MAGISTERIO ORDINARIO DEL PAPA: INFALIBILIDAD DE LAS ENCÍCLICAS. 1 DE 5
Es triste comprobar cómo algunos que, aunque parecía que habían escapado de la red del cazador– léase FSSPX-, ora porque se fueron, ora porque los echaron, siguen portando el estigma de de la fraternidad allá donde erigen sus capillas, y no dejan de chillar negando con sus gritos, a falta de razones, la infalibilidad del Magisterio Ordinario de la Iglesia, – Dei Filius, Concilio Vaticano I- el cual se enseña por el Papa principalmente todos los días.
Siempre creyó el buen católico que el Papa era infalible también, como Vicario de Cristo, ejerciendo el Magisterio Ordinario de la Iglesia. El rechazo de la infalibilidad del Magisterio Ordinario del Papa es algo nuevo. Es “la herejía del siglo XX.” Hasta el siglo pasado, como ha señaló Dom Nau, “se disfrutó de ella con una pacífica posesión”, no impugnada por nadie, y todos los teólogos la aceptaron’ sin dificultad. Pero la cismática posición de resistir y reconocer lefebvrista, ha tenido que negar esta infalibilidad para sostener que un hereje puede ser Papa. Verdad es que algunos que escaparon de la red del cazador ya no sostienen tal error- que un hereje puede ser papa-, pero en cambio siguen estigmatizados llevando la marca de origen y niegan la infalibilidad del magisterio ordinario, arremetiendo contra los católicos que sostienen la verdadera doctrina de la Iglesia.
La infalibilidad del Magisterio Ordinario de la Iglesia, que principalmente ejerce el Papa, se puede explicar con cientos de textos, pero sea suficiente el siguiente que, por lo demás, es muy claro:
“Hay en la Iglesia, un doble modo de infalibilidad : el primero es ejercido por el magisterio ordinario … Porque así como el Espíritu Santo, Espíritu de la Verdad permanece todos los días en la Iglesia, la Iglesia también enseña verdades de fe cotidianamente, con la asistencia del Espíritu Santo. Ella enseña verdades bien sea las definidas, bien sean las expLícitamente contenidas en el depósito de la revelación, pero aún no definidas, o, finalmente, las que son objeto de una fe implícita. Estas verdades la Iglesia las enseña todos los días, tanto por el Papa principalmente, como por los obispos en comunión con él. Todos, el Papa y los obispos, son infalibles en este magisterio ordinario, por la misma infalibilidad de la Iglesia. Sólo difieren en esto, los obispos no son infalibles por sí mismos, sino necesitan la comunión con el Papa, que los confirma, pero el Papa, él sólo, no necesita de nadie salvo de la asistencia del Espíritu Santo que le fue prometida. Por ello, él enseña pero no es enseñado. Confirma pero no es confirmado. “ ( Mons. D’Avanzo. Dom Nau, Oc p. 15).
Ahora vamos a estudiar la infalibilidad del Papa en las encíclicas. Para ello traemos al lector un interesante texto de Mons. Fentón, que se publicará en cinco partes.
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La Infalibilidad en las Encíclicas, por Mons. Fenton (I de V)
La Infalibilidad en las Encíclicas
Los textos son gentileza del excelente blog en Gloria y Majestad
Nota del Blog: presentamos en esta oportunidad otro de nuestros trabajos favoritos de Mons. Fenton, uno de los más grandes eclesiologistas de la historia de la Iglesia.
Si bien el tema (Magisterio ordinario del Papa – Infalibilidad en las encíclicas) es ciertamente muy poco explorado, sin embargo nos parece que los argumentos de Fenton son concluyentes e irrebatibles. Hacemos nuestras, por lo que valga, todas sus conclusiones.
Hemos modificado un tanto algunos párrafos (punto aparte en lugar de punto seguido, etc.) para mayor comodidad.
Fuente: American Ecclesiastical Review, CXXVIII (1953), pag. 177-198.
Original text HERE.
En general, las tendencias científicas manifiestas en la obra del P. Salaverri son casi las mismas que aparecieron en los escritos de su distinguido predecesor. En varios casos, la enseñanza del P. Salaverri aparece en realidad como un legítimo y laudable desarrollo de la doctrina descrita en los volúmenes de Billot sobre la Iglesia. Sin embargo, en un punto importante y súmamente práctico, sus opiniones son diametralmente opuestas. Se trata de la afirmación del exacto valor doctrinal de la enseñanza presentada explícita, incondicional y directamente en las encíclicas papales[1].Ciertamente el Cardenal Louis Billot fue uno de los eclesiologistas más grandes de la generación que acaba de pasar. Muchos lo consideran el escritor más capaz con respecto al tratado de ecclesia desde el Concilio Vaticano. El P. Joaquín Salaverri, de la facultad Jesuita de teología en el Instituto Pontificio de Comillas en España, tiene una posición muy parecida en el mundo teológico de mediados de siglo a la que ocupaba elCardenal Billot unos cincuenta años atrás.
Así, la opinión del P. Salaverri es que “en las cartas encíclicas doctrinales dirigidas a todo el mundo Católico, la doctrina que se enseña assertive et principaliter es propuesta por los teólogos con razón como algo que debe ser tenido simpliciter como doctrina catholica”[2].
He retenido alguno de los términos claves latinos en esta afirmación de Salaverri debido a su importancia fundamental para cualquier comprensión precisa de su enseñanza. Así una doctrina enseñada assertive es obviamente algo dado incondicionalmente, sin calificación. Hago una afirmación cuando digo que algo es verdadero. No es una afirmación, ni una declaración hecha assertive, cuando digo que parecería que algo es verdadero, que hay razones para sostener que es verdadero, o que no es seguro sostener que no es cierto. En otras palabras, la afirmación es la manera en la cual el hombre expresa ordinariamente un juicio cierto y definitivo, opuesto a uno meramente opinable o tentativo.
En su contexto, la palabra “principaliter” lleva un doble significado. Una doctrina enseñada principaliter en una encíclica papal es aquella que el Santo Padre quiere manifiestamente dar a conocer en ese documento. Así, pues es algo presentado data opera y no como un obiter dictum. Además, es el significado expresado en primer lugar en cualquier afirmación, como algo distinto de las inferencias más o menos inmediatas que pueden sacarse legítimamente desa declaración.
Así, según el P. Salaverri, el contenido inmediato, cierto y directo de una enseñanza dada en forma definitiva por el Santo Padre en una de sus encíclicas, se designa con razón como simpliciter doctrina catholica.
Ahora bien, el P. Salaverri incluyó dos clases diversas de doctrina catholica en su tratado de la Iglesia Católica. Como lo explica, doctrina catholica en sentido estricto (stricte) es “aquella que enseña el magisterium universal en forma meramente auténtica (mere authentice), por un acto que tiene verdadera autoridad doctrinal pero que no excluye la posibilidad de error[3]. Doctrina Católica in genere, por otra parte, es “aquella que se enseña por medio del magisterium universal sea en forma infalible o meramente auténtica”[4].
Parece obvio que lo que el P. Salaverri quiere decir con doctrina catholica simpliciter es lo mismo que llama doctrina catholica stricte. Así, enseña que lo que los Papas presentan como afirmaciones directas e incondicionales en sus encíclicas debe ser aceptado por los Católicos como doctrina auténtica pero definitivamente no como infalible.
Por otra parte, el Cardenal Billot siguió un camino completamente diferente en la materia. Sostenía que una definición ex cathedra, descrita por el Concilio Vaticano, no es la única clase de declaración en la que el Santo Padre ejerce su carisma de infalibilidad.
Cuidadosamente distinguió dos clases de actos del magisterium pontifical.
Una, por supuesto, es la definición o declaración ex cathedra, que siempre está protegida por el carisma de la infalibilidad doctrinal.
La otra clase no son definiciones en sentido estricto, según el Cardenal, porque no contienen ningún juicio dogmático nuevo. Encontró ejemplo de esta última clase de afirmaciones doctrinales pontificias “en muchas de las encíclicas de los recientes Pontífices, donde, ejerciendo su función apostólica, exponen la doctrina Católica, pero no dando definiciones, es decir, sin dar un juicio doctrinal nuevo, sino más bien como instruyendo a los fieles en aquellas cosas que están en la predicación de la Iglesia, la columna y firmamento de la verdad”. Sin embargo, agrega “aunque parecería no haber duda alguna (nullatenus dubitandum) que los Pontífices son infalibles en esta clase de documentos que son enviados a la Iglesia universal (y ciertamente con respecto a lo que se dice en ellas directe et per se, como se dijo en otra parte en una situación parecida), aún así, no podemos encontrar en ella aquella locutio ex cathedra que tiene en mente el Concilio Vaticano”[5].
Objetivamente, pues, parece claro que lo que el Cardenal Billot quiere decir con la enseñanza presentada directe et per se en las encíclicas papales es completamente idéntico con lo que Salaverri describe como pronunciado assertive et principaliter en estos mismos documentos. El Cardenal Billot mira como completamente cierto que el Soberano Pontífice actúa infaliblemente al proponer tales afirmaciones. Por su parte, el P. Salaverri parece considerar como fuera de dudas que, al expresar estas afirmaciones, los Papas actúan auténtica pero no infaliblemente. Creo que es un tema de vital importancia para los teólogos de nuestros días saber cuál de estos dos grandes autores está en lo cierto en este tema puntual.
El proceso de investigación no debería ser excesivamente difícil. Ciertamente hay muchas encíclicas doctrinales para estudiar, y no carecemos de normas para distinguir la enseñanza infalible del Soberano Pontífice de aquella parte del mensaje doctrinal que es verdaderamente auténtico sin ser infalible. Aún así, en cuanto a las encíclicas y en lo que respecta a otras afirmaciones del magisterium ordinario del Santo Padre, es muy claro que no se ha efectuado un gran esfuerzo corporativo para aplicar estas normas, y para intentar ver qué es y qué no es infalible en el contenido doctrinal de estos documentos.
Parecería que la mayoría de las veces se ha tratado la existencia o no de enseñanza infalible en las encíclicas más como una presuposición que como una conclusión. Así, considerando solamente los ejemplos de los dos teólogos que acabamos de citar en el curso del artículo, el P. Salaverri parece meramente asumir que lo que se afirma directamente en las encíclicas tiene carácter auténtico y no-infalible, mientras que el Cardenal Billot parece igualmente simplemente asumir que al hacer tales afirmaciones, el Santo Padre, ejercita su carisma de infalibilidad. Ambos presentan su opinión solamente como de paso.
El Cardenal Billot afirma su opinión en el curso de su examen de los elementos incluídos por el Concilio Vaticano en su explicación de un pronunciamiento ex cathedra. Por su parte, el P. Salaverri, trae su opinión al explicar la tesis que “a los decretos doctrinales de la Santa Sede que han sido aprobados auténticamente por el Santo Padre se les debe un asentimiento de la mente interno y religioso”. Ninguno de los dos teólogos ofrece un soporte adecuado y directo de su posición de la relación ente la enseñanza infalible con las encíclicas.
Sin embargo, si examinamos la literatura teológica pertinente, descubriremos que hay ciertas verdades y suposiciones que son más o menos considerados como argumentos o fundamentos de argumentos contra la existencia de enseñanza infalible en las encíclicas. No hace falta decir, por supuesto, que aquí estamos tratando de la infalibilidad o no de las afirmaciones hechas auténticamente únicamente en las encíclicas o en algún otro documento del magisterium ordinario del Santo Padre. Es obvio que si el Santo Padre citara, en una de sus encíclicas, alguna definición de algún concilio ecuménico o alguna definición dogmática solemne propuesta por él o por alguno de sus predecesores, está pronunciando una afirmación infalible. Obviamente, una definición infalible previa de la Iglesia no pierde en nada su carácter infalible por el hecho de ser citada en una encíclica o en algún otro acto delmagisterium ordinario del Santo Padre. El punto en discusión era y sigue siendo si una afirmación contenida en una encíclica, y propuesta de forma auténtica en ningún otro documento del magisterium de la Iglesia, puede ser aceptada no sólo como auténtica sino también como infalible.
[1] Nota del Blog: Demos desde ya la posición de los tres teólogos para comodidad del lector.
Fenton: 1) Ex cathedra ≠ Solemne.
2) Encíclica: Infalible y ex cathedra.
3) Ex Cathedra = Infalible (comprende el magisterio ordinario y extraordinario del Papa).
4) Magisterio Ordinario del Papa: Infalible.
Billot: 1) Ex Cathedra = Solemne
2) Encíclica: Infalible pero no ex cathedra.
3) Puede haber infalibilidad además de lo enseñado ex cathedra.
4) Magisterio Ordinario del Papa: Infalible.
Salaverri: 1) Ex Cathedra = Solemne.
2) Encíclica: No-infalible y no-ex cathedra.
3) Puede haber infalibilidad además de lo enseñado ex cathedra.
4) Magisterio Ordinario del Papa: Infalible.
[2] Salaverri, Tractatus de ecclesia Christi, Lib. 2, cap. 2, art. 3, n. 664, in Sacrae Theologiae Summa, editado por los profesores Jesuitas en las facultades teológicas de España, Vol. I, por Salaverri y Nicolau (2nd edición, Madrid: La Editorial Católica, 1952), 698, s.
Nota del Blog: Es una pena que Fenton no citara y analizara el trabajo (bastante flojo, por lo demás) del P. Salaverri donde trata ex professo el tema. Ver “Valor de las encíclicas a la luz de la “Humani Generis”, publicado en la XI Semana Española de Teología (Madrid 1952) pp. 255-294.
[3] Salaverri, op. cit. n. 892, p. 784.
[4] Op. cit. n. 893, p. 784.
[5] Billot, Tractatus de ecclesia Christi, sive continuatio Theologiae de Verbo Incarnato (5ta edición, Roma, Universidad Gregoriana, 1927), I, 656.
Lógica General 9/19. De las propiedades de los términos.
Artículo III
De las propiedades de los términos
Ya dejamos consignado que los términos expresan las ideas y significan los objetos, como elementos o partes del juicio. Bajo este punto de vista, y en virtud de la relación que uno de los extremos del juicio incluye respecto del otro u otros, resultan la suposición, apelación, ampliación, restricción y alienación, como otras tantas propiedades de los términos considerados en razón de elementos del juicio. Mas [65] como quiera que las tres últimas tienen más importancia y aplicación en la retórica que en la lógica, trataremos únicamente de las dos primeras.
A) La suposición.
a) Entiéndese aquí por suposición, la posición de un término en lugar o representación de alguna cosa respecto de la cual se verifica, es decir, respecto de la cual se forman juicios o proposiciones verdaderas, tomando el término bajo aquella significación.
b) Se divide en material y formal. Hay suposición material cuando la cosa significada por el término es el mismo término; como en esta proposición: Sócrates es nombre sustantivo. Hay suposición formal cuando el término se pone en lugar de la cosa significada por él como si digo: Sócrates fue filósofo.
La formal se llama simple, cuando el término se toma o se pone por el significado inmediato solamente; pero si abraza o incluye también el mediato, entonces se dice que la suposición es real, la cual recibe también los nombres de absoluta y personal. Esto tiene lugar en los nombres que significan concretos accidentales, cuyo significado inmediato es la forma denominante, y el mediato es sujeto denominado. Lo blanco es accidente; lo blanco es finito. En la primera proposición, el término blanco se toma por el significado inmediato, que es la blancura: en la segunda, abraza la blancura y el sujeto que la tiene, porque de los dos se verifica el predicado finito.
Suposición colectiva, es la posición del término común por muchas cosas tomadas colectivamente. Distributiva es la posición del término por todos y cada uno de sus significados. Disyuntiva es la posición de un término por algunos de sus significados. Los Apóstoles son doce: el hombre es sustancia: algunos hombres son prudentes. El predicado en estas proposiciones, en tanto se verifica del sujeto según que el término que designa al sujeto se toma con la suposición conveniente. Si el término Apóstoles se toma con suposición distributiva, la proposición primera resultará falsa, porque [66] equivale a esta: Todos los Apóstoles y cada uno de ellos son doce.
c) Para discernir, pues, y reconocer la suposición que corresponde a los términos de la proposición para que resulte verdadera, conviene tener presentes las siguientes reglas:
1º Cuando un término va acompañado de signo universal, su suposición será distributiva o colectiva, según la naturaleza o condición del otro término. Todos los Apóstoles son doce: todos los Apóstoles son hombres. El sujeto lleva el signo de universalidad todos, y sin embargo, la primera proposición sólo es verdadera a condición de que el sujeto tenga suposición colectiva: al paso que en la segunda admite la distributiva: Los signos universales para nuestro objeto, son las palabras: todos, todo, ninguno, los, las, &c.
2ª Cuando el término lleva signos particulares, como son alguno, ciertos, algunos, &c., la suposición es disyuntiva; y es confusa o determinada, según la condición y exigencia del otro término. Alguna nave es necesaria para pasar de España a Cuba: algunas naves condujeron a Colón a la América. La suposición del sujeto en la primera es confusa o indeterminada: en la segunda, es determinada.
3ª En toda proposición afirmativa el predicado, atendida su naturaleza y condición tiene suposición disyuntiva, aun cuando sea término común y universal: en la negativa, el predicado supone siempre distributivamente. Para que sea verdadera esta proposición: todo hombre es animal, basta que sea una de las especies o clases de animales. Por el contrario, si digo: el hombre no es piedra, la proposición sólo es verdadera a condición de que el predicado excluya del sujeto, no esta o aquella especie de piedra, sino todas las clases o especies. Esta regla es de la mayor importancia para el conocimiento de las leyes del silogismo (1). [67]
{(1) Así es que apenas concebimos cómo se escriben obras elementales de Filosofía, en las cuales nada se dice de la suposición [67] como propiedad de los términos en la proposición. Porque la verdad es que el que ignora las leyes de la suposición, no puede comprender la razón de las leyes del silogismo. La apelación, aunque de menos importancia práctica que la suposición, no carece de ella, especialmente en orden a la teología.}
B) La apelación.
a) Entiéndese por apelación la aplicación determinada del predicado al sujeto de la proposición, o sea el modo con que el predicado se refiere y afecta al sujeto. Se llama material cuando el predicado se refiere al sujeto por parte de su significación material, o sea por parte del sujeto que tiene la forma, como el hombre en el término medicus: si, por el contrario, el predicado se refiere al sujeto por parte de la forma significada por aquel, entonces se dirá que hay apelación formal. El médico canta: el médico prescribe remedios contra la enfermedad. En la primera proposición hay apelación material; en la segunda, la apelación es formal, porque el prescribir remedios conviene al médico como tal, y por consiguiente el predicado se verifica del sujeto de la proposición, no por parte del significado material de medicus, que es el individuo humano, sino por parte de la medicina, que es la forma denominante de medicus.
b) Las reglas principales de la apelación son las dos siguientes: 1º cuando el sujeto de la proposición es un término concreto, la apelación es material en rigor lógico, o sea atendida la naturaleza lógica de la proposición (1). [68]
{(1) De aquí infiere con razón santo Tomás que, hablando con propiedad filosófica y prescindiendo de distinciones, es falsa la proposición homo factus est Deus. Pondremos sus palabras, que servirán, no sólo para ilustrar la regla propuesta, sino para reconocer la importancia teológica de la misma. «Dicendum, quod terminus in subjecto positus tenetur materialiter, positus vero in praedicato, tenetur formaliter (tiene significación o apelación formal) id est pro natura significata: Et ideo cum dicitur Homo factus est Deus, ipsum fieri non attribuitur humanae naturae, sed supposito humanae naturae, quod est ab aeterno Deus, et ideo non convenit ei fiere Deum. Cum autem dicitur Deus factus est homo, factio intelligitur [68] terminari ad ipsam humanam naturam. Et ideo proprie loquendo hec est vera: Deus factus est homo: sed haec es falsa: Homo factus est Deus.» Sum. Theol. 3º p., cuest. 16, art. 7, ad 4ª.}
2ª Los numerales primitivos, si se predican o aplican a nombres sustantivos, tienen apelación material y formal a la vez; pero si se aplican a nombres adjetivos, solo tienen apelación material, es decir, que en el primer caso multiplican la forma y el sujeto que la tiene: en el segundo sólo multiplican el sujeto. Si decimos: en la divinidad hay tres Dioses, la proposición es falsa según esta regla; porque el tres aplicado al sustantivo Dios, en virtud de la apelación material y formal que tiene, hace el sentido de que hay tres divinidades y tres supuestos o personas que las tienen. Al contrario, si digo: en la Divinidad hay tres infinitos, tomando el término infinitos como adjetivo, equivale a decir que hay tres supuestos que tienen infinidad, pero no tres infinidades, lo cual pertenece a la apelación material.
CARTA A LOS «CONSERVADORES» PERPLEJOS
Carta a “conservadores” perplejos
Apelación vibrante y, a su vez, ponderado diagnóstico de una crisis que ni los peores agoreros hubieran previsto hace unas décadas. Describe con no huraño verismo las condiciones en las que hoy se desenvuelve esa piedad ausente de los templos mayores, de las parroquias.Y propone algo concreto.
Publicado originalmente en Radio Spada, excepto o señalado con *.
Nos dirigimos a vosotros, queridos interlocutores, ahora que ha pasado tiempo del final de aquél Sínodo , al tiempo que contemplamos el montón humeante de escombros de la doctrina católica sobre el matrimonio. De aquel imponente edificio sobre cuyos cimientos fue edificada durante siglos la civilización cristiana, no queda casi nada. Aligerado el divorcio, archivada la indisolubilidad, entronizada en el altar del derecho canónico la subjetividad más desenfrenada, de la antigua sacralidad de la nupcias católicas no quedan sino sombras confiadas a la buena voluntad individual y relativizadas por una pastoral que ha neutralizado la doctrina. Eso sí: todo se ha consumado con la exaltación simbólica de la doctrina pero empujándola por sus espaldas al fango de una falsa pastoral.
*Aquella vana esperanza que pusisteis en los «cardenales de las dubia, ha venido a desvanecerse, como os dijimos. Ha transcurrido año y medio ya desde aquel grito, cual si fuera el parto de la montaña – que dieran cinco cardenales»- en que muchos ilusamente creyeron, resultando que ni una hormiga alumbró.
En esta coyuntura nos ha parecido necesario escribiros, no sin cierto temor, como se escribiría a un amigo a quien se ha dejado de frecuentar hace tiempo y con quien se ha perdido la familiaridad. Vosotros sois aquellos que han intentado en las últimas décadas “salvar lo salvable”, eligiendo una y otra vez siempre un “mal menor” (que coincidía gradualmente y siempre más con el mal mayor); nosotros somos aquellos que han tratado de defender el Bien mayor, con nuestras limitaciones y con las consecuencias que esto implica.
Os escribimos desde nuestros sótanos oscuros, desde nuestros cobertizos convertidos en decorosísimas capillas, desde húmedas capillas privadas de provincia; os escribimos desde nuestros barrocos bajo-escaleras honrados por la celebración de la Misa católica, por la administración de los Sacramentos y por la enseñanza de la recta doctrina.
Os escribimos agradeciendo a Dios, que nos ha concedido la gracia y la fortuna favorable de recalar en estos pequeños espacios, en donde planeamos permanecer mucho más tiempo, y movidos por amistoso espíritu de benevolencia, a pesar de la dolorosa separación teológica que a menudo ha distinguido nuestro intercambio con vosotros.
Podríamos dirigirnos al pasado, reprochando vuestras pías ilusiones, vuestras cautelas, vuestras estudiadas prudencias, incluso, a veces, vuestro calculado desprecio hacia nosotros, pero no lo haremos: preferimos reconocer vuestro dolor sincero de hoy, la perplejidad respecto de la actual aceleración de la crisis de la Iglesia, la consternación frente a los dichos y a los hechos de Bergoglio y sus acólitos.
Aníbal no está a las puertas: se encuentra dentro de la ciudadela de Dios, Aníbal está entronizado en el castillo. Lo que os pedimos, entonces, es un acto de fe y luego, por supuesto, de coraje, y al mismo tiempo un acto de reconocimiento histórico del pasado en conformidad con una eficaz y coherente “hermenéutica de la discontinuidad”. El “católico conservador” ha creído posible redimensionar el alcance revolucionario y subversivo del Concilio Vaticano II, se ha acunado con las ilusiones de la Nota Praevia, ha llorado con el Credo de Paulo VI, juró sobre la Humanae Vitae, aceptó la imposición universal del Novus Ordo, abandonando a menudo la Misa romana a la custodia de unos pocos -y libres. Cuando llegó Juan Pablo II alabó su anticomunismo restaurador, contentándose con que rigiera (al menos periodísticamente) sobre la moral, mientras la vergüenza del ecumenismo y de una eclesiología destartalada y bochinchera salpicaban de escándalos el Cuerpo Místico. Más aún, con Benedicto XVI el “católico conservador” creyó haber tenido ganada la partida, mientras los sutiles y modernistas sofismas del docto bavarés, como en una falsa restauración, insinuaban nuevas etapas del curso revolucionario.
Pensamos que la medicina de la Verdad no puede separarse de la benevolencia: por eso os escribimos hoy, pidiéndoos reflexionar sobre la realidad eclesial y que elijáis el camino angosto de la afirmación de la Verdad católica toda entera, sin simulaciones y sin alteraciones. Esta elección implica una separación, una dislocación de los católicos de hoy en pequeños grupos que se esfuercen y combatan para mantener un católico y vandeano “retorno al bosque”, a la espera de poder volver a las iglesias hoy ocupadas por el culto del Hombre y de sus pasiones antes que por el Culto Divino.
¡Llegó la hora de dar el paso! ¡Llegó la hora de reconocer el árbol por sus frutos! ¡Llegó la hora de decir dónde está el problema: en el Concilio Vaticano II!
*¡ Llegó la hora de reconocer que el privilegio común a Pedro y de todos sus sucesores , de que nunca pueden decaer abiertamente de la fe, enseñando a la Iglesia la herejía, o cualquier error, contrario a la fe, se debe aplicar para saber si estos que dicen ser papas, lo son en realidad. ¡ Es la hora de reconocer que Montini – que aprobó los decretos y declaraciones del Concilio Vaticano II, y cambió todos los ritos de los sacramento de la Iglesia y fabricó una nueva misa-; y que Wojtyla- que cambió el Código de Derecho Canónico para ajustarle al C. Vaticano II, aprobó un catecismo donde se afirma la herejía de que el dios de los musulmanes es el mismo que el Dios católico, entre otras, que besó el infame Corán; y que Ratzinger, que continuó aplicando las falsas doctrinas de sus inmediatos predecesores, que rezó en la sinagoga, que negó en sus libros- republicados, en los que no se retractó- la presencia real de Cristo en la Hostia consagrada, que se hizo bendecir, como Wojtyla, por brujos; éste en Asís, aquél en la India y Austria. Legó la hora, al fin, de reconocer que estos que se dicen papas luego del Concilio Vaticano II no gozan del privilegio común a Pedro y a sus sucesores: Es la hora de reconocer que no son verdaderos papas.
- Llegó la hora de entender que: Porque era necesario que Cristo, dice San Roberto Belarmino, por su más sabia providencia, proveyera para su Iglesia, que siempre ha sido cribada y tentada por el diablo, y no solo en el tiempo de Pedro, sino en todo momento en adelante, incluso hasta el fin del mundo, [le proveyera] de un oráculo de la verdadera fe que ella pudiese consultar en cada duda, y por el cual ella podría ser enseñada y confirmada en la fe; de lo contrario , la Iglesia podría errar en la fe , ¡ quod absit [que Dios no lo permita]! Porque ella es, como dijo San Pablo a Timoteo, “la columna y el fundamento de la verdad” (1 Timoteo 3:15). Este oráculo de la Iglesia es Pedro y todos los sucesivos obispos de Roma. Esta promesa hecha a Pedro y a sus sucesores, se aplica especialmente a la época en que Pedro, como sucesor de Cristo, comenzó a ser el jefe de la Iglesia , es decir, después de la muerte de Cristo .
*Y cuando te hayas convertido, fortalece a tus hermanos. “De la criba de Satanás, esto es de su tentación y del pecado por el cual me negarás; porque en esto serías apartado de mí, y de mi gracia y amor “. Así Eutimio, Teofilacto, Jansen, F. Lucas y otros.
*¿Es que podría decirse con más claridad que la única explicación de que Francisco puede hacer lo que hace es porque él es no el Papa de la Iglesia Católica y por lo tanto no posee las prerrogativas y protecciones prometidas por Cristo a San Pedro y sus sucesores?
¡ Ha llegado la hora, hermanos, de elegir entre Cristo y Belial, entre la Verdad y la mentira.
¡Ha llegado la hora de ocuparse de salvar el alma!
Nuestras energías están disponibles, el Buen Combate nos aguarda y nosotros os esperamos a nuestro lado.
Os damos las gracias por vuestra atención.
In Christo Rege et Maria Regina.
Lógica General 8/19. De los universales.
Artículo II
De los universales
§ I
De los universales en general
Universal, según indica la misma palabra, es una cosa que mira o dice relación a otras, unum versus alia. Esta relación de uno a muchos puede verificarse, o por razón de causalidad, como una causa que tiene muchos efectos, universale in causando; o por modo de representación, como un concepto o nombre que representa o significa muchas cosas, universale in repraesentando; o según que una esencia o realidad objetiva, se encuentre en muchas cosas y se puede predicar de ellas, universale in essendo. Este último constituye lo que se llama universal en la lógica, y suele definirse: unum aptum inesse multis et praedicari de illis: «una naturaleza con aptitud para existir en muchos y para ser predicada de ellos.»
Sabido es que los nominales negaban la existencia de los universales. Si se entiende por esta opinión que todo lo que [56] existe in rerum natura, existe singularizado, es verdadera: si se entiende que la naturaleza o realidad significada por las palabras universales, no existe realmente o fuera de nuestro entendimiento, la opinión nominalista es falsa, y en este sentido se establece la siguiente
Tesis
Existen realmente las naturalezas que se denominan universales; pero la universalidad misma no les conviene según existen en sí mismas, sino en virtud del modo con que son concebidas por nuestro entendimiento.
Primera parte de la tesis. Por universal se entiende una cosa que está en muchos; es así que la naturaleza o realidad significada por el término universal está realmente en muchos, puesto que con verdad afirmamos que tal naturaleza real conviene a muchos sujetos, de los cuales se predica con verdad: luego, &c. Prueb. la men. En estas dos proposiciones: Sócrates es hombre: Platón es hombre: afirmamos una cosa de muchos; es así que lo que en dichas proposiciones se afirma de Sócrates o de Platón, no es el hombre o la palabra hombre,sino la realidad objetiva significada por esta palabra: luego es preciso admitir que esa realidad objetiva, o sea la naturaleza humana, es una en muchos, y por consiguiente universal.
Otra prueba convincente de lo mismo es lo que sucede con las definiciones. Ciertamente que cuando definimos el triángulo, por ejemplo, nuestra definición no se refiere a este o aquel triángulo singular, ni mucho menos a la mera palabra triángulo, sino a la naturaleza real significada por esta palabra. Es, pues, incontestable que los universales son reales o existen fuera de nosotros, en cuanto a la naturaleza por ellos significada.
La segunda parte de la proposición no ofrece dificultad; porque siendo necesariamente singular todo lo que existe, claro es que la forma de universalidad bajo la cual concebimos las naturalezas reales, es consecuencia y efecto del acto [57] del entendimiento, mediante el cual percibimos una naturaleza prescindiendo de sus determinaciones individuales (1).
{(1) Por si alguno quiere una demostración más completa y filosófica de esta segunda parte de la proposición, transcribiremos la siguiente de nuestra Philosophia Elementaria. «Natura quaevis, vel spectatur prout in singularibus existit, ved secundum se, id est, quatenus complectitur praedicata essentialia et necessaria, ut animal rationale, scientiae capax, &c., respectu hominis; vel prout per intellectum abstrahitur a singularibus conditionibus, quae ipsam in singularibus dividunt ac multiplicant: atqui universalitas non conguit naturae, prout in singularibus existit, ut probatum est, nec etiam si spectetu secundum se: ergo solum in intellectu. Prob. min. quoad secundam partem. Quod convenit naturae secundum se, de ea praedicatur vel essentialiter, vel saltem necessario, ut rationale essentialiter, admirativum vero tamquam attributum necessarium de homine praedicantur, ac proinde affirmari potest de omni eo, quod habet illam naturam; nam quod essentialiter aut necessario, homini ex. gr. convenit, affirmari potest de omni homine: ergo si universalitas conveniret naturae spectatae secundum se, conveniret omni habenti illam naturam, sicque possemus dicer quod petrus est essentialiter universalis, sicut possumus dicere quod est essentialiter raionalis.» Lib, 1º, cap. II, art. II, § 1º.}
Pueden y deben distinguirse dos especies de universales, que son el metafísico y el lógico. El primero resulta y se constituye mediante la sola abstracción o precisión de una naturaleza de las condiciones singulares que la acompañan en los individuos. El segundo incluye además la relación a los inferiores, en los cuales existe y de los cuales puede en consecuencia predicarse. De aquí se infiere:
1º Que el universal metafísico puede definirse: una naturaleza abstraída de muchos: el universal lógico: una naturaleza que existe o puede existir en muchos y predicarse de ellos. Unum aptum inesse multis et praedicari de illis, como decían los Escolásticos.
2º Que el universal metafísico se forma abstrayendo la naturaleza de las condiciones de singularidad: el universal lógico se forma comparando la naturaleza abstraída con [58] las naturalezas inferiores o sujetos a los cuales puede atribuirse, y de los cuales puede predicarse.
3º Que el universal metafísico es anterior en orden de naturaleza al universal lógico: porque primero es abstraer la naturaleza de los singulares, que compararla y considerarla como una respecto de sus inferiores.
4º Que el universal metafísico viene a ser como el fundamento inmediato del universal lógico; así como el fundamento de aquel es la semejanza de naturaleza que se encuentra en los individuos. El universal lógico, como tal, es decir, prescindiendo de la naturaleza abstraída y comparada, es una pura relación de razón.
De todo lo dicho en este artículo se desprenden fácilmente los siguientes corolarios:
1º Si es absurdo el sistema de los nominales, no es menos errónea la opinión de Platón que admitía naturalezas universales existentes fuera del entendimiento como universales o con la universalidad.
2º El universal viene a ser como un concreto accidental, en el cual la naturaleza real tiene razón de sujeto, y la universalidad es como la forma que se recibe en él.
3º Los universales, tanto metafísicos como lógicos, incluyen dos elementos, uno real y objetivo, que es la naturaleza denominada y significada por el hombre universal; otro racional o ideal, que es la forma, estado o modo de la universalidad que el entendimiento añade a la naturaleza real.
§ II
De los universales en particular
De lo expuesto en el párrafo anterior se colige que el universal lógico es de tantas especies cuantos son los modos con que una cosa se puede concebir como una y predicable respecto de muchos. Estos modos se reducen a cinco: una cosa puede convenir a muchos, o como perteneciente a su esencia, o como adjunta a la esencia. Si lo primero, o se [59] concibe como toda la esencia de los inferiores, de los cuales se predica, en cuyo caso se llama especie; o como aquella parte de la esencia según la cual ésta conviene con otras especies, y entonces resulta el género; o como aquella parte de la esencia mediante la cual ésta se distingue de otras especies, y entonces resulta la diferencia. Si lo segundo, o lo que no pertenece a la esencia se concibe como atributo que acompaña natural y necesariamente a la esencia, y entonces resulta lo propio, o se concibe como cosa contingente que puede estar y no estar en el sujeto, y entonces resulta el accidente. Así, por ejemplo, el animal es género respecto del hombre, porque expresa aquella parte de la naturaleza humana en que ésta conviene con otras especies de animales: hombre es especie, porque expresa toda la esencia o naturaleza humana que se encuentra en los individuos: racional es diferencia, porque expresa aquello en que el hombre se distingue esencialmente de otras especies de animales: admirativo, es propio, porque sin significar parte esencial del hombre, significa un atributo inseparable de su naturaleza, o una perfección connatural al hombre: virtuoso, es accidente, porque puede hallarse o no hallarse en los individuos, de los cuales se predica por lo mismo accidentalmente.
En virtud de lo expuesto será fácil formar ideas exactas acerca de las cinco especies de universales.
a) El género podrá definirse: una naturaleza que conviene a muchos inferiores diferentes en especie, de los cuales se predica esencialmente, pero expresando aquella parte de la esencia en que conviene con otras. Así se verifica en la naturaleza o realidad objetiva significada por la palabra animal, naturaleza o realidad que se encuentra en muchos diferentes en especie, es decir, en todas las especies de animales actuales o posibles, pero que sólo expresa aquella parte en que dichas especies convienen entre sí (1). [60]
{(1) Los Escolásticos usando de definiciones más sucintas, y por lo mismo menos claras de suyo, definían al género: unum aptum [60] inesse multis specie differentibus, et praedicari de illis in quid incomplete. La palabra quid denotaba que el género se predica essentialiter, y la palabra incomplete,que solo expresa una parte de la esencia específica. Esto puede servir para entender estas definiciones y otras análogas que se hallan en las obras de los Escolásticos.}
El género, si no tiene sobre sí otros, se llama supremo, como la sustancia: si tiene otros sobre sí, y también debajo, como viviente, que es inferior a sustancia, y superior al concepto genérico de animal, se llama medio: si debajo de sí solo contiene especies, se llama ínfimo. Esta misma calificación se aplica proporcionalmente o en su género a la especie y a la diferencia.
b) Especie se dice, una naturaleza que conviene a muchos individuos, de los cuales se predica de una manera esencial y completa. Conviene con el género en que se predica esencialmente; pero se distingue de él porque expresa toda la esencia de los inferiores, como cuando se predica hombre de Pedro, de Pablo, &c. La especie envuelve dos respectos o relaciones; una de inferioridad o sujeción al género, subjicibili atis ad genus, como decían los Escolásticos; otra de superioridad con respecto a los individuos, y ésta última es la que hace que la especie sea universal.
c) La diferencia, como universal, es una cosa o realidad que conviene a muchos, y se puede predicar de muchos esencialmente, pero expresando adjetivamente la parte de la esencia por razón de la cual se distingue de otras. Cuando decimos: Pedro es racional, la predicación es: 1º esencial, porque la racionalidad pertenece a la esencia humana, y por consiguiente a la de Pedro: 2º expresa aquello en que la naturaleza o especie humana se distingue esencialmente de las otras especies de animales con las cuales conviene en el género: 3º aunque la racionalidad es parte esencial y sustancial del hombre, se predica por medio de un término adjetivo, y lo mismo sucede en las demás diferencias específicas o esenciales. La razón de esto es que la diferencia se concibe que se [61] añade al género para constituir con él la especie o la esencia completa, y de aquí el que expresamos las diferencias por medio de términos adjetivos (1). Los inferiores de la diferencia considerada como universal lógico, son los mismos que los de la especie, o sean los individuos.
{(1) Por eso los Escolásticos definían la diferencia: unum aptum inesse multis et praedicari de illis in quale quid, denotando por la palabra quale la predicación adjetiva.}
Conviene notar aquí que el género y la diferencia cuando se predican de sus inferiores, convienen con la especie en cuanto a la cosa significada, y sólo se diferencian en cuanto al modo de significarla, o sea en cuanto a la expresión. En estas dos proposiciones: Pedro es animal; Pedro es racional, los predicados en tanto se verifican del sujeto, en cuanto significan de una manera implícita y confusa toda la naturaleza humana, y por consiguiente la especie. Así, por ejemplo, la primera proposición en tanto es verdadera en cuanto equivale a decir que Pedro es una cosa que tiene animalidad, y así abraza en su significación al hombre, puesto que el hombre es una de las cosas que tienen animalidad. Esto se hace más palpable teniendo en cuenta que si el predicado animal no significara más que lo que expresa, la proposición haría el sentido de que Pedro se identifica con el animal, o que tiene animalidad sola; sentido que hace falsa la proposición. Lo mismo sucederá si se analiza la segunda proposición. Así, pues, el género y la diferencia significan tanto como la especie, o mejor dicho incluyen en su significación a la especie, pero no expresan tanto como ésta.
d) Una cosa se puede llamar propia con respecto a algún ente de cuatro maneras: 1º quod convenit omni, sed non soli, como el ser libre conviene a todo hombre, pero no a sólo el hombre: 2º quod convenit soli, sed non omni, como el ser médico, conviene a sólo el hombre, pero no a todo hombre: 3º quod convenit omni et soli, sed non semper, como el comer [62] conviene a todo y a sólo el animal, pero no siempre: 4º quod convenit omni, soli, et semper, como el ser capaz de admiración, conviene a todo hombre, a sólo el hombre y siempre.
En este último sentido constituye uno de los cinco universales, y se puede definir: una cosa que conviene a muchos y se puede predicar de ellos como atributo necesario, es decir, como una realidad que dimana natural y necesariamente de los principios constitutivos de una cosa, aunque no es parte de su esencia (1). Las propiedades son de dos clases: unas se distinguen realmente de la esencia, como las facultades sensitivas se distinguen realmente de las sustancia del alma: otras que sólo se distinguen con distinción de razón o según nuestro modo de concebir, identificándose a parte rei con la naturaleza o esencia cuyos atributos son, como la mortalidad, la razón de finito, que se conciben como atributos del hombre. Las primeras se llaman propiedades físicas y reales; las segundas propiedades lógicas.
{(1) El proprium se predica adjetivamente, como la diferencia, por lo cual decían los Escolásticos que se predica in quale necessario, es decir, por medio de término adjetivo (quale) que expresa algún atributo o propiedad necesaria del sujeto.}
e) El accidente, como universal lógico, es lo que conviene a muchos y se puede predicar de ellos como cosa que acompaña o sigue a la esencia de una manera contingente. En esta proposición: Sócrates es sabio, el predicado no solamente no constituye parte de la esencia humana, en lo cual conviene con el proprium, sino que significa algo que puede estar o no estar en el sujeto, y que por consiguiente le conviene, no de una manera necesaria, sino de una manera contingente.
De la doctrina expuesta acerca de los universales resultan los siguientes corolarios, muy dignos de reflexión.
1º El conocimiento de los universales es más importante de lo que a primera vista parece. En primer lugar, todas nuestras ideas, a excepción de los puramente singulares, se hallan revestidas de alguno de los caracteres o modos de [63] universalidad que se acaban de exponer. En segundo lugar en todo juicio, que es el acto fundamental y principal de nuestro entendimiento, por lo menos uno de sus elementos, o sea el predicado, se afirma o niega del sujeto según alguno de los modos contenidos en los cinco universales enumerados.
2º Puesto que el universal lógico es una realidad que se encuentra en muchos, unum in multis, o sea una naturaleza que dice relación a otras que se consideran como inferiores, lleva consigo naturalmente la aptitud o capacidad para ser predicado o enunciado de muchos; de donde podemos inferir con razón que la predicabilidad es una propiedad de los universales; porque en efecto, dada la universalidad de una idea, síguese el que se pueda predicar de muchos. Otra propiedad de los universales, según los Escolásticos, es la eternidad negativa, lo cual no quiere decir otra cosa sino que las naturalezas, en cuanto universales, así como prescinden de este o aquel lugar, así también prescinden de este o aquel tiempo, lo cual constituye la eternidad negativa, o sea una duración no circunscripta ni limitada a una parte determinada del tiempo.
3º En la cuestión de los universales la verdad se halla entre dos extremos, es decir, en el realismo moderado, que admite por una parte la realidad objetiva de la naturaleza denominada universal, y por otra que ésta universalidad, o la intención de la universalidad, como dice santo Tomás, no existe fuera de nosotros, ni en los individuos, sino únicamente en nuestro entendimiento. De esta manera se evita por un lado el nominalismo, sistema que abre y prepara el camino a las doctrinas materialistas y sensualistas (1), y por [64] otro el realismo absoluto o exagerado, el cual admitiendo la realidad objetiva de las ideas universales y la existencia de la universalidad fuera del entendimiento, abre el camino al idealismo y al panteísmo. Y por estas indicaciones fácil es conocer que el problema de los universales envuelve grande importancia filosófica, y que no andaban tan descaminados los Escolásticos al ocuparse del mismo con marcada preferencia.
{(1) He aquí las notables palabras de Rosmini sobre las relaciones que existen entre el nominalismo, y las teorías materialistas y sensualistas. «Desde el momento que se supone… que las cualidades o esencias consideradas fuera de los individuos, no son más que vanas palabras, como pretende Stewart, se rechazan y destruyen, sin [64] quererlo, todas las artes y ciencias… El hombre racional de estos filósofos, no poseería más que la pobre reminiscencia de las cosas que ha visto… El nominalismo moderno toma su origen del materialismo. Los nominales han sido siempre materialistas, generalmente hablando. Hobbes sostuvo con ardor el nominalismo. Después de Hobbes, los que con mayor furor negaron la existencia de las ideas abstractas, son La-Metrie, Helvetius y el autor del Sistema de la naturaleza... No concedais al hombre más que la facultad de percibir los individuos sensibles, y no le quedan más que los sentidos, puesto que los sentidos son los que presiden a la percepcion de los individuos: desde este instante la razón no existe. Cualquiera que sea el principio de los sentidos corporales, preciso será en todo caso que deje de existir al disolverse el órgano material: de aquí el unus est interitus hominis et jumentorum.» Nouvel Essai sur l’orig. des idé. Sect. 3ª, cap. IV, art. 18.}
SERMÓN DEL P. PÍO. DOMIGO «IN ALBIS»
Sermón del Padre Pío
( En la Capilla S. Pío X)
Sacerdote ordenado por Monseñor Morello, del linaje válido y legítimo de Mons. Thuc
Domingo «in Albis»
Lógica General 7/19. De las categorías.
Capítulo segundo
Las categorías y los universales
Los términos orales y escritos de que acabamos de tratar en el capítulo anterior, por lo mismo que son la expresión externa y sensible de las ideas, preparan y facilitan el camino para llegar al conocimiento de las ideas y pensamientos que contiene la representación intelectual de los objetos significados por aquellos términos. Por eso, después de haber tratado del lenguaje como manifestación sensible de las ideas, parece natural tratar de éstas y de los actos del entendimiento mediante los cuales se forman o adquieren, lo cual entra ya directamente en el objeto propio de la lógica.
Y debiendo concretarnos en este capítulo al examen o investigación de lo perteneciente a la simple percepción, que es la primera operación del entendimiento, según la división antes indicada, trataremos: 1º de las categorías o predicamentos, que encierran la clasificación general de las ideas: 2º de los universales, o sea de la clasificación de las ideas o conceptos intelectuales considerados como elementos [41] posibles del juicio; porque la percepción de las cosas se ordena naturalmente al juicio sobre las mismas, y de aquí es que los universales se llaman también predicables: 3º de las propiedades generales de los términos e ideas como elementos del juicio y partes de la proposición: 4º de las condiciones y propiedades de la recta percepción. Téngase presente que la idea recibe también los nombres, especialmente entre los antiguos filósofos, de concepto, razón de la cosa (ratio rei) noticia, noción.
Artículo I
De las categorías
§ I
Observaciones previas
1ª Entiéndese por categorías los géneros supremos o más universales de las cosas que se pueden predicar de algún sujeto. De manera que cada categoría viene a ser una idea universal debajo de la cual se contienen varias ideas relacionadas con ella, pero menos universales, formando una serie o colección ordenada de ideas contenidas bajo la primera. Así, por ejemplo, la idea de sustancia contiene bajo de sí las de cuerpo, espíritu, animal, planta, hombre, &c., las cuales todas se refieren a la sustancia como a su género supremo.
2ª De aquí se infiere que la categoría puede tomarse, o bien por el género supremo de una clase determinada de seres, en cuyo sentido procede la definición expuesta; o bien por la serie o colección de géneros y especies que se contienen y colocan bajo un género supremo. Tomada en este sentido la categoría puede definirse con los Escolásticos: series generum et specierum sub uno supremo genere contentorum.
3ª Toda vez que las categorías no son otra cosa en el [42] fondo sino las varias clases de seres o realidades que pueblan y constituyen el mundo creado (1), síguese de aquí: 1º que las categorías son divisiones del ente actual creado: 2º que en todas las categorías hay algo en que convienen, y algo en que se diferencian: convienen entre sí en cuanto que toda categoría significa una realidad objetiva, una cosa (res) una esencia real: se diferencian entre sí, en cuanto que cada esencia categórica tiene un modo de ser especial. La sustancia y la cualidad convienen en que las dos son dos esencias, dos realidades; pero se distinguen según que el modo de ser que corresponde a la sustancia es diferente del modo de ser que corresponde a la cualidad. De aquí se infieren dos cosas; 1ª que sólo los entes reales y no los entes de razón pueden constituir categorías: 2ª que el ente en común no constituye categoría, porque en la indeterminación de su concepto excluye todo modo de ser determinado.
{(1) Decimos el mundo creado, porque Dios, ser increado y absoluto, no incluye ninguna limitación o modo de ser, y por lo mismo no entra en ninguna categoría finita. Por esta razón decían los Escolásticos, que Dios, aunque es sustancia, no entra en la categoría de sustancia como especie o parte de la misma. Por eso decían también que una de las condiciones necesarias para colocar algún ente en una categoría, es que sea finito.}
4ª Por lo que hace al número de las categorías, existe gran variedad de opiniones entre los filósofos, así antiguos como modernos (2). Sin prejuzgar nada acerca de la [43] probabilidad de estas opiniones, nos acomodaremos aquí a la división de Aristóteles que señala diez categorías: sustancia, cantidad, relación, cualidad, acción, pasión, cuando o tiempo, lugar, sitio y hábito o vestido. Para nuestro objeto, que es exponer las nociones y divisiones de las principales clases de seres o realidades que suministran materia a las operaciones del entendimiento y a la formación de sus conceptos, que es lo que conviene que sepa el que estudia Lógica, importa poco que la clasificación de Aristóteles sea completamente exacta y propia o no.
{(2) Entre los antiguos, los pitagóricos admitían diez categorías relativas al bien, a saber: lumen, unum, intellectus, quies, masculinum, dextrum, finitum, par, rectum, quadratum, y otras diez relativas al mal: tenebrae, multitudo, opinio, motus, faemeninum, sinistrum, infinitum, impar, curvum, inaequale.Los platónicos admitían cinco categorías o géneros de entes: la sustancia, el accidente en la sustancia, el accidente en el cual existe la sustancia, el movimiento, la relación.
Entre los modernos no es menor la diversidad de opiniones, y entre ellos Kant reduce las categorías a cuatro fundamentales: la cantidad, la cualidad, la relación, la modalidad, las cuales se subdividen hasta formar el número de doce.}
§ II
De las tres primeras categorías
A) La sustancia.
a) Sustancia es la esencia que existe en sí misma, de manera que el ser sustancial excluye la inherencia en otro ente como en su sujeto. Santo Tomás la define: Id cujus quidditati competit esse non in alio. Considerada etimológicamente la sustancia, que viene de la palabra latina substare, significa el ente en cuanto es capaz de servir de base y sujeto de los accidentes: id quod substat accidentibus.
b) La sustancia se divide en primera y segunda. Sustancias primeras son los individuos o supuestos singulares, o sea las personas, si se trata de sustancias intelectuales. Sustancias segundas son las esencias sustanciales con precisión de la singularidad, o sea en cuanto constituyen géneros y especies en la categoría de sustancia. Sócrates significa una sustancia primera; hombre, animal, expresan sustancias segundas. De aquí procede: 1º que las segundas pueden predicarse de las primeras, pero éstas no pueden predicarse ni de las segundas ni de las primeras. Podemos decir: Sócrates es hombre; pero no podemos decir: el hombre es Sócrates: Sócrates es Platón: 2º que la sustancia segunda, aunque es sujeto lógico o de predicación, según que el género o una especie más universal se puede predicar de otra menos universal [43] como esta proposición, el hombre es animal, pero no es sujeto físico o de inherencia (subjectum inhaesionis) porque esto es propio de la sustancia primera en la cual existen los accidentes, y por esta razón se dice de ella que est subjectum praedicationis et inhaesionis.
c) La sustancia como categoría excluye: 1º las partes de sustancia, como el brazo, el alma o principio vital de los animales y plantas: 2º la sustancia infinita o Dios, porque la sustancia como categoría, significa una serie determinada de géneros y especies, que constituyen y se consideran como modos y determinaciones parciales del ente, concepto que repugna a Dios, el cual lejos de poder apellidarse determinación o modo del ente, es el ser mismo sin limitación, y principium lotius esse, como dice santo Tomás. Empero, aunque Dios no forme parte de la categoría de sustancia, puede y debe llamarse sustancia con toda propiedad; toda vez que excluye, no solo la inherencia accidental, como las sustancias creadas, sino toda dependencia de otro ser. Así es que no solo se conviene la definición de las sustancias creadas, ens in se subsistens, sino que añade además la independencia absoluta, según que es: ens in se subsistens, a se et per se existens.
d) Las principales propiedades de la sustancia como categoría son: 1ª No existir en algún sujeto por inherencia, propiedad que conviene, no solo a las sustancias categóricas, sino también a los individuos o sustancias primeras. 2ª No tener contrario; porque la sustancia, por lo mismo que no existe en sujeto, no puede expeler otra cosa del sujeto, como sucede con las cosas que se dicen contrarias. 3ª Servir de sujeto a cosas contrarias, como el alma puede ser sujeto del amor y del odio. 4ª No ser susceptible de más y menos, porque una sustancia en cuanto tal, no es más sustancia que otra, ni es capaz de mayor o menor intensidad, como lo son algunos accidentes.
B) La cantidad.
a) Pueden señalarse dos clases o modos de cantidad: una material, propia, dimensiva (quantitas molis) o extensiva: [45] otra espiritual, metafísica, de fuerza (quantitas virtutis) o perfección. La primera es la que llamamos extensión de los cuerpos: la segunda es todo ser o modo de ser que lleva consigo la idea de perfección, de dignidad o superioridad relativa. Por eso decía san Agustín: In his quae non mole magna sunt, hoc est majus esse, quod est medius esse. «Este cuerpo es mayor que el otro»; «el poder de Dios es mayor que el de las criaturas»; «la tierra es un globo muy grande»; «la bondad de Dios es muy grande». He aquí ejemplos de esa doble cantidad. Excusado es advertir que la categoría de cantidad se refiere a la primera especie.
b) La cantidad o extensión es una modificación de la sustancia corpórea, por razón de la cual ésta tiene: 1º pluralidad de partes: 2º extensión local, o sea aptitud para llenar un lugar determinado: 3º impenetrabilidad, mediante la cual un cuerpo excluye a otro del mismo lugar: 4º divisibilidad, o aptitud y capacidad para ser dividida en partes: 5º mensurabilidad, según que por razón de la extensión los cuerpos pueden ser medidos, y servir de medida. El examinar cuál de estos atributos constituye la esencia de la cantidad, no pertenece a la lógica sino a la metafísica.
c) La cantidad categórica puede ser, o permanente, cuyas pares existen simultáneamente, como una mesa; o sucesiva, que es aquella cuyas partes existen una en pos de otra, como el tiempo y el movimiento. Cuando las partes, aunque simultáneas en la existencia, están separadas, la cantidad permanente se llama discreta, como cinco piedras: si por el contrario están unidas, se llama continua. Esta última suele dividirse en línea, superficie y cuerpo o sólido.
d) Las principales propiedades de la cantidad categórica, son: 1ª No tener contrario propiamente dicho; porque la contrariedad envuelve actividad de uno de los contrarios contra el otro, y la cantidad es inerte de su naturaleza. 2ª No ser susceptible de más y de menos (non suscipere magis et minus); una cantidad puede ser mayor o menor que otra, pero no se dirá con propiedad que una cantidad es más extensión o cantidad que otra. 3ª Ser fundamento de la igualdad y [46] desigualdad; porque por razón de la cantidad un cuerpo se dice igual o desigual a otro.
C) La relación.
a) La relación tomada en su sentido más general es el orden de una cosa a otra (1). Así es que toda relación incluye sujeto, fundamento y término. El sujeto de la relación es la cosa que se refiere o dice orden a otra; el fundamento es aquello por razón de lo cual una cosa dice orden a otra, y el término es la cosa a la cual se refiere u ordena otra; así, por ejemplo, en la relación que dice el padre al hijo, el hombre-padre es el sujeto de la relación; el hombre-hijo es el término; la generación es el fundamento de dicha relación. Cuando una cosa se refiere a otra independientemente de nuestro entendimiento y con anterioridad a la acción de éste, la relación es real, es decir, es un accidente o modo real de la sustancia: si, por el contrario, el orden de una cosa a otra reconoce por origen la percepción de nuestro entendimiento, que percibe o conoce una cosa comparándola con otra, habrá entonces relación de razón. No han faltado filósofos que niegan la existencia de relaciones reales en las cosas creadas; opinión que rechazamos como errónea, teniendo por cierta la siguiente
{(1) Es de la mayor importancia poseer ideas exactas acerca de la naturaleza de la relación, ya porque gran parte de nuestros conocimientos científicos tienen por materia relaciones de los objetos, ya también porque en la ciencia teológica apenas se puede dar un paso con seguridad sin echar mano de las ideas de relación.}
Tesis
Existen en las cosas creadas relaciones verdaderamente reales.
La relación es real si se halla en las cosas antes del acto del entendimiento; pues llamamos entes de razón a aquellos que son consiguientes o que sólo existen como términos y [47] resultado de algún acto del entendimiento; es así que existen realmente cosas que se refieren o dicen orden naturalmente a otras independientemente de nuestro entendimiento: luego deben admitirse relaciones reales. A la verdad, sería absurdo y ridículo decir que el padre no se refiere al hijo y la criatura al Creador independientemente de toda percepción o acto de nuestro entendimiento.
Dos consecuencias se desprenden de lo expuesto: 1ª Para que una relación sea real es necesario: 1º que el sujeto de la relación sea real: 2º que el fundamento de la misma sea también real, y 3º que el término sea real y se distinga realmente del sujeto o causa próxima de la relación.
2ª Aunque es innegable que existen verdaderas relaciones reales, no es menos cierto que son en mayor número las relaciones de razón. Faltando cualquiera de las tres condiciones indicadas, la relación no puede ser real.
b) La relación real se divide en increada y creada. La primera es la que existe entre las personas divinas, cuyo conocimiento pertenece a la teología. La segunda es el orden real de una criatura a otra o al Creador. Ésta se divide en predicamental y trascendental. La predicamental, la cual, como indica su mismo nombre, es la que constituye la categoría de la relación, es el orden real y accidental de una cosa a otra, distinto realmente del sujeto en que existe. Se dice orden real, para excluir la relación de razón; accidental, para distinguirla de las relaciones divinas que no son accidentes; distinto realmente del sujeto, para excluir las relaciones trascendentales, las cuales se identifican con el sujeto en que se conciben y existen (1).
{(1) Esta definición coincide en el fondo con la de los Escolásticos: Accidens cujus totum esse est ad aliud se habere.}
La relación trascendental, como acabamos de indicar, es el orden real de una cosa a otra, pero incluido en la misma naturaleza de la cosa referida, y por consiguiente identificado [48] con el sujeto de la relación. Tal es la relación, de la parte al todo, del entendimiento al objeto inteligible. Llámase trascendental, porque se encuentra en todos los seres con cuya esencia se identifica en la realidad. Los Escolásticos suelen apellidarla también relación secundum dici, y a la predicamental, relación secundum esse.
Fácil es inferir de las nociones y definiciones expuestas las diferencias principales que separan o distinguen la relación trascendental de la predicamental: 1ª ésta solo se encuentra en determinados entes, al paso que la trascendental se halla en todos, pues prescindiendo de otras, incluyen la que les corresponde como criaturas: 2ª la predicamental se distingue realmente del sujeto; la trascendental se identifica con el sujeto, de manera que si se concibe con precisión del sujeto que la tiene, queda reducida a una relación de razón: 3ª de aquí es que la relación predicamental puede sobrevenir al sujeto preexistente, como la relación de paternidad a Pedro, pero la trascendental, por lo mismo que se identifica con la naturaleza o esencia referida, de la cual no se distingue realmente, comienza y acaba con ella, como la relación de criatura principia y acaba con la cosa creada y no le sobreviene después de existir: 4ª la relación trascendental puede ser una sustancia o un accidente, como se observa en el alma y la intelección que incluyen relación trascendental, la primera al cuerpo, y la segunda al objeto: la predicamental siempre es un ser accidental.
Debe observarse aquí, que la relación predicamental puede considerarse en cuanto es simplemente un accidente o modificación de la sustancia como los demás accidentes reales y también en cuanto es tal accidente, es decir, en cuanto su esencia propia consiste en el orden de una cosa a otra. Por eso decían los Escolásticos que la relación abraza o incluye el concepto in, el cual se corresponde en cuanto es un accidente, como lo son la cantidad, la cualidad, &c., quatenus inest subjecto; y el concepto ad, en cuanto su carácter distintivo y su ser específico consiste en ordenarse o referirse a otra cosa: «cujus totum esse est ad aliud se habere.» [49]
Cuando los dos extremos de una relación se refieren recíprocamente el uno al otro, como sucede en el padre y el hijo, se dice que la relación es mutua: si el uno de los extremos dice relación al otro, pero no viceversa como sucede en la relación de las criaturas a Dios, entonces se llama no mutua.
Si las relaciones de los dos extremos son del mismo género o semejantes entre sí, se dice que hay relación aequiparantiae; si son diferentes, la relación se denomina disquiparantiae.
c) Los fundamentos o causas de relación suelen reducirse a tres: unidad y número, o sea conveniencia y discrepancia en alguna cosa, y ésta da origen a las relaciones de identidad, diversidad, igualdad, desigualdad, semejanza, &c.; acción y pasión, que da origen a las relaciones de causa y efecto: medida y mensurable, que da origen a las relaciones que resultan en las cosas que reciben la determinación específica de otras, como las potencias o facultades respecto de sus objetos, el movimiento respecto del término y otras análogas.
d) Las propiedades de la relación predicamental pueden reducirse a tres; 1ª No tener contrario. 2ª No recibir más ni menos, porque una relación, como relación, no lo es más o menos que otra. 3ª Simultaneidad de naturaleza y de conocimiento, puesto que la relación ni puede existir, ni concebirse sino existiendo y concibiendo los dos extremos de la misma, o sea el sujeto y el término.
§ III
De las demás categorías
A) La cualidad.
a) Así como la cantidad o extensión es una modificación que corresponde a la sustancia material por razón de la materia, así la cualidad corresponde a las sustancias por parte de la forma. De aquí es que la cualidad se encuentra no sólo en las sustancias materiales, sino también en las espirituales que son formas subsistentes. [50]
La cualidad es un accidente que modifica la sustancia, bien sea en sí misma, bien sea en orden a sus operaciones. Si concebimos un hombre precisamente en cuanto es tal sustancia, lo concebimos indiferente de su naturaleza, o mejor dicho, capaz de tener hermosura o fealdad, salud o enfermedad (cualidades que disponen o modifican la sustancia en sí misma), así como de tener ciencia o ignorancia, virtud o vicio (cualidades que modifican la sustancia en orden a la operación), y otras cualidades análogas.
b) En conformidad con esta noción o idea de la cualidad, los Escolásticos señalaban cuatro especies generales de cualidad: 1ª hábito y disposición; 2ª potencia e impotencia; 3ª pasión y cualidad pasible; 4ª forma y figura. Llamábase forma y figura a la terminación o modo de limitación que poseen las sustancias por razón de la cantidad. La pasión significa aquí la alteración sensible producida en la sustancia, la cual retiene el nombre de pasión, si procede de una causa transeúnte, como la palidez producida por el miedo; pero si procede de una causa más o menos permanente, como la misma palidez originada de una enfermedad, entonces la apellidaban patibilis qaualitas. Por potencia e impotencia entendían las facultades de acción o de resistencia, según que admiten diferentes grados de fuerza. La vista en un joven sin defecto, y la dureza del oro, se denomina potencia; la vista en un anciano, la fragilidad del cristal, la denominaban impotencia, es decir, menor poder o fuerza de acción y de resistencia (1).
{(1) Estas nociones, aunque de poca importancia científica en sí mismas, son útiles para la clasificación de las cualidades, que son muy variadas y numerosas; y principalmente para comprender la terminología de los filósofos antiguos, cosa muy conveniente en ocasiones, y hasta necesaria, especialmente para la historia de la Filosofía.}
Algo más importante es la primera especie, que puede definirse: una cualidad más o menos arraigada en el sujeto, [51] mediante la cual éste se halla bien o mal dispuesto, o en su ser, o en sus operaciones. Si ésta cualidad se halla muy arraigada en el sujeto se denomina hábito; si se puede remover fácilmente del sujeto por hallarse poco arraigada en él, se llama disposición, nombre que también conviene a la cualidad cundo ésta, aunque se halle muy arraigada en el sujeto en virtud de la repetición de actos, sin embargo es fácilmente admisible, atendida su naturaleza propia. En este caso se dirá que la disposición, sin dejar de ser tal en sí misma, existe per modum habitus. El vicio moral en sí mismo es una disposición y no un hábito, porque se funda en el error práctico del entendimiento y en la influencia de las pasiones, que no son de suyo permanentes y estables; pero podrá existir en el sujeto a modo de hábito, en virtud de la frecuencia de actos que hace difícil su remoción del sujeto.
c) Los hábitos se dividen en entitativos y operativos. Los primeros disponen o modifican el sujeto en bien o en mal en cuanto a su modo de ser, como la salud respecto del cuerpo, la gracia respecto del alma.
Los operativos son los que disponen o modifican las sustancia en orden a sus operaciones, como la virtud, el vicio, la ciencia.
Se dividen también en infusos y adquiridos. Los primeros son infundidos por Dios, como la gracia santificante, la fe divina o sobrenatural, la esperanza, &c. Los adquiridos son los que el hombre adquiere con sus propias fuerzas por medio de la repetición de determinados actos, como la ciencia, la justicia, la templanza con las demás virtudes morales.
d) Suelen señalarse tres propiedades de la cualidad: 1ª tener contrario, según que una cualidad excluye al vicio y viceversa, la enfermedad expele la salud, &c. 2ª Ser susceptible de más y menos, según que una cualidad puede tener más o menos grados: 3ª Servir de fundamento a las relaciones de semejanza y desemejanza. Así decimos que dos hombres son semejantes por razón de la figura, por razón de la ciencia, por razón del color, &c. Téngase presente, sin embargo, que las dos [52] primeras propiedades no son aplicables en rigor a todas las cualidades, sino a algunas clases o especies.
B) Las seis últimas categorías.
a) Acción es el acto segundo de la potencia activa. Puede ser, o inmanente, como la volición, la sensación que se reciben en el mismo sujeto que las produce; o transeúnte, como cortar, escribir, quemar, las cuales se reciben en alguna materia distinta del sujeto.
b) La pasión, como categoría, es el correlativo de la acción, o sea el acto segundo de la potencia pasiva o receptiva; y así podrá definirse: la recepción de la acción en el sujeto o materia paciente.
c) La categoría ubi, significa la circunscripción del cuerpo por medio del lugar que ocupa. Dícese circunscripción del cuerpo, para excluir de esta categoría; 1º la ubicación de inmensidad, ubi per immensitatem, mediante la cual Dios está en todos los lugares sin hallarse circunscripto por ninguno de ellos: 2º la ubicación espiritual, ubi spirituale, que corresponde a las sustancias inmateriales, las cuales en tanto se dice que están en un lugar: 1º en cuanto obran en él per operationem, pero no ocupan propiamente lugar, puesto que carecen de extensión: 2º en cuanto informan un sujeto material, per informationem, a la manera que el alma racional está en el cuerpo humano, pero no per commensurationem, sino tota in toto, et tota in qualibet parte, cual corresponde a una sustancia simple. Es decir, que las sustancias espirituales, aunque están en un lugar determinado per operationem o per informationem, no ocupan lugar, porque carecen de extensión que pueda estar en relación con las dimensiones de un lugar determinado.
d) Sitio, es la disposición de las partes del cuerpo que ocupa algún lugar, según que ésta ocupación puede verificarse de diferentes modos, como el hombre puede estar sentado, acostado, arrodillado, &c.
e) La categoría cuando o del tiempo importa la modificación accidental que resulta en la cosa en fuerza de sus relaciones con el tiempo como medida de duración. [53]
f) El hábito, como categoría, es la modificación resultante del vestido, o armas. Estas dos últimas categorías, más bien que seres reales, pueden considerarse como denominaciones extrínsecas o relaciones de razón.
§ IV
Las poscategorías
La comparación de las categorías da origen a ciertas ideas, nociones o modos de concebir las cosas, que por lo mismo se apellidan pospredicamentos o poscategorías. Las principales son cinco: oposición, prioridad, simultaneidad, movimiento, modo de tener. Omitiendo éste último como poco importante y la simultaneidad, cuyas especies pueden considerarse como correlativas de la prioridad, trataremos brevemente de los tres restantes.
a) Pueden señalarse cuatro modos de oposición en las cosas: 1º oposición relativa, que es la que existe entre los extremos de una relación, como entre el padre y el hijo: 2º oposición contraria, que tiene lugar entre las cualidades que se excluyen mútuamente del mismo sujeto, como la virtud y el vicio: 3º oposición privativa, que tiene lugar entre una forma o perfección real, y la privación de la misma, como entre la vista y la ceguera: oposición contradictoria, que tiene lugar entre el ser y su negación, como entre el ente y el no ente. No debe confundirse la privación con la negación. La primera envuelve la carencia de una realidad o perfección positiva en un sujeto capaz de tenerla, como la vista o la salud respecto del hombre; la segunda envuelve carencia de una realidad o perfección en un sujeto incapaz de la misma, o que a lo menos no la exige según la condición de su naturaleza, como la misma vista o la salud respecto de una piedra. Esto servirá para comprender en qué se diferencian la oposición privativa y la contradictoria, las cuales a primera vista parece que no se distinguen realmente.
b) Comparando los seres entre sí concebimos varias [54] especies de prioridad en ellos. Así tenemos: 1º prioridad de tiempo, como la que tiene el padre respecto del hijo: 2ª prioridad de naturaleza, la cual algunas veces se denomina también de causalidad, y prioridad a quo, según que la causa es naturalmente anterior al efecto: 3º prioridad de consecuencia, según que en el orden lógico un concepto es consiguiente a otro en el cual se halla incluido, como cuando decimos: si es hombre es sustancia: 4º prioridad de dignidad, como el rey respecto del capitán: 5º prioridad de generación, según que una cosa o un estado determinado precede naturalmente a otro, como la niñez respecto de la juventud: 6º prioridad de perfección, según que un ser o un estado más perfecto tiene prioridad de perfección con respecto al menos perfecto, como el adulto respecto del niño, del entendimiento respecto de los sentidos; de manera que esta prioridad de perfección suele ser contraria y correlativa a la de generación; pues lo que es primero según el orden de generación, suele ser posterior según el orden de perfección, y viceversa: 7º prioridad de orden, como el exordio respecto del epílogo.
c) Tomando el movimiento en un sentido lato, se pueden distinguir seis especies de mutaciones: 1º generación, que es el tránsito de una sustancia de no ser al ser, como cuando es engendrado un hombre: 2º corrupción, que es el tránsito de la sustancia del ser al no ser: 3º aumento, de menor a mayor extensión o volumen: 4º disminución, que es la mutación opuesta al aumento: 5º alteración, o sea la mutación o tránsito de una cualidad a otra, como cuando el hombre pasa de la virtud al vicio, del frío al calor, &c.: 6º movimiento local,mediante el cual los cuerpos se trasladan de un lugar a otro.
Escolio
Ya dejamos indicado que el principio o fundamento general de las categorías es el ente, y como quiera que las categorías son la expresión de las naturalezas reales, es [55] preciso decir que el ente principio de las categorías es el ente real y objetivo, es decir, el ente en cuanto esta palabra significa las esencias actualmente existentes. Kant pretende que el principio de las categorías es el ente o el ser en cuanto significa la relación del predicado con el sujeto, o sea en cuanto el verbo ser expresa la forma general del juicio. Esta teoría de Kant conduce lógicamente al idealismo; porque, según ella, las categorías no son más que formas subjetivas del juicio y por consiguiente no representan las naturalezas según existen realmente fuera de nosotros. De aquí es que el mismo Kant nos dice que por medio de las categorías no conocemos el mundo nouménico, la realidad objetiva de las cosas, sino el mundo fenoménico.
DOMINGO «IN ALBIS»
DOMINGO IN ALBIS
PRIMERO DESPUÉS DE PASCUA
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger

Incredulidad de Sto. Tomas, Andrea del Verocchio
Nota de C. A.: Debido a las primeras palabras del Introito, a este domingo también se le llama «de Cuasimodo» – Quasi modo geniti infantes… Como niños recién nacidos…
CADA DOMINGO ES UNA PASCUA. — Vimos ayer a los neófitos clausurar su Octava de la Resurrección. Antes que nosotros habían participado del admirable misterio del Dios resucitado, y antes que nosotros debían acabar su solemnidad. Este día es, pues, el octavo para nosotros, que celebramos la Pascua el Domingo y no la anticipamos a la tarde del Sábado. Nos recuerda las alegrías y grandezas del único y solemne Domingo que reunió a toda la cristiandad en un mismo sentimiento de triunfo. Es el día de la luz que oscurece al antiguo Sábado; en adelante el primer día de la semana es el día sagrado; le señaló dos veces con el sello de su poder el Hijo de Dios. La Pascua está, pues, para siempre fijada en Domingo y como dejamos dicho en la «mística del Tiempo Pascual», todo domingo en adelante será una Pascua.
Nuestro divino resucitado ha querido que su Iglesia comprendiese así el misterio; pues, teniendo la intención de mostrarse por segunda vez a sus discípulos reunidos, esperó, para hacerlo, la vuelta del Domingo. Durante todos los días precedentes dejó a Tomás presa de sus dudas; no quiso hasta hoy venir en su socorro, manifestándose a este Apóstol, en presencia de los otros, y obligándole a renunciar a su incredulidad ante la evidencia más palpable. Hoy, pues, el Domingo recibe de parte de Cristo su último título de gloria, esperando que el Espíritu Santo descienda del cielo para venir a iluminarle con sus luces y hacer de este día, ya tan favorecido, la era de la fundación de la Iglesia cristiana.
LA APARICIÓN A SANTO TOMÁS. — La aparición del Salvador al pequeño grupo de los once, y la victoria que logró sobre la infidelidad de un discípulo, es hoy el objeto especial del culto de la Santa Iglesia. Esta aparición que se une a la precedente, es la séptima; por ella Jesús entra en posesión completa de la fe de sus discípulos. Su dignidad, su prudencia, su caridad, en esta escena, son verdaderamente de un Dios.
Aquí también, nuestros pensamientos humanos quedan confundidos a la vista de esa tregua que Jesús otorga al incrédulo, a quien parecía debía haberle curado sin tardanza de su infeliz ceguera o castigarle por su insolencia temeraria. Pero Jesús es la bondad y sabiduría infinita; en su sabiduría, proporciona, por esta lenta comprobación del hecho de su Resurrección, un nuevo argumento en favor de la realidad de este hecho; en su bondad, procura al corazón del discípulo incrédulo la ocasión de retractarse por sí mismo de su duda con una protesta sublime de dolor, de humildad y de amor. No describiremos aquí esta escena tan admirablemente relatada en el trozo del Evangelio que la Santa Iglesia va en seguida a presentarnos. Limitaremos nuestra instrucción de este día a hacer comprender al lector la lección que Jesús da hoy a todos en la persona de santo Tomás. Es la gran enseñanza del Domingo de la Octava de Pascua; importa no olvidarla, por que nos revela, más que ninguna otra, el verdadero sentido del cristianismo; nos ilustra sobre la causa de nuestras impotencias, sobre el remedio de nuestras debilidades.
LA LECCIÓN DEL SEÑOR. — Jesús dice a Tomás: «Has creído porque has visto; dichosos los que no vieron pero creyeron». Palabras llenas de divina autoridad, consejo saludable dado no solamente a Tomás, sino a todos los hombres que quieren entrar en relaciones con Dios y salvar sus almas. ¿Qué quería, pues, Jesús de su discípulo? ¿No acababa de oírle confesar la fe de 1a. cual estaba ya penetrado? Tomás, por otra parte, ¿era tan culpable por haber deseado la experiencia personal, antes de dar su adhesión al más asombroso de los prodigios? ¿Estaba obligado a creer las afirmaciones de Pedro y de los otros, hasta el punto de tener que, por no darlas asentimiento, faltaba a su Maestro? ¿No daba prueba de prudencia absteniéndose de asentir hasta que otros argumentos le hubiesen revelado a él mismo la realidad del hecho? Sí, Tomás era hombre prudente, que no se fiaba demasiado; podía servir de modelo a muchos cristianos que juzgan y razonan como él en las cosas de la fe. Y con todo eso, ¡cuán abrumadora, aunque llena de dulzura, es la reprensión de Jesús! Se dignó prestarse, con condescendencia inexplicable, a que se verificase lo que Tomás había osado pedir: ahora que el discípulo se encuentra ante el maestro resucitado, y que grita con la emoción más sincera: «¡Oh, tú eres mi Señor y mi Dios!» Jesús no le perdona la lección que había merecido. Era preciso castigar aquella osadía, aquella incredulidad; y el castigo consistirá en decirle: «Creíste, Tomás, porque viste.»
LA HUMILDAD Y LA FE. — Pero ¿estaba obligado Tomás a creer antes de haber visto? Y ¿quién puede dudarlo? No solamente Tomás, sino todos los Apóstoles estaban obligados a creer en la resurrección de su maestro, aun antes de que se hubiera mostrado a ellos. ¿No habían vivido ellos tres años en su compañía? ¿No le habían visto confirmar con numerosos prodigios su título de Mesías y de Hijo de Dios? ¿No les había anunciado su resurrección para el tercer día después de su muerte? Y en cuanto a las humillaciones y a los dolores de su Pasión, ¿no les había dicho, poco tiempo antes, en el camino de Jerusalén, que iba a ser prendido por los judíos, que le entregarían a los gentiles; que sería flagelado, cubierto de salivas y matado? (San Luc., XVIII, 32, 33.)
Los corazones rectos y dispuestos a la fe no hubieran tenido ninguna duda en rendirse, desde el primer rumor de la desaparición del cuerpo. Juan, nada más entrar en el sepulcro y ver los lienzos, lo comprendió todo y comenzó a creer. Pero el hombre pocas veces es sincero; se detiene en el camino como si quisiera obligar a Dios a dar nuevos pasos hacia adelante. Jesús se dignó darlos. Se mostró a la Magdalena y a sus compañeras que no eran incrédulas, sino distraídas por la exaltación de un amor demasiado natural. Según el modo de pensar de los Apóstoles, su testimonio no era más que el lenguaje de mujeres con imaginación calenturienta. Fué preciso que Jesús viniese en persona a mostrarse a estos hombres rebeldes, a quienes su orgullo hacía perder la memoria de todo un pasado que hubiese bastado por sí solo para iluminarles el presente. Decimos su orgullo; pues la fe no tiene otro obstáculo que ese vicio. Si el hombre fuese humilde, se elevaría hasta la fe que transporta las montañas.
Ahora bien, Tomás ha oído a la Magdalena y ha despreciado su testimonio; ha oído a Pedro y no ha hecho caso de su autoridad; ha oído a sus otros hermanos y a los discípulos de Emaús y nada de todo eso le ha apartado de su parecer personal. La palabra de otro, grave y desinteresada, produce la certeza en un espíritu sensato, mas no tiene esta eficacia ante muchos, desde que tiene por objeto atestiguar lo sobrenatural. Es una profunda llaga de nuestra naturaleza herida por el pecado. Muy frecuentemente quisiéramos, como Tomás, tener la experiencia nosotros mismos; y eso basta para privarnos de la plenitud de la luz. Nos consolamos como Tomás porque somos siempre del número de los discípulos; pues este Apóstol no había roto con sus hermanos; sólo que no gozaba de la misma felicidad que ellos. Esta felicidad, de la que era testigo, no despertaba en él más que la idea de debilidad; y gustaba en cierto grado de no compartirla.
LA FE TIBIA. — Tal es aún en nuestros días el cristiano infectado de racionalismo. Cree, porque su razón le pone como en la necesidad de creer; con la inteligencia y no con el corazón es como cree. Su fe es una conclusión científica y no una aspiración hacia Dios y hacia la verdad sobrenatural. Por eso esta fe, ¡cuán fría e impotente es! ¡cuán limitada e inquieta!, ¡cómo teme avanzar creyendo demasiado! Al verla contentarse tan fácilmente con verdades disminuidas (Ps., XI) pesadas en la balanza de la razón, en vez de navegar a velas desplegadas como la fe de los santos, se diría que se avergüenza de sí misma. Habla bajo, teme comprometerse; cuando se muestra, lo hace cubierta de ideas humanas que la sirven de etiqueta. No se expondrá a una afrenta por los milagros que juzga inútiles, y que jamás habría aconsejado a Dios que obrase. En el pasado como en el presente, lo maravilloso la espanta; ¿no ha tenido que hacer ya bastante esfuerzo para admitir a aquel cuya aceptación la es estrictamente necesaria? La vida de los santos, sus virtudes heroicas, sus sacrificios sublimes, todo eso la inquieta. La acción del cristianismo en la sociedad, en la legislación, la parece herir los derechos de los que no creen; piensa que debe respetarse la libertad del error y la libertad del mal; y aun no se da cuenta de que la marcha del mundo está entorpecida desde que Jesucristo no es Rey sobre la tierra.
VIDA DE FE. — Para aquellos cuya fe es tan débil y tan cercana al racionalismo, Jesús añade a las palabras severas que dirigió a Tomás, esta sentencia, que no sólo se dirigía a él sino a todos los hombres de todos los siglos: «Dichosos los que no vieron y creyeron.» Tomás pecó por no haber tenido la disposición de creer. Nosotros nos exponemos a pecar como él si no alimentamos en nuestra fe esa expansión que la impulsa a mezclarse en todo, y a hacer el progreso, que Dios recompensa con rayos de luz y de alegría en el corazón. Una vez entrados en la Iglesia nuestro deber es considerar en adelante todas las cosas a las luces de lo sobrenatural; y no temamos que esta situación regulada por las enseñanzas de la autoridad sagrada, nos lleve demasiado lejos. «El justo vive de la fe» (Rom., I, 17); es su alimento continuo. La vida natural se transforma en él para siempre, si permanece fiel a su bautismo. ¿Acaso creemos que la Iglesia tomó tantos cuidados en la instrucción de sus neófitos, que les inició con tantos ritos que no res204 piran sino ideas y sentimientos de la vida sobrenatural, para dejarlos sin ningún pesar al día siguiente a la acción de ese peligroso sistema que coloca la fe en un rincón de la inteligencia, del corazón y de la conducta, a fin de dejar obrar más libremente al hombre natural? No, no es así. Reconozcamos, pues, nuestro error con Tomás; confesemos con él que hasta ahora no hemos creído aún con fe bastante perfecta. Como él digamos a Jesús: «Tú eres mi Señor y mi Dios; y he pensado y obrado frecuentemente como si no fueses en todo mi Señor y mi Dios. En adelante creeré sin haber visto; pues quiero ser del número de los que tú has llamado dichosos.»
* * *
Este Domingo, llamado ordinariamente Domingo de «Quasimodo», lleva en la Liturgia el nombre de Domingo «in albis», y más explícitamente «in albis depositis», {jorque en este día los neófitos se presentaban en la Iglesia con los hábitos ordinarios.
En la Edad Media, se le llamaba «Pascua acabada»; para expresar, sin duda, que en este día terminaba la Octava de Pascua. La solemnidad de este Domingo es tan grande en la Iglesia, que no solamente es de rito «Doble mayor», sino que no cede nunca su puesto a ninguna fiesta, de cualquier grado elevado que sea.
En Roma, la Estación es en la Basílica de San Pancracio, en la Vía Aurelia. Los antiguos no nos dicen nada sobre los motivos que han hecho designar esta iglesia para la reunión de los fieles en este día. Puede ser que la edad del joven mártir de catorce años al cual está dedicada, haya sido causa de escogerla con preferencia por una especie de relación con la juventud de los neófitos que son aún hoy el objeto de la preocupación maternal de la Iglesia.
M I S A
El Introito recuerda las cariñosas palabras que San Pedro dirigía en la Epístola de ayer a los nuevos bautizados. Son tiernos niños llenos de sencillez, y anhelan de los pechos de la Santa Iglesia la leche espiritual de la fe, que los hará fuertes y sinceros.
INTROITO
Como niños recién nacidos, aleluya: ansiad la leche espiritual, sin engaño. Aleluya, aleluya, aleluya. — Salmo: Aclamad a Dios, nuestro ayudador: cantad al Dios de Jacob. V. Gloria al Padre.
En este último día de una Octava tan grande, la Iglesia da, en la Colecta, su adiós a las solemnidades que acaban de desarrollarse, y pide a Dios que su divino objeto quede impreso en la vida y en la conducta de sus hijos.
COLECTA
Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, hagas que, los que hemos celebrado las fiestas pascuales, las conservemos, con tu gracia, en nuestra vida y costumbres. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
EPISTOLA
Lección de la Epístola del Apóstol San Juan (I Jn., V, 4-10).
Carísimos: Todo lo que ha nacido de Dios, vence al mundo: y ésta es la victoria, que vence al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesucristo es el Hijo de Dios? Este, Jesucristo, es el que vino por el agua y la sangre: no sólo por el agua, sino por el agua y por la sangre. Y el Espíritu es el que atestigua que Cristo es la verdad. Porque tres son los que dan testimonio de ello en el cielo: el Padre, el Verbo, y el Espíritu Santo: y estos tres son una sola cosa. Y tres son los que dan testimonio de ello en la tierra: el Espíritu, y el agua, y la sangre: y estos tres son una sola cosa. Si aceptamos el testimonio de los hombres, el testimonio de Dios es mayor. Ahora bien, este testimonio de Dios, que es mayor, es el que dió de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios, tiene en sí mismo el testimonio de Dios.
MÉRITO DE LA FE. — El Apóstol San Juan celebra en este pasaje el mérito y las ventajas de la fe; nos la muestra como una victoria que pone a nuestros pies al mundo, al mundo que nos rodea, y al mundo que está dentro de nosotros. L a razón que ha movido a la Iglesia a elegir para hoy este texto de San Juan, se echa de ver fácilmente, cuando se ve al mismo Cristo recomendar la fe en el Evangelio de este Domingo. «Creer en Jesucristo, nos dice el Apóstol, es vencer al mundo»; no tiene verdadera fe, aquel que somete su fe al yugo del mundo. Creamos con corazón sincero, dichosos de sentirnos hijos en presencia de la verdad divina, siempre dispuestos a dar pronta acogida al testimonio de Dios. Este divino testimonio resonará en nosotros, en la medida que nos encuentre deseosos de escucharlo siempre en adelante. Juan, a la vista de los lienzos que habían envuelto el cuerpo de su maestro, pensó y creyó; Tomás tenía más que Juan el testimonio de los Apóstoles que habían visto a Jesús resucitado, y no creyó. No había sometido el mundo a su razón, porque no tenía fe.
Los dos versículos aleluyáticos están formados por trozos del santo Evangelio que se relacionan con la Resurrección. El segundo describe la escena que tuvo lugar tal día como hoy en el Cenáculo.
ALELUYA
Aleluya, aleluya. V. El día de mi resurrección, dice el Señor, os precederé en Galilea.
Aleluya, V. Después de ocho días, cerradas las puertas, se presentó Jesús en medio de sus discípulos, y dijo: ¡Paz a vosotros! Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Juan (XX, 19-31).
En aquel tiempo, siendo ya tarde aquel día, el primero de la semana, y estando cerradas las puertas de donde estaban reunidos los discípulos por miedo de los judíos, llegó Jesús y se presentó en medio, y díjoles: ¡Paz a vosotros! Y, habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se alegraron al ver al Señor. Entonces les dijo otra vez: ¡Paz a vosotros! Como me envió a mí el Padre, así os envío yo a vosotros. Y, habiendo dicho esto, sopló sobre ellos, y les dijo: Recibid del Espíritu Santo: a quienes les perdonareis los pecados, perdonados les serán: y, a los que se los retuviereis, retenidos les serán. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Dijéronle, pues, los otros discípulos: Hemos visto al Señor. Pero él les dijo: Si no viere en sus manos el agujero de los clavos y metiere mi dedo en el sitio de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Y, después de ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos: y Tomás con ellos. Vino Jesús, las puertas cerradas, y se presentó en medio, y dijo: ¡Paz a vosotros! Después dijo a Tomás: Mete tu dedo aquí, y ve mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado: y no seas incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás y díjole: ¡Señor mío, y Dios mío! Díjole Jesús: Porque me has visto. Tomás, has creído: bienaventurados los que no han visto, y han creído. E hizo Jesús, ante sus discípulos, otros muchos milagros más, que no se han escrito en este libro. Mas esto ha sido escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que, creyéndolo, tengáis vida en su nombre.
EL TESTIMONIO DE SANTO TOMÁS. — Hemos insistido lo suficiente sobre la incredulidad de santo Tomás; y es hora ya de glorificar la fe de este Apóstol. Su infidelidad nos ha ayudado a sondear nuestra poca fe; su retorno ilumínenos sobre lo que tenemos que hacer para llegar a ser verdaderos creyentes. Tomás ha obligado al Salvador, que cuenta con él para hacerle una de las columnas de su Iglesia, a bajarse a él hasta la familiaridad; pero apenas está en presencia de su maestro, cuando de repente se siente subyugado. Siente la necesidad de retractar, con un acto solemne de fe, la imprudencia que ha cometido creyéndose sabio y prudente, y lanza un grito, grito que es la protesta de fe más ardiente que un hombre puede pronunciar: ¡»Señor mío y Dios mío»! Considerad que no dice sólo que Jesús es su Señor, su Maestro; que es el mismo Jesús de quien ha sido discípulo; en eso no consistiría aún la fe. No hay fe ya cuando se palpa el objeto. Tomás habría creído en la Resurrección, si hubiese creído en el testimonio de sus hermanos; ahora, no cree, sencillamente ve, tiene la experiencia. ¿Cuál es, pues, el testimonio de su fe? La afirmación categórica de que su Maestro es Dios. Sólo ve la humanidad de Jesús, pero proclama la divinidad del Maestro. De un salto, su alma leal y arrepentida, se ha lanzado hasta el conocimiento de las grandezas de Jesús: ¡»Eres mi Dios»!, le dice.
PLEGARIA. — Oh Tomás, primero incrédulo, la santa Iglesia reverencia tu fe y la propone por modelo a sus hijos en el día de tu fiesta. La confesión que has hecho hoy, se parece a la que hizo Pedro cuando dijo a Jesús: «¡Tú eres el Cristo, Hijo de Dios vivo!» Por esta profesión que ni la carne ni la sangre habían inspirado, Pedro mereció ser escogido para fundamento de la Iglesia; la tuya ha hecho más que reparar tu falta: te hizo, por un momento, superior a tus hermanos, gozosos de ver a su Maestro, pero sobre los que la gloria visible de su humanidad había hecho hasta entonces más impresión que el carácter invisible de su divinidad.
El Ofertorio está formado por un trozo histórico del Evangelio sobre la resurrección del Salvador.
OFERTORIO
El Angel del Señor bajó del cielo, y dijo a las mujeres: El que buscáis ha resucitado, según lo dijo. Aleluya. En la Secreta, la santa Iglesia expresa el júbilo que la produce el misterio de la Pascua; y pide que esta alegría se transforme en la de la Pascua eterna.
SECRETA
Suplicárnoste, Señor, aceptes los dones de la Iglesia que se alegra: y, ya que la has dado motivo para tanto gozo, concédela el fruto de la perpetua alegría. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Al distribuir a los neófitos y al resto del pueblo fiel el alimento divino, la Iglesia recuerda, en la Antífona de la Comunión, las palabras del Señor a Tomás. Jesús, en la santa Eucaristía, se revela a nosotros de una manera más íntima aún que a su apóstol; mas para aprovecharnos de la condescendencia de un maestro tan bueno, necesitamos tener la fe viva y valerosa que él recomendó.
COMUNION
Mete tu mano, y reconoce el lugar de los clavos, aleluya; y no seas más incrédulo, sino fiel. Aleluya, aleluya.
La Iglesia concluye las plegarias del Sacrificio pidiendo que el divino misterio, instituido para sostener nuestra debilidad sea, en el presente y en el futuro, el medio eficaz de nuestra perseverancia.
POSCOMUNION
Suplicárnoste, Señor, Dios nuestro, hagas que estos sacrosantos Misterios, que nos has dado para alcanzar nuestra reparación, sean nuestro remedio en el presente y en el futuro. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
MARTIROLOGIO DE ABRIL
La santidad de la vida no es un beneficio singular que se concede a algunos privilegiados y no a los demás, sino que a ella todos estamos llamados y es un deber común: que la consecución de las virtudes, aunque cuesta, es posible para todos con la ayuda de la gracia divina que a nadie se niega». (Pío XI, Encl. Rerum Omnium)
Podrá consultar el Martirologio de cada mes en el menú al pie de esta pagina “MARTIROLOGIO“
MARTIROLOGIO DEL PAPA PÍO XII
ABRIL de 2018
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ABRIL
El suplicio de santa Teodora
En Roma, el suplicio de santa Teodora, hermana del esclarecidísimo Mártir Kermes; la cual, en tiempo del Emperador Adriano, martirizada por el Juez Aureliano, fue sepultada junto a su hermano, en la vía Salaria, no lejos de la Ciudad.
1.- En el mismo día, san Venancio, Obispo y Mártir.
2.- En Egipto, los santos Mártires Víctor y Esteban.
3.- En Armenia, los santos Quinciano e Ireneo, Mártires.
4.- En Constantinopla, san Macario, Confesor, el cual, en el Imperio de León, por la defensa de las sagradas Imágenes, acabó su vida en el destierro.
5.- En Ardpatrick, provincia de Munster, en Irlanda, san Celso, Obispo, que fue predecesor de san Malaquías en el Episcopado.
6.- En Grenoble de Francia, san Hugo, Obispo, que pasó muchos años en la soledad, e ilustre por la gloria de los milagros, fue a gozar de Dios.
7.- En Amiens de Francia, san Walerico, Abad, cuyo sepulcro es glorioso en continuos milagros.
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Francisco de Paula, Confesor D. – Blanco

San Francisco de Paula, fundador de la Orden de los Mínimos, abandonó el mundo a la edad de quince años para vivir en la soledad. Su fama de santidad muy pronto le atrajo gran número de compañeros. Los soberanos pontífices lo tuvieron en gran estima. El rey Luis XI, al fin de su vida, lo hizo ir a la corte, con la esperanza de recobrar la salud por su intercesión. Sanó a gran número de enfermos, y obró una multitud de otros milagros. Murió en 1508 a la edad de 91 años.
Oración: Oh Dios, grandeza de los humildes, que habéis ensalzado al bienaventurado Francisco, vuestro confesor, a la gloria de la santidad, haced, os lo suplicamos, que por sus méritos y mediante la imitación de sus virtudes alcancemos felizmente las recompensas prometidas a los humildes. Por J. C. N. S.
1.- Santa María Egipciaca, Penitente
2.- Santa Teodosia, Mártir
3.- San Apiano o Amfiano, Mártir
4.- Beato Leopoldo de Gaiche, Sacerdote de la Primera Orden
5.- San Abbondio, Obispo
6.- Beato Juancito (Costa), Pastor y Mártir
7.- San Nicecio de Lyon.
8.- Beato Juan Payne, Mártir
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Sixto I, Papa

En Roma, san Sixto I, papa, que en tiempo del emperador Adriano rigió la Iglesia Romana, como sexto pontífice tras el bienaventurado Pedro. San Sixto I sucedió a san Alejandro I hacia fines del reinado de Trajano, en torno al 117, y gobernó la Iglesia durante diez años, en una época en que la dignidad pontificia era un preludio del martirio. Todos los martirologios antiguos le veneran como mártir, pero carecemos de detalles sobre su vida y su muerte. Era romano de nacimiento. Se supone que la casa de su padre se hallaba en la antigua Vía Lata, en el sitio en que se levanta actualmente la iglesia de Santa María de Calle Ancha. Según el Liber Pontificalis, san Sixto ordenó que sólo los miembros del clero tocasen los vasos sagrados y que el pueblo se uniese al sacerdote en el canto del «Sanctus». Quizás el Sixto del que se hace mención en el canon I de la misa es san Sixto II, cuyo martirio fue mucho más famoso.
1.- San Benito de Palermo.
2.- Santa Ágape, Virgen y Mártir
3.- Santa Irene, Mártir (Con Santa Ágape)
4.- Santa Quionia, (Con Santa Ágape)
5.- San Pancracio de Taormina, Mártir
6.- San Nicetas, Abad
7.- Santa Burgundófora o Fara, Virgen y Abadesa
8.- San José El «Himnógrafo», Monje
9.- Beato Gandolfo de Binasco, Franciscano
10.- Beato Juan de Peña, Franciscano
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Isidoro de Sevilla, Obispo, Confesor y Doctor D. – Blanco

En Sevilla, en la Hispania Bética, san Isidoro, obispo y doctor de la Iglesia, cuya memoria se celebra en España el día veintiséis de este mismo mes. El discípulo y amigo de san Isidoro, San Braulio, decía que Dios parecía haberle destinado a oponer un dique a la barbarie y ferocidad de los ejércitos godos en España. El padre de Isidoro, que se llamaba Severiano, había nacido en Cartagena, probablemente de una familia romana, pero estaba emparentado con los reyes visigodos. Dos de los hermanos de san Isidoro, Leandro, que era mucho mayor que él, y Fulgencio, llegaron también a ser obispos y santos. Santa Florentina, su hermana, fue abadesa de varios conventos. La educación de Isidoro se confió a Leandro, quien parece haber sido bastante severo. Según la leyenda, Isidoro, siendo niño, huyó de la casa para escapar a la severidad de su hermano y a las lecciones, que encontraba demasiado difíciles; aunque Isidoro volvió espontáneamente al hogar lleno de buenos propósitos, Leandro le encerró en una celda para impedir que se fugase de nuevo. Tal vez le envió a un monasterio a continuar su educación.
Oración: Señor, Dios todopoderoso, tú elegiste a san Isidoro, obispo y doctor de la Iglesia, para que fuese testimonio y fuente del humano saber; concédenos, por su intercesión, una búsqueda atenta y una aceptación generosa de tu eterna verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
1.- Santa Gema Galgani, Virgen
2.- San Platón, Monje
3.- Santos Agatópode y Teódulo de Tesalónica, Mártires
4.- San Zósimo de Palestina, Anacoreta
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Vicente Ferrer, Confesor D. – Blanco

En Vannes de la Bretaña Menor, san Vicente Ferrer, de la Orden de Predicadores, Confesor, que, poderoso en obras y en palabras, convirtió a Cristo muchos millares de infieles.
San Vicente Ferrer, religioso de la orden de Santo Domingo de Guzmán, convirtió por sus predicaciones a un gran número de judíos y de infieles, y movió a vida cristiana a una multitud de cristianos relajados. De ordinario predicaba sobre la penitencia, sobre la Pasión de Jesucristo, el infierno y el juicio. Hacíalo con tanta fuerza y unción, que él mismo lloraba, y sus oyentes, deshechos en lágrimas, no pocas veces hasta en público confesaban sus pecados. Murió en el año 1419.
Oración: Señor, que os dignasteis ilustrar a vuestra Iglesia por los méritos y predicaciones del bienaventurado Vicente, vuestro confesor, acordad, a vuestros siervos la gracia de ser instruidos por sus ejemplos, y de ser librados, por su protección, de toda adversidad. Por J. C. N. S.
1.- En África, el suplicio de los santos Mártires que, en la persecución del Rey Arriano Genserico, fueron asesinados el día de Pascua; al Lector, mientras cantaba en el pulpito el Aleluya, le atravesaron con una saeta la garganta.
2.- El mismo día, san Zenón, Mártir, que untado con pez y arrojado al fuego, y herido en medio de la hoguera con una lanza, fue coronado con el martirio.
3.- En la isla de Lesbos, el triunfo de cinco santas Vírgenes, que consumaron el martirio por la espada.
4.- En Salónica, santa Irene, Virgen, que, por ocultar los sagrados Libros, contra el edicto de Diocleciano, después de sufrir la cárcel, fue asaeteada y quemada en una hoguera, de orden del Presidente Dulcecio, que había antes martirizado juntas a sus hermanas Ágape y Quionia.
5.- En Palma de la isla de Mallorca, santa Catalina Tomás, Virgen, Canonesa Regular de la Orden de san Agustín; a la cual el Papa Pío XI puso en el número de las santas Vírgenes.
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Guillermo, Abad
San Guillermo nació en París y fue educado en el monasterio de San Germán del Prado. La regularidad de su conducta y la inocencia de sus costumbres lo constituyeron en ejemplo vivo para toda la comunidad. Entró en la orden de los Canónigos Regulares y mereció que lo eligieran subprior. El obispo de Roskilda, en Dinamarca, sabedor de sus virtudes, lo llamó a su diócesis y le encargó la dirección de los Canónigos Regulares de Eskilso, a quienes gobernó durante treinta años en calidad de abad. Lleno de virtudes y de méritos murió el 6 de abril de 1203.
Oración: Señor, haced, os lo suplicamos, que la intercesión del bienaventurado Guillermo, abad, nos haga agradables a vuestra Majestad, a fin de que obtengamos por sus oraciones lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S.
1.- San Celestino, Papa
2.- San Prudencio de Troyes, Obispo
3.- Beato Notkero Blabulo, Monje
4.- Los 120 Mártires de Persia
5.- San Eutiquio de Constantinopla
6.- San Guillermo de Eskill, Abad
7.- San Marcelino, Mártir
8.- Beata Catalina de Pallanza
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Egesipo, Autor Eclesiástico
El glorioso y antiquísimo historiador de la Iglesia San Egesipo fue hebreo de nación; habiéndose convertido a la fe y recibido el santo Bautismo, se juntó con los demás fieles cristianos de la Iglesia de Jerusalén, de la cual dice el evangelista san Lucas que la muchedumbre de hombres y mujeres que creían en el Señor eran un solo corazón y una sola alma, y que los que tenía haciendas las vendían y repartían el precio a los pobres, conforme a la necesidad de cada uno, y que todos se reunían para alabar a Dios.
Oración: Atiende, Señor, a las súplicas que te hacemos en la solemnidad de tu bienaventurado confesor Egesipo, para que los que no confiamos en nuestra virtud, seamos ayudados por las oraciones de aquel que fue de tu agrado. Por J. C. N. S.
1.- San Afraates, Obispo
2.- Beato Germán José, Sacerdote
3.- San Jorge El Joven
4.- Beato Alejandro Rawlins
5.- Beato Enrique Walpole, Mártir
6.- Beato Eduardo Oldcorne, Mártir (Con Beato Rodolfo)
7.- Beato Rodolfo Ashley, Mártir
8.- Beato Rodolfo, Mártir
9.-Beato Guillermo Scili
10.- Beata Ursulina
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Perpetuo, Obispo y Confesor
Este santo estaba devorado de celo por la casa de Dios. Siendo obispo de Tours, hizo agrandar y embellecer la basílica de San Martín. Empleaba la mayor parte de sus entradas en exornar iglesias y alimentar pobres que son templos vivos del Espíritu Santo. Hizo testamento a favor de las iglesias y de los pobres de su diócesis; pero el regalo más hermoso que hizo a la iglesia de Tours fue el ejemplo de sus virtudes durante su vida, y sus reliquias después de su muerte.
Oración: Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Perpetuo, vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S.
1.- San Dionisio de Corinto, Obispo
2.- San Gualterio o Walterio de Pontoise, Abad
3.- San Fructuoso de Braga, Obispo y Confesor
4.- Beato Clemente de Osimo
5.- Beata Julia Billiart
6.- Beato Julián de San Agustín
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
Santa Casilda, Virgen

Santa Casilda llevaba comida a los cristianos que el rey, su padre, tenía prisioneros. Un día la encontró camino de la prisión, y le preguntó qué llevaba. Rosas, respondió Casilda y, extendiendo su delantal, aparecieron en él, en vez de alimento, hermosísimas rosas. Consiguió de su padre que la llevaran a tomar baños en el lago San Vicente, para curarse de una enfermedad que padecía, e hizo edificar, a orillas de este lago, una ermita en la que pasó el resto de sus días. Murió hacia el año 1050.
Oración: Escuchadnos, oh Dios Salvador nuestro, y haced que la fiesta de Santa Casilda, al tiempo que regocija nuestra alma la enriquezca de sentimientos de tierna devoción. Por J. C. N. S.
1.- Santa María Cleofé, Matrona
2.- San Lorenzo de Irlanda, Obispo
3.- San Esiquio, Mártir
4.- San Hugo de Rouen
5.- Beato Antonio Pavoni, Mártir
6.- Beato Ubaldo de Florencia
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Macario, Obispo y Confesor
A causa de sus extraordinarias virtudes fue elevado San Macario a la dignidad de patriarca de Antioquía. Con el fin de huir de los honores, abandonó esta ciudad yendo en peregrinación a Jerusalén. Capturado por los sarracenos, logró escapar y se fue a Flandes donde murió gloriosamente cuidando enfermos de peste. Tenía siempre a mano un pañuelo, para secarse las lágrimas que le hacían derramar los pecados de su pueblo. Murió en Gante, el 10 de abril de 1012, en el monasterio de San Bávon. Se lo invoca contra la peste.
Oración: Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Macario, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Por J.C.N.S.
1.- San Ezequiel, Profeta
2.- San Fulberto de Chartres, Obispo
3.- San Miguel de los Santos, Monje
4.- San Terencio, Mártir
5.- San Pompeyo, Mártir
6.- San Máximo, Mártir
7.- San Africano, Mártir
8.- San Teodoro, Mártir
9.- San Zenón, Mártir
10.- Beato Antonio Neyrot, Mártir
11.- San Bademo, Abad
12.- San Beocca, Abad
13.- San Héctor, Abad
14.- San Hedda, Mártir
15.- Los Mártires de los Daneses
16.- San Paterno de Abdinghof
17.- Beato Marcos Fantucci
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San León I Magno, Papa, Confesor y Doctor D. – Blanco
El gran San León sobrepujó a todos sus contemporáneos en prudencia, en elocuencia y en virtud. Su mérito lo elevó al sumo pontificado; su elocuencia triunfó de Atila, que se disponía a saquear a Roma: su sola palabra detuvo al conquistador y lo hizo retroceder. Su principal cuidado fue combatir la herejía, propagar el Evangelio por sus predicaciones y escritos, y reformar el clero. Murió en el año 461.
Oración: Pastor eterno, mirad con benevolencia a vuestro rebaño y guardadlo con protección constante por vuestro bienaventurado Sumo Pontífice León, a quien constituisteis pastor de toda la Iglesia. Por J. C. N. S.
1.- Beato Jorge Gervasio, Mártir
2.- Santa Godeberta
3.- San Isaac de Espoleto
4.- Beato Rainerio El Emparedado
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Sabas, Mártir
San Sabas era godo de nacimiento. Como rehusara comer carne inmolada a los ídolos, diciendo que prefería antes morir que ofender a Dios, se lo despojó de sus vestidos, se lo arrastró sobre espinas, se lo torturó cruelmente, y, finalmente, fue arrojado a un río. En medio de los suplicios daba gracias a Dios por haberlo juzgado digno de padecer por su causa. Imitemos su constancia y agradezcamos a Dios en las aflicciones como en la prosperidad. Murió el santo en el año 372.
Oración: Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que la intercesión del bienaventurado Sabas, vuestro mártir, cuyo nacimiento al cielo honramos, nos fortifique en el amor de vuestro Santo Nombre. Por J. C. N. S.
1.- San Julio, Papa
2.- San Zenón de Verona, Obispo
3.- San Alfiero y compañeros, Abades de la Cava
4.- San Constable de Castelabbate
5.- San León I de Lucca, Abad
6.- Beato Desiderio, Abad
7.- Beato Falcón, Abad
8.- Beato Leonardo, Abad
9.- Beato Marino, Abad
10.- Beato Simeón
11.- Beato Angel de Chivasso
12.- Beato Andrés Hibernon
13.- Beato Andrés de Montereale
14.- Beato Bádsamo, Abad
15.- Beato León II
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Hermenegildo, Rey y Mártir Sd. – Rojo
San Hermenegildo fue el hijo mayor de Leovigildo, rey de los visigodos en España, que era arriano. Empleó su padre contra él toda suerte de halagos, pasando a la amenaza y llegando hasta la prisión para traerlo al arrianismo: nada pudo quebrar la constancia de este generoso atleta de la fe. Rechazó la comunión pascual de manos de un obispo arriano que su padre le enviara a su prisión. Exasperado con su rechazo, mandó el padre a unos soldados para que le dieran muerte. Hendiéronle éstos la cabeza de un hachazo. Arrepentido Leovigildo de su crueldad, a su muerte recomendó a San Leandro que educase en la fe católica a su otro hijo Reca redo, que fue su sucesor y el primer rey católico de España. El martirio de Hermenegildo acaeció en Sábado Santo, el 13 de abril del año 585.
Oración: Dios omnipotente, que enseñasteis al bienaventurado Hermenegildo, vuestro mártir, a preferir el reino de los cielos a las grandezas de este mundo, haced que siguiendo su ejemplo despreciemos las cosas perecederas para aspirar sólo a las eternas. Por J. C. N. S.
1.- San Carpo, Mártir
2.- Santa Agatónica, Mártir (Con San Carpo)
3.- San Papilo, Mártir (Con San Carpo)
4.- Beato Juan Lockwood, Mártir
5.- Beato Edmundo Catherick, Mártir (Con San Juan Lockwood)
6.- Beata Ida de Boulogne, Matrona
7.- San Marcio o Marte, Abad
8.- Beato Jacobo Certaldo, Abad
9.- Beata Margarita Citta-di-Castello
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Justino, Mártir d. – Rojo
San Justino, Filósofo y Mártir
1.- Santos Tiburcio, Valerio y Máximo, Mártires
2.- San Pedro González Telmo, Confesor
3.- Beata Liduvina de Schiedman, Virgen
4.- San Antonio, Mártir
5.- San Juan, Mártir
6.- San Eustacio, Mártir
7.- Mártires de Lituania (Ver Juan, Antonio y Eustacio)
8.- San Ardalión, Mártir
9.- San Bernardo de Tirón, Abad
10.- San Lamberto de Lyo
11.- Beato Lanvino
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
Santa Luisa de Marillac, Viuda

Santa Luisa de Marillac nació en 1591. Se casó con Antonio Le Gras, y vivió dichosa con él hasta 1625, año en que quedó viuda. Fue entonces el brazo derecho de San Vicente de Paul en el establecimiento de las Hijas de la Caridad, que fundó con él. Era una mujer de gran inteligencia, de ánimo templadísimo y de admirable resistencia, a pesar de su delicada salud. Murió en el año 1660.
Oración: Escuchadnos, Señor, Dios Salvador nuestro, y haced que, así como nos alegramos con la fiesta de Santa Luisa, así también obtengamos provecho alcanzando sentimientos de piedad y devoción. Por J. C. N. S.
1.- Santas Basilia y Anastasia, Mártires
2.- San Paterno de Ceredigion
3.- Santa Una
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Benito José Labre, Peregrino

Benito pasó la mayor parte de su vida haciendo peregrinaciones. Iba casi siempre con los pies des calzos tanto en invierno como en verano, vestido con harapos, Y sin provisiones para el día siguiente. Vivía de limosnas, pero no mendigaba, nunca conservaba sino lo estrictamente necesario, y partía con los pobres lo que se le daba por caridad. Pasó sus últimos años en Roma, orando días enteros en las iglesias; por la noche retirábase a unas ruinas para descansar algunas horas. Cayó desvanecido en las escalinatas de Nuestra Señora de los Montes y fue transportado a una casa vecina donde pronto se durmió en el sueño de los justos, el 16 de abril de 1783, a la edad de 35 años.
Oración: Oh Dios, que habéis querido que San Benito José se adhiriese únicamente a Vos por el amor a los desprecios y a la pobreza, concedednos, en vista de sus méritos, la gracia de despreciar las cosas de la tierra y buscar los bienes del cielo. Por J. C. N. S.
1.- San Benito José Labre
2.- Santo Toribio de Liébana
3.- Santa Engracia y sus 18 Compañeros, Mártires
4.- Santa María Bernarda Soubirous, Virgen
5.- San Fructuoso de Braga, Obispo
6.- San Cayo, Mártir
7.- San Optato, Mártir
8.- San Saturnino, Mártir (Con Optato)
9.- San Encratis, Mártir (Con Optato)
10.- San Cremencio, Mártir (Ver Optato)
11.- San Dragón
12.- San Magno de Orkney, Mártir
13.- San Paterno de Avranches
14.- Beato Arcángel de Bolonia
15.- Beato Guillermo de Polizzi
16.- Beato Joaquín de Siena
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Aniceto, Papa y Mártir S. – Rojo

Aniceto, sirio de nacimiento, gobernó la Iglesia unos diez años, alrededor del 160. Combatió con celo las herejías de Valentino y de Marción y de tuvo, por su vigilancia, los estragos que causaban entre los fieles. Aunque no derramó materialmente su sangre por la fe, los sufrimientos que debió sufrir y los peligros a los que estuvo expuesto le han merecido el título de mártir.
Oración: Pastor eterno, mirad con benevolencia a vuestro rebaño, y protegedlo con protección constante por vuestro mártir y Sumo Pontífice Aniceto, a quien constituisteis pastor de toda la Iglesia. Por J. C. N. S.
1.- Beato Rodolfo de Berna, Mártir
2.- Beata Ana María de Jesús, Virgen
3.- Beata Clara de Pisa, Viuda
4.- San Esteban Harding, Abad
5.- San Inocencio de Tortona
6.- San Roberto de Chaise-Dieu, Abad
7.- Beato Everardo de Marchthal, Abad
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Eleuterio, Obispo y Mártir

Las numerosas conversiones que obró este santo obispo en Iliria excitaron contra él el odio de los paganos, que lo denunciaron a los magistrados. Detenido y conducido a Italia, fue asado en una parrilla, colocado después en un lecho de hierro calentado al rojo y, por fin, sumergido en una caldera de aceite y pez hirviendo. Como saliera sano y salvo de todos estos suplicios fue arrojado a los leones, que no le hicieron ningún mal. Finalmente, fue golpeado con varas hasta que murió a la vista de su madre, Santa Antea, y fue al cielo a gozar de la libertad de los hijos de Dios, libertad que ya presagiaba su nombre Eleuterio, es decir, hombre libre.
Oración: Dios todopoderoso, mirad nuestra flaqueza y cómo nos agobia el peso de nuestras obras y fortificad nos por la gloriosa intercesión de San Eleuterio, vuestro mártir. Por J. C. N. S.
1.- Beato Andrés Hibernón, Fraile
2.- Beata María de la Encarnación, Viuda
3.- San Galdino de Milán, Obispo
4.- Beato Andrés Hibernón, Fraile
5.- Santa Antia, Mártir
6.- San Eleuterio, Mártir
7.- San Apolonio El Apologeta, Márti
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Leon IX, Papa y Confesor

Tanta era la humildad de San León IX, que confesó públicamente sus pecados para convencer de su indignidad a los que querían elevarlo al sumo pontificado. El efecto fue contrario al que esperaba: se confirmó su elección. Cumplió los deberes de su cargo con celo infatigable y una dulzura que nunca desmintió. Cuando reprendía a alguien por sus faltas, la abundancia de sus lágrimas probaba cuánto compadecía su corazón las miserias de su prójimo. A punto de morir y después de haber recibido la Extremaunción, se hizo llevar ante el altar de San Pedro y rezó allí una hora. Vuelto después al lecho, oyó misa, recibió el Santo Viático y entregó su espíritu. Era el 19 de abril de 1054.
Oración: Pastor eterno, mirad con benevolencia a vuestro rebaño y guardadlo con protección constante por vuestro bienaventurado Sumo Pontífice León, a quien habéis constituido pastor de toda la Iglesia. Por J. C. N. S.
1.- San Vicente de Colibre, Mártir
2.- Beato Jaime Ducket, Mártir
3.- San Alfegio de Canterbury, Mártir
4.- San Expedito
5.- San Usmaro, Abad
6.- Beato Bernardo El Penitente
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Teótimo, Obispo y Confesor

San Teótimo honró a Dios entre los pueblos bárbaros de la Escitia, a los cuales instruía en la fe, tanto por medio de conversaciones piadosas cuanto por sus predicaciones. Un bárbaro alzó la mano para apoderarse de él y quedó inmóvil en el aire hasta que el Santo hubo hecho oración por él. Esos pueblos, asombrados por su extraordinaria abstinencia, por su dulzura, por su caridad y milagros, llamábanle dios de los romanos. Murió hacia el año 403.
Oración: Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Teótimo, vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S.
1.- Santa Inés del Monte Pulciano, Virgen
2.- Santa Hildegunda
3.- San Marcelino de Embrun
4.- San Marciano o Mariano
5.- Beato Hugo de Anzy
6.- Beato Simón de Todi
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Anselmo de Canterbury, Obispo, Confesor y Doctor

San Anselmo de Canterbury (o de Aosta), obispo y doctor de la Iglesia. Nació el año 1033 en Aosta (Piamonte, Italia) de familia noble y rica. En su juventud quiso abrazar la vida monástica, pero no se lo permitió su padre. Estuvo viajando por varios países, hasta que llegó al monasterio benedictino de Bec, en Normandía (Francia), donde le cautivó la figura de Lanfranco de Pavía y en el que ingresó. Estudió, se ordenó de sacerdote y enseñó teología. En 1078 fue elegido abad y se consagró a la formación de los monjes en el camino de la Regla y en el servicio de Dios. Visitó Canterbury (Inglaterra), donde estaba de arzobispo Lanfranco de Pavía, y fue tal la impresión que dejó, que lo eligieron para sucederle en 1093. Al frente de su diócesis tuvo que padecer mucho por defender la libertad de la Iglesia en sus tirantes relaciones con los monarcas ingleses, sufriendo dos veces el destierro. Fue un teólogo eminente y su amplia producción literaria es importante para el desarrollo del pensamiento cristiano en siglos posteriores. Es el prototipo del creyente que busca entender su fe para dar razón de ella. Murió en su sede episcopal el 21 de abril de 1109.
Oración: Señor Dios, que has concedido a tu obispo san Anselmo el don de investigar y enseñar las profundidades de tu sabiduría, haz que nuestra fe ayude de tal modo a nuestro entendimiento, que lleguen a ser dulces a nuestro corazón las cosas que nos mandas creer. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
1.- San Ananías
2.- San Simeón Barsabas
3.- San Anastasio I de Antioquía
4.- San Beunón, Abad
5.- San Simeón Barsabas, Mártir
6.- San Conrado de Parzham
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
Santos Sotero y Cayo, Papas y Mártires

San Sotero, Papa, gobernó la Iglesia durante tres años y algunos meses, bajo el reinado del emperador Marco Aurelio. Después de haber dictado sabias leyes y dado grandes ejemplos de virtud, magnánimamente padeció el martirio.
San Cayo, pariente próximo del emperador Diocleciano, fue también Sumo Pontífice. Se vio obligado, para evitar la persecución, a ocultarse en las catacumbas. Después de doce años de pontificado, recibió la corona del martirio, junto con su hermano Gabino, en el año de Jesucristo, 296.
Oración: Pastor eterno, considerad con benevolencia a vuestro rebaño, y guardadlo con protección constante por vuestros bienaventurados mártires y Soberanos Pontífices Sotero y Cayo, a quienes constituisteis pastores de toda la Iglesia. Por J. C. N. S. Amén.
1.- San Agapito I, Papa
2.- San Alejandro, Mártir
3.- San Epipodo, Mártir
4.- San Leonidas, Mártir
5.- Santa Oportuna
6.- San Teodoro de Sikeon
7.- Beato Francisco de Fabriano
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Jorge, Mártir Sd. – Rojo

Es un Santo oriental, cuya devoción se extendió del oriente hacia el occidente como los rayos del sol, debido a su noble origen, su atractiva juventud, su brillante inteligencia, su firme devoción, y el gran entusiasmo que irradiaba de sus ojos mientras montaba su caballo presidiendo la guardia real. Finalmente, muchos fueron los suplicios que soportó, con gran valentía, en defensa de su fe cristiana.
Oración: Oh Dios, que para regocijar nuestras almas nos ofrecéis los méritos y la intercesión del bienaventurado mártir Jorge, concedednos, por vuestra gracia, las mercedes que os pedimos por su intermedio. Por J. C. N. S. Amén
1.- San Adalberto, Mártir
2.- San Aquileo, Mártir
3.- San Félix, Mártir
4.- San Fortunato, Mártir
5.- San Gerardo de Toul
6.- Beata Elena de Udine
7.- Beato Gil de Asís
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Fidel de Sigmaringa, Mártir D. – Rojo

San Fidel de Sigmaringa nació en Sigmaringa (Suabia, Alemania) el año 1578, en tiempos agitados por la Reforma protestante. Fue un joven de vida intachable, que estudió filosofía y derecho en Friburgo de Brisgovia con excelentes resultados. Ejerció luego la abogacía con tal amor a la justicia y a los más indefensos, que le dieron el sobrenombre de «abogado de los pobres». En 1612 recibió la ordenación sacerdotal y poco después ingresó en los capuchinos. Fue un predicador incansable entre los católicos y los hermanos separados en los diversos cantones de Suiza y Suabia. Por su gran actividad misionera, la Congregación de la Propagación de la Fe, recién creada, le encargó fortalecer la fe católica en Suiza. Los herejes se conjuraron para acabar con su vida y lo asesinaron el 24 de abril de 1622 en Seewis (Suiza), donde lo habían invitado a predicar. Lo canonizó Benedicto XIV en 1746.
Oración: Señor Dios, que te has dignado conceder la palma del martirio a san Fidel de Sigmaringa cuando, abrasado en tu amor, se entregaba a la propagación de la fe, concédenos, te rogamos, que arraigados, como él, en el amor, lleguemos a conocer el poder de la resurrección de Jesucristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
1.- Santa María Eufrasia Palletier, Virgen
2.-San Egberto
3.- San Gregorio de Elvira
4.- San Guillermo Firmato
5.- San Melitón de Canterbury
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Marcos, Evangelista D. 2ª. cl. – Rojo

San Marcos, discípulo e intérprete de San Pedro, escribió el evangelio a ruego de los fieles de Roma y según las enseñanzas que poseía de San Pedro en persona. Lo aprobó éste y ordenó su lectura en las iglesias. Llevando, pues, su evangelio, partió San Marcos para Egipto, y fue el primero que anunció a Jesucristo en la ciudad de Alejandría, donde fundó una de las iglesias que más florecieron. Fue martirizado el día de Pascua, mientras celebraba el Santo Sacrificio de la Misa. Algunos días antes, un ángel le había mostrado su nombre escrito en el libro de la vida. Acaeció su muerte alrededor del año 74 de la era cristiana.
Oración: Oh Dios, que habéis honrado a San Marcos con el ministerio de la predicación del Evangelio, haced que siempre saquemos fruto de sus enseñanzas y que nos proteja con sus oraciones. Por J. C. N. S.
1.- Las Rogativas
2.- San Aniano de Alejandría.
3.- San Heribaldo de Auxerre
4.- Beato Juan I de Valence
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
Santos Cleto y Marcelino, Papas y Mártires Sd. – Rojo


San Cleto, discípulo de San Pedro, murió mártir después de un pontificado de doce años. Fue el primer Papa que utilizó en sus cartas la fórmula: Salud y bendición apostólica.
San Marcelino, sucesor de San Cayo, gobernó a la Iglesia con tanto celo como sabiduría. «Junto con otros tres cristianos, Claudio, Cirino y Antonino, fue decapitado», por confesar la fe de Cristo, después de haber sufrido calumnias e innúmeras angustias, bajo la persecución de Diocleciano.
Oración: Pastor eterno, considerad con benevolencia a nuestro rebaño y guardadlo con protección constante por vuestros bienaventurados mártires y soberanos pontífices Cleto y Marcelino, a quienes constituisteis pastores de toda la Iglesia. Por J. C. N. S.
1.- San Esteban de Perm
2.- Santa Franca de Piacenza
3.- San Pascasio Radberto, Abad
4.- San Ricario, Abad
5.- Beata Alda o Aldobrandesca,
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Pedro Canisio, Confesor y Doctor D. – Blanco

San Pedro Canisio, Sacerdote de la Compañía de Jesús, Confesor y Doctor de la Iglesia, que el día 21 de Diciembre pasó al Señor.
Entre tantos ilustres varones de la Compañía de Jesús, ha merecido la señalada distinción de ceñir la aureola doctoral uno de los primeros compañeros de San Ignacio, el infatigable San Pedro Canisio.
Oración: Oh Dios, que confirmasteis con vuestra virtud y doctrina al Santo Confesor Pedro Canisio para defender la fe católica: conceded bondadoso que con sus ejemplos y consejos, tornen a la salud los que vagan lejos de ella, y los espíritus de los fieles perseveren en la confesión de la verdad. Por J. C. N. S.
1.- En Nicomedia, el triunfo de san Antimo, Obispo y Mártir; el cual, en la persecución de Diocleciano, decapitado por confesar a Cristo, alcanzó la gloria del martirio. Siguió también la suerte del Pastor casi toda su grey, mandando el Juez a unos cortar la cabeza, a quemar en hogueras y a otros, metidos en barquillas, sumergir en alta mar.
2.- En Tarso de Cilicia, los santos Cástor y Esteban, Mártires.
3.- En Bolonia, san Tertuliano, Obispo y Confesor.
4.- En Brescia, san Teófilo, Obispo.
5.- En Egipto, san Teodoro, Abad, que fue discípulo de san Pacomio.
6.- En Constantinopla, san Juan, Abad, el cual, por el culto de las sagradas imágenes, combatió muchísimo en tiempo de León Isáurico.
7.- En Tarragona de España, san Pedro Armengol, de la Orden de santa María de la Merced, Redención de cautivos; el cual, habiendo padecido muchos trabajos en el África por rescatarlos, al cabo, en el Convento de santa María de los Prados, descansó con santo fin.
8.- En Luca de Toscana, santa Zita, Virgen, esclarecida por la fama de sus virtudes y milagros.
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Pablo de la Cruz, Confesor D. – Blanco

San Pablo de la Cruz, Presbítero y Confesor, que fue Fundador de la Congregación titulada de la Cruz y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y descansó en el Señor el 18 de Octubre.
San Pablo de la Cruz mostró, desde su tierna infancia, un amor ardiente por Jesús crucificado. Ya sacerdote, obtuvo de Benedicto XIII permiso para constituir una comunidad destinada a honrar muy especialmente la Pasión del Salvador, y se retiró al Monte Argentaro, en la Toscana. Allí puso los cimientos de la congregación de los Pasionistas. La Santísima Virgen en persona indicele el hábito que quería tomasen los nuevos religiosos; un manto negro, adornado con las insignias de la Pasión. Tuvo el consuelo de ver a su orden muy floreciente, y murió en Roma en el año 1775. Fue beatificado y enseguida canonizado por Pío IX.
Oración: Oh Señor Jesucristo, que, para honrar el misterio de la Cruz, habéis enriquecido a San Pablo de la Cruz con una caridad incomparable, y habéis querido por su ministerio hacer florecer en la Iglesia una nueva familia religiosa; concedednos, por su intercesión, que meditemos sin cesar en vuestra Pasión aquí en la tierra, a fin de hacernos dignos de cosechar sus frutos en el cielo. Por J. C. N. S.
1.- En Ravena, el triunfo de san Vidal, Mártir, esposo de santa Valeria y padre de los santos Gervasio y Protasio; a quien, por haber recogido y enterrado con el debido honor el cuerpo de san Ursicino, detuvo el Consular Paulino, y, después de atormentarle en el potro, mandó que lo atrojasen en una profunda hoya, donde con tierra y piedras lo enterrasen, y con tal martirio pasó a unirse con Cristo.
2.- En Atina de Campania, san Marcos, que, ordenado Obispo por el Apóstol san Pedro, fue el primero que predicó el Evangelio a los equícolas; y en la persecución de Domiciano, y siendo Presidente Máximo, recibió la corona del martirio.
3.- En Brusa de Bitinia, los santos Mártires Patricio Obispo, Acacio, Menandro y Polieno.
4.- En el mismo día, los santos Afrodisio, Caralipo, Agapio y Eusebio, Mártires.
5.- En Panonia, san Folión, Mártir, en el imperio de Diocleciano.
6.- En Milán, santa Valeria, Mártir, mujer de san Vidal y madre de los santos Gervasio y Protasio.
7.- En Alejandría, el suplicio de santa Teodora, Virgen y Mártir; la cual, rehusando sacrificar a los ídolos, fue llevada a un lugar infame, del que, por especial favor de Dios, súbitamente la sacó un cristiano llamado Dídimo, cambiando con ella el traje; el cual más tarde, en la persecución de Diocleciano, y presidiendo Eustracio, fue con la misma Virgen atormentado, y con ella coronado.
8.- En Tarazona de la España Tarraconense, san Prudencio, Obispo y Confesor.
9.- En Corfinio de los Pelignos, san Pánfilo, Obispo de Valva, ilustre por su caridad con los pobres y por el don de milagros, cuyo cuerpo está sepultado en Sulmona.
10.- En la aldea de san Lorenzo, junto al Sèvre, diócesis de Luzón, san Luis María Grignion de Monfort, Confesor, Fundador de los Misioneros de la Compañía de María y de las Hijas de la Sabiduría, insigne por la forma de vida apostólica, por la predicación y por la devoción a la santísima Virgen; al cual el Papa Pío XII puso en el catálogo de los Santos.
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
San Pedro de Verona, Mártir D. – Rojo

San Pedro de la Orden de Predicadores, Mártir, que el día 6 de Abril fue martirizado por la fe católica.
San Pedro de Verona renunció desde su infancia a los errores de los cátaros. Las promesas y amenazas de sus padres fueron impotentes para hacerlo vacilar en la constancia de su fe. Entró en la orden de Santo Domingo y vivió en ella con tanta inocencia que se asegura que jamás cometió ningún pecado mortal. Ardientemente pedía a Dios la corona del martirio. Sus deseos fueron escuchados. Nombrado inquisidor de la fe, se atrajo el odio de los herejes, y uno de ellos, que lo acechó en el camino de Como, a Milán, le hendió la cabeza con un mandoble de espada, en 1252.
Oración: Dios omnipotente, haced benignamente que imitemos con un celo digno de Vos la fe del bienaventurado Pedro, vuestro mártir, quien, por la propagación de esta misma fe, mereció recibir la palma del martirio. Por J. C. N. S.
1.- En Roma, el tránsito de santa Catalina de Siena, Virgen, de la tercera Orden de santo Domingo, esclarecida en vida y milagros; a la cual el Sumo Pontífice Pío II puso en el catálogo de las santas Vírgenes. Su fiesta se celebra el día siguiente.
2.- En Pafos de Chipre, San Tíquico, que fue discípulo del Apóstol san Pablo, y a quien el mismo Apóstol llama en sus Epístolas carísimo hermano, ministro fiel y su consiervo en el Señor.
3.- En Pisare de Toscana, san Torpetes, Mártir, que fue primero gran favorito de Nerón y uno de aquellos de quienes el Apóstol San Pablo, escribiendo de Roma a los Filipenses, dice: «Os saludan todos los santos, máxime los de la casa del César». Pero después, por orden de Satélico, le abofetearon por la fe de Cristo, le azotaron cruelmente y le echaron a ser devorado por las fieras, mas no le hicieron daño; por fin, degollado, consumó su martirio.
4.- En Cirta de la Numidia, el triunfo de los santos Mártires Agapio y Secundino, Obispos, los cuales, después de prolongado destierro en aquella ciudad, cuando en la persecución de Valeriano era mayor la rabia de los Gentiles contra la fe cristiana, llegaron de ilustres Sacerdotes a Mártires gloriosos. En su compañía padecieron también Emiliano, soldado,Tértula y Antonia, Vírgenes consagradas a Dios, y otra mujer con sus dos hijos gemelos.
5.- En la isla de Corfú, siete santos Ladrones, los cuales, convertidos a Cristo por san Jasón, lograron por el martirio la vida sempiterna.
6.- En Nápoles de Campania, san Severo, Obispo, el cual, entre otras maravillas, resucitó del sepulcro a un difunto por el tiempo necesario para convencer de mentira al falso acreedor de una viuda y unos huérfanos.
7.- En Brescia, san Paulino, Obispo y Confesor.
8.- En el monasterio de Cluny en Francia, san Hugo, Abad.
9.- En el monasterio de Molesme en Francia, san Roberto, primer Abad del Cister.
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
Santa Catalina de Siena, Virgen D. – Blanco

Santa Catalina de Siena, Virgen, de la tercera Orden de santo Domingo, que pasó al celestial esposo el día de ayer. Santa Catalina de Siena tomó el hábito de Santo Domingo a la edad de 18 años. Sus austeridades, ya extraordinarias cuando vivía en la casa paterna, fueron desde entonces ilimitadas. Acaecióle, una vez, ayunar desde el Miércoles de Cenizas hasta la fiesta de la Ascensión, sin tomar alimento alguno fuera del espiritual de la Santa Eucaristía. Para recompensarla, Jesucristo imprimió en su cuerpo virginal los sagrados estigmas de su Pasión, le comunicó una inteligencia maravillosa de las Sagradas Escrituras, y se sirvió de ella para volver de Aviñón a Roma al Papa Gregorio XI, con lo que puso término a los males que desolaban a la Iglesia. Murió en 1380.
Oración: Escuchadnos, oh Dios Salvador nuestro, y haced que la fiesta de la bienaventurada Catalina de Siena, vuestra virgen, al mismo tiempo que regocija nuestra alma, la enriquezca con sentimientos de una tierna devoción. Por J. C. N. S.
1.- En Santonges de Francia, san Eutropio, Obispo y Mártir, a quien san Clemente Papa, después de consagrarle con la gracia del orden Pontifical, destinó a Francia, donde, habiendo predicado largo tiempo, finalmente por confesar a Cristo, le rompieron la cabeza, y murió vencedor.
2.- En Córdoba de España, los santos Mártires Amador Presbítero, Pedro Monje, y Luis.
3.- En Novara, san Lorenzo, Presbítero, martirizado en compañía de unos niños que educaba.
4.- En Alejandría, los santos Mártires Afrodisio, Presbítero, y otros treinta.
5.- En Lambesa de la Numidia, el triunfo de los santos Mártires Mariano Lector y Santiago Diácono; el primero, que ya antes había vencido en la confesión de Cristo los rigores de la persecución de Decio, fue apresado con su distinguidísimo colega, y ambos, después de crueles y exquisitos suplicios, confortados una y otra vez milagrosamente con divinas revelaciones, al fin, en compañía de otros muchos, fueron degollados.
6.- En Efeso, san Máximo, Mártir, que en la persecución de Decio fue coronado del martirio.
7.- En Fermo del Piceno, santa Sofía, Virgen y Mártir.
8.- En Evórea del Epiro, san Donato, Obispo, que en tiempo del Emperador Teodosio floreció con eximia santidad.
9.- En Napóles de Campania, san Pomponio, Obispo.
10.- En Londres de Inglaterra, san Erconvaldo, Obispo, que resplandeció con muchos milagros.
11.- En Chieri, junto a Turín, san José Benito Cottolengo, Confesor, Fundador de la Casita de la Divina Providencia, insigne por la absoluta confianza en Dios y por la caridad con los pobres; al cual el Papa Pío XI puso en el catálogo de los Santos.
Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes. R. Deo Gratias.
CONTRA FLATUS VOCIS, ARGUMENTOS TEOLÓGICOS. CONSAGRACIONES EPISCOPALES DE MONS. THUC.
RESPUESTA A LA OBJECIÓN A LAS CONSAGRACIONES EPISCOPALES
DE MONSEÑOR THUC
Por el P. Fernando Altamira
INTRODUCCIÓN

Síntesis realizado por el P. Altamira sobre un magnífico trabajo del P. Cekada.
Toda la feligresía ya ha estado al tanto de esa carta anónima, escrita en nuestra contra, firmada por una tal «Paulina», respecto de la cual todo indica que en realidad fue «un» Paulina-sacerdote y su aparente amigo de un pueblo de las afueras de Bogotá, Tabio. El tema no pierde actualidad, porque de una u otra manera existe una objeción allí. Con la carta mencionada, se nos atacaba por Mons. Thuc y por Mons. Morelio. Dejando de lado la carta, sin duda el tema se debe estudiar. Se ha argumentado sobre dudas en cuanto a la validez de las consagraciones episcopales realizadas por Mons. Thuc. Por ello, el punto es mostrar si las consagraciones de Mons. Thuc fueron válidas o no, si, según la teología católica, se puede plantear que existe duda o no sobre la validez, pues nosotros hemos solicitado ayuda de Mons. Andrés Morelia, el cual desciende de dicha línea de «sucesión apostólica». Esta línea de sucesión apostólica, en lo que a nosotros interesa, es una escala de cinco obispos comenzando por Mons. Thuc, el cual fue consagrado obispo en la primera mitad del Siglo XX, en el año 1938, por Mons. Antonin Fernand Drapier. Veamos a partir de allí:
1) Mons. Thuc, el 7 de mayo del año 1981, consagra a: 2) Mons. Guérard des Lauriers. Éste, el 22 agosto del año 1986, consagra a:
3) Mons. McKenna. Éste, el 28 de abril del año 2005, consagra a:
4) Mons. Neville. Éste, el 30 de noviembre del año 2006, consagra a:
5) Mons. Andrés Morello.
Si alguien argumenta que hay dudas en la consagración que correspondió a Mons. Guérard des Lauriers, el número 2 de la línea, y esto por inhabilidad mental de Mons. Thuc, de ser cierto, todo se cae, hasta el último. Y hay más obispos inmiscuidos en esta «caída», pues hay otras líneas de sucesión también derivadas de Mons. Thuc. Para los fines de los sacramentos, es suficiente «la duda positiva», pues no se puede recurrir a sacramentos dudosos. Estos obispos que descienden de la línea de Mons. Thuc, y que se verían afectados por planteos de este tipo, se encuentran en México, Estados Unidos, Canadá (?), Argentina, Bélgica-Italia, etc. Sin hablar de las consecuencias sobre los sacerdotes que ellos han ordenado, y otras consecuencias más. El tema es bien grave. Debemos por lo tanto estudiarlo y responder.
Trataremos de abordar directamente la respuesta a la objeción que se plantea en cuanto «duda» de la validez. En parte nos basaremos en el trabajo que hizo el Padre A. Cekada (que ya les habíamos entregado), y pondremos en el texto nuestras consideraciones y agregados.
Les saludamos en María Santísima. Padre F. Altamira (Bogotá, 2 diciembre 2017: Santa Bibiana)

CÓMO ES EL PLANTEO TEOLÓGICO EN ESTE TEMA
Un primer punto es poder enseñar cómo se plantea en teología un problema así. El principio básico que debemos guardar es el siguiente: La teología católica, la enseñanza de los Papas, los canonistas, etc, tratan sobre las consagraciones episcopales de la misma manera como lo harían con cualquier otro sacramento: Primero: Se tiene que probar el hecho de la realización de la ceremonia. Segundo: Probada esta realización, la Iglesia Católica presume la validez de una consagración episcopal (o de cualquier otro sacramento). Si alguien quiere objetar la validez o la duda sobre la validez, debe basarse en pruebas positivas, que el impugnador debe acompañar. Esto puede sorprender a un feligrés, o a los laicos en general, por lo breve y sencillo del planteo de fondo, pero realmente es así.
Ahora seguirá una respuesta a la objeción más importante, la cual hace el planteo de una «duda» en cuanto a la validez. Veamos.
SOBRE LAS OBJECIONES.
La única manera por la cual un sacramento puede verdaderamente ser dicho que es dudoso, es si se establece lo que en teología es llamada una «duda POSITIVA», la cual implica que, al momento en el cual se realizaba el rito o ceremonia de consagración episcopal, algo ocurrió que permita hablar de una duda con fundamento real («positiva») sobre si faltó, o si fue omitido, o si hubo un defecto en alguno de los tres elementos esenciales para la validez (que son: materia, forma e intención). Igualmente, una duda positiva se podría plantear si hubiera un estado habitual o semi-habitual de invalidez mental del que realiza la ceremonia.
Nadie que estuvo presente en las consagraciones de Mons. Thuc ha dicho jamás sobre dudas en algunos de estos tres elementos necesarios para la validez (nuevamente: materia, forma e intención), o que un defecto ocurrió.
Menos aun se ha podido establecer que hubiera en dicho obispo un estado habitual o semi-habitual de invalidez mental. Existen, al revés, testimonios a favor de su lucidez, y muchos dados bajo juramento. Los objetores hacen entonces una o más hipótesis sobre lo que pudo haber ocurrido (ver abajo lo que sigue). Pero esas hipótesis no constituyen una duda positiva. Y eso es lo que trataremos de probar.
LA OBJECIÓN DE MAYOR ACTUALIDAD
Ella es sobre LA INTENCIÓN (también llamada «intención ministerial»: la intención del ministro que realiza el sacramento): «Tenemos dudas sobre la capacidad mental de Mons. Thuc debido a las acciones malas y escandalosas que él hizo, por tanto, las consagraciones deben ser consideradas dudosas en cuanto a la INTENCIÓN necesaria para la validez».
La objeción que acabamos de enunciar ataca la intención, que es el tercero de los elementos necesarios para la validez (recordemos un vez más los tres: materia, forma e intención). Con los principios que expondremos, con el tema de la intención «virtual», y con otras consideraciones que seguirán, esperamos poder despejar toda «duda».
La teología católica nos enseña que la intención se presume a partir de la realización externa del rito o ceremonia. El que ataca esto debe acompañar «pruebas positivas» en contra de lo anterior, que permitan al menos plantear una «duda positiva» con respecto a este tercer elemento de la validez.
El razonamiento de los objetores es el siguiente: Mons. Thuc hizo muchas acciones malas y escandalosas (ver más abajo), por lo cual hay al menos «duda» de la intención necesaria para la validez.
Nosotros no entraremos a analizar si todas esas acciones de que se acusa a Mons. Thuc están realmente probadas, sino que las daremos como algo «dado», y trataremos de hacer un planteo objetivo preguntándonos: ¿SEGÚN LA TEOLOGÍA CATÓLICA, FRENTE A ESAS ACCIONES MALAS Y ESCANDALOSAS, SE PUEDE HABLAR DE UNA DUDA «POSITIVA» EN LA INTENCIÓN?
Los objetores hasta hoy nunca han presentado un documento (seo médico, seo de otro tipo) o un testigo presencial (menos aun bajo juramento) para apoyar su acusación sobre Mons. Thuc, en el sentido de que haya «duda de sus capacidades mentales». No lo han presentado, porque no hay ninguna documentación que apoye ese argumento. Jamás ningún médico, persona o testigo presencial que haya conocido o visto a Mons. Thuc, ha afirmado según lo que ellos objetan. Al revés, sí hay muchos testimonios de personas que conocieron al obispo afirmando de su lucidez, y algunos de estos testimonios han sido dados bajo juramento ante Dios, además algunos de ellos han sido dados por sacerdotes en distintas épocas y distintos lugares (ver al final del trabajo el último punto).
*Su estado habitual. En un juicio civil o eclesiástico, la buena salud mental o la cordura de alguien se presupone (una persona se presume «normal»), y la impugnación de dicha salud mental sería competencia a través de un médico y de su informe, y/o de otras pruebas fehacientes (por ejemplo, porque la locura de su comportamiento o de sus palabras ha sido declarada por personas que fueron testigos Presenciales que vieron y/o escucharon esas cosas, o que estuvieron presentes en esos momentos de locura o semi-locura). Pero, como dijimos más arriba, no hay nada en este sentido, y sí a favor de la lucidez.
*Su estado al momento de la ceremonia. Los objetores menos aun han presentado pruebas de que EN EL MOMENTO EN QUE ÉL REALIZABA EL RITO de consagración episcopal, algo ocurrió que permitiera decir de «una duda positiva» sobre la habilidad mental de Mons. Thuc. Por ejemplo: que en medio de la ceremonia hubiera tenido algún tipo de comportamiento o palabras insanos, raros, extravagantes, o comportamientos de loco o de semi-loco. Además, los que estuvieron presentes en la ceremonia han atestiguado bajo juramento que sí estaba en posesión de sus actos. De lo contrario, sobre esto último, se debería probar que quienes manifiestan estas cosas son perjuros o que todos ellos estaban engañados en cuanto a la capacidad mental del mencionado obispo.
Ausente ese tipo de pruebas, pasemos a analizar el tema de los hechos «escandalosos».
Vale la pena aclarar que ninguno de nosotros aprobamos esos hechos. Pero el punto ahora no es ése, sino —como decíamos más arriba- ver si según la teología católica, a partir de esos hechos, uno puede hablar de duda «positiva» en cuanto a la INTENCIÓN necesaria para la validez.
Los objetores pueden decir: «Dudo porque sus acciones escandalosas fueron muchos, reiteradas, raras, extravagantes, muy graves, etc». Ellos dicen que entonces podría haber así una base objetiva para dudar de la capacidad mental. Otra vez decimos que habrá que ver si en todas las acusaciones contra Mons. Thuc están las pruebas fehacientes, pero para este estudio, las damos como «algo dado». Estas acciones fueron: Sus ordenaciones sacerdotales y consagraciones episcopales en el Palmar de Troya (España) a candidatos indignos y sin preparación, y detrás de supuestas apariciones o revelaciones; el haber consagrado a herejes que pertenecían a los «Viejos Católicos», habiendo además sobre uno de ellos acusaciones morales bien graves; sus dos pedidos de perdón dirigidos a la Iglesia Moderna con motivo de sus hechos y, si quieren, a través del segundo de ellos, su reconciliación con dicha Iglesia Moderna antes de morir; el haber concelebrado la misa moderna un Jueves Santo en Toulon.
Se debe considerar que esas acciones malas ut sic, es decir consideradas solas y como tales, permiten más de una hipótesis al momento de pensar en las causas o motivos de ellas. Dos de esas hipótesis pueden ser, o darían ocasión a: 1) Tener dudas de su capacidad mental, ut supra los objetores. 2) Que allí Mons. Thuc era responsable y culpable, y que cometió esos pecados tan graves recién descriptos; en este último orden, también ha habido quien o quienes han dicho o insinuado contra él sobre la simonía. 3) Tal vez se puedan pensara hablar de otras hipótesis sobre otros motivos o causas.
Ante posibilidades o hipótesis distintas (al menos dos), y sin pruebas positivas o elementos que diriman o marquen en uno u otro sentido, según los principios de la teología, la presunción a favor de la validez que aplica la Iglesia Católica sigue en pie. Las acciones malas quedan como lo que son: acciones malas. Para argumentar de allí a «una duda positiva» de su capacidad mental, estas acciones deberían estar acompañadas de alguna otra documentación o evidencia, o testigos presenciales, que manifiesten «algo» en ese sentido. Pero nada de esto hay. Siendo así, lo planteado queda en el ámbito de la hipótesis acamo duda negativa.
Para poder comparar lo dicho, demos el caso de un obispo masón: Supongamos entonces que tenemos un obispo masón, el cual realiza una consagración episcopal.
De hecho hay gente que utiliza este argumento en contra de nuestro fundador, Mons. Marcel Lefebvre, pues se dice que quien lo hizo sacerdote y obispo, Mons. Achille Lienart, fue masón‘: Sobre esto, habría que ver si las pruebas son realmente fehacientes, y, para el caso, ver si Mons. Lienart ya desde la época de la ordenación sacerdotal de nuestro fundador era masón, [ Nota edit.: lo cual parece que ya entonces lo era] etc, etc. Pero para los fines de un estudio teológico, veamos un caso así (que también sería la respuesta a la acusación contra Mons. Lefebvre):
Un obispo es masón (comprobada fehacientemente su pertenencia a la masonería). Este obispo masón consagra a otro obispo. La pregunta es: ¿Es válida dicha consagración episcopal; debemos tener al menos duda de la validez de ella? Frente a un obispo masón caben más de una hipótesis. Al menos dos de ellas serían: 1) Obviamente que un obispo masón puede hacer una «simulación del sacramento» (no poner la intención, retener la intención, poner una contra-intención) para perjudicar demoniacamente a la Iglesia Católica con una línea de sucesión apostólica inválida, y con todas las consecuencias gravísimas que de ello se seguirían. Pero: 2) También, a pesar de ser masón, puede tener la verdadera intención de hacer el sacramento o consagración episcopal, pues hay distintos grados de masones, hay algunos que saben más sobre el fondo de la masonería y otros que no saben tanto, puede haber algunos que están allí hasta por snobismo o falsas consideraciones sociales o de influencias, por ventajas económicas, etc. Ante al menos dos hipótesis distintas, y sin pruebas positivas (una carta, un texto, testigos presenciales que escucharon su intención, etc) o elementos que diriman o marquen en uno u otro sentido, según los principios de la teología, la presunción a favor de la validez que aplica la Iglesia Católica sigue en pie, y no se puede hablar de una duda positiva.
Para poder argumentar al menos una duda positiva de esa validez, basándose en la pertenencia a la masonería del obispo consagrante, debería haber otras pruebas o elementos que manifiesten «algo» en el sentido de haber retenido la intención o de haber tenido una contra-intención. Repitamos ejemplos de pruebas: que el mismo masón hubiera manifestado «algo» que permitiera suponer razonablemente en el sentido de que en esa consagración él quiso «simular», o que hubiera otra documentación o escritos al respecto, o testigos. Pero si no hay un elemento o prueba, y sólo se tiene el hecho de su pertenencia a la masonería, siendo varias las hipótesis: La presunción a favor queda en pie, y la Iglesia Católica ni re-ordena, nire-consagra en estos casos, ni siquiera bajo condición.
Volvamos a Mons. Thuc: Una prueba positiva de la duda que plantean los objetores, debería mostrar un estado al menos semi-habitual de incapacidad mental o que en el momento de la ceremonia de consagración algo ocurrió. Ya dijimos que nada hay: Sigue en pie la presunción a favor de la validez.
*Tenemos que, sobre su estado mental habitual:
1)Documentos o algún tipo de testimonio médico, o similar, en contra de la habilidad mental de Mons. Thuc: No existe ninguno.
2) Testimonios de testigos presenciales que manifiesten que Mons. Thuc tenía acciones o palabras de una persona semi-demente, sin sano o pleno juicio (en su vida diaria, conversaciones cotidianas, acciones de cada día, dictado de conferencias, charlas, viajes, durante las comidas, celebración de la Santa Misa, predicación, etc): No existe ninguno, y menos aun bajo juramento.
2 bis) Al revés del punto anterior: Sí hay testimonios que manifiestan lo contrario, es decir, que manifiestan su pleno uso de razón, y muchos de ellos —ya dijimos- son testimonios de sacerdotes y dados bajo juramento ante Dios. Además, los testimonios han sido dados en distintos tiempos y lugares. ¿Tenemos que pensar que tqdq5, sacerdotes y laicos, están equivocados, o que mienten guiados por el interés a favor de las consagraciones de Mons. Thuc? ¿Tenemos que pensar que todos ellos, nos referimos ahora a los sacerdotes en especial, son «perjuros», es decir, que no les interesa jurar en falso y pecar ante Dios, o pensar que —nuevamente- todos ellos están equivocados? Esto no se presenta razonable, y por eso la certeza moral debe ir en sentido contrario a los objetores. Al final del texto encontrarán algunos de estos testimonios.
*Tenemos que, sobre su estado mental al momento de realizar la consagración episcopal de Mons. Guérard des Lauriers:
1) Testimonios de las personas que estuvieron presentes en la consagración episcopal aludida, aduciendo que DURANTE LA CEREMONIA Mons. Thuc tuvo comportamientos de una persona sin pleno juicio, o que sembraba dudas sobre su salud mental: No existe ninguno.
1 bis) Al revés, las personas que estuvieron presentes, todos ellos (ver al final de este trabajo), han manifestado bajo juramento ante Dios que Mons. Thuc tenía perfecto uso de sus facultades al hacer la ceremonia. Otra vez: ¿Tenemos que pensar que todos ellos están equivocados o son perjuros?
ESTUDIEMOS AHORA EL TEMA DE LA «INTENCIÓN MÍNIMA NECESARIA
PARA LA VALIDEZ» : LA INTENCIÓN VIRTUAL
El «nivel mínimo» de intención requerido para conferir un sacramento válidamente es la llamada intención virtual.
La intención virtual es aquella que, una vez puesta al comienzo de la acción, v.gr. «querer hacer el sacramento o consagración episcopal», perdura en la realización del acto o actos hasta el final de la ceremonia. Para la válida administración de un sacramento (v.gr. consagración episcopal, bautismo, confirmación, la eucaristía en la Misa, etc) es necesaria al menas LA INTENCIÓN VIRTUAL.
El Padre Royo Marín (y todos los teólogos de moral) dice sobre la intención virtual: «la tiene suficientemente, v.gr., e/sacerdote [u obispo] que se reviste para administrar un sacramento y lo administra de hecho…»2. El conocido teólogo Coronata (Matthaeus Conte a Coronata) dice que la intención virtual «está ciertamente presente en alguien que regularmente realiza acciones sacramentales» [3]. El simple acto de ponerse los ornamentos y de ir al altar es considerado evidencia suficiente de la intención virtual.
¿Se puede decir que esto no estaba, o que hay duda de la intención al menos «virtual», al momento en que Mons. Thuc realizaba las consagraciones episcopales, basado en las malas acciones anteriores? MONS. THUC QUERÍA HACER DICHAS CONSAGRACIONES Y DE HECHO LAS HIZO, LUEGO HABÍA POR LO MENOS INTENCIÓN «VIRTUAL». Sus acciones malas y escandalosas podrán dar pie a una hipótesis de duda de su capacidad mental, pero —como decíamos arriba- al no estar acompañada de otras pruebas o elementos en ese sentido, y al permitir también otras hipótesis, sigue en pie la presunción de validez que da la Iglesia Católica.
El Padre Royo Marín termina diciendo, para recalcar cómo actúa esa intención «virtual», que: La intención virtual—puesta a/principio-permite la validez del sacramento «aunque en el momento de la administración [el ministro] esté completamente distraído».
Estos conceptos pueden impresionar a los laicos, pues éstos carecen de formación teológica, pero son conocidos por nosotros los sacerdotes. Es un poco «el abc» de la teología sobre los sacramentos.
El número y fealdad de estas acciones de Mons. Thuc no prueba positivamente, según la teología, según los Papas, según el derecho canónico, ni según la práctica de la Iglesia Católica, una duda positiva en la intención necesaria.3
Apartado especial: El estado mental de Mons. Thuc.
En el punto anterior decíamos que los que argumentan la duda de la validez por falta de salud mental suficiente, se basan en las acciones malas que Mons. Thuc hizo, mas ellos no han podido acompañar un documento específico o testigo presencial. Decíamos que, al revés, las pruebas de que sí tenía el uso de sus facultades mentales y de su lucidez son abundantes, muchas de ellas dadas bajo juramento.
No faltan quienes dicen que estas manifestaciones no son fiables o son falsas (aunque no presentan pruebas). No parece razonable afirmar, y menos en lo que respecta a los juramentos, que en todos esos casas hay perjurio o equivocación en el que lo realiza.
Además, para el caso de los juramentos, ya hicimos notar que ellos han sido dados en distintos años y distintas épocas, y dados además por varios sacerdotes: ¿Debemos pensar que a todos ellos no les importa jurar en falso, o que todos ellos están equivocados?
Por otro lado, Mons. Thuc siguió con sus actividades normales, y nunca nadie que lo vio o conoció manifestó algo en el sentido de locura o semi-locura (un estado habitual o semi-habitual de ello).
Veamos la información de testigos o testimonios a favor de su lucidez:
1) El Dr. Eberhard Heller, que estuvo presente en ambas consagraciones (se refiere también, además de Mons. Guérard –ver su fecha al principio de este texto-, a la consagración de Mons. Moisés Carmona realizada el 17 de octubre del mismo año 1981), atestiguó bajo juramento, que Mons. Thuc «confirió las consagraciones en total posesión de su poderes iritelectuales».[41
2) El Dr. Kurt Hiller, que también estuvo presente en ambas consagraciones del año 1981, fue interrogado en febrero de 1988, en una entrevista realizada por el actual Mons. Kelly, por el Padre W. Jenkins y por el actual Mons. Sanborn, en la cual él manifiesta bajo juramento a favor del pleno uso de razón de Mons. Thuc (ver: Mario Derksen, «An Open Letter to Bishop Clarence Kelly…», obra escrita en el año 2011, página 5: punto 3, y página 40: punto 1).
3) Mons. Guérard des Lauriers asimismo afirmó que Mons. Thuc era de «una mente sana», «perfectamente lucido» [5], y «tenía la intención de hacer lo que hace la Iglesia» [6].
4) Tenemos el caso del Padre Noel Barbara que lo nombramos en algunas prédicas. Sobre el estado mental del obispo: El Padre Barbará fue a ver a Mons. Thuc en la primavera de 1981, y luego en enero de 1982 (en este último caso, menos de 1 año después de las consagraciones aludidas). Este padre juró por escrito, poniendo a Dios por testigo, que en ambas oportunidades lo encontró en el pleno de uso de sus facultades. ¿Debemos pensar que él está equivocado oque es un perjuro? (ver: Mario Derksen ut supra, página 40: punto 2) [también ver la referencia de nuestra nota 7 aquí al final].
5) El Padre Gustave Delmasure. Dicho padre fue un respetado sacerdote tradicional de Francia, antiguo párroco en Cannes. El Padre Delmasure fue a ver a Mons. Thuc en marzo de 1982 (también menos de 1 año después de las dos consagraciones aludidas). Él también dio testimonio, bajo juramento ante Dios, de que encontró a Mons. Thuc con lucidez, y respondiendo con claridad a las preguntas que él le hacía (ver: Mario Derksen, ídem, página 40: punto 3).
6) El Padre Philippe Guépin. Este padre tiene su apostolado en Nantes, Francia. Ordenado sacerdote por Mons. Lefebvre en 1977, conoció a Mons. Thuc en el mismo seminario de Ecóne (FSSPX). Durante la vida de Mons. Thuc, el padre nombrado tuvo prolongadas conversaciones con él, y ha atestiguado que su mente estaba en correcto estado (ver: Mario Derksen, ídem, página 40: punto 5).
7) El Padre Tomás Fouhy, un sacerdote tradicionalista de Nueva Zelandia, pasó dos días en Toulon, Francia, con Mons. Thuc en 1983. El Padre Fouhy relató que el arzobispo no era «ningún tonto», y que discutió con competencia varias cuestiones de teología y de derecho canónico. Incluso Mons. Thuc deleitó al Padre Fouhy con detalles acerca de su viaje a Nueva Zelandia en el año 1963. El padre agregó que no había duda de que Mons. Thuc era competente. [8]
8) El Padre Rigoberto Sánchez: Mons. Andrés Morello, con motivo los ataques de «Paulina» (ver introducción), manifestó por escrito lo siguiente: «Uno de nuestros sacerdotes, el padre Rigoberto Sánchez, hoy en Francia, años después de dicha ceremonia [la consagración de Mons. Guérard des Lauriers], asistió en México a conferencias pronunciadas por Monseñor Thuc en perfecta lucidez» (nosotros poseemos personalmente dicho texto; fecha: 29 de mayo de 2017).
Sobre documentos escritos a favor de la lucidez:
El Padre Anthony Cekada recibió fotocopias de cuatro documentos escritos de propia mano de Mons. Thuc (todos ellos posteriores a las consagraciones episcopales en cuestión). Este padre dice: «Su escritura es clara, firme y más legible que la mía. Los documentos son claramente el trabajo de un hombre que es coherente y cuya competencia para conferir un sacramento válido no se puede atacar. Uno de los documentos es una carta, del 30 de julio de 1982, a Mons. Guérard, enviando alguna correspondencia. Dos de ellos son declaraciones: una de que rompió conexiones con el grupo de Palmar de Troya[9], la otra declarando su posición sobre la sedevacancia de la Santa Sede[10]. El último documento es una carta (en latín) de 1982 respondiendo a una pregunta de Mons. Guérard. Varios meses después de su consagración, Mons. Guérard escuchó que Mons. Thuc había concelebrado anteriormente una vez el Novus Ordo, el Jueves Santo de 1981, con el Obispo de Toulon. Monseñor [Thuc] admite que fue verdad —pero concluye con esta frase conmovedora: [nosotros ponemos aquí más de ese texto y no sólo la frase final, con la traducción al español: «Tu dixisti quod ego commisi peccatum, quia secundum te, Missa illius episcopi erat invalida. Spero quod Deus non me judicavit ita crudeliter, quia erravi in bona fide: Tu dijiste que yo he cometido un pecado, porque, según tú, la misa de ese obispo era inválida. Espero que Dios no me haya juzgado tan cruelmente, pues erré de buenafe»j[nota 11: texto completo en latín y español]. Y concluye el Padre Cekada: «Un hombre que podía escribir una tal afirmación, claramente tenía todo su juicio consigo».
1 Mons. Lefebvre fue ordenado sacerdote por Mons. Achille Lienart (obispo de Lille) el 21 de septiembre de 1929. Y fue consagrado obispo por el mismo Mons. Achule Lienart, el 18 de septiembre de 1947; en esta ceremonia actuaron como obispos co-consagrantes: Mons. Alfred Ancel (obispo auxiliar de Lyon) y Mons. Fauret.
2Teología Moral para seglares—, Tomo II, página 55. ediciones BAC, año 1958 –
3 Cuanto mucho se podría hablar de una duda hipotética, pero no positiva.
NOTAS:
[1]B . Leeming, Principies of Sacramental Theo!ogy (Westminster md: Newman 1956), 482. «Este principio es afirmado como doctrina teológica cierta enseñada por la Iglesia, negarla sería teológicamente temerario… se presume que el ministro intenta lo que el rito significa…».
(2) Tractotus de Sacro Ordinotione, 1:970. «Proinde numquam praesumitur ministrum talem intentionem non ordinandí habuisse in ordinatione peragenda, donec contrarium non probetur; tum quia nemo praesumitur malus, nisi probetur…» Su énfasis. («Por consiguiente, nunca se presume que el ministro tuvo tal intención de no ordenar en la ordenación que debía ser realizada, hasta que no sea probado lo contrario…») Los principios anteriores, asimismo, vencen a los argumentos de aquellos que creen que el consagrante de Mons. Lefebvre, Lienart, era un masón luna acusación falsa) y que, por tanto, las ordenaciones de Mons. Lefebvre son «dudosas».
[3] M. conte a Coronata, De Socromentis: Troctotus Cononicus (Turin: Marietti 1943) 1:56. «Virtualis enim intentio, ut iam vidimus, eSt intentio ipsa actualis quae cum distractione operatur. Taus intentio certe habetur in co qui de more ponit actiones sacramentales.» («En efecto, la intención virtual, como ya vimos, es la misma intención actual que opera con la distracción. Tal intención, ciertamente, es tenida por aquel que de costumbre realiza acciones sacramentales»).
[4] «Eidesstattliche Erkl_rung…,» loc. cit., «Mgr. Ngo-dinh-Thuc spendete die Weihen im Vollbesitz seiner geistigen Kr•fte.»
[5] Collins, Guérard Interview Notes.
[6] Sodolitium 4 (M ay 1987), 24. «Atteso che… Mons. Thuc ed io avevamo tintenzione di fare ci che fa la Chiesa.»
[7] También se puede ver para tener más información: Joseph Collins, Notas de una Entrevista con Noel Barbara, Noviembre, 1989.
[8] conferencia, en Cincinnati, Diciembre 13 de 1991.
[9] Declaración, Diciembre 19 de 1981, republicada en Einsicht (Marzo, 1982).
[10] Declaración, Febrero 25 de 1982. El texto fue transcrito y republicado en Einsicht (Marzo, 1982).
[11] De Mons. Thuc a Mons. Guérard, carta sin fecha [principios de 1982. «Excellentissime Domine: Recepi litteras tuas tantum his diebus, quia non sum in urbe Toulon jam ab uno mente. In illa epístola, voluisti cognoscere utrum concelebravi, anno praeterito, in die quinta Sanctae hebdomadae cum Episcopo hujus diocesis. Utique, cum illo Episcopo celebravi, quia lila die non potui celebravi in meo domo secundum legem Ecclesiae. Tu dixisti quod ego commisi peccatum, quia secundum te, Missa illius episcopi erat invalida. Spero quod Deus non me judicavit ita crudeliter, quia erravi in bona fide. + P.M. Ngo-dinh-Thuc.» («Excelentísimo Señor: Recibí su carta sólo en estos días, porque no estoy en la ciudad de Toulon desde ya hace un mes. En aquella carta, quiso saber si concelebré, el año pasado, el día jueves de la Semana Santa con el obispo de esta diócesis. ciertamente, con aquel obispo celebré, porque en aquel día no pude celebrar en mi casa según la ley de la Iglesia. Usted dijo que yo cometí pecado, porque según usted, la Misa de aquel obispo era inválida. Espero que Dios no me haya juzgado así, cruelmente, porque erré de buena fe. + P.M. Ngo-Dinh-Thuc»).
1 Mons. Lefebvre fue ordenado sacerdote por Mons. Achille Lienart (obispo de Lille) el 21 de septiembre de 1929. Y fue consagrado obispo por el mismo Mons. Achule Lienart, el 18 de septiembre de 1947; en esta ceremonia actuaron como obispos co-consagrantes: Mons. Alfred Ancel (obispo auxiliar de Lyon) y Mons. Fauret.
2Teología Moral para seglares—, Tomo II, página 55. ediciones BAC, año 1958 –
3 Cuanto mucho se podría hablar de una duda hipotética, pero no positiva.
Historia, mística y práctica del Tiempo Pascual
CAPITULO I
HISTORIA DEL TIEMPO PASCUAL
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger

DEFINICIÓN DEL TIEMPO PASCUAL. — Se da el nombre de Tiempo pascual al período de semanas que transcurre desde el domingo de Pascua al sábado después de Pentecostés. Esta parte del Año litúrgico es la más sagrada, aquella hacia la cual converge el Ciclo completo. Se comprenderá esto fácilmente, si se considera la grandeza de la ñesta de Pascua, que la antigüedad cristiana embelleció con el nombre de Fiesta de las fiestas, Solemnidad, de las solemnidades, a la manera, nos dice San Gregorio Papa en su Homilía sobre este gran día, que lo más augusto en el Santuario era llamado el Santo de los Santos, y se da el nombre de Cantar de los cantares al sublime epitalamio del Hijo de Dios que se une con la Santa Iglesia. Ciertamente, en el día de Pascua es cuando la misión del Verbo encarnado obtiene el fin que estuvo anhelando hasta entonces; en el día de Pascua el género humano es levantado de su caída y entra en posesión de todo lo que había perdido por el pecado de Adán.
CRISTO VENCEDOR. — Navidad nos había dado un Hombre-Dios; hace tres días recogimos su sangre de un precio infinito para nuestro rescate. Mas en el día de la Pascua, no es ya una víctima inmolada y vencida por la muerte, la que contemplamos; es un vencedor que aniquila a la muerte, hija del pecado, y proclama la vida, la vida inmortal que nos ha conquistado. No es ya la humildad de los pañales, ni los dolores de la agonía y de la cruz; es la gloria, primero para él, después para nosotros. En el día de Pascua, Dios recupera, en el Hombre-Dios resucitado, su obra primera: el tránsito por la muerte no ha dejado en él huella ninguna, como tampoco la dejó el pecado, cuya semejanza se había dignado asumir el Cordero divino; y no es solamente él quien vuelve a la vida inmortal; es todo el género humano. «Así como por un hombre vino la muerte al mundo, nos dice el Apóstol, por un hombre debe venir también la resurrección de los muertos. Y así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados»
LA PREPARACIÓN DE LA PASCUA. — Así, pues, el aniversario de este acontecimiento constituye cada año el gran día, el día de la alegría, el día por excelencia; a él converge todo el Año litúrgico y sobre él está fundado. Mas, como este día es santo entre todos, ya que nos abre las puertas de la vida celestial, donde entraremos resucitados como Cristo, la Iglesia no ha querido luciera sobre nosotros antes de que hubiésemos purificado nuestros cuerpos por el ayuno y corregido nuestras almas por la compunción. Con este fin instituyó la penitencia cuaresmal, y también nos advirtió desde Septuagésima que habla llegado el tiempo de aspirar a las alegrías serenas de la Pascua y de disponernos a los sentimientos que su venida debe despertar. Ya hemos terminado esta preparación y el Sol de la Resurrección se eleva sobre nosotros.
SANTIDAD DEL DOMINGO. — Mas no basta festejar el día solemne que contempló a Cristo-Luz huyendo de las sombras del sepulcro; a otro aniversario debemos tributar el culto de nuestra gratitud. El Verbo encarnado resucitó el primer día de la semana, el día en que el Verbo increado del Padre había comenzado la obra de la creación, al sacar la luz del seno del caos y separarla de las tinieblas, inaugurando así el primero de los días. Por tanto, en la Pascua nuestro divino resucitado santifica por segunda vez el domingo y desde entonces el sábado deja de ser el día sagrado. Nuestra resurrección en Jesucristo, realizada en domingo, colma la gloria de este primero de los días; el precepto divino del sábado es abolido con toda la ley mosaica; y los Apóstoles mandarán en lo sucesivo a todo fiel celebrar como día sagrado el primer día de la semana, en el que la gloria de la primera creación se une a la de la divina regeneración.
FECHA DE LA FIESTA DE PASCUA. — L a resurrección del Hombre-Dios realizada en demingo, pedia no se la solemnizase anualmente en otro día de la semana. De aquí la necesidad de separar la Pascua de los cristianos de la de los judíos que, fijada de modo irrevocable en el catorce de la luna de marzo, aniversario de la salida de Egipto, caía sucesivamente en cada uno de los días de la semana. Esta Pascua no era más que una figura; la nuestra es la realidad ante la cual la sombra desaparece. Era necesario, pues, que la Iglesia rompiese este último lazo con la sinagoga, y proclamase su emancipación celebrando la más solemne de las fiestas un día que no coincidiese nunca con aquel en que los judíos celebrasen su Pascua, en lo sucesivo estéril de esperanzas. Los Apóstoles determinaron que desde entonces la Pascua para los cristianos no sería ya el catorce de la luna de marzo, aun cuando ese día cayese en domingo, sino que se celebraría en todo el universo el domingo siguiente al día en que el calendario caducado de la sinagoga continuaba colocándola.
Con todo, en consideración al gran número de judíos que habían recibido el bautismo y que formaban entonces el núcleo de la Iglesia cristiana, para no herir su sensibilidad, se determinó que se aplicase con prudencia y paulatinamente la ley relativa al día de la nueva Pascua. Además, Jerusalén no tardaría en sucumbir debajo de las águilas romanas, según el vaticinio del Salvador; y la nueva ciudad que se levantaría sobre sus ruinas y que albergaría a la colonia cristiana, tendría también su Iglesia, pero una Iglesia completamente disgregada del elemento judaico, que la justicia divina había visiblemente reprobado en aquellos mismos lugares. La mayor parte de los Apóstoles no tuvieron que luchar contra las costumbres judías en sus predicaciones en tierras lejanas, ni en la fundación de las Iglesias que establecieron en tantas regiones, aun fuera de los límites del imperio romano; sus principales conquistas las hacían entre lós gentiles. La Iglesia de Roma, que llegaría a ser Madre y Maestra de todas las demás, jamás conoció otra Pascua que aquella que hermana al domingo el recuerdo del primer día del mundo y la memoria de la gloriosa resurrección del Hijo de Dios y de todos nosotros, que somos sus miembros.
LA COSTUMBRE DE ASIA MENOR. — Una sola provincia de la Iglesia, el Asia Menor, rehusó largo tiempo asociarse a este acuerdo. San Juan, que pasó muchos afios en Efesó y terminó allí su vida, creyó no debía exigir, de los numerosos cristianos que de las sinagogas habían pasado a la Iglesia en aquellas regiones, el renunciamiento a la costuftibre judía en la celebración de la Pascua; y los ñeles salidos de la gentilidad que fueron a acrecentar la población de aquellas florecientes cristiandades, llegaron a apasionarse con exceso en la defensa de una costumbre que se remontaba a los orígenes de la Iglesia del Asia Menor. Como consecuencia, al correr de los años, esta anomalía degeneraba en escándalo; allí se aspiraban efluvios judaizantes y la unidad del culto cristiano sufría una divergencia que impedía a los fieles vivir unidos en las alegrías de la Pascua y en las santas tristezas que la preceden.
El Papa San Víctor, que gobernó la Iglesia desde el año 185, puso toda su solicitud sobre este abuso y creyó que había llegado el momento de hacer triunfar la unidad exterior sobre un punto tan esencial y tan central en el culto cristiano. Anteriormente, con el Papa San Aniceto, hacia el año 150, la Sede Apostólica había intentado, por medio de negociaciones amistosas, atraer las Iglesias de Asia Menor a la práctica universal; no fué posible triunfar sobre un prejuicio fundado en una tradición conceptuada como inviolable en aquellas regiones. San Víctor creyó tendría más éxito que sus predecesores; y a fin de influir en las asiáticos por el testimonio unánime de todas las Iglesias, ordenó se reuniesen concilios en los diversos países en que el Evangelio había penetrado, y se examinase en ellos la cuestión de la Pascua. La unanimidad fué perfecta en todas partes; y el historiador Eusebio, que escribía siglo y medio después, atestigua que todavía en su tiempo se guardaba el recuerdo de las decisiones que habían tomado en esta encuesta, además del concilio de Roma, los de las Galias, de Acaya, del .Ponto, de Palestina y de Osrhoena en Mesopotamia. El concilio de Efeso, presidido por Polícrato, obispo de aquella ciudad, resistió solo a las insinuaciones del Pontífice y al ejemplo de la Iglesia Universal.
San Víctor, juzgando que esta oposición no podía tolerarse por más tiempo, publicó una sentencia por la que separaba de la comunión de la Santa Sede las Iglesias refractarias del Asia Menor. Esta pena severa, que no se imponía por parte de Roma sino después de prolongadas instancias encaminadas a extirpar los prejuicios asiáticos, excitó la conmiseración de muchos obispos. San Ireneo, que ocupaba entonces la silla de Lyon, intercedió ante el Papa, en favor de dichas Iglesias, que no habían pecado, según él, sino por falta de luces; y obtuvo la revocación de una medida cuyo rigor parecía desproporcionado con la falta. Esta indulgencia produjo su efecto: al siglo siguiente, San Anatolio, obispo de Laodicea, atestigua en su libro sobre la Pascua, escrito en 276, que las Iglesias del Asia Menor se habían adaptado analmente, desde hacia algún tiempo, a la práctica romana.
LA OBRA DEL CONCILIO DE NICEA. — P o r u n a coincidencia extraña, hacia la misma época, las Iglesias de Siria, de Cilicia, y de Mesopotamia dieron el escándalo de una nueva desaveniencia en la celebración de la Pascua. Dejaron la costumbre cristiana y apostólica, para adoptar el rito judío del catorce de la luna de marzo. Este cisma en la liturgia, afligió a la Iglesia; y uno de los primeros cuidados del concilio de Nicea fué promulgar la obligación universal de celebrar la Pascua en domingo. El decreto restableció la unanimidad; y los Padres del concilio ordenaron «que sin controversia, los hermanos de Oriente solemnizasen la Pascua en el mismo día que los romanos, los alejandrinos y todos los demás fieles». La cuestión parecía tan grave por su conexión con la esencia misma de la liturgia cristiana, que San Atanasio, resumiendo las razones que habían impulsado la convocatoria del concilio de Nicea, asigna como motivos de su reunión la condenación de la herejía arriana y el restablecimiento de la unión en la solemnidad de la Pascua.
El concilio de Nicea reglamentó también que el obispo de Alejandría fuese el encargado de mandar hacer los cálculos astronómicos que ayudasen cada año a determinar el día preciso de la Pascua, y que enviase al Papa el resultado de los descubrimientos realizados por los sabios de aquella ciudad, tenidos por los más certeros en sus cómputos. El Pontífice romano dirigiría después a todas las Iglesias cartas en que intimase la celebración uniforme de la magna fiesta del cristianismo. De este modo, la unidad de la Iglesia se trasparentaba por la unidad de la liturgia; y la Silla apostólica, fundamento de la primera, era al mismo tiempo el medio para la segunda. Además, ya antes del concilio de Nicea, el Pontífice romano tenía como costumbre dirigir cada año a todas las Iglesias una encíclica pascual en que señalaba el día en que debía celebrarse la solemnidad de la Resurrección. Así nos lo muestra la carta sinodal de los Padres del concilio de Arlés, en 314, dirigida al papa San Silvestre. «En primer lugar, dicen los Padres, pedímos que la observación de la Pascua del Señor sea uniforme en cuanto al tiempo y en cuanto al día, en todo el mundo, y que dirijáis a todos cartas para este fin, según la costumbre».
Con todo, este uso no perseveró por mucho tiempo después del concilio de Nicea. La carencia de medios astronómicos acarreaba perturbaciones en la manera de computar el día de la Pascua. Es verdad que dicha fiesta quedó definitivamente fijada en domingo; ninguna Iglesia se permitió en adelante celebrarla en el mismo día que los judíos; mas, por desconocer la fecha precisa del equinoccio de primavera, sucedía que el día propio de la solemnidad variaba algunos años según los lugares. Paulatinamente fué descartándose la regla que había dado el concilio de Nicea de considerar el 21 de marzo como el día del equinoccio. El calendario exigía una reforma que nadie estaba preparado para realizar; se multiplicaban los calendarios en contradicción los unos con los otros, de manera que Roma y Alejandría no siempre llegaban a entenderse. Por este motivo, de tiempo en tiempo, la Pascua se celebró sin la unanimidad absoluta que el concilio de Nicea había procurado; pero se procedía de buena fe por ambas partes.
LA REFORMA DEL CALENDARIO. — Occidente se agrupó en torno de Roma, que terminó por triunfar de algunas oposiciones en Escocia y en Irlanda, cuyas Iglesias se habían dejado extraviar por ciclos erróneos. Finalmente la ciencia hizo adelantos considerables en el siglo xvi, y permitió a Gregorio XIII emprender y terminar la reforma del calendario. Se trataba de restablecer el equinoccio en el 21 de marzo, conforme a la disposición del concilio de Nicea. Por una bula del 24 de febrero de 1581, el Pontífice tomó esta medida suprimiendo diez días del año siguiente, del 4 al 15 de octubre; de este modo restablecía la obra de Julio César, que en su tiempo también había tomado medidas acertadas sobre las computaciones astronómicas. Pero la Pascua era la idea fundamental y el fin de la reforma implani tada por Gregorio XIII. Los recuerdos del concilio de Nicea y sus normas dominaban siempre sobre esta cuestión capital del año litúrgico; y así, una vez más, el Romano Pontífice señalaba la celebración de la Pascua al universo, no sólo por un año, sino por largos siglos.
Las naciones herejes experimentaron, a su pesar, la autoridad divina de la Iglesia en esta promulgación solemne que influía al mismo tiempo en la vida religiosa y en la civil; y protestaron contra el calendario como habían protestado contra la regla de la fe. Inglaterra y los Estados luteranos de Alemania prefirieron conservar aún mucho tiempo el calendario erróneo que la ciencia rechazaba, antes que aceptar de manos de un papa una reforma reconocida por el mundo como indispensable. Hoy es Rusia la única nación europea que, por odio a la Roma de San Pedro, persiste en tener su calendario retrasado diez o doce días respecto del que se usa en el mundo civilizado.
HECHOS MILAGROSOS.—Todos estos pormenores, que damos en síntesis, muestran la gran importancia que tiene la fecha de la festividad de la Pascua; y el cielo ha manifestado más de una vez con prodigios que no le era indiferente esta sagrada fecha. En la época en que la confusión de ciclos y la imperfección de medios astronómicos ponían tanta incertidumbre sobre la fecha exacta del equinoccio de primavera, en ciertas ocasiones los hechos milagrosos suplieron las indicaciones que ni la ciencia ni la autoridad podían suministrar con certeza. Pascasino, obispo de Lilibea en Sicilia, atestigua en carta dirigida a San León Magno en 444, que, en el pontificado de San Zósimo, siendo cónsul Honorio por undécima vez y Constancio por la segunda, una intervención celestial vino a revelar el auténtico día de la Pascua en una población humilde y religiosa. En un paraje olvidado de Sicilia se escondía entre montañas inaccesibles y espesos bosques una aldea llamada^ Meltina. Su iglesia era de las más pobres, pero Dios se abajó hasta ella en su bondad; porque cada año, durante la noche pascual, en el momento en que el sacerdote se dirigía hacia el baptisterio para bendecir el agua, la fuente sagrada se encontraba milagrosamente llena, sin que hubiese ningún canal, ni otra fuente próxima que la alimentase. Terminada 1& administración del bautismo, el agua desaparecía por sí misma y la pila quedaba seca. Ahora bien, en el año referido sucedió que, habiéndose reunido el pueblo durante la noche que, engañado por un falso cómputo, se figuraba era la de Pascua, cuando, acabada la lectura de las profecías, el sacerdote fué con sus ñeles al baptisterio, se vio la pila seca sin agua. Los catecúmenos esperaron en vano la presencia del líquido por el cual se les debía conferir la regeneración, y se retiraron al amanecer del día. El 22 de abril siguiente, el diez antes de las calendas de mayo, la fuente apareció llena hasta los bordes, atestiguando que este día era la verdadera Pascua para aquel año.
Casiodoro, escribiendo en nombre del rey Atalarico, a un personaje llamado Severo, refiere otro prodigio que se efectuaba anualmente con fin idéntico, la noche de Pascua, en Lucania, cerca de la pequeña isla de Leucotea, en un lugar llamado Marcilianum. Había allí una gran fuente que se había escogido para la administración del bautismo en la noche de Pascua. Apenas el sacerdote había comenzado las solemnes preces de la bendición debajo de la bóveda natural que cubría dicha fuente, cuando el agua, como queriendo tener parte en los transportes de la alegría pascual, creció en el estanque; de manera que si antes se elevaba hasta la quinta grada, ahora se la veía subir hasta la séptima, como anticipándose a las maravillas de la gracia, de que ella iba a ser instrumento; mostrando Dios de este modo que la misma naturaleza insensible puede asociarse, cuando él lo permite, a las santas alegrías del más grande de los días del año.
San Gregorio de Tours habla de una fuente que existía en su tiempo en cierta iglesia de Andalucía, en un lugar llamado Osen, en la que ocurría un hecho milagroso que servía también para comprobar el verdadero día de Pascua. Todos los años el obispo se dirigía con su pueblo a esta iglesia el Jueves santo. El seno de la fuente tenía forma de cruz y estaba adornado de mosaicos. Se comprobaba si estaba enteramente seca; y después de algunas preces todos salían de la iglesia, y el obispo cancelaba la puerta con su sello. El Sábado santo el obispo volvía rodeado de su pueblo; se abrían las puertas después de haber verificado la integridad del sello, y, al entrar en el recinto sagrado, contemplaban la fuente colmada de agua hasta por encima de la superficie del suelo, sin que jamás se desbordase. El obispo pronunciaba los exorcismos sobre aquella agua milagrosa y derramaba sobre ella el crisma. Luego se bautizaba a los catecúmenos; y, cuando el sacramento había sido conferido a todos, el agua desaparecía inmediatamente, sin que se supiese adonde se iba. Los cristianos de Oriente también fueron testigos de prodigios semejantes. Juan Mosch habla, en el siglo vn, de una fuente bautismal de Licia que se llenaba de agua cada año, la vigilia de la fiesta de Pascua; mas permanecía los cincuenta días completos, y se agotaba de repente después de la fiesta de Pentecostés
En la Historia del Tiempo de Pasión hemos recordado las leyes de los emperadores cristianos que prohibían los procesos civiles y criminales durante todo el curso de la quincena de Pascua, es decir, después del domingo de Ramos hasta la octava de la Resurrección. San Agustín, en un sermón pronunciado en esta octava, exhorta a los fieles a extender a todo el resto del año la suspensión de los procesos, querellas y enemistades, que la ley civil quería suspender al menos durante estos quince días.
EL DEBER DE LA COMUNIÓN. — La Iglesia impone a todos sus hijos la obligación de recibir la Sagrada Eucaristía en tiempo de Pascua; y este deber se funda en la intención del Salvador, que, aunque no fijó por sí mismo la época del año en que los cristianos debían acercarse a este augusto sacramento, dejó a su Iglesia el cuidado y la obligación de determinarla. En los primeros siglos la comunión era frecuente, y aun diaria según los lugares. Más tarde los fieles se resfriaron con respecto a este divino misterio; y vemos, según el canon 18 del concilio de Agda, en 506, que en las Galias muchos cristianos hablan decaído de su primitivo fervor. Se declaró entonces que los seglares que no comulgasen en Navidad, Pascua y Pentecostés, no serían considerados como católicos. Esta disposición del concilio de Agda se adoptó como ley casi general en la Iglesia de Occidente. La encontramos en» otros lugares en los reglamentos de Egberto, arzobispo de York, y en el tercer concilio de Tours. Con todo, en diversos lugares, vemos prescrita la comunión para los domingos de Cuaresma, para los tres últimos días de la Semana Santa, y para la fiesta de Pascua.
A principios del siglo XIII, en el IV concilio general de Letrán, en 1215, la Iglesia, considerando la tibieza que invadía constantemente a la sociedad, determinó muy a pesar suyo que los cristianos no estarían estrictamente obligados a hacer más que una sola comunión al año, y que esta comunión se haría en la Pascua. A fin de hacer comprender a los fieles que esta condescendencia es el límite máximo que puede concederse a su negligencia, el santo concilio declara que a aquel que osare infringir esta ley, se le podrá prohibir la entrada en la iglesia durante toda su vida, y privarle de la sepultura eclesiástica después de su muerte, como si él mismo hubiese renunciado al lazo exterior de la unidad católica (más tarde, el papa Eugenio IV, en la constitución Fide digna, dada en el año 1440, declaró que esta comunión anual podía hacerse desde el domingo de Ramos hasta el domingo de Quasimodo inclusive). Estas disposiciones de un concilio ecuménico muestran la gran importancia del deber que con ellas se sancionaba; al mismo tiempo nos hacen apreciar con dolor el lamentable estado de una nación católica donde millones de cristianos desafían cada año las amenazas de la Iglesia su Madre, al rehusar someterse a un deber cuyo cumplimiento constituye la vida de sus almas, al mismo tiempo que es la profesión esencial de su fe. Y cuando es necesario también excluir del número de los que no se muestran sordos a la voz de la Iglesia y vienen a sentarse al festín pascual, a aquellos para los cuales la penitencia cuaresmal es como si no existiese, hay que temer e inquietarse por la suerte de ese pueblo si algunos indicios no vienen de tiempo en tiempo a levantar las esperanzas, y a prometer un futuro de generaciones más cristianas que la nuestra.
RITOS LITÚRGICOS. — El período de cincuenta días que separa la fiesta de Pascua de la de Pentecostés ha sido constantemente objeto de respeto particular en la Iglesia. La primera semana, consagrada principalmente a los misterios de la Resurrección, debía ser celebrada con esplendor especial; pero el resto de los cincuenta días no dejó de tener también sus honores. Además de la alegría que distingue a toda esta parte del año, y cuya expresión es el Aleluya, la tradición cristiana asigna dos usos al tiempo pascual que le diferencian del resto del año. El primero es la abolición del ayuno durante los cuarenta días: es la extensión del precepto antiguo que prohibe el ayuno el domingo; todo este gozoso período debía ser considerado como un solo y único domingo. Las Reglas religiosas, aun las más austeras, de Oriente y de Occidente aceptaron esta práctica.
La otra práctica especial, que se ha conservado literalmente en la Iglesia de Oriente, consiste en no doblar las rodillas en los oficios de Pascua a Pentecostés. Nuestros usos occidentales han modificado esta costumbre, que se observó entre nosotros durante muchos siglos. La Iglesia latina admitió después de mucho tiempo la genuflexión en la misa durante el tiempo pascual; y los únicos vestigios que ella ha conservado de la antigua disciplina en esto, se han hecho casi imperceptibles a los fieles que no están familiarizados con las rúbricas del servicio divino.
Así, pues, el tiempo pascual es todo él como una fiesta continuada; ya lo proclamaba Tertuliano en el siglo ni, cuando, al reprochar a ciertos cristianos sensuales el sentimiento que experimentaban de haber renunciado por su bautismo a tantas fiestas como ilustraban el año pagano, les decía: «Si amáis las fiestas, también las encontráis entre nosotros: no fiestas de un solo día, sino de muchos. Entre los paganos la fiesta se celebra una sola vez al año; para vosotros ahora cada ocho días es fiesta. Reunid todas las solemnidades de los gentiles, no llegaréis a la cincuentena de nuestro Pentecostés»‘. San Ambrosio, escribiendo a los fieles sobre este mismo tema hace la siguiente observación: «Si los judíos, no contentos con su sábado semanal, celebran otro sábado que se prolonga durante todo un año, ¡cuánto más debemos nosotros hacer para honrar la Resurrección del Señor! Por esto nos han enseñado a celebrar los cincuenta días de Pentecostés como parte integral de la Pascua. Son siete semanas completas, y la fiesta de Pentecostés da comienzo a la semana octava. Durante estos cincuenta días la Iglesia suspende el ayuno, como en el domingo, en que el Señor resucitó; y todos estos días son como un solo y mismo domingo»‘.
CAPITULO II
MÍSTICA DEL TIEMPO PASCUAL
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger
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CORONACIÓN DEL AÑO LITÚRGICO. — De todas las estaciones del Año litúrgico, el Tiempo pascual, es ciertamente el más fecundo en misterios; más aún: puede decirse que este tiempo es el culmen de toda la mística de la liturgia en el período anual. Quien tenga la dicha de entrar con plenitud de espíritu y de corazón en el amor y en la inteligencia del misterio pascual, ha llegado a la medula misma de la vida sobrenatural; y por esta razón, nuestra Madre la Santa Iglesia, acomodándose a nuestra flaqueza, nos propone de nuevo cada año esta iniciación. Todo lo que ha precedido no es más que la preparación; la espera del Adviento, las alegrías del tiempo de Navidad, los graves y severos pensamientos de Septuagésima, la compunción y la penitencia de Cuaresma, el espectáculo desgarrador de la Pasión, toda esta gama de sentimientos y maravillas, no han servido sino para llegar al término a que hemos llegado. Y a fin de hacernos comprender que en la solemnidad pascual se trata del mayor interés del hombre terrestre, Dios ha querido que estos dos grandes misterios, Pascua y Pentecostés, que tienen un mismo fin, se ofreciesen a la Iglesia naciente con un pasado que contaba ya quince siglos: período incalculable que a la divina Sabiduría no pareció demasiado prolongado, para preparar, por medio de figuras, las grandes realidades que nosotros poseemos ahora.
En estos días se juntan las dos grandes manifestaciones de la bondad de Dios para con los hombres: la Pascua de Israel y la Pascua cristiana; el Pentecostés del Sinaí y el Pentecostés de la Iglesia; los símbolos concedidos a un solo pueblo, y las verdades mostradas sin sombras a la plenitud de las naciones. Mostraremos particularmente la realización de las figuras antiguas en las realidades de la nueva Pascua y Pentecostés, el crepúsculo de la ley mosaica iluminado por el día perfecto del Evangelio; mas ¿no nos sentimos desde ahora impresionados de santo respeto, al pensar que las solemnidades que celebramos cuentan ya más de tres mil años de existencia, y que deben renovarse cada año hasta que resuene la voz del ángel que clamará: «Ya no habrá más tiempo» (Apoc., X, 6) y se abran las puertas de la eternidad?
LA PASCUA DE LA ETERNIDAD. — La eternidad bienaventurada es la verdadera Pascua; y por esta razón la Pascua terrena es la fiesta de las fiestas, la Solemnidad de las solemnidades. El género humano había muerto, estaba abatido con la sentencia que le retenía en el polvo del sepulcro; las puertas de la vida se le habían cerrado. Mas he aquí, que el Hijo de Dios se levanta del sepulcro y entra en posesión de la vida eterna; y no es él solamente el que ya no morirá; su Apóstol nos enseña que «es el primogénito entre los muertos» (Col., I, 18). La Santa Iglesia quiere, pues, que nos consideremos ya como resucitados con él y como en posesión de la vida eterna. Estos cincuenta días del tiempo pascual, nos enseñan los Padres, son imagen de la bienaventurada eternidad. Están consagrados plenamente a la alegría; está desterrada toda tristeza; y la Iglesia no sabe decir nada a su Esposo sin mezclar el Aleluya, ese grito del cielo que resuena sin fin en las calles y plazas de la Jerusalén celestial, como nos lo dice la liturgia.
Durante nueve semanas nos hemos visto privados de este cántico de admiración y de gozo; sólo nos restaba morir con Cristo nuestra víctima; mas ahora que hemos salido del sepulcro con él, y que no queremos morir en lo sucesivo con la muerte que mata al alma y que hizo expirar sobre la cruz a nuestro Redentor, el Aleluya, vuelve a ser nuestro.
LA PASCUA DE LA NATURALEZA. — L a sabiduría providencial de Dios, que ha ordenado en plena armonía la obra visible de este mundo y la obra sobrenatural de la gracia, quiso colocar la resurrección de nuestro divino Jefe en estos días que la misma naturaleza parece también resucitar del sepulcro. Los campos se visten de verdor, la arboleda del bosque recobra su follaje, el acento de las aves pone notas armoniosas en las auras, y el sol, símbolo radiante de Jesucristo triunfador, lanza torrentes de luz sobre la tierra regenerada. En tiempo de Navidad, este astro, abriéndose paso con premura entre las sombras que amenazaban extinguirle para siempre, se muestra en armonía con el nacimiento del Emmanuel, en el misterio de una noche profunda, envuelto en pañales de humildad; hoy, apropiándonos las palabras del salmista, «es un gigante que se lanza a la carrera; y no hay criatura que no se sienta reanimada por su vivificante calor». (Sal., XVIII, 7.) Escuchad su voz en el Cantar cLe los cantares (II, 10-13), donde convida al alma fiel a incorporarse a la vida nueva que él comunica a todo lo que alienta: «Levántate, paloma mía, la dice, y ven. El invierno ha pasado, las lluvias han cesado; las flores despuntan en nuestra tierra; se han oído los arrullos de la tortolilla, la higuera arroja sus brevas y la viña en flor esparce su aroma.»
NOBLEZA DEL DOMINGO. — Hemos explicado en el capítulo anterior por qué el Hijo de Dios quiso escoger el domingo con preferencia a los demás días, para triunfar de la muerte y proclamar la vida. No podía mostrar más enérgicamente que toda la creación se renueva en la Pascua, sino abriendo en su persona la inmortalidad al hombre el día mismo en que había sacado la luz de la nada. No solamente el aniversario de su resurrección será en adelante el más grande de los días; sino, cada semana, el domingo será también una Pascua, un día sagrado. Israel festejaba por orden de Dios el sábado, para honrar el reposo del Señor después de los seis días de su obra; la Santa Iglesia, que es la Esposa, se asocia también a la obra del Esposo. Ella deja pasar el sábado, el día que su Esposo estuvo en el reposo del sepulcro; pero, iluminada de los esplendores de la Resurrección, consagra desde entonces a la contemplación de la obra divina el primer día de la semana, que vió sucesivamente salir de las sombras la luz material, primera manifestación de la vida sobre el caos, y también a aquel que, siendo el esplendor eterno del Padre, se dignó decirnos: «Yo soy la luz del mundo.» (San Juan, VIII, 12.)
Transcurra, pues, la semana toda completa con su sábado; a nosotros Cristianos nos basta el octavo día, aquel que rebasa la medida del tiempo; nos basta el día de la eternidad, el día en que la luz ya no tendrá eclipses, ni se dará con medida, sino que iluminará sin fln y sin límites. Así hablan los santos doctores de nuestra fe, cuando nos revelan las grandezas del domingo y la razón de la abrogación del sábado. Sin duda convenía al hombre tomar como día de su reposo religioso y semanal aquel mismo día en que el autor de este mundo visible descansó; pero con todo, no existía entonces más que el recuerdo de la creación material. El Verbo divino se muestra en este mundo, que él había creado en el principio; esta vez oculta los fulgores de su divinidad con el velo de nuestra carne; viene para dar cumplimiento a las figuras. Antes de abrogar el sábado, quiere realizarle en su persona, como todo lo demás de la ley, pasándole por completo como un día de reposo, después de los trabajos de la Pasión, en el nicho fúnebre del sepulcro; pero apenas da comienzo el día octavo, cuando el divino cautivo se lanza a la vida e inaugura el reino de la gloria. «Dejemos, pues, dice Ruperto, dejemos al judío, esclavo del amor de los bienes de este mundo, entregarse a las alegrías pretéritas de su sábado, que no recuerdan más que el aniversario de una creación material. Absorto en las cosas terrenales, no supo reconocer al Señor que creó al mundo; no quiso ver en él al Rey de los judíos, porque proclamaba: Bienaventurados los pobres. Para nosotros nuestro Sábado es el octavo día, que al mismo tiempo es el primero; y el gozo que en él saboreamos no procede del recuerdo de la creación, sino más bien de que el mundo fué en él redimido»‘.
El misterio del septenario seguido de un día octavo, que es el día sagrado, recibe una aplicación nueva y aún más amplia en la misma disposición del Tiempo Pascual. Este tiempo se compone de siete semanas, que forman una semana de semanas cuyo día siguiente, el día de Pentecostés, también es un domingo. Estos números misteriosos, que Dios señaló el primero instituyendo en el desierto de Sinaí el primer Pentecostés, cincuenta días después de la primera Pascua, fueron recogidos por los Apóstoles para aplicarlos al período pascual de los cristianos. Esto mismo nos lo enseña San Hilario de Poitiers, cuya doctrina repiten San Isidoro, Amalarlo, Rabano Mauro, y generalmente todos los antiguos expositores de los misterios de la liturgia. «Si multiplicamos el septenario por siete, dice, vemos que este santo tiempo es en verdad el Sábado de los sábados; pero lo que le corona y le eleva a la plenitud del Evangelio, es el octavo día que sigue, día que es a la vez el primero y el octavo. Los Apóstoles dieron a estas siete semanas un carácter tan sagrado que durante su duración nadie debe doblar la rodilla para adorar, ni turbar con el ayuno las alegrías espirituales de esta fiesta prolongada. El mismo carácter se extiende a cada domingo, ya que este día, el siguiente al sábado, ha llegado a ser, por la aplicación del progreso evangélico, la perfección del sábado, y el día que transcurrimos en fiesta y en alegría».
Así, pues, encontramos en la estructura del Tiempo pascual ampliamente el misterio que nos recuerda cada domingo; en adelante todo data para nosotros del primer día de la semana, ya que la resurrección de Cristo le ha iluminado para siempre con su gloria, de la que no era más que una sombra la creación de la luz material. Acabamos de ver que esta institución estaba ya esbozada en la antigua ley, aunque el pueblo de Israel no poseía el secreto. El Pentecostés judío caía el quincuagésimo día después de Pascua, y este día era el que seguía a las siete semanas. Otra figura de nuestro Tiempo pascual se encontraba también en una de las instituciones que Dios dió a Moisés para su pueblo en el Año jubilar. Cada cincuenta años volvían a sus primeros poseedores las casas y los campos que habían sido vendidos durante los cuarenta y nueve años precedentes, y los israelitas que por pobreza se habían visto obligados a esclavizarse, recobraban la libertad. Este año, llamado propiamente el año sabático, seguía a las siete semanas de años que habían precedido, y significaban también nuestro octavo día, en que el Hijo resucitado de María, nos libraría de la esclavitud del sepulcro y nos pondría en posesión de la herencia de nuestra inmortalidad.
USOS LITÚRGICOS. — Los usos litúrgicos que distinguen el Tiempo pascual en la disciplina de ahora, se reducen a dos principales: la repetíción continua del Aleluya, de que poco ha hemos hablado, y el empleo de los colores blanco y rojo, según lo piden las dos solemnidades, de las cuales la una abre este período y la otra le termina. El color blanco le exige el misterio de la Resurrección, que es el misterio de la luz eterna, luz sin sombras ni manchas, y que produce en aquellos que le contemplan el sentimiento de una inefable pureza y de una beatitud cada vez mayor. Pentecostés, que ya en esta vida nos da al Espíritu Santo con su fuego que abrasa, con su amor que consume, exige la expresión de un color distinto. La Santa Iglesia ha escogido el rojo para expresar el misterio del divino Paráclito manifestado en las lenguas de fuego que descendieron sobre todos los que estaban encerrados en el Cenáculo. Ya antes dijimos que apenas queda en la liturgia latina alguna huella de la antigua costumbre de no doblar la rodilla en el Tiempo pascual.
Las fiestas de los santos, que fueron suspendidas en el transcurso de la Semána Santa, lo serán también durante los ocho primeros días del Tiempo pascual; pero después vuelven a reaparecer en el Ciclo, alegres y copiosas, en torno al Sol divino. Ellas le harán cortejo en su gloriosa Ascensión; mas es tal la grandeza del misterio de Pentecostés, que, desde la vigilia de este día, de nuevo quedan suspendidas hasta la terminación completa del Tiempo pascual.
Los ritos de la Iglesia primitiva con respecto a los neófitos que fueron regenerados en la noche de Pascua, ofrecen también numerosas pinceladas del más conmovedor interés. No es éste el momento de tratar de ellos, ya que solamente se refieren a las dos octavas, la de Pascua y la de Pentecostés. Daremos su explicación a medida que se nos vayan presentando a través de la Liturgia.
CAPITULO III
PRÁCTICA DEL TIEMPO PASCUAL
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger
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LA ALEGRÍA ESPIRITUAL. — La práctica de este santo tiempo se resume en alegría espiritual que debe producir en las almas resucitadas con Jesucristo, alegría que es un anticipo de la bienaventuranza eterna, y que el cristiano debe ya desde ahora mantener en sí, buscando cada vez con más ardor la Vida que alienta a nuestro divino Jefe, y huyendo constantemente de la muerte, hija del pecado. Durante el período que ha precedido, debimos afligirnos, llorar nuestras faltas, entregarnos a la expiación, seguir a Jesucristo hasta el Calvario. La Iglesia nos incita ahora a la alegría. Ella misma ha desechado todas sus tristezas; ya no gime como la paloma; canta como la Esposa que ha hallado de nuevo al Esposo.
A fin de hacer este sentimiento de alegría pascual más universal, ella se acomoda a la flaqueza de sus hijos. Después de haberles recordado la necesidad de la expiación, concentró toda la rigidez de la penitencia cristiana en los cuarenta días que acaban de transcurrir; y después, dando libertad a nuestros cuerpos al mismo tiempo que a los sentimientos de nuestras almas, nos ha hecho llegar a una región donde todo es alegría, luz y vida, donde todo es gozo, calma, dulzura y esperanza de la inmortalidad. De este modo ha producido en las almas, aun las menos elevadas, un sentimiento análogo al que experimentan las más perfectas; de suerte, que en el concierto de las alabanzas que suben de la tierra a nuestro adorable triunfador, no hay disonancias, y, todos, fervorosos y tibios, unen sus voces con júbilo universal.
Ruperto, Abad de Deutz, el más profundo liturgista del siglo xn, expresa así esta feliz estratagema de la Santa Iglesia: «Hay, dice, hombres carnales que no saben abrir sus ojos para contemplar los bienes espirituales, a no ser a impulso de ciertos incentivos corporales que los estimulan. La Iglesia supo encontrar un medio proporcionado a su flaqueza para moverlos. Con este fin estableció el ayuno cuaresmal, que es el diezmo del año ofrendado a Dios; este espacio de tiempo no termina sino con la solemnidad de la Pascua, a la que luego siguen cincuenta días consecutivos sin un solo ayuno. Así los hombres mortifican sus cuerpos, sostenidos por la esperanza de que la fiesta de Pascua vendrá a librarlos de este yugo de penitencia; por sus anhelos se anticipan a la solemnidad; cada uno de los días de Cuaresma es para ellos como la parada del caminante; los enumeran con cuidado, convencidos de que el número decrece progresivamente, y por eso esta fiesta, deseada de todos, es amada por todos, como lo es la luz para los que caminan en las tinieblas, la fuente copiosa para los que tienen sed y la tienda levantada por el Señor mismo para el viajero fatigado».
¡Dichosos tiempos en que todo el ejército de los cristianos, como expone San Bernardo, nadie claudicaba en el deber, en que justos y pecadores caminaban unidos en la práctica de las observancias cristianas! Ahora la Pascua no produce la misma sensación en nuestra sociedad. Ciertamente la causa radica en la molicie y en la falsa conciencia, que arrastra a tantos hombres a preterir la ley de la Cuaresma, como si no existiese para ellos. De aquí proviene que tantos fieles vean llegar la Pascua como una gran fiesta, es verdad, pero apenas, se dejan impresionar por el anhelo de alegría intensa que lleva impresa la Iglesia durante estos días en toda su actitud. Pero todavía están mucho menos dispuestos para conservar y fomentar, durante un período de cincuenta días, la alegría de que participaron en corta medida, el día tan deseado por los verdaderos cristianos. No ayunaron, no guardaron la abstinencia durante la santa Cuaresma; ni siquiera la misma condescendencia de la Iglesia para con su flaqueza fué suficiente; pidieron otras dispensas; y demos gracias si no se eximieron por sí mismos y sin remordimientos de estos últimos restos del deber cristiano. ¿Qué sensación puede producir en ellos el retorno del Aleluya? No fueron purificadas sus almas por la penitencia; ¡cómo van a tener sus almas ágiles para seguir a Cristo resucitado, cuya vida es ya más del cielo que de la tierra!
Pero no desarmonicemos las intenciones de la Iglesia, entristeciéndonos con pensamientos descorazonadores; pidamos más bien al divino Resucitado que con su bondad omnipotente ilumine esas almas con los fulgores de su victoria sobre el mundo y la carne y que las levante hasta sí. Nada debe distraernos de nuestra felicidad en estos días. El mismo Rey de la gloria nos dice: «¿Acaso los hijos del Esposo pueden entristecerse mientras el Esposo está con ellos?» (S. Matth. IX, 15.) Jesús permanece aún durante cuarenta días con nosotros; ya no padecerá más, ya no morirá: estén, pues, nuestros sentimientos en armonía con su estado de gloria y de felicidad que debe perdurar siempre. Es cierto que nos dejará para ascender a la diestra de su Padre; pero desde allí nos enviará el divino Consolador que permanecerá en nosotros, para que no quedemos huérfanos. (San Juan, XIV). Sean, pues, estas palabras nuestra comida y nuestra bebida durante estos días: «Los hijos del Esposo no deben entristecerse mientras el Esposo esté con ellos.» Son la clave de toda la liturgia en estaestación; no las olvidemos ni un solo instante, y experimentaremos que, si la compunción y la penitencia de la Cuaresma nos fueron saludables, la alegría pascual no lo será menos. Jesús en cruz y Jesús resucitado es siempre el mismo Jesús; pero en este momento nos quiere en torno suyo, con su Santa Madre, con sus discípulos, con Magdalena, todos deslumhrados y extasiados por su gloria, olvidando en esas horas demasiado fugaces, las angustias de la Pasión.
EL DESEO QE LA PASCUA ETERNA. — Pero este tiempo lleno de delicias tendrá fin; sólo nos quedará el recuerdo de la gloria y de la familiaridad con nuestro Redentor. ¿Qué haremos después nosotros en este mundo cuando el que era su vida y su luz no sea ya visible? Cristiano, aspirarás a una nueva Pascua. Cada año te traerá esta dicha que supiste comprender; y de una Pascua a otra Pascua llegarás a la Pascua eterna que durará mientras Dios sea Dios, y cuyos fulgores llegarán hasta ti como un preludio de los goces que ella te reserva. Pero esto no es todo; escucha a la Santa Iglesia; ha previsto la desilusión con que puedes ser tentado y en la que puedes caer; escucha lo que ella pide para ti al Señor: «Haz que tus siervos expresen en su vida el misterio que han recibido por la fe» 1. El misterio de la Pascua no debe dejar de ser visible sobre la tierra; Jesús resucitado sube al cielo; pero deja en nosotros la impronta de su resurrección; y la debemos conservar hasta que retorne.
VIDA NUEVA EN CRISTO. — Y en efecto, ¿por qué esta divina impronta no ha de permanecer en nosotros, sabiendo, como sabemos, que todos los misterios de nuestro Jefe nos son comunes con él? Después de su venida en carne mortal, no dió ni un solo paso sin nosotros. Si nació en Belén, nosotros nacimos con él; si fué crucificado en Jerusalén, nuestro viejo hombre, según la doctrina de San Pablo, estuvo unido a la cruz con él; si fué sepultado, nosotros lo fuimos con él: de aquí se sigue que, si resucita de entre los muertos, nosotros también debemos caminar en una nueva vida. (Rom., VI, 6-8).
Así, pues, «Jesucristo, resucitado de entre los muertos, añade el mismo Apóstol, no muere ya otra vez; la muerte na tiene ya dominio sobre él; porque muriendo, murió al pecado una vez para siempre; pero viviendo, vive para Dios». (Ibíd., 9-10.) Nosotros somos sus propios miembros: su suerte debe ser la nuestra. Morir de nuevo por el pecado será renunciar a él, separarnos de él, hacer para nosotros inútil esta muerte y esta resurrección que compartimos con él. Velemos, pues, para mantenernos en esta vida que no es nuestra, pero que nos pertenece como propia; porque quien la conquistó a la muerte, nos la dió con todo lo que es suyo. Pecadores que habéis recuperado la vida de la gracia en la solemnidad pascual, no volváis a morir; haced obras de vida resucitada. Vosotros, justos, a quienes ha reanimado el misterio pascual, dad muestras de una vida más abundante en vuestros sentimientos y en vuestras obras. De este modo todos caminaréis en la vida nueva que nos recomienda el Apóstol.
No explicaremos aquí las maravillas del misterio de la Resurrección de Jesucristo; irán aflorando por sí mismas en nuestro sencillo comentario, y pondrán en mayor evidencia el deber de imitación impuesto al flel con respecto a su divino Jefe, al mismo tiempo que nos ayudarán a comprender la magnificencia y la amplitud de la obra capital del Hombre-Dios. Es ahora en el Tiempo pascual, con sus tres magnas manifestaciones del amor y del poder divinos, Resurrección, Ascensión, venida del Espíritu Santo; es ahora ^cuando la Redención llega a su punto culminante. En el orden de los tiempos, todo ha servido para preparar este final, desde la promesa que el Señor irritado y misericordioso hizo a nuestros primeros padres después que pecaron; y en el orden de la liturgia, desde las semanas de espera del Adviento; he aquí que hemos llegado al término, y Dios se nos muestra con un poder y una sabiduría que sobrepasa infinitamente todo lo que nosotros podemos vislumbrar. Los mismos espíritus celestes se sobrecogen de admiración y de pavor; lo canta la Iglesia en uno de los himnos del Tiempo pascual: «Los Angeles, dice, están enmudecidos de terror al ver el cambio que se opera en el estado de la naturaleza humana. La carne pecó, y la carne es quien la purifica; un Dios viene para reinar, y la carne se une en él a la divinidad».
Además el Tiempo pascual pertenece a la Vida iluminativa; forma él su parte más elevada; porque no manifiesta solamente, como los tiempos que le han precedido, los abatimientos y padecimientos del Hombre-Dios. Nos le muestra en toda su gloria; nos le hace ver expresando en su humanidad el último grado de la transformación de la criatura en Dios. La venida del Espíritu Santo asocia también sus esplendores a esta iluminación; ella revela al alma las relaciones que deben unirla con la tercera de las divinas Personas. Así se manifiesta el camino y el progreso del alma fiel, que, habiendo llegado a ser objeto de la adopción del Padre celestial, es iniciada en esta feliz vocación por las lecciones y los ejemplos del Verbo encarnado, y consumada por la visita y la inhabitación del Espíritu Santo. Este es el origen de todo el conjunto de ejercicios que la conducen a la imitación de su divino modelo, y la preparan a la unión a que es invitada por aquel que «ha dado a todos los que le recibieron, el poder de llegar a ser hijos de Dios, por un nacimiento que no es de la carne, ni de la sangre, sino de Dios mismo.» (San Juan, 1, 12, 13).

