BRUMAS DEL «REVELACIONISMO» Y LA LUZ DE LA FE

Nota: Lo escrito entre llaves, [ ], no pertenece a la traducción del escrito original, y se ha añadido para mayor clarificación teológica.

Llamo “revelacionismo” a una confianza desordenada en revelaciones privadas; confianza que no está suficientemente aclarada y rectificada por la razón y por la fe. La experiencia muestra que los cristianos afectados por el “aparicionismo” o por el “revelacionismo” son gente difícil de curar. Me gustaría, por lo menos, que su enfermedad no fuese demasiado contagiosa y por eso escribo esta nota. Ciertamente no censuro a estos hermanos en la fe por creer en lo maravilloso en el ámbito privado, ni en su papel indispensable en la Iglesia, pero sí por ponerlo prácticamente por encima de la Escritura y de la Tradición; además, por equiparar hechos maravillosos muy diversos; por fin, por dejar que su propia vida interior se desorbite por lo maravilloso, en lugar de colocarla bajo el imperio de las virtudes teologales que son el verdadero centro de toda vida en Cristo.

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Hay, así, ciertos cristianos que atribuyen a revelaciones pueriles y extrañas, recibidas supuestamente por almas privilegiadas, exactamente el mismo crédito que a los mensajes de Lourdes, tan límpidos, tan sobrios, tan acordes con el dogma católico. Y ¿qué decir de estos cristianos que, valiéndose de las visiones de esas famosas almas privilegiadas, están mejor informados sobre la Pasión del Señor de lo que lo están los mismos Evangelistas? Un autor nos colmaba hace poco de tratados de devoción sobre los dolores secretos de Nuestro Señor.

Esos tratados denotan, en la visionaria, por otra parte imposible de identificar, una imaginación perturbada, malsana, en una palabra: desequilibrada. Además, el mismo autor se pone ahora a difundir una copiosa compilación, que se nos presenta alternativamente como una “enciclopedia del profetismo cristiano” y como “el libro del siglo”. –“Apresuraos, dice el anuncio desplegable de seis páginas, apresuraos a adquirirlo en Saint-Germain-en-Laye, Francia.” Apresuraos, tanto más cuanto que faltan cinco minutos para el medio día. Faltan cinco minutos para el medio día, ese es el título de la obra profética y enciclopédica que nos anuncia que “París enseguida se quemará como Sodoma y Gomorra, que las calamidades anunciadas culminarán con tres días de tinieblas y que, después de catástrofes de todo tipo, no quedará sino un cuarto de la humanidad e incluso, tal vez, menos”. Esos castigos nada tienen de imposible, pero sería deseable que profetas y profetisas aportasen títulos suficientes para darles credibilidad. Para dar crédito a su propio mensaje, santas tan eminentes como Juana o Bernadette no se dispensaron de hacerlo. –Y además, ¿será realmente conveniente mezclar en un prospecto intereses comerciales y sentido religioso; hacer una llamada al temor de Dios y, al mismo tiempo, poner en práctica los ardides de la publicidad? Pues se dice desconsideradamente que este libro es el “el libro del siglo… es necesario tenerlo a mano en todo momento… ejerce en el lector una influencia calmante”. Todo esto no parece muy serio.

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Pero no me anima ni siquiera un poco combatir a los mercaderes de revelaciones. Apartar los alimentos estropeados no es suficiente para nutrir las almas. Busquemos más bien el alimento vivificante de las divinas Escrituras. Y, dado que los revelacionistas nos hablan tanto de los juicios del Señor sobre la historia de los hombres, recordemos las enseñanzas de la Revelación tal como nos las relatan los textos inspirados. Recordemos también, sobre el mismo tema, la doctrina sólida de los Padres y de los doctores. – Creemos en el regreso del Señor: “Credo… in unum Dominum Jesum Christum… et iterum venturus est cum gloria judicare vivos et mortuos, cujus regni non erit finis.

Aún así, no nos quedamos petrificados con el día y la hora, pues no es misión del Señor dárnoslos a conocer (Mt. XXIV, 36). –Sabemos no solamente que vendrá, al final, un supremo anticristo sino también que, en el curso de la historia, habrá prefiguraciones del anticristo. –No solamente se dará la última apostasía general predicha en la segunda epístola a los Tesalonicenses (2Ts, II, 3-12), sino que, antes de eso, serán conocidas prefiguraciones de la apostasía. –No solamente en el fin de los fines la fe estará casi extinta y la caridad no estará viva salvo en un pequeño número, hasta tal punto la frialdad y el egoísmo habrán diseminado la muerte en el alma de los hombres, no solamente, por lo tanto, en el fin de la historia, la humanidad estará casi entera sin fe y sin amor, sino que también habrá en el curso de la historia prefiguraciones de ese oscurecimiento y de esa especie de extinción de la vida espiritual. – Sabemos, los cristianos siempre supieron, especialmente el Apóstol San Juan y desde San Agustín, que vendrá un último anticristo, así  como que tuvo precursores desde los tiempos apostólicos (1Jo. II, 18). – Sabemos que el Apocalipsis no es una cronología anticipada, sino una teología de la historia bajo la forma de símbolos que se repiten, se recapitulan, se exigen mutuamente. – Sabemos que el capítulo XXIV de San Mateo, los capítulos XVII (última parte) y XXI de San Lucas no hablan solo y exclusivamente a dos generaciones: a la generación contemporánea de la primera venida del Señor, aquella que vio la ruina del templo, y a la última generación, aquella que verá el retorno glorioso de Jesucristo; sino que estos capítulos se dirigen también, en muchísimos aspectos, a las generaciones que se encuentran entre las dos. El Señor juzgó dignas de Su enseñanza infalible, acerca de los juicios que acuña sobre el desarrollo de la historia, las numerosas generaciones intermedias que llegarían a ser, con mucho, las que contarían con el mayor número de fieles, las que formarían la parte más considerable de Su Iglesia. –Hay una señal del fin que no tendrá antecedente: es la conversión del pueblo judío a título de pueblo. Pero incluso esa señal nadie está en condiciones de medir en qué lugar exactamente hay que situarla antes del fin del mundo. En cuanto a las otras señales: apostasía, anticristo, expansión del Evangelio, muerte espiritual, guerras y cataclismos, sabemos que, si bien se van desarrollando según una especie de progreso lineal, proceden también por repeticiones como cíclicas. Rumbo a cual de las repeticiones estamos yendo: sólo Dios lo sabe.

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Así, a las generaciones intermedias entre la que conoció la ruina de Jerusalén y la que verá el fin del mundo, el Señor hizo una doble revelación: al mismo tiempo que anunciaba torrentes de iniquidad y castigos prodigiosos, nos garantizaba la permanencia de las fuentes del valor y del consuelo. Cualesquiera que sean, en efecto, los progresos históricos de la iniquidad, esos días de prueba, por más peligrosos que sean, serán abreviados por causa de los escogidos (Mt. XXIV, 22); por otro lado, nadie podrá arrebatar las ovejas de la mano del Buen Pastor (Jo. X, 28-29); en tercer lugar, la Redención no cesará de estar próxima y será preciso levantar la cabeza, levate capita vestra (Lc. XXI, 34) hacia Aquel cuyo Corazón está abierto para nosotros (Jo. XIX, 37); en cuarto lugar, el Espíritu Santo no cesará de dar testimonio de Cristo (Jo. XVI, 1-15), incluso cuando la apostasía llegue a parecer inundarlo todo. Resumiendo: las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia (Mt. XVI, 18), contra Pedro ni contra la fe; contra la Misa [de san Pío V]1 ni contra los sacramentos, incluso cuando el hombre de iniquidad se asiente en el lugar santo (2Ts. II, 4 y Mt, XXIV, 15). –Se trata, pues, de una doble revelación acerca de los juicios y de los castigos divinos. Los aspectos contrapuestos no deben ser aislados y separados. Cuando hay revelaciones privadas que hablan sobre intervenciones de la justicia divina, deben inscribirse fielmente en esta perspectiva de la revelación canónica.

Ahora, no es esto lo que se encuentra en las diversas publicaciones de los revelacionistas. Esos escritos están hechos a medida para infundir pánico en las almas y para aterrorizarlas. No solamente pretenden señalar el día y la hora en que estamos, en cuanto a las preparaciones y prefiguraciones del fin, lo que no carece ya de atrevimiento; sino que, en su pretensión simplista de pronosticar el día y la hora, acostumbran a aquellos que les prestan oído a vivir en lo irracional, a preferir, a las luces del buen sentido y de la reflexión sabiamente conducida, chismes sin garantía. –Carecen de solicitud verdadera y realista por precisar los remedios que siempre podemos aplicar, sea cual fuere el estado de proximidad al final en que nos encontráramos.

Por lo demás, están mucho más preocupados en  indagar con curiosidad qué intervalo de tiempo nos separa del fin que en afirmarse en la fe, la fe en la gracia de la Redención, que es siempre suficiente sean cuales fuesen el alejamiento o la proximidad de la Parusía. Faltan cinco minutos para el mediodía, nos cotorrean los fabricantes de la enciclopedia profética; pero no sabrán decirnos esto: que sean las doce menos cinco o las diez y media, de todos modos es hora de hacer aquello que está a nuestro alcance para asistir a la buena Misa [de San pío V] con buenas disposiciones; es hora de meditar y de recitar el rosario; es hora de servir a nuestro prójimo sin complicidad con sus flaquezas así como sin enervarse con sus miserias; es hora de hacer sacrificios excepcionales, para preservar a los hijos de la corrupción y para asegurar la existencia de verdaderas escuelas cristianas; es hora, en fin, para los clérigos, de vivir aún más conformes con la dignidad del propio estado y de profundizar en las ciencias eclesiásticas, en lugar de perder el tiempo descifrando las patrañas con las que nos inunda la publicidad indiscreta de los aparicionistas de todo jaez.

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Evidentemente no rechazamos las profecías privadas con el pretexto de que anuncien castigos divinos: la peste, el fuego, la guerra, el hambre, y catástrofes de todo tipo. Mucho menos las rechazaremos con tal pretexto, cuando previsiones tremendas son parte integrante del Evangelio de Jesucristo. Nuestro misericordioso Salvador se presentó como rey y como juez; juez no solamente al fin del mundo, sino también juez en el curso de la historia. Ipsius sunt tempora et saecula [2]. Las previsiones sobre la ruina de Jerusalén, sobre el terrible fin del mundo, sobre las persecuciones, no pueden ser removidas de los Evangelios y de las Epístolas. En reiteradas ocasiones Jesús habló como profeta de desgracias. Pero es profeta de desgracias en un clima de Evangelio y es eso lo que cambia todo, lo que hace de Su profecía un alimento para vivir de la gracia divina, una fuente de paz interior y de bienaventuranza. Beati qui lugent quoniam ipsi consolabuntur [3]

Así que nos cuidaremos de no menospreciar las profecías privadas cuando sean profecías de desgracias y precisamente por esta razón; pero pedimos dos cosas: primero, títulos suficientes para admitir que el mensajero o visionaria nos habla de parte de Dios, en nombre de Dios, y no de su propia cosecha; lo que supone esta segunda condición: que su profecía se sitúe en esta línea de paz, de conversión, de equilibrio sobrenatural, que es la línea del Evangelio. En una palabra, que las profecías privadas, incluso las conminatorias, se mantengan en este nivel de elevación, de sobriedad, de pureza que es el del Evangelio.

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El Gran Monarca y el gran Papa: es uno de los capítulos de la famosa enciclopedia. Es muy hermoso, pero de todos modos si el Señor, en su misericordia, quisiese una vez más dar a Francia un jefe que sea sabio y santo, dócil a la Sede de Pedro y exento de todo papismo, si el Señor se dignase conceder a nuestra patria esa misericordia totalmente extraordinaria, ¡en tal caso!, es indispensable una preparación. Ahora, esta preparación no se hará si demasiados cristianos se dejasen arrastrar por la epidemia del revelacionismo.

Puede ser bueno recordar en ocasiones “la profecía de San Pío X”: “¿Qué os diré ahora, a vosotros, hijos de Francia, que gemís bajo el peso de la persecución? El pueblo que hizo la alianza con Dios en las fuentes bautismales de Reims se va a arrepentir y volver a su primera vocación… Los pecados no permanecerán impunes, pero la hija de tantos méritos, de tantos suspiros y de tantas lágrimas, no perecerá jamás. Un día vendrá, y esperamos que no esté lejos, en que Francia, como Saulo en el camino de Damasco, será envuelta por una luz celeste y oirá una Voz que le repetirá: ‘Hija mía, ¿por qué me persigues?’ Y, a su respuesta: ‘¿Quien sois Vos, Señor?’, la Voz responderá: ‘Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Dura cosa es para ti dar coces contra el aguijón, pues en tu obstinación te arruinas a ti misma.’ Y ella, temblando atónita, dirá: ‘Señor, ¿qué queréis que haga?’ Y El: ‘Levántate, lava las manchas que te hayan desfigurado, despierta en tu seno los sentimiento medio adormecidos y el pacto de nuestra alianza, y ve, Hija primogénita de la Iglesia, nación predestinada, vaso de elección, ve, como en el pasado, lleva Mi Nombre ante todos los pueblos y todos los reyes de la tierra’.” [4]

El recuerdo de tal profecía puede ser útil. Pero habría que hacerlo con lógica y honestidad, pues es deshonesto, así como ilógico, ponerse a esperar la misericordia de Dios para el futuro de la patria y no hacer lo poco que está a nuestro alcance en la hora presente. La hora presente es ésta en que, estando la celebración de la Misa [de San Pío V] terriblemente amenazada, es aún más necesario conservarla, o sea, decirla y asistir a ellas con las disposiciones exigidas. Es la hora en que, siendo difícil asegurar el verdadero catecismo, hay una razón más para dedicarse a él. Es la hora en que la legislación familiar (si es que puede ser llamada así) se vuelve criminosa y monstruosa, y es necesario, por tanto, combatirla con todas nuestras fuerzas. Es la hora en que las innovaciones del [antipapa] Pablo VI están sujetas a la sospecha más legítima [ de invaidez], como lo prueba la lista aplastante establecida por el Libellus del Padre de Nantes; tengamos, pues, el valor de admitir que no estamos vinculados por las novedades de semejante pontífice [por ser un antipapa él y sus predecesores hasta el actual Bergolio]. Es la hora en que los [falsos] obispos constreñidos y manipulados por la colegialidad intentan hacer prevalecer un sincretismo religioso simultáneamente masónico, comunista y cristiano [ intentan una nueva Reglión universal y sincretista, en la que llegarán a negar oficial y formalmente la divinidad de Jesucristo, piedra de tropiezo para la unión formal con judíos y musulmanes, etc.]; no tenemos que seguir a semejantes [falsos y apóstatas] obispos. Es la hora, en fin, en que debemos testimoniar la fe de siempre con las disposiciones de fortaleza y de humildad que deben ser renovadas incesantemente, pues nuestro testimonio no se enfrenta a una persecución violenta, lo que precipitaría y simplificaría muchas cosas, sino que está frente a una revolución modernista inspirada por demonios causantes de los peores embrollos. Esta es la hora presente. Ahora, ese diagnóstico, incluso incompleto, no es lo que encontramos en las habladurías confusas e irracionales de los revelacionistas [mayoritariamente asistentes de la nueva e invalidad misa creada por el antipapa Pablo VI]; es el diagnóstico que hacemos, sirviéndonos de la razón que Dios nos dio, esclarecida por las luces de la fe y de la reflexión teológica. Es, por tanto, en la hora presente, que es así, donde tenemos que santificarnos y dar testimonio; y mucho más si pedimos a Dios, para los próximos años, que se realice de algún modo la profecía de San Pío X. El período presente, tanto y aún más que los períodos anteriores, requiere del cristiano una actitud espiritual de lucidez, de realismo, de fe, de caridad, de esperanza. Ahora, no son estas las actitudes teologales reconocibles que favorecen, en las almas de buena voluntad, los productores y los distribuidores de los papeluchos revelacionistas.

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Los revelacionistas nos saturan los oídos con mensajes nebulosos, calenturientos, sentimentales, pero no se interesan verdaderamente por los mensajes de santidad de los místicos más autorizados: el autor de la Imitación, San Juan de la Cruz, Santa Teresita… No parecen conocer sino un único aspecto de la profecía privada en el seno de la Iglesia: el anuncio de los castigos divinos. Ahora bien, hay otros aspectos: no opuestos al primero, sin duda, pero muy superiores: son los carismas de orden doctrinal, como la enseñanza de la sabiduría, el sermo scientiae que es concedido a algunos grandes santos para edificación de las almas. –Ese sermo sapientiae no es, hablando propiamente, un carisma concedido a las mujeres [5]; debe decirse, con todo, que un mensaje como el del camino de infancia, de Santa Teresita, deriva de un verdadero carisma. Es restringir demasiado los favores que el Espíritu de Cristo otorga a la Iglesia no admitir carismas si no es en los mensajes conminatorios dados en apariciones, ni siquiera aún siendo el mensaje ortodoxo, y el vidente, digno de crédito.

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Una de las flaquezas más graves de los revelacionistas es esta: no han meditado seriamente sobre la vida y la muerte de los santos y santas que han llegado más lejos en la profecía privada, en las apariciones, en lo maravilloso y en el milagro: una Juana de Arco, una Margarita María, una Catalina Labouré, una Bernadette, los niños de Fátima. En la vida y en la muerte de esos privilegiados auténticos no hay nada que no sea sencillo, sereno, límpido; ni pánico, ni exaltación. Su mensaje fue lo menos enredado, lo menos complicado que hay. Por este mensaje, estaban dispuestos a dar la vida y, de hecho, Santa Juan de Arco fue mártir. Sin embargo, Juana y los demás no habían puesto y fijado sus almas en algo maravilloso apartado y como exorbitado; sino que, como todos los cristianos, como todos los santos, lo habían hecho en la fe, en la esperanza, en la caridad. Sólo se ocupaban de su mensaje porque formaba parte del deber excepcional que Dios les ordenaba cumplir –así como ordena a la mayoría un deber ordinario; deber ordinario que es preciso cumplir con amor perfecto.

Esos mensajeros se aferraban a su mensaje únicamente porque esta fidelidad primera era, para ellos, condición para vivir de las virtudes teologales y dones del Espíritu Santo; aquí se situaba el alma de su vida espiritual. Su vida no se concibe sin la intervención de lo maravillosos así como, tampoco, sin la fidelidad en dar testimonio de eso maravilloso, pero el alma de su vida es la caridad, y no lo maravilloso. –Lo maravilloso, revelaciones y profecías, de lo que fueron mensajeros fieles, es indispensable para la existencia y santidad de la Iglesia, para la conversión y la supervivencia de Francia. El Cuerpo Místico no prescinde aquí abajo de las gracias gratis datae. Pero es la gracia gratum faciens, la gracia de las virtudes y de los dones, la que es su alma viva.  –Juana, Margarita María, Catalina Labouré, Bernadette, los niños de Fátima, esos mensajeros de lo maravilloso más excepcional no dejaron, al comunicar y defender su mensaje, de afirmarse en la gracia santificante, en el amor más humilde y más realista. Se comprende entonces que su mensaje, no solamente por el equilibrio de su contenido sino por la forma de transmitirlo, no provocó pánico sino que trajo paz, tanto para su prójimo como para ellos mismos.

La Iglesia no rechaza ni puede rechazar lo maravilloso, las revelaciones y los milagros; pero la Iglesia pone por encima de esto, y sin comparación, la vida teologal y la santidad. Fieles a esta doctrina, precaviéndonos debidamente de hacer desmerecimientos, por principio, de las manifestaciones de lo maravilloso, pero sin ser alocadamente crédulos o sin dejarse llevar por un pánico vano, habiendo situado en su debido lugar las revelaciones privadas que merecen confianza (sobre todo, las revelaciones privadas de alcance universal), nosotros las utilizaremos lo mejor posible a la luz de la fe, –la fe que es operante por la caridad (Gál. V,6).

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Para vivir rectamente en la Iglesia, no basta al cristiano decir para sus adentros: la enseñanza del magisterio jerárquico basta; si hay otra cosa, no quiero saberla. Pues ese mismo magisterio está obligado a saber que hay otra cosa; claro que no se trata de otra enseñanza que no sea aquella de la que la jerarquía tiene el depósito y la guarda vigilante, pero sí que hay otras voces milagrosas de mensajeros fieles, que tienen la misión de hablar para atraer la atención sobre esta misma enseñanza que el magisterio administra. No hay otro magisterio que no sea el de la jerarquía, algún magisterio inspirado que sea superior al suyo y al cual el de ella esté obligado a someterse; pero hay otros mensajes además de los de la jerarquía, mensajeros inspirados, milagrosos, que los dignatarios jerárquicos deben aceptar oír, si bien sea a la jerarquía a quien cabe sacar las últimas conclusiones y decidir. La noción católica de Iglesia ciertamente no excluye los carismas [6], pero los subordina a la jerarquía. No excluye las revelaciones privadas, requiere solamente que no sean ilusiones privadas y, a renglón seguido, que esas revelaciones estén de acuerdo con la Revelación.

En momento alguno de la historia de la Iglesia la voz de la auténtica jerarquía, no las insinuaciones de la jerarquía modernista, – en momento alguno la auténtica jerarquía que garantiza de modo ordinario y oficial el carisma de la verdad (San Ireneo) pretendió sofocar las voces inspiradas y milagrosas, pues esas voces, si vienen de Dios, lejos de contradecir la Revelación, la repiten, la hacen comprender, persuadiendo los corazones con una entonación más penetrante y como con un tono más apropiado a las nuevas situaciones. Es así como las palabras del magisterio jerárquico sobre el Sagrado Corazón de Jesús no fueron alteradas por las revelaciones privadas de Santa Margarita María pero,  tras esas revelaciones, las mismas palabras fueron dichas con más vehemencia y se sintieron con mayor entusiasmo. En 1854 había resonado la gran voz del romano Pontífice en la definición infalible de la Inmaculada Concepción, pero esa voz no puso en marcha las multitudes ni movilizó las naciones para la oración y la penitencia sino después de las apariciones de la Inmaculada a Santa Bernadette. Haremos observaciones semejantes en lo que se refiere a la devoción del Rosario y en cuanto a la consagración al Corazón Inmaculado de María: sin la voz inspirada de los videntes de Fátima, la voz del magisterio ordinario no se habría impuesto tan profundamente a las almas cristianas. Y ¿qué decir de las revelaciones privadas conminatorias? Las advertencias del capítulo XXIV de San Mateo siguen siempre presentes, y la Iglesia siempre las hace oír el último domingo después de Pentecostés; solo una liturgia de inspiración y fabricación modernistas intenta hacerlas olvidar. Por tanto, la Iglesia hace resonar siempre en los oídos de los fieles los oráculos del capítulo XXIV de San Mateo; pero, para que esas advertencias sean tomadas en serio por tantos cristianos modernos que quedan atrapados en sus pecados, con un embrutecimiento tan hondo como el de los contemporáneos de Noé en las vísperas del mismo diluvio, para despertar a los que duermen es necesario que, según las circunstancias históricas, la enseñanza del magisterio jerárquico sobre los juicios divinos sea, no modificada, ni torcida en sentido milenarista, pero sí hecha resonar fielmente por mensajeros detentadores del encargo de transmitir revelaciones conminatorias.

Sólo se pide a estos mensajeros que se presenten con garantías suficientes, así como se espera del mensaje que sea congruente con el Evangelio.

Todo esto para decir que las revelaciones privadas y, de manera general, todos los carismas tienen un lugar en la vida de la Iglesia, un papel no despreciable, no supererogatorio sino necesario; es preciso, pues, atribuirles su debido lugar: subordinándolos a la autoridad del magisterio verdadero (completamente diferente del falso magisterio modernista), situándolos en la línea de la Revelación divina, permitiendo que nos despierten, nos conmuevan, nos conviertan, nos edifiquen por el aliento milagroso con que nos repiten las palabra de vida eterna.

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[1]. Sobre este tema preciso (permanencia de la Misa) ver Malvenda, o. p., en la Dissertation sur l’Antéchrist [Disertación sobre el Anticristo], n.º 22, que viene a continuación de la segunda epístola a los Tesalonicenses en la Biblia de Vence, t. 16, París 1773. Dicha Biblia de Vence retoma y completa la Biblia de Dom Calmet.

[2]. Bendición del Cirio Pascual en la Vigilia de Pascua.

[3.] Repárese en ad 2 en IIa-IIæ, q. 174, art. 6: “Dios está más inclinado a apartar los flagelos con los que nos amenaza que a retirar los beneficios que nos promete.”

 [4.] Consistorio de 29 de noviembre de 1911. Nota de los DSB (Dosieres San Bernardo): el Padre Calmel escribe “la profecía de San Pío X” entre comillas, y hace bien, pues habría un cierto abuso en afirmar que San Pío X haya profetizado. San Pío X expresa ahí un anhelo, un deseo de su corazón paternal, y para eso tomó prestado ese texto de uno de sus maestros: el cardenal Pie. Pues ese texto “profético” es, en realidad, una cita de la Oración Fúnebre del General De Lamoricière pronunciada por Mons. Pie el 5 de diciembre de 1865 (Œuvres, V, 506-507). Siendo aún simple sacerdote, en 1846, ya había manifestado esa esperanza de conversión (Œuvres sacerdotales II, 332-333). El 28 de setiembre de 1879, en su Discurso del acto de posesión  del título presbiteral de Nuestra Señora de la Victoria, el Cardenal Pie se expresará en los mismos términos (Œuvres X, 63-64).

[5.] Ver, a este respecto, la IIa IIæ, en el tratado sobre los estados (como se le llama), la cuestión 177. – El final de la IIa IIæ contiene, en realidad, tres tratados mayores: el de los estados de perfección, que concluye todo, viene después del tratado de los carismas (gracias gratis datæ) y del de las formas de vida (activa o contemplativa).

[6.] Volver a leer Rom. XII; 1Cor. XII; Ef. IV; 1Ts. V, 16-22.

* PARA CITAR ESTA TRADUCCIÓN:

De: “Brumes du «révélationisme» et lumière de la foi”, rev.Itinéraires, n.º 181 (marzo de 1974), pp. 177-187. Gentileza del blog infocaotica

LAS LANGOSTAS DEL APOCALIPSIS ¿QUÉ SON?: P. ALTAMIRA

Queridos hijos: Todos los años les enseñamos que, en dos domingos, la Santa Iglesia Católica a través de su Liturgia pone en sus Evangelios las palabras de Dios Nuestro Señor Jesucristo sobre los eventos del FINAL DE LA HISTORIA, LAS PROFECÍAS FINALES, lo que se ha dado en llamar EL APOCALIPSIS SUCINTO, consignado en dos textos de dos evangelistas: El domingo pasado fue según San Mateo (cap 24,15-35), y hoy, Primer Domingo de Adviento, es según San Lucas (cap 21,25-33). Ello así, la Iglesia Católica quiere que sus sacerdotes hablen a los fieles de los eventos finales, las profecías pendientes, profecías de las que parece seremos testigos y protagonistas. Este año, basándonos en la Sagrada Escritura, hemos escogido “LAS LANGOSTAS DEL APOCALIPSIS”, la cual visión-profecía corresponde al capítulo 9 del recién mencionado libro.

(Cuerpo)

Comencemos con el propio Texto Sagrado, la versión oficial católica, la Biblia Vulgata (Apocalipsis, capítulo 9, versículos 1-12): 1 Et quintus angelus tuba cecinit : et vidi stellam de cælo cecidisse in terram, et data est ei clavis putei abyssi. 2 Et aperuit puteum abyssi : et ascendit fumus putei, sicut fumus fornacis magnæ : et obscuratus est sol, et aër de fumo putei : 3 et de fumo putei exierunt locustæ in terram, et data est illis potestas, sicut habent potestatem scorpiones terræ : 4 et præceptum est illis ne læderent foenum terræ, neque omne viride, neque omnem arborem : nisi tantum homines, qui non habent signum Dei in frontibus suis : 5 et datum est illis ne occiderent eos : sed ut cruciarent mensibus quinque : et cruciatus eorum, ut cruciatus scorpii cum percutit hominem. 6 Et in diebus illis quærent homines mortem, et non invenient eam : et desiderabunt mori, et fugiet mors ab eis. 7 Et similitudines locustarum, similes equis paratis in prælium : et super capita earum tamquam coronæ similes auro : et facies earum tamquam facies hominum. 8 Et habebant capillos sicut capillos mulierum. Et dentes earum, sicut dentes leonum erant : 9 et habebant loricas sicut loricas ferreas, et vox alarum earum sicut vox curruum equorum multorum currentium in bellum : 10 et habebant caudas similes scorpionum, et aculei erant in caudis earum : et potestas earum nocere hominibus mensibus quinque : 11 et habebant super se regem angelum abyssi cui nomen hebraice Abaddon, græce autem Apollyon, latine habens nomen Exterminans. 12 Væ unum abiit, et ecce veniunt adhuc duo væ post hæc.

1 Y el quinto ángel sonó la tuba, y vi una estrella que había caído desde el cielo a la tierra, y le fue dada la llave del pozo del Abismo. 2 Y abrió el pozo del Abismo, y el humo del pozo ascendió, como el humo de un gran horno, y se oscureció el sol y el aire a causa del humo del pozo, 3 y del humo del pozo salieron langostas a la tierra, y les fue dado poder, como los escorpiones de la tierra tienen poder, 4 y les fue ordenado que no dañaran a la hierba de la tierra, ni todo lo verde, ni árbol alguno, sino solamente a los hombres que no tienen el signo de Dios en sus frentes, 5 y les fue ordenado que no los mataran, sino que los atormentaran durante cinco meses. Y el tormento de ellos es como el tormento del escorpión cuando pica al hombre. 6 Y en aquellos días, los hombres buscarán la muerte, y no la encontrarán, y desearán morir, y la muerte huirá de ellos. 7 Y las apariencias de las langostas (son) semejantes a caballos preparados para la batalla, y sobre sus cabezas como coronas semejantes al oro, y sus rostros como rostros de hombres. 8 Y tenían cabellos como los cabellos de las mujeres. Y sus dientes, eran como los dientes de los leones, 9 y tenían corazas como corazas de hierro, y el sonido de sus alas como el sonido de carros de muchos caballos corriendo hacia la guerra, 10 y tenían colas semejantes de los escorpiones, y los aguijones estaban en sus colas, y el poder de ellas (era) dañar a los hombres cinco meses. 11 Y tenían [como jeje] sobre ellas al ángel rey del Abismo el cual tiene el nombre hebraico Ábaddon, pero en griego Apolión, en latín tenía el nombre de Exterminador. 12 El primer Ay pasó, y he aquí que vienen todavía dos Ay después de estas cosas. Veamos, siguiendo al Padre Leonardo Castellani, la explicación de esta VISIÓN-PROFECÍA, nos basamos en su primer libro sobre el Apocalipsis, escrito en el año 1947, “Los Papeles de Benjamín Benavides” (Pte Primera, capítulo 6: Las Langostas).

Veamos un resumen hecho por nosotros, al cual hemos agregado algunas palabras propias nuestras:

¿Qué son estas Langostas?

“LAS LANGOSTAS DE LA TUBA QUINTA SON LOS GRANDES SOFISTAS QUE ENVENENAN A LAS MASAS DESCREÍDAS DEL MUNDO ACTUAL”. Los sofistas son los que enseñan y difunden errores y maldades haciéndolos pasar por cosas buenas, buenas para el hombre, buenas para el progreso, buenas para ser una persona al día, buenas para “la humanidad”. Esas extravagantes “Langostas” de la Profecía del Apocalipsis, ¿serían Voltaire, Rousseau, Diderot, los Enciclopedistas, el Iluminismo francés? Las Langostas son más bien los que siguieron a éstos después de LA REVOLUCIÓN FRANCESA, la cual “libertó el pensamiento” (esto entre comillas), y dio rienda suelta para que, después de ella, y en el mundo entero, se publicara lo que se quisiera, bueno-malo, verdadero-falso.

LA REVOLUCIÓN FRANCESA por medio de la famosa LIBERTAD DE PRENSA dio a los falsificadores de la Verdad aquel poder, facilidad, movilidad, y alcance casi sobrehumanos, semejante a la narración con que el Profeta San Juan describe el poder de esas Langostas, semejante a la humareda y polvareda que ellas levantan o en medio de donde ellas se mueven, todo con un ruido y un aparato tremendo: el error, la falsedad, la mentira elevados al máximo: oscuridad, polvo, humareda, niebla, ruido, aturdir. Sólo la Verdad es luz, quietud, paz para el alma, sosiego.

Las Langostas parecen caballos munidos para la guerra, y tienen rostro como de hombres, y llevan coronas que parecen de oro, y tienen cabellos como cabellos de mujer, y dientes como dientes de león (por el poder destructivo y la fuerza de las palabras cuando éstas son mal usadas), y corazas como corazas de hierro, y ruido en las alas como el ruido de muchos carros yendo a la guerra, y colas como colas de escorpión, y aguijones en sus colas, con los cuales torturan cuando pican “pero no matan”, veneno de escorpiones para torturar a los hombres que no tienen el signo de Dios en sus frentes, y torturarlos “durante cinco meses” dice la Escritura.

¿Qué son esos “cinco meses”? Esos cinco meses parecen “cinco meses de años”. ¿Cuántos años corren desde la Revolución Francesa hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial? Año 1789 y año 1939: Son 150 años, o cinco meses de años. No nos hacemos fuertes en ello, es una coincidencia, es una pura conjetura, pero no deja de ser curiosa.

Lo que sí es cierto es que la Revolución Francesa “libertó” de Dios, de la Verdad, del Catolicismo y del Orden Civil (el Antiguo Régimen), al escritor, al falso filosofante, al mal periodista, al pésimo político, al artista, para hacer lo que quisieran. Mas la Segunda Guerra Mundial los volvió a encadenar, y esta vez para siempre, no ante Dios, no ante la Verdad, no ante el Bien Común, sino encadenados para siempre (y a veces con inconsciencia) AL YUGO VIL DE LA PROPAGANDA DE UN NUEVO SISTEMA, un sistema nuevo de signo totalmente contrario a Dios Nuestro Señor Jesucristo, a la Verdad y a la Religión de Dios: El Catolicismo, sistema que terminará en el Gobierno Mundial del Falso Profeta y del Anticristo.

Pero durante esos “cinco meses de años”, 150 años, en la difusión del error y del mal, de la falsedad, de lo inmoral, el sofista -cuando era de talento fue en el mundo una especie de rey (coronas como de oro), una bestia alada de alcance inmenso y de gran estrépito (como las alas de esas Langostas y el poder de ellas, con las alas de su papel impreso), una ruidosa máquina de guerra gracias al poder de la imprenta y del comercio editorial (como el sonido de sus alas, como el ruido de muchos carros que van a la guerra: LA GUERRA CONTRA DIOS ). Mostraban o tenían rostro como rostro de hombre: la soberbia, el hombre engreído, sintiéndose gran cosa, el Humanismo, la razón endiosada, la elegante lógica francesa usada falsamente en los sofismas. Cabellos como cabellos de mujer: el meretricio o la prostitución literaria y de las ideas, sea porque no sirven ni a Dios ni a la Verdad, sea también porque fomentan el pecado y lo inmoral en todo sentido. Pero cabellos como cabellos de mujer también por el gusto, la finura, la gracia, la belleza de estilo y de las palabras, mas éstas usadas en una mala causa y para la difusión del mal. Corazas como corazas de hierro: por estar protegidos, la impunidad, el poder decir lo que quieran, “lo que se tenga ganas”, sin ser molestado, no importa sea error, falsedad, maldad, inmoralidad, corrupción, mentira, desprecio a Dios y a su Catolicismo, el insulto y la blasfemia contra ellos. Corazas de hierro también por el poder y la fuerza al difundir sus escritos en los mejores medios y prensa, a través de las mejores organizaciones mercantiles y de publicidad de todo el mundo, usado todo ello para el mal, para el error y la mentira. ESTO ES LA FAMOSA LIBERTAD DE PRENSA. Nunca, en la Historia de la Humanidad, se había visto una cosa así. 1

Y el sofista “tortura” al mundo con sus venenos, con sus mentiras, “como el poder y veneno del escorpión cuando pica al hombre”.

Que las Langostas son los grandes “escribidores” y falsarios, antiguos y modernos, esto se relaciona con lo que dijo ya San Agustín en el Siglo IV y otros: LAS LANGOSTAS SON LOS HEREJES Y LOS QUE DIFUNDEN LAS HEREJÍAS, son LOS FALSOS PROFETAS. Con esta Quinta Tuba, se oscurece ya no un tercio del sol como en la cuarta, sino el sol todo entero, ¡y hasta el mismo aire que respiramos!, todo está enrarecido, todo oscuro, la Verdad tapada y sin brillo2 .

Las Langostas tienen poder para dañar solamente a los hombres que no tienen el signo de Dios en sus frentes. No sobre la hierba verde que son las masas de trabajadores y gentes sencillas. Sin poder sobre los árboles verdes que son los verdaderos doctores de la Verdad que aún restan y quedan en el mundo (un Chesterton, un Belloc, un Claudel, por nombrar algunos seglares, sin olvidar a los eclesiásticos). Las Langostas no tienen poder sobre todo lo que está verde aún, es decir sobre los que aún conservan la Fe Católica verdadera, y cuya Fe aún está viva por la Caridad y las buenas obras. 3

Detrás de estas cosas, el Pesimismo es inevitable, es forzoso en el hombre que está “sine Deo in hoc mundo”, en el hombre que está “sin Dios en este mundo” (San Pablo). El Pesimismo tiene –además de otras facetas que son más violentas y hasta suicidas- la actitud del hombre que no da nada por la vida y sin embargo sigue viviendo, agobiado por el “toedium vitae” (el tedio de la vida), o haciendo inútiles y frenéticas salidas hacia el placer, buscando el placer para aturdirse, como un falso sustituto de su nada.

Estos 150 años de que hablamos han producido a Leopardi, a Musset, a Schopenhauer, a Nietzche, a Ibsen, a Baudelaire, a Byron, a Hardy, y muchos más, en definitiva: A LOS MÁS GRANDES DOCTORES Y CANTORES DE LA DESESPERACIÓN IMPOTENTE. Víctor Hugo -supuesto cantor del Optimismo-, Whalt Wittman, Carducci, éstos no se presentan como Pesimismo, pero son morfina pura: “Cabellos como cabellos de mujer”. Es un Optimismo de tapadera, que cubre los abismos de odio de Carducci y los de pánico de Víctor Hugo. Optimismo superficial y forzado, basado en las falsas ilusiones del “Progreso Indefinido”, y hasta en la puerilidad, tal vez esto es “el querer morirse y no poder” que dice allí la Escritura Sacra.

En la Antigüedad, Lucrecio y Séneca iban hasta el fin de sus principios y se abrían las venas. Pero hoy, “LOS FELIGRESES DE LA NADA” se fabrican colosales sonajeros o distractivos, distractivos con la Ciencia Moderna, el falso Progreso y la Democracia. Y hacen ruido con ellos para aturdirse, mientras que la desesperanza acecha por detrás, cada vez más implacable. ¡Recuerde la muerte de Víctor Hugo! ¡Recuerde la vejez de Carducci!

ESTOS PSEUDODOCTORES DEL MUNDO MODERNO, TROMPETEROS DEL ANTICRISTO, de tremenda imaginación, eufóricos de juventud, grandes poetas y detestables filósofos al servicio del Siglo y de la época moderna y enferma, son LOS ADORADORES DEL PARAÍSO EN LA TIERRA HECHO POR LAS SOLAS FUERZAS DEL HOMBRE. Esto mismo será la gran promesa del Anticristo.

¿Queremos más distractivos? Los “avances” de la medicina, el mundo del arte y de la danza, el culto a nuestros propios cuerpos, nuestra vuelta a Dionisio, vuelven las Olimpíadas, los estadios tronitruantes y multitudinosos, los modernos deportes y campeonatos mundiales y nacionales (globales), el hombre-apolo bajo el beso del sol, una inmensa (falsa) regeneración del hombre y de la raza humana, “yo te enseñaré a vivir –decía el haitiano Antonio Machín-, no se vive más que una vez. Flor de amor… aprovecha la primavera”, las vanidades, la moda, perversiones, drogas y alcohol, como nunca los pecados de impureza y de lujuria, todo el año, todo el día, todos los días. Y la repetición de tantas ideas falsas y malas, repetidas hasta las náuseas, por la radio, las revistas, los diarios, los fonógrafos, el cine, las tertulias de familia, gondoleros, obreros de fábrica, las señoritas de la alta sociedad, a lo que tenemos que sumar la TV, el internet, el whatsapp, y mil cosas más: producen y son toda una epidemia, QUE EN SU CONJUNTO, REPETICIÓN Y PROLONGACIÓN DURANTE AÑOS, forman una tal barahúnda que sólo es comparable con las referidas Langostas del Apocalipsis, su difusión, su poder, su ruido y su fuerza”.

(Conclusión)

Tenemos así la explicación de LAS LANGOSTAS; como cuando en el campo, se veían venir las langostas, nubes de ellas, arrasaban con todo, incontables, las mangas de langostas, miles: Así es el daño de la mala prensa.

Ya el Papa Gregorio XVI, en su famosa Encíclica “MIRARI VOS”, nos daba similares palabras sobre estas Langostas, aplicando las palabras de la profecía a LA MODERNA LIBERTAD DE PRENSA, y lo hacía con 115 años de anticipación. Expresaba el Papa:

“¡QUÉ MUERTE PEOR HAY PARA EL ALMA QUE LA LIBERTAD DEL ERROR!, decía ya San Agustín [S. Agustín, epíst. 166, cap II; en Migne PL 33, Epist 105, 10, col 400]… con verdad decimos que está abierto EL POZO DEL ABISMO [Apo 9,3] del cual vio subir San Juan el humo que oscureció el sol, y salir LAS LANGOSTAS que invadieron la amplitud de la tierra. Porque de allí [de la libertad de expresar el error] nacen la turbación de los ánimos, la corrupción de los jóvenes, de allí se infiltra en el pueblo el desprecio de las cosas santas y de las leyes más sagradas… [naciones y países] cayeron con sólo este mal… Aquí tiene su lugar [dice el Papa] aquella PÉSIMA Y NUNCA SUFICIENTEMENTE EXECRADA Y DETESTADA LIBERTAD DE PRENSA para la difusión de cualesquiera escritos, libertad que con tanto clamor se atreven algunos a pedir y promover. Nos horrorizamos, venerables hermanos, al contemplar con qué monstruos de doctrinas, o mejor con qué monstruos de errores nos vemos sepultados, con qué profusión se difunden por doquiera errores en innumerable cantidad de libros, folletos y escritos…”:

[ Nota de la redacción: En la actualidad, esa libertad de prensa condenada la usan la iglesia conciliar, los modernistas y los falsos tradicionalistas, que divulgan en internet y otros medios falsas y novedosas doctrinas heréticas que atacan la divina constitución de la Iglesia Católica; léase, las familias lefebvristas, incluidos los de Ecclesia Dei y la falsa R&R, los que defienden la estupidez metafísica del papa materialiter, muchos capillistas  y clérigus vagus que divulgan sus soflamas ( sermones los llaman ellos) por internet,  negando la infalibilidad del Magisterio Ordinario Universal de la Iglesia, y del magisterio ordinario del Papa, y acéfalos que se niegan a cumplir con el gravísimo deber de elegir un Papa, como manda San Pío X,  cuando tenemos la Sede Vacante desde 1958 ]

LA PRENSA MODERNA, LAS LANGOSTAS DEL APOCALIPSIS.

Terminamos aquí nuestra prédica. AVE MARÍA PURÍSIMA.

Notas:

1 El mismo Voltaire, “le roi Voltaire”: el rey Voltaire –como se le decía-, fue combatido y molestado toda su vida, y sus libros tenían que ser editados fuera de Francia, en Holanda, y traídos de contrabando, y leídos a oscuras. Es durante el siglo y medio que sigue a Voltaire, cuando el sofista recibe finalmente “su corona”, y durante ese tiempo tiene poder quasi regio “con coronas como de oro” para aturdir de estrépito al mundo… con sus falsedades y mentiras.

2 El Cardenal San Roberto Belarmino identificó las Langostas con Lutero y sus secuaces. Aunque para el Padre Castellani, Lutero cae mucho mejor dentro de la Cuarta Tuba (su revuelta fue profunda pero parcial: la Cuarta Tuba enseña que la tercera parte del sol se oscureció, y –curiosamente- la tercera parte de Europa se fue de la Iglesia Católica hacia el protestantismo). Aquí estamos en la Quinta Tuba. Los escorpiones con alas, con libertad para envenenar por todo el mundo, eso vino después de Lutero, y todo esto se da en medio de una colosal humareda que ya no oscurece un tercio o tercera parte del sol, sino –como arriba decimosel sol todo entero y el mismo aire que respiramos: TODO ESTÁ ENRARECIDO, FALSIFICADO Y ENVENENADO.

3 Cuando alguien se convierte de verdad a Dios, es el tránsito de un alma moderna tocada mortalmente del toedium vitae, un alma demasiado triste para vivir, un alma demasiado débil para morir, que va desde ser alma envenenada por el alacrán o escorpión y sus venenos modernos, hacia ser “árbol verde” por la Fe Verdadera y por las obras.

BENEDICTO XVI NIEGA LA EXISTENCIA DEL LIMBO

Sobre la posibilidad de bautizar los fetos por cualquier persona, véase nuestro artículo: SUJETO DEL BAUTISMO: COMO ACTUAR EN CASOS EXTRAORDINARIOS, donde se explica la teología moral al respecto y lo que toda partera conocía para impedir que un niño muriera sin bautismo.

El siguiente escrito es gentileza de Foro Católico, sólo lo escrito entre llaves [ ] pertenece a nuestra mano.

El propósito principal que nos ha llevado es exponer esta enseñanza de la doctrina sobre el Limbo, aun no siendo un dogma formal de la Iglesia, es el de aportar más elementos, para fundamentar nuestra fe católica, ya que siempre, nos encontramos, con los enemigos  de la Iglesia, buscando de un modo y de otro, desvirtuar las enseñanzas cristianas.

Y en esto de atacar y desvirtuar en mucho o en algo a la doctrina católica, van muy de la mano, la acción y la supuesta reacción, la acción con la secta postconciliar modernista-masónica-protestante, con cientos de herejías, y por otro lado, como reacción controlada están los lefebvrianos acuerdistas (la fraternidad S. Pío X y los mitigados con JC Ceriani a la cabeza), atacando heréticamente el dogma de la infalibilidad pontificia, para justificar su errónea y herética posición de un papa hereje `[ nota nuestra: este sacerdote ahora no reconoce como Papa a Bergoglio, pero no sabemos si sigue reconociendo como papas a sus inmediatos predecesores], y  en el lado contrario tomando una supuesta ortodoxia católica están los dimonianos incongruentes y contradictorios (porque por un lado atacan al modernismo y su jerarquía y por otro lado asisten a los oficios litúrgicos con esos ministros modernistas que atacan), quienes por defender una errónea y maliciosa interpretación del dogma de que fuera de la Iglesia no hay salvación y poniéndose contra todos los teólogos, papas y manuales eclesiásticos han llegado a clausurar dentro de la doctrina cristiana los bautismos de “deseo” y de “sangre”, los cuales no son más que el deseo del mismo Santo Bautismo. [nota nuestra: el autor se olvida de otros que niegan la existencia del Limbo como lo hacen los modernistas: algunos sacerdotes dan clases en los seminarios de los que sostienen la tesis ridícula del papa materialiter coinciden en esto con el modernista Ratzinger]

Por el lado de la secta postconciliar modernista-masónica-protestante, que ha promulgado un sin número de herejías, siendo la herejía fundamental y base todas las negaciones y clausuras, que ha eliminado de la doctrina cristiana el infierno, el purgatorio y el limbo, ésta es la herejía la “Justificación universal Incondicional” tan maléficamente difundida por el Vaticano II en la constitución Nostra  Aetate, y en el documento Gaudium et Spes (n. 22 al 24), ambos suscritos por Marcel Lefebvre. Igualmente la Redemptor Hominis y la fides et ratio de Juan Pablo II, que nos dice que el hombre es salvo por la muerte de Cristo en la Cruz y ya no necesita por este mismo hecho ni fe ni obras para salvarse; con esto, nos dicen, que el ateo, el protestante, el budista, el luciferino, etc. son salvos puesto que no se requiere fe para salvarse, y también los multiasesinos, los violadores, los secuestradores, los narcotraficantes, los abortistas y otros están salvos ya que no se requieren buenas obras, puesto que Cristo murió por nosotros y nos rescató a todos en la Cruz.

Según esta doctrina todos estamos ya en el cielo después de la muerte, entonces ¿para qué preocuparnos y ocuparnos del alma y de ofender a Dios?… de todos modos nos dirá la secta postconciliar ya todos somos santos y tenemos asegurada la gloria.

Claro está que no nos dicen qué gloria; si la gloria cristiana con la Visión Beatífica o el mortalismo o nihilismo judío que esté implícito en las ceremonias fúnebres de la liturgia modernista.

En el documento “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin haber sido bautizados”, cuya publicación fue aprobada por Benedicto XVI, la Comisión concluye que “el destino de los niños que mueren sin haber recibido el bautismo es el Cielo”.

La secta postconciliar ha clausurado el Limbo de los niños, en el documento “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin Bautismo” del 19 de Abril del 2007 (núm. 26, 40, 70) basándose primero en que el limbo nunca fue declarado como dogma de fe, ni como algo definitivo; y en segundo lugar tomando como base el “magisterio” postconciliar de la Gaudium et Spes n. 22 del Vaticano II, que en enseña la aberrante herejía de la Justificación Universal Incondicional, que dice que

“Cristo ha asociado a su misterio pascual a todos los hombres. Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (Gaudium et spes n. 22).

Ahora veamos la verdadera enseñanza de la Iglesia sobre le Limbo:

La Teología Cristiana, en el caso de los niños que mueren sin bautismo, conforme con la doctrina de la Revelación, enseña que tales almas obtienen una felicidad natural en el Limbo de los niños. La razón es ésta:

Careciendo de la vida sobrenatural de la Gracia, no pueden ciertamente llegar a la posesión del cielo. Pero por otra parte no han contraído mancha alguna personal. Quedan entonces en el plano del orden natural; y en este orden les corresponde la felicidad natural, para la cual no han puesto obstáculo alguno.

Los niños que mueren sin bautizarse antes de que hayan llegado al uso de razón, esto es,  antes de poder hacer un acto de fe sobrenatural y de verdadero amor o contrición, no pueden alcanzar la Visión Beatífica, o sea, el ver a Dios cara a cara con toda su magnificencia que es consecuencia de la gracia santificante, y así como esos niños nunca han recibido ni nunca poseyeron gracia santificante, tampoco alcanzarán la Visión de Dios.

No puede decirse que Dios sea injusto hacia ellos, pues el cielo es algo absolutamente gratuito, y Dios no esté obligado a concedernos esos dones gratuitos. Los niños que no han recibido el bautismo, al morir son llevados al Limbo, un lugar de felicidad natural, pero en este lugar ellos no verán a Dios cara a cara.

En el Limbo ellos conocerán a Dios del mismo modo en que el hombre conoce a Dios naturalmente en la tierra poseyendo el conocimiento natural de la razón, y con un amor natural estando libres de toda clase de sufrimientos. La presencia de Cristo Glorioso en el Juicio Final no cambiará el destino de estos niños. Esto es lo que dice Santo Tomás. Ya que si estuvieran presentes, no sabrán de lo que se trata, puesto que a ellos les falta la virtud infundida de la fe, condición indispensable de conocer los misterios sobrenaturales como la Visión Beatífica.

Y aun así,  si ellos de algún modo entendiesen, nunca se entristecerían porque se darán cuenta que estando sin gracia santificante nunca fueron destinados a presenciar la Visión de Dios.

Ahora vamos a exponer la doctrina del Magisterio de la Iglesia sobre le Limbo.

El Catecismo Romano en la pág. 377, nos dice, que

todo niño que muere sin el bautismo y sin el martirio, no siendo capaz -por carecer del uso de la razón- de hacer el voto del bautismo, muere con el pecado original y es excluido del Reino de los cielos y recibido en el limbo.

El Catecismo Católico del Cardenal Gasparri en la pág. 135, escribe:

el alma de los que mueren sin bautismo con el sólo pecado original, carece de la visión beatífica de Dios, a causa del pecado original, pero no sufrirá las otras penas con que son castigados los pecados personales.

El Papa Inocencio III (1198-1216) dice en su Carta MAIORES ECCLESIAE CAUSA a Imberto, arzobispo de Arlés:

El (pecado) original que se contrae sin consentimiento, sin consentimiento se perdona en virtud del Sacramento del Bautismo; el pecado actual, empero, que con consentimiento se contrae, sin consentimiento no se perdona en manera alguna… La pena del pecado original es la carencia de la Visión de Dios; la pena del pecado actual es el tormento del infierno eterno…

Pío VI salió a la defensa de esta doctrina frente a la interpretación pelagiana de los jansenistas, que falsamente querían explicarlo como un estado intermedio entre la condenación y el reino de Dios. DZ. 1526.

San Agustín y muchos padres latinos opinan que los niños que mueren en pecado original tienen que soportar también una pena de sentido aunque muy benigna (mitissima omnium poena. Ench. 93), los padres griegos (v.g. San Gregorio Nacianceno, Or. 40, 23), y la mayoría de los teólogos escolásticos enseñan que no sufren más que la pena de daño.

En el Denzinger encontramos la condenación de la doctrina de los armenios que negaba que los niños estuvieran manchados por el pecado original y aseguraba que Cristo padeció y murió por la salvación de los niños que nacieron después de su Pasión, pues por esta Pasión destruyó totalmente el infierno. Por lo cual muriendo sin pecado actual iban al Cielo (Precisamente está es la doctrina herética de la secta postconciliar para clausurar el limbo).

Ya con esto, nos podemos dar una idea clara y exacta sobre lo que es el limbo para los católicos, es decir: es el lugar donde van los niños que han muerto sin el bautismo, no sufren la pena del fuego, pero no ven a Dios, es un lugar diverso de los demás condenados, no es verdad que allí odien y blasfemen actualmente a Dios por razón de la voluntad habitual dominante.

La secta postconciliar que ha clausurado el limbo con el documento “La esperanza de salvación de los niños no bautizados” avalada Ratzinger Tauber, y cuyos fundamentos los toma  de la declaraciones y enseñanzas del Vaticano II, que abierta y descaradamente se oponen a la enseñanzas del Magisterio anterior a este Concilio, pero esto no sido notado por los fieles católicos que en muchos de los casos por una extrema y lamentable ignorancia de la Doctrina de la Iglesia.

La secta postconciliar ha negado la existencia del limbo, que siempre fue enseñada a través de la historia de la Iglesia, y al negarlo ataca el Sacramento del Bautismo, y en cierto modo despenaliza el aborto y ataca a la vida humana, que tanto se ufana de defender.

1. Ataca el Sacramento del Bautismo, porque si ya no existe el limbo en el que los niños son privados de la visión beatífica, ya que como dijo J. Pablo II “la Iglesia no puede sino entregarlos a la gran misericordia de Dios quien quiere que todos los hombres sean salvados”, entonces ya da lo mismo que un niño sea bautizado o que no sea. (debido a la enseñanza de la justificación universal incondicional). Como el limbo ha sido “clausurado”, entonces todos los niños que mueren aun si bautismo, se han de ir al cielo como sostuvo el jesuita Luis Laderia, que fue el secretario de esa comisión teológica, “todos nosotros alentamos esperanzas de que todos los bebés vayan al cielo”, la gente o el pueblo con esta creencia dejará de preocuparse por bautizar a sus hijos.

2. Esta doctrina, en cierto modo despenaliza el aborto, pues la mujer que se practique un aborto, ya sabe que su hijo asesinado, irá al cielo de todas maneras y pensará que le esta haciendo un favor, si de por sí  el aborto está despenalizado en muchas naciones, con estas enseñanzas, se aumentarán pavorosamente más estos crímenes contra seres inocentes, claro que con la venia de la secta.

Reconocemos que el limbo no es un dogma, pero es una verdad católica, que sin ser dogma, así como los bautismos de deseo y sangre, no se pueden negar tan fácilmente, por las consecuencias que trae consigo.

Además nos preguntamos, ¿No son nada las opiniones de los Santos Doctores, como San Agustín, Santo Tomás, la voz de los Papas que han defendido esta doctrina en contra de herejes como los pelagianos, los jansenistas, o los cismáticos armenios?

Que después de tanto tiempo vengan los Wojtyla Katz y Ratzinger Tauber a poner en duda esta creencia católica, ¿Qué acaso se habrá equivocado la Iglesia durante tanto tiempo sin darse cuenta de este error? Claro que no, es la secta modernista y sus usurpadores que en nombre de la Iglesia enseñan estas aberraciones.

Espero en Dios se reflexione sobre lo expuesto, con el fin de convencernos que aquellos que enseñan el error, no puedan ser llamados católicos, llámense modernistas, lefebvrianos o dimonianos, puesto que el error y la verdad nunca pueden ser iguales.

 
 
 

LITERATURA ANTINICENA.CONTINUACION (2)

2. Exhortación al martirio ( Exhortatio ad martyrium).
Este es el título que los manuscritos y ediciones dan a la obra de Orígenes Sobre el martirio (?e?? µa?t?????), como la llaman, por abreviar, Pánfilo (Apol. pro Orig. 8), Eusebio (Hist. eccl. 6,28) y San Jerónimo (De vir. illust. 56). La compuso al principio de la persecución de Maximino el Tracio, el año 235, en Cesárea de Palestina. Efectivamente, el tratado va dirigido a Ambrosio y Protecto, diácono y sacerdote, respectivamente, de la comunidad cristiana de aquella ciudad. Trata de un tema muy caro al autor durante toda su vida. De su primera juventud, Eusebio nos narra el hecho siguiente:
Cuando el incendio de la persecución iba aumentando y miles de fieles habían ceñido ya sus sienes con la corona del martirio, se apoderó del alma de Orígenes, que era todavía muy niño, un deseo del martirio, hasta el punto de exponerse a los peligros, lanzarse y saltar valerosamente a la lucha. Poco faltó para que el término de su vida estuviera muy cerca de él; pero la Providencia divina y celestial, buscando la utilidad de muchos, puso, por medio de su madre, obstáculos a su ardor. Esta, pues, le suplicó primero de palabra, rogándole que se compadeciera de sus sentimientos de madre; mas luego, al verle aún más excitado y totalmente poseído por el deseo del martirio, cuando se enteró de que su padre había sido detenido y encarcelado, escondió todas sus ropas y le obligó de esta manera a permanecer en casa. Mas él, viendo que no podía hacer otra cosa y sintiéndose inflamado por un celo superior a su edad, que no le permitía permanecer inactivo, mandó a su padre una carta de exhortación al martirio, en la que le animaba, diciéndole textualmente estas palabras: “Guárdate de cambiar de parecer por razón de nosotros” (Hist. eccl. 6,2,2-6).
Esa fue la primera “exhortación al martirio” de Orígenes. El libro que escribió sobre el mismo tema el año 235 demuestra que su entusiasmo no había cedido en nada. Sin embargo, en los capítulos 45 y 46 advierte, no sin intención, que este deseo del martirio no es compartido por todos. Había quienes consideraban indiferente que un cristiano sacrificara a los demonios o invocara a Dios bajo un nombre distinto al verdadero. Había otros que no veían crimen en consentir en el sacrificio mandado por las autoridades paganas, juzgando que basta con “creer en tu corazón.” Para esta clase de gente escribió Orígenes su tratado.
La introducción de la obra hace pensar en el comienzo de una homilía. El autor cita a Isaías 28,9-11 y aplica estas palabras bíblicas a sus dos destinatarios, Ambrosio y Protecto. Su fe, sometida a prueba, ha sido hallada fiel. Les exhorta a permanecer firmes en las tribulaciones, porque, después de un corto tiempo de sufrimientos, su premio será eterno (c.1-2). El martirio es un deber para todo cristiano verdadero, porque los que aman a Dios desean unirse a El (c.3-4). La entrada en la bienaventuranza eterna se concede solamente a los que han confesado la fe con valentía (c.5).
La segunda parte previene contra la apostasía y la idolatría. Negar al verdadero Dios y venerar a los dioses falsos es el mayor de los pecados (c.6), porque es una insensatez adorar a las criaturas en vez del Creador (c.7). Dios quiere salvar a las almas de la idolatría (c.8-9). Los que cometen este crimen entran en unión con los ídolos y serán severamente castigados después de la muerte (c.10).
La tercera parte contiene la exhortación al martirio propiamente dicha (c.11). Se salvarán solamente los que llevan la cruz con Cristo (c.12-13). El premio será en proporción a los bienes terrenos que uno haya abandonado (c.14-16). Pues renunciamos a las divinidades paganas cuando éramos catecúmenos, no nos está permitido violar nuestra promesa (c.17) La conducta de los mártires será juzgada por todo el mundo (c.18). Por lo tanto, debemos aceptar cualquier clase de martirio, si no queremos que nos cuenten entre los ángeles caídos (c.19-21).
La cuarta parte ilustra las virtudes de la perseverancia la paciencia con ejemplos tomados de la Escritura: Eleazar (c.22) y los siete hijos con su heroica madre, de que nos habla el libro II de los Macabeos (c.23-27).
La quinta parte trata de la necesidad del martirio, de su esencia y clases. Los cristianos están obligados a aceptar este género de muerte a fin de corresponder a Dios por los beneficios de El recibidos (c.28-29). Los pecados cometidos después del bautismo de agua no se perdonan más que por el bautismo de sangre(c.30). Las almas de los que resisten a todas las tentaciones del maligno (c.32) y dan sus vidas por Dios como una ofrenda pura, entran en la felicidad eterna (c.31) y pueden, además, obtener el perdón para todos los que les invocan (c.30). No faltará la ayuda de Dios a los mártires, como no les faltó a los tres jóvenes en el horno ardiente y a Daniel en la cueva de los leones (c.33). Pero no es solamente Dios Padre el que exige este sacrificio, sino también Cristo. Si le negamos a El, El nos negará en el cielo (c.34-35). En cambio, conducirá los confesores de la fe al paraíso (c.36), porque solamente los que odian al mundo serán herederos del reino de los cielos (c.37.39). Ellos serán fuente de bendiciones para sus hijos que han dejado en la tierra (c.38). Por otra parte, el que niega al Hijo, niega también a Dios Padre (c.40); pero, si seguimos el ejemplo de Cristo y ofrecemos nuestra vida, su consolación será con nosotros (c.41-42). Por esto se exhorta a los cristianos a estar preparados para el martirio (c.43-44).
Los capítulos 45 y 46 son una digresión; tratan del culto a los demonios y del nombre con el que se ha de invocar a Dios. En la última parte de la obra se resumen las exhortaciones a perseverar con valentía en medio de la prueba y el peligro, insistiendo en el deber de todo cristiano de permanecer firme en tiempo de persecución (c.47-49). Hay un consuelo: Dios vengará su sangre, mas ellos por sus sufrimientos se elevaran a sí mismos y redimirán a los demás (c.50). Para concluir, el autor confía en que su obra será de algún provecho para sus dos amigos, o más bien que será superflua, por estar ya dispuestos a alcanzar la corona.
El tratado Sobre el martirio es el mejor comentario a la conducta de Orígenes tanto en su infancia como en su vejez, pues murió a consecuencia de los tormentos que sufrió en el nombre de Cristo. Revela su valentía, la fidelidad a la fe y su inextinguible amor al Salvador. Los principios que consignó en este escrito fueron los que gobernaron su vida. Además de esto, la obra tiene gran valor como fuente histórica para la Persecución de Maximino el Tracio.
3. La correspondencia.
Al final de su lista cita Jerónimo cuatro colecciones diferentes de la correspondencia de Orígenes, que se guardaban en Cesárea. Una de ellas comprendía nueve volúmenes, y debe de ser la que Eusebio editó (Hist. eccl. 6,36,3) y que contenía más de cien cartas. De todas ellas sólo dos han llegado íntegras a nuestras manos.
a) La Philocalia, en el capítulo 13, copia una carta que Orígenes dirigió a su antiguo discípulo Gregorio Taumaturgo. Parece que fue escrita entre los años 238 y 243, cuando Orígenes estaba en Nicomedia. Con palabras paternales, el profesor exhorta a su antiguo alumno “a tomar de la filosofía griega aquellas cosas que puedan ser conocimientos comunes o educación preparatoria para el cristianismo” (1). Así como los judíos tomaron de los egipcios los vasos de oro y plata para decorar el Santo de los Santos, de la misma manera los cristianos deberían tomar de los griegos los tesoros del pensamiento y ponerlos al servicio del verdadero Dios (2). A Orígenes no se le oculta el peligro que entraña este modo de obrar: “Te aseguro, pues lo sé por experiencia, que son muy contados loa que saben tomar cosas provechosas de Egipto, y, saliendo de allí, las acomodan para el culto de Dios. Por el contrario, los hermanos del idumeo Ader son muchos. Estos son los que, por mezclarse con los griegos, engendran ideas heréticas” (3). La carta termina con una exhortación ardiente a no dejar de perseverar en la lectura de las Sagradas Escrituras:
Pero tú, señor e hijo mío, atiende ante todo a la lectura de las Sagradas Escrituras, sí, atiende bien. Porque debemos poner mucha atención cuando leemos las Escrituras, para que no hablemos o pensemos demasiado temerariamente acerca de ellas. Y leyendo así, con atención, los divinos oráculos, con aplicación fiel y agradable a Dios, llama a estas puertas cerradas y te serán abiertas por el portero aquel de quien dijo Jesús: “A éste le abre el portero” (Mt. 7,7; Io. 10,3). Y, atento a la lectura divina, busca, con rectitud y con una fe inquebrantable en Dios, el sentido de las letras divinas, oculto para la mayoría. Pero no te contentes con llamar y buscar; porque, para entender las cosas divinas, lo más necesario es la oración (4).
b) La otra carta, cuyo texto se ha conservado también íntegro, está dirigida a Julio Africano y es contestación a otra carta del mismo a Orígenes, que también se conserva. Orígenes, en una disputa, se había servido del episodio de Susana. Julio Africano le advirtió que este pasaje no se halla en el texto hebreo del libro de Daniel y que hay argumentos de lenguaje y estilo, así como juegos de palabras, que prueban que originalmente no perteneció al libro de Daniel, y, por consiguiente, no puede considerarse canónico. En su respuesta, Orígenes defiende, con gran alarde de erudición y saber, la canonicidad de esta historia, como también la de la narración de Bel y del Dragón, las oraciones de Azarías y el himno de alabanza de los tres jóvenes en el horno ardiente. Todos estos pasajes se encuentran en la versión de los Setenta y en la de Teodocio. Además, es la Iglesia la que define el canon del Antiguo Testamento, y éste es lugar de recordar aquellas palabras: “No traslades los linderos antiguos que pusieron tus padres” (Prov. 22,28).
La carta fue escrita hacia el año 240, en casa de su amigo Ambrosio en Nicomedia: “Mi señor y amado hermano Ambrosio, que ha escrito esto a mi dictado y lo ha repasado, corrigiéndolo, como bien le ha parecido, te saluda.”
c) Sabemos de otras cartas de Orígenes, que se han perdido, por el sexto libro de la Historia eclesiástica de Eusebio; entre ellas, una al emperador Felipe el Árabe y otra a su mujer Severa. Eusebio hace mención de algunas al papa Fabiano (236-250), en las cuales, según San Jerónimo (Epist. 84,10), Orígenes se lamentaba de que sus escritos contuvieran pasajes que no estaban de acuerdo con la doctrina eclesiástica.
2. Aspectos de la Teología de Orígenes.
Orígenes no repitió el error de Clemente de Alejandría de fundamentar su teología en la doctrina del Logos como fuente de todo conocimiento. Toma más bien su punto de partida de la más alta idea cristiana, de la idea de Dios. Su tratado teológico más importante, el De principiis, empieza con la afirmación de que Dios es espíritu, de que Dios es luz (De princ. 1, 1,1). Dios sólo es ingénito(?????t??). Está libre de toda materia:
No hay que imaginarse a Dios como si fuera un cuerpo o existiera en un cuerpo, sino como una naturaleza espiritual simple (simplex intellectualis natura). No admite en sí composición de ninguna clase, de manera que no se puede pensar que haya en El un más y un menos, sino que es totalmente µ????, y, por decirlo así, ***vá?. Es también mente y fuente de donde toman todo su origen todas las naturalezas espirituales o espíritus (De princ. 1,1,6).
Este principio absoluto del mundo es, al mismo tiempo, personalmente activo, por ser el que lo ha creado, lo conserva y lo gobierna.
Dios Padre, como ser absoluto que es, es incomprensible. Se hace comprensible por medio del Logos, que es Cristo, la figura expressa substantiae et subsistentiae Dei (De princ. 1, 2,8; Contra Cels. 7,17). Se le puede conocer también por medio de sus criaturas, como se conoce el sol por sus rayos:
Muchas veces nuestros ojos no pueden contemplar la naturaleza de la misma luz — es decir, la substancia del sol —; pero, al ver su esplendor o sus rayos cuando se infiltran, por ejemplo, a través de una ventana o de alguna otra pequeña abertura, podemos deducir cuan grande será el foco y manantial de la luz corpórea. De la misma manera, las obras de la Providencia divina y todo el plan de este mundo son como rayos de la naturaleza de Dios, en comparación con la realidad de su ser y de su substancia. Así, pues, siendo nuestro entendimiento de suyo incapaz de contemplar a Dios en sí mismo tal como es, conoce al Padre del mundo a través de la belleza de sus obras y de la gracia de sus criaturas (De princ. 1,1,6).
Orígenes pone sumo cuidado en no atribuir a la Divinidad rasgos antropomórficos. Defiende la inmutabilidad de Dios, especialmente contra las nociones panteísta y dualista de los estoicos, gnósticos y maniqueos. Replicando a Celso, que acusaba a los cristianos de atribuir cambios a Dios, dice:
Me parece que di respuesta adecuada a estas objeciones cuando expuse en qué sentido se dice en la Escritura que Dios “desciende” a los asuntos humanos. Para ello no es necesario que Dios sufra una transformación, como cree Celso que afirmamos nosotros, o que cambie de bien a mal, de virtud a vicio, de felicidad a miseria, de óptimo a pésimo. Continuando inmutable en su esencia, desciende a los asuntos humanos por la economía de su providencia. Por consiguiente, demostramos que las Sagradas Escrituras representan a Dios como inmutable, con expresiones como éstas: “Tú eres el mismo” y “Yo no me mudo” (Ps. 101,27; Mal. 3,6); en cambio, los dioses de Epicuro, por estar compuestos de átomos y ser susceptibles de disolución a causa de su misma composición, se esfuerzan en eliminar los átomos que contienen gérmenes de destrucción. Pero aun el mismo dios de los estoicos, por ser corporal, cuando tiene lugar la conflagración del mundo, su esencia está enteramente compuesta por el principio regulador; pero en otras ocasiones, cuando se produce un nuevo reajuste de las cosas, vuelve a ser parcialmente corporal. En efecto, los mismos estoicos fueron incapaces de comprender la idea de la naturaleza divina, a la vez incorruptible, simple, sin composición e indivisible (Contra Cels. 4,14).
1. Trinidad
Orígenes usa con frecuencia el término trinidad (t????, In Ioh. 10,39,270; 6,33,166; In Ies. hom. 1,4,1). Refuta y rechaza la negación moda lista de la distinción de las tres divinas personas. ¿Orígenes fue subordinacionista? Unos lo afirman, mientras que otros lo niegan. San Jerónimo no duda en acusarle de subordinacionismo; en cambio, San Gregorio Taumaturgo y San Atanasio le consideran por encima de toda sospecha. Hay también autores modernos, como Regnon y Prat, que niegan que Orígenes incurriera en este error.
Según Orígenes, el Hijo procede del Padre, pero no por un proceso de división, sino de la misma manera que la voluntad procede de la razón:
Si el Hijo hace todo cuanto hace el Padre, se sigue que, puesto que el Hijo lo hace todo como el Padre, la imagen del Padre se halla formada en el Hijo, que ha nacido de El a manera de un acto de voluntad que procede de su inteligencia. Y por esto yo opino que la voluntad del Padre debe ser suficiente para hacer que exista lo que El quiere que exista. Porque, al querer, no hace otra cosa que proferir la decisión de su voluntad. Es así como es engendrada por El la existencia (subsistentia) del Hijo. Esto deben mantenerlo por encima de todo aquellos que no admiten que haya ningún ser ingénito, esto es, no nacido, a excepción solamente de Dios Padre… Así como el acto de voluntad procede de la inteligencia, sin que por esto le quite ninguna parte ni se separe o divida de ella, hay que suponer que de manera análoga el Padre engendró al Hijo, su propia imagen; o sea, así como El mismo es invisible por naturaleza, así también engendró una imagen que es invisible. El Hijo es Verbo. Por consiguiente, no debemos pensar que haya en El nada que pueda ser percibido por los sentidos. Es sabiduría, y en la sabiduría no cabe nada corpóreo. Es la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo; pero no tiene nada de común con la luz de nuestro sol. Nuestro Salvador es, pues, la imagen del Dios Padre invisible. Respecto del Padre es la verdad; respecto de nosotros, a quienes nos revela al Padre, es la imagen que nos lleva al conocimiento del Padre, a quien nadie conoce excepto el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiere revelárselo (De princ. 1,2,6).
Así, pues, Orígenes afirma de manera inequívoca que el Hijo no procede del Padre por división, sino por un acto espiritual. Y puesto que en Dios todo es eterno, se sigue que este acto de generación es también eterno: aeterna ac sempiterna generatio (In Ier. 9,4; De princ. 1,2,4). Por la misma razón, el Hijo no tiene principio. No hubo un tiempo en que El no fuera: ??? est?? ?te ??? ?? (De princ. l,2,9s; 2; 4,4,1; In Rom. 1,5). Casi da la impresión de que Orígenes está refutando anticipadamente la herejía arriana que defendía precisamente lo opuesto: Hubo un tiempo en que El no era, ?? ?te ??? ??. Lo mismo hay que decir respecto de la filiación de Cristo. No es per adoptionem s piritus filius, sed natura filius (De princ. 1,2,4). La relación, pues, del Hijo al Padre es la unidad de substancia. Dentro de este contexto, Orígenes acuñó la palabra que se hizo famosa en las controversias cristológicas y en el concilio de Nicea (325), ?µ???s???.
¿Qué otra cosa podemos suponer que es la luz eterna sino Dios Padre, de quien nunca se pudo decir que, siendo luz, su Esplendor (Hebr. 1,3) no estuviera presente con El? No se puede concebir luz sin resplandor. Y si esto es verdad, nunca hubo un tiempo en que el Hijo no fuera el Hijo. Sin embargo, no será, como hemos dicho de la luz eterna, sin nacimiento (parecería que introducimos dos principios de luz), sino que es, por decirlo así, resplandor de la luz ingénita, teniendo a esta misma luz como principio y como fuente, verdaderamente nacido de ella. No obstante, no hubo un tiempo en que no fue. La Sabiduría, por proceder de Dios, es engendrada también de la misma substancia divina. Bajo la figura de una emanación corporal, se le llama así: “Emanación pura de la gloria de Dios omnipotente” (Sap. 7,25). Estas dos comparaciones manifiestan claramente la comunidad de substancias entre el Padre y el Hijo. En efecto, toda emanación parece ser ?µ???s???, ? sea, de una misma substancia con el cuerpo del cual emana o procede (In Hebr. frg.24,359).
La doctrina del Logos de Orígenes representa un avance notable en el desarrollo de la teología y ejerció considerable influencia en la enseñanza de la Iglesia.
Un examen más detallado de su teología del Logos permite, sin embargo, distinguir en ella dos líneas de pensamiento. Una recalca la divinidad del Logos, mientras que la otra le llama “un segundo Dios,” de?te??? ?e?? (Contra Cels. 5,39; In Ioh. 6,39,202). Únicamente el Padre es la bondad original; el Hijo es la imagen de la bondad, e???? a?a??t?t?? (Contra Cels. 5,39; De princ. 1,2,13). Orígenes declara: “Desde el momento en que proclamamos que el mundo visible está bajo el poder del Creador de todas las cosas, afirmamos que el Hijo no es más poderoso que el Padre, antes bien inferior a El” (Contra Cels. 8,15). El Hijo y el Espíritu Santo son, para Orígenes, intermediarios entre el Padre y las criaturas:
Nosotros, que creemos al Salvador cuando dice: “El Padre, que me ha enviado, es mayor que yo,” y por esta misma razón no permite que se le aplique el apelativo de “bueno” en su sentido pleno, verdadero y perfecto, sino que lo atribuye al Padre dando gracias y condenando al que glorificara al Hijo en demasía, nosotros decimos que el Salvador y el Espíritu Santo están muy por encima de todas las cosas creadas, con una superioridad absoluta, sin comparación posible; pero decimos también que el Padre está por encima de ellos tanto o más de lo que ellos están por encima de las criaturas más perfectas (In Ioh. 13,25).
Por este y otros pasajes parecidos se comprende sin dificultad que Orígenes fuera acusado de subordinacionismo. Es evidente que supone un orden jerárquico en la Trinidad y que coloca al Espíritu Santo en un rango inferior al del Hijo (De princ. praef. 4).
2. Cristología
Es interesante ver cómo Orígenes relaciona su doctrina del Logos con la del Jesús encarnado de los Evangelios. Introduce el concepto del alma de Jesús y ve en esta alma preexistente el lazo de unión entre el Logos infinito y el cuerpo infinito de Cristo:
Siendo esta substancia del alma intermediaria entre Dios y la carne — porque es imposible que la naturaleza de Dios se mezcle con un cuerpo sin un intermediario —, el Dios-Hombre (?e?????p??) nace, como hemos dicho, haciendo de intermediaria esa substancia a cuya naturaleza no repugna asumir un cuerpo. Por otro lado, tampoco era contrario a la naturaleza de esta alma, como substancia racional que era, recibir a Dios, en quien había entrado ya totalmente, según dijimos arriba, así como en el Verbo, en la Sabiduría y en la Verdad. Ella, pues, merece también, juntamente con la carne que asumió, los nombres de Hijo de Dios, Poder de Dios, Cristo y Sabiduría de Dios, por cuanto que estaba toda entera en el Hijo de Dios o había recibido todo entero dentro de sí al Hijo de Dios (De princ. 2,6,3).
Orígenes es el primero en usar la expresión Dios-Hombre, ?e?????p?? (In Ez. hom. 3,3), que sería incorporada definitivamente al vocabulario de la teología. Por lo que hace a la Encarnación, afirma que la carne en la que penetró esta alma de Cristo era ex incontaminata virgine assumpta et casta sancti spiritus operatione formata (In Rom. 3,8). Por su unión con el Logos, el alma de Cristo no podía pecar:
No cabe poner en duda que su alma fuera de la misma naturaleza que la de todos los demás. De no serlo de verdad, no se le habría podido llamar alma. Mas, correspondiendo a todas las almas el poder de escoger entre el bien y el mal, la de Cristo eligio el amor de la justicia, de manera que con toda la inmensidad de su amor se adhirió a ella irrevocablemente y sin separación posible, de modo que la firmeza de su intención, la inmensidad de su afecto y el ardor inextinguible de su amor anularon toda posibilidad de retroceder y cambiar. Lo que anteriormente dependía de la voluntad, quedó en adelante trocado en naturaleza por la fuerza de una larga costumbre. Debemos, por tanto, creer que en Cristo existió un alma humana y racional, sin que por ello hayamos de suponer que tuviera ninguna inclinación ni posibilidad de pecado (De princ. 2,6,5).
La unión de las dos naturalezas en Cristo es extremadamente estrecha, “porque el alma y el cuerpo de Jesús formaron, después de la oikonomia, un solo ser con el Logos de Dios” (Contra Ce/5. 2,9). Orígenes enseña la communicatio idiomatum, o el intercambio de atributos. Aun designando a Cristo con un nombre que denota su divinidad, se pueden predicar de El atributos humanos y viceversa:
Al Hijo de Dios, por quien fueron creadas todas las cosas, se le llama Jesucristo e Hijo del Hombre. Pues también se dice que el Hijo de Dios murió — precisamente por razón de aquella naturaleza que podía padecer muerte —. Lleva el nombre de Hijo del Hombre, de quien se anuncia que vendrá en la gloria de Dios Padre con los santos ángeles. Por esto, a través de toda la Escritura, a la naturaleza divina se aplican apelativos humanos, y se distingue a la naturaleza humana con títulos que corresponden a la dignidad divina (De princ. 2,6,3). Es mérito de Orígenes el haber enriquecido la cristología griega con las palabras physis, hypostasis, ousia, homousios theanthropos.
3. Mariología.
El historiador Sozomeno dice (Hist. eccl. 7,32: EG 866) que Orígenes aplicó a María el título de Te?t????. No se encuentra en los escritos que de él se conservan; pero esta ausencia no debe maravillarnos, dado el naufragio que sufrió la producción literaria de Orígenes. La escuela de Alejandría llevaba mucho tiempo usando este título para expresar la maternidad divina de María, cuando en la primera mitad del siglo y fue atacado por unos y defendido por otros en las controversias nestorianas, hasta que lo definió el concilio de Efeso (431).
Orígenes enseña, además, la maternidad universal de María: “Nadie puede comprender el Evangelio (de San Juan) si no ha reclinado su cabeza sobre el pecho de Jesús y no ha recibido de El a María como madre” (In Ioh. 1,6).
4. Eclesiología.
Orígenes define a la Iglesia como el coetus populi christiani (In Ez. hom. 1,11), o el coetus omnium sanctorum (In Cant. 1), o la credentium plebs (In Ex. hom. 9,3) pero también ve en ella el Cuerpo místico de Cristo. Como el alma mora en el cuerpo, así el Logos vive en la Iglesia como en su cuerpo. El es el principio de su vida:
Decimos que las Sagradas Escrituras afirman que el cuerpo de Cristo, animado por el Hijo de Dios, es toda la Iglesia de Dios, y que los miembros de este Cuerpo — considerado como un todo — son los creyentes. De la misma manera que el alma vivifica y mueve al cuerpo — éste de suyo no tiene el poder natural de moverse que posee un ser vivo —, así también el Verbo, movido como se debe y animando a todo el Cuerpo, que es la Iglesia, mueve también a todos los miembros de la Iglesia, que de esta manera nada hacen sin el Verbo (Contra Cels. 6,48).
Orígenes es el primero en declarar que la Iglesia es la ciudad de Dios sobre la tierra (In Ier. hom. 9,2; In Ios. hom. 8,7). Por ahora vive codo a codo con el Estado. Siendo la ciudad de Dios, tiene un carácter ecuménico y sus leyes “están en armonía con el gobierno establecido en cada país” (Contra Cels. 4, 22). Al presente, la Iglesia es un estado dentro de otro estado, pero el poder del Logos que opera dentro de ella terminará imponiéndose al estado secular:
Afirmamos que el Verbo prevalecerá sobre toda la creación racional y transformará todas las almas en su propia perfección. En este estado, cada cual, usando únicamente su poder, escogerá lo que desea, y obtendrá lo que elija (Contra Cels. 8,72).
Iluminada por el Logos, la Iglesia se convierte en el mundo de los mundos (??sµ?? t?? ??sµ??, (In Ioh. 6,59,301.304).
Fuera de la Iglesia no puede haber salvación: Extra hanc domum, id est Ecclesiam, nemo salvatur (In Ios. hom. 3,5). Las doctrinas y leyes que Cristo trajo a la humanidad solamente se encuentran en la Iglesia, lo mismo que la sangre que derramó por nuestra salvación (ibid.). Por eso no puede haber fe fuera de esta Iglesia. La fe de los herejes no es fides, sino una credulitas arbitraria (In Rom. 10,5).
5. Bautismo y pecado original.
Orígenes es un testigo de la doctrina del pecado original y de la práctica del bautismo de los párvulos. Todo ser humano nace en pecado. Por eso la tradición apostólica ordena bautizar a los recién nacidos:
Si te gusta oír lo que otros santos dijeron acerca del nacimiento físico, escucha a David cuando dice: “Fui formado, así reza el texto, en maldad, y mi madre me concibió en pecado” (Ps. 50,7); demuestra que toda alma e nace en la carne lleva la mancha de la iniquidad y el pecado. Esta es la razón de aquella sentencia que hemos citado más arriba: Nadie está limpio de pecado, ni siquiera el niño que sólo tiene un día (Iob 14,4). ¿ A todo esto se puede añadir una consideración sobre el motivo que tiene la Iglesia para la costumbre de bautizar aun a los niños, siendo así que este sacramento de la Iglesia es para remisión de los pecados. Ciertamente que, si no hubiera en los niños nada que requiriera la remisión y el perdón, la gracia del bautismo parecería innecesaria (In Lev. hom. 8,3).
La Iglesia ha recibido de los Apóstoles la costumbre de administrar el bautismo incluso a los niños. Pues aquellos a quienes fueron confiados los secretos de los misterios divinos sabían muy bien que todos llevan la mancha del pecado original, que debe ser lavado por el agua y el espíritu (In Rom. com. 5,9: EH 249).
6. La penitencia y el perdón de los pecados.
Orígenes afirma en diferentes ocasiones que, estrictamente hablando, sólo hay una remisión de pecados, la del bautismo, porque la religión cristiana da la fuerza y la gracia para domeñar las pasiones pecaminosas (Exh. ad mart. 30). Hay, sin embargo, medios para obtener el perdón de los pecados cometidos después del bautismo. Orígenes enumera siete: el martirio, la limosna, perdonar a los que nos ofenden, convertir a un pecador (según Jac. 5,20), la caridad (según Lc. 7,47) y finalmente:
dura et laboriosa per poenitentiam remissio peccatorum, cum lavat peccator in lacrymis stratum suum et fiunt ei lacrymae suae panes die ac nocte, et cum non erubescit sacerdoti domini indicare peccatum suum et quaerere medicinam (In Lev. hom. 2,4).
Con otras palabras, Orígenes conoce una remisión de pecados que se obtiene mediante la penitencia y la confesión de los pecados ante un sacerdote. Este es quien decide si los pecados deben ser confesados en público o no:
Observa con cuidado a quién confiesas tus pecados; pon a prueba al médico para saber si es débil con los débiles y si llora con los que lloran. Si él creyera necesario que tu mal sea conocido y curado en presencia de la asamblea reunida, sigue el consejo del médico experto (In Ps. hom. 37,2,5).
Queda aún por aclarar la cuestión de si Orígenes creía que todos los pecados son perdonables. Hay un pasaje en su tratado Sobre la oración que parece indicar lo contrario: que los pecados capitales no pueden ser perdonados:
Yo no sé cómo algunos se arrogan un poder que excede al de los mismos sacerdotes (?e?at??? t????), probablemente porque no saben nada de la ciencia sacerdotal; se jactan de poder perdonar los pecados de idolatría, adulterio y fornicación, como si su oración en favor de quienes cometieron tales cosas pudiera perdonar hasta pecados mortales (De orat. 28).
Sin embargo, Orígenes no afirma aquí que tales pecados no puedan ser perdonados de ninguna manera, sino que no pueden ser perdonados por la sola oración, sin que el pecador haya sufrido antes la pena de una excomunión pública y de larga duración. Es verdad que el sacerdote no tiene el poder de perdonar un pecado capital con su oración, pero esto no significa que no pueda perdonar ese pecado después de convencerse de que Dios ha perdonado a un pecador que se ha sometido a pública penitencia. Esto lo dice Orígenes con toda claridad en otro lugar, donde afirma expresamente que todo pecado puede ser perdonado:
Los cristianos lloran como a muertos a los que se han entregado a la intemperancia o han cometido cualquier otro pecado, porque se han perdido y han muerto para Dios. Pero, si dan pruebas suficientes de un sincero cambio de corazón, son admitidos de nuevo en el rebaño después de transcurrido algún tiempo (después de un intervalo mayor que cuando son admitidos por primera vez), como si hubiesen resucitado de entre los muertos (Contra Cels. 3,50: EH 253).
7. Eucaristía.
En su Contra Celsum Orígenes escribe (8,33):
Damos gracias al Creador de todas las cosas y, con acción de gracias y oraciones (µeta e??a??st?a ?a? e??e??) por los beneficios que hemos recibido, comemos los panes que nos han sido presentados. Por la oración, estos panes se han convertido en un cuerpo santo, que santifica a los que lo reciben con sanas disposiciones.
Orígenes llama aquí al pan eucarístico “un cuerpo sagrado”; en otros pasajes habla claramente de la Eucaristía como del Cuerpo del Señor:
Vosotros que asistís habitualmente a los divinos misterios, cuando recibís el cuerpo del Señor, con qué precaución y reverencia lo guardáis, no sea que una partícula del mismo caiga al suelo y se pierda una parte del tesoro consagrado (consecrati muneris). Porque os creéis culpables, y con razón, si se pierde una partícula por vuestra negligencia (In Ex. hom. 13,3: EP 490).
Está persuadido del carácter sacrificial y expiatorio de la Eucaristía. Menciona la presencia de un verdadero altar: “Veis cómo no se rocían ya los altares con sangre de bueyes, sino que se consagran con la sangre preciosa de Cristo fin (In Iesu Nave 2,1). Es verdad que hay otros pasajes en los escritos de Orígenes en los que se da una interpretación alegórica al “cuerpo y a la sangre” del Señor en la Eucaristía: representan la enseñanza de Cristo con que se alimentan nuestras almas:
Ese pan que el Verbo Dios (Deus Verbum) dice ser su cuerpo, es la Palabra que alimenta las almas, el Verbo que procede del Verbo Dios (verbum de deo verbo procedens); es pan celestial, que está colocado encima de la mesa, del cual está escrito: Tú pones ante mí una mesa, enfrente de mis enemigos (Ps. 22,5). Y esa bebida que el Verbo Dios dice ser su sangre, es la Palabra que sacia e inebria los corazones de los que la beben; de la bebida de este cáliz está escrito: Qué bueno es tu embriagador cáliz (Ps. 22)… El Verbo Dios no llamó cuerpo suyo a aquel pan visible que tenía en sus manos, sino a la Palabra, en cuyo misterio debía romperse el pan. No llamó su sangre a aquella bebida visible, sino a la Palabra, en cuyo misterio se serviría esta bebida. Porque ¿qué otra cosa puede ser el cuerpo o la sangre del Verbo Dios, sino la palabra que alimenta y alegra los corazones? (In Matth. comm. ser. 85).
Sin embargo, estos pasajes no excluyen la interpretación literal que da en otras ocasiones. Afirma claramente que la sangre de Cristo se puede beber de dos maneras, “sacramentalmente” ( sacramentorum ritu) y “cuando recibimos sus palabras vivificantes” (In Num. hom. 16,9). Por otra parte, da a entender que la interpretación literal de la santa comunión es la interpretación comúnmente admitida en la Iglesia (?????te?a), pero dice que es la manera de concebir de las almas simples (In Matth. 11,14), mientras que la interpretación simbólica es más digna de Dios y la que profesan los doctos (In Ioh. 32,24; In Matth. 86).
8. Escatología.
Lo más típico, sin duda, de la especulación teológica de Orígenes es su doctrina de la apocatástasis(ap??at?stas?), ? restauración universal de todas las cosas en su estado original, puramente espiritual. Es una visión grandiosa, según la cual las almas de los que hayan cometido pecados aquí en la tierra serán sometidos a un fuego purificador después de su muerte, al paso que las almas de los buenos entrarán en el paraíso, en una especie de escuela en la que Dios resolverá todos los problemas del mundo. Orígenes no conoce un fuego eterno o el castigo del infierno. Todos los pecadores se salvarán; aun los demonios y el mismo Satanás serán purificados por el Logos. Cuando esto se haya realizado, ocurrirán la segunda venida de Cristo y la resurrección de todos los hombres, no en cuerpos materiales, sino espirituales, y Dios será todo en todos:
El fin del mundo y la consumación final serán cuando cada cual reciba el castigo que merecen sus pecados; ese momento, en el que Dios dará a cada uno lo que se merece, sólo El lo conoce. Nosotros, por cierto, creemos que la bondad de Dios, por medio de su Cristo, llamará a todas sus criaturas a un solo fin, aun a sus mismos enemigos, después de haberlos conquistado y sometido. Esto dice, en efecto, la Sagrada Escritura: “Oráculo de Yavé a mi Señor: ‘Siéntate a mi diestra, en tanto que pongo a tus enemigos por escabel de tus pies’” (Ps. 109,1) (De princ. 1,6,1).
Más fuerte que todos los males del alma es el Verbo y el poder de curación que en El reside. Esta curación El la aplica a cada uno, según el beneplácito de Dios. La consumación de todas las cosas es la destrucción del mal, mas no es nuestra intención hablar ahora de si resucitará o no nuevamente (Contra Cels. 8,72).
Pero cuando las cosas empiecen a acelerar su curso hacia la consumación, que las ha de reducir a la unidad, como el Padre y el Hijo son uno, es fácil entender, en consecuencia, que, donde todo es uno, ya no pueden existir diferencias. Por eso se dice también que el último enemigo, que se llama la muerte, será destruido, a fin de que no quede nada que sea objeto de tristeza, al no existir la muerte, ni diversidad, ni enemigo. La destrucción del último enemigo no quiere decir que su substancia, que fue formada por Dios, deba perecer, sino simplemente que sus designios y voluntad de perjudicar, que no vienen de Dios, sino de él mismo, serán Destruidos. Será destruido, pero no dejando de existir, sino dejando de ser enemigo y muerte. Porque nada hay imposible para el Omnipotente, y nada que el Creador no pueda curar. El hizo todas las cosas para que existieran, y lo que El creó para que existiera, no puede dejar de existir… Finalmente, los ignorantes e incrédulos suponen que nuestra carne, después de la muerte, será destruida, de tal manera que no quedará nada de su primera substancia. Nosotros, en cambio, que creemos en su resurrección, entendemos que por la muerte le sobreviene sólo un cambio, pero que su substancia sigue subsistiendo con toda certeza; que a su debido tiempo, por voluntad del Creador, volverá a la vida. Entonces se producirá en ella un segundo cambio, porque lo que antes fue carne [formada] del barro de la tierra, y fue luego disuelto por la muerte, convirtiéndose otra vez en polvo y cenizas, resucitará de la tierra, y después, según los méritos del alma que en ella mora, llegará a la gloría de un cuerpo espiritual.
Debemos, pues, pensar que toda esta substancia corporal nuestra será colocada en este estado cuando todas las cosas hayan sido reducidas a la unidad y Dios sea todo en todos. Todo esto, sin embargo, entendámoslo bien, no se llevará a cabo de repente, sino poco a poco y por grados, en el transcurso de siglos sin número ni medida. Este proceso de reforma se desenvolverá de manera imperceptible, individuo por individuo. Unos correrán hacia la perfección rapidísimamente, adelantándose a los demás; otros les seguirán de cerca, mientras que otros, finalmente, desde muy lejos. Así, siguiendo una serie interminable de seres en marcha, que, partiendo de un estado de enemistad, se reconcilian con Dios, le llegará el turno al último enemigo, que se llama la muerte, para que también él sea destruido, es decir, no sea ya más un enemigo. Por tanto, cuando todas las almas racionales hayan sido restituidas a este estado, la naturaleza de nuestro cuerpo quedará transformada en la gloría de un cuerpo espiritual (De princ. 3,6,4-6).
Yo pienso que, cuando se dice que Dios será “todo en todos,” se quiere decir que El será “todo” en cada uno. Ahora bien, El será “todo” en cada uno de esta manera: todo lo que el alma racional, una vez purificada de todos los vicios y lavada de toda mancha de malicia, pueda sentir, o entender, o pensar, no será ya nada más que Dios. No verá más que a Dios, no pensará más que en Dios, no poseerá más que a Dios. Dios será la medida y la regla de todos sus movimientos: es así como Dios lo será “todo” para él. Porque allí no habrá ya más distinción entre el bien y el mal, puesto que el mal ya no existirá; Dios lo es todo para ella y junto a Dios no hay mal; no deseará comer del árbol de la ciencia del bien y del mal quien está siempre en posesión del bien y para quien Dios lo es todo.
Así, pues, una vez que el fin se haya convertido en principio y la terminación de las cosas sea nuevamente su comienzo, se restaurará aquel estado en que estaba la naturaleza racional cuando no tenía necesidad de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Todo sentimiento de maldad será eliminado y lavado, quedando limpio y puro; entonces el que es único Dios bueno lo será todo para esa naturaleza racional; y esto no en éste o aquél, en pocos o en muchos, sino que El será “todo en todos” (De princ. 3,6,3).
Sin embargo, esta restauración universal (ap??at?stas?) no es el fin del mundo, sino solamente una fase transitoria. Por influencia de Platón, Orígenes enseñó que antes de que empezara a existir este mundo, existieron otros mundos, y cuando deje de existir, surgirán otros en sucesión ilimitada. Apostasía de Dios y retorno a Dios se van sucediendo ininterrumpidamente:
He aquí la objeción que suelen ponernos: “Si el mundo tuvo su principio en el tiempo, ¿qué hacía Dios antes de que el mundo fuera? Porque es impío y absurdo a la vez decir que la naturaleza de Dios estaba ociosa e inerte, o suponer que la bondad de Dios haya podido estar algún tiempo sin hacer el bien, y la omnipotencia sin ejercitar su poder.” Esta es la objeción que comúnmente oponen a nuestra afirmación de que este mundo comenzó a existir en un momento dado y que, apoyándonos en la Escritura, calculamos también los años de su duración. No creo que ningún hereje sea capaz de responder con facilidad a estas objeciones de una manera conforme a sus opiniones. Nosotros, en cambio, podemos dar una respuesta lógica de acuerdo con los principios de la religión. Decimos, pues, que Dios no empezó a obrar solamente cuando hizo este mundo visible, sino que, así como después de la destrucción de este mundo habrá otro, creemos asimismo que existieron otros mundos antes del nuestro…
Hubo otros mundos antes que el nuestro y vendrán otros después. No se debe suponer, sin embargo, que existirán varios mundos simultáneamente, sino que después de este mundo tendrán su principio otros (De princ. 3,5,3).
Como lo demuestran los pasajes que acabamos de citar, Orígenes sacó la última conclusión de su concepto de criatura espiritual. La voluntad libre le permite apostatar del bien e inclinarse al mal siempre que quiera hacerlo. La recaída de los espíritus hace necesario un nuevo mundo corpóreo; de esta manera a un mundo sigue otro, y la creación del mundo viene a ser un acto eterno.
9. La preexistencia de las almas.
La doctrina de Orígenes sobre la preexistencia de las almas está íntimamente relacionada con su idea de la restauración universal (?p???tt?stas??).  este mundo visible le precedió otro. Las almas humanas preexistentes son espíritus que se separaron de Dios en el mundo anterior y, como consecuencia, se encuentran ahora encerrados en cuerpos materiales. Los pecados cometidos por el alma en el mundo precedente explican la diferente medida de gracias que Dios concede a cada uno y la diversidad de los nombres aquí abajo. Es interesante ver cómo Orígenes adapta a esta doctrina la etimología de la palabra psyché (????), que hace derivar de ???es?a?, “enfriarse.”
Tenemos que examinar si, por ventura, como ya dijimos que lo indicaba el mismo nombre, se llama ????, es decir, alma, por haberse enfriado en el ardor de la justicia y por haber cedido en la participación del fuego divino, pero sin perder por ello la facultad de volver al estado de fervor en el que se hallaba en un principio. El profeta parece indicar un estado de cosas parecido, cuando dice: “Vuelve, alma mía, a tu quietud” (Ps. 114,7). De todo ello parece deducirse que el entendimiento (vo??), habiendo caído de su primer rango y dignidad, vino a hacerse y llamarse alma; y que, si se renueva y corrige, vuelve a ser entendimiento (????).
De ser esto así, me parece que esta degeneración y caída del entendimiento (????) no ha de entenderse igual en todos. Este cambiarse en alma se realiza en un grado mayor o menor, según los casos. Algunos entendimientos parecen conservar algo de su primitivo vigor; otros, por el contrario, no conservan nada o muy poco. De ahí viene el que algunos, desde el principio de su vida, se muestren activos e inteligentes, otros sean más tardos, y hay algunos que nacen totalmente obtusos y absolutamente incapaces de recibir instrucción (De princ. 2,9,3-4).
¿No es más razonable decir que cada alma, por ciertas razones misteriosas (hablo ahora según las doctrinas de Pitágoras, Platón y Empédocles, a quienes Celso cita con frecuencia), es introducida en un cuerpo, y que es introducida precisamente según sus méritos y según sus acciones pretéritas? (Contra Cels. 1,32).
10. La doctrina de los sentidos de la Escritura.
Para Orígenes, la Biblia no era solamente un tratado de dogma o moral, sino algo mucho más vivo, mucho más elevado, reflejo del mundo invisible. Su primer principio es que la Biblia es la Palabra de Dios, no una palabra muerta, encerrada en el pasado, sino una palabra viva, que se dirige directamente al ser humano de hoy. Su segundo principio es que el Nuevo Testamento ilumina al Antiguo y que, a su vez, no revela toda su profundidad más que a la luz del Antiguo. Es la alegoría la que determina las relaciones entre ambos Testamentos. Orígenes está convencido de que la inteligencia de las Escrituras es una gracia:
Está, en fin, la doctrina según la cual las Escrituras fueron compuestas por el Espíritu Santo y tienen, además del sentido que es obvio, otro que está escondido para la mayoría. Lo que está escrito es, en efecto, la forma exterior de ciertos misterios y la imagen de cosas divinas. Sobre este punto toda la Iglesia está de acuerdo: que toda la ley es espiritual, pero que no todos alcanzan a entender el sentido espiritual, sino solamente aquellos a quienes ha sido concedida la gracia del Espíritu Santo en la palabra de sabiduría y de ciencia (De princ. praef. 8).
En otro lugar distingue tres sentidos en la Escritura: el sentido histórico, el místico y el moral, que corresponden a las tres partes del ser humano, cuerpo, alma y espíritu, y a los tres grados de perfección (véase arriba, p.361). El sentido místico representa la significación universal y colectiva del misterio; el sentido moral, su significación interior e individual.
Orígenes defiende la inspiración estrictamente verbal de la Escritura (In Psalm. 1; In Ier. hom. 21,2), lo cual le obliga a menudo a recurrir a la interpretación simbólica para salvar las dificultades que presenta el sentido propiamente literal (De princ. 4,16). Llega a decir que en la Escritura “todo tiene un sentido espiritual, pero no todo tiene un sentido literal” (De princ. 4,3,5). Tenemos aquí el punto de partida de todas las exageraciones del alegorismo medieval. Orígenes, por influencia de las teorías de Filón, llega a veces a negar la realidad de la letra, de una manera que no se puede justificar. Ve un sentido espiritual en todos y cada uno de los pasajes de la Escritura. De esta manera, sus procedimientos de interpretación alegórica rayan a veces en lo fantástico.
3. Misticismo de Orígenes.
La doctrina espiritual de Orígenes recuerda muchas veces al lector el lenguaje y las ideas de San Bernardo de Claraval y de Santa Teresa de Avila. Es, efectivamente, uno de los grandes místicos de la Iglesia. Por desgracia, este aspecto de la enseñanza hablada y escrita de Orígenes ha sido muy descuidado y sólo recientemente empezó a llamar la atención. Es imposible hacerse una idea cabal de su doctrina y de su personalidad sin estudiar su misticismo y su piedad, que son las fuerzas que están latentes en su vida y doctrina.
1. Noción de la perfección.
Para entender su noción de la perfección es interesante recordar lo que dice en De princ. 3,6,1:
Al decir lo creó a imagen de Dios,” sin hacer mención de “la semejanza,” quiere indicar que el hombre en su primera creación recibió la dignidad de “imagen,” pero que la perfección de “semejanza” le está reservada para la consumación de las cosas; es decir, que el hombre la tiene que adquirir por su propio esfuerzo, mediante la imitación de Dios; con la dignidad de “imagen” se le ha dado al principio la posibilidad de la perfección, para que, realizando perfectamente las obras, alcance la plena semejanza al fin del mundo.
Parece, pues, que, para Orígenes, el supremo bien consiste en “asemejarse a Dios lo más posible.” Para lograr este fin, necesitamos la gracia de Dios juntamente con nuestros esfuerzos. El mejor camino hacia el ideal de perfección es la imitación de Cristo. Mas, así como no todos sus discípulos fueron llamados a ser Apóstoles, tampoco están invitados todos los seres humanos a entrar en el camino de la imitación de Cristo:
En cierto sentido, es verdad, todos los que creen en Cristo son hermanos de Cristo. Pero, en realidad, hermanos suyos solamente son los que son perfectos y le imitan, como aquel que dijo: “Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo” (1 Cor. 11:1; In Matth. comm. serm.73).
Nos hallamos aquí de nuevo con la distinción entre fieles comunes y almas escogidas o instruidas, que vimos en Clemente de Alejandría, maestro de Orígenes. En otras ocasiones compara a los que tienen esta vocación especial con los discípulos de Cristo, y los demás fieles con las turbas que escuchaban a Cristo:
La intención de los evangelistas era señalar por medio de la narración evangélica la distinción que existe entre los que vienen a Jesús. Unos forman la muchedumbre y no se les llama discípulos; los otros son los discípulos, que son superiores a la muchedumbre:… Está escrito que la muchedumbre estaba abajo, pero que los discípulos se acercaron a Jesús, que había subido a la montaña, adonde no era capaz de llegar la muchedumbre: “Viendo a la muchedumbre, subió a un monte; y cuando se hubo sentado, se le acercaron los discípulos; y abriendo su boca, los enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu,” etc. (Mt. 5,1-3). En otro lugar se dice también que, cuando la muchedumbre quería curaciones, “grandes muchedumbres le seguían y El los curaba” (Mt. 12,15). Pero no está escrito en ninguna parte que fueran curados los discípulos, porque quien es ya discípulo de Cristo, goza de buena salud, y, estando bien, no implora a Jesús como a médico, sino por otros poderes que El tiene… Por consiguiente, entre los que vienen al nombre de Jesús, unos conocen los misterios del reino de los cielos: son los discípulos; otros, que no han recibido esta ciencia, representan a la muchedumbre, y son considerados inferiores a los discípulos. Observa atentamente que fue a los discípulos a quienes dijo: “A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de los cielos,” mas refiriéndose a la muchedumbre: “A ellos no les es dado” (In Matth. comm. 11,4).
2. Conocimiento de sí mismo.
El primer paso que deben dar los que se han propuesto imitar a Cristo y tender a la perfección es conocerse a sí mismos. Es absolutamente indispensable saber qué es lo que debemos hacer, qué lo que debemos evitar, qué es lo que debemos mejorar y qué lo que debemos conservar:
Tómense estas consideraciones nuestras como dirigidas por el Verbo de Dios al alma en estado de progreso, pero que no ha llegado todavía a la cumbre de la perfección. Vistos sus progresos, se le dice que es bella; sin embargo, para que pueda llegar a la perfección, necesita recibir amonestaciones. Si no pretende conocerse a sí misma, según lo dicho más arriba, y si no se ejercita cuidadosamente en la palabra de Dios y en la ley divina, lo único que conseguirá será recoger opiniones de distintos maestros sobre cada uno de los puntos y seguir a hombres cuyas palabras no tienen valor ni provienen del Espíritu Santo… Es como si Dios hablara al alma desde dentro, como si ella estuviera ya en medio de los misterios. Mas, porque no se preocupa de conocerse a sí misma ni de averiguar qué es y qué debe hacer y cómo, y qué es lo que debe evitar, se dice a esta alma: Sigue tu camino, como un discípulo a quien despide su maestro por culpa de su pereza. Tan gran peligro es para el alma el dejar de conocerse y entenderse a sí misma (In Cant. 2,143-145).
3. La lucha contra el pecado.
El resultado de este conocimiento de sí mismo y de este examen de conciencia será reconocer que tenemos que tomar las armas contra el pecado, que nos impide llegar a la perfección. Esto significa la lucha contra las pasiones (p???) y contra el mundo, como causas del pecado. El fin que con esto se propone es la liberación total de las pasiones, la ?p??e?a, la destrucción completa de las p???. Para lograr esto hay que practicar continuamente la mortificación de la carne. Esta lucha conduce a la renuncia del matrimonio. No es que Orígenes rechace el matrimonio, pero al que quiere ser verdadero imitador de Cristo recomienda el celibato y el voto de castidad:
Si le ofrecemos nuestra castidad, quiero decir, la castidad de nuestro cuerpo, recibiremos de El la castidad del espíritu… Este es el voto del nazareno, que es superior a los demás votos. Porque ofrecer un hijo o una hija, una ternera o una propiedad, todo esto es algo exterior a nosotros. Ofrecerse uno mismo a Dios y agradarle, no con méritos de otro, sino con nuestro propio trabajo, esto es más perfecto y sublime que todos los votos; el que esto hace es imitador de Cristo (In Num. hom. 24,2).
En alabanza de Cristo dice Orígenes que fue El quien trajo la virginidad al mundo. Ve en ella el ideal de la perfección, que consiste en castitas et pudicitia et virginitas (In Cant. 2,155).
Sin embargo, el imitador de Cristo debe practicar, además, el desprendimiento de su familia, de toda ambición mundana, de la propiedad. Únicamente así podrá vacare Deo, para hacer lugar a Dios en su corazón (In Ex. hom. 8,4,226,2s), sin lo cual no hay ascensión interior posible.
4. Los ejercicios ascéticos.
Un desprendimiento tan completo del mundo no puede adquirirse más que por la práctica del ascetismo durante toda la vida. Hacen falta frecuentes vigilias para dominar el cuerpo (In Ex. hom. 13,5; In Ios. hom. 15,3), ayunos severos para doblegarlo (Ps. 34,13). El estudio ininterrumpido, día y noche, de las Sagradas Escrituras debería ayudar a concentrarse en las cosas divinas (In Gen. hom. 10,3). Orígenes parece en esto el precursor del monaquismo. Lo es también por la insistencia con que recomienda la virtud de la humildad. En sus homilías exige al que quiere ser perfecto que se sienta el último de todos (In Ier. hom. 8,4), y declara que el orgullo es la raíz de todos los pecados y males, la causa de la caída de Lucifer (In Ez. hom. 9,2).
5. Los comienzos de la ascensión mística.
En su Homilía sobre los Números 27, Orígenes da una descripción interesante de las etapas de la ascensión interior. La ascensión empieza con el abandono del mundo, de su confusión y de su malicia. El primer progreso se consigue tan pronto como uno se da cuenta de que el ser humano vive en la tierra solamente de paso. Después de esta preparación es preciso luchar contra el diablo y los demonios a fin de conquistar la virtud. El tiempo de progreso es siempre un tiempo peligroso. Así, la llegada al mar Rojo señala el comienzo de las tentaciones. Después de haberlas atravesado con éxito, el alma no está aún libre, sino que le esperan nuevas pruebas. Son los sufrimientos interiores del alma, que acompañan a cada nueva etapa en la subida. Orígenes habla a menudo de la necesidad de tales tentaciones:
Si el Hijo de Dios, siendo el mismo Dios, se hizo hombre por ti y fue tentado, tú, que eres hombre por naturaleza, no tienes derecho a quejarte si fueres acaso tentado. Y si en la tentación imitares al que fue tentado por ti y vencieres toda tentación, tu esperanza reposará en aquel que entonces era hombre, pero dejó de serlo… Porque el que era en un tiempo hombre, después de haber sido tentado y después que el diablo se apartó de El hasta el momento de su muerte, al resucitar de entre los muertos, ya no muere más. Todo hombre está sujeto a la muerte; por lo tanto, este que ya no muere, no es ya hombre, sino Dios. Si, pues, es Dios el que en un tiempo fue hombre y es preciso que te hagas semejante a El, cuando seamos semejantes a El y le veamos tal como es, también tú llegarás necesariamente a ser dios en Cristo Jesús, a quien sea la gloría y el imperio por los siglos de los siglos (In Luc. hom. 29).
No obstante, cuanto más se multiplican los combates y las luchas, tanto mayor es el número de consolaciones que recibe el alma. Se siente invadida por una profunda nostalgia de las cosas del cielo y de Cristo, que le permite superar toda clase de tribulaciones. Recibe, además, el don de visiones. Orígenes habla de este don con tal claridad, que debió de aprender por propia experiencia su finalidad y valor. Las visiones consisten en iluminaciones que se tienen durante la oración o durante la lectura de la Escritura, y revelan misterios divinos. Cuanto más se eleva el alma, más crece también la importancia de estos favores espirituales, hasta que el alma llega al monte Tabor:
Pero no todos los que tienen vista son iluminados por Cristo en la misma medida: cada uno es iluminado en proporción a su capacidad de recibir la luz. Los ojos de nuestro cuerpo no reciben la luz del sol en la misma medida, sino que, cuanto más sube uno a las alturas, y cuanto más alto esté el punto desde donde contempla la salida del sol, tanto mejor percibe su luz y calor. Lo mismo acaece con nuestro espíritu: cuanto más alto suba y cuanto más se acerque a Cristo y se exponga al brillo de su luz, tanto más brillante y espléndidamente será iluminado por su claridad… Y si alguno es capaz de subir al monte con El, como Pedro, Santiago y Juan, no solamente será iluminado por la luz de Cristo, sino por la voz misma del Padre (In Gen. hom. 1,7).
El objeto de estas visiones es fortalecer el alma contra las aflicciones venideras: ut animae post haec pati possint acerbitatem tribulationum et tentationum (In Cant. 2,171). Son oasis en el desierto del sufrimiento y de la tentación. Orígenes no deja de precaver contra el peligro de prestar excesiva atención a estas experiencias de consuelo. También puede valerse de ellas el demonio: cavendum est et sollicite agendum, ut scienter discernas visionum genus (In Num. hom. 27,11).
6. La unión mística con el Logos.
La etapa siguiente es la unión mística del alma con el Logos. Orígenes explica esta situación por medio de dos símbolos. Habla primero del nacimiento de Cristo en el corazón del ser humano y de su crecimiento en el alma del hombre piadoso (In Cant. comm. prol. 85; In Ier. hom. 14,10). Pero prefiere la figura del matrimonio espiritual para expresar la relación que existe entre el alma y el Logos:
Consideremos el alma cuyo único deseo es unirse y juntarse con el Verbo de Dios y entrar en los misterios de su sabiduría y de su ciencia, como en el tálamo de un esposo celeste. A esta alma ya le han sido entregados sus dones, a manera de dote. Así como la dote de la Iglesia fueron los libros de la ley y de los profetas, hemos de pensar que, para el alma, los bienes matrimoniales son la ley natural, la razón y la libre voluntad. La enseñanza que recibió en su primera juventud por parte de guías y maestros le proporcionó estos bienes que constituyen su dote. Pero, al no encontrar en ellos la plena y completa satisfacción de su deseo y de su amor, niegue para que su inteligencia pura y virginal pueda recibir la luz de la iluminación y de la intimidad del mismo Verbo de Dios. Porque, cuando la mente está llena de la ciencia e inteligencia divinas sin intervención de hombre o de ángel, puede entonces pensar que está recibiendo los besos del mismo Verbo de Dios. Por estos besos y otros semejantes parece decir el alma a Dios en su oración: Que me bese con los besos de su boca. Mientras el alma era incapaz de recibir la enseñanza completa y substancial del mismo Verbo de Dios, recibía los besos de sus amigos, es decir, la ciencia de labios de sus maestros. Mas cuando empieza a ver por sí misma las cosas ocultas, a desenmarañar las cosas enredadas, a resolver los problemas complicados, a explicar las parábolas, los enigmas y las palabras de los sabios según un método justo de interpretación, entonces el alma puede creer que ha recibido ya los besos de su mismo esposo, esto es, del Verbo de Dios. El escritor dice besos, en plural, para hacernos comprender que el sacar a la luz cada uno de los sentidos ocultos es un beso del Verbo de Dios sobre el alma perfecta… Posiblemente se refería a esto mismo el espíritu profético y perfecto cuando decía: Abro mi boca y suspiro (Ps. 118,131). Por boca del esposo entendemos el poder con que ilumina la inteligencia. Dirigiéndole, como si dijéramos, unas palabras de amor, suponiéndola digna de recibir la visita de un ser tan excelente, le descubre todas las cosas ocultas y desconocidas. Este es el beso más verdadero, el más íntimo y el más santo que, según lo dicho, da el esposo, el Verbo de Dios, a su esposa, el alma pura y perfecta (In Cant. 1).
Orígenes habla de spiritalis amplexus (ibid. 1,2) y de vulnus amoris (In Cant. comm. prol. 67,7) en estas nupcias del Logos con el alma. Es particularmente interesante comprobar que la mística del Logos está íntimamente relacionada con un profundo misticismo de la Cruz y del Crucificado fin (In Ioh. comm. 2,8). Los perfectos deben seguir a Cristo hasta sus sufrimientos y su cruz. El verdadero discípulo del Salvador es el mártir, como prueba Orígenes en su Exhortatio ad martyrium. Para los que quieran imitar a Cristo, pero no pueden sufrir el martirio, queda la muerte espiritual de la mortificación y de la renuncia. Los dos, el mártir y el asceta, tienen un mismo ideal, la perfección de Cristo. Muchas de las opiniones de Orígenes fueron adoptadas por los primeros escritores monásticos. Ejerció una influencia profunda y duradera sobre el desarrollo de vida monástica posterior.

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Ya tenemos disponibles el volumen II y último del Breviario Tradicional en latín-español.

A todos aquellos que lo hayan pedido desde la Península: España o Portugal, les llegaría, Dios mediante, el próximo martes,  3 de diciembre, por Seur puerta a puerta.

A los que haya que enviárselo a las Islas o Ceuta y Melilla, les tardaría, Dios mediante, una semana aproximadamente, ya que iría por Correos y no por Seur.

A los que lo hayan solicitado desde Hispanoamérica, les tardaría, Dios mediante, entre 15 y 30 días, según la modalidad de envío que hayan escogido, y según el funcionamiento de las oficinas postales de cada país. En aduanas estará en 7 días máximo, a partir de ahí, depende de la aduana del país de destino y de los servicios postales de sus naciones respectivas. A éstos se les remitirá un email con el localizador del envío para que puedan hacer su seguimiento.

A todos gracias por su paciencia, y confianza.

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Nº de páginas: 1840

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El precio de venta es ligeramente superior al volumen I, ya que contiene más páginas y por lo tanto, también,  más cuadernillos a coser.

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No solamente es la primera vez que se realiza la edición de Maitines en latín-castellano, sino que, además, es la única edición de Maitines que contiene las dos rúbricas tradicionales: las de 1911, Divino Afflatu, y las de 1960. De manera que con este Breviario se podrá rezar Maitines con unas u otras rúbricas. Ofrecer tal opción ha supuesto recuperar más de 1.500 lecciones históricas y patrísticas que, o se habían suprimido, o se habían abreviado en las rúbricas del sesenta. En efecto, con este Breviario se tendrá acceso a un verdadero tesoro muchas veces desconocido incluso por los que están acostumbrados al rezo de los Maitines de forma tradicional. No nos cabe duda de que,  se usen en sus respectivas rúbricas, o se lean independientemente de ellas, este Breviario ofrece un sin número de recursos prístinos para alimentar la piedad de los fieles católicos.

Junto al volumen de Maitines recibirá un Manual del Rezo de Maitines- en español- que le auxiliará sobre el rezo de los distintos oficios, y rangos, bien sea con las rúbricas de 1960, o decida usar las de Divinu Afflatu.  Con este manual  le será de fácil comprensión el uso del Breviario y de qué lugar del mismo tomar las distintas partes, según la cualidad de la fiesta que se esté celebrando.

Igualmente, recibirá dos dípticos – uno en latín y otro en castellano- que son un auxiliar extraordinario que le evitará ir con tanta frecuencia al Ordinario del Breviario, pues contiene las bendiciones y absoluciones, según la clase de fiesta, rito u oficio que deba usarse, así como el himno Te Deum,  y el Salmo 94  introductorio, el cual ha de decirse a diario.

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12 PERLAS DE BENEDICTO XVI

Quien lee las doctrinas del Sr. J. Ratzinger, si no está pervertido, verá en él el impostor, disfrazado de «papa» de una«nueva iglesia católica».

    En su libro «Principios de Teología Católica», publicado en 1982, Mons. Oliver Oravec cogió los textos blasfemos del apóstata y los publicó en «Catholics forever» (Connecticut; 06468; P. O. Box 283, U. S. A). Los reproducimos con comentarios.

     I – La inversión entre la fe y las herejías 

    «La interpretación del Cristianismo, la católica y la protestante, ambas, cada una en su camino propio, son verdaderas en su momento histórico. La verdad se torna en una función del tempo. La fidelidad a la verdad de antes consiste, precisamente, en abandonarla y en asimilarla dentro de la verdad de hoy» (16).

    He aquí la evolución de la verdad conforme a los tiempos, igualando los «caminos propios» de la fe católica y el de las herejías. Se niega la verdadera fe universal, transcendente a los tiempos, común a clérigos y legos. He aquí el abandono del Catolicismo como si fuese«verdad de antes», del pasado, mudable por la de hoy, del presente actual. La fidelidad a la fe seria el abandono de la fe universal. La luz se volvió tinieblas y las tinieblas se volvieron luz (Is. V. 20).

2 – El progreso para el mal 

    «Verdad es el que sirve para el progreso; esto es, todo lo que sirve para la lógica de la Historia (17)».

    Se cambió el concepto de verdad; ella quedó subordinada al movimiento ciego; no se distingue el «progreso» para el bien y para el mal; para la fe o para la herejía; para el Dios verdadero o para los ídolos. Se cambió la Lógica racional, con sus principios ontológicos universales verdaderos. Ella quedó subordinada a los actos materiales concretos, positivos, de la Historia. Será el Positivismo ateo, sin diferenciar a Dios y los opuestos a Dios; los santos y los paganos; los fieles y los herejes. Es el «progreso» invertido, contra la verdad, contra a Lógica racional, contra Dios.

3. La apostaría en relación a la fe católica 

    «El Bautismo forma una liga entre fe cristiana y las religiones de las naciones, que, como religiones cósmicas, buscan a Dios en los elementos del mundo. Aunque a la distancia, actualmente, estamos en esa pista» (29).

    He ahí el camino «actual» de la «nueva iglesia», con su «papa» no católico. Quiere la unión, quiere ligar la «fe cristiana» y las religiones paganas y heréticas, «religiones cósmicas» que no buscan el Dios en la verdad, en la razón y en la Revelación exterior cristiana, sino en los«elementos del mundo», en el «cosmos» material. Es la «fe» de los materialistas ateos, evolucionistas, relativistas, de los ateos Darwin y Einstein, de la «nueva religión católica», ecuménica, «falsa» (Pio XI), de la «religión cósmica», materialista. 

4- Papa apóstata, papa nulo 

    «Nosotros mismos nos tornamos inciertos sobre  nuestra fe cristiana» (42).

    Quien duda de la verdad de la fe católica, fundada en la autoridad divina de Cristo, «es hereje» (Canon 1325, 2). Más aun, quien es apóstata y se adhiere a las doctrinas de los luteranos, de los materialistas ateos, de los agnósticos, positivistas, politeístas paganos. He aquí la naturaleza del «papa» de la «nueva iglesia» ecuménica, liberal, agnóstica. He aquí la «nulidad» de su Iglesia Católica (Paulo IV). «Quien no cree, ya está juzgado» (Jo. III, 18). Quien cambia el Evangelio es anatema (Gal. I, 8-9). 

5- La falsa iglesia ecuménica 

«La Eucaristía es la Iglesia» (53).

    La Eucaristía no es la única verdad de la fe católica, sin la Divinidad de Cristo, de la SS. Trinidad, el único Dios Verdadero, el primado de la Sede de Pedro. Ella no tiene el sentido ecuménico, de acción del pueblo en memoria de Cristo, meramente hombre. La Iglesia no tiene verdad libre, individual, evolutiva. No tiene fraternidad pagana, agnóstica, naturalista. Quien muda el sentido perpetuo de la verdad católica, no pertenece a la Iglesia Católica (D. S. 3020; 3802). 

6 – El pecado es igual a la virtud 

    «Mucha falsa ansiedad sobre el pecado fue creada por una Teología Moral atrasada. Muchas veces fue nutrida y animada por consejeros espirituales. Hoy ella castiga el pueblo indisciplinado a mirar el Cristianismo del pasado, con una especie de cansancio que, constantemente, conserva el hombre en oposición a si mismo, en vez de librarlo para una cooperación abierta, sin ansiedad,  del hombre de buena voluntad» (56).

    Cambió la noción de pecado. No es mas la del Cristianismo del pasado. El mundo esta cansado de las prohibiciones de los pecados. El pecado coloca al hombre en oposición a su libre arbitrio. El Cristianismo de la «nueva iglesia» se aparta de la noción católica de pecado. Ahora él es libre, como lo quiso Lutero. El hombre abierto coopera libremente, sin leyes imperativas de Dios. Cambió la fe. 

7 – Nueva moral, sin los límites de Dios  

     «Moralidad e inmoralidad parecen esclavizar al hombre para tornarlo vacío y sin alegría» (78).

    He aquí al ateo apartado de los límites morales de los mandamientos de Dios. Opone su alegría libre al imperio del verdadero Dios. Opone su voluntad a la de Dios, a los mandamientos divinos de Cristo, de Moisés, de la ley natural. Quiere el «derecho de seguir el error». He aquí el «papa» de la «nueva iglesia» anti-católica. Inmoral, anti-católico. 

8 – Lutero en lugar de la Iglesia 

     “El  instinto histórico de Lutero claramente prueba su derecho propio» (147).

    El Cristianismo dogmático fue cambiado por el Luteranismo liberal, condenado por Pio IX y San Pio X. En la «nueva iglesia», cada uno tiene su «derecho propio», junto con el  «libre-examen» de Lutero: verdad propia, fe propia. Dios propio. Moral propia, iglesia propia… Desapareció la fe universal necesaria, no libre y el «derecho de seguir el error»  es la base atea y agnóstica de la «nueva iglesia», Lutero estaba en la verdad; no el Magisterio de la Sede de Pedro. !»Nueva Iglesia»! 

9 – Cristo no es Dios 

«La resurrección de Cristo no puede ser un acto histórico en el mismo sentido que la crucifixión» (186).

     El «papa» de la «nueva iglesia» niega ahí la Divinidad de Cristo.«Su revelación terminó en la Cruz» (Vaticano II). Él es un puro hombre; igual a los otros. El Cristianismo es obra meramente humana, mudable con el arbitrio humano. Cada uno tiene «su fe» y «normas propias»; es «ley para si mismo», siguiendo su voluntad y razón. No existen verdades; solo opiniones. He ahí el Ateísmo. He ahí el anti-Cristo. 

10 – Fortalecer las Herejías 

     «El católico no insiste en la disolución de la confesión protestante, en la demolición de sus iglesias; antes, espera que serán ellas fortalecidas en la realidad eclesial (202).

     La verdad ahora no excluye los errores; ni la virtud a los vicios. El «nuevo católico», de la «nueva iglesia» quiere el fortalecimiento de los errores, de los falsos dioses, de las falsas religiones. Él iguala la verdad a los errores, la fe a la herejía. He ahí el ateo, el agnóstico, queriendo destruir el Dios de la verdad. 

11.- Dios es igual a los ídolos 

     «La congregación para la Doctrina de la fe, propone solucionar la crisis, por una presentación positiva de la doctrina católica, no excluyendo a los que mantienen opiniones apuestas» (229).

     Tal congregación no defiende la «doctrina de la fe» católica, sino la de la «falsa religión cristiana» (Pío XI) del Ecumenismo. Ahora la verdad no excluye a los errores; la verdadera fe no excluye las herejías opuestas. Se revocó el principio de no contradicción. Se niega la verdad universal, común a todos (D. S. 639), la separación entre fieles e infieles (2 Cor. VI, 14-18). He ahí la naturaleza apóstata de la «nueva iglesia» y de sus «papas» anti-católicos. Es claro y evidente! 

12 – Materialismo ateo 

     «Tuvo gran influencia el impulso dado por Theilhard de Chardin. Con audaz visión incorpora el movimiento histórico del Catolicismo en el proceso cósmico de la evolución» (335).

     He ahí el Catolicismo concebido como simple «movimiento»humano libre, unido al «proceso cósmico de la evolución» de la materia. Es la doctrina agnóstica de Hegel y del Materialismo dialéctico de Feuerbach, y de los ateos comunistas. Darwin fue ateo con su Evolucionismo y Einstein fue ateo con su Relativismo. Se pretendió ahí, con el falso «científico» Chardin, introducir en la Ciencia el Agnosticismo y el Materialismo ateo. El Modernismo es ateo (San Pio X). He ahí la naturaleza de la “nueva iglesia” y de su“papa”: son ateos.

     Estos escritos del Sr. Ratzinger son altamente esclarecedores del Ateísmo, Agnosticismo y Materialismo de la «nueva iglesia». Ella tiene un «nuevo humanismo», racionalista, sin Dios. Tiene el «culto del hombre», no el del verdadero Dios. Ellos ahí se condenan a si mismos; se separan de la verdadera fe católica. Tienen otro credo opuesto. Son enemigos mortales de la Iglesia de Cristo. Se infligen así mismos el anatema; encienden el fuego en el cual se quemarán durante toda a eternidad.

Homero Johas Fundación San Vicente Ferrer

LITERATURA ANTINICENA. Continuación

Orígenes.
La escuela de Alejandría llegó a su apogeo bajo el sucesor de Clemente, Orígenes, doctor y sabio eminente de la Iglesia antigua, hombre de conducta intachable y de erudición enciclopédica, uno de los pensadores más originales de lodos los tiempos. Gracias al interés particular que le dedicó el historiador Eusebio, poseemos más datos biográficos de su persona que de ningún otro teólogo anterior. Eusebio consagra a Orígenes una gran parte del libro sexto de su Historia eclesiástica. De no haberse perdido, las cartas de Orígenes, que pasaban del centenar, habrían sido la mejor fuente de información para conocer su personalidad. Afortunadamente, Eusebio, que las recogió, las utiliza ampliamente en el bosquejo biográfico de Orígenes. Estaríamos aún mejor informados si hubiera llegado íntegramente hasta nosotros la apología que compuso en defensa de Orígenes el presbítero Pánfilo de Cesárea. Comprendía cinco libros, a los que Eusebio añadió uno más. Se conserva solamente el libro I en una traducción latina de Rufino, que no ofrece muchas garantías. Por el contrario, tenemos el Discurso de despedida que compuso Gregorio el Taumaturgo al abandonar la escuela de Orígenes, documento importante tanto para la vida personal de Orígenes como para su método de enseñanza. Finalmente, Jerónimo menciona a Orígenes en su De viris illustribus (54,62) y en una de sus cartas (Epist. 33); Focio lo hace también en su Bibl. Cod. 118.
Según estas fuentes, Orígenes no era un convertido del paganismo; era el hijo mayor de una familia cristiana numerosa. Nació probablemente en Alejandría el año 185 o hacia ese año. Su padre, que se llamaba Leónidas, procuró darle una educación esmerada, instruyéndole en las Escrituras y en las ciencias profanas; murió mártir durante la persecución de Severo (año 202). Si su madre no hubiese escondido sus vestidos, el joven Orígenes, en su ardiente deseo del martirio, habría seguido la suerte de su padre. El Estado confiscó su patrimonio y él tuvo que dedicarse a la enseñanza para ganar su sustento y el de su familia. La famosa escuela de catecúmenos de Alejandría se había disuelto a raíz de la huida de Clemente. El obispo Demetrio confió entonces su dirección a Orígenes, que contaba a la sazón dieciocho años de edad; había de ocupar este puesto durante mucho tiempo. Atrajo a un gran número de discípulos por la calidad de su enseñanza, pero también, como lo hace notar Eusebio, por el ejemplo de su vida: “Tal como hablaba, vivía; y tal como vivía, hablaba. A esto se debió principalmente el que, con la ayuda del poder divino, moviera a innumerables discípulos a emular su ejemplo” (Hist. eccl. 6, 3,7). Eusebio describe con viveza el ascetismo practicado por este Adamantius, “hombre de acero,” como él le llama:
Perseveró durante muchos años en este género de vida el más filosófico, ora ejercitándose en el ayuno, ora cercenando algunas de las horas debidas al descanso, que tomaba, no echado en una cama, sino sobre el duro suelo. Ante todo pensaba que se debían observar fielmente aquellas palabras del Señor en el Evangelio con que nos recomienda no tener dos vestidos, ni llevar sandalias, ni pasar el tiempo preocupándonos por el futuro (Hist. eccl. 6,3,9-10).
Sabemos de la misma fuente que por este tiempo (202-3), mientras enseñaba en Alejandría, Orígenes se castró a sí mismo, interpretando en un sentido demasiado literal a Mateo 19.12 (ibid. 6,8,1-3).
Su carrera de profesor se puede dividir en dos partes. Durante la primera, que va del año 203 al 231, Orígenes dirigió la escuela de Alejandría y su prestigio fue siempre en aumento. Tuvo discípulos que provenían incluso de los círculos heréticos y de las escuelas paganas de filosofía. Al principio daba cursos preparatorios de dialéctica, física, matemáticas, geometría y astronomía, así como de filosofía griega y teología especulativa. Como esta carga le resultara demasiado pesada, encargó a su discípulo Heraclas los cursos preparatorios, reservándose la formación de los estudiantes más adelantados en filosofía, teología y especialmente en Sagrada Escritura. Este horario tan cargado no le impidió asistir a las lecciones de Ammonio Saccas, el célebre fundador del neoplatonismo. La influencia de éste se echa de ver en la cosmología y filosofía de Orígenes, así como también en su método.
Orígenes interrumpió sus lecciones en Alejandría para hacer varios viajes. Hacia el año 212 fue a Roma, “porque deseaba ver la antiquísima Iglesia de los romanos” (Eusebio, o.c. 6,14,10). Esto sucedía durante el pontificado de Ceferino; se encontró allí con el más renombrado teólogo de la época, el presbítero romano Hipólito. Poco antes del año 215 le hallamos en Arabia, adonde había ido a instruir al gobernador romano, a petición suya. En otra ocasión fue a Antioquía, invitado por la madre del emperador Alejandro Severo, Julio Mamea, que deseaba oírle. Cuando Caracalla saqueó la ciudad de Alejandría y mandó cerrar las escuelas y persiguió a los maestros, Orígenes decidió marchar a Palestina, hacia el año 216. Los obispos de Cesárea, Jerusalén y otras ciudades palestinenses le rogaron que predicara sermones y explicara las Escrituras a sus respectivas comunidades; él lo hizo, a pesar de que no era sacerdote. Su obispo, Demetrio de Alejandría, protestó y censuró a la jerarquía palestinense por permitir que un seglar predicara en presencia de obispos, cosa nunca oída, según él. Aunque los obispos de Palestina lo negaron. Orígenes obedeció la orden estricta de su superior de volver inmediatamente a Alejandría. Para evitar que se repitieran en lo futuro dificultades parecidas, el obispo Alejandro de Jerusalén y Teoctisto de Cesárea ordenaron a Orígenes de sacerdote quince años más tarde, cuando pasó por Cesárea camino de Grecia, adonde se dirigía, por mandato de su obispo, a refutar a algunos herejes. Esto no hizo sino empeorar la situación, porque Demetrio alegó esta vez que, según la legislación canónica, Orígenes no podía ser admitido al sacerdocio por haberse castrado. Quizás Eusebio esté en lo cierto cuando dice que “Demetrio se dejó vencer por la fragilidad humana al ver cómo Orígenes iba de éxito en éxito, siendo considerado por todos como hombre de prestigio y célebre por su fama” (Hist. eccl. 6,8,4). Sea de ello lo que fuere, el hecho es que Demetrio convocó un sínodo que excomulgó a Orígenes de la Iglesia de Alejandría. Otro sínodo, el año 231, le depuso del sacerdocio. Después de la muerte de Demetrio (232), volvió a Alejandría; pero su sucesor, Heraclas, antiguo colega de Orígenes, renovó la excomunión.
Orígenes partió para Cesárea de Palestina, y empezó así el segundo período de su vida. El obispo de Cesárea hizo caso omiso de la censura de su colega de Alejandría e invitó a Orígenes a fundar una nueva escuela de teología en Cesárea. Orígenes la dirigió por más de veinte años. Fue allí donde Gregorio el Taumaturgo pronunció su Discurso de despedida, al abandonar el círculo de Orígenes. Según este valioso documento, seguía en Cesárea prácticamente el mismo sistema de enseñanza que en Alejandría. Después de una exhortación a la filosofía, a modo de introducción, venía el curso preliminar que adiestraba a los estudiantes para la educación científica mediante un ejercicio mental constante. El curso científico comprendía la lógica y la dialéctica, las ciencias naturales, la geometría y la astronomía, y al fin, la ética y la teología. El curso de ética no se reducía a una discusión racional de los problemas morales, sino que daba toda una filosofía de la vida. Gregorio nos dice que Orígenes hacía leer a sus discípulos todas las obras de los antiguos filósofos, a excepción de los que negaban la existencia de Dios y la providencia divina.
.Hacia el año 244 volvió a Arabia, donde logró curar de su monarquianismo al obispo Berilo de Bostra (Eusebio, Hist. eccl. 3,33). Durante la persecución de Decio debió de sufrir graves tormentos, porque Eusebio dice:
Las numerosas cartas que dejó escritas este hombre describen con verdad y exactitud los sufrimientos que padeció por la palabra de Cristo: cadenas y torturas, tormentos en el cuerpo, tormentos por el hierro, tormentos en las lobregueces del calabozo; cómo tuvo, durante cuatro días, sus pies metidos en el cepo hasta el cuarto agujero; cómo soportó con firmeza de corazón las amenazas de fuego y todo lo demás que le infligieron sus enemigos; cómo acabó todo aquello, no queriendo el juez de ninguna manera sentenciarle a muerte; y qué sentencias dejó, llenas de utilidad, para los que necesitan consuelo (o.c. 6,39,5).
Murió en Tiro el año 253, a la edad de sesenta y nueve años, quebrantada su salud a causa de estos sufrimientos.
Después de su muerte, al igual que en vida, Orígenes siguió siendo un signo de contradicción. Difícilmente podría hallarse otro hombre que haya tenido tantos amigos o tantos enemigos. Es verdad que incurrió en algunos errores, como veremos; pero no se puede poner en duda que siempre quiso ser un cristiano creyente y ortodoxo. Al comienzo de su principal obra teológoca dice él mismo: “No se ha de aceptar como verdad más que aquello que en nada difiera de la tradición eclesiástica y apostólica (De princ. praef. 2). El se esforzó en seguir esta norma y al final de su vida la selló con su sangre.
Si comparamos sus ideas con las de Clemente de Alejandría, parece a primera vista que no comparte la alta estima que éste sentía por la filosofía griega. Jamás se encuentra en sus escritos la frase que era familiar a Clemente: la filosofía griega condujo hacia Cristo. En carta dirigida a Gregorio (el mismo que pronunció aquel cálido discurso de despedida en su honor), Orígenes exhorta a su antiguo discípulo a continuar en el estudio de las Sagradas Escrituras y a considerar la filosofía griega solamente como una asignatura preparatoria: “Ruégote que tomes de la filosofía griega aquellas cosas que puedan ser conocimientos comunes o educación preparatoria para el cristianismo, y de la geometría y astronomía lo que pueda ser útil para la exposición de la Sagrada Escritura, a fin de que lo que los discípulos de los filósofos dicen de la geometría, y música, y gramática, y retórica, y astronomía, a saber, que son siervas de la filosofía, podamos decirlo nosotros de la filosofía misma en relación con el cristianismo” (13,1). Así, pues, Orígenes recalca más que Clemente la importancia de la Sagrada Escritura. Sin embargo, Orígenes cometió el error de dejar que la filosofía de Platón influyera en su teología más de lo que él mismo sospechaba. Esta influencia le llevó a errores dogmáticos graves, especialmente a la doctrina de la preexistencia del alma humana. Otro escollo de su sistema fue la interpretación alegórica. No es verdad que él viera en este método sólo un medio para eliminar el Antiguo Testamento, por el cual, al contrario, sentía la mayor estima. Es verdad, empero, que con este método introdujo en la exégesis un subjetivismo peligroso, que lleva a la arbitrariedad y al error. Por eso, sus doctrinas fueron pronto objeto de discusión. Las disputas conocidas con el nombre de “Controversias origenistas” se recrudecieron especialmente hacia los años 300, 400 y 550. En la primera, sus adversarios fueron Metodio de Filipos y Pedro de Alejandría. Le defendió a Orígenes Pánfilo de Cesárea. La controversia se mantuvo dentro de los límites del campo literario y no provocó ninguna intervención eclesiástica oficial. La contienda fue más seria hacia el 400, cuando su doctrina fue atacada por Epifanio de Salamis y Teófilo, patriarca de Alejandría. Epifanio le condenó en un sínodo celebrado cerca de Constantinopla, y el papa Anastasio en una carta pascual. Finalmente, el emperador Justiniano I, en el concilio de Constantinopla de 543, logró que se aceptara un documento que contenía quince anatemas contra algunas de las doctrinas de Orígenes y que fue luego firmado por el papa Vigilio (537-55) y por todos los patriarcas (ES 203-211).
1. Sus Escritos.
Las controversias origenistas fueron la causa de que haya desaparecido la mayor parte de la producción literaria del gran alejandrino. Lo que queda se ha conservado, principalmente, no en el texto griego original, sino en traducciones latinas. También se ha perdido la lista completa de sus obras, que Eusebio añadió a la biografía de su amigo y maestro Pánfilo. Según Jerónimo (Adv. Ruf. 2,22), que se sirvió de esa lista, el número de los tratados llegaba a dos mil. Epifanio (Haer. 64, 63) calcula en seis mil sus escritos. Conocemos solamente el título de ochocientos, por la lista que da Jerónimo en su carta a Paula (Epist. 33). Orígenes no habría tenido medios para publicar un número tan enorme de obras sin el apoyo de unos amigos adinerados. Esta ayuda le vino principalmente de Ambrosio, a quien había convertido de la herejía valentiniana; en la sala de conferencias puso éste a disposición de Orígenes siete o más estenógrafos, lo que le permitió dedicarse de lleno a sus actividades literarias:
A partir de este momento, Orígenes empezó a componer sus Comentarios a las divinas Escrituras; le instaba a ello Ambrosio, no sólo alentándole con sus constantes exhortaciones, sino también proveyéndole liberalmente de cuanto necesitaba. En efecto, cuando dictaba, tenía a su disposición más de siete estenógrafos, que se iban relevando a horas fijas, y otros tantos copistas, y además muchachas expertas en caligrafía. Para todo lo cual Ambrosio proporcionaba generosamente los medios necesarios (Eusebio, Hist. eccl. 6,23,1-2).
1. Crítica textual.
La mayor parte de la producción literaria de Orígenes está consagrada a la Biblia, pudiendo ser justamente llamado el fundador de la ciencia escriturística. Sus Exaplas (o sea una Biblia séxtuple) constituyen el primer intento para establecer un texto crítico del Antiguo Testamento. Fue una tarea inmensa, a la cual Orígenes dedicó su vida entera. Dispuso en seis columnas paralelas el texto hebreo del Antiguo Testamento en caracteres hebraicos; el texto hebreo en caracteres griegos con el fin de determinar la pronunciación; la traducción griega de Aquila, judío contemporáneo de Adriano; la traducción griega de Símmaco, judío del tiempo de Septimio Severo; la traducción griega de los Setenta y, finalmente, la del judío Teodocio (hacia el 180). La obra crítica de Orígenes consistía en hacer en la quinta columna, en la de los Setenta, ciertos signos que indicaban su relación con el original hebreo. Así, el obelo ( ¸ ) significaba adiciones; el asterisco (*) designaba lagunas, que debían colmarse con el texto de alguna de las otras versiones, generalmente con la de Teodocio. Según Eusebio, Orígenes publicó también una edición que contenía solamente las cuatro versiones griegas, las Tétraplas, probablemente para los escritos que carecían de original hebreo. En la sección de las Exaplas dedicada a los salmos añadió tres versiones más, con un total de nueve columnas, convirtiéndose así en Ennéaplas. De esta obra colosal no quedan más que pequeños fragmentos. Según parece, la obra no fue nunca copiada en su totalidad; durante siglos permaneció a disposición de los eruditos en la biblioteca de Cesárea. Jerónimo la consultó allí, y observa que éste fue el único ejemplar que vio en su vida (Commentarioli in Ps., ed. Morin 5). La quinta columna, que contenía el texto de los Setenta, fue reproducida muchas veces. Se conserva una traducción siríaca casi completa, que data del siglo VI. Sería, sin embargo, equivocado suponer, como ha hecho alguno, que ésta fuera la única parte de la obra de Orígenes que fue reproducida. El sabio italiano Giovanni Mercati descubrió en un palimpsesto de la biblioteca Ambrosiana de Milán fragmentos de una transcripción de las Exaplas que contienen los salmos, pero en los que falta precisamente el texto de la quinta, columna. Dos hojas de pergamino halladas en la Sinagoga Vieja de El Cairo, y que se conservan en la biblioteca de Cambridge (Inglaterra), contienen el texto de las Exaplas del salmo 22. Se conservan, además, algunos extractos en unos manuscritos griegos del Antiguo Testamento y en las obras de algunos Santos Padres.
2. Obras exegéticas.
Orígenes es el primer exégeta científico de la Iglesia católica. Escribió sobre todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, y en tres formas diferentes: escolios, que son explicaciones breves de pasajes difíciles; homilías y comentarios.
1. Escolios (s????a, s?µe??se?, excerpta, commaticum genus).
Según San Jerónimo (Epist. 33), Orígenes escribió escolios sobre el Éxodo, el Levítico, Isaías, los salmos 1-15, el Eclesiastés y el Evangelio de San Juan. Rufino incluyó algunos escolios sobre los Números en su traducción de las homilías de Orígenes sobre este libro (RUFINO, Interpr. hom. Orig. in Num. prol.). Ninguno de ellos ha llegado íntegro hasta nosotros. La obra que C. Diobouniotis y A. Harnack editaron como escolios de Orígenes al Apocalipsis de San Juan no puede ser considerada como tal, pues contiene notas, más o menos largas, sobre pasajes difíciles del Apocalipsis, tomadas de Clemente de Alejandría, Ireneo y Orígenes. Se han descubierto algunos fragmentos de los escolios en las Catenae y en la Philocalia, antología de Orígenes compilada por San Basilio y San Gregorio Nacianceno.
2. Homilías (?µ???a?, tractayus).
Las homilías son sermones sobre capítulos o pasajes selectos de la Biblia, que pronunció en reuniones litúrgicas. Según Sócrates (Hist. eccl. 5,22), predicaba todos los miércoles y viernes; pero el biógrafo de Orígenes, Pánfilo, dice que lo hacía casi todos los días. No es, pues, extraño que haya dejado sermones sobre casi todos los libros de la Escritura. A pesar de ello, sólo veinte sermones sobre Jeremías y uno sobre 1 Samuel 28,3-25 (la pitonisa de Endor) se conservan en griego. Recientemente se han encontrado también algunos fragmentos griegos de la conclusión de la trigésima quinta homilía sobre Lucas y las veinticinco homilías sobre Mateo. Traducidas al latín por Rufino, quedan dieciséis homilías sobre el Génesis, trece sobre el Éxodo, dieciséis sobre el Levítico, veintiocho sobre los Números, veintiséis sobre Josué, nueve sobre los Jueces y nueve sobre los Salmos. En la traducción de San Jerónimo tenemos dos sobre el Cantar de los Cantares, nueve sobre Isaías, catorce sobre Jeremías, catorce sobre Ezequiel y, especialmente, treinta y nueve sobre el Evangelio de San Lucas. San Hilario de Poitiers nos ha conservado en latín algunos fragmentos de las veinte homilías sobre Job; una sobre 1 Sam. 1-2 se conserva en traducción latina de un autor desconocido. Existen también algunas porciones de Jeremías, Samuel 1-2, Reyes 1-2, 1 Corintios y Hebreos. Cabe identificar en las Catenae muchos extractos en latín y en griego, que se irán publicando a medida que se vaya examinando y editando este material. A pesar de todo, es muchísimo lo que se ha perdido. De las 574 homilías sólo han llegado hasta nosotros 20 en el texto original griego, y hay 388 de las que no tenemos hoy ni siquiera el texto latino. Con todo, las homilías de que disponemos son de un valor inestimable, porque nos presentan al autor bajo una nueva luz, deseoso de sacar de la explicación de la Sagrada Escritura alimento espiritual para edificación de los fieles y bien de las almas. Estas obras pertenecen, pues, más bien a la historia de la espiritualidad cristiana y del misticismo que a la ciencia bíblica. La aportación de Orígenes en este campo de la espiritualidad fue muy descuidada, hasta que W. Völker y A. Lieske llamaron la atención sobre sus riquezas ocultas. El plan, la disposición y la forma externa de estos sermones son sencillos y sin traza alguna de artificio retórico. Predomina en ellos el tono de conversación. En las homilías que nos quedan se descubren huellas de la palabra hablada tal como la recogieron los estenógrafos.
Conviene mencionar aquí un descubrimiento reciente. El códice encontrado en Toura el año 1941, que contiene la Discusión con Heráclides de Orígenes (cf. más adelante p.362-5), conserva también dos homilías de Orígenes Sobre la Pascua, que se habían perdido. Desgraciadamente, el texto se halla mutilado y no ha sido publicado todavía. A juzgar por varios pasajes, publicados recientemente por Nautin (SCH 36), estas homilías parecen interesantísimas. En la primera, Orígenes rechaza la etimología popular que prevalecía entonces y que hacía derivar Pascha de la palabra griega p?s?e??, sufrir — etimología que adoptaron Ireneo, Tertuliano e Hipólito — . Según Orígenes, la única explicación correcta de la palabra Pascha es el hebreo pasar, que corresponde al griego d??ßas??, que significa paso. Pascua es, pues, el paso de los cristianos de las tinieblas a la luz. O. Guéraud prepara una edición critica de estas homilías pascuales.
3. Comentarios (t?µ??, volumina).
Si en las homilías Orígenes perseguía la edificación del pueblo, los comentarios los escribió para dar una exégesis científica. Hay en ellos una mezcla singular de notas filológicas, textuales, históricas y etimológicas con observaciones de carácter teológico y filosófico. Lo que más le interesa al autor no es el sentido literal, sino el místico, que le es fácil encontrar aplicando el método alegórico. Aunque esto le indujera a cometer muchos errores de interpretación, su manera de comprender el sentido íntimo de los libros de la Escritura pone de manifiesto que poseyó en alto grado el don de la penetración espiritual, del que carecen muchos escritores eclesiásticos posteriores. por desgracia, de estos extensos comentarios queda aún menos que de las homilías. No se ha conservado completo ni uno solo.
a) Del Comentario sobre San Mateo, que compuso en Cesárea después del año 244 y que comprendía veinticinco libros, quedan en griego solamente ocho, a saber, los libros 10-17, que versan sobre Mateo 13,36 a 22,33. Una traducción anónima aporta algo más, o sea, el comentario a Mateo 16,13 a 27,65 (Commentariorum in Matthaeum series).
b) Tenemos también en griego ocho libros de su Comentario al Evangelio de San Juan, que comprendía al menos treinta y dos libros y que dedicó a su amigo Ambrosio. Los cuatro primeros fueron escritos, según toda probabilidad, en Alejandría entre los años 226 y 229; el quinto, quizás, durante su viaje al Oriente en 230-231; el sexto fue interrumpido por su destierro al año siguiente; y los restantes los compuso en Cesarea. La obra es de gran importancia para el estudio de la mística de Orígenes y de su concepto de la vida interior.
c) Orígenes compuso también un Comentario a la Epístola a los Romanos en quince libros. Del texto griego original quedan solamente unos fragmentos en un papiro hallado en Toura, cerca de El Cairo, en 1941. en la Philocalia, en San Basilio, en las Catenae y en una Biblia manuscrita que E. v. d. Goltz descubrió en el Monte Athos. Existe también una traducción latina muy libre de Rufino, que contiene solamente diez libros y usa como base del comentario no el texto griego de la epístola, que usó Orígenes, sino una versión latina diferente. Parece que este comentario fue compuesto antes del de San Mateo, probablemente antes del año 244.
d) De los numerosos estudios de Orígenes sobre el Antiguo Testamento sólo nos queda una parte de su Comentario al Cantar de los Cantares, libros 1-4, en una traducción latina de Rufino, del año 410. Parece ser que Orígenes escribió los cinco primeros libros en Atenas, hacia el año 240, mientras que los otros cinco los compuso más tarde, en Cesárea (Eusebio, Hist. eccl. 6,32,2). San Jerónimo, que vertió al latín dos homilías sobre el Cantar de los Cantares, consideraba este comentario como la obra exegética más importante del gran alejandrino. En el prólogo de su traducción dice: Origenes cum in caeteris libris omnes vicerit, in Cantico Canticorum ipse se vicit. La interpretación alegórica de Orígenes ve en Salomón una figura de Cristo. Mientras en los dos sermones que nos quedan en la traducción de Jerónimo la Esposa es, sobre todo, la Iglesia, en cambio, a lo largo del comentario traducido por Rufino, la Esposa de Cristo es el alma individual de cada cristiano.
4. Comentarios perdidos.
Orígenes compuso asimismo trece libros sobre el Génesis, cuarenta y seis sobre cuarenta y un salmos, treinta sobre Isaías, cinco sobre las Lamentaciones, que menciona Eusebio (Hist. eccl. 6,24,2), veinticinco sobre Ezequiel, veinticinco por lo menos sobre los profetas menores (mencionados también por Eusebio, ibid. 6,32,2), quince sobre Lucas, cinco sobre la Epístola a los Calatas, tres sobre la Epístola a los Efesios, además de otros sobre los Filipenses, los Colosenses, los Tesalonicenses, los Hebreos, Tito y Filemón. De todas estas obras no quedan más que pequeños fragmentos en las Catenae, en manuscritos bíblicos y en citas de escritores eclesiásticos posteriores. De 291 comentarios, 275 se han perdido en griego, y es muy poco lo que queda en latín. En 1941 se hallaron en Toura fragmentos del texto griego de un comentario a los libros de los Reyes. Un comentario a Job, atribuido a Orígenes y del que se conserva una traducción latina en tres libros, no es auténtico.
3. Los escritos apologéticos.
El tratado apologético más importante de Orígenes es su tratado Contra Celso en ocho libros (?at? ???s???, Contra Celsum). Es una refutación del Discurso verídico (?????? ???? que el filósofo pagano Celso dirigió contra los cristianos hacia el año 178. La obra de Celso se ha perdido, pero se puede reconstruir casi completamente con las citas de Orígenes, que forman las tres cuartas partes del texto de su libro. Celso se proponía convertir a los cristianos al paganismo haciéndoles avergonzarse de su propia religión. No se hace eco de las calumnias del vulgo. El había estudiado el asunto, había leído la Biblia y gran número de libros cristianos. Conoce la diferencia que existe entre las sectas gnósticas y el cuerpo principal de la Iglesia. Es un adversario lleno de recursos, que da muestras de gran habilidad y a quien no se le escapa nada de lo que pueda decirse contra la fe. La ataca primeramente desde el punto de vista de los judíos en un diálogo en el que un judío formula sus objeciones contra Jesucristo. Se adelanta luego Celso y dirige por su cuenta un ataque general contra las creencias judías y cristianas. Se burla de la idea del Mesías, y ve en Jesús un impostor y un mago. Como filósofo platónico, afirma la neta superioridad del culto y de la filosofía de los griegos. Somete el Evangelio a una crítica severa, especialmente en todo lo que atañe a la resurrección de Cristo; y afirma que fueron los Apóstoles y sus sucesores los que inventaron esta superstición. No rechaza todo lo que enseña el cristianismo. Aprueba, por ejemplo, su moral y la doctrina del Logos. No tiene inconveniente en que el cristianismo siga existiendo, pero bajo la condición de que los cristianos renuncien a su aislamiento político y religioso y se sometan a la religión común de Roma. Lo que más le preocupa es ver que los cristianos crean un cisma en el Estado, debilitando el imperio con la división. Por eso concluye exhortando a los cristianos “a ayudar al rey y a colaborar con él en el mantenimiento de la justicia, a combatir por él y, si él lo exige, a luchar a sus órdenes, a aceptar cargos de responsabilidad en el gobierno del país, si es preciso, para el mantenimiento de las leyes y de la religión” (8,73-75).
Según parece, el Discurso verídico no hizo mella en aquellos a quienes iba dirigido. Los escritores cristianos del tiempo de Celso no lo mencionan. Hacia el año 246, Ambrosio, el amigo de Orígenes, pidió a su maestro que lo refutara, por temor a que algunas de las afirmaciones capciosas de Celso hicieran daño. Orígenes, que hasta entonces no había oído hablar nunca de aquella obra ni de su autor, pensó en un principio que no era ésta la manera mejor de refutar a Celso:
Cuando testigos falsos dieron testimonio contra nuestro Señor y Salvador Jesucristo, El guardó silencio; no dio respuesta alguna a las acusaciones. Estaba persuadido de que su vida entera y las acciones que había realizado en medio de los judíos eran una refutación mejor que cualquier respuesta a los falsos testimonios y que cualquier defensa contra las acusaciones. Y no sé, mi buen Ambrosio, por qué quisiste que escribiera una réplica a las falsas acusaciones y cargos que Celso dirige, en su tratado, contra los cristianos y contra la fe de las Iglesias, como si los hechos no brindaran por sí solos una refutación evidente, y la doctrina, una respuesta mejor que todos los escritos, echando por tierra las afirmaciones mentirosas y quitando a las acusaciones toda credibilidad y fuerza (Contra Cels. prefacio 1).
Yo no sé en qué categoría se ha de colocar a los que necesitan libros de argumentos escritos en respuesta a las acusaciones de Celso contra el cristianismo, para no vacilar en su fe, sino confirmarse en ella. Teniendo, sin embargo, en cuenta, por un lado, que entre los que se consideran creyentes puede haber algunos que vacilen en su fe y estén en peligro de perderla debido a los escritos de Celso, y, por otro lado, que se puede impedir su caída refutando las aserciones de Celso y exponiendo la verdad, nos ha parecido justo acatar tus órdenes y dar una respuesta al tratado que nos has mandado. Pero no creo que nadie, por poco adelantado que esté en el camino de la filosofía, consentirá que se le llame “Discurso verídico,” como lo tituló Celso (ibid. 4).
Este libro no ha sido, pues, compuesto para los que son creyentes convencidos, sino para aquellos que o bien no han empezado a gustar la fe en Cristo o son, como los llama el Apóstol (Rom. 14,1), “flacos en la fe” (ibid.6).
Con estas palabras indica Orígenes para quiénes y por qué razones emprendió esta refutación, cuando contaba más de sesenta años de edad (Eusebio, Hist. eccl. 6,36,1). Su método consiste en seguir punto por punto los argumentos de Celso; su respuesta a algunas críticas no es muy convincente y a veces adolece de estrechez de miras. No obstante, se acusa a lo largo de toda la obra una convicción profundamente religiosa y una recia personalidad que sabe conjugar la fe con la ciencia, de forma que el adversario desaparece enteramente en la sombra y el lector queda conquistado por el tono digno y sereno del autor. Celso, a fuerza de verdadero griego, estaba orgulloso de los resultados obtenidos por la filosofía helénica, “y con una apariencia de bondad, no reprocha al cristianismo su origen bárbaro. Por el contrario, alaba la habilidad de los bárbaros en descubrir doctrinas. Pero añade que los griegos son más capaces que nadie para juzgar, establecer y poner en práctica los hallazgos de las naciones bárbaras” (Cont. Cels. 1,2). Orígenes contesta en la forma siguiente:
(El Evangelio) tiene un género de demostración propio, más divino que el de los griegos, que se funda en la dialéctica. Y a este método más divino le llama el Apóstol “manifestación del espíritu y del poder”: del “espíritu,” por las profecías, suficientes por sí solas para producir la fe en los que las leen, especialmente en las cosas que se refieren a Cristo, y “del poder,” por los signos y milagros que han sido obrados, que se pueden probar de varias maneras, y especialmente por las huellas que se conservan aún en aquellos que ordenan sus vidas según los preceptos del Evangelio (ibid.)
La divinidad de Cristo es evidente, no sólo por los milagros que obró (2,48) y por las profecías que en El se cumplieron (1,50), sino también por el poder del Espíritu Santo, que opera en los cristianos:
Quedan aún entre los cristianos vestigios de aquel Espíritu Santo que apareció en forma de paloma. Arrojan a los espíritus malignos, realizan muchas curaciones, predicen ciertos sucesos, según la voluntad del Logos. Y aunque Celso, o el Judío, a quien introduce en su diálogo, se burlen de lo que voy a decir, lo diré, sin embargo: muchos se han convertido al cristianismo, por decirlo así, contra su voluntad; cierto espíritu transformó sus almas, haciéndoles pasar del odio contra esta doctrina a una disposición de ánimo dispuesto a morir en su defensa (1,46).
La fe en Cristo y la doctrina cristiana presuponen la gracia:
La palabra de Dios (1 Cor. 2,4) declara que la predicación, por verdadera que sea en sí misma y muy digna de ser creída, no basta tocar el corazón humano; es necesario que el predicador haya recibido cierto poder de Dios y que la gracia florezca en sus palabras. Esta gracia, que poseen los que hablan eficazmente, les viene de Dios. Dice el profeta en el salmo 67: “A los que evangelizan, el Señor dará una palabra muy poderosa.” Aun concediendo que entre los griegos se encuentren las mismas doctrinas que en nuestras Escrituras, les faltaría, sin embargo, ese poder de atraer y disponer las almas de los hombres a seguirlas (6,2).
Merece notarse particularmente la respuesta de Orígenes a Celso sobre la actitud que hay que tomar respecto al poder civil. Por estar la estructura del Imperio romano íntimamente ligada con la religión pagana, los cristianos se mantuvieron, como es natural, muy reservados en todo lo que era de tipo político. Mientras Celso hace hincapié en la ley y en la autoridad del poder secular, Orígenes insiste en que no se puede exigir obediencia a sus preceptos más que cuando no están en contradicción con la ley divina. Celso se presenta como un patriota ferviente, mientras que Orígenes da la impresión de un cosmopolita, para quien la historia de las naciones y de los imperios es la historia de la humanidad gobernada por Dios. En sus respuestas a Celso sobre estas materias, Orígenes acusa la influencia de Platón, para quien el objetivo del Estado no es el aumento de su propio poder, sino la expansión de la cultura y de la civilización.
Por esta razón, Orígenes rehúsa buscar el favor de las autoridades civiles:
Celso observa: “¿Qué mal hay en procurarse el favor de los gobernantes de la tierra, entre otros, de los príncipes y reyes humanos? Ellos, en efecto, obtuvieron su dignidad a través de los dioses” (8,63).
Sólo existe Uno cuya gracia debemos granjearnos y cuya clemencia debemos implorar — el Dios que está por encima de todos, cuyo favor se alcanza practicando la piedad y las demás virtudes —. Y si Celso quiere que busquemos el favor de otros después de haber conseguido el del Dios que está por encima de todos, que piense que, así como la sombra sigue en sus movimientos al cuerpo que la proyecta, de una manera semejante, cuando tenemos el favor de Dios, tenemos también asegurada la buena voluntad de todos los ángeles, almas y espíritus que gozan de la amistad de Dios (8,64).
Debemos despreciar el favor de los reyes y de los hombres, si es que no podemos conseguirlo más que por medio de homicidios, libertinaje o actos de crueldad, o si exige de nosotros actos de impiedad para con Dios, o de servilismo y adulación: tales cosas son indignas de hombres valerosos y magnánimos, que a las demás virtudes quieren juntar la más grande de todas, la firmeza. Sin embargo, cuando no nos obliga a hacer algo que sea contrario a la ley y a la palabra de Dios, no somos tan locos como para excitar contra nosotros la ira del rey y del príncipe, atrayendo sobre nosotros injurias, torturas o hasta la misma muerte. Hemos leído: “Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores, que no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas, de suerte que quien resiste a la autoridad resiste a la disposición de Dios (Rom. 13,1-2)” (8,65).
El tratado Contra Celso es una fuente importante para la historia de la religión. Vemos en él, como en un espejo, la lucha entre el paganismo y el cristianismo. Aumenta el valor de esta apología, la más grande apología de la Iglesia primitiva, el hecho de tener en ella frente a frente a dos hombres de gran cultura, que representan a los dos mundos. La obra se granjeó la admiración de los sabios de los primeros tiempos cristianos. Eusebio, por ejemplo, opinaba que en ella estaban va respondidas de antemano todas las herejías de los siglos venideros; tan contundente le parecía la refutación de Orígenes (Adv. Hierocl. 1). Hay en esto, sin duda, una exageración; con todo, esta obra de Orígenes queda como un monumento de su erudición.
4. Escritos dogmáticos.
1. El Peri-Archon (?e?? a????, De frincipiis).
La obra más importante de Orígenes es su De principiis. Es el primer sistema de teología cristiana y el primer manual de dogma. Como tal, destaca majestuosa, en su aislamiento, en toda la historia de la Iglesia primitiva. La escribió en Alejandría entre los años 220 y 230. Todo lo que queda del texto griego son unos fragmentos en la Philocalia y en dos edictos del emperador Justiniano I. En cambio, la conservamos íntegra en la traducción libre de Rufino, quien se metió indudablemente con ella, suprimiendo en una parte y en otra pasajes discutibles. A una traducción literal hecha por San Jerónimo le cupo la misma suerte que al original.
La obra comprende cuatro libros, cuyo contenido puede resumirse bajo estos títulos: Dios, Mundo, Libertad, Revelación. El título, “fundamentos” o “principios,” revela el objetivo de toda la obra. Orígenes se propuso en esta obra estudiar las doctrinas fundamentales de la fe cristiana. Lo dice claramente la introducción que precede al libro primero. La fuente de la verdad religiosa es la enseñanza de Cristo y de sus Apóstoles (t? ?????µa). El prefacio y la obra empiezan con estas palabras:
Los que creen y están convencidos de que la gracia y la verdad han venido por Jesucristo, y que Jesucristo es la verdad misma, según su propia afirmación: “Yo soy la verdad” (Io. 14,6), no buscan la ciencia de la verdad y de la felicidad más que en las palabras mismas y en la doctrina de Cristo. Y por las palabras de Cristo no entendemos solamente las que El pronunció como hombre en su vida mortal, porque, ya antes, Cristo, el Verbo de Dios, estaba en Moisés y en los profetas. Porque sin el Verbo de Dios, ¿cómo habrían podido profetizar a Cristo? Y de no ser porque nos hemos propuesto mantener este tratado dentro de los límites de la brevedad, no nos seria difícil demostrar por las divinas Escrituras, en prueba de nuestra aserción, cómo Moisés y los profetas hablaron e hicieron todo lo que hicieron porque estaban llenos del Espíritu de Cristo… Por otra parte, estas palabras de San Pablo indican que Cristo, después de su ascensión a los cielos, habló por boca de sus Apóstoles: “¿Buscáis experimentar que en mí habla Cristo?” (2 Cor. 13,3).
Mas como entre los que hacen profesión de creer en Cristo hay muchas divergencias, no solamente en detalles insignificantes, sino también en materias sumamente importantes, … parece necesario establecer sobre todos esos puntos una regla de fe fija y precisa antes de abordar el examen de las demás cuestiones… Mas como la enseñanza eclesiástica, transmitida en sucesión ordenada desde los Apóstoles, se conserva y perdura en las iglesias hasta el presente, no se deben recibir como artículo de fe más que aquellas verdades que no se apartan en nada de la tradición eclesiástica y apostólica (prefacio 1-2).
Orígenes da a entender aquí claramente que las fuentes de Doctrina cristiana son la Escritura y la tradición, y señala la existencia de una regla de fe, que contiene la enseñanza fundamental de los Apóstoles. Estos, sin embargo, no dieron argumentos en apoyo de estas verdades ni explicaron las relaciones recíprocas que existen entre ellas. Además, queda un gran número de cuestiones sin respuesta a propósito del origen del alma humana, de los ángeles, de Satanás, etc. Ahí está la misión de la sagrada teología:
Conviene saber que los santos Apóstoles, al predicar la fe de Cristo, manifestaron clarísimamente aquellos puntos que creyeron necesarios a todos los creyentes, incluso a aquellos que parecían menos diligentes en la investigación de la ciencia divina; dejando la tarea de indagar las razones de esas afirmaciones a aquellos que merecieron los dones superiores del Espíritu, sobre todo a los que, por medio del mismo Espíritu Santo, obtuvieron el don de lenguas, de sabiduría y de ciencia. En cuanto a los demás, se contentaron con afirmar el hecho, sin explicar el porqué, ni el cómo, ni el origen, sin duda para que, andando el tiempo, los amigos apasionados del estudio y de la sabiduría tuvieran en qué ejercitar su ingenio con provecho — me refiero a aquellas personas que se preparan para ser dignos receptáculos de la sabiduría (prefacio 3).
En este párrafo Orígenes distingue los dos elementos de toda teología, tradición y progreso, teología positiva y teología especulativa. La doctrina cristiana, lejos de ser estéril y estar anquilosada, está en continuo desarrollo y sigue las leyes naturales del crecimiento y de la vida:
Aquel que de todo esto quiere hacer un cuerpo de doctrina, de modo que de cada punto particular se pueda indagar lo que hay de verdad por medio de afirmaciones claras e innegables, y formar, como hemos dicho, un cuerpo de doctrina con analogías y afirmaciones, ya se encuentren en las Sagradas Escrituras, ya se deduzcan como consecuencias por vía de raciocinio, debe tomar como base estos principios y fundamentos, según este precepto: “Iluminaos con la luz de la ciencia” (Os. 10,12, prefacio 10).
Una vez descrita la tarea de la teología en general y de su obra en particular, Orígenes expone en los cuatro libros una teología, una cosmología, una antropología y una teleología.
1. El primer libro trata del mundo sobrenatural, de la unidad y espiritualidad de Dios, de la jerarquía de las tres divinas personas y de sus respectivas relaciones con la vida creada: el Padre actúa sobre todos los seres; el Verbo, sobre los seres racionales o almas; el Espíritu Santo, sobre los seres que son a la vez racionales y santificados. Siguen luego discusiones sobre el origen, la esencia y la caída de los ángeles.
2. El segundo libro se ocupa del mundo material, la creación del hombre como consecuencia de la defección de los ángeles, del hombre considerado como espíritu que ha caído de su primer estado y ha sido encerrado en un cuerpo material del pecado de Adán y de la redención por medio del Logos encarnado, de la doctrina de la resurrección, del juicio universal y de la vida futura.
3. La unión del cuerpo y del alma da a ésta oportunidades de lucha y de victoria. En este combate, las personas cuentan con la ayuda de los ángeles y son obstaculizados por los demonios, pero conservan su libertad. De esta manera, al examinar la extensión de la libertad y de la responsabilidad, el libro tercero presenta un esbozo de teología moral.
4. El libro cuarto resume las enseñanzas fundamentales con algunas adiciones; trata también de la Sagrada Escritura corno fuente de fe, de su inspiración y de sus tres sentidos:
El método que a mí me parece que se debe seguir en el estudio de las Sagradas Escrituras y en la investigación de su sentido es el que se deduce de las mismas Escrituras. En los Proverbios de Salomón hallamos esta regla respecto de las doctrinas divinas de la Escritura: “Y tú preséntalas de tres maneras, en consejo y ciencia, para replicar palabras de verdad a los que te las proponen” (Prov. 22,20-21). Por consiguiente, las ideas de la Sagrada Escritura se deben copiar en el alma de tres maneras: el simple se edifica, por decirlo así, con la carne de la Escritura — éste es el nombre que damos al sentido natural —; el que ha avanzado algo, con el alma, como si dijéramos. Por lo que hace al hombre perfecto… (se edifica) con la ley espiritual, que contiene una sombra de los bienes venideros. Al igual que el ser humano, la Escritura, que ha sido ordenada por Dios para comunicar la salvación a la humanidad, se compone también de cuerpo, alma y espíritu (4,1,11).
Esta primera síntesis de la doctrina eclesiástica ha ejercido una poderosa influencia en el desarrollo del pensamiento cristiano. No debe sorprendernos que, como primer ensayo, adolezca de defectos, tanto en la forma como en el fondo. Cae en repeticiones y no hay la debida conexión entre las partes. El autor no tiene nunca prisa en llegar a término. De paso va tocando todas las cuestiones que le parecen importantes. Por eso la composición del libro resulta demasiado floja para el gusto moderno. Sin embargo, no sería justo comparar esta obra con tratados científicos de teología de épocas posteriores o con nuestros modernos manuales de dogma. Su principal defecto, como veremos más adelante, es la influencia predominante de la filosofía platónica. Para ser justos con el autor, hemos de tener en cuenta el número de dificultades que tuvo que salvar en este primer ensayo de síntesis, para coordinar los diversos elementos del depósito de la fe y vaciarlos en el molde de un sistema completo. Se comprende, pues, sin dificultad que para la solución de muchos problemas recurriera a la filosofía griega. El haber fundado sus especulaciones en pasajes de la Escritura interpretados alegóricamente está indicando que, incluso en estas teorías filosóficas, no quería apartarse de la verdad bíblica ni de la enseñanza de la Iglesia. A pesar de sus deficiencias, el De principiis señala una época en la historia del cristianismo.
2. La disputa con Heráclides.
Entre los papiros hallados en Toura, cerca de El Cairo, en 1941, hay un códice de fines del siglo VI que contiene el texto de la disputa entre Orígenes y Heráclides. Independientemente de este título, bastarían el vocabulario, el estilo y la doctrina para probar que se trata de una obra de Orígenes. No es un diálogo literario, sino la relación completa de una disputa real, hecho único, como lo hace notar A. D. Nock, no ya solamente entré los escritos de Orígenes, sino en toda la literatura cristiana primitiva y en la literatura antigua en general antes de San Agustín. Las opiniones de Heráclides sobre la cuestión trinitaria habían llenado de inquietud a sus hermanos en el episcopado. Llamaron, pues, a Orígenes para enderezar la situación. La reunión, que no tuvo carácter oficial ni judicial, se desarrolló en una iglesia de Arabia, en presencia de los obispos y del pueblo, hacia el año 245. Orígenes parece estar en plena posesión de su autoridad como doctor. No era la primera vez que tenía una conferencia de esta clase. Tenemos noticias de entrevistas que celebró con Berilo y con el valentiniano Cándido. Los taquígrafos transcribieron exactamente el debate. El estilo tiene toda la viveza de una conversación real, lo que habla en favor de la fidelidad de la transcripción.
En la introducción se dice que los obispos allí presentes hicieron averiguaciones sobre la fe del obispo Heráclides, hasta que él mismo confesó delante de todos cuáles eran sus creencias. Después que cada uno hubo hecho sus observaciones y preguntas, tomó la palabra Orígenes. Aquí es donde empieza la relación. La primera parte tiene tres subdivisiones: Orígenes interroga a Heráclides; desarrolla luego sus propias ideas sobre las relaciones entre el Padre y el Hijo; finalmente, indica con suma delicadeza la actitud que hay que tomar en estas cuestiones doctrinales tan difíciles. El interrogatorio de Heráclides da a entender que se le tenía como sospechoso de modalismo. La segunda parte consiste en preguntas formuladas por otros asistentes y respuestas de Orígenes.
Se ve que a Heráclides no le gustaba la fórmula de Orígenes “dos dioses” (d?? ?e??) como la única manera de expresar claramente la distinción entre el Padre y el Hijo. Implicaba un peligro demasiado grave de politeísmo. En la discusión, Orígenes hace esta observación: “Ya que nuestros hermanos se escandalizan al oír que hay dos dioses, este asunto merece ser tratado con delicadeza.” Recurre luego a la Escritura para demostrar en qué sentido dos pueden ser uno. Adán y Eva eran dos; sin embargo, formaban una sola carne (Gen. 2,24). Cita luego a San Pablo, quien, hablando de la unión del hombre justo con Dios, dice: “El que se allega al Señor se hace un espíritu con El” (1 Cor. 6,17). Finalmente, invoca como testigo al mismo Cristo, porque dijo: “Yo y mi Padre somos uno.” En el primer ejemplo había unidad de “carne”; en el segundo, de “espíritu”; en el tercero, de “divinidad.” “Nuestro Señor y Salvador — observa Orígenes —, en su relación con el Padre y Dios del universo, no es una sola carne, ni tampoco un solo espíritu, sino algo mucho más elevado que la carne y el espíritu, un solo Dios.” Esta manera de interpretar las palabras de Cristo, dice, sirve al teólogo para defender la dualidad de Dios contra el monarquianismo y la unidad contra la impía doctrina de los judíos que niega la divinidad de Cristo. Es importante advertir que Orígenes considera aquí a la divinidad como elemento de unidad entre Cristo y el Padre. En su Contra Celsum (8,12) aduce el mismo texto de Juan 10,30 como prueba de la unidad que existe entre Cristo y el Padre, pero habla solamente de “unidad de pensamiento e identidad de voluntad.” El interrogatorio de Heráclides termina con el siguiente acuerdo:
Orígenes dijo: ¿El Padre es Dios?
Heráclides respondió: Sí.
Orígenes dijo: ¿El Hijo es distinto del Padre?
Heráclides respondió: ¿Cómo podría ser simultáneamente Hijo y Padre?
Orígenes dijo: ¿El Hijo, que es distinto del Padre, es también Dios?
Heráclides respondió: También El es Dios.
Orígenes dijo: ¿De esta manera los dos Dioses forman uno solo?
Heráclides dijo: Sí.
Orígenes dijo: ¿Por consiguiente, afirmamos que hay dos Dioses?
Heráclides respondió: Sí, pero el poder es uno (d??aµ? µ?a est??).
Dicho con otras palabras, la fórmula d?? ?e?? ? d??aµ? µ?a es aceptable para ambas partes. Tiene el mismo sentido que la fórmula que utilizará la teología posterior: Dos personas, pero una sola naturaleza.
Entre las preguntas que hicieron otros en la segunda parte de la disputa está la de Dionisio sobre si el alma y la sangre del hombre son una misma cosa. En su respuesta, Orígenes distingue entre la sangre física y una sangre del hombre interior (164,9). Esta última se identifica con el alma. Al morir el justo, esta alma-sangre se separa del cuerpo y entra en la compañía de Cristo desde antes de la resurrección.
La última parte de la discusión se refiere a la inmortalidad del alma. El obispo Felipe es quien plantea la cuestión. Orígenes responde que el alma, en un sentido, es inmortal, y en otro sentido mortal; depende enteramente de cuál de las tres diferentes clases de muerte se trate. Está, en primer lugar, la muerte al pecado (Rom. 6,2). El que está muerto al pecado vive para Dios. La segunda es la muerte a Dios (Ez. 18,4). El que está muerto a Dios vive para el pecado. La tercera es la que se entiende comúnmente con esta palabra, o sea, la muerte natural. El alma no está sometida a esta muerte; aun cuando los que viven en pecado la desean, no la pueden alcanzar (Apoc. 9,6). Pero el alma está sujeta a las dos primeras clases de muerte, y respecto de ambas se la puede llamar mortal. Sin embargo, el hombre puede escapar a esta clase de muerte.
3. Sobre la resurrección (?e?? a?ast?se??, De resurrectione).
Escribe Orígenes en De principiis (2,10,1): “Debemos tratar en primer lugar de la resurrección, para saber qué es lo que ha de ser objeto de castigo, de descanso o de felicidad. Ya hemos discutido más extensamente esta cuestión en otros libros que hemos escrito sobre la resurrección y hemos expuesto nuestros puntos de vista sobre el particular.” Eusebio menciona dos libros Sobre la resurrección (Hist. eccl. 6,24,2). La lista de Jerónimo enumera De resurrectione libros II, pero añade et alios de resurrectione diálogos II. Parece que más tarde estos tratados fueron combinados en uno. Así se explicaría por qué habla Jerónimo (Contra Joh. Hier. 25) de un cuarto libro de Orígenes Sobre la resurrección. El ensayo a que alude Orígenes en el De principiis debió de escribirlo en Alejandría antes del 230, quizá mucho antes. De todas estas obras sólo quedan fragmentos en Pánfilo (Apol. pro Orig. 7), en Metodio de Filipos (De resurr.) y en Jerónimo (Contra Joh. Hier. 25-26). Sabemos por Metodio que Orígenes rechazó la identidad material entre el cuerpo resucitado y el cuerpo humano y sus partes.
4. Escritos misceláneos.
Otra obra que se ha perdido, fuera de unos pequeños fragmentos, es su Stromateis o Miscelánea, “que compuso, en diez libros, en la misma ciudad (Alejandría) durante el reinado de Alejandro, como lo prueban las notas que puso de su puño y letra al principio de los tomos” (Eusebio, Hist. eccl. 6,24,3). Como lo indica el título, y según se dijo acerca de la obra homónima de Clemente de Alejandría, se discuten los temas más variados sin seguir un orden particular. Esto coincide con la observación de Jerónimo (Epist. 70,4) de que en este estudio Orígenes comparó la doctrina cristiana con la enseñanza de los antiguos filósofos, Platón, Aristóteles, Numenio y Cornuto.
5. Escritos de carácter práctico.
1. Sobre la oración (De oratione)
El tratado De oratione es una verdadera joya entre las obras de Orígenes. Lo compuso, hacia el 233-234, a instancias de su amigo Ambrosio y de Taciana, su esposa o hermana. El texto se ha conservado en un códice de Cambridge, del siglo XIV (Codex Cantabrig Colleg. S. Trinitatis B. 8. 10 saec. XIV). Un códice de París, del siglo XV, contiene también un fragmento.
El tratado comprende dos partes. La primera (c.3-17) trata de la oración en general, y la segunda (c.18-30) del “Padre nuestro” en particular. En un apéndice (c.31-33), que viene a completar la primera parte, se habla de la actitud del cuerpo y del alma, de los gestos, del lucrar y de la orientación de la oración, y, finalmente, de sus diferentes clases. Al final, Orígenes ruega a Ambrosio y a Taciana que se contenten, por el momento, con este escrito hasta que les pueda ofrecer algo mejor, más hermoso y más preciso. No parece que Orígenes haya tenido nunca la posibilidad de cumplir esta promesa.
Este tratado revela, mejor que ningún otro, la profundidad y el fervor de la vida religiosa de Orígenes. Algunos de los conceptos fundamentales que recalca en esta obra son de gran valor para analizar su sistema teológico.
Es el estudio científico más antiguo que poseemos sobre la oración cristiana.
La introducción se abre con la afirmación de que lo que es imposible a la naturaleza humana es posible con la gracia de Dios y con la asistencia de Cristo y del Espíritu Santo. Este es el caso de la oración. Después de discutir el nombre y el significado de la palabra bíblica euche (e???) y proseuche (p??se???) (c.3-4), el autor responde a una pregunta de Ambrosio sobre el uso y la necesidad de la petición. Los que se oponen a ella dicen que Dios conoce nuestras necesidades sin que le pidamos nada. Además es absurdo pedir nada a Dios, puesto que todo lo tiene predestinado. A esto responde Orígenes señalando el libre albedrío que Dios ha dado a todas las personas que las ha coordinado con su plan eterno. Hay pasajes en la Escritura que prueban que el alma se eleva y recibe una visión de la belleza y majestad divinas. El comercio constante con Dios produce como efecto la santificación de toda la existencia del hombre. Por consiguiente, la utilidad y la conveniencia de la oración consisten en que nos permite unirnos (??a??a???a?) al espíritu del Señor, que llena el cielo y la tierra. No pretende influir en Dios, sino hacernos participar de su vida y ponernos en comunicación con el cielo. El mejor ejemplo nos lo da Cristo, nuestro Sumo Sacerdote. El ofrece nuestro homenaje juntamente con el de los ángeles y el de los fieles difuntos, especialmente el de los ángeles custodios, que presentan nuestras invocaciones a Dios. La oración fortifica el alma contra las tentaciones y aleja los malos espíritus. Por esto deberíamos dedicar a la oración determinadas horas del día. Más aún, nuestra vida entera debería ser una oración. A los que desean una vida espiritual en Cristo, el autor aconseja no pedir en su conversación con Dios cosas fútiles y terrenas, sino tienes elevados y celestiales. Comentando 1 Tim. 2,1, aduce ejemplos de la Escritura para las cuatro clases de la oración: petición (d??s??), adoración (p??se???), súplica (??te???) y acción de gracias (e??a??st?a). Hablando de la adoración, observa que debería dirigirse únicamente a Dios Padre, jamás a un ser creado, ni siquiera a Cristo. El mismo Cristo nos enseñó a adorar al Padre. Deberíamos orar en el nombre de Jesús. Deberíamos adorar al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo; pero únicamente el Padre tiene derecho a nuestra adoración. Para justificar esta opinión singular, Orígenes dice que, si se quiere orar correctamente, no se debe rogar a quien ora él mismo. El que rehusó ser llamado “bueno” porque sólo Dios tiene derecho a llamarse así, ciertamente habría rehusado que se le adorara. Y si Cristo llama a los cristianos hermanos suyos, con esto da a entender claramente que desea que ellos adoren al Padre, no a El, que es su hermano: “Roguemos, pues, a Dios por mediación de El, diciendo todos las mismas cosas sin divisiones en el modo de rezar. ¿No es verdad que estamos divididos, si es que unos ruegan al Padre, otros al Hijo? La gente sencilla, que ilógica e inconsideradamente ruega al Hijo, bien sea con el Padre o sin el Padre, comete un pecado de ignorancia” (16,1). En esta teoría, Orígenes no ha tenido seguidores. Probablemente le fue sugerida por un concepto subordinacionista del Logos y por un monoteísmo exagerado.
La segunda parte consiste en un comentario al “Padre nuestro,” el más antiguo que conocemos. Después de una introducción, en la que examina las diferencias entre el texto de Mateo y el de Lucas, y la recta manera de hablar con Dios, nos ofrece una magnífica interpretación de la invocación inicial “Padre nuestro, que estás en los cielos.” Orígenes hace notar que el Antiguo Testamento no conoce el nombre de “Padre” refiriéndose a Dios, en el sentido cristiano de una adopción firme e indefectible. Solamente los que han recibido el espíritu de adopción y prueban con sus obras que son hijos e imágenes de Dios, pueden recitar esta plegaría auténticamente. Nuestra vida entera debería decir: “Padre nuestro, que estás en los cielos,” porque nuestra conducta debería ser celestial y no mundana.
El consejo que da en la primera parte del tratado, de no pedir cosas temporales, sino bienes sobrenaturales, explica su manera de interpretar la cuarta petición: “Puesto que algunos piensan que aquí se nos manda pedir el pan de nuestro cuerpo, conviene refutar su error y proponer la verdad sobre el pan de cada día. Habría que responderles con esta pregunta: ¿Cómo es posible que el que nos manda pedir cosas celestiales y grandes, olvidándose, según vosotros, de sus propias enseñanzas, mande pedir al Padre cosas terrenas y mezquinas?” (27,1). Hace derivar la palabra ?p???s??? (Mt. 6,11; Lc. 11,3) de ??s?a, substancia, y considera ??t?? ep???s??? como un alimento celeste que nutre la substancia del alma, haciéndola fuerte y vigorosa. Este alimento es el Logos, que se llama a sí mismo “el pan de vida.”
Hablando de las actitudes durante la oración, Orígenes dice que todo acto de adoración debe dirigirse hacia el este, para indicar de esta manera que el alma está orientada hacia la aurora de la verdadera luz, el sol de justicia y de salvación, Cristo (32).
A lo largo de todo el tratado, Orígenes insiste en las disposiciones previas del alma. Los efectos de la oración dependen de la preparación interior. En primer lugar, no puede haber auténtica adoración si no se declara la guerra al pecado a fin de purificar el corazón. En segundo lugar, esta lucha contra todo lo que mancilla el alma está íntimamente ligada a un esfuerzo constante por librar el espíritu de los afectos desordenados, a una lucha contra todas las pasiones (p???). Comentando Mateo 5,22, Orígenes declara que no podrán conversar con Dios más que aquellos que se hayan reconciliado enteramente con sus hermanos. En tercer lugar debemos rechazar todas las impresiones y pensamientos que vengan a perturbarnos, tanto si provienen del mundo que nos rodea como si tienen origen en nosotros mismos. Sólo después de un desprendimiento así es posible acercarse al Omnipotente. Cuanto mejor preparada esté el alma, tanto más rápidamente escuchará Dios sus peticiones y tanto más aprovechará el alma en su coloquio con El. Sin embargo, aun después de todos estos preparativos, la oración sigue siendo un don del Espíritu Santo, que ora dentro de nosotros y nos guía en la oración.
Las ideas de este tratado han ejercido una influencia duradera en la historia de la espiritualidad. Los escritos de Orígenes fueron leídos por los primeros monjes de Egipto, y su influencia se advierte en las reglas monásticas más antiguas, especialmente en su manera de tratar de la oración y de la compunción.

LITERATURA ANTINICENA DESPUÉS DE IRENEO

La Literatura Antenicena Después de Ireneo.
1. Los Alejandrinos.
Hacia el año 200, la literatura eclesiástica da muestras de un desarrollo extraordinario y toma, además, una orientación totalmente nueva. La producción literaria del siglo II estuvo condicionada por la lucha que sostuvo la Iglesia con sus perseguidores. Por eso los escritos de este período se caracterizan por la defensa y el ataque; son escritos apologéticos y antiheréticos. Sin embargo, el valor permanente de estos autores primitivos está en los servicios que prestaron a la teología poniendo sus primeras bases. Al defender la fe con las armas de la razón, prepararon el camino al estudio científico de la revelación.
Ningún escritor cristiano había intentado todavía considerar el conjunto de la doctrina cristiana como un todo, ni presentarlo de una manera sistemática. Ni siquiera la obra de San Ireneo, a pesar de sus grandes méritos, permite decidir la cuestión de si la literatura cristiana ha de limitarse a ser un arma contra el enemigo o bien convertirse en instrumento de trabajo pacífico en el interior de la Iglesia. A medida que la nueva religión iba penetrando en el mundo antiguo, cada vez se iba sintiendo más la necesidad de exponer sus creencias de una manera ordenada, completa y exacta. Cuanto más crecía el número de los conversos en las clases cultas, tanto más imperiosa se hacía la necesidad de dar a estos catecúmenos una instrucción a la altura de su medio ambiente y de formar maestros para este fin. Así fue como se crearon las escuelas teológicas, cuna de la ciencia sagrada. Surgieron primeramente en Oriente, donde había nacido y se había difundido mayormente el cristianismo. La más famosa de todas y la que mejor conocemos es la de Alejandría, en Egipto. Esta ciudad, fundada por Alejandro Magno el año 331 antes de Cristo, era centro de una brillante vida intelectual mucho antes de que el cristianismo hiciera su aparición. Allí fue donde nació el helenismo: la fusión de las culturas oriental, egipcia y griega dio origen a una nueva civilización. La cultura judía encontró también allí terreno propicio. Fue en Alejandría donde el pensamiento griego influyó más profundamente sobre la mentalidad hebrea. Allí se compuso la obra que constituye el principio de la literatura judío-helenística, los Setenta. Fue también en Alejandría donde vivió el escritor que llevó esta literatura a su apogeo: Filón; firmemente convencido de que las enseñanzas del Antiguo Testamento podían combinarse con las especulaciones griegas, elaboró una filosofía religiosa en la que realiza esta síntesis.
La Escuela de Alejandría.
Cuando, a fines del siglo I, el cristianismo se estableció en la ciudad, entró en contacto estrecho con todos estos elementos. Como consecuencia, se suscitó un vivo interés por problemas de tipo teórico, que condujo a la fundación de una escuela teológica. La escuela de Alejandría es el centro más antiguo de ciencias sagradas en la historia del cristianismo. El medio ambiente en que se desarrolló le imprimió sus rasgos característicos: marcado interés por la investigación metafísica del contenido de la fe, preferencia por la filosofía de Platón y la interpretación alegórica de las Sagradas Escrituras. Entre sus alumnos y profesores se cuentan teólogos famosos como Clemente, Orígenes, Dionisio, Pierio, Pedro, Atanasio, Dídimo y Cirilo.
El método alegórico había sido utilizado desde hacía mucho tiempo por los filósofos griegos en la interpretación de los mitos y fábulas de los dioses, que aparecen en Homero y Hesíodo. De esta manera, Jenófanes, Pitágoras, Platón, Antístenes y otros trataron de encontrar un significado profundo en esas historias, cuyo sentido literal ofendía a los oídos. Este sistema fue adoptado principalmente por los estoicos. El primer representante judío de la exégesis alegórica es el alejandrino Aristóbulo, hacia la mitad del siglo II antes de Cristo. Su formación helenística le indujo a aplicar este sistema al Antiguo Testamento igual que se hacía en la interpretación de la poesía griega. La Epístola de Aristeas recurre al mismo procedimiento para justificar las prescripciones de la Ley Antigua sobre los alimentos. Pero fue, sobre todo, Filón de Alejandría quien se sirvió de la alegoría para la explicación de la Biblia. Según él, el sentido literal de la Sagrada Escritura es tan sólo lo que la sombra con respecto al cuerpo. La verdad auténtica está en el sentido alegórico más profundo. Los pensadores cristianos de Alejandría adoptaron este método, porque estaban convencidos de que la interpretación literal es, a menudo, indigna de Dios. Y si Clemente lo usó con frecuencia, Orígenes lo erigió en sistema. Sin alegoría, ni la teología ni la exégesis habrían realizado al principio los enormes adelantos que hicieron. En la época de Clemente y de Orígenes, y en el corazón mismo de la cultura helenística, tuvo la gran ventaja de abrir un vasto campo a la teología incipiente y permitir que la revelación entrara en contacto fecundo con la filosofía griega. Contribuyó, además, a resolver el problema más importante que se le había planteado a la Iglesia primitiva, a saber, la interpretación del Antiguo Testamento. La autoridad de San Pablo le aseguraba un origen legítimo (Gal. 4,24; 1 Cor. 9,9).
Sin embargo, la tendencia a descubrir figuras y prototipos en cada una de las líneas de la Escritura y descuidar el sentido literal no estaba exenta de peligro.
Panteno.
El primer director de la escuela de Alejandría de quien se tienen noticias es Panteno. Era siciliano; fue primero filósofo estoico y más tarde se convirtió al cristianismo. Después de su conversión, al decir de Eusebio (Hist. eccl. 5,10,1), emprendió un viaje misionero, que le llevó hasta la India. Llegó a Alejandría, probablemente, hacia el año 180, siendo nombrado muy pronto jefe de la escuela de catecúmenos de aquella ciudad. Como tal, fue maestro de Clemente de Alejandría. Estuvo al frente de esta institución hasta su muerte, acaecida poco antes del año 200. Tanto Clemente (Strom. 1,1,11) como Eusebio (Hist. eccl. 5,10) aseguran que, como maestro, se ganó aplauso y renombre universales. Esto es todo lo que sabemos de Panteno. Ignoramos si compuso alguna obra. No han tenido éxito los intentos que se han hecho para descubrir la obra literaria de Panteno o parte de ella en Clemente de Alejandría. H. I. Marrou opina que él es el autor de la Epístola a Diogneto (cf. p.238).
Clemente de Alejandría.
Tito Flavio Clemente nació, hacia el año 150, de padres paganos. Parece que su ciudad natal fue Atenas y que allí recibió su primera enseñanza. Nada sabemos de la fecha, ocasión y motivos de su conversión. Una vez cristiano, viajó extensamente por el sur de Italia, Siria y Palestina. Su propósito era recibir instrucción de los maestros cristianos más renombrados. Dice él mismo que tuvo “el privilegio de escuchar a varones bienaventurados y verdaderamente importantes” (Strom. 1,1, 11). Pero el acontecimiento de su vida que más influyó en su carrera científica fue el haber llegado, al final de sus viajes, a Alejandría. Las clases de Panteno le atrajeron de tal suerte que fijó su residencia en aquella ciudad, que en adelante fue su segunda patria. De Panteno, su maestro, dice lo siguiente:
Cuando di con el último (de mis maestros), el primero en realidad por su valor, a quien descubrí en Egipto, encontré reposo. Verdadera abeja de Sicilia, recogía el néctar de las flores que esmaltan el campo de los profetas y los apóstoles, engendrando en el alma de sus oyentes una ciencia inmortal (Strom. 1,1,11).
Vino a ser discípulo, socio y asistente de Panteno y, finalmente, le sucedió como director de la escuela de catecúmenos. No es posible señalar exactamente la fecha en que heredó el cargo de su maestro; probablemente hacia el año 200. Dos o tres años más tarde, la persecución de Septimio Severo le obligó a abandonar Egipto. Se refugió en Capadocia con su discípulo Alejandro, que sería más tarde obispo de Jerusalén. Murió poco antes del 215, sin haber podido volver a Egipto.
I. Sus Escritos.
Aunque sabemos muy poco de la vida de Clemente, podemos obtener un vivo retrato de su personalidad a través de sus escritos. Revelan éstos la mano de un gran maestro. En ellos, además, la doctrina cristiana se enfrenta por primera vez con las ideas y realizaciones de la época. Por esta razón, Clemente se merece el título de “pionero” de la ciencia eclesiástica. Su obra literaria demuestra que fue hombre de vasta erudición, que poseía la filosofía, la poesía, la arqueología, la mitología y la literatura. No siempre recurría a las obras originales, sino que se servía a menudo de antologías y florilegios. Sin embargo, tenía un conocimiento completo de la literatura cristiana primitiva, tanto de la Biblia como de todas las obras post-apostólicas y heréticas. Cita 1.500 veces el Antiguo Testamento y 2.000 el Nuevo. También conoce bastante bien a los clásicos, a los que cita no menos de 360 veces.
Clemente se daba perfecta cuenta de que la Iglesia tenía que enfrentarse necesariamente con la filosofía y la literatura paganas, si quería cumplir sus deberes para con la humanidad y estar a la altura de su misión de educadora de las naciones. Su formación helenística le capacitó para hacer de la fe cristiana un sistema de pensamiento con base científica. Si el pensamiento y la investigación de tipo científico tienen hoy derecho de ciudadanía en la Iglesia, se lo debemos principalmente a él. Demostró que la fe y la filosofía, el Evangelio y el saber profano no se oponen, sino que se completan mutuamente. Toda ciencia humana sirve a la teología. El cristianismo es la corona y la gloria de todas las verdades contenidas en las diferentes doctrinas filosóficas.
Tres de sus escritos forman una especie de trilogía y nos dan base suficiente para formarnos una idea de su postura y sistema teológicos. Son el Protréptico, el Pedagogo y el Stromata.
1. El Protréptico.
El primero de estos escritos, el Protréptico o Exhortación a los griegos (???t?ept???? p??? ?????a?) es una “invitación a la conversión.” Su propósito es convencer a los adoradores de los dioses de la necedad e inutilidad de las creencias paganas, descubrir los aspectos vergonzosos de los misterios ocultos e inducirlos a que acepten la única religión verdadera, las enseñanzas del Logos divino, quien, después de haber sido anunciado por los profetas, se presentó como Cristo. Promete una vida que lleva a la satisfacción de los más profundos anhelos humanos, porque comunica redención e inmortalidad. Al final de su obra, Clemente define esta “exhortación” de la siguiente manera:
¿A qué cosa te exhorto, pues? Anhelo salvarte. Cristo lo quiere. En una palabra, El te concede la vida. Y ¿quién es Él? Apréndelo rápidamente: la Palabra de verdad, la Palabra de incorruptibilidad, el que regenera al ser humano elevándole a la verdad; el aguijón de salvación, el que expele la corrupción y destierra la muerte, el que edifica un templo en cada hombre a fin de instalar a Dios en cada hombre (Protrép. 11,117,34).
Por su contenido, el Protréptico está estrechamente relacionado con las primeras apologías cristianas; reanuda la polémica contra la mitología antigua, que ya conocemos, y vuelve a sostener la tesis de la anterioridad del Antiguo Testamento. Clemente conocía estos escritos y se sirvió de ellos. Del mismo modo que ellos, saca de la filosofía popular griega las pruebas contra la religión y el culto paganos. Pero si se comparan estas apologías con el Protréptico, pronto se echa de ver que Clemente ya no juzgaba necesario defender al cristianismo de las falsas acusaciones y calumnias de que fue víctima en un principio. Se advierte también otro claro progreso en este tratado de Clemente: sabe dar a su polémica un tono de convicción soberana, una tranquila certeza de la función educadora del Logos a lo largo de toda la historia de la humanidad. Encomia poéticamente y con entusiasmo la sublimidad de la revelación del Logos y el maravilloso don de la gracia divina, que colma todos los deseos humanos.
En cuanto a su forma literaria, el Protréptico debe ser clasificado entre los Protreptikoi, o sea exhortaciones, cuyo fin era animar a los seres humanos a tomar una decisión, estimularlos hacia un ideal elevado, como, por ejemplo, el estudio de la filosofía. Aristóteles, Epicuro y los estoicos Cleantes, Crisipo y Posidonio escribieron un Protréptico. El Hortensius de Cicerón, que San Agustín leyó antes de su conversión, pertenece a la misma categoría. La intención de Clemente era entusiasmar de esta manera a sus lectores con la única verdadera filosofía, la religión cristiana.
2. El Pedagogo.
El Pedagogo, que comprende tres libros, viene a ser la continuación del Protréptico. Va dirigido a los que, siguiendo el consejo que Clemente les diera en el primer tratado, adoptaron la fe cristiana. El Logos aparece ahora en primer plano como preceptor para enseñar a estos conversos cómo han de ordenar su vida. El primer libro es de un carácter más general; trata de la obra educadora del Logos como pedagogo: “Su objetivo no es instruir al alma, sino hacerla mejor; educarla para una vida virtuosa, no para una vida intelectual” (Paed. 1,1,1,4). Clemente afirma que “la pedagogía es la educación de los niños” (ibid. 1,5,12,1), y luego se pregunta quiénes son los que la Escritura llama “niños” (pa?de?). No son, como pretenden los gnósticos, solamente los que viven en un plano inferior de fe cristiana (en ese caso únicamente los gnósticos serían perfectos cristianos). Son hijos de Dios todos aquellos que han sido redimidos y regenerados por el bautismo: “En el bautismo somos iluminados; al ser iluminados, venimos a ser hijos; por ser hijos, nos hacemos perfectos; siendo perfectos, nos hacemos inmortales” (ibid. 1,6,26,1). El principio básico de la educación que el Logos da a sus hijos es el amor, mientras que la educación de la Ley Antigua se basaba en el temor. No hay que creer, sin embargo, que el Salvador administre solamente medicamentos suaves; también los da fuertes, porque Dios es a la vez bueno y justo, y un maestro entendido sabe mezclar la bondad con el castigo. La Justicia y el amor no se excluyen en Dios. Al decir esto, Clemente alude a la doctrina herética de los marcionitas, que negaban la identidad entre el Dios del Antiguo Testamento y el Dios del Nuevo. El temor es bueno, porque impide caer en el pecado:
Las amargas raíces del temor detienen la gangrena de los pecados. Por eso el temor, aunque amargo, es saludable. En verdad, pues, nosotros, los enfermos, necesitamos un salvador; descarriados como estamos, necesitamos alguien que nos guíe; siendo ciegos, quien nos lleve a la luz; sedientos, necesitamos la fuente vivificante que, al beber de ella, nos quite la sed (Io. 4,13-14); haciendo muerto, hemos menester la vida; como somos ovejas, tenemos necesidad de un pastor; por ser niños, necesitamos un pedagogo (es más, toda la humanidad tiene necesidad de Jesús)… Si queréis, podéis aprender la elevada sabiduría del Pastor y Pedagogo santísimo, del Verbo omnipotente del Padre, cuando se llama a sí mismo, alegóricamente, pastor del rebaño. Es pedagogo de los niños. Dice, en efecto, por boca de Ezequiel, dirigiéndose a los ancianos y proponiéndoles un ejemplo saludable de prudente solicitud: “Vendaré la perniquebrada y curaré la enferma, traeré la extraviada y la apacentaré en mi santa montaña” (Ez. 34,16.14). Apaciéntanos a tus niños como a ovejas. Sí, Señor; sácianos con la justicia, que son tus pastos. Sí, Pedagogo; llévanos a los pastos de tu montaña santa, la Iglesia, que se alza muy arriba, por encima de las nubes hasta tocar el cielo” (ibid. 1,9,83, 2-84,3).
A partir del principio del segundo libro, el tratado pasa a ocuparse de los problemas de la vida cotidiana. Mientras el primero hablaba de los principios generales de la moral, el segundo y tercero vienen a dar una especie de casuística para todas las esferas de la vida: la comida, la bebida, la casa con su mobiliario, la música y la danza, la recreación y las diversiones, el baño y los perfumes, la urbanidad y la vida matrimonial. Estos capítulos nos dan una descripción interesante de la vida cotidiana de Alejandría con su lujo, su licencia y sus vicios. Clemente habla aquí con una franqueza que causa sorpresa. El autor previene a los cristianos contra esta forma de vida y les da un código moral de comportamiento cristiano en ambientes como éste. Clemente, sin embargo, no exige al cristiano que se abstenga de todos los refinamientos de la cultura; no le pide que renuncie al mundo ni que haga voto de pobreza. Lo que importa es la actitud del alma. Mientras el cristiano mantenga su corazón independiente y libre de todo apego a los bienes de este mundo, no hay motivo para que se aparte de sus semejantes. Es más importante que la vida cultural de la ciudad se impregne del espíritu cristiano. El Pedagogo termina con un himno a Cristo Salvador. Han surgido dudas respecto a la autenticidad de este himno. Sin embargo, hay fundamento suficiente para atribuirlo a Clemente. Las imágenes corresponden exactamente a las del Pedagogo. Tal vez tenemos aquí la oración oficial de alabanza de la escuela de Alejandría (cf. p.155s).
Las autoridades consultadas por Clemente para su Pedagogo son, además del Antiguo y Nuevo Testamento, que constituyen su fuente principal, los escritos de los filósofos griegos. Hay citas de los tratados morales de Platón y Plutarco. También se echa de ver la influencia de los moralistas estoicos, aunque resulta difícil decir concretamente de qué obras depende. Un buen número de pasajes son casi idénticos a algunas páginas del pensador estoico C. Musonio Rufo. Sin embargo, lo que haya podido tomar de los filósofos estoicos lo combina tan perfectamente con ideas cristianas, que el resultado es una teoría cristiana de la vida.
3. Los Stromata o Tapices (St??µate??).
Al final de su introducción al Pedagogo, Clemente hace esta observación:
Deseando, pues, ardientemente conducirnos a la perfección por un progreso constante hacia la salvación, apropiado a una educación eficaz, el bondadosísimo Verbosigue un orden admirable: primero exhorta, luego educa y, finalmente, enseña (1,1,3,3).
Estas palabras parecen indicar que Clemente tenía intención de componer un volumen titulado el Maestro (??d?s?a???) como tercera parte de su trilogía. Mas Clemente no poseía las cualidades que se requieren para escribir esta clase de libros, que exigen una distribución estrictamente lógica. Los dos escritos precedentes demuestran que Clemente no era un teólogo sistemático y que era incapaz de manejar grandes cantidades de material. Abandonó, pues, su plan primitivo y escogió el género literario de los Stromata o “Tapices,” mucho más en consonancia con su genio, que le permitía intercalar extensos y brillantes estudios de detalle en un estilo fácil y agradable. El nombre, Tapices, es semejante a otros muy en boga por aquel entonces, como La pradera, Los banquetes, El panal de miel. Con estos títulos se designaba un género que era el preferido de los filósofos de entonces, y que les permitía tratar de las más variadas cuestiones sin tener que sujetarse a un orden o plan estrictos; podían pasar de una cuestión a otra sin seguir un orden sistemático. Los diferentes temas quedaban entretejidos en la obra como los colores de un tapiz.
Los Stromata de Clemente comprenden ocho libros. En ellos se estudian principalmente las relaciones de la religión cristiana con la ciencia secular, especialmente las relaciones de la fe cristiana con la filosofía griega. En el primer libro, Clemente defiende la filosofía contra los que objetaban que no tenía ningún valor para los cristianos. Su respuesta es que la filosofía es un don de Dios; fue concedida a los griegos por la divina Providencia, de la misma manera que la Ley a los judíos. Puede prestar también importantes servicios al cristiano que desee alcanzar el conocimiento (???s??) del contenido de su fe:
Antes de la venida del Señor, la filosofía era necesaria para la justificación de los griegos; ahora es útil para conducir las almas a Dios, pues es una propedéutica para quienes llegan a la fe por la demostración. “Que tu pie no tropiece, pues” (Prov. 3,23), refiriendo todas las cosas hermosas a la Providencia, ya sean las de los griegos, ya las nuestras. Dios es, en efecto, la causa de todas las cosas hermosas; de unas lo es de una manera principal, como del Antiguo y Nuevo Testamento; de otras, secundariamente, como de la filosofía. Y ésta tal vez ha sido dada principalmente a los griegos antes de que el Señor les llame también: porque ella condujo a los griegos hacia Cristo, como la Ley a los hebreos. Ahora la filosofía queda como una preparación que pone en el camino al que está perfeccionado por Cristo (Strom. 1,5,28).
Clemente va mucho más allá que Justino Mártir. Este hablaba de la presencia de semillas del Logos en la filosofía de los griegos. Clemente compara la filosofía griega con el Antiguo Testamento en cuanto que preparó a la humanidad para la venida de Cristo. Por otra parte, Clemente tiene sumo interés en recalcar que la filosofía no podrá nunca reemplazar a la revelación divina. Únicamente prepara el asentimiento de la fe. Por eso, en el libro segundo, defiende la fe contra los filósofos:
La fe, que los griegos calumnian por considerarla vana y bárbara, es una anticipación voluntaria, un asentimiento religioso, y según el divino Apóstol (Heb. 11,1.6), “la firme seguridad de lo que esperamos, la convicción de lo que no vemos. Sin la fe es imposible agradar a Dios” (Strom. 2,2,8,4).
No se puede llegar al conocimiento de Dios más que por la fe; la fe es el fundamento de todo conocimiento. Si es dable encontrar gérmenes de la verdad divina en las diferentes doctrinas filosóficas, es debido a que los griegos tomaron de los profetas del Antiguo Testamento muchas de sus doctrinas. Clemente se extiende largamente en probar que incluso Platón, al idear sus Leyes, imitó a Moisés, y que los griegos copiaron de los bárbaros, es decir, de los Judíos y cristianos. Los demás libros refutan la gnosis y sus falsos principios religiosos y morales. El autor traza un espléndido cuadro de la verdadera gnosis y de sus relaciones con la fe, como una contrapartida de la falsa gnosis. La perfección moral, que consiste en la castidad y el amor de Dios, es el rasgo característico del gnóstico ideal, en claro contraste con el gnóstico herético. Al final del libro séptimo, Clemente se da cuenta de que no ha contestado aún a todas las cuestiones que juzga ser de importancia para la vida cotidiana de los cristianos y para su ciencia religiosa. Por eso promete otra parte y está dispuesto a empezar de nuevo (Strom. 7,18,111,4). Sin embargo, el llamado octavo libro de los Tapices no parece ser una continuación del séptimo, sino más bien una serie de bocetos y estudios utilizados en otras partes de la obra. No parece que el autor los compusiera con ánimo de publicarlos, pero lo fueron después de su muerte, contra su intención. Por lo visto murió antes de poder cumplir su promesa.
4. Excerpta ex Theodoto y Eclogae propheticae
Otro tanto se puede decir de estas dos obras, que en la traducción manuscrita siguen a los Stromata. No se trata de extractos hechos por otro de las partes perdidas de los Stromata, según opinaba Zahn; son citas de escritos gnósticos, por ejemplo, de Teodoto, autor gnóstico de la secta de Valentín (cf. p.254), y unos estudios preliminares de Clemente. Es sumamente difícil separar los pasajes de origen gnóstico de las palabras del propio Clemente.
5. Quis dives salvetur? (Tí? ? s???µe??? p???s???).
El opúsculo ¿Quién es el rico que se salva? es una homilía sobre Marcos 10,17-31. No parece, sin embargo, que sea un sermón realmente pronunciado en una función religiosa pública. En él se ve cómo resolvía Clemente las dificultades de sus oyentes a propósito de una interpretación demasiado literal de los preceptos evangélicos. El Pedagogo deja entrever que Clemente tenía entre sus oyentes gente acomodada. Esta homilía da a entender lo mismo. Clemente opina que el precepto del Señor: “Vete, vende cuanto tienes y dalo a los pobres,” no quiere decir que la riqueza por sí sola excluye a uno del reino de los cielos. Para salvarse no es necesario desprenderse de todo lo que uno posee. Clemente interpreta las palabras del Señor como una exhortación a mantener el corazón alejado de todo deseo de dinero y libre de todo apego desordenado al mismo. Si todos los cristianos renunciaran a sus propiedades, no habría quien socorriera a los pobres. Lo que importa es la actitud del alma, no el hecho de que uno sea menesteroso o pudiente. Debemos desprendernos de la pasión, no de las riquezas. No son éstas, sino el pecado, el que excluye a uno del reino de los cielos. Al final, Clemente cuenta la leyenda del apóstol Juan y del joven que cayó en manos de ladrones, para probar que incluso los mayores pecadores pueden salvarse si hacen verdadera penitencia.
2. Obras Perdidas.
1. La obra más importante entre las que se han perdido es el comentario a los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento, llamado Hypotyposeis (‘?p?t?p?se??), o sea, esquemas o bocetos. Constaba de ocho libros. Eusebio (Hist. eccl. 6,14,1) dice que en esta obra Clemente comentaba también escritos cuya canonicidad era dudosa: “Para decirlo brevemente, en las Hypotyposeis explica concisamente todas las Escrituras canónicas, sin pasar por alto obras controvertidas, tales como la Epístola de Judas y las demás Epístolas católicas, y la Epístola de Bernabé, y el llamado Apocalipsis de Pedro.” Se han conservado tan sólo unos pocos fragmentos en griego. La mayor parte de ellos se encuentran en Eusebio. Otros se hallan en los comentarios del Pseudo-Oikomenio y en el Pratum Spirituale de Juan Mosco. Un pasaje algo más extenso se conserva en una antigua traducción latina, que data del tiempo de Casiodoro (ca.540). Contiene interpretaciones de la primera Epístola de Pedro, de la Epístola de Judas y de la primera y segunda Epístolas de Juan; lleva por título Adumbrationes Clementis Alexandrini in Epistolas canonicas. De todos estos fragmentos se deduce con certeza que las Hypotyposeis no eran un comentario seguido de todo el texto, sino tan sólo una interpretación alegórica de algunos versículos escogidos. Según Eusebio (Hist. eccl. 5,11.2; 6,13,3), Clemente mencionaba en esta obra a su profesor Panteno. Pero no cabe precisar hasta qué punto sus opiniones se basaban en las lecciones de su profesor. Focio tuvo aún el texto completo de las Hypotyposeis, que le merecen un juicio severo:
En algunos pasajes (Clemente) mantiene firmemente la recta doctrina; en otros, en cambio, se deja llevar de ideas extrañas e impías. Afirma la eternidad de la materia; construye toda una teoría de ideas, partiendo de palabras de la Sagrada Escritura. Reduce el Hijo a la categoría de mera criatura. Cuenta hechos fabulosos de metempsicosis y de mundos anteriores a Adán. Sobre la formación de Adán y Eva enseña cosas blasfemas y ridículas a la par que contrarias a la Escritura. Se imagina que los ángeles tuvieron trato sexual con mujeres y les dieron hijos; también enseña que el Logos no se hizo hombre verdaderamente, sino sólo en apariencia. Llega a sostener, al parecer, una absurda idea de dos Logos del Padre, de los cuales sólo el inferior se apareció a los humanos (Bibl. Cod. 109).
Focio se funda en esta razón para dudar de la autenticidad de las Hypotyposeis. En todo caso, las doctrinas heréticas que contenía explicarían que la obra se haya perdido.
2. Sabemos por Eusebio (Hist. eccl. 6,13,9) que Clemente compuso también un libro Sobre la Pascua, en el cual “afirma que fue inducido por sus amigos a consignar por escrito unas tradiciones que él había oído de los ancianos de tiempos lejanos, para provecho de los que habían de venir después; y hace mención de Melitón, de Ireneo y de algunos otros, cuyas narraciones incluye asimismo.” Quedan solamente unas breves citas de este escrito.
3. Otra obra, de la que poseemos solamente un fragmento, es el Canon eclesiástico o Contra los judaizantes, que dedicó a Alejandro, obispo de Jerusalén (Eusebio, Hist. eccl. 6,13,3).
4. Anastasio el Sinaíta reproduce un pasaje de la primera parte de un tratado Sobre la Providencia. Quedan algunos otros fragmentos, que indican que la obra contenía definiciones filosóficas. Al no mencionarla Eusebio ni ningún otro escritor eclesiástico antiguo, su autenticidad queda en duda.
5. En cambio, Eusebio conoce otro escrito de Clemente, titulado Exhortación a la paciencia o A los recién bautizados. Es posible que un fragmento que se conserva en un manuscrito de El Escorial, llamado Exhortaciones de Clemente, pertenezca a esta obra desaparecida.
6. Nada queda, y no se sabe nada más, de otras dos obras que Eusebio (Hist. eccl. 6,13,3) atribuye a Clemente: Discursos sobre el ayuno y Sobre la calumnia.
7. Paladio (Hist. Laus. 139) es el único que atribuye a Clemente una obra Sobre el profeta Amós.
8. No se conserva ninguna carta de Clemente, pero los Sacra Parallela 311,312 y 313 (ed. Holl) contienen tres frases que se dicen sacadas de cartas de Clemente; dos de ellas, de su carta 21.
Transmisión del texto.
El original de todos los manuscritos del Protréptico y del Pedagogo es el Códice de Aretas de la Bibliothèque Nationale (Codex Paris, graec. 451). Fue copiado por Baanes, a petición del arzobispo Aretas de Cesárea de Capadocia, el año 914. Desgraciadamente se han perdido cuarenta folios. Por eso faltan los diez primeros capítulos del Pedagogo y los dos himnos del fin. Sin embarco, se pueden suplir estas lagunas gracias a dos copias del códice de Aretas hechas cuando estaba aún completo. Son los Codex Mutin. III. D. 7 y Codex Laur. V 24; el más fidedigno de los dos es el primero.
El texto de los Stromata, de los Excerpta ex Theodoto y de las Eclogae propheticae se conserva en un manuscrito del siglo XI, Codex Laur. V 3. El otro manuscrito que contiene estas obras es copia del Laur.
La primera edición del Quis dives salvetur? se hizo a base del Codex Vatic. gr. 623, que no hace más que reproducir el Codex Scorial. ***O- ???-19 del siglo XI ? XII.
El texto del fragmento latino de las Hypotyposeis, las Adumbrationes Clementis Alexandrini, nos lo proporcionan tres manuscritos independientes: el Codex Laudun. 96, del siglo IX; el Berol. Phill. 1665 (actualmente n.45), del siglo XIII, y el Vatic. lat. 6154, del siglo XVI.
3. Aspectos de la Teología de Clemente.
La obra de Clemente marca una época, y no es una alabanza exagerada decir de él que es el fundador de la teología especulativa. Si lo comparamos con su contemporáneo Ireneo de Lión, representa ciertamente un tipo totalmente distinto de doctor eclesiástico. Ireneo era el hombre de la tradición, que derivó su doctrina de la predicación apostólica y veía en la cultura y en la filosofía de su tiempo un peligro para la fe. Clemente fue el valiente y afortunado iniciador de una escuela que se proponía proteger y profundizar la fe mediante el uso de la filosofía. Se dio cuenta, es verdad, lo mismo que Ireneo, del gran peligro de helenización que corría el cristianismo, y luchó, como él, contra la falsa gnosis herética. Pero lo que distingue a Clemente es que no se detuvo en esta actitud meramente negativa, sino que a la falsa gnosis opuso ana gnosis verdadera cristiana, que ponía al servicio de la fe el tesoro de verdad contenido en los diversos sistemas filosóficos. Mientras los partidarios de la gnosis herética enseñaban que no es posible compaginar la fe y la gnosis, porque son contradictorias entre sí, Clemente trata de probar que son afines y que es la armonía de la fe (Pistis) y del conocimiento (Gnosis) la que hace al perfecto cristiano y al verdadero gnóstico. La fe es el principio y el fundamento de la filosofía. Esta es de grandísima importancia para todo cristiano que quiera conocer a fondo el contenido de su fe por medio de la razón. La filosofía prueba asimismo que los ataques de los enemigos contra la religión cristiana están desprovistos de fundamento:
La filosofía griega, al juntarse (a la enseñanza del Salvador), no hace más fuerte la verdad; pero, porque quita fuerza a las asechanzas de la sofística e impide toda emboscada insidiosa contra la verdad, se le llama, y con razón, “empalizada” y muro “de la viña” (Strom. 1,20,100).
Clemente explica atinadamente las relaciones entre fe y conocimiento. Es verdad que a veces va demasiado lejos y atribuye a la filosofía griega una función casi sobrenatural en la obra de la justificación; sin embargo, considera la fe como algo fundamentalmente más importante que el conocimiento: “La fe es algo superior al conocimiento y es su criterio” (Strom. 2,4,15).
1. La doctrina del Logos.
Clemente quiso fundar un sistema teológico cuya base y principio fuera la idea del Logos. Esta idea domina todo su pensamiento y su manera de razonar. Se sitúa, pues, en el mismo terreno que Justino el filósofo, pero va mucho más lejos que él. La idea que Clemente tiene del Logos es más concreta y más fecunda. Es, para él, el principio supremo para la explicación religiosa del mundo. El Logos es el creador del universo. Es el que reveló a Dios en la Ley del Antiguo Testamento, en la filosofía de los griegos y, finalmente, en la plenitud de los tiempos, en su propia encarnación. Con el Padre y el Espíritu Santo forma la Trinidad divina. No podemos conocer a Dios más que a través del Logos, pues el Padre es inefable:
Así como es difícil descubrir el primer principio de todas las cosas, es también extremadamente difícil demostrar el principio absolutamente primero y el más antiguo, que es causa de que todas las demás cosas hayan nacido y subsistan. Porque, ¿cómo puede expresarse lo que no es ni género, ni diferencia, ni especie, ni individuo, ni número: más aún, que no es ni accidente ni puede ser sujeto del mismo? No se puede decir correctamente que sea el todo; porque el todo se encuentra en la categoría de la grandeza y es el Padre del universo. Pero tampoco se puede decir que tenga partes, pues el Uno es indivisible, y por eso mismo es infinito. No se le concibe como algo que no puede ser recorrido enteramente, sino como algo que carece de dimensiones y de límites; consiguientemente, no tiene forma ni nombre. Cuando, impropiamente, le llamamos Uno, Bien, Mente, Ser, Padre, Dios, Creador, Señor, no lo hacemos como dándole su nombre, sino que por impotencia empleamos todos estos hermosos nombres, a fin de que nuestra mente pueda tenerlos como puntos de referencia para no errar en otros respectos. Porque ninguno de ellos por sí solo revela a Dios, pero todos juntos concurren a indicar el poder del Omnipotente. En efecto, las cosas que se dicen, se dicen de las propiedades y relaciones; ahora bien, nada de esto se puede concebir en Dios. Ni tampoco puede ser aprehendido por una ciencia deductiva, porque ésta parte de principios y de nociones mejor conocidas; ahora bien, no hay nada que sea anterior al Ingénito. Queda, pues, que solamente por la gracia divina y por el Verbo que procede de El podemos conocer al Desconocido (Strom. 5,12,81,4-82,4).
El Logos, siendo razón divina, es, por esencia, el maestro del mundo y el legislador de la humanidad. Clemente le reconoce, además, como a salvador de la raza humana y fundador de una nueva vida que empieza con la fe, avanza hacia la ciencia y la contemplación y, a través del amor y de la caridad, conduce a la inmortalidad y a la deificación. Cristo, por ser el Verbo encarnado, es Dios y ser humano, y por medio de El hemos sido elevados a la vida divina. Así, habla de Cristo como del sol de justicia:
“¡Salve, luz!” Desde el cielo brilló una luz sobre nosotros, que estábamos sumidos en la obscuridad y encerrados en la sombra de la muerte; luz más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo. Esa luz es la vida eterna, y todo lo que de ella participa, vive, mientras que la noche teme a la luz y, ocultándose de miedo, deja el puesto al día del Señor. El Universo se ha convertido en luz indefectible y el occidente se ha transformado en oriente. Esto es lo que quiere decir “la nueva creación”: porque “el sol de justicia,” que atraviesa en su carroza el Universo entero, recorre asimismo la humanidad, imitando a su Padre, “que hace salir el sol sobre todos los hombres” (Mt. 5,45) y derrama el rocío de la verdad. El fue quien cambió el occidente en oriente; quien crucificó la muerte a la vida; quien arrancó al hombre de su perdición y lo levantó al cielo, transplantando la corrupción en incorruptibilidad y transformando la tierra en cielo, como agricultor divino que es, que “muestra los presagios favorables, excita a los pueblos al trabajo” del bien, “recuerda las subsistencias” de verdad, nos da la herencia paterna verdaderamente grande, divina e imperecedera; diviniza al hombre con una enseñanza celeste, “da leyes a su inteligencia y las graba en su corazón” (Protrept. 11,88,114).
De esta manera, la idea del Logos es el centro del sistema teológico de Clemente y de todo su pensar religioso. Sin embargo, el principio supremo del pensamiento cristiano no es la idea del Logos, sino la de Dios. Esta es la razón por la cual Clemente fracasó en su intento de crear una teología científica.
2. Eclesiología.
Clemente está firmemente convencido de que hay solamente una Iglesia universal, así como no hay más que un solo Dios Padre, un solo Verbo divino y un único Espíritu Santo. A esta Iglesia la llama la virgen madre, que alimenta a sus hijos con la leche del Verbo divino:
¡Oh misterio maravilloso! Uno es el Padre de todos, uno es también el Logos de todos, y el Espíritu Santo es uno e idéntico en todas partes, y hay una sola Virgen Madre; me complace llamarla Iglesia. Únicamente esta madre no tuvo leche, porque sólo ella no llegó a ser mujer; pero es al mismo tiempo virgen y madre, pura como una virgen y amante como una madre; y llamando a sus hijos, los alimenta con leche de santidad, que es el Logos para sus hijos (Paed. 1,6,42,1).
En otro lugar observa: “La Madre atrae hacia ella a sus hijos y nosotros buscamos a nuestra Madre, la Iglesia” (Paed. 1,5,21,1). En el último capítulo del Pedagogo, Clemente llama a la Iglesia Esposa y Madre del Preceptor. Ella es la escuela donde enseña su esposo, Jesús (ibid. 3,12,98,1). Y luego prosigue:
¡Oh alumnos de su bienaventurada pedagogía! Llenemos (con nuestra presencia) la bella figura de la Iglesia, y corramos, como niños, a nuestra buena Madre. Y haciéndonos oyentes del Verbo, ensalcemos la dichosa dispensación por la cual el hombre es educado y santificado como hijo de Dios, y mientras se educa en la tierra, es ciudadano del cielo, donde recibe a su Padre, al que aprende a conocer en la tierra (Paed. 3,12,99,1).
Esta Iglesia se distingue de las sectas heréticas por su unidad y por su antigüedad:
Siendo así las cosas, es evidente que la Iglesia, de venerable antigüedad y en posesión de la verdad perfecta, está demostrando que estas herejías, que han venido después de ella y las que se han ido sucediendo en el tiempo, son innovaciones y llevan el sello de la herejía.
Creo que de lo dicho se colige que la verdadera Iglesia, la que es antigua de verdad, es una, y que en sus filas están inscritos los que son justos según el plan de Dios. Pues por la misma razón que Dios es uno, y uno el Señor, lo que es en sumo grado digno de honor, es alabado por su simplicidad, por ser una imagen del único principio. La Iglesia, pues, que es una, participa de la naturaleza del Único; se le hace violencia para dividirla en muchas sectas.
Por consiguiente, declaramos que, según la substancia, según la idea, según el principio y según la excelencia, la Iglesia antigua y católica es la única en la unidad de la única fe conforme a los Testamentos particulares, o mejor aún, conforme al único Testamento, a pesar de la diferencia de los tiempos, que reúne, por voluntad del único Dios y por medio del único Señor, a todos los que han sido elegidos ya y a quienes ha predestinado Dios, sabiendo antes de la creación del mundo que habían de ser justos. Por lo demás, la dignidad de la Iglesia, como principio de cohesión, está en la unidad: sobrepuja a todo lo demás y nada hay que se le parezca ni iguale (Strom. 7,17,107).
Clemente no ignora que el mayor obstáculo para la conversión de los paganos y judíos a la religión cristiana es la división de la cristiandad en sectas heréticas:
La primera objeción que nos ponen es que ellos no están obligados a creer por razón de la discordia que reina entre las distintas sectas. La verdad queda, en efecto, desfigurada, cuando unos enseñan unos dogmas, y otros enseñan otros diferentes.
A éstos les respondemos: También entre vosotros, judíos, y entre los filósofos griegos más célebres surgieron numerosas herejías. No por eso deduciréis que se debe renunciar a la filosofía o a hacerse discípulo de los judíos, a causa de las disensiones que existen entre vuestras sectas. Además, ¿no había profetizado el Señor que habría quien sembrara herejías en medio de la verdad, como cizaña en medio del trigo? Ahora bien, es imposible que la profecía no se cumpla. La razón de esto está en que a todo lo que es hermoso le persigue siempre su caricatura. Y si alguien viola sus promesas y se aparta de la confesión que ha hecho en nuestra presencia, ¿hemos de abandonar nosotros por eso la verdad, porque él renegó de lo que profesó? Y así como una persona de bien no debe faltar a la verdad ni dejar de ratificar lo que prometió, aun cuando otros violen sus compromisos, así también nosotros estamos obligados a no conculcar en manera alguna la regla de la Iglesia; permanecemos particularmente fieles a la confesión de los artículos esenciales de la fe, mientras que los herejes la desprecian (Strom. 7,15,89).
Las últimas frases de este pasaje indican que Clemente tenía conocimiento de un símbolo que recogía los principales artículos de la fe.
Clemente cree firmemente en la inspiración divina de las Escrituras: “El que con juicio firme cree en las divinas Escrituras, recibe en la voz de Dios, que las otorgó, una demostración inexpugnable; la fe, pues, no es algo que toma su fuerza de una demostración.” Pero previene contra el mal uso que los herejes hacen de la Escritura:
Aun cuando los herejes tengan la audacia de emplear las escrituras proféticas, no las admiten todas, ni cada una de ellas en su integridad, ni en el sentido que exigen el cuerpo y el contexto de la profecía. Eligen los pasajes ambiguos, para introducir en ellos sus propias opiniones; entresacan palabras aisladas y no se detienen en su significación propia, sino en el sonido que producen. En casi todos los pasajes que alegan se podría mostrar que se aferran a las palabras escuetas cambiando su significado; o bien ignoran el sentido o bien interpretan torcidamente a su favor las autoridades que citan. Pero la verdad no se encuentra alterando el sentido de las palabras (de este modo se derrumba toda doctrina verdadera); se descubre buscando lo que conviene y cuadra perfectamente al Señor y Dios omnipotente y confirmando lo que se demuestra por las Escrituras por otras Escrituras que contienen la misma enseñanza. Los herejes no quieren volver a la verdad, porque se avergüenzan de renunciar a los privilegios del egoísmo, y, haciendo violencia a las Escrituras, son incapaces de ordenar sus propias opiniones (Strom. 7,16,96).
La jerarquía de la Iglesia comprende tres grades: episcopado, presbiterado y diaconado; según Clemente, es una imitación de la jerarquía angélica:
Creo yo que los grados de la Iglesia de aquí abajo, los grados de obispos, presbíteros y diáconos, son imitaciones de la gloria angélica y de aquella economía que, según dicen las Escrituras, aguarda a los que, siguiendo las huellas de los Apóstoles, vivieron en la perfección de la justicia según el Evangelio (Strom. 6,13,107).
Este ensayo de una descripción específica del orden jerárquico de los ángeles supone una innovación en el desarrollo de la teología. También propone en términos claros una teoría del conocimiento de los ángeles, preparando así el camino para las opiniones de San Agustín. Del hecho de que llevan a Dios nuestras oraciones, Clemente concluye que los ángeles conocen los pensamientos de las personas. También enseña que no tienen sentidos, que conocen instantáneamente, con la rapidez del pensamiento, sin que intervengan los sentidos como intermediarios. Por consiguiente, su idea de la espiritualidad e incorporeidad de los ángeles es elevada, mucho más que la de San Justino.
3. El bautismo.
Aun cuando el centro de su sistema teológico sea la doctrina del Logos, Clemente no deja de prestar atención al mysterion, al sacramento. De hecho, Logos y mysterion son los dos polos alrededor de los cuales giran su cristología y su eclesiología.
Considera el bautismo como un renacimiento y una regeneración:
El desea, pues, que nos convirtamos y seamos como niños, reconociéndole como nuestro verdadero Padre, habiendo sido regenerados por el agua; esta generación , la de la creación son distintas (Strom. 3,12,87).
Escuchad al Salvador: “A quien el mundo engendró enhoramala para la muerte, yo te regeneré. Te di libertad, te curé, te redimí. Te daré la vida que no tiene fin, eterna, sobrenatural. Te enseñaré la faz de Dios, el buen padre. No llames a nadie padre en la tierra… Por ti luché con la muerte y pagué el precio de la muerte, que tú debías por tus pecados pasados y por tu infidelidad para con Dios (Quis div. salv. 23,1).
Es casi imposible dar una explicación mejor de la adopción como hijos de Dios que se opera en el sacramento de la regeneración. Clemente emplea también los términos sello (sf?a???), iluminación, perfección y misterio para designar el bautismo. En su Pedagogo (1,6,26) describe así los efectos de este sacramento:
En el bautismo somos iluminados; al ser iluminados, venimos a ser hijos; por ser hijos, nos hacemos perfectos; siendo perfectos, nos hacemos inmortales. “Yo dije: Sois dioses, sois hijos del Altísimo” (Ps. 81,6). Esta obra recibe distintos nombres: gracia, iluminación, perfección y lavacro: lavacro que nos purifica de nuestros pecados; gracia que nos perdona los castigos debidos a nuestras transgresiones; e iluminación que nos permite contemplar aquella santa luz de salvación, es decir, nos permite ver a Dios claramente; llamamos perfecto al que no le falta nada. Pues ¿qué le falta al que conoce a Dios? Sería, en verdad, absurdo llamar don de Dios a una cosa que no es completa.
4. La Eucaristía
Hay un pasaje en los Strom. (7,3) que parece dar a entender que Clemente no creía en sacrificios:
Nosotros, con razón, no ofrecemos sacrificios a Dios: El no necesita de nada, siendo el que da a los humanos todas las cosas. Mas glorificamos, al que se dio a sí mismo en sacrificio por nosotros. Nos sacrificamos a nosotros mismos… Puesto que Dios se complace solamente en nuestra salvación.
Sería, con todo, equivocado deducir de estas palabras que Clemente no reconoce la Eucaristía como el sacrificio de la Nueva Alianza. En el pasaje citado está hablando de los ritos paganos, pues dice a continuación:
Por consiguiente, con razón, nosotros no ofrecemos sacrificios al que no está sometido a los placeres, toda vez que los vapores del humo se quedan muy bajos, muy por debajo de las nubes más espesas. La Divinidad no tiene necesidad de nada, ni se deleita en los placeres, ni en el lucro, ni en el dinero; posee todo en plenitud y suministra de todo a los que han recibido el ser y son indigentes. Y no se invoca a Dios ni con sacrificios u ofrendas, ni tampoco con gloria y honores. No se deja conmover por tales cosas. Se manifiesta solamente a los hombres de bien, que jamás hicieron traición a la justicia, ni bajo el miedo de las amenazas ni bajo la promesa de importantes regalos (Strom. 7,3,14-15).
Los sacrificios sangrientos de los paganos no correspondían al concepto cristiano de Dios; por consiguiente, los cristianos los consideraban indignos de El. En esto Clemente está de completo acuerdo con los Apologistas griegos, que repudiaban los sacrificios cruentos por esa misma razón. Conoce, sin embargo, el sacrificio de la Iglesia:
El sacrificio de la Iglesia es la palabra que exhalan como incienso las almas santas cuando al tiempo del sacrificio el alma entera se abre a Dios (Strom. 7,6,32).
De este pasaje podría deducirse que Clemente no reconoce el sacrificio eucarístico de la Iglesia, sino tan sólo una inmolación interior y moral del alma. Tal interpretación, sin embargo, sería injusta. En su polémica contra el concepto de paganos y judíos, quiere recalcar el carácter espiritual de la ofrenda y su diferencia esencial respecto de todos los demás sacrificios. Mas este carácter espiritual no excluye, ni mucho menos, la oblación simbólica de ciertos dones, como tiene lugar en la liturgia. Clemente conocía perfectamente esta ceremonia. En Strom. 1,19,96, dice que hay sectas heréticas que celebran con sólo pan y agua: “Al hablar aquí la Escritura de pan y agua, no se refiere a nadie más que a los herejes, que usan pan y agua en la oblación, contra lo que prescribe el canon de la Iglesia. Porque hay quien celebra la Eucaristía con sólo agua.” La manera en que Clemente se expresa en este lugar supone que conocía una oblación (p??sf???) de realidades materiales. Habla de un canon de la Iglesia (?a???a t?? e????s?a?) y de una celebración de la Eucaristía. Condena el uso del agua como contrario a este canon de la Iglesia, que exige pan y vino; lo declara él mismo en Strom. 4,25: “Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios altísimo, que dio pan y vino, suministrando alimento consagrado como tipo de la Eucaristía.” Reconoce, pues, que la Eucaristía es un sacrificio, pero la considera al mismo tiempo como alimento de los creyentes:
“Comed mi carne — dice El — y bebed mi sangre (Io. 6, 53). Estos son los alimentos apropiados que nos suministra el Señor: ofrece su carne y vierte su sangre, y nada falta para el crecimiento de los hijos, ¡ Oh misterio increíble! Nos manda despojarnos de nuestra vieja y carnal corrupción y renunciar al alimento viejo, recibiendo, en cambio, otro régimen, el de Cristo. Le recibimos a El mismo, en cuanto esto es posible, para introducirlo dentro de nosotros y así abrazar a nuestro Salvador, para que podamos de esta manera corregir las pasiones de nuestra carne. Pero tú no quieres entenderlo así, sino quizás de una manera más general. Escucha también esta otra manera de interpretar: la carne, para nosotros, representa de manera figurada al Espíritu Santo; porque la carne es obra suya. Por sangre tendremos el Verbo, porque, como sangre abundante, el Verbo ha sido vertido en la vida; y la unión de ambos es el Señor, el alimento de los niños — el Señor que es Espíritu y Verbo (Paed. 1,6,42,3-43,2).
En la primera parte de este pasaje, Clemente habla de la Eucaristía como alimento nuevo por el cual recibimos a Cristo y lo guardamos en nuestras almas. En la segunda ofrece una explicación alegórica para aquellos que son incapaces de entender la interpretación literal. Pero el pasaje más importante se encuentra en su Pedagogo (2,2,19,4-20,1):
La sangre del Señor es doble: una, carnal, por la cual fuimos redimidos de la corrupción; la otra, espiritual, con la que fuimos ungidos. Y beber la sangre de Jesús es hacerse partícipe de la incorruptibilidad del Señor. El Espíritu es la fuerza del Verbo, como la sangre lo es de la carne.
Por analogía, el vino se mezcla con agua, y el Espíritu, con el hombre. Y lo primero, la mezcla de vino y agua, alimenta para la fe; lo segundo, el Espíritu, conduce a la inmortalidad. Y la mezcla de ambos, de la bebida y del Verbo, se llama Eucaristía, don laudable y excelente, que santifica en cuerpo y alma a los que lo reciben con fe.
Clemente distingue aquí claramente entre la sangre humana y la sangre eucarística de Cristo. A esta última la llama una mezcla de la bebida y del Logos. La recepción de esta sangre eucarística produce el efecto de santificar el cuerpo y el alma del hombre.
5. Los pecados y la penitencia.
A juicio de Clemente, el pecado de Adán consistió en que rehusó ser educado por Dios; lo han heredado todos los seres humanos, no por generación, sino a causa del mal ejemplo del primer hombre (Adumbr. in Jud. 11; Strom. 3,16,100; Protrept. 2,3). Clemente está convencido de que solamente un acto personal puede manchar el alma. Esta manera de pensar se explica probablemente como una reacción contra los gnósticos, que sostenían que la causa del mal es la materia mala. En cuanto a los castigos de Dios, opina, siguiendo a Platón, que tienen solamente un carácter purgativo:
Dice Platón bellamente: “Todos los que sufren castigo salen, en realidad, beneficiados, porque se aprovechan del justo castigo para tener el alma más bella.” Y si salen beneficiados los que son corregidos por un justo, aun según Platón, se reconoce que el justo es bueno. Por tanto, el mismo miedo es útil y demuestra ser un bien para los hombres (Paed. 1,8,67).
Sin embargo, en ninguna parte da a entender que aplique también al infierno esta interpretación.
Clemente coincide con Hermas (cf. p.101-3) en que debería haber solamente una penitencia en la vida de un cristiano, a saber, la que precede al bautismo; pero que Dios, en su misericordia por la flaqueza humana, ha concedido una segunda penitencia, que no se podrá obtener más que una vez:
El que ha recibido la remisión de sus pecados no debe pecar de nuevo. Porque, además de la primera y única penitencia de los pecados — de los pecados cometidos anteriormente durante la primera vida pagana, me refiero a la vida en estado de ignorancia —, se propone inmediatamente a los que han sido llamados una penitencia que purifica de sus manchas el lugar de sus almas para que se establezca allí la fe. El Señor, que conoce los corazones y el porvenir, previo desde lo alto, desde el principio, la inconstancia y fragilidad del hombre y las astucias del diablo; sabía cómo éste, envidioso de los hombres por haberles sido concedido el perdón de los pecados, pondría a los servidores de Dios ocasiones de pecar, procurando astutamente que participen de su caída. Dios, pues, en su gran misericordia, ha dado una segunda penitencia a los fieles que caen en pecado, a fin de que si alguno, después de su elección, fuere tentado por fuerza o por astucia, encuentre todavía cuna penitencia sin arrepentimiento.” En efecto, si pecamos voluntariamente después de recibir el conocimiento de la verdad, va no queda sacrificio por los pecados, sino un temeroso juicio, y la cólera terrible que devora a los enemigos” (Hebr. 10, 26-27).
Los que multiplican penitencias sucesivas por sus pecados no difieren en nada de los que han creído, salvo en que tienen plena conciencia de sus pecados; y no sé qué es peor para ellos, si pecar a sabiendas o, después de haberse arrepentido de sus faltas, caer de nuevo (Strom. 2,13,56-57,4).
El uno pasa del paganismo y de esta vida primera a la fe y obtiene de una sola vez la remisión de los pecados. El otro, después de eso, peca, pero luego se arrepiente; aun cuando obtenga el perdón, debe estar lleno de vergüenza, porque ya no puede ser lavado en el bautismo para la remisión de los pecados. Es preciso no solamente abandonar los ídolos que se consideraban hasta entonces como dioses, sino renunciar también a las obras de la vida anterior, si es que está regenerado, “no de la sangre ni de la voluntad de la carne” (Io. 1,13), sino del espíritu; lo que sucederá si se arrepiente y no cae en la misma falta. Por el contrario, arrepentirse frecuentemente es prepararse a pecar y disponerse a la versatilidad por falta de ascesis. Pedir, pues, frecuentemente perdón por los pecados que cometemos a menudo, es tan sólo una apariencia de arrepentimiento, mas no verdadero arrepentimiento (Strom. 2,13,58-59).
Clemente distingue en estos pasajes entre pecados voluntarios e involuntarios. Opina que de los pecados cometidos después del bautismo solamente se perdonan los pecados involuntarios. Los que cometen pecados voluntarios después del bautismo deben temer el juicio de Dios. Una ruptura total con Dios después del bautismo no puede alcanzar perdón. Esto está en contradicción con la idea cristiana primitiva de la inviolabilidad del sello bautismal. Si el pecado cometido después del bautismo no constituye una ruptura total con Dios debido a cierta falta de libertad en la decisión, existe la posibilidad de un segundo arrepentimiento. De hecho, sin embargo, Clemente no excluye de este segundo arrepentimiento ningún pecado, por grande que sea. La historia que cuenta, al fin de su Quis dives salvetur, de San Juan y del joven que llegó a ser capitán de bandoleros, es una prueba suficiente de que todo pecado puedo ser perdonado si no hay un obstáculo en el alma del pecador. Clemente describe al joven como “el más fiero, el más sanguinario y el más cruel”; sin embargo, San Juan “lo restauró a la Iglesia, presentando en él un magnífico ejemplo de sincero arrepentimiento y una gran garantía de regeneración” (42,7,15). De aquí se desprende que Clemente no conoce pecados capitales que no puedan ser perdonados. Hasta el mismo pecado de apostasía le parece susceptible de perdón, pues ruega para que los herejes vuelvan al Dios omnipotente (Strom. 7,16,102,2). El pecado “voluntario” irremisible consiste en que el ser humano se aparta deliberadamente de Dios y rehúsa la reconciliación y la conversión.
6. El matrimonio y la virginidad.
Clemente defiende el matrimonio contra todos los intentos de los gnósticos de desacreditarlo y rechazarlo. No sólo recomienda el matrimonio por razones de orden moral, sino que llega hasta considerarlo un deber para el bienestar de la patria, para la sucesión familiar y para el perfeccionamiento del mundo:
Es absolutamente necesario casarse, tanto por el bien de nuestra patria como para la procreación de hijos y, en la medida que de nosotros depende, para la perfección del mundo. Los mismos poetas deploran el matrimonio incompleto y sin hijos; en cambio, proclaman bienaventurado al matrimonio fecundo.
El fin del matrimonio es la procreación de hijos; es un deber para todos los que aman a su patria. Clemente, empero, eleva el matrimonio a un nivel mucho más elevado; ve en él un acto de cooperación con el Creador: “El hombre se convierte en imagen de Dios en la medida en que coopera en la creación del hombre” (Paed. 2,10,83,2). La procreación de los hijos no es, sin embargo, el único fin del matrimonio. El amor mutuo, la ayuda y asistencia que se prestan el uno al otro, unen a los esposos con un lazo que es eterno:
La virtud del hombre y de la mujer es la misma. Porque si uno mismo es el Dios de ambos, también es uno su maestro; una misma Iglesia, una misma sabiduría, una misma modestia; su alimento es común; el matrimonio les impone un yugo igual; la respiración, la vista, el oído, el conocimiento, la esperanza, la obediencia, el amor, todas las cosas son iguales. Y los que tienen la vida común reciben gracias comunes y una común salvación. Tienen también en común la virtud y la educación (Paed. 1,4).
Pero la concepción más hermosa de Clemente sobre el matrimonio se encuentra en Strom. 3,10,68, donde dice: “¿Quiénes son los dos o tres, reunidos en nombre de Cristo, en medio de los cuales está el Señor? ¿No son quizá el hombre, la mujer y el niño, ya que el hombre y la mujer están unidos por Dios?” De esta manera Clemente coloca el matrimonio por encima de una mera unión sexual; es una unión espiritual y religiosa la que existe entre el marido y la mujer; por eso dice: “El estado de matrimonio es sagrado” (Strom. 3,12,84). Ni siquiera la muerte llega a disolver completamente esta unión; por esta razón Clemente se opone a las segundas nupcias (Strom. 3,12,82).
Viendo a Clemente defender de esta manera el matrimonio contra los gnósticos herejes, que lo rechazaban y predicaban la abstinencia total, surge esta cuestión: en qué concepto tuvo Clemente la virginidad. El mismo no se casó “por amor al Señor” (Strom. 3,7,59), y dice en un lugar: “Alabamos la virginidad y a aquellos a quienes se la ha concedido el Señor” (Strom. 3,1,4). Piensa que “el que permanece célibe por no separarse del servicio del Señor alcanzará una gloria celestial” (Strom. 3,12,82). Pero, cuando compara el matrimonio con la virginidad, considera al hombre casado superior al soltero. Sopesando cuidadosamente los méritos de cada uno, se siente obligado a hacer esta observación:
No da muestras de ser realmente el ser humano el que escoge vivir solo; mas está por encima de los hombres el que se ha ejercitado en vivir sin placer y sin pena en medio del matrimonio, la procreación de los hijos y el cuidado de la casa, y permanecer inseparable del amor de Dios, y vence todas las tentaciones que provienen de sus hijos, de su mujer, de sus domésticos y de sus bienes. Mas el que no tiene familia se ve libre, en gran parte, de las tentaciones. Y así, no teniendo que preocuparse más que de sí mismo, se ve aventajado por uno que, hallándose en situación inferior respecto a la salvación personal, es superior a él por su conducta (Strom. 7,12,70).
Esta opinión de Clemente no encuentra paralelo en ningún otro escritor. Pudo ser efecto de la fuerte lucha que sostuvo Clemente en favor del matrimonio contra los ataques de los gnósticos.

EL HERMESIANISMO

El escepticismo del que parte el hermesianismo para diseñar su método heterodoxo, no es más que el cartesianismo aplicado a la Revelación. La actitud es común a todos los herejes, y muy en especial a los modernistas, porque partiendo de una duda negativa metódica sobre lo Revelado y la tradición, sólo está dispuesto a acoger aquello que su raciocinio establece como verdadero; lo cual atenta directamente contra el objeto de la fe, ya que no se cree porque Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, se revela, sino que se «cree» aquello que a la razón humana le parece creíble, es decir, razonable creer; lo cual no es fe infusa sobrenatural, y, por lo tanto, los que de esa manera llegan  a afirmar algunas verdades católicas, negando aunque sea solo una, no poseen la virtud de la fe, sin la cual nadie se salva.

El proceso es casi idéntico en todos los herejes: 1º se manifiesta escepticismo sobre lo transmitido 2º Se niega lo revelado que nos ha sido transmitido 3º Se buscan con la «razón» novedades teológicas que nos parezcan más aceptables 4º Se proponen estas novedades razonables que no son parte de la fe infusa y 5º Se aceptan algunas verdades a las que se les había aplicado la duda negativa; pero no se aceptan porque Dios, que no puede ni engañarse ni engañarnos, nos las revela, sino porque nos parecen razonables.

Veamos cómo cristalizó esta vieja corriente en la era contemporánea en el llamado hermesianismo.

EL HERMESIANISMO

     Doctrina que ha ejercido recientemente en Alemania una influencia perjudicial para la pureza de la fe, y que tomó su nombre de Jorge Hermés, nacido en 1775 en Dregelwald, en Westfalia; después fue profesor de teología en Munster y Bonn.

     En 1810 apareció el primer volumen de su Introducción a la teología cristiana católica: esta primera parte contiene la introducción filosófica. El segundo volumen, que contiene la Introducción positiva, apareció en 1829. El tercero se publicó después de la muerte del doctor Hermés en 1834, por el abate Achterfeld, bajo el título de Dogmática cristiana católica.

     Hermés y sus discípulos querían defender la creencia católica contra los ataques de la filosofía alemana moderna. Viendo que la nueva terminología filosófica exigía respuestas nuevas por parte de los católicos, para la filosofía escolástica trataron de substituirla con una apropiada para las necesidades de la época, y no se apercibieron que al creer cambiar los términos cambiaban también su esencia.

     Para conciliar los deberes de la fe ortodoxa con lo que Hermés llamaba los intereses del pensamiento humano, este teólogo se dedicó a crear un sistema que comprendiese a la vez las exigencias del pensamiento mas severo y las de la mas pura ortodoxia, dando una demostración rigurosamente filosófica del catolicismo.

     En todas las filosofías hasta Hermés tácita o abiertamente se suponía que el cristianismo era una verdad; después se trataba de apoyarla por medio de las demostraciones filosóficas; esto es lo que se ha denominado duda metódica, duda negativa; la cual, en sus verdaderos límites no es una duda verdadera: Hermés, por el contrario, hizo positivamente abstracción de todo lo que creía, de todo lo que sabia; supuso que nada había de cierto ni de verdadero en el mundo, no solo en cuanto a la religión católica, sino en orden a cualquier otra verdad, tal como la existencia de Dios, etc.; esto es lo que se llama duda positiva. Tomando esta duda positiva en su punto de partida, trató de vencerla con solo las luces y fuerzas del pensamiento, y encontrar un primer principio de cognición, sobre el cual pudiese con solidez levantar sucesivamente y por medio de una enseñanza rigurosa la verdad simple, la verdad religiosa, la cristiana, la católica; de tal manera que se encontrará autorizado para poner a todo el mundo este dilema: o no existe la verdad, o es el catolicismo.

     En sus dos primeros volúmenes, Introducción filosófica e Introducción positiva,Hermés no se ocupa positivamente de los dogmas de la religión católica; trata en ellos de los principios generales del conocimiento humano y su conexión reciproca. En la Introducción filosófica busca el primer fundamento de todo conocimiento, que cree ser el pensamiento: de esto deduce el mundo interior y exterior, Dios, sus cualidades, la necesidad de una revelación, la posibilidad de conocerla. En laIntroducción positiva, Hermés, partiendo del punto en que acaba de detenerse, investiga cuales son los manantiales de la revelación divina inmediata; los encuentra en los libros santos, en la tradición y en el ministerio apostólico que reside en el seno de la Iglesia. Estas son poco mas o menos las cuestiones que tratan la mayor parte de los libros de la filosofía. Lo que era propio de Hermés, lo que constituía la esencia de su sistema, es que aplicaba a cada una de las verdades que quería establecer el método de demostración que había inventado.

     Al decir que el hermesianismo toma como punto de partida la duda positiva,hemos dado a entender que era indispensable de antemano un escepticismo completo, para que la inteligencia humana pudiese adquirir la certeza. Ahora bien; el entendimiento humano no pasa necesariamente por la duda antes de llegar a una convicción razonable y segura. ¿Tiene necesidad el hombre de pasar por la duda, para tener una certeza de su propia existencia y de la de los objetos que le rodean? La inteligencia no puede vacilar, ni aun por un momento, antes de creer los primeros principios en cada orden de conocimientos, en los axiomas y por lo común en las conclusiones inmediatas que se deducen de ellos. Por lo tanto existe un gran número de verdades, sobre las cuales, anteriormente a toda duda, se tiene una convicción completa racional, que todos los esfuerzos de todos los escépticos del mundo no podrían debilitar.

     Para apreciar ahora el método de demostración de Hermés, añadiremos que reconocía dos: el teórico, que determina una certeza físicamente necesaria, y elpráctico, del que se deduce una certeza moral.

     A fin de establecer teóricamente una verdad, buscaba un hecho que fuese un efecto necesario de la verdad que iba a demostrar; después tenia que probar que esta causa era la sola posible. La fuerza de su demostración teórica se deducía de este raciocinio: No hay efecto sin causa; he aquí pues un efecto que seria necesariamente producido por la verdad que trate de demostrar y que no puede serlo por otra; luego esta verdad es físicamente cierta.

     Procedía absolutamente de la misma manera para demostrar una verdad cualquiera por la razón práctica. Solo que en lugar de un hecho físico buscaba un deber moral, que debiese resultar necesariamente de la verdad que quería establecer; Después tenia que probar que dicha causa era la única que podía engendrar esta obligación de ello deducía que la verdad que había emprendido demostrar era moralmente cierta.

     Partiendo de la duda positiva, es absolutamente imposible probar una verdad cualquiera; porque una verdad no se demuestra sino deduciéndola rigurosamente de un principio infalible; ahora bien, el que tiene laduda positiva no está seguro de un solo principio, y tampoco lo está de la exactitud de su argumentación. El punto de partida del sistema contenía pues una verdadera contradicción: no se duda de todo, cuando se cree tener en las luces del pensamiento una base sobre la cual se pueda reconstruir de una manera inalterable todo el edificio de los conocimientos humanos. Así Hermés se veía obligado a desmentir él mismo su principio de duda positiva, admitiendo sin prueba la certeza de un primer hecho físico o de un primer deber moral; de otra suerte jamás le hubiera llegado a establecer. Por consiguiente su sistema se apoya sobre un cimiento ruinoso.

    La demostración práctica contiene por otra parte una verdadera petición de principio. Para establecer un hecho supone la certeza de la obligación que de él resulta; deduce por ejemplo que tal cuerpo es un cadáver, porque existe un deber moral para enterrarle; al paso que el deber de enterrar no existe sino en el caso en que la muerte fuese de antemano segura. Racionalmente es preciso probar el hecho y deducir de él la obligación moral; Hermés, por el contrario, supone la obligación para deducir el hecho; por lo tanto su método es irracional.

     Nada es menos fácil que servirse de su sistema para descubrir la verdad.

      Los mismos hermesianos confiesan que hay muy pocas verdades teóricamentedemostrables, y por consiguiente de las que se pueda tener un conocimiento intimo, intrínseco, pleno y perfecto, adquirido absolutamente por la certeza física. Y aun cuando ellos no lo confesaran, no seria por esto menos palpable: porque para decidir que una causa es la única que basta para producir tal electo, seria preciso conocer todas las fuerzas de la naturaleza: porque si el mismo efecto pudiese ser indiferentemente el resultado de muchas causas diversas, no se tendrá derecho para deducir de él la existencia de una mas bien que la de otra.

      las verdades demostradas prácticamente son, es verdad, muy numerosas; pero es preciso saber que en los principios de Hermés la certeza moral es menos una verdadera certeza que una probabilidad suficiente para obrar razonablemente, un medio acaso menos plausible de eludir las absurdas consecuencias a que conduciría en el comercio de la vida el sistema de la duda absoluta.

      Según la opinión hermesiana, no estaríamos ciertos de ninguna verdad, a menos que ascendiendo de efectos a causas, no se pudiera enlazarla necesariamente con la verdad primera: este trabajo no hace el método hermesiano de una aplicación muy fácil. Y además, después de todo esto, no se llegaría a establecer sólidamente una sola verdad; porque por una parte la demostración teórica es poco menos que imposible, y por otra la demostración practica no excluye todo temor de errar; nos enseña, no lo que es verdad en sí, sino lo que estamos en la necesidad de suponer, si queremos obrar concienzudamente.

      El sistema pudo seducir a algunos entendimientos por la destreza con la cualHermés refería las verdades las unas a las otras; pero no es menos cierto que el método es oscuro, que procede de una manera abstracta, sutil y enteramente arbitraria: supone demasiados esfuerzos de imaginación en la investigación de las pruebas para un ser realmente inaplicable.

     Nos limitaremos a indicar algunas consecuencias absurdas que se desprenden del sistema hermesiano.

     Si se admitiera la duda positiva, se seguiría:

      Que el hombre debería rechazar la verdad conocida, destruir en sí todas las nociones del bien y del mal, y vivir en este estado hasta que hubiese reconstruido la obligación de observar todas las leyes divinas y humanas.

      Que antes de Hermés nada había de cierto en el mundo.

      Que la inmensa mayoría de los hombres es incapaz de llegar a la certeza, porque hay muy pocos que puedan reconstituir la verdad, y aun apreciar bien el encadenamiento de las verdades entre sí.

      Que habría obligación de creer todos los errores a que seria uno arrastrado por las falsas deducciones, y después obrar consiguientemente a esto mismo.

     Aunque la intención primitiva de Hermés haya sido el dar una demostración racional y rigorosa del catolicismo, su sistema es contrario a la fe.

      Sus pretendidas deducciones rigurosas le han conducido a una multitud de cosas absurdas y opuestas ala doctrina de la Iglesia católica, principalmente sobre la esencia de Dios, su santidad, su justicia, su libertad, el fin que se propone en sus obras, los argumentos que sirven por lo común para probar y confirmar su existencia sobre los motivos de credibilidad, las sagradas Escrituras, la Iglesia, la tradición, la revelación, la primacía de la Iglesia, la naturaleza de la fe,  la regla que determina su objeto, la necesidad de la gracia, la distribución de las recompensas y la aplicación de las penas: por ultimo, sobre el estado de nuestros primeros padres antes de la caída, sobre el pecado original y las fuerzas del hombre caído.

     Hermés hacia revivir algunos errores ya condenados, por ejemplo, en los pelagianos, los protestantes y los jansenistas.

      Presentando la duda positiva como bise de toda investigación teológica, quería que cada uno se esforzase en rechazar desde luego la fe para reconstruir en seguida el edificio con la única ayuda de la razón. Así, permitía renunciar a las verdades religiosas, por lo menos por algún tiempo, a saber, durante el examen; establecía la razón como la regla principal de la fe y el único medio que tenemos para llegar a ella; substituía creencias puramente racionales a la fe sobrenatural, de la cual es principio la gracia, la ciencia y la veracidad divina con el motivo, y cuyo objeto permanece oscuro, «porque la fe es una plena convicción de las cosas que no se ven.» (Part. 3, c. 28, v. 8.) No es, pues, de admirar que la Iglesia repruebe el hermesianismo.

     Buscar un principio natural del que se pudiese rigurosamente deducir todas las verdades, era mas que una imprudencia.

      Era injurioso para las escuelas católicas, para los doctores, los PP. y la Iglesia entera; era conceder que hasta Hermés la divinidad de nuestra santa religión no estaba rigurosamente demostrada. 

      Era comprometerla autoridad do la Iglesia. haciendo depender su verdad del éxito muy problemático de la nueva demostración.

      Esta tentativa era el resultado de una presunción sin límites; era preciso una confianza en sí mismo y un orgullo excesivo, para tratar de encontrar en las solas luces de su pensamiento una base sólida para todos los conocimientos naturales: porque, para obtenerla, hubiera sido preciso comprender el conjunto y el encadenamiento de todas las verdades físicas, intelectuales y morales, y no encontrar un solo misterio en la naturaleza. (Part. 3, c. 28, v. 5.)

      Con relación a las verdades de la fe, la sola investigación de un principio natural y comprobante era ya opuesto a la verdadera doctrina; era suponer que no había misterio indemostrable para la razón; nada que el hombre no pudiese alcanzar con solo las fuerzas de su inteligencia; era rechazar la experiencia de todos los siglos, la nocividad de la revelación, abandonar la vía de la autoridad para caer en el sistema protestante del examen privado.

     Estas tendencias de Hermés, autor de un ensayo tan infructuoso para defender la religión, no deben estar aisladas de las concesiones excesivas que hizo, así como sus discípulos, a la autoridad temporal, que en sus ataques directos contra la jerarquía eclesiástica y en sus pretensiones se vio sostenida por loshermesianos. Los príncipes protestantes siempre ambicionaron tener en sus manos la dirección de la enseñanza católica y este fue el deseo principal de Federico Guillermo III, afamado por su proselitismo relisioso. Con este fin creó la Universidad de Bonn, en donde a la par que una Facultad de teología protestante, colocó, por su autoridad privada y sin ninguna intervención del papa, una facultad de teología católica, para la cual nombró todos los profesores, y la enseñanza racionalista de Hermés en Munster le valió una cátedra en Bonn. Como esta institución podía alarmar a los católicos, el rey pensó hacerla aprobar por los mismos profesores, llamados por consiguiente a discutir las relaciones que debían existir entre la facultad de teología y la Iglesia; se atrevieron a deducir:  Que las obras publicadas por los profesores no se sujetarían a la censura común.  Que si alguno de ellos fuese acusado de herejía, se establecería una comisión cuyos miembros se nombrarían en número igual por el arzobispo y por el acusado, y cuyo examen seria remitido al gobierno para pronunciar una sentencia definitiva; que la universidad era un establecimiento del gobierno, porque a él y no al papa pertenecía el derecho de conferir a la facultad de teología el poder de dar grados académicos. Esta extraña institución no recibió ninguna clase de aprobación canónica hasta 1824, cuando M. de Spiegel, elevado a la silla de Colonia, suprimió, probablemente por las promesas que había hecho al rey, la enseñanza de su seminario diocesano, y envió a los discípulos a recibir a Bonn las lecciones de Hermés y de sus compañeros. Hermés dominaba en la facultad, en la cual ocupaban sus discípulos las cátedras, y los que querían examinarse, debieron, bajo pena de no salir adelante, abrazar su doctrina y jurar en sus palabras. Este doctor, que Mr. de Spiegel nombró canónigo de su metrópoli, murió en Bonn el 26 de mayo de 1831, pero su doctrina estuvo lejos de morir con él.

     Ya había llamado la atención dicha doctrina. En las universidades y en el público, los ánimos estaban divididos con respecto a este particular.

     Los unos acusaban a Hermés de novedades perniciosas que conducían al escepticismo y a la ruina de los principios católicos. Los otros, por el contrario, decían que la doctrina de Hermés, enteramente ortodoxa, era el mas firme apoyo de la verdadera fe y de la enseñanza católica contra el protestantismo y el racionalismo. Mr. de Spiegel garantizó la ortodoxia de los hermesianos al papa, y Gregorio XVI, habiéndole contestado en 1832 que se alegraba de esta noticia, le recomendó no obstante la mas severa atención; el arzobispo y el rey trasformaron esta respuesta en aprobación terminante, y un decreto del gobierno declaró conferir a la facultad el derecho de nombrar doctores en teología y en derecho canónico. Asíse encontró establecida y confirmada la esclavitud de la enseñanza católica en Alemania.

     Sin embargo, por la denuncia de muchos teólogos alemanes, la santa sede sometió los escritos de Hermés a un examen a fines de 1832, época en que murió Mr. de Spiegel, con la grave responsabilidad de haber entregado a un rey protestante el rebaño que él tenia la misión de guardar y defender. Un decreto del 26 de septiembre de 1835 condenó las obras deHermés y prohibió su lectura. Dirigido no a Berlín, sino directamente a Colonia por las legaciones pontificias de Munich, Lucerna y Brusélas, consternó a los hermesianos. Mr. Husgen, que administraba la diócesis, dispuesto a complacer al gobierno y a los discípulos de Hermés, se limitó a expresar la esperanza de que estos se someterían si el decreto llegara a publicarse: impuso silencio a sus adversarios, aunque los hermesianos, permaneciendo siempre en sus cátedras, enseñaban los mismos errores; se quejaba de que los periódicos hubiesen dado a conocer la prohibición. Era suministrar a los hermesianos motivos para no someterse a ella. Así, al persistir en enseñar sus doctrinas, alegaron:

      Que el decreto no había sido promulgado, como ya lo había dicho M. Husgen, y como lo declaraba expresamente M. Achterfeldt, editor de la tercera parte de la obra condenada.

      Que reprobaban los errores condenados por este decreto; pero que no habían sido sostenidos por Hermés, como decia M. Elvenick, profesor de Breslau, en su Carta hermesiana.

      Apelaron del papa mal informado al papa mejor informado como decía M. Blúnde, profesor de la universidad de Tréveris, en una carta al cardenal Lambruschini, secretario de Estado de su santidad.

  1. Droste de Wischering, nuevo arzobispo de Colonia, y suscitado por Dios para salvar esta Iglesia de tanto apuro, eludiendo esta pretensión del gobierno sancionada por M. Husgen, que ninguna orden del papa podía ser valedera, si se publicaba sin permiso del rey, supuso el decreto suficientemente promulgado, y trató de hacerlo ejecutar para extirpar hasta su raíz los errores de los escritos deHermésy de sus discípulos, mandó con especialidad que todos los profesores ordenados y curas con cargo de almas firmaran diez y ocho proposiciones que excluyesen positivamente estos errores. Los hermesianos apelaron de la autoridad de su arzobispo a la del papa, y siempre que pudieron a la del gobierno; al mismo tiempo escribieron contra el decreto y principalmente contra los dieciocho artículos.

     Derrotado por las medidas enérgicas del arzobispo, el gobierno pidió un parecer doctrinal sobre los dieciocho artículos a dos profesores hermesianos de Breslau, y extendió por las provincias del Rin esta pieza, nuevo foco de los errores jansenistas: dejo circular libelos injuriosos contra el prelado, exceptuó los escritos hermesianos de la censura ordinaria, no tuvo presente la supresión que el arzobispo había hecho de los cursos de la facultad, y quiso obligar a los discípulos a asistir a ellos. Pero no habiendo producido nada de esto el efecto deseado, y esperando por otra parte el rey ganar al prelado sobre la cuestión de matrimonios mixtos, el gobierno aparentó, ceder el 21 de abril de 1837; prohibió toda disputa en pro y en contra de Hermés, mencionando el breve que le condenaba; decidió que sus escritos serian abandonados, que se dejaría de enseñar su sistema, etc.; que en señal de obediencia, los profesores firmarían una declaración, bajo pena de suspensión. Así el decreto fue reconocido como valedero, aun por el gobierno y aunque publicado sin su placet; pero había también por su parte una pretensión en arreglar la enseñanza católica que el arzobispo no podía admitir.

     Los profesores hermesianos firmaron todos la declaración pedida, seguros de que el ministerio no les acriminaría por quebrantar mas tarde una órden que no había sido dada sino contra toda su voluntad. Esto es lo que apareció claramente cuando a la apertura de las clases, M. Achterfeldt, habiendo sido encargado de designar los cursos que los discípulos debían frecuentar, les impuso todos aquellos que el Prelado había reprobado. Los jóvenes, aunque la mayor parte fuesen educados con el auxilio de los fondos del gobierno, rehusaron asistir a estas lecciones, y se dejaron, en número de cuarenta, expulsar de la escuela, concurriendo de esta suerte, por su fe y valor, a la solución de esta cuestión tan grave: ¿ quién del poder espiritual o del temporal debe dar la instrucción y la doctrina?

     Antes de recurrir a la violencia, el gobierno trató, el 24 de octubre de 1837, de obtener la dimisión del arzobispo, cuya firmeza por lo concerniente al hermesianismo y los matrimonios mixtos destruía sus combinaciones. El prelado respondió que su deber respecto de la diócesis y de toda la Iglesia católica le prohibía cesar en sus funciones y deponer su cargo. La suspensión del arzobispo cumplida el 20 de noviembre y su largo secuestro fueron las consecuencias de esta respuesta. En el Memorándum que apareció al día siguiente de la suspensión, el gobierno dio a conocer cuánto le había desagradado las medidas tomadas por el prelado contra los hermesianos.

     Entre tanto los discípulos de Hermés, a quienes M. Droste de Wishering apuraba con vigor, resolvieron ir a pedir explicaciones al mismo Roma. MM. Braun, de Bonn, y Elvenick, de Breslau, llegaron allá en el mes de junio de 1837, aspirando a obtener un nuevo examen de las doctrinas de Hermés, lo que implicaba que el breve de condena era nulo: esperando por lo menos que se distinguirían las doctrinas del maestro de la enseñanza de sus discípulos, y ofreciendo con este fin el recibir una profesión de fe. Pero la profesión de fe era inútil: no había mas que aceptar el breve y volver a Alemania. Rechazados por este lado, redactaron, bajo el título de Meletemata theologica, una exposición de su doctrina, que no se les autorizó para que la imprimieran en Roma, porque no podía tratarse mas que de su sumisión al breve. Una carta del 4 de abril de 1838 descubrió todo su pensamiento; a ejemplo de los jansenistas, los dos hermanos distinguían el derecho que tenia el papa para condenar los errores, del hecho que se encontrase en los libros de Hermés. El secretario de Estado les respondió que veía con pena que habían entrado en esta vía, y que era inútil que escribieran de nuevo sobre este asunto. MM. Braun y Elvenick dejaron a Roma.

     Durante el secuestro del arzobispo, las medidas que había tomado fueron revocadas en gran parte; pero el hermesianismo triunfante encontró adversarios en M. Geissel, dado por coadjutor a M. Droste de Wischering, y en Arnoldi, nuevo obispo de Treveris.

LA DEMOCRACIA COMO IDOLATRÍA

La frontera del mal

Fue Aldous Huxley, en su fábula futurista “Un mundo feliz”, quien sugirió que lo que llamamos un axioma —es decir, una proposición que nos parece evidente por sí misma y que por tal la aceptamos— se pue­de crear para un individuo y para un ambiente determinados median­te la repetición, millones de veces, de una misma afirmación. Para este efecto —la génesis artificial de axiomas y de dogmas— proponía la utilización, durante el sueño, de un mecanismo repetitivo que hablase sin interrupción a nuestro subconsciente, capaz, durante horas, de re­cibir y asimilar cualquier mensaje.

Este designio está, hoy, al cabo de medio siglo, muy cerca de la realidad, aunque sea a través de técnicas no exactamente iguales, co­mo lo ha subrayado el propio Huxley en su “Retorno al mundo feliz”.

La realización más importante en este sentido a través de métodos de saturación mental por los mass-media ha sido, en nuestra época, el establecimiento a escala universal del dogma-axioma de la democra­cia. De esta noción —en su sentido individualista y mayoritario— se ha logrado hacer la piedra angular de la mentalidad contemporánea. Es decir, de lo que Kendall y Wilhelsenn han llamado la «ortodoxia pú­blica» de nuestro tiempo. Esta expresión significaba para estos auto­res, el conjunto de bases conceptuales o de fe en que se asienta toda sociedad histórica, elementos que son, a la vez, ideas-fuerza para sus miembros y puntos de referencia para entenderse en un mismo len­guaje y convenir, en último extremo, en unos cuantos axiomas y dog­mas que sólo los marginados o extravagantes exigirían fundamentar.

La consolidación del dogma de la democracia y de su axiomática ha sido, por supuesto, obra de muchos años, pero es ahora cuando co­noce su vigencia universal. Ya, a fines de los años veinte, se daba por supuesto, en el lenguaje político español, que, a través de la dictadura del General Primo de Rivera, era obligado «volver a la normalidad cons­titucional (o democrática»). Hoy se supone para el mundo todo, desde la Europa más culta hasta la selva africana, que sólo unas elecciones «libres» (de sufragio universal) pueden justificar un gobierno ortodo­xo. Cualquier otro gobierno recibirá el calificativo de «dictadura» y se llamará a cruzadas contra él, previa su denuncia universal, como violador de los «derechos humanos», que constituyen la apelación últi­ma que en otro tiempo se situaba en el juicio de Dios Uno y Trino. (Existen, por supuesto, determinadas tolerancias o concesiones en gra­cia a la perfección universal del cuadro: el mundo soviético o sovietizado y múltiples sultanatos árabes prescinden de toda consulta a la «opinión pública» y les basta con auto-titularse «populares» o «democráticos» para gozar de una suficiente inmunidad.)

No es preciso recordar que la constelación de principios que for­man la ortodoxia democrática está muy lejos de la evidencia de los axiomas. Más aún, pienso que llegará un tiempo en el que los hom­bres se asombrarán de que la gobernación de los pueblos —y la edu­cación en su seno de los hombres— haya estado confiada al sistema de opinión y mayoría. Algunos de estos principios son del calibre epis­temológico que puede verse en las siguientes enunciaciones:

  • El poder nace de la Voluntad General y no reconoce otro origen o título.
  • La Voluntad General se identifica con la opinión pública en un momento dado.
  • El voto de todos los ciudadanos tiene el mismo valor.
  • El contenido de esa opinión se expresa en los nombres de los candidatos y de los partidos y en los slogans electorales.
  • Los partidos y sus mass-media son los artífices de esa opinión.

De donde, como corolario obligado: las técnicas de publicidad y de influencia subliminal (el condicionamiento de reflejos, en suma) será lo que gobierne a los pueblos.

Sin embargo, esta serie de enormidades que constituyen la «orto­doxia pública» de la democracia ha sido admitida incluso por la Iglesia oficial de nuestros días. Así, cuando en España —o en cualquier otra democracia— sucede que troupes teatrales representan espectáculos sacrílegos o blasfematorios con subvención oficial, los prelados, en su mayoría, nada dicen, porque su intervención podría interpretarse «co­mo una coacción a la libertad de expresión ciudadana». Y los que protestan no lo hacen en el nombre y por el honor de Dios, sino por­que «tales espectáculos ofenden a una mayoría católica del pueblo es­pañol».  Es decir, en nombre de la Democracia y para su defensa.

Así, también, cuando las organizaciones tituladas católicas protes­tan contra la laicización de la enseñanza oficial y contra las leyes confiscatorias (o disuasorias) de la enseñanza privada religiosa, no lo ha­cen ya en razón de que la educación en país católico debe ser católica para todos (con las excepciones debidas a los declaradamente arreligiosos o de otras religiones). Se limitan a defender unos escaños con­fesionales dentro de la gran democracia que formamos («nuestra de­mocracia» les oímos decir); esto es, defender el derecho de los grupos católicos que lo deseen a poseer escuelas confesionales.

Hasta tal punto ha penetrado el espíritu de la democracia liberal en la mentalidad de hoy y en su «ortodoxia pública» que el declararse no-demócrata o contrario a la democracia resuena en los oídos como en otro tiempo la apostasía expresa o la blasfemia. Muchos católicos que rehusarían el calificativo de socialista, o de divorcista, o de abor­tista —que, incluso, luchan contra estas ideas— no ven inconveniente alguno en declararse demócratas o liberales, y militar en partidos bajo estas denominaciones.

Sin embargo, una vez admitida la Voluntad General como fuente única de la ley y del poder —y negada toda otra instancia inmutable de religión con el más allá—, ¿qué lógica podrá oponerse a la socialización de los bienes o de la enseñanza, a la ruptura del vínculo matri­monial, a las prácticas abortistas o la eutanasia, si tales designios o supuestos derechos figuran en el programa del partido mayoritario? La democracia moderna, con su aspecto equívoco y aceptable es, en rea­lidad, la llave y la puerta para todas esas aberraciones y las que les seguirán.

Y es que, en el campo de los males, como en el de los bienes o va­lores, existe una jerarquización que podemos establecer sin más que recurrir, por vía de negación, a las Tablas de la Ley. Así, podemos ver que la socialización de los bienes o de la enseñanza se opone al séptimo mandamiento (no hurtar) y ataca directamente a la familia, institu­ción de origen divino; el divorcio se opone a esa misma institución y, generalmente, al noveno mandamiento (no desear la mujer del próji­mo); el aborto y la eutanasia atentan contra el quinto mandamiento (no matar)…

Pero la raíz misma de la democracia moderna se opone al primero y principal de esos mandamientos, aquel al que se reducen los demás: «amarás al Señor, tu Dios, por encima de todas las cosas». Propugnar la laicización de la sociedad (negarle un fundamento religioso) y de­rivar la ley de la sola convención humana equivale a cortar los lazos de la convivencia humana respecto de Dios, a negar la religión (o re­ligación del hombre con su Creador). Las transgresiones de aquellos otros mandamientos pueden, en casos, ser pecados de debilidad: sólo la trasgresión de éste es pecado de apostasía.

De aquí el martirio aceptado sin vacilación por los primeros cris­tianos en la Roma imperial. Ellos disfrutaban en su tiempo de una situación de «libertad religiosa»; es decir, no eran condenados por prac­ticar su culto. Un status parecido al que otorga la democracia moder­na a las confesiones religiosas, aunque con distinto fundamento. Los romanos admitían en su politeísmo a todos los cultos y divinidades. No hubieran tenido inconveniente en admitir al Dios cristiano entre las divinidades del Capitolio y autorizar libremente el culto cristiano. Pero con la condición para los cristianos de reconocer, al menos táci­tamente, el politeísmo y de adorar al Emperador como símbolo y ga­rante de la religiosidad oficial. Y aquellos cristianos que se mostraban en lo demás como buenos ciudadanos, preferían el suplicio y las fieras del circo antes de renegar de la unicidad topoderosa del verdadero Dios.

Situación semejante es la de los católicos dentro de un país de Cristiandad ante la aceptación voluntaria de la democracia moderna. Con el agravante de que aquí el status de libertad no se apoya en una distinta concepción de la religión, sino en una negación de ésta, de toda religión, que pasa a considerarse como asunto privado u opinión. No es ya una religión falsa, sino un antropocentrismo o culto al Hom­bre. Hoy no hay que reconocer como dios al emperador sino a la Cons­titución. Ciertamente que en la democracia no se exige de modo tan rotundo ese reconocimiento bajo forma de adoración, y el caso se presta a interpretaciones o «arreglos de conciencia». Pero para quien esa aceptación no sea obligada ni formularia, sino acto voluntario a través de la adhesión al sistema o a un partido, el caso es objetiva­mente más grave que para los cristianos de Roma.

Tales reconocimientos se oponen también a las dos primeras pe­ticiones que formulamos en el Padrenuestro, la oración que el propio Cristo nos enseñó: «santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino». El demócrata liberal las sustituye implícita (o explícitamen­te) por «eliminado sea tu Nombre; venga a nosotros la secularización, el reino del Hombre». Y se oponen, en fin, a las dos últimas enseñan­zas que Jesucristo Nuestro Señor nos dejó en su vida mortal antes de ser conducido al suplicio: cuando ante la autoridad civil (Pilato) y ante la religiosa (Caifás) afirma la Verdad y la autoridad de origen divino.

La democracia liberal se presenta así, bajo su verdadera luz, co­mo la frontera del mal; aquella línea de demarcación que, traspasa­da, nos sitúa fuera de «los que pertenecen a la Verdad»; es decir, en el reino de los que, por aclamación popular, obtuvieron la muerte de Cristo. El reino en que no se habla ya de verdad ni de autoridad, sino de opinión y de pueblo. En el que los creyentes en El sólo pedirán unos escaños en el seno del pluralismo laicista para vivir tranquilamente su fe sobre una apostasía inmanente.

Pero acontece que la negación de Dios acarrea como corolario ine­vitable la negación del hombre: ¿Qué podrá construirse en la ciudad humana sobre la arena movediza de la opinión y del sufragio? ¿Qué dejará tras de sí la sociedad democrática en la que el hombre sólo se sirve a sí mismo? Eliminado de raíz el Fin Supremo y la re-ligación con El, ¿cuánto durarán los fines subordinados y una vida que no con­duzca al marasmo del hastío y de los vicios acumulados? Es ya la so­ciedad que tenemos ante nosotros, eminentemente en los países más desarrollados económicamente: la sociedad en la que sobran los medios de vida, pero falta una razón para vivir.

«Los pueblos, las civilizaciones —se ha dicho—- son como unos ex­traños navíos que hunden sus anclas en el Cielo, en la Eternidad». La democracia liberal está consumando la ruina de nuestra civilización y, por contagio, de toda otra civilización. Porque la civilización cristiana (o clásico-cristiana) no ha sido sustituida por otra, sino por una anti­civilización o una disociación que, si pervive, es a costa de los restos difusos de aquella cultura originaria, de aquel —hoy combatidísimo— orden de las almas.

Se evidencia así que ninguna concepción del orden político puede resultar más letal o aniquiladora para la comunidad humana que la democracia moderna o «sociedad abierta» (open society). Postular una sociedad sin fe y sin principios, sin normas estables, neutra, carente de puntos de referencia, dependiente sólo de la opinión pública y de la utilidad del mayor número, es como abrogar la disciplina de un navío, olvidar su nimbo y el orden de las estrellas, abandonarla a la deriva. ¿A dónde se dirigirá tal navío? ¿En qué lenguaje se entende­rá su tripulación? ¿Cómo capeará las tempestades? ¿Qué justificará su misma unidad y su existencia?

Cuando, por ejemplo, el Presidente de la República francesa —o de cualquier otra democracia moderna— apela al heroísmo de la Legión para resolver un conflicto armado grave, ¿en nombre de qué lo hace? ¿Con qué derecho? Si nada existe fuera del interés de los ciuda­danos y de la opinión mayoritaria, ¿cómo exigir a hombres jóvenes que entreguen todo lo que poseen, su vida? Sólo por un recurso inmoral a normas, creencias y valores permanente, que la propia democracia niega, podrá recurrir a tales medios de coerción y de supervivencia.

Cabría una objeción en nombre de la universalidad de la razón. Si toda sociedad histórica, para su simple existencia y perduración, precisa tener su asiento en una fe y en un fervor colectivos, en unas no­ciones de lo que es sagrado y es recto, de lo que es el deber y el sentido del sacrificio, ¿supondrá esto que cada civilización es impenetrable in­telectual y emocionalmente para quienes no forman parte de su tradi­ción o de su herencia? ¿Habrá de asentirse al dictado de Spengler, de Toynbee y de determinados estructuralistas para quienes las culturas son sistemas cerrados, cuyo sentido es inmanente a un sistema intrans­ferible de puntos de referencia?

Nada autoriza tal conclusión. La razón es una instancia capaz de penetrar todo lo que es puramente humano e, incluso, dentro de cier­tos límites, el orden mismo del ser. La civilización occidental de origen cristiano —nuestra civilización histórica— ha sido la encargada de de­mostrar en la práctica esta capacidad de la razón. Su fe —nuestra fe— se ha predicado ya en todos los ámbitos de la tierra y ha arrai­gado, en mayor o menor grado, en las civilizaciones más dispares. Su ciencia, su técnica, sus categorías mentales y sus imágenes de compor­tamiento —básicamente racionales, anti-míticas— se han extendido a todo el mundo, penetrándolo en buena parte. Sea como cultura super­puesta, sea como injerto cultural, puede hoy decirse que una sola cul­tura —la occidental— es la cultura común del planeta.

Sin embargo, y paradójicamente, esta planetarización de una cul­tura racional sólo pudo realizarse a través de una civilización determi­nada —la occidental—, civilización que, como todas, nació de una fe —de un anclaje en la eternidad—, y se edificó sobre unas normas y unos valores morales. Y ello porque, en sentencia filosófica, operari sequitur esse, el obrar sigue al ser: no se expande una civilización sin antes ser, existir. Y si sólo en este caso ha sido posible el efecto de una difusión en cierto modo universal fue, precisamente, porque tal civilización se apoyó, originariamente en la Religión Verdadera.

En la renuncia a esos orígenes se encuentra la raíz última de la crisis en que se debate la sociedad occidental. Crisis no circunstancial sino degenerativa, extendida en forma de rebelión generalizada, y, por vía de contagio, a otras civilizaciones, incluso a la propia naturaleza invadida y contaminada. La expresión de esa renuncia a todo anclaje sobrenatural es la democracia liberal; más aún, que renuncia, nega­ción de toda trascendencia, erección de la sociedad del Hombre y para el Hombre.

Porque esa llamada «sociedad abierta» —la de los “Derechos hu­manos”— ignora el primero y principal de los derechos del hombre, que es el de buscar la verdad y servirla, el de fundamentar en ella su vida y el perdurable rumbo de su periplo terrenal.  [Nota de redacción. No en vano para que se impusiera esta nueva idolatría fue condición necesaria que la otra bestia: la nueva religión surgida del Concilio Vaticano II apoyara y difundiera el derecho de los hombres a errar y a divulgar las falsas religiones, y a dar culto a los ídolos. Véase a tal fin el documento programa de tal apostasía en la Dignitatis Humanae del Concilio V. IIº ; declaración oficial de la apostasía de la jerarquía eclesiástica, al proponer y defender una doctrina mil veces condenada por la Iglesia.]

Rafael Gambra, Revista Roma Nº 89, Agosto 1985.