EL TALMUD AL DESNUDO (2/3)
El TALMUD CONTRA CRISTO y LA BIENAVENTURADA SIEMPRE VIRGEN MARÍA

En la primera parte de este escrito he pretendido demostrar- con los propios textos talmúdicos- cómo las enseñanzas de Moisés y los Profetas han sido desplazadas por la autoridad de los rabinos, siguiendo los judíos a éstos últimos y no al A.T.
A medida que el cristianismo se expandía, pese a las persecuciones constantes de los judíos primero y siempre, y luego de los romanos, bárbaros, mahometanos…, el Talmud iba adquiriendo mayor violencia verbal, llegando a escribirse en él las mayores blasfemias e infamias contra Cristo, su Madre santísima y los cristianos. Con la invención de la imprenta los judíos comenzaron a distribuir ampliamente el Talmud. La primera edición conteniendo todo tipo de injurias contra nuestra sagrada Religión fue hecha en Venecia (2). A finales del siglo XVI muchos eruditos se interesaron por estas impresiones auténticas, por lo que, en las siguientes, se comenzó a expurgar aquellas partes del Talmud insidiosas contra los cristianos, pues empezaron a temer los judíos la reacción de éstos.
Contra estas insolencias sacrílegas determinaron los papas y los príncipes y reyes católicos que los ejemplares de estos libros blasfemos fueran pasto de las llamas.
La reacción de los judíos consistió en practicar la astucia de Caín. Reunidos en un sínodo celebrado en Polonia en el año 1631, acordaron suprimir todas aquellas partes del Talmud que se referían a Jesús, asegurando, no obstante, la transmisión oral de las mismas injurias y blasfemias a las siguientes generaciones. He aquí el contenido de dicho acuerdo:
“Por tales razones, os ordenamos que de ahora en adelante, cuando publicareis una nueva edición de estos libros, dejéis en blanco los pasajes donde se habla de Jesús de Nazareth, haciendo un circulo como éste: ‘O’; y todo rabino, como cualquier otro maestro, tenga el cuidado de enseñar tales pasajes a sus fieles sólo verbalmente. De este modo los hombres de ciencia cristianos no tendrán nada que reprochamos al respecto, y podremos evitar que nos sobrevengan las más grandes calamidades y nos será posible vivir en paz”. (1)

A pesar de este malvado sigilo de susurros en las tinieblas, quiso la Providencia que quedara manifiesta la iniquidad en parte, al menos, porque esos mismos libros blasfemos, con pocas mutilaciones, se volvieron a editar en Holanda- país que acogía benévolamente a los judíos expulsados de España- durante la segunda mitad del siglo XVII. Estas ediciones son muy similares a la veneciana.
Este súbito cambio táctico iba a hacer casi imposible aportar pruebas concluyentes sobre las verdaderas enseñanzas de los judíos. Pero quiso el Señor que el mal no quedara oculto. En 1892, de la tipografía de la Academia de Ciencias de San Petersburgo salía la mejor y más cuidadosa antología de máximas talmúdicas referentes a Cristo y los cristianos. Su autor era el muy católico Mons. I. B. Pranaitis,- ‘liquidado’ por la Checa durante la revolución bolchevique en Rusia- titular de la cátedra de hebreo de la Universidad Imperial y tenía por título: “Christianus in Talmude Judaeorum, sive Rabbinicae doctrinae de christianis secreta”. (“El cristiano en el Talmud de los judíos, o los secretos de la enseñanza rabínica acerca de los cristianos”). El libro, con imprimatur del Arzobispo metropolitano católico, Mons. Kozlowsky, llevaba el texto hebreo de las prescripciones rabínicas con su traducción en latín. Pero los ejemplares, por desgracia, desaparecieron casi completamente debido a los saqueos y purgas del régimen soviético a los católicos. Sólo algunos pocos se salvaron. Con uno de éstos publicó una edición litografiada Mario de Bagni, con la correspondiente traducción italiana. De esa edición aparecida en los Editores Tunminelli y Cía., Milán, Roma, 1939, se realizó otra en Georgia, USA, que es la que usamos como fuente principal de estos artículos.
SOBRE LOS NOMBRES DE CRISTO. El nombre verdadero de Cristo en hebreo es Jeschua Hanotsri –Jesús el Nazareno-. Se lo llama Notsri por la ciudad de Nazaret en la cual se crío. A los cristianos también se los llama en el Talmud Notsrim –Nazarenos-. Puesto que la palabra Jeschua significa“Salvador”, el nombre de Jesús raramente aparece en los libros judíos; casi siempre se lo abrevia a Jeschu, empleándolo maliciosamente como si fuera compuesto de las letras iniciales de las tres palabras Immach SCHeino Vezikro –“que su nombre y memoria sean borrados”-. Es bien conocida la afición de los judíos a la cábala e igualmente que en las Escrituras Sagradas se nos advierte de apartarnos de Elohe Nekhar –“dios o dioses extraños”-; pues bien, mediante la numerología de la Cammatria, a la que son tan adictos, resulta que las palabras Elohe Nekhar suman 316, que juntas forman la palabra Jeschu . En la cita de Prainatis sobre Cf. I. Bustorf en Abreviatura Jechu, se lee que “Los judíos entre ellos no dicen Jeschu, sino Isschu, casi tan similar a las palabras de esta maldición….que no sólo significan esa maldición –“que su nombre y memoria sean borrados”–, sino también Jeschu Scheker –“mentiroso”–Utoebah –“abominación”-.
SOBRE LA VIDA DE CRISTO Y SU STª. MADRE. El Talmud enseña que Jesucristo era ilegítimo y fue concebido durante la menstruación, que tenía el alma de Esaú; que era un necio, un conjurador, un embaucador; que fue crucificado, sepultado en el infierno y desde entonces fue tenido como un ídolo por sus seguidores. Ejemplo narrado en el Tratado de Kallah 1b (18b): “Una vez estando los Ancianos sentados a la entrada, pasaron dos jóvenes, uno de los cuales tenía cubierta la cabeza y el otro descubierta. El rabino Eliezer hizo la observación de que el de la cabeza descubierta era ilegítimo, un mamzer. El rabino Jehoschua dijo que fue concebido durante la menstruación, ben niddah. No obstante el rabino Akibah, dijo que con él se daban ambas cosas. Entonces los otros preguntaron al rabino Akibah, cómo se atrevió a contradecir a sus colegas. Él contestó que podía probar lo que había dicho. Se dirigió, por tanto, a la madre del joven a quien había visto en el mercado vendiendo verduras y le dijo: ‘Hija mía, si me contestas con la verdad lo que te voy a preguntar, te prometo que te salvarás en la otra vida’ .Ella le exigió que le jurara que guardaría su promesa, y el rabino Akibah así lo hizo, pero solamente con sus labios, porque en su corazón invalidó el juramento. Entonces él dijo. ‘Dime, ¿qué clase de hijo es el tuyo?’ A lo que ella contestó: ’El día que contraje matrimonio estaba con la menstruación, y debido a esto mi esposo me dejó. Pero un espíritu maligno vino y durmió conmigo y de esta unión me nació mi hijo’. De este modo se probó que este joven no sólo era hijo ilegítimo sino que fue concebido durante la menstruación de su madre. Y cuando sus interrogadores escucharon esto manifestaron: ‘¡Grande en verdad fue el rabino Akibah cuando rectificó a los ancianos!’ Y ellos exclamaron: ¡Bendito sea el Señor Dios de Israel que reveló este secreto al rabino Akibah el hijo de José! No cabe ninguna duda de que los rabinos interpretan este pasaje como referido a Jesús y a su santísima Madre, la Virgen María, puesto que en otro libro donde se narran blasfemias parecidas lleva por título Toldath Jeschu– “Las Genealogías de Jesús”. Igualmente en Sanhedrin, 67ª, se narra otra historia más blasfema, si cabe: “…..Esto es lo que hicieron al hijo de Stada en Lud [hacerle confesar con un ardid] y lo colgaron en la víspera de la Parasceve. Porque ese hijo de Stada era el hijo de Pandira. Por cuanto el rabino Chasda nos dice que Pandira era el marido de Stada, su madre, y vivió durante la época de Paphus el hijo de Jehuda. Pero su madre era Stada, María de Magdala (una peluquera de señoras), quien, como se cuenta en Pumbadita, abandonó a su marido”. Aquí se llama a María, la Virgen, ‘Stada’, que significa en hebreo prostituta, porque de acuerdo a lo que dice el tratado ‘Pumbadita’ dejó a su marido y cometió adulterio. Se dice lo mismo tanto en el Talmud de Jerusalén, como en el Maimonides. No cabe dudar de que se refieren a la Madre de Jesús, pues según una nota marginal del Tratado de Chagigag, 4b, explica que esta historia de la peluquera de señoras, se refiere, en realidad, a la madre de Peloni,- ‘ese hombre’– uno de los nombres más usuales con el que se refieren a Jesús, como hemos visto más arriba.
Insisten en sus blasfemias al hablar de los milagros de Jesús; así en el Tratado de Schbbath, fol. 194b, se lee. “¿Acaso el hijo de Stada –”Ben Stada: el hijo de la prostituta” – no practicó la magia egipcia…..? Ellos respondieron: ‘Él era un necio y nosotros no prestamos atención a lo que hacen los necios. El hijo de Stada, el hijo de Pandira, etc.” En el Lexicón, Jud., in verbo Jeschu, dice Buxtorf: “Existen pocas dudas sobre la identidad de este Ben Stada. Aunque los rabinos, en los agregados que han hecho al Talmud, traten de ocultar su malicia y digan que no es Jesucristo, su engaño salta a la vista, y son muchas cosas las que prueban que ellos escribieron e interpretaron todo esto sobre Él. En primer lugar [porque] lo llaman también el hijo de Pandira. En otros pasajes del Talmud lo llaman Jesús el Nazareno (4), donde se menciona en forma particular a Jesús el hijo de Pandira”. Hay muchas más pruebas contundentes que demuestran que se refieren con la expresiónBen Stada a Jesús, que por la índole de este escrito y por la necesaria brevedad no nos es posible exponer, creyendo que éstas sean suficientes.
Le acusan de mago e impuro. En el infame libro Toldoth Jeschu, donde se narra que Judas era un competidor de Jesús haciendo milagros, se blasfema de forma grosera contra Jesucristo, diciendo: “Y Jesús dijo: ¿no profetizaron mis antepasados, Isaías y David sobre mí?……Ahora asciendo a mi Padre y me sentaré a su diestra y vosotros lo veréis con vuestros propios ojos: Pero tú, Judas, nunca alcanzarás tal altura. Luego, Jesús, pronunció el grande nombre de Dios (IHVH) y continuó pronunciándolo hasta que sopló el viento lo elevó entre la tierra y el cielo. Judas también pronunció el nombre de Dios y él igualmente fue elevado por el viento. De esta manera flotaron los dos por los aires ante el asombro de los espectadores. Entonces Judas, pronunciando nuevamente el Nombre Divino, lo tomó a Jesús y lo empujó hacia la tierra. Pero Jesús trató de hacer lo mismo a Judas y así lucharon juntos. Y cuando Judas se dio cuenta de que no podía triunfar sobre las obras de Jesús le orino a Jesús, y de este modo, estando ambos impuros se precipitaron a la tierra; y hasta que no se lavasen no podían utilizar el nombre divino”. En otro pasaje del mismo libro le acusan de conjurador, porque habiendo aprendido las letras tetragrámaton (IHVH) – a pesar de haber puesto los judíos dos perros guardianes en el santuario con el fin de que, quien las leyera, asustado por el ladrido de los canes se olvidase de ellas-se hizo Jesús un corte en el muslo e introdujo el pergamino, donde las había escrito las letras, en la herida practicada, para que pudiera, más tarde, recordarlas; cicatrizándose la llaga enseguida.
Los exegetas saben que ‘salar demasiado la comida’ de uno significa destruir su paladar, es decir, se dice, bien de quien es de conducta corrupta deshonrándose a sí mismo o del que cae en idolatría o en herejía o la predica a los demás. Así pues, leemos en el Tratado del Sanhedrín (103ª) la exégesis de este verso del Salmo 90,“No te llegará la calamidad ni se te acercará la desgracia”, de la siguiente forma blasfema: “Que nunca tengas un hijo o un discípulo que por poner tanta sal a su comida destruya su paladar públicamente, como Jesús el Nazareno”.
La injuria contra Jesús, llamándole embaucador y corruptor, es frecuente; ejemplo: “Dijo Mar: Jesús embaucó, corrompió y destruyó a Israel” (Tratado del Sanhedrín 107b).
El odio a Dios es el mayor de los pecados y muchos pasajes en el Talmud son muy transparentes en expresar ese sentimiento propio de los demonios y condenados. Así en el Libro de Zohar, III. (282) leemos que Jesús murió y fue sepultado en aquel “montón de basura .donde arrojan los cuerpos muertos de los perros y los asnos, y dónde los hijos de Esaú (los cristianos) y los ismaelitas (los turcos), y también Jesús…incircuncisos e impuros como perros muertos, están sepultados”. Hay que saber, pues, que los judíos enseñan lo que sigue: “el que se aparta (a saber, que no cree ciegamente en las enseñanzas rabínicas), sufrirá las torturas del condenado, como está decretado en la ley Talmúdica de castigo en el Tratado de Repudiis, Gitt.c.5 (5) de esta forma: ‘El que desprecia las palabras de los hombres sabios será arrojado al montón de basura con los condenados’ ”. Temblor y temor siento sólo de exponer, aunque sea por noble causa, que ellos blasfemamente ofenden a Dios cuando narran que nuestro Dios y Señor, Jesucristo, Vida nuestra y cuyo Nombre sea por siempre bendito, sufrió ese castigo siendo arrojado a la Gehena.
Tratan a Jesús de un ídolo en muchos tratados; entre éstos destacan el libro de Maimonides que lleva el título Hilkoth Malekhim , en IX,4 o el Tratado de Aboda Zrah, en 21a Toseph.; aquél de estilo apologético y éste, más práctico, preocupado por Mammon, dice: “Está permitido hoy en día alquilar una casa a los gentiles porque ellos sólo traen a su ídolo [el viático] por un tiempo, cuando alguien está enfermo” Y en el mismo pasaje citado, un poco después: “Hoy han elevado incienso a su ídolo”.
Otras citas señalan a Jesús como hereje y a sus enseñanzas de falsedad e imposibles de cumplir. La Cruz es, ora Tsurat Haattalaui– “imagen e aquel que fue colgado”-, ora Elil– “vanidad”-, ora Psila–“ídolo esculpido”-, pero en cualquier lugar que se mencione es con el sentido de algo despreciable. Pero sean suficientes estas citas auténticas, para ultimar con el P. Julio Mienville que el judío ya no es Isaac, sino Ismael. No Jacob, sino Esaú. No Abel, sino Caín. Concluyamos, pues, para sellar la boca de los que tienen ávida la lengua y corto el entendimiento, diciendo por nuestra parte que, “tanto la bondad como la malicia son cualidades morales de los actos, ordenados o no según la Ley de Dios y la recta razón. Si la bondad no procede de la sangre o ésta no agrega mérito, la maldad tampoco procede de ella sino de las acciones y la mala voluntad del sujeto; claro está que si alguien reemplaza la Ley de Dios por las prescripciones del Talmud necesariamente odiará, y mucho, todo lo que no sea judío”. En fin, que no se vea pues ningún antisemitismo en decir la verdad. En el problema judaico, dice el citado presbítero, no es Sem contra Jafet quien lucha, sino Lucifer contra Jehová, el viejo Adán contra el nuevo Adán, la Serpiente contra la Virgen, Caín contra Abel, Ismael contra Isaac, Esaú contra Jacob, el Dragón contra Cristo, hasta que los judíos se conviertan a Jesús. El verdadero magisterio católico y la teología ya han hablado: Nada tiene que ver Cristo con Belial; lo contrario a esto viene de falsos profetas abducidos por el demonio.
¿Qué diremos, pues, cuando los que deben vigilar se han rendido al espíritu de los tiempos y proclaman con gestos y ‘magisterio’ que judíos y cristianos creemos en el mismo Dios? ¿No es, acaso, Dios, Jesucristo el Verbo de Dios Encarnado, en el cual ni creen los judíos y además, Le blasfeman? Porque si no creen en Cristo y además le injurian, no pueden creer en el mismo Dios que nosotros; el dios del Talmud no es el Dios Trino ¿o se ha convertido la Trinidad en un obstáculo que hay que silenciar o eliminar, para proclamar el dios iluminista, común a todas religiones: fundamento de la nueva religión universal que liderará el Anticristo? Es cierto que existe un único y verdadero Dios. El único Dios verdadero lo es de los astros, de los animales, de las plantas, de las estrellas.., de todos los hombres de cualquier condición, raza, sexo, creencia; de todo lo visible e invisible. Sólo en este sentido podemos decir que el único Dios verdadero lo es de todos; pero predicarlo en el sentido de que todos creemos en, a y por el mismo Dios es crasa apostasía. Porque sólo existe una única Revelación de ese Dios verdadero; es decir, que Él por su misericordia ha querido revelarnos Su rostro. Si Él no se hubiese revelado, el hombre, sin distinción de condición, caería en el error inevitablemente bajo las consecuencias del pecado original. Para evitar el yerro sólo pueden los hombres, caídos en la ignorancia al perder los dones preternaturales, acoger la única Revelación.
Por lo tanto, la cuestión, de vida o muerte eternas, es si lo que afirman del Dios único católicos, judíos, (y musulmanes) coincide con la Revelación, es decir, sobre lo que Él, Dios por su misma autoridad, nos ha dicho sobre sí mismo. Pues sólo se puede decir que creemos en,creemos a, creemos por el mismo Dios cuando creemos en su única Revelación.
Con esta sencilla exposición es más que suficiente para asegurar que los católicos, judíos (y musulmanes) no creemos en el mismo Dios. La razón es sencilla: Porque ni judíos (ni musulmanes) creen en la divina Revelación y por lo tanto, no creen en las mismas cosas que los católicos.
Abundemos un poco más: Existe una diferencia infinita entre la realidad divina, alcanzada en sí misma en su verdadera esencia, tal como la luz de la fe teologal nos la revela, luz y divina gracia en el alma, y las representaciones humanas de dios fruto de errados, unos más otros menos, entendimientos que proponen las falsas religiones. La diferencia es infinita porque estamos hablando de la gracia frente a la razón natural. Sólo un errado magisterio que hace desaparecer la frontera entre el orden sobrenatural y natural, entre lo Dios y lo contingente, entre lo infinito y lo finito, entre Creador y criatura, entre gracia y naturaleza, puede decir que cristianos judíos (y musulmanes) creemos al, en y por el mismo Dios. Eso es simple y llanamente, la predicación de la salvación universal para todos sin condiciones, que según las palabras del card. Wojtyla se daría “con independencia del hecho de que el hombre lo supiera o no lo supiera, lo aceptase o no”; la negación del dogma del pecado original y de la necesidad del bautismo; en definitiva, el mayor ataque desde dentro a las raíces del árbol, que es la Iglesia, en 2000 años de historia.
Pero si negamos esta diferencia, si solamente atenuamos esta divergencia, entonces no sólo apostatamos, sino que reducimos a una trivialidad la necesidad de una Revelación divina. Y peor aún, estaríamos diciendo [con los judíos] que si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo, vida nuestra, murió en vano [Gal 2,21].
No obstante, pretenden sortear hoy esta enseñanza infalible, no negándola directamente, sino vaciándola de su verdadero y obvio sentido. Lo hacen con las argucias que ya denunció el Papa Pío XII en la Encíclica Humani generis; porque muchos actos y declaraciones en encuentros interreligiosos, libros y documentos supuestamente magisteriales, que escandalizarían a cualquier niño del catecismo del P. Ripalda, son propios de pastores abducidos por las novedades del pensamiento moderno y “por lo que a la teología se refiere, es intento de algunos atenuar lo más posible la significación de los dogmas y librar al dogma mismo de la terminología de tiempo atrás recibida por la Iglesia, así como de las nociones filosóficas vigentes entre los doctores católicos,….,. Ellos abrigan la esperanza de que despojado el dogma de los elementos que dicen ser extraños a la divina revelación podrá fructuosamente compararse con las ideas dogmáticas de los que están separados de la unidad de la Iglesia [o practican las falsas religiones: talmúdica, islámica, etc.] y que por este camino vengan paulatinamente a equilibrarse el dogma católico y las opiniones de los disidentes [y las falsas vehementes opiniones de las otras religiones que adoran a los ídolos]…”
Dios mediante, en la tercera parte veremos la persecución de la Sinagoga de Satanás a la Esposa Inmaculada de Cristo y cómo este acoso y cacería están fundamentados en las enseñanzas rabínicas del Talmud.
por Sofronio
(1). Preb. Julio Meinvielle (teológo); El Judío en el Misterio de la Historia. Ed. Theoría; Bs.As, 1975
(2) Esta edición en 12 volúmenes se encontraba en la Imperial Biblioteca de viena; de la cual han salido muchas copias
(3) Pranaitis, edic. fuente, pag 32
(4) Ibid. Talmud de Jerusalén, Abboda Zorah, cap. II ;en Schabattab, cap. XIV y en Beth Jacobh 127a
(5) Ibid. Libro Sinag. Judaica, cap. III pg. 75
EL TALMUD AL DESNUDO (1/3)
Si a usted, amable lector, le causaren repugnancia algunas citas que aquí aparecen, no descargue su ira sobre mí persona, puesto que no voy a pretender más que dar testimonio de la Verdad, y no veo mejor forma que exponiendo a la luz lo que está oculto; trataré de demostrar que los judíos no veneran ni se guían por la Ley ni por los Profetas, sino por las opiniones de los rabinos.
Sin embargo, la frontera entre la Sinagoga y la Esposa de Cristo, aunque es absoluta, no es meramente territorial ni es tan fácil de distinguir su perímetro difuso, sino que atraviesa sinuosamente a los mismos miembros de la iglesia conciliar e incluso algunos «tradicionalistas» que campan a sus anchas; por eso se encuentran en ésta esposos y hermanos, padres e hijos, uno de los cuales será llevado y otro dejado; y sobretodo, muchos pastores que introducen al lobo en el aprisco, canes mudos, doctores bobos, maestros de la inmundicia, ‘santos’ adictos al ‘blu-jeans’ a la ‘cocacola’ y al ‘hog-dost’, monas del gran San Bernardo, caricaturas de Santa Catalina de Siena y ‘papas’ que conducen a su grey a las fauces de los anticristos reunidos en la Sinagoga de Roma, de Buenos Aires, Bogotá, New York o en cualquier otro Kahal, (1) desde los cuales quieren dominar toda la tierra (Jn. 8, 39 ss.).
Sí, he dicho también «papas», y lo digo con muchísimo dolor
y tristeza, pero me es imposible callar la verdad ¿Qué significan, sino, estas palabras suyas que resalto?: “Hasta entonces [¿la parusía?], Israel mantiene su propia misión. Está en la mano de Dios, el que en el tiempo que quiera, los salve “totalmente” cuando el número de los gentiles se haya completado”. ( «Papa» Benedicto XVI en la obra “ Jesús de Nazaret II ”P. 63); o estas otras del mismo autor “Y si los judíos no ven las promesas que se cumplen en Él, no se trata de mala voluntad por su parte, sino realmente a causa de la oscuridad de los textos. … Hay buenas razones, entonces, para negar que el Antiguo Testamento se refiere a Cristo y para decir, ‘No, eso no es lo que dice‘ “( Ratzinger en Dios y el Mundo, pág. 209) o éstas del «santo súbito» Wojtyla “¡Shalom!… El encuentro entre el pueblo de Dios de la Antigua Alianza, que nunca fue rechazada por Dios, y el de la Nueva, es asimismo un diálogo interior a la Iglesia misma, como si fuera entre la primera y la segunda parte de la Biblia (…) Judíos y cristianos están llamados como hijos de Abraham a ser bendición para el mundo (…) Diálogo entre las dos religiones que, con el Islam, deben dar al mundo la fe en el único e inefable Dios que nos interpela”.( Antipapa Juan Pablo II a la comunidad judía en Maguncia el 11/7/80) o ésta del mismo y anterior ‘doctor’ “A quienes comparten con nosotros la herencia de Abraham, nuestro padre en la fe, y la tradición del Antiguo Testamento, es decir, los judíos; y a quienes, como nosotros, creen en Dios justo y misericordioso, es decir, los musulmanes, dirijo igualmente esta llamada, que hago extensiva, también, a todos los seguidores de la grandes religiones del mundo” (Encíclica Sollicitudo Rei Socialis del Antipapa Juan Pablo II) o ésta del Antipapa Francisco “La Iglesia oficialmente reconoce que el pueblo de Israel sigue siendo depositario de las promesas” (Bergoglio en Sobre el Cielo y la Tierra, pag. 176) ¿Pero no se cumplieron ya las antiguas promesas en Cristo, al que no aceptan los judíos talmúdicos, Francisco? ¿cómo van a ser herederos de las promesas los que rechazan al Verbo de Dios, si Él mismo les dice en Jn.8, 24: “ Si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados”; y en otro pasaje les dice que no tienen por padre a Abraham, sino al demonio? ¿Qué, pues, significa la comunicación en lo sagrado del card. Bergoglio, cuando participó en la fiesta de la Janucá judía o en sus rezos en la Sinagoga? Francisco y sus predecesores están enseñando que el Antiguo Pacto no fue abrogado, contra lo que dice infaliblemente la Santa Iglesia Católica “[La Iglesia] Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituidas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo (Concilio de Florencia DZz 1348). Doctrina confirmada siempre en la Iglesia:“Y en primer lugar, por la muerte de nuestro Redentor el Nuevo Testamento tomó el lugar de la antigua ley que había sido abolida…por su muerte Jesús dejó sin efecto la Ley con sus decretos [Ef. 02:15] … se establece el Nuevo Testamento en su sangre derramada por toda la raza humana.” A tal punto, por consiguiente, “dice San León Magno al hablar de la Cruz de nuestro Señor, se llevó a cabo la transferencia de la Ley al Evangelio, desde la sinagoga a la Iglesia, de muchos sacrificios a una sola Víctima, que, cuando nuestro Señor había expirado, se desgarró violentamente de arriba abajo el velo místico que cubría la parte más interna del templo y su secreto sagrado. En la cruz, murió la antigua ley; murió, para inmediatamente ser enterrada y ser portadora de muerte … “ (Papa Pío XII, Mystici Corporis Christi # ‘s 29-30, 29 de junio de 1943)
Pues bien, sean suficientes estas citas y gestos tan dolorosos, entre cientos que podría traer, de este último falso obispo de Roma y de sus más inmediatos predecesores para exhibir las vergüenzas de quienes, en vez de llevar a las ovejas a verdes y tiernos pastos, las conducen a los abrojos de las peñas donde serán más fáciles presas del lobo sanguinario, y las abrevan, no en pozos de aguas cristalinas, sino en los charcos estancados y contaminados de ponzoña, predicando una doctrina que ya no es católica.
Parece, pues, que según aseguran los antipapas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Bergoglio, los judíos siguen hoy la Torá y a los Profetas, manteniendo su propia misión: Pero eso es un error de consecuencias gravísimas para los fieles católicos, porque los rabinos ni guardan ni se someten, en primer lugar, a Ley la de Moisés, como se demuestra por la lectura del Talmud, del cual vamos a hablar y a usar como fuente; y en segundo lugar, aunque de mayor calado, aunque así fuese, porque la Antigua Alianza fue abolida.
Tal vez se pregunte, si hasta aquí ha llegado, amable lector, qué es el Talmud. La presunta enseñanza oral transmitida por los rabinos es el Talmud. Esta vasta obra consta del Mischnat, el Gemarah y el Tosephot como partes principales, más las notas marginales del rabino Ascher llamado el Piske Tosephot y el Perusch Hamischnaoth de Maimonides. El Talmud completo contiene, pues 63 libros y 524 capítulos. Existen otros 4 tratados breves, pero que no han sido incluidos en el Talmud ordinario. Ahora bien, habiendo estado en desacuerdo los rabinos sobre la interpretación de muchas de sus partes, surgió la necesidad de un libro que ofreciera soluciones concisas; necesidad que satisfizo el rabino Joseph Caro (1488-1577) con su comentario Schulchan Arukh –‘La Mesa Preparada’-; pero como las costumbres de los judíos orientales diferían profundamente de los judíos occidentales, no sirvió para contentar a todos; por tal motivo el rabino Mosche Isserles escribió un comentario sobre ‘La Mesa Preparada’ bajo el título de Darkhe Mosche –El Camino de Moisés-, que tuvo la misma buena aceptación en Oriente y en Occidentes, el cual se usó durante siglos. Sin embargo, en la actualidad el Schulchan Arukh de Joseph Caro es el que se utiliza principalmente en los estudios. Es muy difícil para los cristianos obtener una copia auténtica, ya que éstos suelen comprar, engañados, ediciones espurias que ocultan la mayor parte de las ofensas a Nuestro Señor escritas en él, ofertados en las librerías «católicas», para más agravio. Con brevedad expliquemos estas partes y cómo surgen.
Los judíos del Talmud, que no de la Antigua Alianza derogada por Dios, afirman que Moisés recibió de Dios, además de las Tablas de la Ley, también oralmente las interpretaciones de la misma. Esta interpretación oral no fue transmitida a Josué, pero si a Josías y al cabo del tiempo a la Gran Sinagoga, y luego a ciertos rabinos hasta que ya no fue posible retenerla más. En el siglo II después de J. C.N.S., viendo los judíos que esta ley oral se desvanecía, un rabino de nombre Jehuda recopiló todas las cartas y formó el primer Mischnat, es decir, fijó las presuntas leyes orales por escrito. Aceptado, al principio, por las academias de Babilonia y Palestina, con el correr del tiempo surgieron muchas divergencias. Estas polémicas y diferentes resoluciones escritas sobre el Mischnat pasaron a formar parte del Talmud, llamándoselas el Gemarah. Pero existe, en principio, un doble Talmud: el palestino cuyo Gemarah es obra de un solo autor y de contenido bastante vago y el babilónico, obra de varios rabinos durante distintas épocas, por lo que éste ha sido tenido en el más alto concepto por los judíos. Pues bien, al Gemarah le siguen ciertos agregados u opiniones de algunos rabinos posteriores que los usaron para explicar la Mischnat en los colegios, pasando también al Talmud y se denominan Tosephot. Pero hubo también otros comentarios de doctores externos, es decir fuera de los colegios de enseñanza; estos comentarios se compilaron en sentencias breves y pasaron igualmente al Talmud, llamándoseles Piske Tosephot. El Talmud babilónico estaba casi terminado en el siglo VII después de Cristo, y casi nada se añadió durante 400 años, salvo algún relevante Tosephot al comienzo del siglo XI y sobre todo, casi al final de ese largo periodo, el Perusch Hamischnaoth de Maimonides.
Sea lo anterior suficiente para hacerse idea de la existencia de una creencia, extra bíblica, en una ley oral distinta de la Ley de Moisés, que ni Caudillos o Reyes, y ni siquiera los Profetas dieron testimonio alguno de conocerla, como los propios judíos afirman. Obviamente, en la plenitud de los tiempos, cuando vino el Mesías prometido, la religión estaba tan pervertida en manos de los escribas, saduceos y fariseos, y su corazón tan endurecido, que no quisieron reconocer al Prometido.
Por desgracia, se nos intenta convencer hoy de que los judíos actuales, aunque no han reconocido al Hijo de Dios, veneran la Ley y los Profetas, es decir, se rigen por lo establecido en nuestro Antiguo Testamento. Nada más incierto y ninguna anestesia más poderosa que ésta para adormecer los débiles entendimientos de la mayoría de los católicos actuales.
Hay que destacar, pues, que esta vasta obra, El Talmud, se considera sagrada por los judíos y mucho más importante que las Sagradas Escrituras, según sus creencias, y que, incluso, dentro de aquélla ni siquiera la supuesta ley oral o Mischnah es la parte más venerada, sino los comentarios a ésta de los rabinos o Gemarah . No son delirios nuestros estas afirmaciones, pues es el propio Talmud quien lo asegura. Así podemos leer en él:
“Aquellos que se dedican a leer la Biblia ejercitan una determinada virtud, pero no mucha; aquellos que estudian la Mischnach ejercitan una virtud por la que serán premiados; pero, no obstante, aquellos que se dedican a estudiar el Gemarah ejercitan la más grande de las virtudes”. (2).
“La Sagrada Escritura se asemeja al agua, el Mischnah al vino, y el Gemarah al vino aromático” (3)
Esta siguiente cita es ya bastante más conocida para muchos estudiosos:
“Hijo mío, presta atención a las palabras de los escribas antes que a las palabras de la Ley” (4)
Para los judíos, la razón de esta inversión de la Revelación divina se encuentra, entre otros lugares, en lo que dice el Tratado de Shanedrín, X, 3, f. 88b, sentenciando: “aquél que quebranta las palabras de los escribas peca más gravemente que aquellos transgresores de las palabras de la Ley.
En el Tratado de Erublhin, f. 13b, donde consta que existió una grave diferencia de opiniones entre la escuela de Hilel y Schamai, se concluye para perplejidad de la inteligencia sana, que “Las palabras de ambos son las palabras del Viviente” . Es decir, que las palabras contradictorias de las dos escuelas son la Palabra de Dios; no forma, pues, parte de la Revelación de Dios la Sagrada Escritura, sino la vanidad de las opiniones humanas y vehementes de los rabinos, aunque unos se contradigan a los otros. Nada más alejado del concepto de Revelación que mantuvieron los Profetas del Antiguo Testamento, que es el mismo los católicos. Esta negación del objeto formal de la Revelación no mantiene ni los más elementales presupuestos filosóficos, aceptando en sus alocadas y extraviadas mentes hasta el principio de contradicción como argumento y desvariando, por lo tanto, hasta en el mismo objeto material.
Con mayor claridad aún, si cabe, afirman en varios lugares más la supremacía del Talmud sobre las Sagradas Escrituras. “No existe nada superior al Sagrado Talmud” (5)
Muchos fueron los papas que condenaron el Talmud. He aquí una breve lista de los Romanos Pontífices, que no pretende ser exhaustiva y que sancionaron al Talmud por blasfemo contra Cristo y los cristianos: Gregorio IX, Inocencio IV, Julio III, Pío IV, Pio V, Gregorio XIII, Clemente VIII, Alejandro VII, Benedicto XIV, León XIII… Otra cosa no podían hacer, pues el mismo Logos Encarnado dijo a los judíos: «Si fuerais hijos de Abraham obraríais como él.; pero ahora queréis matarme a mí, al Hombre que os dice la verdad que ha oído de Dios. Abraham no hizo eso. Pero vosotros obráis como vuestro padre». Ellos le dijeron: «Nosotros no hemos nacido de la prostitución; tenemos un solo Padre, que es Dios ».[¿no es lo mismo que dicen, por desgracia, los antipapas Benedicto XVI, Juan Pablo II, Francisco. y el concilio V. II en los textos citados ‘ut supra’, y lo digo con profundo dolor?] «Jesús prosiguió: «Si Dios fuera vuestro Padre, vosotros me amaríais, porque yo he salido de Dios y vengo de Él. No he venido por mí mismo, sino que Él me envió…vosotros [los judíos que no aceptan a Cristo] tenéis por padre al demonio y queréis cumplir los deseos de vuestro padre [matar al Hijo de Dios entonces, y hoy a su Cuerpo Místico la Iglesia]. Desde el comienzo él fue homicida y no tiene nada que ver con la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, habla conforme a lo que es, porque es mentiroso y padre de la mentira” (S. Juan 8 39, ss). Y el Apóstol de los gentiles no cambia una tilde de la doctrina del Divino Maestro, diciéndoles a los de Tesalónica “..los judíos, los cuales no contentos con matar al Señor Jesús y a los profetas, también a nosotros nos persiguieron: que no agradan a Dios y son contrarios a todos los hombres … obstinados siempre en colmar la medida de sus pecados pero está para descargar sobre ellos la ira hasta el colmo”. (I Tesalonicenses 2:14-16). Y la Esposa Inmaculada de Cristo, fiel transmisora del depósito de la divina fe, ha sentenciado ex cathedra la misma doctrina, que debe ser creída como de fe divina definida: “[La Iglesia] Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituidas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, y empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento” (Decreto para los jacobitas -Concilio de Florencia –XII ecuménico-De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441, (fecha florentina) ó 1442 (actual), del Papa Eugenio IV DZ 1348).
Los defensores contemporáneos del Talmud se expresan sobre él de la misma manera que los judíos contemporáneos de Cristo que le rechazaron; y en nada se distinguen, pues, de sus antepasados, sino en que ahora ostentan un poder capaz de orientar el mundo. Como nada tiene que ver Cristo con Belial, tampoco su Cuerpo Místico con la Sinagoga; así pues, no escuchéis a los falsos pastores, y guardad impoluta la fe de los Apóstoles, porque los hijos del diablo, no pueden ser ni hermanos mayores nuestros, y ni siquiera parientes lejanos.
Continuará, Dios mediante más adelante, denunciando las blasfemias contenidas en el Talmud contra Cristo, Vida nuestra, y su Santísima Madre, esperanza de todos nosotros pecadores.
(1) El Kahal es la forma suprema de organización judía. Es un centro gubernamental que coordina unidades representativas locales alrededor del mundo que a su vez se dividen en distritos llamadas kehillas
(2)Tratado de Baba Metsia, fol.33ª; El Talmud desenmascarado, pag. 22. El Talmud desenmascarado; Pranaitis, S. pestesburgo 1892; Ed Alpa Miami, pag.22
(3) Tratado Sophereim, XV,7, fol 13b; Ibid; pag.22
(4) Erubhin, f.21b. Ibid.
(5) Mizbeach (12) cap V.; Cf. Joan, Bustorf, Recensio operis Talmud, p. 225; ibid.
Sofronio
LOS DEMÁS ESCRITORES DE ORIENTE
Los Demás Escritores del Occidente.
Victorino de Pettau.
El primer exégeta de lengua latina fue Victorino, obispo de Petabio, en la Panonia Superior, la moderna Pettau de Estiria. Murió mártir, probablemente el año 304, víctima de la persecución de Diocleciano. Jerónimo (De vir. ill. 74) nos da de él la siguiente información:
Victorino, obispo de Pettau, no estaba tan versado en el latín como en el griego. Por esta razón, sus obras, aunque de elevados pensamientos, son más bien mediocres de estilo. Son las siguientes: Comentarios sobre el Génesis, Éxodo, Levítico, Isaías, Ezequiel, Habacuc, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Apocalipsis de Juan, el tratado Contra todas las herejías y muchas más. Al final recibió la corona del martirio.
El que conociera mejor el griego que el latín no arguye que fuera de origen griego, pues ya se sabe que las dos lenguas estaban muy mezcladas en la Panonia.
Sus Escritos.
Sus obras no revelan una formación esmerada. Jerónimo le niega erudición, aunque le reconozca buena voluntad: licei desit eruditio, tamen non deest eruditionis voluntas (Epist. 70,5). Tenía dificultad para expresarse en latín, y su estilo adolece de falta de agilidad y pericia: Quod intelligit eloqui non potest (Jerónimo, Epist. 58,10).
- El Comentario del Apocalipsis.
De todos los comentarios mencionados por Jerónimo, sólo queda el del Apocalipsis. Su texto original, conservado en el Codex Ottobon. lat. 3288 A saec. XV, no fue publicado hasta 1916 (CSEL 49). Contiene ideas milenaristas. Antes del descubrimiento de este manuscrito se conocía la obra solamente en la edición de Jerónimo, que omite el milenarismo evidente de la conclusión y unas preciosas alusiones a escritores más antiguos — por ejemplo, Papías —, añadiendo, en cambio, algunas secciones de su contemporáneo Ticonio. La edición de Jerónimo fue ampliada en época posterior. En el siglo VIII fue usada por el sacerdote español Beato en su gran comentario sobre el Apocalipsis. - De fabrica mundi
Las tendencias milenaristas que hemos señalado en el Comentario sobre el Apocalipsis afloran también en el fragmento De fabrica mundi, conservado en un único manuscrito, el Codex Lambethanus 414 sacc. IX. Lo publicó W. Cave en 1688. Tiene que ser una de las “muchas otras” obras de que habla Jerónimo sin dar sus títulos. El estilo y los conceptos son de Victorino. - Contra todas las herejías
Es posible que esta obra, mencionada por Jerónimo, sea la misma que el opúsculo del mismo nombre agregado al De praescriptione haereticorum de Tertuliano (46-53), que fue escrito originalmente en griego y traducido, según parece, al latín por Victorino (cf. p.554).
La exégesis de Victorino se basa en autores griegos, en Papías, Ireneo, Hipólito y, sobre todo, Orígenes. Parece que no daba un comentario seguido de todo el texto, sino que se contentaba con parafrasear pasajes selectos. Casiodoro, pues, es más exacto que San Jerónimo cuando evita la palabra comentario y dice que Victorino trató brevemente de algunos pasajes difíciles del Apocalipsis (Inst. 1,9). El llamado Decretum Gelasianum de libris recipiendis et non recipiendis declaró “apócrifas” las obras de Victorino, probablemente debido a sus tendencias milenaristas.
Reticio de Autun.
Entre los obispos del período constantiniano apenas hubo nadie que gozara de mayor reputación en las Galias que Reticio, obispo de Autún. El emperador le envió a Roma para asistir a los concilios del 313 y 314, que se ocuparon de la controversia donatista. Jerónimo dice haber leído su comentario Sobre el Cantar de los Cantares y su “gran volumen” Contra Novaciano (De vir. ill. 82). Critica severamente la primera obra por hallar en ella cantidad de doctrinas absurdas (Epist. 37; Epist. 5,2). Ninguno de los dos escritos que conoció Jerónimo se ha conservado. El estudio exegético sobre el Cantar de los Cantares fue utilizado en el siglo XI por Berengario de Poitiers, cuyo Liber apologeticus pro Abaelardo, escrito contra San Bernardo de Claraval, contiene un pasaje tomado de la introducción de ese comentario. Agustín cita una curiosa frase sobre el pecado original, que parece tomada del Contra Novaciano (Contra Iulianum 1,3,7; Opus imperf. c. Iul. 1,55).
LOS AFRICANOS [ V ]
Cipriano, al igual que Tertuliano, conoce otro bautismo, más rico en gracia, más sublime en poder y más maravilloso en sus efectos que el del agua: el bautismo de sangre o martirio. En la Epist. 73 afirma que los catecúmenos que mueren por la fe no se verán privados en manera alguna de los efectos del sacramento: “Puesto que son bautizados con el más glorioso y el más sublime de los bautismos, el de la sangre, al cual se refería el Señor cuando dijo que El debía ser bautizado con otro bautismo” (Lc. 12,50). Comparando los dos, declara en el prólogo del Ad Fortunatum: “Este es un bautismo superior en gracia, más sublime en poder, más rico en honor; un bautismo que administran los ángeles, un bautismo en el que Dios y su ungido se regocijan, un bautismo después del cual ya no se peca más, un bautismo que completa nuestro crecimiento en la fe, un bautismo que al salir de este mundo nos une inmediatamente con Dios.” Como lo da a entender la última frase, Cipriano, lo mismo que Tertuliano, estaba convencido de que el mártir entra en el reino de los cielos inmediatamente después de su muerte,” mientras que los otros tienen que aguar-dar la sentencia del Señor en el día del juicio (De unit. 14; Epist. 55,17,20; 58,3).
4. La penitencia.
En la cuestión de la disciplina penitencial, Cipriano defendió con éxito la práctica tradicional de la Iglesia primitiva contra los dos extremos, el laxismo de su propio clero y el rigorismo del partido de Novaciano en Roma. Su tratado De lapsis y sus cartas demuestran que las decisiones que tomó no representan una “segunda innovación.” (Los que consideran el perdón de la fornicación como la “primera innovación” — cf. supra, p.611s — sostienen que el perdón de la idolatría fue la segunda.) Cipriano no dice en ninguna parte que la Iglesia de Roma había considerado hasta entonces que la apostasía no se pudiera perdonar. Nunca menciona los tres “pecados capitales” de que habla Tertuliano en el De pudicitia ni acepta la distinción entre peccata remissibilia e irremissibilia. Al contrario, en su carta al obispo Antoniano (55) hace suyo el principio: “No podemos obligar a nadie a hacer penitencia si se quita el fruto de la penitencia” (17). Para precisar aún, mejor su pensamiento, añade: “Creemos que nadie debe ser privado del fruto de la satisfacción y de la esperanza de la paz” (27). Sería hacer burla de los pobres hermanos y engañarlos, exhortarles a la penitencia y quitarles su efecto lógico, la curación, el decirles: “Llorad, derramad lágrimas, gemid día y noche y haced grandes y repetidos esfuerzos para limpiar y purificar vuestro pecado; después de todo esto moriréis fuera del recinto de la Iglesia. Haréis todo lo que sea necesario para alcanzar la paz, pero esta paz que buscáis no la tendréis nunca.” Sería como ordenar al campesino que labre su campo lo mejor que supiera, asegurándole al mismo tiempo que no recogería mies alguna (27). En De opere et eleemosynis (cf.. p.634) dice explícitamente que los que han pecado después del bautismo pueden ser limpiados nuevamente (2) y que, sea cual fuere la mancha que han contraído, será borrada (1), porque Dios quiere salvar a los que redimió a precio tan elevado (2). Cipriano no dice en ninguna parte que los lapsi, al pedir la reconciliación, obraran contra la práctica hasta entonces tradicional.
La penitencia pública comprendía, según Cipriano, tres actos distintos: confesión, satisfacción proporcionada a la gravedad del pecado y reconciliación una vez terminada la satisfacción. “Os exhorto, hermanos carísimos, a que cada uno confiese su pecado, mientras el que ha pecado vive todavía en este mundo, o sea, mientras su confesión puede ser aceptada, mientras la satisfacción y el perdón otorgado por los sacerdotes son aún agradables a Dios” (De lapsis 28; Epist. 16,2). Aunque, según Cipriano, lo que consigue el perdón de los pecados es el elemento subjetivo y personal de la penitencia (De laps. 17; Epist. 59,13), el elemento objetivo eclesiástico de la reconciliación es la “garantía de vida” (pignus vitae: Epist. 55,133), porque presupone el perdón divino. Cipriano ensalza el poder curativo y carácter sacramental del acto de la reconciliación más que sus predecesores, y aún más que sus sucesores hasta San Agustín, que en su controversia con los donatistas desarrolló esta doctrina.
5. La Eucaristía.
La carta 63 de Cipriano Sobre el sacramento del cáliz del Señor (cf. supra, p.641) es el único escrito anteniceno consagrado exclusivamente a la celebración eucarística. Reviste una importancia particular para la historia del dogma, por estar toda ella dominada por la idea del sacrificio. El sacrificio del sacerdote es la repetición de la cena del Señor, donde Cristo se ofreció a sí mismo al Padre (Patri se ipsum obtulit):
Pues si el mismo Jesucristo, Señor y Dios nuestro, es Sumo Sacerdote de Dios Padre y se ofreció a sí mismo como sacrificio al Padre, y mandó que se hiciera esto en memoria suya, por cierto aquel sacerdote hace verdaderamente las veces de Cristo, el cual imita aquello que hizo Cristo, y entonces ofrece un sacrificio verdadero y lleno en la Iglesia a Dios Padre, si empieza a ofrecerlo así conforme a lo que ve que ofreció el mismo Cristo (Epist. 64,14: BAC 88,161).
Este pasaje de San Cipriano es el primero en que, de una manera explícita, se afirma que la ofrenda son el cuerpo y la sangre del Señor. La última cena y el sacrificio eucarístico de la Iglesia son la representación del sacrificio de Cristo sobre la cruz. A la Eucaristía se le llama dominicae passionis et nostrae redemptionis sacramentum (ibid.). “Hacemos mención en todos los sacrificios de su pasión, pues la pasión del Señor es el sacrificio que ofrecemos. No debemos, pues, hacer otra cosa que lo que El hizo” (17). La Eucaristía es oblatio y sacrificium: “De donde es manifiesto que no se ofrece la sangre de Cristo si falta vino en el cáliz, ni se celebra el sacrificio del Señor con legítima santificación si no responden a la pasión nuestra oblación y nuestro sacrificio” (9).
El valor objetivo de este sacrificio eucarístico se manifiesta por el hecho de ofrecerse para el eterno descanso de las almas como sacrificium pro dormitione (Epist. 1,2). Se celebra también en honor de los mártires: sacrificia pro eis semper… offerimus, quoties martyrum passiones et dies anniversaria commemoratione celebramus (Epist. 39,3; 12,2).
Cipriano ve en el pan sacramental un símbolo de la unión entre Cristo y los fieles, y de la unidad eclesiástica: “En él se encuentra figurada, además, la unidad del pueblo cristiano; del mismo modo que muchos granos reducidos a la unidad y juntamente molidos y amasados hacen un solo pan, así en Cristo, que es pan celestial, sepamos que hay un solo cuerpo, al cual está unido y aunado nuestro número” (Epist. 63,13). La mezcla del vino y del agua significan lo mismo: “Y cuando en el cáliz se mezcla el agua con el vino, el pueblo se junta a Cristo y el pueblo de los creyentes se une y junta a Aquel en el cual creyó” (ibid.). Cipriano tiene por inválida la Eucaristía celebrada fuera de la Iglesia católica, lo mismo que el bautismo administrado por los herejes. En una carta (72) informa al papa Esteban de una resolución a este respecto aprobada por un sínodo de setenta y un obispos de África y de Numidia. Tales sacrificios son “falsos y blasfemos” y “están en oposición con el único altar divino” (ibid.). La importancia de estas ideas subió de punto más tarde en el movimiento de los donatistas, que sostenían que la eficacia del sacramento dependía de la santidad del ministro.
Textos: J. Quasten, Monumento eucharistica et litúrgica vetustísima (Bonn 1935-1937) 356-8.
Arnobio de Sicca.
La costumbre pagana de atribuir todas las calamidades, pestes, hambre y guerras a la infidelidad de los cristianos para con los dioses, que provocó el Apologeticum de Tertuliano y el Ad Demetrianum de Cipriano, indujo también a otro autor africano de fines del siglo III a componer asimismo una refutación de estas acusaciones totalmente infundadas. Se llamaba Arnobio, y su obra, en siete libros, lleva el título Adversus nationes. Sabemos por Jerónimo (Chron. ad ann. 253-257) que fue profesor de retórica en Sicca (África) y que tuvo a Lactancio entre sus discípulos (De vir. ill. 80; Epist. 70,5). Era pagano y por largo tiempo fue decidido adversario del cristianismo, hasta que, finalmente, advertido en sueños, se convirtió a la nueva religión (Chron., l.c.). El, empero, no menciona el motivo de su conversión cuando habla de ella (1,39; 3,24). La paz y felicidad del recién convertido hallan expresión en estas palabras:
Todavía hace poco, ¡oh ceguedad!, adoraba yo imágenes cocidas al horno, dioses forjados con martillos en el yunque, huesos de elefantes, pinturas, cintas colgantes de vetustos árboles. Siempre que me acontecía ver una piedra ungida con aceite de oliva, yo le prodigaba señales de profundo respeto, como si algún poder oculto la hubiera escogido para mansión suya; no podía menos de hablarle y pedirle favores, aunque no era sino una roca desprovista de inteligencia. Y a aquellos mismos dioses en cuya existencia creía, los trataba con las mayores calumnias, pues creía que eran palos de madera, piedras, huesos, o que habitaban en semejante materia. Pero ahora que he encontrado los senderos de la verdad, guiado por un maestro tan grande, tengo todas las cosas por lo que realmente son. Tengo respeto para las cosas que lo merecen. No insulto ningún nombre divino. Doy a cada uno y a cada autoridad lo que le pertenece, habiendo comprendido claramente las diferencias y distinciones. ¿No debemos conocer a Cristo como Dios, no tiene derecho a un culto divino, siendo así que de El hemos recibido tantos beneficios durante la vida y esperamos recibir aún más cuando llegue “el Día”? (1,39).
Adversus nationes.
Según nos dice Jerónimo (Chron., l.c.), el obispo de aquella localidad se mostró escéptico cuando Arnobio le pidió que le recibiera como cristiano y exigió del candidato pruebas de sus nuevas disposiciones. Para probar su sinceridad, compuso esta extensa obra contra los paganos. Por lo que hace a la fecha de su composición, debió de terminarla antes del año 311, año en que cesaron las persecuciones, de las cuales habla con frecuencia, y, en cambio, no se alude al restablecimiento de la paz. En dos pasajes del De vir. ill., Jerónimo sitúa a Arnobio bajo el reinado de Diocleciano (284-304), mientras que en su Chronicon le coloca en el año 327. Pero esta última indicación tiene que estar equivocada. Lo único que sabemos, pues, es que escribió durante la persecución de Diocleciano y antes del año 311. Jerónimo (De vir. ill. 79) intitula el tratado Adversus gentes, mientras que el único manuscrito (Codex París. 1661 saec. IX) lo llama Adversus nationes. Este parece ser el título correcto. Todos los indicios son de que el autor lo escribió precipitadamente cuando aún tenía escasos conocimientos de las cosas de la fe. Porque los dos primeros libros están consagrados a vindicar el cristianismo, se suele clasificar este tratado entre las apologías. Sin embargo, es más un ataque violento que una defensa. McCracken lo define con mucho acierto “el contraataque más vivo y sostenido que se conserva contra los cultos paganos contemporáneos” (p.4). Como fuente para el conocimiento de la doctrina cristiana es de mediocre valor, pero es una riquísima mina de noticias sobre las religiones paganas contemporáneas.
El primer libro da una respuesta a la calumnia de que los cristianos fueran causa de todos los males que afligieron a la raza humana en los últimos años. Acusa a los sacerdotes paganos de haberla inventado, porque sus ingresos iban disminuyendo de día en día. Existieron calamidades antes de la aparición de la fe cristiana. En realidad de verdad, la nueva religión tiende más bien a aminorar ciertos azotes, como las guerras, que á su vez son causa de otros muchos males.
Si todos quisieran, aunque fuera por poco tiempo, prestar oído atento a sus preceptos de paz y de salvación y creyeran no en su propia arrogancia e hinchado orgullo, sino en sus consejos, todo el mundo, desviando el uso del hierro a fines menos violentos, pasaría sus días en la tranquilidad más serena y llegaría a una armonía saludable y respetaría las cláusulas de los tratados, sin violarlos jamás (1,6).
Arnobio contesta luego al reproche que se hace a los cristianos de adorar a un simple hombre, que, por añadidura, fue crucificado. Los paganos son los menos indicados para proponer esta clase de objeciones, puesto que ellos han elevado al rango de dioses a héroes y emperadores. La doctrina y los milagros de Cristo dan testimonio de que su naturaleza divina no sufrió detrimento por el hecho de morir. La propagación de la fe corrobora este testimonio. Era necesario que el Salvador apareciera en forma humana, porque venía a redimir al hombre.
El libro segundo trata del odio de los paganos contra el nombre de Cristo. Se explica este odio, porque el Señor arrojó de la tierra los cultos paganos. El, en cambio, trajo a los hombres la verdadera religión, que los paganos, estúpidamente, rehúsan aceptar. Cuando la convierten en objeto de burla, deberían recordar que buena parte de su doctrina se encuentra en los escritos de sus filósofos, como, por ejemplo, la inmortalidad del alma en Platón. A pesar de este reconocimiento, Arnobio lanza inmediatamente un largo ataque contra el concepto platónico de la inmortalidad, que constituye la parte más interesante de toda la obra. En el libro tercero empieza su violento ataque contra los adversarios. Denuncia primeramente su antropomorfismo; atribuyen a los dioses toda clase de bajas pasiones, especialmente las sexuales, contradiciendo de esta manera la noción misma de Dios. En el libro cuarto ridiculiza la deificación de ideas abstractas, las divinidades siniestras, las torpes leyendas de los amores de Júpiter, atestiguadas por la misma literatura. El libro quinto censura los mitos de Numa, de Atis y de la Gran Madre. Se ensaña contra las ceremonias y fábulas relativas a las religiones de misterios y rechaza toda interpretación alegórica de esas fábulas. El libro sexto es una polémica contra los templos y los ídolos paganos, y el séptimo, contra los sacrificios paganos. La causa de todas estas supersticiones es el concepto erróneo de la divinidad, al cual, para terminar, opone Arnobio el concepto cristiano.
Por lo que toca al estilo de Arnobio, Jerónimo lo califica de “desigual y prolijo, sin divisiones claras en su obra, de donde resulta mucha confusión” (Epist. 58). En efecto, el autor desarrolla los argumentos con pesadas e interminables repeticiones. Sin embargo, la composición, tomada en conjunto, no carece de unidad orgánica. Festugiére no está de acuerdo con los que opinan que la obra está mal escrita y sin orden; las obscuridades provendrían más bien de cierta imprecisión en las ideas. El autor demuestra poseer una notable fuerza de expresión y llega a veces a la altura de una verdadera elocuencia.
Debemos mencionar aquí las fuentes de que se sirvió Arnobio para la composición de su libro. Para empezar por las griegas, remite catorce veces a Platón o a alguna de sus obras, dos veces a Aristóteles, Sófocles, Mnaseas de Patara, Mirtilo y Posidipo. Cita un pasaje de los Orphica y hace una alusión a Hermes Trimegisto. Festugiére ha demostrado que el libro segundo denota considerable familiaridad con el hermetismo, el neoplatonismo, los oráculos caldaicos, Plotino, Zoroastro, Ostanes y los papiros mágicos de las liturgias de Mitra. Pasando ahora a los escritores latinos, depende sobre todo de Varrón, a quien cita quince veces. Pero explota también a Cicerón y Lucrecio. Los que creen que una de sus fuentes más importantes es Cornelio Labeo no han suministrado pruebas suficientes, como lo han demostrado Tullius y Festugiére.
Por lo que se refiere a las fuentes bíblicas y cristianas, observamos con sorpresa que jamás nombra ni un solo autor cristiano: pero se echa de ver que conocía y utilizó el Protréplico de Clemente de Alejandría, el Apologeticum y Ad nationes de Tertuliano y el Octavio de Minucio Félix. Las semejanzas que existen entre el Adversus nationes y las Divinae institutiones de Lactancio se explican admitiendo una fuente común.
La historia no nos dice cómo fue recibida esta obra del retórico africano. De los Padres del siglo IV, solamente Jerónimo la conoce un poco. El Decrelum de libris recipiendis et non recipiendis, del siglo VI, la coloca entre los apócrifos.
Ideas teológicas de Arnobio.
En el primer libro de su obra Contra los paganos hay una hermosa oración en la que Arnobio pide el perdón para los perseguidores de los cristianos:
¡Oh sublime y altísimo Procreador de todas las cosas visibles e invisibles! ¡Oh Tú, que eres invisible y que no has sido comprendido jamás por las naturalezas creadas! Alabado seas, seas verdaderamente alabado — si es que labios manchados son capaces de alabarte —, a quien toda naturaleza que respira y entiende jamás debería cesar de dar gracias; ante quien debería durante toda la vida orar de hinojos y presentar sin cesar sus peticiones y súplicas. Porque Tú eres la causa primera, el lugar y el espacio de las cosas creadas, la base de todas las cosas, sean cuales fueren. Tú solo eres infinito, ingénito, perpetuo, eterno; ninguna forma puede representarte, ninguna facción corporal puede definirte; ilimitado en tu naturaleza e ilimitado en tu grandeza; sin lugar, movimiento ni condición; de quien nada se puede decir con las palabras de los mortales. Para entenderte hace falta guardar silencio; y para poder adivinar algo de Ti, aunque vagamente, mediante una conjetura falible, hay que evitar aun el más leve murmullo. Otorga el perdón, ¡oh Rey altísimo!, a los que persiguen a tus siervos, y por aquella amabilidad que forma parte de tu naturaleza, perdona a los que huyen de la veneración de tu nombre y de tu religión (1,31).
Esta plegaria revela un elevado concepto de Dios. Arnobio piensa que la idea de una Causa Primera y Fundamento de todas las cosas es innata: “¿Hay algún ser humano que no tenga desde su nacimiento alguna noción de este Ser, para quien ésta no sea una idea innata, en quien no esté impresa y casi marcada desde el seno de su madre, en quien no esté profundamente arraigada la convicción de que hay un Rey, Señor y Regulador de todas las cosas que existen?” (1,33). Arnobio comparte, pues, la opinión de Tertuliano del anima naturaliter christiana (cf. p.547s). Sin embargo, su noción de Dios está lejos de ser clara y precisa. Lo imagina totalmente por encima de las criaturas, sin contacto con ellas, completamente aislado en su grandeza. El Dios en quien él cree no tiene sensibilidad y no se preocupa de lo que ocurre en el mundo (1,17; 6,2; 7,5,36). Esta idea de la “distancia” divina invade todo el Ad nationes; constituye, en verdad, su idea central; es la clave de toda la doctrina de Arnobio. Por eso afirma que la cólera es incompatible con la naturaleza divina. Mientras Lactancio compuso una obra entera, De ira Dei, para probar la cólera de Dios, Arnobio no cesa de poner en guardia a sus lectores contra semejante concepción. Todo el que es perturbado por una emoción, argumenta él, es débil y frágil, sujeto al sufrimiento, y, por lo tanto, necesariamente mortal. “Donde hay alguna emoción, debe estar también la pasión; donde se encuentra la pasión, es lógico que haya también perturbación de espíritu; donde hay perturbación de espíritu, están la cólera y aflicción; donde hay cólera y aflicción, el lugar está dispuesto para la fragilidad y la corrupción; en fin, donde intervienen estas dos, no está lejos la destrucción, es decir, la muerte, que acaba con todo” (1,18). Evidentemente, ninguno que tenga el más leve conocimiento del Antiguo Testamento, con sus frecuentes alusiones a la indignación divina, puede escribir de esta manera. Pero Arnobio cierra el paso a esta clase de objeciones. Repudia temerariamente la fuente de donde dimanan esos textos: “Que nadie aduzca contra nosotros las fábulas de los judíos y las de la secta de los saduceos, como si también nosotros atribuyéramos formas a Dios. Ya sabemos, en efecto, que estas cosas se dicen en sus escritos y se corroboran corno cosa cierta y autorizada. Estas fábulas nada tienen que ver con nosotros, no tienen absolutamente nada en común con nosotros; y si se piensa que estas cosas nos son comunes, entonces tenéis que buscar maestros de superior sabiduría que os enseñarán a remover las nubes y aclarar las misteriosas palabras de estos escritos” (3,12). La verdadera fuente de esta idea de la indiferencia de Dios es la filosofía epicúrea y el concepto estoico de las pasiones.
No deja de ser significativo que Arnobio, a diferencia de los otros apologistas, no identifica los dioses paganos con los demonios, ni niega tampoco categóricamente su existencia. En algunos pasajes (3,28-35; 4,9; 4,11; 4,27; 4,28; 5,44; 6,2; 6,10) parece estar seguro de que no existen; en otros, en cambio, duda. Escribe, por ejemplo: “Adoramos a su Padre, por quien, si existe realmente, empezaron ellos a ser y a tener la sustancia de su poder y de su majestad. Su misma divinidad, por así decirlo, les habría otorgado El” (1,28). Expresa las mismas dudas en otro pasaje, donde rechaza la idea de que las divinidades paganas hayan sido engendradas y que hayan nacido: “Nosotros, por el contrario, sostenemos que, si son verdaderamente dioses y tienen la autoridad, el poder y dignidad propios de ese título, o son ingénitos — porque esto es lo que nuestra reverencia nos obliga a creer —, o, si tienen principio por generación, solamente el Dios supremo sabe cómo los ha hecho o cuánto tiempo ha transcurrido desde que existen, porque los hizo participantes de la eternidad de su propia divinidad” (7,35). A la objeción pagana de que los cristianos no adoran a los dioses responde diciendo que ellos reciben homenaje en común con el Dios Supremo:
A nosotros nos basta adorar a Dios, a la Divinidad Primera, al Padre de todas las cosas y Señor, al que establece y gobierna todas las cosas. En El adoramos todo lo que deba ser adorado.
Así como en un reino terreno no estamos obligados por necesidad a reverenciar por su nombre a los que, junto con los soberanos, forman la familia real, sino que todo el honor que se debe a ellos se contiene en el homenaje prestado a los mismos reyes, así también, de una manera enteramente semejante, estos dioses, cualesquiera que sean los que vosotros decís que nosotros debernos adorar, si son de la familia real y descienden del príncipe, aunque no los adoremos explícitamente, ya se entiende que son homenajeados en común con su rey y se les incluye en los actos de veneración a él prestados (3,33).
En estos pasajes queda en duda si el autor expresa su opinión personal o sólo hace una concesión a sus adversarios para sus fines dialécticos. Como corolario de la “indiferencia” divina — tesis de Arnobio que hemos examinado más arriba — niega la creación del alma. Dada su debilidad, inconstancia y malicia, no es posible que Dios sea su autor: “Descartemos esta idea odiosa, a saber, que el Dios todopoderoso, el Sembrador y el Fundador de las cosas grandes e invisibles, el Creador, sea el que engendra almas tan inconstantes, almas que carecen de seriedad, de carácter y de firmeza, prontas a hundirse en el vicio y caer en toda clase de pecados, y que, sabiendo lo que eran y de qué condición, les ordena entrar en los cuerpos” (2,45). Dice que es un “cuento” (fama) la idea de que “las almas son hijas del Señor y descienden del Supremo Poder” (2,37). Sostiene, por creer que es la doctrina auténtica de Cristo, que las almas son obra de algún ser inferior.
Escucha y apréndelo del que lo sabe y lo ha predicado a todo el mundo — de Cristo —, esto es, que las almas no son hijas del Rey Supremo, y que, aunque se diga que El las ha engendrado, no han dicho la verdad sobre sí mismas ni han hablado de sí en términos de su origen esencial. Tienen algún otro creador, inferior al Ser Supremo en dignidad y poder, aunque pertenezca a su corte y esté ennoblecido por la gloria del rango elevado que ocupa (2,36).
Arnobio rechaza implícitamente la creencia bíblica en la creación y adopta como doctrina de Cristo el mito del Timeo de Platón. El único elemento positivo que afirma de la esencia del espíritu humano es el de su medietas, de su carácter intermediario, que también atribuye a Cristo: “(Las almas) son de carácter intermediario, como sabemos por la enseñanza de Cristo. Pueden perecer, si no llegan al conocimiento de Dios; pero también pueden ser restituidas de muerte a vida, si han hecho caso de sus amonestaciones y gracias, y su ignorancia se ha disipado” (2,14). En otras palabras, el alma, por naturaleza, no está dotada de vida eterna, pero puede obtenerla por medio del conocimiento del verdadero Dios. Posee, pues, una inmortalidad condicional:
La naturaleza de las almas es una cuestión controvertida. Algunos dicen que es mortal y no puede participar de la substancia divina, mas otros afirman que es inmortal y que no es posible que degenere en una mortal. Esta división (de opiniones) es consecuencia del carácter neutral de las almas; por una parte, hay argumentos preparados para probar que están sujetas al sufrimiento y a la muerte; pero hay también otros que prueban que son divinas e inmortales.
Así, pues, hemos aprendido de las más altas autoridades que las almas han sido colocadas no lejos de las abiertas fauces de la muerte, pero que, al mismo tiempo, pueden adquirir una longevidad (longaeva fieri) por el don y favor del Rey Supremo, si hacen lo posible para conocer, puesto que la ciencia de Dios es una especie de levadura de vida y como goma que une elementos que de otra suerte no tienen cohesión entre sí (2,31-2).
Es probable que tengamos aquí el motivo de su conversión, el miedo de la muerte eterna y el deseo de la inmortalidad. Dice él mismo: “Por razón de esos temores nos hemos sometido y entregado a Dios como a nuestro Libertador” (2,32); y pregunta: “Puesto que el temor de la muerte, o sea de la destrucción de nuestras almas, nos persigue, ¿no es verdad que obramos movidos por el instinto de lo que es bueno para nosotros…, abrazando al que nos promete liberarnos de semejante peligro? (2,33).
Lactancio.
A Arnobio le suplantó su discípulo Lucio Celio Firmiano Lactancio. Sepan Jerónimo (De vir. ill. 80), África fue la cuna de su formación retórica y vio el nacimiento de su primera obra, hoy perdida, el Banquete (Symposium), que “escribió siendo aún joven.” Abandonó su provincia natal cuando Diocleciano (284-304) le llamó, junto con el gramático Flavio, a Nicomedia de Bitinia, la nueva capital del Oriente, para que enseñara retórica latina (Div. inst. 5,2,2). No tuvo, empero, gran éxito, pues Jerónimo (De vir. ill. 80) vuelve a informarnos que “por no tener discípulos, pues era un ciudad griega, se dedicó a escribir.” El año 303 seguía todavía de profesor allí, cuando la persecución le obligó a renunciar a su cátedra, pues se había convertido al cristianismo. Dejó Bitinia entre los años 305 y 306. Hacia el 317, el emperador Constantino llamó al anciano maestro, que había caído en la miseria, a Tréveris, en las Galias, para que fuera el tutor de su hijo mayor, Crispo. No conocemos la fecha de su muerte.
1. Sus Escritos.
Los humanistas han llamado a Lactancio el Cicerón cristiano. Es, en efecto, el escritor más elegante de su tiempo. Se puso deliberadamente a imitar al gran orador romano y se le acerca mucho en la perfección del estilo, como lo reconocía ya el mismo Jerónimo (Epist. 58,10). Estaba convencido de que para abrir al cristianismo el acceso a la alta cultura había que presentarlo de una manera elegante y atrayente.
Por desgracia, la calidad de su pensamiento no corresponde a la excelencia de su expresión. La mayor parte de su producción es obra de compilador. Es poco profundo y superficial. La cultura filosófica de que se gloría la debe casi por entero a Cicerón. Su conocimiento de los autores griegos, tanto paganos como cristianos, es pobre, y su educación teológica, insuficiente. Lector asiduo, especialmente de los clásicos latinos, tenía el don de asimilar las ideas de los demás y de presentarlas en forma brillante y clara. A esto se debe que sus escritos se conserven en gran número de manuscritos, algunos de ellos muy antiguos. Ya en el siglo XV se hicieron catorce ediciones de sus obras completas.
1. Sobre la obra de Dios (De opificio Dei).
El De opificio Dei es la más antigua de las obras de Lactancio que poseemos. La dedicó a Demetriano, antiguo alumno suyo y cristiano de buena posición económica. Se advierte ya en ella la gran diferencia que separa a Lactancio de su maestro Arnobio. Pues mientras éste sostiene que el alma en la carne está en una cárcel (2,45), “la corteza de esta carne mezquina” (2,76), y niega que sea creación de Dios o inmortal por naturaleza, aquél, por el contrario, admira en el cuerpo humano una maravilla de orden y de belleza, cuyo autor no puede ser sino la Perfección infinita y está bajo su especial cuidado y providencia.
La introducción (2-4) opone a la persona a las bestias, y concluye diciendo que Dios, en vez de armar al hombre con la fuerza física de las bestias, lo ha dotado de razón, haciéndolo así muy superior a ellas. “Nuestro creador y Padre, Dios, ha dado al hombre el sentimiento y la razón, para que así sea evidente que descendemos de El, puesto que El en sí mismo es inteligencia, percepción y razón… No ha puesto la protección del hombre en el cuerpo, sino en el alma: habría sido superfluo, después de haberle dado lo que es de un valor muy superior, cubrirlo con defensas corporales, que habrían perjudicado a la belleza del cuerpo humano. Por esta razón me maravillo de la estupidez de los filósofos que siguen a Epicuro, que denigran las obras de la naturaleza, para demostrar que el mundo no está dispuesto ni regido por providencia alguna” (2). Para confundir a estos teorizantes y demostrar la providencia divina de una manera más brillante todavía, empieza con un tratado de anatomía y fisiología. Sigue luego (16-19) una psicología, más bien reducida. El último capítulo (20) promete una exposición más completa de la verdadera doctrina contra los filósofos que alteran peligrosamente la verdad. Se refiere aquí a las Divinae institutiones.
La obra carece de ideas netamente cristianas y tiene un carácter puramente racional. El mismo autor manifiesta que su intención era seguir el libro cuarto del De república de Cicerón, tratando más a fondo el mismo tema. Sus fuentes principales son Cicerón y Varrón. Parece que fue compuesto hacia fines de 303 o a principios de 304, como lo indican varias alusiones a la persecución de Diocleciano (1,1; 1.7; 20,1).
2. Las instituciones divinas (Divinae institutiones).
Las Instituciones divinas, en siete libros, son la obra principal de Lactancio. A pesar de todas sus imperfecciones, representa el primer intento de una suma del pensamiento cristiano en latín. Tiene un doble objetivo: demostrar la falsedad de la religión y especulación paganas y exponer la verdadera doctrina y la verdadera religión. El título de la obra está tomado de los manuales de jurisprudencia, las Instituciones iuris civilis (1,1,12). Respondiendo en particular a dos recientes ataques de tipo filosófico, uno de los cuales procedía de Hierocles, gobernador de Bitinia e instigador de la persecución de Diocleciano (5,2-4; De mort. pers. 16,4), Lactancio tiene la pretensión de refutar de una vez a todos los adversarios del cristianismo pasados y futuros, “para derrocar de un solo golpe y definitivamente todo lo que produce o ha producido, donde sea, el mismo efecto… y privar a los escritores futuros de toda posibilidad de escribir y replicar” (5,4,1). El primer libro, que lleva el título “El falso culto de los dioses,” y el segundo, “El origen del error,” refutan el politeísmo, fuente primaria del error. El autor demuestra que aquellos a quienes los griegos y romanos adoraban fueron antes simples mortales y sólo más tarde recibieron su apoteosis. El mismo concepto de divinidad exige que haya un solo Dios. El tercer libro, “La falsa sabiduría de los filósofos,” señala a la filosofía como la segunda fuente de errores. Hay tantas contradicciones en los diferentes sistemas a propósito de cuestiones esenciales de la vida humana, que ya nada conserva ningún valor. La verdadera ciencia sólo se da por revelación. Partiendo de la base, el libro cuarto, cuyo título es “Sabiduría y religión verdaderas,” pasa a demostrar que Cristo, el Hijo de Dios, ha comunicado a los hombres la verdadera ciencia, es decir, la verdadera noción de la divinidad. Sabiduría y religión son inseparables, y, por consiguiente, el Salvador es también la fuente infalible de nuestra religión. Los profetas del Antiguo Testamento, los oráculos sibilinos y Hermes Trismegisto dan testimonio de su filiación divina. Defiende su encarnación y su crucifixión contra los argumentos de los incrédulos. El libro quinto trata de la “Justicia,” esta virtud que es tan importante para la vida de la sociedad. Desterrada por la idolatría, volvió la Justicia cuando Jesús descendió del cielo. Se funda en la piedad y consiste en el conocimiento y adoración del verdadero Dios. Se fundamenta esencialmente en la equidad, virtud que considera a todos los hombres como iguales: “Dios, que produce al hombre y le da la vida, quiso que todos los hombres fueran iguales, a saber, igualmente dotados. A todos impuso la misma condición de vida; ha creado a todos para la sabiduría; ha prometido a todos la inmortalidad; nadie queda excluido de sus beneficios celestiales. Porque, así como El distribuye a todos por igual su única luz, hace que manen sus fuentes para todos, les suministra aliento, y les concede el agradabilísimo descanso del sueño; así también otorga a todos equidad y virtud. A sus ojos, no hay esclavos ni señores; porque, si todos tenemos el mismo Padre, con el mismo derecho todos somos sus hijos” (5,15). El libro sexto, “Verdadera religión,” continúa el mismo tenia, demostrando que la religión para con Dios y la misericordia para con los hombres son las exigencias de la justicia y la verdadera religión. “La primera función de la justicia es unirnos con nuestro hacedor; la segunda, unirnos con nuestros semejantes. La primera se llama religión; la segunda, compasión y bondad (humanitas); ésta es la virtud propia del justo y de los adoradores de Dios” (6,10). Los libros quinto y sexto son los mejores de toda la obra, tanto por su contenido como por su estilo. El último, el séptimo, “Sobre la vida bienaventurada,” presenta una especie de escatología milenarista, con una detallada descripción del premio que recibirán los adoradores del único Dios, la destrucción del mundo, la venida de Cristo para juzgar y condenar a los culpables.
Las Divinae institutiones las empezó a componer hacia el 304, poco después del De opificio Dei, al cual remite el autor 2,10,15) como a una obra escrita recientemente. El libro sexto debió de tenerlo redactado antes del edicto de tolerancia de Galerio el 311. La dedicatoria a Constantino en el libro séptimo supone que el edicto de Milán había quedado atrás. En un grupo más bien restringido de manuscritos hay una serie de adiciones al texto. Algunas contienen ideas dualistas, otras tienen carácter de panegíricos. Las primeras (2,8,6; 7,5,27) tratan del origen del mal y sostienen que Dios quiso y creó el mal. De opificio Dei 19,8 viene a ser una variante de la misma tendencia. Las segundas van dirigidas al emperador Constantino (1,1,12; 7,27,2; 2,1,2; 3,1,1; 4,1,1; 5,1,1; 6,3,1). Al Parecer, todos estos pasajes son obra del mismo Lactancio; las variantes dualistas habrían sido eliminadas más tarde por ser contrarias a la fe, y las que ofrecen un carácter de panegírico, como superfluas. Esta solución parece ser más acertada que la de Brandt, que veía en estos pasajes interpolaciones posteriores.
Como primera exposición sistemática de la doctrina cristiana en lengua latina, las Instituciones divinas son muy inferiores a su equivalente griego, el De principiis de Orígenes (cf. p.358ss). Les falta vigor en la demostración teológica y profundidad metafísica. Por lo que se refiere a sus fuentes, abundan en la obra las citas de autores clásicos, especialmente de Cicerón y Virgilio. El autor utiliza también los oráculos sibilinos y el Corpus Hermeticum. En cambio, raramente cita la Biblia. Toma del Ad Quirinum (cf. p.638s) de Cipriano la mayor parte de los textos escriturísticos que aduce. Cuando habla de los primeros defensores de la religión cristiana (5,1), menciona “como conocidos” a Minucio Félix, Tertuliano y Cipriano, sin hacer la menor alusión a los autores griegos cristianos. Sorprende que tampoco Arnobio figure entre sus predecesores, siendo así que fue su maestro. Quizá se explique esta anomalía porque, viviendo lejos de África, en Nicomedia de Bitinia, tal vez no se enteró de la obra Adversus nationes de su maestro.
3. El Epítome.
Al final de las Instituciones divinas, a manera de apéndice, existe en muchos manuscritos un Epítome, que compuso Lactancio para un tal “hermano Pentadio.” A juzgar por su contenido, no es un extracto de la obra principal, sino una reedición abreviada. No hay sólo omisiones, sino también adiciones, cambios y correcciones. Tiene, pues, cierto valor independiente. Lactancio debió de escribirlo después del 314. El texto completo no se descubrió hasta principios del siglo XVIII, en un manuscrito del siglo VII de Turín (Cod. Taurinensis I b VI 28). Las demás copias contienen solamente una versión mutilada, a la que San Jerónimo (De vir. ill. 80) dio el nombre de “el libro sin cabeza”
4. La cólera de Dios (De ira Dei).
Los epicúreos imaginaban a Dios enteramente inmóvil. Su felicidad exige que permanezca indiferente al mundo, sin cólera ni bondad, porque estas emociones son incompatibles con su naturaleza. Arnobio compartía este punto de vista, como hemos visto (p.662). Lactancio dedica un libro entero a refutarla, De ira Dei, escrito el año 313 ó el 314. Esta teoría, según él, implica una negación de la divina Providencia y hasta de la existencia de Dios. Porque, si Dios existe, no puede ser inactivo, y “¿cuál puede ser esta acción de Dios sino la administración del mundo?”(17,4). Tampoco se puede aceptar la noción estoica de Dios, que atribuye a Dios la bondad, pero le rehúsa la ira. Si Dios no se indigna, no puede haber providencia, puesto que el cuidado que Dios tiene de los seres humanos exige que se enoje contra los que hacen el mal. “En las cosas contrarias es necesario que uno se mueva hacia las dos partes o hacia ninguna. Así, si se ama a los que obran el bien, se odiará a los que hacen el mal, porque el amor del bien lleva consigo el odio del mal… Estas cosas están ligadas la una con la otra por naturaleza; no pueden existir la una sin la otra” (5,9). Si se quita en Dios el amor y la cólera, se elimina también la religión, ya que desaparece todo temor saludable. De esa manera, lo que constituye la mayor dignidad la persona, el objetivo mismo de su vida, queda destruido. En varias ocasiones el autor remite a las Divinae institutiones (2,4,6; 11,2). Dedicó la obra a un tal Donato.
5. La muerte de los perseguidores (De mortibus persecutorum).
El tratado Sobre la muerte de los perseguidores describe los terribles efectos de la cólera divina y el castigo de los perseguidores. Escrito después de concedida la paz a la Iglesia, trata de probar que todos sus opresores murieron de muerte horrible. Como Licinio figura con Constantino como protector de la fe, el tratado tiene que ser anterior al ataque que lanzó aquél contra la Iglesia, lo más tarde antes del año 321. Por otra parte, conocemos el terminus post quem porque en la obra se dice que habían muerto ya Maximino Daia (313) y Diocleciano (hacia el 316).
La introducción trata del origen del cristianismo y de la suerte de Nerón, Domiciano, Decio, Valeriano y Aureliano (2-6). El autor pasa luego a las persecuciones de su tiempo y describe con mucho colorido a Diocleciano, Maximiano, Galeno, Severo y Maximino, sus crímenes contra las iglesias y su ruina, hasta la victoria de Licinio el 313. La obra está dedicada a Donato, que había ofrecido a la humanidad el ejemplo de una magnanimidad invencible” durante las pruebas (16,35), y todo el tratado respira alegría por la victoria de Cristo y por el aniquilamiento de sus enemigos:
Ahora ya, aniquilados todos los adversarios, restablecida la paz por toda la tierra, la hasta hace poco perseguida Iglesia de nuevo se levanta, y con mayor honra es edificado, por la misericordia del Señor, el templo de Dios… Ahora, después que paso la tormenta, se alumbra el aire sereno y la deseada luz; ahora, aplacado Dios con las plegarias de sus siervos, ha levantado con su auxilio celestial a los postrados y afligidos; ahora es cuando ha enjugado las lágrimas de los atribulados, al poner fin a la confabulación de los impíos. Los que se habían empeñado en contender con Dios yacen derribados; los que habían destruido su santo templo cayeron ellos con mayor estrépito: los que habían martirizado a los justos, con castigos del cielo y con tormentos apropiados hubieron de entregar sus almas malvadas. Un poco tarde, es cierto, pero al fin con severidad y como era de justicia. Había ido dando largas Dios al castigo de los tales, para hacer con ellos grandes y admirables escarmientos, con los cuales los venideros aprendiesen que no hay más que un solo Dios, el mal es a la vez juez que sabe aplicar castigo a los impíos y perseguidores (1. Trad. S. Aliseda 20-21).
A pesar de algunas exageraciones, esta obra sigue siendo una fuente muy importante sobre la persecución de Diocleciano. El autor escribe como testimonio ocular y transmite información de primera mano. Se ha puesto en tela de juicio la autenticidad de este escrito, pero no parece que haya nada, ni en la materia, ni en la forma, ni en las circunstancias históricas, que impida atribuirla a Lactancio. El argumento más fuerte en su favor es el testimonio de San Jerónimo (De vir. ill 80). El texto se ha conservado en un solo manuscrito del siglo XI, el Codex Paris. 2627 (ol. Colbertinus 1297).
6. Sobre el ave Fénix (De ave Phoenice).
El poema De ave Phoenice relata en 85 dísticos la conocida fábula del ave fénix. Esta historia la encontramos por vez primera en Herodoto (11,73). Clemente Romano (25, cf. p.55) es el primer autor cristiano que la presenta como un símbolo de la resurrección. Vuelve a aparecer, con el mismo significado, en Tertuliano, De resurrectione carnis 13, en escritores posteriores y en el arte paleocristiano. Según el De ave Phoenice, hay un país maravilloso en el lejano Oriente, donde se abre la gran puerta del cielo y donde el sol brilla con luz de primavera. Se levanta por encima de las más altas montañas. Hay allí plantado un bosque de eterno verdor. No tienen allí acceso ni las enfermedades, ni la vejez, ni la muerte cruel, ni los horrendos crímenes. Allí no caben el miedo ni el pesar. Hay en medio un manantial que se llama “la fuente viva.” Un árbol maravilloso da frutos sazonados que no caen al suelo. En este bosquecillo no habita más que una sola ave, el fénix, único y eterno. Cuando, al primer despertar, la mañana color de azafrán empieza a tomar el color de la púrpura, el ave se posa en lo más alto del maravilloso árbol, y empieza a lanzar las notas de un himno sagrado, saludando con voz magnífica el nuevo día y por tres veces adora la cabeza inflamada del sol agitando sus alas. Mas, cuando ha vivido mil años, siente el deseo de renacer. Abandona entonces el recinto sagrado y viene a este mundo, donde reina la muerte. Se dirige en vuelo rápido a la Siria (Fenicia). Elige una alta palmera, cuya copa lame los cielos, que recibe del ave el bello nombre de phoenix. Allí construye un nido, o mejor, una tumba, porque muere para poder volver a la vida. Encomienda su alma (animam commendat v.93) y se disuelve en fuego. De las cenizas del animal dícese que sale un animal sin extremidades, un gusano de color de leche, que se transforma en capullo. De éste sale un nuevo fénix como una mariposa y emprende el vuelo para volver a su país natal. Lleva todo lo que queda de su antiguo cuerpo al altar del sol, en Heliópolis, en Egipto, y se ofrece a la admiración de los espectadores. La multitud jubilosa de Egipto saluda a esta ave maravillosa. Luego se vuelve a su país del Oriente. El poema termina con esta alabanza. “¡Oh ave de tan dichoso destino, a quien Dios ha concedido el poder de renacer de sí misma!…, su único placer es morir: para poder renacer, desea primero morir…, habiendo conseguido la vida eterna con el beneficio de la muerte” (165-170).
Aunque detrás de esta historia se esconde un viejo mito, en este poema se encuentran numerosos indicios de origen cristiano. Todo el simbolismo se relaciona con Cristo, que viene del Oriente, esto es, del paraíso, al país donde reina la muerte, y aquí muere; pero, luego de resucitado, vuelve a su patria, as palabras animam commendat recuerdan la frase de Jesús: In manas tuas commendo spiritum meum (Lc. 23,46). Así, pues, el ave fénix es el símbolo del Salvador resucitado y glorificado. La idea de la muerte como un renacimiento y principio de una nueva vida es muy común en el cristianismo primitivo (cf. p.55). Gregorio dé Tours (De cursu stell. 12) atribuye este poema a Lactancio y ve en el ave fénix un símbolo de la resurrección. No todos están de acuerdo con esta opinión, y algunos creen que la obra es de origen pagano. Las semejanzas de pensamiento, lenguaje y estilo que hay entre este poema y las obras auténticas de Lactancio hablan en favor de la paternidad de Lactancio.
II. Obras Perdidas.
1. Del Symposium o Banquete, primera obra que escribió Lactancio, ya hemos hablado más arriba (p.666). .
2. El Hodoeporicum e Itinerario, mencionado por Jerónimo (De vir. ill. 80), es una descripción en hexámetros de su viaje de África a Nicomedia.
3. Jerónimo habla en el mismo lugar de un tratado Grammaticus, del que no se sabe nada más.
4. El mismo habla también de dos libros A Asclepiades, cuatro libros de Cartas a Probo, dos libros de Cartas a Severo y dos libros de Cartas a su discípulo Demetriano. Este es el discípulo a quien dedicó su De opificio Dei.
5. Un manuscrito de Milán (Codex Ambrosianus F 60 sup. saec. VIII-IX) contiene un pequeño fragmento con esta nota marginal: Lactantius de motibus animi. Consiste en unas pocas líneas; trata de los afectos del alma y explica su origen. Estos afectos han sido implantados por Dios para ayudar a la persona en el ejercicio de la virtud. Si se conservan dentro de ciertos límites, conducen a la justicia y a la vida eterna; de lo contrario, al vicio y a la perdición eterna. Tanto la forma como el contenido hacen probable que el fragmento sea realmente de Lactancio.
Algunos manuscritos le atribuyen los poemas De resurrectione y De pascha. Pero en los manuscritos más antiguos aparecen como obras de Venancio Fortunato. Tampoco es de Lactancio el poema De passione Domini.
III. Ideas Teológica.
Aunque Lactancio fue el primer escritor latino que intentó una exposición sistemática de la fe cristiana, no es un teólogo auténtico. Para serlo le faltaban ciencia y capacidad. Incluso en su obra principal, las Instituciones divinas, presenta el cristianismo simplemente como una especie de moral popular. Exalta con entusiasmo, es verdad, el martirio, el amor de Dios y del prójimo, las virtudes de humildad y castidad, pero apenas menciona el don sobrenatural de la gracia, que hace al ser humano capaz de vivir según este ideal. Habla de la transformación llevada a cabo por la nueva fe, pero sin prestar la suficiente atención a la redención de la humanidad por el divino Salvador. Sus postulados morales se fundamentan más en la filosofía que en la religión. Estaba, sin duda, profundamente convencido de la absoluta superioridad de la fe, pero es más hábil demoliendo el paganismo con tu crítica que presentando el cristianismo en forma positiva. Jerónimo se dio perfecta cuenta de esto cuando exclamó: Utinam tam nostra confirmare potuisset quam facile aliena destruxit (Epist. 58,10), Si hay un pensamiento central que inspira toda la obra, es la idea de la divina Providencia, pues a ella vuelve incesantemente.
1. El dualismo.
Ya hemos hablado de los pasajes dualistas que figuran en ciertos manuscritos, y se omiten en otros. No hay necesidad de recurrir a ellos para probar el dualismo de Lactancio. Según él, antes de la creación del mundo, Dios produjo un Espíritu, su Hijo, semejante a El, a quien dotó de todas las perfecciones divinas. Luego engendró un segundo ser, bueno en sí mismo, pero que no permaneció fiel a su origen divino. Tuvo envidia del Hijo, y deliberadamente pasó del bien al mal y recibió el nombre de diablo (Div. inst. 2,8). Se convirtió en la fuente del mal y en el principal enemigo de Dios, una especie de antidiós (antitheus 2,9,13). En consecuencia, Lactancio habla de dos principios (duo principia 6,6,3). La enemistad entre ambos encontró su expresión en el universo en el momento de su creación. Efectivamente, en el universo existen dos elementos opuestos, el cielo y la tierra. Aquél es la mansión de Dios, el lugar de la luz; ésta, la morada del ser humano, el lugar de las tinieblas y de la muerte. Se sorteó también la misma tierra. A Dios le correspondieron el oriente y el sur; el occidente y el norte, al espíritu maligno (Div. inst. 2,9,5-10). En este mundo Dios colocó al hombre, que es en sí mismo imagen del cosmos, porque está compuesto de alma y cuerpo, de elementos hostiles entre ellos y que se hacen guerra constantemente. El alma viene del cielo y pertenece a Dios; el cuerpo ha salido de la tierra y pertenece al demonio (Div. inst. 2,12, 10). En el alma mora el bien; en el cuerpo, el mal (De ira Dei 16,3). Según que en el conflicto de esta vida triunfe el espíritu o la carne, el bien o el mal, el hombre recibirá un premio eterno o un castigo eterno (Div. inst. 2,12,7). En este dualismo, que parece derivar del estoicismo, en esta enemistad entre el diablo y Dios, Lactancio ve el origen de toda moralidad y de todo pecado. Dios, con su omnipotencia, podría eliminar a los malos, pero no quiere hacerlo. “Con la mayor prudencia, Dios colocó en el mal la causa material de la virtud” (Epítome 24). El fue quien quiso que existiera esta gran distinción entre el bien y el mal, a fin de que por el mal se conociera y comprendiera la naturaleza del bien (Div. inst. 5, 7,5). Así como no puede haber luz sin tinieblas, ni guerra sin enemigos, así tampoco puede haber virtud si no existe el vicio (Div. inst. 3,29,16). El vicio es un mal porque se opone a la virtud, y la virtud es buena porque combate al vicio. Luego el vicio y la virtud son necesarios el uno para el otro. Excluir el vicio sería eliminar la virtud (Epítome 24).
2. El Espíritu Santo.
Puesto que el segundo ser engendrado por Dios Padre se convirtió en el principal enemigo de Dios, la cuestión está en saber qué lugar ocupa el Espíritu Santo en la teología de Lactancio. Jerónimo (Epist. 84,7; Comm. in Gal. ad 4,6) afirma que negaba, especialmente en los dos libros de Cartas a Demetriano, hoy desaparecidos, la existencia de una tercera persona de la Trinidad o de la persona divina del Espíritu Santo, identificándolo unas veces con el Padre, otras con el Hijo.
3. La creación y la inmortalidad del alma.
Lactancio no comparte la opinión de su maestro Arnobio, que atribuía la obra de la creación a las potencias subordinadas. Cree, por el contrario, que “el mismo Dios que hizo el mundo, creó también al hombre desde el principio” (Div. inst. 2,5,31). Dios en persona hizo con sus manos el espíritu y la carne, infundiendo el uno en la otra, de manera que el producto es obra enteramente suya (Div. inst. 2,11,19; ipse an-mam qua spiramus infundit). Lactancio rechaza todo traducianismo, ya que en la generación del alma no tiene parte el padre ni la madre, ni ambos juntos.
El cuerpo puede provenir de los cuerpos, puesto que ambos contribuyen en algo; pero el alma no puede provenir de otras almas, porque nada puede salir de un ser sutil e inaprehensible. Por consiguiente, el alma es obra de Dios… Los seres mortales no pueden engendrar sino una naturaleza mortal. ¿Cómo se puede considerar padre al que no se da cuenta absolutamente que transmite o insufla un alma de su propio ser? ¿O quién, sabiéndolo, no percibió en su inteligencia el momento o la manera de producirse eso? Es, por lo tanto, evidente que no son los padres los que dan el alma, sino el único y mismo Dios, Padre de todas las cosas. Sólo El posee el principio y el modo de su nacimiento, porque El solo es el autor (De opif. 19,1ss).
Lactancio, pues, profesa el creacionismo. En cuanto al momento exacto, escribe: “No es introducida en el cuerpo después del nacimiento, como creen algunos filósofos, sino inmediatamente después de la concepción, cuando la necesidad divina ha formado la prole en el seno” (De opif. 17,7).
También difiere de Arnobio en su manera de concebir la inmortalidad. Mientras el profesor enseñaba que el alma no está dotada de inmortalidad, pero que puede adquirirla mediante una vida cristiana, Lactancio dice explícitamente que posee esta cualidad por naturaleza. Así como Dios vive siempre, así también hizo el espíritu del ser humano (Div. inst. 3,9,7). Otro testimonio de esta sentencia del autor es su creencia de que los malvados no serán aniquilados, sino sometidos al castigo eterno (Div. ins. 2,12,7-9). “Puesto que la sabiduría, que es concedida a la persona humana, no es otra cosa que el conocimiento de Dios, es evidente que el alma ni muere ni es aniquilada, sino que permanece por siempre, porque busca y ama a Dios, que es eterno” (Div. inst. 7,9,12). El nombre es, pues, eterno por naturaleza. Pero no goza de la perfección de este don en sus efectos y destinación, a no ser que por la práctica sincera de la verdadera religión alcance el cielo y una vida de infinita felicidad con Dios.
4. Escatología.
Los capítulos 14-26 del libro séptimo de las Instituciones divinas contienen una escatología de sabor marcadamente milenarista:
Puesto que todas las obras de Dios fueron terminadas en seis días, el mundo tiene que durar en su presente estado seis edades, o sea, seis mil años. En efecto, el gran día de Dios está limitado por un círculo de mil años, como lo indica el profeta cuando dice (Ps. 89,4): “Ante Ti, Señor, mil años son como un día.” Y así como Dios trabajó durante seis días para crear obras de tanta grandeza, así también su religión y su verdad tienen que trabajar durante seis mil años, mientras prevalece y manda la maldad. En fin, del mismo modo que Dios, después de haber terminado su obra, descansó en el día séptimo y lo bendijo, así también, al final de seis mil años, toda maldad será extirpada de la tierra, y reinará la justicia durante mil años; entonces habrá tranquilidad y descanso de todas las fatigas que el mundo habrá tenido que sufrir por tanto tiempo (7,14).
Lactancio cree que sólo faltan doscientos años para llegar a los seis mil. Entonces “el Hijo del Dios altísimo y todopoderoso vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos… Cuando hubiere destruido la iniquidad, realizado su gran juicio y resucitado a los justos, que han vivido desde el principio, hará alianza con los hombres para mil años y les impondrá las leyes más justas… En ese momento el príncipe de los demonios, que es el instigador de todos los males, será también atado con cadenas y encarcelado para mil años de gobierno celestial, durante los cuales la justicia reinará en el mundo, para que no pueda urdir ningún mal contra el pueblo de Dios. Cuando llegue Dios, los justos serán reunidos de toda la tierra, y, terminado el juicio, la ciudad santa será plantada en medio de la tierra. La habitará el mismo Dios, que la ha construido, en compañía de los justos, imponiendo su ley… El sol será siete veces más brillante que ahora; la tierra abrirá el secreto de su fecundidad y producirá espontáneamente frutos abundantísimos; las montanas y rocas chorrearán miel; por los arroyos correrá vino, y por los ríos, leche; en fin, todo el mundo se regocijará, toda la naturaleza exultará, por haber sido redimida y librada del imperio del mal, de la impiedad, del pecado y del error” (7,24). Antes de terminarse los mil años, soltarán al demonio, quien reunirá a todas las naciones paganas para librar la batalla contra la ciudad santa. La rodeará y sitiará. “Entonces la cólera final de Dios se abatirá sobre las naciones, y las destruirá completamente” (7,26). El mundo desaparecerá en medio de una gran conflagración. El pueblo de Dios permanecerá oculto en las cuevas de la tierra durante los tres días que durará la destrucción, hasta que se apague la ira de Dios contra las naciones y tenga fin el último juicio. “Entonces los justos saldrán de sus escondrijos, y encontrarán toda la superficie de la tierra cubierta de cadáveres y huesos… Mas, cuando se hayan acabado los mil años, el mundo será renovado por Dios, y los cielos serán enrollados sobre sí mismos, y Dios transformará a los hombres a semejanza de los ángeles… En ese momento se producirá la segunda resurrección de todos los hombres, que debe ser pública; los malvados resucitarán para el castigo eterno” (7,26).
REVISTA SACRIFICIUM. Nº I. ENERO 2019
PIENI L’ÁNIMO DI SALUTARE TIMORE
PIENI L’ÁNIMO DI SALUTARE TIMORE
San Pío X
Carta Encíclica Sobre el modo de reprimir en los clérigos el espíritu el espíritu de desobediencia e independencia, hoy generalizada Del 28 de julio de 1906
Venerables Hermanos, los Arzobispos y Obispos de Italia:
Salud y bendición apostólica
- Exhortación.
Con el ánimo lleno de saludable temor por la cuenta severísima que de la grey a Nos confiada hemos de rendir al Príncipe de los Pastores, Jesucristo, pasamos nuestros días en una continua solicitud por preservar, en cuanto es posible, a los fieles, de los males perniciosísimos con que es afligida la humanidad. Tenemos por eso como dicha a Nos la palabra del Profeta: Clama, no ceses; como trompeta alza tu voz (1); y no hemos dejado, ya de viva voz, ya por Nuestras letras, de advertir, de rogar, de reprender, excitando sobre todo el celo de nuestros hermanos en el Episcopado, para que despliegue cada uno la más solícita vigilancia sobre la porción de la grey que el Espíritu Santo le confió.
- Motivo de la encíclica.
El motivo que Nos mueve a levantar de nuevo la voz, es de la más grave trascendencia. Se trata de llamar toda la atención de vuestro espíritu y toda la energía de vuestro pastoral ministerio contra un desorden cuyos funestos efectos ya se experimentan; y si con mano fuerte no se arrancan desde sus más profundas raíces, se experimentarán con el andar de los años consecuencias más fatales. Tenemos a Nuestra vista las cartas de no pocos de vosotros, Venerables Hermanos, cartas llenas de tristeza y de lágrimas, que deploran el espíritu de insubordinación e independencia que se manifiesta acá y allá entre el clero. Además en nuestros días una atmósfera deletérea corrompe largamente los ánimos; y sus efectos mortíferos son aquellos que ya describe el Apóstol San Judas: Estos soñadores mancillan la carne, desprecian el dominio del Señor y escarnecen la majestad (2); es decir además de una degradante corrupción de las costumbres, el desprecio abierto de toda autoridad y de aquellos que la ejercen. Más que el tal penetre hasta el santuario y contamine a aquellos a quienes más propiamente debiera convenir la palabra del Eclesiástico: Su estirpe no es sino obediencia y amor (3) es algo que llena Nuestra alma de inmenso dolor. Y sobre todo entre los jóvenes Sacerdotes va naciendo este espíritu, y se difunden entre ellos nuevas y reprobables doctrinas acerca de la naturaleza misma de la obediencia. Y lo que es más grave, como para conquistar nuevos reclutas para la naciente escuela de los rebeldes, se va haciendo propaganda más o menos oculta de tales máximas, entre los jóvenes que dentro del recinto de los Seminarios se preparan al Sacerdocio.
- Espíritu de obediencia que los Obispos
han de exigir en los sacerdotes
Por tanto. Venerables Hermanos sentimos el deber de apelar a vuestra conciencia, para que, depuesta toda duda, trabajéis con ánimo vigoroso y con igual constancia en destruir esta mala simiente, llena de mortíferas consecuencias. Recordad que el Espíritu Santo os ha puesto para gobernar el precepto de San Pablo a Tito: Reprende con toda autoridad. Nadie te desprecie (4). Exigid con severidad de los clérigos y de los Sacerdotes aquélla obediencia, que si para todos los fieles es absolutamente obligatoria, constituye para los sacerdotes una parte principal de su sagrado deber.
Para prevenir con tiempo la multiplicación de estos ánimos contenciosos, ayudará muchísimo, Venerables Hermanos, tener siempre presente la amonestación del Apóstol a Timoteo: No impongas precipitadamente las manos a nadie (5). La facilidad en admitir a las sagradas órdenes es la que abre el camino a un«multiplicarse la gente en el santuario» que después no se traducirá en alegría. Sabemos que hay diócesis y ciudades donde lejos de poderse lamentar de la escasez de clero, el número de sacerdotes es en gran manera superior a la necesidad de los fieles. ¿Por qué motivo, Venerables Hermanos, se hace tan frecuente la imposición de manos? Si la escasez de clero no puede ser razón bastante para precipitarse en un negocio de tanta gravedad, allí donde el clero sobrepasa las necesidades, nada excusa el abandono de las más sutiles cautelas y gran severidad en la elección de aquellos que deben ser elevados al honor del sacerdocio. Ni la insistencia de los aspiran puede menguar la culpa en los que proceden con tal facilidad. El Sacerdocio, instituido por Jesucristo para la salvación eterna de las almas, no es por cierto una profesión o un oficio humano cualquiera, al cual pueda dedicarse libremente y por cualquier razón el que lo desee. Promuevan pues los obispos a las Sagradas Ordenes, no según el clamor o los pretextos de los que aspiran a ellas, mas, de acuerdo a la prescripción del Concilio Tridentino, según la necesidad de las diócesis; y en la tal promoción, podrán escoger solamente a aquellos que son realmente idóneos, rechazando a los que muestran inclinaciones contrarias a la vocación sacerdotal, entre las cuales es principal la indisciplina, y su causa generadora: el orgullo de la mente.
- Recta institución y marcha de los Seminarios.
Para que no falten, pues, jóvenes que llenen las condiciones requeridas para el ministerio sagrado, volvemos a insistir, Venerables Hermanos, con más vehemencia, sobre lo que tantas veces recomendamos; la obligación que os asiste, gravísima delante de Dios, de vigilar y promover, la recia marcha de vuestro Seminario. Tales serán vuestros sacerdotes, cuales los hayáis educado. Gravísima es la carta que sobre esto os dirigió, el 8 de Diciembre de 1902, Nuestro sapientísimo Predecesor como testamento de su largo pontificado (6). Nosotros no queremos añadir nada nuevo; solamente os llamamos la atención sobre lo contenido en ella y recomendamos vivamente, que cuanto antes sean ejecutadas Nuestras ordenes, emanadas por medio de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, sobre la concentración de los seminarios, especialmente para los estudios de Filosofía y Teología, a fin de conseguir las grandes ventajas que se siguen de la separación de los seminarios menores y mayores y la no menos relevante de la necesaria instrucción del clero.
Los seminarios han de ser celosamente mantenidos en el espíritu propio y exclusivamente destinados a preparar a los jóvenes, no para una carrera civil, sino para la altísima misión de ministros de Cristo. Los estudios de Filosofía y la Teología y de las ciencias afines, especialmente de la Sagrada Escritura, se han de cumplir ateniéndose a las prescripciones pontificias y al estudio de Santo Tomás, tantas veces recomendado por Nuestro venerado Predecesor y por Nosotros en las Letras Apostólicas del 23 de Enero de 1904 (7). Los Obispos ejerzan, además, una escrupulosa vigilancia sobre los maestros y sus doctrinas, llamando al deber a todos los que corren tras ciertas novedades peligrosas, y alejando sin miramientos de la enseñanza a los que no se aprovechan de las amonestaciones recibidas.
No se permita a los clérigos jóvenes frecuentar las universidades públicas, sino por razones graves y con las mayores cautelas por parte de los Obispos, impídase enteramente que los alumnos de los Seminarios tomen parte alguna en agitaciones externas; y por lo tanto les prohibimos la lectura de diarios y periódicos, salvo que considere el Obispo alguno de éstos oportuno y útil a los estudios. Manténgase siempre con mayor vigor y vigilancia el reglamento disciplinario. No falte, por último, en cada seminario, el director espiritual, hombre de no ordinaria prudencia y experto en los caminos de la perfección cristiana, quien con incansables cuidados cultive en los jóvenes aquella sólida piedad, que es el primer fundamento de la vida sacerdotal.
Estas normas, Venerables Hermanos, seguidas consciente y constantemente, os proporcionarán la segura confianza de ver crecer a vuestro alrededor un clero que sea gozo y corona vuestra.
- Abusos en el ministerio de la predicación.
Pero el desorden de la insubordinación e independencia, lamentado por Nos hasta ahora, en algunos de los jóvenes clérigos va muy lejos y con daños aun mayores. Y aun no faltan quienes de tal manera están imbuidos de tan reprobable espíritu que abusando del sagrado ministerio de la predicación se muestran abiertamente propugnadores y apóstoles de tales doctrinas, con gran escándalo y ruina de los fieles.
El 31 de Julio de 1894, Nuestro Predecesor, por medio de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, llamó la atención de los Ordinarios sobre esta grave materia (8). Nos mantenemos y renovamos las disposiciones y normas dadas en aquel documento pontificio cargando la conciencia de los Obispos para que no resulten verdaderas en ninguno de ellos las palabras del profeta Nahum:Durmieron sus pastores (9). Ninguno puede tener licencia para predicar, a no ser que antes hayan sido examinadas su vida, ciencia y costumbres (10). Los sacerdotes de otras diócesis no deben predicar sin las letras testimoniales del propio Obispo. La materia de la predicación sea la indicada por el Divino Redentor, cuando dice:Predicad el Evangelio... (11). Enseñándoles cuanto os he mandado (12). O sea como comenta el Concilio de Trento: Señalándoles los vicios que deben huir y las virtudes que deben imitar a fin de que logren evitar la pena eterna y conquistar la gloria celestial (13).
Por tanto aléjense del púlpito los argumentos propios más bien de la palestra periodista y de las aulas académicas que del lugar sagrado; se antepongan las prédicas morales a las conferencias, cuando menos que puedan decirse infructíferas; hablen no con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder (14). Por tanto la fuente principal de la predicación debe ser la Sagrada Escritura, entendida no según las opiniones privadas de mentes las más de las veces ofuscadas con las pasiones, sino según la tradición de la Iglesia, las interpretaciones de los Santos Padres y los Concilios.
Conformes con estas normas han de ser los que, después que los hayáis examinado, desempeñen el ministerio de la Divina predicación que vosotros mismos les hayáis encomendado. Y si encontráis que alguno de ellos, más deseoso del propio interés que del de Jesucristo, más solícito del aplauso mundano que del bien de las almas, amonestadlo y corregidlo y si eso no basta apartadlo de un oficio para el cual se muestra indigno.
Y tanto más debéis obrar con tal vigilancia y severidad, cuanto el ministerio de la predicación es propio vuestro y parte principal de vuestras obligaciones episcopales; y cualquiera fuera de vosotros, que lo ejercite, lo ejercita en vuestro lugar y en nombre vuestro; de donde se sigue que siempre os toca a vosotros responder delante de Dios del modo con que se dispensa a los fieles la divina palabra.
Nos, para declinar de Nuestra parte toda responsabilidad, intimamos y ordenamos a todos los Ordinarios refutar y suspender, después de caritativas amonestaciones, aun durante la predicación, a cualquier predicador, sea del clero secular, o sea del regular, que no cumpla plenamente lo dispuesto en la presente Instrucción emanada de la Congregación de Obispos y Regulares. Es mejor que los fieles se contenten con la simple homilía que sermones que producen más mal que bien.
- La acción popular cristiana.
Otro campo donde el clero joven encuentra muchas ocasiones e incitamientos para profesar y defender la liberación de toda legítima autoridad, es aquél de la así llamada acción popular cristiana. No porque esta acción, Venerables Hermanos, sea en sí reprobable o importe por naturaleza el desprecio de toda autoridad; sino porque muchos, malentendiendo su naturaleza, se apartaron voluntariamente de las normas que para su recto acrecentamiento fueron prescritas por Nuestro Predecesor de inmortal memoria.
Hablamos, entendedlo bien, de la instrucción que acerca de la acción popular cristiana dictó por orden de León XIII la Sagrada Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, el 2 de enero de 1902, y que alguno de vosotros pasó por alto, porque en su respectiva diócesis no cuidó su ejecución (15). Nos, mantenernos esta Instrucción y con la plenitud de Nuestra potestad renovamos y confirmamos todas las Nuestras emanadas del Motu proprio, del 18 de Diciembre de 1903, Del régimen de la acción popular cristiana, y de la carta circular de Nuestro amado hijo el Cardenal Secretario de Estado, de fecha 28 de Julio de 1904 (16).
En orden a la fundación de hojas o periódicos el clero debe observar fielmente cuanto está prescrito en el artículo 42 de la constitución apostólica «Officiorrum»(17): Se les prohíbe a los clérigos que, sin autorización previa del Ordinario, asuman la dirección de diarios o periódicos. Igualmente, sin el previo consentimiento del Ordinario ninguno del Clero podrá publicar escritos de este estilo, sea de argumento religioso o moral, sea de carácter meramente técnico. En las fundaciones de círculos o asociaciones, los estatutos y reglamentos deben ser aprobados previamente por el Ordinario. Las conferencias sobre la acción popular cristiana o sobre cualquier otro argumento no podrán proferirse por ningún sacerdote o clérigo que no tenga el permiso del Ordinario del lugar. Todo lenguaje que pueda inspirar en el pueblo aversión hacia las clases superiores, es y debe ser tenido como contrario al espíritu de cristiana caridad. Es igualmente reprobable en las publicaciones católicas todo cuanto, inspirándose en malsanas novedades, ridiculice la piedad de los fieles yseñale nuevas orientaciones de la vida cristiana, nuevas directivas de la Iglesia, nuevas aspiraciones del alma moderna, nueva vocación social del clero, nueva civilización cristiana, y otras semejantes. Los sacerdotes, especialmente los jóvenes, aunque sea laudable que vayan al pueblo, deben proceder en ello con el debido acatamiento a la autoridad y a las ordenaciones de los Superiores Eclesiásticos.
Y aun ocupándose, con la dicha subordinación, de la acción popular cristiana, su noble fin ha de ser «arrancar a los hijos del pueblo de la ignorancia de las cosas espirituales y eternas y con industrioso amor conducirlos a un vivir honesto y virtuoso; confirmar a los adultos en la fe, disipando los prejuicios contrarios a ella, y confortarlos en la práctica de la vida cristiana; promover entre el laicado católico aquellas instituciones que se conozcan como verdaderamente eficaces para el mejoramiento moral y material de la multitud; defender sobre todo el principio de justicia y caridad evangélica, en los cuales encuentran justa moderación todos los derechos y deberes de convivencia social… Pero debemos tener siempre presente que aun en medio del pueblo el sacerdote debe conservar incólume su carácter de ministro de Dios, pues fue colocado a la cabeza de sus hermanos por la salud de las almas (18). Cualesquiera otra manera de ocuparse del pueblo, con detrimento de la dignidad sacerdotal y daño de los deberes y disciplina eclesiástica, es reprobable en sumo grado» (19).
- Proscripción y exhortación final.
Por lo demás, Venerables Hermanos, a fin de poner un dique eficaz a esta desviación de las ideas, y a esta propagación del espíritu de independencia, con Nuestra autoridad prohibimos de hoy en adelante a todos los clérigos y sacerdotes dar su nombre a cualquier asociación que no dependa de los Obispos. De modo especial y nominalmente prohibimos a los mismos, bajo pena para los clérigos de inhabilidad para las Sagradas Ordenes y para los sacerdotes de suspensión en el acto de las cosas divinas, inscribirse en la Liga Democrática Nacional, cuyo programa es el de Roma-Torrette del 20 Octubre de 1905, y el Estatuto, sin nombre de autor, fue impreso en Bolonia a la vera de la Comisión Provisoria.
Estas son las prescripciones que, miradas las presentes condiciones del clero en Italia y en materia de tanta importancia, exigía de Nosotros la solicitud del cargo Apostólico.
No resta más que añadir nuevos estímulos a vuestro celo, Venerables Hermanos, a fin de que estas Nuestras disposiciones y prescripciones tengan pronta y plena ejecución en vuestras diócesis. Prevenid el mal, en donde afortunadamente aún no se muestra; extinguidlo con rapidez allí donde recién ha nacido; y donde por desventura es ya adulto, extirpadlo con mano enérgica y resuelta. Por fin gravando vuestras conciencias imploramos de Dios el necesario espíritu de prudencia y fortaleza. Y con tal fin os impartimos del fondo de Nuestro corazón la Bendición Apostólica.
Dada en Roma junto a San Pedro, el 28 de Julio de 1906, de Nuestro Pontificado el año tercero.
Pío X
(1) Is. 58: 1.
(2) Jude 8.
(3) Eclesiast. 3:1
(4) Titus 2:15.
(5) I Tim. 5:22
(6) Cf. Acta S. Sedis. vol. 35, pág. 257.
(7) Cf. Acta S. Sedis. vol. 36, pág. 467.
(8) Cf. Acta S. Sedis. vol. 27, pág. 162
(9) Nahum 3:18
(10) Conc. Trid., Sess. cap. 2, de Reform
(11) Marc. 16, 15.
(12) Matt. 28:20.
(13) Concilio de Trento, ses. 5, c. 5 fre Reform
(14) I Cor. 2:4
(15) Cf. Acta S. Sedis. vol. 34, pág. 401
(16) Cf. Acta S. Sedis. vol. 36, pág. 402 et vol. 37, pag. 19
(17) 25 de Enero de 1897. – Cf. Acta S. Sedis, Vol. 30, pág. 39.
(18) S. Greg. M., Regul. Past., pars II, c. 7
(19) Carta Enc. de León XIII, Fin dal principio, Dic. 8, 1902. Cf. ASS, 35:257 ff.
SI LO HUBIERA ENCONTRADO ANTES
Las víctimas
Ya era, otras veces, un obrero, considerado como una bestia de carga, a quien envenenó la propaganda comunista; ya era un viejo asiduo lector, que obstinadamente se había mantenido alejado de la Religión, que creía más en los libros que en la vida.
¡Si lo hubiera encontrado antes!
Se encuentra al maestro ateo y materialista, que describe la vida como una carrera bestial hacia el placer, antes que el sacerdote que le diga al corazón del adolescente: Busca primero el reino de Dios y todo lo demás se te dará por añadidura.
Aun entonces la misión del sacerdote es sublime; pero ¡qué triste es!
Es la solución radical y única de los problemas de la vida social.
Pero ¿por qué es preciso esperar estas horas excepcionales y raras?
Entonces empezó la derrota del espíritu.
Nuestros viejecitos no reconocerían la nación de María de Guadalupe, de hace medio siglo.
En suma, es soberana, libre y activa como el espíritu, de quien es signo.
Jesús no podía darnos un arma mejor, un arma más efectiva.
¡Non possumus non loqui! ¡No podemos dejar de hablar!
No era el hombre el que hablaba, sino Dios; y su Palabra se adora, no se discute.
Dios no discute con los hombres.
Obispo de Ragusa
LA TRAICIÓN AL SACERDOCIO
NUEVO OBISPO CATÓLICO
Ayer, 12 de Enero de 2019, Mons. Juan José Squetino Schattenhofer consagró como Obispo, en la ciudad de Guadalajara, estado de Jalisco (México), al padre Merardo Loya, mediante una consagración según el Rito tradicional sacramentalmente válida.
El P. Merardo Loya recibió las Sagradas Órdenes de manos de Mons. Mark Anthony Pivarunas, CMRI, el 18 de Octubre de 1996 junto al P. Dámaso Ruiz Loya (fallecido de leucemia en Febrero de 2014). A comienzos del 2000, el padre Merardo pasó a a la Sociedad Sacerdotal Trento, fundada por Mons. Martin Dávila Gándara en 1993, ejerciendo el P. Merardo en la Iglesia de Santiago Apóstol en la población de Julián Blanco/Dos Caminos, municipio de Chilpancingo de los Bravo (Guerrero); y en 2014 se contactó con la Fundación San Vicente Ferrer de Monseñor Squetino, donde está actualmente, el cual le ha consagrado obispo. Deo gratias. Les mostramos algunas fotos de la Consagración episcopal que tiene la propiedad de la validez:

SERMÓN DE MONSEÑOR SQUETINO PARA LA CONSAGRACIÓN



¡ LAMENTACIÓN!
Es de lamentar que Montini [antipapa Pablo VI] variara la forma substancial del Sacramento de la Confirmación, sin que para ello hubiera en realidad la más mínima necesidad, invalidando el Sacramento. Pero, habiendo perdido el amor y el aprecio por la Tradición, cualquier cosa se podía esperar . Y así arbitraron adoptar para este Sacramento cierta fórmula, sino igual, con cierto parecido a la de los bizantinos, tan digna de respeto y alabanza, sólo que no era la tradicional de los latinos y que ahora no significa la gracia del Sacramento, y no había necesidad alguna de adoptarla. Esta fórmula, no obstante, nos ofrece una muy interesante comprensión de este Sacramento, pues dice en su original griego: “sphragis tou doreas tou pneumatos agiou”, es decir, “Sello del don del Espíritu Santo.” Creo que se puede entender -haciendo un esfuerzo con lo cual la gracia no estaría bien significada, lo que haría inválido el sacramento-, en el sentido de que o bien el bautizado ha recibido ya por el Bautismo el don del Espíritu Santo y este Sacramento se lo sella con el carácter de la Confirmación para que no lo pierda, o bien este carácter o sello le confiere el Espíritu Santo. Me resulta muy sugestiva la primera interpretación, aunque es muy forzada, y si la ponemos en relación con la Fe, que es una virtud teologal infundida por el Espíritu Santo en el Bautismo, y en este sentido es don de Dios, entiendo que la Fe es para el cristiano de un precio tal y tan importante para su salvación que Dios, por medio del Sacramento de la Confirmación se lo sella o confirma con el don del Espíritu Santo de manera que, en tanto en cuanto el cristiano luche por conservar su Fe y no la ponga en peligro, es casi infalible que la ha de conservar precisamente por el carácter recibido en la Confirmación y la asistencia especial a que esto le da derecho de parte del Espíritu de Dios. Por cierto que el sello al que se refiere esa fórmula no es la señal que el preste realiza en la frente del bautizado, sino al carácter impreso en el alma por el Sacramento.
No sé con qué palabras expresar la santa ira que me invade al revisar las traducciones que después se hicieron de tal fórmula, lo que hicieron de lo malo peor. Helas aquí en algunos idiomas que he podido revisar:
Inglés: N., be sealed with the Gift of the Holy Spirit.
Español: N., recibe por esta señal el don del Espíritu Santo.
Italiano: N., ricevi il sigillo dello Spirito Santo che ti è dato in dono.
Catalán: N., rep el signe del do de l´Esperit Sant.
Francés: N., sois marqué de l’Esprit-Saint, le Don de Dieu.
No voy a estudiar cada una de ellas, basta con saber que si el original latino reza: Accipe signaculum doni Spiritus Sancti, y su traducción literal y exacta sería: Recibe el sello del don del Espíritu Santo, ninguna de ellas traduce nada ni aun parecido al original, salvo acaso la catalana, cambian por completo el sentido de la fórmula y algunas son claramente inválidas, como la española, que alude no al carácter impreso en el alma por el Sacramento al que se refiere el original, sino a la cruz que traza el Obispo sobre la frente, y afirma que por esa señal externa se recibe un don del Espíritu Santo que no especifica en modo alguno, con lo cual no está significando lo que el Sacramento realiza, o la francesa, que por maravilla se parece al original. Es por esta razón que miles de católicos ya “confirmados” en el nuevo rito, especialmente en Francia, Alemania, Usa e Hispanoamérica han recibido el Sacramento de la Confirmación sub conditione por el rito Tradicional de los obispos consagrados por Mons. Thuc durante las últimas décadas
Así se comprenden muchas cosas y, en especial, la apostasía generalizada de la juventud y personas de mediana edad que han recibido esta fingida ceremonia y no el Sacramento, pues, destituidos del auxilio de la Confirmación y, lo que es peor, habiendo sido educados, o maleducados, por mejor decir, no en la Fe católica sino en multitud de errores cuando no herejías, ¿qué extraña que no pudieran conservar la Fe católica? Mientras que, por otro lado, la perseverancia en la Fe, aunque acaso no luchen debidamente contra el pecado, que vemos en las personas de más edad, es clara evidencia de los efectos de este Sacramento, pues por cualquier pecado mortal se pierde la Caridad, pero no la Fe. Se trata de un ataque directo al Espíritu Santo y a la salud del Cuerpo místico de Cristo, al que habiéndosele privado de la Tradición establecida por el Espíritu de Dios, se le priva en sus miembros de la asistencia especial que confiere la Confirmación y que a este fin fue instituida como Sacramento por Cristo Señor. Mal hayan los herejes que tanto daño han hecho a la Iglesia de Dios y a sus miembros.
DECLARACIÓN DE ACAPULCO DE SEDE VACANTE POR 5 OBISPOS CATÓLICOS
DECLARACION EN ACAPULCO: APOYO DE 5 OBISPOS
* Pablo VI y Juan Pablo II, Antropocentristas
* La nueva misa es «Apostasía y nueva Religión»
* Ya no es católica la Jerarquía Conciliar
Declaración de los verdaderos obispos católicos que legitima sus actos
Después de una reunión en que fueron analizados los problemas de la Iglesia Católica derivados del Concilio Ecuménico Vaticano II que proclama el liberalismo religioso, adopta una nueva misa estructurada por protestantes, práctica el antropocentrismo sobre el teocentrismo, se adhiere a los planes de la ONU y crea la diplomacia filo-marxista de la Ostpolitik, el arzobispo Pietro Martino Ngo-Din Thuc y los obispos J. de Jesús Roberto Martínez G., Adolfo Zamora, Benigno Bravo, Moisés Carmona Rivera y Luis Vezelis, 0. F. M. afirmaron el 26 de mayo 1983 lo siguiente:
«Los obispos católicos, reunidos en torno del Excelentísimo Señor Arzobispo Petrus Martinus Ngo-Din Thuc, arzobispo católico, declaramos:
I.- Que nos adherimos a él en sus valientes declaraciones públicas que hizo acerca de la vacancia de la Santa Sede y de la invalidez e ilicitud de Nueva Misa.
Sostenemos como el Teólogo de Hierro, Sáenz Arriaga, que la Santa Sede está vacante desde la muere del Papa Pío XII, porque los que después de él fueron electos para sucederle, no reunían las condiciones necesarias para ser un legítimo Papa.
ANGELO RONCALLI
a).- En sus años jóvenes fue acusado de modernista por el Santo Oficio («Documentación inédita de las Cartas Cavallanti»).
b).- En sus clases como profesor de Historia de la Iglesia se valía del texto de Duchesne,«Historia de la Iglesia Antigua», obra que era considerada como modernizante hasta el punto que fue incluida más tarde en el INDICE (libros prohibidos, por la Iglesia) .
c).- El cardenal De Lai llamó a Roncalli al Santo Oficio y le invitó severamente a observar la recta doctrina.
d).- En el Santo Oficio había con su nombre lo que se llama «FASCICOLO NERO» y allí una tarjeta que lo denunciaba en sus relaciones con los modernistas.
e).- En el libro «Las PROFECIAS DE JUAN XXIII» escrito por Pierre Karpi, se da a entender que Angelo Roncalli, estando en Turquía en el año 1935, se inició en la secta de los Rosacruces.
Por todos estos motivos Angelo Roncalli no era papable, pues siendo el modernismo un conjunto de todas las herejías- como lo definió el Padre Santo San Pío X-, él por modernista, estaba fuera de la Iglesia Católica y por consiguiente no podía de ninguna manera ser Papa de la Iglesia Católica. Aún cuando haya sido electo, jamás podrá ser considerado como un Papa legítimo. En efecto, tenemos un documento de gran valor que nulifica su exaltación y todos sus actos, este documento es nada menos que la «BULA CUM EX APOSTOLATUS OFICIO» de S. S. Paulo IV, de la que copiaremos solamente lo que interesa para nuestro objeto: «…Agregamos también que si en algún tiempo cualquiera, aconteciese que un obispo, incluso de función de arzobispo, o de patriarca o de primado o un cardenal de la Iglesia Romana, incluso como se ha dicho en función de Legado; y también un Romano Pontífice, antes de su promoción o antes de su asunción a la dignidad de Cardenal o de Romano Pontífice, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en alguna herejía, o incurrido en cisma, o los hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido en acuerdo y unanimidad de todos los cardenales, es nula, irrita y sin efecto; y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez por la aceptación del cargo y por su consagración, o por la consiguiente posesión o casi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización del Romano Pontífice, o su adoración, o por la obediencia que todos le han prestado, cualquiera que sea el tiempo transcurrido, después de los supuestos entredichos. Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes… y cada uno de los pronunciamientos hechos, actos y resoluciones y sus consecuentes efectos carecen de fuerza y no otorgan ninguna validez y ningún derecho a nadie»
Tampoco fue un legítimo Papa, porque por si la Bula «Cum ex Apostolatus Officio», Angelo Roncalli no fue legítimo Papa, y todos sus actos eran nulos y no otorgaban ninguna validez, la elección que hizo Montini para el cardenalato, fue nula. Montini no fue nunca cardenal y por consiguiente no era papable. El hecho de que haya sido electo no le dio ninguna validez, aparte de haber sido hereje antes de su elección.
LUCIANI EL DE LA SONRISA
Tampoco fue un Papa legítimo, porque aún en el supuesto de que no se hubiese desviado de la Fe, los cardenales, tanto los nombrados por Roncalli como los que nombró Montini – no fueron legítimos Papas – no eran legítimos cardenales y por esta causa no podían elegir Papa, pues estaban incapacitados ello.
WOJTYLA
Por la misma razón que no fueron legítimos Papas ni Roncalli ni Montini, ni Luciani, tampoco lo es Wojtyla. Su elección fue nula y nulos son también todos sus actos.
Queda pues,clara que la Santa Sede está vacante desde la muerte de Pío XII hasta nuestros días y no sabemos hasta cuando se irá a prolongar la vacancia.
Además tenemos abundantes pruebas de que estos cuatro antipapas cayeron en múltiples herejías,
INVALIDEZ DE LA NUEVA MISA
II.- Declaramos que la nueva misa es inválida para los católicos, porque toda ella es protestante y hecha por Max Thurián, Smith y Kennet, George y Sephard que son ministros protestantes.
¿PRUEBAS?
a).- Los cardenales Ottaviani y Bacci, en el «Examen Critico» que presentaron al ilegítimo Papa Montini, declararon que esa misa se aparta en conjunto y en detalle de la teología católica y se acerca de una manera sorprendente a la teología protestante.
b).- Monseñor Francesco Spadafora, profesor de la Universidad Pontificia, cita una de las grandes revistas protestantes que escribe: «Las nuevas plegarias eucarísticas católicas han dejado caer la falsa perspectiva de un sacrificio ofrecido a Dios». («Lo Espechio» I2-VII-70).
Otros aseguran que esa misa es ambigua, es decir que es para los católicos y para los protestantes. Si es ambigua, es una misa que Dios detesta; pues en el libro de los Proverbios leemos que Dios detesta las ambigüedades.
Nosotros decimos y sostenemos que la aparición de esa nueva misa es también la aparición de una nueva religión, en la que ya no se adora a Dios, sino al hombre, en la que ya no importan los bienes del cielo, sino los de la tierra; en que la «felicidad» consiste en una sociedad sin clases. Los que han aceptado esa nueva misa en realidad y sin darse cuenta, han apostatado de la verdadera Fe. Se han apartado de la Verdadera Iglesia que Cristo instituyó y se están poniendo en peligro su salvación eterna. Por esta razón invitamos a los fieles a que reconsideren su actitud y vuelvan a su Fe, de la que han sido desviados.
EL FALSO ECUMENISMO
III.- Rechazamos ese ecumenismo judaico-masónico, que pretende la unión de todas las religiones en una sola Religión Universal, cada uno con su propio credo y con sus ritos. Ese ecumenismo no es el Ecumenismo de Cristo que quiere la unión de todos los hombres en su Verdad Divina. Ese ecumenismo nos está llevando al sincretismo y al desprecio de nuestra verdadera Fe.
LA LIBERTAD RELIGIOSA
IV.- Rechazamos el herético Decreto de la Libertad Religiosa, que pone en el mismo nivel la Religión Revelada con las falsas religiones y es el signo más claro de la ruptura de esa jerarquía apóstata y cismática con nuestras santas tradiciones.
EL COMUNISMO
V.- Declaramos -Como ya la Iglesia lo ha declarado- que el comunismo es«intrinsecamente perverso» por lo que lo condenó el Sumo Pontífice Pío XI de santa memoria y el Papa Pío XII lanzó excomunión sobre todos aquellos que con el colaborasen.
NUESTRAS «EXCOMUNIONES»
VI.- ¿Quienes en verdad, son los excomulgados: los que han renegado de La Fe Católica, los que han cambiado la Iglesia, los que enseñan ahora lo contrario de lo que antes enseñaban, los que han echado a la basura todos los sagrados Concilios y todas las enseñanzas de los Papas anteriores – o nosotros y los fieles que en nada nos hemos separado de esa Iglesia Santa, instituida por Cristo para que continuara su obra salvadora? Por otra parte ¿qué autoridad tienen los herejes para excomulgar a los que siguen fieles a la VERDAD DIVINA, que la Iglesia a predicado siempre y sin ninguna alteración predicando hasta la consumación de los siglos?.
LA GRAN ESTAFA
J. de Jesús Roberto Martínez Gutierrez
Obispo.
Benigno Bravo
Obispo
Adolfo Zamora
Obispo
Moisés Carmona Rivera
Obispo.
Fr. Louis Vezelis
Obispo.
Pietro Martino Ngo-Dinh Thuc
Arzobispo.
Rúbricas.
[ Nota: Esta declaración, como se puede comprobar por los firmantes, no la firmó ningún obispo de los que sostienen la herejía del papa materialiter, porque están en semejante situación a los obispos consagrados por Lefebvre, es decir, en cisma y herejía, con la misma aplicación sobre sus sacramentos que hemos dicho al principio en la nota.]


