LA PERSISTENCIA FINAL EN EL PECADO

La persistencia final en el pecado

Dicho texto debería ayudar a todos los prelados modernistas, cardenales, obispos, presbíteros, y seglares laxos seguidores de sus tibios sermones, que pecan contra la fe y salen fuera de la Iglesia, y a todo tipo de pecadores e impenitentes a poner las cosas en perspectiva, y a darse  cuenta de que no hay absolutamente nada más importante que morir en graciaEn el momento de la muerte nos enfrentamos a nuestro destino final: la salvación o la condenación. Y es para siempre. Nadie sabe su hora, pues Dios omnipotente puede dejar de pensar nuestra existencia en la tierra y requerir nuestra presencia en el Juicio cuando quisiere, incluso en esta misma hora.

San Alfonso María, haciendo eco de las Escrituras, tiene serias advertencias para los pecadores que no aprovechan el tiempo de su vida mortal para enmendarse y vivir santamente. Como norma, dice este santo, aquellos que viven mal suelen morir mal.

Para salvarte, hermano mío, debes abandonar el pecado. Y, si algún día has de abandonarle, ¿por qué no le dejas ahora? ¿Esperas, tal vez, se acerque la muerte? Pero ese instante para los obstinados no es tiempo de perdón, sino de venganza.

Describe en el capítulo VII, punto II, la muerte desdichada de los hombres que, lejos de prepararse santamente para morir bien, han persistido en su pecado:

Ved como esos insensatos aman su locura mientras viven; pero en la muerte abren los ojos y reconocen su pasada demencia. Mas solo les sirve eso para acrecentar su desconfianza de poner remedio al daño. Y muriendo así, dejan gran incertitumbre sobre su salvación.

San Alfonso María

Dios ha querido confirmar esta enseñanza sobre la muerte de los pecadores obstinados con ejemplos muy notables. Uno de ellos, que se puede leer en el segundo libro de los Macabeos, capítulo IX, es la muerte del rey Antíoco, perseguidor de los judíos y profanador del Templo. La historia es espeluznante. Así dice la Escritura:

La venganza del cielo lo perseguía, pues en su orgullo había dicho: «En cuanto llegue a Jerusalén, convertiré a esa ciudad en la tumba de los judíos». Pero el Señor Dios de Israel, que lo ve todo, lo castigó con una llaga incurable y horrible a la vista. No acababa aún de pronunciar esas palabras, cuando contrajo un malestar a los intestinos, sin esperanza de curación, con agudos dolores al vientre. Era eso muy justo, porque había desgarrado las entrañas de otros en medio de suplicios crueles e increíbles.

No disminuyó con eso, sin embargo, su insolencia y, repleto siempre de orgullo, avivó más aún el fuego de su cólera contra los judíos, ordenando que se acelerara la marcha. De repente cayó de su carro, y fue tan violenta la caída que se dislocaron todos los miembros de su cuerpo. Poco antes se consideraba un superhombre, listo para dar órdenes a las olas del mar o para pesar en una balanza la masa de las montañas: ahora estaba tirado en tierra y tenían que llevarlo en una camilla. Entonces resplandeció a los ojos de todos el poder de Dios. Del cuerpo de ese impío que aún estaba vivo salían gusanos, sus carnes se desprendían a pedazos en medio de atroces dolores, y el hedor de la podredumbre que salía de él molestaba a todo el ejército. Debido a esa hediondez insoportable nadie podía ahora estar cerca de aquel que antes parecía tocar los mismos astros del cielo…

Así fue como ese asesino, ese blasfemo, pasó por terribles sufrimientos, tal como se los había hecho experimentar a otros, antes de morir de una muerte miserable en una tierra extraña, en medio de las montañas.

Otro enemigo de Dios de las Escrituras que sufrió una muerte acorde a su pecado fue Herodes, apodado “El Grande”, el mismo que, queriendo asesinar a Nuestro Señor, cometió la masacre de los Santos Inocentes. Según el historiador Flavio Josefo, este rey murió entre dolores espantosos de hígado, espasmos intestinales y gangrena de los genitales(no hace falta que entre en detalles).

Herodes I, “El Grande”

La muerte de los grandes herejes de la historia de la Iglesia también ha sido terrible, en correspondencia con la enormidad de su pecado. Con esto Dios ha querido no solamente castigar al pecador que se ha enquistado en el error, sino darnos un ejemplo para alejarnos de sus falsas doctrinas. Una muerte especialmente horrible le fue reservada al presbítero Arrio, quizás el heresiarca más notorio de todos los tiempos. El relato de la muerte de Arrio lo tenemos de nada menos que su gran adversario, San Atanasio, quien escibió lo siguiente en una carta a un compañero del episcopado. Creo que merece la pena leerlo en su totalidad.

Usted me ha pedido que le diga acerca de la muerte de Arrio.
Debatí conmigo mismo por mucho tiempo acerca de si debía o no darle una respuesta, temo que alguien podría pensar que estaba tomando el placer en su muerte. Pero, puesto que ha habido un debate entre sus colegas sobre la herejía arriana – en la que se planteó la cuestión de si Arrio fue o no restaurado a la iglesia antes de morir – Creo que es necesario dar el relato de su muerte. De esta manera su pregunta será puesta a descansar, y, al mismo tiempo, silenciará a los que son contenciosos. Mi conjetura es que, cuando las increíbles circunstancias que rodearon su muerte se dieron a conocer, incluso aquellos que plantearon estas preguntas ya no cabe duda de que la herejía arriana, es odiosa a los ojos de Dios.
Yo no estaba en Constantinopla cuando murió, pero el presbítero Macario estaba allí, y me enteré de lo que ocurrió por él.

Arrio, a causa de sus amigos políticamente poderosos, había sido invitado a comparecer ante el emperador Constantino. Cuando llegó, el emperador le preguntó si él sostenía o no las creencias ortodoxas de la Iglesia universal. Arrio declaró bajo juramento que si, y dio cuenta de sus creencias por escrito. Pero, en realidad, estaba torciendo las Escrituras y no fue honesto acerca de los puntos de la doctrina por la que había sido excomulgado.

Sin embargo, cuando Arrio juró que no sostenía los puntos de vista heréticos por la que había sido excomulgado, Constantino le despidió, diciendo: “Si tu fe es ortodoxa, ha hecho bien en jurar, pero si tus creencias son heréticas, y has jurado falsamente, que Dios juzgue de acuerdo a tu juramento.”
Sus amigos, abrumados por la vergüenza, salieron y lo enterraron. Mientras tanto, el obispo bendijo Alexander, en medio del regocijo de la iglesia, celebró la comunión el domingo con la santidad y la ortodoxia, la oración con todos los hermanos. Ellos en gran medida glorificaron a Dios, no porque estuvieran tomando alegría en la muerte de un hombre (¡Dios no lo quiera!), porque “está establecido para los hombres que mueran una vez”, sino porque este asunto se había resuelto de una manera que trasciende los juicios humanos.
Porque el Señor mismo había decidido entre las amenazas de los amigos de Arrio y las oraciones del obispo. El condenó la herejía arriana, demostrando ser digno de la comunión con la Iglesia. Dios dejó claro a todo el mundo, que aunque el arrianismo podría recibir el apoyo del emperador e incluso a toda la humanidad, sin embargo, debía ser condenado por la Iglesia.

San Atanasio pasa discretamente por encima del incidente en el retrete. Sin embargo, es un hecho histórico  bastante seguro que Arrio sufrió algo parecido a lo que ahora se llama prolapso intestinal, cuando se produce una hemorragia interna y los intestinos se salen por el recto. ¡Menudo final! En el  antiguo icono de abajo se aprecia al hereje en el retrete, con los intestinos saliéndose por el recto.

La muerte ignominiosa de Arrio

La lección no podía ser más clara. Termino con las palabras de San Alfonso María:

Necedad es no querer pensar en la muerte, que es segura, y de la cual depende la eternidad. Pero aún es mayor necedad pensar en la muerte y no prepararse para bien morir. Haced ahora las reflexiones y resoluciones que haríais si estuvieseis en ese trance. Lo que ahora hiciereis lo haréis con fruto, y en aquella hora será en vano. Ahora, con esperanza de salvaros; entonces, con desconfianza de alcanzar salvación…

Oremos, pues, hermanos para que los jerarcas que usurpan sin legitimad los oficios de Iglesia, estando fuera de ella, defensores de las herejías del falso ecumenismo y la liberal libertad religiosa, que han cambiado el culto a Dios poniendo en su lugar al hombre, y los impuros, fornicadores, sodomitas, usureros…., no tengan la misma ignominiosa muerte del heresiarca Arrio y dejen de persistir en su impenitencia y se conviertan de corazón antes del su último hálito.  

LOS ROMANOS [CONTINUACIÓN]

Esta descripción del rito de la confirmación demuestra que era conferida por un acto netamente distinto del bautismo. A la recepción de los candidatos en la comunidad de fieles seguía la primera comunión o misa pascual, que es interesante por sus ritos y ceremonias propias. Los diáconos presentan al obispo el pan juntamente con tres cálices; el primero contiene agua con vino; el segundo, una mezcla de leche y miel, y el tercero, agua sola. Al momento de la comunión, los recién bautizados reciben primero el Pan eucarístico. Inmediatamente después les son presentados los tres cálices en este orden: primero, el cáliz con agua, que simboliza la purificación interior que ha tenido efecto en el bautismo; luego, el cáliz que contiene la mezcla de leche y miel, y, finalmente, el cáliz con el vino consagrado:
Y entonces, que la oblación sea presentada por los diáconos al obispo, y que éste bendiga el pan, para representar el cuerpo de Cristo; el cáliz, donde está mezclado el vino, para representar la sangre que fue derramada por todos los que han creído en El, y leche y miel mezcladas juntamente, para cumplimiento de la promesa hecha a nuestros padres, que llamó la tierra que mana leche y miel, la carne de Cristo, que ha dado El mismo, con la que se alimentan los que creen, como niños pequeños, trocando la amargura del corazón humano en dulzura por la suavidad de su Palabra: el agua también por la oblación en señal de purificación, para que el hombre interior, que es animal, pueda recibir el mismo efecto que el cuerpo.
Que el obispo explique todo esto a los que lo reciben. Y después de haber roto el pan, que distribuya a cada uno un fragmento: el Pan del cielo en Jesucristo. Y el que lo recibe responde: Amén.
Que los presbíteros — pero, si no los hay en número suficiente, también los diáconos — tomen los cálices. Que se pongan en orden y con modestia: el primero con el agua, el segundo con la leche, el tercero con el vino. Que los que reciben gusten de cada cáliz, mientras el que lo da a beber dice:
En Dios Padre Todopoderoso. El que lo recibe diga:
Amén. Y en el Señor Jesucristo; que él diga: Amén. Y en el Espíritu Santo y en la santa Iglesia: que él diga: Amén. Así debe precederse con cada uno.
III. La tercera parte de la Tradición apostólica trata de varias costumbres cristianas. Hay una descripción de la Eucaristía dominical. Se dan recias para el ayuno, para el ágape y para la ceremonia de la bendición del lucernario. Se consideran “las horas en que conviene rezar”; se recomiendan la comunión diaria en casa y el cuidado con que hay que tratar la Eucaristía. El relato del ágape distingue claramente entre el pan eucarístico y el pan bendito de la eulogia: “Este pan es una eulogia, pero no la Eucaristía, que es el cuerpo del Señor” (26). Siguen luego normas para el entierro, la oración de la mañana y la instrucción catequística. Al final se determinan las horas que hay que dedicar a la lectura espiritual, a la oración y a santiguarse. El epílogo se refiere al título de la obra: “Aconsejo a los sabios que observen esto. Porque, si todos prestan oído a la Tradición apostólica y la guardan, ningún hereje los inducirá a error” (38).
I?. Obras Perdidas.
Tenemos noticia de otros tratados de Hipólito que se han perdido.
a) Sobre el universo, contra los griegos y Platón
Al final de los Pkilosophumena (10,32), Hipólito remite a una obra suya con este titulo. La lista de su estatua la llama Contra los griegos y Platón y sobre el universo. Jerónimo alude, al parecer, a este mismo escrito cuando dice en su Epist. 70,4 que Hipólito escribió contra gentes. Focio (Bibf. cod. 48) habla de un “Sobre el universo, llamado en otras partes Sobre la causa del universo y Sobre la naturaleza del universo,” que debe ser idéntico a este tratado. Lo describe como sigue:
Comprende dos pequeños tratados en los que el autor demuestra que Platón se contradice a sí mismo. Refuta también a Alcínoo, cuyas ideas sobre el alma, la materia y la resurrección son falsas y absurdas, e introduce su opinión particular sobre este punto. Prueba que la nación judía es mucho más antigua que la de los griegos. Cree que el ser humano es un compuesto de fuego, tierra y agua, a los que viene a añadir el espíritu, al que llama alma. A propósito del espíritu dice lo que sigue: Tomando la parte principal de éste, lo moldeó juntamente con el cuerpo, y le abrió un paso a través de cada juntura y de cada miembro. El espíritu, así moldeado juntamente con el cuerpo y penetrándolo completamente, es formado a semejanza del cuerpo visible, pero su naturaleza es más fría, comparada con las otras tres substancias de que está formado el cuerpo. Estas opiniones no están de acuerdo con las ideas judías sobre la composición del cuerpo humano y están por debajo del nivel ordinario de sus escritos. Hace también un relato sucinto de la creación del mundo. De Cristo, verdadero Dios, habla como nosotros, dándole abiertamente el nombre de Dios, y describiendo, en una forma en que no cabe objeción alguna, su inefable generación del Padre.
Hablando de la paternidad literaria de este tratado, Focio observa que, en el ejemplar que tuvo entre manos, el tratado se atribuía a Josefo. Sin embargo, encontró una nota marginal que probaba que no era de Josefo, sino de un tal Gayo, presbítero romano, autor de El laberinto. El laberinto es otro título que se da a los Philosophumena de Hipólito (cf. Philos. 10,5). Y así la Glosa tenía razón al atribuir el Sobre el universo y El laberinto al mismo autor, un presbítero de Roma, equivocándose, sin embargo, al llamarlo Gayo. El autor es Hipólito, y la descripción del contenido de Sobre el universo, como lo llama Focio, corresponde exactamente al título más largo del libro mencionado al final de los Philosophumena y en la estatua.
La obra fue escrita antes del 225. El texto se ha perdido, a excepción de un fragmento bastante considerable que se halla en los Sacra Parallela de San Juan Damasceno. Contiene una interesante descripción del averno. Ha surgido en los últimos años una nueva discusión a propósito de su autor. Los Sacra Parallela lo atribuyen a un tal Josefo. P. Nautin cree que se trata de Josipo, presbítero romano. B. Botte ha formulado sus dudas sobre esta identificación.
b) Contra la herejía de Artemón.
En su Historia eclesiástica (5,28), Eusebio cita tres pasajes de su tratado Contra la herejía de Artemón, pero sin mencionar el autor de la obra. Estos fragmentos tratan del antipapa Natalios, y son lo único que nos queda hasta ahora de este escrito anónimo. Pero existen otras dos fuentes que aportan un poco más de información. Teodoreto (Haer. fab. 2,5) remite a un libro que narra la historia de Natalios, y que él llama “El pequeño laberinto.” Focio, por otra parte (Bibl. cod. 48), dice que el autor de la nota marginal que hemos mencionado más arriba atribuye este libro al mismo Gayo, presbítero de la iglesia de Roma, a quien cree autor de los tratados El laberinto y Sobre el universo. J. B. Lightfoot, A. Harnack, O. Bardenhewer y A. d’Alés creen que esta prueba es suficiente para atribuir el tratado Contra la herejía de Artemón a Hipólito de Roma. A pesar de las dudas que expresó A. Puech sobre este punto, R. H. Connolly aún defendió la paternidad de Hipólito en 1948. Pero Nautin ha probado sin lugar a duda que, por razones externas e internas, Hipólito no puede ser el autor de esta obra.
c) Sobre la resurrección.
Según San Jerónimo (De vir. ill. 61), Hipólito compuso una obra Sobre la resurrección. La lista de la estatua menciona también un tratado Sobre Dios y la resurrección de la carne. Teodoreto de Ciro ha conservado dos fragmentos del original griego, y Anastasio el Sinaita, uno. Los extractos en siríaco le dan el nombre de Sermón sobre la resurrección a la emperatriz Mamea y lo atribuyen a “San Hipólito, obispo y mártir.” El tratado contenía evidentemente las respuestas a las preguntas que la emperatriz había dirigido al autor sobre la doctrina de la resurrección.
d) Exhortación a Severina.
En la lista de la estatua de Hipólito figura también una Exhortación a Severina, de la que no ha quedado nada.
e) Contra Marción.
Eusebio (Hist. eccl. 6,22) y Jerónimo (De vir. ill. 61) hablan de una obra de Hipólito Contra Marción. En la lista de la estatua no aparece; en cambio, aparece el título Sobre el bien y el origen del mal. Dado que la doctrina de Marción se ocupaba extensamente del origen del bien y del mal, es posible que Eusebio y Jerónimo se refieran a esta obra. Del tratado no queda absolutamente nada.
f) Sobre el evangelio de Juan y el Apocalipsis (?p?? t?? ?at? ??????? e?a??e???? ?a? ?p??a???e??).
Este es otro de los títulos grabados en la estatua. El sirio Ebedjesu (Cal. libr. onin. Eccl. 7) lo conoce y lo llama Apologia pro apocalypsi et evangelio Ioannis apostoli et evangelistae. Iba evidentemente dirigido contra los alogoi, que negaban la doctrina del Logos. Su jefe Gayo rechazaba por la misma razón el evangelio de San Juan y el Apocalipsis. Parece que Epifanio (Haer. 51) se sirvió del tratado de Hipólito para su descripción de los alogoi.
g) Contra Gayo.
Según Ebedjesu (Cal. 7), Hipólito escribió un tratado especial Contra Gayo ( ?ef??a?a ?at? Ga???). Quedan cinco fragmentos en Dionisio Bar Salibi (1171), todos ellos sobre textos del Apocalipsis. Parece, pues, que también este libro lo escribió en defensa del Apocalipsis. Gayo rechaza algunos pasajes por razones escatológicas, e Hipólito los defiende apoyándose en otros pasajes bíblicos.
III. La Teología de Hipólito de Roma.
En las páginas anteriores hemos comparado varias veces a Hipólito con su contemporáneo Orígenes. El volumen de su producción literaria y su predilección por los estudios exegéticos no pueden menos de recordarnos al gran alejandrino. La tradición afirma que fue discípulo de Ireneo; imitó ciertamente a éste en su preocupación por refutar a los herejes. Bajo más de un respecto representa el eslabón que enlaza a los polemistas católicos, tales como Ireneo, con los sabios católicos, al estilo de Orígenes. Por lo que sabemos de él, no se propuso, como este último, construir un sistema teológico. Le interesan menos los problemas científicos y las especulaciones teológicas que las cuestiones prácticas. Fue un escritor brillante, aunque a veces abusara de los recursos retóricos. No encontramos en él la profundidad que tanto admiramos en Orígenes. Su cimiento de la filosofía es superficial; y así, mientras los apologistas griegos, especialmente San Justino, y más aún los alejandrinos Clemente y Orígenes, intentaron tender un puente entre el pensamiento helénico y la fe cristiana, Hipólito consideró la filosofía como germen de herejías. Esto no obstante, tomó de la filosofía griega mucho más que Ireneo. Sus escritos canónicos y polémicos, especialmente la Tradición apostólica, ejercieron un influjo duradero.
1. Cristología
La doctrina cristológica de Hipólito sigue la línea de los apologistas Justino, Atenágoras, Teófilo y Tertuliano. Define la relación entre el Logos y el Padre en términos subordinacionistas, como ellos. Pero su subordinacionismo es aún más acentuado. No solamente distingue entre el Verbo interno e inmanente en Dios (Xóyos ¿?d???et??) y el Verbo emitido o proferido por Dios (Aóyos p??sf??????), como Teófilo, sino que describe la generación del Verbo como un desarrollo progresivo en tres fases. Enseña que el Logos como persona no apareció hasta más tarde, en el tiempo y en la forma determinados por el Padre:
Dios, que subsiste solo, y no teniendo en sí nada contemporáneo a sí mismo, determinó crear el mundo. Y concibió el mundo en su mente, quiso y pronunció el Verbo, y creó el mundo; entonces el mundo apareció inmediatamente, en la forma en que El se había complacido hacerlo. Para nosotros, pues, basta simplemente con saber que no hubo nada contemporáneo a Dios. Fuera de El no había nada; pero El, con existir solo, existía, sin embargo, en pluralidad. En efecto, El nunca careció ni de razón, ni de sabiduría, ni de poder, ni de consejo. Todas las cosas estaban en El, y El lo era Todo. Cuando quiso y como quiso, manifestó su Verbo en los tiempos que El había determinado, y por El [Verbo] hizo todas las cosas. Cuando quiere, hace; y cuando piensa, ejecuta; y cuando habla, manifiesta; cuando forma, obra con sabiduría. Porque todas las cosas creadas las forma con razón y sabiduría, creándolas en razón y ordenándolas con sabiduría. Las hizo, pues, como El lo consideraba conveniente, porque era Dios. Y como Autor, Compañero, Consejero y Hacedor de las cosas que están en formación, engendra al Verbo; y así lleva al Verbo en sí mismo, y de una manera [de momento] invisible al mundo creado. Pronuncia la palabra por vez primera y engendra (al Verbo) como Luz de Luz: lo envía al mundo como su propio pensamiento para ser Señor del mundo. Mientras antes era visible solamente a El e invisible al mundo creado, Dios lo hace ahora visible para que el mundo pueda verle a El en su manifestación y obtener la salvación.
Y es así como apareció otro a su lado. Pero, cuando yo digo otro (irepos ), no quiero significar que hay dos dioses. Por el contrario, no hay más que una sola Luz de Luz, o como la única agua de un manantial, o como el único rayo de sol. Porque hay solamente un poder” que viene del Todo, del cual viene este Poder, el Verbo. Y ésta es la razón (?????) que entró en el mundo y se manifestó como Hijo (pa??) de Dios. Todas las cosas, pues, son por El, y El solamente del Padre. ¿Quién se atreverá a presentar una multitud de dioses en serie? Porque todos deben callar, aunque no quieran, y admitir este hecho, que el Absoluto tiende hacia la unidad (Contra Noet. 10-11).
El tiempo que precede a la creación y el tiempo que sigue después son las dos primeras fases de la evolución del Logos. La tercera es la encarnación, que hace al Logos Hijo perfecto (???? t??e???):
¿Quién sería el propio Hijo de Dios enviado por Este en la carne sino el Verbo, al cual se dirige como a su Hijo porque debía llegar a serlo (o a ser engendrado) en el futuro? Al llamarlo Hijo, toma el nombre común, que entre los hombres evoca el afecto tierno. Antes de la encarnación y por sí mismo en este momento, el Señor no era perfecto Hijo, aunque fuese el Verbo perfecto, el Unigénito. La carne tampoco podía subsistir por sí misma fuera del Verbo, puesto que tiene su subsistencia en el Verbo. Así se manifestó el único Hijo perfecto de Dios (Contra Noet. 15).
Hipólito, pues, fue más lejos que los apologistas, asociando a la generación del Logos no solamente la creación del mundo, sino también la encarnación. Evidentemente no se dio cuenta de que esta evolución del Verbo en distintas fases introducía un crecimiento en la divina esencia. Ahora bien, el progreso es incompatible con la inmutabilidad divina. Hipólito cometía otro error al hacer de la generación del Verbo un acto libre como el de la creación, y al sostener que Dios, de haberlo querido así, podría haber hecho de un hombre Dios:
El hombre no es ni Dios ni ángel. No hagáis confusiones. Si El hubiese querido hacerte Dios, lo habría podido: tienes el ejemplo del Verbo: pero porque quería hacerte hombre, te hizo lo que eres (Philos. 10,33,7).
2. Soteriología.
Si la cristología de Hipólito sufrió la influencia de los apologistas y cayó en los mismos defectos, su soteriología, en cambio, se inspira en la sana doctrina de Ireneo; de él toma especialmente su teoría de la recapitulación. Hipólito explica en varias ocasiones que el Logos tomó la carne de Adán a fin de renovar a la humanidad (De antichr. 4):
Pues, siendo así que el Verbo de Dios estaba sin carne, asumió la carne santa de la Virgen santa, y se preparó como un novio, un vestido que tejió en los sufrimientos de la cruz, a fin de que, uniendo su propio poder con nuestro cuerpo mortal y mezclando lo corruptible con lo incorruptible y la fuerza con la debilidad, pudiera salvar al hombre, que perecía.
Al tomar la carne de Adán, el Logos restituyó al ser humano la inmortalidad:
Creamos, pues, hermanos queridos, según la tradición de los Apóstoles, que Dios el Verbo descendió del cielo, [y entró] en la santa Virgen María, a fin de que, tomando la carne de ella, y asumiendo también un alma humana — quiero decir racional —, y siendo de esta manera todo lo que el hombre es, menos el pecado, pudiera salvar al hombre caído y conferir la inmortalidad a los hombres que creyeran en su nombre (Contra Noet. 17).
La doctrina de la recapitulación tal como la enseñó Ireneo aparece claramente en la soteriología de Hipólito:
Sabemos que este Logos tomó un cuerpo de una virgen y que rehizo al hombre viejo en una nueva creación. Creemos que el Logos pasó por las diversas etapas de esta vida, a fin de poder El mismo servir de ley a todas las edades y de presentar su Humanidad como un ideal para todos los hombres. Y lo hizo El mismo, para probar personalmente por sí mismo que Dios no hizo nada malo, y que el ser humano tiene capacidad para determinar por sí mismo, es decir, que es capaz de querer y de no querer, y goza de poder para lo uno y lo otro. Sabemos que este Hombre fue formado de la pasta de nuestra humanidad. Porque, de no ser El de la misma naturaleza que nosotros, en vano nos ordenaría que imitáramos al Maestro. Porque, si este Hombre tuviera una substancia diferente de la nuestra, ¿por qué me impondría preceptos semejantes a los que El recibió, a raí que nací débil y flaco? ¿Sería esto obrar con bondad y justicia? Para que no le consideremos distinto de nosotros, se sometió a las penalidades, quiso pasar hambre, y no rehusó la prueba de la sed y aceptó ir al reposo del sueño. No rehusó la pasión, sino que se sometió a la muerte y manifestó su resurrección (Philos. 10,33).
Así, pues, el Redentor, que en una nueva creación rehizo al hombre viejo, es verdadero hombre. Pero el que regeneró al hombre viejo es asimismo “Dios sobre todos”:
Cristo es el Dios sobre todas las cosas y ha dispuesto quitar los pecados de los hombres, regenerando al hombre viejo. Desde el principio, Dios llamó al hombre imagen suya, y ha demostrado en una figura su amor por ti. Si obedeces sus solemnes preceptos y eres un fiel seguidor del que es bueno, te asemejarás a El y, además, serás honrado por El. Pues la Divinidad no pierde nada de la dignidad de su perfección divina; hasta te hace Dios para mayor gloria suya (ibid. 34).
Hipólito sigue aquí a Ireneo y concibe la redención como deificación de la humanidad.
3. La Iglesia.
La eclesiología de Hipólito presenta dos aspectos, el uno jerárquico, el otro espiritual. En cuanto al primer aspecto, Hipólito tiene mucho en común con Ireneo. Al refutar la herejía, se propone probar que la Iglesia es la depositaría de la verdad y que la sucesión apostólica de sus obispos es la garantía de su enseñanza.
Es sorprendente que, a pesar de ser discípulo de Ireneo, quien habla tan claramente de la maternidad de la Iglesia (Adv. Haer. 3,38,1; 5,20,2), en las obras de Hipólito no se mencione una sola vez el título de Iglesia Madre. En eso sigue la tradición romana primitiva y no la concepción oriental. Hay, en cambio, en sus obras muchas referencias a la Iglesia como Esposa y Novia de Cristo (véase arriba, p.461 y 463); en la interpretación que da del Apocalipsis 12,1-6 en De antichr. 61, la Mujer vestida de sol es, en realidad, la Iglesia; pero el “niño” que está dando a luz no son los fieles, sino el Logos, y la palabra Madre no aparece para nada.
En el aspecto espiritual de la Iglesia, Hipólito se desvió concibiéndola como una sociedad compuesta demasiado exclusivamente de justos (In Dan. 1,17,5-7) y no admitiendo en ella a los que, aunque arrepentidos, habían faltado gravemente en materia de fe y de costumbres. Toda su vida fue una protesta contra un “abrir las puertas” excesivamente; así como Adán fue expulsado del paraíso después de haber comido de la fruta prohibida, así también la persona que se sumerge en el pecado es privado del Espíritu Santo, arrojado del nuevo Edén, la Iglesia, y reducido a un estado terreno (ibid.).
En otro lugar considera a la Iglesia como un barco que navega hacia el Oriente y el paraíso celestial, guiada por Cristo, su piloto:
El mar es el mundo, donde la Iglesia es como un barco sacudido sobre el abismo, pero no destruido, porque lleva consigo al diestro Piloto Cristo. Lleva en su centro el trofeo [erigido] sobre la muerte; ella lleva consigo, en efecto, la cruz del Señor. Su proa es el Oriente; su popa, el Occidente, y su cala, el Sur, y las cañas de su timón son los Testamentos. Las cuerdas que lo rodean son el amor de Cristo, que une la Iglesia. La red que lleva consigo es el lugar de regeneración que renueva a los creyentes. El Espíritu que viene del cielo está allí y forma una vela espléndida. De El reciben el sello los fieles. El barco tiene también anclas de hierro, a saber, los santos mandamientos de Cristo, que son fuertes como el hierro. Tiene además marineros a derecha e izquierda, sentados como los santos ángeles, que siempre gobiernan y defienden a la Iglesia. La escalerilla para subirla es un emblema de la pasión de Cristo, que lleva a los fíeles a la ascensión del cielo. Y las velas desplegadas en lo alto son la compañía de los profetas, mártires y apóstoles, que han entrado ya a su descanso en el reino de Cristo (De antichr. 59).
Es muy interesante observar cómo insiste Hipólito en la seguridad del viaje: Las anclas, es decir, los mandamientos de Cristo, son “fuertes como el hierro”; el que los quebranta se expone al peligro.
Hubo también otro símbolo, el arca de Noé, que jugó un papel importante en la controversia con el papa Calixto sobre la remisión de los pecados. De hecho, en sus diferencias con este Papa aparece claramente la concepción que Hipólito tiene de la Iglesia, como una “sociedad de santos que viven en la justicia,” como la ???s?? t?? a???? (In Dan. 1,17).
4. El perdón de los pecados.
Entre otras acusaciones que Hipólito dirige contra Calixto en sus Philosophumena (9,12), dice lo siguiente:
El impostor Calixto, habiéndose embarcado en tales opiniones [a propósito del Logos], fundó una escuela en oposición a la Iglesia [o sea, la de Hipólito], adoptando el sistema de enseñanza que ya hemos dicho. Y lo primero que inventó fue autorizar a los seres humanos a entregarse a los placeres sensuales. Les dijo, en efecto, que todos recibirían de él el perdón de sus pecados. Si algún cristiano se ha dejado seducir por otro, si lleva el título de cristiano y cometiera cualquier transgresión, dicen que el pecado no se le imputa con tal que se apresure a adherirse a la escuela de Calixto. Y muchas son las personas que se han beneficiado de esta disposición, sintiéndose agobiadas bajo el peso de su conciencia y habiendo sido rechazadas por muchas sectas. Algunos de ellos, de acuerdo con nuestra sentencia condenatoria, habían sido enérgicamente expulsados de la Iglesia [la de Hipólito]; se pasaron a los seguidores de Calixto y llenaron su escuela. Este hombre decidió que no se depusiera a un obispo culpable de pecado, aunque sea pecado mortal. En su tiempo se empezó a conservar en su rango en el clero a los obispos, sacerdotes y diáconos que se habían casado dos y tres veces. Y si alguno ya ordenado se casara, Calixto le permitía continuar en los órdenes sagrados como si no hubiera pecado… Afirma asimismo que la parábola de la cizaña se había pronunciado para este caso: “Dejad que la cizaña crezca con el trigo” (Mt. 13,30), o sea. en otras palabras, dejad que los miembros de la Iglesia que son culpables de pecado permanezcan en ella. También decía que el arca de Noé fue un símbolo de la Iglesia: se encontraban juntos en ella perros, lobos y cuervos y toda clase de seres puros e impuros; pretende que lo mismo sucede en la Iglesia… Permitió a las mujeres que, aunque solteras, ardían en deseos pasionales, y a las que no estaban dispuestas a perder su rango con un matrimonio legal, que se unieran en concubinato con el hombre que ellas escogieran, esclavo o libre, y que tal mujer, aunque no legalmente casada, pudiera considerar a su compañero como legítimo esposo. De lo cual resultó que mujeres reputadas como buenas cristianas empezaron a recurrir a drogas para producir la esterilidad y a ceñirse el cuerpo a fin de expulsar el fruto de la concepción. No querían tener un hijo de un esclavo o de un hombre de clase despreciable, a causa de su familia o del exceso de sus riquezas. ¡Ved, pues, en qué impiedad ha caído ese hombre desaforado, aconsejando a la vez el adulterio y el homicidio! A pesar de eso, después de cometer tales audacias, abandonando todo sentido de vergüenza, pretenden llamarse una Iglesia católica.
El amargor y la pasión de estas acusaciones hacen difícil distinguir entre los hechos deformados por una interpretación maliciosa y los absolutamente falsos. Tertuliano (De pudidtia 1,6) habla de un edicto del “Pontifex maximus” concediendo el perdón del adulterio y de la fornicación después de la penitencia; pero no es seguro que Hipólito se refiera aquí a ese edicto. El trata de explicar por qué la “escuela de Calixto” ejercía tan gran poder de atracción, al paso que el número de sus propios seguidores seguía siendo tan reducido. La razón, según él, sería lo que él llama el laxismo de su adversario, en abierto contraste y discrepancia con sus propios principios rigoristas. En esta perspectiva, el pasaje no tiene que ver nada con la cuestión disciplinar acerca de la adecuada expiación de los pecados ni de su consiguiente absolución. Quiere decir solamente que Calixto daba poca importancia a los pecados y faltaba a su deber de hacer observar las sanciones eclesiásticas. Hipólito acusa al Pontífice de admitir en su “escuela” a todos los pecadores, aun a los mayores, y de invocar, para justificar su conducta, la parábola de la cizaña y del trigo y la figura del arca de Noé con sus animales puros e impuros. Con otras palabras, Hipólito exige mayor severidad en casos de impureza de obispos culpables, en la admisión a las órdenes de hombres que se casaron más de una vez. Niega también la validez del matrimonio entre mujeres libres y esclavos. Pero nada se dice contra el poder de la Iglesia de absolver pecados después de hecha la debida penitencia. En la Tradición apostólica reconoce positivamente este poder. La oración para la consagración de un obispo que allí se copia dice:
Padre que conoces los corazones, concede a este tu siervo que has elegido para el episcopado… que en virtud del Espíritu del sacerdocio soberano tenga el poder de “perdonar los pecados” (facultatem remittendi peccata) según tu mandamiento; que “distribuya las partes” según tu precepto, y que “desate toda atadura” (solvendi omne vinculum iniquitatis), según la autoridad que diste a los Apóstoles (3).
Según este texto, el poder de absolver es sin limitación. Si Hipólito presenta esta oración como una tradición apostólica, es señal de que él mismo debió de reconocer este poder eclesiástico.
Es por extremo difícil determinar qué es lo que Hipólito quiere decir cuando declara: “Fue el primero en perdonar pecados de impureza.” Teniendo en cuenta que con estas palabras trata de denigrar a su adversario, debemos tomar su acusación con mucha precaución, como lo prueban la estrechez de miras con que enjuicia y la tergiversación a que somete una de las mayores realizaciones del pontificado de Calixto. El Imperio romano había levantado una barrera infranqueable entre los esclavos y los hombres libres, prohibiendo rigurosamente todo matrimonio entre ellos. Prohibidos ya por las leyes Julia y Papía, estos matrimonios fueron declarados nulos por los emperadores Marco y Cómodo y reducidos a simples concubinatos. Desafiando los prejuicios populares de su tiempo, Calixto concedió la sanción eclesiástica a uniones de esta clase entre cristianos. El progreso que representa la decisión de Calixto fue trascendental. Dando su bendición a esos matrimonios, la Iglesia derribó la barrera que existía entre las diferentes clases de la sociedad y trató a todos sus miembros como iguales. Con eso dio un paso extraordinario hacia la abolición de la esclavitud. La sorprendente innovación de Calixto en materia de costumbres matrimoniales es un testimonio impresionante del progreso social promovido por la Iglesia en el Imperio romano. Podemos calibrar la injusticia y amarga parcialidad de Hipólito por su actitud ante este acto clarividente de Calixto: no ve en él más que una oportunidad, para él, de lanzar contra Calixto la venenosa acusación de promover el adulterio y el homicidio, apoyándose en abusos inevitablemente ligados con esta clase de innovaciones.
El Fragmento Muratoriano.
Todavía hay otro documento que se atribuye a Hipólito de Roma, el llamado Fragmento Muratoriano. Contiene la más antigua lista de escritos del Nuevo Testamento aceptados como inspirados. Es, por consiguiente, de grandísima importancia para la historia del Canon. Fue descubierto y publicado por L. A. Muratori en 1740 de un manuscrito del siglo VIII de la Biblioteca Ambrosiana de Milán. Su latín es incorrecto y defectuosa su ortografía. Otros cuatro fragmentos del mismo texto se encontraron en códices de los siglos XI y XII en Montecasino. El manuscrito de la Biblioteca Ambrosiana provenía originalmente del antiguo monasterio de Bobbio. Está mutilado al principio y al fin y empieza a la mitad de una frase sobre el evangelio de Marcos. El fragmento comprende en total 85 líneas. No se contenta con enumerar los diferentes libros, sino que también demuestra su origen apostólico y da otros pormenores concernientes a la paternidad y canonicidad, especialmente por lo que se refiere al evangelio de San Juan. Después de los Evangelios, la lista enumera los Hechos de los Apóstoles, trece epístolas de San Pablo, las epístolas de San Juan y de San Judas, y dos Apocalipsis, el de Juan y el de Pedro. No se hace mención de la epístola a los Hebreos, ni de las de Santiago y San Pedro. Otras epístolas de San Pablo, como las escritas a los Laodicenses y a los Alejandrinos, son tachadas de heréticas: “Circulan, además, una epístola a los Laodicenses y otra a los Alejandrinos falsificadas bajo el nombre de Pablo, para favorecer a la herejía de Marción, y algunas otras que no pueden recibirse en la Iglesia católica, porque no conviene mezclar la hiel con la miel” (3). Es interesante que en este canon, el más antiguo del Nuevo Testamento, se cite también el libro de la Sabiduría, “escrito por los amigos de Salomón.” El Apocalipsis de Pedro (cf. p.143s) viene mencionado después del de San Juan, pero con cierto recelo: “aunque algunos entre nosotros no quieren que se lea en la Iglesia”: esto indica que había oposición contra él. Se recomienda el Pastor de Hermas (cf. p.97-109) como lectura privada, pero no es aceptado como libro inspirado, por pertenecer al período post-apostólico: “En cuanto al Pastor, lo escribió muy recientemente Hermas en nuestros tiempos en la ciudad de Roma, cuando su hermano, el obispo Pío, estaba sentado en la cátedra de la Iglesia de Roma. Y por eso conviene también leerlo, pero no al pueblo públicamente en la iglesia, ni entre los profetas, porque su número ya está completo, ni entre los Apóstoles, hasta el fin de los tiempos” (4). Al final se rechazan otras obras heréticas: “De [los escritos de] Arsínoo, llamado también Valentín, o de Milcíades, no recibimos nada absolutamente. También [se rechazan] los que escribieron el nuevo libro de los Salmos para Marción, juntamente con Basílides y el fundador de los catafrigios asiáticos” (4).
El párrafo que trata del Pastor de Hermas indica que el Canon Muratoriano fue compuesto poco después de haber gobernado Pío la Iglesia de Roma (142-155), probablemente antes de finalizar el siglo II. Se admite generalmente su origen romano, como lo sugiere la mención “de la ciudad.” Sin embargo, no se puede considerar como un documento oficial que implique la responsabilidad de la Iglesia de Roma, como sostuvo A. v. Harnack. H. Koch ha demostrado que son muchas las razones que militan contra esa teoría.
Se discute todavía si fue el griego o el latín la lengua original del documento. J. B. Lighfoot, con muchos otros, se decidió por el griego y consideró la obra actual como una traducción literal más bien torpe y que, además, se ha corrompido en el curso de su transmisión. Se funda en que la literatura de la Iglesia romana en aquella época era aún griega, como lo demuestra el ejemplo de Hipólito. Hacen observar también que la estructura y la conexión de las frases son griegas. Sin embargo, las recientes investigaciones de C. Mohrmann han demostrado que el cambio de lengua en la comunidad cristiana de Roma había empezado a realizarse hacia la mitad del siglo II y que por esa época existían ya versiones latinas del Antiguo Testamento. A pesar de esto, queda siempre la posibilidad de que el original fuera griego, puesto que el juego de palabras fel enim cum melle misceri non congruit apenas significa nada en contra.
Por falta de pruebas concretas no podemos atribuir este fragmento con certeza a ningún autor determinado. J. B. Lighfoot ha defendido con fuerza la paternidad de Hipólito de Roma. Th. H. Robinson, Th. Zahn, N. Bonwetsch, M. J. Lagrange son de la misma opinión. Por lo que se refiere al tiempo de su composición, dicen que sería una de las primeras obras de Hipólito. Podemos atribuírsela a él con mayores probabilidades que a cualquiera de los autores cuyos nombres se han sugerido, e. g. Clemente de Alejandría, Melitón de Sardes y Polícrates de Efeso.
Los Antiguos Prólogos a los Evangelios y a las Epístolas de San Pablo.
Muchos manuscritos de la Vulgata contienen prólogos a los diferentes libros bíblicos con noticias sobre sus autores respectivos, su importancia, características y, a veces, también la ocasión e historia de los mismos. Estas introducciones, llamadas también praefationes o argumenta, son, por regla general, obra de escritores desconocidos y la mayor parte de ellos de época tardía. Hay, sin embargo, tres grupos que merecen mención aparte.
1. Los prólogos antimarcionitas a los evangelios.
Los más antiguos prólogos a los evangelios son obra de un antimarcionita, que los compondría poco después de la crisis marcionita, que D. de Bruyne y A. v. Harnack colocan aproximadamente entre los años 160 y 180. Su patria fue probablemente Roma, y su lengua original el griego, aunque luego fueron traducidos en África a fines del siglo III para una nueva edición de la antigua versión latina de los Evangelios. Son de gran interés histórico, por cuanto que revelan la tradición de la primitiva Iglesia sobre los autores de los evangelios. Desgraciadamente, el prólogo al evangelio de Mateo se ha perdido — según parece, la pérdida se remonta a una época muy antigua —; de los demás, solamente el de Lucas, que es el más extenso, se ha conservado en el original griego. Los de Marcos y Juan, y asimismo el de Lucas, han llegado hasta nosotros en latín. Recientemente E. Gutwenger ha puesto en tela de juicio la hipótesis de D. de Bruyne y de Harnack. Ha hecho observar que estos autores suponen que los tres prólogos proceden de la misma pluma. Ahora bien, la diferencia de longitud y de contenido y la diversidad de tono y de ambiente hacen difícil de aceptar esa suposición. Debemos, pues, concluir que el origen y fecha de cada uno de estos prólogos deben estudiarse por separado.
Este trabajo ha sido realizado por R. G. Heard. Ha llegado a la conclusión de que al principio los prólogos se presentaban aislados. Es posible que los prólogos a Marcos y a Lucas estuvieran reunidos antes de que se les agregara el prólogo a Juan, que es posterior. El prólogo a Marcos refleja, en gran proporción, la tradición del Evangelio tal como se conocía en Occidente hacia fines del siglo II, mientras que es posible que su descripción del evangelista se funde en recuerdos auténticos. El prólogo a Lucas, destinado en su forma actual a servir de prólogo a una copia de Lucas que circulaba separadamente, contiene una frase tomada de Ireneo, y se remonta al siglo III o a principios del IV. Su primer párrafo, que quizás represente forma primitiva de prólogo, contiene información aceptable sobre Lucas y es un testigo importante de la verdad de la tradición que hace de éste el autor del tercer evangelio. No se puede sostener la opinión de R. M. Grant, según la cual el prólogo a Lucas sería “la respuesta de la Iglesia católica a Marción,” pues falta en él toda referencia específica a Marción. El prólogo a San Juan data del siglo V o VI, y su contenido carece de valor histórico. Es probable que los prólogos a Marcos y a Juan originalmente fueran también compuestos en griego, como el prólogo a Lucas.
2. Los prólogos monarquismos a los evangelios.
Existe una serie de introducciones a los evangelios más extensas que se conocen bajo el nombre de prólogos monarquianos. La fecha que se les asignaba generalmente era la primera mitad del siglo III. Según O. Corssen, fueron escritas en Roma en círculos monarquianos unos treinta años después del Fragmento Muratoriano. Su lengua original es el latín, aunque utilicen fuentes griegas. Corssen cree que constituyen otra prueba del carácter monarquiano de la enseñanza oficial de la Iglesia romana en aquella época. Sin embargo, su idea sobre el origen monarquiano de estos prólogos no pareció nunca muy convincente y fue abandonada después que J. Chapman y E. Ch. Babut los relacionaron con España. Hoy día se cree que los compuso algún autor priscilianista a fines del siglo IV o principios del V.
3. Los prólogos a las epístolas de San Pablo.
Los breves prólogos a los escritos de San Pablo no son de un autor. Según D. de Bruyne, los de las cartas pastorales son obra de un autor romano, del mismo que escribiera las antiguas introducciones a los Evangelios (conclusión que, naturalmente, hay que modificar a la vista de las objeciones presentadas por Gutwenger que hemos mencionado más arriba), mientras que los prólogos de las demás epístolas (excepción hecha de la de los Hebreos, cuya introducción fue añadida mucho mas tarde) se deben a la pluma de Marción o de uno de sus colaboradores.
Novaciano.
La teología del Logos tal como la propuso Hipólito no fue objeto de condenación expresa. Durante la siguiente generación la profesó abiertamente el sacerdote romano Novaciano. Era éste, según el historiador Filostorgio (Hist. eccl. 8,15), de origen frigio, pero este testimonio no es muy seguro. En carta dirigida al obispo Fabio de Antioquía, el papa Cornelio afirma que Novaciano fue bautizado estando gravemente enfermo y que nunca fue confirmado:
El punto de partida de su fe fue Satanás, que vino a él y vivio en él por bastante tiempo. Cuando cayó gravemente enfermo, fue ayudado por los exorcistas, y, pensando que iba a morir, en la misma cama en que yacía recibió el bautismo, si es que realmente se puede decir que semejante hombre lo haya recibido. Sin embargo, después que se vio libre de su enfermedad, no recibió las demás (ceremonias) que se deben recibir según la regla de la Iglesia, ni tampoco fue confirmado por el obispo. No habiendo recibido estas cosas, ¿cómo pudo recibir el Espíritu Santo? (Eusebio, Hist. eccl. 6,43,14-15: EH 254-6).
A pesar de eso, su obispo le ordenó, pero no sin oposición:
Fue honrado con el sacerdocio por un favor del obispo, que le impuso las manos para darle puesto entre los presbíteros, a pesar de la oposición de todo el clero y aun de muchos seglares — porque quien ha recibido el bautismo por infusión en su lecho por razón de enfermedad, como él, no puede ser promovido a ningún grado del clero (ibid. 6,43,17).
Aunque Cornelio le estigmatice por “su astucia y duplicidad, por sus perjurios y falsedades, por su carácter insociable y amistad de lobo,” y llegue al extremo de llamarle “bestia traicionera y maligna” (ibid. 6,43,6), debió de poseer, no obstante, eminentes cualidades, dado que hacia el año 250 ocupaba una posición influyente en el clero romano. Entre las cartas de San Cipriano hay dos (Ep. 30.36) dirigidas al obispo de Cartago en respuesta a preguntas sobre los apóstatas (lapsi), que fueron escritas durante el tiempo en que la sede de Roma estuvo vacante antes de la elección de Cornelio. Las cartas se enviaron en nombre de los “presbíteros y diáconos que viven en Roma,” pero su autor es Novaciano, como atestigua Cipriano (Epist. 4.5) para la primera, y lo prueban el contenido y el estilo para la segunda. Las dos se distinguen por su estilo esmerado, trabajado y brillante, y por la moderación y perspicacia de su autor. La epístola 30 pone de manifiesto que la Iglesia de Roma está plenamente de acuerdo con el obispo de Cartago en lo que se refiere al mantenimiento de la disciplina eclesiástica en el caso de los que apostataron durante la persecución, pero no quieren decidir la cuestión de su reconciliación hasta que haya sido elegido el nuevo obispo. Solamente debe darse la absolución en los casos en que la muerte sea inminente:
Deseando guardar en estas cuestiones la moderación de esta vía media, desde hace tiempo nosotros, y con nosotros otros muchos obispos vecinos nuestros que hemos podido consultar y otros más alejados que el ardor de la persecución ha traído de lejanas provincias, hemos juzgado que no se debe modificar nada hasta la designación de un obispo. Pero creemos que se debe usar de moderación en las medidas que se tomen respecto de los lapsi; por tanto, durante este intervalo, mientras Dios no nos conceda el don de un obispo, vale más que queden en suspenso las causas de aquellos que pueden soportar le dilación. En cuanto a los que por hallarse en peligro inminente de muerte no pueden tolerar que se difiera su causa, si han hecho ya penitencia y han manifestado repetidas veces el dolor de sus faltas, si con llantos y lágrimas y gemidos han dado señales de un espíritu profundo y verdaderamente penitente, y si, por otro lado, humanamente hablando, no les queda ninguna esperanza de vida, que sean socorridos con cautela y solicitud. Dejemos a Dios mismo, que sabe cómo les ha de tratar y de qué manera mirar a la balanza de justicia. Nosotros, por nuestra parte, obremos con suma diligencia, de manera que ningún malvado pueda aplaudir nuestra liberalidad, y que ninguno que esté verdaderamente arrepentido acuse a nuestra severidad de ser cruel (30,8).
Parece que Novaciano concibió esperanzas de llegar a ser obispo de Roma. Cuando Cornelio fue elegido en marzo del 251 y se mostró indulgente en la cuestión de la reconciliación de los lapsos, Novaciano cambió completamente de actitud. Exigió que los apóstatas fueran excomulgados para siempre y se improvisó campeón de un rigorismo absoluto. Buscó tres obispos “en una localidad insignificante de Italia… Cuando llegaron estos hombres, demasiado simples para los manejos de los malvados y para sus astucias, como hemos dicho antes, fueron encerrados por unos individuos como él, y a la hora décima, estando embriagados y mareados por los efectos de la borrachera, les obligó por fuerza a que le ordenaran obispo por medio de una falsa e inválida imposición de manos; este episcopado lo reivindica él por astucia y perfidia, eso que no le pertenece” (Eusebio, Hist. eccl. 6,43,9). No parece, pues, que el cisma de Novaciano tuviera su origen en divergencias doctrínales, sino en un conflicto personal. Al principio Novaciano no tenía opiniones particulares sobre la penitencia. Pero, una vez que el cisma quedó organizado, se vio precisado inevitablemente a tomar una actitud y adoptar unos principios opuestos a los de Cornelio en esa cuestión candente. El novacianismo llegó a ser una secta importante. El obispo Dionisio de Alejandría escribió en vano una carta personal a Novaciano instándole que volviera al seno de la Iglesia (véase p.402s). El partido de Novaciano se extendió hasta España en el Occidente y hasta Siria en el Oriente, y duró varios siglos. Eusebio informa (Hist. eccl. 6,43,1) que en el Oriente sus partidarios “se llamaban a sí mismos puritanos (?a?a???).” Fueron excomulgados por un sínodo celebrado en Roma, que zanjó la cuestión de los lapsos:
Por esta cuestión se reunió en Roma un sínodo muy numeroso, compuesto de sesenta obispos y un número aún mayor de presbíteros y diáconos; en las provincias, los pastores examinaron individualmente, en cada región, lo que había de hacerse. Se acordó unánimemente que Novato [léase Novaciano], juntamente con los que se habían sublevado con él y todos los que habían decidido abrazar las opiniones, llenas de odio fraternal y sumamente inhumanas, de aquel hombre, fueran considerados como extraños a la Iglesia; en cuanto a los hermanos que hubieran caído en el infortunio, había que cuidarlos y curarlos con el remedio de la penitencia (Eusebio, Hist. eccl. 6,43,2).
Nada se sabe de la historia personal de Novaciano después de estos acontecimientos. Por razones de crítica interna, se deduce que sus obras las escribió durante la persecución de Galo o de Valeriano, después de haberse separado de sus discípulos de Roma. Sócrates (Hist. eccl.-4,28) es el primero que recoge la noticia de que murió mártir durante la persecución de Valeriano. Eulogio, obispo de Alejandría, vio a fines del siglo VI unas actas del martirio de Novaciano, que describe como obra de ficción sin valor alguno. No obstante, en el Martirologio Jeronimiano se nombra a un tal Novaciano, sin otro apelativo, entre los mártires romanos el 29 de junio. Además de esto, en el verano de 1932 se descubrió en Roma una tumba ricamente decorada, en un cementerio anónimo recién descubierto cerca de San Lorenzo en Roma. La inscripción, pintada en caracteres rojos, en buen estado de conservación, dice así:

1.
Novatiano Beatissimo

2.
Martyri Gaudentius Diac
Se trata del sepulcro auténtico de un Novaciano venerado como mártir, en cuyo honor el diácono Gaudencio mandó hacer trabajos de embellecimiento en la tumba. Hay razones para suponer que tenemos aquí la tumba de nuestro heresiarca, aunque parece extraño que en la inscripción no se le dé a Novaciano el título de obispo.
Novaciano fue hombre de personalidad acusada, de gran talento y erudición, aunque un tanto débil de carácter. Se formó bien en la filosofía estoica (Cipriano, Epist. 55,24), y era maestro en retórica; en su estilo se nota la influencia de Virgilio. Casi todo lo que sabemos de él lo sabemos por sus adversarios; conviene, pues, recibirlo con cierta reserva. Fabiano tendría ciertamente sus razones para ordenarle a pesar de fuerte oposición. El autor del tratado Ad Novatianum dice (c.l) que podría haber sido “un vaso precioso” de haber permanecido dentro del seno de la Iglesia. Incluso su adversario, el obispo Cornelio, en su carta al obispo Fabio de Antioquía (Eusebio, Hist. eccl. 6,43), lo llama un “hombre maravilloso,” “esta persona tan distinguida” (7), “este maestro de doctrina, este campeón de la disciplina de la Iglesia” (8), “este vindicador del Evangelio” (11). Evidentemente, Cornelio dice todo esto en tono sarcástico; con todo, sus palabras hablan mucho en favor de la reputación de que gozaba Novaciano. Es interesante que diga de Novaciano que estaba “enamorado de una filosofía diferente” (16). Efectivamente, Novaciano parece haber sido un estoico cristiano. Sus obras, en más de un lugar, revelan la influencia de esa filosofía. Novaciano fue, además, el primer teólogo romano que publicó libros en latín y es, por lo tanto, uno de los fundadores de la teología romana. Su lenguaje es culto; su estilo, esmerado y muy estudiado, pero siempre claro y sereno.
1. Sus Escritos.
San Jerónimo nos informa que Novaciano “escribió Sobre la Pascua, Sobre el sábado. Sobre la circuncisión, Sobre el sacerdocio, Sobre la oración. Sobre los alimentos de los judíos, Sobre el celo, Sobre Atalo y sobre otros muchos temas, especialmente un gran volumen Sobre la Trinidad” (De vir. ill. 70), Dos de estos títulos se han conservado entre las obras de Tertuliano; otros dos, no mencionados por Jerónimo, se han desubierto en la herencia literaria de Cipriano.
1. Sobre la Trinidad (De Trinitate)
Este libro fue probablemente escrito bastante antes del 250 y es la primera gran aportación latina a la teología que apareció en Roma. San Jerónimo comete un grave error y rebaja considerablemente los méritos de esta obra cuando afirma que “es una especie de epítome de la obra de Tertuliano” (De vir. ill. 70), aludiendo evidentemente al Adversus Praxean, que es una defensa de la doctrina de la Trinidad. Compuesta en prosa poética y notable por su forma y su contenido, el De Trinitate es la mejor y la más extensa obra de Novaciano, la que le ha valido su fama de teólogo. Por lo completo de su teología, por la riqueza de la argumentación bíblica y por la influencia que ha ejercido en los teólogos posteriores, admite comparación con los Primeros principios de Orígenes, aunque la sobria teología occidental esté lejos de poseer la envergadura de la especulación alejandrina. Resume de una manera clásica la doctrina de la Trinidad desarrollada por Teófilo de Antioquía, Ireneo, Hipólito y Tertuliano, pero no por eso carece de originalidad e independencia. De hecho, su manera de tratar el problema es mucho más exacto y sistemático, mucho más completo y extenso que la de ningún ensayo anterior.
Aunque la palabra “trinidad” (trinitas) no aparece ni una sola vez en toda la obra, toda ella trata de este dogma. Tomando como base el antiguo símbolo romano, el tratado se presenta en forma de exposición de los tres principales artículos del Credo. La introducción al primer capítulo, que versa sobre Dios creador, en su entusiasta descripción del universo, revela ya la influencia de la filosofía estoica.
La regla de verdad exige que creamos, primero, en Dios Padre y Señor Todopoderoso, es decir, en el Hacedor perfecto de todas las cosas. El suspendió el cielo encima de nosotros, colocado en su empinada altura; consolidó la masa de la tierra bajo nuestros pies, extendió los mares, cuyas olas fluyen libremente en todas direcciones. El proporcionó todas estas cosas con suma abundancia y orden, cada una con su operación propia y adecuada. En el firmamento del cielo colocó el sol, que se levanta en la aurora de cada día para dar luz con sus rayos; la brillante esfera de la luna, creciendo hasta la plenitud según sus fases mensuales, a fin de aliviar la oscuridad de la noche, y las centelleantes estrellas, cuyos rayos varían de intensidad. Obedeciendo a su voluntad, cubren ellas su recorrido según la ley de su órbita, para señalar a los hombres los días, los meses, los años y las estaciones, y para que sirvan de signos y para otros fines útiles. Sobre la tierra, asimismo, levantó montañas con sus elevadas cimas, excavó valles profundos, igualó las llanuras. Seleccionó diferentes especies de animales para proveer a las variadas necesidades del hombre… También en el mar, admirable como es por su inmensidad y por su utilidad para el ser humano, formó criaturas vivientes de todas clases, unas de tamaño moderado, otras de dimensiones enormes… Pero no es esto todo, pues el oleaje embravecido y las corrientes de las aguas podrían haber usurpado un dominio que no es el suyo, en detrimento de su propietario humano. Pero Dios les señaló unos límites que no pueden franquear, y cuando el ronco bramido de las olas y las espumantes aguas que suben del abismo atraviesan el océano y llegan a la orilla, se ven obligadas a retroceder. No pueden traspasar los límites que se les han impuesto, sino que obedecen a leyes fijas de su ser, enseñando a los hombres cómo hay que guardar las leyes divinas con el ejemplo de obediencia que nos proporcionan los mismos elementos.
El resto del primer capítulo trata de la creación del hombre y de las potencias espirituales. Los capítulos 2-8 examinan la esencia de Dios y sus atributos.
La secunda parte, que comprende los capítulos 9-28, es una defensa de las dos naturalezas y de su unión en Cristo, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, prometido en el Antiguo Testamento y revelado en el Nuevo. Se refutan el docetismo, el ebionitismo, el adopcionismo, el modalismo y el patripasianismo.
La tercera parte trata brevemente del Espíritu Santo (c.29), de sus dones a la Esposa de Cristo, la Iglesia, y de su obra en la Iglesia.
La cuarta parte, que comprende los capítulos 30 y 31, demuestra la unidad y trata de probar que la divinidad del Hijo no es un obstáculo a la misma. El último capítulo expone la relación eterna del Hijo con el Padre contra diferentes herejías.
No hay nada en el tratado que indique que haya sido compuesto después de la ruptura de su autor con la Iglesia de Roma. Por otra parte, parece que Cipriano lo conocía va cuando escribió su obra De umitate Ecclesiae. Debe de haber sido escrito, por lo tanto, antes de la persecución de Decio.
El texto del De Trinitate se ha conservado entre las obras de Tertuliano. Por haberse perdido los manuscritos, los únicos testigos para el texto de este tratado son las ediciones impresas de Mesnart-Gagneius (París 1545), Gelenio (Basilea 1550 1 y Pamelius (Amberes 1579).
2. Sobre los alimentos de los judíos (De cibis iudaicis).
Es una de las tres obras que Novaciano escribió contra los judíos y que menciona San Jerónimo (De vir. ill. 70): De circumcisione, De sabbato y De cibis iudaicis. Todas ellas se presentaban en forma de cartas a los hermanos, pero es ésta la única que queda de las tres. Sin embargo, en la introducción se alude a las otras dos como ya publicadas anteriormente: “He demostrado plenamente, según creo, en dos cartas anteriores, cuan perversos son los judíos y cuan lejos están de entender la Ley. En ellas se probaba de manera absoluta que ellos ignoran lo que es la verdadera circuncisión y el verdadero sábado; y su ceguera creciente es confundida en esta carta, en la que he tratado brevemente de sus alimentos.” Luego Novaciano intenta demostrar que las leyes relativas a los alimentos deben entenderse espiritualmente, como dice San Pablo (Rom. 7,14). Llamar a unos animales puros y a otros inmundos significaría que el divino Creador, después de haberlos bendecido todos como buenos, los habría reprobado luego en parte. Tamaña contradicción no se le puede atribuir, y por eso hay que restablecer la aplicación espiritual, que es la más apropiada. Novaciano da este interesante resumen de la historia del alimento humano:
Para empezar por el principio de las cosas, que es por donde me conviene empezar, el único alimento de los primeros hombres fueron las frutas y el producto de los árboles. Mas luego el pecado trasladó el deseo del ser humano de los frutos de los árboles a los productos del suelo, cuando la misma actitud de su cuerpo daba testimonio del estado de su conciencia. Si la inocencia había levantado al hombre hacia el cielo para coger sus alimentos de los árboles mientras tuviera buena conciencia, el pecado, por el contrario, una vez cometido, inclinó al hombre hacia la tierra y hacia el suelo, invitándole a recoger los granos. Más tarde, cuando se introdujo el uso de la carne, el favor divino proveyó al hombre con diferentes clases de carnes, adecuadas, en general, a las circunstancias. Pues mientras se necesitaba un alimento más tierno para hombres aún tiernos e inexpertos, se les dio un alimento que no se preparaba sin esfuerzo. Sin duda, esta disposición buscaba su propio bien, para que no cayeran de nuevo en el placer del pecado, si el trabajo impuesto por el pecado no hubiera sido para ellos una exhortación a la inocencia. Pero como en adelante no es ya el paraíso solamente el que hay que cultivar, sino el mundo entero, se le ha ofrecido al hombre un alimento de carne más consistente, para añadir algo al vigor del cuerpo humano, para bien de su trabajo. Todas estas cosas, como ya dije, se deben a la gracia y a la disposición divina (2).
Si la Ley distingue entre animales puros e impuros, no quiere decir nada en contra de estas criaturas de Dios:
Son los caracteres, las acciones y las voluntades de los hombres los que vienen simbolizados por esos animales. Son puros si son rumiantes; esto es, si tienen siempre en la boca, a manera de manjar, los preceptos divinos. Son de pezuña hendida si con paso firme de inocencia andan por los caminos de la justicia y de toda virtud de vida… Así, pues, la Ley pone en los animales como un espejo de la vida humana, en el que los seres humanos pueden ver la imagen de diversos castigos. Toda acción viciosa, por ser contraria a la naturaleza, será condenada más gravemente en las personas, cuando esas mismas cosas, aunque naturalmente ordenadas en los brutos, son, no obstante, censuradas en ellos (3).
Si la Ley prohíbe comer carne de cerdo, es porque reprueba la vida impura e inmunda, que se deleita en la basura del vicio y coloca su bien supremo, no en la generosidad del alma, sino en la sola carne. Si proscribe la comadreja, es porque reprueba el hurto. El milano, el gavilán y el águila simbolizan a los salteadores y gente violenta, que viven del crimen; el gorrión, la intemperancia; el mochuelo, a los que huyen de la luz de la verdad; el cisne, a los orgullosos y altaneros; los murciélagos, a los que buscan la oscuridad de la noche y del error, etc. La prohibición de tantas clases de carnes para los judíos se explica también de esta otra manera: para obligarles al servicio del único Dios. Hubieran podido tener la audacia de preferir los abominables manjares de Egipto a los banquetes divinos del maná, y el jugoso trato de sus enemigos y dueños a la libertad. “La moderación es siempre la compañera de la religión, más aún, relacionada y emparentada con ella; porque la lujuria es enemiga de la santidad” (4). “Pero ahora Cristo, el término de la ley, ha venido disipando todas las oscuridades de la ley… Porque el glorioso Señor, el celestial Maestro y el ordenador de la verdad perfecta, ha venido, de quien, finalmente, se dice con toda verdad y justicia (Tit. 1,15): ‘Todo es limpio para los limpios’” (5). El verdadero y santo alimento tiene que entenderse ahora alegóricamente, como la verdadera fe, una conciencia sin mancilla y un alma pura. La abrogación del Antiguo Testamento no significa, sin embargo, que la lujuria sea permitida a los cristianos, ni que no deban practicarse más el ayuno y la continencia. “Nada ha reprimido tanto la intemperancia como el Evangelio, y nadie ha dado leyes tan estrictas contra la glotonería como Cristo, de quien se dice que proclamó bienaventurados a los mismos pobres y felices a los hambrientos y sedientos” (6). En el último capítulo, Novaciano pone en guardia contra el caso de alimentos que han sido ofrecidos a los ídolos:
En cuanto pertenece a la creación de Dios, toda criatura es pura. Pero cuando ha sido ofrecida a los demonios, está contaminada por haber sido ofrecida a los ídolos. Una vez que se ha hecho esto, ya no pertenece más a Dios, sino al ídolo. Y cuando se toma en alimento esa criatura, alimenta a la persona que la toma para el demonio, no para Dios, haciéndolo comensal del demonio, no de Cristo (7).
El método que sigue Novaciano para interpretar las normas del Levítico se parece al de la Epístola de Bernabé (véase p.90-6), de la primera mitad del siglo II. Ya mucho antes, Filón, contemporáneo de Cristo, interpretó los animales como símbolo de las pasiones humanas (De plantatione 43), y el Ps.-Aristeas, un judío helenizado, explicó de la misma manera a los griegos los preceptos del Antiguo Testamento. Pero nadie trató este tema tan extensamente antes de Novaciano. El fue quien preparó el camino al exceso de alegoría que invadió el arte y la literatura medievales.
En este tratado, el autor demuestra conocer bien a Séneca y Virgilio. En gran número de pasajes se pueden señalar imágenes y fraseología tomadas de esos autores. Por ejemplo, recuerda una censura de Séneca contra los que bebían demasiado temprano por la mañana (Epist. 122,6) cuando reprocha a los cristianos, “cuyos vicios han llegado a tal extremo que, cuando ayunan, beben temprano por la mañana, porque no juzgan que es cristiano beber después de las comidas, a menos que el vino derramado dentro de sus venas vacías y desocupadas baje directamente después del sueño; pues parece que saborean menos la bebida si el vino viene mezclado con el alimento” (6).
En todo el tratado no se halla ninguna alusión al cisma. De la introducción se deduce que fue escrito durante una ausencia forzosa lejos de la comunidad, probablemente durante la persecución de Galo y Volusiano del año 253:
Nada hay, queridos hermanos, que me ate tan fuerte, nada que remueva y excite tanto el aguijón de mi preocupación y ansiedad, como el temor de que vosotros podáis sufrir algún menoscabo por causa de mi ausencia. Trato de poner remedio procurando hacerme presente en medio de vosotros con mis frecuentes cartas. Y aunque me vea en la precisión de escribir cartas por razón de mi deber, del cargo que he aceptado y del mismo ministerio que me ha sido confiado, vosotros aumentáis esta obligación mía estimulándome a que os escriba con vuestras continuas misivas. Aun siendo yo inclinado a estas expresiones periódicas de afecto, vosotros me acuciáis todavía más recordándome que permanecéis firmes en el Evangelio (1).
La captatio benevolentiae con que concluye este pasaje aparece también en la salutación que precede a la carta en los manuscritos: “al pueblo que permanece firme en el Evangelio” (plebi in evangelio perstanti).
Transmisión del texto.
El texto del De cibis iudaicis no se encontraba, hasta el año 1893, más que en las ediciones antiguas de Tertuliano, que conservan también el De Trinitate. Ese año se descubrió un manuscrito en la biblioteca de San Petersburgo que contiene nuestro tratado juntamente con versiones latinas de la Epístola de Santiago, la Epístola de Bernabé y los escritos de Filastro. La edición de Landgraf y Weyman se basa en este Codex Petropolit, saec. IX; el Codex 1351 de la biblioteca de Santa Genoveva de París, descubierto por A. Wilmart, no es sino una copia del anterior, hecha en el siglo XV.
3. De spectaculis.
En esta obra, que se encontró entre las de San Cipriano, Novaciano condena la asistencia a espectáculos públicos y corrige a los que no se avergüenzan de justificar su presencia en esos juegos con citas bíblicas. La madre de todas estas diversiones es la idolatría, prohibida a los cristianos (c.1-3). El autor describe con viveza las distintas clases de atracciones paganas, mostrando la crueldad, los vicios y las brutalidades que ellas defienden y propagan (c.4,8). “El cristiano tiene espectáculos más nobles, si lo desea. Tiene placeres verdaderos y provechosos, con tal que se recoja dentro de sí mismo” (9). Novaciano demuestra a la vez su formación en la filosofía estoica y su fe cristiana, cuando al final recuerda a sus lectores la belleza del mundo (cf. De Trinitate 1; véase p.504s) y la dignidad de los espectáculos que proporciona la Sagrada Escritura:
Tiene la belleza del mundo para contemplarla y admirarla. Puede contemplar la salida del sol y su puesta, examinar cómo produce la sucesión de los días y las noches. Puede admirar la esfera de la luna, que con sus crecientes y menguantes indica el curso de las estaciones; las huestes de brillantes estrellas y las que centellean en lo alto con extremada movilidad. Las partes del año se suceden regularmente. Los mismos días y las noches se distribuyen en períodos de horas. Que considere la pesada masa de la tierra, equilibrada por las montañas, y los ríos que corren y sus fuentes, la inmensidad de los mares, con sus olas y orillas… Que estas, digo, y otras obras divinas constituyan los espectáculos de los fieles cristianos. ¿Qué teatro construido por mano de hombre podrá jamás compararse con obras como éstas? (9).
Que el fiel cristiano, repito, se dedique a las Sagradas Escrituras. Allí encontrará espectáculos dignos de su fe. Verá a Dios creando su mundo, creando, no solamente los demás animales, sino también esa hechura maravillosa y superior que es el ser humano. Contemplará el mundo en la plenitud de sus delicias y en la justicia de sus naufragios, que recompensan a los buenos y castigan a los impíos. Verá mares que se secan en favor de un pueblo, y mares que manan de la roca para ese mismo pueblo. Verá en algunos casos la fe en lucha con las llamas, bestias salvajes subyugadas por la piedad y amansadas por la dulzura. Verá también almas que han vuelto de la misma muerte… Y entre todas estas cosas contemplará un espectáculo mucho mayor aún, verá a aquel demonio que había triunfado sobre el mundo entero cómo yace postrado a los pies de Cristo. ¡Qué grande es este espectáculo, hermanos!… Este es el espectáculo que puede contemplarse aun cuando se haya perdido la vista. Este es un espectáculo que no pueden darlo ni pretores ni cónsules, sino solamente Aquel que es único y está por encima de todas las cosas (10).
Esta obra está inspirada en Tertuliano, quien escribe un tratado con el mismo título; depende también del Ad Donatum de Cipriano.
4. Sobre las ventajas de la castidad (De bono pudicitiae).
La introducción de esta excelente obra (c.1-2) presenta numerosos puntos de contacto con el tratado De cibis iudaicis. También aquí se lamenta el autor de estar ausente de su rebaño, con el cual se mantiene en contacto por medio de cartas: “Por mis cartas procuro hacerme presente entre vosotros, y me dirijo a vosotros en la fe, según tengo por costumbre, mediante las amonestaciones que os envío” (1), y les exhorta a permanecer firmes en el Evangelio: “Os conjuro, pues, que os establezcáis en la solidez de la raíz del Evangel

EN BUSCA DE LA UNIDAD PERDIDA. SOBRE EL CISMA INTERNO

El autor es uno de los pioneros alemanes en sostener que la Sede está vancante o usurpada por los antipapas desde Juan XXIII a Francisco, incluidos los antipapas entre ambos usurpadores. Gracias a su prestigiosa revista Einsich, también pionera en estudios sobre la actual situación de la Iglesia, adquirió un relevante prestigio internacional, constituyéndose en referencia de la mayoría.

En este artículo, el autor resume su posición de esta manera: «Entiéndase bien que sólo me interesa mostrar lo que habría que hacer desde la visión de sedevacantistas consecuentes para reconstruir las estructuras eclesiásticas, lo cual incluiría la construcción de comunidades y asociaciones eclesiásticas, así como la elección de un Papa, aun cuando aún no se sepa cómo deba llevarse a cabo tal elección».

Como se verá luego de acusar del cabececilla del cisma interno a Gerard, y sin aprobar las maneras de otros, el autor inaugura una postura, gravísimo deber de la Iglesia, de elegir un Papa; lo que se ha llamado conclavismo. No apunta cómo hacerlo, porque siendo un deber de la Iglesia, formado por todos los que mantienen la fe católica, es precisamente eso lo que se ha de discutir, sobre el principio de que se ha de proceder a la elección de un Papa, al que Dios le concederá la autoridad y el carisma de infalibilidad, y al que todos han de someterse.

Es de señalar, también, que este pionero, referencia inexcusable para el católico, da implícitamente por válida la consagración de Monseñor López Gastón- si bien no se exime de crítica-, ya que este obispo fue un defensor de la posición de la obligación gravísima de que la Iglesia eligiera papa- conclavismo-, como mandaba San Pío X, y debido a su posición ha sido desprestigiado por los acéfalos – los que quieren seguir tal como están, sin que se proceda a elección de un Papa; como es calumniado hoy un obispo de la ascendencia del  linaje de López Gastón,  Monseñor Squetino, por mantener la misma posición católica de la obligación de la elección de un Papa:

Lo siguiente es la redacción del artículo. Al final el link del texto en el idioma orginal

Eberhard Heller
traducción de Alberto Ciria

(«Einsicht»: XXXI/ No. 2, pag. 32 seq: «Auf der Suche nach der verlorenen Einheit …»)

El título, que recuerda a la obra de Marcel Proust (En busca del tiempo perdido) debe fijar como tema una recapitulación. En la situación actual puede servir de ayuda reconquistar terreno perdido si, más allá de los problemas religiosos y eclesiásticos cotidianos, se piensa en qué difícil situación nos encontramos todos nosotros. Esta situación ha conducido a un fatalismo eclesiástico que día a día se hace más palpable: por cuanto concierne a la reconstrucción de la Iglesia, e incluso a la construcción de estructuras comunes, se está encerrado, por así decirlo, en el propio centro misal, sin contactos y sin perspectivas. ¿Cuál ha sido nuestro error? ¿Se pueden corregir los errores cometidos? ¿Estamos dispuestos a revisar nuestras propias posiciones? Pero no sólo nosotros, los cristianos católicos que afirmamos –en parte tan ufanos– ser los verdaderos cristianos. No: la sociedad occidental en su conjunto se encuentra en una profunda crisis espiritual que, por supuesto, también repercute en nuestra crisis eclesiástica.

La falta de autoridad y de dirección entre los cristianos católicos que se proponen querer permanecer fieles a la Iglesia de Jesucristo gusta de criticarse como paralizante –a menudo, quienes lamentan el disentimiento de modo más sonoro son precisamente aquellos que lo han provocado con su búsqueda de reconocimiento y falta de disciplina–, pero entonces habría que tener claro que la falta de cooperación y dirección pastoral-eclesiástica se encuentra principalmente en aquellos cuya tarea en tanto que pastores sería propiamente encabezar como pastores los rebaños y ejercer la autoridad espiritual que les fue concedida con la aceptación del ministerio sacerdotal y episcopal.. por el bien de toda la Iglesia, y no solamente para el reparto de los sacramentos en una comunidad sectaria de catacumba.

Una postura falsa especialmente grave hacia el ministerio aceptado ha obrado de modo especialmente atroz en una serie de obispos (sin comillas) en relación a nuestros esfuerzos por la reconstrucción de la Iglesia como institución sagrada: a saber, la concepción de que los plenos poderes obtenidos por la consagración se tendrían a una disposición puramente personal, que legitimarían a su posesor a consagrar como obispo a quien quisiera. Esta postura falsa ha provocado en nuestras filas un grave desarrollo erróneo.

No en vano la consagración (y el nombramiento: cfr. CIC canon 329 § 2) de nuevos obispos está reservada al Papa, porque esto concierne a la existencia y a la estructura jerárquica de la Iglesia en su totalidad, por lo cual tienen que ser llevadas centralizadamente. El CIC de 1917 prescribe de modo vinculante en el canon 953: «La administración de la consagración episcopal está reservada al Papa. Por tanto, sin una encomendación papal especial nadie puede administrar las consagraciones episcopales.» 10) Los infringimientos de este canon se consideran normalmente y con razón como rebelión contra la autoridad suprema y la unidad de la Iglesia y como actos cismáticos, y son castigados con sanciones. 11)  

Cuando Monseñor Ngô-dinh-Thuc consagró a los primeros obispos sin un mandato papal formal –a causa de la vacancia de la silla apostólica–: al Padre Guerard des Lauriers el 14 de mayo de 1981 y a los Padres Carmona y Zamora el 18 de noviembre de 1981, o sea, hace veinte años, eso se hizo exclusivamente para salvar la sucesión apostólica amenazada. Los problemas vinculados con la vacancia y con la necesidad –condicionada por la vacancia– de consagrar sin mandato papal fueron discutidos por extenso en el tiempo posterior, también en relación a la situación global de la Iglesia que había en aquel momento. En cambio, desde diversos lados (meros tradicionalistas, y lo que aún fue más peligroso, ciertos legalistas) se lanzó el reproche de que Monseñor Ngô-dinh-Thuc, lo mismo que los padres ordenados obispos, actuaban cismáticamente. 12) La auténtica razón para la falta de mandato papal la dio por fin oficialmente el propio Monseñor Ngô-dinh-Thuc en la DECLARATIO del 28 de febrero de 1982 sobre la sedisvacancia.

Desde diversos lados se planteó (y se sigue planteando hasta hoy) la exigencia de que la DECLARATIO tendría que haberse publicado antes de las consagraciones, porque sólo a partir de la aceptación de esta posición podrían haberse considerado las consagraciones como legitimadas. Las personas que argumentan así suponen que la posición del arzobispo n el momento de la primer consagración habría difereido de la posición en el momento de la redacción de la DECLARATIO. Esta concepción no puede tenerse por válida: ya en nuestra primera visita a Monseñor Thuc junto con el luego falleido Dr. Katzer, que se había puesto a disposición como primer candidato para una consagración, se discutieron por extenso y se unificaron las posiciones sobre la sedisvacnacia, sobre la amenazada sucesión apostólica y sobre las falsificaciones de la Santa Misa. Y sólo sobre esta base se administraron las consagraciones posteriores.

Por otro lado, las circunstancias concretas no permitían otra solución  más que realizar estas con-sagraciones en secreto. (En este sentido, piénsese en la precipitada huida del arzobispo a Alemania, porque temía con razón persecuciones, después de que el Padre Barbara revelara a la prensa las consagraciones episcopales, pero piénsese también en su posterior secuestro del Seminario en Rochester, EE.UU.)

Pero para expresar que se compartía la fundamentación teológica y jurídica de que el Papa tiene la potestad exclusiva para consagrar obispos, a saber, porque la ocupación de sillas episcopales representa un asunto de toda la Iglesia, se acordó entre los obispos que –como equivalente para el mandato papal que faltaba– las demás consagraciones episcopales posteriores sólo podrían ser administradas tras el acuerdo y la aprobación de todos los obispos. Ante la vacancia de la silla romana, el gremio de los obispos habría de representar así a toda la Iglesia. En cambio, las simples ordenaciones sacerdotales quedarían bajo la responsabilidad de los obispos concretos, porque los sacerdotes respectivos también quedarían sometidos directamente a su autoridad.

De este modo, las posteriores consagraciones episcopales de Fr. Musey, P. Vezelis, P. Martíniez y P. Brao se administraron sólo tras el acuerdo y con la aprobación expresa de Su Eminencia Monseñor Ngô-dinh-Thuc o bien del obispo Musey (bajo asistencia de Monseñor Carmona). Decisivo para estas consagraciones era que se tenía presente la reconstrucción de las estructuras eclesiásticas, pero también se quería custodiar la unidad. De ello también dan testimonio los intentos de los obispos Vezelis y Musey de delimitar mutuamente sus esferas de influencia episcopal, aun cuando con ello se forzara el concepto de «jurisdicción» regular. Este proceder, a saber, comunicar previamente una consagración episcopal planeada a todos los obispos y recoger su aprobación –como equivalente para el mandato papal que falta–, fue desatendido por vez primera por Monseñor Guerard des Lauriers en la consagración del Dr. Storck, cuando lo consagró incluso contra las reservas explícitas de Monseñor Vezelis. Monseñor Vezelis viajó de propio a Etiolles, cerca de París, para exponer sus consideraciones a Monseñor Guerard des Lauriers.

Tras la consagración del Dr. Storck, Monseñor Guerard des Lauriers se dejó incluso inducir por indicación de una señora anciana a consagrar al Padre McKenna, y luego también al ex-econista Munari (sin haberlo consagrado posteriormente sub conditione), que entre tanto ha renunciado por completo tanto a su ministerio episcopal como a su ministerio sacerdotal. También se le había prevenido de la consagración del Padre McKenna.

Con este proceder, Monseñor Guerard des Lauriers ya no consieraba la consagración de un obispo como decisión de toda la Iglesia –representada por el gremio de los obispos–, sino que había hecho de ella su asunto propio, es decir, la había puesto bajo la decisión de un obispo particular.

Desde luego que a la provisionalidad de la representación del gremio de los obispos en tanto que equivalente para el mandato papal que falta no se le puede atribuir ninguna dignidad jurídicamente vinculante. Pese a ello no dudaré un momento en calificar tal postura y tal comportamiento –de modo análogo a la concepciónd el CIC según la cual las consagraciones episcopales están reservadas al Papa– cuanto menos como latentemente cismáticos (en este caso, hay suposiciones justificadas de que Monseñor Guerard des Lauriers seguía sólo intereses personales), incluso sectarios. Pues aquí se vulneró conscientemente el principio de unidad.

Si por una vez se pasa revista a las acciones de aquella época, es decir, a las consagraciones episcopales con las que en realidad debería asegurarse la sucesión apostólica, o a la DECLARATIO de Su Eminencia el Monseñor Ngô-dinh-Thuc, que trazó una clara línea de separación frente a la llamada «Iglesia conciliar», es decir, acciones que en realidad deberían y podrían haber llevado a un giro en nuestra lucha eclesiástica, no puede menos de constatarse que la unidad entre los obispos se perdió por las vías particulares de Monseñor Guerard des Lauriers, y que la fuerza de imposición de nuestra lucha eclesiástica sufrió con ello un daño considerable. Con su teoría del «Papa materialiter, non formaliter», G. des Lauriers había desatado artificiosamente otra nueva lucha. 13)  Y sin cohesión, también se perdió la autoridad, es decir, se parcializó. Aquí habría que emplearse de nuevo para volver a soldar la unidad.

En el tiempo siguiente, y esto fue bastante vergonzoso para la resistencia, los obispos de cuya validez de consagración se dudaba, siguieron consagrando sin consulta ni acuerdo con los otros obispos a unos candidatos que se caraterizaban por su ignorancia teológica y su deficiencia moral –a algunos se les sugirió retirarse «tras las rejas»–. Estos fueron presentados luego al pueblo atónito de los creyentes como los llamados obispos de Thuc, como obispos de la resistencia. En realidad eran y siguen siendo sólo sectarios catolizantes. A causa de este modo de sucesión, en el que cada obispo consagra a un candidato de su elección sin reparar en las relevancias objetivas de la reconstrucción de la Iglesia, se desarrolló un «cisma» interno total, y con ello casi se paralizó la reconstrucción. 14) Si uno asume esta mirada crítica y echa un vistazo a la lista de los obispos consagrados, constatará que sólo unos pocos pueden considerarse como obispos de la Iglesia católica.

Un ejemplo especialmente craso de tal comportamiento internamente cismático, pero también sectario, lo ha dado el obispo Dr. López Gastón con las consagraciones que ha recibido y administrado 15)  Junto con el mero problema de la validez sacramental, que se puede conceder sin más también a todo auténtico cismático, pero también a muchos sectarios –pero ni con mucho a todos–, ha pasado com-pletamente por alto que, desatendiendo a la autorización, se niega la relevancia eclesiástica de tal acción consagradora.

Todavía peor que este explosivo «cismático» fue y sigue siendo el sectarismo que se introdujo en la resistencia por la ambición y la vanidad de diversos clérigos, clérigos que a causa de la necesidad de validez se hicieron consagrar por alguno de aquellos «obispos de Thuc». Ahí les era igual a estos señores si sus consagradores eran obispos auténticos o sólo obispos entre comillas, o sólo presuntos obispos de la escena de los vagantes. Algunos incluso recibieron el apoyo de los representantes de la teoría de la llamada «intención externa». Lo que les importa fundamentalmente a estos obispos (u «obispos») es llevar una mitra que los «legitime» para recaudar dinero entre los creyentes ingenuos. Un caso especialmente craso lo representa el llamado obispo Roux, que falseó su certificado de consagración, en el que testimoniaba haber sido consagrado por Monseñor Ngô-dinh-Thuc en un momento en el que, como podemos demostrar, éste se encontraba en Múnich con nosotros. (Tras una consagración «sub conditionale» [sic] «opera» desde entonces en Francia, donde se ha hecho una reputación como «Monseñor Tartufo».)16) El llamado «obispo» Franck ha llegado a ser un caso crimi-nal, el cual se presentó a los creyentes alemanes como el obispo de la resistencia, y resultaba que no cabía ni plantear la validez de sus «consagraciones». (Entre tanto está encarcelado en Bélgica por abuso de menores.) Este sectarismo, o esta vagancia, bajo el pretexto de la defensa de la verdadera fe, se ha abierto paso en la auténtica resistencia como una infección cancerígena. Una y otra vez me asombra ver cómo estos sectarios son venerados como guardianes del Grial.

Las turbulencias en el campo de los sedisvacantistas son desatadas además por un grupo de clérigos que, por ejemplo, han abandonado a Econe a causa del convencimiento de que a un herético no se le puede recocer más como autoridad. Pero a este paso consecuente, la mayoría de las veces le sigue el segundo paso ya menos consecuente. En lugar de esforzarse por ser admitidos en el círculo de sus cofrades sedisvacantistas –en esto, el problema de su consagración de momento puede posponerse–, empiezan como solitarios a reunir en torno de sí a un rebaño de ovejitas descarriadas catolizantes y la mayor parte de las veces poco informadas. De estructuras eclesiásticas ya dadas se ocupan más bien poco. Sólo en los casos más raros están dispuestos a una cooperación. Esta conducta documenta que también en el caso de este grupo se trata de sectarios catolizantes.

Me gusta que se me reproche que juzo demasiado radicalmente. A todos estos críticos les pido que hagan por una vez el siguiente experimento mental: supongamos que de hecho se hubiera logrado instalar una autoridad legítima, es decir, un Papa elegido válidamente. ¿Cuál de todos estos clérigos «independientes» y «autónomos», que tan a gusto proclaman sus convicciones eclesiásticas, que afirman de sí mismos ser lo únicos que predican lo que es la doctrina de la Iglesia, estaría dispuesto a someterse a este Papa? ¿No sucedería más bien que todos estos señores buscarían evasivas para conservar su «independencia», es decir, para proseguir sin estorbo su sectarismo?

Estas posturas erróneas («cisma» interno, sectarismo, vagancia, «independencia») y las conductas que resultan de ellas han conducido a que hay toda una serie de obispos pero sin embargo no hay ninguna autoridad, a que se han formado muchos grupos pero ninguna comunidad ni tampoco ninguna unidad eclesiástica. Hasta ahora las actividades han tenido y tienen que seguir siendo estériles, porque en ellas no puede haber ninguna verdadera bendición. La idea de la Iglesia como un organismo global espiritual, como dice Pío XII, un «cuerpo místico» en el que los miembros están unificados entre sí, se ha perdido. Y me permito la advertencia crítica de que por ahora no veo en qué parte alguno de los obispos actúe preocupado por el bien total de la Iglesia.

Entiéndase bien que sólo me interesa mostrar lo que habría que hacer desde la visión de sedisvacantistas consecuentes para reconstruir las estructuras eclesiásticas, lo cual incluiría la construcción de comunidades y asociaciones eclesiásticas, así como la elección de un Papa, aun cuando aún no se sepa cómo deba llevarse a cabo tal elección. 17)  

Una mejora de este estado eclesiástico desgarrado en muchos sentidos sólo se puede alcanzar comenzando a pensar de otro modo. Ya se ha ganado mucho si cada clérigo comienta a plantearse en serio la pregunta de cómo puede fundamentar y legitimar su acción pastoral concreta en atención a los problemas de toda la Iglesia (aunque no con el argumento de «los fieles necesitan sacramentos»: la pregunta de qué «necesitan» los fieles sólo puede responderse en conexión con la aclaración de los problemas eclesiásticos), para de este modo crear al menos el pesupuesto teológico y mental para una acción de la que quepa responder, lo cual tendría que incluir una fructífera cooperación con los otros sacerdotes y obispos. 

Hemos tratado de mostrar qué aspecto podría ofrecer el resultado de tal reflexión. Para un comienzo se habría ganado ya mucho si los clérigos respectivos tuvieran claro que no les es lícito hacer todo lo que pueden hacer, es decir, si comprendieran que no les es lícito ejercer sus plenos poderes espiritu-a-les por propia plenitud de poder, sino sólo por encomienda de la Iglesia –como encomendados por ésta–, si se consideraran a sí mismos como ministros atributados por mandato. Un objetivo intermedio esencial sería la visión de que podrían hallarse en un cierto dilema, que consiste en que sólo pueden actuar lícitamente por encargo de la Iglesia, por mandato de la autoridad 18) , pero que a esta Iglesia le falta hoy la autoridad encomendante. Sin esta vinculación a la Iglesia, todo ejercicio ministerial representa un acto desempeñado con el sello del cisma (o del sectarismo). Con ello vuelve a plantearse la pregunta por la autoridad perdida y por la unidad. En la nueva «Declaración» hemos tratado de mostrar el dilema de la encomendación sacerdotal por un lado y la falta de autoridad por otro lado. En atención a la encomendación sacerdotal hay que constatar: «Por un lado falta por ahora la jurisdicción eclesiástica necesaria para el cumplimiento de estas tareas, puesto que la jerarquía ha apostasiado, pero por otro lado el cumplimiento de estas tareas es el presupuesto necesario para el restablecimiento precisamente de esta autoridad eclesiástica. Pero el restablecimiento de la autoridad eclesiástica es exigido por la voluntad de salvación de Cristo. En mi opinión, el dilema sólo puede resolverse si todas las actividades hechas hasta ahora quedan bajo la reserva de una legitimación posterior y definitiva a cargo de la jerarquía restablecida. De este modo, por ejemplo la celebración de la misa y la administración de los sacramentos sólo puede legitimarse entre tanto merced a que quedan bajo el aspecto de la restitución global de la Iglesia como institución sagrada y se someten al posterior enjuiciamiento a cargo de la autoridad legítima restablecida. Por tanto, la administración y la recepción de los sacramentos (incluida la celebración y la visita de la Santa Misa), al margen de su validez sacramental, serían inautorizadas si se efectuaran sin referencia a esta única legitimación posible.»

Notes/Notas:

engl:
1) According to Canon 954, the consecrator must have 2 more bishops as auxiliary consecrators and not as mere witnesses. This signifies that they are also bound to actively participate in the main ceremonies of the consecration. (cfr. the Constitution «Episcopalis consecrationis’ of Pope Pius XII on Nov. 30 1944 – AAS. XXXVII p. 131-132.) 
2) See CIC, Canon 2370 a: «whenever a bishop consecrates another one without having the necessary Papal mandate cited in canon 953, he is ipso facto suspended as long as the Holy See has not raised the suspension.»
3) See «Open Letter from Mgr. Carmona to Bishop Cortès», Einsicht XII/3, Oct. 1982; «A Letter from Bishop Carmona» XII/4, Dec. 1982; Heller, Eberhard: «Some comments on the consecration of bishops by Mgr. Ngô-dinh-Thuc, XII/3, Oct. 1982, pp. 100. ff; «Where do we stand?» XII/6, March 1983. 
4) This theory was strongly relativised by its author before his death, but to this day it continues to haunt the Verrua Savoià clergy in Italy, notably their rector, Abbé Ricossa.
5) Mgr. Pivarunas was the exception. In making known his intention of consecrating the Abbés Dolan and Dávila, he gave the possibility of disputing the choice of these candidates.
6) M. Jerrentrup has made quite a detailed investigation, on the basis of which it is possible to conclude with certainty that the Orders he has received are quite valid, although it is obvious that his apostolic succession stems from sectarians.
7) It is possible to track down his escapades on Internet.
8) The priests of Ecône, with no logic in their reasoning, unlike the sedevacantists, find themselves in a con-tradictory position from which they cannot extricate themselves. Apart from the erroneous position they maintain (of which they are fully aware), and the superficial level of their studies of the Sacraments and Theology, they do see the necessity of a ruling authority. It is for this reason that they recognize. J.P. II as Pope, but they refuse to obey him because they feel they cannot obey his orders. Now the very fact of imagining that one is not obliged to obey the Pope (i.e. the supreme authority) is a matter of heresy. But, in order to overcome this obstacle of ‘heresy’, the abbés Schmidberger and Aulagnier are soon going to make known to the pope the grounds on which he is allowed to ‘command’ them, in order to ‘permit’ them to ‘obey’ – by far the most elegant solution!
9) More than ample time has been available to focus on this problem since the publication in EINSICHT X/3 in Sep. 1980, of an aritcle by Mgr. G. des Lauriers, «Christus novum instituit Pascha», about it. It discussed the ‘Una Cum’ in the ‘Te igitur’ of the Canon, which stated that the Mass could only be celebrated by mandate of the Supreme Authority and in union with it.

esp:
10) Según el canon 954, en la consagración el consagrador tiene que emplear además a otros dos obispos como asistentes, que sean activos como co-consagradores (y no sólo como testigos), es decir, en lo esencial tienen que correalizar todas las operaciones consagradoras que también ejerce el propio consagrador. (Cfr. sobre el tema la constitución de Pío XII «Episcopalis consecrationis», del 30 de noviembre de 1944, AAS, XXXVII, pp. 131-132)
11) Cfr. CIC, canon 2370 a: «Cuando un obispo le administra a alguien la consagración episcopal sin haber recibido la encomienda papal citada en el canon 953, queda suspendido sin más hasta que la silla apostólica le dispense de este castigo.»
12) Cfr. entre otras fuentes la «Carta abierta de Monseñor Carmona al obispo Cortés», publicada en EINSICHT XII/3 de octubre de 1982; «Una carta del obispo Carmona», XII/4 de diciembre de 1982; Heller, Eberhard, «Einige Anmerkungen zu den von Mgr. Ngô-dinh-Thuc und Mgr. Carmona gespendeten Bischofsweihen», XII/3 de octubre de 1982, pp. 101 ss.; «Wo stehen wir?», XII/6 de marzo de 1983.
13) Esta tesis, que su autor, poco antes de su muerte, si no la revisó, sí que la relativizó fuertemente, sigue andando por las cabezas de la gente de Verrua Saboya, Italia, entre otras en la de Abbé Ricossa.
14) Una cierta excepción la representa Monseñor Pivarunas, quien al menos expuso públicamente la intención de consagrar como obispos a Abbé Dolan y luego al Padre Dávila, y que hizo que se discutiera sobre los candidatos.
15) Sólo las extensas investigaciones del Sr. Jerrentrup han dado el resultado de que no cabe dudar sobre la validez de las consagraciones, aunque él haya construido su sucesión apostólica sobre inequívocos sectarios.
16) Sus salidas pueden seguirse por internet, donde se lleva una cuenta exacta de sus acciones.
17) A diferencia de los sedisvacantistas (consecuentes), los econistas se mueven en una contradicción insuperable. Al margen de ciertas posiciones fallidas y de la ausencia de investigaciones en el ámbito teológico-sacramental, por un lado ellos ven ciertamente la necesidad de la autoridad encomendante. Por eso reconocen por ejemplo a Juan Pablo II como Papa, pero le niegan la obediencia concreta, porque supuestamente no pueden obedecer sus mandatos. El concepto de un Papa (es decir, de la autoridad suprema) al que no se necesita obedecer, responde al estado de herejía. Para superar esta «herejía», los señores Schmidberger y Aulangnier quieren decirle a su Papa lo que les debe o le que les puede ordenar para que ellos puedan obedecer. ¡Con mucho la solución más «elegante»!
18) El debate por el «una cum» en el «Te igitur» del canon, según el cual la misa puede leerse por encomendación y en unidad con la autoridad –cfr. el artículo del P. Guerard des Lauriers «Christus novum instituit Pascha…» en EINSICHT X/3 de septiembre de 1980–, debería haber despertado hace ya tiempo la conciencia del problema. 

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LOS ROMANOS

LOS ROMANOS

La Iglesia romana no jugó un papel significante en el desarrollo del pensamiento cristiano durante este período. No contó con una escuela semejante a los famosos centros científicos del Oriente, a pesar de las frecuentes intervenciones de los papas en las controversias alejandrinas y su solicitud, reflejada en sus cartas, por todo lo que interesaba al mundo cristiano. Durante este período, Roma produjo tan sólo una apología, el Octavius de Minucio Félix. Mas ésta, con ser una elocuente defensa de la fe, apenas alude al aspecto positivo de la fe. Tuvo solamente dos teólogos dignos de mención, Hipólito y Novaciano, ambos antipapas. Sin embargo, en el primero de estos dos podía gloriarse de tener un sabio de la talla de Orígenes por su vasto saber y por la variedad de sus preocupaciones científicas.
El otro fue el primer teólogo romano que escribió en latín. Fue también en la Ciudad Eterna donde salieron a luz dos documentos de suma importancia, el Fragmento Muratoriano, el primer catálogo que se conoce de los libros auténticos del Nuevo Testamento, y la Tradición Apostólica de Hipólito, que es la fuente más rica que poseemos para el estudio de la primitiva liturgia del centro de la cristiandad y de la vida interior de la Iglesia antigua.
Los Comienzos de la Literatura Cristiana Latina en Roma.
En el período que estamos estudiando, el latín fue convirtiéndose gradualmente en la lengua oficial de la Iglesia romana. Las cartas de los papas dejan de escribirse exclusivamente en griego. El papa Cornelio escribió siete cartas en latín a Cipriano, de las cuales se han conservado dos. El papa Esteban, siguiendo este precedente, escribió en latín al mismo destinatario una carta, de la que queda asimismo un fragmento. Es más interesante aún la aparición de una literatura teológica latina. Mientras Hipólito continúa usando el griego, Novaciano, en cambio, compone en un latín culto. Cita, además, en su De Trinitate, una versión latina de la Biblia, que, por consiguiente, existía ya. Sin embargo, los comienzos del latín cristiano en Roma se deben situar en una época mucho más remota de lo que hasta ahora se creía generalmente. Se puede dividir en tres períodos la historia del progreso del latín sobre su rival.
La fase más antigua de la transición se realiza en el plano de la conversación ordinaria. Cuando se predicó la fe en Roma entre los años 30 y 40, la masa de su población no era indígena, sino advenediza. La comunidad cristiana primitiva estaba compuesta predominantemente por orientales. En tales circunstancias, no es de extrañar que el griego, que era el medio ordinario de comunicación, fuera la lengua oficial de la Iglesia y de la liturgia. Parece poderse deducir de numerosas indicaciones que hay en el Pastor de Hermas que hacia el año 150, que es más o menos la fecha de publicación de esta obra, el griego se hablaba cada vez menos en la calle. En efecto, la evolución había progresado tanto, que se hizo la primera versión de la Biblia al latín. De esto dan prueba las citas de la Escritura que se hallan en una versión latina de la Epístola a los Corintios de Clemente, que es de mediados del siglo II.
Las fases segunda y tercera de la transición consisten, respectivamente, en el cambio de la lengua oficial y en el de la lengua litúrgica. Este no se efectuó hasta el pontificado de Dámaso (366-384), mientras que aquél ya se había realizado hacia el 250. Lo prueban las cartas del clero romano durante la vacante producida por la muerte de Fabiano (250-251), las cartas de los papas Cornelio y Esteban y el tratado de De Trinitate de Novaciano.
1. El Octavio
La única apología del cristianismo escrita en latín y en Roma durante el tiempo de las persecuciones es el diálogo Octavio. Se conserva en un solo manuscrito, el Codex Parisinus 1661, saec. IX, como si fuera el libro octavo de la obra de Arnobio Contra los paganos. De hecho, su verdadero autor fue Minucio Félix, como lo testifican Lactancio y San Jerónimo. Lactancio nos da la siguiente información: “Entre los defensores de nuestra fe que conozco, Minucio Félix ocupa un lugar muy distinguido en el foro. Su libro titulado Octavio demuestra qué campeón más excelente de la verdad habría sido de haberse dedicado enteramente a esta clase de estudios” (Div. inst. 5, 1,21). Jerónimo habla de él en varias ocasiones. En el De viris illustribus 58 leemos: “Minucio Félix, distinguido abogado de Roma, escribió un diálogo donde narra una disputa que sostuvieron un cristiano y un gentil; el diálogo se intitula Octavio.”
La escena del diálogo es Roma. Tres personajes toman parte en la discusión: el autor, el abogado Marco Minucio Félix, y sus dos amigos, el cristiano Octavio y el pagano Cecilio. Octavio, que ejercía la misma profesión que Minucio Félix, había venido del África en viaje de visita. Cecilio parece ser natural de Cirta de Numidia, porque habla de Frontón, también de Cirta, como de su conciudadano. La realidad histórica de la conversación es dudosa. El autor toma como modelo los diálogos de Cicerón y se vale de esta forma literaria para presentar la causa del cristianismo frente al paganismo. Sin embargo, no se sigue de ahí que los personajes que toman parte en el diálogo sean ficticios.
A lo que parece, la obra fue escrita en memoria de Octavio, ya muerto, porque el autor empieza evocando la íntima amistad que les había unido. Tenían un solo pensamiento y un solo corazón. Ambos habían abrazado la fe al mismo tiempo.
En los pasatiempos y en los asuntos más serios guardábamos armonía perfecta, idéntica voluntad: hubiérase dicho que teníamos una sola alma dividida entre los dos. El fue confidente de mis amores, colega en mis extravíos religiosos, y, cuando, disipada la ceguera, nacía yo del abismo de las tinieblas a la luz de la verdadera sabiduría, quísome por compañero, y, lo que es más glorioso todavía, me precedió en esta empresa. Al recordar, pues, todo el tiempo de nuestra vida común y de nuestra familiaridad, mi atención se ha fijado, con preferencia, en un grave razonamiento con que atrajo a Cecilio de sus vanas supersticiones a la verdadera religión (1. Excelsa 11, p.36).
La conversación se supone que tuvo lugar durante un paseo a Ostia, famoso lugar de recreo de los romanos. Al pasar por delante de una estatua de Serapis, Cecilio le echó un beso. Este incidente dio origen a una discusión, que tomó la forma de un debate en el foro: Cecilio actuaba de fiscal, Octavio se encargaba de la defensa y Minucio presidía como arbitro en el conflicto entre la fe antigua y la nueva (1-4).
Al llegar al final del muelle, se sentaron, y Cecilio abrió la discusión con una apasionada defensa del paganismo y un violento ataque contra el cristianismo. Como buen filósofo de la Academia, sabe combinar una actitud generalmente escéptica con un entusiasmo por la tradición desprovisto de crítica. Su discurso puede resumirse en estos tres puntos (5-15):
a) En los asuntos humanos, todo es dudoso e incierto y está en suspenso, más bien cuestión de probabilidad que de certeza. La inteligencia del hombre es tan limitada que no puede conocer ni las cosas de arriba ni las de abajo. Pero, si nuestra audacia y avidez tratan todavía de resolver los enigmas del universo, no hay necesidad de recurrir a un dios ni a un creador. Al contrario, el desorden que existe en el mundo físico y moral habla contra una divina providencia. Una casualidad sin ley, caprichosa y llena de azares lo gobierna todo (5).
b) Por lo tanto, lo mejor es aceptar la enseñanzas de nuestros mayores, conservar las creencias que hemos recibido y adorar a los dioses que aprendimos a venerar desde la cuna. Ellos son los que han hecho adelantar los límites del imperio allende las sendas del sol y más allá de los confines del océano (6-7).
c) Es intolerable que haya hombres que estén tan orgullosos y engreídos de su saber que se atrevan a abolir y socavar una región tan antigua, tan útil y tan saludable, como hacen los cristianos. Son ateos, conspiradores que introducen en todas partes un culto obsceno, una promiscuidad de “hermanos” y “hermanas.” Bajo la capa de un nombre sagrado, la simple fornicación se pervierte en incesto. Esta vana y estúpida superstición se gloría en el crimen. Sus doctrinas de un Dios, de la destrucción del mundo por el fuego, de la inmortalidad y resurrección de la carne, del premio y del castigo eterno, son absurdas (5-13).
Octavio contesta a este violento ataque en un tono sereno y persuasivo, siguiendo a su adversario paso a paso. Su refutación va precedida de algunas palabras de Minucio, que advierte a los contrincantes que no se dejen fascinar por el sonido de las palabras e insiste en el fin único del debate, que es la búsqueda de la verdad.
Octavio desarrolla los siguientes puntos:
a) Cuando Cecilio dio rienda suelta a su indignación y se lamentó de que gente analfabeta, pobre e ignorante, como son los cristianos, se metiera a discutir sobre cosas sobrenaturales, deberia haberse acordado de que todos los hombres, sin distinción de edad, sexo o categoría, son creados con la facultad de razonar y entender. El discernimiento no se adquiere con la fortuna, sino que lo implanta la naturaleza. Los ricos, absorbidos por sus negocios, abren sus ojos más al oro que al cielo. Son los humildes los que han meditado en la sabiduría y han transmitido a otros sus enseñanzas. Los que consideran el plan de este gran universo no como el producto de la inteligencia divina, sino como un conglomerado de elementos y átomos reunidos por el azar, no tienen juicio, ni sentido, ni siquiera ojos. Si levantamos nuestros ojos al cielo y vemos todas las cosas que hay debajo, salta a la vista que hay una divinidad que inspira, mueve, alimenta y dirige toda la naturaleza. Este poder supremo no puede ser susceptible de división, sino que tiene que ser uno. Dios, es verdad, no puede ser visto con ojos humanos, pues es demasiado brillante para la vista. Pero existe, como existe el sol, en el que tampoco podemos fijar nuestros ojos. En esto los poetas y filósofos paganos están de acuerdo con los cristianos, de manera que podríamos llamar filósofos a los cristianos de hoy, y cristianos a los filósofos de antaño (14-19).
b) Por eso no debemos dejarnos cautivar por nuestras fábulas ni descarriar por una tradición ignorante. La religión pagana es una mezcla fantástica de mitos y misterios repugnantes inmorales. Ciertamente no ha sido esta superstición la que ha dado a los romanos, el imperio del mundo. Todo lo que ellos tienen, ocupan y poseen es el botín de la violencia. Sus templos son fruto del botín de las ciudades que arruinaron. No es la religión lo que ha hecho grandes a los romanos, sino la impunidad de sus sacrilegios (20-27).
c) Las acusaciones relativas a la conducta y creencias de los fieles son calumnias que han propalado los demonios. Las principales doctrinas del cristianismo se pueden demostrar con argumentos de razón, como lo certifican los mismos filósofos paganos. El comportamiento de los fieles es su mejor apología. No predican grandes cosas, pero las viven (28-38).
Después de esta demostración magistral no había necesidad de arbitro. Cecilio mismo se declara convencido sobre los puntos principales. Las dificultades de menor envergadura se dejan para más tarde. Minucio se siente aliviado al verse dispensado de la odiosa tarea de dar sentencia. El diálogo termina con estas palabras: “Seguimos luego nuestro camino, contentos y felices, Cecilio por haber hallado la fe, Octavio por haber ganado una victoria y yo por la fe del uno y la victoria del otro” (40).
Esta deliciosa defensa del cristianismo ha sido admirada siempre por su nobleza y elegancia. El autor muestra una notable imparcialidad hacia los puntos de vista paganos. Aun cuando refuta las calumnias que se aducían contra los cristianos, procura evitar todo lo que pueda parecer ofensivo. El diálogo está bien llevado. La presentación es agradable. Hay claridad de expresión. La materia está bien distribuida. No hay digresiones. Todas estas cualidades contribuyen a hacer del Octavius la más bella apología de la Iglesia primitiva. Su estilo pulido, sus períodos bien equilibrados y su atención meticulosa a las reglas clásicas del ritmo de la prosa hacen recordar mucho a Cicerón. Cicerón fue, sin duda alguna, su modelo. El De natura deorum no sólo le proporcionó la trama del libro, sino que todo un pasaje (1,25-42) reaparece al pie de la letra en el Octavio (c.19). También utilizó otros escritos del maestro, especialmente De divinatione y De republica. También toma bastante de Séneca. La ética del diálogo tiene muchos puntos de contacto con el ideal de la filosofía estoica. Cita varias veces a Platón. Hay reminiscencias de Hornero, Jenofonte, Floro, Horacio, Juvenal, Lucrecio, Marcial, Ovidio, Salustio, Tibulo y Virgilio. Por lo que toca a fuentes cristianas, se advierten numerosas analogías con los primeros apologistas, por ejemplo, Justino, Taciano, Atenágoras y Teófilo; mas esas semejanzas no son lo suficientemente acusadas como para poder probar una dependencia verdadera. El Octavius no cita ni un solo pasaje de la Escritura. La explicación más probable de esta anomalía es que Minucio se proponía, ante todo, convencer a los paganos cultos, y, a los ojos de éstos, la Escritura no tenía ningún valor probativo. Por la misma razón, probablemente, el diálogo contiene muy pocos elementos característicos de la verdad revelada. La doctrina de Dios corresponde a la concepción estoica. El monoteísmo y la fe en la inmortalidad del alma son los dos polos alrededor de los cuales gira la filosofía del autor. El cristianismo se presenta a sus ojos como una moral práctica.
Para determinar la fecha de composición del Octavius es importante observar la estrecha relación de ideas y expresiones que guarda con el Apologeticum de Tertuliano, escrito hacia el 197, y, en algunos casos, con el Ad nationes del mismo autor. Estas analogías parecen probar que hay dependencia entre los dos tratados. Pero dista aún mucho de estar definitivamente resuelta la difícil cuestión de prioridad, que ha sido largamente discutida por los sabios. San Jerónimo (De vir. ill. 53.58; Epist. 70,5) concede la prioridad a Tertuliano, pero hay muchas razones en favor de la opinión contraria.
2. Sobre el destino (De fato).
En su Octavio, Minucio Félix se refiere a un tratado De fato que tenía intención de escribir más tarde: “Pero sobre el destino basta por ahora. Reservamos este asunto para una discusión más completa y extensa en otro lugar” (36,2). Si lo escribió, se ha perdido el escrito. San Jerónimo (De vir. ill. 58) conoció un libro De fato vel contra mathematicos, atribuido a Minucio Félix, pero duda de su autenticidad: “Circula también bajo su nombre otra obra, Del hado o contra los matemáticos; pero este tratado, aunque debido a la pluma de un hombre de talento, no me parece que corresponde al estilo de la obra ya mencionada (Octavio).”
Hipólito de Roma.
Cuando Orígenes visitó la comunidad cristiana de Roma hacia el año 212 oyó en una iglesia un sermón Sobre la alabanza de nuestro Señor y Salvador. El predicador era el sacerdote romano Hipólito, que más tarde fue el primer antipapa. Pero murió mártir (235) y es venerado por la Iglesia como santo hasta nuestros días. Hay muchas razones para creer que no era natural de Roma, ni siquiera latino de origen. Sus sorprendentes conocimientos de la filosofía griega desde los orígenes hasta su época, su familiaridad con los misterios griegos, toda su psicología están indicando que procedía del Este. Su postura teológica y el parentesco que se advierte entre su doctrina del Logos y la de los teólogos griegos demuestran que recibió una formación helenística y que estaba relacionado con Alejandría. Es griego en la expresión y en el pensamiento. De hecho, es el último autor cristiano de Roma que emplea este lenguaje. Su producción literaria es comparable en volumen a la de su contemporáneo Orígenes, pero no así en profundidad y originalidad de pensamiento. Se interesa más de cuestiones prácticas que de problemas científicos. El campo de sus preocupaciones es más amplio que el del maestro alejandrino y se extiende a problemas que Orígenes jamás abordó. Publicó tratados antiheréticos, una Crónica, un Ordo eclesiástico y hasta poesía religiosa. Según Focio (Bibl. Cod. 121), Hipólito, en una de sus obras perdidas, afirmaba ser discípulo de Ireneo. De ser esto así, participó ciertamente del celo de su maestro por la defensa de la doctrina católica contra las herejías. Sin embargo, al atacar violentamente el modalismo trinitario y el patripasianismo de Noeto, Cleomenes, Epígono y Sabelio, fue demasiado lejos y sostuvo una teología del Logos que adolecía de tendencias subordinacionistas. Cuando el papa Calixto mitigó la disciplina para los penitentes que se habían hecho culpables de pecado mortal, el ambicioso y austero Hipólito le reprochó que, con su lenidad, se separaba de la tradición de la primitiva Iglesia. Acusó, además, a Calixto de ser discípulo de Sabelio y hereje, y, con algunos de sus partidarios, se separó de la Iglesia. Fue elegido obispo de Roma por un círculo reducido, pero influyente, convirtiéndose así en el primer antipapa. Incluso cuando a Calixto sucedió Urbano (223-230), y a éste Ponciano (230-235), el cisma continuó, hasta que Maximino el Tracio desterró a ambos, a Ponciano e Hipólito, a Cerdeña, donde parece que se reconciliaron. Ponciano renunció al pontificado el 28 de septiembre del 235, a fin de que la comunidad de Roma pudiera elegir un sucesor. Hipólito debió de hacer otro tanto con su cargo, y parece que volvió al seno de la Iglesia antes o después de haber salido de Roma. La comunidad reunida eligió a Anteros (235-236). Ponciano e Hipólito murieron poco después en la “isla de la muerte.” El papa Fabián (236-250) hizo trasladar sus cuerpos a Roma, donde fueron solemnemente inhumados, el papa Ponciano en la cripta papal de San Calixto, Hipólito en el cementerio de la vía Tiburtina, que aún lleva su nombre. Los funerales se celebraron el mismo día, 13 de agosto del 236 ó 237. La Iglesia sigue conmemorando a Hipólito en este mismo día. La lista más antigua de mártires, la depositio martyrum, del año 354, señala para los idus Aug., Ypoliti inTiburtina et Pontiani in Callisti (EH 544,7; 547,19). El papa Dámaso decoró la tumba de Hipólito con una inscripción. En e»a hace notar que había sido discípulo de Novaciano (sic), pero que luego fue mártir, después de aconsejar a sus seguidores que se reconciliaran con la Iglesia (EH 590). En el Museo Laterano de Roma se conserva la famosa estatua de San Hipólito descubierta el año 1551. Probablemente se la levantaron en el cementerio subterráneo donde enterraron a Hipólito o en la cercana basílica. Tiene todas las características de una estatua ejecutada en el siglo III. Fue erigida por sus admiradores. En la silla en que está sentado el santo aparecen grabadas su tabla pascual y una lista completa de sus obras.
I. Sus Obras.
Los escritos de Hipólito sufrieron la misma suerte que los de Orígenes, aunque por razones distintas. De sus numerosas obras se conservan muy pocas en su texto original griego. La pérdida del texto original se debe atribuir a la cristología herética del autor y a su condición de cismático, pero sobre todo al hecho de que, después de su muerte, el conocimiento del griego fue desapareciendo gradualmente de Roma. Afortunadamente, muchas de sus obras han sobrevivido, íntegramente o en fragmentos, en traducciones latinas, siríacas, coptas, árabes, etiópicas, armenias, georgianas y eslavas. La cantidad y variedad de traducciones orientales proclaman la fama que conservó su nombre en Oriente, de tal suerte que le fueron atribuidos, además, muchos tratados espúreos.
Durante los últimos años, las obras de Hipólito han sido objeto de discusiones y controversias muy vivas. P. Nautin se propuso demostrar, con una mezcla de rigor científico y de espíritu combativo, que Hipólito no es el autor de los Philosophumena, designados también con el título de Elenchos o Refutatio. No niega que exista una relación entre el Canon pascual, los libros inscritos en la estatua de la vía Tiburtina, el tratado Sobre el Universo y el Elenchos. Sin embargo, su autor no sería Hipólito de Roma, sino un tal Josipo, desconocido hasta ahora. P. Nautin identifica a este Josipo con el Josephus mencionado como el autor del tratado Sobre el Universo en una copia utilizada por Focio (Bibl. Cod. 48), con el Josephus de que se habla en el De mundi creatione de Juan Filópono y con aquel otro que en los Sacra Parallela de San Juan Damasceno se menciona como autor del tratado Contra Platón sobre el Universo. P. Nautin no niega la posibilidad de que el nombre de Josipo se deba a un grave error del primer copista, que de esta manera habría entrado en las tres fuentes. Afirma, sin embargo, que “la distinción de este Josipo y de Hipólito nos permite hacernos una idea más exacta del uno y del otro.” Nautin distingue, pues, dos grupos en el Corpus de los escritos atribuidos a Hipólito. El primero comprende el Elenchos, el fragmento Sobre el Universo y la Synagogé o Crónica de la historia del mundo. Este grupo debería atribuirse al presbítero romano y antipapa Josipo. Es a este mismo Josipo a quien habrían erigido sus partidarios la célebre estatua con la lista de sus tratados. El segundo grupo comprende los tratados el Anticristo, el Comentario sobre Daniel, el Comentario sobre el Cantar de los Cantares, las Bendiciones de Jacob y de Moisés, el Syntagma, con el fragmento Contra Noetum a manera de conclusión, el fragmento de Verona de la Constitución eclesiástica editada por Hauler. Estos son, según Nautin, los escritos auténticos de cierto Hipólito, obispo oriental sin duda alguna. La estatua no puede representar a Hipólito, porque en el catálogo que da no se citan sus obras más conocidas, especialmente el Anticristo y el Comentario sobre Daniel.
No se puede poner en tela de juicio que Nautin ha demostrado satisfactoriamente que muchas de las atribuciones modernas de Hipólito están desprovistas de fundamento. Sin embargo, en general, sus conclusiones no han conseguido la adhesión de la mayoría de los eruditos, que siguen considerando las listas de escritos que nos dan Eusebio y San Jerónimo como documentos de primer orden, y la estatua del Museo de Letrán como un monumento erigido a Hipólito de Roma.
B. Capelle, M. Richard, J. Daniélou, G. Bardy, B. Botte, S. Giet y otros han demostrado que las obras que Nautin divide en dos grupos tienen numerosos puntos comunes en cuanto a estilo y vocabulario, y que no se pueden atribuir a dos autores distintos, sino que deben proceder de una sola mano. Con todo, la controversia dista aún mucho de estar zanjada.
1. Los Philosophumena.
La obra más preciosa de Hipólito son los Philosophumena o Refutación de todas las herejías. El autor la llama al principio del primer libro ?at? pas?? a???se?? ??e????.
El conjunto de la obra comprende diez libros. El autor (9,3) no aplica el nombre de Philosophumena, o Exposición de las doctrinas filosóficas, más que a los primeros libros, que tratan de la filosofía de los griegos. Ese titulo no se puede aplicar al resto de la obra. Ninguna lista de los escritos de Hipólito, ni la de Eusebio (Hist. eccl. 6,22), ni la de Jerónimo (De vir. ill. 61), ni la de su estatua, mencionan este escrito, el más importante de Hipólito. El primer libro se conocía desde 1701, pero pasaba como obra de Orígenes, a quien le atribuían todas las ediciones impresas. Los libros 2 y 3 no se han encontrado todavía, pero los libros 4-10 los descubrió Minoides Mynas, en 1842, en un códice griego del siglo XIV, que entonces pertenecía al monasterio del Monte Atos y ahora se conserva en París. Fueron publicados (juntamente con el libro i) por primera vez en Oxford, en 1851, por M. E. Miller, pero siempre bajo el nombre de Orígenes. El año 1859, los Philosophumena fueron, finalmente, restituidos a Hipólito en la edición de L. Dunker y F. G. Schneidewind. En el proemio y en otros dos lugares (10,32 y 10,30), el autor remite al Syntagma, a la Esencia del Universo y a la Crónica como a escritos que había publicado anteriormente. Ahora bien, sabemos que estas tres obras pertenecen a Hipólito. Su paternidad fue aceptada comúnmente hasta que P. Nautin la puso recientemente en duda, pero, al parecer, sin dar razones decisivas.
En cuanto al contenido y en cuanto al método, el autor depende de su maestro, Ireneo. La introducción describe el contenido, plan y división de la obra:
Probaremos que (los herejes) son ateos, tanto en sus opiniones como en su modo (de tratar una cuestión). Mostraremos cuál es el origen de sus empresas y cómo han tratado de establecer sus creencias, sin tomar nada de las Sagradas Escrituras. No ha sido tampoco por respetar la tradición de un santo que ellos se lanzaron de cabeza a todas estas teorías. Antes bien, probaremos que sus doctrinas las sacaron de la sabiduría de los griegos, de las conclusiones de los autores de sistemas filosóficos, de los pretendidos misterios y de las divagaciones de los astrólogos. Parécenos, pues, oportuno exponer en primer lugar las opiniones que emitieron los filósofos griegos y probar a nuestros lectores que son más antiguas que aquéllas (las herejías) y más dignas de respeto sus ideas sobre la divinidad. Compararemos luego cada herejía con el sistema del respectivo filósofo, con lo que se echará de ver que el primer fautor de la herejía se sirvió de estos esbozos y los adaptó para su provecho, apropiándose sus principios. Empujado por ellos hacia lo peor, ha construido su propia doctrina. La empresa, es verdad, exige gran trabajo y largas investigaciones. No nos debe, pues, faltar el valor… Para comenzar, pues, declararemos quiénes fueron entre los griegos los primeros en señalar los principios de la filosofía natural. De ellos especialmente tomaron furtivamente sus opiniones los que comenzaron a propalar estas teorías. Lo probaremos luego, cuando comparemos los unos con los otros. Asignaremos a cada uno de los que han jugado papel de jefe entre los filósofos las doctrinas que les son propias y pondremos de manifiesto la desnudez e indecencia de estos heresiarcas (Proem.).
En este resumen aparece claramente todo el plan de la obra. La intención del autor es demostrar el carácter no cristiano de las herejías, probando su dependencia de la filosofía pagana. Por eso la Refutación consta de dos partes. La primera, que comprende los libros 1-4, trata de los diferentes sistemas paganos. El libro primero es un resumen bastante mediocre de la historia de la filosofía griega desde Tales a Hesíodo. El autor se sirvió de fuentes secundarias y de escaso valor. Los libros segundo y tercero se han perdido. Trataban de las religiones de misterios y de la mitología de los griegos y de los bárbaros. El cuarto libro está consagrado a la astrología y a la magia. La segunda parte de la obra, libros 5-9, refuta las herejías relacionando cada una de las 33 sectas gnósticas con uno de los sistemas filosóficos o paganos mencionados en la primera parte. El libro 10 hace un resumen de todo lo que precede y propone luego una cronología de la historia judía y hace una exposición de la verdadera doctrina. Los libros 5-9 son superiores a los demás, porque en ellos el autor se halla en su propio terreno y da muestras de un sentido crítico más seguro. Depende en gran medida del tratado de Ireneo, Adversas haereses, pero ciertamente usó varias obras gnósticas que ya no existen. Por esta razón la Refutación sigue siendo una de las fuentes más importantes para la historia del gnosticismo. El autor parece indicar (9,12) que el papa Calixto había muerto ya cuando él compuso este tratado. Su composición, pues, tiene que ser posterior al año 222.
2. El Syntagma o Contra las herejías.
Mucho antes de escribir su Philosophumena o Refutación de todas las herejías, Hipólito había compuesto una obra que Eusebio llama (Hist. eccl. 6,22) Contra todas las herejías, San Jerónimo (De vir. ill. 61) Adversum omnes haereses, pero Focio (Bibl. cod. 121) Syntagma, o, para ser más exactos, “Syntagma contra treinta y dos herejías, de Hipólito, discípulo de Ireneo.” Da la siguiente descripción:
Empieza con los dositeanos y continúa con las herejías de Noeto y los noecianos, que, dice, fueron refutadas por Ireneo en sus conferencias. La presente obra es un resumen de estas conferencias. El estilo es claro, un tanto severo y exento de redundancias, aunque no manifiesta ninguna tendencia hacia el aticismo (ibid.).
Esta referencia es muy valiosa, porque el original se ha perdido. Sin embargo, se puede reconstruir con los fragmentos que se han conservado. Se puede rehacer el catálogo de las treinta y dos herejías de que trataba Hipólito en el Syntagma consultando los escritores posteriores que utilizaron esta obra. R. A. Lipsius ha demostrado que la lista de las falsas doctrinas estampada al final del De praescriptione (46-53) de Tertuliano no es más que un resumen del susodicho tratado de Hipólito y que Epifanio, en su Panarion, y Filastrio, en su Liber de haeresibus, se sirvieron ampliamente de él. Parece, pues, que este pequeño tratado tuvo mayor influencia sobre las generaciones posteriores que los Philosophumena. El Syntagma pertenece al primer periodo de la vida de Hipólito, cuando Ceferino era obispo de Roma (199-217). Se hace mención de él en el prefacio de los Philosophumena (1,20).
3. El anticristo (?e?? t?? ??t????st??).
De sus tratados dogmáticos no ha llegado hasta nosotros completo más que el De antichristo, compuesto hacia el año 200. Se conserva en su texto griego. Va dirigido a un tal Teófilo, a quien el autor llama querido hermano.” Hipólito da primeramente un resumen de la obra (c.5); anuncia que piensa tratar de las siguientes cuestiones:
En qué consistirá la venida y cómo se producirá; en qué ocasión y en qué momento se revelará ese impío; de dónde vendrá y de qué tribu; cuál es su nombre, ese nombre indicado con números en la Escritura; cómo inducirá a los seres humanos a error, reuniéndolos de los confines de la tierra; cómo provocará tribulaciones y persecuciones contra los santos; de qué manera se ensalzará a sí mismo como dios; cuál será su fin y cómo se revelará en el cielo la repentina aparición del Señor; qué cosa será la conflagración del universo; cuál será el glorioso y celestial reinado de los santos cuando reinen juntamente con Cristo, y cuál será el castigo de los culpables por el fuego.
Como muchos de sus contemporáneos consideraban a Roma como el imperio del anticristo, el autor demuestra que Roma representa solamente el cuarto poder de la visión de Daniel y que la aparición del anticristo vendrá después. Su venida no es, pues, inminente, a pesar de la nueva persecución de los cristianos bajo Septimio Severo. Este tratado representa, en la literatura patrística, la disertación de mayor envergadura sobre el problema del anticristo. En algunas de sus opiniones Hipólito se muestra discípulo de Ireneo, pero en otras se aparta considerablemente de él.
La autenticidad de este escrito está bien establecida, pues el propio Hipólito se la atribuye a sí mismo en su Comentario a Daniel (4,7,1; 13,1). El texto griego se conserva en tres manuscritos. Existen también una versión en eslavo antiguo y otra en georgiano y fragmentos en armenio.
4. Tratados exegéticos
Al igual que su contemporáneo Orígenes, Hipólito compuso numerosos comentarios sobre los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. También tiene de común con el alejandrino que en la interpretación de las Escrituras sigue el método alegórico y tipológico. Hay, sin embargo, una notable diferencia en las aplicaciones: las de Orígenes son místicas; las de Hipólito, más sobrias. De su producción exegética nos queda muy poco.
a) El Comentario sobre Daniel.
Es el que se conserva en mejor estado. El texto íntegro nos ha llegado en una traducción en eslavo antiguo, y la mayor parte del texto original griego, en fragmentos. Existe una divergencia de opiniones en cuanto a la fecha de su composición. Según P. Nautin, es probablemente posterior al año 235, ciertamente posterior a 222. Sin embargo, muchos pasajes dan a entender que Hipólito lo compuso estando todavía bajo la impresión causada por la persecución de Septimio Severo, que empezó el año 202. Por ésta y otras razones se ha creído hasta aquí que la obra fue compuesta hacia el 204; M. Richard ha sostenido esta misma fecha recientemente. En este caso, el Comentario sobre Daniel sería el primer tratado exegético conocido de la Iglesia cristiana que poseemos.
El Comentario está dividido en cuatro libros. Como base para su comentario, el autor usa la versión griega de Teodoción, que incluye las secciones deuterocanónicas. El primer libro trata de la historia de Susana. El autor ve en ella la figura de la Esposa inmaculada de Cristo, la Iglesia, perseguida por dos pueblos, los judíos y los paganos:
Susana era figura de la Iglesia, y Joaquín, su esposo, de Cristo. El jardín “que estaba cerca de su casa” figuraba la sociedad de los santos, plantados cual árboles fructíferos en medio de la Iglesia. Babilonia es el mundo. Los dos ancianos representan en figura a los dos pueblos que conspiran contra la Iglesia, el de la circuncisión y el de los gentiles. Las palabras “fueron constituidos en jueces, que parecían gobernar al pueblo” significan que en este mundo ellos ejercen la autoridad y el poder, juzgando a los justos injustamente… ¿Cómo pueden, en efecto, juzgar rectamente los enemigos y destructores de la Iglesia, cómo pueden mirar al cielo con corazón puro, siendo esclavos del príncipe de este mundo?… Estos dos pueblos, instigados por Satán, que obra en ellos, no cesan de maquinar persecuciones y tribulaciones contra la Iglesia. Buscan la manera de destruirla, pero no se entienden entre sí (1,14-15)… Cuando la bienaventurada Susana oyó estas palabras (de los ancianos), sintió gran dolor en su corazón y mantuvo cerrada su boca, pues no quería ser deshonrada por viejos perversos. Ahora bien, como se puede ver en toda verdad, lo que acaeció a Susana lo ves realizado todavía hoy en la Iglesia. Porque cuando los dos pueblos se unen para seducir a los santos, están al acecho, esperando una ocasión propicia; entran entonces en la casa de Dios, cuando todos están orando y cantando himnos a Dios; toman a algunos de ellos, los sacan fuera y les hacen violencia, diciendo: “Venid, tened comercio con nosotros y adorad a los dioses. Si no consentís, daremos testimonio contra vosotros.” Y cuando ellos rehúsan, los arrastran a los tribunales y los acusan de obrar contra los decretos del César, y los hacen condenar a muerte (ibid. 20).
El libro segundo identifica los cuatro reinos mencionados en Daniel, 2 y 7, con los imperios babilonio, persa, griego y romano. El tercero trata de la cuestión crucial de su tiempo: las relaciones de los cristianos con el Estado. En el libro cuarto (c.23) aparece por primera vez en la literatura patrística el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Cristo y el 25 de marzo como la de su muerte. El autor afirma que Cristo nació en miércoles, 25 de diciembre, el año 42 del emperador Augusto. De ser auténtico este pasaje, sería de suma importancia para la historia de la fiesta de Navidad; pero parece ser una interpolación, aunque muy antigua.
b) El Comentario sobre el Cantar de los Cantares.
El texto completo se conserva sólo en georgiano, pero existen fragmentos en griego, eslavo, armenio y siríaco. A pesar de que en la versión georgiana el Comentario llega solamente hasta Cant. 3,7, puede, con todo, representar el tratado entero. Esta traducción se conserva en un manuscrito del siglo X, pero data de una época mucho más antigua. Es traducción literal de una versión armenia, hecha directamente sobre el original griego.
El tono del Comentario es oratorio y hay varios pasajes que dan la impresión de que el autor se está dirigiendo a una asamblea. Parece, pues, que el tratado es una colección de homilías. La interpretación es alegórica y recuerda un comentario de Orígenes sobre el mismo libro. El Rey del Cantar es Cristo, y su Esposa, la Iglesia. Pero, a veces, igual que en Orígenes, la esposa del Cantar representa al alma enamorada de Dios. Esta alegoría influyó poderosamente en toda la exégesis posterior del Occidente, hasta en el misticismo de la Edad Media. San Ambrosio, en su comentario al salmo 118. utilizó ampliamente la obra de Hipólito.
c) Sobre las bendiciones de Isaac, Jacob y Moisés.
Los comentarios sobre Génesis 27 y 49, que contienen las bendiciones de Isaac y de Jacob, se conservan en el original griego y en una traducción armenia y en otra georgiana.
El comentario sobre Deuteronomio 33 (la bendición de Moisés j se conserva en una traducción armenia, en otra georgiana y en dos cortos fragmentos del texto griego original. Desde el principio hasta el fin, la exégesis de estos comentarios es tipológica. Difiere de la de Orígenes, contemporáneo de Hipólito, como también difiere de la exégesis de la futura escuela de Antioquía; muestra, en cambio, numerosos puntos de contacto con la exégesis de Justino, Ireneo y Tertuliano.
d) La Historia de David y Goliat.
Es una homilía sobre 1 Reyes 17, que se conserva en una traducción armenia y en otra georgiana.
e) Homilía sobre los Salmos.
El manuscrito Brit. Mus. syr. 860 (add. 12154) contiene bajo el nombre de Hipólito una introducción bastante extensa al Salterio, que publicó P. de Lagarde y tradujo al alemán H. Achelis. Éstos dos autores consideraban perdido el texto original. Recientemente se ha identificado este texto con una homilía sobre los títulos de los salmos, descubierta en las Catenae griegas sobre los salmos y editada el año 1887 por Pitra. Como las Catenae no mencionan el autor, se echó en olvido la sugerencia hecha por Pitra en el sentido de que esta homilía podría ser de Hipólito, hasta que la recordó el cardenal Mercali y P. Nautin consiguió establecer la paternidad de Hipólito.
El contenido indica que a la homilía precedía la lectura litúrgica de los salmos 1 y 2. El autor explica en su introducción que se cree obligado a hablar primeramente de los salmos en general, para demostrar que tienen un significado profundo y sólido. Y esto con tanta más razón cuanto que un salmo ha sido echado a perder por una nueva herejía, cuyo error no ha sido reconocido todavía. Así, pues, la homilía comprende dos partes, la primera sobre el salterio en general, la segunda sobre los salmos 1 y 2.
La primera prueba, contra esta nueva herejía, que David es el autor del salterio, aun cuando no todos los salmos hayan sido compuestos por él. Demuestra también que los títulos de los salmos tienen un sentido espiritual y forman una unidad con los correspondientes salmos. El autor combate, pues, la teoría de quienes suponen que esos títulos fueron añadidos más tarde y que están desprovistos de toda inspiración.
La segunda parte comenta los dos salmos que se acaban de leer. El autor explica por qué son los dos primeros del salterio y no llevan título. Son los primeros porque tratan de Cristo, y Cristo es el principio de todas las cosas. El salmo 1 describe su nacimiento, y el salmo 2, su pasión. Tratándose de dos acontecimientos que los profetas anunciaron suficientemente, David no creyó necesario indicar con encabezamientos especiales el contenido de estos salmos. La brevedad de la segunda parte da pie a pensar que el texto original era probablemente más extenso y que ha desaparecido la terminación de la homilía. La ausencia de toda doxología invita a pensar lo mismo. La estatua de Hipólito, en la lista de sus escritos, menciona un tratado sobre los salmos (els t?\>$ ?a?µ???), y San Jerónimo (De vir. ill. 61) conoce esta obra, que él titula De Psalmis. Queda por resolver la cuestión: ¿Quién es el hereje que Hipólito quiere refutar en esta homilía? P. Nautin vuelve aquí a su teoría y supone que Hipólito se refería al antipapa Josipo, a quien el mismo Nautin atribuye la estatua mencionada más arriba. Esta teoría no ha encontrado hasta el momento bases suficientes.
Las siguientes obras exegéticas se han perdido, a excepción de algunos fragmentos: Los seis días de la creación, Qué siguió a los seis días, La bendición de Isaac, La bendición de Balaam, El cántico de Moisés, El libro de Rut, Elcana y Ana, La pitonisa de Endor, Los Proverbios, Eclesiastés, parte de Isaías, partes de Ezequiel, Zacarías, partes de Mateo, Los dos ladrones, La parábola de los talentos, El Apocalipsis.
5. Tratados cronológicos.
a) La Crónica (???????? ß?ß????).
El año 234, Hipólito compuso una crónica de la historia del mundo, que abarca desde la creación al año de su composición. Lo escribió para calmar la ansiedad de los que creían en la proximidad del juicio final y del milenio. En efecto, estas teorías turbaban el ánimo de muchos cristianos durante las duras persecuciones de que eran objeto. Deseando disipar estas preocupaciones, Hipólito tomó el trabajo de probar de tres maneras diferentes que, al momento de escribir su Crónica, habían pasado solamente cinco mil setecientos treinta y ocho años desde la creación del mundo. Como el mundo debía durar seis mil años, su fin estaba todavía muy lejos. Una de las partes más importantes del libro es el Diamerismos o ‘División’ de la tierra entre los hijos de Noé (Gen. 10). Por los detalles que da en esta sección, los escritores posteriores hicieron mucho uso de la Crónica. Incluye también el Stadiasmos, o medida en estadios, de la distancia entre Alejandría y España, con una descripción de los puertos, de los lugares donde se podía obtener agua potable, de las costas del Mediterráneo y otras informaciones de valor para un capitán de barco, o sea, una especie de guía de navegación. Todos estos datos los tomó, sin duda, de manuales helenísticos. Pero, en conjunto, su fuente principal es la Biblia. En parte se inspira también en la Crónica de Julio Africano, que apareció el año 221, y en la sección cronológica de los Stromateis de Clemente de Alejandría (109-136). Lo único que queda del texto original griego son unos pocos fragmentos; uno de ellos, de considerable extensión, fue hallado por A. Bauer en un manuscrito de Madrid del siglo X; otro, del siglo VII, se conserva en Oxyrh. papyrus 0.870 (vol.6,176). Existen, además, tres versiones latinas independientes, los Excerpta Barbari y los dos Libri generationis. La primera de estas dos que se encuentran en los Libri generationis es una traducción bastante fiel, basada, según parece, en el original que sirvió para la traducción armenia editada por B. Sargisean.
b) El Cómputo pascual.
En la lista grabada en la silla de la estatua de Hipólito aparece un tratado intitulado Determinación de la fecha de Pascua (?p?de??? ?????? t?? p?s?a). Se trata evidentemente de la misma obra de que habla Eusebio en su Historia eclesiástica (6,22,1):
Por este mismo tiempo Hipólito compuso, además de otros muchos comentarios, un tratado Sobre la Pascua, en el que establece cálculo de los tiempos y propone un canon de un ciclo de dieciséis años para la Pascua, determinando las fechas a partir del año primero del emperador Alejandro.
De este pasaje se desprende que la obra fue escrita el año 222. Las tablas pascuales grabadas en la parte lateral de la silla están tomadas de ella y abarcan desde el año 222 al año 233, y representan el fragmento más importante de todos los que se conservan. La intención del autor era liberar a la Iglesia del calendario judío y calcular científicamente la luna llena de Pascua. Fracasó en su intento, porque ya en el año 237 su solución no concordaba con los datos astronómicos. Esta es una prueba de que la famosa estatua debió de erigirse antes de ese año. Fuera del pasaje copiado en la silla, quedan muy pocos y pequeños fragmentos griegos y siríacos. Para corregir el ciclo de Hipólito, un autor anónimo compuso el año 243 una obra llamada De Pascha computu; se halla entre los escritos de San Cipriano (véase p.644s.).
6. Homilías.
La mayoría de los comentarios exegéticos de Hipólito son de carácter homilético; los escribió para la edificación de los fieles, de manera que es casi imposible trazar una línea de separación entre las obras exegéticas y las homiléticas. Sin embargo, algunos sermones merecen ser mencionados aquí.
a) Sobre la Pascua (Els t? áyiov p?s?a)
Eusebio (Hist. eccl. 6,22,1) menciona dos obras de Hipólito sobre la Pascua. Una de ellas es su Determinación de la fecha de Pascua, de la que acabamos de hablar; la otra se consideraba perdida, hasta que Ch. Martin creyó haberla descubierto en 1926 entre los sermones del Crisóstomo (PG 59, 375-746). Diez años más tarde publicó él mismo una parte importante de esta obra de un palimpsesto de Grottaferrata del siglo VIII o IX, el Codex Cryptoferratensis B. a. LV, que la atribuye expresamente a “Hipólito, obispo de Roma y mártir.” Así, pues, la identificación no parecía ofrecer ninguna duda. Pero, recientemente, P. Nautin ha probado que su teología es decididamente antiarriana, pues insiste en que ni la divinidad ni la humanidad de Cristo han quedado disminuidas, aunque atribuya a la humanidad “una naturaleza angélica.” Esta clase de consideraciones es completamente ajena al pensamiento de Hipólito. El escrito, además, subraya con particular énfasis la voluntad del Logos en la encarnación, al paso que Hipólito considera solamente la voluntad del Padre. Finalmente, la doxología final menciona sólo a Cristo, mientras que las numerosas fórmulas de este género que se encuentran en Hipólito nunca dejan de mencionar también a la primera Persona. Según Nautin, todos estos indicios apuntan al siglo IV. Ch. Martin ya no sostiene la paternidad de Hipólito, pero sigue persuadido de que la homilía es del siglo III, y no del IV. A pesar de todo, el hallazgo de Ch. Martin continúa siendo de importancia, porque ha probado con certeza que la fuente principal de esta obra es Hipólito. Esto nos permite hacernos alguna idea del contenido de su Homilía sobre la Pascua. El sermón que poseemos, lo mismo que su modelo del siglo III, toma como texto Éxodo 12,1-14.43-49, la narración de la institución de la Pascua que prepara la liberación de Israel, y demuestra frase por frase cómo estos sucesos fueron figura de nuestra redención. Es una proclamación triunfal del plan divino de salvación, que toma casi la forma de un himno. Cristo mismo es la Pascua, y no participó, naturalmente, en ella. Sigue luego una descripción del descenso al limbo y de la victoria del Salvador. También se dice que la Pascua cae el 14 de Nisán.
b) Sobre la alabanza del Señor, nuestro Salvador
Esta homilía, que, según afirma San Jerónimo (De vir. ill. 61), predicó Hipólito en presencia de Orígenes cuando éste visitó Roma, se ha perdido. Hasta el presente no se ha recobrado ningún fragmento.
c) Homilía sobre la herejía de Noeto (?µ???a e?? t?? a??es?? ???t?? …).
Existe un extenso fragmento (Cod. Vaticanus 2431, saec. XII) que lleva este título, pero no parece justo conservarle el nombre de “homilía” que le da. No es una homilía, sino parte, tal vez el final, de un tratado antiherético. Focio, en el resumen que da del Syntagma (véase p.459), dice que esta obra terminaba con una exposición de la herejía de Noeto. Por esta razón, alguno ha emitido la hipótesis de que esta homilía sería la sección final del Syntagma; pero la cita es demasiado larga para que pueda pertenecer a una obra tan breve. El fragmento que poseemos refuta el monarquianismo modelista y patripasiano (EP 391-4), doctrina que, según los Philosophumena (1,7; 10,27), Noeto fue el primero en defender.
d)Demostración contra los Judíos (?µ???a irpos ???da???? ap?de??t???).
Un fragmento notable que se conserva con este título hace responsables a los judíos de sus miserias y desgracias. La causa fueron los crímenes que cometieron contra el Mesías. Se ha conservado en griego en el mismo Cod. Vaticanus gr. 1431, donde viene después del fragmento Contra Noetum. E. Schwartz lo reeditó en 1936 como “Homilía de Hipólito.” El primero que lo atribuyó a Hipólito fue el jesuita Francisco de Torres. Éste autor preparó en el siglo XVI una traducción latina que A. Possevino publicó en su Apparatus sacer, en 1603. Allí el fragmento aparece bajo el título S. Hippolyti Martyris Demonstratio adversas Iudaeos. Sin embargo, el manuscrito del Vaticano no menciona el autor, y el hecho de que siga al Contra Noetum no prueba, en manera alguna, la paternidad de Hipólito.
7. La Tradición apostólica (?p?st????? pa??d?s??).
De todos los escritos de Hipólito, el que más interés ha despertado en nuestra generación es la Tradición apostólica. Si exceptuamos la Didaché, es el más antiguo y el más importante de las Constituciones eclesiásticas de la antigüedad, pues contiene un ritual rudimentario con reglas y formas fijas para la ordenación y otras funciones de los distintos grados de la jerarquía, para la celebración de la Eucaristía y la administración del bautismo. El título de esta obra figura en la silla de la estatua de Hipólito erigida en el siglo III. Se la consideraba perdida hasta que E. Schwartz afirmó en 1910, y R. H. Connolly demostró en 1916, que el texto latino de la llamada Constitución de la Iglesia egipcia es, en substancia, la Tradición apostólica de Hipólito. La Constitución de la Iglesia egipcia se llamaba así simplemente porque el mundo moderno la había conocido en traducciones etiópica y cóptica. El descubrimiento ha tenido considerable importancia. Basta considerar que ha proporcionado una nueva base para la historia de la liturgia romana y nos ha dado la fuente más rica de información que poseemos para el conocimiento de la constitución y vida de la Iglesia durante los tres primeros siglos. Fue escrita hacia el año 215.
Transmisión del texto.
El texto original de la Tradición apostólica se ha perdido, fuera de unos pequeños fragmentos, conservados en documentos griegos posteriores, sobre todo en el libro VIII de las Constituciones apostólicas y en su Epítome. Existen, sin embargo, traducciones coptas, árabes, etiópicas y latinas. Combinando estas traducciones, podemos hacernos una idea exacta del lenguaje y tenor de todo el documento. La versión latina, que remonta probablemente el siglo IV, fue descubierta en un palimpsesto de fines del siglo V, de la biblioteca del cabildo catedral de Verona. La traducción es tan servilmente literal y sigue tan de cerca la construcción y la forma griegas, que es posible reconstruir el texto original a base de ella. Por desgracia, abarca tan sólo parte de la obra. E. Hauler la publicó por primera vez en 1900.
En el Occidente, la Tradición apostólica no tuvo graninfluencia y fue olvidada pronto juntamente con las demás obras de su autor. En Oriente, por el contrario, especialmente en Egipto, se la aceptó como modelo y tipo. En sus traducciones copta, etiópica y árabe desempeñó un papel importante en la formación de la liturgia e influyó asimismo sobre la vida cristiana y el derecho canónico de las iglesias orientales.
De todas esas versiones orientales, solamente la sahídica se basa directamente en el texto griego. Se conserva en una colección de leyes, llamada Heptateuco egipcio. Contiene muchas palabras griegas en caracteres sahídicos, de manera que se pueden descubrir los términos originales. Data probablemente del año 500 ca. La publicó por vez primera P. Lagarde en 1883. De mucho menos valor es la versión bohaírica, hecha a base de un manuscrito sahídico mediocre.
La versión árabe depende de la sahídica, y no remonta más allá del siglo X; tiene, con todo, un valor propio, porque proviene de una copia que es independiente del arquetipo de los códices sahídicos conocidos.
La etiópica fue la primera de las versiones de la Tradición apostólica que se descubrió. J. Ludolf editó partes de ella en 1691. Está separada del original por dos versiones intermedias, pues fue hecha a base de la versión árabe. Contiene, sin embargo, algunos capítulos que no aparecen en ésta. Debió, pues, de existir una versión árabe más antigua que, a su vez, supone una versión sahídica anterior. En estas antiquísimas versiones no se habían practicado aún las omisiones hechas posteriormente para evitar conflictos con las costumbres locales. Así, pues, la versión etiópica es la única de las traducciones orientales que trae el texto de las oraciones para la ordenación tal como aparecen en la versión latina.
Documentos derivados
La Tradición apostólica es la fuente de un gran numero de constituciones eclesiásticas orientales. Así, por ejemplo, hay indicios clarísimos de dependencia en el libro VIII de las Constituciones apostólicas, compilación siríaca hecha hacia el año 380, que representa la más exacta colección litúrgico-canónica que ha llegado hasta nosotros de la antigüedad cristiana. Existe también un Epítome de este libro VIII, tomado directamente de la Tradición apostólica. El título Epítome se presta a confusiones; no se trata de un resumen o abreviación, sino de una serie de extractos. El autor prefirió copiar las mismas palabras de Hipólito antes que adaptar el texto de su fuente inmediata. En algunos manuscritos, el Epítome se llama Constituciones por Hipólito. No se pueden determinar con exactitud la fecha y el lugar de origen, pero el estado excelente de su texto indica que esos extractos debieron de hacerse poco después de la aparición de las Constituciones apostólicas.
El llamado Testamento de Nuestro Señor, la última de las Constituciones eclesiásticas propiamente dichas, utilizó la Tradición apostólica de una manera particular. El autor añadió tantas cosas de otras dos fuentes, que de hecho resulta una obra enteramente distinta. A pesar de eso, recientes investigaciones han probado que reproduce el texto de Hipólito con más fidelidad que cualquier otro documento y que manejó un códice excelente de la Tradición apostólica. Aunque el Testamento se escribió originalmente en griego, hoy día existe solamente una versión siríaca, publicada por I. Rahmani, con una traducción latina, en 1899. La obra data, según parece, del siglo V y parece haber sido compuesta en Siria.
Los Cánones de Hipólito se basan también en la Tradición apostólica. Su redacción se hizo probablemente en Siria hacia el año 500. Representan una redacción relativamente tardía y poco hábil de la Constitución eclesiástica de Hipólito. Nada queda del original griego; en cambio, se han conservado una versión árabe y otra etiópica. La primera parece hecha no directamente del original griego, sino de la versión etiópica.
Contenido.
La Tradición apostólica comprende tres partes principales:
I. La primera contiene un prólogo, cánones para la elección y consagración de un obispo, la oración de su consagración, la liturgia eucarística que sigue a esta ceremonia y las bendiciones de aceite, del queso y de las aceitunas. Siguen luego normas y oraciones para la ordenación de sacerdotes y diáconos; finalmente, se nabla de los confesores, viudas, vírgenes, subdiáconos y de los que tienen el don de curar.
En el prólogo el autor explica el título de su tratado:
Ahora pasamos, de la caridad que Dios ha testimoniado a todos los santos, a lo esencial de la tradición que conviene a las iglesias, a fin de que los que han sido bien instruidos guarden la tradición que se ha mantenido hasta el presente, según la exposición que de ella hacemos, y al comprenderla sean fortalecidos, a causa de la caída o del error que se ha producido recientemente por ignorancia o a causa de los ignorantes (1).
Este párrafo indica que Hipólito se proponía mencionar solamente las formas y los ritos que eran ya tradicionales y las costumbres establecidas ya de antiguo. Si las consigna por escrito es para protestar contra las innovaciones. Por consiguiente, la liturgia descrita en esta Constitución pertenece a una época más antigua, y por eso mismo de un valor mayor. Es la liturgia en uso en Roma probablemente en la segunda mitad del siglo II.
Según Hipólito, la consagración del obispo se celebra el domingo. El candidato ha sido elegido antes por todo el pueblo, y de la manera lo más pública posible. Deben asistir los obispos vecinos. El presbiterio está presente juntamente con toda la comunidad. Los obispos imponen las manos sobre el elegido, mientras los presbíteros están de pie en silencio. Todos deben guardar silencio y orar para que descienda el Espíritu Santo. Luego un obispo impone la mano y dice:
¡Oh Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que vives en los cielos, pero prestas atención a los humildes; que sabes todas las cosas antes de que sucedan, que diste ordenanzas a tu Iglesia por el Verbo de tu gracia, que preordinaste desde el principio a la raza de los justos según Abrahán, instituyendo a los príncipes y a los sacerdotes y no dejando a tu santuario sin ministros; que desde el origen del mundo te has complacido en ser glorificado por aquellos que has escogido!, derrama ahora ese Poder que viene de ti, el Espíritu soberano que diste a tu amado Hijo Jesucristo y que El derramó sobre tus santos Apóstoles, que establecieron la Iglesia en el lugar de tu santuario para la gloria y la alabanza incesante de tu nombre. Tú, Padre, que conoces los corazones, otorga a este tu siervo que Tú has escogido para el episcopado el poder de alimentar a tu rebaño, de ejercer tu sacerdocio soberano sin reproche, sirviéndote de día y de noche, para que él pueda tener propicio tu semblante y ofrecerte los dones de tu santa Iglesia, y para que, en virtud del espíritu del sacerdocio soberano, tenga poder de perdonar los pecados de acuerdo con tu mandamiento, para distribuir cargos según tu precepto, para desatar todo lazo en virtud del poder que Tú diste a los Apóstoles y para que él pueda serte agradable por la mansedumbre y pureza de su corazón, ofreciéndote un olor de suavidad por tu Hijo Jesucristo, por quien sea a Ti la gloria, el poder y el honor, al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo (en tu Iglesia) ahora y por los siglos de los siglos. Amén.
En esta oración se recalcan la sucesión apostólica y el poder de perdonar los pecados. Es, pues, cierto que Hipólito no ponía en duda el poder de los obispos de perdonar, aunque se opuso a Calixto porque perdonaba pecados graves. La liturgia de la misa que sigue a la consagración de obispo contiene el más antiguo canon o plegaria eucarística que tenemos. Es muy breve y de carácter puramente cristológico. Su único tema es la obra de Cristo. No hay Sanctus, pero hay epiclesis:
El Señor sea con vosotros.
Y con tu espíritu,
¡En alto los corazones!
Los tenemos vueltos hacia el Señor.
Demos gracias al Señor.
Es propio y justo.
Te damos gracias, ¡oh Dios!, por tu bienamado Hijo Jesucristo, a quien Tú has enviado en estos últimos tiempos como Salvador, Redentor y Mensajero de tu voluntad, El que es tu Verbo inseparable, por quien creaste todas las cosas, en quien Tú te complaciste, a quien envías del cielo al seno de la Virgen, y que, habiendo sido concebido, se encarnó y se manifestó como tu Hijo, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen; que cumplió tu voluntad y te adquirió un pueblo santo, extendió sus manos cuando sufrió para libertar del sufrimiento a los que crean en Ti.
Y cuando El se entregó voluntariamente al sufrimiento, para destruir la muerte y romper las cadenas del diablo, aplastar el infierno e iluminar a los justos, establecer el testamento y manifestar la resurrección, tomó pan, dio gracias y dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo, que es roto por vosotros.” De la misma manera también el cáliz, diciendo: “Esta es la sangre que es derramada por vosotros. Cuantas veces hagáis esto, haced memoria de mí.”
Recordando, pues, su muerte y su resurrección, te ofrecemos el pan y el vino, dándote gracias porque nos has juzgado dignos de estar ante Ti y de servirte.
Y te rogamos que tengas a bien enviar tu Santo Espíritu sobre el sacrificio de la Iglesia. Une a todos los santos y concede a los que la reciban que sean llenos del Espíritu Santo, fortalece su fe por la verdad, a fin de que podamos ensalzarte y loarte por tu Hijo, Jesucristo, por quien tienes honor y gloria; al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo en tu santa Iglesia, ahora y en los siglos de los siglos. Amén.
Estas oraciones demuestran que la liturgia, contra lo que sucedía en los días de San Justino, pasa de la improvisación a formas fijas. Justino dice que el obispo “según sus fuerzas hace subir a Dios sus preces y acciones de gracias” (véase p.209). Hipólito nos da una fórmula concreta. Pero ésta no era obligatoria, pues Hipólito afirma claramente que el celebrante conserva el derecho de componer su propia fórmula:
Que el obispo dé gracias según lo que nosotros hemos dicho más arriba. Pero no es absolutamente necesario que pronuncie las mismas palabras que antes dimos, como si tuviera que decirlas de memoria en su acción de gracias a Dios; que cada cual ore según sus fuerzas. Si es capaz de recitar convenientemente con una plegaria grande y elegida, está bien. Pero si prefiriera orar y recitar una plegaria según una fórmula fija, que nadie se lo impida, con tal de que su plegaria sea correcta y conforme a la ortodoxia.
Es interesante observar que las versiones árabe y etiópica quitan el no que hay al principio de este pasaje, de manera que dice: “Es absolutamente necesario que pronuncie estas mismas palabras.” Por consiguiente, cuando se hicieron las versiones, la liturgia ya estaba fijada, y no estaba permitida la improvisación. En cambio, en tiempo de Hipólito aún estaba permitida.
II. Si la primera parte de la Tradición apostólica trata de la Jerarquía, la segunda da normas para los seglares. Se legisla sobre los recién convertidos, sobre las artes y profesiones prohibidas a los cristianos, los catecúmenos, el bautismo, la confirmación y la primera comunión. La descripción del bautismo que encontramos aquí es de inestimable valor, porque contiene el primer Símbolo romano (véase p.33).
Que baje al agua y que el que le bautiza le imponga la mano sobre la cabeza diciendo: ¿Crees en Dios Padre todopoderoso? Y el que es bautizado responda: Creo. Que le bautice entonces una vez teniendo la mano puesta sobre su cabeza. Que después de esto diga: ¿Crees en Jesucristo, el Hijo de Dios, que nació por el Espíritu Santo de la Virgen María, que fue crucificado en los días de Poncio Pilato, murió y fue sepultado, resucitó al tercer día vivo de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, vendrá a juzgar a los vivos -y a los muertos? Y cuando él haya dicho: Creo, que le bautice por segunda vez. Que diga otra vez: ¿Crees en el Espíritu Santo y en la santa Iglesia y en la resurrección de la carne? Que el que es bautizado diga: Creo. Y que le bautice por tercera vez. Después de esto, cuando sube del agua, que sea ungido por un presbítero con el óleo que ha sido santificado, diciendo: Yo te unjo con óleo santo en el nombre de Jesucristo. Y luego cada cual se enjuga con una toalla y se ponen sus vestidos, y, hecho esto, que entren a la iglesia.
La administración del sacramento aparece aquí repartida entre las tres preguntas dirigidas al candidato. A cada respuesta, éste es sumergido en el agua. No hay indicación clara de que el ministro recite una fórmula especial mientras bautiza. La misma costumbre hallamos en Tertuliano (De baptismo 2,1; De corona 3), en Ambrosio (De sacramentis 2,7,20). La Iglesia de Roma la conservó por largo tiempo, puesto que el Sacramentario Gelasiano (ed. Wilson, p.86) sigue atestiguando el mismo procedimiento. El pasaje de la Tradición apostólica que hemos citado suministra información muy valiosa para estudiar el origen y la historia del Credo.
Después de la descripción del bautismo, sigue la del rito de la confirmación:
Que el obispo, imponiéndoles la mano, ore:
¡Oh Señor Dios, que juzgaste a estos tus siervos dignos de merecer el perdón de los pecados por el lavacro de la regeneración del Espíritu Santo!, envía sobre ellos tu gracia, para que puedan servirte según tu voluntad; porque a Ti es la gloria, al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, en la santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.
Luego, derramando con la mano óleo santificado e imponiéndola sobre la cabeza de ellos, diga: Yo te unjo con óleo en el Señor, el Padre todopoderoso, y en Jesucristo y en el Espíritu Santo. Y después de haber hecho la consignación en la frente, que les dé el saludo de paz y diga: El Señor sea contigo. Y que el que ha sido consignado diga: Y con tu espíritu. Que haga de la misma manera con cada uno. Que después de esto ore con todo el pueblo. Pero que no recen con los fieles antes de haber recibido todo esto.
Y cuando hayan orado, que den todos el saludo de paz.

EL FIN ÚLTIMO DEL HOMBRE

El fin último del hombre

Sumario: Examinaremos por separado el fin último supremo y absoluto, y el fin secundario y relativo.

A) El fin supremo y absoluto

 

16. Para proceder ordenadamente y remontarnos hasta la fuente misma de donde brotan las cosas es preciso plantear el problema de la finalidad misma de la Creación, o sea qué es lo que Dios se ha propuesto al sacar de la nada todo cuanto existe. Porque es evidente que si todo agente intelectual obra por un fin, Dios, que es la Inteligencia infinita y el Agente intelectual por excelencia, ha tenido que proponerse un fin al traer a la existencia a sus criaturas sacándolas de la nada por el acto creador omnipotente infinito.

¿Cuál es la finalidad intentada por Dios con la creación del Universo? Vamos a precisarlo en forma de conclusiones.

Conclusión I.a: El fin último y supremo de todas las criaturas es el mismo Dios.

Esta conclusión es evidentísima y no necesita demostración, sino mera exposición de su verdad intrínseca.

Para dejarla fuera de toda duda, basta considerar que Dios es el Ser infinito, la plenitud absoluta de toda Bondad y Perfección. Ahora bien: si Dios, al crear las cosas, se hubiera propuesto un fin distinto de Sí mismo, hubiera subordinado su acción a ese fin, ya que todo agente subordina necesariamente su acción al fin que intenta con ella, como es evidente. Pero como la acción de Dios no se distingue del mismo Dios, ya que en El son una misma cosa la esencia y la existencia, el ser y la operación, síguese que Dios mismo se hubiera subordinado a ese fin distinto de Dios, lo cualsería un gravísimo desorden y una gran inmoralidad, metafísicamente imposibles en Dios. El Ser infinito no puede subordinarse al ser finito; la Bondad suma no puede estar por debajo de la bondad limitada; la soberana Perfección no puede hacerse súbdita de la imperfección y caducidad de las criaturas. Es, pues, evidentísimo que la finalidad intentada por Dios al sacar todas las cosas de la nada tiene que ser forzosamente el mismo Dios.

Corolario. De donde se deduce la gran dignidad y excelencia de las criaturas todas, que tienen por finalidad última y suprema nada menos que al mismo Dios, fuente y origen de toda bondad y perfección.

Pero cabe todavía preguntar: ¿en qué forma quiere ser Dios el fin último de todo cuanto existe? ¿Qué es lo que Dios se propuso concretamente al sacar todas las cosas de la nada?

Conclusión 2.a: El fin intentado por Dios con la creación universal fue su propia gloria extrínseca, o sea la manifestación y comunicación a sus criaturas de su propia bondad infinita.

Que el mundo fue creado por Dios para su propia gloria, es una verdad de fe, expresamente definida por la Iglesia. He aquí la solemne declaración dogmática del concilio Vaticano:

«Si alguno no confiesa que el mundo y todas las cosas que en él se contienen, espirituales y materiales, han sido producidas por Dios de la nada según toda su substancia; o dijere que Dios no creó por libre voluntad, sino con la misma necesidad con que se ama necesariamente a sí mismo; o negare que el mundo ha sido creado para gloria de Dios: sea anatema« (D. 1805).

La razón de esta finalidad es muy sencilla. Todas las criaturas creadas o creables no pueden añadirle intrínsecamente a Dios absolutamente nada, como quiera que sea El el Ser infinito, la plenitud absoluta del Ser, al que nada le falta ni puede faltar. Por consiguiente, al sacar de la nada todo cuanto existe, Dios no busca en sus criaturas algo que El no tenga ya, sino únicamente desbordar sobre ellas su bondad y perfecciones infinitas. En esto consiste precisamente la gloria extrínseca de Dios, que llena de admiración a las criaturas y arranca de ellas en una forma o en otra—como veremos—el grandioso himno de la gloria y alabanza de Dios que sube hasta el cielo continuamente desde todos los confines de la creación universal.

Esa suprema glorificación de Dios constituye el fin último y absoluto de todas las criaturas, principalmente de las inteligentes y libres (el ángel y el hombre). Y en esa glorificación, prestada voluntariamente y por amor, encuentran precisamente su suprema felicidad, que es, como veremos en seguida, el fin último secundario de las criaturas racionales.

Por donde aparece claro que Dios, al intentar su propia gloria en sus criaturas, no solamente no realiza un acto de ()egoísmo trascendental» como se atrevió a decir con blasfema ignorancia un filósofo impío—, sino que constituye el colmo de la generosidad, desinterés y largueza.

 

Porque no busca con ello su propia utilidad—ya que nada absolutamente pueden añadir las criaturas a su felicidad y perfecciones infinitas—, sino únicamente comunicarles su bondad. Dios ha sabido organizar de tal manera las cosas, que las criaturas encuentran su plena felicidad precisamente glorificando a Dios. Por eso dice Santo Tomás que sólo Dios es infinitamente liberal y generoso: no obra por indigencia, como buscando algo que necesita, sino únicamente por bondad, para comunicarla a sus criaturas 5.

Conclusión 3.a: Todas las criaturas deben glorificar a Dios, cada una a su manera.

Es evidente que todas las criaturas están obligadas a glorificar a Dios, puesto que ésta es su suprema y última finalidad. Pero cada una debe hacerlo a su manera, o sea según las exigencias de su propia naturaleza, ya que no todas pueden glorificarle de igual modo y en idéntico sentido. Y así:

a) LAS CRIATURAS IRRACIONALES glorifican a Dios revelando algo de su infinita grandeza y hermosura, de la que ellas mismas son una huella lejana y un remoto vestigio. No pueden glorificar a Dios con su propia adoración y alabanza, pero pueden impulsar al hombre a que le glorifique y ame por ellas. Porque, así como una espléndida obra de arte está glorificando al artista que la hizo, en cuanto que excita la admiración hacia él de todos cuantos la contemplan, así la belleza inmarcesible de la Creación material —minerales, plantas, animales, estrellas del firmamento, etc.—está cantando la gloria de Dios, en cuanto que impulsa a los seres racionales a que le glorifiquen y amen con todas sus fuerzas. En este sentido dice el salmo que los cielos cantan la gloria de Dios (Ps. 18,I), los grandes místicos (San Francisco de Asís, San Juan de la Cruz, etc.) se extasiaban ante la contemplación de la belleza de la Creación, en la que descubrían un rastro y vestigio de la hermosura del Creador.

b) LAS CRIATURAS INTELIGENTES (el ángel y el hombre) son los encargados de glorificar a Dios en el sentido propio y formal de la palabra, esto es, reconociéndole, amándole y sirviéndole. Al hombre principalmente, compuesto de espíritu y materia, le corresponde recoger el clamor entero de toda la creación, que suspira por la gloria de Dios (cf. Rom. 8,18-23), y ofrecérsela al Creador como un himno grandioso en unión de su propia adoración. Corresponde al hombre asumir la representación de todas las criaturas irracionales y rendir homenaje al Creador y supremo Señor de todas ellas por una especie de mediación sacerdotal que exprese ante El la admiración y alabanza de todas las criaturas. Este oficio grandioso eleva al hombre a una dignidad increíble, ante la que palidecen y se esfuman todas las grandezas de la tierra. Por él todas las criaturas inferiores glorifican y alaban a Dios, como se expresa repetidas veces en multitud de himnos directamente inspirados por el Espíritu Santo 6.

Conclusión 4.a: El hombre tiene obligación de proponerse, como fin último y absoluto de su vida, la glorificación de Dios; de suerte que comete un grave desorden cuando intenta otra suprema finalidad contraria o distinta de ésta.

Es una simple consecuencia y corolario de las conclusiones anteriores. Cuando el hombre busca la gloria de Dios—al menos de una manera virtual implícita, esto es, realizando en gracia de Dios cualquier acto honesto y referible a esa gloria divina—, está dentro del recto orden de la razón, puesto que se mueve dentro de los límites intentados y queridos por el mismo Dios. Pero cuando voluntariamente y a sabiendas se propone alguna cosa contraria o simplemente distinta de la gloria de Dios como finalidad última y absoluta, comete un grave desorden, que le coloca fuera por completo de la línea de su verdadero y último fin y le pone en trance de eterna condenación si la muerte le sorprende en ese lamentable estado.

Esto ocurre siempre que el hombre comete un verdadero pecado mortal, en el sentido estricto y riguroso de la palabra. Porque—como ya hemos insinuado más arriba—, cuando el pecador comete su acción pecaminosa dándose perfecta cuenta de que aquello está gravemente prohibido por Dios y es incompatible con su último fin sobrenatural, está bien claro que antepone su pecado a este último fin y le coloca por encima de él. De donde la acción pecaminosa ha venido a ser el fin último y absoluto del pecador. Lo cual supone un desorden mostruoso, que lleva consigo la pérdida del verdadero fin último y el reato de pena eterna. El pecado mortal es el infierno en potencia. Entre ambos no existe de por medio más que el hilo de la vida, que es la cosa más frágil y quebradiza del mundo.

Nadie puede, por consiguiente, renunciar a la glorificación voluntaria de Dios. Dios ha querido que el hombre encuentre su plena felicidad glorificándole a El. Nadie tiene derecho a quejarse de Dios o a rebelarse contra El por haber querido hacernos felices. Ahora bien: el que renuncia a glorificarle voluntariamente y por amor, renuncia por lo mismo a ser feliz. Y como Dios no puede perder su gloria por el capricho y la rebelión de su criatura, ese desdichado pecador que, con increíble locura e insensatez, renuncia a glorificar su bondad infinita en el cielo, tendrá que glorificar eternamente en el infierno los rigores de su infinita justicia. La felicidad eterna es nuestra vocación, y nadie puede renunciar a ella sin cometer un crimen.

B) El fin secundario y relativo

17. Hasta aquí hemos examinado el fin último, supremo y absoluto del hombre, que es la glorificación de Dios. Vamos a ver ahora cómo, al lado de este fin último primario y absoluto, hay otro fin último secundario y relativo, perfectamente compatible y maravillosamente armonizado con aquél.

Conclusión: El fin último secundario y relativo del hombre es su propia felicidad o bienaventuranza.

He aquí el argumento demostrativo. Aquél será el último fin relativo del hombre—subordinado siempre al fin absoluto, que es la gloria de Dios—al que se sienta atraído de una manera necesaria irresistible por su misma naturaleza; porque tal atractivo irresistible de la naturaleza humana no puede provenir sino de Dios, autor de la misma, y muestra claramente que ése es el fin intentado por El al crearle. Pero el hombre se siente arrastrado de una manera natural, necesaria e irresistible hacia su propia felicidad, que constituye el objeto supremo de sus anhelos y aspiraciones. Luego…

Este argumento tiene fuerza absolutamente demostrativa en el plano y orden puramente natural, ya que, como se demuestra en filosofía, es imposible que un deseo verdaderamente natural—o sea, exigido por la misma naturaleza—sea vano o carezca de objeto, puesto que esto argüiría contradicción en Dios, autor de la naturaleza con todas sus legítimas exigencias. Pero, como quiera que Dios ha elevado gratuitamente a todo el género humano a un fin trascendente y sobrenatural, síguese que el hombre no tiene ya un fin último puramente natural, sino trascendente y sobrenatural; y, por consiguiente, sólo en este orden sobrenatural y a base de la gracia divina y de los demás medios sobrenaturales que Dios pone a su disposición, podrá llegar a su último fin relativo, que es su propia y perfecta felicidad sobrenatural.

De manera que todos los hombres del mundo, sin excepción, tienden natural, necesaria e irresistiblemente a su propia felicidad. En lo que no concuerdan los hombres es en el objeto que constituye su verdadera felicidad, puesto que unos la buscan en Dios, otros en las riquezas, otros en los placeres, otros en .la gloria terrena o en otras diversas cosas. Pero todos coinciden unánimemente y sin ninguna excepción en buscar la felicidad como blanco fin de todos sus anhelos y esperanzas (I-II,I,7).

Corolario. Luego no hay nadie, ni justo ni pecador, que renuncie o pueda renunciar a su felicidad como fin último (relativo) de su vida. La monjita de clausura que se encierra para siempre entre cuatro paredes, el misionero que se lanza a la conquista de las almas en medio de increíbles privaciones, etc., etc., buscan, en última instancia, su salvación y felicidad eterna; y los que se entregan al pecado, apartándose de Dios, buscan también su propia felicidad, que creen encontrarla, con tremenda equivocación, en los objetos mismos del pecado. Nadie obra ni puede obrar deliberadamente en contra de su propia felicidad (ibid. ad 1, 2 et 3).

La felicidad o bienaventuranza del hombre

Veamos ahora en dónde se encuentra y en qué consiste la verdadera felicidad del hombre y, por consiguiente, su verdadero y último fin. Examinaremos por separado la felicidad o bienaventuranza objetiva y la subjetiva.

La felicidad o bienaventuranza objetiva

 

18. 1. Noción. Como hemos visto más arriba, la felicidad objetiva no es otra cosa que el objeto beatificante, o sea aquel que llene por completo las aspiraciones de nuestro corazón, proporcionándonos la bienaventuranza perfecta y plenamente saciativa. Es—como dice Santo Tomás—«el bien perfecto que excluye todo mal y llena todos los deseos» (I-II,5,3). Vamos a investigar ahora cuál es ese objeto supremo que constituye por sí mismo la bienaventuranza objetiva.

 

19. 2. Condiciones que exige. El objeto que aspire a constituir la bienaventuranza objetiva del hombre ha de reunir, al menos, las siguientes cuatro condiciones:

  1. Que sea el supremo bien apetecible, de suerte que no se ordene a ningún otro bien más alto.

  2. Que excluya en absoluto todo mal, de cualquier naturaleza que sea.

  3. Que llene por completo, de manera saciativa, todas las aspiraciones del corazón humano.

  4. Que sea inamisible, es decir, que no se le pueda perder una vez conseguido.

Es evidente que, sin alguna de estas condiciones, el hombre no podría ser plena y absolutamente feliz. Sin la primera, aspiraría siempre a ese otro bien más alto y estaría inquieto hasta conseguirlo. Y sin las otras tres, tampoco podría alcanzar la perfecta felicidad, ya por los males adjuntos o por las zonas insatisfechas de su propio corazón, o por la tristeza inevitable que le produciría el pensamiento de que su dicha y felicidad tendrían que acabar algún día.

20. 3. Opiniones. Acaso en ninguna otra cuestión filosófica haya tanta variedad de opiniones como en torno al objeto en que haya de colocarse la felicidad o bienaventuranza del hombre: se citan más de 280. Pero todas ellas pueden agruparse en torno a unas cuantas categorías de bienes, según puede verse en el siguiente esquema de la magnífica cuestión que dedica a este asunto el Doctor Angélico en la Suma Teológica (I-II,2).

21. 4. Doctrina verdadera. Vamos a ver cómo la suprema felicidad del hombre no puede encontrarse en ninguno de los bienes creados o finitos, ya sea considerados aisladamente uno por uno, ya colectivamente y en su conjunto; y cómo se encuentra única y exclusivamente en la posesión de Dios. Dada la amplitud de la materia, nos limitaremos a un brevísimo resumen en tres conclusiones principales.

Conclusión Iª: La suprema felicidad del hombre no puede encontrarse en ninguno de los bienes creados externos o internos considerados aisladamente.

Para poner fuera de toda duda esta conclusión, basta evidenciar que ninguno de esos bienes creados reúne las condiciones que hemos señalado más arriba para la bienaventuranza objetiva. He aquí la demostración.

A) Bienes externos

1º. RIQUEZAS. a) No se buscan por sí mismas, sino en orden a otras cosas que se pueden adquirir con ellas. En sí mismas no tienen valor alguno.

b) No excluyen todos los males, ni muchísimo menos. ¡Cuántos ricos enfermos, desgraciados en su familia, matrimonio, etc., etc. !

c) No llenan por completo el corazón. Al contrario, fomentan la avaricia, la ambición, el deseo de acumular más y más. Con frecuencia los más ricos son los más inquietos por no serlo más.

d) Pueden fácilmente perderse por cualquier revés de fortuna. Y, en todo caso, todo se estrellará dentro de poco contra la losa del sepulcro.

Fallan, pues, en absoluto, las cuatro condiciones que se requieren para la perfecta felicidad. El dinero no basta para ser feliz; ni siquiera se requiere como condición indispensable.

2º. HONORES, FAMA, GLORIA Y PODER. a) Son bienes inestables. Dependen con frecuencia, no del verdadero mérito, sino del capricho de los hombres. Hoy, primera figura internacional; mañana, sepultado en el olvido. ¿Quién se acuerda hoy de los nombres que llenaban los periódicos hace un siglo?

b) Todos ellos son bienes extrínsecos e inferiores al hombre, y no pueden, por lo mismo, constituir la nota esencial de su interna felicidad.

c) No reúnen ninguna de las condiciones requeridas para la bienaventuranza: no son el bien supremo, ni excluyen todos los males, ni llenan por completo el corazón humano, ni son imperecederos.

B) Bienes internos

1º. DEL CUERPO. Salud, belleza, fuerza, etc. No pueden constituir por sí mismos la felicidad del hombre, porque no cumplen tampoco ninguna de las condiciones exigidas para ello. No son el bien supremo—el cuerpo es la parte inferior del hombre, subordinada al alma—, ni excluyen todos los males, ni sacian plenamente el corazón del hombre y son, finalmente, caducos y perecederos: la salud se pierde fácilmente, la belleza es flor de un día, la fuerza disminuye paulatinamente, y así todos los demás bienes corporales.

2º. PLACERES SENSUALES. Son propios del cuerpo animal, o sea, del cuerpo animado o vivificado por un alma sensitiva, a diferencia de los minerales y las plantas, que son cuerpos inanimados o que poseen tan sólo alma puramente vegetativa.

Es imposible que en ellos consista la suprema felicidad del hombre, porque:

    1. Son medios para facilitar las funciones animales que se relacionan con la conservación del individuo (comer, beber) o de la especie (venéreos). Pero la suprema felicidad del hombre no es un medio, sino el fin último al que nos encaminamos. Luego…

 

  • Los bienes del cuerpo pertenecen a la parte inferior del compuesto humano, formado de alma y cuerpo. Luego el hombre no puede encontrar su plena felicidad en ningún bien que pertenezca sólo al cuerpo.

  • No excluyen todos los males. Al contrario, son con frecuencia causa de grandes crímenes pasionales y de repugnantes enfermedades.

  • No satisfacen plenamente la sed de felicidad del corazón humano. La experiencia demuestra con toda claridad y evidencia que los que se entregan con desenfreno a los placeres sensuales jamás están satisfechos: siempre aspiran a más y nunca se sienten felices y dichosos.

  • Son bienes caducos y perecederos, que acabarán en breve con la muerte del cuerpo.

 

3º. ESPIRITUALES. Son principalmente dos: la ciencia y la virtud. La primera afecta a la inteligencia; la segunda, principalmente a la voluntad. Y aunque son bienes mucho más nobles y elevados que todos los anteriores, tampoco en ellos puede consistir la felicidad perfecta y plenamente saciativa del hombre:

No en la ciencia. a) Porque no es el bien supremo, ya que afecta tan sólo a una de las potencias del alma—la inteligencia—y está llena de oscuridades y misterios que dejan insatisfecha a la misma facultad intelectiva.

b) No excluye todo mal, ya que va unida muchas veces a grandes tribulaciones y fracasos y es compatible con un sinnúmero de desventuras y desgracias, como se ve en la vida de los sabios.

c) No llena plenamente el corazón del sabio, que cada vez se siente más insatisfecho, hasta tener que decir como Sócrates: «sólo sé que nada sés.

d) No es permanente y estable: puede perderse o disminuirse por una enfermedad mental, y se desvanecerá muy pronto con la muerte.

No en la virtud. a) Porque nunca puede ser del todo perfecta en este mundo. Siempre le faltará algo y, por lo mismo, no puede consistir en ella el bien supremo.

b) No exluye todos los males, ya que está llena de dificultades y tiene que luchar sin descanso contra las rebeliones de la concupiscencia desordenada.

c) No llena todo el corazón humano, que aspira sin cesar al Bien infinito y plenamente saciativo.

d) No es del todo segura y estable, ya que puede perderse fácilmente por el ímpetu de las pasiones o las dificultades de la vida.

Sin embargo, en la práctica intensa de la virtud se encuentra la única y verdadera felicidad relativa que puede alcanzarse en este mundo, como se comprueba en las vidas de los santos que, a imitación de San Pablo, rebosaban de gozo en medio de todas sus tribulaciones (2 Cor. 7,4).

Conclusión 2.a: La suprema felicidad del hombre no puede encontrarse tampoco en todo el conjunto de los bienes creados colectivamente considerados.

La demostración es clarísima: no es posible la posesión conjunta de todos esos bienes, y no sería suficiente aunque pudieran poseerse todos.

a) No ES POSIBLE POSEERLOS TODOS, COMO es obvio y enseña claramente la experiencia universal. Nadie posee ni ha poseído jamás a la vez todos los bienes externos (riquezas, honores, fama, gloria, poder), y todos los del cuerpo (salud, placeres), y todos los del alma (ciencia y virtud). Muchos de ellos son incompatibles entre sí y jamás pueden llegar a reunirse en un solo individuo.

b) No SERÍAN SUFICIENTES aunque pudieran conseguirse todos, ya que no reúnen ninguna de las condiciones esenciales para la bienaventuranza objetiva: son bienes creados, por consiguiente finitos e imperfectos; no excluyen todos los males, puesto que el mayor mal es carecer del Bien infinito, aunque se posean todos los demás; no sacian plenamente el corazón del hombre, pues—como dice San Agustín—«nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto y desasosegado hasta que descanse en ti»y, finalmente, son bienes de suyo caducos y perecederos. Imposible que el hombre pueda encontrar en ellos su verdadera y plena felicidad.

Con razón dice San Agustín: «Desventurado el hombre que sabe todas las cosas, pero no os conoce a Vos; y dichoso el que os conoce a Vos aunque ignore todas las otras cosas. Y el que os conoce a Vos y todas las demás cosas, no es más feliz porque conozca estas otras cosas, sino únicamente porque os conoce a Vos» (Confesiones 1.5 c.4).

San Agustín ha escrito páginas sublimes sobre la insuficiencia de los bienes creados para llenar las inmensas aspiraciones del corazón del hombre. He aquí un fragmento bellísimo de sus admirables Confesiones:

«Pregunté a la tierra, y contestó: «No soy yo». Y todas las cosas que hay en ella confesaron lo mismo.

Pregunté al mar, y a los abismos, y a los vivientes que surcan por ellos, y respondieron.: «No somos tu Dios; búscale sobre nosotros».

Pregunté a las auras espirables, y dijo todo el aire con sus moradores: «¡Engáñase Anaxímenes; no soy Dios!»

Pregunté al cielo, al sol, a la luna y las estrellas: «Tampoco nosotros somos el Dios que buscas», respondieron.

Y dije a todas las cosas que rodean las puertas de mi carne: «Dadme nuevas de mi Dios, ya que no sois vosotras: decidme algo de El». Y con voz atronadora clamaron: «El nos hizo».

Mi pregunta fué mi mirada; la respuesta de ellas, su hermosura»

Conclusión 3ª: Unicamente en Dios puede encontrar el hombre su suprema felicidad plenamente saciativa.

La demostración es clarísima y deslumbradora. Solamente Dios reúne en grado rebosante e infinito todas las condiciones requeridas para la bienaventuranza objetiva del hombre. Luego solamente El la constituye.

En efecto :

a) Dios es el Bien supremo e infinito, que no se ordena ni puede ordenarse a otro bien más alto, puesto que este bien más alto no existe ni puede existir. Luego Dios es el supremo Bien apetecible.

b) Excluye en absoluto toda clase de males, de cualquier naturaleza que sean, ya que son incompatibles con la plenitud infinita del Ser, que constituye la esencia misma de Dios.

c) Por consiguiente, su perfecta posesión y goce fruitivo tiene que llenar forzosamente todas las aspiraciones del corazón humano, anegándolas con plenitud rebosante en un océano de felicidad.

d) Finalmente, sabemos de manera infalible, por la fe católica, que, una vez poseído por la visión y gozo beatíficos, no se le puede perder jamás: la bienaventuranza del cielo es eterna, y los bienaventurados son absoluta e intrínsecamente impecables.

Queda, pues, fuera de toda duda que sólo Dios es el objeto infinito que constituye la bienaventuranza objetiva del hombre.

B) La felicidad o bienaventuranza subjetiva

22. Precisado ya cuál es el objeto que constituye la bienaventuranza objetiva o material del hombre, veamos ahora brevemente en qué consiste su bienaventuranza subjetiva o formal.

Conclusión: La bienaventuranza subjetiva o formal del hombre consiste en la visión, amor y goce fruitivo de Dios poseído eternamente en el cielo.

La demostración es también clarísima. Como hemos explicado más arriba, la bienaventuranza subjetiva o formal consiste en la posesión y goce del objeto que constituya la bienaventuranza objetiva, o sea, en nuestra unión consciente y goce fruitivo del supremo objeto beatificante. Pero este supremo objeto beatificante es el mismo Dios, como acabamos de demostrar. Luego…

Es de saber que—como explica Santo Tomás—la esencia metafísica de la bienaventuranza (o sea, el acto primero y principalísimo que nos pone en posesión de Dios) se salva con la sola visión beatífica, que unirá nuestro entendimiento directa e inmediatamente con la misma divina esencia sin intermedio de criatura alguna, ni siquiera de una especie inteligible. Pero para la esencia física integral de la bienaventuranza se requieren también, necesariamente, el amor beatífico—que unirá entrañablemente nuestra voluntad a la divina esencia, quedando totalmente empapada de divinidad—y el goce beatífico, que redundará, con plenitud rebosante y embriagadora, de la visión y del amor beatíficos. El hombre habrá llegado con ello a su última perfección y fin sobrenatural y verá satisfechas para siempre las inmensas aspiraciones de su propio corazón y su sed inextinguible de felicidad.

A esta suprema beatitud del alma, que constituye la gloria esencial del cielo, hay que añadir, después de la resurrección de la carne, la gloria del cuerpo, que será un complemento accidental con relación a la bienaventuranza del alma, pero que se requiere indispensablemente para la plena y total felicidad del hombre, compuesto de alma cuerpo.

Corolarios. De la doctrina que acabamos de sentar se deducen algunos corolarios muy interesantes. He aquí los principales:

1.° La felicidad perfecta no es posible en esta vida. A lo más que se puede aspirar es a una felicidad relativa, fundada en la práctica de la virtud —sobre todo mediante el conocimiento y amor de Dios (fe y caridad)—, en el sosiego de las pasiones y en la paz y tranquilidad de la conciencia.

2º. No se da una felicidad plena de orden puramente natural. Habiendo sido elevado todo el género humano al orden sobrenatural, solamente en este plano superior puede alcanzar el hombre su último fin, y con él, su plena y completa felicidad.

3º. La gloria de Dios, fin último supremo y absoluto del hombre y de toda la creación, se conjuga y armoniza maravillosamente con su propia y plena felicidad—fin último secundario y relativo—, que alcanza el hombre, precisamente, glorificando a Dios en este mundo por la práctica de la virtud y en el otro por la visión y el amor beatíficos. La gloria de Dios la plena felicidad humana no solamente tienen el mismo objeto, sino incluso el mismo acto, ya que Dios ha querido poner su gloria precisamente en que las criaturas racionales le conozcan y le amen en nombre propio y en el de todas las demás criaturas. Alcanzando su propia felicidad, el hombre glorifica a Dios, y glorificándole encuentra su propia felicidad. Son dos fines que se confunden realmente, aunque haya entre ellos una distinción de razón. La suprema glorificación de Dios coincide plenamente con la suprema felicidad nuestra. Es admirable la sabiduría infinita que brilla en los planes amorosos de la divina Providencia.

ARTICULO V

Cuestiones complementarias

Vamos a terminar la doctrina de este tratado del fin último con dos consideraciones prácticas de gran importancia: el objetivo final de la vida humana y la manera de orientar nuestra vida en torno a esa suprema finalidad.

A) El objetivo final de la vida humana

23. De las conclusiones que acabamos de sentar se deduce con toda claridad y evidencia que la vida del hombre sobre la tierra no tiene sino una finalidad suprema: prepararse para la felicidad eterna y exhaustiva en la clara visión y goce fruitivo de Dios. No hemos nacido para otra cosa, ni nuestra vida terrena tiene otra razón de ser que alcanzar la vida y felicidad eterna. No tenemos aquí ciudad permanente, antes buscamos la futura (Hebr. 9,14), dice con razón San Pablo.

De esta suprema finalidad y soberana perspectiva que el hombre tiene a la vista, se deduce un corolario inevitable, al parecer contradictorio. Y es que la vida terrena es la cosa más baladí y despreciable y, a la vez, la más importante y trascendental que puede caber en la mente humana. En sí misma es la cosa más baladí y despreciable: importa muy poco ser feliz o desgraciado, estar sano o enfermo, morir joven o en plena decrepitud y vejez. Al cabo, todo ha de acabar en setenta u ochenta años, que son menos que un relámpago en parangón con la eternidad.

Pero, por otra parte, y precisamente por relación a esa eternidad a la que nos encaminamos, esta breve existencia sobre la tierra cobra importancia decisiva y valor trascendental. En cierto sentido, esta vida es más importante que la otra, pues la otra depende de ésta, y no al revés.

Toda la preocupación del hombre ha de centrarse, pues, en asegurar, con todos los medios a su alcance, su dicha y felicidad eterna. Si, salvando por encima de todo este objetivo fundamental, puede, a la vez, conseguir un relativo bienestar y felicidad terrena compatible con aquel supremo fin, está muy bien que lo procure y goce, con hacimiento de gracias a Dios; pero siempre con la mirada en las alturas y sin concederle demasiada importancia a esa felicidad terrena que está llamada a desaparecer muy pronto entre las sombras de la muerte. San Ignacio de Loyola recogió con gran acierto esta idea fundamental en la primera página’ de sus Ejercicios Espirituales, dándonos, a la vez, la norma simplificadora de nuestra conducta sobre la tierra:

»El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayuden para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y, por consiguiente, en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados» 13,

B) Modo de alcanzar la vida eterna

24. Puesto que la vida y felicidad eterna es el último fin relativo del hombre, nada interesa tanto como saber lo que tiene que hacer para alcanzarla. Por fortuna tenemos una norma divina e infalible, como dada por el mismo Cristo. He aquí la escena evangélica que recoge la suprema consigna del Hombre-Dios.

»Acercóse uno y le dijo: Maestro, ¿qué de bueno haré yo para alcanzar la vida eterna?

El le dijo: ¿por qué me preguntas sobre lo bueno? Uno solo es bueno. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

 

Díjole él: ¿Cuáles?

 

Jesús respondió: No matarás, no adulterarás, no hurtarás, no levantarás falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre y ama al prójimo como a ti mismo» (Mt. 19,16-19).

La consecución de la vida eterna está, pues, vinculada a la guarda de los divinos mandamientos. Para hacérsela posible al hombre, Dios le ha provisto en abundancia de toda clase de medios: unos, internos, como la gracia santificante, las virtudes infusas, los dones del Espíritu Santo y las divinas mociones (gracia actual), que ilustran su entendimiento y mueven su voluntad para la práctica del bien; y otros, externos, entre los que destaca la Iglesia católica, fundada precisamente por Jesucristo, Redentor del género humano, para llevar al hombre a su felicidad eterna mediante la vida sobrenatural que le comunican los sacramentos y las verdades de la fe bajo el control y guía de la misma Iglesia, maestra infalible de la verdad

De la Teología Moral para seglares, de Antonio Royo Marín

 

PRUEBAS

Fotografías de Monseñor Jean Laborie, que ordenó al P. Gutiérrez,  junto a Mons. Thuc

Mons. Thuc no se hubiera prestado a participar de una ordenación sacerdotal, excepto que estuviera seguro que el Jean Laborie fuera obispo, y así fue, porque Mons. Thuc consagró a Moseñor Laborie, teniendo una muy buena relación. Consagración sin engaños, como la de Lauriers, ( Ver Ensich) la cual fue también verdadera consagración.

Existe también al menos una fotografía, que yo sepa,  de Monseñor Thuc con Monseñor Datessen, lo que muestra la consagración de Detassen por Mons.Thuc. Estoy a la espera de que me la manden de USA, y una vez la obtenga la publicaré para tapar la boca a los acéfalos enemigos de la elección de un  Papa.

Linaje episcopal válido de Mons. Detassen proveniente de Johannes van Santen, Arzobispo católólico de Utrech (1825-1858) antes de el cisma de los veterocatólicos, es decir arzobispo antes del Concilio Vaticano I.

VER AQUÍ

 

LOS ESCRITORES DE SIRIA Y PALESTINA

Los Escritores del Asia Menor, de Siria y Palestina.

La influencia de Orígenes no se dejó sentir con fuerza sólo en Egipto; sus ideas se extendieron mucho más allá de las fronteras de su país natal. El Asia Menor, Siria y Palestina se convirtieron en el campo de batalla de sus amigos y de sus adversarios. Es interesante observar que hasta sus mismos enemigos le deben más de lo que ellos admiten. Un ejemplo típico lo tenemos en Metodio. Los centros de esta controversia fueron dos escuelas; la primera de ellas, la de Cesárea de Palestina, fundada por el mismo Orígenes, continuó la obra del maestro después de su muerte; la otra, en Antioquía de Siria, se creó en oposición a su interpretación alegórica de la Escritura.
La Escuela de Cesárea.
Cesárea tuvo el privilegio de servir de refugio a Orígenes al ser éste desterrado de Egipto (232). La escuela que él fundó allí se convirtió, después de su muerte, en asilo de su legado literario. Sus obras formaron el fondo de una biblioteca que el presbítero Panfilo transformó en centro de erudición y saber. Como director continuó la tradición del maestro. Allí fue donde se educaron Gregorio el Taumaturgo y Eusebio de Cesárea, y los Capadocios, Basilio el Grande, Gregorio de Nisa y Gregorio Nacianceno, recibieron la influencia e inspiración de la teología alejandrina.
La Escuela de Antioquía.
La escuela de Antioquía fue fundada por Luciano de Samosata (312) en directa oposición a los excesos y fantasías del método alegórico de Orígenes. Esta escuela centraba cuidadosamente la atención en el texto mismo y encaminaba a sus discípulos hacia la interpretación literal y el estudio histórico y gramatical de la Escritura. Los sabios de los dos centros de enseñanza antagónicos tenían conciencia de la profunda diferencia y contradicción fundamental de sus métodos respectivos. En Antioquía, el objetivo de la investigación escriturística era descubrir el sentido más obvio; en Cesárea o en Alejandría, por el contrario, la atención iba dirigida a las figuras de Cristo. Una parte acusaba a la alegoría de destruir el valor de la Biblia como historia del pasado y convertirla en una fábula mitológica; la otra llamaba “carnales” a todos los que se adherían a la letra. A pesar de todo, no existía una contradicción absoluta entre las dos escuelas; antes bien, estaban de acuerdo en toda una tradición exegética; pero cada uno recalcaba sus propios puntos de vista. Orígenes descubre tipos, no solamente en algunos episodios, sino en todos los detalles de la palabra inspirada. Cada línea está, para él, preñada de misterio. Antioquía, en cambio, estableció como principio fundamental no reconocer, en el Antiguo Testamento, figuras de Cristo más que ocasionalmente. Admitía una prefiguración del Salvador sólo allí donde la semejanza era marcada y la analogía clara. Los tipos forman la excepción, no la regla; la Encarnación, si bien era preparada en todas partes, no estaba prefigurada siempre.
En una palabra, la diversidad de método obedecía a una diferencia de mentalidad que ya se había hecho sentir en la filosofía griega. El idealismo alejandrino y su inclinación a la especulación se debían al influjo de Platón; el realismo y el empirismo de Antioquía eran tributarios de Aristóteles. La primera se inclinaba al misticismo, la segunda al racionalismo.
Los comienzos de la escuela de Antioquía parece que fueron muy modestos. Nunca pudo gloriarse de un director de la talla de Orígenes. A pesar de ello, fue la cuna de una gran tradición exegética. Alcanzó su apogeo bajo la dirección de Diodoro de Tarso, a finales del siglo IV. San Juan Crisóstomo fue su discípulo más preclaro, y Teodoro de Mopsuestia el más extremista. Su tendencia racionalista fue causa de que se convirtiera en autora de herejías; su fundador, Luciano, fue el maestro de Arrio.
Gregorio el Taumaturgo.
Gregorio el Taumaturgo nació de una familia de noble alcurnia en Neocesarea del Ponto, hacia el año 213. Parece que primeramente se llamaba Teodoro y recibió el nombre de Gregorio en el bautismo. Estudió retórica y derecho en su ciudad natal. Cuando estaba a punto de partir para Berilos, en Fenicia, para completar sus estudios, con su hermano Atenodoro, su hermana le invitó a ir a Cesárea de Palestina, ya que su marido había sido nombrado gobernador imperial de Palestina. Estando allí, siguió algunos cursos de Orígenes. Fue éste el periodo decisivo de su vida:
Como una centella que se encendiera en mi alma, prendió y se inflamó mi amor, tanto hacia Aquel que sobrepuja todo deseo por su inefable belleza, el Verbo santo y totalmente amable, como hacia este hombre, que es su amigo y profeta. Profundamente impresionado, abandoné todo lo que hubiera debido interesarme: negocios, estudios, incluso aquellos por los que sentía más predilección: el derecho, mi casa y mis parientes, hasta aquellos con quienes vivía. Solamente una cosa amaba y me afectaba: la filosofía y su maestro, aquel hombre divino (Discurso 6).
Permaneció en Cesárea con su hermano cinco años (233-238), a fin de seguir el curso completo de Orígenes. Ambos abrazaron el cristianismo. La víspera de su partida Gregorio dio las gracias a Orígenes en un discurso académico de despedida, que se ha conservado y que constituye una preciosa fuente de información para la historia personal de Orígenes y para su método de enseñanza (véase p.339 y 341). Pocos años más tarde, Fedimo, obispo de Amasea, lo consagró como primer obispo de su ciudad natal, Neocesarea. Gregorio predicó el Evangelio, en la ciudad y en el campo, con tanto celo y éxito, que a su muerte solamente quedaba un puñado de paganos en todo el Ponto. Tomó parte en el concilio de Antioquía del año 265 y murió durante el reinado de Aureliano (270-275). Las leyendas que se formaron pronto en torno al primer obispo de la provincia le valieron el título de Taumaturgo o Milagrero; dan también testimonio de la extraordinaria personalidad de este discípulo del gran maestro. Los Padres Capadocios del siglo IV lo valoraron como fundador de la iglesia de Capadocia. Gregorio de Nisa escribió su vida, y, además de ésta, existen tres biografías más, todas de carácter legendario.
Sus Escritos.
Gregorio era un hombre de acción, no un escritor. Todas sus obras las compuso con fines prácticos, casi siempre en relación con sus trabajos pastorales.
1. El panegírico de Orígenes (??? ???????? tt??sf???t???? ?a? pa????????? ?????)
Como acabamos de decir, este panegírico es el discurso que pronunció Gregorio al despedirse de la escuela de Orígenes en Cesárea. Con gran delicadeza de sentimiento y pureza de estilo, Gregorio expresa su gratitud a su venerado maestro. Después de una introducción (1-3), en la que se declara incapaz de alabar a su maestro tal como éste se merece, da gracias en primer lugar a Dios (3-15), autor de todos los bienes; luego a su ángel de la guarda, que le condujo a él y a su hermano a Cesárea, y, finalmente, a su gran maestro, que sabía entusiasmar a sus discípulos por las ciencias sagradas. A lo largo de este tributo de sentida gratitud, Gregorio da abundantes y preciosos detalles sobre el método de enseñanza de Orígenes (véase arriba p.339ss). Al final expresa su sentimiento de tener que dejar Cesárea (16-17) y pide la bendición y las oraciones de su maestro (18-19). Este panegírico es un documento de primer orden para la historia de la educación cristiana.
2. El Credo o Exposición de la fe.
Gregorio compuso un breve símbolo que, aunque se limita al dogma de la Trinidad, es notable por la exactitud de sus conceptos:
Hay un solo Dios, Padre del Verbo viviente, de la Sabiduría subsistente, del Poder y de la Imagen eterna; Engendrador perfecto del perfecto Engendrado, Padre del Hijo Unigénito. Hay un solo Señor, Único del Único, Dios de Dios, Figura (carácter) e Imagen de la Divinidad, Verbo Eficiente, Sabiduría que abraza todo el universo y Poder que crea el mundo entero, Hijo verdadero del verdadero Padre, Invisible del Invisible, Incorruptible del Incorruptible, Inmortal del Inmortal, Eterno del Eterno. Y hay un solo Espíritu Santo, que tiene su subsistencia de Dios y fue manifestado a los hombres por el Hijo: Imagen del Hijo, Imagen Perfecta del Perfecto, Vida, Causa de los vivientes, Manantial Sagrado, Santidad que comunica la santificación, en quien se manifiestan Dios Padre, que está por encima de todos y en todos, y Dios Hijo, que está a través de todos. Hay una Trinidad perfecta, en gloria y eternidad y majestad, que no está dividida ni separada. No hay, por consiguiente, nada creado ni esclavo en la Trinidad, ni tampoco nada sobreañadido, como si no hubiera existido en un período anterior y hubiera sido introducido más tarde. Y así ni al Padre le falló nunca el Hijo, ni el Espíritu Santo al Hijo, sino que, sin variación ni mudanza, la misma Trinidad ha existido siempre (EP 611).
El texto griego de este Símbolo figura en la biografía de Gregorio de Nisa y en un gran número de manuscritos; quedan asimismo una versión latina de Rufino (Hist. eccl. 7,26) y una traducción siríaca.
3. La llamada Epístola Canónica (?p?st??? ?a??????).
Esta Epístola, dirigida a un obispo desconocido que había hecho una consulta al autor, debe su nombre al hecho de haber sido incorporada a la colección de las Epístolas Canónicas de la Iglesia griega. Es uno de los más antiguos tratados de casuística. Dieron ocasión a esta carta las dudas y dificultades que provocó la invasión de los borados y los godos, quienes, después de la derrota de Decio (251), habían devastado el Ponto y la Bitinia. Los cristianos del Ponto, a quienes los godos habían hecho cautivos y luego habían puesto en libertad, sentían escrúpulos por haber comido manjares paganos. Las mujeres habían sido violadas. Algunos cristianos habían hecho causa común con los bárbaros, enseñándoles el camino, indicándoles las casas que debían saquear; algunos incluso se sumaron a ellos y tomaron parte en sus perversos actos. En su Epístola, Gregorio da consejos a su hermano en el episcopado respecto de esos delincuentes. Se muestra firmemente resuelto a restablecer el orden y la disciplina, pero al mismo tiempo misericordioso, manso y tolerante. El último canon tiene un interés especial para la historia de la disciplina penitencial; enumera las diferentes clases de penitentes:
El que llora tiene su puesto al exterior de la puerta del oratorio; este pecador que está allí debe implorar de los fieles, al pasar, que ofrezcan oraciones por él. En cambio, el que oye la palabra de Dios tiene su puesto al interior de la entrada, bajo el pórtico; este pecador debe estar allí hasta que salgan los catecúmenos y marcharse después. Porque dicho está que quien escucha las Escrituras y la doctrina, sea puesto fuera y considerado indigno del privilegio de la oración. La postración es el caso de quien permanece dentro de las puertas del templo y luego sale al mismo tiempo que los catecúmenos. La restauración es el caso del que está asociado a los fieles y no sale con los catecúmenos. Por fin, en último lugar viene la participación en los sagrados misterios.
4. La Metáfrasis del Eclesiastés (?et?f?as? e?? t?? ?????s?ast?? S???µ????).
Este escrito no es más que una paráfrasis al libro del Eclesiastés según el texto de los Setenta. -Casi todos los manuscritos lo atribuyen a Gregorio Nacianceno, y Migne lo imprimió también entre sus obras (PG 36,669s). Sin embargo, San Jerónimo (De vir. ill 65) y Rufino (Hist. eccl. 7,25) lo consideran obra auténtica de Gregorio el Taumaturgo.
5. Sobre la posibilidad e impasibilidad de Dios
Este tratado, dirigido a un tal Teopompo, se conserva solamente en una versión siríaca. Contiene un diálogo filosófico entre el autor y su destinatario sobre la incompatibilidad del sufrimiento con la idea de Dios. Dios no puede estar sujeto al sufrimiento. Es, sin embargo, libre en sus decisiones. Por su sufrimiento voluntario, el Hijo de Dios derrotó la muerte y probó su impasibilidad.
Escritos Apócrifos.
El tratado A Filagrio sobre la consubstancialidad, que se conserva en siríaco bajo el nombre de Gregorio, es de autenticidad dudosa. Contiene una breve exposición de la doctrina trinitaria, y no es más que una traducción de la Epístola a Evagrio, otra griega, que se halla entre las obras de Gregorio Nacianceno (PC 37,383-386) y Gregorio de Nisa (PG 46, 1101-1108).
También se duda de la autenticidad del tratado A Taciano sobre el alma y de seis homilías que se conservan en armenio.
En su Carta 210, Basilio el Grande menciona un Diálogo con Eliano de Gregorio el Taumaturgo, del que se habían servido los sabelianos para sus fines. Nada queda hoy de este dialogo.
Lo mismo acontece con varias cartas mencionadas por San Jerónimo (De vir. ill. 65; Epist. 33,4).
Firmiliano de Cesarea.
Firmiliano, obispo de Cesárea de Capadocia, fue contemporáneo de Gregorio el Taumaturgo, a quien conoció en el círculo de Orígenes. Compartía con él su entusiasmo por el maestro alejandrino: “Tenía tal estima por Orígenes, que le llamó primeramente a su país para utilidad de las Iglesias, fue luego él mismo a Judea y pasó algún tiempo con él para perfeccionarse en la ciencia divina” (Eusebio, Hist. eccl. 6,27). Los dos obispos tomaron parte en los dos primeros sínodos de Antioquía en que se condenaron los errores de Pablo de Samosata. Firmiliano murió poco después que Gregorio, el año 268. Fue uno de los prelados eminentes de su época. De sus escritos queda solamente una carta dirigida a San Cipriano de Cartago en la que trataba de la debatida cuestión del segundo bautismo de los herejes. Viene a ser la respuesta a una carta de Cipriano sobre la misma cuestión, que se ha perdido. Este es el motivo de que se haya conservado en una traducción latina dentro de la colección de las cartas de San Cipriano (Epist. 75). El original griego se ha perdido. La traducción revela todas las particularidades del latín de Cipriano, por lo que se cree que la tradujo él mismo. Debió de ser escrita hacia el año 256.
Firmiliano asegura a Cipriano que está completamente de acuerdo con su opinión de que el bautismo conferido por los herejes es inválido; critica vivamente al papa Esteban y rechaza su opinión con insólita vehemencia y aspereza.
Metodio.
Uno de los adversarios más distinguidos de Orígenes fue Metodio. No sabemos casi nada de su vida, porque Eusebio no le menciona en la Historia eclesiástica. Según F. Diekamp, fue probablemente obispo de Filipos de Macedonia, pero debió de pasar gran parte de su vida en Licia, hasta el punto de que se le ha creído por mucho tiempo obispo de Olimpo, pequeña ciudad de Licia. Murió mártir el año 311, en Cálcide de Eubea.
Metodio era un hombre de refinada cultura y un excelente teólogo. Refutó la doctrina de Orígenes sobre la preexistencia del alma y su concepto espiritualista de la resurrección del cuerpo. Desgraciadamente, de su extensa producción sólo queda un reducido número de escritos.
1. El Banquete o Sobre la virginidad (S?µtt?s??? ? pe?? áyveías).
Como asiduo lector de Platón, a Metodio le gustaba imitar sus Diálogos. Concibió el Banquete como la réplica cristiana de la obra del gran filósofo. Intervienen diez vírgenes que ensalzan la virginidad. Todas la encomian como tipo de vida cristiana perfecta y la manera ideal de imitar a Cristo. Al final Tecla entona un himno entusiasta (de 24 versos) en honor de Cristo, el Esposo, y de la Iglesia, su Esposa, en el cual el coro de las vírgenes canta un refrán. Empieza así:
Tecla. En lo alto de los cielos, ¡oh vírgenes!, se deja oír el sonido de una voz que despierta a los muertos; debemos apresurarnos, dice, a ir todas hacia el oriente al encuentro del Esposo, revestidas de nuestras blancas túnicas y con las lámparas en la mano. Despertaos y avanzad antes de que el Rey franquee la puerta.
Todas. A ti consagro mi pureza, ¡oh divino Esposo!, y voy a tu encuentro con la lámpara brillante en mi mano.
Tecla. He desechado la felicidad de los mortales, tan lamentable; los placeres de una vida voluptuosa y el amor profano; a tus brazos, que dan la vida, me acojo buscando protección, en espera de contemplar, ¡oh Cristo bienaventurado!, tu eternal belleza.
Todas. A ti consagro mi pureza, ¡oh divino Esposo!, y voy a tu encuentro con la lámpara brillante en mi mano. Tecla. He abandonado los tálamos y palacios de bodas terrenas por ti, ¡oh divino Maestro!, resplandeciente cual el oro; a ti me acerco con mis vestiduras inmaculadas, para ser la primera en entrar contigo en la felicidad completa de la cámara nupcial.
Todas. A ti consagro mi pureza…
Tecla. Después de haber escapado, ¡oh Cristo bienaventurado!, a los engaños del dragón y sus artificiosas seducciones, sufrí el ardor de las llamas y las acometidas mortíferas de bestias feroces, confiada en que vendrías a ayudarme.
Todas. A ti consagro mi pureza…
Tecla. Olvidé mi patria arrastrada por el encanto ardiente de tu gracia, ¡oh Verbo divino!; olvidé los coros de las vírgenes compañeras de mi edad y el fausto de mi madre y de mi raza, porque tú mismo, tú, ¡oh Cristo!, eres todo para mí.
Todas. A ti consagro mi pureza…
Tecla. Salve, ¡oh Cristo, dador de la vida, luz sin ocaso! ¡Oye nuestras aclamaciones! Es el coro de las vírgenes quien te las dirige, ¡oh flor sin tacha, gozo, prudencia, sabiduría, oh Verbo de Dios!
Todas. A ti consagro mi pureza…
Tecla. Abre las puertas, ¡oh reina!, la de la rica veste; admítenos en la cámara nupcial. ¡Esposa inmaculada, vencedora, egregia, que te mueves entre aromas! Engalanadas con vestiduras semejantes, henos aquí vástagos tuyos, sentadas junto a Cristo para celebrar tus venturosas nupcias.
Todas. A ti consagro mi pureza… (11,2,1-7: BAC 45,1081s).
Esta Reina, la Iglesia, está adornada con las flores dé la virginidad y los frutos de la maternidad:
El Real Profeta comparó la Iglesia a un prado amenísimo sembrado y cubierto con las más variadas flores, no sólo con las flores suavísimas de la virginidad, sino también con las del matrimonio y las de la continencia, según está escrito: “Engalanada con sus vestidos de franjas de oro avanza la reina a la diestra de su esposo” (Ps. 44,10 y 14) (ibid. 2,7,50: BAC 45,1003).
Se advierte la influencia de la doctrina de la recapitulación de Ireneo (véase p.284s) cuando afirma Metodio que, por haber pecado Adán, Dios determinó recrearlo en la Encarnación; pero Metodio propone una creación nueva, una re-creación mucho más absoluta y completa. Su eclesiología está íntimamente ligada a esta idea del segundo Adán. Para Ireneo, la segunda Eva es María; para Metodio es la Iglesia:
Así Pablo ha referido justamente a Cristo lo que había sido dicho respecto a Adán, proclamando con derecho que la Iglesia nació de sus huesos y de su carne. Por amor a ella, el Verbo, dejando al Padre en los cielos, descendió a la tierra para acompañarla como a esposa (Eph. 5,31) y dormir el éxtasis del sufrimiento, muriendo gustoso por ella, a fin de presentarla gloriosa sin arruga ni mancha, purificándola mediante el agua y el bautismo (Eph. 5,26-7), para hacerla capaz de recibir el germen espiritual que el Verbo planta y hace germinar con sus inspiraciones en lo más profundo del alma; por su parte, la Iglesia, como una madre, da forma a aquella nueva vida para engendrar y acrecentar la virtud. De este modo se cumple proféticamente aquel mandato: “Creced y multiplicaos” (Gen. 1,18), al aumentar la Iglesia cada día en masa, en plenitud y belleza gracias a su unión e íntimas relaciones con el Verbo, que aun ahora desciende a nosotros y se nos infunde mediante la conmemoración de sus sufrimientos. Pues la Iglesia no podría de otro modo concebir y regenerar a sus hijos los creyentes, por el agua del bautismo, si Cristo no se hubiera anonadado de nuevo por ellos para ser retenido por la recopilación de sus sufrimientos, y no muriese otra vez descendiendo de los cielos y uniéndose a su esposa la Iglesia a fin de proporcionarle un nuevo vigor de su propio costado, con el que puedan crecer y desarrollarse todos aquellos que han sido fundados en El, los que han renacido por las aguas del bautismo y han recibido la vida comunicada de sus huesos y de su carne, es decir, de su santidad y de su gloria (3,8,70: BAC45,1010s).
Después de leer tales pasajes, nos sorprende saber que Metodio fue uno de los adversarios de Orígenes, puesto que el Comentario sobre el Cantar de los Cantares de éste expone las mismas ideas y las mismas alegorías y sigue la misma interpretación mística. De hecho no fue sino más tarde cuando Metodio comenzó a refutar al maestro alejandrino. En cambio, parece que en sus primeros escritos le había prodigado grandes alabanzas. Según San Jerónimo (Adv. Ruf. 1,11), Pánfilo en su Apología de Orígenes recuerda a Metodio que también él anteriormente tuvo en gran estima a este doctor.
El Banquete es el único escrito de Metodio cuyo texto griego se ha conservado íntegramente. De las otras obras tenemos solamente una traducción eslava más o menos completa y algunos fragmentos en griego.
2. El Tratado sobre el libre albedrío (?e?? t?? a?pte???s???).
La versión eslava ostenta el título Sobre Dios, la materia y el libre albedrío, que corresponde más exactamente al contenido de la obra. Metodio quiere probar, en forma de diálogo, que el responsable del mal es el libre albedrío del ser humano. No se puede pensar que el mal provenga de Dios o que sea materia increada o eterna como Dios. En el transcurso de la discusión, Metodio rechaza la idea origenista de una sucesión indefinida de mundos. El tratado parece dirigido contra el sistema dualista de los valentinianos y de otros gnósticos. La mayor parte de la obra se conserva en fragmentos griegos. El texto íntegro, salvo unas pocas lagunas, existe en una versión eslava. Además, Eznik de Kolb, apologista armenio del siglo V, trae largas citas en su Refutación de las sectas, transmitiéndonos de esta manera en su lengua importantes pasajes de la obra de Metodio.
3. Sobre la resurrección (???a?f?? ? pe?? a?ast?se??).
El título original de este diálogo era Aglaofón o sobre la resurrección, porque representa una disputa que tuvo lugar en casa del médico Aglaofón de Patara. Refuta en tres libros la teoría origenista de la resurrección en un cuerpo espiritual y defiende la identidad del cuerpo humano con el cuerpo resucitado:
No puedo soportar la locura de algunos que desvergonzadamente violentan la Escritura, a fin de encontrar un apoyo para su propia opinión, según la cual la resurrección se hará sin la carne; suponen que habrá huesos y carne espirituales, y cambian su sentido de muchas maneras, haciendo alegorías (1,2).
Ahora bien, ¿qué significa que lo corruptible se reviste de inmortalidad? ¿No es lo mismo que aquello de “se siembra en corrupción y resucita en incorrupción”? (1 Cor. 15.42). En efecto, el alma no es ni corruptible ni mortal, porque lo que es mortal y corruptible es la carne. En consecuencia, “como llevamos la imagen del terreno, llevaremos también la imagen del celestial” (1 Cor. 15, 49). Puesto que la imagen del terreno que llevamos es ésta: “Polvo eres y al polvo volverás” (Gen. 3,19). Pero la imagen del celestial es la resurrección de entre los muertos, y la incorrupción, a fin de que, “como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom. 4,6). Se podría pensar que la imagen terrena es la misma carne, y la imagen celestial algún cuerpo espiritual distinto de la carne. Pero hay que considerar primero que Cristo, el hombre celestial, cuando se apareció, tuvo la misma forma corporal que los miembros y la misma imagen de carne como la nuestra, pues por ella se hizo hombre el que no era hombre, de suerte que, “como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos todos vivificados” (1 Cor. 15,22). Si, pues, El tomó la carne por otra cualquiera razón que la de libertar a la carne y resucitarla, ¿por qué asumió El la carne en vano, si no quería ni salvarla ni resucitarla? Pero el Hijo de Dios no hace nada en vano. No tomó, pues, inútilmente la forma de siervo, sino que lo hizo con la intención de resucitarla y salvarla. Si él se hizo hombre y murió en verdad y no sólo en apariencia, lo hizo para mostrar que es el primogénito de entre los muertos, transformando la tierra en cielo, y lo mortal en inmortal (De resurr. 1,13).
Metodio refuta también las opiniones de Orígenes sobre la preexistencia del alma y sobre la carne como cárcel del espíritu, y sus ideas sobre el destino y fin del mundo. Al principio el hombre era inmortal en cuerpo y alma. La muerte y la separación del cuerpo y del alma no tienen más explicación que la envidia del diablo. Por eso el ser humano tuvo que ser remodelado:
Es como si un eminente artista tuviera que romper una hermosa estatua labrada por él mismo en oro u otro material, y hermosamente proporcionada en todos sus miembros, porque acaba de darse cuenta de que ha sido mutilada por algún hombre infame, demasiado envidioso para soportar la belleza. Este hombre se apoderó de la estatua y se entregó al vano placer de satisfacer su envidia. Advierte, sapientísimo Aglaofón: si el artista quiere que aquello a lo que ha dedicado tantos afanes, tantos cuidados y tanto trabajo, esté libre de toda infamia, se verá precisado a fundirlo de nuevo y a restaurarlo en su anterior condición… Pues bien, me parece que al plan de Dios le aconteció lo mismo que ocurre con los nuestros. Viendo al hombre, la más noble de sus obras, corrompido por pérfido engaño, no pudo, en su amor al hombre, abandonarlo en aquella condición. No quiso que el ser humano permaneciera para siempre culpable y objeto de reprobación por toda la eternidad. Le redujo de nuevo a su materia original, a fin de que, modelándolo otra vez, desaparecieran de él todas las manchas. A la fundición de la estatua en el primer caso corresponde la muerte y disolución del cuerpo en el segundo, y a la refundición y nuevo modelado de la materia en el primer caso corresponde la resurrección del cuerpo en el segundo: Te pido prestes atención a esto: cuando el hombre delinquió, la Grande Mano no quiso, como ya dije, abandonar su obra como un trofeo al maligno, que la había viciado y deshonrado injustamente por envidia. Por el contrario, la humedeció y la redujo a arcilla, lo mismo que un alfarero rompe una vasija para rehacerla, a fin de eliminar todas las taras y abolladuras para que pueda ser de nuevo agradable y sin ningún defecto (De resurr. 1,6-7).
A pesar de que el diálogo adolece de cierta falta de claridad en la composición, con todo, la obra, tal como está, es una importante contribución a la teología. La refutación de las ideas de Orígenes se mantiene siempre en un nivel elevado, y las especulaciones del autor se remontan a la misma altura que las de su antagonista. San Jerónimo, que, en fin de cuentas, no era muy favorable a Metodio, señala (De vir. ill. 33) este tratado como un opus egregium.
Solamente quedan fragmentos del texto griego. Afortunadamente, Epifanio incorporó a su Panarion (Haer. 64,12-62) un pasaje extenso y muy importante (1,20-2,8,10). La versión eslava abarca los tres libros, pero abreviando los dos últimos.
4. Sobre la vida y las acciones racionales.
Este tratado figura en la versión eslava entre los dos diálogos Sobre el libre albedrío y Sobre la resurrección. Del texto original griego no queda absolutamente nada. La obra consiste en una exhortación a contentarse con lo que Dios nos ha dado en esta vida y a poner toda nuestra esperanza en el mundo venidero.
5. Las obras exegéticas.
Al diálogo Sobre la resurrección siguen, en la versión eslava, tres obras exegéticas. La primera va dirigida a dos mujeres, Frenope y Quilonia, y trata de La diferencia de los alimentos y la ternera mencionada en el Levítico (cf. Num. 19). Es una interpretación alegórica de las leyes del Antiguo Testamento relativas a las diferentes clases de alimentos y a la vaca roja, con cuyas cenizas debían ser rociados los impuros. El segundo tratado, que se titula A Sistelio sobre la lepra, es un diálogo entre Eubulio y Sistelio sobre el sentido alegórico del Levítico 13. Además de la versión eslava quedan algunos fragmentos griegos de este tratado. El tercero es una interpretación alegórica de Prov. 30,15ss (la sanguijuela) y Ps. 18,2: “Los cielos pregonan la gloria de Dios.”
6. Contra Porfirio.
En varias ocasiones (De vir. ill. 83; Epist. 48,13; Epist. 70,3) San Jerónimo habla con grande encomio de los Libros contra Porfirio de Metodio. Verdaderamente es de lamentar que esta obra se haya perdido enteramente, puesto que Metodio fue el primero en refutar los quince libros polémicos Contra los cristianos, escritos por el filósofo neoplatónico Porfirio hacia el año 270.
También se han perdido sus obras Sobre la Pitonisa, Sobre los mártires y los Comentarios sobre el Génesis y sobre el Cantar de los Cantares (De vir. ill. 83).
Sexto Julio Africano.
Sexto Julio Africano nació en Jerusalén (Aelia Capitolina), no en África, como pensaron Bardenhewer y otros. Fue oficial del ejército de Septimio Severo y tomó parte en la expedición contra el principado de Edesa el año 195. Este fue, probablemente, el comienzo de la amistad que le unió con la dinastía cristiana de aquella ciudad. Por un fragmento de papiro del libro XVIII de su obra Kestoi (Oxyrh. Pap. III n.142,39ss) sabemos que organizó una biblioteca para el emperador Alejandro Severo en Roma, “en el Panteón, cerca de los baños de Alejandro.” En Alejandría de Egipto asistió a las clases de Heraclas y se hizo amigo de Orígenes. Más tarde vivió en Emaús (Nicópolis) de Palestina y murió después del 240. A pesar de que una tradición posterior le hiciera obispo de Emaús, jamás ejerció ningún cargo eclesiástico. Se dedicó más a las ciencias profanas que a las sagradas.
Sus Obras.
1. Crónicas (???????af?a? )
Sus Crónicas vienen a ser el primer ensayo de sincronismo de la historia del mundo. Dispone en columnas paralelas, según las fechas, los sucesos de la Biblia y los compendios de las historias griega y judía, desde la creación hasta el año 221 después de Cristo, el cuarto año de Heliogábalo; de la creación hasta el nacimiento de Cristo se cuentan cinco mil quinientos años. Según Julio Africano, el mundo debía durar en total seis mil años, y así, quinientos años después del nacimiento de Cristo empezaría el Sábado del mundo, el milenio del reinado de Cristo. Parece, pues, que al autor le movió una intención milenarista a componer su obra. Carece de sentido critico con respecto a las fuentes. Los primeros cinco libros de las Crónicas, de los que sólo quedan fragmentos, fueron una mina de información para Eusebio y otros historiadores posteriores.
2. Kestoi (?est??, Encajes)
Los Kestoi son una obra enciclopédica que comprende veinticuatro libros y estaba dedicada al emperador Alejandro Severo. El título Encajes indica la variedad de materias que se Tratan: van de la táctica militar a la medicina, de la agricultura a la magia. Los extensos fragmentos que se conservan demuestran que a Julio Africano le faltaba sentido critico en su método. Era, además, muy crédulo, admitiendo toda clase de supersticiones y de magia.
3. Dos cartas
Conocemos dos cartas de Julio Africano. Una, dirigida a Orígenes hacia el año 240, pone en duda la autenticidad de la historia de Susana. En ella el autor demuestra un juicio y un sentido crítico más seguros que en los Encajes. Se conserva el texto completo de esta carta (véase arriba p.373). La otra carta, de la que se conservan sólo fragmentos, es una que escribió a Arístides; en ella trata de hacer concordar las genealogías de Jesús en los evangelios de Mateo y Lucas.
Pablo de Samosata y Malquión de Antioquía.
Pablo, natural de Samosata, capital de la provincia siria de Comagena, fue gobernador y ministro del tesoro (procurator ducenarius) de la reina Zenobia de Palmira y, desde el año 260, obispo de Antioquía. Eusebio (Hist. eccl. 7,27,2) nos informa que, a poco de su consagración episcopal, “pensaba de Cristo cosas bajas y mezquinas, contrarias a la enseñanza de la Iglesia, como si hubiera sido por naturaleza un hombre ordinario.” Entre los años 264-268 se celebraron tres sínodos en Antioquía para tratar de su herejía, los dos primeros sin ningún resultado práctico. El tercero, el año 268, declaró que la doctrina de Pablo era insostenible y pronunció contra él una sentencia de deposición. Al presbítero Malquión de Antioquía le cabe el honor de haber probado el carácter herético de las doctrinas de Pablo y haber conseguido su condenación:
En tiempo de Aureliano se reunió un último sínodo, al que asistió un número extraordinariamente grande de obispos; en él fue desenmascarado el jefe de la herejía de Antioquía y abiertamente condenado por todos como culpable de heterodoxia; fue excomulgado de la Iglesia católica que está bajo el cielo. El que más se distinguió en pedirle cuentas y en probarle la acusación de disimulo fue Malquión, varón docto, que era asimismo director de la enseñanza de retórica en las escuelas helénicas de Antioquía; había sido distinguido con el presbiterado en la comunidad de aquella ciudad por la extraordinaria sinceridad de su fe en Cristo. Se levantó, pues, contra Pablo este hombre, y los taquígrafos tomaron su disputa con él, que sabemos ha llegado hasta nuestros días. Sólo él, de entre todos ellos, fue capaz de desenmascarar a este hombre ladino y solapado.
Los pastores que se hallaban reunidos en el mismo lugar redactaron de común acuerdo una sola carta dirigida a Dionisio, obispo de Roma, y a Máximo, de Alejandría, y la enviaron a todas las provincias. En ella exponen sus esfuerzos en favor de todos y la perversa heterodoxia de Pablo; refiere los argumentos y preguntas que le hicieron, y, además, describen toda la vida y conducta de aquel hombre (Eusebio, Hist. eccl. 7,29,1-30).
Del debate entre Pablo y Malquión, del que se tornaron notas taquigráficas, quedan fragmentos en Leoncio de Bizancio, en el emperador Justiniano y en Pedro Diácono. Según San Jerónimo (De vir. ill. 71), Malquión fue también el autor de la carta encíclica enviada por los obispos después del sínodo. Eusebio (ibid.) cita varios pasajes de esta carta, que tratan sobre todo de la conducta moral y del carácter de Pablo, puesto que junto con las cartas iban copias de las minutas del concilio. San Hilario (De synodis 81,86) y San Basilio (Epist. 52) dicen que el concilio que condenó a Pablo repudió expresamente la palabra ?µ???s??? (consubstantialis), por considerarla inadecuada para expresar la relación entre el Padre y el Hijo. No sabemos, sin embargo, en qué sentido usaba Pablo esta palabra. Seguramente le daba un tinte modalista, suprimiendo la diferencia, de personalidad entre el Padre y el Hijo. No reconocía tres personas en Dios, sino que, según Leoncio (De sectis 3,3), “dio el nombre de Padre al Dios que creó todas las cosas; de Hijo, al que era meramente hombre, y el de Espíritu, a la gracia que residía en los Apóstoles.” Jesús era superior a Moisés y los profetas, pero no era el Verbo. Era un hombre igual que nosotros, solamente que era mejor en todos los aspectos. Así, pues, la trinidad admitida por Pablo era solamente una trinidad nominal; evidentemente compartió las opiniones de los monarquianos; su cristología recuerda la forma modalista del adopcionismo.
La llamada Carta a Himneo, que se supone que seis obispos escribieron a Pablo antes del sínodo de 268, contiene un símbolo detallado y pide a Pablo que suscriba esa regla de fe. A pesar de que, según Eusebio (Hist. eccl. 7,30,2), los seis obispos, cuyos nombres da la carta, participaron en el concilio, la autenticidad de este documento no está probada. Lo mismo hay que decir de los cinco fragmentos de los Discursos a Sabino de Pablo, descubiertos en el florilegio Doctrina Patrum de incarnatione Verbi, compilado en el siglo VII.
Luciano de Antioquia.
Luciano, nacido en Samosata, fue el fundador de la escuela de Antioquía. Eusebio (Hist. eccl. 9,6,3) nos hace de él la siguiente descripción:
Luciano, hombre excelente en todos los respectos, de vida morigerada, y muy versado en las ciencias sagradas, sacerdote de la comunidad de Antioquía, fue llevado a la ciudad de Nicomedia, donde residía entonces el emperador. Habiendo defendido la fe que profesaba delante del príncipe, fue encarcelado y después muerto.
El emperador de quien se habla en este pasaje es Maximino Daia, y el martirio tuvo lugar el 7 de enero de 312. Rufino (Hist. eccl. 9,6) reproduce el texto de la apología que Luciano pronunció delante del juez pagano, pero su autenticidad es dudosa.
Luciano no fue un escritor profundo. Jerónimo habla de su “pequeño tratado sobre la fe” (De vir.ill. 77) sin darnos ninguna información sobre su contenido. Conocía perfectamente el hebreo y corrigió la versión griega del Antiguo Testamento según el original hebreo. Esta revisión de los Setenta fue adoptada en la mayoría de las iglesias de Siria y del Asia Menor, desde Antioquía hasta Bizancio, y fue tenida en gran estima (Jerónimo, Praef. in Paral.; Adv. Ruf. 2,27). Quedan grandes fragmentos de esta obra en 105 escritos de San Juan Crisóstomo y de Teodoreto. Luciano revisó también críticamente el texto del Nuevo Testamento, pero, según parece, se limitó a los cuatro evangelios.
La escuela que fundó en Antioquía se opuso al alegorismo de la de Alejandría. Se dedicó a la interpretación literal de las Escrituras. Produjo comentarios bíblicos de valor perdurable y formó a un gran número de escritores posteriores con su método exegético.
Sin embargo, esta escuela tomó una orientación teológica particular. El documento más antiguo que tenemos sobre la enseñanza de Luciano le acusa de ser un sucesor de Pablo de Samosata y el precursor de la doctrina que pronto iba a ser conocida con el nombre de arrianismo. Es una carta escrita por el obispo Alejandro de Alejandría, diez años después de la muerte de Luciano, a todos los obispos de Egipto, Siria, Asia y Capadocia. Teodoreto (Hist. eccl. 1,4) cita el siguiente párrafo:
Vosotros habéis sido instruidos por Dios; no ignoráis, pues, que esta doctrina que se está levantando nuevamente contra la fe de la Iglesia, es la doctrina de Ebión y Artemas; es la perversa teología de Pablo de Samosata, que fue expulsado de la iglesia de Antioquía por una sentencia conciliar pronunciada por obispos de todas partes; su sucesor Luciano estuvo excomulgado largo tiempo bajo tres obispos; las heces de la impiedad de aquellos herejes han sido absorbidas por estos hombres que se han levantado de la nada… Arrio, Aquilas y toda la cuadrilla de sus compañeros de malicia.
En efecto, Arrio y los futuros partidarios fueron educados por Luciano en Antioquía. Arrio se jactaba de ser discípulo suyo, se llamaba a sí mismo “lucianista,” y se dirigía al sucesor de Luciano, el obispo Eusebio de Nicomedia, como “colucianista” (EPIFANIO, Haer. 69,6; TEODORETO, Hist. eccl. 1,4). Todo esto indica que Luciano fue padre del arrianismo. Por lo tanto, esta herejía no tuvo sus raíces en Alejandría, donde empezó a propagarse, sino en Antioquía. El adopcionismo de Pablo de Samosata sobrevivió, con modificaciones, en la doctrina de Arrio. Atacaba, en efecto, el carácter absoluto de la divinidad de Cristo, uno de los artículos más fundamentales de la fe cristiana.
Doroteo de Antioquía.
Eusebio menciona a otro presbítero de Antioquía, a quien conoció cuando Cirilo era obispo de esta ciudad (ca.280-303).
Durante el episcopado de Cirilo conocimos a Doroteo, hombre elocuente, distinguido con el sacerdocio en Antioquía. Siendo un amante de las bellezas divinas, practicó tanto la lengua hebrea que entendía las Escrituras en hebreo. Estaba también versado en los estudios liberales y había recibido la educación primaria de los griegos. Por otra parte, físicamente era eunuco, siéndolo desde su nacimiento, de suerte que el emperador, por esta particularidad asombrosa, le admitió en su confianza y le honró poniéndole al frente de la tintorería de púrpura de Tiro. Hemos oído a este hombre en la iglesia hacer una ponderada exposición de las Escrituras (Hist. eccl. 7,32,2-4).
Eusebio no menciona ningún escrito de Doroteo, ni dice tampoco si enseñó en la escuela de Antioquía. Actualmente se tiende a asociarlo a Luciano.
Pánfilo de Cesárea.
Pánfilo, uno de los más entusiastas seguidores de Orígenes, fue el maestro del primer gran historiador de la Iglesia, Eusebio de Cesárea, que solía llamarse a sí mismo ? t?? ?aµf????, el hijo de Pánfilo. Por desgracia se perdió enteramente la biografía en tres libros escrita por Eusebio. Pero en su Historia eclesiástica (7,32,25) dice de él:
Durante el episcopado de Agapito conocimos a Pánfilo, hombre elocuentísimo, verdadero filósofo por su manera de vivir, honrado con el sacerdocio de aquella comunidad. Sería prolijo exponer cómo era y de dónde era oriundo. En una obra especialmente dedicada a él hemos narrado todas las particularidades de su vida, de la escuela que fundó, de los combates que hubo de sostener en varias confesiones (de su fe) que hizo durante la persecución y de la corona del martirio con que al fin ciñó su frente. Fue, en verdad, el hombre más admirable entre los habitantes de aquella ciudad.
Nacido en Berilo de Fenicia, Pánfilo recibió su primera formación en su ciudad natal. Estudió teología en la escuela catequística de Alejandría bajo la dirección de Pierio, sucesor de Orígenes, apellidado “Orígenes el Joven.” Allí nació su gran admiración por Orígenes. Al volver a su patria se estableció en Cesárea de Palestina, donde Orígenes había enseñado en sus últimos años. Fue ordenado sacerdote por el obispo de aquella ciudad. Agapito, y creó una escuela teológica para continuar la tradición de Orígenes. Tuvo especial empeño en enriquecer la biblioteca que había fundado Orígenes y logró adquirir una valiosa colección de libros que fueron de suma importancia para la literatura y cultura cristianas en los siglos venideros. Eusebio y Jerónimo deben a esta biblioteca su conocimiento de la literatura cristiana primitiva. Pánfilo copiaba de su puño y letra los manuscritos originales que no podía comprar y se hacía ayudar en esta tarea por una plantilla de amanuenses. Enseñó a Eusebio a transcribir, catalogar y editar los textos, y le introdujo en los estudios de critica y autenticidad literarias. Muchos de los escritos de Orígenes se habrían perdido si Pánfilo no se hubiera preocupado de coleccionarlos y catalogarlos, como nos dice Eusebio:
(El catálogo de las obras de Orígenes) lo hemos dejado transcrito en nuestro relato de la vida de Pánfilo, santo mártir de nuestro tiempo; al ponderar cuan grande era el celo de Pánfilo por las cosas divinas hemos copiado las listas de la biblioteca de las obras de Orígenes y de otros escritores eclesiásticos. Gracias a esta lista, cualquiera que lo desee puede conocer de una manera perfectísima las obras de Orígenes que han llegado a nosotros (Hist. eccl. 6,32,3).
Durante la persecución de Maximino Daia, fue torturado y encarcelado el año 307. Permaneció en la cárcel hasta su ejecución, el 16 de febrero del 309 ó 310.
1. La Apología de Orígenes (?p?????a ?p?? *nptyévous)
Durante la larga estancia en la cárcel escribió la defensa de Orígenes en cinco libros. Le ayudó su discípulo Eusebio, quien completó la obra de Pánfilo después de su muerte, añadiendo un sexto libro. Solamente se ha conservado el primero de ellos en una traducción latina de Rufino que no inspira confianza. Focio (Bibl. cod. 118) nos dice que la Apología “iba dirigida a los condenados a las minas por el nombre de Cristo. Su jefe era Patermitio, el cual, poco después de la muerte de Pánfilo, acabó su vida en una pira junto con otros.” Con otras palabras, la Apología estaba destinada a los mártires de Palestina, que en su mayor parte eran opuestos a la teología de Orígenes. Pánfilo y Eusebio refutaban las acusaciones hechas contra su héroe y defendían sus opiniones, citando muchos párrafos tomados de sus obras.
2. Las copias del texto bíblico.
A Pánfilo le cabe un mérito especial por las numerosas copias de la Biblia que mandó sacar de las Exaplas de Orígenes. Gracias a él y a Eusebio, el texto de los Setenta, tal como aparece en la revisión de Orígenes, era leído en las iglesias de Palestina y se fue extendiendo más allá de las fronteras de aquel país (JERÓNIMO, Praef. in Paral.; Adv. Ruf. 2,27). La historia de la crítica textual del Antiguo y Nuevo Testamento va íntimamente ligada con los nombres de Pánfilo y Eusebio, y no pocos de los manuscritos de la Biblia hoy día existentes se remontan a códices escritos por ellos.
El Dialogo Sobre la Fe Ortodoxa.
El diálogo De recta in Deum fide (?e?? t?? e?? ?e?? ????? Triárseos), que se conserva en el texto original griego y en una traducción latina de Rufino, es de un autor desconocido, contemporáneo de Metodio. Se atribuyó muy pronto a Orígenes. Ya lo hacen los manuscritos griegos y el mismo Rufino. El contenido indica, sin embargo, claramente que lo compuso algún adversario de la doctrina de Orígenes. Para refutar a los partidarios de Marción, Bardesanes y Valentín, el autor se sirvió de los tratados de Metodio Sobre el libre albedrío y Sobre la resurrección. No parece, pues, que el diálogo Sobre la fe ortodoxa sea anterior al año 300. Probablemente fue escrita en Siria. Como el defensor de la fe ortodoxa en el diálogo se llama Adamancio, el tratado fue erróneamente atribuido a Orígenes, a quien llamaban también Adamancio.
En la primera parte, los discípulos de Marción, Megetio y Marco, defienden las ideas de su maestro sobre dos dioses distintos, uno el de los judíos y otro el de los cristianos, y pretenden que el evangelio marcionita es el único auténtico. La segunda parte trata de la herejía de Bardesanes. Marino, su representante, afirma que no se puede llamar a Dios creador de Satanás o del mal; que el Logos no tomó carne humana en la encarnación y que el cuerpo no participará de la resurrección. Al final, el arbitro pagano Eutropio se declara convencido por Adamancio.
El autor da pruebas de tener una buena formación teológica y filosófica. Sabe cómo defender su fe eficazmente. Pero su diálogo está muy lejos de ser una obra de arte y adolece de falta de coordinación y cohesión.
La “Didascalia Apostolorum Syriaca.”
La Didascalía, o la Doctrina católica de los Doce Apóstoles y de los santos discípulos de nuestro Salvador, es una constitución eclesiástica compuesta, según las últimas investigaciones, en la primera mitad y acaso en los primeros decenios del siglo III, para una comunidad de cristianos convertidos del paganismo de la Siria septentrional. La obra sigue el modelo de la Didaché (véase p.37-48) y utiliza las Constituciones Apostólicas como fuente principal de los seis primeros libros.
El desconocido autor de la Didascalía parece ser de origen judío. Era obispo y poseía bastantes conocimientos de medicina, pero le faltaba una formación teológica precisa. Recurre casi continuamente a la Escritura y utiliza, además, la Didaché, a Hermas, Ireneo, el Evangelio de Pedro y los Hechos de Pablo.
Contenido.
Los primeros capítulos son avisos, dirigidos especialmente a los maridos y mujeres. Se exhorta a ser cautos con la literatura pagana y con la promiscuidad en los baños (1-2). Siguen luego reglas sobre la elección y consagración de obispos, sobre la ordenación de sacerdotes y diáconos y la instrucción de catecúmenos (3). Se definen los derechos y los deberes del obispo (4-9), recomendándole particularmente el trato suave con el pecador arrepentido (5-7) y el cuidado de los pobres (8). Precávese contra los falsos hermanos y contra el testimonio que un pagano pueda dar contra un cristiano, y se dan normas relativas a los pleitos (10-11). En el capítulo 12 tenemos una buena descripción de las reuniones litúrgicas y de los lugares destinados al culto:
En vuestras asambleas, en las santas iglesias, organizad vuestras reuniones según buenos modelos. Disponed los sitios para los hermanos con diligencia y mucha prudencia. Que haya un lugar reservado para los presbíteros en el centro de la parte oriental de la casa, y colocad el trono del obispo en medio de ellos; que los presbíteros se sienten con él; pero que los seglares se sienten en lo que queda de la parte oriental del edificio. Es necesario que los presbíteros se coloquen en la parte oriental de la casa juntamente con el obispo; luego los seglares y, finalmente, las mujeres, de modo que, cuando nos levantemos para orar, los jefes de la asamblea se levanten los primeros, luego los hombres seglares y, por fin, las mujeres, porque la ley es que debemos orar hacia el este, pues ya sabéis que está escrito: “Alabad a Dios, que está sentado en los cielos de los cielos hacia oriente” (Ps. 68). En cuanto a los diáconos, que uno de ellos esté constantemente vigilando los dones de la Eucaristía, y que haya otro en la parte de fuera de la puerta para observar a los que entran; y después, cuando hayáis presentado vuestras ofrendas, que ambos sirvan juntos en la iglesia. Y si alguno se halla fuera de su lugar, que el diácono que está dentro le reprenda y le haga levantarse y ocupar el lugar que le corresponde (12).
Los cristianos no deben ser remisos en la asistencia al servicio eucarístico por ir al trabajo o a los espectáculos (13). Vienen después reglas sobre las viudas (14-15), sobre los diáconos y diaconisas (16) y sobre la caridad cristiana (17-18). Se exhorta a los obispos a atender diligentemente a los cristianos perseguidos o encarcelados por el nombre de Cristo. Es obligación de todos los fieles atender solícitamente con sus bienes a las necesidades de los confesores (19). Puesto que los fieles tienen la esperanza cierta de la resurrección, nadie puede tener excusas para eludir el martirio (20). Los días ordinarios de ayuno durante el año son los miércoles y viernes (esto está tomado de la Didaché). Pero hay otro ayuno señalado para la semana anterior a la Pascua: debe durar “desde el lunes, seis días completos, hasta la noche que sigue al sábado” (21). Después de una sección que trata de la educación de los niños (22), el autor aborda la cuestión del peligro que suponen las herejías: “Ante todo precaveos contra todas las odiosas herejías. Huid de ellas como del fuego; huid también de los que se adhieren a ellas.” Los que dividen el rebaño con falsas doctrinas o con cismas serán condenados al fuego eterno (23). Dios ha abandonado la Sinagoga por la Iglesia de los gentiles, pero Satanás ha hecho otro tanto. Ya no tienta a los judíos, sino que se dedica a dividir el único rebaño en sectas. Esto empezó ya en tiempo de los Apóstoles (24); ellos fueron quienes, según el contexto del capítulo 25, escribieron la Didascalía: “Cuando las herejías amenazaron con invadir toda la Iglesia, nos reunimos los doce Apóstoles en Jerusalén y deliberamos sobre las medidas que debíamos adoptar. Nos pareció bien a todos unánimemente escribir esta Didascalía católica, para que todos estéis en la certeza. Cuando volvieron a sus respectivas comunidades, los Apóstoles confirmaron a los creyentes en la fe. “Habiendo decretado, establecido y confirmado unánimemente, partimos cada uno por su lado, confirmando a la Iglesia, porque está ocurriendo lo que ya había sido anunciado: ya habían aparecido lobos disfrazados, los falsos Cristos y los profetas de la mentira” (26).
En la Didascalía hay poco dogma, puesto que su principal objetivo es dar una instrucción moral y reglas canónicas para el mantenimiento del orden y de la disciplina en la Iglesia. Cuando aborda discusiones doctrinales lo hace para refutar el gnosticismo y el judaísmo. Esto no obstante, nos proporciona información abundante para la historia de la vida y de las costumbres cristianas. Trata, por ejemplo, detalladamente toda la cuestión de la penitencia. Contra las tendencias rigoristas, enseña que pueden perdonarse todos los pecados, incluso el de herejía, siendo la única excepción el pecado contra el Espíritu Santo:
Que los que se arrepienten del error sean admitidos en la Iglesia; pero los que se adhieren obstinadamente al error, y no se arrepienten, los segregamos y decretamos que salgan de la Iglesia y que sean separados de los fieles. Ya que profesan herejías, no se debe mantener comunión con ellos ni de palabra ni de oración. Son, en efecto, los enemigos de la Iglesia (25).
El escritor menciona explícitamente el adulterio y la apostasía entre los pecados que pueden perdonarse. Hace esta amonestación a los obispos:
Curad y recibid a los que se arrepienten de sus pecados. Si no recibes a los que se arrepienten, porque no eres misericordioso, pecas contra el Señor Dios, pues no obedeces a nuestro Señor y Dios al no obrar como El obró. El perdonó a aquella mujer que había pecado, a quien los ancianos llevaron a su presencia, dejándola en sus manos para que la juzgara, marchándose ellos. El, que es el único que escruta los corazones, le preguntó: “¿Te han condenado los ancianos, hija mía?” Ella respondió: “No, Señor.” Y nuestro Salvador le dijo: “Tampoco yo te condeno; vete y no peques más.” ¡Obispos!, que en esto nuestro Salvador, nuestro Rey y nuestro Dios sea para vosotros un signo: Sed como El y seréis mansos, humildes, misericordiosos y clementes (6).
El autor cita luego el texto íntegro de la oración de Manasés, y añade:
Habéis oído, queridos hijos. Manases rindió un culto impío a los falsos ídolos e hizo perecer a los justos; pero, cuando se arrepintió, el Señor le perdonó. No hay pecado peor que el culto de los ídolos, y, con todo, aún se le dio ocasión de arrepentimiento (6).
No hay nada que indique, ni de lejos, que después del bautismo no haya perdón de pecados. Encontramos una liturgia muy desarrollada de la penitencia pública, una noción clara de su carácter sacramental, pero ninguna alusión a la penitencia privada.
Según A. v. Harnack y E. Schwartz, la Didascalía, en su forma actual, contiene párrafos dirigidos contra Novaciano, pero se habrían añadido posteriormente; la obra seria anterior al heresiarca. Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que no tenemos la menor prueba de que en el original hubiera ninguna manifestación de rigorismo en la cuestión de la penitencia.
Tradición textual.
1. El texto griego se ha perdido, a excepción de algunos pocos fragmentos. Como esta obra fue la fuente principal de los seis primeros libros de las Constituciones Apostólicas, se puede reconstruir la mayor parte de su texto.
2. El texto completo nos ha llegado en una traducción siríaca. P. A. de Lagarde lo editó por vez primera en 1854 de un manuscrito de París, el Codex Sangermanensis (Parisiensis) orient. 38, del siglo IX o X. En 1903, la señora M. D. Gibson publicó otra recensión de un manuscrito mesopotámico del año 1036, descubierto por J. R. Harris (Codex Mesopotamicus o Harrisianus); ella da también la lista de las variantes del Sangermanensis, de otro Codex Mesopotamicus que contiene solamente un pequeño fragmento, de un Codex Cantabrigiensis y de un Codex Musei Borgiani. Según todas las apariencias, la versión siríaca se hizo a poco de haberse publicado el original griego.
3. Una traducción latina antigua, que comprende casi las tres octavas partes de toda la obra, fue publicada por E. Hauler en 1900 de un palimpsesto de la Biblioteca del cabildo catedral de Verona (Codex Veronensis lat. LV 53). Esta traducción parece ser de fines del siglo IV.
4. La Didascalia siríaca, o mejor, el original griego, desaparecido, sirvió también de base para las Didascalias árabe y etiópica.

LAS PUERTAS DEL INFIERNO NO PREVALECERÁN

Uno de los argumentos más frecuentes en favor de la legitimidad del establecimiento de la Iglesia postconciliar es la promesa de Dios de que «las puertas del infierno no prevalecerán». Implícito en este escrito está el que no es posible ni probable que Dios haya abandonado a los suyos. Veamos ahora cómo respondemos a tal argumento.
Comencemos con los hechos indiscutibles. Tanto si lo creemos como si no, y tanto si nos parece posible como si no, lo que está clarísimo es que después de un Concilio escandaloso que carecía de regularidad y dignidad, la religión Católica ha sido cambiada. En el orden práctico, ésta ha sido reemplazada por otra religión, una religión que evoluciona, una religión en gran medida influenciada e inspirada por la Francmasonería y por el Marxismo y por lo que los Papas Pío IX y Pío X rechazaron abiertamente bajo la designación de «Modernismo». Habiendo creado un Concilio «ladrón» que cometió una multitud de errores tales como el rechazo de la «Unidad» de la Iglesia y el poner la Libertad Religiosa al nivel de la enseñanza infalible, la «Iglesia postconciliar» procedió a abolir el Juramento contra el Modernismo y el Santo Oficio. ¿Qué otro propósito podrían tener tales medidas sino el de privar a la Iglesia Tradicional -la Iglesia de todos los tiempos- de todas sus defensas? ¿Y qué le siguió? El cambio de los altares en mesas, el cambio de los sacerdotes en «presidentes», la invalidación de todos los sacramentos que no sean aceptables a los Protestantes, la mala traducción de las Escrituras, y sobre todo la degradación de los Templos y la destrucción de la Misa -cambios «humanistas» y demagógicos de la más grave naturaleza. El cardenal Suenens tenía razón cuando describió esto como «la Revolución Francesa en la Iglesia Católica».

En la foto, están de izquierda a derecha: Mons. Urbina Aznar, Mons. Malachi Martin (jesuita), P. Rama Coomaraswamy y Mons. Lopez – Gastón.

Consideremos el principio de: «por sus frutos los conoceréis». Ahora bien ¿cuáles son los frutos de la nueva religión? Miles de sacerdotes han abandonado su vocación -y de los que permanecen un 25% solicitaron el permiso para casarse y se les negó. Monjes y monjas se secularizaron a miles. Los seminarios están virtualmente desiertos. La edad media de los sacerdotes en los Estados Unidos es de 50 años y pico, con un descenso del 40% del nivel actual para el final de la década. Mucho más trágico aún: a pesar de la amplia variedad de «liturgias» ofrecidas -desde conservadoras hasta radicales- millones de católicos han dado la espalda a la Iglesia, y para todo tipo de propósitos, la juventud ya no está interesada en lo que ella tiene que ofrecer. Solo un 15% de los fieles oyen todavía la Misa del Domingo y entre estos, mientras las comuniones suben las confesiones bajan, dando la impresión de que el pecado está disminuyendo. Un 80% de los católicos casados usan controles de natalidad y lo hacen creyendo que tal cosa no viola ningún principio divino; las estadísticas de divorcio no muestran ninguna diferencia entre los católicos y los otros; y en el campo práctico existe un completo caos con respecto al comportamiento sexual.

Junto a todo esto está la corrupción, es más, la destrucción de la doctrina y la teología. La aceptación de la evolución como un hecho en todos los campos -sea en biología, sociología, teología- incluso la tesis teilhardiana de que ¡el mismo Dios evoluciona! La abrogación de los cánones 1399 y 2318, el rehusar la Iglesia condenar a los herejes y la descarada indulgencia extendida a aquellos que, como Hans Küng -cuyo nombre es «legión»- envenenan el pensamiento de los fieles, son síntomas de la malignidad modernista ampliamente extendida. La así llamada «desacralización» y «desmitologización» de la Iglesia combinada con la mala representación de todo lo tradicional, ha acabado en una familiaridad y vulgaridad que lo ha invadido todo. Recientes intentos de disimular esto vistiendo a los presidentes (el clero) y a las monjas con la vestidura tradicional no ha cambiado en nada la situación.

El que tenga oídos que oiga. Pero ¿quiénes querían escuchar? Su eslogan y leitmotiv estaba colgado en la pared desde la apertura del Concilio y era el Aggiornamento («puesta al día», «actualización»), un concepto contrario a cualquier Religión basada en las verdades eternas y en la Revelación. Roncalli, alias Juan XXIII, declaró en aquella ocasión su intención de «salvaguardar el sagrado depósito de la fe con más efectividad». No se necesita mucha imaginación para entender lo que quería decir -y no dudó en declarar que «… la sustancia de la antigua doctrina contenida en el depósito de la fe es una cosa, y otra la manera en la que es expresada». Esta declaración es falsa y de hecho satánica, ya que abrió la puerta a todas las traiciones y falsificaciones que le siguieron. Las formulaciones tradicionales no son artículos de lujo superficiales, ellas son garantía de verdad y de eficacia; además ellas expresan adecuadamente lo que quieren decir -su adecuación es de hecho su raison d’être. ¿No es la verdad inseparable de su expresión? ¿No reside la fuerza de la Iglesia en que sus viejas expresiones son siempre válidas? Ellas solo disgustan a los que quieren hacer modernismo, cientismo, evolucionismo y socialismo apartándose del «Depósito de la fe».

Uno debe tomar un fenómeno por lo que es. Si uno ve un tigre en las calles de Nueva York, no necesita el telediario para saber que lo que ha visto es una realidad. Uno puede negar su existencia solamente arriesgándose a perder la propia vida.

A pesar de lo obvio, los hay todavía que, deseando tener «lo mejor de ambos mundos», quieren exculpar a la Iglesia postconciliar, y los que intentan explicar cómo «el humo de Satán» casi ha oscurecido «la bóveda de San Pedro». Algunos dicen que es porque el Concilio y las subsecuentes innovaciones fueron «mal interpretadas». Pero ¿por quiénes? Otros, proclamando a voces su lealtad a aquéllos que usurpan el Trono de Pedro, afirman que es por culpa de los obispos y cardenales que están alrededor de él. Pero ¿quién los eligió? ¿Desde cuándo ha sido abandonado el principio de respondeat superior? (Incluso el infierno tiene una estructura jerárquica). A pesar del hecho de que tales declaraciones están a menudo motivadas por el deseo de «tapar la borrachera de Noé», ellas son una combinación de improbabilidades y de hipocresía.

Tanto si nos gusta como si no, la culpa debe recaer principalmente sobre los «papas» postconciliares. Aunque ninguno de nosotros está libre de algo de culpa, son ellos quienes deben llevar la carga. Son ellos quienes aprobaron el Concilio y las Reformas, y sin su aprobación, ni el Concilio ni las Reformas hubieran tenido significado ni autoridad. Son ellos quienes han aplicado mal el principio de la obediencia para mantener a los fieles dentro de su línea. Son ellos quienes toleran toda desviación concebible mientras condenan sin ambages todo lo que es tradicional. No son individuos que han «caído en la herejía», o que, como diría Lefebvre, están «tocados de modernismo», (¿puede una mujer tener un toque de preñez?). Ellos son mucho peor, son herejes que han sido elegidos precisamente porque son herejes; son hombres que, según las leyes de la Iglesia Tradicional se han excomulgado a sí mismos desde hace tiempo. Y esta condenación se aplica virtualmente a todo el «cuerpo electoral» responsable de la implantación de lo que sólo se puede describir como una conspiración modernista. Además se aplica también a la aduladora jerarquía que se declara a sí misma una cum aquellos que están en el poder.

«Y Ciaphus era, en su propia opinión, un benefactor de la humanidad» (Blake). Hablar de una conspiración no es negar la sinceridad de aquéllos en ella involucrados. Porque ¿a qué hereje le falta sinceridad? Tampoco es afirmar que todo individuo que dio y da su aprobación sea un subversor consciente. (Aunque Nuestro Señor dijo que el que no está con Él está contra El, no condenar el error es tolerarlo). El resultado neto está claro. El Concilio y sus consecuencias fueron llevados a cabo de acuerdo a una conspiración de individuos a quienes el Papa San Pío X condenó claramente, y contra quienes él quería proteger a la Iglesia. Él llegó a declarar, en su calidad de Papa y por lo tanto ex cathedra, que cualquier individuo que defendiera incluso una sola proposición modernista condenada por sus Encíclicas y el Decreto Lamentabili estaba ipso facto (de inmediato) y latæ sententiæ (antes de la sentencia pública) excomulgado -es decir, por ese mismo hecho y sin necesidad de que nadie lo declare públicamente (Præstantia Scripturæ, 18 de Noviembre de 1907). Ningún padre (conciliar) que firmara los documentos del Concilio ni ningún miembro de la jerarquía que los aceptara y los enseñara, puede declarar que se queda fuera de la condenación. Todo aquél que se considere «en obediencia» a la nueva Iglesia, acepta implícitamente sus principios modernistas .

Consideremos la Libertad Religiosa. Es la idea de que todo hombre es libre para decidir por sí mismo lo que es verdadero y falso, lo que está bien y mal, y de que en su misma dignidad humana reside precisamente esta libertad. Imaginemos a Cristo en la Cruz diciéndonos que vino a establecer una Iglesia visible, «Una, Santa, Católica y Apostólica», y para confiarle a ésta aquéllas verdades necesarias para nuestra salvación, para asegurarnos, sin embargo, a continuación que no tenemos la obligación de escucharle, que somos libres para elegir por nosotros mismos lo que debemos creer y que nuestra dignidad humana real reside, no en conformarnos a Su Imagen, sino ¡en hacer tales elecciones! ¡Increíble! Y ahora, unos dos mil años después, nosotros encontramos al representante de Cristo cuya función es enseñarnos lo que Cristo nos enseñó, asegurándonos que como resultado de la Encarnación de Cristo, todos los hombres, incluso aquéllos que rechazan la misma idea de Dios, están salvados, que la Iglesia de Cristo, por su propio defecto, ha perdido su «unidad» y que la Crucifixiónno es sino «un testimonio de la dignidad humana del hombre», el cual tiene la aptitud para determinar por sí mismo lo que es verdadero y falso. ¡La locura goza de dominio absoluto!

Uno puede argumentar que estos falsos papas han dicho algunas cosas buenas. Tal cosa, sin embargo, no tiene importancia o interés en la situación actual en la que nosotros debemos decidir si ellos son o no son verdaderos representantes de Cristo en la tierra. Si ellos son verdaderamente «una persona jerárquica» con Nuestro Señor, entonces debemos obedecerles. Pero los Católicos deben entender que la infalibilidad del Papa depende totalmente de su propia obediencia a Cristo, y que cuando él rechaza a Cristo y falsifica sus enseñanzas, nosotros debemos rechazar su autoridad. Como dijo S. Pedro: «se debe obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5, 29). Un papa modernista es una imposibilidad. O bien es modernista y entonces no es Papa o bien es Papa y entonces no es modernista. Todo esto no es cuestión de elegir o escoger lo que nosotros debamos creer. Es cuestión de ser Católico. Negar este principio es declarar que ¡Cristo es un mentiroso! Santa Catalina de Siena nos dijo que un Papa que falsifique su función irá al infierno, y más adelante, que los que le obedezcan, irán allí con él. Acabemos con aquéllos que afirman que Juan Pablo II está intentando que la «Iglesia» vuelva a la Tradición. La mentira se expone fácilmente. Todo lo que él tiene que hacer es rechazar el Vaticano II y restaurar los Sacramentos tradicionales. Fuera de esto, él no es sino un lobo con traje de cordero dando gato por liebre.

¿Han prevalecido «las puertas del infierno»? Ciertamente que no. Los Católicos saben que Cristo no puede mentir. Examinemos entonces el significado de esta promesa. Lo que ella proclama es que la verdad vencerá al final aunque no necesariamente a «corto plazo». Que esto es «verdad» es una certeza intelectual, ya que el error solo se puede definir como la negación de la verdad. Ahora bien, la Iglesia Católica es verdadera, y por lo tanto, no puede ser totalmente destruida como no puede serlo la misma verdad. Pero esta Iglesia no se basa en números, ni en edificios, ni siquiera en la necesidad de la jerarquía. La verdad funciona ex opere operatio. Ella reside en los fieles (la jerarquía debe ser «de los fieles» antes de que estos puedan ser «de la jerarquía», o como los teólogos lo exponen, deben ser miembros de la «Iglesia creyente» antes que de la «Iglesia docente» (el Magisterio). Todo niño bautizado, según el rito tradicional, se convierte en «miembro del Cuerpo de Cristo». Y ¿qué es la Iglesia sino el Cuerpo de Cristo, la Presencia de Cristo en este mundo? Se sigue entonces de esto, como apunta Catalina Emmerich, que si hubiera solamente una persona viva que fuera verdaderamente Católica, la Iglesia residiría en ella.

La visibilidad es una cualidad de la Iglesia ¿Necesita la visibilidad una jerarquía? La cuestión está abierta a debate, pero el tiempo no ha terminado todavía su curso. En cualquier evento, los obispos tradicionales están disponibles, y si solamente sobreviviera un obispo tradicional, la jerarquía residiría en él. Sin embargo lo que hay que recordar es que la Iglesia no existe en razón de la jerarquía, es la jerarquía la que existe en razón de la Iglesia. Y la historia ha demostrado que los Católicos pueden vivir y mantener la fe durante siglos sin ninguna jerarquía. Dios conoce a los suyos y no los abandonará. Si un obispo es necesario para la visibilidad de la Iglesia, ciertamente que Dios proveerá uno. En última instancia, somos nosotros los que abandonamos a Dios, su verdad y su Iglesia, y no al contrario.

Alguien podría pensar que los cambios fueron más que suficientes para inducir a los fieles a la rebelión. La gran sorpresa, verdaderamente apocalíptica, fue que el pueblo católico no lo hizo. Y también que se pudiera demostrar lo que valían realmente los católicos «sinceros, piadosos, fervorosos y bien intencionados». Uno puede sentirse tentado a compadecerlos, pero como siempre, incluso en esta situación, «Dios conoce a los suyos». Se debe insistir sobre esto, ya que los verdaderamente inocentes son muchos menos numerosos de lo que se suele creer. El argumento que dice que no es posible ni probable que Dios abandone «a los suyos» presupone que «los suyos» no merezcan ser abandonados, cuando de hecho estos lo merezcan precisamente hasta el punto en que sean abandonados realmente.

¿Por qué no se rebelaron los Católicos? Bueno, ante todo, algunos lo hicieron, pero su postura era indeterminada debido a un pobre liderazgo. Psicológicamente dependientes de la jerarquía y del clero, buscaban una guía que no les fue proporcionada. Los modernistas, trabajando durante décadas, habían preparado el terreno, e incluso aquéllos que no eran subversivos tenían su fe corrompida y por lo tanto debilitada. Quizá hubieran en el Concilio 70 personas que -hacia el final- comenzaron a comprender lo que estaba ocurriendo. ¡Ya no los hay! Y entre ellos ninguno estuvo dispuesto a tomar una clara postura drástica con sólidos fundamentos. Incluso Lefebvre basó su oposición en falsas premisas teológicas, arguyendo por ejemplo que se puede desobedecer a un Papa válido . En segundo lugar, durante décadas, los fieles fueron inadecuadamente instruidos en su fe y desanimados a llevar una activa vida espiritual. Educados en colegios secularizados, adoctrinados por sacerdotes «liberales», ellos eran, en general, modernistas sin saberlo. Y finalmente, tanto el clero como los laicos, encontraron el mundo moderno seductivamente atractivo. Ellos se hallaron con el rechazo y el desprecio del mundo moderno -un mundo que había repudiado a la Iglesia y que como el hijo pródigo se había alejado del seno del padre -cada vez más intolerable. Ellos no podían aceptar la desaprobación de este mundo en el cual creían aun más firmemente que en Cristo. El Concilio declaró que la Iglesia no sólo estaría de hoy en adelante «abierta al mundo», sino ¡que lo «abrazaría»! Su objetivo declarado y su promesa era el aggiornamento para introducir a la Iglesia «dentro del siglo XX», hacerla parte de él y aceptable a este mundo. Ya no proclamó que era necesario que el hijo pródigo volviera al seno del padre. En vez de esto, abandonando tanto su función como su identidad, ella proclamó que el padre estaba obligado ¡a comer la bazofia apta solamente para cerdos! Clero y laicado -excepciones aparte- se precipitaron de cabeza al mar a gastar su patrimonio como si no hubiera un mañana. Esto es en lo que consiste el corazón de la conspiración. Esto es lo esencial del caso. Esto es lo que creó el humo que remolinea en la Basílicade San Pedro. Esta chispa de rebelión, que está presente en el alma de todo hombre, solo necesitaba unos «aires de cambio» para crear un infierno.

No obstante, como siempre ha ocurrido a lo largo de la historia de la Iglesia, un resto persiste en mantener la plenitud de la fe. La verdadera Iglesia se puede encontrar entre aquéllos que creen y continúan creyendo de la misma manera que sus antecesores. Son ellos quienes dan testimonio de la verdad de la promesa de Cristo. Son ellos quienes proporcionan la prueba de que «las puertas del infierno no han prevalecido». No todos son profundos teólogos. No todos están sin pecado. Pero se les puede reconocer por su insistencia en los sacerdotes verdaderos, en la verdadera doctrina y en la verdadera Misa -la Misa de todos los tiempos.

Algunos acusarán a los Católicos tradicionales -que son los que insisten en mantener la totalidad de la fe Católica intacta y que por lo tanto rechazan la nueva religión de la Iglesia postconciliar- de estar en el «cisma». Tal acusación es falsa. En realidad, el cismático es el que se aparta de la verdad y no el que insiste en ella. Y si es necesario que uno se separe de algo para salvar la verdad, ¡larga vida al cisma! Pero en realidad, no es el Católico tradicional el que está en el cisma, sino aquéllos que son responsables de cambiar la fe Católica. Pero seamos claros y honestos. La nueva Iglesia no es cismática, es herética. De igual manera los Católicos tradicionales son acusados de ser Protestantes porque desobedecen al papa. Pero tales acusaciones son falsas. Los Católicos tradicionales no «eligen y escogen» lo que desean creer, sino que se adhieren con todo su corazón a lo que la iglesia siempre ha enseñado y hecho. Tampoco están desobedeciendo al Papa. Ellos creen que se debe obedecer al Papa, mientras sea el Vicario de Cristo en la Tierra y una «persona jerárquica» con Nuestro Señor. Ellos saben que cuando Pedro habla, es infalible porque es Cristo quien habla por medio de él. Ellos son acérrimos papistas y lo que están haciendo es nada menos que negarse a desobedecer a Pedro. En tal situación ellos están obligados a desobedecer a aquéllos que hablan falsamente en nombre de Pedro. Obedecer a los «papas» herejes y modernistas es declarar que son «una persona jerárquica» con Nuestro Señor y por tanto que Cristo enseña cosas falsas -¡quod absit!

Es un hecho desafortunado que muchos de los tradicionalistas no quieren ser etiquetados como «integristas» o «sedevacantistas». Y ¿por qué no? ¿Por qué detenerse a medio camino? Esto solamente nos lleva a reñir por causa de las posturas más absurdas, o a una timidez de lenguaje combinada con unos convencionales e infantiles sentimentalismos. Si los «papas» postconciliares son verdaderos Papas, obedezcámosles. Pero si no, obedezcamos a Pedro y por medio de él a Cristo. La gente dice estar «confusa» o «preocupada». ¿Por qué? Los antiguos catecismos están siempre ahí y las modernas innovaciones en principio no son diferentes de las de una época anterior. El pecado puede cambiar de estilo, pero no de naturaleza. «No hay mayor derecho que el de la verdad», y a pesar de las enseñanzas del Vaticano II, «el error no tiene derechos en absoluto».

Los Católicos tradicionales dan a menudo escándalos al discutir entre ellos. En comparación la nueva Iglesia parece más unida. En realidad lo está, ya que acepta bajo su tutela toda desviación concebible. Pero si los Católicos tradicionales parecen divididos es porque, en ausencia de un claro liderazgo, cada grupo individual procura determinar por sí mismo lo que es verdaderamente Católico. Lo que se necesita es un profundo estudio y una entrega a lo que es verdaderamente Católico por parte de todos. Parafraseando a Lenin, no tengamos enemigos a la derecha -nadie más ortodoxo y nadie más tradicional que nosotros mismos. Estemos unidos en la verdad, manifestada en la constante enseñanza y práctica de la Iglesia a través de los tiempos. Así que Dios nos ayude.

Es extraordinario que el clero moderno afirme estar interpretando «los signos de los tiempos». Cristo describió «los últimos tiempos» con colores muy sombríos. La Escritura advierte de una erupción del mal sin precedentes, llamada por San Pablo Apostasía, en medio de la cual aparecerá el «terrible hombre de pecado» e «hijo de perdición», el singular enemigo de Cristo, o sea el Anticristo; que esto será cuando dominen las revoluciones y la actual estructura de la sociedad se rompa en pedazos. Se nos dice que «ellos mancharán el Santuario en gran número y que quitarán el sacrificio perpetuo y que pondrán allí la abominación de la desolación». ¿No habla Jeremías en Nombre de Dios cuando dice: «Mi Tabernáculo está desolado, todas mis cuerdas están rotas. Mis hijos se han alejado de Mi… Porque los pastores han obrado el mal y no han buscado al Señor»? ¿Y no se nos dice que «se alzarán muchos falsos cristos» que predicarán falsas doctrinas y que incluso los aparentes elegidos serán engañados? Finalmente ¿no es el mismo Cristo quien nos dice que a su Venida final solo quedará un «resto» -un «resto» perseguido por el Anticristo? A pesar de tales advertencias el moderno Sanedrín de Roma insiste en apoyar y fomentar las fuerzas de la Revolución, y en proclamar su intención de crear un mundo mejor, en el que los principios de la Revolución Francesa se vean realizados -donde todos los hombres sean libres, iguales y vivan en una paz fraternal. Y con esto a la vista, se ha comprometido en la creación de una religión mundial en la que todos los hombres -incluso los ateos- estarán reunidos juntos como «pueblo de Dios» y la salvación será como el Vaticano II predica «un proceso comunitario». Afortunadamente, los Católicos tradicionales también saben interpretar los signos de los tiempos. Ellos ven en todo esto el cumplimiento de las profecías de las Escrituras. Es por lo que insisten en ser el Resto tradicional. Que Dios les dé el don de la perseverancia.

«Es necesario que ocurran escándalos…» Y esto no es porque sea alguna decisión arbitraria por parte de un Dios Personal -quod absit- sino porque se debe al necesario «juego» ontológico que resulta de la Omniposibilidad, que está inevitablemente relacionada con las contradicciones y privaciones sin las que el mundo no existiría. Dios no desea un «mal dado» sino que tolera «el mal como tal» en vista del aún más grande bien que resulta de éste.
Ad mayorem Dei gloriam.

Pbro. Rama P. Coomaraswamy, D.M. Gentileza de la Fundación San Vicente Ferrer

INCERTIDUMBRE DE LA CONSAGRACIÓN EPISCOPAL DE DOLAN

PREÁMBULO

El pdf. de este artículo es una traducción muy buena del esmerado trabajo realizado por el Sr. Craig Toth, cuyo link ponemos más abajo, para cotejar con el original en ingles que pueden consultar.

El resumen del asunto es el siguiente: Dolan recibió la ordenación sacerdotal con una mano, cuando el Pontifical manda poner las dos (esa es la materia del sacramento); posteriormente recibió el episcopado. La cuestión del debate es si pueden recibirse las órdenes per saltum, o sea, si alguien que no ha recibido la gracia del sacerdocio y es consagrado obispo lo es o no lo es. El Código de Derecho Canónico dice expresamente que está prohibido recibir las órdenes per saltum, no obstante prohibición no es igual a validez. Los teólogos están divididos al respecto, sin embargo, siguiendo al Dr. Ángelico, Santo Tomás de Aquino, el Maestro de la Escuelas, nos dice que  es inválido el episcopado recibido per saltum; habría que concluir que Dolan no es obispo, y que las consagraciones de otros obispos, y ordenaciones de sacerdotes son invalidas. No obstante el peso de Santo Tomás de Aquino, la Iglesia aún no se ha pronunciado al respecto.

¿Tiene importancia? Desde luego y mucha; porque si Dolan no fuera obispo, no lo  serían los obispos que haya consagrado, ni serían verdaderos sacerdotes los ordenados por ellos; con lo cual los fieles estarían engañados, con confesiones y comuniones inválidas. Si los sacramentos se reciben  en la duda de su validez, es un sacrilegio. Si fuera obispo verdadero, todo estaría correcto; si no lo fuera, cabe una solución: la ordenación y consagración subconditione, para cuya solicitud se necesita humildad.

Más como no se puede actuar en la duda, y en lo sacramental el fiel esta obligado a seguir el camino seguro (tuciorismo), debe hacer cuanto está en su mano e informarse para decidir con conciencia recta, de manera que así no comete pecado.

Tal vez alguien pueda pensar que algún prejucioso se moleste por esta publicación; sin embargo, hemos preferido informar para hacer todo lo posible y evitar que se cometan pecados de sacrilegio, nulas confesiones e, incluso, probables idolatrías. Quien se escandaliza con la Verdad, sobre él cae el pecado de escándalo.

Por nuestra parte, no zanjamos sobre la cuestión, pero nos parece muy importante avisar a los fieles.Porque, si al menos evitamos un pecado, será para la Gloria de Dios. Cierta simpatía tenemos a Dolan, pero mucho más amor a Jesucristo, a quien sólo queremos servir por encima de otras dignidades, verdaderas o supuestas.

Una última nota: no se aceptará ningún comentario irrespetuoso hacia nadie, reservándonos el derecho de borrar todo aquello que resulte ofensivo. Sólo queremos que se argumente con el magisterio y la teología, y nunca con las vísceras o el parecer de cada uno, que de ese subjetivismo modernista apenas hay algún «tradicionalista» que se libre.

Damos muchas gracias al traductor por el excelente trabajo realizado.

LA INCERTIDUMBRE SOBRE LA ORDENACIÓN CONFERIDA CON UNA MANO

Una Refutación/Impugnación de la Monografía de Anthony Cekada, de el Sr. Craig Toth.

Ver original en inglés aquí

 

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Literatura antinicena (Final)

Ammonio.
Ammonio, que parece haber sido contemporáneo de Orígenes, fue el autor de un tratado sobre la Armonía entre Moisés y Jesús. Eusebio (Hist. eccl. 6,19,10) lo confundió con el neo-platónico Ammonio Saccas, y el mismo error cometió San Jerónimo (De vir. ill. 55). El tratado lo compuso probablemente para probar la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento, que negaban muchas sectas gnósticas. Quizás haya que identificar a su autor con “Ammonio el Alejandrino,” a quien menciona Eusebio, en su carta a Carpiano, como autor de un Diatessaron o Concordancia de los Evangelios, en la que se tomaba como base el texto de San Mateo. San Jerónimo (De vir. ill. 55) admite sin titubear esa identidad.
Dionisio de Alejandría.
El más célebre entre los discípulos de Orígenes fue Dionisio, de Alejandría. Cuando Orígenes abandonó Alejandría, le sucedió Heracles como jefe de la escuela catequística y, a la muerte de Demetrio, subió a la cátedra episcopal de Alejandría. Su sucesor en ambos cargos fue Dionisio (248-265). Sus padres eran paganos en buena posición económica. A la fe cristiana le llevaron, al parecer, su afán de lectura y su amor a la verdad, pues dice en una de sus cartas:
Yo también he leído los escritos y las tradiciones de los herejes, manchando mi alma durante algún tiempo con sus abominables pensamientos; pero de su lectura he sacado este provecho: el de refutarlos dentro de mí y odiarlos más que antes. Por cierto que un hermano, uno de los presbíteros, trató de disuadirme, temiendo que me. revolcara en el fango de su malicia y mi alma quedara manchada; como sentía que decía la verdad, el Señor me mandó una visión, que me fortaleció, y me llegó una voz, que dijo expresamente: “Lee todo lo que te venga a las manos, porque tú eres capaz de enderezar y probar todas las cosas; éste ha sido para ti desde el principio el motivo de tu fe” (Eusebio, Hist. eccl. 7,7,1-3).
Siendo ya obispo de la metrópoli egipcia, la persecución de Decio le obligó a emprender la fuga. Volvió a Alejandría después de la muerte del emperador; pero durante el reinado de Valeriano fue desterrado a Libia, y más tarde a Mareotis, en Egipto. Cuando se reincorporó a su sede, se produjeron nuevos disturbios: estalló una guerra civil, se declaró la peste, y cayeron sobre él nuevos infortunios. Murió durante el sínodo de Antioquía (264-265) de una enfermedad que le impidió asistir al mismo.
La posteridad le ha dado el sobrenombre de “Dionisio el Grande” por su valor y firmeza en medio de las luchas y adversidades de su vida. Fue un gran hombre de Iglesia; su influencia llegó mucho más allá de las fronteras de su diócesis. Fue, además, autor de un gran número de escritos que tratan de cuestiones tanto prácticas como dogmáticas. Sus cartas muestran que tomó parte activa en todas las grandes controversias doctrinales de su tiempo.
De sus numerosas obras nos quedan, desdichadamente, tan sólo pequeños fragmentos. La mayor parte de ellos los ha conservado Eusebio, que le dedicó casi todo el libro séptimo de su Historia eclesiástica.
Sus Escritos.
1. Sobre la naturaleza (?e??…).
En esta obra Dionisio refuta, en forma de carta dirigida a su hijo Timoteo, el materialismo epicúreo, que se basa en el atomismo de Demócrito, y demuestra la doctrina cristiana de la creación. Los fragmentos conservados por Eusebio en su Preparación al Evangelio (14,23-27) revelan que Dionisio conocía bien la filosofía griega y que era un escritor muy hábil. Habla de una manera muy persuasiva del orden del universo y de la existencia de la Providencia divina, en contra de la explicación materialista del mundo.
2. Sobre las promesas (?e?? epa??e????).
Eusebio nos describe las circunstancias que dieron origen a los dos libros Sobre las promesas y su contenido:
Dionisio compuso, además, los dos libros Sobre las promesas. El tema se lo dio un obispo egipcio, Nepote. Este enseñaba que las promesas hechas a los santos en las divinas Escrituras deberían interpretarse más a la manera de los judíos e imaginaba que habría un milenio de goces corporales. En todo caso, creyendo poder confirmar su opinión con el Apocalipsis de Juan, había compuesto un libro sobre esta materia bajo el título de Refutación de los alegoristas. Dionisio ataca esta obra en sus libros Sobre las promesas; en el primero expone su opinión sobre a miel la cuestión, y en el segundo trata del Apocalipsis de Juan (Hist. eccl. 7,24,1-3).
El obispo Nepote mencionado aquí gobernaba la diócesis de Arsinoe. Se había servido del Apocalipsis de San Juan para apoyar sus doctrinas quiliastas, rechazando la interpretación alegórica de Orígenes. Este libro de Nepote tuvo un gran éxito, incluso después de su muerte, hasta el punto de “haber cismas y defecciones de iglesias enteras” (ibid. 7). Dionisio fue, pues, a Arsinoe y sostuvo una disputa sobre el problema milenarista:
Hice llamar a los presbíteros y doctores de los hermanos que están en los pueblos, y, en presencia de los hermanos que querían, les propuse hacer un examen público del libro. Ellos me trajeron este libro (el de Nepote) como un arma y una muralla inexpugnable. Me senté con ellos por tres días consecutivos, de la mañana a la noche, y traté de corregir lo que estaba escrito…
Al final, Coración, pastor y jefe de este movimiento, dijo que renunciaba a su partido, porque le habían convencido los argumentos en contra. Sin embargo, de regreso a Alejandría, Dionisio juzgó necesario completar aquella disputa con sus dos libros Sobre las promesas, a fin de contrarrestar toda influencia ulterior del libro de Nepote. Es interesante notar que en su refutación niega que el apóstol Juan sea el autor del Apocalipsis:
Que él [el autor del Apocalipsis] se llame Juan y que este libro haya sido escrito por un Juan, no lo niego. Estoy plenamente de acuerdo en que es obra de un hombre santo e inspirado de Dios. Lo que no aceptaré fácilmente es que sea el apóstol, el hijo de Zebedeo, el hermano de Santiago, de quien son el Evangelio llamado según Juan y la Epístola católica. En efecto, a juzgar por el carácter de cada uno y por el estilo de su lenguaje y por lo que se suele llamar composición del libro, conjeturo que no es el mismo. Pues el evangelista no pone su nombre en ninguna parte ni se anuncia a sí mismo en todo el Evangelio ni en la Epístola (Eusebio, Hist. eccl. 7,25,6-8).
3. Refutación y apología (??ß??a e?????? ?a? ap?????a?).
Esta obra, en cuatro libros, va dirigida a su homónimo en Roma el papa Dionisio (259-268), según nos informa Eusebio (Hist. eccl. 7,26,1). El Romano Pontífice había invitado al obispo de Alejandría a rendir cuenta de su fe trinitaria (?T??NASIUS, Ep. de sent. Dion. 13). Dionisio contestó con su Refutación y apología, en la que demostraba su ortodoxia. Parece que sus explicaciones aquietaron los escrúpulos de Roma. No quedan más que fragmentos de esta obra en Eusebio (Praep. ev. 7,9) y Atanasio (De sententia Dionysii episc. Alex.). El nudo de la controversia era la relación entre el Padre y el Hijo. Sobre ella dice Dionisio en esta carta:
No hubo un tiempo en que Dios no fuera Padre. No es verdad que el Padre estuviera un momento privado de logos, de sabiduría y de poder, y que después engendrara al Hijo. Pero el Hijo no tiene de sí mismo su existencia, mas del Padre.
Siendo el resplandor de la luz eterna, también El es absolutamente eterno. Si la luz existe siempre, es cierto que su resplandor existe también siempre. En efecto, se reconoce la existencia de la luz por su resplandor, y es imposible que la luz no brille. Y séanos permitido recurrir una vez más a comparaciones. Si el sol existe, también el día; y si todo está oscuro, es imposible que el sol esté allí. Si, pues, el sol fuera eterno, el día no tendría fin; mas no es así, pues el día empieza con la salida del sol y se acaba con su puesta. Pero Dios es la luz eterna, que no ha tenido principio ni tendrá jamás fin. Por consiguiente, su resplandor es eterno y coexiste con El. Porque existe sin principio y es engendrado sin cesar, resplandece siempre delante de El. El es aquella Sabiduría que dice: “Estaba yo con El…, siendo siempre su delicia, solazándome ante El en todo tiempo” (Prov. 8,30).
Siendo, pues, eterno el Padre, también el Hijo es eterno, Luz de Luz. Porque donde hay uno que engendra, hay también uno que es engendrado. Y de no haber uno que es engendrado, ¿cómo y de quién podría ser Padre el que engendra? Pero ambos existen, y esto por siempre jamás. Si, pues, Dios es la Luz, Cristo es el Resplandor. Y puesto que El (Dios) es Espíritu — porque dice la Escritura “Dios es Espíritu” (lo. 4,24) —, a Cristo conviene llamar Aliento. En efecto, El es, dice, “el aliento del poder de Dios” (Sap. 7,25).
Añadamos que el Hijo único, que coexiste siempre con el Padre y está lleno del que es, existe desde el momento en que recibe su existencia del Padre.
Eusebio dice (Hist. eccl. 7,26,2) que Dionisio dedicó una obra Sobre las tentaciones a un tal Eufranor. De ella no conocemos más que el título.
4. La correspondencia.
Las cartas de Dionisio son una fuente importante para la historia de su vida y de su tiempo. Eusebio se sirvió de ellas con frecuencia en su Historia eclesiástica. No poseemos completas más que dos; de las otras quedan solamente fragmentos. Pero lo poco que queda basta para demostrar la gran influencia de su autor y la variedad de cuestiones por las que se interesó.
a) La carta a Novaciano. El cisma de Novaciano dio ocasión a varias de las cartas de Dionisio. En ellas instaba a Novaciano y a sus adeptos a que volvieran al seno de la Iglesia. Suplicaba a las autoridades que fueran benignos en su sentencia contra los que habían caído durante la persecución de Decio. Se conserva íntegra una breve carta dirigida a Novaciano, el antipapa, y merece la pena de ser citada:
Dionisio a Novaciano, su hermano, salud. Si fuiste descarriado contra tu voluntad, como dices, puedes probarlo volviendo por tu propia voluntad. Porque uno debería estar dispuesto a sufrirlo todo, sea lo que fuere, antes que desgarrar la unidad de la Iglesia de Dios, y no sería menos glorioso el dar testimonio para evitar el cisma que para no adorar los ídolos; yo creo que sería más glorioso. Porque, en este caso, uno da testimonio solamente por su propia alma, mientras que en el otro por toda la Iglesia. Y si tú pudieras ahora, por la persuasión o por la fuerza, inducir a tus hermanos a volver a la unión, tu reparación sería mayor que tu caída: ésta no se tendría en cuenta; en cambio, aquélla sería objeto de alabanza. Pero, si no puedes hacerlo porque ellos no te obedecen, salva tu propia alma. Pido a Dios que te Vaya bien en la paz del Señor (Eusebio, Hist. eccl. 6,45).
b) La carta a Basílides. La segunda carta que se ha conservado entera es una de las que escribió a Basílides, obispo de Pentápolis. Contesta a varias preguntas que el obispo le había dirigido sobre la duración de la Cuaresma y sobre las condiciones corporales que se requieren para la recepción de la Eucaristía. Se conserva en la colección Epístolas canónicas de la Iglesia griega, que constituye una de las fuentes del Derecho canónico oriental.
c) La carta a Fabio. Esta carta, dirigida a Fabio, obispo de Antioquía, es de particular interés para la historia de la penitencia y de la eucaristía. No queda más que un fragmento conservado por Eusebio. Dionisio trata en ella del debatido problema del perdón después de la apostasía durante la persecución. En el cuerpo de la carta dice lo siguiente:
Te expondré únicamente este ejemplo que ha ocurrido entre nosotros. Había entre nosotros un tal Serapión, anciano fiel, que durante mucho tiempo había vivido de modo irreprochable, pero había caído en la prueba. Este hombre pidió repetidas veces (el perdón de las culpas), pero nadie hacía caso de él, porque había sacrificado. Y, habiendo caído enfermo, estuvo durante tres días seguidos sin poder hablar y sin conocimiento. Al cuarto día se puso un poco mejor, y, llamando a su nieto, le dijo: “¿Hasta cuándo, hijo mío, me vais a retener? Apresuraos y absolved me pronto; llama a alguno de los presbíteros.” Dicho esto, volvió a quedarse sin habla. El chico corrió a casa del presbítero. Era de noche, y el presbítero estaba enfermo. No podía salir; mas como yo había dado orden de que se perdonara a los que salían de esta vida, si lo pedían, y especialmente si lo habían suplicado antes, para que pudieran morir en la esperanza, dio al niño una pequeña porción de la Eucaristía, recomendándole que la empapara en agua y la dejara caer a gotas en la boca del anciano. El niño volvió a casa trayendo (la Eucaristía); cuando estaba ya cerca, antes de entrar, Serapión volvió en sí y dijo: “¿Ya has llegado, hijo? El presbítero no ha podido venir, pero tú haz de prisa lo que él te encargó, y déjame morir.” El niño puso en agua (la Eucaristía) y la vertió en seguida en la boca del anciano. Este tragó un poquito e inmediatamente entregó su espíritu. ¿No es evidente que se conservó y permaneció vivo hasta que fue absuelto y que, una vez que sus pecados fueron borrados, se le puede reconocer (como cristiano) por todas las buenas obras que había hecho? (Eusebio, Hist. eccl. 6,44,2-6).
d) Cartas festales. Hasta el siglo IX, los obispos de Alejandría acostumbraban enviar cada año a todas las iglesias de Egipto un anuncio indicando la fecha de Pascua y del comienzo del ayuno preparatorio. Solía estar redactada en forma de carta pastoral exhortando a la comunidad a observar cuidadosamente la Cuaresma y el tiempo pascual. Dionisio de Alejandría es el primer obispo de quien se sabe que haya mandado una de estas cartas (Eusebio, Hist. eccl. 7,20):
Además de las cartas que hemos mencionado, Dionisio compuso también por aquel tiempo las cartas festales que aún se conservan; en ellas expresa en tono elevado conceptos y fórmulas solemnes sobre la festividad de la Pascua. Una de éstas la dirigió a Glavio, otra a Domicio y a Dídimo; en esta última propone un canon (de un ciclo) de ocho años y demuestra que no conviene celebrar la fiesta de Pascua sino después del equinoccio de primavera.
De estas cartas sólo quedan fragmentos. Vemos por ellos que, además de su objeto inmediato, Dionisio aprovechaba la ocasión para discutir importantes cuestiones eclesiásticas de aquel tiempo.
Teognosto.
Teognosto fue probablemente el sucesor de Dionisio el Grande como director de la escuela de Alejandría. La dirigió del año 265, poco más o menos, hasta 282. Eusebio y Jerónimo no lo mencionan, mas Focio (Bibl. cod. 106) da un resumen de su obra, las ?y??typoseis (?p?t?p?se??), y relaciona sus ideas con las de Orígenes:
Se leyó la obra de Teognosto de Alejandría titulada Los esquemas del Bienaventurado Teognosto de Alejandría, intérprete de las Escrituras. Comprende siete libros. En el primero trata del Padre, y se aplica a demostrar que El es el creador del universo, contra quienes suponen que la materia es coeterna con Dios; en el segundo expone argumentos para probar que es necesario que el Padre tenga un Hijo; hablando del Hijo, demuestra que es una criatura, que se encarga de los seres dotados de razón. Al igual que Orígenes, dice otras cosas por el estilo acerca del Hijo. Quizás lo haga seducido por la misma impiedad. Quizás (a lo que parece) por el deseo de salir en su defensa, presentando todos estos argumentos a manera de ejercicios retóricos, no como expresión de su verdadera opinión. También es posible, en fin, que se permita apartarse un poco de la verdad por consideración a la débil condición de su auditorio. Este ignora quizá totalmente los misterios de la fe cristiana y es incapaz de recibir la verdadera doctrina. Teognosto puede pensar que es más provechoso para el auditorio tener cualquier conocimiento del Hijo que no haber oído de El e ignorarlo completamente. En una discusión oral no parece absurdo o censurable usar de un lenguaje incorrecto; en ella dominan el juicio, la opinión y la energía del disputante. En cambio, en el discurso escrito, que debe presentar el rigor de una ley universal, el presentar, para disculparse, la manera en que acaba de defenderse la blasfemia, es una justificación muy débil. Como en el libro segundo, así también en el tercero, al tratar del Espíritu Santo, el autor aduce argumentos para probar la existencia del Espíritu Santo; pero, por lo demás, habla tan desatinadamente como Orígenes en sus Principios. En el libro cuarto dice análogos desatinos sobre los ángeles y demonios, atribuyéndoles cuerpos sutiles. En el quinto y sexto relata cómo se encarnó el Salvador, e intenta demostrar, a su manera, la posibilidad de la encarnación del Hijo. Aquí también divaga mucho, especialmente cuando se aventura a decir que nos imaginamos al Hijo, ora confinado en un lugar, otra en otro, y que es ilimitado únicamente en su energía. En el libro séptimo, titulado “Sobre la creación de Dios,” discute otras cuestiones con profundo espíritu de piedad — especialmente hacia el fin de la obra, cuando habla del Hijo.
Su estilo es vigoroso y exento de superfluidades. Usa un lenguaje magnífico, comparable al ático ordinario, pero sin sacrificar su dignidad en aras de la claridad o de la propiedad.
De la descripción de Focio se ve claro que la obra de Teognosto era una especie de suma dogmática, que seguía la doctrina de Orígenes y especialmente su subordinacionismo. A excepción de un pequeño fragmento del libro segundo, que Diekamp descubrió en un manuscrito veneciano del siglo XIV, nada queda de las Hypotyposeis.
Pierio.
Pierio sucedió a Teognosto en la jefatura de la escuela de Alejandría. Según Eusebio (Hist. eccl. 7,32,27), fue “muy estimado por su vida de extremada pobreza y por sus conocimientos filosóficos. Se había ejercitado sobremanera en las especulaciones y explicaciones relativas a las cosas divinas y en la exposición que de ellas hacía a la asamblea de la iglesia.” San Jerónimo nos da todavía más detalles sobre él:
Pierio, presbítero de la iglesia de Alejandría, durante el reinado de Caro y Diocleciano, cuando Teonas ejercía el episcopado en aquella misma iglesia, enseñó al pueblo con grande éxito. Adquirió tal elegancia de lenguaje y publicó tantos escritos sobre toda suerte de materias (que aún se conservan), que se le llamó Orígenes el Joven. Era muy notable por su austeridad, entregado a la pobreza voluntaria, y roto al arte de la dialéctica. Después de la persecución, pasó el resto de su vida en Roma. Queda un extenso tratado suyo Sobre el profeta Oseas, que, por razones internas, parece que lo pronunció con ocasión de la vigilia pascual (De vir. ill. 76).
El testimonio de Jerónimo que dice que pasó el resto de su vida en Roma no está en contradicción con los que afirman que sufrió por su fe en Alejandría. Focio, por ejemplo, dice: “Según algunos, sufrió martirio; según otros, pasó el resto de su vida en Roma después de la persecución” (Bibl. cod. 119). Probablemente ambas aserciones son verdaderas. Sufrió, pero no murió, durante la persecución de Diocleciano. Si escribió sobre la vida de Pánfilo, que murió el año 309, se supone que Pierio vivía aún en esa fecha.
Sus Obras.
En el pasaje arriba citado, San Jerónimo menciona “muchos tratados sobre toda clase de temas y cita especialmente el extenso tratado Sobre el profeta Oseas. Por “tratado” (trocla-tus) Jerónimo parece que entiende un sermón, puesto que dice que el tratado Sobre el profeta Oseas fue pronunciado en la vigilia pascual. Focio leyó una obra de Pierio que comprendía doce logoi; entre ellos menciona la homilía sobre Oseas; luego esta palabra significa también discursos u homilías:
Leed un discurso del presbítero Pierio, de quien se dice que sufrió martirio junto con su hermano Isidoro, y que fue quien enseñó teología al mártir Pánfilo y dirigió la escuela catequística de Alejandría. El volumen comprende doce logoi. El estilo es claro y brillante y, por decirlo así, espontáneo; no hay en él nada artificioso, sino que, como si fuera improvisado, fluye con suavidad, fina y delicadamente. La obra se distingue por su gran riqueza de argumentación. Contiene muchos elementos que son extraños a las actuales instituciones de la Iglesia, pero que están probablemente de acuerdo con ordenaciones más antiguas. Respecto del Padre y del Hijo, sus aserciones son ortodoxas, excepto cuando dice que hay dos substancias y dos naturalezas. Emplea estos términos (como lo indica el contexto) en el sentido de hipóstasis, mas no en el sentido dado por los secuaces de Arrio. Pero, respecto del Espíritu Santo, sus opiniones son peligrosas e impías. En efecto, afirma que su gloria es inferior a la del Padre y del Hijo. Hay un pasaje en el tratado titulado Sobre el Evangelio de San Lucas donde prueba que el honor y el deshonor de la imagen son el honor y el deshonor de su modelo. También se insinúa, de acuerdo con la idea de Orígenes, que las almas tienen una preexistencia. En su discurso Sobre Pascua y el profeta Oseas, el autor habla de los querubines hechos por Moisés y de la estela de Jacob; admite que fueron creados, pero desatina cuando dice que no tenían más que un ser “económico” (?) y que no tenían existencia real, a diferencia de otras criaturas. Dice, en efecto, que carecían enteramente de forma; en cambio, afirma absurdamente que tenían únicamente la apariencia de alas (Bibl. cod. 119).
San Jerónimo hace mención dos veces de la homilía Sobre el profeta Oseas. Y mientras en el De vir. ill. (76) afirma que la pronunció in vigilia paschae, en el prefacio a su Comentario sobre Oseas dice que la predicó Die vigiliarum dominicae passionis. Estas citas concuerdan con lo que dice Focio cuando habla de un logos Sobre Pascua y sobre el profeta Oseas. Era una larga homilía tenida antes de Pascua, como introducción al libro de Oseas, puesto que Felipe Sidetas la llama Sobre el comienzo de Oseas (Ets t?? a???? t?? ?s??). El mismo Felipe menciona otras tres obras de Pierio Sobre el Evangelio de Lucas, Sobre la Madre de Dios y La vida de San Pánfilo (??? t? ?at? ????a?, ?e?? t?? Te?t????, ??? t?? ß??? t?? a???? ?aµf????). Las dos primeras pertenecen con toda probabilidad al mismo grupo de homilías, y la última debió de ser un panegírico de su discípulo el mártir Pánfilo.
Pedro de Alejandría.
Pedro fue elevado a la silla de Alejandría hacia el año 300, seguramente después de haber sido director de la escuela catequética de aquella ciudad. Abandonó su diócesis durante la persecución de Diocleciano y murió mártir hacia el año 311. Eusebio le dedica un elogio muy grande:
Después que Teonas ejerció el ministerio durante diecinueve años, le sucedió Pedro en el episcopado de Alejandría. También éste se distinguió de una manera especial durante doce años enteros; no hacía todavía tres años que regía la iglesia, cuando empezó la persecución; durante el resto de sus días llevó una vida de severa ascesis y se ocupó, sin disimulo, del bien general de las iglesias. Por esta razón, el año noveno de la persecución fue decapitado y se vio condecorado con la corona del martirio (Eusebio, Hist. eccl. 7,32.31).
En su ausencia, Melecio, obispo de Licópolis, invadió su iglesia y las diócesis de cuatro obispos más que habían sido encarcelados durante la persecución. Se arrogó todos los derechos episcopales, como ordenar, etc. En un sínodo celebrado en Alejandría el año 305 ó 306, Pedro depuso al usurpador “después de haberle declarado reo de muchos crímenes, especialmente de haber sacrificado a los dioses” ( ATANASIO, Apol. c. Arianos 59). Melecio provocó entonces el cisma que lleva su nombre, y que duró varios siglos. Se constituyó en campeón del rigorismo y fundó “la iglesia de los mártires.” El concilio de Nicea tampoco logró la reconciliación de esta secta. Arrio, que era también meleciano, halló entre los adeptos de esta secta sus discípulos más fervientes.
Sus Escritos.
Eusebio no dice nada de los escritos de Pedro, probablemente porque éste era antiorigenista. Por desgracia, quedan tan sólo pequeños fragmentos de sus cartas y tratados teológicos.
1. Sobre la divinidad (?e?? Te?t?t??)
Las actas del concilio de Efeso (431) contienen tres citas de la obra de Pedro Sobre la divinidad. Según estos fragmentos, Pedro escribió esta obra para probar, contra el subordinacionismo, que Jesucristo es verdadero Dios. “El Verbo se hizo carne,” dice uno de los fragmentos, “y fue hallado semejante y un hombre, pero sin haber abandonado su divinidad.”
2. Sobre la venida del Salvador (?e?? t?? s?t????a? ?µ?? ?p?d?µ?a)
Leoncio de Bizancio cita un pasaje del tratado de Pedro Sobre la venida del Salvador, que subraya las dos naturalezas en Cristo:
Estas cosas y otras semejantes, y todas las señales que mostró, y sus milagros, prueban que era Dios hecho hombre. Ambas cosas, pues, se demuestran: que era Dios por naturaleza y que era hombre por naturaleza (LEONT., Contra Néstor, et Eutych. 1).
Es posible que este tratado sea el mismo tratado Sobre la divinidad.
3. Sobre el alma.
El mismo Leoncio cita, en su obra Contra los monofisitas, dos pasajes del primer libro de un escrito de Pedro en el que combatía la doctrina origenista de la preexistencia del alma y de su encarcelamiento en el cuerpo por un pecado cometido anteriormente. El autor dice “que el hombre no fue formado por la unión del cuerpo con cierto tipo preexistente. Pues si la tierra, al mandato del Creador, produjo los demás animales dotados de vida, con mucha mayor razón el polvo, que Dios tomó de la tierra, debió de recibir una energía vital de la voluntad y de la operación de Dios.” La doctrina de la preexistencia de las almas “viene de la filosofía de los griegos y es ajena a cuantos desean vivir piadosamente en Cristo.” De todo esto se deduce que Pedro compuso un tratado sobre este tema, que constaba por lo menos de dos libros e iba dirigido contra los principios básicos del sistema de Orígenes.
4. Sobre la resurrección (?e?? a?ast?se??)
Quedan siete fragmentos siríacos de su obra Sobre la resurrección. También ésta, probablemente, era una refutación de Orígenes, pues insiste en la identidad del cuerpo en la resurrección con el de la vida actual, doctrina negada por Orígenes.
5. Sobre la penitencia (?e?? µeta???a?)
La colección de leyes de la Iglesia Oriental ha conservado catorce cánones del tratado de Pedro Sobre la penitencia, que se ha perdido y se conoce comúnmente bajo el nombre de Epístola canónica. La frase con que empieza el primero de estos cánones: “Como sea que la cuarta Pascua de la persecución está por llegar,” nos permite datar la carta en el año 306. Indica, además, que se trata, probablemente, de una carta pascual. Las prescripciones se refieren a los que hacen penitencia por haber negado su fe durante la persecución. Los apóstatas están divididos en varias clases. Para los que cedieron sólo después de horribles torturas y graves aflicciones, él tiempo transcurrido es penitencia suficiente y deben ser admitidos a la comunión. Los que cayeron sin tortura deben hacer penitencia durante un año más. Los que apostataron espontáneamente, sin haber sido sometidos al potro ni haber sido encarcelados, deben continuar haciendo penitencia durante cuatro años más. Los cánones hablan también de los que escaparon de la persecución con fraude, ya sea procurándose certificados falsos, ya mandando en su lugar a paganos amigos, ya hasta obligando a sus esclavos cristianos a presentarse en su lugar. No aprueban a los que se presentaron espontáneamente a las autoridades y buscaron el martirio, por haber obrado imprudentemente y en contra del ejemplo del Señor y de los Apóstoles. Pero en ninguno de los cánones se difiere la reconciliación hasta el día de la muerte, como se hiciera anteriormente (véase p.403s).
6. Sobre la Pascua (?e?? t?? p?s?a).
Por un fragmento de una crónica alejandrina sabemos que Pedro dedicó a un tal Tricenio un tratado Sobre la Pascua. Es posible que esta obra sea también una carta pascual dirigida a un obispo egipcio de ese nombre. En algunos manuscritos de su obra Sobre la penitencia, al canon 14 sigue otro titulado “Del tratado Sobre la Pascua, del mismo autor.” Se refiere al ayuno en los días cuarto y sexto de la semana.
7. La carta a los alejandrinos sobre Melecio.
Se conserva una breve carta en la que Pedro pone a los fieles de su diócesis en guardia contra Melecio. Debió de escribirla poco después de haber comenzado la persecución. Tiene una gran importancia para la historia del cisma de Melecio:
Pedro, a los amados hermanos establecidos en la fe de Dios, paz en el Señor. He descubierto que Melecio no obra en ningún modo por el bien común. No ha quedado satisfecho con la carta de los santísimos obispos y mártires, sino que, invadiendo mi iglesia, ha osado intentar separar de mi autoridad a los presbíteros y a los que tienen el cuidado de visitar a los pobres. Y, dando prueba de su ambición, ha ordenado a varios, por su cuenta, en la prisión. Prestad, pues, atención a esto y no tengáis comunión con él, hasta que yo me encuentre con él en compañía de algunos hombres prudentes y sabios y vea cuáles son los planes que ha concebido. ¡Que os vaya bien!
La “carta de los santísimos obispos y mártires” que aquí se menciona fue escrita por los cuatro obispos egipcios, Hesiquio, Pacomio, Teodoro y Fileas, y estaba dirigida a Melecio. En ella protestaban violentamente contra las ordenaciones hechas por Melecio en sus iglesias. También se conserva este documento; su texto fue descubierto por Scipio Maffei, juntamente con la epístola precedente de Pedro, en un viejo manuscrito del Capítulo de Verona.
Las Actas del martirio de San Pedro de Alejandría se conservan en griego, latín, siríaco y copto. Ninguna de estas versiones es un relato auténtico de su muerte, sino leyendas posteriores.
Hesiquio.
Es interesante saber que, durante el siglo IV, las iglesias de Egipto y de Alejandría no siguieron la redacción de los Setenta hecha por Orígenes, sino la de Hesiquio (JERÓNIMO, Praef. in Paral.; Adv. Ruf. 2,27). Jerónimo critica severamente esta ultima versión y acusa a su autor de haber hecho interpolaciones en el libro de Isaías (Com. in Is. ad 58,11). En otro lugar (Praef. in Evang.) habla de sus falsas adiciones al texto bíblico. El Decretum Gelasianum hace alusión a los “Evangelios que falsificó Hesiquio” y los llama “apócrifos.”
Así, pues, Hesiquio debió de hacer una revisión de los Setenta y de los Evangelios, probablemente hacia el año 300. Si su edición estuvo en uso en Alejandría y en Egipto, su autor seria, sin duda, de origen alejandrino. No se sabe con certeza si se trata del mismo Hesiquio que, junto con otros tres obispos, dirigió una carta a Melecio y murió mártir en la persecución de Diocleciano (véase arriba, p.412).
La Constitución Eclesiástica de los Apóstoles.
La Constitución eclesiástica de los Apóstoles, que data probablemente de principios del siglo IV, es una fuente valiosísima para el Derecho eclesiástico. Se desconoce el autor y el lugar de origen. Parece que fue compuesta en Egipto, aunque algunos piensan que proviene de Siria. J. W. Bickell publicó por vez primera el texto original griego el año 1843. Le dio el nombre de la Constitución eclesiástica de los Apóstoles. Hay razones para creer que su verdadero título era Cánones eclesiásticos de los Santos Apóstoles.
El pequeño tratado está dirigido a “los Hijos y a las Hijas” y pretende haber sido escrito por los doce Apóstoles por mandato del Señor. La primera parte contiene preceptos morales (4-14); la segunda (15-29), la legislación canónica. Los preceptos morales se presentan en el marco de una descripción de las dos vías, la del bien y la del mal. La primera parte no es más que una adaptación de la sección correspondiente de la Didaché (1-4) a la situación eclesiástica más desarrollada del siglo IV. La segunda parte da normas para la elección de obispos, presbíteros, lectores, diáconos y viudas. El prestigio de que gozó esta Constitución eclesiástica de los Apóstoles en Egipto invita a pensar que proviene de allí.
Sólo un manuscrito contiene el texto íntegro del original griego, el Codex Vindobonensis hist. gr. olim 45, nunc 7, saec. XII. Un extracto de la primera parte se encuentra en el Codees Mosquensis bibl. S. Synodi 124, saec. X, y en otros tres códices posteriores. Las versiones latinas, siríacas, copta, árabe y etiópica dan testimonio también de la reputación de que gozó la constitución eclesiástica de los Apóstoles.