, cuando el señor de la casa cumplía él mismo este cuidado con sus huéspedes. Jesús, es quien invita en este momento a sus Apóstoles a la divina cena y se digna hacer con ellos como el huésped más diligente; pero como sus acciones encierran siempre un fondo inagotable de enseñanzas, quiere, por lo mismo, darnos un aviso sobre la pureza que se requiere en los que han de sentarse a la mesa: «El que está limpio ya, dice, no necesita lavarse los pies» ‘; como si dijera: tal es la santidad de esta mesa, que para aproximarse a ella no sólo es necesario que el alma esté limpia de sus más graves manchas; sino que debe tratar de borrar las más leves, que por el contacto con el mundo hemos podido contraer y que son como ligero polvo que se pega a los pies. Explicaremos más adelante otros misterios significados en el lavatorio de los pies. Jesús se dirige primeramente hacia Pedro, futuro jefe de su Iglesia. El Apóstol rehusa tal humillación de su Maestro; Jesús insiste y Pedro se ve obligado a ceder. Los otros Apóstoles que, como Pedro, habían quedado sobre los lechos, ven sucesivamente a su Maestro acercarse a ellos para lavarles los pies. No exceptúa al mismo Judas. Había recibido un segundo y misericordioso llamamiento, algunos momentos antes, cuando Jesús hablando a todos dijo: «Vosotros estáis limpios, pero no todos.» Este reproche había sido insensible. Jesús, cuando acabó de lavar los pies de los doce se recostó en el lecho, junto a la mesa, al lado de Juan. A Pedro le ha herido la insistencia de su Maestro. Quiere conocer al traidor, que deshonra el colegio apostólico; mas no atreviéndose a preguntar a Jesús, a cuya derecha está recostado, hace unas señas a Juan que está a la izquierda del Salvador para procurar obtener una aclaración. Juan se recuesta sobre el pecho de Jesús y le dice en voz baja: «Maestro, ¿quién es»? Jesús le responde: «Aquel a quien yo dé un bocado de pan mojado.» Jesús toma un poco de pan y habiéndolo mojado se lo ofreció a Judas. Era una nueva invitación, pero inútil a esta alma impasible a toda acción de la gracia; el evangelista añade: «Después que recibió el bocado entró en él Satanás.» Jesús aún le dice dos palabras: «Lo que vas a hacer hazlo pronto.» Y el desdichado sale de la sala para ejecutar su crimen.

INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA. — Entonces, tomando del pan ácimo que había sobrado de la Cena, levanta los ojos al cielo, bendice el pan y lo distribuye a sus discípulos diciéndoles: «Tomad y comed, este es mi cuerpo.» Los Apóstoles reciben este pan, hecho cuerpo de su Maestro; se alimentan de él; y Jesús no está sólo con ellos a la mesa, sino que está en ellos.

Como este divino misterio, no es sólo el más augusto de los Sacramentos, sino que es un Saorificio verdadero, que requiere la fusión de sangre, Jesús toma la copa, y transformando el vino en su propia sangre, le da a sus discípulos y dice: «Bebed todos de él; es la Sangre de la Nueva Alianza, que será derramada por vosotros.» Los Apóstoles participan uno tras otro de esta divina bebida.

INSTITUCIÓN DEL SACERDOCIO. — Estas son las circunstancias de la Cena del Señor, cuyo aniversario nos reúne hoy; pero no las habríamos relatado todas lo bastante, si no añadiésemos un hecho esencial. Lo que pasa hoy en el Cenáculo, no es un suceso acaecido una vez en la vida al hijo de Dios, y los Apóstoles no son los solos convidados privilegiados a la mesa del Señor. En el Cenáculo, así como ha habido más de una comida, así también ha habido algo más que un Sacrificio, por divina que haya sido la víctima ofrecida por el Soberano Pontífice. Ha habido la institución de un nuevo Sacerdocio. ¿Cómo habría dicho Jesús a los hombres: «Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros», si no se hubiese propuesto establecer en la tierra un ministerio por el cual se renovase, hasta el fin de los tiempos, lo que acaba de hacer en presencia de sus discípulos? Mas dice a los hombres que ha escogido: «Haced esto en memoria mía.» Les da por estas palabras el poder de cambiar también ellos el panen su cuerpo y el vino en su sangre; y este poder se transmitirá en la Iglesia por la ordenación, hasta el fln de los siglos. Jesús continuará obrando por el ministerio de hombres pecadores la maravilla que ha hecho en el Cenáculo; Y, al mismo tiempo, que dota a su Iglesia del único Sacriñcio, nos da a nosotros, según su promesa, por el pan del cielo, el medio de «vivir en El y El en nosotros». Vamos, pues, a celebrar hoy otro aniversario no menos maravilloso que el primero: La institución del Sacerdocio Cristiano.

LA MISA DEL JUEVES SANTO. — Para expresar de manera sensible a los ojos de los fieles, la majestad y unidad de esta Cena que el Salvador dió a sus discípulos y a todos nosotros en su persona, la Iglesia prohibe hoy a los sacerdotes, la celebración de toda misa privada, fuera del caso de necesidad. Quiere que sólo se ofrezca un sacrificio, al que asisten todos los sacerdotes; a la comunión se acercan al altar, revestidos de estola, insignia de su sacerdocio, para recibir el Cuerpo del Señor de manos del celebrante.

La misa del Jueves Santo es una de las más solemnes del año; y aunque la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento tiene por objeto honrar con el mayor esplendor este misterio, la Iglesia, al instituirlo, no ha querido que el aniversario de la Cena del Señor pierda ninguno de los honores que se le deben. El color de las vestiduras es el blanco como en los días de Navidad y de Pascua; todo duelo ha desaparecido. Muchos ritos anuncian que la Iglesia teme por su Esposo, pero suspende por un momento los dolores que la oprimen. En el altar el sacerdote ha entonado el himno angélico: «Gloria a Dios en las alturas». Las campanas lanzadas a vuelo, acompañan el canto hasta el ñn; pero a partir de este momento permanecerán mudas y durante las largas horas de su silencio, darán a la ciudad un tono de soledad y de abandono. La Iglesia quiere hacernos sentir, que este mundo, testigo de los padecimientos y muerte de su Creador, ha dejado toda melodía y se ha quedado triste y desierto. Y añadiendo a esta impresión general, un recuerdo más preciso, nos trae a la memoria que los Apóstoles pregoneros de Cristo figurados por las campanas cuyo sonido llama a los fieles a la casa de Dios, han huido y han dejado a su Maestro en manos de sus enemigos.

Después del canto del Evangelio, suspéndese en cierta manera la Misa, para dar lugar a la ceremonia del Mandato o lavatorio de los pies, que, antiguamente se verificaba después de mediodía, y que el Decreto del 16 de noviembre de 1955 prescribe se haga ahora en este sitio de la Misa, al menos allí donde es posible.

LOS MONUMENTOS. — Aun cuando la Iglesia suspende por algunas horas la celebración del Sacrificio eterno, no quiere con eso que su divino Esposo pierda ninguno de los honores que le son debidos en el Sacramento del Amor. La piedad católica ha hallado medio para transformar en un triunfo para la Eucaristía los instantes, en los que la Hostia Santa parece como inaccesible a nuestra indignidad. Prepara un monumento en cada templo. Allí traslada el cuerpo del Señor; y aunque esté cubierto de velos los fieles le asediarán con sus aspiraciones y adoraciones. Vendrán a honrar el reposo del Hombre-Dios; «donde estuviere el cuerpo allí se congregarán las águilas»‘. De todas las partes del mundo se elevarán a Jesús un concierto de vivas y afectuosas oraciones, en compensación de los ultrajes que recibió en estas mismas horas de parte de los judíos. Allí se reunirán las almas fervientes, donde ya mora Jesús, y los pecadores arrepentidos por la gracia y en vías de reconciliación.

LA ESTACIÓN. — En Roma la Estación se celebra en San Juan de Letrán. La grandeza de este día, la Reconciliación de los Penitentes, y la consagración del Crisma, piden unánimemente esta metrópoli de la ciudad y del mundo. Hoy con todo eso tiene lugar la función en el Palacio Vaticano (Antiguamente como las dos primeras misas ocupaban gran parte del día, esta tercera misa comenzaba en el Canon. Se advierte que los textos de la Ante-misa, no tienen relación directa con la Cena; el Introito es del Martes precedente ; la Colecta pertenece a la liturgia de mañana; la Epístola está tomada del oficio de la noche; el Evangelio se leyó en otro tiempo el Martes Santo).

En el Introito la Iglesia se sirve de las palabras de San Pablo para glorificar la Cruz de Jesucristo; celebra con entusiasmo al divino Redentor que muriendo por nosotros, ha sido nuestra salvación; que por su pan divino es vida de nuestras almas y por su Resurrección, autor de la nuestra.

INTROITO

Mas a nosotros nos conviene gloriarnos de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo: en quien están nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección: por el cual hemos sido salvados y libertados. — Salmo: Compadézcase Dios de nosotros, y bendíganos: brille sobre nosotros su rostro, y tenga piedad de nosotros.—Mas a nosotros…

En la Colecta la Iglesia pone ante nuestros ojos la suerte tan diferente de Judas y el buen Ladrón los dos culpables, pero el uno condenado y el otro perdonado. Pide al Señor, que la Pascua de su Hijo en cuyo relato se ven cumplidas esta justicia y esta misericordia, sea para nosotros remisión de los pecados y fuente de gracia.

COLECTA

Oh Dios, de quien recibió Judas el castigo de su pecado, y el ladrón el premio de su confesión, concédenos a nosotros el efecto de tu propiciación: para que, así como Jesucristo, nuestro Señor, en su Pasión dió a los dos el diverso galardón de sus méritos, así nos dé a nosotros, destruido el error de la vejez, la gracia de su Resurrección. El, que vive y reina contigo.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Corintios (I. Cap. XI, 20-32).

Hermanos: Cuando os reunís, ya no es para comer la cena del Señor. Porque cada cual pretende comer su propia cena. Y el uno tiene hambre, y el otro está embriagado. ¿No tenéis acaso vuestras casas para comer y beber? ¿O despreciáis la Iglesia de Dios, y confundís a los que no tienen? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo. Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fué entregado, tomó el pan, y, dando gracias, lo partió, y dijo: Tomad, y comed: Este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros: haced esto en memoria mía. Asimismo tomó también el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi Sangre: haced esto, cuantas veces lo bebiereis, en memoria mía. Porque siempre, que comiereis este pan, y bebiereis este cáliz, anunciaréis la muerte del Señor hasta que El venga. Por tanto, cualquiera que comiere este pan, o bebiere el cáliz del Señor indignamente será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Pruébese, pues, el hombre a sí mismo, y coma así de este pan, y beba de este cáliz. Porque, el que come y bebe indignamente, juicio come y bebe para sí, no discerniendo el cuerpo del Señor. Por eso hay muchos enfermos y débiles entre vosotros, y muchos duermen. Si nos examináramos nosotros mismos, no seríamos juzgados ciertamente. Pero, si fuéramos juzgados, seremos castigados por el Señor, para que no nos condenemos con este mundo.

PUREZA NECESARIA PARA COMULGAR. — El gran Apóstol de las Gentes después de haber reprendido a los Cristianos de Corinto, por los abusos a que daban lugar las cenas llamadas Agapes, que el espíritu de fraternidad había instituido y que no tardaron en suprimirse, relata la *Cena del Señor. Insiste en el poder, que el Salvador dió a sus discípulos, de renovar la acción que acababa de efectuar. Pero nos enseña de un modo particular que, cada vez que el sacerdote consagra el cuerpo y la sangre de Jesucristo, «anuncia la muerte del Señor», dando a entender por estas palabras, la unidad de sacrificios en la cruz y en el altar. «Examínese pues, cada hombre a sí mismo dice San Pablo y después coma de este pan y beba de este cáliz.» En efecto, para participar de un modo íntimo del misterio de la Redención, para contraer una unión estrechísima con la divina víctima, debemos desterrar de nosotros todo lo que sea pecado, o afecto al pecado. «El que come mi carne y bebe mi sangre mora en mí y yo en él», dice el Salvador. ¿Puede haber algo más íntimo? ¡Con Qué cuidado debemos purificar nuestra alma, unir nuestra voluntad a la de Jesús, antes de acercarnos a esta mesa que ha preparado para nosotros y a la cual nos invita! Pidámosle que nos prepare El mismo, como preparó a los apóstoles lavándoles los pies. Lo hará, ahora y siempre, si nos entregamos por completo a su amor.

El Gradual está compuesto con las palabras que la Iglesia repite a cada instante durante esos tres días. San Pablo quiere con ellas reavivar en nosotros un reconocimiento profundo hacia el Hijo de Dios que se entregó por nosotros.

GRADUAL

Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Por lo cual Dios le sobreensalzó y le dio un nombre que es sobre todo nombre.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Juan (XIII, 1-15).

Antes del día de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre: habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el final. Y, terminada la cena, cuando el diablo ya había sugerido al corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, el designio de entregarle, Jesús, sabiendo que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas, y que había salido de Dios, y que a Dios iba, levantóse de la mesa, y se quitó su ropa: y, habiendo tomado una toalla, se la ciñó. Después echó agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a limpiarlos con la toalla con que estaba ceñido. Llegó, pues, a Simón Pedro. Y díjole Pedro: Señor, ¿me lavas tú los pies a mí? Respondió Jesús, y le dijo: Lo que yo hago, no lo entiendes tú ahora, pero lo entenderás después. Díjole Pedro: No me lavarás los pies jamás. Respondióle Jesús: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Díjole Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos, y la cabeza. Díjole Jesús: El que ya está lavado no necesita lavarse más que los pies, porque ya está limpio todo. Y vosotros estáis limpios, pero no todos. Porque sabía quién le había de entregar: por eso dijo: No estáis limpios todos. Así que les hubo lavado los pies y tomado de nuevo su ropa, volviendo a sentarse a la mesa, díjoles: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor: y decís bien: porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro,* he lavado vuestros pies: vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque os he dado ejemplo, para que, como yo he hecho, hagáis también vosotros.

NUEVA LECCIÓN DE PUREZA. — La acción del Salvador de lavar los pies a sus discípulos antes de admitirles a participar de su divino misterio encierra para nosotros una lección. Hace unos momentos nos decía el Apóstol: Examínese cada uno a sí mismo; «Jesús dice a sus discípulos: «Vosotros estáis limpios» y añade después: «mas no todos». Del mismo modo nos dice el Apóstol que hay quienes se hacen reos del cuerpo y de la sangre del Señor». Temamos la muerte de éstos y examinémonos a nosotros mismos; examinemos nuestra conciencia antes de acercarnos a la Sagrada Mesa. El pecado mortal y el afecto al pecado, trocarían en veneno el alimento que da la vida al alma. Pero, si debemos tener gran reverencia a la Mesa del Señor, para presentarnos a ella sin las manchas por las cuales pierde el alma toda semejanza con Dios y le entrega a los dardos terribles de Satán, debemos también, por respeto a la santidad divina que va a venir a nosotros, purificar hasta las más leves manchas, con las que pudiéramos herirlos. «El que ya está limpio, no necesita lavarse más que los pies», dice el Señor. Los pies son los lazos terrestres por los cuales estamos expuestos a pecar. Vigilemos sobre nuestros sentidos y sobre los movimientos de nuestra alma. Purifiquémonos de estas manchas con una confesión sincera con la penitencia, con las penas y mortificaciones, a fin de que recibiendo dignamente este Santo Sacramento, despliegue en nosotros toda la plenitud de su virtud (En adelante éste es el lugar, al menos donde sea factible, para el Mandato, cuya explicación y texto damos más adelante),

En la antífona del Ofertorio, el cristiano fiel, apoyado en la palabra de Cristo que le ha prometido el pan de la vida, da rienda suelta a su gozo. Da gracias por este alimento que salva de la muerte a los que se alimentan de él.

OFERTORIO

La diestra del Señor ejerció su poder, la diestra del Señor me ha exaltado: no moriré, sino que viviré, y contaré las obras del Señor.

En la Secreta, la Iglesia, recuerda al Padre celestial que hoy es el día en que se instituyó el Sacrificio ofrecido en este momento.

SECRETA

Suplicárnoste, oh Señor, Padre santo, Dios omnipotente y eterno, Dios, que te haga acepto nuestro sacrificio el mismo Jesucristo, tu Hijo, y Señor nuestro, que en este día le instituyó y enseñó a los discípulos a celebrarle en su memoria. Tú que vives…

El sacerdote después de haber comulgado en las dos especies, distribuye la sagrada Eucaristía al clero; y, mientras los fieles a su vez comulgan, el coro canta la antífona de la Comunión a la que pueden añadirse los salmos 22, 71, 103 y 150.

COMUNION

El Señor Jesús, después de cenar con sus discípulos, lavó sus pies, y díjoles: ¿Sabéis lo que os he hecho yo, el Señor, y el Maestro? Os he dado ejemplo, para que también hagáis vosotros así.

En la poscomunión, la Iglesia pide para nosotros, la conservación del don que acabamos de recibir, hasta la eternidad.

POSCOMUNION

Saciados con estos vitales alimentos, suplicárnoste, Señor, Dios nuestro, hagas que, lo que celebramos durante el tiempo de nuestra mortalidad, lo consigamos con la gracia de tu inmortalidad. Por el Señor.

LA PROCESIÓN. — Terminada la Misa, una procesión se dirige hacia el lugar donde será depositado el Santísimo Sacramento. El celebrante lleva el sagrado copón bajo palio, como en la fiesta del Corpus Christi, pero hoy, el Cuerpo sagrado del Redentor contenido en el copón, va cubierto y no rodeado de rayos de esplendor como el día de su triunfo. Adoremos a este divino Sol de justicia y durante la marcha al monumento cantemos el Pange, lingua, el himno del Santísimo Sacramento, tan conocido de todos.

Llegado al monumento, el celebrante inciensa el sagrado copón y le encierra en el tabernáculo. Durante unos instantes se ora en silencio y luego el cortejo vuelve al coro en silencio e inmediatamente se procede a la denudación de los altares.

DESPOJO DE LOS ALTARES. El celebrante ayudado de los ministros, quita los manteles que cubren el altar. Este rito anuncia que se suspende el Sacrificio. El altar permanecerá desnudo, hasta que pueda ofrecerse a la Majestad divina la ofrenda sagrada; pero, para esto, es necesario que el Señor, vencedor de la muerte, salga triunfante de la tumba. En este momento, está en manos de los judíos, van a despojarle de sus vestidos, como nosotros despojamos su altar. Va a ser expuesto a los ultrajes de todo el pueblo; por eso la Iglesia manda se acompañe esta ceremonia con la recitación del Salmo XXI, en el que, el Mesías expone de una manera tan sorprendente la acción de los romanos, que, al pie de la Cruz, dividen sus despojos. Terminada la denudación de los altares, en el Coro se recitan las Completas.

EL LAVATORIO DE LOS PIES

LECCIÓN DE CARIDAD FRATERNA. — Después de haber lavado Jesús los pies a los discípulos les dijo: «¿Sabéis lo que acabo de hacer? Vosotros me llamáis Maestro y bien decís, pues lo soy, si pues, yo os he lavado los pies, yo el Maestro y Señor, cuánto más debéis vosotros lavaros los unos ^ los otros. Os he dado ejemplo, a ñn de que, así como lo he hecho yo, así también lo hagáis vosotros.» La Iglesia ha recogido y puesto en práctica estas palabras. En todos los siglos se ha visto a los cristianos, a ejemplo del hombre Dios, cumplir este mandato a la letra, lavándose los pies unos a otros.

ANTIGÜEDAD DEL RITO. — En los comienzos del cristianismo, era frecuente este acto de caridad; San Pablo, enumerando las cualidades de la viuda cristiana recomienda a Timoteo que se ñje si se ocupa «en lavar los pies de los santos, eá decir, de los fieles»

Esta piadosa práctica la vemos usada por los mártires, y más tarde todavía en los siglos de paz. Las actas de los santos de los seis primeros siglos, las Homilías y los Tratados de los Padres hacen continuas alusiones. Poco a poco, en el andar del tiempo, se fué enfriando la caridad, quedando recluida esta práctica a los monasterios. Con todo eso, de cuando en cuando, han surgido ejemplos admirables, incluso entre los reyes, que para humillar el orgullo del hombre, quisieron imitar al Redentor. La Iglesia, que no puede dejar perder las tradiciones que la recomendó su Fundador, quiere que, al menos una vez al año, se ponga a los ojos de los fieles el ejemplo de humildad del Salvador. Quiere que en cada Iglesia importante, el prelado o el superior honre esta humillación del Hijo de Dios, observando el rito del lavatorio de los pies. El Padre Santo, en el Palacio del Vaticano, da ejemplo a toda la Iglesia, y en el mundo entero los obispos siguen sus pasos.

EL NÚMERO ESCOGIDO. — Ordinariamente se escogen doce pobres para hacer las veces de los doce Apóstoles; pero el Soberano Pontífice lava los pies a trece sacerdotes de diferentes nacionalidades; por eso la Santa Iglesia en su ceremonial exige este número en las Iglesias catedrales. Este uso ha sido interpretado de diversos modos. Unos han visto en ellos el número perfecto del colegio apostólico, que era de trece; el traidor Judas reemplazado por Matías y Pablo añadido por una disposición especial de Jesús. Otros mejor informados por Benedicto XIV ‘, dicen que la razón de este número hay que buscarla en un hecho de la vida de San Gregorio Magno, cuyo recuerdo Roma ha conservado. Este insigne Pontífice, lavaba cada día los pies a doce pobres, que eran admitidos a su mesa. Un día sucedió, que se halló uno desconocido, mezclado con los otros, sin que le hubiese visto; este personaje era un ángel, que Dios había enviado para dar testimonio, con su presencia, de cuán agradable le era este acto de Gregorio.

La ceremonia del Lavatorio de los pies llámase también Mandato por razón de la primera palabra de la antífona que se canta en esta función/. Después del Evangelio en que se relata la acción del Señor, el celebrante quítase la casulla, se ciñe con un lienzo y se dirige a aquellos a quienes ha de lavar los pies. Arrodíllase delante de cada uno de ellos y besa su pie después de habérsele lavado. Entretanto el coro canta las antífonas siguientes:

ANTÍFONA. — Un mandamiento nuevo os doy: que os améis mutuamente, como yo os he amado, dice el Señor. T. Bienaventurados los puros en su camino: los que andan en la Ley del Señor. — Un mandamiento nuevo…

Se repite la Antífona Mandatum y así las demás después de su versillo.

ANTÍFONA. — Después que se levantó el Señor de la cena, echó agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de sus discípulos: este ejemplo les dejó. 7. Grande es el Señor, y muy digno de alabanza: en la ciudad de nuestro Dios y en su santo monte. — Después que se levantó…

ANTÍFONA. — Jesús, nuestro Señor, después de cenar con sus discípulos, les lavó los pies y les dijo: ¿Comprendéis lo que yo, vuestro Señor y Maestro, he hecho con vosotros? Os he dado ejemplo para que también lo hagáis vosotros. 7. Has sido benévolo con tu tierra, Señor; has hecho repatriar los cautivos de Jacob.— Jesús, nuestro Señor…

ANTÍFONA. — Señor, ¿me lavas tú los pies a mí? Respondió Jesús, y díjole: Si no te lavare los pies, no tendrás parte conmigo. V. Llegó, pues, a Simón Pedro, y díjole Pedro: Señor, ¿me lavas tú los pies a mí? Respondió Jesús, y díjole: Si no te lavare los pies, no tendrás parte conmigo, V. Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: pero lo entenderás después. — Señor, ¿me lavas tú…?

ANTÍFONA.—; Si yo, vuestro Señor y Maestro, os he lavado a vosotros los pies: ¿cuánto más deberéis lavaros los pies unos a otros? — V. Oíd esto, gentes todas: escuchad con los oídos, los que habitáis la tierra.— Si yo, vuestro Señor…

ANTÍFONA. — En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os tuviereis mutuo amor. V. Dijo Jesús a sus discípulos. En esto conocerán…

ANTÍFONA. — Permanezcan en vosotros estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad; pero la mayor de ellas es la caridad. V. Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad; pero la mayor de ellas es la caridad. — Permanezcan en vosostros…

Después de estas antífonas se canta el siguiente cántico, que nunca se ha de omitir, porque es una exhortación a la caridad, de quien es un símbolo el Lavatorio de los pies.

1. Donde hay caridad y amor, allí está Dios. V. Nos ha congregado juntos el amor de Cristo. J. Alegrémonos y gocémonos en él. J. Temamos y amemos al Dios vivo. T. Y amémonos nosotros con corazón sincero.

2. Donde hay caridad y amor, allí está Dios. y. Cuando, pues, nos reunamos juntamente. V. Evitemos el dividirnos en espíritu. V. Cesen las riñas malignas, cesen los pleitos, V. Y que, en medio de nosotros, esté Cristo, Dios.

3. Donde hay caridad y amor, allí está Dios. V. Veámonos juhtamente con los Santos, y. Alegremente tu rostro, oh Cristo, Dios. V. Y el gozo tuyo, inmenso y puro. y. Por los siglos de los siglos infinitos. Amén.

El celebrante revestido de nuevo con el pluvial, termina la función con las siguientes preces:

Padre nuestro.

El resto de la oración dominical se continúa en voz baja hasta las dos últimas peticiones.

V. Y no nos dejes caer en la tentación.
R. Mas líbranos de mal.
V. Tú ordenaste, Señor, que tus mandatos.
R. Se guardasen celosamente.
V. Tú lavaste los pies de tus discípulos.
R. No desprecies las obras de tus manos.
V. Señor, escucha mi oración.
R. Y llegue a ti mi clamor.
V. El Señor sea con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

ORACION

Suplicárnoste, Señor, asistas a este obsequio de nuestra servidumbre: y, pues, tú te dignaste lavar los pies a tus discípulos, no desprecies las obras de tus manos, que nos mandaste conservar: para que, así como aquí nos lavan y nos lavamos las manchas exteriores, así sean lavados por ti los pecados interiores de todos nosotros. Lo cual te dignes conceder tú mismo, oh Dios, que vives y reinas por todos los siglos de los siglos. Amén.

NOCHE

DISPUTA ACERCA DE LA PRIMACÍA. — Judas salido del Cenáculo se dirige, aprovechando la oscuridad de las tinieblas, hacia el lugar donde se hallan los enemigos del Salvador. Jesús dirigiéndose entonces a sus fieles Apóstoles, les dice: «Ahora va a ser glorificado el Hijo del Hombre» ‘. Hablaba de la gloria que había de seguir a su Pasión; mas esta dolorosa Pasión comenzaba ya, y la traición de Judas era el acto primero. No obstante eso los Apóstoles, olvidando pronto la tristeza que les había embargado, al anunciarles Jesús que uno de ellos había de traicionarle, se liaron en una disputa. Discutieron quién de ellos tenía la primacía sobre los demás. Recordaban las palabras que Jesús había dirigido a Pedro al elegirle por fundamento de su Iglesia; observaban, que antes que a los demás, le lavó el Maestro los pies; pero la familiaridad de Juan con Jesús durante la^cena les había impresionado y sospecharon si el supremo honor estaría reservado a aquél que parecía ser el más amado.

Jesús pone fin a estos debates, dando a estos futuros Pastores de las almas una lección de humildad. Había ciertamente entre ellos un Jefe; mas, «el mayor entre vosotros» les dice, «hágase como el menor y el que manda como el que sirve». ¿No estoy yo en medio de vosotros como el que sirve’/». Después, dirigiéndose a Pedro le dice: Simón, Simón: Satanás te reclama para cribarte como el trigo; pero yo rogué por ti para que no desfalleciera tu fe; y tú, convertido ya, conforta a tus hermanos.

Con esto dictaba su testamento el Salvador: miró por la suerte de su Iglesia, antes de abandonarla.

Los Apóstoles serán hermanos de Pedro, mas Pedro será su Jefe. Esta cualidad será exteriorizada por la humildad; será el «siervo de los siervos de Dios». El Colegio Apostólico dominará el furor del infierno; pero sólo San Pedro bastará para confirmar a sus hermanos en la fe. La enseñanza será siempre conforme a la verdad divina, siempre infalible. Jesús ha rogado para que sea así. Oración omnipotente por la cual la Iglesia, dócil siempre a la voz de Pedro, guardará la doctrina del Hijo de Dios.

EL MANDAMIENTO NUEVO. — Jesús, después de haber asegurado el porvenir de su Iglesia por las palabras antes proferidas a San Pedro, se dirige a todos con incomparable ternura: «Hijitos, les dice, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Amaos los unos a las otros; en eso conocerán todos que sois discípulos míos, si os amáis mutuamente.» Dícele San Pedro: «¿Señor, a donde vas?» «Donde voy yo, le respondió Jesús, no puedes ahora seguirme, pero me seguirás más tarde.» «¿Y por qué no puedo seguirte ahora? respondió San Pedro.» «Mi vida la daré por ti.» A lo que respondió Jesús: ¿Tu vida darás por mí? En verdad, en verdad te digo, no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces1. El amor de San Pedro para con Jesús era muy humano; no se fundaba en la humildad. La presunción viene del orgullo; y no sirve más que para preparar nuestras caídas. Para disponer a Pedro a su ministerio de perdón y para darnos también a todos una útil lección, Dios permite qúe quien había de llegar a ser el Príncipe de los Apóstoles, cayese en una falta vergonzosa y grave.

Recojamos todavía algunos rasgos de las penetrantes palabras del Salvador en este momento de despedida.

LA PAZ. — «Yo soy, les dice, el camino, la verdad y la vida. Si me amáis, guardaréis mis mancamientos, y yo rogaré al Padre, y os dará otro «abogado, para que esté con vosotros de conti- «nuo. No os dejaré huérfanos; vuelvo a vosotros.

«La paz os dejo, mi paz os doy, no como el mundo «la da, yo os la doy. No se contriste vuestro cora- «zón ni se acobarde. Si me amareis, os holgaríais «de que vaya al Padre. Ya no hablaré muchas co- «sas con vosotros, porque viene el príncipe de «este mundo, mas contra mí no puede nada; pe- «ro es menester que conozca el mundo que amo «al Padre, y que, como me lo mandó el Padre, «así lo hago. Levantaos, vamos de aquí»‘.

JESÚS ES LA VERDADERA VIÑA. — El Salvador continúa sus desahogos celestiales y la viña le ofrece la ocasión de hacer una preciosa comparación que nos muestra la relación que la gracia divina establece entre El y nuestras almas. «Yo «soy, dice, la vid verdadera y mi Padre es el vi- «ñador. Todo sarmiento que no da fruto en mí, «lo arrancará; y todo el que da fruto le podará «para que dé fruto más copioso. Permaneced en «mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no pue- «de dar fruto de sí mismo si no permanece en «la cepa, así tampoco vosotros sino permanecéis «en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. «Quien permanece en mí y Yo en él, éste da fru- «to abundante, porque fuera de mí nada podéis «hacer. Si alguno no permanece en mí, será «arrancado como el sarmiento y se secará; y a «esos se les recogerá y arrojará al fuego y arde- «rán. No me escogisteis vosotros a mí, antes yo «os escogí a vosotros y os destiné para que va- «yáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca».

PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO. — Después les anunció las persecuciones que les aguardaban y el odio que el mundo les tendría. Les renovó la promesa que antes les había hecho, de enviarles un Espíritu Consolador, y les dijo cómo su partida les sería ventajosa; y que alcanzarían del Padre todo lo que le pidiesen en su nombre. «El Padre, añadió, os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre.» Dícenle entonces sus discípulos: «Ahora conocemos que lo sabes todo, y no tienes necesidad de que nadie te pregunte: en esto creemos que saliste del Padre.» ¿Ahora creéis? «les respondió Jesús». «Mirad que llega la hora y ya ha llegado en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Todos vosotros padeceréis escándalo por mí esta noche, porque escrito está: Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño; mas cuando hubiere resucitado, iré antes que vosotros a Galilea.

ORACIÓN SACERDOTAL. — Pedro intentó protestar de su fidelidad, que, según él decía, era mayor que la de los demás. Lo creía así, porque sabía que gozaba de una especial predilección por parte del Maestro, mas Jesús le repite la humillante predicción que antes les había hecho; después elevando los ojos al cielo, exclamó: «Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti. He consumado la obra que Tú me encomendaste hacer; he manifestado tu nombre a los hombres, que me diste del mundo. Ahora han conocido que salí de Ti y han creído verdaderamente que Tú me enviaste.» «Por «ellos ruego: No ruego por el mundo. Y desde «ahora no estoy en el mundo y éstos quedan «en el mundo y yo voy a Ti. Padre Santo, guard a en tu nombre a los que Tú me has dado; «para que sean uno con nosotros. Cuando con «ellos estaba, yo los guardaba en tu nombre; a «los que me diste he guardado y ninguno de ellos «ha perecido, sino el hijo de perdición, para que «se cumpliese la escritura. Yo les he comunicado «tu palabra y el mundo les aborreció, como yo «tampoco soy del mundo. No pido que los saques «del mundo, sino que los preserves del mal. No «ruego por estos sólo, sino también por los que «crean en mí por medio de su palabra: que todos «sean uno, como Tú, Padre, en mí y yo en ti, «a fin de que el mundo crea que Tú me enviaste. «Padre, quiero que, donde estoy yo, también es- «tén conmigo los que me has dado, para que contemplen la gloria que me has dado, porque me «amaste antes de la creación del mundo. Padre «justo, el mundo no te ha conocido, mas yo te «conocí: y estos también conocieron que Tú me «has enviado. Y yo les manifesté tu nombre y se «lo manifestaré, para que el amor con que me «amaste sea en ellos, y yo también esté en «ellos».

GETSEMANÍ. — Estos fueron los arranques de amor que salieron del Corazón de Cristo aquella noche en el Cenáculo. Después de esto se levantaron todos y se dirigieron al huerto de los Olivos. Llegado que hubieron a un lugar, conocido con el nombre de Getsemaní, entró Jesús en un huerto a donde solía conducir a sus Apóstoles para descansar con ellos. En ese momento, un sentimiento de dolor se apoderó de su alma; su naturaleza humana experimenta una como suspensión de esa dicha que le procuraba la unión con la divinidad. Con todo eso, interiormente, su naturaleza humana será sostenida hasta la consumación del sacriñcio, y El soportará todo lo que pueda. Jesús siente la necesidad de apartarse: quiere huir, en su abatimiento, de las miradas de sus discípulos. Quiere, con todo, que le acompañen los que fueron no ha mucho testigos de su gloriosa transfiguración: Pedro, Santiago y Juan. ¿Serán acaso más firmes que los demás al ver la humillación de su Maestro? Las palabras que les dirige manifiestan elocuentemente la conmoción repentina que se ha realizado en su alma. Aquel cuyo lenguaje era siempre tan sereno, sus modales tan dignos, su voz tan afectuosa, ahora dice: «Mi alma está triste hasta la muerte, quedaos aquí y velad conmigo».

LA AGONÍA. — Se aparta a la distancia de un tiro de piedra. Allí Jesús postrado sobre la tierra exclama: «Padre mío, todas las cosas te son posibles, aparta de mí este cáliz, mas no se haga lo que yo quiero sino lo que Tú». Al mismo tiempo corría por sus miembros un sudor de sangre que empapaba la tierra. No era esto abatimiento, ni pasmo: Una agonía verdadera. Entonces envía Dios auxilio a esta naturaleza que expira y un ángel recibe la misión de sostenerla. Jesús es tratado como simple hombre; su humanidad deshecha, debe, sin otra ayuda sensible que la del ángel, reanimarse y aceptar nuevamente el cáliz que le ha sido preparado. ¡Y qué cáliz era éste! Los dolores del alma y del cuerpo, el quebranto del corazón, todos los pecados de la humanidad que había cargado con ellos y gritaban contra El; la ingratitud de los hombres, que hará inútil para no pocos el sacrificio que va a ofrecer. Jesús tiene que aceptar todas estas amarguras en este momento en que parece, sirva la expresión, reducido completamente a la naturaleza humana; pero la virtud de la divinidad, que no le abandona, le sostiene, sin perdonarle ninguna angustia. Comienza su oración pidiendo no beber el cáliz; mas la termina diciendo a su Padre que no se cumpla otra voluntad que la suya.

SOLEDAD DE JESÚS. — Se levanta entonces Jesús dejando impresa sobre la tierra las huellas sangrientas del sudor que la violencia de la agonía había hecho correr por sus miembros; son las primeras gotas derramadas de la sangre redentora. Va a sus discípulos y los encuentra dormidos. ¿No habéis podido, les dice, velar una hora conmigo? Ya comienzan a abandonarle los suyos. Vuelve aún dos veces a la gruta, donde hizo la primera oración, desolado y sumiso. Dos veces se acerca a sus discípulos y las dos encuentra siempre la misma insensibilidad en esos hombres que El había escogido para que velasen junto a El. «Ya por mí, les dice, dormid y descansad. ¡Ea! Ha llegado la hora y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores.» Después reanimándose, dijo: «Levantaos, vamos; mirad que está aquí el que me entrega».

EL PRENDIMIENTO. — Aun estaba hablando cuando el jardín se vió invadido repentinamente por una chusma de gente armada, llevando teas y conducida por Judas. La traición se lleva a cabo por la profanación de la señal de la amistad. «¿Judas: con un beso entregas al Hijo del Hombre?'». Palabras expresivas y llenas de ternura que debieran haber abatido a este desventurado a los pies de su Maestro. Pero era tarde. El cobarde no se atrevió a provocar a la soldadesca que él mismo había conducido, ni los criados del Sumo Sacerdote osaron poner las manos sobre Jesús hasta que éste no les dió permiso para ello. Una palabra de su boca bastó para que cayesen de bruces sobre la tierra. Permíteles Jesús que se levanten y les habla con la majestad de un rey: «Si me buscáis a mí, dejad en 0 paz a éstos. Habéis venido con armas para prenderme. Todos los días me teníais en el templo y no fuisteis tentados de prenderme, pero ésta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas.» Y dirigiéndose a Pedro que había desenvainado la espada, le dijo: ¿Crees que, si quisiese, no podría rogar a mi Padre para que me enviase más de doce legiones de ángeles? Mas, entonces, ¿cómo se cumplirían las escrituras?

JESÚS CONDUCIDO ANTE EL SUMO SACERDOTE. — Después de dichas estas palabras, Jesús se deja maniatar. Entonces los Apóstoles, descorazona- . dos y embargados por el pavor, huyen. Solo Pedro con otro discípulo sigue desde lejos los pasos del Maestro. La chusma que llevaba consigo a Jesús le hace recorrer el mismo camino que el domingo precedente siguió triunfante, cuando otra turba entusiasmada le aclamaba batiendo palmas y ramos -de olivos. Pasaron el torrente Cedrón Entretanto llegaron a las murallas de Jerusalén. Se abre la puerta ante el prisionero divino; mas la ciudad, cubierta por las sombras de la noche, ignora el atentado que acaba de cometerse. Mañana al amanecer el día, sabrá que Jesús Nazareno, el gran Profeta ha caído en manos de los Príncipes de los Sacerdotes y de los Fariseos. Avanza la noche; pero aún tardará en aparecer la aurora. Los enemigos de Jesús han determinado entregarlo mañana al Gobernador Poncio Pilatos, como un perturbador del orden público. Mientras, le juzgan y le condenan como culpable en materia religiosa.

Su tribunal tiene el derecho de conocer las causas de esta índole, aunque nunca puede sentenciar a la pena capital. Jesús es conducido, pues, a casa de Anás, suegro del Sumo Sacerdote Caifás, donde, según las disposiciones tomadas de antemano debía verificarse el primer interrogatorio. Estos hombres sanguinarios pasan la noche sin darse ningún descanso. Después que sus guardias marcharon hacia el Huerto de los Olivos, contaron los momentos, inciertos del buen éxito de la conjuración; ya tenían en sus manos su codiciada presa; sus deseos crueles iban a realizarse.

Suspendamos este relato doloroso para reanudarlo mañana en que, siguiendo un orden cronológico, tuvieron lugar los áugustos misterios, que en él se obraron para nuestra instrucción y salvación.

La jornada pasada está repleta de los beneficios de nuestro Salvador: nos ha dado su carne por alimento, ha instituido el sacerdocio de la Nueva Ley. Su corazón se ha desbordado con las más tiernas expansiones. Le hemos visto luchando con la debilidad humana ante la inminencia del cáliz de la Pasión y su triunfo sobre ella para salvarnos. Le hemos visto traicionado, maniatado y conducido cautivo a la ciudad santa para consumar su sacrificio. Adoremos y amemos al Hijo de Dios, que pudo salvarnos a todos con la menor de sus humillaciones, y lo que hasta ahora ha hecho no es más que el exordio del gran acto del sacrificio que su amor para con nosotros le ha hecho aceptar.

MIÉRCOLES DE LA SEMANA DE PASIÓN

MIÉRCOLES DE LA SEMANA DE PASION
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger


En Roma se celebra la Estación en la Iglesia de San Marcelo papa y mártir (308-310).

COLECTA

Santificado este ayuno, ilustra, oh Dios, misericordiosamente los corazones de tus fieles: y escucha benigno las súplicas de aquellos a quienes concedes el sentimiento de la devoción. Por el Señor.

EPISTOLA

Lección del Libro Levítico.

En aquellos días habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla a toda la asamblea de los hijos de Israel, y les dirás: Yo soy el Señor, vuestro Dios. No hurtaréis. No mentiréis, ni engañará cada cual a su prójimo. No perjurarás en nombre mío, ni mancharás el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor. No calumniarás a tu prójimo, ni le oprimirás con la fuerza. No retendrás el salario del obrero hasta el mañana. No maldecirás al sordo, ni pondrás tropiezo delante del ciego: sino que temerás al Señor, tu Dios, porque yo soy el Señor. No harás lo que es inicuo, ni juzgarás injustamente. No consideres la persona del pobre, ni honres la cara del poderoso. Juzga justamente a tu prójimo. No serás calumniador, ni murmurador en el pueblo. No te pondrás contra la sangre de tu prójimo. Yo soy el Señor. No odies a tu hermano en tu corazón, sino corrígele públicamente, para que no peques contra él. No busques la venganza, ni te acuerdes de la injuria de tus ciudadanos. Amarás a tu amigo como a ti mismo. Yo soy el Señor. Guardad mis leyes. Porque yo soy el Señor, vuestro Dios.

DEBER DE CARIDAD FRATERNA. — La Iglesia, al poner hoy ante nuestra vista este relato del Levítico, en que los deberes del hombre para con su prójimo se encuentran expuestos con tanta claridad y abundancia, quiere dar a entender al cristiano en qué debe enmendar su vida, en cosa tan importante. Es Dios quien aquí habla, e intima sus órdenes; ved como repite casi a cada paso: «Yo el Señor»; a fin de hacernos comprender que será vengador del prójimo que hubiéremos ofendido. ¡Cómo este lenguaje debía sei nuevo al oído de los catecúmenos, instruidos en el seno de un mundo pagano, egoísta y sin entrañas, que jamás les había dicho que todos los hombres son hermanos, que Dios, Padre común de la inmensa familia de la humanidad, exigía que se amasen todos con un amor sincero, sin distinción de razas ni de condición! Nosotros los cristianos, estos días de reparación, pensemos en cumplir a la letra la intención del Señor, nuestro Dios. Acordémonos de que estos preceptos fueron intimados al pueblo israelita, hace muchos siglos antes de la publicación de la Ley de misericordia. Pues si el Señor exigía de un judío un amor tan sincero a sus hermanos, cuando la ley divina estaba escrita solamente en láminas de piedra, ¿qué no pedirá de un cristiano que puede leerlas en el corazón del Hombre- Dios, bajado del cielo y hecho nuestro hermano para que nos fuese más fácil, a la par que agradable cumplir el precepto de la caridad? La humanidad unida en su persona a la divinidad es en adelante sagrada; en ella se ha complacido el Padre celestial; por amor fraternal hacia ella se entrega Jesús a la muerte, enseñándonos con su ejemplo a amar tan sinceramente a nuestros hermanos, que si es necesario «estemos decididos hasta dar nuestra vida por ellos'». Es el discípulo amado el que lo aprendió de su maestro, y el que nos lo enseña.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según S. Juan.

En aquel tiempo se celebró en Jerusalén la fiesta de la dedicación: y era invierno. Y Jesús estaba en el templo, en el pórtico de Salomón. Y rodeáronle los judíos, y decían: ¿Hasta cuándo torturarás nuestra alma? Si eres tú el Cristo, dínoslo claramente. Respondióles Jesús: Os hablo, y no creéis. Las obras, que yo hago en nombre de mi Padre, os dan testimonio de mí: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz: y yo las conozco, y me siguen: y yo les doy vida eterna: y no perecerán para siempre: y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos: y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa. Tomaron entonces piedras los judíos para lapidarle. Respondióles Jesús: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre: ¿por cuál de ellas queréis apedrearme? Respondiéronle los judíos: No te apedreamos por la buena obra, sino por la blasfemia: porque tú, siendo hombre, te haces Dios a ti mismo. Respondióles Jesús: ¿No está escrito en vuestra Ley: Yo dije: dioses sois? Si llamó dioses a quienes habló Dios, y no puede ser quebrantada la Escritura: ¿a quien el Padre santiñcó y envió al mundo, decís vosotros: Blasfemas: porque he dicho: Soy el Hijo de Dios? Si no hago obras de mi Padre, no me creáis. Pero, si las hago, y si no queréis creerme a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.

LA FE. — Después de la fiesta de los Tabernáculos, vino la de la Dedicación, y Jesús se quedó en Jerusalén. El odio de sus enemigos aumentaba continuamente y reuniéndose alrededor de él, quieren obligarle a decir que es el Mesías, para enseguida echarle en cara el usurpar una misión que no es suya. Jesús desdeña responderles, y les remite a los milagros que le han visto obrar y que dan testimonio de él. Por la fe, y solamente por ella, puede el hombre acercarse a Dios en este mundo. Dios se manifiesta por las obras divinas; el hombre que las conoce debe creer la verdad que atestigua tales obras, y así creyendo, tiene el mismo tiempo, la certeza de lo que cree y el mérito de su fe. El judío soberbio se rebela; querría dictar la ley al mismo Dios, y no quiere saber que su pretensión es tan impía como absurda,

UNIDAD DEL PADRE Y DEL HIJO. — Con todo eso, es necesario que la doctrina divina siga su curso, debe excitar el escándalo de estos espíritus perversos. Jesús no habla solamente para ellos: tiene que hacerlo también por los futuros creyentes. Entonces dijo esta gran palabra que nos revela no sólo su categoría de Cristo, sino su divinidad: «Mi Padre y Yo somos uno.» Sabía que hablando- así excitaría su furor; pero tenía que revelarse a la tierra y confundir de antemano a la herejía. Arrio se levantará un día contra el Hijo de Dios y dirá que solamente es la más perfecta de las criaturas: la Iglesia responderá que es uno con el Padre que le es consubstancial; y después de muchas revueltas y crímenes la secta arriana se extinguirá y caerá en olvido. Los judíos son aquí los precursores de Arrio. Han comprendido que Jesús se ha declarado Hijo de Dios, y quieren apedrearle. Por una última condescendencia Jesús quiere prepararles para gustar esta verdad, indicándoles por sus escrituras, que el hombre puede algunas veces recibir en su sentido restringido, el nombre de Dios, por razón de las funciones divinas que ejerce; después les recuerda los prodigios que tan altamente testimonia la asistencia que le ha dado su Padre; y repite con nueva firmeza que «el Padre está en El y El en el Padre. Nada puede convencer a estos corazones obstinados; el castigo del pecado que han cometido contra el Espíritu Santo pesa sobre ellos.

DOCILIDAD. — ¿Que diferente es la suerte de las ovejas del Salvador? «Escuchan su voz, le siguen; les da la vida eterna, y nadie les arrebatará de sus manos.» ¡Dichosas ovejas! Creen porque aman; por el corazón se abre paso la verdad, así como por el orgullo del espíritu penetran las tinieblas en alma del incrédulo y se establecen para siempre. El incrédulo ama las tinieblas; las llama luz y blasfema sin sentirlo. El judío llega hasta crucificar al Hijo de Dios para rendir homenaje a Dios.

ORACION

Atiende a nuestras súplicas, oh Dios omnipotente: y, a los que les concedes la gracia de confiar en tu piedad, dales benigno el efecto de tu acostumbrada misericordia. Por el Señor.

LEFEBREVISTAS CONTRA EL CONCILIO VATICANO I. y 3/3.

a) Cuarto error de Willimson y lefebristas expulsados o idos voluntarios: una definición dogmática puede ser buena en sí misma pero mala per accidens, es decir, a causa de las circunstancias

Esto es lo que sostiene W: “No es que la definición del magisterio solemne o extraordinario infalible del papa fuera una cosa mala per se, al contrario, pero per accidens (64), a causa de la maldad de los hombres, contribuyó mucho a una desvalorización de la Tradición” (65). Esta afirmación es gravísima, pero reveladora de la dificultad que la definición de la infalibilidad crea en los representantes de la Fraternidad. Si una definición infalible (que además es hecha solemnemente por un Concilio Ecuménico) puede causar en aquel que la crea un mal, aunque sólo sea “accidental”, eso quiere decir que el Espíritu Santo, causa de esta definición, ¡es causa del mal entre los buenos católicos!

Otra cosa sería decir: en aquel que no la creyó, la definición ha sido ocasión de tropiezo. Esto es verdadero no sólo para el Concilio Vaticano, sino también para todos los otros Concilios; es verdadero para la muerte de Jesús en la Cruz, piedra de tropiezo, escándalo para los judíos, locura para los paganos (66); para la Ley del Antiguo Testamento, como bien explica San Pablo, que fue ocasión de caída (67). Pero ni las definiciones, ni Nuestro Señor, ni la Ley han sido causa per accidens del mal; la causa fue solamente la mala voluntad de aquel que obró mal, de aquel que no quiso creer.

Pero W podría responder alegando la frase con la cual precisa su pensamiento: “La definición de 1870 fue buena per se, porque permitió anclar las mentes católicas allí donde los liberales hacían de todo para que todo estuviese flotando. Pero en cuanto la definición fue cosa hecha, los malvados liberales cambiaron inmediatamente de táctica: „Sí, por supuesto, obviamente siempre hemos creído (¡hipócritas!) que hay un magisterio a priori infalible en la cima de la enseñanza de la Iglesia, ¿pero quién no ve ahora que, por debajo de esa cima, nada es absolutamente seguro?‟. Así, los liberales se dedicaron alegremente a poner en duda toda verdad por debajo de esta cima constituida por el cuerpo de verdades infaliblemente definidas según las cuatro condiciones de la nueva definición de 1870” (68). Para W (ya he citado más arriba lo que dice), los católicos respondieron a esta táctica liberal construyendo “un magisterio ordinario infalible a priori, calcado sobre el magisterio extraordinario infalible a priori, con sólo tres condiciones, o tres condiciones y media, en lugar de cuatro (69). ¡Pero no, justamente! Son necesarias cuatro condiciones, y no solamente tres y media, para que haya a priori infalibilidad. Pero este magisterio con tres condiciones y media, era como necesario para consolidar una verdad católica en estas mentes falsamente deslumbradas por el magisterio solemne con cuatro condiciones” (págs. 21-22).

En efecto, los “liberales”, que, como W y antes que él, habían contestado la oportunidad de la definición de la infalibilidad del Papa, esgrimieron un argumento similar al referido por W… Dice León XIII al condenar el americanismo: “Es bueno, entonces, dirigir particularmente la atención a la opinión que sirve como el argumento a favor de esta mayor libertad buscada para los católicos y recomendada a ellos. Se alega que ahora que ha sido proclamado el Decreto Vaticano sobre la autoridad magisterial infalible del Romano Pontífice, ya no hay mas de qué preocuparse en esa línea, y por consiguiente, desde que esto ha sido salvaguardado y puesto mas allá de todo cuestionamiento, se abre a cada uno un campo mas ancho y libre, tanto para el pensamiento como para la acción” (evidentemente, ya que, los americanistas, como W, pensaban que todo magisterio que no fuera ultra-solemne, no era infalible) (70). Si W y León XIII señalan el mismo peligro, ¡no ofrecen sin embargo el mismo remedio! Para W, éste se halla en la “Tradición” interpretada sin el Magisterio. Para León XIII, por el contrario, no es así: “Pero tal razonamiento es evidentemente defectuoso, ya que, si hemos de llegar a alguna conclusión acerca de la autoridad magisterial infalible de la Iglesia, esta sería más bien la de que nadie debería desear apartarse de esta autoridad, y más aun, que llevadas y dirigidas de tal modo las mentes de todos, gozarían todos de una mayor seguridad de no caer en error privado” (ibídem) (!).

Sin motivo, entonces, W critica la oportunidad de la definición de 1870, siguiendo los pasos de Döllinger. La Iglesia ha juzgado de modo muy diferente acerca de la oportunidad del Concilio Vaticano I. El mismo Pío IX se refirió explícitamente al punto (71): “Ciertamente los acontecimientos de la época presente… demuestran con qué oportunidad la Divina Providencia dispuso la proclamación de la Infalibilidad pontificia, en el momento en que la recta regla de la fe y de las costumbres había de ser privada, entre múltiples dificultades, de todo apoyo”.

Pío XI formula el mismo juicio (72): “La Iglesia no pide otra cosa que ser escuchada antes de ser condenada: cuanto más fácilmente llegue a todos, al menos a los estudiosos, el conocimiento de las Actas del último Concilio, tanto más claro aparecerá la ignorancia, temeridad y audacia que tuvieron los enemigos de la Iglesia cuando juzgaron como un crimen la decisión y los efectos de la decisión de Nuestro predecesor de santa memoria, Pío IX. Quienquiera considere atentamente el conjunto de los documentos, que refieren y relatan la larga preparación del Concilio y los trabajos de esta importante y célebre asamblea de Obispos, debe necesariamente

a menos que odie la religión o los prejuicios lo enceguezcanreconocer y proclamar que no fue sin inspiración y protección divina que tuvo lugar la preparación, la convocación y la sesión del Concilio ecuménico del Vaticano; y debe reconocer que este Pontífice, quien por tantos méritos ha pasado a la eternidad y a la inmortalidad, no consideró tanto la oportunidad contingente que era negada por los críticos de mente pobresino que más bien preveía y presentía las necesidades de los tiempos futuros”.

La definición de la infalibilidad, oportuna en 1870, es todavía más oportuna y providencial para nuestros tiempos, per se y per accidens, ¡aunque no lo sea para W!

b) Quinto error de W: las definiciones de la Iglesia serían debidas solamente a la disminución de la caridad

Nos detendremos rápidamente en este punto. W dice que “a medida que la caridad se enfría”, las verdades definidas aumentan cada vez más (73): aquí pretende más o menos disminuir la necesidad del magisterio, que no se presenta más como una regla estable de nuestra fe, siempre necesaria, sino como un remedio excepcional y contingente debido a la maldad de los hombres. Por el contrario, la historia nos enseña que las ocasiones de las definiciones de la Iglesia son múltiples: la caridad que se enfría, nuevos errores que aparecen, la profundización de problemas teológicos, un mayor fervor. Si León XIII se pronuncia sobre la validez de las ordenaciones anglicanas, Pío XII sobre la materia y la forma del Orden, se comprende bien que la caridad no tiene nada que ver. Si Pío IX define el dogma de la Inmaculada y Pío XII el de la Asunción, ¡no fue ciertamente por una menor devoción hacia la Santísima Virgen María! Y tampoco se puede decir que antes de la definición había más fervor hacia estos dogmas, ¡cuando precisamente muchos católicos los negaban! En efecto, la Iglesia tiene la asistencia del Espíritu Santo no solamente para conservar el depósito revelado, sino también para explicarlo y exponerlo (Dz 1836).

En suma, también aquí comprobamos que W tiene ideas preconcebidas, y en base a éstas juzga muchas cosas erróneamente.

Conclusión

Muchos “tradicionalistas” creen que abrazar la verdadera Fe en las materias aquí expuestas, significa correr el riesgo de aceptar todo el Concilio Vaticano II con sus reformas. Parece ser éste el obstáculo más grave, que les impide tomar en seria consideración la doctrina de la Iglesia que hemos examinado en los párrafos anteriores. La solución de este nudo ha sido expuesta en la Tesis de Cassiciacum: es imposible aceptar estas reformas, ya que el acto de Fe respecto de ellas es metafísicamente imposible. Si por ejemplo creemos ser de fe que la libertad religiosa es un error, ¿cómo podemos creer que sea al mismo tiempo una verdad revelada? Si creemos que el ecumenismo es malo, ¿cómo puede mi inteligencia creer que sea una buena práctica para la

 

Iglesia? Hay una imposibilidad real para mi inteligencia de adherir a dos proposiciones contradictorias, ambas propuestas a la creencia por el Magisterio: las primeras, por el de los Pontífices del pasado; las segundas, por el de los “pontífices” del Vaticano II. Ahora bien, el Magisterio no puede contradecirse, ni tampoco la Fe. Entonces, uno de los dos está en el error. Pero si uno de los dos está en el error, entonces eso quiere decir, ipso facto, que la “autoridad” que promulgó ese “magisterio” erróneo no estaba asistida por el Espíritu Santo. No era formalmente la Autoridad (74).

Hemos mostrado, con abundancia de documentos, que el Papa es infalible en su Magisterio ordinario; que este Magisterio trata tanto de las verdades reveladas como de las verdades conexas con lo revelado; que por este Magisterio infalible el Papa es la regla próxima de nuestra fe.

Dado que W no acepta la autoridad de los “buenos autores de los manuales de teología”, porque “hicieron de cierto modo el juego a los liberales” (75), no hemos querido tenerlos en cuenta y nos hemos limitado a los documentos del Magisterio, del Concilio Vaticano y de su explicación. Es posible que W rechace también la autoridad de éstos: ¿ya no habrá entonces ninguna autoridad intermedia entre el fiel y la Tradición? ¿Cada uno será para sí mismo la regla de la propia fe (76)? En tal caso, querríamos formular a W algunas preguntas. Si hubiese vivido en los tiempos en que se discutía sobre la validez de Bautismo administrado por los herejes, o en qué día había que celebrar la Pascua, ¿cómo se habría comportado? ¿Habría seguido la “tradición” o las decisiones del Papa? Si hubiese vivido en los tiempos en que los jansenistas contestaban la infalibilidad del Papa en los hechos dogmáticos, ¿a quien habría dado la razón? Interpretar solo la Tradición, porque nos parece evidente o en el sentido en que nosotros la entendemos, ¿no es eso un subjetivismo en el acto de fe, el acto más importante para nuestra salvación? “No es lícito ‒dice Pío XII‒ investigar y explicar los documentos de la „Tradición‟, ignorando o subestimando al Sagrado Magisterio” (77).

NOTA DEL EDITOR: Este artículo fue escrito hace muchos años. Han transcurrido, pues, 2o años desde su publicación, por lo que hoy resulta ser una “profecía”  en parte cumplida, y lo que le resta a punto de cumplirse. Lo que el autor afirma sobre la Williamnson y la FSSPX, es aplicable, sin duda alguna , a casi todos aquellos hijos suyos en los que ha impreso su carácter cuasi indeleble: a la falsa resistencia de mons. Williamson, Faure, Zendejas..; a muchos clérigos vagos que pontifican en sus capillas, sin ninguna jurisdicción, divulgando el error de que los verdaderos papas son infalibles sólo en muy pocas ocasiones, es decir, cuando proclaman solemnemente un dogma, a la vez que pretenden constituirse como los únicos doctores de la Iglesia, corrigiendo, en su desfachatez, o pretendiendo superar a voz en grito, incluso al mismo Doctor Angélico, nada menos y nada más; y en fin, a muchos más que, al menos implícitamente, sostienen la herejía de que la Iglesia es defectible al reconocer como verdaderos papas a los que son manifiestamente herejes; y a la vez que los reconocen papas, los desobedecen sistemáticamente. A todos ellos la FSSPX les ha impreso un estigma, y tienen en común, estén hoy dentro o fuera de sus filas, una misma misión: luchar contra los católicos, sacerdotes y obispos consagrados por Mons. Thuc, Mons. Hnilika o Clarence Kelly, entre otros,  y sus válidos linajes episcopales católicos que han declarado la Sede vacante. Obviante éstos en sus arengas nunca o casi nunca citan el magisterio ¡ Cómo lo van a hacer si no creen en su infabilidad!, sino que pontifican como si ellos mismos fueran el Papa.  

 

Notas

 

  • Le sel de la terre, Couvent de la Haye-aux-Bonshommes, F – 49240 Avrillé, n° 23, invierno 1997-8, págs. 20-22.
  • Ibídem, pág.
  • Los dominicos de Avrillé explican en nota: “Michael Davies es un autor inglés que ha escrito varios libros para defender la Tradición, y en particular a Lefebvre. Sin embargo, no sigue completamente las posiciones de Mons. Lefebvre, especialmente sobre la nueva misa. Es presidente de Una Voce” (Le sel de la terre, pág. 22).
  • Para el Magisterio Ordinario Universal, Sodalitium n° 40, ed. fr., pág. 36 y sig.; n° 43, ed. fr., pág. 38 y sig.
  • Vat. I, Const. dogm. Pastor Æternus, cap. IV, 18/7/1870.
  • Sodalitium n° 40, fr., pág. 37.
  • Sodalitium n° 43, fr., pág. 47. Ver también la cita de Mons. D‟Avanzo, págs. 42 y 49. SALAVERRI, Sacræ Theologiæ Summa, Theologia Fundamentalis, T. III De Ecclesia Christi, B.A.C., Madrid 1962. Libro 2, c. 2, a. 2, n° 647-8.
  • Sodalitium n° 40, fr., pág. 37.

8 bis) Un sacerdote que leyó este artículo en la edición italiana de Sodalitium, emitió la siguiente objeción:

“Según ustedes, el Magisterio y el Concilio Vaticano no hacen distinción entre el magisterio ordinario y el magisterio solemne del Papa. Ciertamente no distinguen cuándo hablan de uno en particular y no del otro, pero es un error pensar que „ex cathedra‟ equivale al magisterio ordinario y al magisterio solemne al mismo tiempo. Es suficiente leer el canon 1323 § 2 del Código de Derecho Canónico: „El dar definiciones solemnes pertenece tanto al Concilio Ecuménico como al Romano Pontífice cuando habla ex cathedra‟. Por lo demás, esto me parece claro en las Actas del Vaticano I.

Se diría que ustedes introducen esta afirmación para recordar una verdad importante, que es que el Papa solo ‒sin el Episcopado‒ puede hablar infaliblemente a menudo, y no de manera tan extraordinaria como sucede una vez por siglo, tal como lo creen los minimalistas que contradicen al Santo Concilio. Pero en este punto W tiene razón (sólo en este punto), al sostener que ex cathedra es sinónimo de „solemne‟; pero no tiene razón al pensar que eso no sucede más que raramente o casi nunca. El Papa es infalible todos los días como primer y principal elemento del M.O.U. y no definiendo ex cathedra, es por eso que a este tipo de magisterio papal se lo llama extraordinario.

En la práctica, el Papa define ex cathedra cada vez que: define un dogma de fe, pero también cuando define una doctrina como cierta, o la condena como herética, favorable o próxima de la herejía, cismática, contraria a los oídos píos. Define también ex cathedra cada vez que canoniza a un santo o (según lo más probable) lo beatifica, cuando aprueba definitivamente un Instituto de perfección, cuando promulga leyes universales disciplinarias o litúrgicas, etc. En todas estas ocasiones, el Papa reinante es infalible porque define o determina desde lo alto de la cátedra suprema. Es por eso que las definiciones ex cathedra de un Papa, aunque reine solamente dos años, son muy numerosas. Pero todo esto no tiene nada que ver con el Magisterio ordinario del Papa, el cual, por naturaleza, como el M.O.U., no define sino que más bien transmite. Si hay una definición papal, hay un juicio solemne, es decir, ex cathedra”.

En primer lugar, señalamos que la divergencia de opiniones entre Sodalitium y nuestro crítico, por importante que sea, no afecta el fondo de la cuestión: ambos estamos convencidos de la gran extensión de la infalibilidad del Magisterio papal, contrariamente a la tesis de W y la Fraternidad.

En cuanto a la tesis que nos critica, aunque es respetable, está muy lejos de ser tan segura como la presenta nuestro contradictor. A este respecto, nos parece suficiente citar al Abbé Bernard Lucien: “Observamos que entre los partidarios de una visión amplia‟ de la infalibilidad pontificia, se pueden descubrir (al menos) tres categorías:

 

  • unos sostienen que la definición del Vaticano I es efectivamente muy restringida (es decir, que los casos de infalibilidad que describe son raros), pero que ella no es restrictiva (es decir, que de ninguna manera excluye que haya infalibilidad en otros casos);
  • otros admiten que la definición de Vaticano I es restrictiva, pero reconocen que en sí misma es amplia;
  • otros, finalmente, entre los que nos contamos, sostienen a la vez que la definición del Vaticano I es amplia y que no es restrictiva” (Bernard Lucien, L‟infaillibilité du Magistère Pontificale Ordinaire, Sedes Sapientiæ, n° 63, pág. 42).

Creemos que nuestro contradictor puede ser clasificado en la segunda categoría, mientras que nosotros nos colocamos, con el Abbé Lucien, en la tercera. En cuanto a la objeción deducida del canon 1323 § 2 del Código de Derecho canónico, es fácil responder que el Código no establece una identidad entre juicio solemne y locución ex cathedra: para el Código, todo juicio solemne pertenece al Papa cuando habla ex cathedra o al Concilio ecuménico, de acuerdo; pero el Código no dice que el Papa cuando habla ex cathedra, lo hace expresándose únicamente de modo solemne. Es por eso que el Abbé Lucien puede (a pesar del canon 1323 § 2, que cita en la página 38) establecer como una característica de la corriente minimalista de la infalibilidad del Papa, la posición que identifica juicios solemnes y locuciones ex cathedra (pág. 45).

  • CLEMENTE VI, “Carta Super quibusdam a Mekhithar, Catholicos de los Armenios”, 29/9/1351, Dz
  • PÍO XI, Mortalium animos, 6/1/1928, DS
  • PÍO XI, Casti Connubii, 31/1/1930, n°
  • PÍO XII, Humani Generis, 12/8/1950, 10-11, Ed. Guadalupe.
  • PÍO XII, Commossi, 4/11/1950.
  • Los miembros de la Diputación de la Fe eran veinticuatro, elegidos por los Padres, y el presidente, Cardenal Bilio, había sido nombrado por Pío
  • Congregación general, 11/7/1870, MANSI, Collectio Conciliorum, vol. 52, col. 1204-18.
  • MONS. GASSER, ibídem, Mansi, 52,
  • MONS. GASSER, ibídem, Mansi, 52,
  • Ibídem, Mansi 52,
  • GREGORIO XVI, Mirari vos, 15/8/1832, DS
  • GREGORIO XVI, Singulari quadam, 25/6/1834.
  • Humani Generis, 12/8/1950, Dz 2319: “Algunos no se creen obligados por la doctrina hace pocos años expuesta en nuestra Carta Encíclica y apoyada en las fuentes de la Revelación, según la cual el Cuerpo místico de Cristo y la Iglesia Católica Romana son una sola y misma cosa”.
  • El objeto de la infalibilidad de la Iglesia y del Papa es doble: aquello que está contenido formalmente en la Revelación, es llamado objeto primario; aquello que está conectado (vinculado) necesariamente con la Revelación, es llamado objeto El tema fue tratado en Sodalitium n° 40, ed. fr., págs. 40-47.
  • MONS. GASSER, ibídem, Mansi, 52, 1226: “Las otras verdades (…) aunque no sean en sí mismas reveladas, son sin embargo necesarias para conservar íntegramente, explicar rectamente y definir eficazmente el depósito de la Revelación. Tales verdades, entre las cuales hay que contar los hechos dogmáticos, puesto que sin ellos el depósito de la fe no podría ser ni conservado ni explicado, aunque no pertenecen directamente al depósito de la fe, son una condición necesaria para la guarda de este depósito. Es por eso que es doctrina unánime de los teólogos católicos que la Iglesia es infalible también en la proclamación auténtica de estas verdades, y que el rechazo de esta Infalibilidad sería un error gravísimo. Las opiniones sólo difieren acerca del grado de certeza con el cual los teólogos sostienen esta Infalibilidad: ¿debe ser considerada como un dogma de fe cuya negación sería una herejía, o bien es una simple deducción de una verdad revelada, y no es por lo tanto más que teológicamente cierta? Puesto que cuando se trata de la Infalibilidad pontificia hay que afirmar lo mismo que respecto de la Infalibilidad de la Iglesia, vuelve a plantearse aquí la misma Pero como los miembros de la Diputación de la Fe han decidido por unanimidad no resolver ahora esta cuestión, se sigue necesariamente que sólo se define ahora un punto (…): la obligación de creer acerca del objeto de la Infalibilidad pontificia, lo mismo que ya se cree acerca del objeto de la Infalibilidad de la Iglesia”. Cfr. TH. GRANDERATH S.J., Histoire du Concile du Vatican, depuis sa première annonce jusqu‟à sa prorogation d‟après les documents authentiques, T. 3, 2da. p., págs. 114-115.
  • MONS. GASSER, Congr. general, 16/7/1870, Mansi, 52, 1316.
  • SALAVERRI, cit., Epílogo, n° 909-910.
  • Enmiendas propuestas al IV de la Constitución De Ecclesia, 7/7/1870, Mansi, 52, 1135.
  • MONS. GASSER, Congr. general, 11/7/1870, Mansi, 52, 1229.
  • Constitución dogmática Dei Filius, definida el 24/4/1870, Dz
  • ABBE BERNARD LUCIEN, L‟infaillibilité du Magistère ordinaire et universel de l‟Eglise, Documents de Catholicité, Bruxelles Annexe, págs. 131-146. Sodalitium, n° 40, ed. fr., págs. 49-50.
  • KLEUTGEN, en la exposición teológica del esquema sobre la Iglesia, en el Concilio, Mansi, 53, 330 B, citado por B. LUCIEN, op. cit., pág. 135.
  • “Non videtur requiri, ut documentum quod definitionem continet, ad universam Ecclesiam immediate dirigatur; sufficit ut toti Ecclesiæ destinetur, licet proxime forsan dirigatur ad episcopos alicuius regionis in qua damnandus error grassatur” (Zapelena, De Ecclesia Christi, pars altera, Tesis 18, pág. 195).
  • GREGORIO XVI, Non sine gravi, al obispo de Friburgo, 23/5/1846.
  • MONS. GASSER, ibídem, Mansi, 52,
  • “Con juicio”, “determinar con juicio”, “discernir con autoridad”, “con autoridad apostólica”, “hablar en cuanto papa”.
  • Actas de la Diputación de la Fe: Relación del Joseph Kleutgen sobre el esquema reformado, Mansi, 53, 326-9.
  • MONS. DE SEGUR, Le Pape est infaillible, París 1872, pág. 192, obra aprobada por Pío IX el 8/8/1870.
  • MONS. GASSER, ibídem, Mansi, 52, Cfr. GRANDERATH, op. cit., pág. 94.
  • MONS. GASSER, ibídem, Mansi, 52, Cfr. GRANDERATH, op. cit., pág. 96.
  • MONS. GASSER, ibídem, Mansi, 52,
  • SAN JERÓNIMO, Ad Damasum Papam, Migne, L. XXII, 356, citado por Gasser.
  • SAN JERÓNIMO, Enarrationes in Psalmos, XL, 30; Migne, L. XIV, 1082, citado por Gasser.
  • MONS. GASSER, ibídem, Mansi, 52,
  • MONS. DE SEGUR, cit., pág. 192.
  • de la Tour d‟Auvergne, al pedir la condena del galicanismo, citó una Carta de Clemente XI (Litt. apost. archiepiscopis et episcopis aliisque ecclesiasticis viris Parisiis congregatis, 15/1/1706), en la cual, como algunos obispos considerasen que los decretos de la Santa Sede debían ser sometidos al examen de los obispos, el Papa los reprendió así: “¿Quién os ha constituido jueces sobre Nosotros? ¿Acaso corresponde a los inferiores el discernir acerca de la autoridad del superior? Sea dicho para vuestra paz, venerables hermanos, que tal cosa no puede nunca ser tolerada… Interrogad a vuestros mayores, y os dirán que no corresponde a los obispos particulares el discutir los decretos de la Sede Apostólica, sino el cumplirlos”. 75ta. Congr. general, 20/6/1870, Mansi, 52, 820-1.
  • Maupas, obispo de Zara, al afirmar la necesidad de la definición, dice: “El carácter de nuestros tiempos, y sobre todo el peligro de corrupción que no deja de amenazar a los fieles de hoy, exigen [la definición]: el infalible magisterio de la Iglesia debe atender constantemente a condenar los errores que, bajo el falso nombre de ciencia, alzan la cabeza y se multiplican por todas partes. Sí, la definición es necesaria, ya que sin ella el magisterio infalible de la Iglesia existiría sólo en abstracto; de hecho no existiría, vista la imposibilidad de reunir continuamente a todos los pastores de la Iglesia, o siquiera de interrogarlos a todos”. Intervención en la 76ta. Congr. general, 23/6/1870, Mansi, 52, 837. Ver también: TH. GRANDERATH, op. cit., pág. 38.
  • Es de particular relevancia la intervención de Mons. Freppel. Llamado a Roma como consultor en las comisiones preparatorias, durante el Concilio fue consagrado Los anti-infalibilistas querían introducir, en el texto de la definición, algunas condiciones para la infalibilidad del Papa (como la consulta de los obispos, la investigación diligente, el estudio de las fuentes, etc.). Aunque las condiciones de las que habla W son muy diferente de las reclamadas en aquella época, la respuesta de Mons. Freppel es esclarecedora, ya que demuestra que no se deben introducir otras condiciones, de lo contrario, “se abriría el campo más vasto a los subterfugios de los herejes”, que pondrían siempre en duda que el Sumo Pontífice haya precisa y suficientemente observado las condiciones requeridas para la infalibilidad. 81ra. Congr. general, 2/7/1870, Mansi, 52, 1038-41. Cfr. GRANDERATH, op. cit., pág. 85.
  • Le sel de la terre, cit., pág. 21, nota 1.
  • PÍO IX, Tuas libenter, 21/12/1863, al arzobispo de Munich, Dz 1679-84, en Sodalitium n° 40, fr., L‟infaillibilité de l‟Eglise, págs. 48-49.
  • “Dependiendo el hombre totalmente de Dios como de su creador y Señor, y estando la razón humana enteramente sujeta a la Verdad increada; cuando Dios revela, estamos obligados a prestarle por la fe plena obediencia de entendimiento y de voluntad”. Vaticano, Const. dogm. Dei Filius, cap. 3 De fide, 24/4/1870, Dz 1789. Ver también lo dicho a propósito de la 4ta. condición.
  • Sodalitium n° 43, fr., págs. 40-47; n° 40, ed. fr., págs. 47-49.
  • Le sel de la terre, cit., pág. 22.
  • SAN AGUSTÍN, Contra epistulam manichei, 5, R.J. 1581.
  • Newman, antes de convertirse, estudió la Tradición, y se convirtió al ver que los Padres se sometían al juicio de la Iglesia de En efecto, la primera Sede no es juzgada por nadie, ni siquiera por la Tradición: al contrario, es ella quien juzga la Tradición.
  • Sodalitium n° 43, fr., págs. 31-34.
  • PÍO XII, Humani Generis, 12/8/1950, Dz
  • J.C., can. 1324; Conc. Vat., De Fide cath., DS 3045.
  • STO. TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, II II, 5, art. 3; q. 1, art. 10.
  • LEÓN XIII, Sapientiæ Christianæ, 10/1/1890.
  • SAN PÍO X, Catecismo Mayor.
  • MONS. GASSER, ibídem, Mansi, 52,

60 bis) SAN IRENEO, Adv. haer., III, 3, 1. 2. TH. GRANDERATH, op. cit., págs. 96-97.

  • ZUBIZARRETA, Theologia dogmatico-scholastica, III, n° 366. Al respecto, escribe MARÍN SOLÁ P. (La Evolución homogénea del dogma católico, n° 149 y sig.) comentando a Sto. Tomás, II, II, 5, 3, ad 2um.: “Quienquiera pretenda adherir a la Verdad Primera de la Escritura y de la Tradición por otra vía que la de la Autoridad de la Iglesia, no tiene una verdadera fe divina, sino otra fe, una fe personal, una fe creada, humana: una fe científica o adquirida. (…) El hombre puede llegar al asentimiento de fe divina con un solo medio: la autoridad de la Iglesia. Sin tal medio, el acto de nuestra fe divina es totalmente imposible”.
  • PÍO XII, Inter complures, 24/10/1954.
  • RICOSSA, prefacio de La nuova messa di Paolo VI, A. V. XAVIER DA SILVEIRA, Ferrara, ed. pro manuscripto, págs. 4-6.
  • Los dominicos de Avrillé explican en nota: “Las expresiones per se y per accidens significan aquí que, en el primer caso, la consecuencia sigue a la esencia de la cosa; en el segundo caso, esta misma consecuencia adviene a causa de circunstancias en sí mismas independientes de la cosa (aquí la circunstancia determinante es „la maldad de los hombres‟ actuales)”.
  • Le sel de la terre, cit., pág. 20.
  • I Cor. I,
  • VII, 7 y sig.
  • Le sel de la terre, cit., pág. 21.
  • Según W, sólo el magisterio solemne es infalible, y para que haya magisterio solemne son necesarias las cuatro Si falta una sola (o media, como él dice), ya no hay magisterio solemne ni infalibilidad.
  • LEÓN XIII, Carta al cardenal Gibbons, Testem benevolentiæ, del 22 de enero de
  • PÍO IX, Carta a un obispo de Alemania, 6/11/1876.
  • PÍO XI, ad R. P. D. Ludovicum Petit, 5/11/1924, en A.A.S., Polyglottis Vaticanis, 1924, Epistula VIII, pág. 463.
  • Le sel de la terre, cit., pág. 22.
  • BELMONT, L‟exercice quotidien de la Foi dans la crise de l‟Eglise. Bordeaux 1984, págs. 12-13 y Brimborions, Grâce et vérité, Bordeaux 1990, págs. 51-69.
  • Le sel de la terre, cit., pág. 22.
  • En efecto, las definiciones del Magisterio solemne son raras y no cubren todo lo revelado, ni toda la doctrina católica.
  • PÍO XII, Inter complures, 24/10/1954.

MARTES DE LA SEMANA DE PASIÓN

MARTES DE LA SEMANA DE PASION
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger


En Roma, la Estación tenía lugar antiguamente, en la Iglesia del santo mártir Ciríaco y así está señalado en misal romano; pero este antiguo santuario habiéndose arruinado, y el cuerpo del santo diácono trasladado por Alejandro VII (1655-1667) a la Iglesia in via Lata, la Estación tiene lugar ahora en ésta última,

COLECTA

Suplicárnoste, Señor, te sean aceptos nuestros ayunos: para que, purificándonos, nos hagan dignos de tu gracia y nos alcancen los remedios eternos. Por el Señor.

EPISTOLA

Lección del Profeta Daniel.

En aquellos días se presentaron los babilonios al rey, y le dijeron: Entréganos a Daniel, que destruyó a Bel y mató al dragón, porque, de lo contrario, te mataremos a ti, y a tu familia. Vió entonces el rey que se lanzarían sobre él con furia: y, obligado por la necesidad, les entregó a Daniel. Ellos le encerraron en una cueva de leones, y estuvo allí seis días. Y en la la cueva había siete leones, a los cuales arrojaban todos los días dos cadáveres y dos ovejas: pero entonces no les dieron nada, para que devoraran a Daniel. Había a la sazón en Judea un profeta, llamado Habacuc, el cual había hecho un guisado y preparado unos panes en una vasija, e iba al campo, para llevarlo a los segadores. Y dijo el Angel del Señor a Habacuc: Lleva esa comida, que tienes ahí, a Babilonia, a Daniel, que está en la cueva de los leones. Y dijo Habacuc: Señor, no he visto nunca a Babilonia, y no sé dónde está la cueva. Y tomóle el Angel del Señor polla coronilla, y llevóle por el cabello de la cabeza, y le colocó, con la velocidad de su espíritu, en Babilonia, sobre la cueva de los leones. Y clamó Habacuc, y dijo: Daniel, siervo de Dios, toma la comida que’ te ha enviado Dios. Y dijo Daniel: Te has acordado de mí, oh Dios, y no has abandonado a los que te aman. Y, levantándose Daniel, comió. Después el Angel del Señor volvió luego a Habacuc a su lugar. Vino, pues, el rey el día séptimo, para llorar a Daniel: y fué a la cueva, y miró dentro, y he aquí que vió a Daniel sentado en medio de los leones. Y clamó el rey con gran voz, diciendo: Grande eres tú, Señor, Dios de Daniel. Y le sacó de la cueva de los leones. Entonces arrojó en la cueva a aquellos que habían sido la causa de su perdición y fueron devorados al punto en su presencia. Entonces dijo el rey: Teman todos los habitantes de toda la tierra al Dios de Daniel: porque El es el Salvador, El que hace prodigios y maravillas en la tierra: El es el que ha librado a Daniel de la cueva de los leones.

DANIEL MODELO DE CATECÚMENOS. — Esta lectura estaba destinada especialmente a la instrucción de los catecúmenos. Se preparaban para inscribirse en la milicia cristiana ; convenía, pues, se pusiese ante sus ojos los ejemplos que habían de estudiar y realizar durante su vida. Daniel entregado a los leones, por haber despreciado el ídolo de Bel era el tipo del mártir. Había confesado al verdadero Dios en Babilonia, exterminando un dragón imagen de Satán, al cual el pueblo idólatra, después de destrucción de Bel, había traspasado sus homenajes supersticiosos; sólo la muerte del profeta era capaz de aquietar a los paganos. Lleno de confianza en Dios, Daniel se había dejado arrojar en la cueva de los leones, dando así a las edades cristianas el ejemplo del valeroso sacrificio que debía ofrecer por espacio de tres siglos la consagración de sangre para establecimiento de la Iglesia. La imagen de este profeta rodeado de leones se encuentra a cada paso en las catacumbas romanas; la mayor parte las pinturas que le recuerdan se remontan al tiempo de las persecuciones. De este modo los catecúmenos podían contemplar con sus ojos lo que habían oído leer, y todo les hablaba de oprobios y de sacrificios. Es verdad que la historia de Daniel les señalaba el poder de Dios que intervenía para arrancar de los leones la presa inocente que se les había echado. Pero los aspirantes al bautismo sabían de antemano que la liberación con que debían contar, sólo les sería otorgada después de dar testimonio de su sangre. De cuando en cuando se manifestaban en la arena prodigios; se veía algunas veces a los leopardos lamer los pies de los mártires y contener su voracidad ante los siervos de Dios; pero tales milagros no hacían más que suspender la inmolación de las víctimas y suscitarles imitadores.

LUCHA CONTRA EL MUNDO. — La Iglesia proponía a la tentación de los catecúmenos la valentía de Daniel y no su victoria sobre los leones; lo importante para ellos era que en adelante tuviesen presente estas palabras del Salvador; «no temáis a los que pueden matar al cuerpo; temed más bien al que puede arrojar el alma y el cuerpo en el infierno'». Nosotros somos los descendientes de estas primeras generaciones de la Iglesia, pero no hemos conquistado al mismo precio la ventaja de ser cristianos. No es delante de procónsules ante quienes tenemos que confesar a Jesucristo es delante del mundo, este otro tirano. Los ejemplos de los mártires nos fortifiquen estos días, en la lucha que es preciso sostener contra sus máximas, sus pompas y sus obras. Hay una especie de tregua entre él y nosotros en este tiempo de recogimiento y de penitencia; pero día vendrá en que tengamos que desafiarle y mostrarnos cristianos.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según S. Juan.

En aquel tiempo andaba Jesús por Galilea, pues no quería caminar por la Judea porque los judíos querían matarle. Y estaba próxima una fiesta de los judíos, la Escenopegia (o de los Tabernáculos). Dijáronle entonces sus hermanos: Pasa de aquí, y vete a Judea, para que vean también tus discípulos las obras que haces. Porque nadie, que desea ser conocido, hace sus obras en secreto: si haces esas cosas, manifiéstate al mundo. Ni sus mismos hermanos creían en El. Díjoles entonces Jesús: Mi tiempo no ha llegado aún: en cambio, vuestro tiempo siempre está preparado. El mundo no puede odiaros a vosotros; pero a mí sí me odia: poique yo doy testimonio de que sus obras son malas. Subid vosotros a esa fiesta, porque yo no subo a ella, pues mi tiempo aun no se ha cumplido. Y, habiendo dicho esto, El permaneció en Galilea. Más, cuando subieron sus hermanos, subió también El a la fiesta, pero no públicamente, sino como de incógnito. Y los judíos le buscaban el día de la fiesta, y decían: ¿Dónde está El? Y había gran murmullo en el pueblo acerca de El. Porque unos decían: Es bueno. Pero otros decían: No; sino que seduce a las turbas. Y nadie hablaba de El abiertamente, por miedo a los judíos.

LA HUMILDAD DEL HOMBRE-DIOS. — Los hechos referidos en el paso del Evangelio se relacionan con una época anterior a la vida del Salvador, y la Iglesia nos los propone hoy, a causa de la relación que contiene con los que hemos leído hace algunos días. Es evidente que no sólo al acercarse la Pascua, sino desde la ñesta de los Tabernáculos, en el mes de septiembre, el furor de los judíos conspiraba ya su muerte. El Hijo de Dios tenía que viajar a ocultas, y para entrar con seguridad en Jerusalén, le era preciso tomar algunas precauciones. Adoremos estas humillaciones del Hombre-Dios, que se ha dignado santificar todos los estados, aun el del justo perseguido y obligado a ocultarse a las miradas de sus enemigos. Le habría sido fácil deslumhrar a sus adversarios con milagros inútiles, como los que deseó Herodes y forzar así su culto y su admiración. Dios no procede así; no obliga; obra a las miradas de los hombres; mas para conocer la acción de Dios, es necesario que el hombre se recoja y se humille, que haga callar sus pasiones. Entonces la luz divina se manifiesta al alma; esta alma ha visto bastante; ahora cree y quiere creer; su dicha y su mérito está en la fe; está en disposición de esperar la manifestación de la eternidad.

La carne y la sangre no lo entienden así; gustan la ostentación y el ruido. El Hijo de Dios en su venida a la tierra no debía someterse aún abatimiento tal sino para que los hombres viesen su poder infinito. Tenía que hacer milagros para apoyar su misión, pero en El, hecho Hijo del Hombre, no debía ser todo milagro. La mayor parte de su existencia estaba reservada a los humildes deberes de la criatura; de otro modo, no nos había enseñado con su ejemplo, lo que tanto necesitábamos saber. Sus hermanos (se sabe que los judíos entendían por hermanos a todos los parientes en línea colateral) sus hermanos habrían querido tener su parte en esta gloria vulgar, que querían para Jesús. Le dan motivo para que les dijese esta palabra que debemos meditar en este santo tiempo, para acordarnos más tarde de ella: «el mundo no os odia a vosotros; pero a mí, sí me odia». Guardémonos pues, en adelante, de complacernos con el mundo; su amistad nos separaría de Jesucristo.

ORACION

Suplicárnoste, Señor, nos concedas la gracia de perseverar sumisos a tu santa voluntad: para que en nuestros días crezca, en número y en mérito, ex pueblo que te sirve. Por el Señor.