ERRORES Y HEREJÍAS DE MARÍA VALTORTA ( y 2/2)
Una obsesión sexual generalizada
El primer artículo señalaba algunos errores y herejías doctrinales importantes en El poema del hombre-dios de Maria Valtorta. Aquí veremos dos reclamos más problemáticos de la visionaria cuyo trabajo fue condenado por la Iglesia.
El error de afirmar que el pecado original fue el acto sexual
Valtorta afirma que el pecado original fue el acto sexual realizado por nuestros primeros padres (pp. 98, 254, 257, 258). (1) Estas son «revelaciones» largas que Valtorta supuestamente recibió sobre el tema, pero aquí presentaremos solo los elementos básicos de esta herejía.
Ella afirma que al principio Adán y Eva no sabían cómo engendrar hijos por medio de la unión sexual. En cambio, la procreación se llevaría a cabo por la intervención especial de Dios, sin unión sexual. El conocimiento de esta unión estaba prohibido para Adán y Eva, y este era el cebo utilizado por la Serpiente para tentar a Eva.
En la novedosa versión de Valtorta del pecado original, era una tentación sexual.
En resumen, Valtorta dice: “Eva se acercó al árbol del bien y del mal para conocer este misterio, estas leyes de la vida. … Ella vino dispuesta a recibir este misterio, no de la revelación de la enseñanza pura y la influencia divina, sino de la enseñanza impura y la influencia satánica «.
En el árbol, Eva encuentra al Seductor, “quien canta su canción de mentiras a su inexperiencia, a su hermosa inexperiencia virginal, a su inexperiencia mal guardada. ¿Crees que hay mal aquí? – le dice-No, no Dios no te lo dijo porque quiere mantenerte como esclava bajo su poder. ¿Crees que eres rey y reina? Ni siquiera eres tan libre como los animales salvajes. Los animales pueden amarse unos a otros con verdadero amor. No puedes. A los animales se les otorga el don de ser creadores como Dios. Los animales generan pequeños y ven a sus familias crecer tanto como quieran. Tu no. Te niegan esta alegría. ¿Por qué hacerte hombre y mujer si tienes que vivir así? Sed dioses. No conoces la alegría de ser dos en una carne, lo que crea una tercera y muchas más.
“’No le creas a Dios cuando te prometió la alegría de la posteridad al ver a tus hijos formando nuevas familias, dejando a su padre y a su madre por sus familias. Te ha dado una vida falsa: la vida real es conocer las leyes de la vida. Entonces, seréis como dioses y podrás decirle a Dios: Somos iguales a ti ‘”.
Baste agregar que las obscenidades en algunas de las descripciones de Valtorta del diablo que tienta a Eva son suficientes para despertar dudas incluso en la mayoría de los casos, aun de los ignorante sobre la naturaleza de su supuesta «revelación divina» en la Creación.
La doctrina de la Iglesia sobre el pecado original no enseña que involucró el acto sexual. Según la enseñanza católica, Adán y Eva no ignoraban el uso del matrimonio, ya que, antes de su caída, le dijo Dios a Adán : “el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne «(Génesis 2: 24).
Según el Concilio de Orange, fue la desobediencia lo que causó que nuestros primeros padres, creados en plena integridad, perdieran la gracia santificante y otros dones. Entre estas consecuencias, de esta desobediencia vino el desorden en la concupiscencia; es decir, antes de la caída no sufrían un deseo desordenado de placeres sensibles, incluido el sexual. El pecado original fue un acto de desobediencia que no tenía un vínculo directo con la sexualidad, tal como se expone en muchos catecismos sólidos u obras accesibles como el Teología del Dogma Católico [ Theology of Catholic Dogma ] por el p. J. Abarzuza (p. 644).
Pero Valtorta insiste una y otra vez en su nueva versión del pecado original con tantos detalles que sugieren que tenía una inclinación mórbida a tratar asuntos sexuales.
La herejía y blasfemia de afirmar que Nuestro Señor y Nuestra Señora sufrieron tentaciones sexuales
Valtorta también afirma blasfemamente que, a lo largo de sus vidas, tanto Nuestro Señor Jesucristo como la Santísima Virgen sufrieron tentaciones sexuales terribles, que tuvieron que superar mediante una dura lucha.
Nuestro Señor y Su Madre estaban libres de los efectos del pecado original y no sufrieron inclinaciones desordenadas. Ese es el dogma católico.
Pero Valtorta afirma lo contrarios por una supuesta revelación hecha por Cristo mismo; así vemos la ignorancia total de Valtorta sobre enseñanza dogmática católica en los puntos elementales.
Ni Jesucristo, Dios hecho hombre, ni la Santísima Virgen pudieron sufrir tentaciones sexuales porque carecían de lo que la Iglesia llama fomes peccati o inclinación hacia el mal que son los efectos del pecado original. Cristo, como el Hijo de Dios, estaba un hombre exento de tal inclinación, ya que estaba sin pecado.
La Santísima Virgen, que estaba destinada a ser la Madre de Dios por la gracia de su Inmaculada Concepción, fue concebida sin pecado; por lo tanto, ella no tuvo consecuencias del pecado original. Al estar impecable, era incapaz de pecar, según la doctrina de la Iglesia.
Tanto el Hijo Dios como la Madre de Dios estaban, por lo tanto, sin pecado original y libres de las inclinaciones hacia el mal que afligen al resto de los hijos de Adán. Por lo tanto, no fueron ni podían ser tentados a hacer el mal. Entonces, es imposible para ellos haber sido tentados hacia los pecados sexuales, como Valtorta insiste repetidamente, poniendo historias de estas tentaciones en la boca del mismo Cristo.
Expongamos brevemente la enseñanza de la Santa Iglesia sobre este asunto en palabras del p. El magnífico compendio de teología de Abarzuza:
- «Cristo fue libre de todo pecado» (doctrina definida de la Santa Fe Católica);
- “En virtud de la Unión Hipostática, la voluntad humana de Cristo estuvo siempre y en todas partes sujeta a la voluntad divina. … Cristo no podía pecar, ni había en Él ninguna capacidad para pecar. Fue absolutamente perfecto ”( Teología del dogma católico, J. Abarzuza, pp. 737-38).
La enseñanza de la Iglesia es clara acerca de la impecabilidad de Cristo y de María su Madre. Además, cualquier católico fiel puede comprender y aceptar fácilmente que Cristo, como el Verbo Encarnado y la Segunda Persona de la Trinidad Divina, no podría tener ninguna inclinación al mal o ser tentado a hacer el mal. Lo mismo se dice de la Virgen María en virtud de su Inmaculada Concepción y su maternidad divina. Las tentaciones de Cristo en el desierto son externas, cuyo fin es enseñarnos a nosotros a luchar contra las malas inclinaciones. Ni en Cristo ni en la Virgen María existe delectación en el pecado, menos aún aceptación.
En sus historias de persona ignorante de las supuestas tentaciones sexuales que, según afirma la propia Valtorta, Cristo mismo le informó, hay muchos detalles que ofenden a la Persona Divina del Salvador y a Su Santísima Madre, constituyendo una auténtica y gigantesca blasfemia. El poema del hombre-Dios nos hace pensar en Jesucristo Superestrella y otras obras profanas creadas para burlarse de la divinidad de Nuestro Señor.
La segunda, suelen ser la puerta que abrimos en nuestra alma al demonio, que concediéndonos la vehemencia en muchas verdades de fe católica para seducirnos y alejar de nosotros sospechas, introduce algún error de su propia cosecha, de manera que apoyado Satanás en ella va poco a poco tomando posesión del alma, y le hace caer en soberbia, o gula espiritual, desobediencia a la jerarquía de la Iglesia legítima, etc.
De ahí, por ejemplo, resulta que practicamente todos los aficionados a Valtorta, v.g., han sido presas o de la falsa iglesia conciliar y su cena protestante , aunque no están exentos de este pecado una muchedumbre de «tradicionalistas», incluidos los dudosos «sacerdotes» lefebvristas.
ERRORES Y HEREJÍAS DE MARÍA VALTORTA (I/2)
La segunda, suelen ser la puerta que abrimos en nuestra alma al demonio, que concediéndonos la vehemencia en muchas verdades de fe católica para seducirnos y alejar de nosotros sospechas, introduce algún error de su propia cosecha, de manera que apoyado Satanás en ella va poco a poco tomando posesión del alma, y le hace caer en soberbia, o gula espiritual, desobediencia a la jerarquía de la Iglesia legítima, etc.
De ahí, por ejemplo, resulta que practicamente todos los aficionados a Valtorta, v.g., han sido presas o de la falsa iglesia conciliar y su cena protestante o de la herejía lefebvrista.
El poema del hombre-dios de Maria Valtorta presenta tantas irregularidades que es difícil entender cómo puede aceptarse en los medios católicos, incluso los tradicionalistas. Debido a las herejías que sostiene, y otros aspectos negativos adyacentes, no entiendo cómo podría ser aceptado por los sacerdotes anteriores al Vaticano II, como el consejero espiritual de Valtorta, Romualdo Miglirini, o eruditos como Fray Juan de Escobar, traductor de la edición en español. del trabajo desde al menos 1976. (1)
Las revelaciones de Maria Valtorta, arriba , van junto con las enseñanzas del Vaticano II
O no leyeron cuidadosamente los escritos de María Valtorta, lo cual es difícil de imaginar dada la seriedad del asunto, o fueron cómplices al difundir una obra que tiene serios errores en asuntos de la Fe.
Primero, le recuerdo al lector que el Poema del Hombre Dios fue colocado en el Índice de Libros Prohibidos por la Congregación Suprema del Santo Oficio en 1959 (haga clic aquí) . Aunque Pablo VI cerró el Índice en 1966, las acusaciones contra el libro nunca fueron rescindidas ni actualizadas. Por lo tanto, la censura contra los errores en el trabajo de Valtorta sigue siendo efectiva.
Lo que se presenta aquí es un comentario sobre su trabajo que señala esos errores, algunos de ellos herejías. No es un ataque personal o juicio sobre sus intenciones; más bien demuestra lo que era inaceptable en su trabajo que hizo que incurriera en una censura eclesiástica antes del Vaticano II.
Algunos de los principales errores en contra de la fe que se encuentran en el poema del Hombre-Dios son los siguientes.
1. ‘La revelación divina no terminó con el último apóstol’
El autor nos asegura que la Revelación divina continúa y que ella es quien la continúa. Ella afirma que Cristo mismo la llama «mi María Juan», es decir, la nombra una especie de «hermana» de San Juan Evangelista que continuaría su misión. Ella afirma que ha sido acusada de exponer y explicar Apocalipsis y admite una evolución del dogma ya definido. Esta evolución dogmática es condenada por la Santa Iglesia.
Según las enseñanzas de la Iglesia, la Revelación divina que comenzó en el Antiguo Testamento se cierra y termina con el Apocalipsis.de San Juan, quien escribe: “Porque testifico a todos los que escuchan mis palabras de la profecía de este libro: si alguno agrega algo a estas cosas, Dios le agregará las plagas descritas en este libro, y si algún hombre quitará de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del árbol de la vida «(Apoc 22: 18-19).
Es contra la enseñanza de la Iglesia afirmar que la Revelación puede continuar a través de otros» profetas » o ser explicado de manera diferente a lo que ya se ha definido dogmáticamente.
Por lo tanto, ningún católico puede aceptar tal «extensión de la revelación» por parte de un «vidente», incluso si ella misma ignora la doctrina de la Iglesia sobre este asunto. Ella afirma haber recibido todo lo que describe y narra como una revelación, no solo en puntos secundarios, sino para aclarar los Evangelios mismos. Por lo tanto, hasta sus escritos, la Iglesia no habría tenido una comprensión clara de ellos.
Según Valtorta, Cristo mismo le habría dicho: “Esta obra [de los suyos] es para iluminar ciertos puntos que varias circunstancias han cubierto de oscuridad y, por lo tanto, formaron áreas oscuras en la luminosidad de los libros evangélicos y puntos que parecen fracturados. Y para estos puntos oscuros entre un episodio y otro, puntos indescifrables, esta es la clave para comprender ciertas situaciones exactamente «.
Por lo tanto, no solo se nos da la impresión de que falta algo en Apocalipsis y está rectificado por la revelación de Valtorta, sino también que este anuncio proviene de la boca del mismo Cristo.
Valtorta se imagina a sí misma llamada a completar la Revelación oficial de una manera que contradice a San Juan.
Es Cristo, según Maria Valtorta, quien nos asegura que sus escritos están inspirados en el Espíritu Santo y que exhorta a los lectores a escuchar al que a menudo llama su «pequeño Juan» o «María Juan» como una forma de vincularlos. . Este desprecio abierto de la enseñanza de la Iglesia de que la Revelación divina terminó con el último Apóstol es descarada y contradictoria, especialmente cuando el «vidente» afirma que es Cristo mismo quien está contradiciendo la doctrina de la Iglesia.
Por ejemplo, ella dice que Nuestro Señor amonesta a quienes leen su trabajo con objeciones:
«Si se oponen a que Apocalipsis terminó con el último Apóstol y no habría nada más que agregar: ¿Y si quisiera reconstruir la imagen de Mi divina caridad como alguien que restaura mosaicos renovando partes dañadas y faltantes, y que estoy reemplazando? las partes faltantes, y que quería hacer esto en este siglo cuando la raza humana está sumida en la oscuridad? … En verdad, deberías darme las gracias, porque he agregado nuevas luces a la luz que tienes que ya no es suficiente para ver a tu Salvador «. (p. 887 y otros )
Es cierto que alguien puede pretender estar iluminado por Dios y asegurarnos que está hablando con Cristo mismo y que estas son cosas reveladas. Lo que es inadmisible es que las herejías y las cosas extravagantes sean aceptadas por personas aprendidas en asuntos religiosos y, repito, por sacerdotes que deberían conocer la enseñanza de la Iglesia.
Según esto, ¡la Santa Iglesia ha esperado durante siglos que aparezca María Valtorta para que la Iglesia continúe y reformar el Evangelio! Y como este es el caso, todos los que no acepten sus explicaciones «reveladas divinamente» estarían pecando. (2)
Los editores de esta edición en español, debe notarse, han incluido abundantes notas a pie de página a lo largo del trabajo observando que la enseñanza de Valtorta cumple con la del Vaticano II … La Iglesia post-conciliar, por lo tanto, promuevePoema del hombre-dios de Valtorta como un ejemplo vivo de la evolución del dogma y como una ayuda para difundir las herejías posteriores al Vaticano II.
2. María es ‘la segunda nacida del Padre’
En el Volumen 1 del Hombre-Dios , María Valtorta afirma que la Virgen María es, después de Cristo, «la segunda engendrada del Padre». (p. 3)
Esta es una herejía, ya que Nuestro Señor Jesucristo es el Hijo unigénito del Padre, consustancial con Él, como se enseña en el Credo : «Creo en Jesucristo Su único Hijo». El «primer engendrado de todas las criaturas» es también Cristo, la Palabra que asumió la naturaleza humana.
La Iglesia, que reconoce las muchas glorias de María y su grandeza sobre todas las criaturas humanas, nunca le dio este título o prerrogativa a la Madre de Dios. No puede haber un «segundo engendrado» del Padre, lo que haría a María igual al único Hijo. Si Cristo es el único Hijo, se entiende que un segundo no puede existir.
3. Valtorta tiene la redención universal incondicional (3)
Maria Valtorta dice que Jesús mismo le reveló que:
Para que los frutos de la Redención sean efectivos se requiere la adhesión del hombre
“La pareja de Jesús y María es la antítesis de la pareja de Adán y Eva. El primero está destinado a anular todo lo que hicieron Adán y Eva, y devolver a la raza humana al punto en que fue creada, rica en gracia y en todos los dones otorgados por el Creador. La raza humana ha encontrado una regeneración total a través del trabajo de la pareja de Jesús-María, que son sus nuevos fundadores. El tiempo pasado ha sido borrado. El tiempo y la historia humana realmente comienzan desde el momento en que la nueva Eva, por un cambio en la Creación, extrajo de su vientre al nuevo Adán «. (p. 544)
La doctrina de la Santa Iglesia es, como sabemos, “Cristo nuestro Redentor se sustituye a nosotros por expiación. … Pero el hombre, para tener el efecto de la salvación forjada por Cristo, debe adherirse a Él libremente por Fe y Caridad «. ( Diccionario de Teología DogmáticaPietro Parente, pág. 312)
Por lo tanto, aunque sabemos que Cristo murió por todos, no todos los hombres son salvos, como explica el Concilio de Trento al definir la doctrina de la Eucaristía, sino solo aquellos a quienes Trento llama los «muchos».
4. «La redención es consumada por María»
Maria Valtorta afirma que Cristo le reveló que la redención no fue consumada por él, sino por su madre. (p. 600) Aquí hay otra herejía porque, aunque la Iglesia ve a María como la «corredentora», nunca ha enseñado que ella «logró» la Redención. Esto fue hecho por Nuestro Señor en la Cruz. Pero Valtorta dice que Jesús le dijo:
“Todos piensan que la Redención terminó con Mi último aliento. No, no lo hizo. La Madre terminó, agregando su triple tortura para redimir la triple concupiscencia «.
No es necesario señalar que se supone que esta declaración herética proviene de los labios del mismo Cristo.
En cuanto a la «triple concupiscencia» que, según Valtorta, Cristo dice que María sufrió y conquistó para consumar la Redención, notamos que a lo largo de su trabajo Valtorta afirma que tanto Nuestro Señor como Su Madre sufrieron «terribles tentaciones carnales» durante sus vidas. , que tuvieron que luchar duro para superar.
IDEÓLOGOS DEL CONCILIÁBULO VATICANO II
Para ayudar a los lectores a sintetizar mejor el panorama de la teología conciliar y postconciliar, plagadas de herejías, proponemos el siguiente cuadro sinóptico, cronológico y lógico de los “neoteólogos” que trabajaron en el Conciliábulo Vaticano IIy de los que hicieron de “puente y eslabón” entre ellos y los “novísimos posteólogos” del postconcilio, los cuales siguen siendo poco famosos en la actualidad, pero están muy hinchados de vanidad (cf. Bruno Forte, en Sí,sí.No,no del 15 de septiembre de 2007 y 15 de septiembre del 2008, edición en italiano) y muy pronto saltarán a escena.
Teilhard de Chardin: Padre del neomodernismo. Nació en 1881, en Francia. Ingresó en los jesuitas en 1900. Se ordenó de sacerdote en 1911. Su primera elaboración “teológica”, Mon univers [Mi universo], se remonta a 1924. Alcanzará el apogeo en 1938-1940 con la obra Le phénomène humain. Apartado de la docencia desde 1926, condenado una y otra vez por tres papas hasta 1963, murió en 1955. Fue “rehabilitado” post mortem por Montini durante el Vaticano II, y luego, de manera definitiva, por Wojtyla en 1981.
Henri de Lubac. Nació en 1896 (Francia). Se hizo jesuita en 1913. Fue profesor de teología en el escolasticado de Lyon-Fourvière de 1929 a 1950, año en que se le removió de la docencia a causa de la condena implícita de su libro Le surnaturel [Lo sobrenatural] (1946) en la encíclica Humani Generis de Pío XII (12 de agosto de 1950). Roncalli lo readmitió en la docencia en 1960 y lo nombró perito del Concilio. Wojtyla lo nombró cardenal en 1983. Murió en 1990.
Chenu: neomodernismo moderado. Nació en 1895 (Francia). Ingresó en la Orden de Santo Domingo en 1913. Fue profesor de teología en Le Saulchoir de 1920 a 1942, cuando fue apartado de la docencia tras la condena de su libro Une École de Théologie [Una Escuela de Teología] (1937). Nombrado perito conciliar, en 1960, por el wojtyla, participó activamente en la preparación de la Gaudium et Spes junto con de Lubac. Murió en 1990.
Jean Daniélou: neomodernismo moderado. Nació en 1905 (Francia). Después de estudiar Filosofía y Letras en la Sorbona, entró en la Compañía de Jesús en 1929 y se consagró a la docencia. Continuó más tarde los estudios de teología en la facultad católica de Lyon, una de las más reputadas a la sazón. Se ordenó de sacerdote en 1938. Sirvió en las fuerzas aéreas durante la Segunda Guerra mundial, hasta 1940. Acabada la contienda, completó su doctorado en teología en 1942. El mismo año fundó la colección de obras Sources Chrétiennes [Fuentes cristianas], en colaboración con Henri de Lubac, supuestamente para favorecer el estudio de los Padres de la Iglesia, pero, en realidad, con el designio de oponerlos a la Escolástica. Lo nombraron en 1944 catedrático de Historia Antigua del Cristianismo en el Instituto Católico de París, en el que llegó a ser decano con el correr del tiempo. A petición de Roncalli tomó parte en el Conciliábulo Vaticano IIVaticano II a título de experto. Metió mucho ruido su muerte repentina en casa de una persona de mala reputación (1974).
Su actividad como teólogo: estudió, con una fuerte tendencia judaizante, las relaciones entre el judaísmo y el cristianismo; estudió asimismo, en adhesión plena a la “neoteología”, las relaciones entre la fe y la teología contemporánea; trabajó en el problema de la verdad entendida en sentido blondeliano, y también, siguiendo a De Lubac, en el de las relaciones entre la gracia y la naturaleza; ahondó, además, de manera crítica, en el tema del marxismo. Sus estudios contribuyeron a la preparación de los documentos del Conciliábulo Vaticano II.
Yves Congar. Consultor de la Comisión Preparatoria del Concilibulo.
Yves Congar: neomodernismo extremista. Nació en 1904 (Francia). Ingresó en el seminario de París en 1921. Entró en la orden dominica en 1925, donde estudió teología en Le Saulchoir con el padre Chenu, quien lo introdujo en la interpretación historicista y relativista del tomismo. Ordenado sacerdote en 1930, manifestó tendencias ecumenistas, y en 1937, después de haberse comprometido prácticamente en la “renovación” litúrgica, escribió su primer libro: Chrétiens désunis [Cristianos desunidos]. Comenzó a enseñar en 1945, en Le Saulchoir. Roma le prohibió, en 1948, que participara en la Semana Ecuménica de Amsterdam; después L’Osservatore Romano atacó sus Chrétiens désunis, obra que criticaba la estructura jerárquica y piramidal de la Iglesia. En 1950 la encíclica Humani Generis aludió a él al condenar el “imprudente irenismo”. Fue apartado de la docencia en 1954. Roncalli lo nombró consultor de la Comisión Preparatoria del Concilio, donde se ocupó del documento sobre la Iglesia Lumen Gentium, así como de la Gaudium et Spes (relaciones con el mundo moderno), de la Dei Verbum (revelación divina), de la Dignitatis Humanae (libertad religiosa), de la Nostra Aetate (relaciones con el judaísmo y las demás religiones acristianas) y de la Unitatis Redintegratio (ecumenismo). Montini dijo que él era el teólogo que más había trabajado en la elaboración de los textos del Vaticano II. Murió en 1995.
Hans Urs Von Balthasar: modernismo moderado. Nació en 1905 (Suiza). Ingresó en la Compañía de Jesús en 1929. Estudió teología con De Lubac en Lyon-Fourvière, entre 1934 y 1938. Escribió en 1952 su primera obra Abatir los bastiones, unos bastiones que, al decir de él, la propia Iglesia había erigido entre ella y el mundo. No fue llamado al Concilio, pero Montini lo nombró, en 1969, miembro de la Comisión Teológica Internacional. Murió en 1988, dos días antes de recibir el birrete cardenalicio de parte de Wojtyla.
Karl Rahner. Fungió como “perito” del II Conciliábulo Vaticano.
Karl Rahner: postmodernismo radical. Nació en 1904, en Alemania. Se incorporó a los jesuitas en 1922. Entre 1924 y 1927 estudió el “tomismo trascendental” con el padre Joseph Maréchal, o sea, aplicó al tomismo la filosofía trascendental y subjetivista kantiana. Se ordenó de sacerdote en 1932. De 1934 a 1936 estudió filosofía en Friburgo con Heidegger, e intentó renovar la Escolástica ni más mi menos que dejando atrás a Kant y dialogando con el pensamiento existencialista postmoderno. Se le había prohibido escribir a finales de la década de los cincuentas, mas Roncalli lo invitó al Conciliábulo en calidad de perito y así lo “rehabilitó”. Fundó la revista Concilium-La revista es redactada por un comité de más de 500 teólogos de todo el mundo, católicos y protestantes, pero también de otras confesiones: judíos, musulmanes, etc. en diálogo con el cristianismo.- en 1963, en compañía de Schillebeeckx, Metz, Congar, Joseph Ratzinger y Küng. Montini lo nombró, en 1969, miembro de la Comisión Internacional de los Teólogos Católicos. Murió en 1984.
Rahner hizo de puente, junto con Schillebeeckx, entre los teólogos neomodernistas que prepararon e hicieron el Vaticano II (De Lubac, Chenu y Daniélou) y los teólogos postconciliares o postmodernistas, quienes asumen no sólo la filosofía moderna (de Descartes a Hegel) sino también la postmoderna o nihilista (de Nietzche al existencialismo).
Edward Schilebeeckx. Consejero del cardenal Alfrink, influyó notablemente en el Vaticano II por conducto del episcopado holandés.
Edward Schillebeeckx: postmodernismo radical. Nació en 1914, en Bélgica. Entró en 1934 en la Orden de Santo Domingo, donde estudió la fenomenología de Husserl e intentó practicar una síntesis entre tomismo y fenomenologismo. Se ordenó de sacerdote en 1941. En 1945 estudió con Chenu en Le Saulchoir, y se inició en el historicismo y el relativismo teológico; de aquí derivó hacia el acercamiento al existencialismo postmoderno, al personalismo y al marxismo, con lo que llegó a ser uno de los dos representantes principales del postmodernismo o nihilismo teológico postmoderno (el otro fue Rahner). No se le nombró oficialmente perito conciliar, pero, al ser el consejero del cardenal Alfrink, influyó notablemente en el Vaticano II por conducto del episcopado holandés. Inspiró el Nuevo Catecismo Holandés. En 1968 fue reconvenido por el Santo Oficio, mientras que en 1977 la Congregación para la Doctrina de la Fe lo sometió a una investigación relativa a sus opiniones radicalmente heréticas sobre la presencia real, el celibato eclesiástico y la divinidad de Cristo.
Hans Küng. Fungió como “perito” del II Conciliábulo Vaticano.
Hans Küng: postmodernismo ultrarradical. Nació en 1928, en Suiza. Aún no ha fallecido. Entre 1948 y 1955 estudió en la Gregorianay se especializó en las relaciones ecuménicas entre el catolicismo y el protestantismo. Escribió Conciliábulo y reunificación en 1960. Fue nombrado perito conciliar en 1962. fundó en 1963 la revista Concilium junto con Congar, Schillebeeckx, Rahner y Metz. En 1968 se declaró públicamente en contra de la Humanae Vitae de Montini y del celibato eclesiástico. Escribió en 1970 su obra ¿Infalible?, en la que impugnó el dogma de la infalibilidad pontificia. Se le apartó de la enseñanza en 1979 a causa de algunas opiniones demasiado extremistas.
Nota sobre el postmodernismo. Cuando se habla de lo postmoderno se corre el riesgo de entenderlo: a) como algo posterior a la modernidad, o bien b) como algo contrario a la modernidad. Por el contrario, según observa Gianfranco Morra:
«Lo postmoderno sigue estando dentro de lo moderno; no va más allá de él ni se le contrapone, sino que tan sólo constituye una variante débil del mismo (cf. el falibilismo del pensamiento débil popperiano como variante del nihilismo; nota del autor). Lo postmodeno no es la superación de lo moderno, sino su desembocadura nihilista. Es lo moderno insaciable y malbaratador, hedonista y narcisista, lúdico y pluralista, audiovisivo e instantaneísta, consumista e impúdico».
Es el sida de lo moderno.
Pierre Teilhard de Chardin, SJ. El precursor de los modernistas actuales.
Pierre Teilhard de Chardin. Sus obras (condenadas) vieron la luz sólo después de su muerte repentina en 1955.
Las condenas repetidas. Nació en Alvernia (Francia) el 1º de mayo de 1881. Entró a los dieciocho años en la Compañía de Jesús y se ordenó de sacerdote a los treinta, en 1931 {1}. Fue el primer ideólogo de la denominada nouvelle théologie, que Pío XII condenó, el 12 de agosto de 1950, mediante la encíclica Humani Generis. Ya en 1926 se le prohibió enseñar. En 1927 la Santa Sede se negó a concederle el imprimatur a su libro La Milieu divini [El Medio divino]. Roma ordenó, en 1933, su remoción de París. En 1939 el Santo Oficio puso en el Índice su libro L’Energie humaine [La energía humana]. De 1947 a 1955, año de su óbito, se tomaron otras cuatro disposiciones contra sus doctrinas.
El “metacristianismo” o la “religión del porvenir”. El principio y fundamento de la pseudoteología teilhardiana lo constituye el panteísmo o evolucionismo ascendente hasta el infinito {2}, según el cual la materia se formó de la nada; de aquélla surgió el hombre, y de éste saldrá el “Cristo cósmico”, o “punto omega del devenir”.
Étienne Gilson contó así su encuentro con Teilhard en 1954, en la Universidad de Columbia (EEUU de América):
«Teilhard y yo nos encontramos enseguida apenas llegados. En cuanto me vio (…) me preguntó: “Según usted, ¿quién nos dará por fin este metacristianismo que estamos todos esperando?”» {3}. En realidad, era el propio Teilhard el fundador del metacristianismo, o sea, de un “cristianismo” que va más allá (meta) de Cristo y de la religión cristiana que Éste fundó, como que reemplaza al Verbo encarnado por el “Cristo cósmico”; el cardenal Alfredo Ottaviani lo definió como «un panteísmo que identifica a Jesucristo con el cosmos» {4}.
Teilhard procuró conciliar, según la dialéctica hegeliana, el cielo y la tierra, Dios y el mundo, la fe y el cientificismo. Para él, así como la ciencia positiva se fundaba darwinianamente en el evolucionismo, así y por igual manera la teología debería seguir la orientación tomada por la ciencia, o mejor dicho, por el cientificismo positivista del siglo XIX, y estudiar a Cristo, no ya a la luz de la recta razón esclarecida por la fe, sino a la de la evolución creadora cientificista de Darwin y filosófica de Hegel. La fe está in fieri, al decir de Teilhard, en devenir constante, igual que Dios (o Cristo), el cual, puesto que deviene, aun no es y, por ende, no existe (ateísmo implícito). Así se revela el pancristismo de Teilhard como un ateísmo enmascarado por un embuste: Dios (o Cristo) no existe, sino que deviene; no vino, sino que está por venir gracias a la evolución creadora. Esto es el metacristianismo. En efecto, el Cristo de Teilhard no es el de la historia ni el de la fe católica; no es la segunda persona de la Santísima Trinidad encarnada en el seno de la Santísima Virgen María por obra del Espíritu Santo; no es Dios creador de todas las cosas, sino que es efecto de la evolución creadora y, por consiguiente, algo “producido”. El padre Réginald Garrigou-Lagrange, OP, resume así el pensamiento teilhardiano, citando sus propios escritos:
«Se lee en la pág. 15 de esos cuadernillos titulados Comment je crois [“Cómo creo”]: Si nosotros, los cristianos, queremos que Cristo conserve las cualidades que fundamentan su poder y nuestra adoración, lo mejor es que aceptemos completamente, sin reservas, las concepciones modernas de la Evolución (mejor dicho: es la única opción que nos cabe). (…) Así se define ante nosotros un Centro Cósmico Universal donde todo desemboca (…). Pues bien, es en ese polo físico de la Evolución universal donde, a mi juicio, hay que situar y reconocer la plenitud de Cristo (…). Y al mismo tiempo mis aspiraciones más profundas se satisfacen, se sosiegan, encuentran un norte. El mundo en derredor mío se vuelve divino (…) Una convergencia general de las religiones en un Cristo universal que las satisface a todas en el fondo: tal me parece ser la única conversión posible para el Mundo y la sola forma imaginable para una religión del porvenir» {5}.
Salta a los ojos que, en opinión de Teilhard, el mundo de la materia evoluciona hacia el espíritu y, por último hacia el punto omega, que es el Cristo cósmico universal, el cual reúne en sí todas las religiones y a todos los hombres. Mas el padre Garrigou-Lagrange observa, en relación con una hipotética aceptación de todos los escritos {6} y las doctrinas mecanografiadas de Teilhard que se difundían clandestinamente en los seminarios desde 1934:
«Finalmente, es de todo punto imposible admitir que la Encarnación del Verbo y la Redención sean momentos de la evolución. Y si dicha evolución se explicara en el sentido de la metafísica hegeliana, que fue condenada por el Concilio Vaticano -1º- (…), sería una herejía propiamente dicha, y aún más que una herejía, pues se trataría de una apostasía completa, como que el evolucionismo absoluto y panteísta de Hegel no deja subsistir ninguno de los dogmas cristianos: al negar al Dios verdadero, real y esencialmente distinto del mundo, niega todos los misterios revelados, de los que no conserva otra cosa que el nombre (…)» {7}.
Conque la aceptación del teilhardismo constituiría el paso de una religión (la de Dios creador del mundo) a otra absolutamente distinta y contraria (la de Dios, o Cristo, producido por el mundo).
De este error teórico capital se derivan, asimismo, consecuencias erróneas en el campo moral, como escribía Monseñor Pier Carlo Landucci: ante todo «una especie de pansexualismo (…). Ningún hombre puede prescindir de lo femenino» {8}. Lo cual comporta la abolición de los tres votos religiosos (en especial el de la castidad), así como del celibato eclesiástico.
Las últimas condenas. Las obras de Teilhard de Chardin vieron la luz sólo después de su muerte repentina, que acaeció el 10 de abril de 1955. Jaques Mitterand, Gran Maestre del Gran Oriente de Francia a la sazón, en la intervención que efectuó durante la Asamblea General de la Logia que se celebró en París, del 3 al 7 de septiembre de 1962, reivindicó para la masonería el mérito de la publicación, a título póstumo, de los libros de Teilhard, y atribuyó a la inmensa influencia ejercida por sus teorías lo que ocurría en el campo católico: repudio de la Tradición así como culto acentuado del hombre en detrimento del culto debido a Dios.
Teilhard de Chardin -dijo Mitterrand- «puso al hombre en el altar, y como adoraba al hombre, no podía ya adorar a Dios. Roma comprendió con toda exactitud el alcance de este concepto y condenó a Teilhard mediante todas las fuerzas reaccionarias que se concentraban en su seno».
En efecto, una carta del Santo Oficio fechada el 15 de noviembre de 1957 ordenaba que las obras de Teilhard se retiraran de las librerías católicas.
La “rehabilitación”. No obstante, comenzó después del Conciliábulo la rehabilitación del “jesuita prohibido”, cuya ideología había inspirado algunos textos de dicha asamblea.
L’Osservatore Romano del 10 de junio de 1981 (estaba Wojtyla usurpando la Sede de San Pedro) dedicaba inesperadamente su primera página al centenario del nacimiento de Teilhard, y publicaba una carta del cardenal secretario de Estado, Agostino Cassaroli ( masón desde el 9-28-57 según la lista Pecorelli), que éste había remitido al rector del Instituto Católico de París. Se leía en ella lo siguiente:
«Una poderosa intuición del valor de la naturaleza, una percepción aguda del dinamismo de la creación, una vasta visión del devenir del mundo se conjugaban en él con un innegable fervor religioso (…) [era] un hombre aferrado a Cristo hasta en lo más profundo de su ser (…) que respondió como por anticipado al llamamiento de Wojtyla: “No temáis: abrid de par en par las puertas a Cristo” (…) Me complace sobremanera comunicarle este mensaje en nombre del Santo Padre».
San Pablo: «Cristo me ha enviado a predicar el Evangelio sin alterar el mensaje de la cruz.» (1Cor. I,17)
En efecto, un vínculo profundo liga la doctrina teilhardiana con la del Vaticano II y la de Wojtyla. Veamos dónde y cómo. La Gaudium et Spes (en la cual trabajaron muchos discípulos de Teilhard, como veremos más adelante) dice lo siguiente en su nº 22:
«El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre».
Wojtyla, por su parte, escribe esto en el nº 50 de Dominum et Vivificantem:
«Et Verbum caro factum est. El Verbo se unió a toda carne (criatura)», en especial al hombre: éste es el alcance cósmico de la redención. Dios es inmanente y lo vivifica desde dentro. (…) la encarnación del Hijo de Dios significa la asunción a la unidad con Dios, no sólo de la naturaleza humana, sino en ella, en cierto sentido, de todo lo que es carne: de (…) todo el mundo visible y material (…) El primogénito de toda criatura, al encarnarse (…) se une, de algún modo, a la realidad entera del hombre (…) y en ella a toda carne, a toda la creación». Y, a mayor abundamiento, Wojtyla afirma esto otro en el nº 1 de Dives in Misericordia:
«Mientras las diversas corrientes del pensamiento humano del pasado y del presente fueron y siguen siendo propensas a separar el teocentrismo del antropocentrismo y aun a contraponerlos, la Iglesia, en cambio, (…) procura conjugarlos (…) de manera orgánica y profusa. Este es uno de los puntos fundamentales, acaso el más importante, del magisterio del pasado concilio».
Como se ve, el teilhardismo constituye «uno de los puntos fundamentales, acaso el más importante», del Vaticano II y del postconcilio.
, así como del pensamiento del falso Papa, Juan Pablo II. Mas, ¿cómo conciliar las condenas de Teilhard, repetidas y reiteradas durante cuarenta años consecutivos, de 1926 a 1963, con su “canonización”, primero vergonzante (1965 por Montini) y luego abierta (1981 por Wojtyla)? Sólo mediante el historicismo y la “nueva ciencia hermenéutica”, que lo relativiza todo al historizarlo, por lo que si bien el pensamiento de Teilhard era demasiado avanzado en la década de los cincuenta, se vuelve, a partir del optimismo de los años sesenta y dadas las nuevas circunstancias históricas, absolutamente conciliable con la nueva concepción de la verdad, como que a ésta se la entiende a la manera modernista, es decir, en cuanto a «conformidad entre la inteligencia y las necesidades de la vida presente» (Maurice Blondel) {9}, y no ya cual «conformidad de la inteligencia con la realidad» (Aristóteles y sto. Tomás).
Notas:
{1} Cf. R. Valneve, Teilhard el Apóstata, roma, ed. Volpe, 1971; B. Mondin, Los grandes teólogos del siglo XX, Turín, ed. Borla, volumen I Los teólogos católicos; Ardusso, Ferretti, Pastore y Perrone, La teología contemporánea, Turín, ed. Marietti, 1980.
{2} Fue condenado infaliblemente por el Concilio Vaticano I, sesión III, canon 2, DB 1700 y ss; 1781 y ss.
{3} E. Gilson, El caso Teilhard, Turín, ed. Borla, 1967, pág. 88.
{4} E. Cavaterra, El prefecto del Santo Oficio. Los trabajos y los días del cardenal Ottaviani, Milán, ed. Bompiani, 1990, pág. 54.
{5} R. Garrigou-Lagrange, La nueva teología, ¿a dónde va?, en Angelicum, 1946, pp. 136-138. Cf. asimismo el artículo del padre M. Labourdette, La teología y sus fuentes, en Revue Thomiste, 1946, pp. 353-371.
{6} Cf. P. Teilhard de Chardin, El Cristo en la materia, en Cuènot.
{7} R. Garrigou-Lagrange, Verdad e inmutabilidad del dogma, en Angelicum, 1947, nº 24, pág. 137.
{8} P. C. Landucci, Mitos y realidades, Roma, ed. La Roccia, 1968, págs. 99 y 108.
{9} El Santo Oficio condenó en 1924 doce proposiciones sacadas de la obra de Blondel Filosofía de la acción, de 1893. Una de éstas era la nueva definición de la verdad como “adecuación de la inteligencia con la vida” (adaequatio intellectus et vitae), según la cual la verdad cambia con las necesidades de la vida, no está anclada ya en la inmutabilidad de la esencia inteligible. Esto explica que se constituyera en el principio del que dimanó el pragmatismo filosófico, dogmático y moral. Se sigue de dicha definición la evolución heterogénea del dogma y la mudanza constante de las fórmulas dogmáticas.
Henri de Lubac, SJ.
Henri de Lubac. Fungió como “perito” del II Conciliábulo Vaticano.
La condena y la “rehabilitación”. Nació en Cambrai, en 1896 (15 años después de Teilhard). Se hizo jesuita en 1913 (14 años después de Teilhard) y enseñó teología en el escolasticado de Lyon-Fourvière desde 1929 a 1950 (año en que fue apartado de la enseñanza luego de la condena del neomodernismo, o nouvelle théologie, por parte de la encíclica Humani Generis de Pío XII).
Pío XII imputó a la “neoteología”, uno de cuyos mayores exponentes era De Lubac después de Teilhard, los cargos de “relativismo dogmático, historicismo, indiferencia para con las esencias inmutables y abandono de la filosofía escolástica”. Mientras que para Teilhard hubo que esperar a Montini y, sobre todo a Wojtyla, De Lubac fue rehabilitado ya por Roncalli, quien lo invitó al Conciliábulo Vaticano II y lo readmitió en la docencia. El propio De Lubac escribe lo siguiente del Anti Papa Rocalli:
«Al nuevo Papa (…) le disgustaba lo que había ocurrido en tiempos de la Humani Generis (…) Leí en la “Croix” (…) la lista de los teólogos elegidos por el Papa como consultores de la Comisión Teológica Preparatoria del Concilio. Mi nombre figuraba en ella, así como el del padre Congar. Eran dos nombres simbólicos. No cabe duda de que Roncalli había querido así hacer comprender a todos que debían olvidarse las “dificultades” surgidas en el pontificado precedente» {1}.
De Lubac formó pareja en el Conciliábulo con Monseñor Karol Wojtyla en la preparación de la constitución dogmática Gaudium et Spes, toda embebida de teilhardismo (cf. su n1 22: «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre»- esto que Wojtyla no se cansó de predicar contradice la cosmología católica y provoca la herejía de Wojtyla, mucho antes de ser elegido antipapa) y de su confusión entre el orden natural y el sobrenatural (al estar unido todo hombre con Cristo por el mero hecho de la encarnación, tiene de por sí la gracia santificante, que lo eleva al orden sobrenatural), una confusión propia de De Lubac y que Wojtyla asumió en sus primeras tres encíclicas (citadas más arriba). El anti Papa Wojtyla lo creó cardenal en 1983, dos años después de haber rehabilitado a Teilhard pública y oficialmente. Ya Montini, por su parte, había insistido en que De Lubac hablara de Teilhard de Chardin en la clausura del congreso tomista de 1963 {2}, mientras que cuando era arzobispo de Milán, en 1962, le había dado las gracias por su obra sobre Teilhard (El pensamiento religioso del padre Teilhard de Chardin, 1961), y antes aún, cuando no pasaba de ser un mero monseñor de la curia romana, lo había sostenido después de la condena de la Humani Generis de Pío XII en 1950 {3}.
Muerto De Lubac en París, el 4 de septiembre de 1991, Wojtyla “canonizó” su pensamiento teológico don dos telegramas de condolencia (que L’Osservatore Romano del 5 de septiembre publicó en su primera página) en los que definía a De Lubac, un hereje, como «uno de los teólogos más agudos y fecundos de nuestro siglo». L’Avvenire, el diario de la CEI [Conferencia Espiscopal Italiana], comentaba también el mismo día y en primera página:
«durante la primera postguerra se dudó de la ortodoxia de sus intuiciones, fuertemente innovadoras; en realidad, sus ideas constituyeron más tarde una de las bases más sólidas del Vaticano II».
Visto esto, no se alcanza a ver qué “hermenéutica de la continuidad” de Ratzinger ( de apodo Benedicto XVI), entendida de manera realista, puede darse entre la Tradición (que Pío XII corroboró en la Humani Generis) y el Vaticano II (que se basa en De Lubac, condenado por Pío XII en 1950). Sólo la dialéctica contradictoria de Hegel (tesis, antítesis y síntesis), muy del gusto de Ratzinger y el historicismo hermenéutico de Dilthey, Schleiermacher y Gadamer, el cual lo enlaza todo cronológicamente, aún los contrarios, logran conciliar la Tradición y el Vaticano II en cuanto sometidos al tiempo que lo une y engloba todo.
La ruptura con la Tradición. «De Lubac -escribe Ardusso- estudió con simpatía y defendió constantemente (…) a un autor que procuraba tender puentes entre la fe y la ciencia: Teilhard de Chardin. Teilhard brinda a De Lubac la ocasión de ahondar en la dimensión cósmica del cristianismo» {4}. Ahora bien, Teilhard fue condenado desde 1926, bajo el pontificado de Pío XI, hasta 1963, con Roncalli por Papa; es decir, hasta un año después de comenzado el Conciliábulo. Más aún, la última condena se verificó precisamente cuando De Lubac ejercía de “perito” conciliar en virtud de un nombramiento de Roncalli (recuérdese que De Lubac se fundaba en las teorías de Teilhard, que habían sido condenadas por el Santo Oficio, cuyo prefecto era el propio falso pontífice). Aquí se hace patente la contradicción, la ruptura que media entre, por un lado, un canon infalible del Concilio Vaticano I {5}, San Pío X y Pío XII, y, por el otro, el Conciliábulo Vaticano II.
En efecto, el error principal de De Lubac estriba en la confusión entre el orden natural y el sobrenatural, según la cual la gracia se le debe a la naturaleza humana, un error que había sido ya condenado, dogmática e infaliblemente, durante unos mil quinientos años seguidos: lo fue, como naturalismo pelagiano, por el Concilio de Cartago en el año 418 (Denz. B., 101 y ss.), y también por el Concilio II de Orange en el 529 (Denz. B., 174 y ss.); como falsa concepción protestante de la justificación, por el Concilio Tridentino (Denz. B., 1786, 1798, 1891, 1914), y luego, como modernismo, por San Pío X en la encíclica Pascendi (1907). «Se trata (…) del viejo error que le concede a la naturaleza humana un como derecho al orden sobrenatural (…) Por eso el Concilio Vaticano I declaró: “Si alguno dijere que el hombre no puede ser levantado por Dios a un conocimiento y perfección sobrenaturales, sino que por sí mismo, mediante un progreso continuado, puede al fin y debe llegar a la posesión de toda verdad y de todo bien, sea anatema” (De Revelationes, canon III)». Dicho error fe condenado finalmente, como neomodernismo, por Pío XII (Humani Generis, en 1950). En efecto, escribe el Papa lo siguiente, refiriéndose implícitamente a De Lubac:
«Algunos deforman la verdadera noción de la gratuidad del orden sobrenatural cuando pretenden que Dios no puede crear seres inteligentes sin ordenarlos y llamarlos a la visión beatífica».
De Lubac, pues, repitió el error, que había sido anatematizado infaliblemente, desde el 418 a 1870, por varios concilios dogmáticos, el último de los cuales fue el Vaticano I; y lo que es más, hizo de él su caballo de batalla a pesar de que Pío XII lo había vuelto a condenar en 1950, sólo diez años antes de su “rehabilitación”.
El cardenal Pietro Parente escribía en la década de los cincuenta:
«Se manifiesta en estos últimos tiempos la tendencia de algunos teólogos a hacer de lo sobrenatural un desarrollo necesario de la naturaleza, con lo que eliminan la distinción entitativa entre los dos órdenes (cf. De Lubac, Surnaturel, París, ed. Aubier, 1946). Pío XII identifica y deplora tal tendencia en la encíclica Humani Generis (1950)» {6}.
Este error lo había vuelto a sostener Maurice Blondel en 1983, después del Vaticano I. De Lubac lo asumió ya en 1941 y lo dio al público en 1946 {7}; de ahí que fuera una «opinión difundida la de que el texto de la Humani Generis se dirigía contra De Lubac y sus amigos [Daniélou, Congar, Chenu, Rahner], además de contra Teilhard de Chardin» {8}. Según el cardenal Giuseppe Siri, De Lubac «afirmaba que el orden sobrenatural está implicado necesariamente en el natural. De este concepto se sigue necesariamente que el don del orden sobrenatural no es gratuito, sino que se le debe a la naturaleza. Entonces, una vez excluida la gratuidad del orden sobrenatural, la naturaleza se identifica con lo sobrenatural por el mero hecho de existir» {9}.
El “viraje antropológico”. Dice asimismo el cardenal Siri que De Lubac abre paso «al antropocentrismo fundamental (…) A una especie de monismo cósmico, a un idealismo antropocéntrico» {10}. Con todo, mientras Siri condena, con razón, el pensamiento de De Lubac como antropocentrismo panteísta, Wojtyla, heréticamente, lo exalta diciendo que acaso sea el punto más importante del Vaticano II, el cual logró hacer coincidir teocentrismo y antropocentrismo (Dives in Misericordia, nº 1), lo que equivale a decir que Dios y el hombre son la misma cosa, el mismo punto central en torno al cual gira el mundo, igual que la circunferencia da vueltas en derredor de su centro: es el panteísmo o pancristismo de derivación teilhardiana.
Así, pues, el viraje antropológico no es cosa sólo de Karl Rahner, Congar, Metz, Küng y Schillebeeckx {11}, es decir, de la corriente “progresista” de los peritos conciliares -tributaria de la nouvelle théologie y cuyo órgano de expresión era la revista Concilium-, sino, además, de los denominados teólogos “conservadores” de dicha nouvelle théologie (De Lubac, Daniélou, Balthasar, Chenu y Joseph Ratzinger) cuyo órgano de expresión ha sido la revista Communio. Esta corriente “conservadora” se halla representada hoy en Italia por el cardenal Angelo Scola, Monseñor Rino Fisichella y Monseñor Luigi Negri, cercanos al movimiento Comunión y Liberación, fundado por el sacerdote Luigi Giussani.
De hecho, no se dan diferencias esenciales entre estas dos corrientes: su sustancia es el pancristismo, el antropocentrismo y la confusión entre la naturaleza y la gracia; mas, tocante al modo de expresar tales errores, hay una diferencia accidental entre ellas: un modo más radical en la primera, más pacato en la segunda.
Hacia la apostasía completa. El padre Réginald Garrigou-Lagrange escribía a propósito de De Lubac:
«No parece que el padre De Lubac mantenga la verdadera noción de la naturaleza humana; se diría que ésta no tiene ya límite alguno (…) No se logra comprender dónde termina lo natural y comienza lo sobrenatural, dónde acaba la naturaleza y empieza la gracia» {12}.
De ahí que, cargado de razón, concluyera aseverando:
«¿A dónde va la nueva teología? Vuelve al modernismo» {13}.
San Pío X calificó al modernismo en la Pascendi de «cloaca y colector de todas las herejías». Ahora bien, ¿cómo es posible que se dé continuidad entre la Tradición y el neomodernismo, “cloaca y colector de todas las herejías”? Repugna. Sólo dialéctciamente (Hegel) y hermenéuticamente (Gadamer) se puede ver una continuidad “filosófica” entre los contrarios, esto es, entre el preconcilio y el Conciliábulo Vaticano II, mientras que realista y dogmáticamente constituye una “quimera”, un “círculo cuadrado”. Con razón Garrigou-Lagrange calificó a la nouvelle théologie con mayor severidad que al modernismo: aquella sería «incluso más que una herejía: sería la apostasía completa» {14}.
Notas:
{1} H. de Lubac, Memorias relativas a las circunstancias que motivaron mis escritos, Namur, ed. Culture et Verité, 1980, pp. 117-118.
{2} Cf. H. U. Von Balthasar, El Padre Henri de Lubac. La Tradición fuente de renovación, Milán, ed. Jaca Book, 1978, pp. 20-23.
{3} Cf. H. de Lubac, op. cit., p. 77.
{4} Ardusso et alii, op. cit., p. 327.
{5} De Revelatione, canon III.
{6} Diccionario de teología dogmática, Roma, ed. Studium, 4a edición, 1957, voz “sobrenatural”.
{7} B. Mondin, Los grandes teólogos del siglo XX, pp. 229-230.
{8} A. Russo, Henri de Lubac: teología y dogma en la historia. El influjo de Blondel, Roma, ed. Stadium, 1990, p. 370.
{9} Getsemaní, Roma, ed. Fraternità della SS. Ergine Maria, 1980, 2a edición, p. 54.
{10} Getsemaní, cit., pp. 56 y 58.
{11} Cf. C. Fabro, La aventura de la teología progresista, Milán, ed. Rusconi, 1974; Id., El viraje antropológico de Karl Rahner, Milán, ed. Rusconi, 1974.
{12} La inmutabilidad de las fórmulas dogmáticas, en Angelicum, nº 24, 1947.
{13} La nueva teología, ¿a dónde va?, en Angelicum, nº 23, 1946, p. 137.
{14} Verdad e inmutabilidad del dogma, en Angelicum, nº 24, 1947, p. 137.
Jean Daniélou, SJ.
Jean Daniélou. Fungió como “perito” del II Conciliábulo Vaticano.
Un perito novador con fama de “conservador”. Jean Daniélou nació en Neuilly-sur-Seine, en 1905. Era hijo de Charles Daniélou -político francés, anticlerical notorio, que fue varias veces ministro de la III República- y de Madeleine Clamorgan. Entró en 1929 en la Compañía de Jesús, cuando tenía 24 años, y cursó los estudios de teología en el escolasticado jesuita de Lyon-Fourvière, junto con Von Balthasar y bajo la guía de De Lubac. Se ordenó se sacerdote en 1938. En 1941 lo trasladaron a París para que se ocupara de la redacción de la revista Études, de los jesuitas franceses. Fundó la colección Sources Chrétiennes, en colaboración con Henri de Lubac, para favorecer el “redescubrimiento” de los Padres de la Iglesia en función antiescolástica (en realidad, la Iglesia no había olvidado nunca a los Padres, pero los “neoteólogos” los preferían por ser menos sistemáticos que los escolásticos y, por ende, más aprovechables para sus designios). Daniélou participó en el Conciliábulo Vaticano II, a título de “perito”, por voluntad del antipapa Papa Roncalli. Fue elegido arzobispo titular de Taormina el 11 de abril de 1969. Montini lo creó cardenal diácono en el consistorio del 28 de abril de 1969. Metió mucho ruido su muerte repentina, acaecida el 21 de mayo de 1974 en casa-más bien en la cama- de una persona de mala reputación: una prostituta.
La “neoteología” de Daniélou. Daniélou escribe lo siguiente en su “autobiografía” (Mémories, Turín, ed. SEI, 1975):
«Conocí muy bien al padre Teilhard de Chardin. Me topé con él la primera vez en Fourvière, en 1937 (…). Era un personaje exquisito (…). Le debo mucho al padre Teilhard» (pp. 74-75).
Luego prosigue diciendo:
«Me consagré hasta el final de la guerra a la que debía ser una de las estructuras más fructíferas de mi vida: el diálogo (…) con todos, con los marxistas y el existencialismo, con los hindúes, con los judíos, con Freud» (p. 125).
Entre los personajes con quienes “dialogó” cita a Garaudy- intelectual marxsita francés, luego «convertido» al catolicismo, del que apostató para convertirse al Islam -, Althusser, Chouraqui, Buber, Berdiaev, Bataille y Sartre, y afirma «haber participado en la creación, en Francia, de la Amistad Judeocristiana, junto con Jules Isaac y Chouraqui» (p. 140).
Como teólogo, Daniélou estudió, a la luz del pancristismo evolucionista de Teilhard de Chardin, la relación entre fe y el marxismo, el existencialismo, el esoterismo judío, el ruso-ortodoxista y el hindú; trabajó en el problema de la mutabilidad de la verdad, tomando de Maurice Blondel las ideas relativas a su evolución , y en el de la relación que media entre la gracia y la naturaleza en la determinación de la voluntad de la persona, haciéndose eco de las opiniones de De Lubac al respecto; profundizó asimismo en la investigación del marxismo, pero en la línea neomarxista de Bloch, Althusser y Garaudy , una línea que recuperará y en la que ahondará, en los años ochenta, un teólogo de la “muerte de Dios”: Johannes Baptista Metz. Con eso y todo, los estudios más significativos de Daniélou atañen, por un lado, al valor de las religiones acristianas, en las que estima su función salvífica en cuanto “portadoras de alianzas especiales entre Dios y la humanidad” (Ensayo sobre el misterio de la historia, 1963), y , por el otro, a la teología de la historia, a la cual aporta lo mismo que Chenu: la afirmación de la autonomía del mundo material y del valor salvífico de los valores humanos naturales .
Además, «Daniélou hace ver que el judeocristianismo es un fenómeno bastante complejo, sólo un filón del cual, el ebionita, es ciertamente heterodoxo, mientras que ni el filón jerosolimitano, ni, aún menos, el judeocristianismo en sentido lato {1} son fenómenos extraños a la gran Iglesia» {2}.
Daniélou y los temas “fuera de la tradición” de San Gregorio de Niza. El Niseno es, con su hermano San Basilio y con San Gregorio Nacianceno, uno de los Padres capadocios. Acaso el más agudo y sistemático de los tres. Con todo, «está fuera de la Tradición en algunos puntos, como, por ejemplo, tocante a la apocatástasis [redención final de todas las criaturas, inclusive de los precitos -condenados- y los demonios]» {3}. Hemos de recordar aquí que los Padres de la Iglesia son testigos de la Tradición, no cuando aducen opiniones personales, sino cuando testimonian la fe común de la Iglesia. Ahora bien, Daniélou recoge precisamente los temas “fuera de la Tradición” de San Gregorio de Niza {4}.
Fue el pensamiento de Orígenes, sobre todo, el que ejerció en San Gregorio Niseno un influjo decisivo en las partes menos seguras de su doctrina, la cual «ve en la apocatástasis el retorno a la unidad primitiva en el triunfo del bien» {5}. Se funda el Niseno en dos motivos principales para sostener la apocatástasis: a) la debilidad del pecado, y b) la unidad de la naturaleza humana.
El pecado lo define el Niseno como “enfermedad o debilidad” curada por “el médico Cristo”, el cual hace pasar de la potencia al acto con mucha facilidad -casi de manera necesaria- la tendencia humana al bien, dado que está más fuerte que el pecado. El sacerdote Manfred Hanke habla de cierto «determinismo hacia el bien. Al mal se le castiga con violencia en el fuego de la purificación, de manera que, al final, hasta el diablo alabará a Dios. Gregorio de Niza piensa, igual que Orígenes, que las penas infligidas por Dios son sólo medicinales y llevarán a la curación» {6}.
Respecto a la unidad de la naturaleza humana, el Niseno no poseía aún el concepto de principio de individuación; de ahí que, en su pensamiento, «la individualidad concreta de las almas particulares se disuelva poco a poco, en la vida futura, a favor de una igualdad (total)» {7}. Esta atención que le presta el Niseno a la unidad del género humano puede explicar otro punto que aún no ha sido aclarado de la patrística del siglo IV y que, por ende, está también poco claro en San Gregorio: la encarnación del Verbo respecto de la unión con la naturaleza humana, concebida no como individual, sino universal.
Además, el Niseno tiende hacia cierto apofatismo (o agnosticismo) teológico. En efecto, habla de la «absoluta incognosciblidad e inefabilidad de Dios (Contra Eunomium, II, 70). (…) No es posible comprender la incomparable grandeza de Dios con procedimientos silogísticos (Contra Eunomium, III, 1). Después de estas consideraciones, saca Gregorio la conclusión siguiente, que puede servir de lema de la teología apofática: “Cuando se trata de Dios no cabe más actitud que la de callarse” (Oratio VII in Eccles). (…) Se desprende de los textos citados que, en punto al aspecto dinámico de Dios y de sus diferentes atributos operativos, Gregorio sigue manteniéndose aún en la estela de la teología apofática (…). A partir de las criaturas podemos formarnos sólo conjeturas sobre Dios, conceptos negativos más que positivos» {8}. Esta tendencia al apofatismo se debe en el Niseno, como en otros Padres de la Iglesia, al influjo de la filosofía platónica, la cual, al no reconocer ninguna analogía, o relación o semejanza-desemejanza, entre el Creador y las criaturas, negaba en la razón humana la posibilidad de conocer, mediante la consideración de las cosas creadas, tanto la existencia de Dios como la de algunos de sus atributos (poder, bondad, sabiduría) (véase Vaticano I: Denz. B., 1806; Sap. 13,1-5; Rom 1,18-20): de ahí que sólo admitiera la vía de la ascensión mística.
Como es lógico, la doctrina del Niseno no se reduce a estos puntos “fuera de la Tradición” o poco claros. En efecto, Monseñor Piolanti escribe lo siguiente al respecto:
«Aunque está fuera de la Tradición en algunos puntos (por ejemplo, en relación a la apocatástasis), en los demás, el Niseno prestó una contribución espléndida a la formulación y a la defensa de las verdades cristianas, por lo que se le considera, con toda razón, unos de los pensadores más agudos de la Iglesia antigua» (Diccionario de teología dogmática, cit.).
Daniélou, sin embargo, que se encargó de la redacción de la voz “Gregorio Niseno” para la Enciclopedia Cattolica (Ciudad del Vaticano, 1951, vol. VI, cols. 1096-1111), no dice “ni pío” de tal “contribución espléndida”, sino que se detiene en los puntos “fuera de la Tradición” o poco claros de su doctrina (a los que reputa o parece reputar por aceptables y hasta válidos, o al menos, por tan opinables hoy como lo eran en el pasado).
La “neoteología” al abrigo de la autoridad de un Santo Padre de la Iglesia. Daniélou se cita a sí propio abundantemente [en la Enciclopedia Cattolica] {9}. Cita con profusión, asimismo, a su condiscípulo Urs von Balthasar {10}. Asegura, además, que en San Gregorio «no se da oposición alguna entre lo “natural” y lo “sobrenatural”, sino que la “naturaleza” del hombre es el hombre (…) en cuanto que incluye todos los dones que se llaman sobrenaturales. En efecto, el Niseno (…) considera que la caridad y la bienaventuranza forman parte de la “naturaleza” humana, al mismo título que “la razón y la libertad”» (col. 1104). Lo que hace Daniélou con esto es presentar, al abrigo de la autoridad de un Santo Padre de la Iglesia, una teoría de otro capitoste de la “neoteología”, Henri de Lubac (Le Surnaturel, 1946): Lo natural es sobrenatural, al decir de él, porque se le debe a la naturaleza humana. Esta teoría fue condenada por San Pío X en la Pascendi contra el modernismo; reapareció con el neomodernismo y fue condenada de nuevo, pero esta vez por Pío XII en la Humani Generis (12 de agosto de 1950).
Juramento Antimodernista: «Acepto sinceramente la doctrina de la fe transmitida desde los Apóstoles por medio de los Padres ortodoxos, siempre en el mismo sentido y en la misma sentencia; y por tanto, de todo punto rechazo la invención herética de la evolución de los dogmas, que pasarían de un sentido a otro diverso del que primero mantuvo la Iglesia.» San Pío X.
Daniélou escribe de la aspocatástasis que «muchos textos de Gregorio enseñan que, al final el mal desaparecerá por completo», y aun reconociendo que «se dudó desde la antigüedad de la ortodoxia de Gregorio sobre este punto», añade a continuación: «pero es menester advertir que los textos de Gregorio no tienen el mismo carácter que los de Orígenes. [Gregorio] No afirma la salvación de los ángeles malos, ni considera, como Orígenes, que el infierno eterno es una medida pedagógica» (col. 1110). En la columna 1105 (en la que cita su obra Orígenes, 1948, pp. 727 y ss.) exalta «la gran idea origenista del carácter medicinal de las penas», como si dicha “gran idea” no hubiera conducido en línea recta a la apocatástasis de Orígenes y de los origenistas, ni llevara derechito al “infierno vacío” de Von Balthasar. En efecto, si las penas tienen sólo carácter “medicinal” (es decir, si se aspira con ellas nada más que a la corrección del reo), si no existen penas “vindicativas” (esto es, aquellas con las que se aspira a reestablecer el orden conculcado), se sigue de ahí que las penas del infierno, las cuales tienen precisamente un carácter “vindicativo”, o son una “mentira pedagógica”, o bien, una vez agotada su función “medicinal”, tendrán término tanto para los réprobos como para los demonios.
Respecto de la unidad de la naturaleza humana, Daniélou afirma que ningún teólogo insistió más que el Niseno en la «solidadridad ontológica de los hombres entre sí. La imagen de Dios la constituye para él la totalidad concreta de los hombres, que forman un solo cuerpo. Dicha totalidad preexiste en el pensamiento de Dios y no se completará sino al final de los tiempos. En consecuencia, Cristo no podía unirse a un miembro de la naturaleza humana sin que eso dejara de repercutir en la humanidad entera» (col. 1106). Lo que nos remite a la desgraciada definición de la Gaudium et Spes, nº22: «El hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre», y a las amplificaciones heterodoxas que ofreció de ella Wojtyla, como veremos. Daniélou reconoce que «algunos han sostenido que Gregorio había afirmado con esta la unión hipostática del Verbo con toda la humanidad» (col. 1107).
Daniélou se extiende sobre el apofatismo o agnosticismo teológico del Niseno y, consiguientemente, sobre la ascensión “mística” como único camino para conocer, a Dios . Recalca Daniélou que, para Gregorio, «el espíritu humano está encerrado en el conocimiento del mundo visible» (col. 1105), de donde «la imposibilidad de comprender “conceptualmente” a Dios» (col. 1104); sólo en la cumbre de la ascención “mística” se da «el verdadero conocimiento de Dios [el cual] estriba “en comprender que Él es incomprensible, que si incomprensibilidad lo envuelve por todas partes como una tiniebla”» (col. 1109). Nos topamos aquí otra vez con la misma maniobra de antes: Daniélou presenta, al abrigo del Niseno, otra teoría de la neoteología, en este caso el agnosticismo modernista, que comparte con Lutero y Kant la desconfianza hacia la razón humana, a la que reputa por incapaz de elevarse a las realidades trascendentales por conducto de lo creado, y que afirma, con Schleiermacher y la “teología” protestante en general, que a Dios sólo se le puede ” experimentar o sentir”; de ahí se desprende la negación de la teología natural o conocimiento natural de Dios y la exaltación de una oscura experiencia “mística”, no ya superior a todo conocimiento racional, sino excluyente del mismo desde el principio (véase San Pío X, Pascendi).
Párese mientes en eso: Daniélou, hábilmente, hace referencia directa sólo a Gregorio Niseno, santo y Padre de la Iglesia, a lo largo de su exposición; sólo indirectamente saca a colación a Orígenes (254) {11}, autor sospechoso, pero al cual, «a despecho de sus errores, explicables en un pionero, le debe la Iglesia (…) el inicio científico de la teología» {12}. Más aún, no menciona en absoluto el origenismo, «conjunto de errores atribuídos a Orígenes, si bien con alguna injusticia, ya que éste no los profesó todos. En su vasta obra (…) se deslizaron frases, opiniones e interpretaciones erróneas o muy discutibles. Sus discípulos, algunos al menos, se adhirieron más a dichas escorias que a la sustancia de su doctrina (…) Lo que se denomina “origenismo” es esto. Fue condenado globalmente por el II Concilio de Constantinopla (en el año 553), bajo el Papa Vigilio» {13}. Podríamos decir, parafraseando al cardenal Pietro Parente, que Daniélou hizo con San Gregorio de Niza lo que los origenistas hicieron con Orígenes: «Se adhirió más a ciertas teorías erróneas, explicables en un pionero del siglo IV, que a su doctrina integral».
Omisión excusable. Daniélou no se preocupa de disipar, los errores de la doctrina del Niseno y guarda silencio sobre la condena, por parte del magisterio infalible, de al menos dos errores que San Gregorio tomó de Orígenes y del platonismo antes de que fueran condenados. Por eso se imponen las siguientes observaciones:
La apocatástasis de Orígenes y los origenistas fue condenada por la Iglesia en el siglo VII (II Concilio de Constantinopla, celebrado en el año 553), de ahí que el Niseno arrase sólo materialmente tocante a este punto. No sucede lo propio con Daniélou, quien, después de la condena del magisterio infalible, sigue exaltando la “gran idea de Orígenes” sobre la apocatástasis.
Por lo que toca a la debilidad del pecado original y actual y a la fuerza mayor de la tendencia al bien ínsita en el hombre (de donde la inexistencia de penas vindicativas y la consiguiente conversión del infierno en una especie de purgatorio, destinado a terminar algún día en razón de las penas realmente medicinales que se sufren en él), la clarificación sólo empezó con el comienzo de la escolástica a partir del siglo XI, y acabó definitivamente con el tridentino (siglo XVI). El Niseno, pues, podría tener en siglo IV una concepción imperfecta de estos asuntos, mientras que Daniélou, por el contrario, es inexcusable, ya que conocía la doctrina definida infaliblemente por la Iglesia.
El Concilio Vaticano I definió dogmática e infaliblemente, en 1870, contra el apofatismo, según el cual no es posible demostrar la existencia de Dios con la luz natural de la razón, que el hombre puede probar con certeza, mediante un silogismo que se remonta de las criaturas al Creador, la existencia de Dios. como también puede afirmar algo de su esencia, o sea, conocer algún nombre o atributo suyo (ser, bondad…), aunque no todos (sesión III, canon 2; Denz. B., 1806). El Niseno, que vivió y murió en el siglo IV, es decir, unos mil quinientos años antes de la definición dogmática del concilio de Pío IX, tampoco es formalmente culpable en este punto; Daniélou, en cambio, que murió ciento cuatro años después del Vaticano I, sí que los es. Observemos de pasada, pues nos proponemos tratar de nuevo este asunto en otra ocasión, que Daniélou implica erróneamente, en esta cuestión del apofatismo del Niseno, la obra de Dionisio el pseudoareopagita titulada Los nombres divinos (siglo V). Decimos “erróneamente” porque tal implicación sólo es posible a condición de interpretar al pseudodionisio, no de manera correcta, como hizo en especial Santo Tomás de Aquino, sino de modo incorrecto, falseando su pensamiento originario, como ya había hecho en el pasado Moisés Maimónides (1204).
Por lo que hace a la unidad de la naturaleza humana y, por ende, a la unión del Verbo divino con la naturaleza humana universal, no con la individualidad de Cristo o Christeitas [Cristeidad], el Niseno es excusable en cuanto que los conceptos de hipóstasis, persona, naturaleza individual y universal fueron explicitados sólo por la escolástica, sobre todo por St. Tomás (1274) y sus comentadores (Capreolo [1444] y Cayetano [1533]), quienes ahondaban en las instituciones de la Patrística, la cual había comenzado a aclarar y sistematizar estos conceptos con San Juan Damasceno (749), nada menos que unos cuatrocientos años después del Niseno. Daniélou, sin embargo, no es excusable en absoluto, ya que conocía sus definiciones exactas por haberlas recibido de la Iglesia; mas, a pesar de ello, prefirió dejar en la oscuridad la doctrina poco clara del Niseno. Esta oscuridad se refleja en la desgraciada afirmación del nº22 de la Gaudium et Spes: «El Hijo de Dios con su encarnación se unió en cierto modo con todo hombre». Wojtyla, dejándose de ambigüedades, explicitó en sentido heterodoxo, y la amplió nada menos que en sentido cósmico: Redemptor Hominis (1979), nº9: «Dios se acerca en Él [Cristo] a todo hombre dándole el Espíritu de verdad tres veces santo»; nº11: «La dignidad que todo hombre alcanzó en Cristo: ésta es la dignidad de la adopción divina», y nº13: «No se trata del hombre abstracto, sino real, concreto; se trata de cada hombre porque (…) Cristo se unió con cada uno para siempre (…) El hombre fue redimido por Cristo, sin excepción alguna, porque Cristo se unió de algún modo con el hombre, con cada hombre sin excepción, aunque el hombre no sea consciente de ello (…) misterio del que participa cada uno de los cuatro mil millones de hombres que viven en nuestro planeta desde el momento en que es engendrado bajo el corazón de la madre». – Dives in misericordia (1980), nº1: «Mientras las diferentes corrientes del pensamiento humano del pasado y del presente propendieron y siguen propendiendo a separar, y aun a contraponer, el teocentrismo y en antropocentrismo, la Iglesia (…) procura conjugarlos (…) de manera orgánica y profunda. Constituye éste uno de los puntos fundamentales, acaso el más importante, del magisterio del pasado Concilio». – Dominum et Vivificantem (1986), nº50: «Et Verbum caro factum est. El Verbo se unió a toda carne, en especial al hombre: éste es el alcance cósmico de la redención. Dios es inmanente al mundo y lo vivifica desde dentro. (…) la encarnación del Hijo de Dios significa la asunción a la unión con Dios, no sólo de la naturaleza humana, sino en ella, en cierto sentido, de todo lo que es carne: de (…) todo el mundo visible y material (…). El primogénito de toda criatura se unió de algún modo, al encarnarse (…), con la realidad entera del hombre (…) y, en ella, con toda carne, con toda la creación».
Un innovador con fama de “conservador”. Daniélou contribuyó con sus estudios, y también en persona, a la formulación de los documentos del Conciliábulo Vaticano II. «Se distinguió a continuación, durante la fase postconciliar, por un llamamiento continuo al contenido genuino de los mismos. (…) Sin ceder a ninguna sugestión azarosa, pero sin renunciar tampoco a una afirmación continua de los cimientos de la renovación postconciliar. (…) Después del Conciliábulo tomó posición contra ciertas formas de renovación que juzgaba dañinas para la fe y la comunión católica» (véase B. Mondin, Storia della teologia, Bolonia, ed. ESD, 1997, vol. IV, p. 561). Se hizo promotor, entre otras cosas, del movimiento denominado La Iglesia del silencio, el cual, al decir de él, era menester que aunara a quienes, pese a callarse, desaprobaban las “huidas hacia adelante”, si bien tampoco querían una “vuelta atrás”. Fue, en suma, un auténtico precursor de la aseverada, mas no aprobada, “hermenéutica de la continuidad” (cf. B. Gherardini, II Conciliábulo Ecuménico Vaticano II. Un discorso da fare, Frigento, ed. Casa Editrice Mariana, 2009). Nada tiene de extraño que a Daniélou se le presente como un “conservador”, de manera semejante a Von Balthasar y al Ratzinger de la madurez, mientras que, en realidad, fue fuertemente innovador en sentido teilhardiano, judaizante y neomarxistizante, aunque todo eso lo presentaba de un modo esotéricamente “tradicional”.
Notas.
{1} Para todo lo relativo a la cuestión del “judeocristianismo”, cf. Sí,sí.No,no, 15 de abril de 2009, p. 5 y 30 de abril de 2009, p. 5, edición en italiano.
{2} B. Mondin, Storia della teologia, Bolonia, ed. ESD, 1997, vol. IV,p. 561.
{3} P. Parente, A. Piolanti y S. Garofalo, Dizionario di teologia dogmatica, Roma, ed. Studium, 4a edición, 1957, p. 194.
{4} J. Daniélou, La apocatástasis en San Gregorio Niseno, en Recherches de sciences religieuses, 30 (1940) 328-347. Id., El siglo cuarto, Gregorio Niseno y su medio, II, París, 1960, p. 65. Id., El ser y el tiempo en Gregorio Niseno, Leiden, 1970, p. 224.
De Lubac y Von Balthasar prolongaron la temática de Daniélou y la llevaron a sus últimas consecuencias: H. de Lubac, Historia y espíritu. La inteligencia de la Escritura según Orígenes, París, ed. Aubier, 1950 (versión italiana titulada Storia e spirito, Roma. Ed. Paoline, 1971). Hans Urs von Balthasar, Esperar para todos, Milán, ed. Jaca Book, 1997, p. 150. Id., Teodramática. El último acto, vol. V, Milán, ed. Jaca Book, 1985, pp. 305-308. Sobre Von Balthasar y De Lubac, cf. Sí,sí.No,no, 30 de junio y 30 de noviembre de 2009, edición en italiano. Véase, asímismo, M. Hauke, ¿Esperar para todos? El recurso a la experiencia de los santos en la última gran controversia de Hans Urs von Balthasar, en Rivista teologica di Lugano, 6 (2001) 195-220, y véase también I. Andereggen, ¿Infierno vacío? Un careo con Hans Urs von Balthasar, de próxima publicación en Fides Catholica, 2 (2009) 415-444.
{5} B. Mondin, op. cit, vol. I, 1996, p. 287.
{6} ¿Se salvarán todos al final?, en Fides Catholica, 1 (2009) 105.
{7} M. Hauke, op. cit., p. 106.
{8} Citado por B. Mondin en op. cit., pp. 289 y 291.
{9} Platonismo y teología mística, París, 1945; La incomprensibilidad de la esencia divina según san Juan Crisóstomo, en Recherches de science religieuse, 37 (1950) 5-35. El misterio del culto en los sermones de san Gregorio de Niza, Festgabe Casel, 1950, pp. 25 y ss. Ensayosobre la psicología de los místicos, II, París, pp. 105-111.
{10} Presencia y pensamiento. Ensayo sobre la filosofía religiosa de San Gregorio de Niza, en Recherches de science religieuse, 30 (1940) 329-337.
{11} Respecto a Orígenes y la apocatástasis, cf. Sí,sí.No,no, 15 de septiembre de 2009, p. 5, edición en italiano.
{12} A. Piolanti, en Dizionario di teologia dogmatica, cit.
{13} P. Parente, en Dizionario di teologia dogmatica, cit., p. 296.
Von Balthasar, SJ: La “Tercera Vía”. Entre la “ortodoxia” y el “ultraprogresismo”.
Hans Urs von Balthasar. Montini lo nombró, en 1969, miembro de la Comisión Teológica Internacional.
Los “maestros”. Formación. Hans Urs von Balthasar nació, el 12 de agosto de 1905, en Lucerna (Suiza). Ingresó en la Compañía de Jesús en 1929. Estudió teología en el escolasticado de Fouviére-Lyon, donde tuvo como maestro a De Lubac, y como condiscípulo y hermano de hábito, a Jean Daniélou. Éstos lo iniciaron en la Patrística en función antiescolástica (definirá la enseñanza de tomismo cual “una agonía en el destierro de la neoescolástica”, E. Guerriero, Hans Urs von Balthasar, Cinisello Balsamo, ed. Paoline, 1991, p. 34), y también lo iniciaron en la teología de la historia, la cual relativiza y subjetiviza el dogma al historicistizarlo . Como es natural, De Lubac le transmitió asimismo su error capital (el cual, por cierto, ya había sido condenado por San Pío X en la Pascendi, en 1907, y vuelto a condenar por Pío XII en la Humani Generis): la agratuidad del orden sobrenatural (cf. Lo sobrenatural, 1946); éste no es un don gratuito de Dios, en sentir de Lubac, sino una exigencia que se le debe a la naturaleza humana . Nada tiene de extraño que von Balthasar aborreciera la encíclica condenatoria del neomodernismo y manifestara su aversión de “manera furiosa y colérica” (E. Guerriero, op. cit., p. 38). Entre sus maitres á penser [maestros de pensamiento] hallamos a Plotino, Escoto, Eriúgena, Eckhart, Marsilio Ficino, Goethe, Novalis, Buber y Pèguy {1}.
De la segunda vía a la tercera. Von Balthasar eligió el concepto trascendental de belleza como clave interpretativa de la revelación. La suya es una teología “misticista” o “misticoide” (que nada tiene que ver con la mística verdadera), que se aparta con desdén de la especulativa o escolástica. En el origen de su “misticismo” se encuentra Adrienne von Speyr {2}.
La personalidad y el pensamiento de Von Balthasar constan de facetas múltiples. Antes del Conciliábulo escribió el libro Demoler los bastiones (1952, versión italiana de 1966, Turín, ed. Borla), en el que se alineaba de parte de los progresistas (segunda vía) y de la nouvelle théologie. En efecto, sostenía en este libro que la Iglesia debía salir del ghetto en el que se había encerrado ella solita debido a su temor injustificado hacia el mundo. Después del Concilio, con los dos libros ¿Quién es cristiano? (1964, versión italiana de 1966, Brescia, ed. Queriniana) y Cordula (1966, versión italiana de 1968, Brescia, ed. Queriniana), ingresó en la facción de los “liberal-conservadores”, o sea, en la de la “tercera vía” (“canonizada” hoy como “hermenéutica de la continuidad”), que pretendía ver en el Concilio, no una ruptura radical con la Tradición de la Iglesia (cf. la revista Concilium con Rahner, Schillebeekx, Küng), sino una novedad continuadora (cf. la revista Communio con Ratzinger, De Lubac, Daniélou, a la cual se vinculan el movimiento Comunión y Liberación del sacerdote Luigi Giussani, el cardenal Angelo Scola y Monseñor Riño Fisichella).
Naturalmente, Von Balthasar no formó parte nunca del ala afecta a la Tradición católica (“primera vía”), que se había batido durante el Conciliábulo contra las novedades “conciliaristas” (el Coetus Internationalis Patrum).
Con los dos libros que escribió después del Conciliábulo se limitaba a tomar «posición contra aquellas interpretaciones del cristianismo que se pusieron de moda después del Concilio, según las cuales ser cristiano no cuesta ya nada, no comporta sacrificios, desprendimientos» {3}. Aunque no se le nombró perito conciliar, «hizo sentir su influjo con fuerza en el Concilio: sus ideas de reforma y puesta al día gozaron en él de gran aprobación y entraron a formar parte de los textos conciliares» {4}. Montini lo nombró, en 1969, miembro de la Comisión Teológica Internacional. Wojtyla le concedió, en 1984, el Premio Internacional Montini, y por último, lo creó cardenal en 1988; mas Von Balthasar murió el 26 de junio, la víspera de la recepción del capelo.
Una definición acatólica de la Iglesia. En Demoler los bastiones (1952), Balthasar critica la estructura de la Iglesia desde la Edad Media y la Contrarreforma hasta Pacelli, porque «fueron muy superficiales sus relaciones con el mundo acristiano -paganos,judíos, herejes, cismáticos- incluso en la época de la órdenes mendicantes [fundadas por San Francisco y Santo Domingo], de inspiración misionera» {5}.
Define la Iglesia como «la comunidad de los cristianos que, al igual que María, están bajo la cruz, no bajo el pecado» {6}. Esta definición no es exacta porque deja de lado el aspecto visible de la Iglesia y tiene en cuenta sólo el pneumático, por lo que se acerca ni más ni menos que ala concepción calvinista de aquélla en cuanto “sociedad de los santos o predestinados”, de la cual excluye a los pecadores. La doctrina católica, en cambio, enseña que los pecadores, si están bautizados, tienen fe y no han roto cismáticamente los lazos que los unía a la Iglesia, son miembros de ésta (miembros muertos, es verdad, pero miembros a pesar de todo), la cual es la «sociedad de todos los bautizados que tienen la misma fe, los mismos sacramentos, es están sometidos a los pastores legítimos, en especial al Romano Pontífice» (San Roberto Belarmino). Se sigue de la eclesiología de Von Balthasar que, para éste, «la autoridad y la infalibilidad de la Iglesia hallan su razón de ser sólo en la repetición de aquel “hágase su voluntad” que María pronunció un día: por eso la autoridad puede ejercerse sólo a partir del amor sufriente» {7}. También esto sapit haeresim, sabe a herejía.
La revelación… marcesible. Al decir de Von Balthasar, a la revelación «no se la puede poner aparte y conservar porque hoy está fresca, pero mañana se marchita» {8}. Es menester “repensarla a fondo” incluso en cuanto a la «lengua (…), los conceptos»; en caso contrario, «se empolva, enmohece y destriza» {9}. Como se ve, tampoco es ortodoxa esta concepción del progreso dogmático.
Balthasar no habla de evolución homogénea del dogma (es decir, ahondamiento de la misma verdad objetiva en el mismo sentido), sino de evolución heterogénea en cuanto que la verdad de ayer está marchita hoy, o sea, se ha corrompido sustancialmente; de ahí que deba ser repensada a fondo, o sea, mudarse sustancialmente , para no acabar “pereciendo”. San Pablo, en cambio, enseña que Christus heri, hodie et in saecula [Cristo ayer, hoy y siempre], es decir, que Jesús y las fórmulas dogmáticas que lo definen no pueden marchitarse; de ahí la máxima nihil innovetur quod traditum est (el Papa esteban a San Cipriano: «Nada de novedades; sólo lo que se ha transmitido»). Véase, papa la recta concepción de la evolución del dogma, la obra del P. F. Marín Sola, OP: L’évolution homogène du dogme catholique, Friburgo, 1924.
El origenismo de Daniélou y Von Balthasar. Von Balthasar pensaba que, como le había enseñado De Lubac, la verdad debe ser concebida como un proceso o devenir histórico, o por mejor decir, hablando con mayor precisión, que Cristo es el centro de la historia, mas en sentido origenista, según le había hecho comprender Jean Daniélou, o sea, que la teología no tiene por objeto a Dios, el propio ser subsistente, sino al Dios de los Patriarcas, el cual se insertó en un contexto histórico.
Al decir de Daniélou,
«el cristianismo no sólo es histórico, sino que es lo que da significado a toda la historia, no sólo en el sentido de que indica a ésta el punto de llegada que está destinada a alcanzar, de que manifiesta, pues, el carácter escatológico de la misma, sino en el que la historia posee un epicentro, Cristo, con el cual dicen relación todos los acontecimientos históricos del pasado y del futuro» {10};
por donde no hay que interpretar la historia a la luz de la escatología (el fin del mundo).
«Él considera más adecuada la interpretación de la historia que ve en la resurrección de Cristo el acontecimiento más decisivo y significativo de la historia» {11}.
Esta teoría, que Daniélou expuso cumplidamente en Ensayo sobre el misterio de la historia (París, 1953), se resiente de la concepción origenista, condenada en su día por el magisterio eclesiástico (II Concilio de Constantinopla, que se celebró en el 553 bajo el Papa Vigilio), según la cual todo se consumó con la muerte y resurrección de Cristo, todos están salvados (apocatástasis o salvación final de todos, incluso de los precitos y los diablos); de ahí que, según esta opinión, el Apocalipsis no añadía nada nuevo al evangelio: se limita a hablar de la encarnación, pasión, muerte y resurrección de Cristo. En efecto, carece de relevancia sustancial lo que suceda después de ello hasta el fin del mundo, dado que “todo está consumado” en Cristo muerto y resucitado:
«El acontecimiento decisivo de la historia se cumplió con la resurrección de Cristo, y ningún otro acontecimiento podrá tener jamás una importancia pareja» {12}.
Tal teoría fue defendida, asimismo, hace poco, por un filósofo origenista italiano: eugenio Corsini (El Apocalipsis de Juan, Antes y después, Turín, ed. SEI, 1984;
Un matiz diferencia a Daniélou y Balthasar: el primero pone el acento en la resurrección; el segundo, en la muerte en la cruz. Tal doctrina ejerció un influjo enorme sobre el Conciliábulo (en especial, sobre el nº22 de la Gaudium et Spes: «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre»), y también sobre el postConciliábulo (en particular sobre Wojtyla: Redemptor Hominis, Dives in Misericordia y Dominum et Vivificantem;
¿Está vacío el infierno para Von Balthasar? {13} H. U. von Balthasar se expresó asimismo en relación con el infierno, no negándolo, sino asegurando que está vacío y que todos se han salvado tal y como pretende la teoría origenista (cf. H. U. von Balthasar, Mysterium Paschale, en Mysterium Salutis, 13 vols., versión italiana de 1965-1978, Brescia, ed. Queriniana, vol. VI, pp. 289 y ss.).
También Balthasar buscó aquí, en la mejor de las hipótesis,
«una tercera vía entre la apocatástasis origenista, que había sido condenada por la Iglesia, y la doctrina tradicional sobre el infierno, en cuyo origen veía Von Balthasar un exceso de pesimismo agustiniano (…). Se suscitaron polémicas a raíz de ello, promovidas por la prensa de orientación conservadora, según las cuales el teólogo contradecía la doctrina escatológica católica, particularmente en relación con el lugar (el infierno) y la duración de las penas. von Balthasar publicó dos escritos para aclarar su posición: “Sperare per tutti”, Milán, ed. Jaca Book, 1989, y “Breve discorso sull’inferno”, Brescia, ed. Queriniana, 1988 (…). Al mal, a la muerte, a los infiernos no puede aplicarse el concepto de eternidad, que expresa plenitud de vida (…), el mal, en cambio, [está] connotado por una carencia de vida y de relación en una autorestricción que lleva a la autoconsumación» (E, Guerriero, op. cit., pp. 351-356).
Así, pues, el infierno no es eterno, en sentir de von Balthasar, y termina autodestruyéndose. Hay que tener presente, asimismo, el crédito indiscriminado que Balthasar da a las “revelaciones” de la Speyr sobre el sábado santo cuando, en su descenso al inframundo (entendido no como el limbo de los Patriarcas y demás justos del Antiguo Testamento, sino como el infierno), el Hijo -así lo escribe ella- «obró la separación entre el pecado y el pecador, y en el inframundo fustiga ante todo a los pecados, no a los pecadores» (A. von Speyr, Mística objetiva, Milán, ed. Jaca Book, p. 150). Así que, tanto para Von Balthasar como para la Speyr (de la cual el primero no quiso discrepar nunca, ni siquiera en lo teológico), el infierno está lleno de pecados y vacío de pecadores.
“Romanticismo teológico”. La teología es la ciencia que versa sobre Dios. Su objeto material es Dios principalmente; secundariamente lo constituyen las criaturas en su relación con Dios (S. Th., I, q. 1, a. 7). Su objeto formal estriba en la exposición científica de las verdades que conciernen a Dios sub ratione Deitatis [bajo la razón de Deidad], o congnoscibles por la fe en la revelación (S. Th., I, q. 1, a. 1, ad 2um).
La teología usa un procedimiento metódico conforme con su objeto, y luego reúne sus resultados en un conjunto orgánico. La teología argumenta a partir de la fe, se sirve del magisterio eclesiástico y de las verdades divinamente reveladas como de principios del conocimiento y, por conducto de la sana filosofía aplicada a la fe, ahonda en ésta y penetra (intus-legit) [=intelige, lee dentro] su significado (fides querens intellectum) [es la fe que busca entender].
La filosofía es necesaria para hacer teología dadas las relaciones que median entre la fe y la razón, las cuales colaboran entre sí en armonía:
«(…) la doctrina sagrada utiliza también la razón humana, no ciertamente para demostrar el dogma, lo cual suprimiría el mérito de la fe, sino para esclarecer otras cosas que esta ciencia enseña; pues como la gracia no anula la naturaleza, sino que la perfecciona. conviene que la razón natural esté al servicio de la fe…» (S. Th., I, q. 1, a. 8, ad 2um).
La luz de la fe, que Dios nos infunde gratuitamente, no detruye la luz de la razón natural, sino que la perfecciona, la razón no puede descorrer el velo que cubre el misterio o el dogma, pero provee a la teología del instrumento racional necesario para ordenar, interpretar y expresar los dogmas, misterios o srtículos de fe.
El teólogo parte de los principios sobrenaturales para ahondar en ellos (intus-legit), penetrarlos, probar que no son contradictorios o imposibles y, por último, defenderlos contra quien los niega. Además, alcanza conocimientos ulteriores sirviéndose de la filosofía y con base en la fe, que es una participación de la ciencia de Dios y de los bienaventurados. Por tanto, el método de la teología es esencialmente deductivo.
A diferencia de Sto. Tomás,
«Balthasar no se preocupó nunca de elaborar un sistema filosófico autosuficiente, distinto del sistema teológico. (…) A Balthasar le resultaba imposible concebir una filosofía que prescindiera por completo de los contenidos de la revelación» (B. Mondin, Storia della Teologia, Bolonia, ed. ESD, 1997, vol. IV, p. 548).
En efecto, al confundir el orden natural y el sobrenatural, Balthasar mezcla y confunde también, como no podía ser de otra manera, la filosofía, en la cual se avanza sólo con la luz de la razón natural, y la teología, en la que se avanza con la fe en la revelación divina y se usa de la razón o filosofía de una ancilla theologiae [sierva de la teología]. Su sistema es más bien un “romanticismo teológico”, al estilo de Goethe, según solía decir el gran teólogo tomista Monseñor Ugo Emilio Lattanzi.
Salmo XXXIV: «Señor, pelea contra los que me atacan; combate contra los que me hacen la guerra. Sufran una derrota y queden avergonzados lo que me persiguen a muerte. Vuelvan la espalda llenos de confusión los que traman mi daño. Sean como polvo frente al viento cuando el ángel del Señor los desbarate.»
Al decir de Von Balthasar, los teólogos de la antigüedad (patrística y escolástica) seguían el método cosmológico-ontológico y se servían de la analogía entis [analogía del ente] para hacer teología de manera teocéntrica o “extrínseca”. Los teólogos modernos, en cambio (desde el “cogito” cartesiano hasta Schleiermacher, Blondel y Rahner; cf. Sí,sí.No,no, 31 de enero de 1993, edición en italiano), prefirieronel antropocentrismo (cf. Rahner, Sí,sí.No,no, 15 de abril de 1998, edición en italiano) o “intrinsecismo” (cf. De Lubac, Sí,sí.No,no, 15 de abril de 1993, edición en italiano), el idealismo subjetivista o el fideísmo voluntarista. Balthasar sigue su “tercera vía” también en eso: ni la escolástica 0 “la fe fanática de los sencillos”, ni el antropocentrismo inmanentista, o sea, “la arrogante presunción gnóstica de los sabihondos” {14}, sino la “vía del amor” o teología extático-mística, que él denomina “estética” porque usa lo bello como concepto para investigar a Dios y hablar de El. Von Balthasar había conocido a Paul Claudel y A. Beguin, amigo personal de Bernanos, y
«estos encuentros y estas amistades incrementan su interés por el arte y la literatura, en los cuales ha comenzado ya a ver, no expresiones accidentales del espíritu, sino manifestaciones religiosas altamente significativas y, en algunos casos, expresiones teológicas sublimes» (B. Mondin, Storia della teología, Bolonia, ed. ESD, 1997, vol. IV, p. 544).
A toda su obra la embargará un estilo no rigurosamente teológico-especulativo, sino más bien poético-literario.
El primado de lo bello. Para Balthasar lo bello prima sobre el bien y la verdad (cf. B. Mondin, ibid., p. 547). El propio Balthasar lo confesó en una entrevista concedida a una televisión italiana:
«Comencé con lo bello porque lo primero que ve el niño o que concibe un hombre es el esplendor de lo bello (…). Lo primero que yo veo es el esplendor de Dios en Cristo» (ivi).
Pero lo cierto es, por el contrario, que «lo que el hombre aprehende en primer lugar es el ser» (Sto. Tomás), y que todo lo que es (lo que existe) es también verdadero (en relación con la inteligencia) y bueno (en relación con la voluntad). En efecto, primero es necesario existir y luego se puede se bueno o malo, bello o feo.
Además, la belleza viene, para Sto. Tomás, después de la verdad y del bien, pues «se llama bello aquello cuya vista agrada» (S. Th., I, q. 5, a. 4; I-II, q. 25, a. 1, ad 3um). Por eso lo bello dice una doble relación, primero con el conocimiento y luego con la voluntad: lo bello es «lo que al ser visto, o ser conocido por la inteligencia, place a la voluntad y le da alegría, placer, regalo o felicidad» (T. Zigliara, Summa Philosophica, vol. I, p. 402).
Por último, el conocimiento estético o conocimiento de la belleza es distinto del conocimiento de la verdad, como que este último presupone un esfuerzo abstractivo o racionativo arduo, mientras que el primero es fácil y se realiza sin esfuerzo deductivo: es una especie de contemplación natural, o sea, un ver o mirar con amor.
Monseñor Francesco Olgiati explica que el conocimiento estético o contemplación estética es la percepción de un objeto sensible o material acompañada de un concepto o idea universal; por ejemplo, si veo el Mont Blanc, para decir “ese monte es bello” debo primero saber qué es un monte; de ahí que junto con la visión del monte aprehenda asimismo la idea universal de monte (La mera aprehensión y la intuición artística, en Revista de filosofía neoescolástica, 1933, pp. 516 y ss.).
Por otra parte, la inteligencia, al conocer lo bello, se fija en el objeto sensible o material, pero sin dejar de ver en él su esencia inteligible, la cual ha abstraído (G. Ceriani, La gnoseología y la intuición artística, en Revista de filosofía neoescolástica, 1934, pp. 285 y ss.). Por eso, mientras en la filosofía, y a fortiori en la teología, me abstengo al concepto universal que he abstraído de los sensible, en la estética veo y miro siempre, en el contenido sensible (monte) y juntamente con éste, la esencia inteligible que he abstraído de él (Ceriani, ibid., p. 293. También J. Maritain se expresa en tal sentido en Arte y Escolástica, París, ed. Rouart, 1927, pp. 253-254). Así que se puede asegurar que la teología estética balthasariana es errónea y contradictoria porque antepone la belleza al bien y a la verdad, mientras que, por el contrario , el bien presupone la verdad, al paso que ambos preceden a la belleza, puesto que ésta agrada a la voluntad (bien) después de haber sido conocida (verdad). Además, como probó Olgiati, la inteligencia estética debe hallarse informada por un concepto racional abstracto para placer a la voluntad, y sólo entonces se produce la alegría o la felicidad del esplendor conocido y amado. Por último, servirse de la belleza en la teología, que es ciencia de Dios, espíritu purísimo, es un sinsentido, como que, según demostró Ceriani, en el conocimiento estético veo en lo sensible, y nunca sin él, la luz (resplendentia) inteligible.
Una manera diferente de presentar un viejo error. Balthasar parte del concepto de belleza, que constituye el objeto de la estética, y lo pone en el lugar de la metafísica del ser y del realismo del conocimiento (los cuales, al decir del autor de que nos ocupamos, maltratan y menoscaban el dato revelado). En efecto, el conocimiento humano debe incluir en sus conceptos (realismo gnoseológico) la idea de Dios como el propio ser subsistente (metafísica del ser), mientras que la estética no achica al Dios infinito según las capacidades finitas del intelecto humano, dado que, evitando el razonamiento, pasa al nivel de la intuición {15}, la cual puede aprehender su objeto, Dios en este caso, en toda su integridad, visto que Éste es absolutamente simple. Esta pretensión de intuir a Dios es un error filosófico condenado ya varias veces. Es propio de los antiguos gnósticos y esoteristas, y de los modernos ontologistas como Malebranche, Rosimini y Gioberti. Por consiguiente, todo el sistema teológico balthasariano está inficionado por un error filosófico de base (el ontologismo) que lo vanifica.
«Blathasar -escribe B. Mondin- no fió en la lógica, sino en la palabra de Dios» {16}. Sin embargo, la teología no es la mera revelación o “palabra de Dios”, sino que estriba en inferir de la revelación, mediante silogismos lógicos, conclusiones que tengan a Dios por objeto; de ahí que eliminar de la teología a la lógica para mantenerse así en sola la palabra divina signifique aniquilar la teología especulativa y pretender intuir a Dios como hacen los ángeles y los bienaventurados en el cielo. El mismo P. Battista Mondin se pregunta lo siguiente a propósito de Balthasar: «¿No expone la revelación al riesgo de sufrir una mutilación?» {17}. Y en efecto, Balthasar escribe que «Dios no se nos manifiesta en primer lugar como maestro o verdad, ni como redentor o bondad, sino que se nos presenta en sí para mostrar la magnificiencia deslumbrante de su eterna vida trinitaria, que es la auténtica belleza» (H. U. von Balthasar, Rechenscahft, p. ) {18}.
Luego, respecto a la noción de virtud teologal de la fe, la neoteología estetizante balthasariana afIrma que dicha virtud «no se confirma ya como una tenebrosa aceptación de algo incomprensible, sino como aceptación jubilosa acompañada de visión, de gnosis (…). Dios no se presenta al hombre sólo de modo misterioso (…). Al contrario, Dios “presenta” al hombre algo y lo hace de manera tal, que el hombre puede verlo, comprenderlo, apropiárselo y vivirlo humanamente» {19}. Se echa de ver que la fe es ya, para Balthasar, la “visión beatífica”, que no se da aquí abajo, en la tierra, el claroscuro, el misterio de ver per speculum et in enigmate [como en un espejo y en enigma], sino el clare visum [la visión clara]; el hombre no es ya viator [viador], sino comprehensor [entendedor, comprensor]; no está ya “en camino”, sino que se halla ya “en la patria”. En sentir de Balthasar, a la fe que reemplaza, ya aquí en la tierra, el lumen gloriae [la luz de la gloria] (de ahí el título de su teología dramático-estética: Gloria, que se dice en alemán Herrlichkeit), o sea, esa luz especial que Dios concede a los bienaventurados del cielo a fin de que lo vean facie ad faciem, sicuit est [cara a cara, tal como es] y sean dichosos. Es una manera diferente de volver a presentar el viejo error modernista y neomodernista, en especial de De Lubac, de la coincidencia o “intrinsiceidad” que se da entre la naturaleza y la gracia, entre el orden natural y el sobrenatural; según tal error, el “deseo de Dios”, o sea, el deseo de ver y conocer su faz o esencia, no está “condicionado” a la libérrima voluntad de Dios, ni es “ineficaz” por superar la capacidad humana, sino que es absoluto, eficaz y efectivo.
Una teoría sobre la Santísima Trinidad no conforme con la revelación. El primado de la belleza sobre el bien y la verdad impele a Balthasar a forjar una concepción de la Santísima Trinidad semejante a la de Rosmini, al decir del cual el hombre puede comprender la conveniencia de la Trinidad de la personas divinas aun sin la revelación {20}.
Además, Balthasar se aparta de San Agustín y de Santo Tomás, que fundamentan en el conocimiento la procesión que se origina en el Padre y cuyo término es el Hijo (al ser el Hijo el Verbo o la Idea del Padre), y en el amor la que principia en el Padre y en el Hijo y acaba en el Espíritu Santo (pues el Padre, al conocerse en el Verbo, se ama y ama a Éste a su vez). Para Balthasar, el Padre es la fuente del amor que se da totalmente al Hijo, y el Hijo a su vez se re-da totalmente al amor del Padre, por lo que su amor recíproco se amplía en el Espíritu Santo, que es la fecundidad del amor divino. Pero, preguntamos, si también la primera procesión (aquella por la que el Hijo procede del Padre) es procesión de amor, no ya de conocimiento, ¿en qué se distingue de la segunda procesión, la del Espíritu Santo, el cual procede del Padre y del Hijo por vía del amor?
Al c0ntrario que Balthasar, la Sagrada Escritura llama Hijo, Verbo Unigénito del Padre (Jn. I,14) o Sabiduría a la segunda persona de la Santísima Trinidad, lo cual significa que la procesión que dimana del Padre y origina al Hijo es secundum operationem intellectivam [según la operación de la inteligencia] (San Agustín, De Trinitate, VII, 2). En efecto, decimos que la mente concibe sus pensamientos; llamamos conceptos o ideas a los frutos de nuestro conocimiento, y partos a las producciones de nuestro pensamiento (R. Garrigou-Lagrange, De Deo Trino, Turín, ed. Marietti, 1943). De ahí que a la procesión en Dios secundum operationem intellectivam le convenga el apelativo de generación en sentido propio, y a los dos extremos de ella (el principio y el término), los nombres de Padre e Hijo (S. Th., I, q. 27, a. 2, ad 2um). Por otra parte, como la revelación nos habla también, además del Padre e Hijo, el Espíritu Santo, hemos de inferir lógicamente que existe en Dios una segunda procesión. Jesús dice en el Evangelio (Jn. XIV,16): «y yo rogaré al Padre, y os dará otro abogado». Jesús quiso hacernos comprender, al llamar “otro Abogado” al Espíritu Santo, que así como Él procede del Padre, también el Espíritu Santo procede de Éste, pero que, por distinguirse del Verbo, el Espíritu Santo debe proceder del Padre por otra procesión distinta de la primera. Que tal segunda procesión sea secundum operationem volitivam [según la operación de la voluntad] se infiere de las voces empleadas en la Sagrada Escritura, que nos hablan del Espíritu Santo como espíritu, viento o conato, vocablos que evocan la idea de amor. Cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles el día de Pentecostés apareció en forma de “lenguas de fuego” (Act. II,1-4); pero el fuego es símbolo del amor. Además, el Espíritu Santo es llamado “don” (Act. II,38), y la donación es efecto del amor. Por último, San Pablo revela explícitamente: «pues la caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom. V,5). De donde se infiere que si el Espíritu Santo es el amor en Dios, como el amor es el acto principal de la voluntad, la procesión según la cual el Espíritu Santo procede en Dios es secundum operationem volitivam (S. Th., I, q. 27, a. 3). Y ello se desprende de la misma revelación. De ahí que la teoría balthasariana sobre la Trinidad no sea conforme ni con el dato revelado ni con la sana teología.
Conclusión. Se puede afirmar que los “neoteólogos” que participaron en el Vaticano (en persona o entre bastidores) en calidad de “peritos” del Rhin que desembocó en el Tíber, se dividen en ultraprogresistas y semiprogresistas. Los primeros (Rahner, Küng, Schillebeeckx, Congar, Chenu) tienden al panteísmo, pero un panteísmo ascendente en el que el hombre se hace Dios (panteísmo pancosmista). Los segundos, en cambio, tienden también al panteísmo, pero es el suyo un panteísmo descendente: es Dios el que absorbe en sí al mundo y al hombre (panteísmo acosmista). Lo que tienen en común es la sustancia de la filosofía inmanentista, al paso que lo que los distingue es un accidente: el modo en que viven y expresan el inmanentismo, más radicalmente los primeros, con mayor moderación los segundos.
Pero «cuanto más se esconde el error, más peligroso es, como que engaña mejor cuanto menos fácilmente se puede discernir» (P. Réginald Garrigou-Lagrange). Ahora bien, uno de los más escondidos es precisamente el de Von Balthasar. No obstante, si se le estudia bien, se advierte su tendencia filosófico-dogmática inmanentista; y si se presta atención a lo que tienen en común sus maestros, de Plotino a Buber, se constata que el inmanentismo panteísta es el cemento que los une desde el 270 al 1995. Se comprende entonces -mas no se justifica- la reacción “colérica” de Balthasar contra la encíclica Humani Generis de Pío XII, que mostró en el inmanentismo el corazón de la “neoteología”, la cual “lleva a la apostasía”, según escribió el padre Réginald Garrigou-Lagrange (La nouvelle théologie où va-t-elle?), en Angelicum, 1946; nuestra versión figura en Sí,sí.No,no, 31 de marzo de 1994, p. 1 y ss., edición en italiano.
Notas.
{1} Plotino: nació en Leópolis (Egipto), en el 205 d.C. y murió en Roma en el 270. su filosofía se denomina neoplatónica. plotino encara las exigencias religiosas y “místicas” valiéndose de las ideas venidas de Oriente y de las creencias astrológicas y las prácticas mágicas más extravagantes, para intentar alcanzar así una experiencia “mística” de lo “divino” directa e inmediata mediante el éxtasis o raptus divinus, que estriba en el desasimiento de la materia sensible, de lo racional y del yo personal, y se identifica con el contacto más íntimo y la unión absoluta con el Uno (panteísmo ascendente), una unión a la que llega el alma recorriendo en sentido inverso los diferentes grados de su emanación del Uno-Bien, por lo que no es menester ninguna gracia sobrenatural y gratuita (cf. De Lubac). Su concepción teológica es negativa (agnosticismo teológico), o sea, de Dios se puede decir sólo lo que no es; no se logra conocer ningún atributo de la causa primera. Mientras que para Santo Tomás y la doctrina católica común el hombre puede, usando la razón natural, no sólo demostrar la existencia de Dios, sino, además, conocer alguna de sus propiedades, o incluso llegar, después de negar toda imperfección en Él (Dios no es materia, carece de límites, es ajeno a toda maldad), a la noción de perfección pura, exenta de todo defecto, que existe en Dios formal y eminentemente (por ejemplo, la verdad está formalmente en Dios de modo superlativo; Él es la sabiduría misma subsistente en grado máximo; lo mismo ha de decirse respecto del ser, el bien…), para Plotino, en cambio, el Uno-Bien es incognoscible e inefable, por lo que sólo se puede postular su existencia, no probarla (cf. Kant); el alma es una hipóstasis eterna, infinita, que emana del Uno-Bien; el mundo material es obra de dicha alma en cuanto que ésta es un demiurgo que hace de puente entre el Uno-Bien y el mundo material; el mal es un no ser absoluto (maniqueísmo y gnosticismo), la belleza tiene una función iniciática (cf. Von Balthasar) en cuanto suscita el amor pasional, que deriva de la visión. Plotino es más partidario de la intuición que de la capacidad raciocinativa del alma (cf. Eckart). Su filosofía se encuentra en los cabalistas cristianos del Humanismo y del Renacimiento (Pico y Ficino), en el romanticismo (Novalis) y en los modernistas (Blondel) (cf. G. Faggin).
Juan Escoto Eriúgena: Filósofo y teólogo nacido en Irlanda en los primeros años del siglo IX y fallecido después del 879. Gran estudioso de Orígenes, con fuertes tendencias racionalistas, pone la razón por encima de la Tradición y de la autoridad de los Padres Eclesiásticos. Dios es para él el vértice de la naturaleza y lo entiende como natura quae creat et non creatur [naturaleza que crea y no es creada]. El conocimiento que el hombre tiene de Dios es más negativo que positivo (cf. Plotino). Escoto Eriúgena no ve oposición entre inmanencia y trascendencia, niega la eternidad del infierno así como su fuego (cf. Orígenes y Von Balthasar); el infierno no es un lugar, el decir de él, sino la condición de los que han obrado el mal y lo extinguen por conducto del triunfo del bien. Concibe el mundo material como una caída y una corrupción del mundo inteligible (cf. maniqueísmo gnóstico). Sus obras fueron condenadas en 1225 a fuer de panteístas (cf. M. Dal Pra).
Johannes Eckart: Filósofo y teólogo dominico, nacido en 1260 en Erfurt (Alemania) y fallecido en 1327. de tendencias panteístas, aseguraba que en su fondo el alma coincide con Dios, por lo que es tan inefable como Éste (teología negativa). Desvalorizaba las buenas obras y fue precursor de Lutero. Sus escritos los condenó la Iglesia en 1329 (cf. E. Faggin).
Marsilio Ficino: Filósofo humanista neoplatónico nacido en Valdarno, en 1443, y fallecido en Careggi (Florencia), en 1499. Sus sistema es antropocéntrico, historicista y antiescolástico. Fue un gran estudioso de Plotino. Dios es creador, pero al mismo tiempo se derrama o emana por todas partes; de ahí que coincidan en El inmanencia y trascendencia. El universo es un ser viviente único animado por la divinidad. El alma humana es divina (panteísmo) y es también todas las cosas. El amor enciende el “furor divinus” o “furor heroico”, que lleva al hombre a Dios y los une indisolublemente (cf. Giordano Bruno; cf. M. Schiavone).
Friedrich von Hardenberg, alias Novalis: nacido en 1772 y fallecido en 1801, es uno de los grandes representantes del romanticismo poético y también filosófico. Hizo suya la filosofía de Fichte y la transformó en un idealismo mágico según sus exigencias poéticas o románticas, en una concepción del Yo que genera al no-yo (auténtica magia en cuanto todo deriva del Yo). Sin embargo, dejó el idealismo mágico para pasar a una visión del mundo de vaga inspiración cristiana, en la que revalorizaba el medioevo católico, que Lutero fragmentó, por desgracia. (Cf. G. Reale).
Charles Pèguy. (1873-1914): poeta y novelista francés, autor, junto con Léon Bloy (1846-1914), de La salvación viene de los judíos, desempeñó un papel fundamental en el desarrollo del judeocristianismo en virtud del influjo que ejerció sobre Jaques y Raissa Maritain, así como en el renacimiento del pensamiento joaquinita, o milenarismo judaizante, que prefigura una tercera Alianza con el Espíritu Santo, la cual reemplazará, según se piensa, a la Nueva Alianza y a la Iglesia Romana junto con Cristo (J. E. Barré, Jaques e Raissa Maritain, ed. Cinisello Balsamo, 2000).
Martin Buber. (1878-1965): filósofo austríaco de origen judío , es uno de los mayores representantes del diálogo judeocristiano (Tú y yo) y de la divulgación entre las masas de la cábala hebrea por conducto del tercer hasidismo (Mi camino hacia el hasidismo), de carácter popular, no iniciático-elitista, que fundó Baal Sem Tob (+1760) en Ucrania y Polonia hacia el 1750. Sem Tob enlazaba con el pseudomesías Sabetai Seví (+1676) y con Jacob Frank (+1791). Las concepciones cabalísticas de Buber siguen la doctrina “extática o mística” de Isaac Luria (+1572), que escribió un comentario al Zohar y concilió la ortodoxia preceptista judía (halakah) con la cabalista y con la cábala “teúrgica y mágica” de Abraham Albolafia (+1291). Hoy los Lubavitcher son un grupo bastante poderoso en el seno del hasidismo, que reputa al rabino Menahem Mendel Scheerson por futuro mesías a pesar del óbito del mismo en 1994 (A. Untermann, Diccionario de usos y leyendas judíos, Bari, 1994; también J. Mayer-P. Schafer, Pequeña enciclopedia del judaísmo, Casale Monferrato, 1985).
Emmanuel Lévinas (1905-1985): filósofo judeofrancés de origen lituano, se matriculó en 1923 en la Universidad de Estrasburgo, y luego se trasladó a Friburgo (1928), donde estudió la fenomenología de Husserl. Fue el primero que introdujo en Francia la filosofía de Heidegger. Su pensamiento filosófico se basa en el concepto de relación con el otro, y considera que se debe superar e lsignificado del ser para volverse el otro. Judío practicante, estuvo al frente de la Alianza Israelita Universal en París. Su pensamiento se caracteriza, además de por la filosofía de la alteridad, por el estudio del Talmud, y ve al mesías como la vocación de todo “Yo hacia el Otro” (G. Wigoder, Diccionario enciclopédico del judaísmo, París, 1996). Empezó sus estudios universitarios siguiendo los cursos de Blondel y de Halbwachs. El “aprendizaje de la fenomenología”, como lo definió, orientará luego sus búsquedas personales. Antes de su estancia en Friburgo (Francia), Lévinas había conocido a Jean-Paul Sartre, cuyo “pensamiento audaz y metódico” apreciaba. Su formación filosófica se inició con Blondel, quien, al decir de Lévinas, encarnaba la “luminosidad del espíritu francés”, la “clarté” [claridad], el orden. Además del encuentro con Heidegger y Husserl, Lévinas recordaba el otro gran acontecimiento de su vida, la relación con Chouchani, un genio talmudista, que le transmitió “el vigor intelectual en la crudeza del poder del Talmud”. Volvió a la docencia en la École Nórmale Israélite en la inmediata postguerra, mas esta vez como director. Participó en las reuniones semanales de Gabriel Marcel y en el Collége Philosophique de Jean wahl, bajo cuya dirección preparó la tesis de Estado, publicada en 1961 con el título de Totalité et infiniti, la cual le abrió las puertas de la enseñanza universitaria. Inició asimismo en 1957 la actividad de lectura y comentario del Talmud en los Colloques des Intellectuels Juifs de Langue Française [Coloquios de los Intelectuales Judíos de Lengua Francesa]. En 1964 fue llamado a la Univeridad de Poitiers; en 1967 pasó a la de París-Nanterre, y en 1973 a la Sorbona. Murió en 1995.
- B.: El romanticismo, como reacción contra el iluminismo, que es la exaltación de las luces de la razón humana, se divide en poético, filosófico y puramente sentimental. Este último está «marcado por un carácter morboso, femenil, impresionable, incoherente, voluble, titubeante, ayuno de dominio de sí y extremadamente sentimentalista» (B. Croce). El poético, aunque se expresa en forma de poesía, arte o novela, está lleno de profundas reflexiones filosóficas que toma del romanticismo teórico o filosófico, el cual, sin embargo, tiene en común con el iluminismo el primado de la subjetividad sobre la objetividad, el poder “creador” del sujeto humano y el principio de inmanencia; de ahí que esté plenamente de acuerdo con la modernidad bien que procure impugnarla en algunos puntos (amor a las “tradiciones”, etc.) y sirva de trampolín hacia el idealismo alemán (especialmente en Wilhelm Schlegel, +1829). El Romanticismo filosófico considera la naturaleza como sustancia animada dotada de una potencia creadora inagotable; reputa a la fantasía o al sentimiento por capaces de aprehender la dimensión religiosa, moral y estética, que escapa a la pura razón; encara al individuo sólo en cuanto parte de un gran conjunto (nación, pueblo y patria). Estos tres principios son el corazón de la filosofía del romanticismo, que, para corregir un error por exceso (el racionalismo iluminista), cae en otro por defecto (desvalorización de las capacidades racionales del hombre y sublimación del sentimiento o de la fantasía).
{2} Sobre el ambigüo misticismo de Adrienne von Speyr, véase Sí,sí.No,no, 28 de febrero de 2003, pp. 1 y ss., edición italiano; véase también Sí,sí.No,no, 15 de octubre de 1992, p.27, edición italiana.
{3} B. Mondin, Los grandes teólogos del siglo XX, Turín, ed. Borla, 1969, vol. I, p. 273. Sobre Balthasar, cf. asimismo R. Fisichella, H. U. von Balthasar. Dinámica del amor y credibilidad del cristianismo, roma, 1981. K. Lehemann-W. Kasper, H. U. von Balthasar. Obra y figura, Casale Monferrato, ed. Piemme, 1991.
{4} B. Mondin, op. cit., p. 270.
{5} Demoler los bastiones, Turín, ed. Borla, 1966, pp. 43-44.
{6} El todo en el fragmento, Milán, ed. Jaca Book, 1970, 9. 66.
{7} F. Ardusso, La teología contemporánea, Turín, ed. Marietti, 1980, p. 398.
{8} El todo en el fragmento, p. 41.
{9} Ivi.
{10} B. Mondin, op. cit., pp. 288-289.
{11} Ivi.
{12} J. Daniélou, Ensayo sobre el misterio de la historia, París, 1953, p. 15.
{13} Cf. P. G. Cavalcoli, La negación del infierno en la teología de K. Rahner y de E. Schillebeeckx, en Fides Catholica, 2 (2006) 433-468. el autor habla simismo de Balthasar en la p. 559, nota 60.
{14} H. U. von Balthasar, Sólo el amor es creíble, Turín, ed. Borla, 1965, pp. 50-54.
{15} H. U. von Balthasar, ibid., p. 55.
Intuición es el conocimiento directo e inmediato de un objeto aprehendido en su realidad individual. Para Sto. Tomás, sólo los sentidos intuyen o “ven, aprehenden” directamente de la cosa que tienen delante (veo una casa, un árbol, a Antonio…), mientras que los objetos inmateriales (Dios, ángel, alma, sustancia, ser) no son intuibles para el hombre, como que, al componerse de cuerpo y alma, debe abstraer la “quididad” o esencia inteligible de la cosa sensible, formarse así una idea de la cosa y luego unir los conceptos mediante un verbo, formulando de tal manera un juicio (la casa es bella). Además, poniendo juntos dos juicios que tienen en común un término medio extrae de ellos una conclusión por medio de un razonamiento o silogismo (El hombre es inmortal. Ahora bien, Antonio es hombre. Luego Antonio es inmortal). Sólo Dios y los ángeles, que no tienen cuerpo, pueden intuir o ver directamente ña cosa inteligible o no sensible. Pretender que el hombre intuye las esencias inteligibles o aprehender inmediatamente las conclusiones, sin necesidad de razonar, es “angelismo”, o sea, presunción de ser el hombre un ángel o espíritu puro, no compuesto de alma y cuerpo. Quod repugnat.
{16} B. Mondin, op. Cit., p. 296.
{17} B. Mondin, ivi.
{18} Citado en F. Ardusso, La teología contemporánea, Turín, ed. Marietti, 1980, p. 396.
{19} Gloria. Una estética teológica y La percepción de la forma, Einsiedeln, ed. Johannes, 1961, p. 113, citado en B. Mondin, op. Cit., p. 282.
{20} Sto. Tomás (S. Th., q. 32, a. 1) explica que, referente a Dios, el hombre puede conocer con la pura razón, remontándose del efecto a la causa, sólo que los efectos o criaturas nos muestran del Creador. Ahora bien, ninguna criatura nos manifiesta una actividad ad intra de Dios, sino que nos manifiesta a Dios sólo como causa primera increada y creadora de todo. Pero el crear es común a toda la Trinidad, cuyas tres personas conveniunt [convienen] en una misma y única naturaleza, por lo que con sola la razón no podemos saber en modo alguno que Dios es trino. De ahí que, prosigue Sto. Tomás, ni siquiera debamos intentar demostrar la Santísima Trinidad con la pura razón natural. En efecto, sería pretender que Dios fuera, como las criaturas, una cosa proporcionada a nuestro conocimiento natural: «insensato es el que espera que nuestra razón pueda barcar el infinito espacio que ocupa el que es una sustancia en tres personas» (Dante, Purg. III, 34).
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CESE DE LA LEY
Cese de la ley
El siguiente cuadro sinóptico recoge los principales modos con que puede cesar una ley o la obligación de cumplirla.

Vamos a examinar brevemente cada una de estas formas.
1. CESE DE LA LEY MISMA
117. La ley se extingue totalmente, o sea desaparece para siempre en cuanto tal, por uno de estos tres capítulos:
a) Por revocación del legítimo superior
Puede presentar las siguientes formas:
a) abrogándola, esto es, suprimiéndola totalmente;
b) derogándola, o sea, suprimiéndola parcialmente;
c) obrogándola, substituyéndola por otra contraria.
La revocación de la ley eclesiástica por el legítimo superior se rige por los siguientes principios:
1.0 «La ley posterior, dada por una autoridad competente, abroga la anterior cuando así lo declara de una manera expresa, o es directamente contraria a la misma, o reorganiza por completo toda la materia de la ley precedente. Pero… la ley general en nada deroga los estatutos de lugares especiales o de personas particulares, a no ser que en la misma ley se prevenga expresamente otra cosa» (cn.22).
2.° «En caso de duda, no se presume la revocación de la ley precedente, sino que las leyes posteriores se han de cotejar con las anteriores y, en cuanto sea posible, han de armonizarse con ellas» (cn.23).
3.° «Los preceptos dados a los individuos obligan en todas partes a aquellos para quienes se dan; pero no puede exigirse judicialmente su cumplimiento, y cesan al expirar la potestad de quien los impuso, a no ser que hubieran sido impuestos por documento legítimo o en presencia de dos testigos» (cn.24).
b) Por cesación del fin total
Ello ocurre cuando desaparece la causa que motivó la ley. Y así, v.gr., si el obispo ordena oraciones por la salud del papa, cesa inmediatamente la obligación a la muerte del papa [ o por cualquier causa por la que la Sede de San Pedro esté usurpada o vacante].
Nótese, sin embargo, que la ley positiva no cesa cuando cesa la causa final en un caso particular. Y así, v.gr., no están exentos de las llamadas «amonestaciones» los que van a contraer matrimonio, aunque sepan con certeza que no hay impedimento alguno para contraerlo.
c) Por legítima costumbre contraria
El Código canónico preceptúa a este respecto lo siguiente:
«Ninguna costumbre tiene fuerza para derogar en manera alguna el derecho divino, sea éste natural o positivo; ni tampoco prevalece contra el derecho eclesiástico si no es racional y ha prescrito legítimamente durante cuarenta años consecutivos y completos. Pero contra la ley eclesiástica en la que se contenga cláusula prohibitiva de futuras costumbres, solamente puede prescribir una costumbre razonable que sea centenaria o inmemorial.
La costumbre que el derecho reprueba expresamente no es racional» (cn.27).
Los Códigos civiles modernos no conceden fuerza abrogatoria a las costumbres contrarias a las leyes. Pero, si la mayor parte de la población no observara por largo tiempo una ley, podría uno prudentemente creerse excusado de ella.
II. CESE DE LA OBLIGACION DE CUMPLIRLA
Como hemos advertido más arriba, una cosa es el cese de la misma ley, y otra muy distinta el cese de la obligación de cumplirla mientras persistan determinadas circunstancias. La primera extingue la misma ley; la segunda, sólo la obligación de cumplirla, pero permaneciendo en pie la ley.
Los principales títulos que excusan del cumplimiento de la ley son: la impotencia, el privilegio y la dispensa. Véase también lo que dijimos al hablar de la ignorancia invencible (cf. n.47).
a) La impotencia por parte del súbdito
118. La impotencia puede ser física o absoluta y moral o relativa, según que el hombre no pueda cumplirla en modo alguno o le resulte tan sólo muy difícil. He aquí los principios fundamentales :
I.° LA IMPOTENCIA FÍSICA O ABSOLUTA excusa de cualquier ley divina o humana. La razón es porque nadie está obligado a lo imposible. Y así, v.gr., no peca el encarcelado que no puede oír misa en domingo (aunque a él le pareciera que sí, con su conciencia errónea); no peca la mujer paralítica que no puede defenderse del que la atropella (aunque está obligada a no consentir interiormente).
2.0 LA IMPOTENCIA MORAL no excusa nunca de la ley natural, pero suele excusar de las leyes positivas divinas o humanas. [Y así, habiendo una ley humana que manda que los cardenales sean lo electores del Papa, habiendo muerto todos, o habiendo caído en herejía la totalidad- como en el presente- o habiendo sido nominados ilícitamente por antipapas-como los actuales «cardenales»- , excusa la ley positiva de que los electores sean los cardenales, puesto que no los hay-, pero se ha de cumplir la Ley divina de elegir un Papa por la Iglesia, porque ha de haber Vicarios de Cristo a perpetuidad, hasta que el Señor vuelva. La ley divina es que debe haber Papa a perpetuidad ( ésta es inexcusable), la ley humana es que la elección sea hecha por los cardenales (ésta es excusable, para poder cumplir la inexcusable]
a) La razón de no excusar de la ley natural claramente conocida es porque obrar contra ella es siempre intrínsecamente malo; y esto no puede hacerse bajo ningún pretexto, ni siquiera para salvar la vida. Y así es obligatorio perder la vida antes que cometer un acto de fornicación o decir una pequeña mentira, que son pecados contra la misma ley natural.
Pero puede ocurrir que se presente un conflicto entre dos leyes naturales. En este caso, la ley más importante prevalece sobre la menor. Y así, la obligación natural de devolver a su dueño un objeto prestado no urge cuando esa devolución produciría un mal mayor (v.gr., si se trata de una pistola que su dueño reclama para cometer un crimen).
b) La razón de excusar de las leyes positivas es porque se supone que, ante la impotencia moral (o grave incomodidad) de cumplirla, el legislador divino o humano no exige su cumplimiento en ese caso concreto. Y así, por ejemplo, nadie está obligado a ayunar si esto le incapacitaría para ganarse el jornal del día con su trabajo duro, ni a observar el descanso dominical si, por la injusticia del patrón, se le priva del jornal necesario para su sustento, etc. No se trata en estos casos de quebrantar la ley, sino únicamente de considerar que no nos obliga, aplicando el principio jurídico: «Las leyes positivas no obligan con grave incomodidad».
Sin embargo, en circunstancias especiales no excusaría del cumplimiento de la ley positiva ni siquiera una gravísima incomodidad o el peligro mismo de la vida. Tal ocurriría cuando el quebranto de la ley positiva (v.gr., del ayuno) se nos exigiera por un tirano en señal de odio contra la religión o apostasía de la fe, o si nuestra conducta redundara, por el mal ejemplo, en perjuicio de toda la comunidad y aun en daño gravísimo de un solo individuo (v.gr., incitándole a la apostasía de la fe); porque en estos casos la ley positiva es inseparable de una ley natural o divina superior que sería quebrantada con su incumplimiento.
N. B. El que no puede cumplir el todo, está obligado a una parte si la materia de la ley es divisible; pero no si es indivisible. Por ejemplo: el que no puede guardar el ayuno y la abstinencia, pero sí la abstinencia sola, está obligado a guardarla, porque es distinta y separable del ayuno. Pero el que hizo promesa de una piadosa peregrinación, si no puede hacer todo el camino, no está obligado a emprenderlo o realizarlo en parte.
119. Escolio. ¿Es lícito buscar causas eximentes o impedientes del cumplimiento de la ley, precisamente para substraerse a ella?
Los moralistas suelen atenerse a los siguientes principios:
I.° En general, es lícito substraerse a la obligación de la ley buscando una causa que exima totalmente de su cumplimiento; porque la ley no obliga a que permanezcamos súbditos de ella, sino únicamente a que la cumplamos mientras lo seamos. Y así es lícito, v.gr., salir de la propia diócesis para obtener la absolución de un pecado reservado en ella y no en la otra ,(cf. cn.goo § 3).
La ley civil, sin embargo, no suele permitir que se pongan causas eximentes en algunos casos. Y así, v.gr., no permite la salida de la patria a los jóvenes próximos a la obligación del servicio militar.
2.0 No es lícito poner directamente causas impedientes del cumplimiento de la ley; porque mientras uno está sujeto a la ley tiene obligación, como ya dijimos, de procurarse los medios para cumplirla. Y así sería ilícito en día de ayuno tomar voluntariamente y sin justa causa un trabajo fuerte que lo impidiera, sólo con el fin de no ayunar.
3.0 Probablemente es lícito poner indirectamente causas impedientes remotas según las reglas del voluntario indirecto, o sea, cuando se busca tan sólo un buen fin y se permite el efecto malo sin intentarlo.
Y así, v.gr., es lícito emprender en sábado un largo viaje necesario o útil, aun previendo que al día siguiente no se podrá oír misa; pero no se podría emprenderlo el mismo domingo cuando ya urge la obligación de oírla (a no ser que se siguiera un grave perjuicio, en cuyo caso se podría invocar el prin cipio de que las leyes positivas no obligan con grave incomodidad).
Nótese, finalmente, que las razones para poner estas causas impedientes indirectas han de ser tanto más graves cuanto más importante sea la ley cuyo cumplimiento impedirán y más próxima la obligación de cumplirla. Y para procurarse frecuentemente estas causas impedientes, se requieren razones mucho más graves que para un solo caso aislado o alguna que otra vez.
b) Los privilegios
120. I. Noción. Se llama privilegio a una ley privada que concede un especial favor contra o fuera del derecho común. Lleva consigo la obligación, impuesta a los demás, de no perturbar el libre ejercicio de su privilegio a la persona o comunidad agraciada.
2. División. Es múltiple, según la razón a que se atienda. Y así:
a) POR PARTE DEL SUJETO puede ser personal, local o real, según afecte directamente a una persona, a un lugar o a una cosa.
b) POR PARTE DEL OBJETO es favorable, cuando concede un favor a alguno sin perjudicar a nadie, y odioso, cuando resulta perjudicial a otros (v.gr., eximiéndole de un trabajo que tendrán que realizar los demás).
c) POR PARTE DEL MOTIVO es gracioso, si concede una gracia por mera liberalidad del superior, y remuneratorio, si la concede como premio a los méritos contraídos.
d) POR PARTE DEL TIEMPO es temporal o perpetuo, según lo sea la gracia concedida.
e) POR PARTE DEL MODO DE LA CONCESIÓN puede ser motu proprio, por propia iniciativa del que la da, o ad instantiam, si se concede a petición del favorecido. Y también oral o escrito, según se conceda de viva voz o por letras auténticas.
f) POR RAZÓN DE LA EXTENSIÓN es privado, cuando se concede a una sola persona, y común, cuando se concede a toda una comunidad (v.gr., a una Orden religiosa, a los clérigos, etc.).
g) POR RELACIÓN A OTROS PRIVILEGIOS se llama directo o per se, cuando se concede a alguien directamente y por sí mismo; e indirecto o ad instar, si se concede por comunicación del privilegio concedido ya a otros, ya sea en forma igualmente principal (o sea, independientemente del anterior privilegio concedido a los demás, que sirve únicamente de ejemplo, pero sin seguir sus vicisitudes), o en forma accesoria (es decir, por mera extensión del privilegio de los otros y siguiendo la suerte que corra el del primer privilegiado).
3. Autor. Sólo pueden conceder privilegios los que tengan potestad sobre la ley, o sea, el legislador mismo, su superior o sucesor y aquellos a quienes el derecho conceda facultad especial. Y así, sólo el Romano Pontífice puede conceder privilegios contra el derecho general de la Iglesia; el obispo, en las leyes diocesanas; el jefe del Estado, en las civiles, etc.
4. Adquisición. Cuatro son los modos de adquirir un privilegio reconocidos por el Derecho canónico (cn.63):
a) Por directa concesión de la autoridad competente.
b) Por comunicación, ya sea en forma igualmente principal, ya sea en forma accesoria, según lo explicado anteriormente.
c) Por legítima costumbre.
d) Por legítima prescripción, o sea, de cuarenta años continuos y completos. La posesión centenaria o inmemorial engendra presunción de haberse concedido el privilegio.
5. Interpretación. La interpretación del verdadero sentido y alcance de un privilegio ofrece a veces no pocas dificultades. En general hay que atender al significado propio de sus palabras. En caso de duda, los privilegios favorables pueden interpretarse ampliamente, y lds odiosos deben serlo en forma restringida. Pero de suerte que aparezca siempre que los beneficiados obtienen alguna ventaja de la concesión de esa gracia (cn.5o 67 y 68).
6. Uso. I.° El uso de un privilegio personal es facultativo del favorecido, a no ser que se interponga la caridad u otra virtud, o precepto del superior, o por razón del bien común (cn.6q).
2.° Los peregrinos pueden usar, al menos por costumbre legítima, de los privilegios locales del territorio extraño donde se encuentren; pero no de los de su propio territorio cuando se hallen fuera del mismo, a no ser que conste lo contrario.
3.0 En el fuero externo no se puede reclamar en contra de nadie el uso de cualquier privilegio mientras no se pruebe legítimamente la concesión del mismo (cn.79).
7. Cese. De suyo, si otra cosa no consta, el privilegio ha de tenerse como perpetuo (cn.7o). Pero puede cesar por los siguientes motivos:
1) Por revocación del que lo concedió, o de su sucesor, o de su superior.
2) Por renuncia aceptada por el superior competente. Pero téngase en cuenta lo siguiente:
a) Toda persona privada puede renunciar al privilegio concedido únicamente en favor suyo.
b) No pueden las personas privadas renunciar al privilegio concedido a alguna comunidad, dignidad o lugar.
c) Tampoco la misma comunidad o colectividad puede renunciar al privilegio que le ha sido dado en forma de ley, o si la renuncia ha de causar perjucio a la Iglesia o a otros (cn.72).
3) Por acabarse el derecho del otorgante, si lo concedió con la cláusula «a nuestro beneplácito» u otra equivalente. Pero subsiste, si no puso cláusula alguna restrictiva, a no ser que lo revoque su legítimo sucesor o superior (cn.73)•
4) Por muerte del favorecido, si se trataba de un privilegio personal (cn.74)•
5) Por destrucción total de la cosa o del lugar privilegiados. Pero revive el privilegio si se restaura el local dentro de los cincuenta años (cn.75).
6) Cuando resultase nocivo o ilícito su uso, por haber cambiado las circunstancias o las cosas, a juicio del superior (cn.77).
7) Por transcurso del tiempo o del número de casos para que fue concedido (cn.77)•
No CESAN por el simple no uso o por el uso contrario, a no ser que se trate de un privilegio gravoso para otros y, además, concurra legítima prescripción o tácita renuncia (cn.76).
‘I R. 3. 1.’. 101
c) La dispensa del superior
121. I. Noción. La dispensa es la relajación de la ley en un caso especial (cn.8o), de suerte que, en virtud de la voluntad posterior del legislador, desaparece la obligación para el dispensado.
2. División. La dispensa puede ser:
a) VÁLIDA O INVÁLIDA, según la conceda el superior competente dentro de sus legítimas atribuciones o no.
b) LICITA O ILÍCITA, Si, supuesta la validez, se concede con causa justa y proporcionada o no.
c) EXPRESA, Si el superior la da explícitamente de palabra o por gestos; TÁCITA, Si va implícita en algún acto o manifestación del superior (v.gr., si el superior religioso manda atender a un visitante a la hora de un acto de comunidad obligatorio, dispensa tácitamente al religioso de acudir a ese acto) ; PRESUNTA, Si el superior no la ha dado de hecho (v.gr., por estar ausente), pero se supone razonablemente que la daría si se le pidiese.
d) OBREPTICIA O SUBREPTICIA, según que en la demanda de la dispensa se afirma algo que es falso o se calla algo que se debería manifestar. Si la obrepción o subrepción afectan a algo substancial, la dispensa así obtenida es inválida.
3. Autor. La dispensa de una ley puede concederse por el autor de la misma ley, por su sucesor o superior y por aquel a quien alguno de los mismos hubiera concedido la facultad de dispensar (cn.8o). Pero en la siguiente forma:
1º. EL LEGISLADOR MISMO puede dispensar:
a) En sus propias leyes, ya que las puede imponer.
b) En las de sus predecesores, porque tiene igual autoridad.
c) En las de sus inferiores, pues le están sometidos.
2.0 EL INFERIOR no puede dispensar en las leyes de su superior si no le autorizan para ello el mismo superior, el derecho o la legítima costumbre.
Teniendo en cuenta estos principios fundamentales, he aquí las atribuciones respectivas de los superiores eclesiásticos:
1) EL ROMANO PONTÍFICE puede dispensar a todos los fieles del mundo:
a) De cualquier ley eclesiástica (cn.218; cf. D. 1831).
b) Pero no de la ley divina natural o positiva, a no ser impropia e indirectamente, o sea, por cambio operado en la materia, en virtud del supremo dominio de Dios, y sólo en aquellos casos en que el derecho natural o divino positivo no es inmutable absolutamente por tener origen en el libre ejercicio de la actividad humana con relación a Dios y a los hombres, como ocurre, v.gr., con los votos, el juramento promisorio, la profesión religiosa y el matrimonio rato o no consumado. La dispensa de estas cosas se compensa con el bien que se sigue de ella a las almas.
2) LOS ORDINARIOS, sean o no obispos* , pueden dispensar a sus propios súbditos:
______________
* En Derecho canónico se entiende por ordinarios, si no se hace excepción expresa de alguno, además del Romano Pontífice, el obispo residencial para su territorio, el abad o prelado milite y sus vicarios generales, el administrador, vicario y prefecto apostólico, y también los que, a falta de éstos, les suceden entretanto en el gobierno, según el Derecho o las Constituciones. Y, además, en las religiones clericales exentas, los superiores mayores (general y provincial) respecto de sus súbditos.
Con el nombre de ordinario del lugar se entienden todos los anteriores, excepto los superiores religiosos (cn.198).
a) De sus propias leyes.
b) De las leyes eclesiásticas dudosas (aun irritantes e inhabilitantes) cuando se duda del hecho, con tal que el Romano Pontífice suela dispensar en ellas (cn.15).
c) De las leyes eclesiásticas sobre libros prohibidos en casos urgentes (cn.14o2); de los ayunos, abstinencias y días festivos (cn.1245); de varias irregularidades por delito oculto y de varias penas canónicas (cn.990 y 2237); de votos y juramentos no reservados (cn.1313 y 1320); siempre que en las facultades otorgadas esté incluido el poder de dispensar (cn.66 § 3).
d) De las demás leyes pontificias; pero sólo cuando se reúnan, a la vez, las tres condiciones siguientes: que sea difícil recurrir a la Santa Sede; que haya peligro de algún daño grave en la tardanza; que se trate de algo que la Santa Sede suele dispensar. Fuera de esto, no pueden dispensar sin autorización explícita o implícita, ni aun en un caso determinado, de ninguna ley pontificia general o particular, aunque hubiese sido dada para su propio territorio (cn.81-82).
3) Los PÁRROCOS no pueden dispensar de ninguna ley, ni general ni particular, a no ser que se les conceda expresamente esa facultad (cn.83), como se la concede el derecho con relación al ayuno y la abstinencia y la observancia de las fiestas, pero sólo en casos particulares (v.gr., mientras duren las lluvias o tal enfermedad, etc.) y con justa causa (en.1245).
4) Los CONFESORES tienen ciertas facultades especiales (cn.990 § 2; 1044-45 2252 2254 2290), de las que hablaremos en sus lugares correspondientes.
5) El que tiene facultad para dispensar puede dispensarse a sí mismo (cn.2o1 § 3).
4. Causas. Hay que distinguir entre la validez y la licitud de la dispensa :
a) PARA LA VALIDEZ, el superior no necesita causa alguna si se trata de su propia ley o la de un inferior, porque quien puede atar puede también desatar. Pero el inferior no puede dispensar vdlidamente de una ley del superior a no ser con causa justa y razonable. En caso de duda sobre la suficiencia de la causa, es lícito pedir la dispensa, la cual puede lícita y válidamente concederse (cn.84).
b) PARA LA LICITUD siempre se requiere causa, al menos probablemente suficiente. Y ello bajo pecado mortal, si dispensa un delegado en cosa grave, y bajo pecado venial, si lo hace el propio legislador, pues tiene obligación de proceder como dispensador fiel.
Entre las causas suficientes para la dispensa, unas son internas (v.gr., una gran dificultad para observar la ley por especiales circunstancias, enfermedad, etc.); otras, externas (el bien común, v.gr., en tiempo de la recolección de las cosechas); otras, motivas o canónicas, que por sí solas bastan para que se conceda la dispensa; otras, finalmente, impulsivas, que por sí solas no bastarían, pero refuerzan las otras motivas.
El error o engaño del superior por haber alegado razones falsas (obrepción) o haber ocultado parte de la verdad (subrepción) invalidaría la dispensa si fuese ese error la razón única de la concesión o afectase a algo substancial; pero no afectaría a la validez (aunque sí fácilmente a la licitud por parte del que la recibe) si se tratare de cosas puramente accidentales y no fuese ésa la causa única de concederse la dispensa, sino que hubiese, por lo menos, una verdadera entre las motivas (cn.42).
5. Cese. La dispensa puede afectar a una cosa que se extingue para siempre una vez dispensada (v.gr., de un impedimento para el matrimonio) o algo que se prolonga por mucho tiempo (v.gr., de no ayunar mientras dure tal enfermedad crónica). Estas últimas pueden cesar de los siguientes modos:
1) POR PARTE DEL QUE DISPENSA: a) por legítima revocación, expresa y manifestada convenientemente al súbdito o los súbditos; b) por muerte (física o moral) si la dispensa se dió con la cláusula «mientras fuese de nuestra voluntad» u otra equivalente (cn.73 y 86).
2) POR PARTE DEL DISPENSADO, por renuncia legítima aceptada por el superior; no basta el simple no uso o el uso contrario, a no ser que cause gravamen a otros (cn.72 76 86).
3) POR PARTE DE LA CAUSA FINAL ÚNICA, cuando cesa totalmente ésta (v.gr., cuando se recupera totalmente la salud, cuya pérdida motivó la dispensa).
Texto de Royo Marín, excepto lo escrito en azul
LOS SANTOS CONTRA LOS ACÉFALOS(1). BEATO JUAN DE ÁVILA
DEL BEATO JUAN DE ÁVILA
Lo escrito en azul está editado por Sede de la Sabiduría y no pertenece al escrito del Beato, ya que se trata de una aplicación a la situación de nuestro siglo .
NOTA: Describimos como acéfalos, a efectos de entendernos, a aquellos obispos, sacerdotes y seglares que reconociendo que la Sede de San Pedro está vacante o usurpada por falsos papas, argumentan con toda clase de sofismas y excusas, para impedir que la Iglesia cumpla con la obligación de elegir un papa por medio de los obispos, ya que todos los «cardenales» han caído en la herejía conciliar.
Donde está el Papa, está la Iglesia de Cristo
- El Beato está demostrando cuál es la casa donde Cristo celebra la cena. Esto le da ocasión para hacer una profunda y clarísima exposición sobre la verdadera Iglesia de Cristo con las señales que la distinguen. Ante los ojos del Beato Ávila, hombre siempre en contacto con los problemas de su época, están presentes los desgraciados hijos de la reforma protestante (cf. Sermón del Jueves Santo: BAC. Obras completas t.2 [Madrid 19531 •p.482 ss). Y hoy bien podríamos aplicar su enseñanza a la situación de los acéfalos que se niegan, bajo diversas excusas, a elegir un Papa; «Dicen que no es menester que haya cabeza que sea hombre, sino que basta que el que es Dios y hombre sea cabeza, y que a ése debemos seguir», adhiriendose así en la teoría y/o en la práctica, a la condenada concepción protestante de una iglesia neumática, bajo las falsas apariencias de la Misa tradicional.
A) Fuera de la Iglesia de Cristo no hay salvación
«Cuál es la casa donde tal novedad ha de hacer Cristo, que se acabe lo viejo y comience lo nuevo: nueva ley, nuevo sacerdocio, nuevo sacrificio, nuevo culto, y donde se había de cumplir lo escrito: Antiqua ne intueamini? (Is. 43,18.). .
No se nos pase por alto esta casa, porque ésta significa la Iglesia. Y ¡ay de quien no supiere esta casa y morare en ella, porque tan imposible es salvarse fuera de ella, cuan imposible fue no ahogarse hombre que en el tiempo del diluvio no entrase en el arca, y aún más imposible! No hay fuera de la santa Iglesia romana salud; no aprovecha buenas obras, como San Cipriano dice: «Morir por Cristo fuera de la santa Iglesia romana no es martirio, ni basta para salvarse; más es perfidia y porfía que martirio cristiano; porque no acepta Dios honra que le hagan si deshonran a su esposa la Iglesia» (cf. De unitate Ecclesiae 14: PL 4, 526327). En ésta, con poco se salvan, pues la fe y obras que se piden son fáciles con la gracia de Dios; fuera de ésta, ninguna cosa aprovecha. Pues San Agustín dice: «Obras buenas, fuera de fe, son como quien anda fuera de camino, que mientras más anda y corre, más se aleja del camino y llega al despeñadero» (cf. De bapt. contra Donatist. 1.1 c.10; PL 43,115, y Ep. 108,9: PL 33,410). Porque el que está fuera de la Iglesia, mientras más obras buenas hace, menos merecen nombre de buenas obras. Sin fe verdadera, engañado y fiado el tal hombre que está en buen camino, menos busca el bien y más se confirma en el mal y así se aleja más de la verdad por ocasión de sus buenas obras» (cf. o.c., p.482-483).
B) Interesa saber dónde está la Iglesia
«!Siete ojos, hermanos, siete ojos a la casa donde el Señor celebra su fiesta, donde consagra, donde hace sacerdotes, donde predica a sus discípulos, donde envió después al Espíritu Santo! Porque como no hay más que una Iglesia verdadera y en ella—y no fuera de ella—hay salvación, ya veis cuánto nos cumple acertar con ella, cuánto nos cumple el salvarnos» (¡bid.).
C) La verdadera Iglesia debe tener la palabra de Dios y la gracia
«,Qué señas, Señor, tiene vuestra casa, para que los discípulos atinen a ella para os aparejar la fiesta? ¿Qué señas tiene, Señor? Intrantibus in civitatem, occurret vobis homo (Lc. 22,10). Entre tantas calles como hay en Jerusalén, entre tantas casas y gentes, tomad esta señal para que acertéis: Seguid a un hombre que lleva un cántaro de agua.—jVálame Dios, y qué señal tan extraña, tan humilde y tan cierta llena de significación! El agua en la divina Escritura, sabiduría significa. Aqua sapientiae salutaris (Eccli. 15,3). En la dicha Escritura, el agua significa la gracia. Si quis sitit veniat ad me et bibat. Qui credit in me, sicut dicit Scriptura, Ilumina de ventre eius fluent aquae vivae.
Hoc autem dixit de spiritu, quem accepturi erant credentes in eum (lo. 7,37-39). Donde hay sabiduría del cielo, así atinaréis a mi Iglesia» (¡bid., p.483-484).
a) ESCRITURA Y SACRAMENTOS
«Obscuras señas son, Señor.—Pues mirad bien, que el agua va en cántaro y así podréis por el cántaro atinar el agua. ¿Qué cántaro lleva sabiduría del cielo, sino la Escritura divina, en la cual está la ciencia y palabra de Dios? ¿Qué cántaro contiene la gracia celestial, con que se apagan los malos deseos, y se riega el ánima, con que da fruto que lleve a la vida eterna, sino los santos sacramentos de la Iglesia, que, como el concilio Florentino y Tridentino dicen, contienen y dan gracia? (CONC. FLORENT., Decr. pro Armenis, de sacram.; CONC. Tmn., sess.7, de sacram., can.6). ¡Oh preciosísimos vasos, que contienen tal licor que es la gracia, y en los cuales mora y obra la virtud de la sangre de Cristo, por la cual se nos ganó la gracia con que bien vivimos y nos salvamos!» ibid., p.484).
b) NO BASTA UNA SOLA COSA
«Aquella Iglesia que cree y tiene la Escritura divina, y que tiene y confiesa haber sacramentos por los cuales se da la gracia, aquélla tiene señales de la verdadera Iglesia. Porque la que dice que no hay Escritura o que la gracia se da por la fe sola, y no los sacramentos, no es agua en cántaro ni tiene la señal que dio Cristo y la que dijo cuando dijo: Quien bien creyere y fuere bautizado será salvo (Mc. 16,16). No creer sólo, no bautismo solo: fe y sacramentos bien recibidos y obras es menester para ser salvos. Yo creo que queréis agua en cántaro, que salva ánimas; hela aquí: Mundans eam lavacro aquae in verbo vitae (Eph. 5,27). Salvos nos fecit per lavacrum regenerationis (Tit. 3,5)» (¡bid.).
c) SOLUCIÓN DE DIFICULTADES
«Y si por decir San Pablo en unas partes: Per fidem iustificamur (Gal. 2,16), se entiende que la fe se requiere como es verdad, también se saca qué sacramentos se requieren y obras; pues dice por las mismas palabras lo uno y lo otro. Y si por decir que per fidem o ex fide se excluyesen los sacramentos, luego diciendo per lavacrum se excluirá la fe, pues no hay diferencia en el modo de hablar. Mas así como no es lícito excluir a la fe, porque pide sacramentos, así ni Sacramentos, porque pide fe. Donde hubiere escritura de Dios y sacramentos, que contienen y dan gracia, seguid a aquél y atinaréis a mi Iglesia.»
D) El Papa, señal clara y manifiesta
a) NO BASTA LLEVAR EL AGUA O EL CÁNTARO
¿Qué haremos, Señor, si hay herejes que digan que creen la Escritura y tienen a su modo sacramentos, dicen que tienen fe en Cristo y dicen maravillas de Él? Dadme otra señal más precisa y que no me deje engañar; señal clara, visible y manifiesta. ¿Cuál es, Señor, vuestra Iglesia?—Mirad bien en lo que he dicho, que allí lo veréis. No dije yo: Entrad en una casa y mirad donde hubiere un cántaro de agua, y allí aparejad, sino: Seguid un hombre que lleva un cántaro de agua. Si miráis a sola, el agua o el cántaro, por ventura os engañaréis; mas mirad que lo lleva un hombre, y de cierto no os faltará nada para acertar. Herejes puede haber que traten palabras de Dios, sacramentos santos; mas no quieren confesar que hay un hombre no más que lleve ese cántaro de agua. Dicen que no es menester que haya cabeza que sea hombre, sino que basta que el que es Dios y hombre sea cabeza, y que a ése debemos seguir» (¡bid., p.485).
b) LOS HA DE LLEVAR UN HOMBRE
«Mirad que dice que un hombre lleva el cántaro de agua, porque ha de saber un hombre que sea cabeza y guía a quien vosotros sigáis, para acertar a la Iglesia ¿Si no se elige al hombre cómo acertar cuál es la verdadera Iglesia, fuera de la cual nadie se salva? San Pablo dice: Una fe, un bautismo (Eph. 4,5). Pues nunca habrá una fe, ni un bautismo, ni un Dios, ni un Criso en los entendimientos de los hombres, si no hay un hombre que lleve el cántaro de agua, al cual vosotros sigáis.»
- Los que no le siguen rompen la unidad del reino de Cristo
«Si no, preguntad a los que no quieren reconocer hombre que sea Vicario de Cristo en la tierra si tienen una fe, y veréis que cada uno tiene la suya, y tantas fes cuantas cabezas, y tantas maneras de bautizar y tantas maneras de dioses ¡ Qué gran verdad aplicada a los acéfalos, donde hay distintas morales, rúbricas y sentencias sobre todo, estando cada vez más divididos¡ Un Dios hizo Arrio, y contrario de éste hizo Sabelio; uno pone distinción en la esencia, otro confusión en las personas; y otro hace su Dios como se le antoja. Y el Cristo de Eutiques es contrario al Cristo de Nestorio, y el de otros al de otros; y así, ni hay una fe ni es conocido un Dios, ni un Cristo, si se quita que haya un hombre que vaya delante con el cántaro de agua, a quien sigan los otros» (¡bid.).
- El Papa no crea la fe, pero la conserva
«Este es el Papa, Vicario de Cristo en la tierra, que lleva en su mano el cántaro de agua, que es la divina Escritura y los sacramentos; no porque él pueda hacer fe ni sacramentos, como tampoco el hombre que lleva e1 agua crio el agua ni el cántaro; mas llevarlo en la mano es declarar cómo se ha de entender, y poner cada cosa en su lugar, y dar a beber el agua que Dios dio. Pues le está dicho: Apacienta mis ovejas (lo. 21,27), ¿cómo las apacentará si no le dan que pueda declarar la Escritura y los sacramentos, en que las ovejas se apacientan? Diósele este poder para soltar y ligar, para declarar e interpretar, y sobre él está fundada la Iglesia.» Mas este poder sobre sus cabezas, no lo quieren ya los acéfalos que arguyen mil sofismas para no elegir al que han de seguir: al que ha de llevar el agua y el cántaro.
- El Papa hace que la Iglesia sea fácilmente visible para cualquiera que quiera abrir los ojos
«Y así la Iglesia es cosa manifiesta y clara, que aun los ciegos, si no quieren a sabiendas cegarse, encontrarán con ella. Esta es la ciudad puesta en alto (Mt. 5,14), señal que aun desde lejos atinan a ella los caminantes. Si ella estuviera escondida, todo estuviera escondido; porque ella es la que da luz a todo. ¿Qué me aprovecha de que haya Escritura de Dios. si yo no sé si es Escritura de Dios? ¿Y cómo sabré si lo es, si la Iglesia no me lo dice? «El Evangelio no creería si la Iglesia no me lo dijera», dice San Agustín (Contra ep. Manich. c.5,6: PL 42,176); no porque la verdad de Dios dependa de nadie, mas porque, para saber si es verdad de Dios, es menester que la Iglesia me lo diga. ¿Y cómo sabré que tal paso de la Escritura- quiere decir esto y esto, pues cada uno da su entendimiento y no hay cosa cierta, mirando a lo que cada uno dice,’ si no hubiese uno que sin errar me dijese: «Esto se entiende así»? Quitad esto, y andaremos tan a ciegas como si no hubiese palabra de Dios en la tierra. Porque si el entendimiento de ella queda a lo que un hombre dice, ya no es palabra de Dios, sino palabra de hombre; pues la palabra, en el entendimiento consiste, que no en el aire o en la escritura muerta. Pues para que haya una fe, es menester un sentido; y para un sentido cierto, ha de haber un hombre que lleve en su mano el cántaro de agua y tenga poder para declarar y aclarar a los hombres el agua, que de sí es muy clara. Y es la señal de la Iglesia en que Dios mora: que tiene una cabeza que es el Papa, a quien han de seguir todos los demás y obedecerle. Iglesia manifiesta, no escondida, no invisible; porque de esa manera lo que ha de declarar sería más oscuro» (l1 p.485-486). Es evidente ( La evidencia es el esplendor de la verdad) que si no se quiere elegir un Papa en la actual situación de sedevacancia será imposible saber cuál es la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo, donde Dios mora, y el riesgo de perderse eternamente muchas almas por abrazar tantas falsas capillas de sacerdotes y obispos, acéfalos, es grandísimo. He aquí en el Beato Juan de Ávila la moraleja a extraer de sus escritos: ¡Es de gravísima urgencia la elección de aquél que lleva el agua en el cántaro, al que se debe seguir: El Papa!
DE LA NECESIDAD DEL BAUTISMO
Jesucristo instituyó este sacramento como medio de salvación absolutamente necesario cuando dijo: «Si alguno no fuese regenerado por el agua y por el Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios» (Juan, III, 5). «Predicad el Evangelio á toda criatura, el que creyere y se bautizare se salvará ; el que no creyere, se condenará» (Marcos, XVI, 16). San Pedro ha repetido esta misma verdad diciendo que el bautismo nos salva, (I Pedro III, 21); y San Pablo nos enseña que Dios nos ha salvado por el baño de regeneración, y la renovación del Espiritu Santo, (Tito III,5). No ignoramos los subterfugios con que los calvinistas y los socinianos han torcido el sentido de estos lugares y de otros muchos que establecen el dogma; pero la Iglesia condenando sus errores ha lanzado el mismo anatema a las falsas interpretaciones que dieron a la Sagrada Escritura. El concilio de Trento, después de haber decidido que Adán ha transmitido a todo el género humano no solo la necesidad de sufrir y de morir, sino también el pecado que es la muerte del alma, enseña que no puede borrarse sino por los méritos de Jesucristo que se nos aplican por el bautismo, ses. 5, can. 2 y 3; que desde la promulgación del Evangelio no puede pasar el hombre del estado de pecado al de gracia sin el bautismo, ó sin el deseo de recibirlo, ses. 6, can. 4; y consiguientemente anatematiza a cualquiera que sostenga que este sacramento no es necesario para la salvación, ses. 7, can. 5.
Respetables obispos del tercer siglo han pensado también que los fieles, que habían recibido un bautismo entre los herejes, pero que habían vuelto de buena fe a la Iglesia, y que habían participado de los santos misterios, no tenían necesidad absoluta de reiterarles el bautismo. Este era el parecer de San Dionisio de Alejandría, de San Cipriano, Epist. 73, ad Jubaian. V. Eusebío. Hist. eccles. I. 7, c. 9, y la nota de Lowlh. 13’mgham, Orig. eccles. I. 10, c. 2, 23. Por último, los Padres, a excepción de San Agustin, todos han sido de parecer que San Juan Bautista ha sido santificado por Jesucristo en el vientre de su madre, por esto celebra la Iglesia su natividad.
En consecuencia, los teólogos distinguen tres especies de bautismo, a saber: el de deseo, baptismus flaminis, el de sangre ó el de martirio, baptismus sanguinis, y el bautismo de agua, baptismus fluminis.
El pasaje de San Pablo de que abusan Calvino y sus sectarios, no prueba lo que que ellos quieren. El Apóstol dice, I Cor. VII, 14: «que un marido pagano es santificado por una mujer cristiana, y que una esposa pagana es santificada por un marido cristiano; de otro modo, añade, vuestros hijos serian impuros; así son santos.»
Esto no prueba que estos niños nazcan exentos del pecado, sino que generalmente un padre ó una madre que profesa el cristianismo, procura bautizar a sus hijos, ó que hay motivo para esperar que los educarán en esta religión.
por el Abate Bergier (Tomo I, año 1854)
LA COMMUNICATIO IN SACRIS
1ra cita: Canon 1258 del “Código de Derecho Canónico” publicado en 1917
1. En modo alguno es lícito a los fieles asistir activamente o tomar parte en las funciones sagradas de los acatólicos.
2. Por razón de un cargo civil o por tributar un honor, habiendo causa grave que en caso de duda debe ser aprobada por el Ordinario, se puede tolerar la presencia pasiva o puramente material en los funerales de los acatólicos, en las bodas u oirás solemnidades por el estilo, con tal que no haya peligro de perversión ni de escándalo.
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2da cita: “DICCIONARIO DE TEOLOGIA MORAL”, dirigido por el Obispo Francesco Roberti (miembro del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica), publicado en su 2da edición el año 1957 por la Editrice Studium, de Roma. Página 278 del documento digital (PDF), pero página 233 del libro como tal:
COMUNICACIÓN CON ACATÓLICOS (in sacris).
1. Naturaleza. – La c. in sacris, es decir, en las cosas sagradas, es la participación de un católico en las funciones sagradas y públicas de un culto no católico, herético, cismático, infiel, etc. Ésta es la verdadera c. in sacris, llamada también c. in sacris positiva, para distinguirla de la c. in sacris negativa, que existe cuando un acatólico es admitido a tomar parte en las funciones del rito católico. Limitándonos a la primera, ésta puede ser formal cuando un católico participa en un culto acatólico con la intención de honrar a Dios con aquel culto; o material cuando un católico asiste a las funciones de un culto acatólico por razón de oficio o convivencia social sin intención de participar realmente en aquel culto; o activa cuando al tomar parte en el culto se realiza algún acto que tenga relación con él, y pasiva cuando se toma parte sin poner ningún acto que diga relación a. la ceremonia religiosa.
2. C. «IN SACRIS» ACTIVA Y FORMAL. – La c. activa y formal está prohibida siempre, y el can. 1258 la prohíben expresamente bajo todas sus formas, porque sería la profesión de un culto falso y la negación de la fe católica, aparte del escándalo. Así, fuera del peligro de muerte está prohibido recibir los Sacramentos de un ministro acatólico, y tomar parte activa en sus ceremonias de culto. Quien toma parte activa y formal en un culto acatólico es sospechoso de herejía (can. 2318).
3. C. «IN SACRIS» PASIVA Y MATERIAL. – La. c. in sacris pasiva y material por razón de oficio o convivencia social (en funerales, bodas y otras solemnidades cívico-religiosas de los acatólicos) se tolera si no hay peligro de perversión o de escándalo (can. 1258, § 2). Los católicos pueden entrar por curiosidad en las iglesias acatólicas, pero no durante las funciones o predicaciones, a no ser exclusivamente para conocer y combatir la doctrina herética o cismática (Gasparri, CIC, Fontes, IV, n. 856), lo cual se ha de evitar normalmente también por otras razones. Por lo que respecta a las discusiones en materia de fe con los acatólicos, prohibidas de ordinario (canon 1325, § 3; Sto. Oficio, 5 junio 1948), véase Disputa.
4. C. negativa. – Se tolera la presencia de los acatólicos en las ceremonias católicas, especialmente en la predicación. Estos pueden recibir las bendiciones destinadas a atraerles la luz de la fe y la salud del cuerpo. Sólo en privado pueden recibir las demás bendiciones y sacramentales (cans. 1149, 1152). No pueden cantar durante las funciones litúrgicas, ni recibir candelas, ceniza o ramos, benditos, ni celebrar sus funciones en la iglesia católica.
BIBLIOGRAFÍA. — R. Naz, Communicatio in sacris, en DDC. III, 1091-1095; La comunicazione «in divinis» con gli acattalici, en Civ. catt., 72 (1921), 338-348; 72 (1921), 22-32; 72 (1921), 503-621; P. C., L’assistance aux funerailles non catholiques, en Rev. ecclés., Metz, 40 (1933), 24-33, 109-113.
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3ra cita: “Comentarios al Código de Derecho Canónico”, Tomo 2, por el Dr. SABINO ALONSO MORAN, O.P. En la página 862, sobre el Canon 1258:
701. Es ilícito participar en el culto acatólico (can. 1258). —La comunicación con los acatólicos puede ser en las cosas profanas o civiles y en las cosas sagradas. La primera no está prohibida por el derecho positivo, mas puede estarlo por el derecho natural si hay peligro de perversión para quienes la practican o de escándalo para los demás.
La comunicación en las cosas sagradas se subdivide en activa o formal y en pasiva o material.
Se da comunicación o asistencia activa cuando un fiel toma parte en las funciones del culto acatólico, lo cual puede verificarse de dos maneras: a) asistiendo a ellas con atención y modestia religiosa; b) a fortiori, alternando con los acatólicos en los rezos o recibiendo de ellos los sacramentos.
Conforme indica el canon 2316, es sospechoso de herejía el que espontáneamente y a sabiendas participa in divinis con los herejes, en contra de lo que prescribe el canon 1258.
La comunicación pasiva o material tiene lugar cuando un fiel asiste a las referidas funciones de una manera puramente externa, comportándose de tal forma que manifiesta claramente no tomar parte alguna en aquéllas.
La primera está prohibida por derecho positivo y por derecho natural, pues equivale a profesar la falsa religión o, al menos, a simular falso culto.
La segunda puede tolerarse cuando concurran las circunstancias señaladas en el canon 1258 § 2.
Por razón de cargo civil está permitida la asistencia pasiva de los funcionarios públicos y de la servidumbre de los que se casan o de aquellos por quienes se celebra el funeral.
No basta cualquier motivo para disculpar dicha asistencia; hace falta una causa grave, como sería el peligro de enemistarse o de otro daño considerable.
Habría peligro de escándalo si semejante asistencia indujera a los fieles a pensar que aquella religión no es falsa, y los acatólicos tomaran pie de ahí para confirmarse en su error.
Consta por varias declaraciones de las SS. Congr. del Santo Oficio y de Propaganda Fide que:
a) A los católicos les está prohibido acudir a las iglesias de los cismáticos para oír Misa y tomar parte en sus oraciones, incluso en aquellos lugares donde no hay sacerdotes católicos, y aun tratándose de oraciones que no tienen nada contra la fe ni contra el rito católico.
b) No es lícito a los católicos acompañar los cadáveres de los herejes al ser conducidos a sus templos, ni asistir a sus funerales con velas encendidas.
c) Por regla general no está permitido a los católicos oír la predicación de los herejes o cismáticos ni asistir a sus bautizos o bodas. Y les está prohibido en absoluto hacer de padrinos, ni por sí ni por procurador, en el bautismo de los hijos de herejes administrado por herejes.
d) No es lícito a los católicos invitar a sus funciones sagradas a los herejes para que tomen parte con ellos en el coro, salmodiar con ellos, darles la paz, imponerles la ceniza, ofrecerles candelas y ramos benditos ni otras cosas por el estilo, tanto en sentido activo como pasivo, es decir, ni dándoselas ni recibiéndoselas. Tocante a los funerales de los católicos, puede tolerarse que asistan los herejes y cismáticos con mera presencia material, por motivo de honor civil hacia los difuntos, pero sin mezclarse en las preces y en los ritos.
e) Está permitido a los católicos entrar en las iglesias de los cismáticos por mera curiosidad, fuera de las horas en que celebran éstos sus oficios; e igualmente les está permitido adorar y visitar la Sagrada Eucaristía de los cismáticos y rezar ante las imágenes de los Santos que hay en dichas iglesias; y esto, aun hallándose presentes los cismáticos, con tal que se evite el escándalo, por lo que atañe a la entrada en las iglesias, y a condición de que no se asocien a los cismáticos en la visita al Santísimo y en los rezos ante las imágenes. Asimismo está permitido a los católicos aceptar la invitación de los cismáticos para visitar sus iglesias, oratorios o capillas, a fin de que no lleven a mal la negativa. Si los católicos, al ir por la calle, encuentran al párroco cismático llevando el Santísimo Sacramento a los enfermos, no sólo pueden, sino que deben adorarlo; pero se abstendrán de acompañarlo.
f) A falta de un organista católico que toque el órgano en una iglesia católica, se puede admitir temporalmente para esa función un organista acatólico, removiendo el escándalo o el peligro de escándalo.
EL MINISTRO Y EL SUJETO RECEPTOR DE LOS SACRAMENTOS
EL MINISTRO Y EL SUJETO DE LOS SACRAMENTOS
Por Ludwig Ott
Para la validez del sacramento se requiere por parte del que lo recibe, si tiene uso de razón, la intención de recibirlo ( Sentencia cierta. Ott.. Manual de Teología Dogmática)
Tiene por objeto esta intención meramente externa el realizar con seriedad y en las debidas circunstancias la ceremonia religiosa, pero dejando a un lado su significación religiosa interna. Como es natural, tal intención no responde al deber de hacer lo que hace la Iglesia, ni al papel del ministro como servidor de Cristo, ni a la finalidad del signo sacramental, que en sí es ambiguo y recibe su determinación de la intención interna; ni está de acuerdo tampoco con las declaraciones del magisterio; cf. Dz 424: «fidelis intentio». El papa Alejandro VIII condenó en 1690 la siguiente proposición : «Valet baptismus collatus a ministro, qui omnem ritum externum formamque baptizandi observat, intus vero in corde suo apud se resolvit : non intendo, quod facit Ecclesia» ; Dz 1318; cf. Dz 672, 695, 902.
Según la opinión hoy (1941) casi general de los teólogos, para la administración válida de los sacramentos se requiere la intención interna, es decir, una intención tal que no solamente tenga por objeto la realización externa de la ceremonia sacramental, sino también su significación interna. Es insuficiente la intención meramente externa (Ludwig Ott, Manual de Teología dogmática)
EL MINISTRO DE LOS SACRAMENTOS
1. La persona del ministro
a) Ministro primario y secundario
a’) El ministro primario de los sacramentos es el Dios-Hombre Jesucristo (sent. cierta).
Pío XII enseña en la encíclica Mystici Corporis (1943) : «Cuando los sacramentos de la Iglesia se administran con rito externo, El es quien produce el efecto interior en las almas» ; «Por la misión jurídica con la que el divino Redentor envió a Ios apóstoles al mundo, corno Él mismo había sido enviado por el Padre (cf. Ioh 17, 18; 20, 21), El es quien por la Iglesia bautiza, enseña, gobierna, desata, liga, ofrece y sacrifica».
San Pablo dice que es Cristo quien purifica a los bautizandos mediante el lavado del agua (Eph 5, 26). El ministro humano es tan sólo servidor y representante de Cristo; 1 Cor 4, 1: «Es preciso que los hombres nos consideren como servidores de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios» ; 2 Cor 5, 20 : «Somos embajadores de Cristo.»
SAN AGUSTÍN comenta a propósito de Ioh 1, 33 («Ése es el que bautiza en el Espíritu Santo»): «Si bautiza Pedro, Al [Cristo] es quien bautiza; si bautiza Pablo, Al es quien bautiza; si bautiza Judas, Al es quien bautiza» (In Ioh., tr. 6, 7).
b’) El ministro secundario de los sacramentos es el hombre en estado de peregrinación «in statu viae» (sent. común).
Prescindiendo de los sacramentos del bautismo y el matrimonio, para la administración válida de los demás es necesario poseer poder sacerdotal o episcopal recibido por ordenación. El concilio de Trento, contra la doctrina reformista sobre el sacerdocio universal de todos los fieles, declaró : «Si quis dixerit, Christianos omnes in verbo et omnibus sacramentis administrandis habere potestatem», a. s.; Dz 853. Como el ministro humano obra en representación de Cristo («in persona Christi» ; 2 Cor 2, 10), necesita un poder especial conferido por Cristo o por la Iglesia de Cristo.
El ministro del sacramento ha de ser distinto del sujeto que lo recibe, si exceptuamos el caso de la eucaristía. Inocencio III declaró que el bautismo de uno mismo era inválido, pero hizo aprecio de él como expresión enérgica de la fe en el sacramento y del deseo de recibirlo («Votum sacramenti») ; Dz 413.
b) Independencia de la ortodoxia y del estado de gracia del ministro
La validez y eficacia de los sacramentos no dependen de la ortodoxia ni del estado de gracia del ministro.
Por lo que al estado de gracia se refiere, la tesis es de fe; por lo que concierne a la ortodoxia, es de fe tratándose del bautismo (Dz 860), y sentencia próxima a la fe tratándose de los demás sacramentos; cf. CIC 2372.
El concilio de Trento se pronunció contra los donatistas, valdenses, fraticelos, wiclifitas y husitas haciendo la siguiente declaración : «Si quis dixerit, ministrum in peccato mortali existentem, modo omnia essentialia, quae ad sacramentum conficiendum aut conferendum pertinent, servaverit, non conficere aut conferre sacramentum», a. s.; Dz 855 ; cf. Dz 424, 488, 584, 672.
En la disputa sobre la rebautización de los herejes, el papa Esteban i (256), argumentando sobre la tradición, decidió, contra la opinión de Cipriano), obispo de Cartago, y Firmiliano, obispo de Cesarea, que el bautismo administrado por Ios herejes es válido; Dz 46: «Por consiguiente, si algunos vinieren a vosotros procedentes de alguna herejía, no se haga .ninguna innovación, sino lo que es tradicional, a saber : que se les imponga la mano para penitencia» («nihil innovetur, nisi quod traditum est, ut manus illis imponatur in poenitentiam»). El error de los donatistas, que enseñaban que para administrar válidamente los sacramentos era necesaria no solamente la ortodoxia, sino también estar libre de todo pecado grave, fue refutado por Optato de Milevi y, sobre todo, por San Agustín, Ios cuales se fundaron en que Cristo es el ministro primario de los sacramentos.
La prueba teológica por razones internas la tenemos en la tesis de la eficiencia «ex opere operato» de los sacramentos, así como también en la consideración de que el ministro humano en los mismos no es sino causa instrumental con respecto a Cristo, que es el ministro primario. Como el instrumento obra por virtud de la causa principal, por lo mismo la eficiencia del sacramento no dependerá de la situación subjetiva del que lo administra. Si de ella dependiera, tendríamos una fuente de continua incertidumbre e intranquilidad; cf. S.th. tu 64, 5.
c) Dignidad del ministro
Como servidor y representante de Cristo, el ministro está obligado en conciencia. a administrar los sacramentos dignamente, es decir, en estado. de gracia ; cf. Ex 19, 22 ; Lev 19, 2 ; 21, 6. Es sacrilegio administrar un sacramento en estado de pecado mortal. Se exceptúa la administración del bautismo en peligro de muerte, porque el ministro del bautismo de necesidad no obra como ministro oficial de la Iglesia, sino que es uno que corre en auxilio de una persona que se halla en peligro. El Catecismo Romano (II 1, 20, 2) hace la siguiente exhortación : «Lo santo — no cesaremos de encarecerlo — hay que tratarlo con santidad y respeto» ; cf. S.th. iii 64, 6.
2. La acción del ministro
a.) Para administrar válidamente los sacramentos es necesario que el ministro realice como conviene los signos sacramentales (de fe).
Ello significa que debe emplear la materia y forma sustanciales del Sacramento, uniéndolas ambas en un único signo sacramental ; Dz 695.
b) El ministro ha de tener, además, la intención de hacer, cuando menos, lo que hace la Iglesia (de fe).
El concilio de Trento, contra los reformadores, que negaban fuera necesaria la intención del que administra los sacramentos, porque éstos no tendrían más que un valor subjetivo y psicológico, declaró : «Si quis dixerit, in ministris, dum sacramenta conficiunt et conferunt, non requiri intentionem saltem faciendi quod facit Ecclesia», a. s.; Dz 854; cf. Dz 424, 672, 695, 752.
La expresión «intendere facere quod facit Ecclesia» (pretender hacer lo que hace la Iglesia) es corriente desde finales del siglo xii y comienzos del xiii (Prepositino, Gaufrido de Poitiers, Guillermo de Auxerre, Felipe el Canciller).
a’) Necesidad de la intención
Los padres no hacen expresamente comentarios sobre la necesidad de la intención para administrar los sacramentos. Consideran que ésta se incluye ya en la debida realización de la acción sacramental. El papa Cornelio (251-253) declaró la consagración episcopal de Novaciano como (imposición de las manos aparente y nula», es decir, como inválida, evidentemente por falta de la intención necesaria por parte del ministro (EusEBio, H. eccl. vi 43, 9). En la época patrística reinaba alguna incertidumbre sobre la validez del bautismo que se efectúa en broma o por juego. SAN AGUSTÍN no se atrevió a dar ninguna solución categórica (De bapt. VII 53, 102). El problema lo aclaró por vez primera la escolástica primitiva, sobre todo Huco oEt SAN VÍCTOR (De sácr. II 6, 13).
Se deduce que es necesaria la intención, por las siguientes razones:
Como el ministro humano es servidor y representante de Cristo (1 Cor 4, 1; 2 Cor 5, 20), está obligado a someter y adecuar su voluntad a la voluntad de Cristo, que es quien le ha confiado el encargo de administrar el sacramento. Cristo sigue viendo y obrando en su Iglesia. Por eso basta la intención de hacer lo que hace la Iglesia.
El ministro humano es un ser dotado de razón y libertad. Por eso, el acto de administrar los sacramentos ha de ser un «acto humano», es decir, una acción que procede del entendimiento y de la libre voluntad. HUGO DE SAN VÍCTOR, que es el primero en acentuar la necesidad de la intención, enseña : «rationale esse oportet opus ministeriorum Dei» (De sacr. II 6, 13).
El signo sacramental es ambiguo e indiferente de por sí para diversos usos. Por la intención del ministro se convierte en significativo y ordenado al efecto sacramental; cf. S.th. ni 64, 8.
b’) Cualidad de la intención
Por lo que respecta a la faceta subjetiva, el ideal es la intención actual, es decir, aquella intención de la voluntad que precede y acompaña toda la ceremonia; pero notemos que tal intención no es necesaria. Basta la intención virtual, es decir, la que se concibe antes de la ceremonia y que durante el transcurso de ésta subsiste virtualmente (SANTO TOMÁS la llama intención habitual ; S.th. iii 64, 8 ad 3). Es insuficiente la intención habitual, es decir, aquella que se concibe antes de la ceremonia y no se retira, pero que durante la ceremonia no existe de manera actual ni siquiera virtual, y por lo mismo no tiene influencia sobre ella.
Por lo que respecta a la faceta objetiva, basta la intención de hacer lo que hace la Iglesia. Por eso no es necesario que el ministro tenga la intención de lograr los efectos del sacramento que pretende lograr la Iglesia, v.g., la remisión de los pecados. No es necesario tampoco que tenga intención de realizar un rito específicamente católico. Basta el propósito de efectuar una ceremonia religiosa corriente entre los cristianos.
c’) Insuficiencia de la intención meramente externa
Según la opinión hoy casi general de los teólogos, para la administración válida de los sacramentos se requiere la intención interna, es decir, una intención tal que no solamente tenga por objeto la realización externa de la ceremonia sacramental, sino también su significación interna. Es insuficiente la intención meramente externa que consideraron como suficiente numerosos teólogos de la escolástica primitiva (v. g., Roberto Pulo, Rolando) y más tarde Ambrosio Catarino, O. P. (t 1533), y muchos teólogos de los siglos xvll/xviu (v.g., Serry). Tiene por objeto esta intención meramente externa el realizar con seriedad y en las debidas circunstancias la ceremonia religiosa, pero dejando a un lado su significación religiosa interna. Como es natural, tal intención no responde al deber de hacer lo que hace la Iglesia, ni al papel del ministro como servidor de Cristo, ni a la finalidad del signo sacramental, que en sí es ambiguo y recibe su determinación de la intención interna; ni está de acuerdo tampoco con las declaraciones del magisterio; cf. Dz 424: «fidelis intentio». El papa Alejandro VIII condenó en 1690 la siguiente proposición : «Valet baptismus collatus a ministro, qui omnem ritum externum formamque baptizandi observat, intus vero in corde suo apud se resolvit : non intendo, quod facit Ecclesia» ; Dz 1318; cf. Dz 672, 695, 902.
Esta intención interna que se requiere puede ser especial y refleja o general y directa, según que en particular o en general se pretenda la significación religiosa interna de la ceremonia sacramental, y se haga esto con reflexión o sin ella sobre el fin y los efectos del sacramento.
EL SUJETO RECEPTOR DE LOS SACRAMENTOS
1. La persona del que los recibe
El sacramento solamente puede ser recibido de manera válida por una persona que se halle en estado de peregrinación («in statu viae») (sent. común).
Como el sacramento comunica la gracia espiritual de manera sensible, sólo un ser sensitivo-racional, cual es el hombre que vive sobre la tierra, puede ser sujeto apropiado para su recepción. Los muertos no pueden recibir sacramentos. Los sínodos de Hipona (393) y Cartago (397) prohiben que se bautice y dé la comunión a los muertos.
2. Condiciones para la recepción válida
a) Prescindiendo del sacramento de la penitencia, no se requiere para la validez de Ios sacramentos, por parte del que los recibe, ni ortodoxia ni disposición moral (sent. común).
El sacramento de la penitencia constituye una excepción, porque los actos morales del penitente (según opinión general) son, en cuanto cuasi-materia, un elemento esencial del signo sacramental.
En la controversia con los donatistas, los defensores de la doctrina católica aseguraron que la validez de los sacramentos es independiente de la ortodoxia y dignidad moral no sólo del que los administra, sino también del que los recibe. SAN AGUSTÍN enseña: «La pureza del bautismo es totalmente independiente de la limpieza o inmundicia tanto del que lo administra como del que lo recibe» (Contra litt. Petiliani u 35, 82).
La prueba interna de la tesis radica en que los sacramentos no reciben su virtud santificadora ni del que los recibe ni del que los administra, sino de Dios, autor de toda gracia; cf. S.th. III 68, 8.
b) Para la validez del sacramento se requiere por parte del que lo recibe, si tiene uso de razón, la intención de recibirlo (sent. cierta).
Según doctrina del concilio de Trento, la justificación de las personas que han llegado al uso de la razón (por gozar del ejercicio del entendimiento y la libre voluntad) tiene lugar por medio de la voluntaria aceptación de la gracia («per voluntariam susceptionem gratiae et donorum») ; Dz 799. El sacramento que se recibe sin intención o contra la propia voluntad es, por tanto, inválido. El papa Inocencio III declaró que el bautismo obligado era inválido ; Dz 411.
La necesidad de tener intención de recibir un sacramento no se funda, como la de administrarlo, en la naturaleza del signo sacramental, sino únicamente en la libre voluntad del hombre. Es conveniente a la sabiduría de Dios el tener en consideración la libertad del hombre y hacer depender la salvación del que ha llegado al uso de la razón de su propia decisión. El niño, que no tiene todavía uso de razón, recibe la gracia sacramental sin su consentimiento. El papa Inocencio III declaró (1201) a propósito del bautismo de los niños : «El pecado original, que se contrae sin consentimiento, se perdona también sin consentimiento, en virtud del sacramento» ; Dz 410.
Cualidad de la intención
Como el papel que desempeña el que recibe el sacramento es puramente receptivo, basta ordinariamente, desde el punto de vista subjetivo, la intención habitual, y en caso de necesidad (pérdida del conocimiento, perturbación mental) el sacramento puede ser administrado si existen razones fundadas para admitir que el sujeto, antes de sobrevenir el caso de necesidad, tenía al menos el deseo implícito de recibir el sacramento (intención interpretativa). En el matrimonio se requiere intención virtual, porque los contrayentes no son meros receptores, sino, al mismo tiempo, ministros del sacramento; y lo mismo se diga, probablemente, del orden sagrado, por las graves obligaciones que de él se derivan- sin intención interna de recibir el episcopado, el solo rito externo no lo confiere-. En cuanto a la faceta objetiva, basta la intención de recibir lo que administra la Iglesia.
3. Condiciones para recibir dignamente los sacramentos
Para recibir digna o fructuosamente los sacramentos, se requiere disposición moral en todo aquel que ha llegado al uso de razón (de fe).
Tal disposición consiste en apartar de sí los estorbos para recibir la gracia ; Dz 849: «non ponentibus obicem». En los sacramentos de muertos (BAUTISMO Y PENITENCIA), lo que impide la gracia es la incredulidad y la falta de penitencia; y la disposición requerida consiste en la fe y el arrepentimiento (atrición). En los sacramentos de vivos (ORDEN SACERDOTAL Y EL RESTO), lo que impide la gracia es el estado de pecado mortal, y la disposición requerida consiste en el estado de gracia. Para recibir dignamente la eucaristía, exige la Iglesia que se reciba previamente el sacramento de la penitencia siempre que hubiera precedido pecado mortal ; Dz 880, 893 ; CIC 807, 856.
4. Reviviscencia de las sacramentos
El sacramento recibido válida pero indignamente confiere el sacramentum — el bautismo, la confirmación y el orden confieren también el carácter («res et sacramentun») —, pero no la res o virtus sacramenta, es decir, la gracia («sacramentum informe»).
Los sacramentos del bautismo, la confirmación y el orden reviven, después de removerse la indisposición moral, es decir perdonados los pecados mortales, si fueron recibidos válida- pero no si fueran recibidos inválidamente, como por ejemplo el episcopado- pero indignamente. Quiere esto decir que el efecto de la gracia sacramental tiene lugar con posterioridad al momento de la recepción del sacramento. (sent. común).
La razón para que se verifique la reviviscencia de los sacramentos se funda, por una parte, en la misericordia de Dios y, por otra, en la absoluta imposibilidad de repetir esos sacramentos- si fueron válidos, nunca si fueron nulos, por ejemplo por la falta de intención interna requerida-.
Muchos teólogos, considerando la misericordia de Dios, suponen también la reviviscencia de los sacramentos de la extremaunción y el matrimonio, pues también estos dos sacramentos son relativamente no reiterables. El sacramento de la penitencia no puede revivir, porque en él significa lo mismo recibirlo indigna que inválidamente. En la eucaristía es improbable la reviviscencia, porque este sacramento es fácil volver a recibirlo.
La reviviscencia del bautismo la enseñó ya SAN AGUSTÍN; cf. De baptismo r 12, 18: «Lo que ya antes se había dado [a saber: el bautismo], comienza a ser eficiente para la salvación cuando la impenitencia se ha cambiado por verdadera penitencia» ; cf. S.th. iii 69, 10.
SANTO TOMÁS DE AQUINO: DOCTOR ANGÉLICO
La imperiosa necesidad de los «tradicionalistas» de todo tipo
de volver a la filosofía tomista
«Su enseñanza, por encima de todas, exceptuando sólo los cánones, posee tal elegancia en sus frases, un método en sus afirmaciones, una verdad en sus proposiciones, que aquellos que la siguen, nunca se desviarán del camino de la verdad, y el que se atreva a refutarla, siempre será sospechoso de error» ( León XIII en la encíclica “Aeterni Patris”, citando el testimonio del Papa Inocencio VI con énfasis especial)
Biografía del “Doctor Angélico”
Nuestra Pía Unión, Sapientiae Sedei Filii, que tiene a Santo Tomás de Aquino como guía seguro en el estudio de la teología y filosofía en las que forma a sus seminaristas, y como uno de sus siete santos protectores, eleva a Dios Omnipotente todos los días, pero hoy más que ningún otro, la oración que la Iglesia ha ordenado como preceptiva para aquellos que deben rezar el Oficio Divino de forma obligatoria:
¡Oh Dios, que iluminas a tu Iglesia con la admirable ciencia de Santo Tomás de Aquino,
y la fecundas con la santidad de sus obras!; concédenos entender su enseñanza e imitar la santidad de su vida.
Por Jesucristo Nuestro Señor .Amén
Lo que pretende la Santa Iglesia al honrar a ciertos santos con la distinción de Doctor, no es más que tratar de garantizarnos su doctrina manifestándonos que sus escritos tienen la plena aprobación de la Iglesia. Un santo doctor significa un héroe en la virtud y en el amor a Dios que, además, es un maestro de doctrina segura a quien podemos seguir con plena seguridad. Más ahora que antaño necesitamos acudir al pensamiento de Santo Tomás de Aquino, para librarnos de las telarañas mentales con las que el modernismo ha ido esclavizando nuestro entendimiento hasta el punto de desfigurar la fe. Acudamos pues al estudio de su monumental obra y sobre todo a su intercesión ante Nuestro Señor Jesucristo, para que no quedemos eternamente confundidos. Gran negocio para la salvación de nuestras almas es ser fieles devotos de Santo Tomás. Con el ánimo de promover su devoción y sistema, he aquí un breve sobre su vida y obra.
Santo Tomás de Aquino, ruega por nosotros.
I. Vida
Se conocen los acontecimientos principales de su vida, pero los biógrafos difieren en cuanto a algunos detalles y fechas. Henry Denfile falleció antes de poder cumplir su proyecto de escribir una vida crítica del santo. El amigo y alumno de Denfile, Dominic Prümmer, O. P., profesor de teología en la Universidad de Friburgo, Suiza, se encargó de la obra y publicó el “Fontes Vitae S. Thomae Aquinatis, notis historicis et criticis illustrati”; y el primer fascículo (Toulouse, 1911) ya ha aparecido, dando la vida de Santo Tomás por Peter Calo (1300), publicado ahora por primera vez. Tolomeo de Lucca … dice que cuando murió el santo, se dudaba sobre su edad exacta (Prümmer, op. cit. 45). Normalmente se da el fin de 1225 como el momento de su nacimiento. El P. Prümmer, basándose en Calo, cree que 1227 es la fecha más probable (op. cit., 28). Hay un acuerdo general en que su muerte ocurrió en 1274.
Landolfo, su padre, era Conde de Aquino. Teodora, su madre, Condesa de Teano. Su familia estaba emparentada con los Emperadores Enrique VI y Federico II, y los Reyes de Aragón, Castilla y Francia. Calo cuenta que un santo ermitaño predijo su carrera, diciéndole a Teodora antes de su nacimiento: “Entrará en la Orden de los Frailes Predicadores, y su conocimiento y santidad serán tan grandes que en vida, no se encontrará nadie que le iguale”. (Prümmer, op. cit., 18). A los cinco años, según las costumbres de la época, fue enviado a recibir su primera formación con los monjes Benedictinos de Monte Casino. Diligente en sus estudios, desde muy pequeño se observó su buena disposición para la meditación y la oración, y su maestro se sorprendió al oírle preguntar repetidas veces: “¿Qué es Dios?”
Alrededor del año 1236, le enviaron a la Universidad de Nápoles. Calo dice que el traslado se hizo por iniciativa del Abad de Monte Casino, quien escribió al padre de Tomás que un chico de su talento no debe ser dejado en la sombra (Prümmer, op. cit., 20). En Nápoles, sus maestros fueron Pietro Martín y Petrus Hibernos. El cronista dice que pronto superó a Martín en gramática y fue transferido a Pedro de Irlanda quién le formó en Lógica y ciencias Naturales. Las costumbres de la época dividían Filosofía y Letras en dos cursos: el Trivium, que cubría Gramática, Lógica y Retórica; el Quadrivium, que se componía de Música, Matemática, Geometría y Astronomía… Tomás repetía las lecciones con mayor profundidad y lucidez que sus maestros. El corazón del joven se había conservado puro en medio de la corrupción que le rodeaba, y decidió abrazar la vida religiosa.
Entre 1240 y 1243 recibió el hábito de la Orden de Santo Domingo, atraído y dirigido por Juan de San Julián, un conocido predicador del convento de Nápoles. La ciudad estaba asombrada al ver a un noble joven como él tomar el hábito de un pobre fraile. Su madre, con sentimientos de alegría y tristeza a la vez, se apresuró a ir a Nápoles a ver a su hijo. Los Dominicos, temiendo que se lo llevaran, le enviaron a Roma, aunque su destino final sería París o Colonia. Teodora convenció a los hermanos de Tomás, que eran soldados del Emperador Federico, capturaron al novicio cerca del pueblo de Aquependente y le recluyeron en la fortaleza de San Juan de Rocca Secca. Allí estuvo detenido casi dos años, mientras sus padres, hermanos y hermanas hacían todo lo posible para destruir su vocación. Sus hermanos incluso tendieron trampas a su virtud, pero el puro novicio echó de la habitación a la tentadora con un tizón que sacó del fuego. Hacia el fin de su vida, Santo Tomás le confió a su fiel amigo y compañero, Reinaldo de Piperno, el secreto de un favor especial que recibió entonces. Cuando echó a la tentadora de la habitación, se arrodilló y ardientemente imploró a Dios que le concediera la integridad de mente y cuerpo. Cayó en un sueño ligero, y mientras dormía, dos ángeles se le aparecieron para asegurarle que su oración había sido escuchada. Le ciñeron un cinturón, diciendo: “Te ceñimos con el cinturón de la virginidad perpetua.” Y desde ese día en adelante jamás experimentó el más leve movimiento de la concupiscencia.
El tiempo en cautiverio no fue perdido. Su madre empezó a ceder tras los primeros impulsos de ira y tristeza; se les permitió a los Dominicos proporcionarle nuevos hábitos, y con la ayuda de su hermana obtuvo algunos libros –las Sagradas Escrituras, la Metafísica de Aristóteles y las “Sentencias” de Pedro Lombardo. Tras año y medio o dos en prisión, sea porque su madre se dio cuenta de que la profecía del ermitaño se cumpliría o bien porque sus hermanos temían las amenazas de Inocencio IV y Federico II, fue puesto en libertad bajándolo en un cesto a los brazos de los Dominicos que se admiraron al darse cuenta de que durante su cautiverio “había progresado tanto como si hubiera estado en un studium generale” (Calo op. cit., 24).
Tomás enseguida hizo sus votos, y sus superiores le mandaron a Roma. Inocencio IV examinó con atención los motivos que le llevaron a entrar en la Orden de Predicadores, le despidió con una bendición y prohibió cualquier interferencia en su vocación. Juan el Teutón, cuarto Maestro General de la Orden, llevó al joven estudiante a París y según la mayoría de los biógrafos del santo, a Colonia, en 1244 o 1245, a cargo de Alberto Magno, el más famoso profesor de la Orden. En las escuelas, el carácter humilde y taciturno de Tomás fue mal interpretado como indicios de retraso mental, pero cuando Alberto escuchó su brillante defensa de una difícil tesis, exclamó: “Llamamos a este joven un buey mudo, pero su mugido doctrinal un día resonará hasta los confines del mundo.”
En 1245 enviaron a Alberto a París y Tomás le acompañó como alumno. En 1248 ambos volvieron a Colonia. Alberto había sido nombrado regente del nuevo studium generale, erigido aquel año por el Capítulo General de la Orden y Tomás debía enseñar bajo su autoridad como Bachiller. (Sobre el sistema de titulación en el siglo XIII ver ORDEN DE PREDICADORES — II, A, 1, d). Durante su estancia en Colonia, probablemente en 1250, fue ordenado sacerdote por Conrado de Hochstaden, arzobispo de esa ciudad. Durante toda su vida, con frecuencia predicó la Palabra de Dios en Alemania, Francia e Italia. Sus sermones se caracterizaban por su fuerza, piedad, solidez en la enseñanza y abundantes referencias bíblicas. En 1251 o 1252, el Maestro General de la Orden, aconsejado por Alberto Magno y Hugo de San Caro, nombró a Tomás Bachiller (subregente) del studium Dominico en París. Este nombramiento puede considerarse como el principio de su vida pública, ya que su enseñanza rápidamente llamó la atención tanto de profesores como de alumnos. Sus deberes consistían principalmente en explicar las “Sentencias” de Pedro Lombardo, y sus comentarios sobre ese texto teológico le proporcionaron el material y en gran parte, en esquema general para su obra magna, la “Summa Theologica”. En el transcurso del tiempo, se le ordenó prepararse para el Doctorado de Teología por la Universidad de París, pero aplazaron la concesión del título por una disputa entre la universidad y los frailes. El conflicto, en su origen una disputa entre la universidad y las autoridades civiles, surgió tras un incidente con la guardia de la ciudad que resultó en un estudiante muerto y otros tres heridos. La universidad, celosa de su autonomía, exigía una satisfacción que le fue negada. Los doctores cerraron sus facultades, juraron solemnemente que no las abrirían hasta ver satisfechas sus demandas y decretaron que en el futuro a nadie se le conferiría el título de doctor a menos que jurase seguir la misma línea de conducta en circunstancias similares. Los Dominicos y Franciscanos, que habían seguido enseñando en sus escuelas se negaron a hacer el juramento exigido, y de aquí surgió un amargo conflicto que estaba en su punto álgido cuando Santo Tomás y San Buenaventura estaban preparados para recibir sus doctorados. Guillermo de San Amour extendió la disputa más allá del tema original, atacó violentamente a los Frailes, de los que estaba evidentemente celoso, y les negó su derecho a ocupar cátedras en la universidad. Contra su libro “De periculis novissimorum temporum” (Los peligros de los Últimos Tiempos) Santo Tomás escribió el tratado “Contra impugnantes religionem”, una apología de las órdenes religiosas (Touron op. cit., II cc. vii sqq.). El libro de Guillermo de San Amour fue condenado por Alejandro IV en Anagni, el 5 de octubre de 1256 y el Papa ordenó que los frailes mendicantes fueran admitidos al doctorado.
Por estas fechas, Santo Tomás también combatió un libro peligroso, “El Evangelio Eterno” (Touron op. cit., II, cxii). Las autoridades universitarias no obedecieron inmediatamente; fueron necesarias la influencia de San Luis IX y once Breves papales para lograr de nuevo la paz. Santo Tomás recibió su doctorado en teología. La fecha que dan la mayoría de sus biógrafos es la del 23 de octubre de 1257. Su tema fue “La Majestad de Cristo”. Su texto, “Él riega los montes desde sus aposentos: del fruto de sus obras se sacia la tierra” (Salmo 103, 13) sugerido, según se cree, por un visitante celeste, fue profético de su vida futura. La tradición cuenta que San Buenaventura y Santo Tomás recibieron el doctorado el mismo día y que hubo una “lucha” de humildad entre los dos amigos para ver quién sería nombrado primero.
Desde entonces, la vida de Tomás puede resumirse en pocas palabras, orar, predicar, enseñar, escribir, viajar. La gente deseaba más escucharle a él que a Alberto, a quien Santo Tomás superaba en precisión, lucidez, concisión y fuerza de expresión, así como en universalidad de conocimientos. París le reclamaba como suyo; los Papas deseaban tenerle junto a ellos; los studia de la Orden ansiaban disfrutar de los beneficios de su enseñanza; así, le encontramos sucesivamente en Anagni, Roma, Bolonia, Orvieto, Viterbo, Perugia y París de nuevo, y finalmente en Nápoles, siempre enseñando y escribiendo, viviendo en la tierra con una pasión, un celo ardiente por exponer y defender la verdad Cristiana. Tan dedicado estaba a su sagrada misión que con lágrimas pedía que no le obligaran a aceptar la titularidad del Arzobispado de Nápoles, que le fue conferido por Clemente IV en 1265. Si hubiese aceptado este nombramiento, muy probablemente nunca habría escrito la “Summa Theologica.”
Cediendo a las peticiones de sus hermanos, en varias ocasiones participó en las deliberaciones de los Capítulos Generales de la Orden. Uno de dichos capítulos tuvo lugar en Londres en 1263. En otro, celebrado en Valenciennes (1259) colaboró con Alberto Magno y Pedro de Tarentasia (que sería el Papa Inocencio V) a formular un sistema de estudios que substancialmente permanece hasta hoy en los studia generalia de la Orden Dominicana. (cf. Douais, op. cit.)
No sorprende leer en las biografías de Santo Tomás que frecuentemente se abstraía y quedaba en éxtasis. Hacia el final de su vida éstos momentos de éxtasis se sucedían con mayor frecuencia. Una vez en Nápoles, en 1273, tras completar su tratado sobre la Eucaristía, tres hermanos le vieron levitar en éxtasis, y oyeron una voz que venía del crucifijo del altar que decía: “Has escrito bien de mí, Tomás, ¿qué recompensa deseas?” Tomás respondió: “Nada más que a ti, Señor”. (Prümmer, op. cit., p.38). Se dice que esto se repitió en Orvieto y París.
Y el 6 de diciembre de 1273, dejó su pluma y no escribió más. Ese día, durante la Misa, experimentó un éxtasis de mucha mayor duración que la acostumbrada; sobre lo que le fue revelado sólo podemos conjeturar por su respuesta al Padre Reinaldo, que le animaba a continuar sus escritos: “No puedo hacer más. Se me han revelado tales secretos que todo lo que he escrito hasta ahora parece que no vale para nada” (modica, Prümmer, op. cit., p. 43). La Summa Theologica había sido terminada solo hasta la pregunta 90 de la tercera parte (De partibus poenitentiae).
Tomás comenzó su preparación inmediata para la muerte. Gregorio X, habiendo convocado un concilio general a celebrar en Lyon el primero de mayo de 1274, invitó a Santo Tomás y San Buenaventura a participar en las deliberaciones, ordenó al primero traer al concilio su tratado “Contra errores Graecorum” (Contra los Errores de los Griegos). Intentó obedecer y salió a pie en enero de 1274, pero le fallaron las fuerzas; cayó desplomado cerca de Terracina, desde donde le llevaron al Castillo de Maienza, hogar de su sobrina la Condesa Francesca Ceccano.
Los monjes cistercienses de Fossa Nuova, insistieron para que se alojara con ellos, y así fue trasladado a su monasterio, y al entrar, le susurró a su compañero: “Este es para siempre el lugar de mi reposo; aquí habitaré porque lo deseo” (Salmo 131:14). Cuando el P. Reinaldo le pidió que se quedase en el castillo, el santo replicó: “Si el Señor desea llevarme consigo, será mejor que me encuentre entre religiosos que entre laicos”. Los Cistercienses le brindaron tantas atenciones y bondad, que abrumaron el sentido de humildad de Tomás. “¿A qué viene tanto honor”, exclamó, “que siervos de Dios lleven la leña para mi hoguera?” Ante la insistencia de los monjes, el santo dictó un breve comentario sobre el Cantar de los Cantares.
El final se acercaba; se le administró la Extremaunción. Cuando entraron con el Sagrado Viático a su habitación, pronunció el siguiente acto de fe:
Si en este mundo hubiese algún conocimiento de este sacramento mas fuerte que el de la fe, deseo ahora usarlo en afirmar que creo firmemente y sé de cierto que Jesucristo, Dios Verdadero y Hombre Verdadero, Hijo de Dios e Hijo de la Virgen María está en este Sacramento… Te recibo a Ti, el precio de mi redención, por cuyo amor he velado, estudiado y trabajado. A Ti he predicado, a Ti he enseñado. Nunca he dicho nada en Tu contra: si dije algo mal, es sólo culpa de mi ignorancia. Tampoco quiero ser obstinado en mis opiniones, así que someto todas ellas al juicio y enmienda de la Santa Iglesia Romana, en cuya obediencia ahora dejo esta vida.
Murió el 7 de marzo de 1274. Numerosos milagros atestiguaron su santidad. Fue canonizado por Juan XXII, el 18 de julio de 1323. Los monjes de Fossa Nuova querían a toda costa quedarse con sus sagrados restos, pero Urbano V ordenó que el cuerpo fuera entregado a sus hermanos Dominicos, siendo trasladado solemnemente a la iglesia Dominica de Toulouse, el 28 de enero de 1369. La magnífica capilla erigida en 1628 fue destruida durante la revolución francesa y su cuerpo trasladado a la iglesia de San Sernin, donde reposa hasta el día de hoy en un sarcófago de oro y plata, que fue solemnemente bendecido por el Cardenal Desprez el 24 de julio de 1878. El hueso mayor de su brazo izquierdo se conserva en la catedral de Nápoles. El brazo derecho, donado a la Universidad de París y originalmente conservado en la Capilla de Santo Tomás de la iglesia Dominicana, se guarda actualmente en la iglesia Dominicana de Santa María sopra Minerva en Roma a donde llegó tras la revolución francesa.
Calo (Prümmer, op. cit., p. 401) dio una descripción de la apariencia del santo: dice que sus rasgos se correspondían con la grandeza de su alma. Era alto y corpulento, erguido y bien proporcionado. Su tez era “como el color del trigo nuevo”; su cabeza era grande y bien formada, y era algo calvo. Todos los retratos lo representan con porte noble, meditativo, dulce y a la vez fuerte. San Pío V proclamó a Santo Tomás Doctor de la Iglesia en 1567. En la Encíclica “Aeterni Patris” del 4 de agosto de 1879 sobre la restauración de la filosofía cristiana, León XIII le declaró “príncipe y maestro de todos los doctores escolásticos”. El mismo ilustre pontífice, mediante una Breve del 4 de agosto de 1880, le designó patrono de todas las universidades, academias y escuelas católicas de todo el mundo.
II. Escritos
A. Comentarios Generales
Aunque Santo Tomás vivió menos de cincuenta años, escribió más de sesenta obras, algunas cortas, otras muy largas. Esto no significa que toda la producción auténtica haya sido escrita directamente a mano; le ayudaron secretarios, y sus biógrafos aseguran que podía dictar a varios escribientes a la vez. Le han sido falsamente atribuidas otras obras, que fueron en realidad escritas por sus discípulos.
En “Scriptores Ordinis Praedicatorum” (París 1719) el P. Echard dedica ochenta y seis folios a la obra de Santo Tomás, las diversas ediciones y traducciones (I, pp. 282-348) Touron (op. cit., pp. 69 sqq.) dice que se encontraron copias manuscritas en casi todas las bibliotecas de Europa, y que tras la invención de la prensa, se multiplicaron las ediciones en Alemania, Francia e Italia, siendo la “Summa Theologica” una de las primeras obras importantes impresas. Peter Schoeffer, editor de Mainz, publicó “Secunda Secundae” en 1467. Esta es la primera copia impresa conocida de las obras de Santo Tomás. La primera edición completa de la “Summa” fue editada en Basilea, en 1485. Muchas otras ediciones de ésta y otras obras salieron a la luz en los siglos XVI y XVII, especialmente en Venecia y Lyon. Las ediciones principales de la Obra Completa (Opera Omnia) son: Roma, 1570, Venecia, 1594, 1612, 1745; Amberes, 1612; París, 1660, 1871-80 (Vives); Parma, 1852-73; Roma 1882 (la Leonina). La edición romana de 1570, llamada “la Piana” llamada así por Pío V, quien la mandó editar, fue la norma durante muchos años. Además de un texto cuidadosamente revisado, contenía los comentarios del Cardenal Cayetano y la valiosa “Tabula Aurea” de Pedro de Bergamo. La edición veneciana de 1612 fue muy estimada porque el texto iba acompañado de los comentarios “Cayetano-Porrecta”… La edición Leonina, comenzada baja el patrocinio de León XIII, continuaría entonces bajo el Maestro General de los Dominicos, sin duda la más perfecta de todas. Se insertarían comentarios críticos de cada sección, se emprendería una revisión muy cuidadosa del texto y se comprobarían todas las referencias. Por orden de León XIII (Motu Proprio del 18 de enero de 1880) la “Summa contra gentiles” se editaría con los comentarios de Silvestre Ferrariensis, mientras que los comentarios de Cayetano van con la “Summa Theologica”.
Esta última obra se ha publicado, siendo los volúmenes IV-XII de la edición (el último en 1906). La obra de Santo Tomás puede clasificarse como filosófica, teológica, escriturística y apologética. Esta división, sin embargo, no siempre se mantiene. La “Summa Theologica”, por ejemplo, contiene mucha filosofía, mientras que la “Summa contra Gentiles” es principalmente, aunque no exclusivamente, filosófica y apologética. Sus obras filosóficas son principalmente comentarios a Aristóteles y sus primeros escritos teológicos fueron comentarios de los cuatro primeros libros de “Sentencias” de Pedro Lombardo. Pero no sigue servilmente ni al Filósofo, ni al Maestro de las Sentencias (para comentarios sobre el Lombardo rechazado por los teólogos, véase Migne, 1841, edición de la “Summa Theologica” I, p. 451).
B. Sus obras principales en detalle
Entre las obras que muestran la personalidad y método de Santo Tomás, las siguientes merecen destacada atención:
(1) “Quaestiones disputatae” (Cuestiones Disputadas): Tratados más completos sobre temas que no quedaron lo bastante claros en sus conferencias y clases y sobre los cuales había recibido preguntas solicitando su opinión. Son valiosos porque en ellos, el autor, libre de los límites del tiempo y espacio, se expresa libremente y proporciona todos los argumentos, en pro y en contra de las opiniones en cuestión. Estos tratados, que contienen las Cuestiones “De potentia”, “De malo”, “De spirit. creaturis”, “De anima”, “De unione Verbi Incarnati”, “De virt. in communi”, “De caritate”, “De corr. fraterna”, “De spe”, “De virt. cardinal.”, “De veritate”, fueron editadas a menudo, por ejemplo, recientemente por la Asociación de San Pablo (2 volúmenes, París y Friburgo, Suiza, 1883).
(2) “Quodlibeta” (Temas Varios) presenta cuestiones o argumentos propuestos y sus respuestas, dadas dentro o fuera de las salas de conferencias, principalmente en los ejercicios escolásticos más formales, denominados “circuli”, “conclusiones” o “determinationes”, que tenían lugar una o dos veces al año.
(3) “De unitate intellectus contra Averroístas”: Este opúsculo refuta un error muy peligroso y difundido, a saber, que existía una sola alma para todos los hombres, una teoría que eliminaba la libertad y responsabilidad individual. (Ver AVERROES)
(4) “Commentaria in Libros Sententiarum” (antes mencionado): Esta y la obra siguiente fueron los predecesores inmediatos de la “Summa Theologica”.
(5) “Summa de veritate catholicae fidei contra gentiles” (Tratado sobre la Verdad de la Fe Católica contra los Infieles): Este obra escrita en Roma, entre 1261 y 1264, la compuso bajo demanda de San Raimundo de Peñafort, que quería una exposición filosófica y defensa de la Fe Cristiana, para utilizarla contra los Judíos y Moros en España. Es un modelo perfecto de apologética sólida y paciente, en la que prueba que ninguna verdad demostrable (ciencia) se opone a la verdad revelada (fe). Las mejores ediciones recientes son la de Roma 1878 (de Ucelli), la de París y Friburgo, Suiza, 1882, y la de Roma de 1894. Se ha traducido a muchos idiomas. Se divide en 4 libros: I. De Dios como es en Sí mismo; II. De Dios y el Origen de las Criaturas; III. De Dios y el Fin de las Criaturas; IV. De Dios en Su Revelación. Es digno de mención que los Padres del Concilio Vaticano, tratando sobre la necesidad de la revelación (Coast. “Dei Filius”, c. 2) emplearon casi las mismas palabras de Santo Tomás escritas por el Santo en esta obra (I, cc. iv, V) y en la “Summa Theologica” (I, Q. i. a. 1).
(6) Tres obras escritas por orden de Urbano IV
El “Opusculum contra errores Graecorum” refutaba los errores de los griegos sobre doctrinas en disputa entre ellos y la Iglesia Romana, tales como la procedencia del Espíritu Santo del Padre y del Hijo, el primado del Romano Pontífice, la Sagrada Eucaristía y el Purgatorio. Se utilizó contra los griegos con gran efecto en el Concilio de Lyon (1274) y en el Concilio de Florencia (1493). En el ámbito de los razonamientos humanos sobre temas profundos, no puede encontrarse algo tan sublime como el argumento aducido por Santo Tomás para demostrar que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (cf. Summa Theol., I, Q. xxxvi, a. 2); pero recuérdese que nuestra fe no depende solamente de este razonamiento.
“Officium de festo Corporis Christi”. Mandonnet (Ecrits, p. 127) declara que es sin duda seguro que Santo Tomás es el autor del bello Oficio del Corpus Christi, en el que se combina la firme doctrina, la sentida piedad e instructivas citas de las Escrituras, expresado todo ello en un lenguaje de gran precisión, belleza, pureza y poesía. Aquí encontramos los conocidos himnos “Sacris Solemniis”, “Pange Lingua” (que concluye con el “Tantum Ergo”), “Verbum Supernum (que concluye con el “O Salutaris Hostia”) y en la Misa, la bella secuencia “Lauda Sion”. En los responsos del Oficio, Santo Tomás pone palabras del Nuevo Testamento que afirman la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento junto a textos del Antiguo Testamento que prefiguran ya la Eucaristía. Santeuil, un poeta del siglo XVII, dijo que daría todos sus versos por una estrofa del “Verbum Supernum”. “Se nascens dedit sociu, convescen in edulium: Se moriens in pretium, Se regnans dat in praemium”: “Del hombre naciendo fue su compañero, en la mesa su alimento, muriendo su Redentor y en el Reino su premio”. Quizás la joya del Oficio es la antífona “O Sacrum Convivium” (véase Conway, “St. Thomas Aquinas”, Londres y Nueva York, 1911, p. 61). Con “Catena Aurea”, aunque no alcanza la originalidad de sus otras obras, demuestra su íntimo conocimiento de los Padres de la Iglesia. La obra contiene una serie de pasajes seleccionados de los escritos de los varios Padres, ordenados de tal manera que los textos encadenados forman un comentario coherente al Evangelio. El comentario sobre San Mateo lo dedicó a Urbano IV. Hubo una traducción al inglés editada por John Henry Newman (4 vols., Oxford 1841-1845; véase Vaughan, op. cit., vol.II, pp. 529 sqq.)
(7) “Summa Theologica”. Esta obra inmortalizó a Santo Tomás. El autor mismo la consideraba sencillamente un manual de la doctrina Cristiana para estudiantes. En realidad es una completa exposición, ordenada con criterio científico de la Teología y a la vez un sumario de la Filosofía Cristiana. …. En el breve prólogo, Santo Tomás destaca las dificultades experimentadas por los estudiantes de la doctrina sagrada en su tiempo, citando como causas: la proliferación de cuestiones, artículos y argumentos inútiles; la falta de un orden científico; frecuentes repeticiones, “que engendran disgusto y confusión en la mente de los alumnos”. Entonces añade: “con ánimo de evitar estas dificultades, intentaremos, confiando en la ayuda Divina, tratar sobre cosas que pertenezcan a la sagrada doctrina de manera tan concisa y clara como la complejidad del tema permita.” En la cuestión introductoria “De la Doctrina Sagrada”, demuestra que además del conocimiento que proporciona la razón, la Revelación es necesaria también para salvarse, primero porque sin ella, el hombre no puede conocer el fin sobrenatural al que deben tender por sus actos voluntarios y segundo, porque sin la Revelación, incluso las verdades sobre Dios que pueden demostrarse con la razón serían conocidas “sólo por unos pocos, tras mucho tiempo, y con gran cantidad de errores”. Cuando se han aceptado las verdades reveladas, la mente del hombre puede explicarlas y sacar conclusiones de ellas. De aquí nace la Teología, que es una ciencia, porque procede de principios ciertos (a. 2). El objeto o el sujeto de esta ciencia es Dios; lo demás se considera sólo en cuanto a su relación con Dios (a. 7). La razón se usa en Teología no para demostrar las verdades de la fe, que se aceptan por autoridad divina, sino para defender, explicar y desarrollar las doctrinas reveladas (a. 8). Así, anuncia la división de la “Summa”: “Ya que el fin de esta sagrada ciencia es proporcionar el conocimiento de Dios, no solo como Él es en sí mismo, sino como el Principio y el Fin de todo, especialmente de las criaturas racionales, trataremos primero de Dios; en segundo lugar del progreso de la criatura racional hacia Dios (de motu creaturae rationalis in Deum); en tercer lugar de Cristo, quien como Hombre es el camino mediante el cual tendemos a Dios.” Dios en sí mismo, como Creador, como el Fin de todas las cosas, en especial del hombre; Dios como el Redentor: éstas son las principales ideas, las grandes categorías, bajo las que se contiene todo lo que es la Teología.
(a) Subdivisiones
La Primera Parte se divide en tres tratados: [alpha] De aquellas cosas que pertenecen a la Esencia de Dios; [beta] De la distinción de Personas en Dios (el misterio de la Trinidad); [gamma] De la producción de la criaturas por Dios y de las criaturas por Él producidas.
La Segunda Parte, De Dios en Sí mismo como Fin del hombre, se denomina a veces “la Teología Moral de Santo Tomás, es decir, su tratado sobre el fin del hombre y sobre los actos humanos. Se subdivide en dos partes, conocidas como la Primera Sección de la Segunda (I-II, o 1a 2ae) y la Segunda de la Segunda (II-II, o 2a 2ae.)
La Primera de la Segunda. Las cinco primeras cuestiones se dedican a demostrar que el último fin del hombre, su beatitud, consiste en la posesión de Dios. El hombre puede alcanzar o desviarse de ese fin mediante sus actos propiamente humanos, es decir, mediante actos libres y deliberados. Sobre los actos humanos trata primero, de manera general (en todas excepto las primeras cinco cuestiones de la I-II), en segundo lugar, en detalle (en toda la II-II). El tratado sobre los actos humanos en general se divide en dos partes: la primera, sobre los actos humanos en sí mismos; la otra sobre los principios o causas, extrínsecas o intrínsecas de esos actos. En estos tratados y en la Segunda de la Segunda, Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles, ofrece una perfecta descripción y un análisis maravillosamente penetrante de los movimientos de la mente y el corazón del hombre.
La Segunda de la Segunda, considera los actos humanos, es decir, las virtudes y los vicios, en particular. En ella, Santo Tomás trata primero sobre aquellas cosas que afectan a todos los hombres, sea cual sea su estado social, y después sobre aquellas cosas que afectan sólo a algunos. Lo que afecta a todos se reduce a siete apartados: Fe, Esperanza y Caridad; Prudencia, Justicia, Fortaleza, y Templanza. En cada apartado, para evitar repeticiones, Santo Tomás trata no solo de la virtud misma, sino de los vicios opuestos a ella, los mandamientos para practicarla, y del don del Espíritu Santo que le corresponde. Lo que afecta a algunos solamente, se reducen a tres apartados: las gracias dadas libremente (gratia gratis datae) a ciertos individuos para el bien de la Iglesia, tales como el don de lenguas, de profecía o de milagros; la vida activa y la contemplativa; los estados de la vida y los deberes de cada estado, sobre todo de obispos y religiosos.
La Tercera Parte trata de Cristo y de los beneficios que ha dado al hombre, de ahí, tres tratados: De la Encarnación, y sobre lo que el Salvador hizo y padeció; De los Sacramentos, instituidos por Cristo y que derivan su eficacia de Sus méritos y sufrimientos; De la Vida Eterna, es decir, del fin del mundo, la resurrección de los muertos, el juicio, el castigo de los malos, la felicidad de los justos que mediante Cristo alcanzan la vida eterna en el cielo. Tardó ocho años en escribir la obra, que comenzó en Roma, donde escribió la Primera y la Primera de la Segunda Parte (1265-69). La Segunda de la Segunda, la comenzó en Roma y la acabó en París (1271). En 1272 Santo Tomás viajó a Nápoles, donde escribió la Tercera Parte hasta la cuestión 90 del tratado De la Penitencia (ver edición Leonina, I, p. xlii). La obra se ha “terminado” añadiendo un suplemento, basado en otros escritos de Santo Tomás, atribuidos en algunos casos a Pedro de Auvergne, en otros a Enrique de Gorkum. Atribuciones que son rechazadas por los editores de la edición Leonina (XI, pp. viii, xiv, xvii). Mandonnet (op. cit., 153) favorece la muy probable opinión que fue recopilado por el P. Reinaldo de Piperno, el fiel compañero y secretario del santo. La “Summa” contiene 38 Tratados, 612 Cuestiones, subdivididas en 3120 artículos, en los que se proponen y responden 10.000 objeciones. El orden prometido está tan perfectamente conseguido, que refiriéndose al comienzo de los Tratados y Cuestiones, se puede ver enseguida qué lugar ocupa en el plan general, que comprende todo aquello que es posible saber mediante la teología, sobre Dios, sobre el hombre y de su mutua relación… “Toda la Summa va ordenada según un plan uniforme. Cada tema se presenta como una cuestión y se divide en artículos… Cada artículo tiene también una disposición uniforme de partes. El tema se presenta como una pregunta para ser discutida, bajo el término Utrum, “Es que…”, por ejemplo, ¿Utrum Deus sit? Entonces, se presentan las objeciones contra la tesis propuesta. Son generalmente tres o cuatro en número, pero a veces se extienden a siete o más. La conclusión adoptada se presenta entonces con las palabras Respondeo dicendum. Al final de la tesis expuesta, se responden las objeciones, bajo las formas ad primum, ad secundum, etc.”… La Summa es doctrina Cristiana en forma científica; es la razón humana rindiendo el máximo servicio en la defensa y explicación de las verdades de la religión cristiana. Es la respuesta del maduro y santo doctor a la pregunta de su juventud: ¿Qué es Dios? La Revelación, conocida por las Escrituras y la Tradición; la razón y sus mejores logros; la solidez y plenitud de la doctrina; el orden, concisión y claridad de expresión, la abnegación, el amor de la verdad sola, de lo que se sigue una sorprendente equidad hacia los adversarios y una gran tranquilidad al combatir sus errores; sobriedad y firmeza de juicio, junto a una piedad abundante en ternura y claridad – todo ello se encuentra en esta “Summa” más que en sus otras obras, más que en las obras de sus contemporáneos, porque “entre los doctores escolásticos, destaca por encima de todos su jefe y maestro Tomás de Aquino, que como dice Cayetano (In 2am 2ae, Q 148, a. 4) ‘porque veneró los antiguos doctores de la Iglesia, parece haber heredado de alguna manera el intelecto de todos ellos’” (Encíclica “Aeterni Patris” de León XIII).
(b) Ediciones y Traducciones
Es imposible enumerar las varias ediciones de la “Summa”, que se han usado constantemente durante más de setecientos años. Muy pocos libros han tenido tantas reediciones. A la primera edición completa, impresa en Basilea en 1485, pronto le siguieron otros, por ejemplo, Venecia 1505, 1509, 1588, 1594; Lyon 1520, 1541, 1547, 1548, 1581, 1588, 1624, 1655; Amberes 1575. Estas se enumeran en Touron op. cit., p. 692, donde dice que a la vez otras ediciones salieron en Roma Amberes, Rouen, París, Douai, Colonia, Ámsterdam, Bolonia, etc. Los editores de la edición Leonina estiman dignas de mención las de París 1617, 1638, 1648; Lyon 1663, 1677, 1686; y una edición Romana de 1773 (IV, pp. xi, xii). De todas las ediciones antiguas consideran las más exactas las de Padua, 1698 y 1712, así como las Veneciana de 1755. De las más recientes, las mejores son: la Leonina, las Migne (París 1841 y 1877); el primer volumen de la edición de 1841 que contiene el “Libri quatour sententiarum” de Pedro Lombardo; la muy práctica edición de Faucher (5 tomos, tamaño cuartilla, París 1887), dedicada al Cardenal Pecci, enriquecida con valiosas notas; una edición Romana de 1894. La “Summa” ha sido traducida también a muchos idiomas modernos.
(C) Método y Estilo de Santo Tomás.
No es posible expresar el método tomista en una palabra, si no es con la palabra “ecléctico”. Es Aristotélico, Platónico y Socrático; es inductivo y deductivo; es analítico y sintético. Tomó lo mejor que encontró en aquellos que le precedieron, separando la paja del grano, aprobando lo cierto, rechazando lo falso. Su poder de síntesis era extraordinario. Ningún escritor le superó en la facultad de expresar en pocas, pero bien escogidas palabras la verdad recogida de una multitud de opiniones diversas y antagónicas; y en casi cada caso, el estudiante puede ver la verdad y quedarse perfectamente satisfecho con los sumarios y afirmaciones del santo. No es que quiera que sus estudiantes crean sin más la palabra del maestro. En filosofía, los argumentos basados en la autoridad son de importancia secundaria; la filosofía no consiste en saber lo que han dicho los hombres, sino en saber la verdad (In I lib. de Coelo, lect xxii; II Sent., D. xiv, a. 2 ad lum). Le da el lugar que le corresponde a la razón en la teología (véase más adelante, Influencia de Santo Tomás), pero la mantiene dentro de sus propios límites. Contra los Tradicionalistas la Santa Sede ha declarado que el método de Santo Tomás y San Buenaventura no lleva al Racionalismo (Denzinger-Bannwart, n 1652). Aunque no fue tan original al investigar la naturaleza como Alberto Magno y Roger Bacon, era un adelantado a su tiempo en la ciencia, y muchas de sus opiniones son de valor científico incluso en el siglo veinte. Veamos por ejemplo, lo siguiente: “En la misma planta hay una virtud doble, activa y pasiva, aunque algunas veces la activa se encuentra en una y la pasiva en otra, así que una planta dícese ser masculina y la otra femenina” (3 Sent., D. III Q ii, a 1).
El estilo de Santo Tomás es un término medio entre la ruda expresividad de algunos Escolásticos y la fastidiosa elegancia de Juan de Salisbury; es destacable por su exactitud, brevedad y plenitud. El Papa Inocencio VI (citado en la Enc. “Aeterni Patris” de León XIII) declaró que con la excepción de los escritos canónicos, las obras de Santo Tomás superan a todas las demás en “exactitud en su expresión y veracidad en sus afirmaciones” (habet proprietatem verborum, modum dicendorum, veritatem sententiarum). Los grandes oradores, como Boussuet, Lacordaire, Monsabre, han estudiado su estilo, y han sido influenciados por él, pero no han sido capaces de reproducirlo. Lo mismo es cierto de los escritores teológicos. Cayetano conocía el estilo de Santo Tomás mejor que ninguno de sus discípulos, pero éste no alcanza a su gran maestro en la claridad y exactitud de expresión, en la sobriedad y la solidez de sus juicios. Santo Tomás no logró esta perfección sin esfuerzo. Aunque era un genio singular, también era un trabajador infatigable, que con la práctica continua alcanzó el singular grado de perfección en el arte de escribir, en la que el “arte” desaparece. “El manuscrito del autor de la Summa Contra Gentiles existe todavía casi en su totalidad. Se encuentra en la Biblioteca Vaticana. El manuscrito es de tiras de pergamino de diversos matices de color, cubiertos por una antigua tapa también de pergamino a la que las páginas iban cosidas originalmente. La escritura es a dos columnas y difícil de descifrar, llena de abreviaturas, a menudo convirtiéndose en una especie de taquigrafía. Muchos pasajes están tachados.” (Rickaby, op. cit., prefacio, ver Ucelli ed., “Sum. coat. gent.” Roma, 1878).
III. Influencias recibidas por Santo Tomás
¿Cómo se formó este genio? Las causas que ejercieron su influencia en Santo Tomás fueron de dos clases: naturales y sobrenaturales.
A. Causas Naturales
(1) Como fundamento, “era un niño listo, y había recibido un buen corazón” (Sabiduría, 8, 19). Desde el principio se manifestó su precocidad, talento y carácter pensativo, siempre por delante de su edad.
(2) Su educación fue tal que se podían esperar grandes cosas de él. Su formación en Monte Casino, Nápoles, París y Colonia fue la mejor que el siglo trece podía ofrecer, siendo ese siglo la edad dorada de la educación. Es evidente que ofreció excelentes oportunidades para formar grandes filósofos y teólogos, como prueba recordemos el carácter de los contemporáneos de Santo Tomás , Alejandro de Hales, Alberto Magno, San Buenaventura, San Raimundo de Peñafort, Roger Bacon, Hugo de S. Caro, Vicente de Beauvais, y muchos más. Esto demuestra que eran días de auténticos estudiosos y sabios (véase Walsh, “The Thirteenth Greatest of Centuries” Nueva York, 1907). Los profesores de Santo Tomás fueron los de Monte Casino y Nápoles, pero entre ellos destaca Alberto Magno, con el que estudió en París y Colonia.
(3) Los libros que más le influyeron fueron la Biblia, los Decretos de los concilios y los Papas, las obras de los Padres, griegos y latinos, especialmente San Agustín, las “Sentencias” de Pedro Lombardo, los escritos de los filósofos, especialmente de Platón, Aristóteles y Boecio. Si de entre ellos destaca alguno, son sin duda Aristóteles, San Agustín y Pedro Lombardo. En otro sentido, sus escritos fueron influenciados por Averroes, el principal oponente a combatir para defender al auténtico Aristóteles.
(4) Recordemos que Santo Tomás poseía la bendición de una extraordinaria memoria y gran poder retentivo. El P. Daniel d’Agusta una vez le insistió para que dijera cuál consideraba la mayor gracia que había recibido, exceptuando, naturalmente la gracia santificante. “Creo que haber entendido todo aquello que he leído”, contestó Santo Tomás. San Antonino declaró que “recordaba todo lo que leía y que su mente era como una enorme biblioteca” (ver Drane op. cit., p. 427; Vaughan op. cit., II p 567). La relación de los textos bíblicos citados en la Summa Theologica llena ochenta columnas con letra pequeña en la edición de Migne, y muchos suponen no sin razón que se había aprendido de memoria la Biblia entera mientras estaba en la cárcel en el Castillo de San Giovanni. Como Santo Domingo, amaba de manera especial las Epístolas de san Pablo, de las que escribió comentarios (edición en 2 volúmenes de Torino, 1891).
(5) Un profundo respeto por la Fe, transmitida por la Tradición, caracteriza toda su obra. La práctica de la Iglesia (consuetudo ecclesiae) debe prevalecer sobre la autoridad de cualquier doctor (II-II Q x a 12). En la “Summa” cita 19 concilios, 41 Papas y 52 Padres de la Iglesia. Un somero conocimiento de su obra mostrará que entre los Padres, su favorito era San Agustín (sobre los Padres Griegos, ver Vaughan op. cit., II cc iii sqq).
(6) Como San Agustín, (II De doctr. Christ. c. xl), Santo Tomás mantenía que debemos tomar lo que haya de verdad de las obras de los filósofos paganos, en calidad de “injustos poseedores” y adaptarlo a las enseñanzas de la religión verdadera (Summa Theologica I, Q. lxxxiv a 5). Solo en la “Summa” cita de las obras de 46 filósofos y poetas, siendo sus autores favoritos Aristóteles, Platón y entre los autores cristianos, Boecio. De Aristóteles, aprendió ese amor por el orden y la exactitud de expresión que caracteriza su propia obra. De Boecio aprendió que se podían usar los escritos de Aristóteles sin causar detrimento al Cristianismo. Sin embargo, no siguió el vano intento de Boecio de reconciliar a Platón con Aristóteles. En general, el Estagirita fue su maestro, pera la elevación y grandeza de los conceptos de Santo Tomás y la majestuosa dignidad de su método hablan con gran fuerza del sublime Platón.
B. Causas Sobrenaturales
Incluso si no aceptamos literalmente la declaración de Juan XXII de que Santo Tomás realizó tantos milagros como artículos hay en la “Summa”, hemos de buscar más allá de las causas naturales para intentar explicar su extraordinaria carrera y maravillosos escritos.
(1) La pureza de mente y cuerpo contribuyen en gran medida a la claridad de visión (véase Santo Tomás , Comentarios sobre 1 Corintios, c.vii, Lección v). Mediante el don de la pureza, concedido milagrosamente en el episodio del cinturón místico, Dios hizo angélica la vida de Tomás; la perspicacia y hondura de su intelecto, con la ayuda de la gracia, le hizo el “Doctor Angélico”.
(2) El espíritu de oración, su gran piedad y devoción, atrajeron las bendiciones del cielo a sus estudios. Explicando por qué leía diariamente fragmentos de las “Conferencias” de Casiano, dijo: “En estas lecturas encuentro la devoción, mediante la cual asciendo rápidamente a la contemplación”. (Prümmer, op. cit., p. 32). En la lectura del Oficio Divino correspondiente a su festividad, se dice que nunca empezaba a estudiar sin invocar la ayuda de Dios en oración; y que cuando luchaba por entender oscuros pasajes bíblicos, añadía el ayuno a la oración.
(3) Testimonios de quienes le conocieron en vida o escribieron en el momento de su canonización, demuestran que recibió ayuda celestial. Declaró al P. Reinaldo que había aprendido más en oración y contemplación que de hombres y libros (Prümmer, op. cit., p. 36). Los mismos autores cuentan sobre ciertos misteriosos visitantes que le animaban e iluminaban. Se le apareció la Santísima Virgen para asegurarle que sus escritos eran aceptables ante Dios, y que se le concedería perseverar en su santa vocación. San Pedro y San Pablo vinieron a ayudarle a interpretar un difícil pasaje de Isaías. Cuando su humildad le hizo considerarse indigno del doctorado, un venerable religioso de su orden, (se cree que fue Santo Domingo) se le apareció para animarle y sugerirle el texto de su discurso de apertura (Prümmer op. cit., 29, 37; Tocco en “Acta SS.”, VII Mar.; Vaughan, op. cit., , II 91). Ya se han mencionado sus estados de éxtasis. Todos sus biógrafos relatan sus abstracciones en presencia del Rey Luis IX (San Luis) y de distinguidos personajes. De manera que incluso si admitimos un excesivo entusiasmo por parte de sus admiradores, hemos de concluir que su extraordinaria sabiduría no puede atribuirse meramente a causas naturales. Puede decirse que trabajó como si todo dependiera de sus propias fuerzas y oró como si todo dependiera de Dios.
IV. La influencia de Santo Tomás
A. Influencia en la Santidad
Los grandes Escolásticos eran hombres santos y sabios. Alejandro de Hales, San Alberto Magno, Santo Tomás y San Buenaventura demuestran que la sabiduría no seca necesariamente la devoción. El angélico Tomás y el seráfico Buenaventura representan los máximos ejemplos de la sabiduría Cristiana, combinando unos conocimientos eminentes con una santidad heroica. El Cardenal Bessarion llamó a Santo Tomás “el sabio más santo y el santo más sabio”. En sus obras alienta el espíritu de Dios, una tierna e iluminada piedad, basada en sólidos cimientos, es decir, en el conocimiento de Dios, de Cristo y del hombre. La Summa Theologica es un manual de piedad así como un texto teológico. (Ver Drane op. cit., p. 446). San Francisco de Sales, San Felipe Neri, San Carlos Borromeo, San Vicente Ferrer, San Pío V, San Antonino continuamente estudiaban a Santo Tomás . Nada más inspirado que sus tratados sobre Cristo, en su Sagrada Humanidad, en su Vida y sufrimientos. Su tratado sobre los sacramentos, especialmente los de la Penitencia y la Eucaristía, son capaces de derretir los corazones más endurecidos. Se esfuerza por explicar los diversos ritos de la Misa (“De Ritu Eucharistiae” en Summa Theologica III Q lxxxiii). Ningún autor ha expuesto con mayor claridad los efectos que produce en el alma humana este Pan celestial (ibid. Q lxxix). La Comunión frecuente, recomendada recientemente por Pío X (“Sacra Trid. Synodus”, 1905) se encuentran ya en Santo Tomás (Q lxxix a. 8; Q lxxx a. 10), aunque no sea tan explícito sobre este tema como lo es con la Comunión de niños. En el Decreto “Quam singulari” (1910) el papa cita a Santo Tomás que enseña que cuando el niño comienza a tener uso de razón, para que pueda desarrollar la devoción al Santísimo Sacramento, se les puede permitir comulgar (Q lxxx a. 9 ad 3um). Los aspectos espirituales y devocionales de la teología de Santo Tomás han sido destacados por el P. Contenson, O.P., en su “Teología mentis et cordis”. Se desarrollan más en la obra del P. Vallgornera O.P., en Teología Mystica D. Thomae, donde el autor conduce el alma a Dios a través de las vías purgativa, iluminativa y unitiva. La encíclica sobre el Espíritu Santo de León XIII se basa en gran medida en Santo Tomás , y los que han estudiado la “Prima Secundae” y la “Secunda Secundae” conocen cuán admirablemente el santo explica los dones y frutos del Espíritu Santo, así como las Bienaventuranzas y su relación con las diversas virtudes. Casi todos los buenos autores espirituales buscan en Santo Tomás las definiciones de las virtudes que ellos recomiendan.
B. Influencias en la Vida Intelectual.
Desde los días de Aristóteles, probablemente nadie ha ejercido tan poderosa influencia en el mundo del pensamiento como Santo Tomás. Su autoridad fue grande durante su vida. Los Papas, las universidades, los studia de su Orden deseaban aprovecharse de su sabiduría y prudencia. Varias de sus principales obras fueron escritas por encargo y todos buscaban su opinión. En diversas ocasiones los doctores de París le sometieron sus disputas y quedaron agradecidos de poderse dirigir por su dictamen (Vaughan op. cit., II 1 p. 544). Sus principios, dados a conocer en sus escritos, continúan ejerciendo su influencia hasta el día de hoy. Este tema no puede ser considerado en todos sus aspectos, ni sería necesario hacerlo. Su influencia en temas puramente filosóficos se explica en obras sobre la historia de la filosofía. (Los teólogos que siguieron a Santo Tomás se mencionan en TOMISMO. Ver también ORDEN DE PREDICADORES II, A, 2, d.) Su capital importancia e influencia puede explicarse si lo consideramos como el Aristóteles Cristiano, combinando en su persona lo mejor que el mundo ha conocido en filosofía y teología. Es en esta luz que León XIII le ha puesto como modelo en la famosa encíclica “Aeterni Patris”. La obra de su vida puede resumirse en dos enunciados: estableció la verdadera relación entre Fe y Razón; sistematizó la teología.
(1) Fe y Razón
Los principios de Santo Tomás sobre la relación entre Fe y Razón se proclamaron solemnemente en el Concilio Vaticano. Los capítulos 2, 3 y 4 de la Constitución “Dei Filius” tienen un enorme parecido a los escritos del Doctor Angélico. En primer lugar, la sola razón no basta para guiar a los hombres: necesitan la Revelación; hemos de distinguir cuidadosamente las verdades conocidas por la razón de las verdades más elevadas (misterios) conocidas por la Revelación. En segundo lugar, la razón y la Revelación, aunque distintas, no se oponen entre sí. En tercer lugar, la Fe preserva la razón del error; la razón debe servir a la causa de la Fe. Y en cuarto lugar, este servicio se realiza en tres formas:
– La razón debe preparar la mente humana para recibir la Fe demostrando las verdades que la Fe propone (praeambula fidei);
– La razón debe explicar y desarrollar las verdades de la Fe y exponerlas de forma científica;
– La razón debe defender las verdades reveladas por Dios Todopoderoso.
Esto es un desarrollo de la famosa frase de San Agustín (De Trin., XIV s i), en la que dice que el recto uso de la razón es “aquel que engendra…nutre, defiende y refuerza la Fe”. Estos principios los propone Santo Tomás en muchos lugares, especialmente en “In Boethium d a Trin. Proem.”, Q ii a. 1; “Sum. Cont. gent.”, I cc I iii-ix; “Summa”, I, Q. i aa. 1, 5, 8; Q xxxii, a. 1; Q I lxxxiv, a. 5. El servicio de Santo Tomás a la Fe lo resume León XIII en la encíclica “Aeterni Patris”: “Ganó esta distinción por sí mismo: que él sólo combatió victoriosamente los errores de tiempos antiguos y dio armas invencibles para vencer cualquiera que en el futuro pudieran surgir. Distinguiendo con claridad, como debe ser, la razón y la fe, preservó y consideró los derechos de cada una, tanto así que la razón remontada en las alas de Tomás puede apenas elevarse más, mientras que la fe difícilmente puede esperar mayores o más potentes auxilios de la razón que los que ya ha obtenido por medio de Tomás”. Santo Tomás no combatió enemigos imaginarios; atacaba adversarios vivos. Las obras de Aristóteles habían llegado a Francia en malas traducciones llenas de comentarios engañosos de filósofos judíos y musulmanes. Ello dio lugar a una ola de errores que tanto alarmaron las autoridades que la lectura de la Física y Metafísica de Aristóteles fue prohibida por Roberto de Courçon en 1210, siendo moderado el decreto por Gregorio IX en 1231. En la Universidad de París se introdujo subrepticiamente el espíritu insidioso de irreverencia y “Racionalismo”, representado especialmente por Abelardo y Raimundo Lullus, quienes mantenían que la razón podía conocer y demostrar todas las cosas, incluso los misterios de la Fe. Averroes propagó doctrinas peligrosas, destacando dos perniciosos errores: el primero, que en filosofía y religión, siendo dos cosas diferentes, lo que es cierto en una puede ser erróneo en la otra; y el segundo, que todos los hombres tienen una sola alma. Averroes era llamado comúnmente “El Comentador”, pero Santo Tomás dice que “era, más que un Peripatético, un corruptor de la filosofía Peripatética”. (Opuse. De unit. Intell.) Aplicando un principio de San Agustín, (véase I Q lxxxiv, a. 5) siguiendo los pasos de Alejandro de Hales y Alberto Magno, Santo Tomás decidió tomar lo verdadero de los “injustos poseedores”, para ponerlo al servicio de la religión revelada. Las objeciones contra Aristóteles cesarían si se conociese el verdadero Aristóteles; por eso su primer interés fue obtener una traducción nueva de las obras del gran filósofo. Había que purificar a Aristóteles, refutar los falsos comentaristas, de los que Averroes es el más influyente, por eso Santo Tomás continuamente se emplea en refutar sus falsas interpretaciones.
(2) La Teología Sistematizada
El próximo paso fue poner la razón al servicio de la Fe, dando forma científica a la doctrina Cristiana. La Escolástica no consiste, como algunos imaginan, en inútiles discusiones y sutilezas, sino en expresar la verdadera doctrina en lenguaje exacto, claro y conciso. En la encíclica “”Aeterni Patris”, León XIII, citando a Sixto V (Bula “Triumphantis”, de 1588) declara que mucho le debemos al uso recto de la filosofía por “esos nobles dones que hacen de la teología Escolástica tan formidable contra los enemigos de la verdad” porque “la inmediata coherencia entre causa y efecto, el orden y la disposición de un ejército disciplinado en la batalla, esas claras definiciones y distinciones, aquellos poderosos argumentos y agudas discusiones por las que la luz se distinguen de las tinieblas, lo verdadero de lo falso, exponen y desnudan las falsedades de los herejes envueltas en una nube de subterfugios y falacias”. Cuando los grandes Escolásticos escribían, había luz donde antes había tinieblas, había orden donde antes prevalecía la confusión. La obra de San Anselmo y Pedro Lombardo fue perfeccionada por los teólogos Escolásticos. Desde entonces, no se ha hecho ninguna mejora substancial en el plan y sistema de la teología, aunque el campo de la apologética de ha ensanchado, y la teología positiva ha cobrado mayor importancia.
C. Seguimiento de la Doctrina Tomista
Poco después de su muerte, los escritos de Santo Tomás eran universalmente estimados. Los Dominicos naturalmente fueron los primeros en seguir al Santo. El Capítulo General de París se 1279 prometió grandes penas para todo aquel que se atreviese a hablar irreverentemente de él o de sus obras. Los Capítulos de París de 1286, de Burdeos de 1287 y de Lucca de 1288, expresamente dispusieron que los frailes tenían que seguir la doctrina de Tomás, que en aquel momento no había sido canonizado (Const. Ord. Praed. N. 1130). La Universidad de París, coincidiendo con la muerte de Tomás, envió una misiva oficial de pésame al capítulo general de los Dominicos, diciendo que con los hermanos, la universidad expresaba su dolor por la pérdida de aquél que era como suyo propio por sus muchos títulos (véase el texto de la carta en Vaughan op. cit., II, p. 82). En la encíclica “Aeterni Patris”, León XIII menciona las Universidades de París, Salamanca, Alcalá, Douai, Toulouse, Lovaina, Padua, Bolonia, Nápoles, Coimbra, como “las sedes del conocimiento humano donde Tomás reinaba supremo, y donde las mentes de todos, maestros y discípulos, disfrutaban de una maravillosa armonía bajo la tutela y autoridad del Doctor Angélico”. A esta relación, podemos añadir Lima y Manila, Friburgo y Washington. Los seminarios y escuelas siguieron a las universidades. La “Summa” gradualmente sustituyó a las “Sentencias” como texto de teología. Las mentes se formaban según los principios de Santo Tomás; se convirtió en un gran maestro, ejerciendo una vasta influencia universal sobre las opiniones de los hombres y sus obras; porque incluso los que no adoptaban todas sus conclusiones, quedaban obligados a considerar sus opiniones. Se estima que se han escrito unos seis mil comentarios sobre la obra de Santo Tomás. Durante los últimos 600 años, se han publicado manuales de teología y filosofía, compuestos con la intención de impartir su enseñanza; traducciones, estudios o resúmenes (études), de partes de sus obras, y hasta hoy, su nombre se honra en todo el mundo (véase TOMISMO). En cada uno de los Concilios Generales que han tenido lugar después de su muerte, Santo Tomás siempre ha ocupado un lugar de honor. En el Concilio de Lyon su obra “Contra errores Graecorum” fue utilizado con gran efecto contra los Griegos. En disputas posteriores, antes y durante el Concilio de Florencia, Juan de Montenegro, el campeón de la ortodoxia Latina, encontró en Santo Tomás una fuente inagotable de argumentos irrefutables. El “Decretum pro Armenis” (Instrucción para los Armenios) emitido por la autoridad de ese concilio, está tomado casi literalmente de su tratado “De fidel articuli et septem sacramentis (véase Densinger-Bannwart n. 695). “En los Concilios de Lyon, Vienne, Florencia y el Vaticano”, escribe León XIII (encíclica “Aeterni Patris”), “casi podríase decir que Tomás participó y presidió las deliberaciones y decretos de los Padres contendiendo contra los errores de los Griegos, herejes y Racionalistas, con una fuerza invencible y con los más felices resultados. Pero la mayor y más especial gloria de Tomás, que no comparte con ningún otro Doctor Católico, es que los Padres de Trento hicieron parte del orden del cónclave poner sobre el altar, junto al códice de las Sagradas Escrituras y los Decretos de los Sumos Pontífices, la Summa de Tomás de Aquino, para buscar consejo, razones e inspiración. Mayor influencia, nadie puede tener. Antes de concluir esta sección, debemos mencionar dos libros muy conocidos y apreciados, inspirados por y basados en los escritos de Santo Tomás. El Catecismo del Concilio de Trento, compuesto por discípulos del Doctor Angélico, es en realidad un compendio de su teología, presentada en forma apropiada para uso de los párrocos. La Divina Comedia de Dante se ha llamado “la Summa de Santo Tomás en verso”, y los comentaristas hacen derivar las divisiones y descripciones de las virtudes y los vicios del gran poeta florentino a la “Secunda Secundae”.
D. Aprecio de Santo Tomás.
(1) En la Iglesia
La estima de que disfrutaba en vida no ha disminuido, sino aumentado, en el transcurso de los seis siglos transcurridos desde su muerte. El lugar que ocupa en la Iglesia lo explica el gran León XIII en la encíclica “Aeterni Patris”, en la que recomienda el estudio de la filosofía escolástica: “Es sabido que casi todos los fundadores y legisladores de órdenes religiosas ordenaron a sus frailes estudiar y hacer suyas las enseñanzas de Santo Tomás… Además de la familia Dominica, que justamente reclama como suyo a éste gran maestro, los estatutos de los Benedictinos, Carmelitas, Agustinos, Jesuitas y muchos otros, dan testimonio de su acatamiento de esta ley.” Entre los “muchos otros”, Servitas, Pasionistas, Bernabitas y Sulpicianos se han dedicado de manera especial al estudio de Santo Tomás. Las principales universidades donde Santo Tomás brillaba como gran maestro han sido enumeradas más arriba. Los doctores parisinos le llamaban estrella del alba, sol luminoso, luz de la Iglesia entera. Esteban, Obispo de París, reprendiendo a aquellos que se atrevían a atacar la doctrina de aquel “excelentísimo Doctor, el bendito Tomás”, le llama “la gran luminaria de la Iglesia Católica, la joya del sacerdocio, la flor de los doctores, el lustroso espejo de la Universidad de París” (Drane, op. cit., p. 431). En la antigua Universidad de Lovaina, los doctores tenían que descubrirse e inclinarse cuando pronunciaban el nombre de Tomás (Goudin, op. cit., p. 21).
“Los concilios ecuménicos, donde florecen las flores de todo el conocimiento terrenal, siempre han procurado honrar de manera singular a Santo Tomás (León XIII en la encíclica “Aeterni Patris”). Este tema ha sido tratado con detalle más arriba. El “Bullarium Ordinis Praedicatorum”, publicado en 1729-39, cita 38 bulas en las que 18 soberanos pontífices alabaron y recomendaron la doctrina de Santo Tomás (véase también Vaughan op. cit., II, c, ii; Berthier op. cit., pp. 7 sqq). Estas aprobaciones las repite y renueva León XIII, que pone especial énfasis en “el destacado testimonio de Inocencio VI: ‘Su enseñanza, por encima de todas, exceptuando sólo los cánones, posee tal elegancia en sus frases, un método en sus afirmaciones, una verdad en sus proposiciones, que aquellos que la siguen, nunca se desviarán del camino de la verdad, y el que se atreva a refutarla, siempre será sospechoso de error (ibid.) León XIII sobrepasó a sus predecesores en su admiración por Santo Tomás, y declaró que en sus obras se encuentra el remedio para los muchos males que afligen a nuestra sociedad (véase Berthier, op. cit., , introducción). Las Encíclicas de ese ilustre Pontífice demuestran que había estudiado las obras del Doctor Angélico. Esto es evidente en las epístolas sobre el matrimonio Cristiano, la constitución Cristiana de los Estados, la condición de las clases trabajadoras, y el estudio de la Sagrada Escritura. El Papa Pío X, en varias Epístolas, por ejemplo en “Pascendi Dominici Gregis” (septiembre 1907), insiste en observar las recomendaciones de León XIII sobre el estudio de Santo Tomás. Intentar dar los nombres de los escritores católicos que han expresado su admiración por Santo Tomás sería una tarea imposible, porque la lista incluiría a casi todos los autores de filosofía o teología desde el siglo XIII, además de cientos de autores de otros temas. En los capítulos introductorios de todo buen comentario, encontramos alabanzas y elogios. Una relación incompleta de autores que han recogido estos testimonios la da el P. Berthier (op. cit., p. 22).
(2) Fuera de la Iglesia
(a) Antiescolásticos – Algunas personas han sido y siguen siendo opuestos a todo lo que se llame Escolástica, que dicen es sinónimo de sutilezas e inútiles discusiones. Del prólogo de la “Summa” se desprende con claridad que Santo Tomás se oponía a todo lo superfluo y confuso en los estudios Escolásticos. Cuando se entiende lo que realmente significa la verdadera Escolástica, desaparecen las objeciones.
(
b) Herejes y Cismáticos – “Un último triunfo se reservaba para este hombre incomparable – el obligado homenaje, las alabanzas y la admiración incluso de los mismísimos enemigos de la palabra Católico” (León XIII, ibid.). La ortodoxia de Santo Tomás atrajo sobre sí mismo el odio de todos los Griegos opuestos a la unión con Roma. Los Griegos unidos, sin embargo, admiran a Santo Tomás y estudian sus obras (véase más arriba, “Traducciones de la “Summa”). Los líderes de la revolución del siglo XVI honraron a Santo Tomás con sus ataques, en especial el mismo Lutero, con sus violentas invectivas contra el gran Doctor. Citando el alegato de Martín Bucer, “Quitad a Tomás y yo destruiré la Iglesia”, León XIII (ibid.) comenta: “La esperanza era vana, pero el testimonio tiene su valor”. Calo, Tocco, y otros biógrafos cuentan que Santo Tomás, viajando de Roma a Nápoles, convirtió a dos célebres rabinos Judíos que conoció en la casa de campo del Cardenal Richard. (Prümmer, op. cit., p. 33; Vaughan, op. cit., , I, p. 705). El Rabino Pablo de Burgos, en el siglo XV, se convirtió leyendo las obras de Santo Tomás. Teobaldo Thamer, discípulo de Melanchton, abjuró de su herejía tras haber leído la “Summa” con el propósito de refutarla. El Calvinista Duperron se convirtió de manera similar, y llegó a ser Arzobispo de Sens y cardenal (véase Conway op. cit., p. 96). Pasada la amargura del primer período de Protestantismo, los protestantes vieron la necesidad de conservar muchas partes de la filosofía y teología Católicas, y los que legaban a conocer a Santo Tomás no tenían más remedio que profesarle su admiración. Uberweg dice que “Elevó la Escolástica a su más alto grado de desarrollo, efectuando la más perfecta acomodación posible de la filosofía aristotélica a la ortodoxia eclesiástica” (op. cit., p 440). R. Seeberg, en la “New Schaff-Herzog Religious Encyclopedia” (New York, 1911) dedica 10 columnas a Santo Tomás, y dice que “en todo logró defender la doctrina de la Iglesia como creíble y razonable (XI, p. 427). Durante muchos años, especialmente desde el tiempo de Pusey y Newman, Santo Tomás ha sido muy considerado en Oxford. Recientemente la “Summa Contra Gentiles” figura en la lista de temas que pueden ser ofrecidas por un candidato en las “final honour schools” de Litterae Humaniores de esa Universidad (cf. Walsh, op. cit., c. xvii). Durante varios años, el P. De Groot, O.P., ha sido profesor de filosofía Escolástica en la Universidad de Ámsterdam, y se han instituido cursos de filosofía Escolástica en algunas de las principales universidades no católicas de Estados Unidos. Los Anglicanos profesan una gran admiración por Santo Tomás. Alfred Mortimer, en el capítulo “The Study of Theology” de su obra titulada “Catholic Faith and Practice” (2 tomos, Nueva York, 1909), se queja de que el sacerdote o ministro inglés no tiene conocimientos científicos de la Reina de las Ciencias”, y ofreciendo un remedio, afirma, “El esquema más simple y perfecto de la teología universal se encuentra en la Summa Theologica de Santo Tomás ” (vol. II, pp. 454, 465).
V. Santo Tomás y el pensamiento moderno
En el Syllabus de 1864 Pío IX condenó una afirmación que decía que los métodos y principios de los antiguos doctores escolásticos no se adaptaban a las necesidades de nuestro tiempo y al progreso científico (Denzinger-Bannwart, n. 1713). En la encíclica “Aeterni Patris”, León XIII señala los beneficios que se derivan de “una reforma práctica de la filosofía, restaurando las reconocidas enseñanzas de Santo Tomás de Aquino”. El Papa exhorta a los obispos a “restaurar la sabiduría áurea de Tomás y difundirla por todas partes en defensa y para mayor belleza de la Fe Católica, para el bien de la sociedad y para el avance de todas las ciencias. En las páginas de la Encíclica que preceden inmediatamente a esas palabras, explica por qué la enseñanza de Santo Tomás llevarían a tal deseable resultado: Santo Tomás es el gran maestro para explicar y defender la Fe, porque suya es “la sólida doctrina de los Padres y Escolásticos, que con tanta claridad y vigor demuestran los firmes fundamentos de la Fe, su origen Divino, su certera Verdad, los argumentos que la sostienen, los beneficios que ha dispensado a la humanidad, y su perfecto acuerdo con la razón de tal manera que satisface completamente las mentes abiertas a la persuasión, aunque estén indispuestas para ello”. La carrera de Santo Tomás en sí misma habría justificado a León XIII cuando aseguró a los hombres del siglo XIX que la Iglesia Católica no se oponía al recto uso de la razón. También se destacan los aspectos sociológicos de Santo Tomás: “Las enseñanzas de Santo Tomás sobre el verdadero significado de la Libertad, que ahora se está convirtiendo en libertinaje, sobre el origen Divino de toda autoridad, sobre las Leyes y su fuerza, sobre el justo y paternal gobierno de los príncipes, sobre la obediencia a las máximas autoridades, sobre la mutua caridad fraterna, en fin, sobre todos estos y otros temas, poseen una gran e invencible fuerza para conquistar y vencer aquellos principios del “nuevo orden” que hacen peligrar el pacífico orden de cosas y la seguridad pública”. (ibid.) Los males que afectan la sociedad moderna han sido señalados por el Papa en la epístola “Inescrutabili” del 21 de abril de 1878, y en la que versa sobre el Socialismo, Comunismo y Nihilismo. (“Las Grandes Encíclicas de León XIII”, pp. 9 sqq.; 22 sqq.) De qué manera los principios del Doctor Angélico proveerán un remedio para estos males, se explica aquí de manera general, y de manera más particular en las epístolas sobre la constitución Cristiana de los estados, la libertad humana, los principales deberes de los cristianos como ciudadanos, y sobre las condiciones de las clases trabajadoras (ibid., pp. 107, 135, 180, 208).
Es en relación a las ciencias, que algunos dudan de la actualidad de los escritos del Santo; se refieren a las ciencias físicas y experimentales, ya que en la metafísica, los escolásticos son reconocidos maestros. León XIII llama la atención a las siguientes verdades: (a) Los Escolásticos nunca se opusieron a la investigación. Sosteniendo como principio antropológico “que la inteligencia humana es llevada al conocimiento de las cosas sin cuerpo y materia sólo mediante las cosas sensibles, entendieron bien que nada era más útil a un filósofo que la indagación diligente en los misterios de la naturaleza, y la constancia en el estudio de los fenómenos físicos” (ibid. p. 55). Este principio se llevaba a la práctica: Santo Tomás, San Alberto Magno, Roger Bacon, y otros, “prestaron gran atención al conocimiento de la naturaleza” (ibid., p. 56). (b) La investigación sola no basta a la verdadera ciencia. “Cuando se establecen los hechos, es necesario aplicarnos al estudio de los objetos corpóreos, para indagar las leyes que les gobiernan y los principios de los que surgen su orden y unidad diversa” (p. 55). ¿Pretenderán los científicos de hoy día razonar o sintetizar mejor que Santo Tomás? León XIII recomienda el método y los principios del Santo: “Si algo es tratado con demasiada sutileza por los doctores escolásticos; si hay algo que no concuerda con los descubrimientos modernos, o en una palabra, es de alguna manera indemostrable, no se nos ocurriría proponerlo como ejemplo para nuestro tiempo” (p.56). De la misma manera que Santo Tomás en su día asistió a un movimiento hacia Aristóteles y la filosofía, incontrolable, pero susceptible de ser dirigido para servir a la causa de la verdad, León XIII, viendo en el mundo de su época un espíritu de estudio e investigación que podía producir tanto bien como mal, no quiso ahogarlo, sino que se propuso presentar un moderador y maestro que pudiera guiarlo por los caminos de la Verdad.
Y ningún otro podía haberse escogido más que Santo Tomás de Aquino, el maestro de la mente clara, del análisis, de la síntesis, de la comprensión. Su paciencia extraordinaria y equidad al tratar con los filósofos equivocados, su aprobación de todo lo verdadero en sus escritos y su delicadeza en condenar sus falsedades, su claridad de visión al señalar la ruta hacia el conocimiento en todas sus ramas, su aptitud y precisión al expresar la Verdad, estas cualidades le distinguen como un gran maestro no solo del siglo XIII, sino de todos los tiempos. Si alguien le considera demasiado sutil, es porque no saben lo claro, conciso y sencillo de sus definiciones y divisiones. Sus dos “Summae” son obras maestras de la pedagogía, y le otorgan el título de “el más grande de los maestros humanos”. Incluso tuvo que lidiar con errores muy similares a los que hoy día se encubren con los apelativos de filosofía o ciencia. El Racionalismo de Abelardo y otros engendraron los luminosos y eternos principios sobre la verdadera relación entre fe y razón. El ontologismo fue sólidamente refutado por Santo Tomás casi seis siglos antes de Malebranche, Gioberti y Ubaghs (véase Summa Theologica I, Q lxxxiv, a, 5). La verdadera doctrina sobre los primeros principios y universalidades, dados por él y por otros escolásticos, es la mejor refutación a la crítica de Kant de las ideas metafísicas (véase por ejemplo, “Post. Analyt.”, I, lect. Xix, “De ente et essentia”, c, iv; Summa Theologica, I Q xvii, a. 3, corp. y ad 2um; Q lxxix, a. 3; Q lxxxiv, a. 5, a. 6, corp. y ad 1um, Q lxxxv, a. 2, ad 2um, a. 3, ad 1um, ad 4um. Véase en el índice a la “Summa”, “Veritas”, “Principium”, “Universale”). El Panteísmo psicológico moderno no difiere substancialmente de la teoría de “una sola alma para todos los hombres” de Averroes (véase “De unit. Intell.” Y Summa Theologica, I, Q lxxvi, a, 2; Q lxxix, a. 5). El error Modernista que distingue al Cristo de la Fe del Cristo de la Historia, tuvo su precursor en el principio Averroísta de que una cosa puede ser cierta en la filosofía y falso en la religión.
En la encíclica “Providentissimus Deus” (18 de noviembre de 1893) León XIII extrae de las obras de Santo Tomás los principios y sabias reglas de deben gobernar la crítica científica de la Sagrada Escritura. De la misma fuente, los escritores modernos han sacado principios muy útiles para la solución de problemas relacionados con el Espiritismo y el Hipnotismo. ¿Debemos concluir, entonces, que la obra de Santo Tomás, tal y como él la dejó, ofrece suficiente instrucción para los científicos, filósofos y teólogos de nuestros días? De ninguna manera. Vetera novis augere et perficere –”Reforzar y completar lo Viejo con la ayuda de lo Nuevo”- es el lema de la restauración propuesta por León XIII. Si Santo Tomás viviese hoy, adoptaría sin dudarlo todos los datos y hechos desvelados por las recientes investigaciones científicas e históricas, pero sopesando con esmero toda la evidencia ofrecida a favor de tales hechos. En nuestros días, una teología positiva es más necesaria que en el siglo XIII. León XIII defiende su validez en su Encíclica y su afirmación se confirma y renueva en la Epístola sobre el Modernismo de Pío X. Pero ambos pontífices declaran que la teología positiva no debe ser entronizada relegando a un segundo plano la teología Escolástica. En la Encíclica “Pascendi”, al ofrecer remedios contra al Modernismo, Pío X, siguiendo a su ilustre predecesor, pone en primer lugar “la filosofía Escolástica, especialmente como fue enseñada por Tomás de Aquino”. Santo Tomás sigue siendo “El Ángel de las Escuelas”.
D.J. Kennedy
Transcrito por Kevin Cawley
Traducido por Rafael Corrales Pacheco
APOLOGÍA DEL CRISTIANISMO FRENTE AL ISLAM
Los valores morales de nuestras sociedades, antaño católicas, están desapareciendo entre otras causas, por la penetración del Islam; junto a una política emigratoria suicida y una alta fertilidad de las mujeres musulmanas que, frente al incumplimiento general del fin primario del matrimonio de parte de los cristianos: criar hijos para el cielo, se viene a añadir la estupidez de no pocos que se convierten a esta religión de Satanás, o confunden la fabricación del dios del Islam con el verdadero y único Dios: Uno y Trino. La confusión demoníaca enseñada por los falsos papas en su «magisterio» y «catecismo» erróneamente calificados «de la Iglesia Católica», no ayudan, sino que antes bien, colaboran en la destrucción de los principios que sostuvieron La Cristiandad, que fueron la fuente del progreso de la sociedades católicas.
Dado que nos han llegado algunas peticiones de textos para refutar el Islam, aportamos el siguiente texto extraído de una obra de Rafael Gambra, que por conciso, nos parece suficiente claro y con argumentos precisos para ayudar a los amigos que hayan podido dejarse coger en esa red tendida por el diablo.
APOLOGÍA DEL CRISTIANISMO FRENTE AL ISLAM
Apología quiere decir defensa, defensa oratoria o dialéctica como la que hiciera Sócrates frente a Anito y Melito que le acusaban de impiedad y de corromper a la juventud ateniense. La apología supone, pues, una acusación que se hace ante un tribunal y consiste en rebatir esa acusación hasta lograr, incluso, que el acusador aparezca como culpable. Por tanto, la apología del cristianismo frente al islam deberá refutar las acusaciones que el islam hace al cristianismo, y las que hacen sus defensores o parciales en diversos grados, desde los liberales en sentido estricto hasta los católicos pro g resistas, inficionados de liberalismo.
Los mahometanos nos acusan a los cristianos de ser infieles, de no profesar la fe islámica y de no seguir los preceptos del Corán. Porque, aunque nos reconocen el mérito de someternos a la Biblia, admitimos algunas doctrinas, a su juicio, falsas, como la creencia en la Trinidad y en la divinidad de Nuestro Señor, lo cual es para ellos una forma de politeísmo. El liberalismo acusa al cristianismo tradicional de intransigencia y el ecumenismo progresista, de no ver los aspectos positivos del islam como religión monoteísta que adora al mismo Dios que los cristianos. En fin, el catolicismo tradicional o catolicismo a secas, acobardado quizás por estas acusaciones, podría también achacarse no haber logrado la conversión del islam que, a diferencia de otras religiones, parece competir con el cristianismo en vitalidad, expansión y perdurabilidad.
Frente a estos ataques, frente a las dudas que a nosotros mismos puedan producirnos, no cabe hacer en este breve espacio unaapología pormenorizada del cristianismo. Creo, sin embargo, que con entender el islam en su verdadera dimensión podremos dar razón del cristianismo frente a los defensores de Mahoma.
El credo y los preceptos islámicos
Empezaremos por comparar las doctrinas teológicas y morales del islam con las del cristianismo. El credo que, según los entendidos, puede extraerse del Corán es tan breve que se reduce a cinco tesis: 1) Alá es uno y trascendente; 2) Mahoma es su profe- ta, 3) el Corán es la palabra de Alá, 4) los ángeles nos protegen y 5) el hombre resucitará y recibirá un premio o castigo eterno.
Esté brevísimo credo no contiene nada sobre Dios que no pueda alcanzar la sola razón natural del hombre (1): que hay un Dios fuera del mundo, que el alma es inmortal y que recibe en el o t ro mundo premio o castigo. Nada hay de sobrenatural en esta fe que suprime las principales creencias del cristianismo sobre Dios. Porque, al decir que es uno, excluye que sea trino y que el Padre tenga un Hijo al que envió entre los hombres para predicar la buena nueva y para que muriera por nuestra salvación (Corán 4, 169; 5, 76-77) (2).
En realidad, Alá no es el Dios de los cristianos (3); sólo coinciden ambos en el carácter negativo de ser uno y en el de no ser lo mismo que el mundo. Alá no es, como el verdadero Dios, esencialmente amor; no se ha manifiesta sobrenaturalmente a los hombres para que, conociéndole más allá de lo que la razón natural les enseña, le amen en su corazón, le reciban, y adquieran así la potestad de hacerse hijos de Dios. Alá es, al contrario, un dios que se oculta tras veinte mil velos, encerrado en sí mismo, dentro de su omnipotencia y sabiduría, que sólo es para el hombre un amo que no necesita de un mediador (4, 169). Sólo pide el hombre el sometimiento servil, como indica el término “islam” (sumisión) con que se designa a sí misma esta religión.
En consonancia con esta idea que se hacen de su dios, se ha de entender el quinto punto del credo islámico: este dios paga sus servidores con bienes materiales, como a siervos, con una vida eterna en un paraíso de placeres sensibles, de jardines deliciosos, donde se les ofrecerán vírgenes de mirada modesta y de grandes ojos negros (37, 47), pero no concede a los hombres como un padre a sus hijos el don de su presencia y compañía. El gran ausente de ese paraíso es Alá, inaccesible y oculto para siempre a todo hombre.
Y también conforme a ello, el dios musulmán, en vez de enviar a un hijo que no puede tener, manda un código cuyos preceptos exigen sólo la sumisión en actos externos. No pide principalmente la adhesión interior de la fe y el amor. Así se comprende que los cinco pilares del islam, a los que se reducen las normas morales del Corán, sean sobre todo actos rituales externos: 1) “hacer profesión de fe (chahada)” y no retractarse de ella (para lo cual es suficiente la pronunciación verbal de las palabras “Alá es el único Dios y Mahoma es su profeta”, sin necesidad de adhesión intelectual). 2) Hay que recitar la oración canónica a las horas preceptivas; 3) ha de hacerse la limosna legal; 4) se ha de practicar el ayuno en el mes del ramadán y 5) se ha de peregrinar a la Meca al menos una vez en la vida.
Aparte de esto, la ley islámica, contenida en el Corán, ofrece innumerables preceptos de una laxitud moral extraordinaria: admite la ley del talión (2, 173), permite la esclavitud (4, 28), hace de las mujeres seres naturalmente inferiores, acepta la poligamia y el divorcio, y transige con la sodomía (4, 20). No mantiene el derecho de gentes más elemental, porque permite el asesinato (47, 4), da pie al terrorismo (4), la confiscación, la reducción a servidumbre y todo género de vejaciones con los no creyentes, esto es con quienes se niegan a hacer su profesión de fe (aunque diferenciando en esto a los hombres del libro, judíos y cristianos, de los idólatras y descreídos).
Acerca de la ley coránica cabe destacar, de una parte, que se trata de una ley cómoda y transigente que, para la naturaleza caída del hombre, resulta fácil de cumplir, infinitamente más fácil que la moral cristiana. De otra parte, se diría que, si tales preceptos constituyen los pilares del islam, lo que para éste importa principalmente es reforzar la conciencia de grupo de la comunidad de creyentes y la exclusión de quienes no lo son.
En igual consonancia con esa concepción de dios, más amo que padre, está el método de “evangelización” de los mahometanos que consiste en someter a los infieles por la espada y el látigo hasta que cumplan los referidos rituales, sin importar si en ellos hay conversión interna o no. Algazel, célebre filósofo irracionalista del islam, señalaba que la mayor parte de las conversiones se obtienen a la sombra de la espada y de la lanza, porque estos logran hacer lo que la razón no puede, pero que luego, andando el tiempo, se hace natural y voluntaria la adhesión de la mente (5).
En resumen, los contenidos de la religión mahometana, sus creencias y sus preceptos, constituyen un gigantesco paso hacia atrás en el conocimiento de Dios y en la moral que la sitúa, muy por debajo del cristianismo, a una altura similar, si no inferior, a la teología y la moral que los filósofos griegos alcanzaron cuatro siglos antes de Nuestro Señor. Si de alguna manera cabe defender al islam, sólo puede hacerse por comparación a la religión politeista y a los instintos y costumbres primitivos de los hombres del desierto a quienes primero convirtió Mahoma (6).
Sólo hay un punto de esta religión que es una novedad y no constituye un recorte o minoración del cristianismo. Me refiero al tercer elemento del credo islámico arriba presentado, según el cual el Corán es la palabra de Alá. Aunque esto puede parecer similar a lo que ocurre con las escrituras, entendidas como palabra de Dios, se trata, según veremos, de algo muy diferente.
Los motivos de credibilidad
Pero dejemos ahora el contenido del islam para considerar los motivos de credibilidad. La religión católica se apoya en una creencia sobre cosas que la razón no alcanza a entender pero que son, con todo, razonables. Y lo son porque, aunque la fe necesita de la gracia, hay motivos racionales que justifican esa fe. Entre esos motivos de credibilidad se cuentan, además de las razones filosóficas, la historia, el ejemplo de vida de quien enseñó la doctrina católica, las profecías y los milagros.
Empezaremos por la historia. Los libros del Antiguo y el Nuevo Testamento son, según la doctrina católica, inspirados y verdaderos en todas sus proposiciones. Sin embargo, al estar escritas por hombres de una cultura, con un lenguaje y un estilo propio, debe hacerse una exégesis que establezca el sentido verdadero de los textos bíblicos, comparándolos unos con otros, así como con los restantes conocimientos humanos, históricos o de cualquier otra naturaleza, que permitan alumbrar ese sentido. En última instancia la autoridad de la Iglesia es la que fija definitivamente ese sentido.
En cambio, el islam pretende, como luego veremos, que es la misma mano de Alá la que ha escrito el Corán y que el Profeta no intervino en su elaboración para nada. Por eso pretenden que el Corán tiene una inerrancia absoluta y cree que está en perfecta consonancia con el Antiguo y Nuevo Testamento, que éste predice el Corán así como el Corán confirma la Biblia (2, 91), pues entienden que tanto la Biblia como el Corán proceden de Alá.
Sin embargo los hechos referidos en el Corán, a diferencia de la maravillosa coherencia histórica de los Evangelios, en numerosas ocasiones ni coinciden con los textos bíblicos ni están refrendados por hechos históricamente conocidos. El caso más flagrante es la afirmación de que Nuestro Señor Jesucristo no fue crucificado, porque los judíos se equivocaron y crucificaron a otro quesele parecía (4, 156), todo lo cual sucedió en tiempos de Moisés y de los faraones. Sin embargo, la crucifixión está atestiguada históricamente, no sólo por los evangelistas y por numerosos escritos cristianos, sino también por historiadores paganos que, como Tácito, mencionan el hecho de la condena de un tal Cristo bajo Poncio Pilato en tiempos del emperador Tiberio (An a l e s, XV, 44), es decir, 1500 años después de lo que dice el Corán.
También comete innumerables errores acerca de la Historia Sagrada, escrita muchos siglos antes. Así, por sólo citar unos ejemplos, mantiene que Abraham construyó la Kaaba (2, 119); y de la Virgen María dice que era hija de Imram (3, 31-32) confundiéndola con otra María que era hermana de Moisés y Aarón (19, 29). Nada de extraño tiene que éstos y otros muchos errores se den en quien, como Mahoma, no conoció sino de oídas las Escrituras. Pero tales incoherencias con la Biblia de un Corán que pretende haber sido escrito directamente por Alá, y ser continuación y perfeccionamiento de los Libros Sagrados, pone en serias dudas verdad absoluta y literal verdad que el Corán pretende tener.
Por lo que se refiere a las profecías, la credibilidad de N.S. se ve reforzada porque llevó a efecto las profecías escritas, mucho tiempo antes, sobre su nacimiento, su vida, muerte y resurrección. Nada de todo esto se da con Mahoma y con el islam, aunque lo pretende. Pues mantiene que el profeta fue anunciado por Abraham (2,123), e incluso por N.S. (61, 6), aunque nada aparece de tal cosa en los documentos anteriores a Mahoma.
En cuanto los signos milagrosos que dan testimonio visible contra las leyes naturales de la verdad divina del cristianismo, Mahoma ni siquiera pretende necesitar tal cosa, pues según dice el Corán es él mismo suficiente milagro (7).
Merece, en fin, la pena considerar más detalladamente si la vida de Mahoma, si su ejemplo, su abnegación, su entrega y su pureza, le avalan como profeta digno de dar a conocer la culminación de las escrituras.
Mahoma fue un camellero de la Meca nacido en el 570 aproximadamente. Era hombre inculto que no sabía leer y cuya juventud debió ser bastante desgraciada. A los 25 años casó con Jadicha, viuda mayor que él, lo cual le proporcionó una situación económica agradable. Era hombre era receptivo, interesado por las narraciones religiosas de su entorno. Así conoció un poco, muy poco, de la religión cristiana ortodoxa, de la judía, de la religión de Zaratustra y de las numerosas sectas heréticas difundidas en Oriente (gnosticismo, maniqueismo, nestorianismo etc.).
A los cuarenta años recibe una supuesta visión del ángel Gabriel que luego se repetiría a lo largo de toda su vida. Empieza a predicar en la Meca y es mal recibido; pocos le siguen y muchos le atacan. En el año 622 decide trasladarse a Medina con sus seguidores(la égira donde empieza la era musulmana). Allí empieza su buena racha: tiene seguidores con los cuales da principio su carrera política y militar. Asaltó varias caravanas de los mequies, incluso durante el mes sagrado. Las críticas que esto le atrajeron se solventan por medio de una aparición en que se justifica ese acto de hostilidad sacrílego diciendo que es más grave la infidelidad que guerrear durante el mes sagrado. Se distancia luego de los judíos, con los cuales había estado en buenas relaciones y, para reforzar la originalidad de sus enseñanzas, decide cambiar la dirección del rezo (q i b l a), de Jerusalén a la Meca. Esto le hace objeto de nuevas críticas, pero de nuevo una aparición consignada en el Corán viene a justificarle. Tras diversas batallas, se adueña de la Meca y extiende sus dominios por buena parte de Arabia, a lo cual contribuye no poco la decadencia de los imperios Bizantino y Persa. De nuevo el Corán, que insta a la guerra santa contra los infieles, promete el paraíso a quienes arriesgan su vida y hacienda en ella (9, 89-90) y el infierno a quienes no siguen al profeta, viene a ser un aliado fundamental para su éxito militar. Numerosos pasajes del Corán sirven de apoyo a los intereses guerreros de Mahoma, como la condena al infierno de los perezosos que se negaron a seguirle en la expedición de Tabuk (9, 62 ss.).
En tretanto, muerta Jadicha su primera mujer, a la que fue relativamente fiel, Mahoma se entregó a una poligamia desenfrenada. Casó primero con Aísa, niña al parecer de menos de diez años, hija deAbubeker, que le sucedió en la jefatura de los creyentes. También se casó con Zeinab, esposa de Zeid, un hijo adoptivo suyo, que la había repudiado vista de inclinación de Mahoma hacia ella. Y así llegó a tener, ya cincuentón, entre nueve y quince mujeres, dependiendo de los autores, más algunas concubinas.
Ni siquiera las muy laxas leyes matrimoniales del Corán para los creyentes fueron, bajo muchos aspectos, cumplidas por el propio Mahoma. Algunas de estas leyes surgieron para justificar a posteriori los actos del profeta. Por ejemplo aquélla del pasaje 33, 35 donde se explica que Mahoma no sólo no hizo mal al casarse con la mujer de su hijo, sino que ese matrimonio fue hecho por el mismo Alá, para que no se considerara un crimen el matrimonio con la mujer de un hijo adoptivo. Como Mahoma excedió con mucho las cuatro mujeres que permitía el Corán al común de los mortales, hay en éste una larga serie de versículos que dan prerrogativas especiales y exclusivas al Profeta. La más notable es la siguiente:
“Oh profeta, le dice Alá, te está permitido casarte con las mujeres que deseares; las cautivas que Alá haya hecho caer en tus manos, las hijas de tus tíos y de tus tías maternas y paternas que se libren a tu pasión y toda mujer fiel que entregue su corazón al profeta, si el profeta quiere desposarla. Es un privilegio que te concedemos sobre todos los creyentes” (33, 47).
Por otro lado, como el bueno de Mahoma, era extremada- mente celoso, prohibió a todo creyente que hable a las mujeres del profeta, a no ser tras un velo. Y llevó sus celos hasta más allá de la muerte, pues, aunque en general estaba permitido casarse con las viudas, prohibió también a los creyentes que “se casen con ninguna de las que hayan cohabitado con el Profeta, porque sería grave a los ojos de Al á” (33, 51a).Y es que, como dice algo antes, “las mujeres de Profeta no son como las demás mujere s” (33, 30).
Mahoma, habiendo dominado al menos nominalmente toda la península arábiga, muere en el año 632 en brazos de su mujer f avorita Aísa, que tiene veinte años y no volverá a casarse, a pesar de haberle sobrevivido cincuenta años.
Difícilmente puede tomarse a Mahoma como ejemplo de vida y, menos aún, tenerle por profeta. Porque, si bien los profetas a veces cometieron graves faltas, como el rey David, nunca se sirvieron de las profecías en provecho y justificación de sí mismos. Más difícil es todavía tener a Mahoma por culminación y sello de los profetas, por encima de N. S. Jesucristo, pues no cabe la comparación entre ambos, incluso desde el punto de vista de lo que la razón natural propone a cualquiera como norma de vida.
¿Qué comparación cabe? De un lado Mahoma, pretendido profeta que unifica el fanatismo irracional de un visionario y la impostura interesada de un embaucador, en cuya doctrina se contienen muchas cosas para provecho propio, para adquirir mayor poder militar, político y religioso, sin sacrificio personal de sus intereses y pasiones, incluso en lo más inferior. De otro lado N.S. que, por proclamar la doctrina del Padre que le ha enviado, recibe vergonzosa muerte y, aun así, pide perdón por sus verdugos. De un lado Mahoma, hombre de vida sanguinaria y vengativa que hace la guerra para beneficio propio. De otro lado Jesús que se niega a ser proclamado rey y se ofrece en sacrificio por la salvación de los hombres. Ni siquiera desde el punto de vista de los autores paganos serían comparables estos dos hombres: Jesús ofrece una vida superior a cuanto imaginaron los filósofos, quienes no llegaron a concebir el amor divino a los hombres y menos fueron capaces de entender que un dios pudiera morir por ese amor. En cambio Mahoma es muy inferior a la vida virtuosa que los filósofos griegos propusieron con la sola luz de la razón.
Religión inferior, de cruel moralidad, con promesas de felicidad sensual, predicada por un profeta fanático e interesado, de vida carnal y guerrera; religión no avalada por profecías ni milagros, ¿cómo se puede acusar a los cristianos de no creer en ella? Es más, dando la vuelta a la cuestión, podemos preguntarnos: ¿cómo es posible que los mahometanos se mantengan en una secta superficial o leve como la suya? O, acusándonos a nosotros mismos, podemos preguntarnos: ¿cómo los cristianos no han sido capaces de convertir al islam?
El Corán, otra jugada maestra de Satanás
La respuesta está en el Corán; no ciertamente en lo que dice, pues tomado como libro supuestamente inspirado, no resistiría la crítica y apenas si pueden salvarse algunos destellos de enseñanza admisible, sino en el valor que los mahometanos le atribuyen.
El Corán difiere de la Biblia en que está escrito por Alá mismo, no por una autor humano que, aunque inspirado y verdadero, escribe con las limitaciones del lenguaje y cultura que le son propios. El Corán original, “la madre del libro” está junto a Alá (43,3; 56, 79) y él lo ha hecho descender (tanzil) (26,192; 4,
113), por medio del ángel Gabriel (2, 91; 4, 113), de manera instantánea sobre Mahoma, quien lo poseyó desde ese momento. Sin embargo, lo va recitando a lo largo de su vida, conforme a una supuesta inspiración que discierne el momento adecuado para esa recitación, que no altera un solo versículo del Corán eterno (2,100).
Esto, que puede parecer una cuestión de detalle, es, sin embargo, una diferencia capital para entender el poder de convicción del Corán y percibir el tufillo de demoníaca genialidad que le anima.
Una frase del Corán dice: “el Corán es la verdad ¿acaso no te bastará el testimonio de tu señor?” (41,53). En esta frase está con- tenido toda la fuerza persuasiva del islam. Al presentarse el Corán como el libro escrito por Alá, por el dios musulmán, se convierte con ello en la fuente de todo conocimiento que podamos pretender. Por ello no hay filosofía islámica, a no ser como gnosis, o interpretación esotérica, de lo contenido en el texto coránico que sería, según eso, el saber exotérico para el pueblo. Ésta es, en líneas generales, la interpretación chiita del Corán, que dio lugar, dentro del islam, a un cierto tipo de escuelas filosóficas. Y aun éstas fueron combatidas frecuentemente por otras tendencias de los mismos musulmanes, especialmente por los que se atienen a la ley estricta de la Charria y a la lectura literal del Corán. Las iras de estos partidarios de la letra coránica cayeron sobre algunos filóssofos como Al-Halla, al que crucificaron, y Averroes (que murió encarcelado).
En todo caso, no hay más pensamiento que el que gira en torno al Corán, no hay otra fuente de conocimiento. A diferencia de esto, el cristianismo distingue el conocimiento natural del conocimiento revelado, y se toma el inmenso trabajo demostrar la compatibilidad de ambos, de entender los textos sagrados sin despreciar el saber histórico, filosófico y científico, sin dejar de lado las evidencias racionales. De hecho ¿qué ha aportado el islam a la ciencia o a la filosofía? Muy poco. Su contribución más importante se limita a la transmisión de conocimientos ajenos.
Ahora bien, al ser el Corán la fuente de todo conocimiento, ¿dónde sino en el Corán mismo hemos de buscar la seguridad de que el Corán es la verdad? Así se entiende la segunda parte de la frase coránica citada arriba: “¿acaso no te basta el testimonio de tu señor?”. El Corán no necesita motivos de credibilidad, como los que antes hemos citado, no necesita de milagros, porque, como dice Mahoma, no hay mayor milagro que el Corán mismo.
Visto desde fuera, esto no es más que un círculo vicioso: el Corán es verdadero porque el Corán dice que es verdadero. Y, sin embargo, no hay nada más eficaz que un círculo vicioso, o una petición de principio, para hacer inatacable una doctrina. Por eso es imposible polemizar con los mahometanos para tratar de convencerles de sus errores. Porque para polemizar, para rebatir y persuadir a alguien, ha de adoptarse su punto de vista, lo cual, en nuestro caso, conllevaría tomar como punto de partida de la discusión el Corán mismo (8). Cualquier argumento externo al Corán, si choca con la letra del libro queda por ello mismo desautorizado para los mahometanos: que la historia atestigua errores en el Corán, la historia está equivocada; que la razón muestra la miseria de las leyes del Corán, la razón se ha extraviado.
Aun así, cabría argumentar a favor de la superioridad de la creencia en Jesucristo y de su doctrina recurriendo sólo al Corán. Porque, incluso en lo que este libro dice, la figura de N. S., su nacimiento, sus milagros, su virtud y doctrina, resultan superiores a la del propio Mahoma. Cf. MANUEL DE SANTO TOMÁS DE AQUINO, Verdadero carácter de Mahoma, Imprenta de Francisco Burguete, Valencia 1793. Parte III, cap. 7.
Así, cualquiera de los argumentos que hemos usado arriba se da de bruces con esta monstruosa petición de principio. Por ejemplo, la ausencia de virtudes de Mahoma sólo puede establecerse conforme a un código moral como el de algún filósofo griego o el del cristianismo. Pero como Mahoma recitaba el Corán según le inspiraban las circunstancias, todos los actos execrables que a Mahoma le imputaron incluso sus propios seguidores, tienen la correspondiente explicación en las suras del Corán y resulta, por tanto, que su vida es todo un ejemplo: “tenéis un excelente ejemplo en vuestro profeta; un ejemplo para todos los que esperan en Alá y creen en el último día” (33, 21).
La única razón externa que admitió Mahoma era que nadie es capaz de escribir algo tan perfecto como el Corán (2, 21). Pero aquí de nuevo nos hallamos en el mismo círculo vicioso: la perfección de los versos del Corán sólo podía determinarse por comparación a una literatura árabe que fuera ajena al Corán. Ahora bien, la literatura anterior a Mahoma fue despreciada por sus seguidores ya que la consideraban asociada al paganismo y la idolatría (9), y la posterior tomó como norma y referencia al Corán pues, al estar escrito por Alá, su lenguaje tenía que ser perfecto. Otra vez tenemos que el Corán es perfecto porque lo dice el Corán.
El Corán –acabamos verlo– es la “verdad”; pero también es la norma o camino de los mahometanos: el Corán pretende ser la ley que establece todos los aspectos de la vida musulmana, de la vida familiar y política, de la vida interior y exterior, de la religión en el fuero interno y en el culto. Conforme al Corán se constituye la Uma o comunidad de creyentes, en cuyo seno valen las leyes de beneficencia y los derechos civiles, y fuera de la cual no hay ley protectora, ni deber alguno que cumplir, a no ser el de enseñar y propagar el Corán. La Uma es la segunda base de la persistencia del islam. Gracias a la inserción de los mahometanos en ella, gracias a que sólo pueden crear lazos íntimos entre sí (4, 143) y al enorme poder psicológico que tienen sobre sus miembros las sociedades completamente cerradas, gracias al desarrollo de toda su vida en el seno de esa comunidad inspirada en el Corán, no se viene abajo en la mente del musulmán el círculo vicioso coránico.
En fin, el Corán es la vida para los musulmanes, porque sólo en él hallan palabras de vida eterna. Sólo quien ha hecho la profesión de fe y no se retracta tiene derecho a la vida en este mundo y se le promete la vida perdurable en el paraíso de las huríes.
El Corán es, por consiguiente el camino, la verdad y la vida. Es decir, para el islam, como han señalado algunos entendidos, el Corán hace el papel que N. S. Jesucristo hace en el cristianismo. Y en eso consiste una de las jugadas maestras de Satanás, porque incapaz de competir con Dios Padre que envía a su divino e inmaculado Hijo, en el cual tenemos todas las razones para creer, envía como respuesta un libro y lo envía como escrito por el mismo Alá, de manera que anula cualquier otro dato o premisa ajeno al Corán y, por tanto, lo hace irrefutable. Si además tenemos en cuenta: 1) que para admitir la teología islámica sólo se necesita acatar lo que la razón natural dicta, 2) que la ley contenida en el Corán la cumplen sin dificultad los hombres sensuales y con instinto gregario, 3) que conforme a ese libro, el castigo de la apostasía es la pena capital, en este mundo, y la condenación eterna en el otro y, finalmente, 4) que exige de los fieles vivan aislados de quienes no han pronunciado la chahada; dado todo esto, no es de extrañar que la conversión de los musulmanes sea extremadamente difícil. Porque, en virtud de todo esto, el mahometano se convierte en una especie de autista religioso y cultural.
Nada de extraordinario se esconde, pues, tras la persistencia del islam, ni tras el fracaso cristiano en su conversión. Nada de extraño tiene que con los moriscos sólo cupiera la expulsión, a pesar de los intentos de conversión y, como hoy se dice, de integración. Y hoy que se presenta una situación similar, cuando los mahometanos se instalan en el seno de nuestra sociedad, de nada vale tampoco el diálogo propugnado por los ecumenistas ( acatólicos). En uno de esos encuentros interreligiosos que preparan los católicos liberales, cuando uno de ellos invitó a que los mahometanos organizaran una reunión similar, un influyente musulmán, allí presente, contestó a las claras: “¿Por qué habríamos de hacerlo? Vosotros no tenéis nada que enseñarnos y nosotros no tenemos nada que aprender”. Ante semejante actitud, sólo con una postura de firmeza que desarraigue a los musulmanes emigrantes del contacto con la Uma; sólo impidiendo su protección mutua y su hermandad, sólo cuando no hacen su vida entera dentro de la comunidad de creyentes, se tambalea su fe basada en el demoníaco círculo vicioso del Corán.
