CALENDARIO LITÚRGICO ENERO A JULIO DE 2020
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Gentileza de Cuba católica
LA ÚLTIMA TENTACIÓN
EL IMPRESIONANTE TESTIMONIO DE SANTA PERPETUA Y SAN IRENEO DE SIRMIO
Traemos de nuevo esta entrada, publicada aquí hace unos meses, para tratar de ayudar a tantas almas desoladas que, por desgracia, están a punto de poner en el lugar de Dios la tranquilidad familiar, haciéndose indignos de Nuestro Señor Jesucristo, como Él mismo advierte. Y puesto que cada vez son más los que habiendo abrazado a la Iglesia Católica se encuentran que su mayores enemigos son sus parientes- sujetos a la secta conciliar o ateos-, que impiden la educación católica de los hijos, o la vocación sacerdotal y religiosa de sus vástagos, estimamos que les será muy provechosa la lectura,entre otras, de los martirios de Santa Perpetua y San Ireneo de Sirmio, quienes tuvieron que elegir entre sus familia y Jesucristo. A ellos quiso Dios coronarles con el martirio, a nosotros sólo nos pide la firmeza sin negociación alguna en profesar nuestra fe y el absoluto derecho de educar a nuestros hijos en la verdadera religión; Y esto, porque las falsas religiones: Islam, iglesia conciliar, judaísmo, protestantismo, etc…no tienen ningún derecho; porque ningún derecho tiene el error a su existencia. Y a aquel que es llamado al sacerdocio o a la vida religiosa, ha de amar a Dios más que a sus familiares ; Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun más que a sí mismo, no puede ser mi discípulo (Lc 14,26). Nadie, pues, tiene ningún derecho a frustrar la vocación a la que ha sido llamada un alma.
«Cuántos fieles, a la hora de confesar a Cristo,
flaquearon por causa de los abrazos de sus parientes »
San Agustín (Sermo 284)
No hemos hablado todavía de una de las pruebas morales más duras que habían de sufrir los mártires, fueran hombres o mujeres, nobles o plebeyos, ricos o pobres. Es difícil describir los sufrimientos de aquellos que se veían en la alternativa de guardarse fieles a Cristo o de ceder a los reclamos de la propia familia, llenos de amor y de angustia.
Así comienza a narrar Paul Allard el último apartado de la Lección VI de su obra Diez Lecciones sobre el Martirio, antes de describir el martirio de Santa Perpetua y luego el de San Ireneo de Sirmio, que le ofrecemos más abajo. Tras leer los martirios en los que la gran tentación y última fueron los lazos familiares que les solicitaban sacrificar un grano a los ídolos o, al menos, simular que lo hicieron, no podemos sentir más que gran tristeza al ver la situación en que se encuentran muchas almas; las cuales, sin ánimo de ser exhaustivos, reflejamos en los siguientes items, pero quizá usted, querido lector, se encuentre en otra encrucijada similar:
- La de esposos que acuerdan alternar con sus esposas, o viceversa -tanto monta monta tanto- la asistencia a la Misa tradicional agradable a Dios, con la asistencia a la misa bastarda del Novus Ordo que desagrada al Padre eterno, porque uno de ellos quiere ser miembro de la iglesia conciliar.
- La del cónyuge que se abstiene de ir a la Misa verdadera para tener tranquilidad en casa.
- La del padre o madre, o ambos, que callan ante el concubinato de sus hijos.
- La del padre o madre, o ambos, que impulsan a sus hijos a que limiten los embarazos por medios artificiales, contrariando el fin primario del matrimonio, ; o callan, o incluso los usan ellos mismos.
- La del miembro de la familia, sea padre, hijo, cónyuge, abuelo, que ponen la tranquilidad familiar por encima del perfeccionamiento espiritual al que están llamados por Dios, dejando incluso la oración «por tener la fiesta en paz».
- La del padre, madre o ambos que no pone por encima de todo el que sus hijos reciban una educación católica, fin primario del matrimonio, enviándolos a escuelas laicas o de la iglesia conciliar.
- La del padre o la madre que no ejerce la autoridad que Dios le ha dado para que sus hijos practiquen la verdadera Religión, ni corrigen a sus hijos emulando así las costumbres del siglo.
- La del cónyuge católico que permite al cónyuge liberal que ejerza la autoridad para conformar a sus hijos y a ellos mismos con el mundo, en lugar de con Cristo, y prefiere la tranquilidad a la división que trae Cristo.
- La de los padres auto dicentes católicos que ofrecen y consiente a sus hijos los medios de comunicación modernos sin ningún control, por no estar firmes en la fe para poder poner óbice a sus contenidos, muchas veces subliminales: ventanas por las que Satanás entre en los salones y habitaciones de las casas.
- La de los padres cuyo único fin es que sus hijos sean hombres de provecho, al margen de la gloria que deben a Dios: abogados, médicos…, para lo cual sacrifican todo y gastan su vida trabajando en ello.
- La de todos aquellos que piensan y actúan para no diferenciarse mucho del mundo. A todos, les recordamos las palabras del señor Jesús:
No tenéis que pensar que yo haya venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra; pues he venido a separar al hijo de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra; y los enemigos del hombre serán las personas de su misma casa. Quien ama al padre o a la madre más que a mí, no merece ser mío; y quien ama al hijo o a la hija más que a mí, tampoco merece ser mío. Y quien no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien a costa de su alma conserva su vida la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la volverá a hallar.
(Mateo 10:34-39)Roguemos al Señor por todos los que se encuentran en las situaciones descritas o en otras semejantes.
Les dejo con el magnífico relato de los Martirios de Santa Perpetua y San Ireneo de Sirmio del Acta de los Mártires:
Poco después del año 200, Perpetua, la célebre mártir de Cartago, escribe de su propia mano la primera parte de su Pasión, relatando las pruebas terribles que por parte de su padre hubo de pasar antes de morir.
Apenas detenida, es visitada por su padre: «Se esforzaba por apartarme de mi designio por el amor que me profesaba. -«Padre, le dije, ¿ves este vaso que hay en el suelo?» -«Sí, lo veo». -«¿Podrías tu darle otro nombre que el de vaso?» -«No, no podría». -«Pues de igual modo yo tampoco puedo llamarme otra cosa que cristiana». Mi padre, irritado por mis palabras, se arrojó sobre mí para arrancarme los ojos; pero sólo me hizo algún daño y se fue».
Ella y sus compañeras fueron encerradas en la prisión de Cartago, donde podían ser visitadas a veces por sus padres. «Yo, sigue escribiendo Perpetua, daba entonces el pecho a mi niño, medio muerto de hambre, e inquieta hablaba de él a mi madre, consolaba a mi hermano y a todos recomendaba a mi hijo. Estas preocupaciones me duraron algunos días, y al fin conseguí que se me dejase tener conmigo a mi hijo en la cárcel. Al punto recobré fuerzas, cesó la inquietud que él me ocasionaba, y la prisión se me convirtió en lugar de delicias, que yo prefería a cualquier otro».
Pasaron así algunos días, y «se divulgó el rumor de que íbamos a ser interrogados. Mi padre llegó de la ciudad, abrumado de dolor, y subió a donde yo estaba, esperando persuadirme. «Hija mía, ten compasión de mis cabellos blancos, ten compasión de tu padre, si es que aún soy digno de este nombre. Acuérdate de que mis manos te alimentaron, de que gracias a mis cuidados has llegado a la flor de la juventud, de que te he preferido a todos tus hermanos, y no me hagas blanco de las burlas de los hombres. Piensa en tus hermanos, en tu madre, en tu tía; piensa en tu hijo, que sin ti no podrá vivir. Desiste de tu determinación, que nos perdería a todos. Ninguno de nosotros se atreverá a levantar la voz si tú eres condenada al suplicio».
«Así hablaba mi padre, llevado de su afecto hacia mí. Se arrojaba a mis pies, derramaba lágrimas y me llamaba no ya «hija mía», sino «señora mía». Y yo me compadecía de los cabellos blancos de mi padre, el único de mi familia que no había de alegrarse de mis dolores. Yo le tranquilicé diciéndole: «En el camino del tribunal pasará lo que Dios quiera, porque no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Dios». Él se alejó de mí tristísimo».
Llega el día del interrogatorio. «Cuando me llegó el turno de ser interrogada, apareció de pronto mi padre con mi hijo en los brazos. Me llamó aparte y me dijo con voz suplicante: «Ten compasión de tu hijo». Y el procurador Hilariano, que había recibido el derecho de espada en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano, me dijo: «Compadécete de los cabellos blancos de tu padre y de la infancia de tu hijo. Sacrifica por la salud de los emperadores». Yo le respondí: «No sacrifico». Hilariano preguntó: «¿Eres cristiana?». Respondí: «Sí, soy cristiana». Y como mi padre siguiera allí para hacerme caer, Hilariano mandó que lo echasen, y le golpearon con una vara. Sentí el golpe como si yo misma lo hubiera recibido: ¡tanta pena me daba la infeliz ancianidad de mi padre! Entonces el juez pronunció la sentencia que nos condenaba a todos a las fieras, y volvimos alegres a la cárcel.
«Como mi hijo estaba acostumbrado a que yo le diese el pecho y a estar conmigo en la cárcel, inmediatamente envié al diácono Pomponio a pedírselo a mi padre. Pero mi padre no quiso dárselo. Tuvo Dios a bien que el niño no volviese a pedir el pecho y que yo no fuera molestada por mi leche, de suerte que me quedé sin inquietud y sin dolor».
Aún Perpetua ha de verse probada de nuevo por los suyos. «Como se acercaba el día del espectáculo, vino a verme mi padre, consumido de angustia. Se mesaba la barba, se arrojó al suelo y hundía la frente en el polvo, maldiciendo la edad a que había llegado y diciendo palabras capaces de conmover a cualquier persona. Yo estaba tristísima, pensando en tan desventurada ancianidad».
«Tales son mis sucesos hasta el día antes del combate. Lo que en el mismo combate suceda, si alguno quiere, que lo escriba». En efecto, lo escribió Sáturo, y por él sabemos que una de las últimas palabras de Perpetua fue para su familia. Estando ya en pie, en el anfiteatro, esperando a la muerte, llama a su hermano, y cuando éste llega acompañado de otro cristiano, les dice: «Permaneced firmes en la fe, amaos los unos a los otros, y no os escandalicéis de mis padecimientos».
Cuántos mártires, como Perpetua, tuvieron en sus familiares su más atroz tormento. Y también, como dice San Agustín, «cuántos fieles, a la hora de confesar a Cristo, flaquearon por causa de los abrazos de sus parientes» (Sermo 284). Por el contrario, otro ejemplo impresionante de fidelidad nos viene dada a principios del siglo IV por el mártir San Ireneo, joven obispo de Sirmio, que a principios del siglo IV sufre pasión bajo Probo, gobernador de Panonia, en esta región evangelizada hacía poco.
Comparece Ireneo ante Probo, que para hacerle abjurar le somete a tortura. «Llegaron sus familiares, y al verlo en el tormento, le suplicaban, y sus hijos, abrazándole los pies, le decían: «¡Padre, compadécete de ti y de nosotros!» Su mujer le conjura, llorando. Todos sus parientes lloraban y se dolían sobre él, gemían los criados de la casa, gritaban los vecinos y se lamentaban los amigos y, como formando un coro, le decían: «Ten compasión de tu juventud».
«Pero él, manteniendo fija su alma en aquella sentencia del Señor: «Si alguno me negare ante los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos», los dominaba a todos y no respondía a ninguno, pues tenía prisa en que se cumpliese la esperanza de su vocación altísima.
«El prefecto Probo le dice: -«¿Qué dices a todo esto? Reflexiona. Que las lágrimas de tantos dobleguen tu locura y, mirando por tu juventud, sacrifica. Ireneo responde: -«Lo que tengo que hacer para mirar por mi juventud es precisamente no sacrificar». Queda, pues, en la cárcel, donde por muchos días es sometido a diversas penas.
«Después de un tiempo, a media noche, sentado en su tribunal el presidente Probo, hace traer al beatísimo mártir Ireneo y le dice: -«Sacrifica por fin, Ireneo, y te ahorrarás penas […] Ahórrate la muerte. Que te basten ya los tormentos que has sufrido». Todo es inútil ante la firmeza del mártir, y Probo intenta hacer vibrar las fibras afectivas más íntimas del mártir:
«-«¿Tienes esposa?». -«No la tengo». -«¿Tienes hijos?» -«No los tengo». -«¿Tienes parientes?» -«No». -«¿Quiénes eran, entonces, todos aquellos que lloraban en la sesión anterior?». Ireneo responde: -«Mi Señor Jesucristo ha dicho: El que ama a su padre o a su madre o a su esposa o a sus hijos o a sus hermanos o a sus parientes más que a mí, no es digno de mí». Y elevando los ojos al cielo, y fija su mente en aquellas promesas, todo lo despreció, confesando no tener pariente alguno sino a Él.
«-«Sacrifica siquiera por amor a ellos». Responde Ireneo: -«Mis hijos tienen el mismo Dios que yo, que puede salvarlos. Tú haz lo que han mandado hacer»».
Con los ojos obstinadamente fijos en el cielo, citando palabras de la Escritura, dando respuestas breves y concisas o callando sin dar respuesta, para escapar así al mismo tiempo a las trampas de su juez y a los dulces lazos familiares, se ve claro que el mártir pretende guardarse de su propia flaqueza y, como dice el cronista, también se nota que tiene prisa en que se cumpla en él cuanto antes la esperanza de su vocación altísima.
«Y cuando hubo abierto el quinto sello, vi debajo o al pie del altar las almas de los que fueron muertos por la palabra de Dios y por ratificar su testimonio.» (Apocalipsis 6:9)
«Y clamaban a grandes voces, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor (tú que eres santo y veraz), difieres hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los que habitan en la tierra?. » (Apocalipsis 6:10)

LA VALIDEZ DE LOS NUEVOS RITOS CUESTIONADA (III Y ÚLTIMA)
Para empezar, transcribamos ambas Formas, la tradicional y la nueva, y comparemos.
Las formas de los Sacramentos suelen ser escuetas; se evitan las palabras superfluas. Precisamente las Formas del Sacramento del Orden son las más extensas, debido a la naturaleza del mismo, al tener que expresar, no sólo la gracia, como en otros sacramentos, sino la Potestas Spiritualis especifica de cada grado del Orden. No obstante, las palabras superfluas, siempre que se limiten a una mera ampliación y no erosionen la significación propia del efecto sacramental, no invalidan el Sacramento. Así lo afirma santo Tomás: «quaecum que fiat additio vel substractio vocum…» «toda adición o substración de palabras que no corrompa la significación propia del Sacramento, no lo invalida.» (Cf. III, q.60, a. 8, ad 2)).
LA VALIDEZ DE LOS RITOS POST-CONCILIARES CUESTIONADA ( II de III)
En relación con lo dicho, son sumamente instructivas las normas del Misal de San Pío V, al tratar de DEFECTIBUS IN CELEBRATIONE MISSARUM OCCURRENTIBUS. A mayor abundamiento, por declaración de la misma Iglesia, una pronunciación incorrecta, siempre que no se haga adrede, o por burla, sino por ignorancia o un «lapsus linguae», no invalida un Sacramento (sin embargo Sto. Tomás lo aclara así: «si sit tanta corruptio quae omnino auferat sensum locutionis no videtur perfici Sacramentum…). Esa fue la solución que el Papa S. Zacarías dio a una consulta de S. Bonifacio, acerca de la validez del Bautismo de aquel sacerdote, que ignorante de la lengua latina, decía al bautizar: -..in nomine Patria et Filia.. (Cf D. 297). Pero ya es algo muy distinto si una alteración se hace con el propósito de introducir un error o herejía ,»non errorem aut haeresim», palabras textuales de la misma respuesta citada.
Como la Forma, aisladamente considerada, se puede prestar al equivoco, al significar el Sacerdocio genéricamente, DIGNITATEM SACERDOTII… et SECUNDI MERITI MUNUS, dicha potestad católicamente especifica, esta se concreta en otras partes del rito: «SACERDOTEM ETENIM OPORTET OFFERRE, bencidere, praesse, praedicare et baptizare» «Al Sacerdote le compete la potestad de ofrecer, etc. «Quatenus mortis Domincae mysterium celebrantes… Et in obsequium plebis tuae, PANEM ET VINUM IN CORPUS ET SANGUIEN FILII TUI immaculata benedictione TRANSFORMENT.» …Para transformar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo…»
Examinemos algunas de estas circunstancias y apliquémoslas a los nuevos ritos del Orden.
Las fuerzas progresistas dominaron, desde los primeros días, en las decisiones del Concilio V. II. Esto no lo digo yo, sino el testigo cualificado LEFEBVRE, que continúa: «Es así como las Comisiones fueron formadas por dos TERCERAS PARTES de miembros que eran progresistas.» (Cf. F. N. , na 122, 1C-5-69).
Por el profesor d. Tomás Tello Corraliza
Continúa al día siguiente
LA VALIDEZ DE LOS RITOS POST-CONCILIARES CUESTIONADA (I de III)
Por el Profesor D. Tomás de Tello Corraliza
Pasemos pues, a hacer un sucinto análisis de los nuevos ritos de Ordenación y Consagración, empezando por el primero. Y como en estos ritos se dan, presuntamente, los mismos vicios que en los ritos del Ordinal anglicano, esto es, defecto de Forma y falta de intención,se impone, para mayor claridad, una subdivisión en dos apartados.
LA SOLUCIÓN DE LOS PEREZOSOS
Pululan por el ciberespacio “tesis” erróneas sobre cómo se hará la elección del Papa, dada la actual situación de un usurpador- el sexto desde el Sumo Pontífice Pío XII-, sentado en la Silla de San Pedro-. Una de las más insólitas y más «sesudas»es la solución “mística”. Se podría expresar tal «inspirada» solución, que nos deja atónitos, así (tomo el argumento de un blog):
SAN PEDRO ESCOGERÁ ENTONCES AL NUEVO PAPA. La Iglesia será reconstituida, las órdenes religiosas restablecidas; y las casas particulares de los cristianos se volvieron semejantes a los conventos, tan grandes eran su ardor y celo por la Gloria de Dios.
Al parecer, esta admirable esperanza está basada en una revelación privada de una beata, que no ponemos en duda con la sola fe humana, y naturalmente a los distinguidos y múltiples interpretes eruditos viadores de tal revelación, cuya interpretación sí ponemos en duda, como si a ellos Dios les hubiera dado el don de distinguir su significado más profundo, en el caso de que fuese verdadera.
Sobre esto, nos enseña San Juan de la Cruz, Doctor Estático, a quién hoy no se quiere seguir, en el cap. XIX de la Subida al Monte Carmelo, entre muchos ejemplos con el siguiente:
En los Jueces Jue. 20, 11, ss. también leemos que, habiéndose juntado todas las tribus de Israel para pelear contra la tribu de Benjamín, para castigar cierta maldad que se había consentido entre ellos, como Dios les había señalado capitán para la guerra, partieron ellos tan seguros de la victoria, que, al ser vencidos y al morir veintidós mil de los suyos, quedaron muy maravillados y lloraron delante de Dios todo aquel día, no sabiendo la causa de la caída, pues ellos habían entendido la victoria por suya. Y cuando preguntaron a Dios si debían volver a pelear o no, les respondió que fuesen y peleasen contra ellos. Entonces, teniendo ya por suya la victoria esta vez, salieron con gran atrevimiento, y también salieron vencidos esta segunda vez y con perdida de dieciocho mil de su parte. De lo que quedaron confusísimos, sin saber que hacer, viendo que, mandándoles Dios pelear, siempre salían vencidos, mas aun porque ellos excedían en numero y fortaleza a los contrarios, pues los de Benjamín no eran mas de veinticinco mil setecientos, y ellos cuatrocientos mil. Y de esta manera ellos se engañaban en su manera de entender, porque el mensaje de Dios no era engañoso, ya que el no les había dicho que vencerían, sino que peleasen. Y, así, Dios los quiso castigar mediante estas derrotas por cierto descuido y presunción que tuvieron, y así humillarlos. Pero cuando por fin les respondió que vencerían, así fue, aunque vencieron con mucha astucia y trabajo.
Y prosigue poniendo más ejemplos del Antiguo y Nuevo Testamento, diciendo : en estas visiones no se ha de mirar nuestro sentido y lengua sabiendo que la de Dios es otra lengua, y que el espíritu de aquello es muy diferente de nuestro entender y dificultoso. Y lo es tanto, que incluso el mismo Jeremías, aunque fuera profeta de Dios, al ver que los conceptos de las palabras de Dios eran tan diferentes del común sentido de los hombres, parece que también se engañaba con ellos y que vuelve por el pueblo diciendo en Jer. 4, 10. : Heu heu heu, Domine Deus, ergone decepisti populum istum et Jerusalem, dicens: Pax erit vobis, et ecce pervenit gladius usque ad animam que quiere decir: “¡Ay, ay, ay, Señor Dios, acaso has engañado a este pueblo y a Jerusalén, diciendo: ¿Vendrá la paz sobre vosotros, cuando ves que el cuchillo ha venido aquí a clavarse hasta el alma?” Y era que la paz que Dios les prometía era la que habría entre Dios y el hombre por medio del Mesías que les enviaría, y ellos entendían que era la paz temporal. Y, por eso, cuando tenían guerras y dificultades, les parecía que Dios los engañaba, pues les acaecía lo contrario de lo que ellos esperaban. Y así decían, como también dice Jeremías en Jer. 8, 15.: Exspectavimus pacem, et non est bonum, esto es. Estamos esperando la paz, y no hay quien de Paz. Y así, era imposible que ellos se dejaran de engañar, pues solo se gobernaban por el sentido literal. Porque, quien no se confundiría y erraría si se atara a la letra en aquella profecía que David dijo de Cristo en Sal.71, 8. (y en todo lo que dice en el salmo 71), donde dice: Et dominabitur a mari usque ad mare, et a flumíne usque ad terminos orbis terrarum, esto es: “Dominara desde un mar hasta otro mar y desde el río hasta los confines de la tierra”, y en lo que dice también allí Sal. 71, 12.: Liberabit pauperem a potente et pauperem cui non erat adiutor que quiere decir: “Liberara al pobre del poder del poderoso, y al pobre que no tenga quien lo ayude”; viéndolo después nacer en bajo estado, y vivir en la pobreza, y morir en la miseria, y que no solo no se hizo dueño. […] De donde, cegándose ellos [los fariseos] con la bajeza de la letra y no entendiendo el espíritu y verdad que había en ella, le quitaron la vida a su Dios y Señor, según san Pablo dijo de la siguiente manera en He. 13, 27-28.: Qui enim habitabant Jerusalem et principes eius hunc ignorantes, et voces prophetarum, quae per omne sabbatum leguntur, iudicantes impleverunt que quiere decir: “Los que moraban en Jerusalén y sus príncipes no sabiendo quien era ni entendiendo las sentencias de los profetas, que se leen cada sábado, lo juzgaron y acabaron con Él [Cristo]”.
De esta y de otras maneras las palabras y visiones de Dios pueden ser verdaderas y ciertas, y engañarnos nosotros en ellas, por no saberlas entender alta y principalmente y conforme a los propósitos y sentidos que Dios lleva en ellas. Y así, lo mas acertado y seguro es hacer que las almas huyan con prudencia de tales cosas sobrenaturales, acostumbrándolas, como hemos dicho, a la pureza de espíritu en fe oscura, que es el medio de la unión.
Para al católico que conoce bien el catecismo, -y que no se guía sobre interpretaciones que algunos clérigos predican en sus sermones sobre revelaciones privadas, por ejemplo: sobre la famosa profecía de Nostradamus, aventurando cual insensatos fechas del fin de los tiempos o del mundo-, ante este nuevo intento de los fariseos de impedir que el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, tenga una cabeza visible, es decir, que la Iglesia elija un Papa para acabar con el estado actual de Sede vacante, de inmediato le surgirán varios interrogantes, a poco que tenga algo de sentido común:
1º ¿Si es así, por qué razón no se sujetan a cualquiera de los varios individuos que actualmente se dicen “papas”, elegidos por San Pedro y San Pablo, por Cristo o por la Virgen María? Coherentemente no se sujetan a ellos, porque no suena a católico, y además parece ridículo.
2º Y quizás más importante ¿Si San Pedro mediante una revelación a alguien le manifestará que es su voluntad de que él sea el papa legítimo, cómo podría el católico aceptar de fe divina tal voluntad, si todo fiel debería saber que es magisterio infalible de los Papas que una revelación privada no se puede creer con fe divina, sino con fe humana ( O sea, sin fe sobrenatural y por lo tanto carente de mérito sobrenatural, y libre el alma de aceptarla o rechazarla)?
3º Si el católico no está obligado a creer las profecías, visiones, revelaciones privadas ¿Cómo podría prestar la sujeción debida a alguien, como ya existe, que dice ser elegido por San Pedro? Y si no está obligado creer, porque no es de fe divina, para que serviría un papa al que los fieles estarían libres de obedecerlo o de contrariarle?
4º Y cuántos otros, enajenados o pillos o auto engañados, no se arrogarían haber sido elegidos por San Pedro. ¿No es esto un abuso y agravio al Príncipe de los Apóstoles, que llevaría aun a una situación peor que durante el Cisma de Occidente, quizás con una docena de sujetos que reclamen al unísono ser elegidos por San Pedro?
5º ¿Dónde quedaría la aceptación pacífica de la Iglesia y su esencial responsabilidad de elegir Papa? ¿Sería una sociedad imperfecta incapaz de cumplir con su fin- el primero la elección del sucesor de San Pedro- que tendrá que haber una revelación cada vez que haya un grave problema? Siempre la Iglesia hizo frente a cualquier coyuntura difícil, y Dios asistió siempre a su Iglesia sin excepción, cada vez que resolvió los difíciles inconvenientes de sucesión.
Ni siquiera fue la paloma que se posó sobre el laico Fabián, en el que nadie había pensado como sucesor de Pedro, lo cual fue interpretado por algunos como una intervención divina, lo que le hizo Papa, sino la elección del pueblo y clérigos – esa era la forma de elección de entonces, porque entonces no había cardenales, ya el tal colegio es una institución de origen humano, y no divino.- y la aceptación de la Iglesia, que junto a su aceptación le convirtió en Vicario de Cristo, al que Dios le dio la autoridad, ejerciendo el Oficio del año 236 al 250. Jamás en la Iglesia se hizo una elección del Papa por revelación privada.
Pero veamos ahora desde el magisterio, no desde nuestra opinión, la razón de por qué no puede ser alguien elegido por revelación privada, visión, etc. por San Pedro.
El Papa Benedicto XIV, en su Tratado sobre la Canonización de los Santos, establece: “En cuanto a lo que concierne a revelaciones privadas, no deberían ser recibidas con un sentido de fe Católica, sino con fe humana, de acuerdo a las reglas de prudencia que nos presentan tales revelaciones como probables y piadosamente creíbles. Esto no es para decir que estas revelaciones no pueden o no están destinadas a ser el instrumento de grandes gracias, aún para los fieles; pero como no son el objeto de un acto de fe teológico,ponerlas en duda o negarlas no es un pecado de herejía».
San Pío X, nos dice que: “Cuando se trata de formar juicio acerca de las piadosas tradiciones conviene recordar que la Iglesia usa en esta materia de tal gran prudencia, que no permite que tales tradiciones se refieran por escrito, sino con gran cautela y hecha la declaración previa ordenada por Urbano VIII; y aunque esto se haga como se debe, la Iglesia no asegura la verdad del hecho, sino limitase a no prohibir creer al presente, salvo que falten argumentos de credibilidad. Enteramente lo mismo decretaba hace treinta años la Sagrada Congregación de Ritos (Decr. 2 mayo 1877): “Tales apariciones y revelaciones no han sido ni aprobadas ni reprobadas por la Sede Apostólica, la cual permite sólo que se crean piadosamente, con mera fe humana, según la tradición que dicen existir, aunque esté confirmada con testimonios y documentos idóneos. Quien esta regla siguiere, estará libre de todo temor, pues la devoción de cualquier aparición, en cuanto mira al hecho mismo y se llama “relativa”, contiene siempre implícita la condición de la verdad del hecho; más en cuanto es “absoluta”, se funda siempre en la verdad, por cuanto se dirige a las mismas personas de los santos a quienes se venera” (Pascendi, AAS vol XL, p.649).
La canonización de un santo no supone nunca la aprobación de las revelaciones de las que haya sido objeto, sino la exaltación de sus virtudes heroicas (cualquier tratado de teología básico se lo dirá).
Tratemos de dejar unos cuantos puntos claros:
- La revelación privada no es superior a la revelación pública por ser posterior en el tiempo. Después de la venida de Cristo no hay que esperar ya ninguna revelación nueva respecto a la salvación y la sujeción al Papa es necesario para la salvación, luego la Iglesia en su actual estado tiene los medios necesarios para la elección. La Revelación pública se considera cerrada después de la muerte del último apóstol.
- La revelación privada no es igual a la Revelación pública en su valor objetivo. Por el contrario, toda revelación privada tiene un valor objetivamente inferior y subordinado.
- La revelación privada no es complementaria o perfectiva de la Revelación pública en cuanto a su contenido. Dios ha revelado públicamente todo lo que en su Sabiduría consideró necesario creer y practicar en orden a la salvación eterna. No “se olvidó” contenidos que luego tuvieran que completarse por medio de videntes. Y no está en las atribuciones del magisterio, aunque apruebe-más abajo veremos qué parte aprueba en sus resoluciones- una revelación privada, el acrecentar o modificar con ella el contenido dogmático del depósito de la revelación.
- La revelación privada no es una realidad exenta de la autoridad de la Jerarquía eclesiástica, establecida por institución divina, como la única competente para juzgar sobre las visiones o apariciones, en tanto custodia de la verdadera Revelación y la verdadera Devoción.
- La revelación privada no es inspiración bíblica, por la cual puede decirse que Dios es autor de la Sagrada Escritura que usa del hagiógrafo como instrumento humano. Las revelaciones privadas pertenecen a la categoría de los fenómenos místicos extraordinarios.
En cuanto a las personas distintas del beneficiario de la revelación privada, todos los teólogos ofrecen una doctrina común; y la Iglesia, por lo demás, nos da también en este punto una enseñanza oficial clara: deja libre la discusión sobre la cuestión especulativa, pero se pronuncia cuando se trata de la práctica. Antes de su aprobación por la Iglesia, las revelaciones privadas que pueden llegar a nuestro conocimiento se nos presentan a nuestra prudencia, a nuestro sentido crítico y a la libertad que tenemos -dentro de los límites de una opinión prudente-, de dar o rehusar nuestra adhesión. Después de su aprobación por la autoridad eclesiástica, ¿no cambia la naturaleza de este asentimiento? Esto depende de la naturaleza de esta aprobación. Podemos decir ahora que no cabe aquí un asentimiento de fe divina, ya que estas revelaciones no tienen como objeto las verdades no contenidas en la revelación pública, sino que conciernen a la práctica cristiana, tanto personal como social; por tanto, el asentimiento que exigen es un asentimiento de fe humana. Así, creemos como de fe divina que la Virgen María fue concebida sin pecado original, pero no con fe divina que la misma Virgen se lo haya dicho a Bernardita; esto lo creemos sólo como una verdad histórica; y tampoco creemos en el dogma de la Inmaculada porque la Virgen se lo haya manifestado a Bernardita, sino porque Dios lo ha revelado y la Iglesia así nos lo enseña. Dicho esto de que quien rehusara prestar todo asentimiento a una revelación particular aprobada positivamente por la Iglesia, -ver más abajo la distinción entre los tipos de aprobación- no podría ser condenado como hereje, según la doctrina de la Iglesia proclamada por varios papas. San Pío X, Benedicto XIV, pero podría ser tachado de desobediente o temerario.
Sin embargo, los representantes del modernismo, como Rhaner, todos condenados por la Pascendi de San Pio X, consideran que puede ser considerada de fe divina si les consta.
Sorteando estos extremos erróneos se sitúa la teología mística católica cuyos más insignes representante, es junto a Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, proclamado doctor de la Iglesia, de cuya obra hace un encendido elogio el gran tomista Réginald Garrigou-Lagrange, diciendo: «Una de las partes más originales y más profundas de la doctrina de San Juan de la Cruz, con la que más ha hecho progresar la teología mística y merecido el título de Doctor, es la que se refiere a lo que él llama la noche pasiva del espíritu». Así lo reconoció la Iglesia en 1926, al proclamar doctor a San Juan de la Cruz por sus obras Místicas. En ellas, de una parte, no hay un ápice de iluminismo, revelacionismo, aparicionismo, etc.; respecto a las revelaciones privadas siempre aconseja no guiarse por ellas ; ni de otra, tampoco una tilde de quietismo, pues « Su objetivo no era la negación y el vacío, sino la plenitud del amor divino y la unión sustancial del alma con Dios. «Reunió en sí mismo la luz estática de la Sabiduría Divina con la locura estremecida de Cristo despreciado» (Butler, Vidas de los Santos de Butler; Oficio Divino). Es sorprendente la armonía que se da entre la Teología mística de San Juan de la Cruz y la Teología escolástica de Santo Tomás de Aquino, Doctor Angélico y común de la Iglesia, al cual el doctor estático cita y sigue sin desviarse. Sabido es que Santo Tomás de Aquino niega el carácter de fe sobrenatural la confianza puesta en la revelación privada. Estudiar la Subida al Monte Carmelo, libro impedido en el Opus Dei, no es más que aplicar el Tratado de la Fe de Santo Tomás de Aquino a la mística.
«Todos afirman con la boca llena el estado de necesidad extrema de la Iglesia, las herejías que se propagan libremente en todos los niveles, pero se estremecen al ver definidas las consecuencias que esto acarrea al orden social de la Iglesia. Santo Tomás lo expuso admirablemente cuando escribió: «Utrum ei qui subditur legi liceat agere praeter verba legis» («Si es licito al que está sometido a la ley obrar más allá de la letra de la ley»). (S. Th. 1-2,96,6). Se apegan a la ley humana oponiéndola a las normas superiores divinas, como si la intención del legislador fuese impedir lo que es de absoluta necesidad para la existencia de la Iglesia: la jerarquía de Orden y la jerarquía de jurisdicción, e inventan cualquier excusa para no cumplir con su deber, y peor tratan de impedir que los verdaderos católicos cumplan con el suyo. Esto origina la nueva secta de los «Acéfalos«, sin jerarquía, sin Sacramentos, sin papa, sin solución. Por los delitos de los herejes que se apartan de la Iglesia, juzgan que la Iglesia fue destruida o damnificada en su perfección jurídica y que no tiene medios «lícitos y válidos» de recuperarse.» ( Homero Joas)
Acudamos no a soluciones falsas sobre las que el alma tiene libertad para creer con fe humana o negarlas, sino a lo que dicen, por ejemplo, teólogos de notas que reflexionaron sobre la situación.
Cardenal Cayetano, dominico: Desempeñó con tanto acierto su cargo que los papas se fijaron en él para afrontar los graves problemas de la Iglesia. Colaboró asiduamente con cuatro Papas. Con Julio II capitaneó la defensa de las órdenes mendicantes en el Concilio Ecuménico Lateranense V, y allí se identificó como promotor de la ansiada reforma de la Iglesia que ni los Papas ni los cardenales se atrevían a afrontar. Le hizo a este Papa un servicio impagable en la desautorización del conciliábulo de Pisa (1511-12). Su sucesor, León X, requirió sus servicios para los grandes conflictos de la Iglesia y los premió nombrándolo cardenal con el título de San Sixto. Le envió como legado pontificio a Alemania para tratar de atajar y corregir al heresiarca Lutero (1517). También tomó parte decisiva en la elección de Carlos V como emperador, aunque para ello tuvo que ganarse la confianza de los electores alemanes (1519). En 1520 interviene en el consistorio que dicta la condenación definitiva de Lutero (1520
«Por excepción y de forma supletoria este poder (de elegir un papa), compete a la Iglesia y al Concilio, sea por la inexistencia de cardenales electores, sea porque son inciertos o cuando la propia elección es incierta, como ocurre en época de cisma» (De comparatione autoritatis papae et concilii, C. 13 y C. 28).
1.2 – Vitoria, Fray Francisco de Vitoria, gran teólogo, filósofo y jurista del siglo XVI, que fue profesor en las universidades de París, Valladolid y Salamanca.escribe:
«Aunque San Pedro nada hubiese determinado, una vez muerto, la Iglesia tiene poder para sustituirlo y nombrarle un sucesor (…) No restaría otro medio a no ser la elección por la Iglesia. Luego, la Iglesia podría elegir otro (…). «Si por calamidad, guerra, peste, faltasen todos los Cardenales, no debe dudarse que la Iglesia podría proveer para sí un Sumo Pontífice (non est dubitandum quim Ecclesia possit sibi provideri de Summo Pontífice)». Y la causa principal es:
«porque de otra forma existiría la Vacancia perpetua (vacaret perpetuo) en aquella Sede que debe durar perpetuamente». Donde tal elección: «a tota Ecclesia debet provideri et non ab aliqua particulari Ecclesia» (Debe ser procurada por toda la Iglesia y no por alguna Iglesia particular»)... Eso porque: «Illa potestas est communis et spectat ad totam Ecclesiam. Ergo, a tota Ecelesia debet provideri», («Ese poder es común y se refiere a toda la Iglesia. Luego, debe ser procurada por loda la Iglesia»).,(De Potestate Ecclesiae, Recolectio 18).
1.3 – Billot, cardenal, (Bellarmino):
Billot examina «como sería aplicada» la elección papal, «en caso extraordinario», cuando fuese necesario proceder a la elección, no siendo posible cumplir las disposiciones de la ley papal, como en el caso del gran Cisma de Occidente. «Se debe admitir sin dificultad que el poder de elección sería pasado a un Concilio general». Porque «la ley natural prescribe que, en tales casos, el poder atribuido a un Superiores derivado al poder inmediatamente inferior, porque el mismo es indispensablemente necesario para la sobrevivencia de la sociedad y para evitar las tribulaciones de la extrema necesidad». (De ecclesia Christi) (Bellarmino: Controversiae, De Clericis, 1. 7, c. 10).
Luego: «non est dubitandum» («No se debe dudar»), «se debe admitir sin dificultad» que la Iglesia siempre tiene y tendrá, en cualquier situación, por más grande y extraordinaria que sea, medios válidos y lícitos para elegir un papa. Esto se infiere de la noción de «sociedad perfecta» que es la Iglesia. La «vacancia perpetua» es imposible en una sociedad que debe durar perpetuamente.
Veamos ahora lo que la Iglesia dice con precisión cuando aprueba una revelación- que ni siquiera es el caso de estas revelaciones en las que se apoyan los que dicen que será San Pedro quien elija a un Papa-:
Aprobación.
Más compleja y necesitada de distinciones es la denominada aprobación. Dicen los teólogos que la aprobación de la Iglesia no es propiamente tal, queriendo significar que estamos ante actos magisteriales de alcance limitado. Hay tres clases de aprobación:
El juicio de la autoridad .
En lo relativo a las revelaciones particulares existe la necesidad personal y eclesial de guardar un equilibrio entre dos extremos: el exceso de credulidad y la desconfianza temeraria. Lo que no siempre es fácil. Dado que buenos cristianos, e incluso santos, pueden engañarse y tomar por revelaciones lo que no son más que alucinaciones o ilusiones, es necesario un criterio que permita superar la incertidumbre y que manifieste a los fieles la verdad sobre una revelación particular. Por ello, la jerarquía de la Iglesia somete a discernimiento las revelaciones antes de emitir un juicio.
Muchas veces las revelaciones reciben aprobación o reprobación en una Iglesia particular. Tal es el caso, por ejemplo, de la aparición de Akita (Japón), que sólo cuenta con aprobación del falso obispo local, postconciliar. Pero Akita no tiene aprobación de la Iglesia universal, menos aún no habiendo Papa.
¿Está dentro de las atribuciones dadas por Jesucristo al magisterio pontificio el juzgar sobre las revelaciones privadas? Es doctrina común que el magisterio tiene competencia para pronunciarse al respecto. El contenido de las revelaciones privadas se constituye por una o varias proposiciones de carácter religioso, que tienen relación -a veces muy estrecha- con las verdades que integran el depósito de la revelación pública. La supuesta sobrenaturalidad de la revelación privada cae dentro del campo de las acciones morales y el magisterio pontificio se extiende no sólo a la fe, sino también a las costumbres. Además las revelaciones tienen frecuentemente repercusión en la vida de la Iglesia: ellas han dado origen a santuarios y sitios de devoción; con ellas se han iniciado en la Iglesia determinadas formas de culto, que han llegado a la liturgia; su multiplicación en ciertas épocas de la historia ha conmovido la vida cristiana, despertando a veces un malsano prurito de lo maravilloso y espectacular, y sembrando en muchas personas una confusión lamentable. Por ello también la potestad de gobierno puede estar implicada en la regulación disciplinar de las revelaciones particulares.
- a)Reprobación.
Veamos ahora el aspecto negativo de la intervención de la autoridad pontificia: la reprobación. Son muchas las revelaciones privadas y las apariciones que ha reprobado el magisterio pontificio. Hay ocasiones en que el Santo Oficio- no los obispos– ha juzgado, negando expresamente su carácter sobrenatural con la fórmula «non esse supernaturales»: Ezquioga (1934), Heroldsbach (1951), Garabandal- aunque ya en pleno conciliábulo, por lo que podemos decir en este caso que la iglesia no se ha pronunciado aún, pero sí se puede aplicar la doctrina de la Iglesia respecto a las revelaciones privadas, y la hermenéutica de Nuestro Señor Jesucristo. «por sus frutos los conoceréis» -, etc. Otras veces la fórmula del Santo Oficio ha sido que las pretendidas apariciones y revelaciones «no se pueden aprobar». Es el caso de Loublande (1920). En otros supuestos, el juicio se ha limitado a prohibir las obras en que van circulando determinadas revelaciones privadas. Así lo hizo, por ejemplo, con los escritos de Luisa Piccareta, Valtorta, puestos en el índice de libros prohibidos en 1938 los de aquella, y en 1960 los de esta. Finalmente, en ocasiones la fórmula, negativa también, tiene una expresión menos reprobatoria: «non constare», que en rigor puede llegar a ser un simple reconocimiento de que no se ha podido comprobar. Ejemplo puede ser el decreto del Santo Oficio sobre el P. Pío de Pietralcina de 1923: «Non constare de eorum factorum supernaturalitate».
- b)Aprobación.
Más compleja y necesitada de distinciones es la denominada aprobación. Dicen los teólogos que la aprobación de la Iglesia no es propiamente tal, queriendo significar que estamos ante actos magisteriales de alcance limitado. Hay tres clases de aprobación:
1ª. Negativa: en la revelación nada hay contra la fe y las costumbres. Es un mero nihil obstat. Nada dice, pues, de la sobrenaturalidad.
2ª. Permisiva: se permite la lectura y difusión de las cosas reveladas. Se trata de una ampliación del nihil obstat a los escritos del vidente, sin cambiar la naturaleza de la aprobación. Tampoco dice nada sobre la sobrenaturalidad.
3ª. Positiva: la Iglesia se pronuncia sobre tres aspectos, oportunidad, historicidad y carácter sobrenatural de una revelación particular. Esta aprobación supone la negativa.
Como las revelaciones contienen varios elementos de diverso tipo, y son hechos que se desarrollan en el tiempo, siempre será importante leer los documentos oficiales para tener claridad sobre lo que ha sido aprobado y lo que no; y enterarse de qué clase de aprobación han recibido las diferentes partes de una revelación o aparición. Este criterio resulta imprescindible para evitar manipulaciones frecuentes de los que con vehemencia las defienden, silenciando parte de la verdad u ocultando los límites precisos de la aprobación, muchas veces por ignorancia.
- c)Aprobación positiva. Cabe advertir que, ordinariamente yen la mayoría de los casos, la aprobación de la Iglesia es de tipo negativo o permisivo, sin pronunciarse positivamente.
Anticipemos un criterio importante: el hecho que el visionario sea santo no acredita que sus visiones o revelaciones hayan recibido aprobación positiva. Se canonizan las virtudes, no las visiones. Así por ej., Poulain hace un catálogo de unos 32 casos de personas canonizadas, beatificadas o muertas en olor de santidad, caídas en error en las apariciones que creían haber visto y en los mensajes celestiales que creían haber recibido. Porque las visiones y revelaciones, admitido su probable origen divino, no constituyen un sólido argumento de santidad, ya que no consiste en ellas la perfección cristiana. Solamente las virtudes teologales, juntamente con la gracia, las demás virtudes y los dones del Espíritu Santo, son los medios inmediatos de unión con Dios. Una vez probadas las virtudes heroicas, y en relación con estas, se toman en cuenta las visiones y revelaciones, que ilustran más la santidad, pero no la constituyen.
Son muchos los casos en que la Santa Sede, al hablar de estos fenómenos extraordinarios en las vidas de los santos, introduce una fórmula restrictiva: «ut fertur», «ut traditur», «uti traditum est». Algunos ejemplos de esta cláusula restrictiva: las Letras decretales para la canonización de Santa Catalina Labouré (1947); homilía de la Misa de canonización de la misma Santa (1947); Letras decretales para la canonización de San Bernardino Realino (1947); Carta de Pío XII al Cardenal Legado que enviaba a Fátima (1951); entre otros. Estas palabras expresan una manera corriente de proceder en la Santa Sede; al menos, cuando se trata de la beatificación y canonización de los Siervos de Dios. En esos procesos los fenómenos extraordinarios se consideran en su posible relación con la autenticidad de las virtudes y con la integridad de la fe católica; no en su realidad histórica, ni en su pretendido carácter sobrenatural. Esta actitud precisiva ante la realidad y la sobrenaturalidad de las apariciones y revelaciones privadas es la que consagra el decreto de la Congregación de Ritos citado en la encíclica «Pascendi» (n. 55): según la tradición que dicen existir…Luego la Santa Sede no afirma tal sobrenaturalidad de estas revelaciones de los mismos santos
La constancia y generalidad con que se expresan estas normas de la Santa Sede obligan a pensar en una actitud ordinaria, que debe aplicarse también a los casos muy numerosos en que los documentos pontificios incluyen la narración de apariciones y revelaciones sencillamente. Creemos que el sentido habitual de esos textos –aunque no contengan la fórmula restrictiva- no es el de una aprobación positiva expresa de la realidad y sobrenaturalidad de los hechos, sino que deben entenderse como una sencilla narración de los mismos, tal y como los dan testimonios humanos fidedignos. Así parece que deben entenderse textos como: Letras decretales para la canonización de Santa Juana de Arco (16 de mayo 1920); Letras decretales para la canonización del Cura de Ars (31 de mayo 1925); Letras decretales para la canonización de San Pedro Canisio (21 de mayo 1925); Letras decretales para la canonización de Santa Margarita Maria Alacoque (13 de mayo 1920). Otro caso que pudiera citarse es el de Santa Catalina Labouré y la aparición de Nuestra Señora que dio origen a la Medalla Milagrosa: el decreto de virtudes heroicas de 1931 no contenía fórmula restrictiva y sin embargo Pío XII incluyó en 1941 la restricción «ut traditur».
Pues viendo, con claridad que no se puede sostener este tipo de solución mística,
Habrá que concluir con verdadero sentido común que el Legislador divino que hizo la constitución divina de la Iglesia «quiso» que en ella existiesen «papas», «Pastores y Doctores hasta la consumación de los siglos» (DS. 3050) (D. 1821).
Luego, «quiso» electores hasta el fin de los siglos, preceptuó electores siempre que existiese vacancia. Ahora bien, Dios no manda cosas imposibles de ser cumplidas en la práctica, ni moralmente, ni jurídicamente. Tal afirmación es la herejía de Jansenio:«Algunos preceptos de Dios son imposibles (…), falta la gracia por la cual se vuelvan posibles» (DS. 2001) (D. 1092). Muchos preceptos morales y jurídicos presentan dificultades para ser cumplidos en la práctica; de ninguno puede decirse que sea «imposible». Lo que es de necesidad dogmática en la constitución divina de la Iglesia no puede ser «moralmente» y prácticamente imposible.
Imposibilidad significa ausencia de medios para el fin y una sociedad perfecta jurídicamente, la Iglesia, siempre tiene medios para alcanzar su fin por sí misma.
Luego la solución de que será San Pedro quien, al fin, por revelación privada o acción extraordinaria, elija un Papa para acabar con la Sede vacante es más que falsa, añade más confusión a las almas, y las conduce por acantilados donde es fácil caer en el asacramentalismo o , incluso, como hemos visto en directores eruditos de blogs ya desaparecidos, perder la fe y quedar confundidos (esperemos y rezamos para que no lo estén eternamente). Y puesto que hay ya un par de “papas” que dicen, ellos mismos, haber sido elegidos místicamente, los predicadores de esta insólita opinión no tienen que seguir esperando al cumplimiento de una revelación privada, que a decir de estos ya se ha cumplido en ellos. Si son coherentes, síganlos, y si no, dejen de conducir a los ciegos al precipicio. Para más inri, ahora acusan a los conclavistas de no haber convocado desde hace muchos años un cónclave para elegir un Papa, que naturalmente ellos no seguirían ¡ El iluminismo en estado puro!
La voluntad del legislador, Pío XII, era la elección de un Papa a su muerte. Dado que no hay cardenales válidos y legítimos – el último nombrado por él falleció hace más de veinticinco años- le corresponde decir a la Iglesia quienes sean los electores que la representen en un cónclave o en un Concilio. Y ya llevamos demasiadas décadas sin cumplir con nuestra obligación, saliéndonos por la tangente, dando rienda suelta a nuestros propios gustos y prejuicios para evitar el deber de obrar. Omisión muy grave, que produce la mayor insolencia del ser humano frente a la Iglesia, siendo cada cual un maestrillo con su librillo, lo que produce más y más desviaciones de la fe teologal, más insubordinación: un verdadero cáncer del alma de nuestra época, que está llegando a metástasis y afecta ya a casi todos los entendimientos, tal cual tristemente comprobamos por aquí y por acuyá.
RÉPLICA A RAÚL ALBERDERI.
El domingo 12 de enero del 2020 salió publicado en la hoja dominical de la iglesia modernista “Vida Cristiana”, la segunda parte del artículo “LA REFORMA LITÚRGICA DE PABLO VI”, escrito por el “jesuita” Raúl Arderí, en calidad de ministro de la iglesia conciliar. No tenemos el gusto de conocer al autor, pero por los contenidos de su artículo se evidencia la carencia más elemental de nociones de historia de la Iglesia y de la Liturgia. Analizaremos oración por oración su artículo, destinado a confundir a los miles de inocentes “católicos” que todos los domingos leen acríticamente los artículos de Vida Cristiana con la ingenuidad de pensar que leen doctrina católica.
Nota: Las citas del artículo estarán entre comillas, en cursiva y color rojo.
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“Cincuenta años atrás, el 3 de abril de 1969, el Papa Pablo VI promulgó la Constitución Apostólica con la cual se modificó el Misal Romano, uno de los frutos más importantes de la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II (1962-1965).”
Los cambios se clasifican en dos tipos: cambios sustanciales (que modifican la esencia de las cosas) y cambios accidentales (que no la modifican). Un ejemplo de c. sustancial es la combustión de un papel, y un ejemplo de c. accidental es la pintura de un papal. En el primer caso, la esencia de “papel” desaparece, o mejor dicho, es destruida por la acción del fuego. En el segundo caso, la esencia de “papel” continúa siendo y existiendo (valga la redundancia), y el cambió de color no alteró ni modificó la naturaleza o esencial del papel.
Pio XII en la Mediator Dei enseña:
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- La Jerarquía eclesiástica ha empleado siempre este su derecho en materia litúrgica, instruyendo y ordenando el culto divino y enriqueciéndole con esplendor y decoro siempre renovados para gloria de Dios y bien de los hombres. Tampoco ha dudado, por otra parte, salvo la sustancia del Sacrificio Eucarístico y de los Sacramentos, en cambiar lo que no creía apropiado y añadir lo que mejor parecía contribuir al honor de Jesucristo y de la Santísima Trinidad y a la instrucción y saludable estímulo del pueblo cristiano.
- La Sagrada Liturgia, en efecto, consta de elementos humanos y de elementos divinos: estos últimos, habiendo sido instituidos por el Divino Redentor, evidentemente no pueden ser alterados por los hombres; pero aquellos, en cambio, pueden sufrir varias modificaciones, aprobadas por la Sagrada Jerarquía, asistida del Espíritu Santo, según las exigencias de los tiempos, de las circunstancias y de las almas. De aquí nace la, estupenda variedad de los ritos orientales y occidentales, de aquí el desarrollo progresivo de particulares costumbres religiosas y prácticas de piedad, de las que apenas se tenía un leve conocimiento en tiempos anteriores; a esto se debe que con cierta frecuencia sean nuevamente empleadas y renovadas piadosas instituciones, borradas por el tiempo. Todo esto testimonia la vida de la Inmaculada Esposa de Jesucristo durante tantos siglos; expresa el lenguaje empleado por ella para manifestar a su Divino Esposo su fe y amor inagotables y los de los pueblos a ella encomendados; demuestra su sabia pedagogía para estimular y acrecentar de día en día en los creyentes el «sentido de Cristo».
Otras ideas nuestras. a) Los cambios accidentales de la liturgia siempre han sido hacia adelante, y nunca hacia atrás. Es como la evolución de una persona que cuando tiene 1 año es menor que cuando tiene 5 años, y a su vez que cuando tiene 15 años. Pero nadie puede “crecer” entre los 14 y 15 años retornando a la madurez, talla, peso y fortaleza que tenía cuando tenía 2 años. Todo progreso es hacia adelante, nunca hacia atrás.
b) La supuesta sencillez de la liturgia cristiana de los 3 primeros siglos no es por lo que alegan los modernistas de ahora y de siempre, esto es, porque aquellos cristianos eran menos clericales, más activos y participativos, sino por una sencilla razón circunstancial histórica: las persecuciones a las que estaba sometida la Iglesia. Como se sabe la Iglesia primitiva no tenía templos como los poseyó después de la Paz que le otorgó el emperador Constantino, por tanto, los sacramentos se celebraban en condiciones mínimas y muy precarias. Pero apenas tuvo paz la Iglesia para organizar sus acciones litúrgicas al aire libre, rodeó de venerables ritos a los sacramentos, consciente de la grandeza de los misterios que celebrara.
c) El papa Pio XII condenó la pretensión de simplificar la liturgia alegando la supuesta sencillez del cristianismo primitivo en la encíclica Mediator Dei de 1947. Dicha tendencia herética de simplificar la liturgia recibió el nombre de arqueologismo, precisamente porque pretende resucitar formas litúrgicas “muertas” muy antiguas, que la Iglesia enriqueció apenas tuvo condiciones para ofrecer el culto divino con entera libertad.
La “Reforma” litúrgica querida por el Vaticano II, y realizada en el posconcilio, es una verdadera revolución: “La vía abierta por el Concilio está destinada a cambiar radicalmente el rostro de las asambleas litúrgicas tradicionales”, admite Mons. Annibale Bugnini, uno de los principales artífices de la llamada “reforma”; él mismo agrega que se trata de una “real ruptura con el pasado” (Bugnini, “La Ri-forma Litúrgica” [1948-1975], CLV Edizioni Liturgiche, 1983).
Ahora bien, ninguna revolución estalla de repente un buen día, sino que es el fruto de largos asaltos, caídas lentas y concesiones progresivas. Por tanto, el hilo conductor del artículo que estamos analizando CARECE de fundamento en la doctrina católica, y no es más que un intento más (desesperado como siempre) de legitimar la destrucción del Misal Romano, que no su modificación a secas.
“Para muchos, el cambio litúrgico más visible de este periodo fue la transición de la eucaristía celebrada en latín y de espaldas al pueblo, a la celebración en español y teniendo el altar como centro de la asamblea.”
Innegable. Pero agregamos algo. Contra el común mito de los modernistas de que el objetivo principal de la reforma era que los fieles entendieran la misa. Si el problema era solamente el latín ¿Por qué no se conformaron con decir la misa católica de siempre en vernáculo y punto? Incluso, si el problema era el cura de espaldas ¿Por qué no se conformaron con darle vuelta al altar y al cura y punto? Pero no fue suficiente. El objetivo era destruir el ritual y las rúbricas de la misa, al estilo de los luteranos del siglo XVI, y en efecto, así sucedió. Se modificó el Ordo de la Misa, eliminando de ella genuflexiones, señales de la cruz, oraciones a la Santísima Trinidad, referencias al diablo, al infierno, al purgatorio, etc… Los estudios comparativos entre los dos Ordos (el católico y el modernista) abundan en la literatura especializada, pero para el que no está introducido en el tema, recomiendo el libro “El Drama litúrgico” de Augusto del Rio publicado en 2003 en Buenos Aires, Argentina.
“Todo fue encaminado a promover una plena y activa participación de todos los fieles.”
Esto es protestantismo renovado, porque fue Lutero y sus hijos espirituales (calvinistas, galicanos, febronianos, veterocatólicos, católicos liberales y… modernistas) quien siempre dijo que la Misa que no se entendía era vana, como dando a entender que solamente si el pueblo entiende lo que el sacerdote está orando dicha misa cobra valor. Esto además de herético es blasfemo, pues supone la participación del pueblo como elemento necesario para la validez o idoneidad de la misa. Esto es desconocer el concepto Patrístico y Apostólico de la Misa como renovación incruenta del sacrifico de la Cruz, que realiza principalmente el sacerdote in persona Christi. De hecho, por mucho que le pese a los protestantes y modernistas, misa sin pueblo puede haber, pero misa sin sacerdote no.
“La difícil situación de la Iglesia cubana en aquel momento nos hizo prestar atención a otras preocupaciones que no correspondían exactamente a esta sensibilidad de la Iglesia universal.”
Exactamente, de hecho, suelo decir siempre que en Cuba coincidieron 2 revoluciones al unísono: la política y la religiosa. Pero al ser evidentemente más cercana y aparentemente más dañina (en realidad es al revés) la problemática comunista y del cambio de régimen político en los años 60’s, las destrucción del catolicismo desde el Vaticano usurpado por los modernistas de Juan XXIII y compañía no fue analizada con prudencia y criterio por el catolicismo cubano del momento, más preocupado por sobrevivir a las persecuciones, críticas, calumnias y embates del comunismo cubano que a estudiar con calma la nueva religión que le estaban vendiendo desde el Vaticano.

Además, como buenos revolucionarios y subversivos, los modernistas nunca han ido rápido y de pronto, y en aquellos primeros años (1960-1970) las reformas eran tan sutiles que apenas eran percibidas. Solo los más entendidos en la teología y con una vida interior fuerte pudieron vislumbrar lo que sucedía. En ese sentido, aquellos católicos de los 60’s tienen escusa de no haber visto con claridad la nueva secta que estaba fraguándose sobre los edificios públicos de la Iglesia Católica. Pero hoy…, hoy no hay excusa.
“La reforma litúrgica de Pablo VI no fue un acto improvisado…”
¿Improvisado? ¿Quién lo podría afirmar? La usurpación de la Santa Sede viene preparándose desde el siglo XIX, como lo demuestran los papeles secretos de la Alta Venta de los Carbonarios que cayeron en manos del Papa Gregorio XVI, y abarcan el período de 1820-1846. Fueron publicados a pedido del Papa Pío IX, por Crétineau-Joly en su obra “La Iglesia romana y la revolución”.[1] Y por el Breve de aprobación del 25 de febrero de 1861 dirigido al autor, Pío IX confirma la autenticidad de sus documentos pero no permitió que se divulgaran los verdaderos nombres de los miembros de la Alta Venta implicados en esta correspondencia. El documento que cito a continuación tiene 200 años, pues fue escrito en 1820:
“El Papa, cualquiera que sea, jamás vendrá a las sociedades secretas: a ellas corresponde dar el primer paso hacia la Iglesia para vencer a ambos. El trabajo que vamos a emprender no es obra de un día, ni de un mes, ni de un año; puede durar varios años, quizás un siglo; pero en nuestras filas el soldado muere y el combate continúa.

No queremos ganar a los Papas para nuestra causa, hacerlos neófitos de nuestros principios, propagadores de nuestras ideas. Sería un sueño ridículo. Cualquiera sea el giro de los acontecimientos, el hecho de que cardenales o prelados, por ejemplo, hayan entrado de pleno grado o por sorpresa en una parte de nuestros secretos, no es en absoluto un motivo para desear su elevación a la Cátedra de Pedro. Esta elevación nos perdería. Sólo la ambición los habría conducido a la apostasía y la necesidad del poder los forzaría a inmolarnos. Lo que debemos pedir, lo que debemos buscar y esperar como los judíos esperan el Mesías, es un papa según nuestras necesidades (…).

Así marcharemos con más seguridad al asalto de la Iglesia que con los liberales de nuestros hermanos de Francia y el mismo oro de Inglaterra. ¿Queréis saber la razón? Es que con ello, para destrozar la roca sobre la que Dios construyó su Iglesia, ya no necesitamos el vinagre anibalino, ni la pólvora del cañón; ya no necesitamos ni siquiera nuestros brazos. Tenemos el dedo meñique del sucesor de Pedro comprometido en la conjura, y ese dedo vale en esta cruzada más que todos los Urbano II y todos los San Bernardo de la Cristiandad.
No dudamos que llegaremos a ese término supremo de nuestros esfuerzos, pero ¿cuándo y cómo? La incógnita no se devela aún. Sin embargo, como nada debe apartarnos del plan trazado sino por el contrario todo debe tender a él como si ya desde mañana el éxito viniera a coronar la obra apenas esbozada, queremos en esta instrucción que para los simples iniciados permanecerá secreta, dar a los encargados de la Venta Suprema, consejos que deberán inculcar a la universalidad de los hermanos, en forma de enseñanza, o de memorandum (…).
Ahora bien, para asegurarnos un Papa de las debidas proporciones, se trata primero de labrar a ese papa una generación digna del reino que soñamos. Dejad de lado la vejez y la edad madura; dirigios a la juventud y, si es posible, aún a la infancia (…) os ganaréis sin mucho esfuerzo una reputación de buen católico y de patriota sin doblez.
Esta reputación hará llegar nuestras doctrinas tanto al seno del joven clero, como al fondo de los conventos. Dentro de algunos años forzosamente este clero joven habrá invadido todas las funciones. Será el quien gobierne, administre, juzgue, forme el consejo del soberano, y será el llamado a elegir el Pontífice que tendrá que reinar, y este pontífice, como la mayor parte de sus contemporáneos, estará necesariamente más o menos imbuido de los principios italianos y humanitarios que comenzaremos a poner en circulación. Es un granito de mostaza que confiamos a la tierra; pero el sol de las justicias lo hará crecer hasta el más alto poder, y un día veréis qué mies abundante producirá este granito.

En la ruta que trazamos a nuestros hermanos, hay grandes obstáculos que deberemos vencer, muchos tipos de dificultades que superar. Triunfaremos gracias a la experiencia y la perspicacia; pero la meta es tan espléndida que es preciso izar todas las velas al viento para alcanzarla. Si queréis establecer el reino de los elegidos sobre el trono de la prostituta de Babilonia, que el clero marche bajo vuestro estandarte, CREYENDO IR SIEMPRE TRAS LAS BANDERA DE LAS LLAVES APOSTÓLICAS. Si queréis hacer desaparecer el último vestigio de los tiranos y los opresores, echad vuestras redes como Simón Barjona; echadlas en el fondo de las sacristías, de los seminarios y de los conventos más que en el fondo del mar; y si no os apuráis, os prometemos una pesca más milagrosa que la suya. El pescador de peces se convirtió en pescador de hombres; vosotros os rodearéis de amigos junto a la Cátedra Apostólica. Vosotros HABRÉIS PREDICADO UNA REVOLUCIÓN POR LA TIARA Y LA CAPA, marchando con la cruz y el estandarte, una revolución que no tendrá necesidad más que de una chispa para incendiar las cuatro esquinas del mundo”.[2]
“… sino el fruto de un intenso movimiento de renovación bíblica, teológica y litúrgica desde inicios de siglo XX.”
Esto es una verdad a medias. Una cosa es el movimiento litúrgico de Dom Prosper Guéranger (1805-1875), que cualquiera puede estudiar en su obra “Considérations sur la liturgie catholique”, publicadas en el “Memorial” de 1830, y otra muy diferente es el movimiento litúrgico desviado por los modernistas desde principios del siglo XX. Nosotros, siguiendo a San Pio X, adherimos al movimiento litúrgico de Dom Guéranger, pero rechazamos como herético al desviado, que fue precisamente el que consagró el Vaticano II y su pseudo-reforma litúrgica.
Nacido de padres benedictinos, el Movimiento Litúrgico verá durante mucho tiempo su historia ligada a la Orden de San Benito. El Movimiento nacido y desarrollado en Francia, iba a extenderse más allá de las fronteras francesas. Dom Mocquereau, Dom Pothier y Dom Cagin lo harían desde la casa matriz. Después lanzaba sus primeras fundaciones: San Martin de Beuron en Alemania (1863) Maredsous (1872) y Mont-César (1899) en Bélgica, mientras que Dom Guépin partía para España en 1880 a restaurar Silos.
Uno de los primeros en desviar el movimiento litúrgico fue Dom Lambert BEAUDUIN (1873-1960), quien no supo cuidar la jerarquía de los fines de la liturgia, como acto de culto (dirigido a Dios) y como acto didáctico (dirigido a los fieles). Por el contrario Dom Festugiére siguió siendo fiel al punto de vista totalmente “teocéntrico” de Dom Guéranger. El movimiento litúrgico desviado siempre insistiría más en el aspecto antropocéntrico de la liturgia, como de hecho sucede en la neo-iglesia del Vaticano II.
Todas las ideas de la herejía antilitúrgica -Dom Guéranger llamó así a las tesis litúrgicas del siglo XVIII- fueron retomadas en los años 20 y 30 por liturgistas como Dom Lambert Beauduin (1873-1960) en Bélgica, en Francia, Dom Pius Parsch, y Romano Guardini en Austria y Alemania.
Nacido del genio de Dom Guéranger y de la indomable energía de San Pío X, el movimiento litúrgico brindó en esa época frutos magníficos de renovación espiritual. Sin embargo, el carácter de “apostolado” de la liturgia que Dom Beauduin “tiende” a acentuar demasiado, se va a volver cada vez más fuerte. Y ésa será la gran tentación del “Movimiento”: hacer de la liturgia antes que nada un medio de apostolado; hacer plegar la liturgia a las exigencias del apostolado. El nudo del drama está ahí. Es por culpa de no haber sabido resistir a esta tentación que esa obra magnífica se derrumbó.
Dom Beauduin en 1925 fundó el “Monasterio de la Unión” en Amay-sur-Meuse, Bélgica, con intenciones de promover el ecumenismo que sería condenado por el Papa Pio XI en la encíclica Mortalium animos el 6 de enero de 1928.
No es fruto de la casualidad que en 1924, Dom Beauduin hubiera trabado una fiel amistad con monseñor Roncalli, quien había caído en la diplomacia después de haber perdido su cátedra en el Ateneo de Letrán, por sospechoso de modernismo, El futuro antipapa Juan XXIII iba a ser uno de los primeros y más fieles simpatizantes de Beauduin.
“No constituyó simplemente una adaptación a las necesidades de la cultura contemporánea, sino volver a las fuentes de la Tradición para encontrar el modo de proclamar el evangelio a los hombres y mujeres de hoy.”
Esto es totalmente falso. La revolución litúrgica se aparte de la Tradición Católica, no se acerca a ella. Es una liturgia artificial, sin base viva en la Tradición de la Iglesia. Constructo mental de liturgistas de gabinete, que tenían en mente una sola cosa: inventar una liturgia ecuménica que disminuyera lo más posible las diferencias con las demás iglesias cristianas. Una verdadera obra de felonía. La presencia de los seis pastores protestantes en la comisión de la reforma litúrgica es más que suficiente para demostrarlo.
Sobre “encontrar el modo de proclamar el evangelio a los hombres y mujeres de hoy”, podemos decir que la Iglesia es una institución divina, asistida y protegida por el Espíritu Santo para que hable siempre con palabras de vida eterna. Fue para eso que Cristo la fundó, y no en virtud de los hombres, sino del mismo Cristo, ha realizado siempre con integridad su encomienda de conducir las almas al cielo, objetivo y sentido último de la existencia humana. El evangelio no puede ser cambiado, y la doctrina católica tampoco. Además, la naturaleza humana es siempre la misma, y sus necesidades básicas también. El anuncio católico nunca ha tenido necesidad de renovación. Somos los humanos quienes tenemos tal necesidad.
“El comienzo del movimiento litúrgico se remonta al Papa Pío X (1903-1914) y su deseo de hacer de la comunión eucarística una práctica semanal e incluso cotidiana, accesible a partir de los siete años.”
Este era uno de los objetivos del movimiento litúrgico católico, no del desviado, que es el que defiende el Vaticano II. El evitar la comunión semanal era una práctica jansenista y galicana (no católica) que había contagiado a muchos incautos y el Santo Padre Pio X combatió contra ella ardientemente.
“Este cambio pastoral ayudó a comprender la comunión como un elemento indispensable para la participación del pueblo y superar la costumbre de ir a la iglesia simplemente para ‘oír misa’. El movimiento litúrgico anterior al Vaticano II alcanzó su mayoría de edad en 1956 con el Congreso Internacional de Asís, Italia. Algunos de sus participantes ya propusieron usar las lenguas locales en vez del latín.”
Barata publicidad modernista, porque se da a entender la intención de San Pio X era promover la idea modernista que “comprende la comunión como un elemento indispensable para la participación del pueblo”. San Pio X promovió la comunión frecuente por el valor sacramental y espiritual que tiene recibir el Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo en la Santa Misa.
No es incorrecta la expresión “oír misa”, porque la realiza el sacerdote, por más que la asamblea participe en algunos diálogos con él. Ya esto se explicó arriba. Lo demás, es teología ficción. Pio XII en su encíclica Mediator Dei dijo:
- Hay en efecto, en nuestros días, algunos que, acercándose a errores ya condenados el, enseñan que en el Nuevo Testamento, con el nombre de Sacerdocio, se entiende solamente algo común a todos los que han sido purificados en la fuente sagrada del Bautismo; y que el precepto dado por Jesús a los Apóstoles en la última Cena de que hiciesen lo que Él había hecho, se refiere directamente a toda la Iglesia de fieles; y que el Sacerdocio jerárquico no se introdujo hasta más tarde. Sostienen por esto que el pueblo goza de una verdadera potestad sacerdotal, mientras que el Sacerdote actúa únicamente por oficio delegado de la comunidad. Creen, en consecuencia, que el Sacrificio Eucarístico es una verdadera y propia «concelebración», y que es mejor que los sacerdotes «concelebren» juntamente con el pueblo presente, que el que ofrezcan privadamente el Sacrificio en ausencia de éstos.
- Inútil es explicar hasta qué punto estos capciosos errores estén en contradicción con las verdades antes demostradas, cuando hemos hablado del puesto que corresponde al Sacerdote en el Cuerpo Místico de Jesús. Recordemos solamente que el Sacerdote hace las veces del pueblo, porque representa a la Persona de Nuestro Señor Jesucristo, en cuanto Él es Cabeza de todos los miembros y se ofreció a Sí mismo por ellos: por esto va al altar, como Ministro de Cristo, siendo inferior a Él, pero superior al pueblo. El pueblo, en cambio, no representando por ningún motivo a la Persona del Divino Redentor, y no siendo mediador entre sí mismo y Dios, no puede en ningún modo gozar de poderes sacerdotales.”
“Este deseo no fue realizado por el Papa Pío XII, aunque él mismo había publicado en 1947 la primera encíclica litúrgica de la historia (Mediator Dei) y en 1955 había renovado el Triduo Pascual trasladando la vigilia de Pascua de la mañana a la noche del Sábado Santo. El Concilio continuó este proceso y por ello publicó su primer documento sobre la liturgia (Sacrosanctum Concilium, 1963) indicando la dirección de la futura renovación.”
En dicha encíclica de Pio XII se condena el movimiento litúrgico desviado, como el “arqueologismo” litúrgico (que sirve de pretexto a los innovadores para garantizar sus invenciones) que defiende Raul Arderí. Citemos algunos de sus pasajes.
“81… cuando se trata de la Sagrada Liturgia, no estaría animado de un celo recto e inteligente el que quisiese volver a los antiguos ritos y usos, rechazando las nuevas normas introducidas, por disposición de la Divina Providencia, debido al cambio de las circunstancias.”
“82. En efecto, este modo de pensar y de obrar, hace revivir el excesivo e insano arqueologismo suscitado por el Concilio ilegítimo de Pistola, y se esfuerza en resucitar los múltiples errores que fueron las premisas de aquel conciliábulo y le siguieron con gran daño de las almas, y que la Iglesia, vigilante custodio del «depósito de la Fe», que le ha sido confiado por su divino Fundador, condenó con justo derecho.”
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“LA REFORMA LITÚRGICA DE PABLO VI (2a parte) Cincuenta años atrás el Papa Pablo VI publicó el nuevo Misal Romano, que renovó la celebración eucarística después del Concilio Vaticano II. Muchos acogieron las transformaciones del concilio con gran entusiasmo y promovieron la plena y activa participación de los fieles, así como la renovación de los espacios de culto. Lamentablemente, tampoco faltaron excesos e improvisaciones que llevaron a destruir verdaderas obras de arte e impusieron al pueblo la creatividad personal de algunos ministros en nombre de una inculturación poco reflexionada.”
Gran entusiasmo, si, como no, como el que tenían algunos protestantes y masones que enviaron cordiales mensajes de felicitación a Juan XXIII, Pablo VI y demás pseudo-clérigos infiltrados en el Vaticano.
La destrucción de las obras de arte se hizo con el apoyo de obispos y cardenales modernistas, y por supuesto, por más que después se quejara del humo de Satanás en 1972, del anti-papa Pablo VI, responsable principal de todo el desastre litúrgico de los años 70’s.
“Otros fieles y miembros del clero sintieron que la reforma era una traición a la “misa de siempre” y se aferraron a modos e indumentarias de estilo marcadamente pre-conciliar.”
Aplicando la enseñanza fundamental del Conmonitorio de San Vicente de Lerins (+450): los cristianos han de creer quod semper, quod ubique, quod ab ómnibus: sólo y todo cuanto fue creído siempre, por todos y en todas partes. Varios Papas y Concilios han confirmado con su autoridad la validez perenne de esta regla de fe. Aplicando también la regla espiritual de San Ignacio de Loyola, que Arderí debería conocer, “en tiempos de tormenta, no hacer mudanza”. ¡Y que tormentas las del Vaticano II! ¡Con aires huracanados de categoría 5!
Además, dicho análisis peca de superficial, pues supone que el “tradicionalismo” es un movimiento cultural que aglomera a nostálgicos de las casullas guitarra, de la arquitectura gótica y del órgano en la misa. Tal banalidad no es más que una supina ignorancia y un desconocimiento sistemático de los ríos de tinta que los católicos tradicionales hemos vertido contra la herejía modernista y su maldad sistemática, que si bien tiene un componente estético, no se agota en él y mucho menos es el que más resaltamos. Por este tipo de comentarios es que digo que Arderí no se ha tomado el trabajo de estudiar las obras de teología católica anterior al Vaticano II, y menos las que los tradicionalistas han escrito en los últimos 70 años. Su acercamiento al complejo mundo de la reforma litúrgica es a base de cuentos e historias contadas por modernistas setentistas.
“El deseo del Vaticano II en el campo litúrgico fue la simplificación de los ritos con el objetivo de volver a la norma de las primeras generaciones cristianas.”
Esto es una confesión de partes. Es la declaración abierta del arqueologismo que Pio XII condenó en Mediator Dei, como ya se ha repetido aquí 2 veces. Pretender simplificar los ritos para retomar normas litúrgicas antiguas que ya no están vigentes es ilegítimo, como ilegítimo es el Vaticano II y todos sus líderes. Además, si hubiran querido restablecer la liturgia primitiva, tendrían que haber dejado la misa en la normativa de la ultima Cena y no fue así. Luego, lo que querían en realidad era crrear una nueva liturgia híbrida y sincrética, con elementos protestantes, judios y católicos, todo un sabroso coctel. En el siguiente gráfico se aprecia la evolución y perfeccionamiento de la liturgia romana, lo que demuestra que quitar las oraciones que la Iglesia fue proveyendo para mejor adorar y alabar a la Santísima Trinidad, no son simplificables por puro amor a la novedad.

“Es interesante descubrir cómo esta misma motivación llevó, quinientos años atrás (1570), al Papa Pío V a reformar el Misal Romano para crear la misa tridentina.”
Esto es totalmente falso. Ni San Pio V reformó el Misal Romano, sino que codificó el que ya existía en Roma desde hacía siglos; ni San Pio V creó la Misa Tridentina. Cito a continuación algunos pasajes del opúsculo “Breve historia de la misa romana” de Michael Davies:
El Misal de San Pío V fue compilado y publicado en 1570 en obediencia a los Padres del Concilio de Trento. El P. Fortescue explica las intenciones de los Padres del Concilio de Trento: “Los Reformadores Protestantes destruyeron la antigua liturgia. Fue de principio a fin la expresión de un rechazo a las ideas de la Presencia Real, el Sacrificio Eucarístico, y así sucesivamente. Sustituyéndola con nuevos servidos de comunión que manifestaran sus principios, pero, por supuesto, rompiendo por completo con cualquier tipo de evolución litúrgica. El Concilio de Trento (1545-1563) en oposición a estos nuevos servicios, quiso que la Misa Romana fuera celebrada uniformemente en todas partes. Los usos medievales hace tiempo que habían sido abandonados“.[3]
En su sesión 18ª, el Concilio designa a una comisión para examinar el Misal, para revisar y restaurarlo “conforme a la costumbre y el rito de los Santos Padres”. El P. Fortescue considera que los miembros de la Comisión designada para revisar el Misal lograron acabadamente su tarea: “El objetivo que tenían no era el de componer un nuevo Misal, sino restaurar el existente, uno conforme a la costumbre y el rito de los Santos Padres utilizando para este fin los mejores manuscritos y otros documentos“.[4]
Y hace una mención particular sobre la continuidad litúrgica que caracterizaría al nuevo Misal. El Misal promulgado por San Pió V no es simplemente un decreto personal del Soberano Pontífice, sino una obra del Concilio de Trento, aunque el mismo concluyera el 4 de diciembre de 1563, antes que la comisión terminara su labor. El Papa Pió IV murió antes de que el trabajo estuviera concluido por lo que fue su sucesor, San Pió V, quien promulgó el Misal resultante del Concilio, con la Bula “Quo Primum Tempore” el 14 de julio de 1570. Porque el Misal es obra del Concilio de Trento, su título oficial es “Missale Romanum ex decreto sacrosancti Concilii Tridentini restltutum”, esto es, “El Misal Romano restaurado de acuerdo a los decretos del Santo Concilio de Trento”. Este fue el primer paso en el año 1570, en la historia de la Iglesia que un papa conciliar utilizó la legislación para especificar e imponer un rito completo de la Misa.
Es innecesario insistir sobre el hecho que San Pió V no promulgó un nuevo Orden de la Misa (Novus Ordo Missae). La idea de componer un nuevo orden de la Misa era y es totalmente ajena al espíritu Católico, tanto en Oriente como en Occidente. La tradición Católica ha sido legada para ser conservada y mirar cualquier novedad con gran sospecha. El Cardenal Gasquet observó que:
“Todo Católico debe sentir un amor personal por aquellos ritos sagrados cuando vienen a su encuentro con toda la autoridad de los siglos. Cualquier manipulación ruda de tales formas debe causar un profundo dolor a aquellos que saben y las utilizan. Pues estas (formas antiguas) vienen de Dios a través de Cristo y a través de la Iglesia. Ciertamente no poseían la atracción cuando todavía no estaban santificadas por la piedad de tantas generaciones que oraron con las mismas palabras y encontraron en ellas apoyo en la alegría y consuelo en el dolor”.[5]
El Misal de 1570 fue realmente el resultado de las instrucciones dadas por Trento, pero fue de hecho, en cuanto al Ordinario, Canon, Propio del tiempo y las demás partes (de la Misa) una réplica del Misal Romano de 1474, que repitió en todo lo esencial la práctica de la Iglesia Romana de la época de Inocencio III, la cual deriva de San Gregorio y sus sucesores en el siglo VII. En definitiva, el Misal de 1570 fue en todo lo esencial, el uso que dominaba la liturgia Europea medieval incluido Inglaterra y todos sus ritos.
“En la época de la Reforma Protestante abundaban numerosos misales en dependencias de lugares o familias religiosas. Muchas de las fórmulas contenidas en los mismos rayaban en la superstición o incluso la simonía; por ello, el Concilio de Trento (1545-1563) ordenó su revisión.”
Los modernistas llaman superstición a las costumbres piadosas de los católicos de siempre. Esto no es más que un disparo de bengala para distraer al lector de la verdadera motivación de la reforma de San Pio V, cual fuera como dijimos más arriba, evitar los servicios de comunión inventados por los protestantes y sus precursores que habían abandonado muchas normas de la liturgia romana tradicional.
“Pió V suprimió la mayoría de estos misales y unificó la liturgia.”
Falso, eliminó solamente los que no tenían 200 años de antigüedad. O sea, siguió un criterio tradicionalista, no progresista. El Concilio Vaticano II suprimió los ritos de cientos de años e inventó uno nuevo jamás conocido, que intentaba y simulada ser la resurrección de los primitivos, pero que en realidad no lo era. Así que, la comparación no procede.
“Esta reforma debe ser valorada según sus circunstancias históricas de confrontación con el movimiento protestante de entonces y según el conocimiento limitado de los textos antiguos disponibles entonces.”
Esto da pena, ira y risa. Pena por el error del autor, ira por su descaro en hablar con la ligereza de lo que desconoce, y risa por lo seguro de sí mismo que se ve para un análisis tan ayuno de fundamento histórico. Es una increíble ofensa a la pléyade de genios de la época del Concilio de Trento (a cuyo talón no llega Raúl Arderí) sostener que tenían un conocimiento limitado de los textos antiguos que disponemos ahora en el siglo XX y XXI. Es simplemente una suposición que hace el autor, y para vergüenza suya, porque es al revés: en época de San Pio V habían códices y textos de los monumentos litúrgicos de los primeros siglos que hoy no se conversan porque se han deteriorado y destruido. ¡Qué barbaridad!
“La misa tridentina no pudo extraer las riquezas de la participación plena y activa por parte del pueblo que caracterizó a las primeras generaciones cristianas.”
Esto es una afirmación modernista, pues proyecta en los primeros cristianos la noción moderna de participación activa en la liturgia. Esto es un ucronismo.[6]
“Uno de sus límites fundamentales fue quedar casi exclusivamente reducida a una celebración individual del sacerdote, que constituía el centro de su piedad personal.”
La misa nunca ha sido obra del Pueblo de Dios, sino del sacerdote. Esto es tan básico, que repetirlo es cansón.

“Las misas privadas sin participación de fieles, el rezo del rosario u otras devociones durante la eucaristía, e incluso el sonido de la campanita para “avisar” la consagración, mostraron la necesidad de un desarrollo posterior que continuara la intuición de Pío V.”
Como ya dijimos, nada tuvo que ver la reforma de San Pio V con la revolución de los modernistas Roncalli y Montini Company. Y sobre el rezo del rosario durante la misa, no es una práctica mala, sino que está indulgenciada. No obstante, se recomienda que los seglares sigan la misa con los misales de fieles para que recen la misa.
“Cuando Pablo VI promulgó el nuevo misal, permitió continuar la misa tridentina en solitario a los sacerdotes “ancianos o enfermos” que no tenían una pastoral activa.”
Claro, a los que no tenían edad para cambiar… de religión. En España hubo decenas de sacerdotes que murieron de tristeza de ver la devastación litúrgica que provocó la reforma. Se llegó a prohibir de facto la misa tradicional, y para muchos seglares y clérigos comenzó un verdadero infierno en la tierra al tener que resistir a los jerarcas modernistas que disfrazados de católicos dirigían la destrucción de un ritual litúrgico que está canonizado a perpetuidad por un papa Santo.
“Ambos ritos, el de Pío V y el de Pablo VI, no pueden ser vistos como dos modos de celebrar en contradicción, sino como un desarrollo natural de la liturgia que siempre se reforma para ser fiel a su misión.”
Es justo lo contrario de lo que dice aquí. De hecho, son dos modos de celebrar en contradicción que constituyen dos religiones diferentes. El de San Pio V la religión católica y el de Pablo VI la religión antropocéntrica del Modernismo. Analícese el siguiente cuadro que las compara muy bien:

“Tan perjudicial es oponerlos a ambos como quedarse atrapados en el primero.”
Lo perjudicial es dejar la Iglesia Católica y su Liturgia milenaria por un artificio maléfico de un bando de herejes modernistas. Los ritos antiguos tienen a su favor la práctica litúrgica comprobada de la Iglesia.
“Cincuenta años es tiempo suficiente para valorar las riquezas y los límites de la reforma litúrgica y seguir adelante haciendo de la “participación plena y activa de los fieles” no simplemente una manera de celebrar los sacramentos, sino un nuevo modo de ser comunidad cada vez menos clerical.”
Las riquezas de la reforma litúrgica son estas: primero las cifras del post-concilio a partir de 1965. Después las estadísticas de la Iglesia bajo el Papa Pío XII.



Como los números no mienten, los tres cuadros anteriores muestran la innegable muerte lenta de la secta conciliar. También muestra que el llamado “Efecto Francisco” no pudo revertir el desplome de la asistencia a la misa dominical.
Ahora, para echar un vistazo a lo que era la Iglesia. Los números de Pío XII, el pontífice anterior al Concilio, están abajo.

“La forma en que oramos refleja el modo en que creemos. (Lex orandi, lex credendí).”
Así es, por eso ustedes son otra iglesia y otra religión, porque no tienen la lex orandi católica, y mucho menos, la lex credendi.
¡Viva Cristo Rey!
David A. Martínez Espinosa
[1] Vol. 2, Ed. original, 1859; reimpreso por el Círculo del Renacimiento francés, Paris, 1976. Mons. Delassus reprodujo de nuevo sus documentos en su obra “La conjuración anticristiana” DDB, 1910, T III p. 1035-1092.
[2] Instrucción permanente de 1820, op. cit., p. 82-90. 3 (Op. cit. p. 129).
[3] Padre Adrián Fortescue “The Mass: A Study of the Roman Liturgy” p. 205-206 [London: Longmans, 1912] (“La Misa: Un Estudio sobre la Liturgia Romana”)
[4] Fortescue “The Mass: A Study of the Roman Liturgy” p. 206
[5] Gasquet & Bishop, op. cit., p. 183.
[6] Ucronismo: novela histórica alternativa y que se caracteriza porque la trama transcurre en un mundo desarrollado a partir de un punto en el pasado en el que algún acontecimiento sucedió de forma diferente a como ocurrió en realidad.
LA ESENCIA DE LA HEREJÍA LEFEBVRISTA
LA REVELACIÓN PERDIDA
“Y Yo, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,
y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella”
(Mt. 16, 18)
“Si por causa de la verdad hay escándalo, es preferible que haya escándalo a que sufra la verdad”
San Gregorio Magno, Papa y Doctor de la Iglesia
“Decir la verdad es como respirar, a poco de dejar de hacerlo, sobreviene la muerte. Callar es otra forma de consentir en la mentira, y a veces tan grave como mentir. Grita, pues, con mil lenguas la verdad, porque el mundo está podrido a causa del silencio de los buenos”.
Santa Catalina de Siena

LA REVELACIÓN PERDIDA
Trataremos en este breve opúsculo de dejar meridianamente claro en qué consiste la esencia de la herejía de Monseñor Lefebvre y de sus seguidores y elogiadores. No nos interesan ahora ni su práctica cismática, sobre la cual ya se ha escrito mucho, ni las discusiones sobre la validez de sus órdenes recibidas de un masón grado 31, cardenal Lienart, -que el mismo Lefebvre reconoció- y que algunos cuestionan -no nosotros-, sino sólo la misma esencia de su herejía manifiesta, pública y sostenida durante los últimos años de su vida, sin que se tengan noticias de su arrepentimiento. No se trata sólo de errores como algunos aduladores tímidamente se han visto forzados a reconocer, que también los hay, sino del gravísimo pecado de herejía pública y notoria, sobre el cual nos interesamos con el solo fin de iluminar las almas engañadas que buscan la verdad.
Al efecto, vamos a escribir como preámbulo unas breves reseñas sobre la Teología Fundamental, tan desconocida según parece, en el llamado mundo “tradicional”, la cual es necesario saber, al menos sucintamente, para advertir la gravedad de la heterodoxia de Lefebvre y a dónde nos conduce seguirlo y/o elogiarlo. Para mejor manejo de este opúsculo le facilitamos un índice con vínculos.
1 Criterios elementales de la Teología Fundamental (TF).
2 Etapas del desarrollo apologético. Pruebas:
2.1 Probabilidad de la Revelación.
2.2 Existencia de la Revelación.
2.3 Medios de Dios para convencernos por motivos externos. Profecía y milagros.
2.4 La transmisión de la Revelación de forma mediata.
2.5 Instituto garante de la transmisión de la Revelación.
3 La infalibilidad del Magisterio ordinario del Papa.
4 Consecuencias de la negación de la infalibilidad del Papa.
5 Los que elogian a los herejes o no los anatematizan salen fuera de la Iglesia.
1 Criterios elementales de la Teología Fundamental (TF).
La TF puede definirse como la ciencia teológica que trata de los fundamentos lógicos para el conocimiento del mundo sobrenatural.
Pero he aquí que en la metafísica de orden natural y en otras ciencias, surge un problema serio que reclama con derecho nuestra atención, a saber: “¿este mundo externo que tratamos de estudiar, existe como verdadera realidad objetiva fuera de nuestra mente o es una creación ficticia de nuestras propias facultades conogcitivas?”1
No es, pues, de extrañar que también a la Metafísica Sobrenatural deba preceder un tratado acerca del valor objetivo de sus conocimientos. El problema quedará así planteado: ¿Existe, en realidad, un hermoso mundo sobrenatural del que ha de ocuparse la teología? No hay, pues, otro problema más que éste en la Teología Fundamental.
Fuera de esto la TF viene dirigida por la Revelación, como norma reguladora y directiva. La TF versa sobre la demostración de la racionabilidad de la Fe. Sabemos por el Magisterio de la Iglesia que el acto de Fe es un acto intelectual por el que asentimos a una proposición, movidos por la autoridad de Dios que la ha revelado, quien no puede ni engañarse ni engañarnos. He aquí cómo se desarrolla el aspecto lógico y racional del acto de fe: Creo y me adhiero a la verdad porque Dios, sumamente veraz, la ha revelado. Por lo tanto, el fundamento lógico para para que el acto de fe pueda ser considerado como razonable encierra dos actos.
Primero: Dios es sumamente veraz.
Segundo: Dios lo ha revelado.
Cualquiera de estos actos que fallase convertiría a la fe en un acto irracional. Por lo tanto, para admitir como objetivo el acto de fe sólo resta investigar el segundo motivo integrante de su motivo formal, a saber: Dios lo ha dicho; o lo que es lo mismo: comprobar la existencia del hecho de la Revelación y que esa Revelación es la misma y no ha sido sustancialmente cambiada en el transcurrir de los siglos. Por lo tanto, la TF trata, entre otros objetos, de la existencia histórica y su demostración apologética del hecho de la Revelación. Porque si esta existencia no se pudiera demostrar, declarar que Dios lo ha revelado no sería objetivamente posible; y por la misma razón, si no se pudiera demostrar que tras la Ascensión de Jesús a los cielos, Nuestro Señor no hubiera dejado una institución que garantizase al católico del siglo XXI y de cualquier época que está recibiendo la misma Revelación que acogieron los Apóstoles, no tendríamos la seguridad de creer en el presente lo que Dios ha dicho. Es esta segunda parte la que atacan en su misma raíz los lefebvristas y su fundador, como tendremos ocasión de demostrar, por lo cual el católico que siga esta herejía, no tendrá intelectualmente la seguridad objetiva de que recibe la misma y exacta Revelación que Jesús dejó al Colegio Apostólico, al frente del cual puso a San Pedro.
2 Etapas del desarrollo apologético
Para demostrar objetivamente que la Revelación que los católicos recibimos en el presente siglo es la misma revelada en su día por Dios, hemos de explicar:
1º Que hay probabilidad de que Dios Uno y Trino pueda revelarse; porque si no hubiera probabilidad de que Dios pueda revelarse, vana sería nuestra fe.
2º Confirmado el punto anterior, es necesario mostrar la real existencia de la Revelación, o sea, que no sólo Dios puede revelarse, sino que, además, lo ha hecho; porque si no lo hubiera hecho, estaríamos fundamentados en proyecciones de la imaginación de algunos hombres eminentes.
3º Demostrado lo anterior, es necesario saber los medios que ha usado para revelarse, de manera que podamos distinguir la Revelación verdaderamente divina, de las falsas revelaciones; de lo contrario, tendríamos la posibilidad de abrazar una falsa religión. Esos medios, fundamentalmente, son la profecía y los milagros.
4º Concluido que Dios se reveló a tales profetas y lo significó con milagros, y finalmente se reveló Él mismo en la Encarnación de su Hijo, habrá que conocer los signos que objetivamente demuestren que Jesús reclamaba ser Dios; porque si fuese sólo un hombre excepcional elevado por ello a la divinidad seríamos arrianos o semiarrianos, o nestorianos; y entonces el heresiarca Nestorio habría tenido razón, y no el Concilio de Éfeso, por ejemplo.
5ª Demostrado que Jesús es el Verbo de Dios, segunda Persona de la Trinidad, y dado que a nadie llama Dios por teléfono, que nosotros sepamos, será necesario conocer, porque desde el principio hubo herejías- judaizantes y gnósticos, etc. ya en la época de San Pablo-, si la Revelación del Hijo de Dios hecha a sus apóstoles es substancialmente la misma que hoy recibe un fiel católico o, por el contrario, se ha corrompido. Para lo cual hemos de conocer y demostrar que antes de la Ascensión de Jesucristo a los cielos nos dejó una institución incorruptible que garantizara que la Revelación dada por Jesús a sus Apóstoles es la misma que hoy recibe el católico. Es precisamente aquí donde la herejía lefebvrista niega la posibilidad de la demostración objetiva de que la Revelación divina dada a los Apóstoles esté hoy garantizada a los fieles y que sea la misma; veremos en su lugar cómo lo hace. De nada sirve lo anterior, si los lectores de este artículo, estando seguros de que Jesús es Dios, no lo pueden estar de que la doctrina recibida hasta 1958 sea la misma Revelación dada por el Hijo de Dios a sus Apóstoles. Introduciendo esta duda ponen los lefebvristas la segur en la raíz, y de esa manera se atacan los fundamentos objetivos de la Religión Católica más que muchos de los herejes del pasado, como demostraremos.
6º Para tener la garantía de la continuidad incorruptible de la Revelación divina, será necesario demostrar que Jesucristo estableció ese mecanismo de seguridad y lo dejó instituido a perpetuidad; lo cual nos dará opción de distinguir la verdadera institución garante del depósito de la Revelación, de las falsas pretendientes a ese estatuto. Instituto garante que negaba y niega el lefebvrismo, como demostraremos.
Si uno de estos eslabones fallase, careceríamos de la certeza de la Revelación en nuestros días, como fácilmente se comprende a poco que se haga una atenta lectura. Vamos a escribir ahora, muy sucintamente, sobre cada uno de estos seis pasos, que se podrían aún subdividir en otros, pero por brevedad no lo haremos.
2.1 Probabilidad de la Revelación
¿Es posible la Revelación? La revelación inmediata no es imposible: a) Ni por parte de Dios; b) ni por parte del hombre; c) ni por parte del objeto revelado.
No es imposible de parte de Dios, considerada su potencia absoluta u omnipotencia, porque en Dios se dan todas las perfecciones. La posibilidad de difundir los conocimientos pertenece a la perfección o bondad del ser, según el adagio: lo bueno es difusivo de sí mismo. Si Dios ha dado a los hombres la posibilidad de comunicar sus conocimientos, sería absurdo pensar que Dios carece de la facultad que ha concedido a los hombres. Dios puede por sí mismo lo que hace a través de sus criaturas como instrumentos.
Considerada la potencia ordenada, es decir, sus atributos,
- No se opone a la santidad de Dios, ya que la revelación concuerda con la Ley eterna, que es norma directiva de todos los actos dirigidos al fin debido, porque precisamente a esto se dirige la Revelación.
- No se opone a la majestad divina, que, por decirlo así, se “contamina” menos en la Revelación de orden espiritual que en la creación material.
- No se opone a la sabiduría divina, ya que se dan fines dignos de Dios para una revelación: manifestar su gloria, el ejercicio de un gobierno más providente, ayudar al hombre a conseguir su fin, etc.
No es imposible de parte del hombre. Porque no impide la naturaleza del acto de conocer, que no se limita a una recepción pasiva, sino que una vez recibido el influjo revelado, la facultad cognoscitiva ejerce su actividad propia, como en los demás conocimientos. Tampoco impide la autonomía moral de la razón, ya que la física no existe, porque es falso que nuestros conocimientos, incluso naturales, no dependan de cantidad de influjos externos, pues, incluso los sabios muchas veces deben su conocimiento al testimonio de otros. No obsta la evolución armónica de las facultades los conocimientos que Dios nos dé, del mismo modo que no perturba la educación dada por los padres y maestros a los niños.
No repugna por parte de la verdad revelada. Porque existen muchos objetos que desconocemos por no habérsenos propuesto nunca, y por lo tanto pueden ser revelados en cualquier momento por Dios; de igual forma el niño desconoce muchos objetos que le serán comunicados por sus padres y maestros.
Demostrada la probabilidad de la Revelación, hay que preguntarse ahora si, en efecto, Dios se ha revelado, o sea, si existe la Revelación y no sólo su posibilidad.
2.2 Existencia de la Revelación
En afán de la mayor brevedad, nos ceñiremos sólo al testimonio del Evangelio de San Mateo, puesto que en esta parte no hay ningún debate abierto entre los que se reclaman católicos. Los testimonios de su existencia datan del siglo I: San Policarpo de Esmirna (70-156), San Clemente Romano en su carta a los Corintios (entre el año 92-101); la Carta llamada de San Bernabé (escrita entre el 96 y 98) contiene dos citas de San Mateo; La Doctrina de los doce Apóstoles (escrita entre el año 80 y 100) aduce cinco citas de San Mateo. Lo que prueba que en el siglo I el Evangelio de San Mateo era conocido. En el siglo II, Panteno (+antes del 200); el importante Fragmento Muratoniano en tiempos del Papa Pío I (141-155); San Ireneo, obispo de Lyón, que frecuentó a San Policarpo, discípulo de San Juan Evangelista, y testigo fiel para quien no existe duda sobre la autenticidad de los Evangelios; Papías, Obispo de Hiérapolis, discípulo del Apóstol San Juan asegura en el año 130 que “Mateo escribió en lengua hebrea los oráculos del Señor” 2. En el Siglo III: Tenemos testimonios de Q. S. Florente Tertuliano (160-220); Orígenes (185-254); Clemente de Alejandría (140-214). En el siglo IV hay testimonios sobre la autenticidad de San Mateo de: San Jerónimo (347-419); San Juan Crisóstomo (344-407); San Agustín (354-430); San Cirilo, Obispo de Jerusalén (313-386); San Efrén de Siria (306-373); Eusebio de Cesarea (263-340). No proseguiremos la lista a través de los siglos, puesto que sería inacabable para los cuatro Evangelios.
Para hacernos una ligera idea del verdadero valor histórico de los códices que contienen los Evangelios, diremos que en el año 1960 se contaban con los siguientes para el Nuevo Testamento, hoy día bastantes más:
| Nº de Códices | |
| Manuscritos unciales | 241 |
| Manuscritos minúsculos | 2533 |
| Papiros | 76 |
| Leccionarios | 1838 |
| Total | 4688 |
No hay obra alguna de la antigüedad que pueda compararse ni de lejos con tal número de documentos. Lo mismo hemos de decir respecto a su antigüedad: Entre los papiros que se conservan, algunos llegan a ser del siglo II. Para entender este verdadero milagro pongamos un ejemplo: El manuscrito más antiguo que conservamos de las obras de Sófocles data de 1400 años posterior al original perdido, o sea de finales del siglo XI, d. C.
La existencia de Jesús consta con certeza por argumentos históricos; he aquí un resumen:
- 4 biografías ( Evangelios)
- 1 Historia de los orígenes cristianos
- 21 Cartas ( Epístolas)
- Testimonios extra canónicos de la Era Apostólica
- Testimonios extra canónicos de la Era de los Apologetas
- Testimonios extra canónicos de la Era Patrística
- Más de 50 Evangelios Apócrifos
- Numerosos Hechos de los Apóstoles Apócrifos
- Varias Instrucciones Apostólicas
- Testimonios judíos del Talmud ( Mischna y Gemara)
- Testimonios judíos en el Toledoth Ieschu
- Testimonios judíos en oraciones litúrgicas rabínicas
- Históricas del judaísmo ( Antigüedades Judías y Guerra de los judíos)
- Testimonios paganos de Plinio, Tácito y Suetonio
- Testimonios indirectos: Actas de Pilatos, Mara Filósofo; Luciano de Samosata, Celso, Porfirio, Hierocles.
Demostrada la existencia de Jesús y los testimonios abundantísimos ya desde mitad del siglo I, hemos de ver cómo se presenta Jesús a sí mismo y su misión bajo un triple aspecto:
- A. Jesús desde el principio de su vida se declaró como legado divino sobrenatural respecto a toda su doctrina, lo cual podemos probar con los Evangelios, de los cuales hemos demostrado su autenticidad histórica. Tal legación se extendió a toda su doctrina.
- Bajo el aspecto concreto histórico del Mesías esperado por los judíos y profetizado en el Antiguo Testamento, en cuyo concepto se incluía asimismo una legación divina religiosa.
- Bajo el aspecto real objetivo de su divinidad, atestiguando su naturaleza de Hijo de Dios igual al Padre y, por lo tanto, teniendo todas sus palabras humanas el valor de mensaje divino.
Esta triple asunción está atestiguada en el testimonio de los Apóstoles, probados históricamente. Por la propia crítica de los documentos históricos y por la sicología estudiada se demuestra con facilidad, no sólo que Jesús no es un portento de necedad y malicia, sino que parece dotado de una sabiduría y santidad humanamente inexplicables.
2.3 Medios de Dios para convencernos por motivos externos. Profecía y milagros
La consideración interna de la persona de Jesús nos garantiza con certeza su testimonio acerca de sí mismo. Acudamos ahora a los criterios extrínsecos cuyo valor apologético dejamos por sentado.
Para ello, antes hemos de demostrar la posibilidad del milagro y la profecía. Porque para la certeza sobre la Revelación divina ha de tener Dios medios para convencernos de ella por criterios externos. Por motivos de brevedad, atenderemos sólo al milagro.
El milagro incluye un fenómeno sensible por la razón de mostrarse como signo de la Revelación y puede ser en sí mismo, como en el milagro físico, o en sus efectos, como el milagro moral. Lo caracteriza también que esté fuera del curso ordinario de la naturaleza.
1 El milagro no es imposible en cuanto fenómeno sensible, pues bajo este aspecto no difiere del resto de los fenómenos que se producen continuamente en la naturaleza.
2 En cuanto es excepción de las leyes de la naturaleza, puede probarse bajo tres aspectos:
- Las leyes naturales son contingentes, es decir, que la razón de ser en su primer momento y en los siguientes no está en ellas mismas, sino en Dios, en quien se haya la causa total de su existencia; y puesto que no es necesario más poder para destruir una realidad que para fundarla, Dios en su Omnipotencia hace ambas acciones.
- Porque una fuerza cualquiera de la naturaleza produce resultados diversos; la luz, recibida por elementos inorgánicos, produce efectos químicos; absorbida por las plantas, provoca efectos vegetativos, v. g. crecimiento; dibuja imágenes en la retina, etc. Estas mismas energías naturales, manejadas por un principio superior a los seres creados, producirá efectos superiores a los ordinarios de la naturaleza. A lo cual llamamos milagro.
- No existe repugnancia a la potencia ordenada de Dios, porque no es contra la sabiduría divina, ni en cuanto presuponga defectos de una ley física que hubiera de corregir, ya que el milagro no se verifica en beneficio de una ley física, sino de un orden moral superior. No infringe la santidad divina, porque el milagro tiene por fin promover el orden moral. No atenta a la Providencia divina, porque no entorpece ni defrauda las previsiones humanas en orden a la vida; porque Dios haya convertido una vez las piedras en pan, nadie habrá que prepare su almuerzo con guijarros.
Pues bien, apoyados en los Libros del Nuevo Testamento, cuya historicidad hemos demostrado, sostenemos que Jesús realizó numerosísimos milagros, de cuya verdad histórica, filosófica y teológica nos consta con certeza, como signo de que era Hijo de Dios, igual al Padre, el Mesías esperado por los judíos, y el legado divino. De manera que con esos signos, los corazones de buena voluntad no dudaran de que Él mismo es la Revelación de Dios.
La fuerza apologética de los milagros de Jesús ha sido siempre reconocida no sólo por la Iglesia, sino también por los primeros adversarios racionalistas. Jesús acudió a este argumento apologético3. Los contemporáneos de Jesús le prestaban fe y adhesión por el influjo de sus milagros, como Nicodemo confiesa (Jn 3,2). Los Apóstoles acudían frecuentemente al argumento apologético de los milagros de Jesús 4. La finalidad apologética de los milagros de Jesús no excluye otras características: benevolencia, amor, símbolos del Redentor, etc.
Sabemos que los Evangelios son documentos que gozan de plena autoridad histórica. Ahora bien, en dichos documentos y en otros escritos constan numerosos milagros realizados por Jesús, y sus narraciones son de tal naturaleza que pertenecen a la historicidad sustancial de los Evangelios, cuya autenticidad hemos demostrado.
Luego Dios se ha revelado en Jesús.
2.4 La transmisión de la Revelación de forma mediata
Hasta aquí prácticamente la totalidad de los fieles “tradicionales” están de acuerdo. Pero ha sido necesario establecer estos eslabones para que, con mayor claridad, entienda el lector la desviación, que no es otra cosa más que antiguas herejías revividas ya condenadas por la Iglesia, que el fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X retomó para hacer una oposición a la jerarquía herética que usurpa los más elevados puestos eclesiásticos desde la muerte del Papa Pío XII. No es la primera vez que frente a la herejía se reacciona con otra herejía; es lo más frecuente en la Historia de la Iglesia. Así, v. g., contra la herejía denominada nestorianismo, condenada en el Concilio de Éfeso (431), una parte de los obispos y sacerdotes reaccionó, bajo la apariencia de ortodoxia, con la herejía llamada monofisismo, la cual logró engañar a muchos, aún hasta el presente, y que fue condenada en el Concilio de Calcedonia (451).
Estando todos los fieles tradicionales de acuerdo hasta aquí, el problema siguiente podría ser planteado así:
De acuerdo, Dios se ha revelado en su Hijo, encarnado en el seno virginal de la Bienaventurada María. Pero sabemos que Cristo subió a los cielos; desde entonces no ha cesado jamás de haber muchas herejías en cada siglo: En el siglo I, ebionitas, mandeos, gnósticos, etc. En el siglo II monoarquismo, maniqueos… Luego, miles de herejías hasta hoy. Todos creían tener razón, por lo que debió ser necesario que Cristo dejará un instituto celoso que garantizará que el fiel a través de los tiempos y hasta el fin, hasta su venida en gloria y majestad, tuviera la seguridad de que la Revelación que Él dio a sus Apóstoles es la misma que, v.g., recibimos hoy usted y nosotros.
Esa certeza es absolutamente necesaria, porque si no hubiera dejado un instituto que custodiara la pureza de la Revelación dejada por nuestro Señor, sabiendo como sabía, porque es Dios, que habría muchos que corromperían la substancia de su Revelación, no podríamos tener ninguna certeza sobre, v.g., si tenía razón Nestorio o el Concilio de Éfeso; o Eutiques con su monofisismo o Caledonia. Porque conocía la flaqueza del entendimiento humano nos advirtió: Porque vendrán muchos en mi nombre diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán.
Por lo tanto, Cristo tuvo que dejar esa garantía, sin la cual su Revelación quedaría estéril para los que no lo conocieron en su pasar haciendo el bien sobre la tierra. En definitiva, sin esa garantía sólo habría sido útil su Revelación para los que le conocieron durante su vida terrena y le aceptaron como Dios. El resto no tendría ninguna certeza.
Pero es doctrina de la Iglesia la transmisión fiel de la Revelación de forma mediata, o sea, a través de otros hombres. Es fácil de comprender esta posibilidad por lo siguiente:
- Por comparación con el hombre. Los hombres comunican sus ideas y leyes ordinariamente a través de otros medios.
- Por análisis de los elementos de la Revelación mediata. En la transmisión mediata hay dos elementos: 1) Transmisión de las verdades de Dios al legado que las recibe; esta etapa no ofrece dificultad y 2) Transmisión de dichas verdades desde este legado a través de los demás hombres; aquí radican las mayores dificultades. Estas dificultades se reducen a fallos: a) de la memoria b) del entendimiento c) de la voluntad.
Estos defectos pueden subsanarse por medios naturales, sólo en parte, y sobrenaturales. Por medios naturales: Los fallos de memoria se evitan en parte con un estilo vivo, como hacía Jesús. Los fallos de entendimiento se evitan en parte con la multiplicidad de comentarios hechos por varones escogidos y amantes de la verdad. Los fallos de la voluntad pueden aminorarse por una selección de varones celosos de verdad. Hay, además, dos medios generales para evitar las dificultades: la consignación por escrito de lo que se ha transmitir, y la fundación de una sociedad cuyo fin sea el de velar la incorrupción de las verdades recibidas por Dios.
Pero con todo, lo único que garantiza absolutamente la incorruptibilidad de la Revelación son los medios sobrenaturales. Éstos pueden ser de dos clases: a) particulares, como la realización de milagros concretos que en determinados casos indiquen la verdadera doctrina, como algunos de los que conocemos en la Historia de la Iglesia; pero no es el medio ordinario. Y b) generales, de forma ordinaria, correspondiente a una providencia general ejercida continuamente por Dios para evitar el error, como de hecho se da en la infalibilidad pontificia.
Luego, el legítimo Papa participa, o sea, recibe de Dios esa providencia general continua por la que puede evitar el error. No recibe la impecabilidad, sino la infalibilidad que hace que todo lo que diga ex cátedra, es decir, en cuanto actúa en su oficio de Papa – no confundir ex cátedra con el modo solemne – ni puede errar ni caer en herejía.
Esa infalibilidad del Papa es, pues, la garante de que la Revelación dada por Jesucristo directamente a los Apóstoles llegue incorruptible a nuestros días y hasta el fin del mundo. Se comprenderá, dado que es de sentido común, que si se niega esa infalibilidad o se rebaja reduciéndola sólo a ciertos casos, o si se reconociera a un hereje como papa -porque si es hereje o yerra es sencillamente porque no es infalible y por ende no puede ser legítimo Vicario de Cristo-, estaríamos introduciendo la duda de la incorruptibilidad de la Revelación dada por nuestro Señor a los apóstoles luego de XXI siglos.
¿Qué significado tendrá el reconocer que seis herejes- los lefebrvrianos los denominan así- son legítimos papas? Las consecuencias de aceptar esa doctrina herética de los lefebvrianos son espantosas; significaría que el Papa no es infalible, y no tendríamos, pues, ninguna garantía de la incorruptibilidad de la Revelación desde la muerte del último Apóstol. ¿Por qué?, podría aún alguien preguntarse. Porque si un hereje como Wojtyla o Ratzinger o Bergoglio, a pesar de sus herejías, fuese papa, se sembraría el escepticismo sobre la incorruptibilidad de la Revelación. Pues, si seis herejes son verdaderos papas, cualquiera con dos dedos de frente se preguntaría si con tantas doctrinas erradas en los pasados siglos, las condenas de los papas eran acertadas o tenían razón los herejes. Alguno puede objetar: “pero la Iglesia es la que ha dicho que los que calificó de herejes el Papa eran los que estaban equivocados”. A lo cual se responde que hay un magisterio ordinario universal infalible de todos los obispos con el Papa, jamás sin el Papa, el cual es infalible él solo, sin necesidad de aprobación de la Iglesia. Luego es la infalibilidad de Pedro y sus sucesores el mecanismo de seguridad que hace incorruptible la sustancia de la Revelación dejada por nuestro Señor a los Apóstoles, y no otro. Se le dijo a Pedro por nuestro Señor: Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo; pero Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y tú, una vez que hayas regresado, confirma a tus hermanos. Jesús ruega sólo por la fe de Pedro -luego el que dice que el sucesor de Pedro falla en la fe, reconociéndole como papa, blasfema contra Jesús, al decir que su oración no fue eficaz- y le encarga a Pedro confirmar a sus hermanos. No les encarga a sus hermanos que confirmen a Pedro, sino al revés. No le encarga a Lefebvre que confirme al Papa, sino al Papa que confirme a Lefebvre. Lefebvre, sin ninguna autoridad divina, ejerce de papa. La solución era fácil: si el que está sentado en la Silla de Pedro es hereje o yerra -como él mismo reconoce en múltiples ocasiones- no es el sucesor legítimo de Pedro, sino un impostor. Pero al reconocerle como papa, introduce una vieja herejía y deja en la incertidumbre a los verdaderos católicos sobre la incorruptibilidad de la Revelación a través de tantas luchas contra las herejías durante dos mil años. Se pierde la objetividad de la transmisión de la Revelación o sólo se mantiene, acaso en unos pocos de puro azar, de una forma fideista (error condenado por la Iglesia). Veámoslo así: ¿Era legítimo papa Clamente VII o Urbano VI? ¿Tenía razón el Papa Liberio o Arrio? ¿Tenía razón el Papa Alejandro VII o los jansenistas? ¿Tenía razón Martín Lutero o el Papa que le excomulgó en 1521? ¿Tenía razón Teodoto el Curtidor que defendió la herejía del adopcionismo o el Papa Victor I que lo condenó? Si se mantiene la herejía nada novedosa del lefebvrismo no podríamos saberlo, porque al reconocer que unos papas pueden ser herejes sin dejar de ser papas es imposible saber qué papas del pasado fueron herejes y cuáles no; la Revelación se habría corrompido porque el seguro de la infalibilidad puede fallar según Lefebvre, y siguen siendo papas.
Pero esta herejía no es una rama pequeña o más o menos grande que se cae del árbol de la vida. No, es el hacha puesto en la raíz del árbol que pretende dejarle sin la sabia de la vida, atacando el fundamento mismo de nuestra Religión Católica -única verdadera- porque no tendríamos el seguro que dejó nuestro Señor que garantiza la incorruptibilidad de su Revelación a través del tiempo. Negar la infalibilidad del Papa, al reconocer como legítimo papa a un hereje, es atacar los mismos cimientos de nuestra Religión. Esa es la razón de la denuncia de esta gravísima herejía que dejó como herencia tanto en la continuidad de la congregación que fundó, como los que de ella salieron, salvo rarísimas excepciones.
2.5 Instituto garante de la transmisión de la Revelación.
Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe. Ciertamente su apostólica doctrina fue abrazada por todos los venerables padres y reverenciada y seguida por los santos y ortodoxos doctores, ya que ellos sabían muy bien que esta Sede de San Pedro siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: «Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos» (Constitución dogmática Pastor aeternus, 18 julio de 1870, cap. 4)
“Lo que ha sido dicho es probado por los hechos; pues la religión católica ha sido guardada siempre sin tacha en la Sede Apostólica. Nuestros predecesores han trabajado infatigablemente en la propagación de la doctrina saludable de Cristo entre todos los pueblos de la tierra y han velado con un cuidado igual por su conservación auténtica y pura, tal como había sido recibida” (Constitución dogmática Pastor aeternus, 18 julio de 1870, cap. 4)
D-1826 [Afirmación del primado.] Por tanto, apoyados en los claros testimonios de las Sagradas Letras y siguiendo los decretos elocuentes y evidentes, ora de nuestros predecesores los Romanos Pontífices, ora de los Concilios universales, renovamos la definición del Concilio Ecuménico de Florencia, por la que todos los fieles de Cristo deben creer que «la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice poseen el primado sobre todo el orbe, y que el mismo Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y verdadero vicario de Jesucristo y cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los cristianos; y que a él le fue entregada por nuestro Señor Jesucristo, en la persona del bienaventurado Pedro, plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, tal como aun en las actas de los Concilios Ecuménicos y en los sagrados Cánones se contiene».
D-1832 [Argumentos tomados de los documentos públicos.] Ahora bien, que en el primado apostólico que el Romano Pontífice posee, como sucesor de Pedro, príncipe de los Apóstoles, sobre toda la Iglesia, se comprende también la suprema potestad de magisterio, cosa es que siempre sostuvo esta Santa Sede, la comprueba el uso perpetuo de la Iglesia y la declararon los mismos concilios ecuménicos, aquellos en primer lugar en que Oriente y Occidente…
D-1834 Y con aprobación del Concilio segundo de Lyon, los griegos profesaron: «Que la Santa Iglesia Romana posee el sumo y pleno primado y principado sobre toda la Iglesia Católica que ella veraz y humildemente reconoce haber recibido con la plenitud de la potestad de parte del Señor mismo en la persona del bienaventurado Pedro, príncipe o cabeza de los Apóstoles, de quien el Romano Pontífice es sucesor; y como está obligada más que las demás a defender la verdad de la fe, así las cuestiones que acerca de la fe surgieren, deben ser definidas por su juicio» [cf. 466].
D-1836 [Argumento tomado del consentimiento de la Iglesia.] En cumplir este cargo pastoral, nuestros antecesores pusieron empeño incansable, a fin de que la saludable doctrina de Cristo se propagara por todos los pueblos de la tierra, y con igual cuidado vigilaron que allí donde hubiera sido recibida, se conservara sincera y pura. Por lo cual, los obispos de todo el orbe, ora individualmente, ora congregados en Concilios, siguiendo la larga costumbre de las Iglesias y la forma de la antigua regla dieron cuenta particularmente a esta Sede Apostólica de aquellos peligros que surgían en cuestiones de fe, a fin de que allí señaladamente se resarcieran los daños de la fe, donde la fe no puede sufrir mengua (2). Los Romanos Pontífices, por su parte, según lo persuadía la condición de los tiempos y de las circunstancias, ora por la convocación de Concilios universales o explorando el sentir de la Iglesia dispersa por el orbe, ora por sínodos particulares, ora empleando otros que la divina Providencia depara, definieron que habían de mantenerse aquellas cosas que, con la ayuda de Dios, habían reconocido ser conformes a las Sagradas Escrituras y a las tradiciones Apostólicas.
La infalibilidad del Papa es el don que Cristo dio a Pedro y sus sucesores para la guarda prístina de la Revelación a través de los siglos.
D-1837 Así, pues, este carisma de la verdad y de la fe nunca deficiente, fue divinamente conferido a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra, para que desempeñaran su excelso cargo para la salvación de todos; para que toda la grey de Cristo, apartada por ellos del pasto venenoso del error, se alimentara con el de la doctrina celeste; para que, quitada la ocasión del cisma, la Iglesia entera se conserve una, y, apoyada en su fundamento, se mantenga firme contra las puertas del infierno. D-1838 [Definición de la infalibilidad.] Mas como quiera que en esta misma edad en que más que nunca se requiere la eficacia saludable del cargo apostólico – ¡Cuánto más hoy!-, se hallan no pocos que se oponen a su autoridad, creemos ser absolutamente necesario afirmar solemnemente la prerrogativa que el Unigénito Hijo de Dios se dignó juntar con el supremo deber pastoral.
3 La infalibilidad del Magisterio ordinario del Papa.
Retengamos bien esto: El concilio Vaticano I no dice de ninguna manera que el Papa sería solamente infalible en sus definiciones solemnes. ¿Por qué? Simplemente porque el Papa es también infalible en su enseñanza de todos los días. Esto surge netamente de una puntualización de Monseñor D’Avanzo, el relator de la Diputación de la fe de Vaticano I: “La Iglesia es Infalible en su Magisterio ordinario, que es ejercido cotidianamente principalmente por el Papa, y por los obispos unidos a él, que por esta razón son, como él, infalibles de la infalibilidad de la Iglesia, que es asistida por el Espíritu Santo todos los días”.
Visto que ciertos teólogos y clérigos lefebvristas pseudocatólicos niegan la infalibilidad del Magisterio ordinario pontificio o la rebajan ignominiosamente, Pío XII reafirma netamente la infalibilidad permanente de los Pontífices: No puede afirmarse que las enseñanzas de las encíclicas no exijan de por sí nuestro asentimiento, pretextando que los Romanos Pontífices no ejercen en ellas la suprema majestad de su Magisterio. Pues son enseñanzas del Magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: El que a vosotros oye, a mí me oye; y la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las Encíclicas pertenece ya por otras razones al patrimonio de la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices, en sus constituciones, de propósito pronuncian una sentencia en materia hasta aquí disputada, es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos Pontífices, esa cuestión ya no se puede tener como de libre discusión entre los teólogos (Encíclica Humani generis, 12 agosto de 1950).
Pío XII se yergue aquí contra las personas que bajo pretexto de que el Papa no enseñaría solemnemente, creen que tales escritos pueden contener opiniones contestables. Luego, las encíclicas y otros actos corrientes del “Magisterio ordinario”, dice Pío XII, son la voz de Cristo. Y como Cristo no miente jamás, estos textos son por la fuerza de las cosas siempre infalibles. La infalibilidad es luego permanente, de ninguna manera limitada a las definiciones solemnes puntuales.
Y el mismo Papa decía en otra ocasión: “Cuando se hace oír la voz del Magisterio de la Iglesia, tanto ordinario como extraordinario, recibidla con un oído atento y con un espíritu dócil” (Pío XII a los miembros del Angélico, enero 14 de 1958).
El Papa León XIII manda a los católicos creer todo lo que enseña el Papa, nueva prueba de la infalibilidad permanente del soberano Pontífice: “Es necesario tener una adhesión inquebrantable a todo lo que los Pontífices Romanos han enseñado o enseñarán, y, todas las veces que las circunstancias lo exijan, hacer profesión pública” (León XIII: Encíclica Immortale Dei, noviembre de 1885). El Papa no hace ningún distingo entre Magisterio extraordinario u ordinario: “Todas las veces que la palabra de este Magisterio declara que tal o cual verdad hace parte del conjunto de la doctrina divinamente revelada, cada uno debe creer con certitud que eso es verdadero; pues si esto pudiera de alguna manera ser falso, se seguiría, lo que es evidentemente absurdo, que Dios mismo sería el autor del error de los hombres” (León XIII: Encíclica Satis cognitum, 29 junio de 1896).
Todas las encíclicas que condenan los errores modernos de 1789 son del dominio del Magisterio ordinario. Ahora bien, León XIII afirma que a este respecto, “cada uno debe atenerse al juicio de la Sede Apostólica y pensar como ella piensa. Si pues, en estas coyunturas tan difíciles (crisis de los católicos y de la sociedad), los católicos nos escuchan como hace falta, sabrán exactamente cuáles son los deberes de cada uno tanto en teoría como en práctica” (Inmortale Dei, 1 noviembre de 1885). Luego, el Magisterio pontificio ordinario es infalible. El Papa es infalible cotidianamente.
La expresión infalibilidad cotidiana del Papa sorprende probablemente al lector, porque es raro leer una aseveración parecida en las revistas de las capillas o libros actuales. No obstante, esta interpretación de Vaticano I es realmente el reflejo de lo que el Papado mismo ha enseñado al respecto de la infalibilidad del Magisterio pontificio ordinario. Hemos citado ya Humani generis, citemos todavía otra interpretación auténtica de la definición de Vaticano I, que debería contar con la adhesión del lector, visto que ella emana de un Papa:
“El Magisterio de la Iglesia, el cual, siguiendo el plan divino, ha sido establecido aquí abajo para que las verdades reveladas subsistan perpetuamente y que sean transmitidas fácilmente y seguramente al conocimiento de los hombres, se ejerce cada día por el Pontífice Romano y por los obispos” (Pío XI: Encíclica Mortalium animos, 6 enero de 1928).
Y en nuestro días, se cuentan con los dedos de la mano a los católicos que creen que la proposición “La Iglesia de la ciudad de Roma puede errar”, cuya afirmación es una herejía condenada ex cathedra, es falsa.
Veamos un ejemplo: El rector del Seminario Francés en Roma, el padre Le Floch. Este profesor de seminario totalmente hereje tenía por divisa reducir lo más posible la infalibilidad papal. Afirmaba en 1926: “La herejía que viene será la más peligrosa de todas; ella consiste en la exageración del respeto debido al Papa y la extensión ilegítima de su infalibilidad”.
El padre Le Floch tuvo por alumno a un seminarista que llevaría a hablar de él más tarde: Monseñor Marcel Lefebvre, que alumbró muchos alumnos que defienden a gritos esta herejía, y están llevando a las almas por el camino de la perdición.
Traigamos unas citas de Mons. Lefebvre para demostrar que él negó la infalibilidad del Papa:
El 11 de septiembre de 1976 Lefebvre pide a Montini, a quien reconoce como legítimo papa, Pablo VI, formar parte del panteón conciliar, pidiendo ser parte del ecumenismo: “¿No sería posible prescribir que los obispos aprueben, en las iglesias, una capilla en la que la gente pueda rezar como antes del Concilio? Ahora se le permite todo a todos: ¿por qué no permitirnos algo también a nosotros?” (La barca de Pablo, escrito por el regente de la Casa Pontificia, Leonardo Sapienza)
El 15 de junio de 1982, niega la asistencia divina al Papa, al que él mismo reconoce en ese Oficio supremo, rechazando el dogma de la infalibilidad del Vicario de Cristo: “Algunos insisten sobre el carácter de la asistencia divina al papa y que, por ella, él no se puede equivocar; luego, hay que obedecer; por consiguiente, nosotros no tenemos el derecho de discutir lo que él hace o lo que él dice. Esta es una obediencia ciega que no es conforme a la prudencia (…)”.
“¿Estamos obligados a seguir el error porque él nos venga por la vía de la autoridad? Así como no debemos seguir a padres indignos que exigen que hagamos cosas indignas, igualmente tampoco debemos obedecer a los que exigen que reneguemos de nuestra fe y abandonemos toda la Tradición. Esto está fuera de discusión”. Es obvio que un legítimo Papa nunca podría pedir a un fiel católico que reniegue de la fe.
Vuelve a negar la infalibilidad de aquel que reconoce como papa, el cual, según él mismo dice, puede arruinar a la Iglesia, lo que supone afirmar que la oración de Cristo por Pedro – Yo he rogado para que tu fe no desfallezca– no ha sido escuchada. ¡Si esto no es una blasfemia, qué lo será! Pero sigamos, y dejemos hablar a este neo galicano:
“Unos dicen: los actos de Roma son tan malos que el papa no puede ser papa legítimo; es un intruso. Por lo tanto, no hay papa. Otros afirman: el papa no puede firmar decretos destructores de la fe; por lo tanto, estos actos son aceptables, se les debe sumisión. ”La Fraternidad no acepta ni una ni otra de estas dos soluciones. Apoyada en la historia de la Iglesia y en la doctrina de los teólogos ella piensa que el papa puede favorecer la ruina de la Iglesia escogiendo y dejando obrar a malos colaboradores, firmando decretos que no comprometen su infalibilidad pero que causan un daño considerable a la Iglesia (…).”
Pero, para Mos. Lefebvre, no sólo caen para él en el error los papas conciliares, a los cuales él reconoce como verdaderos sumos pontífices, sino también Pío XI, lo cual es el colmo:
…desgraciadamente, (Pío XI) era débil, muy débil, en la práctica de su gobierno, y más bien inclinado a aliarse algún tanto con este mundo. Destituyó no solamente al Padre Le Floch,..”
¿Quién era el P. Le Floch? Por su seguimiento a Maurras y por su apoyo a la Action Française, el espiritano Henri Le Floch, rector del Seminario Pontificio Francés, fue forzado a dimitir ante el Papa Pío XI. Recordemos que Action Française se presentaba como un grupo de “tradicionalistas, católicos y antimasones” que querían sujetar a la Iglesia al interés nacional, a los dictados del estado francés, pero rechazando la misión sobrenatural de la Iglesia y supeditándola a una “útil costumbre cultural del pueblo francés”. Su líder era un agnóstico declarado: Charles Maurras, quien diariamente fustigaba a la jerarquía eclesiástica francesa por su obediencia al Papado y que promovía un “conservadurismo positivista”, enemigo de la jerarquía y del Papado. Con el tiempo, fue influida e infiltrada por la Sinagoga judía para controlar la creciente corriente antimasónica francesa. Se enfrentó a la Iglesia en Francia, debido a que se desmontó y desenmascaró su contradictoria ideología. Los maurranianos eran herederos del movimiento “tradicionalista” iniciado décadas antes por un cardenal de Praga: Jacobo Shwarzenberg Arenberg, enemigo del Primado petrino y líder de los obispos contrarios a la infalibilidad papal en el Vaticano Primero.
Monseñor Lefebvre niega, pues, la infalibilidad del Papa en sus decretos, y afirma que el Papa puede favorecer la ruina de la Iglesia, lo cual es una herejía condenada por la Iglesia, como se demuestra aquí:
En el siglo XV, la Iglesia califica de escandalosa y herética la proposición siguiente: “Ecclesiae urbis Romae errare potest”: la Iglesia de la ciudad de Roma puede errar. Esta proposición, extraída de las obras de un doctor español llamado Pedro de Osma, fue censurada el 15 de diciembre de 1476 por el vicario capitular de Zaragoza, y el 24 de mayo de 1478 por una comisión de teólogos presidida por el arzobispo de Toledo. El Papa Sixto IV confirma su sentencia por una definición ex cathedra:
“Nos, declaramos que las proposiciones precitadas son falsas, contrarias a la santa fe católica, erróneas, escandalosas, totalmente extrañas a la verdad de la fe, contrarias a los decretos de los santos padres y a las constituciones apostólicas y que ellas contienen una herejía manifiesta” (Sixto IV: Constitución Apostólica bajo la forma de bula Licet ea del 9 agosto de 1478).
Luego la doctrina de Monseñor Lefebvre contiene una herejía manifiesta, según el Papa Sixto IV. ¿Erró Sisto IV o Lefebrve? Para los lefebrvianos erró el Papa. Sin embargo, todo el que con Lefebvre sostiene esa doctrina contraria a la santa fe católica de forma pertinaz cae en herejía y sale fuera de la Iglesia. Y esa herejía ataca directamente la raíz de la Revelación y cual malévola savia es absorbida por las almas atrapadas en ese árbol malo que da malos frutos: el lefebvrismo.
Monseñor Lefebvre pone su obediencia “en la medida” en que él juzga los actos y enseñanzas del “juez supremo de los fieles”. Presenta un falso dilema: no acepta la vacancia porque el papa es sólo “malo”; ni acepta la obediencia al régimen de la Iglesia porque éste puede ser nocivo y peligroso. En ambos casos muestra su insumisión a las doctrinas católicas.
La “solución” lefevbrista es “compatibilizar” la asistencia divina al papa con la herejía pública y hasta con la apostasía en el papa. Es herético en grado extremo.
El anatema caído sobre Pedro de Osma recae sobre Mons. Lefebvre y sobre todos aquellos que defienden que el Papa puede errar. Por lo tanto, la doctrina de Mons. Lefebvre no es la doctrina de la Iglesia, a pesar de las apariencias de tradición en las ceremonias, sino de una secta, porque no conservó la fe católica sobre la constitución divina de la Iglesia. Comparar a Mons. Lefebvre con San Atanasio no deja de ser un insulto contra los santos, especialmente contra este gran doctor de la Iglesia.
4 Consecuencias de la negación de la infalibilidad del Papa
En el siglo XV, como hemos visto, la Iglesia califica de “escandalosa y herética la proposición siguiente: “Ecclesiae urbis Romae errare potest”: la Iglesia de la ciudad de Roma puede errar.
¿Qué debe concluirse de la condenación de Pedro de Osma por Sixto IV? La Iglesia ha comprometido su infalibilidad (juicio ex cathedra del Pontífice Romano) para certificar esto: pretender que un Papa puede equivocarse es una herejía.
Uno de esos filósofos-cortesanos, Marsilio de Padua, también pretendía que el Papa era falible. Ahora bien, su tesis fue condenada también como herética. Condena que pende sobre los lefebvrianos.
Es sumamente perverso acudir a este D-1839 para propagar la doctrina herética de unos “Papas” que puedan hablar como Doctores privados, es decir, contra cosas ya definidas. Porque la persona natural (Simón) que es el sujeto (subjectum) del Papado no sólo cae en herejía o apostasía si contraviene ese D-1839 sino también, y con más razón, si de un modo constante o universal (¡nada de hereje solamente material!) contraviene con su enseñanza, sea el grado magisterial que se le quiera dar, a la verdad ya definida (porque alguien que se le reconoce como Papa legítimo, no puede hablar como doctor privado de Fe, Costumbres y Disciplinas ya definidas). Por tanto, el D-1839 hay que comprenderlo en el contexto más amplio del D-1819/20 y, sobre todo, del clarísimo D-1836.
Por otra parte, una vez discriminado si nos las tenemos con un Papa o con un Usurpador de la Sede Apostólica, en el caso de reconocer a un Simón como Pedro, es necesario, bajo anatema, reconocer la autoridad, y no sólo la legitimidad, de dicho hombre reconocido como Papa. En tal caso, bajo anatema, nadie, puede arrogarse el derecho de discriminar, ni con la Tradición en la mano, los actos de magisterio, jurisdicción y gobierno particulares. Esto no es católico, y más se parece a las sectas acéfalas.
El que sostiene que el Papa puede errar en la fe es hereje.
Las consecuencias de sostener esa doctrina herética de Mons. Lefebvre pueden ser varias. Sin ánimo de ser exhaustivos, veamos algunas:
1º La más profunda herida causada a la Religión católica. Si creyésemos a Lefebvre, el católico no tendría ninguna certeza de que la Revelación del Hijo de Dios encarnado dada a sus apóstoles sea la misma que todos los papas hasta la muerte de Pío XII han transmitido. No tendríamos la seguridad de que esa Revelación no se haya corrompido en las batallas de miles de conflictos doctrinales durante la historia del cristianismo. Sí, sabríamos que Dios sumamente veraz se ha revelado por los medios que usa para manifestar su Revelación, especialmente los milagros, pero seríamos los más desgraciados de los hombres, porque no tendríamos ninguna certeza de lo que habría dicho con exactitud hace 2.000 años; lo cual sería sostener que la Revelación de Dios ha sido inútil. Podrá pensar alguien que tenemos las Sagradas Escrituras, a lo cual se puede responder: ¿Y quién las interpreta? ¿Lutero, Lefebvre, Zinglio, Döllinger, Pedro de Osma, Nestorio, o cada uno? Estaríamos en el libre examen de Lutero, y habría tantas congregaciones casi como personas, siendo la fragmentación la nota distintiva de que ninguna sería la iglesia Católica, que es Una. Por otra parte cuando fueron escritas las Sagradas Escrituras ya había perversión en la doctrina de algunos, como se lee en las Cartas de San Pablo, San Pedro, Santiago, San Juan y San Judas. La doctrina de Mons. Lefebvre es una muy grave enfermedad que deja sordo a aquel que necesita oír para saber la Revelación auténtica en cualquier época de la historia, después de que Cristo ascendió a los cielos. Niega, pues, los fundamentos lógicos para el conocimiento del mundo sobrenatural, arremetiendo contra la sana teología dogmática y fundamental católica. Es, pues, una herejía que es necesario extirpar.
2ª Enjaular en fraternidades o capillas y centros de misas de clerigus vagus, a las almas que habiendo recibido la buena semilla, “viene luego el diablo y se la saca del corazón para que no crean y se salven”6. Porque, pregúntese cada cual cuándo dejó de creer aquello que de niño le enseñaron sus catequistas, a saber: que el Papa cuando habla como papa –que esto significa ex cáthedra– es siempre infalible ¿No ocurrió ese cambio en su corazón al entrar en contacto con los lefebvristas? Pues, si así fuese, deduzca quién le sacó la buena semilla del corazón para que usted no crea y se salve.
3º El escepticismo de muchos. Porque si los papas pudieran errar como dicen Pedro de Osma y los lefebvrianos con su fundador, algunos concluirían que tal vez no sólo estos seis últimos papas han errado, sino que probablemente haya habido muchos más en el transcurso de la historia, cuyas doctrinas falsas hayan podido ser transmitidas hasta el presente, teniendo razón, quizá, no ellos, sino los herejes condenados en su momento. Y que dada la imposibilidad de un revisionismo histórico de los miles de conflictos doctrinales habidos en el transcurso del tiempo, ya no podemos saber con certeza si el magisterio de Pío XII está en continuidad con la Revelación dejada por Cristo a sus discípulos. Ahora bien, el escepticismo no es otra cosa más que la desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo, lo cual es contrario a la fe, cuya certeza es superior a la ciencia. El peligro es grande, pues cuando no hay seguridad en la fe, o habiéndose destruido los fundamentos lógicos, se cae con facilidad en el fideísmo –condenado por la Iglesia- o el agnosticismo y quizá ateísmo, porque de la duda a la increencia hay un paso corto.
4º El conciliarismo revivido, a saber, la superioridad del concilio sobre el papa -doctrina condenada- y aún peor, porque se trataría ahora con la doctrina de Lefebvre, ya no de la superioridad de un concilio, sino de la superioridad de una secta, una fraternidad, o de algunos iluminados sobre el Papa. Sería, pues, Monseñor Lefebvre a quien habría que preguntar cuál es el magisterio auténtico no sólo de los actuales usurpadores de la Sede de Pedro, sino del Papa san Liberio, o de Pío XI, ya que hemos visto que a él también le acusa. En fin, propone Lefebvre la vuelta a las doctrinas perversas condenadas ya por la Iglesia: Galicanismo, husitismo, jansenismo, febronismo, veterocatólicos, protestantismo, josefismo, Centurarios de Magdeburgo, etc. Ahora bien, sabemos que el Vaticano I anatematiza a los que defienden que: “el primado de jurisdicción no fue dado de modo inmediato y directo a San Pedro, sino a la Iglesia, y por ella a él, como si él fuese constituido como ministro de la misma Iglesia” (D.S.3054-3055). Pero también sabemos que Mons. Lefebrve se arroga en la práctica ese primado de jurisdicción al consagrar obispos contra la voluntad del antipapa Juan Pablo II -al que él reconoció como verdadero Vicario de Cristo en la tierra-, al constituir tribunales paralelos para la dispensa de votos religiosos, de impedimentos matrimoniales o declaración de nulidades matrimoniales, competencia exclusiva del Papa. Lefebvre actúa cual si fuera papa.
5º La limitación de la infalibilidad del Papa al magisterio solemne. Lo que reduciría la infalibilidad de los papas a una quincena de veces en toda la Historia de la Iglesia. Algunos de los papas, nunca habrían tenido la oportunidad de ser infalibles porque jamás ejercieron su magisterio de forma solemne, según esta herética doctrina, que les viene muy bien a los conciliares, quienes podrían decir que, por ejemplo, ni Quo primum tempore, ni Syllabus ni la Pascendi son infalibles, ya que es un magisterio ordinario del Papa y no es solemne. ¡Para llorar!
De esta manera, la falsa doctrina de los lefebvrianos defiende a un hereje como “verdadero papa”, “válido” y la “unión” de los hombres “entre sí”, sin Dios, sin la subordinación jerárquica a Dios y al Vicario de Cristo. Es el “non serviam”.
5 Los que elogian a los herejes o no los anatematizan salen fuera de la Iglesia
Sobrevenido el fruto podrido en la iglesia conciliar hasta el extremo de que su actual jefe es, en sí mismo, la evidencia más palpable de que esa secta no es la Iglesia católica, algunos han abandonado la fraternidad porque ya les resulta imposible seguir sosteniendo la falsa doctrina de su fundador. Bienvenidos, pues, al sedevacantismo contra el que tantas veces lucharon, y cuyo mismo nombre aún desprecian. Pero, no obstante, parece que el lefebvrismo imprime carácter en sus corazones, pues, a pesar de no reconocer como verdaderos papas a los últimos seis usurpadores, no desperdician cualquier oportunidad de elogiar a Mons. Lefebvre cual si fuera un nuevo San Atanasio, y aún no quieren reconocer que el halagado por ellos fue el renovador de una herejía antigua cuyas consecuencia hemos visto, y cuyos argumentos son irrefutables.
Mas han de saber estos aduladores de Lefebvre, sean clérigos vagos, seglares o miembros aún de la fundación que el Obispo hizo al final de su vida, que sobre ellos cae el anatema del I Concilio de Constantinopla, que si anatemiza a todos aquellos que no condenan a los herejes, ¿qué no diría si además los elogian agradecidos? He aquí el canon que recae sobre ellos, lo cual, según el CIC de 1917, hace que confeccionen los sacramentos ilícitamente, y alguno, inválidamente:
“Si alguno no anatematiza a Arrio, Eunomio, Macedonio…, juntamente con sus impíos escritos, y a todos los demás herejes, condenados por la santa Iglesia Católica y Apostólica…, y a los que han pensado y piensan como los antedichos herejes y que permanecieron hasta el fin en su impiedad, ese tal sea anatema”. Así sentencia el Canon 11 del I Concilio de Constantinopla (D. 223) – Cuestión de “lapsus”.
La doctrina de Mons. Lefebrve es, pues, herética, además de cismática; deja a los fieles en la incertidumbre más absoluta sobre la posibilidad de conocer lo que Dios mismo reveló en su Hijo Jesucristo, y constituye, por tanto, un ataque a la raíz misma de la Constitución divina de la Iglesia y a la misma Revelación en que se apoya el edificio de nuestra Religión.
Pues, si lo que exponemos sobre la infalibilidad cotidiana del Papa, que Lefebvre niega, “pudiera de alguna manera ser falso, se seguiría, lo que es evidentemente absurdo, que Dios mismo sería el autor del error de los hombres” (León XIII: Encíclica Satis cognitum, 29 junio de 1896). Lefebvre, dice, pues, según las palabras del Papa León XIII, que Dios sería el causante del error, lo cual sería una blasfemia, además.
Hubo sí, un arzobispo católico, pero no fue Lefebrve, sino Mons. Ngo Dinh Thuc Pierre Martin que hizo lo que debía haber hecho el episcopado católico, y no hizo: declarar que quien estaba sentado sobre la Sede de Pedro, no era Pedro, porque erraba y pronunciaba herejías, sino un usurpador, y que, por ende, la Sede de Pedro estaba vacante. No queremos dar culto de latría ni de dulía a Mons. Thuc, no somo thucistas, sino católicos, pero sí afirmamos que fue el único obispo que mantuvo, al menos durante un tiempo, la verdadera doctrina católica, por lo cual al estar la Sede vacante y en riesgo la sucesión apostólica en la Iglesia Católica de Rito Latino, consagró válida y lícitamente a varios obispos. Más no por eso le subimos a una peana y le sacamos en procesión, y ni siquiera lo elogiamos. Ese arzobispo fue Monseñor Thuc, Titular de Bulla Regia, entre 1968-1984, al cual infaman, calumnian y odian muchos defensores de la herejía sostenida por Mons. Lefebvre. Éste, amparándose en la defensa del rito tradicional de la Misa católica, atacó los fundamentos mismos de la demostración de la racionabilidad de la Fe y la Revelación tras la muerte del último de los apóstoles, para cual no dudo en intentar negar la misma certidumbre de la Revelación. Ay, ay, aduladores, no, no somos thucistas, sino sólo católicos ¿y ustedes? Aparentan ser católicos, pero no, en realidad son lefebvrianos.
Sofronio, en la festividad de San Juan de Dios, del año de N.S.J. 2019

Notas:
- Teología Fundamental, Vizmanos, L. Ruidor, BAC 1963, p. 30
- Eusebio, Hist. Eccl. 3, 39, 3-4, BAC, Padres Apostólicos. p. 877s
- Jn 10,37
- Mc 16,20; Act 2,22; 3,6; 4,16, etc.
- Mt 24,5
- Lc 9,12
TRES CARTAS ABIERTAS A LOS SEDEVACANTISTAS
Aunque no tenemos muchos lectores, queremos disculparnos ante ellos por haber tenido esta web sin actividad durante 28 días. La razón ha sido que carecíamos de internet hasta el pasado día 25, debido a que hemos trasladado nuestra sede a un sitio rural, que se está convirtiendo en un convento-seminario y casa de ejercicios espirituales. Reanudamos hoy nuestra actividad en la web, gracias a Dios, con un tema de actualidad: la elección del hereje Viganò como falso papa por el Patriarcado “Católico” Bizantino.
Había una vez un grupo de hombres que llevaban 61 días hambrientos perdidos en un páramo en el que había dos árboles; el primero era más alto y tenía unas pocas frutas, mientras que del segundo pendían numerosas frutas rebosantes de color con una apariencia muy apetitosa. Los dos árboles eran muy altos, con un largo tronco desprovistos de ramas, por lo que les era imposible esquilar hasta éstas sin una escalera. Discutieron las alternativas posibles y dieron con las dos siguientes: La primera esperar hasta que las frutas se desprendieran de los pedúnculos y cayeran al suelo, con lo cual podrían saciar con facilidad la flaqueza que sentían en sus estómagos. La segunda fabricar una escalera y subir a ellos. Luego de reflexionar cuál de las dos sería más apropiada prefirieron la primera, pero luego de pasar mucho tiempo, al ver que nada caía de los árboles, mientras el hambre aumentaba hasta hacer peligrar sus propias vidas, probaron con la segunda. Buscaron ramas y lianas para fabricar la escalera por todos lados, y luego de concluir su tosca fabricación y casi agotados la pusieron sobre el árbol más bajo y que ofrecía frutas más atrayentes, deslumbrados por sus colores. Pero he aquí que al alcanzar la primera fruta comprobaron que sólo tenía brillo la parte que ellos observaban, y que la otra mitad estaba llena de gusanos; la fruta estaba enteramente podrida, aunque osaron comer de algunas pocas. Probaron con otras del mismo árbol y el resultado fue el mismo: no había ninguna fruta comestible, de manera que si trataban de saciar su hambre con ella morirían sin duda.
Bajaron, pues, del árbol y trataron de subir al otro algo más alto, pero teniendo necesidad de una escalera más larga para alcanzar sus frutos, y necesitando para ello de más tiempo para alargar la que habían ya fabricado, les sobrevino en esa tarea la muerte por inanición y por infección de la fruta podrida.
El modo de saciar el hambre acuciante fue correcto, pero..¡ Pusieron la escalera en el árbol equivocado¡, y esto último les causó la muerte.
Este cuento ilustra sobre el recientemente conocido acto por el que el Patriarcado “Católico” Bizantino ha elegido como “papa” al “Arzobispo” Carlo Maria Viganò.
Ciertamente no sólo el patriarcado tiene hambre de que haya un Papa en la Iglesia, sino que también algunos en la Iglesia Católica de rito latino tenemos un inmenso anhelo de que se elija un Papa, porque una sociedad perfecta como la Iglesia no puede carecer de Cabeza ya que es indefectible.
Sin embargo, habiendo elegido los obispos del patriarcado el camino correcto, o sea, elegir un Papa cuando la Sede de Pedro está vacante, pusieron la escalera en el árbol equivocado eligiendo a un hereje; fueron a buscar la fruta de moda, la más deslumbrante del momento. Porque por muy loable que sea el esfuerzo de Carlo Maria Viganò por denunciar la corrupción que haya en la secta conciliar, no deja él mismo de ser tan hereje como Bergoglio, Wojtila, Ratzinger o Montini ¿Acaso no ha secundado él mismo las herejías del Conciliábulo Vaticano II? ¿Acaso no ha suscrito él mismo todos los errores y doctrinas heterodoxas proclamadas por el “magisterio” postconciliar? ¿No es verdad que también Viganò celebra la “misa” novus ordo inválida que tanto ofende a Dios? ¿Es incierto que el mismo Viganò participa en actos ecuménicos con infieles, tal como han hecho los falsos papas últimos? ¿No se vé que hasta en sus propios argumentos para denunciar a los hermanos de su secta usa del Código de Derecho Canónico falso aprobado por Wojtyla en 1983? ¿Estamos tan ciegos que no se aprecia que en sus amarillistas manifiestos arguye con frases del magisterio herético?
Aplaudimos haber hecho lo correcto, condenamos haber elegido a un hereje. Elogiamos haber usado la escalera- elegir al Papa en tiempo de Sede vacante- reprobamos haberla colocado en el árbol de frutos envenenados- elegir a un hereje-. ¡Una verdadera lástima! Nos parece aquel dicho de la fábula de Esopo que tanto se ha vulgarizado hasta en nuestro día, con el nombre del Parto de los Montes.
No cabe duda, a tenor de la Bula Cum ex Apostolatus Officio del Papa Paulo IV, que esta elección hecha por el Patriarcado católico Bizantino en la persona de Viganò es inválida y nula de pleno derecho, no por el acto en sí, sino por el sujeto elegido.
No podíamos esperar otra cosa de ese Patriarcado Bizantino, porque aunque tengan toda la razón en los anatemas lanzados contra Bergoglio, sobre ellos mismos penden varios anatemas; diremos sólo dos: el primero por haber rehabilitado al hereje condenado por la Iglesia Católica, Juan Hus (+1415), un precedente de la reforma luterana; y no sólo lo rehabilitararon, sino que también, llenos de un osadía cuasi diabólica, lo “canonizaron”. El segundo es porque este Patriarcado reconoce como válida la nueva “misa” protestante del Novus Ordo, que ha hecho que tantos católicos hayan perdido la fe.
Condenamos, pues, haber probado la fruta llena de gusanos, rehabilitando y canonizando a Juan Hus y reconociendo la validez de una “misa” que ofende a Nuestro Señor Jesucristo. Condenamos haberse desviado del magisterio de la Iglesia eligiendo a un hereje de titulares de portadas.
No obstante, aprobamos no haberse quedado esperando a que la fruta cayera del árbol, luego de más de 61 años de hambre desde la muerte del último papa católico: Pío XII. En eso no quisieron seguir la suerte de otros que esperan temerariamente un milagro del cielo, para que Cristo, La Virgen María, San Pedro o un Arcángel hagan lo que ellos se niegan a hacer cumpliendo con su obligación de elegir un Papa. En esa espera, a que el Señor les saque las castañas del fuego, están muchos obispos, sacerdotes y fieles sedevacantistas. Pobre de ellos, ya decía San Juan Crisóstomo que era muy improbable la salvación de un obispo; por esa razón San Alfonso María de Ligorio se negaba rotundamente a ser consagrado obispo. ¿Acaso, no tienen temor del juicio de Dios?
El diablo anda suelto como león rugiendo buscando a quién devorar. Y no podemos dudar de que muchos han caído ya en sus garras, porque sea conscientemente o de forma atolondrada, de forma rauda, no son pocos los que se han prestado a ser sus instrumentos, tratando de ridiculizar la única posición verdaderamente católica: el conclavismo, a tenor de lo sucedido en el Patriarcado Bizantino “católico”. Apresuradamente algunos han prestado sus plumas para servir a los fines del diablo, tratando de generar la decepción en las almas católicas cuyo sensus fidei les dice infaliblemente que la Iglesia no puede estar sin cabeza visible permanentemente. Y qué más quiere el diablo que los que tienen un peso en la opinión de los fieles, blogueros varios, secunden su plan para que no se elija un legítimo Papa en la Iglesia Católica, escribiendo insensateces e incluso anunciando en la práctica que la Esposa Inmaculada de Cristo está totalmente desprovista de los medios ordinarios de la gracia: los sacramentos. ¿Pero ya no creen que Cristo es fiel, y su Esposa Inmaculada, y que su desposorio jamás terminará? ¿Ya no creen que la Iglesia es una sociedad perfecta, y que para ello es estrictamente necesario la elección de un Papa? ¿Ya no creen que la Iglesia es santa porque, en otras razones, posee los medios de santificación: los sacramentos?
El diablo encuentra a quién devorar y nos asombramos que entre sus dientes se encuentren hoy ya aquellas columnas de las que jamás sospechábamos que sucumbieran. ¿Por qué cayeron los pilares de la tradición que tanto nos enseñaron? Hemos meditado mucho sobre ello, y sólo se nos ocurre una explicación: Pusieron sus esperanzas en triunfos terrenos de la Iglesia, y en ocasiones en los suyos propios, y no en la Cruz. Si durante los años de su vida, algunos ya octogenarios, sólo hubiesen esperado en esta tierra la cruz, las burlas, ser ridiculizados, el fracaso total aparente, muy probablemente jamás se habrían decepcionado, ni sucumbido ante el enemigo infernal. No es probable que quien al Señor pide la cruz se sienta abatido si esta sobreviene, ni es fácil imaginar que sea presa de Lucifer. Quién quiere la Cruz no se escandaliza, y sobrevenida ésta la abraza y pone su mira propia de dicha completa y para la Iglesia en el cielo, y nunca en el siglo.
En definitiva, tratar de confundir a las almas equiparando esta elección del Patriarcado “católico” Bizantino, con la única y verdadera posición católica conocida como conclavista, es un intento vano de Satán e inútil, aunque no dudamos, a tenor de lo leído, que arranque a Cristo algunas almas despistadas por leer lo que no deben, por beber en fuentes contaminadas, por comer de fruta envenenada, por asistir a celebraciones de clérigos tradicionalistas herejes, cismáticos y acéfalos, o por temerariamente esperar que la fruta caiga sola del cielo sin cumplir su deber.
Satanás odia al Vicario de Cristo en la tierra, del cual viene la autoridad a la Iglesia, siendo el signo eficaz de la unidad, por lo que no cejará de impedir que se elija un legítimo Papa. Contemos con ello para no caer en tentación, y roguemos cada día al Esposo que convierta los corazones de los obispos, sacerdotes y fieles para que se unan para elegir al dulce Pedro en la tierra a quien Dios dará la autoridad.
Sofronio
ERRAR AL ESCOGER EL ARBÓL
Aunque no tenemos muchos lectores, queremos disculparnos ante ellos por haber tenido esta web sin actividad durante 28 días. La razón ha sido que carecíamos de internet hasta el pasado día 25, debido a que hemos trasladado nuestra sede a un sitio rural, que se está convirtiendo en un convento-seminario y casa de ejercicios espirituales. Reanudamos hoy nuestra actividad en la web, gracias a Dios, con un tema de actualidad: la elección del hereje Viganò como falso papa por el Patriarcado “Católico” Bizantino.
Había una vez un grupo de hombres que llevaban 61 días hambrientos perdidos en un páramo en el que había dos árboles; el primero era más alto y tenía unas pocas frutas, mientras que del segundo pendían numerosas frutas rebosantes de color con una apariencia muy apetitosa. Los dos árboles eran muy altos, con un largo tronco desprovistos de ramas, por lo que les era imposible esquilar hasta éstas sin una escalera. Discutieron las alternativas posibles y dieron con las dos siguientes: La primera esperar hasta que las frutas se desprendieran de los pedúnculos y cayeran al suelo, con lo cual podrían saciar con facilidad la flaqueza que sentían en sus estómagos. La segunda fabricar una escalera y subir a ellos. Luego de reflexionar cuál de las dos sería más apropiada prefirieron la primera, pero luego de pasar mucho tiempo, al ver que nada caía de los árboles, mientras el hambre aumentaba hasta hacer peligrar sus propias vidas, probaron con la segunda. Buscaron ramas y lianas para fabricar la escalera por todos lados, y luego de concluir su tosca fabricación y casi agotados la pusieron sobre el árbol más bajo y que ofrecía frutas más atrayentes, deslumbrados por sus colores. Pero he aquí que al alcanzar la primera fruta comprobaron que sólo tenía brillo la parte que ellos observaban, y que la otra mitad estaba llena de gusanos; la fruta estaba enteramente podrida, aunque osaron comer de algunas pocas. Probaron con otras del mismo árbol y el resultado fue el mismo: no había ninguna fruta comestible, de manera que si trataban de saciar su hambre con ella morirían sin duda.
Bajaron, pues, del árbol y trataron de subir al otro algo más alto, pero teniendo necesidad de una escalera más larga para alcanzar sus frutos, y necesitando para ello de más tiempo para alargar la que habían ya fabricado, les sobrevino en esa tarea la muerte por inanición y por infección de la fruta podrida.
El modo de saciar el hambre acuciante fue correcto, pero..¡ Pusieron la escalera en el árbol equivocado¡, y esto último les causó la muerte.
Este cuento ilustra sobre el recientemente conocido acto por el que el Patriarcado “Católico” Bizantino ha elegido como “papa” al “Arzobispo” Carlo Maria Viganò.
Ciertamente no sólo el patriarcado tiene hambre de que haya un Papa en la Iglesia, sino que también algunos en la Iglesia Católica de rito latino tenemos un inmenso anhelo de que se elija un Papa, porque una sociedad perfecta como la Iglesia no puede carecer de Cabeza ya que es indefectible.
Sin embargo, habiendo elegido los obispos del patriarcado el camino correcto, o sea, elegir un Papa cuando la Sede de Pedro está vacante, pusieron la escalera en el árbol equivocado eligiendo a un hereje; fueron a buscar la fruta de moda, la más deslumbrante del momento. Porque por muy loable que sea el esfuerzo de Carlo Maria Viganò por denunciar la corrupción que haya en la secta conciliar, no deja él mismo de ser tan hereje como Bergoglio, Wojtila, Ratzinger o Montini ¿Acaso no ha secundado él mismo las herejías del Conciliábulo Vaticano II? ¿Acaso no ha suscrito él mismo todos los errores y doctrinas heterodoxas proclamadas por el “magisterio” postconciliar? ¿No es verdad que también Viganò celebra la “misa” novus ordo inválida que tanto ofende a Dios? ¿Es incierto que el mismo Viganò participa en actos ecuménicos con infieles, tal como han hecho los falsos papas últimos? ¿No se vé que hasta en sus propios argumentos para denunciar a los hermanos de su secta usa del Código de Derecho Canónico falso aprobado por Wojtyla en 1983? ¿Estamos tan ciegos que no se aprecia que en sus amarillistas manifiestos arguye con frases del magisterio herético?
Aplaudimos haber hecho lo correcto, condenamos haber elegido a un hereje. Elogiamos haber usado la escalera- elegir al Papa en tiempo de Sede vacante- reprobamos haberla colocado en el árbol de frutos envenenados- elegir a un hereje-. ¡Una verdadera lástima! Nos parece aquel dicho de la fábula de Esopo que tanto se ha vulgarizado hasta en nuestro día, con el nombre del Parto de los Montes.
No cabe duda, a tenor de la Bula Cum ex Apostolatus Officio del Papa Paulo IV, que esta elección hecha por el Patriarcado católico Bizantino en la persona de Viganò es inválida y nula de pleno derecho, no por el acto en sí, sino por el sujeto elegido.
No podíamos esperar otra cosa de ese Patriarcado Bizantino, porque aunque tengan toda la razón en los anatemas lanzados contra Bergoglio, sobre ellos mismos penden varios anatemas; diremos sólo dos: el primero por haber rehabilitado al hereje condenado por la Iglesia Católica, Juan Hus (+1415), un precedente de la reforma luterana; y no sólo lo rehabilitararon, sino que también, llenos de un osadía cuasi diabólica, lo “canonizaron”. El segundo es porque este Patriarcado reconoce como válida la nueva “misa” protestante del Novus Ordo, que ha hecho que tantos católicos hayan perdido la fe.
Condenamos, pues, haber probado la fruta llena de gusanos, rehabilitando y canonizando a Juan Hus y reconociendo la validez de una “misa” que ofende a Nuestro Señor Jesucristo. Condenamos haberse desviado del magisterio de la Iglesia eligiendo a un hereje de titulares de portadas.
No obstante, aprobamos no haberse quedado esperando a que la fruta cayera del árbol, luego de más de 61 años de hambre desde la muerte del último papa católico: Pío XII. En eso no quisieron seguir la suerte de otros que esperan temerariamente un milagro del cielo, para que Cristo, La Virgen María, San Pedro o un Arcángel hagan lo que ellos se niegan a hacer cumpliendo con su obligación de elegir un Papa. En esa espera, a que el Señor les saque las castañas del fuego, están muchos obispos, sacerdotes y fieles sedevacantistas. Pobre de ellos, ya decía San Juan Crisóstomo que era muy improbable la salvación de un obispo; por esa razón San Alfonso María de Ligorio se negaba rotundamente a ser consagrado obispo. ¿Acaso, no tienen temor del juicio de Dios?
El diablo anda suelto como león rugiendo buscando a quién devorar. Y no podemos dudar de que muchos han caído ya en sus garras, porque sea conscientemente o de forma atolondrada, de forma rauda, no son pocos los que se han prestado a ser sus instrumentos, tratando de ridiculizar la única posición verdaderamente católica: el conclavismo, a tenor de lo sucedido en el Patriarcado Bizantino “católico”. Apresuradamente algunos han prestado sus plumas para servir a los fines del diablo, tratando de generar la decepción en las almas católicas cuyo sensus fidei les dice infaliblemente que la Iglesia no puede estar sin cabeza visible permanentemente. Y qué más quiere el diablo que los que tienen un peso en la opinión de los fieles, blogueros varios, secunden su plan para que no se elija un legítimo Papa en la Iglesia Católica, escribiendo insensateces e incluso anunciando en la práctica que la Esposa Inmaculada de Cristo está totalmente desprovista de los medios ordinarios de la gracia: los sacramentos. ¿Pero ya no creen que Cristo es fiel, y su Esposa Inmaculada, y que su desposorio jamás terminará? ¿Ya no creen que la Iglesia es una sociedad perfecta, y que para ello es estrictamente necesario la elección de un Papa? ¿Ya no creen que la Iglesia es santa porque, en otras razones, posee los medios de santificación: los sacramentos?
El diablo encuentra a quién devorar y nos asombramos que entre sus dientes se encuentren hoy ya aquellas columnas de las que jamás sospechábamos que sucumbieran. ¿Por qué cayeron los pilares de la tradición que tanto nos enseñaron? Hemos meditado mucho sobre ello, y sólo se nos ocurre una explicación: Pusieron sus esperanzas en triunfos terrenos de la Iglesia, y en ocasiones en los suyos propios, y no en la Cruz. Si durante los años de su vida, algunos ya octogenarios, sólo hubiesen esperado en esta tierra la cruz, las burlas, ser ridiculizados, el fracaso total aparente, muy probablemente jamás se habrían decepcionado, ni sucumbido ante el enemigo infernal. No es probable que quien al Señor pide la cruz se sienta abatido si esta sobreviene, ni es fácil imaginar que sea presa de Lucifer. Quién quiere la Cruz no se escandaliza, y sobrevenida ésta la abraza y pone su mira propia de dicha completa y para la Iglesia en el cielo, y nunca en el siglo.
En definitiva, tratar de confundir a las almas equiparando esta elección del Patriarcado “católico” Bizantino, con la única y verdadera posición católica conocida como conclavista, es un intento vano de Satán e inútil, aunque no dudamos, a tenor de lo leído, que arranque a Cristo algunas almas despistadas por leer lo que no deben, por beber en fuentes contaminadas, por comer de fruta envenenada, por asistir a celebraciones de clérigos tradicionalistas herejes, cismáticos y acéfalos, o por temerariamente esperar que la fruta caiga sola del cielo sin cumplir su deber.
Satanás odia al Vicario de Cristo en la tierra, del cual viene la autoridad a la Iglesia, siendo el signo eficaz de la unidad, por lo que no cejará de impedir que se elija un legítimo Papa. Contemos con ello para no caer en tentación, y roguemos cada día al Esposo que convierta los corazones de los obispos, sacerdotes y fieles para que se unan para elegir al dulce Pedro en la tierra a quien Dios dará la autoridad.
Sofronio

