PADRES APOLOGÉTICOS: POLICARPO Y HERMAS

Policarpo de Esmirna.
Policarpo fue obispo de Esmirna. La gran estima en que fue tenido se explica porque había sido discípulo de los Apóstoles. Ireneo (Eusebio, Hist. eccl. 5,20,5) refiere que Policarpo se sentaba a los pies de San Juan y que, además, fue nombrado obispo de Esmirna por los Apóstoles (Adv. haer. 3,3,4). San Ignacio le dirigió una de sus cartas como a obispo de Esmirna. Las discusiones que Policarpo y el papa Aniceto sostuvieron en Roma, el año 155, en torno a diversos asuntos eclesiásticos de importancia, y en particular, sobre la fijación de la fecha para la celebración de la fiesta de Pascua, son otra prueba de la estima en que se tenía a Policarpo. Sin embargo, en esta cuestión candente no se halló una solución que satisficiera a ambas partes, porque Policarpo apelaba a la autoridad de San Juan y de los Apóstoles en defensa del uso cuartodecímano, mientras que Aniceto se declaró en favor de la costumbre adoptada por sus predecesores de celebrar la Pascua en domingo. A pesar de estas diferencias, el papa y el obispo se separaron en muy buenas relaciones. Ireneo relata (Adv. haer. 3,3,4) que Marción, al encontrarse con Policarpo, le preguntó si le reconocía: “Pues no faltaba más — replicó éste —, ¡cómo no iba a reconocer al primogénito de Satán!”
1. El Martirio de Policarpo.
Merced a una carta de la Iglesia de Esmirna a la comunidad cristiana de Filomelio, en la Frigia Grande, del año 156, tenemos una referencia detallada del heroico martirio de Policarpo, que ocurrió a poco de su regreso de Roma (probablemente el 22 de febrero del 156). Este documento es el relato circunstanciado más antiguo que existe del martirio de un solo individuo y se le considera, por lo tanto, como las primeras “Actas de los Mártires.” Sin embargo, por su forma literaria no pertenece a esta categoría, sino a la epistolografía cristiana primitiva. La carta lleva la firma de un tal Marción y fue escrita poco después de la muerte de Policarpo. Más tarde se añadieron a este documento unas notas con nuevas noticias. El documento permite formarnos un alto concepto de la noble personalidad de Policarpo. Cuando el procónsul Estacio Cuadrado ordenó a Policarpo: “Jura y te pongo en libertad; maldice de Cristo,” él replicó: “Ochenta y seis años ha que le sirvo y ningún daño he recibido de El; ¿cómo puedo maldecir de mi Rey, que me ha salvado?” (9,3). Cuando sus verdugos se disponían a sujetarle a la pira con clavos, dijo: “Dejadme tal como estoy, pues el que me da fuerza para soportar el fuego, me la dará también, sin necesidad de asegurarme con vuestros clavos, para permanecer inmóvil en la hoguera” (13,3). Esta narración, la más antigua reseña de martirio que conoce la investigación moderna, es muy importante para comprender el significado exacto de esta palabra. Encontramos ya la afirmación de que el martirio es una imitación de Cristo; la imitación consiste en parecerse a El en los sufrimientos y en la muerte. Este documento aporta, además, la prueba más antigua del culto a los mártires: “De este modo pudimos nosotros más tarde recoger los huesos del mártir, más preciosos que piedras de valor y más estimados que oro puro, los que depositamos en lugar conveniente. Allí, según nos fuere posible, reunidos en júbilo y alegría, nos concederá el Señor celebrar el natalicio del martirio de Policarpo” (18.2). Es impresionante ver cuán categóricamente afirma y justifica este documento el honor dado a los mártires: “A Cristo le adoramos como a hijo de Dios que es; mas a los mártires les tributamos con toda justicia el homenaje de nuestro afecto como a discípulos e imitadores del Señor, por el amor insuperable que mostraron a su Rey y Maestro” (17.3). Aparecen aquí, indicados con una claridad inequívoca, el fin intrínseco y el carácter dogmático de la veneración de los mártires, en cuanto que, se distingue de la adoración tributada a Cristo. Para la historia de la oración cristiana antigua es importante la oración que pone el autor en labios del mártir momentos antes de morir. Esta plegaria recuerda las fórmulas litúrgicas, no sólo en su doxología trinitaria precisa, sino desde el principio hasta el fin:
Señor Dios omnipotente:
Padre de tu amado y bendecido siervo Jesucristo.
por quien hemos recibido el conocimiento de Ti,
Dios de los ángeles y de las potestades,
de toda creación y de toda la casta de los justos,
que viven en presencia tuya:
Yo te bendigo,
porque me tuviste por digno de esta hora,
a fin de tomar parte, contado entre tus mártires,
en el cáliz de Cristo
para resurrección de eterna vida, en alma y cuerpo,
en la incorrupción del Espíritu Santo.
Sea yo con ellos recibido en tu presencia,
en sacrificio pingüe y aceptable,
conforme de antemano me lo preparaste
y me lo revelaste y ahora lo has cumplido,
Tú, el infalible y verdadero Dios.
Por lo tanto, yo te alabo por todas las ¿cosas,
te bendigo y te glorifico,
por mediación del eterno y celeste Sumo Sacerdote,
Jesucristo, tu siervo amado,
por el cual sea gloria a Ti con el Espíritu Santo,
ahora y en los siglos por venir. Amén (14: BAC 65, 682-683).
Por el contrario, hay que considerar como espuria la llamada Vita Polycarpi, de Pionio. Queda descartado como autor de ella Pionio, sacerdote de Esmirna que padeció martirio bajo Decio. La obra tiene un carácter puramente legendario y pudo haber sido escrita hacia ni año 400 a fin de completar el relato auténtico, más antiguo, de la muerte de Policarpo.
Los estudios recientes de H. Grégoire y P. Orgels han vuelto a poner sobre el tapete la discusión sobre la fecha exacta de la muerte del mártir. A su juicio, Policarpo no habría muerto el 22 de febrero del 156, sino del 177. Creen que el capítulo 21 del Martyriurn Polycarpi, en el cual se basa la fecha más antigua, es una interpolación del autor de la Vita Polycarpi del siglo IV o de principios del siglo V. H. Grégoire opina que el capítulo 4 del Martyrium representa una polémica antimontanista, que no pudo escribirse antes del año 172, ya que Eusebio menciona el 171 como el año en que comenzó el montañismo. No existe ninguna prueba suficiente que avale ninguna de las dos aserciones. Lejos de aportar una solución categórica al problema, las teorías que propugnan la nueva fecha añaden nuevas dificultades a las ya existentes, echan por tierra la relación entre Ignacio y Policarpo y están en desacuerdo con los testimonios de Eusebio e Ireneo; así lo han demostrado E. Griffe, W. Telfer, P. Meinhold y H. I. Marrou, que proponen los años 161-169.
2. Epístola a los Filipenses.
Ireneo nos dice (Eusebio, Hist. eccl. 5,20,8) que Policarpo escribió varias cartas a comunidades cristianas de los alrededores y a algunos hermanos suyos en el episcopado. Una solamente de estas cartas se ha conservado, la dirigida a los Filipenses. El texto completo ha llegado hasta nosotros tan sólo en su traducción latina. Los manuscritos griegos no contienen más que los capítulos 1-9,2. Eusebio (Hist. eccl. 3,36,13-15) alude también a un texto griego de los capítulos 9 y 13.
La comunidad cristiana de Philippi (Filipos) había pedido a Policarpo una copia de las cartas de San Ignacio. Policarpo se las mandó juntamente con una carta de su propio puño y letra. En ésta les pedía información segura sobre San Ignacio; debió, pues, de ser escrita poco después de la muerte de éste. Es una exhortación moral comparable a la Primera Epístola a los Corintios de San Clemente. De hecho, Policarpo se sirvió de la Epístola de Clemente como de fuente. En la carta a los Filipenses tenemos un cuadro fiel de la doctrina, organización y caridad cristiana de la Iglesia de aquel tiempo.
P.N. Harrison propuso la teoría de que el documento que llamamos Epístola de Policarpo en realidad de verdad se compone de dos cartas que Policarpo escribió a los filipenses en diferentes ocasiones; en fecha muy antigua debieron de ser copiadas sobre un mismo papiro, y se fundieron las dos en una. La primera, que es el capítulo 13 y quizá también el 14 de la carta actual, era una breve nota de envío mandada por Policarpo juntamente con una remesa de cartas de Ignacio inmediatamente después de la visita del prisionero a Esmirna y Filipos, camino de Roma. Según toda probabilidad, hay que fechar esta nota a primeros de septiembre del mismo año en que Ignacio fue martirizado (ca.110). La segunda epístola, integrada por los doce primeros capítulos, habría sido escrita por Policarpo veinte años más tarde. Para esa fecha el nombre de Ignacio se había convertido en un recuerdo venerado y su martirio había pasado a la historia. El archiheresiarca denunciado en la parte principal de la carta es Marción. Por esta razón y por otras pruebas internas, no cabe fijar una fecha anterior al año 130 aproximadamente. La teoría de Harrison es muy convincente y descarta la única objeción seria contra una fecha temprana de las epístolas de Ignacio.
a) Doctrina
La epístola defiende la doctrina cristológica de la encarnación y de la muerte de Cristo en cruz contra “las falsas doctrinas,” con estas palabras:
Porque todo el que no confesare que Jesucristo ha venido en carne, es un anticristo, y el que no confesare el testimonio de la cruz, procede del diablo, y el que torciere las sentencias del Señor en interés de sus propias concupiscencias, ese tal es primogénito de Satanás (7,1: BAC 65,666).
b) Organización
Policarpo no menciona al obispo de Filipos, pero sí habla de la obediencia debida a los ancianos y a los diáconos. Parece, pues, justificada la conclusión de que la comunidad cristiana de Filipos era gobernada por una comisión de presbíteros. La carta traza el siguiente retrato del sacerdote ideal:
Mas también los ancianos han de tener entrañas de misericordia, compasivos para con todos, tratando de traer a buen camino lo extraviado, visitando a todos los enfermos; no descuidándose de atender a la viuda, al huérfano y al pobre; atendiendo siempre al bien, tanto delante de Dios como de los hombres; muy ajenos de toda ira, de toda acepción de personas y juicio injusto; lejos de todo amor al dinero, no creyendo demasiado aprisa la acusación contra nadie, no severos en sus juicios, sabiendo que todos somos deudores de pecado (66,1: BAC 65,665-666).
c) Caridad
Se recomienda encarecidamente la limosna:
Si tenéis posibilidad de hacer bien, no lo difiráis, pues la limosna libra de la muerte. Estad todos sujetos los unos a los otros, guardando una conducta irreprochable entre los gentiles, para que de vuestras buenas obras vosotros recibáis alabanza y el nombre del Señor no sea blasfemado por culpa vuestra (10,2: BAC 65,668).
d) Iglesia y Estado
Merece notarse la actitud de la Iglesia para con el Estado. Se prescribe expresamente rogar por las autoridades civiles:
Rogad también por los reyes y autoridades y príncipes, y por los que os persiguen y aborrecen, y por los enemigos de la cruz, a fin de que vuestro fruto sea manifestado en todas las cosas y seáis perfectos en El (12,3: BAC 65,670).
Papías de Hierápolis.
Papías era obispo de Hierápolis, en el Asia Menor. De él dice Ireneo que había oído predicar a San Juan y que era amigo de Policarpo, obispo de Esmirna (Adv. haer. 5,33,4). Eusebio, por su parte (Hist. eccl. 3,39,3), nos informa que “fue un varón de mediocre inteligencia, como lo demuestran sus libros.” Las obras a que alude Eusebio no pueden ser otras que el tratado escrito por Papías en cinco libros hacia el año 130, y que se intitula “Explicación de las sentencias del Señor” (?????? ????a??? e????se?). Son varias las razones que justifican el severo juicio de Eusebio. En primer lugar, Papías defendió el milenarismo; en segundo lugar, demostró tener muy poco sentido crítico en la selección e interpretación de sus fuentes. Con todo, a pesar de sus defectos, lo que se conserva de su obra tiene importancia, pues contiene algo de inestimable valor para nosotros, como es la enseñanza oral de los discípulos de los Apóstoles. En su prefacio, Papías resume su obra de esta forma:
No dudaré en ofrecerte, ordenadas juntamente con mis interpretaciones, cuantas noticias un día aprendí y grabé bien en mi memoria, seguro como estoy de su verdad. Porque no me complacía yo, como hacen la mayor parte, en los que mucho hablan, sino en los que dicen la verdad; ni en los que recuerdan mandamientos ajenos, sino en los que recuerdan los que fueron dados por el Señor a nuestra fe y proceden de la verdad misma. Y si se daba el caso de venir alguno de los que habían seguido a los ancianos, yo trataba de discernir los discursos de los ancianos: qué había dicho Andrés, qué Pedro, qué Felipe, qué Tomás o Santiago, o qué Juan o Mateo o cualquier otro de los discípulos del Señor; igualmente, lo que dice Aristión y el anciano Juan, discípulos del Señor. Porque no pensaba yo que los libros pudieran serme de tanto provecho como lo que viene de la palabra viva y permanente (Eusebio, Hist. eccl. 3,39,3-4: BAC 65,873-874).
De esta cita se deduce claramente que las sentencias del Señor que Papías se proponía explicar no las había sacado solamente de los evangelios que habían sido escritos antes de él, sino también de la tradición oral. Por consiguiente, su obra no fue un mero comentario de los evangelios, aun cuando la mayor parte de los textos que explica los haya tomado de las narraciones evangélicas.
Entre los pocos fragmentos que Eusebio nos ha transmitido de la obra de Papías, dos observaciones sobre los dos primeros evangelios se han hecho famosas:
El anciano decía también lo siguiente:
Marcos, que fue el intérprete de Pedro, puso puntualmente por escrito, aunque no con orden, cuantas cosas recordó referentes a los dichos y a los hechos del Señor. Porque ni había oído al Señor ni le había seguido, sino que más tarde, como dije, siguió a Pedro, quien daba sus instrucciones según las necesidades, pero no como quien compone una ordenación de las sentencias del Señor. De suerte que en nada faltó Marcos poniendo por escrito algunas de aquellas cosas tal como las recordaba. Porque en una sola cosa puso su cuidado: en no omitir nada de lo que había oído o mentir absolutamente en ellas (Eusebio, Hist. eccl. 3,39,15-16: BAC 65.877).
Tenemos aquí la mejor confirmación de la canonicidad del evangelio de Marcos. Hasta el presente, sin embargo, no se ha dado con una explicación satisfactoria de por qué Papías menciona a Juan dos veces (3,39,4). Sobre el origen del evangelio de Mateo dice lo siguiente: “Mateo ordenó en lengua hebrea las sentencias (de Jesús), y cada uno las interpretó conforme a su capacidad” (Eusebio, Hist. eccl. 3,39,16). Esta afirmación prueba que en tiempos de Papías la obra original de Mateo había sido va reemplazada por la traducción griega. Las traducciones a que se refiere Papías no eran versiones escritas de los evangelios, sino traducciones orales de las sentencias del Señor contenidas en el evangelio. Según toda probabilidad, eran una traducción de las perícopas usadas en las asambleas litúrgicas de las comunidades griegas o bilingües.
Eusebio dice todavía de Papías: “Y así por el estilo, inserta Papías otros relatos como llegados a él por tradición oral, lo mismo que ciertas extrañas parábolas del Salvador y enseñanzas suyas y algunas otras cosas que tienen aún mayores visos de fábula. Entre esas fábulas hay que contar no sé qué milenio de años que dice ha de venir después de la resurrección de entre los muertos y que el reino de Cristo se ha de establecer corporalmente en esta tierra nuestra; opinión que tuvo, a lo que creo, Papías por haber interpretado mal las explicaciones de los Apóstoles y no haber visto el sentido de lo que ellos decían místicamente en ejemplos” (Hist. eccl. 3,39, 11- 12: BAC 65,875-876). Eusebio insinúa que el prestigio de Papías indujo a muchos escritores cristianos a creencias quiliastas: “El tuvo la culpa en la mayoría de los hombres de la Iglesia que abrazaron su misma opinión después de él, pues se escudaban en la antigüedad de aquel varón, como, en efecto, lo hace Ireneo, y si algún otro se manifestó con ideas semejantes” (3,39,13: BAC 65,876).
A estas narraciones “que tienen aún mayores visos de fábulas,” según dice Eusebio, pertenecen, sin duda alguna, las leyendas del espantoso fin del traidor Judas, el asesinato de Juan, hermano de Santiago, perpetrado por los judíos, y también lo que él había oído decir a las hijas de Felipe (Hechos de los apóstoles 21,8) que residían en Hierápolis; ellas le hablaron de los milagros que habían sucedido en sus días: de la resurrección de la madre de Manaimo y de la historia del Justo Barsabás, que se tragó una poción de veneno sin experimentar ningún efecto.
La “Epístola de Bernabé.”
La Epístola de Bernabé es un tratado teológico más que una carta; de carta no tiene más que la apariencia. De hecho no contiene nada personal y carece de introducción y conclusión. Su contenido es de carácter general y no aparece en ella ninguna indicación de que fuera dirigida a alguna persona particular. Su forma de carta es puro artificio literario. Los escritores cristianos primitivos consideraban el género epistolar como el único apto para dar instrucciones piadosas y recurrían a este género aun cuando no se dirigieran a un círculo limitado de lectores. El propósito del autor, cuyo nombre no se menciona, es enseñar “el conocimiento perfecto” (???s??) y la fe.
1. Contenido
La carta se divide en dos partes: una teórica y otra práctica.
I. La primera sección, teórica, comprende los capítulos 1-17 y es de carácter dogmático. En el capítulo 1,5, el autor declara la intención de su obra con estas palabras: “a fin de que, juntamente con vuestra fe, tengáis perfecto conocimiento.” Este conocimiento, empero, es especial. El autor desea, en primer lugar, exponer y probar a sus lectores el valor y la significación de la revelación del Antiguo Testamento; trata de demostrar que los judíos entendieron muy mal la Ley, porque la interpretaron literalmente. Después de repudiar esta interpretación, explica lo que, a su juicio, representa el sentido espiritual genuino, o sea, la te?e?a ???s??. Consiste en una explicación alegórica de las doctrinas y mandamientos del Antiguo Testamento. Dios no quiere el don material de sacrificios sangrientos, sino la ofrenda de un corazón arrepentido. No quiere la circuncisión de la carne, sino la de nuestro oído, a fin de que nuestra mente se incline a la verdad. No insiste en que nos abstengamos de la carne de animales impuros, pero insiste en que renunciemos a los pecados simbolizados por aquellos animales (c.9 y 10). El cerdo, por ejemplo, es enumerado entre los animales prohibidos, porque hay hombres que se parecen a los cerdos, que, una vez ahitos, olvidan la mano que los alimenta. El águila, el halcón, el gavilán y el cuervo son animales prohibidos, porque simbolizan hombres que logran su pan cotidiano por la rapiña y toda suerte de iniquidad, en vez de ganarse su sustento con un trabajo honrado y el sudor de su frente (c.14,4). Una prueba de lo atrevido de las alegorías del autor la da el capítulo 9. Habla de la circuncisión que Abrahán ordenó a 318 de sus siervos. Según la interpretación del autor, ésta fue la manera como le fue revelado a Abrahán el misterio de la redención mediante la crucifixión y muerte de Cristo. Las cifras 10 y 8 en griego se escriben ?, ?; el número 300 = t. Esta letra t significa la cruz. Por consiguiente, el número 318 significa la redención por medio de la muerte de Jesús en la cruz. La Ley Antigua no estaba destinada a los judíos. “Moisés, pues, recibió la alianza; mas ellos no se hicieron dignos.” Estaba destinada, desde un principio, a los cristianos. “Ahora bien, ¿cómo la recibimos nosotros? Aprendedlo: Moisés la recibió como siervo que era; mas a nosotros nos la dio el Señor en persona para hacernos, habiendo sufrido por nosotros, pueblo de su herencia” (14,4). La interpretación judía de la Antigua Ley no estaba garantizada por Dios; los judíos fueron engañados por las maquinaciones de un ángel malo: “Ellos transgredieron su mandamiento, pues un ángel malo los engañó” (9,4). El autor se atreve incluso a decir que el culto judío se parece a la idolatría pagana (16,2). II. La segunda sección (c.18-21) se ocupa de moral, y en ella no se nota ninguna preferencia especial. Lo mismo que la Didaché, describe las dos vías del hombre, la de la vida y la de la muerte; a la primera llama camino de luz; a la segunda, camino de tinieblas. Para delinear la senda de la luz da un gran número de preceptos morales que recuerdan el decálogo. El pasaje que trata de la senda de las tinieblas consiste en un catálogo de vicios y pecados.
2. Doctrina.
Aunque el elemento doctrinal esté desparramado en este libro, hay detalles que merecen destacarse.
1) Bernabé proclama la preexistencia de Cristo. Estaba con Dios Padre cuando éste creó el mundo; las palabras “hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra” fueron dichas por el Padre a su divino Hijo (5,5). Bernabé emplea, además, la parábola del sol, tan popular en la teología alejandrina, para explicar la encarnación:
Porque de no haber venido en carne, tampoco hubieran los hombres podido salvarse mirándole a El, como quiera que mirando al sol, que al cabo está destinado a no ser, como obra que es de sus manos, no son capaces de fijar los ojos en sus rayos (5,10: BAC 65,780). Dos fueron las causas de la encarnación:
Primeramente: “El Hijo de Dios vino en carne a fin de que llegara a su colmo la consumación de los pecados de quienes persiguieron de muerte a sus profetas. Luego para ese fin sufrió.”
En segundo lugar: “El mismo fue quien quiso así padecer” (5,11-13: BAC 65,780-781).
2) Los capítulos 6 y 11 describen bellamente cómo el bautismo confiere al ser humano la adopción de hijos e imprime en su alma la imagen y semejanza de Dios:
Habiéndonos renovado por el perdón de nuestros pecados, hizo de nosotros una forma nueva, hasta el punto de tener un alma de niño, como de veras nos ha plasmado El de nuevo. Y, en efecto, la Escritura dice de nosotros lo mismo que Dios dijo a su Hijo: “Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra” (6,11-12: BAC 65,783).
3) El bautismo transforma a las criaturas de Dios en templos del Espíritu Santo:
Quiero hablaros acerca del templo, cómo extraviados los miserables confiaron en el edificio y no en su Dios, que los creó, como si aquél fuera la casa de Dios. Pues, poco más o menos como los gentiles, le consagraron en el templo. Mas ¿cómo habla el Señor destruyéndolo? Aprendedlo: “¿Quién midió el cielo con el palmo y la tierra con el pulgar? ¿No he sido yo? — dice el Señor — . El cielo es mi trono, y la tierra escabel de mis pies: ¿Qué casa es esa que me vais a edificar o cuál es el lugar de mi descanso? Luego ya os dais cuenta de que su esperanza es vana.” Y, por remate, otra vez les dice: “He aquí que los que han destruido este templo, ellos mismos lo edificarán.” Así está sucediendo, pues por haberse ellos sublevado, fue derribado el templo por sus enemigos, y ahora hasta los mismos siervos de sus enemigos lo van a reconstruir…
Pues inquiramos si existe un templo de Dios. Existe, ciertamente, allí donde El mismo dice que lo ha de hacer y perfeccionar. Está, efectivamente, escrito: “Y será, cumplida la semana, que se edificará el templo de Dios gloriosamente en el nombre del Señor.”
Hallo, pues, que existe un templo. ¿Cómo se edificará en el nombre del Señor? Aprendedlo. Antes de creer nosotros en Dios, la morada de nuestro corazón era corruptible y flaca, como templo verdaderamente edificado a mano, pues estaba llena de idolatría y era casa de demonios, porque no hacíamos sino cuanto era contrario a Dios. “Mas se edificará en el nombre del Señor.” Atended a que el templo del Señor se edifique gloriosamente. ¿De qué manera? Aprendedlo. Después de recibido el perdón de los pecados, y por nuestra esperanza en el Nombre, fuimos hechos nuevos, creados otra vez desde el principio. Por lo cual, Dios habita verdaderamente en nosotros, en la morada de nuestro corazón (16,1-4,6-8).
4) En el capítulo 15,8 insiste en la celebración del día octavo de la semana, o sea del domingo, en lugar del sábado de los judíos, por ser aquél el día de la resurrección:
Por último, les dice: “Vuestros novilunios y vuestros sábados no los aguanto.” Mirad cómo dice: No me son aceptos vuestros sábados de ahora, sino el que yo he hecho, aquel en que, haciendo descansar todas las cosas, haré el principio de un día octavo, es decir, el principio de otro mundo. Por eso justamente nosotros celebramos también el día octavo con regocijo, por ser día en que Jesucristo resucitó de entre los muertos y, después de manifestado, subió a los cielos (15,8-9).
5) La vida del niño, antes como después de su nacimiento, está protegida por la ley: “No matarás a tu hijo en el seno de la madre ni, una vez nacido, le quitarás la vida” (19,5).
6) El autor es milenarista. Los seis días de la creación significan un período de seis mil años, porque mil años son como un día a los ojos del Señor. En seis días, esto es, “en seis mil años, todo quedará completado, después de lo cual este tiempo perverso será destruido y el Hijo de Dios vendrá de nuevo a juzgar a los impíos y a cambiar el sol y la luna y las estrellas, y el día séptimo descansará. Entonces amanecerá el sábado del reino milenario (15,1-9).
3. El autor.
En la carta no dice en ninguna parte que Bernabé sea su autor, ni siquiera reclama para sí un origen apostólico. Sin embargo, desde los más remotos tiempos la tradición la ha atribuido al apóstol Bernabé, compañero y colaborador de San Pablo. El Codex Sinaiticus, del siglo IV, cita la epístola entre los libros canónicos del Nuevo Testamento, inmediatamente después del Apocalipsis de San Juan. Clemente de Alejandría toma de ella muchos pasajes que atribuye al apóstol Bernabé. Orígenes la llama ?a?????? ?p?st??? y la enumera entre los libros de la Sagrada Escritura. Eusebio la relega a la categoría de libros controvertidos, y San Jerónimo la cuenta entre los apócrifos. La crítica moderna ha establecido de una manera definitiva que el apóstol Bernabé no es su autor, porque en la carta se repudia dura y absolutamente el Antiguo Testamento. Por razón de esta pronunciada antipatía contra todo lo judío, Bernabé queda descartado como autor de la epístola. Por lo demás, se advierte un abismo entre las doctrinas de San Pablo, cuyo compañero de misión fue Bernabé, y las opiniones que se expresan en la epístola. Pablo reconoció el Antiguo Testamento como institución divinamente ordenada; en cambio, la Epístola de Bernabé habla de él como de un engaño diabólico (9,4). Hay, además, razones históricas para negar a Bernabé la paternidad literaria de esta epístola, puesto que es absolutamente cierto que fue escrita después de la destrucción de Jerusalén; el capítulo 16 lo prueba bien a las claras.
El uso del método alegórico apunta hacia Alejandría como patria del autor. La influencia de Filón es innegable. Esto explicaría también, en parte, la alta estima en que tuvieron la epístola los teólogos alejandrinos.
4. Fecha de composición
La destrucción del templo de Jerusalén, mencionada en la epístola, permite fijar con certeza el terminus post quem. En cambio, en lo que se refiere al terminus ante quem, las opiniones son muy divergentes. En el capítulo 16,3-4, se dice así: “Y, por remate, otra vez les dice: He aquí que los que han destruido este templo, ellos mismos lo reedificarán. Así está sucediendo, pues por haberse ellos sublevado, fue derribado el templo por sus enemigos, y ahora los mismos siervos de sus enemigos lo van a reconstruir.” La frase que empieza con las palabras “y ahora” nos lleva a concluir que ya había transcurrido algún tiempo desde la destrucción del templo. En lo que se dice sobre la planeada reconstrucción le parece ver a Harnack una alusión a la construcción del templo de Júpiter en Jerusalén durante el reinado de Adriano (117-138). Basándose en esto, Harnack fecha la composición de la epístola en el año 130 ó 131. Funk opina que este pasaje se refiere a la erección del templo sobrenatural de Dios, la Iglesia; pero su teoría no es nada convincente. Menos satisfactoria es aún la conclusión que respecto a la fecha de composición saca del capítulo 4,4-5, donde se cita a Daniel 7,24 y 7,7-8. El pasaje dice: “Además, el profeta dice así: Diez reinos reinarán sobre la tierra, y tras ellos se levantará un rey pequeño que humillará de un golpe a tres reyes. Igualmente Daniel dice sobre lo mismo: Y vi la cuarta bestia, mala y fuerte, y más fiera que todas las otras bestias de la tierra, y cómo de ella brotaban diez cuernos, y de ellos un cuerno pequeño como un retoño, y cómo éste humilló de un golpe a tres de los cuernos mayores.” Funk identifica al emperador romano Nerva (96-98) con el undécimo pequeño rey de esta profecía. Según él, Nerva “humilló de un golpe a tres revés,” por cuanto que alcanzó el trono después de asesinar a Domiciano, en quien se extinguió la dinastía de los Flavianos, compuesta de tres miembros, los emperadores Vespasiano, Tito y el propio Domiciano. Pero únicamente mediante una interpretación tan arbitraria pueden aplicarse a Nerva las palabras de Daniel. Por otra parte, el método adoptado por Harnack para fechar la carta tiene también dificultades. Todo depende de qué destrucción y de qué reconstrucción del templo se trate en la epístola. Lietzmann cree que el autor se refiérela la segunda destrucción del templo en la guerra de Barcochba. La obra habría sido compuesta después de empezada esta insurrección, cuyo fin coincide con el último año del reinado de Adriano (138). No cabe defender una fecha posterior a ésta. En otro tiempo se dudó de la homogeneidad de la Epístola de Bernabé y se intentó descubrir interpolaciones. Sin embargo, Muilenbereg ha demostrado satisfactoriamente que el documento es, desde el principio hasta el fin de un mismo autor, sin que sea posible discernir adiciones ulteriores. Las incoherencias en que cae con frecuencia deben atribuirse al poco dominio que el autor tiene del lenguaje y de la composición. De vez en cuando salta bruscamente de un tema a otro, y a menudo rompe el hilo de su discurso para intercalar exhortaciones morales que no tienen nada Que ver con lo que está diciendo. La exposición de las dos vías, la del bien y la del mal, está tomada dé la misma fuente que la de la Didaché. No obstante, se puede afirmar con certeza que el autor no usó la Didaché. El análisis de la Epístola de Bernabé indica que su autor no solamente tuvo a su disposición esa fuente común y las Sagradas Escrituras, sino también otras fuentes que no es posible identificar.
5. Transmisión del texto.
Para el texto griego tenemos las siguientes autoridades:
1) El Codex Sinaiticus, del siglo IV, en otro tiempo en San Petersburgo y actualmente en Londres. Figura entre los libros del Nuevo Testamento, inmediatamente después del Apocalipsis.
2) El Codex Hierosolymitanus, del año 1056, antiguamente en Constantinopla, hoy día en Jerusalén. Este códice fue descubierto por Bryennios en 1875 y contiene la Epístola de Bernabé, la Didaché y la Primera Carta de Clemente.
3) El Codex Vaticanus Graec. 859, del siglo XI, contiene, entre otras cosas, las cartas de San Ignacio, de San Policarpo y la Epístola de Bernabé. Faltan, empero, los capítulos 1,1-5.7. Esta laguna aparece también en manuscritos posteriores que dependen de este mismo arquetipo.
La obra existe también en una traducción latina del siglo III. Fue copiada en el siglo X en el monasterio de Corbie y ahora se conserva en San Petersburgo. En este manuscrito faltan, sin embargo, los capítulos 18,1-29,9.
El Pastor de Hermas.
Aunque se le cuenta entre los Padres Apostólicos, en realidad el Pastor de Hermas pertenece al grupo de los apocalipsis apócrifos. Es un libro que trata de las revelaciones hechas a Hermas en Roma por dos figuras celestiales. La primera era una mujer de edad, y la segunda, un ángel en forma de pastor. De ahí el título del libro. Solamente un pasaje de la obra nos ofrece la posibilidad de determinar la fecha de composición. Efectivamente, en la visión segunda (4,3) Hermas recibe de la Iglesia la orden de hacer dos copias de la revelación, una de las cuales tiene que entregarla a Clemente, quien se encargará de mandarla a las ciudades lejanas. Este Clemente de quien se habla aquí es, sin duda, el papa Clemente de Roma, que escribió su Epístola a los Corintios hacia el año 96. Pero esto parece estar en contradicción con el Fragmento Muratoriano, que dice de nuestro autor: “Muy recientemente, en nuestros tiempos, en la ciudad de Roma, Hermas escribió el Pastor estando sentado como obispo en la cátedra de la Iglesia de Roma su hermano Pío.” El testimonio del Fragmento Muratoriano, de fines del siglo II, da la impresión de ser fidedigno. Mas el reinado de Pío I corre del año 140 al 150. Por esta razón se consideró como una ficción la referencia de Hermas al papa Clemente en la visión segunda. No existe, con todo, razón alguna de peso para juzgarla así. Se pueden aceptar las dos fechas teniendo en cuenta la manera como fue compilado el libro. Las partes más antiguas probablemente son del tiempo de Clemente, mientras que la redacción definitiva dataría de la época de Pío I. El examen crítico de la obra lleva a la misma conclusión: se ve que hay partes que pertenecen a distintas épocas. Por otro lado, no se puede aceptar la opinión de Orígenes, que identifica ni autor del Pastor con su homónimo de la Epístola de San Pablo a los Romanos. El autor dice de sí mismo que, siendo muy joven, fue vendido como esclavo y enviado a Roma, donde le compró su dueña, una tal Rodé. Los frecuentes hebraísmos de la obra indican que el autor era de origen judío o, por lo menos, que había recibido una formación judía. Con franca sinceridad cuenta toda clase de intimidades propias y de su familia. Habla de sus negocios, de la pérdida de los bienes que había ido atesorando como liberto y del cultivo de sus terrenos, situados a lo largo de la vía que va de Roma a Cumas. Esto último explica que se escapen de su pluma tantas imágenes de la vida rural. Nos dice que sus hijos apostataron durante la persecución, que traicionaron a sus padres y llevaron una vida desordenada. Nada bueno puede decir de su mujer, que habla demasiado y no sabe poner freno a su lengua. Todos estos detalles nos inducen a concluir que se trata de un hombre serio, piadoso y de recta conciencia, que se mantuvo firme durante el tiempo de persecución.
Su obra viene a ser un sermón sobre la penitencia, de carácter apocalíptico y, en su conjunto, curioso tanto por la forma como por el fondo. Externamente, la obra está dividida en tres secciones, que contienen cinco visiones, doce preceptos o mandamientos y diez comparaciones. Con todo, a pesar de esta distribución hecha por el mismo autor, internamente la obra no da pie a la triple división ni a las distintas subdivisiones, va que incluso los preceptos y las parábolas son apocalípticos. Lógicamente tiene solamente dos partes principales y una conclusión.
Contenido.
I. En la primera parte principal, visiones 1-4, Hermas recibe sus revelaciones de la Iglesia, que se le aparece primero en forma de una venerable matrona, que va despojándose gradualmente de las señales de la vejez para surgir, en la visión cuarta, como una novia, símbolo de los elegidos de Dios.
Primera visión. Como preámbulo a esta visión. Hermas hace mención de un pecado de pensamiento que turba su conciencia. Se le aparece la Iglesia en la forma de una mujer anciana y le exhorta a hacer penitencia por sus pecados y por los de su familia.
Segunda visión. En esta visión la anciana matrona le da un librito para que lo copie y lo divulgue; el contenido del mismo exhorta asimismo a la penitencia y profetiza con toda claridad que es inminente una persecución
Tercera visión. La anciana emplea aquí el símbolo de una torre en construcción para explicar a Hermas el destino de la cristiandad, que crecerá y se convertirá pronto en la Iglesia ideal. Así como toda piedra que no es apta para la construcción de la torre es rechazada, así también el pecador que no haga penitencia será excluido de la Iglesia. Es necesaria una penitencia rápida, porque el tiempo es limitado.
Cuarta visión. Esta visión muestra al vidente, bajo la forma de un dragón monstruoso, persecución y calamidades espantosas e inminentes. Mas, por terrible que sea el monstruo, no hará daño ni al vidente ni a los que estén armados con una fe inquebrantable. Detrás de la bestia ve a la Iglesia ataviada como una hermosa novia, símbolo de la bienaventuranza destinada a los fieles, y garantía de su recepción dentro de la Iglesia eterna del futuro.
Quinta visión. Esta visión sirve de transición entre la primera parte y la secunda. En ella el ángel de penitencia se aparece en forma de pastor, que patrocinará y dirigirá toda la misión penitencial que ha de reanimar a la cristiandad, y que ahora proclama sus mandamientos y sus comparaciones.
II. La segunda parte principal comprende doce mandamientos y las nueve primeras parábolas o comparaciones.
1) Los doce mandamientos vienen a ser un resumen de la moral cristiana: establecen los preceptos a que debe conformarse la nueva vida de los penitentes, y trata en concreto: (1) de la fe, del temor de Dios y de la sobriedad; (2) de la simplicidad de corazón y de la inocencia; (3) de la veracidad; (4) de la pureza y del debido comportamiento en el matrimonio y en la viudez; (5) de la paciencia y del dominio de sí mismo; (6) a quién se ha de creer y a quién se ha de despreciar, es decir, el Ángel de Justicia y el Ángel de la Iniquidad; (7) a quién hay que temer y a quién no hay que temer: Dios y el diablo; (8) de lo que hay que evitar y lo que hay que hacer: el bien y el mal; 9 de las dudas; (10) de la tristeza y del pesimismo; (11) de los falsos profetas; (12) del deber de extirpar del propio corazón todo mal deseo y colmarlo de bondad y alegría. La sección entera termina, como cada uno de los preceptos, con una exhortación y una promesa. A los pusilánimes que dudan de sus fuerzas para cumplir los mandamientos se les asegura que a todo el que se esfuerza por cumplirlos confiando en Dios le será cosa fácil perseverar en el cumplimiento de los mismos y que todo el que se adhiere a los mandamientos obtendrá la vida eterna.
2) Las diez semejanzas. Las cinco primeras parábolas contienen asimismo preceptos morales. La primera llama a los cristianos extranjeros en la tierra: “Sabéis que vosotros, los siervos de Dios, vivís en tierra extranjera, pues vuestra ciudad está muy lejos de esta en que ahora habitáis. Si, pues, sabéis cuál es la ciudad en que definitivamente habéis de habitar, ¿a qué fin os poseer aquí campos y lujosas instalaciones, casas y moradas perecederas? Ahora bien, el que todo eso se posee para la ciudad presente, señal es que no piensa volver a su propia ciudad… En lugar, pues, de campos comprad almas atribuladas, conforme cada uno pudiere; socorred a las viudas y a los huérfanos y no los despreciéis; gastad vuestra riqueza y vuestros bienes todos en esta clase de campos y casas, que son las que habéis recibido del Señor… Este es el lujo bueno y santo.” La segunda comparación impone al rico, bajo la alegoría de la yedra y el olmo, que viven en dependencia mutua, el deber de ayudar al necesitado. En correspondencia a la ayuda recibida, el pobre debe rogar por sus hermanos acomodados. La tercera parábola resuelve una cuestión que tanto inquieta al cristianismo, como es la de saber por qué es imposible distinguir en este mundo a los pecadores y a los justos; compara a unos y a otros con los árboles del bosque en invierno: cuando se han despojado de sus hojas y la nieve cubre sus ramas, no se les puede distinguir tampoco. La cuarta comparación añade, a modo de paréntesis, que el mundo venidero es como un bosque en verano, pues entonces se distinguen claramente tanto los árboles muertos como los sanos. La quinta parábola se refiere a la costumbre de los ayunos públicos observados por toda la comunidad — las estaciones, como se les llamaba entonces — y critica, no tanto la institución en sí misma ni el ayuno en general, sino la esperanza vana que algunos ponían en esta práctica. El ayuno exige, ante todo y sobre todo, reforma moral, estricta observancia de la ley de Dios y la práctica de la caridad. En días de ayuno, el Pastor permite solamente pan y agua. Lo que se ahorra de este modo del gasto ordinario de cada día debe darse a los pobres. Las cuatro últimas comparaciones tratan de la sumisión a la penitencia. Así la sexta presenta al ángel de la gula y del fraude y al ángel del castigo en forma de dos pastores, y examina la duración del castigo que ha de seguir. En la comparación séptima, Hermas ruega al ángel del castigo, que le atormenta, que le libre; en cambio, se le exhorta a la paciencia y se le dice, para su consuelo, que está sufriendo por los pecados de su familia. La semejanza octava compara la Iglesia con un gran sauce mimbrero, cuyas ramas son muy resistentes; porque aun cuando, arrancadas del árbol madre, parecen secas, vuelven a brotar si se las planta en el suelo y se las mantiene húmedas. Asimismo, los que fueron privados de la unión vital con la iglesia por el pecado mortal, pueden resucitar de nuevo a la vida por la penitencia y el uso de los instrumentos de gracia que ofrece la Iglesia. La comparación novena fue, probablemente, introducida más tarde; hasta cierto punto es una corrección. Se vuelve a presentar la semejanza de la torre, y las diferentes piedras usadas en su construcción representan los distintos tipos de pecadores. Lo enteramente nuevo está en que la construcción de la torre queda diferida por un tiempo a fin de dar oportunidad a muchos pecadores a que se conviertan y puedan ser recibidos en la torre. Pero, si no se dan prisa a arrepentirse, serán excluidos. En otras palabras, el tiempo de penitencia, limitado en un principio, se extiende ahora más de lo que había sido anunciado primitivamente. Es muy posible que el mismo Hermas hiciera estos cambios cuando se dio cuenta de que la esperada parusía no había llegado. La comparación décima forma la conclusión de toda la obra. Hermas es amonestado de nuevo por el ángel a hacer penitencia para purificar a su propia familia de todo mal, y se le encarga, además, la misión de exhortar a todo el mundo a la penitencia.
Apenas existe otro libro de los tiempos primitivos del cristianismo en que se describa tan al vivo la vida de la comunidad cristiana como en el Pastor de Hermas. Encontramos aquí cristianos de todas clases, buenos y malos. Leemos de obispos, presbíteros y diáconos que ejercieron dignamente su cargo delante de Dios; pero también nos enteramos que hubo sacerdotes dados a juzgar, orgullosos, negligentes y ambiciosos; y diáconos que se quedaron con el dinero destinado a las viudas y a los huérfanos. Encontrarnos mártires cuyo corazón permaneció firme en todo momento, pero también vemos apóstatas, traidores y delatores; no faltan cristianos que apostataron únicamente por intereses mundanos y otros que no se avergonzaron de blasfemar públicamente de Dios y de sus hermanos cristianos. Se nos habla de conversos que viven sin mancha alguna de pecado, así como también de pecadores de todas clases; de ricos que desdeñan a los hermanos más pobres, y de cristianos caritativos y buenos. Hay asimismo herejes y también gente que duda y se esfuerza por hallar el camino de la justicia; y al lado de buenos cristianos con faltas pequeñas pueden verse simuladores e hipócritas. Por eso, el libro de Hermas viene a ser como un gran examen de conciencia de la Iglesia de Roma. El comportamiento cobarde de tan gran número de cristianos fue, sin duda, debido al periodo de relativa paz, durante la cual los cristianos se habían acostumbrado a una vida materialista, habían amontonado riquezas e incluso adquirido cierto prestigio entre sus vecinos paganos. De aquí que los horrores de una terrible persecución los encontrara enteramente desprevenidos. Estos sucesos señalan el reinado de Trajano y, por consiguiente, están indicando claramente la primera mitad del siglo II, que es la fecha apuntada más arriba. A pesar de esto se ve claro que, a los ojos de Hermas, no son los pecadores, sino los cristianos de vida ejemplar los que forman la mayoría.
El autor no intenta solamente mover a los malos con sus exhortaciones a la penitencia, sino también animar a las almas tímidas. Por eso en todo el discurso se echa de ver cierto optimismo en la concepción de la vida.
El Aspecto Dogmático del “Pastor.”
1) Penitencia.
La doctrina penitencial de Hermas ha dado lugar a enconadas controversias. Estas han gravitado en torno al cuarto mandamiento (3,1-7), que presenta a Hermas en un coloquio con el ángel de la penitencia:
Señor, le dije, he oído de algunos doctores que no hay otra penitencia fuera de aquella en que bajamos al agua y recibimos la remisión de nuestros pecados pasados. Has oído — me contestó — exactamente, pues es así. El que, en efecto, recibió una vez el perdón de sus pecados, no debiera volver a pecar más, sino mantenerse en pureza. Mas, puesto que todo lo quieres saber puntualmente, quiero declararte también esto, sin que con ello intente dar pretexto de pecar a los que han de creer en lo venidero o poco han creido en el Señor. Porque quienes poco ha creyeron o en lo venidero han de creer no tienen lugar a penitencia de sus pecados, sino que se les concede sola remisión, por el bautismo, de sus pecados pasados. Ahora bien, para los que fueron llamados antes de estos días, el Señor ha establecido una penitencia. Porque, como sea el Señor conocedor de los corazones y previsor de todas cosas, conoció la flaqueza de los hombres y que la múltiple astucia del diablo había de hacer algún daño a los siervos de Dios, y que su maldad se ensañaría en ellos. Siendo, pues, el Señor misericordioso, tuvo lástima de su propia hechura, y estableció esta penitencia, y a mí me fue dada la potestad sobre esta penitencia. Sin embargo, yo te lo aseguro — -me dijo —: si después de aquel llamamiento grande y santo, alguno, tentado por el diablo, pecare, sólo tiene una penitencia; mas, si a la continua pecare y quisiere hacer penitencia, sin provecho es para hombre semejante, pues difícilmente vivirá. Díjele yo: La vida me ha dado haberte oído hablar sobre esto tan puntualmente, porque ahora sé cierto que, si no volviere a cometer nuevos pecados, me salvaré. Te salvarás tú — me dijo —, y lo mismo todos cuantos hicieren estas cosas (BAC 65,978-979).
Según este pasaje, la doctrina penitencial de Hermas puede reducirse a los siguientes puntos:
a) Hay una penitencia saludable después del bautismo. Esta no es una doctrina nueva proclamada por primera vez por Hermas, como se ha dicho con frecuencia equivocadamente, sino una antigua institución de la Iglesia. Precisamente la razón que impulsó a Hermas a escribir su obra fue que había algunos maestros que insistían en que no había otra penitencia fuera del bautismo y que todo aquel que cometiera un pecado mortal dejaba de ser miembro de la Iglesia. Tampoco quiso Hermas dar la impresión de que él era el primero en anunciar al pecador cristiano el perdón de sus pecados o que éste es solamente una concesión excepcional. Lo que el autor pretende en realidad es hacer comprender a los cristianos que su mensaje les ofrece no la primera, sino más bien la última oportunidad de perdón por los pecados cometidos. Esto es lo que constituye el elemento nuevo de su mensaje.
b) La penitencia tiene un carácter universal: ningún pecador queda excluidode ella, ni el impuro ni el apóstata. Únicamente es excluido el pecador que no quiere arrepentirse.
c) La penitencia debe ser inmediata y debe producir la enmienda; no hay que abusar de la oportunidad que ella concede cayendo de nuevo en el pecado. Prueba le necesidad de corregirse basándose en una razón de carácter psicológico: la dificultad que tiene el reincidente de conseguir la vida eterna. Habla más bien desde un punto de vista pastoral que teológico. Urge la necesidad de una penitencia inmediata por razones escatológicas. Hay que arrepentirse antes que la construcción de la torre, la Iglesia, sea ya un hecho consumado, porque se han interrumpido los trabajos para dar al pecador tiempo para hacer penitencia.
d) El fin intrínseco de la penitencia es la µet????a, una reforma total del pecador, unida al deseo de expiar con castigos voluntarios, con ayuno y con la oración, impetrando el perdón de los pecados cometidos.
e) La justificación que se obtiene por la penitencia no es solamente una purificación, sino una santificación positiva, igual a la que produce el bautismo por la infusión del Espíritu Santo (Sim. 5,7,1-2).
f) En la doctrina penitencial de Hermas domina ya la idea de que la Iglesia es una institución necesaria para la salvación. Así. Hermas habla de oraciones que ofrecen los ancianos de la Iglesia en favor de los pecadores. No se menciona la reconciliación como tal, pero hay que admitirla como cosa cierta, por razones de peso.
2) Cristología
La cristología de Hermas ha suscitado serias dificultades. Nunca usa la palabra Logos o el nombre de Jesucristo. Le llama invariablemente Salvador, Hijo de Dios o Señor. Además, en la comparación 9,1,1 se lee que el ángel de la penitencia dice a Hermas: “Quiero mostrarte otra vez todo lo que te mostró el Espíritu Santo (t? p?e?µa t? a????). que habló contigo bajo la figura de la Iglesia; porque aquel Espíritu es el Hijo de Dios.” Aquí se identifica al Espíritu Santo con el Hijo de Dios. Tenemos, pues, solamente dos personas divinas, Dios y el Espíritu Santo, cuyas relaciones se presentan como las de Padre e Hijo. La comparación 5,6,5-7 es aún más significativa:
Al Espíritu Santo, que es preexistente, que creó toda la creación. Dios le hizo morar en el cuerpo de carne que El quiso. Ahora bien, esta carne en que habitó el Espíritu Santo sirvió bien al Espíritu, caminando en santidad y pureza, sin mancillar absolutamente en nada al mismo Espíritu. Como hubiera, pues, llevado ella una conducta excelente y pura y tenido parte en todo trabajo del Espíritu y cooperado con El en todo negocio, portándose siempre fuerte y valerosamente, Dios la tomó por partícipe juntamente con el Espíritu Santo. En efecto, la conducta de esta carne agradó a Dios, por no haberse mancillado sobre la tierra mientras tuvo consigo al Espíritu Santo. Así, pues, tomó por consejero a su Hijo y a los ángeles gloriosos, para que esta carne, que había servido sin reproche al Espíritu, alcanzara también algún lugar de habitación y no pareciera que se perdía el galardón de este servicio. Porque toda carne en que moró el Espíritu Santo, si fuere hallada pura y sin mancha, recibirá su recompensa (BAC 65,1022).
Según este pasaje, parece que para Hermas la Trinidad consiste en Dios Padre, en una segunda persona divina, el Espíritu Santo, que él identifica con el Hijo de Dios, y, finalmente, en el Salvador, elevado a formar parte de su sociedad como premio a sus merecimientos. En otras palabras, Hermas considera al Salvador como Hijo adoptivo de Dios por lo que se refiere a su naturaleza humana.
3) La Iglesia.
En la opinión de Hermas, la Iglesia es la primera de todas las criaturas; por eso se le aparece en forma de una mujer anciana. Todo el mundo fue creado por causa de ella:
Mientras yo dormía, hermanos, tuve una revelación que me fue hecha por un joven hermosísimo, diciéndome: — ¿Quién crees tú que es la anciana de quien recibiste aquel librito? — La Sibila — le contesté yo. — Te equivocas — me dijo —, no lo es. — ¿Quién es, pues? — le dije. — La Iglesia — me contestó. — ¿Por qué entonces- — le repliqué yo — se me apareció vieja? — Porque fue creada — me contestó — antes que todas las cosas. Por eso aparece vieja y por causa de ella fue ordenado el mundo (Vis. 2, 4,1: BAC 65,946),
Sin embargo, la figura más significativa bajo la cual la Iglesia se aparece a Hermas es la de la torre mística (Vis. 3. 3,31; Sim. 8,13,1). Este símbolo representa la Iglesia de los escogidos y predestinados, la Iglesia triunfante, no la Iglesia militante, en la que los santos y los pecadores viven mezclados. Esta Iglesia está fundada sobre una roca, el Hijo de Dios.
4) Bautismo.
Nadie entra en la Iglesia sino por medio del bautismo:
Escucha por qué la torre está edificada sobre las aguas. La razón es porque vuestra vida se salvó por el agua y por el agua se salvará; mas el fundamento sobre que se asienta la torre es la palabra del nombre omnipotente y glorioso y se sostiene por la virtud invisible del Dueño (Vis. 3,3,5: BAC 65,952).
La Comparación 9,16 llama al bautismo el sello y enumera sus efectos:
¿Por qué, Señor — le dije —, subieron las piedras del fondo del agua y fueron colocadas en la construcción de la torre, siendo así que antes habían llevado estos espíritus? Necesario les fue — me contestó — subir por el agua, a fin de ser vivificados, pues no les era posible entrar de otro modo en el reino de Dios, si no deponían la mortalidad de su vida anterior. Así, pues, también éstos, que habían ya muerto, recibieron el sello del Hijo de Dios (t?? sf?a??da t?? ???? t?? ?e??), y así entraron en el reino de Dios. Porque antes — me dijo — de llevar el hombre el sello del Hijo de Dios, está muerto; mas, una vez que recibe el sello, depone la mortalidad y recobra la vida. Ahora bien, el sello es el agua, y, consiguientemente, bajan al agua muertos y salen vivos. Así, pues, también a aquellos les fue predicado este sello, y ellos lo recibieron para entrar en el reino de Dios. Entonces, Señor — le pregunté —, ¿por qué también las cuarenta piedras subieron con ellas del fondo del agua, siendo así que éstas ya llevaban el sello? Porque estos apóstoles y maestros que predicaron el nombre del Hijo de Dios, habiendo muerto en la virtud y fe del Hijo de Dios, predicaron también a los que habían anteriormente muerto, y ellos les dieron el sello de la predicación. Ahora bien, bajaron con ellos al agua y nuevamente subieron; pero éstos bajaron vivos y vivos volvieron a subir; aquellos, empero, que habían anteriormente muerto, bajaron muertos y subieron vivos. Por medio de éstos, pues, fueron vivificados y conocieron el nombre del Hijo de Dios. De ahí que subieron juntamente con ellos y con ellos fueron ajustados a la construcción de la torre, y entraron en la obra sin necesidad de ser labrados, como quiera que habían muerto en justicia y grande castidad. Sólo les faltaba tener este sello. Ahí tienes, pues, la solución también de esta dificultad (BAC 65,1071-1072).
Tan convencido estaba Hermas de que el bautismo es absolutamente necesario para la salvación, que llega a decir que los Apóstoles y maestros bajaron al limbo después de la muerte (descensus ad inferos) para bautizar a los justos que habían muerto antes de Cristo.
La Doctrina Moral del “Pastor.”
La doctrina moral, en Hermas, es más importante que la enseñanza dogmática.
1. Es de notar que encontramos ya aquí la distinción entre mandamiento y consejo, entre obras obligatorias y de supererogación, las opera supererogatoria:
Mas, si sobre lo que manda el mandamiento de Dios, hicieres todavía algún bien, te adquirirás mayor gloria y serás ante Dios más glorioso de lo que, sin eso, habías de serlo (Sim. 5,3,3: BAC 65,1018).
Como obras de supererogación, Hermas menciona el ayuno, el celibato y el martirio.
2. Es también digna de notarse la clarividente observación que hace respecto a los espíritus que influyen en el corazón del hombre:
Dos ángeles hay en cada persona: uno de la justicia y otro de la maldad… El ángel de la justicia es delicado y vergonzoso, y manso, y tranquilo. Así, pues, cuando quiera subiere a tu corazón este ángel, al punto se pondrá a hablar contigo sobre la justicia, la castidad, la santidad, sobre la mortificación y sobre toda obra justa y sobre toda virtud gloriosa. Cuando todas estas cosas subieren a tu corazón, entiende que el ángel de la justicia está contigo. He ahí, pues, las obras del ángel de la justicia. Cree, por tanto, a éste y a sus obras. Mira también las obras del ángel de la maldad. Ante todas las cosas, ese ángel es impaciente, amargo e insensato, y sus obras, malas, que derriban a los siervos de Dios. Así, pues, cuando éste subiere a tu corazón, conócele por sus obras (Mand. 6,2,14: BAC 65,984).
En otro lugar se esfuerza por explicar que es imposible que un ángel bueno y un ángel malo ocupen simultáneamente el corazón del hombre:
Porque, cuando en un solo vaso andan todos estos espíritus — vaso en que habita también el Espíritu Santo —, el vaso aquel no cabe, sino que rebosa. Ahora bien, como el espíritu delicado no tiene costumbre de habitar con el espíritu malo ni donde hay aspereza, se aparta de tal hombre y busca su morada donde hay mansedumbre y tranquilidad. Luego, una vez que se parte de él, queda el ser humano iracundo vacío del espíritu justo, y, lleno en adelante de malos espíritus, anda inquieto en todas sus acciones, llevado de acá para allá por los malos espíritus, hasta que, finalmente, queda ciego para todo buen pensamiento (Mand. 5,2,5-7: BAC 65.982-983).
3. Sobre el adulterio dice que el marido debe alejar a su mujer que se ha hecho culpable de ese pecado y que rehúsa hacer penitencia, pero él no puede casarse mientras viva ella. Si la mujer adúltera se arrepiente y cambia de vida, el marido tiene obligación de recibirla de nuevo:
Si el marido no la recibe, pecado, y grande, por cierto, es el pecado que carga sobre sí. Sí, hay que recibir a quienquiera pecare, pero hace penitencia. Sin embargo, no por muchas veces, pues sólo una penitencia se da a los siervos de Dios (Mand. 4,1,8: BAC 65.976).
4. Contrariamente a muchos escritores cristianos primitivos, Hermas permite las segundas nupcias:
Si una mujer, Señor — le dije —, y lo mismo un hombre, muere, y uno de ellos se casa, ¿peca el que se casa? No peca — me contestó —; sin embargo, si permaneciere solo, se conquista para sí mayor honor y adquiere una gloria grande ante el Señor. Así y todo, si se casare, tampoco peca (Mand. 4,4.1-2: BAC 65,979).
5. En la Visión 3,8,1-7 hallamos un catálogo de siete virtudes: Fe, Continencia, Simplicidad, Ciencia, Inocencia, Reverencia y Amor. Están simbolizadas por siete mujeres, concepto que tuvo gran influencia en el desarrollo del arte cristiano.
La alta estima en que la antigüedad cristiana tuvo a Hermas viene atestiguada por el hecho de que varios escritores eclesiásticos, entre ellos Ireneo, Tertuliano en su período premontanista y Orígenes, le consideraron como un profeta inspirado y colocaron su obra entre los libros de la Sagrada Escritura. Fue más popular, según parece, en Oriente que en Occidente, ya que Jerónimo observa que en su tiempo el libro era casi desconocido entre los de habla latina (De vir. ill. 10). Por el Fragmento Muratoriano sabemos que se podía leer la obra en privado, pero que no se debía leer en público en la iglesia. Sin embargo, Orígenes atestigua que en algunas iglesias se leía en público, si bien esta práctica no era general.
Transmisión del texto
Para el texto griego del Pastor tenemos las siguientes autoridades:
1) El Codex Sinaiticus, escrito en el siglo IV, contiene solamente la primera cuarta parte de la obra entera, o sea, hasta Mand. 4,3,6.
2) Un manuscrito del Monte Athos, del siglo XV, contiene la obra entera, excepto el final, o sea Sim. 9,30,3-10,4,5.
3) La colección de papiros de la Universidad de Michigan posee dos fragmentos publicados por Campbell Bonner que son un complemento precioso para nuestro conocimiento del texto. El más largo es importante, porque nos ha conservado casi todas aquellas sentencias que faltan en el manuscrito de Athos. Contiene las Comparaciones 2,8-9,5,1, y es más antiguo que la mayor parte de los manuscritos publicados hasta el presente. Fue escrito hacia fines del siglo II. El fragmento más corto es de la misma época y contiene el fin del Mand. 2 y el principio del Mand. 3.
4) Un pequeño fragmento de un manuscrito, en pergamino, de Hamburgo contiene Sim. 4,6-7 y 5,1-5 (SBA [1909] P.1077ss).
5) También se hallaron otros fragmentos en Amherst Papyrus CXC, Oxyrh. Pap. 404 y 1172, Berlín Pap. 5513 y 6789.
El texto se ha conservado, además, en dos traducciones latinas y una etiópica; quedan también fragmentos de una versión copta sahídica en papiros, que se encuentran ahora en la Bib. Nat. de París y en la biblioteca del Louvre, y un fragmento de una versión medo-persa.

LA VALIDEZ DE LOS NUEVOS RITOS CUESTIONADA (3/3 Y ÚLTIMA)

Prof. Tomas Tello Corraliza

Montini: Autor del cambio de todos los ritos sacramentales
3) EL RETORNO A LAS FUENTES. Otra de las circunstancias enumeradas por León XIII es el pretexto del retorno a las fuentes («specie quidem redintegrandae eius formae primaevae…»). La vuelta a la simplicidad primitiva es pretexto corriente en los innovadores y herejes de todos los tiempos, desde que Vigilancio, (s. IV) dio origen a la primera herejía litúrgica, que se opone al triunfalismo y preconiza la vuelta a la simplicidad. Es el malsano arqueologismo, condenado por Pío XII en la MEDIATOR DEI, y que no es más un método revolucionario para romper con la tradición, a la que tanto aprecio dicen profesar. Es que en los Ritos tradicionales, fijados ya por la Iglesia, desde hace siglos, son inequívocos y no puede tener lugar el fraude semántico, ni las manipulaciones a que se prestan los ritos primitivos.
Terminaré con una cita en apoyo de la perfidia confesada, con que procedían los innovadores: «La redacción AMBIVALENTE (subrayado mío) nos favorecerá. Nos expresamos de una manera diplomática; pero, después del Concilio, sacaremos las conclusiones implícitas… Ante esta desfachatez de un miembro de la Comisión Doctrinal, incluso el famoso teólogo SCHILLEBEECKX tuvo un sobresalto de indignación y exclamó: LO CONSIDERO DESHONESTO». (Cf. Rev. BAZUIN, 48, 1965, p. 4; citada por MYSTERIUM FIDEI, N2 48, 1979, p. 18).
4). Otra circunstancia más de la lista abierta que ofrece León XIII. Se refiere a los colaboradores invitados («quos adsciverint fautores ab heterodoxis sectis»…) de diversas sectas. Esta misma circunstancia sera también en la elaboración de los nuevos ritos. Es público y notorio, en lo que a la confección del N.O.M. se refiere, que intervinieron como OBSERVADORES seis miembros de diversas sectas protestantes. Pero, según el Dr. COOMARASWAMY, M. Davies nos provee de todas las evidencias necesarias para afirmar que en la reforma del Sacramento del Orden intervinieron también algunos de los que lo hicieron en la reforma de la Misa.
Por otro lado, se debe hacer constar que el papel de dichos invitados no fue el de simples espectadores, que se conformaran con asentir, sino que intervinieron activamente. Oigamos dos testimonios. Uno católico, de Mons. BAUM: «No están allí -escribe en 1967- como simples observadores, sino como expertos; y participan PLENAMENTE (subrayado mío) en las discusiones sobre la renovación litúrgica.» Otro, por parte de uno de esos protestantes invitados, el anglicano JASPER, que declaró en 1977: «Por cierto, que nosotros estábamos autorizados a comentar, criticar y a hacer sugerencias.» (Cf. ITINERAIRES, n2 212, Ab>; 1977, citado por Raffard de Briennes, en LEX ORANDI:)
CONCLUSIÓN.-El Rito anglicano puso de manifiesto las verdaderas intenciones de los que lo confeccionaron. En la confección del nuevo rito se dan las mismas circunstancias.
En el contexto del Pontifical Romano tradicional no existía el menor equivoco sobre la potestad esencial del sacerdote católico. En el nuevo ciertamente se da el equivoco, la ambigüedad, circunstancia invalidante de cualquier sacramento. Por eso, como conclusión exacta y definitiva, me parecen muy sensatas y equilibradas las palabras de J. DALY:
«Es concluyente que la validez del nuevo rito es, al menos, dudosa. Que sea válido se debe probar, no meramente presumirlo; pues, el hecho obvio es que el rito postconciliar no puede ser lavado del cargo de la similitud en los vicios, reprendidos por León XIII, del Ordinal anglicano y que, por ese motivo, lo declaró nulo. En fin, no se puede probar que sea válido. Se prueba ser dudoso ¿En qué grado? En el de la máxima probabilidad, que roza la certeza moral.» Lo suscribo .
Esta realidad nos obliga a una actitud práctica inequívoca. La Iglesia es tuciorista en lo que a la seguridad de los Sacramentos se refiere. En efecto, si entre una opinión probable sobre la validez de un Sacramento y otra más probable, se debe elegir ésta (D.1151), ¿qué conducta se impondrá entre un rito de dudosa validez y otro dogmáticamente seguro? Ni siquiera sería lícito deliberar.
II.- CONSAGRACIÓN EPISCOPAL.
Al analizar el nuevo rito de la Consagración, procederé a la inversa, es decir, empezando por el contexto litúrgico.
En cuanto al contexto situacional o el de los factores extrínsecos está todo dicho, por ser común a ambos ritos.
Respecto de los factores intrínsecos, hay que decir que se detectan fallos similares a los advertidos en el Rito de Ordenación, si bien, al parecer en un grado más atenuado. En efecto, en el rito tradicional, se especifica claramente la POTESTAS SPIRITUALIS y las funciones propias del Episcopado: «EPISCOPUM oportet iudicare, interpretari, CONSECRARE, ORDINARE, offerre, baptizare et CONFIRMARE.» Entre las funciones enumeradas, se señalan inequívocamente las diferencias especificas de ese PLUS de Potestad sobre la del simple sacerdocio. Esta es la de transmitir las Sagradas Ordenes del Sacerdocio y asegurar así la sucesión apostólica y, en último término, la misma pervivencia de la Iglesia, como sagrada Institución de salvación. Tales son: CONSECRARE, ORDINARE (y confirmare como Ministro ordinario).
Esas palabras que expresan la Potestas privativa del Sumo Sacerdocio se han eliminado. Es aplicable por tanto, aquí, lo que se dijo del simple sacerdocio, citando a León XIII: «De ipsis CONSULTO de tractum est… Se ha eliminado DELIBERADAMENTE todo lo que, en el Rito católico, designaba, con toda claridad, la dignidad y funciones especificas del Obispo.»
Luego, por este capitulo, por analogía con los vicios reprendidos en el Ordinal anglicano, habría que sacar la misma conclusión que se ha sacado sobre la validez de la Ordenación sacerdotal.
B) F O R M A.- Aquí, habría que decir lo que Virgilio, al iniciar la segunda parte de la Eneida MAIUS OPUS MOVEO, «Empresa más ardua acometo.»

Para empezar, transcribamos ambas Formas, la tradicional y la nueva, y comparemos.

Tradicional: «COMPLE in sacerdote tuo MINISTERII SUMMAM et Ornamentis totius glorificationis instructum, coelistis unguenti rore SANCTIFICA» (Cont. SACRAMENTUM ORDINIS, DENZ 3860). En español «Completa en tu sacerdote, la plenitud de tu ministerio y adornado con las galas de tu gloria, santifícalo con el rocío del ungüento celestial».
Forma nueva: «Et nunc effunde super hunc Electum, eam virtutem quae a te est, SPIRITUM PRINCIPALEM, quem dedisti Filio tuo Jesu Christo, quem ipse donavit sanctis Apostolis, qui constiuerunt Ecclesiam per singula loca, ut sanctuarium tuum in gloriam et laudem indeficientem nominis tui. « Traducción: «Y ahora, derrama sobre este Elegido aquel poder, que provine de ti, el ESPÍRITU PRINCIPAL, que diste a tu Hijo Jesucristo, que El, a su vez, dio a los santos Apóstoles, que fundaron la Iglesia por todos los lugares, como tu santuario, para gloria y alabanza perpetua de tu nombre.» (AAS, LX, (7),29 Jul 1968).
Como puede observar cualquiera, esta forma es pura algarabía . Ya se ha dicho que las formas «in genere» suelen prestarse a la ambigüedad, por lo que es necesario que, en el contexto ritual, quede bien precisado su sentido, para que produzca el efecto sacramental; pero no es menos cierto que, aunque en el contexto ritual, se elimine todo posible equivoco, si a la hora de aplicar la Forma, se expresa en un sentido que «ad rem non pertinet», la vacuidad semántica en relación con lo que debe significar, invalidaría el Sacramento.
Pero, no nos precipitemos. Analicemos y comparemos la nueva F. con la tradicional. Lo primero que destaca, al primer golpe de vista, es la diferencia cuantitativa entre una y otra. La moderna casi triplica , en el número de palabras, a la tradicional. Forzosamente tiene que haber, al menos, mucha paja.

Las formas de los Sacramentos suelen ser escuetas; se evitan las palabras superfluas. Precisamente las Formas del Sacramento del Orden son las más extensas, debido a la naturaleza del mismo, al tener que expresar, no sólo la gracia, como en otros sacramentos, sino la Potestas Spiritualis especifica de cada grado del Orden. No obstante, las palabras superfluas, siempre que se limiten a una mera ampliación y no erosionen la significación propia del efecto sacramental, no invalidan el Sacramento. Así lo afirma santo Tomás: «quaecum que fiat additio vel substractio vocum…» «toda adición o sustracción de palabras que no corrompa la significación propia del Sacramento, no lo invalida.» (Cf. III, q.60, a. 8, ad 2)).

Pasemos, pues, al examen del aspecto cualitativo, enseguida nos percataremos que las diferencias, entre una y otra forma, son abismales. Para empezar, entre las 16 palabras de la F. tradicional y las 43, de la moderna, los autores sólo detectan una palabra en común, la conjunción ET, cosa que yo niego. No hay ni una sola palabra idéntica pues, si bien, se da la coincidencia material de dicha conjunción ET, pero formalmente considerada, no son lo mismo. La ET de la nueva forma no es simétrica con la de la antigua. En efecto, la tradicional es un nexo oracional, que sirve para deslindar los dos efectos que se producen en el Sacramento del Orden: la Potestad y la Gracia: «Comple in sacerdote tuo… ET sanctifica.»
En cambio, en la nueva F., ET no es nexo oracional, sino nexo entre dos lexemas: «in gloriam ET laudem.» Es decir, que, aun en el caso de que la expresión unitaria de la nueva Forma no fuera un galimatías, sólo expresarla el efecto de la gracia, no el de la POTESTAS; por lo que resulta ser una forma manca, inane e inútil para producir el efecto sacramental. No se trata, pues, de una simple ampliación, sino de una eliminación del significado fundamental.
Aquí, por tanto, no cabe hablar de una ligera alteración, un pequeño e intrascendente retoque, como se puede decir de la forma de la Ordenación. En esta, se trata de un pequeño bache; allí, de un socavón total. En la F. de Ordenacion, se podra sortear, con relativa facilidad el bache y caminar con altivez dialéctica, por el suelo firme de las demás palabras comunes en ambas formas; en cambio, en la de la Consagración, no se puede dar un solo paso, sin atollarse en ese socavón pantanoso.
No creo posible, para todo aquel que estudie la nueva forma a fondo, engullir sin ascos, ni arcadas de dudas, ese popurri. Por eso, no es extraño, como sospecharon el Dr. COOMARASWAMY y Daly, -y yo también con ellos- que M. Davies, que se ocupó de estudiar los nuevos ritos del Diaconado y de la Ordenación, para defender su validez, no osara, siquiera, rozar la cuestión de la Consagración episcopal. Es que no hay dialéctica que valga, fuera de la de Lucifer, transformado en ángel de luz, que pueda salir airosa, en este caso.
De ahí, también, que al estudiar esta Forma, desaparezcan los titubeos que, al menos frenan, para quedarse sólo en la duda, en lo que respecta a la Ordenación sacerdotal. Por eso, los autores que analizan esta Forma convergen en afirmar, sin lugar a la menor duda, la vacuidad semántica de la misma y, por ende, su absoluta nulidad.
Por consiguiente, a partir de la fecha de la entrada en vigor de este Rito, no se han vuelto a producir obispos católicos en la Iglesia latina. Esto es tremendamente pavoroso y desolador; pues, los obispos son los transmisores de la Apostolicidad. Sin obispos, el primer eslabón del engranaje de la estructura eclesial,-los miembros primarios de la Iglesia, según nos dice Pió XII, en «MYSTICI CORPORIS» fallan los demás sacramentos -porque no son sacerdotes los que ellos «ordenan»-, excepto el del Bautismo y Matrimonio, según se ha repetido. Los Obispos, según enseña León XIII, son la base fundamental de la Iglesia: «Pues, por su Ministerio, no sólo se engendran hijos, sino también Padres, esto, sacerdotes, para regirla y nutrirla.» (Cf. DIVINUM ILLUD MUNUS, ) S 3328).
Con sacramentos nulos está en juego la salvación de infinidad de almas; por lo que se impone emplearse a fondo y con suma diligencia en aclarar esta cuestión. Con la táctica del avestruz nada se adelantará.
Con estas palabras, podría dar por acabada mi disertación; pero, siguiendo el ejemplo de los autores que, en un alarde de buena voluntad, ponen gran interés -esfuerzo que, por mi parte considero casi inútil, por la evidencia de los hechos; -en desentrañar el sentido de la expresión más relevante, más impactante, del galimatías de la nueva forma, el enigmático sintagma SPIRITUM PRINCIPALEM.
Dicha expresión se lee en el sal. 50, en el que David llora su doble pecado, de adulterio y asesinato. ¿Qué significa esa expresión? He consultado más de una docena de traducciones. Helas aquí: «Mi espíritu», a secas;»un Espíritu magnánimo», «voluntario, principal, noble», o «Espíritu de nobleza», pero, las corriente, entre los modernos, es «Un Espíritu generoso», que es la que ofrece la nueva traducción del Salterio, llevada a cabo bajos los auspicios del Card. Bea.
Tanto la versión griega «HEGEMONICO PNEUMATI«, como la latina «spiritu principali» intentan dar el sentido del hebreo Nedibah«, derivado de «nadib»=príncipe, lo que seria algo así como «principesco» o propio de príncipes… En resumen, lo que queda claro hermanéuticamente es que SPIRITUS PRINCIPALIS, no designa la tercera personaje la Santísima. Trinidad, que es el significado que, en vano, intentan rastrear los autores.
¿Qué dice la tradición?-Pues muy poca cosa. Consulté el comentario de S. Agustín (ENARRATIONES). El santo se limita a exponer lo que hablan entendido otros, que habían precedido. «Algunos-dice-entienden que se nombró a la Trinidad, antes de la Encarnación… Por el «espíritu recto (vers. 12), entienden el Hijo; por el «Espíritu Santo (vers. 13), el Espíritu Santo, y por ESPÍRITU PRINCIPAL; vers. 14, el PADRE… Otros entienden por «espíritu recto» el espíritu del hombre, que torció el pecado, y por espíritu Principal, al ESPÍRITU SANTO, que no quiere le sea quitado y por el cual desea ser robustecido; y termina diciendo: «Ninguna de estas opiniones es herética.» pero él no opina; se limita exponer, escéptico, esos dos sentidos místicos o acomodaticios, que algunos daban, sin base suficiente de base literal y a declarar que no son heréticos.
Los comentaristas de la Compañía de Jesús se hacen eco de la primera opinión, a que hace referencia S. Agustín y aclaran que la introdujo Orígenes y que tuvo sus seguidores en la Edad Media. Luego, por la Tradición queda igualmente claro que el SPIRITUS PRINCIPALIS no es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Por eso, los Autores le da cada uno su versión y matiz. KROGER: Espíritu de conducción o de gobierno; Egreyi, Espíritu excelente; COOMARASWAMY, Espíritu de autoridad. . .
¿Qué sentido le dieron los redactores del nuevo Rito? Dom BOTTE, presidente de la Comisión encargado, de la reforma de los Ritos del Orden, tuvo que salir al paso de las conjeturas y cabalas que se hacían al respecto. ¿Cómo se desempeñó de este apuro el primer responsable de este engendro? Dom Botte quiso explicar a base de titubeos y contradicciones, y no aclaró nada..
Veamos. La expresión se encuentra y se toma del Rito de Consagración, compuesto por el cismático Hipólito, en calidad de tal, para uso de su secta y seguidores.
Dom Botte admite -según citas de los autores- no sólo que estamos inseguros del significado de la enigmática expresión, sino que las palabras mismas pueden ser una versión errónea; y que, por supuesto, la expresión no deriva ni de Cristo, ni de los Apóstoles. (Esta sinceridad lo honra y, al mismo tiempo, nos muestra a los precipicios a que puede conducir el error del «insani archeologismi«, condenado por Pío XII). D. Botte, no obstante, se aventura a conjeturar lo que querría decir Hipólito, y cree que para Hipólito significaba el Espíritu Santo… Pero, a renglón seguido aclara que es el Don del Espíritu que compete al Jefe, y que la mejor traducción sería «Espíritu de Autoridad o de Gobierno. El autor COOMARASWAMY termina citando estas palabras textuales de D. Botte: «El único problema es saber qué significado quiso dar a la expresión el autor de la oración.»
Dejo a la consideración de los oyentes este galimatías; pero, por mi parte, no puedo menos de terminar con este epifonema ¡Qué afrenta; qué insulto y escarnio a la inteligencia humana, en general, y a la de los fieles, en particular! Fue un abuse de autoridad, basada en el presupuesto de que la Fe nos castra el intelecto.
Pero, el caso es que, con una expresión que nadie, a ciencia cierta, puede definir ni aclarar, ni siquiera el redactor-jefe, se pretende dar validez a un rito sacramental. Sto. Tomás, hablando de la forma del Bautismo, nos dice que, así como la Materia de los Sacramentos es siempre un elemento común o fácil de encontrar; del mismo modo, las palabras que se usan en la Forma, deben ser las que más comúnmente se suelen emplear para significar esos conceptos; «nec in aliis perficitur Sacramentum…» «Si, al bautizar-dice- se hiciera «In nomine Genitoris et Geniti et Procedentis», a pesar de que los referentes siguen siendo los riesgos, no se confeccionaría el Sacramento (III, q. 66,a.5), ¿qué diría de la enigmática expresión SPIRITUM PRINCIPALEM, neologismo vacilante, acuñado por D. Botte y sus colaboradores?
Demos un paso más. Supongamos qué SPIRITUS PRINCIPALIS, haciendo abstracción de la hipótesis del párrafo anterior, designara inequívocamente a la Tercera Persona de la Trinidad; pues, aun en ese caso no bastaría para la validez de la nueva Forma. León XIII repudió por inepta para la validez la Forma del Ordinal anglicano, que suena asi: «Accipe SPIRITUM SANCTUM et memento ut resuscites gratiam Dei, quae est in te, per impositionem manuum…» no obstante expresar inequívocamente la Tercera Persona de la Trinidad; «porque las palabras de esa forma dice el Papa de ningún modo significan CLARAMENTE la gracia propia y la POTESTAS SPIRITUALIS del Supremo Sacerdocio.» Y es evidente que esa significación del efecto principal (la POTESTAS SPIRITUALIS privativa del obispo) no se da en el bodrio de la Forma del nuevo rito de la Consagración episcopal.
Pero es que, amén de constituir un sinsentido la susodicha Forma, el Dtor WENDLAND detecta, en la misma, un resabio de herejía, al poner en el mismo plano al Hijo -de quien procede conjuntamente el Espíritu Sancto- y a los Apóstoles.
Digamos que la astucia modernista se ha pasado de rosca. Se podría decir de ellos lo que dice el sal. 9: «In laqueo isto quem absconderunt comprehensus est pes eorum.» Es decir, que han quedado atrapados en sus propios lazos…¡Qué burdamente lo hicieron! Así lo dispuso la Divina Providencia, contra la cual nada valen los consejos de los impíos, según está escrito. (I Cor, 1, 19).
Cristo prometió asistir a su iglesia hasta la consumación… y su promesa no puede fallar. Y , si como dice Santo Tomás (Sup q. 55, a 3) refiriéndose al hecho particular del caso de un sacerdote inválidamente ordenado: «pie» credi potest… Se puede creer PIADOSAMENTE que el SUMO SACERDOTE no permitirá que un fraude de esa clase, que pueda suponer un peligro para la Iglesia, permanezca oculto, incognoscible, ¿con cuánta mayor razón debemos creer FIRMITER, no tan sólo piadosamente, que tratándose de hechos de alcance universal, no permitirá que un fraude de tal calibre permanezca oculto y objetivamente incognoscible, con perjuicio definitivo para la Iglesia y las Almas?
Por eso, como no podía ser menos, la Divina Providencia ha hecho que brille con refulgente resplandor la luz siniestra de la falsedad e inanidad de la nueva Forma de la Consagración episcopal; con el fin de no perder tiempo en titubeos y en discusiones teológicas interminables, con el consiguiente gravísimo perjuicio para la Iglesia y para los fieles que, desconcertados, no sabrían a qué atenerse. De este modo, asimismo, quedarán sin excusa los que cierren los ojos a la evidencia.
Temblemos y pongamos remedio, sobre todo, aquellos a quienes corresponde. La Fuente de la sucesión apostólica, en la Iglesia Latina, se ha secado; y si una fuente se seca, acabarán por secarse los arroyos que dimanan de la misma.

LA VALIDEZ DE LOS NUEVOS RITOS CUESTIONADA 2/3

B) «LA SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS», como exponente de la finalidad e INTENCIÓN DEL RITO.

La Forma es la que determina y especifica la Materia, que es lo determinable, por su propia naturaleza, y cuya unidad en su aplicación, debe ofrecer el significado INEQUÍVOCO de la gracia y potestad (en su caso) del Sacramento que se confiere.
Las Formas de los Sacramentos fueron instituidas por Cristo, unas «in specie», y otras «in genere». En cuanto a las primeras, se trata de palabras dictadas por Cristo mismo. Su expresión es taxativa, inequívoca, de contornos bien definidos, que no puede ser alterado por la Iglesia. Ego te baptizo…Hoc est enim Corpus meum.
En cuanto a la Forma del Bautismo se objetó que en el Rito griego, se formula en pasiva. Baptizatur servus talis…Esta objeción la resolvió ya magistralmente, en su aspecto teológico, Sto. Tomás (Cf III, q. 66, a. 5). Pero es que, además, semánticamente, la activa y pasiva, dicen lo mismo, si bien, no del mismo modo; por lo que el sentido no queda substancialmente afectado.
Pero, en cuanto a las Formas instituidas «in genere», Cristo dejó a su Iglesia la facultad de expresarla como mejor le pareciera; asi como cambiarla, adaptarla o matizarla, con tal de que no quede alterada la substancia de la significación del Sacramento.
Por tanto, por la Índole de esta clase de Formas -a las que pertenecen las de los Ritos del Sacramento del Orden- no siempre están expresadas de manera plenamente inequívoca, consideradas en si, fuera del contexto ritual. Normalmente pueden prestarse al equivoco. Ahora bien, la Forma de los Sacramentos deben ser INEQUÍVOCAS, para que puedan producir su efecto sacramental.. (APOST CURAE). Y Pio XII en su Constitución SACRAMENTUM ORDINIS, dice: «La Forma son las palabras que determinan la aplicación de la Materia, por las que UNÍVOCAMENTE se significan los efectos sacramentales».
De ahi, la importancia suma de las diversas partes del rito y ceremonias secundarias para determinar inequívocamente esta clase de formas «in genere» que, en su expresión aislada, se prestan al equivoco. Esta es la razón, por la que todos los autores convergen en destacar la importancia del contexto ritual, en que se inserta la Forma de un Sacramento.
Asi pues, consideran y analizan minuciosamente lo que se ha dado en llamar SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS, o CONTEXTO LITÚRGICO, expresiones ya consagradas; así como la de RITOS EXPLICATIVOS, de que habla Werner, o la FORMA TOTAL, a la que se refiere el Dr. Wendland. El padre Aldama, en nota a pie de página, hace referencia al modo de considerar la Forma (San Agustín), como el complejo de todas las ceremonias que se realizan en la administración de un Sacramento, (p.25)
Esta teoría se ve favorecida, por un lado, por la praxis disciplinar. Siempre se puso el máximo interés en obervar, con absoluta fidelidad, el texto y ceremonias del rito transmitido, para asegurar la validez del Sacramento.
Los Obispos católicos ingleses de la provincia eclesiástica de Westminsterm que redactaron «A VINDICATION OF BULL APOSTOLICAE CURAE» (Defensa de la Bula APOSTOLICAE CURAE), dicen al respecto: «La Iglesia ha conservado las preces y Cerenonias que le fueron transmitidas, esmerándose en no omitir nada; pues, adhiriéndose con exactitud al rito transmitido, podemos estar seguros siempre; en tanto que, si omitimos o cambiamos algo, pudiéramos, tal vez, estar abandonando algo que es esencial.» Esa fidelidad al rito se recomendaba en estos versos: «Nil Formae demas / Nil addas, nil variabis, Transmutari cave / corrumpere verba, morari.
Ese respeto a la integridad textual y ceremonial del rito, se dio siempre en todas las religiones. La exactitud en la recitación de la fórmula tradicional (los ritos proceden de una antigüedad inmemorial), rayaba entre los paganos en lo supersticioso, al considerar las palabras rituales como algo mágico. Entre los romanos, la simple equivocación en una palabra obligaba a repetir íntegramente toda la fórmula.
Se debe, no obstante, aclarar que, aunque siempre se instó a observar fielmente, bajo pecado, los ritos (Cf. varios cánones del CIC, así como el severísimo Canon del Tridentino, D. 856), o sea, plena exactitud en las preces, ceremonias y rúbricas, en la Iglesia católica, jamás se llegó a ese grado de exageración supersticiosa.

En relación con lo dicho, son sumamente instrutivas las normas del Misal de San Pío V, al tratar de DEFECTIBUS IN CELEBRATIONE MISSARUM OCCURRENTIBUS. A mayor abundamiento, por declaración de la misma Iglesia, una pronunciación incorrecta, siempre que no se haga adrede, o por burla, sino por ignorancia o un «lapsus linguae», no invalida un Sacramento (sin embarge Sto. Tomás lo aclara así: «si sit tanta corruptio quae omnino auferat sensum locutionis no videtur perfici Sacramentum…). Esa fue la solución que el Papa S. Zacarías dio a una consulta de S. Bonifacio, acerca de la validez del Bautismo de aquel sacerdote, que ignorante de la lengua latina, decía al bautizar: -..in nomine Patria et Filia.. (Cf D. 297). Pero ya es algo muy distinto si una alteración se hace con el propósito de introducir un error o herejía ,»non errorem aut haeresim», palabras textuales de la misma respuesta citada.

b) LA DOCTRINA.-S. Pío V, al hablar del defecto de F. en el lugar citado, dice que si se quita o altera algo (diminueret vel immutaret) que afecte al significado no habría consagración. Pero, añade: «Si se añade algo que no altere el significado, no invalidaría el Sacramento, pero «gravissime quidem peccaret. Es decir la omisión «sciens ac volens», del ENIM» constituiría un pecado gravísimo.
Pío XII, a pesar de definir infaliblemente la Forma del Sacramento del Orden, exige imperiosamente que se conserve, con toda exactitud, el texto y las ceremonias del Rito recibido. Pero el caso más ilustrativo, es la enseñanza de León XIII, en su citada Bula.
León XIII rechaza de plano la primitiva Forma del Ordinal anglicano, ya que las palabras de la misma no significaban con precisión («minime significant definite ordinem sacerdotii vel eius gratiam et Potestatem»), ni el orden sacerdotal, ni su gracia y potestad…Pero, cuando un siglo más tarde, los anglicanos la modificaron, al percatarse ellos mismos de que era una Forma vacua e inane, el Papa, aun admitiendo su validez en el contexto de un rito católico, la rechaza también, por el motivo del contexto litúrgico en que se insserta;pues, en el contexto litúrgico anglicano se produjo la corrupción semántica del concepto católico del sacerdocio. Aqui, tenemos la base más segura de la teoría de que un contexto litúrgico o la «Significatio ex adiunctis» puede invalidar un Sacramento, aunque la Forma empleada sea la correcta en la integridad de sus palabras.
¿Qué se entiende por SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS, CONTEXTO LITÚRGICO, etc.? J. Daly la define como «todos aquellos factores y circunstancias que están asociados a la F. sacramental y pueden, por tanto, dar una determinación extrínseca a una Forma intrínsecamente indeterminada.» Y el P. Francis Clark: «El significado sacramental de una Ordenación no está necesariamente limitado a una frase o fórmula,sino que puede inferirse claramente de dichas parte del rito. Estas otras partes pueden contribuir individualmente o en su conjunto para determinar el significado sacramental de la fórmula operativa en un sentido inequívoco.» En esto puede influir, incluso, la CONNOTACIÓN de la Ceremonia como un todo en el contexto religioso de la época (En THE CATHOLIC CHURCH AD ANGLICAN ORDERS, CTS, 1962, citado por Davies en su obra).
Como se puede inferir de lo dicho, esos factores, no sólo se refieren al contexto literario y ceremonial (factores intrínsecos), sino que abarcan, asimismo, lo que se llama contexto situacional; es decir, circunstancias de su génesis, objetivos propuestos, tiempo, connotaciones, etc. (son los factores extrínsecos).
Unos ejemplos ilustrativos. Si en un taller mecánico, oimos que el oficial pide al ayudante que le traiga el GATO, nosotros captamos, sin lugar a dudas, debido al contexto situacional, de qué GATO se trata. Y lo mismo sucede, si oimos al cocinero pedir al pinche que le lleve el CLAVO, o, en una carpintería, si el maestro le ordena al aprendiz que le pase la LIMA.
Pero, supongamos que, incluso, en ese mismo contexto, se dijera, en el primer caso:»Echa de comer al gato»; o:»cuelga esa bolso de arroz en el Clavo» o: «Comete esa lima, que me han regalado»… No hay duda de que nosotros también captaríamos, exactamente, de qué se trataba, a pesar de su contexto situacional.
Pero se puede dar un grado intermedio, en que una palabra o expresión puede resultar ambigua, sea cual sea el contexto. Es una servidumbre del lenguaje humano. Ya dijo Ortega y Gasset: «No todo decir expresa, sin más, lo que queremos decir. Sería ilusorio pensarlo. El lenguaje no da para tanto.»
Ahora bien, esas ambigüedades inevitables, pueden ser fortuitas o fatales, debido a esa servidumbre del lenguaje humano; o bien, plenamente queridas, como estrategia para conseguir fines inconfesables..
Apliquemos esto al tema. Ya se La dicho que las formas de los Sacramentos instituidas «in genere» -y en la mayoria- suelen ser vulnerables, en esto aspecto, esto es, que se prestan a la ambigüedad en su formulación o expresión, aisladamente consideradas. Por otro lado, sabemos que la Forma debe expresar, por una exigencia dogmática, INEQUÍVOCAMENTE el efecto intentado en el Sacramento en cuestión. Pero ese inconveniente de la equivocidad intrinseca, en esas formas, lo obvia el Contexto litúrgico.
De aqui, que aun conservando la Forma todas sus palabras integrantes de la misma, su significación puede estar corrompida y falseada por el contexto litúrgico. Asi pues, para descubrir el contenido semántico y la intención que subyace en estos nuevos ritos, no tienen mejor camino que seguir la pauta trazada por León XIII en la APOSTOLICAE CURAE.
Dicha Bula censura, en el contexto literario y ceremonial (los factores intrinsecos) del Ordinal anglicano, eliminaciones, cambios, reticencias y mutilaciones en las preces y partes del ceremonial teológiamente explicitas: «De ipsis CONSULTO detractum est quidquid in Ritu catholico DIGNITATEM et OFFICIA SACERDOTTII perspicue designat…» Se eliminó DELIBERADAMENTE todo lo que, en el Rito católico designaba nitidamente la dignidad y las funciones del Sacerdocio. Por lo que saca la conclusión. «Non igitur esse Formam aptam… No puede ser Forma adecuada y suficiente para la confección de un Sacramento aquella que silencia lo que debería significar como lo propio de dicho Sacramento». Bien; esto es, precisamente lo que acontece en el nuevo rito postconciliar.
En esto coinciden todos los autores, comenzando por Davies, cuyo objetivo, como se sabe, fue defender la validez del nuevo rito. Davies reconoce paladinamente esos mismos vicios. «El Rito tradicional -dice- ha sido remodelado de la manera más drástrica y siguiendo el ejemplo de Cranmer, esto se logró, principalmente, por la sustracción de oraciones y ceremonias, que se usaban anteriormente, en que se concretaba de modo explícito y claro le potestad sacerdotal…»
En efecto, el nuevo rito elimina las referencias claras al Sacrificio de la Misa, que se dan en el tradicional de modo inequívoco.El Sacerdocio y el Sacrificio están estrechamente vinculados. Es la función primaria y esencial del sacerdote, ser Sacrificador. Y el Sacerdocio viene definido por el Sacrificio.. Asi lo afirma la doctrina católica. (Ep. ad Haebreos, Tridentino.., D. 957 ). ítem, en la Encíclica de Pío XI «AD CATHOLICI SACERDOTII»: «La potestad esencial del Sacerdote consiste en su potestad de CONSAGRAR, OFRECER Y ADMINISTRAR EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, y como potestades secundarias y sobreañadidas , señala la de perdonar los pecados y la de predicar la palabra de Dios… «ACCIPE POTESTATEM OFFERRE SACRIFICIUM DEO.

Como la Forma, aisladamente considerada, se puede prestar al equivoco, al significar el Sacerdocio genéricamente, DIGNITATEM SACERDOTII… et SECUNDI MERITI MUNUS, dicha potestad católicamente especifica, esta se concreta en otras partes del rito: «SACERDOTEM ETENIM OPORTET OFFERRE, bencidere, praesse, praedicare et baptizare» «Al Sacerdote le compete la potestad de ofrecer, etc. «Quatenus mortis Domincae mysterium celebrantes… Et in obsequium plebis tuae, PANEM ET VINUM IN CORPUS ET SANGUIEN FILII TUI immaculata benedictione TRANSFORMENT.» …Para transformar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo…»

MISSAMQUE CELEBRARE TAM PRO VIVÍS QUAM PRO DEFUNCTIS… «Recibe la potestad de ofrecer a Dios el Sacrificio y de celebrar la Misa, tanto por los vivos como por los difuntos.» «Et Oferre PLACABILES HOSTIAS PRO PECCATIS ATQUE OFFENSIONIBUS POPULI OMNIPOTENTI DEO»…»Y ofrezcáis al Dios Omnipotente Oblaciones propiciatorias por los pecados y ofensas del pueblo.»
Todas estas expresiones claras e inequívocas de la potestad esencial y función primaria del sacerdocio, de celebrar el Sacrificio propiciatorio de la Misa por vivos y difuntos, ha desaparecido del nuevo rito, lo mismo que desaprecieron del Rito anglicano. Veamos un ejemplo
En la Ceremonia de la entrega a los ordenados del cáliz con vino y agua y de la patena con una hostia, en el antiguo Rito se dice: «Recibe la potestad de ofrecer el sacrificio a Dios y de celebrar misas, tanto por los vivos, como los difuntos en el nombre del Señor.»
En el nuevo rito, ciertamente, se conserva esta ceremonia; pero veamos la fórmula de la entrega: «Recibe la OFRENDA del pueblo santo para pasar ofrecerla a Dios. («ACCIPE OBLIATIONEM PLEBIS SANCTAE DEO OFFERENDAM»). En la traducción española se amplia el error; en lugar de traducir OFFERENDAM, por ofrecer, traduce por PRESENTAR.
Como se puede observar, nada, en absoluto, (y mucho menos en vernáculo) indica aqui el Sacrificio propiciatorio -en cuya oblación consiste la esencia del Sacerdocio católico- y ninguna ocasión más propicia que esta de la entrega del cáliz y de la patena con una hostia, para una referencia inequívoca al Santo Sacrificio propiciatorio, renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, y no simple conmemoración como pretenden los protestantes.
Luego, del contexto literario y ceremonial, o sea del factor intrínseco, se debe concluir, por analogia, en la nulidad de la Ordenación. Pasemos, ahora, a la consideración y ponderación de las circunstancias o factores extrínsecos, para descubrir la intención subyacente en el mismo.
Como todos saben, la intención debida, junto con la Materia y la Forma, es un requisito «sine que non», para la validez de un Sacramento. Pero de la intención, como algo interior que es, no puede juzgar la Iglesia; pero si puede y debe, según subraya León XIII; juzgar de la misma, cuando por indicios externos, se pone de manifiesto. Asi lo enseño Sto. Tomás (III, q. 64, a.g).
Por eso, añade el mismo Papa, cuando un Ministro-aunque sea hereje o cismático-confecciona o administra de manera seria y de acuerdo con el Rito-SERIO AC RITE-por ese solo hecho, se juzga que tuvo intención de hacer lo que hace la Iglesia. En cambio, si en el Rito se introducen alteraciones con el manifiesto designio de establecer otro rito distinto, no recibido por la Iglesia, con el fin de rechazar lo que ella hace, entonces, se patentiza, no sólo que falta la debido intención, sino incluso una contraria que repugna al Sacramento
Con el fin de detectar la intención subyacente en el rito alterado, León XIII aconseja examinar los factores extrínsecos circunstancias, que puedieran falsear la intencion de la Iglesia. «Ad rectam -dice- plenamque . . . aestimationem…» Esto es: «Para una justa y plena valoración… además de las observaciones precedente (es decir las que se refieren a los facto asimismo, en cuenta, las circunstan secos). El Papa ofrece una lista abierta, porque: «Longum est -dice- singula persequi, neque est necessarium» seria prolijo y, por otra parte, innecesario, registrar detalladamente todas las circunstancias.»

Examinemos algunas de estas circunstancias y apliquémosla a los nuevos ritos del Orden.

1) León XIII, se refiere, en primer lugar, a los autores y su actitud respecto de la iglesia…»cuius animi essent in catholicam Ecclesiam Auctores Ordinalis . . . «
Para enterarse de la calaña de los autores y fautores de los nuevos ritos, nada mejor que comenzar por la obra básica, «EL MOVIMIENTO LITÚRGICO» del P. Bonneterre. El director de orquesta fue el presunto masón A. BUGNINI. Los precursores, que preconizaban el cambio, desde hacia más de medio siglo, eran los Masones y Modernistas. Estos tenían muy clara su propia concepción de los Sacramentos, según se pone de manifiesto en las 13 proposiciones condenadas por S. Pío X, en el Decreto LAMENTABILI. Entre dicho precursores, destacó Dom L. BEAUDUIN, simiente de Satanás y una infinidad de neoliturgos, cuyos errores fueron condenados por Pío XII en la MEDÍATOR DEI.

Las fuerzas progresistas dominaron, desde los primeros días, en las decisiones del Concilio V. II. Esto no lo digo yo, sino el testigo cualificadoMons LEFEBVRE, que continúa: «Es así como las Comisiones fueron formadas por dos TERCERAS PARTES de miembros que eran progresistas.» (Cf. F. N. , na 122, 1C-5-69).

2) Sus OBJETIVOS.-«Quo demum consilia sua referrent.» ¿Cuáles podrían ser?-pregunto yo. ¿Qué intención podían poner Bugnini y sus colaboradores en su obra? Pues, pusieron la que tenían que poner, ni más, ni menos. Esos señores no podían poner una intención ortodoxa, aunque quisiera-que no podían querer-por estar instalados en el error que los inhabilitaba intrínsecamente para ello. Sólo un milagro de Dios, como el que obró con Balaam y su burra, podría haber encauzado su perversa intención. Pero, esos milagros, normalmente, no se deben esperar, ni se deben pedir a Dios. Sería tentarlo. OPERARI SEQUITUR ESSE.
Además, no hace falta un proceso de intención ni echar mano de conjeturas. Los principios revolucionarios están paladinamente proclamados. Vayamos al origen. En la Const. conciliar sobre la Liturgia, se comfirma proclamando solemnemente, el principio y fin fundamental con estas palabras: «Sacrosanctum Concilium cura sibi proponat…»¿Qué es lo que se propone? ¿Cuáles son sus objetivos?. Oigamos. 1) Acrecentar, de día en día, entre los fieles, la vida cristiana. 2) Adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio. 3) Promover todo aquello que puede-contribuir a la UNION de todos cuantos creen en Cristo. 4) Fortalecer lo que sirve para invitar a tolos los hombres al seno de la Iglesia .
He aquí, el principio de los principios, el LEITMOTIV, que lo explica todo, amasado con una de cal católica y tres de arena heterodoxa modernista, de acuerdo con su táctica, como nos lo recuerda S. Pío X, en su Encíclica PASCENDI.
Cedo el comentario a una pluma más autorizada que la mía ¿ Cuáles son los elementos subersivos? Léase bien,a) Objetivo 2) «Adaptar las instituciones sujetas a cambio». Dichas instituciones no se precisan. Esta es la puerta abierta a una algarabía universal, y esto fue lo que se nos ofreció, b) Obj . 3) Favorecer, etc. Este es un principio, ecuménico, en si mismo, inmoral. Ese TODO ampara, de antemano, todos los abandonos. Y c) 4) «Fortalecer… Este es un principio de sesgo misionero; pero, sólo en apariencia; pues, no se trata de conversión, sino hablando propiamente de , una apertura al mundo… Aplicado a la Liturgia, este principio entraña la adopción progresiva de un estilo profano… (Cf. Mysterium Fidei, n2 4Í , 4 Trim. 1979).
En ese sentido de estos principio corrosivos se trabajó y asi lo confesaron los progresistas. Consideraban el esquema de la Constitución Litúrgica una Ley Marco, donde tendrían entrada, por una evolución coherente, todas las aberraciones de la Revolución. Por eso, Mons DWYER, arzb. de Birmingham, orador «..siduo de los Symposiums europeos, pudo decir en 1967: «La reforma litúrgica es, en sentido muy profundo, LA CLAVE DEL AGGIORNAMENTO. No se equivoquen en esto; es ahi donde comienza la REVOLUCIÓN.» Palabras pronunciadas en Roma, con motivo del primer Sinodo de obispos . (Cf. ¿QUE PASA? Na 313, 27-12-69, que las toma del Diario LA CROIX del 25-X-67).
¿Qué más queremos? A confesión de parte, sobran pruebas. La intención, pues, subyacente en los ritos postconciliares es perversa, no es católica.
Debemos tener presente, por otra parte, que este guirigay y torrentes de tinta, discutiendo si son galgos o podencos, sólo se da entre los tradicionalistas. Los progresistas están bien seguros de que sus intenciones están bien plasmadas, siquiera sea implícitamente. Asimismo, los protestantes, con penetrante intuición, que pudiéramos llamar querúbica, captan perfectamente la univocidad a su favor de toda la reforma litúrgica. Asi pudo declarar el Consisterio Superior de la Iglesia confesional de Alsacia y Lorena: «Nos interesan la utilización de las nuevas preces eucaristías, en las cuales nos encontramos y que tienen la ventaja de matizar La teología del sacrificio que teníamos costumbre de atribuir al Catolicismo.Y en lo que se refiere a los ritos sacramentales, en general, el profesor KNUTSON, portavoz de los Luteranos, constató el vivo interés entre los protestantes por la renovación litúrgica», subrayando que «el pensamiento teológico de la Iglesia católica, en ciertos dominios, como en el de los Sacramentos, ha progresado considerablemente. Esta evolución muestra que el pensamiento luterano y católico se aproximan y nos acercan unos a otros». (Cf. Myst. Fidei, n2 49, Marz 1980). Basta con estas muestras.

LA VALIDEZ DE LOS NUEVOS RITOS CUESTIONADA I/3

SACRAMENTO DEL ORDEN

Prof. Tomás Tello Corralaiza.

Se trata de una cuestión espinosa, candente; cuestión pavorosa; cuestión, cuyo sólo enunciado, produce escalofrío y causa escándalo. Quisiera, por eso, proceder, en mi exposición, con delicadeza y emular en lo posible, la asepsia emotiva de un robot o computadora. Claro que una persona jamás se podrá aproximar, en la exposición de ciertos hechos, a la geométrica frialdad racional de esos instrumentos. Es un desiderátum.
Los hechos son estos. De acuerdo con el afán morboso del Vaticano II (es la calificación más benigna que se me ocurre) de innovar, renovar y reformarlo todo, sin dejar títere con cabeza, en las estructuras multiseculares de la Iglesia, se realizó una profunda, drástica y arriesgada reforma de todos y cada uno de los ritos sacramentales.
Esa tarea demoledora, llevada a cabo inexorablemente y con tesón insuperable, le fue encomendada a un organismo, creado «ad hoc», el 29-2-64 (o sea, antes de los 3 meses de haberse aprobado la Constitución sobre la Sagrada Liturgia); fue el CONSILIUM AD EXSEQUENDAM CONSTITUTIONEM DE SACRA LITURGIA.
Asi fue como, paso a paso,con prisas y sin pausas, según las exigencias de la misma Constitución «quam primum» (n2 25), «cum urgeat» (n2 40), se fueron desmontando, una o uno, los ritos tradicionales de la Liturgia católico-romana y fueron apareciendo, escalonadamente, los nuevos postconciliares. Precisamente, los primeros en ser promulgados fueron los ritos que atañen al Sacramento del Orden, el 18 de Junio de 1968. Su entrada en vigor se fijo para el 6 de Abril de 1969.
El CONSILIUM, una vez promulgado el N.O.M., desapareció como tal denominación, el 8 de Junio de 1969. En tal fecha, Pablo VI, por la Const. SACRA RITUUM CONGREGATIO, sustituyó la Sagrada Congregación de Ritos por otras dos: una para las Causas de las Canonizaciones y la otra para el CULTO DIVINO. Esta última absorbió el CONSILIUM. El Cardenal Lercaro fue sustituido por el Card. Gut; pero el Secratario siguió siendo el mismo, Annibale BUGNINI.
El CONSILIUM, pues, desapareció sólo de nombre, pero no en la realidad; por lo que siguió actuando, bajo otro titulo, con la ventaja de haber quedado libre de las trabas y tropiezos que le ponía el celo vigilante de la antigua Congregación de Ritos. De este modo,continuó su labor reformadora de los ritos sacramentales, que, hasta su desaparición nominal, no había tenido tiempo de elaborar…
Todos los fieles de cierta edad conocen el hecho del cambio de los ritos; pero, lo que no todos saben es que, desde un principio, hubo una fuerte oposición a los mismos, así como una impugnación de los ritos renovados.
En cuanto a lo primero, hay que hacer constar que los nuevos ritos no fueron recibidos pacíficameite en la Iglesia. Como testigo del sobresalto con que eran recibidos, a medida que se iban promulgando, y de su rechazo, por negar o dudar de la validez de estos, podemos citar al Abate Georges de Nantes, defensor, él, acérrimo, de su validez y enemigo furibundo de los INVALIDISTAS. Para este autor, cuestionar, simplemente su validez y, por este motivo, rechazarlos, es un PECADO CONTRA EL ESPÍRITU SANTO y consumar un Cisma. (Cf. la C.R.C. núms. 77, p. 2; 107, p. 14; 109, p.1-2).
En cuanto a lo segundo, con posterioridad a la reacción inicial, instintiva, apasionada, vino la reacción, que pudiéramos llamar científica y se publicaron estudios serios sobre todos y cada uno de los Sacramentos renovados. Estos se han parangonado con los tradicionales, se han analizado sus variantes a la luz de la doctrina de la Teología y del Magisterio y se ha llegado a la conclusión de poner, al menos, en tela de juicio, la validez de todos ellos. Hay autores que, basados en poderosas razones objetivas, se la niegan a la mayoría de ellos rotundamente. Los ritos mejor parados son el Bautismo y el Matrimonio, que no transcienden la duda. Es más referente al Matrimonio, el Dr COOMARASWAMY opina que es virtualmente imposible invalidarlo,con tal de que los contrayentes cristianos tengan la debida intención de contraerlo.
Pero, este mismo autor deja una puerta abierta a la duda sóbre la validez del Bautismo, basado en unos supuestos, que, en el pasado, fueron objeto de reiteradas consultas a la Santa Sede. Esta, en sus respuestas, expone la doctrina de la Iglesia al respecto (Cf. D.S. 3100-3102 y 3126). La doctrina de la Iglesia afirma como norma general que, dados esos presupuestos, se debe presumir la validez, excluyendo toda duda, salvo prueba en contrario, en algún caso determinado.
De acuerdo con la doctrina de la Iglesia, se impone una conclusión objetiva. Siempre que se aplique correctamente y de manera seria, la debida materia y forma en el Bautismo-y esto se puede hacer, tanto si se bautiza según el Rito tradicional, o según el nuevo se debe presumir en el Ministro el otro elemento esencial para la validez, esto es, la debida intención, mientras no se demuestre lo contrario.
No debemos, pues, ser categóricos y alarmistas, sobre bases inconsistentes; pues, además de hacer el ridiculo, sólo se puede conseguir la repulsa y el rechazo ciego de otras conclusiones legitimas sobre otros sacramentos. Y digo esto, porque no falta algún autor que, obcecado en su propio parecer, niega rotundamente la validez del Bautismo y preconiza la iteración del mismo, exponiéndose a cometer un sacrilegio.
Hechas estas puntualizaciones, que he creido necesarias, sigamos el hilo del discurso, que versaba sobre la oposición a los nuevos ritos. Debido a la procelosa y agria polémica, originada por la promulgación del N.O.M., que dio lugar al BREVE EXAMEN CRITICO del mismo, firmado por los Cardenales Ottaviani y Bacci, el debate acerca de los demás sacramentos renovados, quedó oscurecido. El fragor de la tempestad que se cernió sobre el N.O.M., puso sordina al ruido producido por la oposición a los demás ritos postconciliares que se iban promulgando.
Creo que ya es hora de que, en España, se conozca algo sobre este asunto transcendente, que ha dedo lugar a estudios y a ruidosos debates en otras naciones. Eso es lo que pretendo. Por lo que poniendo fin a la precedente y necesaria introducción, se debe pasar al tema concreto de la presente disertacion.
Si bien el Epígrafe abarca todos los ritos sacramentales, se debe prescindir de ese plan ambicioso y ceñirse a los Ritos del Orden, a que se refiere el subtitulo. Es nás, dentro de ese ámbito, hay que limitarse al sacerdocio, en su doble rango. Y esto por un triple motivo. 
1) por la desmesurada amplitud de la temática, que darla materia para varias conferencias. 
2) Porque, excepto del tema del N.O.M., del que si conozco una amplia bibliografía, carezco de la información suficiente, como para disertar competentemente de los mismos.
3) Porque, lógicamente se impone la prioridad del estudio de los ritos de Ordenación y Consagración; ya que concluir en lo que atañe a su validez o nulidad es ir directamente al meollo de la cuestión; pues, si se concluye en la nulidad, cae por su base, asimismo, la validez de los demás -excepto la del Bautismo y el Matrimonio, según se ha dicho- independientemente de que, en si, sean válidos o nulos, por la simple razón de la falta de ministro competente para su válida confección. De este modo, según el dicho vulgar, se matarían varios pájaros de un solo tiro.
Muchos de los autores, que han analizado y estudiado estos ritos, llegan a la conclusión de la nulidad de los mismos; pero, incluso, los que no se atreven a tanto, concluyen en la duda positiva. La base común de estudio es la Bula APOSTOLICAE CURAE del Papa León XII por la que, con juicio definitivo e irreformable, se declaran nulas las ordenaciones anglicanas.
En efecto -y esto lo puede comproba cualquiere, capacitado para ello parangonando los nuevos ritos con los del Ordinal anglicano, siguiendo la pausa trazada por León XIII, se descubren los mismos vicios reprendidos por ese Papa que, debido a eso, los declaró nulos.
Por eso, ante las sorprendentes similitudes entre los ritos anglicanos y los postconciliares, se concluye, por analogía, en la nulidad de estos o, al menos, como ya se ha dicho, en la duda positiva.
Pasemos pues, a hacer un sucinto análisis de los nuevos ritos de Ordenación y Consagración, empezando por el primero. Y como en estos ritos se dan, presuntamente, los mismos vicios que en los ritos del Ordinal anglicano, esto es, defecto de Forma y falta de intención,se impone, para mayor claridad, una subdivisión en dos apartados.

A) DEFECTO DE FORMA.-Según le declaración de Pío XII, en su Constitución «SACRAMENTUM ORDINIS» (30-XI-47), las palabras integrantes de la Forma son las siguientes: «Da, quaesumus, Omnipotens Deus, in hos fámulos tuos presbyterii dignitatem; innova in visceribus eius spiritum sanctitatis, ut acceptum a te, Deus, secundi meriti munus obtineant censuramque morum exemplo suae conversationis insinuent.»
Forma del nuevo rito, establecida por Pablo VI, para no ser repetitivo, se hacen constar sólo las variantes. Son dos, una alteración y una supresión. La alteración se ha producido en el sintagma IN HOS FÁMULOS TUOS, que de complemento circunstancial en acusativo con In se ha convertido en dativo HIS FAMULIS TUIS. La supresión ha recaido en la conjunción UT.
Entre los autores del área anglófona, se suscitó una interesante e instructiva polémica, básica para cualquier estudio posterior, respecto de la validez o nulidad de este rito en lo que respecta a la alteración de la Forma. Hagamos un resumen.
El inglés Michael Davies escribe, en 1979, la obra «The order of Melchisedch». Objetivo implícito: defender la validez del nuevo rito. No obstante su fin preconcebido, se muestra objetivo en su análisis. La recensión y crítica de dicha obra, así como de la polémica que originó, la hace su compatriota John DALY.
Davies parangona los defectos y vicios del Ordinal anblicano y del nuevo rito postconciliar, siguiendo los pasos de la APOSTOLICAE CURAE. Tras su exhasutivo análisis comparativo, termina señalando, sin ambages: «ESO MISMO EXACTAMENTE, (es decir, lo que reprendió León XIII en el rito anglicano) se podría decir del nuevo rito católico de 1968»
Después de este CONTRA que, por razones intrínsecas, conduce a la conclusión de la nulidad, aduce Los PRO, que, según él, la favorecen. En primer lugar, Davies cree encontrar una buena razón en la identidad de la Forma del antiguo rito y del renovado. Pero, él se basa, principalmente, en una razón extrinseca -por supuesto, la misma que esgrimía G. de Nantes y todos los validistas (ES QUE NO HAY OTRA) a la que presta un valor apodictico: «El Espíritu Santo no permitiria que la AUTORIDAD SUPREMA promulgara un Rito sacramental inválido; por lo que no importa la Intención subyacente en el Rito; pues, una vez aceptado y promulgado por el Papa, será IPSO FACTO válido. Por otro lado, la aceptación del nuevo Rito CASI por toda la Iglesia constituye, asimismo, una prueba irrefutable de su validez.»
Pero ese CASI es un boquete abierto a la duda, por lo que constata el CONTRA de algunos hechos. «Se le impuso-dice-a la Iglesia, sin previa consulta a la Jerarquía y algunos obispos expresaron graves reservas. Y en apoyo de esta última afirmación, cita el caso de un obispo británico que accedió al requerimiento de varios ordenandos, que sentían escrúpulos y dudas al respecto.
En el balanceo de su aparente perplejidad, hace la siguiente, atinada observación, que suscribo. permanece ‘Si el nuevo rito se considera válido , entonces el caso encarado por la APOSTOLICAE CURAE indeterminado y viceversa.» O sea, que caemos de bruces en una antinomia .! Agudísimo Davies!!!
No obstante, a pesar de estas reflexiones, aparentemente neutrales ve la luz, pero cierra sus ojos a la misma -está a favor de la validez. Esa postura se puso de manifiesto, sin dejar lugar a la menor duda, en la controversia pública, que mantuvo con el padre norteamericano William JENKINS. El debate se desarrolló en sucesivos artículos, de réplicas, contrarréplicas y dúplicas, a lo largo de 1981, publicados en la revista THE ROMÁN CATHOLIC; EDITADA EN Nueva York.
Centrémonos en lo que respecta a la Forma. La cree idéntica a la tradicional. El p. Jenkins le advierte de su despiste. (Dicho sea entre paréntesis, este error se da también en otros autores). «Fáltale dice- la conjunción»Ut» , que Pío XII incluyó, en su declaración infalible, como integrante de la Forma de la Ordenación.»¿Afecta a la substancia de la significación la ausencia de la misma? Alrededor de esta cuestión gira toda la polénica.
Davies no se apura y se las ingenia para defender la identidad de significación, a pesar de esa eliminación. Pero, ante el acoso dialéctico del P. Jenkins, Davies retrocede de trinchera en trinchera, hasta instalarse en el, para él, segurísimo refugio de los argumentos, ya aducidos: el de la promulgación por la Suprema Autoridad y su aceptación por CASI (subrayado mío) por toda la Iglesia. El P. Jenkins no considera adecuada esa contrarréplica; sin embargo, lo frena para llegar sólo a la conclusión de duda positiva razonable.

J. DALY, en su obra MICHAEL DAVIES-AN EVALUATION (1989) resume la controversia y tercia en la misma, cuando ya sus ecos se habian extinguido. Este autor, amén de la critica del debate mantenido, hace puntualizaciones interesantes y sacá sus propias conclusiones, con gran competencia y erudición.
Daly cree que, en la controversia entre el P. Jenkins y Davies, falta el debido rigor teológico. «La Forma definida por Pió Xll -dice- es infaliblemente válida, pero no la única, al tratarse de una F. instituida «in genere». Los Ritos orientales no constan de las mismas palabras. Por tanto, dicha definición sólo se refiere al Rito Latino y en su contexto del Ritual aprobado, desde hace siglos, por la Iglesia. Por eso, su definición no fue retroactiva.»
Después de examinar los Pro y Contra de la supresión del UT, Daly concluye en una legítima duda positiva tal que sugiere una gran probabilidad de nulidad.
Otro autor, anterior a Daly, el Dr. RAMA COOMARASWAMY, más cercano a la época de la controversia, colaborador él también en la revista THE ROMÁN CATHOLIC, en su trabajo THE POST-CONCILIAR RITE OF ORDERS (1983), habla de las consecuencias semánticas de la otra variante, que calla Daly y que fue advertida también por el P. Jenkins, a saber, el cambio del acusativo «in hos fámulos», en dativo: his famulis»… Pero, el caso extraño es-será, tal vez, por ese motivo, por el que la sagacidad de Daly no lo tocó -que si bien dicho sintagma alterado consta asi en el órgano oficial de su promulgación (AAS) sin embargo en el «Pontificale Románum» no se da tal cambio; por lo que al no afectar a la praxis, se debe preterir su discusión …
En lo que respecta a la ausencia del UT, el Dr. COOMARASWAMY razona de manera semejante a como lo hace J. Daly. Si bien aquel es más templado en su conclusión. Termina con estas sensatas palabras: «A pesar de que una cierta duda se impone, sin embargo, si ELLO INVALIDA O NO EL RITO, es una cuestión que quedo abierta y mucho depende de la razón por la cual se suprimió el UT.»
He aquí el»busilis»-añado yo-de todo el asunto: investigar la RAZÓN o motivos de esos pequeños cambios introducidos en una Forma sacramental. De ahi, la menor importancia relativa, que concedo al debate sobre esas ligeras variantes verbales, en una Forma, aisladamente considerada. Y, cuidado, que no lo digo por la aparente insignificancia de la alteración. No sólo un sintagama o una partícula,sino, incluso, un simple fonema, puede servir de base a los innovadores para colar su error o herejía, según sucedió en el caso, de todos conocido, de la IOTA que intentaron introducir los semiarrianos. La infiltración de la heterodoxia dependía de una IOTA. Por eso, la Ortodoxia la repudió.
Y, por poner un ejemplo, el Bautismo administrado con una Forma asindética, me haría sospechar inmediatamente de la ortodoxia del Ministro; pues, tal vez, en ese Bautismo pudiera ser que no fuera administrado en nombre de la Trinidad, sino en el de la Modalidad sabeliana, que lo haría nulo.
Pero, respecto de las palabras integrantes de la Forma declara -por Pío XII, dice el P. ALDAMA: «Evidens est… Es evidente que el Documento pontificio no se refiere a la materialidad de las palabras, sino a su formalidad; es decir, la Forma debe expresarse con tales palabras que signifiquen la gracia de cada uno de los Sacramentos. Por eso, yo, personalmente, a pesar de que la ausencia del UT me produce cierto escozor de duda, no llega al grado a que la estira J. Daly. Prefiero y me arrimo al juicio del Dr. COOMARASWAMY.
Para decidir, pues, si el cambio, supresión o adición de una palabras invalida, o no, no bastara, en todo caso, con fijarse exclusivamente, en el hecho material de la alteración, sino que se deben tener en cuenta las razones o circunstancias que la motivaron. A veces, sólo el Magisterio podría zanjar la cuestión. Por eso, al no concluir la ausencia de esa conjunción en nulidad cierta, ni, para mi, en probabilidad, hay que pasar al siguiente apartado, el de la intención que se plasma en el Rito alterado.

LOS PADRES APOSTÓLICOS CLEMENTE E IGNACIO

Los Padres Apostólicos.

Los Padres Clemente e Ignacio.

Se llaman Padres Apostólicos los escritores cristianos del siglo I o principios del II, cuyas enseñanzas pueden considerarse como eco bastante directo de la predicación de los Apóstoles, a quienes conocieron personalmente o a través de las instrucciones de sus discípulos. En la Iglesia primitiva se desconocía enteramente la expresión “Padres Apostólicos.” Fue introducida por los eruditos del siglo XVII. J. B. Cotelier agrupa bajo este nombre (Patres aevi apostolici 2 vols., 1672) a cinco escritores eclesiásticos: Bernabé, Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía, Policarpo de Esmirna y Hermas. Posteriormente se amplió este número basta siete, al incluir a Papías de Hierápolis y al desconocido autor de la Carta a Diogneto. En tiempos más recientes se añadió la Didaché. Es obvio que esta clasificación no indica un grupo de escritos homogéneos. El Pastor de Hermas y la Epístola de Bernabé pertenecen, por su forma y contenido, al grupo de los escritos apócrifos, mientras que la Carta a Diogneto, habida cuenta de su objetivo, debería colocarse entre las obras de los apologistas griegos.
Los escritos de los Padres Apostólicos son de carácter pastoral. Por su contenido y estilo están estrechamente relacionados con los escritos del Nuevo Testamento, en particular con las Epístolas. Se les puede considerar, por consiguiente, como eslabones entre la época de la revelación y la de la tradición y como testigos de gran importancia para la fe cristiana. Los Padres Apostólicos pertenecen a regiones muy distintas del Imperio romano: Asia Menor, Siria, Roma. Escriben obedeciendo a circunstancias particulares. Presentan, sin embargo, un conjunto uniforme de ideas, que nos proporciona una imagen clara de la doctrina cristiana a finales del siglo I.
Nota típica de todos estos escritos es su carácter escatológico. La segunda venida de Cristo es considerada como inminente. Por otra parte, el recuerdo de la persona de Cristo sigue siendo cosa viva, debido a las relaciones directas de estos autores con los Apóstoles. De aquí que los escritos de los Padres Apostólicos acusen una profunda nostalgia de Cristo, el Salvador que ya se fue y que es ansiosamente esperado. A menudo este deseo de Cristo reviste una forma mística, como en San Ignacio de Antioquía. Los Padres Apostólicos no pretenden dar una exposición científica de la fe cristiana. Sus obras, más que definiciones doctrinales, contienen afirmaciones de circunstancias. No obstante, presentan, en general, una doctrina cristológica uniforme. Jesucristo es, para ellos, el Hijo de Dios, preexistente al mundo, que participó en la obra de la creación.
Clemente de Roma.
Según la lista más antigua de obispos romanos legada a la posteridad por San Ireneo (Adv. haer. 3,3,3), Clemente fue el tercer sucesor de San Pedro en Roma. Ireneo no nos dice cuándo empezó Clemente su pontificado, ni tampoco por cuánto tiempo gobernó la Iglesia. El historiador Eusebio (Hist. eccl 3,15,34), que menciona igualmente a Clemente como tercer sucesor de San Pedro, fija el principio de su pontificado en el año doce del reinado de Domiciano, y su fin en el tercer año del reinado de Trajano; o sea, que Clemente fue papa desde el año 92 hasta el 101. Tertuliano asegura que Clemente fue consagrado por el mismo San Pedro. Epifanio confirma esta aserción, pero añade que Clemente, en aras de la paz, renunció al pontificado a favor de Lino y volvió a asumirlo después de la muerte de Anacleto. Respecto a su vida anterior, no sabemos prácticamente nada. Ireneo señala que Clemente conoció personalmente a San Pedro y San Pablo. Orígenes (Comm. in Io. 6.36) y Eusebio (Hist. eccl. 6,3,15) le identifican con el Clemente a quien alaba San Pedro como colaborador suyo en la Epístola a los Filipenses (4,3) Esta opinión, sin embarco, carece de pruebas. Las Pseudo-Clementinas, que hacen a Clemente miembro de la familia imperial de los Flavios, no son en modo alguno dignas de fe. Merece aún menos confianza la opinión de Dión Casio (Hist. Rom. 67,14), según el cual Clemente sería nada menos que el mismo cónsul Tito Flavio Clemente, de la familia imperial, ejecutado el año 95 ó 96 por profesar la fe de Cristo. Tampoco consta históricamente el martirio del cuarto obispo de Roma. El Martyrium S. Clementis, escrito en griego, es del siglo IV y presenta, además, un carácter puramente legendario. La liturgia romana conmemora su martirio el 23 de noviembre y ha inscrito su nombre en el canon de la misa.
La “Epístola a los Corintios.”
La alta estima de que gozaba Clemente resulta evidente del único escrito que de él poseemos, su Epístola a los Corintios.
Es uno de los más importantes documentos del período que sigue inmediatamente a la época de los Apóstoles, la primera pieza de la literatura cristiana, fuera del Nuevo Testamento, de la que constan históricamente el nombre, la situación y la época del autor. Durante el reinado de Domiciano surgieron disputas en el seno de la Iglesia de Corinto que obligaron al autor a intervenir. Las facciones, que San Pablo condenara tan severamente, estaban de nuevo irritadas. Algunos hombres arrogantes e insolentes se habían sublevado contra la autoridad eclesiástica, deponiendo de sus cargos a quienes los ocupaban legítimamente. Solamente una ínfima minoría de la comunidad permanecía fiel a los presbíteros depuestos. La intención de Clemente era componer las diferencias y reparar el escándalo dado a los paganos. No sabemos cómo llegó a Roma la noticia de esta revuelta. Carece de fundamento la opinión, muy común en otro tiempo, de que los corintios habían apelado al obispo de Roma para que procediera contra los rebeldes. Es más admisible suponer que algunos cristianos romanos con residencia en Corinto, testigos de las disensiones o discordias, informaran a Roma de la situación.
1. Contenido
La epístola comprende una introducción (1-3), dos partes principales (4-36 y 37-61) y una recapitulación (62-65).
La introducción llama la atención sobre el estado floreciente de la comunidad cristiana de Corinto antes de las querellas, la armonía que había existido entre sus miembros y su celo por el bien. El capítulo tercero, por vía de contraste, señala el trastorno total operado en el seno de la comunidad. La primera parte tiene más bien un carácter general. Desaprueba la discordia y la envidia y cita numerosos ejemplos de estos vicios, tanto del Antiguo Testamento como de la época cristiana (4-6). Exhorta, además, a la penitencia, a la hospitalidad, a la piedad y humildad, y corrobora su argumentación con gran cantidad de citas y ejemplos. El autor se explaya luego en consideraciones sobre la bondad de Dios, sobre la armonía que existe en la creación, sobre la omnipotencia de Dios, sobre la resurrección y el juicio. La humildad y la templanza, la fe y las buenas obras llevan a la recompensa, a Cristo. La segunda parte se ocupa más en particular de las disputas entre los cristianos de Corinto. Dios, el Creador del orden de la naturaleza, exige de sus criaturas orden y obediencia. Para probar esta necesidad de disciplina y sujeción aduce el ejemplo del riguroso entrenamiento del ejército romano. Trae también a colación la existencia de una jerarquía en el Antiguo Testamento y atestigua que por esta misma razón Cristo llamó a los Apóstoles, y éstos, a su vez, nombraron obispos y diáconos. El amor debería ocupar el puesto de la discordia, y la caridad debería apresurarse a perdonar. A los promotores de la discordia se les exhorta a que hagan penitencia y se sometan. En la conclusión se resume la exhortación y se expresa el ardiente deseo de que los portadores de la carta puedan volver pronto a Roma con la buena nueva de que la paz reina otra vez en Corinto.
La carta es de mucha entidad para el estudio de las antigüedades eclesiásticas e igualmente para la historia del dogma y de la liturgia.
Historia de la Iglesia
1) El capítulo quinto es muy importante. Encierra un testimonio válido en favor de la residencia de San Pedro en Roma y del viaje de San Pablo a España, como asimismo del martirio de los Príncipes de los Apóstoles:
Mas dejemos los ejemplos antiguos y vengamos a los luchadores que han vivido más próximos a nosotros: tomemos los nobles ejemplos de nuestra generación. Por emulación y envidia fueron perseguidos los que eran máximas y justísimas columnas de la Iglesia y sostuvieron combate hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos Apóstoles. A Pedro, quien, por inicua emulación, hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos más trabajos. Y después de dar así su testimonio, marchó al lugar de la gloria que le era debido. Por la envidia y rivalidad mostró Pablo el galardón de la paciencia. Por seis veces fue careado de cadenas; fue desterrado, apedreado; hecho heraldo de Cristo en Oriente y Occidente, alcanzó la noble fama de su fe; y después de haber enseñado a todo el mundo la justicia y de haber llegado hasta el límite del Occidente y dado su testimonio ante los príncipes, salió así de este mundo y marchó al lugar santo, dejándonos el más alto ejemplo de paciencia (BAC 65,182).
2) El capítulo sexto nos informa, además, sobre la persecución de los cristianos bajo Nerón. Habla de una multitud de mártires, diciendo que muchos de ellos eran mujeres:
A estos hombres que llevaron una conducta de santidad vino a agregarse una gran muchedumbre de elegidos, los cuales, después de sufrir por envidia muchos ultrajes y tormentos, se convirtieron entre nosotros en el más hermoso ejemplo. Por envidia fueron perseguidas mujeres, nuevas Danaidas y Dirces, las cuales, después de sufrir tormentos crueles y sacrílegos, se lanzaron a la firme carrera de la fe, y ellas, débiles de cuerpo, recibieron la generosa recompensa(BAC 65,182-183).
Historia del dogma.
Desde el punto de vista dogmático, este documento es valioso. Se le podría llamar el manifiesto de la jurisdicción eclesiástica. Hallamos en él, por primera vez, una declaración clara y explícita de la doctrina de la sucesión apostólica. Se insiste en el hecho de que los miembros de la comunidad no pueden deponer a los presbíteros, porque no son ellos los que confieren la autoridad.
El derecho de gobernar deriva de los Apóstoles, quienes ejercieron su poder obedeciendo a Cristo, quien, a su vez, había sido enviado por Dios.
Los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de Dios. En resumen, Cristo de parte de Dios, y los Apóstoles de parte de Cristo; una y otra cosa, por ende, sucedieron ordenadamente por voluntad de Dios. Así, pues, habiendo los Apóstoles recibido los mandatos y plenamente asegurados por la resurrección del Señor Jesucristo y confirmados en la fe por la palabra de Dios, salieron, llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a dar la alegre noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, según pregonaban por lugares y ciudades la buena nueva y bautizaban a los que obedecían al designio de Dios, iban estableciendo a los que eran primicias de ellos — después de probarlos por el espíritu — por inspectores y ministros de los que habían de creer. Y esto no era novedad, pues de mucho tiempo atrás se había ya escrito acerca de tales inspectores y ministros. La Escritura, en efecto, dice así en algún lugar: “Estableceré a los inspectores de ellos en justicia y a sus ministros en fe” (42: BAC 65,216). También nuestros Apóstoles tuvieron conocimiento, por inspiración de nuestro Señor Jesucristo, que habría contienda sobre este nombre y dignidad del episcopado. Por esta causa, pues, como tuvieran perfecto conocimiento de lo por venir, establecieron a los susodichos y juntamente impusieron para adelante la norma de que, en muriendo éstos, otros que fueran varones aprobados les sucedieran en el ministerio. Ahora, pues, a hombres establecidos por los Apóstoles, o posteriormente por otros eximios varones con consentimiento de la Iglesia entera; hombres que han servido irreprochablemente al rebaño de Cristo con espíritu de humildad, pacífica y desinteresadamente; atestiguados, otro sí, durante mucho tiempo por todos; a tales hombres, os decimos, no creemos que se les pueda expulsar justamente de su ministerio (44,1-3: BAC 65,218).
2) La Epístola de San Clemente es también de suma importancia para otro punto del dogma: el primado de la Iglesia romana, a favor del cual aporta una prueba inequívoca. Es innegable que no contiene una afirmación categórica del primado de la Sede Romana. El escritor no dice expresamente en ninguna parte que su intervención ligue y obligue jurídicamente a la comunidad cristiana de Corinto. En el primer capítulo, el autor empieza por excusarse de no haber podido prestar atención antes a las irregularidades existentes en la lejana Corinto. Esto prueba claramente que la carta no fue inspirada únicamente por la vigilancia cristiana de los orígenes ni por la solicitud de unas comunidades por otras. De ser así hubiera sido obligado el presentar excusas por inmiscuirse en la controversia. En cambio, el obispo de Roma considera como un deber el tomar el asunto en sus manos y cree que los corintios pecarían si no le prestaran obediencia: “Si algunos desobedecieran a las amonestaciones que por nuestro medio os ha dirigido El mismo, sepan que se harán reos de no pequeño pecado y se exponen a grave peligro. Mas nosotros seremos inocentes de este pecado” (59,1-2). Un tono tan autoritario no se explica suficientemente por el mero hecho de las estrechas relaciones culturales que existían entre Roma y Corinto. El escritor está convencido de que sus acciones están inspiradas por el Espíritu Santo: “Alegría y regocijo nos proporcionaréis si obedecéis a lo que os acabamos de escribir impulsados por el Espíritu Santo” (63,2).
3) Los capítulos 24 y 25 tratan de la resurrección de los muertos y de la leyenda simbólica del ave Fénix. Es la más antigua alusión en la literatura cristiana a esta leyenda, que desempeñó un papel importante en la literatura y en el arte del cristianismo primitivo.
4) El tratado sobre la armonía que reina en el orden del mundo (c.20) revela la influencia de la filosofía estoica: Consideremos cuan blandamente se porta con toda su creación.
Los cielos, movidos por su disposición, le están sometidos en paz. El día y la noche recorren la carrera por él ordenada, sin que mutuamente se impidan. El sol y la luna y los coros de las estrellas giran, conforme a su ordenación, en armonía y sin transgresión alguna, en torno a los límites por El señalados. La tierra, germinando conforme a su voluntad, produce a sus debidos tiempos copiosísimo sustento para hombres y fieras y para todos los animales que se mueven sobre ella, sin que jamás se rebele ni mude nada de cuanto fue por El decretado. Con las mismas ordenaciones se mantienen las regiones insondables de los abismos y los parajes inescrutables bajo la tierra. La concavidad del mar inmenso, contraído por artificio suyo a la reunión de las aguas, no traspasa jamás las cerraduras que le fueron puestas en torno suyo, sino que, como Dios le ordenó, así hace. Díjole en efecto: “Hasta aquí llegarás, y tus olas en ti se romperán.” El océano, invadeable a los hombres, y los mundos más allá de él, se dirigen por las mismas ordenaciones del Señor. Las estaciones de primavera y de verano, de otoño y de invierno, se suceden en paz unas a otras. Los escuadrones de los vientos cumplen a debido tiempo su servicio sin estorbo alguno. Y las fuentes perennes, construidas para nuestro goce y salud, ofrecen sin interrupción sus pechos para la vida de los hombres. Y los más menudos animalillos forman sus ayuntamientos en concordia y paz. Todas estas cosas ordenó el gran Artífice y Soberano de todo el universo que se mantuvieran en paz y concordia, derramando sobre todas sus beneficios, y más copiosamente sobre nosotros, que nos hemos refugiado en sus misericordias por medio de nuestro Señor Jesucristo. A El sea la gloría y la grandeza por eternidad de eternidades. Amén (BAC 65,196-198).
Liturgia.
1) La Epístola distingue claramente entre jerarquía y laicado. Después de explicar las distintas clases de la jerarquía del Antiguo Testamento, el autor añade: “El hombre laico por preceptos laicos está ligado” (40,5), sacando luego esta conclusión: “Procuraremos, hermanos, cada uno agradar a Dios en nuestro propio puesto, conservándonos en buena conciencia, procurando con espíritu de reverencia no transgredir la regla de su propio ministerio (?e?t?????a)” (41,1).
2) Los miembros de la jerarquía cristiana son llamados ep?s??p?? ?a? d???????. En otros pasajes se les designa con el nombre común de p?esß?te??? (cf. 44,5 y 57,1). Su función más importante es la celebración de la liturgia: ofrecer los dones o presentar las ofrendas (44,4).
3) La parte de la Epístola que precede a la conclusión (c.59,4-61,3) contiene una hermosa plegaria. La cita aquí para mostrar la solicitud de la Sede Romana por el bien de la cristiandad. No nos equivocaremos si afirmamos que esta oración es una oración litúrgica de la Iglesia de Roma. No del resto de las comunidades de fe. Carecería de sentido en el contexto de esta carta si no reprodujera, con una fidelidad casi absoluta, una oración habitual en el culto público. Su forma y su lenguaje son, desde el principio hasta el fin, litúrgicos y poéticos. Da testimonio de la divinidad de Cristo, a quien llama “el Hijo bienamado” de Dios (??ap?µ????), “por el que nos enseñaste, santificaste y honraste” (59,3). Cristo es el “Sumo Sacerdote” y el “Protector de nuestras almas” (61,3). Clemente canta, además, las alabanzas de la providencia y misericordia de Dios. La oración concluye con una petición en favor del poder temporal. Esta petición es de gran interés para el estudio del concepto cristiano primitivo del Estado.
Tú, Señor, les diste la potestad regia, por tu fuerza magnífica e inefable, para que, conociendo nosotros el honor y la gloria que por Ti les fue dada, nos sometamos a ellos, sin oponernos en nada a tu voluntad. Dales, Señor, salud, paz, concordia y constancia, para que sin tropiezo ejerzan la potestad que por Ti les fue dada. Porque Tú, Señor, rey celeste de los siglos, das a los hijos de los hombres gloria y honor y potestad sobre las cosas de la tierra. Endereza Tú, Señor, sus consejos, conforme a lo bueno y acepto en tu presencia, para que, ejerciendo en paz y mansedumbre y piadosamente la potestad que por Ti les fue dada, alcancen de Ti misericordia (61,1-2: BAC 65,234-235).
Pasando de las consideraciones de detalle a examinar la carta en su conjunto, podemos determinar algunos extremos: sobre el tiempo de su composición, sobre la personalidad de su autor y sobre el propósito que le impulsó a escribir.
2. Tiempo de su composición.
Además de informarnos sobre la persecución de Nerón (5,4), nos habla de otra persecución que estaba arreciando cuando escribía: “A causa de las repentinas y sucesivas calamidades y tribulaciones que nos han sobrevenido” (1,1). Después de describir la persecución de Nerón, Clemente dice: “Nosotros hemos bajado a la misma arena y tenemos delante el mismo combate” (7,1). En estas inequívocas alusiones a otra persecución, el autor debió de referirse a la de Domiciano, que tuvo lugar en los años 95 y 96 de nuestra era. Además, del contexto se desprende que los Apóstoles habían muerto hacía ya algún tiempo y que aun los presbíteros por ellos creados habían dejado ya sus cargos a otros y descansaban también en el Señor (42-44,2). Estos datos que se obtienen del examen de la carta concuerdan con el testimonio de la tradición, particularmente con el de Hegesipo (ca.180) que nos ha transmitido Eusebio; según él, las discordias que indujeron a Clemente a escribir ocurrieron durante el reinado de Domiciano. Además, Policarpo utilizó la Epístola de Clemente cuando escribió a los Filipenses.
3. Personalidad del autor.
En su carta, Clemente no se menciona a si mismo por su nombre. El que envía la carta es: “La Iglesia de Dios que mora en Roma.” Cuando se refiere a sí mismo, el autor usa el pronombre plural “nosotros.” No obstante, la obra fue compuesta, sin duda alguna, por una sola persona. Una cierta unidad de estilo y de pensamiento viene a corroborar esta asercion. A lo que parece, Clemente tuvo en cuenta que su mensaje sería considerado de carácter público más que privado: previo que sería leído a la comunidad cristiana reunida para el culto divino. Por eso la Epístola está muy elaborada y adornada con muchas figuras retóricas. La primera parte tiene la forma de un sermón dirigido a toda la asamblea y apenas alude a las condiciones especiales que reinaban en Corinto. De hecho, el obispo Dionisio de Corinto cuenta que en su tiempo la Epístola de Clemente seguía leyéndose en su iglesia durante los oficios divinos (ca.170). En carta al Papa Solero escribe: “Hoy hemos celebrado el día santo del Señor y hemos leído tu carta, que seguiremos leyendo de vez en cuando para nuestro aprovechamiento, como lo hacemos con la que anteriormente nos fue mandada por Clemente” (Eusebio, Hist. eccl. 4,23,11). En otro pasaje (Hist. eccl. 3,16), Eusebio dice que esta costumbre no era exclusiva de Corinto: “Hay una epístola auténtica de Clemente, larga y admirable, que él compuso para la Iglesia de Corinto en nombre de la Iglesia de Roma cuando hubo disensiones en Corinto. Hemos sabido que en muchas iglesias se leía antiguamente esta carta en público en la asamblea general, y que se sigue haciendo lo mismo en nuestros días.” Clemente tuvo evidentemente el propósito de dar a este documento una importancia que trascendiera la ocasión inmediata que la motivó. Consiguió su objetivo y aseguró, además, a la carta un lugar duradero en la literatura eclesiástica. En cuanto se puede determinar esto, el autor parece de origen judío. Las frecuentes citas del Antiguo Testamento y las relativamente pocas del Nuevo abonan esta conjetura.
4. Transmisión del texto.
El texto de la Epístola se conserva en los siguientes manuscritos:
1) El Codex Alexandrinus, del siglo V, en el British Museum, si bien le faltan los capítulos 57,6-64,1.
2) El Codex Hierosolymitanus, escrito por el notario León en 1056. Este manuscrito contiene el texto íntegro de la carta.
Se conserva una antigua traducción siríaca en un manuscrito del Nuevo Testamento del siglo XII (1170), que se halla en la biblioteca de la Universidad de Cambridge. G. Morin descubrió una versión latina en un manuscrito del siglo XI en el Seminario Mayor de Namur. La traducción está hecha casi al pie de la letra y probablemente es de la segunda mitad del siglo II (cf. p.28). Hay luego dos traducciones coptas en el dialecto Akhmímico. Una de ellas fue editada a pase de un papiro (Ms. orient. fol.3065), propiedad de la Staatsbibliothek de Berlín; faltan los capítulos 34,5-42, porque se perdieron cinco páginas de este manuscrito. El papiro es del siglo IV y perteneció al famoso Monasterio Blanco de Shenute. La otra versión copta fue descubierta en Estrasburgo en un papiro del siglo VII; es fragmentaria y no va más allá del capítulo 26,2.
Escritos No Auténticos.
El aprecio que profesó a Clemente toda la antigüedad fue causa de que se le atribuyeran algunos otros escritos.
I. La Secunda Epístola de Clemente.
En los dos manuscritos que contienen el texto griego de la epístola auténtica de Clemente, lo mismo que en la versión siríaca, hallamos adjunta una segunda epístola dirigida igualmente a los corintios. Pero este documento ni es una carta ni la escribio Clemente. Son prueba suficiente su forma literaria y su estilo. Sin embargo, la obra ofrece gran interés. Es el más antiguo sermón cristiano que existe. El carácter y el tono homilético son inconfundibles. En particular, hay dos pasajes que confirman esta opinión: “Y no parezca que sólo de momento creemos y atendemos, es decir, cuando somos amonestados por los ancianos, sino procuremos, cuando nos retiramos a casa, recordar los preceptos del Señor” (17,3). El segundo pasaje dice así: “Así, pues, hermanos y hermanas, después del Dios de la verdad, os leo mi súplica a que atendáis a las cosas que están escritas, a fin de que os salvéis a vosotros mismos y a quien entre vosotros cumple el oficio de lector” (19,1). El predicador se refiere aquí a la lectura de las Sagradas Escrituras, que debía de preceder al sermón. El estilo no es literario, y por eso mismo es totalmente distinto del estilo de la epístola auténtica de Clemente. Además, para designarse a sí mismo, el autor no usa la primera persona del plural, sino la del singular. Además de las Escrituras, cita también los evangelios apócrifos, por ejemplo el Evangelio de los egipcios. Existe todavía gran diversidad de opiniones en lo que se refiere al lugar de origen de este sermón. La falta de datos cronológicos en él es causa de que hayan fracasado los repetidos intentos de dar con una fecha más aproximada de su composición y con el nombre de su autor. La hipótesis de Harnack de que este documento es una carta del papa Sotero (165-173), dirigida a la comunidad cristiana de Corinto, choca con la objeción, imposible de superar, de que no hay en él ninguna de las características propias de una carta. Harris y Streeter sostienen que la obra es, en realidad, una homilía alejandrina, porque la teología del autor revela influencia alejandrina y usa asimismo como fuente el Evangelio de los egipcios. Pero entonces, ¿cómo pudo atribuirse esta obra a Clemente? La hipótesis más atrayente es la de Lightfoot, Funk y Krüger, según la cual la homilía proviene del mismo Corinto. Los juegos ístmicos, que solían celebrarse en sus cercanías, explicarían las imágenes que el autor emplea en el capítulo séptimo. Así tendría explicación también el que se atribuyera esta obra a Clemente y haya aparecido unida a la primera carta clementina. Probablemente la homilía se conservó en los archivos de Corinto junto con la epístola de Clemente, siendo luego descubiertas simultáneamente. En cuanto al tiempo de su composición, tenemos solamente un indicio: el desarrollo de la doctrina cristiana tal como aparece en la homilía. Pero este indicio no nos permite determinar con exactitud la fecha. Las ideas sobre la penitencia que encontramos en el sermón indican que fue escrito poco después del Pastor de Hermas, o sea, alrededor del año 150. A pesar de que en la Iglesia de Siria este documento fue incluido en el número de las Escrituras, Eusebio y Jerónimo niegan su autenticidad. Eusebio, por ejemplo, dice: “Conviene saber que hay también una segunda carta atribuida a Clemente, pero no tenemos seguridad de que fuera reconocida como la tenemos de la primera (I Clem.), ya que ni siquiera sabemos que fuera usada por los escritores antiguos” (Hist. eccl. 3,38,4). Jerónimo rechaza el documento de modo absoluto: “Hay una segunda carta que circula bajo el nombre de Clemente, pero no fue reconocida como tal por los antiguos” (De viris illustr. 15).
Contenido.
El contenido de la homilía es más bien de carácter general. La concepción cristiana de Cristo como Juez de vivos y muertos corresponde a la majestad de Dios. Debemos glorificarle con el cumplimiento de sus mandamientos y el desprecio de los placeres mundanos, a fin de obtener la vida eterna.
Cristología.
La divinidad y humanidad de Cristo se hallan claramente expresadas:
Hermanos, así debemos sentir sobre Jesucristo como de Dios que es, como de Juez de vivos y muertos (1,1). Si Cristo, el Señor que nos ha salvado, siendo primero espíritu, se hizo carne, y así nos salvó, así también nosotros en esta carne recibiremos nuestro galardón (9,5). Cristo se sometió por nosotros a grandes sufrimientos (1,2): Compadecióse, en efecto, de nosotros, y con entrañas de misericordia nos salvó, después que vio en nosotros mucho extravío y perdición y que ninguna esperanza de salvación teníamos sino la que de El nos viene (1,7). Cristo es llamado “autor de la incorruptibilidad (a?????? t?? af?a?s?a?) por quien también Dios nos manifestó la verdad y la vida celeste” (20,5).
Noción de la Iglesia.
Es de interés el concepto de Iglesia que revela esta carta. Según el autor, la Iglesia existió antes de la creación del sol y de la luna. Pero era invisible, espiritual y estéril. Ahora ha tomado carne: es el cuerpo de Cristo, su esposa, y nosotros le hemos sido entregados como hijos:
Así, pues, hermanos, si cumpliéremos la voluntad del Padre, nuestro Dios, perteneceremos a la Iglesia primera, la espiritual, la que fue fundada antes del sol y de la luna… Elijamos, por ende, pertenecer a la Iglesia de la vida, a fin de salvarnos. No creo, por lo demás, que ignoréis cómo la Iglesia viviente es el cuerpo de Cristo, pues dice la Escritura: “Creó Dios al hombre varón y hembra.” El varón es Cristo; la hembra, la Iglesia. Como tampoco que los Libros y los Apóstoles nos enseñan cómo la Iglesia no es de ahora, sino de antes. Era, en efecto, la Iglesia espiritual, como también nuestro Jesús, pero se manifestó en la carne de Cristo, poniéndonos así de manifiesto que quien la guardare, la recibirá en el Espíritu Santo. Porque esta carne es la figura del Espíritu Santo. Nadie, pues, que corrompiere la figura, recibirá el original. En definitiva, pues, hermanos, esto es lo que dice: Guardad vuestra carne, a fin de que participéis del Espíritu. Ahora bien, si decimos que la Iglesia es la carne y Cristo el Espíritu, luego el que deshonra la carne, deshonra a la Iglesia. Ese tal, por ende, no tendrá parte en el Espíritu, que es Cristo (14,1-4: BAC 65,366-367).
El autor se muestra aquí grandemente influenciado por el pensamiento paulino, sobre todo por la carta a los Efesios (1,4,22; 5,23,32). Llama a la Iglesia cuerpo místico de Cristo y la presenta como su esposa. Este sermón es interesante también desde otro punto de vista: tenemos aquí la primera referencia a la maternidad de la Iglesia, aunque el autor no use la misma palabra Madre: “Al decir “Regocíjate, estéril, la que no pares,” a nosotros nos significó; pues estéril era nuestra Iglesia antes de dársele hijos” (2,1).
Bautismo.
Al bautismo se le llama sello (Tf?a???), y este sello hay que guardarlo íntegro: “Y, en efecto, de los que no guardan el sello dice la Escritura: Su gusano no morirá y su fuego no se extinguirá, y serán espectáculo para toda carne” (7,6). “Ahora bien, lo que dice es esto: Guardad vuestra carne pura y el sello incontaminado para que recibamos la vida eterna” (8,6). Aparece aquí de nuevo la teología paulina; cf. Eph. 5 y 2 Cor. 1,21-22.
Penitencia.
La última parte del sermón contiene un testimonio directo de la paenitentia secunda, o sea, de la penitencia por los pecados cometidos después del bautismo. Se exhorta a los cristianos a la penitencia al estilo del Pastor de Hermas:
En conclusión, hermanos, arrepintámonos ya por fin y vigilemos para el bien, pues estamos llenos de mucha insensatez y maldad. Borremos de nosotros los pecados anteriores y, arrepentidos de alma, salvémonos. Y no tratemos sólo de agradar a los hombres ni queramos agradarnos sólo los unos a los otros, sino tratemos también de edificar por nuestra justicia a los hombres de fuera, a fin de que por nuestra culpa no sea blasfemado el Nombre (13,1: BAC 65,365). Así, hermanos, pues hemos hallado no pequeña ocasión para hacer penitencia, ya que tenemos tiempo, convirtámonos al Dios que nos ha llamado, mientras todavía tenemos a quien nos recibe (16,1: BAC 65,368). Por lo tanto, mientras estamos en este mundo, arrepintámonos de todo corazón de los pecados que cometimos en la carne, a fin de ser salvados por el Señor mientras tenemos tiempo de penitencia. Porque, una vez que hubiéremos salido de este mundo, ya no podemos en el otro confesarnos ni hacer penitencia (8,2-3: BAC 65,361).
Eficacia de las buenas obras para la salvación
El sermón afirma en forma clara y concisa la necesidad de las buenas obras. La limosna es el medio principal para conseguir el perdón de los pecados. Es mejor que el ayuno y la oración:
Ahora bien, buena es la limosna como penitencia del pecado. Mejor es el ayuno que la oración, y la limosna mejor que ambos; pero la caridad cubre la muchedumbre de los pecados, y la oración, que procede de buena conciencia, libra de la muerte. Bienaventurado el que fuere hallado Heno de estas virtudes, pues la limosna se convierte en alivio del pecado (16,4: BAC 65,368-369).
II. Las dos Cartas a las Vírgenes.
Hay, además, otras dos cartas sobre la virginidad, dirigidas a personas célibes de ambos sexos, que han llegado hasta nosotros bajo el nombre de Clemente. De hecho, pertenecen a la primera mitad del siglo III y se hace mención de ellas, por primera vez en la literatura, en los escritos de Epifanio (Haer. 30,15) y de Jerónimo (Adv. Jovin. 1,12). El texto original griego se ha perdido, a excepción de unos pocos fragmentos hallados en el ?a?d??t?? ??af?? del monje Antíoco de S. Sabas (ca.620). Sin embargo, las dos epístolas se han conservado íntegramente en su versión siríaca, hallada en 1470 en un manuscrito de la versión Peshitta del Nuevo Testamento. Tenemos, además, la traducción copta de los capítulos 1-8 de la primera carta, que menciona a Atanasio como su autor. En realidad, las dos cartas constituyen una sola obra que, andando el tiempo, fue dividida en dos.
La primera epístola empieza con instrucciones sobre la naturaleza y significado de la virginidad. El autor considera la continencia como algo divino: es, según él, una vida sobrenatural, la vida de los ángeles. El célibe y la virgen se han revestido, en verdad, de Cristo. Son imitadores de Cristo y de los Apóstoles: sólo en apariencia son de la tierra. En el cielo tienen derecho a un lugar más elevado que el resto de los cristianos. Con todo, el autor recalca con fuerza que la virginidad por sí sola, sin las correspondientes obras de caridad, como por ejemplo, el cuidado de los enfermos, no garantiza la vida eterna. Se muestra enterado de los abusos que existían entre sus destinatarios y se siente obligado a recordar que la virginidad impone responsabilidades particularmente seria a los que la abrazan. Exhorta, amonesta y no duda en reprender severamente. La obra termina (c.10-13) dando algunas instrucciones contra la vida en común de los ascetas de ambos sexos y deplorando los males de la ociosidad. No tiene, su embargo, conclusión propiamente dicha.
La segunda carta comienza con un exabrupto, sin introducción alguna, y prosigue en el mismo tono que la primera. Continuar las amonestaciones, sin que pueda apreciarse ninguna discontinuidad de pensamiento. El escritor pasa luego a la descripción de las costumbres y leyes vigentes entre los ascetas de su patria, cita muchos ejemplos de la Biblia y, como conclusión, señala el ejemplo de Cristo.
Como se desprende claramente del resumen que precede, el autor se opone vigorosamente a los abusos de las syneisaktoi, es decir, de las llamadas virgines subintroductae; en otras palabras, ataca la vida en común, bajo un mismo techo, de ascetas de ambos sexos. Dado que los reparos contra esta curiosa costumbre empezaron a formularse en la literatura eclesiástica hacia la mitad del siglo III, es legítimo concluir que estas dos cartas pertenecen igualmente a esta época. Parece que el escritor era originario de Palestina; no se revela su nombre. Pero la obra induce a creer que su autor debía de ser un asceta prominente y muy respetado. Las dos epístolas tienen gran valor, por ser una de las fuentes más antiguas para la historia del ascetismo cristiano primitivo.
III. Las “Pseudo-Clementinas.”
Pseudo-Clementinas es el título de una vasta novela con fines didácticos, cuyo protagonista es Clemente de Roma. El desconocido autor de esta narración edificante presenta a Clemente como un vástago de la familia imperial romana. En busca de la verdad, Clemente va probando en vano las distintas escuelas filosóficas para encontrar la solución de sus dudas acerca de la inmortalidad del alma, del origen del mundo y de otros problemas por el estilo. Finalmente, la nueva de la aparición del Hijo de Dios en la lejana Judea le impulsa a emprender un viaje a Oriente. En Cesárea halla a San Pedro, quien le instruye en la doctrina del verdadero profeta, disipa sus dudas y le invita a acompañarle en sus andanzas misioneras. En su mayor parte, la obra se dedica a narrar las experiencias de Clemente como compañero de San Pedro en sus 1 correrías apostólicas y la lucha de éste con Simón Mago. En último análisis, la narración no es otra cosa que una introducción a los sermones misioneros de San Pedro, y propiamente forma parte de las Actas apócrifas de los Apóstoles. Difiere de otras leyendas de los Apóstoles en que su intento no es tanto entretener cuanto proporcionar instrucciones teológicas y estrategias apologeticas para defender eficazmente el cristianismo.
De las Pseudo-Clementinas restan los siguientes fragmentos:
1) Las veinte homilías, que contienen los sermones misioneros de San Pedro, que se suponen seleccionados por Clemente y entregados por él al hermano de Nuestro Señor, al obispo Santiago de Jerusalén (???µe?t? t?? ??t??? ?tpd?µ??? ?????µ?t?? ep?t?µ?). Delante de las homilías van dos cartas, una de San Pedro y otra de Clemente, dirigidas a Santiago, cuyo fin es servir de guía para el recto uso de la colección. En las cartas se hace objeto de gran consideración a la Iglesia de Jerusalén; al apóstol Santiago se le llama obispo de obispos. Es rasgo característico de los discursos la adhesión a los principios de los judaizantes ebionitas y elkasaítas, para quienes el cristianismo no era más que un judaísmo purificado. Dios se revela al hombre por medio del profeta verdadero. Este se presenta bajo formas distintas. Primeramente apareció en la persona de Adán, luego en la de Moisés y, finalmente, en la de Jesucristo. Sin embargo, el titulo de “Hijo de Dios” es exclusivo de Cristo, pero incluso El no es más que un profeta y un maestro, no un redentor. La misión de Moisés fue devolver a la religión, oscurecida por el pecado, su primitivo brillo. Cuando, con el correr de los tiempos, las verdades que aquél había proclamado se oscurecieron y corrompieron, se hizo necesaria una nueva manifestación en la persona de Jesucristo. La doctrina de Cristo es esencialmente un monoteísmo a ultranza que excluye toda distinción entre las personas divinas.
Falta un concepto preciso de Dios. Por una parte, se le concibe como un ser personal y se le representa como creador y juez (17,7). Pero, por otra, se le llama panteísticamente corazón del mundo (17,9), y el desarrollo del mundo es presentado como una evolución del mismo Dios.
2) Los diez libros de recogniciones. Su texto íntegro se encuentra solamente en la traducción latina de Rufino. La parte narrativa, que, en el fondo, es idéntica a la de las Homilías, es igualmente una autobiografía de Clemente, pero más detallada. Una serie de curiosas circunstancias motivaron la separación de los miembros de la familia: el padre, la madre y los tres hijos fueron dispersados. Cada uno busca en vano información sobre el paradero de los demás. Tras múltiples aventuras, se reúnen finalmente merced a la intervención del Pedro. El documento toma su nombre de Recognitiones de varias escenas de reconocimiento en que vuelven a encontrarse los miembros de la familia, separados por largo tiempo. Son mayores las diferencias que existen entre las Recogniciones y las Homilías en cuanto al contenido didáctico. El elemento judaizante está atenuado y en segundo plano. A Cristo se le llama solus fidelis ac verus propheta. El judaísmo es solamente una preparación al cristianismo. Se afirma con claridad la doctrina de la Trinidad: filium Dei unigenitum dicimus, non ex alio initio, sed ex ipso ineffabiliter natum; similiter etiam de paracleto dicimus (1,69). Claro es que tales expresiones han podido ser “elucidas por el traductor, Rufino; pero es difícil decidir s añadió él o no al original.
3) Además de las Homilías y de las Recogniciones se han conservado dos extractos griegos (ep?t?µ??) de las Homilías; estos extractos han sido ampliados con textos tomados de la carta de Clemente a Santiago, del Martyrium Clementis de Simeón Metafraste y con la narración del obispo Efrén de Quersona sobre un milagro obrado por Clemente en un niño. 4) Amén de estos textos griegos, existen asimismo dos textos árabes de las Homilías y Recogniciones. Estos fragmentos escogidos se limitan al elemento narrativo y omiten los largos discursos.
Sería muy útil para nosotros el poder determinar cuándo se escribieron las Homilías y las Recogniciones. Pero esta cuestión encierra problemas literarios extremadamente intrincados hasta que el presente han desafiado cualquier intento de solución, y las opiniones varían enormemente. Parece admitirse generalmente que las Homilías y las Recogniciones se basan en un documento fundamental común. Pero nadie se pone de acuerdo sobre las fuentes de este documento básico, que sería de dimensiones considerables. Su núcleo debió de ser la biografía de Clemente, a quien se atribuye la otra. Esto explica por qué el elemento narrativo de ambos, Homilías y Recogniciones, es idéntico, si hacemos caso omiso de discrepancias de menor importancia, al paso que los discursos difieren considerablemente. Sin duda el autor pertenecía a una secta judeo-cristiana herética. El documento básico fue probablemente escrito en Siria, en las primeras décadas del siglo III.
Ignacio de Antioquia.
Ignacio, segundo obispo de Antioquía, de una personalidad inimitable, fue condenado a las fieras en el reinado de Trajano (98-117). Se le ordenó trasladarse de Siria a Roma para sufrir allí el martirio. De camino hacia la Ciudad Eterna, compuso siete epístolas — único resto que nos ha llegado de sus extensos trabajos —. Cinco fueron dirigidas a las comunidades cristianas de Efeso, Magnesia, Tralia, Filadelfia y Esmirna — ciudades que habían mandado delegados para saludarle a su paso —. Otra carta iba dirigida a Policarpo, obispo de Esmirna. La más importante de todas es la que escribió a la comunidad cristiana de Roma, adonde se dirigía. Las cartas dirigidas a Efeso, Magnesia y Tralia fueron escritas en Esmirna. En estas cartas agradece a las comunidades las muchas muestras de afecto y de simpatía que le han testimoniado en su prueba, les exhorta a la obediencia a sus superiores eclesiásticos y les prevee contra las doctrinas heréticas. Desde esta misma ciudad mandó afectuosos saludos a los miembros de la Iglesia de Roma. Pidiéndoles que no dieran en absoluto ningún paso que pudiera hacer defraudar su más ardiente deseo: morir por Cristo. Porque para él la muerte no era sino el comienzo de la verdadera vida: “¡Bello es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, trasponga en Dios, a fin de que en El yo amanezca!” (Rom. 2.2). “Y es que temo justamente vuestra caridad, no sea ella la que me perjudique. El hecho es que yo no tendré jamás ocasión semejante de alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo” (Rom. 2.2: 2:1; 4:1). Los mensajes para los hermanos de Filadelfia y Esmirna, así como el remitido a Policarpo, fueron enviados desde Troas. Estando allí, Ignacio se enteró de que había cesado la persecución en Antioquía. Pide, pues, a los cristianos de Filadelfia y de Esmirna y al obispo de esta última ciudad que envíen delegados a felicitar a los hermanos de Antioquía. En cuanto a su contenido, estas cartas se asemejan mucho a las que fueron escritas desde Esmirna. Instan encarecidamente a la unidad en la fe y en el sacrificio, y apremian a los lectores a estrechar los lazos con el obispo nombrado para guiarles. La Epístola a Policarpo contiene, además, consejos especiales para el ejercicio de la función episcopal. Le da este consejo: “Mantente firme, como un yunque golpeado por el martillo. De grande atleta es ser desollado y, sin embargo, vencer” (Pol. 3,1). Estas cartas proyectan una luz preciosa sobre las condiciones internas de las comunidades cristianas primitivas. Nos permiten, además, penetrar en el mismo corazón del gran obispo mártir y aspirar allí el profundo entusiasmo religioso que se nos prende y nos envuelve en sus llamas. Su lenguaje, fogoso y profundamente original, desecha los ardides y sutilezas de estilo. Su alma, en su celo y ardor inimitables, se remonta por encima de los modos ordinarios de expresión. Finalmente, sus cartas son de una importancia inapreciable para la historia del dogma.
I. La Teología de San Ignacio.
1. La existencia de una obra de Dios con el universo es la idea central de la teología de Ignacio. Dios quiere librar al mundo y a la humanidad del despotismo del príncipe de este mundo. En el judaísmo preparó a la humanidad para la salvación por medio de los profetas. Lo que éstos esperaban tuvo su realización en Cristo:
Jesucristo es nuestro solo Maestro, ¿cómo podemos nosotros vivir fuera de Aquel a quien los mismos profetas, discípulos suyos que eran ya en espíritu, le esperaban como a su Maestro? (Mag. 9.1-2·BAC 65,464).
2. La cristología de Ignacio es sobremanera clara, lo mismo en cuanto a la divinidad que en cuanto a la humanidad de Cristo:
Un médico hay, sin embargo, que es carnal a par que espiritual, engendrado y no engendrado (?????t?? ?a? a?????t??), en la carne hecho Dios, hijo de María e hijo de Dios (?a? e? ?a??a? ?a? e? Te??), primero pasible y luego impasible. Jesucristo nuestro Señor (Eph. 7,2). El es, con toda verdad del linaje de David según la carne, hijo de Dios según la voluntad y poder de Dios, nacido verdaderamente de una virgen, bautizado por Juan, para que fuera por El cumplida toda justicia (Smyrn. 1,1). Cristo es intemporal (???????) e invisible (a??at??):
Aguarda al que está por encima del tiempo, al Intemporal, al Invisible, que por nosotros se hizo visible; al Impalpable, al Impasible, que por nosotros se hizo pasible: al que por todos los modos sufrió por nosotros (Pol. 3,2).
Al mismo tiempo Ignacio ataca la forma de herejía llamada docetismo, que negaba a Cristo la naturaleza humana y especialmente el sufrimiento:
Ahora bien, si, como dicen algunos, gentes sin Dios, quiero decir sin fe, sólo en apariencia sufrió — ¡y ellos sí que son pura apariencia! —, ¿a qué estoy encadenado? ¿A qué estoy anhelando luchas con las fieras? Luego inutilmente voy a morir. Luego falso testimonio doy contra el Señor. Huid, por tanto, esos retoños malos, que llevan fruto mortífero. Cualquiera que de él gusta, muere inmediatamente (Tral. 10-11,1: BAC 65,472). Apártense también de la Eucaristía y de la oración, porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la misma que padeció por nuestros pecados, la misma que, por su bondad, resucitóla el Padre. Así, pues, los que contradicen al don de Dios, mueren y perecen entre sus disquisiciones. ¡Cuánto mejor les fuera celebrar la Eucaristía, a fin de que resucitaran! Conviene, por tanto, apartarse de tales gentes, y ni privada ni públicamente hablar de ellos, sino prestar toda atención a los profetas, y señaladamente al Evangelio, en el que la pasión se nos hace patente y vemos cumplida la resurrección (Smyrn. 7: BAC 65,492-493).
En suma, la cristología de Ignacio se apoya en San Pablo, aunque influenciada y enriquecida por la teología de San Juan.
3. Llamaba a la Iglesia “el lugar del sacrificio”: ??s?ast????? (Eph. 5,2; Tral. 7,2; Phil. 4). Parece que este nombre se debe al concepto de la Eucaristía como sacrificio de la Iglesia; efectivamente, en la Didaché se llama a la Eucaristía ??s?a. Ignacio llama a ésta “medicina de inmortalidad, antídoto contra la muerte y alimento para vivir por siempre en Jesucristo” (Eph. 20,2). Hace esta advertencia:
Poned, pues, todo ahinco en usar de una sola Eucaristía; porque una sola es la carne de nuestro Señor Jesucristo y un solo cáliz para unirnos con su sangre; un solo altar, así como no hay más que un solo obispo, juntamente con el colegio de ancianos y con los diáconos, consiervos míos (Phil. 4: BAC 65,483). (La cita siguiente es clara y sin equívocos): La Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, la misma que padeció por nuestros pecados, la misma que, por su bondad, resucitóla el Padre (Smyrn. 7,1: BAC 65,492).
4. Ignacio es el primero en usar la expresión “Iglesia católica,” para significar a los fieles colectivamente:
Dondequiera apareciere el obispo, allí está la muchedumbre, al modo que dondequiera estuviere Jesucristo, allí está la Iglesia universal (Smyr. 8,2: BAC 65,493).
5. De las cartas de Ignacio se desprende una imagen clara de la dignidad jerárquica y del prestigio otorgado al obispo en medio de su rebaño. San Ignacio nada dice de los profetas, quienes, movidos por el Espíritu, iban aún de una Iglesia a otra, según se describe en la Didaché. Sobre las comunidades reina un episcopado monárquico. Casi estamos viendo al obispo rodeado de sus presbíteros y diáconos. El obispo preside como representante de Dios; los presbíteros forman el senado apostólico, y los diáconos realizan los servicios de Cristo:
Yo os exhorto a que pongáis empeño por hacerlo todo en la concordia de Dios, presidiendo el obispo, que ocupa el lugar de Dios, y los ancianos, que representan e) colegio de los Apóstoles, y teniendo los diáconos, para mí dulcísimos, encomendado el ministerio de Jesucristo (Magn. 6,1: AC 65,462).
La idea de que el obispo representa a Cristo confiere a su cargo tal dignidad que ni aun la autoridad de un obispo joven debe ponerse jamás en duda:
Mas también a vosotros os conviene no abusar de la poca edad de vuestro obispo, sino, mirando en él la virtud de Dios Padre, tributarle toda reverencia. Así he sabido que vuestros santos ancianos no tratan de burlar su juvenil condición, que salta a los ojos, sino que, como prudentes en Dios, le son obedientes o, por mejor decir, no a él, sino al Padre de Jesucristo, que es el obispo o inspector de todos (Magn. 3,1: BAC 65,461).
6. Por encima de todo lo demás, el obispo es el maestro responsable de los fieles. Estar en comunión con él equivale a preservarse del error y de la herejía (Tral. 6; Phil. 3). El obispo debe, por lo tanto, exhortar constantemente a su rebaño a la paz y unidad, que únicamente pueden obtenerse mediante la solidaridad con la jerarquía:
Os conviene, pues, correr a una con el sentir de vuestro obispo, que es justamente lo que ya hacéis. En efecto, vuestro colegio de ancianos, digno del nombre que lleva, digno, otro sí, de Dios, así está armoniosamente concertado con su obispo como las cuerdas con la lira. Pero también los particulares o laicos habéis de formar un coro, a fin de que, unísonos por vuestra concordia y tomando en vuestra unidad la nota distintiva de Dios, cantéis a una voz al Padre por medio de Jesucristo, y así os escuche y os reconozca, por vuestras buenas obras, como cánticos entonados por su propio Hijo. Cosa, por tanto, provechosa es que os mantengáis en unidad irreprochable, a fin de que también, en todo momento, os hagáis partícipes de Dios (Eph. 4: BAC 65,449-450).
7. Según San Ignacio, el obispo es también el sumo sacerdote y el dispensador de los misterios de Dios. Ni el bautismo, ni el ágape, ni la Eucaristía se pueden celebrar sin él:
Sin contar con el obispo, no es lícito ni bautizar ni celebrar la Eucaristía; sino, más bien, aquello que él aprobare, eso es también lo agradable a Dios, a fin de que cuanto hiciereis sea seguro y válido (Smyrn. 8,2). Que nadie, sin contar con el obispo, haga nada de cuanto atañe a la Iglesia. Sólo aquella Eucaristía ha de tenerse por válida que se celebre por el obispo o por quien de él tenga autorización (Smyrn. 8,1: BAC 65,493).
Por eso el matrimonio tiene que celebrarse también en su presencia:
Respecto a los que se casan, esposos y esposas, conviene que celebren su enlace con conocimiento del obispo, a fin de que el casamiento sea conforme al Señor y no sólo por deseo (Pol. 5,2: BAC 65,500).
8. La interpretación que San Ignacio da del matrimonio y de la virginidad muestra el sello de la influencia de San Pablo. El matrimonio simboliza la alianza eterna entre Cristo y su Esposa, la Iglesia:
Recomienda a mis hermanas que amen al Señor y se contenten con sus maridos, en la carne y en el espíritu. Igualmente, predica a mis hermanos, en nombre de Jesucristo, que amen a sus esposas como el Señor a la Iglesia (Pol. 5,1: BAC 65,499-500).
Pero también aconseja la virginidad:
Si alguno se siente capaz de permanecer en castidad para honrar la carne del Señor, que permanezca sin engreimiento (Pol. 5,2).
9. Cuando se compara la salutación inicial dirigida a la Iglesia de Roma con la salutación de las epístolas a las diversas comunidades del Asia Menor, no hay duda de que Ignacio tiene a la Iglesia de Roma en un concepto más elevado. No cabe exagerar el significado de esta salutación; es el más antiguo reconocimiento del primado de Roma que poseemos proveniente de la pluma de un escritor eclesiástico no romano:
Ignacio, por sobrenombre Portador de Dios:
A la Iglesia que alcanzó misericordia en la magnificencia del Padre altísimo y de Jesucristo su único Hijo;
la que es amada y está iluminada por voluntad de, Aquel que ha querido todas las cosas que existen, según la fe y la caridad de Jesucristo, Dios nuestro;
Iglesia, además, que preside en la capital del territorio de los romanos; digna de Dios, digna de todo decoro, digna de toda bienaventuranza, digna de alabanza, digna de alcanzar cuanto desee, digna de toda santidad;
y puesta a la cabeza de la caridad, seguidora que es “le la ley de Cristo y adornada con el nombre de Dios:
mi saludo en el nombre de Jesucristo, Hijo del Padre.
A los (hermanos) que corporal y espiritualmente están hechos uno con todo mandamiento suyo;
a los inseparablemente colmados de gracia de Dios y destilados de todo extraño tinte,
yo les deseo en Jesucristo, Dios nuestro, la mayor alegría sin que reproche gocen (BAC 65,474).
Entre estos títulos de encomio prodigados por Ignacio a la Iglesia de Roma hay uno en particular que ha atraído la atención de los sabios, a saber, “puesta a la cabeza de la caridad.” Hay muchas diversas de pareceres en lo que se refiere al significado de esta frase. A. Harnack no ve en ella más que una simple muestra de gratitud por la extraordinaria caridad de los cristianos de Roma. Según él, se dice de la Iglesia de Roma que está “puesta a la cabeza de la caridad,” porque es la más caritativa y generosa, la que más ayuda a las demás Iglesias y, por consiguiente, la protectora y patrona de la caridad. No hay que olvidar, sin embargo, que la expresión aparece dos veces en la salutación sin que, al parecer, cambie de significado. La primera dice así: “Que preside también en la capital del territorio de los romanos.” Aquí la impresión de una autoridad eclesiástica se impone y la interpretación de Harnack resulta inadmisible. Prueba de ello es que el mismo modismo griego, en el único lugar distinto de las obras de Ignacio en que aparece (Magn. 6,1,2), se refiere indudablemente al ejercicio de la vigilancia por parte de obispos, presbíteros y diáconos. Mayor dificultad presenta la interpretación de a??p??. ?? lector de las epístolas se da cuenta en seguida de que la palabra a??p?, tal como se usa en ellas, tiene distintos significados. Apoyándose en el hecho de que Ignacio emplea repetidas veces (Fil. 11,2; Smyrn. 12,1; Oral. 13,1, y Rom. 9,3) la palabra a??p?, como sinónimo de las respectivas Iglesias, F. X. Funk traduce este pasaje de la carta a los romanos: “Que preside sobre el vínculo de caridad.” “Vínculo de caridad” no sería, según él, sino una manera de decir “la Iglesia universal.” Pero investigaciones más recientes hechas por J. Thiele y A. Ehrhard han probado que esta traducción no es muy correcta, dado el contexto y la dirección del pensamiento de Ignacio. Además, las antiguas versiones latina, siríaca y armena tampoco favorecen tal traducción. Llega a convencer bastante la hipótesis de Thiele, que da a esta palabra en este pasaje un sentido más amplio y más profundo. Entiende por “ágape” la totalidad de esa vida sobrenatural que Cristo ha encendido en nosotros por su amor. En este caso, Ignacio, por medio de la frase “puesta a la cabeza de la caridad,” habría asignado a la Iglesia de Roma autoridad para guiar y dirigir en aquello que constituye la esencia del cristianismo y del nuevo orden introducido en el mundo por el amor divino de Jesucristo hacia los hombres. Pero, prescindiendo del problema que plantea una expresión tan difícil, la epístola a los Romanos, en su conjunto, prueba, por encima de toda cavilosidad, que el lugar de honor concedido a la Iglesia de los romanos es reconocido por Ignacio como algo que le es debido y no se funda en la grandeza, de m influencia caritativa, sino en su derecho inherente a la supremacía eclesiástica universal. Esto se deduce de la expresión “le la salutación: “que preside en la capital del territorio de los romanos”; asimismo de la observación: “a otros habéis ensoñado” (3,1); y, en fin, del ruego a desposarse con la Iglesia de Siria, como haría Cristo y como debería hacerlo todo obispo: “Acordaos en vuestras oraciones de la Iglesia de Siria, que tiene ahora, en lugar de mí, por pastor a Dios. Sólo Jesucristo y vuestra caridad harán con ella oficio de obispo” (9,1). También es significativo el hecho de que Ignacio, a pesar de que en todas sus epístolas exhorta a la unidad y a la concordia, no lo haga así en la que dirige a los romanos. No se atreve a dar órdenes a la comunidad de Roma, porque su autoridad le viene de los Príncipes de los Apóstoles: “No os doy mandatos como Pedro y Pablo. Ellos fueron Apóstoles; yo no soy más que un condenado a muerte” (Rom. 4,3). Este testimonio convierte también a Ignacio en un testigo importante de la estancia de Pedro y Pablo en Roma.
II. Misticismo de San Ignacio.
Así como la cristología de Ignacio combina la doctrina teológica de San Pablo y de San Juan, su misticismo lleva también el sello de ambos: la idea de San Pablo de la unión con Cristo se une a la idea de San Juan de la vida en Cristo, y de ambas surge el ideal favorito de Ignacio: la imitación de Cristo.
1. Imitación de Cristo.
Ningún autor de los primeros tiempos del cristianismo inculca con tanta elocuencia como Ignacio la “imitación de Cristo.” Si queremos vivir la vida de Cristo y de Dios, tenemos que adoptar los principios y las virtudes de Dios y de Cristo:
Los carnales no pueden practicar las obras espirituales, ni los espirituales las carnales, al modo que la fe no sufre las obras de la infidelidad ni la infidelidad las de la fe. Sin embargo, aun lo que hacéis según la carne se convierte en espiritual, pues todo lo hacéis en Jesucristo (Eph. 8,2: AC 65,452).
Como Cristo imitó a su Padre, así debemos nosotros imitar a Cristo: “Sed imitadores de Jesucristo, como también El lo es de su Padre” (Phil. 7,2). Pero esta imitación de Jesucristo no consiste solamente en la observancia de la ley moral ni en una vida que no se aparte de las enseñanzas de Cristo, sino en conformarse especialmente a su pasión y muerte. Por eso suplica a los romanos: “Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios” (Rom. 6,3).
2. Martirio.
Su ardor y entusiasmo por el martirio brotaron de su idea de asemejarse a su Señor. Concibe el martirio como la perfecta imitación de Cristo; por lo tanto, sólo el que está pronto a sacrificar su vida por El es verdadero discípulo de Cristo:
No he llegado todavía a la perfección en Jesucristo. Ahora, en efecto, estoy empezando a ser discípulo suyo, y a vosotros os hablo como a mis condiscípulos (Eph. 3,1: BAC 65,449). Perdonadme: yo sé lo que me conviene. Ahora empiezo a ser discípulo. Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me oponga, por envidia, a que yo alcance a Jesucristo. Fuego y cruz, y manadas de fieras, quebrantamientos de mis huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo, vengan sobre mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo. De nada me aprovecharán los confines del mundo ni los reinos todos de este siglo. Para mí, mejor es morir en Jesucristo que ser rey de los términos de la tierra. A Aquél quiero, que murió por nosotros. A Aquél quiero, que resucitó por nosotros. Y mi parto es ya inminente. Perdonadme, hermanos: no me impidáis vivir; no os empeñéis en que yo muera; no me entreguéis al mundo a quien no anhela sino ser de Dios; no me tratéis de engañar con lo terreno. Dejadme contemplar la luz pura. Llegado allí, seré de verdad hombre (Rom. 5, 3-6,2: BAC 65,478). ¿Por qué, entonces, me he entregado yo, muy entregado, a la muerte, a la espada, a las fieras? Mas la verdad es que estar cerca de la espada es estar cerca de Dios, y encontrarse en medio de las fieras es encontrarse en medio de Dios. Lo único que hace falta es que ello sea en nombre de Jesucristo. A trueque de sufrir juntamente con El, todo lo soporto, como quiera que El mismo, que se hizo hombre perfecto, es quien me fortalece (Smyrn. 4,2: BAC 65,490491).
3. Inhabitación de Cristo.
La idea paulina de la inmanencia de Dios en el alma humana es un tema favorito de San Ignacio. La divinidad de Cristo habita en las almas de los cristianos como en un templo:
Hagamos, pues, todas las cosas con la fe de que El vive en nosotros, a fin de ser nosotros templos suyos, y El en nosotros Dios nuestro. Lo cual así es en verdad y así se manifestará ante nuestra faz: por lo que justo motivo tenemos en amarle (Eph. 15,3: BAC 65,456).
Autenticidad de las epístolas
La autenticidad de las epístolas fue, por mucho tiempo, puesta en tela de juicio por los protestantes. Según su manera de ver, sería improbable hallar, en tiempos de Trajano, el episcopado monárquico y una jerarquía tan claramente organizada en obispos, presbíteros y diáconos. Sospecharon que las cartas de Ignacio fueron falsificadas precisamente con la intención de crear la organización jerárquica. Mas semejante superchería es increíble. Después de la brillante defensa de su autenticidad hecha por J. B. Lightfoot, A. von Harnack, Th. Zahn y F. X. Funk, hoy en día se aceptan generalmente corno genuinas. Tanto la evidencia externa como la interna están en favor de su autenticidad. Hay un testimonio que remonta al tiempo de su composición. Policarpo, obispo de Esmirna y uno de los destinatarios, en su Carta a los Filipenses, que redactó poco después de la muerte de Ignacio, escribe: “Conforme a vuestra indicación os enviamos las cartas de Ignacio, tanto las que nos escribió a nosotros como las otras suyas que teníamos en nuestro poder. Todas van adjuntas a la presente. De ellas podréis grandemente aprovecharos, pues están llenas de fe y paciencia y de toda edificación que conviene en nuestro Señor” (13,2). Esta descripción conviene perfectamente a las cartas. Tanto Orígenes como Ireneo aluden a ellas, y Eusebio nombra específicamente las siete en su orden tradicional, como partes integrantes de una colección fija (Eus., Hist. eccl. 3,36,4ss).
Transmisión del texto.
Las cartas se han conservado en tres versiones:
1. La corta o “brevior”
Esta es la original; existe solamente en griego y se halla en el Codex Mediceus Laurentianus 57,7; ella data del siglo II. Falta, sin embargo, la Carta a los Romanos; pero el texto de ésta fue hallado en el Codex Paris. Graec. n.1457, del siglo X.
2. La larga o “longior”
En el siglo IV, la colección original sufrió alteraciones e interpolaciones. Esta recensión fue realizada por un contemporáneo del compilador de las Constituciones apostólicas, persona íntimamente relacionada con los apolinaristas. Añadió seis cartas espurias a las siete epístolas auténticas. Esta recensión larga se conserva en numerosos manuscritos latinos y griegos.
La primera en conocerse fue la recensión larga. Se imprimió en latín el año 1489 y en griego en 1557. La recensión corta original de las epístolas a los Efesios, a las comunidades cristianas de Magnesia, Tralia, Filadelfia y Esmirna, y al obispo Policarpo, se publicó en 1646, y la de la carta a los Romanos, en 1689. A partir de esa fecha ha prevalecido la opinión de que la recensión larga es espuria.
3. El resumen siríaco o “recensio brevissima”
En 1845, W. Cureton publicó el texto siríaco de una colección de las epístolas a los Efesios, a los Romanos y a Policarpo. El editor consideró estas recensiones abreviadas como genuinas. Lightfoot y otros, no obstante, demostraron que se trataba de un compendio de una versión siríaca de la recensión corta.

LOS ORÍGENES DE LAS FORMAS LITÚRGICAS

Los Orígenes de las Formulas Litúrgicas y de la Legislación Canónica.

1. El Símbolo de los Apóstoles.
El Símbolo de los Apóstoles (Symbolum Apostolicum) es un breve resumen de las principales doctrinas del cristianismo; se le puede llamar, pues, un compendio de la teología de la Iglesia. Su forma actual, que consta de doce artículos, no es anterior al siglo VI. A partir de esta época estuvo en uso en las Galias, en España, Irlanda y Alemania, en los cursos de instrucción para catecúmenos. Sin embargo, el nombre mismo de Symbolum Apostolicum es más antiguo. Hacia fines del siglo IV, Rufino compuso un comentario “sobre el Símbolo de los Apóstoles,” en el cual explica su origen. Según él, una tradición afirmaba que los Apóstoles, después de haber recibido el Espíritu Santo y antes de separarse para ir a sus respectivas misiones en diferentes países y naciones, redactaron de común acuerdo un breve sumario de la doctrina cristiana como base de sus enseñanzas y como regla de fe para los creyentes (ML 21,337). Ambrosio parece hacer suya la opinión de Rufino, porque en su Explanación del Símbolo advierte deliberadamente que el número doce de los artículos está en correspondencia con los doce Apóstoles: Ecce secundum duodecim Apostólos et duodecim sententiae comprehensae sunt. La afirmación de que cada uno de los Apóstoles compuso uno de los artículos del Símbolo la encontramos por vez primera en el siglo VI. Un sermón del Pseudo-Agustín, de este siglo, explica así su origen: “Pedro dijo: Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra… Andrés dijo: Y en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor…” (ML 39,2189-2190), aportando cada Apóstol uno de los doce artículos. Esta explicación del siglo VI sobre el origen del Símbolo de los Apóstoles prevaleció durante toda la Edad Media. Fue, pues, grande la sorpresa cuando Marco Eugenio, arzobispo griego de Efeso, declaró en el Concilio de Ferrara (1438) que las Iglesias orientales no sabían nada ni de la forma del Credo usada en la Iglesia occidental ni de su origen apostólico. Unos años más tarde, el humanista italiano Lorenzo Valla negó enfáticamente la paternidad apostólica del Symbolum Apostolicum.
Investigaciones recientes sobre este punto prueban suficientemente que su contenido esencial data de la era apostólica. La forma actual, sin embargo, se desarrolló gradualmente. Su larga historia está íntimamente ligada al desarrollo constante de la liturgia bautismal y de la preparación de los catecúmenos. Nada contribuyó tanto a la composición del Credo como la necesidad de una fórmula de este tipo para la profesión de la fe de los candidatos al sacramento de iniciación. Desde el tiempo de los Apóstoles fue costumbre de la Iglesia exigir antes del bautismo una profesión explícita de fe sobre las doctrinas esenciales de Jesucristo. Los candidatos debían aprender de memoria una fórmula determinada y tenían que recitarla en voz alta delante de la asamblea. De esta costumbre proviene el rito solemne de la traditio y redditio symboli. La confesión de la fe era parte integral de la liturgia, y si uno no se percata plenamente de este hecho, no puede comprender su historia.
1. La fórmula cristológica
La forma más primitiva del Credo se conserva en los Hechos de los Apóstoles, 8,37. Felipe bautizó al eunuco de Etiopía después que éste hizo profesión de su fe de esta forma: “Yo creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.” Este pasaje prueba que el Credo empezó por una simple confesión de fe en Jesucristo como Hijo de Dios. No había necesidad de exigir más a los candidatos al bautismo. Era suficiente que reconocieran a Jesús como Mesías, tratándose sobre todo de los conversos del judaísmo. Con el correr del tiempo fueron añadiéndosele nuevos artículos. Poco después la palabra “Salvador” (fue incluida en la fórmula, y así surgió el acróstico ??T?S símbolo favorito del mundo helenístico, pues ??T?S “pez” consta de las iniciales de las cinco palabras griegas que significan “Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador.” Tertuliano y la inscripción de Abercio son testigos de la popularidad de esta fórmula en la segunda mitad del siglo II. Sin embargo, en la literatura cristiana antigua se encuentran mucho antes expresiones de fe en Cristo de una mayor precisión y alcance. Ya San Pablo, en su epístola a los Romanos (1,3), presenta el Evangelio de Dios como el mensaje de “su Hijo, nacido de la descendencia de David según la carne, constituido Hijo de Dios, poderoso según el Espíritu de Santidad a partir de la resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor.” Fórmulas semejantes se encuentran en 1 Cor. 15,3 y en 1 Petr. 3.18-22. Es posible que estas fórmulas fueran de uso litúrgico. Esto se fundamenta sobre todo, del pasaje de San Pablo en Phil. 2,5-11. Hacia el año 100, Ignacio de Antioquía (Trall. 9) declara su fe en Jesucristo con palabras que recuerdan muy de cerca el segundo artículo del Credo: “Jesucristo, del linaje de David e hijo de María, que nació, comió y bebió verdaderamente, fue verdaderamente perseguido bajo Poncio Pilatos, fue verdaderamente crucificado y murió a la vista de los moradores del cielo, de la tierra y del infierno; que, además, resucitó verdaderamente de entre los muertos, resucitándole su propio Padre. Y a semejanza suya también a los que creemos en El nos resucitará del mismo modo su Padre, en Jesucristo, fuera del cual no tenemos la verdadera vida.”
2. La fórmula trinitaria
Además de la fórmula cristológica, existió desde los tiempos apostólicos, para el rito bautismal, una confesión de fe trinitaria, que terminó prevaleciendo sobre la otra. Fue sugerida por el precepto del Señor de bautizar a todas las naciones “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.” Hacia el año 150, el mártir Justino dice (Apol. I 61) que los candidatos del bautismo “reciben el lavado del agua en el nombre de Dios Padre y Señor del universo, y en el de nuestro Salvador Jesucristo y en el del Espíritu Santo.” La Epístola Apostolorum, compuesta hacia la misma época, aumenta el número de secciones de esta profesión de fe de tres a cinco. Su credo no sólo contiene la fe “en el Padre, moderador del mundo entero, y en Jesucristo, nuestro Salvador, y en el Espíritu Santo Paráclito,” sino que añade “y en la santa Iglesia y en la remisión de los pecados.”
3. La fórmula combinada.
Aunque en la Epistula Apostolorum la fórmula básica de tres miembros se aumentó con la adición de dos nuevos artículos, no fue éste el único método de desarrollo, sino que hubo también el de ampliar cada artículo del Símbolo por separado. Esta última forma está representada por el tipo que podemos llamar fórmula combinada, porque combina las fórmulas cristológica y trinitaria. La inserción de la confesión de Cristo, que originariamente era independiente (todavía conserva su independencia en la praefatio de la liturgia eucarística), vino a destruir la simetría del símbolo trinitario primitivo. El resultado fue una fórmula de ocho o nueve cláusulas con una extensa regla de fe cristológica, parecida a la que se usaba en Roma hacia el 200. Así vemos que el rito romano del bautismo descrito en la Tradición apostólica de Hipólito contiene este Credo:
Credo in Deum patrem omnipotentem
Et in Christum Iesum, filium Dei.
Qui natus de Spiritu Sancto ex María Virgine
Et crucifixus sub Pontio Pilato et mortuus est et sepultus,
Et resurrexit die tertia vivus a mortuis,
Et ascendit in caelis,
Et sedit ad dexteram patris,
Venturus iudicare vivos et mortuos
Et in Spiritum Sanctum et sanctam ecclesiam,
Et carnis resurrectionem.
Tertuliano conocía ya este Símbolo romano primitivo a fines del siglo II, y hay razones más que suficientes para creer que fue compuesto mucho antes del tiempo en que oímos hablar de él por vez primera. Profundas y extensas investigaciones han demostrado que esta fórmula romana del símbolo tiene que ser considerada como la madre de todos los Credos occidentales, así como también de nuestro Símbolo Apostólico. Durante el siglo III fue pasando de una Iglesia a otra hasta que llegó a prevalecer en todas partes. Pero no se puede probar — como lo pretendió Kattenbusch — que este Credo romano sea también el arquetipo de las formas orientales. Parece más probable que se trate de dos ramas independientes de un tronco común que tenía sus raíces en Oriente.
De todos modos, un proceso de desarrollo parecido al que hemos seguido en Occidente puede apreciarse también en Oriente. A una sencilla confesión trinitaria se le fueron añadiendo afirmaciones cristológicas. Pero, mientras en Occidente se dio más importancia al nacimiento de Jesús de la Virgen María, Oriente introdujo nuevas frases relativas a su nacimiento eterno, antes de la creación del mundo. A estas adiciones se las ha calificado de “antiheréticas.” Pero sólo en casos aislados raros podemos tener la certeza de qué estas añadiduras fueron debidas a la lucha contra los herejes. Muchas de ellas fueron introducidas porque dentro de la Iglesia se sintió la necesidad de dar cada vez más cabida en el Credo a los principales dogmas del cristianismo en forma abreviada para la instrucción de los catecúmenos. Así como la liturgia bautismal evolucionó de un sencillo rito a un rito solemne, así también el Credo bautismal se convirtió de una simple confesión trinitaria en un breve compendio de la doctrina cristiana. Y así como hubo varias liturgias, hubo también varios Credos. El más conocido en Oriente es el de Jerusalén, conservado en las Instrucciones catequéticas de Cirilo, y el de Cesárea tal como nos lo da el historiador Eusebio. Todavía se discute entre los eruditos si el Símbolo de Nicea es una forma alterada del tipo usado en Cesárea o del usado en Jerusalén.
Es, pues, evidente que el texto actual del Símbolo de los Apóstoles no aparece antes de principiar el siglo VI. Se halla por vez primera en Cesáreo de Arlés. El Credo romano del siglo V difiere aún considerablemente del nuestro, por cuanto no incluye las palabras creatorem caeli et terrae – conceptus – passus, mortuus, descendit ad inferos – catholicam – sanctorum communionem – vitam aeternam. No obstante, todos los elementos doctrinales encerrados en el Símbolo Apostólico figuran ya hacia fines del siglo I en las numerosas y variadas fórmulas de fe que se encuentran en la primitiva literatura cristiana.
4. La “Didaché”.
El índice del códice en que fue hallada la Didaché cita esta en la forma abreviada: ??da?? t?? d?de?a ap?st????, el título completo de la obra es ??da?? t?? ?????? d?a t?? d?de?a ap?st???? t??? e??es??, o sea: “La instrucción del Señor a los gentiles por medio de los doce Apóstoles.” Este último parece haber sido el título primitivo. El autor no revela su nombre. Pero sería aventurado suponer, como lo hiciera Duchesne, que el título quiera indicar una paternidad apostólica. El texto no justifica semejante conjetura en manera alguna. La intención del autor de la obra fue evidentemente dar un breve resumen de la doctrina de Cristo tal como la enseñaron los Apóstoles a las naciones. Esto explicaría su título.
La Didaché es el documento más importante de la era post-apostólica y la más antigua fuente de legislación eclesiástica que poseemos. Hasta el año 1883 era totalmente desconocida. La publicó ese año el metropolita griego de Nicomedia, Piloteo Bryennios, de un códice griego en pergamino (1057) del patriarcado de Jerusalén. Desde entonces, y gracias a este documento, se han dilatado y profundizado de manera sorprendente nuestros conocimientos sobre los orígenes de la Iglesia. Los sabios, atraídos constantemente por el rico contenido de esta obra, han encontrado en ella estímulo y luces siempre nuevas.
A juzgar sólo por el título, uno podría creer que la Didaché contiene la predicación evangélica de Cristo; vemos, en cambio, que es más bien un compendio de preceptos de moral, de instrucciones sobre la organización de las comunidades y de ordenanzas relativas a las funciones litúrgicas; tenemos aquí un conjunto de normas que nos ofrecen un magnífico cuadro de la vida cristiana en el siglo II. Esta obra viene a ser de hecho, el código eclesiástico más antiguo, prototipo venerable de todas las colecciones posteriores de Constituciones o Cánones apostólicos con que empezó el derecho canónico en Oriente y Occidente.
1. Contenido
El tratado está dividido en 16 capítulos, en los cuales se pueden distinguir claramente dos partes principales. La primera (c.1-10) presenta unas instrucciones litúrgicas; la segunda (c.11-15) comprende normas disciplinares. La obra concluye con el capítulo sobre la parousia del Señor y sobre los deberes cristianos que se deducen de la misma.
La primera sección (c.1-6) de la parte litúrgica contiene directivas sobre la manera de instruir a los catecúmenos. La forma en que están redactadas estas instrucciones es muy interesante. Las reglas de moral son presentadas bajo la imagen de los dos caminos: el del bien y el del mal. El texto empieza así:
Dos caminos hay, uno de la vida y otro de la muerte; pero grande es la diferencia que hay entre estos caminos. Ahora bien, el camino de la vida es éste: en primer lugar amarás a Dios, que te ha creado; en segundo lugar, a tu prójimo como a ti mismo. Y todo aquello que no quieras que se haga contigo, no lo hagas tú tampoco a otro (1,1-2: BAC 65,77).
La descripción del camino de la muerte nos lleva al capítulo quinto:
Mas el camino de la muerte es éste: ante todo, es camino malo y lleno de maldición: muertes, adulterios, codicias, fornicaciones, robos, idolatrías, magias, hechicerías, rapiñas, falsos testimonios, hipocresías, doblez de corazón, engaño, soberbia, maldad, arrogancia, avaricia, deshonestidad en el hablar, celos, temeridad, altanería, jactancia (BAC 65,83).
Este recurso de los dos caminos, que se utiliza aquí como método básico para la formación de los catecúmenos, lleva el sello de una concepción griega conocida desde antaño. Se utilizaba en las sinagogas helenísticas para instruir a los prosélitos.
Son muy importantes para la historia de la liturgia los capítulos 7-10. En primer lugar se dan normas para la administración del bautismo:
Acerca del bautismo, bautizad de esta manera: Dichas con anterioridad todas estas cosas, bautizad en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, en agua viva. Si no tienes agua viva, bautiza con otra agua; si no puedes hacerlo con agua fría, hazlo con agua caliente. Si no tuvieres una ni otra, derrama agua en la cabeza tres veces en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (7,1-3: BAC 65,84).
Según este pasaje, el bautismo de inmersión en agua corriente, es decir, en ríos y manantiales, era la forma más ordinaria de administrar este sacramento; se autorizaba el bautismo por infusión en casos de necesidad. Esta es la única referencia de los siglos I y II acerca del bautismo de infusión.
La Didaché contiene, además, un precepto explícito ordenando el ayuno. Tanto el candidato como el ministro del bautismo estaban obligados a ayunar antes de la administración del sacramento (7,4). Se manda ayunar los miércoles y viernes, costumbre que iba directamente contra la práctica judía, ya que ésta guardaba los lunes y jueves como días tradicionales de ayuno (8,1).
Oración y liturgia.
La recitación de la oración dominical tres veces al día es obligatoria para los fieles. Los capítulos 9 y 10 tienen importancia para la historia de la liturgia, puesto que contienen las preces eucarísticas más antiguas que poseemos:
Respecto a la acción de gracias, daréis gracias de esta
manera. Primeramente, sobre el cáliz:
“Te damos gracias, Padre nuestro,
por la santa viña de David, tu siervo.
la que nos diste a conocer
por medio de Jesús, tu siervo.
A ti sea la gloria por los siglos.”
Luego, sobre el fragmento:
“Te damos gracias, Padre nuestro,
por la vida y conocimiento
que nos manifestaste
por medio de Jesús, tu siervo.
A ti sea la gloria por los siglos.
Como este fragmento estaba disperso sobre los montes,
y reunido se hizo uno,
así sea reunida tu Iglesia
de los confines de la tierra en tu reino.
Porque tuya es la gloria y el poder
por Jesucristo eternamente.”
Que nadie, empero, coma ni beba de vuestra acción
de gracias, sino los bautizados en el nombre del Señor,
pues acerca de ello dijo el Señor: “No deis lo santo a
los perros” (9,1-5: BAC 65,86).
Se ha propuesto más de una vez la hipótesis de que estas preces no son específicamente eucarísticas, sino simplemente oraciones o bendiciones de mesa, pero no se puede sostener. La parte referente a la Eucaristía está íntimamente unida a la del bautismo, señal de que estos dos sacramentos están también asociados, a no dudarlo, en la mente del autor. Además, los no bautizados están expresamente excluidos de la recepción de la Eucaristía. El capítulo 10 cita una plegaria que hay que decir después de la comunión:
Después de saciaros, daréis gracias así: “Te damos gracias, Padre Santo,
por tu santo Nombre,
que hiciste morar en nuestros corazones.
y por el conocimiento y la fe y la inmortalidad
que nos diste a conocer
por medio de Jesús, tu siervo.
A ti sea la gloria por los siglos.
Tú, Señor omnipotente.
creaste todas las cosas por causa de tu Nombre
y diste a los hombres
comida y bebida para su disfrute
Mas a nosotros nos hiciste gracia
de comida y bebida espiritual
y de vida eterna por tu siervo.
Ante todo, te damos gracias
porque eres poderoso.
A ti sea la gloria por los siglos” (10,1-4; BAC 65,87).
A la Eucaristía se la llama aquí claramente manjar y bebida espiritual (p?e?µat??? t??f? ?a? p?t??) y el autor añade: “El que sea santo, que se acerque. El que no lo sea, que haga penitencia”(10,6).
Hay muchos indicios, pero sobre todo el contexto, que corroboran la opinión de que estas prescripciones se enderezaban a regular la primera comunión de los que acababan de ser bautizados en la vigilia pascual. La celebración eucarística ordinaria de los domingos está descrita en el capítulo 14:
Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro. Todo aquel, empero, que tenga contienda con su compañero, no se junte con vosotros hasta tanto no se ha van reconciliado, a fin de que no se profane vuestro sacrificio. Porque éste es el sacrificio del que dijo el Señor: “En todo lugar y en todo tiempo se me ofrece un sacrificio puro, porque yo soy rey grande, dice el Señor, y mi Nombre es admirable entre las naciones” (BAC 65,91).
La referencia concreta a la Eucaristía como sacrificio (??s?a) y la alusión a Malaquías (1,10) son significativas.
Confesión
No menos interesante es la insistencia sobre la confesión antes de recibir la Eucaristía. La confesión de los pecados, de la que nos ocupamos ahora, es probablemente una confesión litúrgica muy parecida a nuestro Confiteor. De modo parecido, el capítulo 4,14 exige la confesión de los pecados antes de la oración en la iglesia: “En la reunión de los fieles confesarás tus pecados y no te acercarás a la oración con mala conciencia.”
Jerarquía
En la Didaché no hay indicación alguna que permita afirmar la existencia de un episcopado monárquico. Los jefes de las comunidades se llaman episkopoi y diakonoi; pero no aparece claro si estos episkopoi eran simples sacerdotes u obispos. En ninguna parte se hace mención de los presbíteros:
Elegíos, pues, inspectores y ministros dignos del Señor, que sean hombres mansos, desinteresados, verdaderos y probados, porque también ellos administran el ministerio de los profetas y maestros. No los despreciéis, pues, porque ellos son los honrados entre vosotros, juntamente con los profetas y los doctores (15,1-2: BAC 65,92).
Este pasaje nos da pie para concluir que, además de la jerarquía local, jugaban un papel importante los llamados profetas. En el capítulo 13,3 leemos acerca de ellos: “Ellos son vuestros sumos sacerdotes.” Podían celebrar la Eucaristía: “A los profetas, permitidles que den gracias (e??a??ste??) todo el tiempo que quieran” (10,7). Tenían derecho a las décimas de todos los ingresos: “Así, pues, de todos los productos del lugar y de la era, de los bueyes y de las ovejas, tomarás las primicias y se las darás como primicias a los profetas… Igualmente, cuando abrieres un cántaro de vino o de aceite, toma las primicias y dalas a los profetas. De tu dinero y de tus vestidos y de todo cuanto poseas tomarás las primicias, según te pareciere, y las darás conforme al mandato” (13,3-7). El rango que ocupaban los profetas era tenido en mucha estima, pues se decía de ellos que no podían ser juzgados: “El (el profeta) no será juzgado por vosotros, pues su juicio corresponde a Dios” (11,11). Sería, en efecto, un pecado contra el Espíritu Santo el criticarle: “No tentéis ni pongáis a prueba a ningún profeta que hable en espíritu, porque todo pecado será perdonado, mas este pecado no se perdonará” (11,7).
Caridad y asistencia social.
Son muy interesantes los principios de caridad y de asistencia social expresados en la Didaché. Se recomienda con encarecimiento el dar limosna, pero al mismo tiempo se insiste también en la obligación de ganarse la vida con su trabajo. El deber de socorrer las necesidades de los demás depende de su incapacidad para el trabajo:
Si el que llega es un caminante, ayudadle, en cuanto podáis; sin embargo, no permanecerá entre vosotros más que dos días, o, si hubiere necesidad, tres. Mas si quiere establecerse entre vosotros, teniendo un oficio, que trabaje y así se alimente. Mas, si no tiene oficio, proveed conforme a vuestra prudencia, de modo que no viva entre vosotros ningún cristiano ocioso. Caso que no quisiese hacerlo así, es un traficante de Cristo. Estad alerta contra los tales (12,2-5: BAC 65,90).
Eclesiología.
El concepto de “Iglesia” tiene en la Didaché sentido de universalidad. En el primer plano de la conciencia cristiana subsiste la idea de una Iglesia que abraza el mundo entero. La palabra e????s?a no significa solamente la congregación de los creyentes reunidos para orar, sino también el nuevo pueblo o la nueva raza de los cristianos que un día se establecerán firmemente en el reino de Dios. Los atributos una y santa se acentúan de un modo especial. El símbolo de esta unidad de todas las unidades es el pan eucarístico que de una multitud de granos viene a formar un solo pan. Como reza una de las plegarias:
Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno. así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino (9,4: BAC 65,86).
Y en otra parte formula la siguiente petición:
Acuérdate, Señor, de tu Iglesia,
para librarla de todo mal
y hacerla perfecta en tu amor,
y reúnela de los cuatro vientos,
santificada,
en el reino tuyo, que has preparado (10.5: BAC 65.87).
Escatología.
La actitud escatológica destaca mucho en la Didaché. Aparece una y otra vez en las plegarias eucarísticas: “que venga la gracia y que pase este mundo,” inspira la conclusión final, es decir, el aramaico Maran Atha, “ven, Señor,” e informa por completo el último capítulo de la obra. La incertidumbre de la hora la conocen todos los cristianos, pero también la inminencia de la parousia, la segunda venida del Señor. Es, pues, necesario que los fieles se reúnan con frecuencia para buscar las cosas que son provechosas para sus almas. La Didaché indica las señales que serán los heraldos de la parousia y de la resurrección de los muertos: se multiplicarán los falsos profetas y los corruptores, las ovejas se trocarán en lobos, el amor se mudará en odio; entonces aparecerá el seductor del mundo, cual si fuera el Hijo de Dios, y obrará signos y portentos, y la tierra será entregada en sus manos. “Entonces la humanidad sufrirá la prueba del fuego.” Aunque se escandalizarán y se perderán muchos, los que perseveraren en su fe serán salvos. Entonces el mundo verá al Señor que viene sobre las nubes del cielo y todos los santos con El. Por eso se advierte a los cristianos: “Vigilad sobre vuestra vida; no se apaguen vuestras linternas ni se desciñan vuestros lomos, sino estad preparados, porque no sabéis la hora en que va a venir vuestro Señor” (16,1).
2. Época de su composición.
El problema más importante que plantea la Didaché es la cuestión de la fecha de su composición. Estudios críticos recientes han puesto de manifiesto el acusado paralelismo que existe entre los seis primeros capítulos de la Didaché y los capítulos 18-20 de la Epístola de Bernabé. Sin embargo, existen muy fundadas dudas de que esta semejanza arguya una dependencia real de la Didaché respecto de la Epístola de Bernabé. En todo caso, no se puede demostrar irrebatiblemente tal parentesco. Hay otra explicación plausible: Puesto que en los capítulos en litigio ambas obras tratan de las Dos Vías, es posible que las dos procedan de una tercera fuente. Hasta ahora, los intentos por relacionar la Didaché con el Pastor de Hermas y con el Diatessaron de Taciano no han dado resultados definitivos. Una sola cosa es cierta, a saber, que la sección l,3c a 2,1 ha sido interpolada posteriormente en el texto de la Didaché. Quizás sea también éste el caso de los capítulos 6 y 14. La Didaché, en su conjunto, no es una obra coherente, sino una compilación, hecha sin arte, de textos ya existentes. No pasa de ser una colección de normas eclesiásticas que habían estado en uso por algún tiempo y habían adquirido por esto mismo fuerza de ley. Muchas de la contradicciones que ocurren en la Didaché se explicarían suponiendo que el compilador no consiguió dar unidad a los materiales de que disponía.
La evidencia interna ayuda más a determinar la fecha en que fue compilada la Didaché. Por su contenido se ve claramente que la obra no data de la era apostólica, pues ya apunta en ella la oposición contra los judíos. El abandono progresivo de las costumbres de la sinagoga está en marcha. Además, una colección de ordenaciones eclesiásticas como ésta presupone un período más o menos largo de estabilización. Ciertos detalles diseminados por la obra indican que la era apostólica no era ya algo contemporáneo, sino que había pasado a la historia. El bautismo por infusión está autorizado; el respeto a los profetas de la nueva Ley va cediendo y hay que inculcarlo de nuevo. Por otra parte, hay pormenores que indican un origen cercano a la era apostólica. La liturgia descrita en los capítulos 7-10 es de la más absoluta simplicidad: el bautismo en agua corriente, es decir, en los ríos, es lo normal. El bautismo por infusión está permitido, pero sólo a modo de excepción. Además, no hay vestigios de una fórmula universal del Credo, ni de un canon del Nuevo Testamento. Los profetas siguen todavía celebrando la Eucaristía, y es preciso recalcar que los verdaderos ministros de la liturgia, los obispos y los diáconos, tienen derecho al mismo honor y respeto por parte de los fieles. Todos estos hechos nos mueven a afirmar que la Didaché debió de ser compilada entre los años 100 y 150. Muy probablemente fue escrita en Siria. Sin embargo, E. Peterson ha demostrado recientemente que el texto publicado por Bryennios parece ser de fecha más tardía y teológicamente tendencioso.
La Didaché gozó en la antigüedad de tanto respeto y reverencia que muchos llegaron a considerarla tan importante como los libros del Nuevo Testamento. Por eso Eusebio (Hist. eccl. 3,25,4), Atanasio (Ep. fest. 39) y Rufino (Comm. in symb. 38) creyeron necesario recalcar que la Didaché no es un escrito canónico, y, por consiguiente, debe incluirse entre los apócrifos. La Didaché sirvió de modelo a obras litúrgicas y a escritos de derecho canónico posteriores, como, por ejemplo, la Didascalía Siríaca, la Tradición apostólica de Hipólito de Roma y las Constituciones de los Apóstoles. Se usaba también, como nos dice Atanasio, para la instrucción de los catecúmenos.
La discusión sobre la fecha de composición de la Didaché, que lleva ya setenta y cinco años de duración, ha entrado recientemente en una nueva fase, gracias a los trabajos de Audet, Glover y Adam. Especialmente la obra de Audet ha vuelto a plantear los problemas en su conjunto. Audet empieza por investigar el título original de la Didaché y llega a persuadirse que era: ??da?a? t?? ap?st????, Instrucciones de los Apóstoles, y de que el otro título más largo no es el original. En su crítica del texto, Audet distingue entre D 1, D 2 y J. En su opinión, D 1 representa la Didaché original, que va de 1 a 11, 2. D 2 sería una continuación, obra de los didachistas, y abarca el resto, de 11,3 al final. El interpolador (J) añadió más tarde los pasajes l,3b – 2,l; 6,2ss 7,2-4 y 13,3.5-7. Las glosas 1,4a y 13,4 provienen de una época más reciente todavía, pero siempre dentro de los primeros siglos. Audet dedica una atención muy particular al problema de las fuentes. En lo que se refiere a las relaciones de la Didaché con la Epístola de Bernabé, llega a la misma conclusión que nosotros, a saber, que la Didaché y la Epístola de Bernabé son independientes la una de la otra y que ambas han tomado la doctrina de las Dos Vías directamente de una fuente común de origen judío. Audet es de la opinión de que esta fuente judía está representada en la Doctrina XII Apostolorum, descubierta por J. Schlecht (Friburgo de Br. 1900 y 1901). Para la doctrina de las Dos Vías contenida ya en esta fuente judía, Audet remite a la “Regla de las sectas” de la comunidad de Qumrán, descubierta recientemente. El Pastor de Hermas no puede, según Audet, ser fuente de la Didaché, como afirmaron Robinson, Muilenberg, Connolly y otros, por cuanto, que la Didaché es mucho más antigua. Todavía entra menos en consideración como fuente el Diatessaron de Taciano, contra lo que opinaba Dix. Audet cree, además, que D 1 (c.1-12,2) no depende ni del evangelio de San Mateo ni del evangelio de San Juan, sino que utiliza una tradición evangélica, que presenta cierto parentesco con San Mateo, pero no se identifica con él. Ni siquiera el interpolador J ha utilizado los evangelios de San Mateo y de San Lucas. Es curioso que Glover, casi al mismo tiempo que Audet, pero con total independencia, defendió la misma tesis: que la Didaché no contiene todavía ninguna cita de los Sinópticos.
Apoyándose en esta crítica de las fuentes, Audet concluye que la Didaché fue compuesta entre los años 50 y 70 de la era cristiana. Como lugar de origen se ha de suponer Siria o Palestina. Audet llega a creer que la Didaché debió de originarse en Antioquia; al menos, sostiene esta posibilidad. Poco antes de que apareciera la obra de Audet, A. Adam rechazó esta última posibilidad. Adam cree que la Didaché fue compuesta entre los años 70 y 90 en la Siria oriental, quizás en Pella. Audet se hace cargo del carácter hipotético de sus afirmaciones. Si la Didaché se compuso efectivamente en Antioquía en una época tan remota, antes de que se escribieran los evangelios sinópticos, es extraño que las cartas de San Pablo y de San Ignacio, obispo de Antioquía, no revelen absolutamente ningún conocimiento de la Didaché. Sin embargo, me parece que las investigaciones de Audet, Glover y Adam suministran, en conjunto, la prueba de que la Didaché pertenece al siglo I.
Audet opina que las oraciones de los capítulos 9 y 10 no provienen ni de una celebración eucarística ni de un ágape, sino de una “liturgie de vigile,” que solía preceder a la celebración eucarística y a la cual podían asistir también los no bautizados. El capítulo 10,6 contiene un “rituel de passage” entre la liturgia de vigilia y la “eucharistie majeure” propiamente dicha. Esta celebración dominical, que se describe en el capítulo 14, pertenece a D 2. La penitencia que precede a la celebración eucarística dominical (14,1) Audet la considera también, con razón, como “confession commune et liturgique.”
3. Transmisión del texto.
Para el texto de la Didaché contamos con las siguientes fuentes:
Griegas: 1) El Codex Hierosolymitanus del patriarcado griego de Jerusalén, que se conservaba anteriormente en la biblioteca del Santo Sepulcro de Constantinopla. Fue escrito en 1056 por un notario llamado León. En este códice el texto aparece después de las epístolas de Bernabé y de Clemente y antes de las de San Ignacio. 2) El texto griego de los capítulos 1,3-4 y 2,7-3,2 se conserva en un pergamino de Oxyrhynchos, del siglo IV. 3) Los capítulos 1-6 están incorporados a los capítulos 18-20 de la Epístola de Bernabé. 4) Los Cánones de los Apóstoles, compilados en el siglo IV en Egipto, contienen los capítulos 1,1-3 y 2,2-4,8. El libro VII de las Constituciones apostólicas, escritas en Siria en el siglo IV, incluyen casi todo el texto griego de la Didaché.
Latinas: Se conservan dos fragmentos de una antigua traducción latina que debió de hacerse en el siglo ni. El más corto de los dos, de un códice de Melk del siglo IX o X, contiene los capítulos 1,1-2 y 2,2-6,1. Recientemente se ha encontrado en un papiro (927) del Museo Británico una parte considerable (c.10,3b-12,2a) de una traducción copta del siglo V. Según este fragmento, a las plegarias eucarísticas seguía una oración que hay que decir sobre el óleo de la unción (µ????). El óleo en cuestión es, probablemente, el crisma que se usaba en la administración de los sacramentos del bautismo y de la confirmación. Además de los mencionados manuscritos tenemos fragmentos de traducciones siríacas, árabes, etiópicas y georgianas.

CONTRA LA “LEAL OPOSICIÓN”: BURKE, SCHNEIDER, FERRARA, DE MATTEI…Y LOS R&R …A JUICIO

Para que se den cuenta de la realidad  Burke, Schneider & Co.

Contra la “leal oposición”:

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Cómo el tradicionalismo de “Reconocer y Resistir”

neutraliza la fe católica.

por Francis del Sarto

El 18 de mayo, durante su discurso de apertura del Rome Life Forum en la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino (el Angelicum) en Roma, el cardenal Raymond Burke declaró: “No podemos dejar de observar que la situación que describió  el Papa Pío XI en 1925 solo ha empeorado en nuestro tiempo, e intenta cada vez más infiltrarse en la vida de la Iglesia y corromper a la Esposa  de Cristo por medio de la apostasía de la Fe apostólica “(ver grabación de video, minuto 12: 51ss.). ¡Como se ve por fin alguien ha dado la señal de alarma! Finalmente, al parecer, un hombre de la iglesia del Novus Ordo ha tenido el coraje suficiente para hablar sobre la subversión que está minando  la Iglesia Católica, pero lo que vemos es un hombre de iglesia, que está haciendo su deber de llorar ante el lobo cuando el rebaño está en peligro. Con la opinión de Burke coincide  exactamente  Peter Baklinski, columnista de LifeSiteNews, uno de los patrocinadores de ese Foro, cuando se refiere a Burke como “el principal defensor de la ortodoxia dentro de la Iglesia hoy …“.

La comparecencia de Burke fue una de las muchas de este año, entre los adeptos de alto perfil, de la posición de “Reconocer y Resistir” (R&R), que han participado en conferencias públicas, dando la voz de alarma sobre la agenda ultraradical del “Papa” Francisco. Teniendo en cuenta el bombo y platillo  que acompaña a sus comparecencias, uno podría casi imaginar que podrían haber sido calificados como  “Campeones de la Tradición” en 2018. Sin embargo, el papel de  “campeones” de la Tradición y de “defensores” de la ortodoxia referida a estos personajes hay que considerarla,  en sustancia, bastante deficiente. 

Redefiniendo la tradición a la  “Luz” del Vaticano II

Antes de examinar algunas de las observaciones de estos conferenciantes, sería útil  revisar  los principios falsos que subyacen en su posición. La falacia es patente en el “cardenal” Burke, quien en su discurso invocó no solo los documentos de los Papas San Pío X, León XIII y Pío XI, sino también los del Vaticano II y los  de los “Papas” (“San”) Juan Pablo II y Benedicto XVI, como si todos de alguna manera representaran el mismo continuum magisterial.

Esta es una de las formas en que, al menos,  algunos de los defensores de R& R,  muestran que realmente piensan que no hay mucho que resistir cuando se trata de las reformas posteriores al Vaticano II, sólo resisten a los “abusos” de esas reformas postconciliares. Invocan al “conservador” Benedicto XVI para utilizar el concepto que él llamó “la hermenéutica de la reforma“, que ha llegado a ser más conocida como la hermenéutica de la continuidad . Esto lo expuso en su discurso de Navidad de 2005 a los miembros de la Curia Romana del Novus Ordo , que celebraba el 40 aniversario de la conclusión del llamado Concilio Vaticano II.

Su discurso fue una expresión importante del pensamiento neomodernista, ya que en él se refiere a dos formas opuestas de ver el Concilio y las reformas posteriores, una dicotomía que ayudaría a definir su “papado”. Entre muchos apologistas que reconocen y resisten, hay un grave y fundamental malentendido de lo que él enseña,  lo cual supone una gran desventaja al discernir las fuerzas principales del campo de batalla en el que se encuentra la Iglesia Militante.

A mitad de su charla, Benedicto llega a su más importante punto y plantea la siguiente pregunta: “¿Por qué la implementación del Concilio, en gran parte de la Iglesia, hasta ahora,  ha sido tan difícil?” Enseguida propone una explicación:

Bueno, todo depende de la interpretación correcta del Concilio o, como diríamos hoy, de su hermenéutica adecuada, la clave correcta para su interpretación y aplicación. Los problemas en su implementación surgieron del hecho de que dos hermenéuticas contrarias se enfrentaron y lucharon entre sí. Una causó confusión, la otra, silenciosa pero cada vez más visible, dio frutos y está dando frutos.

(Antipapa Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana , 22 de diciembre de 2005)

Benedicto observa primero lo que él llama la “hermenéutica de la discontinuidad y la ruptura”. Los defensores de esa posición, que tienden a provenir de la llamada ala progresista de la Iglesia del Novus Ordo y de los medios de comunicación, comúnmente invocan el “espíritu del Vatican II“, que dicen está implícito en los documentos conciliares, y se puede leer entre líneas. Esta es su [de Benedicto]  opinión altamente interpretativa del ala progresista.

… los riesgos terminan en una división entre la Iglesia preconciliar y la Iglesia postconciliar. Afirma que los textos del Concilio  como tales todavía  no expresan el verdadero espíritu del Concilio . Afirma que son el resultado de compromisos, en los cuales, para alcanzar la unanimidad, se consideró necesario mantener y reconfirmar muchas cosas antiguas que ahora no tienen sentido. Sin embargo, el verdadero espíritu del Concilio no se encuentra en estos compromisos, sino en los impulsos hacia lo nuevo que están contenidos en los textos.

Se suponía que solo estas innovaciones representaban el verdadero espíritu del Concilio  y, a partir de ellas y en conformidad con ellas, sería posible avanzar. Precisamente porque los textos sólo reflejarían de manera imperfecta el verdadero espíritu del Concilio y su novedad, sería necesario ir valientemente más allá de los textos y dejar espacio para la novedad en la que se expresaría la intención más profunda del Concilio por muy vaga que fuera.

En contraste, el segundo modo de interpretación no implica ninguna ruptura con la tradición católica, sino que propone que el concilio simplemente ha reformulado las verdades perennes de la Iglesia de tal manera que ayude a las personas contemporáneas a comprenderlas mejor y aceptarlas. O, usando el lenguaje de nuestro tiempo, para cambiar el nombre de esas verdades. Una vez más, afirma Benedicto:

Por otro lado, está la “hermenéutica de la reforma”, de renovación en la continuidad del único “sujeto”: la Iglesia que el Señor nos ha dado. Ella es un sujeto que aumenta con el tiempo y se desarrolla, pero siempre permanece igual, el único sujeto del Pueblo de Dios que camina.

También cita un pasaje del discurso del “Papa” de Juan XXIII de 1962 que inaugura el Concilio, para ilustrar cómo debe estudiarse y exponerse la “doctrina auténtica … a través de los métodos de investigación y de  las formas literarias del pensamiento moderno. La sustancia de la antigua doctrina del depósito de fe es una cosa, y la forma en que se presenta es otra … “.

Este reclamo de continuidad con “la antigua doctrina del depósito de la fe” aparentemente debe sonar a la Sociedad de San Pío X y otros de mentalidad de R & R manera que lrs permita poner el énfasis de sus preocupaciones en alejarse de la resistencia activa a favor de una aceptación más dócil de la Roma modernista, que es precisamente lo que se puede ver en el cambio de la SSPX de los últimos años. Además, este reclamo seguramente tuvo cierta influencia en su fundador, el arzobispo Marcel Lefebvre, que en una ocasión hizo llegar sus ideas al “Papa” Juan Pablo II cuando escribió al “Cardenal” Franjo Seper , entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. : “… Suscribo la frase del Santo Padre que pide que uno acepte [el Vaticano II] ‘a la luz de la tradición y del constante Magisterio de la Iglesia’” ( Carta a Franjo Seper , 4 de abril de 1981; publicada en 30 días , julio / agosto de 1988, p. 16). Por supuesto, esta idea de leer el Vaticano II “a la luz de la tradición” es solo un ejercicio voluntarista y no puede cambiar, ni un ápice,  las realidades novedosas del Concilio.

Lo que Benedicto XVI dice luego a modo de comentario sobre la cita de Juan XXIII es bastante inquietante:

Está claro que este compromiso de expresar una verdad específica de una manera nueva exige un nuevo pensamientosobre esta verdad y una relación nueva y vital con ella; también está claro que las nuevas palabras solo pueden desarrollarse si provienen de una comprensión informada de la verdad expresada , y por otro lado, es claro que una reflexión sobre la fe también requiere que esta fe sea vivida. En este sentido, el programa que propuso el Papa Juan XXIII era extremadamente exigente, de hecho, tal como lo exige la síntesis de fidelidad y dinámica .

(Antipapa Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana , 22 de diciembre de 2005; énfasis agregado).

Existe una razón muy real para preocuparse cuando alguien dice que un concilio ecuménico “exige un nuevo pensamiento” sobre las verdades de la fe. Una cosa es decir que la misma verdad se presenta de una manera nueva, que podría ser problemática en sí misma (ver Papa Pío XII, Encíclica Humani Generis , nn. 15-16), y otra completamente distinta exigir que los católicos reconsideren su fe. . Esto es simplemente el modernismo que se transmite a los fieles a través de un juego de manos semántico. La táctica de la subversión teológica a través de la subversión del lenguaje ha sido durante mucho tiempo una estrategia de los enemigos de la Iglesia, por lo que es una de las razones por las que el latín siempre ha sido favorecido como lingua ecclesiae (el lenguaje de la Iglesia).

Un autor de R&R que ha demostrado que tiene al menos una cierta comprensión de lo que Benedicto está tratando de imponer a los católicos es el escritor español José María Permuy. En una entrevista publicada por  Rorate Caeli , responde a la pregunta: “¿Por qué no se puede aceptar este concepto?”, como sigue:

Porque es una verdad a medias, tan bien intencionada como de quiera. Es cierto que hay textos conciliares que son susceptibles de dos o más interpretaciones. Ahí, precisamente, está el problema. Si estos textos fueran claros, no habría espacio para diversas interpretaciones. El problema fundamental, por lo tanto, no son las interpretaciones subjetivas que se hacen, sino las ambigüedades y las contradicciones objetivas en algunas de las afirmaciones del Concilio Vaticano II en comparación con el Magisterio de todos los tiempos.

Es cierto que a lo largo de los años los Papas han tratado de aclarar cuestiones doctrinales, como la primacía del Papa o la necesidad de Cristo y su única Iglesia verdadera para la salvación.

No es menos cierto que en otras ocasiones, los Papas, incluido Benedicto XVI, han promovido, en teoría o en la práctica, ideas conciliares contrarias o ajenas a la tradición de la Iglesia, como la separación de Iglesia y Estado, ideas ecuménicas e interreligiosas. Las reuniones de oración, el reconocimiento del “martirio” de los herejes y los cismáticos, la traducción de la misa al vernáculo y la introducción progresiva y el permiso para la comunión en la mano, los ministros extraordinarios de la Eucaristía, las religiosas en el altar, etc. Francisco no hace más que llevar  estas ideas erróneas a sus conclusiones lógicas.

(José María Permuy, en Adfero, “El mito de la hermenéutica de la continuidad” , Rorate Caeli , 18 de julio de 2017)

No hace falta decir que el Sr. Permuy se equivoca al intuir que los papas reales podrían “promover” – observe la vaga fraseología- ideas que contradicen la enseñanza magisterial, pero tiene razón al afirmar que ciertos textos del Vaticano II constituyen “ambigüedades y contradicciones objetivas” con la Tradición y por lo tanto, implícitamente, constituyen ruptura o discontinuidad con ella. Incidentalmente, ya que menciona a Francisco, que es la persona de interés en el presente estudio: puede ser una sorpresa para algunos lectores saber que a pesar de su estilo despreocupado, que parece estar a años luz del falso conservadurismo de Benedicto XVI, Bergoglio participa de la bobada  de su predecesor de “no romper con la tradición”,  como se ve en este informe:

Volviendo al discurso de Benedicto, después de su afirmación de que el Vaticano II “exige un nuevo pensamiento” con respecto a la Fe, lleva esto un paso más allá, informándonos de que “el Concilio tenía que determinar de una manera nueva la relación entre la Iglesia y la era moderna“. ” ¿Qué nueva relación? Comienza enumerando una serie de viejos conflictos, como “durante el siglo XIX bajo Pío IX, el choque entre la fe de la Iglesia y el liberalismo radical y las ciencias naturales”, que “había provocado de la Iglesia una condena amarga y radical de este espíritu de la era moderna ”, que ahora debe ser descartado en favor de una nueva actitud de tolerancia y comprensión. En la práctica, esto significó seguir la reevaluación radical del comunismo y otros movimientos hostiles a la Iglesia por parte de Juan XXIII, lo que significó la traición a millones de víctimas  de regímenes crueles: “… ¿“quién puede negar que esos movimientos, en la medida en que se ajustan a los dictados de la razón correcta y son intérpretes de las aspiraciones legítimas de la persona humana, contienen elementos  positivos y merecen aprobación? ”(Antipapa  John XXIII, Encíclica Pacem in Terris , n. 159).

Al llegar a éste punto, algo extraño se hace evidente. A través de algún extraño sub-contexto, parecería que esta supuesta continuidad con la Tradición está comenzando a participar en  algo del subjetivismo que se manifiesta en la hermenéutica de ruptura del “espíritu de Vaticano II”. Pero, [ellos se sienten en la obligación de que]  hay que mantener con certeza que  eso no puede ser cierto. Tendría que ser lo contrario.,  por eso Benedicto propone que los dos son parte de un proceso:

Es precisamente en esta combinación de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles en lo que consiste la naturaleza misma de la verdadera reforma. En este proceso de innovación en la continuidad, debemos aprender a comprender de manera más práctica que antes bien, las decisiones de la Iglesia sobre asuntos contingentes (por ejemplo, ciertas formas prácticas de liberalismo o una interpretación libre de la Biblia) deben ser necesariamente contingentes, precisamente porque se refieren a una realidad específica que es cambiable en sí misma. Fue necesario aprender a reconocer que en estas decisiones son solo los principios los que expresan el aspecto permanente, ya que permanecen como una corriente subyacente y motivan las decisiones internas.

Por otro lado, no son tan permanentes las formas prácticas que dependen de la situación histórica y, por lo tanto, están sujetas a cambios.

(Antipapa Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana , 22 de diciembre de 2005; énfasis agregado). [Subrayados propios]

Aquí el compromiso de Ratzinger con la filosofía hegelianaaparece una vez más, como sucedería menos de dos años después, cuando lo aplicó a la Sagrada Liturgia en su “Carta Apostólica” Summorum Pontificum , como se señaló anteriormente en este mismo sitio web:

Mientras que muchas de las personas acérrimas de Benedicto “reconocieron y resistieron” con la aclamación del  Summorum Pontificum  como un regalo venido del cielo y actuaron como si el “Papa” Ratzinger hubiera derribado el Vaticano II, Novus Ordo Watch se encontraba entre los pocos críticos impopulares que señalaron que, al contrario de lo que una  lectura superficial del documento podría dar a entender, Summorum Pontificum no  era más que la última estrategia peligrosa,  de un antipapa tortuoso que ha estado minando la Fe y la Liturgia desde el principio de su sacerdocio (ordenado en 1951, el joven P. Ratzinger fue tenido como  sospechoso de herejía por el Santo Oficio en la misma década).

Una de las blasfemias más evidentes que contiene el documento de Benedicto XVI es la afirmación audaz, gratuita y fácilmente refutada de que el rito romano tradicional del Papa San Pío V y el rito modernista Novus Ordo del “Papa” Pablo VI son solo “dos usos de el único rito romano ”. Nuestra respuesta al Summorum Pontificumno solo  refuta esta posición absurda, sino que también señala que el famoso motu proprio  parece contener una de las herramientas favoritas de Ratzinger: la filosofía hegeliana.

En pocas palabras: el filósofo idealista alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) sostuvo la idea de que toda realidad es el Espíritu Absoluto, que se manifiesta en la historia del mundo. La historia consiste y avanza mediante una interacción constante de tesis, antítesis y síntesis. Según Hegel, las contradicciones (en sus términos, una “tesis” a la que se opone una “antítesis”) son necesarias para llegar a un “nivel superior de verdad” (la llamada “síntesis”). Esta tríada se llama dialéctica hegeliana y se repite continuamente (con cada síntesis convirtiéndose en una nueva tesis, a la que se opone su correspondiente antítesis, que a su vez genera otra síntesis, etc.) hasta que culmina en el Absoluto en El fin de la historia. No hace falta decir que el hegelianismo es radicalmente incompatible con el catolicismo .

“Ratzinger, Hegel, y ‘Summorum Pontificum’” , Novus Ordo Wire , 6 de junio de 2017) [Subrayado propio]

Más sobre la hermenéutica de la continuidad litúrgica.

Vale la pena mirar un poco más las ramificaciones prácticas de la hermenéutica hegeliana de Summorum Pontificum en la secta del Novus Ordo, y en aquéllos que buscan ingresar en esa secta, como la SSPX, porque el objetivo final no es simplemente un objetivo de una pro-elección” que debería optar por asistir a uno u otro de los llamados “dos usos del único rito romano”, sino la mezcla de  la misa tradicional (tesis) y la pseudo-misa de Pablo VI (anti-tesis) en una misa única híbrida y sacrílega mezcla de las dos (síntesis).

Apenas unos meses después de la emisión de Summorum Pontificum , Atila Sinke Guimarães, de Tradition in Action, escribió un artículo titulado ” Hacia  a una misa híbrida”. En él, señalaba que Heinz Lothar Barth, profesor de lenguas clásicas en la Universidad de Bonn, es un miembro asociádo con la SSPX, que había enviado una carta en 2003 al entonces “Cardenal” Ratzinger, que decía entre otras cosas : “Creo que a largo plazo la Iglesia romana debe tener un solo rito romano … El rito romano del futuro debe ser un rito único, celebrado en latín o en lengua vernácula, pero completamente en la tradición del rito heredado   … “(publicado en  The Tablet , 16 de febrero de 2008, pág. 36; el Dr. Barth  confirmó  la autenticidad que se le  reclamó sobre esta carta).

Y para que no se crea que quizás la Sociedad de San Pío X no sepa lo que le espera, si se logra su “síntesis” con la iglesia conciliar, echemos un vistazo rápido a parte de un artículo de 2013 que se encuentra en el sitio web oficial del Distrito de los EE. UU. de la SSPX, acerca de una charla que el “Cardenal” Kurt Koch dio sobre Summorum Pontificum, documento que apoya firmemente.

El título, “Koch admite: que la nueva misa es una ruptura con la tradición” , es engañoso y equívoco en una  manera  que seguramente será familiar a aquéllos que siguen los comunicados de prensa de la Fraternidad a través de los años: en ningún momento del artículo, ni siquiera cuando se cita directamente a  Koch, él ataca la pseudo-misa más que lo hace el documento que él promueve. Más  bien, en realidad dijo que “la reforma litúrgica post-conciliar se considera en grandes círculos de la Iglesia Católica como una ruptura con la tradición y como una nueva creación”. Que alguien diga que otros “consideran” que hay una ruptura con la Tradición es muy diferente a decir que está de acuerdo con esa evaluación, que por supuesto no lo está (después de todo, está promocionando  la falsa hermenéutica de la continuidad).

Lejos de encontrar en la “forma ordinaria del rito romano” un motivo preocupación, trae las “buenas nuevas” de Benedicto acerca de la visión de una evolución litúrgica hegeliana:

El Cardenal Koch fue aún más explícito en su análisis del objetivo final de esta iniciativa, a saber, que las Misas tradicionales y la nueva misa al final evolucionarán juntas en un rito común, en el  que ambas deben desaparecer:

“Benedicto XVI sabe bien que a largo plazo no podemos permanecer con una convivencia entre las formas ordinarias y extraordinarias en el rito romano, sino, que la Iglesia volverá a necesitar un rito común en el futuro … Sin embargo, dado que una nueva forma litúrgica no puede decidirse en una oficina, ya que requiere un proceso de crecimiento y purificación, por el momento [provisoriamente] el Papa destaca sobre todo que las dos formas de uso del rito romano pueden y deben enriquecerse mutuamente “[ Zenit , 17 de marzo de 2011 ].

“Koch admite: la nueva misa es una ruptura con la tradición” , sspx.org , 23 de agosto de 2013)

‘Que Ratzinger aplicara la misma dialéctica a los asuntos litúrgicos que a los doctrinales, dando como resultado una distorsión modernista del axioma católico perenne lex orandi, lex credendi (en términos generales), “la ley de la oración es la ley de la creencia”, es decir, cómo oramos refleja lo que creemos, y viceversa; es exactamente lo que se debe esperar de alguien como él. Cuando era joven sacerdote, tuvo una tesis postdoctoral (Habilitationsschrift) sobre la teología de San Buenaventura que no fue aprobada y se  pidió su revisión, debido a que contenía “un modernismo peligroso que debía conducir a la subjetivación del concepto de revelación. ”( Fuente ). El propio Ratzinger menciona este incidente en su autobiografía Hitos: Memorias, 1927-1977 , Capítulo 8. El profesor que evaluó la disertación fue Michael Schmaus (1897-1993) .

Y, sí, en consonancia con lo que se señaló anteriormente sobre el apoyo de Francisco a la “hermenéutica de continuidad” de Benedicto en general, también se refiere a sus implicaciones litúrgicas. El otoño pasado, Novus Ordo Watch transmitióalgunas noticias inquietantes acerca de lo que la Federación de Una Voce en Malta había informado en su blog:

Fuentes confiables cercanas a la Santa Sede han indicado que en algún momento de la segunda mitad de 2018, el Leccionario y el Calendario de Novus Ordo se impondrán a la Forma Extraordinaria de la Misa Romana.

El nuevo Misal Romano estará disponible el Primer domingo de Adviento de 2018, pero el Vaticano permitirá un período de dos años para la implementación gradual. Se espera que estos cambios sean mucho más drásticos de lo que se preveía en Universae Ecclesiae,  que dice:

25. Los nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios pueden y deben insertarse en el Misal de 1962, de acuerdo con las disposiciones que se indicarán posteriormente . (énfasis nuestro)

Las sociedades e institutos aprobados por el Vaticano, como la Fraternidad de San Pedro y el Instituto de Cristo Rey, probablemente solicitarán exenciones, pero se espera que todas las solicitudes sean rechazadas. La única excepción parece ser la SSPX, a la que se le podría otorgar una exención temporal, para garantizar que se alcance un acuerdo entre la SSPX y Roma. Sin embargo, si la exención otorgada fuese de carácter temporal, se espera que más sacerdotes de la SSPX se unan a la llamada Resistencia (anteriormente conocida como SSPX-SO) bajo el Obispo Richard Williamson y que algunos más se independicen. Esto haría que el movimiento católico tradicional estuviera más fragmentado que nunca.

“¡Noticias de última hora: se esperan cambios litúrgicos masivos en 2018!” , Pro Tridentina (Malta) , 8 de octubre de 2017; cursiva y letra en negrita).

Inmediatamente, el Sr. John Zuhlsdorf – “Padre Z” – ridiculizó las noticias de Una Voce al decir a sus lectores: “No. No sucederá. No puede suceder “. Por supuesto, este es el mismo intrépido bloguero que anteriormente había  asegurado a sus lectores que Bergoglio con seguridad no era modernista, ni siquiera un liberal (vea un ejemplo típico publicado aquí ). ¿Cómo juzga él eso ahora?

Por supuesto, otros detractores han afirmado que Francisco  desea eliminar Summorum Pontificum como una opción, destacando que ridiculiza a  los jóvenes atraídos por la tradicional misa latina por ser demasiado “rígidos” y mostrando su predilección por la “misa” de Montini, incluso en sus versiones más locas. :

Sin embargo, incluso el académico, reportero e inveterado apologista de Bergoglio, Massimo Faggioli, lo concedió en un artículo de febrero de 2018 publicado en Commonweal (una revista que dice que “ha sido acreditado por ayudar a preparar a los católicos estadounidenses para el Vaticano II y sus consecuencias”) a pesar de que el aborrecimiento del “pontífice” por la verdadera Misa e incluso por cualquier cosa que parezca remota a la tradición en el Novus Ordo Missae(como que  el celebrante la ofrezca ad orientem  , es decir, de cara  a Oriente), los temores, dice, de estos ataques  son infundados:

El Papa Francisco claramente no es un tradicionalista litúrgico, y si bien ha respetado las disposiciones dadas a los tradicionalistas por su antecesor, su motu proprio Magnum Principium (septiembre de 2017) estaba destinado a corregir la reciente tendencia de Roma a “latinizar” y “curializar” la liturgia. Pero si bien algunos tradicionalistas están preocupados de que este pontificado sea una amenaza para las libertades que adquirieron con Benedicto, Francisco no está dispuesto a derogar Summorum Pontificum . Eso significa que el status quo de dos ritos seguirá siendo el status quo durante mucho tiempo. Los teólogos a menudo dicen que, a los cincuenta años, la recepción del Vaticano II acaba de comenzar; Se podría decir lo mismo sobre el movimiento para la “reforma de la reforma”: acaba de comenzar.

(Massimo Faggioli, “Divisiones extraordinarias” , Commonweal , 21 de febrero de 2018; subrayado agregado).

Sin embargo, en el mismo artículo, Faggioli se refiere a lo que él llama las “falsas declaraciones” del “Cardenal” Robert Sarah , el jefe de la Congregación para el Culto Divino del Vaticano , quien en 2016 dijo públicamente que Bergoglio le había dado instrucciones sobre la hibridación del las llamadas formas de culto “ordinaria” y “extraordinaria”. The Tablet , una publicación ecuménica internacional que  reclama estar“comprometida con la enseñanza del Concilio Vaticano II”, informó lo siguiente:

Ayer en Londres en la conferencia de Sacra Liturgia , dijo que el Papa le había pedido “estudiar la cuestión de una reforma de una reforma y cómo enriquecer las dos formas del rito romano”. El cardenal dijo que si la Iglesia debe “lograr lo que deseaba el Concilio [Vaticano II], esta es una pregunta seria que debe ser cuidadosamente estudiada y aplicada”.

(Megan Cornwell, “El cardenal Sarah realizará un estudio sobre las formas de misas ordinaria y extraordinaria” , The Tablet , 6 de julio de 2016; cursiva agregada).

Menos de una semana después de este artículo, el mismo TheTablet publicó lo que Faggioli consideró oportuno hacer un vínculo de ello, informando que una directiva del Vaticano contradecía los puntos hechos por Sarah, aunque no refutó su observación de que Francisco le había dado instrucciones para realizar un estudio sobre el tema del “enriquecimiento mutuo ”de las dos liturgias. (Faggioli parece estar luchando con su retórica, al afirmar que las declaraciones de Sarah fueron “falsas”, cuando inexacto  hubiera sido un término menos cargado de emociones).

El “Cardenal” Sarah es un miembro interesante de la Curia de Bergoglio, ya que aunque fue designado por el propio Francisco para dirigir la Congregación  del Vaticano que supervisa el “culto divino”, al menos “habla con el lenguaje” de alguien que simpatiza con la misa tradicional. Casi un año después del discurso de Sacra Liturgia , Sarah seguía promoviendo la hermenéutica de la continuidad litúrgica de Benedicto XVI. De nuevo, desde The Tablet :

El cardenal Sarah , que escribió en la revista francesa La Nef para conmemorar los diez años transcurridos desde el Summorum Pontificum, ahora quiere conciliar los ritos con un calendario nuevo y compartido para cuando se celebran los días festivos y garantizar así que ambas formas de la misa utilicen las mismas lecturas de las Escrituras en el mismo tiempo litúrgico. Bajo Benedicto XVI, un comité trabajó durante muchos años en esta área, pero fue en vano.

El movimiento del prelado guineano es, por un lado, un movimiento conciliatorio dado que el cardenal ha estado promoviendo en gran medida los deseos de los tradicionalistas durante su período en el cargo.

En su artículo, el cardenal pide que se ponga fin a la frase “reforma de la reforma”, idea que fue impulsada por aquéllos que quieren que la forma ordinaria de la misa sea más como el antiguo rito.

“La reforma de la reforma ‘se ha convertido en sinónimo de dominio de un clan sobre el otro”, escribe el cardenal en francés. “Esta expresión puede volverse inapropiada, así que prefiero hablar de reconciliación litúrgica . ¡En la Iglesia, el cristiano no tiene oponente! ”…

Pero mientras el cardenal está pidiendo la reconciliación, también quiere que la versión ordinaria de la misa tome elementos de la extraordinaria,  tal como un mayor uso del latín y alentar a los sacerdotes a decir ciertas oraciones en silencio. En abril de este año, el cardenal Sarah denunció el “desastre, la devastación y el cisma de los modernos promotores de una liturgia viva” diciendo también que la Iglesia después del Vaticano II había abandonado sus “raíces cristianas” .

En su artículo de Le Nef, el cardenal también propone que la forma más nueva de la liturgia adopte lo siguiente: recibir la comunión de rodillas y en la lengua, la inclusión de “Oraciones al pie del altar” que tienen lugar en el antiguo rito y que el sacerdote se asegure de que, después de consagrar la hostia, los dedos que la tocaron permanezcan unidos.

El cardenal afirma que aquellos que utilizan el antiguo rito de la misa para poner en tela de juicio el Vaticano II están “gravemente equivocados”, pero también afirma que las reformas del Concilio no “contradijeron” lo que había sucedido antes.

“Por lo tanto, sería erróneo considerar que las dos formas diferentes de liturgia muestran dos teologías opuestas”, explica.

Es una prioridad que con Ia ayuda del Espíritu Santo podamos examinar por medio de la oración y el estudio, cómo regresar a un rito reformado común siempre con este objetivo de reconciliación dentro De la Iglesia”, escribe el cardenal. “Por ahora, todavía hay violencia, desprecio y una oposición hiriente que destruye a la Iglesia y nos empuja más lejos de esta unidad por la que Jesús oró y murió en la cruz”.

Para los partidarios del antiguo rito, subraya que la liturgia no es un “objeto de museo”, sino que puede ser “fructífera para los cristianos de hoy”. El cardenal Sarah también sostiene que es esencial que los asistentes a la forma extraordinaria tengan una forma de ” participación activa “en la liturgia, y que las lecturas de las Escrituras, que a menudo se leen en latín, sean entendidas por la gente en los bancos …

(Christopher Lamb, “El cardenal Sarah quiere ‘reconciliación litúrgica’ entre las formas de misa antiguas y nuevas” , The Tablet , 13 de julio de 2017; subrayado agregado).

La retórica es muy reveladora, ya que utiliza el lenguaje hegeliano o, más adecuadamente, en el contexto actual, el lenguaje ratzingeriano . Cuando Sarah habla de “reconciliación litúrgica”, insinúa que algo que ayudará mucho a facilitarla  será que aquéllos que usan “el antiguo rito” finalmente dejen de criticar al Vaticano II, ya que las reformas no contradijeron las enseñanzas preconciliares. No hay “teologías opuestas”, solo enfoques diferentes, y la nueva es “un rito reformado común” (no dos formas de ello).

Eso supone el final del juego para los modernistas litúrgicos; pero, como se ve en otra parte en el pasaje citado, por ahora, el objetivo a corto plazo es el “enriquecimiento mutuo”: un calendario compartido y lecturas de las Escrituras, mientras que la “Misa” del Novus Ordo adoptará algunos elementos tradicionales, como las oraciones al pie de el Altar (o de la Mesa  según sea el caso), o el arrodillarse para la “Comunión” y el recibirla en la lengua (a Sarah le resultará difícil conseguir el cumplimiento total, o incluso sustancial, de eso, si es que ocurre), mientras que las misas en latín en la forma “extraordinaria” deberán aflojar algo  agregando lecturas en vernáculo  y una participación más “activa”, y en general se sentirán más cómodos con la forma en que se realiza en la parroquia de “San” Juan Pablo II.

Con todo esto se trata de avanzar hacia una confluencia no-santa del inmemorial sacrificio católico de la misa con la inválida comida protestante de Pablo VI. Una vez más, el proceso que conduce a esa confluencia es la analogía litúrgica de la cita dialéctica de Benedicto citada anteriormente en este análisis: “Precisamente en esta combinación de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza misma de la verdadera reforma”.

Y también llega a este aspecto litúrgico el apoyo público de Francisco  a la mítica “hermenéutica de la continuidad” desarrollada por Ratzinger. Dado ese apoyo, dada la presencia continua del “Cardenal” Sarah, un vigoroso defensor de la “Misa híbrida” como jefe de la Congregación para el Culto Divino del Vaticano , y dado el deseo de Bergoglio de provocar finalmente el suicidio asistido de la SSPX cada vez más comprometida,  parece que el rumor atribuido a  Una Vocesobre un próximo leccionario y calendario romano estandarizado para los fieles tradicionales es mucho más probable que se convierta en realidad más que el cierre de la Comisión Ecclesia Dei y el Summorum Pontificum . De hecho, la reconciliación litúrgica es casi seguramente una cuestión no de si, sino de cuándo . Sin embargo, ahora que se ha abierto una lata de gusanos de tamaño institucional a través de los llamados “Testimonios” de Carlo Arzobispo Carlo Viganòdesde el 25 de agosto, la Roma modernista puede necesitar dejar sus intentos de alquimia litúrgica en un segundo plano por el momento.

Apostasía, infiltración y el  “cardenal” Burke

Hay un avance rápido al peligroso modernismo en la era de Bergoglio. A pesar de la afirmación del “Papa” Francisco de discernir una continuidad entre las enseñanzas anteriores y posteriores al Vaticano II, si alguna vez hubo un anunciante proclamando la ruptura formal de la Nouvelle Théologie con el verdadero magisterio católico romano, seguramente sería “Chaos Frank“. Naturalmente, muchos partidarios  de “reconocer y resistir” argumentarán que Bergoglio es una anomalía, pero incluso eso plantea otra pregunta importante: ¿Cómo puede un hombre que ha demostrado más allá de toda duda razonable que simplemente no profesa la Fe Católica y que no la profesaba  incluso en los años previos a su elección, puede, digo, ser considerado seriamente, aunque sea por un momento, como un legítimo sucesor de San Pedro ?

Para algunos llamar a Jorge Bergoglio  hereje sería una profunda injusticia, no porque sugiera falsamente que niega un dogma de la Fe, sino porque su negación de la Fe es tan generalizada que solo la palabra apóstata es adecuada para expresar su absoluto desprecio por todo lo católico. De hecho, casi sería posible construir un verdadero anti-catecismoderivado de sus interminables charlas, escritos y acciones. Aquí hay una simple muestra de Forrest Gump acerca de su prodigiosa producción de heterodoxia:

  • Un prefacio a lo siguiente es una cita de Francisco que resume muchos de sus pronunciamientos pontificios “”: “Y viene a la mente decir algo que puede ser una estupidez  o quizás una herejía, no lo sé.” (Como se muestra en la enlace, está proclamando el indiferentismo religioso, lo cual es una herejía.)
  • Predicó que “Dios no existe” en una ocasión, y declaró que “No hay un Dios católico” en otra.
  • Al asumir la “hermenéutica de la unidad en la diferencia “ratzingeriana / hegeliana, él ha bromeado diciendo que la Santísima Trinidad no posee una unidad perfecta, sino simplemente una demostración externa de unidad , mientras que en realidad las Tres Personas discuten constantemente.
  • Continuando con su ataque “humorístico” a la concepción divinamente revelada de la Deidad, caracterizó (o, más precisamente, caricaturizó ) al Espíritu Santo como una “calamidad” o un “desastre” , y esto “¡porque nunca se cansa de ser creativo!” Los sinónimos de “calamidad” incluyen desorden ,  ruina y confusión , aunque se supone que Francisco está hablando de la creatividad del Espíritu Santo . (¿Quién hablaría de esa manera? Los que piensan en términos hegelianos, por supuesto, sin olvidar a los masones con su lema: Ordo ab Chao – en latín el  “Orden viene  del Caos”).
  • Para no alargar  esta lista en muchas páginas, he aquí un desglose de de su  pozo sin fondo de errores, que incluyen herejías descaradas, tomado del artículo Anathema sit Bergoglio  de Miles Christi : “la necesidad de una ‘conversión ecológica’; la petición de perdón a los ‘gays’ por haber sido ‘discriminados’ por la Iglesia; la construcción de una ‘nueva humanidad’ a través de una ‘cultura del encuentro’; la Iglesia y la sinagoga tienen la misma dignidad; María y la Iglesia tienen ‘defectos’; Lutero no se equivocó en la doctrina de la justificación; los estados católicos son incompatibles con el sentido de ‘historia’; los musulmanes son ‘hijos de Dios’; la pena de muerte para los delincuentes es «inadmisible»; Un día la especie humana se extinguirá; no hay un Dios católico; la multiplicación de los panes no sucedió; Dios usó la evolución y él no es un ‘mago’; El matrimonio cristiano es sólo un ‘ideal’; el lenguaje de los luteranos y el de los católicos sobre la Eucaristía son “lo mismo”; la Iglesia en el pasado ha tenido un “comportamiento inhumano”, pero desde el Concilio Vaticano II ha aprendido a “respetar” a otras religiones … La lista es interminable ” . Aquí se puede encontrar una lista más completa .

El ataque  bergogliano a cada fase de la vida católica es tan implacable y aparentemente tan ineludible que es difícil creer que simplemente esté haciendo esto de manera descuidada, lo que habla de la posibilidad de que esté llevando a cabo una agenda, que siga órdenes de un amo oculto.

Durante los últimos dos siglos o más, se han llevado a cabo planes para la subversión interna de la Iglesia Católica por parte de grupos que buscan corromperla irreparablemente. Hay numerosas pruebas de esto, desde las revelaciones de la ex oficial comunista Bella Dodd sobre el objetivo de infiltrarse en los seminarios para producir una generación de anticlérigos hasta la apertura de los Documentos de Verona de la inteligencia soviética, donde se demostró que había habido penetración exitosa de grupos como la Sociedad del Santo Nombre. Sin embargo, para el propósito de este estudio, solo un esfuerzo de este tipo damos el enlace  abajo, mostrando cómo los Papas Pío IX y León XIII ordenaron la publicación de la “Instrucción Permanente de la Alta Vendita ” masónica , que preconizaba la corrupción y la destrucción de la iglesia desde dentro

¿Podría Bergoglio ser parte de esta infiltración de la Iglesia, ya sea afiliándose  a ella estando dentro de la Iglesia o habiendo sido reclutado y captado en algún momento anterior de su vida por los enemigos de la Iglesia ? Es muy probable. Todo lo que sabemos de sus años de formación hasta el presente lo indica. Lo que se sabe de su juventud y su adultez joven se deduce  en gran parte de sus recuerdos: cómo le encantaba leer una publicación marxista, cómo uno de sus jefes era una “comunista ferviente” a quien “debe mucho” y a quien llama “esa gran mujer” que “me enseñó mucho sobre política”, según lo informado por George Neumayr .

Que esto es algo que fue mantenido en la edad adulta se evidencia por él:

Además está su respuesta infame a una pregunta formulada en noviembre de 2016 por el periodista ateo italiano Eugenio Scalfari, donde Bergoglio dijo: “Se ha dicho muchas veces y mi respuesta siempre ha sido que, en todo caso, son los comunistas los que piensan. como los cristianos ”( fuente ). (En respuesta a los de la “Unidad de Control de Daños” del trabajo de Francisco  durante 24 horas los 7 días de la semana, que como se sabe, dicen que las entrevistas de Scalfari no son confiables, puede contrarrestarse porque el Vaticano ha tenido casi dos años para repudiar la declaración si fuese inexacta, pero no lo ha hecho. Por lo tanto, la cosa fue como se ha escrito.)

Con toda esta abrumadora evidencia en contra de Francisco , una respuesta contundente del “cardenal” Burke en el discurso de apertura del presente estudio hubiera sido lo más apropiado. Después de todo, es alguien que dice representar los intereses de la Iglesia Católica, en concordancia con  LifeSiteNews que tituló el artículo que acompaña al video, “Cardenal Burke: los católicos deben dejar que Cristo reine como Rey frente a la” apostasía “dentro de la Iglesia” .

Pero, no, nada de eso. El título es un ciberanzuelo. Hay una pista en el título, ya que la palabra apostasía está puesta entre comillas, lo que puede tomarse, principalmente, de varias maneras diferentes: ya sea para (1) resaltar que esta es una palabra que Burke usó en su discurso, siendo una cita directa; o (2) para calificar la palabra como sugerencia de que no se está utilizando de manera literal. No importa lo que se quiera decir con la palabra , no hay nada en el artículo o video que lo acompaña que indique que Burke quiere significar alguna  de las  dos cosas.

En un discurso que duró casi 40 minutos, habría tenido tiempo suficiente para  dar nombres . Después de todo, una afirmación de que los enemigos de la Iglesia de hoy intentan “infiltrarse en la vida de la Iglesia misma y corromper a la Esposa de Cristo por una apostasía de la Fe Apostólica” es una acusación seria, incluso si  [la corrupción] viene de  muchas décadas atrás, por Ia infiltración intentada y por la apostasía que se introdujo, que en gran medida han tenido éxito .

Por supuesto, el “Cardenal” no se molesta en dar nombres, pero  ¿cómo podría hacerlo?, ya que sólo dedica unos escasos 25 segundos al tema de la apostasía. De hecho, le da tan poco tiempo a un tema que supuestamente considera de gran importancia que bien podría ser la “apostasía silenciosa” al decir de Juan Pablo II a la que alude. La mayoría de las personas que se describen a sí mismos como católicos tienen poca o ninguna idea de lo que ha ocurrido, están contentos de vivir sus vidas en una feliz ignorancia, por lo que Burke podría haberles proporcionado una verdadera llamada de atención y haber expuesto la agenda subversiva, porque nada es tan loable e importante como hablar. En el Reinado de Cristo y del Sagrado Corazón, los enemigos de la Iglesia como Francisco no se van a ir voluntariamente, sino que deben ser derrotados por la Iglesia Militante a través de la oración, sí, pero también arrojando la luz brillante de la verdad sobre estos Maquinaciones del Maligno.

Debe entenderse que Raymond Burke no está haciendo nada que los líderes de la Roma modernista no hayan hecho en varias ocasiones, lo cual es sugerir el problema, pero nunca llegar al fondo. Similares declaraciones audaces se pueden ver en el famoso “el humo de Satanás ha entrado en la Iglesia” de Pablo VI y en la advertencia vacía de Juan Pablo II sobre “una apostasía silenciosa” en la Iglesia, cuando ellos estaban entre los principales perpetradores de ambas cosas. Del mismo modo, el difunto P. Gabriele Amorth, el exorcista jefe de la Roma del  Novus Ordo, que parece haber tenido inclinaciones tradicionalistas (sostuvo que el infierno se reía del llamado nuevo rito de exorcismo, ya que era completamente ineficaz), una vez declaró: “El diablo habita en El Vaticano y tú puedes ver las consecuencias” (fuente ). Sin embargo, él era aparentemente demasiado ingenuo para ver realmente lo que estaba sucediendo, o quizás demasiado vinculado al establishment del Novus Ordo para separarse por completo, ya que una vez sostuvo ridículamente que el subversivo modernista Juan Pablo II había realizado un exorcismo exitoso en la Plaza San Pedro .

Entonces, ¿hacia dónde conduce la versión de la apostasía silenciosa del “cardenal” Burke? En este momento en que nos encontramos, a ninguna parte, y tal vez eso es exactamente a donde él quiere llegar. ¿Quién promueve esta apostasía contra la que él truena? Aparentemente no lo dice. Mejor entrar como un brabucón  simplemente interveniendo en un discurso que le ayuda  a perpetuarse en su papel del personaje mítico de  “Campeón de la Tradición“. Y para dejarlo en claro a quienes lo dudan, Burke enfáticamente no está apuntando con el dedo a ningún lugar cercano a la dirección de Bergoglio. Para comprobar esto, no busque más que una entrevista con Catholic World Report del 19 de diciembre de 2016:

CWR: Sólo  para aclarar, de nuevo, ¿está diciendo que el Papa Francisco ha caído en  herejía o está cerca de eso?

Cardenal Burke: No, no estoy diciendo que el Papa Francisco haya caído en una herejía. Yo nunca dije eso. Tampoco he afirmado que esté cerca de caer en una herejía.

“Cardenal Burke: ‘No, no estoy diciendo que el Papa Francisco esté en una herejía’” , Catholic World Report , 19 de diciembre de 2016)

No hay problema, entonces, para el “cardenal” Burke; claramente, no pensaba en Francisco cuando hizo el comentario sobre los infiltrados enemigos que intentaban corromper a la Iglesia con la apostasía. Si se necesitan más pruebas, el mes de septiembre siguiente a la entrevista, Bergoglio lo nombró para la Signatura Apostólica (esto no debe ser descartado a la ligera, ya que es una posición privilegiada de la máxima autoridad judicial del Novus Ordo).

Lejos de acusarlo de algo así, en más de una ocasión, Burke se desvió de su camino no sólo para defender a Francisco, sino también para actuar de manera implícita como un  vendedor,  [descartando como heréticas] algunas de las expresiones de Francisco contra la Fe, incluido su continuo ridiculizar a los católicos. por estar “obsesionados” con el aborto, o el control de la natalidad o los “derechos de los homosexuales”. En un ensayo de 2014 que aseguraba a los conservadores que podían confiar en Bergoglio, el “Campeón de la Tradición” escribió:

El Santo Padre, me parece, desea quitar todos los obstáculos concebibles que las personas pueden haber inventado para evitar responder al llamado universal de Jesucristo a la santidad. Todos conocemos a personas que dicen cosas como: “Oh, dejé de ir a la Iglesia debido a la enseñanza de la Iglesia sobre el divorcio”, o “Nunca podría ser católica debido a la enseñanza de la Iglesia sobre el aborto o la homosexualidad”. El Santo Padre les pide que pongan a un lado estos obstáculos y que den la bienvenida a Cristo, sin ninguna excusa, en sus vidas. Una vez que comprendan el amor inconmensurable de Cristo, que vive para nosotros en la Iglesia, podrán resolver cualquier cosa que les haya preocupado acerca de la Iglesia, Su Cuerpo Místico y su enseñanza.

Seguramente, las personas cuyos corazones están endurecidos contra la verdad leerán algo muy diferente al enfoque del Papa Francisco, afirmando que, de hecho, pretenden abandonar ciertas enseñanzas de la Iglesia que nuestra cultura totalmente secularizada rechaza. Su falso elogio del enfoque del Santo Padre se burla del hecho de que Francisco es el Sucesor de San Pedro, totalmente apoyado en las Bienaventuranzas, y que, por lo tanto, sólo con la humilde confianza en Dios, rechaza la aceptación y la alabanza del mundo.

(Greg Kandra, “Cardenal Burke: el Papa Francisco busca quitar todos los obstáculos posibles’ a Cristo” , Patheos: El banco del diácono , 21 de febrero de 2014)

El siguiente mes de abril, el “Cardenal” Burke volvió a hacerlo, esta vez asegurando a los católicos en una entrevista presentada en Crux que Francisco “no ha hecho nada que contradiga la enseñanza [católica]”:

Burke se quejó de que hay personas que tratan de neutralizarlo al convertirlo en un enemigo del pontífice, o al afirmar que está listo para liderar un cisma.

“No resisto al Papa Francisco, porque no ha hecho nada en contra de la doctrina”, dijo Burke. “No me veo en absoluto en una lucha contra el papa. Como cardenal, solo trato de ser un maestro de la fe “.

Hablando de una supuesta tensión entre doctrina y misericordia, que surgió como una línea de falla durante el último sínodo, Burke dijo que cualquier contraste de este tipo es inadmisible.

(Ines San Martin, “El cardenal Burke niega su ruptura con el papa, advierte sobre la ‘agenda gay’ para el Sínodo” , Crux , 1 de abril de 2015)

¿Y dices que te gustaría tener más pruebas de que Burke no es más que un progresista en atuendo retro? Bueno, ha expresado su apoyo a la misma dialéctica hegeliana subversiva de la “Misa híbrida” prevista por Benedicto XVI. En 2011, su primer año como miembro del “Colegio de Cardenales” del Novus Ordo, dijo sobre su apoyo al plan de “reforma de la reforma” de Ratzinger: “Me parece que lo que tiene en mente es que este enriquecimiento mutuo parece producir naturalmente una nueva forma del rito romano: la “reforma de la reforma”, si podemos [decirlo así]- a  la cual daría la bienvenida y yo deseo su llegada “(David Kerr, ” Cardenal Burke reflexiona sobre su primer año en el Colegio Sagrado “ , Catholic News Agency , 28 de noviembre de 2011).

¿Cómo, entonces, deberíamos ver a Burke? El es un adscrito a “reconocer y resistir”, pero no tiene mucho de lo último. Es el equivalente conciliar de un anglicano de la alta iglesia, que se encuentra en lugar diferente de la secta modernista, pero todavía está firmemente en ella. Para usar un neologismo, él y Francisco pueden ser descritos como frenemies (un acrónimo oximorónico de “friends” y “enemies” [queridos enemigos] ),  lo que significa que no siempre se llevan bien y aun tienen diferencias fundamentales, pero pueden trabajar juntos cuando surge la necesidad. Cuando todo esto se tiene en cuenta,  Burke suena a algo así como un chorro de aire cálido disfrazado de un agitar de brazos. Si se busca el  miembro por excelencia de la leal oposición de Bergoglio , son pocos los que pueden competir con Raymond Leo Burke en éste dudoso “honor”.

El”Obispo” Schneider y la Cátedra de la Verdad

Roma también fue sede de un simposio titulado “Iglesia Católica: ¿A dónde vas?” , que tuvo lugar poco más de un mes antes de la del “Cardenal” Burke. Uno de los oradores principales fue el “Obispo” Athanasius Schneider , cuya discurso con título   “La Sede Apostólica, Cátedra de la Verdad”, contiene algunos de los contenidos más provocativos que se describen en este artículo, a pesar de que él nunca menciona al “Papa” Francisco por su nombre. .

Antes de pasar al comentario, vienen bien algunos antecedentes biográficos para mostrar que el  “Obispo” Schneider asimiló el Modernismo junto con la leche de su madre, pues tenía cuatro años cuando el Concilio Vaticano IIllegó a su conclusión. Cuando fue “ordenado” sacerdote, Ia revolución del Vaticano II ya había cumplido el  cuarto de siglo, Juan Pablo II ya había llevado a cabo la reunión de oración apóstata en Asís , y el arzobispo Lefebvre había desafiado con éxito al  al futuro besador del Corán  consagrando cuatro obispos.

A pesar de su temprana inmersión en las aguas contaminadas de la teología postconciliar, Schneider de alguna manera parece haber evitado ser completamente tragado  por su exposición a ellas y ha conservado una apariencia de catolicismo en su pensamiento. Tristemente, esto también se ve comprometido por su calificado abrazo a  la mágica  “hermenéutica de la continuidad” de Ratzinger. Por ejemplo, para él  todo consiste en que los asistentes a la “Nueva Misa” mantengan la postura más reverente para recibir arrodillados en la lengua el pan inválido “consagrado”, idea tan sensata como tratar de curar un tumor cubriéndolo con una venda.”

Esta mentalidad de “ama las tradiciones, pero no odies las reformas” se traslada a su discurso y destruye gran parte de su valor, ya que no tiene problemas para invocar al Papa León XIII y al primer “Papa” de la Revolución Modernista, Juan XXIII. , en su argumentación. El “obispo” Schneider declaró:

Desde mediados del siglo III, San Cipriano ha usado el término “cátedra” para indicar el poder de la Iglesia romana, propio de la Cátedra de Pedro, de la cual, según él, se deriva la unidad de la jerarquía (cf. Ep. 59,16). San Jerónimo también escribió: “Decidí consultar a la cabeza Pedro, donde se encuentra la fe predicada por la boca del apóstol; Ahora vengo a pedir alimento para mi alma allí, donde una vez recibí la prenda del sacramento de Cristo. No sigo ninguna otra primacía que la de Cristo; por esta razón, me pongo en comunión con su bienaventurado sucesor es decir, con la Cátedra de Pedro. Sé que sobre esta roca está construida la Iglesia ”(Cartas I, 15, 1-2).

Dios confía primero el carisma de la verdad a san Pedro y a sus sucesores, los romanos pontífices, cuya sede se llama, por consiguiente, cátedra de la verdad por excelencia. Dado su ministerio de la verdad, los Romanos Pontífices deben estar continuamente conscientes de que no son los dueños de la cátedra de la verdad, sino sus siervos y vicarios.

(Athanasius Schneider, “La Sede Apostólica Cátedra de la Verdad”; en Diane Montagna, “Obispo Schneider: El Papa no es el” dueño “de la verdad, sino su” siervo y vicario “ , Life Site , 7 de abril de 2018 )

Estos son los textos de prueba implícitos para el sedevacantismo, por los que debería ser obvio que Bergoglio de ninguna manera representa la cátedra (la silla) de la verdad, sino un carnaval de errores.

Anteriormente, en el mismo discurso, Schneider había citado sin darse cuenta fuentes que demuestran aún más definitivamente la imposibilidad de la posición de “reconocer y resistir”:

El Cuarto Concilio Ecuménico de Constantinopla enseñó: “En la Sede apostólica, la religión católica siempre se conservó sin problemas, y se profesó la doctrina sagrada …  allí se encuentra toda la fuerza verdadera de la religión cristiana ” (De la fórmula del Papa Hormisdas, respaldada por los Padres del Cuarto Concilio de Constantinopla). Y el Primer Concilio Vaticano enseñó: “La Sede de San Pedro permanece siempre inmune a todo error en virtud de la promesa divina hecha por el Señor, nuestro Salvador, al Príncipe de sus discípulos: ” He orado por ti para que tu fe no falle; y cuando te hayas convertido  confirma  a tus hermanos. Este carisma indefectible de verdad le fue, por lo tanto, conferido divinamente a Pedro y a sus sucesores en esta Cátedra, para que pudieran ejercer su elevado cargo para la salvación de todos, para que todo el rebaño de Cristo, se abstenga de los pastizales venenosos del error” y pueda ser alimentada con el alimento de la doctrina celestial para que, después de haber eliminado lo que conduce al cisma, toda la Iglesia pueda seguir siendo una sola y, firme en sus cimientos, pueda permanecer firme contra las puertas del infierno” ( Pastor aeternus , cap. 4). ).

(cursivas dadas)

Solo con esta cita, el “obispo” Schneider acaba de acusar a Bergoglio, ya sea intencionalmente  o no, porque este último ha mostrado tanto desprecio por la revelación de Dios y las enseñanzas de la Iglesia que en un video público ha dicho de manera totalmente extraña lo siguiente que salió de su propia boca “estas palabras pueden ser estúpidas o quizás una herejía, no lo sé” ( fuente )! En otras palabras, no le importa si dice estupideces o, peor aún, si niega el dogma católico, lo que demuestra la depravación herética de su mente.

En una nota, el medio de comunicación canadienses “Priests” y hablando de Bergoglio, el “padre” Thomas Rosica declaró : “El Papa Francisco rompe las tradiciones católicas cuando quiere porque está ‘libre de indebidas [disordered] ataduras ‘”. Tenga en cuenta que esta declaración, hecha a finales de julio de este año, nunca ha sido disputada o refutada por el Vaticano, y tampoco Rosica la ha retirado. ¿Y por qué deberían hacerlo, ya que está en línea con todo lo que Francisco  ha mostrado?

Un tema en el que se enfoca Schneider y que merece una mención especial es la gran enemistad que el diablo tiene por la Santa Sede. En cuanto a esto, señala:

A lo largo del curso de la historia, Satanás, el padre de las mentiras, ataca continuamente a la Iglesia, y especialmente a la Cátedra de la Verdad, que es la Cátedra de Pedro. A través del inescrutable permiso de la Divina Providencia, los ataques de Satanás contra la cátedra romana han tenido en raras ocasiones el efecto de un eclipse limitado y temporal del Magisterio papal, cuando algunos pontífices romanos han hecho declaraciones doctrinales ambiguas, lo que ha provocado una situación temporal de confusión doctrinal en la vida de la Iglesia.

Reiteremos que las “declaraciones doctrinales ambiguas” son principalmente un fenómeno del Vaticano II y de los “papas” conciliares. Se ha demostrado que cualquier ejemplo anterior a eso puede resolverse en gran medida, como se demostró en nuestro estudio, “Los límites para invocar” fallos papales “como justificación para la posición de reconocimiento y resistencia: una respuesta al Dr. Peter Kwasniewski” , publicado en este sitio en septiembre.

Independientemente de los problemas previos al Concilio Vaticano II en algunas circunstancias, como los casos del Papa Liberio o el Papa Honorio I , sean tan débiles en comparación con las infinidad de novedades, errores, herejías y blasfemias de la “Santa Sede” de la últimos 50 años o más. Además, lo que ha ocurrido en los últimos tiempos de ninguna manera representa a la Iglesia Católica y la Cátedra de la Verdad, sino que son, demostrablemente, manifestaciones de la secta modernista y sus pseudo pontífices artificiales.

Irónicamente, el “obispo” Schneider sigue pidiendo la recitación  de la oración delexorcismo del Papa León XIII a San Miguel, afirmando que el pontífice vio a Satanás provocando  “una situación temporal de confusión doctrinal”. Sin embargo, este pasaje de esa oración muestra que había algo mucho más inquietante en la mente del Papa cuando lo escribió:

Como el más inmundo torrente, el maligno dragón derramó sobre los hombres de mente depravada y corrompido corazón, el veneno de su maldad: el espíritu de la mentira, de la impiedad y de la blasfemia; el letal soplo de la lujuria, de todos los vicios e iniquidades. Los más taimados enemigos han llenado de amargura a la Iglesia, esposa del Cordero Inmaculado, le han dado a beber ajenjo, han puesto sus manos impías sobre todo lo que para Ella es más querido. Donde fueron establecidas la Sede de San Pedro y la Cátedra de la Verdad como luz para las naciones, ellos han erigido el trono de la abominación de la impiedad, de suerte que, golpeado el Pastor, pueda dispersarse la grey. Oh invencible adalid, ayuda al pueblo de Dios contra la perversidad de los espíritus que le atacan y dale la victoria.

(citado en Athanasius Schneider, “La Sede Apostólica como la Cátedra de la Verdad” )

Claramente, se estaba imaginando algo más que una simple escaramuza, y mientras las maquinaciones de los enemigos masónicos de la Iglesia de esa época eran la preocupación directa del papa, lo que se presenta en una frase tan reveladora como “un espíritu de mentira, impiedad y blasfemia; y el hálito mortal de la lujuria y de todas las iniquidades y vicios “es también muy apropiado para el Novus Ordo, teniendo  en cuenta bien sus desviaciones  doctrinales y litúrgicas bien el abuso sexual de niños y jóvenes, y quizás particularmente, el  Papa “( ” Yo soy el diablo “ ) Francisco y todas sus  pompas y acciones.

El “obispo” Schneider parece tener alguna sensibilidad tradicional (o, al menos, casi tradicional), pero es hora de que él y otros de la misma opinión vean que no es coherente con la recta razón o con la fe católica sostener plenamente su pensamiento. ¿Un partidario del error, como Bergoglio, puede de cualquier manera ocupar legítimamente la cátedra de la verdad en la que “la religión católica siempre se ha conservado sin mancha, y se ha profesado la doctrina sagrada …” ?[Cuarto Concilio Ecuménico de Constantinopla, citado por el Primer Concilio Vaticano , Constitucion dogmatica pastor aeternus ; Denz. 1833 ].

Novus Ordo Watch ha señalado en detalle el absurdo de tratar de hacer entrar  al Bergoglio cargado de errores en la plantilla del papado católico. El resultado será inevitablemente una distorsión, ya sea de Bergoglio o del Papado:

Francisco es inhábil para ser Papa,  cosa que establece la ley divina . Una forma de demostrarlo es asumir que es Papa y luego mostrar el absurdo que se sigue. Eso es lo que se hace en los enlaces anteriores.

Catholic Family News Conference: Dile a Bergoglio que está en el error

Otra conferencia que trató de lidiar con el “pontificado” Bergogliano este año fue  la Catholic Family NewsConference celebrada en Chicago en abril. Allí, no solo se dieron nombres, sino que se denunció directamente a los cabecillas, uno de ellos, Jorge Mario Bergoglio. Incluso el título de la conferencia no se mordió la lengua : “Las armas de nuestra guerra. 

La mentalidad de los oradores recordaba la agitación que hubo con los famosos  Dubia , una especie de desafío que se presentaba con el pretexto de pedir una aclaración. Excepto que esta vez, intensificaron la retórica.

Christopher Ferrara, abogado y prolífico escritor católico, pronunció un discurso redactado con vigor  instando enfáticamente a los católicos no sólo a someterse a  las enseñanzas perennes de la Iglesia, sino también a denunciar  las enseñanzas problemáticas del Papa Francisco.

Hablando con LifeSiteNews , Ferrara dijo que “la oposición más efectiva a lo que debe verse ahora como el pontificado más descarriado en la historia del papado tendrá que venir de la jerarquía superior”.

Tal oposición vendría en forma de una declaración pública hecha por un número significativo de cardenales que declararan que el Papa Francisco está “en el  error, que está tratando de imponer a la Iglesia, que su esfuerzo por hacer pasar estos errores como ‘auténticos de  “el magisterio” ‘es un fraude … y que los fieles no pueden seguir a este Papa en sus errores”, dijo Ferrara.

(Stephen Kokx, “Los cardenales deben declarar al Papa Francisco ‘error’: abogado católico” , Sitio de la vida , 16 de abril de 2018)

Hay un problema con esta propuesta del Sr. Ferrara, que también contó con el apoyo de otros oradores en la conferencia, pero que es significativo: la premisa de que los miembros de la jerarquía (supuestamente) están facultados para resistir a un (supuesto) papa sobre asuntos de Fe o moral,  va directamente en contra de la enseñanza del más ilustre teólogo católico sobre el tema de la Santa Sede, San Roberto Belarmino doctor de la Iglesia. En su obra maestra, De Romano Pontifice, escribe en defensa de la primacía papal que:

El Papa es el Maestro y Pastor de toda la Iglesia, por lo tanto, toda la Iglesia está tan obligada a escucharlo y seguirlo que si él se equivocara, toda la Iglesia se equivocaría.

Ahora bien, nuestros adversarios responden que la Iglesia debería escucharlo siempre que él enseñe correctamente, porque Dios debe ser escuchado antes  que los hombres.

Pero ¿quién juzgará si el Papa ha enseñado correctamente o no? Porque no corresponde a las ovejas juzgar si el pastor se aleja, ni siquiera, y especialmente en aquellos asuntos que son verdaderamente dudosos. Las ovejas cristianas tampoco tienen un juez o maestro superior al que puedan recurrir. Como mostramos anteriormente, en toda la Iglesia uno puede apelar al Papa, sin embargo, por encima de él a nadie se puede apelar; por lo tanto, necesariamente toda la Iglesia se equivocaría si el Pontífice se equivoca.

(St. Robert Bellarmine, De Romano Pontifice , libro IV, capítulo 3; traducido por Ryan Grant como On the Roman Pontiff [Mediatrix Press, 2016], vol. 2, p. 160.)

Esta no es sólo la enseñanza de un doctor particular, por más ilustre que sea,  es también la enseñanza del magisterio católico .

La solución real a un escenario en el que un papa se aparta de la fe y se desvía hacia la herejía, sería, por supuesto, que los obispos convoquen  lo que se llama un “concilio imperfecto” (imperfecto porque un concilio requiere que un papa lo ratifique, lo que en ese caso no sería posible) y declaren que el Papa ha caído en la herejía y que desde ese momento (según San Roberto), por ese mismo hecho, dejó de ser miembro de la Iglesia y, por lo tanto, también su cabeza. (Nota: el concilio  imperfecto simplemente se pronunciaría sobre lo que había ocurrido es decir la caída de la ortodoxia del Papa.  No podrían y serían inhábiles para destituirlo de su cargo; sólo podrían declarar oficialmente que el papa se ha cesado a sí mismo por su caída en Ia Fe,  Si un papa realmente puede caer en una herejía es otro asunto totalmente discutido entre los teólogos: San Roberto lo consideraba simplemente una cuestión teórica.

Otros oradores en la misma conferencia “Las Armas de nuestra guerra” avanzaron la conocida hipótesis errónea del “papa herético” de R & R:

El historiador de la iglesia, Roberto de Mattei, dijo que la “verdadera devoción” al primado de San Pedro requiere que los católicos se expresen en contra de “las herejías” promovidas por el Papa Francisco, quien, a pesar de propagar la herejía,  sigue siendo el Papa.

Un sacerdote dominico  canadiense p. Albert Kallio OP se hizo eco de las palabras de de Mattei. “Incluso si el papa es un hereje … eso no significa en absoluto que por el mismo  hecho, ipso facto como decimos en inglés, dejaría de ser papa”.

Rechazando la afirmación de que el Papa Francisco habría perdido su cargo, el Padre. Kallio dijo: “Incluso aquellos que sostienen que un papa que es manifiestamente  hereje pierde automáticamente su cargo [creen] que la manifestación requerida antes de que el papa pierda su cargo tendría lugar mediante una declaración de la autoridad de la Iglesia, a saber, los obispos . ”

Parece que Dios está permitiendo “una especie de eclipse” de la Iglesia por el momento, concluyó.

(Stephen Kokx, “Los cardenales deben declarar al Papa Francisco ‘error’: abogado católico” , Sitio de la vida , 16 de abril de 2018)

Ahora bien, mientras que un eclipse de la Iglesia es algo evidente para cualquiera que preste atención al desastre posterior al Concilio Vaticano II, la realidad es que está mucho más cerca de un eclipse total mayor del que  el P. Albert o sus compañeros oradores estarían dispuestos a admitir.

Si bien su comentario de “eclipse” está abierto a alguna interpretación, éste no es el caso de lo que se dijo acerca de una “manifestación” debidamente declarada que se supone se requiere para que un papa pierda su cargo. Esto es incorrecto por múltiples motivos.

“Incluso aquellos que sostienen que un papa que es manifiestamente hereje pierde automáticamente su cargo …” Detengámonos por un momento y vayamos directamente a San Roberto Belarmino , quien llega a afirmar que esta enseñanza se remonta a la Primeros escritores católicos de la Iglesia :

 [El] el Papa, manifiestamente herético, deja de ser Papa y Cabeza, así como per se deja de ser cristiano y miembro del cuerpo de la Iglesia. Por lo tanto, puede ser juzgado por la Iglesia y castigado. Esta es la opinión de todos los Padres antiguos, que enseñan que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción.

(St. Robert Bellarmine, De Romano Pontifice , Libro II, Capítulo 30; traducido por el P. Kenneth Baker, SJ, en Bellarmine, Controversias de la fe cristiana  [Saddle River, NJ: Keep the Faith, Inc., 2016], p 839. Una traducción alternativa de todo el capítulo está disponible en línea aquí.)

En otras palabras, ésta es la enseñanza católica común, que la Iglesia considera teológicamente cierta y que al menos está implícita en Ia  Pastor Aeternus del Vaticano I y en la teología posterior. De hecho, no sorprende que cuando se le preguntara a [los relatores de ] este concilio qué pasaría si un Papa se convirtiera en hereje, la respuesta fue que dejaría de ser Papa de inmediato. El  Arzb. John Purcell de Cincinnati, Ohio, una vez relató la siguiente anécdota:

La pregunta también fue planteada por un cardenal: “¿Qué se debe hacer con el Papa si se convierte en un hereje?” Se le respondió que  nunca ha habido un caso así; pero que el Concilio de Obispos podría destituirlo por herejía, ya que  desde el momento en que se convierte en un hereje, no es el jefe ni siquiera un miembro de la Iglesia . La Iglesia no estaría obligada, ni por un momento, a escucharlo cuando comience a enseñar una doctrina que la Iglesia sabe que es una falsa doctrina, y  que dejaría de ser Papa, siendo depuesto por Dios mismo .

Si el Papa, por ejemplo, dijera que la creencia en Dios es falsa, usted no estaría obligado a creerle, o si negara el resto del credo: “Yo creo en Jesucristo”, etc.  La suposición es perjudicial para el Santo Padre en la idea misma , pero sirve para mostrarle la plenitud con que se ha considerado el tema y el amplio pensamiento que se ha dado a cada posibilidad. Si él niega cualquier dogma de la Iglesia sostenido por cada verdadero creyente, no es más Papa que tú o yo ; y así, a este respecto, el dogma de la infalibilidad no es nada como un artículo de gobierno temporal o cobertura de la herejía.

(Abp. John B. Purcell, citado en el Reverendo James J. McGovern,  Life and Life Work del Papa León XIII  [Chicago, IL: Allied Printing, 1903], p. 241;  imprimatur  por el Abp. James Quigley de Chicago; subrayado añadido. Véase también nuestro comentario sobre esta anécdota aquí y aquí .)

Así que es verdad, los sedevacantistas nos sentimos muy cómodos al alinearnos con las posiciones más seguras, que sin duda son las ortodoxas.

En la segunda mitad de su alocució, el p. Albert afirmó que incluso aquellos que creen que un papa manifiestamente herético ipso facto perdería el cargo, están de acuerdo en que “la manifestación requerida antes de que el papa pierda su cargo se produciría mediante una declaración de la autoridad de la Iglesia, a saber, los obispos”. Pero esto simplemente no es verdad, al menos no si está hablando citando a  verdaderos teólogos y canonistas católicos de antes del Concilio Vaticano II. Es bastante asombroso que el p. Albert cometa  un error tan elemental en teología… pero quizás sea comprensible dado su entrenamiento con dominico afiliado a la Sociedad de San Pío X en Avrillé, Francia.

Aún así, queda por ver si su aprendizaje habría sido tan deficiente como para no saber el significado de “por ese mismo hecho” ( ipso facto ), “automáticamente” y “manifestado”. No se requiere una “manifestación” adicional de una declaración por parte de los obispos para que el Papa pierda su cargo, ya que ya se ha perdido como una consecuencia automática ipso facto de la herejía manifiesta. La herejía se manifiesta cuando se divulga abiertamente y no hay ninguna circunstancia que pueda justificarla razonablemente, como una pérdida temporal de la razón por embriaguez (en relación con otros factores excusivos, véase el escrito  del P. Anthony Cekada, “Sedevacantismo y el Papa del cartón” , 10.C). El canónigo Edward Mahoney, un experto en asuntos morales, canónicos y litúrgicos de antes del Concilio Vaticano II, subrayó que no se requiere una declaración legal para algo que ya es manifiesto:

Ocasionalmente, cuando un hecho puede ser incierto, la autoridad eclesiástica emite una declaración que afirma que ciertos grupos de personas, de hecho, han cometido un delito … Sin embargo, las leyes deben tener en cuenta lo que suele ocurrir y la estimación común de los hombres, y cuando un hecho es manifiesto, sería absurdo esperar que alguna autoridad afirme lo que ya es bien conocido.

(Canon EJ Mahoney, Los problemas de los sacerdotes[Nueva York, NY: Benziger Brothers, Inc., 1958], p. 441)

Por lo tanto, en el caso de un papa hereje manifiesto, no sería necesaria ninguna declaración para que él pierda el pontificado, cosa que también se afirma textualmente en el Canon 188 , n. 4:

“Cualquier cargo queda vacante por el hecho y sin ninguna declaración,  de renuncia tácita reconocida por la ley misma,  si un clérigo se aparta  públicamente de la fe católica” ( traducción de Peters ; subrayado agregado).

Esto no quiere decir que tal declaración no sería útil , solo que no sería necesaria  para que él pierda su cargo, lo que, una vez más, sucede de manera ipso facto y automáticamente . Si esto no fuera así, los obispos no podrían reunirse en un concilio imperfecto (ante todo  porque el Papa podría declararlo nulo), ni estarían autorizados a emitir una declaración en su contra, ya que el Papa todavía sería su superior y podría exigir la  total sumisión de ellos, y  ciertamente no les permitiría declararlo hereje público.

En otras palabras, siempre que sea manifiesto que el Papa ha cometido herejía de manera pública (“público” como se define en el Canon 2197 , n. 1), y mientras no haya un factor de excusa razonable, no sería ya Papa. Es el hecho abiertamente divulgado lo que hace que la caída del cargo sea ​​notoriamente objetiva , como dirían los canonistas. La declaración legal de los obispos simplemente le agregaría lo que se llama notoriedad legal  (ver Canon 2197 , n. 2-3) y exigiría la convocación de un cónclave.

El hecho de que nuestra posición sobre esto sea correcta se puede  fácilmente comprobar consultando algunos de los libros relevantes anteriores al Concilio Vaticano II. Por ejemplo:

Un papa no puede ser depuesto de su cargo. Un papa herético necesariamente deja de ser jefe de la Iglesia, porque por su herejía ya no es miembro de ella; en el caso de que siga reclamando la Sede Romana, podría destituirlo un concilio general, incorrectamente llamado así porque se celebraría sin el papa Pero esto no es deposición, ya que por su propio acto ya no es Papa .

(Donald Attwater, ed., A Catholic Dictionary , 3ª ed. [Nueva York, NY: The Macmillan Company, 1958]; subrayado agregado).

Parece como si el padre. Albert y los que están de acuerdo con él estuvieran tratando desesperadamente de que “por el hecho mismo” y “por su propio acto”  signifique “el acto de los obispos que decidiría que el Papa cometió Ia acción [a herejía] “. Pero esto es totalmente artificial y, presumiblemente, muy oportuno para evitar la conclusión sedevacantista. Tampoco está en armonía con lo que el Papa San Celestino  I declaró con respecto al momento en que el hereje manifiesto Nestoriusperdió su cargo, es decir, en el momento en que comenzó a predicar la herejía (no en el momento en que fue declarado oficialmente como un hereje por la autoridad apropiada), como se demuestra aquí .

Otro punto a destacar es que si el p. Albert tuviera razón en su posición, se seguiría que hasta que llegue la declaración de los obispos (¿y si los obispos no están de acuerdo entre sí, por cierto?), todas las declaraciones del Papa y otros actos oficiales seguirían siendo válidos y vinculantes para los católicos – Incluyendo cualquier declaración herética que él hiciera. ¿Se somete el p. ¿Albert  a las falsas enseñanzas de Francisco  contenidas en Amoris Laetitia y sus innumerables discursos? Por supuesto que no. La verdad es que el p. Albert y sus compañeros  de R&R pueden ser tan generosos al aceptar el reclamo de Francisco al papado porque se reservan el derecho de ser los árbitros finales sobre si, o en qué medida, permitirán que Francisco  los gobierne y les enseñe, lo cual no es nada ortodoxo. La actitud católica hacia el papado,  puede verse aquí .

El profesor de Mattei juega a los dardos teológicos con los ojos vendados

Como ejemplo final de las ridículas distancias a las que estos oradores reconocen y se resisten para evitar sacar conclusiones lógicas sobre Bergoglio, nos dirigimos al conocido académico italiano, Roberto de Mattei, profesor asociado de la Universidad Europea de Roma. y uno de los que dio una conferencia en  la Conferencia de Catholic Family News en abril.

El título de su conferencia fue ” Tu es Petrus : Verdadera devoción a la Cátedra de San Pedro”, y si tuviéramos que extraer  una sola frase que resumiera su idea principal, bien podría ser ésta: “La Verdadera devoción al Papado se expresa en una actitud de resistencia filial, como sucedió en los discursos de Corrección Filial al Papa Francisco en 2017. “Seleccionar la Corrección Filial como un ejemplo de verdadera devoción al papado es un dardo que él da fuera de la diana pero sigue su trayectoria equivocada.  En ˋrealidad, es justo lo contrario de la verdadera devoción, porque es un documento [la Correctio]  que muestra una ignorancia abyecta.  Como señaló Novus Ordo Watch:

Hay tanto que decir sobre esta Corrección Filial y la idea de los firmantes de que un Papa no necesita ser un católico para ser Papa, que el magisterio papal puede ser corregido por los inferiores y que Francisco puede no ser culpable por enseñar estas siete herejías, que están condenando solemnemente este documento.

“Bergoglio toma un golpe: ‘Corrección Filial’ acusa a Francis of Heresy , Novus Ordo Wire , 24 de septiembre de 2017. Aquí puede encontrar un seguimiento más detallado de la Corrección Filial y sus consecuencias ).

Entonces, para de Mattei, esta postura de “resistencia filial” u oposición leal es el enfoque apropiado para la crisis en cuestión. Y esto, por supuesto, es la esencia de la negativa absoluta de los R & R a reconocer cualquier intento de poner en tela de juicio la autoridad legítima de Francisco como Vicario de Cristo, que en cierto sentido también puede llamarse defender y negar pues  ellos defienden ferozmente. su legitimidad contra las pruebas sólidas de lo contrario, mientras que simultáneamente niegan a cualquier otra persona el derecho de cuestionar la afirmación dudosa, a veces hasta llegar a la difamación.

Afortunadamente, el Profesor de Mattei es bastante sobrio en su estimación sobre la posición de la sede vacante , aunque plantea un problema importante que tiene en su eclesiología, aunque implícitamente apela a la “hermenéutica de continuidad” de Ratzinger como su prueba:

Hoy en día, hay una infiltración modernista dentro de la Iglesia, pero no hay dos iglesias. Esta es la razón por la cual el P. Gleize juzga que la expresión “Iglesia conciliar” es inexacta, afirmando que dos iglesias, la romana y la conciliar, no existen [p. Jean-Michel Gleize, SSPX, “Angelus”, julio de 2013] . Y esta es también la razón por la cual debemos tener cuidado al hablar de la “iglesia bergogliana” o de “la nueva iglesia”. La iglesia de hoy está ocupada por hombres de la iglesia que traicionan o deforman el mensaje de Cristo, pero  que no ha sido sustituida por otra iglesia. Solo hay una Iglesia católica, en la que hoy conviven de manera confusa y fragmentaria, teologías y filosofías diferentes y contrapuestas. Es más correcto hablar de una teología bergogliana, de una filosofía bergogliana y, si se desea, de una religión bergogliana (¡o irreligión!), Sin llegar al punto de definir al papa bergoglio, los cardenales, la Curia y los obispos. del mundo entero como una “iglesia bergogliana”. Porque, si imagináramos que el Papa, los cardenales, la Curia, los obispos del mundo forman en conjunto, una nueva Iglesia, tendríamos que preguntarnos legítimamente: “¿dónde está la Iglesia de Cristo? ¿Dónde está su visibilidad social y sobrenatural?

Y este es el principal argumento contra el sedevacantismo. Pero también es un argumento en contra de ese tradicionalismo inflado, que aunque no declara la vacante de la sede de Pedro, se cree capaz de expulsar de la Iglesia al Papa, a los cardenales y obispos, y de facto reduce el Cuerpo Místico de Cristo a una  mera – Realidad espiritual e invisible.

(Roberto de Mattei, “ Tu es Petrus : Verdadera devoción a la Cátedra de San Pedro” , Rorate Caeli , 10 de abril de 2018. Nota: El P. Gleize mencionado es el P. Jean-Michel Gleize, profesor de teología de la Sociedad. del seminario de San Pío X en Écône, Suiza.)

¿Dónde está la iglesia católica? El profesor de Mattei no se equivoca al formular la pregunta, pero la respuesta no se encuentra en la iglesia del Vaticano II, en la que se puede ser tan modernista como Hans Kung y Richard Rohr o tan tradicional como Athanasius Schneider y Atila S. Guimaraes , y aun así ser considerado un miembro de la misma religión. ¿Dónde está la unidad visible de la fe en esa religión?

Irónicamente, en el misma congreso en el que habló De Mattei, el Padre. Albert declaró, como se señaló anteriormente, que Dios estaba permitiendo actualmente “una especie de eclipse” de la Iglesia, mientras que el “Obispo” Schneider habló de “un eclipse temporal y limitado”. De nuevo, esto puede estar abierto a diferentes interpretaciones, pero lo que no está abierto a la interpretación es la definición básica de la palabra eclipse, que es la ocultación de la visibilidad de un objeto por la presencia de otro que interfiere con él.

Que haya un oscurecimiento de la Iglesia y el Papado de algún tipo queda claro en la Sagrada Tradición, como se demuestra en los siguientes mensajes:

Aunque se han avanzado diferentes interpretaciones del eclipse de la Iglesia, la más apropiada sería análoga a un eclipse solar, donde la Luna eclipsa al Sol. Esto es particularmente apropiado en el contexto de la crisis de la fe que está ocurriendo ahora, ya que vemos la luz y el calor del Sol espiritual ( la verdadera Iglesia Católica Romana ; cf. Apoc 12: 1) dando paso temporalmente a la oscuridad y la  frialdad de una Luna que niega la vida ( la “Iglesia Conciliar” de los modernistas ).

La primera frase  en el pasaje del profesor de Mattei que acabo de citar es un indicativo de por qué el encabezado de esta sección alude a los dardos con los ojos vendados: “Hoy en día, hay una infiltración modernista dentro de la Iglesia”, afirma, “pero no hay dos iglesias”. Nuevamente en su charla, echa un dardo que da  justo en el blanco, solo para negar su efecto . Sí, según De Mattei, ha habido una infiltración modernista , pero de alguna manera esto no constituye una toma de podermodernista del aparato externo de la Iglesia para formar una falsa “Iglesia Católica”, no constituye la “contra iglesia” predicha (Mons. Fulton Sheen), la “Iglesia de la Oscuridad”(Ven. Anne C. Emmerich).

Irónicamente, en el Foro de Vida en Roma del año pasado, patrocinado por Voice of the Family , fue el “Padre” Linus Clovis de la secta del Vaticano II quien habló de una “Anti-Iglesia” que “ahora intenta hacerse pasar por la verdadera Iglesia” “, Y que la infernal exhortación de Bergoglio, Amoris Laetitia, ” incitó a la anti-Iglesia a salir de las sombras a la vista de todos los fieles “. Lo que pone la guinda al pastel es que el propio Profesor de Mattei estuvo presente en esta conferencia como uno de los oradores ¡Parece que él y el “Padre” Clovis necesitan tener una charla!

En cualquier caso, de Mattei intenta explicar esta novedosa eclesiología de la siguiente manera:

La Iglesia de hoy está ocupada por hombres de la iglesia que traicionan o deforman el mensaje de Cristo, pero no ha sido sustituida por otra iglesia. Solo hay una Iglesia católica, en la que hoy conviven de manera confusa y fragmentaria, teologías y filosofías diferentes y contrapuestas.

En otras palabras, no ha habido un eclipse de la verdadera Iglesia por una iglesia falsa, sino  “solo una Iglesia Católica, en la que hoy cohabita de manera confusa y fragmentaria, teologías y filosofías diferentes y contrapuestas”, aunque, por el contrario, los católicos deben sostener que la verdadera Iglesia “no hace componendas con los  errores, sino que permanece fiel a los mandatos que ha recibido para llevar la doctrina de Jesucristo a los límites más extremos del mundo y hasta el fin de los tiempos y protegerla en su integridad inviolable” (Papa León XIII, Carta apostólica Annum Ingressi )? ¿Cómo puede una institución que extiende por doquier herejías y otras enseñanzas falsas e impías ser la Iglesia única, santa, católica y apostólica  “en la que la religión católica siempre se conservó sin mancha y se enalteció  la santa doctrina”? (Vaticano I; Denz. 1833 )?

No puede, por supuesto, y ahí radica el dilema del Prof. de Mattei y otros que se adhieren a una eclesiología tan fantasiosa. La falla fundamental en su razonamiento fue expuesta por otro académico, el Sr. John Daly, en 2002:

Decir que hay “una infiltración modernista dentro de la Iglesia” no es precisamente digno de un titular de noticias, porque ha sido el estado de cosas que la ha acosado durante más de un siglo, y fuera de un breve contraataque exitoso del concilio Vaticano durante el reinado. del Papa San Pío X, ha sido una enfermedad maligna que posteriormente gozó de un crecimiento secreto más o menos continuo hasta que emergió un antagonista completamente formado y formidable cuyos dirigentes arrebataron con éxito las riendas del poder de los eclesiásticos católicos en la elección de Juan XXIII y especialmente en el llamado Concilio Vaticano II, alegremente proclamado por el archimodernista “Cardenal” Leo Suenenscomo “la Revolución Francesa de la Iglesia”. (El nombre de Suenens apareció en una lista de 120 funcionarios de alto rango de la Iglesia que supuestamente eran miembros secretos de la masonería, y definitivamente cumplía los requisitos [de ser un perfecto masón]

¿Qué fue la Revolución Francesa sino el derrocamiento jacobino del gobierno católico legítimo bajo el rey Luis XVI, sustituyéndolo  por uno ilegítimo [cuya constitución fue redactada en los lugares frecuentados por las sociedades secretas ateas y, que al igual que los radicales eclesiásticos del Vaticano II estaban dedicados al culto del hombre? El arzobispo Lefebvre citó a Suenens en su carta abierta a los católicos perplejos:

“Uno no puede entender las revoluciones francesa o rusa a menos que se sepa algo de los antiguos regímenes a los que pusieron fin … Pasa lo mismo en los asuntos de la iglesia: una reacción sólo puede entenderse  en relación con el estado de cosas que la precedió” . Lo que precedió, y lo que se abolió, fue esa maravillosa construcción jerárquica que tenía por culmen al Papa, el Vicario de Cristo en la tierra. Continúa : “El Concilio Vaticano II marcó el final de una época; y si nos distanciamos un poco, vemos que marca el final de una serie de épocas, el final de una era ”.

(Abp. Marcel Lefebvre, Carta abierta a los católicos confundidos , Capítulo 14)

Suenens traza claramente el paralelo del Vaticano II con dos violentos trastornos impíos, las revoluciones francesa y rusa, y afirma que el “antiguo régimen”, es decir, la Iglesia , debía ser abolida: lo que Dios estableció, ahora el hombre lo hace pedazos   ¡pedazos! Esta es la razón por la que hemos visto salir del concilio algunos extraños términos, como el “nuevo Pentecostés” de Juan XXIII y, por supuesto, la “nueva primavera” de Juan Pablo II (pero una mirada a sus  frutos venenosos resulta revelador), tanto como comprobar que son un vestigio de la venerable Iglesia de épocas pasadas).

Quizás una ilustración en una escala más pequeña ayude a mostrar la limitación de la posición de De Mattei. Supongamos que un modernista oculto pudo obtener un puesto como profesor de seminario y, al mezclar inicialmente su veneno teológico bajo la apariencia de una sana doctrina, no sólo pudo mantener su puesto, sino que adquirió cierta prominencia, utilizó su mandato para traer a otros de su clase a su escuela. Entonces, puede decirse verdaderamente que había comenzado la infiltración de ese seminario.

Aún así, la gran mayoría de los profesores eran verdaderos católicos, y expresaron preocupación ante el rector, que también tenía un pensamiento ortodoxo, pero era laxo en el gobierno de la escuela. Esta laxitud pronto permitió que el elemento subversivo comenzara a cambiar el rumbo, y pronto los profesores modernistas habían superado significativamente el número de los otros. El seminario seguía siendo católico, pero de manera debilitada. Finalmente, un nuevo rector se hizo cargo, un rector modernista , y comenzó a eliminar sistemáticamente a los verdaderos profesores católicos y reemplazarlos con apóstatas, hasta que se completó el control mortal. Toda la facultad nueva tuvo que aceptar las enseñanzas principales del orden nuevo : algunas lo hicieron de todo corazón, otras a regañadientes, pero todas se alinearon: al llegar a ese punto, el seminario y su rector eran solo católicos de nombre .

Esta es precisamente la situación que vemos con la secta del Vaticano II. Los días de la infiltración inicial ya han pasado, y las estructuras externas de la Iglesia están ahora en manos de modernistas. Su falso concilio es la línea de demarcación, la prueba de fuego que todos los miembros de su jerarquía deben aceptar, el grano de incienso ofrecido al “culto al hombre” de Pablo VI . Ahí vemos a los “modernistas de la vieja escuela” como Burke, Ratzinger, Sarah y Schneider, quienes o bien fingen la Tradición revistiéndose con el atuendo de “continuidad” o han aceptado crédulamente  la falsa hermenéutica, mientras que Bergoglio y sus compinches destruyen descaradamente todo lo católico, ¡sin ofrecer disculpas! Lo que los bolcheviques eran hace un siglo, o lo que los radicales izquierdistas son hoy en el mundo secular, los francisquistas son lo mismo, tratándose de las cosas de Dios, son una brutal raza de terroristas espirituales .

Volviendo a las locuras del profesor de Mattei, nos enfrentamos a esto:

Limitarnos, entonces, a una denuncia genérica de los errores que se oponen a la Tradición de la Iglesia, no es suficiente. Nos corresponde a nosotros llamar por su nombre a todos los que dentro de la Iglesia profesan una teología, una filosofía, una moral, una espiritualidad, contraria al Magisterio perenne de la Iglesia, sin importar el cargo que ocupen. Y hoy debemos admitir que el mismo Papa promueve y propaga errores y herejías en la Iglesia. Necesitamos tener el coraje de decir esto, con toda la veneración que se debe al Papa. La verdadera devoción al Papado se expresa en una actitud de resistencia filial, como sucedió en los discursos de Corrección Filial al Papa Francisco en 2017.

Pero no hay solo un tempus loquendi (un momento para hablar). También hay un modus loquendi (forma de hablar), la  forma en que el católico se expresa. La corrección debe ser filial, como lo fue, respetuosa, devota, sin sarcasmo, sin irreverencia, sin desprecio, sin celo amargo, sin gratificación, sin orgullo, con un profundo espíritu de caridad, que es el amor por Dios y el amor a la Iglesia por Dios.

En la crisis de nuestros días, toda profesión de fe y declaración de fidelidad que no tenga en cuenta la responsabilidad del Papa Francisco carece de fuerza, claridad y sinceridad. Necesitamos tener el coraje de decir: Santo Padre, tú eres el primer responsable de la confusión que existe hoy en la Iglesia; Santo Padre, tú eres el primer responsable de las herejías que circulan en la Iglesia hoy.

Sin embargo, la responsabilidad, finalmente, no puede dejar de involucrar a los cardenales que guardan silencio y que  permanecen mudos, porque no cumplen con su deber como consejeros y colaboradores del Papa.

(Roberto de Mattei, “ Tu es Petrus : Verdadera devoción a la Cátedra de San Pedro” , Rorate Caeli , 10 de abril de 2018; cursiva dada.)

Este es quizás el pasaje más importante de toda su conferencia para apreciar plenamente la insensatez de la resistencia,  de la “resistencia filial”, porque aunque parece superficialmente abordar el tema con precisión, en verdad no es compatible con el Magisterio ni se enfrenta a la realidad. de la crisis.

En primer lugar, sostiene que “el mismo Papa promueve y propaga errores y herejías”, y que lo correcto es decirle a Bergoglio que “usted es el primer responsable de la confusión que existe hoy en la Iglesia; Santo Padre, tú eres el primer responsable de las herejías que están circulando en la Iglesia hoy “.
Si Novus Ordo Watch pudiera obtener una indulgencia de 300 días por cada vez que se hace esta afirmación errónea de R&R (es decir, un Papa puede llevar a toda la Iglesia al error y puede / debe ser “corregido” por sus inferiores), ¡Estaríamos perdonando años de castigo temporal [en el Purgatorio]! De hecho, ya fue refutado anteriormente en este artículo por San Roberto Belarmino  y también recomendamos que las personas echen un vistazo al obispo Donald Sanborn refutando este error común:

Una “corrección” implica dos problemas obvios: (1) que no podemos confiar en la enseñanza del Papa; (2) que debemos confiar en la enseñanza de los correctores.

¿Cuál es el propósito de un Papa si está sujeto a corrección por parte de una autonombrada Junta de Correctores? ¿Quién asiste a la Junta de Correctores? ¿El Espíritu Santo? ¿Dónde se menciona una Junta de Correctores en la Sagrada Escritura o en la Tradición?

Establecer un sistema de “corrección” de “papas” heréticos, hecho por autonombrados  “correctores”, implica que es bastante posible que un papa católico promulgue la herejía a toda la Iglesia, y es bastante normal que los “autonombrados correctores ” ” vayan al rescate.

Significa que la infalibilidad de la Iglesia descansa en una junta de  autonombrados correctores.

En tal caso, ¿para qué necesitamos un papa? ¿Por qué no tener sólo una Junta de Correctores?

(Bp. Donald Sanborn, “Correctio Filialis” , In Veritate , 18 de octubre de 2017)

Sin embargo, la simple aplicación de la razón por encima de Mons. Sanborn y por encima de la autoridad de San Roberto como el Doctor del Papado,  de Mattei y sus espíritus afines tienen una barrera mucho mayor para superar las siguientes enseñanzas magistrales de los auténticos pontífices romanos:

Cuando uno ama al Papa, no se detiene a debatir sobre lo que aconseja o demanda, o a preguntarse hasta qué punto se extiende el riguroso deber de la obediencia y marcar el límite de esta obligación. Cuando uno ama al papa, no alega que no ha hablado lo suficientemente claro, como si se viera obligado a repetir en el oído de cada individuo su voluntad, tan a menudo claramente expresada, no solo de viva voz , sino también por cartas y otros documentos públicos; uno no pone en duda sus órdenes con el pretexto, fácilmente promovido por quien no desea obedecer, de que no emanan directamente de él, sino de Lis que lo rodean; uno no limita el campo en el que puede y debe ejercer su voluntad; uno no se opone a la autoridad del papa con lo que han aprendido  de otras personas, que difieren de la opinión del papa. Además, por grande que sea su conocimiento, les falta santidad, porque no puede haber santidad donde hay desacuerdo con el Papa.

(Papa San Pío X, Discurso a los sacerdotes de la Unión Apostólica (18 de noviembre de 1912); en Acta Apostolicae Sedis  4 [1912] , pág. 695)

Solo a los pastores se les dio todo el poder de enseñar, de juzgar, de dirigir; a los fieles se les impuso el deber de seguir sus enseñanzas, de someterse con docilidad a su juicio y de dejarse gobernar, corregir y guiarse por ellos en el camino de la salvación. Por lo tanto, es una necesidad absoluta que los fieles simples se sometan con la mente y corazón a sus propios pastores, y que estos últimos se sometan con ellos a la Cabeza y al Pastor Supremo.

(Papa León XIII, Carta Apostólica Epistola Tua )

Tampoco debe pensarse que lo que se expone en las Cartas encíclicas no exige por sí mismo el consentimiento, diviendo que al escribir tales Cartas, los Papas no ejercen el poder supremo de su Autoridad de enseñar.  Porque estos temas que se enseñan con la autoridad de enseñanza ordinaria, de la cual también es verdad decir: “El que os oye, a Mí me oye” [Lc 10, 16]; y en general, lo que se expone e inculca en las Cartas Encíclicas ya por otras razones pertenece a la doctrina católica.

(Papa Pío XII, Encíclica Humani Generis , n. 20)

Si el profesor de Mattei está realmente interesado en mostrar devoción filial hacia el hombre que cree erróneamente que es el papa, entonces también debe mostrarla hacia aquellos que indudablemente  fueron sucesores de San Pedro, y a sus solemnes pronunciamientos sobre la inquebrantable fidelidad debida por los católicos al pontífice supremo. En particular, San Pío X fue absolutamente inequívoco sobre el tema de la actitud correcta de los hijos de la Iglesia con respecto al Vicario de Cristo cuando dijo: ” Cuando uno ama al Papa, no se para debatir sobre lo que aconseja”. o exige , ni pregunta hasta dónde se extiende el riguroso deber de obediencia y no marcar el límite de esta obligación. Cuando uno ama al papa, no se opone diciendo que no ha hablado lo suficientemente claro … “y” … no se opone a la autoridad del papa con la de otras personas , sabiendo, sin embargo, que difieren de la opinión del papa. Además, por grande que sea su conocimiento, falta su santidad, porque no puede haber santidad donde hay desacuerdo con el Papa ”(énfasis agregado). En otras palabras, uno nohace como los adeptos de reconocer y resistir que ofrecen sus propias “soluciones” al enigma de Francisco.

Por supuesto, ahora podemos escuchar las críticas a De Mattei directamente de Novus Ordo Watch y otros que son severos en la forma en que hablan del “Papa” Francisco, ya que no está en línea con el modus loquendi  [manera de hablar] que él considera apropiada para los católicos que hablan sobre el “pontífice”, como lo han visto en aquéllos que produjeron la corrección filial de 2017 : “La corrección debe ser filial, como era ella, respetuosa, devota, sin sarcasmo, sin irreverencia, sin desprecio, sin amargura”. “Celo, sin gratificación, sin orgullo, con un profundo espíritu de caridad, que es el amor a Dios y el amor a la Iglesia “.

Aquí arroja una serie de dardos, y algunos sí dan en la diana, pero por accidente. Sí, los críticos de Francisco no deben tener orgullo (todos no deberíamos tenerlo)  y celo amargo (pero si ser celosos de la verdad), sin gratificación (salvo la satisfacción de defender la Fe), sin irreverencia (hacia aquéllos que merecen reverencia, es decir, excluyendo a los pastores falsos), y operando desde un espíritu de caridad, que debemos tener en todo momento.

Pero, ¿por qué debería uno mostrar el menor respeto a un Judas que se hace pasar por un San Pedro (ver 2 Corintios 11:13)? Ser reverente a tal persona es ser irreverente a Cristo y a todo papa legítimo que haya vivido antes. Ser verdaderamente devoto es enfrentarse al traidor y no arrodillarse ante el réprobo, besando su anillo y buscando su inválida  “bendición” . Y no es incorrecto  per se usar el sarcasmo (una forma mordaz de ironía) en tal caso, siempre que se haga con cuidado y prudencia (con respecto a este asunto, vea también “Caridad verdadera vs. falsa” y “¿Debemos sólo atacar un argumento y nunca a una persona? “ ).

Tenga en cuenta que no estamos hablando de un papa doctrinalmente rebelde que supuestamente necesita que se corrija su magisterio (que como se ha demostrado es una imposibilidad teológica) sino de un papa falso que promueve el modernismo, y en tal caso es instructivo volver una vez más a San Pío X, implacable enemigo de ese vil pozo negro, el modernismo,  “la síntesis de todas las herejías”, que, como él dijo, busca “poner el hacha no en las ramas y en los brotes, sino en la raíz misma, es decir, en la fe” y en sus fibras más profundas ”(Encíclica Pascendi , n. 3).

¿Dijo San Pío que deberíamos ser respetuosos con los modernistas como Bergoglio, y quizás incluso venerarlos, como los que reconocen y resisten instan a sus seguidores a hacer? No. Al cardenal Andrew Ferrari, de Milán, le declaró: “Estos miserables desgraciados, a quienes, por orden del apóstol San Juan, debemos rechazar e incluso no saludar, porque el apóstol San Juan dice que no debemos saludar a estos que son herejes” ( fuente ). Aunque el mismo pontífice era conocido por ser manso y amable , ¡era un santo! -, sorprendió a los oyentes con esta respuesta a quienes lo buscaban para que tomara una política conciliatoria hacia los modernistas:

La bondad es para los tontos. Quieren que sean tratados con aceite, jabón y caricias, ¡pero deben ser golpeados con los puños! En un duelo, no cuentas ni mides los golpes, ¡golpeas como puedas! La guerra no se hace con caridad, es una lucha, un duelo. Si nuestro Señor no fuera terrible, tampoco nos habría dado ejemplo de esto. Mirad cómo trató a los filisteos, a los sembradores del error, a los lobos vestidos de oveja, a los traidores en el templo. ¡Los azotó con el látigo!

fuente ; estas citas se obtuvieron de los procedimientos de beatificación / canonización de San Pío X)

Por contra el Profesor de Mattei y otros con la misma mente continúen revistiéndose con la marca “Bergoglio es el Papa” y “La secta Novus Ordo es la Iglesia católica”, ignorando a San Pío X que llama a Francisco y a los líderes de después del Vaticano II  “sembradores del error, lobos vestidos de piel de oveja, traidores en el templo”, están condenados repetidamente a no dar en la diana, incluso si golpean el objetivo de vez en cuando.

De Mattei tiene algún lenguaje comedido. Hay una “infiltración modernista”, pero él nunca llama a Bergoglio un modernista. (Incluso el “gran negociador”, el obispo Bernard Fellay de la SSPX, se puso una vez su capa de capitán para describirlo como un “modernista genuino” : aún siendo papa [ sic ], sí, pero de la rara variedad modernista genuino  – guiño, ¡guiño!)

De manera similar, dice que Francisco “propaga errores y herejías” y es “responsable de … herejías”, pero al igual que Burke y otros en la fraternidad de R&R, no puede realmente llamar al renegado de Argentina lo que es: un hereje , si no es un apóstata absoluto . Llámelo negación plausible, llámelo espacio de maniobra, llámelo cubrir sus apuestas; pero como se llame, el profesor de Mattei no parece tener prisa por unir los cabos. Habla de una “teología bergogliana”, “filosofía bergogliana”, y “si uno desea, de una religión bergogliana (o de una irreligión!)”, Pero sin seguir su propia lógica, se niega a hablar de una “iglesia bergogliana”, porque lo pone en la incómoda posición de admitir que existe una contra-iglesia en oposición a la verdadera Iglesia, y él sabe que Bergoglio no puede ser el jefe de ambas.

Sería una buena idea para los incondicionales de R&R (y también para los sedevacantistas) tomar un curso de actualización sobre los documentos de San Pío X relacionados con los modernistas, ya que en ningún momento de la historia esos malhechores han ganado tanto poder: Pascendi Dominici Gregis (la encíclica que profundiza en las doctrinas de los herejes),  Lamentabili Sane (un programa de sus principales errores), y el  Juramento contra el Modernismo  (que debía ser jurado por clérigos y seminaristas antes de que el “Papa” Pablo VI lo eliminara de manera traicionera en la “nueva primavera”).

Esos tres decretos son conocidos por todos los católicos que conocen el tema del modernismo, pero hay un cuarto con el que los fieles conocen poco, pero que también es de vital importancia: el motu proprio  Praestantia Scripturae , “En esta Biblia contra los modernistas ”Praestantia comienza revisando cómo la Comisión Pontificia sobre la Biblia fue establecida por su predecesor, el Papa León XIII, en 1902 para ser un baluarte de la ortodoxia para defender las Escrituras contra la irrupción de las novedades modernistas, y concluye con un llamado a la vigilancia sobre cómo deben leerse libros sagrados. La eliminación del modernismo debe hacerse en los seminarios y editoriales. Pero es en la sección central donde encontramos los dientes en la política anti-modernista de San Pio que las personas a veces pasan por alto:

Además, para comprobar la audacia diaria cada vez mayor de muchos modernistas que se esfuerzan con todo tipo de sofismas y dispositivos para restar fuerza y ​​eficacia no solo al decreto “Lamentabili sane exitu”  emitido a nuestro pedido por la Santa Inquisición Romana y Universal el 3 de julio del presente año, sino también de nuestras cartas encíclicas “Pascendi dominici gregis” que se publicó el 8 de septiembre de este mismo año, lo hacemos por nuestra autoridad apostólica, repetimos y confirmamos ambos decretos de La Sagrada Congregación Suprema y esas cartas encíclicas nuestras, añadiendo el castigo de la excomunión contra sus contradictores, y por esto declaramos y decretamos que cualquier persona, Dios no lo quiera,  que sea tan temeraria como para defender cualquiera de las proposiciones, opiniones o enseñanzas. condenadas  en estos documentos, cae, ipso facto, bajo la censura contenida en el capítulo “Docentes” de la constitución “Apostolicae Sedis”, que es la primera entre las Comunicaciones latae sententiae, simplemente reservadas al Romano Pontífice. Esta excomunión debe entenderse como “salvis poenis”, en la cual pueden incurrir aquellos que hayan violado de algún modo dichos documentos, como propagadores y defensores de herejías, cuando sus proposiciones, opiniones y enseñanzas sean heréticas, como ha ocurrido más de una vez con los adversarios de ambos documentos, especialmente cuando defienden los errores de los modernistas, es decir, la síntesis de todas las herejías.

(San Pío X, Carta Apostólica Praestantia Scripturae ; subrayado agregado.)

Teniendo en cuenta las partes subrayadas, se puede argumentar que la condena de San Pío X al modernismo involucró la infalibilidad papal, al menos hasta cierto punto, y ciertamente arrojó las penas más serias de la autoridad más alta de la Iglesia contra estos “partidarios del error” ( Pascendi, n. 2). Los modernistas, no menos que otros apóstatas, están automáticamente fuera de la Iglesia. Cuando el Profesor de Mattei expone su punto de vista sobre la infiltración modernista, se olvida, o simplemente se niega a reconocer, el punto vital de que los responsables de tal infiltración en curso, como Bergoglio, están fuera de la Iglesia , su análisis ignora la realidad de la crisis actual totalmente. Es hora de que finalmente se quite la venda para que pueda también señalar   a los demás la dirección correcta.

Fuera de todo limite: “La Oposición leal” y su tambaleante lealtad a la tradición

Cambiando las metáforas, lo que hemos visto con estos oradores es algo parecido a un hombre sentado en la rama de un árbol con una sierra en la mano. Él comienza a serrar en la rama en la que está, ajeno al hecho de que está en la parte exterior de la rama  y el corte  hará que se caiga al suelo.

Para ellos, el límite está en la resistencia filial, que les parece un enfoque seguro, ya que quieren mantener su lealtad al “Santo Padre”, al tiempo que no ven que el tronco del árbol es la Fe Católica – Tradición Sagrada – cuando la sierra es la marca divisoria entre la doctrina sana y la errónea. Su resistencia hacia quien “rompe las tradiciones católicas cuando quiere” está bien fundada, pero lo que los coloca en el lado equivocado de la sierra es una doble falacia: (a) una devoción mal entendida mal dirigida hacia un falso papa; y (b) la idea de que pueden leer la cartilla a un pontífice romano válido, como creen que es Francisco. Tal acercamiento no lleva al hombre del árbol  a ninguna parte que no sea al hospital, si tiene suerte; la “oposición leal”  no le lleva ninguna parte como no sea al callejón sin salida de un problema no resuelto que no va a desaparecer por sí solo.

Si alguno de los apologistas de R&R cree honestamente que a Bergoglio le preocupan las dubias , las correcciones filiales o las peticiones para que renuncie o para que detenga éste o aquél sínodo, su nivel de autoengaño es colosal. Él tiene la misión de destruir, y hasta que se den cuenta del Paradigma Modernista, continuarán con sus inútiles intentos de los que se ríe apenas disimuladamente el apóstata argentino.

Papa San Pío X, ¡ruega por ellos!

[Hay subrayados y énfasis propios para facilitar la lectura en este blog]

De Novus Ordo Watch: Gentileza de Amor a la Verdad

LOS ORÍGENES DE LA LITERATURA CRISTIANA E INTRODUCCIÓN

INTRODUCCIÓN

1.
Concepto e Historia de la Patrología.
2.
Los “Padres de la Iglesia.”
3.
Obras Generales Sobre la Doctrina de los Padres.
4.
Ediciones de la Literatura Cristiana Antigua.
5.
La Lengua de los Padres.

CAPITULO1. Los Orígenes de las Formulas Litúrgicas y de la Legislación Canónica.
1.
1. El Símbolo de los Apóstoles.
2.
2. La fórmula trinitaria
3.
3. La fórmula combinada.
4.
4. La “Didaché”.

CAPÍTULO 2. Los Padres Apostólicos.
1.
Clemente de Roma.
2.
Ignacio de Antioquia.
3.
Policarpo de Esmirna.
4.
Papías de Hierápolis.
5.
El Pastor de Hermas.

CAPÍTULO 3. Los Comienzos de la Novela Cristiana, de las Historias Populares y de las Leyendas.
1.
La literatura apócrifa del Nuevo Testamento.
2.
I. Primeras Interpolaciones Cristianas en los Apócrifos del Antiguo Testamento.
3.
II. Evangelios Apócrifos.
4.
III. Hechos Apócrifos de los Apóstoles.
5.
IV. Apocalipsis Apócrifos.
6.
V. Cartas Apócrifas de los Apóstoles.

CAPÍTULO 4. Los Primeros Pasos de la Poesía Cristiana.
1.
1. Los Primeros Himnos Cristianos.
2.
2. Las “Odas de Salomón.”
3.
3. Los Oráculos Sibilinos Cristianos.
4.
4. Los “Oráculos de Sexto.”
5.
5. Epitafios Cristianos en Verso.

CAPÍTULO 5. Las Primeras Actas de los Mártires.

CAPÍTULO 6. Los Apologistas Griegos.
1.
Cuadrato.
2.
Arístides de Atenas.
3.
Ariston de Pella.
4.
San Justino.
5.
Taciano, El Sirio.
6.
Milciades.
7.
Apolinar de Hierápolis.
8.
Atenágoras de Atenas.
9.
Teófilo de Antioquia.
10.
Meliton de Sardes.
11.
Contenido Cristológico de la Homilía.
12.
La “Epístola a Diogneto.”
13.
Hermias.

CAPÍTULO 7. Los Comienzos de la Literatura Herética.
1.
Gnosticismo Precristiano.
2.
Gnosticismo Cristiano.
3.
Epífanes.
4.
Marcion.
5.
Otros Escritos Gnósticos.

CAPÍTULO 8. Los Principios de la Literatura Antiherética.
1.
1. Escritos Episcopales del Siglo Secundo Contra las Herejías y los Cismas.
2.
2. La Refutación Teológica de las Herejías.

II. LITERATURA ANTINICENA DESPUÉS DE IRENEO
CAPÍTULO 1. Los Alejandrinos.
1.
La Escuela de Alejandría.
2.
Panteno.
3.
Clemente de Alejandría.
4.
Orígenes.
5.
Ammonio.
6.
Dionisio de Alejandría.
7.
Teognosto.
8.
Pierio.
9.
Pedro de Alejandría.
10.
Hesiquio.
11.
La Constitución Eclesiástica de los Apóstoles.

CAPÍTULO 2. Los Escritores del Asia Menor, de Siria y Palestina.
1.
La Escuela de Cesárea.
2.
La Escuela de Antioquía.
3.
Gregorio el Taumaturgo.
4.
Escritos Apócrifos.
5.
Firmiliano de Cesarea.
6.
Metodio.
7.
Sexto Julio Africano.
8.
Pablo de Samosata y Malquión de Antioquía.
9.
Luciano de Antioquia.
10.
Doroteo de Antioquía.
11.
Pánfilo de Cesárea.
12.
El Dialogo Sobre la Fe Ortodoxa.
13.
La “Didascalia Apostolorum Syriaca.”

CAPÍTULO 3. Los Romanos.
1.
Los Comienzos de la Literatura Cristiana Latina en Roma.
2.
Hipólito de Roma.
3.
El Fragmento Muratoriano.
4.
Los Antiguos Prólogos a los Evangelios y a las Epístolas de San Pablo.
5.
Novaciano.
6.
Cartas Papales del Siglo III.

CAPÍTULO 4. Los Africanos.
1.
Las Primeras Versiones Latinas de la Biblia.
2.
Tertuliano.
3.
Cipriano.
4.
Arnobio de Sicca.
5.
Lactancio.

CAPÍTULO 5. Los Demás Escritores del Occidente.
1.
Victorino de Pettau.
2.
Reticio de Autun.
Introducción.
Concepto e Historia de la Patrología.
La Patrología es aquella parte de la historia de la literatura cristiana que trata de los autores de la antigüedad que escribieron sobre temas de teología. Comprende tanto a los escritores ortodoxos como a los heterodoxos, aun cuando se ocupe preferentemente de los que representan la doctrina eclesiástica tradicional, es decir, de los llamados Padres y Doctores de la Iglesia. Se puede, pues, definir la Patrología como la ciencia de los Padres de la Iglesia. Incluya en Occidente, a todos los autores cristianos hasta Gregorio Magno (+ 604) o Isidoro de Sevilla (+ 636), mientras que en Oriente llega generalmente hasta Juan Damasceno (+ 749).
El nombre de esta rama de la teología es reciente. El primero en usarlo fue Juan Gerhard, quien lo empleó como título de su obra Patrología, publicada en 1653. Mas la idea de una historia de la literatura cristiana en la que predomine el punto de vista teológico es antigua. Empieza con Eusebio. En la introducción a su Historia eclesiástica (I 1,1) dice que se propone tratar “de aquellos que, bien sea de palabra o por escrito, fueron los mensajeros de la palabra de Dios en cada generación: y asimismo de los nombres, número y época de aquellos que, llevados por el deseo de innovación hasta los límites extremos del error, se proclamaron a sí mismos introductores de la falsa gnosis.” Efectivamente, enumera a todos los escritores y escritos que él conoce y cita amplios pasajes de la mayor parte de ellos. Por esta razón. Eusebio es una de las fuentes más importantes de la Patrología, tanto más cuanto que se han perdido gran número de los escritos que él cita. Para ciertos autores eclesiásticos constituye la única fuente de información.
Fue San Jerónimo el primero en componer una historia de la literatura teológica cristiana. En su De viris illustribus se propone responder a aquellos paganos que se mofaban de la mediocridad intelectual de los cristianos. Por eso enumera a los escritores que honraron la literatura cristiana. Redactada en Belén, el año 392. a ruegos del prefecto del Pretorio. Dexter. la obra de San Jerónimo está concebida al estilo del De viris illustribus de Suetonio. Abarca desde Simón Pedro hasta el mismo Jerónimo, de quien se mencionan los escritos anteriores al 392. En la lista de nombres, que comprende 135 secciones, figuran también los autores indios Filón y Josefo, el filósofo pagano Séneca y los autores herejes de la antigüedad Cristiana. En las primeras 78 secciones, Jerónimo depende de la Historia eclesiástica y de la Crónica de Eusebio de Cesárea, hasta el punto de reproducir incluso los mismos errores de Eusebio. Cada sección contiene un bosquejo biográfico y un juicio sobre los escritos del autor. Tan pronto como se publicó la obra, San Agustín (Ep. 40) expresó a Jerónimo su disgusto por no haberse cuidado de separar los escritores herejes de los ortodoxos. Constituyen un defecto más grave las frecuentes inexactitudes que aparecen en el De viris illustribus y el que la obra entera deje entrever las simpatías y antipatías del autor, como sucede, por ejemplo, en las secciones que tratan de San Juan Crisóstomo y San Ambrosio. A pesar de ello, la obra sigue siendo la fuente básica para la historia de la literatura cristiana antigua. Para un cierto número de escritores eclesiásticos, como Minucio Félix, Tertuliano, Cipriano, Novaciano y otros, es la única fuente de información que poseemos. Durante más de mil años, todos los historiadores de la literatura cristiana han considerado el De viris illustribus como la base de sus estudios y no han intentado otra cosa que continuar la obra de Jerónimo.
Hacia el año 480, Genadio, sacerdote de Marsella, publicó bajo el mismo título una continuación y adición muy útil, que en la mayor parte de los manuscritos aparece como una segunda parte de la obra de San Jerónimo. Genadio era semipelagiano, hecho que influye a veces en su manera de exponer las cosas. Por lo demás, se muestra como hombre de extensos conocimientos y de juicio exacto. Su obra continúa siendo de capital importancia para la historia de la literatura cristiana antigua.
Tiene menos valor la obra De viris illustribus de San Isidoro de Sevilla, escrita entre el 615 y el 618. Viene a representar otra continuación de la obra de Jerónimo. Dedica una atención especial a los teólogos españoles.
El discípulo de Isidoro, Ildefonso de Toledo (+ 667), escribió una continuación parecida; pero su De viris illustribus es de carácter local y nacional. Quiere, ante todo, glorificar a sus predecesores en la sede de Toledo. Solamente ocho de las catorce biografías se refieren a escritores, y el único autor no español que menciona es Gregorio Magno.
Hasta fines del siglo XI no hubo ningún nuevo intento de poner al día la historia de la literatura cristiana. El cronista benedictino Sigeberto de Gembloux, en Bélgica (+ 1112), acometió esta tarea en su De viris illustribus (ML 160,547-588). Primeramente trata de los escritores eclesiásticos antiguos, siguiendo muy de cerca a Jerónimo y a Genadio; compila luego escasos datos biográficos sobre teólogos latinos de la alta Edad Media; no menciona a ningún autor bizantino. Honorio de Autún, hacia el año 1122, compuso un compendio algo parecido, De Iuminaribus Ecclesiae (ML 172,197-234). Unos años más tarde, hacia el 1135, el Anónimo de Melk publicó su De scriptoribus ecclesiasticis (ML 213,961-984). Su lugar de origen parece ser Pruefening, cerca de Ratisbona, y no Melk, en la baja Austria, donde se descubrió el primer manuscrito de esta obra. El De scriptoribus ecclesiasticis del abad Juan Tritemio es una fuente de información mucho mejor. Esta obra, compuesta hacia el año 1494, proporciona detalles biográficos y bibliográficos sobre 963 escritores, algunos de los cuales no son teólogos. Tritemio mismo toma de Jerónimo y de Genadio todo lo que trae de los Padres.
En Oriente, el De viris illustribus de Jerónimo fue conocido muy pronto gracias a una traducción griega atribuida comúnmente a Sofronio, quien, según San Jerónimo (De vir. ill. 134), tradujo al griego varios de sus escritos. Esta versión, sin embargo, parece de fecha posterior. Ha servido de fuente a una revisión anónima del Onomatologos de Hesiquio de Mileto (por el año 550), utilizado, a su vez, por Focio y Suidas.
Antes de ser nombrado patriarca de Constantinopla, Focio compuso el Myriobiblon o Biblioteca, magnífica fuente de datos en la que se nos da cuenta de casi 280 obras paganas y cristianas. Su hermano Tarasio le había pedido un resumen de cada una de las obras que se leyeron o discutieron, durante su ausencia, en el círculo cultural o academia privada que se reunía habitualmente en casa de Focio. Redactada antes del 858, la Biblioteca no trata de clasificar las diferentes obras según su contenido o forma literaria. El autor se contenta con escribir sus resúmenes en el orden en que la memoria le va presentando las obras; hace notar en la introducción que, “si ello pareciera preferible, no sería en manera alguna difícil describir bajo rúbricas distintas los acontecimientos históricos y los (escritos) que tratan sobre temas diferentes. Pero, como esto no aportaría ninguna ventaja, no hemos intentado establecer discriminaciones y nos hemos limitado a escribir estos (resúmenes) conforme acudían a nuestra memoria.” De acuerdo con el número de volúmenes leídos por Focio, su Biblioteca se componía de 280 secciones, a las que alude generalmente con el nombre de Códices. Algunos capítulos contienen descripciones más o menos detalladas, otros añaden largos fragmentos seguidos de una critica literaria y precedidos, a veces, de indicaciones biográficas. El autor da pruebas de poseer una vasta erudición y de ser un espíritu muy agudo e independiente en sus juicios. Sin este trabajo, muchos escritos clásicos y patrísticos se habrían perdido completamente o serian totalmente desconocidos.
Es, además, indispensable al historiador de la literatura cristiana primitiva el Diccionario que compuso hacia el año 1000 el lexicógrafo Suidas de Constantinopla. Monumento de erudición bizantina, nos brinda importantes datos sobre gran número de obras patrísticas.
Existe, finalmente, en la literatura siríaca un Catálogo de autores eclesiásticos, compuesto hacia el año 1317-18 por Ebedjesu bar Berika, el último gran escritor nestoriano. Contiene noticias muy interesantes sobre literatura cristiana primitiva.
El humanismo dio origen a un período de renovado interés por la literatura cristiana antigua. Contribuyeron en gran manera a acrecentar este interés, por una parte, la tesis de los reformadores de que la Iglesia católica había perdido la tradición de los Padres, y, por otra, las decisiones a que se llegó en el concilio de Trento. El De scriptoribus ecclesiasticis liber unus, del cardenal Belarmino, que va hasta el año 1500, aparece en 1613. Siguieron dos obras francesas: las Mémoires pour servir à I’histoire ecclésiastique des six premiers siècles, de L. S. Le Nain de Tillemont (París 1693-1712), en 16 volúmenes, y la Histoire générale des auteurs sacrés et ecclésiastiques, de R. Ceillier (París 1729-1763). Esta última obra comprende 23 volúmenes y estudia todos los escritores eclesiásticos anteriores a 1250.
La inauguración de una nueva era para los estudios de la literatura cristiana antigua quedó patente, sobre todo, con las primeras grandes colecciones y excelentes ediciones particulares de textos patrísticos, que aparecieron en los siglos XVI y XVII. El siglo XIX ensanchó el campo de esta literatura con un gran número de nuevos descubrimientos, sobre todo de textos orientales. Se dejó sentir la necesidad de nuevas ediciones críticas. Las Academias de Viena y de Berlín emprendieron ediciones críticas de una serie latina y otra griega de los Santos Padres, mientras que los eruditos de lengua francesa empezaron la edición crítica de dos grandes colecciones de literatura cristiana oriental. Además, la mayor parte de las Universidades fundaron cátedras de Patrología.
El siglo XX se ha preocupado, sobre todo, de la historia de las ideas, conceptos y términos de la literatura cristiana, y de la doctrina de los autores eclesiásticos. Además de eso, los papiros de Egipto recientemente descubiertos han permitido a los sabios recuperar muchas obras patrísticas que se habían perdido.
Los “Padres de la Iglesia.”
Estamos acostumbrados a llamar “Padres de la Iglesia” a los autores de los primeros escritos cristianos. Antiguamente la palabra “padre” se aplicaba al maestro, porque, en el uso de la Biblia y del cristianismo primitivo, los maestros son considerados como los padres de sus alumnos. Así, por ejemplo, San Pablo, en su Primera carta a los Corintios (4:15), dice: “Porque, aunque tengáis diez mil preceptores en Cristo, sin embargo no tenéis muchos padres, puesto que quien os engendró en Jesucristo, por el Evangelio, fui yo.” Ireneo declara (Adv. haer. 4,41,2): “Cuando una persona recibe la enseñanza de labios de otro, es llamado hijo de aquel que le instruye, y éste, a su vez, es llamado padre suyo.” Clemente de Alejandría observa (Strom. 1,1,2-2,1): “Las palabras son las hijas del alma. Por eso llamamos padres a los que nos han instruido…, y todo el que es instruido es, en cuanto a su dependencia, hijo de su maestro.”
En la antigüedad cristiana, el oficio de enseñar incumbía al obispo. Así, pues, el título de padre le fue aplicado primeramente a él. Las controversias doctrinales del siglo IV motivaron ulteriores desarrollos. El uso de la palabra “padre” alcanzó una mayor extensión; se hizo extensivo a escritores eclesiásticos, siempre que fueran reconocidos como representantes de la tradición de la Iglesia. San Agustín, por ejemplo, enumera a Jerónimo entre los testigos de la doctrina tradicional del pecado original, aunque no fuera obispo (Contr. Jul. 1,7,34).
Vicente de Leríns, en su Conmonitorio de 434, llama “Padres,” indistintamente, a todos los escritores eclesiásticos, sea cual fuere su grado jerárquico:
En el caso de que surgiera alguna nueva cuestión sobre la cual no se haya dado aún tal decisión, habría que recurrir a las opiniones de los santos Padres, al menos de aquellos que, en sus épocas y lugares, permanecieron en la unidad de comunión y de fe y fueron tenidos por maestros reconocidos. Y todo lo que ellos hubieren defendido, en unidad de pensamientos y de sentimientos, tendría que ser considerado como la doctrina verdadera y católica de la Iglesia, sin ninguna duda o escrúpulo (c.29,1). La posteridad no debería creer nada más que lo que la venerable antigüedad de los Padres ha profesado unánimemente en Cristo (c.33,2).
Este principio de Vicente de Leríns demuestra la importancia que se daba ya a la “prueba de los Padres.”
La primera lista de escritores eclesiásticos aprobados o rechazados como Padres de la Iglesia se encuentra en el Decretum Gelasianum de recipiendis et non recipiendis libris, del siglo VI. Después de mencionar a algunos de los más importantes Padres, prosigue el texto:
Item opuscula atque tractatus omnium patrum orthodoxorum, qui in nullo a sanctae ronanae ecclesiae consortio deviarunt, nec ab eius fide vel praedicatione seiuncti sunt, sed ipsius communicationis per gratiam Dei usque in ultimum diem vitae suae fuere participes, legendos decernit (Romana ecclesia) (c.4,3).
Hoy día hemos de considerar como “Padres de la Iglesia” solamente a los que reúnen estas cuatro condiciones necesarias: ortodoxia de doctrina, santidad de vida, aprobación eclesiástica y antigüedad. Todos los demás escritores son conocidos con el nombre de ecclesiae scriptores o scriptores ecclesiastici, expresión acuñada por San Jerónimo (De vir. ill., pról.; Ep. 112,3). El título de “Doctor de la Iglesia” no es idéntico al de “Padre de la Iglesia”: a algunos de los doctores de la Iglesia les falta la nota de antigüedad, pero, en cambio, tienen, además de las tres notas características de doctrina orthodoxa, sanctitas vitae y approbatio ecclesiae, los dos requisitos de eminens eruditio y expressa Ecclesiae declaratio. En el Occidente, Bonifacio VIII declaró (1298) que deseaba que Ambrosio, Jerónimo, Agustín y Gregorio Magno fueran considerados como egregii doctores ecclesiae. Estos cuatro Padres han sido llamados también “los grandes Padres de la Iglesia.” La Iglesia griega venera solamente a tres “grandes maestros ecuménicos”: Basilio el Grande, Gregorio de Nacianzo y Crisóstomo, mientras que la Iglesia romana añade a estos tres San Atanasio, contando de esta manera cuatro grandes Padres de Oriente y cuatro de Occidente.
Aunque los Padres de la Iglesia ocupan un puesto importante en la historia de la literatura griega y latina, su autoridad en la Iglesia católica se basa en motivos totalmente distintos. Lo que da tan gran importancia a los escritos y opiniones de los Padres es la doctrina de la Iglesia que considera la Tradición como fuente de fe. La Iglesia considera infalible el unanimis consensus Patrum cuando versa sobre la interpretación de la Escritura (Vatic. sess.3 c.2). El cardenal Newman pone bien de relieve la importancia de este consensus y su diferencia con las opiniones privadas de los Padres, cuando dice:
“Sigo a los Padres de la antigüedad, pero no porque crea que en este punto concreto les asiste la autoridad que tienen cuando se trata de doctrinas o preceptos. Cuando hablan de doctrinas, hablan de ellas como de doctrinas universalmente admitidas. Dan testimonio de que tales doctrinas son aceptadas, no sólo aquí o allí, sino en todas partes. Nosotros aceptamos las doctrinas que ellos enseñan de esta manera, no sólo porque ellos las enseñan, sino porque dan testimonio de que en su tiempo las profesaban todos los cristianos, y en todas partes. Los tomamos como informadores honrados, mas no como una autoridad suficiente en sí mismos, aun cuando también tengan ellos cierta autoridad. Si, por ejemplo, afirmaran estas mismas doctrinas, pero dijeran: “éstas son nuestras opiniones; las hemos sacado de las Escrituras y son verdaderas,” podríamos dudar en aceptarlas de sus manos. Podríamos afirmar perfectamente que tenemos tanto derecho como ellos para deducirlas de la Escritura; que las deducciones de la Escritura son meras opiniones; que, si nuestras deducciones coincidieran con las suyas, sería debido a una afortunada coincidencia; pero que, en caso contrario, no podemos evitarlo: hemos de seguir nuestras propias luces. Indudablemente, nadie tiene derecho a imponer a otro sus propias opiniones en materia de fe. Es cierto que el ignorante tiene un claro deber de someterse a los que están mejor informados, y que es justo que el joven se pliegue por un tiempo a las enseñanzas de los que son más viejos que él; pero, fuera de eso, la opinión de un hombre no os mejor que la de otro. Pero no es éste el caso en lo que respecta a los Padres de la antigüedad. Ellos no hablan de sus opiniones personales. No dicen: “Esto es verdad, porque nosotros lo vemos en la Escritura” — sobre esto podría haber discrepancias de opinión —, sino: “Esto es verdad, porque de hecho es afirmado y fue siempre afirmado por todas las Iglesias, desde el tiempo de los Apóstoles hasta nuestros días, sin interrupción.” Se trata aquí de una simple cuestión de testimonio, es decir, de saber si ellos dispusieron de los medios necesarios para conocer que tal doctrina había sido profesada y seguía siendo profesada de esta manera; porque si era la creencia unánime de tantas y tan independientes Iglesias a la vez, y eso porque la consideraban transmitida por los Apóstoles, indudablemente no podía menos de ser verdadera y apostólica” (Discussions and Arguments II 1).
Obras Generales Sobre la Doctrina de los Padres.
Las enseñanzas de los Padres contribuyeron enormemente al desarrollo de la doctrina de la Iglesia. Muchos de ellos desempeñaron un papel de primer orden en las controversias que precedieron a la definición de los dogmas. La historia de la literatura cristiana de la antigüedad está, pues, íntimamente relacionada con la historia de los dogmas.
Ediciones de la Literatura Cristiana Antigua.
I. Las primeras ediciones impresas de la literatura cristiana antigua no pueden ser consideradas como ediciones críticas, pues no existían normas científicas para la selección de los manuscritos. Sin embargo, muchas de estas primeras ediciones son hoy muy valiosas, porque se ha perdido el manuscrito en que se basaba su texto.
II. De todas las ediciones impresas antiguas de la literatura cristiana primitiva que aparecieron a partir del siglo XVI, sólo una colección conserva aún su valor critico: la publicada por los benedictinos franceses de San Mauro en los siglos XVII y XVIII. La Congregación fue fundada en París en 1618. Atrajo a sus filas a eruditos como Lucas d’Achéry, Mabillon, Thierry, Ruinart, Maran, Montfaucon y Martène. Algunas de sus ediciones patrísticas no han sido superadas aún. Se editan los textos griegos juntamente con su traducción latina y se añaden excelentes índices a cada volumen.
III. La colección más completa de textos patrísticos es la Patrologiae cursus completus, editada por el sacerdote J. P. Migne (+ 1875). Reimprime todos los textos que habían sido publicados hasta entonces, a fin de ponerlos a disposición de los teólogos y hacerlos accesibles al mayor número posible de estudiosos. Desgraciadamente, la edición de Migne tiene muchos errores tipográficos. Por eso mismo, es mejor siempre usar las ediciones más antiguas que reproduce Migne, si es que no han aparecido aún ediciones críticas modernas. Ello no obstante, la Patrología de Migne sigue siendo, para muchos escritos patrísticos, el único texto disponible.
IV. A las Academias de Berlín y Viena les cabe el honor de haber empezado dos series de obras patrísticas que se esfuerzan en conjugar la exactitud filológica con la integridad del texto. Ambas series, la griega y la latina, están en curso de publicación.
V. Una nueva edición, completa y crítica, de los Padres de la Iglesia ha sido iniciada por los monjes benedictinos de la abadía de San Pedro de Steenbrugge, en Bélgica, en colaboración con la casa Brepols de Turnhout y París: el Corpus Christianorum. Esta nueva colección comprenderá, además de los escritos patrísticos propiamente dichos, los textos conciliares, hagiográficos y litúrgicos; las inscripciones funerarias, bulas, etc.; en una palabra, todo lo que resta de los monumentos escritos de los ocho primeros siglos del cristianismo. Los textos de este “nuevo Migne” se publicarán según las mejores ediciones existentes. Están en proyecto tres series: latina, griega y oriental, si bien, de momento, todo el esfuerzo editorial está concentrado en la serie latina. Dom E. Dekkers, con la colaboración de Aem. Gaar, de la Comisión del C. S. E. L., publicó, a modo de introducción, en Clavis patrum latinorum (SE III 1951), una visión de conjunto de todo el plan. Esta obra constituye la clave de toda la serie: enumera, según el orden de publicación en el Corpus Christianorum, todos los textos latinos desde los orígenes del cristianismo en Occidente hasta el Renacimiento carolingio. Los textos se imprimirán según la edición indicada en la Clavis, pero corregidos y revisados con la ayuda de manuscritos y trabajos críticos que en ella se mencionan. Cuando no exista un texto satisfactorio, el Corpus Christianorum presentará una edición completamente nueva. La serie latina constará de 2.348 obras o fragmentos, comprendidos en 175 volúmenes de formato octavo-real de unas 600 a 800 páginas cada uno. La primera parte del primer volumen se publicó en 1953. Hasta la fecha van publicados 17 tomos.
La Lengua de los Padres.
Desde el punto de vista lingüístico, el cristianismo fue un movimiento griego hasta finales del siglo II. Durante los primeros siglos del Imperio, el griego se había extendido por todo el Mediterráneo. La civilización y la literatura helenísticas habían conquistado de tal manera el mundo romano, que apenas había una ciudad en Occidente en la que no se hablara corrientemente el griego. Incluso en Roma, en el África del Norte y en las Galias, el uso del griego prevaleció hasta el siglo III. Por tal razón, el griego debe considerarse como la lengua original de la literatura patrística. Fue suplantada parcialmente en Oriente por el siríaco, el copto y el armenio, y completamente por el latín en Occidente.
Ni los autores del Nuevo Testamento ni los Padres griegos escriben en griego clásico, sino que lo hacen en la Koiné, que podría muy bien definirse como una mezcla del ático literario y del lenguaje popular, que llegó a ser la lengua de todo el mundo helénico desde el siglo III antes de Jesucristo hasta el fin de la antigüedad cristiana, es decir, hasta principios del siglo VI después de Jesucristo.
La literatura cristiana latina empezó por traducciones de la Biblia, que debieron de aparecer durante el siglo II. Hasta hace unos años era opinión común que la cuna del latín eclesiástico fue el África del Norte; que las Actas de los mártires de Scillium (ca.180) representaban el más antiguo documento cristiano en latín, y que fue especialmente Tertuliano quien creó la terminología eclesiástica del Occidente. Actualmente, en cambio, se afirma con más probabilidad que en esta cuestión la influencia de Roma no ha sido valorada suficientemente. Más de cuarenta años antes de que Tertuliano escribiera sus obras y treinta años antes de que se redactaran las Actas de los mártires de Scillium, había empezado en la comunidad cristiana de Roma el proceso de transición del griego al latín, como lo prueba el Pastor de Hermas. Además, la Epístola de Clemente Romano a los Corintios fue traducida al latín en Roma durante la primera mitad del siglo II. El texto de esta versión, publicada por G. Morin en 1894, deja entrever que el traductor utilizó una versión latina del Antiguo Testamento ya existente. Parece, por tanto, que el latín eclesiástico tuvo sus principios en Roma, y no en el norte de África.

PREFACIO

PREFACIO

La obra del profesor J. Quasten se distingue por la claridad y precisión con que resume el estado actual de los estudios patrísticos, dando una información segura y completa sobre todas las cuestiones relacionadas con los escritores eclesiásticos de la antigüedad y de sus obras. Expone además, ampliamente los puntos del pensamiento teológico de los principales autores, por él desfila un crecido número de eminentes escritores de la iglesia antigua, que contribuyeron como pocos al desarrollo de la ciencia eclesiástica.

Uno de los méritos principales de la obra es el cuidado puesto en recoger toda la produción literaria relativa a los Padres de la iglesia, ediciones, traducciones y estudios. Constituye por consiguiente, un repertorio bibliográfico que no tiene par en su género.

Iremos subiendo toda la Patrología, que el lector interesado podrá consultar, además de en la sección catequesis, en el menú «Patrología», de manera que pueda con facilidad hacer consultas en cualquier momento.
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Por todo ello, la Patrología es, a la vez, un instrumento indispensable para el investigador de las ciencias eclesiásticas y una excelente iniciación al estudio de los padres de la iglesia.

Gentileza de e-Sword

EL ATEISMO DE LA SECTA CONCILIAR

El ateísmo de la «nueva iglesia católica»

«Obispos» conciliares dando culto idolátrico a la tierra.
     Por Dr. Homero Johas
     Einstein era ateo; Darwin era agnóstico; Freud  no admitía la verdad absoluta, necesaria.
     Pero la «nueva iglesia católica» sigue el «sistema arbitrario» de Einstein; la «evolución de la verdad» de Darwin; lo oculto del inconsciente de Freud.
     La «iglesia nueva» tiene en común con estos ateos y agnósticos el que rechazan la verdad única, objetiva, universal, necesaria, y admite la multitud de «verdades» subjetivas, individuales y libres, falsas.
     Excluyen de la faz de la tierra al único Dios verdadero, común a todos, universal.
     Los evolucionistas quieren la evolución de la verdad en error, y del error en verdad, conforme al libre arbitrio de los hombres.
     No distinguen entre el verdadero y los falsos dioses; entre Dios y los ídolos, entre la religión verdadera y las religiones falsas.
     En lugar de obrar según la verdad, quieren el derecho de obrar «siguiendo el error».
     Niegan la verdad única, absoluta, necesaria, universal, común a todos.
     Quiere que cada uno tenga «su propia verdad», «su fe», «sus propias normas», su religión propia, su propio «dios», su «derecho propio», ordenándose cada uno a las sentencias de su«propio espíritu», «juicio propio» y su propia voluntad».
     Esto es: sin un Dios único, sin la verdad única, sin un medio único de salvación, sin someterse a la autoridad del único Dios verdadero; sin subordinación al magisterio universal de la única religión verdadera, y a las leyes universales del único Dios verdadero.
     Por lo tanto, esta es una «religión cristiana falsa» (Pio XI, enciclica Mortalium animos); sin Dios, sin verdad y sin una fe verdadera; sin los mandamientos verdaderos; sin los deberes y derechos verdaderos.
     Se quitó la Monarquía del único Dios verdadero, y se implantó la democracia de los hombres falsos.
     Se quitó el «Magisterio de la verdad» y se implantó el «magisterio del error», de la«operación del error» de Satan, de los que «consienten con la iniquidad» (2 Tes. II, 1-11); de la unión de los fieles con los infieles (2 Cor. VI, 14-18); del imperio del «juicio propio» libre (Tit., III, 10-11), humano.
     Quién no crea la fe verdadera del único Dios verdadero, de la única Religión verdadera:«ya está condenado» (Juan III, 18). Es la palabra de Nuestro Señor Jesucristo. «Fuera de la única religión verdadera, nadie se salva». Es verdad de fe, universal, de la religión verdadera.
     El fin de la «iglesia nueva» es el fuego eterno, «Sal de en medio de ella, pueblo mío, para que no participes de sus delitos y no recibas sus penas» (Apocalipsis XVIII, 4).
     Quien defienda esta iglesia falsa, es falso, es seguidor del anti-Cristo, de Lucifer, de Satán, de los ateos, de los sin Dios, de los sin verdad.
     Por lo tanto, debemos señalar como papas falsos, traidores de la fe, desde el sr. Angelo Roncalli, hasta el sr. Jorge Bergoglio, ligados a las sectas masonicas, sin la unidad de fe, hipocritas que se dicen «católicos», mintiendo y engañando a millones de personas.
COETUS FIDELIUM N° 10
Marzo del 2014
Traducción:
R.P. Manuel Martinez Hernández  F.S.V.F.