EL AJUSTE FINO DEL UNIVERSO

Ciencia y Fe

El ajuste fino del Universo

De las galaxias y estrellas hasta los átomos y partículas subatómicas, la misma estructura de nuestro universo está determinada por estos números:

Velocidad de la luz (3·10(8) m/s)

Constante de Gravitación Universal (6,6742 × 10(11) N·m2/kg2)

Constante de Planck (6,626 0693 × 10(-34) J·s)

Masa del electrón (9,109 382 91×10(−31) kg)

Masa del protón (1,672 621 898×10(−27) kg)

Constante de Rydberg (10 973 731 m(-1)) Constante Cosmológica (10(−35) s(−2)) Constante de Hubble (21’9 (Km/s)/Mal)

 Nota: la potencia a la que son elevadas las constantes se indica entre paréntesis en rojo, v.g. (-11)

Estas son las constantes y cantidades fundamentales del universo. Los científicos han llegado a la impactante conclusión de que cada uno de estos números ha sido cuidadosamente graduado a un valor asombrosamente preciso, un valor que cae en un rango extremadamente estrecho que permite la vida. Si cualquiera de estos números fuese alterado incluso por el ancho de un cabello: ninguna clase de vida interactiva física podría existir en alguna parte. No habría estrellas, ni vida, ni planetas, ni química.

Considera la gravedad por ejemplo. La fuerza de gravedad está determinada por la Constante Gravitacional, si esta constante variara simplemente por 1/1060, ninguno de nosotros existiría.

Para comprender cuan extremadamente estrecho es este rango que permite la vida, imagina un disco dividido en 1060 incrementos. Para entender cuántos puntos diminutos se encuentran en el medidor, compáralo con el número de células de tu cuerpo (1014) o el número de segundos que han pasado desde que el tiempo comenzó (1020). Si la constante gravitacional hubiera sido desafinada por solo uno de estos infinitésimos incrementos, el universo ya se hubiese expandido y hecho menos denso tan rápidamente que ninguna estrella se habría formado y la vida no podría haber existido; o se habría colapsado en sí mismo con el mismo resultado: sin estrellas, sin planetas y sin vida.

O considera la tasa de expansión del Universo, está impulsada por la constante gravitacional. Un cambio de su valor en 1/10120 causaría que el universo se expandiera muy rápidamente o muy lentamente. En cualquiera de los casos, de nuevo, el universo no permitiría la vida.

U otro ejemplo de ajuste fino: si la masa y la energía del universo temprano no estuviera repartida equitativamente con una precisión incomprensible de  vida   , el universo sería hostil para cualquier clase de

El hecho es que nuestro universo permite la vida física interactiva sólo porque estos y muchos otros números han sido independientemente y exquisitamente balanceados en el filo de una navaja.

“A donde sea que los físicos miren, ven ejemplos de ajuste fino” (Sir Martin Rees, Profesor de Astrofísica de la Universidad de Cambridge)

“El hecho extraordinario es que los valores de estos números parecen haber sido ajustados finamente para hacer posible el desarrollo de la vida” (Stephen Hawking)

“Si alguien declara no estar sorprendido por las características especiales que el universo tiene, esconde su cabeza en la arena. Estas características especiales son sorprendentes y poco probables” (David Deutsch, físico de la Universidad de Oxford, miembro de la Royal Society).

¿Cuál es la mejor explicación para este fenómeno excepcional? Hay tres opciones activas. El ajuste fino del universo se debe ya sea a:

  • Necesidad física
  • Azar
  • Diseño

¿Cuál de estas tres opciones es más plausible?

De acuerdo con esta alternativa (necesidad) el universo debe permitir la vida. Los valores precisos de estas constantes y cantidades no pudieron haber sido otros. Pero ¿es esto verosímil?

¿Es un universo que prohíbe la vida imposible? Ello está lejos de serlo. No solo es posible, sino que es mucho más probable que un universo que permite la vida. Las constantes y cantidades no son determinadas por las leyes de la naturaleza. No hay razón o evidencia que sugiera que el ajuste fino es necesario.

La constante de Planck, simbolizada con la letra h, es una constante física que representa la cantidad mínima de energía que es posible convertir en luz de frecuencia f. La luz no es emitida como un continuo, sino como una corriente de fotones cada uno de los cuales tienen una energía hf. Resulta de dividir la energía E de un fotón entre su frecuencia f.

¿Qué hay del azar? ¿Simplemente tuvieron mucha, mucha, mucha, mucha suerte? No. Las probabilidades involucradas son tan remotamente ridículas como para poner el ajuste fino mucho más lejos del alcance del azar. Así que en un intento de mantener esta opción viva algunos han ido más allá de la ciencia empírica y han optado por un enfoque más especulativo conocido como el MULTIVERSO. Ellos imaginan un universo generador que produce tal número extenso de universos, que las probabilidades son que universos que permitan la vida eventualmente saldrán. Sin embargo, no hay evidencia científica de la existencia de este multiverso, no puede ser detectado, observado, medido o probado. Y el mismo universo generador requeriría una cantidad enorme de ajuste fino. Además, pequeños parches de orden son mucho más probables que los grandes. Así que el universo observable más probable sería uno pequeño habitado por un único simple observador. Lo que en realidad observamos es de hecho lo que menos debemos de esperar: un universo vasto, espectacularmente completo, altamente ordenado, habitado por millones de otros observadores. Así que incluso si el multiverso existiera lo cual es un punto caprichoso, no haría nada para explicar el ajuste fino.

Dado la inverosimilitud de la necesidad física o del azar, la mejor explicación de porque el universo está ajustado finalmente para la vida puede muy bien ser que está diseñado de esta forma.

“Una interpretación razonable de los hechos sugiere que un súper- intelecto ha jugueteado con la física y que no hay fuerzas ciegas dignas de hablar en la naturaleza. Los números que uno calcula de los hechos me parecen tan sobreabundantes como para poner esta conclusión casi más allá de duda” (Fred Hoyle, astrónomo británico)

“Hay para mi evidencia poderosa que hay algo detrás de todo. Me parece como si alguien hubiere ajustado finamente los números de la naturaleza para hacer el universo. La impresión de diseño es abrumadora” (Paul Davies, físico británico, profesor en la Universidad Estatal de Arizona, Estados Unidos)

“Los cielos declaran la gloria de Dios; el firmamento proclama la obra de sus manos. Día tras día transmiten el mensaje y noche tras noche revelan sabiduría” (Rey David, Salmo 19, 1-2)

Fuente: Revista Cuba católica, editada por el Profesor David, y cuyo articulo ha sido escrito por un profesor de matemáticas convertido al catolicismo.

EL FIN DE LA COMISIÓN ECCLESIA DEI: EL PANORAMA MÁS CLARO.

Diversas fuentes anuncian el final de la Comisión “Ecclésia Dei” creada por Wojtyla/JP2 para atrapar en la neo iglesia modernista a los fieles con una sensibilidad católica. Y con el final de dicha comisión, el término del Summorum Pontificum de Ratzinger inventado para degradar a la Misa católica, dado que el rito ordinario de la falsa iglesia sería el Novus Ordo Missae, quedando la Misa- no tradicional, sino la de 1962- como simple rito extraordinario limitado; invento que prohíbe en la práctica la Misa católica de San Pío V.

A decir verdad, el invento les funcionó bien, pues muchos conservadores fueron engañados por el señuelo y, en lugar de optar por la verdadera y única solución católica: “un hereje no puede ser papa”, y por consiguiente todos sus decretos son inválidos, quedaron confundidos en esa tupida y espesa red diabólica.

Tampoco ayudó a las conciencias de los católicos la falsa y herética solución inventada por Marcel Lefebvre, con cuya noción herética murió,  y su FSSPX, la cual no hace otra cosa que seguir la incoherencia acatólica de su fundador, a saber: Wojtyla/jp2 es hereje, pero es el verdadero papa, aunque no le obedezcamos en nada y estemos, en la práctica, en una situación “cismática” con la falsa iglesia, a la cual deseamos pertenecer de todo corazón, y eso pese a que tengamos tribunales paralelos para la dispensa de votos religiosos y de irregularidades matrimoniales, sobre las cuales nosotros decidimos cual si fuéramos la Iglesia. Así, se cargaba el fundamento de la veracidad de la Revelación divina, luego de la muerte del último de los Apóstoles; su ataque fue a la raíz misma de la Revelación, bajo la apariencia de sostener la Misa tradicional, combatía toda la teología fundamental tradicional.

Si se confirmara la noticia, el resultado que tendríamos a largo plazo sería el siguiente:

a.– Los fieles que quieren la Misa tradicional tendrían que elegir entre dos opciones:

1- Asistir a las Misas de la FSSPX, herederas de la posición herética lefebvrista, los cuales desean formar parte de la iglesia conciliar del Anticristo; unos más lento como esta organización, y otras,  más raudo, como los seguidores del hereje mons. Williamson. No cabe duda que los lefebvrianos les interesa tal supresión, ya que piensan ingenuamente que serían los beneficiados de tal medida, al quedar casi como los únicos que podrían celebrar la misa de 1962- que no es la de San Pío V-, en comunión con la Roma apostata. Algunos blog lefebrvianos ya han manifestado cierto entusiasmo por la supresión de Ecclésia Dei.

2- Pero para los que aman la verdad, que no creo sean demasiados, esta medida será una obra de misericordia de Dios, para que, finalmente, puedan desprenderse de tales telarañas, y se adhieran a la verdadera posición católica, a saber: Desde hace sesenta años la Sede de San Pedro está ocupada por herejes, que son antipapas, por lo tanto, con ellos y con los que quieren formar parte de su falsa religión, tales como los lefebvrianos o los de la tesis Cassiciacum, salidos de los seminarios de esa misma Fraternidad de Lefebvre, nullam parte habemus.

  b.- Los fieles que desean obedecer al hereje Bergoglio, volverán a la Cena protestante, donde ya no hay Sacrificio.

En definitiva, el panorama se aclarará más; y como Dios saca del mal un bien mayor, no nos cabe duda, que algunos, por la misericordia de Dios, finalmente, abrazarán la fe y la doctrina católica en la verdadera posición católica en la actualidad: La sedevacancia totaliter, hasta que se elija un Papa; y rechazará, no cabe duda, las tres  soluciones formalmente heréticas lefebvrianas, tanto de la FSSPX, como las del “papa materialiter», como las de la falsa resistencia de Williamson, Faure, Zendejas, etc.

CONCLUSIÓN: Así, pues, ¡Adelante antipapa Bergoglio!; pero han de saber todos que con su horrenda malignidad ellos y Satanás han acrecentado, sin querer, el triunfo de Cristo, que reunirá en torno a sí, a sus elegidos; pero conozcan también estos herejes que el rechinar de dientes de los condenados- entre los que están los que mueren en la herejía formal- no se atenuará nunca y proclamarán eternamente la Justicia del Juicio de Dios sobre ellos.

Más usted amigo lector, si busca la verdad, no tenga miedo, porque Dios se acercará austed desde la lejanía de su alto cielo, y serás llevado en la palma de su mano, y le sacará del influjo de tantos falsos profetas y sacerdotes.

Observe, lector, la misericordia de Dios, que se vuelve con todo su poder contra los campeones del pecado – el segundo pecado más grave, es la herejía-, y les da poder para crucificar a los hijos escogidos, hoy un puñado con algunas misas en las casas y garajes. Dios ha medido el tiempo de los malvados; y cuando ve que la medida de sus pecados está colmada los arroja de sus tronos para saciarlos, a su vez, de tormentos- que pueden ser morales también- Pero el repudio de Dios debería curarles. Dios espera y esperará hasta que pueda recoger a sus escogidos hijos pródigos y estrecharlos contra su corazón de Padre que nunca ha cesado de amarlos No seas, pues, de aquellos quienes con su arrogante lucha contra el amor de Dios persisten en la herejía hasta el fin, y despierte ante esta supresión anunciada.

Sofronio

EL ANTICRISTO SE REVELARA A SI MISMO. LA SUPRESION DEL SACRIFICIO PERPETUO.

Por Mons. José F. Urbina Aznar 

Mayo 5 del 2013

INTRODUCCION

Montini decreta la supresión del Sacrificio perpetuo, implantando la nueva «misa»el 3 de abril de 1969, con el consejo de 6 protestantes y el hacer de uno de los masones que aparece en la lista Picorelli- periodistas asesinado por publicar dicha lista-, entre otras: Mons. Bugnini

     Me parece increíble, que a estas alturas de la crisis tan avanzada está y contaminadas las estructuras sociales y eclesiásticas, no las gentes sumergidas en las masas humanas corrompidas, sino hombres informados sobre la Doctrina, que forman parte de ese resto fiel que ha sabido levantarse contra la supresión del Sacrificio Perpetuo y contra la impiedad, ignoren todavía, que el Anticristo está presente e ignoren también sus características y las coincidencias históricas que lo deben revelar a los fieles. Continúan afirmando antiguas interpretaciones de exegetas muy doctos pero completamente equivocados, porque antes de cumplirse todas las profecías, son oscuras e indescifrables.

     Por ese motivo, he tomado párrafos de un folleto que escribí en el año de 2002 con nuevas anotaciones necesarias a la luz de los acontecimientos que se han dado con suma rapidez que aclaran el misterio de las profecías escatológicas, aun así oculto para la mayoría de fieles, incluso del resto fiel.

     Por eso, presento este nuevo folleto formado con una buena parte del anterior, con las añadiduras necesarias acordes al tiempo de terror y de espera que estamos viviendo. 

     Pascal decía que «las profecías son equívocas; sólo después de su cumplimiento desaparece su ambigüedad». Sin embargo, hay una excepción, en mi opinión, en la profecía del Profeta Daniel, sobre lo que él dice, será la supresión del Sacrificio Perpetuo, porque en su capítulo XII, versículo 4, escribe que el anuncio debe ser sellado «hasta el tiempo del fin», en el que «muchos lo leerán y acrecentarán su conocimiento». La nota a este versículo de la Biblia Nácar-Colunga, dice que «el libro en que esto está escrito debe ser sellado, para que nadie lo pueda leer hasta que SE ACERQUE EL FIN. Entonces, se hará público y servirá para fortalecer los ánimos de las luchas que deben sufrir». Dice Daniel que muchos “acrecentarán su conocimiento». No se puede acrecentar el conocimiento con la lectura de una profecía oscura, ambigua, que no dice ni aporta nada. Por lo tanto, algunas de las profecías de Daniel se revelarán, por lo menos, en los tiempos del cumplimiento. ¿Y quienes podrán interpretarlas correctamente?, algunos que se hayan librado de la apostasía.

     También en el Cap. XII, v. 10, se ratifica esta doctrina, pues dice: «los impíos seguirán el mal, y ninguno de los malvados entenderá, pero los que tienen entendimiento comprenderán». Esto es, que en el caso específico de estas profecías la interpretación acertada la tendrán algunos que la estudien DESDE LA ORTODOXIA y esto sucederá «cuando la fuerza del pueblo de los santos (v. 7) estuviera enteramente quebrantada». No dice: en el momento en que la fuerza del pueblo de los santos fuera quebrantada, lo cual significa una llegada a ese estado. En el momento de la llegada a. Lo que dice, que es distinto es que la fuerza del pueblo santo «estuviera», lo cual es distinto, porque anuncia un tiempo de duración desconocida.
     Contrariamente a lo que algunos interpretadores pueden pensar, cual es, que estas profecías se refieren al tiempo de las persecuciones de Antíoco -sobre todo entre los modernistas-, y a la entronización del Júpiter Olímpico en el templo, lo cual soportó el pueblo de Israel, tenemos el testimonio de San Pablo que refiriéndose al significado profundo de estas cosas, -pues el Antiguo Testamento era sombra del futuro mesiánico-, nos habla de la futura «apostasía» y del Anticristo que ha de llegar en ese mismo tiempo «a poner su asiento en el templo de Dios», lo cual es una referencia clarísima y una realidad anunciada por Daniel de lo que fue FIGURA en Antíoco y la profanación del templo de los judíos antes de la venida del Mesías. El Anticristo estará «en el templo de Dios». ¿De dónde han sacado la estupidez de que será un líder mundial a la cabeza de un gobierno mundial?. La figura del Anticristo ha sido terriblemente deformada y retorcida.

 El terror de su tiempo es sólo una consecuencia de la prostitución que él y su pandilla con engaño hayan provocado en el pueblo que no sin culpa han parido.

     Pero sobre todo, tenemos la afirmación de nuestro Señor Jesucristo. Si se leen detenidamente, profundizando su significado, los Evangelios aportan luz esplendorosa para todos aquellos que desde la ortodoxia quieran comprender. El añade una expresión no siempre comprendida en el anuncio de las cosas del fin: «el que lea, entienda». La encontramos en San Mateo, en San Marcos, y San Juan en el Apocalipsis la utiliza también con el mismo fin. Porque debemos de realizar un esfuerzo en profundizar y penetrar el sentido, la doctrina y la misma profecía. Pero es evidente que no todos podrán hacerlo, pues las cosas de Dios a su tiempo son suficientemente claras para los que quieren verlas si han sido fieles a Su Doctrina; y totalmente oscuras, confusas y lejanas para los que tienen una disposición diversa o contraria aun inculpablemente.

     San Marcos registra la parábola de la higuera en su capítulo XIII, v. 28 y siguientes. En este lugar, nuestro Señor Jesucristo dice que «cuando vosotros veáis que acontecen estas cosas, sabed que Él está cerca, está a la puerta«. La palabra «cerca» se puede interpretar de mil maneras, sobre todo en la opinión de esos exégetas y teólogos modernistas de los que hay cientos. El entender y la voluntad de esos sabios hombres, nos pueden llevar hasta lo ridículo.

     Sin embargo, las palabras «a la puerta», que luego el Señor añade, nos dicen cómo interpretar ese «cerca». Es decir, que ha llegado. Que está aquí. Está en la puerta aunque no haya entrado. Y todavía para mayor exactitud y para evitar las piruetas y los retruécanos de esos exégetas de asalto, San Juan en el Apocalipsis en la Carta a la Iglesia de Laodicea dice que: «He aquí que estoy a la puerta y llamo». Se destruyen así completamente todas las interpretaciones sobre cuán cerca está el Señor de la puerta.

     Hay un solo hecho por antonomasia que indica la inminencia de la Parusía. Es verse «instalada» la abominación desoladora en el lugar santo, que. es la eliminación del Sacrificio Perpetuo.

     San Marcos es muy claro en el orden de acontecimientos. Y él refleja fielmente la Palabra y la intención del Maestro. Guerras y rumores de guerras, pestes, falsos profetas, terremotos, persecuciones. Como si quisiera seguir un orden cronológico. Eso no es el fin dice Cristo sino el principio de los dolores. Habla de la corrupción que afectará gravemente el seno de las familias: «el hermano entregará a la muerte al hermano»«Se levantarán los hijos contra los padres y les quitarán la vida». Se anuncia, entonces, una degradación y pudrición social furiosa y profunda que llega a corromper el núcleo embrionario de la sociedad cristiana: la familia. Entonces, cuando la descomposición haya infectado a los cristianos en lo más íntimo de la sociedad y de sus almas, no sin grave culpa, está preparado ya el caldo de cultivo para el advenimiento del Anticristo el cual ha de suprimir el santo Sacrificio de la Misa usando de trucos y engaños para que sea posible su «instalación» con aprobación del pueblo.

     Por ese motivo, a continuación el evangelista dice: «cuando, empero, viereis la abominación de la desolación establecida donde menos debiera…». Esta es la Palabra de Dios. El rito que substituye es lo abominable. Es lo desolado. Es lo que ya no es Sacrificio sino una grave ofensa a Dios que lo aborrece.

     Después de esto, seguidamente, se habla de una gran tribulación como no la ha habido nunca ni la habrá, al grado, de que si fuera posible, «hasta los justos se perderían», pero por amor a ellos esos tiempos serán abreviados.

     Esta expresión nos da una idea de la gravedad de la situación que debe prevalecer durante la instalación de la abominación de la desolación de los tiempos finales. No preocupa tanto al Señor la situación de males materiales como los terribles profetizados por Isaías en su capítulo llamado «el Apocalipsis de Isaías», que los hombres soportan por su apostasía, sino los males espirituales a los que se van atraídos por el poderoso influjo satánico que se extenderá por todas partes. El mundo, la carne, pueden perder aun a los elegidos. Por amor a ellos esos tiempos son acortados.

     En esta profecía, nuestro Señor intercala la profecía de la destrucción de Jerusalén. Ve una a través de la otra, pues hay muchos puntos de contacto, porque una es figura de la destrucción final del mundo. De la obra humana no quedará «piedra sobre piedra».

     San Lucas registra unas palabras del Señor que son harto importantes. En el Cap. 17, v. 26, dice: «Lo que aconteció en el tiempo de Noé, igualmente acaecerá en el día del Hijo del Hombre. Comían y bebían, casábanse y celebraban bodas, hasta el día en que Noé entró en el arca, y sobrevino, entonces, el Diluvio que acabó con todos. Como también lo que sucedió en los días de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, hacían plantíos y edificaban casas; mas el día que salió Lot de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, que los abrasó a todos. de esta manera será el día que se manifestará el Hijo del Hombre».
     Estamos viendo una exacta repetición de aquellos tiempos, porque la estupidez del hombre no tiene límites. Endiosados con su ciencia y su técnica, adoradores de la materia y de la carne, han formado un gigantesco club de gozadores, que se untan con la carne, que se soban con ella, que así se sienten acompañados y protegidos, pero han abandonado a Dios y han quedado ciegos.

     Por el Diluvio fue destruido el mundo por las aguas. El Diluvio fue universal. Por el fuego, fueron destruidas solamente ciudades. Luego, la destrucción de Sodoma y Gomorra, es una figura de lo que acontecerá en el fin. Las ciudades cuya sociedad completamente prostituida y en la apostasía en las que se ha institucionalizado el pecado contra natura, que las hace peores que Sodoma, -en la que sus habitantes quisieron sodomizar a los ángeles-, están copiando y en forma muy agravada aquello que las lleva al exterminio.

     La especial atención de las Sagradas Escrituras al pecado contra natura en el tiempo de la destrucción de Sodoma, es un asunto grueso que hay que considerar con detenimiento. Este pecado que Dios aborrece era solamente la cúspide terrible del encharcamiento de pecados a que habían llegado. Nuestra sociedad es peor. Se ha legislado en favor de lo que incluso constituye la apostasía de la naturaleza humana, degradada a un lugar inferior al de los animales.

     Las leyes del Estado liberal actual han legislado como legítimamente practicada la Sodomía que dice es un derecho del hombre de hacer lo que le dé la regal gana con su cuerpo, y ha legislado ser un derecho de las mujeres practicar el lesbianismo o el aborto si así se desea, por lo cual se practica la homosexualidad con descaro y se asesina a los niños no nacidos por miles diariamente.

EL APOSTOLADO DE NOE Y DE LOT. 

     Al mencionar nuestro Señor, muy especialmente a Lot y a Noé en Sus anuncios sobre el fin, nos da materia de estudio y reflexión abundantes, puesto que la ceguera del pueblo aun con la predicación y advertencias de estos dos personajes, confirma dramáticamente el anuncio de que cuando venga el fin, nadie lo estará esperando, ¡pero ni siquiera los buenos!, pues el día del Señor ha de venir como ladrón en la noche, y muy pocos serán conscientes de esta situación. No en vano dijo el Señor: «De esta manera será el día en que se manifestará el Hijo del Hombre».

     Las gentes del tiempo de Noé y de Lot, se burlaron de ellos y los tiraron a locos, hasta el final en que el castigo vino sin remedio. Así, los hombres del fin se burlarán de quienes anuncian la inminencia de la Parusía. Y esto es muy lógico, pues siendo la supresión del Sacrificio y la Apostasía un castigo espiritual, no podrán ser advertidos aun en su máxima gravedad por un pueblo apóstata, materialista y corrompido.

     Incluso las graves señales materiales en la Naturaleza de las cuales llegarán sólo rumores a muchas regiones del mundo, serán menospreciadas. Es lógico. La corrupción de la sociedad, antes que alarmar, justifica la corrupción en la que todos están. Sexo, espectáculos, deshonestidad, farras, viajes, diversión, superstición, abuso, terror, inseguridad… Ese es un caldo putrefacto en el que todos ciegos a las grandes señales espirituales que a nadie interesan ya, sienten que su desvío y su locura se va justificando y aprobando. Si yo quiero meter a un sapo al agua hirviendo, salta y se escapa. Pero si yo lo meto en agua tibia y la pongo a calentar, el sapo no se escapa, sino explotará cuando el agua hierva. Así explotará la sociedad humana de hoy. Insensibles a los avisos espirituales, e insensibles también a las alarmas del mundo material, que recibirán con agrado porque esas bestias lodosas con las que convive, son iguales a las que le llenan el alma.

     Por eso, esta generación perversa -Palabra de Jesucristo-, peor que aquella de Su tiempo, no tendrá más que aridez extrema y falta de auxilios espirituales y la «señal de Jonás».

     Así vendrán a ser más favorecidos los escogidos de Dios, porque pueden ver estas cosas y anunciar la inminencia de la Parusía. Así también se cumplirán las profecías con toda exactitud, al venir los acontecimientos del fin aparentemente sin aviso. Sin ser esperados. Pero yo más bien creo que vienen sin ser esperados y no sin aviso.

     En el Evangelio de San Mateo, en dos ocasiones y en el de San Lucas, nuestro Señor se refiere a la señal de Jonás. En Lucas XI, v. 29 dice: «Esta raza, es una raza perversa; pide un prodigio, pero no se le dará otro prodigio que la del Profeta Jonás». Se está refiriendo a que permanecería en la tierra por tres días y tres noches, como lo dice en San Mateo, en clara alusión a Su Pasión, a Su muerte y a Su resurrección.

     Así también, en el final de los tiempos, la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo, sufrirá la Pasión, la muerte y la resurrección que están representadas en la usurpación, en la instalación de la abominación de la desolación, que es la supresión del Sacrificio Perpetuo y en la Apostasía; y ésta la única señal que se dará, porque las demás señales, siendo menores y materiales, serán desconocidas y rechazadas en forma aislada o en conjunto como señales de la inminencia de la Parusía.

     Hay que decirles a esos ilusos y románticos lo dramáticamente equivocados que están al asegurar que antes del fin del mundo, «debe» haber un corto triunfo de la Iglesia. ¿Y de dónde han sacado tan peregrina idea si no es en las publicaciones de autores que se dicen conocedores de recónditos misterios?. ¿Puede haber un triunfo, el más pequeño en un mundo totalmente descristianizado, penetrado por todas partes de venas que transportan la baba negra del odio a Dios?. 

LAS SEÑALES VISIBLES, SON TAMBIEN POR LOS ELEGIDOS. 

     Hay en la Iglesia, pequeños en la Fe, ya sea por una general falta de medios para conocer la Doctrina, o por la falta de capacidad. En ninguno de los dos casos hay culpabilidad, y a estos fieles es muy fácil arrastrarlos al error.

     Santo Tomás de Aquino (Sum. Theo. 2-2, q. 6, a. 6), por este motivo dice que las verdades de la Fe, no son igualmente necesarias a todos para salvarse. El juicio sobre la capacidad de los fieles poco instruidos para entender o no entender ciertas cosas, o para actuar de una manera o de otra, no es siempre de los pastores, los cuales no podrán imputar a ellos, actuar o creer erróneamente por ignorancia. Estos fieles son más sensibles a las cosas materiales, a las cosas del sentimiento o de la apariencia que a las reconditeces del Dogma.

     Por amor a ellas, se han de obrar también las señales visibles del fin según la Divina Dispensación, para que incapacitadas para entender la obligación de la desobediencia en ciertas ocasiones, o la usurpación del Trono papal por antipapas, o el Anticristo, o la supresión del Sacrificio Perpetuo y en qué consiste, o la Apostasía, sean también llamadas por esas señales que Dios obrará en el mundo.

 

LOS AFRICANOS [ II ]

Contra los valentinianos (Adversus Valentinianos)
El libro Contra los valentinianos es un comentario cáustico de la doctrina de los gnósticos valentinianos. El contenido y la distribución misma de la materia del libro prueban su estrecha dependencia del tratado Adversus haereses de Ireneo. También debe algo a Justino Mártir, a Milcíades y a Próculo:
Nadie podrá acusarnos de haber inventado nuestros documentos. En efecto, han sido publicados ya, bien sean las opiniones en sí mismas o bien su refutación, en obras escritas por personas que sobresalían por su santidad y su talento. No quiero hablar solamente de los que han vivido en la época precedente, sino aun de los contemporáneos de los heresiarcas mismos: por ejemplo, Justino, filósofo y mártir; Milcíades, el sofista de las iglesias; Ireneo, el investigador exacto de todas las doctrinas; nuestro Próculo, modelo de casta ancianidad y de elocuencia cristiana. Yo quisiera seguirlos muy de cerca en toda obra sobre la fe y particularmente en ésta (5).
Tertuliano se refería probablemente a los escritos antiheréticos de Justino, Milcíades y Próculo, que se perdieron. El tratado consiste en 39 capítulos. La introducción (1-6) produce la impresión de una mayor independencia. El autor expone aquí el carácter esotérico del valentinianismo; lo compara con los misterios de Eleusis y descubre por ambas partes el mismo deseo de hacer adeptos y la misma multiplicación de sectas. Alude (c.26) a su tratado Contra Hermógenes y manifiesta su intención de escribir más tarde una obra más importante sobre el mismo tema. Llama a ésta “la primera arma con que nos armamos para nuestro encuentro” (c.3); más tarde la llama “esta pequeña obra en la que nos propusimos exponer sencillamente este misterio” (c.6). “Debo dejar para más tarde — dice — toda discusión y contentarme de momento con una simple exposición… Que el lector la considere como la escaramuza que precede a la batalla” (ibid.).
5. Sobre el bautismo (De baptismo).
Esta obra es de suma importancia para la historia de la liturgia de la iniciación y de los sacramentos del bautismo y confirmación. No es solamente la primera obra sobre la materia, sino el único tratado anteniceno sobre un sacramento. Pertenece a la categoría de los escritos antiheréticos, porque su composición se debe a los ataques de una tal Quintilla, de Cartago, miembro de la secta de Cayo, que ponía objeciones de tipo racionalista y “arrastró en pos de sí a muchos fieles con su doctrina sumamente venenosa, proponiéndose ante todo destruir el bautismo” (c.1). Tertuliano le contesta con este pequeño tratado de veinte capítulos, en el que habla como un maestro a sus catecúmenos: “Un tratado sobre esta materia no será del todo inútil para instruir tanto a los que están todavía en un estadio de formación como a los que, satisfechos con su fe sencilla, no investigan los fundamentos de la tradición, y, debido a su ignorancia, poseen una fe que está a merced de todas las tentaciones” (1).
Una de las objeciones era, evidentemente, ésta: “¿Cómo puede un baño corporal en el agua efectuar la limpieza del alma y la salvación de la muerte eterna?” Por eso, el primer capítulo se abre con esta exclamación: “¡Dichoso sacramento el del agua (cristiana), que lava los pecados de nuestra pasada ceguera y nos engendra a la vida eterna!” Y termina con esta comparación: “Mas nosotros, pececitos, que tenemos nuestro nombre de nuestro pez (??T??), Jesucristo, nacemos en el agua y no tenemos otro medio de salvación que permaneciendo en esta agua saludable.” El que Dios se valga de medio tan ordinario no debe escandalizar a un hombre carnal, porque El tiene la costumbre de elegir las cosas humildes y sin pretensiones para llevar a cabo sus planes (c.2). El agua fue, desde el principio del mundo, un elemento preferido de Dios y fuente de vida (c.3), y fue santificado por el Creador y escogido como vehículo de su poder (c.4). Aquí nos enteramos accidentalmente de que ya entonces se practicaba en la Iglesia del África la consagración de la fuente del agua bautismal:
Todas las clases de agua, en virtud de la antigua prerrogativa de su origen, participan en el misterio de nuestra santificación, una vez que se haya invocado sobre ellas a Dios. El Espíritu baja inmediatamente del cielo y se posa sobre las aguas, santificándolas con su presencia, y, así santificadas, se impregnan del poder de santificar a su vez (c.4).
Desde el principio del mundo, cuando el Espíritu volaba sobre el abismo, el agua ha sido considerada siempre como un símbolo de purificación y la morada de la actividad sobrenatural. Los ritos paganos, que no son otra cosa que imitaciones diabólicas del sacramento, y las mismas creencias populares atestiguan esta verdad (c.5). No es el mero lavado físico el que confiere la gracia, sino el gesto sagrado junto con la fórmula trinitaria (c.6). Inmediatamente después del bautismo sigue la unción (c.7), luego la confirmación, que confiere el Espíritu Santo por la imposición de las manos (c.8).
El paso del mar Rojo, el agua que brotó de la roca (c.9) y el bautismo de San Juan (c.10) prefiguraban la iniciación cristiana. El autor contesta luego a la objeción de que el bautismo no es necesario para la salvación, porque Cristo no administró personalmente este sacramento (c.11). A continuación se ocupa de la cuestión siguiente: Si nadie puede alcanzarla vida eterna sin el bautismo, ¿cómo pudieron salvarse los Apóstoles, siendo así que ninguno de ellos lo recibió, excepto Pablo? (c.12). El bautismo no era necesario antes de la resurrección del Señor (c.13). La declaración de San Pablo de que él no había sido mandado a bautizar (1 Cor. 1,17) hay que entenderla correctamente (c.14). Hay solamente una regeneración, la de la Iglesia (c.15). Tertuliano niega la validez del rito de los herejes, sin entrar en más detalles, porque, dice, de esto trató ya más ampliamente en un tratado escrito en griego (c.15). No hay más que una excepción a la necesidad de recibir el bautismo de agua: esta excepción es el martirio, al que llama “segundo bautismo,” el “bautismo de sangre” (c.16). Habla de dos bautismos, “que manaron juntos de la herida del costado abierto (de Cristo), porque los que creen en su sangre tienen todavía que lavarse en el agua, y los que han sido lavados en el agua tienen que llevar todavía sobre sí su sangre” (ibid.). El ministro ordinario del bautismo es el obispo; los presbíteros y diáconos pueden también administrarlo, pero jamás sin la autorización del obispo (c.17). Pueden darlo también los seglares, “porque lo que reciben todos en el mismo grado, pueden darlo de la misma manera… Siendo el bautismo un don que Dios distribuye a todos, todos pueden administrarlo… Baste al laico usar de esta facultad en caso de necesidad, cuando lo exijan las circunstancias de lugar, tiempo y persona. Entonces la urgencia del peligro de ésta justifica el atrevimiento de aquél, porque sería culpable de la pérdida de un hombre quien rehusara el socorro que está en su mano” (ibid.). El sacramento no debe administrarse a la ligera. Debe examinarse antes con diligencia la fe del candidato. Por esta razón Tertuliano no ve con buenos ojos el bautismo de los niños:
Es, pues, preferible diferir el bautismo según la condición, las disposiciones y la edad de cada uno, sobre todo tratándose de niños pequeños. ¿Por qué exponer a los padrinos, fuera del caso de necesidad, al peligro de faltar a las promesas en caso de muerte o de quedar defraudados por la mala naturaleza que se va a desarrollar? Es verdad que Nuestro Señor ha dicho: “Dejad que los pequeñuelos vengan a mí.” Que vengan, pues, pero cuando sean ya mayores; que vengan, pero cuando tengan edad para ser instruidos, cuando hayan aprendido a conocer a qué vienen. Que se hagan cristianos cuando sean capaces de conocer a Jesucristo. ¿Por qué esta edad de la inocencia tiene que correr tan apresuradamente a la remisión de los pecados? (c.18).
Pascua y Pentecostés son las fiestas litúrgicas señaladas para la celebración del bautismo, aunque puede administrarse en cualquier fecha. Puede haber diferencia en la solemnidad, pero la gracia que se recibe es siempre la misma (c.19). El último capítulo trata de la preparación para la recepción del sacramento.
El tratado está exento de toda huella de montañismo. Muestra un gran respeto hacia la autoridad eclesiástica: “la hostilidad al episcopado es la madre de todos los cismas” (c.17). Debió de ser escrito durante el primer período de Tertuliano, quizás entre los años 198 y 200.
6. Scorpiace.
Scorpiace, o antídoto contra la mordedura de los escorpiones, es el título de un corto tratado de quince capítulos. Es una defensa del martirio contra los gnósticos, a quienes compara con los escorpiones. Pretenden que no es necesario el sacrificio de la propia vida, ni lo exige Dios. Tertuliano sostiene, en cambio, que es el deber de todo cristiano cuando no hay otra manera de evitar la participación en la idolatría. Ya en el Antiguo Testamento debía preferirse la muerte a la apostasía (c.2-4). Es una blasfemia decir con los gnósticos que esta. opinión convierte a Dios en un asesino. El martirio es un nuevo nacimiento y alcanza para el alma la vida eterna. Hay una alusión (c.1) que indica que el tratado fue escrito durante una persecución, probablemente en la de Scápula, el año 213.
7. Sobre la carne de Cristo (De carne Christi).
El tratado De carne Christi y el siguiente De resurrectione carnis están íntimamente ligados. Entre los dos aportan una prueba irrefutable de la resurrección de la carne. En vez de admitir este dogma, los herejes negaron la realidad del cuerpo de Cristo, renovando así los errores docetistas. En el De resurrectione carnis, Tertuliano alude al presente tratado y lo llama De carne Domini adversas quattuor haereses — título que es más preciso que el actual — porque la obra va dirigida contra cuatro sectas gnósticas, la de Marción, la de Apeles, la de Basílides y la de Valentín. En el primer capítulo expone su plan: “Examinemos la substancia corporal del Señor, porque, en cuanto a su substancia espiritual, todo el mundo está de acuerdo. Ahora tratamos de su carne, de su verdad, de su naturaleza. Se pregunta si ha existido, de dónde vino, de qué clase era. Si llegamos a demostrar estos puntos, habremos establecido al mismo tiempo la ley de nuestra propia resurrección.” Todo el tratado está dedicado a responder a esas cuestiones. Primeramente prueba Tertuliano que Cristo nació realmente; que su nacimiento era posible y se realizó efectivamente. Jesús vivió y murió en una carne verdaderamente humana. Así queda refutado el docetismo de Marción. Cristo no tornó su naturaleza de los ángeles, aunque se le llama Ángel del Señor, ni de las estrellas, como pretendía Apeles, ni de ninguna otra substancia espiritual, como quería Valentín, sino que se hizo en todo semejante a nosotros, a excepción del pecado. Sin embargo, no nació de semen humano; así, pues* ni la carne del primer Adán ni la del segundo Adán conocieron padre terreno:
Porque si el primer Adán fue formado de la tierra, es justo concluir que el segundo Adán, como dice el Apóstol, ha sido formado por Dios como espíritu vivificante de la tierra, es decir, de una carne que no llevaba como la nuestra la mancha de una generación humana (c.17).
Tertuliano señala la falta de honradez de los gnósticos, que decían que Cristo no recibió absolutamente nada de la Virgen, que nació “por” o “en,” pero no “de” la Virgen. Para mejor defender su verdadera y real maternidad. Tertuliano llega a negar la virginitas in partu (c.23). Defiende con tanto ardor la realidad de la humanidad de Cristo, que llega a afirmar que era feo:
Su cuerpo ni siquiera tenía belleza humana, cuanto menos la gloria celeste. Aunque los profetas no nos hubiesen dicho nada de su apariencia miserable, sus mismos sufrimientos e ignominias que sufrió lo proclamarían (c.9).
Detrás de esta opinión están algunos pasajes del Antiguo Testamento (Is. 52,14; 53,2). La comparten con Tertuliano muchos Padres antenicenos. Al final del tratado. Tertuliano anuncia el opúsculo De resurrectione carnis: “Me falta ahora defender, en otro opúsculo, la resurrección de nuestra propia carne. Cierro, pues, el presente tratado, que es como un prólogo general que prepara el camino, puesto que nos ha hecho ver de qué clase era el cuerpo que resucitó en Cristo” (c.25). La fecha de composición de ambos tratados tiene que ser muy próxima, quizás entre los años 210 y 212.
8. La resurrección del cuerpo (De resurrectione carnis).
En la introducción (c.1-2) se mencionan todos los que negaron la resurrección de la carne, paganos, seduceos y herejes, y se demuestra la inconsistencia de sus enseñanzas. La recta razón confirma este artículo de la fe. En efecto, el cuerpo fue creado por Dios, redimido por Cristo, y debe ser juzgado juntamente con el alma al fin del mundo (c.3-15). Luego refuta las objeciones (c.16-17). Pero todo esto no es más que los fundamentos: “Hasta aquí mi intención ha sido, mediante observaciones preliminares, poner las bases para la defensa de todas las Escrituras que prometen la resurrección de la carne” (c.18). Así, pues, el verdadero argumento del tratado es: la resurrección del cuerpo según el Antiguo y el Nuevo Testamento (c.18-55). El examen de los pasajes bíblicos va precedido de un estudio sobre la manera de interpretar rectamente el lenguaje figurado de las Escrituras. La última parte (c.56-63) trata de la condición del cuerpo después de la resurrección, de su integridad y su identidad con el actual. El párrafo final revela la inclinación del autor hacia el montañismo: “Por este motivo El ha disipado todas las incertidumbres de los tiempos pasados y todas las pretendidas parábolas, por una explicación clara y manifiesta del misterio, por medio de la nueva profecía que brota a raudales del Paráclito” (63).
9. Contra Práxeas (Adversas Praxean).
La serie de escritos polémicos termina con el tratado Adversas Praxean, escrito por Tertuliano probablemente hacia el 213. Por este tiempo había pasado ya a los montañistas, porque acusa a Práxeas no sólo de errores sobre la Trinidad, sino también de oponerse a la nueva profecía. Le hace responsable de la condenación de Montano y de sus secuaces por el obispo de Poma, a pesar de que éste había dado anteriormente su aprobación:
Práxeas fue el primero que trajo de Asia a Roma este género de perversidad herética. Era hombre de carácter inquieto, hinchado por el orgullo de haber sido confesor, sólo por algunos momentos de fastidio que padeció durante algunos días en la cárcel. En aquella ocasión, aun cuando “hubiese entregado su cuerpo al fuego, de nada le habría servido” (1 Cor. 13,3), porque no tenía caridad. Había resistido a los dones de Dios y los había destruido. El obispo de Roma había reconocido los dones proféticos de Montano, de Frisca y de Maximila. Con este reconocimiento había devuelto su paz a las iglesias de Asia y de Frigia, cuando Práxeas, urdiendo falsas acusaciones contra los mismos profetas y contra sus iglesias y recordándole la autoridad de los obispos que le habían precedido en la sede (de Roma), le obligó a revocar las cartas de paz que había expedido ya y le hizo renunciar a su propósito de reconocer los carismas. Práxeas, pues, prestó en Roma un doble servicio al demonio: echó afuera la profecía e introdujo la herejía; puso en fuga al Paráclito y crucificó al Padre (c.1).
Práxeas era, pues, como lo indican estas últimas palabras, un modelista o patripasiano, que identificaba al Padre con el Hijo. Según él, “el mismo Padre descendió a la Virgen, nació de ella, sufrió; El fue en realidad Jesucristo” (1). Cuando su doctrina se propagó por Cartago, Tertuliano la refutó con este tratado, que representa la contribución más importante del período anteniceno a la doctrina de la Trinidad. Su terminología es clara, precisa y justa; su estilo, vigoroso y brillante. El concilio de Nicea empleó un gran número de sus fórmulas; no es posible exagerar su influencia sobre tratados dogmáticos posteriores. Hipólito, Novaciano (cf. p.504 y 512), Dionisio de Alejandría y otros dependen de él. Agustín, en su magna obra De Trinitate, adoptó la analogía entre la Santísima Trinidad y las operaciones del alma humana que encontramos en el capítulo quinto del tratado de Tertuliano y consagró la mayor parte de los libros 8-15 a desarrollarla.
Después del capítulo introductorio sobre Práxeas y sus enseñanzas, el autor se ocupa de la doctrina católica de la Trinidad, llamándola unas veces obra o dispensación divina (oikonomia, dispositio). A fin de descartar temores y prejuicios populares, establece un paralelo entre esta doctrina y la teoría del Derecho romano que admitía varios imperatores, pero un solo imperium. El Estado es gobernado en virtud de un poder único e indiviso. Pero, como esta única autoridad no puede ejercer una actividad eficaz sobre un territorio tan vasto por medio de un solo individuo, el territorio fue dividido, pero no el poder. Cada emperador ejerce este poder único dentro del área a él señalada. De manera semejante, la monarquía divina sigue intacta en el dogma de la Iglesia. Viene luego una discusión sobre la generación del Hijo, llamado también Verbo y Sabiduría de Dios. Se citan pasajes bíblicos para probar la pluralidad de las divinas personas. Se aduce el testimonio del evangelio de San Juan para refutar la interpretación herética que daba Práxeas sobre algunos pasajes de la Escritura. Finalmente, el autor trata del Espíritu Santo o Paráclito, en cuanto se distingue del Padre y del Hijo. Pero esto no es más que el esquema del tratado. En sus 31 capítulos, Tertuliano desarrolla completamente la doctrina de la Trinidad; la discutiremos más adelante. Hay pasajes admirables, como el que sigue:
Son tres, pero no por la cualidad, sino por el orden; no por la substancia, sino por la forma; no por el poder, sino por el aspecto; pues los tres tienen una sola substancia, una sola naturaleza, un solo poder, porque no hay más que un solo Dios. Mas por razón de su rango, de su forma y de su aspecto, se les designa con los nombres Padre, Hijo y Espíritu Santo (c.2).
Demuestra Tertuliano que la relación que existe entre el Padre y el Hijo no destruye la monarquía divina, porque la diferencia no se funda en una división, sino en una distinción (c.9). Es el primer escritor latino que emplea trinitas como un término técnico (c.2ss).
Desgraciadamente, cuando emplea la distinción de las divinas Personas, no sabe evitar el conflicto del subordinacionismo.
10. Sobre el alma (De anima).
Después del Adversus Marcionem, el tratado De anima es la obra más extensa de Tertuliano. Pertenece a la serie de escritos antiheréticos; el autor manifiesta, al principio del capítulo tercero, que fueron los errores contemporáneos los que le movieron a componerlo. El calificarlo como “la primera psicología cristiana” puede desorientar sobre su verdadero carácter. No es una exposición científica, sino una refutación de doctrinas erróneas, como lo ha probado suficientemente J. H. Waszink. El propio Tertuliano lo consideraba como una continuación de su tratado anterior De censu animae, donde defendía el origen divino del alma contra Hermógenes; a esta obra alude el párrafo inicial del De anima. Declara que, una vez que ha discutido con Hermógenes sobre el origen del alma, quiere examinar las cuestiones que quedan; su discusión le obligará a tomar de nuevo las armas contra la filosofía. En el prefacio (c.1-3) niega todo valor a la declaración de Sócrates, que admitió la inmortalidad personal en el Phaedo de Platón. Una discusión sobre el alma debe recurrir a la revelación divina y no a los pensadores paganos, cuyos procedimientos son notorios, ya que mezclan afirmaciones verdaderas con argumentos falsos; merecen por ello el título de “patriarcas de los herejes.” A continuación dedica la primera parte (c.4-22) a examinar las cualidades básicas del principio espiritual del alma. Aunque salida del aliento de Dios, tiene principio en el tiempo, y la opinión de Platón carece de fundamento (c.4). Causa, en cambio, sorpresa ver que el autor hace suya la teoría estoica que atribuye al alma naturaleza material: “Invoco también la autoridad de quienes, afirmando casi con nuestras propias palabras la esencia espiritual del alma — por cuanto aliento y espíritu son por su naturaleza muy afines entre sí —, no tendrán dificultad en persuadirnos de que el alma es una substancia corporal” (c.5). Tertuliano refuta la teoría contraria de los platónicos y demuestra por el evangelio la corporeidad del alma. Se dedican sendos capítulos a estudiar la invisibilidad, la forma y el color del alma y a defender su unidad. Se trata así de la identidad del alma y del espíritu, de la inteligencia, que es una simple función del alma; se habla de sus partes o “potencias” y se discuten muchas otras cuestiones relativas a su homogeneidad. Contra la doctrina valentiniana de la inmutabilidad de la naturaleza humana, Tertuliano subraya la libertad de la voluntad. La segunda parte (c.23-37,4) estudia el origen del alma. Después de refutar primeramente las doctrinas heréticas que se derivan de la teoría platónica del olvido, se demuestra la inconsistencia de esta tesis filosófica. Los capítulos que signen son los más importantes para la antropología de Tertuliano. En ellos refuta la noción de la preexistencia del alma y de su introducción en el cuerpo después del nacimiento, probando que el embrión es ya un ser animado. Para Tertuliano, el cuerpo y el alma empiezan a existir simultáneamente:
¿Cómo es concebido un ser animado? ¿Las substancias del alma y del cuerpo se forman simultáneamente, o más bien la una precede a la otra en su formación natural? Nosotros sostenemos que las dos son concebidas, formadas, perfeccionadas simultáneamente, de la misma manera que nacen al mismo tiempo. En nuestra opinión, ningún intervalo separa la concepción de los dos, de suerte que se pueda atribuir prioridad a una sobre la otra. Juzgad el origen del hombre por su fin. Si la muerte no es otra cosa que la separación del alma y del cuerpo, la vida, que es opuesta a la muerte, no se podrá definir más que como la unión del cuerpo y del alma. Si la separación de las dos substancias se produce simultáneamente por la muerte, la ley de su unión nos obliga a concluir que la vida llega simultáneamente a las dos substancias. Nosotros creemos, pues, que la vida empieza con la concepción, porque sostenemos que el alma existe desde este momento, ya que la vida empieza a existir en el mismo momento y lugar que el alma (c.27).
Tertuliano distingue entre semen del cuerpo y semen del alma. Enseña que el acto de la generación produce al ser humano entero, cuerpo y alma. Así es que habla de un “semen que produce el alma y que fluye directamente del alma” (ibid.). De esta teoría se deduce la doctrina herética del traducianismo, que niega la creación directa e inmediata por Dios del alma individual. Tertuliano refuta a continuación la doctrina de la transmigración, tal como la enseñaron Pitágoras, Platón y Empédocles, y las herejías, con ella relacionadas, de Simón Mago y Carpócrates. Al final trata de la formación y cualidades del embrión. La tercera parte (c.37,5-58) responde a otras cuestiones relativas al alma, tales como su crecimiento, la pubertad y el pecado, el sueño, los sueños, la muerte y, finalmente, su suerte después de la muerte. Según Tertuliano, todos los espíritus permanecen en el Hades hasta la resurrección, a excepción de los mártires, que entran en el cielo inmediatamente. “La única llave que abre las puertas del paraíso es la sangre de tu propia vida” (c.55). Es aquí donde el autor se refiere al martirio de Perpetua, que ocurrió el 7 de marzo del año 202: “¿Cómo es que la heroica mártir Perpetua, en la revelación que tuvo del paraíso el día de su pasión, vio solamente a sus compañeros mártires, sino porque la espada de fuego, que guarda la entrada del paraíso, no permite entrar a nadie más que a los que han muerto en Cristo, y no a los que mueren en Adán?” (ibid.). Las almas que se encuentran en el Hades experimentan también castigos y consolaciones en el intervalo que media entre la muerte y el juicio, que son como la anticipación de una condenación o gloria ciertas.
La fuente principal del De anima de Tertuliano fue el tratado Sobre el alma (?f? ???t^), en cuatro libros, del médico Sorano de Efeso, quien, siguiendo a los estoicos, creía que el alma es corporal. Sorano, el miembro más eminente de la llamada escuela metódica, vivió en Roma a principios del siglo II. En su obra, que se ha perdido, no trataba solamente de medicina, que era su profesión. Le interesaban también las cuestiones de etimología y refutó las opiniones contrarias de los filósofos. El más citado de todos es Platón; vienen luego los estoicos. Aristóteles, a quien Tertuliano no cita jamás en los otros escritos, es citado doce veces en éste, al paso que a Heráclito se le cita siete veces y a Demócrito cuatro. El escritor más reciente es Arrio Dídimo de Alejandría, el filósofo oficial de Augusto.
En el curso de la exposición, Tertuliano hace más de una vez profesión de fe montañista, y adopta los puntos de vista del montañismo (c.9.45.58). La composición de esta obra hay que situarla, por lo tanto, entre los años 210 y 213.
4. Obras sobre disciplina, moral y ascesis.
La desviación de Tertuliano hacia el montañismo en ninguna parte se revela tanto como en sus escritos de carácter práctico. De su período premontanista quedan los siguientes tratados:
1. A los mártires (Ad martyras).
El tratado Ad martyras es una de sus primeras obras. A pesar de su brevedad (tiene solamente seis capítulos) y de su estilo llano, ha conquistado la admiración de todas las generaciones posteriores. En todas sus páginas se respira directamente el espíritu de heroísmo de los primeros cristianos. Iba dirigido a un grupo de confesores que esperaban en la cárcel a ser pronto entregados a la muerte por su fe; les exhorta y anima a seguir firmes. En las primeras palabras del tratado los llama benedicti y martyres designati. Se trata, pues, de catecúmenos, como lo indica claramente la primera de estas expresiones. Les recuerda la asistencia que les prodigan la Domina mater ecclesia y sus hermanos cristianos. Les pide que se dignen aceptar de él una pequeña contribución a su sostenimiento espiritual. No desea solamente quitarles el miedo al martirio, sino comunicarles un entusiasmo positivo, ensalzándolo como la más alta y la más gloriosa de las hazañas. Morir por Cristo no es sinónimo de aceptación indiferente del sufrimiento y de paciencia estoica. Es la prueba más ardua de valor e intrepidez. Es un combate en el sentido más pleno de la palabra. Tertuliano elige sus imágenes más expresivas de los combates de la arena y de distintas fases de la vida militar. Así dice en el primer capítulo: “No pretendo tener ningún título especial para exhortaros a vosotros. Sin embargo, no son únicamente los entrenadores y los presidentes de los espectáculos, sino también la gente inexperta y el público en general, los que animan de lejos a los más diestros gladiadores, y no es raro que las sugerencias de la multitud les hagan mucho bien.” En el segundo capítulo les exhorta a no descorazonarse por estar separados del mundo:
Si pensásemos que el mundo mismo no es sino una (gran) cárcel, sentiríamos que, al entrar vosotros en esa otra, dejabais la verdadera. Mucho mayores son las tinieblas del mundo, como que ciegan los corazones humanos. Más pesadas cadenas abundan en el mundo con las que aprisiona las almas mismas de las personas. Más repugnante es la fetidez que exhala el mundo con el hedor de sus concupiscencias. El número de los reos encarcelados del mundo abarca todo el género humano. Y en su tribunal, quien ha de fallar no es el procónsul, sino Dios. Con lo que bienaventurados de vosotros, haceos cargo que habéis sido trasladados de la prisión al custodiarlo. Esa prisión da horror de lobreguez, pero vosotros sois luz. Crujen las cadenas, pero poseéis la libertad para ir a Dios (trad. Zameza).
El capitulo tercero vuelve a repetir la imagen del combate al cual están llamados los mártires. Les exhorta a considerar la cárcel como un lugar de entrenamiento:
Habéis de librar una hermosa lid en la que el arbitro para los premios será el Dios vivo; el entrenador y asistente en la lucha, el Espíritu Santo; la recompensa, la corona eterna de esencia angélica, la ciudadanía de los cielos y la gloria en los siglos de los siglos. Vuestro Maestro es Cristo Jesús, que os ungió en el Espíritu y os ha conducido al medio de la arena. Quiere El antes del día del combate, para entrenaros en ejercicios fuertes y duros, separaros de vida de mayor comodidad y libertad, a fin de que, entrenados, adquiráis reciedumbre de atletas. Sabido es que a éstos se los separa para someterlos a una disciplina rígida, dedicándolos tan sólo a duros ejercicios que les críen fuerzas y vigor; se abstienen de placeres sensuales, de alimentos sabrosos y de bebidas enervantes. Se les violenta, se les baquetea, se les fatiga hasta rendirles. Ley es que a mayor ejercicio previo responde mayor esperanza de victoria (3, trad. Zameza).
Los capítulos siguientes (4-6) traen ejemplos de extraordinarios sufrimientos, que van hasta el sacrificio de la vida, aceptados por pura ambición o vanidad, impuestos por el azar o por el destino. Los mártires, por el contrario, sufren por la causa de Dios. Si la última frase se refiere a la batalla de Lión, que se libró en febrero del año 197. donde Albino fue derrotado, el tratado data de aquel año. Se ha dicho también que acaso Perpetua y Felicidad pertenecían al grupo al que va destinado este tratado. Las dos eran catecúmenas y murieron por la fe el año 202. En este caso habría que datar el tratado en ese año. La Passio Perpetuae et Felicitatis (cf. p.176-8) y el Ad martyras tienen tantos puntos de contacto, que se ha dicho que Tertuliano es también el autor de la primera.
2. Los espectáculos (De spectaculis).
El tratado De spectaculis es una condenación absoluta de todos los juegos públicos en el circo, en el estadio y anfiteatro, de los combates de atletas y gladiadores. Comprende dos secciones: la histórica (4-13) y la moral (14-30). En la primera demuestra que a ningún cristiano le es lícito asistir a esta clase de diversiones; su origen, su historia, sus nombres, sus ceremonias y el lugar donde se celebran prueban a las claras que no son sino una forma distinta de idolatría. Todos los creyentes renunciaron a ellas en sus promesas bautismales. En la segunda parte pone de relieve que, porque excitan violentamente las pasiones, socavan la base de la moralidad y son incompatibles con la religión del Salvador. El último capitulo pinta con gran colorido el espectáculo más majestuoso que presenciará jamás el mundo: “La próxima venida de Nuestro Señor” y “aquel último juicio, con sus consecuencias eternas; ese día que las naciones descuidan y convierten en objeto de burla, cuando el mundo, envejecido por el tiempo, y todos sus productos serán consumidos en un mismo fuego” (30). El tratado está destinado a los catecúmenos, como se echa de ver claramente por la frase inicial: “Servidores de Dios, que estáis a punto de acercaros a El, para hacerle una solemne consagración de vosotros mismos, tratad de comprender bien la condición de la fe, las razones de la verdad, las leyes de la disciplina cristiana, que prohíben, entre otros pecados del mundo, los placeres de los espectáculos públicos.” Tertuliano se sirvió, como de fuente, para la primera parte del tratado sobre el origen e historia de los juegos, de las obras de Suetonio sobre esta materia y quizás de los Libri rerum divinarum de Barrón, que utilizó Suetonio. Lo escribió en su período premontanista y sin duda alguna antes que el De idololatria y De cultu feminarum, porque en ambos se refiere a él (De idol. 13; De cultu fem. 1,8). Fuera de una indicación de que estalla en curso una persecución cuando lo estaba escribiendo (c.27), no suministra ningún dato que permita precisar su fecha de composición. Parece, sin embargo, más probable el año 197 que el 202. En otra parte (De corona 6), el autor dice que había preparado también una edición griega del De spectaculis.
3. Sobre el vestido de las mujeres (De cultu feminarum).
La idea maestra que inspiró la pluma de Tertuliano al escribir el Ad martyras y el De spectaculis, aparece nuevamente en el De cultu feminarum: No basta renunciar al paganismo el día del bautismo; la religión de Cristo debe impregnar nuestra vida cotidiana. Por esto, exhorta a las mujeres cristianas a no dejarse dominar por la moda pagana, sino que se vistan con modestia. La obra comprende dos libros, que al principio formaban dos obras distintas. La primera ostentaba el título De habitu muliebri, y la segunda, De cultu feminarum. Esta no es una continuación de la primera. Vuelve a abordar el mismo tema de una manera más completa, señal de que el autor no quedó satisfecho con la primera. En el capítulo introductorio recuerda a las mujeres cristianas que el pecado entró en el mundo por la primera mujer. Por esta razón, el único vestido que conviene a las hijas de Eva es el de la penitencia. Adornos y cosméticos vienen del diablo, como prueba el Libro de Enoc (c.2). El autor dedica un capítulo entero (c.3) a defender la autenticidad de esta obra apócrifa. En el capítulo cuarto vuelve a su tema. Distingue entre el vestido (cultus) y el maquillaje (ornatus). El primero es ambición; el segundo, prostitución (c.4). Hablando del primero, condena todas las alhajas, sean de oro, plata, perlas o piedras preciosas. Es únicamente la rareza la que da a estos objetos el valor que se les atribuye. La costumbre de teñir los vestidos es una ofensa a la naturaleza. “Dios no se complace en lo que El no ha hecho, a no ser que tengamos que decir que no pudo crear ovejas que nacieran con lana de color de púrpura o azul celeste. Mas, si era capaz de hacerlo, es manifiesto que no lo quiso, y lo que Dios no ha querido, es evidente que no debe hacerse. Aquellas cosas, pues, que no vienen de Dios, que es el autor de la naturaleza, no son buenas. Por consiguiente, hay que entender que vienen del diablo, porque no pueden provenir de nadie más” (c.8). Los dones de Dios deben regular nuestros deseos, pues de otra suerte somos esclavos del orgullo, que es la causa de que “un cuello delicado arrastre bosques e islas y de que los finos lóbulos de las orejas derrochen una fortuna” (c.9). Aquí el autor se detiene bruscamente sin haber tratado el segundo punto que se había propuesto. El libro segundo trata del mismo tema, pero en orden inverso: habla primero de los maquillajes (ornatus) y luego de las alhajas y de los vestidos (cultus). El primer capítulo recomienda la modestia como la virtud propia del cristiano: “Puesto que somos el templo de Dios, la modestia es la sacristana y la sacerdotisa de este templo. No debe permitir que entre nada impuro o profano, no sea que el Dios que lo habita se ofenda y abandone completamente la morada profanada.” Esta virtud prohíbe a las mujeres transformar la obra de Dios, es decir, el cuerpo, con pinturas y tintes del cabello: “Las que ungen su piel con pomadas, colorean sus mejillas de rojo y untan de negro sus ojos, pecan contra Dios. Seguramente a ellas les parece imperfecta la obra de Dios, puesto que, a juzgar por sus propias personas, ellas condenan y censuran al Artífice de todas las cosas” (c.5). Explica de la misma manera que en el primer libro el deseo de alhajas y adornos de oro y plata. Trata de persuadir a la mujer cristiana que se distinga de las paganas por su porte exterior. E) último capítulo se refiere a los tiempos que estaban atravesando y exhorta a las mujeres a estar preparadas para la persecución:
Hay que despreciar, pues, esas muelles delicadezas que enervan la fuerza viril de la fe. Mucho dudo que las manos acostumbradas a ricos brazaletes puedan resistir al peso de las cadenas: que los pies que han conocido el placer puedan soportar pacientemente los grillos de hierro, y que ese cuello rodeado de esmeraldas y diamantes deje libre paso al filo de la espada… Siempre, pero sobre todo hoy los cristianos pasan su vida entre hierros y no en oro. Ya se preparan los vestidos de los mártires. Se espera la llegada de los ángeles que deben traérnoslos desde lo alto de los cielos (13).
A pesar de las exageraciones que hay en estas dos obras, la segunda es de tono mucho más moderado y más comprensiva en sus juicios, diferencia que hace sospechar que fue compuesta en fecha bastante posterior. Tertuliano escribió la primera después de su tratado De spectaculis, como se deduce claramente del capítulo 8. Los dos libros son también posteriores al de De oratione, en cuyo capítulo 20 se contiene en germen todo lo expuesto en estos libros. Se advierte la ausencia de ideas montañistas.
4. Sobre la oración (De oratione).
El tratado De oratione, escrito hacia el 198-200, va dirigido a los catecúmenos. Empieza con la idea de que el Nuevo Testamento ha introducido una forma de oración que por su tenor y espíritu no tiene precedente en el Antiguo y es superior por su intimidad, por su fe y confianza en Dios y por su brevedad. Todas estas características aparecen en el Padrenuestro, que es un epítome de todo el Evangelio. Luego sigue (c.2-9) el primer comentario al Pater noster que exista en ninguna lengua. El autor añade una serie de consejos prácticos. Nadie debe acercarse a Dios sin haberse antes reconciliado con su hermano y haber depuesto toda ira y perturbación de espíritu (c.10-12). Esto exige, sobre todo, pureza de corazón, no la purificación de las manos, al menos no cada vez (c.13-14). Reprueba luego la costumbre de quitarse el manto durante los oficios y de sentarse al terminarse las oraciones (c. 15-16), pues es una compostura que considera irreverente en la presencia del Dios vivo. Recomienda orar con las manos levantadas y en voz baja (c.17), actitud que simboliza la modestia y la humildad. Nadie debe dispensarse del ósculo de paz después de las oraciones, ni siquiera el día de ayuno. El ósculo de paz es el sello de la oración. Esta regla sólo conoce una excepción: el Viernes Santo, cuando todos se abstienen de comer según una costumbre religiosa (c.18). En cuanto a los días de estación (c.19), los que se abstienen de comer no deben llegar al extremo de privarse de la santa comunión; deben llevarla a casa y tomarla luego que rompan el ayuno (c.19). Tertuliano trata extensamente de la obligación que tienen las doncellas vírgenes de cubrirse la cabeza en la iglesia e insiste fuertemente en este sentido (c.20-22). Es costumbre arrodillarse en días de ayuno y de estación y también para la oración de la mañana, pero esta costumbre no debe observarse en Pascua y Pentecostés (c.23). Todo lugar es apto para rendir homenaje al Creador, si la oportunidad y la necesidad lo exigen (c.24). No hay ninguna hora especial prescrita para orar, pero es bueno hacerlo en los momentos principales de la jornada, en la hora sexta y nona. “Cuadra bien al creyente no tomar alimento ni baño antes de haber orado; porque los refrescos y alimentos del espíritu deben preferirse a los de la carne, y las cosas del cielo a las de la tierra” (c.25). Nunca deberíamos recibir o despedir a un huésped sin elevar al cielo nuestros pensamientos juntamente con él. Seria bueno también, según loable costumbre, acabar todas las oraciones de petición con un aleluya o un responsorio (c.26-27). Los dos últimos capítulos (c.28-29) ensalzan la oración como sacrificio espiritual y alaban su poder y eficacia.
Si comparamos esta obra con la que escribió Orígenes sobre el mismo tema, observaremos en Tertuliano una ausencia total de preocupaciones filosóficas y, por el contrario, una orientación predominantemente práctica. Se preocupa ante todo de la compostura interior y exterior que hay que guardar en la oración y se dirige al pueblo cristiano en general, más que a un grupo selecto Su tratado es precioso, pero no por la profundidad de sus ideas, sino porque expresa con viveza la concepción auténticamente cristiana de la vida.
5. Sobre la paciencia (De patientia).
El tratado De patientia empieza con la siguiente confesión:
Confieso a Dios, mi Señor, que harto temeraria, si ya no es que también desvergonzadamente, me atrevo yo a escribir de la virtud de la paciencia, siendo totalmente inhábil para persuadir la mayor de las virtudes sin tener ninguna… Con todo eso, será cierto linaje de consuelo tratar de lo que no se goza, como los enfermos, que, faltos de salud, no saben callar, no hablan de otra cosa sino de las comodidades de ella; así yo, miserable pecador, como siempre estoy ardiendo en la fiebre de la impaciencia, es fuerza que hable, que discurra y suspire por la salud de la paciencia que me falta (c.1; trad. P. Manero).
La paciencia tiene su origen y su modelo en el Creador, que derrama el brillo de su luz por igual sobre los justos y los injustos. Cristo nos da un ejemplo aún mayor en su encarnación, en su vida, en sus sufrimientos y muerte. Nosotros podremos alcanzar esa perfección, sobre todo, por la obediencia a Dios. La impaciencia es la madre de todos los pecados, y el demonio es el padre. La virtud de la paciencia precede y sigue a la fe, que no puede existir sin ella. En la vida ordinaria hay muchas ocasiones de ejercitarla; por ejemplo, en la pérdida de los bienes, en las provocaciones e insultos, en las desgracias y caídas. La impaciencia proviene las más de las veces del deseo de venganza. Tenemos obligación de sufrir las adversidades, sean grandes o pequeñas; en premio se nos dará la felicidad. Tertuliano exalta luego las ventajas de la paciencia: nos lleva a toda clase de obras buenas; ayuda a arrepentirse y enciende la caridad. Fortalece el cuerpo y le capacita para sobrellevar con absoluta firmeza la continencia y el martirio. Tenemos de ella ejemplos heroicos en el Antiguo y Nuevo Testamento, como son Isaías y Esteban. El valor, los efectos y la belleza de esta virtud no admiten comparación. “Allí donde está Dios, se encuentra también la hija que El alimenta, la paciencia. Cuando desciende el Espíritu del Señor, la paciencia le acompaña sin separarse de El” (c.15). En el último capítulo se le hace observar al lector que la paciencia cristiana difiere radicalmente de su caricatura pagana, que es la perseverancia obstinada en el mal.
Este tratado hay que datarlo entre los años 200-203. Describe al cristiano ideal, y, por estar escrito en un estilo agradable y tranquilo, constituye un documento importante para conocer la personalidad del autor. San Cipriano recurrió mucho a sus páginas para escribir De bono patientiae.
6. Sobre la penitencia (De paenitentia).
El tratado De paenitentia tiene una importancia excepcional para la historia de la penitencia eclesiástica, principalmente porque el autor lo escribió siendo todavía católico. La erupción volcánica que se menciona en el capítulo 12 permite datarlo en el año 203, fecha en que se señala una erupción del Vesubio. El tratado se divide claramente en dos partes. La primera trata de la penitencia a la que debe someterse todo adulto que quiera presentarse al bautismo (c.4-6). La segunda versa sobre la “segunda” penitencia, que Dios, en su misericordia, “ha colocado en el vestíbulo para abrir la puerta a los que llamen, pero solamente una vez, porque ésta es ya la segunda” (c.7). Este pasaje certifica claramente la existencia de un perdón después del sacramento de la iniciación. Si Tertuliano insiste en que esta oportunidad se concede sólo una vez, no lo hace por motivos dogmáticos, sino por motivos de orden psicológico y práctico. Esto se ve claramente en el siguiente párrafo:
¡Oh Jesucristo, Señor mío!, concede a tus servidores la gracia de conocer y aprender de mi boca la disciplina de la penitencia, pero en tanto en cuanto les conviene y no para pecar; con otras palabras, que después (del bautismo) no tengan que conocer la penitencia ni pedirla. Me repugna mencionar aquí la segunda, o por mejor decir, en este caso la última penitencia. Temo que, al hablar de un remedio de penitencia que se tiene en reserva, parezca sugerir que existe todavía un tiempo en que se puede pecar. No quiera Dios que nadie interprete mal mi pensamiento, haciéndonos decir que con esta puerta abierta a la penitencia existe, por consiguiente, ahora una puerta abierta al pecado, como si la sobreabundancia de la misericordia del cielo implique un derecho para la temeridad humana. Que nadie sea menos bueno porque Dios lo es tanto, arrepintiéndose de su pecado tantas veces cuantas alcanza el perdón. De otro modo, dejará un día de escapar el que no ponga fin a sus pecados. Hemos escapado una vez (en el bautismo). No nos pongamos más en peligro, aunque nos parezca que aún escaparemos otra vez (c.7).
De este pasaje se sigue que Tertuliano, sintiéndose responsable de las almas de sus lectores, siente reparo en recomendar esta segunda penitencia, porque teme que en adelante puedan pecar por presunción. Por otra parte, les precave contra el otro extremo, la desesperación:
Si ocurre que debes hacer penitencia por segunda vez, no te dejes abatir ni aplastar por la desesperación. Avergüénzate de haber pecado por segunda vez, pero no te avergüences de arrepentirte; sonrójate de haber caído de nuevo, pero no de levantarte nuevamente. Que nadie se deje llevar de la vergüenza. A nuevas enfermedades hay que aplicar nuevos remedios (c.7).
La segunda penitencia de la que habla Tertuliano en este tratado es la que iba seguida de la reconciliación eclesiástica. Para alcanzarla es necesario que el pecador se someta a la ???µ?????s??, ? confesión pública, y cumpla los actos de mortificación, tal como se explica en los capítulos 9-12:
Cuanto más estricta sea la necesidad de esta segunda penitencia, tanto más laboriosa debe ser la prueba; no basta que exista la conciencia de haber obrado mal; e” preciso un acto que la manifieste al exterior. Este acto, para emplear una palabra griega que se usa comúnmente, es la ???µ?????s??, en virtud de la cual confesamos a Dios nuestro pecado, no porque El lo ignore, sino porque la confesión dispone a la satisfacción y realiza la penitencia, y ésta, a su vez, apiada la cólera de Dios. La exomologesis es, pues, un ejercicio que enseña al hombre a humillarse y a rebajarse, imponiéndole un régimen capaz de atraer sobre él la compasión. Regula su compostura exterior y su alimentación; quiere que se acueste sobre saco y ceniza, que se cubra el cuerpo con harapos, que se entregue a la tristeza, que se vaya corrigiendo las faltas por medio de un tratamiento severo. Por otra parte, el penitente debe contentarse, en cuanto a la comida y a la bebida, con cosas simples, que son estrictamente necesarias para sostener la vida, no para halagar el vientre; nutre la oración con el ayuno; gime, llora y se lamenta de día y de noche al Señor, su Dios; se prosterna a los pies de los sacerdotes y se arrodilla ante los amigos de Dios; solicita las oraciones de sus hermanos, para que sirvan de intercesores ante Dios (9).
Lo que dice de postrarse delante de los sacerdotes indica que esta penitencia era una institución eclesiástica. Terminaba con una absolución oficial, porque Tertuliano pregunta a los que “rehuyen este deber como una revelación pública de sus personas, o que lo difieren de un día para otro”: “¿Es acaso mejor ser condenado en secreto que perdonado en público?” El último capítulo (12) describe la condenación eterna en el infierno de quienes abandonaron su propia salvación por no querer usar esta segunda planca salutis. De todas estas consideraciones se deduce claramente que Tertuliano admite en este tratado el perdón de los pecados graves.
7. A su mujer (Ad uxorem).
Tertuliano escribió, por lo menos, tres tratados sobre el matrimonio y las segundas nupcias, uno siendo católico, otro cuando era semimontanista y el tercero después de su separación definitiva de la Iglesia. El mejor es, sin comparación, el primero. Se titula Ad uxorem y fue compuesto entre los años 200-206. Se compone de dos libros. El autor da a su esposa consejos para cuando él haya partido de este mundo. Se los deja en forma de testamento espiritual. En el primer libro le exhorta a permanecer viuda, porque hay razones de peso para disuadirla de tomar otro marido, y ninguna excusa buena a favor de un segundo matrimonio. La carne, el mundo y los deseos de tener posteridad no deberían inducir a un cristiano a contraer segundas nupcias, porque el siervo de Dios está por encima de esas influencias. El espíritu es más fuerte que la carne. Los cuidados terrenos deben ceder ante los negocios del cielo, y los hijos no son sino una carga para los tiempos difíciles que se avecinan, y en muchos casos constituyen un peligro para la fe. Que los fieles aprendan de los paganos. Tienen ellos un sacerdocio de viudas y célibes y a su pontífice máximo no le está permitido casarse por segunda vez. Si Dios permite que una mujer pierda a su consorte por la muerte, ella no debería intentar, tomando otro hombre, restablecer lo que Dios ha disuelto. Tales uniones son obstáculo para la santidad, como lo indica la ley de la Iglesia, que niega ciertos honores a los que se atreven a contraerlas. Naturalmente, ninguno de estos argumentos es realmente convincente; por eso, Tertuliano trata, en el segundo libro, de la posibilidad de que su esposa no quiera quedarse sola después de su muerte. En este caso, le insta a que escoja a un cristiano, pues los matrimonios mixtos entre fieles e infieles han sido condenados por el Apóstol (1 Cor. 7,12-14). Son un peligro para la fe y la moral, aun en el caso de que la parte infiel sea tolerante:
Tus “perlas” son las prácticas religiosas que te distinguen en tu vida cotidiana. Cuanto más trates de imitarlas, tanto más sospechosas se hacen y atraen la curiosidad de los paganos. ¿Crees que eres capaz de no llamar la atención cuando hagas la señal de la cruz sobre tu cama o sobre tu cuerpo? ¿Cuándo soples para lanzar algún espíritu inmundo? ¿O cuando te levantes por la noche para rezar? ¿No pensará él que practicas algún rito mágico? ¿No querrá saber tu marido qué es lo que tomas en secreto antes de comer ningún otro alimento? Y si él descubre que se trata de pan, ¿no creerá lo que se dice? Y aun cuando no haya oído lo que se rumorea, ¿será tan simple que acepte la explicación que le das, sin protestar, sin extrañarse de que sea realmente pan y no algún sortilegio mágico? Suponte que haya mandos que te creen todo eso: lo hacen sólo para despreciar y burlarse y mofarse de las mujeres que creen (2,5).
Existe todavía otro peligro mayor para la mujer cristiana, y es el de tener que tomar parte en los ritos paganos con ocasión de los días de los demonios y de las fiestas de los gobernantes. Las mujeres convertidas después de casadas tienen una excusa. Pero es muy distinto cuando una cristiana se casa con un pagano y pone de este modo en peligro su propia religión: “Ningún matrimonio de este género puede tener éxito: es obra del maligno y ha sido condenado por el Señor” (2,7). La explicación de estas uniones mixtas es la debilidad de la fe y el deseo de las riquezas y placeres de este mundo. El autor opone a estos placeres la felicidad de dos esposos cristianos:
¿Dónde encontraremos palabras para expresar la felicidad de un matrimonio que la Iglesia une, la oblación divina confirma, la bendición consagra, los ángeles lo registran y el Padre lo ratifica? Porque en la tierra los hijos no deben casarse sin el consentimiento de sus padres. ¡Qué dulce es el yugo que une a dos fieles en una misma esperanza, en una misma ley, en un mismo servicio! Los dos son hermanos, los dos sirven al mismo Señor, no hay entre ellos ninguna desavenencia ni de carne ni de espíritu. Son verdaderamente dos en una misma carne; y donde la carne es una, el espíritu es uno. Ruegan juntos, adoran juntos, ayunan juntos, se enseñan el uno al otro, se animan el uno al otro, se soportan mutuamente. Son iguales en la iglesia, iguales en el festín de Dios. Comparten por igual las penas, las persecuciones y las consolaciones. No tienen secretos el uno para el otro; nunca rehuyen la compañía mutua; jamás se causan tristeza el uno al otro… Cantan juntos los salmos e himnos. En lo único en que rivalizan entre sí es en ver quién de los dos cantará mejor. Cristo se regocija viendo y oyendo a una familia así, y les envía su paz. Donde están ellos, allí está también El presente, y donde está El, el maligno no puede entrar (2,8).
8. Exhortación a la castidad (De exhortatione castitatis).
La Exhortación a la castidad la dedicó Tertuliano a un amigo que acababa de perder a su esposa. Le insiste en que no se case nuevamente. Trata de nuevo el problema de las segundas nupcias. Las rechaza como contrarias a la voluntad de Dios y prohibidas por San Pablo (1 Cor. 7,27-28). Aunque, por una parte, se ve precisado a admitir que Dios las tolera, por otra declara que no son sino una especie de fornicación (c.9). Su desviación montañista se hace patente. Mientras en el tratado Ad uxorem ensalzó las ventajas del matrimonio cristiano, en éste parece que deplora que esté permitido y lo considera como una especie de libertinaje legítimo. Por el contrario, ensalza la virginidad y continencia. Para ese fin cita incluso a la visionaria montañista Frisca: “La santa profetisa Prisca declara asimismo que todo santo ministro sabrá cómo administrar las cosas santas. Porque — dice ella — la continencia produce la armonía del alma y los puros ven visiones, e inclinándose profundamente, oyen voces que les dicen claramente palabras de salvación y secretas” (c.10). A pesar de eso, no hay ningún indicio de que Tertuliano hubiera ya roto con la Iglesia cuando escribió este tratado. Hay que datarlo, por lo tanto, entre el 204 y el 212.
9. La monogamia (De monogamia).
De los tres tratados que Tertuliano escribió sobre el matrimonio y las segundas nupcias, el De monogamia, por su estilo, es el más brillante, y el más agrio y agresivo por sus ideas. En la introducción y capítulo primero aparece ya claro que había renunciado a la influencia moderadora de la Iglesia y que había pasado definitivamente a los montañistas. La tesis que sostiene en este tratado es, según él, el justo medio entre la herejía de los gnósticos, que repudian totalmente el sacramento, y la licencia de los católicos, que permiten recibirlo varias veces: “La primera opinión es blasfemia; la segunda, lujuria; la primera querría eliminar a Dios del matrimonio; la segunda, deshonrarle. Nosotros, en cambio, que con justicia nos llamamos espirituales por los carismas que manifiestamente nos pertenecen, creemos que la continencia es tan digna de veneración como la libertad de casarse es digna de respeto, por-que ambas están de acuerdo con la voluntad del Creador. La continencia hace honor a la ley del matrimonio; el permiso de casarse la atempera. La primera es absolutamente libre, la segunda está sujeta a reglas; la primera es objeto de elección libre, la segunda está restringida dentro de ciertos límites. No admitimos más que un solo matrimonio, del mismo modo que no reconocemos más que un solo Dios” (c.1). Tertuliano considera ilícitas las segundas nupcias y muy afines al adulterio (c.15). Defiende su doctrina contra la acusación de innovación, invocando el testimonio del Espíritu Paráclito (c.2-3) y la autoridad del Antiguo Testamento (c.4-7), de los Evangelios (c.8-9) y de las Epístolas de San Pablo (c.10-14). Para rechazar la imputación de excesiva dureza, sostiene que la repugnancia de los paganos hacia las segundas nupcias prueba que la flaqueza de la carne no es ninguna excusa para dar semejante paso (c.16-17).
La fecha de composición de este tratado es, probablemente, el año 217, porque Tertuliano afirma que (c.3) habían pasado ya ciento sesenta años desde que San Pablo escribiera su primera Epístola a los Corintio” (año 57 d. d. C.).
10. Sobre el velo de las vírgenes (De virginibus velandis).
La obra De virginibus velandis trata de un tema que el autor creía ser de suma importancia. Ya en el De oratione (20-23) y luego en el De culta feminarum (2,7) exigía que las vírgenes cubrieran la cabeza con el velo. La introducción del presente tratado menciona un escrito anterior en griego sobre el mismo tema: “Voy a demostrar también en latín que está bien que las vírgenes lleven velo desde el momento que han pasado la crisis de la edad; probaré que esta obligación es impuesta por la verdad, contra la cual no hay prescripción que valga.”
Examina primero lo que se refiere a esta costumbre y a su desarrollo progresivo. Observa luego que la etiqueta contemporánea, que exigía que las mujeres velaran su cara en determinadas ocasiones, debe entenderse lo mismo de las casadas que de las solteras. El texto 1 Cor. 11,5-6, contra lo que pretendían algunos cristianos, no hace excepción en favor de las solteras. Por consiguiente, la Escritura, la naturaleza y los buenos modales exigen que las doncellas se cubran la cabeza. Si lo hacen fuera de la iglesia, ¿por qué razón no han de hacerlo también dentro de ella? El autor describe con entusiasmo la incesante actividad del Paráclito:
Mientras la ley de la fe permanezca intacta, todo lo demás, tanto lo que se refiere a la disciplina como a las costumbres, admite cambios y correcciones bajo la acción de la gracia de Dios, que obra en nosotros y persevera hasta el fin. Porque, mientras el demonio trabaja sin descanso y aumenta de día en día el espíritu de iniquidad, ¿quién creerá que la obra de Dios se ha interrumpido o que ha cesado de progresar? ¿Por qué nos ha enviado el Señor su Paráclito sino para que el hombre, impotente por su debilidad de comprenderlo todo a la vez, fuera dirigido poco a poco y ayudado y conducido a la perfección de la disciplina por el Espíritu Santo, Vicario del Señor?… ¿Cuál es, pues, el ministerio del Paráclito sino regular la disciplina, interpretar las Escrituras, reformar la inteligencia, hacernos adelantar más y más en la perfección? (c.l).
A pesar de esta alusión al Paráclito y de las amargas críticas contra el clero a lo largo de todo el tratado, aún no se había producido la ruptura definitiva entre los montañistas y los católicos de Cartago. En el capítulo segundo, después de haber examinado la costumbre de las iglesias orientales, insiste aún en la unidad de la Iglesia: “Ellos y nosotros tenemos una misma fe, un solo Dios, un solo Cristo, la misma esperanza, los mismos sacramentos bautismales; permitidme decir una vez por todas: formamos una Iglesia” (c.2). Por consiguiente, el tratado tuvo que ser escrito antes del año 207.
11. La corona (De corona).
Aunque el De corona es un escrito de circunstancias, en él se discute uno de los problemas más importantes: la participación de los cristianos en el servicio militar. La ocasión fue la siguiente: Cuando murió el emperador Septimio Severo, el 4 de febrero del 211, sus hijos regalaron al ejército cierta cantidad de dinero, lo que se llamaba donativum. Al momento de su distribución en el campamento, los soldados se acercaron con una corona de laurel en la cabeza, a excepción de uno solo, que no llevaba nada en la cabeza y tenía la corona en la mano. “Todos empezaron a señalarlo con el dedo, burlándose de él desde lejos. Cuando estuvo cerca le mostraron su indignación. El clamoreo llega hasta la tribuna. El soldado sale de sus filas. El tribuno le pregunta inmediatamente: ¿Por qué te distingues de los demás? No me está permitido — responde él — llevar la corona como los otros. Y como el tribuno pide que explique sus razones, responde: Porque soy cristiano… Se examina su causa y se delibera; se instruye el proceso; se lleva la causa al prefecto y, coronado por la blanca corona del martirio, más gloriosa que la otra, aguarda ahora en el calabozo el donativum de Cristo. En seguida empezaron a oírse juicios desfavorables sobre su proceder. ¿Vienen de los cristianos o de los paganos? No lo sé; en todo caso, los paganos no hablarían de otro modo. Se habla de él como de un atolondrado, un temerario, un hombre impaciente por morir. Interrogado sobre su porte exterior, acababa de poner en peligro a los que llevan el nombre (de Cristo)… Contentémonos hoy con contestar a su objeción: ¿Quién nos ha prohibido llevar una corona? Voy a comenzar por este punto, que es, en resumidas cuentas, el meollo de toda la cuestión que nos ocupa” (c.1). El tratado, pues, está escrito en defensa de un soldado y quiere demostrar que el llevar la corona es incompatible con la fe cristiana. El autor recurre a una tradición cristiana no escrita para probar que el ponerse una corona en la cabeza va contra los principios. Además, esta costumbre es de origen pagano y está íntimamente relacionada con la idolatría. Ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento mencionan esta costumbre. Para ser más concreto, la corona militar está prohibida por la sencilla razón de que la guerra y el servicio militar son irreconciliables con la fe cristiana. El cristiano conoce solamente un juramento: la promesa bautismal; solamente sabe de un servicio: el prestado a Cristo Rey. Este es el campamento de la luz; el otro, el de las tinieblas. Tertuliano toma la mayor parte de su materia de la obra De coronis de Claudio Saturnino, a la que se refiere explícitamente en el capítulo 7: “Los que quieran una información más amplia sobre este tema, encontrarán una extensa exposición en Claudio Saturnino, escritor distinguido, de no común talento, que trata también de esta cuestión. Ha escrito, en efecto, un libro sobre las coronas, donde explica sus orígenes, sus causas, sus clases y su ritos” (c.7).
De corona critica a los católicos porque rechazan al Paráclito y sus profecías, y zahiere al clero: “Como han rechazado las profecías del Espíritu Santo, ahora se proponen rehusar también el martirio. ¿Por qué, murmuran ellos, comprometer esta paz tan favorable y tan prolongada? Estoy seguro de que algunos empiezan ya a dar la espalda a las Escrituras, a preparar sus valijas y a huir de ciudad en ciudad, puesto que de todos los textos del Evangelio no se acuerdan más que de éste. Conozco a sus pastores, leones en tiempo de paz, siervos en la lucha” (c.1). El año 211 es la fecha que se asigna generalmente a este tratado.
12. Sobre la huida en la persecución (De fuga in persecutione).
Una cuestión tratada solamente de paso en el De corona recibe respuesta completa en el De fuga in persecutione: ¿Le está permitido a un cristiano huir en tiempo de persecución para escapar del martirio? En Ad uxorem (1,3), Tertuliano había dicho: “En tiempo de persecución es mejor huir de un lugar a otro, como nos está permitido, que dejarse arrestar y negar la fe bajo el tormento.” Lo mismo sostuvo en el De patientia (c.13). En el presente tratado, en cambio, sostienes que esa fuga va contra la voluntad de Dios. La persecución viene de El; El es quien la planea a fin de robustecer la fe de los cristianos, aunque no se puede negar que el diablo tiene también su parte en ella. Si algunos objetan alegando a Mateo 10,23: “Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra,” Tertuliano contesta que esto se refiere exclusivamente a los Apóstoles, a sus tiempos y circunstancias, pero no al tiempo presente (c.6). Tampoco es lícito escapar de los malos tratos mediante dinero, porque la razón es la misma: el miedo al martirio. Rescatar con dinero al ser humano que Cristo rescató con su sangre es indigno de Dios (c.12). El tratado lo dedica el autor a su amigo Fabio. Lo anunció ya en el De corona (c.1). Hay sobrados indicios del montañismo del autor (c.1.11.14). Hay que datarlo, por consiguiente, en el año 212.

LAS LEYES MERAMENTE PENALES

Las leyes meramente penales

Hemos llegado a un punto interesantísimo, que vamos a estudiar cuidadosamente dada la importancia práctica y enorme repercusión social que de su recta o falsa solución se sigue inevitablemente.

146. 1. Noción. Según el esquema que hemos propuesto más arriba al dividir la ley en general, una de sus divisiones se tomaba por razón de la obligación, y era tripartita: moral, penal y mixta.

a) LEY MORAL es aquella que obliga a culpa sin ninguna pena o sanción jurídica (v.gr., la obligación de oír misa los domingos; quien la quebranta comete un pecado grave, pero no queda excomulgado ni recibe en este mundo ninguna sanción jurídica).

b) PENAL sería aquella cuyo quebrantamiento no supondría culpa moral alguna (aunque si jurídica), pero llevaría aneja la obligación en conciencia de sufrir una pena (v.gr., de pagar una multa por haber cruzado la calle por sitio indebido).

c) MIXTA, en fin, es aquella cuyo quebrantamiento lleva consigo una culpa moral y su pena o sanción jurídica correspondiente (v.gr., el aborto voluntario es un gravísimo pecado, que lleva consigo excomunión por parte de la ley eclesiástica y multa y cárcel por la ley civil).

147. 2. Un poco de historia. La doctrina de las leyes meramente penales ha sufrido una gran evolución a través de los siglos. He aquí sus principales vicisitudes :

a) Fue enteramente desconocida de la antigúedad clásica.

b) Aparece por primera vez en el prólogo de las Constituciones de la Orden de Santo Domingo, aprobadas por el capítulo general celebrado en París en 1236. En el texto actual de las Constituciones dominicanas figura la declaración en el número 32 § 1, que dice así: «Para proveer a la unidad y a la paz de toda la Orden, queremos y declaramos que nuestra Regla, Constituciones y Ordenaciones de los capítulos y de los prelados no nos obliguen a culpa o a pecado, sino solamente a la pena señalada para los transgresores en las mismas Constituciones u Ordenaciones, o a la que señalen los prelados. Obligan.a culpa, sin embargo, cuando se interpone precepto formal o se quebrantan por desprecios 15.

c) Poco a poco fué abriéndose paso esta doctrina e invadiendo el terreno civil; pero no llegó a predominar del todo hasta el siglo XIX, en que prevalecieron las doctrinas individualistas,

d) En el siglo XX, a medida que la idea de la justicia social va abriéndose camino, van disminuyendo sus partidarios. En la actualidad son ya muchos los teólogos que se oponen abiertamente a la teoría de las leyes meramente penales.

 

148. 3. Distintas opiniones. Naturalmente que tanto los partidarios corno los impugnadores de la teoría de las leyes meramente penales, con relación principalmente a las leyes del Estado, pretenden apoyarse en argumentos sólidos. He aquí un resumen de los principales en uno y otro sentido:

Argumentos a favor de su existencia*

1) El legislador puede, si lo juzga suficiente para el cumplimiento de su ley, imponerla tan sólo como meramente penal y no obligatoria en conciencia. Ya sea de una manera disyuntiva («haz esto, o paga la multa: elige libremente»), ya con una obligación moral que afecta sólo a la pena condicionada a la transgresión de la ley con sólo culpa jurídica («Si haces esto, no pecas; pero tendrás obligación en conciencia de pagar la multas), ya con la doble obligación puramente jurídica, sin afectar al orden moral (a no ser indirectamente con relación a la pena, en virtud de la ley divina, que manda obedecer a las leyes justas).

2) Dada la multiplicidad y constante variación de las leyes (sobre todo en materia fiscal y económico-social), que las hacen menos necesarias para el bien común y menos aptas para imponer obligación de conciencia, pueden considerarse muchas de ellas como meramente penales, tanto más cuanto no pocas veces es lícito poner en duda su legitimidad, ya sea por descuidar la verdadera justicia distributiva (imponiendo cargas casi por igual a los ricos y a los pobres), ya por el demasiado intervencionismo del Estado en actividades que son de la competencia de los ciudadanos o de las sociedades inferiores.

3) Los legisladores civiles modernos no se preocupan ni tratan de obligar en conciencia a sus súbditos, sino únicamante de hacer cumplir las leyes con procedimientos psicológicos y coactivos, y quieren el orden jurídico separado de la moral. Y con esta mentalidad del legislador coincide la persuasión de la mayor parte de los súbditos.

4) En caso de duda, y a falta de una declaración explícita del legislador, podrá reconstruirse su voluntad presunta de no imponer obligación moral : a) por la forma de mandar alternativa o condicionada; b) por la materia más o menos necesaria al bien común; c) por la cuantía de la pena impuesta al transgresor; d) por la costumbre interpretativa de su ley.

Argumentos en contra**

1) La voluntad del legislador no puede por sí misma decidir acerca de la no obligatoriedad en conciencia de una ley, si ésta es por esencia obligatoria, así como no puede tampoco declarar obligatoria una ley injusta. La fuerza obligatoria de la ley humana proviene de su dependencia de la ley natural, de la que es un eco y determinación concreta; y esto no depende de la libre voluntad del legislador humano, sino de la naturaleza misma de las cosas. Aparte de que se seguiría el absurdo de que el legislador, que habría desobligado del vínculo moral de la ley (que es lo primario y esencial en ella), no podría hacer lo mismo con la pena (que es lo secundario y accidental), porque entonces su ley habría desaparecido del todo para convertirse en un mero consejo.

Estos inconvenientes no se obvian con ninguna de las tres explicaciones propuestas. Porque: a) en la teoría de la obligación disyuntiva se seguiría la paradoja de que la ley penal sólo merece el nombre de ley cuando se infringe, ya que únicamente entonces obliga a algo: a la pena; b) en la de la obligación condicional, tampoco se resuelve el conflicto, porque, si la ley es necesaria y conveniente al bien común, es obligatoria en conciencia por su naturaleza misma; y si no lo es, no hay obligación alguna, ni moral ni civil o jurídica, porque no es verdadera ley; y c) en la de la obligación puramente jurídica, ¿por qué se invoca la ley divina para obligar a la pena, que es lo accesorio de la ley, y no se acude a ella para garantizar el cumplimiento de la ley en cuanto dicta una conducta a seguir, que es lo primario y fundamental? Y si no hay actos humanos deliberados que sean indiferentes en concreto, y si el cumplimiento de la ley puramente penal es, por consiguiente, forzosamente bueno en sentido moral, ¿cómo no ha de ser forzosamente mala, moralmente, su transgresión? Si no hay obligación de cumplir en conciencia ni el mandato ni la pena, ¿cómo pueden estar unidos, aun cuando luego se distingan, la moral y el derecho?

2) No vale el argumento de la excesiva multiplicidad de las leyes o del intervencionismo del Estado. Porque si, a pesar de su multiplicidad, las leyes son justas, obligan en conciencia a su cumplimiento; y si no lo son, no obligan en modo alguno, ni ante Dios ni ante los hombres. Su infracción estaría plenamente justificada, pero no por ser leyes meramente penales, sino simplemente por no ser leyes en modo alguno.

3) Ni vale tampoco afirmar que el legislador moderno no se preocupa ni intenta obligar en conciencia a los súbditos, porque no puede citarse una sola ley civil en la que el legislador declare expresamente que no quiere obligar en conciencia a los súbditos. Y, siendo esto así, ¿por qué ha de recaer sobre el legislador la obligación de demostrar que quiso obligar en conciencia—siendo éste, como es, el efecto normal de toda ley justa—y no sobre el teólogo o el súbdito la de probar realmente (y no por vagas presunciones contra toda lógica) que no quiso obligar en conciencia?

4) No valen tampoco las razones alegadas para resolver este conflicto en caso de duda sobre la mente del legislador: a) no la forma de mandar alternativa o condicionada, porque hoy día todas las leyes son imperativas; b) no la materia menos necesaria al bien común, porque, si es del todo innecesaria, se trata de una ley injusta y deja de ser ley; y si sólo se trata de mayor o menor conveniencia, sirve únicamente para determinar el grado mayor o menor de culpabilidad que llevará consigo su infracción, pero no para declararla meramente penal; c) ni la cuantía de la pena impuesta al transgresor, ya que, mientras para los teólogos antiguos la gravedad de la pena era indicio de que se trataba de una ley obligatoria en conciencia, modernamente, por el contrario, se interpreta en el sentido de que se trata de ley puramente penal, en la que el legislador agrava la pena porque se contenta con imponer ésta, sin exigir el cumplimiento directo de la norma; d) ni, finalmente, la costumbre interpretativa de su obligatoriedad, porque, aparte de que no se sabe si se trata de la costumbre de los doctos o de la del pueblo, es evidente que una de dos: o se trata de una derogación consuetudinaria de una norma o, en caso contrario, no puede echarse mano de la estadística de los observantes para afirmar o negar una obligación en conciencia, sino, a lo sumo, para excusar una conciencia errónea no culpable.
________________
*Cf. ZALBA, Theologiae Moralis Summa I n.461-470.
**Cf. 
ANTONIO DE LUNA, Moral profesional del abogado, en Moral profesional (C. S. I. C., Madrid 1954) p.270-283, con cuyas ideas nos sentimos por completo identificados. Transcribimos, a trozos, sus mismas palabras.
Uno de los autores modernos que mejor ha estudiado la no existencia de leyes meramente penales es el dominico francés P. Renard en su magnífica obra La théorie des leges mere pénales (París 1929).

149. 4. Principios para una recta solución. Examinando con serenidad y desapasionamiento los argumentos de ambas partes y, sobre todo, la naturaleza misma de las cosas, nos parece que se puede llegar razonablemente a las siguientes conclusiones :

Conclusión 1ª: Toda verdadera ley, en el sentido estricto de la palabra, establece un vínculo moral para los súbditos y, por consiguiente, obliga en conciencia a su cumplimiento.

Rectamente entendida, nos parece que esta conclusión es del todo cierta, y no puede ser rechazada razonablemente por nadie.

Para su recta interpretación es preciso cargar el acento sobre aquella cláusula restrictiva: toda verdadera ley en el sentido estricto de la palabra. Porque sucede, en efecto, que se da el nombre de leyes a ciertas normas directivas o estatutos particulares que, en realidad, no alcanzan la talla o categoría de verdaderas leyes en el sentido riguroso y técnico de la palabra; y en este tipo de leyes imperfectas, o secundum quid, no hay inconveniente en admitir, nos parece, la posibilidad de normas meramente penales. Volveremos en seguida sobre esto.

La razón intrínseca por la que nos parece que no pueden admitirse leyes meramente penales cuando se trate de verdaderas leyes, es porque el legislador no puede alterar a su voluntad la naturaleza misma de las cosas. La ley humana, tanto eclesiástica como civil, en tanto es verdadera ley en cuanto sea un reflejo de la ley natural y divina y, en última instancia, de la ley eterna, identificada con la esencia misma de Dios. Y si, como se demuestra en filosofía tomista, las esencias de las cosas no dependen de la voluntad de Dios (v.gr., Dios no puede hacer que dos y dos sean cinco), sino del entendimiento divino, que las dicta y crea tal como deben ser, muchísimo menos dependerá de la voluntad del hombre alterar a su capricho el orden natural de las cosas, declarando que no establezca vínculo moral lo que lo establece naturalmente y por sí mismo. Ahora bien: toda ley verdadera y legítima, en cuanto reflejo que es de la ley natural y eterna, establece un vínculo moral que nadie puede substraerle, y obliga, por consiguiente, en conciencia a su cumplimiento.

Este razonamiento nos parece que no tiene vuelta de hoja, y de él se sigue como consecuencia lógica que no existen leyes propiamente tales que puedan tener un carácter meramente penal. Lo que sí concedemos sin dificultad alguna es que caben infinidad de grados en la culpabilidad moral que lleva aneja su transgresión. A veces se tratará de una falta insignificante, venialísima, por tratarse de una materia que sólo muy de lejos se relacione con el bien común. Pero cuando se quebranta conscientemente cualquiera verdadera ley, por insignificante que sea, se comete siempre alguna falta de orden moral, o sea, en el fuero interno de la conciencia.

Pongamos un ejemplo para que aparezca con mayor claridad la verdad de esta doctrina. Si hay algunas disposiciones civiles que parezcan tener todas las características de leyes meramente penales, son, sin duda alguna, las relativas al tráfico por carreteras o a la circulación urbana en las grandes ciudades. ¿Por qué se limita la velocidad que han de llevar los automóviles en determinados parajes o se nos manda circular por la derecha, imponiéndonos una multa si lo hacemos por la izquierda? Indudablemente, porque el legislador ha visto la conveniencia de esa disposición para evitar accidentes o conflictos circulatorios; o sea, ha ordenado el cumplimiento de una norma encaminada al bien común de los ciudadanos. Si no fuera así, o sea, si hubiera dado aquella disposición por puro capricho, sin relación ninguna al bien común, su mandato sería puramente arbitrario e injusto y no tendría valor alguno obligatorio, ni a culpa ni a pena. El legislador habría rebasado sus atribuciones de tal y su disposición carecería en absoluto de valor legal, ya que no sería una «ordenación de la razón dirigida al bien común*, como exige la definición misma de la ley. Toda la fuerza obligatoria de aquella disposición le viene, pues, de su íntima conexión con la ley natural, que ordena al legislador imponer orden en el modo de conducirse los ciudadanos para lograr el bien común de todos. De donde es forzoso concluir que todas las leyes humanas y civiles en tanto son leyes en cuanto son determinaciones explícitas y concretas de lo que está implícito o indeterminado en la ley natural, que ordena al legislador procurar el bien común de todos los ciudadanos; y, por lo mismo, todas ellas obligan en conciencia, aunque en mayor o menor grado según la importancia o transcendencia de la ley en orden al bien común.

Una confirmación, al menos indirecta, de la verdad de estos principios nos parece verla en el hecho de que en el Código canónico no se contiene una sola ley que sea meramente penal. No nos atrevemos a decir que esta ausencia signifique que la Iglesia no admita la posibilidad de leyes meramente penales, pero es indudable que su actitud es altamente significativa y, al menos indirectamente, confirma la teoría que las niega.

Conclusión 2ª: En sociedades imperfectas caben normas directivas (no verdaderas leyes) que obliguen únicamente a culpa meramente jurídica y a su correspondiente sanción penal.

 

Esta conclusión, perfectamente conciliable con la anterior, nos parece también del todo cierta, si se interpretan rectamente los términos de la misma. Veámoslo :

EN SOCIEDADES IMPERFECTAS. COMO es sabido, la sociedad, en general, no es otra cosa que «la reunión de muchos en orden a un fin común bajo la dirección de la autoridad competente». Se llama perfecta si subsiste por sí misma, se basta ella sola para obtener su propio fin y es del todo independiente de cualquier otra sociedad. Y se llama imperfecta cuando le faltan esas condiciones o, al menos, alguna de ellas. La Iglesia y el Estado son sociedades perfectas, cada una en su propia esfera. Dentro de la Iglesia son sociedades imperfectas una Orden religiosa, una diócesis, una parroquia, etc. Dentro del Estado, y en cuanto forman parte de él, una provincia, una ciudad, una sociedad particular (cultural, económica, deportiva, etc.) y, a fortiori, la sociedad doméstica o familiar.

CABEN NORMAS DIRECTIVAS (NO VERDADERAS LEYES). En cuanto sociedades, aunque imperfectas, ya se comprende que tienen que tener una autoridad y un cuerpo legislativo propio, más o menos completo; de lo contrario, no podrían subsistir mucho tiempo, ya que es imposible una sociedad cualquiera sin autoridad y sin ley. Pero consideradas no de una manera absoluta y en sí mismas, sino como parte de un todo más universal (la Iglesia o el Estado), no son sujeto de leyes propiamente tales, ya que el propio legislador tiene que subordinarse a una ley humana, eclesiástica o civil, que le envuelve a él mismo como súbdito. El legislador interno de estas sociedades imperfectas puede y debe dar normas directivas para el gobierno de las mismas, pero no verdaderas leyes que tengan por sí mismas carácter absoluto y universal, como las propias de las sociedades perfectas. Algunos teólogos dicen que se trata, a lo sumo, de leyes imperfectas y hasta cierto punto o secundum quid.

QUE OBLIGUEN ÚNICAMENTE A CULPA MERAMENTE JURÍDICA Y A SU CORRESPONDIENTE SANCIÓN PENAL. No hay inconveniente en admitir en esta clase de leyes imperfectas, o mejor aún, de normas directivas, la categoría meramente penal que rechazábamos en la verdadera ley. Porque, no siendo normas dirigidas u ordenadas al bien común universal—como las de la verdadera ley—, sino a un grupo reducido de miembros que pertenecen como verdaderos súbditos a otra sociedad más alta (la Iglesia o el Estado), y siendo por otra parte, sociedades puramente facultativas, en las que los miembros ingresan en ellas libremente y se obligan voluntariamente a cumplir las ordenanzas de la misma en la forma que el legislador particular ha querido determinar y no más, no hay inconveniente en que ese legislador declare expresamente que no quiere ligar la conciencia de sus súbditos imponiéndoles una obligación moral, sino tan sólo de tipo meramente jurídico, a la que se le adjudica como obligatoria una determinada sanción penal, por entender que es suficiente esta forma de mandar para obtener el fin interno que la sociedad se propone en cuanto tal.

El simple buen sentido parece poner fuera de duda la posibilidad de estas normas meramente penales (aun sin la expresa declaración del jefe) cuando se trata de una sociedad imperfecta de tipo civil. Sería ridículo decir que la falta de asistencia a una junta general preceptuada por los estatutos de una sociedad deportiva constituye un pecado venial. Se trata únicamente de una culpa meramente jurídica contra los estatutos de esa sociedad, que quizás lleve consigo la expulsión como socio de la misma como sanción penal por la falta cometida; pero sería francamente excesivo ver en esa falta una perturbación del orden natural de las cosas que establezca un verdadero pecado, por muy venial que sea, en el fuero interno de la conciencia.

Más difíciles de justificar resultan esas normas meramente penales tratándose de sociedades eclesiásticas, como las Ordenes religiosas. Y, sin embargo, es un hecho que gran número de Ordenes religiosas, a partir de la de Santo Domingo, y, por disposición general de la Iglesia, todas las Congregaciones modernas, declaran expresamente que su legislación interna no obliga de suyo a culpa moral alguna, sino sólo a sufrir la sanción penal correspondiente a su transgresión. A nosotros nos parece ver el fundamento jurídico de esta clase de mandatos en el hecho de que no se trata de verdaderas leyes, sino únicamente de normas directivas, que obligan tan sólo en el grado y medida que el legislador quiera imponer y no más; y ello no por una determinación caprichosa del legislador, sino por haber estimado, bajo el juicio inmediato de su prudencia gubernativa, que esa forma de mandar era suficiente para promover el bien de los súbditos y obtener el fin particular y concreto que se propone su Orden religiosa en cuanto tal. Sin embargo, en la práctica será muy difícil que el súbdito que conculca voluntariamente una de esas normas directivas no corneta un verdadero pecado venial de negligencia, etc., que podría incluso llegar a mortal si lo hiciese por desprecio de la ley o quebrantando un precepto formal del superior que hubiera recaído sobre aquella simple norma directiva. Lo advierte expresamente Santo Tomás en un texto modelo de claridad y precisión. He aquí sus propias palabras:

«El que profesa la regla no hace voto de observar todo lo que en la regla se contiene, sino de vida regular, que, esencialmente, consiste en las tres cosas predichas (los votos). Por lo que en algunas Ordenes religiosas profesan más cautelosamente, no la regla, sino vivir según la regla, o sea, tender a informar las propias costumbres según la regla tomada como ejemplar. Y esto se destruye por el desprecio.

En otras religiones, todavía más cautelosamente, profesan obediencia según la regla, de suerte que no va contra la profesión sino lo que va contra el precepto de la regla. La transgresión u omisión de las otras tres cosas obliga sólo a pecado venial. Porque, como ya hemos dicho, estas otras cosas son disposiciones para los principales votos; y el pecado venial es disposición para el mortal, en cuanto impide aquellas cosas por las que uno se dispone a cumplir los principales preceptos de la ley de Cristo, que son los preceptos de la caridad.

En alguna otra religión, a saber, la de los Hermanos Predicadores, tal transgresión u omisión no obliga de suyo (ex genere suo) a culpa mortal ni venial, sino sólo a la pena señalada: porque de este modo se obligan a observarla. Los cuales, sin embargo, pueden pecar venial o mortalmente por negligencia, liviandad o desprecio.

Royo Marín, Teología Moral para Seglares, 2ª edición

 

CALENDARIO LITÚRGICO TRADICIONAL 2019

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LOS AFRICANOS [ I ]

Los Africanos

Los comienzos de la iglesia de África fueron relativamente tardíos; sin embargo, su contribución a la literatura y a la teología cristianas de la antigüedad es mucho mayor que la de Roma. Dio al Occidente cristiano el pensador más original del período anteniceno, Tertuliano, además del Obispo mártir, Cipriano, y de los teólogos seglares Arnobio y Lactancio.
Según la tradición, África fue evangelizada por Roma, aunque en realidad carecemos de información verdadera sobre la fundación de esa iglesia. Es un hecho, sin embargo, que ya desde una época muy remota los cristianos de África volvieron sus ojos a Roma en busca de dirección. Se comunicaban con la capital con más frecuencia que con ninguna otra ciudad y sentían hondo interés por todo lo que allí acontecía. Todos los movimientos intelectuales y todos los acontecimientos de orden disciplinar, ritual o literario que se dieran en Roma encontraban inmediatamente un eco en Cartago. El mejor testimonio en favor de estas relaciones íntimas lo ofrecen los escritos de los autores africanos.
Hay motivos para pensar que en. África, lo mismo que en Roma, el Evangelio se predicó al principio en griego. Se sabe, por ejemplo, que cuatro obras de Tertuliano se publicaron primero en esta lengua, De spectaculis, De baptismo, De virginibus velandis, De corona militis, y una no se publicó jamás en latín, De exstasi. Es probable que sea también Tertuliano el autor de la Passio Perpetuae et Felicitatis (véase p.176s), que apareció en las dos lenguas. Vemos en ella (13) que Perpetua sostiene una conversación en griego con el obispo Optato y el sacerdote Aspasio.
Las Primeras Versiones Latinas de la Biblia.
El más antiguo documento latino del África cristiana, del que se tiene noticia, son las Actas de los mártires Scilitanos (cf. p.174), que fueron condenados a muerte el 17 de julio del año 180. Esta obra nos suministra la prueba más antigua de la existencia de una traducción de parte del Nuevo Testamento. Acusados ante el tribunal del procónsul Saturnino en Cartago, los santos declararon que llevaban consigo Libri et epistulae Pauli, viri iusti. Es difícil creer que gente de tan baja condición supiera el griego. Unos años más tarde, Tertuliano certifica la existencia de una versión de toda la Biblia (Adv. Prax. 5; De monog. 11). No tenía carácter oficial, y él la critica en varias ocasiones. No obstante, hacia el 250, la iglesia de África tenía ya, según parece, una edición latina de toda la Escritura reconocida como oficial, como lo demuestra la fidelidad con que Cipriano la cita a lo largo de toda su obra literaria. De hecho, sus dos colecciones de extractos de los libros sagrados, Ad Fortunatum y Ad Quirinum, juntamente con los extractos de los profetas Prophetiae ex omnibus libris collectae, de un autor anónimo de principios del siglo IV, constituyen los mejores testigos de su texto.
En la Passio Perpetuae et Felicitatis (12), los ángeles entonan el Sanctus en griego. Tertuliano en el De spectaculis (25,5) censura a los que asisten a los espectáculos públicos, porque profanan fórmulas de plegaria como e?? a???a$ ap’ a?????. Son indicios, tal vez, de que originalmente la liturgia se celebraba en griego. Parece, no obstante, que África adoptó el latín mucho antes que Roma como lengua litúrgica.
Los escritores africanos de este período son testigos de la dura lucha que la Iglesia tuvo que sostener contra sus enemigos de fuera en sangrientas persecuciones y contra sus enemigos de dentro en controversias heréticas. Desde las Actas de los mártires de Scili, el Apologeticum, Ad nationes y Ad Scapulam de Tertuliano, el De lapsis de Cipriano y su propio martirio, hasta el Ad nationes de Arnobio y De mortibus persecutorum de Lactancio, se deja sentir sin interrupción la hostilidad de los paganos. No parece, pues, que haya sido cosa del azar que el aforismo Semen est sanguis christianorum naciera en África (TERT., Apol. 50,13). La rápida expansión del cristianismo en esta región se hubo de pagar con el exorbitante precio de muchos martirios.
Pero fue más grave todavía la ofensiva que procedía del interior mismo. Vemos al más grande de los autores africanos luchar contra diferentes sectas gnósticas, los valentinianos y los seguidores de Marción (cf. p.256-260), para caer él mismo, finalmente, en el montañismo. No puede menos de impresionarnos la honda preocupación de Cipriano por la unidad de la Iglesia en su lucha contra los cismas de Novaciano y Felicísimo, y, con todo, le vemos a punto de romper con Roma en la amarga controversia con el papa Esteban sobre la validez del bautismo de los herejes.
Finalmente, los escritores africanos nos permiten comprobar, mejor que los otros escritores del Occidente, la gran diferencia existente entre las cristiandades griega y latina, diferencia que se irá acentuando en el transcurso de los siglos, pero que aparece ya profunda en esta época tan remota. Nos la hará ver inmediatamente la comparación entre los primeros grandes teólogos de ambas partes. Mientras a Clemente de Alejandría y a Orígenes les interesa ante todo poner de relieve el contenido metafísico del Evangelio y probar que la fe es la única verdadera filosofía, muy por encima de los sistemas helenísticos, Tertuliano y Cipriano ponen sumo empeño en resaltar el concepto cristiano de la vida sobre el fondo de los vicios que caracterizan el paganismo. Los alejandrinos subrayan el valor objetivo de la redención, que se funda en la encarnación del Logos; al encarnarse, el Logos llenó la humanidad de un poder divino. Los africanos centran su atención en el aspecto subjetivo de la salvación, o sea, en lo que queda por hacer al individuo, insisten en la fe en acto, en la lucha del cristiano contra el pecado y en la práctica de la virtud. La diferencia entre estos puntos de vista corresponde a la inclinación natural y carácter de los orientales y occidentales.
Tertuliano.
Quinto Septimio Florencio Tertuliano, natural de Cartago, nació hacia el año 155. Su padre era un centurión de la cohorte proconsular. Eran paganos tanto el padre como la madre. Tertuliano tenía una sólida formación jurídica y adquirió gran fama como abogado en Roma. Con toda probabilidad hay que identificarle con el jurista Tertuliano, de quien citan varios pasajes los digestos del Corpus Iuris Civilis. Después de su conversión, ocurrida hacia el 193, se estableció en Cartago, e inmediatamente puso toda su cultura jurídica, literaria y filosófica al servicio de la fe cristiana. Por Jerónimo (De vir. ill. 53) sabemos que fue ordenado sacerdote. El no hace mención nunca de su estado clerical, pero su posición única y su preponderante papel de maestro difícilmente se podrían explicar si hubiera permanecido siempre en el laicado. Fue entre los años 195-220 cuando desplegó su actividad literaria. El gran número de escritos que compuso durante este tiempo han ejercido una influencia duradera sobre la teología. Hacia el año 207 pasó abiertamente al montañismo, y llegó a ser jefe de una de sus sectas, llamada de los tertulianistas, que perduró en Cartago hasta la época de San Agustín. Se desconoce el año de su muerte, que debió de ocurrir después del 220.
Excepción hecha de San Agustín, Tertuliano es el más importante y el más original de los autores eclesiásticos latinos. Combina un profundo conocimiento de la filosofía, de las leyes y de las letras latinas y griegas con un vigor inagotable, con una retórica inflamada y una sátira mordaz. Su actitud no admite compromisos. Luchador empedernido, no concede tregua a sus enemigos, sean paganos, judíos, herejes o, más tarde, católicos. Todos sus escritos son polémicos. No dice las razones que le indujeron a convertirse. No fue evidentemente una concienzuda comparación de los diversos sistemas filosóficos la que le llevó a la fe, como en el caso de San Justino. Parece que lo que más influyó en él fue el heroísmo de los cristianos en tiempos de persecución, puesto que en uno de sus escritos dice: “Todo el mundo, ante constancia tan prodigiosa, se siente como sobrecogido por una inquietud y desea ardientemente averiguar su causa; en cuanto descubre la verdad, la abraza inmediatamente” (Ad Scapulam 5). La verdad fue el objetivo supremo de su defensa del cristianismo, de sus ataques contra el paganismo y la herejía:
Veritas nihil erubescit nisi solummodo abscondi
escribe en Adv. Valent. 3. De temperamento violento y de ardiente energía, alimentó dentro de sí una pasión fanática por la verdad. En una de sus obras, la palabra veritas aparece ciento sesenta y dos veces. Todo el problema del cristianismo y del paganismo se reduce para él a la vera vel falsa divinitas. Cuando Cristo fundó la nueva religión, lo hizo para conducir la humanidad in agnitionem veritatis (Apol. 21,30). El Dios de los cristianos es el Deus verus; los que le hallan, encuentran la plenitud de la verdad. Veritas es lo que odian los demonios y rechazan los paganos; los cristianos sufren y mueren por ella. Veritas distingue al cristiano del pagano. En todas estas afirmaciones hay un profundo sentimiento religioso y un ardiente deseo de sinceridad. No es justo presentar a Tertuliano como un jurisconsulto y retórico inclinado al sofismo. Tertuliano habla con el corazón en la mano. En su defensa del espíritu religioso se muestra inflexible. “Todo hombre tiene derecho — dice — a escoger su propia religión” (Ad Scapulam 2). No puede ponerse en duda que él estaba dispuesto a morir por su fe. En las últimas palabras de su Apologeticum da libre curso a su apasionado deseo de sufrir el martirio. Se opone a la fuga en tiempo de persecución. A esta firmeza de convicción sabe juntar la sinceridad acerca de su persona. Conoce sus defectos; cuando escribe sobre la paciencia, se compara a un inválido que hablara de la salud, porque se sabe enfermo con la fiebre de la impaciencia. Fue, en efecto, esa impaciencia la que con harta frecuencia le privó del éxito. Aunque sabe que “la verdad persuade enseñando, pero no enseña al querer persuadir” (Adv. Val. 1), siempre trata de probar demasiado. Cuandoquiera que habla, actúa como un abogado preocupado únicamente de ganar su causa y de aniquilar al adversario. Por esto, en más de una ocasión puede ser que reduzca a silencio a sus adversarios, pero no los convence.
Estilo y lenguaje.
Tertuliano tiene un estilo personal, aunque siguiera las tradiciones literarias de su época. Sus obras ofrecen numerosos ejemplos que demuestran que estaba familiarizado con la técnica de la retórica. Se inspira en la manera “asiática” de los oradores griegos, que prefiere frases cortas a largos períodos y acumula preguntas seguidas de respuestas rápidas a manera de “staccato.” A Tertuliano le gustan las antítesis, las frases balanceadas y los juegos de palabras. Muestra también una marcada preferencia por formas de expresión poco comunes. Acuñó palabras y frases como ningún otro escritor había sido capaz de hacerlo después de Tácito. A esto y a su amor por la concisión se debe la oscuridad de pensamiento que se advierte en sus obras; la observación de Vicente de Leríns Quot paene verba, tot sententiae no carece de fundamento.
A pesar de esto, la contribución de su genio artístico al lenguaje de la Iglesia primitiva es de primera importancia. Sus obras siguen siendo la fuente principal para nuestro conocimiento del latín cristiano. Contienen gran cantidad de palabras nuevas que fueron adoptadas por los teólogos posteriores y han hallado un lugar permanente en el vocabulario dogmático. Por esta razón se ha llamado a Tertuliano “el creador del latín eclesiástico.” Esto, sin embargo, es una exageración y no tiene suficientemente en cuenta la honda y duradera influencia de las más antiguas traducciones de la Biblia, donde se usaron por vez primera muchas de las palabras que se creían inventadas o adaptadas por Tertuliano, como lo ha probado recientemente A. Kolping respecto a la palabra sacramentum. Sin embargo, aun con esta reserva queda bastante claro que es creación propia de Tertuliano, como para asegurarle un lugar prominente en la historia del latín cristiano.
I. Sus Escritos.
1. Transmisión del texto
Desde los comienzos de la Edad Media deben de haber existido, por lo menos, seis colecciones de las obras de Tertuliano.
1. El Corpus Trecense es el más pequeño y probablemente el más antiguo. Su principal representante es el Codex Trecensis 523 (T), que fue descubierto por Dom A. Wilmart en la biblioteca de Troyes el año 1916. Contiene cinco tratados más o menos completos: Adversus Iudaeos, De carne Christi, De carnis resurrectione, De baptismo, De paenitentia. Escrito en el siglo XII en Clairvaux, el Codex Trecensis se considera como el más valioso de todos. J. W. Ph. Borleffs ha probado que las notas marginales de la edición de Tertuliano por Martín Mesnart (París 1545) contienen una selección de variantes de este códice. Kroyman opina que el Corpus Trecense remonta, quizá, a la época de Vicente de Leríns (+ 454) y que, en todo caso, representa el primer intento encaminado a rehabilitar la reputación de las obras de Tertuliano.
2. El Corpus Masburense ha llegado a nosotros en copias de fecha más reciente que el Trecense, aunque, como colección, debe de ser anterior al 494, año en que el Decretum Gelasianum condenó todas las obras de Tertuliano. Conocemos su texto por la edición de Segismundo Gelenio (Basilea 1550), basada en la Mesnartiana y en el Codex Masburensis, que ya no existe. Este códice contenía doce tratados: De carnis resurrectione, De praescriptione haereticorum, De monogamia, De testimonio animae, De anima, De spectaculis, De baptismo, Scorpiace, De idololatria, De pudicitia, De ieiunio, De oratione.
3. El Corpus Agobardinum, conservado en el Codex Agobardinus, comprendía originalmente veintiuna obras de Tertuliano. Hoy día, el manuscrito Codex Parisinus latinus 1622, saec. IX, llamado Agobardinus (A) por el nombre de su propietario el arzobispo Agobardo de Lyón (814-840), contiene solamente trece: Ad nationes, De praescriptione haereticorum, Scorpiace, De testimonio animae, De corona, De spectaculis, De idololatria (incompleta), De anima (incompleta), De oratione (incompleta), De cultu feminarum (incompleta), Ad uxorem, De exhortatione castitatis, De carne Christi (hasta el c.10). A pesar de sus defectos, este códice en pergamino sigue siendo una fuente generalmente segura para la historia del texto. La colección data probablemente de la misma época que el Corpus Masburense.
4. El Corpus Cluniacense fue compuesto verosímilmente más tarde que los tres anteriores, en España, al parecer hacia la mitad del siglo VI. Contiene la colección más importante de las obras de Tertuliano; comprende veintisiete tratados, entre ellos los escritos antiheréticos, que no se encuentran en ninguna de las otras tres colecciones. El Corpus Cluniacense ha llegado a nosotros en un buen número de manuscritos, que dependen todos de los Codd. Cluniacenses que se perdieron. El más importante es el Codex Montepessulanus 54, saec. XI (M) de la Bibliothéque Municipale de Montpellier. Contiene De patientia, De carne Christi, De resurrectione carnis, Adversus Praxean, Adversus Valentinianos, Adversus Marcionem, Apologeticum. El Codex Paterniacensis 439, saec. XI (P), ahora en Schlettstadt, está emparentado con el Montepessulanus, pero es muy inferior a él en calidad. Da el texto de De patientia, De carne Christi, De resurrectione carnis, Adversus Praxean, Adversus Valentinianos, Adversus Iudaeos, De praescriptione haereticorum, el espúreo Adversus omnes haereses, Adversus Hermogenem. Pertenecen al mismo grupo elCodex Florentinus Magliebechianus, Conventi Soppressi VI 9, saec. XV (N), el Codex Florentinus Magliebechianus, Conv. Soppr. VI 10, saec. XV (F), el Codex, Vindobonensis 4194, saec. XV (V), el Codex Leydensis Latinas 2, saec. XV (L), y una serie de manuscritos italianos más recientes, que dependen todos de ? ? F. Este grupo contiene, además de los mencionados más arriba, los tratados De fuga, Ad Scapulam, De corona, Ad martyras, De paenitentia, De virginibus velandis, De culta feminarum, De exhortatione castitatis, Ad uxorem, De monogamia, De pallio.
5. Otro Hábeas, sin relación con los cuatro precedentes, era desconocido hasta hace poco. Gusta Claesson, filólogo sueco, descubrió en un manuscrito de la Biblioteca Vaticana, Codex Ottobonianus Latinus 25, saec. XIV, extractos de los tratados de Tertuliano De pudicitia, De paenitentia, De paitentia y De spectaculis. Las lecciones son en unos lugares idénticas a las del Trecense, pero en otras muestran tal independencia que es obligado admitir la existencia de un quinto Corpus.
6. Por último, recientemente se ha hecho en los Países Bajos un descubrimiento sorprendente. A. P. van Schilfgaarde y G. I. Lieftink publicaron un fragmento del De spectaculis hallado en los archivos de Keppel, hoy día en la biblioteca de Leiden. Proviene de un manuscrito del siglo IX; es, por consiguiente, anterior a todos los ejemplares de Tertuliano que poseíamos hasta el presente; ofrece un texto que no se encuentra en ninguno de los corpus mencionados arriba. Fue escrito en Colonia y originalmente pertenecía quizá a la biblioteca de la catedral. En efecto, el catálogo más antiguo (n.833) de aquella catedral menciona un manuscrito con varios tratados de Tertuliano, sin dar el nombre de su autor. Es posible que el fragmento de Keppel perteneciera a este manuscrito. Además, el catálogo de Colonia, otro catálogo de la abadía de Corbie y un manuscrito actualmente perdido, de cuyas variantes se sirvió Pamelio en su edición de Tertuliano gracias a los buenos servicios de Johannes Clemens Anglus, prueban la existencia de otro corpus.
Por las primeras ediciones impresas tenemos, además, noticia de otros manuscritos que ya no existen, que tienen también su importancia para la historia del texto.
La editio princeps de Beatus Rhenanus, publicada en 1521 en Basilea (R), se basa en el Codex Paterniacensis (P) y en el Codex Hirsaugiensis, hoy desaparecido, que dependía de los Cluniacenses y había pertenecido antiguamente al monasterio de Hirsau de Wurtemberg. En una tercera edición, publicada en París el año 1539, Rhenanus usó, además, un Codex Gorziensis del monasterio de Corea, cerca de Metz. Este códice, emparentado también con el grupo de los Cluniacenses, ha desaparecido. La editio princeps comprendía los tratados De patientia, De carne Christi, De resurrectione carnis, Adversus Praxean, Adversus Valentinianos, Adversus Iudaeos, De praescriptione haereticorum (Adversus omnes haereses), Adversus Hermogenem.
La edición de M. Mesnart (B), publicada el año 1545 en París, añade los siguientes tratados: De Trinitate (de Novaciano), De testimonio animae, De anima, De spectaculis, De baptismo, Scorpiace, De idololatria, De pudicitia, De ieiunio, De cibis iudaicis (de Novaciano), De oratione. El editor los tomó de un manuscrito del que no da el nombre ni hace la descripción. Por el texto del De baptismo se ve que el códice era inferior al Codex Trecensis; en los márgenes se dan, sin embargo, algunas lecciones tomadas de este último códice, como ya dijimos más arriba. Mesnart se sirvió, además, del Codex Agobardinus y de otro manuscrito desconocido.
La edición (Gel.) de Segismundo Gelenio (Basilea 1550) está basada en la Mesnartiana y en un Codex Masburensis, como ya dijimos.
La edición (Pam.) de Jacobo Pamelio (Amberes 1579) depende de las de Mesnart y Gelenio. Empleó, además, el Codex Iohannis Clementis Angli, que ya no existe, y que contenía De spectaculis, De praescriptione haereticorum, De resurrectione carnis, De monogamia, De ieianio, De pudicitia.
La edición de Francisco Junius (Jun.), publicada en Franeker en 1597, no es más que una reimpresión de la Pameliana. Son de importancia sus Adnotationes, porque introducen excelentes correcciones.
La edición (Rig.) de Nicolao Rigault (París 1634) se basa en el texto del Agobardino, en el cual Ph. Priorius, en la segunda edición y otras posteriores, introdujo algunas variaciones.
2. Los escritos apologéticos de Tertuliano.
Entre las obras apologéticas de Tertuliano, los libros Ad nationes y el Apologeticum están relacionados entre sí. Los dos fueron escritos el año 197 y tratan del mismo asunto. Sin embargo, el Apologeticum representa una forma más acabada. Por esta razón y por algunas alusiones concretas a la revuelta de Albino contra Septimio Severo y a la sangrienta batalla que siguió en Lión el 19 de febrero del año 197, se deduce que el Ad nationes fue compuesto antes que el Apologeticum.
1. A los paganos (Ad nationes).
Este tratado consta de dos libros. El primero empieza demostrando que el procedimiento jurídico seguido contra los cristianos no solamente es irracional, sino que va contra todos los principios de la justicia. Esta iniquidad es fruto de la ignorancia: los paganos condenan lo que no conocen (c.1-6). En los capítulos siguientes (7-19), el autor refuta las calumnias que se habían hecho corrientes. Prueba que son falsas, pero añade que, aun en el caso de que fueran verdaderas, los paganos no tendrían por eso derecho a condenar a los cristianos, puesto que ellos mismos cometen crímenes peores. Mientras el primer libro permanece en la defensiva, el segundo es más agresivo. Contiene una acerada crítica de la religión pagana en general y ataca en particular las creencias romanas sobre los dioses. Tertuliano se vale aquí del Rerum divinarum libri XVI de Varrón, donde los dioses se dividen en tres clases: dioses de los filósofos, dioses de los poetas, dioses de las naciones. Tertuliano investiga el concepto de Dios y prueba que las divinidades paganas son puras invenciones humanas.
2. Apología (Apologeticum).
El Apologeticum es la obra más importante de Tertuliano. Difiere notablemente del libro Ad nationes, a pesar de la semejanza de contenido. El Apologeticum sigue un plan y tiene más unidad que el Ad nationes. Este parece más una colección de materiales que una composición acabada. El Apologeticum, en cambio, da decididamente la impresión de estar inspirado en una idea personal del autor y de haber sido creado por una personalidad que domina el material que tiene a su disposición. El razonamiento reviste una forma más jurídica, al paso que la argumentación del Ad nationes es filosófica y retórica. En el Apologeticum el autor se muestra más circunspecto que en el Ad nationes, porque el destinatario es distinto en los dos. Como lo indica el mismo título, el Ad nationes va dirigido al mundo pagano en general, mientras que el Apologeticum está destinado a los gobernadores de las provincias romanas, a quienes ataca al mismo tiempo que trata de convencerles. Por esto, el Ad nationes corresponde al tipo del ?ó??? p??? ?????a? mientras que el Apologeticum representa al de la ap?????a.
Contenido.
La ignorancia explica el odio y las persecuciones de que son victimas los cristianos:
La verdad sabe que vive como peregrina en la tierra; que, entre extraños, fácilmente encuentra enemigos, pero que su familia, su mansión, su esperanza, su crédito y su dignidad los tiene en los cielos. Entre tanto, no tiene más que un deseo: que no se le condene sin ser conocida. ¿Qué tienen que perder vuestras leyes, que mandan en su propio imperio, si se la deja oír? (1,2).
El procedimiento judicial adoptado por las autoridades va contra toda la tradición y contra todos los principios de la justicia. Ni siquiera los paganos pueden dar una razón aceptable de su odio contra el nombre de “cristiano.” El valor de toda legislación humana depende de su moralidad y del fin que persigue; por tanto, la religión cristiana no puede ser contraria a los decretos del Estado. Además, la historia demuestra que fueron solamente los emperadores malos los que promulgaron edictos contra ella: “Tales fueron siempre nuestros perseguidores, hombres injustos, impíos, infames, a quienes vosotros mismos acostumbráis a condenar y soléis rehabilitar a los que ellos condenaron” (5,5).
Este hecho proyecta luz sobre el valor de estos decretos. Además, la historia nos dice que las leyes pueden revocarse, y de hecho muchas lo han sido. Después de esta introducción, que consta de seis capítulos, Tertuliano trata primero brevemente de los crímenes secretos (c.7-9) y se detiene luego en los crímenes públicos que se imputan a los cristianos. Nunca se ha probado que cometieran el infanticidio sacramental o que se entregaran a banquetes de Thyeste o que cometieran incestos. “Desde tanto tiempo, el único testigo de los crímenes de los cristianos es el rumor” (17,13). Los paganos, en cambio, son culpables de tales enormidades. Son serias las acusaciones de desprecio de la religión del Estado (intentatio laesae divinitatis) y de alta traición (titulus laesae augustioris majestatis). Al defenderse contra la acusación de estos crímenes públicos Tertuliano hace gala de toda su pericia de jurista. Los cristianos, dice, no toman parte en el culto de los dioses paganos, porque éstos no son más que hombres ya muertos y sus imágenes son materiales e inanimadas. Nada tiene de extraño, pues, que se haga burla de tales divinidades en el teatro y sean menospreciadas en el templo. Los cristianos veneran al Creador del mundo, al único Dios verdadero, que se ha revelado en las Escrituras. Es, pues, injusto acusarles de ateísmo, puesto que los llamados dioses de los paganos no son dioses:
Toda esa confesión de aquellos que reconocen no ser dioses y no haber otro Dios sino Aquel a quien nosotros pertenecemos, es bastante idónea para alejar de nosotros el crimen de lesa patria y más de lesa religión romana. Porque si es cierto que vuestros dioses no existen, cierto es también que no existe vuestra religión, y si es cierto que vuestra religión no es tal, por no existir ciertamente vuestros dioses, cierto es asimismo que no somos nosotros reos de lesa religión. Antes al contrario, sobre vosotros rebotará tal imputación, pues adorando la mentira, y no contentos con descuidar la religión verdadera del Dios verdadero, llegáis aun a combatirla, cometiendo verdaderamente un crimen de verdadera irreligiosidad (24,1-2) (trad.G. Prado).
Tertuliano pide ahora la libertad de religión:
Mirad bien, en efecto, de que no sea ya un crimen de impiedad el quitar a los hombres la libertad de religión y prohibirles la elección de divinidad, o sea, de no permitirme honre al que yo quiera honrar, forzándome a honrar al que no quiero honrar. Nadie, ni siquiera un hombre, quisiera ser honrado por el que lo hace forzado. Por donde se otorga a los egipcios libertad de practicar su vana superstición, consistente en poner a pájaros y animales al par de los dioses, y en condenar a muerte al que hubiere matado alguno de estos dioses suyos. Cada provincia, cada ciudad tiene su dios peculiar… Y nosotros somos los únicos a quienes no es concedido tener religión propia. Ofendemos a los romanos y ni somos reputados como romanos, por cuanto no honramos a un dios que no es de romanos. Gracias a que es Dios de todos los hombres, de quien, de grado o por fuerza, todos somos. Mas entre vosotros está permitido adorar a todo menos al Dios verdadero, como si no fuese más bien el Dios de todos, del que somos todos (24,6-10) (trad. G. Prado).
Tertuliano refuta a continuación la creencia general de que los romanos rigen el mundo porque adoran sus ídolos; únicamente el Dios verdadero encomienda la dominación universal a quien le place. No es por testarudez que los cristianos se niegan a adorar las divinidades del Estado, sino porque se dan cuenta que ese homenaje va destinado a los demonios. Por lo tanto, no pueden sacrificar, ni siquiera por la salud del emperador, sobre todo teniendo en cuenta que esos supuestos dioses son incapaces de ayudarle. Su negativa no se les puede imputar como un crimen. Al contrario, ellos ruegan al verdadero Dios por el emperador. Tertuliano muestra entonces que toda autoridad viene de Dios:
Porque nosotros invocamos por la salud de los emperadores al Dios eterno, al Dios verdadero, al Dios vivo, al que los mismos emperadores prefieren tener propicio a todos los demás. Saben que El les ha dado el Imperio; saben, en cuanto hombres, quién les ha otorgado también la vida; sienten ser El el único Dios, bajo cuyo único poder están, viniendo en segundo lugar en pos de El y siendo los primeros, después de El, antes que todos y sobre todos los dioses. Y ¿por qué no, si están sobre todos los hombres que ciertamente viven y sobre los muertos? Recapacitan hasta dónde alcanzan las fuerzas de su mando y ven así cómo Dios existe, reconociendo que contra El nada pueden, que con El son poderosos. Finalmente, que el emperador declare al cielo la guerra, que arrastre triunfante al cielo cautivo, que ponga centinelas en el firmamento, que le imponga tributos. No lo puede: es grande por ser menor que el cielo. El mismo es de Aquel de quien es el cielo y toda criatura. De allí es el emperador, de donde es el hombre antes de ser emperador; de allí le viene el poder, de donde él respiró (30,1-3) (trad. G. Prado).
A fin de demostrar que los cristianos no son enemigos del Estado ni de la raza humana, y que es injusto catalogar sus asociaciones entre las ilegales, Tertuliano hace una descripción encantadora del culto cristiano:
Somos una corporación por la comunidad de religión, la unidad de disciplina y el vínculo de una esperanza. Nos juntamos en asambleas y congregaciones para alabar a Dios con nuestras oraciones, como una actividad constante y cerrada. Esta actividad es a Dios grata. Oramos también por los emperadores, por sus ministros y por las autoridades, por el estado presente del siglo, por la paz del mundo, por la dilación del fin. Nos reunimos para recordar las divinas letras, por si la índole de tiempos presentes nos obliga a buscar en ellas o premoniciones para el futuro o explicaciones del pasado. Es cierto que con esas santas palabras apacentamos nuestra fe, levantamos nuestra esperanza, fijamos nuestra confianza, estrechamos asimismo nuestra disciplina, inculcando los preceptos. En tales asambleas se tienen también las exhortaciones, los castigos, las reprensiones en nombre de Dios. Porque entre nosotros se juzga con gran peso, ciertos como estamos en la presencia de Dios, siendo un terrible precedente para el futuro juicio, si alguien de nosotros hubiere delinquido de tal modo que se aleje de la comunión en la oración, de las juntas y de todo santo comercio. Presiden bien probados ancianos, que han alcanzado tal honor no con dinero, sino por el testimonio de su santa vida, porque ninguna cosa de Dios cuesta dinero. Y aunque exista entre nosotros una caja común, no se forma como una “suma honoraria” puesta por los elegidos, como si la religión fuese sacada a subasta. Cada cual cotiza una módica cuota en día fijo del mes, cuando quiere, y si quiere, y si puede, porque a nadie se le obliga: espontáneamente contribuye. Estos son como los fondos de piedad. Porque de ellos no se saca para banquetes, ni libaciones, ni estériles comilonas, sino para alimentar y sepultar menesterosos, y niños y doncellas huérfanos, y a los criados ya viejos, como también a los náufragos, y si hay quienes estuvieren en minas, en islas, en prisiones únicamente por la causa de nuestro Dios, son también alimentados por la religión que profesan. Y esta práctica de la caridad es más que nada lo que a los ojos de muchos nos imprime un sello peculiar. “Ved — dicen — cómo se aman entre sí,” ya que ellos mutuamente se odian. “Y cómo están dispuestos a morir unos por otros,” cuando ellos están más bien preparados a matarse los unos a los otros (39,1-7) (trad. G. Prado).
En la sección final (46-50), Tertuliano rechaza la idea de que el cristianismo no sea más que una nueva filosofía. Es mucho más que una especulación sobre los orígenes del hombre. Es una revelación divina. Es una verdad manifestada por Dios. Por esta razón no la pueden destruir sus enemigos y perseguidores: “Pero de nada sirven cualesquiera de vuestras más refinadas crueldades; antes son un estímulo para nuestra secta. Nos hacemos más numerosos cada vez que nos cosecháis: semilla es la sangre de los cristianos” (50,13).
Por diversos pasajes de Eusebio en su Historia eclesiástica sabemos que el Apologeticum se tradujo al griego, sin duda poco después de su aparición. La versión, hecha probablemente en Palestina, desapareció no mucho después, pero es una prueba de la importancia de la obra de Tertuliano. A juicio de todos, el Apologeticum es su obra maestra y la corona de todas sus obras.
Transmisión del Texto del “Apologeticum.”
Debido a su gran importancia, el Apologeticum es el escrito que cuenta con mayor número de manuscritos. Tiene una tradición textual propia, pues figura entre los escritos de Cipriano, Lactancio y Jerónimo, y, en cambio, al principio estuvo excluido de las cuatro colecciones mencionadas más arriba. Se añadió más tarde al Codex Montepessulanus, y desde entonces los amanuenses lo incorporaron a las obras de Tertuliano. Treinta y seis códices, por lo menos, conservan su texto y constituyen la llamada Vulgata recensio. Debemos mencionar aquí dos de ellos, el Codex Petropolitanus auct. lat. I Q v. 40, saec. IX, antiguamente Sangermanensis (S), y el Codex Parisinus 1623, saec. X (II), que ha usado Hoppe para su nueva edición en CSEL. Pero hay otra tradición textual que difiere mucho de la Vulgata recensio. Depende del Codex Fuldensis, que ha desaparecido por completo, y del que sabemos únicamente que contenía el Apologeticum y el Adversus Iudaeos. Lo vio en Fulda, en el otoño de 1584, Francisco Modius, quien lo confrontó con la edición de De la Barre y registró más de 900 variantes. Esta valiosa colección de lecciones vino a parar más tarde a manos de Francisco Junius, quien las añadió como apéndice a la segunda parte de su Tertuliano, que estaba entonces en prensa y apareció el año 1597 en Franeker. Tomándola de esta edición la reeditó Waltzins en Musée Belge 16 (1912) 188ss.
En la Stadtbibliothek de Bremen halló Hoppe un manuscrito c.48, que reproduce, en las páginas 131-146, el comienzo de la colación de Modius, las variantes a los capítulos 1-15. A. Souter descubrió en la Kantonsbibliothek de Zurich un Codex Rhenaugiensis saec. X que contenía, entre pasajes de otros autores latinos, un fragmento del Apologeticum, que comprende los capítulos 38, 39 y 40 hasta las palabras tantos ad unum. Se probó que era, si no una copia del Fuldensis, ciertamente un testigo de su tradición textual. Así, pues, sabemos que en el siglo X había ya dos grupos diferentes de manuscritos, uno representado por la Vulgata recensio, otro por el Fuldensis.
¿Cómo se explica esta diferencia? El primero en responder a esta pregunta fue Havercamp. En su edición del Apologeticum. (Leiden 1718) sostuvo que el Fuldensis sería la primera edición del Apologeticum, y la Vulgata recensio, la segunda, y que la diferencia habría que atribuirla, por consiguiente, al mismo autor, Tertuliano. Oehler, en 1854, y Schroers, en 1914, adoptaron esta teoría, que fue defendida nuevamente por Thörnell, en 1926, y por Hoppe, en 1939. Este último reproduce en CSEL la Vulgata recensio y añade al pie las variantes del Fuldensis. Esta solución, sin embargo, es muy precaria. En primer lugar, si Tertuliano publicó una revisión de su obra, es extraño que no hable nunca de ella, como habla, en cambio, de la del Adversus Marcionem; en segundo lugar, es más sorprendente todavía que, en la antigüedad cristiana, nadie haga jamás mención de la existencia de dos versiones distintas.
Ante estas razones se buscó otra respuesta a esta difícil cuestión. C. Callewaert, en 1902, adelantó la hipótesis de que el Fuldensis conservaría el texto auténtico, pero que un desconocido amanuense de la época carolingia habría normalizado y simplificado el latín. En muchos casos no habría entendido bien a Tertuliano y habría cambiado el sentido. Esta corrupción dio origen a la Vulgala recensio y llegó a ser tan popular que suplantó al texto correcto representado por el Fuldensis. Según esta hipótesis, una edición crítica del Apologeticum debería basarse en este último y habría que desconfiar de las variantes de aquél. J. P. Waltzing, en 1919, se hizo eco de esta opinión, aunque más tarde, en su edición de 1929, utiliza el Fuldensis con muchas precauciones. Para G. Rauschen, las dos tradiciones han sido sometidas a la normalización, pero el Codex Fuldensis ofrece un texto relativamente más puro. Por eso. su edición en FP (Bonn 1912) es más bien ecléctica, y la edición de Martin (1930), que reemplazó a la de Rauschen, sigue el mismo método.
E. Löfstedt sostuvo en 1915 la superioridad del Fuldensis, y tres años más tarde la volvió a defender. Pudo demostrar que en la Vulgata recensio había interpolaciones, pero tuvo que admitir asimismo que el texto del Fuldensis ha sufrido también alteraciones, sobre todo en la última parte del Apologeticum.
3. El testimonio del alma (De testimonio animae).
Era un lugar común entre los filósofos helenísticos, como Posidonio, Filón, Crísipo, Séneca y otros, deducir el conocimiento de Dios del examen del macrocosmos y del microcosmos, es decir, del grande universo y del pequeño mundo del alma humana. Tertuliano sigue este ejemplo. En el capítulo 17 del Apologeticum escribe:
¿Queréis que probemos la existencia de Dios por sus obras, tantas y tales que nos conservan, nos sostienen, nos alegran, y aun por las que nos aterran? Por el testimonio mismo del alma, la que, si bien presa en la cárcel del cuerpo, o pervertida por una depravada educación, o debilitada por las pasiones y concupiscencias, o esclavizada a falsos dioses, cuando recapacita, cual si saliese de la embriaguez, o del sueño, o de alguna enfermedad y recobra la salud, invoca entonces a Dios con ese único nombre, porque el verdadero Dios es único. “¡Dios grande, Dios bueno!” y “Lo que Dios quiere.” He ahí la voz universal. Reconócele también por juez al decir: “Dios lo ve” y “A Dios me encomiendo” y “Dios me lo pagará.” ¡Oh noble testimonio del alma naturalmente cristiana! (17,4-6). (Trad. G. Prado.)
Tertuliano desarrolló este argumento del Apologeticum, el testimonium animae naturaliter christianae, en un tratado especial, llamado El testimonio del alma (De testimonio animae), escrito en el mismo año que el Apologeticum, el 197. El carácter apologético de este tratado, que comprende solamente seis capítulos, es evidente: el autor utiliza el testimonio del alma que no ha sido aún pervertida por la “educación,” para demostrar la existencia y los atributos de Dios, la vida de ultratumba, el premio o el castigo después de la muerte. No hay necesidad de reflexión ni de instrucción filosófica. Todas estas verdades están presentes al alma. La naturaleza es la maestra del alma; ella le enseña que es imagen de Dios:
Quiero invocar un nuevo testimonio, un testimonio más conocido que todas las literaturas, más profundo que todas las ciencias, más extendido que todos los libros, superior al hombre entero, es decir, a todo lo que es humano. Comparece, pues, ¡oh alma humana! Si eres una sustancia divina y eterna, como muchos filósofos creen, eres incapaz de mentir. Si no eres divina, por ser mortal, como piensa únicamente Epicuro, entonces no deberías mentir. Ora desciendas del cielo o te haya concebido la tierra; ora estés formada de números o de átomos; sea que nazcas con el cuerpo o le seas agregada después; en fin, vengas de donde vinieres y sea como sea el modo como vienes, tú haces del hombre un animal racional, capaz de juicio y de entendimiento en el grado más alto. Pero yo no me dirijo a ti, alma, que formada en las escuelas, ejercitada en las bibliotecas y alimentada en las academias y pórticos de Grecia, vomitas sabiduría. Más bien yo te invito a comparecer a ti, que eres simple, ruda, bárbara e ignorante; a ti, tal como te poseen los que no te tienen más que a ti; a ti, que llegas directamente de la calle, de la plaza y del taller. Yo necesito tu ignorancia, ya que nadie puede creerte, desde el momento en que sepas la menor cosa. No te pido sino lo que traes al hombre contigo, lo que has aprendido por ti mismo o de tu autor, sea lo que fuere (1).
A la inversa de los apologistas griegos, Tertuliano recalca la inutilidad de la filosofía. La naturaleza, simple y pura, da en favor de la verdad un testimonio que es superior a toda erudición. Su expresión anima naturaliter christiana no se refiere a ningún conocimiento de Dios a priori, pues dice explícitamente: “Tú (el alma) no eres cristiana, lo sé bien; porque el hombre se hace cristiano, no nace tal” (c.1). La famosa frase significa más bien la conciencia espontánea que el alma tiene del Creador y que nace de la contemplación y de la experiencia, y que se manifiesta en las exclamaciones comunes del pueblo. El sentido común, por consiguiente, nos habla de la existencia de un Ser supremo. Los críticos difieren en la manera de juzgar este tratado. A algunos les parece flojo; otros, en cambio, lo consideran de gran valor; para algunos es la obra más profunda de Tertuliano y la más atrayente. Las pruebas de la existencia de Dios pueden tener sus deficiencias, pero la demostración psicológica llega a convencer aun al lector moderno.
4. A Scápula (Ad Scapulam).
“Es un derecho de la persona, un privilegio de la naturaleza que cada cual pueda adorar según sus propias convicciones: la religión de uno ni daña ni ayuda a otro… Ciertamente no es propio de la religión el obligar a la religión” (2). Este manifiesto de la libertad de culto se halla en la carta abierta que Tertuliano dirigió a Scápula, procónsul (211-213) de África. Este había empezado a perseguir a los cristianos, hasta el extremo de condenarlos a las fieras y quemarlos vivos. Parece que Tertuliano la escribió el año 212, pues se refiere al eclipse total del 14 de agosto de 212 como a una señal de la cólera divina. La carta está dividida en cinco capítulos. Este valiente alegato empieza recalcando en la introducción (c.1) que no son el interés propio ni el miedo a las persecuciones los que mueven al autor a escribir, sino el amor de un cristiano hacia sus enemigos y su solicitud por ellos. Es insensato y va contra el derecho fundamental de la libertad de conciencia el obligar a los cristianos a sacrificar. No son enemigos de nadie, mucho menos del emperador romano, porque saben que obtuvo el poder del mismo Dios. No pueden, pues, menos de amarle y honrarle. Deben desear su bienestar, así como el bienestar del Imperio sobre el que reina, mientras perdure el mundo, porque el Imperio romano durará otro tanto.
Rendimos, por consiguiente, a la persona del César el homenaje de reverencia que nos es permitido y le conviene a él, considerándole como el ser humano que viene después de Dios, que recibe de Dios todo su poder y no tiene por superior a nadie más que a Dios… Nosotros, pues, sacrificamos por el bienestar del emperador, pero a nuestro Dios, que es también el suyo, y según el modo determinado por El, por la simple oración. En efecto, el Creador del universo no tiene necesidad de que se le ofrezcan perfumes y sangre. Estos son los alimentos de los demonios (c.2).
Causa, sin embargo, profunda pena a los cristianos el saber que ningún Estado quedará sin castigo por el crimen de derramar sangre cristiana. Hay ya algunas señales de la inminente cólera de Dios. Tertuliano anticipa aquí un tema que Lactancio desarrollará más tarde en su De morte persecutorum. Llama la atención sobre la muerte de algunos gobernadores de provincias, cuyas últimas horas estuvieron atormentadas por el cruel recuerdo de haber perseguido a los discípulos de Cristo (c.3). El capítulo cuarto se abre con este impresionante aviso: “Nosotros, que no conocemos el miedo, no tratamos de espantarte, pero quisiéramos salvar a todos los hombres, conjurándoles a no luchar contra Dios” (µ? ?e?µs?e??, citado en griego de los Hechos de los Apóstoles, 5,39). Los procónsules pueden cumplir siempre con los deberes de su cargo, sin olvidar los sentimientos de humanidad. Scápula obraría contra sus propias instrucciones arrancando una negación de quienes confiesan ser cristianos. En el último capítulo le exhorta a que se apiade de sí mismo, ya que no de los cristianos; que salve al menos a Cartago, si no quiere salvarse a sí mismo. La crueldad no conducirá a nada; servirá solamente para hacer crecer el número de los fieles:
No tenemos otro señor más que Dios. Está delante de ti y no puede esconderse de ti, pero a El no le puedes hacer ningún daño. Mas aquellos a quienes tú consideras como soberanos son hombres, destinados a morir un día. Pero esta secta no perecerá. Tú sabes que, precisamente cuando parece que es aniquilada, crece con más fuerza. Ante tan gran constancia, todos se sienten sobrecogidos por una inquietud. Desean ardientemente indagar la causa; tan pronto como conocen la verdad, ellos mismos la abrazan inmediatamente (5).
5. Contra los judíos (Adversus Iudaeos)
La ocasión que dio origen a esta obra fue una disputa habida entre un cristiano y un prosélito judío. Duró todo un día hasta la puesta del sol. El resultado fue que “la verdad quedó oscurecida como por una especie de nube.” “Juzgué, pues, conveniente examinar con más detención lo que, a causa de la confusión a que dio lugar la discusión, no pudo esclarecerse suficientemente y resolver por escrito para la lectura las cuestiones que se plantearon” (1). Los primeros ocho capítulos se proponen demostrar que, por haberse separado Israel del Señor y haber rechazado su gracia, el Antiguo Testamento ha perdido toda su fuerza y debe ser interpretado espiritualmente. Por esto fueron llamados los gentiles (c.1). La Ley existió antes que Moisés — la ley que Dios dio a todas las naciones —. La ley primitiva fue promulgada para Adán y Eva en el paraíso; aquélla fue el seno materno de todos los preceptos divinos positivos. El código de los judíos, escrito en tablas de piedra, vino muchísimo más tarde que la ley no escrita, la ley natural. Por tanto, la ley mosaica no es necesaria para la salvación; la circuncisión (c.3), la observancia del sábado (c.4), los antiguos sacrificios (c.5), han sido abolidos. La ley del talión ha cedido el paso a la ley del amor. El autor de esta nueva alianza, el sacerdote del nuevo sacrificio, el guardián del sábado eterno ha venido ya (c.6), Cristo, anunciado por los profetas como el eterno rey del reino universal (c.7). El tiempo de su nacimiento, de su pasión y de la destrucción de Jerusalén fue profetizado por Daniel (c.8). La fuente principal de esta parte es el Diálogo contra ?rifón de Justino.
Los capítulos 9-14 continúan probando que los oráculos mesiánicos tuvieron su cumplimiento en la persona de nuestro Salvador. Pero esta parte no pertenece al tratado; es simplemente un extracto del libro III de la obra del mismo Tertuliano Adversas Marcionem, y es un desmañado intento de completar la obra. G. Quispel ha identificado al compilador de esta parte con el frater mencionado en Adv. Marcionem 1,1, que más tarde apostató; Tertuliano le había encomendado la segunda redacción de Adv. Marcionem, pero no pudo recobrarla ya más.
3. Tratados polémicos.
1. La prescripción de los herejes (De praescriptione haereticorum)
El tratado De praescriptione haereticorum demuestra, mejor que ningún otro escrito de Tertuliano, su profundo conocimiento del Derecho romano. Con él se proponía Tertuliano resolver de una vez para siempre todas las controversias entre los católicos y todos los herejes, poniendo en juego el argumento técnico de la praescriptio. Se trata de una objeción jurídica que permite al defensor detener el curso del proceso en la forma en que lo ha presentado el demandante. Este argumento lleva al sobreseimiento de la causa. Se le llama así porque tal objeción había eme presentarla por escrito antes (praescribere) que la intentio en la formula del proceso. El objeto en litigio entre la Iglesia y sus adversarios son las Escrituras. Según Tertuliano, el oponente ni siquiera puede hacer uso de ellas en la disputa, porque hay una praescriptio que excluye toda argumentación: no puede hacer uso de la Biblia por la sencilla razón de que la Biblia no es suya:
Hemos llegado, pues, al (punto esencial) de nuestra posición; éste es el punto al que queríamos llegar y que hemos preparado en el preámbulo de nuestro discurso que acabamos de leer (c.1-14), para poner hoy fin a la lucha a que nos invitan nuestros adversarios. Se arman con las Escrituras y, con esta insolencia, impresionan de pronto a algunos. En el combate fatigan a los fuerte?, triunfan de los débiles y siembran inquietud en el corazón de los indecisos. Por esto tomamos esta decisión contra ellos antes de dar ningún otro paso: negarles el derecho a discutir sobre las Escrituras. Este es su arsenal; pero antes de sacar armas de él hay que examinar a quién pertenecen las Escritura?, a fin de que no pueda usarlas nadie que no tenga derecho a ellas (15).
El mismo Apóstol sancionó (1 Tim. 6,3.4; Tit. 3,10) esta exclusión de los herejes del uso de las Escrituras (c.16). Los herejes no hacen uso de las Escrituras, sino que abusan de ellas (c.17). Para la fe de los débiles se sigue gran peligro de cualquier discusión sobre la Sagrada Escritura con estos adversarios. Por otra parte, estas conversaciones nunca consiguen convencer al disidente (c.18). La Biblia pertenece solamente a los que poseen la regla de la fe. La cuestión es: “¿De dónde ha emanado, por quién, cuándo y a quién ha sido entregada esta doctrina (disciplina), que hace cristianos? Porque donde veamos ciertamente la verdad de la doctrina y de la fe cristianas, allí indudablemente se hallan también las verdaderas Escrituras, la verdadera interpretación, las verdaderas tradiciones cristianas” (c.20). En el capítulo 22, como ha demostrado J. Stirnimann, Tertuliano enuncia las dos praescriptiones que privan de su base a los sistemas heréticos:
La primera praescriptio es:
Cristo envió a los Apóstoles como predicadores del Evangelio. Por consiguiente, fuera de los que han recibido este encargo de Cristo, nadie más debe ser recibido como predicador del Evangelio.
La segunda praescriptio es:
Los Apóstoles fundaron las iglesias, les anunciaron el Evangelio y les confiaron la misión de anunciarlo a los demás. Por consiguiente, “lo que predicaron los Apóstoles, es decir, lo que Jesucristo les reveló, no se puede probar, como voy a prescribir ahora, más que por las iglesias que fundaron los Apóstoles… Por el contrario, toda otra doctrina que esté en contradicción con la verdadera de las iglesias, de los Apóstoles, de Jesucristo y de Dios debe ser considerada como falsa de antemano” (c.21).
Queda aún por demostrar que la doctrina católica tiene su origen en la tradición de los Apóstoles. He aquí la prueba: “Estamos en comunión con las iglesias apostólicas, porque nuestra doctrina no difiere en nada de la suya. Esta es nuestra garantía de verdad” (c.21). Estos hechos y sus consecuencias constituyen una refutación perfecta de todas las sectas heréticas. Estrictamente hablando, ya no hay necesidad de prestar atención a las controversias particulares. Nos encontramos en el caso de un defensor que ha rechazado al demandante por la praescriptio y ha eliminado de esta manera toda ulterior consideración de los argumentos de este último. Tertuliano, sin embargo, se declara dispuesto “a conceder por un rato la palabra a sus adversarios” (c.22). Así responde a sus objeciones. La primera es que los autores antiguos no habían transmitido fielmente la verdad, porque ignoraban ciertas cosas o porque no comunicaron a todos todo lo que sabían (c.22-26). La segunda objeción supone que las iglesias han sido infieles en la transmisión del depósito de la fe (c.27). Sería una presunción creer que la revelación tuvo que esperar a que un hereje le diera la libertad y que, durante ese intervalo, el Evangelio se ha corrompido. La verdad viene siempre antes que el error. La existencia anterior de la Iglesia es un sello de su pureza (c.29). La parábola de Cristo muestra que la buena semilla ha sido sembrada antes que la cizaña estéril, lo cual indica que la enseñanza transmitida al principio viene del Señor y es verdadera, mientras que las opiniones introducidas más tarde son extrañas y falsas. El principio de la prioridad de la verdad (Principalitas veritatis) y la aparición relativamente tardía de la falsedad (posteritas mendacitatis) están en contra de las herejías (c.31). La Iglesia no ha tolerado jamás ninguna alteración de las Escrituras, mientras que la oposición las ha corregido y mutilado (c.38). Hay poca diferencia entre la herejía y el paganismo; las dos demolen y destruyen, las dos han nacido de Satanás (c.40). La conducta de los herejes es infame, porque han perdido todo temor de Dios (c.41-44). En la conclusión hay una declaración (c.44) que implica que el De praescriptione forma solamente una especie de introducción general a la que debían seguir poco después varios tratados sobre los distintos errores: “En efecto, de momento nuestro tratado no ha hecho más que tomar posiciones generales contra las herejías, mostrando que deben ser refutadas mediante praescriptiones concretas, justas y necesarias, sin recurrir a las Escrituras. Por lo demás, si Dios nos da su gracia, prepararemos las respuestas a algunas de estas herejías en tratados separados.”
De praescriptione haereticorum es, por mucho, el escrito más acabado, el más característico y el más precioso de Tertuliano. Las principales ideas de este tratado le han granjeado una estima y admiración perdurables. Aunque no se le puede asignar una fecha determinada, es evidente que su composición se remonta a una época en que su autor estaba aún en las mejores relaciones con la Iglesia católica, probablemente hacia el año 200.
Un catálogo de treinta y dos herejías, añadido al final del De praescriptione (c.46-53), es considerado generalmente como un simple sumario del Syntagma de Hipólito. E. Schwartz cree, sin embargo, que este apéndice representa un tratado antiorigenista, compuesto en griego por el papa Ceferino o uno de sus presbíteros y traducido al latín por Victoriano de Pettau (cf. p.685).
2. Contra Marción (Adversus Marcionem).
El tratado Contra Marción es, por mucho, la obra más extensa de Tertuliano. Es uno de aquellos “tratados separados” contra las herejías, que había prometido al final del De praescriptione. Tiene gran importancia, porque representa la principal fuente para el conocimiento de la herejía de Marción (cf. p.256-260). En conjunto comprende cinco libros. El primero refuta el dualismo que, según Marción, existe entre el Dios del Antiguo y el Dios del Nuevo Testamento; prueba que tal oposición es incompatible con la noción misma de Dios. “La verdad cristiana nos enseña claramente este principio: Dios no es Dios si no es uno. Aquel en cuya existencia creemos nos dice que no sería Dios si no fuera uno… Tiene que ser único necesariamente el ser que representa la grandeza suprema, porque debe ser sin igual; de lo contrario, no sería soberanamente grande” (1,3). El Creador del mundo es, pues, idéntico al Dios bueno, como demuestra el libro segundo. El tercero trata de la cristología de Marción. Contra su pretensión de que el Mesías profetizado en la Antigua Alianza no habría venido aún, Tertuliano demuestra que el Cristo que apareció en la tierra no es otro que el Salvador proclamado por los profetas y enviado por el Creador. El cuarto y quinto libros contienen un comentario critico del Nuevo Testamento de Marción, probando que no existen contradicciones entre el Antiguo y Nuevo Testamento y que incluso los mismos textos del Nuevo Testamento de Marción refutan sus doctrinas heréticas. Por eso, consagra el cuarto libro al Evangelio de Marción y el quinto a su Apostolicon (texto de las epístolas de San Pablo, según Marción).
El tratado tuvo ya una historia interesante en vida de Tertuliano, como revelan sus propias palabras:
Todo lo que hemos podido aducir contra Marción en tiempos pasados, no debe tenerse en cuenta. Nos disponemos a escribir una nueva obra en lugar de la antigua. Habiendo escrito el primer opúsculo con demasiado apuro, lo he sustituido con un tratado más completo. Pero con este segundo tratado ha ocurrido que, antes de publicarlo, lo he perdido por fraude de un hermano que ahora es apóstata. Este lo copió en parte, con muchas erratas, y lo hizo publico. Y así surgió la necesidad de corregir esta obra. He aprovechado la ocasión que me ofrecía esta nueva edición para introducir algunas adiciones. Así, pues, el texto actual — el tercero, pues sustituye al segundo, pero que en adelante debe considerarse el primero y no el tercero — exigía un prefacio para calmar la inquietud del lector si, por ventura, ha caído en sus manos en alguna de las formas que se ha divulgado (1,1).
En su forma actual, el tratado representa la tercera edición, ya que la primera era demasiado superficial y la segunda fue robada. Tertuliano afirma que en la última revisión hizo adiciones, que, según J. Quispel, comprenden los libros IV y V. Es probable que la primera edición constara solamente del libro I; en la segunda edición, en la que tenía intención de tratar el tema con más amplitud, añadió el libro II; al hacer la redacción final, en la que refundió todo el tratado, amplió el libro I para formar los libros I y II, y añadió los libros IV y V.
El libro III utiliza como fuente principal el Diálogo de Tritón de Justino y el Adversus haereses de Ireneo. Para el libro IV, Tertuliano empleó las Antitheses de Marción y la edición marcionita del Nuevo Testamento, comparándolas con el texto católico. Esta parte es, pues, muy importante para la historia del texto bíblico. Harnack sostuvo que Tertuliano tenía a su disposición versiones latinas de la obra de Marción; pero por el hecho de citar palabras griegas tomadas de las Antitheses queda eliminada esta opinión, al menos por lo que se refiere a esta obra. J. Ouispel va más lejos y demuestra que las citas bíblicas, tanto del texto marcionita como del católico, fueron traducidas por el mismo Tertuliano y no dependen de una versión ya existente. Esta afirmación vale también para el libro V, que trata de la edición de las Epístolas de San Pablo hecha por Marción. Esto no excluye la posibilidad de que Tertuliano conociera la existencia de alguna traducción católica de la Biblia y la consultara ocasionalmente. Pero lo cierto es que su texto difiere considerablemente tanto del de Cipriano como del de la Vurgata.
El autor nos da la noticia (1,15) de que el libro I fue escrito en el año decimoquinto del emperador Severo, o sea el 207. Los demás fueron siguiendo a intervalos breves, a excepción del último, compuesto después del De resurrectione, que cita (5,10). Esto nos sitúa alrededor del año 212; esta fecha explica el montañismo de algunos pasajes (1,29; 3,24; 4,22).
Por Eusebio (Hist. eccl. 4,24) sabemos que Teófilo de Antioquía escribió también un tratado Contra Marción, que desgraciadamente se ha perdido. Podría ser que Tertuliano hubiera utilizado esta obra para su libro II.
3. Contra Hermógenes (Adversus Hermogenem).
No fue Tertuliano el primero en escribir contra el pintor gnóstico Hermógenes, de Cartazo. Le precedió en este cometido, según dice Eusebio (Hist. eccl. 4,24), Teófilo de Antioquía con su obra Contra la herejía de Hermógenes. Es posible que Tertuliano haya conocido esta obra, que no se conserva, y se haya servido de ella. Hermógenes opinaba que la materia es eterna, igual a Dios; ponía, pues, dos dioses. Esta doctrina, según Tertuliano (1,1), la dedujo de la filosofía de los paganos: “Abandonando a los cristianos por los filósofos, a la Iglesia por la Academia y por el Pórtico, ha aprendido de los estoicos a colocar la materia en el mismo nivel que Dios, como si hubiera existido desde siempre, sin haber nacido ni haber sido creada. Según él, no habría tenido ni principio ni fin. Dios se habría servido luego de ella para crear todas las cosas.” Tertuliano refuta a Hermógenes en 45 capítulos, haciendo al mismo tiempo una brillante defensa de la doctrina cristiana de la creación. Demuestra en primer lugar (c.1-18) que la noción misma de Dios excluye la hipótesis de la eternidad de la materia. Hace luego un examen crítico de la interpretación que da Hermógenes de la Escritura (c.19-34). Expone, para terminar, las contradicciones que se hallan en sus especulaciones sobre la esencia y los atributos divinos de la materia eterna (c.35-45). Las primeras frases del tratado aluden al De praescriptione. Por consiguiente, fue compuesto en el año 200. En su De anima, Tertuliano dice varias veces que había publicado otra obra contra Hermógenes sobre el origen del alma De censu animae, que no se ha conservado.

COMENTARIOS DE LA CATENA AUREA Y DE SCÍO AL CAP. I DE SAN LUCAS

Aprovechando estos bellísimos comentarios recogidos en la Catena Aurea de Santo Tomás de Aquino y por Scío en su monumental obra bíblica del siglo XVIII, llenos de sabiduría, les deseamos a todos nuestro lectores, favorables y detractores de nuestras modestas letras, una santa y bienaventurada festividad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, vida eterna nuestra, con el anhelo de que para todos sea ocasión de santificación y unión de vuestras almas con Dios.

Comentarios de la Catena Aurea y Scio, al cap. I de San Lucas

Comentarios de la Catena Aurea al Cap. I de S. Lucas

Lucas 1:1-4

Puesto que muchos intentaron ordenar la historia de las cosas que se cumplieron en nosotros (según la relación que nos hicieron de ellas los que desde el principio las vieron por sí mismos, y fueron ministros de la palabra), me ha parecido oportuno, óptimo Teófilo, después de haberme informado diligentemente de todas esas cosas desde su principio, escribírtelas por orden, a fin de que conozcas la virtud de aquellas palabras que te fueron anunciadas.

Eusebio de Cesarea, historia ecclesiastica, 3,4

San Lucas indicó en el principio de su Evangelio la causa por la cual lo escribió. A saber, porque muchos habían presumido temerariamente narrar cosas que le eran a él más claramente conocidas. Y esto es lo que dice: “Puesto que muchos intentaron ordenar las narraciones de las cosas”.

San Ambrosio, in Lucam

Pues así como profetizaron muchos en el pueblo judío, iluminados por el Divino Espíritu, y otros, por el contrario, eran falsos profetas más bien que profetas, así ahora en la nueva alianza, muchos intentaron escribir evangelios, que no aprobaron los que conocían los hechos. Y en verdad, se habla de un Evangelio que se supone escrito por los doce Apóstoles. También osó Basílides escribir un Evangelio. Y se habla de otro escrito por Matías.

Beda, in Lucam

Cita otros muchos, no tanto por el número, cuanto por la multitud de herejías que encierran. Porque, como sus autores no estaban inspirados por el Espíritu Santo, hicieron un trabajo inútil, toda vez que tejieron la narración a su gusto, sin cuidarse de la verdad histórica.

San Ambrosio, in Lucam

Hay quien se afana por escribir, se cansa en trabajar y no llena su objeto, porque los dones y la gracia de Dios no provienen del esfuerzo. Esta gracia, donde se derrama, acostumbra a difundirse, para que el ingenio del escritor no esté en la indigencia, sino en la abundancia. Por eso dice bien “de cosas que se cumplieron en nosotros”. Esto es, que abundan en nosotros. Pues lo que abunda, a ninguno falta. Nadie duda de lo que se ha cumplido cuando el efecto establece la fe y el resultado la demuestra.

Tito Bostrense, en su prefacio sobre el Evangelio de San Lucas

Dice pues “de las cosas”, porque Jesucristo cuando vino al mundo no obró de un modo aparente, según dicen los herejes, sino que, siendo la Verdad, cumplió verdaderamente su obra.

Orígenes, in Lucam, 1

Indica el efecto cuando dice: “Que se han cumplido en nuestros tiempos”. Es decir, que se han mostrado muy manifiestamente en nosotros -como dice el texto griego, πεπληροφορημενων1, que el texto latino no puede expresar con una sola palabra-, pues había conocido por medio de la fe y de la recta razón con tanta seguridad, que no vacilaba en lo más mínimo.

San Crisóstomo, Comm in Act. Apost. Hom. 1

Pero el Evangelista no se contenta solamente con el testimonio propio, sino que todo lo refiere a los demás apóstoles y de allí toma el valor de sus palabras. Y por tanto, añade: “Como nos lo han transmitido los mismos que lo vieron desde el principio”.

Eusebio de Cesarea, historia ecclesiastica, 3,4

Lucas está seguro de poseer la verdad, ya por habérsela relatado San Pablo, ya porque se la enseñaron los demás apóstoles, que la habían visto desde el principio.

San Crisóstomo, Comm in Act. Apost. Hom. 1

Dice pues “vieron”, porque el mayor motivo de credibilidad es haber aprendido de aquellos que vieron personalmente

Orígenes, homilia 1

Es bien sabido que la finalidad de algunas ciencias está en la misma ciencia, como sucede en la geometría; pero en otras ciencias el objeto está en los efectos, como en la medicina. Así sucede con la palabra de Dios. He ahí por qué, después de haber señalado la ciencia por lo que había dicho: “Ellos lo vieron”, demuestra las obras, por lo que sigue: “Y fueron ministros de la palabra (o del Verbo)”.

San Ambrosio, in Lucam

Este modo de hablar no debe hacernos suponer que el ministerio de la palabra consista más en ver que en oír; sino que puesto que por la palabra no se significaba una palabra que pueda ser pronunciada con la boca, sino una que tiene existencia real, debemos entender que los apóstoles no fueron ministros de una palabra cualquiera, sino del Verbo celestial.

San Cirilo

Cuando dice que los apóstoles vieron a ese Verbo, concuerda con San Juan, cuando dice: “El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros; y vimos su gloria” (Jua_1:14). Porque el Verbo se hizo visible, por medio de la carne.

San Ambrosio, in Lucam

No sólo vieron al Señor según el cuerpo, sino también según el Verbo. Vieron al Verbo los que vieron la gloria del Verbo con Moisés y Elías; otros sólo pudieron ver el cuerpo.

Orígenes

En el Exodo está escrito: “El pueblo veía la voz del Señor” (Éxo_20:18). La voz, más que verse, se oye. Pero está escrito así para darnos a entender que la voz del Señor es visible a otros ojos, por los cuales ven los que lo merecen. Y en verdad, en el Evangelio no se ve la voz sino la palabra, que es más excelente que la voz.

Teofilacto, pref. in Lucam

En esto se da a entender claramente que San Lucas no fue discípulo desde el principio, sino después de algún tiempo. Mas otros sí fueron discípulos desde el principio, como San Pedro y los hijos del Zebedeo.

Beda

Sin embargo, Mateo y Juan en muchas cosas que escribieron, tuvieron la necesidad de aprenderlas de aquellos que habían podido conocer la infancia del Señor, su juventud, su genealogía y habían presenciado sus acciones.

Orígenes

Después reivindica el derecho de escribir, porque lo que escribió no lo conoció por rumor, sino por haberlo aprendido él mismo desde el principio. Por esto sigue: “Me ha parecido oportuno, óptimo Teófilo, después de haberme informado diligentemente de todas esas cosas, desde el principio, escribírtelas por orden”.

San Ambrosio

Cuando dice: “Me ha parecido” no excluye la acción de Dios, porque Dios es quien prepara la voluntad de los hombres. Como puede verse fácilmente, este libro del Evangelio es más extenso que los otros. Por eso afirma que nada falso dice, sino la pura verdad. Y así añade: “Informado de todo, me ha parecido oportuno escribirlo”; no todo, sino de todo; porque, si todas las cosas que hizo Jesucristo se escribiesen, no creo que cupieran en el mundo (Jua_21:25). Con toda intención omite lo que refieren los demás evangelistas, para que cada uno de los libros de los Evangelios se distinga por algún milagro particular de los misterios y obras de Jesucristo.

Teofilacto

Escribe a Teófilo, hombre esclarecido, y acaso príncipe, porque lo llama óptimo, y así no se trata sino a los príncipes y a los gobernantes, como San Pablo dijo también a Festo: “Optimo Festo” (Hch_26:25).

Beda

Teófilo significa el que ama a Dios, o amado por Dios. Que todo el que ama a Dios, o desea ser amado por Dios, crea que el Evangelio ha sido escrito para él y que se le ha concedido como regalo, con encargo de que conserve una joya tan preciosa. No da a conocer a Teófilo la razón de cosas nuevas y desconocidas, sino que promete exponerle la verdad de las cosas, acerca de las cuales está ya instruido, cuando añade: “Para que conozcas la verdad de aquellas palabras que has aprendido”. Esto es, para que puedas conocer todo lo que se te ha dicho acerca del Señor, o se ha hecho por El.

San Juan Crisóstomo

O de otro modo, para que tengas certeza y estés seguro de todas las cosas que has oído, viéndolas escritas.

Teofilacto

Muchas veces cuando alguien dice alguna cosa sin escribirla, la consideramos como falsa. Mas si escribe lo que dice, entonces creemos, como si no escribiese mas que lo que estima verdadero.

Greek, Ex

Todo el preámbulo del evangelista contiene dos cosas. Referir la condición de aquellos que habían escrito el Evangelio antes que él (como son San Mateo y San Marcos) y por qué él se propuso escribir. Cuando dijo: “Intentaron”, esta palabra podía aplicarse a aquellos que presuntuosamente emprendieron la obra y a los que la trataron con reverencia. Y precisa ese dudoso sentido con dos adiciones. Primeramente diciendo: “Las cosas que se cumplieron en nosotros”, y después cuando dice: “Como nos han dicho los que lo vieron desde el principio”. Además, cuando dice: “nos han trasmitido”, da a entender que deben propagarse estas doctrinas, porque así como otros se las enseñaron a él, será conveniente que los que las aprenden de él las enseñen a los demás. A los que fueron encomendadas las Escrituras que habían de ser transmitidas, se les presentaban muchos inconvenientes que habían de surgir al transcurrir el tiempo; de donde con razón los que habían recibido estas enseñanzas de los primeros -de los que las habían presenciado y de los que las habían predicado- se atrevieron a trasmitirlas a todo el mundo por medio de sus escritos disipando las calumnias, destruyendo el olvido y constituyendo la integridad por medio de la tradición misma.

Lucas 1:5-7

Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la suerte de Abías; y su mujer de las hijas de Aarón; y el nombre de ella Isabel. Eran ambos justos delante de Dios, caminando irreprensiblemente en todos los mandamientos y estatutos del Señor. Y no tenían hijos, porque Isabel era estéril, y ambos eran avanzados en sus días. (vv. 5-7)

Lucas inicia la narración evangélica con el relato de Zacarías y de la natividad de Juan, contando maravilla antes de maravilla, menor antes que mayor. Pues como había de dar a luz una virgen, la gracia nos prepara a ese misterio, mostrándonos una anciana estéril que concibe. Declara también el tiempo cuando dice: “Hubo en los días de Herodes”. Y añadió la dignidad cuando dijo: “Rey de Judea”. Hubo otro Herodes, que mató a San Juan; pero aquél fue tetrarca y éste fue rey.

Eutimio

Rey -digo- el que mató a los niños, padre de aquel Herodes, que mató a Juan Bautista.

Beda

El tiempo de Herodes, esto es, de un rey extranjero, atestigua la venida del Señor. Se había predicho: “No faltará un príncipe de Judá, ni un jefe de su familia hasta que venga el que ha de ser enviado” (Gén_49:12). Desde que los judíos salieron de Egipto fueron regidos por jueces, sacados de su misma gente, hasta el profeta Samuel y después por reyes hasta la cautividad de Babilonia. Después de la vuelta de Babilonia, la suprema autoridad era ejercida por los sacerdotes, hasta Hircano, que fue rey y sacerdote a la vez. Muerto éste por Herodes, el reino de Judea fue entregado para su gobierno, por mandato de César Augusto, al mismo Herodes, extranjero; en cuyo año trigésimo primero vino el que había de ser enviado, según la dicha profecía.

San Ambrosio

Nos enseña la Divina Escritura que conviene alabar las costumbres, no solamente de aquellos que conmemoramos, sino también las de sus padres, a fin de que brillen en aquellos que queremos alabar como una herencia inmaculada de pureza. Por eso la nobleza de San Juan se extiende, no sólo a sus padres, sino también a sus antepasados. No es ilustre por el ejercicio de un poder secular, sino venerable por la sucesión de piedad. Es completa la alabanza cuando comprende la descendencia, las costumbres, el oficio, los hechos y la rectitud.

El oficio fue de sacerdote. De donde dice: “Un sacerdote llamado Zacarías”

Beda

San Juan nació de linaje sacerdotal, para que con tanto más poder anunciase la permanencia del sacerdocio, cuanto apareciese que él pertenecía a la raza sacerdotal.

San Ambrosio

Su ascendencia se comprende por la mención de sus antepasados. Por ello sigue: “De la familia de Abías”, es decir, noble entre las mejores familias.

Beda

Habían príncipes del santuario (esto es, sumos sacerdotes) tanto entre los hijos de Eleazar como entre los de Tamar, cuyos turnos para entrar en la casa del Señor -según sus ministerios- los dividió David en veinticuatro, tocándole a la familia de Abías (de la cual nació Zacarías) el octavo. (1Cr_24:10). No sin motivo el primer anunciador del Nuevo Testamento nace con los derechos del octavo grupo. Pues así como el Antiguo Testamento se expresa muchas veces con el número siete, a causa del sábado, así también el Nuevo Testamento se expresa algunas veces con el número ocho, a causa del misterio del domingo, o de la resurrección del Señor, o de la nuestra

Teofilacto

Queriendo demostrar que era legalmente de raza sacerdotal, añade: “Y su mujer era de las hijas de Aarón, y el nombre de ella Isabel”; pues no se permitía tomar mujer de otra tribu sino de la propia. Isabel quiere decir descanso y Zacarías recuerdo del Señor.

Beda

San Juan fue engendrado de padres justos, a fin de que pudiese dar a los pueblos preceptos de justicia con tanta más confianza cuanto que él no los había aprendido como nuevos, sino que los guardaba como recibidos de sus antepasados por derecho hereditario, de donde sigue: “Pues eran ambos justos delante de Dios”.

San Ambrosio

Y así comprende las costumbres en la justicia. Dice, pues, bien: “Delante de Dios”, porque puede suceder que alguno aparezca justo por una bondad afectada y popular, y no lo sea delante de Dios, si la justicia no nace de la simplicidad de la mente, sino que se simula con la adulación. La perfecta alabanza, pues, consiste en ser justo delante de Dios. Sólo puede llamarse perfecto aquel que es probado por quien no puede ser engañado. En los mandamientos comprende los actos, en la justificación el juicio. De donde prosigue: “Caminando irreprensiblemente en todos los mandamientos y estatutos del Señor”. Cuando obedecemos a los mandatos celestes, marchamos en los mandamientos del Señor. Cuando juzgamos convenientemente, parece que tenemos las justificaciones de Dios. Con todo, conviene hacer el bien, no sólo delante de Dios, sino también delante de los hombres. Por esto continúa: “Sin queja”. Ninguna queja hay donde la bondad de la inteligencia está conforme con la bondad de la acción. Mas la justicia de los hombres -algunas veces más dura- suscita quejas.

Orígenes

Una cosa justa puede hacerse injustamente, como si uno hace dádivas por ostentación, lo cual no deja de ser censurable.

Prosigue: “Y no tenían hijo porque Isabel era estéril”, etc.

San Juan Crisóstomo, in cap. graec. Patr. ex homil. in Genes

No sólo Isabel era estéril, sino que también lo habían sido las mujeres de patriarcas: Sara, Rebeca y Raquel, lo cual era deshonroso entre los antiguos. No podemos decir que la esterilidad sea efecto de pecado, puesto que los que vivían unidos eran justos y virtuosos. La causa de la esterilidad fue más bien tu propio beneficio, para que cuando vieses a la Virgen dar a luz al Señor, no fueses incrédulo, negándote a creer en tu interior la fecundidad de las estériles.

Teolifacto

Y para que tú también aprendas que la ley de Dios no estimula la multiplicación corporal de los hijos, sino más bien la espiritual, “habían adelantado los dos” no sólo según el cuerpo, sino también según el espíritu poniendo ascensiones en el corazón1 y teniendo su vida como un día y no como una noche, andando honestamente como en el día.

Lucas 1:8-10

Y aconteció, que ejerciendo Zacarías su ministerio de sacerdote delante de Dios en el orden de su vez, según la costumbre del sacerdocio, salió por su suerte a poner incienso, entrando en el templo del Señor. Y toda la muchedumbre del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso. (vv. 8-10)

Beda

Dios constituyó por medio de Moisés un sumo sacerdote, a quien mandó que sucediese otro, por orden, cuando aquél hubiese muerto. Esto se vino observando hasta el tiempo de David, a quien se le mandó por Dios que instituyese muchos. Por eso ahora se afirma que Zacarías ejercía el sacerdocio en el turno de su grupo, cuando se dice: “Y aconteció que ejerciendo Zacarías su ministerio de sacerdote delante de Dios, en el orden de su vez, según la costumbre del sacerdocio, salió por su suerte”, etc.

San Ambrosio

Parece que aquí se designa a Zacarías como sumo sacerdote. Porque una vez al año entraba solo el sumo sacerdote en el segundo santuario, no sin el sacrificio que ofrecía por él y por los pecados del pueblo.

Beda

No fue ahora elegido por una nueva suerte cuando había de entrar a ofrecer el incienso, sino por la suerte primera cuando sucedió a Abías en el orden de su pontificado. Prosigue: “Y toda la multitud del pueblo”, etc. El incienso era llevado por el pontífice al Sancta Sanctorum, esperando todo el pueblo fuera del templo el día décimo séptimo de cada mes, según estaba mandado. A este día se le llamó de expiación o de propiciación. Exponiendo el Apóstol a los hebreos el misterio de este día, les manifiesta que Jesús es verdadero Pontífice, que subió a los cielos por su propia sangre, para reconciliarnos con el Padre, e interceder por los pecados de aquellos que todavía esperan orando a la puerta.

San Ambrosio

Este es, pues, aquel sumo sacerdote que aún se busca por suerte, quien es todavía desconocido como verdadero, porque el que es elegido por suerte no se comprende con humano juicio. El uno, pues, se buscaba, y el otro era verdadero Sacerdote eterno, que debía reconciliar a Dios Padre con el género humano, no con la sangre de las víctimas sino con su propia sangre. En ese entonces habían constantes cambios en el sacerdocio, ahora es eterno.

Lucas 1:11-14

Y se le apareció el Angel del Señor, puesto en pie a la derecha del altar del incienso. Y Zacarías, al verle, se turbó: y vino temor sobre él. Mas el Angel le dijo: “No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Isabel te parirá un hijo, y le darás el nombre de Juan: Y tendrás gozo y alegría, y se gozarán muchos con su nacimiento”. (vv. 11-14)

San Juan Crisóstomo, homiliae. 2, de incomprehens. Dei natura

Habiendo entrado Zacarías en el templo para ofrecer a Dios preces por todos, como mediador entre Dios y los hombres, vio que el Angel estaba dentro, por lo que se dice: “Y se le apareció el Angel”, etc.

San Ambrosio

Bien se dice que un Angel se apareció a Zacarías, quien lo vio de repente. Esto sucede con frecuencia en la Sagrada Escritura tratándose de los Angeles o de Dios, que lo que no puede verse de antemano, se diga que aparece. Pues no se ven las cosas sensibles del mismo modo que Aquel que se deja ver porque quiere, siendo invisible por naturaleza.

Orígenes

Y esto no lo decimos tan sólo del presente siglo sino también del futuro. Cuando salgamos del mundo no a todos aparecerán Dios ni los Angeles, sino que los verá tan solamente aquel que tuvo un corazón limpio. El lugar no podrá perjudicar ni favorecer a nadie.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 11

Se apareció de una manera evidente y no en sueños, porque anunciaba una cosa extraordinaria y para ello era necesaria una visión más clara y admirable.

San Juan Damasceno, de fide orth., lib. 2, cap. 3

Sin embargo, los ángeles no se aparecen a los hombres tal y como son, sino transfigurados en las formas que Dios les manda, para que puedan ser vistos por aquellos a quienes los envía.

Teofilacto

Dice, pues “del altar del incienso”, porque había otro altar destinado a los holocaustos.

San Ambrosio

No sin razón se aparece el ángel en el templo porque ya se anunciaba la venida del verdadero Sacerdote y se preparaba el sacrificio celestial, al cual habían de servir los ángeles. No se dude, pues, que el Angel asiste cuando Cristo es inmolado. Apareció a la derecha del altar del incienso porque llevaba la insignia de la divina misericordia. “El Señor está en mi derecha, para que no sea conmovido” (Sal_15:8).

San Juan Crisóstomo, homiliae 2, De incomprehens. Dei natura

No puede el hombre, por justo que sea, mirar a un ángel sin temor. Por eso Zacarías se turba, no pudiendo resistir la presencia del ángel ni soportar aquel resplandor que lo acompañaba. Por eso se añade: “Y Zacarías se turbó,…”. A la manera que aturdido un cochero, dejando caer las riendas, corren desbocados los caballos y todo el vehículo se destroza, así suele suceder al alma cuantas veces es oprimida por algún temor o por algún cuidado. Por eso se añade: “Y el temor se precipitó sobre él”.

Orígenes

Cuando se presenta una cara nueva de hombre a las personas asustadizas les turba la imaginación, y les consterna el alma. Por esto el ángel -conociendo que tal es la naturaleza humana- cuida primero de esta perturbación, porque sigue: “Le dice, pues, el Angel: No temas,…”.

San Atanasio, de vita Antonii

De donde no es difícil comprender la diferencia entre los espíritus malos y los buenos. Si después del temor viene la alegría, sepamos que ha venido el auxilio de Dios, porque la seguridad del alma es señal de la majestad presente, así como si el temor continúa es señal de que vemos al demonio.

Orígenes

No solamente recrea al asustado, sino que también lo alegra con una noticia nueva añadiendo: “Porque ha sido oída tu oración, y tu mujer Isabel dará a luz”.

San Agustín, Quaestiones Evangeliorum, 2, 1

Aquí conviene observar -desde luego- que no es verosímil que ofreciendo el sacrificio por los pecados, o la salvación, o la redención del pueblo, pudiese un hombre anciano, con una mujer de edad avanzada, dejar los votos públicos para pedir hijos; sobre todo porque ninguno pide recibir lo que desespera alcanzar. Hasta tal punto desesperaba de tener hijos, que no creyó en la promesa del ángel. Luego lo que se le dice: “Se ha oído tu oración”, debe entenderse por el pueblo, porque como la salvación del pueblo, su redención y el perdón de sus pecados habían de venir por Jesucristo, se le anuncia a Zacarías que habrá de nacerle un hijo, destinado a ser el precursor de Cristo.

San Juan Crisóstomo, homiliae 2, De incomprehens. Dei natura

O “porque ha sido oída tu oración” prueba que se le había de engendrar un hijo que clamase: “He ahí al Cordero de Dios” (Jua_1:29).

Teofilacto

Como si dijese: “¿De dónde sabré yo esto?” El ángel le contesta: “Porque Isabel dará a luz, creerás que los pecados han sido perdonados al pueblo”.

San Ambrosio

O de otro modo, los beneficios divinos son siempre completos y abundantes, no circunscritos a un bien pequeño, sino rebosando abundancia. Y cuando aquí se ofrece primeramente el fruto de la oración, se ofrece también el parto de una mujer estéril, pronunciando el nombre del que ha de nacer: “Y llamarás su nombre Juan”.

Beda

Es un indicio de un mérito singular el que Dios imponga o anuncie el nombre a un hombre.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Joannem, 18

Conviene también expresar que aquellos en quienes debía resplandecer la virtud desde la más tierna infancia, recibían el nombre de Dios desde el principio. Mas a aquellos, que debían desarrollarse después, se les imponía el nombre más tarde.

Beda

Juan significa en quien hay gracia o gracia del Señor; con cuyo nombre se manifiesta la gracia concedida, primero a sus padres, a quienes siendo ya viejos, se les dice que les nacerá un hijo. Después, al mismo San Juan, que había de ser grande delante de Dios y, finalmente, a los hijos de Israel, a quienes había de convertir al Señor. De donde prosigue: “Y tendrás gozo y alegría”.

Orígenes

Cuando el justo nace al mundo, los autores de su nacimiento se alegran; pero cuando nace como para continuar las penas y vivir en la esclavitud, los autores de sus días se afligen y apuran.

San Ambrosio

El santo no sólo es la alegría de sus padres, sino también la salvación de muchos. De donde prosigue: “Y muchos se alegrarán en su natividad”. En este texto se nos invita a alegrarnos en el nacimiento de los santos y se advierte a los padres la obligación de dar gracias a Dios. No es un beneficio pequeño de Dios dar hijos que propaguen la raza y sean herederos de la familia.

Lucas 1:15-17

“Porque será grande delante del Señor. Y no beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. Y a muchos de los hijos de Israel convertirá al Señor, que es el Dios de ellos. Y marchará delante de él con el espíritu y la virtud de Elías, para convertir los corazones de los padres a los hijos, y los incrédulos a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo perfecto”. (vv. 15-17)

San Ambrosio

Después de la alegría de muchos, se promete la grandeza de la virtud, cuando se dice: “Será grande delante del Señor”. No declara en esto la magnitud de su cuerpo, sino de su espíritu. Delante de Dios, la grandeza de espíritu es la grandeza de la virtud.

Teofilacto

Muchos se llaman grandes, pero, como los hipócritas, sólo delante de los hombres y no delante de Dios. Así los padres del Bautista se llaman justos, pero delante de Dios.

San Ambrosio

Por último, no dilató los límites de algún imperio, ni obtuvo triunfos de combates guerreros, sino que, lo que es más, predicando en el desierto, combatió las delicias de los hombres y las lascivias del cuerpo con gran fortaleza de ánimo. De donde prosigue: “Y no beberá vino ni sidra”.

Beda

La sidra quiere decir ebriedad, con cuya palabra los hebreos significan todo lo que puede embriagar -ya se forme de frutas, ya de uvas, ya de cualquier otra materia-. Estaba mandado en la ley de los Nazireos el privarse de vino y de sidra durante el tiempo de la consagración,1 de donde San Juan y los demás, que como él pudiesen ser siempre nazireos -esto es, santos- debían cuidar de abstenerse de estas bebidas. Pues no conviene que se embriague de vino, en el cual está la lujuria (Ef 5), aquel que quiere ser lleno del mosto del Espíritu. Así el que huye de la embriaguez del vino será repleto de la gracia del Espíritu Santo. He aquí por qué se añade: “Y será lleno del Espíritu Santo”.

San Ambrosio

A quien se infunde el Espíritu Santo se comunica la plenitud de todas las grandes virtudes. Por lo que San Juan manifestó la gracia del Espíritu Santo que había recibido y predicó la venida del Señor, saltando en el vientre de su madre. Uno es el espíritu de esta vida y otro el de la gracia. El primero comienza cuando se es engendrado y concluye cuando se muere. El segundo no está circunscrito a edades, no concluye con la muerte, tiene cabida en el vientre de la madre.

Griego

Cuál sea la misión de San Juan, y qué es lo que hará por la virtud del Espíritu Santo, lo manifiesta añadiendo: “Y a muchos hijos de Israel convertirá al Señor, el Dios de ellos”.

Orígenes

San Juan, en realidad, convirtió a muchos, mas la obra de Dios es convertir a todos a Dios Padre.

Beda

Cuando se dice que San Juan -el cual dando testimonio de Jesucristo bautizaba a los pueblos en su fe- convirtió a los hijos de Israel al Señor su Dios, resulta evidente que Jesucristo es el Dios de Israel. Cesen, pues, los arrianos de negar que Cristo sea el Señor Dios. Ruborícense los fotinianos, dando a Cristo principio en la Virgen. Dejen de creer los maniqueos que uno es el Dios de Israel y otro el Dios de los cristianos.

San Ambrosio

No necesitamos, pues, testimonio para saber que San Juan convirtió el corazón de muchos, puesto que en ello están conformes las Escrituras proféticas y las del Evangelio. La voz del que clama en el desierto (Isa_40:3): “Preparad los caminos al Señor, haced rectos sus senderos” y el bautismo frecuentado por el pueblo, nos indican los grandes progresos de su predicación en la conversión del pueblo. El precursor de Cristo no predicaba de sí, sino de su Señor. Por esto añade: “Y él mismo irá delante de El”. Marchará bien delante de El quien nació como su precursor, y murió precursor de El. Con razón se añade también: “En el espíritu y la virtud de Elías”.

Orígenes

No dice en el alma de Elías, sino en el espíritu y en la virtud de Elías. El espíritu, que había estado en Elías, vino a posar sobre San Juan, y del mismo modo su virtud.

San Ambrosio

Nunca el espíritu es sin la virtud, ni la virtud sin el espíritu; por eso se dice: “En el espíritu y en la virtud”. Porque el santo Elías tuvo una gran virtud y gracia. Virtud para separar de la infidelidad el espíritu de los pueblos y traerlos a la fe; la virtud de la abstinencia, la paciencia y el espíritu de profecía. Elías en el desierto, en el desierto Juan. Aquél no buscó el favor del rey Ajab, éste despreció el de Herodes. Aquél dividió las aguas del Jordán; éste las convirtió en baño saludable. Este el precursor del primero, aquél del futuro advenimiento del Señor.

Beda

Lo que fue predicho por Malaquías (Mal_4:5-6) de Elías, esto mismo se dijo por medio de un ángel acerca de San Juan cuando se añade: “Para que convierta los corazones de los padres hacia los hijos”, infundiendo la ciencia espiritual de los santos antiguos, cuando predicaba a los pueblos. Y a los “incrédulos a la prudencia de los justos” que es no pretender ser justos a partir de las obras de la ley, sino buscar la salvación con la fe. (Rom 10.)

Griego

O de otro modo, los mayores de Juan y de los apóstoles fueron judíos. Sin embargo, por su soberbia e infidelidad se levantaron contra el Evangelio. Y así como hijos buenos -primero San Juan, y los apóstoles después- enseñaban la verdad a los pueblos, atrayéndolos a la propia justicia y prudencia, así también Elías convertirá a los últimos hebreos a la verdad de los apóstoles.

Beda

Como dijera que Zacarías, orando por el pueblo, había sido oído, añade: “Para preparar al Señor un pueblo perfecto”. En lo cual enseña cómo debe un mismo pueblo salvarse y perfeccionarse; a saber, haciendo penitencia según la predicación de San Juan, y creyendo en Jesucristo.

Teofilacto

O de otro modo, Juan preparó un pueblo, no incrédulo sino perfecto, es decir, preparado para recibir a Cristo.

Orígenes

La misión de San Juan hasta ahora se cumple en el mundo. Todo el que ha de creer en Jesucristo, antes recibe en su alma el espíritu y la virtud de Juan, y prepara al Señor un pueblo perfecto.

Lucas 1:18-22

Y dijo Zacarías al Angel: “¿En qué conoceré esto? porque yo soy viejo y mi mujer está avanzada en días”. Y respondiendo el Angel, le dijo: “Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios, y soy enviado a hablarte y traerte esta feliz nueva: Y he aquí que serás mudo, y no podrás hablar hasta el día en que se hagan estas cosas, porque no creíste a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo”. Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se admiraba de que tardase en el templo. Y cuando salió no les podía hablar, y entendieron que había visto visión en el templo. Y él se lo significaba por señas, y permaneció mudo. (vv. 18-22)

San Juan Crisóstomo, homiliae 2, De incomprehens. Dei natura

Teniendo en consideración Zacarías su propia edad, y también conocida la esterilidad de su mujer, desconfió. Por lo que añade: “Y dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto?” Como si dijese: “¿Cómo se hará esto? Y añade la causa de su duda: “Yo, pues, soy viejo”. La edad extemporánea, la naturaleza inepta: soy débil para engendrar, la tierra es estéril. Algunos consideran por esto indigno de perdón a un sacerdote que hace tantas preguntas, porque cuando Dios indica alguna cosa, conviene creerla; discutir acerca de ella es propio de un alma rebelde. De donde prosigue: “y respondiendo el ángel le dijo: “Yo soy Gabriel que estoy delante de Dios”.

Beda

Como si dijese: a un hombre que prometiese tales prodigios, sería permitido pedirle un signo; pero cuando es un Angel quien promete, ya no conviene dudar. Sigue: “Y soy enviado a hablarte”, etc.

San Juan Crisóstomo, homiliae 2, De incomprehens. Dei natura

Para que cuando oigas que soy enviado por Dios, no creas que hay algo de humano en estas cosas que se te dicen. Y no hablo por mí, sino que te anuncio lo dicho por Aquel que me ha enviado. La virtud y la bondad de un enviado, consisten en que no diga nada de sí propio.

Beda

Debe notarse aquí que el ángel afirma al mismo tiempo que él está delante de Dios y es enviado a evangelizar a Zacarías.

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 34

Porque cuando los ángeles vienen a nosotros, cumplen exteriormente su ministerio de tal modo que -interiormente- jamás pierden la contemplación de Dios; porque aun cuando el ángel es limitado, el Espíritu soberano -que es Dios- no es limitado. Así los ángeles, aun cuando son enviados, están ante El, porque a cualquier parte que vengan enviados, siempre corren dentro de El.

Beda

Le concede la señal que pide para que el que ha hablado no creyendo, aprenda a creer callando. Y por ello prosigue: “Y he aquí que tú quedarás mudo”.

San Juan Crisóstomo, homiliae 2, De incomprehens. Dei natura

Para que los vínculos de su impotencia generativa se trasladasen a las cuerdas vocales. No se le perdona por la consideración de ser sacerdote, sino que por el contrario, se le castigaba más, porque debía aventajar en la fe a los otros.

Teofilacto

Mas como la palabra griega κωφός1 puede también significar sordo, dice bien: “Tú que no crees, quedarás sordo, y no podrás hablar”. Convenientemente sufrió estos dos castigos: como desobediente, la sordera, y como reacio, la mudez.

San Juan Crisóstomo, homiliae 2, De incomprehens. Dei natura

Dice “y he aquí”, como si dijese: “En este instante”. Pero considera la misericordia del Señor en lo que se sigue: “Hasta el día en que sucedan estas cosas”. Como si dijera: cuando te demuestre lo que te digo con la realización de los hechos y conozcas que has sido castigado con justicia, entonces te sacaré de esta pena. Y manifiesta la causa de la pena cuando añade. Por lo mismo que no has creído en mis palabras, que se cumplirán a su tiempo, no atendiendo al poder de Aquel que me envió y a quien yo asisto. Si es castigado aquel que es incrédulo acerca de un nacimiento mortal, ¿cómo evitará el castigo el que rechaza el nacimiento celestial e inefable?

Griego

Mientras pasaban estas cosas dentro del templo, la tardanza en salir obligaba a admirarse a la multitud que esperaba fuera. Por ello prosigue: “Y el pueblo estaba esperando a Zacarías y se maravillaban de que tardase en salir”. Como había lugar a muchas suposiciones, cada uno hablaba a su modo hasta que, saliendo Zacarías, enseñó con su silencio lo que le había sucedido en el secreto del templo. Entonces prosigue: “Y cuando salió no podía hablar”.

Teofilacto

Zacarías hacía señas al pueblo, que acaso le preguntaba la causa de su silencio. No pudiendo expresarla con palabras, la declaraba con señas. Por eso se añade: “Y él se lo significaba por señas, y permaneció mudo”.

San Ambrosio

Se entiende por seña un acto o movimiento corporal sin palabras, que tiende a indicar la voluntad sin expresarla.

Lucas 1:23-25

Y aconteció que, cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa: y después de estos días concibió Isabel, su mujer, y estuvo escondida cinco meses, diciendo: “Porque el Señor me hizo esto en los días en que atendió a quitar mi oprobio de entre los hombres”. (vv. 23-25)

Beda

Cuando los pontífices ejercían sus funciones en el templo, no sólo se abstenían del trato con sus mujeres, sino que se privaban también de entrar en su casa. Por eso dice: “Y aconteció que, cumplidos los días”. Por lo mismo que se buscaba entonces la sucesión sacerdotal de la estirpe de Aarón, se procuraba conservar su descendencia en todo tiempo. Y como aquí no se busca la sucesión carnal, sino la perfección espiritual, se manda a los sacerdotes -para que siempre puedan asistir al altar- que guarden castidad. Prosigue: “Después de estos días”. Esto es, después de terminados los días del servicio de Zacarías. Todas estas cosas sucedieron en el mes de setiembre, en el día 23 del mismo, cuando convenía que los judíos celebrasen el ayuno de la fiesta de los tabernáculos, cuando estaba próximo el equinoccio, en el cual empieza la noche a ser mayor que el día. Porque convenía que Cristo creciese y Juan disminuyese. Y no en vano eran entonces los días de los ayunos, porque San Juan había de predicar a los hombres la aflicción de la penitencia. Prosigue: “Y se ocultaba”.

San Ambrosio

¿Cuál era la causa de la ocultación, sino la vergüenza? Hay ciertos tiempos prescritos al matrimonio, cuando es decoroso procrear hijos, como en el vigor de la edad y cuando hay esperanza de tenerlos. Mas cuando la ancianidad madura sucede a la vida larga y la edad es más propia para dirigir los hijos que para criarlos, es vergonzoso dar señales de embarazo y -aun cuando sea legítimo- cargarse con el peso de otra edad y dilatar el seno con un fruto que no es de su tiempo. Se avergonzaba, pues, por la edad, de donde puede inferirse la causa, porque ya no convivían entre sí conyugalmente. Porque aquella que no se avergonzase de tener relaciones maritales en la ancianidad tampoco se avergonzaría en el parto. Sin embargo, se ruboriza del peso de madre todo el tiempo que desconoce el misterio de la religión. Pero la que se ocultaba porque había concebido un hijo, empieza a manifestarse porque llevaba un profeta.

Orígenes

Y por ello dice: “Cinco meses”, esto es, hasta que María concibiese y su fruto, saltando de alegría, profetizase.

San Ambrosio

Y aun cuando se avergonzase de su parto por la edad, se alegraba a la vez por verse privada del oprobio, diciendo: “Porque el Señor me hizo esto”.

San Juan Crisóstomo

Es decir, hizo cesar mi esterilidad, me concedió un don sobrenatural y la piedra infructuosa produjo espigas verdes. Me quitó el oprobio, haciéndome madre; de donde sigue: “En los días en que atendió a quitar mi oprobio de entre los hombres”.

San Juan Crisóstomo

Se alegra doblemente, porque Dios le quita la fama de estéril y porque se le ofrece un parto honroso. No interviene solo la unión conyugal como en los demás que engendran, sino que la gracia del cielo fue el principio de este nacimiento.

Beda

Zacarías puede representar místicamente el sacerdocio de los judíos e Isabel la ley. Esta, explicada por los sacerdotes, debía engendrar hijos espirituales para Dios. Pero no podía por sí sola, porque la ley no condujo a nadie a la perfección (Heb 7). Ambos eran justos, porque la ley es buena (Tim 1) y el sacerdocio era santo en aquel tiempo. Los dos eran ancianos, porque viniendo Jesucristo ya se encorvaban por la vejez. Zacarías entra en el templo, porque es propio de los sacerdotes entrar en el santuario de los misterios divinos. La multitud estaba fuera, porque no podía penetrar las cosas misteriosas. Mientras pone el incensario sobre el altar, sabe que Juan ha de nacer; porque mientras los doctores arden por la flama de la enseñanzas divinas, encuentran la gracia de Dios que había de nacer por medio de Jesús; y esto por el ángel, porque la ley fue dada por medio de los ángeles (Gál_3:19).

San Ambrosio

En uno enmudeció la voz del pueblo, porque en uno todo el pueblo hablaba a Dios. Pasó, pues, a nosotros la palabra de Dios y en nosotros no calla. Es mudo el que no entiende la ley. ¿Por qué te parece más bien mudo el que desconoce la voz, que aquel que desconoce el misterio? El pueblo de los judíos es semejante al que hace señas cuando no puede dar razón de sus actos.

Beda

Sin embargo, Isabel concibe a Juan, porque el interior de la ley abunda en misterios de Cristo. Oculta su concepción durante cinco meses, porque Moisés designa en cinco libros los misterios de Cristo. O también porque la dispensación de Cristo se figura en las cinco edades del mundo por los dichos y hechos de los santos.

Lucas 1:26-27

Y al sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David, y el nombre de la Virgen era María. (vv. 26-27)

Beda

Como la encarnación de Cristo debía tener lugar en la sexta edad del mundo y había de aprovechar para el cumplimiento de la ley, el ángel enviado a María anuncia oportunamente, en el sexto mes de la concepción de Juan, al Salvador que había de nacer. Por eso se dice: “En el sexto mes”. El sexto mes es el de marzo, en cuyo día 25 nuestro Señor fue concebido y se dice que padeció. Así como nació el día 25 de diciembre por lo que si, según algunos creen, en este día tiene lugar el equinoccio de la primavera, o si en aquél creemos que se verifica el solsticio del invierno, conviene que sea concebido y nazca con el incremento de la luz Aquel que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jua_1:9). Mas si alguno objetare que los días crecen o son mayores que la noche antes del tiempo del nacimiento y de la concepción de nuestro Señor, le contestamos que San Juan anunciaba el reino de los cielos antes de su advenimiento.

San Basilio

Los espíritus celestiales no vienen a nosotros por sí mismos, sino cuando conviene para nuestra utilidad, porque atienden al decoro de la divina sabiduría; de donde sigue: “Fue enviado el ángel Gabriel”.

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 34

A María Virgen no se envía un ángel cualquiera, sino el arcángel San Gabriel. Procedía que viniese un ángel de los primeros a anunciar los misterios. Se le designa por su propio nombre, el cual muestra lo que vale en sus obras, pues el nombre de Gabriel significa fortaleza de Dios.1 Por la fortaleza de Dios había de ser anunciado el que, siendo Dios de las virtudes y poderoso en la guerra para vencer en todas las batallas, venía a destruir las potestades del infierno.

Glosa

Se indica, pues, el lugar a donde se envía cuando se añade: “A la ciudad de Nazaret”. Porque nazareno, esto es, Santo de los Santos, era el que se anunciaba que había de venir.

Beda, in homilia de Fest. Annunt

Digno principio de la restauración humana ha sido que se enviare por Dios un Angel a la Virgen, que había de ser consagrada con un parto divino. Porque la primera causa de la perdición humana fue que la serpiente fuese enviada a la mujer por el espíritu de la soberbia. De aquí se sigue, que el Angel fue enviado a una virgen.

San Agustín, de sancta virginitate, 5

Sólo la virginidad pudo decentemente dar a luz a Aquel que en su nacimiento no pudo tener igual. Convenía, pues, que nuestro Redentor naciese, según la carne, de una Virgen por medio de un milagro insigne para dar a entender que sus miembros debían nacer de la Iglesia virgen, según el espíritu.

San Jerónimo

Con razón se envía un ángel a la Virgen, porque la virginidad es afín de los ángeles. Y ciertamente, vivir en carne fuera de la carne, no es una vida terrestre, sino celestial.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 4

No anuncia el Angel a la Virgen después del parto, para que entonces no se turbe en demasía, sino que le habla antes de la concepción. No en sueños, sino presentándose de una manera visible. Porque como había de recibir una gran revelación, necesitaba de una visión solemne antes del cumplimiento.

San Ambrosio

Dijo bien ambas cosas la Sagrada Escritura: que sería desposada y Virgen. Prosigue, pues, diciendo “desposada”. Virgen, para que constase que desconocía la unión marital. Desposada, para que quedase ilesa de la infamia de una virginidad manchada, cuando su fecundidad pareciese signo de corrupción. Quiso más bien el Señor que algunos dudasen de su nacimiento que de la pureza de su Madre. Sabía que el honor de una Virgen es delicado y la reputación del pudor, frágil. Y no estimó conveniente que la fe de su nacimiento se demostrase con las injurias de su Madre. Se sigue también que, así como la Santísima Virgen fue íntegra por su pudor, así su virginidad debió ser inviolable en la opinión. No convenía dejar a las vírgenes que viven en mala reputación esa apariencia de excusa, es decir, que la Madre misma del Señor pareciese difamada. ¿Qué se hubiera podido reprochar a los judíos y a Herodes si hubiese parecido que perseguían el fruto de un adulterio? ¿Cómo hubiera podido decir El mismo: “No vine a destruir la ley, sino a cumplirla” (Mat_5:17), si hubiese parecido comenzar por una violación de la ley, que condena el parto de la que no está casada? ¿Qué, por otra parte, da más fe a las palabras de la Virgen y remueve todo pretexto de mentira? Madre, sin estar casada, hubiera querido ocultar su falta con una mentira. Pero casada, no tenía motivo para mentir, puesto que la fecundidad es el premio y la gracia de las bodas. Tampoco es pequeña causa que la virginidad de María engañase al príncipe del mundo, el cual, viéndola desposada con un hombre, nada pudo sospechar respecto de su parto.

Orígenes

Si no hubiese tenido esposo, aquel misterio hubiese dado que pensar al diablo, respecto de cómo pudo quedar embarazada la que no había tenido trato con varón. Esta concepción -diría- debe ser divina, debe ser algo superior a la naturaleza humana.

San Ambrosio

Sin embargo, engañó más a los diablos. Porque la malicia de los demonios descubre hasta las cosas ocultas. Mas los que se ocupan en las vanidades del mundo no pueden conocer las cosas divinas. Por eso Dios se sirve del marido -el testigo más seguro del pudor- que hubiese podido quejarse de la injuria y vengar el oprobio, si no conociese el misterio. Se dice de él: “Se llamaba José, de la casa de David”.

Beda, homil. de Annunt. Sup

Lo cual no sólo se refiere a San José, sino también a la Virgen María. Estaba mandado por la ley que cada uno tomase mujer de su propia tribu o familia. Prosigue el mismo evangelista: “Y el nombre de la Virgen era María”.

Beda

La palabra María en hebreo quiere decir estrella del mar, y en siríaco Señora. Y con razón, porque mereció llevar en sus entrañas al Señor del mundo y a la luz constante de los siglos.

Lucas 1:28-29

Y habiendo entrado el Angel donde estaba María, le dijo: “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres”: Y cuando ella esto oyó, se turbó con las palabras de él, y pensaba qué salutación sería ésta. (vv. 28-29)

San Ambrosio

Conoce aquí a la Virgen por sus costumbres. Sola en sus habitaciones, a quien ningún hombre veía, sólo un ángel podía encontrarla. Por ello se dice: “Y habiendo entrado el ángel a donde estaba María”. Y para que no fuese manchada con un coloquio indigno de ella, es saludada por el ángel

San Gregorio Niseno, orat. in Christi Nativit

En contraposición de la voz dirigida a la primera mujer, ahora se dirige la palabra a la Virgen. En aquélla se castiga con los dolores del parto la causa del pecado, en ésta se destierra la tristeza por medio del gozo. Así el ángel anuncia con razón la alegría a la Virgen, diciendo: “Dios te salve”. Según otros comentaristas, el ángel atestigua que es digna de ser desposada cuando dice: “Llena de gracia”. Esta abundancia de gracias se muestra al esposo como una dote o arras, de las cuales se dice: Estas son de la esposa, aquéllas del esposo.

San Jerónimo

Y en verdad que es llena de gracia, porque a los demás se distribuye con medida, pero en María se derramó al mismo tiempo toda la plenitud de la gracia. Verdaderamente es llena de gracia aquella por la cual toda criatura fue inundada con la lluvia abundante del Espíritu Santo. Ya estaba con la Virgen quien le enviaba su ángel y el Señor se anticipó a su enviado. No pudo ser contenido en un lugar, Aquel que está en todas partes; de donde sigue: “El Señor es contigo”.

Lucas 1:30-33

Y el Angel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: he aquí que concebirás en tu seno y parirás un hijo y llamarás su nombre Jesús. Este será grande y se llamará Hijo del Altísimo, y le dará al Señor Dios el trono de David, su Padre: y reinará en la casa de Jacob por siempre, y no tendrá fin su reino”. (vv. 30-33)

Beda

Como había visto que la Virgen se había turbado con aquella salutación no acostumbrada, la llama por su nombre, como si la conociese más familiarmente, y le dice que no debe temer. Por ello se añade: “Y el Angel le dijo: No temas, María”.

Griego

Como si dijese: No he venido a engañarte, sino más bien a dar la absolución del engaño. No he venido a robarte tu virginidad inviolable, sino a preparar tu seno para el autor y el defensor de la pureza. No soy ministro de la serpiente, sino enviado del que aplasta la serpiente. Vengo a contratar esponsales, no a maquinar asechanzas. Así, pues, no la dejó atormentarse con alarmantes consideraciones, a fin de no ser juzgado como ministro infiel de su negociación.

Crisóstomo

Quien merece gracia delante de Dios, nada tiene que temer; así, prosigue: “Hallaste gracia delante de Dios”. ¿Cómo puede encontrar esta gracia cualquiera que sea, sino por medio de la humildad? Pues Dios da la gracia a los humildes (Stgo 4; 1Pe 5).

Griego

La Virgen encontró gracia delante de Dios porque, adornando su propia alma con el brillo de la pureza, preparó al Señor una habitación agradable. Y no sólo conservó inviolable la virginidad, sino que también custodió su conciencia inmaculada.

Orígenes

Muchos habían encontrado gracia antes que ella; y por lo mismo añade lo que es propio de este caso, diciendo: “He aquí que concebirás en tu seno”.

Griego

La palabra “he aquí” denota la prontitud y la presencia, insinuando con dicha palabra que la concepción se había celebrado al punto.

Severo de Antioquía

Dice: “concebirás en tu seno” para demostrar que el Señor toma carne del mismo seno virginal y de nuestra sustancia. Vino, pues, el Verbo Divino a limpiar la naturaleza humana, el parto y el origen de nuestra generación. Por eso, sin pecado y sin concurso de hombre, es concebido en carne y llevado en el vientre nueve meses como nosotros.

San Gregorio Niseno

Y como acontece especialmente que es concebido el Divino Espíritu y ella da a luz al Espíritu de salvación, según anunciara el profeta, el ángel añade: “Y dará a luz un Hijo”.

San Ambrosio

No todos son como María, que cuando conciben al Verbo del Espíritu Santo, lo dan a luz. Hay de aquellos que abortan al Verbo antes de dar a luz (Lc 22), y hay de aquellos que tienen a Cristo en su seno pero que todavía no lo han formado.

San Gregorio Niseno, Orat. in diem Nat. Domini

Como la expectación del parto infunde temor a las mujeres, el anuncio de un parto dulce apaga esa aprehensión de temor cuando se dice: “Y llamarás su nombre Jesús”. La venida del Salvador es el alejamiento de todo temor.

Beda

La palabra Jesús quiere decir Salvador o saludable.

Griego

Dice, pues: “Tú lo llamarás”. No el padre, porque carece de padre en cuanto a la generación humana, así como carece de madre respecto de la generación divina.

San Cirilo, de fidei ad Theod

Este nombre fue impuesto de nuevo al Verbo Divino, y convenía a la natividad de su carne, según aquello del Profeta: “Serás llamado con un nombre nuevo, que la boca del Señor te dará” (Is 62).

Griego

Mas como este nombre le es común con el sucesor de Moisés (Jos 1), insinuando el ángel que no será semejante a aquél, añade: “Este será grande”.

San Ambrosio

Se ha dicho también respecto de San Juan que sería grande. Pero aquél fue grande como hombre y Este es grande como Dios. Porque la virtud de Dios se difunde ampliamente, así como la grandeza de la sustancia no varía con el tiempo.

Orígenes

Considerad, pues, la grandeza del Salvador, cómo se extiende por todo el orbe. Subid a los cielos, y veréis cómo llena los espacios celestes. Bajad con el pensamiento a los abismos y veréis que allí ha descendido también. Y cuando hayáis visto todo esto, comprenderéis también el cumplimiento de estas palabras: “Este será grande”.

Griego

Ni la asunción de la carne humilla la grandeza de la divinidad, sino que más bien se sublima la humildad de la carne. Por ello sigue: “Y se llamará Hijo del Altísimo”. No eres tú quien le impones el nombre, sino que será llamado. ¿Por quién sino por su Padre consustancial? Nadie conoce al Hijo sino el Padre (Mat_11:27). Quien tiene conocimiento infalible del Engendrado es el único verdadero intérprete, respecto de la imposición del nombre del Hijo; por quien se dice: “Este es mi hijo muy amado”. (Mat_17:5) Existe desde la eternidad, aunque ahora para nuestra inteligencia se manifiesta su nombre. Y por esto dice “será llamado”, no “será hecho” ni “será engendrado”, porque ya antes de los siglos era consustancial al Padre. Concebirás, pues, a Este, serás su Madre. Tu vientre virginal contendrá a Aquel que el espacio del cielo no puede contener.

San Juan Crisóstomo

Acaso parecerá a algunos enorme -o indecente- que Dios habite un cuerpo. ¿Mas por ventura el sol, cuyo cuerpo es sensible, mancha su propia pureza a cualquier parte que envíe sus rayos? Pues con mucha más razón el Sol de justicia, tomando un cuerpo purísimo de las entrañas de la Virgen, no sólo no se manchó sino que antes, por el contrario, santificó más a la Madre.

Griego

Y para recordar a la Virgen los profetas, añade: “Y le dará el Señor Dios el trono de David,…”. Para que se sepa con claridad que el que había de nacer de Virgen era el mismo Cristo que los profetas prometieron que nacería de la descendencia de David.

San Cirilo, contra Juliano, 8

Sin embargo, el cuerpo purísimo de Jesucristo no procede de José, aunque descendía de la misma línea de parentesco que la Virgen, de la cual el Unigénito del Padre tomó la forma humana.

San Basilio, epistola 2,36

El Señor no se sienta en el trono material de David, puesto que el reino judío había pasado a Herodes. Pero llama trono de David a aquel en que se sienta el Señor para gobernar un reino indisoluble. Por ello sigue: “Y reinará en la casa de Jacob”.

Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 7

Llama aquí casa de Jacob a todos aquéllos del número de los judíos que creyeron en El. Porque como dice San Pablo (Rom_9:6), no todos los que pertenecen a Israel son israelitas; sino solamente se consideran como pertenecientes a Israel los que son hijos de promisión.

Beda

O llama casa de Jacob a toda la Iglesia. Esta, o bien ha nacido de buena raíz, o bien, siendo un olivo silvestre, fue injerto por medio de la fe en una oliva buena (Rom 11).

Griego

Sólo Dios puede reinar eternamente. Por esto sucede que aunque se diga que toma el trono de David por la encarnación, en cuanto Dios es reconocido como Rey eterno. Prosigue: “Y su reino no tendrá fin”. No sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre. Y al presente reina sobre muchos y finalmente reinará sobre todos porque todas las cosas le están sometidas (1Cor 15).

Beda

Que deje ya Nestorio de decir que el hombre sólo ha nacido de la Virgen y que éste no ha sido recibido por el Verbo de Dios en unidad de persona. Cuando dice que el mismo que tiene por padre a David será llamado “Hijo del Altísimo”, demuestra la unidad de persona de Cristo en dos naturalezas. No emplea el ángel palabras que se refieran al tiempo futuro, como dicen algunos herejes, que creen que Jesucristo no existió antes que María, sino que en una sola persona el Hombre-Dios recibe el nombre de Hijo.

Lucas 1:34-35

Y dijo María al Angel: “¿Cómo se hará esto, porque no conozco varón?” Y respondiendo el Angel, le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te hará sombra la virtud del Altísimo. Y por eso el fruto santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios”. (vv. 34-35)

San Ambrosio

Ni María debió rehusar de creer al ángel, ni usurpar temerariamente las cosas divinas. Por eso se dice: “Dijo María al ángel: ¿Cómo se hará esto?” Esta respuesta fue más oportuna que la del sacerdote. Esta dice: “¿Cómo se hará esto?” y aquél dijo: “¿Cómo podré saber esto?”. Aquél se niega a creer y parece como que busca otro motivo que confirme su fe, éste no duda que debe hacerse, puesto que pregunta cómo se hará. María había leído (Isa_7:14): “He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo” y, por tanto, creyó que iba a suceder. Pero no había oído antes el cómo había de suceder. No se había revelado -ni aun al Profeta- cómo aquéllo se había de llevar a cabo. Tan gran misterio debía ser proclamado, no por la boca de un hombre, sino por la de un ángel.

San Gregorio Niseno, Orat. in diem Nat. Christi

Considerad también las palabras de la purísima Virgen. El ángel le anuncia el parto; pero ella insiste en su virginidad creyendo que ésta podría mancharse con sólo el aspecto de un ángel. Por eso dice: “Porque no conozco varón”.

San Basilio, epistola 2, 35

El conocimiento se entiende de muchas maneras. Se llama conocimiento la sabiduría de nuestro Señor; también la noticia de su grandeza; el cumplimiento de sus mandatos; los caminos que conducen a El y la unión nupcial, como aquí se entiende.

San Gregorio Niseno, Orat. in diem Nat. Christi

Estas palabras de la Virgen son indicio de aquellas que encerraba en el secreto de su inteligencia. Porque si hubiese querido desposarse con José a fin de tener cópula, ¿por qué razón había de admirarse cuando se le hablase de concepción, puesto que esperaría ser madre un día según la ley de la naturaleza? Mas como su cuerpo, ofrecido a Dios como una hostia sagrada, debía conservarse inviolable, dice: “Puesto que no conozco varón”. Como diciendo: Aun cuando tú seas un ángel, sin embargo, como no conozco varón, esto parece imposible. ¿Cómo, pues, seré madre si no tengo marido? A José sólo lo conozco como esposo.

Griego

Mas considerad cómo el ángel deshace la duda a la Virgen y le explica su misión inmaculada y el parto inefable. Pues sigue: “El Angel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti,…”.

San Juan Crisóstomo, homiliae, in Gen., 49

Como si dijese: No te fijes en el orden natural cuando se trata de cosas que traspasan y superan el orden de la naturaleza. Tú dices: “¿Cómo se hará esto, puesto que no conozco varón?” Pues por lo mismo que no conoces varón sucederá esto, porque si hubieras conocido varón, no serías considerada digna de este misterio. No porque el matrimonio sea malo, sino porque la virginidad es más perfecta. Convenía, pues, que el Señor de todos participase con nosotros en el nacimiento y se distinguiese en él. Tuvo de común entre nosotros el nacer del vientre de una mujer y nos superó naciendo sin que aquélla se uniese a un hombre.

San Gregorio Niseno, Orat. in diem Nat. Christi

¡Cuán bienaventurado aquel cuerpo que por la exuberante pureza de la Virgen María se vinculó a sí mismo el don del alma! En cada uno de los demás, apenas el alma sincera conseguirá la presencia del Espíritu Santo; mas ahora la carne resulta ser la mansión del Divino Espíritu.

San Gregorio Niseno, Orat. in diem Nat. Christi

El verdadero Legislador fabricó nuevamente de nuestra tierra las tablas de la naturaleza que la culpa había roto, creando -sin unión carnal- el cuerpo que toma su divinidad y que esculpe el dedo divino, a saber, el Espíritu Santo que viene sobre la Virgen.

San Gregorio Niseno, lib. De Vita Moysis

Además: “La virtud del Altísimo te hará sombra”. La virtud del Rey altísimo es Cristo, formado en la Virgen por la venida del Espíritu Santo.

San Gregorio Magno, moralia 10,18

Por las palabras: “Te hará sombra”, se significan las dos naturalezas de Dios encarnado. Pues la sombra se hace con la luz y con el cuerpo. El Señor es la luz por su divinidad. Y como la luz incorpórea había de tomar cuerpo en las entrañas de la Virgen, oportunamente se dice que la virtud del Altísimo le haría sombra, esto es, en ti el cuerpo de la humanidad recibirá la luz incorpórea de la divinidad. Se dice también esto a María por el dulce consuelo dado por el cielo.

Beda

No concebirás, pues, en virtud de la obra de un hombre sino que concebirás por virtud del Espíritu Santo, de quien serás llena. No se darán en ti los ardores de la concupiscencia, puesto que el Espíritu Santo te hará sombra.

San Gregorio Niseno, Orat. in diem Nat. Christi

O dice: “Te hará sombra” porque, así como la sombra de un cuerpo toma su forma de lo que está delante de ella, así los signos de la divinidad del Hijo de Dios brillarán con el milagro de su generación. Así como en nosotros se observa cierta virtud vivificante en la materia corpórea con la que se forma el hombre, así en la Virgen, la virtud del Altísimo, por medio del Espíritu Santo vivificante, tomó de un cuerpo virginal materia de carne inherente al cuerpo para formar un hombre nuevo. Por lo cual sigue: “Por eso, lo que nacerá de ti,…”.

San Atanasio, Epistola at Epictetum

Profesamos que el cuerpo tomado de la materia de la naturaleza humana existe verdaderamente; y que es el mismo -según la naturaleza- que nuestro cuerpo. María es, pues, nuestra hermana, puesto que todos descendemos de Adán.

San Basilio, lib.de Spiritu Sancto, 5

De donde San Pablo dice: Envió Dios a su Hijo nacido, no por medio de una mujer, sino de mujer (Gál_4:4). Porque si dijese que por medio de una mujer, podía entenderse que se refería a un concepto transitorio de natividad. Pero como dice que nació de mujer, manifiesta la comunidad de la naturaleza del Engendrado respecto de la Madre.

San Gregorio Magno, Moralia 18, 34

A diferencia de nuestra santidad, se asegura singularmente que Jesucristo nacerá Santo. Pues nosotros, aunque nos hagamos santos, no nacemos tales, sino constreñidos por la condición de una naturaleza culpable, pudiendo decir con el profeta: “He aquí que he sido concebido en pecado,…” (Sal 50). Aquél verdaderamente ha nacido el sólo Santo, que no ha sido concebido de unión carnal alguna; que no -como neciamente creen los herejes- es uno en la humanidad y otro en la divinidad de modo que siendo un simple hombre concebido, luego Dios hubiera asumido su cuerpo. Sino que, anunciando el ángel y viniendo el Espíritu Santo, Verbo al punto en el seno, es decir, al instante es Verbo carne dentro del vientre; de donde sigue: “Será llamado,…”.

Teofilacto

Considerad cómo el ángel menciona a la Virgen toda la Santa Trinidad. Nombra al Espíritu Santo, el Poder, esto es al Hijo y al Altísimo, ciertamente el Padre.

Lucas 1:34-35

Y dijo María al Angel: “¿Cómo se hará esto, porque no conozco varón?” Y respondiendo el Angel, le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te hará sombra la virtud del Altísimo. Y por eso el fruto santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios”. (vv. 34-35)

San Ambrosio

Ni María debió rehusar de creer al ángel, ni usurpar temerariamente las cosas divinas. Por eso se dice: “Dijo María al ángel: ¿Cómo se hará esto?” Esta respuesta fue más oportuna que la del sacerdote. Esta dice: “¿Cómo se hará esto?” y aquél dijo: “¿Cómo podré saber esto?”. Aquél se niega a creer y parece como que busca otro motivo que confirme su fe, éste no duda que debe hacerse, puesto que pregunta cómo se hará. María había leído (Isa_7:14): “He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo” y, por tanto, creyó que iba a suceder. Pero no había oído antes el cómo había de suceder. No se había revelado -ni aun al Profeta- cómo aquéllo se había de llevar a cabo. Tan gran misterio debía ser proclamado, no por la boca de un hombre, sino por la de un ángel.

San Gregorio Niseno, Orat. in diem Nat. Christi

Considerad también las palabras de la purísima Virgen. El ángel le anuncia el parto; pero ella insiste en su virginidad creyendo que ésta podría mancharse con sólo el aspecto de un ángel. Por eso dice: “Porque no conozco varón”.

San Basilio, epistola 2, 35

El conocimiento se entiende de muchas maneras. Se llama conocimiento la sabiduría de nuestro Señor; también la noticia de su grandeza; el cumplimiento de sus mandatos; los caminos que conducen a El y la unión nupcial, como aquí se entiende.

San Gregorio Niseno, Orat. in diem Nat. Christi

Estas palabras de la Virgen son indicio de aquellas que encerraba en el secreto de su inteligencia. Porque si hubiese querido desposarse con José a fin de tener cópula, ¿por qué razón había de admirarse cuando se le hablase de concepción, puesto que esperaría ser madre un día según la ley de la naturaleza? Mas como su cuerpo, ofrecido a Dios como una hostia sagrada, debía conservarse inviolable, dice: “Puesto que no conozco varón”. Como diciendo: Aun cuando tú seas un ángel, sin embargo, como no conozco varón, esto parece imposible. ¿Cómo, pues, seré madre si no tengo marido? A José sólo lo conozco como esposo.

Griego

Mas considerad cómo el ángel deshace la duda a la Virgen y le explica su misión inmaculada y el parto inefable. Pues sigue: “El Angel le respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti,…”.

San Juan Crisóstomo, homiliae, in Gen., 49

Como si dijese: No te fijes en el orden natural cuando se trata de cosas que traspasan y superan el orden de la naturaleza. Tú dices: “¿Cómo se hará esto, puesto que no conozco varón?” Pues por lo mismo que no conoces varón sucederá esto, porque si hubieras conocido varón, no serías considerada digna de este misterio. No porque el matrimonio sea malo, sino porque la virginidad es más perfecta. Convenía, pues, que el Señor de todos participase con nosotros en el nacimiento y se distinguiese en él. Tuvo de común entre nosotros el nacer del vientre de una mujer y nos superó naciendo sin que aquélla se uniese a un hombre.

San Gregorio Niseno, Orat. in diem Nat. Christi

¡Cuán bienaventurado aquel cuerpo que por la exuberante pureza de la Virgen María se vinculó a sí mismo el don del alma! En cada uno de los demás, apenas el alma sincera conseguirá la presencia del Espíritu Santo; mas ahora la carne resulta ser la mansión del Divino Espíritu.

San Gregorio Niseno, Orat. in diem Nat. Christi

El verdadero Legislador fabricó nuevamente de nuestra tierra las tablas de la naturaleza que la culpa había roto, creando -sin unión carnal- el cuerpo que toma su divinidad y que esculpe el dedo divino, a saber, el Espíritu Santo que viene sobre la Virgen.

San Gregorio Niseno, lib. De Vita Moysis

Además: “La virtud del Altísimo te hará sombra”. La virtud del Rey altísimo es Cristo, formado en la Virgen por la venida del Espíritu Santo.

San Gregorio Magno, moralia 10,18

Por las palabras: “Te hará sombra”, se significan las dos naturalezas de Dios encarnado. Pues la sombra se hace con la luz y con el cuerpo. El Señor es la luz por su divinidad. Y como la luz incorpórea había de tomar cuerpo en las entrañas de la Virgen, oportunamente se dice que la virtud del Altísimo le haría sombra, esto es, en ti el cuerpo de la humanidad recibirá la luz incorpórea de la divinidad. Se dice también esto a María por el dulce consuelo dado por el cielo.

Beda

No concebirás, pues, en virtud de la obra de un hombre sino que concebirás por virtud del Espíritu Santo, de quien serás llena. No se darán en ti los ardores de la concupiscencia, puesto que el Espíritu Santo te hará sombra.

San Gregorio Niseno, Orat. in diem Nat. Christi

O dice: “Te hará sombra” porque, así como la sombra de un cuerpo toma su forma de lo que está delante de ella, así los signos de la divinidad del Hijo de Dios brillarán con el milagro de su generación. Así como en nosotros se observa cierta virtud vivificante en la materia corpórea con la que se forma el hombre, así en la Virgen, la virtud del Altísimo, por medio del Espíritu Santo vivificante, tomó de un cuerpo virginal materia de carne inherente al cuerpo para formar un hombre nuevo. Por lo cual sigue: “Por eso, lo que nacerá de ti,…”.

San Atanasio, Epistola at Epictetum

Profesamos que el cuerpo tomado de la materia de la naturaleza humana existe verdaderamente; y que es el mismo -según la naturaleza- que nuestro cuerpo. María es, pues, nuestra hermana, puesto que todos descendemos de Adán.

San Basilio, lib.de Spiritu Sancto, 5

De donde San Pablo dice: Envió Dios a su Hijo nacido, no por medio de una mujer, sino de mujer (Gál_4:4). Porque si dijese que por medio de una mujer, podía entenderse que se refería a un concepto transitorio de natividad. Pero como dice que nació de mujer, manifiesta la comunidad de la naturaleza del Engendrado respecto de la Madre.

San Gregorio Magno, Moralia 18, 34

A diferencia de nuestra santidad, se asegura singularmente que Jesucristo nacerá Santo. Pues nosotros, aunque nos hagamos santos, no nacemos tales, sino constreñidos por la condición de una naturaleza culpable, pudiendo decir con el profeta: “He aquí que he sido concebido en pecado,…” (Sal 50). Aquél verdaderamente ha nacido el sólo Santo, que no ha sido concebido de unión carnal alguna; que no -como neciamente creen los herejes- es uno en la humanidad y otro en la divinidad de modo que siendo un simple hombre concebido, luego Dios hubiera asumido su cuerpo. Sino que, anunciando el ángel y viniendo el Espíritu Santo, Verbo al punto en el seno, es decir, al instante es Verbo carne dentro del vientre; de donde sigue: “Será llamado,…”.

Teofilacto

Considerad cómo el ángel menciona a la Virgen toda la Santa Trinidad. Nombra al Espíritu Santo, el Poder, esto es al Hijo y al Altísimo, ciertamente el Padre.

Lucas 1:36-38

“Y he aquí que Isabel, tu pariente, también ella ha concebido un hijo en su vejez. Este es el sexto mes a ella, que es llamada la estéril, porque no hay cosa imposible para Dios”. Y dijo María: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y se retiró el Angel de ella. (vv. 36-38)

San Juan Crisóstomo, homiliae in Gen., 49

Como lo que se ha dicho superaba a lo que la Virgen podía comprender, el ángel habló de cosas humildes, para persuadirla por medio de cosas sensibles, y por ello le dice: “Y he aquí que Isabel, tu parienta”. Observa la prudencia de Gabriel. No le recuerda a Sara, ni a Rebeca, ni a Raquel, porque estos ejemplos eran ya antiguos, sino que cita un hecho reciente para robustecer su inteligencia. Y por esto hace mención de la edad, cuando dice: “También ella ha concebido un hijo en su vejez”, dando a entender su incapacidad natural. Prosigue: “Y está en el sexto mes”. No anunció desde el principio el embarazo de Isabel, sino después de transcurridos seis meses, a fin de que la hinchazón del vientre sirviese de prueba.

San Gregorio Nacianceno, carm. de gen. Christi, 18

Pero alguno preguntará: ¿En qué sentido se refiere Jesucristo a David? María, en efecto, desciende de la sangre de Aarón, porque el ángel dice que es prima de Isabel. Mas esto sucedió por disposición divina, para que la estirpe regia se enlazase con la descendencia sacerdotal, a fin de que Cristo, que es Rey y Sacerdote a la vez, naciese de las dos, según la carne. Se lee también en el Exodo (Éxo_6:13), que Aarón, primer sacerdote según la ley, se casó con Isabel, de la tribu de Judá, hija de Aminadab. Y admiremos la economía santísima del Espíritu Santo cuando ordena que la esposa de Zacarías se llame Isabel, recordándonos aquella otra Isabel que se casó con Aarón.

Beda

Así pues, recibe el ejemplo de la anciana estéril no porque haya desconfiado de que una virgen pueda dar a luz, sino para que comprenda que para Dios todo es posible, aun cuando parezca contrario al orden de la naturaleza. Por esto sigue: “Porque no hay cosa alguna imposible para Dios”.

San Juan Crisóstomo

Pues como El es el Señor de la naturaleza, puede todo lo que quiere, puesto que hace y dispone todas las cosas gobernando las riendas de la vida y de la muerte.

San Agustín, contra Faustum, 26,5

Si alguno dice: si Dios es omnipotente, que haga que no suceda lo que ya ha sucedido, no se da cuenta que lo que está diciendo es: que haga que aquellas cosas que son verdaderas, sean verdaderas y falsas a la vez. El puede hacer que no exista algo que antes existía, como cuando alguno que empieza a existir cuando nace, deja de existir muriendo. Pero ¿quién dirá: que haga que no sea aquello que ya no existe? Pues, todo lo que ha pasado, ya no existe. Si puede hacerse algo de ello, aún hay materia de la cual puede hacerse. Y si hay materia, ¿cómo puede decirse que ya ha pasado? Así, aquello que dijimos que ha sido, en realidad no es. Pero es verdad aquello que ha sido, porque lo verdadero no está en la cosa que ya no es, sino en nuestra sentencia sobre ella. Dios no puede hacer que esta sentencia sea falsa. No llamamos a Dios omnipotente en este sentido, según el cual creamos que El también puede morir. Aquél se llama con toda propiedad el sólo Omnipotente que verdaderamente existe y de quien únicamente procede todo lo que es.

San Ambrosio

Ved la humildad de la Virgen, ved su devoción. Prosigue, pues: “Y dijo María: He aquí la sierva del Señor”. Se llama sierva la que es elegida como Madre, y no se enorgullece con una promesa tan inesperada. Porque la que había de dar a luz al manso y al humilde, debió ella misma manifestarse humilde. Llamándose también a sí misma sierva, no se apropió la prerrogativa de una gracia tan especial, porque hacía lo que se le mandaba. Por ello sigue: “Hágase en mí según tu palabra”. Tienes el obsequio, ves el voto. “He aquí la sierva del Señor”, es su disposición a cumplir con su oficio. “Hágase en mí según tu palabra”, es el deseo que concibe.

Eusebio

Cada uno celebrará a su manera las palabras de la Virgen. El uno admirará su constancia, el otro la prontitud de su obediencia; éste que no se dejó seducir por las promesas de un arcángel, espléndidas y sublimes; el otro que no ha excedido la medida en su resistencia, sino que ha evitado igualmente la ligereza de Eva y la obstinación de Zacarías. Yo no admiro menos lo profundo de su humildad.

San Gregorio, Moralia 18, 34

Por un misterio profundo, a causa de su concepción santa y su parto inefable, la misma Virgen fue Sierva del Señor y Madre, según la verdad de las dos naturalezas.

Beda

Recibido el consentimiento de la Virgen, el ángel regresó inmediatamente al cielo, de donde prosigue: “Y el ángel se separó de ella”.

Eusebio

No sólo pidiendo lo que deseaba, sino admirándose estupefacto de la forma virginal y de la plenitud de la virtud.

Lucas 1:39-45

Y en aquellos días, levantándose María, fue con prisa a la montaña, a una ciudad de Judá, y entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel. Y aconteció que cuando Isabel oyó la salutación de María, la criatura dio saltos en el vientre. Y fue llena Isabel del Espíritu Santo. Y exclamó en alta voz y dijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde esto a mí, que la Madre de mi Señor venga a mí? Porque he aquí luego que llegó la voz de la salutación a mis oídos, la criatura dio saltos de gozo en mi vientre. Y bienaventurada la que creíste, porque cumplido será lo que fue dicho de parte del Señor”. (vv. 39-45)

San Ambrosio

Habiendo el ángel anunciado cosas ocultas para confirmar la fe con su ejemplo, anunció a la Virgen la concepción de una mujer estéril. Cuando María oyó esto, no como incrédula del oráculo, ni como incierta del mensajero, ni como dudando del ejemplo, sino como alegre del voto, religiosa por su oficio y transportada de gozo, se dirigió hacia las montañas. De donde sigue: “Levantándose María en aquellos días, se fue a las montañas”. Llena ya de Dios ¿dónde había de ir con presteza sino hacia las alturas?

Orígenes

Jesús, que estaba en su seno, se apresuraba para santificar a Juan, encerrado aún en el vientre de su madre. Por lo que sigue: “Con premura”, etc.

San Ambrosio

La gracia del Espíritu Santo no conoce dilaciones. Aprended, oh vírgenes, a no deteneros en las plazas, a no mezclaros en público en conversaciones.

Teofilacto

Por esto se fue a las montañas, porque Zacarías habitaba en las montañas. De donde sigue: “En una ciudad de Judá, y entró en casa de Zacarías”.

San Ambrosio

Aprended, santas mujeres, los cuidados que debéis prestar a vuestras parientas embarazadas. María, pues, que antes estaba sola en el mayor recogimiento, no fue detenida lejos del público por su pudor. La aspereza de las montañas no arredró su celo, ni lo largo del camino retardó sus servicios. Aprended también, vírgenes, de la humildad de María. Viene la cercana a la próxima, la más joven a la más anciana. Y no sólo viene, sino que también saludó la primera, por lo que sigue: “Y saludó a Isabel”. Conviene, pues, que cuanto más casta sea una virgen, más humilde sea y deferente para los superiores en edad. Debe ser maestra en humildad la que profesa la castidad. Hay también una causa de piedad, porque el superior viene al inferior para asistirlo. María viene a Isabel, Cristo a Juan.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Mathaeum, 4

O de otro modo, la Virgen ocultaba en el fondo de su corazón lo que se le había dicho y no lo descubrió a nadie, porque no creía que prestasen asentimiento a relatos admirables. Antes al contrario, creía que si hablaba recibiría ultrajes como si ocultase un crimen propio.

Griego

Por esto va a refugiarse -o mejor dicho recurre- sólo a Isabel. Así estaba acostumbrada, tanto por el parentesco y por conformidad de sus costumbres.

San Ambrosio

Pronto se declaran los beneficios de la venida de María y la presencia del Señor, pues sigue: “Y cuando Isabel oyó la salutación de María, la criatura dio saltos”. Advierte en esto la diferencia y la conformidad de una y otras palabras. Isabel oyó la voz primero y San Juan recibió primero la gracia. Ella oyó según el orden de la naturaleza y éste saltó de gozo por razón del misterio. Aquélla sintió la venida de María, éste la venida del Señor.

Griego

El profeta ve y oye mejor que su madre y saluda al Príncipe de los profetas. Mas no pudiendo con palabras, lo saluda en el vientre -lo cual constituye la cúspide de la alegría-. ¿Quién ha tenido noticias alguna vez de que alguien haya saltado de gozo antes de nacer? La gracia insinuó cosas que eran desconocidas a la naturaleza. El soldado, encerrado en el vientre, conoció al Señor y al Rey que había de nacer, sin que el velo del vientre obstaculizase la mística visión. Por tanto, vio, no con los ojos de la carne sino con los del espíritu.

Orígenes

No había sido lleno del Espíritu Santo hasta que la que llevaba a Jesucristo en su vientre se presentó delante de él. Entonces fue cuando -lleno del Espíritu Santo- saltaba de gozo dentro de su madre. Y prosigue: “Y fue llena Isabel del Espíritu Santo”. No hay que dudar, pues, que la que entonces fue llena del Espíritu Santo, lo fue por su hijo.

San Ambrosio

Aquella que se había ocultado, porque había concebido un hijo, empezó a manifestarse porque llevaba en su vientre un profeta. Y la que antes se avergonzaba, ahora bendice. Por tanto, prosigue: “Y exclamó en alta voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres”. Exclamó en alta voz cuando advirtió la venida del Salvador, porque creyó que su parto debía ser misterioso.

Orígenes

Dice, pues: “Bendita tú entre las mujeres”. Ninguna fue jamás tan colmada de gracia, ni podía serlo, porque sólo ella es Madre de un fruto divino.

Beda

Fue bendecida por Isabel del mismo modo que lo había sido por el arcángel, para que se mostrase digna de la veneración a los ángeles y a los hombres.

Teofilacto

Pero como había habido otras mujeres santas que habían engendrado hijos manchados por el pecado, añade: “Y bendito el fruto de tu vientre”. O de otro modo, había dicho: “Bendita tú entre las mujeres”. Y como si alguien le preguntase el porqué, añadió la causa: “Y bendito el fruto de tu vientre,…”. Así como se dice en el Salmo 117 (Sal_117:26-27): “Bendito el Señor Dios, que viene en nombre del Señor, y nos iluminó”. Acostumbraba la Sagrada Escritura tomar la palabra y en el sentido y lugar de la palabraporque.

Orígenes

Llamó al Señor fruto del vientre de la Madre de Dios porque no procedió de varón, sino sólo de María, pues los que tomaron la sustancia de sus padres, fruto son de ellos.

Griego

Sólo este fruto es bendito, porque se produce sin varón y sin pecado.

Beda

Este es el fruto que se prometió a David: “Pondré sobre tu trono un fruto de tu vientre” (Sal_131:11).

Severo de Antioquía

De este pasaje -en el cual se afirma que Cristo es fruto del vientre- surge una refutación de Eutiques. En efecto, todo fruto es de la misma naturaleza que la planta de donde procede. De donde se deduce que la Virgen es de la misma naturaleza que el segundo Adán, que quita los pecados del mundo. Y aun aquellos que dicen que es fantástica apariencia la carne de Cristo, quedan confundidos con el verdadero parto de la Madre de Dios; porque el mismo fruto nace de la misma sustancia del árbol. ¿Dónde están también aquellos que dicen que Jesucristo ha pasado por la Virgen como por un acueducto? Noten en las palabras de Isabel, a quien llenó el Espíritu Santo, que Jesucristo fue fruto del vientre. Prosigue: “¿Y de dónde esto a mí, que la Madre de mi Señor venga a mí?”

San Ambrosio

No dice esto como ignorando pues sabe que por gracia y operación del Espíritu Santo, la Madre del Señor saluda a la madre del profeta para provecho de su hijo. Y para que conste que esto no sucede en virtud de mérito humano, sino del don de la gracia divina, dice así: “¿De dónde esto a mí?”, esto es: ¿Con qué jactancia, en virtud de qué acciones, por cuáles méritos?

Orígenes

Diciendo esto está conforme con su hijo; porque también San Juan se considera indigno de la venida de Jesucristo a él. Llama Madre del Señor a la que todavía es Virgen, vaticinando así la realización de lo que se le había anunciado. La provisión de Dios -o sea su providencia- había llevado a María a casa de Isabel para que el testimonio de San Juan llegase desde el vientre al Señor. Y desde aquel momento el Señor constituyó a San Juan en profeta suyo. Por lo cual sigue: “Porque he aquí, luego que llegó la voz de tu salutación a mis oídos”.

San Agustín, epistola, 57

Para decir esto, como antes declara el evangelista, fue llena del Espíritu Santo, el cual sin duda se lo reveló, y por ello conoció lo que significaba aquel salto del niño; esto es, que había venido la Madre de Aquel de quien él era precursor y el futuro manifestador. La significación de un asunto de tanta importancia pudo ser conocido por personas mayores, no por un niño. Pues no dijo: “Saltó de fe el niño en mi vientre”, sino “Saltó de gozo”. Pues vemos que el salto no sólo es propio de los niños, sino también de los corderos, cuyos saltos no proceden de alguna fe, ni de la religión, ni de ningún otro conocimiento racional. Pero este saltar es nuevo e inusitado, porque tiene lugar en el vientre, y a la venida de Aquella que había de dar a luz al Salvador de todos. Por tanto, este saltar y -por decirlo así- este saludo dado a la Madre del Señor -como suelen hacerse los milagros-, se hizo divinamente en el niño y no naturalmente por el niño. Aun cuando el uso de la razón y de la voluntad hubiera sido tan precoz en el niño, que desde el seno de su madre hubiese podido conocer, creer y sentir, también esto debe considerarse como obra del divino poder y uno de sus milagros, pero nunca como obra de la naturaleza humana.

Orígenes

Había venido la Madre del Señor a visitar a Santa Isabel para ver la concepción milagrosa que el ángel le había anunciado, para que de ello se siguiese la credulidad respecto del fruto más excelente que habría de nacer de la Virgen. Y refiriéndose a esta fe, habla Santa Isabel, diciendo: “Y bienaventurada la que creíste, porque cumplido será lo que te fue dicho de parte del Señor”.

San Ambrosio

Ved que María no dudó sino que creyó, por lo cual consiguió el fruto de la fe.

Beda

Y no debe llamar la atención que el Señor -que había de redimir al mundo- empezase su obra por su propia Madre, a fin de que aquella, por la que se preparaba la salvación a todos, recibiese en prenda -la primera- el fruto de salvación.

San Ambrosio

Pero también vosotros sois bienaventurados, porque habéis oído y creído. Cualquier alma que cree, concibe y engendra al Verbo de Dios y conoce sus obras.

Beda

Todo el que concibe al Verbo de Dios en su inteligencia, sube al punto por la senda del amor a la más alta cumbre de las virtudes, puesto que puede penetrar en la ciudad de Judá -esto es, en el alcázar de la confesión y de la alabanza- y hasta permanecer en la perfección de la fe, de la esperanza y de la caridad “como tres meses” en ella.

San Gregorio Magno, super. Ezech., 1,8

Fue ilustrada por el espíritu de profecía acerca de lo pasado, lo presente y lo futuro, que conoció que aquélla había creído en las promesas del ángel. Y llamándola Madre, comprendió que llevaba en su vientre al Redentor del género humano. Y prediciendo las cosas que habían de suceder, vio también lo que se seguiría en lo futuro.

Lucas 1:46

Y dijo María: “Mi alma engrandece al Señor”. (v. 46)

San Ambrosio

Así como el pecado empezó por las mujeres, así también las cosas buenas deben empezarse por las mujeres; así, no parece ocioso que Isabel vaticine antes que Juan, y María antes del nacimiento del Señor. Además, siendo María más excelsa, su profecía es más plena.

San Basilio, in Psalmo, 33

La Santísima Virgen, considerando la inmensidad del misterio, con intención sublime, y con un fin muy alto y como avanzando en sus profundidades, engrandece al Señor. Por esto prosigue: “Y dijo María: Mi alma engrandece al Señor”.

Griego

Como si dijese: Las maravillas que Dios pronunció, las cumplirá en mi cuerpo; pero mi alma no será infructuosa delante de Dios. Yo debo aportar el fruto de mi voluntad, porque cuanto mayor es el milagro con que soy honrada, tanto mayor es la obligación que tengo de honrar a Aquel que en mí obra cosas tan admirables.

Orígenes

Si Dios no puede recibir ni aumento ni detrimento ¿cómo es que dice María: “Mi alma engrandece al Señor”? Mas si considero que el Señor Salvador es imagen del Dios invisible, y que el alma fue hecha a su imagen, para que sea imagen de la imagen, entonces será como a imitación de aquellos que suelen pintar imágenes; cuando engrandeciere mi alma con el pensamiento, palabras y obras, la imagen de Dios se hace grande y el mismo Señor -cuya imagen está en mi alma- se engrandece.

Lucas 1:47

“Y mi espíritu se regocijó en Dios mi Salvador”. (v. 47)

San Basilio, in Psalmo. 33

Los primeros frutos del Espíritu Santo son la paz y la alegría. Y como la Santísima Virgen había reunido en sí toda la gracia del Espíritu Santo, con razón añade: “Y mi espíritu se regocijó”. En el mismo sentido dice alma y espíritu. La palabra exaltación -de tanto uso en las Sagradas Escrituras- insinúa cierto hábito o estado del alma -alegre y feliz- en aquellos que son dignos de él. Por eso la Virgen se regocija en el Señor con inefable latir del corazón y transporte de gozo en la agitación de un afecto honesto. Sigue: “En Dios mi Salvador”.

Beda

Porque el espíritu de la Virgen se alegra de la divinidad eterna del mismo Jesús -esto es, del Salvador-, cuya carne es engendrada por una concepción temporal.

San Ambrosio

El alma de María en verdad que engrandece al Señor, y su espíritu se regocija en Dios; porque consagrada en alma, espíritu y cuerpo al Padre y al Hijo, venera con piadoso afecto a un solo Dios, de quien son todas las cosas. Que el alma de María esté en todas las cosas para engrandecer al Señor; que el espíritu de María esté en todas las cosas para regocijarse en el Señor. Si según la carne una sola es la Madre de Cristo, según la fe el fruto de todos es Cristo. Porque toda alma concibe el Verbo de Dios, si, inmaculada y exenta de vicios, guarda su castidad con pudor inviolable.

Teofilacto

Engrandece al Señor aquel que sigue dignamente a Jesucristo, y mientras se llama cristiano, no ofende la dignidad de Cristo, sino que practica obras grandes y celestiales; entonces, se regocijará el espíritu -esto es, el crisma espiritual-, o lo que es lo mismo, adelantará y no será mortificado.

San Basilio, in Psalmo, 33

Si cuando la luz penetrare en tu corazón percibieres -por aquella oscura y breve imagen- la constancia de los justos en amar a Dios y en despreciar las cosas corporales, sin dificultad alguna conseguirías gozo en el Señor.

Orígenes

Primero el alma engrandece al Señor, para después alegrarse en Dios. Pues si antes no creemos, no podemos alegrarnos.

Lucas 1:48

“Porque miró la bajeza de su esclava: he aquí que por esto me dirán bienaventurada todas las generaciones”. (v. 48)

Griego

Manifiesta la causa por la que conviene engrandecer al Señor y alegrarse en El diciendo: “Porque miró la bajeza de su sierva”. Como si dijese: El Señor lo hizo así, yo no lo esperaba; estaba contenta con los humildes, ahora soy elegida para un consejo inefable y exaltada de la tierra al cielo.

Pseudo-Agustín, serm. de Assumpt., 208

¡Oh verdadera humildad, que parió a los hombres un Dios, dio a los mortales la vida, renovó los cielos, purificó el mundo, abrió el paraíso y libró a las almas de los hombres! La humildad de María se convirtió en escala para subir al cielo, por la cual Dios baja hasta la tierra. ¿Qué quiere decir “miró”, sino “aprobó”? Muchos parecen humildes a los ojos de los hombres; pero la humildad de ellos no la mira el Señor, porque si fuesen verdaderamente humildes, querrían que Dios fuese alabado por los hombres, y no que los hombres los alabasen. Y su espíritu se alegraría, no en este mundo, sino en Dios.

Orígenes

¿Mas qué tenía de humilde y de despreciable la que llevaba en su vientre al mismo Hijo de Dios? Pero considera que la humildad en las Sagradas Escrituras es una de las virtudes que los filósofos llaman ατυφια, atyfia, o μετριοτις, metriotis, y nosotros, por perífrasis, podemos llamarla: no ser vanidoso, sino rebajarse a sí mismo.

Beda

Aquélla cuya humildad se ve, se llama por todos con propiedad bienaventurada; por ello prosigue: “He aquí que desde ahora me dirán bienaventurada”, etc-

San Atanasio

Si según el Profeta Isaías son bienaventurados todos los que proceden de Sión y viven cerca de Jerusalén como domésticos, ¿cuánta debe ser la alabanza de la excelsa y sacrosanta Virgen María, que fue elegida para ser Madre del Verbo, según la carne?

Griego

No se llama a sí misma bienaventurada por la vanagloria. Porque ¿dónde podría estar el orgullo en aquella que se llama sierva del Señor? Pero vaticina lo que ha de suceder, inspirada por el Espíritu Santo.

Beda

Convenía, pues, que, así como había entrado la muerte en el mundo por la soberbia del primer padre, se manifestase la entrada de la vida por la humildad de María.

Teofilacto

Y por ello dice: “Todas las generaciones”. No sólo Israel, sino también todas las naciones de los creyentes.

Lucas 1:49

“Porque me ha hecho grandes cosas, el que es poderoso y santo el nombre de El”. (v. 49)

Teofilacto

Manifiesta la Virgen que no será proclamada bienaventurada por su virtud, sino que explica la causa diciendo: “Porque hizo conmigo cosas grandes el que es poderoso”.

Pseudo-Agustín, serm. de Assumpt., 208

¿Qué cosas grandes hizo en ti? Creo: que siendo criatura dieras a luz al Creador y que siendo sierva engendraras al Señor, para que Dios redimiese al mundo por ti, y por ti también le volviese la vida.

 Tito Bostrense

¿Y cómo soy grande sino porque conciba, permaneciendo virgen, superando por disposición de Dios a la naturaleza? Soy considerada digna de ser Madre sin obra de varón y no una madre cualquiera, sino del Unigénito Salvador.

 Beda

Esto se refiere al principio del cántico, en donde dice: “Mi alma engrandece al Señor”. Sólo aquella alma, en quien Dios se ha dignado hacer cosas grandes, es la que puede engrandecerle con dignas alabanzas.

 Tito Bostrense

Dice, pues: “El que es poderoso”, para que si alguno duda de la verdad de la encarnación, permaneciendo virgen después de haber concebido, refiera este milagro al gran poder de Aquel que lo ha hecho. Ni se ha manchado porque el Unigénito haya nacido de ella, porque es santo el nombre de El.

 San Basilio, in Psalmo, 33

El nombre de Dios se llama santo, no porque en esas sílabas se encierre cierta virtud significativa, sino porque toda mención de Dios es santa y pura.

 Beda

Lo extraordinario de su poder aventaja a toda criatura en el grado más alto, y lo distingue mucho de todas las cosas que ha hecho; lo cual se entiende mejor en el texto griego, en el que se pone la palabra agion, que significa como fuera de la tierra.

 Lucas 1:50

“Y su misericordia de generación en generación para los que le temen”. (v. 50)

 Beda

Volviéndose desde los dones especiales que ha recibido del Señor hacia las gracias generales, explica la situación de todo el género humano añadiendo: “Y su misericordia de generación en generación a los que le temen”. Como diciendo: No sólo me ha dispensado gracias especiales el que es poderoso, sino a todos los que temen a Dios y son aceptos en su presencia.

 Orígenes

La misericordia de Dios no se limita a una sola generación, sino que eternamente se extiende de generación en generación.

 Griego

Yo concibo por la misericordia que El tiene para todas las generaciones, y El se une a un cuerpo animado, obrando nuestra salvación, movido por sola su piedad. Se compadece no indistintamente, sino de aquellos a quienes somete su temor en cada nación. Y por esto dice: “A los que le temen”, esto es, a los que, llevados por la penitencia, se convierten a la fe y se dedican a la mortificación. Porque los que siguen obstinados cierran la puerta de su compasión por la malicia de su incredulidad.

 Teofilacto

O indicó con esto que los que temen conseguirán misericordia en esta generación -esto es, en la presente- y en la otra -esto es, en la vida eterna- recibiendo en esta vida el ciento por uno (Mt 19), pero en la otra, beneficios mucho mayores.

 Lucas 1:51

“Hizo valentía con su brazo, dispersó a los soberbios en la mente de su corazón”. (v. 51)

 Beda

Describiendo el estado del género humano, demuestra qué es lo que merecen los soberbios y qué los humildes, diciendo “Hizo valentía con su brazo”. Esto es, en el mismo Hijo de Dios. Así como tu brazo es con lo que obras, así el brazo de Dios se llama su Verbo, por el que ha fabricado el mundo.

 Orígenes

Hizo valentía con su brazo para los que le temen; porque aunque te acerques débil a Dios, si le temes, conseguirás el valor ofrecido.

 Teofilacto

También en su brazo -esto es, en su Hijo encarnado- hizo valentía, porque la naturaleza humana fue vencida por el parto de la Virgen y el Dios humanado.

 Griego

O también: hizo, en vez de hará valentía, no como en otro tiempo, por medio de Moisés contra los egipcios, ni por el ángel -a saber, cuando venció a una multitud de asirios rebeldes-, ni por algun otro intermediario, sino que triunfó por su propia fuerza, venciendo a los enemigos inteligibles. Por lo que sigue: “Dispersó”, a saber, a todo espíritu orgulloso que no obedece a su venida, sino que descubre y muestra sus soberbios pensamientos.

 San Cirilo de Jerusalén

Estas cosas deben entenderse más propiamente de la cohorte enemiga de los demonios. A estos, pues, que oprimían la tierra, los disipó el Señor cuando vino y restituyó a su obediencia a los que tenían cautivos.

 Teofilacto

También puede esto entenderse de los judíos, a quienes dispersó por todas las naciones, como ahora están dispersos.

 Lucas 1:52

 “Destronó a los poderosos, y ensalzó a los humildes”. (v. 52)

 Beda

Lo que dijo: “Hizo valentía con su brazo” y lo que había dicho antes: “Y su misericordia de generación en generación”, debe unirse a estos versículos; porque, en efecto, en toda la sucesión de las generaciones, los soberbios no cesan de perecer y los humildes de ser ensalzados, por justa y piadosa disposición del poder divino. Por eso se dice: “Destronó a los poderosos, y ensalzó a los humildes”.

 San Cirilo de Jerusalén

Cosas grandes sabían los demonios y el diablo las sabía de los gentiles, los fariseos y escribas; sin embargo, Dios los depuso y elevó a los que se humillaban bajo la mano poderosa de Dios (1Pe 5), dándoles la virtud de hollar con los pies las serpientes, los escorpiones y todo el poder del enemigo (Lc 10). Los judíos eran también soberbios por su poder, pero su incredulidad los postró; y de entre los gentiles subieron muchos, oscuros y humildes, por medio de la fe, a la cumbre de la perfección.

 Griego

Se conoce que nuestra inteligencia es trono de la Divinidad. Pero las potestades infernales, después de la trasgresión, se asentaron en la conciencia de nuestro primer padre, como en su propia sede. Por esto vino el Señor, arrojó a los espíritus malignos de los tronos de las voluntades y ensalzó a los que vivían humillados por los demonios, limpiando sus conciencias y convirtiendo sus almas en su propio trono.

Lucas 1:53

 “Llenó de bienes a los hambrientos, y a los ricos dejó vacíos”. (v. 53)

 Glosa

Como parece que la prosperidad humana consiste principalmente en los honores de los poderosos y en la abundancia de las riquezas, después de la caída de los poderosos y la exaltación de los humildes, hace mención del anonadamiento de los ricos y la abundancia de los pobres.

 San Basilio, in Psalmo, 33

Ciertamente que el presente pasaje nos aparta aun de las cosas sensibles, enseñándonos la incertidumbre de los bienes mundanos, pues son caducos, como ola que aquí y allá se difunde por el ímpetu de los vientos. Tomado intelectualmente, el género humano tenía hambre, a excepción de los judíos, a quienes había enriquecido la tradición de la ley y las enseñanzas de los profetas; mas como no se adhirieron humildemente al Verbo humanado, fueron dejados vacíos, no llevando nada, ni fe, ni ciencia. Fueron privados de la esperanza de los bienes y de la terrena Jerusalén y excluidos de la vida futura. Pero aquéllos de entre los gentiles que tenían hambre y sed, habiéndose adherido al Señor, fueron colmados de bienes espirituales.

 Glosa

Los que desean las cosas eternas con todo interés y como hambrientos, serán saciados cuando Jesucristo aparezca en su gloria. Pero los que se gozan en las cosas de la tierra al final serán abandonados, vacíos de toda felicidad.

 Lucas 1:54-55

 “Recibió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia. Así como habló a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia por los siglos”. (v. 54-55)

 Glosa

Después que hace mención de la piedad y de la justicia divina, vuelve a ocuparse de la gracia especial que dispensa por medio de la nueva encarnación, diciendo: “Recibió a Israel su siervo”, como médico que visita al enfermo. Así, Dios se hizo visible entre los hombres, para hacer que Israel -esto es, el que ve a Dios- fuese su siervo.

 Beda

Esto es, al obediente y al humilde; porque el que no quiere humillarse, no puede salvarse.

 San Basilio

Dice, pues, Israel, no la material a quien ennoblecía su nombre, sino la espiritual que retenía el nombre de la fe, teniendo sus ojos dirigidos hacia Dios para verlo por medio de la fe. También puede adaptarse a la Israel material, puesto que de ella creyeron muchos. Hizo esto “acordándose de su misericordia”, porque cumplió lo que había ofrecido a Abraham, diciendo: “Porque serán bendecidas en tu descendencia todas las naciones de la tierra” (Gén_22:18). La Madre de Dios, recordando esta promesa decía: “Así como habló a nuestros padre Abraham”. Porque se dijo a Abraham: “Estableceré mi pacto entre nosotros, y entre tu descendencia que habrá de venir después que tú, por medio de un pacto sempiterno que alcanzará a todas sus generaciones, a fin de que yo sea tu Dios y el de tu descendencia después de ti” (Gén_17:7).

 Beda

Llama descendencia, no tanto a los engendrados por la carne, como a los que han de seguir las huellas de su fe, y a quienes se ha prometido la venida del Salvador en los siglos.

 Glosa

Como esta promesa de herencia no se cierra por límite, no faltarán creyentes hasta el fin del mundo y la gloria de la bienaventuranza será perenne.

 Lucas 1:54-55

 “Recibió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia. Así como habló a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia por los siglos”. (v. 54-55)

 Glosa

Después que hace mención de la piedad y de la justicia divina, vuelve a ocuparse de la gracia especial que dispensa por medio de la nueva encarnación, diciendo: “Recibió a Israel su siervo”, como médico que visita al enfermo. Así, Dios se hizo visible entre los hombres, para hacer que Israel -esto es, el que ve a Dios- fuese su siervo.

 Beda

Esto es, al obediente y al humilde; porque el que no quiere humillarse, no puede salvarse.

 San Basilio

Dice, pues, Israel, no la material a quien ennoblecía su nombre, sino la espiritual que retenía el nombre de la fe, teniendo sus ojos dirigidos hacia Dios para verlo por medio de la fe. También puede adaptarse a la Israel material, puesto que de ella creyeron muchos. Hizo esto “acordándose de su misericordia”, porque cumplió lo que había ofrecido a Abraham, diciendo: “Porque serán bendecidas en tu descendencia todas las naciones de la tierra” (Gén_22:18). La Madre de Dios, recordando esta promesa decía: “Así como habló a nuestros padre Abraham”. Porque se dijo a Abraham: “Estableceré mi pacto entre nosotros, y entre tu descendencia que habrá de venir después que tú, por medio de un pacto sempiterno que alcanzará a todas sus generaciones, a fin de que yo sea tu Dios y el de tu descendencia después de ti” (Gén_17:7).

 Beda

Llama descendencia, no tanto a los engendrados por la carne, como a los que han de seguir las huellas de su fe, y a quienes se ha prometido la venida del Salvador en los siglos.

 Glosa

Como esta promesa de herencia no se cierra por límite, no faltarán creyentes hasta el fin del mundo y la gloria de la bienaventuranza será perenne.

 Lucas 1:56

 Y María se detuvo con ella como tres meses, y se volvió a su casa. (v. 56)

 San Ambrosio

Permaneció María en casa de Isabel hasta que se cumplió el tiempo en que ésta debía dar a luz. Por lo cual se dice: “Y María se detuvo”.

 Teofilacto

En el sexto mes de la concepción del precursor se presentó el Angel a María, quien permaneció tres meses con Isabel. Y así se cumplieron los nueve meses.

 San Ambrosio

La causa por la que permaneció tanto tiempo no fue la sola familiaridad, sino también para el bien de tan gran profeta. Porque si a su primera entrada fue tan grande el don comunicado, que el niño saltó dentro del vientre a la salutación de María y la madre se llenó del Espíritu Santo, ¿cuánto más podemos creer que añadiría en el espacio de tanto tiempo la presencia de la Santísima Virgen María? Bien se deduce de aquí que prestó sus servicios y guardó un número místico.1

 Beda

Es necesario que el alma casta, que concibe el deseo del Verbo espiritual, soporte la intensa carga del ejercicio celestial; y permaneciendo allí como tres meses, no deje de perseverar mientras la ilumine la luz de la fe, la esperanza y la caridad.

 Teofilacto

Pero cuando Santa Isabel iba a alumbrar, la Virgen se retiró. Por lo cual se añade: “Y se volvió a su casa”; a saber, por la muchedumbre que debía reunirse para el parto, pues no era conveniente que la Virgen estuviese presente en tales circunstancias.

 Griego

Es, pues, costumbre de las vírgenes el retirarse cuando una mujer alumbra. Desde que llegó a su casa no salió para otra parte; sino que allí permaneció en adelante, hasta que conoció que llegaba la hora del parto; y allí el ángel del Señor disipó la duda de José.

 Lucas 1:57-58

 Mas a Isabel se le cumplió el tiempo de parir, y parió un hijo. Y oyeron sus vecinos y parientes que el Señor engrandeció su misericordia con ella, y se congratulaban. (vv. 57-58)

 San Ambrosio

Si observas con diligencia, notarás que la palabra plenitud nunca se emplea sino en la generación de los justos. Por eso se dice aquí: “El tiempo de Isabel se ha cumplido”. La vida del justo tiene, pues, la plenitud. Mas los días de los impíos son vanos.

 San Juan Crisóstomo

El Señor quiso retardar el parto de Isabel para que aumentase la alegría y aquella mujer se hiciese más célebre. Por lo cual sigue: “Y oyeron sus vecinos”. Los que habían conocido su esterilidad fueron testigos de la gracia divina. Ninguno se marchaba en silencio después de haber visto al infante, sino que alababan a Dios porque lo había concedido de un modo inesperado.

 San Ambrosio

El nacimiento de los santos produce la alegría de muchos, porque es un bien general. La justicia es una virtud común; por esto, en el nacimiento de un justo procede algún signo de lo que será su vida y se designa la gracia de la virtud que ha de seguir (figurada en la alegría de los vecinos).

 Lucas 1:57-58

 Mas a Isabel se le cumplió el tiempo de parir, y parió un hijo. Y oyeron sus vecinos y parientes que el Señor engrandeció su misericordia con ella, y se congratulaban. (vv. 57-58)

 San Ambrosio

Si observas con diligencia, notarás que la palabra plenitud nunca se emplea sino en la generación de los justos. Por eso se dice aquí: “El tiempo de Isabel se ha cumplido”. La vida del justo tiene, pues, la plenitud. Mas los días de los impíos son vanos.

 San Juan Crisóstomo

El Señor quiso retardar el parto de Isabel para que aumentase la alegría y aquella mujer se hiciese más célebre. Por lo cual sigue: “Y oyeron sus vecinos”. Los que habían conocido su esterilidad fueron testigos de la gracia divina. Ninguno se marchaba en silencio después de haber visto al infante, sino que alababan a Dios porque lo había concedido de un modo inesperado.

 San Ambrosio

El nacimiento de los santos produce la alegría de muchos, porque es un bien general. La justicia es una virtud común; por esto, en el nacimiento de un justo procede algún signo de lo que será su vida y se designa la gracia de la virtud que ha de seguir (figurada en la alegría de los vecinos).

Lucas 1:59-64

 Y aconteció que al octavo día vinieron a circuncidar al niño, y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías. Y respondiendo su madre dijo: “De ningún modo, sino Juan será llamado”. Y le dijeron: “Nadie hay en tu linaje que se llame con este nombre”. Y preguntaban por señas al padre del niño cómo quería que se le llamase. Y pidiendo una tableta, escribió diciendo: “Juan es su nombre”. Y se maravillaron todos. Y luego fue abierta su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. (vv. 59-64)

 San Juan Crisóstomo, homiliae in Gen., 39

La ley de la circuncisión se dictó primeramente a Abraham, en señal de distinción, para que la descendencia del patriarca se conservase limpia y así pudiese obtener los beneficios prometidos. Pero cuando se consuma lo convenido en un pacto, se quita la señal que se había puesto. Así pues, por Jesucristo, cesando la circuncisión, sucedió el bautismo; mas antes convenía circuncidar a Juan. Por esto se dice: “Y aconteció que al octavo día vinieron”. Había dicho el Señor (Gén_17:12): El niño de ocho días será circuncidado entre vosotros. Me parece que esta medida de tiempo fue establecida por la divina clemencia por dos razones. Primeramente para que en edad tan tierna se sufra mejor el dolor del corte de la carne; en segundo lugar para que aprendamos de estas operaciones que esto se hacía para señal, pues un tierno niño no puede discernir lo que se hace con él. Después de la circuncisión se imponía un nombre. De donde prosigue: “Y llamaban,…”. Esto se hacía así porque primero se debe tomar el signo de Dios y después el nombre humano. O porque ninguno, si primeramente no renuncia a las cosas de la carne -que es lo que significa la circuncisión-, es digno de que se inscriba su nombre en el libro de la vida.

 San Ambrosio

El Santo Evangelista hizo bien al prenotar que muchos creyeron que el niño debía llamarse Zacarías, como su padre; a fin de que se observe que no desagradó a la madre el nombre de alguno de la familia, sino que el Espíritu Santo le inspiró aquél que el Angel había anunciado ya a Zacarías. Y ciertamente que él no pudo declarar a su mujer el nombre del hijo, sino que Isabel aprendió por inspiración lo que no había aprendido del marido. De donde sigue: “Y respondiendo”, etc. No os admiréis de que esta mujer cite un nombre que no ha oído, puesto que el Espíritu Santo, que había mandado al Angel, se lo reveló a ella. Ni podía ignorar al precursor el que había vaticinado a Cristo. Y por esto sigue: “Y le dijeron”, etc., para que se entienda que éste no es un nombre de familia, sino de profeta. También se pregunta a Zacarías por señas. Y prosigue: “Y preguntaban por señas al padre del niño”, etc. Pero como la incredulidad le había quitado el oído y el habla, lo que no podía decir con la voz lo dijo con las manos y con las letras. Prosigue: “Y pidiendo una tableta, escribió, diciendo: Juan es su nombre”, etc. Esto es, no somos nosotros quienes le ponemos el nombre, sino que ya lo ha recibido de Dios.

 Orígenes

Zacarías significa el que se acuerda de Dios,1 Juan significa el que manifiesta a Dios.2 Además, la memoria se refiere a lo que está ausente y la demostración se refiere a lo que está presente. Por tanto Juan debía expresar, no la memoria de Dios como ausente, sino que debía señalarlo con el dedo como presente, diciendo (Jua_1:29): “He aquí el Cordero de Dios”.

 San Juan Crisóstomo

Este nombre de Juan significa también gracia de Dios. Y como Isabel había concebido ese hijo por la acción de la gracia de Dios, no por la de la naturaleza, inscribieron en el nombre del niño el recuerdo de ese beneficio.

 Teofilacto

Y porque el padre, mudo, concordó con su mujer acerca de este nombre del niño, sigue: “Y se maravillaron todos”, etc. Ninguno había entre todos sus parientes que llevase este nombre, para que alguno pudiese decir que antes lo habrían pensado los dos.

 San Gregorio Nacianceno, oratio 12

Una vez que hubo nacido San Juan, rompió el silencio de Zacarías. Y por ello sigue: “Al punto se abrió su boca”. Era, pues, absurdo que cuando la voz del Verbo se dejase oír, el padre continuase mudo.

 San Ambrosio

Con razón se desató en seguida su lengua, porque aquella a quien había atado la incredulidad, debía ser soltada por la fe. Creamos también nosotros, para que nuestra lengua -que está ligada con los vínculos de la incredulidad- se desate por la voz de la razón. Escribamos en el espíritu los misterios, si queremos hablar; escribamos al Precursor de Cristo, pero no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón. Pues el que nombra a Juan, vaticina a Jesucristo. Sigue, pues: “Y hablaba bendiciendo a Dios”.

 Beda

En sentido alegórico, la celebrada natividad de Juan es la gracia incoada del Nuevo Testamento, a la cual los vecinos y parientes querían más bien imponer el nombre de su padre que el de Juan. Porque los judíos, que estaban como unidos a él por afinidad con la observancia de la ley, querían más seguir la justicia que procedía de la ley que recibir la gracia de la fe. Pero la madre con palabras y el padre con letras procuran pronunciar el vocablo Juan -esto es, gracia de Dios-. Porque la misma ley, los salmos y los profetas, predican la gracia de Jesucristo con clarísimos oráculos. Aquel sacerdocio antiguo, con las sombras figurativas de ceremonias y sacrificios, le da también testimonio. Con razón Zacarías habla en el octavo día después de nacido su hijo; porque por medio de la resurrección del Señor, que se verificó dentro del octavo día -esto es, después del día séptimo, o sea el sábado-, se dieron a conocer los secretos del sacerdocio legal.

Lucas 1:59-64

 Y aconteció que al octavo día vinieron a circuncidar al niño, y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías. Y respondiendo su madre dijo: “De ningún modo, sino Juan será llamado”. Y le dijeron: “Nadie hay en tu linaje que se llame con este nombre”. Y preguntaban por señas al padre del niño cómo quería que se le llamase. Y pidiendo una tableta, escribió diciendo: “Juan es su nombre”. Y se maravillaron todos. Y luego fue abierta su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. (vv. 59-64)

 San Juan Crisóstomo, homiliae in Gen., 39

La ley de la circuncisión se dictó primeramente a Abraham, en señal de distinción, para que la descendencia del patriarca se conservase limpia y así pudiese obtener los beneficios prometidos. Pero cuando se consuma lo convenido en un pacto, se quita la señal que se había puesto. Así pues, por Jesucristo, cesando la circuncisión, sucedió el bautismo; mas antes convenía circuncidar a Juan. Por esto se dice: “Y aconteció que al octavo día vinieron”. Había dicho el Señor (Gén_17:12): El niño de ocho días será circuncidado entre vosotros. Me parece que esta medida de tiempo fue establecida por la divina clemencia por dos razones. Primeramente para que en edad tan tierna se sufra mejor el dolor del corte de la carne; en segundo lugar para que aprendamos de estas operaciones que esto se hacía para señal, pues un tierno niño no puede discernir lo que se hace con él. Después de la circuncisión se imponía un nombre. De donde prosigue: “Y llamaban,…”. Esto se hacía así porque primero se debe tomar el signo de Dios y después el nombre humano. O porque ninguno, si primeramente no renuncia a las cosas de la carne -que es lo que significa la circuncisión-, es digno de que se inscriba su nombre en el libro de la vida.

 San Ambrosio

El Santo Evangelista hizo bien al prenotar que muchos creyeron que el niño debía llamarse Zacarías, como su padre; a fin de que se observe que no desagradó a la madre el nombre de alguno de la familia, sino que el Espíritu Santo le inspiró aquél que el Angel había anunciado ya a Zacarías. Y ciertamente que él no pudo declarar a su mujer el nombre del hijo, sino que Isabel aprendió por inspiración lo que no había aprendido del marido. De donde sigue: “Y respondiendo”, etc. No os admiréis de que esta mujer cite un nombre que no ha oído, puesto que el Espíritu Santo, que había mandado al Angel, se lo reveló a ella. Ni podía ignorar al precursor el que había vaticinado a Cristo. Y por esto sigue: “Y le dijeron”, etc., para que se entienda que éste no es un nombre de familia, sino de profeta. También se pregunta a Zacarías por señas. Y prosigue: “Y preguntaban por señas al padre del niño”, etc. Pero como la incredulidad le había quitado el oído y el habla, lo que no podía decir con la voz lo dijo con las manos y con las letras. Prosigue: “Y pidiendo una tableta, escribió, diciendo: Juan es su nombre”, etc. Esto es, no somos nosotros quienes le ponemos el nombre, sino que ya lo ha recibido de Dios.

 Orígenes

Zacarías significa el que se acuerda de Dios,1 Juan significa el que manifiesta a Dios.2 Además, la memoria se refiere a lo que está ausente y la demostración se refiere a lo que está presente. Por tanto Juan debía expresar, no la memoria de Dios como ausente, sino que debía señalarlo con el dedo como presente, diciendo (Jua_1:29): “He aquí el Cordero de Dios”.

 San Juan Crisóstomo

Este nombre de Juan significa también gracia de Dios. Y como Isabel había concebido ese hijo por la acción de la gracia de Dios, no por la de la naturaleza, inscribieron en el nombre del niño el recuerdo de ese beneficio.

 Teofilacto

Y porque el padre, mudo, concordó con su mujer acerca de este nombre del niño, sigue: “Y se maravillaron todos”, etc. Ninguno había entre todos sus parientes que llevase este nombre, para que alguno pudiese decir que antes lo habrían pensado los dos.

 San Gregorio Nacianceno, oratio 12

Una vez que hubo nacido San Juan, rompió el silencio de Zacarías. Y por ello sigue: “Al punto se abrió su boca”. Era, pues, absurdo que cuando la voz del Verbo se dejase oír, el padre continuase mudo.

 San Ambrosio

Con razón se desató en seguida su lengua, porque aquella a quien había atado la incredulidad, debía ser soltada por la fe. Creamos también nosotros, para que nuestra lengua -que está ligada con los vínculos de la incredulidad- se desate por la voz de la razón. Escribamos en el espíritu los misterios, si queremos hablar; escribamos al Precursor de Cristo, pero no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón. Pues el que nombra a Juan, vaticina a Jesucristo. Sigue, pues: “Y hablaba bendiciendo a Dios”.

 Beda

En sentido alegórico, la celebrada natividad de Juan es la gracia incoada del Nuevo Testamento, a la cual los vecinos y parientes querían más bien imponer el nombre de su padre que el de Juan. Porque los judíos, que estaban como unidos a él por afinidad con la observancia de la ley, querían más seguir la justicia que procedía de la ley que recibir la gracia de la fe. Pero la madre con palabras y el padre con letras procuran pronunciar el vocablo Juan -esto es, gracia de Dios-. Porque la misma ley, los salmos y los profetas, predican la gracia de Jesucristo con clarísimos oráculos. Aquel sacerdocio antiguo, con las sombras figurativas de ceremonias y sacrificios, le da también testimonio. Con razón Zacarías habla en el octavo día después de nacido su hijo; porque por medio de la resurrección del Señor, que se verificó dentro del octavo día -esto es, después del día séptimo, o sea el sábado-, se dieron a conocer los secretos del sacerdocio legal.

 Lucas 1:65-66

 Y vino temor sobre todos los vecinos de ellos, y se extendieron todas estas cosas por todas las montañas de la Judea. Y todos los que las oían las conservaban en su corazón diciendo: “¿Quién pensáis que será este niño?” Porque la mano del Señor era con él. (vv. 65-66)

 Teofilacto

Así como todo el pueblo estaba admirado del mutismo de Zacarías, así también se admiró cuando lo oyeron hablar. Por esto se dice: “Y vino temor sobre todos los vecinos,…”, a fin de que esos dos prodigios hiciesen pensar algo grande acerca del recién nacido. Todo esto se disponía así, a fin de que, el que debía ser testigo de Cristo, fuese también digno de fe. De donde sigue: “Y todos los que las oían las conservaban en su corazón, diciendo: ¿Quién pensáis que será?”.

 Beda

Signos previos abren al precursor el camino de la verdad y el futuro profeta es recomendado por oráculos que lo preceden. De donde sigue: “Porque la mano del Señor estaba con él”.

 Glosa

Dios era quien hacía estos prodigios en él, los cuales no hacía San Juan, sino la mano divina -o lo que es lo mismo, su diestra-.

 Griego

En sentido místico, es el temor saludable que produjo la predicación de la gracia de Jesucristo en el tiempo de la resurrección del Señor, no solamente a los judíos -que eran vecinos, ya por el país, ya por el conocimiento de la ley- sino también a los gentiles, moviendo sus corazones. Y la fama de Jesucristo no sólo franqueó las montañas de Judea, sino también todas las cumbres del reino del mundo y de la sabiduría mundana.

 Lucas 1:67-68

 Y Zacarías, su padre, fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó diciendo: “Bendito el Señor Dios de Israel, porque visitó e hizo la redención de su pueblo”. (vv. 67-68)

 San Ambrosio

Dios, bueno y fácil en perdonar los pecados, no sólo restituye lo quitado, sino que concede además bienes inesperados. Ninguno, pues, desconfíe. Ninguno, recordando sus antiguos delitos, desespere de los premios de Dios. Dios sabe mudar su sentencia si tú sabes enmendar tu pecado. Por ello se dice: “Y Zacarías fue lleno del Espíritu Santo”.

 San Juan Crisóstomo

Esto es, por obra del Espíritu Santo. No obtuvo la gracia del Espíritu Santo de un modo cualquiera, sino de lleno. Resplandecía en él el espíritu de profecía. Por ello prosigue: “Y profetizó”.

 Orígenes

Zacarías, lleno del Espíritu Santo, anuncia dos profecías: una de Cristo, otra de Juan. Lo cual se demuestra claramente por medio de sus palabras, en las que habla ya del Salvador como si estuviese presente y como si ya viviese en el mundo, diciendo: “Bendito el Señor Dios de Israel, porque visitó”.

 San Juan Crisóstomo

Bendiciendo Zacarías a Dios, anuncia que ya ha visitado a su pueblo; ya se quiera entender a los israelitas materiales -porque había venido a las ovejas que habían perecido de la casa de Israel- (Mat_15:24), ya a los espirituales -esto es, a los fieles-, que fueron dignos de esta visita, haciendo eficaz para sí mismos la provisión divina -esto es, su providencia-.

 Beda

Visitó, pues, el Señor a su pueblo, como desfallecido por una larga enfermedad; y lo redimió, como del pecado, comprándolo con la sangre de su Unigénito Hijo. Y como Zacarías conocía que pronto se iba a sacrificar, según costumbre de los profetas, lo cuenta ya como hecho. Dice, pues: “A su pueblo”, no porque le halló suyo cuando vino, sino porque visitándolo lo hizo suyo.

 Lucas 1:69

“Y nos suscitó un cuerno de salvación en la casa de David, su siervo”. (v. 69)

 Teofilacto

Parecía que Dios se dormía, mirando muchos pecados; pero encarnando al fin, se despertó y aplastó a los demonios que nos aborrecían. Y por esto dice: “Y nos suscitó un cuerno de salvación en la casa de David, su siervo”.

 Orígenes

Porque Jesucristo nació de la descendencia de David, según la carne. De donde se dice: “Un cuerno de salvación para nosotros en la casa de David”. Así como se dice en otro lugar: “Le ha hecho una viña en el cuerno, esto es, en Jesucristo” (Isa_5:1).

 San Juan Crisóstomo, Serm. de Anna, 4

Con el nombre de cuerno designa el poder, la gloria y la fama, tomándolo metafóricamente de los animales brutos, a quienes Dios ha dado cuernos para su defensa y para su gloria.

 Beda

El reino de Cristo Salvador se llama también cuerno de salvación; porque todos los huesos están cubiertos de carne, mas el cuerno supera a la carne. Por eso el reino de Jesucristo se llama cuerno de salvación, con el cual se superan el mundo y los goces de la carne. Para figurar ese reino, David y Salomón fueron consagrados con el cuerno del óleo para gloria de su reino.

Lucas 1:70

 “Como habló por boca de sus santos Profetas, que ha habido en todo tiempo”. (v. 70)

 Teofilacto

Que Cristo nacería de la casa de David, lo anuncia Miqueas diciendo: “Y tú Belén, tierra de Judá, no eres la menor; porque de ti nacerá el jefe que rija mi pueblo de Israel” (Miq_5:1-3). Mas todos los Profetas hablaron de la encarnación; por eso se dice: “Como habló por boca de los santos profetas,…”.

 Griego

Con lo cual declara que Dios habló por ellos, y que no es humano lo que dijeron.

 Beda

Dice, pues: “Que ha habido en todo tiempo”, porque toda la Escritura del Antiguo Testamento es un anuncio profético de Jesucristo; pues el mismo padre Adán y los demás patriarcas dan testimonio con sus hechos a su ministerio.

 “Para salvarnos de nuestros enemigos y de todos los que nos aborrecen”. (v. 71)

 Beda

Habiendo dicho antes: “Nos ha suscitado un cuerno de salvación”, explica a continuación lo que había dicho, añadiendo: “Para salvarnos de nuestros enemigos”, como diciendo: “Nos ha suscitado un libertador de nuestros enemigos y de todos los que nos aborrecen”.

 Orígenes

No creamos que ahora se diga de los enemigos corporales, sino de los espirituales. Vino el Señor Jesús, fuerte en la batalla, a destruir a todos nuestros enemigos para librarnos de sus asechanzas y tentaciones.

Lucas 1:72-73

“Para hacer misericordia con nuestros padres y acordarse de su santo Testamento: juramento que juró a nuestro padre Abraham, que nos daría”. (vv. 72-73)

Beda

Había dicho que el Señor nacería de la familia de David, según los vaticinios de los profetas. Dice que nos libertará para cumplir la alianza que hizo con Abraham, porque la reunión de los gentiles y la encarnación de Jesucristo se habían prometido principalmente a estos patriarcas. Pone a David en primer lugar porque a Abraham fue prometida la santa asamblea de la Iglesia, y a David le fue anunciado que Jesucristo nacería de él. Y por tanto, después de lo que se ha dicho de David, añade lo que se refiere a Abraham, diciendo: “Para hacer misericordia con nuestros padres”.

Orígenes

Yo pienso que a la venida del Señor Salvador, Abraham, Isaac y Jacob gozaron de su misericordia, pues no es creíble que los que vieron antes su día y se alegraron, después a su venida, no recibiesen utilidad alguna de parte de él, puesto que está escrito: “Dando la paz con la sangre de su cruz, ora sobre la tierra, ora en los cielos” (Col_1:20).

Teofilacto

La gracia de Cristo se extiende también hasta aquellos que habían muerto, porque por El resucitaremos no sólo nosotros, sino los que murieron antes de su venida. Y usó de su misericordia con nuestros padres, puesto que colmó su esperanza y su deseo. Por esto sigue: “Y acordarse de su santo testamento”, esto es, del que se dijo: “Yo te colmaré de beneficios, y te multiplicaré” (Gén_22:17). Y así se ha multiplicado Abraham en todas las naciones que, imitando su fe, se han hecho hijas adoptivas suyas. Y los patriarcas, viendo que sus hijos recibían tales beneficios, se congratulan y reciben también en sí mismos igual misericordia. Por lo cual prosigue: “Conforme juró a nuestro padre Abraham que nos concedería este don”.

San Basilio, in Psalmo, 29

Nadie se crea autorizado, sin embargo, para jurar al oír que el Señor hizo este juramento a Abraham, porque así como cuando se habla de la ira de Dios no se trata de la explosión pasional, sino de una acción de justicia, así tampoco jura Dios como lo hace el hombre -siendo para nosotros juramento su palabra- porque expresa la verdad, cumpliendo de un modo inmutable lo que ha prometido.

Lucas 1:74

“Para que, libertados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor”. (v. 74)

San Juan Crisóstomo

Habiéndonos dicho que de la casa de David nacería en abundancia la salud para nosotros, manifiesta que por la misma participamos de la gloria y evitamos los maleficios del enemigo. Por esto dice: “Para que, librados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor”. Para alguno será difícil de comprender la relación que existe entre estas dos cosas, porque muchos evitan el peligro, pero pierden la vida gloriosa, como el criminal a quien pone en libertad la indulgencia del monarca. Mientras que, por el contrario, otros gozan de la gloria, por la cual han tenido que exponerse al peligro, como el guerrero que abrazando la carrera gloriosa de las armas se encuentra con frecuencia rodeado de peligros. Pero esta abundancia de salud salva y glorifica a la vez. Y salva librando de las manos de los enemigos, no a medias, sino admirablemente, de modo que no haya que temer ya. Por lo cual dice: “Para que, librados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor”.

Orígenes

O de otro modo, con frecuencia se libran algunos de las manos del enemigo, aunque no sin temor. Porque, precediendo éste al peligro, puede ciertamente el hombre quedar libre de las manos de los enemigos, pero no del temor. Por esto ha dicho que la venida de Cristo nos ha sacado sin temor de las manos de los enemigos, porque no hemos sentido los efectos de sus asechanzas, habiéndonos separado de ellos de repente y conduciéndonos a la mansión de nuestra propia herencia.

Lucas 1:75

“Con verdadera santidad y justicia ante su acatamiento todos los días de nuestra vida”. (v. 75)

San Juan Crisóstomo

Zacarías glorifica al Señor porque ha hecho que le sirvamos con plena confianza, no carnalmente, como Judea con la sangre de las víctimas, sino espiritualmente con las buenas obras. Y esto es lo que da a entender cuando dice: “Con verdadera santidad y justicia”, porque la santidad perfecta consiste en ser justo delante de Dios, y la justicia en serlo delante de los hombres. Tal es el que cumple de una manera reverente todo lo que se refiere a los hombres. Dice, pues, no en presencia de los hombres, como los hipócritas -que son los que quieren agradarlos- sino de Dios (Rom_2:29), y esto no sólo una vez ni por tiempo determinado, sino en todos los días y por todo el tiempo que viven. Por lo cual dice: “Todos los días de nuestra vida”.

Beda

Porque aquel que antes de la muerte se separa de su servicio, o mancha con alguna acción impura la justicia de la fe, o la perfección de su conducta, o que pretende manifestarse santo y justo solamente delante de los hombres y no de Dios, no le sirve enteramente libre de las manos de sus enemigos espirituales, sino que, a imitación de los antiguos samaritanos, se afana por servir a la vez al Señor y a los dioses de la gentilidad.

Lucas 1:76

“Y tú, niño, tú serás llamado el Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos”. (v. 76)

San Ambrosio

Después de haber profetizado magníficamente sobre Dios, dirige sus palabras al profeta para expresar que este beneficio procedía también del Señor, a fin de no aparecer desagradecido callando lo que le es propio, mientras refería lo de los demás. Por esto dice: “Y tú, oh niño, serás llamado el Profeta del Altísimo”, etc.

Orígenes

Se apresuró sin duda Zacarías a hablar al niño, porque sabía que después de poco tiempo habría de ir a vivir al desierto y que por ello no podría disfrutar de su presencia.

San Ambrosio

Pero algunos juzgarán como un desvarío de la mente eso de hablar a un niño que sólo cuenta ocho días de vida. Pero si tenemos presente lo que precede, comprenderemos que aquel que oyó la salutación de la Virgen María antes de nacer, bien pudo entender después de nacido la voz de su padre. El profeta sabía que los oídos de un profeta que oyó la salutación de la Virgen María antes de nacer son muy diferentes de los nuestros, y no necesitan el desarrollo del cuerpo por la edad, porque cuentan con el auxilio del Espíritu divino. Tenía sentido para entender aquel que había tenido afecto para saltar.

Beda

A menos de admitir que Zacarías, tan pronto como pudo hablar, quisiera publicar los dones futuros de su hijo que él había conocido perfectamente por medio de un ángel. Comprendan, pues, los arrianos cómo Jesucristo, a quien San Juan precedía profetizándolo es llamado Altísimo, como en el Salmo: “El hombre nació en ella, y el mismo Altísimo la fundó” (Sal_86:5).

San Juan Crisóstomo

Así como los que se asocian con los reyes son los que están más cerca de ellos, así San Juan, siendo amigo del esposo, fue quien precedió de cerca su venida. Esto es lo que se añade: “Porque irás delante del Señor a preparar sus caminos”. Otros profetas anunciaron con mucha anticipación el misterio de Cristo, pero éste lo anunció tan inmediato, que él mismo lo vería y daría a conocer a los demás.

San Gregorio Magno, Moralia, 13

Todo aquél que, predicando, limpia los corazones de sus oyentes de las inmundicias de sus pecados, prepara el camino a la sabiduría que ha de venir al corazón.

Lucas 1:77

“Enseñando la ciencia de la salvación a su pueblo, para que obtenga el perdón de sus pecados”. (v. 77)

Teofilacto

Cómo el precursor preparó el camino del Señor lo manifiesta añadiendo: “Para dar conocimiento de la salvación a su pueblo”. Jesús es la salvación. El conocimiento de ésta, es decir de Cristo, fue dado al pueblo por San Juan, que fue el que dio testimonio de Jesucristo.

Beda

Como deseando repetir el nombre de Jesús, esto es, del Salvador, hace mención con frecuencia de la salud. Y para que no se creyera que era la salud temporal la que se prometía, añade: “Para que obtenga el perdón de sus pecados”.

Teofilacto

No hubiese sido conocido el Señor de otro modo, si no hubiera perdonado los pecados del pueblo. Porque sólo es propio de Dios el perdonar los pecados.

Beda

Pero los judíos no han recibido a Cristo, prefiriendo esperar al Anticristo, porque no han querido librarse interiormente del dominio del pecado, sino exteriormente del yugo de la servidumbre humana.

Lucas 1:78

“Por las entrañas misericordiosas de nuestro Dios, que ha hecho que ese Sol naciente haya venido a visitarnos de lo alto del cielo”. (v. 78)

Teofilacto

Porque nos perdonó Dios nuestros pecados, no en virtud de nuestras obras, sino por su gran misericordia, añade de una manera muy oportuna: “Por las entrañas misericordiosas de nuestro Dios”.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 14

Cuya misericordia no encontramos por nuestros esfuerzos cuando la buscamos, sino que es Dios quien nos la concede de lo alto del cielo. Así dice: “Que ha hecho que ese Sol naciente (Jesucristo) haya venido a visitarnos (tomando nuestra carne) de lo alto del cielo”.

Griego

Mientras permanece en lo alto está presente también en la tierra, sin experimentar división ni circunscripción, lo que no puede comprender nuestro entendimiento, ni expresarse con palabras.

Lucas 1:79

“Para alumbrar a los que yacen en las tinieblas y en la sombra de la muerte: para enderezar nuestros pasos por el camino de la paz”. (v. 79)

Beda

Jesucristo se llama Oriente y con mucha propiedad, porque nos dio a conocer el nacimiento de la verdadera luz. Por esto dice: “Para alumbrar a los que yacen en las tinieblas y en la sombra de la muerte”, etc.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 14

Aquí no llama tinieblas a las materiales, sino al error y a la separación de la fe, o sea, a la impiedad.

San Basilio

Los gentiles vivían entre tinieblas -las que aumentaban con la adoración de los ídolos- hasta que apareció la luz que disipó aquella oscuridad, haciendo brillar el esplendor de la verdad.

San Gregorio Magno, Moralia, 4, 17

Se entiende por sombra de la muerte el olvido del espíritu. Porque así como la muerte hace que no tenga ya vida lo que mata, así el olvido hace que aquello que invade no exista más en la memoria. Por esto se dice que el pueblo judío, que se había olvidado de Dios, yacía en la sombra de la muerte. Entiéndese por esta sombra la muerte de la carne, porque así como la verdadera muerte es la que separa al espíritu de Dios, así la sombra de la muerte es la que separa al espíritu del cuerpo. De aquí que por voz de los mártires se diga en el Salmo: “Donde nos cubrió una sombra de muerte” (Sal_43:20). También se entiende por sombra de muerte la imitación del diablo, al cual se llama muerte en el libro del Apocalipsis (Ap 6). Porque así como la sombra se extiende en proporción de lo que es el cuerpo, así las acciones de los impíos se expresan por cierta especie de imitación del diablo.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 14

Dice con toda propiedad que yacen porque no andábamos en tinieblas, sino que permanecíamos inmóviles, como no teniendo esperanza de quedar libres de ellas.

Teofilacto

El Señor, cuando nace, no sólo alumbra a los que yacen en las tinieblas. Como se ve por lo que sigue, dice algo más: “Para enderezar nuestros pasos por el camino de la paz”. El camino de la paz es el de la justicia, al que ha dirigido nuestros pasos, esto es, los afectos de nuestras almas.

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 33

Dirigimos nuestros pasos por el camino de la paz cuando recorremos el de las buenas obras, sin separarnos de la gracia de nuestro Señor.

San Ambrosio

Advertimos también que Isabel profetiza para pocos y Zacarías para muchos, aun cuando uno y otro están inspirados por el Espíritu Santo. Pero en esto se observa el debido orden, que quiere que la mujer procure conocer las cosas divinas más bien que enseñarlas.1

Lucas 1:80

Mientras tanto el niño iba creciendo, y se fortalecía en el espíritu, y habitó en los desiertos hasta el tiempo en que debía darse a conocer a Israel. (v. 80)

Beda

El que había de predicar la penitencia pasó la primera época de su vida en los desiertos, para separar más fácilmente de los placeres del mundo a los que habían de aprender oyéndolo. Y así dice: “Mientras tanto el niño iba creciendo”.

Teofilacto

Según la edad del cuerpo “y se fortalecía en el espíritu”. También crecía la gracia espiritual con el cuerpo, y los afectos de su alma se daban a conocer cada día con más claridad.

Orígenes

También podemos decir que crecía en espíritu, porque en realidad no permanecía en el mismo estado en que había empezado, pero el espíritu siempre crecía en El. Su voluntad siempre se extendía a progresar en lo más perfecto y su inteligencia contemplaba algo de más divino. Ejercitaba su memoria para conservar en su tesoro lo que es puro. Añade pues: “Y se fortificaba en el espíritu”. La naturaleza humana es débil; por esto leemos en San Mateo: “Mas la carne es flaca” (Mat_26:41), razón por la que necesita ser confortada por el espíritu, “porque el espíritu está pronto”. Muchos se robustecen según la carne, pero el atleta de Dios debe fortificarse por el Espíritu, para destruir el poder de la carne. Por lo cual se retiró huyendo del tumulto de las ciudades y del trato de las gentes. Y continúa: “Y habitó en los desiertos”, en donde es más puro el aire, más claro el cielo y Dios más familiar. Porque, como aun no había llegado el tiempo del bautismo y de la predicación, debía dedicarse a la oración, a conversar con los ángeles, llamar a Dios y oírlo decir: “Heme aquí”.

Teofilacto

Y estaba en el desierto para vivir lejos de la malicia de la muchedumbre y no temer acusaciones de nadie. Si hubiera estado en el mundo, acaso se hubiese corrompido con la amistad y el trato de los hombres. También se mantuvo en el desierto para hacerse digno de fe, como quien había de predicar a Jesucristo, y se ocultó en él hasta que Dios creyó oportuno darlo a conocer al pueblo de Israel. Por lo cual dice: “Hasta el tiempo en que debía darse a conocer a Israel”.

San Ambrosio

Se explica claramente el tiempo de la vida del profeta en el vientre de su madre, para que no pasara en silencio la presencia de María. Pero se ignora el tiempo de su infancia porque, fortificado en el seno materno con la presencia de la Madre del Señor, no conoció las debilidades de la infancia.

 COMENTARIOS AL CAPÍTULO I de SAN LUCAS, POR SCIO:

 

Introducción. San Gabriel revela a Zacarías la concepción y nacimiento de Juan. Zacarías queda mudo por no haber creído al santo ángel. Este mismo espíritu anuncia a María la Encarnación del Verbo eterno en sus entrañas por virtud del Espíritu Santo. Visita la Virgen a santa Isabel, que profetiza, y da mil alabanzas a María. Entona esta al Señor un cántico de acción de gracias. Nace el Bautista, y cuando es circuncidado, recobra Zacarías el habla, y prorrumpe en otro cántico de acción de gracias.

 

1 a. El verbo latino conor, y el Griego epijeiréo, puede significar emprender una cosa con buen o mal fin, llegando, o no, a cumplir el designio que cada uno se propone. San Lucas en este lugar parece que señala a los que intentaron escribir el Evangelio sin particular inspiración del cielo, y que, fiando en solas sus fuerzas, produjeron una obra puramente humana, y por consiguiente sujeta a errores, y vacía de la unción del Espíritu divino.

 

2 b. Estas palabras no pertenecen a las que preceden, sino al versículo siguiente. San Lucas no fue testigo de vista, sino que escribió lo que le enseñaron los Apóstoles, y aun la misma Madre de Dios; fuera de que el texto Griego añade, ánothen, divinitus, de arriba.

 

  1. Del Hijo de Dios, y de las cosas que obró. Ya dejamos advertido que la palabra griega lógos se usa en el mismo sentido que la hebrea Dabár, verbum, res, o el Verbo divino. Y se hallaron presentes a todo lo que Jesucristo hizo y habló.

 

3 d. Algunos han creído que el nombre de Teófilo, a quien San Lucas dirige su Evangelio, no es nombre propio de una persona, sino que significa todos aquellos que están llenos del amor de Dios, y que con estos habla, preparándolos para que oigan la serie de los sucesos que va a contar. Pero Teofilacto y otros creen que este fue una persona ilustre a quien dirigió también después los hechos de los Apóstoles, infiriéndose del epíteto krátiste, que sólo se daba a las personas más calificadas, como lo hizo San Pablo con Félix y con Festo (Hch_23:26Hch_26:25), presidentes de Judea; y significa muy poderoso, muy ilustre; y la Vulgata óptimo.

 

4 e. El Griego: tén asfáleian, la seguridad, firmeza, verdad. La desnuda y sencilla historia del Evangelio la más fuerte e invencible prueba de su verdad y divinidad.

 

5 f. Este fue nombrado el Grande, padre de otro Herodes, que fue tetrarca y hermano de Filipo, y el que hizo degollar al Bautista. Hubo otro Herodes Agripa, hijo de Aristóbulo, y nieto de este mayor, el cual hizo quitar la vida a Santiago, como se lee en los Hechos de los Apóstoles.

 

  1. Habiéndose multiplicado excesivamente los descendientes de Aarón, no podían servir todos a un tiempo en el templo del Señor, y por esto el rey David los dividió en veinte y cuatro familias que por su turno entrasen por semanas a ejercer su ministerio. Diez y seis de estas familias, o clases sacerdotales se componían de los descendientes de Eleazar; y ocho de los de Itamar, hijos los dos de Aarón: por manera, que al fin de veinte y cuatro semanas, o de ciento sesenta y ocho días, cada clase volvía a entrar en el servicio del templo. A la de Abías, de la que era Zacarías padre del Bautista, le tocó ser la octava en el turno o suerte (1Cr_24:20). Y así, de la vez o de la suerte, o turno de Abías, quiere decir de la familia de Abías.

 

  1. Esto es, de una familia sacerdotal. Por todos títulos debía ser ilustre aquella de quien había de proceder el Precursor del Mesías. Esto por el padre; que la madre sin duda era del linaje de David, y tribu de Judá, y por este enlace se llama prima de la Virgen María, cognata.

 

  1. Se conserva este nombre en su propia y original pronunciación, porque así lo conserva Granada y los maestros antiguos de nuestra lengua, aunque el uso común en nuestra lengua dice Isabel.

 

6 j. MS. Derechureros ante Dios.

 

9 k. Se ofrecía el incienso todos los días, mañana y tarde en el altar de los perfumes, que estaba delante del Santuario (Éxo_30:7-8).

 

11 l. Esta visión no fue imaginaria o fantástica, sino corporal, y así se mostró el arcángel San Gabriel a este santo sacerdote bajo de una forma exterior. Los antiguos han mirado como una gloria y privilegio singular del Bautista, que su nacimiento fuese anunciado por el mismo ángel que anunció a la santa Virgen la concepción y nacimiento del Salvador. San Agustín.

 

  1. Á diestro del altar del acienso.

 

13 n. Algunos creen que esta oración se enderezaba a que Dios bendijese su matrimonio, y le diese un hijo. Mas San Agustín con otros intérpretes dice, que hallándose tan avanzado en edad, y su mujer del mismo modo, no parece verosímil que pidiese lo que naturalmente no podía tener esperanza de conseguir; y que así su oración era por el pueblo. Y como este no podía esperar su salud y redención sino del Cristo o del Mesías, por eso se anuncia a Zacarías el nacimiento de un hijo, que debía ser el precursor de este Cristo Salvador de Israel.

 

  1. MS. Te parrá un fijo, e pornásle nombre Johán.

 

  1. Juan significa gracioso, o el Señor tuvo misericordia.

 

14 q. Porque había de ser un grande santo, y precursor del Mesías que esperaban.

 

15 r. Siceram no significa sólo la cerveza o sidra, sino todo aquello que puede embriagar, del hebreo schachar, embriagó; y en especial el vino de la palma y dátiles, que después del de la vid era el más fuerte. Esta abstinencia era parte de la consagración de los Nazarenos (Núm_6:3).

 

  1. San Cipriano, San Ambrosio, y otros muchos Padres han entendido, que el Bautista fue lleno del Espíritu Santo, aun antes que naciese.

 

17 t. Será el precursor del Mesías, y se verá en él el mismo espíritu y fortaleza que en Elías, para predicar la verdad, para atraer a la misma fe y piedad de los antiguos Patriarcas el corazón duro e incrédulo de los judíos, a fin de que no confíen en los bienes perecedores de este mundo, ni en las sombras carnales de la ley, ni en sus propias obras; sino que aspiren a las cosas del cielo, y pongan su confianza en la benignidad y misericordia del Salvador; porque esta es la prudencia y sabiduría de los justos. El texto Griego pone apeithéis, irreductibles, rebeldes, no fáciles de ser persuadidos; dando a entender con esto su dureza, y la dificultad de su conversión.

 

  1. Esto es, un pueblo que, a semejanza de Abraham, mirase la tierra, que le había sido prometida, como una tierra extranjera, esperando aquella ciudad fabricada sobre un fundamento eterno, cuyo fundador y arquitecto es el mismo Dios. Y esta era la prudencia de aquellos justos. Preparar al Señor; esto es, disponer bien al pueblo para recibir al Señor, al Mesías.

 

19 v. Como los ministros del rey, que están delante de su trono, para recibir sus órdenes. Los ángeles no se distinguen por nombres; mas los han tomado, cuando han aparecido a los hombres, para declarar sus cualidades y ministerios. El de Gabriel, que quiere decir la fuerza de Dios, o según otros, el hombre Dios Vir Dei), era conocido de Zacarías, y sirvió a hacerle comprender que el que le hablaba era aquel ministro fiel del Dios de los ejércitos, que anunció a Daniel la libertad próxima de la nación de los judíos, y la venida del Cristo (Dan_22:9Dan_22:22 ss), y que este mismo embajador del cielo viene muchos siglos después a anunciar el nacimiento del Precursor del Mesías.

 

22 w. Es muy verosímil que quedase también sordo; y se ve de que le hablaban por señas, cuando lo preguntaban qué nombre se había de poner a su hijo; y de que el griego kofós significa mudo y sordo.

 

23 x. Esto es, la semana, que, como dejamos dicho, le tocó servir en el templo; y en este tiempo los sacerdotes no se acercaban a sus mujeres, ni bebían vino ni cerveza.

 

24 y. Porque en aquella edad avanzada se avergonzaba de algún modo, y le causaba confusión verse en aquel estado.

 

25 z. Habiendo Dios prometido a Abraham que su descendencia se multiplicaría excesivamente, y que de ella había de proceder el Mesías, era mirada la esterilidad como una ignominia entre los hebreos, y como castigo de algún pecado oculto (Gén_20:18). Mas como Isabel se hallaba en edad tan avanzada, la fecundidad le daba como cierta vergüenza y por esto se ocultaba de la vista de los demás.

 

26 a. De la preñez de Isabel.

 

27 b. Descendientes de David. Aún no había sido conducida a su casa, según la antigua costumbre de llevar la esposa a casa del esposo, y de dejarla en su poder. Pero no por eso dejaba de ser mujer de José, y José marido de María (Mat_1:20). La fe mutua que ligaba estas dos santas personas, era suficiente y justo título para esto; pues, como enseña santo Tomás, y todos los teólogos, la esencia del matrimonio consiste en la recíproca unión de las voluntades, aunque no haya conjunción carnal.

 

28 c. El ángel entró en figura y traje corporal en el aposento en que retirada y sola oraba al Padre celestial.

 

  1. Jáire, Ave, Dios te guarde. San Lucas, escribiendo en griego, usó de la forma que usan los griegos para saludarse; pero el ángel para saludar a María se serviría verosímilmente de la que usaban los hebreos: La paz sea contigo; y con la que se deseaban perfecta salud, prosperidad y contentamiento. El sentido es uno mismo.

 

  1. Mas que todas las mujeres, o a quien Dios entre todas ha colmado más de gracias. Hebraísmo (Cnt_1:8).

 

29 f. El Griego: he dé idousa, viéndolo ella. Esta turbación nació de ver al ángel en forma humana; porque como dice San Ambrosio: Trepidare virginum est, et ad omnes viri ingressus pavere, omnes viri affatus vereri; y también nació de oír aquella salutación tan nueva, que hería su gran modestia y profundísima humildad. Esta la hacía creerse indigna de la honra que le anunciaba el ángel, y aun temer que pudiera ser una ilusión.

 

31 g. Sirviéndose el ángel de las mismas palabras de Isaías (7,14): He aquí que la Virgen concebirá, y parirá hijo, dio lugar a la Virgen de reflexionar sobre esta antigua profecía, por la que se señalaba el milagroso nacimiento del Hijo, que se le prometía sin detrimento de su virginidad.

 

32 h. No será este como uno de esos reyes mortales, a quienes la necesidad de morir arrebata el cetro de las manos para que otros les sucedan. Su virtud, y la calidad de Hijo de Dios le aseguran una eterna posesión.

 

33 i. Jesucristo, según la naturaleza humana, era descendiente del rey David; mas su reino no fue temporal, como el de David, sino que reinó y reinará eternamente de una manera espiritual en todos aquellos que tuvieren la fe de Jacob; pues estos son los que verdaderamente pertenecen a su casa. D. Bernard. supra Missus est: Hom. IV, num. 2.

 

34 j. MS. Pues que yo no he paria de uaron. Después que María volvió de aquella primera turbación, y habiendo conocido que era un ángel el que le hablaba, no dudó de la verdad de su palabra, sino que preguntó cómo había de suceder esto, siendo virgen. Es antigua tradición, que María había consagrado a Dios su virginidad con voto.

 

35 k. Manera de hablar figurada, tomada de que Dios antiguamente aparecía envuelto en nube y oscuridad, para declarar la secreta y preternatural virtud del Espíritu Santo en esta obra tan maravillosa. El Hijo de Dios no debe tener otro Padre que a Dios; y tú no tienes necesidad de esposo para concebirle. Aquel mismo Espíritu que, reposando sobre las aguas, dio, por decirlo así, la fecundidad a la materia del mundo, descenderá sobre ti, y formará el sagrado cuerpo de tu Hijo, y le dará la vida.

 

  1. El Santo por excelencia, el Santo de los santos, aquel que de toda eternidad es engendrado en el seno del Padre, tomará de tu propia sustancia el ser de hombre, que unirá hipostáticamente a la persona divina, y será verdadero Hijo de Dios, y verdadero Hijo tuyo.

 

38 m. Todos los Padres antiguos sienten uniformemente que se obró en María el inefable misterio de la Concepción de Jesucristo y encarnación del Verbo en el momento mismo en que pronunció estas palabras, que descubren la profunda humildad y obediencia con que se sujetó a las órdenes de Dios, y un ardentísimo deseo de que se cumpliese lo que le había sido anunciado.

 

39 n. Algunos creen que esta ciudad fue Hebrón, aunque no se puede asegurar cosa de cierto. Era ciudad sacerdotal, y la principal de las nueve que fueron destinadas a Judas y a Simeón, hijos de Aarón (Jos_21:9-11).

 

41 o. Como manifestándose sensible en aquel momento en que recibía la gracia. El común sentir de los Padres es, que Juan recibió entonces el uso de la razón, y reconoció a su Salvador; y San Bernardo no duda afirmar, que desde este momento el Espíritu Santo llenó este vaso de elección, y le preparó para que sirviese como de hacha, que debía ir alumbrando delante de Jesucristo.

 

  1. Fue plenamente iluminada por el Espíritu Santo en el conocimiento del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.

 

47 q. MS. El mio salvamiento.

 

48 r. MS. Porque cató Dios a la humildat de la su sierva.

 

  1. Porque el Señor me ha elegido por Madre de su Hijo, por eso me llamarán bienaventurada en todos los siglos.

 

49 t. El Griego a la letra: kái hágion tó ónoma autóu.

 

51 u. La fuerza del hombre se explica ordinariamente por su brazo. Y aquí María hace alusión al poder con que el Señor abatió el orgullo de los que con porfiada obstinación le resistieron, como Faraón, Sennaquerib, Holofernes, Antíoco y otros; y es una profecía del establecimiento del reino de Cristo, que triunfaría de todos los esfuerzos que harían contra él sus enemigos.

 

52 v. MS. Despuso los poderosos de la siella, e enalçó los baxos. De este modo castigó la soberbia de Saúl, y ensalzó al humilde David.

 

53 w. Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, dijo Jesucristo, Mateo, V, 6; porque ellos serán hartos, esto es, serán llenos de bienes espirituales; y por el contrario, los que mirándose como ricos, no tienen esta hambre, creyendo que nada les falta, serán enviados vacíos y pobres, para padecer después una hambre, que no tendrá alivio en toda la eternidad. Esto mismo se confirma con la parábola del rico avariento.

 

54 x. Bajo de su protección. El Griego: tóu paidós, su siervo, y también hijo; porque el Señor miró y trató a los Israelitas, no tanto como a siervos, cuanto como a hijos suyos. Y en este sentido dijo el Salvador a la Cananea: Que no era bueno tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perros.

 

55 y. Lo prometió.

 

  1. In saecula, o como se lee en el texto Griego, in saeculum. Se puede juntar cum semine, significando, que la familia de Abraham permanecería siempre; y también a misericordiae, y recordatus, dando a entender con esto que jamás faltaría su misericordia (véase Gén_22:16).

 

56 a. Otros: Quedóse pues con ella.

 

60 b. Isabel no había oído el nombre con que Dios quería distinguir y señalar a su hijo, ni del ángel ni de Zacarías; y así es muy verosímil, dice San Ambrosio, que el Espíritu Santo, de quien estaba ya llena, se lo revelase.

 

63 c. MS. Una pennola. El texto Griego: pinakídion, tablilla. Estas estaban enceradas, y escribían sobre ellas con un punzón. Eran de diferentes materias, leño, marfil, cuero, etc.

 

  1. Porque sabían lo que había pasado antes entre el ángel y Zacarías.

 

64 e. Y se desató su lengua. Estos prodigios que vio el pueblo, le dieron motivo de creer, como se dice después, que el Señor tenía grandes designios sobre este niño.

 

66 f. Haciendo reflexivo, y considerando todas las circunstancias que habían acompañado su nacimiento.

 

  1. Porque todos estos milagros del poder de Dios daban a entender que el Señor estaba con este niño, que lo tomaría bajo su divina protección, lo llenaría de su gracia, y se serviría de él, como de instrumento, para obrar extraordinarios milagros y maravillas.

 

68 h. Pues encarnándose, ha venido a vivir y conversar entre los hombres, y a ser su Salvador y Redentor.

 

69 i. El cornu salutis es un tropo y frase hebrea. A la letra, un Salvador poderoso. El cuerno en los toros y en los otros animales es toda su fuerza para acometer y defenderse. Y así en la Escritura es frecuente esta expresión figurada, para significar la fuerza, y también el poder de los reinos o imperios. David (Sal_131:14-18), hablando de Sión, o de Jerusalén, declara proféticamente que el Señor levantaría en ella el cuerpo del rey David, esto es, restablecería en Jerusalén, aunque de una manera espiritual, y en la persona de Jesucristo, el cetro y el reino de David.

 

71 j. El acusativo salutem se ha de juntar con el verbo locutus est, y el sentido es: Como tenía prometido librarnos de nuestros enemigos. También puede regirse de erexit, o sobreentenderse la preposición eis, in, y juntarse con el v. 69. Nos ha levantado un poderoso Salvador para librarnos, o que nos librase, etc. Estos enemigos son los espíritus de la malicia, los principados y las potestades, los príncipes del mundo, esto es, de las tinieblas de este siglo (Efe_6:12).

 

72 k. Los padres se han salvado, como dice San Pedro (Hch_15:11), del mismo modo que los hijos, por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo prometido a Jacob, a Isaac y a Abraham. Porque cuando este santo Patriarca quiso sacrificar su hijo, obedeciendo las órdenes de Dios, este Señor le juró por sí mismo, y le dijo: Que todas las naciones de la tierra serían benditas en su familia (Gén_22:16-18). Esto es, en Jesucristo, que descendería de él, según la carne. Que él daría a nosotros, esta gracia de un poderoso Salvador; y que librados de la mano, etc. Que es como lo entienden otros.

 

74 l. El cual si es servil, no puede estar con la confianza de hijos de Dios, que son justificados por la fe. Y este servicio es el fin de nuestra redención.

 

76 m. Este es un apóstrofe de Zacarías a su santo hijo, por la que significa que sería llamado por excelencia el profeta del Altísimo, el precursor del Mesías, el que exhortando al pueblo a penitencia, le mostraría el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo (Jua_1:29). Esta remisión de los pecados sería un puro efecto de la gran caridad y misericordia de Dios para con los pecadores; y esta inefable e infinita misericordia hizo que el Verbo eterno del Padre bajase de lo alto para visitarnos y conversar con nosotros, que esto significa el nombre de Emmanuel, que le fue dado por los profetas; y que el que es el resplandor de la gloria del Padre (Hab_1:3), nos alumbrase como divino Sol de justicia, disipando las tinieblas y sombras de la muerte eterna, a que nos había reducido el estado de la culpa; y dirigiendo nuestros pasos por el camino de una eterna sumisión a la divina voluntad nos condujese a la paz de la celestial y triunfante Jerusalén.

 

77 n. Demuestra que la salud consiste en la remisión de los pecados por la gracia, que es el principal punto del Evangelio.

 

78 o. Aquí oriens, como se ve en el texto Griego, anatolé, no es participio, sino nombre sustantivo, aplicado al Mesías por antonomasia Sol de Oriente. El Mesías, el Sol de justicia, que ha bajado del cielo a alumbrarnos con su luz (véase Zac_3:9Mal_4:2).

 

79 p. El Bautista se retiró al desierto desde su infancia, y allí permaneció, viviendo una vida muy austera hasta la edad de treinta años, en que quiso el Señor mostrarlo al pueblo de Israel, y que comenzase a predicar la penitencia, hablando de Jesucristo, exhortando a todos a que le reconociesen por su verdadero Mesías, y por su Señor y Redentor.

 

80 q. Al paso que crecía en el cuerpo, el Espíritu Santo daba nuevo y mayor vigor a su alma.

 

  1. MS. Del su demostramiento a Israel.

Por Sededelasabiduria

VIDUY, TESCHUVA Y TIKKUM

En el 2017 el mundo se preparó a celebrar cuatro centenarios de graves heridas infringidas a la Iglesia: quinto de las 95 tesis clavadas en la puerta de la iglesia del Palacio de Wittenberg por Lutero; tercero de la creación de la moderna masonería; primero de la Revolución bolchevique y también el primero de la promesa de un estado, hecha por Lord A. J. Balfour a los judíos. En el primer festejo participará, cómo no, la Roma conciliar de forma oficial; al segundo y al tercero, algunos dignatarios a título particular, generalmente en secreto; aunque luego todo se sabe;  al cuarto habrá nota de congratulación Bergogliana al embajador de Israel, en la espera de participar en los mayores fastos de 2.048 con visita al nuevo Templo incluida, ahora en proyecto; para esa fecha el moderno Estado judío cumplirá sus cien primeros añitos: un bebé de pecho, al fin y al cabo, pero con colmillos que devoran otras carnes, además de la dieta Kosher. Los que conservamos la fe católica celebamos sólo el centenario de la aparición de la Virgen María en Fátima..

Desde que el último Papa santo, Pío X, luego de escuchar a Theodoro Herzl, le dijera que la Iglesia no podía reconocer al pueblo judío ni sus aspiraciones en Palestina, ya que los judíos «no habían reconocido a Nuestro Señor», las cosas han cambiado mucho y para mal. (ver así habla un verdadero sucesor de Pedro)

Sin duda Herzl actuaba movido por criterios políticos, en tanto que la respuesta del Papa se basaba en la teología católica. Años después el Vaticano se opuso a la Declaración Balfour por motivos teológicos, pues le era inaceptable que los denominados «Lugares Santos» católicos estuvieran bajo el gobierno de los pérfidos judíos.

Lo que San Pío X negó a los judíos por motivos religiosos, Karol Wojtyla lo cambió por las razones espurias que tuviese. Nada habría que decir a tal cambio, si fuese por motivos diplomáticos; pero, en realidad, es legítimo preguntarse ¿no eran también teológicas las razones de Karol Wojtyla para dar un giro de 180º respecto a la postura tradicional de la Iglesia? Veamos el gravísimo trasfondo que late bajo esta apariencia política, a través de la obra del profesor Michael Laurigan (1), que recomiendo a los católicos leer, y otros autores.

Al término de la II Guerra mundial los objetivos judíos eran dos.

Primero. La creación de un nuevo estado; asunto sobre el cual eran optimistas; para ello contaban con las abrumadoras finanzas de los sionistas capaces de convencer a cualquier político renuente, especialmente en USA y en la avergonzada Alemania, un entramado de relaciones, eficaz en Occidente y en  Medio Oriente, y con la Haganah, el ejercito clandestino judío, que ya en 1939 poseía un embrionario Estado Mayor, y no dudaba en usar del terrorismo, como hizo en el atentado contra el Hotel Semíramis, en enero de 1948(2), antes de constituirse el nuevo Estado de Israel.

Segundo. Aun cuando retornaran a la tierra de Israel, quedaba de resolver la cuestión más importante, que podemos resumir así: «¿ Cuándo recuperaremos nuestra misión de pueblo que lleva la salvación a las naciones?»; para dar una respuesta a esta cuestión se requería, previamente,  retirar el principal obstáculoo  dicho de otra forma, necesitaban primero encontrar una solución al bimilenario enemigo; planteado como interrogación, el problema se enunciaría de esta manera «¿Cómo debería ser la Religión de los cristianos que durante casi dos mil años pretendieron ser el nuevo Israel?». El segundo objetivo en la agenda, pero el primero ontológicamente, fue y es, pues, retirar al cristianismo la misión de portador de la salvación que, según los judíos sólo corresponde al pueblo de Israel y asignarle una cometido noáquido (3); es decir, la Iglesia sería sólo un mozo porta maletas de una recortada ley natural entre los gentiles. No se trataría, en efecto, de destruirla, sino de transformarla; eso sería para su fin principal mucho más útil.Para ello necesitaban usurpadores de la Sede de Pedro filo judíos: Roncalli, Montini, Wojtyla, Ratzinger, Bergoglio ( el 2º, 3º y 4º judíos de sangre, según todo parece)

El objetivo era nítido y como ya lo había planteado en 1.884 el rabino Elías Benamozegh, sólo tendrían que revivir sus tres puntos, según los cuales, la Iglesia:

1.-Debe cambiar su concepción sobre el pueblo judío, al que debe rehabilitar como pueblo primogénito, sacerdotal «que ha sabido conservar la religión primitiva en su pureza original». Objetivo cumplido.

2.-«Debe renunciar a la divinidad de Jesucristo, este Hijo del Hombre como él mismo se llamaba». En  ello están los últimos “papas” tras Pío XII..

3.-Aceptar una interpretación-no una supresión-del misterio de la Trinidad. En eso están también, y hasta algunos clérigos vagos que no cesan de proclamar insultos a todo lo que se mueve,  les ayudan sosteniendo un subordinacionismo herético del Hijo al Padre y hasta un neo semiarrinismo, según sus pesado sermones para mortificación de adormilados. Quien oiga, entienda.

Claro está que se necesitaba una estrategia para conseguir esos objetivos; sobre manera porque la historia se había empeñado en demostrar que los muros de la Iglesia eran inexpugnables desde fuera. Por lo tanto, si la misma Iglesia, a través de sus representantes, es decir, desde su interior y por la traición, no estuviese dispuesta a iniciar su propia reconstitución, la batalla por los tres objetivos de Benamozegh se zanjaría con una nueva derrota para la Sinagoga.

Les resultó necesario, pues, ir por fases. Tres etapas se pueden distinguir en estas últimas décadas (4):

  • Primera: «VIDUY» es decir, el sincero reconocimiento de las faltas cometidas por la Iglesia contra los judíos a lo largo de la historia, confesado por sus más altos representantes: cardenales y papas. El antipapa Wojtyla pidió perdón a los judíos.
  • Segunda:«TESCHUVA», la conversión a la conducta judía. El antipapa Ratzinger manifiesta la herejía de que la Antigua Alianza y sus ritos están vigentes y que los judíos se salvan siendo fieles a ella, y no necesitan convertirse a Jesucristo.
  • Tercera:«TIKKUN», o sea, la cuestión más importante: la reparación de las faltas cometidas por la Iglesia.

Pero para lograr que los hombres de la Iglesia hicieran un acto de contrición por los crímenes contra la Sinagoga les resultaba perentorio poseer una víctima propiciatoria. Una comunidad afectada por una larga crisis se vuelve a un chivo expiatorio, que una vez muerto, hace revivir a todo el pueblo; tanto para el bien como para el mal, los poderes del chivo entre los mitos paganos, trascienden la finitud humana; si los dioses arcaicos sólo eran mitos de chivos expiatorios sacralizados (5), nada impedía a los judíos talmúdicos sacralizar su moderna historia; si en Treblinka, Dachau, Auschwitz-Birkenau, etc., murieron cristianos, gitanos, comunistas, protestantes, musulmanes, y todo el que se opusiera al régimen, a nadie parece importarle; sólo los cadáveres judíos suscitan interés; ningún historiador sabe cuántos murieron ni, a veces, cómo; los datos varían y mucho; una cosa son las novelas y las películas de propaganda liberal o comunista, y otra la obstinada realidad; pero resultaba vital para los judíos que se declarara infaliblemente el dogma de que eran seis millones, aunque fuese un número demasiado abultado a todas luces, e indemostrable;  ni uno más ni uno menos; y por supuesto, debíamos creer con firme vehemencia que todos los muertos estaban circuncidados, es decir, todos eran judíos; debiendo nosotros suponer que se amputaba el prepucio de machos y hembras, hasta que seamos corregidos del error de que la damas no se circuncidan porque nada tienen que cortar,  si es que no deseamos estar excomulgados o impedidos de comprar y vender; más vale pecar de excesivo celo, aunque nos digan tontos. Pero, desde luego,  ninguno era cristiano, según nos quieren hacer creer. Habían creado su cabrón víctima, que como el caballo, ande o no ande debe ser bien grande; el holocausto o soah que sustituiría a la única Víctima, verdadera Hostia cuyo holocausto es agradable al  Padre, se exhibió al mundo y éste creyó. Se añadió la literatura obligatoria en muchos países de Europa; el texto de lectura obligado fue, entre otros, el Diario de Ana Frank, la historia lacrimosa de una niña judía con el vicio de la exploración de su cuerpo y de fácil enamoramiento contra natura, cuya autenticidad de la obra no aguanta el mínimo análisis crítico del texto; un invento de un adulto, que servía a los fines de hacer más sentimental el nuevo chivo a unos europeos sentimentaloides, sin el hábito de ejercer la potencia del entendimiento.  Ahora sólo restaba sustituir al Cordero de Dios por el nuevo chivo. Para tal sustitución contaban con el caballo de Troya, Nostra Aetate, que por primera vez presenta una imagen positiva de los pérfidos judíos; sólo había que esperar a la noche. Y, entonces, sobrevinieron las tinieblas sobre la tierra (6) y la Iglesia se eclipsó (7).

Una nueva historia de la salvación emergió, por boca de obispos y cardenales. Según la novedosa doctrina en palabras del cardenal de París, Jean María Listiger, el Mysterium Salutis es, en realidad, este:

α . Por la cantidad y fuerza de los paganos convertidos al cristianismo, se invirtió la economía de la salvación, desposeyendo a los judíos de su misión de pueblo elegido, portador de la salvación de los hombres.

«..el pecado en que incurrieron los paganos-cristianos (quiere decir los cristianos provenientes de la gentilidad o judíos convertidos que habían abandonado sus prácticas, abolidas por la Iglesia), tanto los clérigos como los príncipes o el pueblo, fue apoderarse de Cristo para desfigurarlo, y hacer de esta desfiguración su dios (…) Su ignorancia sobre Israel es prueba de su ignorancia sobre Cristo, a quien dicen servir»(8).

El cardenal creado por el antipapa Juan Pablo II está afirmando que la Iglesia ha desfigurado a Cristo durante casi 2000 años; hasta que el Concilio Vaticano II aprobó el decreto Nostra Aetate, como veremos. Luego está diciendo que desde el martirio de San Esteban a manos de los judíos, hasta Pío XII los cristianos han ignorado al verdadero Cristo’, y  ¡Tal blasfemia no movió ni un solo pelo bajo los birretes!

β.  Cuando Constantino reconoció el cristianismo y Teodosio lo declaró religión del Imperio, los judíos fueron marginados.

«Cuando Constantino garantizó a los cristianos una tolerancia que equivalía a un reconocimiento del cristianismo en la vida del Estado y lo estableció como religión del Imperio, los judíos fueron violentamente marginados. Éste era un modo simplista y grosero de rechazar los tiempos de la redención y su trabajo de  parto.» (9)

γ. El mito de la sustitución del pueblo judío por los cristianos fue alimentado por unos celos inconfesables que legitimaba la apropiación de la herencia de Israel.

«Los celos frente a Israel son tales, que rápidamente asumió la forma de una reivindicación de herencia. ¡Eliminar al prójimo, esto es, a alguien diferente de uno mismo! Los paganos convertidos tuvieron acceso a la Escritura y a las fiestas judías. Pero un movimiento de celo humano, muy humano, los condujo a poner al margen, o bien fuera, a los judíos.»

«El mito de la sustitución del pueblo cristiano por el pueblo judío se alimentaba, pues, de un secreto e inconfesable ataque de celos, y legitimaba la apropiación de la herencia de Israel, cuyos ejemplos podrían multiplicarse.» (10)

Ante estas declaraciones,  el rabino Josy Eisenberg  se dirige al cardenal  J.M. Lustiger en estos términos:

 «En vuestro libro “La Promesa” rechazáis la teología de la sustitución, lo cual me place »(11)

δ. Ha llegado la época en que esa herencia sea devuelta al pueblo judío. Pero se encuentra mucha resistencia entre los sencillos católicos.

«La Iglesia Católica condensó esta toma de conciencia en la declaración Nostra Aetate del ConcilioVaticano II, que desde hace treinta años viene dando lugar a numerosas tomas de posiciones, especialmente bajo el impulso del antipapa Juan Pablo II. Pero a esta nueva comprensión aún le cabe transformar profundamente los prejuicios e ideas de tantos pueblos pertenecientes al espacio cristiano, cuyo corazón no está todavía purificado por el espíritu del Mesías. La experiencia histórica nos lo muestra: se precisa una larga “paciencia” y un gran esfuerzo de educación “para poseer el alma” (Lc 21, 8). Con todo, el rumbo emprendido es irreversible.» (12)

Como dice M. Laurigan: En pocas palabras, se trata de que los cristianos celosos se apropiaron de la herencia de los judíos, suplantándolos en el papel de pueblo de Dios e instrumento de salvación del mundo; de la admisión y confesión de esta falta en el siglo XX, después de la toma de conciencia que tuvo lugar en el Concilio Vaticano II en cuanto a que esa herencia debe ser devuelta a los judíos desposeídosy de la necesidad de reparar la falta cometida, dando tiempo al tiempo a fin de cambiar el espíritu de los cristianos. El movimiento de la historia es irreversible ¡voto al cielo que han cambiado el espíritu de la mayoría de los cristianos!

ε. La elección sobre el pueblo judío jamás ha sido revocada. Pondré ejemplos de que esto es lo que creen desde hace décadas en el Vaticano, contra la fe de la Iglesia, a pesar de que alguno sienta nauseas o le den arcadas.

«Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada (…) Los cristianos no podemos considerar al Judaísmo como una religión ajena, ni incluimos a los judíos entre aquellos llamados a dejar los ídolos para convertirse al verdadero Dios» (Evangelii  Gaudium nº 247, del antipapa Bergoglio, alias Francisco.

«Hasta entonces [la parusía], Israel mantiene su propia misión» (antipapa Benedicto XVI en la obra “ Jesús de Nazaret II ”P. 63).

«¡Shalom!… El encuentro entre el pueblo de Dios de la Antigua Alianza, que nunca fue rechazada por Dios, y el de la Nueva, es asimismo un diálogo interior a la Iglesia misma.»(antipapa Juan Pablo II a la comunidad judía en Maguncia el 11/7/80)

Por la importancia de estas impías falsedades y ofensas a Cristo, vida nuestra, sobre todo de quienes las escriben, los antipapas Francisco, Benedicto XVI y Juan Pablo II, cabe señalar lo siguiente para que los fieles no se envenenen con el ajenjo y se dejen matar el alma, yendo al infierno, si siguen esta perversa doctrina.

La Santa Iglesia católica ha definido infaliblemente, contra lo que dicen estos tres  antipapas, lo contrario que vocean y practican:

« [La Iglesia] Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituidas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, y empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento” (Decreto para los jacobitas -Concilio de Florencia –XII ecuménico-De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441, (fecha florentina) ó 1442 (actual), del Papa Eugenio IV DZ 1348).

«Y en primer lugar, por la muerte de nuestro Redentor el Nuevo Testamento tomó el lugar de la antigua ley que había sido abolida …por su muerte Jesús dejó sin efecto la Ley con sus decretos [Ef. 02:15] … se establece el Nuevo Testamento en su sangre derramada por toda la raza humana. A tal punto, por consiguiente, dice San León Magno al hablar de la cruz de nuestro Señor, se llevó a cabo la transferencia de la Ley al Evangelio, desde la sinagoga a la Iglesia, de muchos sacrificios a una sola víctima, que, cuando nuestro Señor había expirado, se desgarró violentamente de arriba abajo el velo místico que cubría la parte más interna del templo y su secreto sagrado. En la cruz, murió la antigua ley, murió para inmediatamente ser enterrada y ser portadora de muerte » (Papa Pío XII, Mystici Corporis Christi # ‘s 29-30, 29 de junio de 1943)»

Como jamás en toda la historia ha habido tanta ignorancia entre los católicos, incluidos la mayor parte del clero, no está de más recordarles que « No se abra entrada alguna por donde se introduzcan furtivamente en vuestros oídos perniciosas ideas, no se conceda esperanza alguna de volver a tratar nada de las antiguas constituciones; porque —y es cosa que hay que repetir muchas veces—, lo que por las manos apostólicas, con asentimiento de la Iglesia universal, mereció ser cortado a filo de la hoz evangélica no puede cobrar vigor para renacer, ni puede volver a ser sarmiento feraz de la viña del Señor lo que consta haber sido destinado al fuego eterno. Así, en fin, las maquinaciones de las herejías todas, derrocadas por los decretos de la Iglesia, nunca puede permitirse que renueven los combates de una impugnación ya liquidada»(De la Carta Cuperem quidem, del Papa San Sulplicio a Basilisco August., de 9 de enero de 476. DZ 160).

Seguimos citando las traiciones:

«Una elección que perdura: la primera Alianza no ha caducado. Contrariamente a lo que sostuvo una exégesis tan antigua como cuestionable, no se podría deducir del nuevo Testamento que el pueblo judío ha sido privado de su elección. El conjunto de las Escrituras, por el contrario, nos invita reconocer la fidelidad de Dios a su pueblo en la preocupación de fidelidad del pueblo judío a la Ley y a la Alianza. La primera Alianza, en efecto, no queda abrogada por la nueva. El pueblo judío tiene conciencia de haber recibido, a través de su vocación particular, una misión universal frente a las naciones»  (texto de la Comisión del Episcopado apóstata Francés para las Relaciones con el Judaísmo; 1973).

«El pensamiento católico romano manifiesta un creciente respeto por la tradición judía que se desarrolla desde el Concilio Vaticano II. La profundización de la valoración católica sobre la alianza eterna entre Dios y el pueblo judío, así como el reconocimiento de la misión que Dios asignó a los judíos de atestiguar el amor fiel de Dios, llevan a concluir que las acciones encaminadas a convertir a los judíos al cristianismo ya no son teológicamente aceptables en la Iglesia Católica»

¿Hasta dónde hemos llegado, es decir, en qué fase estamos?  Viduy, o sea, el reconocimiento sincero de las faltas, ya lo hizo el antipapa Juan Pablo II: Todos tenemos en nuestra memoria y en el corazón el inmenso dolor y la vergüenza de ver a Karol Józef Wojtyła pedir perdón a los que mataron al Hijo de Dios; gesto que repitió su sucesor.

Teschuva, la conversión a la conducta talmúdica, según el analista judío Paul Giniewiski se ha cumplido, excepto en un resto de fieles católicos. ¿No hemos visto a Bergoglio rezar con los judíos, encender la menorá, almorzar con ellos en Santa Marta y a sus predecesores ir a la sinagoga una y otra vez?

Resta, pues, tikkum, es decir la reparación. Giniewiski dice que «ésta no terminará hasta que la enseñanza del aprecio se traduzca en textos didácticos y su propagación haya suscitado numerosas vocaciones de alumnos y profesores de la novedad» En ello están ya muy avanzados. El objetivo es ambicioso, hacer oír y aceptar una enseñanza que diga lo contrario de San Pablo, el obstáculo de los anticristos empeñados en fabricar una Nueva Iglesia, que dice: « …los judíos, los cuales  no contentos con matar al Señor Jesús y a los profetas, también a nosotros nos persiguieron: que no agradan a Dios y  son contrarios a todos los hombres … obstinados siempre en colmar la medida de sus pecados pero está para descargar sobre ellos la ira hasta el colmo». (I Tesalonicenses 2:14-16).

Hace dos mil años que aquellos que repudiaron la Ley de Moisés para adherir al Talmud se dedican a obstaculizar la obra redentora. Estuvieron detrás de todas las rebeliones del espíritu humano contra Dios, contra su Ungido -al que no quisieron reconocer -, y contra su Iglesia, considerada para eso siervos de Satanás como “usurpadora”.

El Calvario separó en dos al Pueblo Elegido; por un lado los discípulos y apóstoles, judíos que  confesaron a Cristo, el Hijo de Dios, y los primeros cristianos de la gentilidad. Por otro, aquellos sobre cuya cabeza ha caído, según su deseo, la sangre del Justo, lo cual les valió una maldición que durara hasta que perdure su rebeldía y confiesen a Jesucristo. El deicidio ha abierto una fosa abismal entre el antiguo tiempo y el nuevo, fisura que sólo cesará por la misericordia divina, el día en que su justicia haya terminado su obra y ponga a los enemigos de Cristo como estrado de sus pies.

Todos reconocen, como hemos visto por sus propias declaraciones, que la ruptura tuvo su origen en el Concilio, al cual apelan para sustentar otra nueva religión; pero ¿cómo se entretejió esta apostasía? Mientras los más no cumplían con la obligación de conocer su fe, los teólogos se dedicaban a hacer encajes de bolillo para evitar la Cruz, y el resto rechazaba la gracia, por comodidad, falsa obediencia, papolatría,  evasión de los problemas, o sea, pecando, o por otras razones que nos son desconocidas. Pero esa historia de encuentros, reuniones, traiciones, presiones, idas y venidas, etc. será, Dios mediante, objeto de una segunda parte.

Sofronio

 NOTAS:

(1)   Michael Laurigan:Del mito de la sustitución a la Religión Noáquida (el breve texto se puede descargar gratis aquí)

(2)    Dominique Lapierre, Larry Collins;Oh Jerusalén.

(3)    La ley noáquida es aquella que Dios dio a Noé después del Diluvio.

(4)    Paul Giniewski. Antijudaismo cristiano. Un cambio. Cf. Michael Laurigan; Del Mito de la sustitución a la religión noáquida.

(5)    René Girad. Aquel por el que llega el escándalo. Cáparros ed.

(6)    La tierra, desde donde surgirá el psudoprofeta, representa en el Apocalipsis la religión, y el mar el mundo, lo político.

(7)    “ La Iglesia será eclipsada. Roma perderá la fe”. Es una parte de la profecía de Nuestra Sra. de la Salette contada a Melani.

(8)    La Promesa. Edt. Parole et Silence, 2002, pag.81. Cf. Michel Laurigan; Del mito..

(9)   Michael Laurigan:Del mito de la sustitución a la Religión Noáquida

(10) Ibidem

(11) Le Nouvel Observateur, nº 1988, del 12-18 de diciembre, 2002, p. 116. Cf. Ibidem.

(12) Ibidem.

LOS ROMANOS [FINAL]

Sobre las ventajas de la castidad (De bono pudicitiae).
La introducción de esta excelente obra (c.1-2) presenta numerosos puntos de contacto con el tratado De cibis iudaicis. También aquí se lamenta el autor de estar ausente de su rebaño, con el cual se mantiene en contacto por medio de cartas: “Por mis cartas procuro hacerme presente entre vosotros, y me dirijo a vosotros en la fe, según tengo por costumbre, mediante las amonestaciones que os envío” (1), y les exhorta a permanecer firmes en el Evangelio: “Os conjuro, pues, que os establezcáis en la solidez de la raíz del Evangelio y que estéis siempre armados contra los asaltos del diablo” (ibid.). Exhorta a sus lectores a la castidad (c.2), que conviene a los que son templos del Señor, miembros de Cristo y morada del Espíritu Santo. Contrapone (3) esta virtud a su enemiga, la inmodestia. Pues la primera confiere al cuerpo su dignidad, a la vida moral su gloria, a los sexos su carácter sagrado, a la modestia su salvaguardia. Es la fuente de la pureza, la paz del hogar, la corona de la concordia y la madre de la inocencia. La otra, por el contrario, es el enemigo de la continencia, el delirio peligroso de la lujuria, la ruina de la buena conciencia, la madre de la impenitencia y la deshonra de la propia raza. Hay tres grados de castidad: la virginidad, la continencia y la fidelidad conyugal (c.4). Esta última fue decretada cuando la creación del hombre y renovada por Cristo y sus Apóstoles (c.5-6). Pero “la virginidad y la continencia están por encima de toda ley; nada hay en las leyes del matrimonio que pertenezca a la virginidad, pues ésta, por su encumbramiento, trasciende todas ellas… La virginidad se coloca en el mismo plano de los ángeles; más aún, si lo consideramos bien, veremos que aun los supera, porque luchando con la carne reporta una victoria contra la naturaleza, lo que no hacen los ángeles” (c.7). José en Egipto (c.8) y Susana (c.9) son ejemplos gloriosos de castidad. Los dos resistieron a todas las tentaciones y recibieron su recompensa. Pero el mayor premio consiste en que “el haber vencido al placer es el mayor de los placeres, y no hay mayor victoria que la que victoria sobre los propios deseos… El que elimina los deseos, elimina también los miedos, porque el miedo se origina del deseo. El que domina sus deseos, domina sobre el pecado; el que domina sus deseos demuestra que la malicia de la familia humana yace derrotada a sus pies; el que ha dominado sus deseos se ha dado a sí mismo una paz duradera; el que supera sus deseos recobra su propia libertad, conquista difícil aun para las naturalezas nobles” (c.11). Al final (c.12-13) trata de los peligros que acechan a esta virtud y los medios para protegerlos.
Todo el tratado depende de los escritos de Tertuliano De virginibus velandis, De cultu feminarum y De pudicitia y también del De habitu, virginum de Cipriano.
5. Cartas
De las dos cartas que Novaciano escribió a Cipriano de Cartago (Epist. 30,36) ya hemos hablado. B. Melin ha demostrado recientemente eme también la epístola 31 es seguramente de Novaciano. Va dirigida a Cipriano por Moisés, Máximo, Nicóstrato y otros confesores romanos en respuesta a una carta suya (Epist. 28), y prueba que el suave reproche de Cipriano por haberle censurado su huida durante la persecución, había dado su fruto. Por lo que se refiere a los lapsos, están de acuerdo con la opinión de Cipriano.
II. La Teología De Novaciano.
La obra De Trinitate sentó la reputación de Novaciano como teólogo. Evitando todo vestigio de platonismo, adopta el método silogístico y dialéctico de los estoicos y aristotélicos, empleado también por sus adversarios monarquianos. Este procedimiento resultó eficaz, sobre todo por lo que atañe a sus abundantes y bien seleccionadas citas de la Escritura, que dan a la obra la ventaja de una mayor seguridad y de un mayor poder de convicción. El desarrollo de la doctrina trinitaria llega aquí a una meta de perfección para el período preagustiniano, y se lee como un manual de cristología occidental.
En la exposición de la doctrina trinitaria sigue el camino trazado por Justino, Teófilo. Ireneo, Hipólito y, sobre todo, Tertuliano. Así, afirma con todos sus predecesores que el Legos estuvo siempre con el Padre, pero que fue enviado por El en un momento determinado del tiempo con el fin de crear el mundo:
El Hijo, por ser engendrado del Padre, está siempre en el Padre. Cuando digo “siempre,” no quiero decir que es ingénito. Afirmo, por el contrario, que nació. Pero el que nació antes de todo tiempo, debe decirse que existió siempre en el Padre, puesto que no se le pueden fijar fechas al que es anterior a todos los tiempos. El está eternamente en el Padre, pues de otra suerte el Padre no sería siempre Padre. Por otra parte, el Padre es anterior a El, pues el Padre debe ser necesariamente antes que el Hijo, como Padre; puesto que El no conoce origen, debe existir necesariamente antes que el que tiene un origen. El Hijo, pues, es necesariamente anterior al Padre, porque reconoce El mismo que existe en el Padre; tiene un origen, puesto que nació, y por el Padre de una manera misteriosa; con todo, a pesar de haber nacido y tener así origen, es en todo semejante (vicinus) al Padre, precisamente debido a su nacimiento, puesto que nació del Padre, el cual es el único que carece de origen. El, pues, cuando el Padre quiso, procedió del Padre, y el que estaba en el Padre, porque procedía del Padre, no siendo otra cosa que la Substancia divina. Su nombre es el Verbo, por el cual fueron hechas todas las cosas, y sin el cual nada fue hecho. Porque todas las cosas son posteriores a El, pues vienen de El, y, consiguientemente, El es anterior a todas las cosas (pero después del Padre), considerando que todas las cosas fueron hechas por El. Procedió del Padre, por cuya voluntad todas las cosas fueron hechas. Dios, con toda certeza, procedente de Dios, constituyendo la segunda Persona después del Padre, por ser Hijo, sin desposeer por eso al Padre de la unidad de la divinidad (De Trin. 31).
Novaciano intenta seguir un camino medio entre las dos tendencias opuestas del monarquianismo, el dinámico o adopcionista, que consideraba a Cristo como a un hombre colmado de poder divino o revestido posteriormente de la dignidad divina, y el modalista o patripasianista, según el cual Cristo no era sino una nueva manifestación del mismo Padre. Está tan empeñado en hacer resaltar la unidad de la divinidad, que no se atreve a usar el vocablo trinitas, empleado por Teófilo, Hipólito y Tertuliano. Por eso, comete el mismo error, haciendo al Hijo subordinado al Padre:
Y puesto que recibe la santificación del Padre, se sigue que no es el Padre, sino el Hijo. Porque, de haber sido el Padre, no habría recibido la santificación, antes bien la habría dado. En cambio, El sostiene que ha recibido la santificación del Padre. Al recibir esta santificación, prueba que es inferior al Padre, y demuestra con eso que es el Hijo, no el Padre. Afirma, además, que fue mandado por el Padre. Así, pues, el Señor Cristo vino porque fue enviado por obediencia; lo cual prueba también que no es el Padre, sino el Hijo, el cual habría ciertamente sido el que envía y no el enviado, de haber sido el Padre. Mas no fue el Padre el enviado; de haberlo sido, el hecho de ser enviado probaría que el Padre está sometido a otro Dios (ibid. 27).
Cristo permanece sometido por siempre a su Padre. Es su mensajero, el ángel del gran consejo:
La única explicación plausible es que El (Cristo) es a la vez ángel y Dios. Mas esa descripción no puede convencer ni referirse al Padre, quien es solamente Dios; pero se puede aplicar con propiedad a Cristo, de quien ha sido revelado que no es solamente Dios, sino también ángel. Es evidente, pues, que no fue el Padre quien habló a Agar en este pasaje (Gen. 21,17), sino Cristo, que no es solamente Dios, sino Aquel a quien se aplica con propiedad el título de ángel, en virtud de haber sido hecho “el ángel del gran consejo” — ángel, porque manifiesta la intención escondida en el seno del Padre, como declara Juan (lo. 1,18) —. Y considerando que Juan dice que esta Persona, que revela los planes ocultos del Padre, se hizo carne, a fin de poder manifestar esos planes, se sigue que Cristo no es solamente hombre, sino también ángel; y, además, las Escrituras nos lo presentan no solamente como ángel, sino como Dios. Esta es nuestra fe cristiana. Puesto que, si rehusamos reconocer que fue Cristo quien habló a Agar en este pasaje, debemos o hacer a un ángel Dios o colocar a Dios Padre entre los ángeles (ibid. 18).
Cristo es el siervo del Padre, cuyos preceptos siempre obedece:
Es, pues, parte de la misma verdad que El (Cristo) no hace nada según su propia voluntad, ni nada lleva a cabo según su propio consejo, ni viene de sí mismo, sino que obedece todo mandato y orden del Padre. Su nacimiento prueba que es el Hijo, mas su obediencia sumisa declara que es el ministro de la voluntad del Padre, de quien tiene el Ser. Y así tributa la debida sumisión al Padre de todas las cosas, aunque sea Dios, además de ser ministro; y así, por su obediencia demuestra que el Padre, de quien toma su origen, es un solo Dios (ibid. 31).
Novaciano, ante el temor de ser acusado de diteísmo, acentúa aún más el subordinacionismo de sus predecesores. Le parece que puede salvar mejor la unidad de la divinidad concibiendo al Logos como una manifestación personal, pero temporal y pasajera, del Padre. A El devolverá el Logos al final toda autoridad, y a El volverá, como vuelven las olas al mar. De ahí, pues, que todas las cosas estén colocadas bajo sus pies y entregadas al que es Dios, y el Hijo reconoce que todas las cosas le están sujetas como un don recibido del Padre; así El restituye al Padre toda la autoridad de la Divinidad. El Padre aparece como el único Dios verdadero y eterno; El es la única fuente de este poder de la Divinidad. Aunque es transmitida al Hijo y concentrada en El, vuelve de nuevo al Padre a través de su comunidad de Substancia. El Hijo aparece corno Dios, porque evidentemente la divinidad le ha sido comunicada y conferida; eso no obstante, el Padre se revela como único Dios, ya que progresivamente esa misma majestad y divinidad, como una grande ola que vuelve sobre sí, remitida de nuevo por el mismo Hijo, vuelve y desanda el camino hacia el Padre, que la dio (ibid.).
Si el Hijo es inferior al Padre, el Espíritu Santo es a su vez inferior al Hijo:
El Paráclito recibió su mensaje de Cristo. Mas si lo recibió de Cristo, Cristo es superior al Paráclito, pues el Paráclito no habría recibido de Cristo de no ser inferior a Cristo. Esta inferioridad del Paráclito prueba que Cristo, de quien recibió su mensaje, es Dios. Aquí tenemos, pues, un poderoso testimonio de la divinidad de Cristo. Vemos, en efecto, que el Paráclito es inferior a El, y recibe de El el mensaje que entrega al mundo (ibid. 18).
De la personalidad del Espíritu Santo, Novaciano trata con brevedad y sin precisión. No describe las relaciones del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo, como lo hace de las relaciones entre estos dos últimos, a pesar de que Tertuliano, a quien sigue, hizo al menos un ensayo en este sentido (Adv. Prax. 4 y 8). Es curioso observar que llama al Hijo secundam personam post Patrem (10), mas no se atreve a llamar al Espíritu Santo tertiam personam, como lo había hecho Tertuliano (Adv. Prax. 11).
Novaciano hace, sin embargo, afirmaciones interesantes sobre las relaciones entre el Espíritu Santo y la Iglesia. Dice que, prometido desde tiempos muy remotos y debidamente concedido en el momento previsto, el Espíritu Santo operaba en los profetas de una manera temporal y que en los Apóstoles actuaba de una manera permanente:
Así, pues, es uno e idéntico Espíritu el que está en los profetas para hacer frente a una situación particular, y en los Apóstoles permanentemente. En otras palabras, está en unos, pero no para quedar en ellos para siempre, en los otros para morar siempre en ellos; en los unos como distribuido con moderación, en los otros como derramado en su plenitud; en los unos como dado parcamente, en los otros como concedido generosamente. Pero no fue otorgado antes de la resurrección del Señor, sino dispensado por la resurrección de Cristo… Supuesto que el Señor debía entonces irse al cielo, no podía menos de dar el Paráclito a sus discípulos, pues de otra suerte los habría dejado, de modo imposible de justificar, en la posición de huérfanos y los habría abandonado sin una persona que fuera su abogado y guardián. Porque es El (el Paráclito) quien fortaleció sus almas y espíritus, quien les manifestó claramente los misterios del Evangelio, quien les iluminó para que entendieran las cosas divinas, quien les dio la fuerza de no temer ni las cadenas ni la cárcel por el nombre del Señor. Aún más, hollaron bajo sus pies las mismas potencias y los tormentos del mundo, solamente porque estaban armados y fortalecidos por El, porque poseían dentro de sí mismos los dones que este mismo Espíritu distribuye y concede, como adornos, a la Iglesia, la Esposa de Cristo (29).
El Espíritu Santo hace que la Iglesia sea perfecta y completa por esos dones y la conserva incorrupta e inviolada en la santidad de una virginidad y de una verdad perpetuas.
El es quien designa a los profetas en la Iglesia, el que instruye a los doctores, distribuye las lenguas, obra actos de poder y curaciones, hace milagros, concede el discernimiento de espíritus, asigna los puestos de gobierno, sugiere consejos y dispone en su propio lugar y con el debido orden todos los demás dones de la gracia. Así, pues, El hace perfecta y completa a la Iglesia del Señor, en todo lugar y en toda cosa… Concede a los Apóstoles ser verdaderos testigos de Cristo, manifiesta en los mártires la fe inquebrantable de la religión, encierra en el pecho de las vírgenes la maravillosa continencia de una inviolada castidad, conserva en los demás hombres, sin corrupción ni mancha, las leyes de la doctrina de Cristo; destruye a los herejes, corrige a los descarriados, convence a los incrédulos, descubre a los impostores y reprende a los malvados; El guarda a la Iglesia incorrupta e inviolada en la santidad de una virginidad y de una verdad perpetuas (29).
Nosotros recibimos el Espíritu Santo de Cristo, sobre quien descendió en su bautismo:
Solamente en Cristo habitó plena y enteramente, no menguado en medida o porción alguna, sino dispensado y enviado en toda su desbordante abundancia, de manera que las personas pueden disfrutar lo que yo llamaría un primer sorbo de gracia, que brota de Cristo. Porque el manantial del Espíritu Santo en la plenitud de su Ser permanece siempre en Cristo, a fin de que de El puedan salir los ríos de dones y de obras, porque el Espíritu Santo vive en El en rica abundancia (ibid.).
El Espíritu Santo es el autor de nuestro nuevo nacimiento en el bautismo:
El es quien realiza nuestro segundo nacimiento del agua. Así, pues, El es, como si dijéramos, la semilla de la generación divina, el consagrante del nacimiento celestial, la garantía de la herencia prometida, el documento escrito, por decirlo así, de eterna salvación, para hacernos templos de Dios y establecer en nosotros su morada… Nos ha sido dado para que viva en nuestros cuerpos y obre nuestra santificación, para preparar nuestros cuerpos por su acción en nosotros, para la vida eterna y para la resurrección de la inmortalidad. Al mismo tiempo acostumbra nuestros cuerpos en Sí mismo a mezclarse con las potencias celestiales y a asociarse a la eternidad divina del Espíritu Santo. Porque, en El y por El, nuestros cuerpos aprenden el camino de la inmortalidad, al aprender a conducirse con templanza de acuerdo con sus decretos. Porque El es quien tiene “tendencias contrarias a la carne,” pues “la carne tiene tendencias contrarias a las del Espíritu” (Gal. 5,17); El es el que refrena los apetitos insaciables de la lujuria, el que domina los deseos irrefrenables, el que extingue las pasiones ilícitas, el que vence los asaltos furibundos, el que rechaza la embriaguez, aleja la avaricia, pone en fuga el libertinaje; El es quien realiza la unión de los seres humanos en el amor y los une por el afecto; el que hace desaparecer las sectas, explica las reglas de la verdad, disipa a los herejes, arroja a los malvados lejos de las puertas y guarda los Evangelios (ibid).
Por ser el De Trinitate de Novaciano el primer tratado teológico de origen romano escrito en latín, su terminología y sus fórmulas dogmáticas precisas poseen particular interés. Han influido profundamente en el pensamiento latino y han capacitado al Occidente para disputar con los griegos en igualdad de condiciones en las controversias cristológicas.
Cristo es Deus y homo (11), es dei filius (9) y tiene anctoritas divinitatis (31) y no hay inaequalitas o dissonantia divinitatis (31) entre El y el Padre. La marcada distinción que él hace entre la humanidad y la divinidad en Cristo no impide usar las siguientes expresiones para explicar la unión de las dos naturalezas en Cristo: Concretio permixta (11) in unam foederasse concordiam (13), ex verbi et carnis coniunctione concretus (14), utrumque in Christo confoederatum, coniunctum, connexum (16), deum et hominem sociasse (16), divinitatis et humilitatis concordia (16), concordia terrenorum atque caelestium (18), deum homini et hominem deo copulare (18), connexione et permixtione sociata (19), ex utroque connexum, contextum atque concretum (19) in eadem utriusque substantiae concordia (19), foederis confabulatione sociatum (19), societatis concordia (22), concordiae unitatem cum personarum tanen distinctione (22). Estas citas demuestran que Novaciano no se contentó con adoptar las fórmulas de Tertuliano para expresar la unión y distinción de las dos naturalezas, sino que forjó nuevas expresiones y dio un significado más amplio a la terminología de Tertuliano. Toma de éste las fórmulas: Una substantia, tres personae — ex substantia dei — semper apud patrem — duae substantiae — una persona, pero por su parte introdujo los verbos incarnari y se exinanire. Así, habla del verbum dei incarnatum (24), e influenciado por Phil. 2,6-11, emplea para el nacimiento de Cristo quo tempore se etiam exinanivit (22) y dum in nativitatem secundum carnem se exinanisse monstratur (22). Fue el primero en usar en sentido cristiano praedestinatio, palabra destinada a jugar un papel tan importante en la historia de la teología. Comparte con Tertuliano el concepto de la obra divina economía, traduciendo la palabra griega o?????µ?a por dispositio, y con Cipriano el uso más antiguo de praefigurare (14; 23), que no se halla en Tertuliano.
Cartas Papales del Siglo III.
1. Calixto.
Por Hipólito de Roma (Philos. 9,12) sabemos que Calixto (217-222) excomulgó a Sabelio “por no mantener opiniones ortodoxas,” y que fue autor de declaraciones doctrinales y de decisiones disciplinares. No sabemos con certeza si alguno de estos actos se realizó mediante documento escrito. Hipólito le atribuye la siguiente doctrina:
El Logos es el mismo Hijo, el mismo Padre. No hay sino un único e indivisible espíritu, aunque se le denomine con diferentes nombres. El Padre no es una persona y el Hijo otra,”son la misma y única (persona); y todas las cosas están llenas del Espíritu Divino, arriba y abajo. El Espíritu que se encarnó en la virgen, no es diferente del Padre, sino uno e idéntico. Por eso dice la Escritura: “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?” (Io. 14,11). Lo que se ve, lo que es nombre, es el Hijo, mientras que el Espíritu que vive en el Hijo es el Padre. No haré, pues, profesión de fe en dos Dioses, Padre e Hijo, sino en uno solo. Pues el Padre, que habitó en el Hijo, asumiendo para sí nuestra carne, la elevó a la naturaleza de la divinidad uniéndola a sí mismo y haciéndola una sola cosa consigo mismo, de manera que los nombres Padre e Hijo se aplican a uno solo y mismo Dios, y siendo, pues, esta persona uno, no puede ser dos; así, pues, el Padre sufrió con el Hijo, ya que no debemos decir que el Padre sufrió (Philos. 9,12,16-19).
No se puede determinar hasta qué punto esta declaración refleja la postura doctrinal de Calixto. El antagonismo de Hipólito es tan exacerbado que no nos atrevemos a dar crédito a lo que dice de Calixto por carecer de otros testimonios.
En su De pudicitia (1,6), Tertuliano se queja de que “el Soberano Pontífice, es decir, el obispo de los obispos, promulga un edicto: “Perdono los pecados de adulterio y fornicación a los que hayan hecho penitencia.” Durante mucho tiempo se consideró a Calixto como el autor de este “edicto perentorio,” como lo llama Tertuliano. Fue G. B. de Rossi quien primero se lo atribuyó, y el apoyo de A. Harnack le valió a esta opinión una aceptación tan universal, que al “edicto perentorio” se le llamaba simplemente el “edicto de Calixto.” La base de esta identificación era la acusación dirigida contra el Papa por Hipólito en sus Philosophumena (9,12). Sin embargo, en 1914, G. Esser demostró que esta acusación no tiene nada que ver con el “edicto perentorio” mencionado por Tertuliano. A mayor abundamiento, en 1917, K. Adam expresó la opinión de que el decreto a que se refiere Tertuliano no era de origen romano, sino africano. Las palabras Pontifex Maximus y episcopus episcoporum que usa Tertuliano no se referían a ningún romano, sino a un obispo africano, probablemente a Agripino de Cartago. K. Bardy, K. Preysing, A. Ehrhard, sobre todo P. Galtier y otros han hecho suya esta hipótesis; Poschmann la apoya absolutamente. Por otra parte, sin embargo, a la primera teoría no le faltan defensores, como H. Koch. A. v. Harnack, P. Batiffol, E. Goeller, J. Hoh, D. van den Eyden, E. Caspar, B. J. Kidd, W. Koehler. J. Haller, K. Müller y H. Stoeckius. Ya hemos expuesto más arriba las razones que no permiten identificar la situación descrita por Hipólito con el “edicto perentorio.” Los títulos Pontifex Máximus y episcopus episcoporum no prueban que se trate de un obispo romano. Hay que tener presente que el título Pontifex Maximus en aquella época no era un término especial para designar al obispo de Roma, sino una simple distinción reservada al emperador. Tertuliano la aplica irónicamente a su adversario, porque éste se arrogó el poder de un emperador. Podría, pues, designar también al obispo de Cartago, Agripino. Lo mismo puede decirse del otro título episcopus episcoporum. No basta para probar que se trata del obispo de Roma. Cipriano aplica irónicamente esta expresión a un seglar orgulloso de la Iglesia de Cartago (Epist. 66,3). D. Transes y A. Vellico han buscado una solución intermedia en esta controversia, sugiriendo que Tertuliano se refiere a un edicto de Calixto y a otro de Agripino: éste habría juzgado necesario dar carácter local a un decreto más general de aquél.
2. Ponciano(230-235).
Ponciano fue el sucesor de Urbano (222-230). Según San Jerónimo (Epist. 33,5), en un sínodo celebrado en Roma (231 ó 232), aprobó la deposición de Orígenes decretada por Demetrio de Alejandría. Se puede presumir que el Papa informó de esta decisión a Demetrio por medio de una carta, sobre todo considerando que Demetrio le había escrito ya una durante este conflicto (Hist. eccl. 6,8,4; Jerónimo, De vir. ill. 54).
3. Fabiano (236-250).
Cipriano dice (Epist. 59,10) que Fabiano dio por escrito su aprobación a la condenación del obispo Priato de Lambese, pronunciada por un concilio de Numidia.
4. Cornelia (251-253).
El pontificado de Cornelio, aunque de breve duración, es importante para la historia de la disciplina penitencial y del cisma de Novaciano. La mayor parte de sus cartas tratan de estas dos cuestiones. En medio de sus dificultades encontró apoyo leal en Cipriano de Cartago, a quien mandó no menos de siete cartas. Dos de ellas se han salvado en la correspondencia de San Cipriano, Epist. 49 y 50; las cinco restantes se han perdido. Escrita en un latín más bien vulgar, la primera de las dos informa a Cipriano del retorno solemne de los confesores romanos “que habían sido sorprendidos y casi engañados y alejados de la Iglesia por el fraude y malicia de aquel hombre astuto y doloso,” Novaciano. Cornelio pone en boca de los confesores las siguientes palabras, significativas para la historia de la jerarquía monárquica:
Sabemos que Cornelio es obispo de la santísima Iglesia católica, elegido por Dios omnipotente y por Cristo, Señor nuestro. Nosotros confesamos nuestro error; hemos sido víctimas de la impostura; fuimos engañados por la perfidia y la locuacidad capciosa. Pues, aunque pareciera que estábamos en comunión con un hereje y cismático, nuestro corazón estuvo siempre, con la Iglesia. No ignoramos que hay un solo Dios, un solo Cristo, que es el Señor al cual hemos confesado, y un solo Espíritu Santo, y que en la Iglesia católica no debe haber más que un solo obispo (Epist. 49,2).
La segunda carta es un breve aviso a Cipriano. Describe qué clase de gente son los dirigentes y protectores que Novaciano ha conquistado para sí y enviado a África.
Eusebio (Hist. eccl. 6,43,3-4) tenía conocimiento de tres cartas de Cornelio al obispo Fabio de Antioquía. Estaban escritas en griego. En la primera, que trataba del cisma de Novaciano, se narraban “los hechos concernientes al Sínodo Romano y lo que habían decidido los de Italia y África y regiones circunvecinas” (ibid. 6,43,3). La segunda recogía “las resoluciones del sínodo,” y la tercera, “lo que hizo Novaciano” (ibid. 4). En la última, de la que Eusebio cita un largo pasaje (véase p.499s), Cornelio traza un cuadro poco halagüeño de la vida y carácter de Novaciano, a fin de precaver al obispo de Antioquía, que se sentía inclinado a favorecer al cismático. El examen crítico revela que muchas de las acusaciones no merecen crédito por estar fundadas en habladurías maliciosas. Otra carta del mismo tono a Dionisio de Alejandría (Eusebio, Hist. eccl. 6,46,3) se ha perdido. Sócrates (Hist. eccl. 4,28) menciona una carta encíclica a todas las iglesias, en la que se justificaban por medio de la Escritura las decisiones tomadas en la difícil cuestión de los apóstatas.
5. Lucio(253-254).
Sólo por Cipriano (Epist. 68,5) tenemos noticia de las cartas que Lucio escribió al obispo de Cartago sobre el procedimiento que debía seguirse en la reconciliación de los apóstatas.
6. Esteban (254-257).
Esteban escribió dos cartas sobre la controvertida cuestión de la validez del bautismo administrado por los herejes. La primera iba dirigida a la iglesia del Asia Menor y amenazaba con la excomunión a los obispos de Cilicia, Capadocia, Galacia y provincias vecinas si continuaban rebautizando a los herejes (Eusebio, Hist. eccl. 7,5,4; Cipriano, Epist. 75,25). La segunda, a Cipriano en 256, trataba de la misma cuestión. La jerarquía africana, bajo la dirección de Cipriano, consideraba inválido el sacramento si era conferido por los disidentes, e insistía en rebautizar a los conversos. Esteban rechaza esta actitud de la manera más enérgica por ser errónea y contraria a la fe. Cipriano cita una frase de esta carta que le había herido de manera especial:
Si alguien viniere a nosotros de cualquier herejía que fuere, que no se innove nada que haya sido transmitido; que se le impongan, pues, las manos para la penitencia, pues los mismos herejes tampoco bautizan según su rito propio a los candidatos cuando cambian de secta, sino que simplemente los admiten a la comunión (Epist. 74,1).
Las palabras nihil innovetur nisi quod traditum est han dado ocasión a una controversia. Sin embargo, está claro que Esteban quiere decir: “No se debe introducir nada nuevo, sino que hay que seguir la tradición.” Según su opinión, la práctica de rebautizar a los herejes ha sido una innovación. Cipriano protesta de que le trate de innovador, como lo indica su respuesta a la afirmación de Esteban:
El (Esteban) prohíbe que se bautice en la Iglesia al que viene de una herejía, sea la que fuere. Piensa, pues, que el bautismo de todos los herejes es legítimo y justo. Aunque cada herejía tiene su propio bautismo y sus pecados particulares, él, al mantener la comunión con los bautismos de todos, ha recogido los pecados de todos y los ha acumulado en su seno. Ha mandado “que nada se innove de lo que ha sido transmitido,” como si fuera un innovador el que, manteniendo la unidad, proclama una sola Iglesia y un solo bautismo, y no lo fuera manifiestamente el que, olvidándose de la unidad, adopta el contagio de una inmersión profana. “Que no se innove nada que no haya sido transmitido,” dice él. Pero ¿de dónde viene esta tradición? (ibid. 2).
Como lo atestigua esta respuesta, Esteban no da su propia opinión, sino que cita un antiguo principio de la Iglesia romana, que debe zanjar la cuestión. Intima a Cipriano que no haga ningún cambio. Eusebio dio a la carta el mismo sentido, pues relata así él incidente:
El primero entre los hombres de este tiempo, Cipriano, pastor de la comunidad de Cartago, pensaba que ellos (los herejes) no debían ser admitidos si antes no habían sido purificados de sus errores por el baño (bautismal). Pero Esteban, juzgando que no se debía introducir ninguna innovación contraria a la tradición vigente desde el principio, se indignó vivamente contra él (Hist. eccl. 7,3,1).
Desde el principio, pues, la Iglesia había tenido la costumbre de recibir a los herejes que volvían a ella sin conferirles un nuevo bautismo. El principio citado por Esteban es importante para la historia de la doctrina de la tradición de la Iglesia de Roma. Novaciano parece aludir al mismo principio cuando en la carta dirigida a Cipriano en nombre del clero romano dice: Nihil innovandum putavimus (Cipriano, Epist. 30, 8; véase p.500s).
Según nos informa Eusebio (Hist. eccl. 7,5,2), Esteban dirigió una carta a las comunidades de Siria y Arabia. Un pasaje de una carta que le escribió Dionisio de Alejandría habla “de toda la Siria y de Arabia, que constantemente socorres y a las que has escrito recientemente.” De estas palabras se deduce que el Papa ayudaba económicamente a esas comunidades y que su carta era simplemente una nota que acompañaba al donativo.
7. Sixto II (257-258).
Durante el corto pontificado de Sixto II, las relaciones entre Roma y los obispos africanos y asiáticos se hicieron más amistosas. Queda un pequeño fragmento en armenio de una carta de este Papa a Dionisio de Alejandría, en la que no deja “e indicar que compartía el punto de vista de su predecesor y que consideraba válido el bautismo conferido por los herejes. Rufino atribuye a este Papa los llamados Oráculos de Sexto p.166), confundiéndole con el filósofo pitagórico Sexto.
8. Dionisio (259-268).
Dionisio escribió dos cartas a su homónimo, Dionisio de Alejandría, sobre el sabelianismo y el subordinacionismo. El prelado alejandrino, en una comunicación a dos obispos de la Pentápolis, llamados Amón y Eufranor, había condenado la herejía de Sabelio, que era muy popular en aquella región, insistiendo en que el Hijo era diferente del Padre. Algunos cristianos de la Pentápolis o de Alejandría objetaron contra las enérgicas expresiones de la carta, porque, por usar un lenguaje semejante al de Orígenes, parecían favorecer la subordinación del Hijo al Padre. Por eso “fueron a Roma sin preguntarle para enterarse de cómo había escrito; y hablaron contra él en presencia de su homónimo Dionisio, obispo de Roma” (ATANASIO, Ep. de sent. Dion. 13). El Papa, “en oyendo esto, escribió a la vez contra los partidarios de Sabelio y contra aquellos que sostenían las mismas opiniones que motivaron la expulsión de Arrio de la Iglesia; declarando ser una impiedad igual, aunque inversa, sentir con Sabelio o con los que dicen que el Verbo de Dios es una cosa hecha, formada y que tuvo principio. Tamicen escribió a Dionisio notificándole lo que habían dicho de él” (ibid.). Un pasaje importante de la primera carta (la escribió el Papa después que el sínodo de Roma del 262 había condenado el sabelianismo y el subordinacionismo) se ha conservado gracias a San Atanasio, que lo cita en De decretis Nic. syn. 26. El resto de la carta se ha perdido. Sin mencionar el nombre de Dionisio, el Pontífice se refiere a “algunos de entre vosotros” y defiende la doctrina trinitaria contra las dos herejías opuestas, en una declaración que es notable por su precisión y claridad:
Ahora puedo ocuparme, razonablemente, de los que dividen, seccionan y destruyen la sacratísima doctrina de la Iglesia de Dios, la Divina Monarquía, dividiéndola en tres potencias, tres subsistencias separadas y tres divinidades. He sido informado que algunos de entre vosotros, catequistas y doctores de la Palabra divina, son los promotores de estas doctrinas. Toman, por decirlo así, una actitud diametralmente opuesta a la de Sabelio; porque éste, blasfemando, dice que el Hijo es el Padre, y el Padre el Hijo: ellos, por el contrario, predican en cierta manera tres Dioses, dividiendo la sagrada Mónada en tres subsistencias extrañas la una a la otra y completamente separadas. Ahora bien, es necesario que el Verbo divino esté unido al Dios del Universo y que el Espíritu Santo repose y habite en Dios; así, pues, la divina Tríada debe recapitularse y reunirse en un ser único, como en una cima, quiero decir, en el Dios del Universo.
Igualmente deben ser censurados los que mantienen que el Hijo es una criatura y creen que el Señor vino a la existencia como cualquiera de las cosas que han comenzado, en efecto, a existir. Los oráculos divinos, por el contrario, hablan en favor de una generación adaptada y apropiada, pero no de una fabricación o de una creación. Es, pues, una blasfemia, y no una blasfemia ordinaria, sino el mayor pecado, decir que el Señor es, de alguna manera, una obra fabricada. Porque, si vino a ser Hijo, significa que en un momento dado no lo era. Pero El ha existido siempre, si es que (y éste es el caso) estaba en el Padre, como dice El mismo, y si es que Cristo es el Verbo, la Sabiduría y el Poder (lo cual, ya lo sabemos, afirma la Escritura), y si es que estos atributos pertenecen a Dios. Si, pues, el Hijo vino a la existencia, hubo un tiempo en que estos atributos no eran; por consiguiente, hubo también un tiempo en que Dios estaba sin ellos: lo cual es el mayor absurdo…
Pero tampoco dividimos la maravillosa y divina Mónada en tres divinidades. No rebajamos con el nombre de “obra” la dignidad y suprema majestad del Señor. Sino que debemos creer en Dios. Padre todopoderoso, y en Jesucristo, su Hijo, y en el Espíritu Santo, y afirmar que el Verbo está unido al Dios del Universo. Porque “Yo — dice El — y el Padre somos uno”; y “Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí.” Pues de esta manera se preservarán tanto la divina Tríada como la santa predicación de la Monarquía (?T???., De decret. 26).
A la segunda carta, en la que el obispo de Roma informaba a Dionisio de las acusaciones hechas contra él, y en la que le pedía una explicación, éste respondió con una Refutación y apología, que parece satisficieron al Papa (véase p.401s).
Por San Basilio (Epist. 70) sabemos que este Papa envió una carta de consuelo a la iglesia de Cesárea. Iba acompañada de una contribución para el rescate de los miembros de la comunidad cristiana hechos cautivos por los escitas que devastaron Capadocia y regiones vecinas durante el reinado de Galieno.
9. Félix (269-274).
Las actas de la primera sesión del concilio de Efeso, que se celebró el 22 de junio de 431, contienen un extracto de una carta del papa Félix al obispo Máximo de Alejandría (265-282) y a su clero. Trata de la divinidad y perfecta humanidad de Cristo, y dice así:
Por lo que concierne a la encarnación del Logos y a nuestra fe, creemos en nuestro Señor Jesucristo, nacido de la Virgen María, que El es el Hijo eterno y el Verbo de Dios, y no un hombre adoptado por Dios para ser otro como El. El Hijo de Dios tampoco adoptó a un hombre para ser otro como El, sino que, siendo perfecto Dios, se hizo también perfecto hombre, encarnándose de la Virgen.
Cirilo de Alejandría en su Apología y otros citan este mismo pasaje como declaración de Félix. Además, hay dos fragmentos siríacos sobre la naturaleza de Cristo, que pretenden ser de un documento de Félix. El más corto empieza por el texto leído en el concilio de Efeso. Pero se ha demostrado que tanto la carta citada en el concilio de Efeso como el fragmento más pequeño de los dos son una falsificación hecha por Apolinar o uno de sus discípulos a principios del siglo V.