MISAS UNA CUM: LOS 2 DELITOS. ENTREVISTA A MONS. GUERARD DE LAURIERS
BREVE BIOGRAFÍA DEL ENTREVISTADO: MONS. GUÉRARD DES LAURIERS

Nacido en 1898, cerca de París, Michel Guérard des Lauriers frecuenta los establecimientos de enseñanza laica. Ingresa en la Escuela Normal Superior (fundada al mismo tiempo que la de Pisa) en 1921, y obtiene el título de matemáticas en 1924. Estudia dos años en Roma con el profesor T. Levi-Civita, y prepara la tesis que sostendrá en la Sorbonne bajo la presidencia del profesor Elie Cartan.
Ingresa en la Orden de Frailes Predicadores en 1926, hace la profesión en 1930, y es ordenado Sacerdote en 1931. Profesor en la Universidad dominica de Saulchoir desde 1933, enseña igualmente en la Pontificia Universidad de Letrán a partir de 1961. Este pasaje romano fue para él la ocasión de elaborar la parte doctrinal, y de colaborar en la redacción original (debida a Cristina Guerrini) de la carta titulada: “Breve examen crítico del Novus Ordo Missæ” (1); carta dirigida a Pablo VI el 5 de junio de 1969, fiesta de Corpus Christi, por los Cardenales Bacci y Ottaviani. Esta iniciativa le costó el ser despedido de Letrán, en junio de 1970, junto con el rector, Mons. Piolanti, y una quincena de profesores, todos juzgados indeseables por defender la santa tradición de la Iglesia. Desde entonces vive “extra conventum, cum permissu superiorum”.
Es autor de varias obras de teología y de numerosos artículos sobre filosofía de las ciencias, crítica del conocimiento, teología espiritual. Es miembro de la Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino.
Publicó en 1978, y luego en “Cahiers de Cassiciacum”(2) , una tesis hasta el presente no refutada; esta tesis consiste en afirmar la vacancia formal de la Sede Apostólica, con certeza desde el 7 de diciembre de 1965.
Recibió la consagración episcopal el 7 de mayo de 1981, de Mons. Pierre Martin Ngo-Dinh-Thuc, Arzobispo emérito de Hué. Consagración válida, en cuanto al rito tradicional, íntegramente observado; consagración lícita y legal, en cuanto al poder de Legado conferido por Pío XI a Mons. P. M. Ngo-Dinh-Thuc, el 15 de marzo de 1983 y nunca revocado ( fotocopia de este documento fue reproducida en la revista “ Sous la Banniere” nº 9, enero febrero de 1987, pag 10- “editions Sainte Jeaane de´Arc,” cf. Nota 1-.)
LOS DOS DELITOS DE NOMBRAR A UN HEREJE EN EL CANON DE LA MISA
Sodalitium: ¿Qué piensa de las Misas tradicionales celebradas por sacerdotes que, aún siendo críticos hacia Roma, sostienen que Juan Pablo II [ Benedicto XVI, Francisco] es verdaderamente Papa y lo nombran en el Canon de la Misa?
Mons. Guérard: Misas tradicionales celebradas con la mención de Juan Pablo II durante el Te Igitur. El Sacerdote que celebra una tal Misa pronuncia las siguientes palabras: «In primis que Tibi offerimus pro Ecciesia Tua Sancta Catholica … . una cum famulo tuo Papa nostro Johanne Paulo…». Estas Misas son comúnmente designadas bajo el nombre de: «Misas Una Cum».
Es necesario considerar dos cosas en esta proclamación: por una parte, lo que está directamente significado; por otra, lo que se halla indirectamente consignificado, teniendo en cuenta el contexto.
(1) Lo que se halla directamente significado por la fórmula «Una cum»: El delito de sacrilegio.
El sentido general de la súplica es determinado por las palabras: «qui tibi offerimus pro…». Pero sea lo que sea de este sentido general, la locución Una Cum afirma que la Iglesia (de Cristo, de Dios: tua), Santa y Católica, es «una con» el servidor de Dios que es nuestro Papa Juan Pablo II. La locución Una Cum afirma entonces que, recíprocamente, Mons. Wojtyla es «uno con» (forma uno con) la Iglesia de Jesucristo, Santa y Católica. Ahora bien, hemos mostrado (2a.c.a) que esta afirmación es un error. Pues Wojtyla, al persistir en proferir y promulgar la herejía, no puede ser el Vicario de Jesucristo; no puede ser, en cuanto «papa» como debería (famulo tuo Papa nostro), «uno con» la Iglesia de Jesucristo. El una cum afirma y proclama entonces un error, que concierne concretamente a la Fe.
Siendo así, hay que concluir que la Misa «una cum» está «ex se» objetivamente manchada de sacrilegio. En efecto, la Misa es la acción sagrada por excelencia, ya que el Sacerdote obra «in Persona Christi». Y si esta función instrumental concierne eminentemente al acto consecratorio, se realiza igualmente por derivación durante lo que precede y prepara el acto, o se desprende de este inmediatamente. Ahora bien, todo lo que pertenece a la acción sagrada debe ser puro; es decir, conforme a lo que exige su naturaleza. Una proclamación que especifica inmediatamente el ejercicio concreto de la Fe, debe ser siempre verdadera con respecto a la Fe misma. Debe serlo, en segundo título, si es hecha durante una acción sagrada. Si entonces una proclamación que especifica inmediatamente el ejercicio concreto de la Fe y es hecha durante una acción sagrada, es errónea, constituye ipso facto y objetivamente un delito, no solo contra la Fe sino igualmente contra la acción sagrada. Una tal proclamación está entonces inculpada (afectada) de un delito del género «sacrilegio»; y eso, objetiva e ineluctablemente, sea lo que sea del pecado cometido por los participantes (cf. 6)
(II) Lo que se halla indirectamente consignificado por la fórmula «una cum»: El delito de cisma capital.
«Quae tibi offerimus pro…»: Se trata de una ofrenda hecha en favor de, eso es lo que está significado directamente. De allí que se haya pretendido (en particular, Dom Gérard Calvet O.S.B.) que en el Te Igitur se reza por el Papa, y no del todo con el Papa. Pero esta es una opinión superficial. En efecto, hay que observar que, en esta primera parte del Te Igitur, el Papa es considerado en cuanto Papa, ya que es mencionado precisamente «una cum Ecclesia» . Por otra parte, la aplicación del fruto de la Misa («pro»), pedida como algo aleatorio en favor de personas privadas en los dos Memento, es pedida en el Te Igitur; de igual manera, unidamente en favor de la Iglesia y del Papa, como siendo evidentemente gratuite «ex parte Dei«, pero necesaria como cierta «ex parte nostri«.
De esta última observación, resulta la siguiente consecuencia: Recordemos que la «aplicación» del mérito no es necesaria (o «de condigno») más que en dos casos; a saber: 1) Esta «aplicación» es hecha por Cristo en persona. El y solo El merece en derecho por otro. 2) Esta «aplicación» es hecha a la persona misma que adquiere el mérito: cada mérito «de condigno» por sí mismo. Entonces, como la aplicación del fruto de la Misa es hecha en derecho por la persona moral que constituyen unidamente (una cum) la Iglesia y el Papa, es necesario que esta misma persona moral esté en el principio del Sacrificio del cual tiene el derecho de recibir el fruto. Por otra parte, se afirma comúnmente que si la Misa es primeramente el Sacrificio de Cristo, también es igual y unidamente el Sacrificio de la Iglesia (Es por eso que, si bien el sacerdote al ofrecer el Sacrificio en cuanto al ejercicio del acto, obra in Persona Christi sin mediación de la Iglesia; no obstante, en cuanto a la especificación del acto, el sacerdote no puede obrar sino por mediación de la Iglesia. Pues sólo la Iglesia está divinamente calificada para garantizar con certeza: la conformidad con la Verdad del artículo que promulga en Nombre de Cristo; la conformidad con la Realidad del rito que prescribe en Nombre de Cristo (el sacerdote que usa de un rito toma ipso facto la intención de la autoridad responsable del rito… ¡se pueden vislumbrar todas las consecuencias!). Y en la Iglesia en orden, por la mediación ejercida por la Jerarquía, es en definitiva el Papa quien confiere la «misión» de celebrar cualquier Misa. El Papa es el «Sumo Pontífice» en la Iglesia; y como Iglesia y Papa unidamente (una cum) imperan en la Iglesia militante el ofrecimiento del Sacrificio propio de ella, tienen el derecho «in primis» al fruto del Sacrificio. En el orden creado están «in primis» en cuanto al término (la aplicación del fruto), porque están «in primis» en cuanto al principio (la intimación de la celebración).
Se ve así cual es el verdadero alcance de la expresión «una cum«. Esta no significa solamente que al celebrar el Sacrificio de la Misa se reza por la Iglesia y por el Papa, como por (pro) tal persona privada o tal intención particular. «Una cum» consignifica, implícita pero necesariamente, que el Sacrificio de la Misa se celebra en unión con y bajo el movimiento de la persona moral que son unidamente («una cum») el Papa y la Iglesia; considerando que tal persona moral tiene el derecho in primis al fruto del Sacrificio, el cual es el único que puede fundar metafisicamente el hecho de participar en derecho in primis en el Acto de Cristo Sacerdote que ofrece el Sacrificio.
De aquí se desprende la calificación que conviene atribuir a la Misa Tradicional «una cum». Una tal Misa es válida (¡suponiendo que el sacerdote lo sea verdaderamente!) con respecto al rito que, a imitación del Depósito, permanece divinamente garantizado por el Magisterio de la Iglesia. Pero, quiera lo que quiera subjetivamente el celebrante, el acto que realiza comporta objetiva e ineluctablemente la afirmación de estar en comunión con («una cum») y bajo el movimiento (papa nostro) de una persona en estado de cisma capital. El acto de tal celebración está pues manchado de un delito del género «cisma»; y eso, objetiva e ineluctablemente, sea lo que sea del pecado cometido por los participantes (sacerdote celebrante y fieles asistentes; cf. 6).
Sodalitium: ¿Podría por favor precisar las dificultades suscitadas por la asistencia a una Misa Tradicional celebrada «Una cum«?
Mons. Guérard: Dificultades suscitadas por el hecho de asistir a una Misa tradicional «una cum«.
Estas dificultades resultan de cuanto acaba de exponerse.
Evidentemente se deben dejar de lado los casos en los que la asistencia a una tal Misa es imperada por un motivo extrínseco (razón familiar, por ejemplo), sobreentendiéndose que la persona asistente manifieste clara y ostensiblemente que asiste sin participar.
Si esta última cláusula (manifestar que no se participa) no se realiza, entonces –ex se-el solo hecho de asistir constituye una participación, avalar la celebración. Y como ella está afectada objetiva e ineluctablemente del delito de sacrilegio y cisma; ¿acaso no se sigue que participar en tal celebración es exponerse a la culpabilidad de estos delitos?
La respuesta es afirmativa en derecho. De donde se sigue que los fieles apegados a la Tradición no deben -en derecho- asistir a la Misa tradicional una cum; y eso respecto primeramente a ellos mismos, y en segundo lugar, respecto al Testimonio que deben a los demás.
Esta respuesta afirmativa en derecho, puede estar suspendida en la práctica por dos considerandos. El primero es de orden general y mira a las reglas de la moral. Un delito no es pecado si no es conocido como tal. La ignorancia excusa si es ingenua, aumenta la culpabilidad si es calculada, etc… Muchos fieles apegados a la Tradición no comprenden ni el alcance, ni entonces la gravedad del «una cum«, hay que instruirlos (cf. 10). Pero hasta tanto no hayan comprendido, no se los puede acusar por asistir a la Misa tradicional una cum… Solo Dios conoce los corazones.
El segundo considerando que puede suspender la norma de derecho (no asistir a la Misa «una cum»), proviene de la situación actual. Puede suceder que los fieles no tengan en la práctica otro medio de comulgar que el de asistir a una Misa una cum. Ahora bien, si es posible vivir y crecer en el estado de gracia sin comulgar, tal privación no está exenta de dificultad ni tampoco a veces de peligro. Y de la misma manera que la Iglesia siempre ha admitido que en peligro de muerte se puede recurrir a un confesor incluso excomulgado; ¿no conviene recurrir a una Misa una cum para participar al Sacrificio y comulgar? Pío XII lo recordó con autoridad: en la Iglesia militante la salvación de las almas constituye la finalidad de las finalidades. La asistencia a la «Misa una cum» puede entonces ser objeto de un «caso de conciencia». Cada caso es diferente y debe resolverse en definitiva por la conciencia del interesado, no sin los consejos y directivas de un sacerdote «non una cum». Ni rigorismo unívoco, que no tiene en cuenta la psicología de cada uno; ni laxismo sentimental (por ejemplo, una persona que puede comulgar cada quince días en una «Misa non una cum» no tiene ninguna razón y entonces no debe asistir a una «Misa una cum» en el intervalo, y menos todavía comulgar en ella).
Nota: Mons. Guérard sostiene que en esta materia manifiesta únicamente su opinión, y admite las buenas razones del otro criterio, según el cual no es lícito aún por motivos pastorales (el deseo de los Sacramentos) asistir y comulgar en una «Misa una cum».

Fuente: Sodalitium nº 13, ed. marzo de 1988
ENCÍCLICA MEDIATOR DEI: SOBRE LA SAGRADA LITURGIA
MEDIATOR DEI
INTRODUCCIÓN
PARTE PRIMERA:
NATURALEZA, ORIGEN, PROGRESO DE LA LITURGIA
PARTE SEGUNDA:
EL CULTO EUCARÍSTICO
PARTE TERCERA:
EL OFICIO DIVINO Y EL AÑO LITÚRGICO
II. Ciclo de los misterios en el año litúrgico
III. Las fiestas de los santos
PARTE CUARTA
NORMAS PASTORALES
EPÍLOGO
Lógica general 9/19. De las propiedades de los términos.
Artículo III. De las propiedades de los términos.
Ya dejamos consignado que los términos expresan las ideas y significan los objetos, como elementos o partes del juicio. Bajo este punto de vista, y en virtud de la relación que uno de los extremos del juicio incluye respecto del otro u otros, resultan la suposición, apelación, ampliación, restricción y alienación, como otras tantas propiedades de los términos considerados en razón de elementos del juicio. Mas [65] como quiera que las tres últimas tienen más importancia y aplicación en la retórica que en la lógica, trataremos únicamente de las dos primeras.
A) La suposición.
a) Entiéndese aquí por suposición, la posición de un término en lugar o representación de alguna cosa respecto de la cual se verifica, es decir, respecto de la cual se forman juicios o proposiciones verdaderas, tomando el término bajo aquella significación.
b) Se divide en material y formal. Hay suposición material cuando la cosa significada por el término es el mismo término; como en esta proposición: Sócrates es nombre sustantivo. Hay suposición formal cuando el término se pone en lugar de la cosasignificada por él como si digo: Sócrates fue filósofo.
La formal se llama simple, cuando el término se toma o se pone por el significado inmediato solamente; pero si abraza o incluye también el mediato, entonces se dice que la suposición es real, la cual recibe también los nombres de absoluta y personal.Esto tiene lugar en los nombres que significan concretos accidentales, cuyo significado inmediato es la forma denominante, y el mediato es sujeto denominado. Lo blanco es accidente; lo blanco es finito. En la primera proposición, el término blanco se toma por el significado inmediato, que es la blancura: en la segunda, abraza la blancura y el sujeto que la tiene, porque de los dos se verifica el predicado finito.
Suposición colectiva, es la posición del término común por muchas cosas tomadas colectivamente. Distributiva es la posición del término por todos y cada uno de sus significados. Disyuntiva es la posición de un término por algunos de sus significados. Los Apóstoles son doce: el hombre es sustancia: algunos hombres son prudentes. El predicado en estas proposiciones, en tanto se verifica del sujeto según que el término que designa al sujeto se toma con la suposición conveniente. Si el término Apóstoles se toma con suposición distributiva, la proposición primera resultará falsa, porque [66] equivale a esta: Todos los Apóstoles y cada uno de ellos son doce.
c) Para discernir, pues, y reconocer la suposición que corresponde a los términos de la proposición para que resulte verdadera, conviene tener presentes las siguientes reglas:
1º Cuando un término va acompañado de signo universal, su suposición será distributiva o colectiva, según la naturaleza o condición del otro término. Todos los Apóstoles son doce: todos los Apóstoles son hombres. El sujeto lleva el signo de universalidad todos, y sin embargo, la primera proposición sólo es verdadera a condición de que el sujeto tenga suposición colectiva: al paso que en la segunda admite la distributiva: Los signos universales para nuestro objeto, son las palabras: todos, todo, ninguno, los, las, &c.
2ª Cuando el término lleva signos particulares, como son alguno, ciertos, algunos, &c., la suposición es disyuntiva; y es confusa o determinada, según la condición y exigencia del otro término. Alguna nave es necesaria para pasar de España a Cuba: algunas naves condujeron a Colón a la América. La suposición del sujeto en la primera es confusa o indeterminada: en la segunda, es determinada.
3ª En toda proposición afirmativa el predicado, atendida su naturaleza y condición tiene suposición disyuntiva, aun cuando sea término común y universal: en la negativa, el predicado supone siempre distributivamente. Para que sea verdadera esta proposición: todo hombre es animal,basta que sea una de las especies o clases de animales. Por el contrario, si digo: el hombre no es piedra, la proposición sólo es verdadera a condición de que el predicado excluya del sujeto, no esta o aquella especie de piedra, sino todas las clases o especies. Esta regla es de la mayor importancia para el conocimiento de las leyes del silogismo (1). [67]
{(1) Así es que apenas concebimos cómo se escriben obras elementales de Filosofía, en las cuales nada se dice de la suposición [67] como propiedad de los términos en la proposición. Porque la verdad es que el que ignora las leyes de la suposición, no puede comprender la razón de las leyes del silogismo. La apelación, aunque de menos importancia práctica que la suposición, no carece de ella, especialmente en orden a la teología.}
B) La apelación.
a) Entiéndese por apelación la aplicación determinada del predicado al sujeto de la proposición, o sea el modo con que el predicado se refiere y afecta al sujeto. Se llama material cuando el predicado se refiere al sujeto por parte de su significación material, o sea por parte del sujeto que tiene la forma, como el hombre en el término medicus: si, por el contrario, el predicado se refiere al sujeto por parte de la forma significada por aquel, entonces se dirá que hay apelación formal. El médico canta: el médico prescribe remedios contra la enfermedad. En la primera proposición hay apelación material; en la segunda, la apelación es formal, porque el prescribir remedios conviene al médico como tal, y por consiguiente el predicado se verifica del sujeto de la proposición, no por parte del significado material de medicus, que es el individuo humano, sino por parte de la medicina, que es la forma denominante de medicus.
b) Las reglas principales de la apelación son las dos siguientes: 1º cuando el sujeto de la proposición es un término concreto, la apelación es material en rigor lógico, o sea atendida la naturaleza lógica de la proposición (1). [68]
{(1) De aquí infiere con razón santo Tomás que, hablando con propiedad filosófica y prescindiendo de distinciones, es falsa la proposición homo factus est Deus. Pondremos sus palabras, que servirán, no sólo para ilustrar la regla propuesta, sino para reconocer la importancia teológica de la misma. «Dicendum, quod terminus in subjecto positus tenetur materialiter, positus vero in praedicato, tenetur formaliter (tiene significación o apelación formal) id est pro natura significata: Et ideo cum dicitur Homo factus est Deus, ipsum fieri non attribuitur humanae naturae, sed supposito humanae naturae, quod est ab aeterno Deus, et ideo non convenit ei fiere Deum. Cum autem dicitur Deus factus est homo, factio intelligitur [68] terminari ad ipsam humanam naturam. Et ideo proprie loquendo hec est vera: Deus factus est homo: sed haec es falsa: Homo factus est Deus.» Sum. Theol. 3º p., cuest. 16, art. 7, ad 4ª.}
2ª Los numerales primitivos, si se predican o aplican a nombres sustantivos, tienen apelación material y formal a la vez; pero si se aplican a nombres adjetivos, solo tienen apelación material, es decir, que en el primer caso multiplican la forma y el sujeto que la tiene: en el segundo sólo multiplican el sujeto. Si decimos: en la divinidad hay tres Dioses, la proposición es falsa según esta regla; porque el tres aplicado al sustantivo Dios, en virtud de la apelación material y formal que tiene, hace el sentido de que hay tres divinidades y tres supuestos o personas que las tienen. Al contrario, si digo: en la Divinidad hay tres infinitos, tomando el término infinitos como adjetivo, equivale a decir que hay tres supuestos que tienen infinidad, pero no tres infinidades, lo cual pertenece a la apelación material.
RESPUESTA A LA PREGUNTA DE LA SEMANA (5)
La siguiente pregunta se encuentra en el menú de la derecha
PREGUNTÁBAMOS:
En qué consiste la unión del alma con Dios? y dábamos 4 opciones:
33% han respondido: C, errando.
67% han respondido: D, estando en la verdad.
La respuesta correcta es:
La Opción D
¿ Por qué?
Responde San Juan de la Cruz, , proclamado Doctor de la Iglesia por el papa Pío XI, en 1926, en la cuestión 14 del Camino Seguro para la Unión del Alma con Dios:
Pregúntandose San Juan de la Cruz ¿Consiste el camino espiritual de la unión del alma con Dios en sentimientos y consolaciones espirituales?
Y Responde:
No consiste este camino espiritual, pues, ni en contemplaciones ni en gustos ni sentimientos espirituales, sino en una viva muerte sensitiva y espiritual a través de la cruz, o sea, exterior e interior.
Porque veo que conocen muy poco a Cristo aquellos que se tienen por sus amigos. Pues vemos cómo buscan en él sus gustos y consolaciones, amándose mucho a sí mismos, pero no sus amarguras y muertes, amándole así mucho a él. Hablo de estos que se tienen por sus amigos, ya que de aquellos otros que viven lejos, apartados de él, grandes letrados y poderosos, y cualesquiera otros que viven en el mundo cuidando de sus pretensiones y privilegios (los cuales podemos decir que no conocen a Cristo, y cuyo fin, por bueno que sea, será muy amargo), no se hace mención en este escrito. Pero sí se los mencionará el día del juicio, pues sobre todo a ellos les convendría hablar esta palabra de Dios, como a gente a la que Dios dirigió la misma conforme al saber y al más alto estado, Act 13 46. {Libro segundo, capítulo VII}.
SOBRE LA VIRGINIDAD: 5. CONVENIENCIA DE LA VIRGINIDAD PARA LA CONTEMPLACIÓN DIVINA.
CONVENIENCIA DE LA VIRGINIDAD PARA LA CONTEMPLACIÓN DIVINA
Hemos dicho, pues, que la virginidad ha sido asignada al hombre como auxiliar de ese pensamiento y ansia divina, según se la suele llamar en los Sagrados Libros. Del mismo modo que las restantes disciplinas escolares se han excogitado para facilitar la formación de quienes se entregan a su estudio, así la disciplina moral de la virginidad me parece ser un arte y ima como posibilidad de acceso a una vida más divina, que instruye a los que viven sujetos a leyes camales sobre él modo de emular las prerrogativas de los seres incorpóreos. Pues toda la solicitud de esa vida consiste en que la alteza del alma no se deprima ante la avenida turbulenta de las pasiones y que nuestro entendimiento no abandone la contemplación celestial y el mirar hacia la altura, dejándose caer en los placeres de la carne y de la sangre.
Mas ¿cómo será posible a nuestra alma, esclava de este bajo placer sensual y entregada a la concupiscencia de afectos humanos, el contemplar con espíritu libre de turbaciones aquella luz congénita, cuando en virtud de un juicio engañoso y lamentable se lanza hacia las cosas terrenas y viles? La naturaleza volvió la vista de los puercos hacia la tierra, y así les privó del panorama de las maravillas celestes; del mismo modo, el alma sumergida por completo en el cuerpo no podrá contemplar el cielo ni las bellezas del universo, ya que está inclinada a la tierra y a cuanto es propio de los irracionales.
Por todo lo cual, para que nuestra alma, en pleno uso de su equilibrio y libertad, pueda contemplar aquel divino y bienaventurado placer, no ha de volverse hacia las cosas terrenas ni ha de tomar parte en aquellos deleites concedidos por indulgencia a la vida vulgar, sino que ha de trasladar el ímpetu de su amor, apartándolo de las cosas corpóreas, hacia la visión espiritual e intelectiva de la belleza.
Para obtener tal disposición de alma ha sido instituida la virginidad del cuerpo; de modo que, dando al olvido las exigencias que parecen nacer de la misma naturaleza, no sienta ya el alma ninguna necesidad de dedicarse a las bajezas debidas a la carne. Y así, una vez libre de estas deudas, desaparece el peligro de que al condescender un poco con estos placeres, permitidos, al parecer, por la naturaleza, se aparte de aquel deleite imperecedero, cuya posesión está reservada a la pureza de corazón con la ayuda de aquel que nos gobierna.
DÓNDE ESTÁ LA IGLESIA CATÓLICA HOY? Parte 6
DÓNDE ESTÁ LA IGLESIA CATÓLICA HOY? Parte 6
TODO CATÓLICO ES SEDELUCENTISTA IMPLÍCITO
. . Y le es mejor saberlo, y afinar aquello en que desafina aun involuntariamente. Errare humanum est, perseverare diabolicum.
Cree con fe implícita en las consecuencias de un artículo de fe quien no las advierte distintamente. El simple fiel que cree en la autoridad infalible de la Iglesia, cree con fe implícita en todas las verdades que ella tiene para enseñarle y que él tiene por aprender: cuando las advirtiere distintamente y las profesare formalmente, entonces su fe se hará explícita.
Pues bien: todo católico debe creer al menos implícitamente que el Gobierno visible de la Iglesia Católica no puede promover otra doctrina religiosa que la revelada por Dios. Además, todo católico debe creer al menos implícitamente que el ecumenismo niega la doctrina religiosa revelada por Dios. Por ende, todo católico que advierta que el gobierno visible del Vaticano II promueve doctrina religiosa contraria a la revelada por Dios, y que también advierta que la Iglesia Católica se declara incapaz de tener Gobierno visible que haga eso. debe deducir que el gobierno visible del Vaticano II no es el de la Iglesia Católica, y debe, en el momento de advertir ambas verdades, hacerse sedelucentista explícito, o dejar de ser católico para caer, sea en la herejía de la defectibilidad del gobierno visible de la Iglesia Católica, sea en la herejía del ecumenismo.
De lo dicho se desprenden dos corolarios:
COROLARIO CONSOLADOR: Si un hombre adhiere exteriormente a la existencia eclesial postconciliar pero cree explícitamente en el artículo de la indefectibilidad de la Iglesia Católica Gobernante e implícitamente en todas las verdades de fe católica, ese mismo hombre es sedelucentista
implícito, aunque tiene suspendido el ejercicio de la Fe Católica cuyo hábito le subsiste «como brasa bajo la ceniza».
COROLARIO ASUSTADOR: Pero si un hombre se resiste e indispone a adherir siquiera implícitamente a la Sedelucencia, y se obliga también implícitamente a no negar por nada del mundo la Eclesialidad Postconciliar, tampoco viéndola anticatólica, ese hombre no es católico —diga lo que diga— pues tiene excluido el hábito de la Fe.
LA SEDELUCENCIA NO ES UNA DETERMINACIÓN ACCIDENTAL DEL CATOLICISMO TRADICIONAL
A veces la Sedelucencia no es tomado como una consecuencia necesaria, ni menos aún componente esencial, del Catolicismo en su pureza antimodernista, sino como una añadidura: sus propugnadores serían ante todo católicos antimodernistas —y de paso, también sedelucentistas.
Craso error. Por lo pronto, entre los que se llaman católicos antimodernistas circulan herejías exclusivas de ellos, y que no son propias, ni del Catolicismo, ni de la pseudo-iglesia conciliar: en particular:
- la negación implícita de la indefectibilidad, firmeza, incorrupción e incorruptibilidad esencial, colectiva, funcional y jurisdiccional de la Iglesia Católica;
- la negación implícita del derecho de un verdadero Papa a ser obedecido en todo y respetado siempre.
El sedelucentista no es «un lefebvrista extremo». En el lefebvrismo hay problemas para cualquier orientación que se elija con respecto al Papado. Moverse a la izquierda por el «Papa» es apartarse de la resistencia a la herejía. Moverse a la derecha contra la herejía, es recargar la resistencia al «Papa».
Si no hubiera Sedelucencia, todos los católicos tradicionalistas, ante lo que quiere la Eclesialidad Postcatólica mal entendida como la Iglesia Católica, deberían decir las trágicas e inquietas palabras de la casta Susana:
Estrechada me hallo por todos lados; porque si yo hiciere eso que vos queréis, sería una muerte para mí; y si no lo hago, no me libraré de vuestras manos. (Dn 13, 22)
Los lefebvristas están enfermos de un cáncer propio del cual necesitan ser curados. No son una región gris entre la negrura postconciliar y la blancura sedelucentista: son una región con negruras propias suyas. Los que están disgustados con el Concilio sin saber que no es de la Iglesia Católica, no se acercarán a la Verdad por enterarse de más y más cosas anticatólicas del Concilio. Se angustiarán y escandalizarán y en su laberinto darán manotazos por probar una salida, y ensayarán fórmulas fallidas. Si tienen voz y mandato grupal, buscarán codificar y justificar esas fórmulas fallidas con los malos frutos de las incoherencias eclesiológicas lefebvristas.
EL PAPADO VERDADERO PERMANECE IDÉNTICO A SÍ MISMO Y HACE LO MISMO
Un principio metafísico muy obvio, señalado por Aristóteles, y muy citado en los teólogos medievales que lo comentan, es éste, lapidario, simplísimo: ídem manens idem semper natum est facere ídem (Así por ejemplo, el fuego que sigue siendo fuego, siempre emite calor y nunca frío, etc.). Eso significa que lo que permanece idéntico, siempre hace lo idéntico. Ahora bien, los jefes vaticanos desde muerto el Santo Padre Pío XII no hacen lo idéntico de los Papas, sino lo insólito, novedoso, revolucionario, y lo contrario. Por lo tanto, no son lo mismo que aquellos de antes. No son Papas. Y no hay ningún otro que en lugar de ellos sí lo sea. El Papado siempre da al mundo la misma Religión, siempre es «Luz de Luz», brillo más especial de un brillo más general de Cristo mismo en su Evangelio y su Magisterio. Lo que da al mundo religión distinta, o peor, contraria a la dada por Papas (que olvidamos tan fácil, pero fueron 261 y abarcaron larguísimas eras históricas, y la conversión de Europa, y la formación de toda nuestra cultura, y el florecimiento de todas las virtudes y santos), eso no es Papado..
Puesto en términos más metafísicos:
La potestad papal tiene como causa formal la autoridad de Cristo’, como causa eficiente o activa al mismo Cristo2, y como causa final remota la conservación de todos los creyentes en la unidad de la fe y de la comunión3 (esto es, apacentarlos). Pero algo que es distinto de otro algo, es distinto de aquello a lo cual es idéntico ese otro algo. De ahí se sigue que no es papa verdadero: 11 el personaje religioso mundial que no es eficientemente idéntico en Cristo, como actor primero y perfectivo de su persona pública, a los papas verdaderos pasados, pues en su persona pública lo mueve el Anticatolicismo; el personaje religioso mundial que no es formalmente idéntico a los papas verdaderos pasados en la autoridad de Cristo que solo comunica doctrina tradicional pura y salvífica; y 3° el personaje religioso mundial que no es finalmente idéntico a los papas verdaderos pasados en la intención de apacentar a todos los creyentes.
Además, cuando no falla un fin, no falla (si está presente) aquello que está infaliblemente dirigido a ese fin. Pero el fin del papado es conservar a todos los creyentes en la unidad de la fe y de la comunión, o apacentarlos. Si aquel que pretende estar dirigido al fin del papado falla respecto de apacentar a todos los creyentes, y el fin del papado no puede fallar, ese pretendiente no es papa. Pero los pretendientes papales del Vaticano II fallan respecto de apacentar a todos los creyentes. Luego no son papas.
En el Concilio Vaticano II salió del Vaticano doctrina que había sido infaliblemente e irrevocablemente condenada por verdaderos Papas con la Autoridad Suprema delegada por Cristo en ellos. El Concilio comunica doctrinas repugnantes, en especial la de la libertad religiosa y el ecumenismo, doctrinas de las cuales no solamente no había los menores amagos en los largos diecinueve siglos —más, casi cuatro mil, pues tampoco en el Antiguo Testamento— sino afirmaciones que las destruyen. Se apoderó de la Ciudad Matriz de la Iglesia una anti-iglesia, con una nueva religión.
El católico no debe reconocer esa iglesia ni esa religión, pues están separadas de la Iglesia Católica, ni tiene nada que hacer con representantes de una cosa que en su realidad íntima no es la Iglesia Católica, sino una parodia y apariencia teatral de ella.
En menos palabras: El Concilio es contrario a la Iglesia Católica. Esto es grave, único en la historia, y bien demostrable comparando las dos doctrinas que se contradicen como agua y fuego.. Si el Concilio es contrario a la Iglesia Católica, como a lo oblicuo se une lo oblicuo, la misma desgracia alcanza a todo lo que se adhiera al Concilio: jefes vaticanos (que por eso mismo no pueden ser papas), obispos, congregaciones, parroquias, publicaciones, etc. Como la Iglesia no puede contradecirse, lo que la contraría no es Ella, por mucho que se haya instalado en puestos, dignidades, y mentes. Es imposible ser recto respecto de la Tradición y ser oblicuo respecto del Papado que la da y la custodia.
LA SEDELUCENCIA NO ES UN ALA DE LA IGLESIA CATÓLICA
La Iglesia Católica es homogéneamente conservadora y esencialmente conservadora y en su gobierno y docencia oficial; no está formada de estratos que participen en grado desigual del carácter conservador que se realizaría al máximo en la Sedelucencia. Además, si la Iglesia Católica estuviera en estado de orden y con Jefe visible, el supremamente conservador es necesariamente el Papa, como piedra fundamental y como confirmador de la Fe de los católicos.
Hasta el momento en que la jefatura vaticana usurpada. con todo su gigantesco séquito mundial, se separó de la Iglesia Católica, no existían «católicos tradicionales». pues era inconcebible en la conciencia general católica —y es inconcebible en sí mismo— que un hijo fiel de la Iglesia Católica innovara o inventara en materia de Fe. Mucho más inconcebible es que la Iglesia Católica misma lo haga en sus gobernantes auténticos. La Iglesia Católica tenía en el Papa —y tendría en el Papa, si hoy lo hubiera— el órgano más inamoviblemente correcto —más aún: activamente corrigiente— de su Profesión de Fe. No existía, ni existe, una parte, o ala de la Iglesia Católica más conservadora que otras partes de la misma.
Toda la Iglesia Católica era y es conservadora. Solamente había una parte más necesaria y seguramente conservadora que todas, a saber, su cabeza visible, el Papa, que era y si hoy lo hubiera, sería la Iglesia Católica virtual, como lo enseña Silvestre Prierias, O. P., Maestro del Palacio Apostólico de Roma en su brillante polémica contra Lutero:
La Iglesia universal es esencialmente la convocación al divino culto de todos los creyentes en Cristo. Y la Iglesia universal es virtualmente la Iglesia Romana, cabeza de todas las iglesias, y el Pontífice máximo. La Iglesia Romana es representativamente el colegio de cardenales; y virtualmente es el Sumo Pontífice, que es la cabeza de la Iglesia, aunque de otro modo que Cristo.

Media Europa, y algún santo canonizado, se equivocó sin culpa ni daño sobre la identidad del Papa durante los cuarenta años del Cisma de Occidente. ¿Puede decirse otro tanto de quienes se equivocan sobre la identidad del Papa tras la consumación e imposición del concilio? No, por cierto. En aquel entonces sí había duda, y esto por lo bien y por lo católicamente que actuaba el pseudopapa aviñonés. Durante el Cisma de Occidente, todos los católicos eran bien apacentados; de manera que aún los que obedecían a un papa ilegítimo universalmente incognoscible como tal; obedecían un apacentamiento perfectamente católico. La misma integridad de la fe de los pseudopapas aviñoneses dificultaba resolver el enigma, para el cual no quedaban más pistas que las de la validez o invalidez del primero o segundo cónclave cardenalicio de 1378, las cuales se reducían a los testimonios de los cardenales sobre la supuesta coacción que sufrieron en el primer cónclave, y los indicios externos de que no hubo una tal coacción. El dilema aviñonés no se puede resolver a partir de los titulados papas, sino a partir de la libertad o falta de ella en el primer cónclave cardenalicio de 1378, y a partir de la veracidad, o falta de ella, del testimonio de los cardenales de haber estado coaccionados por temor a las represalias previsibles del populacho romano en caso de elegirse como papa un cardenal de la mayoría francesa. No hay ningún dilema parecido en el siglo XX. Después que la Eclesialidad Postcatólica desgajó —en prelados falibles sin verdadero Papa— la parte numéricamente y ejecutivamente principal de la previa estructura de la iglesia Católica usurpando todo lo que pertenecía a ésta, incluido el nombre y el título supremo, casi todos los católicos (aquellos que siguieron siéndolo y mientras siguieron siéndolo) pasaron a ser pésimamente apacentados y pasaron a obedecer a un pseudopapa tiránico apóstata universa/mente cognoscible como tal y a obedecer y retransmitir hacia abajo y hacia fuera un apacentamiento anticatólico. Cristo dio a Pedro y sus sucesores la dignidad de Pastor y además les impuso y asistió indefectiblemente el ejercicio de apacentar. Este sustantivo, como muchos otros que terminan en «- ton>, indica agente (muchas veces por título o cargo o hábito) del verbo de que se deriva, lo cual vemos reproducirse en castellano en los sustantivos «creador», «pensador», «pecador», etc. En latín, «pastor» se deriva de «pascere» (apacentar), de manera que significaría «apacentador, que apacienta por oficio o como característica».
No puede darse al pseudopapado postconciliar la incertidumbre y opinabilidad que tenía el pseudopapado aviñonés. En aquel entonces, el pretendiente romano y el aviñonés se atacaban personalmente, pero ambos tenían la Fe íntegra, y creían cada uno de buena fe ser el Papa legítimo asistido por Dios, y procuraban y daban a la Iglesia Católica la orientación pedida y dada por ella y ni rasguñaban el Depósito Revelado, y no había nada en su conducción ni enseñanza en que resistirlos, ni en lo cual seguirlos hubiera contrariado la conciencia católica. Todos los católicos permanecieron católicos. La incertidumbre resultaba de complicaciones de derecho canónico oriundas de la doble elección hecha por los mismos cardenales y de la difícil verificabilidad del argumento de los cardenales contra la validez de su primera, basado en una pretendida falta de libertad en el primer cónclave, de la cual ellos mismos eran los únicos testigos. No había otro elemento más firme para decidir la cuestión, precisamente por la perfecta ortodoxia de la misma conducción aviñonesa pseudopapal en designación pero papal en intención. Porque es históricamente probabilísimo que los pseudopapas aviñoneses, pese a su ambición y otras faltas humanas, creían de buena fe dirigir la Iglesia Católica en la tierra y procuraban hacerlo bien —y tan impecablemente lo hicieron que por eso mismo costó tanto demostrar que no eran papas, y hasta hoy no está demostrado infaliblemente. Con largos siglos la Iglesia Católica se fue inclinando por resolver la cuestión a favor del papa romano a partir del predominio de los indicios de validez del primer cónclave de 1378. Hasta ahora no se detecta heterodoxia alguna en el pseudopapado aviñonés. Aquello no tenía nada que ver con un concilio apóstata, una irreligión apóstata y un jefe vaticano apóstata que intentando y simulando administrar la autoridad apostólica impusiera la apostasía a los católicos, y con eso mismo demostraba apodícticamente que de ninguna manera podía ser papa y que es necesario negarlo como tal y resistirlo y perpetuar la Iglesia Católica durante su acefalía, contribuyendo con todas las fuerzas al ministerio sacramental, homilético y catequístico católico sedelucentista explícito y seguro fundado precisamente en la acefalía y en la epikeia.
Asentir a una elección papal inválida sin el menor esbozo de conducción anticatólica en medio de incertidumbres invencibles no tiene nada que ver con asentir a una conducción anticatólica en medio de certezas avasalladoras de su no-papalidad.
Equiparar el pseudopapado presente con el pseudopapado aviñonés lleva a calificar la creencia en este pseudopapado como lo que era la creencia en aquel pseudopapado: errónea, pero excusable e inocua.
Estando contrapuestos dos pretendientes a la jefatura suprema de la Iglesia Católica durante cuarenta años, sí había duda acerca de si alguno de ellos era, o no era papa, debido a la complejidad del origen de dicho dilema: los mismos cardenales que eligieron un papa en Roma, a poco de elegirlo, alegaron haberlo hecho bajo presión, y alegaron demencia del papa electo, y procedieron ellos mismos a una nueva elección en Aviñón. El caso a favor del papa romano se fue resolviendo con gran lentitud, y no fue sino en pleno siglo XX que los papas aviñoneses fueron retirados de la lista de Papas por la Santa Sede, que nunca se expidió ex cathedra sobre los pseudopapas aviñoneses.
En el caso del presunto papado de los arquitectos supremos del concilio neovaticano. ocurrió un hecho histórico del cual no hubo el menor asomo en Aviñón: se arrastró a toda la jerarquía católica, y con ella a la virtual totalidad de los fieles, a vivir y pensar de manera contraria al dogma, la moral, y la liturgia católica. El pseudopapa aviñonés no inoculó ni una gota de anticatolicismo en la vida de la Iglesia Católica: por eso mismo, no podía ser reconocido como imposible portador del Papado, ni había consecuencias graves para la vida espiritual en hacerlo. El pseudopapa aviñonés no daba fundamento ni conducción a ninguna secta ni eclesialidad anticatólica ni aún acatólica.
Aunque hagan poco caso de esto los que posponen y rebajan realidades primordiales y altísimas, durante el dilema Roma-Aviñón, todo católico daba su completa obediencia y confianza a aquel en quien veía al Papa, y de ningún modo lo desafiaba, ni levantaba un altar contra él, ni se ponía al margen de sus delegados subalternos.
En cuanto al poder de jurisdicción, en el Dictionnaire Apologétique de la Fol Catholique se explica que el ocupante de la sede aviñonesa recibía del pontífice romano, como la luna recibe la luz del sol, el poder de las llaves, y lo que ataba y desataba en su área quedaba validado. Otro autor explica que entonces la validez de los sacramentos y actos administrativos quedó salvada bajo cada portador del título papal, no porque hubiera más de un papa legítimo, sino porque el único que había era la fuente de la jurisdicción y los sacerdotes y obispos del partido que errado tenían un titulus coloratus que permite, en un tal tiempo de error ¡nevitable, administrar legítimamente los sacramentos y hacer otros actos de jurisdicción.
Sea como fuere, el pseudopapado aviñonés presenta diferencias fundamentales y descomunales con el pseudopapado postconciliar, siendo la principal de ellas su incertidumbre. Y durante el cisma de Aviñón nadie disimulaba nada papal en ningún lado.
San Vicente Ferrer, aunque decidió erróneamente la cuestión papal a favor del pretendiente aviñonés: estaba enérgicamente en contra de toda indiferencia acerca de la identidad del Sumo Pontífice. Suyas son las siguientes importantes palabras‑
[ . ..] no es suficiente, para salvar la fe que hemos de tener en la Iglesia de Cristo, creer bajo condición e indeterminadamente en el verdadero papa. del mismo modo que no basta creer incondicionalmente e indeterminadamente en la Iglesia. Ya se dijo que creer en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, es un artículo de fe. Por consiguiente, no basta al fiel cristiano la credulidad condicional e indeterminada en la Iglesia y, por tanto, en el verdadero papa, porque una cosa conlleva la otra, como queda dicho. Pues bien, la fe condicional e indeterminada en el papa verdadero no dirige suficientemente al hombre en sus obras, sino que lo deja perplejo. Si a ninguno obedece y permanece en la duda, está claro que dicha credulidad no le guía suficientemente en la observancia de los preceptos divinos.( san Vicente Ferrer. Tratado del cisma moderno. Parte I Cap.4)
P. Patricio Shaw, en su obra Sedeluncia
CONTINUARÁ, D. m., con Los Artículos Fundamentales Exigen Fe Explícita
Parte I de DÓNDE ESTÁ LA IGLESIA CATÓLICA HOY?
Parte II de DÓNDE ESTÁ LA IGLESIA CATÓLICA HOY?
Parte III de DÓNDE ESTÁ LA IGLESIA CATÓLICA HOY?
Parte IV de DÓNDE ESTÁ LA IGLESIA CATÓLICA HOY?
Parte V de DÓNDE ESTÁ LA IGLESIA CATÓLICA HOY?
Lógica general 8/19. De los universales.
Artículo II. De los universales.
De los universales en general
Universal, según indica la misma palabra, es una cosa que mira o dice relación a otras, unum versus alia. Esta relación de uno a muchos puede verificarse, o por razón de causalidad, como una causa que tiene muchos efectos, universale in causando; o por modo de representación, como un concepto o nombre que representa o significa muchas cosas, universale in repraesentando; o según que una esencia o realidad objetiva, se encuentre en muchas cosas y se puede predicar de ellas, universale in essendo. Este último constituye lo que se llama universal en la lógica, y suele definirse: unum aptum inesse multis et praedicari de illis: «una naturaleza con aptitud para existir en muchos y para ser predicada de ellos.»
Sabido es que los nominales negaban la existencia de los universales. Si se entiende por esta opinión que todo lo que [56] existe in rerum natura, existe singularizado, es verdadera: si se entiende que la naturaleza o realidad significada por las palabras universales, no existe realmente o fuera de nuestro entendimiento, la opinión nominalista es falsa, y en este sentido se establece la siguiente.
Tesis
Existen realmente las naturalezas que se denominan universales; pero la universalidad misma no les conviene según existen en sí mismas, sino en virtud del modo con que son concebidas por nuestro entendimiento.
Primera parte de la tesis. Por universal se entiende una cosa que está en muchos; es así que la naturaleza o realidad significada por el término universal está realmente en muchos, puesto que con verdad afirmamos que tal naturaleza real conviene a muchos sujetos, de los cuales se predica con verdad: luego, &c. Prueb. la men. En estas dos proposiciones: Sócrates es hombre: Platón es hombre: afirmamos una cosa de muchos; es así que lo que en dichas proposiciones se afirma de Sócrates o de Platón, no es el hombre o la palabra hombre, sino la realidad objetiva significada por esta palabra: luego es preciso admitir que esa realidad objetiva, o sea la naturaleza humana, es una en muchos, y por consiguiente universal.
Otra prueba convincente de lo mismo es lo que sucede con las definiciones. Ciertamente que cuando definimos el triángulo, por ejemplo, nuestra definición no se refiere a este o aquel triángulo singular, ni mucho menos a la mera palabra triángulo, sino a la naturaleza real significada por esta palabra. Es, pues, incontestable que los universales son reales o existen fuera de nosotros, en cuanto a la naturaleza por ellos significada.
La segunda parte de la proposición no ofrece dificultad; porque siendo necesariamente singular todo lo que existe, claro es que la forma de universalidad bajo la cual concebimos las naturalezas reales, es consecuencia y efecto del acto [57] del entendimiento, mediante el cual percibimos una naturaleza prescindiendo de sus determinaciones individuales (1).
{(1) Por si alguno quiere una demostración más completa y filosófica de esta segunda parte de la proposición, transcribiremos la siguiente de nuestra Philosophia Elementaria. «Natura quaevis, vel spectatur prout in singularibus existit, ved secundum se, id est, quatenus complectitur praedicata essentialia et necessaria, ut animal rationale, scientiae capax, &c., respectu hominis; vel prout per intellectum abstrahitur a singularibus conditionibus, quae ipsam in singularibus dividunt ac multiplicant: atqui universalitas non conguit naturae, prout in singularibus existit, ut probatum est, nec etiam si spectetu secundum se: ergo solum in intellectu. Prob. min. quoad secundam partem. Quod convenit naturae secundum se, de ea praedicatur vel essentialiter, vel saltem necessario, ut rationale essentialiter, admirativumvero tamquam attributum necessarium de homine praedicantur, ac proinde affirmari potest de omni eo, quod habet illam naturam; nam quod essentialiter aut necessario, homini ex. gr. convenit, affirmari potest de omni homine: ergo si universalitas conveniret naturae spectatae secundum se, conveniret omni habenti illam naturam, sicque possemus dicer quod petrus est essentialiter universalis, sicut possumus dicere quod est essentialiter raionalis.» Lib, 1º, cap. II, art. II, § 1º.}
Pueden y deben distinguirse dos especies de universales, que son el metafísico y el lógico. El primero resulta y se constituye mediante la sola abstracción o precisión de una naturaleza de las condiciones singulares que la acompañan en los individuos. El segundo incluye además la relación a los inferiores, en los cuales existe y de los cuales puede en consecuencia predicarse. De aquí se infiere:
1º Que el universal metafísico puede definirse: una naturaleza abstraída de muchos: el universal lógico: una naturaleza que existe o puede existir en muchos y predicarse de ellos. Unum aptum inesse multis et praedicari de illis, como decían los Escolásticos.
2º Que el universal metafísico se forma abstrayendo la naturaleza de las condiciones de singularidad: el universal lógico se forma comparando la naturaleza abstraída con [58] las naturalezas inferiores o sujetos a los cuales puede atribuirse, y de los cuales puede predicarse.
3º Que el universal metafísico es anterior en orden de naturaleza al universal lógico: porque primero es abstraer la naturaleza de los singulares, que compararla y considerarla como una respecto de sus inferiores.
4º Que el universal metafísico viene a ser como el fundamento inmediato del universal lógico; así como el fundamento de aquel es la semejanza de naturaleza que se encuentra en los individuos. El universal lógico, como tal, es decir, prescindiendo de la naturaleza abstraída y comparada, es una pura relación de razón.
De todo lo dicho en este artículo se desprenden fácilmente los siguientes corolarios:
1º Si es absurdo el sistema de los nominales, no es menos errónea la opinión de Platón que admitía naturalezas universales existentes fuera del entendimiento como universales o con la universalidad.
2º El universal viene a ser como un concreto accidental, en el cual la naturaleza real tiene razón de sujeto, y la universalidad es como la forma que se recibe en él.
3º Los universales, tanto metafísicos como lógicos, incluyen dos elementos, uno real y objetivo, que es la naturaleza denominada y significada por el hombre universal; otro racional o ideal, que es la forma, estado o modo de la universalidad que el entendimiento añade a la naturaleza real.
De los universales en particular
De lo expuesto en el párrafo anterior se colige que el universal lógico es de tantas especies cuantos son los modos con que una cosa se puede concebir como una y predicable respecto de muchos. Estos modos se reducen a cinco: una cosa puede convenir a muchos, o como perteneciente a su esencia, o como adjunta a la esencia. Si lo primero, o se [59] concibe como toda la esencia de los inferiores, de los cuales se predica, en cuyo caso se llama especie; o como aquella parte de la esencia según la cual ésta conviene con otras especies, y entonces resulta el género; o como aquella parte de la esencia mediante la cual ésta se distingue de otras especies, y entonces resulta la diferencia. Si lo segundo, o lo que no pertenece a la esencia se concibe como atributo que acompaña natural y necesariamente a la esencia, y entonces resulta lo propio, o se concibe como cosa contingente que puede estar y no estar en el sujeto, y entonces resulta el accidente. Así, por ejemplo, el animal es género respecto del hombre, porque expresa aquella parte de la naturaleza humana en que ésta conviene con otras especies de animales: hombre es especie, porque expresa toda la esencia o naturaleza humana que se encuentra en los individuos: racional es diferencia, porque expresa aquello en que el hombre se distingue esencialmente de otras especies de animales: admirativo, es propio, porque sin significar parte esencial del hombre, significa un atributo inseparable de su naturaleza, o una perfección connatural al hombre: virtuoso, es accidente, porque puede hallarse o no hallarse en los individuos, de los cuales se predica por lo mismo accidentalmente.
En virtud de lo expuesto será fácil formar ideas exactas acerca de las cinco especies de universales.
a) El género podrá definirse: una naturaleza que conviene a muchos inferiores diferentes en especie, de los cuales se predica esencialmente, pero expresando aquella parte de la esencia en que conviene con otras. Así se verifica en la naturaleza o realidad objetiva significada por la palabra animal, naturaleza o realidad que se encuentra en muchos diferentes en especie, es decir, en todas las especies de animales actuales o posibles, pero que sólo expresa aquella parte en que dichas especies convienen entre sí (1). [60]
{(1) Los Escolásticos usando de definiciones más sucintas, y por lo mismo menos claras de suyo, definían al género: unum aptum [60] inesse multis specie differentibus, et praedicari de illis in quid incomplete. La palabra quid denotaba que el género se predica essentialiter, y la palabra incomplete, que solo expresa una parte de la esencia específica. Esto puede servir para entender estas definiciones y otras análogas que se hallan en las obras de los Escolásticos.}
El género, si no tiene sobre sí otros, se llama supremo, como la sustancia: si tiene otros sobre sí, y también debajo, como viviente, que es inferior a sustancia, y superior al concepto genérico de animal, se llama medio: si debajo de sí solo contiene especies, se llama ínfimo. Esta misma calificación se aplica proporcionalmente o en su género a la especie y a la diferencia.
b) Especie se dice, una naturaleza que conviene a muchos individuos, de los cuales se predica de una manera esencial y completa. Conviene con el género en que se predica esencialmente; pero se distingue de él porque expresa toda la esencia de los inferiores, como cuando se predica hombre de Pedro, de Pablo, &c. La especie envuelve dos respectos o relaciones; una de inferioridad o sujeción al género, subjicibili atis ad genus, como decían los Escolásticos; otra de superioridad con respecto a los individuos, y ésta última es la que hace que la especie sea universal.
c) La diferencia, como universal, es una cosa o realidad que conviene a muchos, y se puede predicar de muchos esencialmente, pero expresando adjetivamente la parte de la esencia por razón de la cual se distingue de otras. Cuando decimos: Pedro es racional, la predicación es: 1º esencial, porque la racionalidad pertenece a la esencia humana, y por consiguiente a la de Pedro: 2º expresa aquello en que la naturaleza o especie humana se distingue esencialmente de las otras especies de animales con las cuales conviene en el género: 3º aunque la racionalidad es parte esencial y sustancial del hombre, se predica por medio de un término adjetivo, y lo mismo sucede en las demás diferencias específicas o esenciales. La razón de esto es que la diferencia se concibe que se [61] añade al género para constituir con él la especie o la esencia completa, y de aquí el que expresamos las diferencias por medio de términos adjetivos (1). Los inferiores de la diferencia considerada como universal lógico, son los mismos que los de la especie, o sean los individuos.
{(1) Por eso los Escolásticos definían la diferencia: unum aptum inesse multis et praedicari de illis in quale quid, denotando por la palabra quale la predicación adjetiva.}
Conviene notar aquí que el género y la diferencia cuando se predican de sus inferiores, convienen con la especie en cuanto a la cosa significada, y sólo se diferencian en cuanto al modo de significarla, o sea en cuanto a la expresión. En estas dos proposiciones: Pedro es animal; Pedro es racional, los predicados en tanto se verifican del sujeto, en cuanto significan de una manera implícita y confusa toda la naturaleza humana, y por consiguiente la especie. Así, por ejemplo, la primera proposición en tanto es verdadera en cuanto equivale a decir que Pedro es una cosa que tiene animalidad, y así abraza en su significación al hombre, puesto que el hombre es una de las cosas que tienen animalidad. Esto se hace más palpable teniendo en cuenta que si el predicado animal no significara más que lo que expresa, la proposición haría el sentido de que Pedro se identifica con el animal, o que tiene animalidad sola; sentido que hace falsa la proposición. Lo mismo sucederá si se analiza la segunda proposición. Así, pues, el género y la diferencia significan tanto como la especie, o mejor dicho incluyen en su significación a la especie, pero no expresan tanto como ésta.
d) Una cosa se puede llamar propia con respecto a algún ente de cuatro maneras: 1º quod convenit omni, sed non soli, como el ser libre conviene a todo hombre, pero no a sólo el hombre: 2º quod convenit soli, sed non omni, como el ser médico, conviene a sóloel hombre, pero no a todo hombre: 3º quod convenit omni et soli, sed non semper, como el comer [62] conviene a todo y a sólo el animal, pero no siempre: 4º quod convenit omni, soli, et semper, como el ser capaz de admiración, conviene a todo hombre, a sólo el hombre y siempre.
En este último sentido constituye uno de los cinco universales, y se puede definir: una cosa que conviene a muchos y se puede predicar de ellos como atributo necesario, es decir, como una realidad que dimana natural y necesariamente de los principios constitutivos de una cosa, aunque no es parte de su esencia (1). Las propiedades son de dos clases: unas se distinguen realmente de la esencia, como las facultades sensitivas se distinguen realmente de las sustancia del alma: otras que sólo se distinguen con distinción de razón o según nuestro modo de concebir, identificándose a parte rei con la naturaleza o esencia cuyos atributos son, como la mortalidad, la razón de finito, que se conciben como atributos del hombre. Las primeras se llaman propiedades físicas y reales; las segundas propiedades lógicas.
{(1) El proprium se predica adjetivamente, como la diferencia, por lo cual decían los Escolásticos que se predica in quale necessario, es decir, por medio de término adjetivo (quale) que expresa algún atributo o propiedad necesaria del sujeto.}
e) El accidente, como universal lógico, es lo que conviene a muchos y se puede predicar de ellos como cosa que acompaña o sigue a la esencia de una manera contingente. En esta proposición: Sócrates es sabio, el predicado no solamente no constituye parte de la esencia humana, en lo cual conviene con el proprium, sino que significa algo que puede estar o no estar en el sujeto, y que por consiguiente le conviene, no de una manera necesaria, sino de una manera contingente.
De la doctrina expuesta acerca de los universales resultan los siguientes corolarios, muy dignos de reflexión.
1º El conocimiento de los universales es más importante de lo que a primera vista parece. En primer lugar, todas nuestras ideas, a excepción de los puramente singulares, se hallan revestidas de alguno de los caracteres o modos de [63] universalidad que se acaban de exponer. En segundo lugar en todo juicio, que es el acto fundamental y principal de nuestro entendimiento, por lo menos uno de sus elementos, o sea el predicado, se afirma o niega del sujeto según alguno de los modos contenidos en los cinco universales enumerados.
2º Puesto que el universal lógico es una realidad que se encuentra en muchos, unum in multis, o sea una naturaleza que dice relación a otras que se consideran como inferiores, lleva consigo naturalmente la aptitud o capacidad para ser predicado o enunciado de muchos; de donde podemos inferir con razón que la predicabilidad es una propiedad de los universales; porque en efecto, dada la universalidad de una idea, síguese el que se pueda predicar de muchos. Otra propiedad de los universales, según los Escolásticos, es la eternidad negativa, lo cual no quiere decir otra cosa sino que las naturalezas, en cuanto universales, así como prescinden de este o aquel lugar, así también prescinden de este o aquel tiempo, lo cual constituye la eternidad negativa, o sea una duración no circunscripta ni limitada a una parte determinada del tiempo.
3º En la cuestión de los universales la verdad se halla entre dos extremos, es decir, en el realismo moderado, que admite por una parte la realidad objetiva de la naturaleza denominada universal, y por otra que ésta universalidad, o la intención de la universalidad, como dice santo Tomás, no existe fuera de nosotros, ni en los individuos, sino únicamente en nuestro entendimiento. De esta manera se evita por un lado el nominalismo, sistema que abre y prepara el camino a las doctrinas materialistas y sensualistas (1), y por [64] otro el realismo absoluto o exagerado, el cual admitiendo la realidad objetiva de las ideas universales y la existencia de la universalidad fuera del entendimiento, abre el camino al idealismo y al panteísmo. Y por estas indicaciones fácil es conocer que el problema de los universales envuelve grande importancia filosófica, y que no andaban tan descaminados los Escolásticos al ocuparse del mismo con marcada preferencia.
{(1) He aquí las notables palabras de Rosmini sobre las relaciones que existen entre el nominalismo, y las teorías materialistas y sensualistas. «Desde el momento que se supone… que las cualidades o esencias consideradas fuera de los individuos, no son más que vanas palabras, como pretende Stewart, se rechazan y destruyen, sin [64] quererlo, todas las artes y ciencias… El hombre racional de estos filósofos, no poseería más que la pobre reminiscencia de las cosas que ha visto… El nominalismo moderno toma su origen del materialismo. Los nominales han sido siempre materialistas, generalmente hablando. Hobbes sostuvo con ardor el nominalismo. Después de Hobbes, los que con mayor furor negaron la existencia de las ideas abstractas, son La-Metrie, Helvetius y el autor del Sistema de la naturaleza... No concedais al hombre más que la facultad de percibir los individuos sensibles, y no le quedan más que los sentidos, puesto que los sentidos son los que presiden a la percepcion de los individuos: desde este instante la razón no existe. Cualquiera que sea el principio de los sentidos corporales, preciso será en todo caso que deje de existir al disolverse el órgano material: de aquí el unus est interitus hominis et jumentorum.» Nouvel Essai sur l’orig. des idé. Sect. 3ª, cap. IV, art. 18.}
SOBRE LA VIRGINIDAD: 4. PERTURBACIONES QUE ORIGINA EL MATRIMONIO Y EL NO VENCER LOS AFECTOS TERRENOS
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4. PERTURBACIONES QUE ORIGINA EL MATRIMONIO Y EL NO
VENCER LOS AFECTOS TERRENOS
¿Qué necesidad hay de exponer lo ilógico de este género de vida, ni aun siquiera de pasada, completando la enumeración de tantas calamidades provenientes de los adulterios, las separaciones violentas y las disensiones ? Por tanto, creo atinar con un razonamiento más elevado y verdadero al suponer que los males que pueden observarse en todas nuestras empresas y nuestros quereres no ejercen su imperio sobre los hombres, a no ser que alguno se imponga voluntariamente a sí mismo tal yugo. Es evidente la verdad de este aserto.
Quien considere con los ojos puros del alma las falsías de esta vida y se eleve sobre las cosas visibles de este mundo, despreciándolas, según dice el Apóstol, como estiércol pestilente, y apartándose de todo comercio de esta vida por la renuncia al matrimonio, se verá libre de toda participación en los vicios humanos; me refiero a la avaricia, al odio, a la envidia, a la avidez de la gloria vana y otras cosas semejantes. Pues quien se encuentra exento de todo esto y lleva una vida completamente libre y pacífica, no tiene nada que pueda concitar la envidia de sus vecinos, siendo así que no ha logrado aquellas cosas por las que suele originarse la envidia. Elevado su espíritu sobre todo lo de este mundo, y teniendo la posesión de la virtud como único bien digno de estimarse, gozará de una vida sin dolores, pacífica y tranquila.
Y aunque no todos los hombres participan de la virtud por igual, sino cada uno según sus fuerzas personales, sin embargo, ella sacia en todo caso los deseos de los que la anhelan.
Y esto no según las normas de las reparticiones terrenas, en las que los distribuidores, cuanto más añaden de un lado, tanto más quitan del otro, y lo que redunda en el bien de un particular, se echa de menos en el haber de sus cooparticipantes, de donde vienen a originarse querellas sobre los lotes mejor abastecidos y se suscitan odios por la disminución de lo obtenido.
En la adquisición de la virtud no existe ocasión de envidia, pues el conseguir una participación mayor no implica detrimento para que los demás reciban una cantidad igual a la que son acreedores. De modo que cada uno puede satisfacer sus propios deseos según su capacidad, sin que el tesoro de las virtudes puede jamás agotarse:
Contemplando el panorama de la vida desde este punto de vista y teniendo a la virtud como el verdadero tesoro, que no puede ser delimitado por términos humanos, ¿sufrirá alguno que su alma se incline al barro deleznable y perecedero? ¿Podrá admirar la riqueza, él poder o cualquiera de las otras cosas que anhela la insensatez humana? Si se encuentra alguno en este estado y se halla aficionado a tales bagatelas, este tal no pertenece a nuestra familia; nada
tiene que ver con nuestra exhortación. Por el contrario, si se ocupa en lo del cielo y se adentra en las esferas de Dios, entonces quedará elevado sobre todas aquellas cosas, no teniendo ocasión de deslizarse a tales errores, me refiero a la ocasión del matrimonio. Porque luego viene el querer ser antepuesto a los demás, que es pasión insoportable, y que quien la considere como la semilla, o mejor, la raíz de la espina que plantó en nosotros el pecado, no se apartará lo más mínimo de la realidad. Ahora bien, la causa de este mal se halla originariamente en las relaciones conyugales.
No es posible, de ordinario, evitar el que el codicioso eche la culpa de su vicio a sus vecinos o el que el enloquecido con el ansia de la gloria o el amante de los honores achaque a sus ascendientes la causa de dichos pecados; pues no quiere aparecer inferior a sus antepasados y desea ser tenido como algo grande en el concepto de la posteridad, dejando a sus hijos algunas referencias suyas. Así, todas las enfermedades del alma de aquí toman su origen: la envidia, el odio, el recuerdo de las injurias pasadas y cualesquiera otras. Todas estas lacras adquieren carta de ciudadanía en cuantos siguen los caminos de esta vida. Pero quien se aleja de todas ellas, contemplando a distancia, como desde un puesto de observación militar, los padecimientos de los hombres, se compadecerá de la ceguera con la que se esclavizaron a tanta nonada, creyendo ver grandezas en las prosperidades de las cosas terrenas; y cuando un hombre tal contempla a otro de los que viven según el siglo, adornado de honras, haberes y poderío, se ríe de su necedad y pondera lo brevísimo del tiempo de la vida humana, que, según computación del Salmista, tiene un término fijo Pasa después a la comparación de aquellos siglos sin fin con este exiguo espacio de la vida, y no puede menos de compadecerse de la locura del que anhela lo sórdido, bajo y que no permanece eternamente.
Y por otro capítulo, ¿qué motivo puede haber para que el honor de aquí abajo, que muchos desean, sea digno de obtener la bienaventuranza? ¿Qué añade al sujeto que goza de él? El que ha nacido con la condición de morir, siempre seguirá siendo mortal, tanto si recibe honras como si no las recibe.
Acaso posee grandes extensiones territoriales. Y ¿a qué fin apetecible puede esto conducirle? A no ser que alguno, falto de juicio, juzgue por suyo la que en rigor no le pertenece. Tanta es su codicia, que no se da cuenta, según parece, que la tierra y toda su abundancia es del Señor. El es el verdadero rey de la tierra, y si los hambres llegan a poder ser llamados señores de lo que no poseen, se debe al nombre que Ies otorga la pasión de su avaricia, sin derecho alguno.
La tierra, dice el sabio Eclesiastés, permanece eternamente, sirviendo a todas las edades; alimenta a unos y a otros de los nacidos de ella En realidad, los hombres no son dueños ni siquiera de sí mismos, sino que están pendientes de los designios del supremo Hacedor: nacen sin saberlo, dejan el estadio mortal cuando menos lo desean. Llevados, por tanto, de una insigne vanidad, intentan dominar la tierra, sin parar mientes en que, mientras ellos nacen y mueren, la tierra permanece siempre inmutable.
Quienquiera, pues, que tenga estos criterios y que repute por nada cuanto en la estima del vulgo se considera como precioso y honorífico, quienquiera que se deje guiar únicamente por el amor de la vida sobrenatural, y que juzgue que toda carne es heno y que como flor de heno debe tasarse toda la vida del hombre sobre la tierra, ¿podrá tener como objeto de sus diligencias y desvelos al heno, que hoy es y mañana no aparece? Más aún; el que se acostumbra a contemplar las cosas divinas se convence de que no sólo las cosas humanas carecen de consistencia, sino que el universo todo no puede permanecer eternamente, y así desprecia esta vida como ajena y caduca. Bien claras son las palabras del Señor: “Los cielos y la tierra pasarán»; y todo espera necesariamente la mutación de su forma.
Por tanto, no es extraña que mientras uno vive bajo los pliegues de esta tienda de campaña, como dice el Apóstol, revestido con la mortalidad y agobiado por las cargas de esta vida presente, se duela de que se prolongue su destierro, como canta el profeta Salmista en sus versos inspirados. Y en verdad que viven envueltos en tinieblas los que pasan su vida en tales moradas. Así llora el profeta la demora de dicho destierro: ¡Ay de mi, dice, que se ha prorrogado mi destierro ¡. Achaca a las tinieblas la causa de esta tristeza. Aprendimos de los entendidos que las tinieblas se llaman Cedar en la lengua hebrea. Y creo que con razón; pues así como con las tinieblas de la noche pierden los hombres su dominio de lo exterior, así también estos tales pierden el verdadero conocimiento cayendo en el error y no viendo que todas estas cosas que se tienen como honrosas en este mundo, y que se muestran así en oposición a sus contrarias, no tienen otro fundamento sino el que les da la opinión de los hombres insensatos. Ellas de por sí son nada. Nada la bajeza del linaje, nada la cuna ilustre, nada la gloria, nada la magnificencia, nada la historia de los antepasados, nada el orgullo, nada las posesiones presentes, nada el dominar a otros, nada el estar bajo su yugo, nada las riquezas, o la pobreza, o la miseria, o cualquiera otra de las eventualidades de nuestra vida, aunque a los ignorantes les parezcan tener suma importancia, porque toman como módulo de comparación el placer.
Para el que posee un espíritu elevado, todas las cosas son de igual valor, ni juzga ser una preferible a la otra, pues de igual modo se dirige la vida a su fin entre las cosas más opuestas; y la misma posibilidad de vivir bien o mal existe en ambas suertes de vida, sea manejando las armas de la diestra como las de la siniestra a través de la buena fama o de la ignominia, según dice el Apóstol . Por medio de todas estas cosas, el que ha logrado una mente pura penetra en la verdad íntima de lo existente y realiza rectamente su viaje, recorriendo desde el principio hasta el fin el tiempo que le ha sido designado.
A la manera de los viajeros sensatos, marcha siempre adelante, haciendo poco caso de lo que se le presenta en el camino. La intención del viajero se orienta hacia el término de su viaje, ora tenga que hacerlo por entre prados o tierras cultivadas, ora a través de grandes desiertos o parajes rocosos; no hay deleite o molestia que le impida tender a la meta prefijada. Del mismo modo, este varón justo, caminando derechamente, llegará al fin que se propuso sin apartarse por desviaciones engañosas; sino que, con la mirada puesta únicamente en el cielo, dará término a su peregrinación mortal, cual experto timonel, que dirige la nave por lo que observa en las estrellas.
El hombre, empero, que es más corto de entendimiento, mira hacia la tierra; arroja su alma a las sensualidades del cuerpo como se lanza el ganado al pasto; sólo vive para el vientre y para lo relacionado con el vientre; apartado de la vida de Dios y ajeno a las promesas de los libros sagrados, no juzga nada deleitable fuera del gozar con el cuerpo. Este tal y los que siguen su camino andan en tinieblas, como dice la Escritura porque se encuentran en su vida
obras malas. En ellos se dan, a saber: avaricia, pusilanimidad, desbocada afición a los placeres, deseo de imperio, hambre de vanagoloria y toda una multitud de aficiones desordenadas propias de los hombres. Todos estos vicios están enlazados entre sí el uno con el otro, y, por tanto, la persona que contrajere uno de ellos contraerá los demás como por cierta necesidad natural. Es lo que vemos en una cadena: si la agitamos de un extremo, no pueden los demás anillos permanecer inmóviles, sino que el último se mueve a la par que el primero, comunicándose desde éste el movimiento a través de la sucesión continua de eslabones. De un modo semejante se unen y enlazan entre sí los afectos humanos, aconteciendo casi de ordinario que, si uno de ellos se apodera del alma, toda la multitud de los restantes irrumpen juntamente con él.
Por si necesitas la explicación de esta como cadena de males, suponte una persona que por buscar un pequeño placer haya sido vencida por la pasión de la vanagloria. Ineludiblemente
acompañará a la vanagloria un ansia de hacerse con más, pues nadie puede ser dominado por la pasión de poseer más si no marcha en vanguardia como guía el deseo de la gloria. Después de esta pasión de superar en bienes materiales o en dignidades concita la ira contra los iguales, o la soberbia para con los inferiores, o la envidia respecto a los superiores, cuya compañera es la hipocresía; a ésta sigue la amargura de ánimo y a ésta el odio hacia los demás; y como término de todo ello, la condenación eterna, que lleva a la gehena, a las tinieblas y al fuego.
¿Ves, pues, el camino de los vicios, y cómo de un placer se derivan todas las pasiones? Pues una vez que ha entrado en la vida de uno todo este cortejo de pasiones, no hay más que un camino, según nos enseñan los Libros Sagrados, para libramos de ellas, y es el apartarnos de aquella vida que lleva consigo el acompañamiento de tales afecciones inoportunas. No es posible desear vivir en Sodoma y evitar la lluvia de fuego. No puede nadie, después de salido,
volverse de nuevo hacia las cenizas de la ciudad maldita sin dejar de convertirse en estatua de sal. Nadie se redimirá de la esclavitud de Egipto si no abandona aquel país, quiero decir esta vida de baja condición, y no se decide a atravesar, no ya el mar Rojo, sino el negro y tenebroso piélago de la vida. Ahora bien, según dice el Señor, si la verdad no nos liberta permaneceremos en el dolor de la esclavitud.
Y siendo esto así, ¿cómo se entiende que quien busca lo falso o vive en medio de los errores de la vida pueda ser dueño de la verdad? ¿Cómo habrá sacudido de sí el yugo de la esclavitud quien entrega su vida, como sierva, a las necesidades de la naturaleza?
Un ejemplo aclarará más nuestro raciocinio. Un río ya de suyo caudaloso hace más rápido su curso con las avenidas invernales, arrastra hacia su lecho piedras, troncos y cuanto halla a su paso; pero sólo resulta peligroso y amenazador para quienes viven vecinos de él, no para los que de lejos se guardan de su impetuosidad. Del mismo modo, quien se produce a sí mismo esta turbación de su existencia, él solo es quien la padece y él solo quien ha de soportar aquellas pasiones hacia las cuales empuja la naturaleza a los que se acercan a sus riberas cuando viene desbordada por los vicios de la vida. En cambio, el que, como dice la Escritura, abandona el torrente y el agua de corriente impetuosa, se verá libre de caer como presa de los dientes de esta vida, según añade el mismo salmo y, como el pájaro, escapará del lazo con las alas de la virtud.
En el ejemplo del torrente se muestra cómo la vida de los mortales, abundante en perturbaciones y eventualidades imprevistas, es fácilmente arrastrada hacia las inclinaciones
de la naturaleza. Nada permanece de cuanto se afana por conseguir; ni esperan las cosas a que se harten aquellos que las deseaban. Y cuando, llevadas de su propio impulso, se aproximan y llegan a ser logradas, entonces acaban su curso, y lo presente se substrae a nuestra vista con un reflujo oculto, huyendo de nuestros sentidos con suma celeridad. Util es, por consiguiente, mantenerse lejos de la marea de la vida y no estimar en menos lo sempiterno por hallarnos
sumergidos de lleno en lo caduco. Porque ¿cómo será posible que amando alguna cosa de esta vida podamos conservarla hasta el fin? ¿Acaso permanecerá para siempre algo de aquello que más hemos deseado? ¿Qué supone el vigor de la juventud? ¿Qué la integridad de las fuerzas y de la forma? ¿Qué la riqueza, la gloria y el poder? Aun cuando florecieren por breve tiempo, ¿no se desvanecen y, desvanecidas, vienen a reducirse a lo contrario de su nombre?
¿Quién vive una juventud perenne? ¿A quién le ayudan siempre las fuerzas? ¿Acaso no forma la naturaleza la flor de la belleza, más breve aún que aquellas flores que se abren las primeras en primavera? A éstas la naturaleza las hace florecer a su debido tiempo, y después de haber florecido durante un pequeño intervalo, las marchita; aparecen de nuevo, se desvanecen después y tornan otra vez a cubrirse de lozanía, hasta que por fin aparece su belleza, con el nuevo tiempo, en todo su esplendor. Por lo que hace a las flores humanas, la naturaleza las muestra en toda su hermosura durante la primavera de la juventud, para dejarlas después ajadas en el invierno de la vejez. Y lo mismo ocurre con todo lo demás que ha ilusionado durante algún tiempo a los sentidos de la carne: que, una vez pasado y desaparecido, se olvida.
Pues si las transformaciones que se realizan por ley de de la naturaleza afligen a los que se aficionan a ellas, no queda sino un medio para huir de semejantes males, cual es el no entregarse a nada que pueda turbar el alma, antes bien apartarse, en cuanto sea posible, de toda afección y todo comercio carnal, procurando vivir ajeno a toda connivencia con el propio cuerpo, a fin de que aun esta vida que procede de la carne se mantenga inmune de las tribulaciones de la carne. Esto es vivir únicamente según el espíritu, tratando de imitar, en cuanto de sí depende, aquel género de existencia propio de las potestades incorpóreas, entre las cuales no se toman esposos ni esposas sino que todas sus actividades y su proceder se enderezan a contemplar al Padre de la incorrupción y a conformar, en lo posible, por medio de la imitación, su propia naturaleza con aquel supremo arquetipo de la belleza.
SERMÓN DEL PADRE ALTAMIRA: I DOMINGO DE ADVIENTO: 2. EL ROSTRO DEL ANTICRISTO
SERMÓN DEL PADRE ALTAMIRA: I DOMINGO DE ADVIENTO
El Rostro del Anticristo II
Lógica general 7/19. Las categorías y los universales. De las categorías.
Artículo I. De las categorías.
Observaciones previas
1ª Entiéndese por categorías los géneros supremos o más universales de las cosas que se pueden predicar de algún sujeto. De manera que cada categoría viene a ser una idea universal debajo de la cual se contienen varias ideas relacionadas con ella, pero menos universales, formando una serie o colección ordenada de ideas contenidas bajo la primera. Así, por ejemplo, la idea de sustancia contiene bajo de sí las de cuerpo, espíritu, animal, planta, hombre, &c., las cuales todas se refieren a la sustancia como a su género supremo.
2ª De aquí se infiere que la categoría puede tomarse, o bien por el género supremo de una clase determinada de seres, en cuyo sentido procede la definición expuesta; o bien por la serie o colección de géneros y especies que se contienen y colocan bajo un género supremo. Tomada en este sentido la categoría puede definirse con los Escolásticos: series generum et specierum sub uno supremo genere contentorum.
3ª Toda vez que las categorías no son otra cosa en el [42] fondo sino las varias clases de seres o realidades que pueblan y constituyen el mundo creado (1), síguese de aquí: 1º que las categorías son divisiones del ente actual creado: 2º que en todas las categorías hay algo en que convienen, y algo en que se diferencian: convienen entre sí en cuanto que toda categoría significa una realidad objetiva, una cosa (res) una esencia real: se diferencian entre sí, en cuanto que cada esencia categórica tiene un modo de ser especial. La sustancia y la cualidad convienen en que las dos son dos esencias, dos realidades; pero se distinguen según que el modo de ser que corresponde a la sustancia es diferente del modo de ser que corresponde a la cualidad. De aquí se infieren dos cosas; 1ª que sólo los entes reales y no los entes de razón pueden constituir categorías: 2ª que el ente en común no constituye categoría, porque en la indeterminación de su concepto excluye todo modo de ser determinado.
{(1) Decimos el mundo creado, porque Dios, ser increado y absoluto, no incluye ninguna limitación o modo de ser, y por lo mismo no entra en ninguna categoría finita. Por esta razón decían los Escolásticos, que Dios, aunque es sustancia, no entra en la categoría de sustancia como especie o parte de la misma. Por eso decían también que una de las condiciones necesarias para colocar algún ente en una categoría, es que sea finito.}
4ª Por lo que hace al número de las categorías, existe gran variedad de opiniones entre los filósofos, así antiguos como modernos (2). Sin prejuzgar nada acerca de la [43] probabilidad de estas opiniones, nos acomodaremos aquí a la división de Aristóteles que señala diez categorías: sustancia, cantidad, relación, cualidad, acción, pasión, cuando o tiempo, lugar, sitio y hábito o vestido. Para nuestro objeto, que es exponer las nociones y divisiones de las principales clases de seres o realidades que suministran materia a las operaciones del entendimiento y a la formación de sus conceptos, que es lo que conviene que sepa el que estudia Lógica, importa poco que la clasificación de Aristóteles sea completamente exacta y propia o no.
{(2) Entre los antiguos, los pitagóricos admitían diez categorías relativas al bien, a saber: lumen, unum, intellectus, quies, masculinum, dextrum, finitum, par, rectum, quadratum, y otras diez relativas al mal: tenebrae, multitudo, opinio, motus, faemeninum, sinistrum, infinitum, impar, curvum, inaequale. Los platónicos admitían cinco categorías o géneros de entes: la sustancia, el accidente en la sustancia, el accidente en el cual existe la sustancia, el movimiento, la relación.
Entre los modernos no es menor la diversidad de opiniones, y entre ellos Kant reduce las categorías a cuatro fundamentales: la cantidad, la cualidad, la relación, la modalidad, las cuales se subdividen hasta formar el número de doce.}
De las tres primeras categorías
A) La sustancia.
a) Sustancia es la esencia que existe en sí misma, de manera que el ser sustancial excluye la inherencia en otro ente como en su sujeto. Santo Tomás la define: Id cujus quidditati competit esse non in alio. Considerada etimológicamente la sustancia, que viene de la palabra latina substare, significa el ente en cuanto es capaz de servir de base y sujeto de los accidentes: id quod substat accidentibus.
b) La sustancia se divide en primera y segunda. Sustancias primeras son los individuos o supuestos singulares, o sea las personas, si se trata de sustancias intelectuales. Sustancias segundas son las esencias sustanciales con precisión de la singularidad, o sea en cuanto constituyen géneros y especies en la categoría de sustancia. Sócrates significa una sustancia primera; hombre, animal, expresan sustancias segundas. De aquí procede: 1º que las segundas pueden predicarse de las primeras, pero éstas no pueden predicarse ni de las segundas ni de las primeras. Podemos decir: Sócrates es hombre; pero no podemos decir: el hombre es Sócrates: Sócrates es Platón: 2º que la sustancia segunda, aunque es sujeto lógico o de predicación, según que el género o una especie más universal se puede predicar de otra menos universal [43] como esta proposición, el hombre es animal, pero no es sujeto físico o de inherencia (subjectum inhaesionis) porque esto es propio de la sustancia primera en la cual existen los accidentes, y por esta razón se dice de ella que est subjectum praedicationis et inhaesionis.
c) La sustancia como categoría excluye: 1º las partes de sustancia, como el brazo, el alma o principio vital de los animales y plantas: 2º la sustancia infinita o Dios, porque la sustancia como categoría, significa una serie determinada de géneros y especies, que constituyen y se consideran como modos y determinaciones parciales del ente, concepto que repugna a Dios, el cual lejos de poder apellidarse determinación o modo del ente, es el ser mismo sin limitación, y principium lotius esse, como dice santo Tomás. Empero, aunque Dios no forme parte de la categoría de sustancia, puede y debe llamarse sustancia con toda propiedad; toda vez que excluye, no solo la inherencia accidental, como las sustancias creadas, sino toda dependencia de otro ser. Así es que no solo se conviene la definición de las sustancias creadas, ens in se subsistens, sino que añade además la independencia absoluta, según que es: ens in se subsistens, a se et per se existens.
d) Las principales propiedades de la sustancia como categoría son: 1ª No existir en algún sujeto por inherencia, propiedad que conviene, no solo a las sustancias categóricas, sino también a los individuos o sustancias primeras. 2ª No tener contrario; porque la sustancia, por lo mismo que no existe en sujeto, no puede expeler otra cosa del sujeto, como sucede con las cosas que se dicen contrarias. 3ª Servir de sujeto a cosas contrarias, como el alma puede ser sujeto del amor y del odio. 4ª No ser susceptible de más y menos, porque una sustancia en cuanto tal, no es más sustancia que otra, ni es capaz de mayor o menor intensidad, como lo son algunos accidentes.
B) La cantidad.
a) Pueden señalarse dos clases o modos de cantidad: una material, propia, dimensiva (quantitas molis) o extensiva: [45] otra espiritual, metafísica, de fuerza (quantitas virtutis) o perfección. La primera es la que llamamos extensión de los cuerpos: la segunda es todo ser o modo de ser que lleva consigo la idea de perfección, de dignidad o superioridad relativa. Por eso decía san Agustín: In his quae non mole magna sunt, hoc est majus esse, quod est medius esse. «Este cuerpo es mayor que el otro»; «el poder de Dios es mayor que el de las criaturas»; «la tierra es un globo muy grande»; «la bondad de Dios es muy grande». He aquí ejemplos de esa doble cantidad. Excusado es advertir que la categoría de cantidad se refiere a la primera especie.
b) La cantidad o extensión es una modificación de la sustancia corpórea, por razón de la cual ésta tiene: 1º pluralidad de partes: 2º extensión local, o sea aptitud para llenar un lugar determinado: 3º impenetrabilidad, mediante la cual un cuerpo excluye a otro del mismo lugar: 4º divisibilidad, o aptitud y capacidad para ser dividida en partes: 5º mensurabilidad, según que por razón de la extensión los cuerpos pueden ser medidos, y servir de medida. El examinar cuál de estos atributos constituye la esencia de la cantidad, no pertenece a la lógica sino a la metafísica.
c) La cantidad categórica puede ser, o permanente, cuyas pares existen simultáneamente, como una mesa; o sucesiva, que es aquella cuyas partes existen una en pos de otra, como el tiempo y el movimiento. Cuando las partes, aunque simultáneas en la existencia, están separadas, la cantidad permanente se llama discreta, como cinco piedras: si por el contrario están unidas, se llama continua. Esta última suele dividirse en línea, superficie y cuerpo o sólido.
d) Las principales propiedades de la cantidad categórica, son: 1ª No tener contrario propiamente dicho; porque la contrariedad envuelve actividad de uno de los contrarios contra el otro, y la cantidad es inerte de su naturaleza. 2ª No ser susceptible de más y de menos (non suscipere magis et minus); una cantidad puede ser mayor o menor que otra, pero no se dirá con propiedad que una cantidad es más extensión o cantidad que otra. 3ª Ser fundamento de la igualdad y [46] desigualdad; porque por razón de la cantidad un cuerpo se dice igual o desigual a otro.
C) La relación.
a) La relación tomada en su sentido más general es el orden de una cosa a otra (1). Así es que toda relación incluye sujeto, fundamento y término. El sujeto de la relación es la cosa que se refiere o dice orden a otra; el fundamento es aquello por razón de lo cual una cosa dice orden a otra, y el término es la cosa a la cual se refiere u ordena otra; así, por ejemplo, en la relación que dice el padre al hijo, el hombre-padre es el sujeto de la relación; el hombre-hijo es el término; la generación es el fundamento de dicha relación. Cuando una cosa se refiere a otra independientemente de nuestro entendimiento y con anterioridad a la acción de éste, la relación es real, es decir, es un accidente o modo real de la sustancia: si, por el contrario, el orden de una cosa a otra reconoce por origen la percepción de nuestro entendimiento, que percibe o conoce una cosa comparándola con otra, habrá entonces relación de razón. No han faltado filósofos que niegan la existencia de relaciones reales en las cosas creadas; opinión que rechazamos como errónea, teniendo por cierta la siguiente
{(1) Es de la mayor importancia poseer ideas exactas acerca de la naturaleza de la relación, ya porque gran parte de nuestros conocimientos científicos tienen por materia relaciones de los objetos, ya también porque en la ciencia teológica apenas se puede dar un paso con seguridad sin echar mano de las ideas de relación.}
Tesis
Existen en las cosas creadas relaciones verdaderamente reales.
La relación es real si se halla en las cosas antes del acto del entendimiento; pues llamamos entes de razón a aquellos que son consiguientes o que sólo existen como términos y [47] resultado de algún acto del entendimiento; es así que existen realmente cosas que se refieren o dicen orden naturalmente a otras independientemente de nuestro entendimiento: luego deben admitirse relaciones reales. A la verdad, sería absurdo y ridículo decir que el padre no se refiere al hijo y la criatura al Creador independientemente de toda percepción o acto de nuestro entendimiento.
Dos consecuencias se desprenden de lo expuesto: 1ª Para que una relación sea real es necesario: 1º que el sujeto de la relación sea real: 2º que el fundamento de la misma sea también real, y 3º que el término sea real y se distinga realmente del sujeto o causa próxima de la relación.
2ª Aunque es innegable que existen verdaderas relaciones reales, no es menos cierto que son en mayor número las relaciones de razón. Faltando cualquiera de las tres condiciones indicadas, la relación no puede ser real.
b) La relación real se divide en increada y creada. La primera es la que existe entre las personas divinas, cuyo conocimiento pertenece a la teología. La segunda es el orden real de una criatura a otra o al Creador. Ésta se divide en predicamental y trascendental. La predicamental, la cual, como indica su mismo nombre, es la que constituye la categoría de la relación, es el orden real y accidental de una cosa a otra, distinto realmente del sujeto en que existe. Se dice orden real, para excluir la relación de razón; accidental, para distinguirla de las relaciones divinas que no son accidentes; distinto realmente del sujeto, para excluir las relaciones trascendentales, las cuales se identifican con el sujeto en que se conciben y existen (1).
{(1) Esta definición coincide en el fondo con la de los Escolásticos: Accidens cujus totum esse est ad aliud se habere.}
La relación trascendental, como acabamos de indicar, es el orden real de una cosa a otra, pero incluido en la misma naturaleza de la cosa referida, y por consiguiente identificado [48] con el sujeto de la relación. Tal es la relación, de la parte al todo, del entendimiento al objeto inteligible. Llámase trascendental, porque se encuentra en todos los seres con cuya esencia se identifica en la realidad. Los Escolásticos suelen apellidarla también relación secundum dici, y a la predicamental, relación secundum esse.
Fácil es inferir de las nociones y definiciones expuestas las diferencias principales que separan o distinguen la relación trascendental de la predicamental: 1ª ésta solo se encuentra en determinados entes, al paso que la trascendental se halla en todos, pues prescindiendo de otras, incluyen la que les corresponde como criaturas: 2ª la predicamental se distingue realmente del sujeto; la trascendental se identifica con el sujeto, de manera que si se concibe con precisión del sujeto que la tiene, queda reducida a una relación de razón: 3ª de aquí es que la relación predicamental puede sobrevenir al sujeto preexistente, como la relación de paternidad a Pedro, pero la trascendental, por lo mismo que se identifica con la naturaleza o esencia referida, de la cual no se distingue realmente, comienza y acaba con ella, como la relación de criatura principia y acaba con la cosa creada y no le sobreviene después de existir: 4ª la relación trascendental puede ser una sustancia o un accidente, como se observa en el alma y la intelección que incluyen relación trascendental, la primera al cuerpo, y la segunda al objeto: la predicamental siempre es un ser accidental.
Debe observarse aquí, que la relación predicamental puede considerarse en cuanto es simplemente un accidente o modificación de la sustancia como los demás accidentes reales y también en cuanto es tal accidente, es decir, en cuanto su esencia propia consiste en el orden de una cosa a otra. Por eso decían los Escolásticos que la relación abraza o incluye el concepto in, el cual se corresponde en cuanto es un accidente, como lo son la cantidad, la cualidad, &c., quatenus inest subjecto; y el concepto ad, en cuanto su carácter distintivo y su ser específico consiste en ordenarse o referirse a otra cosa: «cujus totum esse est ad aliud se habere.» [49]
Cuando los dos extremos de una relación se refieren recíprocamente el uno al otro, como sucede en el padre y el hijo, se dice que la relación es mutua: si el uno de los extremos dice relación al otro, pero no viceversa como sucede en la relación de las criaturas a Dios, entonces se llama no mutua.
Si las relaciones de los dos extremos son del mismo género o semejantes entre sí, se dice que hay relación aequiparantiae; si son diferentes, la relación se denomina disquiparantiae.
c) Los fundamentos o causas de relación suelen reducirse a tres: unidad y número, o sea conveniencia y discrepancia en alguna cosa, y ésta da origen a las relaciones de identidad, diversidad, igualdad, desigualdad, semejanza, &c.; acción y pasión, que da origen a las relaciones de causa y efecto: medida y mensurable, que da origen a las relaciones que resultan en las cosas que reciben la determinación específica de otras, como las potencias o facultades respecto de sus objetos, el movimiento respecto del término y otras análogas.
d) Las propiedades de la relación predicamental pueden reducirse a tres; 1ª No tener contrario. 2ª No recibir más ni menos, porque una relación, como relación, no lo es más o menos que otra. 3ª Simultaneidad de naturaleza y de conocimiento, puesto que la relación ni puede existir, ni concebirse sino existiendo y concibiendo los dos extremos de la misma, o sea el sujeto y el término.
De las demás categorías
A) La cualidad.
a) Así como la cantidad o extensión es una modificación que corresponde a la sustancia material por razón de la materia, así la cualidad corresponde a las sustancias por parte de la forma. De aquí es que la cualidad se encuentra no sólo en las sustancias materiales, sino también en las espirituales que son formas subsistentes. [50]
La cualidad es un accidente que modifica la sustancia, bien sea en sí misma, bien sea en orden a sus operaciones. Si concebimos un hombre precisamente en cuanto es tal sustancia, lo concebimos indiferente de su naturaleza, o mejor dicho, capaz de tener hermosura o fealdad, salud o enfermedad (cualidades que disponen o modifican la sustancia en sí misma), así como de tener ciencia o ignorancia, virtud o vicio (cualidades que modifican la sustancia en orden a la operación), y otras cualidades análogas.
b) En conformidad con esta noción o idea de la cualidad, los Escolásticos señalaban cuatro especies generales de cualidad: 1ª hábito y disposición; 2ª potencia e impotencia; 3ª pasión y cualidad pasible; 4ª forma y figura. Llamábase forma y figura a la terminación o modo de limitación que poseen las sustancias por razón de la cantidad. La pasión significa aquí la alteración sensible producida en la sustancia, la cual retiene el nombre de pasión, si procede de una causa transeúnte, como la palidez producida por el miedo; pero si procede de una causa más o menos permanente, como la misma palidez originada de una enfermedad, entonces la apellidaban patibilis qaualitas. Por potencia e impotencia entendían las facultades de acción o de resistencia, según que admiten diferentes grados de fuerza. La vista en un joven sin defecto, y la dureza del oro, se denomina potencia; la vista en un anciano, la fragilidad del cristal, la denominaban impotencia, es decir, menor poder o fuerza de acción y de resistencia (1).
{(1) Estas nociones, aunque de poca importancia científica en sí mismas, son útiles para la clasificación de las cualidades, que son muy variadas y numerosas; y principalmente para comprender la terminología de los filósofos antiguos, cosa muy conveniente en ocasiones, y hasta necesaria, especialmente para la historia de la Filosofía.}
Algo más importante es la primera especie, que puede definirse: una cualidad más o menos arraigada en el sujeto, [51] mediante la cual éste se halla bien o mal dispuesto, o en su ser, o en sus operaciones. Si ésta cualidad se halla muy arraigada en el sujeto se denomina hábito; si se puede remover fácilmente del sujeto por hallarse poco arraigada en él, se llama disposición, nombre que también conviene a la cualidad cundo ésta, aunque se halle muy arraigada en el sujeto en virtud de la repetición de actos, sin embargo es fácilmente admisible, atendida su naturaleza propia. En este caso se dirá que la disposición, sin dejar de ser tal en sí misma, existe per modum habitus. El vicio moral en sí mismo es una disposición y no un hábito, porque se funda en el error práctico del entendimiento y en la influencia de las pasiones, que no son de suyo permanentes y estables; pero podrá existir en el sujeto a modo de hábito, en virtud de la frecuencia de actos que hace difícil su remoción del sujeto.
c) Los hábitos se dividen en entitativos y operativos. Los primeros disponen o modifican el sujeto en bien o en mal en cuanto a su modo de ser, como la salud respecto del cuerpo, la gracia respecto del alma.
Los operativos son los que disponen o modifican las sustancia en orden a sus operaciones, como la virtud, el vicio, la ciencia.
Se dividen también en infusos y adquiridos. Los primeros son infundidos por Dios, como la gracia santificante, la fe divina o sobrenatural, la esperanza, &c. Los adquiridos son los que el hombre adquiere con sus propias fuerzas por medio de la repetición de determinados actos, como la ciencia, la justicia, la templanza con las demás virtudes morales.
d) Suelen señalarse tres propiedades de la cualidad: 1ª tener contrario, según que una cualidad excluye al vicio y viceversa, la enfermedad expele la salud, &c. 2ª Ser susceptible de más y menos, según que una cualidad puede tener más o menos grados: 3ª Servir de fundamento a las relaciones de semejanza y desemejanza. Así decimos que dos hombres son semejantes por razón de la figura, por razón de la ciencia, por razón del color, &c. Téngase presente, sin embargo, que las dos [52] primeras propiedades no son aplicables en rigor a todas las cualidades, sino a algunas clases o especies.
B) Las seis últimas categorías.
a) Acción es el acto segundo de la potencia activa. Puede ser, o inmanente, como la volición, la sensación que se reciben en el mismo sujeto que las produce; o transeúnte, como cortar, escribir, quemar, las cuales se reciben en alguna materia distinta del sujeto.
b) La pasión, como categoría, es el correlativo de la acción, o sea el acto segundo de la potencia pasiva o receptiva; y así podrá definirse: la recepción de la acción en el sujeto o materia paciente.
c) La categoría ubi, significa la circunscripción del cuerpo por medio del lugar que ocupa. Dícese circunscripción del cuerpo, para excluir de esta categoría; 1º la ubicación de inmensidad, ubi per immensitatem, mediante la cual Dios está en todos los lugares sin hallarse circunscripto por ninguno de ellos: 2º la ubicación espiritual, ubi spirituale, que corresponde a las sustancias inmateriales, las cuales en tanto se dice que están en un lugar: 1º en cuanto obran en él per operationem, pero no ocupan propiamente lugar, puesto que carecen de extensión: 2º en cuanto informan un sujeto material, per informationem, a la manera que el alma racional está en el cuerpo humano, pero no per commensurationem, sino tota in toto, et tota in qualibet parte, cual corresponde a una sustancia simple. Es decir, que las sustancias espirituales, aunque están en un lugar determinado per operationem o per informationem, no ocupan lugar, porque carecen de extensión que pueda estar en relación con las dimensiones de un lugar determinado.
d) Sitio, es la disposición de las partes del cuerpo que ocupa algún lugar, según que ésta ocupación puede verificarse de diferentes modos, como el hombre puede estar sentado, acostado, arrodillado, &c.
e) La categoría cuando o del tiempo importa la modificación accidental que resulta en la cosa en fuerza de sus relaciones con el tiempo como medida de duración. [53]
f) El hábito, como categoría, es la modificación resultante del vestido, o armas. Estas dos últimas categorías, más bien que seres reales, pueden considerarse como denominaciones extrínsecas o relaciones de razón.
Las poscategorías
La comparación de las categorías da origen a ciertas ideas, nociones o modos de concebir las cosas, que por lo mismo se apellidan pospredicamentos o poscategorías. Las principales son cinco: oposición, prioridad, simultaneidad, movimiento, modo de tener.Omitiendo éste último como poco importante y la simultaneidad, cuyas especies pueden considerarse como correlativas de la prioridad, trataremos brevemente de los tres restantes.
a) Pueden señalarse cuatro modos de oposición en las cosas: 1º oposición relativa, que es la que existe entre los extremos de una relación, como entre el padre y el hijo: 2º oposición contraria, que tiene lugar entre las cualidades que se excluyen mútuamente del mismo sujeto, como la virtud y el vicio: 3º oposición privativa, que tiene lugar entre una forma o perfección real, y la privación de la misma, como entre la vista y la ceguera: oposición contradictoria, que tiene lugar entre el ser y su negación, como entre el ente y el no ente. No debe confundirse la privación con la negación. La primera envuelve la carencia de una realidad o perfección positiva en un sujeto capaz de tenerla, como la vista o la salud respecto del hombre; la segunda envuelve carencia de una realidad o perfección en un sujeto incapaz de la misma, o que a lo menos no la exige según la condición de su naturaleza, como la misma vista o la salud respecto de una piedra. Esto servirá para comprender en qué se diferencian la oposición privativa y la contradictoria, las cuales a primera vista parece que no se distinguen realmente.
b) Comparando los seres entre sí concebimos varias [54] especies de prioridad en ellos. Así tenemos: 1º prioridad de tiempo, como la que tiene el padre respecto del hijo: 2ª prioridad de naturaleza, la cual algunas veces se denomina también de causalidad,y prioridad a quo, según que la causa es naturalmente anterior al efecto: 3º prioridad de consecuencia, según que en el orden lógico un concepto es consiguiente a otro en el cual se halla incluido, como cuando decimos: si es hombre es sustancia: 4º prioridad de dignidad, como el rey respecto del capitán: 5º prioridad de generación, según que una cosa o un estado determinado precede naturalmente a otro, como la niñez respecto de la juventud: 6º prioridad de perfección, según que un ser o un estado más perfecto tiene prioridad de perfección con respecto al menos perfecto, como el adulto respecto del niño, del entendimiento respecto de los sentidos; de manera que esta prioridad de perfección suele ser contraria y correlativa a la de generación; pues lo que es primero según el orden de generación, suele ser posterior según el orden de perfección, y viceversa: 7º prioridad de orden, como el exordio respecto del epílogo.
c) Tomando el movimiento en un sentido lato, se pueden distinguir seis especies de mutaciones: 1º generación, que es el tránsito de una sustancia de no ser al ser, como cuando es engendrado un hombre: 2º corrupción, que es el tránsito de la sustancia del ser al no ser: 3º aumento, de menor a mayor extensión o volumen: 4º disminución, que es la mutación opuesta al aumento: 5º alteración, o sea la mutación o tránsito de una cualidad a otra, como cuando el hombre pasa de la virtud al vicio, del frío al calor, &c.: 6º movimiento local, mediante el cual los cuerpos se trasladan de un lugar a otro.
Escolio
Ya dejamos indicado que el principio o fundamento general de las categorías es el ente, y como quiera que las categorías son la expresión de las naturalezas reales, es [55] preciso decir que el ente principio de las categorías es el ente real y objetivo, es decir, el ente en cuanto esta palabra significa las esencias actualmente existentes. Kant pretende que el principio de las categorías es el ente o el ser en cuanto significa la relación del predicado con el sujeto, o sea en cuanto el verbo ser expresa la forma general del juicio. Esta teoría de Kant conduce lógicamente al idealismo; porque, según ella, las categorías no son más que formas subjetivas del juicio y por consiguiente no representan las naturalezas según existen realmente fuera de nosotros. De aquí es que el mismo Kant nos dice que por medio de las categorías no conocemos el mundo nouménico, la realidad objetiva de las cosas, sino el mundo fenoménico.

