LA VIRGEN MARÍA CORREDENTORA 2/9
LA CORREDENCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA
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El Magisterio infalible de la Iglesia se ejerce, como es sabido, de dos maneras principales:
a) De manera extraordinaria por una expresa definición dogmática del Papa hablando «ex cathedra de forma solemne», o del concilio ecuménico presidido por el Papa.
b) De manera ordinaria, por las encíclicas, discursos, etc., del Romano Pontífice «ex cathedra por el magisterio ordinario », o a través de las Congregaciones Romanas, o por los obispos esparcidos por todo el orbe católico unidos al Papa, o por medio de la liturgia.
No ha habido hasta ahora ninguna definición dogmática de la corredención por parte del magisterio extraordinario de la Iglesia, pero sí múltiples declaraciones expresas del magisterio ORDINARIO, tanto por parte de los Sumos Pontífices como de los obispos y de la liturgia oficial de la Iglesia. Aquí nos vamos a limitar al testimonio de los últimos Pontífices por su especial interés y actualidad. [ Una prueba casi exhaustiva del magisterio de los papas, obispos y liturgia la encontrará el lector in la ya citada obra de CAROL De corredemptione B. V. Mariae disputato positiva (Ciudad del Vaticano io) p.509-619. En cuanto al valor del magisterio ordinario ejercido por los papas a través de sus encíclicas, conviene recordar las siguientes terminantes palabras de Pío XII Tampoco ha de pensarse que las enseñanzas de las encíclicas no requieren de suyo nuestro asentimiento, con el pretexto de que los pontífices no ejercen en ellas el poder de su magisterio supremo, puesto que estas enseñanzas pertenecen al magisterio ordinario, al que también se aplican aquellas palabras del Evangelio: El que a vosotros escucha, a mi me escuchas (Le 1, i6); y, de ordinario, todo cuanto se propone e inculca en las encíclicas es ya, por otros conceptos, patrimonio de la doctrina de la Iglesia. Y si los sumos pontífices manifiestan de propósito en sus documentos una sentencia en materia hasta entonces controvertida, es evidente para todos que tal cuestión, según la intención y voluntad de los mismos pontífices, no puede ya tenerse por objeto de libre discusión entre los teólogos. (encíclica Humani generis 112–501; cf. D 2313).
Pío IX: «Por lo cual, al glosar—tos Padres y escritores de la Iglesia—las palabras con las que Dios, vaticinando en los principios del mundo los remedios de su piedad dispuestos para la reparación de los mortales, aplastó la osadía de la engañosa serpiente y levantó maravillosamente la esperanza de nuestro linaje, diciendo: Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya (Gén 3, ii), enseñaron que, con este divino oráculo, fue de antemano designado clara y patentemente el misericordioso Redentor del humano linaje, es decir, el unigénito Hijo de Dios, Jesús, y designada su santísima Madre, la Virgen María, y al mismo tiempo brillantemente puestas de relieve las mismísimas enemistades de entrambos contra el diablo. Por lo cual, así como Cristo, mediador de Dios y de los hombres, asumida la naturaleza humana, borrando la escritura del decreto que nos era contrario, lo clavó triunfante en la cruz, así la Santísima Virgen, unida a El con apretadisimo e indisoluble vínculo, ejercitando con El y por El sus sempiternas enemistades contra la venenosa serpiente y triunfando de la misma plenísiinamente, aplastó su cabeza con el pie inmaculado» [ ( Pío IX, bula lneffabilis Deus(8-12-1854).C.f. Doc. mar. n.255 (véase el texto original)]
Apenas es posible expresar con mayor precisión y claridad la doctrina de la corredención mariana en Jesucristo con Ël y por Él «Triunfar con Cristo—advierte con razón Roschini —quebrantando la cabeza de la serpiente no es otra cosa que ser Corredentora con Cristo. A menos que se quiera desvirtuar el sentido obvio de las palabras».[Rosmchini, o.c., vol.1 p.477].
León XIII: «La Virgen, exenta de la mancha original, escogida para ser Madre de Dios y asociada por lo mismo a la obra de la salvación del género humano, goza cerca de su Hijo de un favor y de un poder tan grande que nunca han podido ni podrán obtenerlo igual ni los hombres ni los ángeles» [LEÓN XIII, epíst. Súpremi apostolatus (1-9-1883). Cf. Doc. mar. n.329.]
«De pie, junto a la cruz de Jesús, estaba María, su Madre, penetrada hacia nosotros de un amor inmenso, que la hacía ser Madre de todos nosotros, ofreciendo Ella misma a su propio Elijo a la justicia de Dios y agonizando con su muerte en su alma, atravesada por una espada de dolor» [In., encíclica Iucunda aemper (8-9-1894). Cf. Doc. mar. fl.412 ].
«Tan pronto como, por secreto plan de la divina Providencia, fuimos elevados a la suprema cátedra de Pedro…, espontáneamente se nos fue el pensamiento a la gran Madre de Dios y su asociada a la reparación del género humano»
«Recordamos otros méritos singulares por los que tomó parte en la redención humana cen su Hijo Jesús» [Parta humano generi (8-9-1901). Cf. Doc. mar. n.471].
«La que había sido cooperadora en el sacramento de la redención del hombre, sería también cooperadora en la dispensación de las gracias derivadas de El» [ Id., const. apost. (Jbi primum (2-10-1898). Cf. Doc. mar. n.463 (véase el texto latino). Id., eptst. Parta humano generi (8-9-1901). Cf. Doc. mar. n.471].
Nótese en el último texto citado la distinción entre la redención en sí y su aplicación actual. Según esto, María no sólo es Corredentora, sino también Dispensadora de todas las gracias derivadas de Cristo, como veremos en el capítulo siguiente.
San Pío X: «La consecuencia de esta comunidad de sentimientos y sufrimientos entre María y Jesús es que Marta mereció ser reparadora dignisima del orbe perdido y, por tanto, la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó con su muerte y con su sangre» [San Pío X ene. Ad diem illum (2-2-1904. Cf. Doc. mar. n.488].
Benedicto XV: «Los doctores de la Iglesia enseñan comúnmente que la Santísima Virgen María, que parecía ausente de la vida pública de Jesucristo, estuvo presente, sin embargo, a su lado cuando fue a la muerte y fue clavado en la cruz, y estuvo allí por divina disposición. En efecto, en comunión con su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte; abdicó los derechos de madre sobre su Hijo para conseguir la salvación de los hombres; y, para apaciguar la justicia divina, en cuanto dependía de Ella, inmoló a su Hijo, de suerte que se puede afirmar, con razón, que redimió al linaje humano con Cristo. Y, por esta razón, toda suerte de gracias que sacamos del tesoro de la redención nos vienen, por decirlo así, de las manos de la Virgen dolorosa» [BENEDIcTO XV Epís Inter sodalicia (22-5-1918). Cf. Doc. mar.]
En este magnífico texto, el Papa afirma, como puede ver el lector, los dos grandes aspectos de la mediación universal de María: la adquisitiva (corredención) y la distributiva (distribución universal de todas las gracias).
Pío XI: ((No puede sucumbir eternamente aquel a quien asistiese la Santísima Virgen, principalmente en el crítico momento de la muerte. Y esta sentencia de los doctores de la Iglesia, de acuerdo con el sentir del pueblo cristiano y corroborada por una ininterrumpida experiencia, apóyase muy principalmente en que la Virgen dolorosa participó con Jesucristo en la obra de la redención, y, constituida Madre de los hombres, que le fueron encomendados por el testamento de la divina caridad, los abrazó como a hijos y los defiende con todo su amor» [Pío XI, epist. Explorata res est (2-2-1923). Cf. Doc. mar. n.575].
«La benignísima Virgen Madre de Dios..,, habiéndonos dado y criado a Jesús Redentor y ofreciéndole junto a la cruz como Hostia, fue también y es piadosamente llamada Reparadora por la misteriosa unión con Cristo y por su gracia absolutamente singular» [ lid., enc. Miserentissimus Redemptor (8-8-1928). Cf. Doc. mar. n.6o8].
En la clausura del jubileo de la redención, Pío XI recitó esta conmovedora oración:
« ¡Oh Madre de piedad y de misericordia, que acompañabais a vuestro dulce Hijo, mientras llevaba a cabo en el altar de la cruz la redención del género humano, como corredentora nuestra asociada a sus dolores…!, conservad en nosotros y aumentad cada día, os lo pedimos, los preciosos frutos de la redención y de vuestra compasión» [ Radiomensaje del 28 de abril de 15. Cf. Doc. mar. n.647.]
Pío XII: ((Habiendo Dios querido que, en la realización de la redención humana, la Santísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Cristo, tanto que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos asociados íntimamente al amor y a los dolores de su Madre, es cosa enteramente razonable que el pueblo cristiano, que ha recibido de Jesús la vida divina por medio de María, después de los debidos homenajes al Sacratísimo Corazón de Jesús, demuestre también al Corazón amantísimo de la Madre celestial los correspondientes sentimientos de piedad, amor, acción de gracias y reparación» [Pío XII, enc. Haurietis aquas (15-5-196): AAS 48 (1056) p.352].
La doctrina de María Corredentora consta, pues, de maneara expresa y formal por el magisterio de la Iglesia a través de los Romanos Pontífices.
LA TRADICIÓN. El magisterio de la Iglesia en torno a la corredención mariana se apoya—como hemos visto—en el testimonio implícito de la Sagrada Escritura y en el del todo claro y explícito de la tradición cristiana. Nos haríamos interminables si quisiéramos recoger aquí una serie muy incompleta de los testimonios de la tradición cristiana. Basta decir que desde San Justino y San Ireneo (siglo n) hasta nuestros días apenas hay Santo Padre o escritor sagrado de alguna nota que no hable en términos cada vez más claros y expresivos del oficio de María como nueva Eva y Corredentora de la humanidad en perfecta dependencia y subordinación a Cristo [El lector que desee una información amplisima sobre el argumento de la tradición consultará con provecho la exhaustiva obra de J. B. C.AROL. De corredernptione B. V. Mariae disquisitio positita (Ciudad del Vaticano 195o), y la de Roschini, o.c., vol 1 p.502-33].
En el próximo artículo veremos la razón teológica.
Cómo usar el Breviario hoy
| 27/4/2021, SAN PEDRO CANISIO. | |
|---|---|
| Rubricas Divino Afflatu, (de Pío XII, en 1955) | |
| Se comienza con el Aperie, Paternoster, Ave María y Credo | Página 3 |
| INVITATORIO, seguido del salmo 94 ( que para más facilidad está en el díptico) | 1737 |
| HIMNO | 1737 Y S. |
| ANTÍFONAS NOCT. 1 | 53 |
| SALMOS NOCT. 1 | 53 Y SS. |
| LECCIONES NOCT 1 RESPONSORIOS | 556 Y SS. 557 557 553 |
| ANTIFONAS NOCT. 2 | 53 |
| SALMOS NOCT.2 . | 57 Y SS. |
| LECCIONES NOCT. 2 | 1201 Y S. |
| RESP. 4 Resp. 5 Resp. 6 | 1755 1755 Y S. 1756 |
| ANTIFONAS NOCT. 3 | 53 |
| SALMOS NOCT. 3 | 60 Y SS. |
| LECCIONES NOC. 3 | 1202 Y S. |
| RESP. 7 Resp. 8 | 1757 1757 |
| TE DEUM | 17 Y SS. |
| ORACIÓN | 1200 |
27/4/2021, SAN PEDRO CANISIO.
![]() | DÓNDE TOMARLO | PÁGINA | DÓNDE TOMARLO | PÁGINA |
|---|---|---|---|---|
| Antífonas | SALTERIO DEL MARTES | 172 | ||
| Salmos | SALTERIO DEL MARTES | 172 Y SS. | ||
| Capítulo | COMÚN DE CONFESOR NO PONTÍFICE | 996 Y S. | ||
| Himno | COMÚN DE CONFESOR NO PONTÍFICE | 997 | ||
| Versículo | COMÚN DE CONFESOR NO PONTÍFICE | 982 Y S. | ||
| Antífona | COMÚN DE CONFESOR NO PONTÍFICE | 998 | ||
| Oración | PROPIO DE LA FIESTA | 728 | ||
| CONMEMORACIÓN |
23/4/2021, VIERNES DE LA II SEMANA DE PASCUA. PRIMERAS VÍSPERAS DE SANTA MARÍA EN SÁBADO.
![]() | DÓNDE TOMARLO | PÁGINA | DÓNDE TOMARLO | PÁGINA |
|---|---|---|---|---|
| Antífonas | SALTERIO DEL VIERNES | 455 | SALTERIO DEL VIERNES | 526 |
| Salmos | SALTERIO DEL VIERNES | 455 Y SS. | SALTERIO DEL VIERNES | 526 Y SS. |
| Capítulo | SALTERIO DEL VIERNES | 465 Y S. | OFICIO PARVO | 1101 |
| Himno | SALTERIO DEL VIERNES | 466 | OFICIO PARVO | 1101 Y S. |
| Versículo | SALTERIO DEL VIERNES | 466 | OFICIO PARVO | 1102 |
| Antífona | PROPIO DEL TIEMPO | T243 | OFICIO PARVO | 1102 |
| Oración | PROPIO DEL TIEMPO | T243 | OFICIO PARVO | 1103 |
| CONMEMORACIÓN | SAN JORGE | 726 | NO |
¿QUÉ ES EL LEFEBVRISMO?
Revista Roma N° 111/112 – Diciembre de 1989
¿QUÉ ES EL LEFEBVRISMO?
Hno. Miguel Angel



Dada la importancia que ha adquirido la figura del obispo francés, Mons. Marcel Lefebvre, y el sorprendente crecimiento del movimiento que lo sigue, se hace necesario saber si el lefebvrismo como posición religiosa que dice defender la Tradición de la Iglesia Católica, es en verdad católico, es decir tradicionalista.
Si es católico, hay que apoyarlo. Si no lo es, se hace necesario rechazarlo y combatirlo en defensa de la integridad de la Fe. “Si alguno anatematiza a Arrio, Eunomio, Macedonio…, juntamente con sus impíos escritos, Y A TODOS LOS DEMÁS HEREJES, condenados por la santa Iglesia Católica y Apostólica…, y a los que han pensado y piensan como los antedichos herejes y que permanecieron hasta el fin en su impiedad, ESE TAL SEA ANATEMA”. Así sentencia el Canon 11 del I Concilio de Constantinopla (D. 223).
No es posible por tanto adoptar una posición de indiferencia frente los herejes y a las herejías. La Fe católica nos impone la grave obligacón moral de acatar las definiciones y las condenas de la Iglesia, y no sólo eso, sino también de condenar y rechazar lo que Ella condena y rechaza.
¿Es realmente católico Mons. Lefebvre? San Bruno, Obispo de Segni, enseña que “SOLAMENTE SON CATOLICOS LOS QUE NO SE OPONEN A LA FE Y A LA DOCTRINA DE LA IGLESIA. Y, por el contrario, son herejes, los que se oponen obstinadamente a la fe y a la doctrina de la Iglesia Católica”. (Carta al Papa Pascual II. Cfr. ROMA, n° 96, pág. 33).
¿Quién se opone a la fe y a la doctrina de la Iglesia Católica? Sólo quien la niegue, rechace o contradiga toda entera? El Papa León XIII en su encíclica «Satis Cognitum nos da la respueta. Nos dice que los herejes de todos los tiempos, no negaron o abandonaron «seguramente, toda la doctrina ctólica, sino solamente tal o cual parte, y, sin embargo, ¿quién ignora que fueron declarados herejes y arrojados del seno de la Iglesia?». Nos dice que la Santa Iglesia en su esfuerzo por «conservar del modo más perfecto la integridad de la fe», «ha mirado como a rebeldes declarados Y HA EXPULSADO DE SU SENO A TODOS LOS QUE NO PIENSAN COMO ELLA SOBRE CUALQUIER PUNTO DE SU DOCTRINA». Nos recuerda que la costumbre constante de la Iglesia, «suiragada por ei juicio unánime ue ios Santos Padres, ha sido y es considerar como EXCLUIDO DE LA COMUNIÓN CATÓLICA Y FUERA DE LA IGLESIA A TODO EL QUE SE SEPARA EN LO MÁS MÍNIMO DE LA DOCTRINA propuesta por ei magisterio auténtico.
El Papa Benedicto XV, nos aclara por que no es necesario negar toda la doctrina católica completa para dejar de ser católico, sino que basta tan sólo negarla en algún punto. Nos dice que …»La fe católica es de tal ídole y naturaleza, que nada se le puede añadir ni quitar. O SE PROFESA POR ENTERO O SE RECHAZA POR ENTERO: esta es la fe católica, sin cuya fiel y firme profesión no se puede lograr ia salvación» —simbolo Atanasiano—… . (“Ad Beatissimi», punto 18, BAC., tomo 174, pag. 456).
Respalda lo anterior la profesión de fe del Papa San Hormisdas, a los obispos de España, en la que leemos:
‘»Primordial salud es guardar ia regla de la recta fe Y NO DESVIARSE MODO ALGUNO de las constituciones de los Padres…, pues en la Sede Apostólica se conservó siempre inmaculada la religión católica. NO QUERIENDONOS SEPARAR UN PUNTO DE ESTA ESPERANZA Y DE ESTA FE, y siguiendo las constituciones de los Padres, ANATEMATIZAMOS TODAS LAS HEREJÍAS …” (D. 171).
Hecha esta introducción doctrinal, pasemos a demostrar la posición del obispo francés y su movimiento; utilizaremos básicamente 4 documentos: Las “Reilexiones sobre la suspensión ‘a divinis’ «, que emitió el 29-7-1976 desde Ecône; una conferencia que dictó ante sus seminaristas, el 18-9-1976, en Ecône; la narración de su entrevista en Roma con “Paulo VI” y su carta a sus futuros obispos de fecha 29-8-1987.
1. “REFLEXIONES SOBRE LA SUSPENSION ‘A DIVINIS’ ”
En ese documento Mons. Marcel Leíebvre comenta sobre la privación de sus derechos sacerdotales por la suspensión “a divinis» de que fue objeto bajo “Paulo VI”, y en sus partes más importantes dice: “¿Qué podría ser más claro? Debemos de aquí en adelante obedecer y ser fieles A LA IGLESIA CONCILIAR, no más a la Iglesia Católica. Precisamente, ahí está nuestro problema: Estamos suspendidos ‘a divinis’ por la Iglesia Conciliar y para la Iglesia Conciliar A LA QUE NO TENEMOS DESEOS DE PERTENECER.
“ESTA IGLESIA CONCILIAR ES UNA IGLESIA CISMÁTICA porque rompe con la Iglesia Católica que siempre ha sido. ESTA IGLESIA CONCILIAR tiene sus nuevos dogmas, su nuevo sacerdocio, sus nuevas instituciones, su nuevo culto, TODO ELLO YA CONDENADO, POR SIEMPRE, POR LA IGLESIA CATÓLICA EN MUCHOS DOCUMENTOS OFICIALES Y DEFINITIVOS”.
“Esto es por lo que LOS FUNDADORES DE LA IGLESIA CONCILIAR tanto insisten en la obediencia a la Iglesia de hoy, prescindiendo de Iglesia de ayer como si ya no existiera más”.
«ESTA IGLESIA CONCILIAR ES CISMÁTICA, porque ha tomado para sus nuevos principios, bases opuestas a las de la Iglesia Católica: tales como el nuevo concepto de la Misa expresado en el número 5 del Prefacio (el decreto) Missale Romanum y 7 de su primer capítulo, que da a la asamblea una regla de sacerdocio que no puede ejercitar; como por ejemplo el natural —que es decir divino— derecho de cada persona y de cada grupo de personas a la libertad religiosa”.
«Este derecho a la libertad religiosa ES BLASFEMO, porque atribuye a Dios propósitos que destruyen Su Majestad, Su Gloria, Su Reinado…»
«LA IGLESIA QUE AFIRMA TALES ERRORES ES ASÍ CISMÁTICA Y HERÉTICA. ESTA IGLESIA CONCILIAR, por consiguiente, NO ES CATÓLICA. Por donde quiera que se extiendan, Papa Obispos, sacerdotes o fieles ADHERIDOS A ESTA NUEVA IGLESIA, ELLOS MISMOS SE SEPARAN DE LA IGLESIA CATÓLICA. Esta Iglesia de hoy, sólo será la Iglesia verdadera si sigue siendo una continuación y formando un mismo cuerpo con la Iglesia de ayer y la de siempre. La forma de la Fe Católica es la Tradición. Por consiguiente, la demanda de Su Eminencia Mons. Benelli es entonces, ilusionismo: sumisión a la Iglesia Conciliar, a la Iglesia del Vaticano II, A LA IGLESIA CISMÁTICA. Por nuestra parte nosotros perseveramos en la Iglesia Católica.
+ MARCEL LEFEBVRE, Ecône 29-7-1976 [1]
Como se ve, Mons. Lefebvre, en plena conciencia de lo que decía, denunció el carácter CISMATICO Y HERETICO de la nueva iglesia del llamado “Vaticano II”. Claramente dijo que TODOS los que están adheridos a ESTA IGLESIA CISMÁTICA, ESTÁN FUERA DE LA IGLESIA CATÓLICA. Dijo en otras palabras que ESTA IGLESIA NO ES CATÓLICA luego los que militan en ella tampoco son católicos: SON CISMÁTICOS Y HEREJES. Lo dijo claramente. Y esto está perfectamente de acuerdo al dogma y a la doctrina canónica de la Iglesia Católica.
Sin embargo, en medio de ese arrebato de ortodoxia, aparece la equívoca mentalidad de Mons. Lefebvre, cuando dice: “ESTA IGLESIA DE HOY (o sea la IGLESIA CISMÁTICA Y HERETICA del “Vaticano II») solo será la Iglesia verdadera si sigue siendo una continuación y formando un mismo cuerpo CON LA IGLESIA DE AYER Y LA DE SIEMPRE» o sea con la Iglesia Católica.
Católicamente hablando: ¿Es posible que una iglesia anticatólica esencialmente, es decir CISMÁTICA Y HERETICA, sea “la Iglesia verdadera si sigue siendo” continuación y un mismo cuerpo con la Iglesia Católica? ¿Cómo es posible que una iglesia anti-católica SIGA SIENDO católica continuando y formando cuerpo católico? ¿No se entiende que una “nueva iglesia” cismática, es decir SEPARADA de la Católica, o sea una secta, deberá abjurar de todos sus errores y por tanto desaparecer como iglesia, para que sus seguidores RETORNEN a la Iglesia Católica? Lo contrario significaría que la iglesia cismática organizada y sin dejar su organización se inserte en la Católica conservando toda su estructura jerárquica CATOLICAMENTE INVALIDA. Y, esto es imposible. La afirmación de Lefebvre es pues equívoca; “como gota de veneno” corrompe la pureza de su exposición. Veremos más adelante como este error se hace más notorio.
2. CONFERENCIA A SUS SEMINARISTAS DE ECÓNE
Lefebvre el 18-9-1976 se dirige a sus seminaristas de Ecóne explicándoles sobre su “suspensión a divinis” por haber ordenado sacerdotes lefebvristas el 29 de junio, y les dice que escribió una carta de respuesta “al Santo Padre”, diciéndole que pensaba que no podía colaborar con la obra que se realizaba actualmente EN LA IGLESIA, esa obra de destrucción, y le suplicaba “en nombre de los católicos …” que devolviera el derecho público de la Iglesia con el reinado de Cristo; que devolviera “la Biblia de siempre”; que devolviera el culto latino de siglos “dogmático y jerárquico”; que devolviera el catecismo tridentino, para poder “reconstruir la Iglesia”.
En julio del 76 sostiene Lefebvre que aquella iglesia que tiene nuevos dogmas, nuevo sacerdocio, nuevas instituciones, nuevo culto, etc., la iglesia nueva del “Vaticano II”, NO ES LA IGLESIA CATÓLICA. En octubre del mismo año, a escasos poco más de 2 meses, le escribe al jefe de esa IGLESIA CISMÁTICA Y HERETICA, para decirle que no pude colaborar con la obra de destrucción que estaba realizando “EN LA IGLESIA”. ¿En qué Iglesia? ¿En la cismática y herética? Que se sepa, absolutamente nadie le quitó a la Iglesia Católica su derecho público, su Biblia, su culto, su catecismo, etc., etc. EN LA IGLESIA CATOLICA, los que no nos adherimos a la iglesia cismática con su “Papa”, obispos, sacerdotes y fieles auto-excomulgados, seguimos teniendo nuestro derecho, nuestra Biblia, nuestro culto, nuestro catecismo, estrictamente como los han conservado 261 Papas incluido San Pedro y hasta el último de ellos, Pío XII, con 20 Concilios dogmáticos incluido el Vaticano de 1869-70. Absolutamente para nosotros NADA HA CAMBIADO en el seno de la Iglesia que militamos: la Iglesia Católica.
Nuestra Iglesia, institución divinamente establecida, sigue siendo la misma de siempre. Han sido OCUPADOS sus edificios desde el Vaticano hasta casi la última Parroquia y templo, por los CISMÁTICOS Y HEREJES modernistas adheridos a la “iglesia Conciliar”, de la que él mismo habla. La parte HUMANA de la Iglesia herida por el cisma y la herejía ABANDONO el Cuerpo místico de Cristo con su “Papa” a la cabeza, seguido de obispos, sacerdotes y fieles. Es esta OCUPACION física la que da ante el mundo LA ILUSIÓN diabólica de que la Iglesia de Cristo dejó de ser «la de antes» y se convirtió en «la de hoy», o sea que dejó de ser católica. Y esa ilusión diabólica, ha sido alentada por el lefebvrismo, como si la Iglesia de Cristo fuera susceptible de haber sido hecha por su Fundador PURA Y SIN MANCHA NI ARRUGA. para terminar impura, manchada y arrugada. Esta concepción de BLASFEMA y ofende gravemente a Cristo.
Mons. Lefebvre continúa y dice que SU “Santo Padre” le respondió pidiéndole cambiar de actitud y dejar de oponerse al “concilio que fue admitido por él mismo”. O sea que SU “Santo Padre” con eso le daba una prueba fehaciente y suficiente de su PERTINACIA en el error, es decir de su situación notoria de cismático y hereje, y sin embargo Lefebvre continuaba buscando su aprobación, ADHERIDO A EL. Olvidaba así |o que él mismo había dicho el 29 de julio sobre la auto-excomunión por adhesión..
Cuenta que fue buscado por un sacerdote (Don Domenico Bellartre, que por encargo del arzobispo montiniano de Chieti, le ofrecía una entrevista con SU “Santo Padre” en Roma. Acepta y después de ir a Fanjeaux va a Roma. Don Domenico le pide unas letras pidiéndole a SU «Santo Padre”audiencia, y confiesa que escribió estas líneas:
«Santísimo Padre, os expreso mi profundo respeto y si eventualmente mis expresiones, mis palabras o mis escritos, han podido apenaros lo lamento, lo lamento vivamente, y siempre me sentiré muy feliz de poder encontrarme con vos, de tener una audiencia con vos”.
En otras palabras: Lamenta que sus expresiones, palabras y escritos «defendiendo la Tradición”, “apenen” a SU “Santísimo Padre” CISMÁTICO Y HEREJE según él mismo. ¿Podrá ignorar el obispo francés que la Doctrina de la Tradición católica, establece clara y definítivamente que los herejes, cismáticos y apóstatas, al estar FUERA DE IGLESIA, CARECEN EN ABSOLUTO DE AUTORIDAD DENTRO DE ELLA? Así lo dice la Bula INFALIBLE del Papa Paulo IV “Cum Ex Itolatus Officio”, el Jus Canonicum de Wernz Vidal, los Cánones 188, 2314 del Derecho Canónico vigente (el de 1917). ¿Por qué “ignora” esto Lefebvre? ¿Por qué no aplica esta doctrina, en vez de su simple y OPINIÓN personal sobre el HEREJE pero “Papa”? ¿Por qué separa to dogmático de lo disciplinario, inventando una disciplina al margen del dogma?
Se produce al fin la audiencia de Mons. Lefebvre con SU “Santísimo Padre», Leamos en sus palabras: “Como se lo dije al Santo Padre: «En la medida en que os apartáis de vuestros predecesores ya no podemos seguiros.» Es evidente. No somos nosotros los que nos apartamos de sus predecesores. Cuando le dije: «Pero mirad los textos sobre la libertad religiosa, dos textos que se contradicen formalmente, palabra por palabra; y textos importantes, DOGMATICOS: el de Gregorio XVI y el de Pío IX, Quanta Cura, y el esquema sobre la libertad religiosa, PALABRA POR PALABRA SE CONTRADICEN. ¿Qué hay que elegir?”.
“—«¡Ah! DEJE ESAS COSAS, NO ENTREMOS EN DISCUSIONES» ME CONTESTO EL SANTO PADRE”.
Luego: Lefebvre sabe perfectamente que “Paulo VI” era un HEREJE modernista al que poco le importaba el asunto DOGMÁTICO planteado en esa ocasión. Note además el lector el equívoco planteo lefebvrista a “Paulo VI”: Le dice que en la medida que se aparte “de sus predecesores” no le puede seguir. ¿En qué medida? O, ¿cuál es esa medida según el lefebvrismo? Resulta que Lefebvre denuncia a toda la iglesia “conciliar” dirigida por “Paulo VI”, como cismática y herética, y más adelante le habla de una “medida” dogmática y canónicamente inexistente: Se cae en herejía y cisma, IPSO FACTO se SALE de la Iglesia y se pierde automáticamente toda autoridad, SIN NECESIDAD DE “NINGUNA INSTRUCCIÓN DE DERECHO O DE HECHO” (Bula de Paulo IV).
Sigue Lefebvre su narración y cuenta: “Desgraciadamente debo decir que esa conversación con el Santo Padre me dejó una impresión bastante penosa. Porque justamente tenía la impresión de que lo que él defendía era su persona: «Usted está contra mí. —Yo no estoy contra vos, estoy contra todo lo que nos separa de la Tradición, estoy contra lo que nos arrastra hacia el protestantismo, hacia el modernismo». Se tenía la impresión de que reducía todo el problema a su persona. No es la persona, no es a monseñor Montini a quien miramos, pero sí en él al sucesor de Pedro. Y como sucesor de Pedro, debe transmitirnos la fe de sus predecesores. En la medida en que no nos transmite la fe de sus predecesores, ya no es el sucesor de Pedro. Entonces se convierte en una persona que se separa de su cargo que reniega de su cargo, que no cumple con su cargo. Y en eso NO PUEDO HACER NADA, no es mi culpa…. ”.
Se ve que Lefebvre sabe muy bien que la no transmisión de la fe católica, separa de Pedro y DEL CARGO JERÁRQUICO. Pero se resiste a hablar claramente de Sede Vacante. Prefiere la ILUSION diabólica de no aparecer como cismático, cuando YA LO ES EN REALIDAD. Por eso dice que “NO PUEDE HACER NADA”. Si fuera católico sabría que ante esta situación NO HAY OTRA COSA QUE HACER: ROMPER PUBLICA Y TOTALMENTE CON LA “IGLESIA CONCILIAR” CISMATICA Y HERETICA, y con el hereje y cismático que la encabeza con el título apropiado arbitrariamente de “Papa”.
Finalmente sopesemos católicamente esta narración de Lefebvre al terminar su audiencia: “Cuando el Santo Padre me dijo: «Pero en fin, en el interior de usted mismo, ¿no siente algo que le reprocha lo que está haciendo? Hace un escándalo dentro de la Iglesia, enorme, enorme. ¿No hay algo en su conciencia que se lo reprocha?». Le contesté: «No, Santo Padre. De ninguna manera». Me dijo: «¡Ah, entonces usted es un inconsciente!». Le contesté: «¡Tal vez!». No podía decir lo contrario”.
¿No se dio cuenta Lefebvre de que esas preguntas y esa respuesta del cismático y hereje Juan Bautista Montini, probaban UNA VEZ MAS su pertinacia, su obcecación diabólica en el error? Según parece no se dio por enterado, y en vez de SALIR “de en medio de ellos” y apartarse, como manda Dios por medio de San Pablo en 2 Cor. 6:17, prosiguió con su empeño de diálogo y aprobación [2].
3. “LA IGLESIA NUEVA”
Cuando uno lee el libro “CARTA A LOS CATOLICOS PERPLEJOS”, de Mons. Lefebvre, o “¿LA IGLESIA DE JUDAS?” de Bernard Fay, encuentra en sus páginas tal cantidad de informaciones sobre hechos y personajes teológicamente monstruosos, que la iglesia del “Vaticano II» en cuyo seno se producen y conviven se presenta a los ojos menos doctrinalmente prevenidos, como iglesia del Anticristo; “la abominación del asolamiento ” del que habla el» profeta Daniel en el Antiguo Testamento. Nada de esto sin embargo influyó en el movimiento lefebvrista ni en su fundador y jefe para acatar con verdadera humildad la voluntad de Dios: “salid de en medio de ellos…”, “Y YO OS RECIBIRE.. .” Cor. 6:17,18), lo cual implica inequívocamente, que quien no sale de medio de esa iglesia de la “abominación desoladora”, NO SERA RECIBIDO POR DIOS, porque no se hace teológicamente hijo adoptivo del Padre.
Vamos ahora a comentar otra exposición pública de Mons. Lefebvre en las páginas de su libro “La Iglesia Nueva”[3].
¿Es posible, sin renunciar a la Doctrina Tradicional, desear estar «enteramente sometidos”, seguir “en todo” y “no hacer reserva alguna” sobre la persona de quien se sabe que es cismático y hereje? ¿Es siquiera racional, acusar públicamente a alguien de hereje y cismático, para después confesarle a ese mismo desviado de la fe el deseo de querer seguirle en todo? Esto es inadmisible. Este servilismo no puede tener otro origen que el Demonio en tiempos de apostasía universal. Sería explicable que diga esto un seglar ignorante en teología, pero jamás obispo. Lo peor de esto es que implica rechazo y desobediencia de lo que contra esa actitud manda Dios en la Sagrada Escritura: “… os intimamos, …, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de cualquiera de entre vuestros hermanos que proceda desordenadamente y no conforme a la tradición que ha recibido de nosotros” (2 Tes. 3, 6).
Lefebvre habla de un “desquicio que se ha producido en la Iglesia”, es decir una descomposición de la Iglesia, lo cual es imposible en Ella institución divina. Sólo considerando a la Iglesia como sociedad puramente humana, se podría hablar así. La Iglesia como institución divina, no admite en su interior ningún desquiciamiento, pues San Pablo enseña que Cristo la santificó llenándola de gloria, SIN MACULA, NI ARRUGA, NI COSA SEMEJANTE, siendo SANTA E INMACULADA” (Ef. 5, 26-27). Si los hombres que la componen humanamente son suceptibles de desquiciarse mediante el error, al hacerlo se expulsan ellos mismos de su seno. Una Iglesia desquiciada y en cuyo interior se acumulan ruinas, no es la Iglesia de Cristo. Y creo que esta no es simple opinión personal, sino Tradición catóüca. Lefebvre vuelve una vez más con esto a confundir iglesia del “Vaticano II”, desquiciada y ruinosa por no ser la de Cristo, con Iglesia Católica.
La persecución tenaz de que han sido objeto los sacerdotes (y religiosas) por parte de la jerarquía cismática en muchos países, arrojados incluso de sus Parroquias por negarse a abandonar la Santa Misa y adoptar la cena luterana de “Paulo VI”, con los ejemplos que Mons. Lefebvre puso ante el propio Montini, recuerda una de las profecías de Daniel en el A.T.: “…, y he aquí que aquella asta hacía guerra contra los santos, y prevalecía sobre ellos, …”. (Dan. 7, 21).
Ante la acusación de Montini de no formar buenos sacerdotes, Lefebvre defendiéndose vuelve a confirmar su “hereticismo” —como dice Homero Johas—. Da al hereje y cismático mayor de la “iglesia conciliar” a la que él “no desea pertenecer”, la jerarquía de Papa, en flagrante contradicción con lo que establece el Derecho Canónico (Cánones 188, 2314), la Bula “Cum Éx Apostolatus Officio” de Paulo IV y el Jus Canonicum.
Sugiere Lefebvre a Montini, que en el seno de su iglesia cismático-herética, como “solución” les diga a sus obispos herejes que en sus cismáticas diócesis “reciban fraternalmente” “con comprensión y caridad” “a todos esos grupos tradicionalistas” que quieren conservar el catecismo con la fe “como antes”. Lefebvre con esta “solución” se pone notoriamente contra Dios. Dios manda a los que cumplen su voluntad como hijos suyos, APARTARSE de los que enseñan, pregonan, difunden y defienden una doctrina que no viene a través de los Apóstoles por la Tradición (Tito 3,10; Gál. 1,8; 2 Tes. 3,6).
Lefebvre contra lo que manda Dios en la Sagrada Escritura, sugiere que los tradicionalistas, —de los cuales él niega rotundamente ser el jefe, porque en realidad no lo es—, seamos recibidos por los obispos herejes en sus diócesis cismáticas “con comprensión” y por “caridad”. Según esto la herejía y el cisma deben tolerar a la Verdad católica; el hereje y cismático debe permitir “por caridad” al católico en el seno de su secta. Esto es totalmente inaudito y diabólico. Lefebvre sin ser nuestro jefe pide al hereje mayor que nos permita uncirnos al yugo de los infieles que dirige (2 Cor. 10,14), contra lo que PROHIBE Dios en el N.T. Lefebvre concede a la herejía y al cisma los derechos de la Verdad y PIDE para la Verdad católica la tolerancia infiel. Convierte el error en “verdad” y la Verdad en “error”.
Le dice a Montini que les diga a sus obispos que nos reciban a los tradicionalistas; que nos den lugares de culto; que arreglen con nosotros para que podamos rezar en relación íntima con ellos. ¿No sabe Lefebvre que los católicos no mendigamos “lugares de culto” a los herejes?, porque ¿qué consonancia puede haber “entre el templo de Dios y los ídolos»?; ¿qué compañía “entre la luz y las tinieblas”, entre “el fiel y el infiel?; “¿O qué concordia entre Cristo y Belial?” (2 Cor. 6,14-16).
Lefebvre sugiere a Montini como “solución” que diga a sus obispos que nos den un lugar en sus “locales de culto”, que es en lo que al estilo protestante han convertido con su falsa “misa” luterana nuestros templos —antes católicos— que arbitrariamente ocupan. Sugiere Ion católicos —a los que él NO REPRESENTA— compartamos con herejes celebrando la Santa Misa en sus LOCALES. ¿Se podrá suponer que el obispo cismático francés, no haya leído a San Pablo que dice: «… las cosas que sacrifican los gentiles las sacrifican a los demonios, Y NO A DIOS. Y no quiero que tengáis ninguna sociedad ni por sombra, con los demonios; no podéis beber el cáliz del Señor, y el de los demonios; no podéis tener parte en la mesa del Señor, y en la mesa de los demonios”?; y añade luego San Pablo; “¿Por ventura mos irritar con celos al Señor?” (1 Cor. 10,20-22).
Como se ve, Lefebvre irrita “con celos al Señor”, sugiriendo la solución de que los católicos cenemos en la mesa de los demonios. El “católico» el obispo, el sacerdote, con la conciencia “despedazada” por los excesos, los abusos, los errores del “vaticanismo II”, hace de cuenta que no leyó a San Pablo en Corintios; que no leyó las prohibiciones canónicas sobre culto [4]:
Canon 2316 del D.C.: “Es sospechoso de herejía el que espontáneamente y a sabiendas … participa in divinis con los herejes, un contra de lo que prohíbe el canon 1258”.
Canon 1258: “No es lícito a los fieles asistir activamente o tomar parte, de cualquier modo, en las funciones sagradas de los acatólicos”.
Decreto de 1889 de la Santa Sede: “Está prohibido rezar, cantar, tocar el órgano, EN UN TEMPLO HERÉTICO O CISMÁTICO, asociándose a los fieles que celebran su culto, aunque los textos del canto y oraciones sean ortodoxos”.
«No es lícito celebrar la Misa en los templos de los herejes o de los cismáticos, aunque en otro tiempo (perteneciendo a los católicos) hubieran sido legítimamente consagrados o bendecidos (can. 823, n° 1)”.
¿Qué fuente doctrinaria TRADICIONAL puede argüir Mons. Lefebvre para justificar su escandalosa, ofensiva, blasfema, e injuriosa «solución»? El propone “relación íntima” con los obispos cismático-heréticos del “Vaticano II” contra San Pablo que inspirado por Dios manda lo contrario: “Y os ruego, hermanos, que os recatéis de aquellos que causan entre vosotros disensiones y escándalos, ENSEÑANDO CONTRA LA DOCTRINA que vosotros habéis aprendido; Y EVITAD COMPAÑÍA PUES LOS TALES NO SIRVEN A CRISTO SEÑOR NUESTRO, SINO A SU PROPIA SENSUALIDAD; y con palabras melosas, y con adulaciones, seducen los corazones de los sencillos”. (Romanos 16: 17,18). Por tanto si “Paulo VI” reducía el problema a defender su persona, está claro que era de los “que no sirven a Cristo Nuestro Señor”.
Sigamos notando la inaudita posición de Lefebvre. Cuenta que le dijo a “Paulo VI”: “No tenéis más que decir una palabra a los obispos Y TODO VUELVE AL ORDEN Y NO TENEMOS NINGUN PROBLEMA MAS DESDE ESE MOMENTO. LAS COSAS VOLVERAN AL ORDEN”.
¿Lefebvre olvida de improviso que la persecución y expulsión de sacerdotes y religiosas de sus parroquias y casas, por negarse a abandonar el catecismo de la Fe católica, la Santa Misa, el hábito católico, es cuestión de DOGMA? Pone a un lado el DOGMA y propone el acomodo servil. ¿No le interesa ni le importa que Dios desde la Sagrada Escritura llame INMUNDICIA a todo lo que es error teológico (2 Cor. 6:17)? Pone a un lado los gravísimos pecados de herejía y cisma que pesan —recordados por él mismo—, sobre el episcopado y sacerdocio de la “iglesia conciliar”, y dice que si esos herejes reciben con comprensión y “caridad” a los “tradicionalistas”, “todo vuelve al orden y no tenemos ningún problema más desde ese momento”. Quiere decir que lo que a él en realidad le importa, no es la Fe ni la Tradición. Lo que pretende y quiere, es lograr ubicación pacífica en el seno de la “iglesia conciliar”, de manera que junto y en concordia con el culto a los demonios —según San Pablo—, los lefebvristas celebren ilícitamente, es decir sacrílegamente la Santa Misa tridentina. Pide pues permiso para PROFANAR él mismo, hacer profanar con sus “buenos sacerdotes”, la Misa católica en “locales de culto” herético-cismáticos.
Dice que así “las cosas volverán al orden”. O sea que, para Mons. Lefebvre el orden teológico está en que a través de la convivencia pacífica del fiel con el infiel, “uncidos en yugo” eclesial, se den la mano la justicia con la injusticia, se hagan compañía la luz con las tinieblas, y entren en concordia Cristo con Belial haciendo finalmente que el templo de los ídolos sirva también como templo de Dios. Lefebvre renuncia públicamente con esto a cumplir la voluntad de Dios: lo que Dios prohíbe, Lefebvre públicamente lo aprueba y propone como solución en los últimos tiempos.
Dice también que le dijo a Montini: “en cuanto al seminario, tampoco tendré NINGUNA DIFICULTAD EN IR A ENCONTRAR A LOS OBISPOS Y PEDIRLES LA IMPLANTACIÓN DE MIS SACERDOTES EN SUS DIÓCESIS Y LAS COSAS SE HARÁN NORMALMENTE”. Es decir: Lefebvre cree normal que bajo los mismos obispos herejes y cismáticos, sus sacerdotes mancillen la Santa Misa en armonía con los que celebran la cena luterana de “Paulo VI”. Y cree que ese “orden” puede ser “normal” “en la Iglesia”. No ve, por tanto, nada mal que sus “buenos sacerdotes” lefebvristas convivan pacíficamente con los “sacerdotes” del “Vaticano II” que él mismo calificó con el epíteto de BASTARDOS.
Para Lefebvre la Tradición no es más que una “experiencia” que insiste en realizar en el seno de la iglesia a la que en realidad está adherido. No quiere darse cuenta que con sus propias declaraciones, se demuestra que él está FUERA DE LA IGLESIA CATÓLICA por su adherencia a una iglesia cismática. Su problema de ACOMODO en ella, le crea una situación anómala. Por eso propone su “solución” ANTI-CATÓLICA y le expresa a “Paulo VI” su interés “EN VOLVER A LA RELACIÓN NORMAL Y OFICIAL con la Santa Sede, con las «congregaciones»…, NO PIDO MAS QUE ESO”, sostiene antes de narrar la respuesta desviante de SU “Papa”.
Aquí vemos con más claridad la errónea posición lefebvrista: Sabe que esa “Santa Sede” y esas “congregaciones” romanas, están en poder de herejes modernistas y cismáticos. No va a Roma a pedir que ellos ABJUREN de sus errores. Lo único que pide es que esos herejes y cismáticos, sin abjurar, o sea manteniéndose en sus errores y como anti-católicos permitan hacer su “experiencia”. ¡¡“NO PIDE MAS QUE ESO!!
Después de la audiencia acepta gustoso rezar bajo la “autoridad” de «Paulo VI”. En esto también obra Lefebvre contra la Fe católica, pues bajo el pontificado del Papa Pío IX el Santo Oficio estableció que “de ningún modo se puede tolerar que los fieles y eclesiásticos oren bajo la regencia de herejes o, lo que es peor, según la intención sumamente corrompida e infestada por la herejía”.
Sus contradicciones y desviaros doctrinales son notorios. Sabe muy bien que los progresistas o sea los seguidores modernistas del “Vaticano II”, no son católicos; que su religión no es católica, y sin embargo, dice: “Cuando hablé con el Santo Padre, me apoyé en efecto en el «pluralismo». Le dije: «Pero en fin, con este pluralismo actual qué costaría otorgar a los que quieren conservar la Tradición estar al menos en el mismo pie de igualdad que los otros. Es lo menos que se les puede otorgar». Le dije: «No sé si sabéis Santo Padre, que hay ahora veintitrés oraciones eucarísticas oficiales en Francia». Alzó los brazos al cielo y dijo: «¡Pero muchas más, Monseñor, muchas más!» Entonces le dije: «Pero si hay muchas más, si usted le agrega una, no veo que eso pueda ser para mal de la Iglesia...»”.
Lefebvre aquí no pide a Montini que respete los absolutos derechos de la Verdad católica emanada de la Divina Revelación. Acepta más bien, que al conjunto de “oraciones eucarísticas” que él sabe no católicas por modernistas, se le agregue “una más”, la de “la Tradición”. Con eso él puso al mismo nivel el Catolicismo y las herejías del “pluralismo” progresista.Lefebvre con todo esto NO TIENE DERECHO A LLAMARSE CATOLICO, porque “solamente son católicos los que no se oponen a la fe y a la doctrina de la Iglesia Católica” (San Bruno).
4. CARTA A SUS FUTUROS OBISPOS
La revista lefebvrista “CREDIDIMUS CARITATI” que publica su “Fraternidad Sacerdotal San Pío X” desde La Reja en Argentina, en su n° 18, de julio de 1988, publica la carta de 29-6-1987 de Lefebvre a sus 4 candidatos a obispos.
Analicemos rápidamente este nuevo texto. Lefebvre se pasa más de 20 años intentando lograr se le acepte realizar su experiencia de una “Tradición” mutilada por él en el seno de la “iglesia conciliar” a la que sin embargo dice no tiene deseos de pertenecer. Pero a la que de hecho pertenece según lo demuestran sus hechos. En tanto que insiste en su cometido de experimentar con su “Tradición” en medio del pluralismo herético —lo que desde ya es sumamente injurioso a la Fe católica en cuanto él se presenta internacionalmente como “obispo católico”— expresa su interés en volver a la relación normal y oficial “con la Santa Sede” y sus congregaciones romanas actuales. Su “Santa Sede” no le complace en lo único que pide, dejando con eso de ser ante sus ojos “Santa Sede” y se convierte “ipso facto” en “la Roma anticristo”. Dice entonces que “la Cátedra de Pedro y los puestos de autoridad de Roma”, o sea incluidas las congregaciones con las que tenía interés en relacionarse normal y oficialmente, “están ocupados por anticristos”. Se ve que para Mons. Lefebvre la Roma del “Vaticano II” con la “iglesia conciliar”, con su “Papa”, obispos, sacerdotes y fieles a ella adheridos, —o sea él mismo—, son “católicos” o no lo son según satisfagan o no lo que él pide. El decide cuándo la Roma actual es «católica” y cuándo no; cuándo quien ocupa la Silla de Pedro es Papa o es anticristo. Lefebvre piensa exclusivamente conforme a sí mismo; no conforme a la Doctrina tradicional católica como REGLA DE FE. El también, como “Paulo VI”, defiende su persona.
Dice que estos anticristos que ocupan “la Cátedra de Pedro” PROSIGUEN rápidamente su obra destructiva en el interior del Cuerpo Místico sobre todo por “la corrupción de la Santa Misa”.
Si son anticristos, es decir herejes que llevan el espíritu del anticristo en su fe y sus obras, quiere decir que están FUERA DE LA IGLESIA CATOLICA. Ninguno de ellos puede por tanto estar ocupando “la Cátedra de Pedro”. Es imposible dogmáticamente hablando que un anticristo ocupe esta Cátedra como si Dios no gobernara su Iglesia. Lo pasa es que Lefebvre confunde la estructura eclesiástica HUMANA plegada al cisma y herejía modernistas se constituyó en nueva cismática, con la Iglesia Católica.
Más adelante Lefebvre dice que “la corrupción de la Santa Misa ha traído la corrupción, del sacerdocio… ”. No es cierto. En la Iglesia Católica seguimos con la Santa Misa latina o tridentina, es decir DOGMÁTICAMENTE CATÓLICA, y por tanto con el mismo Sacerdocio de siempre. Lo que le ha dado a la Iglesia del “Vaticano II” el sacerdocio bastardo del que habla Lefebvre, es su propia “misa” o “Cena del Señor luterana impuesta por el anticristo “Paulo VI”, al que él NO DEJA DE LLAMAR “Santo Padre”.
La misma revista “CREDIDIMUS CARITATI”, n° 18, publica en penúltima página, la carta abierta de 24 lefebvristas superiores de distrito y de casas autónomas, y directores de seminarios del lefebvrismo de unos 20 países, encabezados por el Padre Franz Schmidberger, Superior General, dirigida al prefecto de la congregación de obispos de la iglesia anticristo, Cardenal Gantin.
Basta razonar con un poco de lógica, para notar que este documento tampoco es católico. Es hereticista, como dice el Dr. Homero Johas.
Le dicen al cardenal anticristo, Gantin, que la excomunión que les hace conocer a Lefebvre y Castro Mayer, “viene de una autoridad que rompe en su ejercicio con aquella de todos sus predecesores hasta Pío XII, en el culto, la enseñanza y el gobierno de la Iglesia”. Con esto le dan a entender que esa excomunión es para ellos inválida.
Si la “autoridad” que los excomulgó es nula o inválida por ser cismática, por qué el lefebvrismo se empeñó por años en querer lograr reconocimiento de esa “autoridad”?. ¿Por qué el lefebvrismo sigue defendiéndose de la acusación de cisma de esa “autoridad”, aduciendo con esas consagraciones no rompió con el “Santo Padre” y tan sólo desobedeció “por necesidad”? No hay coherencia doctrinaria, sino adaptacionismo de situación que termina mostrando sus desviaciones de la Fe católica.
Dicen que están en «plena comunión con todos los Papas…». El lefebvrismo denunciando errores, abusos, de la iglesia “conciliar” y sus “Santos Padres” SIEMPRE ha estado y sigue estando ADHERIDO doctrinalmente a ellos. Nunca quiso la ruptura total con ellos, sino su ACOMODO junto a ellos. Por eso le siguen diciendo a Gantin, que están apenados por la ceguera y dureza “DE LAS AUTORIDADES ROMANAS”. ¿No dijeron acaso en líneas anteriores que la “autoridad” de esas autoridades es inválida al excomulgarlos?
Y sigue la confusión teológica del lefebvrismo: le dicen a Gantin, que jamás quisieron pertenecer a la “Iglesia Conciliar” que se define o identifica por su nueva “misa”, su ecumenismo indiferentista, su laicización de la sociedad, su panteón de religiones de Asís. Le dicen que es esa “Iglesia Conciliar” (idólatra, luterana y laicista), la que excomulgó a sus nuevos obispos. Sin embargo le dicen también y después, que no piden nada mejor que ser excomulgados “del espíritu adúltero QUE SOPLA EN LA IGLESIA desde hace veinticinco años, excluidos de la comunión impía con los infieles”. Parecía que para estos “buenos sacerdotes” formados por Lefebvre, estaba claro que una es la “Iglesia Conciliar” identificada como idólatra, luterana y laicista, y otra distinta la Iglesia Católica. Ellos dicen que ese espíritu ADULTERO e impío de la “Iglesia Conciliar”, “sopla en la Iglesia desde hace veinticinco años”, y ellos quieren estar excluidos de él. Por su prurito lefebvrista antisedevacantista, estos “buenos sacerdotes” que dicen que serán “siempre fieles” a la Unica Iglesia de Cristo, “UNA SANTA, CATOLICA, APOSTOLICA Y ROMANA”, admiten que esta Iglesia a la que por siempre juran fidelidad, es actualmente una Iglesia en cuyo seno sopla un espíritu ADULTERO e impío, es decir de Apostasía teológica. Lo mismo que su jefe, Mons. Lefebvre, juran fidelidad a una Iglesia que acusan de ADULTERA.
¿De qué ortodoxia ante sus fieles hablan, si afirman ellos mismos que “no están en comunión con una iglesia falsificada, evolutiva, pentecostal, y sincretista”, que con su negativa a reconocer Sede Vacante, resulta con ellos la Iglesia Católica a la que confunden con la del “Vaticano II”? ¿De qué enseñanza de la Tradición católica saca Lefebvre esa su tesis propia de que confía en que “la Sede de Pedro estará ocupada por un sucesor de Pedro PERFECTAMENTE católico” que podrá confirmar a sus obispos? Contra Lefebvre y su SECTA la Doctrina de la Tradición católica enseña que el hereje que hace de “Papa”. CARECE EN ABSOLUTO DE AUTORIDAD porque está FUERA DE LA IGLESIA, y la sede que ocupa está VACANTE hasta que se elija un sucesor LEGITIMO de San Pedro. El Card. Billot enseña que “Dios puede permitir que a veces la vacancia de la Sede Apostólica se prolongue por mucho tiemno” (Tract, de Eccl. t. I, pp. 612-635).
Lefebvre habla también de sucesor de Pedro “PERFECTAMENTE CATOLICO”, como si fuese posible un sucesor IMPERFECTAMENTE católico, que es lo mismo que decir desviado de la Fe, o sea un no-católico, lo que es imposible, porque si allí donde está el Papa está la Iglesia, allí donde esta uno falso está también una falsa iglesia.
SEDE VACANTE EN LA IGLESIA
El lefebvrismo ha establecido una concepción según la cual la Iglesia es susceptible de permitir en su seno lo convivencia de los católicos con los herejes. Dentro de esta concepción particular, los lefebvristas piensan que es posible incurrir en herejía o cisma sin quedar sin embargo fuera de la Iglesia verdadera. Con esto, los gravísimos pecados de hererejía, cisma y apostasía, pecados contra el Espíritu Santo por serlo contra la Fe, quedan reducidos a simples conceptos teológicos abstractos llevados a una aplicación concreta a capricho lefebvrista. Así en el Suplemento Especial al n° 4 de su revista “IESUS CHRISTUS», de Marzo-Abril de 1989, pág. XX: “Toda deformación, todo agregado toda desviación, toda contradicción, resumiendo, toda ingerencia «personal» indebida de los Pastores, NADA DE TODO ESO PERTENECE A LA IGLESIA y sus hijos tienen el deber de no adherir si no quieren salir —esta vez sí— de la comunión con la Esposa del Verbo Encarnado.
Se nos dice en otras palabras, que si los fieles adhieren a las contradicciones, agregados, desviaciones de los Pastores, salen de la Iglesia. ¿Y los Pastores desviados siguen en la Iglesia?El pecado de desviación de la Fe, ¿no es acaso mayor en “el Pastor” que en el simple fiel? ¿Por qué el fiel que adhiere se excomulga y “el Pastor” no, y sigue siendo «Pastor”? ¿De dónde saca esto el lefebvrismo? La Doctrina de lqa Tradición no lo enseña, sino al contrario establece que quien cae en herejí, cisma y apostasía, es decir en uno de esos gravísimos pecados, queda IPSO FACTO excomulgado de la Iglesia Católica, incluso si fuese Papa.
San R. Belarmino, con todos los canonistas católicos, enseña que el Papa que cayera en herejía notoria y pública, “AUN ANTES DE LA SENTENCIA DECLARATORIA DE LA IGLESIA, QUEDA PRIVADO DE SU POTESTAD DE JURISDICCION. ..”. (De Romano Pontífice, I, II, cap. 30)
O sea que si un Papa legítimo cae en desviación de la Fe, por herejía y apostasía “reniega de Cristo y de la Iglesia verdadera” volviéndose cismático; como consecuencia INMEDIATA o sea “ipso facto”, él reniega de su cargo y se priva de la jurisdicción del mismo, como enseña el Card. Torquemada, Santo Tomás de Aquino, y con él Card. Billot, Wernz Vidal, Melchor Cano, Sylvius, Juan Driego, Pedro Ballerini…. sostienen que SON NULOS los actos jurisdiccionales de quien cayó en herejía notoria. Y esto que vale para cualquier fiel vale aún más para un Papa, Obispo, Párroco, etc., etc., que siendo legítimo se desvía de la Fe. SU CARGO QUEDA “IPSO FACTO” VACANTE.
La concepción lefebvrista muestra la gravedad de su carácter erróneo al no aceptar Sede Vacante en la Iglesia Católica, cuando Mons. Lefebvte dice que con el catecismo de siempre y la Santa Misa, en su movimiento devuelve “a la Iglesia su verdadero rostro”. Quiere decir en su movimiento la Iglesia retoma su verdadero rostro; vuelve a ser la Iglesia de siempre. Y lucha 20 años para conseguir que “su experimento» sea incluido en el seno de la iglesia bastarda; que sus “buenos sacerdotes” sean admitidos en las filas de los sacerdotes bastardos; que el catecismo tridentino, pueda también enseñarse junto a los catecismos bastardos...
En suma luchó 20 años para lograr que a través del experimento de SU “Tradición”, “la Iglesia de Cristo” ocupe un lugar en el seno de la nueva iglesia conciliar ecuménica del Anticristo. La “Iglesia” que él “reconstruye” con su movimiento, es una “Iglesia” que NO ES LA UNICA VERDADERA, sino una “Iglesia” que se aviene a compartir con todos los errores ecuménicos, sectas y falsas religiones, el templo de los ídolos y la mesa de los demonios. Lefebvre condena a Asís, pero mantiene inadvertido el espíritu de Asís…
Revista «Roma» N° 111/112, Diciembre de 1989 Pg. 83. Visto en Católicos Alerta
[1] Transcrito de «ARIETE», n° 31. Revista mejicana del Lic. Enrique Salinas de UNIÓN CATÓLICA DE TRENTO.
[2] Las citas de la indicada conferencia, corresponden al libro de Mons. Marcel Lefebvre, «LA IGLESIA NUEVA”, Edit. ICTION, Bs. As., 1983.
[3] N de R.: El autor transcribe aquí párrafos, subrayados por él, del citado libro (pp. 102-168) que por razones de espacio hemos tenido que suprimir; entendiendo que el lector de estas líneas puede acceder sin dificultad a tal documento para confrontar..
[4] Juan B. Ferreres, S. J., “Derecho Penal y Sacramental Especial”, Barcelona, 1918.
ACUERDO RATZINGER-LEFEBVRE DE MAYO 5 DE 1988

SOBRE LA VERDAD DE LEFEBVRE
Un documento escasamente difundido, sin duda, ha sido el fallido Protocolo de Acuerdo firmado el 5 de mayo de 1988 por el entonces Prefecto para la Doctrina de la Fe Joseph Alois Ratzinger y el fundador de la FSSPX, Marcel Lefebvre.
A pesar de su capital importancia histórica y doctrinal, prácticamente ambas partes lo sepultaron con la intención de librarse de los cuestionamientos y de las obligadas conclusiones respecto a si es o no congruente la actual posición de los bandos dentro de la “dividida” FSSPX.
Como se verá a continuación, y como ya han referido algunos analistas, el Acuerdo firmado por Lefebvre DE 1988, era más que cuestionable doctrinalmente y ofrecía menos ventajas jurídicas que el actual Acuerdo (Preámbulo) casi aceptado por Fellay.
Lo anterior sin mencionar que el autor de ambos acuerdos, Joseph Ratzinger/Benedicto XVI se adelantó “generosamente” y levantó hace siete años las “excomuniones” de los cuatro prelados gratuitamente, sin mediar arrepentimiento, ni pena canónica que los enmendara.
“El protocolo fue firmado por las dos partes en la tarde del 5 de mayo. En el primer apartado del texto, Lefebvre, en su nombre y en el dela Fraternidad, declaraba las siguientes cosas:
Yo, Marcel Lefebvre, arzobispo-obispo emérito de Tulle, junto con los miembros de la Sociedad Sacerdotal de San Pío X, que fundé:
1. Nos comprometemos a ser siempre fieles a la Iglesia Católica y al Romano Pontífice [entonces Wojtyla], su Pastor Supremo, el vicario de Cristo, el sucesor del bienaventurado Pedro en el primado y la cabeza del cuerpo de los obispos.
2. Declaramos que aceptaremos la doctrina contenida en el número 25 de la constitución dogmática del Concilio Vaticano II, “Lumen Gentium”, respecto al magisterio eclesiástico y la adhesión que al mismo debemos.
3. En cuanto a ciertos puntos enseñados por el Concilio Vaticano II, respecto de las posteriores reformas de la liturgia y las leyes que parecen difíciles de conciliar con la tradición, nos comprometemos a una actitud positiva de estudio y de comunicación con la Sede Apostólica, evitando toda polémica.
4. Declaramos, además, que vamos a reconocer la validez del sacrificio de la Misa y de los sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia y de acuerdo con los ritos en las ediciones típicas del misal y los rituales de los sacramentos, promulgada por los Papas Pablo VI y Juan Pablo II.
5. Por último, nos comprometemos a respetar la disciplina común de la Iglesia y las leyes eclesiásticas, particularmente las contenidas en el Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II, a excepción de la disciplina especial concedida a la Fraternidad por ley particular.
¡ He aquí al que quieren llamar Atanasio de nuestro tiempo! Un verdadero insulto a San Atanasio, quien jamás transigió en la doctrina, como hizo este obispo que recibió las órdenes de un masón grado 31, y firmó todos los documentos del Concilio Vaticano II.
EL HERETÍCISMO: UN DESVÍO DE LA VERDADERA FE
‘Haereticum hominem devita’
San Pablo a Tito, 3,10
Los hechos históricos ocurridos en Ecóne con las consagraciones episcopales allí realizadas por decisiones propias y «sin misión canónica» por los miembros del clero que desean mantenerse fieles a la Tradición Católica deberían traer a todos una relativa paz de espíritu al ver allí realizado el ‘separamini’ entre el Templo de Dios y el de los ídolos, ordenado por mandato divino (2, Cor., VI,17). Sin embargo, no apaciguaron del todo a los espíritus y trajeron nuevas angustias, por lo menos, a una parte de esas personas. Un aspecto contradictorio y no nuevo fue otra vez causa de aflicción en tales actos: la doctrina sobre el»papa herético». Por un lado se dirigían al papa en desviación pertinaz en la herejía, como a un papa verdadero, prometiéndole obediencia, manifestándole «respeto filial», afirmando no querer separarse de él, actuando de conformidad con la doctrina de Xavier da Silveira que defiende en el papa herético una «jurisdicción válida» y «actos válidos» jurisdiccionalmente y, por otro lado, afirmaban que la excomunión dictada por este papa era un acto inválido y decían que «ya estaba fuera de la Iglesia quien los considera cismáticos».Dividimos nuestra exposición del siguiente modo:
1. Doctrinas y Leyes sobre la Vacancia.
2. La Argumentación Opuesta.
3. Nuevas Doctrinas sobre los Cargos Eclesiásticos.
4. El Propio Juicio por encima de la Ley Divina.
5. Los Frutos Malos del Hereticismo.
Así, el Canon 2314 afirma:
«§ 1 Incurren ipso facto en excomunión.»
Y además:
Y el Canon 2315 preceptúa:
Entonces, es norma clara e intergiversable de la Iglesia: cualquier cargo eclesiástico, universalmente, si existe delito público de herejía en su ocupante, se torna vacante «ipso facto» y el delincuente está «ipso facto» fuera de la Iglesia visible. El «derecho» afirma la vacancia y ese derecho, como veremos, es divino, además de derecho positivo humano.
Tergiversa Xavier da Silveira:
Ahora bien, la necesidad de esa prueba está cumplida fácilmente por anticipado con el análisis de los cánones, así como el propio Xavier da Silveira «analizó según la razón» (p. 277) la naturaleza visible y pública de la Iglesia. Veamos esas restricciones:
A) El Papa está por encima del Derecho Humano.
Escribe San Roberto:
Veamos el texto paulino (Tito, III,10-11):
Pero, incluso, se podría admitir que ciertos «cargos» de la Iglesia, siendo de mero»derecho humano» podrían ser eventualmente ocupados por un hereje, aunque no debiera: un «cargo» ligado a asuntos económicos o servicios materiales, que pudiese ser creado por el Derecho humano de la Iglesia, podría eventualmente ser ocupado por un hereje. Pero no los cargos de derecho divino.
Lo afirmado sobre los cargos de derecho divino en general, se aplica primariamente al cargo papal. Es lo que enseña Pío XII en el texto citado «primaria eos ac principaba membra existere». Por el término «officium» el Derecho Canónico significa un «munus ordinatione sive divina sive ecclesiastica stabiliter constitutum» (Canon 145). Luego, el Canon 188 § 4 hablando de «quaelibet officia», incluye el cargo de «ordenación divina» entre los cuales se halla el papal. También como en los demás cargos el poder de jurisdicción papal es un poder moral recibido y perdido por un acto de voluntad del sujeto, por la «aceptación» de la elección o «renuncia» al poder (Cánones 219-221). Clemente V renunció. Siendo la Fe igual para todos «universalmente» (Nicolás I), obliga igualmente a los ocupantes de cualesquiera que fuere el cargo de derecho divino. Y el Concilio de Constanza afirmó que Benedicto XIII estaba privado del cargo papal «ipso jure», esto es «a Deo ejectum et praecisum» (37ª reunión).Luego afirmó que el Derecho divino consideraba que un «hereje y cismático» —ésa era la acusación contra Benedicto XIII— estaba privado del cargo por el derecho divino. Ahora, esos mismos términos «ipso jure» son renovados por el Canon 188 § 4. Luego, el Canon se aplica de modo específico también al cargo papal. El IV Concilio de Letrán consideró como «herejía» la validez de la jurisdicción papal obtenida por simonía: «herejía simoníaca». Pero enseñó que debía ser juzgado como careciente de capacidad para ser papa quien defendiese esa validez: «inhabilis habeatur et sit». Y por lo tanto ordenaba: «No debe ser tenido por papa por nadie.» Si el hereje público pudiese ser electo papa válidamente, aunque ilícitamente, Lutero podría ser electo papa. Esto es absurdo, y nadie lo admite.
Luego, la ley de la Iglesia sobre la vacancia de los cargos eclesiásticos es de derecho divino y atañe a la vacancia del cargo papal.
a) Será ilícito, si no existiere sentencia.
b) Será inválido, si existiera, salvo caso de muerte.
c) Será lícito y válido cuando el fiel pide el ejercicio del poder de Orden (Canon 2261 § 2).
Analicemos el Canon:
1 – Si no es público: establece advertencias previas para hacerlo público. No surtiendo efecto, ordena entonces la deposición.
Entonces, el Canon 2314 refuerza la vacancia «ipso facto» con la excomunión «ipso facto» y con la declaración de que serán «infames» tales delincuentes «ipso facto». Si el delito no es público, las advertencias previas, algo que el derecho divino estableció (Tit. III,10),tienen la función de determinar el cumplimiento del deber de remover la sospecha que pueda existir y obligar a la confesión pública de la Fe, algo que es necesario «ad salutem» por derecho divino (Rom., X,10). Sólo en este caso se ordena la «deposición» por no confesión pública de la Fe, por herejía «oculta». Xavier da Silveira, sin embargo, omitió extrañamente en su análisis el inciso 3º del § 1 del Canon, en el cual se establece que «se mantiene firme lo que se prescribe en el Canon 188 § 4», esto es, la vacancia en el cargo en el caso de delito público. En consecuencia, es más «decisivo» este Canon, pero en el sentido de mantener la «firmeza» de la vacancia «ipso facto», reforzada por la excomunión y la declaración de ser «infame» el delincuente público.
Según ella, los obispos y papas herejes públicos estarían válidamente instalados en las sedes episcopales y papal, con jurisdicción válida, a pesar de adherir formalmente a una Iglesia que no es la de Cristo, como ocurre con la «iglesia» del Vaticano II, según afirmaciones del propio Mons. Mayer y de Pío IX en «Mortalium ánimos».
Hay incompatibilidad de hecho.
El Canon 188 enumera varias especies de actos «incompatibles» entre sí como la adhesión a otro cargo eclesiástico incompatible con el primero; algunas de esas «incompatibilidades» son de derecho humano; la de la herejía es de derecho divino. El»juicio propio» del hereje es «incompatible» con el juicio divino; su voluntad propia es «incompatible» con la divina. En el caso del simple ejercicio del poder de orden no se trata de «cargo» eclesiástico, de jurisdicción ordinaria, del poder de enseñar y de regir, como causa segunda, «ex opere operantis», sino de un simple obrar regido superiormente por el propio poder de jurisdicción ajeno, ordenante y como causa instrumental y donde el efecto se sigue «ex opere operato», desde que el agente tenía intención y voluntad de obrar haciendo lo que la verdadera Iglesia hace en ese acto. Es una jurisdicción «ad actum», «ad personam» y no es inherente a un cargo. El hereje no ocupa cargo eclesiástico, por lo menos de derecho divino: aquí la Fe es necesaria. Inocencio III enseñó: «fides mihi necesaria est»(P.L. tomo CCXVII, col. 656). Se refería a la «necesidad» de la Fe para ocupar el cargo papal y admitía ser «juzgado por la iglesia» (ab Ecclesia judicari) si cometiese un delito contra la Fe. Entonces, el «fides mihi necessaria est» afirmado por Inocencio III es la contradictoria de la afirmación de «no ser necesaria la Fe», hecha por Cayetano, Suárez y Silveira. No se puede seguir la opinión de Cayetano y de Suárez cuando es manifiestamente errónea, contra los Santos Padres, contra el Derecho Canónico y teólogos doctores de la Iglesia como Santo Tomás, San Roberto Belarmino y San Alfonso María de Ligorio. Si la Fe es incompatible con la herejía, que es la destrucción de la Fe, es claro que, siendo los cargos de la Iglesia por definición y por lu naturaleza de los poderes espirituales, realidades de la Fe, son cosas absolutamente incompatibles dentro del orden concreto querido y revelado por Dios, por lo cual es de Fe.
Santo Tomás ya había resuelto la cuestión: «Parece que los cismáticos tienen algún poder… porque retienen el poder de orden… porque pueden dar los Sacramentos». Y por la distinción entre poder de orden y poder de jurisdicción concluía: «Et per hoc patet responsio ab objecta» (2-2,39,3). No distinguió entre jurisdicción delegada y ordinaria, aunque resulte útil hacerlo, y la Iglesia lo haga y debamos usarla para esta cuestión. Evolucionamos conforme el Magisterio evolucionó.
3.1. Hereticismo – Intención divina
En la práctica sería imposible esa doctrina: los sofismas de las herejías pasarían los errores como verdades y eso tendría vigencia con el sello de un papa hereje, pero de y de»jurisdicción válida» y de «actos válidos». Pero, no sería por las «disensiones» fácticas que esa doctrina sería «falsa» y no «cierta», sino por huir de la «verdad del Evangelio» que San Pablo proclamó contra San Pedro (Gal. 2, 14).
El mantenimiento de la doctrina del hereticismo ha generado de hecho la aparición de nuevas doctrinas heterodoxas de ella derivadas, tendientes a afirmar la jurisdicción de los sacerdotes fieles a la Tradición, a justificar la unión con el papa hereje y simultáneamente la insumisión sistemática y contumaz a su jurisdicción afirmada como válida.
Gloria Patri
Dr. Homero Johas
Trad.: Dr. César Gigena Lamas.
LA VIRGEN MARÍA CORREDENTORA 1/9
LA MADRE CORREDENTORA
La explicación del quinto dogma sobre la Bienaventurada Virgen María
De La Virgen María. Teología y Espiritualidad Marianas, por Antonio Royo Marín
Vamos a examinar en este capítulo una de las cuestiones más importantes de la teología mariana y una de las más profundamente investigadas en estos últimos tiempos: la cooperación de María a la obra de nuestra redención realizada por Cristo en el Calvario, por cuya cooperación conquistó María el título gloriosísimo de Corredentora de la humanidad.
Creemos que María fue real y verdaderamente Corredentora de la humanidad por dos razones fundamentales:
- a) Por ser la Madre de Cristo Redentor, lo que lleva consigo-como ya vimos-la maternidad espiritual sobre todos los redimidos.
- b) Por su compasión dolorosísima al pie de la cruz, íntimamente asociada, por libre disposición de Dios, al tremendo sacrificio de Cristo Redentor.
Los dos aspectos son necesarios y esenciales; pero el que constituye la base y fundamento de la corredención mariana es—nos parece—su maternidad divina sobre Cristo Redentor y su maternidad espiritual sobre nosotros. Por eso hemos querido titular este capítulo, con plena y deliberada intención, la Madre Corredentora, en vez de la Corredención mariana, o simplemente la Corredentora, como titulan otros. Estamos plenamente de acuerdo con estas palabras del eminente mariólogo P. Llamera:
«La corredención es una función maternal, es decir, una actuación que le corresponde y ejerce María por su condición de madre. Es corredentora por ser madre. Es madre corredentora»
El orden de nuestra exposición doctrinal en este capítulo será el siguiente:
- Nociones preliminares.
- Existencia de la corredención mariana.
- Naturaleza de la corredención.
- Modos de la misma.
Dentro de la amplitud enorme de la materia, nuestra exposición será lo más breve y concisa posible. No nos dirigimos a los teólogos profesionales, sino al gran público, que tiene derecho a que se le digan las cosas con brevedad, claridad y en un lenguaje perfectamente accesible a cualquier persona de mediana cultura.
Nociones previas
- a) FINALIDAD REDENTORA DE LA ENCARNACIÓN DEL VERBO. Prescindiendo de la cuestión puramente hipotética de si el Verbo de Dios se hubiera encarnado aunque Adán no hubiera pecado—de la que nada podemos afirmar ni negar, puesto que nada nos dice sobre ello la divina revelación—, sabemos ciertamente, por la misma divina revelación, que, habiéndose producido de hecho el pecado de Adán, la encarnación se realizó con finalidad redentora, o sea para reconciliarnos con Dios y abrirnos de nuevo las puertas del cielo cerradas por el pecado. Consta expresamente en multitud de textos de la Sagrada Escritura (Véanse, p.ej., Mt 20,28; Jn io,io; i Jn 4,9; Gál 4,4-5; 1 Tirn 1,15, etc) y constituye uno de los más fundamentales artículos de nuestro Credo: «Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió del cielo».
- b) CONCEPTO DE REDENCIÓN. En sentido etimológico, la palabra redimir (del latín re y emo = comprar) significa volver a comprar una cosa que habíamos perdido, pagando el precio correspondiente a la nueva compra.
Aplicada a la redención del mundo, significa, propia y formalmente la recuperación del hombre al estado de justicia y de salvación, sacándole del estado de injusticia y de condenación en que se había sumergido por el pecado, mediante el pago del precio del rescate: la sangre de Cristo Redentor ofrecida por El al Padre.
c) CLASES DE REDENCIÓN. Los mariólogos—a partir de Scheeben—suelen distinguir entre redención objetiva y subjetiva. La objetiva consiste en la adquisición del beneficio de la redención para todo el género humano, realizada de una sola vez para siempre por Cristo mediante el sacrificio de la cruz (cf. Heb 9,12). La segunda—la subjetiva—consiste en la aplicación o distribución de los méritos y satisfacciones de Cristo a cada uno de los redimidos por El.
Nosotros, al hablar en este capítulo de la redención, nos referiremos siempre—de no advertir expresamente otra cosa—a la Redención objetiva realizada en el Calvario.
d) CONCEPTO DE CORREDENCIÓN. Con esta palabra se designa en mariología la participación que corresponde a María en la obra de la redención del género humano realizada por Cristo Redentor. La corredención mariana es un aspecto particular de la mediación entendida en su sentido más amplio, o sea la cooperación de María a la reconciliación del hombre con Dios mediante el sacrificio redentor de Cristo. La corredención se relaciona con la redención objetiva, mientras que la distribución de todas las gracias por María es un aspecto secundario de la redención subjetiva.
e) CLASES DE CORREDENCIÓN. Los mariólogos dividen la corredención mariana en mediata o indirecta e inmediata o directa. Los protestantes rechazan ambas corredenciones. Algunos teólogos católicos—muy pocos—admiten solamente la mediata o indirecta, por habernos traído al mundo al Redentor de la humanidad. La inmensa mayoría de los teólogos católicos —apoyándose en el mismo magisterio de la Iglesia—proclaman sin vacilar la corredención inmediata o directa, o sea no sólo por habernos traído con su libre consentimiento al Verbo encarnado, sino también por haber contribuido directa y positivamente, con sus méritos y dolores inefables al pie de la cruz, a la redención del género humano realizada por Cristo.
Existencia de la corredención mariana
. El hecho o la existencia de la corredención mariana se apoya en la Sagrada Escritura, en el magisterio de la Iglesia, en la tradición cristiana y en la razón teológica. Vamos a examinar con la mayor brevedad posible cada uno de estos lugares teológicos.
. LA SAGRADA ESCRITURA. Católicos y no católicos coinciden en que la Sagrada Escritura no dice expresamente en ninguna parte que María sea Corredentora de la humanidad. Pero hay en la Biblia—en ambos Testamentos—gran cantidad de textos que, unidos entre sí e interpretados por la tradición y el magisterio de la Iglesia, nos llevan con toda claridad y certeza a la corredención mariana.
Un resumen del argumento escriturario lo ha hecho en nuestros días el P. Cuervo, (Cf. MANUEL CUERVO, O.P., Maternidad divina y corredención mariana (Pamplona 1967) P-236-38. ) cuyas palabras nos complacemos en citar aquí :
«Superfluo parece decir ahora que la corredención mariana no se halla en la Escritura de una manera expresa y formal. Pero de aquí no se sigue que no se encuentre en ella de algún modo. Oscura y como implícitamente la encontramos en la primera promesa del redentor, que había de ser de la (posteridad) de la mujer, o lo que es lo mismo, del linaje humano, y poi tanto nacido de mujer (Gén 3,15). No se dice aquí que la mujer de la que había de nacer el redentor sea María, pero, en el proceso progresivo de la misma revelación divina, se va determinando cada vez más cuál sea esa mujer de la que había de nacer el redentor del mundo. Así Isaías dice que nacería de una virgen (Is 7,14) y Miqueas añade que su nacimiento tendría lugar en Belén (Miq 52), todo lo cual concuerda con lo que los evangelistas San Mateo y San Lucas narran acerca del nacimiento del Salvador (Mt 1,23; 2,1-6; Lc 2,4-7). Un ángel anuncia a María ser ella la escogida por Dios para que en su seno tenga lugar la concepción del Salvador de los hombres, a lo cual presta ella su libre asentimiento (Lc 1,28-38), dándole a luz en Belén (Le 2,4-7). Con lo cual se evidencia aún más que la predestinación de María para ser madre de Cristo está toda ella ordenada a la realización del gran misterio de nuestra redención.
Esta predestinación encuentra su realización efectiva en la concepción del Salvador, y en los actos por los cuales ella prepara primero la Hostia que había de ser ofrecida en la cruz por la salvación del género humano, y coopera después con Cristo, identificada su voluntad con la del Hijo, co-ofreciendo al Padre la inmolación de la vida de su Hijo para salvación y rescate de todos los hombres.
La unión de María con Jesús se extiende a todos los pasos de la vida del Salvador. Después de haberlo dado a luz, lo muestra a los pastores y Reyes Magos para que lo adoren (Lc 2,8-17; Mt 2,1-12); lo cría y sustenta; lo defiende de las iras de Herodes huyendo con El a Egipto (Mt 2,13-15); lo presenta para ser circuncidado (Lc 2,21), y en el templo oye al viejo Simeón anunciarle el trágico final de su vida y la «resurrección de muchos» que le habían de seguir (Lc 2, 22-35); lo va a buscar a Jerusalén, donde lo halla en el templo en medio de los doctores de la ley, escuchándoles y respondiendo a sus preguntas, quedando todos admirados de la sabiduría y prudencia en sus respuestas (Lc 2,42-49), e interviene, en el comienzo de su vida pública, en las bodas de Caná (Jn 2,1-5). Por fin, asiste a la ininolación de su vida en la cruz por nosotros (Jn 19,25), co-inmolándolo y co-ofreciéndolo ella también en su espíritu al Padre para conseguir a todos la vida.
Ahora bien: dada la unión tan estrecha que en la predestinación y revelación divina tienen Jesús y María acerca de nuestra redención, sería gran torpeza no ver en todos estos hechos nada más que la materialidad de los mismos, sin percibir el lazo tan íntimo y profundo que los une en el gran misterio de nuestra salud. Porque en todos esos hechos no sólo resalta la preparación y disposición por María de la Víctima, cuya vida había de ser inmolada después en el monte Calvario por la salvación de todos, sino también la unión profunda de la Madre con el Hijo en la inmolación y oblación al Padre de su vida por todo el género humano en virtud de la conformidad de voluntades entre los dos existente.
Como, por otra parte, la maternidad divina elevaba a María de un modo relativo al orden hipostático, el cual en el presente orden de cosas está esencialmente ordenado, por voluntad de Dios, a la redención del hombre con la inmolación de la vida de su Hijo en la cruz, por cuya voluntad estaba plenamente identificada la de la Madre, no sólo en el fin de nuestra redención, sino también en los medios señalados por el mismo Dios para conseguirla, la Virgen María, además de preparar la Víctima del sacrificio infinito, cooperó con el Hijo en la consecución de nuestra redención co- inmolando en espíritu la vida del Hijo y co-ofreciéndola al Padre por la salvación de todos, juntamente con sus atroces dolores y sufrimientos, constituyéndose así en verdadera «colaboradora» y «cooperadora» de nuestra redención, como enseña también el Vaticano 11 4. Es decir, en Corredentora nuestra.
He aquí de qué manera en los hechos de la revelación divina, contenidos en la Sagrada Escritura, está reflejada la existencia de la corredención mariana».
En el próximo artículo veremos EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA
LA SALVACIÓN SIN EL BAUTISMO DE AGUA
LA OBEDIENCIA DEBIDA AL SUMO PONTÍFICE
DOCTOR SERÁFICO
SAN BUENAVENTURA
CUESTIONES DISPUTADAS
SOBRE LA PERFECCIÓN EVANGÉLICA
CUESTIÓN IV. DE LA OBEDIENCIA
ARTICULO III
De la obediencia debida al Sumo Pontífice
Notas al lector:
Todos los verdaderos Pontífices son virtual y moralmente uno.
Búsqueselo entre los Arquitectos Supremos del Vaticano II.
Justifíquese la obediencia o desobediencia al erradamente reconocido.
Por último, se pregunta si pertenece a la religión cristiana el que todos obedezcan a uno. Y que esto es así, lo vemos, ya por el Antiguo Testamento, ya por el Nuevo, ya por el derecho canónico, ya por razones evidentes.
Digo, pues, en primer lugar, que se demuestra por el Antiguo Testamento de esta manera:
- En el capítulo 17 delDeuteronomio: Si, estando pendiente ante ti una causa, hallares ser difícil y dudoso el discernimiento, y vieres que son varios los pareceres de los jueces, marcha y acude al lugar que habrá escogido el Señor Dios tuyo. Y quien se ensoberbeciere y no quisiere obedecer la determinación del sacerdote, ese tal será muerto; y en la Glosa, al comentario: «Aquí se concede el derecho de apelación». De este texto y de la Glosa se colige que en la ley antigua era uno solo el Sumo Pontífice, a quien todos habían de recurrir en los juicios y a quien todos debían mostrarse obedientes. Ahora bien, si esto tenía lugar en la ley figurativa, es claro que con mucha mayor razón debe tenerlo en la ley de la gracia. Lo cual se prueba por tres razones. Primera, porque mayor es la unidad ahora que entonces; luego con mucha razón el Pontífice debe ser uno solo. —Segunda, porque el pontificado es más digno y más sublime; luego con mucha más razón deben todos sujetarse a un solo Pontífice que en tiempo de la ley mosaica. —Y tercera, porque ahora debe ser mayor la obediencia, y la jerarquía más ordenada. De todo lo cual se deduce que, si en tiempo de la ley mosaica era obligación obedecer a un solo Sumo Pontífice, con mucha más razón debe serlo en tiempo de la ley de Cristo.
- Además, elsalmo: Los establecerá príncipes sobre toda la tierra. Consta que esto se dijo de los apóstoles; luego toda la tierra está sujeta a su principado; pero este principado es principado estable, según aquello del salmo: Su imperio ha llegado a ser sumamente poderoso; pero no es principado estable si no está unido, ya que todo reino dividido contra sí mismo será devastado; y no está unido si no tiene un solo príncipe primario; luego, según el testimonio profético, toda la tierra debe someterse a uno solo, que tenga principado universal.
- Además, para confirmar esto viene al caso lo que diceSan Bernardo en el libro III de su obra Al Papa Eugenio: «Tenía que salir del mundo el que tal vez deseaba explorar lo que se substrae a tu cuidado. Tus padres fueron destinados a dominar, no algunas regiones, sino toda la redondez de la tierra; su sonido, en efecto, se ha propagado por toda la tierra», etc. Y a continuación: «Su imperio ha llegado a ser sumamente poderoso; los constituiste en príncipes sobre toda la tierra. Tú le has sucedido en las posesiones, y así tú eres heredero, y tu herencia es la redondez de la tierra». Por tanto, quédase manifiesto que, según el testimonio profético, universalmente todos deben rendir obediencia a uno solo.
En segundo lugar, esto mismo se demuestra por el Nuevo Testamento.
- En el capítulo 16 deSan Mateo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, etc., hasta las palabras será atado en los cielos; pero consta que aquel debe ser obedecido por todos que puede atar y desatar a todos; luego de tal manera instituyó Dios la Iglesia, que uno solo fuese obedecido por todos. Pero la Iglesia ha de regirse y gobernarse tal como fue instituida por el Señor; luego etc.
- Además, en el capítulo último deSan Juan: Apacienta mis ovejas, se dijo a San Pedro; pero ovejas de Cristo son todos los que van por el camino de la salvación; luego San Pedro fue antepuesto a todos ellos; luego uno sólo es el pastor de todas las ovejas de Cristo en la fundación de la Iglesia; luego también en el decurso y término de la misma se ha de obedecer a uno.
- Además,San Bernardo, al tratar de las palabras citadas, dice en el libro II de su obra Al Papa Eugenio: «Tú eres aquel a quien se entregaron las llaves y se encomendaron las ovejas. No cabe duda en que hay otros porteros del cielo y otros pastores de la grey; pero tú heredaste ambos nombres de modo tanto más glorioso cuanto más excelentemente los recibiste respecto de los demás obispos. Tienen éstos rebaños asignados a su cuidado; cada uno el suyo. Pero tú solo tienes encomendada la universalidad de los mismos: una sola grey a ti solo. Y no sólo de las ovejas, sino también de los pastores eres el único pastor. Que ¿cómo lo demuestro? Por las palabras del Señor: Si me amas, Pedro, apacienta mis ovejas. Y ¿cuáles son éstas? ¿Las muchedumbres de esta o de aquella ciudad, de esta o de aquella región, de este o de aquel reino? Mis ovejas, dijo. ¿Quién no ve claro que no designó algunas, sino absolutamente todas? No cabe excepción donde no se pone distinción». Y después añade: «Queda inconcuso el privilegio exclusivamente tuyo en orden a las llaves y en orden a las ovejas que se te confiaron; queda en firme, repito, la singular autoridad pontificia de San Pedro, significado en alegoría, según la cual San Pedro se asumió, no el gobierno de una nave, como los demás apóstoles, que regían cada uno la suya propia, sino el gobierno de todo el mundo; de la misma manera, mientras los demás obispos guían cada uno su propia nave, tú tienes confiada a tu cuidado la conducción de una sola nave inmensa, integrada de las demás, es decir, el gobierno de la Iglesia universal, extendida por todo el mundo». De lo cual resulta claro que, según la divina institución, todos deben obedecer a uno solo, es decir, al Sumo Pontífice.
- Además,San Agustín a Optato: «En la Iglesia romana siempre se mantuvo en vigor el principado de la Cátedra Apostólica»; pero esto no se dice sólo respecto de la misma ciudad, pues en este sentido podría también decirse respecto de otros obispos y de otros lugares; luego se dice respecto de todo el mundo; luego, según esto, todo el mundo debe obedecer al Romano Pontífice como a príncipe de todos.
- Además,San Jerónimo Al Papa San Dámaso: «Queremos ser corregidos por ti, pues tú tienes no sólo la fe, sino también la Sede de San Pedro; y si esta nuestra declaración queda aprobada por la sentencia de tu autoridad apostólica, cualquiera que me reprenda como a culpable, dará muestras o de impericia o de malquerencia; se mostrará, digo, no como católico, sino como hereje»; luego todos han de acatar la sentencia y la corrección de un solo Soberano Pontífice; y esto en razón de la autoridad y Sede de San Pedro, que le concedió el Señor.
- Además,el papa Gelasio en la distinción 21: «Aunque las iglesias católicas fundadas en todo el mundo constituyen un solo tálamo de Cristo, la santa Iglesia romana obtuvo principado sobre todas ellas, no por decretos sinodales, sino por las palabras de nuestro Señor y Salvador, contenidas en el Evangelio: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra», etc.
- Además,el papa Nicolás en la distinción 22: «La Iglesia romana instituyó todas las dignidades pertenecientes a cualquier orden, pero la dignidad de la Iglesia romana se fundó y se levantó sobre la piedra de la fe naciente por solo aquel que confirió al bienaventurado portador de las llaves de la vida eterna jurisdicción en la tierra y en el cielo. De aquí es que la Iglesia romana se fundó, no por decreto terreno, sino por el Verbo, que creó todos los elementos y formó el cielo y la tierra; y ciertamente se apoya en la autoridad del Verbo y ejerce el privilegio otorgado por el Verbo; y cualquiera que se empeña en arrebatárselo, ése incurre en herejía, sin duda alguna». Y más abajo: «Por donde el mismo San Ambrosio, según confesión propia, seguía como a maestra a la santa Iglesia romana».
- Además,el papa Anacleto en el mismo lugar: «La sacrosanta Iglesia romana consiguió el primado, no por concesión de los apóstoles, sino por concesión de Cristo, conforme se dijo al apóstol San Pedro: Tú eres Pedro». Y pocas palabras después: «Los bienaventurados apóstoles tuvieron potestad diversa; y, aunque todos fueron apóstoles, el Señor, sin embargo, concedió a Pedro primacía sobre los demás, privilegio que se reconoció por el colegio apostólico; y los apóstoles transmitieron a sus sucesores y a los demás obispos esa misma forma a fin de que la perpetuaran; y esto tiene lugar no sólo en el Antiguo, sino también en el Nuevo Testamento». —De lo cual se colige manifiestamente que, según el testimonio de ambos Testamentos, todos han de obedecer a uno.
En tercer lugar, esto mismo se demuestra por el derecho canónico:
- Aquel a quien compete juzgar a los demás y no ser juzgado por ninguno, debe ser obedecido por todos; pero ése es uno solo, es decir,el Sumo Pontífice; luego el Sumo Pontífice debe ser obedecido por todos. La mayor es evidente por sí misma, y la menor se prueba por múltiples leyes. El papa Nicolás, en la causa 9, cuestión 3, dice: «Es cosa ciertamente manifiesta que la sentencia de la Sede Apostólica, cuya autoridad es mayor que ninguna otra, no debe retractarse por nadie, y que a nadie es permitido juzgar su sentencia». Además, el papa Inocencio en el mismo lugar: «Nadie juzgará a la Sede Apostólica, que es entre todas la primera cuando se trata de administrar justicia; pues la Sede, cuyo oficio es juzgar, no podrá ser juzgada ni por el emperador, ni por todo el clero, ni por el pueblo». —Además, el papa Antero en el mismo lugar: «Los actos de los súbditos se juzgan por nosotros, y los nuestros por el Señor». —Además, el papa Gelasio, escribiendo a todos los obispos, en el mismo lugar: «Todas las iglesias del mundo saben que la Iglesia romana tiene derecho de juzgar todas las causas, y que nadie puede juzgar su sentencia. Y, en verdad, de cualquiera parte del mundo se ha de apelar a ella, pero de ella no cabe apelar a parte alguna». Además, el mismo, dirigiéndose a los obispos constituidos en Dardania, en el lugar citado: «Todas las iglesias del mundo saben que la Sede del bienaventurado Pedro tiene derecho a rescindir todo ligamen impuesto por la sentencia de cualquier obispo, como quiera que puede juzgar a todas las iglesias». —Colígese, pues, claramente de lo dicho que el Sumo Pontífice tiene derecho a juzgar a los demás y de no ser juzgado por nadie, y que, por lo mismo, debe ser obedecido por todos.
- Además, aquel a quien incumbe establecer decretos obligatorios para todos, ha de ser obedecido por todos; pero tal esel Sumo Pontífice; luego el Sumo Pontífice ha de ser obedecido por todos. La mayor es evidente por sí misma, y la menor se prueba de muchas maneras. Primeramente, el papa Agatón, en la distinción 19, dice así: «Todos los decretos de la Sede Apostólica deben aceptarse como si estuviesen confirmados por la voz divinamente autorizada del bienaventurado apóstol Pedro». —Además, el papa Esteban V en la misma distinción: «Puesto que la santa Iglesia romana, a la cual quiso Cristo la gobernásemos nosotros, ha sido constituida en espejo y ejemplo de todos, es obligación observar perpetua e inquebrantablemente todos sus decretos y ordenaciones». —Además, el papa San Gregorio en el mismo lugar: «Ninguno debe tener potestad ni voluntad de quebrantar los preceptos de la Sede Apostólica». Y a continuación: «Quede, pues, abatido por el dolor de su ruina todo el que quisiere oponerse a los decretos de la Sede Apostólica; porque nadie ignora que ese tal ha sido ya condenado por el santo Sínodo y por la santa Iglesia como desobediente y presuntuoso». —Además, el papa Nicolás en la distinción 20: «Si no tenéis los decretos de los Romanos Pontífices, debéis ser acusados de negligencia y descuido; y si los tenéis y no los observáis, debéis ser duramente reprendidos de temeridad». —Además, el papa Hilario, en la causa 25, cuestión 1: «A nadie está permitido, sin peligro de su estado, violar las constituciones divinas o decretos de la Sede Apostólica». —Además, el papa Adriano en la misma causa: «Establecemos por general decreto que sea no sólo anatematizado y execrado, sino también presentado siempre por prevaricador de la fe católica, como reo delante de Dios, el que pensare o permitiere violar en algo la censura de los decretos emanados, no ya de los reyes o de los obispos, sino de los poderosos Romanos Pontífices». —De todo lo cual se demuestra con evidencia que compete al Sumo Pontífice establecer decretos obligatorios para todos, y que, por lo mismo, se le debe obedecer por todos.
- Además, aquel a quien es necesario rendir obediencia para conservar la unidad de la Iglesia, debe ser obedecido por todos; pero ése es uno solo, es decir, el Sumo Pontífice; luego etc. La mayor es evidente en sus propios términos, y la menor se prueba así.San Cipriano, en la causa 24, cuestión 1, dice: «Para manifestar unidad, dispuso con su autoridad dar principio a la Iglesia una fundándola en único fundamento». Además, el mismo en la misma cuestión, refiriéndose al cismático y al hereje: «Es extraño, profano y enemigo; no puede tener a Dios por padre el que no conserva la unidad de la Iglesia universal». —Además, San Jerónimo en la misma cuestión: «Hablo con el sucesor del pescador y discípulo de Cristo. Sin buscar otro premio que Cristo, quédome unido en sociedad con vuestra Beatitud, es decir, con la Cátedra de San Pedro; y no se me oculta que sobre esta piedra está fundada la Iglesia. Cualquiera que comiere el Cordero fuera de esta casa, es profano; y si alguno, reinando el diluvio, no se hallare en el arca de Noé, se verá perdido». Y después: «El que contigo no recoge, derrama, es decir, el que no es de Cristo es del anticristo». —Además, San Beda Sobre San Mateo, en la misma cuestión: «Los que de cualquiera manera se separan de la unidad de la fe y de la sociedad del apóstol San Pedro, ni pueden ser desatados de las cadenas de los pecados ni entrar por la puerta del reino celestial». —Además, San Cipriano dice en la distinción 93: «El que abandona la Cátedra de San Pedro, fundamento de la Iglesia, tenga por cierto que está fuera de la misma.» —De lo cual se sigue que no puede permanecer dentro de la unidad eclesiástica el que se niega a obedecer al que sienta en la Cátedra de San Pedro.
Y, por último, se demuestra por razones evidentes:
- La Iglesia de Dios es un solo cuerpo, en el cual existe diversidad de miembros; peroel cuerpo material está constituido de manera que todos los miembros se sujeten y se subordinen a un solo miembro principal, que es la cabeza; luego el cuerpo espiritual deberá constituirse de manera que los miembros espirituales hayan de sujetarse a uno solo como a cabeza principal. Pero esto se consigue por la obediencia; luego etc.
- Además,la Iglesia está ordenada según los ministerios, como lo está también según los carismas y gracias; pero la influencia de carismas y gracias viene de una sola cabeza, que es Cristo; luego ministerios y jurisdicciones deben derivarse de una sola cabeza, que es el Sumo Pontífice. Pero esto no puede darse sin obedecer todos a uno; luego etc.
- Además, la Iglesia es una sola jerarquía; luego, dado que la unidad del principado proviene de la unidad del príncipe, la Iglesia debe tener un jerarca sumo y principal; pero el jerarca sumo y principal ha de ser obedecido por todos; luego etc.
- Además,la Iglesia se conforma con la celeste jerarquía; pero en ésta todos los espíritus sirven y obedecen a un solo Espíritu sumo; luego también en la Iglesia todos los hombres deben obedecer a un solo hombre. Pero este hombre es el Sumo Pontífice; luego etc.
- Además, mayor es la unión según el ser de la gracia que según el ser de la naturaleza; pero todos los hombres tienen un solo padre segúnel cuerpo; luego deben tener un solo padre según el espíritu; pero el padre corporal ha de ser obedecido por todos los hijos; luego etc.
- Además, el mundo menor está organizado de manera que todas las fuerzas inferiores debansubordinarse a una sola facultad, que es la razón o el libre albedrío; luego el orden eclesiástico deberá constituirse de manera que todos hayan de obedecer a un hombre; pero este hombre es el Sumo Pontífice; luego etc.
- Además, vemos en el mundo mayor que todas las cosas, así las que mueven como las que son movidas, se regulan porel primer motor y por el primer móvil; luego de semejante manera todos los principados y potestades de la jerarquía eclesiástica deben regularse por único motor principal; pero esto se consigue obedeciendo al Sumo Pontífice; luego etc.
- Además, la Iglesia es una sola esposa, luego debe tener un solo esposo; pero todas las iglesias particulares se reducen a una sola Iglesia; luego todos los esposos establecidos en lugar de Cristo, es decir, los obispos, deben reducirse a un solo esposo, que es el Vicario principal de Cristo. Pero la Iglesia no tendría un solo esposo si todos no debieran obedecer a uno; luego etc.
- Además, todo litigio temporal debe decidirse por un juez temporal; pero si los jueces fuesen dos o más con igual derecho a la obediencia, no podrían decidirse los juicios; luego es necesario que para decididos haya en la Iglesia uno solo que tenga derecho a ser obedecido por todos.
- Además, «en cualquier género de seres existe un primero, por el que se miden y al que se reducen todos los que se contienen en dicho género»; luegoen el género de potestades humanas se debe poner una sola potestad suma y primaria, mensuradora y reguladora de todas las demás potestades; pero estas potestades se mensuran y se regulan sujetándose y mostrándose obedientes a la potestad suma; luego etc.
CONCLUSION
Aunque diversos hombres estén obligados con múltiples ataduras a obedecer a diversos prelados, en correspondencia con la diversidad de grados, oficios y potestades, sin embargo, toda esta variedad ha de reducirse a un prelado primero y supremo, en quien principalmente se halle de asiento el principado universal sobre todos, es decir, no sólo a Cristo, sino también al Vicario de Cristo por derecho divino, reducción que es congruentísima, por exigirla el orden de la justicia universal, la unidad de la Iglesia y la firmeza estable de este orden y de esta unidad
Respondo: Para la inteligencia de lo dicho hase de notar que, si bien diversos hombres están obligados con múltiples lazos a rendir obediencia sumisa a diversos prelados en consonancia con la diversidad de grados, oficios y potestades —según lo cual dice el Apóstol en el capítulo 13 de la Epístola a los Romanos:
Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores—, sin embargo, toda esta variedad tiene que reducirse a un prelado primero y supremo, en quien principalmente se concentre el principado universal sobre todos. Ha de reducirse, digo, no sólo a Dios y a Cristo, mediador entre Dios y los hombres, sino también a su Vicario; y esto no por estatuto humano, sino por estatuto divino, mediante el cual Cristo constituyó a San Pedro en príncipe de los apóstoles, establecidos a su vez como príncipes sobre toda la tierra. Y esto lo hizo Cristo convenientísimamente, por exigido el orden de la justicia universal, la unidad de la Iglesia y la estabilidad tanto de este orden como de esta unidad.
Requiérelo, en efecto, primeramente el orden de la justicia universal, considerada como natural, civil, celeste o espiritual. —En cuanto a la justicia natural, por la que se ordenan los elementos del mundo y toda la máquina del universo, hase de decir que exige haya un solo primer cuerpo locativo entre los cuerpos locativos, un solo primer móvil entre los móviles, un solo irradiador principal entre los irradiadores, un solo primer motor entre los motores y, hablando generalmente, «en cualquier género de seres un solo ser primero que mensure todos cuantos en dicho género se contienen». —Y respecto del mundo menor añadimos que exige no sólo un miembro principal que influya en los demás o según verdad, como el corazón, o según apariencia, como la cabeza, sino también una sola virtud que gobierne todas las fuerzas del alma y el hombre entero, es decir, el libre albedrío.
En cuanto a la justicia civil, exige, por una parte, que sea uno el juez principal que de modo definitivo decida las causas, y, por otra, que sea también uno el caudillo y rector autorizado para establecer leyes, a fin de que, con la multiplicación de cabezas, no se originen discordias o cismas, y, con las contradicciones de jueces iguales en competencia, no hallen término los litigios por falta de un juez supremo.
Y, por último, en cuanto a la justicia celeste, exige el orden que todos los espíritus, obedeciendo a un solo Espíritu supremo, a quien ven cara a cara, queden ordenadísimamente jerarquizados.
Por tanto, como quiera que esta jerarquía inferior, en cuanto perfecciona la naturaleza, adorna las costumbres y dimana de la Jerusalén suprema, dice conformidad con los tres órdenes, natural, moral y celeste, resulta que debe reducirse, por razón de la obediencia, a uno primero y sumo. Y la razón es porque, así como no existe orden de prioridad y posterioridad sino por reducción a un primero, así tampoco se da orden completo de superioridad e inferioridad sino por reducción a un sumo. De aquí es que no hay orden perfectísimo donde no hay reducción perfecta al sumo, o sea al absolutamente sumo, que es Dios; y esto tiene lugar en la Jerusalén celeste, en la cual la justicia es plena. —Pero donde son hombres los que se reducen al Sumo, es decir, al Vicario de Cristo, allí existe orden perfecto en correspondencia con la Iglesia de la tierra, formada a imitación de la Jerusalén del cielo. —Por cuya causa San Bernardo, en el libro III de Al Papa Eugenio, dice: «Ni tengas por despreciable la forma que se ve en la tierra, organización que tiene su modelo en el cielo. Lo cual conocía bien el que dijo: Vi la ciudad santa que descendía del cielo, ataviada por Dios. Y, a decir verdad, confieso que esto se dijo por razón de semejanza, porque, así como allí arriba los espíritus bienaventurados, desde los querubines y serafines hasta los arcángeles y ángeles, están jerarquizados bajo una sola cabeza, que es Dios, así también aquí abajo primados, patriarcas, arzobispos, obispos, presbíteros, abades y otros por el estilo se hallan subordinados a uno solo, que es el Sumo Pontífice. De seguro no debe despreciarse lo que tiene a Dios por autor y trae su origen del cielo». —Según esto, se concluye que debe ser uno solo aquel a quien se reduce la sujeción de todos; y esto por exigido así, como se ha demostrado, el orden de la justicia universal.
En segundo lugar, lo requiere la unidad de la Iglesia. La razón es porque, siendo la Iglesia una sola jerarquía, un solo cuerpo y una sola esposa, debe tener, por lo mismo, un solo jerarca principal, una sola cabeza y un solo esposo. Y porque esta unidad compete a la Iglesia en cuanto a la influencia interna de los carismas y en cuanto al ejercicio externo de los ministerios, resulta, en consecuencia, no sólo que Jesucristo, a quien pertenece regir, vivificar y fecundar interiormente la Iglesia, es jerarca principal, cabeza y esposo de la misma, sino también que debe ser exteriormente uno solo el ministro supremo, lugarteniente del jerarca, cabeza y esposo primario, a fin de que la Iglesia, así en lo interior como en lo exterior, no pueda menos de conservarse en unidad. —Y esto es lo que dice San Cipriano, y se contiene en la causa 24, cuestión 1: «Habla el Señor a Pedro diciendo: Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra, etc. Sobre único fundamento se levanta el edificio de la Iglesia, cuyo punto de partida es la unidad, y esto a fin de que la Iglesia se manifieste una; uno es el episcopado, y cada uno de sus miembros subsiste in solidum, y una es la Iglesia, la cual, según va multiplicándose, dilata más los brotes de su fecundidad. —Así como, siendo muchos los rayos, es una misma la luz, y, siendo muchos los ramos del árbol, es uno mismo el tronco tenazmente arraigado en tierra; y así como de una misma fuente emanan muchísimos riachuelos, y, con difundirse, por generoso desbordamiento, múltiples corrientes de agua guardan en su origen íntegra la unidad, así también la Iglesia, alumbrada de luz divina, al esparcir sus rayos por toda la tierra, difunde, sin embargo, por todas partes una misma cosa, sin que sufra división la unidad de su cuerpo». Según esto, quiere San Cipriano que la Iglesia, por ser una sola paloma, un solo episcopado y un solo cuerpo, hubo de fundamentarse, como en un solo obispo, cabeza y esposo, sobre un solo pastor supremo, que es San Pedro.
Lo requiere, por último, la estabilidad así del orden como de la unidad de la Iglesia. Cuya razón es porque, al decir del Filósofo, «la virtud o potencia, cuanto está más unida, es tanto más infinita». Y que esto sea verdad, se deduce considerándolo en cuanto a la permanencia o duración, en cuanto a la influencia y en cuanto a la preeminencia. —Primeramente en cuanto a la permanencia. Consta, en efecto, que, así como la división engendra ruina, así la unión, según va siendo mayor, comunica mayor firmeza y consistencia; y de aquí es que toda la firmeza de la Iglesia dimana principalmente de la estabilidad de una sola Piedra, que es Cristo, y de un solo Pedro, Vicario de la Piedra. En significación de lo cual se dijo a Pedro: Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; o también: Yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe; y claro está que no fue sin eficacia esta oración. Por cuya causa dice San Jerónimo lo que se contiene en la causa 24, cuestión 1: «La santa Iglesia romana, que permaneció siempre sin mancilla, no sin divina providencia y protección del bienaventurado apóstol Pedro, permanecerá en lo sucesivo inmune de los insultos de los herejes, perdurando en todo tiempo firme e inconmovible». Tenemos, pues, que la unidad del Sumo Pontífice hace estable la Iglesia en cuanto a su permanencia o duración. —Dígase otro tanto en cuanto a la influencia. Consta, en efecto, que la virtud, cuanto es más unida, es tanto más potente; y cuanto es más potente respecto de la eficacia, tanto más eficaz es su influjo respecto del efecto; y de aquí se sigue que la potestad plena hubo de conferirse a un solo Sumo Pontífice. Por cuya causa dice el papa León: «De tal manera quiso el Señor perteneciera el sacramento de este privilegio al oficio del colegio apostólico, que se comunicase principalmente a San Pedro, príncipe soberano de todos los apóstoles, a fin de que se derivasen sus dones de él, como de la cabeza a todo el cuerpo, y se considerase privado de los divinos misterios el que tuviese el atrevimiento de apartarse del fundamento estable, que es San Pedro». Y, por último, en cuanto a la preeminencia. Consta, en efecto, que la virtud, cuanto está más unida, se halla menos sujeta a otro, siendo, por lo mismo, más libre. Consta asimismo que la virtud, cuanto está más unida, más participa de lo primario y de lo sumo, a semejanza del arca, cuya cima quedó rematada como en un codo de espacio; por donde la unidad del Sumo Pontífice es la única que confiere dignidad preeminente a la Iglesia entera. Y por eso, así como para ornamento de todo el cuerpo se concentran en la cabeza todos los sentidos, así también deben concentrarse en el Sumo Pontífice todas las dignidades. Y esto es lo que dice San Bernardo Al papa Eugenio: «¡Ea! Veamos aún con más diligencia quién eres tú; veamos, digo, a quién representas en la Iglesia de Dios. ¿Quién eres tú? Eres el gran Sacerdote, el Pontífice Sumo; eres el príncipe de los obispos, el heredero de los apóstoles; eres Abel en primacía, Noé en gobierno, Abrahán en patriarcado, Melquisedec según orden, Aarón en dignidad, Moisés en autoridad, Samuel en judicatura, Pedro en la potestad y Cristo en la unción».
Colígese de aquí claramente que la unidad del Sumo Pontífice dimana de la ley divina: primeramente, por exigirlo el orden de la justicia universal, ya natural, ya civil, ya celestial; en segundo lugar, por exigirlo la unidad de la Iglesia, considerada como una sola jerarquía, un solo cuerpo y un solo esposo; y en tercer lugar, por exigirlo la estabilidad y alteza tanto del orden como de la unidad respecto de la duración permanente, virtud influyente y dignidad preeminente. Por donde, aunque aquello, es decir, la obediencia de todos a uno, haya dimanado de la ley de la gracia, que es la ley de Jesucristo, se conforma, sin embargo, con la ley de la naturaleza y con la ley escrita, con el derecho pontifical y con el derecho canónico; se conforma con las cosas visibles y con las cosas invisibles, y se conforma con la piedad de todos los fieles y con la recta inteligencia de todos los espíritus, como también lo demuestran las razones arriba alegadas, las cuales, por tanto, deben ser concedidas.
Enviado por Patricio Shaw
NATURALEZA DEL CULTO DADO A MARIA
NATURALEZA DEL CULTO DADO A MARIA
I. Ante todo, definiremos los términos. Las denominaciones formales del culto relativo y del culto absoluto apenas se encuentran en los Padres y los antiguos maestros; son de invención, o al menos de uso más reciente. Pero la cosa que se ha querido significar por ellos ha sido siempre reconocida por nuestros Doctores. Todos, en efecto, están de acuerdo en distinguir dos sujetos del culto: uno que encierra en sí mismo la excelencia o la dignidad que es motivo del culto; otro, en el cual no se halla ni dignidad ni excelencia propia para motivar el culto, sino únicamente una relación más o menos estrecha con el sujeto que posee en sí mismo tal excelencia y tal dignidad. Si honramos al primer sujeto dicho es con cultoabsoluto; cuando nuestros homenajes se dirigen al segundo, el culto es relativo y puramente relativo. Aclaremos esta distinción con ejemplos. Si veneráis a un Santo del cielo, el culto que le rendís es culto absoluto, porque ese amigo de Dios posee en sí mismo la perfección de gracia y de gloria sobre la cual se apoya vuestro culto. Si veneráis su imagen, el culto, en cuanto se refiere a la imagen, es relativo, porque no la honráis por razón de su materia o de su forma artística, sino únicamente por razón de las perfecciones sobrenaturales que brillan en el ejemplar que aquella imagen pone ante vuestros ojos.
De aquí se sigue una consecuencia bien digna de notarse. Y es que el segundo género de culto, el que se dirige inmediatamente a la imagen, no podría, sin impiedad, detenerse en esa imagen, porque sería reconocer en ella una excelencia que no puede convenir a criaturas privadas de razón, y profesarle sentimientos de dependencia incompatibles con la dignidad humana. Precisa, pues, que el móvil de nuestro culto pase más allá, y que vaya, por medio de la imagen, al ejemplar que ella representa (Por donde se echa de ver que el culto absoluto puede ir solo, mientras que el culto relativo, el de una imagen, por ejemplo, es a la vez, y por una conexión necesaria, el culto absoluto del prototipo).
Esto nos enseñaron los padres reunidos en Nicea para condenar la herejía de los iconoclastas: «Cuando se adora la imagen de Cristo, a Cristo es a quien se adora: a Cristo, de quien tiene esa imagen la semejanza.» Esto decía uno de los Padres, con aplauso del Concilio, y esto sancionó el Concilio mismo con su definición: «El honor prestado a la imagen pasa al prototipo de tal modo que adorar la imagen es adorar la persona representada por la imagen» (Labbe, Coll. Conc., Concil. VII. act. 7, t. VII, 866. etc. 556). Por consiguiente, deducía el sacerdote Juan, hablando en el mismo Concilio en nombre de los Obispos orientales, y según San Basilio; por consiguiente, no hay aquí dos adoraciones, una de la imagen y otra del ejemplar, sino una sola e idéntica adoración, porque «el honor rendido a la imagen va directamente y todo entero al ejemplar».
Así, el mismo culto es absoluto y relativo a la vez: absoluto, en cuanto sé dirige al prototipo; relativo, en cuanto se ejercita sobre la imagen considerada formalmente como imagen, porque el honor que ella recibe pasa al prototipo: Quoniam honos qui eis exhibetur refertur ad protypa.
He aquí por qué los grandes escolásticos del siglo XIII, seguros de no ser mal comprendidos o mal interpretados por los herejes, que en su tiempo no existían, no vacilaron en dar el nombre de latría al culto de veneración prestado por la Iglesia, sea a la Cruz del Salvador, sea a los otros objetos que lo representan. «Es —decía San Buenaventura— porque la imagen, la del Crucificado, por ejemplo, no se ofrece a nosotros por sí misma, sino por Cristo, a quien ella representa» (In III Setent., D. 3. a. 1, q. 2); porque es una misma cosa el mirar a la imagen como imagen, es decir, a la imagen haciendo acto de imagen, y ver en ella el sujeto que representa (S. Thom., 3 p.. q. 25, a. 3); porque el movimiento del alma hacia la imagen, en tanto que es imagen, no se detiene en ella, sino que alcanza en ella y por ella al ejemplar que se presenta a las miradas en ella y por ella (8). El Concilio de Trento ha expuesto esta doctrina muy claramente: «Hay que conservar en loe templos las imágenes de Cristo, de la Virgen Madre de Dios y de los Santos, y rendirles el honor y la veneración que les son debidos, no porque se crea que tienen ellas algo de divino, digno de nuestro culto, ni tampoco porque se les deba dirigir oraciones, o confiar en ellas, a ejemplo de los gentiles que ponían su esperanza en los ídolos, sino porque el honor que lee presta se refiere a los prototipos que ellas representan: de suerte que por las imágenes que besamos, y ante las cuales nos descubrimos y nos prosternamos, adoramos a Cristo y veneremos a los Santos, de quienes tienen la semejanza» (Con. Trident., s.css. 25).
Pero, ¿a qué hablar de nuestros propios sentimientos cuando podemos apelar a los de la Iglesia? ¿Qué canta ella adorando la Cruz de Jesús y diciendo O crux, ave, spes única (Salve, ¡oh, Cruz!, única esperanza nuestra)? ¿A quién quiere saludar doblando las rodillas y postrándose en tierra, y a quién proclama su única esperanza? ¿Es acaso a la materia ciega e inerme, a la que ha dado forma de cruz el artista? ¡No!, ciertamente. Es a Cristo mismo; pero a Cristo presente por su imagen y contemplado en esa imagen. Si la Cruz recibe esas demostraciones de adoración, es para referirlas a Aquel de quien es símbolo y memorial; a Aquel que la ha consagrado con el contacto de sus miembros y la efusión de su sangre.
Esta teoría sobre el culto de las imágenes hará más clara la solución que hemos dado, según Santo Tomás y Suárez (2» parte, I. VII, c. 5, p. 131), a la objeción que podría proponerse respecto de las apariciones no personales de Nuestro Señor y de los Santos. Se entienden, según decíamos, por apariciones no personales esas manifestaciones en las cuales los personajes no están realmente presentes en su subtancia: lo que que presenta inmediatamente es una pura representación, la cual es formada a veces solamente en la imaginación, y a veces fuera de los sentidos o por los ángeles o por Dios mismo. Supongamos, pues, una aparición de esta clase, y de tal manera que excluya toda la intervención diabólica. ¿Serán los actos de culto prestados en semejante ocurrencia, materialmente, por lo menos, algo desordenados, puesto que se dirigen, según nuestra hipótesis, a un objeto diferente de aquel al cual se debería honrar? No, ciertamente, porque el culto de la imagen no es otro en el fondo que el culto del sujeto representado en la imagen. Por consiguiente, aunque la Virgen y la Humanidad del Señor estén presentes en su substancia misma, o sólo en una representación podemos rendirles el culto que merecen: al Dios hecho hombre, el culto delatría; a su Madre, el de hiperdulía.
¿Acaso no fué María santificada por el contacto de la carne del Salvador, como jamás lo fueron ni la cruz, ni los clavos, ni la corona de espinas? Si, pues, este contacto basta para asegurar a estos objetos el culto relativo de latría, ¿por qué no ha de recibirlo María por el mismo título? Y, además, ¿no es Ella la más fiel, la más viva y la más perfecta de todas las imágenes de Cristo? Por consiguiente, nada nos impide el contemplar y adorar a su Hijo en Ella, como le contemplamos y adoramos en sus otras representaciones, y hasta parece que con más justicia y propiedad.
Estas razones parecieron de tanto peso al mismo Suárez, que declara que no reprobaría un culto secundario de latría, entiéndese un culto relativo, es decir, motivado por la excelencia de Cristo, si se lo prestase a María una persona bastante ilustrada para discernir los diferentes modos de adoración. Sin embargo, no admite que un culto de esta clase pueda ser público y pasar al uso común (De Mysteríis vitae Christi, D. XII, s. 2, 8 Prima igitur ratio). Las dos razones que trae para ello son las mismas por las cuales Santo Tomás y San Buenaventura rechazan sin restricción esta misma latría (S. Thom., 3 p. 26, a. 6: S. Bonav., in III Sentent., D. 9. a. 1, q. 4, ad 2). Una y otra razón parten del principio de que los seres racionales son los únicos que, considerados en sí mismos, son aptos para recibir un tributo de honor y de veneración. En cuanto a las naturalezas inferiores, no podemos ni debemos rendirles culto alguno por razón de su propia dignidad. Están por todo y en sí mismas por debajo de nosotros. «El honor y la veneración —dice el Doctor Angélico— se deben exclusivamente a la criatura racional; en cuanto a las criaturas insensibles, no pueden ser objeto de culto sino en su relación con la criatura dotada de razón».
De este principio se deduce esta primera conclusión. Y es que el culto relativo de un objeto inanimado, como la Cruz del Salvador, no podría ser ocasión de escándalo, puesto que la naturaleza misma de las cosas nos advierte que este objeto no es honrado en sí mismo, sino por aquel a quien representa y que lo ha santificado con su contacto. Nadie, a menos de estar ciego, se puede persuadir que queremos agradar a un leño y rogar a la madera cuando nos postramos ante un crucifijo. La criatura racional, por el contrario, como puede recibir nuestros homenajes por sí misma y para sí misma, porque puede tener en sí misma una dignidad que los motive, sería peligroso honrarla con culto de latría, porque los ignorantes podrían creer que se adora a ella misma y por su propia dignidad; en otros términos: que es adorada como cosa, y no sólo como el signo en el cual se contempla y se honra a Jesucristo.
En confirmación de esta doctrinn se puede citar una decisión del Santo Oficio que no conocemos sino por la siguiente ocurrencia. Cayó hace tiempo en nuestras manos un ejemplar del tratado de la Encarnación, que formaba el tomo X del Curso de Teología de los Carmelitas de Salamanca, tratado impreso en Colonia en 1691 Coloniae Agrippinae, sumptibus fratrum Hugeton, MDCXCI. El autor, después de haber demostrado que las reliquias de los santos, consideradas como tales, deben de ser honradas con el mismo culto que las personas a las cuales pertenecen, prosigue en estos términos (tr. XXI, D. XXXVIII):«Pero si se les considera desde otro punto de vista, no repugna en modo alguno el que se rinda un culto superior al que es debido a las personas mismas».
Por consiguiente, las reliquias personales, como el corazón de santa Teresa, por ejemplo (el autor tambien cita los miembros estigmatizados de San Francisco y el corazón de San Nicolás).
A esta consideración hay que añadir otra que no es menos decisiva. Siendo la naturaleza racional capaz de recibir culto absoluto, no se podría, sin rebajarla, contentarse para ella con un culto puramente relativo. ¿Y por qué? Porque este último género de culto es manifiestamente inferior al primero. En efecto, mientras que éste prueba que hay una excelencia propia en el que lo recibe, aquél demuestra únicamente la dignidad del sujeto representado por la imagen. Y esto es lo que San Buenaventura expresa también cuando escribe: «El honor de adoración prestado por nosotros a la imagen de Cristo va derecho todo entero a Cristo, como sujeto: he aquí por qué adorar la imagen de Cristo es adorar a Cristo, y no su imagen», en tanto que es una cosa en su realidad propia y material (S. Bonav., I. c., ad 1). Por consiguiente, y es la segunda conclusión, honrar a la Virgen Santísima con culto puramente relativo, aunque fuese culto de latría, sería lo mismo que echar en olvido los inefables privilegios que esta Señora tiene en sí misma, y rebajarla en vez de elevarla. Con mucha más razón habría que condenar una doctrina que le negara toda otra veneración que no fuese ésta.
Tal fue, volviendo a los antiguos errores, la opinión blasfematoria del detestable emperador Constantino Coprónimo. No contento con perseguir furiosamente el culto de las imágenes santas, atacó a la Virgen Santísima y proscribió el nombre venerado de la Madre de Dios. Según este teólogo de nuevo género, María dejó de merecer nuestros homenajes desde el momento en que dió a luz al Verbo hecho carne. El argumento empleado para demostrar esta extraña doctrina era digno de semejante hombre. Tomaba una bolsa llena de oro, y la enseñaba con demostración de respeto; después, vaciando la bolsa, la arrojaba con desprecio. He aquí —decía— lo que hay que pensar de María: digna de nuestro culto cuando llevaba a Cristo en sus entrañas, a causa de la excelencia de Cristo; indigna después que Cristo se separó de Ella corporalmente, porque ya no tiene en Ella lo que únicamente la hacía apta para recibir nuestro culto. Era esto rehusarle claramente toda dignidad personal, fuera de la que le venía por el contacto actual del Verbo Encarnado, y, por consiguiente, no reconocerle otro derecho que el de un culto relativo, un culto aminorado.
En esto mismo concordaba lógicamente con el error que le llevaba a proscribir las imágenes; porque las imágenes, aun cuando sean la representación fiel de sus prototipos, no están ni identificadas ni realmente unidas con ellos. Por consiguiente, en virtud del mismo principio, no pueden, sin una especie de sacrilegio, ser objeto material del culto religioso. Admiradlas, si queréis, por la riqueza de la materia o lo acabado de la forma; pero guardaos de rendirles culto alguno, siendo así que no son dignas de él, ni por sí mismas, ni por lo que ellas contienen. Inútil es, el refutar de nuevo esos dichos del triste teólogo coronado. Lo que antecede demuestra superabundantemente su necedad (El Patriarca de Constantinopla, San Nicéforo, en su Refutación de Constantino Coprónimo y de sus partidarios, cita en favor de la doctrina católica sobre el uso y el culto de las imágenes estas palabras que dice haber tomado de San Cirilo Alejandrino: «Si alguno contempla la imagen del rey, pintada o esculpida…, la imagen le dirá, en cierto modo: Quien me ha visto, ha visto al rey. Y también: Yo estoy en el rey, y el rey está en mí, al menos en cuanto a la forma exterior; de una parte, en efecto, la pintura o retrato tiene los rasgos del rey, y de la otra el rey lleva en sí mismo lo que la pintura presenta a los ojos.» (S. Nicephor. Patr. Ct., Antirrhet., III, n. 24. P. G„ C. 413; col. Cirill. Alexand.: Thesaur: Assert., 12, P. G., LXXV, 184).
Entre las proposiciones prohibidas por el Papa Alejandro VII en su decreto dogmático de 1690 hay una concebida en estos términos: «La alabanza dada a María, en cuanto es María, vana es.» Es la proposición vigésimosexta («Laus quae defertur Mariae, ut Mariae, vana est» (Denzinger, Enchirid., n. 1183). Estaba sacada de un librito publicado algunos años antes de este decreto, libro del cual tendremos que hablar más adelante. Es conocido bajo el siguiente título: Avisos saludables de la Virgen Santísima a sus indiscretos devotos. El objeto del autor y de aquellos que le movieron a que lo escribiese era el de disminuir en los pueblos la devoción a la Madre de Dios, bajo el especioso pretexto de disminuir los abusos. He aquí cómo hace hablar a María sobre la cuestión que nos ocupa: «Las alabanzas que me dirigen, referidas a mí misma como a mí misma, son vanas; referidas a mí como a la Madre y a la esclava del Señor, son santas… Yo soy, como vosotros, sierva de Dios. Cuando, pues, me alabéis, alabad principalmente a Dios y glorificadle, porque miró la humildad de su esclava» (Avis salut., 8 3, n. 1).
Comparad estas proposiciones capciosas con estas otras del mismo autor puestas también en labios de María: «A Dios sólo pertenece todo honor, toda alabanza y toda gloria… Yo no busco mi propia gloria, sino la de Aquel que me ha creado y me ha redimido»; comparadlas, decimos, con la conducta de los fautores e inspiradores del libro y de su doctrina, que suprimían los más hermosos elogios de la Virgen Santítima en la Liturgia de la Iglesia y transformaban en cuanto les era posible sus fiestas más solemnes, las fiestas de la Anunciación y Purificación; por ejemplo, llevando toda la atención de los fieles a Jesucristo; comparadlas, volvemos a decir, y comprenderéis entonces todo el veneno oculto bajo el equívoco de la fórmula.
Desprendida o despojada de términos ambiguos, la proposición viene a decir: No honréis a María por su dignidad propia, ni por los dones supereminentes que ha recibido de Dios, sino honrad más bien a Dios en Ella, que la ha hecho su Madre; a Dios, delante del cual ella misma confiesa que es nada. En otros términos, que vuestro culto por la Madre de Dios no sea un culto absoluto, sino un culto relativo, poco más o menos como el de la Cruz del Salvador. He aquí, si no nos equivocamos, el por qué de la proscripción que hizo el Papa de la fórmula abreviada de los Avisos saludables. Lo merecía, porque su sentido verdadero es pernicioso. Es, en el fondo, la impía doctrina de Constantino Coprónico. De ambas partes pretenden que María sea únicamente glorificada como el templo en que el Dios hecho carne se encerró, con un culto, por consiguiente, que se refiere inmediata y formalmente a Cristo. Hay, sin embargo, que notar dos diferencias: primera, que el emperador de Oriente, ya citado, no veló su manera de pensar; después que redujo el culto religioso de la Madre divina al tiempo en que Jesús habitaba en su seno, mientras que el presunto dador de avisos no admite semejante restricción. Tomad un vaso sagrado: Coprónimo, en virtud de sus principios, lo venerará mientras contenga el Cuerpo y la Sangre del Señor. Los Avisos saludables pretenden, en cambio, que se le guarde veneración respetuosa aun cuando no contenga el Cuerpo y Sangre divinos, pero únicamente en atención a su contenido. III. El culto de la Bienaventurada Virgen es culto absoluto, porque Ella posee en sí misma la razón de los honores y de las alabanzas que le prestamos; esto es: su maternidad divina y su gloria sobre toda otra gloria después de la de su Hijo. Y, sin embargo, este culto, por absoluto que sea, tiene algo de relativo. Cuando es Dios a quien adoramos, nuestro culto no pasa más allá; se detiene en Él. ¿Por qué? Porque no tiene de otra persona alguna la sobreeminente dignidad que reclama nuestra adoración. El mismo, y por Sí mismo, es la Bondad, la Belleza, la Omnipotencia y la Perfección por esencia; nuestro primer principio y nuestro último fin. Pero lo que honramos en los Santos, aunque lo posean en propiedad, no lo tienen de sí mismos; es un don de Dios, un arroyuelo de su plenitud infinita. Los Santos son la hechura, la maravilla de la gracia. Por consiguiente, cuanto más los consideremos y más los admiremos, menos podemos detenermos en ellos. Todos cuantos títulos vemos en ellos, acreedores a nuestro respeto, a nuestro amor, a nuestros homenajes, nos elevan para subir a Dios: su santidad nos dice la santidad de su principio, y su gloria canta las grandezas infinitas.
¿Podemos glorificar al arroyuelo sin glorificar al mismo tiempo la fuente de donde mana? ¿Podemos celebrar al siervo y al amigo de Dios como siervo y como amigo sin que nuestro alabanza se eleve a Aquel de quien es siervo y amigo? Cosa muy digna de notarse: los Santos a quienes honramos más son aquellos mismos en quienes glorificamos más también a Dios, Autor y Fautor de su santidad, porque la gloria y perfección de ellos es la medida y porporción de la gracia que de El han recibido.
Por consiguiente, el culto de los Santos, lejos de apartar con provecho de la criatura el honor que a Dios corresponde, tórnase finalmente a la glorificación de Dios. Es Él a quien honramos en sus servidores, por las gracias que les ha hecho, por los méritos que han sido su fruto y por la gloria de que los corona como Autor, como Objeto y como Recompensa de su santidad. Y esto es lo que la Santa Iglesia nos da a entender claramente en los himnos que canta en honor de los Santos. Porque, después de haber celebrado los actos de su celo, de sus virtudes, de su apostolado o de su martirio, es decir, de lo que hicieron y sufrieron por la gloria de Dios, termina invariablemente esos cánticos con la doxología, es decir, con la glorificación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, reconociendo así que toda la gloria de los Santos de Dios desciende y a Dios vuelve a subir. Por consiguiente, nada más falso ni más injusto que la acusación frecuentemente hecha al catolicismo de que resta al culto de Dios los honores que rinde a sus elegidos. Lo contrario resalta con evidencia de las consideraciones anteriores, y los Padres lo han proclamado cien veces en sus escritos.
«No hay que dudarlo: todas las alabanzas que damos a la Madre pertenecen al Hijo; y, recíprocamente, el honor que prestamos al Hijo no nos aparta de la glorificación de la Madre. Si, según Salomón, un hijo sabio es la gloria de su padre (Prov., XI, 1), ¡cuánto más glorioso es ser Madre de la misma Sabiduría!» (S. Bernard., hom. 4 in Missus est. n. 1. P. L., CXXXIII, 78). «¡No!, no es posible separar de la Madre la potencia y el principado del hijo. Una es la carne de Cristo y de María, uno el espíritu, una la caridad… Ahora bien, la unidad no sufre ni división, ni partición. Aun cuando lo que la compone venga de dos, no puede ser separado; de tal modo que, a mi juicio, la gloria del Hijo y la gloria de la Madre son menos una gloria común que una sola e idéntica gloria» (Ernald Bonaeval., ep. Carnot., de Laudibm B. V. P. L. CLXIX, 1729). «Es, pues, cosa indudable que la gloria de Dios se aumenta con todo lo que se hace y se canta en honor de su Madre». Esta era la razón por la cual el antiguo autor de donde hemos sacado esta sentencia exhortada a los cristianos a celebrar dignamente la Asunción de la Virgen Santísima. Es también uno de los motivos que determinaron a Pío IX para definir la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios. Lo hizo, «no sólo para satisfacer los piadosísimos deseos del mundo católico y su propio y personal amor a la divina Señora, sino también para honrar más y más en Ella a su Unigénito, Jesucristo Nuestro Señor, porque todo honor y alabanza hecha a la Madre recae sobre el Hijo« (Bulla Ineffabilis Pii P. IX).
Insistamos en esta verdad, puesto que la herejía nos ha reprochado, y nos reprocha todavía, el olvidar al hijo para honrar exclusivamente a la Madre. Aun cuando la razón y la autoridad enmudecieran sobre este punto, bastarían los hechos para refutar la acusación lanzada contra la Iglesia por las sectas protestantes. Ya lo hemos advertido (1° parte, I. I, c. 3): el culto de adoración a Cristo aumenta o disminuye según que su Madre es más honrada o más olvidada. Si hay comarca en el mundo cristiano en donde la creencia en la divinidad de Nuestro Señor va disminuyendo y desvaneciéndose, y en donde, por consiguiente, cada día se le paga peor el tributo de adoración que se le debe, son, ciertamente, aquellas mismas en las cuales se ha repudiado el culto de su Madre. «Despide a la esclava y a su hijo», decía Sara, celosa de apartar de Isaac la competencia que tenía contra éste de parte de Ismael, el primogénito de Abraham. Tal es la táctica del enemigo de Cristo. Queriendo desterrar al Hijo de las almas cristianas y arrebatarle el doble homenaje de su fe y de su amor, les persuade que arrojen a la Esclava del Señor, sabiendo por experiencia que el destierro de Ella trae, después de breve espacio, la expulsión de Él. Por el contrario, cuando Dios quiere establecer plenamente el reino de su Hijo en un corazón, levanta en ese corazón un trono de amor a María.
Para no hablar sino de los Santos más cercanos a nuestros tiempos, no hallaréis uno solo que no se haya declarado siervo apasionado de la Madre de Dios, ni uno solo tampoco que no haya sido al mismo tiempo caballero fidelísimo de Cristo, dispuesto a dar su tiempo, sus sudores y hasta la última gota de su sangre para hacer reinar sobre los hombres a la Madre y al Hijo. María no es la rival, sino la esclava de su Hijo. Ir a su altar es ir al de Jesús por el camino más seguro. El hecho evangélico de la adoración de los Magos se reproduce en todas partes y siempre. Yendo a María es como se llega a Jesús. Si en el seno de la Iglesia anglicana hay actualmente cristianos que aspiran a ponerse más y más cerca del Dios Salvador, es porque al mismo tiempo, y con gran escándalo de sus compañeros de cisma, cantan las alabanzas de su Madre y rivalizan con los católicos en los honores que le rinden. Y esta es, digámoslo de paso, una de las cosas que parecen preparar mejor la vuelta de esos hermanos extraviados al seno de la Iglesia católica, madre y maestra, abandonada por sus antecesores (He aquí algunos versos de uno de los más ilustres convertidos del anglicanismo, que hacen resaltar muy felizmente el encadenamiento de la devoción hacia la Madre con la devoción hacia el Hijo. Han brotado de la piedad del P. Faber, y según Newmann son los mejores que ha escrito. Los tomamos del opúsculo del célebre oratoriano intitulado Du Culte, de la S. Vierge dans I’glise Catholique (Lettre au Dr. Pusey… Traduit par G. du Pré de Saint-Maur) p. 112. «Hombres desdeñosos han dicho fríamente que mi amor hacia Ti me apartaba de Dios. ¡Oh Madre!, amándote, no he seguido otro camino sino el que anduvo y siguió mi Salvador. «¡Qué poco saben lo que vale mi Madre, los que me han dirigido esas palabras descorazonadoras! ¿A quién dió Jesús sobre la tierra ni la mitad del amor que te tenía? «Hazme la gracia de amarte más aún. Pídelo, y Jesús me lo dará. Entonces, Madre mía. cuando hayan pasado las penas de la vida, entonces sí que te amaré verdaderamente. «En su última agonía. Jesús te entregó a mí, desde la cruz. ¿Cómo amaría yo a tu Hijo, dulce Madre mía, si no te amase?»).
Nada, por consiguiente, ni más claro ni mejor justificado que la unión íntima entre el culto de Nuestro Señor y el de su Madre divina. El uno va con el otro. ¿Recordáis aquella mujer que, transportada de admiración escuchando al Salvador Jesús, le tributó aquella alabanza tan frecuentemente recordada por la Iglesia: «¡Benditos el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!»? Ya lo veis: quiere glorificar al Hijo, y ¿qué hace? Glorificar a su Madre. Y así será siempre; porque, lo repetimos, los homenajes prestados a Ésta se elevan necesariamente a Aquél, no sólo por la razón general de que todo buen hijo se encuentra muy honrado con las deferencias que se tienen con su madre, sino también por una causa exclusivamente propia de la perfección de María; y es que todo lo que provoca nuestro amor, nuestra veneración, nuestra devoción hacia Ella, todo —bien lo sabemos— le viene únicamente de Jesús, su Hijo y su Dios, como de fuente fecundísima.
Añadamos la última consideración, y confirmará lo que hemos aprendido por el testimonio de los Santos, por la experiencia y por la misma naturaleza de las cosas. Es que cuanto más amemos a la Virgen bendita, más nos llevará este amor, por sí mismo, al amor y, por consiguiente, a la glorificación de Nuestro Señor, porque sabemos que el mayor deseo de esta divina Madre es ver amado a su Hijo; porque, cuanto mejor lo sirvamos, más se complacerá en nosotros la Señora; porque el Corazón de María recompensará nuestros homenajes con el don más precioso de todos: el de hacernos crecer en amor de su Hijo.
No podemos terminar mejor estas reflexiones que con la hermosa oración de San Ildefonso, que las resume todas: «A Ti vengo, oh, Virgen Unica, Madre de Dios. Dígnate conseguirme la gracia de unirme con todas las fuerzas de mi alma a Dios y a Ti, de servirte a Ti y a tu Hijo: a Él, como a mi Criador; a Ti, como a la Madre de mi Criador… A Él, como a mi Dios; a Ti, como a la Madre de Dios; a Él, como a mi Redentor; a Ti como a su Asistente en la obra de Redención… Si Él ha sido el precio de mi rescate, ha sido por lo que ha recibido de la carne tuya: si me ha salvado de mis heridas es porque ha hecibido de Ti el cuerpo mortal que las ha curado con sus llagas. Siervo tuyo soy, porque tu Hijo es mi Señor; tú eres mi Dueña y mi Señora…, porque eres Madre de mi Dios… En cuanto a mí, si quiero someterme a la Madre, es para ser siervo del Hijo; si aspiro a convertirme en posesión suya, es a fin de demostrar con más seguridad a mi Dios el testimonio de mi sujeción… El honor que doy a la Sierva se eleva hasta el Dueño; el amor que tengo a la Madre refluye naturalmente hasta el Hijo, y los homenajes que ofrezco a la Reina van por Ella a la gloria del Rey» (S. Hildefons., De Virginit. perpetua S. M.. c. 12. P. L.. XCVI, 105, 180. Un hecho referido en las Insinuaciones de la Divina Piedad de Santa Gertrudis, pero desfigurado en ciertas traducciones, confirma claramente esta doctrina: «Un día de la Anunciación se extendió tanto el predicador en las alabanzas de la Virgen Santísima, que apenas si dijo algunas palabras de la Encarnación del Hijo de Dios. Chocóle esto a la Santa, y al pasar después del sermón ante el altar de la Virgen, no sintió, al saludarla, su plenitud habitual de suave afecto hacia Ella, yéndose todos los movimientos de su corazón a Jesús, fruto bendito de sus entrañas virginales. Gertrudis tuvo miedo entonces de haber incurrido en la indignación de la poderosa Reina de los cielos. «No temas, amada mía —le dijo Jesús para tranquilizarla—; las alabanzas que das a mi Madre, aunque tu pensamiento se dirija a Mí principalmente, le son muy agradables. Pero como tu conciencia te reprende de haberla descuidado, ten cuidado en adelante de saludar más devotamente la imagen de mi purísima Madre, aunque no saludes la mia». «No quiera Dios, ¡oh mi Único Amor y todo mi bien -respondió Gertrudis-, que yo te descuide a Ti, a Ti, de quién depende mi salvación; a Ti que eres la vida de mi alma, para dirigir a otra parte mis saludos y mi corazón». Y el Divino Maestro le respondió con dulzura: Haz lo que te pido, amada mía. Cada vez que así me dejes para saludar a mi Madre yo te lo agradeceré, y te premiaré, como premio Yo a todo verdadero fiel que de corazón me deja, a Mí, el Bien Sumo, para trabajar en mi mayor gloria» /Insinuat. divinae pietatis, 1, III, c. 20, Coloniae, 1579).
¿No hay, por consiguiente, diferencia esencial entre el culto de Nuestro Señor y el de su Santísima Madre, y podemos considerarlo como una adoración puramente relativa? No, ciertamente; y sería comprender muy mal la doctrina expuesta hasta el presente el venir a parar en semejante conclusión. Oíd a los maestros resolver esta dificultad. Tratando también del culto de latría, la han resuelto: «Parece —dice San Buenaventura— que se debe adorar a la Madre de Cristo con culto de latría. Porque, según San Juan Damasceno, el honor que se le rinde se refiere a Aquel que se encarnó en Ella (S. Joan. Damasc., de Orthod. Fide, 1. IV. c. 17. P. G.. XCIV). Por consiguiente, si hay que rendir culto latréutico a la imagen de Cristo, porque el culto de la imagen pasa a Cristo, su prototipo, se debe, por el mismo título, pari ratione, honrar a la Virgen con un culto semejante, puesto que el honor de la Madre se eleva naturalmente al Hijo.» Tal era la objeción. He aquí la respuesta del Doctor Seráfico: «El honor se refiere a uno de dos maneras: o como a su sujeto, o como a su fin. El honor prestado a la Madre de Cristo va al Hijo, pero como a su fin; el honor a la imagen de Cristo se eleva hasta Él, pero como a su sujeto. Por eso, quien adora la imagen de Cristo, adora a Cristo y no a la imagen (es decir, a la materia de la imagen); pero quien adora a la Madre de Cristo, adora a la vez a Cristo y a su Madre» (S. Bonavent, in Sentent.. III, D. 9, a. 1, q. 3 ad 1).
Es, en sustancia, la solución dada por el Doctor Angélico sobre el mismo texto de San Juan Damasceno. Sí: «el honor de la Madre se refiere al Hijo, porque por causa de Él es digna de nuestro culto. Sin embargo, no es de la manera que la imagen se refiere al ejemplar representado por ella, porque la imagen, considerada en sí misma y en su realidad propia y material, es refractaria a toda veneración». Lo repetimos: el movimiento de nuestro espíritu y de nuestro corazón no se detiene en la imagen; va derechamente por ella al prototipo que ella representa. Así, cuando, llenos de admiración ante una obra genial, decimos, mostrándola: ¡qué hermoso, qué maravilloso libro!, no hablamos del libro material, sino de los pensamientos de los cuales es la señal y la expresión.Aun cuando, por consiguiente, haya algo relativo en el culto de la Madre de Dios, como en el de los Santos, este culto se distingue en sí mismo plenamente del que se rinde, sea a la Cruz del Salvador, sea a los otros instrumentos de su Pasión. Y la Santa Iglesia lo demuestra bien en los oficios consagrados a la memoria de ellos. Jamás, ni con una palabra, alaba en esos objetos materiales lo que son en sí mismos, mientras que en María exalta las cualidades inherentes que la han hecho tan santa, tan grande y tan bella.
De todo lo dicho se deben sacar tres conclusiones: el culto de Dios solamente es puramente absoluto, porque sólo Dios es el Ser absoluto por naturaleza, el Ser independiente de todo ser que no sea Él; el culto de los objetos inanimados, sea que representen al Salvador, o a sus miembros vivos y gloriosos, es simplemente relativo, porque no tienen nada en sí mismos por lo que merezcan nuestros homenajes; en fin, el culto de la Virgen Santísima y de los Santos participa a la vez del culto relativo y del culto absoluto, porque su excelencia, aunque proceda de Dios, les es propia. Sin embargo, por temor de caer en equívocos lamentables, hay que designarlo con el nombre de culto absoluto, así como la substancia creada se coloca también en la categoría del Ser absoluto, aunque sea esencialmente dependiente del Ser increado.
LAS TRES SEÑALES DE SAN PABLO
Voy a transcribir primero un texto del Apóstol San Pablo de su segunda carta a los fieles de Tesalónica (Cap. II, ver. 1 al 15): «Por lo que respecta a la Venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con Él, os rogamos, que no os dejéis alterar tan fácilmente en vuestros ánimos, ni os alarméis, por algunas manifestaciones proféticas, por algunas palabras o por alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el Día del Señor. Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el hombre impío, el Hijo de Perdición, el Adversario que se eleva sobre todo lo que eleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios. ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros?. Vosotros sabéis qué es lo que ahora lo retiene, para que se manifieste en su momento oportuno. Porque el misterio de impiedad (o de iniquidad, dicen otras biblias), ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de Su boca y aniquilará con la manifestación de Su venida. La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales y prodigios engañosos y de todo tipo de maldades que seducirán a los que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera salvado. Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira, para que sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la iniquidad. Nosotros, en cambio, debemos dar gracias en todo tiempo a Dios por vosotros, hermanos, amados del Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu Santo y la fe en la verdad. Para esto os ha llamado por medio de nuestro Evangelio, para que consigáis la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así, pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta».Debo de comentar algunos puntos importantes de este texto de San Pablo:
1º.- Dice San Pablo que la venida del Impío, que no es otro que el Anticristo, estará señalada por toda clase de milagros, señales y prodigios engañosos y de todo tipo de maldades que seducirán a los hombres.
De todas las versiones de la Biblia, solamente la versión de Torres Amat dice que los milagros y prodigios del Anticristo y más bien del tiempo del Anticristo van a ser «falsos». La Biblia de Jerusalén, -de dónde copie el texto- y la de Nacar–Colunga dicen que esos prodigios son «engañosos». Straubinger dice que son prodigios «de mentira» y una versión de Scio de San Miguel de 1854 los llama «mentirosos». La versión protestante de Ciprianode Valera de 1877, y la de Cipriano de Valera y Casiodoro de Reina de 1960, dicen que son prodigios «mentirosos». El Diccionario de sinónimos dice: «FALSO: engañoso, mentiroso,… etc.», entonces, no podemos tomar «falso» por aparente. Y mucho menos tomar «engañoso», «de mentira» o «mentiroso» por aparente, sino más bien como prodigios y milagros que llevan a la mentira, que afirman en la mentira, que sujetan al pueblo en las filas del Anticristo. Pero ciertamente no serán aparentes, como no fue aparente el prodigio que hicieron los hechiceros del Faraón, con el poder de Satanás. Porque solamente el poder del Demonio permitido por Dios, de quien viene todo poder, puede explicar que los bastones de madera se cambien en serpientes.
El texto de Juan V, 43 dice: «…Yo os conozco; Yo sé que el amor de Dios no habita en vosotros. Pues Yo vine en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene de su propia autoridad, a aquel recibiréis. Y ¿cómo es posible que creáis vosotros, que andáis mendigando alabanzas unos de otros, y no procuráis aquella gloria que de sólo Dios procede?». Indudablemente este texto puede ser aplicado a los hombres del fin del mundo que han rechazado la verdad viniendo a la Apostasía, como también, aunque en forma menos general -como será la final Apostasía- se puede aplicar a todo hombre que a través de la historia rechazó la verdad, se entregó a las fábulas y creyó más en los hombres que en Cristo que es la Palabra y es la Verdad, y en la doctrina eterna e invariable que Su Iglesia predica. Pero es indudable que este texto se aplica con más propiedad al Anticristo, será recibido en la sinagoga que San Juan en el Apocalipsis llama «sinagoga de Satanás». Cristo anuncia con claridad que aquel a quien los jefes de Israel reciban, vendrá con la propia autoridad, y no con la autoridad de Dios. Entonces, se trata de un usurpador, de un falsario, de un engañador. Se trata del Anticristo, quien traiciona a su Representado.
El pueblo, sin embargo, estará tan prostituido que el Anticristo, el mayor adversario de Cristo, será visto como un santo. Y al mismo tiempo que la falsa religión y la falsa Iglesia se consolidan con toda clase de apariciones, imágenes que lloran o sangran, curaciones, portentos aéreos y demás cosas que tienen lugar, con la misma clase de portentos se afianzan las sectas y se extiende el culto a Satanás aceleradamente en todos los estratos sociales, al igual que toda clase de ataques e infestaciones suceden. Porque por un lado el Diablo destruye a la Iglesia y por el otro arrastra a los hombres, especialmente a los jóvenes para preparar un nuevo paganismo que le de el culto y la adoración que perdió por la Redención.
3º.- San Pablo dice también que «el misterio de la iniquidad ya está actuando». Esto me recuerda un texto de San Gregorio: «cuando la tempestad nace, primero se despiertan blandas las ondas y después se vuelven mayores y a la postre se suben a las alturas y trastornan con su fortaleza a cualquier navegante. Así ciertamente se acerca aquella tempestad postrera de las almas, que ha de subvertir a todo el mundo; porque ahora con batallas y muertes así como con unas ondas nos demuestra sus principios, y cuanto más cercanos nos hacemos cada día al fin, tanto más graves vueltas de tribulación vemos venir. Pero a la postre, conmovidos todos los elementos, y viniendo el Juez soberano, traerá el fin de todas las cosas porque entonces la tempestad levantará sus ondas hasta el cielo. Los santos varones miran esta tempestad con vigilancia y cada día se espantan de las ondas levantadas sobre sí, y de las tribulaciones que ahora sufren, preven las que se han de seguir» (LOS MORALES, Lib. XXI, Cap. XXII, 35). ¿Cuál será la maldad de los hombres en el tiempo del fin?. Parece mentira que este es uno de los motivos que ocultarán a los hombres los últimos días del mundo, porque por un lado, los hombres corrompidos no verán tan malo lo que ocurre y por el otro la falsa idea que se han hecho del Anticristo y su tiempo, que imaginan como un hombre y un tiempo mitificados de máxima maldad, de la aparición del mismo Demonio, los hará pensar que el tiempo está lejano. La maldad será la que Dios quiera tolerar y no la que se imagina. No se va a aparecer el Diablo sino el Anticristo con cara de Santo. No se puede olvidar que dos armas terribles utilizará el Anticristo: el engaño y la seducción. La simulación, el teatro, la pantomima. San Pío X denunció en su Enc. PASCENDI que la Iglesia estaba siendo invadida por los peores enemigos que nunca haya tenido. El jefe de todos estos es el Anticristo. Que estaban dentro, que se ocultaban y se extendían por todas partes. ¡Esto fue a principio del siglo XX,y ya han pasado más de 100 años!. ¿Qué ha pasado con este ejército maligno?, ¿se ha convertido en masa si lo que vemos es el fiel cumplimiento de lo que el Papa denunciaba y temía?
4º.- Dice San Pablo que el Anticristo será aniquilado por Cristo el día de la Parusía. Pero el Anticristo , si hablamos con propiedad no es solamente la cabeza, ese hombre al que le corresponde antonomásticamente el título, sino que es también el cuerpo. ¡Pero las células del cuerpo del Anticristo estarán en toda la tierra formando un ejército tan numeroso como las arenas del mar por lo cual la verdadera Iglesia se verá arrinconada y apretada en las nuevas catacumbas! Así se explica lo que dicen algunos teólogos: Cristo vino la primera vez en Belén, por los hombres; por segunda vez a los hombres en el Sacramento eucarístico; pero la tercera venida será contra los hombres, en el día del fin del mundo. Entonces, la segunda venida de Cristo destruirá no solamente a la cabeza, sino al cuerpo. Toda la obra que los hombres hayan construido contra la Iglesia y contra Su Doctrina. Pero, ¿se me puede decir, qué es lo que actualmente queda sano?, ¿se puede encontrar algo en este mundo actual que no sea agresivo, hostil a la moral, a la Doctrina Cristiana, a la Iglesia llamada preconciliar?, ¿no es cierto que la misma Iglesia del Vaticano se ha revertido furiosamente contra todo lo que sea anterior al Concilio Vaticano II?. Los cristianos, aun los que se creen más piadosos, se han ido conformando, es decir, acomodando al mundo que se va presentando y construyendo, según los deseos de los enemigos cuyo brutal poder ya no es posible combatir con las solas fuerzas humanas. Se se hiciera una disección del cuerpo social de nuestro día, ¿qué encontraríamos bajo la piel que ya va denunciando la descomposición interna?, ¿nos encontraríamos órganos sanos, venas, nervios, músculos y ligamentos de buen color, tejidos firmes y un armonioso sistema que debe funcionar adecuadamente?, de ninguna manera. Nos encontraríamos con una intricadísima red de fibras tumefactas, descoloridas o en descomposición que invaden los espacios de los órganos y sistemas, que se han introducido por el camino de las arterias, venas y vasos capilares, que invaden y destruyen los espacios de los músculos y tejidos, que han licuado y convertido en jugos morbosos el cerebro y otros tejidos vitales. El cuerpo de un monstruo repugnante y mal oliente preparado para la quema. ¿Qué clase de hijos podrá este engendro producir para el futuro?.
Es congruente, entonces, lo que dice Santo Tomás (Sum. Theo. Supl. q. 73, a. 1): «…aunque los hombres se aterroricen por las señales que han de preceder al Juicio, mientras están no comiencen a aparecer, los impíos creerán gozar de paz y seguridad al comprobar que el mundo no se acabará inmediatamente después de la muerte del Anticristo, según ellos creían». Entonces, ¿qué quiere decir San Pablo cuando dice que el Señor con el soplo de Su boca y la manifestación de Su venida va a aniquilar al Impío?. Parece entonces que aquí no habla solamente de la cabeza sino del cuerpo que fue el que produjo el advenimiento de la cabeza. Una humanidad corrompida que produce anticristos y anticristos que son escuchados por aquellos que los produjeron. La humanidad abandona a Dios, y como en el Paraíso, quiere determinar lo que es bueno y lo que es malo, lo que se debe hacer y lo que debe evitar, sin tener en cuenta para nada las leyes del supremo Legislador.
5º.- También dice San Pablo que antes de la Parusía se tienen que dar tres acontecimientos sin los cuales no se debe esperar el fin del mundo. Estos son: la aparición del Anticristo, la Apostasía y la eliminación de un impedimento que no menciona en su carta.
a) Sobre la Apostasía debo decir que la Encíclica PASCENDI de San Pío X fue toral para identificarla, pues si este santo Papa llama al Modernismo «la suma de todas las herejías», es obvio que ya no puede haber algo mayor, porque lo reune todo. La invasión modernista que al fin dio como resultado la firma de todos los documentos heréticos del Concilio Vaticano II un 7 de diciembre de 1965, le dio figura jurídica, formal a una herejía total que ya lo invadía todo y que presentaba al pueblo católico doctrinas heréticas para ser creídas como doctrina católica. Evidentemente la herejía estaba mezclada con verdades que dicho Concilio afirmó. El Anticristo no podía reinar con la Doctrina Ortodoxa que era un estorbo para arrastrar al pueblo al paganismo. Tampoco podía reinar con los Sacramentos, por lo cual fue necesario nulificarlos, especialmente el Sacramento eucarístico y el Santo Sacrificio de la Misa. La supresión del Santo Sacrificio de la Misa, anunciado por nuestro Señor Jesucristo, por el profeta Daniel, por el profeta Isaías y por San Pablo, fue posible por la adulteración de las fórmulas sacramentales que no solamente invalidaron el sacrificio, sino que rompían el pacto eterno proclamado por Cristo en el Cenáculo.
b) La Santa Misa era la fuerza sobrenatural que impedía la destrucción de la Iglesia. Era el pararrayos que detenía la ira divina que el mundo merecía por los pecados de los hombres en constante aumento. Pero la prostitución doctrinal trajo como consecuencia la eliminación del Sacrificio y así el mundo quedó abandonado a sus propias fuerzas y a la justicia de Dios. Se impuso un rito falso y sacrílego que el pueblo en masa aceptó de buena gana. Y así, los vahos pestilentes que prepararían el castigo final y la destrucción del mundo, comenzaron a actuar y a introducirse en los senos más íntimos de la sociedad. La gran Apostasía como la eliminación del santo Sacrificio, necesario para el reinado del impío, era indispensables a Satanás para destruir al hombre, pues mucho se equivoca quien piense que este ángel caído pretende un reino satánico en el mundo, porque lo que quiere, odiando a los hombres, es la destrucción de la humanidad a fin de arrastrar a sus esclavos a su reino que es el Infierno. El Anticristo reinante gracias a la eliminación de estos impedimentos va a llevar a los hombres a su autodestrucción. Causa asombro y verdadera tristeza ver que los hombres a veces bien informados sobre estas cosas, aun así no las creen y siguen aferrados a las cosas del mundo, a los placeres mundanos, a los benefactores mundanos, a los pecados, a la indiferencia, a sus asuntos particulares sin preocuparse para nada en rectificar ya, hoy mismos sus vidas disolutas y vanas como si pudieran tener todo el tiempo a su disposición para hacer todo lo que quieran. Y no se habla aquí de juicio particular. Se habla de una hecatombe universal precedida por los fenómenos más aterradores y las desgracias que la humanidad nunca ha visto antes. Pero aun en nuestro tiempo que esos fenómenos provocados por la Naturaleza contra el hombre comienzan a suceder y que alarman a la comunidad científica mundial, los hombres aunque se estremecen y les temen, no los mueve a cambiar sus vidas, a dejar el pecado y antes bien, hacen planes con frialdad para un futuro que ya no llegará, y con los ojos de una vaca que ve un portón nuevo, siguen corriendo con frenesí al abismo, en tropel desorganizado y caótico que recuerda a la piara que endemoniada se precipitó en el barranco. Se habla ya del fin del mundo. Se habla de abrirse las puertas de la eternidad y la liquidación para siempre del mundo y de sus maldades. Se habla de la separación definitiva de los buenos y de los malos, para la Gloria unos y para el infierno los otros. Se habla del arrancamiento feroz y doloroso de todo apego a las cosas del mundo y de los sentimientos que a él arraigaron a quienes sembraron en la carne. Los cuales, aun a la vista de que las profecías comienzan a cumplirse, no se quieren desprender del trozo de piltrafa que mordisquea entre sus dientes. Estos son hombres que van a ser arrojados al Infierno, teniendo aun entre las uñas y entre los dientes esas piltrafas del mundo que ya les han arrancado porque aunque se los hayan arrancado materialmente, destruido ya, se llevan aun los mas bajos sentimientos de su apego y de sus deseos de mundanidad y prostitución. Pero esta insensatez, esta locura, no debe extrañar, estando claramente profetizada en las Sagradas Escrituras. En el Cap. XVII de San Lucas, leemos: «Lo que acaeció en el tiempo de Noé, igualmente acaecerá el día del Hijo del hombre. Comían y bebían, se casaban y celebraban bodas, hasta el día en que Noé entró en el Arca, y sobreviniendo entonces el diluvio, que acabó con todos. Como también lo que sucedió en los días de Lot: Comían y bebían, compraban y vendían, hacían plantíos, edificaban casas; mas el día que salió Lot de Sodoma llovió del cielo fuego y azufre que los abrasó a todos. DE ESTA MANERA SERÁ el día en que se manifestará el Hijo del hombre».
Nuestro Señor Jesucristo, habló de estas señales escatológicas: hambres, terremotos, grandes olas que aterrarán a los hombres, etc. Sería una gran tontería pensar que un día el mar de todas las playas del mundo levante olas de treinta metros que arrasan las ciudades y pueblos cercanos. Tampoco se puede decir que esos terremotos vendrán a un mismo tiempo en toda la tierra. Son acontecimientos aislados en distancia y en tiempo. Son graves, muy graves, porque la Naturaleza se habrá hecho hostil al hombre, pero son señales aisladas en el devenir histórico de los últimos días. Así se entiende claramente en los textos de la Sagrada Escritura, pues claramente se dice que los hombres estarán indiferentes y desprevenidos, pues el día final les caerá como «una red» en toda la tierra. Entonces, es evidente que no todas las regiones del planeta sufrirán estas cosas, o todas estas cosas. Son señales. Son avisos fuertes. Son advertencias solamente. Pero, ¿qué sucederá con los hombres a quienes no les haya tocado uno de estos acontecimientos, aunque perfectamente se enteren de lo que pase en otras latitudes?, pues pedantes, engreídos, aferrados al mundo como perros al trozo de carne, seguirán en el pecado, y harán planes para divertirse, para viajar, para banquetear y sordos a todo seguirán construyendo un porvenir en el mundo enfermo y agonizante. ¡Da mucha lástima verlos y hablar con ellos!. Porque muchas veces lejos de rectificar su conducta, acercarse a Dios dejando el pecado, todo lo que van sabiendo con un interés moroso solamente, será una información que les permitirá enseñar a otros los conocimientos que por dentro les arde, como decía san Gregorio que deben demostrar. Pues les arde el prúrito de mostrar que saben lo oculto.
Para mí, es incuestionable que así como se concretó la Apostasía el día que la jerarquía mundial firmó los documentos heréticos, más bien, gravemente penetrados de herejías -en diamentral oposición con lo enseñado por la Iglesia durante dos mil años-, del Concilio Vaticano II, el impedimento que San Pablo no menciona en su carta a los fieles de Tesalónica, es el santo Sacrificio de la Misa, por dos razones que me parecen suficientes: PRIMERA RAZÓN: La introducción de la herejía inicialmente aceptada por la Jerarquía mundial, estaba en flagrante contradicción con la Teología de la Misa que manifestaba claramente la Teología preconciliar que se había abandonado y hasta reprobado. Era absolutamente incongruente con las nuevas doctrinas puestas en circulación y por esto, había que «adaptarla» a los nuevos tiempos o «modernizarla». Esta adaptación la invalidó al ser cambiadas las fórmulas sacramentales que perdieron la esencia o la intención de Cristo igualándose a la clase de ecumenismo de nuevo cuño que se predicaba y a las doctrinas protestantes. Era normal que los herejes en posesión de todos los puestos de mando de la Iglesia, arremetieran contra todos los Sacramentos, para quienes son solamente -como dice San Pío X en la PASCENDI- símbolos y no realidades de una gracia que se confiere por el poder mismo del Sacramento realizado. Son unos ilusos los que piensan que el Anticristo vendría con tropas diabólicas, espada en mano y cuernos en la cabeza -émulos de Atila- para cerrar todas las capillas e Iglesias del mundo, prohibir la celebración de las Misas y perseguir a los católicos.
El destierro de lo que para mí es el impedimento de San Pablo se podría hacer gracias al engaño y a la seducción. Por esto, la humanidad quedaba sin pararrayos y el camino expedito para la implantación del reino de Satanás que lleva incuestionablemente a la destrucción del hombre. SEGUNDA RAZÓN: San Pablo, al referirse al impedimento, dice que es «lo que le retiene», pero seguidamente dice que es «el que le retiene». Me parece muy propio decir que «lo que le retiene» es un rito, el rito de la Misa, y «el que le retiene» es Cristo mismo presente en el altar. No creo que haya un impedimento más grande y más fuerte.
6º.-Por fin, la tercera señal de San Pablo que debe acontecer antes del fin del mundo es la aparición del Anticristo. San Jerónimo pensaba que el Anticristo eran varios hombres, porque, decía, el mal que hará es tan grande que no es posible hacerlo todo durante la vida de un solo hombre. Veremos más adelante cómo tenía razón. Otros opinaban que era solamente una persona, pero una persona mitificada y deformada como una encarnación del mismo Diablo. Otros opinaron que será un jefe político o religioso de una potencia o religión enemigas de la Iglesia. No hay idea más lejana a la realidad. El Anticristo es el enemigo número uno de Cristo. Es el traidor perfecto. Es el representante que traiciona a Su representado. Es el obrador de la perfecta traición. No se trata de un enemigo histórico. Se trata de esos vahos pecaminosos que han descompuesto todo el Cuerpo Místico de Cristo. Es el producto de todos los pecados del pueblo. El Anticiristo, no será un demonio, como escribe el Padre Benavides, «sino un hombre demoníaco que tendrá ojos de hombre levantados con la plenitud de la ciencia humana y hará gala de humanidad y de humanismo». Habrá en su reinado una estrepitosa alegría falsa y exterior, cubriendo la más profunda y pagana desesperación. En su tiempo, «acaecerán los más extraños disturbios cósmicos, como si los elementos se desencuadernaran», dice. «La humanidad estará en la más intensa espectativa y la confusión y la disipación más grande reinará entre os hombres». El Anticristo llegará sin dejarse sentir, poco a poco y se valdrá del engaño y de la seducción para hacerse seguir, pero pienso que esto no le dará mucho trabajo, como a sus agentes, pues el pueblo está prostituído y realmente les dirá lo que quieren oír. El tendrá fama de santo, y sus doctrinas erradas y sus hechos, no parecerán condenables a ese pueblo prostituído, pues vendrá a los suyos y los suyos le han de recibir.
Ahora sabemos que el Anticristo, no solamente abolirá el santo sacrificio de la Misa e impondrá un culto malvado que implica apostasía y sacrilegio, sino que también abolirá el sacerdocio y el episcopado cambiando a la Esposa de Cristo en una secta diabólica entregada a Satanás. La nota al versículo 8 cap. XIII del Apocalípsis de la Biblia comentada de Felix Torres Amat, dice: «En la Gran Tribulación desencadenada por el Anticristo, no perecerán, pues, todos; habrá quien permanezca fiel para la venida de Cristo. Como observa un autor, esta gloria y poder del Anticristo sobre todo el mundo, le serán dados por el Dragón (Satanás), que fue precipitado a la tierra como se lee en el Cap. XII, V. 9. Para obtenerlo, EL ANTICRISTO HABRÁ HECHO SIN DUDA ESE ACTO DE ADORACIÓN DEL DIABLO QUE JESÚS NEGÓ A ESTE EN SAN LUCAS IV, 4-8 Y A CAMBIO DEL CUAL SATANÁS LE PROMETÍA ESE MISMO PODER Y GLORIA QUE EL TIENE COMO PRINCIPE DE ESTE MUNDO» (Juan XIV, 30).
Aparente triunfo de Satanás sobre los santos (Apoc. XIII, 7) y de una falsa fe en la tierra -como sucedió durante la muerte de Cristo y Su permanencia tres días en el sepulcro- (Mat. XXIV, 24; Luc. XVIII, 8) y de una derrota de Jesucristo, extendida por falsas ideologías que se introducen bajo la etiqueta de cultura, progreso y aun virtudes humanas que matan la verdadera Fe apuntalados con extremo poder por la enorme técnica moderna mediante la cual se puede monopolizar la opinión y la moral pública.
Debemos de analizar la figura del Anticristo, entonces, a la luz de las sagradas Escrituras y del mensaje de nuestra Señora de La Salette.

