Lógica General 19/19. Del silogismo sofístico.
Artículo VI
Del silogismo sofístico
Aunque las palabras sofisma y falacia suelen usarse indistintamente por los lógicos, se diferencian, sin embargo, en rigor metafísico; porque la segunda incluye el ánimo o intención de hacer abrazar una cosa falsa, mientras que el sofisma es un vicio de la argumentación en virtud del cual ésta concluye falsamente. [111]
La forma, la dicción, las cosas, son las tres fuentes de donde pueden nacer los sofismas: ex forma, ex dictione, ex rebus. Omitiendo los relativos a la forma, como incluidos en las reglas del silogismo, trataremos con brevedad de los restantes.
A) Los sofismas principales ex dictione son:
a) Equivocación, llamada por los griegos homonymia, y es la significación diversa de un mismo nombre. Esta diversidad de significación puede verificarse: 1º porque el nombre significa varias cosas diferentes, como perro respecto del animal doméstico, y de la constelación así denominada: 2º cuando tiene dos significados uno propio y otro metafórico: 3º cuando significa una cosa directamente y otra indirectamente y en virtud de cierta relación con la significación directa, como sucede en la palabra peccatum, tomada por san Pablo por la hostia ofrecida por el pecado, cuando escribe de Cristo: Qui non noverat peccatum, pro nobis pecatum fecit.
b) La anfibología es como una equivocación de toda la oración, según que ésta puede significar cosas diferentes, aunque cada palabra de por sí tenga significación determinada. Sabido es el ejemplo que cita Cicerón: Ajo te AEacida, Romanos vincere posse.
c) Sentido compuesto y diviso, o sea transito a sensu composito ad divisum vel e contra. Ejemplo: el que está sentado no puede andar; es así que Pedro está sentado: luego no puede andar.
d) De accento se dice el sofisma cuando se cambia la significación del término cambiando el acento, como si en una premisa se pone occido largo y en otra breve.
e) El sofisma de figura de dicción consiste en tomar una dicción simple o compuesta en sentido diverso de aquel en que se anuncia, como cuando los judíos entendieron del templo de Jerusalén, lo que Jesucristo dijo de su cuerpo: Solvite templum hoc, et in tribus diebus excitabo illud.
B) Los principales sofismas ex rebus o, como algunos lo llaman, de pensamiento, son:
a) De accidente: cuando se hace tránsito de lo que conviene accidentalmente a la cosa, o lo que le conviene [112] esencialmente, o viceversa, v. gr.: el hombre es especie; es así que Pedro es hombre: luego es especie.
b) A simpliciter ad secundum quid vel e converso: cuando de un predicado que conviene simpliciter al sujeto, se deduce otro que solo le conviene secundum quid, o viceversa, y también cuando se pasa del sentido hipotético al absoluto. Ejemplo del primero: el etíope es negro: luego no es blanco en cuanto a los dientes. Ejemplo del segundo: si el pecador no hace penitencia perecerá; es así que Pedro es pecador: luego perecerá.
c) Ignorancia del elenco: tiene lugar en dos modos: 1º cuando se presentan como contradictorias cosas que no lo son realmente, v. gr.: Dios es impasible, es así que Cristo padeció: luego no es Dios: 2º cuando no se prueba la tesis que se debiera probar, sino otra que tiene relación con ella, como si para probar que el calor no es una realidad objetiva o fuera de nosotros, arguyera alguno con los cartesianos: «El calor no lo sienten más que los cuerpos dotados de sensibilidad; es así que los cuerpos calientes no tienen sensibilidad: luego el calor no está en los objetos, sino en el alma que lo experimenta».
d) Petitio principii: puede suceder de tres modos: 1º si se toma como medio para la prueba, la misma tesis que se trata de probar, aunque sea modificando algo los términos materiales: 2º si se toma como per se nota la proposición que no lo es realmente: 3º si se toma para probar una proposición otra tan desconocida y dudosa como la que se trata de probar con ella. Si la petición de principio tiene lugar probando dos proposiciones la una por la otra recíprocamente, como si alguno probara que Platón fue discípulo de Sócrates, porque Sócrates fue maestro de Platón, entonces recibe el nombre de círculo vicioso.
e) Consecuentis: tiene lugar cuando se arguye como si hubiera reciprocidad o ilación entre cosas que realmente no la tienen, como cuando en el silogismo condicional se pasa de la negación del antecedente a la negación del consiguiente, diciendo: Si Pedro corre, se mueve; es así que no corre: luego no se mueve. [113]
f) Non causae ut causae: cuando un efecto se supone proceder de una causa de la cual no procede en realidad. Ejemplo: algunos sacerdotes católicos son inmorales: luego el catolicismo induce a inmoralidad. Las pasiones y no el catolicismo son causa de que algunos sacerdotes tengan costumbres relajadas. Este sofisma, así como la petición de principio, se presentan con bastante frecuencia en libros y conversaciones, como reconocerá un observador atento.
g) Interrogationis: cuando se mezclan y confunden varias preguntas diferentes y hasta contrarias para deducir alguna cosa falsa o absurda, de la respuesta relativa a alguna de las preguntas.
Escolio
Casi todos los sofismas lo son porque constituyen un silogismo compuesto de cuatro términos, según es fácil observar en la equivocación, sentido compuesto y diviso, accidente, &c. Exceptúase la petición de principio que contiene sólo dos términos. De aquí podemos inferir que los sofismas, bien sean ex forma, o ex dictione, o ex rebus, en tanto son sofismas, en cuanto que faltan contra la primera regla del silogismo, o por exceso, o por defecto.
Lógica General 18/19. Del silogismo probable.
Artículo V
Del silogismo probable
Así como la demostración es causa de la ciencia, así el silogismo probable, que es aquel cuyas premisas, o todas, o parte de ellas no son ciertas y evidentes, produce la opinión o asenso opinativo. De manera que la opinión viene a ser: el asenso del entendimiento a alguna cosa como verdadera, pero con temor de lo contrario. Este asenso y el temor que lo acompaña admite diferentes grados en relación con las razones o fundamentos que determinan el asenso, puesto que cuanto mayor sea el peso de éstas razones y fundamentos, más firme y estable será el asenso que resulte, y menor el temor de la [107] parte opuesta. La opinión, por lo tanto, puede concebirse como ocupando el espacio o distancia que media entre la duda y la certeza acerca de una cosa, acercándose más o menos a dichos extremos, según la condición de los fundamentos en que estriba, de donde resultan los varios grados de probabilidad en las opiniones.
Cuando la probabilidad relativa a una proposición estriba en el testimonio y autoridad de otros que afirman la verdad o probabilidad de la misma, se llama probabilidad extrínseca: cuando por el contrario damos asenso probable a una proposición en virtud de las razones que en su favor se alegan, o de las que nosotros descubrimos, se dice que hay probabilidad intrínseca: si se reúnen las dos clases de fundamentos, habrá probabilidad mixta. Es muy difícil determinar y medir los grados de probabilidad, especialmente cuando se trata de la extrínseca; sin embargo, expondremos más adelante algunas reglas con el objeto de facilitar este discernimiento.
Los lógicos suelen señalar algunos lugares comunes, de los cuales se pueden sacar medios y argumentos, a lo menos probables, para establecer o probar alguna proposición: y digo a lo menos probables, porque algunos de ellos pueden suministrar medios demostrativos. Éstos lugares se llaman tópicos por la razón indicada, y pueden reducirse a diez, que son:
a) A causis: cuando el efecto o alguna cosa perteneciente al mismo se prueba por sus causas, bien sean internas, como la formal y materia, bien sean externas, como la eficiente, la final y la ejemplar.
b) Ab effectu: cuando la causa de una cosa o algo perteneciente a aquella se prueba por el efecto. Hay algunos axiomas o principios que sirven de fundamento a los argumentos que se sacan de estos dos lugares; tales son entre otros: si hay efecto hay causa. Puesta la causa necesaria y total, se pone el efecto. Lo que es causa de la causa es causa de lo causado. Quitada la causa se quita el efecto. Pero nótese que en nuestro juicio algunos de estos principios, ni son axiomas, [108] ni siquiera verdaderos, a no ser que se tomen en sentido determinado y concreto. Así, por ejemplo, Dios, aunque es causa de la voluntad humana, no es causa del pecado que de la misma procede, y bajo este punto de vista no se verifica en sentido universal y absoluto la afirmación: quod es causa causae, est causa causati. Así también, aunque perezca el padre no perece por eso el hijo, ni por consiguiente se verifica que sublata causa tollitur effectus, axioma que sólo es verdadero: 1º si se entiende en el sentido de que la existencia del efecto presupone necesariamente la preexistencia de la causa: 2º Si se trata de aquellos efectos que dependen de alguna causa, no sólo en cuanto a recibir la existencia, sino en cuanto a su conservación.
c) A subjecto: cuando se prueba algo relativamente a las propiedades, o accidentes, por la condición del sujeto en que existen.
d) A definitione: cuando nos servimos de la definición del predicado o del sujeto para probar su conexión o repugnancia. Ésto debe entenderse de las definiciones accidentales, o de las descriptivas imperfectas, o incompletas, porque si se trata de definiciones esenciales, y aun de las descriptivas completas, suministran medio o argumento demostrativo. Hay algunos axiomas relativos a este medio, como son: Lo que conviene al género, conviene a la especie. Quitado el género, se quita la especie. Lo que se afirma o niega de la definición se afirma o niega del definido. Al que conviene la definición conviene el definido.
e) A divisione: cuando tomando por medio el todo probamos algo acerca de sus partes, o inferimos el todo de la enumeración de sus partes; o inferimos alguna parte de la exclusión o negación de las demás. Tiene como axiomas: Si existe el todo existe la parte. Si una cosa está en la parte, está en el todo. Excluidas o negadas todas las partes de una cosa, se excluye también el todo. Excluidas o negadas todas las partes de una cosa, se excluye también el todo. Excluidas las demás partes vale la consecuencia con respecto a la única que resta.
f) A contrariis: cuando de la afirmación o negación de un contrario inferimos algo acerca de otro, v. gr. La virtud es [109] digna de alabanza: luego el vicio merece vituperio. La contrariedad no se toma aquí en sentido riguroso, sino por cualquier género de oposición.
g) Ad adjunctis: cuando se toma argumento para probar alguna cosa, de la familia, lugar, tiempo, personas u otras circunstancias y condiciones de la misma.
h) A simili: cuando nos servimos de la semejanza o analogía para probar algo. La inmoralidad hizo perecer la república romana: luego también perecerán las nacionalidades que a ella se entreguen.
j) Ab auctoritate: cuando se prueba alguna cosa por el testimonio de los peritos en aquella materia. Sin perjuicio de lo que sobre la materia diremos después, el conveniente uso de este lugar, exige que se tenga presente: 1º si el autor que se alega es tenido por competente en aquella materia: 2º si ha examinado la cosa por sí mismo, o si solo se refiere al parecer o dicho de otros: 3º si ha examinado la cuestión ex profeso y detenidamente, o sólo por incidencia y ligeramente: 4º si se ha dejado llevar de preocupaciones, afectos o pasiones sobre la materia, lo cual puede conjeturarse teniendo en cuanta el carácter, profesión, costumbres, vida y demás condiciones del autor.
Corolarios
1º Luego es absurda e insostenible la opinión de Genovesi y otros que dicen que la probabilidad es uno de los grados de certeza. Ésta incluye en su concepto asenso firme, y la probabilidad excluye ésta firmeza, yendo acompañada de temor de que sea verdadera la parte contraria.
2º Luego la probabilidad y consiguientemente las opiniones están sujetas a mutación, si no in se, a lo menos quoad nos. La misma experiencia nos manifiesta que lo que antes nos parecía más probable, o viceversa, deja de serlo para nosotros, en virtud de nuevas razones o fundamentos que se nos presentan en pro o en contra. [110]
Escolio
La autoridad, que ocupa el último lugar en Filosofía, ocupa el primero y principal en la Teología; porque ésta, aunque hace uso de la razón y de las ciencias puramente naturales, tiene por materia principal las verdades reveladas que le sirven también de primeros principios para sus procedimientos racionales y científicos. En las ciencias filosóficas y naturales, cuyo objeto y cuyas verdades no son superiores a la razón humana, el raciocinio, la experiencia y la observación son los medios connaturales; y por lo mismo referentes para su constitución, demostraciones y desarrollo científico. Sin embargo, aunque en éstas ciencias, la razón debe ser preferida a la autoridad, debe concederse no poca importancia y peso a ésta: 1º porque los ingenios ordinarios y medianos no penetran la fuerza y peso de las razones alegadas por los autores: 2º porque cuando se trata de ciencias o de materias que nos son poco conocidas, exige la misma razón que tomemos en cuanta las palabras y sentencias de los sabios con respecto a aquellas materias. En resumen: la autoridad debe posponerse a la razón en las ciencias filosóficas, físicas y naturales, pero al propio tiempo la razón debe combinarse con la autoridad, la cual sirve en ocasiones para impedir los extravíos de la imaginación, y comunica a la razón cierta sobriedad en el juzgar.
EL P. MÉRAMO ESTÁ EQUIVOCADO Y ESTÁ HACIENDO UN DAÑO GIGANTESCO. POR EL P. ALTAMIRA
RESPUESTA DEL BUEN PADRE ALTAMIRA A MÉRAMO
EL PADRE BASILIO MÉRAMO ESTÁ EQUIVOCADO
» El Padre Basilio está equivocado, y él no cesa, ni —creemos- cesará, de hacer un daño gigantesco, daño en general, daño a mí mismo, y mucho más daño aun es el que hace al Padre Pío, y lo hace «gratis», porque no tiene razón». […] Lo cual parce algo diabólico y satánico
Hace unos 10 días vino a verme alguien muy cercano al Padre Basilio Méramo para hablar conmigo con motivo de las acusaciones que está lanzando el padre con motivo y «contra» la reciente ordenación sacerdotal del Padre Pío Vázquez, de manos de Monseñor Andrés Morello, todo ello en relación a la línea de sucesión apostólica proveniente de Mons. Thuc. Esta persona concluyó que el Padre Altamira tenía razón y que el Padre Basilio estaba equivocado. Iras del Padre Basilio por este motivo, pocos días después él ha dicho públicamente contra uno de mis argumentos en la charla con esa persona, que es lo que pondremos más abajo.
Hablando ahora en general, este tema sobre Mons. Thuc es muy viejo: Comenzó a discutirse en la década de los 80′, siguió durante los 90′, y ya mucho se ha dicho. Se puede decir que nada nuevo se aporta, y que se repiten básicamente los mismos argumentos que comenzaron a esgrimirse desde entonces, ¡y ya han pasado 35 años! (si es que hemos hecho bien el cálculo).
Para poder mostrar cómo se resuelve el tema en cuanto a la validez de las consagraciones episcopales realizadas por Mons. Thuc, el pasado año 2017, he entregado a nuestros fieles dos trabajos. El primero fue entregado en mayo del año pasado, cuyo nombre es «Consagraciones Episcopales». El segundo, más breve, pero más específico en cuanto a los problemas actuales, «Objeción a las Consagraciones Episcopales de Monseñor Thuc», fue entregado en diciembre del año pasado. En este último, entre los argumentos que hay allí y que charlábamos con esa persona, yo comparo la acusación que existe contra nuestro querido fundador Mons. Lefebvre, con las acusaciones que existen contra Mons. Thuc, no porque dichas acusaciones sean las mismas, sino porque la solución (desarrollo) que da la Teología frente a estos problemas es exactamente la misma y se da en total paralelo.
¿Y qué es lo que dijo el Padre Basilio? «¡Cómo va a comparar el Padre Altamira un loco [refiriéndose a Mons. Thuc] con un masón [refiriéndose a quien hizo sacerdote y después obispo a Mons. Lefebvre]!». Respondemos: Falso; y decir algo así es una deshonestidad. Es el Padre Basilio el que llama «loco» a Mons. Thuc, y no lo prueba. «El Padre Altamira» compara: 1) Un acusado de acciones graves en lo referido a los sacramentos y otros —ver abajo-: i.e. Mons. Thuc, con 2) un acusado de acciones graves en lo referido a la Masonería: i.e. Mons. Lienart, que es quien hizo sacerdote y después obispo a nuestro fundador; y esto que yo hago allí no es/o mismo que aquello que dice el Padre Basilio Méramo.
Veamos un poco más las dos acusaciones:
La acusación que existe contra Mons. Lefebvre es que —como decíamos recién- Mons. Lienart, quien lo hizo sacerdote y después obispo, era «masón», y como la Masonería es enemiga de la Iglesia Católica, «obviamente —dicen algunos- que un masón va a querer hacer inválidas esas ceremonias para perjudicar a la Iglesia, y por lo tanto hay por lo menos dudas en cuanto a la validez del sacerdocio y del obispado de Mons. Lefebvre, y todas las consecuencias que de allí se siguen con los sacerdotes y obispos derivados de él» [aclaremos que el momento que interesa es el del sacerdocio de Mons. Lefebvre, pues al momento de ser obispo había otros dos co-consagrantes].
La acusación que existe contra Mons. Thuc es por haber dado «el sacramento del orden» (sacerdocio, episcopado) a candidatos indignos y a herejes de los «Viejos Católicos»; el haber creído en apariciones; el haber celebrado la misa moderna; y el haber pedido perdón ante la llamada Iglesia Moderna. Todas acciones muy graves y que nadie puede aprobar; pero el punto aquí no es la gravedad de dichas acciones, sino si, desde allí, se puede plantear una duda positiva en cuanto a la validez por el estado de las facultades mentales de este obispo.
Las acciones graves de un sacerdote o de un obispo, de por sí, no son lo mismo que la invalidez o la duda en cuanto a los Sacramentos que administra. Un pecado mortal de un sacerdote (que evidentemente es gravísimo y no se puede aprobar) no invalida per se la administración de los Sacramentos; inclusive la herejía (tal vez el máximo pecado mortal) no invalida de por sí (per se) los Sacramentos: Se puede dar como ejemplo el caso de los herejes Ordodoxos Rusos, los cuales son herejes sin duda, y a pesar de eso tienen los Siete Sacramentos válidos (U!). Estas cosas son muy básicas en Teología, es el ABC de los Sacramentos, y todos los sacerdotes las sabemos, o deberíamos saberlo; sin embargo, ellas pueden impresionar al feligrés laico, pues él no tiene formación en estos temas.
En diciembre pasado, con motivo del trabajo arriba reseñado, «Objeción a las Consagraciones Episcopales de Monseñor Thuc» [ ver aquí], discutimos personalmente con el Padre Basilio Méramo en su propio apartamento. Recuerdo casi literalmente lo que él me dijo: «Bien su defensa sobre Mons. Lefebvre por «la Masonería de Mons. Lienart», pero no se aplica para Mons. Thuc, porque Mons. Thuc estaba loco». Yo le respondí: «No, padre. Usted infiere que Mons. Thuc estaba loco, pero usted tiene que probar que él estaba loco». Mas el padre tiene una especie de cerrazón u obsesión con el tema, y nadie le puede hacer salir de «la locura de Mons. Thuc», lo cual parece —devolviendo las palabras que él usó en mi contra- algo «diabólico, satánico». Remarcamos: Las puras acciones malas, ut sic (en sí y en cuanto tales), no son prueba de locura, sino de lo que ellas son: Acciones malas. Aunque, repetimos, nadie puede aprobarlas.
En cuanto a los dos presupuestos, Masonería y las acciones graves ut supra: Hablando sobre Mons. Lefebvre, yo le decía al padre que no he visto que las pruebas de «la Masonería de Mons. Lienart» sean claras y fehacientes, a lo que el Padre Basilio respondió que era un hecho que Mons. Lienart era masón. Hablando del otro caso, también existen dudas sobre la verdad de varias de las acusaciones contra Mons. Thuc (por ejemplo: en el tema de algunos herejes «Viejos Católicos») [ aquí sobre las calumnias a mons. Thuc]. Pero los sacerdotes debemos ser capaces de explicar qué ocurre «en el peor escenario». Por eso, yo manifestaba en el trabajo que acabamos de mencionar («Objeción a las Consagraciones Episcopales de Mons. Thuc») que yo no iba a entrar a ver y a analizar si en todos los casos acusados están las pruebas, y creemos que ellas no están en todos los casos, pero que -decía en dicho texto- a ello lo daríamos «como algo dado», y a partir de allí explicaríamos, según la Teología, qué es lo que ocurre y cómo se resuelve. La duda puramente hipotética, por la posibilidad (hipótesis) de que Mons. Thuc estuviera loco, o por la posibilidad (hipótesis) de que «el masón» Mons. Lienart hubiera hecho inválida la ordenación de Mons. Lefebvre, genera cuanto mucho una duda que en teología se llama «negativa»; mas para privarse de recibir sacramentos o para no recurrir a un determinado sacerdote u obispo, debe haber duda POSITIVA, es decir, la basada en pruebas y no en la pura posibilidad o conjetura o hipótesis. «Pero cómo no va haber la duda y la posibilidad de que un masón —Mons. Lienart- haga algo inválido, si los masones odian a la Iglesia Católica. Pero cómo no va a haber la duda y la posibilidad de que Mons. Thuc estuviera loco al hacer esas acciones tan graves»; respondemos: Claro que cabe la posibilidad (la hipótesis) de que un masón haga algo inválido; claro que cabe la posibilidad (la hipótesis) de que alguien haga acciones malas por estar loco; pero eso, en ambos casos, debe ser probado (prueba positiva) y no solamente argüido, pues el solo hecho de la Masonería no es suficiente para argumentar la duda positiva, y el solo hecho de las acciones graves no es suficiente para argumentar la duda positiva por locura, en ambos casos hay que agregar otros principios probatorios (ver este desarrollo en el texto del trabajo reseñado).
Y esto es lo que he explicado en el mencionado texto con algo más de detalle y junto a otros argumentos.
Vean allí, y lean entonces dicho trabajo, en el cual creemos que está bien claramente explicado todo este asunto. El Padre Basilio está equivocado, y él no cesa, ni —creemos- cesará, de hacer un daño gigantesco, daño en general, daño a mí mismo, y mucho más daño aun es el que hace al Padre Pío, y lo hace «gratis», porque no tiene razón.
Enviamos nuevamente el trabajo aludido junto con estas palabras.
Saludamos a todos en María Santísima. Padre Fernando Altamira (Bogotá, 29 de abril de 2018)
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OTROS ARTÍCULOS RELACIONADOS CON EL TEMADE DISTINTOS AUTORES.
La validez de las consagraciones de mons. Thuc. P. Anthony Cekada
Contra flatus vocis, del P. Altamiora .[ La teología católica de la que Méramo carece].
Calumnia que algo queda. Varios [ Las alumnias levantadas por los lefebvrianos contra Mon. Thuc descubiertas]
Objeciones al artículo del P. Basilio Méramo sobre Mons. Thuc, del Profesor David Martínez
CUARTO DOMINGO DESPUES DE PASCUA
CUARTO DOMINGO DESPUES DE PASCUA
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger

LA INSTITUCIÓN DE LOS SACRAMENTOS. — Hemos visto a Jesús constituir su Iglesia y poner en manos de los apóstoles el depósito de verdades que serán objeto de nuestra fe. Hay otra obra no menos importante para el mundo, en la que pone sus cuidados durante este último período de su permanencia sobre la tierra: es la institución definitiva de los Sacramentos. No basta creer; es necesario también que nos santifiquemos es decir nos hagamos conformes a la santidad de Dios; es necesario que la gracia, fruto de la redención, descienda a nosotros, se incorpore a nosotros, para que llegando a ser los miembros vivos de nuestro divino Jefe, podamos ser coherederos de su reino. Así pues, por medio de los sacramentos Jesús obrará en nosotros esta maravilla de la justificación, aplicándonos los méritos de su Encarnación y de su Sacrificio por los medios que El ha decretado en su poder y en su sabiduría.
FUENTES Y CANALES DE LA GRACIA. — Como soberano señor de la gracia es libre de determinar las fuentes por las que la hará descender sobre nosotros; a nosotros nos toca conformarnos a su voluntad. Cada uno de los Sacramentos será, pues, una ley de su religión, de manera que el hombre no podrá pretender recibir los efectos que el Sacramento está destinado a producir si desdeña o retarda cumplir las condiciones según las cuales opera. Admirable economía que concilla en un mismo acto, la humilde sumisión del hombre con la más pródiga largueza de la munificencia divina.
Hemos mostrado hace algunos días, cómo la Iglesia, sociedad espiritual era al mismo tiempo una sociedad visible y exterior, ya que el hombre a la que está destinada está compuesto de cuerpo y alma. Jesús, al instituir sus Sacramentos, asigna a cada uno su rito esencial; y este rito es exterior y sensible. El Verbo, al tomar carne, ha hecho de ella, en su Pasión sobre la cruz, el instrumento de nuestra salvación: por la sangre de sus venas nos ha rescatado; prosiguiendo este plan toma los elementos de la naturaleza física como auxiliares en la obra de nuestra justificación. Los eleva al estado sobrenatural y les hace conductores fieles y omnipotentes de su gracia hasta lo más íntimo de nuestras almas. De este modo se aplicará hasta sus últimas consecuencias el misterio de la Encarnación, que ha tenido como fin elevarnos, por las cosas visibles, al conocimiento y a la posesión de las invisibles. De este modo es quebrantado el orgullo de Satanás, que despreciaba la criatura humana, porque el elemento material se unía en ella a la grandeza espiritual, y que rehusó para su eterna desdicha, doblar la rodilla ante el Verbo hecho carne.
Al mismo tiempo, los sacramentos, siendo signos sensibles, formaron un nuevo lazo entre los miembros de la Iglesia ya unidos entre sí por la sumisión a Pedro y a los Pastores que él envía, y por la confesión de una misma fe. El Espíritu Santo nos dice en las Santas Escrituras que «el lazo triple difícilmente se rompe'»; por tanto así es este que nos liga a la gloriosa unidad de la Iglesia: Jerarquía, Dogma y Sacramentos, todo contribuye a hacer de nosotros un solo cuerpo. Del septentrión al mediodía, de oriente a occidente, los Sacramentos proclaman la fraternidad de los cristianos; son en todos los lugares su señal de reconocimiento y el distintivo que les designa a los ojos de los infieles. Por este fin estos Sacramentos son idénticos para todas las razas bautizadas, cualquiera que sea la variedad de fórmulas litúrgicas que acompañan su administración; por doquier el fondo es el mismo y se produce la misma gracia bajo los mismos signos esenciales.
EL SEPTENARIO SAGRADO. — Jesús resucitado escoge siete para el número de sus sacramentos. Sabiduría eterna del Padre, nos revela en el Antiguo Testamento, que se construirá una casa, que es la Santa Iglesia, y añade que la cimentará sobre siete columnas. Esta Iglesia la simboliza ya en el tabernáculo de Moisés y ordena que un candelabro de siete brazos cargados de flores y de frutos, ilumine día y noche el Santuario. Si arrebata al cielo en éxtasis a su discípulo amado es para mostrarse a él rodeado de siete candelabros y teniendo siete estrellas en su mano. ¡Si se manifiesta con las apariencias de Cordero vencedor, este Cordero tiene siete cuernos, símbolo de su fuerza, y siete ojos que indican la amplitud infinita de su cienciaCerca de él está el libro que contiene los destinos del género humano, y este libro está sellado con siete sellos que el Cordero sólo puede levantar. Ante el trono de la Majestad divina el discípulo ve siete Espíritus bienaventurados resplandecientes como siete lámparas6, atentos a las menores órdenes de Dios, y prestos a llevar su palabra hasta los últimos límites de la creación.
LOS SIETE PECADOS CAPITALES. — Si ahora nos volvemos hacia el reino de las tinieblas vemos al espíritu del mal ocupado en remedar la obra divina y usurpando el número siete para mancillarle consagrándole al mal. Siete pecados capitales son el instrumento de su victoria sobre el hombre; y el Señor nos ha advertido que cuando Satanás en su furor se lance sobre un alma, toma con él siete espíritus de los más perversos del abismo. Sabemos que Magdalena, afortunada pecadora, no recobró la vida del alma sino después que el Salvador hubo expulsado de ella siete demonios. Esta provocación del espíritu del orgullo forzará a la cólera divina, cuando caiga sobre el mundo pecador, a imprimir el número siete hasta sus justicias. San Juan nos enseña que siete trompetas, tocadas por siete Angeles, anunciarán las convulsiones sucesivas de la raza humana y que otros siete Angeles verterán sucesivamente sobre la tierra pecadora siete copas colmadas de la cólera de Dios.
Nosotros, pues, que queremos ser salvos y gozar de la gracia en este mundo y en la otra de la visión de nuestro Maestro resucitado, acojamos con respeto y reconocimiento el Septenario misericordioso de sus Sacramentos. En este número sagrado ha sabido encerrar todas las formas de su gracia. Sea que él vele en su bondad para hacernos pasar de la muerte a la vida, por el bautismo y la penitencia; sea que se aplique a sostener en nosotros la vida sobrenatural y a consolarnos en nuestras pruebas, por la Confirmación, la Eucaristía y la Extrema-Unción; sea en fin que provea al ministerio de su Iglesia y a su propagación por el Orden y el Matrimonio: no se encontrará una necesidad del alma, una indigencia de la sociedad cristiana, que no haya llenado por medio de las siete fuentes de la regeneración y de la vida que tiene abiertas para nosotros y que no cesa de hacer correr sobre nuestras almas.
Los siete sacramentos bastan para todo; uno solo que faltase, la armonía se destruiría. Las Iglesias de Oriente, separadas de la unidad católica después de tantos siglos, confiesan con nosotros el septenario sacramental; y el protestantismo, al poner sobre este número su mano pecadora, ha demostrado con esto, como en todas sus otras reformas pretendidas, que le falta el sentido cristiano. No nos admiremos; la teoría de los sacramentos se impone en toda su totalidad a la fe; primeramente, la humilde sumisión del fiel debe acogerla como dimanando del soberano Maestro; cuando ella se aplica al alma, su magnificencia y su eficacidad divina se revelan, entonces nosotros comprendemos, porque hemos creído. Credite et intellígetis.
EL BAUTISMO. — Hoy, consagramos nuestra admiración y nuestro reconocimiento al primero de los Sacramentos, al bautismo. El tiempo pascual nos le presenta en toda su gloria. Le hemos visto en el Sábado Santo, colmando los votos del feliz catecúmeno y alumbrando para la patria celestial a pueblos enteros. Pero este misterio había tenido su preparación.. En la fiesta de Epifanía adoramos a Emmanuel descendiendo sobre las aguas del Jordán y comunicando al elemento por el contacto de su carne, la virtud de purificar todas las máculas del alma. El Espíritu Santo viene a descansar sobre la cabeza del Hombre- Dios y a fecundar con su influjo divino el elemento regenerador, mientras que la voz del Padre celestial resonaba en la nube, anunciando la adopción que él se dignaría hacer de los bautizados, en, su Hijo Jesús, objeto de su eterna complacencia.
Durante su vida mortal, el Redentor se explica ya delante de un doctor de la ley sobre sus misteriosas intenciones: «Aquel—dice—-que no fuere regenerado en el agua y en el Espíritu Santo no podrá entrar en el reino de Dios'». Según su costumbre casi constante, anuncia lo que debe hacer en el futuro, pero todavía no lo cumple; nosotros solamente sabemos que no habiendo sido puro nuestro primer nacimiento, El nos prepara uno segundo que será santo y del que el agua será el instrumento.
Pero en estos días ha llegado el momento en el que va a declarar el poder que ha dado a las aguas de producir la adopción proyectada por el Padre. Dirigiéndose a sus Apóstoles les dice con la majestad de un rey que promulga la ley fundamental de su imperio: «Id, enseñad a todas las naciones; bautizadlas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo'». La salvación por las aguas, con la invocación de la Santísima Trinidad, tal es el beneficio capital que anuncia al mundo; porque dice también: «El que creyere y fuere bautizado se salvará»2. Revelación llena de misericordia para con la raza humana; inauguración de los sacramentos por la declaración del primero, de aquel que según la expresión de los Padres, es la puerta de todos los demás.
Saludemos con amor, este augusto misterio nosotros que le debemos la vida de nuestras almas, con el sello eterno y misterioso que hace de nosotros los miembros de Jesús. San Luis, bautizado en la desconocida pila de Poissy, se complacía en firmar Luis de Poissy, considerando la fuente bautismal como una madre que la había engendrado a la vida celestial, y olvidando su origen real para no acordarse más que 1 S. Mateo, XXVIII, 19. 2 S. Marcos, XVI, 16. Nuestros sentimientos deben ser los mismos que los de este santo rey.
Pero admiremos la condescendencia de Jesús resucitado, cuando instituyó el más indispensable de los sacramentos. La materia que escogió es la más común; la más fácil de encontrar. El pan, el vino, el aceite de oliva, no se encuentran siempre en todas las partes de la tierra; el agua corre por doquier; la providencia de Dios la ha multiplicado bajo todas las formas, para que el día señalado, la fuente de regeneración estuviese al alcance en todas partes para el hombre pecador.
Sus demás Sacramentos el Salvador se los ha confiado al sacerdocio, el cual sólo tiene poder para administrarlos; no ocurre lo mismo con el bautismo. Todo fiel puede ser el ministro sin distinción de sexo ni de condición. Más aún, todo hombre, aunque no sea miembro de la Iglesia cristiana, puede conferir a su semejante, por medio del agua y la invocación de la Santa Trinidad, la gracia bautismal que no posee él con la única condición, de querer cumplir seriamente en este acto lo que hace la Iglesia, cuando ella administra el sacramento del Bautismo.
Y más aún. Puede faltar este ministro del sacramento al hombre que va a morir; la eternidad se va a abrir para él sin que la mano de otro se levante para derramar sobre su cabeza el agua purificadora; el autor divino de la regeneración de las almas no le abandona en este momento supremo. Que rinda homenaje al santo Bautismo, que le desee con todo el ardor de su alma, que entre en los sentimientos de una compunción sincera y de un verdadero amor; después si muere: la puerta del cielo se le ha abierto por el bautismo de deseo.
Pero el niño que aún no tiene uso de razón y que la muerte va a segar en algunas horas ¿ha quedado olvidado en esta munificencia general? Jesús ha dicho: «Aquel que creyere y fuere bautizado se salvará, entonces ¿cómo obtendrá la salvación este ser débil que va a extinguirse, cargado con la falta original e incapaz de la fe? Tranquilizaos. El poder del bautismo se extiende hasta él. La fe de la Iglesia—que le quiere por hijo—le va a ser imputada; que se derrame el agua sobre su cabeza en nombre de las tres divinas personas, y será cristiano para siempre. Bautizado en la fe de la Iglesia, esta fe es ahora personal en él, con la esperanza y la caridad; el agua sacramental ha producido esta maravilla. Que expire ahora: el reino de los cielos es para él.
Tales son, oh Redentor los prodigios que operas en el primero de tus sacramentos, por el efecto de esta voluntad sincera que tienes de la salvación de todos; de manera que aquellos en quienes esta voluntad no se realiza, no se excluyen de la gracia de la regeneración sino de resultas del pecado cometido anteriormente, pecado que tu eterna justicia no te permite prevenir siempre en sí mismo, o reparar en sus consecuencias. Pero tu misericordia viene en su ayuda; ella tiende sus redes e innumerables justos caen en ellas. El agua santa corre hasta sobre la frente del niño que agoniza entre los brazos de una madre pagana y los ángeles abren sus coros para recibirle. Ante tantas maravillas, sólo nos queda exclamar con el Salmista: «Nosotros que poseemos la vida bendigamos al Señor.»
El cuarto domingo después de Pascua se llama en la Iglesia griega el Domingo de la Samaritana, porque se lee el pasaje del Evangelio en que se refiere la conversión de esta mujer.
La Iglesia Romana comienza hoy en el Oficio de la noche la lectura de las Epístolas Canónicas, que se continúan hasta la fiesta de Pentecostés.
MISA
La Iglesia adoptando en el Introito uno de los más bellos cánticos del Salmista celebra con entusiasmo los beneficios que el Señor ha derramado sobre ella, convocando a todas las naciones a reconocer sus grandezas, a recibir la efusión de la santidad de quien es la fuente, la salud de aquél que ha llamado a todos los hombres.
INTROITO
Cantad al Señor un cántico nuevo, aleluya: porque el Señor ha hecho maravillas, aleluya: reveló su justicia ante la faz de las gentes, aleluya, aleluya, aleluya. Salmo: Le salvó su diestra: y su santo brazo. V. Gloria al Padre.
Colmados de los beneficios de Dios que les une en un solo pueblo por sus Sacramentos los fieles deben elevarse al amor de los preceptos del Señor y aspirar a las alegrías eternas que les promete: la Iglesia implora para ellos esta gracia en la Colecta.
COLECTA
Oh Dios, que unes las almas de los fieles en una sola voluntad.: da a tus pueblos el amar lo que mandas, el desear lo que prometes: para que, entre las mundanas variedades, nuestros corazones estén fijos allí donde están los verdaderos gozos. Por el Señor.
EPISTOLA
Lección de la Epístola del Ap. Santiago. Carísimos:
Toda óptima dádiva, y todo don perfecto, procede de arriba, desciende del Padre de las luces, en el cual no hay cambio, ni sombra de mudanza. Pues El nos engendró voluntariamente con la palabra de la verdad, para que fuésemos el comienzo de su creación. Ya lo sabéis, carísimos hermanos míos. Sea, pues, todo hombre veloz para oír; pero tardo para hablar, y tardo para la ira. Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios. Por lo cual, rechazando toda inmundicia y todo exceso dé malicia, recibid con mansedumbre la palabra inspirada, la cual puede salvar vuestras almas.
IMITAR AL PADRE. — Los favores derramados sobre el pueblo cristiano proceden de la sublime y serena bondad del Padre celestial. El es el principio de todo en el orden de la naturaleza; y si en el orden de la gracia hemos llegado a ser sus hijos, es porque él mismo nos ha enviado su Verbo consustancial, que es la Palabra de verdad, por la que hemos llegado a ser, mediante el bautismo, hijos de Dios. De aquí se deduce que debemos imitar, en cuanto es posible a nuestra flaqueza, la serenidad de nuestro Padre que está en los cielos y librarnos de esta agitación pasional que es el carácter de una vida toda terrestre, mientras que la nuestra debe ser del cielo donde Dios nos arrastra. El santo Apóstol nos exhorta a recibir con mansedumbre esta Palabra que nos convierte en lo que somos. Ella es según su doctrina un injerto de salvación hecho en nuestras almas. Si ella actúa allí, si su crecimiento no es obstaculizado por nosotros, seremos salvos.
En el primer versículo aleluyático, Cristo resucitado celebra por la voz del Salmista el poder del Padre que le ha dado la victoria en su resurrección.
El segundo, tomado de San Pablo, proclama su vida inmortal.
ANTÍFONA
Aleluya, aleluya. V. La diestra del Señor ejerció su poder: la diestra del Señor me ha exaltado.
Aleluya. V. Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no morirá: la muerte no le dominará más. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Juan.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Voy a Aquel que me envió: y nadie de vosotros me pregunta: ¿Dónde vas? Sino que, porque os he dicho esto, la tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya: porque, si no me fuere, el Paráclito no vendrá a vosotros: más, si me fuere, os lo enviaré a vosotros. Y, cuando venga El, convencerá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio. De pecado ciertamente, porque no han creído en mí: y de jifiticia, porque voy al Padre, y ya no me veréis: y de juicio, porque el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado. Todavía tengo mucho que deciros: pero ahora no podéis entenderlo. Mas, cuando venga el Espíritu de verdad, os enseñará toda la verdad. Porque no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que ha oído, y os anunciará lo que ha de venir. El me glorificará: porque lo recibirá de mí, y os lo anunciará a vosotros.
EL ANUNCIO DEL ESPÍRITU SANTO. — Los apóstoles se entristecieron cuando Jesús les dijo: » Yo me voy.» ¿No lo estamos también nosotros que después de su nacimiento en Belén, le hemos seguido constantemente, gracias a la Liturgia que nos ha hecho seguir sus pasos? Todavía algunos días más, y se elevará al cielo y el año perderá ese encanto que recibía día tras dia con sus acciones y con sus discursos. Con todo, no quiere que nos dejemos invadir por una excesiva tristeza. Nos anuncia que en su lugar va a descender sobre la tierra el Consolador, el Paráclito y que permanecerá con nosotros para iluminarnos y fortificarnos hasta el fin de los tiempos. Aprovechemos con Jesús estas últimas horas; pronto será tiempo de prepararnos a recibir al huésped celestial que vendrá a reemplazarle.
Jesús, que pronunciaba estas palabras la víspera de la Pasión, no se limita a mostrarnos la venida del Espíritu Santo como la consolación de sus fieles; al mismo tiempo nos la presenta como temible para aquellos que desconocen a su Salvador. Las palabras de Jesús son tan misteriosas como terribles; tomemos la explicación de San Agustín, el Doctor de los doctores. «Cuando viniere el Espíritu Santo—dice el Salvador— convencerá al mundo en lo que se refiere al pecado.» ¿Por qué? «Porque los hombres no han creído en Jesús.» ¡Cuánta no será, en efecto, la responsabilidad de aquellos que habiendo sido testigos de las maravillas obradas por el Redentor no dieron fe a su palabra! Jerusalén oirá decir que el Espíritu Santo ha descendido sobre los discípulos de Jesús, y permanecerá tan indiferente como estuvo a los prodigios que le designaban su Mesías. La venida del Espíritu Santo será como el preludió de la ruina de esta ciudad deicida. Jesús añade que «el Paráclito convencerá al mundo con respecto a la justicia, porque—dice—yo voy al Padre y vosotros no me veréis más.» Los Apóstoles y aquellos que creyeron en su palabra serán santos y justos por la fe. Ellos creyeron en aquel que había ido al Padre, en aquel que no vieron ya en este mundo, jerusalén, al contrario, no guardará recuerdo de El sino para blasfemarle; la justicia, la santidad, la fe de aquellos que creyeron será su condenación y el Espíritu Santo les abandonará a su suerte. Jesús dice también: «El Paráclito convencerá al mundo en lo que se refiere al juicio.» Y ¿por qué?; «porque el príncipe de este mundo ya está juzgado». Aquellos que no siguen a Jesucristo tienen sin embargo un Jefe al que siguen. Este Jefe es Satanás. Así, pues, el juicio de Satanás está ya pronunciado. El Espíritu Santo advierte, pues, a los discípulos del mundo que su príncipe está para siempre sepultado en la reprobación. Que ellos reflexionen; porque añade San Agustín «el orgullo del hombre se engañaría al esperar en el perdón; que medite con frecuencia los castigos que sufren los ángeles soberbios».
En el Ofertorio el cristiano emplea las palabras de David para celebrar los beneficios de Dios para con su alma. Asocia toda la tierra a su reconocimiento y con razón; por que los favores de que es colmado el cristiano son el bien común de todo el género humano que Jesús resucitado ha llamado a tomar parte, por los Sacramentos, en las gracias de la redención.
OFERTORIO
Canta jubilosa a Dios, tierra toda, decid un salmo a su nombre: venid, y oíd, y os contaré, a todos los que teméis a Dios, cuánto ha hecho el Señor a mi alma, aleluya.
La Santa Iglesia que tiene sus delicias en la contemplación de la verdad, cuyos tesoros la prodiga Jesús resucitado, pide para sus hijos en la Secreta, la gracia de llevar una vida pura, para que puedan merecer ser admitidos a contemplar eternamente esta augusta verdad en su fuente.
SECRETA
Oh Dios, que por el sacrosanto comercio de este Sacrificio, nos has hecho partícipes de la única y suprema Divinidad: suplicárnoste hagas que, así como conocemos tu verdad, así la practiquemos con costumbres dignas. Por el Señor.
La Antífona de la Comunión reproduce las palabras del Evangelio que acabamos de interpretar y en las que nos es mostrada la venida del divino Espíritu como portador al mismo tiempo de recompensa para los creyentes y de castigo para los incrédulos.
COMUNION
Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de verdad, convencerá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio, aleluya, aleluya.
Al ofrecer sus acciones de gracias por el divino Misterio en el que acaban de participar, la Santa Iglesia enseña a sus hijos en la Poscomunión, que la Eucaristía tiene al mismo tiempo la virtud de purificarnos de nuestros pecados y de preservarnos de los peligros a los que vivimos expuestos.
POSCOMUNION
Asístenos, Señor, Dios nuestro: para que, por estas cosas, que hemos recibido fielmente, seamos purificados de los pecados y libertados de todos los peligros. Por el Señor.
Lógica General 17/19. De la demostración o silogismo demostrativo.
Artículo IV
De la demostración o silogismo demostrativo
§ I
Noción y división de la demostración
Silogismo demostrativo es el que además de la forma legítima consta de premisas necesarias y evidentemente verdaderas; de manera que todo silogismo en el cual las leyes o reglas del mismo se hallen aplicadas a premisas ciertas y evidentes, constituirá una verdadera demostración.
Las premisas de una demostración pueden sernos conocidas de dos modos: 1ª per se et inmediate, como sucede con los primeros principios, o sea aquellas proposiciones en que basta conocer el significado obvio de los términos para percibir su conexión o repugnancia. Por eso se llaman proposiciones per se notae, dignidades, axiomas, principios indomesticables; porque en efecto, no son susceptibles de demostración propiamente dicha, ni la necesitan, a causa de la evidencia inmediata que obliga al entendimiento a asentir a ellas, como cuando se nos dice que el todo es mayor que la parte: es imposible que una cosa sea y no sea al mismo tiempo, y otras análogas. 2ª Una proposición puede senos conocida con certeza y evidencia ex aliis, es decir, en virtud de su enlace necesario y evidente con otras proposiciones que nos sean conocidas per se, o por evidencia inmediata.
De aquí se colige: 1º que en toda demostración es necesario llegar finalmente a una o más proposiciones evidentes por sí mismas, que sirvan de base y fundamento a toda la demostración y contengan la razón suficiente de la certeza que acompaña a toda verdadera demostración; porque, como dice santo Tomás, la certeza de la ciencia procede de los primeros principios. Infiérese lo 2º que el fundamento de la demostración es indemostrable, puesto que si suponemos que todo [102] es demostrable, seria preciso proceder in infinitum, y se haría imposible toda demostración.
Además de las premisas, la demostración presupone alguna noción del sujeto y predicado de la proposición que se trata de demostrar. Acerca del sujeto se debe conocer si existe, an sit, porque de la nada, en cuanto tal, nada se inquiere. Acerca del predicado, no siempre se presupone la existencia, pues algunas veces la investigación o inquisición recae sobre ella; pero por lo menos se debe tener alguna noción, o real, aunque imperfecta de él, o por lo menos nominal, determinando de antemano lo que se quiere significar por el nombre. Éstas nociones imperfectas del sujeto y predicado de la proposición que se intenta demostrar, y el conocimiento de las premisas, apellidábanlas los Escolásticos praecognita o praenotiones de la demostración.
La demostración puede dividirse
a) En simple y compuesta. Simple es la que consta de un solo silogismo, cuyas premisas son evidentes por si mismas. Compuesta es la que consta de varios silogismos enlazados entre sí, y también aquella en la que una de las premisas es una proposición compuesta, o incluye y presupone otro silogismo de premisas más inmediatas y evidentes, v. gr. «Lo que se nutre necesita de alimento; es así que la planta se nutre: luego necesita alimento». La premisa menor no es primera o inmediata, sino que en ella se envuelve y supone otro silogismo, a saber: «lo que vive se nutre; la planta vive: luego, &c.». Es decir, que esta demostración, aunque es simple en cuanto a los términos, es compuesta en realidad o en cuanto al sentido, porque incluye implícitamente dos silogismos.
b) En directa e indirecta. La primera consta de premisas que contienen la causa o razón suficiente de lo que se afirma o niega en la conclusión, como si digo: «lo que piensa, vive; es así que el alma racional piensa: luego vive»: La segunda manifiesta la verdad de la tesis que se trata de demostrar, haciendo resaltar el absurdo o inconveniente que resultaría de lo contrario, por ejemplo: si Dios no fuera eterno no [103] habría existido siempre: luego habría recibido el ser de alguna causa: luego sería un ser producido por otro, y por consiguiente una criatura. La primera se denomina también ostensiva y apodíctica; la segunda, ab impossibili, ex absurdis, apagógica: ésta tiene mucha fuerza para refutar a los adversarios, y se apoya en aquella ley de las contradictorias: duae contradictoriae nequeunt esse simul verae aut simul falsae. Sin embargo, la primera es más perfecta que la segunda en el orden científico; porque ésta demuestra, sí, que tal proposición no puede ser falsa, o verdadera, pero no señala la razón, el cómo y el porqué es falsa o verdadera, como se verifica en la demostración directa u ostensiva.
c) En la demostración a priori y demostración a posteriori. En la primera se toma como medio en las premisas lo que en realidad o según nuestro modo de concebir, es causa o razón de lo que se trata de demostrar. Así sucede cuando se demuestra el efecto por la causa, o las propiedades y atributos por medio de la esencia, como se observa en este ejemplo: «Lo que tiene razón es capaz de ciencia; el hombre tiene razón: luego es capaz de ciencia.»
En la demostración a posteriori se manifiesta o demuestra la causa por el efecto, bien sea efecto real y distinto de la causa, bien sea efecto según nuestro modo de concebir: así concebimos los atributos como emanaciones de la esencia, o un atributo como fundamento y razón suficiente de otro. De lo primero tenemos ejemplo cuando demostramos la existencia de Dios por la existencia del mundo, que es su efecto, distinto realmente de Dios su causa. De lo segundo cuando probamos que el hombre es inteligente y libre porque es capaz de progreso o imperfectibilidad, o cuando demostramos que Dios es inmutable porque es eterno; pues aunque en Dios la eternidad y la inmutabilidad sean una misma cosa, sin embargo, nosotros concebimos la inmutabilidad como la razón y fundamento de la eternidad.
d) Cuando en la demostración a priori se demuestra el efecto por su causa inmediata, entonces se llama demostración propter quid. Si el efecto se demuestra por medio de [104] causas remotas o inadecuadas, entonces se llama demostración quia en el lenguaje de los Escolásticos, denominación que también corresponde a la demostración a posteriori.
§ II
Reglas y efecto de la demostración
Para no divagar en orden a las demostraciones, y poder juzgar y reconocer su existencia y hasta su posibilidad, conviene tener presentes las reglas siguientes:
1ª La cosa que se intenta demostrar debe ser de tal naturaleza que ni sea superior a nuestra razón, ni exceda a nuestro ingenio y conocimientos. Contra la primera parte de la regla pecaría el que tratara de demostrar los misterios de la fe católica, superiores a la razón humana, y que por lo mismo no son susceptibles de evidencia quoad nos con las solas fuerzas de la razón. Faltaría a la segunda parte el que ignorando completamente una ciencia tratara de demostrar las verdades más difíciles que contiene; y también el que tratara de demostrar alguna cosa perteneciente a una ciencia ignorada por el sujeto, como si alguno intentara hacer demostraciones algebraicas sin conocer la aritmética.
2ª La cosa que se trata de demostrar debe proponerse con toda claridad y lucidez. Al efecto, conviene explicar y definir los términos, y presentar las nociones o definiciones que sean necesarias para fijar el sentido y condiciones de la proposición que se trata de demostrar.
3ª En toda demostración es preciso usar de premisas ciertas y evidentes. Ésto no quiere decir que todas las premisas que entran en una demostración, cuando ésta consta de varios silogismos, hayan de ser cada una de por sí evidente, sino que alguna o algunas de las proposiciones, y principalmente las primeras, han de ser ciertas y evidentes con evidencia inmediata, y las demás que no lo sean han de tener conexión necesaria con aquéllas; pues una proposición se [105] hace cierta y evidente, aunque no lo sea por sí sola, desde el momento que vemos que tiene conexión necesaria con otra que lo es o se halla contenida en aquélla.
Empero debe tenerse presente que para que resulte rigurosa demostración, es preciso que todas las premisas sean ciertas, bastando una sola probable, o falsa, para que no haya verdadera demostración.
Nótese también que en la demostración ad hominem, no se necesita que las premisas sean realmente verdaderas, sino que basta que por el contrario las admita como tales.
Efecto de la demostración.
a) El efecto propio de la demostración es la ciencia, la cual no es más que un conocimiento adquirido por medio de la demostración: cognitio per demostrationem acquisita. Y en efecto, saber científicamente es conocer las cosas por sus causas, o sea conocer porqué la cosa es así, lo cual se obtiene por medio de las demostraciones, con especialidad si estas son a priori y propter quid.
b) Tomando la ciencia, no como acto, según se toma en la definición indicada, sino como hábito, es decir, como conjunto de verdades demostradas, conservadas en el entendimiento, se puede dividir en especulativa, que es la que no se dirige a otro fin que conocer la verdad acerca de determinados objetos; y práctica, cuando el conocimiento que incluye se ordena a la dirección y ejercicio de las acciones internas o externas, morales o mecánicas, como se verifica en los conocimientos pertenecientes a la ética o a la mecánica.
c) Si una ciencia está subordinada a otra por parte de su objeto y principios, como lo está la óptica con respecto a la geometría, se dice ciencia subalternanada; y aquella a la cual se subordina, ciencia subalternante.
d) La ciencia habitual puede tomarse stricte, o sea por la colección de verdades demostradas en orden a algún objeto o materia; y puede tomarse en un sentido más lato, latius, abrazando, no solamente las verdades propiamente demostradas, sino las probables, y hasta las hipótesis más o menos fundadas, relativas al objeto de aquélla ciencia. [106]
Corolarios
1º Luego las verdaderas demostraciones son menos numerosas en las ciencias de lo que vulgarmente se cree. Porque son pocas las demostraciones, principalmente si son de alguna extensión, cuyas premisas todas sean ciertas y evidentes.
2º Luego el asenso a las premisas es como la causa y la razón suficiente del asenso a la conclusión.
3º Luego tratándose de una verdadera demostración, el asenso a la conclusión, puede decirse necesario con necesidad hipotética. La razón es que el entendimiento humano no puede dejar de asentir a la verdad desde el momento que ésta se hace evidente, como se observa en los primeros principios, a los cuales asiente irresistiblemente luego que se le presenta. Siendo, pues, necesario en la demostración que la conclusión se presente contenida y enlazada evidentemente con las premisas, si se presupone el asenso a éstas, ya es necesario el asenso a la conclusión, en la suposición de que no se aparte el pensamiento de las mismas, o sea con necesidad hipotética. Por esta razón escribe santo Tomás: «Naturaliter et ex necessitate inhaeret intellectus principiis, et conclusionibus habentibus necessariam connexionem cum illis.»
DE CÓMO DEBE HACERSE LA CORRECCIÓN DE LOS HIJOS
CÓMO DEBE SER LA CORRECCIÓN
BOLETÍN DE PREDICACIÓN SAGRADA
POR EL PBRO. D. SEBASTIÁN ALIBERCH,
CANÓNIGO DE LA CATEDRAL DE VICH
La corrección es siempre un deber de los padres. No obstante ha de ser distinta su forma según que se trate del niño, del joven o del hombre maduro; esto es evidente a todas luces, y debe ir acompañada de ciertas cualidades, sin las cuales produce efectos contrarios.
Por lo cual el Apóstol advertía ya a los padres, tocante a este punto, que no provocasen a ira a sus hijos, y a ira son provocados siempre que la corrección no sea hecha con la mirada puesta en el Señor.
El móvil de la corrección es siempre el bien del corregido, y así debe ser caritativa, prudente y oportuna. En cuanto a la primera, leed a San Gregorio: “Haya amor en la corrección, pero no un amor débil; severidad, pero no una severidad irritante; haya celo, pero prudente y moderado; haya piedad, pero no una piedad demasiado indulgente, a fin de que juntando la justicia con la clemencia, el que esté obligado a corregir derrame dulzura y temor en el alma de los reprendidos. Hágase obedecer en fuerza del temor, y amar en vista de su dulzura.
La corrección es un acto de benevolencia, no de odio, según San Clemente Alejandrino; por lo cual “es preciso corregir con humildad y compasión”, según San Ambrosio, y “que estén exentos de aspereza y de injurias los avisos y reprensiones”, en sentir de San Agustín. Da la razón este Padre preguntando: ¿Por qué corriges?, ¿porque pecó contra ti? Si corriges por egoísmo, nada vale la corrección. Si por caridad, habrás ganado a tu prójimo.
¿Qué diremos, pues, de los que corrigen blasfemando y lanzando maldiciones e imprecaciones, deseándoles la muerte y maltratándoles bárbaramente?
!Ah! Estos tales manifiestan que no se mueven al impulso del bien de sus hijos, sino de una ira feroz, de un amor propio herido, por lo cual desean vengar el ultraje que creen inferido por sus propios hijos.
La corrección ha de ser acomodada al temperamento y edad del hijo, y a la gravedad y malicia de su falta. Siempre urge no levantar el castigo o la penitencia hasta que se haya rendido, pidiendo perdón.
Si es de natural tímido y apocado, la corrección ha de ser suave; a veces basta con una mirada. Si es insolente, ha de ser dura y enérgica, y a los tales nunca es tolerable una respuesta de este género : “No quiero”.
Si los hijos son pequeñitos, haceos cuenta de que no todo se corrige en un día. Con todo procurad inducirles a la práctica de las virtudes contra las cuales faltan más. Por ejemplo: Si son egoístas, obligadles a repartir sus juguetes con los demás hermanos; si son iracundos, obligadles a besar al hermano o compañero con quien riñeron, o hacedles rezar algún Padrenuestro, en especial si han proferido alguna mala palabra o expresión injuriosa.
Cuando ya están crecidos, San Agustín y Tertuliano dicen que han de ser corregidos, no con golpes, sino con reflexiones, de manera que entiendan que la corrección obedece a su bien. Si la materia de la corrección es el pecado, o su ocasión, es necesaria la autoridad severa del padre.
Se ha de atender si la falta proviene del temperamento o de la malicia del hijo ; en el primer casi suele ser sin advertencia las más de las veces, pero es necesaria la corrección, pues sin ella quién sabe a dónde llegará un temperamento colérico.
En el segundo, cuando han precedido correcciones y reincidencias, es indispensable corregir con caridad, sí, pero con mano fuerte. Según San Clemente, la corrección es una medicina; los padres son los médicos y el medio más seguro de su aplicación es el ejemplo.
El buen médico ordena la medicina según exige la enfermedad o la necesidad de prevenirla. Sin ello no produciría efecto. No son los truenos, sino el agua la que fertiliza la tierra y nutre las plantas ; así mismo, no son los alborotos, los gritos y las blasfemias y golpes, sino la prudente corrección la que endereza a los hijos.
La corrección es para la enmienda, y así como faltan los que no corrigen cuanto se debe, también pecan los que corrigen más de lo justo. El médico procura que el enfermo no se aparte del tratamiento prescrito; esto es indispensable para que la medicina produzca sus efectos. Es éste otro defecto de los padres, que por falta de formalidad, constancia y energía no saben hacerse respetar.
Hoy dan órdenes, y mañana las anulan; aquí prescriben una cosa, y allí su contraria; hoy riñen en serio, mañana entre risas, un día cierran la puerta a las nueve, otro a las doce. ¿Qué diríais del médico que consintiera todos los delirios del enfermo?
Otro defecto de no pocos padres, y no pequeño, es cuando no convienen en la corrección de los hijos: cuando uno reprende, y el otro defiende; el padre castiga y la madre absuelve, y hasta a veces riñen ante los hijos. Con estos escándalos les dáis armas para que nunca os respeten, ni a vosotros, ni a los maestros, ni a superior alguno.
La corrección ha de ser oportuna, es decir, acomodada al lugar y tiempo, y conforme a quién la da y a quién la recibe. No conviene corregir estando colérico y como fuera de sí. He conocido padres que aguardaban al día siguiente para castigar una falta grande, para que el hijo se convenciera de que el castigo no procedía de venganza.
Este castigo es aplicable tan sólo a las faltas notables que no pueden pasar sin una fuerte corrección, pues las ligeras deben ser corregidas al momento, ya que al día siguiente los hijos ni recuerdan haberlas cometido.
En lo tocante al lugar, seguid la regla evangélica : Al principio corregid reservadamente: “inter te et ipsum solum”. Si no hay enmienda, ante los de casa y parientes: “adive testes”; y si no basta aún, hacedlo ante las autoridades, o sea, consultad lo que os conviene hacer: “dic Ecclesiae”.
El sapientísimo Claus, con otros autores, refiere que un sentenciado a muerte subiendo al patíbulo iba repitiendo : “No me sentenció el juez, sino mi madre”.
Unos con San Gregorio y San Bernardo escriben que sin el ejemplo sería poco menos que imposible a los padres el cumplimiento del deber de instruir y corregir a los hijos; porque si el padre y la madre no van delante con el ejemplo guiando a los hijos a lo bueno, de nada sirven las palabras, de nada las reprensiones, de nada los castigos.
Otros con San Agustín, tratando en especial de los malos ejemplos, dicen que los mismos buenos resultan ineficaces, pues él, a pesar de los saludables y cristianos ejemplos de su santa madre fue arrastrado por los perversos ejemplos de su padre.
Los hombres dan mayor fe a lo percibido por los ojos que por los oídos. Los niños entienden poco, por lo cual olvidan pronto lo percibido por el oído, y con dificultad olvidan lo que entró en su alma por los ojos.
Cada familia es una iglesia en miniatura, un reducido santuario dentro del cual actúan, en cierto modo de sacerdotes. Y así, San Pablo exige del Obispo y del sacerdote el buen ejemplo para enseñar el camino del bien. Y así también los padres, con su buen ejemplo, la enseñanza práctica del bien a sus hijos.
Deben los padres cumplir todos los deberes religiosos de modo que los hijos puedan aprender de ellos, como de unos maestros, el cumplimiento de la Ley de Dios.
El sabio Gaume lo resume con estas palabras: “Así como la obediencia es el gran deber de los hijos, el buen ejemplo es el gran deber de los padres; representantes de Dios en la familia, ellos deben ser sus imágenes vivientes, y en cuanto la flaqueza humana permita obrar, mandar, reprender y dirigir como haría el mismo Dios si estuviese visible al frente de la familia.
Pero de todos sus deberes, el más sagrado es dar ejemplo de un fiel desempeño en las prácticas de la Religión: rezar, asistir a los divinos oficios, frecuentar los Sacramentos, observar los ayunos, evitar las malas palabras, las murmuraciones, y por último, todo lo que pudiese escandalizar a sus hijos.
Si podéis decir a los hijos lo que San Pablo a Timoteo: “Ten por modelo la sana doctrina que has oído de mí”, o lo que escribía a los fieles de Filipos: “Lo que habéis aprendido, recibido y oído de mí, eso habéis de practicar, y el Dios de la paz será con vosotros”.
Si podéis hablar así ante Dios y ante vuestra conciencia, felices de vosotros si sois buenos guías de vuestros hijos.
Lógica General 16/19. Del silogismo.
Artículo III
Del silogismo
Para proceder con la debida claridad, trataremos primero de la naturaleza y división del silogismo, y después de sus reglas y leyes.
§ I
Naturaleza y división del silogismo
Es el silogismo una argumentación en la cual los dos extremos o términos de una proposición se comparan con un tercero, para deducir de aquí su relación, o sea la conveniencia o repugnancia que media entre los mismos. Según los principios arriba indicados de toda argumentación, y con especialidad del silogismo, en tanto reconocemos que hay identidad o repugnancia entre dos conceptos, en cuanto descubrimos que convienen o no con un tercer concepto. De aquí la necesidad de comparar los términos de una proposición entre los cuales no descubrimos a primera vista la conveniencia o repugnancia, con un tercer término que sirva de medio para este descubrimiento. Por ejemplo, si al oír esta proposición: el alma humana es inmortal, no descubro la conexión que existe entre el sujeto y el predicado, buscaré algún concepto con el cual convengan evidentemente los dos conceptos significados por aquéllos, y de aquí inferiré legítimamente su conveniencia o identidad, en conformidad al principio quae sunt eadem uni tertio, sunt eadem inter se. Este concepto podrá ser en este caso el de sustancia espiritual en esta forma: lo que es sustancia espiritual es inmortal; es así que el alma humana es sustancia espiritual: luego es inmortal; en donde reconozco y deduzco la conveniencia de la inmortalidad al alma racional, [92] en virtud de la conveniencia de estos dos conceptos con el de sustancia espiritual.
De lo dicho se infiere que el silogismo debe constar solamente de tres términos, a saber: 1º el predicado de la proposición que se propone, o sea de la conclusión que se trata de inferir o conocer por medio del raciocinio, y éste se llama extremo mayor, majus extremum: 2º el sujeto de la proposición o conclusión, el cual se llama extremo menor, minus extremum: 3º el término con el cual se comparan en las premisas los dos términos indicados, y que por lo mismo se llama medio. De aquí resulta que el silogismo consta de solas tres proposiciones: la mayor, o sea la premisa en que el majus extremum se compara con el medio; la menor en la cual el minus extremum se compara con el medio; y la conclusión en la cual se comparan los dos extremos. Las proposiciones constituyen la materia próxima del silogismo, y los términos la materia remota.
Además de la materia, debe distinguirse en el silogismo la forma, la cual consiste en la disposición conveniente de los términos y proposiciones. Ésta forma comprende por una parte la combinación de los extremos con el medio, combinación que constituye la figura del silogismo; y por otra la disposición determinada de las proposiciones según que son universales o particulares, afirmativas o negativas: esta disposición o colocación determinada de las proposiciones, se llama modo del silogismo.
De aquí resultan varias divisiones del silogismo. Por parte de la materia se divide en demostrativo, probable y sofístico. Por razón de la forma, se divide en informe, que es el que carece de la disposición ordenada o dialéctica de la materia, y formado que es el que tiene esta disposición.
Este último se puede dividir: 1º en simple, que consta de tres proposiciones simples; y compuesto que contiene una o más proposiciones compuestas. Las especies principales del silogismo compuesto son:
a) El condicional, el cual contiene una premisa condicional, v. gr. Si Dios es justo castiga a los pecadores; es así que Dios es justo: luego castiga a los pecadores. Concluye [93] bien: 1º de la afirmación del antecedente la afirmación del consiguiente: 2º de la negación del consiguiente la negación del antecedente, pero no viceversa.
b) El disyuntivo es el que contiene una premisa disyuntiva. No concluye bien: 1º si se da medio entre los extremos de la disyuntiva: 2º si se infiere la afirmación de un extremo de la negación del otro conteniendo la disyuntiva tres o más extremos, como sucede en este ejemplo: esta sustancia pensante, o es alma racional, o ángel, o Dios; es así que no es ángel: luego es Dios. Para que la conclusión fuera legítima, sería necesario negar en la menor dos extremos de la disyuntiva. Cuando los extremos son dos y no se da medio entre ellos, el silogismo disyuntivo concluye bien de la negación del uno a la afirmación del otro, o de la afirmación del uno a la negación del otro.
c) Copulativo es el silogismo que contiene una premisa copulativa, como el siguiente: ninguno puede servir a Dios y a las riquezas: el avaro sirve a las riquezas: luego no sirve a Dios. Tiene esta regla: si en la menor se afirma con verdad una parte de la mayor, en la conclusión se podrá negar legítimamente la otra, como sucede en el ejemplo propuesto; pero de la negación de un extremo no se infiere legítimamente la afirmación del otro. Si en el ejemplo propuesto se dijera: es así que Pedro no sirve a las riquezas: luego sirve a Dios, la conclusión sería falsa e ilegítima.
2º El silogismo se dice directo, cuando concluye guardando el orden natural de los términos y proposiciones, como en el ejemplo puesto al principio. Indirecto se llama el silogismo cuya conclusión es verdadera y legítima, pero en la cual se invierte el orden natural de los términos mudando el predicado en sujeto, v.gr. Toda alma racional es inmortal; es así que ningún ángel es alma racional: luego alguna cosa inmortal no es ángel. La conclusión directa sería: luego algún ángel no es inmortal.
3º Por razón de la combinación de los extremos con el medio en las premisas, se divide en silogismo de primera figura, en el cual el medio es sujeto en la mayor y predicado [94] en la menor; silogismo de segunda figura, en el cual el medio es predicado en las dos premisas; y silogismo de tercera figura, en el cual el medio es sujeto en la mayor y en la menor. Estas combinaciones se indican con el siguiente verso: Sub. prae, prima; sed altera bis prae; tertia, bis sub. Añaden unos una cuarta figura, en la cual el medio es predicado en la mayor y sujeto en la menor, como en este ejemplo: todo hombre es viviente; todo viviente es sustancia: luego alguna sustancia es hombre. Pero ésta figura se reduce fácilmente a la primera, que es más natural, con sólo cambiar la colocación de las dos premisas.
Por lo que hace a los modos del silogismo son muy numerosos, atendidas las varias combinaciones posibles de las proposiciones, según que son universales o particulares, afirmativas o negativas. Por el siguiente cuadro se puede formar idea de estas combinaciones, teniendo presente que cada vocal representa una clase de proposición. [95]
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Empero en la mayor parte de estos modos, la conclusión es ilegítima, por nos sujetarse a las leyes del silogismo legítimo, y de aquí la necesidad de conocer éstas leyes.
§ II
De las reglas del silogismo
Las reglas o leyes propuestas por Aristóteles, a quien debemos considerar como inventor del silogismo (1), para discernir los legítimos de los ilegítimos, se hallan contenidas en los siguientes versos:
1º Terminus esto triplex: medius, majorque, minorque.
2º Latius hos, quam praemissae, conclusio non vult.
3º Aut simet aut iterum medius generaliter esto.
4º Nequaquam medium capiat conclusio fas est.
5º Ambae affirmantes nequeunt generare negantem.
6º Pejorem semper sequitur conclusio partem.
7º Ultraque si praemissa neget nihil inde sequetur.
8º Nihil sequitur geminis ex particularibus unqueam.
{(1) «Aristóteles, dice con razón Blainville, fue el primero en analizar el pensamiento humano hasta en sus menores detalles, en señalar sus menores movimientos, y en formular sus leyes: el silogismo, del cual es el creador, no es más que la marcha natural del pensamiento humano analizado. Demostraremos que el indio Gotama jamás lo ha conocido, ni sabido siquiera lo que es la lógica rigurosa: por otra parte, vivía setecientos u ochocientos años después de Aristóteles. Al Estagirita, pues, pertenece toda la gloria, y hasta puede decirse que después de él la lógica no ha dado un paso más en su desarrollo fundamental.» Histoire des scienc., t. I, pág. 204.
Sea ésto dicho en justa defensa de Aristóteles, al cual algunos críticos han querido arrebatar la gloria de la invencion del silogismo, atribuyéndola al filósofo de la India Gotama.}
Resultan, pues, las siguientes ocho reglas del silogismo que expondremos con brevedad. [96]
1ª El silogismo sólo debe constar de tres términos.
Si el silogismo consta de más términos, no se hará la comparación de los dos extremos con el mismo término medio para reconocer su conveniencia o repugnancia entre sí, en lo cual consiste precisamente toda la esencia y la naturaleza propia del silogismo, como forma determinada y perfecta de argumentación, según consta de su misma definición. Ejemplo: todo ángel es espíritu; es así que todo metal es sustancia: luego toda sustancia es espíritu. Por más que las premisas sean verdaderas en sí mismas, la conclusión es falsa e ilegítima, porque sus extremos no se comparan con un medio sino con dos, resultando cuatro términos en el silogismo, ángel, espíritu, sustancia, metal.
Esta regla no sólo es la más importante y fundamental, sino la única en cierto sentido; pues en realidad todo silogismo ilegítimo lo es porque los dos extremos no se comparan con el medio en el mismo sentido o bajo el mismo punto de vista; de manera que los silogismos que pecan contra alguna de las otras reglas, concluyen mal o son defectuosos, porque envuelven cuatro términos, al menos en cuanto al sentido, si no en lo material de las palabras. Así es que en el fondo las demás leyes y reglas del silogismo son aplicaciones de esta primera.
2ª Ningún término debe tener suposición o significación más universal en la conclusión que en las premisas. La razón es que los dos extremos o términos de la conclusión deben compararse entre sí del mismo modo con que en las premisas se compararon con el medio, pues de lo contrario el silogismo constará de cuatro términos en cuanto al sentido. Ejemplo: todo cuerpo es sustancia; ningún ángel es cuerpo: luego ningún ángel es sustancia. Aunque los términos materiales de este silogismo son tres solamente, en cuanto al sentido o significación son cuatro; porque la sustancia, como predicado de afirmativa que es en la mayor, supone disyuntivamente, es decir, que se toma por algunas sustancias; pero no en la conclusión, en donde, como predicado de negativa, supone distributivamente, o sea por todas [97] las sustancias, según lo que dejamos dicho acerca de la suposición.
3ª El medio debe tener suposición distributiva en alguna de las premisas. Porque si en una premisa se toma por una parte de sus significados, y en la otra premisa por otra parte determinada o indeterminada de las cosas significadas, resultará un silogismo compuesto de cuatro términos en cuanto al sentido. Ejemplo: todo hombre es sustancia; todo metal es sustancia: luego todo metal es hombre. No concluye, porque el medio que es sustancia, siendo como es predicado de afirmativa en las dos premisas, supone disyuntivamente, o sea por una parte de las cosas significadas y no por todas.
Esta regla no es aplicable a los silogismos expositorios, en los cuales el medio es un término singular; porque en el mero hecho de ser singular, no puede significar diferentes cosas en las dos premisas.
4ª El medio no debe entrar en la conclusión. La razón es obvia, puesto que el medio sirve para reconocer la relación de los dos extremos que entran en la conclusión, lo cual se verifica comparando con el medio cada uno de los dos extremos en las premisas.
5ª De dos premisas afirmativas no se puede inferir una conclusión negativa. Las premisas afirmativas establecen la identidad de los dos extremos con el medio; sacar, pues, una conclusión negativa, equivaldría a inferir la repugnancia entre dos cosas de su identidad con una tercera, al echar por tierra el primer principio quae sunt eadem uni tertio, sunt eadem inter se.
6ª Si alguna de las premisas es negativa, la conclusión debe serlo también; y si alguna de aquellas es particular, debe ser particular la conclusión (1). La razón de la primera parte es clara; porque si una de las premisas es negativa, uno de [98] los extremos no conviene con el medio, y por consiguiente tampoco pueden convenir los dos extremos, como debería suceder para que la conclusión fuera afirmativa.
{(1) Esto es lo que quiere decir el verso: Pejorem semper sequitur [98] conclusio partem; porque la negativa respecto de la afirmativa, y la particular respecto de la universal, son peores o inferiores en el lenguaje lógico.}
La razón de la otra parte es la siguiente: si la conclusión es universal negativa, distribuye los dos extremos, de los cuales uno por lo menos debió quedar sin distribución en las premisas; porque si la premisa particular es afirmativa, no distribuye ninguno de los tres términos del silogismo, y en la otra, aun suponiendo que sea universal negativa, no se puede distribuir más que uno de los extremos y el medio, so pena de faltar a la regla tercera. Si la premisa particular es negativa, entonces la otra debe ser afirmativa, no pudiendo ser negativas las dos, como veremos después: luego entre las dos premisas no pueden distribuir más que uno de los extremos y el medio, y por consiguiente no queda lugar para la distribución de los dos extremos que lleva consigo la conclusión universal negativa. Si la conclusión es universal afirmativa, presupone dos premisas afirmativas, y si una de éstas es particular, no se puede distribuir en las premisas más que el término que sea sujeto de la universal, lugar que deberá ocupar el medio para no faltar a la tercera regla: luego no habiéndose distribuido en las premisas ninguno de los extremos, la conclusión afirmativa debe ser particular, para que no signifiquen distributivamente en la conclusión los extremos que en las premisas sólo significaron disyuntivamente: de lo contrario resultarán en el silogismo cuatro términos quoad sensum.
7ª De dos premisas negativas nada se puede inferir legítimamente. En efecto; de que el término A y el término B, no convienen con un tercero, no se colige, ni que convengan, ni que repugnen entre sí. [99]
8ª De dos premisas particulares nada se puede inferir legítimamente. Si las dos particulares son afirmativas no distribuyen ninguno de los tres términos, ni en consecuencia el medio, como pide la tercera regla. Si las dos son negativas, faltan a la séptima regla. Si una es afirmativa y la otra negativa, sólo se puede distribuir el medio en el predicado de la negativa; y como, según la regla sexta, la conclusión debe ser negativa, se distribuirá en ella el majus extremum sin haberse distribuido en las premisas, lo cual es contra la regla segunda.
Aplicadas éstas leyes o reglas del silogismo, resultan solamente catorce modos útiles en las tres figuras, a saber; cuatro correspondientes a la primera, que suelen designarse con las palabras Barbara, Celarent, Darii, Ferio; cuatro correspondientes a la segunda, designadas por las palabras Cesare, Camestres, Festino, Baroco; y seis pertenecientes a la tercera, designados por las palabras Darapti, Felapton, Disamis, Datisi, Bocardo, Ferison (1).
{(1) Para fijar en la memoria éstos modos útiles, formaron los antiguos algunos versos compuestos de las palabras citadas, añadiendo otras cinco que señalan silogismos indirectos de la primera. Así resultaban los siguientes famosos versos:
1ª Barbara, Celarent, Darii, Ferio, Baralipton, Celantes, Dabitis, Fapesmo, Frisesomorum.
2ª Cesare, Camestres, Festino, Baroco.
3ª Darapti, Felapton, Disamis, Datisi, Bocardo, Ferison.
En los modos indirectos que tienen más de tres vocales, sólo se atiende a las tres primeras.}
Las vocales de estas palabras indican la naturaleza y orden de las proposiciones que constituyen los modos útiles de cada figura. Pondremos un ejemplo en cada figura, y otro de los indirectos de la primera.
Bar Todo animal es sustancia
ba Todo hombre es animal
ra Luego todo hombre es sustancia. [100]
Ce Ningún caballo es racional
sa Todo hombre es racional
re Luego ningún hombre es caballo.
Da Todo metal es cuerpo
rap Todo metal es sustancia
ti Luego alguna sustancia es cuerpo.
Ba Toda piedra es sustancia
ra Todo mármol es piedra
li Luego alguna sustancia es mármol.
Los lógicos, especialmente los antiguos, suelen tratar aquí de la reducción de los silogismos. Nosotros omitimos esta materia en atención a la poca utilidad práctica que encierra, y así solo apuntaremos algunas ideas que los profesores podrán desenvolver, si lo estiman conveniente.
Hay dos especies de reducción, una directa, la cual se llama también ostensiva, y otra indirecta, o sea ad imposibilite. La primera es la revocación o conversión del silogismo imperfecto en perfecto. Llámanse silogismos imperfectos todos los indirectos, y también los útiles o directos de las figuras segunda y tercera, los cuales todos pueden reducirse a silogismo de la primera figura, variando el sitio y orden de las premisas. Exceptúanse los modos Baroco y Bocardo, que no admiten esta reducción.
La reducción indirecta, o ad impossibile, tiene lugar cuando se toma la contradictoria de la consecuencia legítima negada, combinándola con una de las premisas concedidas, de manera que de ésta y de aquélla resulte una consecuencia o conclusión contradictoria con la otra premisa concedida antes. [101]
Lógica General 15/19. De la argumentación y sus especies.
Artículo II
De la argumentación y sus especies
De lo dicho en el artículo anterior se deduce que la argumentación es una oración expresiva del raciocinio, en la cual [88] una proposición se infiere de otras con las cuales tiene conexión. La proposición que se trata de inferir o establecer por medio de la argumentación, suele llamarse cuestión, tesis, proposición: si se la considera como deducida ya de las que le sirven de antecedente, se llama conclusión o consiguiente. Las proposiciones de las cuales se deduce por medio de la argumentación, se llaman premisas.
Considerada la argumentación en general, se halla sujeta a estas tres reglas: 1ª De una cosa verdadera nunca se infiere legítimamente una cosa falsa. 2ª De una cosa falsa puede inferirse accidentalmente una cosa verdadera, como si se dice: todos lo apóstoles predicaron en Roma: luego san Pedro predicó en Roma. 3ª El antecedente en cuanto tal, debe ser más claro o conocido que el consiguiente; de lo contrario no vendríamos en conocimiento de la verdad o falsedad de éste en virtud de su relación o enlace con las premisas.
Además del silogismo, forma la más perfecta y científica de argumentación, de la cual por lo mismo trataremos aparte, las principales especies de argumentación son las siguientes:
a) La inducción, o sea la argumentación en la cual de la enumeración conveniente de particulares o inferiores se colige alguna cosa universal. Para que sea legítima y la conclusión absolutamente cierta, debe subordinarse a dos reglas o condiciones: 1ª que la enumeración de las partes o inferiores sea completa: 2º que no se predique del todo más que lo que se ha predicado de cada una de las partes inferiores.
De lo dicho se infiere: 1º que las inducciones que proceden de los individuos a la especie, casi nunca producen por sí solas certeza, porque difícilmente son completas, a no ser en casos dados, o sea con respecto a especies que tengan pocos individuos: 2º que es antifilosófica y contraria a la razón y la experiencia, la pretensión de ciertos filósofos que afirman con Bacon que la inducción es el instrumento propio y casi único para adquirir las ciencias.
He dicho por sí solas; porque si la inducción va acompañada y robustecida por la analogía, entonces podrá determinar [89] en ocasiones asenso cierto, aunque la enumeración no sea completa. Observando en todos los animales que veo la existencia de ciertas operaciones que tienen analogía o semejanza con algunas del hombre, y sabiendo además que en éste proceden del alma racional, puedo deducir legítimamente que en los animales hay un alma inferior a la racional, que es principio interno de aquéllas operaciones vitales. Así también si observo que esta planta curó esta enfermedad, podré inferir legítimamente, añadiendo la analogía a la inducción, que otra planta que es de la misma especie, aunque distinta numéricamente, curará esta enfermedad u otra que tenga afinidad con la primera.
b) El entimema es un silogismo en el cual se calla, pero se sobreentiende una de las premisas. Su naturaleza, pues, y condiciones, son las mismas que las del silogismo. Sólo hay que advertir que unas veces se calla la menor, como en este: «todos los hombres son racionales: luego Pedro es racional»: otras se calla la mayor, como en este: «Yo pienso: luego existo (1).»
{(1) Nuestro espíritu gusta del entimema por la vivacidad y concisión que envuelve: por eso sin duda Aristóteles le apellidaba silogismo del orador.}.
c) El sorites, que los Escolásticos llamaban también ratiocinium acervale, se dice aquella argumentación en la cual de varias proposiciones colocadas en determinado orden se colige la conveniencia o repugnancia del sujeto de la primera con el predicado de la última. El sorites viene a ser una colección de entimemas, y en él las proposiciones se ordenan de tal manera que el predicado de la primera sirva de sujeto a la segunda, el de ésta a la tercera, y así sucesivamente hasta que en la conclusión se junta o compara el sujeto de la primera proposición con el predicado de la última, como se ve en este ejemplo: la virtud es un gran bien: lo que es un bien perfecciona al hombre: lo que perfecciona al hombre debe ser apetecido: luego la virtud debe ser apetecida. Esta argumentación [90] resultará falsa, 1º si se mezcla alguna proposición falsa entre las otras verdaderas: 2º si todas las proposiciones fuesen negativas, porque de éstas nada se infiere legítimamente, como veremos al hablar del silogismo.
d) Epiquerema es también un verdadero silogismo, del cual sólo se diferencia en que antes de sacar la conclusión, prueba las dos o alguna de las premisas. Ejemplo: «el que se halla agitado por cuidados y remordimientos no es feliz; porque la felicidad excluye la inquietud y los remordimientos: es así que el que sigue el impulso de las pasiones se halla agitado por cuidados y remordimientos: luego, &c.».
e) Dilema es una argumentación que consta de una premisa disyuntiva, y de dos condicionales relacionados con la conclusión que se intenta sacar, como se ve en el que aducirse suele contra los escépticos: Aut scis le nihil scire, aut nescis: si nescis jam non potest hoc affirmare: si scis le nihil scire, ergo aliquid seitur. El dilema es más a propósito para rebatir opiniones o errores, que para establecer o demostrar verdades científicas.
Esta argumentación será defectuosa: 1º si la disyuntiva es falsa, porque se da medio entre los extremos que contiene (1): 2º si de alguno de éstos se deduce lo que realmente no se infiere, o lo que es lo mismo, si alguna de las condicionales es falsa: 3º si los dos extremos pueden retorcerse contra el que los presenta.
{(1) Ordinariamente la premisa disyuntiva sólo tiene dos extremos, y de aquí el nombre dilema; pero si tuviere tres extremos se denominará trilema, si cuatro tetralema, y si número mayor polilema.}
f) El polisilogismo, como indica su nombre, es una argumentación compuesta de dos o más silogismos, tomando la conclusión del anterior como premisa del siguiente. Ejemplo: lo que es sustancia simple y espiritual no está sujeto a corrupción; el alma racional es sustancia simple y espiritual: luego [91] no está sujeta a corrupción: lo que no está sujeto a corrupción es inmortal; luego el alma racional es inmortal.
Lógica General 14/19. Del raciocinio y la argumentación.
Del raciocinio y la argumentación
Lo mismo que el juicio, el raciocinio puede ser considerado, o como acto interno del entendimiento, o en cuanto se manifiesta y sensibiliza por medio de palabras. Bajo este [86] último punto de vista se llama ordinariamente argumentación; bajo el primero, se llama raciocinio y también discurso, bien que muchas veces se toman estos nombres como sinónimos. Trataremos, pues, primero del raciocinio como acto interno del entendimiento, y después de la argumentación.
Artículo primero
Del raciocinio
Considerando el raciocinio en sí mismo, diremos que,
1º Raciocinio es aquel acto del entendimiento mediante el cual de dos o más juicios deducimos otro que tiene conexión con ellos. Los dos o más juicios de los cuales se infiere otro, tomados colectivamente, se denominan antecedente, porque son anteriores en orden de naturaleza y de conocimiento al juicio deducido, el cual por lo mismo se llama consiguiente.
No debe, sin embargo, confundirse el consiguiente con la consecuencia. El primero es el juicio que se deduce de otros: la consecuencia es la ilación o enlace que dicho juicio tiene con los que le sirven de antecedente.
De aquí es que el consiguiente puede ser verdadero en sí mismo, y sin embargo ser falsa, o mejor dicho, ilegítima, la consecuencia en un raciocinio; así como también puede suceder que el consiguiente sea falso y la consecuencia legítima. Ejemplo de lo primero; algunos apóstoles fueron martirizados; es así que san Pedro es apóstol: luego san Pedro fue martirizado. El consiguiente es verdadero, pero la consecuencia es falsa o ilegítima; porque de que algunos apóstoles fuesen martirizados, no se infiere legítimamente que san Pedro lo fuera.
2º Así como el juicio, aunque presupone y envuelve la comparación de dos extremos, sin embargo en sí mismo es un acto simple del entendimiento, así también aunque el raciocinio envuelve pluralidad de juicios, sin embargo considerado formalmente, es decir, en cuanto envuelve la deducción de un juicio de otros, lo cual constituye el carácter distintivo [87] del raciocinio, es un acto simplicísimo del entendimiento. Esto no quita que los conocimientos que se adquieren por medio del raciocinio se denominen discursivos, y también científicos, por cuanto la ciencia es un conocimiento adquirido por medio de demostraciones, las cuales pertenecen al raciocinio.
3º El fundamento o principio en que estriba el raciocinio afirmativo es el siguiente: Quae sunt eadem uni tertio sunt eadem inter se. El principio del negativo es: Quorum unum est idem alicui tertio, et aliud non est idem, ea non sunt idem inter se. Así en este raciocinio: toda sustancia que piensa es espiritual; es así que el alma racional es una sustancia que piensa: luego es espiritual: en tanto se afirma en la conclusión la identidad o conveniencia de la espiritualidad y del alma, porque en las premisas se estableció la conveniencia de los dos con un tercero, o sea con la sustancia que piensa.
Hay otros dos primeros principios que sirven también de fundamento al raciocinio, a saber: Quod dicitur de omni, dicitur de quolibet sub eo contento. Quod negatur de omni, negatur de quolibet sub eo contento. Estos dos principios convienen en el fondo con los dos primeros, solo que los últimos no tienen aplicación a los raciocinios que constan de solos términos singulares.
4º Raciocinio afirmativo es aquel cuya conclusión es un juicio afirmativo; así como la conclusión negativa hace que el raciocinio lo sea también. Y téngase presente que la diferencia entre estos dos raciocinios más bien se refiere al objeto que no al mismo entendimiento; porque todo raciocinio, sea afirmativo o negativo, es un acto positivo del entendimiento.
TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA
TERCER DOMINGO DESPUES DE PASCUA
Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger

LA DIGNIDAD DEL PUEBLO CRISTIANO. — Nada más grande ni más elevado sobre la tierra que los principes de la Santa Iglesia, que los Pastores establecidos por el Hijo de Dios, y cuya sucesión durará tanto como el mundo; pero no creamos que los súbditos de este vasto imperio que se llama Iglesia no tengan también su dignidad y su grandeza. El pueblo cristiano, en el seno del cual se confunden, en una igualdad completa, el príncipe y el simple particular, sobrepuja en esplendor y en valor moral a todo el resto de la humanidad.
Penetra por doquiera que se extienda la verdadera civilización; pues lleva por todas partes la verdadera noción de Dios y del fin sobrenatural del hombre. Ante él la barbarie retrocede, las instituciones paganas, por antiguas que sean, se borran; y hasta vió un día a la civilización griega y romana rendirle armas, y al derecho cristiano emanado del Evangelio sobreponerse por sí mismo al derecho de los pueblos gentiles. Numerosos hechos han mostrado la superioridad que el bautismo imprime a las razas cristianas; porque sería irracional el pretender encontrar la causa primera de esta superioridad en nuestra civilización, puesto que esta misma civilización no ha sido más que el producto del bautismo.
LA UNIDAD DE FE. — Pero si la grandeza del pueblo cristiano es tal que ej erce su prestigio exterior hasta sobre los mismos infieles ¿qué diremos de la que la fe nos revela en él? El Apóstol San Pedro, el Pastor universal en cuyas manos acabamos de ver al divino Pastor depositar las llaves, definió así al rebaño a quien está encargado apacentar: «Vosotros sois, les dijo, la raza escogida, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo escogido, encargado de publicar las grandezas de Aquel que os ha llamado del seno de las tinieblas a su admirable luz.» (I S. Pedro, 11, 9.)
En efecto, en el seno de ese pueblo se conserva la verdad divina, que no podía extinguirse en él. Cuando la autoridad docente debe proclamar, en su infalibilidad, una decisión solemne en materia de doctrina, hace primero una llamada a la fe del pueblo cristiano y la sentencia declara inviolable lo que ha sido creído «en todos los lugares, en todos los tiempos y por todos». (S. Vicente de Lerius, «commonitorium».) En el pueblo cristiano reside este principio admirable de fraternidad de las inteligencias, en cuya virtud encontráis la misma creencia en las razas más diversas, por más hostiles que sean las unas para con las otras; en lo referente a la fe y a la sumisión a los Pastores, no hay más que un solo pueblo. En el seno de este pueblo florecen las más perfectas las virtudes y a veces las más heroicas; pues es el depositario, en gran parte, del elemento de santidad que Jesús ha derramado con su gracia en la naturaleza humana.
EL TESTIMONIO DEL AMOR.— Ved también con qué amor le protegen y le honran los Pastores. En todos los grados de la jerarquía va unido el deber de dar su vida por el rebaño. Este sacrificio del Pastor por sus ovejas no es verdadero heroísmo; es deber estricto. ¡Vergüenza y maldición aquel que retrocede!, el Redentor le señala con el nombre de mercenario. Pero también, ¡qué bello y qué innumerable este ejército de Pastores que, desde hace diez y nueve siglos, han dado su vida por el rebaño! No hay una página de los anales de la Iglesia en que no resplandezcan sus nombres, desde el de Pedro, crucificado como su Maestro, hasta los de esos Obispos de Cochinchina, de Tonkín, de Rusia y de España cuyos recientes martirios han venido a advertirnos que el Pastor no ha cesado de considerarse como víctima por el rebaño. Veamos también cómo antes de confiar sus corderos y sus ovejas a Pedro, Jesús quiere ante todo asegurarse si le ama más que los otros. Si Pedro ama a su Maestro, amará a las ovejas de su Maestro, y sabrá amarlas hasta dar su vida por ellas. Es la advertencia que le da el Salvador que, después de haberle confiado el rebaño entero, termina prediciéndole el martirio. ¡Dichoso pueblo aquel cuyos jefes no ejercen el poder más que a condición de estar prestos a derramar por él toda su sangre!
LAS SEÑALES DE RESPETO. — ¡ C o n qué respeto y qué consideración tratan los Pastores a estos rebaños de su Maestro! Si una de ellas llega a señalar en su vida los caracteres que denotan la santidad, hasta el punto de merecer ser propuesta a la sociedad cristiana como modelo y como intercesor, veréis entonces, no solamente al Sacerdote cuya palabra trae al Hijo de Dios al altar, no solamente al Obispo cuyas manos sagradas tienen el báculo pastoral, sino al Vicario mismo de Cristo, humildemente arrodillados ante el sepulcro en que la imagen del servidor o de la sierva de Dios por humilde que haya sido su rango, por débil que haya sido su sexo sobre la tierra. El sacerdocio jerárquico testificará este respeto por las ovejas de Cristo, aún con niño bautizado cuya lengua no se ha desatado aún, que no es contado en el Estado entre los ciudadanos, que tal vez antes de acabar el día sería ajado como la flor de los campos. El Pastor reconoce en él a un miembro digno del honor de pertenecer a ese cuerpo de Jesucristo que es la Iglesia, un ser» colmado de dones sublimes que hacen de él el objeto de las complacencias del cielo y la bendición de todos los que le rodean. Cuando el templo santo ha reunido la asamblea de fieles y el incienso se ha quemado sobre la oblata y alrededor del altar, el celebrante que ofrece el Sacrificio recibe el homenaje de este perfume misterioso que honra en él al representante de Cristo; el colegio sacerdotal ve avanzar enseguida hacia sí al turiferario, que viene a rendir honor a los que están señalados por el carácter sagrado; pero el incienso no se detiene en el santuario.
He aquí que el turiferario viene a colocarse en frente del pueblo fiel, y le concede en nombre de la Iglesia este mismo homenaje que hemos visto tributar al Pontífice y a los sacerdotes; pues el pueblo fiel está también en Cristo. Más aún, cuando el despojo mortal del cristiano, aunque haya sido el más pobre entre sus hermanos, es traído a la casa de Dios para recibir las honras fúnebres, esas mismas honras fúnebres son un homenaje. El incensario recorre aún sus miembros inanimados; hasta tal punto la Iglesia trata de reconocer y de honrar hasta el último momento el carácter divino que la fe le hace ver hasta en el más humilde de sus hijos. ¡Oh pueblo cristiano! ¡qué justo es decir de ti, y con mucha más razón, lo que Moisés decía de su Israel: «No, no hay nación tan grande y tan colmada de honor!» (Deut., IV, 7.)
El Tercer Domingo después de Pascua lleva, en la Iglesia griega, el nombre de «Domingo del Paralítico», porque se celebra de un modo particular la conmemoración del milagro que nuestro Señor obró en la Piscina Probática.
M I S A
El Introito es un himno triunfal que invita a toda la Creación a la alegría y a la acción de gracias.
INTROITO
Canta jubilosa a Dios, tierra toda, aleluya: decid un salmo a su nombre, aleluya: glorificad su alabanza, aleluya, aleluya, aleluya. — Salmo: Decid a Dios: ¡Cuán terribles son tus obras, Señor! En la grandeza de tu poder se engañarán tus enemigos. V. Gloria al Padre.
La Colecta recuerda la alta dignidad de la vocación cristiana. La Eucaristía sacrificio-sacramento nos obtendrá la gracia de ser fieles rechazando todo lo que es contrario a nuestro bautismo y practicando lo que le es conforme.
COLECTA
Oh Dios, que muestras, a los que yerran, la luz de tu verdad, para que puedan tornar al camino de la justicia: da, a todos los que hacen profesión de cristianos, la gracia de rechazar lo que se opone a ese nombre, y de seguir lo que concuerda con él. Por el Señor.
EPISTOLA
Lección de la Epístola del Ap. S. Pedro.
Carísimos: Os ruego que, como extranjeros y peregrinos, os abstengáis de los deseos carnales, que militan contra el alma, viviendo honradamente entre las gentes: para que, ya que os consideran como malhechores, al ver vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios el día de la visitación. Estad, pues, sumisos a toda criatura humana por Dios: ya al rey, como jefe: ya a los caudillos, como enviados por él para castigo de los malhechores y alabanza de los buenos: porque es voluntad de Dios que, obrando el bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres imprudentes: (obrad) como libres, y no como teniendo la libertad por velo de la malicia, sino como siervos de Dios. Honrad a todos: amad la fraternidad: temed a Dios: Honrad al rey. Siervos, someteos con todo temor a los amos, no sólo a los buenos y modestos, sino también a los díscolos. Porque esto es lo grato (a Dios), en nuestro Señor Jesucristo.
LOS DEBERES DEL CRISTIANO. — «El deber de santificarse se resuelve en las obligaciones concretas y adaptadas a la situación social actual de cada uno. La razón de insistir es la formulada por S. Pedro: el cristiano es como extraño y peregrino en el mundo no conquistado para el Evangelio. Es preciso luchar contra las fuerzas del pecado que se insinúan hasta en nosotros mismos, y guardar, en medio de los gentiles que se abandonan, a él, una conducta ejemplar digna de respeto y estima. «Este apostolado del buen ejemplo dicta, desde luego, a los cristianos su actitud «frente» a las instituciones humanas… su deber social se resume en cuatro frases cortas que son otras tantas normas directrices de la vida: 1.» tratar a todos los hombres con el respeto debido a su dignidad de hombres: 2.» amar a los que son nuestros hermanos en la fe: 3.° temer a Dios con ese temor que es el principio de la verdadera sabiduría y el contra-peso de la orgullosa confianza en sí: 4.° reverenciar la autoridad real dando al César lo que es del César. «En fin, el pensamiento de la fe hará que los sirvientes respeten y obedezcan a sus señores, y esta obediencia cristiana les hará merecedores del favor divino.» (A. Charue, «Las Epístolas Católicas», p. 455.) Realizaremos este ideal del cristiano gracias a la Redención siempre presente en el altar. Cada día nos recordará ella que el cristiano, siendo otro Cristo, debe sufrir como El para entrar en la gloria, y ella nos dará fuerzas para semejarnos a El.
ALELUYA
Aleluya, aleluya. J. El Señor envió la redención a su pueblo. Aleluya. V. Convenía que Cristo sufriera, y resucitara de entre los muertos: y entrara así en su gloría. Aleluya.
EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Juan.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Un poco, y ya no me veréis: y otro poco, y me veréis: porque voy al Padre. Dijéronse entonces los discípulos entre sí: ¿Qué es eso que nos dice: Un poco, y no me veréis: y otro poco, y me veréis, y: Porque voy al Padre? Dijeron, pues: ¿Qué es eso que nos dice: Un poco? No sabemos lo que habla. Y conoció Jesús que querían preguntarle, y díjoles: ¿Preguntáis entre vosotros qué es lo que dije: Un poco, y no me veréis y otro poco, y me veréis? En verdad, en verdad os digo: Que lloraréis y gemiréis vosotros, pero el mundo se gozará; y vosotros os contristaréis, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando pare, tiene tristeza, porque llega su hora; pero, cuando ha parido al niño, ya no se acuerda del apuro, por el gozo de haber nacido un hombre en el mundo. También vosotros tenéis ciertamente tristeza ahora, pero os veré otra vez, y se gozará vuestro corazón: y nadie os quitará vuestro gozo.
CONFIANZA EN LA PRUEBA. — «El Señor debía alejarse; pero sus palabras parecían contradictorias a los Apóstoles. ¿Cómo iba a estar al mismo tiempo con su Padre y con ellos? Jesús, que leía los pensamientos (en las almas), comprendió la ansiedad de los suyos. Sin duda, al hablar así, pensaba en el alejamiento momentáneo de la pasión y en la alegría de la Resurrección. Pero esta desaparición y esta vuelta eran, a a sus ojos, el símbolo de otra vuelta; la partida hacia su Padre, en la Ascensión, y la reunión con sus discípulos, en la eternidad. Mientras tanto, los discípulos tendrán que trabajar y sembrar en las lágrimas, en ausencia de su Maestro. ¿Qué importa la tribulación de los tiempos? No pensaremos en ella cuando el hombre nuevo se haya entregado a Dios, cuando la Iglesia alabe a Dios, cuando el nuevo Adán aparezca delante del Padre con la posteridad que habrá germinado de su sangre. No hay cosa mejor para darse de lleno, que seguir las perspectivas que nos abre el Salvador. Ahora momentos de angustia, después la alegría sin fin, cuya plenitud colmará nuestros deseos y nuestra inteligencia. Ningún poder creado es capaz de arrebatárnosla.
El Ofertorio es un grito de alabanza y de alegría, de la alegría encontrada en el sacrificio.
OFERTORIO
Alaba, alma mía, al Señor: alabaré al Señor en mi vida: salmearé a mi Dios mientras viva, aleluya. La Secreta nos recuerda que el fruto de la Eucaristía será desprendernos de la tierra y elevarnos hacia el cielo.
SECRETA
Haz, Señor, que nos sea dado en estos Misterios aquello con que, mitigando los deseos terrenos, aprendamos a amar los celestes. Por el Señor.
La Comunión nos hace oír el anuncio de la partida y de la vuelta de Cristo. Los santos misterios nos preparan para recibir al Señor cuando viniere.
COMUNION
Un poco, y no me veréis, aleluya: otro poco, y me veréis, porque voy al Padre, aleluya, aleluya. Entretanto, la Eucaristía es el reconfortamiento y la salvaguardia de los peregrinos en camino hacia el cielo.
POSCOMUNION
Suplicárnoste, Señor, hagas que, los Sacramentos que hemos recibido, nos restauren con alimentos espirituales, y nos protejan con corporales auxilios. Por el Señor.

