LA VARA DE LOS PECADORES SOBRE LA HEREDAD DE LOS JUSTOS

La vara de los pecadores sobre la heredad de los justos

Ante la realidad de gobernantes inicuos (infieles, apostatas, idólatras, etc.) los primeros cristianos tuvieron que enfrentar dos tentaciones no menores: una, sustraerse a la obediencia y el honor debidos a los poderes temporales; otra, desesperarse por la maldad y éxito mundano de los poderosos. San Agustín, en su Comentario al Salmo 182, sale al cruce de estas tentaciones.

– En el siguiente pasaje el obispo de Hipona da cuenta de la inquietud que provoca en los cristianos el hecho de estar bajo una potestad política perversa a la cual, sin embargo, la Escritura dice que se ha de obedecer (1 Pe 2, 13-17; Rom. 13). Inicia su re

Juliano el Apóstata

flexión partiendo de un ejemplo doméstico que luego traslada al ámbito político: 

«7. Porque no abandonará el Señor la vara de los pecadores sobre la suerte (la heredad) de los justos, para que los justos no alarguen sus manos a la iniquidad. Ahora ciertamente los justos sufren un poquito, y asimismo, de vez en cuando, los perversos dominan a los justos. ¿De qué modo? Consiguiendo algunas veces los inicuos los honores del mundo. Pues, cuando han alcanzado estos honores y han sido constituidos jueces o reyes, puesto que esto lo hace Dios por la enseñanza de su plebe y de su pueblo, no puede menos de acontecer que se preste el debido honor a los poderes. De tal modo ordenó Dios su Iglesia, que toda potestad establecida en este mundo debe ser honrada, y algunas veces lo es por los mejores. Pondré un ejemplo; de aquí conjeturad la naturaleza o condición de todos los poderes. La primera y la ordinaria potestad del hombre sobre el hombre es la del señor sobre su siervo. Casi en todas las familias se halla esta potestad. Hay señores y siervos; los nombres son diversos, pero hombres y hombres son iguales nombres. ¿Qué dice el Apóstol enseñando a los siervos a someterse a los señores? Siervos, obedeced a vuestros amos carnales; y lo dice así porque hay otro Señor en cuanto al espíritu. Él es el verdadero y eterno Señor; mas estos de la carne lo son temporalmente. A ti, andando en el camino, viviendo en esta vida, Cristo no quiere hacerte soberbio. ¿Te hiciste cristiano y tienes por Señor a un hombre? Pues bien, no te hiciste cristiano para quebrantar el yugo de la servidumbre. Cuando mandándote Cristo sirves al hombre, no le sirves a Él, sino a quien manda. Por esto dice el Apóstol: Obedeced a vuestros señores carnales con temor y temblor, con sencillez de corazón; no sirviendo a la vista, como queriendo agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, cumpliendo el querer de Dios con agrado y buena voluntad [Ef 6,5.6]. Ved que no hizo de siervos libres, sino de malos siervos, siervos buenos. ¡Cuánto no deben los ricos a Cristo, que les arregló la casa! De suerte que, si allí hay un siervo desleal, Cristo le convierte y no le dice: «Abandona a tu dueño.» No le dijo: «Ya conociste al que es verdadero Dueño; quizás el carnal es impío e inicuo, tú ya eres fiel y justo; es indigno que el justo y el fiel sirvan al inicuo e infiel.» No le dijo esto, sino más bien: «Sirve.» Y para corroborar al siervo dijo esto: «Sirve a ejemplo mío, pues yo, antes que tú, serví a los inicuos.» ¿De quién soportó en la pasión el Señor tantos tormentos sino de los siervos? ¿Y de qué siervos sino de los malos, puesto que, si hubieran sido siervos buenos, hubieran honrado al Señor? Pero, como eran malos siervos, le injuriaron. Y Él, ¿qué hizo a su vez? Devolvió amor por odio, pues dice: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen [Lc 23,34]. Si el Señor del cielo y de la tierra, por quien fueron hechas todas las cosas, sirvió a los indignos, rogó por los despiadados y enfurecidos, y viniendo se mostró como médico, pues los médicos, siendo mejores que los enfermos, les sirven con el arte y la curación, ¿cuánto más no debe desdeñarse el hombre en servir al señor de todo corazón, con todo empeño y con todo el amor aun siendo malo?»
– «Siervos, obedeced a vuestros amos carnales», es el mandato apostólico que San Agustín extrapola a los gobernantes temporales. Cita el ejemplo de Juliano el apóstata y destaca la actitud de los primeros cristianos ante este emperador romano.
«Ved que sirve el mejor al peor, pero temporalmente. Lo que dije del señor y del siervo, entendedlo de las potestades y reyes, de toda autoridad de este mundo. Algunas veces las potestades son buenas, temen a Dios; otras no le temen. El emperador Juliano fue infiel, apóstata, inicuo, idólatra; sin embargo, los soldados cristianos sirvieron a un emperador infiel; pero, cuando se presentaba la causa de Cristo, sólo reconocían por emperador a Aquel que estaba en el cielo. Cuando quería que adorasen a los ídolos, que les ofreciesen incienso, le posponían a Dios. Sin embargo, cuando les decía: «Aprestad el ejército, acometed a aquella nación», al momento le obedecían. Distinguían al Señor eterno del señor temporal y se sometían por el Señor eterno al señor temporal.»
– En el presente orden, los cristianos están sujetos a la contingencia de gobernantes perversos. Esta situación -fruto de la defectibilidad humana- se mantendrá hasta la segunda venida de Cristo.
«8. Pero ¿acontecerá siempre esto, que los inicuos manden sobre los justos? No será así. Oíd lo que dice este salmo. Porque no abandonará el Señor la vara de los pecadores sobre la heredad de los justos. Temporalmente se percibe la vara de los pecadores sobre la heredad de los justos; pero no se la deja allí, no será eternamente. Llegará tiempo en que se reconozca un solo Dios; llegará tiempo en el que, apareciendo Cristo en su esplendor, congregue delante de Él a todas las gentes y las divida, como el pastor divide las ovejas de los carneros, poniendo las ovejas a la derecha, y los carneros a la izquierda[Mt 25,32.33]. Allí veréis muchos siervos entre las ovejas, y muchos señores entre los carneros; y, asimismo, muchos señores entre las ovejas, y muchos siervos entre los carneros.»

LA NECESARIA DESNUDEZ DEL ALMA

La Subida del Monte Carmelo, en tres libros, trata de las purificaciones activas, o dicho de otra manera, de las purificaciones a las que con la ayuda de la gracia debe entregarse el alma espontáneamente si quiere unirse a Dios. Mortificaciones que afectan a todas las facultades: primeramente a los sentidos, luego al espíritu en sus diversas actividades: inteligencia, memoria, voluntad. Mortificaciones que son llamadas de la noche, porque privan a las facultades de sus objetos connaturales, así como la noche priva a los ojos de la luz para la cual están hechos. El renunciamiento al pecado propiamente dicho, renunciamiento previamente supuesto y afectivo, es la represión de todo apetito aun no desordenado, sino simplemente superfluo, que desde luego se requiere para la unión del alma con Dios, sin lo cual es imposible: «Si se le ofreciere gusto de oír cosas que no importen para servicio y honra de Dios, no las quiera gustar ni las quiera oír. Y si le diere gusto mirar cosas que no le ayudan a amar más a Dios, ni quiera el gusto ni mirar las tales cosas».

La primera noche, que no es todavía sino el crepúsculo, pero prepara la plena noche, la del espíritu, sin la cual es imposible al alma la unión con Dios, y que es más oscura aún que la de los sentidos: Porque las virtudes teologales las ocupan enteramente: la inteligencia no tiene ya más conocimiento que el de la Fe teologal, ni la memoria más recuerdo que los bienes celestiales descubiertos por la Esperanza, ni la voluntad más amor que el de Dios. En esta noche, más propia de los aprovechados que ya han transcurrido por la noche de los sentidos,  la Fe es una «iluminación» infusa del espíritu humano, su luz es totalmente sobrenatural, y su modo de conocimiento consiste en creer sin comprender (pero no es irracional). Por lo tanto la Fe es oscura, naturalmente hablando, y tanto más oscura cuanto más se descartan de ella las claridades humanas, imaginaciones e ideas, revelaciones externas e internas y puesta solamente en lo inevidente, puesto que el asentimiento de fe teologal es asentimiento oscuro e inevidente, o de objetos no vistos. Dicha condición de inevidencia en la definición de la Fe está declarada por la Iglesia en muchos actos magisteriales; Así en el Concilio Vaticano (18969-1870), en el que se afirma que «los divinos misterios exceden por naturaleza todo alcance de la inteligencia creada, de tal modo que, aun revelados y aceptados por el creyente, permanecen cubiertos por el velo de la fe y como envueltos en una oscura niebla»: «quam quasi calígine» (Dz 1796); y sobre todo se habla con frecuencia de la oscuridad esencial a los misterios sobrenaturales, por ser inaccesibles a la humana razón (magisterio infalible que se puede encontrar en Dz473, 1616, 1642, 1655, 1666, 1682, 1709). Lo mismo enseña la Sagrada Escritura (Hebr 11,1; 1 Cor 13, 12; 2 Cor 5,6 , 2 Pe 1, 19, etc., y toda la patrística.). Toda la doctrina de la Iglesia nos enseña la misma conclusión a la que llegaba y exponía magistralmente Santo Tomás de Aquino en el Tratado de la Fe de la Suma Teológica, y que en perfecta concordancia explica San Juan de la Cruz en sus obras, enseñando una teología mística católica- exenta de elementos espurios-,  o un verdadero tratado de teología mística, por la que es proclamado doctor de la Iglesia por el papa Pío XI.

Desde esta doctrina católica es cuando, al observar a una masa innumerable de creyentes que pide signos y está excesivamente pendiente de revelaciones privadas, nuevas profecías, divulgación de mensajes, locuciones…, masa que en todos los tiempos hubo, se plantean dos dificultades, a cual una más peligrosa que otra, y a la que contesta plenamente San Juan de la Cruz.

La primera se refiere al daño que hace al alma admitir esas revelaciones a causa de que muchas pueden ser causadas por la propia sugestión, imaginación, deseos, de una parte, por lo que dichas almas no están desnudas siéndoles imposible la unión con Dios, y además conducen a otros crédulos por la misma vía, negándose a entrar en la noche oscura del espíritu; ciegos, en fin, que guían a otros ciegos.  Y de otra, suelen ser la puerta que abrimos en nuestra alma al demonio, que concediéndonos la vehemencia en muchas verdades de fe católica para seducirnos y alejar de nosotros sospechas, introduce algún error de su propia cosecha, de manera que apoyado Satanás en él va poco a poco tomando posesión del alma, y le hace caer en soberbia, o gula espiritual, desobediencia a la jerarquía de la Iglesia, crítica a los válidos y legítimos obispos, etc.

Por esta razón nos dice San Juan de la Cruz que en cuanto a las visiones o revelaciones, locuciones, sentimientos.., ya sea que muevan más o menos a los sentidos, ya sea que afecten solamente al espíritu, sean naturales o sobrenaturales,  a cuyos fenómenos “místicos”  ciertas almas se aficionan  fácilmente y se inclinan a ver fenómenos celestes e interpretan los mensajes del cielo que supuestamente revelan  los santos «totalmente han de huir de ellos, sin querer examinar si son buenas o malas, y atenerse estrictamente al magisterio de la Iglesia sobre ello- el cual ya hemos expuesto otras veces-, y disponerse dócilmente a entrar en la noche del espíritu al cual Dios nos invita, y que es condición sine qua non, para la unión del alma con Dios. Pues la necesidad de esta purgación, como la llaman otros maestros espirituales, es tal, que o bien se da en esta vida, o bien en el Purgatorio, si es que, no habiéndose extraviado en demasía atendiendo a sus gustos espirituales,  son agraciados con esa bienaventuranza.

 «Porque, así como son más exteriores y corporales, así tanto menos ciertas son de Dios…pues que nunca se ha de determinar el alma a creer que son de Dios» . Pues, en efecto «este sentido de la imaginación y fantasía es donde ordinariamente acude el demonio con sus ardides, ahora naturales, ahora preternaturales; el entendimiento no se ha de embarazar ni cebar en ellas, ni las ha el alma de querer admitir ni tener, para poder estar desasida, desnuda, pura y sencilla, sin algún modo y manera, como se requiere para la unión. Y de esto la razón es porque todas estas formas ya dichas siempre en su aprehensión se representan debajo de algunas maneras y modos limitados, y la Sabiduría de Dios, en que se ha de unir el entendimiento, ningún modo ni manera tiene, ni cae debajo de algún límite ni inteligencia distinta y particularmente, porque totalmente es pura y sencilla. Y como quiera que para juntarse dos extremos, cual es el alma y la divina Sabiduría, será necesario que vengan a convenir en cierto medio de semejanza entre sí, de aquí es que también el alma ha de estar pura y sencilla, no limitada ni atenida a alguna inteligencia particular, ni modificada con algún límite de forma, especie e imagen. Que, pues Dios no cae debajo de imagen ni forma, ni cabe debajo de inteligencia particular, tampoco el alma, para caer en Dios, ha de caer debajo de forma o de inteligencia distinta»

En las anteriores citas ya se ha anunciado por San Juan de la Cruz el segundo daño esencial que se produce en el alma, y el principal,  de quien se presta a admitirlas, es que impiden la unión del alma con Dios, o al menos la retardan mucho. « Y aunque algunas persona no se encontrarán a gusto con esta enseñanza, mi poco saber – dice San Juan de la Cruz en el prólogo a su obra “Subida al Monte Carmelo”- y mi pobre estilo han de ponerla por escrito, porque la materia de por sí es buena y muy necesaria. Sin embargo, me parece que aunque se escribiera lo que aquí se dice de manera más perfecta y acabada, sería una minoría la que de ello sacaría partido, pues aquí no se dirán cosas útiles y sabrosas para aquellos espíritus que quieren llegar a Dios a través de cosas dulces y sabrosas, sino que se darán enseñanzas sustanciales y sólidas, tanto para unos como para otros, si quieren llegar a la desnudez de espíritu que aquí se describe»

Porque «son muchas las almas que lo necesitan, y que no lo consiguen habiendo comenzado el camino de la virtud, incluso habiéndolas puesto nuestro Señor en esta noche oscura para que a través de ella alcancen la divina unión. A veces, esto se debe a que no quieren entrar o no se dejan conducir a esta divina unión; otras a la falta de comprensión y a carecer de guías idóneas y despiertas que las guíen hasta la cumbre. Y así es una lástima ver cómo muchas almas a las que Dios da talento y ayuda para avanzar,  y que si quisieran animarse llegarían a este alto estado, se quedan en un bajo modo de trato con Dios, por no querer o no saber, o por no haber sido encaminadas o enseñadas a desasirse de estos comienzos– dejando gustos, no haciendo caso de revelaciones, locuciones, y otras aprehensiones del entendimiento, resume San Juan-. Y dado el caso de que, al final, nuestro señor las favorezca tanto, aún sin lo uno ni lo otro, las haga avanzar, lo consiguen muy tarde y con más esfuerzo y menos merecimiento, por no haberse acomodado a Dios, y haberse dejado poner libremente en el puro y correcto camino de la unión» « Y hay almas que, en vez de confiarse a las manos de Dios, ayudándose así, a sí mismas, ponen dificultades a Dios obrando indiscretamente y resistiéndose, de la misma manera que los niños se resisten a que sus madres los lleven en brazos, pateando y llorando, luchando por ir por su propio pie, para que no se pueda andar nada , y, si se andase, fuera a su paso».

« Ni siquiera es mi intención- dice San juan de la Cruz en la introducción de su obra-  hablar con todos, sino…. con aquellos a quien Dios hace el regalo de conducir por la senda de este monte, y a quienes habiéndose despojado de las cosa temporales de este mundo, entenderán mejor la enseñanza de la desnudez del espíritu».

Tomado de la introducción del «Camino Seguro para la Unión del Alma con Dios», que puede adquirir aquí 

Sapientiae Sedei Filii, editora de esta web, recomienda encarecidamente

las obras y sobre todo la espiritualidad de San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia Universal

LA FALTA DE VIGILANCIA Y LA HEREJÍA BLANCA

La falta de vigilancia y el 
papel de la «herejía blanca»

Prof. Plinio Corrêa de Oliveira
En el último artículo vimos el gran fervor religioso que se reavivó en la Guerra Civil Española en la lucha contra el comunismo y lo contrastó con el espíritu procomunista que encontramos allí hoy.

Semana santa andulusiaPiedad religiosa, pero la falta de vigilancia llevó al socialismo en España.

¿Qué podemos ver en todo este panorama? Un gran fervor religioso, una gran gracia para España, que ha desaparecido por completo.

¿Y por qué desapareció? ¿Fue por falta de oración? Yo diría que era algo más, porque España era un país donde había mucha oración. El problema es que aquellos que hablan de la oración deben seguir el consejo completo de Nuestro Señor que nos dijo: «Velad y orad» (Mt 26:41). Ellos rezan, pero no miran; desarrollan un espíritu de oración, pero no desarrollan el espíritu de vigilancia.

Es decir, no tenían la sospecha necesaria de aquellos que son malos; no se molestaron en percibir sus maniobras, desentrañar su juego o correr su propio juego contra él, lo que habría permitido que el mal sea percibido y evitado.

Pero, la mayor parte de los españoles no actuaron de esta manera. Tenían un tesoro que no guardaban en un lugar seguro, pero lo dejaban en el medio de la calle para que lo tomara cualquier ladrón. El tesoro de España eran sus cualidades morales, su debilidad era la falta de vigilancia.

Esa magnífica oleada de heroísmo fue aniquilada y en pocos años se había reducido a casi nada. En el ejemplo de España, podemos ver una de las peores lagunas de la «herejía blanca». (1) Su opuesto debe ser una de las características del católico contrarrevolucionario.

Nota 1: «La herejía blanca» es una jerga entre los contrarrevolucionarios que indica una mentalidad sentimental que se manifiesta principalmente como una dulce piedad y una posición doctrinal no militante y relativista, que siempre presenta excusas para los demás, incluidos los enemigos, bajo el pretexto. que merecen «la caridad». Esta mentalidad allana el camino para la herejía propiamente dicha. Entonces, esta preparación tendencial para la herejía real, la «herejía negra», se llama «herejía blanca». 

Sospecha, vigilancia, agresividad.

El contrarrevolucionario es vigilante, sospechoso, agresivo. El no contrarrevolucionario no es vigilante, ni desconfiado, ni agresivo. Colocar estas características en el orden correcto: sospechoso, vigilante, belicoso.

Sospecha

¿Qué es la sospecha? Es la persuasión habitual que vivimos en un valle de lágrimas. Y eso en este valle de lágrimas, que es esta tierra donde uno vive en un estado de prueba, en un estado de pecado original, el hombre lleva el pecado de Revolución dentro de sí mismo. Está continuamente flanqueado y rodeado de peligros: peligros tanto dentro como fuera, a los que uno debe estar continuamente atento y alerta. Esta es la idea fundamental.

credoEl hombre vigilante cree y mira.

En la vida espiritual, cada uno de nosotros debe tener hacia sí mismo, y nunca me cansaré de decir esto, la desconfianza que un hombre tiene hacia una bestia o una serpiente. Una bestia y una serpiente están dentro de mí y dentro de cada uno de nosotros. Si me relajo en mi vigilancia, por muy poco que sea, haré concesiones; Si hago concesiones, nutriré mis faltas. Si nutro mis faltas, no tendré la fuerza para superarlas, y mi vida espiritual caerá a tierra.

Necesito estar muy vigilante, tener los ojos abiertos y girarme continuamente hacia mí mismo, para ver lo que estoy sintiendo, lo que está sucediendo dentro de mí, para cortar el mal que renace constantemente.

El hombre bueno no es el hombre tonto e ingenuo que piensa que las tendencias malignas no renacen dentro de sí mismo. El hombre bueno es el hombre serio, quien sabe que estas tendencias renacen y que debe luchar continuamente contra sí mismo. Todo hombre tiene malas tendencias que, si las acepta, lo llevarán rápidamente a la infamia. Esta es la noción que cada uno de nosotros debe tener de sí mismo. Como consecuencia de esta sospecha que cada uno debe tener de sí mismo, nace el deber de vigilancia, porque el que sospecha está vigilante.

Vigilancia

¿Qué es estar vigilante? Es estar vigilante, atento, despierto, en un estado de vigilancia constante. El hombre atento observa. Se dice a sí mismo: como sé que tengo en mí una fuente continua de los peores defectos que ya están listos para salir a la superficie, debo cuidarme. Si no me vigilo, caeré. El fruto lógico de la desconfianza, la desconfianza como corolario de la creencia en el dogma del pecado original, es la vigilancia sobre uno mismo.

Pugnacidad

¿Es suficiente la vigilancia? No. Es necesario ser belicoso. ¿Y qué es el hombre belicoso? Es el hombre que normalmente y de forma estable está preparado para iniciar una pelea en cualquier momento. Incluso si es una pelea muy dura, él no duda en entrar en ella. Si es necesario, él pelea. No es el cretino quien lucha sin razón, es el hombre quien lucha porque es su deber hacerlo.

Plinio Correa de OliveiraEl hombre beligerante es sospechoso, vigilante y siempre está listo para entrar en combate cuando sea necesario.

Nuestra agresividad hacia nosotros mismos implica que estamos dispuestos a luchar contra nosotros mismos en todo momento. Debemos estar dispuestos a decirnos «no» a nosotros mismos en todo momento. La primera persona a la que tengo que saber cómo decirle «no» es a mí mismo, no a otra.

Es inútil ser enérgico con los demás, decir «no» a los demás, ser combativo con los demás: esto es fácil. El problema es ser combativo conmigo mismo, decirme «no» cuando hay que decir «no». Y para hacer esto en todos los casos donde sea necesario decir «no» y en el momento preciso se debe decir «no».

El hombre beligerante lucha contra sus faltas tan pronto como aparecen. Tan pronto como la vigilancia apunta al renacimiento de una mala tendencia, el hombre belicoso la sofoca, la niega, la corta. Si no lo hace, perece, porque la mala tendencia crece y lo debilita. Las malas tendencias deben ser combatidas en su inicio, en la primera inclinación, en el primer momento. No puede ser de otra manera.

Virilidad, fruto de la vigilancia

Has visto aquí la trilogía de la vigilancia aplicada a la vida interior. Lamentablemente, lo que caracterizó a los medios católicos de los últimos 20 o 30 años anteriores a la marea progresista fue la falta de estas cualidades.

La gente tenía virtud, pero les faltaba vigilancia. No se habló de vigilancia en ningún sentido de la palabra. La piedad era dulce, sin fibra, sin virilidad. Y la piedad necesita tener esa virilidad. El primer momento de la virilidad es estar vigilante consigo mismo. Ese es el punto de partida de la verdadera virilidad. 

LAS RELIQUIAS COMO DOCUMENTOS HISTÓRICOS

Texto extraído de «Periodismo científico y sensacionalismo: la Síndone de Turín»,

 tesis doctoral de Andrés Brito defendida en 2008 en la Universidad de La Laguna, Tenerife. Fuente

En religión se entiende por reliquia los restos («reliquia» viene del latín, «despojo») de algún santo, por lo general sus huesos, sangre, carne incorrupta o momificada, residuos de su organismo o cenizas (denominadas reliquias de primer orden) y, por extensión, las cosas que estuvieron en contacto con su cuerpo o a las que dio uso, tales como vestidos, libros, utensilios, escritos, etc. (conocidas como reliquias de segundo orden)

Pintura sobre reliquias

En la Biblia encontramos ciertos objetos que han entrado en contacto de alguna manera con la santidad y que quedan como «impregnados» de ese «algo» indefinible que los hace «distintos» y que los convierte en mediaciones de la Realidad Suprema. Algunos ejemplos: a la hemorroísa del Evangelio le basta con tocar la orla del manto de Jesús para quedar sanada de su mal (Lc 8, 44; Mt 14, 36); el mismo efecto sanador lo encontramos más tarde en los vestidos no ya de Jesús, sino de los Apóstoles (Hch 19, 12) y hasta en la misma sombra de Pedro, a cuyo contacto, según el Libro de los Hechos, sanaban los enfermos que se hallaban postrados a lo largo del camino (Hch 5, 15). El evangelista Lucas habla de forma mucho más explícita de una especie de «fuerza» o «virtud» (δύναμιν) que se desprende de las vestiduras de Jesús (Lc 8, 46). En la atmósfera general de estos relatos el denominador común es la fe de la persona que hace uso de la reliquia. Sin este elemento esencial, afectivo y vinculante para el creyente, el objeto, sea el que sea, carece de su potencia mediadora.

Jorge Manuel Rodríguez Almenar, profesor de la Universidad de Valencia, presidente del Centro Español de Sindonología (CES, institución especializada en el estudio científico de las reliquias)2 y redactor jefe de su boletín oficial, «Línteum», explica que entre la reliquia y quien la venera existe un invisible pero estrecho vínculo afectivo:

«¿No guardamos con veneración los objetos que nos recuerdan especialmente a nuestros padres? ¿No los transmitimos a nuestros hijos con legítimo orgullo? ¿Qué tendría de extraño, entonces, que los Apóstoles y Santa María hubiesen guardado algunos objetos de aquél que dio sentido a sus vidas y por el que prácticamente todos iban a dar la suya? (…) A diferencia del amuleto, el valor cristiano de la reliquia no reside tanto en sí misma, sino en ser un instrumento que nos remite a alguien. Podríamos decir que, desde este punto de vista instrumental y subjetivo, es poco importante el estudio científico de su autenticidad y, en cierta forma, cumple su misión por el solo hecho de ‘conectarnos anímicamente’ con Cristo o los santos. Tienen una función semejante a las imágenes religiosas»

El interés por las reliquias va mucho más allá del teológico o espiritual desde el momento en que también pueden ser consideradas en su faceta de documentos a los que se les puede seguir la pista con un procedimiento empírico desde la historia o la arqueología, y que son susceptibles de estudio en un laboratorio al tratarse de elementos físicos acotados en categorías de tiempo y espacio. Son así referentes de un personaje o de una época, lo que justifica un estudio concienzudo por parte de la ciencia.

Como es sabido, «investigación» deriva etimológicamente de los términos latinos «in» (en, hacia) y «vestigium» (huella, pista). De ahí que su significado original sea «hacia la pista», «seguir la pista»; buscar o averiguar siguiendo algún rastro. La arqueología es «in-vestigium» en el más estricto sentido del término, una ciencia destinada a «seguir el rastro» hallado hasta dar con su origen. Un website destinado a popularizar los descubrimientos arqueológicos expone brevemente la evolución de esta disciplina:

«Las antiguas generaciones de arqueólogos estudiaban los restos materiales únicamente como elementos cronológicos para ponerle fecha a la cultura objeto de su investigación. Visiones más modernas contemplan los mismos objetos como instrumentos que sirven para comprender el pensamiento, los valores y la cultura de quienes los utilizaron.

Por otro lado, la investigación arqueológica ha estado relacionada tradicionalmente con la Prehistoria y la Antigüedad, pero, sin embargo, de un tiempo a esta parte, la metodología arqueológica se ha aplicado también a etapas más recientes, como la Edad Media, la Edad Moderna o el periodo industrial».

Durante el siglo XX, la ciencia ha sometido a análisis a algunos de estos documentos o «vestigium» (el Titulus Crucis conservado en Roma, el Cáliz de la Última Cena que se custodia en la catedral de Valencia, las Especies Eucarísticas veneradas de Lanciano o el Sudario «de Cristo» que podemos hallar en la Cámara Santa de la Catedral Oviedo, por citar algunos ejemplos) en pos de su origen, y se ha despertado un excepcional interés por los resultados no sólo en los católicos, herederos naturales de las tradiciones que los acompañan, sino también en el público en general, dado que algunos de estos objetos, por su singularidad, presentan verdaderas «anomalías científicas» que en ocasiones llegan a desconcertar a los peritos que intentan comprender su realidad desde los más diversos campos del saber.

Ricardo Benjumea, en «Alfa y Omega», se queja de que, en general, cuando se habla de reliquias, parece que sea dogma de fe que todas son falsas:

«Igual que, por otro lado, algunos hablan de ellas de forma apasionada y fuera de parámetros objetivos. Nosotros intentamos que estas reliquias se traten seriamente: desde el punto de vista teológico, las reliquias son motivos de credibilidad, y desde el punto de vista científico, son objetos que pueden estudiarse. Si estos objetos hubieran pertenecido a Cleopatra o Tutankamon, no plantearían ningún problema. Pero como se atribuyen a Jesús hay muchos que, a priori, dicen que son falsos, así como otros que son verdaderos. Nosotros intentamos divulgar lo que se ha estudiado objetivamente. Nuestra misión es explicar hasta qué punto estas son reliquias de Jesucristo o no».

En esta misma línea se expresa un Editorial de «National Review», fechado el 7 de julio de 1978, en el que William Buckely se pregunta si ciertos peritos mostrarían el mismo interés «o el mismo patente desinterés» si se tratara de un posible o probable retrato de Jerjes, o de Alejandro Magno12. ¿Acaso Jesús no es un personaje histórico como cualquier otro?

Se ha exagerado modernamente la idea de que durante la Edad Media hubo un execrable tráfico de reliquias falsas y que, por tanto, todas las que se conservan en la actualidad son espurias. Sin embargo, una generalización así no es más que el llamado «error de composición» (fallatia compositionis), que se comete cuando se atribuye a la totalidad de un conjunto determinadas propiedades simplemente porque algunos de los elementos que forman dicho conjunto las poseen13. El procedimiento empírico exige la verificación de las reliquias que en la actualidad se exponen a la veneración de los fieles a fin de discernir la autenticidad o falsedad de las tradiciones que las acompañan. Exactamente igual que ha de hacerse con cualquier otro documento que se presuma histórico.

Al mismo tiempo, parece existir cierta voluntad reiterada de generar confusión a este respecto, como muestra el caso de la pluma del arcángel san Miguel que se conserva en un monasterio de Liria (Valencia). Aún no hemos encontrado, fuera de la prensa especializada, ninguna referencia a esta reliquia que aclare que se trata de una «pluma» tallada en madera que fue, junto con una de las manos, lo único que se conservó de una imagen gótica del arcángel tras su profanación y posterior quema durante la Guerra Civil Española. O que los frasquitos con «leche de la Virgen» son, en realidad, raspaduras del material calcáreo de una cueva donde, según la tradición, María amamantó a Jesús: las reseñas más antiguas sobre estas piezas indicaban que eran «trozos de la cueva donde la Virgen dio leche al Niño», si bien un apócope progresivo a lo largo de los siglos redujo la frase al más económico de pronunciar «leche de la Virgen». Un tercer ejemplo: hay 28 «Santos Clavos» (sólo fueron necesarios tres para clavar a Jesús en la cruz), pero cuando se da el dato, habitualmente con cierta sonrisa irónica, se olvida añadir que están hechos usando no sólo el modelo original, sino también unos gramos del hierro de éste, cosa que se halla certificada documentalmente.

Pongamos un ejemplo más de reliquia supuestamente inadmisible, también muy interesante: cuenta la tradición que la Casa de la Virgen que se conserva en Loreto (Italia) fue llevada desde Nazaret hasta allí «por manos de los ángeles». El sacerdote Giuseppe Santarelli explica que las piedras de la Casa formaban parte de la dote de Margarita d’Angeli, esposa de Felipe de Anjou (hijo del rey de Nápoles), y que con motivo de su boda hizo trasladar la construcción hasta Loreto, dado que los cruzados perdían progresivamente el control de Tierra Santa y cabía la posibilidad de perder el santuario. A través de lo siglos se dejó de hablar de una «obra de la familia De los Ángeles (D’Angeli)» para hablar de una casa trasladada desde Palestina hasta Italia por «los ángeles»17.

Casos similares a los descritos se dan con los «suspiros» de San José o los «prepucios» del Niño Jesús: diríase que los que argumentan en contra de las reliquias empleando estos ejemplos parten de la errónea presuposición de que el fiel católico ha renunciado a su sentido común.

Escuchamos con frecuencia opiniones despectivas sobre las reliquias pronunciadas con mucho énfasis. Quizá la frase que más éxito tiene es la que afirma «dicen los científicos que si se reunieran todos los trozos de la cruz de Cristo habría madera suficiente para hacer un barco»’. Esta aseveración es el paradigma de lo que algunas personas piensan de las reliquias y, sin embargo, es fundamentalmente falsa, como también nos aclara Rodríguez Almenar:

«Pocos conocen que su autor no fue ningún científico, sino el reformador protestante Calvino, conocido por su frontal oposición a las reliquias y por haber hecho de la crítica a su proliferación uno de sus argumentos anticatólicos favoritos. La segunda parte de la proposición es aún más falsa. Porque, si bien es verdad que han existido científicos que se han propuesto contabilizar toda la madera de los lignum crucis, el resultado es opuesto al que se afirma: por ejemplo, según los cálculos del profesor Baima Bollone, si se reunieran los trozos de la cruz de Cristo – aun aceptando sin más que todos fueran reliquias en sentido estricto – comprobaríamos que ni siquiera conservamos el 50% del palo horizontal o patíbulum» .

En la mayor parte de los casos, las astillas de la cruz que están en el interior de los relicarios no pasan de la centésima parte de un palillo. Y, ¿cuántos lignum crucis de este tamaño se pueden hacer con 50 kilos de madera, que es lo que podría haber pesado el travesaño horizontal? Baima, catedrático del Departamento de Medicina Legal de la Universidad de Turín, respondió a la pregunta no con figuraciones, sino con un procedimiento empírico: partió de las medidas del brazo horizontal de la supuesta «cruz del buen ladrón», venerada en Roma: 178 x 13 x 13 centímetros.

«Lo cual – escribe el científico – corresponde a 30 millones de milímetros cúbicos de madera. Si, como es probable, el brazo de la cruz de Jesús hubiera tenido análogas dimensiones, solamente con él se habrían podido obtener 10 millones de pequeños fragmentos de 3 milímetros cúbicos cada uno» 19.

Acaso el problema resida en que se confunden reliquia y relicario, como a veces ocurre, por ejemplo, con el Lignum Crucis del Monasterio de Santo Toribio de Liébana (Cantabria) La tradición afirma que esta pieza corresponde al «brazo izquierdo de la Santa Cruz». Las medidas del leño son de 635 mm. el palo vertical y 393 mm. el travesaño, con un grosor de 40 mm., y es el fragmento más grande conservado de la cruz, mayor incluso que los custodiados en San Pedro del Vaticano. En 1958 el Lignum Crucis de Santo Toribio fue analizado en Madrid por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Los estudios microscópicos realizados sobre la muestra detallan que se trata de una clase de ciprés, «cupressus sempervivens», abundante en Palestina.

Es una madera extraordinariamente vieja que «en nada se opone a que alcance la edad pretendida». A pesar de ser, como decimos, la mayor porción de lignum crucis de entre los preservados, el relicario en el que se encuentra (incrustado en una cruz de plata dorada, con cabos flordelisados, de tradición gótica, realizada en un taller vallisoletano en 1679) le dan un aspecto aún más grande, con lo que muchos fieles poco informados llegan a creer que lo que se venera es el estuche y no su contenido.

La Iglesia Católica, al admitir el culto de las reliquias, al valorarlas y al hacer considerar el significado y los frutos espirituales que de ellas se desprenden, se preocupa de sortear los graves inconvenientes que podrían derivar de exponer a la veneración de los fieles objetos que no presentasen todas las garantías de legitimidad. El estudio de las reliquias no sólo está permitido, sino «mandado por la autoridad eclesiástica, según una disciplina vigilada por la Sagrada Congregación de Ritos, que vela con rigor estricto por todo lo que se refiere a la declaración de autenticidad. 

PRUEBAS DE LA ANTIGÜEDAD DEL CULTO A LA MADRE DE DIOS

     Predicación de los Padres más antiguos, monumentos litúrgicos, hechos especiales de recurso a María, erección de iglesias y celebración de fiestas en su honor.—En qué sentido el desarrollo de este culto tuvo su origen la definición de la maternidad divina, en el Concilio de Efeso. y consideraciones sobre ese mismo desenvolvimiento.
     I. Los monumentos de las catacumbas no son los únicos que proclaman el culto de los primeros cristianos hacia María, Señora nuestra; y hablamos, sobre todo, del culto de invocación, puesto que es el más combatido por los adversarios de la Santísima Virgen. Cien veces, en los Hechos de los Apóstoles y en sus cartas oímos a estos pedir a los fieles la asistencia de sus oraciones y de sus votos. Ahora bien: si los cristianos de aquellos tiempos primitivos pedían a sus hermanos que intercediesen por ellos, porque estos hermanos eran discípulos y amigos de Cristo, ¿es posible que se olvidasen de implorar de la Madre de Cristo la limosna de su intercesión ante el trono de Cristo? Pero si desde aquella época imploraban en vida a María, mucho menos más debieron recurrir a Ella cuando fue llamada por su Hijo, de la tierra al cielo, de la mortalidad a la gloria inmortal, porque, según lo prueban innumerables testimonios, principalmente por medio de los justos muertos en el Señor, subían al cielo las oraciones de los cristianos en aquellos primeros tiempos, como después y como siempre.
     Dirá: o, tal vez, que esta prueba es muy abstracta y que se desean testimonios precisos y determinados afirmando que en la Iglesia primitiva se honraba e invocaba a la Madre de Dios. Responderemos, ante todo, que los cementerios cristianos nos han dado algunas pruebas de ese género. Si se piden pruebas escritas sería -lo confesamos- muy difícil hallarlas; primero, porque nos quedan poquísimas obras anteriores a la paz de la Iglesia, en los principios del siglo IV; segundo, porque esas pocas que restan son, en su mayor parte, libros de apologética y de controversia, y, por consiguiente, obras en las cuales no se debe buscar lo que era entonces la oración cristiana.
     Gran número de autores, es cierto, se han apoyado en discursos u homilías que contienen hermosas y frecuentes invocaciones a la Virgen Madre, homilías y discursos que pertenecían al siglo IV, al III y quizá a una época más remota de nuestra Era. Nosotros no nos serviremos de esto, a lo menos directamente. Y es que no queremos emplear aquí sino documentos perfectamente auténticos. Ahora bien: como ya lo hemos advertido más de una vez al citar la mayor parte de esas obras en el curso de nuestra trabajo, esos discursos de San Gregorio Neocesariense, de San Metodio, de San Epifanio, de San Atanasio, San Juan Crisóstomo, San Cirilo de Jerusalén, de San Efrén y otros, son todos, a los ojos de la crítica moderna, de una autenticidad dudosa por lo menos (Véase en particular a S. Gregorio Neocesariense, hom. 2 in Annunciat., P. G., X. 1169; S. Metodio, de Anna, Simeone et Deipara, P. G., XVIII, 382 ; S. Cirilo de Jerusalén, homilía de Ocursu Domini, P. G., XXXIII, 1187, sqq.; S. Atanasio, or. de Annunciatione, P. G., XXVIII, 913, sqq.; S. Juan Crisóst., Lec. nocturni secundi pro festia B. V. M. per annun. S. Efrén, Orat de Laudibus B. Virg. et Orationes ad Deiparam, Opp., t. III (graece et latine), pp. 524-552, 574, 578. Por cierto que sería difícil encontrar en otra parte, aun en las oraciones de San Anselmo o de San Bernardo, un sentir tan vivo de la bondad misericordiosa de María, una idea más alta de su incomparable poder y mayor unción y filial confianza y una convicción más profunda de la necesidad que nos apremia de recurrir en todo y en todas partes a María, que en esas invocaciones atribuidas al célebre monje sirio. Añadamos que Assemani, que editó el primero sus obras, defiende la autenticidad de esas oraciones (Opp., t. III (graece et lat.), proleg., c. 8, p. 54; col. t. II, proles., LVII, sqq.) Por otra parte, según él lo hace notar en el último lugar ya citado, hay cánticos del Santo en honor de la Virgen Santísima, en los cuales es indiscutible el texto siríaco.
     Nicolás (La Virgen viviendo en la Iglesia, 1. III, c. 4) ha citado grandes extractos de las oraciones de San Efrén a la Madre de Dios).
     Sin embargo, aun en el caso en que ninguna de esas obras tuviera por autor aquel de los Padres a quien se atribuye, todavía demostrarían, al menos indirectamente, que en la pretendida época de su composición se honraba con un culto de invocación a Nuestra Señora. En efecto: no las hubieran puesto o recibido, desde lo más antiguo, bajo el nombre de los grandes hombres a quienes las han atribuido si no hubiesen estado todos persuadidos de que esto mismo era lo que creían, lo que pensaban y lo que hacían juntamente con los cristianos de su tiempo. Ahora bien; semejante persuasión, con sólo un siglo o dos de distancia, no podía ser errónea. Si, pues, nadie se asombraba de oír a Padres como San Gregorio Taumaturgo y los otros hace poco nombrados invocar a la Madre de Dios; si esto parecía tan natural, es que verdaderamente no era una novedad en la Iglesia de Dios el culto deprecatorio (Por no hablar sino del Obispo de Neocesarea, San Gregorio Taumaturgo, ¿quién se asombraría de verle honrar y rogar especialmente a la Santísima Virgen, cuando es constante que había recibido por Ella la verdadera doctrina de la fe sobre la Trinidad, como ya lo hemos mostrado anteriormente?).
     No nos apoyaremos tampoco directamente sobre las antiguas Liturgias, sea que lleven el nombre de Pedro, de Santiago o de cualquier otro Apóstol. Podríasenos objetar que esas Liturgias, aunque fuesen, por su substancia inicial, obra de los primeros discípulos del Señor, nada prueba claramente que las invocaciones de la Virgen que contienen o mencionan no hayan sido añadidas más tarde. Sin embargo, no se debe creer que no sean esos respetables monumentos del culto cristiano prueba alguna en favor de nuestro asunto. Consultadlos a todos, a cualquier Iglesia que pertenezcan, a las comuniones separadas de nosotros por el cisma o por la herejía, como a la Iglesia Madre y Maestra, y siempre y en todas partes hallaréis, aun en el lugar más venerable e inmutable, el canon de la Misa, un llamamiento a la intercesión de la Madre de Dios (A María, es cierto, no se le invoca directamente en los Santos Misterios; el sacerdote que sacrifica no se dirige más que a Dios pero apoya sus peticiones sobre las oraciones y la intercesión de los Santos, y primeramente de la Madre de Dios). Por consiguiente, en la época en que los nestorianos, y algunos años más tarde los eutiquianos, rompieron con la Iglesia católica, la Virgen Santísima estaba universalmente en posesión de su culto entre les fieles. Nadie, en efecto, se atrevería a sostener que si este uso litúrgico no existía entonces fue en tiempos posteriores tomado por los herejes de la verdadera Iglesia de Cristo; hipótesis tanto mas inverosímil cuanto que, por la naturaleza misma de sus errores eran numero de ellos, los primeros los partidarios de Nestorio, debían ser menos inclinados a glorificar a la Madre de Dios (He aquí lo que se lee en el Ordo matrimonii, de los nestorianos: «Que la oración de la Virgen María, Madre de Jesús, Marta, Madre de Jesús, nuestro Redentor, sea para nosotros, noche y día, un constante baluarte.» El Ordo Baptisti, de los jacobitas de Alejandría. dice: «Santo, Santo, Santo el Todopoderoso… Por intercesión de Santa María, Madre de Dios, concédenos el perdón de nuestros pecados.» Y además: «Conserva estos bautizados en tu fe sin mancha por las oraciones de nuestra común Señora la Santa y purísima María, Madre de Dios.» Nótese también este pasaje de la liturgia nestoriana de los Santos Apóstoles: «Madre de Nuestro Señor, ruega por mi al Hijo Unico que nació de Ti, para que me perdone mis faltas y pecados y reciba de mis débiles y culpables manos el sacrificio que mi flaqueza ofrece sobre este altar, por medio de tu intercesión por mí, Madre Santa» (Renaudot, op. c., Comment. ad liturg. coptic. S. liaaüii, t. I, p. 256).
     Por consiguiente, aparte toda otra consideración, los libros litúrgicos bastarían para demostrar con certeza que para dar con los orígenes del culto deprecativo de la Santísima Virgen hay que ir mas allá del Concilio de Efeso. Y, porque nada hay más incompatible con las variaciones que la oración universal, henos aquí bien lejos de las edades que precedieron a la herejía nestoriana y al Concilio que la condenó con sus anatemas.
     No es este el único argumento que se pueda sacar de la Liturgia. Más de una vez hemos citado los Menelogios de los griegos, es decir, la voluminosa colección de sus oficios mensuales. Ahora bien nada es tan frecuente como hallar en los himnos y cánticos de losMenelogios dichos una última estrofa consagrada, ya a celebrar algún privilegio de la Virgen, ya a reclamar su poderosa intercesión Y así, el P. Simón Wagnereck, jesuíta bávaro, en un libro que ha titulado Dictas Mariana Graecorum (La devoción de los griegos a María), ha podido sacar de los himnos asignados a cada día del año litúrgico centenares de estrofas en las cuales recibe María el doble culto de la oración y de la alabanza.
     Cierto es que esos oficios han sufrido muchas reformas y adiciones en el curso de los tiempos, y muchos son los himnógrafos que han trabajado para avalorar monumento tan rico. En el siglo VII parece que se compusieron los cánticos más hermosos por San Juan Damasceno, San Cosmas y otros tan autorizados casi como ellos. Y lo que es importantísimo saber para la cuestión presente es que San Juan Damasceno, perseguido por el odio de los iconoclastas, encontró en la Laura de San Sabas, donde se había refugiado, «un hermoso orden de oraciones determinado por un Typicon o Ritual, que, renovado con sus cuidados, acabó por prevalecer en todo el rito oriental» (León. Allati., De Libris ecclesiast. Graccorum, prolog., n. 70).Ahora bien: este oficio lo había recibido nuestro Santo P. Sabas de los Santos Eutimio y Teotisto, los cuales lo recibieron, a su vez, por la tradición de los antiguos, y particularmente del confesor Chariton» (Simeón Thessalonic., De sacra precatione, c. 303; De Typico hicrosolym.. I’. G., CLV, 556. Véase también la Vida de San Eutimio, Acta SS. Jan., t. II, p. 668, etc.), lo que nos lleva a través del quinto y cuarto siglos hasta la era de los mártires. En efecto: Chariton vino a Jerusalén en el episcopado de San Macario, hacia 312; a él se debe atribuir (desde 328 a 335) la fundación del Monasterio que fue más tarde el de San Sabas. Eutimio, nacido hacia 377, y Teoctisto habitaron juntos aquel antiguo Monasterio, y el primero, por lo menos, vivía aún cuando San Sabas fue a consagrarse a Dios en la misma Laura. Por aquí se ve cómo la transmisión de los himnos que fueron el precioso meollo del Typicon ha podido formarse sin corte alguno desde los primeros años del cuarto siglo hasta los tiempos de San Sabas, a quien la Iglesia debe la primera colección.
     La conclusión natural que hay que sacar de estos hechos es que el culto deprecativo y laudatorio hacia María contenido en las odas del Typicon tiene, como ellas, su origen en la era de los mártires. Para rechazar esta consecuencia habría que probar que las estrofas innumerables en honor de la Virgen fueron todas de más reciente composición; ahora bien: nada puede dar derecho para suponerlo; tanto más cuanto que en la colección gran número de ellas se muestran bajo el nombre del primer redactor, San Sabas.
     Lo que confirma la remota antigüedad del culto de María es otro monumento de unaliturgia sacrílega, de que ha sido ya cuestión en esta obra. Nos referimos al culto de adoración, propiamente dicho, prestado por los coliridianos a la Divina Madre de Dios en el curso del cuarto siglo. Llegaban, ya lo sabemos, hasta ofrecerle sacrificios por el ministerio de las mujeres, como hubieran hecho con una diosa. Claramente se ve que no hubieran tenido semejante audacia ni pensado de aquel modo si no hubiesen hallado establecido ya en la Iglesia de Dios el culto de la Virgen. El error es una corrupción de la verdad, ya por exceso, ya por defecto. La supone, aunque la mutile. Por esto San Epifanio, que nos ha conservado el recuerdo de una oración tan monstruosa y la ha combatido en sus escritos, no reprocha a los nuevos herejes el honrar a María. Lo que condena es que le dediquen un culto que no es debido más que a la majestad suprema de Dios sólo. «Que se honre a María —exclama—, pero que nadie la adore, porque ese culto es propio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Adv. Haeres., haer. 79, n. 8. P. G., XLII, 752). Ahora bien: el honor que él reivindica para María, aun rehusándole la adoración, es el mismo que, desde hacía tiempo, la Iglesia ofrecía a los mártires: un honor religioso fundado sobre la excelencia sobrenatural de la criatura; un culto, por consiguiente, de alabanza, de veneración y de invocación. Y como hay pocos Padres que hablen tan magníficamente de las prerrogativas de María que este sabio doctor del siglo IV, ¿no tenemos razón para deducir que, de acuerdo con la Santa Iglesia, le ofrecía el los homenajes más perfectos después de los que dedicaba a Dios?
     II. ¿Es posible confirmar esta antigua prueba de la confianza de los cristianos en la intercesión de María con hechos particulares? Ciertamente. Elegiremos dos, entre otros; y la razón de esta preferencia es, porque, a nuestro entender, tienen una fuerza singular para mostrar cuán familiar debía ser a los fieles de las primeras edades el invocar a la Madre de Dios.
     Tomaremos el primero de uno de los más ilustres Padres del siglo IV: San Gregorio Nacianceno. En su panegírico de San Cipriano de Antioquía cuenta cómo el futuro mártir, extraño aún a la fe y muy aficionado a la magia, se encendió en amor de una virgen consagrada al Señor llamada Justina. En el delirio y ceguedad de su pasión no temió el acudir al poder diabólico para seducir a dicha virgen, objeto de sus deseos.
     Ahora bien: dice San Gregorio, la joven sintió bien pronto el peligro que amenazaba a su pudor, porque es privilegio de las almas puras: el no tardar en descubrir los lazos y enredos del demonio. «¿Que hará, pues, para escapar de las manos de aquel obrador de iniquidad?». A falta de otro recurso se refugia cerca de Dios e implora contra aquel amor detestable el auxilio de su Esposo, de Aquel que libró a Susana y salvó a Tecla… Y ¿quién es el Esposo? Cristo, que arroja a los espíritus malos… Después se arroja, suplicante, a los pies de la Santísima Virgen, pidiéndole con afán que socorra a una virgen en peligro:Virginemque Mariam supplex obsecrans ut periclitanti inrgini opem ferret» (S. G. Nazian.. Or. 24 in Laudem S. Cypriani, nn. 10, 11. P. G„ XXXV, 1181). Esta invocación a María no fue estéril, porque Cipriano, curado de su loca pasión, fue al poco tiempo, para Justina, compañero de martirio y de gloria.
     Este hecho, acaecido durante la persecución de Diocleciano, es muy notable. Supongamos que el invocar a María fuese entonces cosa inaudita entre los fieles: ¿creéis que San Gregorio hubiera referido así, sencillamente, el recurso de Justina a dicha poderosa Señora? ¿Creéis, sobre todo, que la joven se hubiese refugiado tan espontánea y naturalmente, en aquella apremiante necesidad, bajo el amparo de María? ¿No era preciso que hubiera aprendido en el seno de la Iglesia a ver en Ella el auxilio de los cristianos, la Madre a quien pueden acudir siempre que un peligro les amenaza o que necesitan una gracia extraordinaria? (Importa poco que San Gregorio Nacianceno se haya equivocado identificando a Cipriano de Antioquía con Cipriano de Cartago (1. c., n. 6). Esto no quita veracidad a un testimonio en favor de la práctica cristiana de recurrir a la intercesión de la Madre de Dios).
     El segundo hecho es la conversión de la ilustre pecadora conocida bajo el nombre de Santa María Egipciaca. Es también anterior al Concilio de Efeso, puesto que, generalmente, están acordes en colocar dicha conversión hacia el año 383. María fue muy niña a la ciudad de Alejandría, y vivió en ella veintisiete años, entregada a los mayores desórdenes, cuando se le ocurrió embarcarse para Palestina con la multitud de peregrinos que iban a adorar la Cruz del Salvador en Jerusalén. El viaje fue para ella, en intención y en realidad, una continuación de su vida antecedente. La curiosidad, más que la devoción, la condujo siguiendo a los fieles hasta la iglesia en donde se veneraba la Cruz. Allí la esperaba Dios con su infinita misericordia. Rechazada tres veces en la puerta del templo por un brazo invisible, abrió los ojos sobre su miserable estado, y, corriendo a una imagen de la Santísima Virgen, postróse a sus pies rogándola, con lágrimas, que la dejase llegar hasta la Cruz de su Hijo. Comprometióse también, con una promesa solemne, a dejarlo todo y dirigirse adonde su Mediadora quisiera conducirla. Sabido es cómo la Madre de misericordia oyó esta oración y cómo al día siguiente, purificada de sus culpas y fortificada por la comunión, fue la pecadora, por orden de María, a sepultarse en un desierto y llorar en él su vida criminal. Allí, según refirió más tarde el solitario Zósimo, fue durante diecisiete años atormentada de furiosas tentaciones, pero siempre defendida y libertada por la Madre de Dios, a quien llamaba a gritos en su espantosa soledad (Véase los Bolandistas, Acta SS,, 2 april, p. 76; it., Vita B. Mariae Aegyptiacae. Los Bolandistas admiten la autenticidad del relato. Nicéforo Calixto lo ha atribuido, equivocadamente, a San Sofronio; esta Vida fue escrita en el siglo V, según una tradición fielmente conservada por los monjes a quienes Zósimo, ya casi centenario, la había él mismo referido).
     No hacen falta, según creemos, largas reflexiones para deducir de este relato cuán natural y común era entonces la costumbre de acudir a la Divina Madre. De otro modo, ¿hubiera sido posible que una criatura sin principios y entregada al más vergonzoso desorden desde su infancia hubiese orado así, públicamente, a la puerta de una iglesia, ante una imagen de la Virgen, y que no tuviese desde entonces otro socorro más eficaz contra las rebeliones de su carne que sus repetidos clamores a la Madre de Dios? (En el siglo V la persecución del rey Arriano Hunerico produjo innumerables mártires. Los de Tipasa son célebres, entre todos, porque conservaron el uso de la palabra después de haberles cortado la lengua. Pues bien, las Actas de su martirio refieren que durante su suplicio no dejaban de invocar los nombres de Jesús y de María, nuevo testimonio del culto depurativo baria la Madre de Dios).
     A estos dos hechos podríamos añadir un tercero que nos ha transmitido San Juan Damasceno. Queriendo este Santo probar, contra los iconoclastas, la antigüedad del culto de las santas imágenes: «He aquí —dice— lo que se escribe en la Vida del Bienaventurado Basilio, compuesta por Eladio, su discípulo y su sucesor en el obispado. Un hombre muy santo fue una vez a orar ante un cuadro de Nuestra Señora, donde se veía también representado al mártir de Cristo, Mercurio. Suplicaba dicho devoto a la Virgen con toda su alma que hiciese desaparecer al impío Juliano, el emperador apostata. Allí mismo supo, por la imagen, lo que sucedería, porque vio al mártir desvanecerse ante su vista por algunos momentos y reaparecer después llevando entre sus manos una jabalina ensangrentada» (de Imaginibus, or. 1, P.G., XCIV, 1277). Este hecho confirmaría inmediatamente lo que nos enseñaba el precedente, esto es, la costumbre que tenían los cristianos del cuarto siglo de acudir a la intercesión de María; pero ¿es de veras auténtico? Cuestión es esta difícil de resolver mientras que no tengamos nuevos documentos que nos den más luz y más datos, porque la historia citada de Eladio no se conserva.
     No se podría alegar en confirmación de este último hecho la autoridad de otra vida de San Basilio, atribuida, por error, a San Anfíloco, amigo íntimo del obispo de Cesarea. El autor refiere que la última entrevista de Basilio con Juliano terminó con terribles amenazas del emperador contra la ciudad de Cesarea, amenazas que se proponía ejecutar a su vuelta de la expedición de Persia. Basilio puso a su pueblo en oración sobre el monte Dídimo, donde se levantaba una Iglesia muy venerable y muy honrada dedicada a la Madre de Dios. Ahora bien, mientras la multitud invocaba la protección divina. «Basilio vio en sueños a la multitud de la milicia celestial cubrir la montaña, y entre los espíritus angélicos una mujer sentada en un trono, que les dijo:«Llamadme a Mercurio; él irá a matar a ese Juliano, que ha sido tan perfido con mi Hijo y Señor Jesús.» El Santo, armado con todas sus armas, acudió a la orden de la Reina del Cielo y partió inmediatamente a cumplir su cometido. Sabido es el fin del perseguidor Juliano (Cf. Bolland., Appendix de vita S. Basilii apocrypha, die 14 jun.. n.36, t. XXI. p. 944.
     Ni los bolandistas, ni Baronio, ni Belarmino, han reconocido esta vida como digna de fe, a lo menos en todas bus partes: tantos son los errores evidentes que contiene. Los Bolandistas, después de haber notado las numerosas incorrecciones en que abunda el relato, hacen, con justicia, reparar cuan increíble es que un hecho de esta importancia, si hubiera sido cierto, no lo hubiesen mencionado ni San Basilio en sus escritos posteriores contra el príncipe apóstata, ni San Gregorio Nacianceno en los elogios que hizo de su glorioso amigo. Todo conduce, por otra parte, a creer que esta vida de San Basilio es una obra del séptimo u octavo siglos, y que, por consiguiente, no puede tener por autor al dicho Anfíloco.

     Tillemont (Hist. eccles. IX, adnot. 82, Vie de S. Basile) sospecha que el relato conservado por San Juan Damasceno podría muy bien no ser más que una variante de la leyenda apócrifa de San Anfíloco. Esta filiación no parece demostrada, porque las dos narraciones tienen notables diferencias. En la primera no se atribuye claramente la visión a San Basilio; además, la Madre de Dios no se manifiesta por una aparición celestial, sino en una de sus imágenes; de aquí se sigue que la falsedad de un relato no implica la falsedad del otro.
     El testimonio espléndido del culto de María en el cuarto siglo sería la Tragedia de Cristo paciente si se probase que San Gregorio Nacianceno es su autor, como antiguamente se creía en general. Júzguese por la invocación que la corona: «¡Oh, Verbo divino!, recibe en favor mío la intercesión de tu Madre y de aquellos a quienes has concedido el privilegio de romper nuestras cadenas. Y Tú, Virgen sin mancilla, digna de todo honor; Virgen bienaventurada: Tú, que ahora habitas, los palacios celestiales, despojada de toda humana corrupción, revestida del manto de la inmortalidad, incapaz, como Dios (El poeta no pretende dar a María el título de Dios, ni siquiera el de diosa, esto sería una impiedad; no hay en esta frase más que una comparación), de sentir jamás los ataques de la vejez. Desde lo alto del cielo escucha favorablemente mis palabras. Virgen ilustre entre todas, dígnate oír mi oración. A Ti sola, entre los mortales, como a la Madre del Verbo, pertenece el mayor honor y sin medida. Lleno de confianza me atrevo, Señora mía, a ofrecerte este homenaje y depositar en tu cabeza virginal una corona de flores cogidas en la más hermosa de las praderas. Y es que Tú me has colmado siempre de innumerables gracias, protegiéndome contra toda clase de peligros, salvándome de mis enemigos visibles y, más aún, de los invisibles. Lo que más deseo es salir de este mundo después de haber vivido bajo tu amparo y haber sido Tú la más poderosa Protectora mía cerca de tu Hijo. No permitas que sea yo presa del mal ni que sea objeto de burla para el enemigo y el corruptor de los hombres. Defiéndeme, líbrame del fuego infernal y de las tinieblas por la fe que prepara a la justicia y por tu incomparable benignidad. Por Ti nos ha venido la gracia de Dios: por eso te canto hoy mi cántico de gratitud.
     «Salve, pues, a Ti, Madre y Virgen amabilísima; Salve a Ti, hermosa entre todas las Vírgenes, más elevada que las Ordenes celestiales, Señora nuestra Reina de toda la creación y alegría del género humano. Sé Tú siempre la bienhechora de tu pueblo, y para mí la salud y la vida. Procúrame, Señora mía, la libertad de mis pecados y la perfecta salud de mi alma» (Christus patiens, ver. 25, 27, seqq., en el apéndice de las Obras de San Gregorio Nacianceno. P. G„ XXXVIII, 3335, sqq.). No podemos, desgraciadamente, apoyarnos sobre ese fragmento poético. Las críticas más graves niegan su paternidad al teólogo de Nazianceno (Tillemont, por ejemplo (t. IX, S. Greg. de Nazianze, adnot. 110); Dupin, Labbe, Baillet, Baronius y D. Cellier. Histoire des Auteurs sacrés, t. VII. p. 196).Algunos han opinado que el Cristo paciente era obra del gramático Apolinario, atribución que bastaría a conservar su valor al testimonio, puesto que dicho Apolinario es del siglo IV, lo mismo que San Gregorio (Los Apolinar, dos sabios cristianos de Laodicea, el primero gramático, el otro un hijo, retórico, se habían persuadido que era posible conjurar los desastrosos efectos de las Ordenanzas de Juliano, que prohibía a los maestros cristianos la enseñanza de los autores clásicos, revistiendo las Sagradas Escrituras de la forma que él admiraba en la obras de arte de la antigüedad, proyecto que estuvo muy lejos de responder a los esfuerzo; que la empresa costó. De aquí, sin duda, el atribuir el Cristo paciente a uno de los Apolinar. (Vease a Tillemont, I. c.; Boissier, La fin du Paganisme, t. I, p. 204; Socrate, Hist eccl., III, 16). Pero en nuestros días esta misma atribución está puesta en duda de tal modo que llegan hasta a designar el siglo XII como fecha probable de la composición de la Tragedia (Es, probablemente —dice Bardenhewer—, una obra del siglo XII, de la que quizá sea autor Teodoro Prodromus, (Les Peres de l’Eglise, leur vie ct leurs aeuvres).
     Sea como quiera de este último argumento, no dejaremos de concluir, autorizados por monumentos incontestables, que mucho tiempo antes de la definición del Concilio de Efeso la Madre de Dios recibía como tal las oraciones y homenajes de los cristianos, y que si los grandes Obispos que tomaron parte en aquel acto, por siempre memorable, como Cirilo de Alejandría y Basilio de Seleucia, enriquecieron sus discursos con admirables alabanzas y ardientes súplicas a María es porque habían aprendido de los antiguos a rogarle tanto como a venerarla.
     III. Las iglesias y las solemnidades consagradas en honra de María demostrarían evidentemente el culto de alabanza y de oración a dicha Señora. Si, pues, hallásemos unas y otras en los siglos anteriores a la gran asamblea de Efeso sería una nueva demostración sin réplica de la remota antigüedad de este culto en la Iglesia. Ahora bien: no hay que hacer ya esta demostración, ni para las fiestas, ni para los santuarios dedicados a la Madre de Dios. Sería difícil, lo confesamos, el fijar con certeza la época a que se remontan las fiestas más antiguas y los más antiguos santuarios especialmente consagrados a María. Sobre uno y otro punto no están de acuerdo los escritores eclesiásticos, y no tenemos ni la competencia ni el tiempo necesario para dilucidar aquí tan graves cuestiones.
     Hablando primero de las fiestas, es claro que la Virgen Santísima tenia su lugar en las solemnidades de la Iglesia antes del Concilio de Efeso, puesto que la primera refutación pública de la herejía que negaba su divina maternidad fue hecha por San Proclo, con gran aplauso del pueblo de Constantinopla, en una solemnidad celebrada especialmente para glorificar a la divina Madre.
     Si los sermones de que hablábamos al principio de este capítulo fuesen auténticos, y si los títulos que llevan fuesen de sus autores, bastarían para establecer con certeza que varias de las fiestas principales de la Virgen estaban en uso, por lo menos, desde el siglo III y el IV. Pero, ya lo hemos dicho, uno y otro punto son dudosos Hay, pues, que recurrir a otras pruebas.
     Ante todo urge hacer aquí una advertencia importante, y es que aun cuando fuera imposible señalar una sola fiesta de María antes de la segunda mitad del cuarto siglo, no sería menos cierto el culto de esta Señora en las edades anteriores. En efecto: culto y fiestas no son términos de tal modo correlativos que no pueda darse alguna vez, el uno sin las otras. Las fiestas suponen el culto, puesto que son una de sus más claras expresiones; pero el culto puede existir sin las fiestas. ¿Diréis, tal vez, que los cristianos no han honrado siempre el Nacimiento del Salvador? Y, sin embargo, la fiesta de Navidad era todavía desconocida en nuestro Occidente a mediados del siglo III; mucho más lo era en Oriente, pues, allí la recibieron de Roma. La mención más antigua de su existencia está en el calendariofilocaliano, compuesto en Roma el año 336. San Juan Crisóstomo, en una homilía pronunciada hacia el año 386, afirma de la misma solemnidad que su introducción en la Iglesia de Antioquía no databa sino de diez años atrás y en Alejandría parece que no fue adaptada sino hacia el año 430.
     Contribuiría a confirmar la verdad de esta primera advertencia la opinión de los que pretenden que la Iglesia de Roma no parece que celebraba fiesta alguna particular de la Virgen antes del siglo VII, cuando adoptó las cuatro fiestas bizantinas, es decir, la Anunciación, la Natividad, la Presentación y la Dormición de la Virgen (Duchesne, op. cit.). Sería, en efecto, demasiado absurdo el pretender que hasta entonces no había recibido la Madre de Dios ni culto ni alabanzas, ni culto de oraciones en el centro de la Iglesia católica. Por lo demás, aunque fuese cierto que la introducción de las fiestas de la Virgen en Roma no pasa más allá del siglo VII, no se sigue de aquí que su primera institución date de esta época. Así, los países del rito galicano parecen haber celebrado desde el siglo VI una fiesta de la Madre de Dios (Duchesne, Liber Pontificalis, t. I, p. 381). En la Vida de San Teodoro, el fundador ilustre de tantos monasterios, que vivía a mediados del siglo V se hace mención de una fiesta de la Santísima Virgen tan solemne que atraía gran número de gentes a su celebración (24) Surius, 11 jan., c. 28). Si el primer monumento incontestable de la Anunciación es un canon del Concilio in Trullo, tenido en Constantinopla en 692, el decreto supone la fiesta y no la crea, puesto que permite solamente celebrar en ella la Misa perfecta aun cuando caiga en Cuaresma. También la supone de igual modo como fiesta antigua el décimo Concilio de Toledo (656),que la traslada al octavo día antes de Nochebuena, como habían hecho ya varias Iglesias a fin de que el tiempo de Cuaresma no impidiese el darle octava.
     Thomassin, cuya severa crítica es notoria, después de haber citado estos hechos y otros del mismo género no vacila en concluir que las solemnidades principales de la Santísima Virgen, que se encuentran generalmente celebradas por toda la Iglesia, desde la primera mitad del siglo VII habían comenzado desde mucho tiempo antes a extenderse entre las iglesias particulares, porque «un intervalo de 250 o 300 años no es demasiado largo para lograr que, sin estatuto alguno general de la Iglesia, la sola devoción, ya de los particulares, ya de las iglesias separadamente, haya hecho de una devoción libre una observancia general en toda la cristiandad» (Thomassin, Traité de la célebration des Fétes, 1. II, ch. 2, § 9).
     Benedicto XIV, sobre esta cuestión de la antigüedad de las fiestas de la Santísima Virgen y especialmente de la fiesta de la Anunciación, encarece algo más que el docto oratoriano, a quien encuentra demasiado tímido en sus afirmaciones. Lo que induciría a creer que no lo hace sin motivo es que la solemnidad de la Anunciación de María se encuentra universalmente celebrada entre los cristianos de toda comunión y de todo rito: griegos, coptos, sirios, caldeos, etíopes; de donde se podría, naturalmente, concluir que su institución es anterior a la separación de las Iglesias. Sea como quiera, el solo hecho de la predicación de San Proclo es una prueba incontestable de que, por lo menos en Oriente, las solemnidades en honor de María precedieron al Concilio de Efeso. Y esta conclusión subsistiría aun cuando la historia eclesiástica no registrase fiesta alguna especial de esta clase. Porque, según advierte Thomassin, las solemnidades del Nacimiento y Encarnación del Señor eran, por su misma naturaleza, fiestas de María. ¿Podianse celebrar esos dos misterios del Hijo sin festejar al mismo tiempo a la Virgen, en quien y por quien se habían obrado? Así, puede decirse que, por una conmovedora compenetración, la Madre es honrada en las fiesta del Hijo como el Hijo es a su vez honrado en las de la Madre.
     Pasando de las fiestas a las iglesias dedicadas a María encontramos primero en el Oriente, la gran iglesia de Efeso, aquella misma en que fue solemnemente proclamada la maternidad divina, testigo incontestable de que ni su culto privado ni su culto publico fueron inaugurados por aquel concilio.
     Varios antiguos Itinerarios y Peregrinaciones de Tierra Santa hacen mención de la Basílica de Santa María, situada en el valle de Getsemaní, cerca de la tumba de la Virgen; por desgracia estos documentos son posteriores al siglo V, y como guardan silencio sobre la fecha de la fundación, no bastan por sí solos para fijar la construcción de la dicha Basílica, sea en el siglo IV, sea en los principios del V. Lo mismo diremos de la Iglesia de Santa María que esos mismos libros nos describen como contigua a la Basílica del Santo Sepulcro o de la Resurrección
     M. de Vogue, en su Eglises de Terre Sainte, piensa que la Iglesia que cubría la tumba de la Virgen data del siglo IV. Trae hasta su historia desde esta época, pero confiesa que no fue mencionada sino mas adelante.
     Interesante sería estudiar los orígenes de la basílica romana conocida por Santa María la Mayor. Esta venerable iglesia es, en su conjunto, y a pesar de sus muchas reformas, un monumento de la primera mitad del siglo V. La hizo construir el Papa Sixto III (432-440) casi inmediatamente después de la conclusión del Concilio de Efeso. Era como un trofeo levantado en memoria del triunfo de la Madre de Dios, como lo atestiguaban, no sólo el texto de la inscripción dedicatoria, que se desarrollaba en mosaico sobre la puerta de entrada, sino también la concepción general de la decoración. De aquí, sin duda, tenemos derecho para inferir la preexistencia del culto de la Santísima Virgen. Pero para tener una prueba palpable y directa habría que remontarse más atrás en el curso de las edades y mostrar que el nuevo edificio no era más que una restauración más espléndida de un monumento anterior igualmente consagrado a la memoria de la Virgen Madre. Esto es lo que Benedicto XIV, después de otros autores, ha deducido de la antigua tradición, consignada en el Breviario (Fiesta de Ntra. Sra. de las Nieves), según la cual la basílica de Liberio, reemplazada la de Sixto III, había sido edificada a petición misma de María, petición confirmada por el célebre milagro de la nieve. No traeremos aquí los argumentos que, según el docto Pontífice,«bastan para hacer moralmente evidente la verdad del prodigio» (La leyenda está en el Breviario Romano, el 5 de agosto. Se hallará la discusión sobre la autenticidad del hecho en De Festis B. V. Mariae, c. 7, nn. 6, sqq.).Como el Papa Liberio ocupó el trono pontificio hacia la mitad del siglo IV (352-366),tendríamos por esta época una iglesia expresamente erigida por un Pontífice en honor de la Virgen Santísima. Aun opina Benedicto XIV que la basílica de Liberio no fue la primera de esas iglesias edificadas en la capital del mundo romano. «Los arqueólogos —dice en el mismo lugar de sus obras— mencionan algunas otras iglesias igualmente dedicadas, en Roma, bajo la advocación de la Santísima Madre de Dios, anteriormente a la dedicación de la basílica de Santa María de las Nieves. En cuanto a nosotros, nos basta el poder sostener que, antes de la dedicación de esta última iglesia, el Papa Calixto había ya consagrado más allá del Tíber una iglesia a la Madre de Dios». Sea como quiera de esta conjetura, estamos ya muy lejos de las opiniones que hacen datar solamente de la segunda mitad del siglo V, ya la fundación de las iglesias erigidas bajo la advocación de la Santísima Virgen, ya el culto de oración y de alabanza que le tributan los cristianos.
  Léase en el Liber Pontificalis«Calistus, natione Romanus… Hic fecit basilicam trans Tiberim…» «Es —dice el Abate Duchesne (Liber Pontificalis, t. I, p. 141, coi., p. 20G) — la basílica de Santa María de Transtevere, que en su estado actual no va más allá de Inocencio II. Debe su fundación al Papa Julio (337-352), que la hizo construir trans Tiberim. .. juscta Callistum. . .» «Al doble título (de Calixto y de Julio) —añade el mismo autor— vino a sobreponerse, desde el siglo VII, el de Santa María.» Lo que no prueba, sin embargo, que no fuese anteriormente una iglesia de la Madre de Dios.
     Respecto a la fundación de la basílica de Santa María la Mayor por el Papa Liberio, y a las milagrosas circunstancias que la provocaron, responde, ante todo, Benedicto XIV a los que objetan la ausencia de monumentos contemporáneos, «que el unánime sentir de los autores pertenecientes a toda nación (como sucede en el caso presente), es de gran autoridad, aun cuando falten monumentos». Después añade: «Una tradición piadosa no puede ser rechazada con el pretexto de que le faltan monumentos contemporáneos, si los siglos posteriores la aprueban, como lo hace notar sabiamente Papelbrock en sus Respuestas al P. Sebastián (p. II, p. 3G5), cuando dice: «Sucede con frecuencia también que la sustancia de una tradición es de tal naturaleza, que sería temeridad el ponerla en duda, aun cuando faltasen los testimonios de los contemporáneos»(Benedic. XIV, op. cit-, c. 7, n. 15).
     Citemos, por fin, la viejísima iglesia conocida bajo el nombre de Santa María la Antigua, Sancta Maria Antiqua, que, descubierta últimamente en el Forum Romano, parece haber sido dedicada a la Madre de Dios en el siglo IV.
     No se podría precisar la época fija en que aparecieron en Oriente las iglesias y las basílicas de la Santísima Virgen. Lo que sabemos de un modo positivo es que Efeso tenía su gran basílica de la Madre de Dios aun antes de que Nestorio hubiese atacado su divina maternidad. Este hecho, que ignoraríamos si no fuese por una carta de San Cirilo, nos llevaría, espontánea y naturalmente, a presumir que esta basílica no era la única, aunque las historias no señalasen otras.
     Dejemos a otros el cuidado de examinar dos hechos que, si estuviesen demostrados, contribuirían grandemente a poner en evidencia la antigüedad del culto laudatorio y deprecatorio de la Madre de Dios. El primero sería la erección, hecha en el Carmelo, de un santuario a la Virgen Santísima viviendo aún esta divina Madre. El segundo, quizá menos sujeto a controversia, es el acto del primer emperador cristiano dedicando Constantinopla al Dios de los mártires (Euseb., Vita Constantini.) y poniéndola bajo la protección especial de la Santísima Virgen. Esto relatan los dos historiadores griegos Zonaras y Cedreno. Es por lo menos, absolutamente cierto que en los siglos siguientes era venerada la Santísima Virgen como patrona y protectora de la ciudad (Tillemont), sin que se pueda indicar una fecha posterior a Constantino para dicha consagración.
     Detengámonos en estas pesquisas. ¿Qué más hace falta para establecer de modo incontestable la preexistencia del culto de Nuestra Señora a las controversias nestorianas? ¡Sí!, desde el siglo IV era María universalmente honrada y rogada por los cristianos, objeto de veneración, de esperanza y de amor. Todo lo demuestra los santuarios, las fiestas religiosas, los escritos de los Padres y aun los mismos atribuidos a dicha época, aunque sean de origen menos antiguo. Y ese culto no aparece entonces como una novedad, porque por muy lejos que podamos dirigir nuestras miradas a las edades que preceden, tanto cuanto nos es permitido el levantar los velos bajo los cuales estaba entonces oculta la vida cristiana, María siempre se revela a nosotros, como se manifestará más adelante, la más elevada, la más santa de las criaturas, Mediadora entre Dios y los hombres. Sucede con su culto lo que con todas las grandes instituciones cristianas. Lo que se va desarrollando a través de las edades existe desde el principio. Non nova, sed nove. Es el árbol que crece, es el río que dilata sus márgenes y ahonda su lecho; pero el árbol y el río tuvieron principios: raíces el uno, fuente el otro, a principio.
     ¡Qué gozo para nosotros, cristianos del siglo XX, el encontrarnos a los pies de nuestra Madre celestial con toda la gran familia de Dios, que es también la suya, es decir, en compañía de los fieles de todos los países y de todas las edades! Y ¡cuán viva será nuestra confianza de ser atendidos por Ella si pensamos en tantas generaciones sucesivas que no la han invocado jamás sin recibir plenamente, por su maternal intercesión, gracias, auxilios y beneficios!
     IV. No negaremos que la devoción a María, aunque no tenga su origen en el Concilio de Efeso, se desarrolló desde entonces de un modo esplendoroso. Pueden indicarse algunas causas.
     La primera, el estado del cristianismo en el mundo. Mientras que la idolatría no estuvo vencida, cuando los cristianos vivían hundidos más o menos en la masa del paganismo, el culto de la Santísima Virgen debía estar más contenido y exigía que se guardase más reserva. Hubiera habido peligro en prodigarle con mucha ostentación los homenajes que merece por su maternidad, y esta misma maternidad creaba el obstáculo. Porque los enemigos de la fe hubieran hallado en las manifestaciones demasiado públicas del culto ocasión de volver contra los cristianos la acusación de idolatría. No hubieran sabido, ni querido, distinguir a la Madre de Dios de aquellas diosas, madres de los falsos dioses que adoraba el paganismo. ¿Quién sabe? Quizá hasta los mismos convertidos, desprendidos apenas de las supersticiones que durante tanto tiempo los habían encadenado, habríanse escandalizado de los honores solemnes rendidos a María. Pero en el siglo V todo peligro de este género se desvaneció por completo. El culto de la Virgen Madre, culto de alabanzas y culto de oración, no podía ya temer el ser desnaturalizado; podía desarrollarse ampliamente, a plena luz, y los cristianos no encontraban ya obstáculo alguno que comprimiera sus anhelos. He aquí por qué los homenajes de veneración y amor hacia María se nos presentan más numerosos a medida que la era de las persecuciones desaparece en la lejanía de los años. Tal es el pensamiento de Thomassin, en su tratado de la Celebration des Fétes (36).
     Pero hay otra causa más profunda todavía y más verdadera. Es como una ley divina que todo, en el seno de la Iglesia, para desarrollarse ampliamente y vivir con vida más intensa y más universal, necesita pasar por la contradicción. Si el Evangelio tomó tan rápidamente posesión del mundo fue porque la sangre de los mártires había sido semilla de cristianos; es que el viento furioso de las persecuciones, en vez de apagarlo, lo llevó de provincia en provincia y de una a otra orilla para abrasarlo todo.
La mayor parte de nuestros dogmas, antes de tener su fórmula clara, firme y precisa, han debido sufrir los ataques de la herejía, que se esforzaba en corromper su sustancia. Así, las grandes definiciones de Nicea, de Efeso, de Calcedonia y tantas otras han sido determinadas y preparadas por los errores de Arrio, de Nestorio, de Eutiques y de otros grandes innovadores. Ha sido necesaria, en el campo de la moral cristiana, la corrupción del mundo romano y las gigantescas invasiones de los bárbaros, asolándolo todo en el imperio, para apresurar y madurar las ricas cosechas de vida religiosa que fueron la honra del siglo V y de los siguientes. Más adelante, cuando nuevos bárbaros hubieron amontonado por todas partes las ruinas de aquella tierra, como arada y cavada por ellos, surgieron a millares catedrales y abadías, monumentos imperecederos del renacimiento religioso de la Edad Media. No acabaríamos si quisiéramos recordar los ejemplos de dicha ley. He aquí, como último ejemplo, la herejía de Jansenio procurando destruir en el alma cristiana la confianza filial en la misericordiosa bondad de Jesucristo. Es el preludio de una manifestación nueva y más ardiente de esa misma bondad y misericordia. El Corazón de Jesús se revela a los hombres con todas las efusiones de su amor, como no lo había hecho hasta que aparecieron las desesperantes doctrinas del jansenismo; y cuanto más el infierno ha redoblado sus esfuerzos para arrancar a las almas el amor y la confianza, más las atrae Dios, con un desquite digno de El, a sus brazos y a su Corazón «con lazos de humanidad y cadenas de caridad» (Os., XI, 4).
     Tal fue, dijimos, la razón principal del más completo desenvolvimiento del culto de la Santísima Virgen después del Concilio de Efeso. A decir verdad, Nestorio fue, a su modo, el gran promotor de ese movimiento. Había desafiado a la familia cristiana, ultrajando el honor de su Madre, y la familia cristiana respondió a sus provocaciones con aumento de alabanzas de veneración, de homenajes, de plegarias y de amor. El río de la devoción a María, que hasta entonces corría más silenciosamente a través de todas las partes de la Iglesia, detenido súbitamente en su curso por la herejía nestoriana, engrosó sus aguas ante los obstáculos y los derribó, desbordándose por el mundo entero. Ahora bien; lo que sucedió en el siglo V se renovará siempre en la sucesión de los tiempos. Todo esfuerzo del infierno para ahogar o aminorar el culto de la Madre de Dios será la ocasión providencial de una expansión mayor y más creciente. Iconoclastas, albigenses, protestantes, jansenistas serán, unos después de otros, lo que fue Nestorio antes de ellos: los involuntarios promotores del culto de María. Así, las invasiones injustas, rechazadas victoriosamente, engrandecen al pueblo atacado contra todo derecho.
     Añadamos, como última causa, la ley de la evolución. No tenemos que decir lo que hace esta ley en el orden de la naturaleza ni en qué límites se encierra; tampoco emprenderemos la tarea de mostrar las múltiples aplicaciones que tiene en el orden superior de la gracia, ea que se trate del crecimiento individual, o del perfeccionamiento en el dominio de la creencia y del culto de la Iglesia.
          Bástenos el haber comprobado la existencia universal de la ley. Ahora bien; ¿podía tener un campo de aplicación más favorable que la devoción hacia la Madre de Dios? ¿Qué cosa más natural y más sencilla para los hijos que estudiar las perfecciones de su madre y buscar cada día nuevas maneras de demostrarle el amor y la veneración que le tienen? Y si esta madre es, como María, la obra maestra de Dios, un mar de grandezas, de poder y de misericordias, ¿adonde llegarán sus invenciones y cuándo sentirán la necesidad de decir: basta, basta de honores, basta de fiestas, basta de oraciones, basta de alabanzas?
     Por último, no olvidemos la asociación, tantas veces reconocida, de la Santísima Virgen y de su Hijo en todos los misterios. Si, pues, el culto del Hijo comprende manifestaciones cada vez más numerosas y más variadas, ¿no es fuerza que, bajo pena de romper el lazo indisoluble que une a la Madre con el Hijo y al Hijo con la Madre, ésta participe, en su medida propia, de la expansión del culto de Jesucristo? Por consiguiente, lejos de escandalizarnos de ver a María siempre más honrada y más amada, debería sorpren-. dernos y parecemos sumamente extraño y contra naturaleza el volver atrás, o simplemente el detenerse definitivamente en los homenajes rendidos por los cristianos a esta Virgen bendita. Madre de todos y Madre de Dios, por lo demás, lo repetimos, el antiguo adagio Non nova, sed nove, queda a salvo en este desenvolvimiento sucesivo de filial devoción: lo que creemos de María, lo que honramos en María, es aquello mismo, ni más ni menos, que nuestros Padres en la fe creían y veneraban, desde el primer origen de la Iglesia, la maternidad divina y la maternidad de gracia, la Madre de Dios Salvador y la Mediadora de la salud.
J. B. Terrien S. J.
LA MADRE DE DIOS.Visto en Fundación San Vicente Ferrer

EL BAUTISMO DE SANGRE DE SANTA EMERENCIANA

Santa Emerentiana – 23 de enero

Margaret C. Galitzin
El Misal de San Andrés enumera a una Virgen y Mártir poco conocida, Santa Emerentiana, el 23 de enero, dos días después de la fiesta de Santa Inés. Nada parece ser más apropiado: Emerentiana siguió a Agnes tanto en su vida como en su muerte, por lo que también debería seguir a Agnes en el Calendario litúrgico. No es sorprendente encontrar a otra Virgen Mártir en el ciclo de Navidad, que incluye a tantos otros santos vírgenes admirables, por ejemplo, San Juan Apóstol , San Pablo Ermitaño y San Antonio Abad.

drogado
El Royal Gold Cup, Copa o St. Agnes, 14 ª siglo, representa la lapidación de San Emerentiana

Aquí está el breve párrafo que ofrece abundante alimento para el pensamiento: 


una hermana adoptiva de Santa Inés, la virgen Emerentiana, mientras aún era catecúmeno, derramó lágrimas en la tumba de su amiga que acababa de ser martirizada. Algunos paganos se burlaron de su pena. Ella, llena de la divina virtud de la cual Jesús es la fuente, reprochó a los idólatras su crueldad hacia Agnes, y ellos, en su furia, la apedrearon en esa misma tumba.

Bautizada en su propia sangre, se unió para siempre a su hermana (alrededor del año 304). 

‘Bautizado en su propia sangre’

En el relato del martirio de Santa Emerentiana encontramos confirmada la constante enseñanza de la Iglesia sobre el bautismo de sangre [ que hoy, desgraciamente, algunos niegan]. En lo mismo nos confirma los Maitines del Breviario Romano, oración oficial de la Iglesia, esto es, que su bautismo fue de sangre, porque aún era catecúmena.

Levantada al altar e incluida en el calendario litúrgico, esta niña romana, hija de un esclavo de la familia noble y adinerada de Agnes, todavía era un catecúmeno y aún no se había bautizado cuando Agnes fue martirizada.

La madre de Emerentiana era la nodriza y la niñera de Santa Inés. La influencia de los padres cristianos patricios y el ejemplo de su virtuosa hija Agnes tuvieron un profundo efecto en la criada y su hija Emerentiana. Esclava de nacimiento pero hermana de leche, Emerentiana se inspiró en  Agnes, quien le estaba enseñando la Santa Fe para poder bautizarla como cristiana.

"martirio st agnes
El prefecto ordenó que la garganta de Santa Inés se cortara ante una gran multitud.

Su curso de estudio terminó abruptamente con la gloriosa muerte de Inés. Varios días después de que Agnes fue públicamente martirizada, lo que probablemente fue testigo de Emerentiana, fue a la tumba a orar. Burlándose  un grupo de paganos que la vieron llorar, ella defendió valientemente a su querida Agnes.

Esta valiente refutación levantó la furia de un grupo de paganos y apedrearon a Emerentiana hasta la muerte en la misma tumba de su catequista Agnes. La tumba del maestro se convirtió en el trono del martirio para el discípulo. Es una escena hermosa.

También es una escena que confirma lo que se ha creído y enseñado desde los primeros siglos de la Iglesia: que el martirio es equivalente al bautismo para aquellos que aún no han sido bautizados. Es la doctrina católica que el Bautismo de sangre borra el pecado original y todo el pecado real, junto con el castigo que se le debe.

Esta enseñanza se confirma en la Colecta de la Misa para la Virgen Mártir:


Indulgéntiam nobis, quaesumus, Dómine, beerta Emerentiána Virgo et Martyr imploret: quae tibi grata semper éxistitit, y merito castitatis, et tuae professione virtuis. 
Por la beata Emerentiana, tu virgen y tu mártir, te suplicamos, Señor, imploramoos tu perdón; porque ella siempre te agradó, tanto por el mérito de su castidad, como por la confesión de tu poder «.

Iglesia de Santa Inés
La basílica de Santa Inés en Roma; Abajo, en el altar mayor están los cuerpos de Santa Inés y SantEmerentiana.

Por lo tanto, ¿se unió Santa Emerentiana a ese grupo privilegiado de santos mártires que nunca fueron bautizados con agua sino que dieron su sangre por Cristo, como los Santos Inocentes masacrados por Herodes, el buen ladrón,  y uno de los guardias que presenciaron el martirio de los 40 santos de Sebaste ?


La gran San Ambrosio dejó nada menos que cuatro tratados dedicados a la virginidad, De virginibus, De virginitate, De institutione virginis y Exhortatio virginitatis , además de su tratado dirigido a las viuda
s, De viduis, en el que se reafirman algunas de sus enseñanzas sobre la virginidad y el matrimonio. Su enseñanza se caracteriza y distingue por la conexión que hace entre el martirio y la virginidad, y el gran elogio que hace del celibato. 

Las dos vírgenes, Santa Inés y Santa Emerentiana, quienes ganaron la corona del martirio en el año 304 bajo la persecución de Diocleciano, permanecen vinculadas en la vida y la muerte. El cuerpo de Santa Inés fue enterrado por sus padres en un cementerio privado que poseían a lo largo del Camino Nomentano, y el cuerpo de la catecúmena Emerentiana también fue enterrado allí.
Altar mayor st agnesEste cementerio creció rápidamente en fama, con muchos milagros ocurriendo en él. Durante el reinado de Constantino, a través de los esfuerzos de su hija Constantina, quien recibió un milagro de curación por la intercesión de Santa Inés, se erigió una basílica sobre la tumba de esa Virgen Mártir, que más tarde fue remodelada por el Papa Honorio (625-638). ), y desde entonces ha permanecido inalterado. En esta B
asílica, debajo del altar mayor, se encuentra la tumba de Santa Inés y su discípula y amiga Santa Emerentiana. 

Beati immaculati in via: qui ambulant in lege Domini. 
Bienaventurados los inmaculados en el camino: los que andan en la ley del Señor.

Santa Emerentiana
Santa Emerentiana con piedras en su regazo.

SOBRE LA BULA DE LA CRUZADA EN ESPAÑA

Préambulo

La bula de Cruzada en España, fue abolida mediante la constitución apostólica Paenitemini, publicada por Montini (antipapa Pablo VI) el 17 de febrero de 1966. Luego, no pueden legítimamente acudir a la epiqueya, para su posible aplicación, todos aquellos que reconocen a Montini como verdadero papa: conciliares de la línea media y conservadora, integrantes de Ecclesia Dei, lefebvrianos, seguidores de la tesis de Cassiciacum. La razón es, porque si reconocen como verdadero papa a Montini, sea sólo material, o tambien formal le estarían desobedeciendo, lo cual no le está permitido al católico.

Los privilegios tan grandes concedidos a España están eclipsados por no haber Papa desde 1958, y para acudir a la epiqueya, caso que fuera posible- lo cual no afirmamos ni negamos, ya que maestros tiene la Santa Madre Iglesia- se debe declarar, aunque sólo sea en el fuero interno, que la Sede de Pedro está vacante desde Pío XII; lo que se ha dado en llamar la conclusión teológica del sedevacantismo totaliter, a fin de cuentas, un hecho dogmático. Sin ese mínimo de coherencia será imposible la aplicación de la epiqueya, caso que se pudiera, lo cual no aseguramos. Les dejamos una amplia explicación de la Bula.

La bula de Cruzada en España

Vamos a exponer brevemente la naturaleza y privilegios anejos a la bula de Cruzada en España. Después de dar unas nociones; previas sobre la bula en general, expondremos lo relativo a cada uno de los sumarios actuales.

A) Nociones previas

1. Qué es la bula. La bula de Cruzada es un diploma ponti­ficio por el que se otorgan muchas gracias, privilegios e indultos a la nación española en atención a los insignes servicios prestados a la Iglesia por loa Reyes Católicos de España. Existe una bula similar para Portugal.

Ha sufrido muchas vicisitudes a través de los siglos. El derecho actual­mente vigente se halla contenido en el breve de Pío XI del 15 de agosto de 1928, que prorrogaba los privilegios por doce años. Al cumplirse el plazo en 1940, Pío XII lo prorrogó por un año, y viene renovándose la pró­rroga de año en año hasta hoy.

2. División. El comisario general de Cruzada, que es el arzobispo de Toledo, tiene potestad de reunir o separar los distintos indultos en más o menos sumarios para uso de los fieles. Actualmente, además del sumario general de Cruzada, ha distribuido los privilegios de la bula en los siguientes sumario

1.) De difuntos.

2) De abstinencia y ayunos.

3) De composición.

4) De oratorios privados. 5.

5.) De reconstrucción de las iglesias devastadas.

Hablaremos más abajo de cada uno de ellos.

3. Sujeto. Pueden gozar de los indultos y privilegios de la bula, guardando las condiciones requeridas:

a) Todos los que se hallaren en territorio español, aunque no sean españoles y aunque se encuentren tan sólo de paso o transitoriamente. Se consideran también territorio español los edificios de las embajadas  españolas en el extranjero y los barcos y aviones españoles.

b) Los españoles que se encuentren en el extranjero pueden utilizar sus privilegios, incluso el relativo a los ayunos y abstinencias, procurando evitar el escándalo de los que ignoren su privilegio.

Requisitos. Para gozar de los privilegios de la bula se re­quiere:

a) Tomar el sumario general de Cruzada.

b) Tomar, además, el sumario correspondiente a los privilegios que se quieran disfrutar.

c) Tomar los sumarios en España o en territorio español (v.gr., en una embajada), sin que puedan enviarse por correo.

d) Dar la limosna correspondiente, que se destina principalmente al culto divino y a obras de beneficencia.

Advertencias.1ª Para gozar de los privilegios es preciso tomar de hecho la bula. No basta tener intención de tomarla.

2. No es necesario escribir en los sumarios el nombre del interesado, ni llevarlos consigo ni conservarlos.

3. El plazo de validez de la bula se extiende desde el día de la pu­blicación hasta un mes después de publicada la del año siguiente. En algu­nas diócesis (v.gr., en Madrid) se publica en la primera domínica de Advien­to; en otras (v.gr., en Salamanca), el domingo de Septuagésima; en otras, el primer domingo de Cuaresma, etc. Si uno se traslada a otra diócesis donde se publica más tarde que en la del lugar donde la sacó el año anterior, puede atenerse a la publicación del lugar donde actualmente se encuentra, con su correspondiente mes de prórroga.

Limosna. La tasa que rige actualmente es la siguiente (año 1960):

x.° Por el sumario general de Cruzada y por el de ayunos y abstinen­cias :

a) Para aquellos cuyos ingresos oscilan:

a) Entre   15.001 y 20.000 pesetas anuales        1 pesetas (6ª clase).

b) Desde 20.001 a 30.000 »                          5          »          (5ª clase).

c) * 30.001 a 50.000          »          »              10        »            (4ª clase).

d) » 50.001 a 75.000                    »          .      25       »           (3ª clase).

e) * 75.001 a 1oo.000         »          *                50        »        (2ª clase).

f) * 100.001 en adelante…………..                 1oo         »         (1ª clase).

Hay que advertir lo siguiente:

a) Aquellos cuyos ingresos no rebasen las 15.000 pesetas anuales, pueden gozar los privilegios del indulto de ayuno y abstinencia sin necesidad de tomar sumario alguno. Pero, si desean gozar de las gracias contenidas en el sumario general, han de tomar este sumario en su ínfima clase (1 peseta).

b) La mujer casada debe tomar los sumarios de la misma clase que su marido.

c) Los hijos de familia sin ingresos propios, el de ínfima clase; a no ser que a sus padres les corresponda precisamente el de ínfima clase, en cuyo caso los hijos sin ingresos propios no están obligados a tomar sumario alguno para gozar del indulto del ayuno y abstinencia.

2. Por el sumario de difuntos, 1 peseta.

3. Por el sumario de composición, 1 peseta.

4.0 Por el sumario de oratorio privado, 1o pesetas.

5.0 Por el sumario de reconstrucción de iglesias, según sus posibilidades.

B) Sumario general de cruzada

  1. Los que han tomado el sumario general de Cruzada disfrutan de las siguientes gracias y privilegios:

1. Indulgencias

a) PLENARIA dos días durante el año, elegidos a voluntad con la intención de ganarlas. Es preciso confesar y también, si es posible, comulgar. Si no pueden comulgar, les bastará haberlo hecho por Pascua.

b) DE QUINCE AÑOS, que pueden ganar tantas cuantas veces ayunaren voluntariamente en día no obligatorio y, al menos con el corazón contrito, rezasen alguna oración por las intenciones del Romano Pontífice (v.gr., un padrenuestro, avemaría y gloria). Se les concede, además, participación en todas las obras piadosas que en aquellos días se hagan en toda la Iglesia militante. El párroco y el confesor pueden conmutar el ayuno por alguna otra obra piadosa.

C) PLENARIA EN EL ARTÍCULO DE LA MUERTE, si mueren durante el año de validez de la bula, con tal que confiesen y comulguen, o, si no pueden hacerlo, invoquen con el corazón contrito, de palabra o de corazón, el nombre de Jesús y acepten con paciencia la muerte como venida de la mano del Señor en expiación del pecado.

Todas estas indulgencias, excepto la de la hora de la muerte, pueden ser aplicadas a las almas del purgatorio.

2 Divinos oficios y sepultura

a) EN TIEMPO DE ENTREDICHO pueden celebrar los divinos oficios o hacer que se celebren en su presencia o de sus familiares, y pueden recibir allí mismo la eucaristía y otros sacramentos. Pero a condición de que el indultario no haya sido causa del entredicho ni dependa de él su levanta­miento; que se celebren los oficios en una iglesia no sujeta a entredicho o en algún oratorio privado legítimamente erigido; que se recen algunas oraciones (basta un padrenuestro, avemaría y gloria) por la exaltación de la Iglesia si se celebran en un oratorio privado, y que se celebren privada­mente, a puertas cerradas, sin tocar las campanas, excluyendo a los exco­mulgados y a los sujetos particularmente a entredicho.

b) EN CUANTO A LA SEPULTURA, pueden durante el entredicho ser se­pultados en lugar sagrado con modesta pompa funeral, a no ser que hayan muerto excomulgados por sentencia condenatoria o declaratoria.

c) EN TODO TIEMPO, los eclesiásticos seculares o regulares pueden libremente, rezadas vísperas y completas, rezar maitines y laudes del oficio del día siguiente inmediatamente después del mediodía.

3 Confesión y conmutación de votos

a) EN CUANTO A LA CONFESIÓN. Cualquier confesor aprobado por el ordinario del lugar (para ambos sexos si se trata de religiosas y de mujeres) y libremente elegido por el indultario, puede dentro del año de la bula, y solamente en el fuero de la conciencia, absolver a cualquier fiel, aun a los regulares de ambos sexos, una vez fuera de peligro de muerte y otra en peligro de muerte (o dos en ambos casos si se toman dos suma­rios, pero no más) de cualesquiera pecados y censuras reservadas a jure o ab homine a cualquiera y de cualquier modo aun especial, pero no de las especialísimamente reservadas al Romano Pontífice 2• Y los así absueltos no están obligados a recurrir después a otro superior. Sin embargo, es ilí­cita la absolución de una falsa denuncia de solicitación antes de que ésta se retracte en la forma debida.

Este es uno de los mayores privilegios de la bula, que reduce prácticamente el largo y complicado capitulo de la absolución de las censuras a la reservadas especialisimamente al Papa.

b) EN CUANTO A LA CONMUTACIÓN DE VOTOS, se concede al confesor elegido libremente por el jndultario la facultad de conmutar, aun fuera de la confesión sacramental, todos los votos privados que no impliquen dere­cho adquirido a favor de un tercero y exceptuando los votos de perfecta y perpetua castidad y el de ingresar en religión de votos solemnes cuando son reservados al Romano Pontífice (o sea, a tenor del cn. 1309). Se demanda una limosna que se ha de transmitir al comisario (al arzobispo de Toledo) para los fines de la Cruzada.

4 Dispensas

El comisario de Cruzada puede dispensar el impedimento oculto de cri­men «sin maquinación de ninguna de ambas partes», bien para contraer matrimonio, bien para convalidar el contraído. Se demanda una limosna para los fines de la Cruzada.

A los clérigos les puede dispensar el comisario de varias irregularidades.

C) Sumario de difuntos

El sumario de difuntos concede una indulgencia plenaria en favor de algún difunto (o dos si se toman dos sumarios, pero no más). Si se to­man dos, puede aplicarse la segunda indulgencia al mismo difunto de la anterior o a otro distinto.

Las condiciones son las siguientes:

a) Confesar y comulgar.

b) Rezar alguna oración por el difunto (v.gr., un padrenuestro).

c) Dar la limosna correspondiente a este sumario (una peseta). No es necesario haber tomado también el sumario general de Cruzada.

El orden de estas condiciones es libre, y, puesta la última, se sigue la aplicación de la indulgencia plenaria al difunto.

D) Sumario de composición

Como ya dijimos en el primer volumen de esta obra (cf. n.78o,8.), el Romano Pontífice puede admitir a una congrua composición o arreglo acerca de los bienes eclesiásticos usurpados y de deudas con acreedores in­ciertos no contraídas en espera de la composición y dándose causa justa para ésta. El sumario de composición determina la materia y la forma de la composición congrua concedida en virtud del mismo a quien posea, ade­más, el sumario general de Cruzada.

La materia constituye la cantidad que habría de restituir:

a) Cualquier beneficiado, a causa de haber omitido el rezo de las horas canónicas o descuidado alguna otra obligación del beneficio, a excepción de las misas que se debían haber celebrado.

b) Cualquier fiel, a causa de lo substraído, adquirido o retenido injus­tamente, de cualquier modo y por cualquier razón, siempre que no lo hu­biere hecho confiando en este indulto, y si, puesta la debida diligencia, no pueda descubrirse al dueño o no pueda darse con su paradero. Porque en este caso se satisface a la justicia si la restitución se hace a los pobres y a obras pías (v.gr., hospitales, asilos, etc.); pero el Romano Pontífice, como supremo administrador de estas obras, puede hacer un arreglo en bien de las almas y perdonar la deuda en todo o en parte, supliendo del tesoro de la Iglesia todos los bienes espirituales que hubiesen sobrevenido al acree­dor si se hubiera aplicado la deuda a causas pías.

La forma depende de la cantidad que haya de restituirse:

a) Si la cantidad que se ha de componer es de diez pesetas, l),, 1 tomar un sumario de una peseta; si es de veinte, dos sumarios, si de diez sumarios, y esto sin tener que recurrir para nada al comisario.

b) Si la cantidad que se ha de componer excede de cien pesetas, sea cual fuere, no puede satisfacer el deudor la décima parte de ella, que recurrir al comisario, quien nunca exigirá unacantidad que exc& 1 diez por ciento de la deuda, pudiendo exigirla menor, y aun cond ui toda, según las circunstancias, sin exigir cantidad alguna por composi fuera de la tasa de un solo sumario.

El recurso al comisario se puede hacer siempre por medio del con í, aun fingiendo, si se quiere, el nombre del deudor.

E) Sumario de abstinencia y ayuno

  1. Para gozar de este indulto es preciso tomar, además del corres pondiente sumario de abstinencia y ayuno, el sumario general de Cruzada, ambos de la clase que corresponda al que los toma. Y el privilegio puede usarse tanto en España como fuera de ella, con tal de evitar el escándalo.

En virtud de este indulto se concede:

1.° EN CUANTO A LA CALIDAD DE LOS ALIMENTOS, que a todos absolutamente les sea lícito comer en cualquier día y en cualquier refección (o sea, aun en la colación) huevos, pescado o lacticinios, y por derecho común grasa de todas clases, manteca, margarina y otros condimentos semejantes (cf. cn.125o).

2.0 EN CUANTO A LOS DíAs DE ABSTINENCIA Y AYUNO, quedan reducidos

a los siguientes:

a) De abstinencia y ayuno, los siete viernes de Cuaresma y las tres vi­gilias de Pentecostés, Inmaculada Concepción y Navidad, ésta última anti­cipada al sábado anterior, y se omiten cuando las vigilias caen en domingo.

b) De sólo ayuno, los siete miércoles y los siete sábados de Cuaresma.

Advertencias. 1ª Todos pueden, en virtud de la bula, ser dispen­sados por sus propios confesores del ayuno o de la abstinencia, o de ambas cosas, con justo y racional motivo.

2ªSobre la cantidad de alimentos que se puede tomar, nada establece la bula, debiendo atenerse a la ley general, que expusimos en otro lugar 3.

3ª. Los religiosos que por voto especial están obligados a no comer más que manjares cuadragesimales, quedan excluidos de este privilegio en cuanto a la abstinencia, aunque pueden gozar de él en cuanto al ayuno; pero los que sólo en virtud de su regla tienen dicha obligación, pueden usar del indulto aun en cuanto a la abstinencia.

4ª. Actualmente rige en casi todas las diócesis de España la mitiga­ción de la ley general de ayunos y abstinencias concedida por Pío XII en 1949, que, acumulada con los privilegios de la bula, deja reducidas las obligaciones de los que tomen la bula a las siguientes:

a) Sólo ayuno: el miércoles de Ceniza.

b) Sólo abstinencia: los viernes de cuaresma (aunque caigan en día fes­tivo, v.gr., el día de San José).

c) Ayuno y abstinencia: el Viernes Santo y las vigilias de la Inmaculada Concepción y de Navidad, esta última anticipada al día 23 o (en España) al sábido anterior a Navidad. Cuando las vigilias caen en domingo, se supri­men aquel año la abstinencia y el ayuno.

 F) Sumario de oratorios privados

En virtud de este sumario:

1º Los SACERDOTES adquieren la facultad de celebrar misa en cualquier oratorio privado erigido canónicamente y aprobado por la autoridad ecle­siástica, en cualquier día del año (excepto los tres últimos de Semana Santa), aunque en dicho oratorio puedan celebrarse por indulto otras misas y sin perjuicio del mismo indulto.

2. Los SEGLARES, juzgándolo necesario o verdaderamente útil el or­dinario local, pueden hacer celebrar misa en su presencia, en cualquier ora­torio privado debidamente erigido, a cualquier sacerdote aprobado (aunque éste carezca de indulto), y la misa que oigan allí les vale para cumplir el precepto de oír misa.

3. Las condiciones requeridas son:

a) Para todos, que hayan adquirido el sumario general de Cruzada y el sumario de oratorios (la limosna de este último es de diez pesetas).

b) Para los sacerdotes, que tengan licencia de celebrar en aquella diócesis.

c) Para los regulares, que tengan licencia de su superior.

d) Para los seglares (en caso de que el sacerdote que ha de celebrar no tenga este indulto), que obtengan la aprobación del ordinario.

G) Sumario para la reconstrucción de iglesias devastadas

  1. Es nuevo este sumario y se destina exclusivamente a recaudar limosnas para reconstruir las iglesias devastadas durante la dominación roja en la guerra civil española (1936-1939), no para la simple reparación de cua­lesquiera otras 4. Se concede indulgencia plenaria.

Las condiciones son: confesar, comulgar, oír una misa que no sea de precepto y rogar por las intenciones del Romano Pontífice.

La limosna se deja a la posibilidad de cada uno.

Escolio. Los privilegios de la bula y el Año Santo. Mien­tras se celebra en Roma el jubileo mayor (ordinariamente cada veinticin­co años), quedan en suspenso las indulgencias de la Cruzada aplicables a los vivos (pero no las aplicables a los difuntos), y también las facultades de absolver de los reservados papales, de conmutar votos y de dispensar de irregularidades. Pero la suspensión de estas facultades se entiende con respecto a los que puedan peregrinar entonces mismo a Roma. La Santa Sede puede conceder, además, que no se suspendan los privilegios, como lo hizo en los últimos jubileos.

Apéndice 1º del V. II de la Teolgía Moral para Seglares de Royo Marín, BAC 1961

 

TODOS HEGELIANOS

Hace unos días, quien esto escribe- el autor al final del artículo- tuvo la oportunidad de escuchar a un gurú -que suele presentarse como “último mohicano” y “duro entre los duros” del tradicionalismo- que aplicaba con mucha liviandad el rótulo de hegeliano. La conclusión implícita de su mensaje era que, salvo unos pocos iluminados, el resto de los católicos seríamos hegelianos. Una afirmación extraordinaria, porque el principio de no contradicción es evidente, aunque muchas personas no estén en condiciones de formularlo de manera precisa, ni conozcan suficiente lógica de las proposiciones para comprender su aplicación a las relaciones de oposición entre los enunciados.

En realidad, lo que suele ocurrir con el principio de no contradicción es que se lo formula mal y se olvida que la oposición debe darse en un mismo aspecto. Esto explica, en parte, el origen de algunas objeciones:

“Respecto del ‘Principio de [no] contradicción’, se ha objetado, especialmente por los hegelianos… que hay contradicciones, o situaciones en las que operan fuerzas contradictorias o conflictuales. Debemos admitir que hay situaciones en las cuales actúan fuerzas conflictuales, y esto es tan cierto en el ámbito de la mecánica como en las esferas social y económica. Pero, llamar ‘contradictorias’ a estas fuerzas en conflicto es usar una terminología vaga e inconveniente. El calor aplicado a un gas, que tiende a provocar su expansión, y el recipiente que tiende a contener su expansión pueden describirse como en conflicto uno con otro, pero ninguno de ellos es la negación o el contradictorio del otro.El propietario de una gran fábrica, que necesita miles de obreros que trabajan concertadamente para poder funcionar, puede oponerse al sindicato y a su vez, ser combatido por éste, que nunca se habría organizado si sus miembros no hubieran sido reunidos para trabajar juntos en la fábrica; pero ni el propietario ni el sindicato es la negación o el contradictorio del otro. Si se lo comprende en el sentido correcto, el ‘Principio de [no] contradicción’ es inobjetable y totalmente verdadero” (Copi, I.Introducción a la lógica, Eudeba, 1969, ps. 249-250).

Para que haya verdadera oposición entre dos enunciados estos deben afirmar y negar una misma cosa bajo el mismo punto de vista o aspecto. No hay oposición rigurosa si no hay identidad absoluta y perfecta entre sujetos y predicados de las proposiciones comparadas. Y entonces vale la regla de que dos contrarias nunca pueden ser verdaderas, pero pueden ser ambas falsas.

Lo dicho resulta de capital importancia cuando se debate una cuestión teológica. Porque en la teología católica se emplea la analogía. Un ejemplo, puede ilustrar: las proposiciones el acto de fe es libre y el acto de fe no es libre son opuestas, con oposición contraria, por lo que no pueden ser ambas verdaderas siempre que los sujetos y los predicados se tomen en idéntico sentido. En cambio, si se altera el sentido de los términos, tenemos que el enunciado teológico:

– El acto de fe es libre, es una proposición verdadera, si se toma libre en sentido psicológico. Porque la fe se da en el acto libre, o califica al acto libre, aunque no es adecuadamente su libertad. 

– El acto de fe no es libre, es también una proposición verdadera, si se toma libre en sentido moral. Porque moralmente la fe no es libre, sino debida. Por eso rechazar la fe suficientemente propuesta o abandonarla es un pecado gravísimo y los hombres no son libres para tener la religión que más les guste. 

El problema que tienen algunos que llaman hegeliano a medio mundo es que usan poco y mal de la analogía. Son víctimas de un univocismo que es tara filosófica propia de una modernidad racionalista que detestan.

infocaotica 

DE CÓMO LUTERO APROBÓ LA BIGAMIA

Esta es la verdadera historia de cómo el grandísimo heresiarca Lutero, habiendo abandonado la única y verdadera Iglesia para formar una falsa congregación, no dudó en usar de la mentira y de la falsificación de la doctrina de Cristo, incluso aprobando el pecado nefando de bigamia, para conseguir sus fines. De él nace la aprobación del divorcio, despreciando la doctrina de Cristo, en las sectas protestantes, y hasta la poligamia de las sectas más modernas que beben de sus principios, entre los que se encuentra la ‘sola escriptura’. Tras leer este estudio ampliamente documentado, más cabe afirmar que la Católica es la única y verdadera Iglesia de Cristo. Y, a la vez, rechazar este falso ecumenismo que los falsos pastores practican desde la misma Roma y alaban sin que se les caiga la cara de vergüenza, en lugar de llamar a la conversión a la Iglesia Católica a los protestantes, tras convertirse ellos previamente, y esas intenciones perversas cuya cabeza visible representa el antipapa Bergoglio, tras el que se esconden otros capelos, alabados por el argentino porteño que gusta de presumir sus gastados zapatos.

El doble matrimonio del langrave Felipe de Hesse.

De cómo el grandísimo hereje aprueba la bigamia.

Este articulo está tomado íntegramente de la gran obra “Martín Lutero. Su vida y su Obra”. Escrito por el erudito R.P. Hartmann Grisar, S.J. Profesor de la Universidad de Insbruck. Edición digital de Mater Castissima, cuya fuente fue Biblia y Tradición.

El gran hereje Lutero “se dejó llevar de pensamientos y combinaciones políticas, más bien que de la pura y franca verdad y de una íntegra conciencia”, según escribió el historiador protestante Julio Bohemer (63), quien añade: “en todo este asunto quedó patente la flojedad moral de Lutero”.

Martín Bucero se presentó el 9 de diciembre de 1539 en el domicilio de Lutero, en Wittemberg. Traíale una solicitud de Felipe de Hesse, en la que se pedía aprobación para el matrimonio que el landgrave se proponía contraer con margarita. (41)

Los avences que realizó Bucero, de acuerdo con las instrucciones recibidas de Felipe, espantaron al Reformador y a su amigo Melanchon. Justificaba el landgrave de este modo su instancia: después de la vida poco edificante, hasta entonces observada, “obligábale la necesidad de su conciencia” a tomar segunda mujer, junto a la primera, que vivía aún, pero le disgustaba. Todo ello para evitar “el concubinato tan usado en otros días”. Solicitaba que, poco a poco, este nuevo casamiento se hiciese público, así como la autorización impetrada, a fin de que la segunda mujer no fuese considerada como “persona poco honorable”. Algo había en la petición de Felipe de Hesse que alarmó considerablemente a Lutero y a Melanchthon : la amenaza recurrir en caso de negativa, a la autoridad suprema del Emperador, o, en otros términos, que se proponía apelar a la más odiada y temible autoridad del más enconado enemigo del protestantismo, a fin de obtener el permiso para un acto contario a las leyes del Imperio. En suma: una traición a la causa protestante.

Definición de Landgrave:

Landgrave fue un título nobiliario usado normalmente en el Sacro Imperio Romano Germánico y después en los territorios derivados de éste, comparable al de príncipe soberano, aunque etimológicamente significa conde de un land, teniendo un deber feudaldirectamente con el emperador. Su jurisdicción se expandía en ocasiones a extensiones considerables, sin estar subyugado a un cargo intermedio, como duqueobispo o conde palatino. El landgrave ejercía derechos de soberanía; su poder de decisión era comparable al de príncipe.

El término apareció por primera vez en la Baja Lotaringia en 1086.

La forma femenina es landgravina; el cargo o el territorio gobernado por el landgrave es el landgraviato.

Lutero y  Melanchthon parecían haber admitido, antes de este suceso (42), justificando su parecer con algún texto del Antiguo Testamento, que lo autorizaba en casos excepcionales. El mismo Lutero había -según su propio testimonio- aconsejado un doble matrimonio, cuando, p.e., el esposo se lamentaba de que su compañera era una enferma incurable. Felipe de Hesse conocía estas soluciones excepcionales propugnadas por el innovador, y sabía, asimismo, que existía una propuesta de doble matrimonio para Enrique VIII de Inglaterra.

Todo ello fue elocuentemente esgrimido por Bucero en Wittemberg.

Pero los teólogos de Wittemberg guardaban aún la consciencia de que en la Nueva Alianza prohibía la poligamia el Fundador de la Iglesia. Melanchthon, v.g., había afirmado que debía considerarse como luz universal la palabra de Cristo: erunt duo in carne una.

Autorizar la publicación del segundo y doble matrimonio del landgrave era tanto como abrir la puerta a la poligamia. De ahí procedía la vacilación de ambos maestro de Wittemberg.

Examinese la historia y los preliminares de la petición del de Hesse. Repuesto apenas de una enfermedad venérea, merced al tratamiento aplicado por el Dr. Gereon Sailer, encaprichose Felipe de Margarita de Saal, de diecisiete años, hija de la camarera de su hermana, las duquesa Isabel de Sajonia-Richilitz. Obtuvo, ante todo, de la ambiciosa madre de Margarita la promesa de que ésta le sería entregada, pero a condición de que sería esposa verdadera del landgrave, esto es, princesa, y no una vulgar concubina. Este pacto repulsivo, era en buena parte, debido a la intervención de Juan Lening, cura de Melsungen, cartujo apóstata, cuya vida dejaba, así mismo, mucho que desear en el orden moral. Semejante proyecto matrimonial fue, por el contrario, muy mal mirado por la hermana del landgrave, la duquesa Isabel, quien se aprestó a oponer la posible resistencia, no ya por lo que pudiera ofender a la dignidad y a las públicas conveniencias, sino porque consideraba esa unión con la hija de su ama de llaves, cono una tacha en la familia principesca. Felipe de Hesse hablaba de las necesidades de su conciencia, que había de sonrojarse, al cabo de una vida deordenada; no pretendía, en realidad, sino enmascarar la pasión que le dominaba. Confió, pues, a su complaciente médico, Sailer, el encargo de exponer un pretexto al teólogo Bucero, emisario especial de su pleito cerca de los maestros de Wittemberg.

Siete sacramentos. Matrimonio” (1637-1640). Nicolas Poussin

Bucero se resistió mucho, al principio- según escribe el doctor – mostrándose “duramente contrario”; pero acabó ofreciendo su mediación para no poner al landgrave en el trance de abandonar los intereses del protestantismo. Bucero, pues, aceptó las instrucciones que le fueron dadas por el príncipe, que tomó sobre sí, la misión de presentar en Wittemberg y de que conocemos el texto.

En los archivos del Estado de Margurgo se guarda asimismo el contexto de las respuestas formuladas por Lutero y Melanchthon (43)

Al siguiente día de la llegada de Bucero – 10 de septiembre- entregáronle ambos una decisión, adoptada y redactada a toda prisa. Trátase de un “testimonio, que así lo denominaron, en el que se afirma, sobre ambas firmas, que el matrimonio propuesto no es contrario a la voluntad de Dios, ya que puede haber sido inspirado al landgrave “por las inquietudes de su conciencia” (44). Los autores de este documento encargan que el matrimonio permanezca secreto, como el documento mismo, para evitar que la poligamia se generalice. Semejante pretensión contrariaba el deseo del landgrave, y estaba destinada a no sufrir efecto alguno, puesto que Felipe tenía el propósito de no ocultar nada.

“ Si V.A. está resuelto a tomar segunda mujer, estimamos que debe de hacerlo de modo secreto, como ya hemos manifestado con ocasión de la dispensa que solicitaba. No hay en ello contradicción ni escándalo considerable; porque no es caso extraordinario el de un príncipe que mantiene concubinas; el vulgo tomará a Margarita por una de ellas, y los más ilustrados dudarán. No debe importar excesivamente el qué dirán, con tal de que se halle en paz de conciencia. Este es nuestro parecer, y así podemos aprobarlo. A la cabeza del documento se encarece al Príncipe que permanezca fiel a la defensa de la nueva Religión y de apartarse por completo del partido del Emperador. Acaba con un ataque de Lutero contra el Emperador: “un hombre sin fe cristiana, que procura encender la perturbación de Alemania”. Los príncipes piadosos no deben tener nada de común con él.

Ya está visto: los dos teólogos de Wittemberg querían comprar el auxilio de Felipe para el protestantismo por medio de una benévola autorización del segundo matrimonio del landgrave soberano de Hesse con la jovenzuela Margarita, hija de una criada aprovechada de su hermana, la duquesa Isabel.

El príncipe elector Juan Federico de Sajonia era otro campeón de la causa; Bucero, enardecido por el éxito logrado, se trasladó cerca de él, portador del proyecto y el testimonio de los teólogos de Wittemberg, amén de algunos presentes del landgrave, con el fin de ganar su ánimo. Bucero había cuidado de recoger las firmas de los teólogos de Hesse para dar al “Dictamen” un prestigio mayor. Valiéndose de su elocuente palabra, obtuvo de Juan Federico la promesa de “prestar al asunto un concurso fraternal” (45)

Felipe tuvo en su poder el 23 de diciembre el “Dictamen” de los teólogos y la respuesta favorable del príncipe Elector. El dictamen iba suscrito por Lenin, Melander, Corvino y otros tres profesores.

El 4 de marzo, en Rotenburgo-sobre el Fulda-, celebrose el matrimonio, en la capilla del castillo, y en presencia de Bucero, Everardo von der Thann- que representaba al príncipe elector- y de otros varios testigos. De este modo, y asistido de los teólogos realizó Felipe de Hesse un acto que había de producir muy importantes consecuencias.

Instalóse la nueva princesa en el castillo de Wilhelmshöhe, para mejor guardar el secreto convenido; pero muy pronto pudo advertirse que era imposible ocultar los hechos consumados. Muchas personas estaban al corriente. Felipe, en acción de gracias, remitió a Lutero un tonel de vino, amén de un regalo para Khäte, y el alcalde de Lhra había revelado, en presencia de los campesinos, la procedencia y también el motivo del presente: “el príncipe se había casado por segunda vez: él; -el alcalde- lo sabía perfectamente”. Corrió la noticia entre las Cortes y la sociedad distinguida, propalada especialmente por la hermana del landgrave, que protestaba sin tregua contra aquel dispar casamiento, diciendo que tanto Lutero como Bucero no eran sino unos bribones redomados”. En la Corte ducal de Sajonia produjo la nueva profunda indignación. El mismo príncipe Elector empezó a temer la adopción de medidas que pudiera sugerir el caso al Emperador semejante escándalo, si el ruido llegaba a oírse en la Corte de Austria y en Roma. La Ley “Carolina” castigaba la bigamia con la pena capital.

Despertó el landgrave de su ensueño amoroso, en vista del descontento general, y comenzó a mostrarse dispuesto a un acuerdo con el Emperador y hasta – ¡ increíble determinación!- con el Papa. Insistieron, del modo apremiante, Bucero y sus teólogos de Hesse, a los que se agregaron Schnepf, Osiander y Brentz, asegurándole que podía estar tranquilo en conciencia y abandonar toda vacilación, tanto más seguro que podía presentar públicamente a Margarita ( Su verdadera esposa) como concubina y no como esposa; que en todo caso, se redactase un nuevo contrato en este sentido, en sustitución del de matrimonio suscrito en Rotenburgo: de este modo obligaría al silencio a todos sus adversarios de la Corte de Sajonia y de dondequiera. El landgreve se negó: “Dios-opuso- ha prohibido la mentira”. Por otra parte esperaba la salvación del Dictamen de Wittemberg.

Esta actitud fue conocida en Wittemberg, donde se dieron cuenta de lo penoso y difícil de la situación. Jonás escribió a Jorge de Anhalt, en 10 de junio de 1546: “ Melanchthon está abandonado y Lutero hondamente preocupado2 (46) Aún hubo de aumentar esa preocupación cuando el Reformador supo que también lo estaba su príncipe Elector, como se lo dijo, de parte del Soberano, el Canciller Brück, agregándole que se había dejado llevar harto lejos; que había de por medio una “princesa” y un joven landgrave, y que todo ello podía desembocar en poligmia. Lutero, entonces, ideó un expediente: considerar el “testimonio” famoso, como un consejo dado en confesión y amparado por el secreto confesional. Escribió a su príncipe que, aún en el caso en que el landgrave faltara a ese secreto él, Lutero, situándose en un punto de vista bíblico y como habiendo hablado en muy apremiante circunstancia, no tendría por qué sonrojarse si ese consejo llegaba a ser “conocido por el mundo entero”(47)

Sin embargo, temía la revelación. Es para mí –decía- poco honroso haber añadido, en su carta al príncipe Elector, que al exponer su Dictamen ignoraba que el requiriente había logrado hacer de la noble damisela de Eschwege una concubina: él no podría suponer que se tratase de una nueva princesa, esperando que el landgrave se limitaría a “guardar honorablemente en su casa una joven en matrimonio secreto, para las necesidades de la conciencia”, a la manera que él, Lutero, había aconsejado que lo efectuasen diversos curas y obispos, respecto de sus cocineras y amas respectivas.

Varias observaciones podemos formular. En primer término hemos de rechazar este recurso del secreto de confesión, de que habla Lutero tres veces en el transcurso de su carta. En este pleito, ni landgrave ni nadie en Wittenberg, pensó en la confesión. ¿Era acaso una confesión lo que se solicitaba? ¿ No era, por ventura, algo enteramente diferente? ¿Dónde, pues, está esa confesión auricular, en el sentido tradicional de la palabra, que hubiese quedado guardado bajo el sigilo propio de la  Confesión? ¿ Acaso el landgrave hubo propuesto un acto cualquiera que exigiese el secreto confesional, en vez de la publicidad que Felipe deseaba más que persona alguna? No podía tratarse sino de la natural obligación de guardar secreto acerca de un asunto delicado; pero de esta misma obligación se apartaba Felipe por su misma conducta. No anhelaba sino una cosa: que los bajos estímulos de sus “necesidades de conciencia”, por él mismo confesados, fuesen aún más notorios de lo que eran.

Turbado, Lutero, escribía en 27 de junio a Everardo von der Thann que, si ello era preciso, el Landgrave podía negar el hecho ante el Emperador, diciéndole que se había limitado a tomar una concubina (48). A mediados de julio escribió a Juan Feige, Canciller del landgrave, asegurándole que no había semejante matrimonio, y que así debía afirmarlo a quien quiera que le interrogase, y que podía obrar de este modo por tratarse de un matrimonio celebrado a consecuencia de un consejo de confesión.

Al propio tiempo se mostraba temeroso de que “las cosas irían mal” por haberse aventurado Felipe a hacer público el “testimonio”; pero que, en vista de las circunstancias, él, Lutero, sabría tomar el partido necesario; porque “en presencia del mundo et jure nunc regente” no puede ser admitido en caso alguno un segundo matrimonio (49)

Las conversaciones de Lutero reflejaban la turbación y la agitación de su espíritu. En las Sobremesaspodríamos hallar las pruebas de este aserto (50) (“No me satisface lo que acontece, -suspiraba- ¡ Ah, si estuviese en mi mano modificarlo!…Roguemos para que las cosas no empeoren”) Los papistas pretenden burlarse de nosotros; merecen menos el perdón por cuanto carecen de fe. El falso espiritualismo de Lutero de Lutero hallaba consuelo en la idea del próximo derrumbamiento del papismo con su Antecristo. Siguiendo un hábito muy arraigado en él, adoptaba el tono irónico y, cuando lo estimaba preciso, injurioso: “¿Qué persiguen los papistas?…Matan a los hombres, mientras nosotros procuramos aumentar su número y crear vida casándonos con varias mujeres”.

Una viva inquietud, sin embargo, le consume: el temor de que el landgrave y el Emperador puedan llegar a un acuerdo, y el príncipe abandone su filas. Al saber que no era ello imposible exclamó:”¡Está desorientado!, camina bajo su destino y pretende imponer su voluntad”. Lutero y Melanchthon  aludieron con frecuencia a cierta herencia patológica de los Hasse. “Es algo fatal en su raza”, había declarado Lutero en otra ocasión. Melanchthon afirmó más tarde: “este doble matrimonio es la señal evidente de su locura”.

El landgrave, en sus sueños de megalómano, había imagina poner, merced a su doble matrimonio, al protestantismo a su servicio, con lo cual le sería más hacedero desafiar las leyes del Imperio y la voluntad del Emperador.

Melanchthon enfermó. La preocupación que le produjo el peligro de una ruptura de la Reforma con el landgrave y la pesadumbre  de ver el triste resultado obtenido en todo este asunto, fueron causas de sus dolencias, que le acometió en Weimar, camino del Coloquio religioso de Haguenau.  Lutero corrió al lado de su amigo y logró entonar su espíritu con vigorosos llamamientos a la serenidad y a la energía.

Para Lutero, la rápida curación moral de su compañero fue debida a la sumisión admirable de Melanchthon, de la cual hablaba el Reformador como de “un evidente milagro de Dios”, en su “Correspondencia”.  No andaba lejos de creer en un prodigio el médico Ratzeberger (51). Según Melanchthon, la solución mejor para este pleito del doble matrimonio, la mejor excusa sería el afirmar que tanto Lutero como Melanchthon hubiesen sido engañado por Felipe. Ratzeberger, al publicar la correspondencia de Melanchthon, no vacila en incluir una carta dirigida el 1 de septiembre de 1540 a Camerio, mutilando o adicionando textos, como lo realizó al editar el trabajo de Melanchthon acerca del matrimonio de Lutero. Hasta 1904 no ha sido integramente conocido el texto auténtico (52).

Seguía, en tanto, su curso el asunto del doble matrimonio de Felipe, hasta llegar a la inútil conferencia, iniciada el 15 de julio de 1540 entre los consejeros de Hesse y los de la Sajonia electoral. Hallábase presente Lutero que protestó con la mayor viveza contra la resolución del landgrave de publicar el dictamen de Wttemberg  y, a la par, el hecho del matrimonio contraído en Rotemburgo. A la publicación del dictamen, prefería Lutero que le declarasen loco; Lutero aceptaría sobre sí toda la vergüenza y rogaría a Dios que le devolviese más tarde el honor. Por lo tanto, o Lutero se retiraba, o era indispensable mentir, que la segunda esposa de Felipe era tan sólo una concubina “ ¿ Qué daño puede haber en que, para bien de todos y de la Iglesia cristiana, se diga una mentira, por grande que sea?” (53) Y aún repetía en 17 de julio: “las mentiras indispensables, las mentiras intencionadas no ofenden a Dios”. Y él, Lutero, no vacilaba en tomar sobre sus hombros la responsabilidad.

Indignose el landgrave ante semejantes explicaciones. En carta a Lutero motejaba de locura la amenaza del reformador, declarando que ha obrado como vesánico. “Nada más espantoso –añadía- que contemplar a un hombre de valor buscando revocar dispensa., que aseguró bajo su firma haber otorgado a un alma angustiada…¿Cómo se puede aceptar en la presencia de Dios la responsabilidad de una cosa que reprueba el mundo? “(54). “Será preciso-viene luego a afirmar- que él intervenga, en lo que está sometido a su jurisdicción, empleando, si hace falta, la fuerza contra el adulterio, la usura, la embriaguez que, al cabo, no se mirarían como pecados”. Por último, el landgrave con una escapada a la ironía, afirmaba : “es verdad: he tomado una mujer; pero ¿no hubieran hecho lo mismo los predicadores de Wittemberg de buen grado””

La replica de Lutero, fechada el 24 de julio, no era muy a propósito para tranquilizar al landgrave. En esa respuesta se leía, p.e.: “Cuando yo me ponga a escribir, ya sabré cómo he de hacerlo, dejando enredarse a Vuestra Gracia” (55). El príncipe objetó, a su vez,  que a él no le interesaba el que Lutero se pusiera o no a escribir; que los matrimonio contraidos por los predicadores de Wttimberg, frailes o curas antes de ello, no podían ser autorizados ni reconocidos por la legislación imperial, circunstancia que Lutero debería tener presente: “después de todo, si el landgrave había tomado por esposa a Margarita bajo la Palabra de Dios, hízolo en virtud del consejo de Luetero y de la de los otros predicadores suyos” (56)

En la misma epístola expone cosas harto graves contra Juan Federico, Príncipe Elector de Sajonia, aludiendo a una falta contra la moral (“la más grave falta”) cometida con él. Encenegado en su propia desgracia, no se abochorna de insinuar “el pecado de Sodoma cometido bajo el techo de la mansión del landgrave, durante la primera Dieta de Spira”, de que había hecho ya memoria en una carta dirigida a Bucero en 8 de enero de 1541 (57). Se decidía a precisarlo en este último escrito, en vista de que el superintendente del príncipe Elector-Justo Menio- ensalzaba las virtudes de su amo y pretendía escribir contra el segundo matrimonio del landgrave.

Corría de boca en boca la desordenada conducta del Príncipe Elector de Sajonia, muy dado al vicio de beber. Ambos – el landgrave y el Príncipe Elector -, según refiere un biógrafo protestante de Lutero – Adolfo Hausrath-  ambos han dejado en la historia un recuerdo suficiente por si solo para convertir en sarcasmo la afirmación de que la doctrina de los nuevos evangelistas traerá consigo la renovación de Alemania. (58)

Tales ejemplos, y otros análogos, ofrecidos por diversas personalidades, influyeron en la muchedumbre, de modo que el propio Bucero, desde Marburgo, lo hacía constar así en su carta escrita al landgrave en 1539: “El pueblo retorna al salvajismo; la inmoralidad reina dondequiera”. Lutero, por su parte, refiriéndose a a la situación en Witemberg y en el electorado de Sajonia, en carta de ese mismo año, emplea esta cruda expresión: “una Sodoma espantosa” (59)

Para completar la historia del doble matrimonio de Hesse, precisará echar una ojeda sobre los males de la época: constituirá el fondo de ese cuadro.

El duque Enrique de Brunswick, enconado adversario de Lutero y de su doctrina, aprovechó la ocasión de hacer público, en escrito violento contra Lutero y contra Felipe de Hesse, que el landgrave había incurrido, por su matrimonio autorizado por los maestros de Wittemberg, en las penas más rigurosas entre las dictadas por el imperio. Lutero replicó con chanzonetas y bufonadas dirigidas al “Hans Worts” de Brunswick, a lo que éste respondió tratando a Lutero de archipérfido, archihereje, archimalvado, e infame bandido (60)

Juan Lening, promotor en primer término del segundo matrimonio de Felipe, Juan Lening, a quien Lutero y Mélanchthon se complacían en llamar “monstruo de cuerpo y espíritu”, dedicabase, entre tanto, a defender al londgrave, cuya hazaña había producido tan viva emoción en Alemania entera, por medio de un escrito titulado   Diálogo de Neobulo, impreso a expensas de de Felipe, en Marburgo, y en el cual se condena con poca claridad la bigamia. Lutero preparose a refutarle; pero no dio luz a su réplica por no irritar más a su príncipe Elector. Prefirió no aumentar el escándalo con nuevos escritos “y no andar removiendo tanto el fango ante el público” (61)

No puede extrañar que Felipe, cuyas cualidades conocemos, asi hostigado; Felipe, cuya fe protestante fue siempre poco firme, se resolviera a abandonar su papel prtector de la nueva doctrina y, volviéndose hacia el  Emperador, tratase de llagar con él a un arreglo, evitando así caer en manos de la ley. Hízole, pues, Carlos V proposiciones nada halagüeñas para el bando luterano, y que a los personajes de la corte imperial parecieron aceptables.

Conservar consigo a Margarita, aunque sin la consideración pública de esposa; cancelación del pasado; a cambio, Felipe prometía atender y secundar los reclutamientos que el Emperador exigiera y guardar neutralidad en la campaña próxima contra Juliers, lo cual era tanto como asegurar la victoria de Carlos. Como consecuencia de este acuerdo, los aliados de Smalkalda deberían romper con Francia, renunciando además al apoyo y concurso de Suecia y Dinamarca. La Liga, pues, falta de la dirección de Felipe, había de verse muy mermada para lo porvenir (62). Esto era, por tanto, y desde el punto de vista político, el más rudo golpe que podría infringirse a la Reforma. La victoria alcanzada por Carlos V sobre los caudillos de los protestantes en la guerra de Smalkalda en 1547, poco después de la muerte de Lutero, quedaba de este modo preparada. No es imposible que Felipe, cuya perspicacia y experiencia eran innegables, considerase su virada en redondo como un movimiento táctico. El Tratado de Ratisbona, de 13 de junio de 1541, vino a ratificar el primitivo convenio.
Así pagaba Lutero la falta cometida en el desdichado asunto de su Dictamen de 10 de diciembre de 1539; “se dejó llevar de pensamientos y combinaciones políticas, más bien que de la pura y franca verdad y de una íntegra conciencia”, según escribió el historiador protestante Julio Bohemer (63), quien añade: “en todo este asunto quedó patente la flojedad moral de Lutero”.

Pablo Tschackert, tan favorable a Lutero, opina que es más lamentable aún que el mismo Dictamen “la actitud más tarde adoptada por los reformadores en este asunto”. Destaca la mentira que Lutero, sin circunloquios, recomendaba y estaba dispuesto a asumir públicamente. Para Hausrath, el protestante biógrafo de Lutero, “guiados por una diabólica consecuencia, los malos pasos de los jefes eclesiásticos los llevaban de ignominia en ignominia” (64)

Es cierto que existen historiadores de este campo que han intentado arrojar sobre la Iglesia y sobre las ideologías medievales la responsabilidad de la conducta de Lutero, dando al Dictamen el carácter de un consejo de conciencia, garantizado por el sigilo confesional. Se trata de “un legado de anteriores prácticas de la Iglesia” patentes, se dice en el famoso “testimonio”  y en la tramitación que a todo el pleito dio el doctor de Wittemberg. Con recordar nuestras anteriores observaciones sobre la no existencia de semejante confesión sin secreto, basta para destruir semejante argumento (65).

Sin detenernos en refutar esa teoría del legado de tiempos viejos, realicemos algunas comprobaciones menospreciadas en los juicios, en pro o en contra, aportadas por los protestante acerca del conjunto de esta cuestión.

En primer término hay una estrecha relación entre el testimonio de 16 de diciembre de 1539 y los principios propugnado por Lutero en lo tocante a la Biblia, punto que, en su interpretación de la Sagrada escritura, se colocaba fuera de toda la Tradición eclesiástica, habituado a sustituir su propio pensamiento a toda otra guía, y sólo de este modo podía hallar en el Nuevo Testamento base para autorizar un doble matrimonio en caso excepcional. Únicamente sustituyendo la autoridad doctrinal y disciplinaria de la Iglesia con el capricho o la arbitrariedad de cada cual – erigidos en autoridad –érale posible convertir este capricho en norma directriz de las costumbres. Por último, intervenía otro principio del luteranismo: la posición mantenida respecto de los detentadores del poder. Únicamente porque el luteranismo se veía obligado a buscar en la protección de los príncipes un apoyo firme para el sostenimiento del “nuevo Evangelio” pudo Lutero resignarse a tan deplorables y lamentables concesiones (66). No se trata por lo tanto de “una mancha accidental”, sino de un suceso que mina y roe el luteranismo en su propia raíz.

La Grande y sólida mentira. –Una palabra acerca de este asunto.

Por extraña que pueda parecernos esta máxima, forma parte de la teología de Lutero, puesto que se apoya en principios defendidos por él muchas veces y en formas diversas (67). Lutero propugnó el empleo de la mentira siempre que fue “útil o necesaria”, en provecho del ‘Evangelio’ (suyo) o de cualquier otro interés superior: tan sólo cuando el mentir sea perjudicial está prohibido. Semejante teoría fue ya defendida por el Reformador desde 1524. En ocasiones se ha podido tropezar con atisbos de esta teoría en el pasado. , pero nunca, hasta Lutero, fue erigida en sistema.

La mentira acabó en manos del Reformador, por convertirse en una virtud. “Es una virtud cuando se emplea en contrariar la furia del diablo, en ser útil al honor, a la vida, al provecho del prójimo. Y aún  para el propio provecho puédesela emplear, si es agradable a Dios, y de un modo general, cuando se trate del honor o el interés de la divinidad” (68). Unas cuantas citas, mal interpretadas, del Antiguo Testamento, le bastan para cimiento de teoría tan curiosa.

En su hostilidad, tan largamente sostenida contra la Iglesia Católica, y buscando, según afirmaba, la Gloria de Dios, era, pues, natural que se habituase a desnaturalizar textos, a calumniar, a poner en práctica, en suma, sus principios, según los cuales todo es lícito para combatir el Antecristo, de tal modo, que parece no darse cuenta de las “enormes falsedades por él imaginadas en pro de su tesis, las cuales, en fuerza de su reiteración, acaban de incorporarse al acervo de las verdades para él indubitadas, por tanto mayor motivo cuanto, además, le servían de sedante en sus torturas espirituales y de conciencia.  En nuestro tratado sobre Lutero, ya citado antes de ahora, hemos procurado recoger y destacar buen golpe de afirmaciones mentirosas, más abundante cuando se refiere a los “papistas”; allí intentamos, al paso, explicar psicológicamente  tal observación y deducir sus consecuencias (69)

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Las abundantes notas bibliográficas, a las que se refiere este artículo, no las hemos traído por considerarlas sólo necesarias para estudiosos. De cualquier forma, los interesados en ellas las pueden consultar en este link, en la que pueden leer en formato digitalizado la obra completa y sus referencias bibliográficas (las notas pertenecen al capítulo XVIII)

EL TALMUD AL DESNUDO ( Y 3/3 )

Bloody Pascua Pasque di sangueEl libro «Pascuas Sangrientas» se refiere a las crucifixiones rituales de niños católicos y el consumo de su sangre por Judios Ashkenazy en las celebraciones de la Pascua. Estas ceremonias se llevaron a cabo según diversos estudios, al menos hasta el siglo XV. Este polémico libro escrito por el Prof. Ariel Toaff (AT), un erudito judío italiano, levantó la indignación de los rabinos amigos de los antipapas J. Pablo II y Benedicto XVI, tan pronto como se publicó en 2007.

En la primera parte de esta trilogía vimos cómo los actuales judíos, según sus propios textos,  se rigen por el Talmud y no por lo que nosotros conocemos como la Ley y los Profetas del Antiguo Testamento. En la segunda parte pudimos demostrar con sus propias máximas, contenidas en el Talmud y coleccionadas por  I. B. Pranaitis y  sin tener que acudir a fuentes cristianas, que ese libro, que se ha convertido en su única guía religiosa, está lleno de blasfemias contra Jesucristo, vida nuestra y su santísima Madre, nuestra abogada. Nos queda, pues, en esta tercera y última parte sobre el Talmud, desenmascararlo totalmente, manifestando que aquel odio que les llevó a cometer el deicidio matando al Autor de la Vida, Cristo Jesús, continua ejerciéndose ahora contra los seguidores del Mesías: los cristianos; incluso hasta la muerte de éstos, si la coyuntura les fuera propicia. Como en las otras partes del artículo hemos hecho, para evidenciar tal persecución de los judíos al Cuerpo Místico de Cristo, sólo acudiremos a lo que ellos mismos dicen en el que hoy es su máximo libro sagrado: El talmud. Haremos sí, una breve referencia histórica, para comparar sus máximas talmúdicas con el actuar de la Iglesia, tan diferente.

Tras un somero repaso histórico, podríamos preguntarnos ¿Qué habrá de común en estos martirios de infantes, escogidos de entre cientos de casos, muchos de ellos crímenes rituales?:  San Guillermo de Inglaterra, niño de 12 años, afrentosamente martirizado en 1144; San Ricardo de París, asesinado el día de Pascua de 1179, Santo Dominguito de Val, crucificado en Zaragoza el año 1250; el Beato Enrique de Munich, que fue desangrado y herido con más de 60 golpes, el año 1345; el Beato Simón, martirizado en Trento el año 1475; el Padre Tomás de Calangiano, martirizado en Damasco, con su pequeño criado, aún en el año 1840; el niño crucificado SRichard de Pontoise, Sebastián Porto da Buffoli (1)…y unas cuantas decenas más de fidedignos, por documentados, martirios de impúberes. Pues que todos estos mártires, en general niños, fueron víctimas del odio de los judíos talmúdicos a Cristo a lo largo de la historia y a sus seguidores, y que en el presente vuelven a ser víctimas de la jerarquía conciliar, que para formar contubernio con los que tienen por padre al diablo (Jn 8, 39 Y ss.) ha retirado a varios de estos mártires del santoral, mientras ecuménicamente reza con los que mataron a Cristo, y le siguen negando.

Se podrá contestar que esos extremismos son más propios del Medievo donde las costumbres eran más rudas, según la mitología popular y la tibieza del flojo entendimiento de los actuales cristianos. Pero en realidad toda la historia ha demostrado que la lucha teológica entre la Esposa de Cristo y la Sinagoga es permanente y durará hasta la Parusía. Alguno objetará que esos martirios, si bien fueron protagonizados por judíos, de ninguna manera puede decirse que  tales intenciones exterminadoras estén consignadas en los textos donde éstos se inspiran. Contra esto y bien al contrario, queremos demostrar, citando sólo su Talmud y sin usar de nuestros los millares de documentos cristianos, que son precisamente sus escritos contenidos en la Mischnat, Gemarah y sus Tosephot los que incitan a la perenne persecución de los cristianos.

            De cómo nombran los judíos a los cristianos  (2)

            Porque vamos a citar los propios documentos talmúdicos, será necesario conocer los distintos nombres que los judíos dan a los cristianos, dada la necesidad que tuvieron de usar eufemismos, generalizaciones o espacios en blanco para evitar las condenas, cuando deseaban referirse con ofensas a Cristo, a la Virgen María o los cristianos. Silencios, en fin, que eran llenados por la enseñanza transmitida oralmente por los rabinos a los estudiantes, como quedó confirmado en su conciliábulo de Polonia, de forma que los pupilos tuvieran claridad sobre quién se referían. Para no hacer el artículo, ya extenso en sí, mucho más largo, he aquí un sucinto cuadro de los nombres que los judíos usan para nombrar a los seguidores de Cristo:

NOMBRES

SIGNIFICADO

TRATADO TALMÚDICO

Aboda Zarah Extraño, culto, idolatras Schabbath, otros
Akum Adoradores de estrellas y planeta Schulchan Aruth, otros
Obdhe Elilim Servidores de ídolos Orach Chaiim, 215,5
Minim Herejes Schabbath, 116ª;otros
Ejemplo: “El rabino Meir denomina a los libros del Minin: Aven Gilaion (volúmenes inicuos) porque ellos los llaman Evangelios”
Edom Edomitas.De religión cambiante Kad Hakkemach, 20ª
Goi No judío o idólatra Choschen Hammischpat.En casi todos los tratados
Nokhrim Desconocidos, extranjeros Casi todos los tratados
Amme Haarets Pueblos de la tierra, idólatras Obhde Aboda Zarah
Basar vedam Hombres carnales. Synag. Jud. Cap. XII
Apikorosim Epícureos, amantes de placeres Casi todos los tratados
Kuthim Samaritanos Choschen Ham, ed Ven.
Ejemplo: En su libro ‘Idolatría’, Maimonides da el nombre de idólatras indiscriminadamente a los siguientes: Goim, Akum, Obhde  Kokhabhim, Obhde Elilim, ect.

De lo que enseña el Talmud sobre los cristianos

No nos resultarán extrañas sus calumnias,  luego de saber lo que piensan de Cristo los judíos y el desprecio que sienten por su Santo Nombre. Ninguna abominación ahorran sus escritos y los susurros  de sus bocas para describir a los seguidores del Hijo de Dios.  Un resumen de sus abundantes sentencias podría ser el siguiente. Dicen que somos idólatras, la peor clase de gente, mucho peores que los turcos, criminales, fornicadores, animales impuros, mugrientos indignos de llamarnos hombres, bestias con forma humana, dignos del nombre de bestias, vacas, asnos, cerdos, perros, peor que los perros, de origen diabólico, con almas que provienen del demonio y que vuelven al  infierno después de la muerte y que aún el cuerpo de un cristiano muerto en nada se diferencia de un animal. Citemos sólo cinco textos, entre otros muchos del Talmud, que dan fe, por escrito, del odio de los judíos a los cristianos.

LOS CRISTIANOS PEORES QUE LOS MUSULMANES:” Lo mismo se permite (usar el vino) en el caso de todos los gentiles que no sean idólatras, como los turcos (Ismaelitas). A una judía, sin embrago, no le está permitido beber el vino de ellos, aunque lo puede utilizar para su propia conveniencia. Todos los rabinos más conocidos están de acuerdo en esto. Pero como los cristianos son idólatras, ni siquiera para su propia conveniencia les está permitido utilizar su vino” (3).

LOS CRISTIANOS SIGUEN LOS MÁS BAJOS INSTINTOS: En el Aboda Zorah (15b,22a y 22b) luego de mandar que no se deje a los Goim con los animales en el granero porque sus mujeres son hipersexuales ( la edic. norteamericana dice over seded) porque se sospecha que pueden tener relaciones con ellos, relata: ”…porque cuando los hombres paganos concurren a las casas de sus vecinos para cometer adulterio con las esposas de sus vecinos, al no encontrarlas en sus hogares, fornican, en cambio, con la oveja que está en el granero. Y algunas veces aun cuando las esposas de sus vecinos se encuentran en sus hogares, ellos prefieren fornicar con los animales, porque ellos aman más a la oveja de los israelitas que a sus propias mujeres”.

LOS CRISTIANOS IMPUROS“Cuando las mujeres judías salen del baño deben tener cuidado de encontrarse con una amiga primero y no con algo impuro o con un cristiano. Si fuese así, si una mujer desea permanecer pura, debe regresar y bañarse nuevamente” (4).

LOS CRISTIANOS SON ANIMALES: Respecto al múltiple uso de ‘cerdo salvaje’ en el Zohar, en el Kas Hakkemach y en otros para referirse principalmente a los cristianos, queda demostrado en Buxtor (lex) que dice: “Por cerdo salvaje el autor se refiere a los cristianos que comen carne de cerdo y que, como los cerdos, han destruido la viña de Israel y la ciudad de Jerusalén, y son los que creen en el Cristo suspendido”.

LOS CRISTIANOS DESPUÉS DE MUERTOS BAJAN AL INFIERNO: “todos los incircuncisos descienden al infierno”El impío Sammael (el demonio que tomó la forma de la serpiente), el príncipe de Roma (el papa) (5).

            De lo que enseña el Talmud sobre el culto  cristiano

Puesto que para los judíos talmúdicos los cristianos son idólatras, todo sus ritos y cultos también lo son. En el  Talmud los sacerdotes católicos son denominados sacerdotes de Baal, adivinos y rasurados (si son monjes); a las iglesias cristianas las llaman casas de vanidad y necedad –Beth Tiflah, -que sin embargo Buxtorf dice que habría que traducirla mejor como burdel o prostíbulo- o de adolatría (Beth Aboda Zarah) o una casa de risa malvada (Beth Hatturaph Schel Letsim). Los libros cristianos son descritos como libros de la Casa de Perdición. Las oraciones cristianas se nombran no como Tifllah, sino como Tiflah, insertan un Iod cambiando el punto, por lo que al leerlas se lee pecado, necedad. A la festividad cristiana del Domingo la llaman día de destrucción, infortunio o calamidad (Iom Ed). Dos ejemplos creemos que serán suficientes para probarlo:

SOBRE LOS CÁLICES: “A un judío que compra cálices de los Goi, que han sido rotos y arrojados, no está permitido vendérselos nuevamente a ellos, porque el sacerdote de ellos, de Baal, los volverá a utilizar para el culto del ídolo” (se lee en el Hilkoth Aboda Zarah, 10 b).

SOBRE LOS SANTOS EVANGELIOS“El rabino Meir los llama libros heréticos, Aaven Gilaion, volúmenes de la iniquidad, porque ellos los llaman Evangelios” (esto se lee en Schabbath 116a Toseph)

            Preceptos del Talmud contra los cristianos

Santo Dominguito de Val, crucificado en Zaragoza el año 1250, víctima de los judíos talmúdicos

Terminamos con una parte amarga, por lo que pensamos requiere de un preámbulo que vamos a escribir resumiendo lo que el erudito D. Marcelino Menéndez Pelayo nos ilustra en su Historia de los Heterodoxos Españoles ( I,III, Epílogo) respecto al comportamiento que las más altas instancias de la Iglesia tuvieron frente a los judíos en España, que condenó todo exceso cometido sobre ellos e impulsó a tiempo y a destiempo la predicación de la fe para la conversión de los judíos – predicación de la Iglesia absolutamente contraria al abandono que de esta obligación hicieron los antipapas Juan Pablo II, Benedicto XVI, y ahora Francisco– sin imponerlos por la fuerza al bautismo. Preferimos este recorrido por nuestras crónicas, porque en nuestro suelo patrio se escenificó, más que en otras tierras, la lucha entre La Iglesia y la Sinagoga, entre Abel y Caín.

La necesidad de este preámbulo viene determinada porque vamos a describir –no nosotros, sino sus propios textos talmúdicos- la violencia  que el Talmud prescribe contra los cristianos, de tal forma que podamos comparar la intimidación a la violencia de sus prescripciones escritas, no con nuestros inmaculados textos pletóricos de Verdad y Caridad, sino con la práctica histórica de caridad de papas y santos predicadores, aún en mitad de un terrible conflicto. Por otra parte, resulta también necesario para tratar de convencer a los incautos y atolondrados católicos, que hoy son mayoría, de que es imposible la coyunda entre los deicidas judíos y los seguidores de Cristo, excepto que aquéllos se conviertan al Verbo Encarnado, por cuya razón sí pasarían a constituirse, sólo entonces, en verdadero hermanos.

De lo visto hasta ahora se desprende que, de acuerdo a las enseñanzas del Talmud, todo judío que se precie debe cumplir con los preceptos que le fueron dados por los rabinos respecto a los idólatras, consideración ésta que tenemos, para ellos, los cristianos. Por lo tanto, el Talmud les exige evitar a los seguidores de Cristo y hacer todo lo que puedan para exterminarlos, como veremos más abajo.

Comencemos, v. g., por nuestra profunda herida sufrida como Nación, cuando apenas habíamos logrado la unidad católica y la paz, unos cincuenta años atrás con Recaredo. Ya entonces lo judíos conspiraron contra el Estado y en tiempos de Égica, traicionando así la confianza que los Concilios XII y XIII de Toledo les habían otorgado, habiéndoles concedido  inusitados privilegios a los verdaderos conversos, haciéndoles nobles y hasta  exentos de capitación. Más como aquella suave política con ellos resultó en vano y el peligro era inminente, no le restó otra opción al Rey que endurecerla. Cuando Witiza, más tarde,  se convirtió en protector de los judíos, éstos, lejos de agradecérselo, “cobraron fuerzas con su descuido e imprudentes mercedes para traer y facilitar, en tiempos de D. Rodrigo, la conquista musulmana, abriendo a los invasores las puertas de las principales ciudades, que luego quedaban bajo la custodia de los hebreos: Toledo, Córdoba, Híspalis, Iliberis”.

Pero ya había dado la Iglesia, tiempo antes, benignas muestras de protección a los judíos; por ejemplo, cuando tras la atropellada conducta de Sisebuto contra éstos, fue el Concilio Toledano IV (633), presidido por San Isidoro, quien dictaminó que se les predicase para que acogiendo el bautismo pudieran ser salvos, pero prohibiendo que a nadie se hiciese creer y bautizar a la fuerza.

Cuando las hordas de fanáticos almohades venidos de África puso a los judíos ante el dilema de abrazar el islamismo o la muerte, Alfonso VII los protege y se refugian en Castilla, trayendo a Toledo las academias de Sevilla, Córdoba y Lucena, siguiéndose para ellos una edad de tolerancia, apenas interrumpida por algún atropello, como los de Ultra (1212), del cual tuvieron que ser defendidos los hebreos, no por turcos, sino por los caballeros cristianos que lucharon  contra aquella miserable turba que deseaba matarlos.

Era vox populi, sin embargo, la acusación a los judíos no sólo de proselitismo entre sus esclavos, casi todos cristianos, a los que obligaban a someterse a la ley talmúdica a la fuerza, sino también de otros crímenes y profanaciones inauditas: “ Oyemos decir, escribe el legislador, que en algunos lugares los judíos ficieron et facen el día de Viernes Sancto remembranza de la pasión de Nuestro Señor Jesu Christo, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, e faciendo imágenes de cera, et crucificándolas, cuando los niños non pueden aver”. “Gonzalo de Berceo, en los Milagros de Nuestra Señora, y el mismo D. Alonso en las Cántigas, habían consignado una tradición toledana muy semejante”.(6)

En el siglo XIV, la usura endémica, el arrendamiento de las rentas reales que ejercían, el ejercicio del comercio y de las artes mecánicas practicados de modo que habían esquilmado a muchísimos con malas artes, el cobro de tributos y alcabalas que concentraban cada vez más en sus manos,  habían dado gran prosperidad a los hebreos; pero ésto excitaba las quejas, más o menos de noble origen, de los cristianos; aunque  también codicias del bien ajeno de la peor especie de individuos. El conflicto estaba servido y a nadie asombrarán los durísimos edictos y las matanzas que comenzaron en Aragón y Navarra, en los cuales es de destacar los 30.000 pastores que hicieron una razzia espantosa en el Mediodía de Francia y en las comarcas fronterizas españolas contra los judíos. La Iglesia, siendo papa Celestino V, aplicó la Ley de la Caridad y excomulgó a los inicuos pastores del Pirineo , mientras que el fiel hijo de la Iglesia en aquel menester, D. Alfonso XI, acabó con los criminales pastores, aunque no lograra que lo siguieran, luego, los navarros, quienes emularon a aquellos miserables. No fue de la misma prudencia D. Pedro El Cruel, en quien su entusiasmo cristiano no era ni su primera ni mejor cualidad.

Más que a ninguno, aborrecía el pueblo a los cristianos conversos del judaísmo, rigurosos seguidores del Talmud  y de sus execrables prescripciones contra los cristianos; atraían aún más sus iras por sus crímenes, como “el asesinado Niño de la Guardia, que hoy es moda negar, pero que fue judicialmente comprobado (7), y que no carecía de precedentes históricos” -pues bastantes documentados se encuentran otros sacrilegios de sangre impúber-. “Los conversos Juan Franco, Benito García, Hernando de Rivera, Alonso Franco, etc., furiosos por haber presenciado en Toledo un acto de fe en 21 de mayo de 1499, se apoderaron, en represalias, de aquella inocente criatura cristiana llamada en el siglo Juan de Pasamontes y ejecutaron en él horribles tormentos, hasta crucificarle, parodiando en todo la Pasión de Cristo. Descubierta semejante atrocidad y preso Benito García, que delató a los restantes, fueron condenados a las llamas los hermanos Francos y sus ayudadores, humanas fieras. La historia del Santo Niño, objeto muy luego de veneración religiosa, dio asunto en el siglo XVI a la elegante pluma del P. Yespes y a los cantos latinos de Jerónimo Ramírez”, cuya traducción traemos:

“Canto los azotes, el cruel asesinato y las renovadas llagas de Cristo, y el crimen execrable de aquella nación aborrecible, la cual derramando las indómitas iras de su feroz corazón, obligó a un inocente niño a llevar en sus brazos hasta lo más alto de un escarpado monte una carga mayor que su pequeño cuerpo, y a ofrecer a la cruz sus brazos estirados(8).

         Más nunca se desentendió la Iglesia de su obligación de predicar el Evangelio y  Salvación en, por y con Cristo, a los judíos, a pasar de las orientaciones talmúdicas al odio  de los cristianos,  que con su estudio y lectura imbuían las mentes judías, la de los pocos conversos a ellos y la de los falsos conversos al cristianismo, ora por ‘fuerza‘, ora por interesados. Es fácil adivinar que los convertidos por interés, muchos de entre ellos judaizaban en secreto, y “otros eran gentes sin Dios ni ley: malos judíos antes y pésimos cristianos después”, nos dice Menéndez Pelayo. No faltaron en la Iglesia, tampoco, los grandes varones, como San Vicente Ferrer, “escudo y defensa de los infieles hebreos valencianos, con cuya predicación muchos judíos se tornaron sinceros y fervorosos creyentes cristianos”. “Cada vez era más necesario acelerar la conversión de los hebreos, para la salud de sus almas, para detener el brazo iracundo de turbas esquilmadas por la usura y para atajar el sacrilegio de la conversiones simuladas, consecuencia fatal de aquel pecado de sangre”

 Papas y también antipapas, en medio de aquel castigo conocido con el nombre de  Cisma de Occidente, no cejaron ni un momento de cumplir con su deber de la predicación de Cristo a los judíos. Vemos, por ejemplo, cómo D. Pedro de Luna (Benedicto XIII) promueve el Congreso Teológico de Tortosa “donde el converso al cristianismo, Jerónimo de Santa Fe (Jehosuah Ha-Lorqui) sostuvo en enero de 1413, contra 14 rabinos aragoneses, el cumplimiento de las profecías mesiánicas en Cristo Jesús. Todos los doctores hebreos, menos Joseph-Albo y Rabí Ferrer, se dieron por convencidos y abjuraron de su error (el judaísmo). Esta ruidosísima conversión fue seguida de otras muchas de rabinos en toda la corona aragonesa”. Valga esto, para desvanecer los impíos prejuicios que los pusilánimes cristianos segundovaticanistas  sostienen con respecto a los católicos del medievo, y para hacer enrojecer de vergüenza a Bergoglio y sus palmeros, que no cumplen con la misión a la que Cristo nos ha convocado en todo tiempo.

Como nos narra Menéndez Pelayo: “La sociedad española cristiana acogía con los brazos abiertos a los neófitos, creyendo siempre en la firmeza de su conversión; así llegaron [los judíos] a las más altas dignidades en la Iglesia y el Estado, como en Castilla los Santa María, en Aragón los Santa fe, los Santángel,  los La Caballería, etc.”

Más no fueron todos convertidos de corazón a Cristo, sino que muchísimos otros siguieron conspirando contra la Iglesia y la seguridad del Estado ¿Qué hacer, pues, en un conflicto religioso con tales enemigos domésticos? El instinto de propia conservación se sobrepuso a todo y para salvar a cualquier precio la unidad religiosa y social, para disipar aquella dolorosa incertidumbre, en que no podía distinguirse al fiel del infiel, ni al traidor del amigo, surgió en todos los espíritus el pensamiento de la inquisición. El Consejo de la Suprema, tendría por objeto, en sus inicios, descabezar a los cristianos que judaizaban rigiéndose por el blasfemo Talmud, que exigía el exterminio de los cristianos, como inmediatamente veremos. A pesar de la protección de la Iglesia a los hebreos contra las atrocidades que las turbas desmandadas cometían contra ellos, a pesar de ofrecerles el manjar del Evangelio por boca de sus más destacados y caritativos santos, fue necesario protegerse del veneno que emponzoñaba su alma, nutridas del implacable odio que fluía de los textos talmúdicos.  Si querer ser exhaustivos, leamos algunas de sus sentencias rabínicas

            Preceptos del Talmud sobre el exterminio de los cristianos

 “A un judío se le ordena dañar a los cristianos (Goim) dondequiera que  se pueda, tanto indirectamente no prestándoles ayuda en ninguna forma, y también directamente haciendo naufragar sus negocios y proyectos”. Se conmina a los judíos a no hacerle bien a los cristianos (Zohar-1,25b-), se les prohíbe venderles sus granjas, y se les dice que es lícito robar a los cristianos:

EL LEGÍTIMO ROBO A LOS CRISTIANOS: “La vida de un Goi y todos sus poderes físicos pertenecen a un judío” (9)

“Todas las cosas pertenecientes a los Goim son como el desierto; la primera persona que llega y se las lleva puede reclamarlas como suyas” (10)

“Si envías un mensajero a recolectar dinero de un Akum y el Akum le paga demás, el mensajero se puede guardar la diferencia. Pero si el mensajero no se da cuenta, entonces tú te lo puedes guardar

AL CRISTIANO SE LE PUEDE DEFRAUDAR: “Está permitido defraudar a un Goi” (11)

AL JUDÍO SE LE PERMITE USAR LA USURA CON EL CRISTIANO: “Está permitido prestar dinero a un Akum con usura. (12)

EL JUDÍO PUEDE MENTIR PARA CONDENAR A UN CRISTIANO“El nombre de Dios no es profanado cuando el Goi no sabe que el judío ha mentido (13)

A UN CRISTIANO EN PELIGRO DE MUERTE NO SE LE DEBE AYUDAR: “ A los Akum, ..no se les debe salvar del peligro de muerte. Por ejemplo si ves a alguno de ellos caer dentro del mar, no lo saques fuera a menos que te prometa darte dinero (14) y Maimonides, en Kilkthoth Akum (X,1) dice: “ No tengas piedad con ellos…Por lo tanto, si ves a un Akum en dificultad o ahogándose, no acudas en su ayuda. Y si está en peligro de muerte no lo salves de la muerte”.

A LOS CRISTIANOS SE LES DEBE MATAR“A los herejes (Goim), traidores y apóstatas se les debe arrojar dentro de un pozo y no deben ser rescatados” Y hasta un cristiano merece la muerte si lo encuentra estudiando ley de Israel “Un Goi que escrudiña dentro de la ley es culpable de muerte”(15)

“Los pueblos de la Tierra son idólatras, y de ellos se ha escrito: que sean borrados de la faz de la tierra. Destruid el recuerdo de los amalakitas. Ellos están todavía con nosotros en este Cuarto Cautiverio, a saber, Los Príncipes –de Roma(los papas)-..que son realmente amalakitas”  (Zohar 1, 25a)

LOS JUDÍOS BAUTIZADOS DEBEN SER CONDENADOS A MUERTE: En Hillkhoth Akum (X,2) se dice: “ Estas cosas (supra) están dirigidas a los idólatras (cristianos gentiles). Pero también a los israelitas que dejan su religión y se convierten en epicúreos (cristianos), deben ser muertos y debemos perseguirlos hasta el final. Porque ellos aconsejan a Israel y apartan a la gente de Dios”. “Se les debe matar a los renegados que se entregan a los placeres de los Akum y que se contaminan con ellos mediante el culto a las estrellas y los planetas como hacen ellos” (16).

Que el mandato del Talmud de matar a los cristianos es cierto, se demuestra fácilmente,  porque se manda aniquilar a los que niegan la Torah, y entre estos negadores se encuentran los cristianos, en tercer lugar, según la lista que da el rabino Maimonides diciendo:  “Aquellos que dicen que Dios cambió la Ley por otra Nueva Ley, y que la Torah no tiene ya ningún valor, aunque no nieguen que fue dado por Dios, como creen los cristianos y los turcos. Todos éstos niegan la Ley de la Torah”(17). Por eso se aplica a los cristianos la sentencia que se lee en Choschem Ham (425,5) : “a aquellos que niegan la Torah…la ley ordena que se debe matar a todos esos; y los que tienen el poder de la vida y la muerte deben hacerlos matar; y si esto no se puede hacer, deben ser conducidos a la muerte mediante métodos engañosos”.

SE DEBE MATAR A TODOS LOS CRISTIANOS, INCLUYENDO A LOS MEJORES, ES DECIR, A LOS QUE SON PRO-JUDÍOS O ESTÉN EN PAZ CON ELLOS“Se los debe matar aún a los mejores-los que son pro judíos y se mantienen en paz con ellos-.(18). En tiempos de guerra se debe matar a los Akum, porque está escrito: los buenos entre los Akum, (los cristianos pro judíos o que no guerrean contra ellos) merecen que se los mate, etc. (19)

EL JUDÍO QUE MATA A UN CRISTIANO OFRECE UN SACRIFICIO GRATO A DIOS: “Quita la vida de un Kliphoth y mátalo, y le complacerás a Dios de la misma manera que uno que le ofrece incienso a Él” (20).

Tras esta lectura, culminemos con una versión, algo libre, de las palabras del Pbro. Julio Meinvielle: ¿Será necesario advertir a los necios, que esta trilogía, no está destinada a alentar la acción pro semita ni la antisemita? Ambos términos tienden a sesgar interesadamente un problema mucho más hondo y universal, de carácter teológico. En esta cuestión no es Sem contra Jafet quien lucha, sino Lucifer contra Jehová, el viejo Adán contra el Nuevo Adán, la serpiente contra la Virgen María, Caín contra Abel, Ismael contra Isaac, Esaú contra Jacob, el Dragón contra Cristo.

Hace ya muchos años, 1936, ya escribía el Pbro Meinvielle algo que él ya veía con claridad, pero que a nosotros nos parece profético “porque la dominación de este pueblo [el judío], aquí y en todas partes, va cada día siendo más efectiva. Porque los judíos dominan a nuestros gobiernos como los acreedores a sus deudores. Y esta dominación se hace sentir en la política internacional de los pueblos, en la política interna de los partidos, en la orientación económica de los países; esta dominación se hace sentir en los ministerios de Instrucción Pública, en los planes de enseñanza, en la formación de los maestros, en la mentalidad de los universitarios; el dominio judío se ejerce sobre la banca y sobre los consorcios financieros, y todo el complicado mecanismo del oro, de las divisas, de los pagos, se desenvuelve irremediablemente bajo este poderoso dominio; los judíos dominan las agencias de información mundial, los rotativos, las revistas, los folletos, de suerte que la masa de gente va forjando su mentalidad de acuerdo a moldes judaicos; los judíos dominan en el amplio sector de las diversiones, y así ellos imponen las modas, controlan los lupanares, monopolizan el cine y las estaciones de radio, de modo que las costumbres de los cristianos se van modelando de acuerdo a sus imposiciones” .

Añadamos a estas palabras, solamente, que esta dominación de los judíos se hace también sentir desde hace tiempo en la misma Roma, porque escuchamos de la boca de los últimos antipapas dichos, o  contemplamos actos judaizantes, merecedores de la más radical reprensión, pues nadie como éstos contemporáneos se rindió nunca bajo el poder talmúdico de Ismael y Esaú.

Terminemos en comunión con San Esteban, primer mártir de Cristo a manos de los judíos fariseos, con los corazones encendidos por la caridad de la Iglesia fiel, que desea, no la muerte de los impíos. sino la salvación eterna de ellos por su conversión a Jesucristo, con aquella oración que cada Viernes Santo rezaba la Iglesia por los judíos, hasta que fue suprimida tras el Concilio vaticano II, pero que el que firma sigue rezando hoy en comunión con los confesores y mártires:

Oremos también por los pérfidos judíos para que Dios Nuestro Señor quite el velo de sus corazones, a fin de que reconozcan con nosotros a Jesucristo, Nuestro señor.

Omnipotente y sempiterno Dios, que no excluyes de tu misericordia ni aún a los pérfidos judíos: oye los ruegos que te dirigimos por la ceguedad de aquel pueblo, para que reconociendo la luz de Tu verdad, que es Jesucristo, salgan de sus tinieblas. Por el mismo Dios y Señor Nuestro

Ea, pues, estimado amigo, que los judíos no son nuestros hermanos mayores, ni adoran al mismo Dios, porque no creen a su Unigénito Hijo Jesucristo , Señor y Dios nuestro , a quien mataron entonces, resucitando por Su poder; y desde aquél instante no cesan de hacerlo con su Cuerpo Místico, siendo los primeros en caer bajo su odio deicida San Esteban y el Apóstol Santiago, hasta que se conviertan a Jesucristo y entren en su única Iglesia. Conserva la Fe que te quieren robar los falsos pastores que predican Nostra Aetate, cegados de modernismo; ciegos guiando a ciegos.

Sofronio

(1)     El Judío en el Misterio de la Historia, Pbro. Julio Meinvielle (Teólogo), Ediciones Theoría, Buenos Aires, 1975.

(2)      El talmud desenmascarado. Rev,. P. Pranaitis.

(3)    Maimónides en Hilkhoth Maakhaloth. Rvdo. P.Pranaitis; El Talmud al Desnudo).

(4)    Iore Dea (198,48) Hagah.

(5)    Rosch Hachanach, 17ª

(6)    Historia de los Heterodoxos Españoles. Ménendez Pelayo. Homo legens 2007; Vol I pag.609

(7)    El Proceso original se conserva en el Archivo de Alcalá de Henares. Una traslación de la sentencia original puede leerse en el Tomo II de los Opúsculos, de Carbonell; según las notas de la obra citada de Menéndez Pelayo.

(8)    Historia de los Heterodoxos Españoles, Tomo I, pag. 613, nota.

(9)    ARohl. Die Polem, p. 20; citado en El talmud desenmascarado. Rev,. P. Pranaitis.

(10)   Baba Bathra (54b). El talmud desenmascarado. Rev,. P. Pranaitis.

(11)   Babba Kama (113B); Ibid

(12)  Iore Dea (159,1) Ibid

(13)  Babba Kama (113a). Ibid

(14)  Iore Dea (158,1).Ibid.

(15)   Aboda Zorab (26,b). Ibid

(16)   Iore Dea (158,2 Hagah). Ibid.

(17)   Hilkhoth Teschubhah (III, 8). Ibid.

(18)  Aboda Zarah (26b, Tosephoth). Ib.

(19)  Schulchan Arukh, según las palabras de Iore Dea (158,1). Ibid.

(20)  Sepher Or Israel (177b). ibid.

(21)  El judío en el Misterio de la Historia; Pbro. Meinvielle; Ediciones Theoría, Buenos Aires, 1975.