TODA LA VERDAD SOBRE EL PAPA HONORIO I

HONORIO I: UN PAPA BRILLANTE POR SU DOCTRINA QUE HIZO ERUDITO AL CLERO

La ortodoxia de Honorio probada por los testimonios de sus contemporáneos

y por sus propios escritos

Los Lefebrvianos, siguiendo al hereje Le Floch, profesor de Lefebvre, iluminados por el anti infalibista Jacques Bossuet, que por servilismo hacia el rey galicano Luis XIV, revivió la falsedad, ya condenada por la Iglesia, de que el Papa Honorio I habría sido condenado por un Concilio Ecuménico, son los más entusiastas difusores de la calumnia contra el Papa Honorio I. Nada más lejos de la verdad, ya que esta infamia que sale de sus bocas y plumas guiadas por el diablo es manifiestamente contraria a la veracidad de los hechos, e interesada para justificar su posición herética y sus capillas cismáticas, pesebres de donde comen. Todo ello para sostener y no enmendar su posición blasfema de que un Papa puede ser hereje y,  a su vez, conservar su Oficio. Sin duda, el lefebvvrismo imprime carácter, como comprobamos por desgracia, en los semiprivacionistas ( absurda teoría antitomista del papa materialiter non formaliter) salidos de su hornada. 

Veamos la verdad, tal cual ocurrió, y como los herejes de todos los tiempos urdieron esa falsa creencia para justificar su desobediencia al dulce Vicario de Cristo en la tierra, en palabras de Santa Catalina de Siena.

La biografía oficial de Honorio, insertada en el Liber pontificalis, alaba a este Papa por sus numerosas buenas obras, y notablemente por haber hecho erudito al clero (Multa bona fecit. Hic erudivit clerum, in: Liber pontificalis, edición anotada por Louis Duchesne y los alumnos de la Escuela de Roma, París 1955, 1. J, p. 323). Jonas de Bobbio, que había visto al Papa en Roma, hizo de él un retrato muy ventajoso: “Venerable, sagaz, de buen consejo, dulce, humilde. Brillante por su doctrina (doctrina clarens)” (Bobbio: Vie de saint Bertulfe, cap. 6). Este elogio concuerda bien con el epitafio de Honorio: “Su nombre es grande en honor, es sagaz, grande en mérito, de una potencia divina en canto sagrado, poderoso por su doctrina (doctrina potens)” (In: Liber pontificalis, nota explicativa 19).

Tuvo un santo celo por la doctrina, puesto que reprocha a los obispos españoles su tibieza en materia de fe. El obispo de Zaragoza, Braulio, hablando en nombre de los obispos reunidos en el cuarto concilio de Toledo (638), intenta justificarse, y después concluye con un cumplido: “Las dos partes del universo, a saber el Oriente y el Occidente, advertidas por tu voz, comprendieron que la ayuda residía en tu divina presidencia y que era necesario unirse para demoler la perfidia de los malvados” (Braulio de Zaragoza: Epistolario, 129, in: Georg Kreuzer: Die Honoriusfrage im Mittelalter und in der Neuzeit (colección “Papste und Papsttum”, t. VIII), tesis de doctorado, Stuttgart 1975, p. 19). Según el universitario especialista Kreuzer, Braulio hizo allí una alusión a la lucha valiente de Honorio contra el monotelismo.

La herejía “monotelita” pretende que Nuestro Señor no tendría más que “una voluntad”, mientras que en verdad, tiene dos: la divina y la humana. Pero en la época de Honorio, la iglesia no tenía todavía zanjada esta cuestión, y los teólogos disputaban a este respecto. Además, los teólogos disputaban todavía sobre una segunda cuestión:

¿Cristo tiene una o dos voluntades humanas? Luego, tres opiniones:

  • Cristo tiene una voluntad divina más una voluntad humana buena, lo que es teológicamente correcto.
  • Cristo tiene solamente una voluntad, o sea, la herejía
  • Cristo tiene una voluntad humana buena (espíritu) más una voluntad humana viciosa (carne), proposición que es teológicamente herética.

Situación enredada, de donde el peligro de quid pro quo, lo que ocurre efectivamente. Pues el obispo Sergio de Constantinopla interroga al Papa Honorio I sobre la opinión c). El Papa dijo que la opinión c) era falsa y adhirió a la opinión a). Además, ordenó a todos abstenerse de disputar sobre la cuestión. Ahora bien, los monotelitas pretendieron enseguida que el Papa habría aprobado la opinión b). De donde la fábula de “Honorio monotelita”.

En lugar de atacar la herejía por medio del anatema y excomunión, Honorio ordenó simplemente a los teólogos abstenerse de disputar sobre la cuestión. En su letra scripta fraternitatis (634) dirigida al obispo Sergio de Constantinopla, el Papa Honorio I demanda guardar silencio, evitar las disputas vanas, caras a los sofistas: “Que Jesucristo sea el mismo que opera las cosas divinas y las cosas humanas, las Escrituras lo muestran claramente. Pero saber si, a causa de las obras de la divinidad y de la humanidad, se debe decir o entender una operación o dos, es lo que no nos debe importar, y lo dejamos a los gramáticos, que tienen costumbre de vender a los niños las palabras que ellos han inventado (Jesucristo tiene dos naturalezas). Nosotros debemos rechazar esas palabras nuevas que escandalizan a las Iglesias, de miedo que los simples, chocados de los términos de dos operaciones, nos crean nestorianos, o que nos crean eutiquianos, si no reconocemos en Jesucristo más que una sola operación. Para no avivar el fuego de las disputas apenas adormecidas, confesamos con simplicidad que el mismo Jesucristo opera en la naturaleza divina y en la naturaleza humana. Es mejor dejar gritar contra nosotros a los vanos espulgadores de las naturalezas, los ampulosos filósofos con voz de ranas, que dejar en ayunas al pobre pueblo. Nos exhortamos, en consecuencia, a evitar la expresión nueva de una o de dos operaciones, y de predicar con nosotros, en la fe ortodoxa y en la unidad católica, un solo Jesucristo operando en las dos naturalezas y lo que es de la divinidad y lo que es de la humanidad” (In: Rohrbacher, t. IV, p. 390).

El Papa imponía entonces el silencio sobre la cuestión de las voluntades de Cristo. Esta actitud, guiada por la preocupación de evitar vanas disputas, no es en el fondo mala en sí misma. Siglos después, los franciscanos y los dominicos disputaban entre ellos por saber si las gotas de sangre perdidas por Jesús durante su camino de cruz permanecían, sí o no, en unión hipostática con Nuestro Señor. El Papa reinante no zanja la cuestión, pero prohíbe a los teólogos librarse a este género de especulaciones ociosas (Pío II: bula Ineffabilis, agosto 1 de 1464). Igualmente, el quinto concilio de Letrán (II sesión, enero 14 de 1516) impone el silencio, prohibiendo a cualquiera pretender determinar la fecha del fin del mundo.

Se propone ahora la cuestión: ¿Honorio era caído en la herejía? La respuesta es no. ¿Cuál era la cuestión en los debates teológicos?

Desde el pecado original, los hombres tienen dos voluntades humanas contradictorias, la del espíritu y la de la carne. Nuestro Señor, que ha tomado nuestra naturaleza salvo el pecado, ha tomado solamente la voluntad humana no viciada por el pecado original (ha tomado la del espíritu mas no la de la carne). Además, siendo Dios, Nuestro Señor tiene igualmente una voluntad divina. Tiene luego dos voluntades, una humana, otra divina.

Los monotelitas sostenían equivocadamente que Nuestro Señor no tenía más que una sola voluntad (negación de las dos voluntades divina y humana).

El obispo de Constantinopla, Sergio, escribió a Honorio, demandando que algunos afirmaban que había en Nuestro Señor dos voluntades contrarias. Enseñando largamente y en detalle que Cristo tomó una voluntad humana y no dos, Honorio afirma brevemente, solamente de pasada, pues el objeto de la demanda de Sergio era las dos voluntades humanas opuestas, que Cristo tiene también una voluntad divina.

Así pues, la enseñanza del Papa Honorio I era irreprochable: creía y enseñaba que Cristo no tenía dos voluntades humanas contrarias, sino una sola, y que había, además, una voluntad divina.

Primeras supercherías (640-649) contra Honorio, desenmascaradas por los contemporáneos del Papa difunto

Honorio respondió entonces que en Nuestro Señor no había dos voluntades humanas opuestas (espíritu y carne). ¡Por un quid pro quo, algunas personas pretendieron entonces que el Papa habría negado la existencia de dos voluntades humana y divina!

Tres años después del deceso de Honorio, su secretario, conociendo el abuso que algunos monotelitas comenzaban a hacer en Oriente de la correspondencia de su antiguo maestro, escribió al emperador Constantino: “Cuando hablamos de una sola voluntad en el Señor, no teníamos en vista su doble naturaleza, sino solamente su humanidad. Habiendo sostenido Sergio, en efecto, que había en Jesucristo dos voluntades contrarias, nosotros dijimos que no se podía reconocer en Él esas dos voluntades, a saber la de la carne y la del espíritu, como nosotros mismos las tenemos desde el pecado” (In: Monseñor de Ségur: El soberano Pontífice in: Oeuvres complètes, París 1874, t. III, p. 269).

El Papa Juan IV, segundo sucesor de Honorio, atestigua la misma cosa en una epístola tanto más destacable como que la había dictado al mismo padre que había sido secretario de Honorio. Juan IV se lamentaba igualmente de un quid pro quo. “Mi predecesor susodicho decía pues, en su enseñanza sobre el misterio de la encarnación de Cristo, que no ha existido en él, como en nosotros pecadores, dos voluntades contrarias, del espíritu y de la carne. Lo que algunos han trastornado en su propia concepción, y han pensado que él habría enseñado una sola voluntad de su divinidad y de su humanidad, lo que es totalmente contrario a la verdad” (Juan IV: carta Dominus qui dixit al emperador Constantino III, primavera de 641).

Un santo canonizado, el abad Máximo el Confesor, defendió vigorosamente la memoria del Papa contra la tentativa de recuperación de los monotelitas. “Se debe reír, o por mejor decir, se debe llorar a la vista de estos desgraciados (obispos Sergio y Pirro) que osan citar pretendidas decisiones favorables al impío Ekthesis (libelo monotelita de Sergio, aprobado por el emperador en 638), intentar ubicar en sus filas al gran Honorio, y adornarse a los ojos del mundo con la autoridad de un hombre eminente en la causa de la religión. ¿Quién pues ha podido inspirar tanta audacia a estos falsarios? ¡Qué hombre piadoso y ortodoxo, qué obispo, qué Iglesia no los ha conjurado a abandonar la herejía! ¡Pero sobre todo qué no ha hecho el divino Honorio!” (In: Ségur, p. 269).

Este célebre santo, que sería más tarde martirizado por los monotelitas, analiza los escritos de Honorio y llega a la conclusión de que el Papa había reconocido en Cristo dos voluntades, la voluntad divina y la voluntad humana no corrompida. Añade que la tentativa de recuperación fraudulenta del nombre de Honorio para la causa monotelita, hecha por los herejes griegos, había provocado la indignación del clero de Roma. “El excelente abad Anastasio, al regreso de Roma, nos ha referido que había hablado a los padres más considerados de todas las grandes iglesias de la cuestión de la carta escrita por ellos a Sergio y que les había preguntado: “¿Cómo debía comprenderse la expresión: una voluntad en Cristo, contenida en esta carta?” Anastasio encuentra que esta cuestión les afligía y que estaban prestos a defender a Honorio. Anastasio habla también al abad Juan Simponio, que había, por orden de Honorio, redactado esta carta en latín. La opinión de este cura fue: “Quod nullo modo mentionem in ea per numerum fecerit unios omnimodae voluntatis”, es decir que en su carta Honorio no había sostenido jamás que no se debía contar más que una sola voluntad en Cristo, y esta opinión le había sido atribuida por aquéllos que habían traducido la carta al griego. No se debía negar en Cristo la voluntad humana en general, sino solamente la existencia de la voluntad corrompida por el pecado” (San Máximo: Tomus dirigido al padre Marinos, 640/641, in: Charles Joseph Hefele: Histoire des conciles d’après les documents originaux, París 1909, 1. III. p. 382).

Georg Kreuzer (Die Honoriusfrage im Mittelalter und in der Neuzeit, Papste und Papsttum, t. VIII, tesis de doctorado, Stuttgart 1975) ha editado un texto griego de la carta de Honorio. Precisa que este texto tiene no menos de cuarenta variantes con referencia a otras versiones griegas de este mismo texto.

Contraste impactante entre el original latino diotelita y traducción griega monotelita: la palabra latina “discrete” (de manera distinta) es traducida por el término griego que significa exactamente lo contrario: αδταιρετωζ (sin distinción). Honorio escribió: Cristo “ha operado lo que es humano por la carne asumida de manera inefable y única y completada por la divinidad de manera distinta”. El falsificador griego traduce: Cristo “ha operado lo que es humano por la carne asumida de manera inefable y única y completada por la divinidad sin distinción” (original latino, copia griega infiel y traducción francesa de estos dos textos en Heinrich Denzinger: Symboles et définitions de la foi catholique, París 1996, p. 176). ¿Quién es más creíble: el secretario del Papa que ha escrito el original en latín en Roma, o los copistas de Constantinopla que han traducido mal la carta al griego?

San Máximo puso por escrito un diálogo que tuvo en 645 en Cartago con el monotelita Pirro, que había sucedido al obispo de Constantinopla Sergio, pero que había sido depuesto por el crimen de herejía y exiliado en África. Tras el diálogo con San Máximo, Pirro abjura de sus errores, pero recae más tarde, lo que le valió un anatema por parte del Papa. Este diálogo es muy instructivo, porque muestra cómo los monotelitas maniobraron fraudulentamente para ampararse en la autoridad de Honorio, que estaría, decían, de su parte.

Pirro: “Qué tienes tú que contestar sobre Honorio, pues ha enseñado claramente a mi predecesor que no había más que una sola voluntad en Cristo”.

Máximo: “¿A quién se debe preguntar el sentido de las proposiciones de Honorio, al que ha redactado la carta o bien a los de Constantinopla, que refieren los hechos desnaturalizándolos según los deseos de sus corazones?”

Pirro: “Evidentemente al que la ha redactado”.

Máximo: “Ése vive todavía y ha ilustrado a Occidente con sus virtudes y también con sus definiciones en materia de fe, conformes a la piedad (el antiguo secretario de Honorio había sido elegido Papa bajo el nombre de Teodoro I (642 – 649) al momento (645) en que Máximo escribía su diálogo con Pirro). Ahora bien, he aquí lo que escribía al difunto emperador Constantino: “Nos hemos afirmado que hay una sola voluntad en el Señor, no la de la divinidad y de la humanidad, sino únicamente la de la humanidad; pues habiéndonos escrito Sergio que algunos afirmaban dos voluntades opuestas en Cristo, nos hemos respondido que Cristo no tenía dos voluntades opuestas, carne y espíritu, sino una sola voluntad que caracteriza naturalmente su humanidad. La prueba es que él ha hecho mención de miembros y de carne, cosas que no es lícito de referir a la divinidad”. ¿Pero por qué Honorio no ha hablado de la divinidad? Porque se ha limitado a responder a la demanda de Sergio y además Nos nos atenemos a la costumbre de la Escritura, que habla tanto de la divinidad sola, como de la humanidad sola. En el mismo sentido de evitar la división de la persona de Cristo, Honorio evita hablar de una o de dos operaciones, pero afirma que Cristo actúa de muchas maneras” (San Máximo: Diálogo con Pirro).

Juan IV (640 – 642) tuvo un sínodo romano en 640. Allí condena del monotelismo, pero mantiene silencio sobre Honorio.

Poco tiempo después del deceso de Honorio, las Iglesias de África y las Iglesias de Oriente afirmaron la infalibilidad pontificia en dos cartas al Papa San Teodoro I, tercer sucesor de Honorio (In: Dom Prosper Guéranger: La monarchie pontificale, París y Le Mans 1869, p. 172 – 175). Entonces Honorio no podía haber errado.

Por petición de los obispos africanos, San Teodoro I publica una carta sinodal, demandando a Pablo, obispo de Constantinopla, sucesor de Pirro que había sido depuesto una segunda vez, abandonar la doctrina monotelita. Pablo respondió que no reconocía más que una sola voluntad (monotelismo) y tuvo el atrevimiento de invocar la autoridad de Honorio a favor de su herejía. San Teodoro I evidentemente no da ningún crédito a esta nueva tentativa de enrolamiento del Papa difunto en la causa del monotelismo. Anatematiza a Pablo, pero no a Honorio. Este hecho es referido por el Papa Martín I (649 – 653) durante el concilio de Letrán (In: Jean Dominique Mansi: Sacrorum Conciliorum nova et amplissima Collectio, Florencia 1764 – 1765, reedición París 1901, reedición Graz 1960, t. X, p. 878) y por el autor de la Vita Theodori (In: Liber pontificalis).

El concilio de Letrán habido en Roma en 649, reunió 105 obispos en su mayoría italianos, pero también griegos. Allí fue mencionado el nombre de Honorio. Durante el concilio, en efecto, el Papa Martín I hizo leer una carta del obispo monotelita Pablo de Constantinopla al Papa San Teodoro I. En esta carta, Pablo pretendía apoyarse sobre Sergio de Constantinopla y Honorio de Roma. En efecto, Pablo escribía: “Pero todos los piadosos doctores y predicadores han retenido en su espíritu de esta manera una voluntad (herejía monotelita, una sola voluntad en Cristo). De esto tenemos testimonios: con este hecho están de acuerdo Sergio y Honorio de pía memoria, que decoran la Sede sacerdotal suprema, uno de la nueva Roma (Constantinopla), el otro la de la antigua Roma; así pues tenemos esto (la doctrina monotelita) de ellos” (In Mansi: Sacrorum Conciliorum nova et amplissima Collection, T. X, col. 1026). Esta carta señalaba claramente a Honorio como monotelita. Ahora bien, el concilio anatematizó a Pablo y Sergio, pero no a Honorio, lo que indica que los padres de Letrán tenían por absolutamente infundada la ecuación de Honorio monotelita. Durante la quinta sesión el 31 de octubre de 649, canon 18, se anatematiza a los jefes de la secta monotelita: Teodoro de Farán, Ciro de Alejandría, Sergio de Constantinopla y sus sucesores Pirro y Pablo, pero en absoluto Honorio I.

Nadie soñaba con condenar a este Papa de santa memoria, todo lo contrario. Durante este mismo concilio de Letrán, el obispo Esteban de Dor hizo un testimonio de la más alta importancia. San Sofronio, obispo fallecido en 638, adversario principal del monotelita Sergio, mientras vivía el Papa, había sido puesto al corriente de la carta de Honorio que exigía a Sergio guardar silencio. Como Sergio continuaba soltando sus herejías, San Sofronio dijo entonces a Esteban que fuera de Jerusalén a Roma para informar al Papa. “Marcha desde la salida del sol hasta el anochecer, hasta que arribes a la Sede Apostólica, donde se encuentra el fundamento de la doctrina ortodoxa, y no ceses de develar a los hombres santos que se encuentran allá abajo las maquinaciones de los herejes, hasta que la nueva herejía sea completamente aniquilada” (In: Gerhard Schneemann: Studien über die Honorius-Frage, Friburgo 1864, p. 20). Este testimonio constituye una prueba formal de la ortodoxia de Honorio y del clero romano.

El sínodo reunido en Roma por el Papa santo Agatón no condena a Honorio. San Agatón tuvo aun la prudencia de redactar expresamente dos cartas para suprimir toda posibilidad de acusación contra el Papa difunto. “Se cree con razón que el Papa Agatón ha hecho esta declaración para quitar toda sospecha de error de parte de Honorio” (San Alfonso: Dissertation sur l’autorité du pape, artículo 1, §3, in: Oeuvres complètes, 1887, reeditado en Bélgica en 1975, t. IX, p. 330). Sabiendo que se iba a realizar un concilio ecuménico en Constantinopla, y que los monotelitas de esta ciudad habían intentado ya en dos oportunidades servirse del nombre de Honorio (cf.supra), el Papa estableció una suerte de “certificado de ortodoxia” para todos los Papas que habían reinado hasta él. La autenticidad de estas dos cartas no es discutida por ningún historiador, mientras que muchos historiadores sostienen que las actas del sexto concilio ecuménico de Constantinopla están interpoladas. En la duda, es necesario atenerse a estas dos cartas de Agatón, cuya autenticidad fue verificada y certificada por los mismos participantes del concilio.

La autenticidad de la carta de Agatón al emperador fue certificada durante la cuarta sesión; su contenido fue aprobado por los obispos durante la decimoctava sesión. Esta carta fue “escrita por Dios, y por Agatón Pedro ha hablado”. Es entonces esta carta la que debe servir como guía.

El Papa exhorta al emperador a guardar la fe “definida por los santos y apostólicos predecesores y los cinco concilios ecuménicos”. Esta fe, nosotros la “recibimos por la tradición de los Apóstoles y de los Pontífices apostólicos”, es decir, por los Papas. Enseguida, Agatón expone la sana doctrina (refutación del monotelismo) y agrega: “He aquí la profesión verdadera e inmaculada de la religión cristiana, que no es inventada por la malicia humana, sino que el Espíritu Santo enseña por la boca de los Pontífices Romanos”, uno de ellos Honorio. Agatón, sabiendo que Teodoro y Macario, y antes que ellos Pirro y Pablo, habían invocado el nombre de Honorio a favor de la causa monotelita, tomó la delantera y declara inocente por anticipación al Papa Honorio:

“Bajo la presidencia de San Pedro, esta Iglesia Apostólica que es la suya jamás se ha alejado de la vía de verdad, para entrar en cualquier partido de error. Desde siempre, la Iglesia Católica de Cristo toda entera y los sínodos universales han abrazado fielmente su autoridad y la han seguido en todas las cosas, como siendo la del príncipe de todos los Apóstoles. Todos los padres venerables se han conformado a esta doctrina apostólica. Es esta la doctrina que han venerado los santos doctores ortodoxos, y que los herejes han perseguido con sus acusaciones y rechazado con todo su odio. Por la gracia de Dios Todopoderoso, no se podrá jamás demostrar que esta Iglesia haya desviado del sendero de la tradición apostólica, ni que haya sucumbido, corrompiéndose, ante las novedades heréticas, sino que gracias al príncipe de los Apóstoles, ella permanece inmaculada, según la divina promesa del Señor (sigue la cita de Lucas XXII, 32)”. Cristo “prometió que la fe de Pedro no desfallecería en absoluto; lo exhorta a confirmar a sus hermanos, lo que los pontífices apostólicos, mis predecesores, hicieron siempre intrépidamente”. Mis predecesores “no descuidaron jamás exhortar a los herejes, y de advertirlos con súplicas que abandonasen los errores dogmáticos de la herejía, o, al menos, que se callaran”, y no creasen así un cisma enseñando una voluntad y una operación de Nuestro Señor Jesucristo.

Agatón hizo allí una alusión clara a Honorio, que había demandado a Sergio que se callara. Después prosigue: “Desgraciado de mí si descuidara predicar la verdad que éstos, mis predecesores, entre los cuales Honorio, predicaron sinceramente. Desgraciado de mí, si yo sepultara la verdad por mi silencio” (Agatón: carta Consideranti mihi al emperador, 27 de marzo de 680, in: Mansi, t. XI, col. 234 ss.). Como se ve, no se puede reprochar a Honorio de haber guardado silencio, pues Agatón dice que todos sus predecesores sin excepción predicaron la verdad y reprendieron a los herejes. ¿Se vio jamás mejor certificado de buena conducta? Advertencia: este certificado de buena conducta fue puesto por las nubes por los padres del concilio: “Por Agatón Pedro ha hablado”. En consecuencia, ¿cómo habrían podido condenar un Papa por el crimen de herejía?

La falsificación de las actas del sexto concilio ecuménico (680-681)

Sin embargo, consultando ciertas obras históricas, se lee que Honorio habría sido anatematizado por el sexto concilio ecuménico. ¿Cómo explicar esta contradicción entre los elogios del Papa Agatón y las actas del concilio? Es que las actas del Concilio fueron falsificadas por los griegos.

Los griegos falsificaron a menudo las actas de los concilios. “Agregar o quitar a las actas de los concilios son empresas ordinarias para los griegos”, decía Anastasio el bibliotecario (In: Ségur, p. 271). Anastasio el bibliotecario (800-879) vivió en Roma. Era archivista de los Papas y traductor célebre por su conocimiento del griego.

San Roberto Belarmino escribió: “Si pues los griegos corrompieron el III, IV, V y VII sínodo, ¿es extraordinario que hayan corrompido igualmente el VI?” (De romano pontifice, libro IV, cap. 11).

Los griegos eran mal vistos por Roma a causa de sus fraudes múltiples. Los Papas se quejaban bastante a menudo. El Papa San Nicolás I da una autorización basada sobre un documento que había recibido de Grecia, pero precisa: “visto que este documento no sea falsificado según la costumbre de los griegos (non falsata more Graecorom)” (carta al emperador Michel). El Papa San León I el Grande (carta Puritatem fidei, marzo 10 de 454) se lamenta, porque algunos habían falsificado su carta a Flaviano. Después de haber cambiado algunos verbos y sílabas, los falsificadores sostenían que el Papa León habría caído en la herejía de Nestorio. Una desventura similar habría de llegarle al Papa Honorio. Pues desde las primeras sesiones del sexto concilio, se descubrió la presencia de falsarios entre los participantes.

Desde el comienzo de la primera sesión, los legados pontificios declararon que desde hacía 46 años, el monotelismo era enseñado por los obispos de Constantinopla Sergio, Pablo, Pirro y Pedro, así como por Ciro patriarca de Alejandría y Teodoro obispo de Farán. Ninguna mención de Honorio. A pesar de los esfuerzos de la Sede Apostólica, ellos permanecían aferrados al error con pertinacia.

El Patriarca de Antioquía, Macario, replica que los monotelitas tenían su doctrina de los concilios, de los padres de la Iglesia “y además también de Honorio, que fue Papa de la antigua Roma” (In: Mansi, t. XI, col. 213). El concilio examina entonces las piezas producidas por Macario. Se lee un pasaje del concilio de Éfeso, que contenía una cita de San Cirilo de Alejandría. Esta cita no era monotelita (como lo pretendía Macario), sino diotelita. Durante la tercera sesión, se leyeron las actas del quinto concilio ecuménico: una carta del obispo de Constantinopla Menas, que contenía la fórmula “una voluntas”, pareció sospechosa a los legados. Se compara el texto producido por Macario con los originales de los archivos imperiales, y se comprueba entonces que Macario había añadido la carta de Menas en las actas del quinto concilio. Durante la séptima sesión, se descubrió que Macario había fabricado igualmente otra falsificación, a saber una carta del Papa Vigilio que definía (él decía) “una operación” de Cristo. En la novena sesión, se comparan las citas patrísticas producidas por Macario con los ejemplares auténticos guardados por el patriarcado y se prueba que Macario había falsificado los escritos de los Padres. El obispo de Antioquía se obstina y se aferra a sus (pretendidas) autoridades (Concilios, Padres, Honorio). Fue entonces anatematizado y depuesto por crimen de falsificación de escritos.

En la oncena sesión, se leyó un escrito anterior de Macario, según el cual Honorio habría ya sido condenado en razón de su monotelismo. Esto era una mentira tan evidente que no fue tomado en serio por nadie.

Hay todo el derecho de creer que el conjunto de las actas del sexto concilio haya sido alterada por un falsificador. He aquí algunas pruebas.

  • La carta de Agatón. En su carta al emperador, leída en la cuarta sesión, el Papa San Agatón había condenado por sus nombres a siete herejes monotelitas (In: Mansi, t. XI, col. 274-275). Durante la decimotercera sesión, los padres del concilio escribieron (pretendidamente) al Papa Agatón: “Nos hemos excluido del rebaño del Señor a aquellos que han errado en la fe, o, para hablar con David, los hemos muerto con anatemas, según la sentencia pronunciada anteriormente en tus santas cartas contra Teodoro de Farán, Sergio, Honorio, Ciro, Pablo, Pirro y Pedro” (In: Mansi, t. XI, col. 683). Los padres del concilio, o mejor, el copista que falsifica la declaración de los Padres, son aquí tomados en flagrante delito de mentira: han reemplazado el nombre de uno de los condenados por el de Honorio. Comparemos las dos
  • Lista auténtica, leída en la cuarta sesión, del Papa San Agatón: “1. Teodosio el hereje de Alejandría, 2. Ciro de Alejandría, 3. Teodoro obispo de Farán, 4. Sergio de Constantinopla, 5. Pirro, Patriarca de Constantinopla, 6. Pablo también, su sucesor, 7. Pedro, su sucesor”.
  • Falsa lista de la pretendida decimotercera sesión cuyo autor es el copista falsificador: “1. Honorio, 2. Ciro, Teodoro, obispo de Farán, 4. Sergio, 5. Pirro, 6. Pablo, 7. Pedro”.
  • El nombre del hereje Teodosio de Alejandría es borrado y reemplazado por el de Honorio. Esto constituye una prueba indubitable de que las actas del concilio fueron
  • La actitud del Emperador. En la carta imperial que confirma el concilio, el Emperador retoma el anatema que castigaba a los herejes monotelitas siguientes: “Designamos como tales herejes a Teodoro antiguo obispo de Farán, Sergio antiguo obispo de esta villa imperial (Constantinopla) protegida por Dios. Con ellos era de la misma opinión y de la misma impiedad Honorio, antiguamente Papa de la antigua Roma, que era hereje como ellos, estaba de acuerdo con ellos y afirmaba la herejía; y Ciro obispo de Alejandría, y similarmente Pirro, Pedro y Pablo” (In: Mansi, 1. XI, col 710-711).
  • Ahora bien, muy curiosamente, este mismo emperador, en dos cartas dirigidas al Papa León II para informarle de los resultados del concilio, no hizo ninguna mención de la condenación de Honorio, como lo señala un historiador perspicaz. “Otra prueba de que las actas han sido falsificadas y que el texto original no llevaba en absoluto la condenación ni el nombre de Honorio, es que el emperador no dudaba de Se habría cuidado mucho de mantenerlo en secreto; por eso escribió a San León II, sucesor de San Agatón, y al concilio romano según las verdaderas actas de las sesiones, en las cuales siempre había participado. Igualmente, no hay una sola palabra sobre Honorio en estas dos cartas”, (Édouard Dumont: Pruebas de la falsificación de las actas del VI Concilio contra Honorio in Annales de Philosophie chrétienne, París 1853, p. 417). Si verdaderamente el concilio hubiera anatematizado a un Papa, el Emperador no habría dejado de señalar un acontecimiento tan sensacional a León II. Pero no hizo nada. Su silencio prueba que no hubo condenación de Honorio.
  • Hay gato encerrado. Intrigados por la reflexión de Édouard Dumont, investigamos estas dos cartas del emperador a León II.
  • Extracto de la primera carta: La ley antigua es salida del Monte Sion; la cumbre de la perfección doctrinal se encuentra sobre el Monte Apostólico en Roma” (In Mansi, t. XI, col. 715). En términos muy poéticos, el emperador hace allí un magnífico cumplido al
  • “Gloria a Dios, que ha hecho cosas gloriosas y ha conservado la fe íntegra entre nosotros. De ninguna manera podría llegar, y Dios ha predicho que esto no ocurriría jamás, que las puertas del infierno (es decir los embustes de la herejía) puedan prevalecer contra esta piedra sobre la cual ha fundado la Iglesia” (In: Mansi, t. XI, col. 718). El emperador manifiesta así en forma que no puede ser más explícita que jamás una herejía podrá prevalecer contra un
  • Extracto de la segunda carta, dirigida al sínodo romano: “Estamos impresionados de admiración por la relación de Agatón que es la voz misma de Pedro” (In: Mansi, t. XI, col. 722). Ahora bien, Agatón, es necesario recordarlo, había afirmado no menos de cuatro veces en su carta al Emperador que ningún Papa había
  • Notable contraste: por una parte, el Emperador alaba al Papado (“cumbre de la perfección doctrinal”, “piedra” inaccesible a la herejía); ¿por la otra habría anatematizado a un Papa “hereje” tanto como los monotelitas, “de acuerdo con ellos” y que habría “afirmado la herejía”? ¿No es una buena prueba suplementaria de que las actas del concilio fueron adulteradas?
  • La biografía de Agatón es una fuente de informaciones independiente de las actas falsificadas del concilio. Según esta biografía, los padres, los legados y el Emperador quitaron de los dípticos de la iglesia de Santa Sofía en Constantinopla los nombres de “Ciro, Sergio, Pirro, Pablo y Pedro”, en razón de su herejía (Liber pontificalis, vida de Agatón, II, p. 354). Se habrá advertido: ninguna mención de Honorio.
  • Una carta ficticia de Honorio. Durante la decimotercera sesión, se leyeron dos cartas de Honorio a Sergio, lo que es una impostura. Pues Honorio había escrito solamente una carta, no dos. Da fe de esto el testimonio del secretario del Papa difunto, que habla de una respuesta a Sergio. La segunda carta es redactada por “Sericus”, mientras que el secretario de Honorio se llamaba “Juan”. Resumen de una tesis de doctorado especializado: “El testimonio de los escritores contemporáneos nos permite pues mirar a la segunda carta como enteramente imaginada y a la primera como falsificada” (Padre Benjamin Marcellin Constant: Étude historique sur les lettres d’Honorius (tesis de doctorado defendida en Lyon), París 1877, p. 57). La primera carta (Scripta fraternitatis, 634), ha sido mal traducida al griego (cf. supra nuestra muestra latín-griego-francés); la segunda carta (Scripta dilectissimi, 634) es inauténtica (Cf. también el artículo de Silva Tarouca en Gregorianum, n. 12, 1931, p. 44-46).
  • El extraño silencio de los legados y del Papa Agatón. Honorio fue (supuestamente) acusado en la duodécima sesión, y luego anatematizado a partir de la decimotercera sesión. “Hasta la duodécima sesión del sexto concilio ecuménico, los legados pontificios habían tomado la palabra frecuentemente. Su comportamiento parece entonces muy extraño después de la duodécima sesión. Cuando fueron leídas las dos cartas de Honorio, no se les oyó una sola palabra para defenderlo. Aceptaron en silencio la condena de Honorio I y confirmaron sin contradicción el anatema pronunciado en su contra” (Kreuzer, 97-100).
  • En el Liber pontificalis se encuentran las biografías oficiales de los Papas. Ahora bien, en la biografía de Agatón no se hace ninguna mención de la condena de Honorio. Erich Caspar (Geschichte des Papsttums, Tubinga 1930-1933, t. II, p. 609) intenta explicar la ausencia de la condena de Honorio I en la Vita Agathonis pretendiendo que los legados pontificios habrían cesado, a partir de marzo/abril de 681, de enviar reportes a Roma en razón del “mal aspecto” tomado por el concilio. Pero esta hipótesis es desmentida por el contenido de la Vita misma, que habla todavía de asuntos que pueden haber tenido lugar solamente después del 26 de abril (momento de la decimoquinta sesión). (Cf. Duchesne: Liber pontificalis, I. p. 356, nota explicativa 13).
  • Reflexionemos un poco: si Agatón hubiera realmente recibido una noticia tan sensacional, inaudita en la historia de la Iglesia y en contradicción flagrante con la carta que acababa de escribir para certificar la ortodoxia de los Papas, ciertamente habría reaccionado. Pero en la Vita Agathonis no figura ninguna mención de la condena de Honorio, lo que indica que ella es puramente ficticia. Igualmente, los legados, si realmente se hubiera intentado anatematizar a Honorio, seguramente habrían hecho sus comentarios. Su mutismo repentino y anormal indica que un copista inserta el anatema contra Honorio, pero se olvida de inventar igualmente algunos discursos de los legados, que habrían vuelto plausible la cosa. “Pero suponed que el nombre de Honorio no haya sido en absoluto mezclado en todo esto, el silencio de los legados se concibe muy fácilmente. Evidentemente no habrían tenido nada que decir en este caso” (Dumont: “El sexto concilio y el Papa Honorio”, in: Annales de philosophie chrétienne, París 1853, p. 58).
  • Cartas falsas de León II. Agatón falleció el 10 de enero de 681 y fue reemplazado hacia fin de año por León II (681-683). El obispo de Constantinopla, Teodoro, fabrica entonces dos cartas ficticias del Papa León II, que habría (supuestamente) confirmado el anatema contra Honorio (numerosas pruebas de la falsificación en Dumont, p. 418-419 y en Caesar Baronius: Annales Ecclesiastici, Anvers. 1600, anno 683). Teodoro acredita así entre los griegos la fábula del anatema contra Honorio. Esta fábula llega a los oídos de Roma. Dos siglos después, Roma venga solemnemente la memoria ultrajada de

Fraudes de los griegos contra Honorio definitivamente condenados por la Iglesia

El concilio de Roma: Durante el concilio de Roma del año 869, el Papa Adriano II hizo una alocución y declara: “Leemos que el Pontífice Romano ha juzgado a los prelados de todas las Iglesias; pero no leemos que él haya sido juzgado por ninguno de ellos” (citado por León XIII: encíclica Satis cognitum, junio 29 de 1896). Y sin embargo, los griegos afirmaban que Honorio había sido juzgado. ¿Cómo explicar esta divergencia entre la afirmación del Papa Adriano II y la de los griegos?

Es Anastasio el Bibliotecario quien va a dar la respuesta. Escribía al Papa Juan VIII que las actas del séptimo concilio ecuménico guardadas por los griegos estaban adulteradas, porque contenían notablemente elementos apócrifos del sexto concilio. “Debe destacarse que en ese concilio se encuentran muchos cánones y decisiones de los Apóstoles y del sexto concilio, cuya interpretación entre nosotros no es ni conocida, ni recibida” (Anastasio: Prefacio de su traducción del séptimo concilio, in: Dumont, p. 434). Así pues, los Orientales creían en la condena de Honorio, sobre la fe de actas falsificadas, mientras que los Occidentales, en posesión de las actas auténticas, tenían a Honorio en gran honor.

Esta divergencia entre Oriente y Occidente en la causa de Honorio es corroborada por la omisión de los griegos, o la mención de los romanos, de Honorio en los dípticos después del sexto concilio. En Constantinopla, el nombre de Honorio era borrado de los dípticos bajo Justiniano II, quien luego fue asesinado por el usurpador Bardano, discípulo del monotelita Macario. El monotelita Bardano hizo restablecer a Sergio y Honorio en los dípticos. Pero al cabo de dos años, fue derrocado a su vez por el nuevo emperador Anastasio II, que elimina de nuevo a Sergio y Honorio de los dípticos (testimonio de un contemporáneo griego, el diácono Agatón de Constantinopla: Epílogo, 714, in: Dumont, p. 420). En Roma, por el contrario, el nombre de Honorio no fue jamás borrado de los dípticos (testimonio de Anastasio el bibliotecario, que vivía en Roma en el siglo IX, in Baronius, anno 681).

Esta cuestión de los dípticos tiene su importancia. Pues ser mencionado en los dípticos es una prueba de ortodoxia. “Yo prometo no recitar durante los santos misterios los nombres de aquéllos que se han separado de la comunión de la Iglesia Católica” (San Hormisdas: Libellus fidei, agosto 11 de 515). Dado que Honorio continuaba figurando en los dípticos en Roma, esto indica que jamás fue suprimido de la comunión de la Iglesia Católica. Dicho de otra manera: jamás la Iglesia de Roma ratificó la pretendida condena de Honorio, inventada por el falsario griego Teodoro, y retomada por el cismático griego Focio. 157

El séptimo concilio ecuménico: Durante la séptima sesión del octavo concilio ecuménico (Constantinopla IV), el Papa Adriano II constata que los griegos, pero no los Papas, decían que Honorio era anatema. Adriano II dijo que juzgar a un Papa era una cosa totalmente contraria al derecho canónico. “Es ésa una presunción intolerable que no se puede atender. ¿Quién de entre vosotros, yo lo pregunto, ha oído jamás cosa parecida, o quién jamás ha encontrado en alguna parte mención de una tan temeraria enormidad? Nos hemos leído que el Pontífice Romano se ha pronunciado sobre los jefes de todas las Iglesias, Nos no hemos leído que sobre él nadie se haya pronunciado. Porque bien que se haya dicho anatema a Honorio, después de su muerte, por los Orientales, falta saber que había sido acusado de herejía, por cuya causa solamente es lícito a los inferiores resistir a la impulsión de los superiores, y rechazar sus malvados sentimientos. Pero aun entonces no habría sido permitido a quienquiera ese celo de los patriarcas y de otros obispos de emitir ninguna sentencia a su respecto, si previamente el Pontífice de la misma primera Sede no hubiera intervenido precedentemente por la autoridad de su consentimiento” (In: Mansi, t. XVI, col. 126). Adriano II dijo bien Honorio acusado por los orientales, pero estableció igualmente que no se encuentra ninguna aprobación pontificia de parecido acto. Esto confirma que los ejemplares de las actas del sexto concilio en poder de los griegos han sido alteradas por falsificadores. “Los manuscritos hechos en Roma son mucho más verídicos que los fabricados por los griegos, porque entre nosotros, no se practican ni los artificios ni las imposturas” (San Gregorio el Grande: Carta 6 a Narsem).

Adriano II con el fin de mostrar que nadie tiene el derecho de anatematizar a un Papa, evoca enseguida el caso del Papa Símaco que había sido acusado calumniosamente de muchos crímenes. “El rey de Italia, Teodorico, queriendo atacar al Papa Símaco hasta obtener su condenación en justicia” convoca a numerosos clérigos de su reino y les dice que muchos crímenes horribles habían sido cometidos por Símaco. Les ordena reunirse en sínodo y “constatar esto por un juicio”. Los prelados se reunieron por deferencia hacia el rey. Pero sabían que el primado del Papa no permitía que fuera “sometido al juicio de sus inferiores”. ¿Qué hacer? ¿Juzgar a un Papa en violación del derecho, o bien incurrir en la cólera del rey rehusando erigirse en juez? “Al fin, estos prelados verdaderamente venerables, cuando vieron que no podían, sin autorización pontificia, alzar la mano contra el Papa, y cualesquiera que fueran los actos del Papa Símaco denunciados, reservaron todo al juicio de Dios” (In: Mansi, t. XVI, col. 126).

Siempre en vista de demostrar que es ilícito acusar y juzgar un Papa, Adriano II cita en ejemplo la actitud de Juan, obispo de Antioquía. Este prelado había anatematizado a un obispo, pero había prohibido atacar al Papa. Juan no había hesitado en anatematizar al hereje Cirilo, obispo de Alejandría; y sin embargo, este mismo Juan escribió en una carta al Papa San Celestino I, aprobada por el concilio de Éfeso en su tercera sesión, que era ilícito juzgar a la Sede de Roma, venerable por la antigüedad de su autoridad. “Si se diera licencia a aquéllos que quieren maltratar por injurias a las Sedes más antiguas y de emitir sentencias contrariamente a las leyes y cánones contra ellas, cuando no se tiene ningún poder contra estas Sedes. Los asuntos de la Iglesia irán hasta la confusión extrema” (In: Mansi, t. XVI, col. 126).

El discurso de Adriano II hizo su efecto. Los padres del concilio redactaron, en efecto, un canon expreso contra ciertos griegos, entre los cuales Focio, que había atacado a Honorio y pretendido deponer al Papa legítimo Nicolás I, que pretendían criticar, aun juzgar a los Papas. La Iglesia Católica no ha aceptado jamás una tal insolencia. La pretendida condena de Honorio fue expresamente criticada por Adriano II y los padres del octavo concilio:

“La palabra de Dios, que Cristo ha dicho a los santos Apóstoles y a sus discípulos “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe” (Mateo X, 40) y “quien a vosotros desprecia me desprecia” (Lucas X, 16), creemos que ha sido dirigida también a todos los que, después de ellos y a su ejemplo, son devenidos soberanos Pontífices. Que nadie redacte ni componga escritos y discursos contra el muy santo Papa de la antigua Roma, bajo pretexto de pretendidas faltas que él habría cometido; lo que ha hecho recientemente Focio, y Dióscoro antes que él. Cualquiera que tenga la audacia de injuriar por escrito o sin escrito la Sede del príncipe de los Apóstoles, Pedro, será condenado como ellos. Si un concilio universal es reunido y se eleva alguna incertidumbre y controversia respecto a la Santa Iglesia de Roma, es menester que con veneración y debida reverencia se investigue y se reciba solución de la cuestión propuesta, o sacar provecho o aprovechar, pero no dar temeraria sentencia contra los Sumos Pontífices de la antigua Roma” (Octavo concilio ecuménico (867), canon 21).

El Papa Adriano II impone a todos los clérigos de Oriente y Occidente la firma de la profesión de fe del Papa San Hormisdas. Honorio tuvo también su “certificado de ortodoxia”, pues esta profesión de fe dice que la promesa de Cristo “es verificada en los hechos; pues la religión católica ha sido siempre guardada sin tacha en la Sede Apostólica”.

¿Qué piensan los padres del Vaticano de la pretendida condenación de Honorio durante el sexto concilio ecuménico? Esto puede deducirse de una alusión discreta, pero firme. En el capítulo cuarto de Pastor aeternus, los padres del Vaticano escriben que “esta Sede de Pedro permaneció pura de todo error” y reenvían, en nota, a esto: “cf. la carta del Papa San Agatón al emperador aprobada por el sexto concilio ecuménico”. En los esquemas preparatorios de Pastor aeternus, extractos de esta carta eran citados; en el esquema definitivo, solamente la referencia en pie de página. Según los padres del Vaticano, se debe retener del sexto concilio ecuménico no una ficticia condena de Honorio, sino la carta auténtica del Papa reinante, que certificaba que todos los Papas eran ortodoxos y lucharon contra las herejías. Además, citan el formulario de Hormisdas-Adriano II (cf. supra) y dicen expresamente: “Nuestros predecesores han trabajado infatigablemente en la propagación de la doctrina salutífera de Cristo entre todos los pueblos de la tierra y han velado con cuidado igual para la conservación auténtica y pura, allí donde había sido recibida”.

Las obras históricas que tratan a Honorio de hereje son prohibidas por la Iglesia

Monseñor Jacques Bossuet, por servilismo hacia el rey galicano Luis XIV, escribió un panfleto pseudocientífico contra la infalibilidad. Aborda largamente el caso de Honorio en esta Defensio declarationis conventos cleri Gallicani anni 1682 (1730, libro VII, cap. 21-29). Honorio habría aprobado la herejía de Sergio y habría sido condenado en el sexto concilio por haber precipitado a la Iglesia en el error. El Papa reinante evalúa poner este libro en el Índex, pero se abstiene por razones políticas (no indisponer a Luis XIV). En una carta al inquisidor general de España, fechada el 13 de julio de 1748, Benedicto XIV desaprueba este libro y expresa: “Desde el tiempo de Clemente XII, nuestro predecesor de feliz memoria, se analiza proscribir esta obra, y se ha concluido por no hacerlo, no solamente a causa de la reputación del autor, que ha rendido servicios eminentes a la religión bajo tantos otros jefes, sino porque se tenía temor fundado de excitar por esto nuevos trastornos”.

Según otras obras de historiadores protestantes, galicanos y jansenistas, Honorio habría sido hereje. Es interesante notar que fueron puestos en el Índex 2929. La Santa Iglesia da así a entender que la teoría “Honorio hereje” es una tesis ilícita.

Decir que Honorio habría sido condenado por crimen de herejía es una aserción científicamente falsa. Decir que habría sido “solamente” anatematizado por su negligencia en combatir la herejía es una aserción igualmente falsa. Según el testimonio de los contemporáneos, que estaban bien ubicados para saberlo, este Papa “poderoso por su doctrina” (epitafio) combatió vigorosamente el monotelismo (testimonio de los obispos españoles), se esforzó por traer al buen camino al monotelita Sergio (testimonio de San Máximo).

Resumen: Honorio I fue un Papa “brillante por su doctrina”, que combatió vigorosamente la herejía monotelita. La Iglesia ha definido dogmáticamente en el concilio Vaticano (1869-1870) que todos los Papas sin excepción han sido ortodoxos y ha puesto en el Índex los libros pseudohistóricos que pretenden lo contrario.

Misterio de Iniquidad: edición Sededelasabiduria

SERMÓN. DOMINICA Iª IN QUADRAGESIMA

SERMONES DESDE EL POZO DE SICAR (2)

Dominica I in Quadragesima

 In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.

Nos propone hoy la Santa Madre Iglesia para meditar el texto de S. Mateo sobre las tentaciones del diablo a nuestro Señor Jesucristo. Muchas aplicaciones para nuestro camino en la perfección espiritual pueden sacarse de esta lectura santa. La primera que propongo a vuestra meditación es la purificación de nuestra fe, expurgándola de errores. A saber, la doctrina católica nos propone con certeza que Cristo no tenía capacidad alguna de ser tentado internamente, por lo que fue imposible que sufriera tentaciones, si Él mismo no las hubiera permitido externamente con el objeto de enseñarnos.

La humanidad sin pecado del Señor y de su Santísima Madre es dogma de fe,  debiendo decir con todo dolor que muchos hoy, incluso dentro del cristianismo supuestamente «conservador», han errado al atribuir una naturaleza con tendencia a pecar del precioso Dios-Hombre, que las Santas Escrituras y el Magisterio de la Iglesia descartan de plano. El debate actual acerca de si Cristo pudo haber pecado (si tenía capacidad para pecar) o si, al menos, tenía el fomes peccati, es triste, pero muy difundido y nada original, pues muchos herejes en la antigüedad abrazaron dichos errores. Pero hay que tener claridad y precisión en este vital punto de nuestra fe, sin la cual, el que  no la guardare sin mancha se perderá, ya que es doctrina católica definida.

Cristo no puede ser tentado,  porque en Él no existe el fomes peccatiCristo es Dios, en Él hay una sola Persona: la divina; dos naturalezas: la humana y la divina, pero una sola Persona, lo que quiere decir que todas las operaciones teándricas ( Dios-hombre) de Cristo se han de referir a su Persona única y divina. De igual manera, pero por distinto motivo, la Virgen María no tuvo, tampoco, el fomes peccati, en virtud de un privilegio especial, exigido moralmente por su Inmaculada Concepción y, sobre todo, por su futura maternidad divina, Dios confirmó en gracia a la Santísima Virgen desde el instante mismo de su purísima concepción – no desde su nacimiento, como dice el obispo consagrado por Lefebvre: Williamson- hasta la Asunción a los cielos.

Entonces, ¿Por qué permitió Jesús el ser tentado externamente? San Agustín nos enseña: « Para constituirse en mediador que venciese las tentaciones [nuestras], no sólo con su auxilio, sino con su ejemplo» ( Trinitatae 4,13). Y San Jerónimo, dice que fue tentado: «no obligado, ni cautivo, sino por el deseo de combatir».

Entiéndase bien lo que dice la Iglesia y desde San Agustín a San Francisco de Sales, pasando por Santo Tomás de Aquino: al decir externas no quiere decir que no sucedieran, sino que Cristo permitió el diálogo a Satanás sin que en Él hubiera fomes peccati  o concupiscencia o potencia de inclinación al mal de manera que pudiera ceder, o no hacerlo. En ningún momento podía haber un instante de vacilación en Cristo que turbase su entendimiento sobre cuál era el verdadero bien y ello pudiese dilatar ni una millonésima de segundo la adhesión de su voluntad,  en una supuesta  lucha interior. Imaginar a Cristo o la Virgen María como sujetos capaces de fomes peccati es blasfemo, además de herético.

Manifestado el dogma católico, tratemos de comprender ahora, por qué nosotros sí somos tentados. .Quienquiera que entre dentro de sí mismo podrá comprobar un hecho tan humillante como doloroso: el imperio se escapa de las manos de aquel que debiera tener el cetro. La razón y la voluntad, reinas por derecho, con harta frecuencia se convierten en esclavas de las facultades inferiores. En todo caso, sus órdenes son más o menos discutidas, y su dirección, más o menos desacatada. ¿Qué hombre es tan dueño de su imaginación que pueda reprimir todos sus extravíos; tan señor de sus apetitos sensuales que no tenga que luchar contra sus atracciones violentas y que a menudo no tenga que avergonzarse de sus rebeldías? El desorden no consiste en que la parte sensible de nuestro ser apetezca los bienes sensibles, ni tampoco en que tengamos afecciones vivas y pasiones (porque hay pasiones buenas): antes bien, todo esto pertenece a la perfección del ser humano. El desorden consiste en que estas afecciones y pasiones, que deberían ser siervas, sacuden su natural dependencia, y en vez de esperar las órdenes de la razón para seguirlas, se las adelantan o las contradicen, y aun a veces arrastran a la razón hacia objetos y deleites que el deber prohíbe.

La teología, para expresar con una sola palabra este desorden  interior nuestro, ha tomado del Apóstol los nombres de concupiscencia o codicia. Las Sagradas Escrituras dan a la concupiscencia el nombre de pecado (Rom. 7, 20), no porque sus inclinaciones sean verdaderamente pecado cuando se las resiste, cuando se las reprueba, cuando se da el sentir, pero sin el consentir, sino, como dice el Concilio Ecuménico y dogmático de Trento, «porque-la concupiscencia- viene del pecado e inclina al pecado» (Conc. Trento, ses. 5ª, canon 5).Viene del pecado porque, si la imaginación no está por entero sometida al espíritu, las pasiones a la voluntad, la carne al alma, es  por la culpa original; perdimos el privilegio gratuito que suplía las imperfecciones de la naturaleza y ponía orden en todo nuestro ser.

Establezcamos algunas verdades para entender la razón de ser tentados. La primera es que Dios no tienta a nadie. «Nadie diga en la tentación: Soy tentado por Dios. Porque Dios ni puede ser tentado al mal ni tentar a nadie» (St 1,13). La segunda: Que si bien Dios no es autor de la tentación, puede, en cambio, permitirla por los frutos que de ella se siguen, y de hecho lo permite; por eso en las Sagradas Escrituras se llama bienaventurados a los que sufren y vencen en la tentación: «Tened, hermanos míos, por sumo gozo veros rodeados por diversas tentaciones» (St 1,2); y  «Bienaventurado el varón que soporta la tentación» (St 1,12). La tercera, es que Dios derrama más gracias en nosotros cuando somos tentados, que en los momentos de consuelo: «Fiel es Dios que no permite que seáis tentados por encima de vuestras fuerza»s (1Co 10,13). «El demonio,- dice Santo Tomás- tienta en la medida que Dios le permite. Dios conoce las tentaciones y nuestras fuerzas. Por eso regula su violencia, calcula sus efectos y las permite en proporción de nuestras fuerzas. Cuanto más fuerte es la tentación mayor es el auxilio de Dios». La cuarta es que de las tentaciones nos provienen muchos bienes en el camino de la perfección: a) nos prueban, por lo que nos ayudan a conocernos, y al conocer nuestra debilidad, nos hace más conscientes de la gracia divina; b) al ser un sufrimiento nos ayudan a purgar las penas de nuestros pecados; c) Acrecientan nuestros méritos, por lo que pueden ser consideradas, sin temor a equivocarnos, como la semilla que contendrá el grado de nuestra gloria en el cielo; La quinta es que nos ayudan a ser humildes, así como los consuelos mal comprendidos pueden acrecentar la soberbia; La sexta, es que arraigan las virtudes que tenemos por el uso repetido de ellas en el combate; La séptima, es que nos hace más vigilantes, pues ordinariamente la tentación no avisa; La octava, es que comprendemos más a nuestros hermanos cuando son tentados.

      No obstante, para que la tentación sea provechosa, además de resistirla, huelga decirlo, hemos de afrontarlas con paciencia y con resignación, como un regalo de Dios, que desea aumentar nuestros méritos, aquilatándonos como el oro en el crisol.

 

San Juan Crisóstomo explica aún mejor las razones de la tentación: «Cualquiera que seas, por grandes que sean las tentaciones que sufras después del bautismo, no te turbes por ello, más bien permanece firme. Pues has recibido las armas para combatir, no para estar ocioso. Y esa es la razón por la que Dios no te exceptúa de las tentaciones. Primero, para que te des cuenta que ahora eres mucho más fuerte. Segundo, para que te mantengas en moderación y humildad y no te engrías por la grandeza de los dones recibidos. Tercero, para que el demonio que acaso duda si realmente lo has abandonado, por la prueba de las tentaciones, puede tener seguridad de que te has apartado de él. Cuarto, la resistencia te hace más fuerte que el hierro mejor templado. Quinto, las tentaciones te dan la mejor prueba de los preciosos tesoros que se te han confiado. Pues, si no hubiera visto el diablo que estás ahora constituido en más alto honor y altura, no te tentaría».( Homiliae in Matthaeum, hom. 13,1).

Por eso nos enseña San pablo a gloriarnos en ellas: «Y no nos gloriamos solamente en esto, sino también en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación ejercita la paciencia,  la paciencia sirve a la prueba de nuestra fe, y la prueba produce la esperanza,  esperanza que no burla; porque la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que se nos ha dado». (Rm. 5, 3-5).

Acojamos, pues, con resignación cristiana las tentaciones que Dios permite, pues nos dará gracia sobreabundante para vencerlas, pero jamás nos pongamos nosotros en ocasión voluntaria de tentación porque, entonces, no podemos asegurar si Dios nos dará la gracia para salir  ilesos, a causa de nuestro pecado de temeridad al exponernos a ella sin causa justa.

Ave María purísima. Sin pecado concebida.

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LA ÚLTIMA CRUZADA

+ MONS. JOSÉ F. URBINA AZNAR
UNAS PALABRAS AL LECTOR.
He publicado en distintas fechas, los cuatro artículos que ahora reúno en este opúsculo, por tratar en todos ellos sobre el mismo tema: la urgente necesidad de la elección del papa.
La crisis eclesiástica que estamos viendo hoy con ojos asombrados, que es propiamente la muerte mística de la Iglesia, no comenzó realmente con la apostasía del Concilio Vaticano II, que introduce en la Iglesia oficialmente la herejía modernista, es decir, la Revolución total, sino que se remonta a tiempos anteriores. Estrictamente hablando, aunque San Pablo advierte sobre el «misterio de iniquidad» que ya estaba actuando dentro de la Iglesia, este «misterio» arranca desde Caín y sus descendientes. No se trata, pues, de un enemigo exterior, que no ha dejado de haberlo nunca, sino de la semilla de Satanás sembrada en el alma de los mismos fieles. Es un peligroso enemigo interior. San Agustín, el más insigne de los Padres latinos, ciertamente(+430), en su apologética obra LA CIUDAD DE DIOS que tanto nombre le ha dado hasta nuestros días, dice que ese «misterio de iniquidad», un día formaría un poderoso cuerpo al Anticristo dentro de la misma Iglesia.
Resulta inexplicable que conforme fueron pasando los siglos de gloria y esplendor que tantos y reconocidos beneficios trajeron a toda la humanidad, beneficios ahora totalmente ignorados o silenciados, los mismos jerarcas de la Iglesia incluso, hayan ido abandonando paulatinamente aquella admirable concordia entre el poder temporal y el poder de la Iglesia, que el mundo conoció como la «Cristiandad», para llegar a decirse, incluso ellos mismos, que aquello fue una «odiosa Teocracia», al mismo tiempo que observaban con mirada estólida que las fuerzas mancomunadas del mundo enemigo de Cristo, trabajara incansablemente para la edificación de la Teocracia de Satanás, tomando los puestos que los hijos de la Iglesia muchas veces dejaban voluntariamente. No, a esa»Teocracia» de la Iglesia; ¿sí, a la de Satanás?.
No podían ser otros los resultados de tanta traición, de tanta indiferencia, de tanta defección, de tanta soberbia, de tanto particularismo, de tanto interés ajeno a los de la Iglesia de Dios. Lo que ahora estamos viendo en su etapa terminal de consolidación, y con buen éxito, es la luciferización del mundo.
Esta antigua conjuración, esta gradual apostasía, esta gran desgracia fue denunciada por los papas, que desafortunadamente no fueron oídos, sino que más bien, la sociedad en masa como si fueran animales sin razón, se entregó a toda clase de vicios, de licencias, y la Ciudad Católica fue minada en sus estructuras desde sus mismos cimientos. Los más conscientes del mal que hacían, no consideraron su acción muy trascendente.
No podemos culpar de esta situación completamente a los enemigos de Cristo, cuyo título antonomásticamente corresponde al Judaismo, sino que gran parte de la culpa la tienen los mismos cristianos que se dejaron influir y abandonaron la lucha para comer el alimento putrefacto que se les ofrecía.
Es muy fácil cargar la culpa al que subvierte para no aceptar la propia culpabilidad. Así quiso justificarse Adán, y fue condenado. El judío judaiza, pero el cristiano se deja judaizar. «La cobardía de los buenos, fomenta la audacia de los malos», decía el papa León XIII.
Pudo entonces durante el siglo pasado, estructurarse férreamente la base de la organización que serviría para construir el gobierno mundial anticristiano. El presidente Grant de los Estados Unidos en 1872, cuando inicia su segundo período presidencial, puede ya anunciar confiado en su discurso, que «…se prepara el mundo para que en tiempo oportuno, se convierta en una gran nación que no hablará más que una sola lengua…».
Otros acontecimientos importantes apuntalan el plan, como la fundación en 1843 de la sociedad masónica secreta B’nai Brith exclusivamente para judíos, cuyo jefe mundial ha visitado y mantenido cordialísima entrevista con Juan Pablo II en 1997; la instalación en Nueva York en 1867 de la Alianza Democrática Universal de Mazzini el ascenso vertiginoso de los grupos de banqueros de Schiff, Kuhn y Loeb y otros, posteriores financieros de la Revolución Comunista de 1917; y el traslado en 1872 también a Nueva York del Consejo General de la Internacional de Carlos Marx.
Todos estos acontecimientos, entre otros que no mencionamos ni tratamos para no abandonar nuestro tema, fortalecieron grandemente al organismo que buscaba, ya firmemente, un gobierno mundial anticristiano, mientras las estructuras de la Iglesia entraban en una anemia, en un franco debilitamiento, no solamente social sino interno en las mismas estructuras de la Iglesia. Es cierto, se infiltraba, se corrompía, se subvertía, pero al mismo tiempo los cristianos abandonaban la lucha poco a poco y se daba oídos a las novedades y a lo que San Pablo llama las»fábulas judaicas». No hay ninguna justificación posible porque no existe el poder que pueda contra el Poder de la Iglesia que es la Iglesia de Dios. Siempre las derrotas hay que atribuirlas a fallas en los hijos de la Iglesia que no supieron aprovechar los medios que ella les proporciona.
San Pío X, en su famosa Encíclica PASCENDI DOMINICI GREGIS ya a comienzo de nuestro siglo, denuncia ese mismo «misterio de iniquidad», que antes de haber desaparecido, como era natural invade a toda la Iglesia y llega a sus venas y vasos capilares más pequeños. El mal se había extendido increíblemente. Se había fortalecido principalmente por la corrupción que afectaba a jerarcas y fieles. Los papas de nuestro siglo, prácticamente solos, luchaban «cuerpo a cuerpo» contra esta situación que no solamente amenazaba a la Iglesia, sino a cualquier principio religioso en el corazón de los hombres. Los iluminados del siglos pasado, habían anunciado ya la división de la Iglesia en «dos anillos»: el de los progresistas y el de los tradicionalistas que serían odiados; la celebración de un concilio; las reformas a la Liturgia; el nuevo sacerdocio…pero, lo más grave, la llegada al Trono de San Pedro de un individuo al que llaman «el convertido del Vaticano» que acordemente con los lineamientos del Poder Mundial, adaptaría a la Iglesia al espíritu moderno, y sería recibido con aprobación y júbilo por todos, grandes y pequeños, por jerarcas y pueblo prostituidos. Y que gracias a su prerrogativa de infalibilidad y de obediencia que se le debe, declararía el advenimiento del «nuevo orden social» de Cristo. Y así, todos marcharían pensando que lo hacen bajo la bandera de las Llaves de San Pedro.
Demasiado conocida es la historia, desde que el antipapa Roncalli fue coronado con la triple corona de los papas. Por la «ventana» que abriera entraron en la Iglesia todos los males, en tal cantidad, como no se había visto jamás, con la aprobación y aplauso de las mismas jerarquías y de los fieles corrompidos, unas y otros por la acción de Satanás y sus corifeos, penetrando todas las áreas y niveles no solamente de la Iglesia, sino de todo el mundo cristiano. No puede descartarse de ninguna manera una vasta infiltración que llegaba a ocupar muy altos puestos, contra la cual los verdaderos católicos no se levantaron, escudándose en la obediencia y en la unidad de la Iglesia, lo que propició que el error y la infiltración llegaran al grado de no poder ser ya humanamente controlados. Se sucedieron entonces antipapas que actuaron en asombrosa acordidad y como animados del mismo espíritu, que formaban indudablemente una misma entidad moral, lo cual estaba perfectamente anunciado en la profecía de Daniel que habla de las cuatro bestias y en la de San Juan en el Apocalipsis, en la que reúne en una sola, o primera bestia, y en estricta forma inversa, todos los atributos de las bestias del profeta Daniel. Se identificaba así, QUIEN ocupaba el Vaticano.
Como era natural, llegado el enemigo a la cumbre de la Iglesia, la Alianza (Is. 24; Luc. 22) fue rota. El Sacrificio perpetuo (Dan. 12), fue eliminado. Vimos la abominación de la desolación en el lugar santo (Mat. 24; Marc. 13). La Misa fue cambiada tiránica y fraudulentamente por un rito, si bien, parecido a los ojos del pueblo en un principio, era inválido y blasfemo, copiado de las liturgias protestantes. Se afirmaba así el cumplimiento de la profecía de II de tesalonicenses, sobre la Apostasía al ser quitado el «impedimento», es decir el Sacrificio.
La Iglesia no esperaba la eliminación total de todo rito, o prohibición o persecución sangrienta que lo impidiera, una clausura de los templos, aunque algunos así interpretaron o imaginaron. No habría entonces engaño y seducción necesarios al Anticristo para aparecer como santo.
Se trataba, pues, del engaño y de la seducción la cual lleva a hacer algo malo, como bueno. Había que presentar otra cosa similar, pero inválida. El Anticristo no puede reinar con el Sacrificio, y el pueblo debía aceptar bajo el signo de la obediencia, un fruto «bueno para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él sabiduría» (Gen. 3), pero que ciertamente, matara.
Así es cómo se dio el fraude, y se aceptó el fraude, y así fue cómo, el mundo fue no solamente privado del pararrayos que detiene a la Justicia divina, sino de la fuente de la Gracia, de las virtudes y dones del Espíritu Santo en forma eminente. Claro está que desde esto, el camino estaba expedito para los enemigos del nombre cristiano, pero también, para todos los acontecimientos del fin. La anemia cristiana dejó entrar a los derechos humanos, al humanismo, a la filantropía, a la democracia cuyo poder viene de las masas estúpidas y a tantas doctrinas que han convertido ya este mundo en una horrenda pepitoria.
El resto fiel fue arrojado fuera, y en un principio, sufrió una extrema desorientación. Tardó algunos años en comprender no solamente la usurpación del Trono pontificio, sino la necesidad de reestructurar la jerarquía eclesiástica. La sucesión apostólica estaba gravísimamente comprometida. De esta situación confusa se valieron grupos como el de Mons. Lefebvre para captar la militancia de quienes se levantaban contra la impiedad, para impedirles al mismo tiempo, llegar a las últimas consecuencias: declarar la Sede vacante y elegir al papa.
El impacto desconcertante del inexplicable cambio de rito junto con la gravedad del mismo hecho, evidente anuncio de lapsos místicos escatológicos, nubló la vista a la inmensa mayoría para quienes pasó inadvertido que las «formas» de otros Sacramentos habían sido alteradas e invalidadas. La Iglesia no tendría más sacerdotes y obispos válidos después del año 1970. Todo se cambiaba, todo se alteraba, a veces en la forma más estúpida, y bajo el concertado esfuerzo de los poderes exteriores e interiores (primera y segunda bestias, Ap. 13), el pueblo y los jerarcas iban aceptando sin apenas percibir nada. Es decir, los que no eran invasores. La corrupción de las costumbres, la descomposición familiar, la inquietud general, la crisis económica galopante, el descontrol y la rebeldía generales, la alteración de la naturaleza que va en aumento y tantas otras desgracias, iban paulatinamente provocando un reumatismo diabólico y un entumecimiento cerebral que impedía reaccionar y descubrir el engaño.
Pero, a unos pocos, esto sí fue revelado y conocieron en diversas formas y grados la situación. Ese «resto fiel» o pequeño remanente, aún desorientado en un principio, en el fondo del corazón, sabía que las cosas no estaban bien, que algo muy grave estaba sucediendo, y que era necesario resistir, conservando toda la Doctrina que siempre se había predicado.
Ellos eran los responsables al ser de Dios favorecidos. A ellos estaba reservado el rescate y el triunfo de la Iglesia. Ellos tenían todos los elementos que humanamente Dios necesita para que, no solamente los traidores del Vaticano fueran expulsados, sino que el mundo volviera a Dios los ojos y así, fueran desenmascarados los enemigos de Jesucristo. A muchos parecerá asombroso, pero así lo dice claramente el Cap. 12 del Apocalipsis. Porque aunque eran muy pocos, por sabido se calla que el número nunca ha importado para hacer triunfar la causa de Dios cuando hay verdadera Fe y verdadera Caridad.
Pero sucedió completamente lo contrario. Los fieles de las nuevas catacumbas, se dividieron, hablaron unos contra otros, destruyeron intencionalmente la Caridad, se enemistaron, provocaban muchas veces lo que condenaban, se dejaron manipular por intereses ajenos a la Iglesia. Encontraron un modo de vivir sin problemas y se escudaron en la promesa de Cristo que debe salvar a Su Iglesia aún contra una Iglesia dividida y decapitada. Y en el momento que con consciencia negaron la urgencia de la unidad bajo el Pastor común, contra la Doctrina clara, sostenida e incuestionable, y no solamente negaron, sino que impidieron con todos los medios al alcance, o se burlaron y condenaron cualquier intento, se desligaron voluntariamente de esa cabeza, y la Iglesia fue decapitada. La muerte de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, que bajaba al sepulcro como el Cuerpo del Redentor, por obra de Su pueblo traidor y soberbio.
Quisiera yo pensar de otra manera, pero los hechos de los que he sido testigo, que mis ojos han visto, no me engañan ni han engañado a los pocos que han experimentado con dolor estas experiencias amargas, que no pueden ser imputadas a una totalidad mucho menos si desconocen muchas cosas.
No puede negarse que hubo infiltraciones y hubo también quienes intencionalmente provocaron esta situación, pero ¿esto es motivo para exculpar a los demás?. Es innegable que algunos trepadores no solamente con intenciones adversas, sino por soberbia, por avidez de poder y reconocimientos arribaron al episcopado, pero, el ver ahora, cómo ha sido posible paralizar a todos, cómo ha sido posible engañarlos, cómo ha sido posible desviar sus ojos a otra parte, cómo ha sido posible aislarlos y ocultarles, es la clase de pensamiento que recuerda la profecía de Daniel sobre el quebrantamiento completo del pueblo de los santos. Y ese es el momento, dice Daniel, en que han de acontecer todas las cosas del fin. Santo Tomás de Aquino les llama «preámbulos», que no deben suceder al mismo tiempo.
En honor a la verdad, esta es una situación dolorosa que nunca he comprendido cabalmente. Es el «influjo» de Satanás, es el misterio de iniquidad llegado al colmo, por el que sabemos, ciertamente que la Iglesia ha de resucitar para asumir el triunfo definitivo, la Palabra de nuestro Señor está comprometida, pero el mundo ha de ser destruido. «La Iglesia será quitada», decía San Victorino mártir, y este momento nos anuncia la proximidad inminente. Pero previamente, tendremos que sufrir una terrible purificación, para que sea posible salvar a los más posibles. Porque si el hombre ya se niega a actuar, si hace prevalecer su opinión, su prudencia o conveniencia, su soberana voluntad, su civilización, entonces ya no tiene Dios que mantenerlo en este mundo. De Dios nadie se burla.
Bien entonces, que no se haya revelado a todos, todas las cosas para que las manipulen, y para que no se actuara por la urgencia de ese conocimiento, sino por amor a la Iglesia y a la Palabra; bien que no se haya revelado la presencia del Anticristo, sino sólo a unos pocos; bien que no haya la persecución material que tanto nos afecta a los humanos que vemos las cosas de la materia antes que las del espíritu, para que se descubriera con los ojos de la Fe y de la Caridad, una mucho peor; bien que todas las señales que estamos viendo pasen inadvertidas para no actuar en razón de ellas; bien que aparentemente no urgiera la unidad y la elección del papa, para probar la fidelidad a la Doctrina de aquellos que habían sido escogidos para revelarles la supresión del Sacrificio, que debía indicar otra serie de profecías que no pueden ser separadas; bien que todo así sucediera, para ver con claridad si todavía había diez justos en Sodoma.
¿Cuál es el futuro ahora, ante una «Iglesia» oficial, la del Vaticano de las cuatro bestias, sin esperanza de retorno, humanamente considerado, y una «Iglesia» de las catacumbas dislocada, decapitada, llena de opinadores que quieren hacer oír su voz como unas matracas, de directores, de juzgadores y fichadores de obispos, de pseudo-canonistas que embrollan todo lo que tocan, de pseudo-teólogos más papistas que el papa, de salvadores de la Iglesia pugnando todos en direcciones diametralmente opuestas, de prudentes, de suficientes, de quienes «todo lo envuelven en los pliegues de la bandera política», y un mundo horriblemente podrido, escandaloso, rebelde, de mentes cauterizadas, confuso y soberbio?.
¿Será ya el momento de callar, para escuchar la tormenta embravecida que se acerca, o es el de pugnar aún por la unidad, por la elección del papa, para que el resto fiel soporte los días de purificación y terror que vienen sobre este mundo apóstata de Dios?, ¿será que sea el momento todavía, porque todavía a alguien le importa, de denunciar las misas negras que se han efectuado sobre la tumba de San Pedro, las cruces negras invertidas en los ornamentos de Juan Pablo II que claramente vimos por las fotografías que transmitió la prensa en ocasión de su visita a nuestra Señora de París?, ¿será que todavía haya algunos pocos que se levanten por el honor de Jesucristo, desechando las palabras extrañas y seductoras de los demás?.
Quien haya leído el Cap. 24 del profeta Isaías que llamamos EL APOCALIPSIS DE ISAÍAS, porque habla de las cosas del fin del mundo, sabe que todos los acontecimientos de espanto que describe, tienen dos detonantes: la supresión del Sacrificio que él llama propiamente «Alianza», como lo llama nuestro Señor Jesucristo en los Evangelios (Luc. Cap. 22, v. 20), y la violación de la Ley de Dios. Ubicaba yo perfectamente el primero, porque todos sabemos que la reforma de Paulo VI es cabalmente la supresión de la Misa al alterar el entorno litúrgico que implica una intención (Apostolicae Curae del Papa León XIII), y al variar la esencia de las «formas» sacramentales tradicionales (Catecismo Romano. B.A.C. La Eucaristía. Pags. 456 a 460; Tratado de la Santísima Eucaristía. B.A.C. Gregorio Alestruey. Pags. 60 a 65; Sum. Theo. Forma de los Sacramentos, q. 3; Denz. 414, 415, 715; etc.). Pero, en cuanto al segundo, es decir, la violación de la Ley, todo me parecía confuso, insuficiente, lejos de la extrema claridad de una profecía bíblica cumplida. Así, buscaba yo en el cambio del Derecho Canónico, en el viaje de Juan Pablo II al Sinaí, y en otros hechos. Al fin, cosa increíble, a principios del mes de diciembre de 1997, la escritora Lucrecia Roper nos informa que desde 1992, existe un proyecto que se pretende implantar cuando mucho en el año 2,000, que elimina los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, para que la humanidad toda, tenga otro código de moral:»Necesitamos un nuevo paradigma que cambie todo el sistema de ideas y de moral. El mecanismo que usaremos será el reemplazo de los Diez Mandamientos por los principios contenidos en la Carta de la Tierra». Así aseguró, dice la Roper, Mijail Gorvachev, quien trabaja activamente en el proyecto,que coadyuvan diversos gobiernos, millonarios judíos y la O.N.U. Y evidentemente el mismo Vaticano, porque quien calla, otorga, y en ningún momento hemos oído que levante su voz, contra esto.
Bien decía Leonardo Castellani, en una afirmación que parece profética, (El Apokalipsis), que San Juan menciona en su primera bestia, los atributos de las cuatro bestias de Daniel estrictamente a la inversa, porque el Anticristo ha de comenzar destruyendo al Cristianismo para llevar a los fieles al Paganismo. Y aunada a toda la obra de destrucción hecha hasta el día de hoy, la eliminación del Decálogo es el Paganismo.
Todo lo cual dá por resultado: apostasía de la Fe católica desde el Concilio Vaticano II; supresión del Sacrificio o Nueva Alianza, desde el fraudulento cambio de 1969; adulteración de otras formas sacramentales que priva a la Iglesia de sacerdotes y obispos válidos desde 1969-70; prostitución de todos los niveles de la sociedad y disolución total; apostasía de Dios de toda la humanidad que si bien ya sucede de hecho, de derecho se introducirá antes del año 2,000 con la implantación de la Carta de la Tierra que es una sustitución del Decálogo.
Rechazada la dependencia del derecho humano al derecho de Dios, negada toda sumisión a toda autoridad lo que sucede donde no está Jesucristo, alejada la sociedad y los gobiernos de Dios, aparece la indigencia moral, producto de la apostasía, aparece la lucha desesperada por el poder ilimitado que no reconoce ni respeta nada y que pretende dilatarse a costa de lo que sea y se vuelve al Paganismo. Se oscurece en los ánimos la luz de todo principio moral y se rechaza toda estabilidad y tranquilidad del orden cristiano interno y externo, privado y público que salvaguardan la prosperidad de las familias y de los Estados, ahogándose así la voz de la naturaleza, que aún a los ignorantes y a las tribus no civilizadas enseña lo lícito o ilícito, lo que es bueno o es malo, haciendo sentir la responsabilidad de las propias acciones ante Dios. Arrancados los mismos fundamentos de la autoridad que dá a unos el derecho de mandar y a otros la obligación de ser obedientes surgen las violentísimas agitaciones que están hundiendo todo en un profundo abismo de caos y desesperación.
Inmensos recursos emplean los enemigos del hombre y del catolicismo, jefaturados por las fuerzas del Infierno, en una acción perfectamente estructurada, largamente planeada, profundamente conocidas las columnas claves que sostienen todo el edificio, contra las cuales todos los recursos reunidos y en una sola dirección de todos los cristianos, son absolutamente impotentes e inútiles si no se tiene la ayuda divina. Ayuda divina que incuestionablemente se tiene, pero por los caminos marcados por Dios mismo y no por los que el mismo hombre desea.
Qué extraño resulta ahora ver que sabido perfectamente que la salvación de la Iglesia es la salvación del mundo, y que no estando Pedro, no existe la Iglesia, la Iglesia remanente reconociendo la usurpación del Trono pontificio mediante una vasta labor de siglos, mediante el empleo de poderosos recursos y agentes incondicionales, se niegue sistemáticamente a la elección papal, mientras se trabaja de muchas otras maneras, todas infructuosas para vencer a las fuerzas que se tienen al frente, confiando en promesas inexistentes y en ilusiones, antes que obrar con la urgencia que el caso requiere. Esto es lo que completa el cuadro trágico y pavoroso que estamos viendo. Y si a tiempo no se rectifica, sucederá aquello que el profeta Isaías decía: «Los desertores del Señor serán aniquilados» (1, 28).
Moisés y todos los profetas, enseñaron con claridad, que el pecado es una oposición no solamente a Dios, sino a una sola norma. Es un quebrantamiento a la fidelidad (Is. 1, 2-4), es un adulterio (Jer. 3, 20), es una actitud hostil, frente a la soberanía y a los requerimientos de Dios y de la Iglesia. Es una fuga hacia el engaño (Hebr. 3, 13), hacia la mentira (Sant. 3, 14; Juan 8, 44 y sigs.; Rom. 1, 25), hacia las tinieblas y confusión enemigas de la luz (Juan 1, 5 y sigs.).El pecado definitivo contra el Espíritu Santo es el separarse de Cristo, y el no querer actuar actualmente para tener al papa en la Iglesia, prefigura este pecado, aunque las apariencias sean otras, porque Cristo y el papa son una misma cabeza, y porque no solamente nos llamamos cristianos por Cristo, sino por la Piedra de la que no nos podemos separar. Cristo a través del papa, habla, gobierna y edifica Su Cuerpo místico. El pecado se caracteriza por ser una anarquía o insumisión de la ley, y no solamente en cuanto quebrantamiento exterior de una prescripción legal. Cuando el cristiano peca, pisotea al Hijo de Dios y reputa por inmunda la Sangre de Su Alianza(Hebr. 10, 26 y sigs.). Pero, ¿es absolutamente consciente el hombre, del tremendo significado y consecuencias de su acto?. Bien sabido es que ordinariamente, el pecador, aunque su pecado sea muy grave, no quiere primariamente la separación de Dios. Es llevado sin embargo por el amor engañoso hacia los bienes creados, y más exactamente, es llevado por el amor propio y por la apetencia a un bien aparente que su propia soberbia le presenta, su conveniencia o su sensualidad. La consciencia sin embargo, no deja de advertir que esa CONVERSIO AD CREATURAM implica la incompatibilidad con la amistad de Dios. Internamente se sabe que se renuncia al seguimiento de Cristo. La rebelión directa contra Dios, solamente constituye por la intención, una agravación del rechazo indirecto .

Se puede aplicar esto, con toda propiedad, al estado actual de cosas, pues quienes se niegan a veces a la elección del papa, quienes oponen contingencias, prudencias, conveniencias, no están directamente negando la necesidad del papa, y las doctrinas enseñadas por la Iglesia, pero indirectamente, lo mismo que el hombre que peca sin querer apartarse primariamente de Dios, y de hecho, se están revelando contra Dios y contra los dictados de la Iglesia, y están cerrando sus ojos a toda la devastación que ven por todas partes que viene de la falta de una cabeza. Pues saben perfectamente bien, sobre todo los obispos y los sacerdotes, que sin la cabeza, los fieles se dispersan, que sin la cabeza, los obispos se convierten en una masa confusa y perturbada, como decía León XIII, que sin la cabeza, la herejía surge tarde o temprano, y más bien temprano que tarde, y que sin la cabeza no hay Iglesia, porque donde no está Pedro, no está la Iglesia.

Sienten con esta actitud indirecta salvar su ortodoxia, salvar su jurisdicción, ofrecer al pueblo una seguridad doctrinal y llegan a sentir que su actitud aunada con su trabajo apostólico está salvando y conservando a la Iglesia por lo que Dios debe actuar no solamente en razón de su entrega, de su trabajo y de su doctrina, sino principalmente por la Palabra comprometida de Jesucristo. Pero no es así, porque engañados, no están haciendo lo necesario en este momento de extremísima necesidad. Por esto, San Agustín decía que el pecado es»pensamiento, palabra y obra», y la acción o la omisión pecaminosa, es la denegación a Dios del honor que le es debido (Rom. 1, 21). Hay también en muchos, una evidente confusión. La confusión es falta de luz, es decir, oscuridad. Y la oscuridad es enemiga de la luz (Juan 1, 5 y sigs.). La confusión es enemiga de la salvación. San Pablo habla de los confusos como hombres que «siempre están aprendiendo, sin lograr jamás llegar al conocimiento de la verdad» (II de Tim. 7, 3). Estos no tienen Fe porque la Fe suple lo que no se entiende o lo que no se conoce, ni tienen humildad, porque han de averiguarlo todo, saberlo todo, no confían en nadie, más que en su parecer soberano. «Para los contaminados y los que no tienen Fe, nada es puro, porque tienen contaminada su mente y su conciencia» (Tito 1, 15). Estos, están descuidando el celo ardiente por el Reino de Dios y por el establecimiento del orden cristiano en todo el mundo, conforme a los deseos de Dios, para limitarse, lo cual les resulta peligroso, a la mera purificación, a la salvación personal, o al beneficio de la parcela que se atiende, cuando el momento obliga a acciones más universales y trascendentes. Los santos contemplativos y de grandes penitencias, dejaron sus claustros y sus prácticas, para sumarse a la lucha exterior, cuando la Iglesia estaba en peligro. Y fueron al mundo y vencieron.
¿No es un verdadero contrasentido predicar, y al mismo tiempo ser infiel a lo que se predica?, ¿predicar la ocupación del Trono sagrado de San Pedro por antipapas, al mismo tiempo que se niega con las palabras o con las obras la necesidad del papa?. ¿Cómo se explica en los seminarios a los espíritus jóvenes en formación, la doctrina de la necesidad constante del magisterio papal, condicionándola al mismo tiempo a contingencias, a conveniencias o a pareceres humanos?, ¿cómo se evita que los fieles se acostumbren y aprendan que no siempre es necesario Pedro?. O se calla la doctrina, o se condiciona, y así se enseña herejía. Se olvida que la ley de la oración determina la ley de lo que se cree. Entonces, ¿es necesario siempre el papa, según el dogma, en todo tiempo, sin interrupción, o no es necesario?, ¿se debe elegir a Pedro inmediatamente en situación de sede vacante, o se puede por diversas circunstancias dilatar la elección?, ¿y quién dirá cuáles son esas circunstancias?, ¿hasta cuánto?, ¿quién dará esa norma?, ¿se puede negar o condicionar el Dogma del Concilio Vaticano I sobre la perpetuidad del pontificado que Dios no opera como por arte mágica sino que el hombre es el que está obligado a conservarla?, ¿no es el momento de obrar para demostrar que se cree lo que se confiesa con la palabra?, ¿se negarán las innúmeras doctrinas sobre la unidad absoluta, que solamente se logra estando Pedro, y sabido esto, se continuará manteniendo la división en la Iglesia con verdadera protervia herética?, ¿si en ciertos momentos sobre todo en los de crisis, es necesario esperar para elegir, cuándo es necesario Pedro entonces?, ¿no se puede pensar y con toda razón que esta actitud casi completamente general, entraña una terrible herejía?. Actualmente la inacción implica una actitud cismática y herética evidente. ¿Cuánto formal, y cuánto material después de expuesta la Doctrina?.
Muchos esperan un milagro, ¿sucederá?. Muchos esperan ya a Elias y a Enoc para que les diga cuándo elegir, y hasta para elegir ellos mismos, ¿no saben que las Escrituras dicen que no solamente no serán por todos conocidos, sino que se burlarán de sus doctrinas y serán considerados fastidiosos?. Otros quieren una mayor cantidad de obispos y sacerdotes, ¿cuántos?, ¿cómo se pondrán de acuerdo en ese número?, ¿en cuanto tiempo tendremos una supuesta cantidad que nadie conoce, si en cuarenta años apenas existen como cuarenta obispos aproximadamente?, ¿estaremos sin papa doscientos años?. Se esperan también otras circunstancias, otras situaciones, otros momentos más adecuados, ¿están ciegos que no ven que las cosas cada vez están peor y más complicadas, que la herejía por todas partes se está introduciendo en las filas tradicionalistas?, ¿no es evidente, doctrina de la Iglesia, que el tiempo que transcurra esperando esas cosas destruirá la Doctrina ortodoxa que queda y entonces tampoco sera posible la unidad y la elección de Pedro?. Pero tampoco dicen qué es lo que hay que esperar para esperarlo, ni aseguran que todos estarán de acuerdo en haber reconocido el tiempo adecuado. Otros quieren que en el mismo Vaticano surja la solución, y que por arte de magia, los apóstatas que allí pululan se vuelvan ortodoxos y que desaparezcan todos los infiltrados que por años fueron llegando a las cumbres de los mandos eclesiásticos. Y creo que estos son los más ilusos. Esperan entonces acontecimientos en Roma y hacen depender a la Iglesia remanente de la influencia del Anticristo.
Todo esto, es pura ilusión, todo esto es soslayar, todo es dejarse manipular. Todo soberbia, todo cobardía, todo interés personal. ¡Que cosa más insulsa y que argumentos más inválidos hemos llegado a oír, insulsos e increíbles!. Lo más seguro, sigue siendo, sin embargo, lo que la voz de la Iglesia dice y que nadie quiere atender: en sede vacante, lo más importante y sagrado es elegir inmediatamente.
En cierta ocasión, alguien me dijo: «Si elijen pocos, nadie lo va a reconocer», y le contesté: «¡Hombre, y qué nos importa!. El número no legitima. Dios no necesita la aprobación de todos los obispos y sacerdotes tradicionalistas que existen, y mucho menos la aprobación o reconocimiento de uno o de cien líderes firuletes» 
¿Qué se puede esperar ahora ante esta situación pavorosa?, afuera no hay Fe, y los que creen tenerla, aunque sin culpa porque han sido engañados, no nos sirven absolutamente para nada. Y dentro no hay Caridad. No hay unión. ¿Qué sucederá ante el abandono de la Iglesia remanente, de la tremenda responsabilidad?, ¿será posible que haya todavía quien dé oídos a las primordiales necesidades de la Iglesia y de las almas que se están perdiendo?.
Los verdaderos pastores, obispos y sacerdotes, y los verdaderos laicos cristianos, todos aquellos que sólo buscan el honor de Jesucristo, abandonarán su actitud cismática, y aún contra su conveniencia o seguridad personal, se unirán a los pocos que ahora desean que Pedro los gobierne, que el santo padre esté de nuevo en el mundo para hablar la Palabra de Jesucristo que ahora enmudece, y para ser llevados infaliblemente al puerto de la salvación. Porque saben que no hay nada más importante que la salvación de la Iglesia y la lucha por el honor de Jesucristo. Y saben también que aunque pequeños ante el inmenso poder de los enemigos, han de pelear con la fuerza de Dios, que extenderá Su Brazo poderoso para llevarlos al triunfo. Dejarán entonces que los muertos entierren a sus muertos, pero no dejarán de orar por todos.
Y estarán conscientes, que al abandonar los quistes vergonzosos que el Gobierno Mundial les ha permitido para subsistir un poco de tiempo para luego diluirse y desaparecer, caerá sobre sus cabezas todo aquello que las sagradas Escrituras anuncia para los verdaderos seguidores de Jesucristo.
Porque vivir píamente en Cristo y hacer Su santísima Voluntad, indudablemente es ser perseguido (II Tim. 3, 12),porque es quedar expuesto a la ira de Satanás y sus corifeos; no debe ser cosa ignorada lo que Cristo dice:»Bienaventurados seréis, cuando os aborrecieren los hombres, y os aparten de sí, y os ultrajen, y desechen vuestro nombre como malo, por el Hijo del Hombre» (Luc. 6, 22); «seréis aborrecidos de todos por mi nombre» (Marc. 13, 13), (ABORRECER, según el diccionario de la lengua: tener horror, odio y aversión a una persona o cosa. Detestar, aburrir, fastidiar o molestar); «bienaventurados sois cuando os maldijeren, y os persiguieren, y dijeren todo mal contra vosotros mintiendo, por mi causa» (Mat. 5, 11); «seréis aborrecidos de todos, por mi nombre» (Mat. 10, 22); «el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Juan, 17, 14); «si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció primero que a vosotros» (Juan, 15, 18); «viene la hora en que cualquiera que os mate, pensará que hace un servicio a Dios» (Juan, 16 , 2 ).

Entenderán aquello que el Dr. Homero Johas dice en su artículo LA IGLESIA Y «EL PAPA MATERIALITER»: «La consagración de Obispos puede ser un remedio pasajero hasta la elección de un verdadero papa y no un remedio ligado a la vacancia perenne, a la doctrina de la perenne acefalia de la Iglesia», porque si la salvación y la reestructuración de la jerarquía que incluye al papa no se pugna, no se justifica en lo absoluto la aplicación de la Epiqueya en este caso de extrema necesidad y se es reo de violar la ley canónica. Porque en la Iglesia, «nada se confirió independientemente de Pedro» (Satis Cognitum, 36. León XIII). Y así, no tiene razón de ser nada de lo que se está haciendo aisladamente y fuera de lo que la Iglesia misma manda.
Que «el poder de elegir la Cabeza suprema de la Iglesia, (Johas), existe siempre en la Iglesia, JURE DIVINO, por la misma Constitución divina de la Iglesia. Este poder puede ser regulado en su ejercicio por el Derecho humano papal, pero no puede ser eliminado o impugnado por el Derecho humano, so pena de ser norma nula. Faltando el Colegio de Cardenales, los electores designados humanamente «non est dubitandum quin Ecclesia possit sibi provideri de Summo Pontífice» (no se puede dudar que la Iglesia puede proveerse de Sumo Pontífice) escribe Vitoria, porque «de otro modo existiría la vacancia perpetua en aquella Sede que debe durar perpetuamente». «Illa potestas est communis et a tota Ecclesia debet provideri» (dicha potestad es común y debe ser provista por toda la Iglesia) (Recol. 18). «En caso de necesidad el poder superior desciende al poder inmediatamente inferior» porque «esto es indispensable para la sobrevivencia de la Sociedad y para evitar las tribulaciones de la extrema necesidad» (Billot, De Ecclesia Christi). Lo que es de necesidad de medio para el fin para el cual existe la Sociedad está por encima de lo que es de necesidad de precepto para el ordenamiento de los actos sociales». Porque, «El medio CANÓNICO en cuanto Derecho meramente humano, no es el ÚNICO MEDIO jurídico en casos de necesidad. La intención del legislador humano en la Iglesia, no intenta impedir lo que es de necesidad por Derecho Divino. La designación humana de electores papales, no intenta impedir la necesidad de elecciones papales, sino solamente ordenar el modo de elegir ya que Cristo no dejó leyes electorales».

«El objeto de la Fe, enseña Pío XI, no puede tornarse oscuro e incierto, también dice Johas, al punto de que sea necesario tolerar opiniones opuestas» (Mort. ánimos). Pero los que apartan la Cabeza visible de la Iglesia, IPSO FACTO obscurecen para sí, la Iglesia visible y terminan como una «jerarquía de comparsas» y «obispos sin jurisdicción, acéfalos».

«Ante los males presentes, termina el Dr. Johas, recordemos: Dios no quiere que acontezca el mal porque es Santo; tampoco quiere que no acontezca, porque en ese caso no ocurriría; pero quiere permitir que acontezca, para prueba de unos y libre condenación de otros. Por lo tanto, haciendo lo que se debe hacer, adoremos la Voluntad divina y digamos el FIAT VOLUNTAS TUA ante tal prueba en la cual vemos caer a unos a la izquierda y a otros a la derecha».
Quiera Dios clemente, que los sentimientos no se hayan atrofiado por una voluntad árida y sin emociones por el cumplimiento del deber, y que por lo menos algunos abran los ojos, para que sin respetos humanos y desnudos de cualquier interés mundano, con Fe y con Caridad, en esta hora dramática, revivan a la que ha muerto habiendo sido decapitada. Si mis escritos han de contribuir para esto, he de darle gracias a nuestro Señor y a Su gran Madre, nuestra santísima Virgen María.
+ MONS. JOSÉ F. URBINA AZNAR.
LAUS ET GLORIA

GRITOS DE UN PADRE DE FAMILIA, CONDENADO

GRITOS DE UN PADRE DE FAMILIA, CONDENADO

Evigilabunt in opprobrium, ut videant semper
(Dan. XII, 2)
     Yo soy (mortales) un padre de familia que morí, que fui juzgado y ya estoy condenado. ¡Oh qué tres cosas, cuan presto se dicen, y cuan acerbamente se experimentan! Morí. No tienen que cansarse, porque no puede entenderse ni explicarse cuánto es lo que aflige a una conciencia descuidada una inopinada muerte.
     Supongan un hombre, que jamás vio toros, se viera en un recinto angosto sobre un indómito caballo, que tampoco los hubiera visto, y que improvisadamente se arrojase contra él un ferocísimo toro: ¿no os parece que la vista solo de tan espantosa novedad lo sacaría de sí y del caballo, y que caído del bruto, como de ánimo, uno y otro serian triunfo despedazado de aquella fiera? Pues mas fiera es la muerte que la fiera mas fiera, porque estas mas por acaso y la muerte por esencia. Mi cuerpo que era el caballo, no había visto a la muerte porque no la había padecido; mi alma que era el jinete tampoco la conocía, porque jamás la había considerado, con que dar sobre mi esta fiera en el recinto de una cama, fue tan espantoso el susto de su cercana vista, que al punto me hizo caer de animo, y turbándome el uso del alama y cuerpo fueron uno y otro indefenso despojo de su furia: Equum, et ascensorem dejecit in mare. (Exod. in cant. Mois.).
     Esto nació de no haber puesto en mi vida los ojos en mi muerte, pues no me espantara vista entonces si la tuviera prevista antes, pero mientras viví, el mismo vivir me engañaba mientras enfermé, me engañó mi familia, mientras empeoré, me engañó mi médico; pues no pudiendo negar el mal, me negó el peligro consolándome con que no era enfermedad de muerte. ¡Oh crueldad temeraria! esto solo puede decirlo el que una vez lo dijo, que fue el Hijo de Dios, infirmitas haec non est ad mortem (Juan 11). Ay, ay que me muero: decían los amigos era imaginación, que  no pensara en eso, que antes de un mes había de cazar con ellos. Me decía mi mujer: hijo no te desconsueles, que esto no es una cosa de cuidado. Me decía el hijo: Padre, anímese usted, y no se adelante el mal con esa aprehensión.Me decían los asistentes: con este remedio ira usted por puntos mejorando. Así me ayudaron todos a mal morir.
     Con este engaño caía sobre lo que yo tanto deseaba, y lo afirmaban todos, y lo confirmaba el mismo obligado al desengaño, que era el médico; con eso yo, ¡Hay de mí! lo creí, y no supe de mi muerte hasta después de mi muerte: ad nihilum redactus sum, et nescivi(Psalm LXXII).
     Y si estremeció a los monjes, que todo el discurso de su vida emplearon la vida y el discurso no solo en esperar la muerte, sino en apetecerla, ved que haría en mi que ni por pensamiento me la figuré jamas, y que siempre huía de ella como de ella misma; que haría en mi cuando de improviso se me representó su horrible formidoloso ceño, su ejecutivo irreparable impulso, su eterna calamitosa consecuencia y todo a un tiempo y de un golpe todo.
     Lo que hizo fue helarme el susto la sangre, apretarme la congoja el corazón, estancarme la urgencia el aliento, enajenarme la angustia los sentidos, confundirme la prisa el entendimiento, ofuscarme el tropel de cuidados la memoria, y desesperarme la falta de tiempo y sobra de culpas la voluntad; y como con esta había de agenciar el perdón de mis pecados, espiré y morí ¡hay de mí! con ellos, y sin él; así espirarán las almas y morirán cuantos me sigan en no tener a su muerte muy presente, por imaginársela muy distante, en no acabarlo de creer ni aun cuando empieza a enfermar, en oír gratamente a quien les diga lo contrario, y en fin en criar una familia tan infiel e indevota que por no asustar al dueño con un desengaño breve, quieren despeñarlo a un abismo tan largo como eterno.
     Está fue (según se mi hizo saber en el juicio) pena correspondiente a mi culpa: fue mi culpa no velar por el bien de las almas de mi familia; y fue mi pena, que esta familia en la muerte me despintase la muerte, desatendiendo a mi alma en castigo de haber yo descuidado de las suyas: fue mi culpa el no vivir para ver el mal que de noche podrían obrar mis dependientes; y ahora es mi pena el velar siempre para ver siempre; y lo que veo siempre es el siempre que he de penar que no solo es el mayor tormento de la eternidad, sino toda la eternidad junta, porque estoy viendo siempre su interminable siempre, sin olvidarlo nunca. Esta vista es la que (como dice David) me hace furiosamente crujir, bramar, y perecer sin acabar, y la que hace que perezcan todos mis deseos peccator videbit, etc (Psalm. III).
     Uno de mis deseos es, que tú perezcas como yo; y para que aun este deseo perezca en mí, me compele Dios a que te desengañe (para que te preserves) que los mas que mueren de larga enfermedad, mueren de repente por no creer que de aquella han de morir. El mozo, porque por mozo ha de resistir; el viejo por lo que hasta entonces ha resistido; unos y otros y todos por la esperanza de vida que se toman, y que les dan; por esto hacen mas mal los médicos con retardar estos desengaños, que los demonios con todos sus engaños, tanto porque los demonios no son creídos, y los médicos si, como porque los engaños que pervierten una vida son curables, pero irreparables los que desgracian una muerte; por esto influye Satanás con tanto ahínco confianza de vivir en el enfermo, y pusilanimidad para sacarlo de ella en el médico, en los amigos, en los asistentes, todos hicieron aleve alianza contra mí, para despeñarme con mas ímpetu a ser eterno tizón de estas hogueras.
     No solo estoy aquí velando siempre para ver siempre mi oprobio sino que velan contra mi los mismos demonios, que aquí me guardaron el sueño, para que no viese lo que de noche obraba mi familia; y como estás fieras que me comen a bocados, nunca duermen, tampoco yo nunca dejo de velar: Qui me commedunt, non dormiunt (Job XXX). ¡Pero qué mucho, si hasta el mismo Dios está para mi alma en vela! Vilabo super eos in malum, et non in bonum(Jer. 44). Pondera cual será mi desdicha, pues para mi mal está desvelado todo un Dios; y cuándo será mi alivio, pendiendo de que duerma quien nunca puede dormir ni dormitar: Non dormitabit neque dormiet, qui custodit Israel (Psalm. CXX)
     ¡Ah! que alguna vez ya me hirió alguna luz de esta eternidad. Pero temí perder el juicio si cavilaba en ella, ahora conozco que era el único medio para cobrarlo. ¿Pudo ser mayor mi locura que no temer estar en el infierno siempre y temer pensar en el infierno un rato? Cosa increíble es que quisiera yo ponerme en este estado, pero mas increíble es que fía quien me oye y se mantiene en él, siendo tanto los padres de familia que no se apartan del camino o descamino por donde yo he llegado a este término sin término.
     Ya pues, oh padre de familia, que ves en mi cabeza, que por descuidar en vida de las almas de mi familia, quiso Dios que en mi muerte esta familia descuidase de mi alma, ya que ves que por haberles yo creído, y no pensar en mi muerte, me halle muerto sin pensar; y ya ves que en pena de no haber velado en mi casa por la honra de Dios como por la mía estoy aquí siempre velando, y Dios y sus verdugos se están desvelando en mi deshonra; ya ves que este velar yo siempre es para ver el siempre que aquí he de penar, y que ahí nunca medité, haz de todo esto que fue veneno para mi triaca para ti, obrando lo contrario sino quieres hallarte tan pesadamente burlado como yo; desvelate siempre en ver siempre este siempre para tu bien, sino quieres aqui velar siempre para ver siempre tu mal eterno, y tu eterno oprobio, como te amenaza el tema: Evigilabunt in opprobrium ut videant semper; y en el Apocalipsis III, 3, Si non vigilaveri, veniam ad te tamquam fur, et nescies, qua hor, veniam ad te.

Dr. José Boneta

LA VIRGEN MARÍA CORREDENTORA Y 9/9

Conclusiones

1ªJesucristo es causa de nuestra redención objetiva y sub­jetiva por vía de causalidad eficiente física o principal en cuanto Verbo de Dios, e instrumental por parte de su humanidad san­tísima como instrumento unido a su divinidad. (Doctrina más probable y común.)

En otro lugar hemos explicado ampliamente la cau­salidad física instrumental de la humanidad de Cristo al ha­blar del poder humano de Jesucristo 32• Aquella doctrina es enteramente válida aplicada a la redención objetiva y subjeti­va. Nos limitamos a recoger aquí el sencillo razonamiento de Santo Tomás en este lugar 33.

«La causa eficiente es de dos maneras: principal e instrumental. La causa principal de nuestra salud es Dios. Pero como la humani­dad de Cristo es instrumento de la divinidad, según dijimos en su lugar, síguese que todas las acciones y padecimientos de Cristo obran instrumentalmente la salud humana en virtud de la divinidad. Y se­gún esto, la pasión de Cristo causa eficientemente nuestra salud.

Al resolver una objeción, recoge el Doctor Angélico las cinco modalidades o diferentes aspectos con que la pasión de Cristo produce nuestra salud, asignando a cada una su matiz peculiar o propio. He aquí sus palabras

La pasión de Cristo, por relación a su divinidad, obra por vía de eficiencia; por relación a su voluntad humana, por vía de mérito, y por relación a su carne que sufre, por vía de satisfacción de la pena debida por nuestros pecados; por vía de redención, librándonos de la culpa, y por vía de sacrificio, reconciliándonos con Dios.

Para mayor claridad recogemos esta doctrina en forma esquemática:

La pasión y muerte de Cristo produjo nuestra salud:

1) Por orden a Dios: Por vía de eficiencia….. 

Principal: como Verbo.

Instrumental: como hombre.

 2) Por la voluntad con que padeció: por vía de nuestra salud   mérito.

3) Por parte de los su­frimientos padecidos:

a) Inmolando su vida para reconciliarnos con Dios: por vía de sacrificio.

b) Para redimirnos de la culpa: por vía de redención.

c) Para libramos de la pena: por vía de sa­tisfacción.

Veamos ahora la doctrina correspondiente a la Correden­ción mariana.

2.’ La Santísima Virgen María, como Corredentora, con­tribuyó también eficientemente a nuestra redención; pero no con una causalidad física principal ni instrumental, sino con una causalidad moral y eficiente dispositiva universal. (Doctri­na más probable y común.)

Después de rechazar la causalidad eficiente física, tanto principal (que corresponde únicamente a Cristo en cuan­to Verbo divino) como instrumental (que es la propia de la hu­manidad de Cristo, como hemos visto en la conclusión ante­rior), el P. Cuervo razona del siguiente modo la causalidad moral de María Corredentora en sentido eficiente dispositiva universal. He aquí sus propias palabras

«La causalidad de María respecto de la gracia es, pues, formal­mente de orden moral, consistente en la adquisición de aquélla por el mérito y en la aplicación de la misma a nosotros por medio de su intercesión ante Dios. Así es constantemente enseñada esta doc­trina, tanto por la tradición como por el magisterio de la Iglesia 36 De tal manera que la misma unión de voluntades y de méritos, de intención y de fin que existió entre Jesús y María en cuanto a la ad­quisición de la gracia, continúa perpetuamente en su intercesión por nosotros, en la presentación ante Dios de sus méritos, los cuales nos consiguen la gracia divina que causa efectivamente nuestra redención y justificación.

Jesús y María son, pues, en un orden distinto, dos causas univer­sales, subordinada la segunda al primero, de todo el misterio de nuestra redención, por cuya unión espiritual recibimos nosotros el influjo saludable de la gracia, la cual es causada en nosotros por Je­sucristo de una manera eficiente instrumental, como verdadera Ca­beza del Cuerpo místico, y por María de un modo moral, en cuanto Mediadora y Corredentora de los hombres.

Si ahora tenemos en cuenta lo que enseña Santo Tomás respecto de la causa meritoria, que reductivamente pertenece a la eficiente como disposición de la misma, «en cuanto que el mérito dispone para el premio, haciendo al sujeto digno de él» 37, habrá que decir que la causalidad de María respecto de la gracia es eficiente dispositiva, y perfectiva la de Jesucristo de un modo eminente sobre la de los sacramentos, en cuanto que su humanidad santísima es instrumento unido a la divinidad en la producción de la misma 38

Ahora bien, es cosa más que evidente que la causalidad meritoria o eficiente dispositiva universal de la Mediadora es inmensamente su­perior a la particular instrumental secundaria de los sacramentos, por donde se nos comunica a nosotros como por unos canales el mis­mo fruto de los méritos de María, juntamente con los de Jesucristo. Huelga, por tanto, el argumento de que hay que atribuir a María la misma causalidad eficiente de la gracia que se encuentra en los sa­cramentos, por razón de la superioridad en perfección de la Virgen respecto de éstos en la causalidad de la gracia.

Por otra parte, la causalidad de la gracia por María es inferior a la de Jesucristo en cuanto hombre, tanto en la razón de mérito como en la de satisfacción. Luego la Virgen coopera también analógicamente con Jesucristo a nuestra redención por modo de eficiencia, con una analogía de proporcionalidad propia, puesto que la forma análoga, eficiencia, se encuentra propia y formalmente en su cooperación, no de la misma manera que en Jesucristo, sino tan sólo dispositivamente, conforme al modo que tiene en la dispensación de la gracia el mérito universal de María.

En la cooperación de María al misterio de nuestra redención se encuentra, pues, una analogía múltiple de proporcionalidad con Je­sucristo, desde la misma constitución de la Mediadora y Correderi­tora hasta el acto corredentivo y diferentes modalidades del mismo. Y todo esto arrancando del principio de su asociación divina con Je­sucristo en el mismo fin de la Encarnación, en virtud de su materni­dad divina y de su pertenencia al orden hipostático, pasando des­pués por los modos de conseguir aquél, para terminar en el mismo fin de nuestra redención, ya conseguido diversamente por los dos».

NOTAS:

33 Cf. nuestra obra Jesucristo y la vida cristiana: BAC (Madrid í96¡) n.i 16. 3 III 48,6.

34 Ibid., ad 3.

35. Cf P Cuervo, o.c. pag. 321-323

36 Officium B. Virginis Mediatricis, hymn. ad mat.

37 De verit. Q.29 a.6.

38 111 13,2.

VER LA VIRGEN MARÍA CORREDENTORA 1/9

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LA ÚLTIMA PRUEBA: MARTIRIO DE SANTA PERPETUA Y FELICIDAD. ACTAS DE SAN IRENEO

EL IMPRESIONANTE TESTIMONIO DE SANTA PERPETUA Y SAN IRENEO DE SIRMIO

Traemos de nuevo esta entrada, publicada aquí hace unos meses, para tratar de ayudar a tantas almas desoladas que, por desgracia, están a punto de poner en el lugar de Dios a la tranquilidad familiar, haciéndose indignos de Nuestro Señor Jesucristo, como el mismo advierte. Y puesto que cada vez son más los que habiendo abrazado a la Iglesia Católica se encuentran que su mayor enemigo son sus parientes- sujetos a la secta conciliar o ateos-, que impide la educación católica de los hijos, estimamos que les será muy provechosa la lectura  ,entre otras, de los martirios de Santa Perpetua y San Ireneo de Sirmio, quienes tuvieron que elegir entre sus familia y Jesucristo. A ellos quiso Dios coronarles con el martirio, a nosotros sólo nos pide la firmeza sin negociación alguna en profesar nuestra fe y el absoluto derecho de educar a nuestros hijos en la verdadera religión, puestos que las falsas religiones: Islam, iglesia conciliar, judaismo, etc…no tienen ningún derecho; porque ningún derecho tiene el error a sus existencia. 

«Cuántos fieles, a la hora de confesar a Cristo,

flaquearon por causa de los abrazos de sus parientes »

San Agustín (Sermo 284)

No hemos hablado todavía de una de las pruebas morales más duras que habían de sufrir los mártires, fueran hombres o mujeres, nobles o plebeyos, ricos o pobres. Es difícil describir los sufrimientos de aquellos que se veían en la alternativa de guardarse fieles a Cristo o de ceder a los reclamos de la propia familia, llenos de amor y de angustia.

Así comienza a narrar Paul Allard el último apartado de la Lección VI de su obra Diez Lecciones sobre el Martirio, antes de describir el martirio de Santa Perpetua y luego el de San Ireneo de Sirmio, que le ofrecemos más abajo. Tras leer los martirios en los que la gran tentación y última  fueron los lazos familiares que les solicitaban sacrificar un grano a los ídolos o, al menos, simular que lo hicieron, no podemos sentir más que gran tristeza al ver la situación en que se encuentran muchas almas; las cuales, sin ánimo de ser exhaustivos, reflejamos en los siguientes items, pero quizá usted, querido lector, se encuentre en otra encrucijada similar:

  • La de esposos que acuerdan alternar con sus esposas, o viceversa -tanto monta monta tanto- la asistencia a la Misa tradicional agradable a Dios, con la asistencia a la misa bastarda del Novus Ordo que desagrada al Padre eterno, porque uno de ellos quiere ser miembro de la iglesia conciliar. 
  • La del cónyuge que se abstiene de ir a la Misa verdadera para tener tranquilidad en casa.
  • La del padre o madre, o ambos, que callan ante el concubinato de sus hijos.
  • La del padre o madre, o ambos, que impulsan a sus hijos a que limiten los embarazos  por medios artificiales, contrariando el fin primario del matrimonio, ; o callan, o incluso los usan ellos mismos.
  • La del miembro de la familia, sea padre, hijo, cónyuge, abuelo, que ponen la tranquilidad familiar por encima del perfeccionamiento espiritual al que están llamados por Dios, dejando incluso la oración «por tener la fiesta en paz».
  • La del padre, madre o ambos que no pone por encima de todo el que sus hijos reciban una educación católica, fin primario del matrimonio, enviándolos a escuelas laicas o de la iglesia conciliar.
  • La del padre o la madre que no ejerce la autoridad que Dios le ha dado para que sus hijos practiquen la verdadera Religión, ni corrigen a sus hijos emulando así las costumbres del siglo.
  • La del cónyuge católico que permite al cónyuge liberal que ejerza la autoridad para conformar a sus hijos y a ellos mismos con el mundo, en lugar de con Cristo, y prefiere la tranquilidad a la división que trae Cristo.
  • La de los padres auto dicentes católicos que ofrecen y consiente a sus hijos los medios de comunicación modernos sin ningún control, por no estar firmes en la fe para poder poner óbice a sus contenidos, muchas veces subliminales: ventanas por las que Satanás entre en los salones y habitaciones de las casas.
  • La de los padres cuyo único fin es que sus hijos sean hombres de provecho, al margen de la gloria que deben a Dios: abogados, médicos…, para lo cual sacrifican todo y gastan su vida trabajando en ello.
  • La de todos aquellos que piensan y actúan para no diferenciarse mucho del mundo. A todos, les recordamos las palabras del señor Jesús:

No tenéis que pensar que yo haya venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra; pues he venido a separar al hijo de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra; y los enemigos del hombre serán las personas de su misma casa. Quien ama al padre o a la madre más que a mí, no merece ser mío; y quien ama al hijo o a la hija más que a mí, tampoco merece ser mío. Y quien no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien a costa de su alma conserva su vida la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la volverá a hallar.
(Mateo 10:34-39)

Roguemos al Señor por todos los que se encuentran en las situaciones descritas o en otras semejantes.

Les dejo con el magnífico relato de los Martirios de Santa Perpetua y San Ireneo de Sirmio del Acta de los Mártires:

Poco después del año 200, Perpetua, la célebre mártir de Cartago, escribe de su propia mano la primera parte de su Pasión, relatando las pruebas terribles que por parte de su padre hubo de pasar antes de morir.

Apenas detenida, es visitada por su padre: «Se esforzaba por apartarme de mi designio por el amor que me profesaba. -«Padre, le dije, ¿ves este vaso que hay en el suelo?» -«Sí, lo veo». -«¿Podrías tu darle otro nombre que el de vaso?» -«No, no podría». -«Pues de igual modo yo tampoco puedo llamarme otra cosa que cristiana». Mi padre, irritado por mis palabras, se arrojó sobre mí para arrancarme los ojos; pero sólo me hizo algún daño y se fue».

Ella y sus compañeras fueron encerradas en la prisión de Cartago, donde podían ser visitadas a veces por sus padres. «Yo, sigue escribiendo Perpetua, daba entonces el pecho a mi niño, medio muerto de hambre, e inquieta hablaba de él a mi madre, consolaba a mi hermano y a todos recomendaba a mi hijo. Estas preocupaciones me duraron algunos días, y al fin conseguí que se me dejase tener conmigo a mi hijo en la cárcel. Al punto recobré fuerzas, cesó la inquietud que él me ocasionaba, y la prisión se me convirtió en lugar de delicias, que yo prefería a cualquier otro».

Pasaron así algunos días, y «se divulgó el rumor de que íbamos a ser interrogados. Mi padre llegó de la ciudad, abrumado de dolor, y subió a donde yo estaba, esperando persuadirme. «Hija mía, ten compasión de mis cabellos blancos, ten compasión de tu padre, si es que aún soy digno de este nombre. Acuérdate de que mis manos te alimentaron, de que gracias a mis cuidados has llegado a la flor de la juventud, de que te he preferido a todos tus hermanos, y no me hagas blanco de las burlas de los hombres. Piensa en tus hermanos, en tu madre, en tu tía; piensa en tu hijo, que sin ti no podrá vivir. Desiste de tu determinación, que nos perdería a todos. Ninguno de nosotros se atreverá a levantar la voz si tú eres condenada al suplicio».

«Así hablaba mi padre, llevado de su afecto hacia mí. Se arrojaba a mis pies, derramaba lágrimas y me llamaba no ya «hija mía», sino «señora mía». Y yo me compadecía de los cabellos blancos de mi padre, el único de mi familia que no había de alegrarse de mis dolores. Yo le tranquilicé diciéndole: «En el camino del tribunal pasará lo que Dios quiera, porque no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Dios». Él se alejó de mí tristísimo».

Llega el día del interrogatorio. «Cuando me llegó el turno de ser interrogada, apareció de pronto mi padre con mi hijo en los brazos. Me llamó aparte y me dijo con voz suplicante: «Ten compasión de tu hijo». Y el procurador Hilariano, que había recibido el derecho de espada en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano, me dijo: «Compadécete de los cabellos blancos de tu padre y de la infancia de tu hijo. Sacrifica por la salud de los emperadores». Yo le respondí: «No sacrifico». Hilariano preguntó: «¿Eres cristiana?». Respondí: «Sí, soy cristiana». Y como mi padre siguiera allí para hacerme caer, Hilariano mandó que lo echasen, y le golpearon con una vara. Sentí el golpe como si yo misma lo hubiera recibido: ¡tanta pena me daba la infeliz ancianidad de mi padre! Entonces el juez pronunció la sentencia que nos condenaba a todos a las fieras, y volvimos alegres a la cárcel.

«Como mi hijo estaba acostumbrado a que yo le diese el pecho y a estar conmigo en la cárcel, inmediatamente envié al diácono Pomponio a pedírselo a mi padre. Pero mi padre no quiso dárselo. Tuvo Dios a bien que el niño no volviese a pedir el pecho y que yo no fuera molestada por mi leche, de suerte que me quedé sin inquietud y sin dolor».

Aún Perpetua ha de verse probada de nuevo por los suyos. «Como se acercaba el día del espectáculo, vino a verme mi padre, consumido de angustia. Se mesaba la barba, se arrojó al suelo y hundía la frente en el polvo, maldiciendo la edad a que había llegado y diciendo palabras capaces de conmover a cualquier persona. Yo estaba tristísima, pensando en tan desventurada ancianidad».

«Tales son mis sucesos hasta el día antes del combate. Lo que en el mismo combate suceda, si alguno quiere, que lo escriba». En efecto, lo escribió Sáturo, y por él sabemos que una de las últimas palabras de Perpetua fue para su familia. Estando ya en pie, en el anfiteatro, esperando a la muerte, llama a su hermano, y cuando éste llega acompañado de otro cristiano, les dice: «Permaneced firmes en la fe, amaos los unos a los otros, y no os escandalicéis de mis padecimientos».

Cuántos mártires, como Perpetua, tuvieron en sus familiares su más atroz tormento. Y también, como dice San Agustín, «cuántos fieles, a la hora de confesar a Cristo, flaquearon por causa de los abrazos de sus parientes» (Sermo 284). Por el contrario, otro ejemplo impresionante de fidelidad nos viene dada a principios del siglo IV por el mártir San Ireneo, joven obispo de Sirmio, que a principios del siglo IV sufre pasión bajo Probo, gobernador de Panonia, en esta región evangelizada hacía poco.

Comparece Ireneo ante Probo, que para hacerle abjurar le somete a tortura. «Llegaron sus familiares, y al verlo en el tormento, le suplicaban, y sus hijos, abrazándole los pies, le decían: «¡Padre, compadécete de ti y de nosotros!» Su mujer le conjura, llorando. Todos sus parientes lloraban y se dolían sobre él, gemían los criados de la casa, gritaban los vecinos y se lamentaban los amigos y, como formando un coro, le decían: «Ten compasión de tu juventud».

«Pero él, manteniendo fija su alma en aquella sentencia del Señor: «Si alguno me negare ante los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos», los dominaba a todos y no respondía a ninguno, pues tenía prisa en que se cumpliese la esperanza de su vocación altísima.

«El prefecto Probo le dice: -«¿Qué dices a todo esto? Reflexiona. Que las lágrimas de tantos dobleguen tu locura y, mirando por tu juventud, sacrifica. Ireneo responde: -«Lo que tengo que hacer para mirar por mi juventud es precisamente no sacrificar». Queda, pues, en la cárcel, donde por muchos días es sometido a diversas penas.

«Después de un tiempo, a media noche, sentado en su tribunal el presidente Probo, hace traer al beatísimo mártir Ireneo y le dice: -«Sacrifica por fin, Ireneo, y te ahorrarás penas […] Ahórrate la muerte. Que te basten ya los tormentos que has sufrido». Todo es inútil ante la firmeza del mártir, y Probo intenta hacer vibrar las fibras afectivas más íntimas del mártir:

«-«¿Tienes esposa?». -«No la tengo». -«¿Tienes hijos?» -«No los tengo». -«¿Tienes parientes?» -«No». -«¿Quiénes eran, entonces, todos aquellos que lloraban en la sesión anterior?». Ireneo responde: -«Mi Señor Jesucristo ha dicho: El que ama a su padre o a su madre o a su esposa o a sus hijos o a sus hermanos o a sus parientes más que a mí, no es digno de mí». Y elevando los ojos al cielo, y fija su mente en aquellas promesas, todo lo despreció, confesando no tener pariente alguno sino a Él.

«-«Sacrifica siquiera por amor a ellos». Responde Ireneo: -«Mis hijos tienen el mismo Dios que yo, que puede salvarlos. Tú haz lo que han mandado hacer»».

Con los ojos obstinadamente fijos en el cielo, citando palabras de la Escritura, dando respuestas breves y concisas o callando sin dar respuesta, para escapar así al mismo tiempo a las trampas de su juez y a los dulces lazos familiares, se ve claro que el mártir pretende guardarse de su propia flaqueza y, como dice el cronista, también se nota que tiene prisa en que se cumpla en él cuanto antes la esperanza de su vocación altísima.

«Y cuando hubo abierto el quinto sello, vi debajo o al pie del altar las almas de los que fueron muertos por la palabra de Dios y por ratificar su testimonio.»  (Apocalipsis 6:9)

«Y clamaban a grandes voces, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor (tú que eres santo y veraz), difieres hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los que habitan en la tierra?. » (Apocalipsis 6:10)

SERMÓN DEL MIÉRCOLES DE CENIZA

SERMONES DESDE EL POZO DE SICAR (1)

Miércoles de Ceniza

 In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.

El profeta Joel anuncia, en la epístola de este día, la solemne apertura del ayuno cuaresmal, el tiempo de expiación, la proximidad del gran aniversario de nuestra Redención. Arriba, pues, los corazones,  preparémonos a combatir las batallas del Señor, que no permitirá que seamos escarnio de las naciones.

La Iglesia juzgó oportuno iniciar este santo tiempo señalando con ceniza la frente culpable de sus hijos y repitiendo a cada uno las palabras del Señor que nos condenan a muerte.

Comentando el Evangelio de hoy nos dice San Agustín: “Si alguno hace estas cosas con el objeto de conseguir algún beneficio terreno, no podrá decirse que tiene el corazón limpio aquel que se complace con las cosas de la tierra. El que se une a una naturaleza inferior, mancha la suya, aunque aquélla a la que se ha unido no esté manchada en su especie. Y así como el oro se deteriora cuando se mezcla con plata pura, así también nuestra alma se mancha cuando se mezcla con la tierra, por muy buena que sea en su clase(de sermone Domini, 2, 13).

Y Rabano: “Hablando de una manera alegórica, el orín significa la soberbia, que oscurece el brillo de las virtudes, y la polilla, que muerde el buen deseo, y por esto descompone lo compacto de la unidad. Ladrones son los herejes y los demonios, que siempre están dispuestos a quitarnos las gracias espirituales”.

No entendamos esto solamente de las cosas de la tierra, como nos recuerda San Jerónimo: sino de todas las cosas que se poseen en la tierra. Para el goloso, su dios es el vientre; para el lascivo, su tesoro es la impureza; para el amante, la liviandad. Cada uno es esclavo del que le ha vencido. Allí, pues, tiene su corazón donde tiene su tesoro.

Nuestro Señor Jesucristo nos invita, pues, a la desnudez del alma. Entendamos bien, no se trata de la carencia de las cosas, porque las cosas del mundo no pueden dañar a menos que se deseen. Se habla más bien de la mortificación del deseo. La razón de la necesidad de mortificar el deseo es porque los afectos que el  alma siente a todo lo creado son puras tinieblas y que al llenar el alma, le quitan la capacidad de ser alumbrada por la luz sencilla y pura de Dios. Por lo que ha de arrojar esos afectos de sí.  

Otra razón, es que dos contrarios no caben en el mismo espíritu. Y las tinieblas, el apego a lo creado, y la luz, que es Dios, son contrarios, como enseña San Pablo, 2 Cor 6, 14: ¿Que concordia puede haber entre la luz y las tinieblas? La luz divina no se puede asentar en el alma si antes no ahuyenta los afectos.

Pero hay más razones, las cuales el sentido común a poco que pensemos nos lo manifiesta: Quien ama la cosa creada se iguala con ello, quedando tan bajo como lo que ama. Porque el amor hace semejante al que ama con aquello que ama. Por eso dice el Salmo 113,8: Los que ponen su corazón en los ídolos serán semejantes a ellos. Porque el amor no sólo iguala, sino que, de alguna manera, somete al amante a lo amado. Por lo que el alma que ama algo, se vuelve incapaz de la transformación en Dios, pues la bajeza de la cosa creada  es más incompatible con la alteza infinita del Creador; por eso nos dice Jeremías 4,33: Miré a la tierra y estaba vacía, y ella misma no era nada; miré a los cielos, y vi que no tenían luz.

CONCLUSIONES

  1. El alma apegada a algo se vuelve incapaz para la unión con Dios. Porque la existencia de lo creado, comparada con la existencia de Dios, no es nada, y el alma que en ella pones sus afectos, se iguala a la nada y no es nada.
  2. Y toda la hermosura de lo creado y gentileza, comparada con la gracia de Dios no es nada.
  3. Y la bondad y sabiduría de las criaturas, comparada con la sabiduría y bondad de Dios, no es nada. Pues no hay nada ni nadie bueno, sino solo Dios. Por eso dice San Pablo, Rom. 1,22: teniéndose ellos por sabios se hicieron necios.
  4. Y toda alma que crea que todo su saber y habilidad le van a llevar a unirse con la sabiduría de Dios, es sumamente ignorante ante Dios. Porque dice San Pablo I Cor 3,9: La sabiduría de este mundo es locura ante Dios.
  5. Y todos los deleites y el poder y la libertad del mundo, comparados con la dicha que es Dios, no son nada.
  6. Y todas las riquezas, famas, honores y magnificencias del mundo, comparadas con Dios no son nada.

 Añadamos la limosna a las privaciones corporales. Nos exhorta a que atesoremos, pero sólo para el cielo. Tenemos necesidad de intercesores; busquémosles, pues, entre los pobres.

Evitemos hacer la oración del publicano, pues según ella no seremos justificados por muchos ayunos, limosnas y oraciones que hagamos. Recordemos que Dios no les dio el maná del cielo a los israelitas en el desierto hasta que no se les había acabado la harina de Egipto. (Ex. 16.). Pero aún no contentos con el maná pidieron carne, y el Señor se lo concedió,  pero cuando estaban ahítos y satisfechos sus deseos, Dios se enojó. (Ex 21)

 Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, nos dice la Vida nuestra, (Lc 14,33) no puede ser mi discípulo. Sentencia que San Agustín comenta: Lo dicho antes concuerda con lo que ahora se dice, porque en renunciar cada uno a todo lo que posee se incluye también el aborrecer a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y aun su propia vida. Todas estas cosas son propias de cada uno y son obstáculo e impedimento para obtener, no lo temporal y transitorio, sino lo que es común a todos y habrá de subsistir siempre. Y San BedaHay diferencia entre renunciar a todas las cosas y dejarlas, porque es de un pequeño número de perfectos el dejarlas -esto es,  posponer los cuidados del mundo- mientras que es de todos los fieles el renunciarlas, esto es, tener las cosas del mundo de tal modo que por ellas no  estemos ligados al mundo.

No cabe en el penitente la tristeza, pues el fin de esta mortificación cuaresmal no sólo es la rememoración del misterio de nuestra Redención, sino apropiárnosla y llegar a  La Unión del alma con Dios. Porque si por la gracia habitual la Santísima Trinidad inhabita en nosotros, y somos, entonces, templos del Espíritu Santo: Si alguno me ama, guardará mi palabra,  y mi Padre le amará, y vendremos a él y en  él haremos morada. (Jn 14,23) pues, no siendo substancialmente diferentes, hay entre ellas una diferencia de grado. Es de cómo aprovechar las gracias de Dios, para subir de la justificación recibida en la que el alma ya comenzó a participar de la naturaleza divina, aunque sea en su grado ínfimo, a la unión del alma o desposorio místico, de lo que se ha de practicar en esta Santa cuaresma. Mortifiquemos, pues, nuestros deseos que impiden o retardan la unión del alma con Dios.

Ave María purísima. Sin pecado concebida.

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LA VIRGEN MARÍA CORREDENTORA 8/9

Por vía de eficiencia

Como dijimos al principio de esta sección de acuer­do con Santo Tomás, el quinto modo por el que Cristo realizó la salvación del género humano fue por vía de causalidad eficiente. Vamos a establecer el paralelismo entre la redención de Cristo y la corredención de María para ver sus semejanzas analógicas y sus diferencias esenciales.

En primer lugar vamos a sentar algunas nociones previas que precisan el verdadero sentido de la cuestión y preparan su recta solución.

  1. NOCIÓN Y DIVISIÓN DE CAUSA. En general, se entiende por causa aquello con cuya virtud se produce alguna cosa. Se distinguen cuatro causas principales: material, formal, eficiente y final.

Nos interesa recordar aquí las principales divisiones de la causa eficiente. Puede ser física y moral, según produzca su efecto de una manera física (como el fuego quema físicamente) o moral (como la recomendación obtiene la gracia para el recomendado). La física se subdivide en principal e instrumental, según produzca el efecto como agente principal o tan sólo como instrumento (v.gr., el escritor es la causa principal de la carta que escribe instrumentalmente la pluma). A su vez, el instrumento puede ser unido (v.gr., la mano del escritor) o se­parado (v.gr., la pluma con que escribe).

Para mayor claridad recogemos estas divisiones en forma de esquema:

La cusa eficiente puede ser:

Principal (Como instrumento unido-la mano-.)

1 Principal.  Física

Instrumental (Como instrumento separado- la pluma-.)

2  Moral   ( Por vía de mérito, intercesión, etc.)

  1. REDENCIÓN OBJETIVA Y SUBJETIVA. Recibe el nombre de redención objetiva el hecho mismo de la redención realizada por Cristo, o sea, su pasión y muerte en la cruz. Redención subjetiva es la aplicación a nosotros de los frutos del sacrificio de la cruz.

 

  1. LA HUMANIDAD DE CRISTO ES EL INSTRUMENTO UNIDO A SU DIVINIDAD. Como es sabido, las acciones todas de Cristo se atribuyen al Verbo de Dios, única persona que hay en El. Pero el Verbo—causa principal—utilizaba a su humanidad san­tísima como instrumento unido para realizar las operaciones teándricas, o sea, las propias de Dios-hombre 31 Esta doctrina, que algunos niegan en sus sermones radiados,  es importantísima en cristología.

Todo esto supuesto, establecemos las siguientes conclusiones, que veremos en el próximo y último artículo de esta serie:

NOTAS

30 Cf. III 48, 6.

31 Cf III 19, 1c. ad 1,2 y 5.

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MISTERIO DE INIQUIDAD. NOVEDAD EDITORIAL

Misterio de Iniquidad

Investigación teológica, histórica y canónica sobre la crisis católica

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CARACTERÍSTICAS DEL LIBRO

Páginas: 260

Tamaño: 12 x 18 centímetros

Papel: 90 gramos

Cubierta: rústica brillo con solapas, 300 gramos.

Autores: Varios anónimos

Editor: Sapientiae Sedei Filii

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PRÓLOGO

Si se llega a demostrar que todas las “novedades” que perturban hoy a la Iglesia no son más que errores antiguos, constantemente condenados por Roma, se podrá concluir que la Iglesia en este final del siglo XX, es ocupada por una secta extranjera, exactamente como un país puede ser ocupado por un ejército extranjero” (Jacques Ploncard d’Assac: La Iglesia ocupada, Chiré-en Montreuil 1975, segunda edición 1983, p. 7).

En esta guerra de ideas, los escritores católicos tienen el deber de dar la voz de alerta. “Sonad, sonad siempre, esclareced el pensamiento” (Víctor Hugo: Los castigos, 1853, libro VII, c. 1).

“Que nadie se imagine que sea prohibido a los particulares cooperar de una cierta manera a este apostolado, sobre todo si se trata de hombres a quienes Dios ha dado los dones de la inteligencia con el deseo de ser útiles. Todas las veces que la necesidad lo exija, ellos pueden fácilmente, no por cierto arrogarse el rol de doctores, mas comunicar a los otros lo que ellos mismos han recibido, y ser, por así decirlo, el eco de la enseñanza de los maestros. Por otra parte, la cooperación privada ha parecido a los padres del concilio Vaticano tan oportuna y fecunda que han creído un deber reclamarla formalmente: “Todos los cristianos fieles”, dicen ellos, “sobre todo aquellos que presiden o que tienen la carga de la enseñanza, Nos les suplicamos por las entrañas de Jesucristo, y Nos se lo ordenamos, en virtud de la autoridad del mismo Dios Salvador, dar su celo y su acción para descartar y eliminar de la Santa Iglesia esos errores, y para esparcir la luz de la fe la más pura” (Constitución Dei Filius, pasaje final). “Que cada uno por lo tanto recuerde que puede y debe esparcir la fe católica por la autoridad del ejemplo, y predicarla por la firmeza de la profesión que de ella hace. Así, en los deberes que nos ligan a Dios y a la Iglesia, un gran lugar tiene el celo con el que cada uno debe trabajar, en la medida de lo posible, para propagar la fe cristiana y rechazar los errores” (León XIII: encíclica Sapientiae christianae, 10 de enero de 1890).

           El presente estudio quiere ser simplemente el “eco” del Magisterio, una colección de documentos y de textos de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana.

“El misterio de la iniquidad”, escribe el Apóstol San Pablo, “ya está obrando ciertamente, sólo hay el que ahora detiene hasta que aparezca de en medio” (2.Tesalonicenses II. 7). Cuando la fe haya desparecido casi totalmente, cuando la apostasía general haya arribado, entonces se manifestará el Anticristo.

Según San Pablo, el Anticristo “se sentará en el Templo de Dios” (2.Tesalonicenses II. 4). Comentando este pasaje paulino, San Agustín enseña que el Anticristo será un hombre individual, pero que se puede igualmente aplicar el mote “Anticristo”, en sentido figurado, a una sociedad anticristiana entera. Este Anticristo colectivo, que debe preparar la vía al Anticristo individual, se sentará “in templo Dei”. En latín, remarca San Agustín, la preposición “in” puede traducirse por “dentro” o por “en lugar de”. La expresión “in templo Dei” es susceptible de ser interpretada de una manera literal o de una manera figurada:

  • En sentido literal, será un hombre que entrará en el Templo para hacerse adorar como un ser
  • En sentido figurado, será una sociedad apóstata, una falsa Iglesia que usurpará el lugar de la verdadera Iglesia. Será una sociedad de apóstatas erigida en “Templo de Dios”, una pandilla de infiltrados que pretenderán representar la Iglesia de Cristo. “Este pasaje que hace referencia al Anticristo, se entiende no solamente del príncipe de los impíos, sino de alguna manera de todo lo que hace cuerpo con él, es decir de la multitud de los hombres que le pertenecen”. Es necesario interpretar “no en el Templo de Dios sino mejor en Templo de Dios, que no es otra cosa que la Iglesia” (San Agustín: Ciudad de Dios, libro XX, c. 19). Luego, el Anticristo será (o ya es) una secta herética que pretende representar la Iglesia Católica.

San Agustín informa cómo se va a desarrollar el triunfo en el gran día del misterio de iniquidad. “Otros piensan que las palabras “ahora sabéis qué es lo que le detiene” (2.Tesalonicenses II. 6) y “el misterio de iniquidad ya está obrando” (2.Tesalonicenses II. 7), se refieren únicamente a los malvados y a los simuladores que están en la Iglesia. Hasta el momento en que, multiplicándose, alcanzarán un número suficiente para formar el gran pueblo del Anticristo. Es el misterio de iniquidad, porque se oculta. Las palabras del Apóstol serían luego una exhortación a los fieles a permanecer firmes en la fe “hasta que esto se manifieste saliendo de en medio”, es decir, hasta que el misterio de iniquidad que está momentáneamente oculto surja del medio de la Iglesia” (Ciudad de Dios, libro XX, c. 19).

Otra interpretación de 2.Tesalonicenses merece ser mencionada aquí, aun si proviene de un exégeta muy poco conocido. Este exégeta es un monje francés que vivió de 1092 a 1156: Pedro el Venerable. Es un santo canonizado (fiesta el 25 de diciembre), en otro tiempo célebre por su erudición, pero hoy caído en el olvido. Y es una lástima, pues este autor parece haber tenido luces especiales para exponer la Santa Escritura. He aquí, en efecto, su comentario a la Epístola a los Tesalonicenses, comentario que ilumina singularmente nuestra época:

“Cristo ha permitido esto: que el Anticristo, cabeza de todos los cismáticos, se sentará en el templo de Dios, que los suyos (los cristianos) serán exiliados, y que quienes no son los suyos ocuparán un día la Sede de Pedro (Sanctus Petrus Venerabilis: De miraculis libri duo, libro II, c. 16).

Parte de la Introducción

          He aquí algunas afirmaciones que dejan perplejo:

“Los elementos del marxismo son de naturaleza de poner a muchos hombres sobre la vía del cristianismo vivido de una manera nueva”. “Vemos en el islamismo, el humanismo, el marxismo, un deseo inconsciente y una búsqueda a tientas del verdadero rostro de Jesucristo, que nosotros, cristianos, obscurecemos muy a menudo” (El catecismo holandés. Una introducción a la fe católica. El nuevo catecismo para adultos realizado bajo la responsabilidad de los obispos de los Países Bajos, París 1968, p. 58). “En el budismo, según sus formas variadas, la insuficiencia radical de este mundo cambiante es reconocida y se enseña una vía por la cual los hombres, con un corazón devoto y confiado, podrán adquirir el estado de liberación perfecta, alcanzar la luz suprema por sus propios esfuerzos o por un socorro venido de lo alto” (Declaración conciliar Nostra aetate, 28 de octubre de 1965, §2).

“Ofrecemos la pipa al Gran Espíritu, a la madre Tierra y a los cuatro vientos” (plegaria recitada a pedido de Wojtyła, el 26 de octubre de 1986 en Asís).

“Que San Juan Bautista proteja el Islam” (plegaria recitada por Wojtyła mismo, el 21 de marzo de 2000).

“Yo vengo a vosotros, hacia la herencia espiritual de Martín Lutero, yo vengo como peregrino” (Encuentro de Wojtyła con el Consejo de la iglesia evangélica, el 17 de noviembre de 1980).

El ateísmo procura “una libre expansión espiritual” (Wojtyła, 1 de septiembre de 1980).

“Poner al hombre sobre el altar” es lo propio de los francmasones (Jacques Mitterrand, grado 33, antiguo Gran Maestre del Gran Oriente). “Nosotros tenemos el culto del hombre” (Montini: discurso de clausura de Vaticano II, 7 de diciembre de 1965).

“Nosotros no pensamos que un francmasón digno de este nombre, y que está él mismo comprometido a practicar la tolerancia, no pueda felicitarse sin ninguna restricción de los resultados irreversibles del concilio”. Los católicos deberán “mantenerse en esta valerosa noción de la libertad de pensamiento, que, nacida de nuestras logias masónicas, se ha extendido magníficamente sobre la cúpula de San Pedro” (Yves Marsaudon: El ecumenismo visto por un francmasón de tradición, 1964, pp. 119-121). “Si el mundo cambia, ¿la religión no debería cambiar también? …Es exactamente la razón por la cual la Iglesia ha, en particular después del concilio, emprendido tantas reformas” (Montini, audiencia general, 2 de julio de 1969).

Con la lectura de estas frases curiosas, no se puede impedir el hacerse preguntas. Pero, ¿qué pasa en Roma?

He aquí extractos del plan de infiltración de la Iglesia Romana, elaborado por la francmasonería italiana y descubierto por la policía del Papa Pío IX: “Lo que nosotros debemos buscar y esperar, como los judíos esperan el mesías, es un Papa según nuestras necesidades. Para asegurarnos un Papa con las proporciones exigidas, se trata, en principio, de modelarle, a ese Papa, una generación digna del reino que soñamos. Dejad a un lado la ancianidad y la edad madura, dirigíos a la juventud… En algunos años, ese clero joven, habrá, por la fuerza de las cosas, invadido todas las funciones; gobernará, administrará, juzgará, formará el consejo del soberano, será llamado a elegir el Pontífice que deberá reinar, y ese Pontífice, como la mayor parte de sus contemporáneos, estará necesariamente más o menos imbuido de los principios que nosotros comenzaremos a poner en circulación. Que el clero marche bajo vuestro estandarte creyendo siempre marchar bajo la bandera de las llaves apostólicas… Vosotros habréis predicado una Revolución en tiara y en capa, marchando con la cruz y la bandera, una Revolución que no tendrá necesidad sino de ser un poquito aguijoneada para poner fuego a las cuatro esquinas del mundo” (In Crétineau-Joly: La Iglesia Romana de cara a la Revolución, 1859, reedición Paris 1976, t. II, p. 82-90).

          A la época del concilio Vaticano I, un alto dignatario de la masonería se alegraba de “el apoyo precioso que encontramos desde hace muchos años en un partido poderoso, que es como un intermediario entre nosotros y la Iglesia, el partido católico liberal. Es un partido que nosotros tenemos que acrecentar, y que sirve a nuestras vías mucho más de lo que piensan los hombres más o menos eminentes que le pertenecen en Francia, Bélgica, toda la Alemania, en Italia y hasta en Roma, alrededor del Papa mismo” (In Monseñor Delassus: Verdades sociales y errores democráticos, 1919, reedición Villegenon 1986, p. 399).

León XIII (encíclica Inimica vis, 8 de diciembre de 1892), pone en guardia al episcopado de Italia. “Los sectarios masones buscan por promesas seducir al clero inferior. ¿Con qué fin? …Lo que ellos quieren es ganar dulcemente a su causa a los ministros de las cosas sagradas, y después, una vez atrapados en las ideas nuevas, hacer revueltas contra la autoridad legítima”. León XIII murió en 1903. La francmasonería desea la elección de un sucesor imbuido del espíritu masónico. He aquí el retrato del candidato ideal, esbozado en 1903 por la revista masónica Acacia: “Un Papa que desataría los lazos del dogmatismo tensados hasta el exceso, que no prestaría oídos a los teólogos fanáticos y denunciadores de herejías, que dejaría a los exégetas trabajar a su gusto, limitándose a mantener una unidad que sería más una solidaridad entre las diversas ramas de la Iglesia, que no entraría en luchas con los gobiernos, que practicaría y recomendaría la tolerancia entre las otras religiones, aun hacia el libre pensar, que no renovaría la excomunión de la francmasonería” (Acacia, septiembre de 1903, in: Lecture et Tradition, n. 94, marzo-abril de 1982).

En 1903, los católicos se salvaron de tener por Papa, en lugar de Giuseppe Sarto (San Pío X), al cardenal masón Rampolla, secretario de Estado de León XIII. Concentró la mayoría de los votos, pero fue vetado por el Emperador austrohúngaro. A pesar de este fracaso puntual, el plan masónico funcionó demasiado bien. El Papa San Pío X (Encíclica Notre charge apostolique, del 25 de agosto de 1910), denuncia las infiltraciones masónicas en Sillon (movimiento de la juventud cristiana francesa). “Conocemos demasiado las sombrías oficinas donde se elaboran esas doctrinas deletéreas, que no deberían seducir a los espíritus clarividentes. Los jefes de Sillon no han podido defenderse: la exaltación de sus sentimientos, la ciega bondad de su corazón, su misticismo filosófico mezclado con una parte de iluminismo, los ha llevado hacia un nuevo evangelio, en el cual ellos han creído ver el verdadero Evangelio del Salvador, al punto que osan tratar a Nuestro Señor Jesucristo con una familiaridad soberanamente irrespetuosa, y que, teniendo su ideal parentesco con el de la Revolución, no temen hacer entre el Evangelio y la Revolución aproximaciones blasfemas”.

En los años veinte, la conjuración había tomado proporciones alarmantes, pues no solamente el bajo clero y la juventud, sino también una parte notable del alto clero militaban ya bajo la bandera de la Revolución. Luego del consistorio secreto del 23 de mayo de 1923, Pío XI interrogó a una treintena de cardenales de la Curia sobre la oportunidad de convocar un concilio ecuménico. El cardenal Boggiani estima que una parte considerable del clero y de los obispos estaba imbuida de las ideas modernistas. “Esta mentalidad puede inclinar a ciertos padres a presentar mociones, a introducir métodos incompatibles con las tradiciones católicas”. El cardenal Billot era todavía más franco. Expresa su temor de ver el concilio “manipulado” por “los peores enemigos de la Iglesia: los modernistas, que se aprestan ya, como indicios ciertos lo muestran, a hacer la Revolución en la Iglesia, un nuevo 1789” (In: Monseñor Marcel Lefebvre: Le destronaron. Del liberalismo a la apostasía. La tragedia conciliar, Ed. San Pío X, Buenos Aires, 1987, pp. 159-160). A la muerte de Pío XII, el sueño de la masonería se realiza: una “Revolución en tiara y en capa”. Angelo Roncalli (que se había hecho iniciar en una sociedad secreta en Turquía en 1935, después afiliado a una logia masónica en París), toma el nombre de “Juan XXIII” y convoca el Vaticano II, que trastorna enteramente la religión, por ejemplo, proclamando “la libertad de pensamiento que, partida de nuestras logias masónicas, se ha extendido magníficamente sobre la cúpula de San Pedro” (El ecumenismo visto por un francmasón de tradición, 1964, p. 121).

Los partidarios del cambio se llaman “conciliares” (nombre derivado del “conciliábulo” Vaticano II). Los opositores se llaman “católicos” (en razón de su adhesión al catolicismo).

Desde 1958, Roma toma la contramarcha de lo que el Papado ha enseñado siempre. Algunas personas hacen entonces el silogismo siguiente: Todas las veces que no define solemnemente ex cathedra un dogma, un Papa puede errar. Es por lo cual no hay obligación de obedecerle, cada vez que él enseña u ordena alguna cosa contraria a la fe. Los hombres en el poder en Roma desde el año 1958 profieren herejías, pero no ex cathedra. Luego, esos hombres son Papas.

Otras personas establecen un silogismo diferente: la enseñanza ex cathedra es vehiculizada no solamente por el modo “extraordinario” (definiciones solemnes), sino también por el modo “ordinario” (escritos de todos los días). Un Papa no se equivoca en ningún momento en el dominio de la fe, porque está sin cesar asistido por el Espíritu Santo, conforme a la promesa formal de Cristo (Juan XIV, 15-17). “¿Cómo un Papa verdadero sucesor de San Pedro, asegurada la asistencia del Espíritu Santo, puede presidir la destrucción de la Iglesia?” (Monseñor Lefebvre, in: Bonum Certamen, n. 132, Nancy). ¿Esta defección no sería el signo de que los hombres que gobiernan el Vaticano desde 1958 no son verdaderos Papas, sino usurpadores, ocupantes ilegítimos de la Sede de San Pedro?

Estas formas de visualizar el problema son lógicas las dos. Solamente un silogismo puede ser lógico siendo falso. Pues todo depende de las premisas de las cuales se extrae una conclusión. Si una premisa es falsa, se arriba por razonamiento en sí mismo lógico, a una conclusión falsa. Antes de comenzar a razonar en buena lógica, es indispensable asegurarse que las bases sobre las cuales se apoya el razonamiento corresponden a la realidad. “La mayor parte de los errores del hombre vienen menos de que razone mal partiendo de principios verdaderos, que de que razone bien partiendo de juicios inexactos o de principios falsos” (Charles Augustin Sainte-Beuve: Causeries du lundi, Paris, 1851-1862, t. X, p. 36).

A fin de no razonar en el vacío hemos emprendido una vasta investigación teológica, histórica y canónica. Hemos reunido informaciones y documentos, con el fin de dar una base muy sólida a este estudio, cuyo plan es expuesto a continuación.

Investigación teológica: la infalibilidad pontificia

La premisa que es necesario clarificar es la siguiente: ¿Un Papa puede naufragar en la fe? ¿El Papado es infalible solamente cada 100 años, a partir de una definición solemne (1854: Inmaculada Concepción; 1950: Asunción)? ¿O bien Nuestro Señor asiste al Papa permanentemente para impedirle caer en herejía? Esta cuestión será tratada en el curso de la primera parte, consagrada a la infalibilidad pontificia. Contiene también un capítulo sobre los casos históricos de los Papas que habrían errado,- según dicen los herejes galicanos antiguos y de hoy día-  tales como San Liberio, Honorio I o Juan XXII.

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LA VIRGEN MARÍA CORREDENTORA 7/9

Por vía de redención

Otro matiz importantísimo de la salvación que Cris­to nos trajo con su pasión y muerte fue haberla producido por vía de redención. Este aspecto es tan importante que ha pres­tado su nombre a todo el misterio salvífico de Cristo Redentor: la redención del género humano, También, proporcionalmente, ha dado su nombre al misterio de María en cuanto Correden­tora de la humanidad.

Como de costumbre, vamos a dar, antes de demostrarlo, unas nociones previas.

1ª CONCEPTO DE REDENCIÓN. Como ya dijimos en las nociones preliminares de este capítulo, la palabra redimir signi­fica volver a comprar una cosa que habíamos perdido, pagando el precio correspondiente a la nueva compra. Aplicada a la re­dención del hombre, caído por el pecado original, significa su rescate y vuelta al estado de justicia y amistad con Dios me­diante la sangre de Cristo ofrecida por El al Padre.

2ª LAS SERVIDUMBRES DEL HOMBRE PECADOR. Por el pe­cado el hombre había quedado sometido a una serie de escla­vitudes o servidumbres: a) a la esclavitud del pecado; b) a la pena del mismo; c) a la muerte; d) a la potestad del diablo, y e) a la ley mosaica. Jesucristo nos liberó de todas ellas, pro­duciendo nuestra salud por vía de redención.

Esto supuesto, vamos a exponer la doctrina relativa a Cris­to y a María en dos conclusiones.

1ª Jesucristo con su pasión y muerte causó nuestra salud por vía de redención. (Doctrina católica.)

Esta es la vía o modalidad más clara y terminante­mente expuesta en la Sagrada Escritura y en el magisterio de la Iglesia.

a) LA SAGRADA ESCRITURA, Hay textos abundantes para probar la redención en general y de cada una de las esclavitu­des en particular. Citamos tan sólo algunos por vía de ejemplo:

1º De la redención en general:

«El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20,28).

«Se entregó a sí mismo para redención de todos» 1i Tim 2,6). «Se entregó por nosotros para rescatamos de toda iniquidad» (Tit 2,14).

«Habéis sido rescatados de vuestro vano vivir según la tradición de vuestros padres, no con plata y con oro corruptible, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de cordero sin defecto ni mancha» (1 Pe 1,18-19).

2º De las esclavitudes en particular:

a) Del pecado: «En quien tenemos la redención por la virtud de su sangre, la remisión de los pecados» (Ef 1,7)

b) De la pena del pecado: «A quien ha puesto Dios como sacri­ficio de propiciación mediante la fe en su sangre» (Rom 3,25).

c) De la muerte: «Aniquiló la muerte y sacó a luz la vida y la incorrupción» (2 Tim i,io).

d) De la potestad del diablo: «Y (Cristo), despojando a los prin­cipados y a las potestades, los sacó valientemente a la vergüenza, triunfando de ellos en la cruz» (Col 2,15). «Para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo» (Heb 2,14).

e) De la ley mosaica: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley» (Gál 3,13). «Envió Dios a su Hijo… para redimir a los que esta­ban bajo la ley» (Gál 4,4-5).

b) EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA, La Iglesia ha enseñado siempre y constantemente esta verdad fundamental de nuestra fe. He aquí algunas declaraciones del concilio de Trento:

«El Padre celestial, cuando llegó la plenitud dichosa de los tiem­pos, envió al mundo a su Hijo, Cristo Jesús,.., tanto para redimir a ¡os judíos, que estaban bajo la Ley, como para que las naciones que no seguían la justicia aprendieran justicia y recibieran todos la adopción de hijos de Dios» (D 794).

«Jesucristo nos reconcilió con Dios en su sangre, hecho para nos­otros justicia, santificación y redención» (D 790).

(La justificación del impío es obra de la gracia de Dios por la re­dención de Cristo Jesús» (D 798).

«Si alguno dijere que Cristo Jesús fue dado por Dios a los hom­bres únicamente como redentor en quien confíen y no también como legislador a quien obedezcan, sea anatema» (D 831).

c) LA RAZÓN TEOLÓGICA. Escuchemos a Santo Tomás 27: «De dos maneras estaba el hombre sometido a servidumbre:

a) Por la esclavitud del pecado, pues, como dice Cristo por San Juan, «quien comete el pecado es esclavo del pecado» Un 8,34). Y San Pedro dice: «Cada uno es siervo de aquel que le ‘venció» (2 Pe 2, 19). Pues, como el diablo venció al hombre induciéndole a pecar, quedó el hombre sometido a la servidumbre del diablo.

b) Por el reato de la pena con que el hombre queda obligado ante la divina justicia, lo cual supone cierta servidumbre, pues a ella pertenece el que uno sufra lo que no quiere, ya que es propio del hombre libre el disponer de sí mismo.

Pues como la pasión de Cristo fue satisfacción suficiente y so­breabundante por el pecado de todo el género humano y por el reato de pena a él debido, fue su pasión algo a modo de precio, por el cual quedamos libres de una y otra obligación… Cristo satisfizo por nos­otros, no entregando dinero o cosa semejante, sino entregándose a sí mismo, que vale infinitamente más. De este modo se dice que la pasión de Cristo es nuestra redención o rescate».

Nótese que el hombre, al apartarse de Dios por el pecado, se hizo esclavo del diablo por razón de la culpa, pero quedó vinculado a la justicia de Dios por razón de la pena que corres­ponde a ese pecado. La redención de Cristo para liberar al hombre era exigida por la justicia de Dios, no por lo que toca al diablo, que ejercía injustamente su imperio sobre el hombre sin tener ningún derecho a ello. Por eso no se dice que Cristo haya ofrecido su sangre, que es el precio de nuestro rescate, al diablo, sino a Dios 28

2ª También la Virgen María, guardadas las debidas pro­porciones y diferencias con Cristo Redentor, causó nuestra salud por vía de redención, principalmente con su compasión al pie de la cruz; por lo que debe ser llamada y es con toda propiedad nuestra Corredentora. (Doctrina cierta y casi común.)

  1. Escuchemos a Roschini explicando la doctrina de esta conclusión 29:

La Virgen Santísima, además de cooperar con su compasión a la redención del género humano a modo de mérito, de satisfacción y de sccrificio, cooperó también, finalmente, a modo de redención. Es la consecuencia lógica y podríamos decir el epílogo de los tres modos precedentes, a los que nada añade de real y positivo. La re­dención, en efecto, es una locución metafórica que expresa por sí misma un pago del precio, hecho a Dios Padre para la liberación del género humano de la esclavitud de Satanás. Dice, pues, una libera­ción tanto del reato de culpa como del reato de pena. De esta servi­dumbre, de este doble reato, Cristo nos ha liberado con su sangre, con su vida, y especialmente con su pasión; la Virgen, en cambio, ha cooperado a liberarnos ctn su compasión, ofreciendo, no sólo la vida y la sangre de su divino Hijo (o sea, el valor meritorio y satisfac­torio de la pasión), sino también sus propios dolores, o sea, el valor conmeritorio y consatisfactorio de su compasión…

Esta cooperación de la compasión de María Santísima a nuestra redención es razonabilísima. La Virgen Santísima ha cooperado de modo inmediato al pago del precio de nuestra redención. Ella, por benignísima y sapientísima disposición divina, deterrninó, en el orden de ejecución del designio divino, el pago del precio de nuestro res­cate, porque sólo por su libre consentimiento se realizó (la Encarna­ción). Cooperó, pues, formalmente a la redención, y puede, por tanto, ser llamada, con razón, verdadera y propia Corredentora del género humano»

En el próximo artículo veremos la corredención de la Virgen María por vía de eficiencia.

NOTAS:

(27) III 48,4.

(28)  Cf. ibid., ad 2 et ad  3.

(29) Cf. ROSCHINI, O.C., VOL I  p.56-62. El pequeño paréntesis explicativo (la Encarnación) es nuestro. (Nota del autor.)

 

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