PRIMERAS ACTAS DE LOS MÁRTIRES

Las Primeras Actas de los Mártires.

Entre las fuentes más preciosas de información con que contamos para la historia de las persecuciones están los relatos de los sufrimientos de los mártires. Se solían leer a las comunidades cristianas en los actos litúrgicos que conmemoraban el aniversario del martirio. Desde el punto de vista histórico pueden dividirse en tres grupos:

I. El primer grupo comprende los procesos verbales oficiales del tribunal. No contienen más que las preguntas dirigidas a los mártires por las autoridades, sus respuestas tal como las anotaban los notarios públicos o los escribientes del tribunal, y las sentencias dictadas. Estos documentos se depositaban en los archivos públicos, y algunas veces los cristianos lograban obtener copias. La apelación Actas de los mártires (acta o gesta martyrum) tendría que reservarse para este grupo, pues solamente aquí tenemos fuentes históricas inmediatas y absolutamente dignas de crédito, que se limitan a consignar los hechos.

II. El segundo grupo comprende los relatos de testigos oculares o contemporáneos. A éstos se les llama passiones o martyria.

III. El tercer grupo abarca las leyendas de mártires compuestas con fines de edificación mucho después del martirio. A veces es una mezcla fantástica de verdad e imaginación. En otros casos se trata de simples novelas, sin ningún fundamento histórico.

I.  Al primer grupo pertenecen:

I. Las Actas de San Justino y compañeros. Estas actas no tienen precio por contener el proceso oficial del tribunal que condenó al más importante de los apologistas griegos, el célebre filósofo Justino. Fue encarcelado junto con otros seis cristianos por orden del perfecto de Roma, Q. Junio Rústico, durante el reinado del emperador Marco Aurelio Antonino, el filósofo estoico. Las actas consisten en una breve introducción, el interrogatorio, la sentencia y una corta conclusión. La sentencia que pronuncia el prefecto es la siguiente: “Los que no han querido sacrificar a los dioses ni someterse al mandato del emperador, sean azotados y llevados a ser decapitados conforme a la ley.” El martirio tuvo lugar en Roma, probablemente el año 165.

2. Las Actas de los mártires escilitanos en África son el documento histórico más antiguo de la Iglesia africana y, al mismo tiempo, el primer documento fechado en lengua latina que poseemos del África del Norte. Contienen las actas oficiales del juicio de seis cristianos de Numidia, que fueron sentenciados a muerte por el procónsul Saturnino y decapitados el 17 de julio del año 180. A más del original latino, se conserva una traducción griega de estas actas.

3. Las Actas proconsulares de San Cipriano, obispo de Cartago, que fue ejecutado el 14 de septiembre del 258, se basan en relaciones oficiales unidas entre sí por unas pocas frases del editor. Consisten en tres documentos separados que contienen: 1) el primer juicio, que condena a Cipriano al destierro de Curubis; 2) detención y segundo juicio, y 3) ejecución. Sufrió martirio bajo los emperadores Valeriano y Galieno.

II. A la segunda categoría pertenecen:

1. El Martyrium Policarpi, del año 156 (cf. supra p.83-5).

2. La Carta de las Iglesias de Viena y Lión a las Iglesias de Asia y Frigia es uno de los más interesantes documentos sobre las persecuciones que nos ha conservado Eusebio (Hist. eccl. 5,l,l-2,8). Ofrece un relato emocionante de los sufrimientos de los mártires que murieron en la terrible persecución de la Iglesia de Lión en 177 ó 178. No disimula la apostasía de algunos miembros de la comunidad. Entre los valerosos mártires vemos al obispo Fotino, que “sobrepasaba los noventa años de edad, y muy enfermo, a quien apenas dejaba respirar la enfermedad corporal que le aquejaba, pero reconfortado por el soplo del Espíritu por su ardiente deseo de martirio”; a la admirable Blandina, una esclava frágil y delicada, que sostuvo el valor de sus compañeros con su ejemplo y sus palabras; a Maturo, un neófito de admirable fortaleza; a Santo, el diácono de Viena; a Alejandro, el médico, y a Póntico, muchacho de quince años. A propósito de Blandina, las actas narran lo siguiente: “La bienaventurada Blandina, la última de todos, cual generosa madre que ha animado a sus hijos y los ha enviado por delante victoriosamente al rey, recorrió por sí misma todos los combates de sus hijos y se apresuraba a seguirlos, jubilosa y exultante ante su próxima partida, como si estuviera convidada a un banquete de bodas y no condenada a las fieras. Después de los azotes, tras las dentelladas de las fieras, tras el fuego, fue, finalmente, encerrada en una red y arrojada ante un toro bravo, que la lanzó varias veces a lo alto. Mas ella no se daba ya cuenta de nada de lo que le ocurría, por su esperanza y aun anticipo de los bienes de la fe, absorta en íntima conversación con Cristo. También ésta fue al fin degollada. Los mismos paganos reconocían que jamás habían conocido una mujer que hubiera soportado tantos y tan grandes suplicios.”

3. La Pasión de Perpetua y Felicidad narra el martirio de tres catecúmenos, Sáturo, Saturnino y Revocato, y de dos mujeres jóvenes, Vibia Perpetua, de veintidós años de edad, “de noble nacimiento, instruida en las artes liberales, honrosamente casada, que tenía padre, madre y dos hermanos, uno de éstos catecúmeno como ella, y un hijo, que criaba a sus pechos,” y su esclava Felicidad, que estaba encinta cuando la arrestaron y dio a luz una niña poco antes de morir en la arena. Sufrieron martirio el 7 de marzo del 202, en Cartago. Este relato es uno de los documentos más hermosos de la literatura cristiana antigua. Es único por los autores que tomaron parte en su redacción. En su mayor parte (c.3-10) es el diario de Perpetua: “a partir de aquí, ella misma narra punto por punto la historia de su martirio, como la dejó escrita de su mano, según sus propias impresiones” (c.2). Los capítulos 11 al 14 fueron escritos por Sáturo. Hay motivos para creer que el autor de los demás capítulos y editor de la Pasión entera es Tertuliano, contemporáneo de Perpetua y el más grande escritor de la Iglesia africana de aquel tiempo. La analogía de estilo, de sintaxis, de vocabulario y de ideas entre las obras de Tertuliano Ad Martyres y De patientia y la Pasión de Perpetua y Felicidad es sorprendente. En tiempo de San Agustín gozaban todavía estas actas de tal estimación, que hubo de advertir a sus oyentes que no debían ponerlas al mismo nivel que las Escrituras canónicas (De anima et eius origine 1,10,12).

Las actas existen en latín y en griego. Parece que el texto latino es el original, porque el griego ha modificado algunos pasajes y echa a perder la conclusión. C. van Beek cree que el mismo autor editó la Passio en griego y en latín; pero algunos pasajes, como los capítulos 21,2 y 16,3, prueban que el texto latino es el original y que el texto griego no es más que una traducción posterior, porque los juegos de palabras que ocurren en los citados lugares sólo pueden entenderse en latín.
El contenido de estas actas es de considerable importancia para la historia del pensamiento cristiano. Especialmente las visiones que tuvo Perpetua en su prisión, y que luego puso por escrito, son de inestimable valor para conocer las ideas escatológicas de los primitivos cristianos. La visión de Dinócrates y la de la escalera y el dragón son ejemplos notables. Al martirio se le llama por dos veces un segundo bautismo (18,3 y 21,2). En la visión del Buen Pastor se refleja el rito de la comunión.

No cabe duda que la Passio de Perpetua y Felicidad es el documento más conmovedor que nos ha llegado del tiempo de las persecuciones.

Perpetua nos ha dejado un relato emocionante de las tentativas de su padre por librarla de la muerte:

De allí a unos días se corrió el rumor de que íbamos a ser interrogados. Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena, y se acercó a mí con intención de derribarme, y me dijo: “Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivirte. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente si a ti te pasa algo.” Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único en toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio. Y traté de animarle diciéndole: “Allá en el estrado sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos puestos en nuestro poder, sino en el de Dios.” Y se retiró de mi lado sumido de tristeza. Otro día, mientras estábamos comiendo, se nos arrebató súbitamente para ser interrogados, y llegamos al foro o plaza pública. Inmediatamente se corrió la voz por los alrededores de la plaza, y se congregó una muchedumbre inmensa. Subimos al estrado. Interrogados todos los demás, confesaron su fe. Por fin me llegó a mí también el turno. Y de pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos y me arrancó del estrado, suplicándome: “Compadécete del niño chiquito.” Y el procurador Hilariano, que había recibido a la sazón el ius gladii, o poder de vida y muerte, en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano: “Ten consideración — dijo — a la vejez de tu padre; ten consideración a la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores.” Y yo respondí: “No sacrifico.” Hilariano: “¿Luego eres cristiana?,” dijo. Y yo respondí: “Sí, soy cristiana.” Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se le echara de allí, y aun le dieron de palos. Yo sentí los golpes de mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez. Entonces Hilariano pronuncia sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y bajamos jubilosos a la cárcel (BAC 75,424-426).

4.  Las Actas de los santos Carpo, Papilo y Agatónica son la relación autentica de un testigo ocular del martirio de Carpo y Papilo, que murieron en la hoguera en el anfiteatro de Pérgamo, y de Agatónica, una mujer cristiana que se arrojó a las llamas. Las actas, en su forma actual, parecen incompletas. Agatónica había sido condenada como los otros dos; pero, como esta parte falta en el texto, da la impresión de que se suicidó. Los martirios ocurrieron en tiempo de Marco Aurelio y Lucio Vero (161-169). Estas actas circulaban aún en tiempo de Eusebio (Hist. eccl. 4,15,48).

5. Las Actas de Apolonio. En su Hist. eccl. 5,21,2-5, Eusebio da un resumen de estas actas. El las había incluido va en su colección de martirios antiguos. Apolonio era un sabio filósofo. Juzgado por Perennis, prefecto del Pretorio de Roma, fue decapitado durante el reinado del emperador Cómodo (180-185). Los discursos con que Apolonio defiende su fe ante Perennis se asemejan, en su argumentación, a los escritos de los apologistas. Probablemente se basan en las respuestas del mismo filósofo, consignadas en las Acta praefectoria oficiales. A. Harnack las ha llamado “la más noble apología del cristianismo que nos ha legado la antigüedad.” Se han publicado dos traducciones de estas actas, una en armenio por Conybeare, en 1893, y otra en griego por los Bolandistas, en 1895.

III. Al tercer grupo pertenecen las actas de los mártires romanos Santa Inés, Santa Cecilia, Santa Felicidad y sus siete hijos, San Hipólito, San Lorenzo, San Sixto, San Sebastián Santos Juan y Pablo, Cosme y Damián; también el Martyrium S. Clementis (cf. supra p.52) y el Martyrium S. Ignatii. El que estas actas no sean auténticas no prueba en modo alguno que estos mártires no hayan existido, como han concluido algunos sabios. La autenticidad o falsedad de estas actas no demuestra ni la existencia ni la no existencia de los mártires; indica solamente que estos documentos no se pueden usar como fuentes históricas.

Colecciones. Eusebio reunió una colección de actas de mártires en su obra Sobre los mártires antiguos. Desgraciadamente, esta fuente de tanto valor se ha perdido. Sin embarco, en su Historia eclesiástica da un resumen de la mayoría de esta actas. Tenemos, no obstante, su tratado sobre los mártires de Palestina, que es un relato de las víctimas de las persecuciones que se sucedieron del año 303 al 311, y que él presenció siendo obispo de Cesarea. Un autor anónimo recogió las actas de los mártires persas que murieron bajo Sapor II (339-379). Existen en siríaco, que es la lengua en que fueron compuestas. Los procesos y los interrogatorios, por su forma, recuerdan las relaciones de las auténticas actas de los primeros mártires. Las actas siríacas de los mártires de Edesa son pura leyenda

LA LIBERTAD RELIGIOSA DEL CONCILIO VATICANO IIº

Montini: firmó el decreto Dignitatis Humanae sobre el que se funda una nueva iglesia que no es la de Jesucristo.

Por el P. Fernando Altamira.

Queridos fieles: Aún una prédica más, la tercera, trilogía en honor de Dios Nuestro Señor Jesucristo en su calidad de “Rey”: Rey de cada una de las almas, de cada uno de los seres humanos, Y REY TAMBIÉN DE CADA UNO DE LOS PAÍSES, sean o no sean éstos católicos: Él es Dios, le corresponde ser reconocido como “Dueño y Señor” de todo lo creado, de todas las naciones de la tierra, el reconocimiento de su “realeza social”. Y todos los Estados y países le deben (o deberían) rendir culto y pleitesía a través de su única religión, el Catolicismo.

Ya habíamos dicho, en nuestra primera prédica, que los dos grandes sistemas políticos, enemigos de Dios Nuestro Señor Jesucristo, enemigos de estos hechos y verdades recién mencionados, son el Liberalismo y el Comunismo, ambos pésimos, ambos condenados en repetidas oportunidades por la Iglesia Católica, por los Papas. Y por extensión están condenadas las interminables formas y variantes que se derivan de uno y otro: los distintos tipos de Liberalismo (se llamen o no se llamen así), los distintos tipos de Socialismo, y las innúmeras mezclas entre ambos a la vez. En esa primera prédica, leímos, asimismo, algunas de las tantas condenas de la Iglesia Católica contra el Liberalismo, y la famosa condena del Papa Pío XI contra el Comunismo. En ésta, queríamos abordar un error más específico y concreto del Liberalismo.

(Cuerpo)

Primero hagamos una enumeración de ERRORES derivados del Liberalismo. Sin duda no tendremos tiempo de explicar todos estos errores y las condenas de la Iglesia Católica sobre ellos, pero vale la pena que al menos queden mencionados:

-(1) La soberanía popular contra el hecho y la realidad de que el poder no viene del pueblo sino de Dios. (2) Los sistemas parlamentarios modernos donde cualquier cosa puede ser “derecho y ley” mientras haya sido aprobada (voluntarismo). (3) Ateísmo, laicismo o indiferentismo de Estado con respecto a Dios y a su Religión Católica, contra “la confesionalidad católica de los Estados”. (4) La falsa solución de “elegir el mal menor”: al mal no se lo elige ni como “mal” menor (v.gr. pecado venial), ni como “mal” mayor (v.gr. pecado mortal); lo único que está permitido elegir es “el Bien”, y cuanto mucho se podrá tolerar o soportar el mal; pero “elegir” el mal, mayor o menor, siempre es una mala acción y un pecado. (4 bis) Relacionado con esto, hagamos un paréntesis: hay gente que en su vida diaria escoge sin problema hacer pecados veniales (por ej, las mentiras leves), “total no me voy a condenar por eso”; respondemos: tal vez sí se va a condenar, porque, como enseñan los santos, el que comete pecado venial sin problema, en general termina también cometiendo pecados mortales, porque una cosa va llevando a la otra. Pero ahora sigamos con los errores del Liberalismo: (5) Las falsas leyes, las “leyes” inmorales (desenfreno moral, anticoncepción, unión libre, matrimonio civil para católicos, aborto, homosexualidad, educación sexual, fomento de la promiscuidad, etc). (6) Y por último, los falsos derechos del Liberalismo: libertad de prensa, libertad de educación, libertad religiosa, etc, etc.

Hoy nos queríamos quedar con una mayor explicación de uno de esos falsos derechos del Liberalismo: El derecho a la libertad religiosa, el cual fue (y es) uno de los grandes “caballitos de batalla” defendido por el Concilio Vaticano II (en el documento “Dignitatis humanae”), defendido por la falsa Religión Moderna, por Paulo VI, por Juan Pablo II, por Benedicto, por Francisco; “defendió” a pesar de los 200 años de condenas ininterrumpidas contra eso mismo, mostrando el error de dicho falso derecho, condenas realizadas por los Papas desde la Revolución Francesa hasta Pío XII, que muere poco antes de que comience el mencionado Concilio Vaticano II. ¡Y este falso derecho a la libertad religiosa, como caballito de batalla, está muy bien elegido!… ya diremos por qué. Pero antes de abordar este tema deberemos explicar sobre el derecho en general.

¿Qué es el derecho? Para responder utilizaremos a grandes maestros que han estudiado y mostrado el verdadero significado del “derecho”, y los errores del pensamiento moderno sobre este punto.

Comencemos por los errores.

Modernamente, se enseña en las universidades que «el derecho» tiene dos nociones o significados: -Uno, objetivo o “derecho objetivo”, y se lo define como el conjunto de normas o leyes. -Y otro, subjetivo o “derecho subjetivo”, que expresa un poder de la voluntad (o facultad moral) para hacer o no hacer algo, o para exigir una determinada conducta de otro (i.e. un poder para obrar), y todo esto visto como un interés jurídicamente reconocido y protegido por el Estado. En este concepto moderno se hace hincapié en el “agere”, en el obrar, y en la prevalencia de la voluntad, la cual irá –a causa de los modernos y falsos conceptos del derecho- sobre o contra la naturaleza de las cosas -que es asunto de la inteligencia-, y desde que caen así en el voluntarismo (o voluntarismo jurídico), es dejada de lado la verdadera noción de derecho, y de allí que cualquier cosa pueda ser llamada “derecho” (con su correlativa “ley”) siempre y cuando “eso” haya sido mandado, ordenado o legislado por los respectivos órganos del Estado. -Para refutar el concepto moderno de “derecho objetivo”, bastará ver cuál es, a su vez, el verdadero concepto de ley o de norma que en algunos momentos diremos. Para refutar el concepto de “derecho subjetivo”, consideremos, en las palabras que siguen, el verdadero concepto de derecho.

Veamos, por lo tanto, ahora, la verdadera noción o concepto de derecho.

-La verdadera noción del derecho hemos de buscarla en aquélla tenida por los griegos, en aquélla la tenida por los romanos, por Santo Tomás de Aquino. Entre los griegos, derecho es “to díkaion” : DERECHO ES LO JUSTO. Entre romanos derecho es “quod iustum est”: DERECHO ES LO QUE ES JUSTO. O más escuetamente aun –en el ámbito de la Romanidad- podemos decir “ius, iustum”: EL DERECHO ES LO JUSTO. -Desde que vemos que “el derecho es lo justo”, necesariamente conectamos su concepto con la Verdad y con el Bien, pues sólo es justo lo que está en relación a lo verdadero y a lo bueno ( Veamos, para ilustrar más el verdadero concepto de derecho, algunos pormenores de la etimología de la palabra latina “ius”, la cual significa “derecho”. (1) Basado en el derecho romano, alguien nos enseña lo siguiente: El libro primero del Digesto (la colección bizantina de jurisprudencia romana, mandada realizar por el emperador Justiniano en el Siglo VI) comienza con estas palabras de Ulpiano: “Para explicar el derecho, es preciso primero saber de dónde viene su nombre; y se llama así porque viene de [la palabra] justicia” (prius nosse oportet unde nomen iuris descendat; est autem a iustitia appellatum). (2) Esta misma enseñanza fue transmitida por el gran San Isidoro de Sevilla, en su obra “Etimologías” (Etymologiae, V, 3), y fue recibida por Santo Tomás de Aquino: ius dictum est quia est iustum (se llama ius –derecho- porque es iustum, porque es lo justo); y de allí que podemos usar el aforismo “IUS QUIA IUSTUM” (es derecho porque es justo). (3) Pero también este santo nos enseña que no es raro que ocurra que los nombres se aparten de su sentido originario para ir a significar otras cosas (ad alia significanda), y así al principio “ius” designaba lo justo o la misma cosa justa (ipsam rem iustam), luego designó a la ciencia del derecho (artem qua cognoscitur quid sit iustum), hasta acabar designando a los tribunales donde se imparte justicia (locum in quo ius redditur, sicut dicitur aliquis comparere in iure) .

Es evidente que no hay ni puede haber un derecho, “algo que es justo”, en relación al error o a la . falsedad: como pretender ver lo justo, o el derecho, en lo errado o en lo falso. Ni tampoco puede haber un derecho, “algo que es justo”, en relación al mal: lo que sería pretender ver lo justo, o el derecho, en lo malo. Lo absurdo de los razonamientos modernos se muestra por sí solo. -El verdadero concepto de derecho, lo justo, llama y se pone en relación con lo que las cosas son (el esse) y con la naturaleza de las cosas (la esencia). Y de allí que sea algo de la inteligencia, la cual capta el esse y la esencia de las cosas. Y de allí también, que no sea algo de la voluntad, pues a ésta no le compete captar el esse ni la esencia, e, igualmente, la voluntad no puede ir por encima o contra el ser ni la naturaleza de las cosas; y si se hace de esta manera, estamos en el voluntarismo o voluntarismo jurídico que nombrábamos hace unos momentos.

En relación a estas cosas, veamos ahora el concepto de “derecho natural” y de “ley”.

-Santo Tomás nos da luminosas palabras en torno al concepto del derecho natural (II II 57, art 2, ad 1); él nos dice: existe lo justo a partir de la misma naturaleza de la cosa, y esto es llamado derecho natural («iustum ex ipsa natura rei: et hoc vocatur ius naturale»). -Ahora veamos el verdadero concepto de ley, dado por Santo Tomás (2a, 2ae, 57, art 1, ad 2): «lex non est ius proprie loquendo sed aliqualis ratio iuris: la ley no es propiamente hablando el derecho, sino cierta razón –o expresión- del derecho”. Es decir: “la ley es la expresión del derecho”. Con esto se refuta, como adelantamos, el concepto moderno de “derecho objetivo”, que no es derecho entonces, sino un conjunto de leyes. Demos, ahora sí, un concepto del mencionado “derecho a la libertad religiosa”, postulado del Liberalismo: “Es aquel derecho por el cual una persona puede escoger y practicar privada y públicamente la religión que le plazca, o no escoger ninguna, si esto le viene bien”. -Si uno compara esta definición del Liberalismo con el verdadero concepto de derecho, “DERECHO ES LO JUSTO” (derecho es to díkaion, derecho es quod iustum est), y si uno relaciona el verdadero concepto de derecho con la Verdad y con el Bien, uno claramente ve la falacia de este enunciado liberal de la libertad religiosa, pues uno no tiene “derecho” a seguir la religión que le plazca (o ninguna), sino que uno tiene derecho a seguir únicamente la religión que es verdadera. Lo expresemos en forma condicional con motivos ad hóminem: Si existe la Verdad, y si el Catolicismo es la única religión verdadera, entonces el derecho, “lo justo”, está dado en relación a seguir la Religión Católica, y sólo en relación a ella.

-“Ah, dirá alguno, pero para mí la Religión Católica no es la verdadera”. Usted podrá no ver el hecho y la realidad de que el Catolicismo es la religión verdadera, pero eso no cambia lo que las cosas son, por lo cual a usted le corresponderá buscar e indagar, y cuanto mucho se le podrá hacer a usted dicho planteo condicional cuya respuesta deberá buscar. Nuevamente: Si existe la Verdad y si la Religión Católica es la verdadera, entonces usted no tiene derecho a seguir cualquiera, sino sólo la verdadera (y esto incluso es un planteo de derecho natural, pues obviamente que el derecho natural exige seguir la Verdad y no el error).

-“Ah, dirá otro, pero yo soy libre y yo quiero estar en el Protestantismo, en una de las sectas cristianas, en el Judaísmo, en el Islam, budista, etc”: Usted podrá hacer un mal uso de su libertad y escoger algo que conlleve un error o un mal, pero la libertad no está dada para eso, la libertad está dada para escoger, “libremente”, la Verdad y el Bien, y si a pesar de esto usted no hace un buen uso de ella, este hecho no cambia (ni cambiará) lo que las cosas son. En el mundo jurídico, una cosa son “LOS HECHOS”, y aquí las acciones podrán ser buenas o malas según la naturaleza de las cosas y el buen o mal uso que se haga de la libertad; y otra cosa son “LOS DERECHOS”, y éstos sólo son de “lo justo”, detrás de la Verdad y del Bien. –

“Ah, dirá algún despistado, pero entonces el Catolicismo obliga a la conversión”: No, el Catolicismo no obliga a nadie, la conversión ha de ser un acto libre, y si un católico intenta obligar a alguien, eso será una mala acción que sólo a él -y no al Catolicismo- le compete. Pero si bien el Catolicismo no obliga a nadie, ello –otra vez- no quita lo que las cosas son, ello no quita la Verdad. “Yo no me quiero convertir al Catolicismo y nunca lo haré”: Pues allá usted, pero más tarde o más temprano, con su muerte, usted deberá rendir cuenta de sus actos. –

“¿Qué pasa, preguntará alguien,  padre, en una sociedad como la de hoy, donde, en el orden de “los hechos”, es un hecho –valga la redundancia- que tenemos muchas religiones falsas?”: Para evitar un mal mayor, se podrá ejercer una “tolerancia religiosa”, pero la tolerancia es un hecho no un derecho, y deberá ser resuelto por la prudencia (en este caso la prudencia política) en vistas a evitar un mayor mal (por ejemplo: que se dañe cierta paz social y sobrevengan graves alteraciones de la misma). El concepto de tolerancia está dado –por dar un ejemplo- por el Papa León XIII en su Encíclica “Libertas”.

-Y en el Concilio Vaticano II, y en la falsa Religión Moderna, ¡el falso derecho a la libertad religiosa está muy bien elegido! Porque si se enseña que con respecto a lo más importante de todo, con respecto a Dios, “yo puedo hacer lo que tenga ganas: libertad religiosa”, de allí para abajo: “yo puedo hacer lo que tengo ganas con todo: con todo lo demás”, “yo puedo hacer lo que tenga ganas con la política –soberanía popular,etc-, yo puedo hacer lo que tenga ganas con las leyes –leyes inmorales e inicuas-, yo puedo hacer lo que tenga ganas con el matrimonio y la familia –divorcio, unión libre, anticoncepción, homosexualidad-, yo puedo hacer lo que tenga ganas con la vida de seres humanos inocentes –aborto-: “YO PUEDO HACER LO QUE TENGA GANAS CON TODO LO QUE TENGA GANAS”: Bienvenidos a la ciudad del hombre, a la ciudad de Satanás, al efímero reino del Anticristo y del Falso Profeta.

-Y los Papas han condenado todo esto en forma ininterrumpida, “y con nombre y apellido”, y por los últimos 200 años: El Papa Pío VI, el Papa Gregorio XVI, el Papa Pío IX, el Papa León XIII, el Papa San Pío X, el Papa Benedicto XV, el Papa Pío XI, el último Papa antes del Concilio: Pío XII; y “24 horas” después de la muerte de Pío XII… Concilio, Nueva Falsa Religión Moderna… todo lo que hasta ayer era malo, ahora es bueno y fantástico: Hay un problema con todo esto. Pongamos, a modo de ejemplo, tan sólo dos condenas contra estos errores del Liberalismo. Primero: “las doctrinas inventadas por los modernos, acerca de la autoridad civil, han acarreado ya grandes males… Pues no querer atribuir el derecho de mandar a Dios como a su autor, no es sino desear ver destruido el más bello esplendor de la autoridad política… Respecto a los que dicen que la autoridad civil depende de la autoridad del pueblo, se comete primero un error de principio… [Más adelante:] De aquella herejía [se refiere el Papa a la herejía de la Reforma Protestante] nació en el siglo pasado la mal llamada filosofía, el llamado derecho nuevo, la soberanía popular, y esa licencia que no conoce freno y que es lo único que muchísimos entienden por libertad [esto para las doctrinas del Liberalismo; pero escuchen lo que sigue:]. De allí se llegó a las últimas plagas, a saber, el Comunismo, el Socialismo, y el Nihilismo, horribles monstruos de la sociedad humana y casi su muerte”, Encíclica “Diuturnum illud”, Papa León XIII (año 1881). En segundo lugar, específicamente sobre la libertad religiosa: “no faltan hombres que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio del Naturalismo, como le llaman, se atreven a enseñar que el mejor orden de la sociedad pública y progreso civil demandan imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin que tenga en cuenta la Religión, como si ésta no existiese, o, por lo menos, sin hacer ninguna diferencia entre la Verdadera Religión y las falsas… […] no temen favorecer esa opinión errónea, la más fatal a la Iglesia Católica y a la salvación de las almas, y que nuestro predecesor de feliz memoria, Gregorio XVI, llamaba delirio, a saber: que la libertad de conciencia y de culto [esto es “la libertad religiosa”] es un derecho libre de cada hombre, y que debe ser proclamado y garantizado en toda sociedad bien constituida… […] al sostener estas afirmaciones temerarias, no piensan, ni consideran, que proclaman la libertad de perdición…”, Encíclica “Quanta cura”, Papa Pío IX (año 1864).

(Conclusión)

Cristo Rey, Dios Nuestro Señor Jesucristo, es la antípoda de las enseñanzas de todos estos errores del Liberalismo, es la antípoda de “la ciudad del hombre”. Nuestro Señor terminará haciendo, como describe San Agustín, “LA CIUDAD DE DIOS”, cuando sea, como dijimos, “unum ovile, et unum pastor: un solo rebaño y un solo pastor”. La victoria final es nuestra… aguantemos, soportemos la batalla. Todo por Cristo Rey, ¡Y QUE VIVA CRISTO REY! AVE MARÍA PURÍSIMA.

LAS PRIMERAS ACTAS DE MÁRTIRES

Las Primeras Actas de los Mártires.

Entre las fuentes más preciosas de información con que contamos para la historia de las persecuciones están los relatos de los sufrimientos de los mártires. Se solían leer a las comunidades cristianas en los actos litúrgicos que conmemoraban el aniversario del martirio. Desde el punto de vista histórico pueden dividirse en tres grupos:
I. El primer grupo comprende los procesos verbales oficiales del tribunal. No contienen más que las preguntas dirigidas a los mártires por las autoridades, sus respuestas tal como las anotaban los notarios públicos o los escribientes del tribunal, y las sentencias dictadas. Estos documentos se depositaban en los archivos públicos, y algunas veces los cristianos lograban obtener copias. La apelación Actas de los mártires (acta o gesta martyrum) tendría que reservarse para este grupo, pues solamente aquí tenemos fuentes históricas inmediatas y absolutamente dignas de crédito, que se limitan a consignar los hechos.
II. El segundo grupo comprende los relatos de testigos oculares o contemporáneos. A éstos se les llama passiones o martyria.
III. El tercer grupo abarca las leyendas de mártires compuestas con fines de edificación mucho después del martirio. A veces es una mezcla fantástica de verdad e imaginación. En otros casos se trata de simples novelas, sin ningún fundamento histórico.
I.  Al primer grupo pertenecen:
I. Las Actas de San Justino y compañeros. Estas actas no tienen precio por contener el proceso oficial del tribunal que condenó al más importante de los apologistas griegos, el célebre filósofo Justino. Fue encarcelado junto con otros seis cristianos por orden del perfecto de Roma, Q. Junio Rústico, durante el reinado del emperador Marco Aurelio Antonino, el filósofo estoico. Las actas consisten en una breve introducción, el interrogatorio, la sentencia y una corta conclusión. La sentencia que pronuncia el prefecto es la siguiente: “Los que no han querido sacrificar a los dioses ni someterse al mandato del emperador, sean azotados y llevados a ser decapitados conforme a la ley.” El martirio tuvo lugar en Roma, probablemente el año 165.
2. Las Actas de los mártires escilitanos en África son el documento histórico más antiguo de la Iglesia africana y, al mismo tiempo, el primer documento fechado en lengua latina que poseemos del África del Norte. Contienen las actas oficiales del juicio de seis cristianos de Numidia, que fueron sentenciados a muerte por el procónsul Saturnino y decapitados el 17 de julio del año 180. A más del original latino, se conserva una traducción griega de estas actas.
3. Las Actas proconsulares de San Cipriano, obispo de Cartago, que fue ejecutado el 14 de septiembre del 258, se basan en relaciones oficiales unidas entre sí por unas pocas frases del editor. Consisten en tres documentos separados que contienen: 1) el primer juicio, que condena a Cipriano al destierro de Curubis; 2) detención y segundo juicio, y 3) ejecución. Sufrió martirio bajo los emperadores Valeriano y Galieno.
II. A la segunda categoría pertenecen:
1. El Martyrium Policarpi, del año 156 (cf. supra p.83-5).
2. La Carta de las Iglesias de Viena y Lión a las Iglesias de Asia y Frigia es uno de los más interesantes documentos sobre las persecuciones que nos ha conservado Eusebio (Hist. eccl. 5,l,l-2,8). Ofrece un relato emocionante de los sufrimientos de los mártires que murieron en la terrible persecución de la Iglesia de Lión en 177 ó 178. No disimula la apostasía de algunos miembros de la comunidad. Entre los valerosos mártires vemos al obispo Fotino, que “sobrepasaba los noventa años de edad, y muy enfermo, a quien apenas dejaba respirar la enfermedad corporal que le aquejaba, pero reconfortado por el soplo del Espíritu por su ardiente deseo de martirio”; a la admirable Blandina, una esclava frágil y delicada, que sostuvo el valor de sus compañeros con su ejemplo y sus palabras; a Maturo, un neófito de admirable fortaleza; a Santo, el diácono de Viena; a Alejandro, el médico, y a Póntico, muchacho de quince años. A propósito de Blandina, las actas narran lo siguiente: “La bienaventurada Blandina, la última de todos, cual generosa madre que ha animado a sus hijos y los ha enviado por delante victoriosamente al rey, recorrió por sí misma todos los combates de sus hijos y se apresuraba a seguirlos, jubilosa y exultante ante su próxima partida, como si estuviera convidada a un banquete de bodas y no condenada a las fieras. Después de los azotes, tras las dentelladas de las fieras, tras el fuego, fue, finalmente, encerrada en una red y arrojada ante un toro bravo, que la lanzó varias veces a lo alto. Mas ella no se daba ya cuenta de nada de lo que le ocurría, por su esperanza y aun anticipo de los bienes de la fe, absorta en íntima conversación con Cristo. También ésta fue al fin degollada. Los mismos paganos reconocían que jamás habían conocido una mujer que hubiera soportado tantos y tan grandes suplicios.”
3. La Pasión de Perpetua y Felicidad narra el martirio de tres catecúmenos, Sáturo, Saturnino y Revocato, y de dos mujeres jóvenes, Vibia Perpetua, de veintidós años de edad, “de noble nacimiento, instruida en las artes liberales, honrosamente casada, que tenía padre, madre y dos hermanos, uno de éstos catecúmeno como ella, y un hijo, que criaba a sus pechos,” y su esclava Felicidad, que estaba encinta cuando la arrestaron y dio a luz una niña poco antes de morir en la arena. Sufrieron martirio el 7 de marzo del 202, en Cartago. Este relato es uno de los documentos más hermosos de la literatura cristiana antigua. Es único por los autores que tomaron parte en su redacción. En su mayor parte (c.3-10) es el diario de Perpetua: “a partir de aquí, ella misma narra punto por punto la historia de su martirio, como la dejó escrita de su mano, según sus propias impresiones” (c.2). Los capítulos 11 al 14 fueron escritos por Sáturo. Hay motivos para creer que el autor de los demás capítulos y editor de la Pasión entera es Tertuliano, contemporáneo de Perpetua y el más grande escritor de la Iglesia africana de aquel tiempo. La analogía de estilo, de sintaxis, de vocabulario y de ideas entre las obras de Tertuliano Ad Martyres y De patientia y la Pasión de Perpetua y Felicidad es sorprendente. En tiempo de San Agustín gozaban todavía estas actas de tal estimación, que hubo de advertir a sus oyentes que no debían ponerlas al mismo nivel que las Escrituras canónicas (De anima et eius origine 1,10,12).
Las actas existen en latín y en griego. Parece que el texto latino es el original, porque el griego ha modificado algunos pasajes y echa a perder la conclusión. C. van Beek cree que el mismo autor editó la Passio en griego y en latín; pero algunos pasajes, como los capítulos 21,2 y 16,3, prueban que el texto latino es el original y que el texto griego no es más que una traducción posterior, porque los juegos de palabras que ocurren en los citados lugares sólo pueden entenderse en latín.
El contenido de estas actas es de considerable importancia para la historia del pensamiento cristiano. Especialmente las visiones que tuvo Perpetua en su prisión, y que luego puso por escrito, son de inestimable valor para conocer las ideas escatológicas de los primitivos cristianos. La visión de Dinócrates y la de la escalera y el dragón son ejemplos notables. Al martirio se le llama por dos veces un segundo bautismo (18,3 y 21,2). En la visión del Buen Pastor se refleja el rito de la comunión.
No cabe duda que la Passio de Perpetua y Felicidad es el documento más conmovedor que nos ha llegado del tiempo de las persecuciones.
Perpetua nos ha dejado un relato emocionante de las tentativas de su padre por librarla de la muerte:
De allí a unos días se corrió el rumor de que íbamos a ser interrogados. Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena, y se acercó a mí con intención de derribarme, y me dijo: “Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivirte. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente si a ti te pasa algo.” Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único en toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio. Y traté de animarle diciéndole: “Allá en el estrado sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos puestos en nuestro poder, sino en el de Dios.” Y se retiró de mi lado sumido de tristeza. Otro día, mientras estábamos comiendo, se nos arrebató súbitamente para ser interrogados, y llegamos al foro o plaza pública. Inmediatamente se corrió la voz por los alrededores de la plaza, y se congregó una muchedumbre inmensa. Subimos al estrado. Interrogados todos los demás, confesaron su fe. Por fin me llegó a mí también el turno. Y de pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos y me arrancó del estrado, suplicándome: “Compadécete del niño chiquito.” Y el procurador Hilariano, que había recibido a la sazón el ius gladii, o poder de vida y muerte, en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano: “Ten consideración — dijo — a la vejez de tu padre; ten consideración a la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores.” Y yo respondí: “No sacrifico.” Hilariano: “¿Luego eres cristiana?,” dijo. Y yo respondí: “Sí, soy cristiana.” Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se le echara de allí, y aun le dieron de palos. Yo sentí los golpes de mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez. Entonces Hilariano pronuncia sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y bajamos jubilosos a la cárcel (BAC 75,424-426).
4.  Las Actas de los santos Carpo, Papilo y Agatónica son la relación autentica de un testigo ocular del martirio de Carpo y Papilo, que murieron en la hoguera en el anfiteatro de Pérgamo, y de Agatónica, una mujer cristiana que se arrojó a las llamas. Las actas, en su forma actual, parecen incompletas. Agatónica había sido condenada como los otros dos; pero, como esta parte falta en el texto, da la impresión de que se suicidó. Los martirios ocurrieron en tiempo de Marco Aurelio y Lucio Vero (161-169). Estas actas circulaban aún en tiempo de Eusebio (Hist. eccl. 4,15,48).
5. Las Actas de Apolonio. En su Hist. eccl. 5,21,2-5, Eusebio da un resumen de estas actas. El las había incluido va en su colección de martirios antiguos. Apolonio era un sabio filósofo. Juzgado por Perennis, prefecto del Pretorio de Roma, fue decapitado durante el reinado del emperador Cómodo (180-185). Los discursos con que Apolonio defiende su fe ante Perennis se asemejan, en su argumentación, a los escritos de los apologistas. Probablemente se basan en las respuestas del mismo filósofo, consignadas en las Acta praefectoria oficiales. A. Harnack las ha llamado “la más noble apología del cristianismo que nos ha legado la antigüedad.” Se han publicado dos traducciones de estas actas, una en armenio por Conybeare, en 1893, y otra en griego por los Bolandistas, en 1895.
III. Al tercer grupo pertenecen las actas de los mártires romanos Santa Inés, Santa Cecilia, Santa Felicidad y sus siete hijos, San Hipólito, San Lorenzo, San Sixto, San Sebastián Santos Juan y Pablo, Cosme y Damián; también el Martyrium S. Clementis (cf. supra p.52) y el Martyrium S. Ignatii. El que estas actas no sean auténticas no prueba en modo alguno que estos mártires no hayan existido, como han concluido algunos sabios. La autenticidad o falsedad de estas actas no demuestra ni la existencia ni la no existencia de los mártires; indica solamente que estos documentos no se pueden usar como fuentes históricas.
Colecciones. Eusebio reunió una colección de actas de mártires en su obra Sobre los mártires antiguos. Desgraciadamente, esta fuente de tanto valor se ha perdido. Sin embarco, en su Historia eclesiástica da un resumen de la mayoría de esta actas. Tenemos, no obstante, su tratado sobre los mártires de Palestina, que es un relato de las víctimas de las persecuciones que se sucedieron del año 303 al 311, y que él presenció siendo obispo de Cesarea. Un autor anónimo recogió las actas de los mártires persas que murieron bajo Sapor II (339-379). Existen en siríaco, que es la lengua en que fueron compuestas. Los procesos y los interrogatorios, por su forma, recuerdan las relaciones de las auténticas actas de los primeros mártires. Las actas siríacas de los mártires de Edesa son pura leyenda

LA MORTIFICACIÓN EXTERIOR

“Cristo padeció por nosotros, dándonos ejemplo para que sigáis sus pisadas” (I Ped., II, 21)

En el tiempo de Pasión que abarca los últimos quince días de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a considerar de un modo especial los sufrimientos de Jesucristo. Y lo manifiesta en sus ceremonias litúrgicas, lecciones del Oficio Divino, color de los ornamentos y la práctica de cubrir las imágenes y el crucifijo.

La Iglesia nos recuerda que este tiempo, así como en toda la Cuaresma de la necesidad y obligación que tenemos de la Mortificación. Es por eso que San Pedro nos señala que: “Cristo padeció por nosotros, dándonos ejemplo para que sigáis sus pisadas” (I Ped., II, 21).

Y el mismo Jesucristo nos invita a ella, diciéndonos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo, lleve su cruz y sígame” (Lc., IX, 23).

La Mortificación

Consideremos que la vida espiritual, así como lo enseña la Sagrada Escritura, es un combate, una lucha sin tregua. Así como dice el Santo Job: “La milicia es la vida del hombre sobre la tierra” (Job VII, 1).

Los combatientes en esta lucha son por una parte, las inclinaciones de nuestra naturaleza viciada o pasiones desordenadas como consecuencia y castigo del pecado original, que nos llevan o mueven siempre al mal, y por otra parte, las mociones de la gracia y las inspiraciones del Espíritu Santo que, al contrario, nos mueven siempre al bien.

El libro de la “Imitación de Cristo” de Kempis llama a estos adversarios: “la naturaleza y la gracia”; y San Pablo de una manera más gráfica le llama: “el hombre viejo y el hombre nuevo”, este último “creado en la justicia y en la santidad de la verdad” (Efes., IV, 22-24). Al primero lo califica también con una palabra todavía más dura: “Animalis homo—el hombre animal” (I Cor., II, 14).

Estas dos fuerzas antagónicas deben luchar constantemente, porque las malas inclinaciones, o sea la concupiscencia, se logrará dominar, pero nunca se le arrancará de raíz mientras dure esta vida. Y la gracia de Dios, aunque a fuerza de ser rechazada llegue a retirarse, deja siempre algún resquicio que haga posible la salvación a última hora.

En el pecador domina la concupiscencia, en tanto que en la gracia está más o menos sofocada. Pero si el cristiano sensato realmente quiere salvarse y busca el camino de la perfección tiene que comenzar, primero por el camino o vía purgativa que es donde empieza la lucha y en donde la gracia trata de vencer a la naturaleza viciada; durante este período hay altas y bajas, triunfos y derrotas.

Si el cristiano vence y consigue la preponderancia de la gracia, es entonces cuando comienza el camino o vía iluminativa y si sigue avanzando y llega a su apogeo llegara sin duda al camino o vía unitiva, y allí es donde el alma adquiere una trasformación divina (no en el sentido panteísta) tan completa como es posible en este mundo y según los designios especiales de Dios.

En otras palabras, el cristiano que logra caminar y avanzar por las dos primeras vías al lograrlo asciende a la vía unitiva en donde se funde en Dios así como sucede con el hierro cuando por el fuego se funde y se hace liquido sin perder las propiedades del hierro, algo parecido sucede con el cristiano que llega a la perfección.

Un ejemplo de esto, nos los da una persona que conoció al P. De Ravignan en los principios de su vida espiritual y volvió a verlo cuando había llegado a la perfección, y admirado por su transformación tan completa, le preguntó cómo la había logrado, y el padre le contestó: “Eramos dos, luchamos aguerridamente, hasta que logré echar al otro por la ventana”.

Las virtudes que intervienen en esta lucha son ante todo la Templanza y la Fortaleza, que revisten una forma más práctica y comprensiva en la MORTIFICACIÓN.

La palabra Mortificación nos da una idea de muerte; y así es en verdad, porque la vida espiritual, como lo está diciendo su nombre mismo, es una vida, pero una vida que supone una muerte, la muerte al pecado. Para que la vida de Jesucristo se manifieste en nosotros.

Así, como dice San Pablo, debemos morir: “Llevando siempre en nuestro cuerpo el suplicio o mortificación de Cristo para que la vida de Jesús se manifieste a nuestros cuerpos” (II Cor., II, 10-11).

El bautismo, que nos hace cristianos, significa esa muerte y esa nueva vida, por los méritos de la Muerte y de la Resurrección de Cristo. Nos dice San Pablo: “Por el bautismo, hemos sido sepultados con Cristo y participamos de su muerte; para que así como Cristo resucitó de entre los muertos. Así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom., VI, 4).

Por eso Jesucristo afirmó que nadie puede entrar al Reino de Dios, si no renace por el agua y el Espíritu Santo: “(Jn., III, 5).

Pero como dice San Pablo: “Debes pues morir al pecado así vivirás para Dios en Cristo Jesús” (Rom., VI, 11). Esta muerte que se inicia en el bautismo, no es sin embargo instantánea, antes bien, dura toda la vida y es trabajo de todos los días.

La mortificación tiene o abarca dos aspectos, según que luche contra las inclinaciones interiores del alma hacia el mal o que refrene los sentidos exteriores por donde las criaturas excitan aquellas inclinaciones. La primera se llama mortificación interior y la segunda mortificación exterior.

La Mortificación Exterior

En la práctica de la mortificación se puede faltar por exceso o por defecto. Lo más frecuente es que falte por defecto. Ya que el hombre está tan inclinado a buscar en todo su comodidad y rehuir a toda molestia. Lamentablemente, este es el ambiente que se respira hoy en día.

Todos los adelantos de la ciencia, de la tecnología y la industria están encaminados en gran parte a lograr lo que suele llamarse con el barbarismo de “confort” o sea la comodidad en los vestidos, comodidad en los vehículos, comodidad en los muebles, comodidad en la preparación de los alimentos, comodidad en la enfermedades, supresión del dolor por los anestésicos, eutanasia, clima artificial, etc., etc.

Pero también puede suceder que las almas piadosas, sobre todo, en la vida religiosa—ya sea llevadas por su fervor, o engañadas por el demonio—, se excedan en las prácticas penitenciales.

Y si se dice que engañadas por el demonio, porque éste, en su astucia, acomoda sus tentaciones a la manera de ser de cada alma; de manera que si la ve muy inclinada a la mortificación lejos de contrariarla, —en lo que perdería su tiempo—, más bien le fomenta esa inclinación para que llegue hasta el exceso, y de ese modo perjudique su salud y aun la arruine para toda su vida.

Entonces el alma descuida el cumplimiento de su deber, las obras de apostolado, la observancia religiosa, y aun puede llegar a caer en la inmortificación a fuerza de los cuidados para recuperar la salud.

Por consiguiente, es necesario que tengamos en cuenta los siguientes principios que dicta la prudencia en la práctica de la mortificación.

La Mortificación es medio, no es fin.

El fin es la unión con Dios; y para lograrlo, el gran obstáculo es el pecado —que nace de nuestras malas inclinaciones—, mortificarlas es un medio necesario, pero nada más es un medio.

Ahora bien, hay una gran diferencia entre la manera como se buscan los medios y como se busca el fin; a éste se tiende de una manera absoluta; en cambio los medios se ponen tanto cuanto ayudan a con seguir el fin. De manera que cuando no son necesarios para alcanzarlo, y sobre todo cuando llegan a estorbar, han de hacerse a un lado.

Por consiguiente, la mortificación debe de usarse tanto cuanto es necesaria para alcanzar la unión con Dios; pero en tal o cual caso en que estorbe o por lo menos no sea útil, hay que suprimirla.

Estimar la Mortificación Interior, sin descuidar la Exterior.

Es más importante dominar la concupiscencia que guardar los sentidos, como es más importante el alma, donde residen las malas inclinaciones, que el cuerpo donde se encuentran los sentidos. Pero sería un gran error separarlas y contentarse sólo con la interior o sólo con la exterior.

Y el caso no es teórico: ya que se encuentran almas que de tal manera exaltan la mortificación interior que llegan a despreciar las penitencias corporales y aun a ridiculizarlas como algo fuera de época, propio de los tiempos bárbaros. Y lo que pasa es que tratan de justificar su falta de valor para hacer las penitencias.

En cambio, otras de tal manera se apegan a las mortificaciones, que las prefieren a la obediencia y tanto empeño ponen ellas que descuidan el cumplimiento del deber y la corrección de sus defectos: dejándose llevar de su mal carácter, se impacientan, murmuran del prójimo, critican a los superiores, descuidan las obras de caridad y de apostolado. Pero eso sí, nadie es capaz de hacer que disminuyan ni menos que supriman sus disciplinas, ayunos y cilicios.

Así como el alma y el cuerpo no pueden separarse ni es posible que dejen de tener un influjo mutuo y constante; así también, no deben separarse estas dos formas de la mortificación que se ayudan entre sí e influyen una en la otra y mutuamente se sostienen.

La Mortificación exterior, debe de hacerse poca, pero constante; poca, pero oculta; poca, pero por obediencia.

La mortificación exterior, debe ser poca, pero constante.

Entre la mortificación exterior y la interior hay esta diferencia: que la interior se puede aumentar indefinidamente, en tanto que la otra no, pues se acabaría en suicidio, es decir, por pecar contra el quinto mandamiento.

La mortificación exterior tiene forzosamente un límite, y es el quinto mandamiento que prohibe darse la muerte, y también puede perjudicar la salud. Como todas las virtudes debe de estar regulada por la prudencia. Toda mortificación imprudente será todo lo que se quiera, menos un acto de virtud.

Ahora bien, suele acontecer que en los primeros fervores las almas de dejan llevar imprudentemente del deseo de mortificarse; el fervor sensible de que gozan les facilita la mortificación y llegan a hacer más de lo que en realidad pueden. Pero pasa el fervor sensible y, como aquellas prácticas de mortificación superaban a sus fuerzas y a las gracias recibidas, acaba el alma por abandonarlas.

Por eso la prudencia más elemental aconseja dos cosas: que se empiece por poco y se vaya aumentando a medida que las inspiraciones de la gracia lo pidan, y que, en materia de mortificación, es más importante la perseverancia en ella, que la cantidad; y como es muy difícil y heroico, perseverar toda la vida en una gran mortificación, es preferible que sea poca en cantidad, pero que dure siempre.

Conviene la mortificación que se poca, pero oculta.

Las prácticas de mortificación que salen al exterior y son conocidas de los demás, se las lleva el demonio de la vanidad, o sea el demonio del orgullo espiritual que es el peor de todos. De una manera más o menos consciente se llegará a mortificarse, no para unirse a Dios, sino para no perder la fama de mortificado.

Todo ello debido a que es difícil ocultar las mortificaciones de importancia. En cambio, las pequeñas pasan desapercibidas. Por eso es más conveniente hacer mortificación moderada pero ocultamente.

Es preferible que la mortificación se poca, pero por obediencia.

Esta mortificación no debe de hacerse, por la propia voluntad. Y esto por dos razones: porque la obediencia al director o confesor espiritual a los superiores nos dará la seguridad de las penitencias no son imprudentes; y porque al mérito de la mortificación, se agregará el de la obediencia.

Prefiere la Mortificación que viene sin buscarla, pero no se debe de dejar de imponerse mortificaciones voluntarias.

La razón es porque la primera viene directamente de Dios, y nadie como El conoce las enfermedades de nuestra alma y, como médico habilísimo, sabe aplicar el remedio más eficaz.

Por eso es preferible a los ayunos, cilicios y disciplinas, una enfermedad soportada generosamente, los achaques de una salud precaria, los rigores de los climas extremosos, la pobreza involuntaria, las humillaciones, desprecios, críticas, calumnias, etc., etc.

Ejemplos en la mortificación de los sentidos:

El Tacto. Soportar el frío o el calor y las posturas incómodas, permanecer más o menos tiempo de rodillas en las oraciones, evitar lo blando de lecho, lujo en los vestidos y en los muebles. No dormir más de lo necesario y levantarse a una hora fija y con diligencia. No olvidar la penitencias tradicionales como son: las disciplinas, cilicios, y otros instrumentos parecidos con permiso del confesor.

El Olfato. Sufrir los malos olores y, en cuanto sea conveniente, privarse de perfumes o usarlos como suma discreción, más bien en beneficio de los demás que para la propia satisfacción.

El Gusto. Sufrir el hambre, la sed; comer sin fijarse en lo que se come y no paladear los alimentos como los gastrónomos; tampoco de debe de comer de prisa como los glotones; ni satisfacerte completamente, lo que además es una excelente regla de higiene; soportar sin murmurar los alimentos mal preparados, fríos, demasiados calientes, salados, desabridos. Ser sobrio, sobre todo en las bebidas embriagantes.

No te levantes de la mesa sin hacer siquiera una mortificación, por pequeña que sea. Pero, sobre todo, se debe de guardar con generosidad los ayunos y las abstinencias prescritas por la Iglesia o por la regla si es religioso y no verlas como una carga pesada.

El Oído. Soportar los ruidos molestos; privarse de conversaciones inútiles o frívolas. Tener cuidado con la música.

La Vista. Evitar las miradas curiosas y con mayor razón las que conllevan algún peligro, por lo mismo se debe tener mucho cuidado cuando se ve la TV, o con el internet. Cuando sea posible, procura guardar los ojos bajos, pero si afectación, por lo menos procura ver sin mirar, como aconsejaba San Francisco de Sales

Por último, recordemos la exhortación que hacia San Pablo a los primeros cristianos invocando y recordando la modestia de Cristo: ¡Qué impresionante debe haber sido esa modestia! Por lo mismo el buen cristiano debe de tratar de reproducirla: ¡que todo su exterior respire modestia y sencillez, mansedumbre y bondad!

La mayor parte de este escrito se tomó del libro: “Reflexiones y Exámenes para el Retiro Mensual” del Rev. Padre J. G. Treviño M. Sp. S.

Mons. Martin Davila Gandara

LA MORTIFICACIÓN INTERIOR

El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt., XVI, 24)

Recordemos que la mortificación tiene o abarca dos aspectos, la mortificación exterior que lucha y refrena los sentidos exteriores por donde las criaturas se excitan o se inclina hacia el mal; y la mortificación interiorque combate y lucha contra las malas inclinaciones interiores del alma.

Sobre la mortificación interior, es importante que meditemos y reflexionemos en las siguientes verdades básicas.

LA MORTIFICACIÓN INTERIOR—QUE TAMBIÉN PODEMOS LLAMAR ABNEGACIÓN, RENUNCIAMIENTO, ESPÍRITU DE SACRIFICIO—ES LA CONDICIÓN NECESARIA PARA SEGUIR A CRISTO; Y SEGUIR A CRISTO ES EL ÚNICO CAMINO PARA LLEGAR AL CIELO.

Jesucristo mismo lo aseguró, y de una manera tan clara, que no dejó lugar a duda alguna: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt., XVI, 24).

No es el renunciamiento uno de tantos caminos para salvarnos; después del pecado original, sino que es único; porque el camino que lleva a la vida eterna es arduo como nos dice Nuestro Salvador: “¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida, y cuan pocos los que dan con ella!” (Mt., 7, 14).

Por lo mismo, no tratemos de suavizar el Evangelio; debemos de tomarlo como es, en su varonil austeridad. Sin duda que bajo esa corteza ruda hay tesoros de caridad y dulzura, de misericordia y de indulgencia.

Y es, sin embargo, una dulzura que anima y sostiene la abnegación, pero que no dispensa de ella; una misericordia que perdona al culpable y una indulgencia que lo disculpa, pero que suprime la expiación de la culpa; y precisamente porque es caridad y amor que busca el bien del que ama, no transige con el mal.

¿Podrá un campesino obtener una cosecha abundante, sino vuelve a preocuparse de la semilla que arrojó en el curso? ¿Podrá un comerciante o un industrial hacer fortuna, si se cruza de brazos y espera que las ganancias le lluevan del cielo? ¿Podrá un estudiante lograr las primeras notas si no estudia con tesón, si no presta una atención sostenida en clase?

No, de ninguna manera: las cosas valen lo que cuestan. Sólo los premios de lotería se alcanzan por los azares de la suerte. Fuera de ellos, todo premio corresponde al mérito, al trabajo, al esfuerzo; si no, no sería verdadero premio: ya que el premio injusto no es premio.

El cielo tiene la razón de premio, de recompensa; no se alcanza, por tanto, gracias a la buena suerte, sino que corresponde a las obras buenas, a la virtud, al mérito, lo cual no puede logarse sin una lucha encarnizada contra el mal.

Por eso Jesucristo asegura que “el reino de los cielos exige violencia y sólo los que se hacen lo conquistan” (Mt., XI, 12).

Y no vacila en lanzar al mundo esta afirmación desconcertante: “No penséis que vine a traer la paz a la tierra, sino espada, la lucha, la guerra” (Mt., X, 34)

Algunos pensaran que esta afirmación es contradictoria debido al mensaje de Belen que afirma que Cristo vino a traernos la paz; y que también antes de abandonar el mundo nos asegura que dejaba su paz (Jn., XIV, 27).

Sobre estas afirmaciones hay que considerar que existen dos clases de paz, hay una paz mala que resulta de evitar la guerra; y hay una buena fruto de esa buena guerra.

La paz mala nace de halagar las pasiones, de no contrariar la concupiscencia, de no luchar contra las malas inclinaciones, antes bien, de dejarse llevar de ellas: es la paz del mundo y de los mundanos. Esa no vino a traerla Jesucristo y por eso dijo: “no os doy la paz como la da el mundo”.

La paz buena es la que se conquista con la espada, es decir luchando contra nuestras inclinaciones malas y en la medida en que se dominan las pasiones.

Y esa paz es la que anunciaron los ángeles en Belén, la que conquistó Jesucristo con su Sacrificio en la Cruz, la que nos legó antes de subir a los cielos; pero no como un bien ya adquirido, sino como una victoria, que—en virtud de sus méritos—cada uno debe de conquistar con sus propios esfuerzos, con su abnegación, con su renunciamiento, con su mortificación; en una palabra, luchando contra sus pasiones.

Sin esta lucha,—a lo menos la necesaria para evitar el pecado y conservarse en gracia—, no hay salvación posible.

Lo cual nos lleva al segundo principio que se debe meditar. Debido a que sin esta lucha llevada hasta sus últimos limites, la santidad es imposible.

LA MORTIFICACIÓN INTERIOR ES INDISPENSABLE PARA PRACTICAR LA VIRTUD Y LLEGAR A LA SANTIDAD.

Sin ella, es imposible que se corrijan los defectos; y como éstos renacen sin cesar, es preciso que nos mortifiquemos constantemente.

Pero como, por una parte, no se corrige un defecto sino practicando la virtud contraria; y por otra, no se puede practicar una virtud sin ir contra nuestras inclinaciones malas; entonces se ve claro que no se puede practicar la virtud sin abnegación y renunciamiento.

Sin duda que mientras más nos venzamos, menos dificultad se tendrá para practicar la virtud; que es una señal de haberla adquirido con perfección, con la facilidad y deleite con que se ejecutan los actos.

Siendo esta facilidad y deleite propia de las almas encumbradas. Pero habrá que advertir que en esas alturas no se podrá suprimir la mortificación interior; de lo contrario, renacerán otra vez las dificultades anteriores.

También, suele suceder. Que en esas cumbres de la santidad resurge más vigorosa la mortificación y con un nuevo sentido se le pudiera llamar “mortificación redentora”; porque el alma santa, unida a Cristo, prolonga en sí misma la pasión del Redentor.

Pero, ¿de qué depende que hay almas que progresan en la perfección y almas que se retrasan y se van quedando más y más atrás de donde debieran ir?

Esto depende de los actos fervientes y de los actos negligentes. Las almas cuyos actos de virtud son fervorosos, es porque ponen en ellos todo el esfuerzo, toda la aplicación de que son capaces, por lo mismo hacen grandes progresos.

Las almas que se dejan llevar de la pereza espiritual, de la inclinación al menor esfuerzo, y que por consiguiente sus actos de virtud son tibios, se estancan en lugar de adelantar, mejor dicho, retroceden; suelen llamarseles almas retrasadas.

Y la razón es obvia, porque todo acto fervoroso obtiene luego su premio: que es el aumento de la gracia y del mérito. Al contrario, el acto negligente no alcanza luego ese aumento y ni siquiera se podrá precisar cuándo lo obtendrá.

Entonces ¿De que dependerá de que un acto sea ferviente o tibio, si no del sacrificio para corresponder a la gracia, para vencer la apatía y dejadez, en una palabra, de la abnegación y del renunciamiento?

Por lo tanto, es importante que tengamos el convencimiento de que “tanto más se va a adelantar en el camino de la salvación, cuanto más esfuerzo se haga”.

LA MORTIFICACIÓN INTERIOR, EN CIERTO SENTIDO, ES ILIMITADA EN CUANTO A SU OBJETO Y EN CUANTO A SU DURACIÓN, ES DECIR, SE EXTIENDE A TODO Y DURA SIEMPRE, ES UNIVERSAL Y PARA TODA LA VIDA.

La mortificación interior es universal.

Con excepción de la prudencia, que interviene en la dirección y gobierno de todas las virtudes, las demás virtudes morales tienen un campo limitado; la mansedumbre sólo se opone a la ira, la humildad al orgullo, etc. Pero la mortificación interior, interviene en la lucha contra todos los vicios y, por consiguiente, en la práctica de todas las virtudes.

Acaso ¿Se podrá luchar contra la pereza, la vanidad, la cólera, la sensualidad, la envidia, sin la mortificación? o ¿Cómo se podrá llegar a ser sufrido, sumiso, diligente, amable, sin vencerse?

Consideremos, que la lucha para corregir los vicios y practicar las virtudes no es otra cosa que la lucha contra “el hombre viejo”, el combate contra la concupiscencia, o sea la mortificación de nuestras inclinaciones malas.

La práctica de la virtud exige esfuerzo y vencimiento, por lo tanto, renunciamiento y abnegación.

La mortificación interior debe durar siempre.

Si a fuerza de mortificarnos, llegará a extinguirse la concupiscencia, ya no sería necesaria la mortificación. Mas como la concupiscencia se domeña, pero no se mata, así como las pasiones se dominan, pero no se extinguen; las inclinaciones malas se vencen, pero persisten aún en los santos; es por eso, que la mortificación nunca deja de ser necesaria mientras se viva en este mundo.

Pero esta ilimitación del renunciamiento tiene otro aspecto que, por su importancia se debe considerar más a propósito.

EN LA MORTIFICACIÓN INTERIOR, LA ABNEGACIÓN, HA DE SER TOTAL, SI SE QUIERE LLEGAR A LA SANTIDAD.

Por el grado de abnegación de un alma se puede medir lo que vale. El alma que no se renuncia en nada, nada vale. Por lo mismo, decía Lacordaire: “Cuando se quiera saber lo que vale un alma, púlsala, si no vibra con el sonido del sacrificio, sigue adelante: ¡es un alma vulgar!”.

El alma que se renuncia a las veces y a las veces no, es un alma mediocre. Tal vez, irá progresando, si su abnegación va creciendo; pero descenderá hasta la vulgaridad, cada vez que se renuncie menos.

El alma cuya abnegación es total es un alma santa. Porque si nada le niega a Dios, la gracia no encuentra en ella obstáculo alguno, y como un torrente intempestuoso, la inunda hasta desbordarla.

Pero si se ahonda más en esta verdad, se descubrirá que la abnegación no puede ser a medias, debido a que la mortificación por su naturaleza misma debe ser total: porque acaso, alguien: ¿se podrá morir a medias?

Jesucristo lo afirmó categóricamente: “el que no renuncia a todo, aún a sí mismo, no puede ser mi discípulo” (Lc., XV, 26- 33).

He aquí la razón: el amor de Dios y el amor a uno mismo mismo son antagónicos; de manera que crece uno en la medida que decrece el otro. La caridad no podrá ser total, sino cuando el amor propio haya muerto por una total abnegación.

Ahora bien, la caridad por su naturaleza misma es un amor sobre todas cosas, soberano, absoluto, total. El mandamiento del amor así lo afirma: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas” (Mc., XII, 30). Luego la abnegación debe también ser total.

Pero, debemos fijarnos bien en que desde el principio de la vida espiritual, la caridad, como la abnegación, debe ser total. Si no amamos a Dios con todo el corazón no es verdadera caridad, no es amor sobre todas las cosas. Y no podemos amar a Dios con todo el corazón sin renunciarnos totalmente.

Algunos pueden objetar que, si desde el principio de la caridad y la abnegación son totales, ya no pueden crecer.

Esta objeción no es valida, debido a que sí puede crecer, porque cada día se puede ensanchar más el corazón, es decir, la capacidad de amar. Y cada día se debe de amar a Dios con todo el corazón; pero, por decirlo de alguna manera, el corazón de hoy es más grande, que el corazón de ayer; o sea más grande que el todo de ayer es el todo de hoy.

De la misma manera, la abnegación puede y debe crecer, a pesar de ser siempre total. Hoy debemos sacrificarle a Dios todo lo que nos pida; si lo hacemos, mañana ampliará el campo de los renunciamientos, y nos pedirá más: o sea el todo de mañana será mayor que el todo de hoy.

Dios, siendo Bondad infinita, es insaciable para dar, pero como no puede dar, sino en la medida en que renunciemos a lo que estorba a sus dones; ya que el Señor es también insaciable para pedir. Y cada día nos pedirá más y más, y así nuestra abnegación crecerá cada día para ser siempre total.

Cuando Santa Teresa de Lisieux tenía tres años, Dios le pedía esas pequeñeces que se pueden pedir en tan corta edad; pero la niña no le negó una sola: su abnegación fue total. A medida que fue creciendo, Dios le fue pidiendo cosas mayores, hasta llegar al terrible martirio que sufrió al final de su vida.

En la misma medida creció su abnegación; siendo siempre total. Por eso la caridad en su alma llegó al heroísmo. Por eso murió de amor.

Hagamos un examen con respecto a la mortificación interior. Por lo cual cada quien con toda sinceridad conteste en su interior:

1.-¿Estás prácticamente convencido de que la abnegación es el UNICO camino para salvarte, y con mayor razón para llegar a la santidad?

2.- O por el contrario, te ilusionas y tratas de forjarte una piedad cómoda y dulzona? ¿te olvidas de la virilidad del cristianismo y de la austeridad santa del Evangelio?

3.-¿Quieres conservar una paz mala, rehuyendo una guerra buena? ¿O guerreando contra tus pasiones tratas de conquistar una paz verdadera?

4.-¿Te esfuerzas para que tus actos sean fervorosos, es decir, para que correspondan al grado de gracia que has adquirido? ¿O son tibios, negligentes, y con ellos no logras que crezca la gracia en tu alma, por lo menos inmediatamente?

5.-¿Estás convencido de que la mortificación interior debe ser universal, es decir, que es necesaria para el ejercicio de todas la virtudes?

6.-¿Qué la mortificación interior debe durar siempre, es decir, que mientras vivas en este mundo nunca dejará de ser necesaria?

7.-¿Qué ha de ser total, si quieres llegar a la perfección?

Por último, espero que este tema de la mortificación que se ha tratado, les de luz, y a la vez sea un refuerzo a la voluntad para que vivan de la mejor manera estos días de la Semana Santa.

La mayor parte de este escrito se tomó del libro: “Reflexiones y Exámenes para el Retiro Mensual” del Rev. Padre J. G. Treviño M. Sp. S.

Mons. Martin Davila Gandara

LOS PRIMEROS HIMNOS CRISTIANOS

Los Primeros Pasos de la Poesía Cristiana.

1. Los Primeros Himnos Cristianos.
Uno de los elementos esenciales del culto cristiano, desde los mismos orígenes, fueron los himnos. Los salmos y cánticos del Antiguo Testamento desempeñaron un papel muy importante en la liturgia cristiana primitiva. Pero los cristianos no tardaron en producir composiciones similares nuevas. San Pablo nos habla (Col. 3,16) de salmos, himnos y cánticos espirituales.
El Nuevo Testamento contiene cierto número de estos cánticos o himnos, como son el Magnificat (Lc. l,46ss), el Benedictus (l,68ss), el Gloria in excelsis (2,14) y el Nunc dimittis (2,29ss), que siguen todavía formando parte de la liturgia de la iglesia en el Occidente. El Apocalipsis de San Juan habla de un “himno nuevo” (5,9ss) que cantan los justos en el cielo en alabanza de Cordero. Es probable que en este pasaje el autor se inspirara en la liturgia de su tiempo, pues se imagina la liturgia del cielo como un eco de la liturgia de la tierra. Además de este “himno nuevo,” hay en este libro un gran número de breves himnos, que nos dan una idea de la naturaleza y del contenido de los primitivos himnos cristianos (cf. Apoc. 1,4-7. 8-11 etc.). Naturalmente, todos estos cánticos no responden a la definición griega de la poesía, puesto que no siguen ningún canon métrico regular. Están escritos en un lenguaje solemne y exaltado y conservan el parallelismus membrorum. Pero siguen siendo prosa. Mas, ya dentro del siglo II, los gnósticos, que estaban en contacto con la literatura helenística, compusieron gran número de himnos métricos para difundir sus doctrinas. Muchos de ellos los encontramos en los Hechos apócrifos de los Apóstoles. Recordemos, por ejemplo, los dos ya mencionados más arriba (p.139s), el himno del alma en los Hechos de Tomás, y el himno que Cristo canta con sus Apóstoles en los Hechos de Juan. El mejor ejemplar de esta himnología gnóstica es el himno de los naasenos, conservado por Hipólito (Philosophoumena 5,10,2). No es, pues, mera coincidencia que Clemente de Alejandría, que se esforzó por reconciliar el cristianismo con la cultura y luchó por un gnosticismo católico, compusiera un himno métrico en anapestos en honor de Cristo. El himno a Cristo Salvador se halla al fin de su Paidagogos. En él se alaba a Cristo como
Rey de los santos, Verbo todopoderoso
Del Padre, Señor altísimo,
Cabeza y príncipe de la sabiduría,
Alivio de todo dolor;
Señor del tiempo y del espacio,
Jesús, Salvador de nuestra raza.
El famoso Himno vespertino Fos Hilarion (Luz Serena), que aún subsiste en el oficio vespertino de la liturgia de los presantificados de la Iglesia griega, es del siglo II:
Luz serena de la gloria santa
del Padre Eterno,
¡oh Jesucristo!:
Habiendo llegado a la puesta del sol,
y viendo aparecer la luz vespertina,
alabamos al Padre y al Hijo
y al Santo Espíritu de Dios.
Es un deber alabarte
en todo tiempo con santos cánticos,
Hijo de Dios, que has dado vida;
por eso el mundo te glorifica.
El año 1922 se halló el fragmento de un himno cristiano con notación musical, en Oxyrhynchos (Oxyrh. Pap. vol. 15 n.1786). Parece que el himno es de fines del siglo III. Se han conservado solamente algunas pocas palabras: “Todas las gloriosas criaturas de Dios no deberían permanecer silenciosas y dejarse eclipsar por las radiantes estrellas… Las aguas del arroyo que murmura deberían cantar las alabanzas de nuestro Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”
En su Historia eclesiástica (7,30,10), Eusebio refiere que Pablo de Samosata fue acusado de haber suprimido los himnos dirigidos a Jesucristo por ser modernos y compuestos por autores modernos. Cada día se iba introduciendo más la costumbre de cantar himnos, incluso en casa, con el fin de suplantar los himnos a los dioses paganos. Así, pues, el himno desempeñó un papel importante no solamente en el desarrollo de la liturgia cristiana, sino también en la penetración de las ideas cristianas en la cultura de la época.
2. Las “Odas de Salomón.”
Las Odas de Salomón son en el terreno de la literatura cristiana primitiva el descubrimiento más importante, después del hallazgo de la Didaché. El primero a quien cupo la suerte de dar con ellas fue Rendel Harris, en 1905, en un manuscrito siríaco. Aunque fueron publicadas ya en 1909, han desafiado todos los esfuerzos hechos desde entonces para determinar exactamente su carácter. Es cierto que algunos de estos cuarenta y dos himnos reflejan ideas gnósticas (cf. Odas 19 y 35), pero no se puede llamar a esta colección, con absoluta certeza, “Himnario de las iglesias gnósticas”; falta en ellas el dualismo gnóstico (cf. Odas 7,20ss; 16,10ss). Aún se puede sostener menos la teoría de que estas Odas en su forma original eran puramente judías y que, alrededor del año 100, un cristiano habría hecho extensas interpolaciones. En apoyo de esta teoría se aducen dos razones:
1) En el manuscrito donde se hallan las Odas, éstas aparecen yuxtapuestas a los Salmos de Salomón, de carácter marcadamente judío.
2) El segundo argumento es de tipo lingüístico. El autor de las Odas emplea un lenguaje que recuerda muy de cerca al Antiguo Testamento; emplea con frecuencia el paralelismo de los miembros, las parábolas y las figuras. Todas estas características, sin embargo, pueden explicarse perfectamente por el deseo paladino del autor de imitar los salmos y su estilo.
El argumento decisivo contra toda suposición de procedencia judía y de interpolación cristiana de las Odas estriba en su unidad de estilo. Tienen que ser obra de un mismo autor, aunque ignoramos su identidad. Ya no se piensa más en Bardesano como posible autor de las Odas. Tampoco pueden ser atribuidas a Afraates o a Efrén Siro; las numerosas alusiones a la doctrina y al ritual del bautismo no bastan a demostrar que sean himnos bautismales. Tampoco existen razones convincentes para suponer que sean de origen montañista. Lo más probable es que expresen las creencias y las esperanzas de la cristiandad oriental. Esto no excluye la posibilidad de que la mitología y la filosofía griegas hayan influido hasta cierto punto en el autor. Hay sólidos indicios de que fueron escritas durante el siglo II, probablemente en su primera mitad. La lengua original fue, probabilísimamente, el griego — no el hebreo, ni el arameo, ni el siríaco — . Burkitt descubrió un segundo manuscrito de estos himnos, que data del siglo X y pertenece a la colección nitriana del Museo Británico (Add. 14538). Este documento es más reducido que el publicado por Rendel Harris, conservando solamente el texto siríaco desde la oda 17,7 hasta el fin.
Hasta el año 1909, todo lo que se conocía de las Odas era lo siguiente:
1) Una sola cita de Lactancio (Instit. IV 12,3) de la oda 19,6;
2) Se hablaba de ellas en la Synopsis Sacrae Scripturae del Pseudo-Atanasio, catálogo de libros sagrados del Antiguo Testamento, del siglo VI, que enumera los libros canónicos del mismo. Se dice allí: “También hay otros libros del Antiguo Testamento que no se consideran como canónicos, pero que se leen a los catecúmenos… Macabeos… Salmos y Odas de Salomón, Susana.” La Esticometría de Nicéforo, lista de libros de la Escritura que en su presente forma data del 850 poco más o menos, cita las Odas en términos parecidos.
3) Un tratado gnóstico llamado Pistis Sophia cita como Sagrada Escritura el texto completo de cinco de estas Odas. Tanto la traducción copta, que se halla en esta obra, como la narracion siríaca de los manuscritos de Harris y Burkitt parecen hechos a base del original griego, que se ha perdido, a excepción de la oda 11.
Contenido de las Odas.
El contenido de estos himnos respira por doquier un exaltado misticismo, en el que se cree reconocer la influencia del Evangelio de San Juan. La mayoría son alabanzas divinas de un carácter general, sin trazas de pensamiento teológico o especulativo. Algunos, sin embargo, enaltecen temas dogmáticos, como la encarnación, el descenso al limbo y los privilegios de la gracia divina. La Oda 7, por ejemplo, describe la encarnación:
Como el impulso de la ira contra la iniquidad,
así es el impulso del gozo hacia el objeto amado;
sirve sus frutos sin restricción:
mi gozo es el Señor y mi impulso es hacia El.
Mi senda es excelente:
porque tengo quien me ayuda, el Señor.
Se me ha dado a conocer con liberalidad
en su simplicidad;
su bondad ha humillado su grandeza,
se hizo como yo,
a fin de que yo pudiera recibirle.
Exteriormente fue reputado semejante a mí
a fin de que yo pudiera revestirme de El;
y no temblé cuando le vi:
porque fue bondadoso conmigo:
se hizo como mi naturaleza,
a fin de que yo pudiera comprenderle,
y como mi figura,
para que no me aparte de El.
El Padre de la ciencia
es la Palabra de la ciencia:
El que creó la sabiduría
es más sabio que sus obras:
y el que me creó
cuando yo aún no era,
sabía lo que yo haría
cuando empezara a existir:
por eso tuvo compasión de mí
por su gran misericordia:
y me concedió que le pidiera
y que recibiera de su sacrificio:
porque El es el inmutable,
la plenitud de los tiempos
y el Padre de ellos.
La oda 19 es un canto que ensalza la concepción virginal; lo mismo que la Ascensión de Isaías (XI 14), insiste en el parto sin dolor, buscando evidentemente el contraste con el parto de Eva:
El seno de la Virgen concibió
y dio a luz:
y la Virgen vino a ser Madre con mucha misericordia:
y estuvo preñada
y dio a luz un hijo sin dolor.
Para que no sucediera nada inútilmente,
ella no fue en busca de comadrona
(porque fue El quien hizo que ella concibiera),
ella dio a luz
como si fuera un hombre,
por su propia voluntad,
y dio a luz abiertamente,
y lo adquirió con gran poder,
y lo amó para salvación,
y lo guardó con cariño,
y lo mostró con majestad,
Aleluya.
La oda 12 canta al Logos:
Me llenó con palabras de verdad:
para que yo le pueda expresar;
y como un manantial de aguas fluye la verdad de mi boca,
y mis labios muestran su fruto.
Y El hizo que su ciencia abundara en mí,
porque la boca del Señor es la Palabra verdadera,
y la puerta de su luz,
y el Altísimo la dio a sus mundos,
que son los intérpretes de su propia belleza,
y los narradores de su gloria,
y los confesores de su consejo,
y los pregoneros de su pensamiento,
y los que guardan puras sus obras.
Porque la sutileza de la Palabra no se puede expresar,
y su agudeza corre parejas con su rapidez;
y su carrera no conoce límites.
No cae jamás, mas tiénese firme,
no sabe lo que es el descenso, ni su camino.
Porque tal como es su obra, así es su expectación:
porque es luz y aurora del pensamiento;
en ella los mundos se hablan unos a otros,
y en la palabra existían los que guardaban silencio;
y de ella vino el amor y la concordia;
y se hablaban mutuamente
todo lo que era suyo:
y fueron penetrados por la Palabra:
y conocieron al que los había hecho.
porque estaban en paz:
porque la boca del Altísimo les habló;
y su explicación corrió por medio de ella;
pues la morada del Verbo es el hombre;
y su verdad es amor.
Bienaventurados los que por medio de ella
lo han entendido todo,
y han conocido al Señor en su verdad:
Aleluya.
La oda 28 ofrece una descripción poética de la Pasión con alguna que otra reminiscencia escriturística. Es Cristo el que habla:
Los que me vieron se maravillaron,
porque yo era perseguido,
y creyeron que había sido aniquilado:
pues les parecía que yo estaba perdido,
pero mi opresión fue causa de mi salvación;
y yo fui su reprobación,
porque no había envidia en mí;
porque yo hice el bien a todos los hombres
fui odiado,
y me rodearon como perros rabiosos,
que sin saberlo atacan a sus propios amos,
porque su pensamiento está corrompido y su entendimiento pervertido.
Por mi parte, yo llevaba el agua en mi mano derecha,
y con mi dulzura aguanté su amargor;
y no he perecido
porque no era su hermano
ni mi nacimiento era como el suyo,
y me buscaron para darme muerte
y no pudieron lograrlo:
porque yo era más viejo que su memoria;
e inútilmente echaron suertes sobre mí;
en vano los que estaban detrás de mí
se esforzaron por aniquilar la memoria de Aquel
que existía antes que ellos:
porque no hay nada anterior al Pensamiento del Altísimo:
y su corazón es superior a toda sabiduría. Aleluya.
El tema de la oda 42 es la resurrección de Cristo y su victoria en el limbo. Es particularmente notable el grito que las almas del mundo inferior dirigen al Salvador pidiendo su liberación de la muerte y de las tinieblas, que se halla al final del himno:
Yo extendí mis manos y me acerqué a mi Señor:
porque la extensión de las manos es su signo:
mi extensión es el árbol extendido
que fue colocado en el camino del Justo.
Y vine a ser inútil
para los que no se apoderaron de mí;
y yo estaré con los que me aman.
Todos mis perseguidores han muerto:
y me han buscado
los que pusieron su esperanza en mí;
porque yo vivo:
y resucité y estoy con ellos;
y hablaré por su boca.
Porque ellos menospreciaron
a los que les persiguieron;
y he puesto sobre ellos el yugo de mi amor;
como el brazo del esposo sobre la esposa,
así fue mí yugo sobre los que me conocen,
y como el lecho tendido en la casa del esposo y de la esposa,
así es mi amor sobre los que creen en mi.
Y yo no fui reprobado,
aunque lo pareciera.
Y no perecí
por más que ellos así lo maquinaron contra mí.
El Sheol me vio y quedó vencido;
la muerte me vomitó
y a otros muchos conmigo.
Yo era hiel y vinagre para ella,
y bajé con ella hasta lo más hondo de sus profundidades:
y ella dejó escapar los pies y la cabeza,
porque no podían soportar mí rostro:
y celebré una asamblea de vivientes entre muertos
y hablé con ellos con labios vivos:
porque no será vana mi palabra.
Y los que habían muerto corrieron hacia mí:
y gritando dijeron:
Hijo de Dios, ten piedad de nosotros
y haz con nosotros según tu misericordia,
y sácanos de las cadenas de las tinieblas:
y ábrenos la puerta para que podamos salir hasta ti.
Seamos también nosotros redimidos contigo:
porque tú eres nuestro Redentor.
Y oí su voz:
y sellé mi nombre sobre sus cabezas:
porque ellos son hombres libres y me pertenecen.
Aleluya.
3. Los Oráculos Sibilinos Cristianos.
Bajo el nombre mítico de la Sibila aparecieron catorce libros de poemas didácticos en hexámetros, compuestos la mayor parte durante el siglo II. Los compiladores fueron cristianos orientales que se sirvieron de escritos judíos como base. Ya desde el siglo II antes de Jesucristo, los judíos helenísticos adoptaron la idea de la Sibila o Vidente para hacer propaganda de la religión judía en los círculos paganos. Es Posible que incorporaran a sus escritos oráculos paganos, tales como las sentencias de la Sibila de Eritrea. La misma idea propagandística movió a los escritores cristianos a componer los oráculos sibilinos del siglo II de nuestra era. La obra, en Su forma actual, es una compilación y mezcla de material pagano, judío y cristiano de carácter histórico, político y religioso. Los libros VI, VII y grandes secciones del VIII son de origen exclusivamente cristiano; probablemente también los libros XIII y XIV. Los libros I, II y V parecen de origen judío, con interpolaciones cristianas. Los libros IX y X aún no han podido ser hallados. Los libros XI al XIV fueron descubiertos en 1817 por el cardenal A. Mai.
El libro VI contiene un himno en honor de Cristo. Los milagros de los evangelios canónicos aparecen como profecías del futuro. Al final se anuncia la asunción al cielo de la cruz del Salvador. El libro VII (162 versos) profetiza infortunios y calamidades contra las naciones y ciudades paganas, y hace una descripción de la edad de oro que vendrá al fin de los tiempos.
El libro VIII es escatológico. La primera parte (del 1 al 216) respira toda ella odio y maldiciones contra Roma, y habla de Adriano y de sus tres sucesores, Pío, Lucio Vero y Marco. Ello prueba que esta parte fue compuesta poco antes del 180, probablemente por un judío. Lo restante del libro es de carácter cristiano, y en él encontramos el famoso acróstico ??s?? ???st?? ?e?? ??o? s?t?? …, del que hablan Constantino (Ad coetum sanctorum 18) y Agustín (De civ. Dei 18,23). Después de una descripción escatológica siguen unos pasajes sobre la esencia de Dios y de Cristo, sobre la Natividad y el culto cristiano.
Parece que los cristianos utilizaban las profecías de la Sibila ya en el siglo II, porque Celso, hacia el 177 ó 178, se esfuerza en hacer ver que los cristianos las interpolaron (Origenes Contra Celsum 7,53). En el siglo IV, Lactancio rechaza esta idea. Cita versos de autores cristianos como profecías de la Sibila de Eritrea y los coloca al mismo nivel que los oráculos de los profetas del Antiguo Testamento. Durante la Edad Media, los oráculos sibilinos fueron tenidos en muy alta estima. Teólogos como Tomás de Aquino y poetas como Dante y Calderón no escaparon a su influjo. Asimismo, artistas como Rafael y Miguel Ángel (capilla Sixtina) se inspiraron en ellos. El Dies irae cita el testimonio de la Sibila junto al del profeta David en su descripción del juicio universal.
4. Los “Oráculos de Sexto.”
Los llamados Oráculos de Sexto son una colección de máximas morales y normas de conducta de origen pagano, que fueron atribuidas al filósofo pitagórico Sexto. Un autor cristiano (¿de Alejandría?) las revisó a fines del siglo II. Orígenes es el primero que menciona estos oráculos. En su Contra Celsum (8,30) recuerda “una hermosa máxima de los escritos de Sexto, que conocen casi todos los cristianos: Comer animales, dice, es cosa indiferente; pero abstenerse de ellos está más puesto en razón.” Rufino vertió 451 de estas sentencias del griego al latín. En el prefacio de su traducción identifica sin razón al filósofo pitagórico Sexto con “el obispo de Roma y mártir Sixto II (257-58). Pero Jerónimo (Comm. in Ez. ad 18,5ss, Comm. in Ier. ad 22,24ss, Ep. 133 ad Ctesiph. 3) protestó enérgicamente contra tamaño desatino.
La mayoría de estos oráculos están inspirados en ideas platónicas sobre la purificación, iluminación y deificación, y en el concepto platónico de Dios. Se aconseja moderación en la comida, bebida y sueño. No se recomienda el matrimonio. Muchas de estas máximas nos recuerdan la filosofía de la vida de Clemente de Alejandría. Nada tendría de extraño que fuera él el autor cristiano que las revisó.
5. Epitafios Cristianos en Verso.
La poesía cristiana hace su aparición en los epitafios muy pronto. Destacan dos por su antigüedad e importancia.
A) El epitafio de Abercio.
La reina de todas las inscripciones cristianas anticuas es el epitafio de Abercio. En 1883, el arqueólogo W. Ramsay, de la Universidad de Aberdeen, en Escocia, descubrió cerca de Hierópolis, en la Phrigia Salutaris, dos fragmentos de esta inscripción. que ahora se encuentran en el Museo de Letrán. Un año antes había hallado un epitafio cristiano de Alejandro, del año 216, que es una imitación de la inscripción de Abercio. Con la ayuda de este epitafio de Alejandro y de la biografía griega de Abercio, del siglo IV, publicada por Boissonnade en 1838, fue posible restaurar el texto íntegro de la inscripción. Comprende 22 versos, un dístico y 20 hexámetros. Narra brevemente la vida y acciones de Abercio. El texto fue compuesto hacia finales del siglo II, ciertamente antes del 216, fecha del epitafio de Alejandro. El autor de la inscripción es Abercio, obispo de Hierópolis, que lo compuso a la edad de setenta y dos años. El gran acontecimiento de su vida fue su viaje a Roma, que describe. La inscripción está redactada en un estilo místico y simbólico, según la disciplina del arcano, para ocultar su carácter cristiano a los no iniciados. Su fraseología metafórica dio origen a una viva controversia luego de descubierto el monumento. Muchos sabios, como G. Ficker y A. Dieterich, trataron de probar que Abercio no era cristiano, sino un adorador de la diosa frigia Cibeles, mientras que A. Harnack llamó a Abercio un sincretista. Sin embargo, De Rossi, Duchesne, Cumont, Dölger y Abel lograron demostrar con éxito que tanto el contenido como el estilo revelan indudablemente su origen cristiano. Traducido al español, dice así:
Yo, ciudadano de una ciudad distinguida, hice este monumento
en vida, para tener aquí a tiempo un lugar para mi cuerpo.
Me llamo Abercio, soy discípulo del pastor casto
que apacienta sus rebaños de ovejas por montes y campos,
que tiene los ojos grandes que miran a todas partes.
Este es, pues, el que me enseñó… escrituras fieles.
El que me envió a Roma a contemplar la majestad soberana
y a ver a una reina de áurea veste y sandalias de oro.
Allí vi a un pueblo que tenía un sello resplandeciente.
Y vi la llanura de Siria y todas las ciudades, y Nísibe
después de atravesar el Eufrates; en todas partes hallé colegas,
teniendo por compañero a Pablo, en todas partes me guiaba la fe
y en todas partes me servía en comida el pez del manantial,
muy grande, puro, que cogía una virgen casta, y lo daba siempre a comer a los amigos, teniendo un vino delicioso y dando mezcla de vino y agua con pan.
Yo, Abercio, estando presente, dicté estas cosas para que aquí se escribiesen,
a los setenta y dos años de edad.
Quien entienda estas cosas y sienta de la misma manera, niegue por Abercio.
Nadie ponga otro túmulo sobre el mío.
De lo contrario pagará dos mil monedas de oro al tesoro romano y mil a mi querida patria Hierópolis.
La importancia teológica de este texto es manifiesta. Es el más antiguo monumento en piedra que hable de la Eucaristía. El pastor casto, del cual Abercio dice ser discípulo, es Cristo. El fue el que le mandó a Roma a ver a la Iglesia, “la reina de áurea veste y sandalias de oro,” y a los cristianos, “pueblo que tiene un sello resplandeciente.” El término sello (sf?a??) para significar el bautismo era muy conocido en el siglo II. Por todas partes, en su viaje a Roma, encontró correligionarios, que le ofrecieron la Eucaristía bajo ambas especies, pan y vino. El pez de la fuente, muy grande y puro, es Cristo, según el acróstico ??T?S. La Virgen inmaculada que tomo el pez es, según el modo de hablar de aquel tiempo, la Virgen María, que concibió al Salvador.
B) El epitafio de Pectorio.
El epitafio de Pectorio fue hallado en siete fragmentos en un antiguo cementerio cristiano cerca de Autún (Francia) el año 1830. El primero en publicarlo fue el cardenal J. P. Pitra, quien, al igual que J. B. Rossi, lo data a principios del siglo II, mientras que E. Le Blant y J. Wilpert opinan que es de fines del siglo III. La forma y el estilo de las letras hacen pensar en el período que va del 350 al 400. Pero su fraseología es exactamente igual a la del epitafio de Abercio, que es del siglo II.
Esta inscripción es un bello poema de tres dísticos y cinco hexámetros. Los primeros cinco versos están unidos entre sí por el acróstico ??T?S. El contenido se divide en dos partes. La primera, que comprende los versos del 1 al 7, es de carácter doctrinal y va dirigido al lector. Se llama al bautismo “fuente inmortal de aguas divinas,” y a la Eucaristía, “alimentó, dulce como la miel, del Salvador de los santos.” La antigua costumbre cristiana de recibir la comunión en las manos explica las palabras “teniendo el pez en las palmas de tus manos.” Cristo es llamado “la luz de los muertos.” La segunda parte, que comprende los cuatro últimos versos, es más personal. Ruega aquí Pectorio por su madre y pide a sus padres y hermanos difuntos una oración “en la paz del Pez.” Es muy posible que la primera parte fuera una cita de un poema mucho más antiguo. Esto explicaría la semejanza de lenguaje con el epitafio de Abercio. El texto de la inscripción es como sigue:
¡Oh raza divina del Ichthys! (el Pez),
conserva tu alma pura entre los mortales,
tú que recibiste la fuente inmortal de aguas divinas.
Templa tu alma, querido amigo, en las aguas perennes
de la sabiduría que reparte riquezas.
Recibe el alimento, dulce como la miel, del Salvador de los Santos,
come con avidez, teniendo el Ichthys (el Pez) en las palmas de tus manos.
Aliméntame con el Pez, te lo ruego, Señor y Salvador.
Que descanse en paz mi madre,
te suplico a ti, luz de los muertos.
Ascandio, padre carísimo de mi alma,
con mi dulce madre y mis hermanos,
en la paz del Pez, acuérdate de tu Pectorio.

LA ULTIMA CRUZADA

UNAS PALABRAS AL LECTOR.
He publicado en distintas fechas, los cuatro artículos que ahora reúno en este opúsculo, por tratar en todos ellos sobre el mismo tema: la urgente necesidad de la elección del papa.
La crisis eclesiástica que estamos viendo hoy con ojos asombrados, que es propiamente la muerte mística de la Iglesia, no comenzó realmente con la apostasía del Concilio Vaticano II, que introduce en la Iglesia oficialmente la herejía modernista, es decir, la Revolución total, sino que se remonta a tiempos anteriores. Estrictamente hablando, aunque San Pablo advierte sobre el «misterio de iniquidad» que ya estaba actuando dentro de la Iglesia, este «misterio» arranca desde Caín y sus descendientes. No se trata, pues, de un enemigo exterior, que no ha dejado de haberlo nunca, sino de la semilla de Satanás sembrada en el alma de los mismos fieles. Es un peligroso enemigo interior. San Agustín, el más insigne de los Padres latinos, ciertamente(+430), en su apologética obra LA CIUDAD DE DIOS que tanto nombre le ha dado hasta nuestros días, dice que ese «misterio de iniquidad», un día formaría un poderoso cuerpo al Anticristo dentro de la misma Iglesia.
Resulta inexplicable que conforme fueron pasando los siglos de gloria y esplendor que tantos y reconocidos beneficios trajeron a toda la humanidad, beneficios ahora totalmente ignorados o silenciados, los mismos jerarcas de la Iglesia incluso, hayan ido abandonando paulatinamente aquella admirable concordia entre el poder temporal y el poder de la Iglesia, que el mundo conoció como la «Cristiandad», para llegar a decirse, incluso ellos mismos, que aquello fue una «odiosa Teocracia», al mismo tiempo que observaban con mirada estólida que las fuerzas mancomunadas del mundo enemigo de Cristo, trabajara incansablemente para la edificación de la Teocracia de Satanás, tomando los puestos que los hijos de la Iglesia muchas veces dejaban voluntariamente. No, a esa»Teocracia» de la Iglesia; ¿sí, a la de Satanás?.
No podían ser otros los resultados de tanta traición, de tanta indiferencia, de tanta defección, de tanta soberbia, de tanto particularismo, de tanto interés ajeno a los de la Iglesia de Dios. Lo que ahora estamos viendo en su etapa terminal de consolidación, y con buen éxito, es la luciferización del mundo.
Esta antigua conjuración, esta gradual apostasía, esta gran desgracia fue denunciada por los papas, que desafortunadamente no fueron oídos, sino que más bien, la sociedad en masa como si fueran animales sin razón, se entregó a toda clase de vicios, de licencias, y la Ciudad Católica fue minada en sus estructuras desde sus mismos cimientos. Los más conscientes del mal que hacían, no consideraron su acción muy trascendente.
No podemos culpar de esta situación completamente a los enemigos de Cristo, cuyo título antonomásticamente corresponde al Judaismo, sino que gran parte de la culpa la tienen los mismos cristianos que se dejaron influir y abandonaron la lucha para comer el alimento putrefacto que se les ofrecía.
Es muy fácil cargar la culpa al que subvierte para no aceptar la propia culpabilidad. Así quiso justificarse Adán, y fue condenado. El judío judaiza, pero el cristiano se deja judaizar. «La cobardía de los buenos, fomenta la audacia de los malos», decía el papa León XIII.
Pudo entonces durante el siglo pasado, estructurarse férreamente la base de la organización que serviría para construir el gobierno mundial anticristiano. El presidente Grant de los Estados Unidos en 1872, cuando inicia su segundo período presidencial, puede ya anunciar confiado en su discurso, que «…se prepara el mundo para que en tiempo oportuno, se convierta en una gran nación que no hablará más que una sola lengua…».
Otros acontecimientos importantes apuntalan el plan, como la fundación en 1843 de la sociedad masónica secreta B’nai Brith exclusivamente para judíos, cuyo jefe mundial ha visitado y mantenido cordialísima entrevista con Juan Pablo II en 1997; la instalación en Nueva York en 1867 de la Alianza Democrática Universal de Mazzini el ascenso vertiginoso de los grupos de banqueros de Schiff, Kuhn y Loeb y otros, posteriores financieros de la Revolución Comunista de 1917; y el traslado en 1872 también a Nueva York del Consejo General de la Internacional de Carlos Marx.
Todos estos acontecimientos, entre otros que no mencionamos ni tratamos para no abandonar nuestro tema, fortalecieron grandemente al organismo que buscaba, ya firmemente, un gobierno mundial anticristiano, mientras las estructuras de la Iglesia entraban en una anemia, en un franco debilitamiento, no solamente social sino interno en las mismas estructuras de la Iglesia. Es cierto, se infiltraba, se corrompía, se subvertía, pero al mismo tiempo los cristianos abandonaban la lucha poco a poco y se daba oídos a las novedades y a lo que San Pablo llama las»fábulas judaicas». No hay ninguna justificación posible porque no existe el poder que pueda contra el Poder de la Iglesia que es la Iglesia de Dios. Siempre las derrotas hay que atribuirlas a fallas en los hijos de la Iglesia que no supieron aprovechar los medios que ella les proporciona.
San Pío X, en su famosa Encíclica PASCENDI DOMINICI GREGIS ya a comienzo de nuestro siglo, denuncia ese mismo «misterio de iniquidad», que antes de haber desaparecido, como era natural invade a toda la Iglesia y llega a sus venas y vasos capilares más pequeños. El mal se había extendido increíblemente. Se había fortalecido principalmente por la corrupción que afectaba a jerarcas y fieles. Los papas de nuestro siglo, prácticamente solos, luchaban «cuerpo a cuerpo» contra esta situación que no solamente amenazaba a la Iglesia, sino a cualquier principio religioso en el corazón de los hombres. Los iluminados del siglos pasado, habían anunciado ya la división de la Iglesia en «dos anillos»: el de los progresistas y el de los tradicionalistas que serían odiados; la celebración de un concilio; las reformas a la Liturgia; el nuevo sacerdocio…pero, lo más grave, la llegada al Trono de San Pedro de un individuo al que llaman «el convertido del Vaticano» que acordemente con los lineamientos del Poder Mundial, adaptaría a la Iglesia al espíritu moderno, y sería recibido con aprobación y júbilo por todos, grandes y pequeños, por jerarcas y pueblo prostituidos. Y que gracias a su prerrogativa de infalibilidad y de obediencia que se le debe, declararía el advenimiento del «nuevo orden social» de Cristo. Y así, todos marcharían pensando que lo hacen bajo la bandera de las Llaves de San Pedro.
Demasiado conocida es la historia, desde que el antipapa Roncalli fue coronado con la triple corona de los papas. Por la «ventana» que abriera entraron en la Iglesia todos los males, en tal cantidad, como no se había visto jamás, con la aprobación y aplauso de las mismas jerarquías y de los fieles corrompidos, unas y otros por la acción de Satanás y sus corifeos, penetrando todas las áreas y niveles no solamente de la Iglesia, sino de todo el mundo cristiano. No puede descartarse de ninguna manera una vasta infiltración que llegaba a ocupar muy altos puestos, contra la cual los verdaderos católicos no se levantaron, escudándose en la obediencia y en la unidad de la Iglesia, lo que propició que el error y la infiltración llegaran al grado de no poder ser ya humanamente controlados. Se sucedieron entonces antipapas que actuaron en asombrosa acordidad y como animados del mismo espíritu, que formaban indudablemente una misma entidad moral, lo cual estaba perfectamente anunciado en la profecía de Daniel que habla de las cuatro bestias y en la de San Juan en el Apocalipsis, en la que reúne en una sola, o primera bestia, y en estricta forma inversa, todos los atributos de las bestias del profeta Daniel. Se identificaba así, QUIEN ocupaba el Vaticano.
Como era natural, llegado el enemigo a la cumbre de la Iglesia, la Alianza (Is. 24; Luc. 22) fue rota. El Sacrificio perpetuo (Dan. 12), fue eliminado. Vimos la abominación de la desolación en el lugar santo (Mat. 24; Marc. 13). La Misa fue cambiada tiránica y fraudulentamente por un rito, si bien, parecido a los ojos del pueblo en un principio, era inválido y blasfemo, copiado de las liturgias protestantes. Se afirmaba así el cumplimiento de la profecía de II de tesalonicenses, sobre la Apostasía al ser quitado el «impedimento», es decir el Sacrificio.
La Iglesia no esperaba la eliminación total de todo rito, o prohibición o persecución sangrienta que lo impidiera, una clausura de los templos, aunque algunos así interpretaron o imaginaron. No habría entonces engaño y seducción necesarios al Anticristo para aparecer como santo.
Se trataba, pues, del engaño y de la seducción la cual lleva a hacer algo malo, como bueno. Había que presentar otra cosa similar, pero inválida. El Anticristo no puede reinar con el Sacrificio, y el pueblo debía aceptar bajo el signo de la obediencia, un fruto «bueno para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él sabiduría» (Gen. 3), pero que ciertamente, matara.
Así es cómo se dio el fraude, y se aceptó el fraude, y así fue cómo, el mundo fue no solamente privado del pararrayos que detiene a la Justicia divina, sino de la fuente de la Gracia, de las virtudes y dones del Espíritu Santo en forma eminente. Claro está que desde esto, el camino estaba expedito para los enemigos del nombre cristiano, pero también, para todos los acontecimientos del fin. La anemia cristiana dejó entrar a los derechos humanos, al humanismo, a la filantropía, a la democracia cuyo poder viene de las masas estúpidas y a tantas doctrinas que han convertido ya este mundo en una horrenda pepitoria.
El resto fiel fue arrojado fuera, y en un principio, sufrió una extrema desorientación. Tardó algunos años en comprender no solamente la usurpación del Trono pontificio, sino la necesidad de reestructurar la jerarquía eclesiástica. La sucesión apostólica estaba gravísimamente comprometida. De esta situación confusa se valieron grupos como el de Mons. Lefebvre para captar la militancia de quienes se levantaban contra la impiedad, para impedirles al mismo tiempo, llegar a las últimas consecuencias: declarar la Sede vacante y elegir al papa.
El impacto desconcertante del inexplicable cambio de rito junto con la gravedad del mismo hecho, evidente anuncio de lapsos místicos escatológicos, nubló la vista a la inmensa mayoría para quienes pasó inadvertido que las «formas» de otros Sacramentos habían sido alteradas e invalidadas. La Iglesia no tendría más sacerdotes y obispos válidos después del año 1970. Todo se cambiaba, todo se alteraba, a veces en la forma más estúpida, y bajo el concertado esfuerzo de los poderes exteriores e interiores (primera y segunda bestias, Ap. 13), el pueblo y los jerarcas iban aceptando sin apenas percibir nada. Es decir, los que no eran invasores. La corrupción de las costumbres, la descomposición familiar, la inquietud general, la crisis económica galopante, el descontrol y la rebeldía generales, la alteración de la naturaleza que va en aumento y tantas otras desgracias, iban paulatinamente provocando un reumatismo diabólico y un entumecimiento cerebral que impedía reaccionar y descubrir el engaño.
Pero, a unos pocos, esto sí fue revelado y conocieron en diversas formas y grados la situación. Ese «resto fiel» o pequeño remanente, aún desorientado en un principio, en el fondo del corazón, sabía que las cosas no estaban bien, que algo muy grave estaba sucediendo, y que era necesario resistir, conservando toda la Doctrina que siempre se había predicado.
Ellos eran los responsables al ser de Dios favorecidos. A ellos estaba reservado el rescate y el triunfo de la Iglesia. Ellos tenían todos los elementos que humanamente Dios necesita para que, no solamente los traidores del Vaticano fueran expulsados, sino que el mundo volviera a Dios los ojos y así, fueran desenmascarados los enemigos de Jesucristo. A muchos parecerá asombroso, pero así lo dice claramente el Cap. 12 del Apocalipsis. Porque aunque eran muy pocos, por sabido se calla que el número nunca ha importado para hacer triunfar la causa de Dios cuando hay verdadera Fe y verdadera Caridad.
Pero sucedió completamente lo contrario. Los fieles de las nuevas catacumbas, se dividieron, hablaron unos contra otros, destruyeron intencionalmente la Caridad, se enemistaron, provocaban muchas veces lo que condenaban, se dejaron manipular por intereses ajenos a la Iglesia. Encontraron un modo de vivir sin problemas y se escudaron en la promesa de Cristo que debe salvar a Su Iglesia aún contra una Iglesia dividida y decapitada. Y en el momento que con consciencia negaron la urgencia de la unidad bajo el Pastor común, contra la Doctrina clara, sostenida e incuestionable, y no solamente negaron, sino que impidieron con todos los medios al alcance, o se burlaron y condenaron cualquier intento, se desligaron voluntariamente de esa cabeza, y la Iglesia fue decapitada. La muerte de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, que bajaba al sepulcro como el Cuerpo del Redentor, por obra de Su pueblo traidor y soberbio.
Quisiera yo pensar de otra manera, pero los hechos de los que he sido testigo, que mis ojos han visto, no me engañan ni han engañado a los pocos que han experimentado con dolor estas experiencias amargas, que no pueden ser imputadas a una totalidad mucho menos si desconocen muchas cosas.
No puede negarse que hubo infiltraciones y hubo también quienes intencionalmente provocaron esta situación, pero ¿esto es motivo para exculpar a los demás?. Es innegable que algunos trepadores no solamente con intenciones adversas, sino por soberbia, por avidez de poder y reconocimientos arribaron al episcopado, pero, el ver ahora, cómo ha sido posible paralizar a todos, cómo ha sido posible engañarlos, cómo ha sido posible desviar sus ojos a otra parte, cómo ha sido posible aislarlos y ocultarles, es la clase de pensamiento que recuerda la profecía de Daniel sobre el quebrantamiento completo del pueblo de los santos. Y ese es el momento, dice Daniel, en que han de acontecer todas las cosas del fin. Santo Tomás de Aquino les llama «preámbulos», que no deben suceder al mismo tiempo.
En honor a la verdad, esta es una situación dolorosa que nunca he comprendido cabalmente. Es el «influjo» de Satanás, es el misterio de iniquidad llegado al colmo, por el que sabemos, ciertamente que la Iglesia ha de resucitar para asumir el triunfo definitivo, la Palabra de nuestro Señor está comprometida, pero el mundo ha de ser destruido. «La Iglesia será quitada», decía San Victorino mártir, y este momento nos anuncia la proximidad inminente. Pero previamente, tendremos que sufrir una terrible purificación, para que sea posible salvar a los más posibles. Porque si el hombre ya se niega a actuar, si hace prevalecer su opinión, su prudencia o conveniencia, su soberana voluntad, su civilización, entonces ya no tiene Dios que mantenerlo en este mundo. De Dios nadie se burla.
Bien entonces, que no se haya revelado a todos, todas las cosas para que las manipulen, y para que no se actuara por la urgencia de ese conocimiento, sino por amor a la Iglesia y a la Palabra; bien que no se haya revelado la presencia del Anticristo, sino sólo a unos pocos; bien que no haya la persecución material que tanto nos afecta a los humanos que vemos las cosas de la materia antes que las del espíritu, para que se descubriera con los ojos de la Fe y de la Caridad, una mucho peor; bien que todas las señales que estamos viendo pasen inadvertidas para no actuar en razón de ellas; bien que aparentemente no urgiera la unidad y la elección del papa, para probar la fidelidad a la Doctrina de aquellos que habían sido escogidos para revelarles la supresión del Sacrificio, que debía indicar otra serie de profecías que no pueden ser separadas; bien que todo así sucediera, para ver con claridad si todavía había diez justos en Sodoma.
¿Cuál es el futuro ahora, ante una «Iglesia» oficial, la del Vaticano de las cuatro bestias, sin esperanza de retorno, humanamente considerado, y una «Iglesia» de las catacumbas dislocada, decapitada, llena de opinadores que quieren hacer oír su voz como unas matracas, de directores, de juzgadores y fichadores de obispos, de pseudo-canonistas que embrollan todo lo que tocan, de pseudo-teólogos más papistas que el papa, de salvadores de la Iglesia pugnando todos en direcciones diametralmente opuestas, de prudentes, de suficientes, de quienes «todo lo envuelven en los pliegues de la bandera política», y un mundo horriblemente podrido, escandaloso, rebelde, de mentes cauterizadas, confuso y soberbio?.
¿Será ya el momento de callar, para escuchar la tormenta embravecida que se acerca, o es el de pugnar aún por la unidad, por la elección del papa, para que el resto fiel soporte los días de purificación y terror que vienen sobre este mundo apóstata de Dios?, ¿será que sea el momento todavía, porque todavía a alguien le importa, de denunciar las misas negras que se han efectuado sobre la tumba de San Pedro, las cruces negras invertidas en los ornamentos de Juan Pablo II que claramente vimos por las fotografías que transmitió la prensa en ocasión de su visita a nuestra Señora de París?, ¿será que todavía haya algunos pocos que se levanten por el honor de Jesucristo, desechando las palabras extrañas y seductoras de los demás?.
Quien haya leído el Cap. 24 del profeta Isaías que llamamos EL APOCALIPSIS DE ISAÍAS, porque habla de las cosas del fin del mundo, sabe que todos los acontecimientos de espanto que describe, tienen dos detonantes: la supresión del Sacrificio que él llama propiamente «Alianza», como lo llama nuestro Señor Jesucristo en los Evangelios (Luc. Cap. 22, v. 20), y la violación de la Ley de Dios. Ubicaba yo perfectamente el primero, porque todos sabemos que la reforma de Paulo VI es cabalmente la supresión de la Misa al alterar el entorno litúrgico que implica una intención (Apostolicae Curae del Papa León XIII), y al variar la esencia de las «formas» sacramentales tradicionales (Catecismo Romano. B.A.C. La Eucaristía. Pags. 456 a 460; Tratado de la Santísima Eucaristía. B.A.C. Gregorio Alestruey. Pags. 60 a 65; Sum. Theo. Forma de los Sacramentos, q. 3; Denz. 414, 415, 715; etc.). Pero, en cuanto al segundo, es decir, la violación de la Ley, todo me parecía confuso, insuficiente, lejos de la extrema claridad de una profecía bíblica cumplida. Así, buscaba yo en el cambio del Derecho Canónico, en el viaje de Juan Pablo II al Sinaí, y en otros hechos. Al fin, cosa increíble, a principios del mes de diciembre de 1997, la escritora Lucrecia Roper nos informa que desde 1992, existe un proyecto que se pretende implantar cuando mucho en el año 2,000, que elimina los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, para que la humanidad toda, tenga otro código de moral:»Necesitamos un nuevo paradigma que cambie todo el sistema de ideas y de moral. El mecanismo que usaremos será el reemplazo de los Diez Mandamientos por los principios contenidos en la Carta de la Tierra». Así aseguró, dice la Roper, Mijail Gorvachev, quien trabaja activamente en el proyecto,que coadyuvan diversos gobiernos, millonarios judíos y la O.N.U. Y evidentemente el mismo Vaticano, porque quien calla, otorga, y en ningún momento hemos oído que levante su voz, contra esto.
Bien decía Leonardo Castellani, en una afirmación que parece profética, (El Apokalipsis), que San Juan menciona en su primera bestia, los atributos de las cuatro bestias de Daniel estrictamente a la inversa, porque el Anticristo ha de comenzar destruyendo al Cristianismo para llevar a los fieles al Paganismo. Y aunada a toda la obra de destrucción hecha hasta el día de hoy, la eliminación del Decálogo es el Paganismo.
Todo lo cual dá por resultado: apostasía de la Fe católica desde el Concilio Vaticano II; supresión del Sacrificio o Nueva Alianza, desde el fraudulento cambio de 1969; adulteración de otras formas sacramentales que priva a la Iglesia de sacerdotes y obispos válidos desde 1969-70; prostitución de todos los niveles de la sociedad y disolución total; apostasía de Dios de toda la humanidad que si bien ya sucede de hecho, de derecho se introducirá antes del año 2,000 con la implantación de la Carta de la Tierra que es una sustitución del Decálogo.
Rechazada la dependencia del derecho humano al derecho de Dios, negada toda sumisión a toda autoridad lo que sucede donde no está Jesucristo, alejada la sociedad y los gobiernos de Dios, aparece la indigencia moral, producto de la apostasía, aparece la lucha desesperada por el poder ilimitado que no reconoce ni respeta nada y que pretende dilatarse a costa de lo que sea y se vuelve al Paganismo. Se oscurece en los ánimos la luz de todo principio moral y se rechaza toda estabilidad y tranquilidad del orden cristiano interno y externo, privado y público que salvaguardan la prosperidad de las familias y de los Estados, ahogándose así la voz de la naturaleza, que aún a los ignorantes y a las tribus no civilizadas enseña lo lícito o ilícito, lo que es bueno o es malo, haciendo sentir la responsabilidad de las propias acciones ante Dios. Arrancados los mismos fundamentos de la autoridad que dá a unos el derecho de mandar y a otros la obligación de ser obedientes surgen las violentísimas agitaciones que están hundiendo todo en un profundo abismo de caos y desesperación.
Inmensos recursos emplean los enemigos del hombre y del catolicismo, jefaturados por las fuerzas del Infierno, en una acción perfectamente estructurada, largamente planeada, profundamente conocidas las columnas claves que sostienen todo el edificio, contra las cuales todos los recursos reunidos y en una sola dirección de todos los cristianos, son absolutamente impotentes e inútiles si no se tiene la ayuda divina. Ayuda divina que incuestionablemente se tiene, pero por los caminos marcados por Dios mismo y no por los que el mismo hombre desea.
Qué extraño resulta ahora ver que sabido perfectamente que la salvación de la Iglesia es la salvación del mundo, y que no estando Pedro, no existe la Iglesia, la Iglesia remanente reconociendo la usurpación del Trono pontificio mediante una vasta labor de siglos, mediante el empleo de poderosos recursos y agentes incondicionales, se niegue sistemáticamente a la elección papal, mientras se trabaja de muchas otras maneras, todas infructuosas para vencer a las fuerzas que se tienen al frente, confiando en promesas inexistentes y en ilusiones, antes que obrar con la urgencia que el caso requiere. Esto es lo que completa el cuadro trágico y pavoroso que estamos viendo. Y si a tiempo no se rectifica, sucederá aquello que el profeta Isaías decía: «Los desertores del Señor serán aniquilados» (1, 28).
Moisés y todos los profetas, enseñaron con claridad, que el pecado es una oposición no solamente a Dios, sino a una sola norma. Es un quebrantamiento a la fidelidad (Is. 1, 2-4), es un adulterio (Jer. 3, 20), es una actitud hostil, frente a la soberanía y a los requerimientos de Dios y de la Iglesia. Es una fuga hacia el engaño (Hebr. 3, 13), hacia la mentira (Sant. 3, 14; Juan 8, 44 y sigs.; Rom. 1, 25), hacia las tinieblas y confusión enemigas de la luz (Juan 1, 5 y sigs.).El pecado definitivo contra el Espíritu Santo es el separarse de Cristo, y el no querer actuar actualmente para tener al papa en la Iglesia, prefigura este pecado, aunque las apariencias sean otras, porque Cristo y el papa son una misma cabeza, y porque no solamente nos llamamos cristianos por Cristo, sino por la Piedra de la que no nos podemos separar. Cristo a través del papa, habla, gobierna y edifica Su Cuerpo místico. El pecado se caracteriza por ser una anarquía o insumisión de la ley, y no solamente en cuanto quebrantamiento exterior de una prescripción legal. Cuando el cristiano peca, pisotea al Hijo de Dios y reputa por inmunda la Sangre de Su Alianza(Hebr. 10, 26 y sigs.). Pero, ¿es absolutamente consciente el hombre, del tremendo significado y consecuencias de su acto?. Bien sabido es que ordinariamente, el pecador, aunque su pecado sea muy grave, no quiere primariamente la separación de Dios. Es llevado sin embargo por el amor engañoso hacia los bienes creados, y más exactamente, es llevado por el amor propio y por la apetencia a un bien aparente que su propia soberbia le presenta, su conveniencia o su sensualidad. La consciencia sin embargo, no deja de advertir que esa CONVERSIO AD CREATURAM implica la incompatibilidad con la amistad de Dios. Internamente se sabe que se renuncia al seguimiento de Cristo. La rebelión directa contra Dios, solamente constituye por la intención, una agravación del rechazo indirecto .

Se puede aplicar esto, con toda propiedad, al estado actual de cosas, pues quienes se niegan a veces a la elección del papa, quienes oponen contingencias, prudencias, conveniencias, no están directamente negando la necesidad del papa, y las doctrinas enseñadas por la Iglesia, pero indirectamente, lo mismo que el hombre que peca sin querer apartarse primariamente de Dios, y de hecho, se están revelando contra Dios y contra los dictados de la Iglesia, y están cerrando sus ojos a toda la devastación que ven por todas partes que viene de la falta de una cabeza. Pues saben perfectamente bien, sobre todo los obispos y los sacerdotes, que sin la cabeza, los fieles se dispersan, que sin la cabeza, los obispos se convierten en una masa confusa y perturbada, como decía León XIII, que sin la cabeza, la herejía surge tarde o temprano, y más bien temprano que tarde, y que sin la cabeza no hay Iglesia, porque donde no está Pedro, no está la Iglesia.

Sienten con esta actitud indirecta salvar su ortodoxia, salvar su jurisdicción, ofrecer al pueblo una seguridad doctrinal y llegan a sentir que su actitud aunada con su trabajo apostólico está salvando y conservando a la Iglesia por lo que Dios debe actuar no solamente en razón de su entrega, de su trabajo y de su doctrina, sino principalmente por la Palabra comprometida de Jesucristo. Pero no es así, porque engañados, no están haciendo lo necesario en este momento de extremísima necesidad. Por esto, San Agustín decía que el pecado es»pensamiento, palabra y obra», y la acción o la omisión pecaminosa, es la denegación a Dios del honor que le es debido (Rom. 1, 21). Hay también en muchos, una evidente confusión. La confusión es falta de luz, es decir, oscuridad. Y la oscuridad es enemiga de la luz (Juan 1, 5 y sigs.). La confusión es enemiga de la salvación. San Pablo habla de los confusos como hombres que «siempre están aprendiendo, sin lograr jamás llegar al conocimiento de la verdad» (II de Tim. 7, 3). Estos no tienen Fe porque la Fe suple lo que no se entiende o lo que no se conoce, ni tienen humildad, porque han de averiguarlo todo, saberlo todo, no confían en nadie, más que en su parecer soberano. «Para los contaminados y los que no tienen Fe, nada es puro, porque tienen contaminada su mente y su conciencia» (Tito 1, 15). Estos, están descuidando el celo ardiente por el Reino de Dios y por el establecimiento del orden cristiano en todo el mundo, conforme a los deseos de Dios, para limitarse, lo cual les resulta peligroso, a la mera purificación, a la salvación personal, o al beneficio de la parcela que se atiende, cuando el momento obliga a acciones más universales y trascendentes. Los santos contemplativos y de grandes penitencias, dejaron sus claustros y sus prácticas, para sumarse a la lucha exterior, cuando la Iglesia estaba en peligro. Y fueron al mundo y vencieron.
¿No es un verdadero contrasentido predicar, y al mismo tiempo ser infiel a lo que se predica?, ¿predicar la ocupación del Trono sagrado de San Pedro por antipapas, al mismo tiempo que se niega con las palabras o con las obras la necesidad del papa?. ¿Cómo se explica en los seminarios a los espíritus jóvenes en formación, la doctrina de la necesidad constante del magisterio papal, condicionándola al mismo tiempo a contingencias, a conveniencias o a pareceres humanos?, ¿cómo se evita que los fieles se acostumbren y aprendan que no siempre es necesario Pedro?. O se calla la doctrina, o se condiciona, y así se enseña herejía. Se olvida que la ley de la oración determina la ley de lo que se cree. Entonces, ¿es necesario siempre el papa, según el dogma, en todo tiempo, sin interrupción, o no es necesario?, ¿se debe elegir a Pedro inmediatamente en situación de sede vacante, o se puede por diversas circunstancias dilatar la elección?, ¿y quién dirá cuáles son esas circunstancias?, ¿hasta cuánto?, ¿quién dará esa norma?, ¿se puede negar o condicionar el Dogma del Concilio Vaticano I sobre la perpetuidad del pontificado que Dios no opera como por arte mágica sino que el hombre es el que está obligado a conservarla?, ¿no es el momento de obrar para demostrar que se cree lo que se confiesa con la palabra?, ¿se negarán las innúmeras doctrinas sobre la unidad absoluta, que solamente se logra estando Pedro, y sabido esto, se continuará manteniendo la división en la Iglesia con verdadera protervia herética?, ¿si en ciertos momentos sobre todo en los de crisis, es necesario esperar para elegir, cuándo es necesario Pedro entonces?, ¿no se puede pensar y con toda razón que esta actitud casi completamente general, entraña una terrible herejía?. Actualmente la inacción implica una actitud cismática y herética evidente. ¿Cuánto formal, y cuánto material después de expuesta la Doctrina?.
Muchos esperan un milagro, ¿sucederá?. Muchos esperan ya a Elias y a Enoc para que les diga cuándo elegir, y hasta para elegir ellos mismos, ¿no saben que las Escrituras dicen que no solamente no serán por todos conocidos, sino que se burlarán de sus doctrinas y serán considerados fastidiosos?. Otros quieren una mayor cantidad de obispos y sacerdotes, ¿cuántos?, ¿cómo se pondrán de acuerdo en ese número?, ¿en cuanto tiempo tendremos una supuesta cantidad que nadie conoce, si en cuarenta años apenas existen como cuarenta obispos aproximadamente?, ¿estaremos sin papa doscientos años?. Se esperan también otras circunstancias, otras situaciones, otros momentos más adecuados, ¿están ciegos que no ven que las cosas cada vez están peor y más complicadas, que la herejía por todas partes se está introduciendo en las filas tradicionalistas?, ¿no es evidente, doctrina de la Iglesia, que el tiempo que transcurra esperando esas cosas destruirá la Doctrina ortodoxa que queda y entonces tampoco sera posible la unidad y la elección de Pedro?. Pero tampoco dicen qué es lo que hay que esperar para esperarlo, ni aseguran que todos estarán de acuerdo en haber reconocido el tiempo adecuado. Otros quieren que en el mismo Vaticano surja la solución, y que por arte de magia, los apóstatas que allí pululan se vuelvan ortodoxos y que desaparezcan todos los infiltrados que por años fueron llegando a las cumbres de los mandos eclesiásticos. Y creo que estos son los más ilusos. Esperan entonces acontecimientos en Roma y hacen depender a la Iglesia remanente de la influencia del Anticristo.
Todo esto, es pura ilusión, todo esto es soslayar, todo es dejarse manipular. Todo soberbia, todo cobardía, todo interés personal. ¡Que cosa más insulsa y que argumentos más inválidos hemos llegado a oír, insulsos e increíbles!. Lo más seguro, sigue siendo, sin embargo, lo que la voz de la Iglesia dice y que nadie quiere atender: en sede vacante, lo más importante y sagrado es elegir inmediatamente.
En cierta ocasión, alguien me dijo: «Si elijen pocos, nadie lo va a reconocer», y le contesté: «¡Hombre, y qué nos importa!. El número no legitima. Dios no necesita la aprobación de todos los obispos y sacerdotes tradicionalistas que existen, y mucho menos la aprobación o reconocimiento de uno o de cien líderes firuletes».
¿Qué se puede esperar ahora ante esta situación pavorosa?, afuera no hay Fe, y los que creen tenerla, aunque sin culpa porque han sido engañados, no nos sirven absolutamente para nada. Y dentro no hay Caridad. No hay unión. ¿Qué sucederá ante el abandono de la Iglesia remanente, de la tremenda responsabilidad?, ¿será posible que haya todavía quien dé oídos a las primordiales necesidades de la Iglesia y de las almas que se están perdiendo?.
Los verdaderos pastores, obispos y sacerdotes, y los verdaderos laicos cristianos, todos aquellos que sólo buscan el honor de Jesucristo, abandonarán su actitud cismática, y aún contra su conveniencia o seguridad personal, se unirán a los pocos que ahora desean que Pedro los gobierne, que el santo padre esté de nuevo en el mundo para hablar la Palabra de Jesucristo que ahora enmudece, y para ser llevados infaliblemente al puerto de la salvación. Porque saben que no hay nada más importante que la salvación de la Iglesia y la lucha por el honor de Jesucristo. Y saben también que aunque pequeños ante el inmenso poder de los enemigos, han de pelear con la fuerza de Dios, que extenderá Su Brazo poderoso para llevarlos al triunfo. Dejarán entonces que los muertos entierren a sus muertos, pero no dejarán de orar por todos.
Y estarán conscientes, que al abandonar los quistes vergonzosos que el Gobierno Mundial les ha permitido para subsistir un poco de tiempo para luego diluirse y desaparecer, caerá sobre sus cabezas todo aquello que las sagradas Escrituras anuncia para los verdaderos seguidores de Jesucristo.

Porque vivir píamente en Cristo y hacer Su santísima Voluntad, indudablemente es ser perseguido (II Tim. 3, 12),porque es quedar expuesto a la ira de Satanás y sus corifeos; no debe ser cosa ignorada lo que Cristo dice:»Bienaventurados seréis, cuando os aborrecieren los hombres, y os aparten de sí, y os ultrajen, y desechen vuestro nombre como malo, por el Hijo del Hombre» (Luc. 6, 22); «seréis aborrecidos de todos por mi nombre» (Marc. 13, 13), (ABORRECER, según el diccionario de la lengua: tener horror, odio y aversión a una persona o cosa. Detestar, aburrir, fastidiar o molestar); «bienaventurados sois cuando os maldijeren, y os persiguieren, y dijeren todo mal contra vosotros mintiendo, por mi causa» (Mat. 5, 11); «seréis aborrecidos de todos, por mi nombre» (Mat. 10, 22); «el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Juan, 17, 14); «si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció primero que a vosotros» (Juan, 15, 18); «viene la hora en que cualquiera que os mate, pensará que hace un servicio a Dios» (Juan, 16 , 2 ).

Entenderán aquello que el Dr. Homero Johas dice en su artículo LA IGLESIA Y «EL PAPA MATERIALITER»: «La consagración de Obispos puede ser un remedio pasajero hasta la elección de un verdadero papa y no un remedio ligado a la vacancia perenne, a la doctrina de la perenne acefalia de la Iglesia», porque si la salvación y la reestructuración de la jerarquía que incluye al papa no se pugna, no se justifica en lo absoluto la aplicación de la Epiqueya en este caso de extrema necesidad y se es reo de violar la ley canónica. Porque en la Iglesia, «nada se confirió independientemente de Pedro» (Satis Cognitum, 36. León XIII). Y así, no tiene razón de ser nada de lo que se está haciendo aisladamente y fuera de lo que la Iglesia misma manda.
Que «el poder de elegir la Cabeza suprema de la Iglesia, (Johas), existe siempre en la Iglesia, JURE DIVINO, por la misma Constitución divina de la Iglesia. Este poder puede ser regulado en su ejercicio por el Derecho humano papal, pero no puede ser eliminado o impugnado por el Derecho humano, so pena de ser norma nula. Faltando el Colegio de Cardenales, los electores designados humanamente «non est dubitandum quin Ecclesia possit sibi provideri de Summo Pontífice» (no se puede dudar que la Iglesia puede proveerse de Sumo Pontífice) escribe Vitoria, porque «de otro modo existiría la vacancia perpetua en aquella Sede que debe durar perpetuamente». «Illa potestas est communis et a tota Ecclesia debet provideri» (dicha potestad es común y debe ser provista por toda la Iglesia) (Recol. 18). «En caso de necesidad el poder superior desciende al poder inmediatamente inferior» porque «esto es indispensable para la sobrevivencia de la Sociedad y para evitar las tribulaciones de la extrema necesidad» (Billot, De Ecclesia Christi). Lo que es de necesidad de medio para el fin para el cual existe la Sociedad está por encima de lo que es de necesidad de precepto para el ordenamiento de los actos sociales». Porque, «El medio CANÓNICO en cuanto Derecho meramente humano, no es el ÚNICO MEDIO jurídico en casos de necesidad. La intención del legislador humano en la Iglesia, no intenta impedir lo que es de necesidad por Derecho Divino. La designación humana de electores papales, no intenta impedir la necesidad de elecciones papales, sino solamente ordenar el modo de elegir ya que Cristo no dejó leyes electorales».

«El objeto de la Fe, enseña Pío XI, no puede tornarse oscuro e incierto, también dice Johas, al punto de que sea necesario tolerar opiniones opuestas» (Mort. ánimos). Pero los que apartan la Cabeza visible de la Iglesia, IPSO FACTO obscurecen para sí, la Iglesia visible y terminan como una «jerarquía de comparsas» y «obispos sin jurisdicción, acéfalos».

«Ante los males presentes, termina el Dr. Johas, recordemos: Dios no quiere que acontezca el mal porque es Santo; tampoco quiere que no acontezca, porque en ese caso no ocurriría; pero quiere permitir que acontezca, para prueba de unos y libre condenación de otros. Por lo tanto, haciendo lo que se debe hacer, adoremos la Voluntad divina y digamos el FIAT VOLUNTAS TUA ante tal prueba en la cual vemos caer a unos a la izquierda y a otros a la derecha».
Quiera Dios clemente, que los sentimientos no se hayan atrofiado por una voluntad árida y sin emociones por el cumplimiento del deber, y que por lo menos algunos abran los ojos, para que sin respetos humanos y desnudos de cualquier interés mundano, con Fe y con Caridad, en esta hora dramática, revivan a la que ha muerto habiendo sido decapitada. Si mis escritos han de contribuir para esto, he de darle gracias a nuestro Señor y a Su gran Madre, nuestra santísima Virgen María.
+ MONS. JOSÉ F. URBINA AZNAR.
LAUS ET GLORIA

CONSECUENCIAS Y CASTIGOS DEL PECADO VENIAL

En el anterior escrito, acerca del pecado venial propiamente se hizo una analogía del grano de mostaza con este pecado, y siguiendo ese símil se se hizo una exhortación para mover al cristiano a no cometer más ese pecado.

Ahora se va tratar más propiamente la naturaleza de este pecado, sus consecuencias y castigos que Dios impone al que comete el pecado venial deliberado.

NATURALEZA DEL PECADO VENIAL.     

EL PECADO VENIAL:

1º. ES UNA VIOLACIÓN DE LA LEY DE DIOS. Ya que considerado en sí mismo el pecado venial, es un desorden de palabra, de omisión o de obra contrario a la ley de Dios, pero al no ser tan grave este desorden, no nos lleva a incurrir en la perdida de la gracia santificante.

Sin embargo, en esta falta se encuentran todos los elementos de un verdadero pecado; como es el hecho de que—Dios manda, y—el hombre que rehúsa obedecer; no habiendo más diferencia entre el pecado mortal y venial, sino aquella que existe entre el más y el menos; consentimiento más o menos completo;—materia más o menos considerable; con mayor o menor advertencia.

Por lo demás, en uno y en otro se ve una indigna preferencia de la voluntad del hombre sobre la voluntad de Dios. Por consiguiente tanto el pecado mortal y el venial son una ofensa que se hace a Dios.

2º. ES UN VERDADERO DESPRECIO DE DIOS. Es una injuria real a todas las divinas perfecciones, injuria ligera si se compara con la que se le hace en el pecado mortal, pero que en cierto modo reviste una gravedad infinita, pues ataca una majestad infinita. Y nunca será poca cosa el ofender a una Majestad infinita dice S. Jerónimo.

3º. ES UNA OFENSA QUE SE HACE A DIOS. El Señor no puede quedarse indiferente al ver que la creatura se rebela contra El, ya que desoye su voz, y se quebranta sus Santos Mandamientos. Dios necesariamente se ha de llenar de indignación al ver la facilidad con que se comete el pecado venial.

Por lo mismo, todo buen cristiano, debe destetar no solo el pecado mortal, sino también todos los otros males. Porque grande mal sería sin duda el aniquilamiento y aun mucho más la condenación de todos los hombres, y si embargo sería un desorden el querer impedir, si se pudiese, esta terrible desgracia a costa de un solo pecado venial.

Luego ¡qué se puede pensar de un alma que después de haber ofendido a Dios repetidas veces, se consuela diciendo que al cabo no hace gran mal, pues no comete más que pecados veniales!

El usar este lenguaje, dice S. Bernardo, es endurecimiento del corazón, y por lo mismo es como una impenitencia; y blasfemia contra el Espíritu Santo.

Dice el santo: “Nadie diga, estas cosas son poca monta, no es grave si me quedo en este estado de pequeñas imperfecciones y de pecados veniales; esto, hermanos míos, es dureza e impenitencia y rebeldía al Espíritu Santo”: palabras terribles que por hallarse en los escritos de un Doctor de la Iglesia tan autorizado como lo es San Bernardo, tienen que ser verdaderas y contener sana doctrina.

4º. PUES ESTO ES LO QUE HACEMOS:

a)—cuando nos dejamos llevar de estos enfados, de esas envidias y celos ocultos, o de esas ligeras faltas de templanza.

b)—cuando nos entregamos a esas murmuraciones, criticas, o palabras ofensivas, que si no causan un prejuicio formal al prójimo, a lo menos le desagradan, o lo hacen enojar y con ello faltar a la caridad.

c)—cuando somos tan descuidados en nuestros ejercicios de piedad, en la Santa Misa, rezos o cumplimiento de la propias devociones.

d)—cuando cometemos tantas irreverencias en el templo, en la recepción de los santos sacramentos, que a veces llegan a causar sobresaltos y dudas por si se llegó a pecado mortal, o no.

e)—cuando somos negligentes en desechar pensamientos peligrosos, cuando tomamos en nuestros labios palabras ociosas, o poco convenientes; cuando no aprovechamos el tiempo y nos ocupamos en acciones de ninguna utilidad; en fin, cuando cometemos una infinidad de faltas que afean nuestra alma.

¡Oh que intranquilas deberían estar las almas que cometen el pecado venial como por costumbre y sin remordimiento alguno!

Y ¿dirán que aman a Dios? Y ¡toman como por juego desagradable, resistiéndose cuando el Señor les manda, aun en cosas fáciles y pequeñas!

Y entre tanto no ven que contristan al Espíritu Santo; y que afligen al Corazón de Jesús, llagado aun por nuestras menores faltas!

Así como dice Isaías LIII, 5: “Siendo así que por causa de nuestras iniquidades fue él llagado y despedazado por nuestras maldades”.

EFECTOS DEL PECADO VENIAL

 EL PECADO VENIAL:

1º. DISMINUYE LAS LUCES DE ALMA Y AMORTIGUA LA CLARIDAD DE LA FE. Todo pecado que se comete es como una ligera nubecilla que se interpone entre nuestro entendimiento y el sol de la eterna verdad.

Cuando más multiplicamos nuestras faltas, tanto más se condensa la nube y acaba por interceptar los rayos de este sol divino, dejándonos en tinieblas.

De ahí esa fe que casi extinguida con que a veces solemos tratar las cosas más sagradas; es como si viviéramos una vida de ilusión.

Y todavía nos  quejamos, diciendo: Dios mío, porque no te veo, porque me hallo tan tibio, porque experimento tedio y fastidio en mis ejercicios de piedad; pero lamentablemente no queremos darnos cuenta que estamos así, es por nuestras propias culpas y faltas, es por lo que estamos sumidos en las tinieblas.

2º. DEBILITA LA VOLUNTAD. Cada pecado que se comete, por ligero que sea, es un alimento que se da, una concesión que se hace a alguna inclinación viciosa.

Lo que nosotros concedemos al amor de la creaturas, lo quitamos al amor de Dios. Estos dos amores son como dos fuegos, de los que el uno gana en ardor lo que el otro pierde.

 Nuestras innumerables infidelidades multiplican en proporción nuestras aflicciones, es decir, nuestras cadenas, y de ahí ese lamentable estado de languidez, y esa impotencia para hacer el bien.

3º.—DESFIGURA Y DEGRADA LA OBRA MAESTRA DIOS.

El alma revestida de gracia es la obra maestra salida de las manos del Creador. El pecado es como una mancha horrorosa en un vestido blanquísimo, una úlcera fea en un rostro hermoso.

4º.—PRIVA DE UN GRADO MAS DE GRACIA y del derecho, por consiguiente, a un grado más de gloria.

Uno era acreedor al uno y al otro si se hubiera resistido a la tentación; pero dejándose llevar de ella, ha perdido ambos grados. Pérdida que consiste en que Dios será eternamente menos conocido, menos amado, menos poseído por uno en el cielo.

5º.—PRIVA DE ESAS GRACIAS DE ELECCIÓN que son la recompensa del fervor. Nosotros medimos la fidelidad para con Dios, y El mide los beneficios que nos hace.

6º.—ALTERA LA PAZ DEL CORAZÓN y suele llenarlo a veces de crueles dudas y angustias: ¿Quién resiste a Dios y queda con paz?

7º.—DISPONE AL ALMA PARA EL PECADO MORTAL, como la enfermedad a la muerte. Es por eso, que nos dice la Sagrada Escritura: “El que en lo poco es infiel, también es infiel en lo mucho” (S. Luc., XVI, 10).

La experiencia ha venido a confirmar esta sentencia de S. Bernardo: “Nadie se hace grande repentinamente; comienzan por poco los que caen en grandes miserias”.

¿Cómo fueron preparándose aquellos atentados criminales de Caín, Saúl y de Judas? Nada al parecer que en un principio pudiera inquietar.

¡Qué de horribles ultrajes, qué de sangre a toda la Europa, al mundo entero; cuántas lágrimas hubiera evitado a toda la Iglesia Martín Lutero si a tiempo hubiera reprimido el secreto orgullo que desde joven germinaba en su corazón!

8º.—NOS HACE FALTAR A LA DELICADEZA QUE DEBEMOS AL CORAZÓN DE JESÚS.

de seguro no quisiéramos desatender con una sola persona lo que reclaman las conveniencias sociales; pues bien, rehusamos a Jesús lo que prodigamos a las creaturas.

Entre dos amigos verdaderos todo tiene que ser delicado, atento, esmerado. ¿Cuántos sacrificios no se hacen en el mundo para agradar, para no aparecer descorteses, mal educados; y por qué no hemos de usar de la misma delicadeza para con el amigo más fino, más sincero que podamos tener sobre la tierra? Y sin embargo, el Smo. Sacramento vive con nosotros en familia, para establecer entre su corazón y el nuestro relaciones maravillosas de amor íntimo y cordial.

CASTIGOS DEL PECADO VENIAL.

DIOS CASTIGA EL PECADO VENIAL EN ESTE MUNDO Y EN EL OTRO.

1º.-EN ESTE MUNDO. Aun en al vida presente es en ocasiones terrible la divina Justicia por faltas al parecer levísimas.

a)—Moisés y Aarón fueron excluidos de la tierra prometida por una falta de confianza en Dios todopoderoso.

b)—Cuarenta y dos niños son despedazados por dos osos porque le faltaron el respeto debido al Profeta Eliseo.

c)—Oza cae muerto junto al arca por haberla tocado, para sostenerla porque iba a caer al suelo.

d)—David ve perecer setenta mil de sus vasallos en castigo de la vana complacencia que tuvo cuando hizo el censo de su pueblo.

e)—San Gerardo por haber mirado curiosamente una niña, quedo ciego.

f)—El Santo Abad Moisés sólo por una palabra inconsiderada que dijo en el calor de una disputa, fue invadido del demonio.

g)—El Señor dijo un día a Sta. Catalina de Sena que todas las penas de este mundo no bastan para satisfacer de condigno por una sola culpa venial.

2º.—EN EL OTRO MUNDO. Sin embargo, estos castigos y muchísimos más son nada en comparación de aquellas penas con que Dios castiga en la otra vida. trasladémonos en espíritu a aquella tristísima cárcel del Purgatorio. ¿Qué es lo que la fe nos enseña?

a)—Que estas almas justas, predestinadas, son muy queridas de Dios que halla ansioso de asociarlas a su fidelidad.

b)—Que estas almas están desterradas del cielo, por cierto tiempo, algunas veces bastante largo; sumergidas en los rigores de un fuego abrasador intensísimo; tan intenso que es igual al del infierno.

Sto. Tomás nos dice: El mismo fuego atormenta a los condenados que purifica a los escogidos. Y todo esto porque en estas almas hay algunas reliquias de pecado y porque Dios N. S. tiene una aversión horrible a todo pecado.

Por último, consideremos de la mejor manera toda esta doctrina, y procuremos con la ayuda de Dios sacar el mayor provecho espiritual de la misma, y acordémonos  lo que nos dice la Sagrada Escritura: “El que en lo poco es infiel, también es infiel en lo mucho”, y por lo mismo, aborrezcamos el pecado venial y seamos fieles en lo poco.

Gran parte de este escrito fue tomado del libro: “Arte de Santidad” del R. P. Ernesto Rizzi, S. J.

Mons. Martin Davila Gandara

LA LITERATURA APÓCRIFA DEL NUEVO TESTAMENTO. CONTINUACIÓN

IV. Apocalipsis Apócrifos.

Imitando al Apocalipsis canónico de San Juan, existen también apocalipsis apócrifos atribuidos a otros apóstoles. A pesar de que la forma literaria del Apocalipsis, o Libro de Revelación, parece debiera haber ejercido una atracción especial sobre los escritores de leyendas poéticas y de narraciones edificantes, el número de los apocalipsis apócrifos es muy limitado.
1. Apocalipsis de Pedro.
El más importante de todos es el Apocalipsis de Pedro, compuesto entre el 125 y el 150. Fue tenido en gran estima por los escritores eclesiásticos de la antigüedad. Clemente de Alejandría (Eusebio, Hist. eccl. 6,14,1) lo considera como un escrito canónico. Su nombre figura en la lista más antigua del canón del Nuevo Testamento, el Fragmento Muratoriano, pero con la adición: “Algunos no quieren se lea en la Iglesia.” Eusebio declara (Hist. eccl. 3,3,2): “Del llamado apocalipsis (de Pedro) no tenemos ninguna noticia en la tradición católica. Pues ningún escritor ortodoxo de los tiempos antiguos o de los nuestros ha usado sus testimonios.” Jerónimo (De vir. ill. 1) también lo rechaza como no canónico. Sin embargo, en el siglo V, el historiador de la Iglesia Sozomeno (7,19) observa que aún seguía en uso en la liturgia del Viernes Santo en algunas iglesias de Palestina.
Un fragmento griego importante del apocalipsis fue hallado en Akhmin en 1886-1887. El texto completo se descubrió en 1910 en una traducción etiópica. Su contenido consiste principalmente en visiones que describen la belleza del cielo y el horror del infierno. El autor pinta al detalle los repugnantes castigos a que se somete a los pecadores, hombres y mujeres, según sus crímenes. Sus ideas y su imaginación revelan la influencia de la escatología órfico-pitagórica y de las religiones orientales. Baste comparar el siguiente pasaje:
Vi también otro lugar frente a éste, terriblemente triste, y era un lugar de castigo, y los que eran castigados y los ángeles que los castigaban vestían de negro, en consonancia con el ambiente del lugar.
Y algunos de los que estaban allí estaban colgados por la lengua: éstos eran los que habían blasfemado del camino de la justicia; debajo de ellos había un fuego llameante y los atormentaba.
Y había un gran lago, lleno de cieno ardiente, donde se encontraban algunos hombres que se habían apartado de la justicia; y los ángeles encargados de atormentarles estaban encima de ellos.
También había otros, mujeres, que colgaban de sus cabellos por encima de este cieno incandescente; éstas eran las que se habían adornado para el adulterio.
Y los hombres que se habían unido a ellas en la impureza del adulterio pendían de los pies y tenían sus cabezas suspendidas encima del fango, y decían: No creíamos que tendríamos que venir a parar a este lugar.
Y vi a los asesinos y a sus cómplices echados en un lugar estrecho, lleno de ponzoñosos reptiles, y eran mordidos por estas bestias, y se revolvían en aquel tormento. Y encima de ellos había gusanos que semejaban nubes negras. Y las almas de los que habían sido asesinados estaban allí y miraban al tormento de aquellos asesinos y decían: ¡Oh Dios!, rectos son tus juicios.
Muy cerca de allí vi otro lugar angosto, donde iban a parar el desagüe y la hediondez de los que allí sufrían tormento, y se formaba allí como un lago. Y allí había mujeres sentadas, sumergidas en aquel albañal hasta la garganta; y frente a ellas, sentados y llorando, muchos niños que habían nacido antes de tiempo; y de ellos salían unos rayos de fuego que herían los ojos de las mujeres; éstas eran las que habían concebido fuera del matrimonio y se habían procurado aborto.
2. El Apocalipsis de Pablo.
Fueron varios los apocalipsis que aparecieron con el nombre de Pablo. Epifanio (Haer. 38,2) menciona un libro gnóstico titulado Ascensión de Pablo. Nada queda de esta obra. En cambio, el texto de un Apocalipsis de Pablo se conserva en varias traducciones. Fue escrito en griego entre el 240 y el 250, probablemente en Egipto. Así se explica que Orígenes tuviera conocimiento de él. Del texto original no se ha conservado nada. Tenemos, con todo, una revisión del texto griego que se hizo entre los años 380 y 388. En la introducción de esta edición se dice que el apocalipsis fue hallado debajo de la casa de Pablo en Tarso, durante el consulado de Teodosio y Graciano.
En el siglo V lo conocía el historiador Sozomeno, pues en su Historia eclesiástica (7,19) dice: “La obra titulada Apocalipsis del apóstol Pablo, que jamás vio ninguno de los ancianos, es tenida aún en mucha estima por la mayoría de los monjes. Algunos afirman que el libro fue hallado durante el reinado (de Teodosio), por revelación divina, en una caja de mármol entrerrada debajo del pavimento de la casa de Pablo, en Tarso de Cilicia. He tenido noticias de que el tal informe es falso, por un sacerdote de la Iglesia de Tarso, en Cilicia. Era éste un varón cuyas canas demostraban su avanzada edad, y decía que no se sabe ocurriera nunca cosa semejante entre ellos, y se preguntaban si no habrán sido los herejes los que inventaron esta historia.”
Además del texto griego tenemos traducciones en siríaco, copto, etiópico y latín. La versión latina, que data del año 500 más o menos y que se encuentra en más de doce narraciones, es superior a todas las demás autoridades, incluso al texto griego revisado. En la mayor parte de los manuscritos latinos al Apocalipsis se le intitula Visio Pauli. Este título es la mejor descripción del contenido de la obra, ya que el autor se propone narrar lo que Pablo vio en la visión de que habla en la segundo Epístola a los Corintios (12,2). El Apóstol recibe de Cristo la misión de predicar la penitencia a toda la humanidad. Toda la creación: el sol, la luna, las estrellas, las aguas, el mar y la tierra, apelaron contra el hombre, diciendo: “¡Oh Señor Dios omnipotente!, los hijos de los hombres han profanado tu santo nombre.” Un ángel conduce al Apóstol al lugar de las almas justas, el país resplandeciente de los justos, y al lago Aquerusa, del que se levanta la áurea ciudad de Cristo. Tras de haberle mostrado esta ciudad detenidamente, el ángel le lleva al río de Fuego, donde sufren las almas de los impíos y pecadores. Esta parte, con la descripción de los tormentos del infierno, recuerda el Apocalipsis de Pedro. Pero el Apocalipsis de Pablo va más allá en las descripciones. Entre los condenados incluye también a miembros de los diversos grados del clero, obispos, sacerdotes, diáconos y asimismo herejes de todas clases. El autor es un poeta de notable habilidad y gran poder de imaginación. No es, pues, de extrañar que su obra ejerciera un influjo enorme sobre el medioevo. Dante alude a él cuando habla del “navío escogido” para el infierno en el canto 2,28 del Inferno.
La angelología de este apocalipsis ofrece gran interés. Merece ser citado lo que dice del ángel de la guarda:
Cuando ya se ha puesto el sol, a la primera hora de la noche, a esa misma hora va el ángel de cada pueblo y de cada hombre y de cada mujer, que los protege y los guarda, porque el hombre es la imagen de Dios, e igualmente a la hora de la mañana, que es la duodécima hora, de la noche, todos los ángeles de hombres y mujeres van u entrevistarse con Dios y le presentan todas las obras que cada uno de los hombres ha realizado, tanto si son buenas como si son malas (c.7).
Guiar y proteger a las almas (Psychopompoi), tal es el oficio de los ángeles, especialmente cuando aquéllas suben de la tierra al cielo después de la muerte. La misión de San Miguel como guía (cf. c.14) nos recuerda al ofertorio de la misa de réquiem del Misal Romano:
Y vino la voz de Dios, diciendo: Porque esta alma no me ha afligido, tampoco le afligiré yo a ella… Que sea, pues, confiada a Miguel, el Ángel de la Alianza, y que él la conduzca al paraíso de la alegría, para que sea coheredera con todos los santos.
En oposición a Miguel como Psychopompos está el Tártaro (c.18): “Y oí una voz que decía: Sea esta alma entregada en manos del Tártaro y que la precipite en el infierno.”
La obra ofrece todavía otra particularidad interesante (c. 44): la idea de la mitigatio poenarum de los condenados el domingo:
No obstante, por causa de Miguel, el Arcángel del Testamento, y de los ángeles que están con él, y por causa de Pablo, mi bienamado, a quien no quisiera entristecer, y por causa de vuestros hermanos que están en el mundo y ofrecen oblaciones, y por causa de vuestros hijos, pues en ellos están mis mandamientos, y más aún, por causa de mi propia bondad: el día en que resucité de entre los muertos, concedo a todos los que están en el tormento un día y una noche de alivio por siempre.
Esta creencia influyó notablemente en la literatura de la Edad Media (cf. Dante).
3. El Apocalipsis de Esteban.
En el Decretum Gelasianum, juntamente con el Apocalipsis de Pablo, aparecen condenados otros dos, el de Esteban y el de Tomás. Del Apocalipsis de Esteban no tenemos noticia alguna. Podría ser que el Decretum se refiriera al relato de la invención de las reliquias de San Esteban, compuesto por el presbítero griego Lucio hacia el 415.
4. El Apocalipsis de Tomás.
El Apocalipsis de Tomás fue compuesto en griego o en latín hacia el año 400. El autor comparte los puntos de vista del gnosticismo maniqueo. La obra no fue descubierta hasta el año 1907, en un manuscrito de Munich, en el que se le da el título de Epistola Domini nostri Iesu Christi ad Thomam discipulum. Existe una antigua traducción inglesa de esta revelación en un sermón que se halla en un manuscrito anglosajón de Vercelli. Algunos indicios permiten suponer que la lengua original fuera el griego.
El contenido encierra revelaciones que el Señor hizo al apóstol Tomás acerca de los últimos tiempos. Las señales precursoras de la destrucción del mundo se suceden aquí durante un período de siete días. El apocalipsis fue usado por los priscilianistas y era conocido en Inglaterra ya en el siglo IX o antes.
5. Los Apocalipsis de San Juan.
Se atribuyeron apocalipsis apócrifos incluso al autor del Apocalipsis canónico, el apóstol Juan. Uno de ellos fue publicado por A. Birch y C. Tischendorf. Contiene una serie de preguntas y respuestas acerca del fin del mundo y una descripción del anticristo, que a menudo sigue al Apocalipsis canónico. Otro Apocalipsis de San Juan fue editado por F. Nau de un manuscrito de París (París graec. 947). En él, San Juan propone al Señor algunas cuestiones sobre la celebración del domingo, el ayuno, la liturgia y la doctrina de la Iglesia.
6. Los Apocalipsis de la Virgen.
Los Apocalipsis de la Virgen son de origen más reciente. En ellos, María recibe revelaciones sobre los tormentos del infierno e intercede por los condenados. Existen varios textos en griego y en etiópico. Acusan influencias de los Apocalipsis de Pablo y de Pedro, pero su fuente principal son las leyendas de la Asunción, conocidas bajo el nombre de Transitus Mariae (cf. infra, p.236).
V. Cartas Apócrifas de los Apóstoles.
1. La Epistola Apostolorum.
La más importante de las epístolas apócrifas y, desde el punto de mira histórico, la más valiosa, es la Epistola Apostolorum. Fue publicada por vez primera en 1919. La carta va dirigida a las Iglesias del Oriente y del Occidente, del Norte y del Sur,” y salió a la luz en Asia Menor o en Egipto. Según C. Schmidt, fue escrita entre los años 160 y 170, mientras que A. Ehrhard fija su composición entre 130 y 140. Indicios del mismo texto sugieren más bien una fecha entre los años 140 y 160. No queda nada del texto original griego. Tenemos parte de una versión copta, descubierta en 1895 en El Cairo, y una traducción etiópica completa publicada en 1913. También quedan fragmentos de una versión latina. C. Schmidt publicó en 1919 una edición crítica a base de estas autoridades.
La parte principal de la carta se compone de revelaciones que el Salvador hizo a sus discípulos después de la resurrección. En la introducción hay una confesión de fe en Cristo y un resumen de sus milagros. Concluye con una descripción de la ascensión. La forma epistolar se mantiene solamente en la primera parte; por consiguiente, en su conjunto, la obra es más bien de carácter apocalíptico que epistolar. Es un ejemplo de literatura religiosa popular no oficial. El autor toma sus ideas principalmente del Nuevo Testamento. En su lenguaje y en sus conceptos predomina el influjo del evangelio de San Juan. El relato de la resurrección es una combinación de los cuatro evangelios canónicos. Además de estas fuentes, el autor echó mano de los apócrifos siguientes: Apocalipsis de Pedro, Epístola de Bernabé y el Pastor de Hermas.
La teología de la epístola. La epístola afirma con toda claridad las dos naturalezas de Cristo. Cristo se llama a sí mismo “Yo que soy ingénito y, sin embargo, engendrado del hombre; que soy sin carne y, sin embargo, me revestí de carne” (21). Se afirma explícitamente la encarnación del Verbo:
Respecto de Dios, el Señor, el Hijo de Dios, creemos esto: que es el Verbo que se hizo carne; que tomó su cuerpo de la Virgen María, concebido por obra del Espíritu Santo, no por la voluntad de la carne, sino por el querer de Dios; que fue envuelto en pañales en Belén y fue manifestado, y creció y llegó a la edad adulta (3).
En otro lugar, sin embargo, se considera a Gabriel como una personificación del Logos; se pone en su boca las siguientes palabras:
En aquel día en que tomé la forma del ángel Gabriel, me aparecí a María y hablé con ella. Su corazón me aceptó y ella creyó, y yo, el Verbo, entré en su cuerpo. Y me hice carne porque yo sólo fui mi propio servidor en lo que concierne a María bajo la apariencia de una forma angélica (14).
Por otra parte, la obra identifica completamente la divinidad del Logos con la del Padre:
Y le dijimos: Señor, ¿es posible que estés al mismo tiempo aquí y allí? Mas él nos contestó: Yo estoy enteramente en el Padre, y el Padre en mí, por razón de la igualdad de la forma, del poder, de la plenitud, de la luz, de la medida colmada y de la voz. Yo soy el Verbo (17).
Aunque hay ciertos giros de pensamiento gnósticos, la tendencia de este escrito es decididamente antignóstica. Al principio se habla de Simón Mago y de Cerinto como “de falsos apóstoles de los que está escrito que nadie se adhiera a ellos, porque hay en ellos engaño, y por el engaño llevan a los hombres a la destrucción.” La misma tendencia antignóstica se puede apreciar en el énfasis con que el autor insiste en la resurrección de la carne. De esta resurrección se dice que es “segundo nacimiento,” “vestidura que no se corromperá” (21). En cuanto a la escatología, no aparece traza alguna de milenarismo. En la descripción del último juicio la carne aparece juzgada juntamente con el alma y el espíritu. Después de eso la humanidad será dividida, “una parte descansará en el cielo y la otra sufrirá castigo eterno en una vida sin fin” (22).
También es importante la epístola por lo que atañe a la historia de la liturgia. Contiene un corto símbolo en el que, además de las tres divinas Personas, se hace mención a la santa Iglesia y de la remisión de los pecados como artículos de fe (5; véase más arriba p.33). El bautismo es condición absolutamente indispensable para la salvación. Por esta razón Cristo bajó al limbo a bautizar a los justos y a los profetas:
Y derramé sobre ellos con mi mano derecha el agua de la vida, del perdón y de la salvación de todo mal, como lo hice contigo y con todos los que creyeron en mí (27).
El autor muestra aquí conocer el Pastor de Hermas, quien da la misma explicación del Descensus ad inferos. Por otra parte, el bautismo solo no es suficiente para la salvación:
Pero si alguien creyere en mí y no observare mis mandamientos, aunque haya confesado mi nombre, no le aprovechará, antes bien corre en vano; porque los tales darán consigo en la perdición y en la ruina (27).
A la celebración de la Eucaristía se la llama Pascha y se le considera como un memorial de la muerte de Jesús. El Ágape y la Eucaristía seguían celebrándose simultáneamente. He aquí el texto de este precioso pasaje:
Pero conmemorad mi muerte. Ahora bien, cuando venga la Pascua, uno de vosotros será encarcelado por causa de mi nombre, y estará triste y afligido porque vosotros celebráis la Pascua mientras él está separado de vosotros… Y enviaré mi poder bajo la forma del ángel Gabriel y las puertas de la cárcel se abrirán. Y él salará y vendrá a vosotros y velará con vosotros durante la noche hasta el canto del gallo. Y cuando hayáis cumplido el memorial que se hace de mí y el ágape, será de nuevo encarcelado en testimonio, hasta que salga de allí y predique lo que yo os he transmitido. Y nosotros le dijimos: Señor, ¿es menester que tomemos otra vez la copa y bebamos? El nos respondió: Sí, es necesario hasta el día en que yo vuelva con los que sufrieron muerte por mi causa (15).
2. Epístolas apócrifas de San Pablo.
En las epístolas canónicas de San Pablo se hace mención de algunas cartas que no figuran en el canon del Nuevo Testamento y que evidentemente se han perdido. Con el fin de colmar esta laguna aparecieron las epístolas apócrifas de San Pablo.
a) En su Epístola a los Colosenses (4,16), San Pablo menciona una carta que escribió a los laodicenses. Esto dio ocasión a la Epístola de los Laodicenses apócrifa. Su contenido no es más que una imitación y plagio de las cartas auténticas del Apóstol, especialmente de su Epístola a los Filipenses. Empieza el autor por manifestar su alegría por la fe y virtudes de los laodicenses; luego les pone en guardia contra los herejes y les exhorta a que permanezcan fieles a la doctrina cristiana y al concepto cristiano de la vida, tal como les había instruido el Apóstol. La carta pretende haber sido escrita desde una cárcel. Por el contenido no es posible fijar la fecha en que fue compuesta. Es verdad que el Fragmento Muratoriano menciona una Epístola a los Laodicenses a la que califica de falsificación destinada a favorecer las doctrinas heréticas de Marción. Pero los sabios no han dado su asentimiento a la hipótesis de Harnack, que identificaba la epístola apócrifa a los laodicenses con la epístola mencionada en el Fragmento Muratoriano. Aunque es muy posible que la lengua original de la carta fuera el griego, por el momento existe solamente un texto latino. El manuscrito más antiguo que la transmite es el Codex Fuldensis, del obispo Víctor de Capua, escrito en 546. La carta no pudo ser compuesta en fecha posterior al siglo IV, puesto que los escritores eclesiásticos la mencionan a partir de esta época. Las traducciones que poseemos se basan todas en el texto latino. Esta carta aparece en muchas biblias inglesas
b) Junto a la Carta a los Laodicenses, el Fragmento Muratoriano cita una carta marcionita, la Epístola a los Alejandrinos, que se ha perdido. No sabemos nada más acerca de ella.
c)  La Tercera Carta a los Corintios se encuentra en los Hechos de Pablo (cf. supra p.133). Se supone que esta epístola fue escrita en contestación a una carta que los corintios enviaron a Pablo. En ella los corintios le informaban acerca de dos herejes, Simón y Cleobio, que trataban de “derrocar la fe” con las siguientes enseñanzas:
Dicen que no debemos servirnos de los profetas; que Dios no es todopoderoso; que no habrá resurrección de la carne; que el ser humano no fue criado por Dios; que Cristo no descendió en la carne ni nació de María, y que el mundo no es de Dios, sino de los ángeles.
El contenido de la respuesta de Pablo es, por consiguiente, de considerable importancia por los problemas que en ella se ventilan: la creación del mundo, la humanidad y su Creador, la encarnación y la resurrección de la carne. La carta de los corintios, lo mismo que la respuesta de Pablo, escrita desde la cárcel de Filipos, fueron insertadas en la colección siríaca de las epístolas paulinas y por algún tiempo fueron consideradas como auténticas en la Iglesias siríaca y armenia. Existe una traducción latina del siglo III.
d)  La Correspondencia entre Pablo y Séneca es una colección de ocho cartas del filósofo romano Séneca dirigidas a San Pablo y de seis breves respuestas del Apóstol. Fueron escritas en latín, a más tardar en el siglo III. San Jerónimo (De vir. ill. 12) afirma que eran “leídas por muchos.” Séneca comunica al Apóstol la profunda impresión que ha experimentado con la lectura de sus cartas, “porque es el Espíritu Santo, que está en ti y sobre ti, el que expresa estos pensamientos tan elevados y admirables.” Pero al filósofo no le gusta el estilo detestable con que Pablo escribió esas cartas; por eso le aconseja: “Desearía que fueras más cuidadoso en otros puntos, a fin de que a la majestad de las ideas no le falte el lustre del estilo” (Ep. 7). Es evidente que toda la correspondencia fue inventada con un fin determinado. Lo que el autor quería era que, a pesar de sus defectos literarios, las cartas auténticas de San Pablo fueran leídas en los círculos de la sociedad romana, “porque los dioses hablan a menudo por boca de los simples, no por medio de los que tratan engañosamente de hacer lo que pueden con su saber” (ibid.).
3. Cartas apócrifas de los discípulos de San Pablo.
a)La Epístola de Bernabé (cf. supra p.90ss).
b) Epistola Titi discipuli Pauli, de Dispositione Sanctimonii. El texto de este apócrifo latino fue publicado por primera vez en 1925 por dom De Bruyne. No es una carta, sino un discurso sobre la virginidad dirigido a los ascetas de ambos sexos. Combate los abusos de las Syneisaktoi y la vida en común bajo un mismo techo de los ascetas de diferente sexo. Presenta mucha afinidad con el escrito de Pseudo-Cipriano De singularitate clericorum, del que el autor se sirvió. Procede probablemente de los círculos priscilianistas de España. Parece que la lengua original fue el griego.

LA LITERATURA APÓCRIFA DEL NUEVO TESTAMENTO

La literatura apócrifa del Nuevo Testamento.

El Nuevo Testamento ofrece poca información sobre la infancia de Nuestro Señor, sobre la vida y muerte de su Madre y sobre los viajes misioneros de los Apóstoles. No es de extrañar, pues, que hubiera imaginaciones piadosas que trataran de aportar los detalles que faltan. Con la finalidad de edificar, el proceso de creación de leyendas encontró campo libre. Por su parte, los herejes sintieron la necesidad de recurrir a narraciones evangélicas para apoyar sus doctrinas, particularmente los gnósticos. Merced a ello, alrededor de los libros canónicos de las Escrituras surgió una colección de leyendas que forman lo que llamamos Apócrifos del Nuevo Testamento. Evangelios, apocalipsis, cartas y hechos de los Apóstoles, toda una literatura no canónica hace su aparición como contrapartida de los escritos canónicos.
Originalmente, la palabra apócrifo no significaba lo que es espurio o falso, al menos en la mente de los primeros que emplearon esta palabra. Algunas de esas obras pasaban entonces como canónicas, según atestiguan San Jerónimo (Epist. 107, 12, y Prol. gal. in Samuel et Mal) y San Agustín (De civitate Dei 15,23,4).
Al principio, un apócrifo revestía un carácter demasiado sagrado y misterioso para que fuera conocido de todo el mundo. Debía estar escondido (apocryphos) al gran público y permitido solamente a los iniciados de la secta. A fin de ser aceptados, estos libros aparecían ordinariamente bajo el nombre de un apóstol o de un piadoso discípulo de Jesús. Cuando se conoció la falsedad de tales atribuciones, la palabra apócrifo adquirió el significado de espurio, falso, de algo que hay que rechazar.
Aun el más superficial de los lectores de estos escritos se da cuenta de su inferioridad en relación con los libros canónicos. Abundan en ellos los relatos de presuntos milagros que a veces rayan en lo absurdo. Sin embargo, los apócrifos son de suma importancia para el historiador de la Iglesia, ya que aportan valiosa información sobre las tendencias y costumbres propias de la primitiva Iglesia. Representan, además, los primeros ensayos de la leyenda cristiana, de las historias populares y de la literatura novelesca. Son asimismo necesarios para entender el arte cristiano. Los mosaicos de Santa María la Mayor en Roma y los relieves de los sarcófagos cristianos antiguos se inspiran en ellos. Las miniaturas de los libros litúrgicos y las vidrieras de las catedrales medievales serían indescifrables si se hiciera caso omiso de ellos. Su influencia sobre los misterios y milagros posteriores fue también considerable. El mismo Dante los usó para las escenas escatológicas de la Divina comedia. Poseemos, pues, en ellos una fuente pintoresca y de primera mano para la historia del pensamiento cristiano.
M. R. James ha dado un juicio atinado sobre el lugar que ocupan en la historia de la literatura cristiana:
Todavía hay gente que dice: “Al fin y al cabo, estos evangelios y actas apócrifos, como los llamáis, son tan interesantes como los antiguos. Ha sido sólo obra del azar o del capricho el que no se les incluyera en el Nuevo Testamento.” La mejor respuesta a estas habladurías ha sido siempre, y sigue siendo, abrir tales libros y dejar que hablen por sí mismos. Pronto se echará de ver que no cabe pensar en que alguien los haya excluido del Nuevo Testamento: ellos se han excluido a sí mismos. “Mas — puede alguien objetar — si estos escritos no valen ni como libros históricos ni como libros de religión y ni siquiera de literatura, ¿por qué perder tiempo y trabajo en darles una importancia que, a su juicio, no merecen?” En parte, para permitir a los demás formarse un juicio sobre ellos, aunque no es ésta la razón principal. La verdad es que no se deben considerar los apócrifos desde el punto de vista que ellos reclaman para sí. Bajo cualquier otro aspecto tienen un interés grande y duradero…
Si no son buenas fuentes históricas en un sentido, lo son en otro. Recogen las ilusiones, las esperanzas y los temores de los hombres que los escribieron; enseñan lo que era aceptado por los cristianos incultos de los primeros siglos, lo que les interesaba, lo que admiraban, los ideales que acariciaban en esta vida, lo que ellos creían poder hallar en esos textos. Además, no tienen, precio como género folklórico y novelesco; a los aficionados y estudiosos de la literatura y arte medievales revelan las fuentes de una parte muy considerable de su materia y la solución de más de un problema. Han ejercido, en verdad, una influencia (totalmente desproporcionada a sus méritos intrínsecos) tan grande y tan dilatada, que no puede ignorarlos ninguno que se preocupe de la historia del pensamiento y del arte cristianos (The Apocryphal New Testament [Oxford 1924] XI, XIII).
I. Primeras Interpolaciones Cristianas en los Apócrifos del Antiguo Testamento.
La costumbre de imitar los libros bíblicos se remonta a tiempos anteriores al cristianismo. Los autores de esos escritos apócrifos atribuyeron sus obras a algún personaje importante y les señalaron fechas muy anteriores a la suya. Así fue como tuvo origen, en el siglo II antes de Cristo, el Tercer libro de Esdras, que reconstruye la historia de la decadencia y caída del reino de Judá desde los tiempos de Josías.
El Cuarto libro de Esdras es la continuación de esta obra en la era cristiana. Este último libro, compuesto al tiempo de la destrucción de Jerusalén, refleja bastante las esperanzas cristianas y ejerció notable influencia en la formación de la escatología cristiana. No es, pues, de extrañar que fuera considerado como libro canónico.
De manera semejante se formó la literatura de Enoc. Consiste ésta en una colección de apocalipsis, cuyo meollo, capítulos 1-36 y 72-104, tiene su origen en el siglo II antes de Cristo. Es probablemente la pieza más antigua de la literatura Judía que trata de la resurrección general de Israel. Debido a las interpolaciones de los autores cristianos, durante el primer siglo de nuestra era, el Libro de Enoc creció en volumen. Merece notarse aquí, en particular, que la primera referencia al milenio la encontramos en los capítulos 32,2-33,3 de los Secretos de Enoc (en eslavo). Interpolaciones semejantes se encuentran en los Testamentos de los doce patriarcas, obra complicada que pretende conservar las últimas palabras de los doce lujos de Jacob, y en el Apocalipsis de Baruc.
El ejemplo más importante de adaptación cristiana de escritos judíos es la Ascensión de Isaías. La base de este valioso documento de fines del primer siglo o principios del segundo la forma un grupo de leyendas judías que tratan de Beliar y del martirio del profeta Isaías. La segunda parte (c.6 al 11) es una rapsodia de los siete cielos y de la encarnación, pasión, resurrección y ascensión de Cristo tal como las viera Isaías Cuando fue arrebatado al cielo. Esta parte es, a no dudarlo, de orígen cristiano. Además de contener profecías relativas a Cristo y a su Iglesia, hace una descripción inconfundible del emperador Nerón y es, además, de particular importancia por ser el testimonio más antiguo que poseemos sobre el género de muerte que sufrió Pedro. El texto completo de este Apocalipsis existe solamente en etiópico. Se conservan también extensos fragmentos en griego, latín y eslavo.
II. Evangelios Apócrifos.
1. El Evangelio según los Hebreos
En su obra De viris illustribus (c.2), San Jerónimo, hablando de Santiago, el hermano del Señor, dice lo siguiente:
También el Evangelio llamado según los Hebreos, traducido recientemente por mí al griego y al latín, y del que Orígenes se sirve con frecuencia, después de la resurrección del Salvador refiere: “El Señor, después de haber dado la sábana al criado del sacerdote, se fue a Santiago y se le apareció” (pues es de saber que Santiago había hecho voto de no comer pan desde el momento en que bebió del cáliz del Señor hasta tanto que le fuera dado verle resucitado de entre los muertos), y asimismo poco después: “Traed, dijo el Señor, una mesa y pan,” e inmediatamente añade: “Tomó el pan y lo bendijo y lo partió y se lo dio a Santiago el Justo, diciéndole: Hermano mío, come tu pan, porque el Hijo del Hombre ha resucitado de entre los muertos.”
El Evangelio según los Hebreos, del que Jerónimo cita este interesante pasaje, fue escrito originalmente en arameo, pero con caracteres hebreos. En tiempo de Jerónimo el texto original estaba en la biblioteca de Cesárea, en Palestina. Tanto los ebionitas como los nazarenos hacían uso de este evangelio, y de ellos obtuvo Jerónimo un ejemplar para sus traducciones griega y latina. El que lo usaran los cristianos palestinenses que hablaban hebreo (arameo) explica la razón del título según los Hebreos. Ello explica también que sea Santiago “el hermano del Señor,” el representante del cristianismo estrictamente judío, la figura central de la narración de la Pascua, contra lo que dicen los textos canónicos. En tiempo de Jerónimo muchos creían que este evangelio apócrifo era el original hebreo del evangelio canónico de Mateo, mencionado por Papías (Eusebio, Hist. eccl. 3,39,16; 6,25,4; Ireneo, 1,1). De hecho, los pocos fragmentos que quedan revelan estrechas relaciones con Mateo. Según la conclusión más segura, este Evangelio según los Hebreos sería probablemente una especie de revisión y prolongación del evangelio canónico de Mateo. El pasaje citado mas arriba muestra que había en él frases de Jesús que no están en nuestros evangelios canónicos. Este rasgo característico lo atestiguan también, además de Jerónimo, otros escritores; por ejemplo, Eusebio (Teofanía 22):
El evangelio que ha llegado hasta nosotros en caracteres hebreos no lanzaba la amenaza contra el que escondió (su talento), sino contra el que vivió disolutamente; porque (la parábola) distinguía tres siervos: uno que había consumido la hacienda de su señor con meretrices y flautistas; otro que había hecho rendir mucho a su trabajo, y otro que había escondido su talento, y cómo, al final, uno fue recibido, otro fue tan sólo amonestado, y otro encerrado en la cárcel.
Este evangelio apócrifo debió de ser compuesto en el siglo II, porque Clemente de Alejandría lo usó ya en sus Siromala (2,9,45) en el último cuarto del mismo siglo.
2. El Evangelio de los egipcios
Para el llamado Evangelio de los egipcios, nuestra principal fuente de información es. nuevamente, Clemente de Alejandría. S” nombre parece indicar estaba en uso entre los cristianos de Egipto. Así se explicaría que lo conocieran Clemente de Alejandría y Orígenes. El Evangelio de los egipcios pertenece a aquella clase de apócrifos que fueron escritos para apoyar ciertas herejías. Lo más probable es que sea de origen gnóstico. Sus elementos doctrinales más característicos demuestran un prejuicio sectario y herético. Clemente de Alejandría nos ha conservado algunas sentencias de Jesús, sacadas de la conversación del Señor con Salomé, que son la mejor prueba de sus tendencias:
A Salomé, que preguntaba: “¿Durante cuánto tiempo estará en vigor la muerte?,” el Señor (sin querer con ello decir que la vida sea mala o la creación perversa) le dijo: “Mientras vosotras, las mujeres, sigáis engendrando” (Stromata III 6,45). Y los que por medio de una abstinencia aparentemente legítima se oponen a la acción creadora de Dios, aducen también aquellas palabras dirigidas a Salomé que mencioné antes. Están contenidas, según pienso, en el Evangelio según los egipcios.
Y afirman que dijo el Salvador en persona: “He venido a destruir las obras de la mujer.” “De la mujer,” esto es, de la concupiscencia; “las obras de ella,” esto es, la generación y la corrupción (Stromata III 9,63). Y ¿por qué no citan las demás cosas dichas a Salomé estos que se pliegan a cualquier norma mejor que a la evangélica, que es la verdadera? Pues habiendo dicho ella: “Bien hice, por tanto, al no engendrar,” tomando la generación como cosa no conveniente, replica el Señor diciendo: “Puedes comer cualquier hierba, pero la que es amarga no la comas” (Stromata II 9,66). Por eso dice Casiano: Preguntando Salomé cuándo llegarían a realizarse aquellas cosas de que había hablado, dijo el Señor: “Cuando holléis la vestidura del pudor y cuando los dos vengan a ser una sola cosa, y el varón, juntamente con la hembra, no sea ni varón ni hembra” (Stromata III BAC 148,59-60).
3. El Evangelio ebionita.
El Evangelio ebionita es probablemente el Evangelio de los Apóstoles de que habla Orígenes (Hom. in Luc. 1). En este caso, habría que datarlo, con toda verosimilitud, en los primeros años del siglo III. Jerónimo se equivocó evidentemente al identificarlo con el Evangelio según los Hebreos, si bien A. Schmidtke defiende esta opinión.
Todo lo que sabemos del Evangelio de los ebionitas se lo debemos a Epifanio (Adv. haer. 30,13-16,22), que nos ha conservado algunos fragmentos. A juzgar por ellos, fue escrito en favor de una secta opuesta al sacrificio. Por eso pone en boca de Jesús estas palabras: “He venido a abolir los sacrificios, y, si no dejáis de sacrificar, no se apartará de vosotros mi ira” (30,16).
4. El Evangelio según Pedro.
Un fragmento importante de este evangelio fue descubierto en 1886-87 por Bouriant, en la tumba de un monje, en Akhmin, en el Alto Egipto. Lo publicó, con su traducción, en 1892. Relata la pasión, muerte y sepultura de Jesús, y embellece la narración de su resurrección con detalles interesantes sobre los milagros que la siguieron. El escrito adolece ligeramente de docetismo. Quizá sea ésta la razón que motivó el cambio de las palabras de Jesús en la cruz “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?,” por estas otras: “Poder mío, Poder mío, ¿por qué me has abandonado?” Otro detalle interesante: es Herodes, y no Pilatos, quien da la orden de ejecución. De este modo la responsabilidad de la muerte de Jesús recae enteramente sobre los judíos. Pero sigue siendo dudoso el origen herético de este evangelio. Las insignificantes huellas de sectarismo que presenta son tan escasas, que no bastan a convencer. Parece que el autor alteró las narraciones de los evangelios canónicos, adaptándolas libremente.
Se hallan referencias del Evangelio según Pedro en los escritores eclesiásticos. Orígenes es el primero que lo menciona en su Comentario sobre Mateo (10,17). Refiere que algunos, basándose en una “tradición del evangelio llamado según Pedro” creyeron que los llamados “hermanos de Jesús” eran hijos de José habidos de una primera esposa, con la cual vivió antes de casarse con María. Eusebio afirma que el obispo Serapión de Antioquía rechazó este evangelio hacia el año 190 por su sabor doceta. No puede ser, pues, posterior a la segunda mitad del siglo II.
5. El Evangelio de Nicodemo.
El deseo de minimizar la culpa de Pilatos, que hemos visto en el Evangelio según Pedro, es prueba del vivo interés con que la antigüedad cristiana miraba a este personaje. El Evangelio de Nicodemo es otra prueba más del lugar de distinción que Poncio Pilatos ocupó en el pensamiento del cristianismo primitivo. A esta narración se incorporaron, además, los llamados Hechos de Pilatos, un supuesto informe oficial del procurador referente a Jesús. Parece que ya a principios del siglo II se conocían unos Hechos de Pilatos. Después de haber mencionado la pasión y crucifixión de Jesús, el mártir Justino observa en su primera Apología (35): “De que todas estas cosas hayan sucedido puedes cerciorarte por los Hechos de Poncio Pilatos.” Otra afirmación parecida vuelve a hacerse en el capítulo 48.
Tertuliano se refiere dos veces al informe que Pilatos mandó a Tiberio. Según él, Poncio Pílalos informó al emperador sobre la injusta sentencia de muerte que él había pronunciado contra una persona inocente y divina; el emperador quedó tan impresionado por la narración de los milagros de Jesús y de su resurrección, que propuso que Cristo fuera admitido entre los dioses de Roma, a lo que se opuso el Senado (Apologeticum 5). En otro lugar Tertuliano dice que “toda la historia de Cristo fue relatada al César — en aquel entonces Tiberio — por Pilatos, siendo ya cristiano en lo íntimo de su corazón” (Apol. 21,24). Observamos aquí el empeño de hacer del procurador romano un testigo de la muerte y resurrección de Cristo, como también de la verdad del cristianismo.
La misma tendencia sería la que dio origen a los llamados Hechos de Pilatos que forman parte del Evangelio de Nicodemo. Tal como actualmente lo tenemos, comprende tres partes. La primera (c. l al 11) expone con todo detalle el juicio, crucifixión y sepultura de Cristo. Esta es la parte que lleva por titulo Acta Pilati. La segunda (c. 12 al 26) describe los debates que tuvieron lugar en el Sanedrín acerca de la resurrección de Cristo, y viene a ser una añadidura a los Acta Pilati. La tercera parte (c.17 al 27) se titula “Descensus Christi ad inferos.” Pretende ser la narración del descendimiento de Cristo al infierno, hecha por dos testigos, los “hijos de Simeón,” que resucitaron de entre los muertos después de haber visto a Cristo en el Hades.
Toda la obra, que en un manuscrito latino posterior se llama Evangelium Nicodemi, debió de ser compuesta a principios del siglo V; mas parece una compilación de materiales más antiguos. Eusebio cuenta que durante la persecución de Maximino Daia, en 311 ó 312, el gobierno romano difundió falsificaciones paganas de estos Hechos de Pilatos a fin de excitar el odio contra los cristianos:
Habiendo, ciertamente, falsificado las Memorias de Pilatos y de nuestro Salvador, llenas ahora de toda clase de blasfemias contra Cristo, las mandaron, con la aprobación de sus superiores, por todos sus dominios, con edictos ordenando que en todo lugar, en la ciudad lo mismo que en el campo, se pusieran en público y que los maestros de primera enseñanza obligaran a sus niños a estudiarlas y aprenderlas de memoria, en vez de sus lecciones (Hist. eccl 9,5,1; cf. 1,9,1; 1,11,9; 9,7,1).
Es muy posible que los Hechos de Pilatos que integraban el Evangelium Nicodemi fueran originariamente escritos con el fin de contrarrestar los malos efectos de esas actas paganas. La pieza más antigua de la literatura cristiana sobre Pilatos parece ser el “Informe de Pilatos al emperador Claudio,” que está añadido, en griego, a las Actas de Pedro y Pablo, de composición más reciente y del cual hay una traducción latina en forma de apéndice al Evangelium Nicodemi. Es probable que este informe sea el mismo que menciona Tertuliano. Caso de ser así, habría sido compuesto antes del año 197, que es la fecha del Apologeticum de Tertuliano. He aquí la traducción:
Poncio Pílalos a Claudio, salud.
Acaeció últimamente un asunto que yo mismo aclaré (o decidí): los judíos, por envidia, se han castigado a sí mismos y a su posteridad con terribles juicios por culpa propia. Había sido anunciado a sus padres que su Dios mandaría del cielo a su Santo, que tendría derecho a ser llamado rey de los judíos; les prometió que lo enviaría a la tierra por medio de una virgen.
Vino, pues, siendo yo gobernador de Judea. Y le vieron cómo daba vista a los ciegos, limpiaba a los leprosos, curaba a los paralíticos, expulsaba a los demonios de los hombres, resucitaba a los muertos, calmaba a los vientos, andaba por encima de las olas del mar a pie enjuto y hacía otras muchas maravillas, y a todo el pueblo judío que le aclamaba como Hijo de Dios. Pero he aquí que los príncipes de los sacerdotes, movidos contra él por envidia, le prendieron y me lo entregaron y presentaron contra él, una tras otra, muchas falsas acusaciones, diciendo que era un hechicero y hacía cosas contrarias a la ley.
Yo, pues, creyendo que todo eso era verdad, le mandé azotar y le entregué a su capricho; ellos le crucificaron, y, una vez enterrado, pusieron guardias. Sin embargo, mientras mis soldados vigilaban, él se levantó de nuevo al tercer día; pero la malicia que ardía en los corazones de los judíos era tan grande, que dieron dinero a los soldados, diciéndoles: Decid que sus discípulos se llevaron su cuerpo. Mas ellos, a pesar de haber recibido el dinero, fueron incapaces de guardar silencio sobre lo que acababa de suceder, y atestiguaron que lo vieron resucitado y que recibieron dinero de los judíos. Y yo he informado sobre estas cosas (a tu majestad), no sea que algún otro te mienta y te parezca que debes dar crédito a las falsas historias de los judíos.
Los demás Informes de Pílalos apócrifos, como, por ejemplo, la Anaphora Pilati, la Carta de Pilatos a Tiberio, la Paradosis Pilali, o sea, la sentencia contra Pilatos dictada por el emperador, y la correspondencia entre Pilatos y Herodes, pertenecen todos a la Edad Media.
Los Hechos de Pilatos del Evangelium Nicodemi, que se conservan en griego y en traducciones siríaca, armenia, copla, árabe y latina, tuvieron consecuencias muy curiosas. Los cristianos de Siria y Egipto veneraron a Pilatos como santo y mártir, y aun hoy día sigue en el calendario litúrgico de la iglesia copta. Durante la Edad Media, la influencia de los Hechos en la literatura y en el arte fue enorme.
6. El Protoevangelio de Santiago.
El Protoevangelio de Santiago pertenece al grupo de los Evangelios de la infancia, que relatan bastante extensamente la adolescencia de la Virgen María y el nacimiento e infancia de Jesús. El término Proloevangelium es moderno: fue usado por primera vez, como título del Evangelio de Santiago, en 1552, en una traducción latina de Guillaume Postel. La primera referencia al Libro de Santiago la encontramos en Orígenes; dice que este libro hace de “los hermanos del Señor” hijos de José habidos de una primera mujer. Pero ya antes de Orígenes, Clemente de Alejandría, su maestro, y Justino Mártir refieren incidentes relativos al nacimiento de Jesús que también se relatan en el Protoevangelio.
El libro es, probablemente, de mediados del siglo II; en todo caso, es cierto que existía al finalizar el siglo. Contiene la narración más antigua del nacimiento milagroso y de la infancia y adolescencia de la Virgen María. En él aparecen por vez primera los nombres de los padres de María, Joaquín y Ana. Es interesantísimo el relato de la consagración de la Virgen y de su presentación en el templo, adonde fue llevada por sus padres a la tierna edad de tres años (c. 6-8):
Y día a día la niña se iba robusteciendo. Al llegar a los seis meses, su madre la dejó sobre la tierra para ver si se tenía; y ella, después de andar siete pasos, volvió al regazo de su madre. Esta la levantó, diciendo; “Vive el Señor, que no andarás más por este suelo hasta que te lleve al templo del Señor.” Y le hizo un oratorio en su habitación y no consintió que ninguna cosa común e impura pasara por sus manos. Llamó, además, a unas doncellas hebreas, vírgenes todas; y éstas la entretenían.
Al cumplir la niña un año, dio Joaquín un gran banquete, invitando a los sacerdotes, a los escribas, al sanedrín y a todo el pueblo de Israel. Y presentó la niña a los sacerdotes, quienes la bendijeron con estas palabras: “¡Oh Dios de nuestros padres!, bendice a esta niña y dale un nombre glorioso y eterno por todas las generaciones.” A lo cual respondió todo el pueblo: “Así sea, así sea. Amén.” La presentó también Joaquín a los príncipes de los sacerdotes, y éstos la bendijeron así: “¡Oh Dios altísimo!, pon tus ojos en esta niña y otórgale una bendición cumplida, de esas que excluyen las ulteriores.”
Su madre la llevó al oratorio de su habitación y le dio el pecho. Entonces compuso un himno al Señor Dios, diciendo: “Entonaré un cántico al Señor mi Dios, porque me ha visitado, ha apartado de mí el oprobio de mis enemigos y me ha dado un fruto santo, que es único y múltiple a sus ojos. ¿Quién dará a los hijos de Rubén la noticia de que Ana está amamantando? Oíd, oíd todas las doce tribus de Israel: Ana está amamantando.”
Y habiendo dejado a la niña, para que reposara, en la cámara donde tenía su oratorio, salió y se puso a servir a los comensales. Estos, una vez terminado el convite, se fueron regocijados y alabando al Dios de Israel.
Mientras tanto, iban sucediéndose los meses para la niña. Y, al llegar a los dos años, dijo Joaquín a Ana: “Llevémosla al templo del Señor para cumplir la promesa que hicimos, no sea que el Señor nos la reclame y nuestra ofrenda resulte ya inaceptable ante sus ojos.” Ana respondió: “Esperemos todavía hasta que cumpla los tres años, no sea que la niña vaya a tener añoranza de nosotros.” Y Joaquín respondió: “Esperemos.” Al llenar a los tres años, dijo Joaquín: “Llamad a las doncellas hebreas que están sin mancilla y que tomen sendas velas encendidas para que la acompañen, no sea que la niña se vuelva atrás y su corazón sea cautivado por alguna cosa fuera del templo de Dios.” Y así lo hicieron, mientras iban subiendo al templo de Dios. Y la recibió el sacerdote, quien, después de haberla besado, la bendijo y exclamó: “El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel.” Entonces la hizo sentar sobre la tercera grada del altar. El Señor derramó gracia sobre la niña, quien danzó con sus piececitos, haciéndose querer por toda la casa de Israel.
Bajaron sus padres, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo como una palomica, recibiendo alimento de manos de un ángel.
Pero, al llegar a los doce años, los sacerdotes se reunieron para deliberar, diciendo: “He aquí que María ha cumplido sus doce años en el templo del Señor, ¿qué habremos de hacer con ella para que no llegue a mancillar el santuario? Y dijeron al sumo sacerdote: “Tú, que tienes el altar a tu cargo, entra y ora por ella; y lo que te dé a entender el Señor, eso será lo que hagamos” (BAC 148,155-160).
El evangelio sigue relatando el casamiento de María con José, que por entonces era ya viejo y tenía hijos. También se explican detalladamente el nacimiento de Jesús en una cueva y los milagros que le acompañaron, de una extravagancia sin igual.
El fin principal de toda la obra es probar la virginidad perpetua e inviolada de María antes del parto, en el parto y después del parto. Por eso bebe “del agua de la prueba del Señor,” a fin de apartar de sí toda sospecha (c. 16). Su virginitas in partu es atestiguada por una comadrona que estuvo presente en el alumbramiento (c. 20). Parece que Clemente de Alejandría conoció este evangelio o su fuente legendaria, pues dice en los Stromata (7,93,7): “Después que ella hubo dado a luz, algunos dicen que la atendió una comadrona y se descubrió que era virgen.”
El evangelio termina con el relato del martirio de Zacarías, padre de San Juan Bautista, y de la muerte de Herodes. Al final de todo hay una declaración referente al autor del evangelio: “Y yo, Santiago, que he escrito esta historia en Jerusalén cuando estallaron alborotos con ocasión de la muerte de Herodes, me retiré al desierto hasta que se apaciguó el motín, glorificando al Señor, mi Dios, que me concedió la gracia y la sabiduría necesarias para componer esta narración.”
Evidentemente el autor trata de dar la impresión de que él es el mismísimo Santiago el Menor, obispo de Jerusalén. Quién fuera en realidad, no es posible averiguarlo. Su ignorancia de la geografía de Palestina es sorprendente; por otra parte, se nota en sus narraciones una gran influencia del Antiguo Testamento. Esto viene a indicar que se trata de un cristiano de origen judío que vivía fuera de Palestina, tal vez en Egipto.
En su forma actual, este evangelio no puede ser obra de un solo autor. Los incidentes de la muerte de Zacarías y de la fuga de Juan Bautista se ve que fueron añadidos posteriormente. El hilo de la narración aparece truncado varias veces.
Así, en el capítulo 18, José aparece bruscamente y empieza a hablar sin haber sido introducido.
La forma actual del texto griego data del siglo IV, pues lo utilizó Epifanio a fines del mismo siglo. El Protoevangelio alcanzó una gran difusión, como lo demuestra el hecho de que se conserven unos treinta manuscritos del texto griego. Poseemos, además, antiguas traducciones en siríaco, armenio, copto y eslavo. Con todo, no ha aparecido todavía ningún manuscrito latino de este evangelio.
El Decretum Gelasianum de libris recipiendis et non recipiendis, del siglo VI, condena el escrito como herético. No obstante, no cabe exagerar al hablar de la influencia que este evangelio de la Natividad ha ejercido en el campo de la liturgia, de la literatura y del arte. El culto de Santa Ana y la fiesta eclesiástica de la Presentación de la Virgen en el templo deben su origen a las tradiciones de este libro. Muchas de las encantadoras leyendas de Nuestra Señora se basan en historias del Protoevangelio. Los artistas no se han cansado de inspirarse en él.
7. El Evangelio de Tomás.
En la Primera homilía sobre San Lucas, Orígenes advierte que “también está en circulación el Evangelio según Tomás.” Este evangelio apócrifo proviene de un ambiente herético, probablemente gnóstico. Hipólito de Roma lo atribuye a los naasenos (Philos. 5,7). Cirilo de Jerusalén, en cambio, en sus Catequesis (4,36) habla de él como de una obra maniquea: “El Nuevo Testamento comprende solamente cuatro evangelios. Los demás son apócrifos y nocivos. También los maniqueos escribieron un evangelio según Tomás, que aun cuando lleve el suave nombre de evangelio, corrompe las almas de los simples.” En la Catequesis 6,31, habla en términos parecidos: “Que nadie lea el Evangelio según Tomás, porque no fue escrito por uno de los doce Apóstoles, sino por uno de los tres impíos discípulos de Manes.” Hipólito, al parecer, se refiere también a este mismo evangelio. Según él, su autor pertenece a los naasenos, mientras que Cirilo atribuye el escrito a los maniqueos. Quizás esta dificultad podría quedar orillada suponiendo que el Evangelio de Tomás maniqueo no fuera sino una nueva redacción alterada del Evangelium Thomae gnóstico. De todos modos, ambos evangelios, tanto el maniqueo como el gnóstico, se han perdido. El Evangelio de la infancia según Tomás, que se conserva en griego, siríaco, armenio, eslavo y latín, parece ser una edición expurgada y abreviada del original. Narra la infancia de Jesús, entretejida de historias sobre sus conocimientos y poder milagrosos para demostrar que Jesús tenía poder divino ya antes del bautismo. El fondo de estos relatos lo forma la vida ordinaria en un pequeño villorrio, como lo muestra la siguiente historia:
«Este niño Jesús, que a la sazón tenía cinco años, se encontraba un día jugando en el cauce de un arroyo después de llover. Y, recogiendo la corriente en pequeñas balsas, la volvía cristalina al instante y la dominaba con su sola palabra. Después hizo una masa blanda de barro y formó con ella doce pajaritos. Era a la sazón día de sábado y había otros muchachos jugando con él. Pero cierto hombre judío, viendo lo que acababa de hacer Jesús en día de fiesta, se fue corriendo hacia su padre José y se lo contó todo: “Mira, tu hijo está en el arroyo y, tomando un poco de barro, ha hecho doce pájaros, profanando con ello el sábado.” Vino José al lugar y, al verle, lo reto diciendo: ¿Por qué haces en sábado lo que no está permitido hacer?” Mas Jesús batió sus palmas y se dirigió a las figurillas, gritándoles: “¡Marchaos!” Y los pajarillos se marcharon todos gorjeando. Los judíos, al ver esto, se llenaron de admiración y fueron a contar a sus jefes lo que habían visto hacer a Jesús (c.2: BAC 148,303-304).
Algunos milagros no revelan la misma delicadeza. Parece que el autor tuvo un concepto extraño de la divinidad, porque presenta a Jesús usando de su poder para vengarse:
Iba otra vez por medio del pueblo, y un muchacho, que venía corriendo, fue a chocar contra sus espaldas. Irritado Jesús, le dijo: “No proseguirás tu camino.” E inmediatamente cayó muerto el rapaz. Algunos que vieron lo sucedido dijeron: “¿De dónde habrá venido este muchacho, que todas sus palabras resultan hechos consumados?” Y, acercándose a José los padres del difunto, le increpaban diciendo: “Teniendo un hijo como éste, una de dos: o no puedes vivir con nosotros en el pueblo o tienes que acostumbrarle a bendecir y a no maldecir; pues causa la muerte a nuestros hijos.” José llamó aparte a Jesús y le amonestó de esta manera: “¿Por qué haces tales cosas, siendo con ello la causa de que éstos nos odien y persigan?” Jesús replicó: “Bien sé que estas palabras no proceden de ti. Mas por respeto a tu persona callaré. Esos otros, en cambio, recibirán su castigo.” Y en el mismo momento quedaron ciegos los que habían hablado mal de él (c.4-5: BAC 148,305-306).
La forma actual expurgada de este evangelio de la Infancia es probablemente posterior al siglo VI.
8. El Evangelio árabe de la infancia de Jesús.
El Protoevangelio de Santiago y el Evangelio de Tomás dieron lugar a otros muchos evangelios de la infancia que amplían las narraciones de estas dos fuentes y añaden nuevas historias. Un ejemplo notable de esto lo ofrece el llamado Evangelio árabe de la infancia de Jesús. Esta compilación tardía toma la materia para su primera parte del Protoevangelio, y para la segunda, del Evangelio de Tomás. A más de eso añade muchos incidentes nuevos y extraños. Así, por ejemplo, refiere que Jesús, cuando yacía en su cuna, dijo a su madre: “Yo soy Jesús, el Hijo de Dios, el Logos, a quien tú has dado a luz.”
9. La Historia árabe de José el Carpintero.
Otra obra parecida es la llamada Historia árabe de José el Carpintero. Refiere la vida y muerte de José, y reproduce el elogio que Jesús pronunció sobre él. El autor incorpora a su narración material que toma del Protoevangelio y del Evangelio de Tomás, ampliando con nuevas adiciones. El objeto del libro es la glorificación de José y la propagación de su culto, muy popular entonces en Egipto. Tenemos el texto completo en árabe y bohaírico, y fragmentos en sahídico; en el siglo XIV se hizo una traducción en latín.
Por lo que se refiere a la fecha de composición, el evangelio no pudo ser escrito antes del siglo IV ni después del V. Lo más probable es que fuera escrito a finales del siglo IV y que se le hayan ido agregando adiciones en el siglo V y aún más tarde. S. Morenz ha lanzado recientemente la hipótesis de que el texto original fue en griego. Sin embargo, según L. T. Lefort, “la versión árabe hecha sobre un texto bohaírico es bastante aproximada, y su valor no es más que puramente relativo para ayudar a la reconstrucción de la forma original. El texto bohaírico es una simple copia de un modelo sahídico. Toda la cuestión, pues, gravita en torno al texto sahídico, cuestión que debe resolverse antes de abordar la cuestión de la redacción primitiva original.” Lefort duda que el texto sahídico esté suficientemente establecido en los fragmentos que se han publicado hasta el presente. Con todo, registra la existencia de un cuarto manuscrito que era desconocido hasta hace poco.
10. El Evangelio de Felipe.
No se atribuyeron evangelios apócrifos sólo a Pedro, Santiago y Tomás, sino también a los demás Apóstoles. Epifanio, hablando de los gnósticos egipcios de su tiempo, dice (Haer. 26,13): “Presentan los gnósticos un evangelio compuesto a nombre de Felipe, el santo discípulo, que dice así: Me reveló el Señor qué es lo que debe decir el alma al subir al cielo y cómo debe responder a cada una de las potencias celestiales. A saber: Me he conocido a mí misma, dice, y me he recogido de todas partes y no he procreado hijos al Arconte, sino que he desarraigado sus raíces y he juntado los miembros desparramados y sé quién eres tú. Pues yo, dice, soy de aquellos que viven en las alturas.” Este fragmento del Evangelio de Felipe manifiesta una tendencia muy pronunciada al ascetismo gnóstico, según el cual las partículas de lo divino dispersas por todo el mundo material deben ser reunidas y libertadas de la influencia de la materia. Parece que el libro copto Pistis Sophia se refiere a este Evangelio de Felipe cuando menciona que el apóstol Felipe escribió doctrinas secretas que el Señor enseñara a sus discípulos en sus conversaciones después de la resurrección. De esta referencia puede deducirse que el evangelio existía ya en el siglo III.
11. Evangelio de Matías.
Orígenes (Hom. 1 in Lucam) afirma que en su tiempo se conocía un evangelio según Matías. M. K. James y O. Bardenhewer creen que las Tradiciones de Matías de que habla Clemente de Alejandría podrían ser el Evangelio de Matías. Otros, como O. Stählin y J. Tixeront, lo ponen en duda. Los pasajes de Clemente son como siguen: “Mas el principio de esta verdad es el admirarse de las cosas, como dice Platón en el Theaetetus y Matías en (sus) Tradiciones al exhortar: Admira lo presente, poniendo éste como el primer grado del conocimiento del más allá (Strom. II 9,45). “Dicen (los gnósticos discípulos de Basílides) que también Matías enseñó de esta manera: Luchar contra la carne y tratarla con indiferencia, no concediéndole placer alguno desenfrenado, antes, por el contrarío, hacer crecer el alma por la fe y el conocimiento” (Strom. III 4,26). “Se dice en las Tradiciones que el apóstol Matías decía continuamente que, si peca el vecino de un elegido, pecó también el elegido. Pues, si éste se hubiera comportado como manda el Logos, se hubiera avergonzado también el vecino de su propia vida, de manera que no hubiera pecado” (Strom. VII 13,82).
Tanto si estos pasajes de las Tradiciones de Matías formaron alguna vez parte del Evangelio de Matías como si no, éste debió de ser escrito antes del tiempo de Orígenes.
12. Evangelio según Bernabé.
De este evangelio no se conserva nada. Tenemos noticia de él por el Decretum Gelasianum del siglo VI, que lo coloca entre los apócrifos. También aparece en la Lista de los sesenta libros, obra griega del siglo VII u VIII. No hay que confundirlo con el Evangelio de Bernabé, italiano, publicado en 1907 por Lonsdale y Laura Ragg, pues esta última obra fue escrita en el siglo XIV por un cristiano apóstata que pasó al islam.
Su principal intento es probar que Mahoma es el Mesías y que el islam es la única religión verdadera.
13. El Evangelio de Bartolomé.
Este evangelio lo mencionan Jerónimo en el prólogo a su Comentario sobre Mateo y el Decretum Gelasianum. Seguramente se identifica con las Cuestiones de Bartolomé, que sabemos fueron escritas originalmente en griego. Además de dos manuscritos griegos, uno en Viena y otro en Jerusalén, se conservan fragmentos de las Cuestiones de Bartolomé en eslavo, copto y latín. En forma de respuestas a las preguntas de Bartolomé contiene revelaciones del Señor después de la resurrección y un relato de la anunciación hecho por María. Incluso Satanás entra en escena para responder a las preguntas de Bartolomé sobre el pecado y la caída de los ángeles. Se describe con todo detalle el Descensus ad inferos.
14. Otros evangelios apócrifos.
Como los herejes, especialmente los gnósticos, tenían por costumbre escribir evangelios en defensa de sus propias doctrinas, no es de extrañar que existiera un número tan elevado de obras apócrifas. De la mayoría no sabemos más que el nombre, como por ejemplo:
1. El Evangelio de Andrés. De probable origen gnóstico; parece que San Agustín alude a él (Contra adversarios legis et prophetarum 1,20).
2. El Evangelio de Judas Iscariote, usado por la secta gnóstica de los cainitas.
3. El Evangelio de Tadeo, citado en el Decretum Gelasianum.
4. El Evangelio de Eva. De él dice Epifanio que circulaba entre los borboritas, una secta gnóstica ofita. Algunos de estos evangelios llevan el nombre de herejes famosos.
5. El Evangelio según Basílides. Orígenes dice que este heresiarca “tuvo la audacia” de escribir un evangelio; es mencionado también por Ambrosio y Jerónimo. Es posible que Basílides hubiera retocado los evangelios canónicos con el fin de adaptarlos a las doctrinas gnósticas.
6. El Evangelio de Cerinto, mencionado por Epifanio.
7. El Evangelio de Valentín: conocemos su existencia por Tertuliano.
8. El Evangelio de Apeles, del que nos hablan Jerónimo y Epifanio.
Una nota característica común a todos estos evangelios gnósticos es la manera arbitraria como usan los datos canónicos. Las narraciones de los evangelios canónicos sirven como de marco a las revelaciones gnósticas, hechas por el Señor o por María en conversaciones con los discípulos de Jesús después de su resurrección. Estos evangelios tienen cierto cariz apocalíptico debido a las especulaciones cosmológicas que contienen. Por eso se les ha llamado evangelios-apocalipsis.
III. Hechos Apócrifos de los Apóstoles.
Los Hechos apócrifos de los Apóstoles tienen de común con los evangelios apócrifos el hecho de querer suplir lo que falta en el Nuevo Testamento. Parece ser que el origen de estos Hechos apócrifos se debe, en buena parte, al deseo de crear una literatura popular capaz de sustituir las fábulas paganas de carácter erótico. Se complacen en aventuras y descripciones de países lejanos y pueblos extraños; sus héroes se ven envueltos en toda clase de peligros. Se nota en estos escritos de una manera más pronunciada que en los evangelios apócrifos la influencia de los cuentos populares entonces de moda, del folklore y de las leyendas. Algunas veces, no obstante, en el fondo de estos cuentos milagrosos y fantásticos aparece una tradición histórica. Tal es el caso, por ejemplo, de los Hechos de Pedro y Pablo cuando narran el martirio de ambos apóstoles en Roma, y el de los Hechos de Juan al hablar de su permanencia en Efeso.
A pesar de que la mayor parte de esos Hechos revelen tendencias heréticas, son, sin embargo, de eran interés para la historia de la Iglesia y de la cultura. Proyectan abundante luz sobre la historia del culto cristiano en los siglos II y III; describen las formas más antiguas de funciones religiosas en casas privadas, y contienen himnos y oraciones que constituyen los primeros pasos de la poesía cristiana. Reflejan también los ideales ascéticos de las grandes sectas heréticas y describen el sincretismo de los círculos gnósticos, mezcla de creencias cristianas y de ideas y supersticiones paganas. M. R. James dice: “Entre las plegarias y discursos de los Apóstoles en los Hechos espurios se hallan expresiones muy notables y hasta magníficas; un buen número de sus narraciones son extraordinarias y llenas de imaginación, y han sido consagradas por el genio de los artistas medievales que nos las han hecho familiares. Sus autores, sin embargo, no hablan con el acento de un Pablo o de un Juan, ni tampoco con la tranquila simplicidad de los tres primeros evangelios. Ni es injusto decir que, cuando tratan de imitar el tono de los primeros, caen en el teatralismo, y cuando quieren remedar a los segundos, son insípidos. En suma, un estudio atento de esta literatura, en conjunto y en detalle, aumenta nuestro respeto por el buen sentido de la Iglesia católica y por la prudencia de los sabios de Alejandría, Antioquía y Roma: ellos fueron, por cierto, expertos cambistas que probaron todas las cosas y se quedaron con lo que era bueno.”
Se desconoce a los verdaderos autores de estos Hechos. A. partir del siglo V se menciona a un tal Leukios como autor de los Hechos heréticos de los Apóstoles. Focio (Bibl. Cod. 114) llama a Leukios Carinos autor de una colección de Hechos de Pedro, Pablo, Andrés, Tomás y Juan. Con todo, parece que en un principio Leukios era considerado como autor de los Hechos de Juan solamente; más tarde se le fueron atribuyendo todos los demás Hechos apócrifos. Para impedir la difusión de las doctrinas heréticas por medio de esos Hechos. Se colmó de esta manera la falta de datos canónicos relativos a los viajes misioneros de los Apóstoles. Muchas de las lecciones del Breviario Romano para las festividades de los Apóstoles se basan en estos Hechos.
1. Los Hechos de Pablo (????e? ?a????).
En su tratado De baptismo (c.17), Tertuliano hace esta observación: “Mas si los escritos que circulan fraudulentamente bajo el nombre de Pablo invocan el ejemplo de Tecla en favor del derecho de las mujeres a enseñar y bautizar, que sepa todo el mundo que el sacerdote del Asia que los compuso con el fin de aumentar la fama de Pablo por medio de episodios de su propia invención, después de haber sido hallado culpable y de haber confesado que lo había hecho por amor a Pablo, fue depuesto de su oficio.” Ya antes de Tertuliano circulaban, pues, ciertos Hechos de Pablo, y su autor era sacerdote del Asia Menor; su suspensión hubo de ocurrir antes del año 190. No fue posible determinar todo el contenido y extensión de estos Hechos hasta que C. Schmidt publicó en 1904 el fragmento de una traducción copta de los Hechos paulinos contenidos en un papiro de la Universidad de Heidelberg.
Esta versión copta probó en particular que los tres escritos que se conocían mucho antes como tres tratados independientes no eran originalmente sino partes de los Hechos de Pablo. A saber: 1) Los Hechos de Pablo y Tecla; 2) La Correspondencia de San Pablo con los Corintios, y 3) el Martirio de San Pablo.
1. La obra griega: Acta Pauli et Theclae (????e?? ?a???? ?a? T????). San Jerónimo la llama (De vir. ill. 7) Periodi Pauli et Theclae. Cuenta la historia de Tecla, una doncella griega, originaria de Iconium, que se había convertido merced a las predicaciones de Pablo. Rompe con su novio y sigue al Apóstol, asistiéndole en su obra misionera. Escapa milagrosamente a persecuciones y muerte, y, finalmente, se retira a Seleucia. La narración tiene todas las apariencias de ficción y carece, al parecer, de toda base histórica. A pesar de eso, el culto a Santa Tecla se hizo muy popular y se difundió por Oriente y Occidente. Una prueba de ello la tenemos en el Ritual Romano, que cita su nombre en la recomendación del alma (Proficiscere). No puede decirse a ciencia cierta si esta veneración se debe únicamente a los Hechos o si la narración contiene un núcleo histórico. El texto griego de estos Hechos se ha conservado en gran cantidad de manuscritos. Hay, además, cinco códices latinos y muchísimas traducciones en lenguas orientales.
El contenido de esta novela tuvo, y aún tiene, enorme influencia en la literatura y arte cristianos. En el capítulo 3 se da una descripción de Pablo, que fijó el tipo de los retratos del Apóstol desde una época muy temprana: “Y vio llegar a Pablo, hombre de baja estatura, calvo y tuerto, fuerte, de cejas muy pobladas y juntas y nariz un tanto aguileña, lleno de gracia; a veces parecía hombre, pero otras veces su rostro era de un ángel.”
2. La Correspondencia de San Pablo con los Corintios, que constituye otra parte de los Acta Pauli, contiene la respuesta de los Corintios a su segunda carta, más una tercera carta que el Apóstol les había dirigido (cf. Cartas apócrifas, p. 153).
3. Los Hechos de Pablo comprenden, además, el Martyrium o Passio Pauli. El texto se ha conservado en dos manuscritos griegos, en una traducción latina incompleta y en varias versiones: en siríaco, copto, eslavo y etiópico. Su contenido es legendario. La obra trata de la predicación de Pablo y de su trabajo apostólico en Roma, de la persecución de Nerón y de la ejecución del Apóstol. La descripción de su muerte ha influido sobremanera en el arte cristiano y en la liturgia: “Entonces Pablo se puso de pie mirando hacia el este y, con las manos levantadas al cielo, oró largo tiempo. En sus oraciones hablaba en hebreo con los Padres; luego, sin proferir palabra, ofreció el cuello al verdugo. Y cuando éste le cortó la cabeza, salpicó leche sobre la túnica del soldado.” Después de su muerte, Pablo se aparece al emperador y le profetiza el juicio que le sobrevendrá. En toda la obra aparece muy marcada la idea de Cristo Rey y de la Militia Christi. A Jesús se le llama el “Rey eterno,” el “Rey de los siglos,” y los cristianos son los “soldados del gran Rey.” Con trazos vigorosos se describe la oposición existente entre el culto de Cristo y el del emperador romano.
El reciente hallazgo de una parte importante de los Hechos en su texto griego original ha demostrado que la conclusión de C. Schmidt respecto a la forma original de los mismos era correcta. Once páginas de un papiro escrito hacia el año 300, ahora se conserva en Hamburgo, han venido a completar parte del texto que aún faltaba.
2. Los Hechos de Pedro
Los Hechos de Pedro fueron compuestos hacia el año 190. El autor parece que vivió en Siria o Palestina, más bien que en Roma. No tenemos el texto completo, pero de él se han recobrado como unos dos tercios de varias procedencias.
a) La parte principal de los Hechos existe en una traducción latina, hallada en un manuscrito de Vercelli (Actus Vercellenses). Esta versión, intitulada Actus Petri cum Simone, refiere cómo 1) Pablo se despide de los cristianos de Roma y parte para España; 2) Simón Mago llega a Roma y pone en aprieto a los cristianos con sus aparentes milagros; 3) Pedro se traslada a Roma y confunde al mago, quien muere al intentar volar del foro romano al cielo. El documento concluye con una narración del martirio de Pedro.
Una clave muy interesante para determinar el medio ambiente intelectual del autor nos la da el capítulo 2 de los Hechos, donde se hace mención de Pablo celebrando la Eucaristía con pan y agua: “Luego trajeron a Pablo pan y agua para el sacrificio, a fin de que pudiera hacer oración y distribuirlos a cada uno.” Esto indica que el autor compartía las ideas docetistas. Se advierte la influencia de la misma secta cuando Pedro predica contra el matrimonio e induce a las mujeres a abandonar a sus maridos.
b) El Martirio de San Pedro, que constituye la tercera parte de los Actus Vercellenses, existe también en el original griego (?a?t????? t?? a???? ap?st???? ??t???). Trae la historia del “Domine, quo vadis?” Como Pedro se sintiera impelido a abandonar Roma, encontró a Jesús. “Y cuando le vio, le dijo: ¿Adónde vas, Señor? Y el Señor le replicó: Voy a Roma a ser crucificado. Señor — le dijo Pedro —, ¿vas a ser crucificado otra vez? Y El le respondió: Sí, Pedro, voy a ser crucificado otra vez. Cayó entonces Pedro en la cuenta y, habiendo visto al Señor remontarse a los cielos, volvió a Roma, lleno de regocijo y glorificando al Señor porque éste había dicho: Voy a ser crucificado de nuevo, que es lo que estaba a punto de suceder a Pedro” (c.35). La narración continúa con la condenación a muerte de Pedro por el prefecto Agripa. Fue crucificado cabeza abajo, a petición suya. Antes de morir pronunció un largo sermón sobre la cruz y su sentido simbólico, que muestra de nuevo influencias gnósticas.
c) El Martyrium beati Petri Apostoli a Lino conscriptum no es del mismo autor. Fue escrito en latín, probablemente en el siglo VI. Su autor no puede ser evidentemente, el primer sucesor de San Pedro, Lino, a quien se atribuye la obra. La historia es mera leyenda. Sigue el martirio original, tal como se encuentra en los Actus Vercellenses, pero añade algunos detalles por ejemplo, los nombres de Proceso y Martiniano, carceleros de Pedro.
3. Los Hechos de Pedro y Pablo.
Los Hechos de Pedro y Pablo (????e? t?? a???? ap?st???? ??t??? ?a? ?a????) no se parecen en nada a los Hechos de Pablo ni a los Hechos de Pedro, que acabamos de mencionar. Ponen de relieve la amistad y el compañerismo estrecho que existían entre los dos Apóstoles. El texto empieza con el viaje de Pablo de la isla de Gaudomelete a Roma; relata luego los trabajos apostólicos y el martirio de los dos apóstoles en esta ciudad. El autor usó evidentemente el libro canónico de los Hechos de los Apóstoles como base de la descripción del viaje de Pablo. Es posible que compusiera su obra con la intención de que reemplazara a los Hechos heréticos. El escrito es quizás del siglo III. Apenas se advierten en ella indicios de influencia herética. De estos Hechos se conservan sólo unos fragmentos en griego y latín.
4. Los Hechos de Juan.
Los Hechos de Juan son los más antiguos apócrifos de Apóstoles que poseemos. Fueron compuestos en el Asia Menor entre el 150 y el 180. No se conserva el texto íntegro, pero poseemos una parte considerable del original griego, completado, para varios episodios, por una traducción latina. La obra se presenta como la narración de un testigo ocular de los viajes misioneros de Juan en el Asia Menor. Cuenta sus milagros, sus sermones y su muerte. Los sermones del Apóstol ofrecen una prueba inequívoca de las tendencias docetistas del autor, especialmente la descripción de Jesús y de su cuerpo inmaterial; así, por ejemplo, en el capítulo 93: “A veces cuando le agarraba, me encontraba con un cuerpo material y sólido. Otras veces, en cambio, al tocarlo, la substancia era inmaterial, corno si no existiera en absoluto.” El himno al Padre, que Jesús canta con sus Apóstoles antes de ir a la muerte, tanto en su expresión como en su estructura, está coloreado de gnosticismo. El autor muestra particular debilidad por historias extrañas, como la Drusiana, y por incidentes humorísticos. La moral es de la filosofía popular. Estos Hechos presentan, sin embargo, un gran interés para la historia del cristianismo. Así, por ejemplo, aportan el testimonio más antiguo de la celebración de la Eucaristía por los difuntos: “Al día siguiente, cuando amanecía, vino Juan, acompañado de Andrónico y de los hermanos, al sepulcro, por ser el tercer día de la muerte de Drusiana, para que pudiéramos partir allí el pan” (c.72). Más adelante, en el capítulo 85, se nos da la oración eucarística que recitó el Apóstol en esos funerales: “Habiendo dicho esto, Juan tomó pan y lo llevó al interior del sepulcro para partirlo, y dijo:
Glorificamos tu nombre,
que nos convirtió del error y del engaño cruel;
te glorificamos a tí, que has puesto ante nuestros ojos
lo que hemos visto;
damos testimonio de tu amorosa bondad,
que se manifestó de diversas maneras;
loamos tu misericordioso nombre, ¡oh Señor!,
que has convencido
a los que creen en ti;
te damos gracias, ¡oh Señor Jesucristo!,
por haber creído en tu gracia inmutable;
te damos gracias
a ti que necesitaste de nuestra naturaleza para poderla salvar;
te damos gracias a ti que nos diste esta fe firme,
pues Tú sólo eres Dios, ahora y por siempre.
Nosotros, tus siervos, te damos gracias, ¡oh Santo!,
los que nos hemos reunido con buena intención
y hemos sido congregados del mundo.
5. Los Hechos de Andrés.
Además de los Hechos de Juan, Eusebio menciona (Hist. eccl 3,25,6) los Hechos de Andrés como obra de herejes. “Ningún autor ortodoxo — dice — ha creído jamás conveniente referirse en sus escritos a ninguna de estas obras. Además, el carácter de la fraseología difiere del estilo apostólico, y el pensamiento y la doctrina de su contenido están en abierta contradicción con la verdadera ortodoxia y muestran claramente ser falsificaciones de herejes.”
Se cree que el autor de estos Hechos de Andrés fue Leukios Carinos, quien los habría compuesto hacia el año 260. Hoy día existen solamente unos pocos fragmentos que contienen los siguientes episodios:
1.La historia de Andrés y Matías entre los caníbales del mar Negro, que existe en traducciones latina, siríaca, copla y armenia, así como en el poema anglosajón Andreas, atribuido a Cynewulf.
2.La historia de Pedro y Andrés.
3. El martirio de Andrés en la ciudad de Pairas, en Acaya, compuesto hacia el año 400. Este documento presenta la forma de una carta encíclica de los sacerdotes y diáconos de Acaya acerca de la muerte de Andrés. Existe en griego y latín, y parece que no tiene relación alguna con los Hechos gnósticos de Andrés, condenados por Eusebio.
4. Se conserva otro fragmento en el Codex Vaticanus graec. 808, en el que se refieren los sufrimientos de Andrés en Acaya y los discursos que pronunció en la cárcel de Patrás.
5. Un relato del martirio de Andrés del que tenemos numerosas narraciones.
Todas estas narraciones coinciden en un punto: antes de su muerte, Andrés se vuelve hacia la cruz, en la que pronto va a morir, y le dirige un largo discurso que recuerda otro discurso semejante de los Hechos de Pedro. Exactamente igual que en éstos, en los Hechos de Andrés el apóstol preconiza también la renuncia al matrimonio, lo que origina una serie de sucesos con los maridos y con las autoridades paganas, y, finalmente, la muerte del apóstol.
6. Los Hechos de Tomás.
Los Hechos de Tomás son los únicos Hechos apócrifos de los que poseemos el texto completo. Fueron escritos en siríaco en la primera mitad del siglo III. El autor pertenecía, según toda probabilidad, a la secta de Bardesano en Edesa. Poco después de su composición fueron traducidos al griego; de esta traducción quedan muchos manuscritos. También existen una ver armenia y otra etiópica, amén de dos versiones latinas diferentes.
Estos hechos presentan a Tomás como misionero y apóstol de la India. Se relatan detalladamente los incidentes y las experiencias del viaje. En la India convierte al rey Gundafor. Tras haber obrado muchos milagros, alcanza la palma del martirio.
Toda la narración comprende cuatro actos. A pesar de que se ha demostrado la existencia de un rey indio llamado Gundafor en el siglo I, han fracasado todos los intentos efectuados hasta ahora para probar la verdad histórica de la labor misionera de Tomás en la India. Los Hechos son claramente de origen gnóstico y revelan, además, en parte, tendencias maniqueas. Su ideal ascético es el mismo que el de los Hechos de Andrés y Pedro. Se renuncia al matrimonio y se aconseja a las mujeres que abandonen a sus maridos. La obra contiene varios himnos litúrgicos de singular belleza. El más notable es el himno del alma o de la redención, que probablemente es mucho más antiguo que los Hechos, y parece como inserido artificialmente en la narración. La canción representa a Cristo como el hijo del rey, enviado de su país natal, en Oriente, a Egipto, en el Occidente, para vencer al dragón y adquirir la perla. Hecho esto, vuelve a su luminoso país de Oriente. El País oriental es el cielo o el paraíso, del cual Cristo desciende a este mundo pecador para redimir el alma enredada en la materia.
7. Los Hechos de Tadeo.
En su Historia eclesiástica (1,13), Eusebio da a entender que conoció los Hechos de Tadeo, que fueron compuestos en Siria. Según él, en estos Hechos se refería cómo el rey Abgaro de Edesa, habiendo oído hablar de Jesús y de sus milagros, mandó una carta pidiéndole que viniera a curarle de una terrible enfermedad. Jesús no accedió a su ruego, pero, a su vez, escribió al rey otra carta en la que le prometía enviarle a uno de sus discípulos. El hecho es que, después de la resurrección, el apóstol Tomás, por moción divina, envió a Edesa a Tadeo, uno de los setenta discípulos del Señor. Tadeo curó al rey de su enfermedad, y toda Edesa se convirtió al cristianismo. Eusebio tradujo del siríaco al griego la correspondencia entre Jesús y el rey Abgaro. Nos dice que tomó su texto de los archivos de Edesa. He aquí lo que él refiere:
Hay también constancia escrita de estas cosas, copiada de los archivos de Edesa, que por aquel entonces era una ciudad real. Al menos, en los documentos públicos que hay allí y que contienen los hechos de la antigüedad y del tiempo de Abgaro, se conserva toda esta historia desde aquel tiempo hasta el presente. Pero nada hay que pueda compararse con la lectura de las mismas cartas, que hemos sacado de los archivos, y que, traducidas literalmente del siríaco, dicen: Copia de una carta que el toparca Abgaro escribió a Jesús a Jerusalén por medio del correo Ananías.
“Abgaro Uchama, toparca, a Jesús, el buen Salvador que ha aparecido en Jerusalén, salud.
Han llegado a mis oídos noticias referentes a ti y a las curaciones que realizas sin necesidad de medicinas ni hierbas. Pues, según dicen, haces que los ciegos recobren la vista y que los rengos caminen; limpias a los leprosos y expulsas los espíritus inmundos y los demonios; devuelves la salud a los que se encuentran aquejados de largas enfermedades y resucitas a los muertos. Al oír todo esto acerca de ti, he dado en pensar una de estas dos cosas: o que tú eres Dios, que has bajado del cielo y obras estas cosas, o bien que eres el Hijo de Dios para realizar estos portentos. Esta es la causa que me ha impulsado a escribirte, rogándote que te apresures a venir y me cures de la dolencia que me aqueja. He oído, además, que los judíos se burlan de ti y que pretenden hacerte mal. Mi ciudad es pequeña, pero noble, y es suficiente para nos otros dos.”
Contestación de Jesús al toparca Abgaro por el correo Ananías.
“Dichoso tú por haber creído en mí sin haberme visto. Pues escrito está acerca de mí que los que me hubieren visto, no creerán en raí, para que los que no me hayan visto crean y tengan vida. En cuanto a lo que me escribiste de ir ahí, debo cumplir primero aquello a lo que fui enviado y, una vez que lo haya realizado, volver a aquel que me envió. Cuando haya sido elevado, te enviaré uno de mis discípulos para que cure tu dolencia y te dé vida a ti y a los que están contigo.”
Estas cartas de Jesús y el rey Abgaro se divulgaron por todo el Oriente y fueron introducidas en el Occidente por la traducción que hizo Rufino de la Historia de la Iglesia de Eusebio. Se sabe que el rey Abgaro Uchama reinó desde el año 4 antes de Cristo hasta el 7 después de Cristo, y del 13 al 50. Sin embargo, las cartas no son auténticas. Agustín (Contra Faust. 28,4; Consens. Ev. 1,7,11) niega la existencia de cartas auténticas de Jesús, y el Decretum Gelasianum califica de apócrifas estas cartas. Los Hechos de Tadeo no son más que leyendas locales, escritas durante el siglo III.
Estos Hechos existen también en siríaco bajo otra forma, la llamada Doctrina Addei, que fue publicada en 1876. El contenido es el mismo que conocemos por Eusebio, mas con una adición: el mensajero Ananías, que llevó la carta a Jesús, pintó un retrato de éste y lo llevó a su rey. Abgaro le asignó un lugar de honor en su palacio. En cambio, la Doctrina Addei no menciona la carta que escribió Jesús. La contestación de Jesús a la carta de Abgaro la llevó oralmente Ananías. Tal vez el autor conocía la afirmación de Agustín. La Doctrina Addei fue compuesta probablemente hacia el año 400. Aparte el original siríaco, existe una traducción armenia y otra griega.
Además de los Hechos que hemos examinado, existen otros muchos. La mayoría pertenecen a los siglos IV y V. Algunos son incluso posteriores. Basta citar aquí los Hechos de Mateo, de los que solamente se conserva la última parte, y los de Felipe y Bartolomé. De los discípulos y compañeros de los Apóstoles tenemos los Hechos apócrifos de Bernabé, Timoteo y Marco.