EL CARÁCTER HERÉTICO Y CISMÁTICO DE LOS LEFEBVRISTAS
EL CARÁCTER HETERODOXO DE LA RESISTENCIA LEFEVBRISTA
«Hijo mío, no te olvides de mi ley,
guarda en tu corazón mis preceptos (…)
no te apoyes en tu propia inteligencia»..
(Prov. III, 1-5.)
Tres modelos del heterodoxo y cismático lefebvrismo, entre otros más.



II.1. El «derecho de discutir» y de «oponerse» a lo que viene de Roma
El 5 de julio de 1982 expresa así su doctrina:
El 17 de marzo de 1977 afirma:
El 16 de enero de 1979 declara:
En marzo de 1986 afirma:
En septiembre de 1982 dijo:
«La corrupción de las ideas en la Curia Romana es tal que algunos de sus miembros se arrogan derechos ilegítimos especialmente en la Secretaría de Estado»
El 29 de junio de 1982 afirma:
En septiembre de 1982 declara:
Nuestra desobediencia es aparente; es una obediencia verdadera a la Iglesia y al papa en cuanto sucesor de Pedro y en la medida en que él continúe manteniendo la Tradición».
II.2. La «no aceptación» de la autoridad de la Iglesia tradicional
El quiere decidir solo: «No quiero aún decirlo de modo solemne y formal; pero, parece que sí, a primera vista…». Sin embargo, después de eso, perseveró en el error opuesto, en la insumisión, en su «la Fraternidad no acepta ni una ni otra solución». El «Non serviam» es categórico.
II.3. La insumisión a un papa «malo»
Los subterfugios del prelado sobre un papa «malo» y un papa «errante» no consiguen ocultar su insumisión a estas leyes tradicionales, a esa norma vigente.
III.1. El nuevo nestorianismo lefebvrista
He aquí su predicación: El 29 de jumo de 1982:
«Es un gran misterio esta unión de la divinidad con la humanidad».
III.2. La unión de la divinidad con la humanidad
III.3. Atribución de delitos a la Iglesia
Vemos cómo mons. Lefebvre contradice estas enseñanzas del Magisterio católico. Él no distingue entre falibilidad personal del papa a infalibilidad «ipsius Ecclesiae» (D.S.3116), atribuyendo a la propia Iglesia errores y»equívocos» del papa y no sometiéndose a la ley y a la doctrina que separa los diferentes géneros de «errores». Quiere una «Iglesia» nestoriana donde los errores personales de cada uno sean atribuidos a la Iglesia, sean «imperfecciones de la Iglesia». Siendo estas «imperfecciones» delitos contra la fe y pudiendo «influir en la divinidad»de la Iglesia, la Iglesia ya no sería más la maestra de la verdad. Es lo que Hans Küng y los modernistas pretenden.
IV.1. Juzgar conforme a las circunstancias
Así, el 18 de marzo de 1977 dijo:
El 5 de octubre de 1978 declara:
El 16 de enero de 1979 dice:
«Pienso que existe una línea de realismo seguida por la fraternidad»
El 8 de noviembre de 1979 dice:
«Se debe reconocer que (el papa) causó y ocasionó un seno problema de conciencia a los católicos. Sin indagar, ni conocer su culpabilidad en la destrucción le la Iglesia, no se puede dejar de reconocer que él aceleró las causas en todos los ordenes» (…). «Concluir a partir de estos hechos precisos que el papa es hereje y que por lo tanto ya no es papa, es ir un poco rápido en el razonamiento (….). Pienso que la realidad es más compleja de lo que imaginan los que razonan así. Temo que estos dejen de lado la teología moral y la ética y que razonen de modo puramente especulativo. La teología moral y la ética nos enseñan a razonar y a juzgar según un contexto de circunstancias que estamos obligados a examinar para juzgar sobre la moralidad de un acto (…). Que cada uno entre en la linea que creo que debo seguir, en conciencia, ante Dios. Creo necesarias estas precisiones para permanecer en el espíritu de la Iglesia».
IV.2. Relativismo lógico y moral
Es falsa por lo tanto la conclusión de mons. Lefebvre de que su doctrina «en la práctica no tiene influencia en su conducta, porque rechaza lo que va contra la fe sin saber quién es culpable». Ella influye enormemente: altera la fe que hay que defender, cambia el concepto de «verdad» jurídica y moral y deforma el concepto de Iglesia. Esto es evidente.
IV. 3. El positivismo jurídico
En ese cambio el Vaticano II colocó el «deber de buscar la verdad», sin leyes universales verdaderas que guían esa búsqueda, pero con «inquisición libre», guiada simplemente por la libertad individual. El «derecho» y el «deber»en la filosofía cristiana no vienen de los hechos ni de las circunstancias concretas.
IV.4. Condenación de esa moral por Pío XII
Los principios de la moral allí predicada por los prelados, si fuesen verdaderos, justificarían el cambio de la moral sexual como ya lo observó Pío XII. Un sacerdote de Campos invocó al «gran canonista Capello» para decir que la ley no rige en los casos extraordinarios, sino sólo en los casos comunes, para concluir que las leyes de los delitos contra la fe no se aplicarían a las «situaciones» de hoy. Sin haber ido a consultar a Capello, decimos: un delito contra la fe no es un «caso extraordinario» en el sentido de no regulado por la ley, sino sólo en el sentido de actos numerosos contra la ley o en el sentido de que es cometido por una persona que estaba más obligada a observar la ley por ser un miembro de la jerarquía. No se trata por consiguiente sino de una confusión del sacerdote entre «caso» regulado por la ley y una «situación» o «circunstancia» periférica que envuelve el caso. El delito contra la fe es materia regida por las leyes de la fe y por las leyes de la Iglesia.
IV.5. Bajo las apariencias de virtudes cristianas.
Así, la apariencia de virtudes cristianas que mons. Lefebvre opone a la razón, a la sumisión a los principios de la fe y a las leyes del régimen de la Iglesia se asemejan a las que Inocencio III señaló en los herejes valdenses que predicaban sin misión canónica y que San Pablo indicó: «Sub specie pietatis, virtutem eius abnegantes» (II Tim. III,5). Obra bajo las apariencias de piedad, pero renegando de la verdadera virtud de piedad.
V.1. La permanencia de los herejes
Mons. Lefebvre declara el 8 de noviembre de 1979:
En diciembre de 1988 afirma:
«Podríamos haber adoptado muchas actitudes y, de un modo especial, la de una oposición radical: el papa admite ideas modernistas y liberales, luego es herético; por lo tanto, no es papa… Se trata de una lógica demasiado simple. La realidad no es tan simple. No se puede tachar a alguien de hereje tan fácilmente…». «Él ciertamente es un mal sucesor al cual no se debe seguir porque tiene ideas liberales y modernistas».
V.2. El elogio de todas las orientaciones liberales
Ahora bien, el canon 87 enseña que el cristiano bautizado es «persona» en la Iglesia, con todos los derechos y deberes «nisi ad una quod attinet obstet obex ecelesiasticae communionis vinculum impediens vel lata ab Ecclesia censura».
VI.1. Todo es mera opinión
El 5 de octubre de 1978 declara:
El 16 de enero de 1977 afirma:
El 8 de noviembre de 1979 dice:
En marzo de 1986 pregunta:
«¿Qué conclusión debemos sacar dentro de algunos meses ante estos actos repetidos de comunión del papa [en Asís], con cultos de dioses falsos? Yo no lo sé. Me lo pregunto. Pero es posible que estemos en la obligación de creer que este papa no es papa…»
VI.2. Duda sobre el Magisterio Infalible
VII.1. Yo dije, yo quiero, yo no sé…
El 8 de noviembre de 1979 afirma:
El 25 de lebrero de 198G escribe:
En setiembre de 1982 declara:
«Felizmente la Fraternidad no está sola. Con ella están los dominicanos y dominicanas, los capuchinos, etc…. ella continúa la Iglesia».
«La Fraternidad no es un partido, ni una secta…»
VII.2. La Fraternidad: unión cismática
A.M.D.G.V.M.
LOS PRINCIPIOS DE LA LITERATURA ANTIHERÉTICA
Los Principios de la Literatura Antiherética.
La Iglesia se valió de dos medios para hacer frente al peligro que venía de la propaganda gnóstica. Las autoridades eclesiásticas reaccionaron excomulgando a los heresiarcas y a sus secuaces y publicando cartas pastorales para poner en guardia a los fieles. Este procedimiento defensivo vióse eficazmente apoyado por los escritores teólogos, que se encargaron de exponer los errores de los herejes explicando la verdadera doctrina de la Iglesia a la luz de la Escritura y de la Tradición. Se creó así la literatura antiherética, de la que restan actualmente muy pocos tratados.
1. Escritos Episcopales del Siglo Secundo Contra las Herejías y los Cismas.
Sotero (166-174).
Eusebio (Hist. eccl. 4,23,9-10) nos ha conservado un fragmento de una carta del obispo Dionisio de Corinto dirigida al papa Sotero (166-174). Su texto dice así:
Ha sido vuestra costumbre, desde el principio, hacer bien de diferentes maneras a todos los hermanos y de enviar socorros a las muchas iglesias que hay en cada ciudad. Así aliviáis la miseria de los indigentes y proveéis a las necesidades de los hermanos que están en las minas mediante los recursos que habéis mandado desde un principio. Romanos, conserváis la costumbre heredada de vuestros mayores, como verdaderos romanos que sois. Vuestro bienaventurado obispo, Sotero, no solamente la ha continuado, sino que la ha incrementado aún, procurando en abundancia los auxilios enviados a los santos y consolando con felices palabras a los hermanos que van a Roma, a la manera de un padre amante de sus hijos.
Del pasaje que sigue (Hist. eccl. 4,23,11) es manifiesto que el papa Sotero escribió a los cristianos de Corinto una carta acompañada de limosnas. Ya examinamos más arriba (p.62) la opinión de A. Harnack, que identifica esta carta con la Segunda Epístola de Clemente. Según el Praedestinatus (1,26), Sotero habría escrito también una obra contra los montañistas, pero este testimonio no merece ningún crédito.
Eleuterio (174-189).
Estudios recientes han demostrado que fue Eleuterio, y no Solero, quien condenó por vez primera la herejía montañista en una declaración escrita. Las Auctoritates de que habla Tertuliano (Adv. Prax. 1) parece que se refieren a este documento. Eusebio afirma (Hist. eccl. 5,3,44,2 y 5,1,2-3) que en 177 ó 178 el papa Eleuterio recibió a Ireneo, quien le entregó dos cartas sobre el montañismo. La primera era de la comunidad cristiana de Lión; la segunda, de los mártires de Lión. Parece que ambas cartas abogaban por que los montañistas fueran trátalos con más suavidad.
Víctor I (189-198).
Víctor escribió varias epístolas sobre la controversia pascual; son importantes para la historia del Primado romano (Eusebio, Hist. eccl. 5,23-25). San Jerónimo (De viris ill. 34) parece referirse a estas cartas, cuando dice que Víctor compuso “super quaestione paschae et alia quaedam opuscula.” Víctor debe de ser, además, autor de otro documento, ya que, según Eusebio (Hist. eccl. 5,28,6-9), excomulgó a Teodoto, el zurrador de Bizancio, que enseñaba que Jesucristo fue un hombre como todos los demás, a excepción de su nacimiento milagroso, y que no llegó a ser Dios sino después de su resurrección. Es muy dudoso que Víctor fuera el primer autor eclesiástico que escribió en latín, como afirma Jerónimo (De viris ill. 53).
Ceferino (198-217).
Optato de Milevi (Contra Parm. 1,9) dice que Ceferino defendió en sus escritos la fe católica contra los herejes. Como no tenemos otra autoridad que confirme esta aserción, la duda subsiste. Hipólito de Roma refiere, no obstante, que Ceferino una definición contra la doctrina de Sabelio, en la cual declaraba: “Conozco solamente a un Dios, Jesucristo, y fuera “no hay otro que fuera engendrado y que pudiera sufrir” (Hipólito, Ref. 9,11,3). A. Harnack llama a esta declaración “la más antigua definición dogmática de un obispo de Roma, que conocemos en su texto.” La interpreta haciendo del Papa un modalista que no conoce a Dios Padre y que predica a Jesucristo como el único Dios de los cristianos. Pero su interpretación no es justa. Ceferino llama a Jesucristo “el Dios engendrado,” lo que supone que admitía al “Dios que engendra,” que no puede ser el mismo que el engendrado.
Dionisio de Corinto.
Entre los obispos no romanos, Dionisio de Corinto es un escritor prominente. Escribió una carta al papa Sotero hacia el año 170. Eusebio (Hist. eccl. 4,23) da un resumen de ocho cartas suyas. Como no queda ningún escrito de Dionisio, la relación de Eusebio es de sumo interés. Dice así:
Respecto de Dionisio, lo primero que hay eme decir es que fue elegido para la sede episcopal de Corinto y que no sólo hizo generosamente partícipes de su actividad divina a los que le estaban sometidos, sino también a los de países extraños. Se hizo muy útil a todos por las cartas católicas que escribió a las iglesias. Una de ellas, la primera, a los Lacedemonios, es una catequesis de ortodoxia y trata sobre la paz y la unidad. La epístola a los Atenienses es una exhortación a la fe y a vivir según el Evangelio, y les reprende por haberla descuidado y por haber abandonado, o poco menos, la palabra (de Cristo), desde que su jefe Publio sufrió martirio durante las persecuciones que sobrevinieron entonces. Recuerda que, después del martirio de Publio, fue nombrado obispo Cuadrato y da fe de que con su celo ha conseguido reagrupar a los fieles y reavivar su fe. Dice, además, que Dionisio Areopagita fue convertido a la fe por San Pablo, tal como lo narran los Hechos, y que fue el primero en recibir el episcopado de la iglesia de Atenas.
Queda también otra carta suya a los de Nicomedia, en la que combate la herejía de Marción y la compara con la regla de la verdad. También escribió a la iglesia que peregrina en Cortina juntamente con las otras iglesias de Creta, y felicita a su obispo Felipe porque la iglesia que está a su cargo ha dado testimonio con un gran número de buenas acciones y le recuerda que se guarden de la perversión de los herejes. En carta que escribió a la iglesia que está en Amastris al mismo tiempo que a las iglesias del Ponto recuerda que le han de terminado a escribir Baquílides y Elpisto; propone algunas interpretaciones de las divinas Escrituras y señala que su obispo se llama Palmas; les da muchos consejos sobre el matrimonio y la castidad, y les ordena reciban a todos los que se convierten de cualquier caída, ya se trate de una falta de negligencia o del pecado de herejía.
Añádese a esta lista otra, carta a los habitantes de Gnosos, en la que exhorta a Pinito, obispo de aquella iglesia, a no imponer a los hermanos como obligación la carga pesada de la continencia y que tenga en consideración la flaqueza de muchos…
Existe todavía otra epístola de Dionisio a los Romanos, dirigida a Solero, que entonces era su obispo. Lo mejor que podemos hacer con esta carta es citar las expresiones con que aprueba la costumbre de los romanos, practicada hasta la persecución ocurrida en nuestros días (cf. p. 268).
En esta misma carta menciona también la misiva de Clemente a los Corintios, y demuestra que desde muy atrás, según una antigua costumbre, se lee en la asamblea (de los fieles). Dice, en efecto: “Hoy hemos celebrado el santo día del Señor y hemos leído vuestra carta, que la conservamos siempre para leerla de vez en cuando como una advertencia, igual que la primera carta que nos escribió Clemente…”
A más de todas éstas, existe aún otra epístola de Dionisio a Crisófora, una hermana muy fiel. En ella le escribe de acuerdo con su situación y le da el alimento espiritual que le conviene. Esto es lo que hay sobre Dionisio
Como se echa de ver por este pasaje, parece casi cierto que cartas de Dionisio, excepto la última, fueron reunidas en un volumen, tal vez mientras vivía él. Eusebio las debió de conocer en esta forma. Las cartas de Dionisio a las diferentes comunidades cristianas gozaron de universal estima, pues él mismo dice que los herejes trataron de falsificarlas:
He escrito las cartas que me pidieron los hermanos que escribiera. Los apóstoles del diablo las han llenado de cizaña, quitando algunas cosas y añadiendo otras. Pero sobre ellos se cierne la maldición. No es, pues, de maravillar que algunos hayan intentado falsificar las mismas escrituras del Señor, cuando la han tramado contra escritos menos importantes (Eusebio, Hist. eccl 4,23,12).
Los herejes a que alude deben de ser los discípulos de Marción y Montano, puesto que en la tercera carta dirigida a los Nicomedia refutó la herejía de Marción, y en la carta a los cristianos de Amastris y de Gnosos trató de problemas planteados por el movimiento montanista.
Pinito De Gnosos.
Una de las cartas del obispo Dionisio de Corinto iba dirigida a Pinito de Gnosos de Creta. La respuesta de éste fue evidentemente incorporada a la colección de cartas de Dionisio. Después de haber mencionado la carta de Dionisio a Pinito. Eusebio continúa:
A esta carta, Pinito respondió que admiraba y alababa a Dionisio, pero le exhortaba, a su vez, a que tuviera a bien proporcionar un alimento más sólido, para nutrir al pueblo que dirigía con escritos más perfectos, a fin de que sus fieles, alimentados con palabras que parecen de leche, no se den cuenta al final que han envejecido en un modo de vivir propio de niños. En esta carta se pone de manifiesto, como en el cuadro más perfecto, la ortodoxia de Pinito en materia de fe, su preocupación por el bien de los que le estaban encomendados, su erudición e inteligencia de las cosas divinas (Eusebio, Hist. eccl. 4,23,8).
San Jerónimo cita a Pinito en su De viris illustribus 28.
Serapión de Antioquia.
Serapión fue el octavo obispo de Antioquía. Su episcopado coincide, más o menos, con el reinado de Septimio Severo. Su carta a Poncio y a Carico trata de la herejía montañista, y afirma que “la llamada nueva profecía de este orden falso es abominada en toda la cristiandad, en el mundo entero” (Eusebio, Hist. eccl. 5,19,2). Otra carta iba dirigida a la comunidad de Rhossos en Cilicia, en la costa siria del golfo de Issos. Eusebio cita un pasaje de esta carta (Hist. eccl. 6,12-3-6), que trata del evangelio apócrifo de San Pedro:
En cuanto a nosotros, hermanos, recibimos a Pedro y a los demás Apóstoles como a Cristo. Pero rechazamos los escritos que circulan falsamente bajo su nombre, como hombres experimentados que sabemos que tales escritos no nos han sido transmitidos por tradición. Cuando estuve entre vosotros, yo me figuré que todos profesabais la fe verdadera; y sin haber leído el evangelio que presentaban ellos bajo el nombre de Pedro, dije: “Si es éste el único motivo que parece causar disensiones entre vosotros, que se lea.” Pero ahora sé, por lo que me han dicho, que su mente se escondía en algún repliegue de herejía. Por eso procuraré volver a vosotros. Esperadme, pues, pronto. Pero nosotros, hermanos, comprendiendo a qué clase de herejía pertenecía Marciano, pues con la ayuda de otras personas que habían practicado este mismo evangelio, es decir, con la ayuda de los sucesores de los que lo pusieron en circulación, a quienes llamamos docetas (porque la mayor parte de las ideas pertenece a su doctrina), hemos podido hacernos con el libro que ellos nos prestaron, revisarlo y descubrir que, si bien la mayor parte está, efectivamente, de acuerdo con la doctrina verdadera del Salvador, han sido añadidas algunas cosas, que hemos anotado para vosotros.
Es interesante notar que un gran fragmento de este evangelio, descubierto en Akhmim en 1886, concuerda exactamente con la descripción de Serapión. En conjunto es ortodoxo, pero a en algunas partes contiene ideas extrañas. (Para la fecha y ediciones de este evangelio, cf. supra p. 117s).
Eusebio conoció también una tercera carta de Serapión dirigida a un tal Domnus “que se había apartado de la fe de Cristo, durante el tiempo de persecución, para adoptar el culto judío” (Hist. eccl. 6,12,1). Eusebio añade que probablemente existían otros escritos de Serapión en manos de otras personas.
2. La Refutación Teológica de las Herejías.
Había que anular la influencia de las doctrinas heréticas sobre los miembros de la Iglesia. Para ello la refutación teológica se propuso dos objetivos: poner de manifiesto sus errores y exponer correctamente las enseñanzas de los Apóstoles y de sus sucesores legítimamente nombrados acerca de Dios, de la creación del mundo y del hombre, de la encarnación y de la redención. Durante esta campaña se escribieron muchos tratados, pero se han perdido en su mayor parte. De muchas obras antignósticas del siglo II y de sus autores sabemos solamente lo que Eusebio nos dice en su Historia eclesiástica. Menciona dos escritos antignósticos del obispo Teófilo de Antioquía, uno contra Hermógenes y otro contra Marción (4,24). El obispo Felipe de Cortina compuso un “excelente tratado contra Marción” (4,25), y Rodón, contra Marción y Apeles (5,13); Máximo estudió el problema del mal y de la creación de la materia (5,27). Musano refutó a los encratitas (4,28). También fueron escritos contra las herejías gnósticas los tratados de Cándido y Apión sobre el Génesis, el de Sexto sobre la resurrección y el de Heráclito “sobre el Apóstol,” mencionados por Eusebio (5,27). Pero todos estos tratados han desaparecido. Solamente poseemos unos fragmentos de las obras de Hegesipo.
Hegesipo.
Hegesipo nació en Oriente. Eusebio (Hist. eccl. 4,22,8) refiere que hizo algunos “extractos del Evangelio según los Hebreos y del evangelio siríaco y particularmente de la lengua hebrea, mostrando así que se había convertido del judaísmo; y menciona aún otros detalles como provenientes de una tradición judía no escrita.”
Hay razones para creer que fue un judío helenista. Emprendió un viaje que le llevó a Corinto y a Roma. De ese viaje nos ofrece el siguiente relato: “Y la iglesia de los corintios permaneció en la verdadera doctrina hasta que Primo fue obispo de Corinto. Hablé con ellos cuando navegaba hacia Roma y pasé con los corintios unos días, durante los cuales quedamos reconfortados con su ortodoxia. Llegado a Roma, hice una sucesión hasta Aniceto, cuyo diácono era Eleuterio; Solero sucedió a Aniceto y después de él vino Eleuterio. En cada sucesión y en cada ciudad todo está tal como lo predican la ley, los profetas y el Señor” (Eusebio, Hist. eccl. 4,22,2-3).
Hegesipo, pues, visitó Roma durante el pontificado de Aniceto (154-165) y permaneció allí hasta el tiempo del papa Eleuterio (174-189). El motivo de su viaje fue la difusión alarmante de la herejía gnóstica. Su intención era recoger información sobre la verdadera doctrina de algunas de las iglesias más principales y, sobre todo, escuchar la doctrina de Roma. A su regreso al Oriente publicó un relato de su viaje en sus “memorias.” Esta obra, que se ha perdido, comprendía cinco libros. Era una polémica contra el gnosticismo. Eusebio, que ha conservado algunos fragmentos, atestigua (ibid. 4,7,15-8,2) el carácter polémico de esta obra con las siguientes palabras: “En el tiempo de que estamos hablando, la verdad suscitó numerosos defensores, que lucharon contra las herejías ateas no sólo por medio de refutaciones orales, sino también con demostraciones escritas. Entre éstos sobresalio Hegesipo, de cuyas palabras nos hemos valido repetidas veces para establecer, por medio de su tradición, ciertos hechos de la era apostólica. Escribe en un estilo muy sencillo y recopila en cinco libros de memorias la tradición, libre de error, de la predicación apostólica.
La mayoría de los fragmentos conservados por Eusebio se refieren a los primeros tiempos de la iglesia de Jerusalén. Tratan, por ejemplo, de la leyenda sobre la muerte de Santiago, el hermano del Señor, de Simeón, segundo obispo de aquella ciudad, y de los parientes de Jesús. La cuestión del catálogo de los papas hecho por Hegesipo es un punto controvertido. Según C. H. TURNER y E. CASPAR, las palabras de Eusebio: ?e??µe??? de e? ??µ? d?ad???? ?p???s?µ?? µ????? ?????t??, no significan que Hegesipo estableció la serie de los papas de Roma según el orden de sucesión, sino que en su cruzada contra las herejías de su tiempo visitó Corinto, Roma y otras ciudades metropolitanas para verificar la d?ad???, esto es, la tradición o preservación de la verdadera doctrina.
Ireneo de Lion.
Ireneo de Lión es, con mucho, el teólogo más importante de su siglo. No se sabe la fecha exacta de su nacimiento, pero fue probablemente entre los años 140 y 160. Su ciudad natal está en el Asia Menor, y probablemente es Esmirna, puesto que, en su carta al presbítero romano Florino, dice que en su primera juventud había escuchado los sermones del obispo Policarpo de Esmirna. Su carta revela un conocimiento exacto de este obispo, que no pudo tener sin haberle conocido personalmente:
En efecto, te conocí (a Florino), siendo yo niño todavía, en el Asia Menor, en casa de Policarpo. Tú eras entonces un personaje de categoría en la corte imperial, y procurabas estar en buenas relaciones con él. De los sucesos de aquellos días me acuerdo con mayor claridad que de los recientes (porque lo que aprendemos de chicos crece con el alma y se hace una misma cosa con ella), de manera que hasta puedo decir el lugar donde el bienaventurado Policarpo solía estar sentado y disputaba, cómo entraba y salía, el carácter de su vida, el aspecto de su cuerpo, los discursos que hacía al pueblo, cómo contaba sus relaciones con Juan y con los otros que habían visto al Señor, cómo recordaba sus palabras y cuáles eran las cuestiones relativas al Señor que había oído de ellos, y sobre sus milagros y sobre sus enseñanzas, y cómo Policarpo relataba todas las cosas de acuerdo con las Escrituras, como que las había aprendido de testigos oculares del Verbo de Vida. Yo escuchaba ávidamente, ya entonces, todas estas cosas por la misericordia del Señor sobre mí, y tomaba nota de ellas, no en papel, sino en mi corazón, y siempre, por la gracia de Dios, las voy meditando fielmente (Eusebio, Hist. eccl. 5,20,5-7).
De estas palabras resulta evidente que, a través de Policarpo, Ireneo estuvo en contacto con la era apostólica. Por razones que desconocemos, Ireneo dejó el Asia Menor y se fue a las Galias. El año 177 (178), en calidad de presbítero de la iglesia de Lión, fue enviado por los mártires de aquella ciudad al papa Eleuterio para hacer de mediador en una cuestión referente al montañismo. La carta que en aquella ocasión entregó al Papa daba de él una excelente recomendación: criemos pedido a nuestro hermano y compañero que te lleve esta carta y te pedimos que le tengas aprecio a causa de su celo por el testamento de Cristo. De haber sabido que el rango puede conferir justicia a alguno, te deberíamos haberlo recomendado como presbítero de esta iglesia (de Lión), pues ésa es su situación” (Eusebio, Hist. eccl. 5,4,2). Cuando Ireneo regresó de Roma, el anciano Fotino había muerto mártir, e Ireneo fue nombrado sucesor suyo. Más tarde, cuando el papa Víctor excomulgó a los asiáticos con motivo de la controversia pascual, Ireneo escribió a algunos de esos obispos y al mismo papa Víctor, exhortándolos a hacer las paces. Eusebio (5,24,17) afirma que en esta ocasión Ireneo hizo honor a su nombre, porque demostró ser realmente un pacificador, e?????p???? a partir de este incidente desaparece toda huella acerca de su vida; ni siquiera se sabe la fecha de su muerte. Hasta Gregorio de Tours (Historia Francorum 1,27), nadie había dicho de él que muriera mártir. Y como Eusebio ni siquiera insinúa tal hecho, parece muy sospechoso ese testimonio tardío.
Los Escritos De Ireneo.
Además de la administración de su diócesis, Ireneo se dedicó a la tarea de combatir las herejías gnósticas por medio de extensos escritos. En ellos hace una excelente refutación y un análisis crítico de las fantásticas especulaciones de los gnósticos. Supo combinar un conocimiento vasto de las fuentes con la seriedad moral y el entusiasmo religioso. Su gran familiaridad con la tradición eclesiástica, que debía a su amistad con Policarpo y con los demás discípulos de los Apóstoles, era una enorme ventaja para su lucha contra la herejía. Desgraciadamente, sus escritos se perdieron muy pronto. Solamente quedan dos de las muchas obras que compuso en griego, su lengua materna. Una de estas dos es su obra más importante; no la poseemos en el original griego, sino en una traducción latina muy literal. Los críticos están muy divididos en lo que se refiere a la fecha de esta traducción.
I. Esta magna obra de Ireneo lleva por título Desenmascaramiento y derrocamiento de la pretendida pero falsa gnosis. Generalmente se la llama Adversus haereses. Como indica el título original, la obra se divide en dos partes. La primera trata de descubrir la herejía gnóstica. Aunque esta parte abarca solamente el primer libro, es de un valor incalculable para la historia del gnosticismo. Ireneo empieza con una detallada descripción de la doctrina de los valentinianos, en la que intercala razones polémicas. Sólo después aborda la cuestión de los orígenes del gnosticismo. Habla de Simón Mago y de Menandro; cita luego a los demás jefes de las escuelas y sectas gnósticas en este orden: Satornil, Basílides, Carpócrates, Cerinto, los ebionitas, los nicolaítas, Cerdón, Marción, Taciano y los encratitas. Insiste, sin embargo, en que estos nombres no agotan la lista de quienes, de una manera u otra, se apartaron de la verdad. La segunda parte, el “derrocamiento,” comprende los cuatro libros restantes:
El libro II refuta con argumentos de razón la gnosis de los valentinianos y de los marcionitas.
El libro III, con argumentos de la doctrina de la Iglesia sobre Dios y sobre Cristo.
El libro IV, con palabras del Señor.
El libro V trata casi exclusivamente de la resurrección de la carne, negada por todos los gnósticos. Como conclusión, habla del milenio, y es aquí donde Ireneo se revela ***quiliasta.
Toda la obra adolece de falta de nitidez en la disposición y de unidad de pensamiento. Su lectura resulta pesada a causa de su prolijidad y frecuentes repeticiones. Este defecto es debido con toda probabilidad a que el autor escribió la obra de manera intermitente. En el prólogo del tercer libro dice que ya había mandado los dos primeros libros a un amigo a cuyos requerimientos los había compuesto: los otros tres los fue enviando uno tras otro. De todos modos, parece que el plan de la obra lo tenía trazado desde un principio, pues en el libro tercero se refiere a observaciones que hará más tarde sobre el apóstol Pablo y que no aparecen hasta el libro quinto. Además al final del libro tercero anuncia el cuarto, y al final de éste, el quinto. Mas parece que Ireneo iba añadiendo a la obra nuevos detalles y ampliaciones de tarde en tarde. No tuvo ciertamente la habilidad de organizar los materiales de que disponía en un todo homogéneo. Los defectos de forma que molestan al lector provienen de esta falta de síntesis. A pesar de todo, Ireneo sabe hacer una descripción clara, simple y persuasiva de las doctrinas de la Iglesia. Su obra, pues, sigue siendo de máxima importancia para el conocimiento de los sistemas gnósticos y de la teología de la Iglesia primitiva. Ireneo no tuvo la pretensión de realizar una obra de arte literario. “No puedes esperar de mí, que resido entre los celta y estoy acostumbrado a usar casi continuamente un dialecto bárbaro, ninguna exhibición de retórica, que no aprendí nunca ni tampoco la calidad en la composición, que nunca he practicado, ni siquiera un estilo hermoso y persuasivo, que no pretendo. Pero tú aceptarás con espíritu benévolo lo que yo te he escrito con el mismo espíritu, con simplicidad, sinceridad y modestia” (Adv. haer. I, Praef, 3).
Cuando describe las doctrinas gnósticas, Ireneo se basa en sus extensas lecturas de tratados gnósticos, pero aprovecha tambien la contribución de los escritores antiheréticos que le precedieron.
Es sumamente difícil identificar estas fuentes, porque todas se han perdido, incluso algunas que Ireneo nombra explícitamente, como las “Sentencias de Papías de Hierópolis,” las “Sentencias de los Ancianos del Asia Menor” y el “Tratado contra Marción” de Justino. Sabemos ciertamente que Ireneo usó esas obras, pero, por la razón ya expuesta, no es posible determinar hasta qué punto depende de ellas. F. Loofs opina que una de las fuentes de Ireneo fueron los escritos del obispo Teófilo de Antioquía. Mas, desgraciadamente, los dos tratados antignósticos de Teófilo, Contra Hermógenes y Contra Marción, han desaparecido. Eusebio sólo nos ha conservado sus títulos. Poseemos, eso sí, el Discurso a Autólico de Teófilo, pero el mismo Loofs se ve precisado a confesar que ninguno de los paralelismos que ha encontrado entre esta obra y los escritos de Ireneo prueban suficientemente que éste la utilizara. Además, tampoco es seguro que el tratado de Teófilo Contra Marción existiera cuando Ireneo escribió su principal obra contra los gnósticos.
La transmisión del texto.
1. La versión latina, que contiene el texto íntegro, se conserva en varios manuscritos. H. Jordan y A. Souter opinan que esta traducción se hizo en el África del Norte, entre los años 370 y 420. H. Koch, en cambio, sostiene que debe de ser anterior al año 250, porque Cipriano se sirvió de ella. W. Sanday va aún más lejos y le asigna la fecha del 200.
2. Bastantes fragmentos del original griego perdido se conservan en las obras de Hipólito, Eusebio y, sobre todo, Epifanio. Otros fragmentos se encuentran en catenae y papiros.
3. Una traducción literal en armenio de los libros cuarto y quinto fue descubierta y editada por E. Ter-Minassiantz.
4. Quedan, además, veintitrés fragmentos en traducciones siríacas.
II. Además de esta obra principal de Ireneo, poseemos otra, Demostración de la enseñanza apostólica. Durante mucho tiempo sólo se conocía el título de esta obra, dado por Eusebio (Hist. eccl. 5,26). Pero en 1904 Ter-Mekerttschian descubrió la obra entera en una traducción armenia, que publicó por vez primera en 1907. Este opúsculo no es una catequesis, como opinaban algunos sabios, sino un tratado apologético, como su mismo título lo indica. Comprende dos partes. Tras algunas observaciones introductorias sobre los motivos que le impulsaron a escribir esta obra (c.1-3), la primera parte (c.4-42) estudia el contenido esencial de la fe cristiana. Trata de las tres divinas Personas, de la creación y caída del hombre, de la encarnación y de la redención. Se describe, pues, la historia de las relaciones de Dios con el hombre, desde Adán hasta Cristo. La segunda (c.49-97) aporta algunas pruebas en favor de la verdad de la revelación cristiana, sacadas de las profecías del Antiguo Testamento, y presenta a Jesús como Hijo de David y como Mesías. El autor argumenta así:
Si, pues, los profetas predijeron que el Hijo de Dios aparecería sobre la tierra, si ellos anunciaron en qué parte de la tierra, cómo y en qué forma se manifestaría, y si el Señor realizó en su persona todas estas predicciones, nuestra fe en él descansa por lo mismo sobre un fundamento inquebrantable, y la tradición de nuestra predicación tiene que ser verdadera, esto es, verdadero es el testimonio de los Apóstoles, que fueron enviados por el Señor y que predicaron en el mundo entero que el Hijo de Dios vino para sufrir la pasión, con lo cual abolió la muerte y nos mereció la resurrección (c.68).
Como conclusión, el autor exhorta a sus lectores a que vivan de acuerdo con su fe y les precave contra la herejía y su impiedad. Este resumen muestra que la apología no tiene nada de polémico. Se limita a dar una prueba positiva de la doctrina verdadera, y para una refutación de los gnósticos remite al lector a la obra principal de Ireneo.
III. De las demás obras de Ireneo se conservan solamente unos pocos fragmentos o únicamente el título.
1. Ireneo escribió una carta al presbítero romano Florino Sobre la monarquía o Que Dios no es el autor del mal. En su Historia eclesiástica, Eusebio cita un largo pasaje de esta carta (5,20,4-8).
2. Después que Florino hubo renegado de su fe, Ireneo escribió Sobre la Ogdoada. Eusebio nos ha conservado la conclusión de este tratado (Hist. eccl. 5,20,2).
3. Ireneo dirigió otra carta Sobre el cisma a Blastus, que vivía en Roma y que, como Florino, era inclinado a innovaciones. Eusebio nos ha conservado solamente el título de esta carta (Hist. eccl. 5,20,1).
4. Se conserva en siríaco un fragmento de una carta que Ireneo escribió al papa Víctor. En esta carta pide al Papa que proceda contra Florino y condene sus escritos.
5. Eusebio (Hist. eccl. 5,23.3; 24,11-17) copia unos extractos de una carta de Ireneo al papa Víctor sobre la fecha de la Pascua (cf. supra, p.82s).
6. Eusebio (Hist. eccl. 5,26) conocía, además, el tratado Sobre el conocimiento y “un pequeño libro de varios discursos en el que menciona la Epístola a los Hebreos y la Sabiduría de Salomón, citando algunos pasajes de ellos.” Esta última obra consistiría probablemente en una colección de sermones.
7. En cuanto a los fragmentos que Ch. M. Pfaff publicó en 1715 como procedentes de supuestos manuscritos de Turín, A. Harnack probó que no eran más que falsificaciones (TU 20,3. Leipzig 1900).
La Teología De Ireneo.
Dos razones explican la importancia de Ireneo como teólogo. En primer lugar, desenmascaró el carácter pseudocristiano de la gnosis, acelerando de esa manera la eliminación de los adeptos a esta herejía del seno de la Iglesia. Defendió luego con tanto éxito los artículos de fe de la Iglesia católica, negados o mal interpretados por los gnósticos, que merece ser llamado fundador de la teología cristiana. Y eso que su espíritu no era dado a teorizar y no hizo ningún descubrimiento teológico nuevo. Al contrario, se inclinaba siempre a sospechar de toda ciencia que tendiera a la especulación:
Es mejor no saber absolutamente nada, ni siquiera una sola de las razones por las que ha sido hecha una sola cosa de la creación, pero creer en Dios y perseverar en su amor, que, hinchado por un conocimiento así, apartarse de este amor, que es la vida del hombre. Y más vale no buscar otro conocimiento que el de Jesucristo, el Hijo de Dios, que fue crucificado por nosotros, que caer en la impiedad por cuestiones sutiles y discusiones alambicadas (Adv. haer. 2,26,1).
A pesar de su actitud de recelo respecto a la teología especulativa, Ireneo tiene el gran mérito de haber sido el primero en formular en términos dogmáticos toda la doctrina cristiana.
1. Trinidad
Aunque su contemporáneo Teófilo de Antioquía había empleado ya la palabra Tpiás, Ireneo no se sirve de ella para definir al Dios uno en tres personas. En su lucha contra los gnósticos, prefiere insistir en otro aspecto de la divinidad: la identidad del único Dios verdadero con el Creador del mundo, con el Dios del Antiguo Testamento y con el Padre del Logos. Ireneo no discute las relaciones de las tres personas en Dios, pero está convencido de que la historia de la humanidad prueba claramente la existencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Existieron antes de la creación del ser humano, porque las palabras “Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra,” el Padre las dirige al Hijo y al Espíritu Santo, a quienes San Ireneo llama alegóricamente las manos de Dios (Adv. haer. 5,1,3; 5,5,1; 5,28,1). Ireneo explica una y otra vez que el Espíritu Santo, al servicio del Logos, llena a los profetas con el carisma de la inspiración y que las órdenes para todo esto las da el Padre. De esta manera, toda la obra de la salvación en el Antiguo Testamento es una instrucción excelente sobre las tres personas en un solo Dios.
2. Cristología
a) Sobre la relación del Hijo con el Padre, Ireneo dice lisa y llanamente:
Si alguno nos dijere: ¿Cómo fue, pues, producido el Hijo por el Padre?, le responderíamos que nadie entiende esta producción, o generación, o pronunciación, o cualquiera que sea el nombre con que se quiera llamar esta generación, que de hecho es inenarrable…, sino solamente el Padre, que engendró, y el Hijo, que fue engendrado. Y supuesto que esta generación es inenarrable, todos los que se afanan por narrar generaciones y producciones no están en su sano juicio, por cuanto que intentan explicar cosas que son inexplicables (2,28,6).
Pero, además, tenemos en Ireneo el primer intento de comprender la relación entre el Padre y el Hijo de una manera especulativa: “Dios se ha manifestado por el Hijo, que está en el Padre y tiene en sí al Padre” (3,6,2).
Con estas palabras Ireneo enseña la perichoresis o circumincessio. De la misma manera que defiende contra los gnósticos la identidad del Padre con el creador del mundo, así también enseña que hay un solo Cristo, aunque le demos diferentes nombres. Por lo tanto, Cristo es idéntico al Hijo de Dios, al Logos, al Hombre-Dios Jesús, a nuestro Salvador y Señor.
b) Recapitulación: La médula de la cristología de Ireneo y, a la verdad, de toda su teología es la teoría de la recapitulación (a?a?efa?a??s?). La idea la tomó de San Pablo, pero la desarrolló considerablemente. Para Ireneo, recapitulación es resumir todas las cosas en Cristo desde un principio. Dios rehace su primitivo plan de salvar a la humanidad, que había quedado desbaratado por la caída de Adán, y vuelve a tomar toda su obra desde el principio para renovarla, restaurarla reorganizarla en su Hijo encarnado, quien se convierte para nosotros de esta manera en un segundo Adán. Puesto que con la caída de la persona humana toda la raza humana quedó perdida, el Hijo de Dios tuvo que hacerse hombre para realizar como tal una nueva creación de la humanidad:
Las cosas que perecieron tenían carne y sangre. Porque el Señor, tomando el limo de la tierra, plasmó al hombre. Y en su favor se realizó toda la obra de la venida del Señor. Por eso quiso El tomar carne y sangre, a fin de recapitular en sí mismo, no otra obra cualquiera, sino la misma obra original del Padre, buscando precisamente lo que se había perdido (5,14,2).
Con esta recapitulación del ser humano original, no solamente fue renovado y restaurado Adán personalmente, sino también toda la raza humana:
Cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga serie de los hombres, dándonos la salvación como en resumen (en su carne) a fin de que pudiésemos recuperar en Jesucristo lo que habíamos perdido en Adán, a saber, la imagen y semejanza de Dios (3,18,1).
Fueron destruidos al mismo tiempo los malos efectos de la desobediencia de Adán: “Oíos recapituló en él esta carne de la persona modelada por él desde un principio, a fin de dar muerte al pecado, aniquilar la muerte y vivificar al hombre” (3,18,7). Así fue como el segundo Adán reanudó la antigua contienda con el diablo y le venció.
Ahora bien, el Señor no habría recapitulado en sí mismo la antigua y primitiva enemistad contra la serpiente, cumpliendo la promesa del Creador, si hubiese procedido de otro Padre. Pero, como es uno mismo e idéntico el que nos formó desde el principio y envió a su Hijo al fin de los tiempos, el Señor cumplió su mandato, tomando carne de una mujer y destruyendo a nuestro adversario y rehaciendo al hombre a imagen y semejanza de Dios (5,21,2).
Cristo, pues, lo renovó todo con esta recapitulación.
¿Qué trajo, pues, el Señor cuando vino? Sabed que trajo toda novedad cuando se trajo a sí mismo, que había sido anunciado. Porque estaba anunciado que vendría una novedad a renovar al ser humano y darle vida (4,31,1).
3. Mariología.
La idea de recapitulación influyó profundamente en la doctrina mariana de Ireneo. Justino había sido el primero en establecer el paralelismo entre Eva y María, como Pablo lo hiciera con Adán y Cristo. Ireneo desarrolla aún más este paralelismo:
De acuerdo con este plan, encontramos también a la Virgen María obediente y diciendo: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.” Eva fue desobediente; desobedeció, en efecto, cuando aún era virgen. Y así como ella, teniendo un esposo, Adán, pero permaneciendo aún virgen, por su desobediencia fue causa de muerte para sí misma y para toda la raza humana, así también María, esposa de un hombre que le había sido destinado, y, sin embargo, virgen, por su obediencia se convirtió en causa de salvación, tanto para sí como para todo el género humano.
Y por esta razón a la doncella desposada con un hombre, aunque sea virgen todavía, la ley la llama esposa del que la ha recibido de esta manera, manifestando así que la vida remonta de María a Eva; porque no se puede soltar lo que ha sido atado más que desanudando en sentido inverso la serie de nudos, de modo que los primeros queden sueltos gracias a los últimos, o, en otras palabras, que los últimos suelten a los primeros. Y ocurre que el primer enredo se resuelve merced al segundo y es el segundo nudo el que primero se suprime. Por esto declaró el Señor que los primeros serían los últimos, y los últimos los primeros. Y el profeta venía a decir lo mismo cuando exclamaba: “En vez de padres, te han nacido hijos.” Porque el Señor, habiendo nacido como el “Primogénito de los muertos” y recibiendo en su seno a los antiguos padres, los regeneró a la vida de Dios, convirtiéndose en principio de los que viven, como Adán se hizo principio de los que mueren. Por lo cual Lucas empezó la genealogía con el Señor remontando hasta Adán, indicando de esta manera que no le engendraron ellos a él, sino que él fue quien los regeneró al evangelio de vida. Y de la misma manera sucedió que el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María. Porque lo que la virgen Eva había fuertemente ligado con su incredulidad, la Virgen María lo libertó con su fe (3,22,4).
Por consiguiente, según Ireneo, la obra de la redención sigue exactamente las etapas de la caída del hombre. Por cada paso en falso que dio el hombre, seducido por Satanás, Dios le exige una compensación, a fin de que su victoria sobre el seductor sea completa. La humanidad recibe a un nuevo progenitor que ocupa el lugar del primer Adán. Pero como la primera mujer también estaba complicada en la caída por su desobediencia, el proceso curativo empieza también con la obediencia de una mujer. Dando la vida al nuevo Adán, ella viene a ser la verdadera Eva, la verdadera madre de los vivientes, y la causa salutis. De este modo María se convierte en advocata Evae:
Y si la primera (Eva) desobedeció a Dios, la segunda (María), en cambio, consintió en obedecer a Dios, a fin de que la Virgen María pudiera ser abogada de la virgen Eva. Y así como la raza humana quedó vinculada a la muerte por causa de una virgen, de igual manera es liberada por una virgen; la desobediencia de una virgen ha sido compensada por la obediencia de otra virgen (5,19,1).
Ireneo extiende aún más el paralelismo entre Eva y María. Está tan convencido de que María es la nueva madre de la humanidad, que la llama seno de la humanidad. Enseña así la Maternidad universal de María. Habla del nacimiento de Cristo corno “del ser puro que abrió con toda pureza el puro seno que regenera a los hombres en Dios” (4,33,11).
4. Eclesiología
a) La eclesiología de Ireneo está también íntimamente vinculada a su teoría de la recapitulación. Dios resume en Cristo no solamente el pasado, sino también el futuro. Por eso le hizo Cabeza de toda la Iglesia, a fin de perpetuar mediante ella su obra de renovación hasta el fin del mundo.
Así, pues, hay un solo Dios Padre, como lo hemos demostrado, y un solo Cristo, Jesús Señor nuestro, que pasa por toda la economía y recapitula todo en sí. Pero en este todo también está comprendido el ser humano, criatura de Dios. El recapitula, por tanto, el hombre en sí mismo. El invisible se hizo visible: el incomprensible, comprensible; el impasible, pasible; y el Locos se hizo hombre, recapitulando todas las cosas en sí mismo. Y así como el Logos de Dios es el primero entre los seres celestiales y espirituales e invisibles, así también tiene la soberanía sobre el mundo visible y corporal, asumiendo para sí toda la primacía; y haciéndose Cabeza de la Iglesia, atrae hacia sí todas las cosas a su debido tiempo (Adv. Haer. 3,16,6).
b) Ireneo está firmemente convencido de que la doctrina de los Apóstoles sigue manteniéndose sin alteración. Esta tradición es la fuente y la norma de la fe. Es el canon de la verdad Para Ireneo, este canon de verdad parece ser el credo bautismal, porque dice que lo recibimos en el bautismo (Adv. haer. 1,9,4). Hace una descripción de la fe de la Iglesia siguiendo exactamente el símbolo de los Apóstoles:
La Iglesia, aunque diseminada por todo el mundo hasta los últimos confines, recibió de los Apóstoles y de sus discípulos la fe en un solo Dios, Padre todopoderoso, criador del cielo y de la tierra, de los mares y de todo lo que hay en ellos; y en un solo Cristo Jesús, Hijo de Dios, que se encarnó para nuestra salvación, y en el Espíritu Santo, quien proclamó por medio de los profetas la obra la doble venida, el nacimiento virginal, la pasión y la resurrección de entre los muertos, la ascensión corporal al cielo de nuestro bienamado Señor Jesucristo, y su parusía desde los cielos en la gloria del Padre para recapitular todas las cosas en sí y resucitar la carne de toda la humanidad. Entonces todas las cosas en el cielo y en la tierra y debajo de ella doblarán su rodilla ante Cristo Jesús, nuestro Señor y Dios, nuestro Salvador y Rey, según la voluntad del Padre invisible, y toda lengua le confesará. Entonces pronunciará un juicio justo sobre todos. A los espíritus de maldad y a los ángeles prevaricadores y apóstatas y asimismo a los hombres impíos, injustos, inicuos, blasfemos, los enviará al fuego eterno. En cambio, a los que han guardado sus mandamientos y han permanecido en su amor, les concederá la vida y el premio de la incorrupción y gloria eterna, ya sea desde el principio de la vida, ya sea desde su conversión.
Esta es la doctrina y ésta la fe que la Iglesia, aunque esparcida por todo el orbe, guarda celosamente, como si estuviera toda reunida en una sola casa, y cree todo esto como si no tuviera más que una sola mente y un solo corazón; su predicación, su enseñanza, su tradición son conformes a esta fe, como si no tuviera más que una sola boca. Y aunque haya muchas lenguas en el mundo, la fuerza de la tradición es en todas partes la misma. Porque las iglesias establecidas en Germania profesan y enseñan la misma fe y tradición que las iglesias de los iberos, de los celtas, las de Oriente, Egipto y Libia, y las que están establecidas en el centro del mundo (en Palestina). Y así como el sol, criatura de Dios, es el mismo en todo el mundo, así también la luz de la predicación de la verdad brilla dondequiera de igual manera e ilumina a todos los que desean llegar al conocimiento de la verdad (Adv. haer. 1,10,1-2).
c) Solamente las iglesias fundadas por los Apóstoles pueden servir de apoyo para la enseñanza auténtica de la fe y como testigos de la verdad, pues la sucesión ininterrumpida de los obispos en estas iglesias garantiza la verdad de su doctrina:
Todos los que desean discernir la verdad pueden contemplar en todas las iglesias la tradición apostólica que se manifiesta en el mundo entero. Podemos enumerar a los que los Apóstoles han instituido como obispos en las iglesias y a sus sucesores hasta nuestros días, los cuales no han enseñado nada ni conocido nada que se parezca al delirio de estas gentes (es decir, los gnósticos). De haber conocido los Apóstoles tales misterios, que (según los gnósticos) habrían enseñado sólo a los perfectos, a ocultas de los demás, los habrían transmitido antes eme a nadie a aquellos a quienes confiaban el cuidado de las iglesias. Querían efectivamente que sus sucesores, a quienes confiaban el poder de enseñar en su lugar, fueran absolutamente perfectos e irreprochables en todo (3,3,1).
Por esta razón, a los herejes les falta un requisito esencial; no son los sucesores de los Apóstoles y, por lo mismo, no tienen el carisma de la verdad:
Por consiguiente, es preciso obedecer a los presbíteros que hay en la Iglesia, suceden a los Apóstoles y, juntamente con la sucesión del episcopado, han recibido el don seguro de la verdad, según el beneplácito del Padre (4,26,2).
5. El primado de Roma.
Después de declarar que, afortunadamente, está en condición de poder enumerar los obispos designados por los Apóstoles y la serie de los que han ido sucediéndoles hasta su tiempo, Ireneo observa que sería demasiado largo establecer la lista sucesoria de los obispos de todas las iglesias fundadas por los Apóstoles. Por esta razón se limita a darnos la sucesión episcopal de las principales iglesias (3,3,2):
Pero como sería muy largo, en un volumen como éste, enumerar las sucesiones de todas las iglesias, nos limitaremos a la Iglesia más grande, más antigua y mejor conocida de todos, fundada y establecida en Roma por los dos gloriosísimos apóstoles Pedro y Pablo, demostrando que la tradición que tiene recibida de los Apóstoles y la fe que ha anunciado a los seres humanos han llegado hasta nosotros por sucesiones de obispos. Ello servirá para confundir a todos los que de una forma u otra, ya sea por satisfacción propia o por vanagloria, ya sea por ceguedad o por equivocación, celebran reuniones no autorizadas.
Luego sigue una declaración sobremanera importante. Desgraciadamente no poseemos el texto griego original de esta sentencia, sino tan sólo la traducción latina, que, con todo, parece ser muy servicial: Ad hanc enim ecclesiam propter potentiorem principalitatem necesse est omnem convenire ecclesiam, hoc est omnes qui sunt undique fideles. in qua semper ab his qui sunt undique, conservata est ea quae est ab apostolis traditio.
La cuestión que se plantea es ésta: ¿cuál es el significado de la palabra principalitas? Por desgracia, las palabras latinas principalitas, principalis, principaliter, pueden servir para traducir bastantes palabras griegas que difieren notablemente de significado unas de otras, e. g.: a??e?t?a, e???s?a, ?a???????, ??eµ??????, p??????µ????, p??te?e??. Van den Eynde y Bardy sugieren la traducción de principalitas por a???, ???a??? ? a?????t??. En este caso, Ireneo asignaría a la Iglesia de Roma un lugar más elevado por razón de su “origen superior,” o sea, por haber sido fundada por los dos Príncipes de los Apóstoles. Ehrhard traduce propter potentiorem principalitatem “por razón de su liderazgo más eficaz” (wirksamere Führerschaft). Entonces todo el pasaje rezaría así:
Porque, a causa de su liderazgo eficaz, es preciso que concuerden con esta Iglesia todas las iglesias, es decir, los fieles que están en todas partes, ya que en ella se ha conservado siempre la tradición apostólica por (los fieles) que son en todas partes.
F. M. Sagnard, en su nueva edición y traducción, traduce propter potentiorem principalitatem: “por razón de su más poderosa autoridad de fundación.” Las palabras “es preciso que concuerden” afirman probablemente un hecho, no una obligación. La prueba está en el mismo contexto. Ireneo, en efecto, trata de demostrar que las fábulas y ficciones de los gnósticos son extrañas a la tradición apostólica. Por consiguiente, el pasaje en cuestión no se refiere a la constitución eclesiástica, sino a la fe que es común a todas las iglesias particulares y que está en abierta oposición con la gnosis y sus especulaciones. Es significativo que Ireneo, a continuación de este pasaje, enumere los obispos romanos hasta Eleuterio (174-189); luego prosigue:
En este orden y con esta sucesión han llegado hasta nosotros la tradición que existe en la Iglesia a partir de los Apóstoles y la predicación de la verdad. Y ésta es una prueba muy fuerte de que la fe vivificante que existe en la Iglesia, recibida de los Apóstoles, conservada hasta ahora y transmitida en la verdad, es siempre la misma (3,3,3).
6. La Eucaristía.
Ireneo está tan convencido de la presencia real del cuerpo y de la sangre del Señor en la Eucaristía, que deduce la resurrección del cuerpo humano del hecho de haber sido alimentado por el cuerpo y la sangre de Cristo:
Si, pues, el cáliz con mezcla de agua y el pan elaborado reciben al Verbo de Dios (ep?d??eta? t?? ????? t?? Te??) y se hacen Eucaristía, cuerpo de Cristo, con los cuales la substancia de nuestra carne se aumenta y se va constituyendo, ¿cómo es posible que algunos afirmen que la carne no es capaz del don de Dios que es la vida eterna, la carne alimentada con el cuerpo y sangre del Señor, y hecho miembro de El? … la carne que se nutre del cáliz que es su sangre, y recibe crecimiento del pan que es su cuerpo. Así como el esqueje de la viña plantado en la tierra da fruto a su debido tiempo, y así como el grano de trigo que cae al suelo y se descompone, brota y se multiplica gracias al Espíritu de Dios, y al recibir luego la palabra de Dios se convierte en la Eucaristía, que es el cuerpo y la sangre de Cristo, así también nuestros cuerpos, alimentados por ella y depositados en la tierra, donde sufren la descomposición, se levantarán a la hora que les fuere señalada (5,2,3). ¿Y cómo dicen también que la carne que se alimenta con el cuerpo y la sangre del Señor se corrompe y no participa de la vida? Por lo tanto, que cambien de parecer o dejen de ofrecer las cosas que hemos mencionado. Nuestra opinión, en cambio, está en armonía con la Eucaristía, y la Eucaristía, a su vez, confirma nuestra opinión. Pues le ofrecemos a El lo que es suyo, manifestando de ese modo la comunión y la unión y profesando la resurrección de la carne y del espíritu. Porque así como el pan, que es de la tierra, en recibiendo la invocación de Dios (p??s?aß?µe??? t?? ?p????s?? t?? ?e??) ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, que se compone de dos elementos, terreno y celestial, así también nuestros cuerpos, al recibir la Eucaristía, ya no son corruptibles, puesto que poseen la esperanza de la resurrección eterna (4,18,5).
Las frases precedentes parecen dar a entender que Ireneo creía que el pan y el vino son consagrados por una epiclesis. El carácter sacrificial de la Eucaristía es evidente para Ireneo, ya que ve en ella el nuevo sacrificio profetizado por Malaquías:
Dando a sus discípulos el mandato de ofrecer a Dios las primicias de sus propias criaturas, no como si El las necesitase, sino para que ellos no sean estériles ni ingratos, tomó la criatura que es el pan y dio gracias diciendo: “Este es mi cuerpo.” Asimismo del cáliz, que forma parte de la misma creación a la que pertenecemos nosotros, afirmó que era su sangre; y enseñó la nueva oblación de la Nueva Alianza. La Iglesia la recibió de los Apóstoles y la ofrece en todo el mundo a Dios, que nos da los alimentos, primicias de sus dones en la Nueva Alianza; acerca de lo cual Malaquías, uno de los doce profetas, predijo así: “No tengo en vosotros complacencia alguna, dice el Señor omnipotente, y no aceptaré los sacrificios de vuestras manos. Porque desde el orto del sol hasta el ocaso es glorificado mi nombre entre las gentes y en todo lugar se ofrece incienso a mi nombre y un sacrificio puro, pues grande es mi nombre entre, las gentes, dice el Señor omnipotente,” dando a entender claramente con estas palabras que el pueblo anterior (los judíos) cesará de ofrecer sacrificios a Dios; porque en todo lugar se le ofrecerá un sacrificio, y éste será puro; y su nombre es glorificado entre las gentes (4,17,5).
7. Escrituras
El canon del Nuevo Testamento de Ireneo comprende los cuatro evangelios, las epístolas de San Pablo, los Hechos de los Apóstoles, las epístolas de San Juan y el Apocalipsis, la primera carta de San Pedro y el entonces reciente escrito profético del Pastor de Hermas, pero no la Epístola a los Hebreos. Aunque Ireneo considere el conjunto de estos libros como una colección completa, no tiene nombre definido para designarlos. Llama a los libros del Nuevo Testamento Escritura (??af?), porque tienen el mismo carácter de inspiración que los libros del Antiguo Testamento. Sobre el origen de los evangelios dice lo siguiente:
Entre los hebreos y en su misma lengua, Mateo publicó una especie de evangelio escrito, mientras Pedro y Pablo predicaban en Roma y fundaban la Iglesia. Después de su muerte, Marcos, el discípulo e intérprete de Pedro, nos transmitió también por escrito lo que Pedro había predicado. Asimismo Lucas, el compañero de Pablo, consignó en un libro el evangelio predicado por éste. Más tarde, Juan, el discípulo del Señor, el mismo que se había recostado sobre su pecho, también él publicó el evangelio durante su residencia en Efeso (3:1,1).
Ireneo explica que hay exactamente cuatro evangelios, ni más ni menos:
No es posible que haya más de cuatro evangelios, ni tampoco menos. Son cuatro las regiones del mundo en que vivimos, y cuatro los vientos de los cuatro puntos cardinales; porque, por otra parte, la Iglesia está diseminada por toda la tierra, y la columna y el fundamento de la Iglesia es el evangelio y el Espíritu (“soplo”) de natural que tenga cuatro columnas desde todos los ángulos soplen incorruptibilidad y reaviven en los seres humanos el fuego de la vida. Por todo lo cual es evidente que el Creador de todas las cosas, el Verbo, que está sentado sobre los querubines y sostiene el universo, cuando se nos manifestó a los hombres nos dio su evangelio bajo cuatro formas, pero sostenido por un solo Espíritu (3,11,8).
Para la historia del arte cristiano es importante comprobar que Ireneo, en el párrafo que sigue, hace derivar el número de los evangelios de los cuatro querubines:
Los querubines tienen cuatro caras, y sus semblantes son imágenes de la actividad del Hijo de Dios. Porque “el primer ser viviente” se dice “es semejante a un león” (San Juan), dando a entender su vigor eficiente, su soberanía, su realeza; “y el segundo es semejante a un novillo” (San Lucas), significando su dignidad de sacrificador y de sacerdote; “y el tercero tiene semblante de hombre” (San Mateo), indicando evidentísimamente su venida como hombre; “y el cuarto semeja un águila en pleno vuelo” (San Marcos), que viene a indicar el don del Espíritu que vuela sobre la Iglesia (ibid.).
A diferencia del desarrollo posterior del simbolismo, el león representa aquí a Juan, y el águila, a Marcos.
Para determinar la canonicidad de un escrito, Ireneo insiste en que hay que tener en cuenta no sólo su apostolicidad, sino también la tradición eclesiástica. A la Iglesia compete asimismo la última palabra en la interpretación de la Escritura, porque todos y cada uno de los libros del Antiguo Testamento y del Nuevo son como árboles en el vergel de la Iglesia. Ella nos alimenta con sus frutos:
Es preciso, por tanto, que evitemos sus doctrinas (heréticas) y estemos precavidos para no sufrir daño alguno de ellas; pero mejor es que nos refugiemos en la Iglesia, seamos educados en su seno y nos alimentemos de la Escritura del Señor. Porque la Iglesia fue plantada como un paraíso en este mundo; por eso dice el Espíritu de Dios: “Podéis libremente comer de todos los frutos del jardín,” esto es, podéis comer de todas las escrituras del Señor; pero no debéis comer con orgullo ni tocar discordia alguna herética (5,20,2).
8. Antropología.
Fiel a la idea platónica de que el hombre está formado de f?s??, ???? ?a? vo??, Ireneo enseña que la persona humana está compuesto de cuerpo, alma y espíritu:
Todo el mundo admitirá que estamos compuestos de un cuerpo tomado de la tierra y de un alma que recibe de Dios su espíritu (3,22,1).
Por consiguiente, un cuerpo humano animado solamente por un alma natural no es un ser humano completo y perfecto. Parece que Ireneo, a ejemplo de San Pablo, considera casi siempre esta tercera parte esencial, el p?e?µa, que completa y corona a la naturaleza humana, como si fuera el Espíritu personal de Dios. Cristo prometió este Espíritu como un don a sus Apóstoles y a los que creyeran en El, y San Pablo no se cansa de advertir a los cristianos que lleven el Espíritu dentro de sí como en un templo. En otros pasajes, en cambio, es difícil determinar si, para Ireneo, esta tercera parte esencial del ser humano es el espíritu del hombre o el Espíritu de Dios. Esta duda aparece con evidencia en el pasaje donde describe al hombre perfecto creado a imagen de Dios:
En efecto, por las manos del Padre, esto es, por el Hijo y el Espíritu, fue hecho a imagen de Dios la persona humana, y no sólo una parte de él. Ahora bien, es verdad que el alma y el espíritu son parte del hombre, mas no, ciertamente, el ser humano; porque el hombre perfecto consiste en la composición y unión del alma, que recibe el Espíritu del Padre y se mezcla con la naturaleza corpórea que fue modelada a imagen de Dios… Porque si se prescindiera de la substancia de la carne, es decir, de la obra modelada por Dios, y se tomara en consideración solamente al espíritu, ya no sería un hombre espiritual, sino el espíritu del hombre, o el Espíritu de Dios. Pero cuando este espíritu mezclado con el alma es unido al cuerpo, el ser humano se hace espiritual y perfecto debido a la efusión del Espíritu, y éste es el que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. Pero si al alma le falta el espíritu, entonces ese ser es de naturaleza animal, y siendo, como es, carnal, será un ser imperfecto, que lleva ciertamente la imagen de Dios en su cuerpo, pero que no ha recibido la semejanza de Dios por medio del Espíritu. Y así como este ser es imperfecto, así también, si se prescindiera de la imagen y se desechara el cuerpo, no podría tomarse a ese ser como una persona humana, sino como parte de hombre. Porque esa carne que ha sido modelada no es un ser humano, como ya he dicho, o como algo distinto del por sí sola un hombre perfecto, sino el cuerpo de un hombre y parte de un hombre. Tampoco el alma por sí sola es el hombre, sino el alma de un hombre y parte de un hombre. Tampoco el espíritu es el hombre, puesto que se le llama espíritu, y no hombre. Pero la composición y unión de estos tres elementos constituyen al hombre perfecto (5,6,1). De tres cosas, como hemos demostrado, se compone el hombre completo: la carne, el alma y el espíritu. Una de ellas salva y forma: el espíritu; otra, en cambio, es unida y es formada: la carne; en fin, la que está entre las dos: el alma, que, a veces, cuando sigue al espíritu, es levantada por él, pero a veces hace causa común con la carne y cae en la concupiscencia carnal. Todos aquellos, pues, que no poseen lo que salva y forma, ni tienen la unidad, serán carne y sangre, y así serán llamados, porque no está en ellos el Espíritu de Dios (5,9,1).
La recepción y conservación de esta tercera parte, el espíritu, del que resulta la perfección de la persona humana, dependen de los actos de la voluntad y de la conducta moral. Incluso la misma existencia eterna del alma depende de su conducta aquí en la tierra, porque no es inmortal por naturaleza. Su inmortalidad está condicionada a su desarrollo moral. Es capaz de hacerse inmortal, si es agradecida a su Creador:
Pues así como el cielo que está sobre nosotros, el firmamento, el sol, la luna, las demás estrellas y todo su esplendor, que no existían anteriormente, fueron llamados al ser y subsisten por un largo espacio de tiempo según la voluntad de Dios, así también quien piense que sucede igual con las almas y con los espíritus, en una palabra, con todas las cosas creadas, no se equivoca absolutamente, por cuanto que todas las cosas que fueron creadas tuvieron principio cuando fueron formadas, pero continúan en el ser mientras Dios quiera que existan y permanezcan… Porque la vida no nos viene de nosotros ni de nuestra naturaleza, sino que nos es concedida como un don de Dios. Por consiguiente, el que conserve el don de la vida y dé gracias al que se lo ha concedido, recibirá también una larga existencia por los siglos de los siglos. Pero el que lo rechazare y fuere ingrato a su Hacedor, por ser criatura y no reconocer el don que le fue otorgado, se priva a sí mismo de la existencia para siempre jamás (2,34,3).
Ireneo creyó necesario refutar la afirmación de los gnósticos de que el alma es inmortal por naturaleza, independientemente de su conducta moral: eso fue lo que le condujo a estas ideas erróneas.
9. Soteriología.
El eje en torno al cual gira toda la doctrina de la redención de Ireneo es que todo hombre tiene necesidad de redención y es capaz de ella. Esto se sigue de la caída de los primeros padres; debido a ella, todos sus descendientes quedaron sujetos al pecado y a la muerte y perdieron la imagen de Dios. La redención realizada por el Hijo de Dios ha librado a la humanidad de la esclavitud de Satanás, del pecado y de la muerte. Además, ha recapitulado a toda la humanidad en Cristo. Ha realizado la unión con Dios, la adopción divina, y ha devuelto al ser humano la semejanza con Dios. Ireneo evita en este contexto la palabra “deificación,” ?e?p???s??. Emplea las expresiones “unirse a Dios,” “adherirse a Dios,” participare gloriae Dei; pero procura no suprimir los límites entre Dios y el ser humano, que es lo que se hacía en las religiones paganas y en la herejía gnóstica. Ireneo distingue entre imago Dei y similitudo Dei. El hombre es, por naturaleza, por su alma inmaterial, imagen de Dios. La similitudo Dei es la semejanza con Dios de un orden sobrenatural, que Adán poseyó por un acto libre de la bondad divina. Esta similitudo Dei es obra del Pneuma divino.
La redención del individuo la realizan, en nombre de Cristo, la Iglesia y sus sacramentos. El sacramento es a la naturaleza lo que el nuevo Adán es al viejo. Una criatura alcanza su perfección en los sacramentos. El sacramento viene a ser el punto culminante de la recapitulación de la creación en Cristo. Por el bautismo la persona humana nace nuevamente para Dios. En este contexto, Ireneo habla del bautismo de los niños; es el primer documento que hace referencia a él en la literatura cristiana antigua:
Vino en persona a salvar a todos — es decir, a todos los que por El nacen nuevamente para Dios —, recién nacidos, niños, muchachos, jóvenes y adultos (2,22,4).
10. Escatología.
Incluso en la escatología de Ireneo se nota abiertamente la influencia de su teoría de la recapitulación. El anticristo es la réplica demoníaca de Cristo, porque es la recapitulación de toda apostasía, de toda injusticia, de toda malicia, de toda falsa profecía y superchería, desde el principio del mundo hasta el fin:
En esta bestia se dará, por consiguiente, cuando venga, la recapitulación de toda clase de iniquidad y de engaño, a fin de que todo poder de apostasía, que afluye a ella y en ella se encierra, sea arrojado al horno de fuego. Es justo, pues, que su nombre tenga el número seiscientos sesenta y seis, porque recapitula en sí toda mezcla de maldad que tuvo lugar antes del diluvio a causa de la apostasía de los ángeles… Por eso los seiscientos años… indican el número del nombre de aquel ser humano en quien se recapitula toda la apostasía de seis mil años, y la injusticia, y la maldad, y la falsa profecía, y la superchería, por cuya culpa vendrá también un diluvio de fuego (5,29,2).
Ireneo llega incluso a valerse de su teoría de la restauración del mundo para demostrar sus ideas milenaristas:
Ignoran la obrade Dios y el misterio de la resurrección de los justos y del reino que es el principio de la incorrupción, por medio del cual a los que fueron hallados dignos se les irá habituando progresivamente a comprender a Dios. Y es necesario que se les diga, respecto a estas cosas, que, en esta creación renovada, los justos serán los primeros en resucitar a la presencia de Dios y en recibir la promesa de la herencia que Dios prometió a los padres, y que reinarán en ella y que después vendrá el juicio. Porque es justo que en esta misma creación en la que ellos se fatigaron y sufrieron, siendo probados con toda clase de aflicciones, reciban el premio de sus sufrimientos; y que en la misma creación donde sufrieron muerte violenta por amor de su Dios, reciban nueva vida; y que puedan reinar en la misma creación en que sufrieron esclavitud. Porque Dios es rico en todo y todas las cosas son suyas. Es, por ende, justo que la misma creación, ya restaurada en su condición primera, sea puesta sin restricción alguna bajo el dominio de los justos (5,32,1).
¿LUZ DEL MUNDO O TINIEBLAS?
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 89: “… lo que yo defiendo es la herencia del Segundo Concilio Vaticano y toda la historia de la Iglesia . El pasaje [del documento Dominus Iesus] significa que las iglesias orientales [es decir las iglesias “ortodoxas”] son genuinas iglesias particulares, aunque no están en comunión con el Papa . En este sentido, la unidad con el Papa no es constitutiva de la iglesia particular”.
Papa León XIII, Satis cognitum, # 15, 29 de junio de 1896: “Por donde se ve claramente que los obispos perderían el derecho y el poder de gobernar si se separasen de Pedro o de sus sucesores. Por esta separación se extirpan ellos mismos del fundamento sobre el que debe sustentarse todo el edificio y se colocan fuera del mismo edificio”.Papa Pío IX, Amantissimus, # 3, 8 de abril de 1862: “Hay otras, casi incontables, pruebas extraídas de los testigos más confiables que testifican clara y abiertamente con gran fe, exactitud, respeto y obediencia de que todos los que quieren pertenecer a la verdadera y única Iglesia de Cristo deben honrar y obedecer a esta Sede Apostólica y al Romano Pontífice”.Papa Pío IX, Concilio Vaticano I, 1870, sesión 4, cap. 3, ex cathedra: “… todos los fieles de Cristo deben creer que ‘la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice poseen el primado sobre todo el orbe, y que el mismo Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y verdadero vicario de Jesucristo y cabeza de toda la Iglesia (…) Enseñamos, por ende, y declaramos, que la Iglesia Romana, por disposición del Señor, posee el principado de potestad sobre todas las otras (…) Tal es la doctrina de la verdad católica, de la que nadie puede desviarse sin menoscabo de su fe y salvación” (Denz. 1826-1827).Papa Pelagio II, epístola (2) Dilectionis vestrae, 585: “El que no sustenta esta unidad de la Iglesia, ¿cree que tiene la fe? El que abandona y resiste la cátedra de Pedro, sobre la cual se funda la Iglesia, ¿tiene seguridad de estar en la Iglesia?”.Papa Pío VI, Charitas, # 32, 13 de abril de 1791: “Por último, en una palabra, permanecer cerca de Nos . Porque nadie puede estar en la Iglesia de Cristo sin estar en unidad con su cabeza visible y fundada sobre la Sede de Pedro”.Papa León XIII, Satis cognitum, # 13, 29 de junio de 1896: “Quien no quiera ser hereje ni sentar plaza de tal no trate de satisfacer a éste ni al otro (…) Apresúrese a satisfacer en todo a la Sede de Roma”.Papa Pío XI, Mortalium animos, # 11, 6 de enero de 1928: “Ahora bien, en esta única Iglesia de Cristo nadie vive y nadie persevera, que no reconozca y acepte con obediencia la suprema autoridad de Pedro y de sus legítimos sucesores”.Papa Pío XII, Mystici Corporis Christi, # 22, 29 de junio de 1943: “Así que, como en la verdadera congregación de los fieles existe un solo Cuerpo, un solo Espíritu, un solo Señor y un solo bautismo, así no puede haber sino una sola fe; y, por lo tanto, quien rehusare oír a la Iglesia, según el mandato del Señor, ha de ser tenido por gentil y publicano. Por lo cual, los que están separados entre sí por la fe o por la autoridad, no pueden vivir en este único Cuerpo, ni tampoco, por lo tanto, de este su único Espíritu”.Papa Pío VII, Diu satis, # 15, 15 de mayo de 1800: “De manera que el rebaño de Cristo debe sentirse seguro y alimentarse alegremente de la comida que les proviene de la voz y autoridad de Pedro; pero a pesar de cualquier belleza y encanto, deben rehuir como de nociva y apestosa plaga, de lo que esta voz les prohíbe. Y quienesno la obedezcan, ciertamente no serán contados de entre las ovejas de Cristo”.Papa San León Magno: “Es necesario que la Iglesia en todo el mundo esté unida y adherida al centro de la comunión eclesiástica, por lo que todo aquel que se atreva a separarse de la unidad de Pedro debe saber que ya no participa de los divinos misterios”[1].Papa Gregorio XVI, Commissum divinitus, # 11, 17 de mayo de 1835: “Así como el que no recolecta con Cristo tampoco recolecta con el vicario de Cristo sobre la tierra, sino que desparrama . ¿Cómo puede el que destruye la sagrada autoridad del vicario de Cristo e infringe sus derechos recolectar con él?”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 98: “Durante mi visita a Turquía, pude demostrar el respeto que tengo por el islam, al cual yo reconozco como una gran realidad religiosa con la que debemos dialogar”.
Esto es apostasía.
Papa Eugenio IV, Concilio de Basilea, 1434: “… existe la esperanza de que un gran número de la abominable secta de Mahoma será convertido a la fe católica”[2].Papa Calixto III: “Yo prometo (…) exaltar la fe verdadera, y exterminar la secta diabólica de los reprobados e infieles de Mahoma [islam] en el Oriente”[3].
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 39: “Cuando un sacerdote vive con una mujer, se debe examinar si podrían constituir un buen matrimonio. Si ese es el caso, ellos deben seguir ese camino”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 121: “Pregunta – ¿Habría firmado el decreto que levanta la excomunión [a los obispos de la Fraternidad San Pío X] si hubiese sabido que entre los cuatro obispos había una persona que niega la existencia de las cámaras de gas? Respuesta – No. Si lo hubiese sabido, el primer paso habría sido separar el caso del obispo Williamson de los otros. Desafortunadamente, sin embargo, ninguno de nosotros navegó por internet para averiguar con qué tipo de persona estábamos tratando”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 124: “Pregunta – Sin embargo, el Secretario General del Consejo Central de los Judíos en Alemania llegó a afirmar que el Papa introdujo en la sociedad política a un negador del holocausto (…)¿Todo esto no sugiere que, a la luz del caso Williamson, la relación con los judíos todavía está enproceso? Respuesta – Una cosa que es evidente en todo esto es que todavía hay grandes temores y tensiones y que el diálogo es frágil y se puede dañar fácilmente. En el conjunto de la comunidad judía internacional,hubo muchas personas que de inmediato salieron en mi defensa y dijeron que yo nunca introduciría en la sociedad política a un negador del holocausto. Esas personas me conocen. En ese sentido, una ruptura del diálogo estaba fuera de la cuestión”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 158: “Yo no me opongo en principio a la comunión en la mano; yo he administrado y recibido la comunión de esta manera”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 81: “…Pregunta – Su primer acto oficial como sucesor de Pedro fue una carta a la comunidad judía de Roma.¿Fue este un gesto simbólico destinado a trasmitir un objetivo básico de supontificado ? Respuesta – Por supuesto. Debo decir que desde el primer día que comencé a estudiar teología, la unidad intrínseca del Antiguo y Nuevo Testamento, de las dos partes de la Sagrada Escritura, de algún modo fue clara para mí (…) Luego como alemanes fuimos sacudidos por lo que ocurrió en el Tercer Reich, lo que nos dio una razón especial para mirar con humildad y vergüenza, y con amor, al Pueblo de Israel. Como he dicho, ya fue durante mis estudios de teología que estas cosas se juntaron y comenzaron a formar mi pensamiento como teólogo. Por esta razón, fue claro para mí – aquí, también, en plena continuidad con el Papa Juan Pablo II – queesta nueva, amorosa, comprensiva interrelación de Israel y la Iglesia, donde cada uno respeta el ser y la misión distintiva del otro, habría de desempeñar un papel esencial en mi anuncio de la fe cristiana”.
Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, 1441, ex cathedra:
“La Santa Iglesia Romana firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos (…) cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo (…) y empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento (…) Denuncia consiguientemente como ajenos a la fe de Cristo a todos los que, después de aquel tiempo (la promulgación del Evangelio), observan la circuncisión y el sábado y guardan las demás prescripciones legales y que en modo alguno pueden ser partícipes de la salvación eterna…”.Papa Benedicto XIV, Ex quo primum, # 61, 1 de marzo de 1756: “La primera consideración es que las ceremonias de la ley mosaica fueron derogadas por la venida de Cristo y que ya no pueden ser observadas sin pecado después de la promulgación del Evangelio”.Papa Pío XII, Mystici Corporis Christi,# 29-30 , 29 de junio de 1943: “Y, en primer lugar, con la muerte del Redentor, a la Ley Antigua abolida sucedió el Nuevo Testamento (…) en el patíbulo de su muerte Jesús abolió la Ley con sus decretos [Ef. 2 ,15 ] (…) y constituyó al Nuevo en su sangre, derramada por todo el género humano . Pues, como dice San León Magno, hablando de la Cruz del Señor, ‘de tal manera en aquel momento se realizó un cambio tan evidente de la Ley al Evangelio, de la Sinagoga a la Iglesia, de lo muchos sacrificios a una sola hostia, que, al exhalar su espíritu el Señor, se rasgó inmediatamente de arriba abajo aquel velo místico que cubría a las miradas el secreto sagrado del templo’. En la Cruz, pues, murió la Ley Vieja, que en breve había de ser enterrada y resultaría mortífera…”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 151: “Podríamos decir, si queremos decirlo así, que la evolución ha traído la sexualidad con el propósito de reproducir la especie. Lo mismo es cierto desde el punto de vista teológico”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 152: “Si alguien tiene inclinaciones homosexuales profundamente arraigadas – y ello todavía es una cuestión abierta de si esas inclinaciones son realmente innatas o si surgen desde la primera infancia – si, en cualquier caso, ellas tienen poder sobre él, esta es una gran prueba para él, al igual como otras pruebas pueden afectar a otras personas también”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 31: “Pregunta – Y no obstante, es difícil para mucha gente en estos días atenerse a la Iglesia . ¿Puede entender por qué las personas la abandonan en señal de protesta? Respuesta –Yo lo entiendo. Me refiero, por supuesto, sobre todo a las víctimas. Es difícil para ellos conservar la creencia de la que la Iglesia es una fuente de bien, que ella comunica la luz de Cristo, que ella ayuda a la vida de las personas. Yo puedo comprender eso”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 140: “P regunta– ¿Cómo es posible que en muchos países occidentales un niño pase años estudiando la religión católica en la escuela, y sin embargo en su graduación sabe más sobre el budismo que de los principios básicos del catolicismo, que incluso puede que no sea capaz de reconocer?Todo esto ocurre en un sistema que está bajo la responsabilidad de la diócesis.R espuesta – Esa es una pregunta que yo también me hago. Todos los niños en Alemania tienen nueve a trece años de religión en la escuela. Por qué, a pesar de ello captan tan poco, si se me permite decirlo así, es incomprensible”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 65: “Sobre todo, el Concilio ha tomado y realizado su gran misión al definir de un modo nuevo el objetivo de la Iglesia,así como su relación con la era moderna, y también la relacimón de la fe de este tiempo con sus valores”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 176: “La Iglesia no está aquí para colocar cargas sobre los hombros de la humanidad, y ella no ofrece algún tipo de sistema moral”.
Romanos 3, 31: “¿Anulamos, pues, la Ley con la fe? No ciertamente, antes la confirmamos”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 147: “Pregunta – Pero, ¿en realidad la Iglesia rechaza cualquier tipo de regulación de la concepción ? Respuesta – No . Después de todo, todo el mundo sabe que la Iglesia afirma la regulación natural de la concepción, que no sólo es un método, sino también una forma de vida”.
Benedicto XVI, Luz del Mundo, 2010, p. 94-96: “Pregunta – ¿Es realmente cierto que el Papa no considera a los protestantes como iglesia, sino, a diferencia de la iglesia de oriente, sólo como una comunidad eclesial? Está distinción suele ser muy despreciable para muchos. Respuesta – La frase ‘comunidad eclesial’ es un término utilizado por el Segundo Concilio Vaticano. El concilio aplicó una regla muy simple respecto a estas cuestiones. Iglesia en sentido propio, tal como la entendemos, existe donde el oficio episcopal, como expresión sacramental de la sucesión apostólica, está presente – lo que también implica la existencia de la eucaristía como un sacramento que es administrado por el obispo y el sacerdote. Si este no es el caso, entonces se trata de la aparición de otro modelo, una nueva forma de entender lo que la Iglesia es, que con el Concilio Vaticano II designamos por el término ‘comunidad eclesial’. La palabra tenía por objeto indicar que estas comunidades encarnan una forma diferente de ser iglesia. Como ellos mismos insisten, ello no es precisamente el mismo modo en el que las Iglesias de gran tradición de antigüedad son Iglesias, sino que se basa en una comprensión nueva, según la cual una Iglesia consiste, no en la institución, sino en el dinamismo de la Palabra que reúne a la gente en una congregación (…) Pregunta – ¿Y ni siquiera un Papa puede ofrecer una definición alternativa de Iglesia? Respuesta – No. Él no tiene autoridad sobre eso. El Concilio Vaticano II es obligatorio para él”.
Papa Pablo IV, bula Cum ex apostolatus officio, 15 de febrero de 1559: “6. Agregamos, [por esta Nuestra Constitución, que debe seguir siendo válida en perpetuidad, Nos promulgamos, determinamos, decretamos y definimos:] que si en algún tiempo aconteciese que un obispo, incluso en función de arzobispo, o de patriarca, o primado; o un cardenal, incluso en función de legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la fe católica, o hubiese caído en herejía:(i) o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto;(ii) y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos.
(iii) Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes…
(vi) los que así hubiesen sido promovidos y hubiesen asumido sus funciones, por esa misma razón y sin necesidad de hacer ninguna declaración ulterior, están privados de toda dignidad, lugar, honor, título, autoridad, función y poder…10. Por lo tanto, a hombre alguno sea lícito infringir esta página de Nuestra Aprobación, Innovación, Sanción, Estatuto, Derogación, Voluntades, Decretos, o por temeraria osadía, contradecirlos. Pero si alguien pretendiese intentarlo, sepa que habrá de incurrir en la indignación de Dios Omnipotente y en la de sus santos Apóstoles Pedro y Pablo.
Dado en Roma, junto a San Pedro, en el año de la Encarnación del Señor 1559, XV anterior a las calendas de Marzo, año 4º de nuestro Pontificado+ Yo, Pablo, obispo de la Iglesia católica…”San Roberto Belarmino: “Un papa que se manifieste hereje, por ese mismo hecho (per se) cesa de ser papa y cabeza, así como por lo mismo deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia. Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Este es la enseñanza de todos los Padres antiguos, que enseñaban que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción”. (De Romano Pontifice, II, 30)Enciclopedia Católica, “Papal Elections” [Las Elecciones Papales], 1914, Vol. 11, p. 456: “Desde luego, la elección de un hereje, de un cismático, o de una mujer [como Papa] será nula e inválida”.
LOS COMIENZOS DE LA LITERATURA HERÉTICA
Los Comienzos de la Literatura Herética.
El cristianismo tuvo que defenderse contra dos enemigos exteriores: el judaísmo y el paganismo, y, a la par, contra dos enemigos interiores: el gnosticismo y el montañismo. Aunque estos últimos tenían como punto de partida el cristianismo, eran de carácter totalmente distinto. Mientras los gnósticos eran partidarios de un cristianismo adaptado al mundo, los montanistas predicaban la renuncia total del mismo. Los gnósticos trataban de crear un cristianismo que, ajustándose a la cultura de su tiempo, absorbiera los mitos religiosos del Oriente y atribuyera a la filosofía religiosa de los griegos un papel predominante, de suerte que no quedara más que un espacio reducido para la revelación como fundamento de la ciencia teológica, para la fe y para el evangelio de Cristo. En cambio, los montanistas, que esperaban de un momento a otro la destrucción del mundo, proponían como único ideal cristiano, al que todos los fieles debían aspirar, una vida religiosa en retiro y en total alejamiento del mundo y de sus placeres. Ambas sectas organizaron una propaganda muy eficaz y ganaron adeptos en las comunidades cristianas. La Iglesia, por consiguiente, sufrió una doble crisis. El gnosticismo amenazaba su fundamento espiritual y su carácter religioso: el montanismo ponía en peligro su misión y carácter universales. De estos dos enemigos, el gnosticismo era, con mucho, el más peligroso.
Gnosticismo Precristiano.
Los orígenes del gnosticismo hay que buscarlos en los tiempos precristianos. Investigaciones recientes han demostrado que desde que Alejandro Magno inauguró el período helenístico con sus conquistas triunfales en Oriente (334-324 a.C.), se había ido desarrollando esta extraña mezcla de religión oriental y filosofía griega, que llamamos gnosticismo. De las religiones orientales, el gnosticismo heredó su fe en un dualismo absoluto entre Dios y el mundo, entre el alma y el cuerpo; su teoría del origen del bien y del mal de dos principios y substancias fundamentalmente diferentes, y el anhelo de la redención y de la inmortalidad. De la filosofía griega, el gnosticismo recibió su elemento especulativo. Así, las especulaciones sobre los mediadores entre Dios y el mundo las tomó del neoplatonismo; el neopitagorismo le legó esa especie de misticismo naturalista; y aprendió del neoestoicismo el valor del individuo y el sentido del deber moral.
Simón Mago.
El último representante del gnosticismo precristiano fue Simón Mago, contemporáneo de los Apóstoles. Cuando el día-cono Felipe se fue a Samaria, Simón Mago era allí muy conocido y tenía muchos secuaces. Los Hechos de los Apóstoles refieren (8,9-24) que le llamaban “el poder de Dios,” “el grande.” Su nombre aparece junto al de Cerinto, como representante de la herejía gnóstica, en la introducción de la llamada Epístola Apostolorum (cf. supra p.149s). Justino afirma que había nacido en Gitton, Samaria, y que llegó a Roma durante el reinado del emperador Claudio, donde fue venerado como un dios. Hipólito de Roma le atribuye (Phil. 6.7-20) la obra que tiene por título La gran Revelación. Parece que contenía una interpretación alegórica de la narración mosaica de la creación, lo cual hace suponer la influencia de la filosofía religiosa de Alejandría. Es, con todo, muy dudoso que este escrito, del que restan tan sólo poco fragmentos, fuera compuesto por Simón Mago.
Dositeo y Menandro.
En la literatura cristiana antigua se mencionan dos samaritanos más como gnósticos. Los dos están relacionados con Simón Mago; Dositeo es su maestro, y Menandro, su discípulo. Al decir de las Pseudoclementinas, Dositeo fue el fundador de una escuela en Samaria. Según cuenta Orígenes, trató de convencer a los samaritanos de que él era el mesías predicho por Moisés. Menandro nació en Caparatea de Samaria, como afirma Justino. Según Ireneo, decía a sus seguidores que había sido enviado por las potencias invisibles como redentor para la salvación de la humanidad. Discípulo de Simón Mago, fue el maestro de Satornil y Basílides. Es, pues, el eslabón entre el gnosticismo precristiano y el gnosticismo cristiano.
Gnosticismo Cristiano.
Cuando el cristianismo entró en las grandes ciudades de Oriente, se convirtieron a la nueva religión muchos hombres de esmerada educación. Entre ellos figuraban algunos que habían pertenecido a las sectas gnósticas precristianas. En vez de renunciar a sus antiguas creencias, no hicieron más que añadir las nuevas doctrinas cristianas a sus ideas gnósticas. El gnosticismo cristiano había nacido. El gnosticismo precristiano difiere del gnosticismo cristiano en que la persona de Jesús no figura para nada en sus sistemas. En el gnosticismo cristiano, por el contrarío, la afirmación de un solo Dios, Padre de Jesucristo, el Redentor, es una de las doctrinas fundamentales. Los fundadores de las diferentes sectas gnósticas cristianas trataron de elevar el cristianismo del nivel de la fe al de la ciencia, procurándole de esta manera derecho de ciudadanía en el mundo helenístico.
La producción literaria del gnosticismo fue enorme, sobre todo en el siglo II. La primera literatura teológica cristiana y la primera poesía cristiana fueron obra de los gnósticos. Gran parte de esta producción literaria es anónima. Forman parte de ese grupo muchos evangelios apócrifos, epístolas y hechos apócrifos de los Apóstoles y apocalipsis apócrifos (cf. supra p.110s). Esta propaganda hizo estragos por el carácter popular de su contenido.
La literatura gnóstica comprende principalmente tratados teológicos, compuestos por los mismos fundadores de las diferentes sectas y por sus discípulos. Hasta hace poco se creía perdida la mayor parte de esta literatura. En 1945 se descubrió en el Egipto Superior una biblioteca gnóstica de cuarenta y ocho tratados, todos inéditos. Es de esperar que estos textos, cuando se publiquen, proyecten nueva luz sobre la historia y naturaleza del gnosticismo.
Basílides.
Basílides fue, según Ireneo (Adv. haer. 1,24,1), un profesor de Alejandría, en Egipto. Vivió durante el tiempo de Adriano y Antonio Pío (120-145). Escribió un evangelio, del que solamente resta un fragmento (cf. supra p.130), y un comentario al mismo, llamado Exegetica, del que subsisten varios fragmentos. Por ejemplo, Hegemonio (Acta Archelai 67,4-11 ed. Benson) cita un pasaje del libro 13 de Exegetica en el que se describe la lucha entre la luz y las tinieblas. Clemente de Alejandría (Stromata 4,12,81,1 al 88,5) copia varios pasajes del libro 23 que tratan del problema del sufrimiento. Estos fragmentos, sin embargo, no permiten formarnos una idea exacta del sistema doctrinal de Basílides. Compuso, además, salmos y odas, de los que no queda nada.
Ireneo (Adv. haer. 1,24,3-4) da el siguiente sumario de las enseñanzas de Basílides:
Basílides, a fin de aparentar que ha descubierto algo más sublime y plausible, da un desarrollo inmenso a sus doctrinas. Avanza la teoría de que el Nous fue el primogénito del Padre Ingénito, que de él a su vez nació el Logos, del Logos la Frónesis, de la Frónesis la Sofía y la Dínamis; de la Dínamis y la Sofía, las potestades, los principados y los ángeles, a los cuales llama también los primeros. Por ellos fue hecho el primer cielo. Luego los demás ángeles, formados por emanación de éstos, crearon otro cielo semejante al primero. Del mismo modo, habiendo sido formados aún otros ángeles por emanación de los segundos, antitipos de los que están encima de ellos, hicieron un tercer cielo. Y de este tercer cielo hubo, degradándose, una cuarta generación de descendientes. Y así sucesivamente declaraban que se habían ido formando nuevas series de principados y de ángeles y trescientos sesenta y cinco cielos. De donde el año tiene el misino número de días conforme al número de cielos.
Los ángeles que ocupan el cielo inferior, a saber, el que es visible a nosotros, formaron todas las cosas que hay en el mundo y se distribuyeron entre si las partes de la tierra y las naciones que hay en ellas. El jefe de todos ellos es aquel que se considera como Dios de los judíos; y porque quiso sujetar a las demás naciones bajo el dominio de su propio pueblo, esto es. el de los judíos, los demás príncipes le resistieron y se le opusieron. Por esta razón, todas las demás naciones se enemistaron con la suya. Pero el Padre ingénito y sin nombre, viendo que iban a ser destruidos, les mandó su propio Nous, primogénito, es el que llaman Cristo, para librar a los que creen en él del poder de los que hicieron el mundo. El se apareció entonces como hombre, sobre la tierra, a las naciones de estas potestades y obró milagros. Por eso no fue él mismo quien sufrió muerte, sino Simón, cierto hombre de Cirene, que fue forzado a llevar la cruz en su lugar. Este último, transfigurado por él de manera que pudiera tomársele por Jesús, fue crucificado por ignorancia y error, mientras Jesús, que se había transformado en Simón y estaba a su lado, se reía de ellos. Porque, siendo como era una potestad incorpórea y el Nous del Padre ingénito, se transfiguraba como le antojaba, y así ascendió a Aquel que le había enviado burlándose de ellos porque no habían podido echarle mano y porque era invisible a todos. Aquellos, pues, que saben estas cosas, han sido librados de los principados que formaron este mundo; de suerte que no tenemos obligación de confesar al que fue crucificado, sino al que vino en forma de hombre y se cree fue crucificado, cuyo nombre era Jesús y fue enviado por el Padre, a fin de que con esta obra pudiera destruir la obra de los hacedores del mundo.
Del pasaje que sigue después se ve claramente que Basílides dedujo de su cosmología las siguientes conclusiones prácticas:
1. El conocimiento (gnosis) libra de los principados que hicieron este mundo.
2. Solamente unos pocos, uno por mil, dos por diez mil, pueden poseer el verdadero conocimiento.
3. Los misterios deben guardarse en secreto.
4. El martirio es inútil.
5. La redenciónafecta solamente al alma, no al cuerpo, que está sujeto a corrupción.
6. Todas las acciones, incluso los más horrendos pecados de lujuria, son materia totalmente indiferente.
7. El cristiano no debería confesar a Cristo crucificado, sino a Jesús, el enviado del Padre. De otra suerte sigue siendo esclavo y bajo el poder de los que formaron su cuerpo.
8. Hay que despreciar los sacrificios paganos, pero puede hacerse uso de ellos sin escrúpulo alguno, porque no son nada.
De este resumen de Ireneo resulta evidente que Basílides no profesaba el dualismo, como han pretendido algunos sabios. El fragmento de su Exegetica en los Acta Archelai, que trata de la lucha entre la luz y las tinieblas, no puede aducirse como prueba de su creencia dualista, pues precisamente en él se inicia una refutación del dualismo de Zoroastro entre la luz y las tinieblas como potestades del bien y del mal.
Isidoro.
La obra de Basílides la continuó su hijo y discípulo Isidoro, de quien sabemos menos aún que de su padre. Clemente de Alejandría (Strom. 2,113; 6,53; 3,1-3) cita pasajes de tres de sus escritos. Escribió una Explicación del profeta Parchor, donde intentó probar la influencia de los profetas en los filósofos griegos. Compuso, además, una Etica y un tratado sobre El alma adventicia. Este último examinaba las pasiones humanas, que emanan de una segunda parte del alma. El pasaje que Clemente aduce de la Etica da una extraña interpretación de las palabras del Señor sobre el eunuco (Mt. 19,10ss).
Valentín.
Contemporáneo de Basílides y de su hijo Isidoro, pero mucho más importante que ellos, es Valentín. Ireneo (Adv. haer. 3, 4,3) escribe de él: “Valentín vino a Roma en tiempo de Higinio (c.155-160). Epifanio (Haer. 31,7-12) es el primero en decirnos que era egipcio de nación, que fue educado en Alejandría y que propagó sus doctrinas en Egipto antes de irse a Roma. Más tarde, añade el mismo autor, abandonó Roma con dirección a Chipre. Clemente de Alejandría incorpora seis fragmentos de sus escritos en su Stromata: dos de ellos están tomados sus cartas, dos de sus homilías, y los dos restantes no de qué escritos provienen. He aquí uno de los pasajes de sus cartas, citado por Clemente (Strom. 2,20,114).
Hay un solo ser bueno, y su libertad de palabra es su manifestación por el Hijo, y solamente por él puede purificarse el corazón cuando haya sido expulsado de él todo espíritu maligno. Porque la muchedumbre de espíritus que en él habita no permite que sea puro, pues cada uno de ellos realiza sus propias obras, manchándolo a menudo con impurezas increíbles. Sucede con el corazón algo parejo a lo que acaece en una posada; ésta, en efecto, está llena de agujeros y como surcada de una parte a otra, y a menudo llena de inmundicias, y los hombres viven suciamente y no se cuidan del local, por pertenecer a otros. Así es tratado el corazón: mientras nadie se cuida de él, permanece inmundo y es morada de muchos demonios. Pero cuando el único Padre que es bueno lo visita, es santificado y resplandece de luz. El que posee un corazón así es bienaventurado porque verá a Dios.
Pasajes como éste explican que Valentín tuviera tantos adeptos entre los fieles. Nos hacen comprender lo que Ireneo (Adv. haer. 3,15,2) dice de Valentín y de sus discípulos:
Con sus palabras engañan a los más simples y los seducen, imitando nuestra manera de hablar, para que vayan a escucharles con frecuencia. Y se quejan de nosotros: “Profesan doctrinas semejantes a las nuestras; no tenemos, pues, motivo para no mantener relaciones con ellos; dicen las mismas cosas que nosotros, tienen la misma doctrina, y, sin embargo, los llamamos herejes.”
Valentín tuvo muchos secuaces, tanto en Oriente como en Occidente; Hipólito habla de dos escuelas, una oriental y otra italiana. Algunos de los nuevos tratados gnósticos descubiertos en Chenoboskion son de origen valentiniano. El Códice Jung contiene más de tres tratados; alguno es seguramente del mismo Valentín (cf. infra p.265s).
Ptolomeo.
El miembro más eminente de la escuela italiana de Valentín fue Ptolomeo. Escribió una Carta a Flora, que trata del valor de la Ley mosaica. Divide la Ley en tres partes esenciales. La primera es de origen divino; la segunda viene de Moisés, y la tercera, de los ancianos del pueblo judío. La parte que viene de Dios se divide asimismo en tres secciones. La primera sección contiene la ley pura, sin mancha de mal, o sea los diez mandamientos. Esta es la sección de la ley mosaica que Jesús vino a cumplir y no a suprimir. La segunda sección es la ley corrompida por la injusticia, es decir, la ley del talión, que fue abolida por el Salvador. La tercera es la ley ritual que el Salvador espiritualizó. Esta carta nos ha sido conservada por Epifanio (Haer. 33,3-7). De toda la literatura gnóstica, ésta es la pieza más importante que poseemos.
Heracleón.
Según refiere Clemente de Alejandría (Strom. 4,71,1), era el más estimado de los discípulos de Valentín. Pertenece, como Ptolomeo, a la escuela italiana. Compuso un comentario al evangelio de San Juan. Orígenes cita no menos de cuarenta y ocho pasajes de esta obra en su comentario a este mismo evangelio. Clemente de Alejandría aduce dos pasajes de Heracleón sin decir si los toma de este comentario o de otro escrito suyo.
Florino.
El presbítero romano Florino era también miembro de la escuela italiana de Valentín. Eusebio es el primero en informarnos que Irenco escribió una carta a Florino Sobre la única soberanía y que Dios no es el autor del mal; parece, pues, que o defendió la opinión contraria. Eusebio (Hist. eccl. 5,20,4) cita un pasaje de esta carta en la que Ireneo habla de Florino:
Estas opiniones de Florino, para decirlo con moderación, no pertenecen a la sana doctrina. Estas ideas son incompatibles con la Iglesia y arrastran a los que creen en ellas a la mayor de las impiedades. Ni siquiera los herejes que están fuera de la Iglesia osaron nunca defender tales creencias. Estas opiniones no nos las transmitieron los presbíteros, nuestros predecesores, los que acompañaron a los Apóstoles.
Ireneo le trae luego a la memoria el recuerdo del obispo Policarpo de Esmirna, a quien Florino había conocido personalmente en su juventud.
Además de esta carta, Ireneo escribió contra Florino una obra Sobre la Ogdoada “cuando éste fue atraído al error valentiniano” (Eusebio, Hist. eccl. 5,20,1). Existe un fragmento siríaco de una carta que Ireneo escribió al papa Víctor. En ella Ireneo le pide al Papa que tome medidas contra los escritos de un presbítero romano, porque estos escritos se han extendido hasta las Galias, poniendo en peligro la fe de los cristianos. El título de este fragmento menciona a Florino como secuaz de las necedades de Valentín y autor de un libro abominable.
Bardesano.
De la escuela oriental de Valentín tenemos menos noticias que de la italiana. Uno de sus discípulos orientales más importantes es Bardesano (Bar Daisan). Nació el 11 de julio del año 154, en Edesa. Hijo de familia noble, fue educado por un sacerdote pagano en Mabug (Hierópolis). Tuvo por amigo al rey Abgaro IX de Osroene. Se hizo cristiano cuando contaba veinticinco años. Cuando Caracalla conquistó Edesa el año 216-217, Bardesano huyó a Armenia. Murió el año 222-223, después de su regreso a Siria. Eusebio (Hist. eccl. 4,30), que llama a Bardesano “hombre nobilísimo, versado en la lengua siríaca,” nos informa que en un principio había sido miembro de la escuela de Valentín, pero que más tarde condenó esta secta y refutó muchas de sus fábulas. Sin embargo, como dice Eusebio, “no se limpió completamente de la inmundicia de su antigua herejía.” La misma fuente nos hace saber que “compuso diálogos contra los marcionitas y contra jefes de otras creencias y los publicó en su propia lengua y escritura, juntamente con otros muchos escritos suyos. Merced a su extraordinaria habilidad dialéctica se granjeó muchos discípulos, que tradujeron sus obras del siríaco al griego. Entre ellas figura un diálogo de gran fuerza Sobre el destino, dirigido a Antonino, y todos los demás libros que escribió a raíz de la persecución de aquel tiempo.”
Todos sus escritos perecieron, excepto el diálogo Sobre el destino o Libro de las leyes de las raíces, que menciona Eusebio y subsiste en su original siríaco. El autor, sin embargo, no es Bardesano, sino su discípulo Felipe, si bien aquél aparece como el personaje principal del diálogo, contestando a las preguntas y dificultades de sus secuaces sobre los caracteres de los hombres y la posición de las estrellas. Si se ha de dar crédito a Efrén, Bardesano fue el creador de la himnodia siríaca, pues compuso ciento cincuenta himnos con el fin de propagar su doctrina. Su éxito fue tan portentoso que, en la segunda mitad del siglo IV, Efrén tuvo que componer himnos para combatir la secta de Bardesano. Algunos eruditos opinan que el magnífico poema Himno del alma, que se encuentra en los Hechos de Tomás (cf. supra p.139), es obra de Bardesano. En contra de esta tesis está el hecho de que en el himno no aparezca ningún vestigio de la gnosis de Bardesano. El árabe Ibn Abi Jakub, en su lista de las ciencias llamada Fihrist, que data de fines del siglo X, atribuye a Bardesano tres escritos más, de los cuales uno trataba de La luz y las tinieblas; el segundo, de La naturaleza espiritual de la verdad, y el tercero, de Lo mutable y lo inmutable.
Harmonio.
Harmonio, hijo de Bardesano, continuó la obra de su padre. El primero en hablarnos de él es el historiador Sozomeno, a mediados del siglo V. Según él (Hist. eccl. 3,16), Harmonio “estaba sólidamente impuesto en la cultura griega y fue el primero que compuso versos en su lengua vernácula, entregándolos a los coros. Hasta el presente los sirios cantan frecuentemente, no ya los versos escritos por Harmonio, sino sus melodías. Porque, como Harmonio no estaba totalmente exento de los errores de su padre ni de ciertas opiniones de los filósofos griegos sobre el alma, sobre la generación y la destrucción del cuerpo y sobre la doctrina de la transmigración, introdujo algunas de estas ideas en las canciones líricas que compuso. Cuando Efrén se dio cuenta de que los sirios gustaban del elegante estilo y del ritmo musical de Harmonio, y que por esa razón se iban dejando contaminar por las mismas ideas, aunque él ignoraba la cultura griega, se dedicó al estudio de los metros de Harmonio y, sobre las melodías de sus poemas, compuso otros más conformes con las doctrinas de la Iglesia; tales son los que compuso en forma de himnos sagrados y cantos de alabanza a los santos. Desde entonces los sirios cantan las odas de Efrén sobre las melodías de Harmonio.”
En esta cita, Harmonio pasa a ocupar completamente el lugar de su padre; lo único que Sozomeno, en un pasaje anterior, atribuye a Bardesano es haber fundado la herejía que lleva su nombre. Sin embargo, Efrén no menciona para nada a Harmonio; podemos, pues, deducir que éste no hizo sino continuar la obra de su padre.
Teodoto.
Otro miembro de la escuela oriental de Valentín fue Teodoto. Le conocemos por los llamados Excerpta ex scriptis Theodoti, que son un apéndice de los Stromata de Clemente de Alejandría. Ochenta y seis de los Excerpta contienen citas de los escritos de Teodoto, aunque se le mencione solamente en cuatro de ellos. Tratan de los misterios del bautismo, de la eucaristía del pan y del agua, y de la unción, como medios para librarnos de la dominación del poder maligno. Contiene, además, doctrinas típicamente valentinianas sobre el pleroma, sobre las Ogdoadas y sobre las tres clases de hombres.
Marco.
Ireneo menciona a un tal Marco, que enseñó en el Asia proconsular como miembro de la escuela oriental de Valentín. De las palabras de Ireneo se infiere que Marco era partidario de las doctrinas de Valentín sobre los eones, que celebraba la eucaristía con medios mágicos y fraudulentos y que seducía a muchas mujeres. Sus discípulos predicaron incluso en las Galías, en la región del Ródano, e Ireneo conoció a alguno de ellos personalmente. En su Adv. haer. 1,20,1, afirma que hacía uso de gran cantidad de escritos apócrifos y espurios que habían compuesto ellos mismos.
Carpocrates.
Además de Basílides y Valentín, Alejandría vio nacer al tercer fundador de la secta gnóstica, Carpócrates. Según Ireneo (Adv. haer. 1,25,1), Carpócrates y sus seguidores sostenían “que el mundo y las cosas que hay en él fueron creados por ángeles muy inferiores al Padre ingénito. También afirmaban que Jesús era hijo de José y que era en todo semejante a los demás hombres. Únicamente se diferenciaba en que su alma, gracias a su constancia y pureza, recordaba perfectamente las cosas que había presenciado en la esfera del Dios ingénito. Y por esta razón descendió del Padre sobre esta alma un poder para que pudiera eludir a los creadores del mundo; tras haber pasado por medio de toda clase de acciones y haberse librado de todas ellas, volvió a subir al Padre.”
Esta situación otorgada a Jesús no es en manera alguna única, porque, en forma parecida, “el alma que, igual que la de Cristo, logra despreciar a los principados que crearon el mundo, recibe poderes que le permiten realizar cosas parecidas. Esta idea ha engendrado en ellos (en los discípulos de Carpócrates) un orgullo tal, que algunos dicen ser iguales a Cristo, al paso que otros se declaran aún más poderosos que él y superiores a sus discípulos, como Pedro y Pablo y los demás apóstoles, a quienes no consideran inferiores a Jesús” (1,25,2).
Los seguidores de Carpócrates practicaron un culto sincretista peculiar: “Tienen también imágenes, algunas de ellas pintadas y otras hechas de diferentes clases de material; sostienen que Pilatos hizo una imagen de Cristo durante el tiempo en que Jesús vivió entre los hombres. A esas imágenes las coronan y las colocan entre las estatuas de los filósofos del mundo; es decir, entre las imágenes de Pitágoras, Platón, Aristóteles, etc. Tienen también otras maneras de venerar estas imágenes, al estilo de los gentiles” (Adv. haer. 1,25,6).
“Los discípulos de Carpócrates practican asimismo las artes mágicas y de encantamiento, los filtros y pociones de amor. Recurren a los espíritus familiares, a los que envían sueños, y a otras abominaciones, declarando que tienen el poder de mandar incluso sobre los príncipes y los creadores de este mundo, y no solamente sobre ellos, sino también sobre las cosas que hay en él” (Adv. haer. 1,25,3).
Para poder determinar el tiempo en que floreció Carpócrates conviene tener presente lo que dice Ireneo de Marcelina, una de sus discípulas, que fue a Roma durante el reinado del papa Aniceto (154-165) y allí sedujo a muchos. Esto prueba que Carpócrates fue contemporáneo de Valentín.
Epífanes.
No ha llegado hasta nosotros ninguno de los escritos de Carpócrates; se conservan, en cambio, algunos fragmentos del tratado Sobre la justicia, compuesto por su hijo Epífanes. Epífanes escribió ese libro como un verdadero niño prodigio. Murió a los diecisiete años y fue adorado como Dios en Cefalonia, la isla natal de su madre, Alejandra. Los cefalonios le dedicaron un templo en la ciudad de Same, y sus seguidores celebran su apoteosis con himnos y sacrificios en los novilunios. Los fragmentos de su tratado Sobre la justicia, citados por Clemente de Alejandría (Strom. 3,2,5-9), muestran que Epífanes defendía la comunidad de bienes. Fue tan lejos que incluso llegó a declarar que las mujeres, como cualquier otro bien, eran comunes a todos.
Marcion.
Marción nació en Sínope, en el Ponto, actualmente Sinob, en la costa del mar Negro. Su padre fue obispo, y su familia pertenecía a la más alta clase social de este importante puerto y ciudad comercial. El mismo hizo una gran fortuna como armador. Fue a Roma hacia el año 140, durante el reinado de Antonino Pío, y al principio se asoció a la comunidad de los fieles. Pero muy pronto sus doctrinas suscitaron viva oposición, hasta el punto que los jefes de la Iglesia le exigieron que diera cuenta de su fe. El resultado fue que en julio del año 144 fue excomulgado. Hay una gran diferencia entre Marción los demás gnósticos. Estos se limitaron a fundar escuelas. Marción, en cambio, después de su separación de la Iglesia de Roma, constituyó su propia Iglesia, con una jerarquía de obispos, presbíteros y diáconos. Las reuniones litúrgicas eran muy semejantes a las de la Iglesia romana. Merced a ello, logró más seguidores que las demás sectas gnósticas. Diez años después de su excomunión, Justino refiere que su Iglesia se había extendido “por toda la humanidad.” A mediados del siglo y había aún comunidades marcionitas en Oriente, especialmente en Siria. Algunas de ellas sobrevivían todavía a principios de la Edad Media.
Como hecho interesante cabe anotar que, antes de ir a Roma, Marción había sido excomulgado ya por su padre. Probablemente, en su ciudad natal de Sínope, halló la misma oposición a sus doctrinas que luego encontró en Roma. Sería, pues, muy interesante conocer algo sobre sus enseñanzas. Desgraciadamente, la única obra que escribió, las Antítesis, en la que exponía su doctrina, se ha perdido. También se ha perdido su carta dirigida a los jefes de la Iglesia romana, en la que daba cuenta de su fe. Ireneo asocia a Marción con el gnóstico sirio Cerdón, que vivió en Roma bajo Higinio (136-140) “y enseño que el Dios proclamado por la Ley y los Profetas no es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque aquél es conocido, éste desconocido; el uno es justo, el otro bueno” (Adv. haer. 1,27,1).
Ireneo afirma que Marción dio nuevo impulso a la escuela de Cerdón en Roma, blasfemando desvergonzadamente del Dios que la Ley y los Profetas han anunciado; afirmando que es un ser maléfico y amigo de guerras, y también inconstante en sus juicios y en contradicción consigo mismo. En cuanto a Jesús, atestigua que vino del Padre, que está por encima del Dios que hizo el mundo, a Palestina, en tiempo del gobernador Poncio Pilalos, procurador de Tiberio César, y se manifestó en forma humana a los habitantes de Judea, para abolir la Ley y los Profetas y todas las obras de este Dios que hizo el mundo, a quien llama también el Cosmocrator (Soberano del mundo). Mutila, además, el evangelio según San Lucas, eliminando todo lo que estaba escrito sobre el nacimiento del Señor y gran parte de la doctrina de los discursos de nuestro Señor, donde está escrito que nuestro Señor reconocía como Padre al Creador de este mundo. Convence a sus discípulos que él es mucho más digno de crédito que los Apóstoles que escribieron el evangelio; siendo así que él pone en sus manos, no el evangelio, sino tan sólo una pequeña parte de él. Lo mismo hace con las epístolas de San Pablo, que también mutila, eliminando todos aquellos pasajes en donde el Apóstol habla claramente del Dios que hizo el mundo, y de cómo El es el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Elimina igualmente todos los escritos proféticos, que el Apóstol cita en sus enseñanzas como profecías de la venida del Señor. Y la salvación, añade, está reservada a las almas iniciadas en su doctrina. Pero el cuerpo, por lo mismo que ha sido tomado de la tierra, no puede participar de la salvación” (Adv. haer. 1,27,2-3).
En otro pasaje (Adv. haer. 3,3,4) refiere Ireneo que una vez el obispo Policarpo de Esmirna se encontró con Marción, y, al ser preguntado por éste: “¿Me conoces?,” Policarpo respondió: “Sí, reconozco en ti al primogénito de Satanás.”
Como todos los demás escritores antiheréticos, Ireneo incluye a Marción entre los gnósticos. A. von Harnack, sin embargo, opina que Marción no fue gnóstico, sino el primer reformador y restaurador cristiano del paulinismo. Harnack tiene razón en el sentido de que Marción no intentó salvar la distancia entre lo infinito y lo finito con la ayuda de toda una serie de eones, como hacían los gnósticos. Tampoco se preocupó de especular sobre la causa del desorden que reina en el mundo visible. También difiere de los gnósticos en cuanto que repudia la interpretación alegórica de las Escrituras. Pero, aparte de eso, la teología de Marción revela la misma mezcla típica de ideas cristianas y paganas que caracteriza el gnosticismo. Su concepto de la divinidad es gnóstico, porque supone una distinción real entre el dios bueno, que vive en el tercer cielo, y el dios justo, que es inferior a él. El mismo carácter gnóstico se encuentra en su cosmología. El segundo dios que creó el mundo y al hombre no es sino el demiurgo, que conocemos por otras sectas gnósticas. Asimismo es gnóstica la opinión de Marción según la cual este segundo dios no creó el mundo de la nada, sino que lo formó de la materia eterna, principio de todo mal. Marción identifica este segundo dios con el Dios los judíos, el Dios de la Ley y de los Profetas. Es justo, tiene pasiones; es iracundo y vengativo; es el autor de todo mal, tanto físico como moral. Por eso es el instigador de las guerras.
La cristología de Marción refleja la misma tendencia gnóstica. Cristo no es el Mesías profetizado en el Antiguo Testamento; no nació de la Virgen María, por la sencilla razón de que ni nació ni creció. Ni siquiera en apariencia. En el año decimoquinto del reinado de Tiberio se manifestó de repente en la sinagoga de Cafarnaúm. A partir de este momento tuvo una apariencia humana, que conservó hasta su muerte en la cruz. Derramando su sangre, redimió a todas las almas del poder del demiurgo, cuyo reino destruyó con su predicación y con sus milagros. Aparece aquí otra idea gnóstica. Según Marción, en efecto, la redención afecta sólo al alma. El cuerpo, por lo tanto, sigue sujeto al poder del demiurgo y está destinado a la destrucción. La inconsciencia y la falta de toda lógica en estas doctrinas son evidentes. Marción no cree de su incumbencia el explicar el origen de su dios de justicia, ni por qué el sacrificio de la cruz reviste tal importancia a sus ojos, cuando en realidad no es sino el sacrificio de un fantasma.
También es decididamente gnóstico el sistema de “depurar” los textos del Nuevo Testamento, eliminando todos los pasajes que afirman la identidad de Dios, el Padre de Jesucristo, con el creador del mundo; de Cristo con el Hijo de Dios, que hizo el cielo y la tierra; del Padre de Jesucristo con el Dios de los judíos. Todos estos pasajes estaban en manifiesta oposición con las ideas gnósticas. Además, Marción tiene en común con Valentín que rechaza de plano todo el Antiguo Testamento. Se diferencia, empero, de la mayoría de los gnósticos en que no escribió nuevos evangelios o libros sagrados, aunque pusiera reparos a algunos de los escritos del Nuevo Testamento y rechazara completamente el Antiguo. Estaba convencido de que los judíos habían falsificado el evangelio original de Cristo introduciendo en él elementos judíos. Por esta razón, Cristo llamó al apóstol Pablo a restablecer el Evangelio en su forma original. Pero los enemigos de San Pablo llegaron a corromper incluso sus epístolas. Marción eliminó, en consecuencia, los evangelios de Mateo, Marcos y Juan, y rechazó lo que llama interpolaciones judías en el evangelio de Lucas, el cual, a su juicio, contenía en substancia el Evangelio de Cristo. De la colección de las cartas de San Pablo excluyó las epístolas pastorales y la epístola a los Hebreos. De las cartas que conserva omitió algunos pasajes. Colocó en primer lugar la carta a los Gálatas, y cambió el nombre de la epístola a los Efesios por el de epístola a los Laodicenses. Por medio de esta revisión redujo el Nuevo Testamento a dos documentos de fe, a los que daba los nombres de Evangelio y Apóstol. A estos documentos agregó su libro Antítesis, en el que justificaba su repudio del Antiguo Testamento por la acumulación de todos los pasajes que prueban el carácter malo del Dios de los judíos. Expone igualmente sus objeciones contra los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles.
Apeles.
Apeles fue el discípulo más importante de Marción. Según Tertuliano, vivió primero con Marción en Roma, pero, después de algunas desavenencias con su maestro, partió para Alejandría de Egipto. Más tarde volvió a Roma. Rodón, su adversario literario, que le conoció personalmente, nos da la siguiente valiosa información sobre los discípulos de Marción, y en particular sobre Apeles:
Por eso, ellos (los seguidores de Marción, los marcionitas) están en desacuerdo entre ellos mismos, sosteniendo pareceres incompatibles. Uno de su grey, Apeles, venerado por el género de vida que lleva y por su edad avanzada, admite un solo principio, pero dice que las profecías provienen de un espíritu enemigo. A ello le persuadieron los oráculos de una doncella poseída, llamada Filomena. Pero otros, entre ellos el propio capitán (Marción), introducen dos principios. A esta escuela pertenecen Potito y Basílico. Estos siguieron al Lobo del Ponto (Marción), siendo como él incapaces de percibir la división de las cosas, y recurrieron a una solución simple, estableciendo, pura y simplemente, dos principios, sin prueba alguna. Otros aún, pasando a un error todavía peor, suponen la existencia, no ya de dos naturalezas, sino de tres. Su jefe y director fue Sinero, como aseguran los que representan a su escuela (Eusebio, Hist. eccl. 5,13,24).
Reviste particular importancia la discusión que tuvieron Rodón y Apeles. A. Harnack no ha dudado en calificarla “la más importante disputa religiosa de la historia.” Rodón hace la siguiente relación de esta discusión:
Porque el anciano Apeles, cuando vino a conversar con nosotros, quedó convencido que hacía muchas afirmaciones falsas. Desde entonces acostumbraba decir que no es necesario investigar a fondo el asunto, sino que cada cual debe permanecer en su propia creencia. Afirmaba que todos los que ponen su confianza en el Crucificado serán salvos, con tal de que perseveren en las buenas obras. Pero, como dijimos, la parte más obscura de sus doctrinas es lo que decía sobre Dios. Porque seguía enseñando que hay un solo principio, tal como lo afirma nuestra doctrina… Y cuando yo le dije: “¿Cómo pruebas tu aserto, o cómo puedes decir que hay solamente un principio? Dínoslo,” respondió que las profecías se refutan a sí mismas por no haber dicho de ninguna manera la verdad, y porque son discordantes, falsas y contradictorias. En cuanto al punto de por qué hay un solo principio, dijo que no lo sabía, sino que sencillamente se sentía inclinado a ello como por instinto. Después, cuando yo le conjuré a que me dijera la verdad, juró que decía la verdad cuando decía que no sabía cómo el Dios ingénito es uno, pero que lo creía. Yo me burlé de él y le condené, porque, aunque se llamaba a sí mismo maestro, no sabía cómo probar lo que enseñaba (Eusebio, Hist. eccl. 5,13,5-7).
De este relato se deduce que Apeles discrepaba de Marción en cuestiones muy importantes. En primer lugar, rechazaba el dualismo reconocido de su maestro y procuraba volver a un primer Principio único. Consecuentemente, presentaba al demiurgo como una criatura de Dios, como un ángel que creó el mundo. En segundo lugar, Apeles eliminó el docetismo de Marción. Jesucristo no era un fantasma; tenía un cuerpo real, aunque no lo recibiera de la Virgen María, sino que lo tomó de los cuatro elementos de las estrellas. En su ascensión restituyó su cuerpo a los cuatro elementos.
Por lo demás, Apeles fue mucho más lejos que Marción en su desprecio por el Antiguo Testamento. Marción consideraba el Antiguo Testamento como un documento de valor puramente histórico, sin significación religiosa. Para Apeles era un libro mentiroso, lleno de contradicciones y de fábulas, en el que puede absolutamente confiar. Para probar el valor nulo del Antiguo Testamento, Apeles compuso una obra intitulada Silogismos, que comprendía al menos treinta y ocho libros. Ambrosio nos ha conservado gran número de párrafos de esta en su tratado De Paradiso. Nada queda del libro de Apeles Manifestaciones, en el que divulgaba las visiones de la profetisa Filomena.
Los Encratitas.
Los llamados encratitas están relacionados por su doctrina con Marción. Su fundador fue Taciano el Sirio (cf. Supra p.211). Ireneo dice que los encratitas coincidían con Marción rechazar el matrimonio. El hecho de que en el Diatessaron de Taciano falten las genealogías de Jesús es otro indicio de que tuvo algo en común con Marción.
Julio Casiano.
Otra figura representativa de los encratitas es Julio Casiano. Clemente de Alejandríamenciona dos de sus escritos en Stromata (3,13,92). El primero se titulaba Exegetica. Sabemos por Clemente que el primer libro de esta obra trataba de la época de Moisés. El título de la segunda obra era Sobre abstinencia o El estado de eunuco, ?e?? e????te?a ? pe?? e??????a?. Dos pasajes de esta obra, que cita Clemente, condenan toda relación sexual, y un tercero usa el escrito gnóstico Evangelio de los egipcios (cf. supra p.116s). Clemente lo asocia a Valentín y a Marción por causa de su docetismo. Parece que Julio Casiano enseñó en Egipto hacia el año 170.
Otros Escritos Gnósticos.
Además de las obras gnósticas mencionadas por los autores eclesiásticos, existen otros escritos gnósticos que se han conservado en traducciones coptas.
I. El Codex Askewianus, manuscrito en pergamino que antiguamente fue propiedad de A. Askew y ahora está en el British Museum (Add. 5114), contiene cuatro libros que se designan generalmente con el nombre de Pistis Sophia. Pero estos cuatro libros no constituyen una obra única. El cuarto comprende supuestas revelaciones que hizo Jesús a sus discípulos inmediatamente después de su resurrección. Es más antiguo que los otros tres libros, los cuales contienen revelaciones del mismo género, pero fechadas el año 12 después de la resurrección. El libro cuarto debió de componerse en la primera mitad del siglo III, y los tres primeros, en la segunda mitad del mismo siglo. Los cuatro proceden probablemente de los círculos barbelo-gnósticos de Egipto. A Pistis Sophia se la menciona solamente en los tres primeros libros, donde Jesucristo da instrucciones sobre el destino, la caída y la redención de Pistis Sophia. Es ésta un ser espiritual que pertenece al mundo de los eones y que debe correr la misma suerte que la humanidad en general. Parece que el original fue escrito en griego, porque en el texto aparecen muchas palabras griegas. Según la opinión de Cari Schmidt, el manuscrito es de la segunda mitad del siglo IV.
II. El Codex Brucianus, antigua propiedad de James Bruce, ahora en la biblioteca Bodleiana de Oxford, es un papiro del siglo V ? VI, que abarca dos manuscritos diferentes. El primero comprende los dos libros del Misterio del gran Logos (?ó?os ?at? µ?st?????), identificados por Carl Schmidt con los dos Libros de Jeû citados en la Pistis Sophia. Contienen las revelaciones de Jesús sobre “los tesoros por los que debe pasar el alma.” Se van indicando los tesoros con diagramas místicos números y colecciones de letras sin sentido. La segunda obra del Codex Brucianus está mutilada. Contiene especulaciones sobre el origen y evolución del mundo trascendental y parece proceder de la escuela gnóstica de los setianos.
III. Un tercer manuscrito se conserva en Berlín. Comprende tres tratados. El primero se titula el Evangelio de María, que contiene revelaciones transmitidas por María. El segundo es el Apócrifo de Juan, traducción de una obra griega refutada por Ireneo en el primer libro de su tratado Contra las herejías (1,29). Jesús se aparece en una visión al apóstol Juan como “el Padre, la Madre y el Hijo.” El tercer tratado se llama Sophia Iesu Christi. Según C. Schmidt, esta Sophia seria la que atribuye a Valentín.
IV. Los nuevos escritos gnósticos de Chenoboskion. En 1946 se descubrió en Egipto una importante colección de textos gnósticos, consistentes en trece volúmenes, que vienen a comprender más de mil páginas en lengua copta. Fueron hallados en una vasija cerca de Nag-Hammadi, en las cercanías del antiguo Chenoboskion, a 48 kilómetros al norte de Luxor, en la orilla oriental del Nilo. Estas páginas contienen treinta y siete obras completas y cinco fragmentarías. Todos estos opúsculos se habían perdido. Algunos corresponden a obras citadas va por Ireneo, Hipólito, Orígenes y Epifanio en sus escritos polémicos antignósticos. Otras obras son completamente desconocidas; muchas, probablemente, eran obras secretas que no se podían dar a conocer a los incrédulos. Así, pues, los escritores eclesiásticos que escribieron contra los gnósticos no las vieron, probablemente, nunca. Cinco de estas obras se atribuyen a Hermes Trimégistos (“tres veces grande”). Otras llevan títulos como éstos: La ascensión de Pablo Primero, el Segundo Apocalipsis de Santiago, el Evangelio según Tomás, el Evangelio según Felipe, el Libro secreto de Juan, las Cinco revelaciones de Set, el Evangelio de los egipcios, las Tradiciones de Matías, la Sabiduría de Jesús, la Epístola del bienaventurado Eugnosto y el Diálogo del Salvador. Algunos títulos son iguales a los que llevan los evangelios apócrifos conocidos, pero parece que el contenido es distinto. No cabe duda que estos papiros recuperados proyectarán abundante luz sobre la historia del gnosticismo y de los primeros siglos de la Iglesia, en que la teología cristiana estaba todavía en su fase de cristalización.
Hasta ahora ninguno de estos textos había sido editado. El año 1946, Togo Mina, director del Museo Copto de El Cairo, adquirió uno de esos trece volúmenes. El anticuario belga Eid compró otro. En 1949 se ofrecieron los volúmenes restantes al Museo Copto de El Cairo, donde se conservaron en espera de una valoración.
En forma detallada solamente conocemos los dos primeros volúmenes. El códice comprado por Togo Mina contiene cinco tratados:
1. El Apocryphon Iohannis o Libro secreto de Juan (p.1-40). Se presenta como un apocalipsis o revelación concedida al apóstol por un ser divino que se le aparece en forma de Padre, Madre e Hijo.
2. El Evangelio de los egipcios (p.40-69), tratado cosmogónico y escatológico, completado con fórmulas bautismales. La obra atribuye su propia redacción al maestro Eugnosto el Agapético.
3. La Epístola del bienaventurado Eugnosto a los suyo (p.70-90), que explica la naturaleza divina y la generación del universo invisible y visible.
4. La Sabiduría de Jesús (p.90 etc.), diálogo entre el Salvador y sus discípulos.
5. El Diálogo del Salvador, conversación de Cristo con sus discípulos sobre cuestiones escatológicas.
El más antiguo de estos cinco tratados parece ser el Libro secreto de Juan. Efectivamente, lo utilizó San Ireneo como fuente para el capítulo 29 del libro I de su Adversus haereses. Debió, pues, de componerse antes del año 185. El Diálogo del Salvador parece ser de la segunda mitad del siglo III. En cuanto al Evangelio de los egipcios, la Epístola de Eugnosto y la Sabiduría de Jesús, son probablemente posteriores al Libro secreto de Juan, pero anteriores al Diálogo del Salvador. La Sabiduría de Jesús parece estar relacionada con el libro gnóstico Pistis Sophia. El Evangelio de los egipcios contenido en este códice no tiene nada que ver con la obra del mismo nombre que conocieron Clemente de Alejandría y otros Padres de la Iglesia (cf. supra, p.116). En cambio, muchas ideas le son comunes con el Libro secreto de Juan. El códice, en su totalidad, fue redactado a mediados del siglo IV, lo más tarde.
El códice adquirido por el belga Eid estuvo perdido algún tiempo, hasta el 5 de mayo de 1952. G. Quispel consiguió comprarlo en nombre del Instituto Jung de Zurich. En homenaje al conocido psicólogo suizo, el papiro recibió el nombre de Codex Jung. Contiene los siguientes escritos:
1. La Carta de Santiago, en la cual el apóstol cuenta una revelación secreta que ha recibido de Cristo, juntamente con San Pedro, quinientos cincuenta días después de la resurrección y poco antes de la ascensión (p.1-16). No sé dice quién sea el destinatario. La carta trata en primer lugar de la cuestión: ¿conviene o no conviene sufrir la muerte del martirio? La respuesta del Señor es ésta: “Despreciad, pues, la muerte y preocupaos de la vida. Acordaos de mi cruz y de mi muerte y viviréis… El reino de Dios pertenece a los que consienten en la muerte.” El autor aborda seguidamente la discusión de una profecía que ve cumplida en la degollación de San Juan Bautista. El resto trata del Logos, de la Gnosis y de la Ascensión del Señor. La obra revela en su contenido tendencias valentinianas.
2. El Evangelio de Verdad es, probablemente, el tratado más importante de toda la colección. H. Ch. Puech y G. Quispel piensan que se trata de la obra del mismo nombre que, según Ireneo » (Adv. haer. 3,11,9), utilizaban los valentinianos. Sugieren como fecha probable de composición el año 150. El autor conoce todos los escritos canónicos del Nuevo Testamento, aun la epístola a los Hebreos. Esto es de gran importancia para la historia del canon neo-testamentario. G. Quispel se siente tentado a atribuir su composición al mismo Valentín antes de su separación de la Iglesia, lo que adelantaría su origen a unos cuantos años antes del 150.
3. La Carta de Reginos sobre la resurrección demuestra que Cristo “destruyó la muerte con su resurrección y nos condujo a la inmortalidad.” Habla de una “resurrección pneumática” que absorberá el lado “psíquico” y “carnal.” Valentín y su escuela atribuían a Cristo un cuerpo pneumático. Apoyándose en esto, Puech y Quispel se inclinan a considerar al mismo Valentín como autor de esta carta.
4. El Tratado sobre las tres naturalezas, por sus ideas, que provienen claramente de la doctrina de Heracleón, recuerda a uno de los jefes de la escuela “italiana” de Valentín (cf. supra p.251).
5. La Oración del apóstol, oración atribuida quizás a San Pedro.
Parecen, pues, de origen valentiniano tres de los tratados del Codex Jung. El códice fue redactado en el siglo IV por dos manos distintas. Epifanio atestigua la existencia de valentinianos en el siglo IV en distintas partes de Egipto (Panarion 30,7,1). Los tratados del Codex Jung están escritos en dialecto subakmímico, pero los tres primeros son traducciones del griego.
EL PODER ANGÉLICO DE LOS DEMONIOS
El Poder Angélico de los demonios
De la Nada a la Existencia
Ángeles, Espíritus Puros
Millares de Millares
Coros y Jerarquías
Pecado y Caída de los Ángeles
La Soberbia
Efectos de la Rebeldía en los Demonios
El Castigo de los Ángeles
El Infierno Eterno
La Pena de Daño y la Pena de Sentido
La Desesperación
Eternidad de las Penas
Discurso sobre el Infierno
¿Son Muchos o Pocos los que se Salvan?
De la Nada a la Existencia
“Si alguno dijese que el Diablo no fue primero un ángel bueno hecho por Dios y que su naturaleza no fue obra de Dios (…) sea anatema” (Concilio de Praga en el año 561, DS No. 237).
“El Diablo y demás demonios ciertamente fueron creados por Dios buenos por naturaleza; más ellos, por sí mismos, se hicieron malos” (IV Concilio de Letrán en el año 1215, DS No. 428).
“Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, precipitados en el infierno, los entregó a las prisiones tenebrosas, reservándolos para el juicio” (II Pedro 2, 4).
Antes de pecar, los demonios eran ángeles buenos. Fueron por tanto, creados por Dios, como lo definió el IV Concilio de Letrán: “Dios hizo existir de la nada entre ambos órdenes de criaturas, a saber: la angélica y la de este mundo visible”. San Pablo hace mención expresa de esta creación de los ángeles, en el Verbo y por el Verbo, tal y como lo apuntamos en el capitulo I: “Porque en Él han sido creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra; así las cosas visibles como las invisibles; lo mismo los tronos y las dominaciones que los principados y las potestades; todas las cosas en Él y por Él han sido creadas” (Col 1, 16).
Los ángeles fueron creados de la nada. A diferencia de los hombres que son trinos (cuerpo, alma y entendimiento) los ángeles son solamente binarios (alma y entendimiento) pues no tienen cuerpo. Los ángeles son entonces seres inteligentes, espirituales, inferiores a Dios y superiores por naturaleza al hombre y a las almas desencarnadas. Subrayamos que son superiores al hombre sólo por naturaleza, pues por perfección de la voluntad hacia la posesión del fin, el hombre trino puede ser más perfecto que el ángel, pues es Imagen y Semejanza de la Trinidad de Dios.
Ángeles, Espíritus Puros
Por su parte, la fe nos certifica la realidad de esta clase de seres: Dios, al principio del tiempo, creó de la nada unas sustancias espirituales que son llamadas ángeles. Tal creación aparece en el llamado símbolo Niceno-Constantinopolitano, cuya formulación la ha tomado el Concilio Vaticano I en el contexto de la doctrina sobre la creación: “Dios creó de la nada juntamente al principio del tiempo, a ambas clases de criaturas: las espirituales y las corporales; es decir, el mundo angélico y el mundo terrestre; y después, la criatura humana que, compuesta de espíritu y cuerpo, los abraza, en cierto modo, a los dos” (Const. Dogmática Fide Catholica. DS 3002).
Su Santidad Juan Pablo II dedicó su catequesis de los miércoles del año de 1986 a Dios, Creador del mundo, y a partir del mes de julio prestó su atención precisamente a la creación de los ángeles. En su audiencia del 9 de julio del año citado, el Santo Padre expresó: “Sabemos que el hombre goza, dentro de la creación, de una posición singular: gracias a su cuerpo pertenece al mundo visible, mientras que, por el alma espiritual, que vivifica al cuerpo, se haya casi en el confín entre la creación visible y la invisible. A esta última, según el Credo que la Iglesia profesa a la luz de la revelación, pertenecen otros seres, puramente espirituales, por consiguiente no propios del mundo visible, aunque están presentes y actuantes en éste” (Citado en López Padilla. El Diablo y el Anticristo. México 1988. p. 21).
Desde luego hay quienes piensan que los ángeles son “personificaciones de atributos de acciones divinas”, o quieren ver en ellos vestigios de un politeísmo oriental o reliquias de leyendas babilónicas o simples influjos de la presencia de Dios en el mundo. Pero los ángeles son seres reales, creados libremente por Dios, con inmensa inteligencia y libre voluntad, pero carentes de materia.
Millares de Millares
¿Cuántos ángeles fueron creados por Dios? El profeta Daniel dice “Millares de millares le servían, y diez veces cien mil millares asistían delante de Él” (7, 10). San Juan Crisóstomo, aludiendo a este pasaje de Daniel, dice: “Cien mil veces cien mil millares de ángeles existen en las alturas, millares de millares de arcángeles, y otros tantos tronos, dominaciones, principados y potestades, innumerable muchedumbres incorpóreas, incontables falanges y legiones. Y a todos esos espíritus los creó el Señor con tanta facilidad, cuanto ningún discurso puede expresarse” (Gli Angelli Buoni E Cattivi. Turín 1937 p. 35 citado por Giovanni Siena, La Hora de los Ángeles. Ediciones L Arcangelo).
Coros y Jerarquías
La primera monografía acerca de los ángeles fue compuesta hacia el año 500 de nuestra era por Dionisio Areopagita con el título De Caelesti Hieriarchia (De la Celeste Jerarquía) Es a partir de este autor que se suele enumerar nueve coros u ordenes angélicos, fundándose en los nombres con que se les cita en la Sagrada Escritura (cfr Isaías 6, 2; Gén 3, 4; Col 1, 16; Efe 1, 21 y 3, 10; Rom 8, 38; I Tes 4, 16). El V Concilio de Letrán dice que: “Habiendo Dios creado al principio el cielo y la tierra, dividió el cielo en tres principados, que llamamos jerarquías, y cada jerarquía en otros tantos coros”. Estos tres coros de ángeles constituyen una jerarquía.
Coros
1ª Jerarquía
1º serafines
2º querubines
3º tronos
2ª Jerarquía
4º dominaciones
5º virtudes
6º potestades
3ª Jerarquía
7º principados
8º arcángeles
9º ángeles
Ante esta división jerárquica, hoy por hoy la mayoría de los autores están de acuerdo en poner en la cúspide de la creación angélica al que se le ha dado el nombre de Lucifer, según Isaías 14, 12 – 13 “¡Cómo has caído de los cielos, Lucifer, hijo de la aurora!” (Dirigido al Rey de Babilonia). En latín, Lucifer significa el portador de luz, designa la estrella de la mañana, el planeta Venus que es el primero en brillar y se extingue al último en la aurora. Por eso dice Dios a Su Hijo en el Salmo 109: Ante luciferum genui te: “Antes de Lucifer (antes de la estrella de la mañana) te he engendrado”.
Este tema resulta especialmente importante para los exorcistas ya que hay una especulación y división sobre quién es más importante. Hay quienes dicen que es Lucifer y que Satanás es el segundo de abordo, otros, a la inversa; y otros los identifican como el mismo. El conocimiento individual de los ángeles reiteramos que resulta importante para el exorcista pues es una tradición que está recogida en el ritual del exorcismo preguntarle al demonio por su nombre (Mc 5, 19).
Santo Tomas de Aquino opina que los ángeles se distinguen entre sí específicamente, es decir, que cada ángel constituye por sí solo una especie distinta; dicho en otras palabras, mientras que los hombres pertenecemos a una misma especie humana, poseemos una misma forma sustancial – ser racionales – y nos distinguimos por la materia señalada por la cantidad – conocido como principio de individuación-cada ángel, por su parte, se distingue por su forma, pues cada uno tiene un grado de intelectualidad diverso que constituyen las distintas especies angelicales.
Un aspecto interesante que hay que mencionar sobre los ángeles es que la naturaleza espiritual de los ángeles no excluye la posibilidad de que puedan formarse momentáneamente un cuerpo con objeto de llevar a cabo una misión ante los hombres. La Sagrada Escritura señala infinidad de apariciones de ángeles, y parece claro, en ciertos casos, que no son simples visiones intelectuales sino realidades corpóreas y sensibles, puesto que los ángeles eran vistos y tocados por varias personas a la vez. ¿Cómo se produce este fenómeno? Esto resulta de especial importancia puesto que en el futuro los demonios tomarán forma humana abiertamente para seducir mejor a los hombres, fundamentalmente en el tiempo del reinado del Anticristo. Por lo que lo explicado aquí respecto a los ángeles se aplicará perfectamente a los demonios. Así, los elementos atmosféricos que de ordinario son extremadamente sutiles, pueden sin embargo tomar cierta consistencia a consecuencia de la condensación de dichos elementos. De esta forma, los ángeles en virtud de su potencia natural – muy superior a la del hombre – y dotado si es necesario de un poder sobrenatural, pueden amasar esos elementos y con ellos forman los cuerpos. Aquí hablamos de un cuerpo simplemente como un instrumento ocasional, no un cuerpo vivo que cumpla funciones vitales. No obstante, tampoco debe descartase el hecho de que un espíritu pueda tomar un cuerpo, no en función de un mero accidente sino de que pueda pasar de ángel – ser binario – a hombre – ser trino; esto con el propósito, entre otras razones, de cumplir alguna misión pero ya con consecuencias mucho más complejas. Tenemos que admitir que Dios hace lo que quiere y nadie le puede poner límites.
Pecado y Caída de los Ángeles
Hay quienes piensan que el pecado de los ángeles fue carnal. El fundamento para pensar que el pecado de los ángeles fue de índole sexual se encuentra en el texto de Génesis 6, 1 -3, que parece indicar un pecado erótico de los ángeles “fornicando con criaturas terrestres”:
“Cuando la humanidad comenzó a multiplicarse sobre la haz de la tierra y les nacieron hijas, vieron los hijos de Dios que las hijas de los hombres les hacían bien y tomaron por mujeres a las que preferían de todas ellas”.
De esta tradición popular, la Biblia hizo una segunda versión del pecado original, pero de menor valor y de segunda clase. El libro de Henoch (un importante libro apócrifo del Antiguo Testamento, cuyo texto lo ha completado y mejorado Qumran) creador de la primera demonología, lo interpretaba ya como pecado carnal de los ángeles, seducidos por la hermosura de las mujeres. Así lo refiere la II Epístola de Pedro (2, 4) y la Epístola de Judas (6, 7), que aluden a él sin hablar de pecado sexual.
Así algunos Padres de la Iglesia han adoptado esta interpretación. Sin embargo, en el siglo II Justino Mártir ya corregía esta interpretación del Génesis puesto que el demonio ya estaba caído de la gracia cuando tentó a Eva, observa Justino en sus diálogos. La naturaleza espiritual de los ángeles no es compatible con el pecado de la carne, observaba de manera parecida San Juan Crisóstomo (Homilía 22 sobre el Génesis 2). Otros opinan que los hijos de Dios no designan ángeles sino más bien a los hijos de Set. Toda esta revoltura influyó en la Edad Media al extremo de que los demonios asumían formas masculinas o femeninas, de ahí los llamados íncubo o súcubo. Y así se ha asociado una obsesión de confundir y asimilar demonios con sexualidad.
La Soberbia
Pero, en realidad ¿cuál fue el pecado de los ángeles? Esencialmente, un pecado de orgullo, tal como lo propone Santo Tomás de Aquino. En efecto, desde el primer instante de su existencia los ángeles tuvieron un conocimiento de Dios y del Sumo Bien. Conocían las leyes por las que se gobierna el mundo. Tenían una felicidad natural conforme a su naturaleza, pero debían iniciar un camino hacia su perfección que era la posesión de Dios por medio de la visión beatífica. Para llegar a ese fin, Dios les proveyó de la gracia santificante. Así lo confirma San Agustín: “Creó en ellos Dios simultáneamente la naturaleza y derramó la gracia” (De Civit Dei I, XII 1. c.9).
Con la gracia santificante los ángeles podían conseguir su último fin, adhiriéndose voluntariamente al Sumo Bien. Mas no sólo pudieron pecar los ángeles sino que de hecho pecaron muchos de ellos. Luzbel, la más eminente de las criaturas angélicas en resplandor, inteligencia y poder, dio principio al extravío: “Subiré hasta los cielos y seré semejante al Altísimo” (Is 14, 14). En esta expresión pareciere que Lucifer tuvo la intención de destronar incluso al mismo Dios y asumir su puesto. Se ha intentado desde hace mucho tiempo analizar las motivaciones de este pecado narcisista. Es claro que se independizó de Dios en un amor a sí mismo desordenado. Prefirió su autonomía cerrada a la oblación a Dios. Su descaro llegó hasta el extremo de querer asemejarse a Dios, ser como Dios. Su soberbia le trajo la envidia respecto a los seres que serían el objeto de los favores divinos, en particular de los hombres. Así, ese orgullo y envidia degeneraron en el feroz apetito de usurpar la autoridad divina sobre la humanidad; desde entonces el Diablo se atribuiría el título de “príncipe de este mundo”. ¡Un relámpago extraordinario y siniestro debió recorrer todo el cosmos! Non Serviam; No serviré.[1]
San Ireneo nos dice que el Diablo es un ángel apóstata, es decir, un ángel caído. La apostasía del Diablo comenzó cuando él tuvo envidia de la creación del hombre y trató de hacer que se rebelaran contra su Creador los demás ángeles (Contra los Herejes IV – XXIV).
San Juan Crisóstomo dice: “No se le llama demonio por razón de su naturaleza, sino por su corrupción, ya que en un principio no fue demonio sino ángel” (Horus II, 1).
San Agustín, en su Ciudad de Dios, dice: “La lucha de las dos ciudades tuvo su origen en el cielo, cuando las primeras criaturas de Dios, los ángeles, se declararon fieles o infieles a su Señor”. Esta división angélica suscitó la guerra entre los ángeles, ya evocada en Daniel 10, 21 y luego en el Apocalipsis, donde “Miguel y sus ángeles” (12, 7) fueron vencedores por la fuerza de Dios. La criatura suprema que había querido ser dios, cayó de la gloria hasta el fondo del abismo.
Al respecto, algunos autores opinan siguiendo un texto del Apocalipsis, que fue una tercera parte de los ángeles los que se rebelaron (una tercera parte de las estrellas del firmamento). Lo que es cierto es que algunos ángeles se mantuvieron firmes en todo momento en la perfecta obediencia a Dios; otros dudaron; y el resto, antes de caer en la falta definitiva de rebeldía, tuvieron un estado intermedio. Es decir, de la creación a su rebeldía no pasaron instantáneamente. Primero tuvieron sucesivas comunicaciones de Dios que constituían la prueba que debían superar en obediencia y amor al que los había creado. En esas comunicaciones, a unos se les enfrió el amor a Dios, otros dudaron de la Sabiduría o Justicia Divina, y otros pecaron de envidia. Algunos pecaron de rebeldía antes que otros y de la rebeldía algunos pasaron al odio. Después del Castigo Divino todos pasarían al odio.
Lo que es claro es que el pecado de los ángeles es de una radical gravedad, fundándose en las apreciaciones severas que se encuentran en la Escritura: Dios interroga a los hombres después de su caída y los invita a la esperanza, en cambio con el demonio no dialoga, y además lo maldice (Gen 3, 12 – 15). Del mismo modo, reviste paternalmente de túnicas protectoras a la primera pareja pecadora, arrojada del Paraíso, pero maldice y degrada a la serpiente (Gen 3, 14). Cristo hace todo para ayudar a las ovejas perdidas, es decir, a los pecadores, pero aparece sin compromiso ni consideración alguna con el demonio en los exorcismos y condena sin apelación a estos, “reprobados al fuego eterno, preparados para el Diablo y sus ángeles” (Mt 21, 44).
Ahora bien, ¿los ángeles caídos podrán arrepentirse? La respuesta es no, pues su pecado es sin posibilidad de retorno, pues los ángeles no tienen la ambigüedad que caracteriza al hombre. Su pecado al ser puramente espiritual es completo, de una sola pieza y compromete definitivamente su destino eterno.
De la misma manera, ¿es posible, se preguntan algunos, que los demonios pudieran convertirse y que Dios los perdonara, es decir, que hubiera una reconciliación al final del mundo? Dicho en otras palabras, ¿puede Dios, siendo bueno, ser autor de un castigo o sufrimiento eterno para los ángeles? Las palabras de Jesús sobre el infierno son muy claras pues dice que es “donde el fuego no se extingue” (Mc 9, 48 y Mt 6, 19) y la enseñanza dogmática de la Iglesia apenas deja lugar para esta hipótesis. El misterio del amor infinito es tan amplio que envuelve el misterio de la libertad. Muy grave es el drama del amor rehusado, convertido en odio. Se convierte en asunto de vértigo cuando este rechazo se refiere al Amor Absoluto. Así que más que escandalizarse y golpearse el pecho ante esta aparente injusticia, debemos dar nuestro voto de confianza a la justa Misericordia de Dios.
Acorde a las citas anteriores cabe puntualizar y reafirmar que aunque haya sido tan grande la prevaricación de los demonios, es un error sostener lo que antiguos herejes afirmaron, en el sentido de que los demonios son por su propia naturaleza el principio del mal, salidos y engendrados del caos o las tinieblas. Este extravagante error consiste en poner dos principios, uno del bien y otro del mal y tuvo por exponentes a Manes y Prisciliano en los siglos III y IV. Pero no es así: ninguna naturaleza es de suyo mala; el mal no es sino la privación o ausencia del bien, de una perfección de vida. El mal consiste formalmente en una negación o deficiencia, y para explicar su existencia basta la limitación inherente a la criatura.
Efectos de la Rebeldía en los Demonios
¿En qué se degradó la naturaleza superior de los ángeles culpables? Los ángeles conservan su naturaleza espiritual y no se transforman en animales, como suelen en ocasiones manifestarse dentro del folklore mitológico. Siguen siendo “príncipes de este mundo”, aunque caídos. Todos los exorcistas saben muy bien y han constatado la superioridad de este adversario en el ejercicio de su ministerio.
El Padre Gabriel Isaac, exorcista de Lyon, reconoce en los siguientes términos la superioridad terrible del demonio: “Impresionante experiencia: las palabras del demonio a través del poseso traducen una curiosa mezcla de verdades lúcidas y de maldad total. Una especie de verdad perversa que hace daño y parece demasiado fría para ser verdadera, como si el demonio quisiera envenenar al exorcista hasta el fin” (Revista Panorama de fecha 1989 No. 12 en El Demonio, ¿Símbolo o Realidad? Desclée De Brower. Bilbao 1998).
La Sagrada Escritura expresa simbólicamente la degradación del demonio mediante la imagen de la serpiente, mismo que está reducido siempre bajo el talón del hombre. No obstante, aún cuando haya habido esta degradación, los demonios siguen siendo sumamente inteligentes, astutos, más aún, mañosos, eficaces y asertivos en su combate a favor del mal.
Los teólogos suelen distinguir entre la degradación de la inteligencia y de la voluntad, que es mucho más grave. La inteligencia del demonio fue afectada por cuanto que su tendencia natural hacia Dios, fuente de toda luz, fue desviada. Empero, su inteligencia desequilibrada sigue siendo penetrante y capaz de grandes victorias; pensemos en los grandes estadistas perversos como Stalin o Hitler que fueron sin duda agentes peligrosos de Satanás. Por lo que respecta a la voluntad aún está más degradada. Para comprender este hecho, citaremos los que ha escrito Mangenot, parafraseando el pensamiento de Santo Tomás de Aquino:
“Los demonios en todos sus actos no buscan y no quieren más que el mal. Si, a veces, uno de sus actos parece bueno en sí, está siempre viciado por alguna circunstancia mala; cuando los demonios dicen la verdad, por ejemplo, es para engañar mejor. Cuando confesaban la divinidad de Cristo en la tierra, no era para tributarle gloria ni atraerle adoradores, sino para combatirlo mejor. Los demonios en efecto, según la doctrina de Santo Tomás, no pueden hacer actos si no es conformándose con el fin que se habían propuesto en su rebelión primera, ya que se han adherido a ella con todas las fuerzas de su ser hasta el punto que, desde entonces, no pueden querer ningún otro. Ahora bien, este fin es perverso en sí: es la guerra a Dios y, por consiguiente, a todo bien. Por lo tanto, todos sus actos, de una u otra manera, están dirigidos hacia el mal. Después de la caída, el pecado forma parte, en cierto modo, de la naturaleza de los demonios y ya no es separable de ella” (Dict de Theol. Cath. 4, 4003. Ídem p. 102).
En conclusión, perdieron los demonios la luz sobrenatural de la fe y perdieron el conocimiento sobrenatural que constituye la base fundamental de la sabiduría. Y es muy importante para nuestro estudio decir que mantuvieron la ciencia sobrenatural especulativa, cuyo órgano fueron las revelaciones que se les hicieron de los misterios de Dios, tanto antes de su caída como las que pudieran recibir después de ella por el ministerio de los ángeles buenos. Así, por ejemplo, revelaciones del Reino de Dios y de Su Iglesia, de la Encarnación del Verbo y de otros muchos misterios, no perdieron el conocimiento que les fue dado antes de su separación de los ángeles fieles, y este saber, junto con su gran poder, lo han utilizado totalmente para sus fines `[ Nota del editor: De ahí que muchas revelaciones privadas que, incluso, pueden manifestar acuerdo con un dogma o favorecer una devoción determinada y parecer conforme a la Revelación, puedan ser de origen demoníaco y no divino; razón por la cuál los místicos más eminentes, como San Juan de la Cruz en la «Subida al monte Carmelo», enseñen que no ha de prestarse asentimiento a las revelaciones privadas, porque las se prestan a ser confundidos por los demonios, y no se vive de la Fe Teologal, lo cual es , cuando menos una grave imperfeción que impide o retarda la unión del alma con Dios]
No obstante, el demonio no es el mal absoluto o la perversión en sí. En cuanto criatura de Dios y mantenerle en la existencia, más vale ser que no ser, pues ni los demonios así desean ser aniquilados. En este sentido, Dios permanece fiel a su proyecto creador, respetando la libertad que otorgó sin reserva a sus criaturas superiores, aún cuando éstas hayan escogido su rebeldía y su desdicha.
El Castigo de los Ángeles
Al margen de profundizar en el importantísimo tema del infierno, de momento diremos que las consecuencias del pecado de los ángeles fueron, esencialmente, el verse privados de todos los dones gratuitos que Dios les había otorgado; la exclusión de la eterna bienaventuranza; el oscurecimiento de su inteligencia y la obstinación de su voluntad en el mal, y finalmente, el lanzamiento al infierno con todos sus dolores y suplicios.
Los dones de los que fueron privados, tal y como ya se ha explicado, se refieren al orden sobrenatural (la gracia santificante, las virtudes y los dones del Espíritu Santo) en contraposición a los dones puramente naturales que son propios de la naturaleza angélica y que sí conservaron después de su pecado (Royo Marín, OP. Dios y su Obra. Cap. III Art. 8 No. 426).
El castigo de los demonios es pues eterno. Enseñó el Papa Virgilio en el año 543 lo siguiente: “Si alguno dice o piensa que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, sea anatema” (DS 411. En este sentido, Santo Tomás afirma: “La Misericordia Divina libra del pecado a los que se arrepienten; pero a los que por estar adheridos irrevocablemente al mal, no son capaces de arrepentimiento, no los libra la Misericordia de Dios”.
El Infierno Eterno
Al estado horrible de una voluntad depravada junto con una oscuridad de la inteligencia, se liga irremediablemente el terrible sufrimiento y dolor para los demonios de tener que residir eternamente en el infierno. Desde luego, el dolor que sufren los espíritus diabólicos no es corporal pues no tienen cuerpo, su sufrimiento es espiritual.
Ahora bien, la pena de los demonios es análoga a la pena de los hombres que se destruyen en cuerpo y alma por el pecado: por las pasiones desordenadas de la carne o del espíritu, la droga, el sexo, la avaricia, la voluntad del poder, etc. El rechazo del amor, para el cual fueron creados los seres – ángeles u hombres –, su desvío hacia el egoísmo, hace de ellos un fuego terrible y devorador porque un fuego interior es el amor convertido y pervertido en odio. Es la desgracia evangélica del que “quiere guardar su vida, la perderá”, así como la felicidad del cielo es de “quien pierde su vida por Mí, la salvará” (Mt 8, 35). El egoísmo y el odio queman. El amor, colma. Todo esto es parte de la experiencia del infierno que es una realidad terrible, incomprensible, hoy negada y rechazada sistemáticamente por una gran mayoría de seres humanos; pero para los demonios es una realidad ya viva y actuante. Así, el lugar propio dispuesto por la Justicia y la Misericordia Divina para castigo de los demonios, y de las almas que se les unan por su culpa, es el infierno, el lugar material e ígneo, cuya ubicación en el universo no ha sido revelado por Dios, pero que presume se encuentra en el mismo centro de la tierra.
Es una manera de cárcel, formada por fuego real, no metafórico, en la que son atormentados los espíritus malignos y las almas pero no por ninguna cualidad sensible, pues son incapaces no estando unidas a sus cuerpos, sino por una ligazón definitiva y forzosa a ese elemento que produce en su voluntad una repulsión equivalente a una horrible tortura. Esa es la explicación que da Santo Tomás de Aquino del tormento del fuego con relación a los espíritus. A este lugar fueron destinados los ángeles rebeldes inmediatamente después de su pecado. Ahora bien, San Pablo dice en Efesios (6, 12), que debemos “revestirnos de la armadura de Dios, porque nuestra guerra no es contra la carne y la sangre sino contra los espíritus y potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que moran en las alturas”, es decir, en el aire que nos rodea; por lo cual en otro lugar (Ef 2, 2) San Pablo llama a Satanás “príncipe de las potestades de este aire”. Esto no quiere decir que solamente una parte de los ángeles rebeldes hayan sido lanzados al infierno, sino que todos fueron lanzados a él, pero por una permisión divina, salen de ahí para morar en los aires y llevar adelante su labor de asechanza contra el hombre en sus diversas manifestaciones, como lo veremos un poco más adelante.
Ahora bien, esto produce una disminución en el tormento para los demonios. Bueno, accidentalmente sí pero no se aminora en su fuerza esencial, porque “dondequiera que estén fuera del infierno”, dice Santo Tomás de Aquino, “siempre tienen delante el fuego del infierno como preparado para su castigo”; y como esta visión, en su misma perspectiva los aflige, como se ha dicho, dondequiera que estén son atormentados por el fuego del infierno…. Y esto es lo que significa la frase: “(…) y el Diablo, dondequiera que esté, ya bajo el aire, ya bajo la tierra, lleva consigo los tormentos de sus llamas” (I D.XLIV, Q.III A.3).
También hay otros autores que opinan que los demonios más culpables estarían encerrados en el infierno, y los menos culpables podrían salir de él para ir a tentar a los hombres. Otros simplemente afirman que los demonios habitan “en el aire”. Desde luego, siempre bajo el supuesto de que los espíritus son extraños al espacio, porque no se les puede localizar si no es metafóricamente según su situación y su acción. Así es como se entiende el morar en los aires o en el infierno o en el abismo; estas dos últimas palabras son sinónimas pues infernus significa lugar inferior.
La Pena de Daño y la Pena de Sentido
La Escritura y la Teología distinguen “dos penas” del demonio: la de daño y la de sentido o de fuego.
La de daño es la mayor que puede haber para una criatura de Dios, pues Dios es la misma fuente del ser. La ruptura con Él, por tanto, es el mayor mal que puede sobrevenir. Toda vez que Dios es amor y el único bien. Este tipo de pena no se trata de un castigo impuesto, pues el demonio rechazó a Dios. Ya no tiene ningún deseo de Dios, el único deseo es combatirlo y arrastrar a otras criaturas atrayéndolas a su rebelión y a su blasfemia, por lo que la pena de daño no quita a los demonios ni su actividad natural, ni un cierto gozo en hacer el mal, gozo satánico, ese gozo hacia el cual arrastran a los pecadores con una embriaguez fascinante. Sin embargo, según experiencia de los exorcistas, los demonios no quieren reconocer el dolor de su condenación. Ironizan y se burlan de ello. Para ellos el infierno es cosa de risa.
Pero la realidad es que el infierno ni para los demonios ni para el hombre es cosa de risa, sobre todo ahora que desgraciadamente tampoco se predica de su existencia. Efectivamente, el relativismo que caracteriza nuestra época ha minimizado también la espantosa realidad ultraterrena del infierno. Hablar del infierno hoy en día suscita sonrisas irónicas o compasivas. La literatura y el cine, con una marcada frivolidad, han convertido al infierno en una caricatura. Un sitio iluminado con llamas que no queman y repleto de inofensivos diablillos y diablillas, seductoras por cierto. Vamos, un lugar agradable donde se la puede pasar uno bien o muy bien, donde están los amigos y los “cuates”, sin mayores dolores de cabeza.
Pero insistimos, la realidad, pésele a quien le pese, es radicalmente distinta. Y es claro que quien no quiera admitirlo ahora, que no tenga la menor duda de que el último día de su vida, el día de su muerte, ¡se va a llevar la gran sorpresa de toda su vida! Una sorpresa por cierto desagradable y sin remedio; sin solución alguna posible. Y esto en gran medida ha sido provocado o causado por una errónea teología que se ha venido desarrollando en los últimos 40 o 50 años, donde se nos ha presentado una vida cristiana pacifista, simplona, donde el amor a los hermanos es la cantaleta en la homilía de la mayoría de las misas dominicales, donde los sacerdotes evitan a toda costa asustar a los fieles con ideas de un Dios justiciero, y menos atormentador o castigador con llamas de fuego que casi nadie cree en su existencia.
Sin embargo, la fe católica dice totalmente lo contrario. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento contienen reiteradas y concretas menciones. Del fuego del infierno se habla en Mt 25, 41; 3, 10; 5, 22; 7, 19; 13, 40 y 42; 18, 19; Ap 14, 10; 19, 20; 20, 15 y 10, 15; 21, 8, etc. Constantemente Jesucristo habla del fuego, del que “no se extingue y donde el gusano no muere” (Mc 9, 48), imágenes tomadas de una hoguera o basura donde pululan los gusanos y se prolonga la combustión lenta.
“Se ha encendido el fuego de mi ira y quemará hasta lo profundo del Seol” dice el Deuteronomio (32, 22). El Seol, según comentaristas de la Sagrada Escritura, es una palabra de origen incierto que indica un lugar de sombras en el fondo de la tierra, donde bajan todos los muertos, sin distinción, del que no pueden subir y en el que llevan una vida disminuida, olvidada y sin posibilidad de alabar a Dios. Poco a poco se ha ido considerando como el reino de la muerte. Al progresar la doctrina sobre la retribución y la resurrección, el Seol, traducido por Hades en la versión griega, va adquiriendo una mayor definición, ya hacen referencia a compartimentos que separan ahí a los justos de los impíos. Se identifica posteriormente como lugar de castigo por el fuego, con la gehenna.
Jesucristo, en la parábola de las ovejas y los cabritos, dice a éstos: “Apartaos de mi, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41). Esta frase es terrible pues llegado el momento de perder a Dios para siempre, el condenado exclamará y se dará cuenta que ha perdido a su Creador, a su Redentor y a su Padre; que ha perdido a Dios y con Dios ha perdido a María, ha perdido la vista de los ángeles, ha perdido la conversación de los bienaventurados y el paraíso que era su patria; ha perdido todas las cosas, los méritos adquiridos, las virtudes infusas, el consuelo y la paz; ha perdido a Dios y con Dios ha perdido hasta la esperanza de tener jamás ningún bien. No hay en el mundo una situación en el pasado, en el presente o en el futuro tan terrible y tan desgraciada que el saberse condenado para siempre. No existe una desventurada situación que sea siquiera reflejo pálido de la realidad de la condenación.
Para comprenderlo mejor, entendamos que además de la privación de todos los bienes, el condenado tendrá que padecer toda especie de males. Ya lo dice el Señor: “Reuniré todos los males posibles para oprimir a mis enemigos” (Dt 32, 23). El fuego del infierno quema pero no consume; arde pero no ilumina; sus llamas no saltan alegremente sino que son silenciosas como la desesperación de los condenados que no tienen voz para clamar. No hay para ellos clemencia posible, ni esperanza ni atenuación. Sólo la conciencia de que su tormento no tendrá alivio ni fin. Es la más pavorosa de las eternidades. Tendríamos que detenernos un instante, olvidar el aturdimiento de la vida moderna, y pensar un poco en esto. Por eso dijo el Señor y advirtió que era preferible perder un miembro antes que todo el cuerpo sea arrojado a la gehenna (Mt 5, 29 – 30; Mc 9, 43 – 48). Se denominaba gehenna al Valle de Hinnon en las afueras de Jerusalén, donde ardía siempre un fuego al que se arrojaba la basura para incinerarla y donde antes se habían hecho sacrificios humanos a Moloch. Esta es la figura del infierno.
Habría que preguntarse por qué la Escritura llama al infierno lugar de tormentos y abismo de la Ira de Dios. La lógica nos indica que dentro del infierno la Divina Justicia se desahoga, se sacia, se satisface, triunfa y, por usar una frase de la Escritura misma, lava sus manos en la sangre de los pecadores, queriendo con ello significar que con las heridas que él mismo les hace, reconozcan que es el Señor ofendido y ultrajado, que venga sus agravios (Ez 7, 9).
Por eso nos preguntamos, ¿qué será de un ser en medio de todas las penas y todos los males? Dolores, olores, contracciones, convulsiones, fatigas, fiebres, úlceras, tormentos que sirvieron para ajusticiar a los malhechores, que inventaron tiranos para ensangrentar a los mártires, todo ello como instrumentos de dolor y sufrimiento eterno. Así, los ojos, los oídos, la lengua, y aún el sentido del olfato, dejarán de padecer pena alguna, con el insoportable hedor que exhalarán los corrompidos y agusanados cuerpos de los condenados, amontonados unos sobre otros y encerrados en una cárcel que no tiene respiración (Ap 14, 11; Mt 13, 50; Salmo 18, 15, Is 34, 3).
La idea del infierno ha inquietado a grandes pensadores y artistas. La descripción que hace Milton del imperio infernal es grandiosa, si bien no lo sitúa en el centro de la tierra sino en las tinieblas exteriores, donde está el caos, donde se edifica el pandemonium, capital del Hades. Por contraposición, Dante Alighieri, ubica el infierno en las profundidades de la tierra y hasta proporciona ciertas medidas, lo que permite a Galileo (Opere Letterarie p. 274, ob. cit. Los Demonios y las Brujas. J. L. Pagano. Ediciones Universidad Católica Argentina 1996) calcular la dimensión total del ámbito subterráneo y su situación geográfica. Así, el techo del infierno, con eje en Jerusalén, alcanzaría a Moscú y comprende los Balcanes, Medio Oriente, llega casi hasta la India y cubre el norte de África de este a oeste. Parecería que la maldad infernal ha hecho reiterada erupción en esta vasta zona, si nos detenemos a pensar en todas las guerras que ahí han nacido y se han desarrollado.
Del mismo modo, muchos de los problemas que afligen a la humanidad contemporánea se incuban, extraña coincidencia, sobre el techo del infierno, en cuyo epicentro fue crucificado el Dios que se hizo Hombre por Amor a los hombres. Sin remontarnos demasiado en el tiempo recordemos episodios recientes en que la ferocidad humana reivindicó la premisa de Hobbes, del Homo Homini Lupus. Y nos referimos a la guerra del Golfo, las luchas intestinas en la antigua Yugoslavia y en Chechenia, y los terribles enfrentamientos en Irak, Palestina y el Líbano.
Terminando con Dante, en la Divina Comedia, Satanás no habita un suntuoso palacio sino que se retuerce en el infierno, mientras que con sus tres bocas tritura a los máximos traidores: Judas, Bruto y Casio (Inferno. C. XLIV).
Existen numerosas visiones que han tenido algunos videntes, santos y místicos de nuestro tiempo, como en Fátima, donde el Cielo mostró el infierno terrible. En el caso de Lucía, la visión del infierno que la Virgen de Fátima le reveló en julio de 1917 es esta: “Abrió (la Virgen) las manos. Su luz penetró la tierra y vimos un mar de fuego, y sumergidos en ese fuego los demonios y las almas, como si fuesen brasas, transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que flotaban en aquel incendio, sostenidas por las llamas que salían del mismo con nubes de humo, cayendo en todas partes como caen las chispas en los incendios, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de desesperación que horrorizaban y hacían temblar de dolor y espanto. Los demonios se distinguían por formas horribles y repugnantes de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes, como carbones negros calentados al rojo vivo”.
Así pues, que nadie se engañe ya que claramente el Catecismo de la Iglesia Católica (1035) determina que las almas que mueren en pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, el fuego eterno, agregando que la pena principal consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. La enseñanza constante de la Iglesia Católica, nos guste o no nos guste, nos parezca bien o nos parezca mal, está clarísimamente definida en el Evangelio: “El Juez Universal entonces dirá a los de su izquierda: Apartaos de mi, malditos, al fuego eterno, preparado para el Diablo y sus ángeles (…) e irán a la condenación eterna” (Mt 25, 41 – 46).
Siguiendo la actual tentación diabólica de desmitificar el Evangelio, han intentado, en oposición al Magisterio Eclesiástico, desvirtuar los textos evangélicos negando la existencia del infierno o al menos su eternidad; pero como son demasiado contundentes las pruebas, se ha lanzado la idea de que nadie va al infierno, ya que este sería algo como un fantasma para asustarnos. A esto respondió el Vaticano II no aceptando una enmienda a Lumen Gentium 48, que rechazaba dicha hipótesis, porque ya está señalado en la cita de Juan 5, 29 que habrá quienes se condenarán. En Mateo 7, 13, en Lucas 13, 24 dice también Jesucristo que “muchos van por el camino y entran por la puerta de la perdición; y que muchos querrán entrar por la puerta de la vida y pocos lo conseguirán”.
La Desesperación
Una de las características principales del condenado, y terrible por cierto, es la desesperación. Una desesperación inconcebible en este mundo en el que siempre queda un resquicio de esperanza, solamente equiparable al del suicida, pero con la diferencia de que al condenado no le queda ni siquiera esa aparente salida. No puede escaparse de la vida eterna. A esto explícitamente aludía Nuestro Señor (Mc 9, 48) cuando se refería a la gehenna “donde el gusano no muere”. Ese gusano que roe el alma sin pausa y sin descanso, destruyendo sin aniquilar, es precisamente la desesperación. Por eso afirma Santo Tomás (Q. XL A 2) que arrepentirse del pecado tiene lugar de dos modos: per se y per accidens. Per se, se arrepiente el que abomina de cuanto es pecado; per accidens el que aborrece por razón de alguna circunstancia adjunta, como la pena u otra cosa semejante. Así pues, los malos no se arrepentirán, hablando con propiedad, de los pecados, porque la voluntad de la malicia del pecado persevera en ellos; pero sí se arrepentirán per accidens en cuanto son afligidos por la pena que sufren por el pecado. Es por eso que el condenado, en medio de su desesperación, odia a Dios porque odia el sufrimiento que se le inflige en razón de su conducta. La falta de justicia que entraña la condenación le impide ver la bondad de Dios y esa carencia, con el sufrimiento que trae aparejada, lo impulsa a un odio sin límite. Es precisamente ese odio el que lo mantiene, el que lo retiene prisionero y le impide pedir el perdón. Su arrepentimiento, por el mal que sufre, carece de humildad y de amor. En consecuencia lo hace eternamente sufrir y padecer sin fin.
El Libro de la Sabiduría (11, 16) dice que por donde uno peca por ahí será atormentado. Santo Tomas (Q LXVII A 7 – 4) recuerda que cada uno será atormentado por aquello mismo de que se sirvió para pecar, en cuanto a los principales instrumentos de pecado, aunque el hombre peca en el alma y en el cuerpo, por lo que en los dos será castigado. Por ejemplo, en la Divina Comedia, al describir los suplicios del infierno, Dante les adjudica carácter retributivo. Así los hipócritas son pisoteados por una muchedumbre que desfila con capas de plomo, doradas por fuera, y los sodomitas se consumen en su propio fuego interior, mientras que los violentos son sumergidos en un lago de sangre.
Eternidad de las Penas
Una realidad incuestionable es que las penas de sentido, por muy pequeño que sea su sufrimiento, si es eterno son terribles. Lo espantoso de la pena de sentido es que se da por toda la eternidad. No importa lo poco que haga sufrir el reato de culpa, lo horrible es que esa medida de sufrimiento, esa deformación del alma se sufrirá para siempre. Por tanto, la medida del sufrimiento viene dada en gran medida por la eternidad, más que por la pena en sí mismo considerada en un momento dado y en un momento concreto.
Mientras que para los ángeles – como hemos visto – su voluntad fue irrevocable de una vez para siempre según la elección que formuló al principio del tiempo; el hombre, a diferencia de los ángeles, sella su destino al momento de la muerte. A partir de allí ya no cabe retroceso. Hasta entonces lo acompaña la Misericordia Divina y el arrepentimiento del último instante puede rescatarlo. Es un misterio inexplicable esa obstinación en el mal, pero debe quedar claro que no es Dios quien condena, sino que cada uno firma su propia sentencia en el ejercicio de su libertad.
La eternidad del castigo ha suscitado numerosas opiniones. Son muchos los que sostienen que la infinita bondad de Dios no puede avenirse con un sufrimiento inacabable. Pretenden que la Misericordia Divina ha de alcanzar algún día no sólo a los condenados, sino también a Satanás y a todos los demonios. Esta postura que encontraría remoto origen en Clemente de Alejandría fue sostenida abiertamente por Tertuliano en el siglo II, quien imaginaba a Cristo derribando las puertas del infierno para poner en libertad a los condenados. De la misma opinión fue Orígenes, hijo de un mártir y ordenado sacerdote en Cesarea, quien apoyaba la teoría de la salvación de Satanás basando su creencia en la idea de que todas las cosas retornarían finalmente a Dios que las había creado. También San Jerónimo (331 – 420) se inclinó en un momento por la misma opinión de Orígenes, creyendo que la recapitulación de todas las cosas en Cristo, que tendría lugar según San Pablo en la Plenitud de los Tiempos (Efesios 1, 10), es decir, la apocatástasis, abarcaría también a Satanás que volvería a ser ángel de luz.
Sin embargo, Santo Tomás (Q XLIV A 3) manifestó que es enteramente irracional que los hombres se libren alguna vez del infierno. Así lo ratifica P. A. Hillaire (La Religión Demostrada. Buenos Aires. p. 78) diciendo que “la justicia de Dios requiere la eternidad del infierno como pena indicativa del mal. Es un principio admitido que debe existir proporción entre la culpa y la pena, entre el crimen y el castigo. Y en verdad la gravedad de la culpa se deduce de la dignidad de la persona ofendida. El pecado ofendido a una Majestad Infinita reviste, por lo mismo, una malicia infinita, haciéndolo merecedor de un castigo infinito. Pero como el hombre es limitado y finito en su ser, no puede ser susceptible de una pena infinita en intensidad; pero puede ser castigado con una pena infinita en duración, es decir, eterna”. Y para aclarar cualquier duda, agrega: “la existencia del infierno es un dogma de la razón y un artículo de fe”.
A lo largo de la historia ha resurgido periódicamente la tesis de la salvación de los condenados y de los demonios. Algunos opinan que no hay más infierno que la propia conciencia. Este es un tema recurrente por la comodidad que ello implica. Pero no sólo teólogos sino también poetas y escritores de todos los tiempos han incursionado en la materia de la eternidad de las penas del infierno. Por ejemplo Alfred de Vigny (Diario de un Poeta. p. 246) en su poema afirma que al final de la historia se derrumbará el infierno y que Satanás retornará al cielo llamado por la Infinita Bondad, para ocupar el sitial que había dejado vacante. También Víctor Hugo en “El Fin de Satanás” hace morir al demonio para que resucite el arcángel (ob. cit. Pagano ídem p. 84).
En época más reciente, Papini, uno de los más ruidosos propagandistas de la redención de Satanás en su famoso libro “El Diablo”, afirma, haciendo una sutil interpretación del texto evangélico “malditos, al fuego eterno”, que lo eterno es lo que no tiene principio ni fin, por lo que el infierno al ser algo creado, tuvo principio y en consecuencia tendrá fin. No obstante, esto es un sofisma de Papini, puesto que si bien es cierto que lo eterno no tuvo principio ni tendrá fin, no obstante, mucho de lo creado, que en algún momento tuvo principio no necesariamente ha de tener un fin, como es el caso del ángel y del hombre quienes, como todo el resto de la Creación, fueron sacados de la nada, y son mantenidos en la existencia por el poder de Dios hasta la eternidad.
Lo que es irrebatible, es que la Iglesia ha sentenciado en varias ocasiones la eternidad del infierno. El Papa Inocencio III (1198 – 1216) dejó sentado que la pena del pecado actual es el tormento del infierno eterno (DS 410). Por su parte, el IV Concilio de Letrán (DS 410) estableció que en el Juicio Final cada uno recibirá según sus obras, réprobos y elegidos, aquéllos con el Diablo castigo eterno, éstos con Cristo gloria sempiterna. El Concilio de Lyon de 1245 (DS 457) aseveró que si alguno muere en pecado mortal sin penitencia, sin género de duda es perpetuamente atormentado por los ardores del infierno. Clemente VI (1342 – 1352) insiste en que todos los que se han levantado contra la fe de la Iglesia y han muerto en su impenitencia final, se han condenado y bajado a los eternos suplicios del infierno (DS 570).
Discurso sobre el Infierno
Uno de los grandes discursos sobre el infierno lo pronunció Jerónimo Trento en el siglo XVIII, quien fue un gran predicador de la Compañía de Jesús. Sus sermones de Cuaresma se reeditaron muchas veces, y tiene un discurso sobre el infierno que revela un profundo conocimiento de la Sagrada Escritura. Sobre la eternidad de las penas del infierno dijo:
“Pero aún no os he hablado, oyentes míos, de la más terrible cualidad del fuego del infierno, y es que no consume ni destruye, como el fuego nuestro, sino que por el contrario diseca y conserva, como hace con las carnes la sal, según lo dice San Hilario y lo asegura San Marcos en su Evangelio (9, 48). Así que me podréis decir: ¿Cuánto ha de estar el condenado ardiendo en el fuego? ¿Quién puede concebirlo? ¿Mil años? Más. ¿Un millón? Más. ¿Un millón de siglos? Más. ¿Cien millones de siglos? Más. ¿Tantos siglos cuantas son las hojas de los árboles? Más. ¿Tantos cuantos son las arenas del mar? Más. ¿Tantos cuantos son las estrellas del cielo y cuantos son los átomos del aire? (¡Qué número tan incomprensible!) Más. ¿Tantos cuantos fueron las gotas de agua del Diluvio Universal? Más. ¿Cuánto tiempo pues, cuánto? Una eternidad, un siempre, no hay término, no hay fin; de suerte que por más que añadáis años a años, siglos a siglos, y por más que quitéis de estos, no añadís ni quitáis nada, porque siempre queda al condenado una eternidad que padecer, aún después de haber pasado mil años o mil siglos de pena. (…) Tanto aún les queda que padecer después de tantos años, cuanto les quedaba en el momento que fueron precipitados en los abismos, teniendo que padecer todavía por toda una eternidad, la cual por más años que pasen, no se disminuye ni se abrevia ni un solo momento. ¡Oh siempre! ¡Oh nunca! ¡Oh eternidad! ¿Nos tendrá cuenta exponeros un brevísimo placer al riesgo de padecer un tan dilatado castigo?”
“Conocerán los miserables que no hay ninguna esperanza, no solamente de que se acabe su padecer, pero ni aún de que se suavicen y sean más llevadoras sus penas. Es atrocísimo este fuego, tirano, y será siempre igualmente atroz; son fieros estos verdugos, y serán siempre igualmente fieros; son cruelísimas mis penas, y serán siempre dolorosas y crueles” (Jeremías 44, 27). (Editorial Tradición. México 1974. Páginas 56 y 57).
¿Son Muchos o Pocos los que se Salvan?
Hans Von Baltasar dijo que creía que existía el infierno, pero que quizá no había nadie en el infierno (apud. P. Fortea. Demoniacum. Belacqua. Barcelona. 2002). No parece que este pensamiento sea de lo más acertado, pues aunque la Iglesia no se ha pronunciado sobre ningún hombre que esté en el infierno, sí sabemos que hay demonios en el infierno y que hay personas en el infierno.
Santa Teresa de Jesús tuvo varias visiones intelectuales sobre el infierno y cómo caían en él las almas en tal cantidad que se equiparaba al número de copos de nieve en una noche de invierno.
Pero la mejor respuesta nos la da el mismo Jesucristo en la Escritura. En él se nos habla de dos caminos, de los cuales uno es estrecho, áspero, por el que caminan muy pocos, y el otro es ancho, espacioso, sembrado de flores, y que es como el camino público de todos los hombres. Asimismo, Jesús al ser interrogado sobre el número de los condenados, dice claramente que muchos, al final, querrán entrar y no podrán. No dice que quizá haya quien querrá entrar y no podrá, sino que lo afirma en forma absoluta (cfr Mt 7, 13; Lc 13, 24). En este sentido, recordemos numerosos pasajes del Evangelio que refieren a la selección que siempre hace el Señor, como por ejemplo cuando en Israel había muchas viudas afligidas de hambre y que solamente la de Sarepta mereció ser socorrida por el Profeta Elías; o que en tiempo del profeta Eliseo había muchos leprosos en Israel y no obstante solamente curó Dios a Naamán. Recordemos que la familia de Noé fue la única en la tierra que se salvó del universal Diluvio; sólo Abraham fue separado del resto de los hombres y constituido depositario de la Alianza; entre 600,000 hebreos Josué y Caleb fueron los únicos que entraron en la Tierra Prometida; en la tierra de Hus no había otro justo más que Job, en Sodoma, Lot, y en Babilonia, los 3 niños hebreos.
Ante estas realidades entresacadas de la Sagrada Escritura, es claro que muchos son los llamados y pocos los escogidos, y que alcanzar la salvación exige violencia, negación a sí mismo, y una decidida voluntad férrea de trabajar por nuestra salvación con seriedad y disciplina, como la cosa más importante de nuestra vida, tal y como dice Pablo: “Trabajad con temblor y temor por vuestra salvación” (Fil, 2,12)
Así pues, Jesucristo deja en claro que ancha es la puerta que lleva a la perdición y que muchos la encuentran, y qué estrecha la puerta que lleva a la salvación y qué pocos la hallan. Y es así, porque en este proceso sólo pueden considerarse dos géneros de personas. Aquellos que han tenido la fortuna de conservar una vida de inocencia, o los que después de haberla perdido la han recobrado con una intensa vida de penitencia. Por tanto, no hay más que dos caminos para salvarse: el Cielo está abierto o para los hombres inocentes y de gran santidad o para los pecadores y de gran penitencia. No hay otro camino, o se anda por el estrecho sendero de la vida inocente y pura, o asumimos una vida penitente que es una gracia mucho más difícil por la relajación de costumbres en la que se vive hoy en día en el mundo.
Así que sólo nos resta para la inmensa mayoría de los hombres alcanzar el Cielo por la segunda vía, es decir, por la vía de la penitencia. Es así, y más hoy en día, pues como dice el profeta, la tierra está llena de corrupción, pues se han violado las leyes, quebrantado los preceptos y roto las alianzas que debían durar eternamente; pues se practica la iniquidad y apenas se haya uno que otro que obre el bien; se practica la injusticia, la calumnia, la mentira, la perfidia, y los más infames delitos que inundan la tierra (Oseas 4, 2). Este es el mundo de hoy, un egoísmo galopante que alcanza todos los niveles, donde el hermano pone asechanzas a su hermano, el padre abandona a sus hijos, el esposo a su esposa y la esposa a su esposo; donde ya no hay lazos de unión sino violencia, traición y murmuración. Donde los odios se acumulan, las reconciliaciones escasean y no existe más el amor auténtico al prójimo por amor a Dios. Donde los hombres se destruyen y se aniquilan unos a otros; donde la reunión de los hombres en cualquier circunstancia se ha convertido en ocasión de pecado y de ofensa grande a Dios; donde la virtud está prácticamente ausente en la mayoría de los hombres. Donde el fraude, el abuso y la injusticia están presentes entre los pueblos y las sociedades; donde las diversiones públicas son escuelas de inmoralidad, perversión, pornografía y las más depravadas costumbres. Donde la guerra se ha convertido en institución permanente, terrorismo, muerte, hambruna, abortos, etc. Donde el siglo XX y XXI son ejemplos de verdadero horror que han excedido en demasía a la Nínive pecadora. Donde los gobiernos son prácticamente todos corruptos. Y la Iglesia ya no es más ejemplo de santidad y justicia, sino institución divino-humana atacada en su centro por el mismo Demonio que ha oscurecido la fe, matado la esperanza y enfriado la caridad. Donde ya no se predica el amor de Dios ni la necesidad de hacer oración, ni de mortificar los sentidos, ni de acudir a la gracia divina ni a la búsqueda de la santidad. Donde los ricos se olvidan del autor de su prosperidad y los grandes se consideran suficientes a sí mismos y claman que no necesitan de Dios. Todo se ha convertido en placer, comodidad, poder, tener, acumular riqueza, y que ha llevado al hombre verdaderamente a recorrer en su vida el ancho sendero que lleva a la condenación eterna. Esta es la realidad que hay en el mundo completo.
Como vemos, el camino para la salvación está hoy en día muy cerrado para la mayoría de los hombres, pues se han descaminado de la Verdad que conduce a la Salvación. Por todo esto, no queda más que hacer penitencia. Pero la pregunta es ¿dónde están los penitentes, quién hace penitencia hoy en día? ¿Qué cosa es ser un penitente? “Un penitente, decía en otro tiempo Tertuliano, es un fiel que en todos los instantes de su vida tiene presente la desgracia en que incurrió de perder y olvidarse en otro tiempo de su Dios; que tiene continuamente a la vista su pecado; que en todas partes haya imágenes tristes que se lo representan: un penitente es un hombre encargado de los intereses de la Justicia de Dios contra sí mismo; que se priva de los más inocentes placeres, porque se permitió en otro tiempo los pecaminosos; que goza de los necesarios con pena; que mira a su cuerpo como a un enemigo a quien tiene necesidad de debilitar; como a un rebelde a quien necesita castigar (…) Un penitente no ve en la pérdida de sus bienes o su salud más que la privación de unos favores de que ha abusado; en los contratiempos que le suceden, la pena de su culpa; en los dolores que le atormentan, el principio de los castigos que ha merecido; y en las calamidades públicas que afligen a su prójimo, contempla que acaso son castigo de sus delitos particulares. Esto es un penitente” (Juan Bautista Massillon. El Corto Número de los Elegidos. Ed. Tradición. México 1974 p. 14).
Finalmente, es claro que para poder salvarse es necesario vivir conforme a la Ley de Dios. Por eso, se salvarán aquellos “que viven en el mundo, pero no viven como el mundo. ¿Quién podrá salvarse? Aquella mujer cristiana que encerrada en el recinto de sus obligaciones domésticas, cría a sus hijos en la fe y en la piedad; que deja al Señor el cuidado de su suerte; que no divide su corazón sino entre Jesucristo y su esposo; que no se sienta en los congresos de la vanidad y no tiene por ley las locas costumbres del mundo, sino que las corrige con la Ley de Dios, y da estimación a la virtud por su clase y con su ejemplo. Se salvará el fiel que en la relajación de estos últimos tiempos procura imitar las primeras costumbres de los cristianos; que no ha recibido su alma en vano, sino que aún en medio de los peligros del mundo, se aplica continuamente a purificarla; el justo que no jura fraudulentamente a su prójimo, ni debe el aumento inocente de su fortuna a unos medios dudosos; el generoso, que llena de beneficios al enemigo que ha querido perderle; el sincero, que no sacrifica la verdad a un vil interés; el caritativo, que de su casa y poder hace asilo para su prójimo; de su persona, consuelo para los afligidos; y de sus riquezas, alivio para los pobres; el que es sufrido en los trabajos, cristiano en las injurias y penitente aún en la prosperidad” (ídem p. 37).
Nos hemos extendido en este tema por cuanto a su importancia trascendental para el destino de las almas, y al mismo tiempo, por la casi nula referencia que se hace de él en la moderna teología católica. En las homilías dominicales prácticamente no se habla de esta realidad eterna. Y dice un dicho, “más te vale llegar al infierno en vida que llegar a él después de muerto”. Y esto se alcanza meditando de cuando en cuando en esta verdad a la que Jesucristo hizo referencia más de treinta ocasiones en los Evangelios. En cualquier caso, a lo largo de la historia, ya sea en sermones o en escritos espirituales, unos han llenado el infierno y otros lo han vaciado por completo, pero ni unos ni otros han agregado un alma al infierno ni han hecho salir de él a ninguna. Lo único cierto es que la Justicia Infinita es la que juzga, y Él dará a cada uno según sus obras.
Extracto del Capítulo V del libro Las Profundidades de Satanás.Gentileza del Centro de Estudios San Benito.
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Algunos Padres y Doctores de la Iglesia como Tertuliano, San Basilio, seguidos de Suárez y muchos otros teólogos, creen que la causa de la rebelión de Lucifer fue la revelación de la Encarnación del Verbo manifestada a los ángeles. Lucifer se negaría de servir a Dios hecho Hombre y tendría envidia de aquella unión hipostática, el Hombre con el Verbo.
APOLOGISTAS GRIEGOS. Continuación
Taciano, El Sirio.
Taciano nació en Siria de una familia pagana. Como indicamos arriba, fue discípulo de Justino. Tiene de común con su maestro el que, después de mucho vagar y discutir, encontró que la doctrina cristiana era la única filosofía verdadera. Sobre los motivos de su conversión él mismo nos da la siguiente información:
Habiendo, pues, visto todo eso, después, además que me hube iniciado en los misterios y examinado las religiones de todos los hombres, instituidas por afeminados eunucos, hallando que entre los romanos el que ellos llaman Júpiter Laciar se complace en sacrificios humanos y en sangre de los ejecutados; que Diana, no lejos de la gran ciudad, exigía la misma clase de sacrificios: en fin, que en una parte un demon y en otra otro se entregaban a perpetrar iniquidades por el estilo; entrando en mí mismo, empecé a preguntarme de qué modo me sería posible encontrar la verdad. En medio de mis graves reflexiones, vinieron casualmente a mis manos unas escrituras bárbaras, más antiguas que las doctrinas de los griegos y, si a los errores de éstos se mira, realmente divinas. Y hube de creerlas por la sencillez de su dicción, por la naturalidad de los que hablan, por la fácil comprensión de la creación del universo, por la previsión de lo futuro, por la excelencia de los preceptos y por la unicidad de mando en el universo. Y enseñada mi alma por Dios mismo, comprendí que la doctrina helénica me llevaba a la condenación; la bárbara, en cambio, me libraba de la esclavitud del mundo y me apartaba de muchos señores y de tiranos infinitos. Ella nos da no lo que no habíamos recibido, sino lo que, una vez recibido, el error nos impedía poseer (Discurso 29: BAC 116.612-613).
La conversión de Taciano ocurrió, a lo que parece, en Roma. Allí acudió a la escuela de Justino. A pesar de que Justino fue maestro de Taciano, se advierten vivos contrastes entre ambos al comparar sus escritos. Esto se echa de ver, sobre todo, en la manera particular de cada uno de valorar la cultura y la filosofía no cristianas. Porque, mientras Justino trata de encontrar en los escritos de los pensadores griegos al menos ciertos elementos de verdad, Taciano propugna por principio el repudio total de la filosofía griega. En su defensa del cristianismo, Justino dio muestras de gran respeto por la filosofía cristiana. Taciano, en cambio, manifiesta un odio decidido contra todo lo que pertenece a la civilización griega, a su arte, ciencia y lengua. Su temperamento era tan dado a extremos, que, a su juicio, el cristianismo no había procedido aún con suficiente energía a rechazar la educación y la cultura contemporáneas. A su vuelta al Oriente, hacia el año 172, fundó la secta de los encratitas, es decir, de los abstinentes, que pertenece al grupo de los gnósticos cristianos. Esta herejía rechazaba el matrimonio como adulterio, condenaba el uso de carnes en todas sus formas y llegó a sustituir el agua por el vino en la Eucaristía. Por eso a sus secuaces se les llamaba aquarii. No sabemos nada sobre la muerte de Taciano.
Escritos de Taciano.
1. El “Discurso contra los griegos.”
Solamente se conservan dos obras, de Taciano, el Discurso contra los griegos y el Diatessaron. Son aún objeto de controversia la fecha de composición del Discurso contra los griegos y la finalidad del mismo. Probablemente lo escribió después de la muerte de Justino y, según parece, fuera de Roma. Sigue en duda si lo compuso antes o después de su apostasía. Algunos sabios opinan que el discurso no es una apología destinada a defender el cristianismo ni a justificar la conversión del autor, sino un discurso inaugural cuyo fin es invitar a los oyentes a frecuentar su escuela. Pero, aun suponiendo que lo hubiera pronunciado en la inauguración de un curso, no cabe duda que desde un principio se le consideró como un discurso destinado al público. Hay que admitir, sin embargo, que el discurso no es tanto una apología del cristianismo como un tratado polémico, vehemente y sin mesura, que rechaza y desprecia toda la cultura griega. La filosofía, la religión y las realizaciones de los griegos son para él necias, engañosas, inmorales y sin ningún valor. Taciano llega incluso a decir que todo lo que la civilización griega tiene de bueno lo ha tomado de los bárbaros. Pero las más de las veces no vale nada o incita a la inmoralidad; así, por ejemplo, su poesía, filosofía y retórica.
La parte principal de la obra comprende cuatro secciones:
I. La primera sección (c.4,3-7,6) contiene una cosmología cristiana.
1. El autor define primero el concepto cristiano de Dios (c.4,3-5).
2. Trata luego de la relación entre el Logos y el Padre, la formación de la materia y la creación del mundo (c.5).
3. Sigue una descripción de la creación del hombre, de la resurrección y del juicio universal (c.6-7,1).
4. Taciano termina esta sección (c.7,2-8) tratando de la creación de los ángeles, de la libertad de la voluntad, de la caída de los ángeles, del pecado de Adán y Eva, de los ángeles malos y de los demonios. Este último tema lleva a la sección siguiente.
II. La sección segunda es una demonología cristiana (c.8-20).
1. La astrología es invención de los demonios. El ser humano abusó de la libertad de su albedrío, convirtiéndose en esclavo del demonio. Pero existe una posibilidad de librarse de esta esclavitud renunciando totalmente a las cosas mundanas (c.8-11).
2. Para adquirir la fuerza necesaria para esta renuncia y escapar así al poder de los demonios, debemos unir nuestra alma con el pneuma, el espíritu celestial. En un principio este pneuma vivía en el interior del ser humano, pero fue expulsado por el pecado, que es obra de los demonios (c.12-15,1)
3. Los demonios son imágenes de la materia y de la iniquidad; son incapaces de hacer penitencia. Los seres humanos, en cambio, son imágenes de Dios y pueden conseguir la inmortalidad mediante la propia mortificación (c.15. 2-16,6).
4. La persona humana no debe tenerle miedo a la muerte, pues debe rechazar toda materia si quiere alcanzar la inmortalidad (c.16, 7,20).
III. La civilización griega a la luz de la actitud cristiana ante la vida forma el contenido de la sección tercera (c.21-30).
1. La necedad de toda teología griega forma violento contraste con la sublimidad del misterio de la encamación (c.21).
2. Los teatros griegos son escuelas de vicio. La arena se asemeja a un matadero. La danza, la música y la poesía son pecaminosas y de ningún valor (c.22-24).
3. La filosofía y el derecho griegos son contradictorios y engañosos (c.25-28).
4. La religión cristiana brilla con resplandor más vivo sobre este fondo oscuro de la civilización griega (c.29-30).
IV. Edad y valor moral del cristiano (c.31-41).
1. La religión cristiana es más antigua que todas las demás, porque Moisés vivió antes que Homero, mucho antes que los legisladores de Grecia e incluso antes que los siete sabios (c.31,1-6,36-41).
2. La filosofía cristiana y la conducta de los cristianos están libres de toda envidia y mala voluntad, y, por lo mismo, difieren de la sabiduría de los escritores griegos. Las acusaciones de inmoralidad y canibalismo lanzadas falsamente contra los cristianos revierten sobre sus autores, los adoradores de los dioses griegos, porque tales crímenes son frecuentes y bien conocidos en el culto de los griegos. No se puede manchar la moralidad y pureza de los cristianos con tales calumnias (c.31,7-35).
Al final, Taciano se ofrece a responder a todas las críticas que se le hagan: “Tales son las cosas, ¡oh helenos!, que para vosotros he compuesto yo, Taciano, que profeso la filosofía bárbara, nacido en tierra de asirios, formado primero en vuestra cultura y luego en las doctrinas que ahora anuncio como predicador. Ahora bien, conociendo ya quién es Dios y su creación, me presento a vosotros dispuesto al examen de mis enseñanzas, advirtiendo que jamás he de renegar de mi conducta según Dios” (c.42: BAC 116,628).
2. El “Diatessaron.”
La obra más importante de Taciano en su Diatessaron. Es, en realidad, una concordancia de los evangelios. Taciano lo llamó “(sacado) de los cuatro,” porque dispone textos tomados de los cuatro evangelios en forma de una historia evangélica continua. Durante mucho tiempo este libro se vino usando en la liturgia de la Iglesia siríaca, hasta que fue reemplazado por los cuatro evangelios canónicos hacia el siglo V. Taciano compuso probablemente el Diatessaron después de su regreso al Oriente. El original se ha perdido y se duda si lo compuso en griego o en siríaco. Hay razones para creer que lo hizo en griego y que más tarde lo tradujo al siríaco. Unos arqueólogos americanos descubrieron recientemente un fragmento del texto griego. Es un fragmento de catorce líneas, hallado en Dura Europos, en Siria, el año 1934, durante las excavaciones realizadas por la John Hopkins University. Es ciertamente anterior al año 254. Un texto griego tan antiguo parece favorecer el origen griego del Diatessaron. Se puede reconstruir todo el texto a base de las traducciones que se conservan. Las hay en árabe, latín y holandés de la Edad Media. Además, entre los años 360 y 370, Efrén Siro compuso un comentario del Diatessaron; aunque se perdió el original siríaco de este comentario, poseemos una traducción armenia del siglo VI. Todas estas versiones hacen pensar que el Diatessaron ejerció notable influjo en el texto evangélico de toda la Iglesia. La traducción latina se hizo en fecha muy temprana y representa el primer intento de evangelio en lengua latina.
Todos los demás escritos de Taciano se han perdido. Tres de ellos los menciona el mismo autor en su Apología. El capítulo 15 de esta obra da a entender que Taciano había escrito anteriormente un tratado Sobre los animales (pe?? ?o??). En el capítulo 16 dice él mismo que en otra ocasión había compuesto un trabajo Sobre los demonios. En el capítulo 14 promete escribir un libro Contra los que han tratado de cosas divinas. Clemente de Alejandría cita (Stromata 3,81-lss) un pasaje del tratado de Taciano Sobre la perfección según los preceptos del Salvador. Rhodon refiere (Eusebio, Hist. eccl. 5,13,8) que su maestro Taciano “había preparado un libro Sobre los problemas, en el que intentó explicar lo que estaba oscuro y oculto en las Escrituras sagradas.” Eusebio afirma, además, que Taciano ese atreve a cambiar algunas palabras del Apóstol (Pablo), como corrigiendo su estilo” (Hist. eccl. 4,29,6).
Milciades.
El retórico Milcíades nació en el Asia Menor. Fue contemporáneo de Taciano y, probablemente, al igual que él, discípulo de Justino. Desgraciadamente, todos sus escritos se han perdido. Tertuliano (Adv. Valent. 5) e Hipólito (Eusebio, Hist. eccl. 5,28,4) atestiguan que defendió el cristianismo contra los paganos y herejes. Según Eusebio (Hist. eccl. 5,17,5), escribió una Apología de la filosofía cristiana dirigida a los “príncipes temporales.” Estos “príncipes” eran probablemente Marco Aurelio (161-180) y su colega Lucio Vero (161-169). Sus otras dos obras: Contra los griegos, en dos libros, y Contra los judíos, también en dos libros, eran igualmente de carácter apologético. El tratado que escribió contra los montañistas versaba sobre la cuestión Que un profeta no debería hablar en éxtasis y defendía que los profetas montañistas eran seudoprofetas. Milcíades escribió también otro tratado antiherético contra los gnósticos valentinianos.
Apolinar de Hierápolis.
Claudio Apolinar era obispo de Hierápolis, la ciudad de Papías, en tiempo de Marco Aurelio (161-180). Eusebio refiere de él (Hist. eccl. 4,27):
“De los escritos de Apolinar, muchos en número y larga mente difundidos, han llegado hasta nosotros los siguientes: un discurso al citado emperador (Marco Aurelio), cinco libros Contra los griegos (p??? ?????a?), dos libros Sobre la verdad (pe?? a???e?a?), dos libros Contra los judíos (p??? ???da????). y luego los tratados que escribió contra la herejía de los frigios (montañistas), que habían empezado poco antes a propagar sus innovaciones y estaban, como quien dice, empezando a brotar, mientras Montano con sus seudo-profecías estaba dando los primeros pasos en el error.
No se ha conservado ninguno de los libros que menciona Eusebio. Otro tanto ocurre con otro escrito de Apolinar, no mencionado por Eusebio, pero conocido por el autor del Chronicon Paschale. Su titulo era Sobre la Pascua (pe?? t?? p?s?a). Las dos citas que trae el autor del Chronicon dan a entender que Apolinar estaba en contra del uso cuartodecímano de la Pascua.
Atenágoras de Atenas.
Atenágoras fue contemporáneo de Taciano, pero difiere tanto de éste como de Justino. Tenía sobre la filosofía y cultura griegas una opinión mucho más moderada que la de Taciano. Por otro lado, muestra una habilidad mucho mayor que Justino en el lenguaje, en el estilo, en la manera de ordenar el material. Es, a la verdad, el más elocuente de los apologistas cristianos primitivos. Le gusta dar citas de poetas y filósofos y usa expresiones y frases filosóficas. Su estilo y su ritmo revelan al autor que ha seguido cursos de retórica y que trata de imitar a los escritores áticos. No sabemos casi nada de su vida, pues en toda la literatura cristiana antigua sólo se le menciona una vez (METODIO, De resurrectione 1,36,6-37,1). Th. Zahn lo identifica con el Atenágoras a quien, al decir de Focio (Bibl. Cod. 154ss), dedicó su obra Sobre las expresiones difíciles de Platón, el platónico Boetos. En el título de su Súplica en favor de los cristianos se le llama “filósofo cristiano de Atenas.” Además de esta obra, compuso el tratado Sobre la resurrección de los muertos.
Escritos.
1. Súplica en favor de los cristianos
La Súplica en favor de los cristianos (p?esße?a pe?? t?? ???st?a???) fue escrita hacia el año 177 y estaba dirigida a los emperadores Marco Aurelio Antonino y Lucio Aurelio Cómodo. Este último era hijo de Marco Aurelio y recibió el título imperial el año 176. La Súplica está redactada en un tono moderado y hay orden en la composición. La introducción (c.1-3) contiene la dedicatoria y expresa su propósito con toda claridad: “Por nuestro discurso habéis de comprender que sufrimos sin causa y contra toda ley y razón, y os suplicamos que también sobre nosotros pongáis alguna atención, para que cese, en fin, el degüello a que nos someten los calumniadores.” Luego Atenágoras refuta (c.4-36) las tres acusaciones que hacían los paganos a los cristianos: ateísmo, canibalismo e incesto edipeo.
1. Los cristianos no son ateos. Aunque no crean en los dioses, creen en Dios. Son monoteístas. Tendencias monoteístas se pueden descubrir incluso en algunos de los poetas y filósofos paganos; sin embargo, nadie pensó jamás en acusarlos de ateísmo, a pesar de que no eran capaces de probar sus ideas con pruebas sólidas. Los cristianos, en cambio, recibieron sobre este punto una revelación de Dios por medio de sus profetas, que estaban inspirados por el Espíritu Santo. Además, pueden probar su fe con argumentos racionales. El concepto cristiano de Dios es mucho más puro y perfecto que el de todos los filósofos. Y esto lo demuestran los cristianos no solamente con palabra, sino con obras: “¿Quiénes (de los filósofos paganos) tienen almas tan purificadas, que en lugar de odiar a sus enemigos los aman, en lugar de maldecir a quien los maldijo primero — cosa naturalísima — los bendigan, y nieguen por los que atenían contra la propia vida?… Entre nosotros, empero, fácil es hallar a gentes sencillas, artesanos y vejezuelas, que si de palabra no son capaces de poner de manifiesto la utilidad de su religión, lo demuestran por las obras” (Súpl. 11). Los cristianos, por lo mismo que son monoteístas, no son politeístas. No tienen, pues, sacrificios como los paganos, y no creen en los dioses. Ni siquiera adoran el mundo, que es una obra de arte superior a cualquier ídolo, sino que adoran a su Creador.
2. Los cristianos no son culpables de canibalismo. Les está prohibido matar a nadie. Más aún, ni siquiera miran cuando se está perpetrando un asesinato, al paso que los paganos encuentran en ello un placer especial, como lo demuestran los espectáculos de gladiadores. Los cristianos tienen mucho más respeto por la vida humana que los paganos. De aquí que condenen la costumbre de abandonar a los niños recién nacidos. Su fe en la resurrección del cuerpo bastaría para que se abstuvieran de comer carne humana.
3. La acusación de incesto edipeo es un producto del odio. La historia prueba que la virtud ha sido perseguida siempre por el vicio. Tan lejos están los cristianos de cometer estos crímenes, que ni siquiera permiten un pecado de pensamiento contra la pureza. Las ideas cristianas sobre el matrimonio y la virginidad prueban bien a las claras cuál sea su aprecio de la castidad.
La Apología concluye (c.37) suplicando que se juzgue con justicia a los cristianos.
“Inclinad vuestra imperial cabeza a quien ha deshecho todas las acusaciones y demostrado, además, que somos piadosos, modestos y puros en nuestras almas. ¿Quiénes con más justicia merecen alcanzar lo que piden que quienes rogamos por vuestro imperio, para que lo heredéis, como es de estricta justicia, de padre a hijo, y crezca y se acreciente, por la sumisión de todos los hombres? Lo que también redunda en provecho nuestro, a fin de que, llevando una vida tranquila, cumplamos animosamente cuanto nos es mandado.”
2. Sobre la resurrección de los muertos.
Al final de la Apología (c.36), Atenágoras anuncia un discurso sobre la resurrección. Este escrito se ha conservado bajo el título Sobre la resurrección de los muertos (pe?? a?ast?se?? ?e????). En un estudio reciente, R. M. Grant ha intentado probar que este tratado no es la obra de Atenágoras, sino un escrito antes del año 310 que pertenece a la literatura origenista. El códice Arethas del año 914 dice expresamente que es obra de Atenágoras y la pone inmediatamente después de la Apología. El tratado sobre la resurrección tiene un carácter marcadamente filosófico y prueba la doctrina de la resurrección con argumentos racionales. Comprende dos partes. La primera (c. l-10) trata de Dios y la resurrección. Demuestra que la sabiduría, omnipotencia y justicia de Dios no son obstáculos para la resurrección de los muertos, sino que se compaginan bien con ella. La segunda parte (c.11-25) trata de la persona humana y la resurrección. La resurrección es necesaria por razón de la naturaleza humana, ante todo porque el ser humano fue creado para la eternidad (c.12-13) y, en segundo lugar, porque está compuesto de alma y cuerpo. Esta unidad, que es destruida por la muerte, debe ser restaurada por la resurrección a fin de que el ser humano pueda vivir para siempre (c.14-17). En tercer lugar, tanto el cuerpo como el alma deben ser premiados, porque ambos están sujetos a la ley moral. Sería injusto que el alma sola hiciera penitencia de las cosas que hizo por instigación del cuerpo, como lo sería también no premiar al cuerpo por las obras buenas realizadas con su cooperación (c.18-23). En cuarto y último lugar, el hombre está destinado a la felicidad, que no se puede alcanzar en esta vida, pero que tiene que darse en la otra (c.24-25).
Aspectos de la Teología de Atenágoras.
1. Atenágoras fue el primero que intentó una demostración científica del monoteísmo. Con este fin trata de demostrar por vía especulativa o racional la unidad de Dios, atestiguada por los profetas. Lo hace estudiando las relaciones entre la existencia de Dios y el espacio:
Pues que el Dios Hacedor de todo este universo sea desde el principio uno solo, consideradlo del modo siguiente, a fin de que tengáis también el razonamiento de nuestra fe. Si hubiera habido desde el principio dos o más dioses, hubieran ciertamente tenido que estar o los dos en uno solo y mismo lugar o cada uno aparte en su lugar. Ahora bien, es imposible que estuvieran en uno solo y mismo lugar; porque no serían, por dioses, iguales, sino, por increados, desiguales. En efecto, lo creado es semejante a sus modelos; pero lo increado no es semejante a nada, pues no ha sido hecho por nadie ni para nadie… Mas si cada uno de ellos ocupa su propio lugar, estando el que creó el mundo más alto que todas las cosas creadas y por encima de lo que El hizo y ordenó, ¿dónde estará el otro de los dos? Porque si el mundo, que tiene figura esférica perfecta, está limitado por los círculos del cielo, y el Hacedor de este mismo mundo está más alto que todo lo creado, conservándolo todo por su providencia, ¿qué lugar queda para el otro o para los otros dioses? (Súpl. 8: BAC 116,657-658).
2. Atenágoras es mucho más explícito y menos reservado que Justino al definir la divinidad del Logos y su unidad esencial con el Padre. Evita el subordinacionismo de los otros apologistas griegos, como se desprende del siguiente pasaje:
Y si por la eminencia de vuestra inteligencia se os ocurre preguntar qué quiere decir “hijo,” lo diré brevemente: El Hijo es el primer brote del Padre, no como hecho, puesto que desde el principio, Dios, que es inteligencia eterna, tenía en sí mismo al Verbo, siendo eternamente racional, sino como procediendo de Dios, cuando todas las cosas materiales eran naturaleza informe y tierra inerte y estaban mezcladas las más gruesas con las más ligeras para ser sobre ellas idea y operación. Y concuerda con nuestro razonamiento el Espíritu profetice: “El Señor — dice — me crió principio de sus caminos para sus obras” (Súpl. 10: BAC 660-661).
3. Sobre el Espíritu Santo, Atenágoras afirma:
Y a la verdad, el mismo Espíritu Santo, que obra en los que hablan proféticamente, decimos que procede del Padre, emanando y volviendo, como un rayo de sol (ibid.).
4. Uno de los mejores pasajes de la Apología es la definición ingeniosa que da de la Trinidad. Es de una trama y desarrollo realmente sorprendentes para la época antenicena:
Así, pues, suficientemente queda demostrado que no somos ateos, pues admitimos a un solo Dios… ¿Quién, pues, no se sorprenderá de oír llamar ateos a quienes admiten a un Dios Padre y a un Dios Hijo y un Espíritu Santo, que muestran su potencia en la unidad y su distinción en el orden? (ibid.).
5. En el mismo capítulo habla de la existencia de los ángeles:
Decimos existir una muchedumbre de ángeles y ministros, a quienes Dios, Hacedor y Artífice del mundo, por medio del Verbo que de El viene, distribuyó y ordenó para que estuvieran en torno a los elementos y a los cielos y al mundo y lo que en el mundo hay, y cuidaran de su buen orden.
6. Atenágoras es testigo de importancia para la doctrina de la inspiración:
Porque los poetas y filósofos, aquí como en los demás, han procedido por conjeturas, movidos, según la simpatía del soplo de Dios, cada uno por su propia alma, a buscar si era posible hallar y comprender la verdad, y sólo lograron entender” no hallar el ser, pues no se dignaron aprender de Dios sobre Dios, sino de sí mismo cada uno. De ahí que cada uno dogmatizó a su modo, no sólo acerca de Dios, sino sobre la materia, las formas y el mundo. Nosotros, en cambio, de lo que entendemos y creemos, tenemos por testigos a los profetas, que, movidos por el Espíritu divino, han hablado acerca de Dios y de las cosas de Dios. Ahora bien, vosotros mismos… diríais que es irracional adherirse a opiniones humanas, abandonando la fe en el Espíritu de Dios, que ha movido como instrumentos suyos, las bocas de los profetas (Súpl. 7: BAC 116,656-657).
7. Alaba la virginidad como uno de los más hermosos frutos de la moral cristiana:
Y hasta es fácil hallar a muchos entre nosotros, hombres y mujeres, que han llegado a la vejez célibes, con la esperanza de más íntimo trato con Dios (Sápl. 33: BAC 116,703-704).
Estas palabras definen muy bien el objetivo de la virginidad cristiana en su aspecto positivo.
8. Sobre la idea del matrimonio dice lo siguiente en el mismo capítulo:
Como tendamos, pues, esperanza de la vida eterna, despreciamos las cosas de la presente y aun los placeres del alma, teniendo cada uno de nosotros por mujer la que tomó conforme a las leyes que por nosotros han sido establecidas, y esto con miras a la procreación de hijos. Porque al modo que el labrador, echada la semilla en tierra, espera a la siega y no sigue sembrando; así, para nosotros, la medida del deseo es la procreación de los hijos (BAC 116,703).
Estas palabras de Atenágoras indican claramente que la procreación es el primero y último fin del matrimonio. Igualmente, en otro lugar, muestra la lucha que el cristianismo primitivo hubo de sostener para defender el derecho a la vida de las criaturas humanas antes de nacer. Cuando los paganos acusaban a los cristianos de cometer crímenes en sus funciones de culto, Atenágoras les replicó de la siguiente forma:
Nosotros afirmamos que los que intentan el aborto cometen un homicidio y tendrán que dar cuenta a Dios de él; entonces, ¿por qué razón habíamos de matar a nadie? Porque no se puede pensar a la vez que lo que lleva la mujer en el vientre es un ser viviente y objeto, por ende, de la providencia de Dios, y matar luego al que ya ha avanzado en la vida; no exponer lo nacido, por creer que exponer a los hijos equivale a matarlos, y quitar la vida a lo que ha sido ya creado. No, nosotros somos en todo y siempre iguales y acordes con nosotros mismos, pues servimos a la razón y no la violentamos (Súpl. 35: BAC 116,706).
Es cosa muy digna de notarse que aquí Atenágoras se refiere al feto como a un ser creado, cuando, según el Derecho romano de aquel tiempo, no era un ser en absoluto y no se le reconocía derecho a la existencia.
9. Atenágoras está tan convencido de la indisolubilidad del matrimonio, que, para él, ni siquiera la muerte puede disolver el vínculo matrimonial. Hasta llega a afirmar que las segundas nupcias son “un adulterio decente”:
O permanecer cual se nació, o no contraer más que un matrimonio, pues el segundo es un decente adulterio… Porque quien se separa de su primera mujer, aun cuando haya muerto, es un adúltero disimulado, transgrediendo la mano de Dios, pues en el principio formó Dios a un solo varón y a una sola mujer (Súpl. 33: BAC 116,704).
Teófilo de Antioquia.
Según Eusebio (Hist. eccl. 4,20), Teófilo fue el sexto obispo de Antioquía de Siria. De sus escritos se deduce claramente que nació cerca del Eufrates, de familia paparía, y que recibió educación helenística. Se convirtió al cristianismo siendo de edad madura, tras larcas reflexiones y después de un estudio concienzudo de las Escrituras. Relata su conversión de esta manera:
No seas, pues, incrédulo, sino cree. Porque tampoco yo en otro tiempo creía que ello hubiera de ser; mas ahora, tras haberlo bien considerado, lo creo, y porque juntamente leí las sagradas Escrituras de los santos profetas, quienes, inspirados por el Espíritu de Dios, predijeron lo pasado tal como pasó, lo presente tal como sucede y lo por venir tal como se cumplirá. Teniendo, pues, la prueba de las cosas sucedidas después de haber sido predichas, no soy incrédulo, sino que creo y obedezco a Dios (I 14: BAC 116,781).
Escritos.
1. De sus obras se han conservado únicamente los tres libros Ad Autolycum. Debió de componerlos poco después del año 180, porque el libro tercero da una cronología de la historia del mundo que llega hasta la muerte de Marco Aurelio (17 de marzo de 180). El autor defiende el cristianismo contra las objeciones de su amigo Autólico. En el primer libro habla de la esencia de Dios, a quien sólo pueden ver los ojos del alma:
Dios, en efecto, es visto por quienes son capaces de mirarle, si tienen abiertos los ojos del alma. Porque, sí. todos tienen ojos; pero hay quienes los tienen obscurecidos y no ven la luz del sol. A sí mismos y a sus ojos deben echar los ciegos la culpa… Como un espejo brillante, así de pura debe tener su alma el hombre. Apenas el orín toma al espejo, ya no puede verse en él la cara del hombre; así también, apenas el pecado está en el hombre, ya no puede éste contemplar a Dios (1,2: BAC 116.769).
El primer libro trata, además, de las contradicciones internas de la idolatría y de la diferencia que hay entre el honor tributado al emperador y la adoración debida a Dios:
Por ello, más bien honraría yo al emperador, si bien no adorándole, sino rogando por él. Adorar, sólo adoro al Dios real y verdaderamente Dios, pues sé que el emperador ha sido creado por El (1,11: BAC 116,778).
Al final del libro, Teófilo trata del sentido e importancia del nombre cristiano, objeto de burla por parte de su adversario. Tras una explicación sobre la fe en la resurrección, termina con estas palabras:
Pues me replicaste, ¡oh amigo!: “Muéstrame tu Dios”; éste es mi Dios y te aconsejo que le temas y creas (1,14: BAC 116,782).
El segundo libro opone las enseñanzas de los profetas, inspirados por el Espíritu Santo, a la necedad de la religión pagana y a las doctrinas contradictorias de los poetas griegos, como Hornero y Hesíodo, en lo que atañe a Dios y al origen del mundo. El relato del Génesis sobre la creación del mundo y del hombre, el paraíso y la caída, lo analiza con detalle y lo interpreta alegóricamente. Al final, el autor cita algunas instrucciones de los profetas sobre la manera recta de honrar a Dios y encauzar la vida. Es interesante advertir que, entre estas instrucciones, Teófilo no duda en aducir también la autoridad de la Sibila. De esta manera nos ha conservado dos largos fragmentos de sus oráculos, que no se hallan en ningún otro manuscrito de los Oracula Sibyllina. Estos dos fragmentos constan de ochenta y cuatro versos, y ensalzan en términos sublimes la fe en un solo Dios.
El libro III demuestra la superioridad del cristianismo desde el punto de vista moral. Refuta las calumnias de los paganos y las acusaciones de inmoralidad hechas contra los cristianos. Prueba, por otra parte, la inmoralidad de la religión pagana fundándose en la maldad que atribuyen a los dioses los escritores paganos. Finalmente, para demostrar que la doctrina cristiana es más antigua que todas las demás religiones, Teófilo echa mano de una cronología del mundo y prueba que Moisés y los profetas son más antiguos que todos los filósofos.
2. Escritos perdidos. Aparte los tres libros Ad Autolycum, Teófilo compuso, según Eusebio (Hist. eccl. 4,24), un tratado Contra la herejía de Hermógenes, una obra Contra Marción y “algunos escritos catequéticos.” Jerónimo (De vir. ill. 25) menciona, además de los tratados catequéticos, dos obras más de Teófilo, los Comentarios al Evangelio y Sobre los Proverbios de Salomón. En otro lugar (Ep. 121,6,15) habla Jerónimo de una concordancia evangélica. Teófilo mismo se refiere a veces a una obra pe?? ?st????? que compuso antes de escribir su Catado Ad Autolycum. De sus palabras se desprende que era una historia de la humanidad, pues dice (2,30):
“A los que quieran conocer todas las demás generaciones, fácil es mostrárselas por las santas Escrituras. Porque, como arriba hemos indicado, en parte ya hemos tratado nosotros de ello, de la formación de las genealogías, en otra obra, en el libro primero Sobre las historias.”
A excepción de los tres libros Ad Autolycum, todos sus escritos se han perdido. Ha habido algunos intentos de reconstruirlos, pero hasta ahora han fracasado. Zahn creyó haber descubierto el Comentario a los evangelios en un comentario latino de los cuatro evangelios publicado por M. de la Bigne bajo el nombre de Teófilo en la Bibliotheca SS. Patrum (París 1575) 5,169-192. Pero se ha averiguado que este comentario no es más que una compilación de Cipriano, Ambrosio, del Pseudo-Arnobio el Joven y Agustín, compuesta hacia fines del siglo V. Igualmente fracasó Loofs cuando intentó probar que el tratado de Teófilo Contra Marción podía reconstruirse en parte a base del Adversus haereses de Ireneo. Aunque Teófilo diga de sí mismo “que no estaba formado en el arte de hablar,” muestra conocer bien la retórica. Escribe, es verdad, de una manera fácil y graciosa, llena de vida y de vigor; pero también está familiarizado con los artificios de la retórica, como la antítesis y la anáfora. Hace particularmente atractiva su obra la abundancia de acertadas metáforas. Se muestra muy versado en literatura y filosofía contemporáneas, lo que significa que tuvo una educación muy completa y poseía vastos conocimientos. Aunque, en conjunto, dependa de las mismas fuentes que los demás apologistas griegos, recurre a los escritos del Nuevo Testamento mucho más que ellos. A su juicio, los evangelistas estuvieron menos inspirados que los profetas del Antiguo Testamento: “Además, se ve que están de acuerdo los profetas y los evangelistas, pues todos, portadores de espíritu, hablaron por el solo Espíritu de Dios” (3,12). Para él, los evangelios son la “palabra santa,” e introduce constantemente las epístolas de San Pablo con estas palabras: “La divina palabra nos enseña, d?d?s?e? ?µ?? ? ?e??? ?????” (3,14).
A San Juan le nombra explícitamente entre los hombres portadores del Espíritu: “De ahí que nos enseñan las santas Escrituras y todos los inspirados por el Espíritu, de entre los cuales Juan dice: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios” (2,22). Teófilo es, pues, el primer escritor que enseña claramente la inspiración del Nuevo Testamento.
Aspectos de la Teología de Teófilo.
1. Teófilo es asimismo el primero que usó la palabra ???a? (trinitas) para expresar la unión de las tres divinas personas en Dios. En los tres primeros días que preceden a la creación del sol y de la luna, ve imágenes de la Trinidad:
Los tres días que preceden a la creación de los luminares son símbolo de la Trinidad, de Dios, de su Verbo y de su Sabiduría (2,15).
2. Teófilo es el primer autor cristiano que distingue entre el Logos ??d???et?? y el Logos p??f??????, el Verbo interno o inmanente en Dios y el Verbo emitido o proferido por Dios. Sobre el origen del Logos declara:
Teniendo, pues. Dios a su Verbo inmanente en sus propias entrañas, le engendró con su propia sabiduría, emitiéndole antes de todas las cosas. A este Verbo tuvo El por ministro de su creación y por su medio hizo todas las cosas (2,10: BAC 116,796).
Este Logos habló a Adán en el Paraíso:
Dios, sí, el Padre del universo, es inmenso y no se halla limitado a un lugar, pues no hay lugar de su descanso; mas su Verbo, por el que hizo todas las cosas, como potencia y sabiduría suya que es. tomando la figura del Padre y Señor del universo, ése fue el que se presentó en el jardín en figura de Dios y conversaba con Adán. Y, en efecto, la misma divina Escritura nos enseña que Adán dijo haber oído su voz. Y esa voz, ¿qué otra cosa es sino el Verbo de Dios, que es también hijo suyo? Hijo, no al modo que poetas y mitógrafos dicen que nacen hijos de los dioses por unión carnal, sino como la verdad explica que el Verbo de Dios está siempre inmanente en el corazón de Dios. Porque antes de crear nada, a éste tenía por consejero, como mente y pensamiento suyo que era. Y cuando Dios quiso hacer cuanto había deliberado, engendró a este Verbo proferido (p??f??????) como primogénito de toda creación, no vaciándose de su Verbo, sino engendrando al Verbo y conversando siempre con él (2,22: BAC 116,813).
3. Como Justino (Dial. 5) e Ireneo (Adv. haer. 4,4,3), Teófilo considera la inmortalidad del alma no como algo inherente a su naturaleza, sino como recompensa a la observancia de los mandamientos de Dios. El alma humana de suyo no es ni mortal ni inmortal, pero es capaz de mortalidad e inmortalidad:
¿No fue el hombre creado mortal por naturaleza? De ninguna manera. ¿Luego fue creado inmortal? Tampoco decimos eso. Pero se nos dirá: ¿Luego no fue nada? Tampoco decimos eso. Lo que afirmamos, pues, es que naturaleza no fue hecho ni mortal ni inmortal. Porque, si desde el principio le hubiera creado inmortal, le hubiera hecho dios; y, a la vez, si le hubiera creado mortal, hubiera parecido ser Dios la causa de su muerte, negó no le hizo ni mortal ni inmortal, sino, como anteriormente dijimos, capaz de lo uno y de lo otro. Y así, la persona humana se inclinaba a la inmortalidad, guardando mandamiento de Dios, recibiría de Dios como galardón la inmortalidad y llegaría a ser dios; mas si se volvía a las cosas de la muerte, desobedeciendo a Dios, él sería para sí mismo la causa de su muerte. Porque Dios hizo al ser humano libre y señor de sus actos (2,27: BAC 116,818).
Meliton de Sardes.
Melitón, obispo de Sardes, en Lidia, es una de las figuras más venerables del siglo II. En su carta al papa Víctor (189-199), Polícrates de Efeso le nombra entre los “grandes luminares” del Asia que gozan ya del descanso eterno. Le llama “Melitón, el eunuco (célibe), que vivió enteramente en el Espíritu Santo, que yace en Sardes, aguardando la visita del cielo cuando resucite de entre los muertos” (Eusebio, Hist. eccl. 5,24,5). Poco más sabemos de su vida. Melitón escribió mucho sobre los temas más variados, en el transcurso de la segunda mitad del siglo II.
1. Hacia el año 170 dirigió una apología en favor de los cristianos al emperador Marco Aurelio. Subsisten tan sólo unos pocos fragmentos conservados por Eusebio y en el Chronicon Paschale. Entre estos fragmentos se encuentran unas frases que son importantes para conocer cómo enfocaba Melitón la cuestión de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Es el primero en abogar en favor de la solidaridad del cristianismo con el Imperio. El imperio universal y la religión cristiana son hermanos de leche; forman, si vale la frase, como una pareja. Además, la religión cristiana representa para el Imperio una bendición y prosperidad.
En efecto, nuestra filosofía floreció primeramente entre los bárbaros y se extendió entre tus gentes bajo el glorioso imperio de tu antecesor Augusto y se ha convertido en una cosa de buen agüero. Porque desde entonces el poder de Roma ha aumentado en extensión y en esplendor. Tú eres ahora su sucesor deseado y seguirás siéndolo junto con tu hijo, si defiendes la filosofía que creció con el Imperio y empezó con Augusto. Tus antepasados la honraron también junto a las demás religiones. La prueba más convincente de su bondad es que el florecimiento de nuestra doctrina ha coincidido con el feliz principio del Imperio y que a partir del reinado de Augusto no ha ocurrido nada malo, antes bien todo ha sido brillante y glorioso de acuerdo con las oraciones de todos (Eusebio, Hist. eccl. 4,26,7-8).
2. De esta Apología, como de todas sus demás obras, no teníamos hasta hace poco sino pequeños fragmentos, o tan sólo el título, conservados por Eusebio (Hist. eccl. 4,26,2) y por Atanasio el Sinaíta (Viae dux 12,13). Por eso mismo cobra mayor interés un hallazgo reciente. Campbell Bonner descubrió y publicó una Homilía sobre la Pasión de Melitón casi completa. Aunque Eusebio no la mencione en su catálogo, se conocía el título de esta homilía, citado por Anastasio el Sinaíta en el siglo VII. Existían fragmentos sin identificar en siríaco, copto y griego. La Homilía ocupa la última parte de un manuscrito en papiro del siglo IV, que contiene los últimos capítulos de Enoc. Ocho hojas de este códice pertenecen a la colección Mr. A Chester Beatty y del British Museum, y seis a la Universidad de Michigán. Como lo indica el mismo título t? p???, el sermón recientemente descubierto trata de la pasión del Señor. Las primeras palabras hacen pensar en un sermón pronunciado en la misa después de una lectura del Antiguo Testamento. El asunto de esta homilía encaja tan perfectamente en la Semana Santa, que Bonner la llama “sermón de Viernes Santo.” Como Melitón seguía la práctica cuartodecimana, para él ese día era la fiesta pascual. La homilía parafrasea la historia del Éxodo y especialmente la institución de la Pascua hebrea, presentándolos como tipo de la obra redentora de Cristo. A ambos los llama µ?st???a en el sentido de acciones que tienen un efecto sobrenatural que trasciende su marco histórico. El Éxodo y la Pascua fueron el tipo de lo que sucedió después en la muerte y resurrección de Jesús. La pasión y muerte de Jesús garantizan a los cristianos la emancipación del pecado y de la muerte, exactamente como el cordero pascual inmolado aseguró la huida de los hebreos. Los cristianos, lo mismo que los hebreos, han recibido un sello en señal de su liberación. Pero los judíos, como lo anunciaban las profecías, rechazaron al Señor y lo mataron, y, aunque su muerte estaba predicha, su responsabilidad fue voluntariamente aceptada. Ellos están perdidos, pero los fieles a los que Cristo predicó en los infiernos, al igual que los que están sobre la tierra, participan del triunfo de la resurrección.
El lenguaje de este sermón revela una predilección por las palabras raras y por los artificios estilísticos. El estilo es artificiales y afectado en extremo, abundando las anáforas y las antítesis. Se explica que Tertuliano, hablando de Melitón, dijera: elegans et declamatorium ingenium (JERÓNIMO, De vir. ill. 24).
P. Nautin no admite, con C. Bonner, la autenticidad de esta homilía. Le asigna un origen más reciente. Sin embargo, la ausencia total de un vocabulario propiamente filosófico en la discusión de las cuestiones cristológicas es impresionante y hace poco probable una composición tardía. E. Peterson ha demostrado que este texto ha sido utilizado en el Adversus iudaeos, escrito del siglo III, probablemente, y atribuido sin fundamento a San Cipriano.
Contenido Cristológico de la Homilía.
1. Cristología.
a) El concepto de la divinidad y de la preexistencia de Cristo domina toda la teología de Melitón. Le llama ?e??, ?????, pat??, ????, ? p??t?t???? t?? Te??, desp?t??, ? ßas??e?? ?s?a??, ?µ?? ßas??e??. El título de “Padre” aplicado a Cristo es inusitado. Aparece en un importante pasaje donde se describen las diversas funciones de Cristo:
Porque, nacido como Hijo, conducido como cordero, sacrificado como una oveja, enterrado como un hombre, resucitó de los muertos como Dios, siendo por naturaleza Dios y hombre. El es todo: por cuanto juzga, es Ley; en cuanto enseña, Verbo; en cuanto salva, Gracia; en cuanto que engendra, Padre; en cuanto que es engendrado, Hijo; en cuanto que sufre, oveja sacrificial; en cuanto que es sepultado, Hombre; en cuanto que resucita, Dios. Este es Jesucristo, a quien sea dada la gloria por los siglos de los siglos (8-10).
Esta completa identificación de Cristo con la misma Divinidad podría interpretarse a favor del modalismo monarquiano de un período posterior. De ser éste el caso, se explicaría mejor el olvido y la desaparición ulterior de las obras de Melitón.
b) Por otro lado, Melitón no puede ser más claro cuando habla de la Encarnación:
Este es el que se hizo carne en una virgen, cuyos (huesos) no fueron quebrados sobre el madero, quien en la tumba no se convirtió en polvo, quien resucitó de entre los muertos y levantó al hombre desde las profundidades de la tumba hasta las alturas de los cielos. Este es el cordero que fue inmolado, éste es el cordero que permanecía mudo, éste es el que nació de María, la blanca oveja (70-71).
El autor llama asimismo a Cristo ???? Te?? [sa??????ta] d?a pa?????? ?a??a? (66).
c) Se afirma la preexistencia de Cristo en forma de alabanzas himnológicas; por ejemplo, en el siguiente pasaje:
Este es el primogénito de Dios
que fue engendrado antes que el lucero matutino,
que hizo levantarse a la luz,
que hizo brillar al día,
que separó las tinieblas,
que puso la primera base,
que suspendió la tierra en su lugar,
que secó los abismos,
que extendió el firmamento,
que puso orden en el mundo (82).
d) La misión de Cristo fue rescatar al ser humano del pecado (54.103), de la muerte (102.103) y del diablo (67.68.102).
e) La descripción que Melitón hace del descenso de Cristo al Hades da pie para suponer que quizá incluyó en su sermón parte de un antiguo himno litúrgico:
Y El resucitó de entre los muertos y os gritó: “¿Quién es el que lucha contra mí? Que se presente delante d mí. Yo di libertad a los condenados e hice revivir a los muertos, yo suscité a los que estaban enterrados. ¿Quién es el que levanta su voz contra mí? Yo — sigue diciendo — soy el Cristo, yo soy el que destruí la muerte y triunfé sobre mis enemigos, y aplasté al Hades, y até al fuerte, y conduje al hombre hasta las alturas de los cielos; Yo — dice — el Cristo (101-102).
2. Doctrina del pecado original.
Melitón la expresa claramente:
El pecado imprime su sello en cada alma y a todas por igual las destina a la muerte. Deben morir. Toda carne cayó bajo el poder del pecado, todos bajo el poder de la muerte (54-55).
3. La Iglesia.
A la Iglesia la llama “el depósito de la verdad,” ?p?d??e??? (40).
Además de la Apología y del sermón recientemente descubierto, Melitón fue autor de los siguientes escritos:
1. Dos libros Sobre la Pascua, en los que defiende el llamado uso cuartodecimano (compuestos hacia el 166-167).
2. Un tratado Sobre la vida cristiana y los profetas, de probable carácter antimontanista.
3. Sobre la Iglesia.
4. Sobre el día del Señor.
5. Sobre la fe del hombre.
6. De la creación.
7. Sobre la obediencia de la fe.
8. De los sentidos.
9. Sobre el alma y el cuerpo.
10. De la hospitalidad.
11. Sobre el bautismo.
12. Sobre la verdad.
13. De la fe y el nacimiento de Cristo.
14. De la profecía.
15. La Llave.
16. Sobre el Diablo.
17. Sobre el Apocalipsis de San Juan.
18. Del Dios encarnado.
19.Seis libros de Extractos de la Ley y de los profetas sobre nuestro Salvador y de toda nuestra fe. El prefacio de esta obra nos lo ha conservado Eusebio (Hist. eccl. 4,26,13-14). Contiene la lista más antigua de las Escrituras canónicas del Antiguo Testamento.
20. Sobre la encarnación de Cristo.
Por todos estos títulos de obras desaparecidas se echa de ver que Melitón trató con espíritu amplio muchas cuestiones prácticas y teológicas de su tiempo. O. Perler atribuye también a Melitón un himno para la Noche Pascual, encontrado recientemente en el Papiro Bodmer XII.
Escritos no auténticos.
1. Un manuscrito siríaco del British Museum (Add. 14658) contiene una apología bajo el nombre de Melitón, que, sin embargo, no es suya. El texto muestra que su autor conocía bien las apologías de Arístides y de Justino. Parece que se trata de un escrito siriaco, no de una traducción del griego. Probablemente fue compuesta durante el reinado de Caracalla.
2. Existe también otro escrito, en una versión latina del siglo V, que fue falsamente atribuido a Melitón. Su título es De transitu, Beatae Virginis Mariae (? ???µ?s? t?? Te?t????).
Hay indicios de que esta narración apócrifa de la muerte y asunción de la Virgen no es anterior al siglo IV. Es la contrapartida de los evangelios de la infancia. El texto se ha conservado en varias revisiones griegas y en cierto número de traducciones. En el curso de los últimos años, este apócrifo ha sido objeto de estudio preferente y ha sido utilizado por la literatura provocada por la definición solemne del dogma de la Asunción por el papa Pío XII, el 1 de noviembre de 1950.
3. Otra obra no auténtica es la Clavis Scripturae, glosario bíblico, compilado a base de las obras de Agustín, Gregorio Magno y de otros escritores latinos. Fue editado por el cardenal Pitra en los Analecta Sacra, vol.2 (1884).
La “Epístola a Diogneto.”
La Epístola a Diogneto es una apología del cristianismo compuesta en forma de carta dirigida a Diogneto, eminente personalidad pagana. No se sabe nada más ni del autor ni del destinatario. H. Lietzmann cree que Diogneto podría ser el tutor de Marco Aurelio. La fecha de composición está todavía sujeta a conjeturas. El contenido de la carta ofrece muchos puntos comunes con los escritos de Arístides. No parece, sin embargo, que haya dependencia directa. El autor usó también las obras de San Ireneo. Por otra parte, el capítulo 7,1 al 5 recuerda mucho al Philosophumena 10,33 de Hipólito, y capítulos 11 y 12 no son más que una reproducción de la conclusión de esta obra. Por eso N. Bonwetsch y R. H. Connolly creyeron que el autor de la epístola fue Hipólito. De ser esta suposición verdadera, la carta sería de principios del siglo III. En favor de esta fecha está también la observación que hace el autor en su obra de que el cristianismo se halla ya extendido por todo el mundo.
Recientemente se ha lanzado una nueva hipótesis sobre el autor de esta epístola. O. Andriessen cree que fue Cuadrato quien la compuso y que la carta no es más que la apología perdida de este autor. Bien es verdad que en la Epístola a Diogneto no se encuentra la única frase de la apología de Cuadrato citada por Eusebio (Hist. eccl. 4,3,2), pero entre los versos 6 y 7 del capítulo 7 existe una laguna, en la cual el fragmentó en cuestión encajaría perfectamente. Por otra parte, lo que sabemos de Cuadrato por Eusebio, Jerónimo, Focio, por el martirologio de Beda y por la carta apócrifa de Santiago dirigida a él, concuerda con el contenido de la Epístola a Diogneto. La impresión que acerca del autor se saca de la lectura de la epístola coincide con lo que sabemos del apologista Cuadrato por la tradición, o sea: que fue discípulo de los Apóstoles, que escribió en estilo clásico y que no solamente luchó contra el paganismo, sino también contra el judaísmo. Sabemos, además, por Eusebio que Cuadrato dirigió su apología a Adriano, y los datos que nos proporciona la obra sobre su destinatario, Diogneto, convendrían perfectamente a este emperador. Finalmente, si suponemos que Cuadrato es el autor de la Epístola a Diogneto, la cuestión de la autenticidad de los dos últimos capítulos (11-12), que forman como el epílogo, hay que plantearla de muy diferente manera. El autor de este epílogo se llama a sí mismo discípulo de los Apóstoles y maestro de los paganos. P. Andriessen es del parecer de que no hay otro autor eclesiástico a quien esto pueda aplicársele mejor. Sin embargo, queda en pie la cuestión de la diferencia de estilo entre el cuerpo de la epístola y los dos últimos capítulos. H. I. Marrou cree que el autor verdadero de la Epístola a Diogneto es Panteno de Alejandría.
Por desgracia, no queda ni un solo manuscrito de la carta. El único que había fue destruido durante la guerra franco-prusiana en el incendio de la biblioteca de Estrasburgo. Este manuscrito, que era del siglo XIII o XIV. había pertenecido antes a la biblioteca del monasterio alsaciano de Maursmuenster. La epístola se encontraba entre las obras de Justino Mártir. Todas las ediciones se basan en este manuscrito.
La epístola fue escrita a reherimientos de Diogneto, que pedía a su amigo cristiano le informara acerca de su religión. Las preguntas de Diogneto pueden deducirse de la introducción de la carta:
Pues veo, excelentísimo Diogneto, tu extraordinario interés por conocer la religión de los cristianos y que muy puntual y cuidadosamente has preguntado sobre ella: primero, qué Dios es ese en que confían y qué género de culto le tributan para que así desdeñen todos ellos el mundo y desprecien la muerte, sin que, por una parte, crean en los dioses que los griegos tienen por tales y, por otra, no observen tampoco la superstición de los judíos; y luego, qué amor es ese que se tienen unos a otros; y por qué, finalmente, apareció justamente ahora y no antes en el mundo esta nueva raza, o nuevo género de vida (BAC 65,845).
Luego el autor (c.2,4) pinta en términos brillantes la superioridad del cristianismo sobre la necia idolatría de los paganos y sobre el formalismo externo del culto de los judíos. En esta crítica de las religiones judía y pagana emplea argumentos que se hallan ya en los escritos de los apologistas griegos. Lo mejor de la carta es la descripción que hace el autor de la vida sobrenatural de los cristianos (c.5-6):
Los cristianos, en electo, no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. A la verdad, esta doctrina no ha sido por ellos inventada gracias al talento y especulación de hombres curiosos, ni profesan, como otros hacen, una enseñanza humana; sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta admirable y, por confesión de todos, sorprendente. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. Se casan como todos; como todos, engendran lujos, pero no exponen los que nacen. Ponen mesa común, pero no lecho. Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas; pero con su vida sobrepasan las leyes. A todos aman y de todos son perseguidos. Se los desconoce y se los condena. Se los mata y en ello se les da la vida. Son pobres y enriquecen a muchos. Carecen de todo y abundan en todo. Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se los maldice y se los declara justos. Los vituperan y ellos bendicen. Se les injuria y ellos dan honra. Hacen bien y se los castiga como malhechores; castigados de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Por los judíos se los combate como a extranjeros; por los griegos son perseguidos, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben decir el motivo de su odio.
(6) Mas, para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y cristianos hay por todas las ciudades del mundo. Habita el alma en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; así los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; así los cristianos son conocidos como quienes viven en el mundo, pero su religión sigue siendo invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido agravio alguno de ella, porque no le deja gozar de los placeres; a los cristianos les aborrece el mundo, sin haber recibido agravio de ellos, porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la aborrecen, y los cristianos aman también a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero ella es la que mantiene unido al cuerpo; así los cristianos están detenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; así los cristianos viven de paso en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción en los cielos. El alma, maltratada en comidas y bebidas, se mejora; lo mismo los cristianos, castigados de muerte cada día, se multiplican más y más. Tal el puesto que Dios les señaló y no les es lícito desertar de él (BAC 65,850-852).
Los capítulos 7 y 8 contienen una breve instrucción sobre el origen divino de la fe cristiana, que fue revelada por el Hijo de Dios con el propósito de manifestar la esencia de Dios. El Reino tardó tanto en aparecer sobre la tierra, porque Dios quiso mostrar a la humanidad su impotencia y la necesidad que tenía de la redención (c.9). A modo de conclusión, el autor exhorta a Diogneto a aceptar la doctrina cristiana (c.10). Esta epístola merece que se la coloque entre las obras más brillantes y hermosas de la literatura cristiana griega. El autor es un maestro en retórica; el ritmo de sus frases está lleno de encanto y graciosamente balanceado; su estilo es limpio. El contenido revela a un hombre de fe ardiente y vastos conocimientos, un espíritu totalmente imbuido de los principios del cristianismo. Su lenguaje rebosa vitalidad y entusiasmo.
Hermias.
Debemos mencionar aquí todavía otra obra de carácter apologético: la Sátira sobre los filósofos profanos, ??as??µ?? t?? f???s?f??, de un tal Hermias. A lo largo de los diez capítulos de su libro, Hermias trata de probar con sarcasmos la nulidad de la filosofía pagana, mostrando las contradicciones que encierran sus enseñanzas sobre la esencia de Dios, el mundo y el alma. Hasta el presente nada se sabe de la persona del autor. Sería un error imaginarse que se trata de un filósofo de profesión. Sus conocimientos de filosofía no los ha adquirido en un estudio profundo de los antiguos filósofos, sino que los toma de los manuales de filosofía. Su obra es ante todo satírica, no didáctica. No se menciona esta sátira en ninguna parte de la literatura cristiana antigua. Es imposible, por tanto, establecer la fecha de composición, sobre todo no presentando el mismo texto, como no presenta, ningún indicio que pueda ayudar en la empresa. Las opiniones oscilan entre el 200 y el 600; a juzgar, no obstante, por la evidencia interna, parece más probable el siglo III. Quedan dieciséis manuscritos del tratado, pero todos ellos posteriores al siglo XV, a excepción del Codex Patmius 202, que es del siglo X.
LOS APOLOGISTAS GRIEGOS
Los Apologistas Griegos.
La finalidad que perseguían con sus obras los Padres Apostólicos y los primeros escritores cristianos era guiar y edificar a los fieles. En cambio, con los apologistas griegos la literatura de la Iglesia se dirige por vez primera al mundo exterior y entra en el dominio de la cultura y de la ciencia. Frente a la actitud agresiva del paganismo, la palabra misionera, que era apologética sólo en ocasiones, es sustituida por la exposición predominantemente apologética, que es lo que da a los escritos del siglo II su sello característico. En el populacho circulaban rumores contra el cristianismo. El Estado consideraba la adhesión al cristianismo como un crimen gravísimo contra el culto oficial y contra la majestad del emperador. El juicio ilustrado de los sabios y el peso de la opinión de las clases más cultas de la sociedad condenaban la nueva religión por considerarla como una amenaza siempre creciente contra el imperio universal de Roma. Entre los principales adversarios del cristianismo en el siglo II cabe mencionar al satírico Luciano de Samosata, quien, en su De morte Peregrini, escrito hacia el 170, se burlaba del amor fraternal de los fieles y de su desprecio a la muerte; al filósofo Frontón de Cirta, profesor del emperador Marco Aurelio, en su Discurso, y, por encima de todos, al platónico Celso, que el año 178 publicó contra el cristianismo el Discurso verdadero. Los escritos de esta última obra citados por Orígenes en su refutación nos permiten darnos cuenta de la habilidad y temible antagonismo del autor. Celso no veía en el cristianismo más que una mezcolanza de superstición y fanatismo.
No podían quedar sin respuesta tamaños insultos a una causa que se iba convirtiendo paso a paso en un factor influyente de la historia, y que iba ganando cada día más adeptos entre los hombres distinguidos por su educación.
Por eso, los apologistas se propusieron tres objetivos:
1) Se dedicaron a refutar las calumnias que se habían difundido enormemente y pusieron particular interés en responder a la acusación de que la Iglesia suponía un peligro para el Estado. Llamaban la atención sobre la manera de vivir seria, austera, casta y honrada de sus correligionarios, y afirmaban con insistencia que la fe era una fuerza de primer orden para el mantenimiento y el bienestar del mundo y, por ende, necesaria, no solamente al emperador y al Estado, mas también a la misma civilización.
2) Expusieron lo absurdo e inmoral del paganismo y de los mitos de sus divinidades, demostrando al mismo tiempo que solamente el cristiano tiene una idea correcta de Dios y del universo. En consecuencia, defendieron los dogmas de la unidad de Dios, el monoteísmo, la divinidad de Cristo y la resurrección del cuerpo.
3) No se contentaron con refutar los argumentos de los filósofos, sino que demostraron que la misma filosofía, por apoyarse únicamente en la razón humana, no había logrado nunca alcanzar la verdad, o, si la había alcanzado, no era sino fragmentariamente y mezclada con muchos errores, “fruto de los demonios.” El cristianismo, en cambio, decían, posee la verdad absoluta, porque el Logos, que es la misma Razón divina, vino al mundo por Cristo. De esto se sigue necesaria mente que el cristianismo está inconmensurablemente por encima de la filosofía griega; más aún, que es una filosofía divina.
Al hacer esta demostración de la fe, los apologistas pusieron los cimientos de la ciencia de Dios. Son, por lo tanto, los primeros teólogos de la Iglesia, lo que acrecienta su importancia. Como es de suponer, en su obra encontramos tan sólo los primeros pasos de un estudio formal de la doctrina teológica, porque ni intentaron hacer una exposición científica ni se propusieron abarcar todo el cuerpo de la revelación. Seria, sin embargo, equivocado tildar su esfuerzo de helenización del cristianismo. Era de esperar, evidentemente, que influyeran en su manera de concebir la religión los hábitos mentales que tenían tan arraigados desde antes de su conversión; también en teología los apologistas son hijos de su tiempo. Esto se manifiesta principalmente en la terminología que usan y en su manera de abordar la interpretación del dogma. También aparece en la forma que dan a sus escritos — predominantemente dialéctica o de diálogo, según las normas de la retórica griega. Pero en su contenido teológico la filosofía griega ha influido mucho menos de lo que se ha afirmado algunas veces. Esta influencia se reduce a detalles insignificantes. Se puede, por consiguiente, hablar de una cristianización del helenismo, pero apenas de una helenización del cristianismo, sobre todo si se quiere dar una apreciación de conjunto de la obra intelectual de los apologistas.
Al vindicar su religión, no se dirigían estos autores únicamente a los paganos y a los judíos. La mayoría escribió tratados antiheréticos, que, por desgracia, se han perdido. Habrían sido de inestimable valor para conocer plenamente la teología de los apologistas. Al abordar, por tanto, las obras que actualmente nos quedan de los apologistas, debemos hacerlo con precaución. Cabía esperar, en los apologistas, mayor número de pruebas de un contacto íntimo con las doctrinas e ideales católicos; sin embargo, la escasez de tales pruebas no debe interpretarse como indicio de una tendencia hacia el racionalismo. No podemos afirmar que a los lectores de las apologías les animara una simpatía bastante grande hacia las ideas cristiana o adecuado espíritu de comprensión. La falta de preparación en los destinatarios explica que pasaran a segundo plano, entre otros puntos, la persona del Salvador y la eficiencia de la gracia. Al cristianismo se le presenta, ante todo, aunque no exclusivamente, como la religión de la verdad. Raramente se reivindican sus derechos aduciendo como prueba los milagros de Cristo, sino que se recurre con frecuencia su antigüedad como motivo de credibilidad. A la Iglesia no se la presenta como una institución nueva o reciente. El Nuevo Testamento está estrechamente ligado al Antiguo por una unión interior, por una relación inmanente, que son las profecías sobre el Redentor que debía venir; y como Moisés vivió mucho antes que los pensadores y filósofos griegos, el cristianismo es la más antigua y la más venerable de todas las religiones y filosofías.
Quizás los apologistas alcanzan la cima de su grandeza cuando se proclaman a sí mismos campeones de la libertad de conciencia como raíz y fuente de toda religión verdadera, como elemento indispensable para que la religión pueda sobrevivir.
Transmisión del texto.
La mayor parte de los manuscritos de los apologistas griegos dependen del códice de Aretas de la Bibliothèque Nationale (Codex Parisinus gr.451), que fue copiado a petición del arzobispo Aretas de Cesárea el año 914, con la intención de formar un Corpus Apologetarum desde los tiempos primitivos hasta Eusebio. En ese códice faltan, sin embargo, los escritos de San Justino, los tres libros de Teófilo Ad Autolycum, la Irrisio de Hermias y la Epístola a Diogneto.
Cuadrato.
Cuadrato es el apologista cristiano más antiguo. Todo lo que sabemos de él se lo debemos a Eusebio por este pasaje de su Historia eclesiástica (4,3,1-2): “Después del gobierno de Trajano, que duró veinte años menos seis meses, sucede en el imperio Elio Adriano. A Adriano le dirigió Cuadrato un discurso, consistente en una Apología que compuso en defensa de nuestra religión, porque algunos malvados trataban de molestar a los nuestros. Este escrito lo conservan todavía muchos hermanos, y nosotros poseemos también una copia, y en él pueden verse brillantes pruebas del talento de Cuadrato y de su ortodoxia apostólica. Y él mismo afirma su antigüedad, como se refiere de estas palabras: Las obras, empero, de nuestro Salvador estuvieron siempre presentes, puesto que eran verdaderas: los que él curó, los que resucito de entre los muertos no fueron vistos solamente en el momento de ser curados y resucitados, sino que estuvieron siempre presentes; y eso no solo mientras el Salvador vivía aquí abajo, sino aun después de su muerte, han sobrevivido mucho tiempo, de suerte que algunos de ellos han llegado hasta nuestros días.” Estas palabras, que Eusebio cita como pronunciadas por Cuadrato, son el único fragmento que nos queda de su apología. Harris creyó que las Pseudo-Clementinas, las Actas de Santa Catalina del Sinaí, la Crónica de Juan Malalas y la novela de Barlaam y Joasaph contienen intercalados algunos fragmentos de la apología de Cuadrato; pero ya está demostrado que esta hipótesis es falsa. Probablemente Cuadrato presentó su apología al emperador Adriano durante la estancia de éste en el Asia Menor por los 123-124, o el año 129. Resulta difícil probar su identidad con el profeta y discípulo de los Apóstoles mencionado por Eusebio (Hist. eccl 3,37,1; 5,17,2), y se equivoca ciertamente Jerónimo (De vir. ill. 19; Ep. 70,4) cuando le identifica con el obispo Cuadrato de Atenas, que vivió durante el reinado de Marco Aurelio. No ha convencido tampoco el intento de Andriessen de identificar la apología perdida de Cuadrato con la Epístola a Diogneto.
Arístides de Atenas.
La apología de Arístides de Atenas es la más antigua que se conserva. Eusebio en su Historia eclesiástica (4,33)” después de sus observaciones acerca de Cuadrato, prosigue: “También Arístides, varón fiel en la profesión de nuestra religión, dejó, igual que Cuadrato, una apología de la fe, dirigida a Adriano. Su escrito está también en manos de muchos.” Eusebio nos dice en otro lugar que Arístides fue un filósofo de la ciudad de Atenas. Por mucho tiempo se consideró perdida su obra, hasta que en 1878, con gran sorpresa de los sabios, los Mequitaristas de San Lázaro de Venecia publicaron un manuscrito del siglo X, fragmento armenio de una apología intitulada “Al emperador Adriano César de parte del filósofo ateniense Arístides.” Casi todos los eruditos se convencieron de que el fragmento contenía restos de una traducción armenia de la apología de Arístides mencionada por Eusebio. Esta opinión había de encontrar una confirmación inesperada. El año 1889, el sabio americano Rendel Harris descubrió en el monasterio de Santa Catalina del monte Sinaí una traducción completa en sirio de esta apología. Esta versión siríaca permitió a J. A. Robinson probar que el texto griego de la apología no solamente existía, sino que había sido publicado hacía algún tiempo bajo la forma de una famosa novela religiosa relacionada con Barlaam y Joasaph. La novela se encuentra entre las obras de San Juan Damasceno; su autor presenta la apología como escrita por un filósofo pagano en favor del cristianismo. El texto nos ha llegado en tres formas. La leyenda de Barlaam y Joasaph, que poseemos en griego, no fue compuesta por el abad Eutimio de Iberon en el siglo XI, como opina P. Peeters, sino por el mismo Juan Damasceno, tal como acaba de demostrarlo F. Doelger. El manuscrito del monasterio de Santa Catalina que tiene la versión siríaca fue verosímilmente escrito entre los siglos VI y VII, si bien la traducción hay que datarla hacia el año 350. Queda aún por determinar la fecha de la traducción armenia. Recientemente se han publicado dos grandes fragmentos del texto original griego (c.5 y 6 y 15,6-16,1) de un papiro del British Museum. Con la ayuda de todo este material es posible hoy día reconstruir el texto en sus líneas principales.
Contenido.
La introducción describe al Ser Divino en términos estoicos. Nos dice también que Arístides llegó al conocimiento del Creador y Conservador del universo por sus meditaciones sobre el orden y la armonía del mundo. A pesar del poco valor de la especulación y de las discusiones sobre el Ser Divino, se puede, al menos, determinar hasta cierto punto de una manera negativa los atributos de la divinidad. El único concepto correcto que se obtiene de ese modo debe servir como piedra de toque para probar las antiguas religiones. El autor divide los seres humanos en cuatro categorías según sus religiones respectivas: bárbaros, griegos, judíos y cristianos. Los bárbaros adoraron los cuatro elementos. Pero el cielo, la tierra, el agua, el fuego, el aire, el sol, la luna y, finalmente, el mismo hombre no son sino obras de Dios y, por lo tanto, no tuvieron jamás derecho y los honores divinos. Los griegos adoran dioses que por las debilidades e infamias que se les atribuyen prueban que no son dioses. Los judíos merecen ser respetados por tener un concepto más puro de la naturaleza divina, como también normas más elevadas de moralidad. Pero tributaron más honor a los ángeles que a Dios y dieron a los ritos externos del culto, como la circuncisión, el ayuno, el cumplimiento de los días festivos, más importancia que a la adoración auténtica. Solamente los cristianos están en posesión de la única idea justa de Dios y “son los que, por encima de todas las naciones de la tierra, han hallado la verdad, pues conocen al Dios creador y artífice del universo en su Hijo Unigénito y en el Espíritu Santo y no adoran a ningún otro Dios” (15,3). Su pureza de vida prueba que los cristianos adoran al verdadero Dios. Arístides elogia en estos términos las costumbres de los cristianos:
Los mandamientos del mismo Señor Jesucristo los tienen grabados en sus corazones, y ésos guardan, esperando la resurrección de los muertos y la vida del siglo por venir. No adulteran, no fornican, no levantan falso testimonio, no codician los bienes ajenos, honran al padre y a la madre, aman a su prójimo y juzgan con justicia. Lo que no quieren se les haga a ellos no lo hacen a otros. A los que los agravian, los exhortan y tratan de hacérselos amigos, ponen empeño en hacer bien a sus enemigos, son mansos y modestos… Se contienen de toda unión ilegítima y de toda impureza. No desprecian a la viuda, no explotan al huérfano; el que tiene, le suministra abundantemente al que no tiene. Si ven a un forastero, le reciben bajo su techo y se alegran con él como con un verdadero hermano. Porque no se llaman hermanos según la carne, sino según el alma… Están dispuestos a dar sus vidas por Cristo, pues guardan con firmeza sus mandamientos, viviendo santa y justamente según se lo ordenó el Señor Dios, dándole gracias en todo momento por toda comida y bebida y por los demás bienes… Este es, pues, verdaderamente el camino de la verdad, que conduce a los que por él caminan al reino eterno, prometido por Cristo en la vida venidera (XV 3-11: BAC 116-130-131).
La apología de Arístides es limitada en su perspectiva. Su estilo no es rebuscado; su pensamiento y su orden, sin artificio. Pero;·a pesar de toda su simplicidad, tiene cierta nobleza y elevación de tono. Como desde una altura Arístides contempla la humanidad en su unidad compleja y siente profundamente la importancia extraordinaria y la misión sublime de la nueva religión. Con una seguridad llena de confianza cristiana, ve en el pequeño rebaño de los fieles al nuevo pueblo, la nueva raza que ha de sacar al mundo corrompido de la ciénaga de inmoralidad en que se encuentra:
Las demás naciones yerran y a sí mismas se engañan; caminan en tinieblas y chocan unas con otras como borrachos (16). No dudo en afirmar que el mundo sigue existiendo gracias únicamente a las oraciones y súplicas de los cristianos.
Ariston de Pella.
Parece que fue Aristón de Pella el primer apologista cristiano que defendió por escrito el cristianismo contra el judaísmo. Fue autor de la Discusión entre Jasan y Papisco sobre Cristo, que desgraciadamente se ha perdido. Jasón es un judeo-cristiano, y Papisco un judío de Alejandría en Egipto. Sabemos por Orígenes que, en su obra Discurso verdadero, el filósofo pagano Celso atacó esta apología porque su autor manifestaba particular predilección por la interpretación alegórica del Antiguo Testamento. Orígenes defiende el breve tratado. Advierte que estaba destinado al público en general y que, por consiguiente, no tenía por qué dar pie a ningún comentario desfavorable por parte de ninguna persona imparcial. Según Orígenes (Cont. Cels. 4,52), esta apología explica “cómo un cristiano, basándose en escritos judíos (Antiguo Testamento), disputa con un judío y demuestra que las profecías relativas a Cristo tienen su cumplimiento en Jesús, al paso que el adversario, de manera resuelta y no sin cierta habilidad, hace las veces del judío en la controversia.” La discusión termina reconociendo el judío Papisco a Cristo como Hijo de Dios y pidiendo el bautismo. El fragmento de una traducción latina del diálogo, igualmente perdida, reproduce la misma historia. Este fragmento, falsamente atribuido a Cipriano bajo el título Ad Vigilium episcopum de iudaica incredulitate, era de hecho el prefacio de la versión latina. Aristón debió de componer su tratado hacia el 140. Tanto el uso de la exégesis alegórica corno el hecho de que Papisco fuera alejandrino parecen señalar Alejandría como lugar de origen.
San Justino.
San Justino Mártir es el apologista griego más importante del siglo II y una de las personalidades más nobles de la literatura cristiana primitiva. Nació en Palestina, en Flavia Neápolis, la antigua Sichem. Sus padres eran paganos. El mismo nos refiere (Dial. 2-8) que probó primero la escuela de un estoico, luego la de un peripatético y, finalmente, la de un pitagórico. Ninguno de estos filósofos logró convencerle ni satisfacerle. El estoico fracasó porque no le dio explicación alguna sobre la esencia de Dios. El peripatético exigió muy inoportunamente a Justino el pago inmediato de la matrícula, a lo que respondió éste dejando de asistir a sus clases. El pitagórico le exigió que estudiara primero música, astronomía y geometría; pero Justino no sentía la menor inclinación hacia estos estudios. El platonismo, por su parte, le atrajo por un tiempo, hasta que un día, mientras se paseaba por la orilla del mar, un anciano logró convencerle de que la filosofía platónica no podía satisfacer al corazón del hombre y le llamó la atención sobre los “profetas, los únicos que han anunciado la verdad.” “Esto dicho — relata Justino — y muchas otras cosas que no hay por qué referir ahora, marchóse el viejo, después de exhortarme a seguir sus consejos, y no le volví a ver más. Mas inmediatamente sentí que se encendía un fuego en mi alma y se apoderaba de mí el amor a los profetas y a aquellos hombres que son amigos de Cristo, y, reflexionando conmigo mismo sobre los razonamientos del anciano, hallé que ésta sola es la filosofía segura y provechosa. De este modo, pues, y por estos motivos soy yo filósofo, y quisiera que todos los hombres, poniendo el mismo fervor que yo, siguieran las doctrinas del Salvador” (Dial. 8). La búsqueda de la verdad le llevó al cristianismo. También sabemos por él que el heroico desprecio de los cristianos por la muerte tuvo una parte no pequeña en su conversión: “Y es así que yo mismo, cuando seguía las doctrinas de Platón, oía las calumnias contra los cristianos; pero, al ver cómo iban intrépidamente a la muerte y a todo lo que se tiene por espantoso, me puse a reflexionar ser imposible que tales hombres vivieran en la maldad y en el amor a los placeres” (Apol. 2,12). La sincera búsqueda de la verdad y la oración humilde le llevaron finalmente a abrazar la fe de Cristo: “Porque también yo, al darme cuenta que los malvados dios habían echado un velo a las divinas enseñanzas de con el fin de apartar de ellas a los otros hombres, desprecié lo mismo a quienes tales calumnias propalaban que el velo de los demonios y la opinión del vulgo. Yo confieso que mis oraciones y mis esfuerzos todos tienen por blanco mostrarme cristiano” (Apol. 2,13). Después de su conversión, que probablemente tuvo lugar en Efeso, dedicó su vida toda a la defensa de la fe cristiana. Se vistió el pallium, manto usado por los filósofos griegos, y se puso a viajar en calidad de predicador ambulante. Llegó a Roma durante el reinado de Antonino Pío (138-161) y fundó allí una escuela; uno de sus discípulos fue Taciano, que más tarde sería también apologista. En Roma encontró también un fogoso adversario en la persona del filósofo cínico Crescencio, al que había acusado de ignorancia. Tenemos un relato auténtico de su muerte en el Martyrium S. lustini et Sociorum, basado en las actas oficiales del tribunal que le condenó. Según este documento, Justino y seis compañeros más fueron decapitados, probablemente el año 165, siendo prefecto Junio Rústico (cf. supra p.73s).
Escritos.
Justino fue un escritor fecundo. Pero solamente tres de sus obras, ya conocidas por Eusebio (Hist. eccl. 4,18), han llegado hasta nosotros. Están contenidas en un único manuscrito de mediocre calidad, copiado en 1364 (París, n.450). Son sus dos Apologías contra los paganos y su Diálogo contra el judío Trifón. El estilo de estas obras dista mucho de ser agradable. Como no estaba acostumbrado a seguir un plan bien definido, Justino se deja llevar de la inspiración del momento. Las digresiones son frecuentes, su pensamiento es desarticulado, y tiene una debilidad por frases largas que se arrastran. Su forma de expresión está desprovista de fuerza y son raros los momentos en que llega a la elocuencia o a la vehemencia. Con todo, a pesar de estos defectos, sus escritos ejercen una atracción irresistible. Nos revelan un carácter sincero y recto, que trata de llegar a un acuerdo con el adversario. Justino estaba convencido de que “todo el que, pudiendo decir la verdad, no la dice, será juzgado por Dios” (Dial. 82,3). Es el primer escritor eclesiástico que intenta crear un nexo entre el cristianismo y la filosofía pagana.
I. Las Apologías de San Justino.
Los escritos más importantes de Justino son sus apologías. Hablando de ellas, comenta Eusebio (Hist. eccl. 4,18):
Justino nos ha dejado muchas obras, testimonio de una inteligencia culta y entregada al estudio de las cosas divinas, llenas de toda utilidad. A ellas remitiremos a los amigos de saber, después de haber citado útilmente las que han venido a nuestro conocimiento. En primer lugar tiene un discurso dirigido a Antonino, por sobrenombre Pío, a los hijos de éste y al Senado romano en favor de nuestros dogmas, y luego otro, que contiene una segunda apología de nuestra fe, dirigido al que fue sucesor del citado emperador y lleva su mismo nombre, Antonino Vero (BAC 116,161).
Tenemos, efectivamente, dos apologías de Justino. En el manuscrito, la más larga de las dos, que tiene sesenta y ocho capítulos, va dirigida a Antonino Pío: la más corta, de quince capítulos, al Senado romano. Pero E. Schwartz considera la última como la conclusión de la primera. El hecho de que Eusebio hable de dos apologías fue probablemente causa de que la obra se dividiera en dos en el manuscrito y se colocara la conclusión al principio como un escrito independiente. En la actualidad, la mayor parte de los eruditos están de acuerdo en considerar la segunda apología como un apéndice o adición de la primera. La ocasión hay que buscarla probablemente en los incidentes que ocurrieron siendo prefecto Urbico; Justino empieza la segunda apología narrando estos hechos. Ambas obras van dirigidas al emperador Antonino Pío (138-161). San Justino las debió de componer entre los años 148 a 161, puesto que observa (Apol. I 46): “Cristo nació hace sólo ciento cincuenta años, bajo Quirinio.” Los escribió en Roma.
1. La primera apología.
A) En la introducción (c.1-3) Justino pide al emperador, en nombre de los cristianos, que tome el caso personalmente en sus manos y que se forme su propio juicio, sin dejarse influenciar por los prejuicios o el odio del pueblo.
B) La parte principal comprende dos secciones.
I. La primera sección (c.4-12) condena la actitud oficial respecto de los cristianos. En ella el autor critica el procedimiento judicial seguido regularmente por el gobierno contra sus correligionarios y las falsas acusaciones lanzadas contra ellos. Protesta contra la absurda actuación de las autoridades, que castigan el simple hecho de reconocerse uno cristiano; el nombre “cristiano,” lo mismo que el de “filósofo,” no prueba ni la culpa ni la inocencia de una persona. Únicamente se puede imponer castigos por crímenes de los que el acusado sea convicto, mas los crímenes de que se acusa a los cristianos son puras calumnias. No son ateos. Si se niegan a adorar a los dioses, es porque creen que venerar tales divinidades es cosa ridícula. Sus ideas escatológicas y su miedo a los castigos eternos les impiden obrar el mal y hacen de ellos el mejor sostén del gobierno.
II. La segunda parte (c.13-67) viene a ser una justificación de la religión cristiana. Describe en forma detallada principalmente su doctrina, su culto, su fundamento histórico y las razones que hay para abrazarla.
1. La doctrina dogmática y moral de los cristianos
Se puede probar por las divinas profecías que Jesucristo es el Hijo de Dios y el fundador de la religión cristiana. La fundó por voluntad de Dios con el fin de transformar y restaurar la humanidad. Los demonios imitaron y remedaron las profecías del Antiguo Testamento en los ritos de los misterios paganos. A esto se deben las frecuentes semejanzas y puntos de contacto que hay entre la religión cristiana y las formas paganas de culto. También los filósofos, como Platón, hicieron suyas muchas cosas del Antiguo Testamento. No es, pues, de extrañar que se descubran ideas cristianas en el platonismo.
2. El culto cristiano.
El autor hace luego una descripción del sacramento del bautismo, de la liturgia eucarística y de la vida social de los cristianos.
C) La conclusión (c.68) es una severa amonestación al emperador. Al final de la primera apología se añade copia del rescripto que hacia el año 125 envió el emperador Adriano al procónsul de Asia, Minucio Fundano. Este documento es de suma importancia para la historia de la Iglesia. Promulga cuatro normas para un procedimiento judicial más justo y correcto en las causas contra los cristianos:
1. Los cristianos deben ser juzgados por medio de un procedimiento regular ante un tribunal criminal.
2. Únicamente se les puede condenar si hay pruebas de que el acusado ha transgredido las leyes romanas.
3. El castigo debe ser proporcionado a la naturaleza y calidad de los crímenes.
4. Toda falsa acusación debe ser castigada con severidad.
Según Eusebio (Hist. eccl. 4,8,8), el mismo Justino incorporó este documento, en su texto latino original, a su apología. Eusebio lo tradujo al griego y lo incluyó en su Historia eclesiástica (4,9).
2. La segunda apología.
Este escrito empieza con la narración de un incidente reciente. El prefecto de Roma, Urbico, hizo decapitar a tres cristianos por el único crimen de haber confesado su fe. Justino apela directamente a la opinión pública de Roma, protestando de nuevo contra estas crueldades sin justificación posible y refutando varias críticas. Contesta, por ejemplo, al sarcasmo de los paganos que se preguntaban por qué no permiten los cristianos el suicidio a fin de poder reunirse más pronto con su Dios. Dice Justino: “Con lo que también nosotros, de hacer eso, obraríamos de modo contrario al designio de Dios. En cuanto a no negar al ser interrogados, ello se debe a que nosotros no tenemos conciencia de cometer mal alguno y consideramos, por el contrario, como una impiedad no ser en todo veraces” (Apol. 2,4). Las persecuciones contra los cristianos se deben a la instigación de los demonios, que odian la verdad y la virtud. Estos mismos enemigos molestaron ya a los justos del Antiguo Testamento y del mundo pagano. Pero no tendrían poder alguno sobre los cristianos si Dios no quisiera conducir a sus seguidores, a través de tribulaciones y sufrimientos, a la virtud y al premio; a través de la muerte y de la destrucción, a la vida y felicidad eternas. Al mismo tiempo, las persecuciones dan a los cristianos la oportunidad de demostrar de manera impresionante la superioridad de su religión sobre el paganismo. Finalmente, pide también al emperador que, al juzgar a los cristianos, se deje guiar solamente por la justicia, la piedad y el amor a la verdad.
II. El “Diálogo Con Trifón.”
El Diálogo con Trifón es la más antigua apología cristiana contra los judíos que se conserva. Por desgracia, no poseemos su texto completo. Se han perdido la introducción y gran parte del capítulo 74. El Diálogo debe de ser posterior a las apologías, porque en el capítulo 120 se hace una referencia a la primera de ellas. Se trata de una disputa de dos días con un sabio judío, verosímilmente el mismo rabino Tarfón mencionado en la Mishna. Según Eusebio (Hist. eccl. 4,18,6), el escenario de estas conversaciones fue Efeso. San Justino dedicó la obra a un tal Marco Pompeyo. El Diálogo es de considerable extensión, pues consta de 142 capítulos. En la introducción (c.2-8) narra Justino detenidamente su formación intelectual y su conversión. La primera parte del cuerpo principal de la otra (c.9-47) explica el concepto que tienen los cristianos del Antiguo Testamento. La ley mosaica tuvo validez sólo por cierto tiempo. El cristianismo es la Ley nueva y eterna para toda la humanidad. La segunda parte (c.48-103) justifica la adoración de Cristo como Dios. La tercera (c.109-142) prueba que las naciones que creen en Cristo y siguen su ley representan al nuevo Israel y al verdadero pueblo escogido de Dios.
El método apologético del Dialogo difiere del de las apologías, porque se dirigía a una clase totalmente diferente de lectores. En su Diálogo con el judío Tritón, San Justino da mucha importancia al Antiguo Testamento y cita a los profetas para probar que la verdad cristiana existía aun antes de Cristo. Un examen cuidadoso de las citas del Antiguo Testamento nos revela que Justino da preferencia a aquellos pasajes que hablan del repudio de Israel y de la elección de los gentiles. Es evidente que el Diálogo no es, ni mucho menos, la reproducción exacta de una discusión real recogida estenográficamente. Por otro lado, su forma dialogada tampoco es una mera ficción literaria. Seguramente hubo verdaderas conversaciones y disputas que precedieron a la composición de la obra. Es posible que estos intercambios se dieran en Efeso durante la guerra de Bar Kochba, mencionada en los capítulos 1 y 9.
III. Obras Perdidas.
A más de las Apólogas y del Diálogo, Justino compuso otras muchas obras, que se han perdido. No quedan más que los títulos o pequeños fragmentos. El mismo Justino menciona una de estas obras; San Ireneo da una cita de otra; Eusebio enumera una larga lista. Autores más recientes citan todavía otras obras. En total conocemos, al presente, las obras siguientes:
A) Liber contra omnes haereses, mencionado por el mismo Justino (cf. Apol. 1,26).
B) Contra Marción, utilizado por Ireneo (Adv. haer. 4, 6.2) y mencionado también por Eusebio (Hist. eccl. 4.11,8s).
C) Discurso contra los griegos, en el cual, según Eusebio (4·,18,3), “después de largos y extensos argumentos sobre diversas cuestiones de interés para los cristianos y para los filósofos, San Justino diserta sobre la naturaleza de los demonios.”
D) Una Refutación, otro tratado dirigido a los griegos, según Eusebio (4,184).
E) Sobre la soberanía de Dios, “que compuso no solamente a base de nuestras propias escrituras, sino también de los libros de los griegos” (ibid.)
F) Sobre el alma. Eusebio (4,18,5) describe así su contenido: “Propone varias cuestiones relativas al problema discutido y trae a colación las opiniones de los filósofos griegos; promete refutarlas y dar su propia opinión en otro libro.”
G) Salterio.
H) En los Sacra Parallela de San Juan Damasceno se conservan tres fragmentos de su obra Sobre la resurrección. Se duda de su autenticidad.
Mientras todos estos escritos se han perdido, los manuscritos contienen cierto número de obras pseudo-justinianas. Es curioso que tres ostenten títulos semejantes a los de obras auténticas que se perdieron.
a) La Cohortatio ad Graecos, en forma de discurso, trata de convencer a los griegos sobre cuál es la verdadera religión. Las ideas de los poetas griegos acerca de los dioses no pueden admitirse; las doctrinas de los filósofos relativas a los problemas religiosos están llenas de contradicciones. La verdad se encuentra en Moisés y en los profetas, que son anteriores a los filósofos griegos. Sin embargo, incluso en los poetas y filósofos griegos se hallan vestigios del verdadero conocimiento de Dios. Pero lo poco bueno que hay en ellos lo recibieron de los libros de los judíos. El autor de la Cohortatio difiere notablemente de Justino en su actitud respecto a la filosofía griega. Esta sola razón bastaría para no atribuirla a Justino. Pero es que, además, el autor de la Cohortatio tiene un estilo muy superior y vocabulario mucho más selecto que Justino. Todo lo cual constituye una prueba suficiente contra la autenticidad del tratado. Probablemente la Cohortatio data del siglo III; tiene treinta y ocho capítulos, y es el más largo de los escritos falsamente atribuidos a San Justino.
b) La Oratio ad Graecos es mucho más breve, pues tiene solamente cinco capítulos. De estilo animado y enérgico, de forma condensada y composición atrayente, es más que la justificación personal de un griego convertido, más que una Apologia pro vita sua. El autor ataca la inmoralidad de los dioses tal como la describen Hornero y Hesíodo. Concluye con una invitación entusiasta a convertirse al cristianismo. El estilo retórico y el perfecto conocimiento de la mitología griega excluyen la paternidad de Justino. La Oratio es probablemente de la primera mitad del siglo III. Han llegado hasta nosotros dos recensiones; la más breve, en griego. De la más extensa, compilada un tal Ambrosio, tenemos solamente la versión siríaca.
c) De monarchia (seis capítulos) es un tratado que prueba el monoteísmo con citas de los más famosos poetas griegos. La diferencia de estilo prueba que su autor no es Justino. Además, la descripción que nos ofrece Eusebio de la obra auténtica De monarchia no coincide con el contenido de este tratado.
Además de estos tres escritos, existen otros que los manuscritos atribuyen a Justino. Cuatro de ellos son de un estilo y doctrina teológica tan semejantes que deben de ser obra de un mismo autor, que parece haber vivido hacia el 400 y haber estado relacionado con Siria. Estos cuatro tratados son:
a) Quaestiones et responsiones ad orthodoxos, obra que contiene ciento sesenta y una preguntas y respuestas sobre problemas históricos, dogmáticos, éticos y exegéticos.
b) Quaestiones christianorum ad gentiles. Los cristianos proponen a los paganos cinco cuestiones teológicas, a las que éstos responden. Pero las respuestas son rechazadas por estar llenas de contradicciones.
c) Quaestiones graecorum ad christianos. Este tratado contiene quince preguntas de los paganos y otras tantas respuestas de los cristianos sobre la esencia de Dios, la resurrección de los muertos y otros dogmas cristianos.
d) Confutatio dogmatum quorumdam Aristotelicorum, una refutación en sesenta y cinco párrafos de las doctrinas de Aristóteles sobre Dios y el universo.
Hasta el presente ha sido imposible dar con el verdadero autor de estos escritos. A. Harnack los atribuyó a Diodoro de Tarso. Otros han pensado en Teodoreto de Ciro, a quien un manuscrito de Constantinopla atribuye el Quaestiones et responsiones ad orthodoxos. Pero no hay suficiente base en ninguna de las dos atribuciones.
Aparte de estos cuatro, los manuscritos atribuyen a Justino los siguientes opúsculos:
a) Expositio fidei seu de Trinitate, una explicación de la doctrina de la Trinidad. Se ha probado que el autor de este texto es Teodoreto de Ciro. Esta atribución la había formulado ya Severo de Antioquía en su Contra impium grammaticum (3,1,5).
b) Epistola ad Zenam et Serenum, una guía detallada de la conducta ascética del cristiano, con instrucciones sobre las virtudes de mansedumbre y serenidad que recuerdan las doctrinas éticas de la filosofía estoica. P. Batiffol cree que su autor es Sisinio de Constantinopla y que hay que fecharla hacia el 400.
La Teología de Justino.
Al analizar la teología de Justino debe tenerse en cuenta que no poseemos de el una exposición completa y exhaustiva de la fe cristiana. No hay que olvidar que sus obras propiamente teológicas, como los tratados Sobre la soberanía de Dios, De la resurrección, Refutación de todas las herejías y Contra Marción, se han perdido. Las Apologías y el Diálogo con Trifón no nos dan un retrato acabado de Justino como teólogo. Las obras antiheréticas desaparecidas le brindaban más la ocasión de abordar las cuestiones doctrinales, mientras que, al defender la fe contra los infieles, tiene que hacer hincapié, ante todo, en sus fundamentos racionales. Se esfuerza en señalar los puntos de contacto y las semejanzas que hay entre las enseñanzas de la Iglesia y las de los poetas y pensadores griegos, a fin de demostrar que el cristianismo es la única filosofía segura y provechosa. No es, pues, de extrañar que la teología de Justino acuse la influencia del platonismo, ya que éste era el sistema filosófico que tenía para Justino el más alto valor.
1. Concepto de Dios
Ya en el concepto que Justino tiene de Dios aparece su inclinación hacia la filosofía platónica. Dios no tiene principio. De donde se sigue la conclusión: Dios es inefable, sin nombre.
Porque el Padre del universo, ingénito como es, no tiene nombre impuesto, como quiera que todo aquello que lleva un nombre supone a otro más antiguo que se lo impuso. Los de Padre, Dios, Creador, Señor, Dueño, no son propiamente nombres, sino denominaciones tomadas de sus beneficios y de sus obras… La denominación “Dios” no es nombre, sino una concepción ingénita en la naturaleza humana de una realidad inexplicable (2,5: BAC 116,226).
El nombre que mejor le cuadra es el de Padre; siendo Creador, es realmente el Padre de todas las cosas (pat?? t?? ????, ó p??t?? pat??). Justino niega la omnipresencia substancial de Dios. Dios Padre vive, según él, en las regiones situadas encima del cielo. No puede abandonar su morada, y consiguientemente no puede aparecer en el mundo:
Nadie, absolutamente, por poca inteligencia que tenga, se atreverá a decir que fue el Creador y Padre del universo quien, dejando todas sus moradas supracelestes, apareció en una mínima porción de la tierra (Diál. 60,2: BAC 116,408). Porque el Padre inefable y Señor de todas las cosas ni llega a ninguna parte, ni se pasea, ni duerme, ni se levanta, sino que permanece siempre en su propia región — dondequiera que ésta se halle —, mirando con penetrante mirada, oyendo agudamente, pero no con ojos ni orejas, sino por una potencia inefable. Y todo lo vigila y todo lo conoce, y nadie de nosotros le está oculto, sin que tenga que moverse El, que no cabe en un lugar ni en el mundo entero y era antes de que el mundo existiera. ¿Cómo, pues, pudo éste hablar a nadie y aparecerse a nadie ni circunscribirse a una porción mínima de tierra, cuando no pudo el pueblo resistir la gloria de su enviado en el Sinaí? (Diál. 127,2-3: BAC 116, 524.525).
Mas como Dios es trascendente y está por encima de todo ser humano, es necesario salvar el abismo que media entre Dios y el hombre. Esto fue obra del Logos. El es el mediador entre Dios Padre y el mundo. Dios no se comunica al mundo más que a través del Logos y no se revela al mundo más que por medio de El. El Logos es, pues, el guía que conduce a Dios y el maestro del hombre. En un principio, el Logos moraba en Dios como una potencia. Pero poco antes de la creación del mundo emanó y procedió de El, y el mundo fue creado por el Logos. En su Diálogo, Justino se vale de dos imágenes para explicar la generación del Logos.
Algo semejante vemos también en un fuego que se enciende de otro, sin que se disminuya aquel del que se tomó la llama, sino permaneciendo el mismo. Y el fuego encendido también aparece con su propio ser, sin haber disminuido aquel de donde se encendió (Diál. 61,2: BAC 116,410).
Una obra procede del hombre sin que disminuya la substancia de éste. Así hay que entender también la generación del Logos, la Palabra divina, como una procesión en el interior de Dios.
Justino parece inclinarse al subordinacionismo por lo que respecta a las relaciones entre el Padre y el Logos. Prueba clara de ello la tenemos en la Apología 2,6:
Su Hijo, aquel que sólo propiamente se dice Hijo, el Verbo, que está con El antes de las criaturas y es engendrado cuando al principio creó y ordenó por su medio todas las cosas, se llama Cristo por su unción y por haber Dios ordenado por su medio todas las cosas (BAC 116,266).
Consecuentemente, Justino supone, al parecer, que el Verbo se hizo externamente independiente sólo con el fin de crear y gobernar el mundo. Su función personal le dio su existencia personal. Vino a ser persona divina, pero subordinada al Padre (cf. Diál. 61).
La doctrina más importante de Justino es la doctrina del Logos; forma una especie de nexo entre la filosofía pagana y el cristianismo. Justino enseña, en efecto, que, si bien el Logos divino no apareció en su plenitud más que en Cristo, una “semilla del Logos” estaba ya esparcida por toda la humanidad mucho antes de Cristo. Porque cada ser humano posee en su razón una semilla del Logos. Así, no sólo los profetas del Antiguo Testamento, sino también los mismos filósofos paganos llevaban en sus almas una semilla del Logos en proceso de germinar. Justino cita los ejemplos de Heráclito, Sócrates y el filósofo estoico Musonio, que vivieron según las normas del Logos, el Verbo divino. Estos pensadores, de hecho, fueron verdaderos cristianos:
Nosotros hemos recibido la enseñanza de que Cristo es el primogénito de Dios, y anteriormente hemos indicado que El es el Verbo, de que todo el género humano ha participado. Y así, quienes vivieron conforme el Verbo, son cristianos, aun cuando fueron tenidos por ateos, como sucedió entre los griegos con Sócrates y Heráclito y otros semejantes (Apol. I 46,2-3: BAC 116,232-33).
Por eso no puede haber oposición entre cristianismo y filosofía, porque:
Ahora bien, cuanto de bueno está dicho en todos ellos nos pertenece a nosotros los cristianos, porque nosotros adoramos y amamos, después de Dios, el Verbo, que procede del mismo Dios ingénito e inefable; pues El, por amor nuestro, se hizo hombre para ser participe de nuestros sufrimientos y curarlos. Y es que los escritores todos sólo oscuramente pudieron ver la realidad gracias a la semilla del Verbo en ellos ingénita. Una cosa es, en efecto, el germen e imitación de algo que se da conforme a la capacidad, y otra aquello mismo cuya participación e imitación se da, según la gracia que de aquél también procede (Apol. II 13,4-6: BAC 116,277). Porque cuanto de bueno dijeron y hallaron jamás filósofos y legisladores, fue por ellos elaborado, según la parte de Verbo que les cupo, por la investigación e intuición; mas como no conocieron al Verbo entero, que es Cristo, se contradijeron también con frecuencia unos a otros. Y los que antes de Cristo intentaron, conforme a las fuerzas humanas, investigar y demostrar las cosas por razón, fueron llevados a los tribunales como impíos y amigos de novedades. Y el que más empeño puso en ello, Sócrates, fue acusado de los mismos crímenes que nosotros, pues decían que introducía nuevos demonios y que no reconocía a los que la ciudad tenía por dioses… Que fue justamente lo que nuestro Cristo hizo por su propia virtud. Porque a Sócrates nadie le creyó hasta dar su vida por esta doctrina, pero sí a Cristo — que en parte fue conocido por Sócrates — porque El era y es el Verbo que está en todo ser humano (Apol. II 10,2-8: BAC 116,272-273).
Justino da así una prueba metafísica de la existencia de los Cementos de verdad en la filosofía pagana. Aduce, además, una prueba histórica. Los filósofos paganos dijeron muchas verdades, porque se las apropiaron de la literatura de los judíos, del Antiguo Testamento:
Pues es de saber que Moisés es más antiguo que todos los escritores griegos. Y, en general, cuanto filósofos y poetas dijeron acerca de la inmortalidad del alma y de la contemplación de las cosas celestes, de los profetas tomaron ocasión no sólo para poderlo entender, sino también para expresarlo. De ahí que parezca haber en todos unos gérmenes de verdad (Apol. I 44.8-10: BAC 116,230).
Mas solamente los cristianos poseen la verdad entera, porque Cristo se les apareció como la Verdad en persona.
2. María y Eva.
Justino es el primer autor cristiano que presenta el paralelismo paulino Cristo-Adán añade como contrapartida el del María-Eva. Dice en su Diálogo (100):
Cristo nació de la Virgen como hombre, a fin de que por el mismo camino que tuvo principio la desobediencia de la serpiente, por ése también fuera destruida. Porque Eva, cuando aún era virgen e incorrupta, habiendo concebido la palabra que le dijo la serpiente, dio a luz la desobediencia y la muerte; mas la virgen María concibió fe y alegría cuando el ángel Gabriel le dio la buena noticia de que el Espíritu del Señor vendría sobre ella y la fuerza del Altísimo la sombrearía, por lo cual lo nacido en ella, santo, sería Hijo de Dios; a lo que respondió ella: “Hágase en mí según tu palabra.” Y de la virgen nació Jesús, al que hemos demostrado se refieren tantas Escrituras, por quien Dios destruye la serpiente y a los ángeles y hombres que a ella se asemejan (100,4,6: BAC 116,478-479).
3. Ángeles y demonios.
Justino es uno de los primeros testigos del culto de los ángeles: “Al ejército de los otros ángeles buenos que le siguen y le son semejantes y al espíritu profetice le damos culto y adorarnos” (Apol. I 6).
Desde el cielo cuidan de todos los seres humanos: “Entregó la providencia de los hombres, así como de las cosas bajo el cielo, a los ángeles que para esto señaló” (Apol. II 5).
Justino atribuye a los ángeles, a pesar de su naturaleza espiritual, un cuerpo semejante al cuerpo humano: “Como para nosotros es patente, se alimentan en el cielo (los ángeles), siquiera no tomen los mismos manjares que usamos los hombres (del maná, en efecto, de que vuestros padres se alimentaron en el desierto dice la Escritura que comieron pan de ángeles)” (Diál. 57).
La manera que tiene San Justino de concebir la caída de los ángeles demuestra que les atribuye un cuerpo. El pecado de los ángeles consistió en relaciones sexuales con mujeres humanas: “Los ángeles, traspasando este orden, se dejaron vencer por su amor a las mujeres y engendraron hijos, que son los llamados demonios” (Apol. II 5).
El castigo de los demonios en el fuego eterno no empezará hasta la segunda venida de Cristo (Apol. I 28). Por eso pueden ahora extraviar y seducir al hombre. Desde que vino Cristo, todo el esfuerzo de los demonios consiste en impedir la conversión del ser humano a Dios y al Lógos (Apol. I 26.54.57.62). La prueba está en los herejes, que son instrumentos de los demonios, porque enseñan un Dios distinto del Padre y del Hijo. Los demonios fueron los que cegaron e indujeron a los judíos a infligir todos esos sufrimientos al Logos que apareció en Jesús. Pero, sabiendo que Cristo reclutaría la mayoría de sus seguidores de entre los paganos, puso el demonio particular empeño en que fracasara con ellos. Desde este punto de vista es interesante lo que dice Justino del efecto del nombre de Jesús sobre los demonios:
Porque llamamos ayudador y Redentor nuestro a Aquél, la fuerza de cuyo nombre hace estremecer a los mismos demonios, los cuales se someten hoy mismo conjurados en el nombre de Jesucristo, crucificado bajo Poncio Pilato, procurador que fue de Judea. De suerte que por ahí se hace patente a todos que su Padre le dio tal poder, que a su nombre y a la dispensación de su pasión se someten los mismos demonios (Diál. 30,3: BAC 116,350).
4. Pecado original y deificación.
Justino está convencido de que todo ser humano es capaz de deificación. Ese era el caso, por lo menos, al principio de la creación. Pero nuestros primeros padres pecaron y atrajeron la muerte sobre sí mismos. Mas ahora el hombre ha vuelto a recobrar el poder de hacerse Dios:
Habiendo sido creados impasibles e inmortales, como Dios, con tal de guardar sus mandamientos, y habiéndoles El concedido ser llamados hijos de Dios, son ellos los que, por hacerse semejantes a Adán y Eva, se procuran a sí mismos la muerte. Sea la interpretación del salmo (81) la que vosotros queráis; aun así queda demostrado que a los seres humanos se les concede llegar a ser dioses y que pueden convertirse en hijos del Altísimo y culpa suya es si, como Adán y Eva, son juzgados y condenados (Diál. 124,4: BAC 116,520).
5. Bautismo y Eucaristía.
Tiene un valor especial la descripción de la liturgia del bautismo y de la eucaristía que nos da Justino al final de su primera apología. A propósito del bautismo observa:
Vamos a explicar ahora de qué modo, después de ser renovados por Jesucristo, nos hemos consagrado a Dios, no sea que, omitiendo este punto, demos la impresión de proceder en algo maliciosamente en nuestra exposición. Cuantos se convencen y tienen fe de que son verdaderas estas cosas que nosotros enseñamos y decimos y prometen vivir conforme a ellas, se les instruye ante todo para que oren y pidan, con ayunos, perdón a Dios de sus pecados, anteriormente cometidos, y nosotros oramos y ayunamos juntamente con ellos. Luego, los conducimos a sitio donde hay agua, y por el mismo modo de regeneración con que nosotros fuimos también regenerados, son regenerados ellos, pues entonces toman en el agua el baño en el nombre de Dios, Padre y Soberano del universo, y de nuestro Salvador Jesucristo y del Espíritu Santo… La razón que para esto aprendimos de los Apóstoles es ésta: Puesto que de nuestro primer nacimiento no tuvimos conciencia, engendrados que fuimos por necesidad de un germen húmedo por la mutua unión de nuestros padres y nos criamos en costumbres malas y en conducta perversa; ahora, para que no sigamos siendo hijos de la necesidad y de la ignorancia, sino de la libertad y del conocimiento, y alcancemos juntamente perdón de nuestros anteriores pecados, se pronuncia en el agua sobre el que ha determinado regenerarse y se arrepiente de sus pecados el nombre de Dios, Padre y Soberano del universo, y este solo nombre aplica a Dios el que conduce al baño a quien ha de ser lavado. Porque nadie es capaz de poner nombre al Dios inefable; y si alguno se atreviera a decir que ese nombre existe, sufriría la más imprudente locura. Este baño se llama iluminación, para dar a entender que son iluminados los que aprenden estas cosas. Y el iluminado se lava también en el nombre de Jesucristo, que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y en el nombre del Espíritu Santo, que por los profetas nos anunció de antemano todo lo referente a Jesús (Apol. I 61.1-3.7-13: BAC 116, 250-251).
En la Apología de San Justino se describe dos veces la liturgia eucarística. En la primera (c.65) se trata de la liturgia eucarística de los recién bautizados. En la segunda (c.67) se describe detalladamente la celebración eucarística de todos los domingos. Los domingos la liturgia empezaba con una lectura tomada de los evangelios canónicos, a los que se llama aquí explícitamente “Memorias de los Apóstoles,” o de los libros de los profetas. Seguía luego un sermón con una aplicación moral de las lecturas. Seguidamente la comunidad rogaba por los cristianos y por todos los seres humanos del mundo entero. Al terminar estas plegarias, todos los asistentes se daban el ósculo de paz. Seguía luego la presentación del pan, del vino y del agua al presidente, el cual recitaba sobre ellas la oración consecratoria. Los diáconos distribuían los dones consagrados a todos los presentes y los llevaban a los ausentes. Justino añade expresamente que estos dones no son pan y bebida comunes, sino la carne y la sangre de Jesús encarnado. Para probarlo cita las palabras de la institución. Pertenece al celebrante que preside el formular la oración eucarística; sin embargo, observa Justino, el alimento eucarístico es consagrado por una oración que contiene las mismas palabras de Cristo. Esto hace suponer que no solamente las mismas palabras de la institución, sino todo el relato de la institución formaba parte fija de la oración consagratoria. Se puede hablar, pues, de un tipo semifijo de liturgia, porque contenía elementos regulares y, al mismo tiempo, dejaba un margen suficientemente amplio a la inspiración personal del sacerdote consagrante. Es interesante notar que en la descripción del rito eucarístico que sigue inmediatamente a la recepción del sacramento del bautismo Justino no menciona la lectura de la Escritura ni el sermón del presidente. Seguramente se omitirían por razón de la ceremonia bautismal que había precedido. La descripción de la misa para los recién bautizados es como sigue:
Por nuestra parte, nosotros, después de así lavado el que ha creído y se ha adherido a nosotros, le llevamos a los que se llaman hermanos, allí donde están reunidos, con el fin de elevar fervorosamente oraciones en común por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado y por todos los otros esparcidos por todo el mundo, suplicando se nos conceda, ya que hemos conocido la verdad, ser hallados por nuestras obras hombres de buena conducta y guardadores de lo que se nos ha mandado, y consigamos así la salvación eterna. Terminadas las oraciones, nos damos mutuamente el beso de paz. Luego, al que preside a los hermanos se le ofrece pan y un vaso de agua y vino, y tomándolos él tributa alabanzas y gloria al Padre del universo por el nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo, y pronuncia una larga acción de gracias, por habernos concedido esos dones que de El nos vienen. Y cuando el presidente ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: Amén. “Amén,” en hebreo, quiere decir “así sea.” Y una vez que el presidente ha dado gracias y aclamado todo el pueblo, los que entre nosotros se llaman “ministros” o diáconos dan a cada uno de los asistentes parte del pan y del vino y del agua sobre que se dijo la acción de gracias y lo llevan a los ausentes. Y este alimento se llama entre nosotros “Eucaristía,” de la que a nadie es lícito participar, sino al que cree ser verdaderas nuestras enseñanzas y se ha lavado en el baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y. vive conforme a lo que Cristo nos enseñó. Porque no tomamos estas cosas como pan común ni bebida ordinaria, sino que, a la manera que Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne por virtud del Verbo de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación, así se nos ha enseñado que por virtud de la oración al Verbo que de Dios procede, el alimento sobre que fue dicha la acción de gracias — alimento de que, por transformación, se nutren nuestra sangre y nuestras carnes — es la carne y la sangre de aquel mismo Jesús encarnado. Y es así que los Apóstoles en los Recuerdos, por ellos escritos, que se llaman Evangelios, nos transmitieron que así les fue a ellos mandado, cuando Jesús, tomando el pan y dando gracias, dijo: “Haced esto en memoria mía, éste es mi cuerpo.” E igualmente, tomando el cáliz y dando gracias, dijo: “Esta es mi sangre,” y que sólo a ellos les dio parte (Apol. I 65-66: BAC 116,256-257).
En el capítulo 67, Justino describe la misa de los domingos ordinarios. Dice que este día fue elegido para la celebración de la reunión litúrgica de la comunidad cristiana porque ese día Dios creó el mundo y Cristo resucitó de entre los muertos:
El día que se llama del sol se celebra una reunión de todos los que habitan en las ciudades o en los campos, y allí se leen, en cuanto el tiempo lo permite, los Recuerdos de los Apóstoles o los escritos de los profetas. Luego, cuando el lector termina, el presidente, de palabra, hace una exhortación e invitación a que imitemos estos bellos ejemplos. Seguidamente nos levantamos todos a una y elevamos nuestras preces, y, éstas terminadas, como va dijimos, se ofrecen pan y vino y agua, y el presidente, según sus fuerzas, hace igualmente subir a Dios sus preces y acciones de gracias, y todo el pueblo exclama diciendo “amén.” Ahora viene la distribución y participación, que se hace a cada uno, de los alimentos consagrados por la acción de gracias y su envío por medio de los diáconos a los ausentes. Los que tienen y quieren, cada uno según su libre determinación, dan lo que bien les parece, y lo recolectado se entrega al presidente y él ayuda con ello a huérfanos y viudas, a los que por enfermedad o por otra causa están necesitados, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso, y, en una palabra, él se constituye provisor de cuantos se hallan en necesidad. Y celebramos esta reunión general el día del sol, por ser el día primero, en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos (BAC 116,258-9).
Ha habido una acalorada discusión, que todavía sigue, sobre si Justino consideró la Eucaristía como sacrificio. El pasaje decisivo en esta cuestión se halla en el Diálogo con Trifón (c.41):
“No está mi complacencia en vosotros — dice el Señor —, y vuestros sacrificios no los quiero recibir de vuestras manos. Porque, desde donde nace el sol hasta donde se pone, mi nombre es glorificado entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y sacrificio puro. Porque grande es mi nombre en las naciones — dice el Señor —, y vosotros lo profanáis.” Ya entonces, anticipadamente, habla de los sacrificios que nosotros le ofrecemos en todo lugar, es decir, del pan de la Eucaristía y lo mismo del cáliz de la Eucaristía, a par que dice que nosotros glorificamos su nombre y vosotros lo profanáis (BAC 116,370).
No cabe duda que aquí Justino identifica claramente la Eucaristía con el sacrificio profetizado por Malaquías. Existen, no obstante, otros pasajes en los que Justino parece resaltar todo sacrificio. Por ejemplo, dice en el Diálogo (117,2):
Ahora bien, que las oraciones y acciones de gracias hechas por las personas dignas son los únicos sacrificios perfectos y agradables a Dios, yo mismo os lo concedo (BAC 116,505).
En el capítulo 13 de la primera Apología emite una opinión análoga:
Porque el solo honor digno de El que hemos aprendido es no el consumir por el fuego lo que por El fue creado para nuestro alimento, sino ofrecerle para nosotros mismos y para los necesitados, y mostrándonos a El agradecidos, enviarle por nuestra palabra preces e himnos por habernos creado (BAC 116,193-194).
De estas observaciones se ha sacado la conclusión de que Justino rechaza todo sacrificio y aprueba sólo el de la oración, especialmente de la oración eucarística. Pero esta interpretación no hace justicia a su pensamiento. No se puede entender su concepto de sacrificio sin tener en cuenta su doctrina del Logos. Lo que Justino rechaza es el sacrificio material de cosas creadas tal como lo practicaban los judíos y los paganos. Con su concepto de sacrificio trata de salvar la distancia que hay entre la filosofía pagana y el cristianismo, exactamente igual que se sirve del concepto del Logos con el mismo fin. Su ideal es la ?????? ??s?a, la oblatio rationabilis, el sacrificio espiritual, única forma de veneración digna de Dios, según los filósofos griegos. En este caso como en el del Logos, el cristianismo representa la realización de un ideal filosófico porque está en posesión de un sacrificio espiritual. Justino concuerda, pues, tanto con los filósofos paganos como con los profetas del Antiguo Testamento cuando afirma que los sacrificios externos tienen que ser suprimidos. En adelante los sacrificios materiales sangrientos no han lugar. La Eucaristía es el sacrificio espiritual por tanto tiempo deseado, la ?????? T?s?a, porque el mismo Logos, Jesucristo, es aquí la víctima. La identificación de la ?????? T?s?a con la Eucaristía fue en extremo feliz. Al incorporar esta idea a la doctrina cristiana, hacía suyas el cristianismo las realizaciones más elevadas de la filosofía griega, al mismo tiempo que se subrayaba el carácter nuevo y único del culto cristiano. Pudo así mantener un sacrificio objetivo y al mismo tiempo dar toda la importancia al carácter espiritual del culto cristiano, que le confiere su superioridad sobre todos los sacrificios paganos o judíos. Así, pues, el término oblatio rationabilis del canon de la misa romana expresa mejor que ninguna otra el concepto de sacrificio de San Justino.
6. Ideas escatológicas.
En cuanto a su doctrina escatológica, Justino comparte las ideas quiliastas sobre el milenio: “Yo, por mi parte, y si hay algunos otros cristianos de recto sentir en todo, no sólo admitimos la futura resurrección de la carne, sino también mil años en Jerusalén, reconstruida, hermoseada y dilatada” (Diálogo 80). Sin embargo, se ve obligado a admitir que no todos los cristianos comparten las mismas ideas: “También te he indicado que hay muchos cristianos de la pura y piadosa sentencia, que no admiten esas ideas” (ibid.). Según Justino, las almas de los difuntos deben ir primero al Hades, donde permanecen hasta el fin del mundo. Se exceptúan solamente los mártires. Sus almas son recibidas inmediatamente en el cielo. Pero incluso en el Hades las almas buenas están separadas de las malas. Las almas buenas se regocijan esperando su salvación eterna, mientras que las malas son desgraciadas por causa de su inminente castigo (Diálogo 5,80).
SUJETO DEL BAUTISMO: DE CÓMO ACTUAR EN CASOS EXTRAORDINARIOS
INTRODUCCIÓN
El caso del niño Mortara me sugirió, al leer como su nodriza había cumplido con su obligación de católica bautizando al hebreo en peligro de muerte, la posibilidad de este artículo, en el cual podrá formarse el lector sobre las obligaciones morales de conferir el bautismo, bien ante un feto abortivo si tiene forma humana o embrionaria, y éste envuelto o no en las secundinas , en una cesárea, respecto a los niños expósitos o hallados, en relación con los niños de herejes y cismáticos, etc. Me ha parecido de interés muy práctico clarificar este asunto, ya que aunque haya católicos que saben qué ha de hacerse, he supuesto que la mayoría desconocen la obligación de conferir el bautismo en abosluto o bajo condición y el cómo se ha de hacer en casos de difícil acceso:
La obligación es grave, puesto que el niño que no ha llegado al uso de razón, si no está bautizado, no entrara en el Cielo, ya que no puede tener, como es lógico, un deseo del bautismo.
El siguiente texto esta tomado de la Teología Moral para Seglares de Royo Marín.
Sujeto del bautismo
. Es una de las cuestiones más interesantes y prácticas de la teología del bautismo. Vamos a establecer, en primer lugar, el principio fundamental, que suena así:
Es sujeto capaz del bautismo todo hombre viador no bautizado y sólo él (en.864).
Por hombre viador — como ya dijimos— se entiende toda persona humana, de cualquier sexo o edad, que vive todavía en este mundo. Los ángeles y los muertos no son capaces de recibir el bautismo ni ningún otro sacramento, ya que fueron instituidos por Cristo únicamente para la humanidad viajera en este mundo. Y es preciso que el hombre viador no esté bautizado todavía, ya que el sacramento del bautismo imprime en el alma su carácter indeleble, y no puede repetirse lícita ni válidamente.
Es de fe que son sujetos capaces del bautismo incluso los niños antes del uso de la razón, como declaró Inocencio III contra los valdenses (cf. D 424 y 430) y el concilio de Trento contra los falsos reformadores (D 868-870). Santo Tomás prueba hermosamente que es necesario bautizar a los niños, ya que nacen en pecado original, y sólo el bautismo se lo puede quitar; y que es conveniente, para que, alimentados desde niños en las cosas pertenecientes a la vida cristiana, puedan más firmemente perseverar en ella (111,68,9). Añádase a esto que los sacramentos producen la gracia ex opere operato a todos los que no les ponen óbice voluntario, y ciertamente que los niños no se lo ponen al bautismo; luego pueden recibirlo válida y fructuosamente.
Ni vale objetar que para recibir el bautismo es necesaria la fe y la intención de recibirlo, porque eso se requiere únicamente en los adultos. Aunque los niños no tengan fe actual, la tienen habitual (al recibir con el bautismo el hábito infuso de la fe); y la Iglesia suple por ellos la falta de intención actual.
Vamos a precisar ahora la forma en que debe administrarse el bautismo a las distintas clases o categorías de personas humanas que son capaces de recibirlo.
A. Los no nacidos y los fetos abortivos .
La persona humana comienza a ser sujeto del bautismo desde el instante mismo de su concepción en el seno materno. Esto plantea gravísimos problemas, que vamos a examinar a continuación.
1.° A nadie debe bautizársele en el claustro materno mientras haya esperanza fundada de que puede ser bautizado una vez que haya sido dado a luz normalmente.
La razón es porque, aparte de las razones de pudor, el bautismo administrado al niño encerrado todavía en el seno materno es muy dudoso, por la dificultad de lavar ciertamente la cabeza del niño con el agua bautismal, y no es lícita la administración dudosa de un sacramento fuera del caso de necesidad. Sin embargo, cuando se tema fundadamente que el niño no podrá nacer o nacerá muerto, hay que administrarle el bautismo encerrado todavii en el seno de tu madre (valiéndote, v.gr., de una jeringa, de una esponja empapada en agua, etc.) bajo la condición: si rrti y si detpue* nace vivo, debe repetirse el bautismo bajo la condición: n no titas bautizado.
Cuando se administra el bautismo intrauterino hay que procurar que el agua bautismal bafke al feto mismo, ya que no seria suficiente bautizarle) en las membranas o secundinas, que no pertenecen propiamente al feto, sino a la madre.
2.* Si el niño hubiera echado afuera la cabeza y hay peligro próximo de muerte, bautícesele en la cabeza; y no se le debe bautizar después bajo condición si hubiera nacido con vida.
La razón es porque el bautismo administrado en la cabera del niño aunque sea a medio nacer— es ciertamente válido, y, por lo mismo, no se puede repetir.
Este bautismo de urgencia conviene que sea administrado, en caso de peligro próximo de muerte, por el médico o la comadrona, que están gravemente obligados a aprender y administrar convenientemente el bautismo en estos casos extremos.
3. Si hubiera echado afuera otro miembro, debe bautizársele bajo condición, si es que hay peligro inminente; pero en este caso, si, una vez nacido, tuviera vida, debe ser bautizado de nuevo bajo condición.
La razón es porque el bautismo administrado fuera de la cabeza es dudoso, y por eso hay que emplear la fórmula condicional en las dos administraciones, a saber: si eres c a p a en la primera, y si no estás bautizado, en la segunda. Esta última debe administrarse, como es obvio, en la cabeza de la criatura.
4. Si hubiera muerto la madre en estado de embarazo, el feto, una vez extraído por aquellos a quienes corresponde hacerlo, debe ser bautizado en absoluto, si ciertamente vive; si esto es dudoso, bajo condición.
Se trata de una obligación de suyo grave en virtud del precepto de la caridad, que manda socorrer al prójimo constituido en extrema necesidad espiritual aun con grandes incomodidades temporales c incluso con peligro de la propia vida,3. Sin embargo, para que urja de hecho esta grave obligación de caridad es preciso que se reúnan estas dos condiciones:
1 . PROBABILIDAD DE QUE EL FETO ESTÉ VIVO
En virtud de este principio, no consta con certeza la obligación de practicar la operación cesárea a la madre difunta en las primeras semanas de su embarazo — quizá hasta el segundo o tercer mes— ya que en estas circunstancias es muy difícil que no haya muerto también el feto a la vez o antes que la madre. Pero debe hacer» a partir del tercero o cuarto mes, sobre todo si la madre ha sufrido una muerte súbita o violenta, a no ser que conste con cencía que eJ feto ha perecido también en el mismo accidente violento (v.gr., por electrocuración).
2 . PERSONA IDÓNEA PARA REALIZAR LA OPERACIÓN
Si está presente el médico o cirujano, ellos son los que deben practicarla, como es obvio. Pero en su ausencia podría realizar la operación el practicante, comadrona o incluso una persona ajena al arte quirúrgico, con tal que posea los conocimientos indispensable* para intentar la operación con éxito. La salvación eterna del pobre niño bien vale la pena de arriesgarse a una operación que en nada dañará a la madre difunta y puede, en cambio, salvar incluso la vida temporal del niño, si el fallecimiento de su madre ocurrió después del séptimo mes de embarazo.
La Sagrada Congregación del Santo Oficio adviene de manera bellísima y emocionante que no deben los fieles llevar a mal que se abra el cuerpo de la madre ya muerta para bautizar y salvar la vida eterna, y tal vez también la temporal del hijo, cuando sabemos que nuestro Salvador permitió que fuera abierto su costado para salvarnos a nosotros. Lo irracional e impío es condenar a muerte eterna al hijo vivo por querer neciamente conservar íntegro el cuerpo muerto de la madre.
No se olvide que el feto humano puede sobrevivir a la madre una o varias horas, según los casos. Conviene, no obstante, practicar la operación cesárea cuanto antes, conservando mientras tanto el calor del seno maternal (v.gr., con paños calientes o almohadilla eléctrica).
De todas formas, si en virtud de circunstancias especiales (v.gr., pocas semanas de embarazo, clase de muerte de la madre, etc.), hubiera pocas esperanzas de encontrar vivo al feto a base de la operación cesárea, habría que intentar, al menos, un bautismo intrauterino en la forma que hemos explicado en el primer principio. Téngase en cuenta que se trata de un asunto gravísimo, como es la salvación eterna del niño; bien vale la pena agotar las posibilidades a nuestro alcance para asegurársela.
5.° Ha de procurarse que todos los fetos abortivos, cualquiera que sea el tiempo a que han sido alumbrados, sean cuanto antes bautizados en absoluto, si ciertamente viven; y, si hay duda, bajo condición (cf. en.871).
Expliquemos separadamente los términos del principio:
HA DE PROCURARSE , es decir, es obligatorio en conciencia bajo pecado mortal.
Que todos los fetos abortivos s , ya se trate de un aborto involuntario e inculpable, ya se trate de un aborto criminal provocado a sabiendas. Ante Dios es también criminal el llamado «aborto terapéutico», provocado directamente para salvar a la madre.
CUALQUIERA QUE SEA EL TIEMPO EN QUE HAYAN SIDO ALUMBRADOS. La razón es porque el feto humano es sujeto capaz del bautismo desde el instante mismo de su concepción como tal persona humana. Por lo mismo, debe bautizarse siempre (aunque con la fórmula condicional: si eres capa%) cualquier embrión o feto abortivo, aunque sea de unos pocos días y no tenga todavía ninguna figura humana.
SEAN BAUTIZADOS EN ABSOLUTO, SI CIERTAMENTE VIVEN. SI HAY DUDA BAJO CONDICIÓN. He aquí el modo de proceder en la práctica:
- Si se trata de un feto que tiene ya forma humana, bautícesele en la cabera, empleando agua natural y la fórmula absoluta o condicionada (si eres capaz, según los casos.
- b) Si se trata de un feto embrionario (sin forma humana aún) y aparece envuelto en las secundinas, sumérjase todo el envoltorio en agua (templada a ser posible) y, tomando alguna doblez de su envoltura, rómpasela para que salga el líquido amniótico y el agua bañe directamente al feto, y al mismo tiempo pronúnciese la fórmula, bajo la condición si vives o si eres capa^… Es más seguro sacarle del agua inmediatamente después de la inmersión para completar la significación sacramental.
Este bautismo de urgencia puede y debe administrarlo cualquier persona, sin distinción de estado, sexo ni edad.
N.B. Este bautismo de los fetos abortivos — absoluto o condicional según los casos— no debe omitirse nunca, aunque parezca que el feto está ya muerto. Con frecuencia, estos fetos, o los niños ya formados del todo, nacen en estado de asfixia y de muerte aparente, que puede prolongarse varias horas, sin que se produzca la muerte real. No hay más que una señal cierta y evidente de muerte real: la putrefacción clara y manifiesta.
6.° Debe bautizarse siempre, por lo menos bajo condición, a los monstruos y a los ostentos; y en la duda de si es uno solo o son varios hombres, se debe bautizar a uno de ellos en absoluto y bajo condición a los restantes.
Se entiende por monstruos y ostentos — en el sentido que aquí nos interesa— los fetos engendrados por mujer que presentan aspecto de animal, o están destituidos en parte de figura humana, o presentan miembros multiplicados (v.gr., dos cabezas, tres brazos, etc.). Los que no ofrecen ninguna forma humana ni de bestia, apareciendo externamente como una masa informe de carne, reciben el nombre de molas.
Los monstruos y ostentos han de ser bautizados, al menos, bajo la condición si eres capa%. Si aparecen varias cabezas con un solo tronco, hay que bautizar absolutamente una de ellas, y las otras bajo condición (si no estás bautizado).
Las molas o masas de carne informe que van absorbiendo al feto hasta destruirle deben ser abiertas para ver si aún le contienen y bautizarle bajo condición: si vives o eres c a p a Sería inválido el bautismo administrado sobre la mola misma, ya que ciertamente no es el feto, aunque lo contenga.
Escolios. 1.°
1. La operación cesárea en vida de la madre.En vida de la madre, la operación cesárea es lícita, e incluso obligatoria, cuando se reúnan las condiciones siguientes: 1 .* Imposibilidad del parto normal (por estrechez de pelvis, etc.).
2. Posibilidad de salvar la vida de la madre y del hijo, ya que no es lícito jamás matar directamente a la madre para salvar al hijo, o al hijo para salvar a la madre. Por parte del hijo, se requiere que sea ya viable, o sea, que pueda ya vivir separado de su madre (después del séptimo mes). Y por parte de la madre, que tenga las fuerzas suficientes para poder resistir la operación, que cada vez resulta menos peligrosa por los grandes adelantos de la ciencia moderna.
3.* Que, a juicio de los técnicos, no haya otra forma de bautizar al niño; lo cual casi nunca constará con certeza, ya que la mayor parte de las veces puede ser bautizado en el seno materno con sólida probabilidad. Claro está que, aun en este caso, no se podría practicar jamás ninguna operación directamente occisiva del feto (craneotomía, etc.), aunque constara con toda certeza que había sido debidamente bautizado en el seno materno.
Cuando se reúnan estas condiciones, la madre tiene grave obligación de caridad de dejarse practicar la operación cesárea para salvar la vida eterna de su hijo — y acaso también la temporal— aun a costa de las propias incomodidades y peligros. Sin embargo, si se sospecha que no será aceptada, se procederá con mucha prudencia al manifestar esta obligación a la madre enferma (v.gr., aconsejándola nada más), con el fin de no exponerla a morir en pecado, sin ventaja ninguna para el hijo.
B. Los niños expósitos y hallados.
Generalmente, se entiende por expósito el niño recién nacido depositado por personas desconocidas en una inclusa. Y por hallado, el niño recién nacido encontrado en un paraje público donde le abandonaron sus padres. He aquí lo que preceptúa el Código canónico:
- Los dudosamente bautizados
Como ya hemos dicho, el bautismo válidamente recibido imprime en el alma un carácter indeleble, en virtud del cual no puede reiterarse jamás sin hacer injuria al sacramento. Pero como, por otra parte, el bautismo es absolutamente necesario para la salvación, cuando exista alguna duda seria y razonable sobre la existencia o validez de un bautismo dudoso, es lícito y obligatorio rebautizar bajo condición: Si no estás bautizado..
Examinemos en concreto los principales casos que pueden ocurrir con relación a los católicos y a los herejes convertidos.
Si se trata de católicos
Como principio general, no se puede rebautizar a nadie por el solo hecho de surgir alguna duda o sospecha escrupulosa e imprudente sobre la existencia o valor del bautismo recibido en la infancia, porque es un sacrilegio administrar un sacramento a un sujeto incapaz de recibirlo. Pero, si la duda es seria y razonable, se le podría y debería rebautizar sub conditione, ya que en este caso no se hace injuria al sacramento, que fue instituido en favor de los hombres.
Como ya hemos indicado en sus lugares, hay que volver a bautizar sub conditione:
- A los que fueron bautizados en el seno de su madre o a medio nacer (a no ser, en este último caso, que hubieran sido bautizados en la cabera).
- A los niños expósitos o hallados.
- A cualquier católico de cuyo bautismo se tenga seria y razonable duda. Si se trata de persona llegada ya al uso de razón, debe arrepentirse de sus pecados antes de recibir el bautismo condicional; y después de recibido debe confesar sus pecados y recibir condicionalmente la absolución de los mismos (por si acaso fue válido su primer bautismo y tenga necesidad del sacramento de la penitencia para que se le perdonen los pecados cometidos después de él).
Si se trata de herejes convertidos
Cuando un hereje o cismático se convierte al catolicismo después de haber sido bautizado en su respectiva secta, hay que proceder del siguiente modo:
1.» Si, hechas las debidas investigaciones, resulta que el bautismo recibido en la secta fue ciertamente válido, no se le puede bautizar de nuevo (en.869). Para el ingreso en la Iglesia católica basta la absolución de las censuras en el fuero externo, impartida por el obispo o el sacerdote deputado para ello, a la que debe preceder la abjuración de la herejía y la profesión de fe ante el obispo o su delegado y dos testigos. Después de esto puede ya cualquier confesor oírle en confesión y absolverle de sus pecados y administrarle la sagrada comunión como a otro católico cualquiera.
2.» Si, hechas las debidas investigaciones, resulta que el bautismo recibido en la secta fue ciertamente inválido — o no recibió ningún bautismo— , hay que bautizar en absoluto al neoconverso, sin que tenga que preceder al bautismo ninguna absolución o abjuración, porque el sacramento se lo borra absolutamente todo (con tal, naturalmente, que lo reciba con arrepentimiento de sus pecados).
3.° Si, hechas con diligencia las debidas investigaciones, permanece dudoso el bautismo recibido en la secta herética o cismática, procédase del siguiente modo:
- a) Abjuración y profesión de fe, con la correspondiente absolución de las censuras en el fuero externo.
- b) Bautismo condicional (previo arrepentimiento de los pecados).
- c) Confesión sacramental con absolución condicional (por si acaso fue válido su primer bautismo y necesite el sacramento de la penitencia para el perdón de los pecados cometidos después de él).
MORTARA: EL NIÑO HEBREO QUE PREFIRIÓ SER CATÓLICO
Este es el caso histórico de un niño que en peligro de muerte fue bautizado por su nodriza sin pedir permiso a los padres hebreos, cumpliendo así con una obligación cristiana de bautizar a los acatólicos menores en peligro de muerte aún contra la voluntad de sus padres. El hecho da pie a otro artículo, si Dios quiere, sobre las obligaciones que tienen los católicos de bautizar incluso a los fetos abortados, y en otras circunstancias no muy frecuentes, aunque, por desgracia, algunas de ellas van en aumento.
Código de Derecho Canónico de 1917, canon 750, parágrafo 1º: “Es lícito bautizar, aún contra la voluntad de sus padres, al hijo de infieles, cuando se halla su vida en tal peligro que prudentemente se prevé que ha de morir antes de llegar al uso de razón. Si la muerte es cierta se debe bautizarlo, siempre que se pueda hacer sin grave daño de la religión. Si la muerte es solamente probable está permitido bautizarlo”.
El Sumo Pontífice tuvo la benignidad de mandar llamar a Roma al padre y a la madre del niño… a fin de que ellos se aseguraran de la voluntad de su hijo Edgardo de permanecer en la religión cristiana… Los padres… tuvieron permiso de hablar con su hijo en presencia del rabino de Roma, los cuales trataron… de convencer al muchacho de volver con ellos. Pero él solo, una criatura de alrededor de nueve años, se defendió de las tentaciones de su padre, su madre y del rabino respondiéndoles que él era cristiano y que quería vivir y morir cristiano y que además rezaría a Dios por la conversión de ellos” (Padre Curzio Nitoglia)
Introducción

Hacia fines del siglo XIX apareció el “caso Mortara”. En el presente artículo no me detendré tanto en el “caso” (1), como en la milagrosa conversión del niño judío tal como nos lo cuenta él mismo (2).
“El caso”: El niño fue bautizado en peligro de muerte por su nodriza cristiana, luego revivió de manera inesperada; la Iglesia no lo devolvió a sus padres; el joven se hizo más tarde sacerdote y murió en olor de santidad.
No fue violada la potestad paterna de su padre judío ya que en caso de conflicto entre los derechos de la Iglesia (de orden sobrenatural) y aquellos pretendidos de sus padres (de orden natural), son los derechos superiores los que prevalecen.
Pues el bautismo conferido válidamente hace al recién nacido súbdito de la Iglesia (lo cual es una verdad de Fe); y si la Iglesia renunciara a este artículo de Fe, renunciaría a toda la Fe ya que ésta es indivisible y si fuera violada en un solo artículo se perdería completamente.
La Iglesia prohíbe bautizar a los hijos de no católicos contra la voluntad de sus padres, pero una vez que ha sido conferido el bautismo, aunque castigue al trasgresor de sus ordenes (exceptuando el caso en que el recién nacido estuviera en peligro de muerte, como en el que se encontraba Mortara), no puede negar la realidad y la verdad de Fe: ¡el niño bautizado es cristiano! El Código de derecho canónico de 1917 en el canon 750, parágrafo 1º, enseña que: “Es lícito bautizar, aún contra la voluntad de sus padres, al hijo de infieles, cuando se halla su vida en tal peligro que prudentemente se prevé que ha de morir antes de llegar al uso de razón. Si la muerte es cierta se debe bautizarlo, siempre que se pueda hacer sin grave daño de la religión. Si la muerte es solamente probable está permitido bautizarlo”.
Como la prohibición de bautizar vale solamente para los recién nacidos de padres acatólicos que no quieran el bautismo, que no estén en peligro cierto, o incluso solamente probable, de muerte; el bautismo del pequeño Mortara fue no solamente válido sino también lícito, incluso obligatorio, dada la gravedad de su enfermedad que no daba más esperanzas.
Padre Pío Edgardo Mortara.
La vida
Luego lo que declaró el Canónigo Regular de Letrán, el R.P. Pío Edgardo Mortara durante el proceso de beatificación de Pío IX (3), hacia 1912: “Nací de padres israelitas (en Boloña, el 21 de agosto de 1851, n.d.r.), hacia aproximadamente los 17 meses fui afectado por una grave enfermedad, neuritis, que me llegó hasta la agonía… Conciente del peligro, la sirvienta, Anna Morisi, cristiana y joven muchacha de entre 16 y 18 años (vivía en Persiceto, n.d.r.) que mis padres, a pesar de las leyes entonces vigentes en los Estados Pontificios, retenían a su servicio (4), tomó la decisión de administrarme el Santo Bautismo. Aprovechando el momento en que mi madre me había dejado solo en mi cuna, ella se acerca… y me bautiza… El hecho fue guardado bajo el más absoluto secreto por A. Morisi, sorprendida por mi rápida curación. Seis años después mi pequeño hermano Arístides, cae gravemente enfermo, A. Morisi, llamada… por una de sus amigas para bautizar al niño in extremis, se rehúsa a hacerlo (el niño murió después, n.d.r.) alegando como razón mi supervivencia al Bautismo y es así que el secreto fue revelado. La noticia de mi Bautismo llegó de esta manera a conocimiento de la autoridad eclesiástica ordinaria, ésta juzgando que el caso era demasiado grave para ser de su competencia, lo refirió directamente a la Curia Romana. …El Santo Padre, por medio de una Congregación Romana, encargó a Feletti (Padre dominico e inquisidor en Boloña, n.d.r.) la separación de mi familia, la cual tuvo lugar cum auxilio brachii secularis, es decir con la intervención de los gendarmes de la Inquisición (los gendarmes evidentemente no eran de la Santa Inquisición, sino de la Legión de Gendarmes Pontificios de Boloña, n.d.r.)… el 24 de junio de 1858. Fui conducido por los gendarmes hacia Roma (en Fossombrone el niño decidirá, milagrosamente, seguir a los gendarmes a la Misa, n.d.r.) y fui presentado ante Su Santidad Pío IX, que me acogió con la más grande bondad y se declaró mi padre adoptivo, como lo fue de hecho mientras vivió, costeando mi carrera y asegurando mi futuro… Algunos días después de mi llegada a Roma, habiendo recibido instrucción religiosa, me fueron completadas las ceremonias del Bautismo por el cardenal Ferretti…
Ocho días después mis padres se presentaron en el Instituto de Neófitos para comenzar las gestiones tendientes a recuperarme con ellos. Habiéndoles sido dadas completas facultades para verme y hablar conmigo, prolongaron su permanencia en Roma durante un mes viniendo todos los días a visitarme… Utilizaron todos los medios para recuperarme… A pesar de todo esto no mostré jamás el menor deseo de volver con mi familia, a tal punto que yo mismo no puedo explicarlo sino admirando la fuerza sobrenatural de la Gracia. A este respecto contaré una anécdota en la cual se manifiesta este poder de la Gracia. Habiendo ayudado la Misa en Alatri… cuando volvía a la sacristía con el Sacerdote, de repente se presentaron mis padres en la puerta. En lugar de echarme en sus brazos, como hubiera sido lo más natural, sorprendido, me escapé y me refugié bajo la casulla del Sacerdote. (…) El Sumo Pontífice… tenía intención de confiarme a los Padres Jesuitas… pero reflexionando mejor, para no dar pretextos a las polémicas… me puso en el Colegio de San Pedro ad vincula… dirigido por los Canónigos Regulares de Letrán.
(El Papa, n.d.r.) Me prodigó siempre las más paternales demostraciones de afecto y… repetía a menudo que yo le había costado muchas penas y lágrimas. Encontrándome de paseo me llamó y como un buen papá se divirtió conmigo escondiéndome bajo su manto rojo… Durante este tiempo la prensa… del mundo entero hizo mucho ruido sobre el rapto del pequeño Mortara” (5).
El P. Pío Edgardo Mortara y sus padres carnales.
Diversas polémicas
En efecto, después del alejamiento del niño de Boloña, la primera reacción tuvo lugar en los medio liberales luego que la prensa se apoderó del caso. El punto de vista católico fue defendido por La Civiltá Cattolica en una serie de artículos bajo la pluma del Padre Curci (6). Veuillot y Dom Guéranger se lanzaron también a la batalla para defender a Pío IX. Durante seis meses esta polémica estalla en todo el mundo. Las Comunidades Israelitas piamontesas habían interesado mientras tanto a los Consistorios de Francia y de Inglaterra. Esta última, a la que Roma no perdonaba la educación forzada en los refugios anglicanos de los huérfanos de católicos irlandeses caídos en Crimea, había pedido el cierre del colegio donde se había enviado a Mortara. Pío IX comprendió que era necesario dar una respuesta categórica y autorizada, basada en el principio según el cual lo espiritual prevalecía sobre lo temporal y que la Iglesia debía tomar bajo su cuidado la salvación del alma de un niño hecho cristiano aunque sin su intervención directa, y los padres de Mortara debían imputar este hecho fastidioso y desgarrador a ellos mismos, en la medida en que habían tomado a su servicio una criada cristiana, violando así las leyes de los Estados Pontificios en los cuales vivían cuando se produjo el “caso”. El Papa pedía solamente que en sus Estados se observara exactamente aquello que él mismo observaría en los otros estados y decía: “Presto estoy a perderlo todo antes que arrebatar a Cristo un alma que ha sido rescatada al precio de Su Sangre”. El Papa estaba convencido -luego de oportunas investigaciones que había mandado hacer- de la validez del Bautismo, no podía pues permitir que un cristiano fuera educado en la religión judía, ¡aunque el caso fuera humanamente desgarrador!
La cuestión se reabrió en Boloña en 1859, con la constitución de un Gobierno Provisorio que debía preparar los plebiscitos y la anexión de marzo de 1860. Pío IX era inconmovible en su decisión de no devolver al niño a quien quiera que fuese. El 14 de noviembre de 1859 el Tribunal de la Santa Inquisición fue abolido en Romagna, los ministros del culto fueron sujetados a la ley sarda y los fueros eclesiásticos fueron suprimidos. El Padre Feletti fue la primera víctima de estas disposiciones, no se había movido de Boloña, de su Convento de Santo Domingo, aunque previó lo que iba a llegarle. Su actitud semper idemdio la impresión de una gran dignidad, jamás hizo compromisos, repitiendo siempre haber actuado de manera conforme a lo que el cargo que cumplía exigía de él. En la noche del 2 al 3 de enero de 1860 el Director General de la Policía Piamontesa, el caballero Curletti arresta al P. Feletti, dominico inquisidor del Santo Oficio. El dominico fue llevado a las prisiones de Torrone y el proceso comenzó después de dos meses de detención. Desde su primer interrogatorio respondió que: “Los jueces de la Iglesia no están sujetos a ninguna autoridad que les sea inferior… no estando permitido a cualquiera hacerse juez de las decisiones emanadas de la Sede Apostólica en materia de fe y costumbres… La conciencia me prohíbe absolutamente dar ninguna respuesta” (7). El arzobispo de Boloña, el cardenal Michele Viale Prelá también fue apuntado.
El Padre Feletti fue escuchado el 16 de abril de 1860; el religioso dominico había declarado sobre el joven Mortara: “Yo no puedo hacer menos que manifestar lo que se refiere a la misericordia de Dios hacia este niño y los prodigios de Su Gracia para mantenerlo como un buen cristiano. Desde los primeros momentos en que… se anunció al padre… y por Edgardo mismo que él habiendo sido bautizado debía ser confiado a la Iglesia Católica y por lo tanto ser separado de su familia, el niño permanece impasible y mientras que sus hermanos y hermanas lloraban… él permaneció sereno y tranquilo… El Sumo Pontífice tuvo la benignidad de mandar llamar a Roma al padre y a la madre del niño… a fin de que ellos se aseguraran de la voluntad de su hijo Edgardo de permanecer en la religión cristiana… Los padres… tuvieron permiso de hablar con su hijo en presencia del rabino de Roma, los cuales trataron… de convencer al muchacho de volver con ellos. Pero él solo, una criatura de alrededor de nueve años, se defendió de las tentaciones de su padre, su madre y del rabino respondiéndoles que él era cristiano y que quería vivir y morir cristiano y que además rezaría a Dios por la conversión de ellos” (8).
Pero la polémica no se termina. Cavour, en octubre de 1860 aseguraba a la Alianza Israelita Universal que el gobierno de la Casa de Saboya haría lo posible para que el niño fuese devuelto a su familia.
Fin de la autobiografía
“La Comunidad Israelita de Alejandría en Piamonte hizo un llamado a todas las sinagogas del mundo y organizó una verdadera campaña contra el Papa y la Iglesia… pidiendo a los poderes y suplicándoles intervenir y protestar diplomáticamente. Algunas protestas fueron efectivamente enviadas; esta violenta polémica… en la cual se dieron cita todos los enemigos del Papado y de la Iglesia Romana se mantuvo en suma durante casi seis meses. ….Pío IX, como él mismo lo decía en medio de esta furiosa tempestad dormía tranquilamente a ejemplo del Divino Redentor: “ipse vero dormiebat”.
El 11 de marzo de 1868… encontrándome en San Gregorio del Monte Caelius… se anuncia la visita de Su Santidad. Me posterné… sobre el suelo de la basílica, y al pasar el Santo Padre, queriendo besarle los pies, con una precipitación completamente juvenil, mi frente choca con su rodilla con tal fuerza que el Santo Padre pierde el equilibrio y estuvo a punto de caerse… En el momento el Papa se contentó con mirarme. Después llegó en lo que se llamó triclinio, …él me interpeló suavemente: “Pero, ¿qué has hecho hoy? Sería gracioso que la gente dijera que Mortara quiso matar al Papa…”.
La paternal solicitud del Santo Padre se manifestó especialmente con ocasión de los trastornos políticos de 1870. Después de la entrada de las tropas piamontesas en Roma, en aquellos días de anarquía… en que la policía era incapaz de frenar a la chusma, luego de haber arrancado por la fuerza del Colegio de los Escolapios al neófito Coen (Coen quiso luego volver a entrar en el Convento de los Padres Carmelitas, donde en 1833 se hizo sacerdote y murió en 1939, un año antes que Mortara, n.d.r.) (9), se dirigió a San Pedro ad vincula para sacarme también… Pío IX informado de mi huída, dijo exactamente estas palabras: “Agradecemos al Señor que Mortara haya escapado”.
La bendición de Pío IX me acompañó en todas partes. Ella me dio sobre todo la fortaleza… para no ceder a las presiones y amenazas de las autoridades liberales que querían obligarme… a volver con mi familia. (Luego de salir de Roma, n.d.r.) ella me siguió hasta Bressanone (Tirol austriaco), donde encontré la más calurosa hospitalidad junto a mis colegas de la Curia de Novacella.
Se quisiera saber cuales fueron mis relaciones con mis padres después de su partida de Alatri. No tuve más noticias de ellos. Les escribí muchas veces cartas paneréticas sobre religión y en las cuales trataba de convencerlos de la verdad de la Fe Católica… Estas cartas quedaron sin respuesta.
La paternal afección de Pío IX hacia mí fue inalterable hasta su muerte. Luego de la supresión de las Casas Religiosas me encomendó al santo obispo de Poitiers, Mons. Pie. … Sufriendo de debilidad de nervios debido al exceso de trabajo, me vi obligado a dejar todo aquello que pidiese aplicación y a darme a los trabajos manuales. En el bendito día de mi primera Misa tuve el honor de recibir una carta firmada por él… No volví a ver más a Pío IX. Después de 1870 muchas veces volviendo a la Ciudad Eterna he visitado el cementerio del Verano y, profundamente emocionado me he postrado sobre su tumba. …En su epitafio él invitaba a los fieles a rezar por él: Orate pro eo. Confieso que cuantas veces he leído estas palabras, tantas veces he dicho en mi corazón: Sancte Pie, ora pro me” (10).
Después de dos años de permanencia de Mortara en Novacella cerca de Bressanone, con los Canónigos Regulares de Letrán, bajo el falso nombre de Pie Pillon; el 2 de agosto de 1872 pasa a Francia a la nueva fundación de Beauchesne donde recibe las órdenes sagradas: el subdiaconado, el 1º de septiembre; el diaconado, el 28 de octubre de 1873; el sacerdocio, el 20 de diciembre.
La deposición de Mortara termina en 1878 (año de la muerte de Pío IX); pero es posible reconstruir la continuación de su vida a partir de muchos otros escritos suyos: “Como sacerdote se distinguía no solo por el celo, la piedad y la coherencia de su vida, sino también por sus dotes excepcionales de predicador políglota y por su cultura bíblica. Capaz de predicar en nueve lenguas, el R.P. Pío Mortara hizo su primer discurso el 25 de noviembre de 1874 en la Catedral de Poitiers para el jubileo episcopal de Mons. Pie. Mientras tanto… habiendo muerto su padre, el Padre Pío volvió a ver su madre en Perpignan, después en París, rezando por ella para que se convirtiese y se retirase a un convento… (Pero en vano, n.d.r.). También lo golpearon otros dolores por aquellos años: la muerte de Pío IX y del Cardenal Pie… finalmente una nueva enfermedad que lo puso a dos pasos de la muerte, de la cual salió, según afirmaba, curado milagrosamente, después de la visita de Don Bosco y de una invocación a Pío IX. El 19 de agosto de 1878 partió para Italia, de donde fue a España hasta 1888… en 1894 se embarcó para América… En 1899 fue para Cracovia… El 13 de noviembre de 1906 había fijado su residencia en la Abadía de Bouhay (de donde volvió dos veces a Italia en 1908 y 1912), donde celebró el 50º y el 60º aniversario de su ordenación sacerdotal. En esta ocasión recibió la bendición de San Pío X. Su último deseo, morir en Italia, no pudo ser atendido. ….La guerra impidió la realización del proyecto y es casi nonagenario que el R.P. Pío Mortara expira cristianamente el 11 de marzo de 1940 en la Abadía de Bouhay en Bélgica (la abadía fue vendida recientemente y el cuerpo de Mortara reposa en el cementerio de Bressaux Liége, en la sepultura de los Canónigos Regulares de Letrán, n.d.r.)” (11).
Notas
1) DEUTCH, Mortara case, in “The Jewish Enciclopedia”, vol. IX, Nueva York, Funk an Wagnalls Comp., 1905, pp. 35-36.
SCHMIDT, Mortara, in Lexicon fur Theologie und Kirche, VII, Freiburg in Breisgau 1935, p.33.
A. NAVAROTTO, L’affare Mortara nell’incubazione della guerra austro-franco-italiana, Vita e Pensiero, n. s. XXVI (1940), p. 269-273.
S. FURLANI, Mortara, in Enciclopedia Cattolica, vol. VIII, p. 1427.
2) P.M. MORTARA C.R.L., Une page de ma vie dédiée aux personnes pieuses, Strasbourg 1893.
G.L. MASETI ZANNINI, Nuovi documenti sul “caso Mortara”, in Revista di storia della Chiesa in Italila, 1959 pp. 239-259.
Don P.E. MORTARA, El niño Mortara y Pío IX. Narración autógrafa, sine loco et data.
V. MESSORI, Le cose della vita, S. Paolo, Milán 1995, pp. 322-326.
3) S.R.C. Summarium super introductionem Causae Beatificationis et Canonizationis Servus Dei Pii IX Summi Pontificis, Roma 1954, pp. 511-523.
4) N.L. FERRARIS, Bibliotheca canonica juridica moralis theologica, nº 69, tome IV, Venetiis 1772, p. 294: “Inquisitores libere procedere possunt contra judaeos si nutrices christianas retinuerint” (Nicolás IV).
5) Déposition du R.P. Pio Edgardo Mortara C.R.L. au procés pour la béatification et la canonisation du Serviteur de Dieu Pie IX, Roma 1954, pp. 511-516.
6) Il piccolo neofito Edgardo Mortara, “La Civiltá Cattolica” IX, serie III, vol. 12, 1858, p. 387.
7) Actes du Procés… f. 22 in F. JUSSI, Studi e ricordi del foro criminale, Bologna 1884, pp. 282.
8) Archives de l’Etat de Bologne, Atti del processo… feuilles 36-41.
9) F. CECCARELLI, 1870 – La riconsegna del giovinetto Coen alla famiglia, L’Urbe, XII, 1949, nº 5.
10) Déposition du R.P. Pio Edgardo Mortara C.R.L. au procés…, pp. 516-523.
11) G.L. MASETTI ZANNINI, op. cit., pp. 258-259.
LA DUDA CONTRA LA FE: RESPUESTA A LA ENCUESTA DE LA SEMANA
La siguiente encuesta la tienen en el menú lateral derecho.
En nuestra última pregunta de la semana preguntábamos la situación moral del católico que duda, suspendiendo el juicio sobre un artículo de fe, pero sin pertinacia, estando dispuesto a aceptar la verdad cuando se le presente con claridad de espíritu, y dábamos las siguientes opciones de respuesta:
1. Es hereje formal
2. Es hereje material
3.Peca mortalmente contra la fe, y es hereje formal
4: Peca mortalmente contra la fe, pero no es hereje
5. Peca venialmente contra la fe, pero no es hereje.
6. Ninguna de las anteriores
La respuesta correcta es la nº 4, y han respondido bien un 12%. He aquí los porcentajes de las respuestas emitidas.
| 1. Es hereje formal | 2 % | ||
|---|---|---|---|
| 2. Es hereje material | 14 % | ||
| 3. Peca mortalmente contra la fe, y es hereje formal | 10 % | ||
| 4: Peca mortalmente contra la fe, pero no es hereje | 12 % | ||
| 5. Peca venialmente contra la fe, pero no es hereje. | 42 % | ||
| 6. Ninguna de las anteriores | 20 % |
Veamos ahora la explicación moral de manos de Royo Marín, en su obra de Teología Moral tratando sobre las dudas en la virtud de Fe, y pongo en rojo la respuesta que nos concierne:
La duda contra la fe
«No es en manera alguna igual la situación de aquellos que por el don celeste de la fe se han adherido a la verdad católica y la de aquellos que, llevados de opiniones humanas, siguen una religión falsa; porque los que han recibido la fe bajo el magisterio de la Iglesia no pueden jamás tener causa justa de cambiar o poner en duda esa misma fe» (D 1794).
Estas palabras del concilio vaticano, sobre las que recayó una expresa definición dogmática del mismo concilio rechazando la doctrina contraria de Hermes (D 1815), obligan a hacer una distinción entre católicos y no católicos con relación a las dudas en materia de fe. Y así :
a) Entre católicos
1) El que duda voluntaria y positivamente de algún dogma ya definido y propuesto por la Iglesia, juzgando que no es del todo cierto o seguro por las razones que sean, incurre, sin duda alguna, en la herejía formal y peca gravísimamente.
2) Si duda negativamente, o sea suspendiendo el juicio acerca de algún artículo de la fe, hay que distinguir:
a) Si suspende deliberada y pertinazmente su asentimiento porque juzga que el juicio de la Iglesia no tiene suficiente fundamento para ser creído, comete un pecado gravísimo de herejía formal.
b) Si suspende su asentimiento con advertencia voluntaria, pero sin pertinacia (o sea, dispuesto a acatar la verdad cuando se presente con claridad a su espíritu), peca gravemente contra la fe; pero no es estrictamente hereje, puesto que no ha elegido pertinazmente lo contrario de lo que siente la Iglesia.
c) Si se trata únicamente de dudas o asaltos reiterados contra la fe, pero sin admitirlos en modo alguno y rechazándolos en seguida al advertirlos, no hay pecado alguno, por muy fuertes y persistentes que sean, pues no pasan de tentaciones contra la fe. Podría haber un pecado venial de negligencia si la repulsa a esas tentaciones no fuera todo lo rápida y enérgica que debiera ser.
b) Entre los herejes materiales
1) Pueden y deben admitir las dudas contra su falsa religión c comienzan a sospechar que están en el error. Si rehusan investigar la ver pecan grave y levemente contra la fe según la clase de duda y la negligeie en disiparla; pero no son herejes formales mientras no rechacen pertinazmente convertirse al catolicismo después de haberles sido mostrado suficientemente que es la única religión verdadera.
2) Cualquier hereje material dotado de espíritu reflexivo puede descl• brir sin gran esfuerzo o, al menos, sospechar fuertemente la falsedad ele su religión en su misma falta de unidad (son infinitas las sectas que cada día se van multiplicando, rechazando unas lo que aceptan las otras, etc)’.; en la ausencia de santidad en sus procedimientos y en sus miembros; en su carencia total de catolicidad, acantonadas tan sólo a una o pocas regiones; y en su completa desvinculación de la apostolicidad (arrancan de Focio, Miguel Cerulario, Lutero, Calvino o algún otro heresiarca posterior), que son las cuatro notas típicas de la verdadera Iglesia de Cristo y sólo se encuentran en la Iglesia católica romana.
E) La ignorancia de la fe
300. Como ya dijimos al hablar de la necesidad de la fe, hay obligación grave de aprender las cosas necesarias con necesidad de medio y de precepto y, en general, todas aquellas verdades de fe que son necesarias pera llevar una vida auténticamente cristiana y para el recto desempeño de los deberes del propio estado. El que descuida por culpable negligencia este deber, comete un pecado muy grave de ignorancia voluntaria, que puede traerle fatales consecuencias en este mundo y en el otro.
Es deber gravísimo de los párrocos adoctrinar al pueblo fiel en las verdades de la fe (cf. en. 1329). Y este deber alcanza proporcionalmente a los padres, amos y padrinos con relación a sus hijos, criados o afiliados (cn 1335)
F) Omisión de los actos de fe
301. Puede, finalmente, pecarse directamente contra la fe, omitiendo su ejercicio en las circunstancias y casos en que es obligatorio. Cuáles sean concretamente, ya lo dijimos al hablar de la obligación de los actos de fe.
ARTICULO IV
Peligros contra la fe
Además de los pecados que se oponen directamente a ella, la fe puede encontrar en su camino multitud de obstáculos y peligros. Los principales son cuatro, que vamos a examinar brevemente: el trato con acatólicos, las escuelas acatólicas, la lectura de libros heréticos y el matrimonio con incrédulos o herejes. Al final hablaremos en forma de breve escolio de los peligros internos contra la fe.
A) El trato con acatólicos
302. Se comprende sin esfuerzo que el trato con personas acatólicas represente un peligro para la verdadera fe, sobre todo si se trata de una persona sencilla o de poca formación religiosa. Por eso la Iglesia, como madre solícita, se ha preocupado, a través de los siglos, de preservar a sus hijos de semejante peligro, legislando sobre ello según lo exigían las circunstancias y costumbres de las distintas épocas de la historia.
PRENOTANDO. Cabe distinguir un triple trato con los acatólicos: en lo puramente civil, en lo estrictamente religioso y en lo mixto. He aquí lo que hay que decir en cada caso:
1º. La comunicación en cosas meramente civiles, si se evita todo peligro de perversión o escándalo, no está prohibida por ningún derecho.
Nótese, sin embargo, que es preciso evitar todo peligro de perversión o de escándalo, porque, de lo contrario, estaría prohibida por la ley natural y divina. Y así hay que evitar las conversaciones con los herejes en torno a la fe, la discusión pública con ellos—expresamente prohibida, como veremos en seguida—y otras cosas semejantes. San Pablo escribía expresamente a su discípulo Tito: Al hereje, después de una y otra amonestación, evítale, considerando que está pervertido (Tit. 3,10-11). Y en su carta a los Romanos les dice que eviten su trato, porque con discursos suaves y engañosos seducen los corazones de los incautos (Rom. 16,18).
La Iglesia prohibe expresamente asistir a bailes y diversiones que celebren los masones en cuanto tales 21.
2º. En las cosas estrictamente religiosas está absolutamente prohibida por la ley natural y positiva la comunicación activa con los herejes.
He aquí la actual legislación de la Iglesia sobre este particular:
«No es lícito a los fieles asistir activamente o tomar parte, de cualquier modo que sea, en las funciones sagradas de los acatólicos* (cn.1258 § 1).
«Sin licencia de la Santa Sede o, si el caso urge, del ordinario local, se guardarán los católicos de tener disputas o conferencias, sobre todo públicas, con los acatólicos» (cn. 1325 § 3).
«Es sospechoso de herejía el que espontáneamente y a sabiendas ayuda de cualquier modo a la propagación de la herejía o participa in divinis con los herejes, en contra de lo que prescribe el canon 1258″ (cn.2316).
a) LOS CATÓLICOS:
No pueden hacer de padrinos en los bautizos de los acatólicos, pues esto sería comunicación activa en cosas sagradas. Tampoco pueden escuchar sus sermones o discursos de propaganda de sus ideas heréticas.
Pueden, evitando el escándalo, visitar sus templos por curiosidad o interés artístico, e incluso rezar privadamente ante los cadáveres de acatólicos. Pero no pueden tomar parte en sociedades teosóficas, ni en la constituida en Londres para la unión de los cristianos, ni en asambleas convocadas para fomentar semejante unión
Las religiosas en los hospitales y el católico en cuya casa se halle enfermo un hereje han de conducirse pasivamente si el enfermo pide un ministro hel, rético para que le asista como tal. Pero si no hubiera otra persona de su misma secta y se temieran males mayores (v.gr., blasfemias o desesperación del enfermo), podrían transmitir el encargo al ministro herético para que visite al enfermo.
b) Los ACATÓLICOS:
Pueden asistir en privado a las ceremonias católicas, al culto y, sobre todo, a la predicación. La Iglesia no sólo no se lo prohíbe, sino que lo desea, para que el esplendor del culto católico y la predicación de la divina palabra faciliten su conversión a la verdadera fe. Sin embargo, no pueden participar en los sacramentos ni ganar indulgencias u otras gracias, porque esto es propio y exclusivo de los miembros verdaderos de la Iglesia. Ni pueden ser padrinos en un bautismo católico, ni tomar parte activa en el‘ culto católico (v.gr., llevando vela en la procesión), ni tocar el órgano en nuestras iglesias (a no ser con grave causa y evitando el escándalo), ni intervenir como cantores en el culto católico, etc.
3.° En las cosas mixtas se permite la presencia puramente material con grave causa y evitando todo peligro de perversión o de escándalo.
*Por razón de un cargo civil o por tributar un honor habiendo causa grave, que en caso de duda debe ser aprobada por el obispo, se puede tolerar la presencia pasiva o puramente material en los entierros de loa acatólicos, en las bodas u otras solemnidades por el estilo, con tal que no haya peligro de perversión ni de escándalo» (cn.1258 § 2).


